Historia general de las Indias Francisco López de Gómara

En tiempos antiguos, la medida de la tierra y el mundo se expresaba en estadios, pasos y pies, según relatan Plinio, Estrabón y otros escritores. Sin embargo, todo cambió cuando Ptolomeo introdujo el concepto de grados, aproximadamente ciento cincuenta años después de la muerte de Cristo, abandonando así las antiguas unidades de medida. Ptolomeo dividió la circunferencia terrestre, tanto en longitud como en latitud, en trescientos sesenta grados cada una, reflejando la naturaleza redonda del planeta, de modo que su ancho es igual a su largo. Cada grado fue estimado en setenta millas, equivalentes a diez y siete leguas y media castellanas, lo que significa que la circunferencia terrestre mide aproximadamente seis mil doscientas leguas en cualquier dirección que se mida.

La precisión y utilidad de este sistema de medición son ampliamente reconocidas y elogiadas. El mérito de su invención recae en Ptolomeo, especialmente considerando que figuras bíblicas como Job y el Eclesiástico consideraban imposible determinar las dimensiones de la Tierra. Los grados de longitud se cuentan de este a oeste, a lo largo del ecuador, aunque su precisión se ve dificultada por la falta de una referencia celestial fija en esa dirección, dado que el sol, aunque es una señal clara, cambia su posición diariamente.

A pesar de los esfuerzos de muchos astrónomos, aún no se ha encontrado un método infalible para medir los grados de longitud, a diferencia de los grados de latitud y altitud, que son más precisos debido a la estabilidad del punto norte como referencia. Por lo tanto, me centraré en los grados de latitud para delinear la Tierra, ya que proporcionan mediciones consistentes y confiables. Divido la Tierra en cuatro partes iguales, cada una de noventa grados de latitud, desde el norte hasta el ecuador y viceversa.

Sin embargo, seguimos careciendo de información precisa sobre las tierras ubicadas a grandes distancias del mundo conocido, especialmente bajo el sur, que permanece fuera de nuestra vista. Si existen habitantes en el hemisferio norte (hiperbóreos), es razonable suponer que también existan en el hemisferio sur (hipernocios), como sugirió Heródoto. Quizás estos habitantes residen en la región del estrecho de Magallanes, que sigue la ruta del otro polo, aunque este territorio aún no ha sido explorado en su totalidad.

Por lo tanto, sostengo que hasta que alguien logre circunnavegar la Tierra pasando por ambos polos, como lo hizo Juan Sebastián del Cano cruzando el ecuador, no podremos afirmar con certeza que conocemos completamente su forma y dimensiones.

El descubrimiento primero de las Indias

Navegando en una carabela por nuestro vasto Océano, el viento del este soplaba con tal fuerza y constancia que la embarcación terminó recalando en una tierra desconocida, que no figuraba en ningún mapa o carta de navegación. El retorno de esta expedición se prolongó más de lo esperado, y al llegar a puerto, solo quedaban el piloto y unos pocos marineros, todos ellos enfermos y exhaustos, quienes lamentablemente fallecieron poco después de su arribo debido al hambre y el agotamiento. Así fue como se descubrieron las Indias, aunque la desgracia quiso que el primero en divisarlas muriera sin llegar a disfrutar de su hallazgo, sin dejar registro de su nombre, origen o el año exacto en que encontró esas tierras. No obstante, su desafortunado destino no fue culpa suya, sino más bien resultado de la malicia de otros o los caprichos de la fortuna.

No deja de sorprenderme cómo las antiguas historias a menudo relatan grandes acontecimientos que tienen sus inicios en eventos aparentemente insignificantes o poco conocidos. ¿Quién podría decir con certeza quién fue el descubridor de las Indias, un acontecimiento tan trascendental y novedoso? Sería reconfortante, al menos, conservar el nombre de aquel piloto, pues todo lo demás desaparece con la muerte.

Las opiniones divergen en cuanto a la identidad del piloto. Algunos lo describen como andaluz, quien comerciaba en Canarias y Madeira cuando se embarcó en esa larga y fatídica travesía; otros lo creen vizcaíno, que comerciaba en Inglaterra y Francia; mientras que hay quienes lo consideran portugués, quizás involucrado en el comercio de la Mina o la India, lo cual concuerda con el nombre dado a esas nuevas tierras. También se especula sobre el destino final de la carabela, algunos dicen que llegó a Portugal, otros mencionan Madeira o alguna de las islas Azores, pero nada se puede afirmar con certeza. Lo único en lo que todos coinciden es en que el piloto falleció en casa de Cristóbal Colón, quien quedó en posesión de los registros de la carabela y el relato de ese largo viaje, incluyendo las descripciones y coordenadas de las tierras recién descubiertas.

Quién era Cristóbal Colón

Cristóbal Colón, según algunas versiones, nació en Cugureo o, como prefieren otros, en Nervi, una aldea cerca de Génova, una ciudad italiana de renombre. Se dice que tenía ascendencia de los Pelestreles de Placencia de Lombardía. Desde joven se dedicó a la navegación, una profesión común entre los habitantes de la costa de Génova, y pasó muchos años navegando por el Mediterráneo oriental y otras regiones del este. Más tarde, se especializó en la elaboración de cartas náuticas, lo que le proporcionó un sustento.

Colón viajó a Portugal para estudiar la costa meridional de África y obtener información sobre las rutas de navegación que los portugueses exploraban, con el fin de mejorar y vender sus propias cartas. Se casó en Portugal, o según algunos relatos, en la isla de Madeira, donde se encontraba cuando llegó la carabela mencionada anteriormente. En su hogar, hospedó al capitán de la embarcación, quien le relató su viaje y las tierras nuevas que había avistado, con la intención de que Colón las incluyera en una carta náutica que le estaba comprando. Sin embargo, el piloto falleció durante esta visita, dejando a Colón la información detallada sobre las nuevas tierras.

Algunos sugieren que Colón era versado en latín y cosmografía, y que estaba motivado por los relatos de Platón sobre la isla Atlántida y las descripciones de Aristóteles o Teofrasto sobre una isla desconocida encontrada por comerciantes cartagineses. Aunque Colón no era un erudito, tenía un buen entendimiento de los asuntos marítimos. Después de enterarse de las nuevas tierras a través del piloto difunto, consultó con eruditos sobre las creencias antiguas acerca de otras tierras y mundos. Uno de sus principales interlocutores fue fray Juan Pérez de Marchena, quien residía en el monasterio de La Rábida. Colón creyó firmemente en la veracidad de lo que el piloto había dejado escrito.

Es posible que Colón nunca hubiera considerado la posibilidad de buscar las Indias por sí mismo, si hubiera sabido su ubicación exacta de antemano. Sin embargo, todo cambió cuando se topó con el piloto español que, por fortuna, había descubierto esas tierras.

Lo que trabajó Cristóbal Colón por ir a las Indias

Una vez fallecidos el piloto y los marineros de la carabela española que había descubierto las Indias, Cristóbal Colón decidió emprender la búsqueda de esas tierras. Sin embargo, mientras más deseaba llevar a cabo su empresa, más escasos eran sus recursos. No contaba con el capital necesario para equipar una expedición, y tampoco tenía el respaldo del rey, lo que significaba que si encontraba las riquezas que imaginaba, podrían ser disputadas por otros.

Viendo que el rey de Portugal estaba ocupado en la conquista de África y el rey de Castilla en la guerra de Granada, Colón envió a su hermano Bartolomé a negociar con el rey de Inglaterra, Enrique VII, quien se encontraba en una situación económica más favorable. Bartolomé prometió traerle un gran tesoro de las Indias en poco tiempo, pero al no recibir una respuesta favorable, Colón recurrió al rey de Portugal, don Alonso el Quinto. Sin embargo, tampoco encontró apoyo ni financiamiento, ya que el obispo Calzadilla y un maestre Rodrigo, expertos en cosmografía, argumentaban que no había ni podría haber riquezas en el oeste, como afirmaba Colón.

Desanimado por estos reveses, Colón se embarcó en Lisboa y llegó a Palos de Moguer, donde se reunió con Martín Alonso Pinzón, un experimentado piloto que creía en la existencia de tierras ricas al oeste. También consultó con fray Juan Pérez de Marchena, un fraile franciscano en el monasterio de La Rábida, quien lo alentó en su empresa. Marchena le sugirió que tratara su negocio con el duque de Medina-Sidonia y luego con el duque de Medinaceli, quienes podrían proporcionarle los barcos y la tripulación necesarios.

Después de que ambos duques rechazaran la idea, Colón decidió acudir a la corte de los Reyes Católicos, quienes estaban interesados en tales empresas. Escribió al confesor de la reina, Fray Fernando de Talavera, y finalmente ingresó a la corte de Castilla en 1486. Sin embargo, su petición fue poco atendida, ya que los Reyes Católicos estaban ocupados con la guerra en Granada. A pesar de los intentos de Colón por ganarse el favor de los cortesanos, que hasta entonces lo habían ridiculizado, su situación parecía desesperada. Solo Alonso de Quintanilla, contador mayor, lo ayudaba proporcionándole comida y escuchando sus relatos sobre las tierras desconocidas.

Finalmente, Colón logró obtener una audiencia con el cardenal don Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo, quien lo llevó ante los Reyes Católicos. Aunque al principio desconfiaron de sus promesas, le dieron esperanzas de ser respaldado una vez terminada la guerra en Granada. Con esta respuesta, Colón renovó su determinación y comenzó a ser tomado en serio por la corte. Cuando cayó Granada, los Reyes Católicos accedieron a financiar su expedición y le otorgaron una décima parte de las ganancias, con el acuerdo firmado en Santa Fe el 30 de abril del año de la conquista de la ciudad. Sin embargo, como los reyes carecían de fondos para financiar la expedición, Luis de San Ángel, su escribano de ración, prestó seis cuentos de maravedís, equivalente a dieciséis mil ducados.

Dos observaciones surgen aquí: primero, es notable cómo con tan escasos recursos se pudieron aumentar las rentas de la corona real de Castilla de manera significativa, gracias al valor de las riquezas provenientes de las Indias. Segundo, es evidente que, al terminar la larga conquista de los moros, que había durado más de ochocientos años, se inició la conquista de los indios. Esto parece indicar una intención de mantener a los españoles constantemente en guerra contra infieles y enemigos de la fe cristiana.

El descubrimiento de las Indias, que hizo Cristóbal Colón

Cristóbal Colón, respaldado por los Católicos Reyes, emprendió la construcción de tres carabelas en Palos de Moguer. Estas embarcaciones, financiadas por las provisiones que había recibido, albergaban a una tripulación de ciento veinte hombres, compuesta por marineros y soldados. Designó a Martín Alonso Pinzón como piloto de una de las carabelas, mientras que Francisco Martín Pinzón lideraría otra junto a su hermano Vicente Yáñez Pinzón. Colón se reservó el rol de capitán y piloto de la flota, eligiendo la mejor de las tres carabelas para su travesía. Además, su hermano Bartolomé Colón, también experimentado marino, se unió a la expedición.

El 3 de agosto, zarparon de Palos de Moguer, haciendo una parada en la isla de La Gomera, en las Canarias, para reabastecerse. Continuaron su ruta siguiendo las indicaciones de Colón, hasta que después de varios días en alta mar, avistaron una cantidad tan densa de algas que temieron haber llegado a un peligroso lugar. Sin embargo, la presencia de ciertos indicios, como extrañas nubes en el horizonte, los animó a seguir adelante.

Finalmente, el 11 de octubre de 1492, Rodrigo de Triana exclamó el ansiado "¡Tierra, tierra!", desatando una alegría incontenible entre la tripulación. A medida que se aproximaban a la costa de lo que hoy conocemos como Guanahaní, en las islas Lucayas, los marineros caían de rodillas, emocionados y agradecidos por haber alcanzado su destino. Este momento marcó el inicio de la exploración y la conquista de lo que Colón creía ser parte de las Indias, pero que en realidad era un nuevo mundo, el Nuevo Mundo, descubierto en nombre de los Reyes de Castilla. Las muestras de júbilo y gratitud hacia Colón fueron abundantes, con algunos marineros besando sus manos y otros ofreciéndose como sirvientes, todos reconocidos por la magnitud de lo logrado y el inicio de una nueva era de descubrimientos.

Desde Guanahaní, la expedición se dirigió hacia Baracoa, un puerto en la isla de Cuba, donde interactuaron con los habitantes locales y tomaron algunos indígenas. Después, regresaron a la isla de La Española (actual Haití), donde fondearon en un puerto al que Colón llamó Colón Real. Desembarcaron rápidamente debido a que la nave capitana encalló en una roca, sufriendo daños menores que no provocaron pérdidas humanas.

Al avistar a los recién llegados armados y apresurados en tierra, los indígenas huyeron hacia las montañas, temiendo que fueran caribes, conocidos por su ferocidad. Los miembros de la expedición los persiguieron y lograron alcanzar a una mujer. Le ofrecieron comida, vino, dulces, así como ropa, ya que estaba desnuda. Después, la enviaron de vuelta para comunicarse con su gente. Esta mujer regresó y compartió con su comunidad sus experiencias con los extranjeros, lo que motivó a otros a acercarse a la costa y entablar conversaciones con la expedición, a pesar de la barrera del idioma, comunicándose principalmente mediante gestos.

Los indígenas llevaban consigo aves, frutas, oro y otros productos para intercambiar por objetos como cascabeles, cuentas de vidrio, agujas y bolsas, lo que causó gran satisfacción a Colón y su tripulación. Cristóbal Colón y Guacanagari, el líder local o cacique, se saludaron y se hicieron presentes como señal de amistad y cooperación. Este primer encuentro marcó el inicio de las relaciones entre los exploradores europeos y los pueblos indígenas del Nuevo Mundo.

Los indígenas proporcionaron botes para ayudar a sacar la ropa y otros objetos de la carabela capitana, que se había dañado. Se mostraban sumisos, bien educados y serviciales, actuando casi como si fueran esclavos de los españoles. Sorprendentemente, adoptaron algunas prácticas cristianas, como adorar la cruz, hacerse la señal de la cruz en el pecho y arrodillarse al rezar el Ave María. Además, expresaron interés por encontrar Cipango, que los españoles entendieron como Cibao, una región rica en oro. La emoción de Colón al escuchar sobre Cibao y al ver muestras de oro no tenía límites, especialmente al observar la naturaleza simple y amigable de los nativos. Anhelaba regresar a España para informar a los Reyes Católicos sobre todo lo descubierto.

Con la ayuda y el consentimiento del cacique local y sus seguidores, Colón construyó rápidamente un pequeño fuerte de tierra y madera. Dejó a cargo del fuerte a treinta y ocho españoles bajo el liderazgo del capitán Rodrigo de Arana, originario de Córdoba. Su misión era aprender el idioma y conocer más sobre la tierra y su gente mientras él regresaba a España. Este fuerte marcó el primer asentamiento español en el Nuevo Mundo.

Colón también recogió varios objetos y alimentos exóticos, incluyendo diez indígenas, cuarenta papagayos, gallipavos, conejos (llamados hutías), batatas, ajíes y maíz, para llevar como evidencia de su descubrimiento. Además, cargó todo el oro que habían intercambiado con los nativos. Después de despedirse de sus compañeros y del cacique Guacanagari, quien lamentaba su partida, Colón zarpó de regreso a España con dos carabelas y el resto de su tripulación desde el puerto de Colón Real. Con vientos favorables, llegaron a Palos en cincuenta días, concluyendo así su histórico viaje de descubrimiento de las Indias.

La honra y mercedes que los Reyes Católicos hicieron a Colón por haber descubierto las Indias

Los Reyes Católicos se encontraban en Barcelona cuando Colón desembarcó en Palos, lo que los obligó a dirigirse hacia allí. A pesar de la longitud del viaje y la incertidumbre sobre lo que traía consigo, el recibimiento fue excepcionalmente honroso y celebrado. Por los caminos, la gente se agolpaba para ver al hombre que se decía había descubierto un nuevo mundo, trayendo consigo grandes riquezas y personas de apariencia y costumbres completamente nuevas.

Algunos especulaban que Colón había redescubierto una ruta de navegación que los cartagineses habían prohibido; otros, que había encontrado la ruta perdida mencionada por Platón en Critias, que se había sumergido bajo tormentas y lodo marino; y otros aún, que había cumplido la profecía de Séneca en la tragedia Medea, que predijo la revelación de nuevos mundos y el hecho de que Thile no sería el último de los territorios conocidos.

Finalmente, Colón llegó a la corte el 3 de abril, un año después de su partida. Presentó a los Reyes el oro y otros tesoros traídos del nuevo mundo, dejándolos maravillados al ver que todo, excepto el oro, era tan nuevo como la tierra de donde provenía. Los papagayos, con sus hermosos colores, fueron especialmente alabados; algunos eran de un verde exuberante, otros rojos brillantes, y otros amarillos con marcas de colores diversos. Las hutías, pequeños roedores con orejas y cola de ratón, y de color gris, también llamaron la atención.

Los Reyes probaron el ají, una especia indígena que les quemó la lengua, así como las batatas, raíces dulces, y los gallipavos, considerados superiores a los pavos y gallinas. Se sorprendieron al descubrir que no había trigo en esa tierra, y que el pan se hacía exclusivamente de maíz. Pero lo que más los impactó fueron los habitantes de este nuevo mundo, con sus adornos de oro en las orejas y narices, y su piel de tonos entre blanco, negro y oliváceo.

Se bautizaron seis indígenas, aunque otros no llegaron a la corte; los Reyes mismos, junto con su hijo, el príncipe don Juan, actuaron como padrinos para autorizar el primer bautismo cristiano en el Nuevo Mundo. La narración de Colón sobre la ausencia de vestimenta, escritura, moneda, hierro, trigo, vino, y animales de tamaño superior a un perro entre los indígenas, dejó a los Reyes atónitos.

No pudieron contener su indignación al enterarse de prácticas como el canibalismo y el paganismo entre los habitantes del nuevo mundo, prometiendo erradicar tales costumbres bárbaras y extirpar la idolatría en todas las tierras descubiertas bajo su reinado.

Los Reyes honraron a Colón, permitiéndole sentarse frente a ellos, un gesto de gran favor y respeto, ya que era costumbre que los súbditos permanecieran de pie ante el rey como muestra de acatamiento a su autoridad. Además, confirmaron sus privilegios y títulos, nombrándolo almirante de las Indias y concediendo a su hermano Bartolomé el título de adelantado.

Colón adornó su escudo de armas con la siguiente inscripción: "Por Castilla y por León, Nuevo Mundo halló Colón", lo que sugiere que la reina Isabel pudo haber apoyado más el descubrimiento de las Indias que el rey Fernando. Esto se evidencia también en su política de permitir únicamente a los castellanos viajar a esas tierras, con la excepción de aquellos aragoneses que contaban con su autorización explícita.

A pesar de las peticiones de recompensas por parte de los acompañantes de Colón en su expedición, no todos recibieron mercedes de los Reyes. Esto llevó a que uno de los marineros, de Lepe, desertara y renegara de su fe en Berbería, después de no recibir reconocimiento ni recompensa por ser el primero en avistar luz en las Indias durante la travesía.

Vuelta de Cristóbal Colón a las Indias

Dado el favorable respaldo del Papa, los Reyes Católicos decidieron enviar a Colón de regreso con una considerable cantidad de personas para colonizar la nueva tierra y comenzar la labor de convertir a los nativos idólatras, de acuerdo con los deseos y mandamientos de su santidad. Con este propósito, encargaron a Juan Rodríguez de Fonseca, deán de Sevilla, la tarea de reunir y equipar una sólida flota de navíos para las Indias, con capacidad para albergar hasta mil quinientas personas. El deán rápidamente preparó diecisiete o dieciocho naos y carabelas, y a partir de entonces se dedicó exclusivamente a los asuntos relacionados con las Indias, llegando incluso a ocupar la presidencia de las mismas.

Se seleccionaron doce clérigos conocedores y piadosos para predicar y convertir, junto con fray Buil, un catalán de la orden de San Benito, enviado como vicario papal con un breve apostólico. La reputación de las riquezas de las Indias, sumada a la calidad de la armada y al fuerte interés de los Reyes, atrajo a muchos caballeros y criados de la corte real que se ofrecieron para acompañar la expedición, así como a numerosos artesanos y trabajadores, tales como plateros, carpinteros, sastres y labradores. Además, los monarcas adquirieron a su costo un gran número de animales, incluyendo yeguas, vacas, ovejas, cabras, puercas y asnas para reproducción, ya que tales especies no existían en las tierras descubiertas. Se compró también una gran cantidad de semillas de trigo, cebada y legumbres, así como sarmientos, cañas de azúcar y plántulas de frutas dulces y ácidas, ladrillos y cal para la construcción, y otras provisiones esenciales para establecer y mantener los nuevos asentamientos.

Los Reyes invirtieron una considerable suma de dinero en estos preparativos, así como en el sueldo de los aproximadamente mil quinientos hombres que participarían en la expedición. Cristóbal Colón zarpó de Cádiz el 25 de septiembre de 1493, llevando esta vez una ruta más cercana al Ecuador que en su primer viaje. Se detuvo inicialmente en la isla que denominó "La Deseada", y luego continuó hasta el puerto de Plata, en la isla La Española, donde encontró a los treinta y ocho españoles que había dejado en su primera expedición, todos muertos a manos de los indígenas. Enterado de los motivos, ya sea por abusos cometidos por los españoles o por su negativa a marcharse, Colón decidió establecerse en Isabela, ciudad nombrada en honor a la reina Isabel, y construyó una fortaleza en las minas de Cibao, designando al comendador mosén Pedro Margarite como su alcaide.

Posteriormente, Cristóbal Colón despachó a Antonio de Torres con las doce naos para evitar su pérdida en el mar. Torres regresó con noticias sobre la muerte del capitán Arana y sus compañeros, así como con valiosos granillos de oro, incluyendo uno de ocho onzas descubierto por Alonso de Hojeda. También trajo consigo papagayos exóticos y algunos indígenas caribes de la isla de Santa Cruz, conocida por su costumbre de canibalismo. Por orden de los Reyes, Torres partió con tres carabelas para continuar explorando, descubriendo la isla de Cuba por su lado meridional, así como Jamaica y otras islas más pequeñas.

Al regresar, encontró a muchos españoles muertos de hambre y enfermedades, y otros enfermos y desnutridos. Colón tomó medidas severas contra aquellos que habían sido insolentes con sus hermanos Bartolomé y Diego Colón, así como aquellos que habían maltratado a los indígenas. Incluso llegó al extremo de ahorcar a Gaspar Férriz y azotar a muchos otros, lo que provocó la desaprobación del vicario fray Buil, quien intentó interceder para evitar más violencia.

La situación se complicó aún más cuando Colón comenzó a restringir las raciones de comida, incluso las de los clérigos. Esto generó tensiones prolongadas entre él y los clérigos, quienes finalmente informaron a los Reyes sobre la situación. Los monarcas enviaron a Juan de Aguado, su repostero, para investigar y traer a Colón y a otros implicados de vuelta a España como prisioneros para rendir cuentas.

Colón llegó a Medina del Campo, donde la corte estaba asentada, llevando consigo valiosos granos de oro, ámbar, brasil, nácar, plumas y mantillas de algodón indígenas. Les relató a los Reyes los maravillosos descubrimientos realizados, destacando la riqueza y exotismo de las nuevas tierras, donde incluso en diciembre las aves anidaban en los árboles y las uvas maduraban en marzo. Les informó sobre la rápida maduración de los cultivos, el olor a almizcle de la carne de paloma, la abundancia de cocodrilos y peces, y el posible hallazgo de especias como la canela y el clavo.

Finalmente, entregó los procesos de los españoles que había castigado, intentando justificar sus acciones. Los Reyes agradecieron su servicio, pero lo reprendieron por sus métodos de castigo, aconsejándole que tratara con más gentileza a los españoles que estaban dispuestos a servir en tierras tan lejanas. Además, le proporcionaron ocho naves para continuar explorando y llevar más gente, armas y suministros necesarios.

El tercero viaje que Colón hizo a las Indias

Cristóbal Colón preparaba ocho naos a expensas de los Reyes, enviando inicialmente dos de ellas cargadas con provisiones y armas para su hermano Bartolomé. Él mismo zarpó con las otras seis desde Sanlúcar de Barrameda a fines de mayo del año 1497. Debido a los rumores sobre los tesoros provenientes de las Indias, que atraían a los corsarios franceses, Colón decidió hacer una parada en la isla de Madeira como medida de precaución.

Desde allí, despachó tres de las naves directamente hacia La Española, siguiendo la ruta habitual, con trescientos desterrados que iban a ser enviados al nuevo mundo. Mientras tanto, él condujo las otras tres naos hacia las islas de Cabo Verde, optando por una ruta más cercana al Ecuador. Durante el viaje, enfrentaron grandes peligros debido a la calma y al intenso calor.

Finalmente, alcanzaron tierra firme en lo que se conoce como Paria, en la región de las Indias. Navegaron a lo largo de la costa durante trescientas treinta leguas hasta llegar al cabo de la Vela. Desde allí, cruzaron el mar hasta Santo Domingo, la ciudad que su hermano Bartolomé había fundado en las orillas del río Ozama. A pesar de las provisiones que llevaba consigo, Colón fue recibido como gobernador, aunque esto causó gran malestar entre muchos, ya que su ausencia dejaba a cargo a su hermano Diego Colón, quien estaba descontento y enojado por ser relegado de su posición de autoridad tanto en tiempos de paz como de guerra.

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Los españoles experimentaron diversas enfermedades al llegar a la tierra, de las cuales dos fueron especialmente preocupantes: la sífilis, conocida como bubas, de la cual no tenían conocimiento previo, y un cambio en su color de piel hacia un tono amarillento, que los hacía parecer azafranados. Se cree que este cambio de color fue causado por la ingesta de serpientes, lagartijas y otras comidas poco saludables y poco habituales, que consumían por falta de otra opción. Además, más de cincuenta mil indígenas murieron de hambre, ya que no habían sembrado maíz, asumiendo erróneamente que los españoles se marcharían si no tenían suficiente comida. Al darse cuenta de su error y viendo a los españoles fortificados en la Isabela y en la fortaleza de Santo Tomé de Cibao, comprendieron su destino fatal.

Los ciguayos, habitantes locales, sitiaron la fortaleza en represalia por las incursiones de los españoles y los abusos cometidos contra sus mujeres. Sin embargo, levantaron el asedio un mes después cuando Cristóbal Colón llegó en su socorro. Alonso de Hojeda, quien se había convertido en alcaide de la fortaleza, salió al encuentro de los ciguayos y los derrotó, infligiendo grandes pérdidas enemigas.

Posteriormente, Colón envió a Hojeda a negociar la paz con el cacique Caonabo, dueño de la tierra. Aunque Hojeda logró traerlo a la fortaleza, otros caciques enviaron embajadores ofreciendo apoyo para expulsar a los españoles. Colón arrestó a Caonabo por su implicación en la muerte de cristianos. En represalia, el hermano de Caonabo, reunió a cinco mil hombres para intentar liberarlo. Sin embargo, Hojeda los derrotó con sus cien españoles y algunos caballos proporcionados por Colón, capturando a Caonabo y a muchos de sus seguidores. Esta victoria aumentó el temor y el respeto de los indígenas hacia los españoles en la región.

Se dice que Bartolomé Colón, el hermano de Cristóbal, también obtuvo importantes victorias sobre los caciques locales, incluyendo a Guarionex y otros catorce líderes que se habían unido en una alianza militar. Bartolomé los sorprendió de noche, momento en el que no estaban preparados para el combate, matando a muchos y capturando a quince caciques, incluido Guarionex. Los liberó bajo la promesa de lealtad a los Reyes Católicos. Estas victorias y las liberaciones de los caciques aumentaron el prestigio de los españoles y les permitieron asumir un papel más dominante en la región, comenzando a ejercer control sobre la tierra y sus habitantes.

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Bartolomé Colón se volvió arrogante tras la victoria sobre Guarionex y el favorable curso de los asuntos tanto de su hermano como los suyos propios. No mostraba la misma cortesía hacia los españoles como antes, lo que causaba gran molestia a Roldán Jiménez, el alcalde mayor del almirante. Jiménez se sintió agraviado al no poder ejercer su autoridad de manera absoluta como deseaba, lo que provocó un conflicto entre ellos. Incluso se dice que Bartolomé Colón amenazó o agredió a Jiménez. Por consiguiente, Jiménez y hasta setenta compañeros se separaron de él, sintiéndose también agraviados por los Colón. Sin embargo, todos protestaron que su partida no era para desobedecer a los Reyes, sino para no tolerar la presencia de genoveses. Se establecieron en Jaragua, donde permanecieron durante muchos años. Cuando Cristóbal Colón los llamó de regreso, Jiménez se negó a ir, lo que llevó a Cristóbal a acusarlo de desobediente, desleal y alborotador en sus cartas a los Reyes Católicos. Alegó que Jiménez cometía abusos contra los indígenas, forzaba a las mujeres, mutilaba a los indios vivos y perpetraba otros crímenes. Además, acusó a Jiménez de haber confiscado dos carabelas cargadas desde España y de retener a los tripulantes con engaños.

Jiménez y sus seguidores también escribieron a los Reyes, acusando a Cristóbal Colón y a sus hermanos de múltiples abusos. Afirmaron que los Colón tenían intenciones de apoderarse de la tierra, ocultaban las minas de oro y perlas, maltrataban a los españoles sin motivo y administraban justicia de manera arbitraria. Se quejaron de que Cristóbal Colón había ocultado el descubrimiento de las perlas en la isla de Cubagua y de que se apropiaban de todo sin dar nada a cambio, incluso a aquellos que estaban enfermos o habían demostrado su valentía. Estas acusaciones enfurecieron al rey y a la reina, quienes enviaron a Francisco de Bobadilla como gobernador de las Indias con la autoridad de castigar a los culpables.

Bobadilla llegó a La Española en 1499 con cuatro carabelas y llevó a cabo una investigación en Santo Domingo. Allí, arrestó a Cristóbal Colón y a sus hermanos Bartolomé y Diego, los encadenó y los envió de vuelta a España en barcos separados. Cuando llegaron a Cádiz y los Reyes se enteraron, ordenaron su liberación y los convocaron a la corte. Aunque escucharon las disculpas de Cristóbal Colón con compasión, decidieron destituirlo de su cargo de gobernador, probablemente para poner fin al alboroto y porque consideraban que no era conveniente que los Colón controlaran indefinidamente la gobernación de esas tierras. Esta decisión causó gran pesar a Cristóbal, especialmente porque sus asuntos estaban sumidos en conflictos y desfavorables circunstancias.

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Durante tres años, Cristóbal Colón permaneció en España. Finalmente, en 1502, con el respaldo de los Reyes Católicos, preparó cuatro carabelas para su travesía hacia La Española. Sin embargo, al acercarse al río Ozama, Nicolás de Ovando, quien en ese momento gobernaba la isla, le negó la entrada a Santo Domingo. Colón, disgustado por la situación, decidió buscar un puerto seguro y se dirigió a Puerto Escondido.

Desde allí, en su intento por encontrar un paso hacia la otra parte del mundo, según había prometido a los Reyes, navegó hacia el oeste hasta alcanzar el cabo de Higueras. Recorrió la costa meridional hasta llegar al Nombre de Dios, para luego regresar a Cuba y finalmente a Jamaica. En este último lugar, perdió dos de las cuatro carabelas con las que había iniciado su viaje, dejándolo sin medios para llegar a Santo Domingo.

En Jamaica, Colón enfrentó numerosas dificultades. Muchos de sus hombres enfermaron y algunos se rebelaron, incluso tomando las canoas de los indígenas para intentar regresar a La Española. Los nativos de la isla se negaron a proporcionar alimentos y conspiraron para atacar a los españoles. Ante esta situación, Colón intervino, advirtiendo sobre una supuesta plaga que azotaría a los isleños si no les proporcionaban ayuda. Sorprendentemente, el eclipse lunar que coincidió con su advertencia fue interpretado como un presagio por los nativos, quienes, temerosos, accedieron a las demandas de Colón.

Con la colaboración de los isleños, los enfermos se recuperaron y pudieron enfrentarse a los rebeldes liderados por los Porras. Aunque estos intentaron regresar a La Española, fueron interceptados por Bartolomé Colón, hermano de Cristóbal, quien les derrotó en la primera batalla entre españoles en las Indias. En honor a esta victoria, Cristóbal Colón nombró al puerto donde se libró la batalla como Santa Gloria. Permaneció en Jamaica durante un año, hasta que logró obtener los medios necesarios para dirigirse finalmente a Santo Domingo.

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Después de esta confrontación, Cristóbal Colón regresó a España para evitar posibles acusaciones, como en ocasiones anteriores, y para informar sobre sus nuevos descubrimientos. Al no encontrar el ansiado estrecho, se dirigió a Valladolid, donde falleció en mayo de 1506. Sus restos fueron llevados al monasterio de cartujos, las Cuevas de Sevilla. Colón era de estatura alta, robusto, con un rostro largo y pecoso, de tez sonrosada y de carácter irascible y austero, aunque resistente a las adversidades. Viajó cuatro veces hacia las Indias, descubriendo extensas costas de Tierra Firme y contribuyendo significativamente a la conquista y colonización de la isla La Española, conocida comúnmente como Santo Domingo.

A pesar de las dificultades que enfrentó, Colón persistió en su empresa, navegando por mares y tierras desconocidas, motivado por el relato de un piloto. Ya sea por su propia iniciativa o por el consejo recibido, su hazaña fue de un mérito excepcional, asegurando su nombre en la memoria colectiva y ganándose el reconocimiento y la gratitud eterna de España. Los Reyes Católicos, cuya financiación y apoyo fueron cruciales para sus expediciones, le otorgaron el título y el cargo de almirante perpetuo de las Indias, junto con las recompensas adecuadas por sus servicios y la gloria que había obtenido.

A pesar de sus logros, Colón no estuvo exento de conflictos y desventuras. Fue arrestado en dos ocasiones, una de ellas con grilletes. En varias ocasiones enfrentó motines de sus soldados y marineros, como los liderados por Roldán Jiménez y los Porras, así como por Martín Alonso Pinzón durante su primer viaje. Incluso tuvo que enfrentarse en batalla a sus propios compatriotas, como en el enfrentamiento con Francisco y Diego de Porras. También estuvo involucrado en disputas legales con el fiscal del rey, sobre si habría regresado sin haber avistado tierras de las Indias si no fuera por los hermanos Pinzón.

Colón dejó un legado familiar notable, con dos hijos: don Diego Colón, quien se casó con doña María de Toledo, hija de don Fernando de Toledo, y don Fernando Colón, un erudito que acumuló una impresionante biblioteca de doce o trece mil libros, ahora custodiada por los frailes dominicos de San Pablo de Sevilla, un digno reflejo de la herencia intelectual de su padre.

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En la lengua de los nativos de esa isla se utilizan los nombres Haití y Quisqueya. "Haití" significa aspereza, mientras que "Quisqueya" se traduce como tierra grande. Cristóbal Colón la denominó La Española, aunque muchos la conocen ahora como Santo Domingo, en referencia a la ciudad principal que se encuentra en ella.

La isla tiene aproximadamente ciento cincuenta leguas de longitud de este a oeste y cuarenta leguas de ancho, con una circunferencia de más de cuatrocientas leguas. Está ubicada entre los dieciocho y veinte grados al norte del Ecuador. Al este, limita con la isla Borinquen, también conocida como San Joan, mientras que al oeste se encuentra Cuba y Jamaica. Al norte, están las islas de los Caníbales, y al sur se encuentra el cabo de la Vela, en Tierra Firme.

La isla cuenta con numerosos y excelentes puertos, así como con grandes ríos beneficiosos, tales como Hatibanico, Yuna, Ozama, Neiva, Nizao, Nigua, Hayna y Yaques, que desembocan en el mar, junto con otros más pequeños como Macorix, Cibao y Cotuy. Estos ríos son ricos en pescado y oro.

Existen dos lagos notables en la isla. Uno, ubicado en las montañas donde nace el río Nizao, es famoso por su belleza, mientras que el lago de Xaraguá, salado pero que recibe afluentes de agua dulce, es conocido por la variedad y cantidad de peces que alberga, incluyendo tortugas y tiburones.

Las costas estaban densamente pobladas, especialmente en las áreas cercanas a las salinas de Puerto Hermoso y del río Yaques, donde se extraía sal. También se encontraba abundante color azul de calidad, madera de brasil, algodón y ámbar, además de ricas minas de oro y plata. La tierra era fértil y sostenía una población de aproximadamente un millón de personas, quienes en su mayoría vestían solo prendas de algodón, debido a su clima cálido y húmedo.

Los nativos de la isla eran de tez castaño claro, de estatura mediana, con ojos pequeños, dientes malos y narices anchas. Por tradición, las mujeres solían ensanchar sus frentes, considerándolo un signo de belleza. Eran generalmente lampiños, aunque algunos se depilaban por arte, y todos tenían cabello largo, liso y oscuro.

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El principal dios adorado por los habitantes de esa isla es el diablo, a quien representan en cada cabo como se les aparece, manifestándose en múltiples ocasiones e incluso llegando a hablarles. Además del diablo, adoran a una infinidad de ídolos a quienes llaman por diferentes nombres y a quienes solicitan distintas peticiones, como agua, maíz, salud o victoria. Estos ídolos son elaborados con barro, madera, piedra y rellenos de algodón.

Los nativos realizaban peregrinaciones a lugares como Loaboina, una cueva donde veneraban dos estatuas de madera llamadas Marobo y Bintatel, a quienes ofrecían todo lo que podían cargar. El diablo los engañaba con facilidad, haciéndoles creer todo lo que decía, incluso se aparecía entre las mujeres como un sátiro o íncubo, desapareciendo al tocarles el ombligo, según cuentan.

Se relatan historias de ídolos como Corocoto, adorado por el cacique Guamareto, quien supuestamente se escapaba de su oratorio para convivir con las mujeres del pueblo, las cuales quedaban embarazadas, atribuyendo la concepción a su dios. También se menciona a Epilguanita, otro ídolo de Guamareto con forma de perro de cuatro patas, que era llevado en procesión hasta su templo cuando se enojaba.

Además, los nativos consideraban como reliquias una calabaza de la cual creían que surgió el mar con todos sus peces, así como la creencia de que el Sol y la Luna emergieron de una cueva, al igual que el primer hombre y mujer.

Estos relatos muestran las profundas supersticiones y creencias de los habitantes de la isla, así como su ceguera religiosa, y se comparten para ilustrar la naturaleza cruel y demoníaca de las religiones indígenas, especialmente en Tierra Firme, como los mexicanos.

Se puede apreciar la gran influencia de los sacerdotes del diablo, conocidos como bohitis, en la sociedad de la isla. Aunque también se casaban con varias mujeres como el resto de la población, se distinguían por su vestimenta peculiar. Estos sacerdotes gozaban de una autoridad considerable, ya que además de ser médicos y adivinos, solo ofrecían sus servicios a personas de alto rango y señores.

Para realizar sus prácticas adivinatorias, los bohitis consumían una planta llamada cohoba, ya sea molida o en forma de humo, lo que les inducía alucinaciones que interpretaban como visiones de los dioses. Después de este trance, compartían sus experiencias en consejo divino y daban respuestas a las preguntas de los consultantes, aunque siempre dejaban claro que el resultado dependía de la voluntad divina.

En cuanto a la medicina, los bohitis también utilizaban la cohoba para curar a los enfermos. Realizaban rituales que incluían movimientos ceremoniales, exhalación de espuma y supuestas extracciones de malos espíritus. Después, aplicaban sus manos al cuerpo del paciente y lo "purificaban", asegurando haber expulsado el mal. Si el enfermo fallecía, los bohitis se excusaban culpando la falta de ayuno o las negligencias del paciente.

Además de los bohitis, también había mujeres mayores que ejercían como médicas, administrando remedios a través de cañutos. Tanto hombres como mujeres eran muy devotos y participaban activamente en las festividades religiosas. Durante estas celebraciones, los caciques presidían rituales en los que se decoraba el ídolo principal y se realizaban danzas y cantos acompañados de instrumentos musicales, como el atabal. Los asistentes, tanto hombres como mujeres, lucían atuendos coloridos y adornos extravagantes, mostrando su fervor religioso con cada paso de baile y cada nota musical.

Una vez dentro del templo, los devotos realizaban rituales para purificarse frente al ídolo. Ingerían un palillo para inducir el vómito, asegurando así que no quedara nada maligno en sus estómagos. Luego, se sentaban en cuclillas para rezar en un coro que resonaba como el zumbido de abejas, creando un ambiente peculiar. Mientras tanto, otras mujeres llegaban al templo con cestas cargadas de tortas, rosas, flores y hierbas aromáticas.

Estas mujeres rodeaban a los orantes y comenzaban a cantar un antiguo romance en honor al dios. Todos los presentes se levantaban para responder al canto. Una vez finalizado el romance, cambiaban el tono y entonaban otro en honor al cacique. Acto seguido, ofrecían el pan al ídolo mientras permanecían de rodillas. Los sacerdotes recibían el pan, lo bendecían y lo repartían entre los presentes, de manera similar a como se distribuye el pan bendito en nuestras ceremonias religiosas.

El pan ofrecido durante esta festividad era guardado durante todo el año, y se consideraba que una casa sin él estaba desafortunada y expuesta a múltiples peligros. Este ritual mostraba la importancia que tenían estas prácticas religiosas en la vida cotidiana de los habitantes de la isla, así como su profunda devoción hacia sus divinidades y líderes espirituales.

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He aquí cómo viven desnudos debido al calor y la amabilidad del clima, incluso en las frías sierras. Cada individuo se casa con quien quiera o pueda, como lo hizo el cacique Behechio, que tenía treinta esposas. Sin embargo, una de ellas es considerada la principal y legítima, destinada a las herencias. Todas comparten la cama con el marido, siguiendo el ejemplo de muchas gallinas que comparten un gallo en un solo gallinero. Su único lazo de parentesco reconocido es el de madre, hija y hermana, y esto es debido al temor, ya que creían que aquellos que las tomaban como esposas morirían una muerte desagradable.

Las criaturas son bañadas en agua fría para endurecer su piel, y las mujeres incluso se bañan en agua fría justo después de dar a luz, sin que esto les cause daño. Sin embargo, es considerado pecaminoso dormir con una mujer mientras está pariendo y criando a su hijo. En ausencia de hijos propios, los sobrinos, hijos de hermanas, heredan, ya que se consideran parientes más cercanos.

La confianza y la castidad de las mujeres son cuestionadas debido a sus acciones y palabras. Se involucran fácilmente en relaciones con hombres, y se las describe como pájaros rapaces o serpientes venenosas. Además, se les tacha de sodomitas, perezosos, mentirosos, ingratos, volubles y despreciables.

Una de sus leyes más destacadas es que cualquier ladrón es castigado con la pena de muerte por empalamiento. También desprecian profundamente a los avaros. Cuando un hombre de alta posición fallece, algunas de sus esposas más queridas o las más hermosas son enterradas con él, como un gesto de honor y favor. Otras mujeres optan por ser enterradas junto a sus seres queridos por amor. Estos entierros son solemnes, con el difunto colocado en la tumba rodeado de pan, agua, sal, frutas y armas.

A menudo, solo entraban en guerra por disputas territoriales o por conflictos relacionados con la pesca, o cuando se enfrentaban a extranjeros. Antes de emprender una guerra, consultaban a sus ídolos o adivinos sacerdotes. Sus armas principales eran piedras y palos, a los que llamaban "macanas".

Atan pequeños ídolos a sus frentes cuando se preparan para la batalla. Se pintan para la guerra con jugo de jagua, una fruta similar a la dormidera, pero sin coronilla, que los deja más negros que el azabache, y con bija, otra fruta cuyos granos se adhieren como cera y tiñen como bermellón. Las mujeres también se untan con estos colores para participar en sus danzas rituales llamadas areitos y para realzar sus formas corporales. Los areitos son similares a las danzas de los moros, donde bailan y cantan romances en honor a sus ídolos, reyes y para conmemorar victorias y eventos importantes del pasado, ya que no tienen otra forma de historiar su pasado.

Estas ceremonias de danza pueden durar todo el día y la noche, y a menudo terminan con los participantes embriagados por un vino local que les ofrecen durante la celebración. Son sumamente obedientes a sus caciques, no cultivan, cazan o pescan sin su consentimiento, ya que la pesca es su principal fuente de alimento y actividad. Por esta razón, viven cerca de lagunas y ríos, lo que los convierte en excelentes nadadores tanto hombres como mujeres.

En lugar de trigo, consumen maíz, que se parece al panizo. También elaboran pan a partir de la yuca, una raíz grande y blanca similar al nabo, la cual rallan y exprimen después de quitarle su jugo venenoso. No conocían el vino de uva, aunque había vides; por lo tanto, elaboraban vino a partir de maíz, frutas y otras hierbas que no se encuentran en otros lugares, como caimitos, yayaguas, higueros, auzubas, guanábanos, guayabos, yarumas y guazumas. La fruta de hueso incluye hobos, hicacos, macaguas, guiabaras y mameis, siendo este último considerado el mejor de todos.

No tenían sistema de escritura, ni pesos ni monedas, aunque disponían de oro, plata y otros metales, y desconocían el hierro, cortando con pedernal en su lugar. En resumen, todas sus costumbres y prácticas son tan distintas de las nuestras como lo es la tierra nueva para nosotros.

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Los habitantes de la isla La Española, al igual que los españoles que compartían sus lechos con las mujeres nativas, pronto se vieron afectados por la enfermedad de la buba, una dolencia altamente contagiosa que provoca intensos dolores. Muchos de ellos, al sentirse atormentados y sin mejoría, optaron por regresar a España en busca de tratamiento, mientras que otros se dedicaron a negocios que llevaron consigo su enfermedad oculta. Lamentablemente, esta dolencia se propagó a muchas cortesanas y hombres que posteriormente viajaron a Italia para participar en la guerra de Nápoles junto al rey Fernando II contra los franceses, donde el mal se extendió aún más. Los franceses, al verse afectados simultáneamente, erróneamente creyeron que habían contraído la enfermedad de los italianos y la llamaron "mal napolitano", mientras que otros la denominaron "mal francés", creyendo haberla contraído de los franceses. Algunos incluso la llamaron "sarna española".

Este mal, conocido como buba, fue documentado por Joanes de Vigo, médico, y Antonio Sabélico, historiador, entre otros, quienes señalaron que se comenzó a propagar en Italia en los años 1494 y 1495. En esa misma época, en Calicut, los indios también contrajeron una enfermedad similar a la buba a través de la viruela, una enfermedad que no habían padecido antes y que resultó fatal para muchos. Con la llegada del mal desde las Indias, también llegó el remedio, lo que sugiere un posible origen común. Este remedio consistía en el guayacán, un árbol cuyos bosques son abundantes en la región. También se menciona que la misma dolencia se curaba con el palo de China, que posiblemente sea el mismo guayacán o palo santo, ambos términos se refieren a lo mismo.

Inicialmente, esta enfermedad era extremadamente severa, maloliente e infame, pero con el tiempo su virulencia disminuyó y ya no tiene la misma intensidad ni reputación infame que tenía en sus inicios.

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Los cocuyos son criaturas parecidas a escarabajos alados o moscas, siendo apenas un poco más pequeños que los murciélagos. Cada uno de ellos cuenta con cuatro estrellas brillantes, dos en los ojos y otras dos bajo las alas. Su resplandor es tan intenso que, al volar, pueden realizar diversas actividades como hilar, tejer, coser, pintar, bailar y otras durante la noche. Con estos insectos, cazan huitas, que son pequeños conejos o ratas, así como también pescan.

Los llevan atados al dedo pulgar de los pies y en las manos, como si fueran antorchas y tejidos, siendo los españoles capaces de leer cartas con su luz, lo cual resulta aún más impresionante. Además de servir como fuente de luz, los cocuyos son útiles para matar mosquitos, esos molestos insectos que impiden el sueño, y es probable que esta sea la razón principal por la que los llevan a casa. Se los captura con ramas, ya que al caer al suelo les resulta difícil levantarse, siendo bastante torpes en ese aspecto. Quienes se frotan las manos o la cara con las estrellas brillantes de los cocuyos sienten una sensación de ardor, lo que resulta útil para espantar a muchas personas. Si se destilaran, las estrellas de los cocuyos podrían producir un agua de propiedades asombrosas.

Por otro lado, la nigua es una pequeña pulga saltadora que se encuentra en el polvo y solo pica en los pies. Se introduce entre la piel y la carne, depositando sus huevos en gran cantidad. Estos huevos eclosionan rápidamente y, si no se eliminan, pueden multiplicarse tanto que resulta difícil controlarlos, siendo necesario recurrir al fuego o al hierro para eliminarlos. Sin embargo, si se extraen rápidamente, el daño que causan es mínimo. Para evitar sus picaduras, es recomendable dormir con los pies cubiertos o calzados. Algunos españoles perdieron dedos de los pies e incluso el pie completo debido a este problema.

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El manatí es una criatura única, ajena a las aguas de nuestro hemisferio, que se encuentra tanto en el mar como en los ríos. Su forma se asemeja a un odre, con solo dos aletas que utiliza para nadar, las cuales están situadas en la zona de los hombros. Su cuerpo se estrecha desde el medio hasta la cola, y su cabeza se asemeja a la de un buey, con la cara más hundida y una barba carnosa. Posee pequeños ojos, un color parduzco en su piel, la cual es muy resistente y tiene algunos pelillos. Su longitud puede alcanzar hasta los veinte pies y su aspecto es tan feo que difícilmente podría ser superado. Sus extremidades son redondeadas, con cuatro uñas en cada una, similares a las de un elefante.

Las hembras del manatí paren de manera similar a las vacas, disponiendo de dos tetas para amamantar a sus crías. Su carne, al ser consumida, se asemeja más a la carne que al pescado; fresca tiene un sabor similar al de la ternera, mientras que salada recuerda al atún, pero con una calidad superior y una larga duración. La manteca que se extrae de él es de excelente calidad y no se vuelve rancia, y se utiliza para adobar su propia piel, que luego sirve para fabricar zapatos y otros objetos. También poseen ciertas piedras en la cabeza, que se utilizan para la piedra y la hijada (piedra preciosa).

Los manatíes suelen ser cazados mientras pastan en las orillas de los ríos, o cuando son jóvenes, atrapados con redes. Se cuenta la historia de un cacique llamado Caramateji, que capturó uno muy pequeño y lo crio durante veintiséis años en una laguna llamada Guaynabo, donde se estableció. Este manatí, al que llamaban Mato, se convirtió en una figura querida por los indígenas, mostrando una sorprendente amistad hacia los humanos. Sin embargo, la llegada de un español llamado Hatibonico puso fin a esta historia, ya que decidió llevarse al manatí de vuelta al mar, causando tristeza entre Caramateji y sus súbditos.

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Cristóbal Colón gobernó la isla durante ocho años, en los cuales él y su hermano Bartolomé Colón conquistaron parte de ella y la poblaron considerablemente. Durante su mandato, repartió la tierra y asignó más de un millón de indígenas entre soldados, colonos y sirvientes de los Reyes Católicos, así como entre sus propios hermanos y él mismo, para trabajar como peones y tributarios en las minas y ríos donde se encontraba oro. También reservó una quinta o cuarta parte de ellos para el rey. En resumen, todos trabajaban para los españoles.

Sin embargo, este período llegó a su fin cuando Francisco de Bobadilla asumió el cargo de gobernador y envió a Cristóbal Colón y a sus hermanos como prisioneros a España, en el año 1500. Bobadilla gobernó durante tres años y más, llevando a cabo una gestión exitosa y logrando extraer una gran cantidad de oro en ese tiempo.

Posteriormente, Nicolás de Ovando sucedió a Bobadilla como gobernador de la isla en el año 1502, llegando con una flota de treinta navíos y numerosos colonos. Antes de partir, Francisco de Bobadilla había cargado más de cien mil pesos de oro en esas naves, junto con una importante cantidad de granos de oro, incluido uno destinado a la reina que pesaba tres mil trescientos castellanos de oro puro. Trágicamente, la flota se encontró con mal tiempo en el mar y más de trescientos hombres, incluyendo a Roldán Jiménez y Antonio de Torres, capitán de la flota, perecieron en el naufragio. Solo seis navíos lograron sobrevivir. Así se perdieron los cien mil pesos y el grano de oro, una riqueza sin igual.

Nicolás de Ovando gobernó la isla de manera cristiana durante siete años y, según se piensa, fue uno de los gobernadores que más rigurosamente aplicó las órdenes del rey, especialmente aquellas que prohibían la presencia de personas sospechosas en la fe o descendientes de condenados por la Inquisición en las Indias.

En su mandato, conquistó las provincias de Higüey, Sabana y Guacaiarima, habitadas por personas que vivían de manera primitiva, sin casas ni pan. Llevó a cabo la pacificación de Xaraguá mediante la ejecución de cuarenta líderes indígenas y la horca del cacique Guaorocuya y su tía Anacaona, esta última una mujer de carácter fuerte y controversial en la isla, que había sido esposa de Caonabo. Durante su gobierno, estableció numerosos pueblos de colonos cristianos y envió grandes sumas de dinero a España como tributo al rey. Para financiar su regreso a España, recurrió a préstamos, a pesar de contar con un salario anual de más de ocho mil ducados, lo que demuestra su integridad financiera. Antes de su partida, había sido comendador de Larez y luego fue nombrado comendador mayor de Alcántara.

Tras su mandato, don Diego Colón, almirante de las Indias, asumió el cargo de gobernador de Santo Domingo y otras provincias, designando como su alcalde mayor al bachiller Marcos de Aguilar durante seis o siete años. Sin embargo, debido a las quejas presentadas contra él ante los Reyes Católicos, fue destituido y llamado a España, donde se vio envuelto en disputas legales con el fiscal durante varios años sobre los privilegios y prerrogativas de su almirantazgo y sus ingresos.

Posteriormente, el cardenal y arzobispo fray Francisco Jiménez de Cisneros, quien ejercía el gobierno de los reinos debido a la muerte del rey Fernando y la ausencia de su nieto Carlos, designó a fray Luis de Figueroa, fray Alonso de Santo Domingo y Bernardino de Manzanedo como gobernadores de La Española. Estos frailes, junto con el licenciado Alonzo Zuazo como asesor, implementaron medidas para proteger a los indígenas del maltrato por parte de los colonos y los redujeron a pueblos con el fin de evangelizarlos mejor. Sin embargo, la llegada de colonos europeos resultó perjudicial para los indígenas, ya que introdujo enfermedades como la viruela, que causó un gran número de muertes entre la población nativa.

Durante el gobierno de estos frailes, la industria azucarera experimentó un crecimiento significativo. Después de su regreso a España, se estableció una audiencia y una chancillería con sello real en Santo Domingo, siendo los primeros oidores Marcelo Villalobos, Juan Ortiz de Matienzo, Lucas Vázquez de Ayllón y Cristóbal Lebrón. Más tarde, Sebastián Ramírez de Fuenleal, nacido en Villaescusa, se desempeñó como presidente de la audiencia, manteniendo el cargo de presidente y oidor en los años siguientes.

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Los caciques y bohitis, depositarios de la memoria de sus antepasados, relataban a Cristóbal Colón y a los españoles que lo acompañaban una antigua profecía. Según esta historia, el padre del cacique Guarionex y otro líder indígena consultaron al zemí, el ídolo asociado con el mal, sobre el destino que les esperaba después de su muerte. Tras cinco días de ayuno riguroso, llanto y flagelación, y realizando los rituales requeridos por su religión, recibieron una respuesta inquietante: les fue revelado que en el futuro llegarían a la isla hombres con barbas largas, completamente vestidos, que con espadas brillantes partirían a la mitad a los hombres de un solo golpe. Estos hombres desafiarían a los dioses de la tierra, despreciando sus rituales y derramando la sangre de sus hijos, llevándolos como cautivos. En recuerdo de esta profecía, los indígenas compusieron un canto llamado areito, que entonaban en ocasiones tristes y ceremonias de duelo, y que les hizo huir cuando avistaron a los españoles y a los caribes.

Los eventos que siguieron confirmaron la precisión de la profecía. Los españoles, en sus guerras y en las minas, sacrificaron a muchos indígenas y derribaron los ídolos de sus altares, aboliendo sus rituales y ceremonias. Los convirtieron en esclavos y los sometieron a un trabajo forzado tan intenso que muchos murieron. De una población que alguna vez superó los quince cientos de miles, apenas quedaban quinientos. Las causas de esta terrible disminución fueron diversas: hambruna, enfermedades como la viruela y el maltrato, tanto físico como psicológico, infligido por los conquistadores. Las mujeres, desesperadas por evitar que sus hijos sirvieran a los extranjeros, se suicidaban junto a sus maridos y, en algunos casos, sacrificaban a sus hijos para evitarles un destino de esclavitud. Este desastre fue, sin duda, un castigo de Dios por los pecados cometidos, pero también una consecuencia de la brutalidad y la codicia de los colonizadores, que priorizaban el oro sobre la vida humana.

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Fray Buil, acompañado por doce clérigos, inició la labor de conversión entre los indígenas, aunque es justo reconocer que los Reyes Católicos jugaron un papel fundamental al bautizar a los seis isleños que recibieron el sacramento en Barcelona. Estos fueron los primeros en dar inicio a la nueva era de conversión. Posteriormente, figuras como Pero Juárez de Deza, el primer obispo de la Vega, y Alejandra Geraldino, el segundo obispo de Santo Domingo, continuaron con esta importante tarea. Aunque el primer obispo designado, fray García de Padilla, de la orden franciscana, falleció antes de su llegada a la isla.

Numerosos clérigos y frailes mendicantes se sumaron al esfuerzo de conversión, logrando bautizar a la mayoría de los habitantes de la isla que sobrevivieron a los primeros encuentros. La eliminación de los ídolos y rituales ceremoniales fue un paso crucial para que los indígenas prestaran atención y aceptaran las enseñanzas de los predicadores. Una vez escuchadas estas enseñanzas, muchos abrazaron la fe cristiana y se convirtieron.

La presencia del santísimo cuerpo sacramental de Cristo en numerosas iglesias tuvo un profundo efecto, pues con él y con la colocación de cruces, los demonios desaparecieron y los indígenas se maravillaron. Además, muchos enfermos fueron sanados mediante la devoción a una cruz colocada por Cristóbal Colón en la vega, conocida como Veracruz, que llegó a ser considerada como reliquia.

Un acontecimiento notable fue el intento de un cacique del valle Caonao por desafiar la nueva religión cristiana al desobedecer las normas sagradas dentro de una iglesia, resultando en un castigo divino que lo llevó a convertirse en un devoto santero.

Otro suceso destacado fue la muerte de cuatro indígenas que se burlaron de la fe cristiana mientras uno de ellos se encomendaba a Santa María durante una tormenta. Este evento, junto con la comunicación escrita entre los españoles que era percibida como profética por los indígenas, generó asombro y confusión entre ellos.

Incluso en la ausencia de papel y tinta, los españoles encontraron formas ingeniosas de comunicarse, utilizando hojas de Guiabara y copey para escribir con punzones o alfileres. Además, fabricaban naipes con hojas de copey, aunque estos sufrían daños al ser barajados.

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En la isla, los pueblos están habitados principalmente por españoles y negros, quienes se dedican al trabajo en minas, plantaciones de azúcar, cría de ganado y otras actividades similares. Como resultado, son escasos los indígenas, quienes viven en libertad y disfrutan de un descanso según la voluntad del emperador, con el objetivo de preservar la población y la lengua indígena, que tanto han contribuido y continúan aportando al patrimonio real de Castilla.

El pueblo más destacado es Santo Domingo, fundado por Bartolomé Colón a orillas del río Ozama. Este nombre se le atribuyó debido a que la fundación tuvo lugar en un domingo, coincidiendo con la festividad de Santo Domingo, lo que da origen a su denominación. En esta ciudad se encuentran las audiencias real y arzobispal, así como un importante centro comercial y de tránsito hacia todas las Indias, razón por la cual la isla también es conocida como Santo Domingo.

El primer obispo de la isla fue fray García de Padilla, franciscano, mientras que el primer arzobispo fue Alonso de Fuenmayor, originario de Yanguas, nombrado en el año 1548.

Inicialmente, en la isla no existían animales terrestres de cuatro patas, excepto tres tipos de conejos conocidos como hutías, cori y mohuy, así como los quemis, similares a liebres, y los gozquejos, de diversos colores, que no ladran ni emiten sonidos. Estos animales eran cazados y consumidos como alimento. Sin embargo, actualmente se encuentran en la isla una variedad de animales útiles para el trabajo y la alimentación.

La cría de vacas se ha multiplicado tanto que incluso llegaron a formar parte de la economía, proporcionando carne y cuero. Los perros, que han vagado y proliferado en los bosques, son más bien carroñeros que lobos, causando daño a las cabras y ovejas. En cuanto a los gatos, aunque originarios de España, no son tan ruidosos durante la época de apareamiento como sus contrapartes europeas. En cuanto a las vides, aunque producen uvas maduras, no se elabora vino, lo que resulta sorprendente dado el gusto por el alcohol de la población.

Trajeron sarmientos de viñas desde España que solían dar uvas maduras para la Navidad. Sin embargo, hasta el momento no han producido vino, ya sea por falta de esfuerzo por parte de los colonos o por la fuerza de la tierra misma. Aunque la tierra es propicia para el trigo, se cultiva poco debido a la facilidad y seguridad en la recolección del maíz, que además es un alimento básico y se puede destinar a la elaboración de bebidas alcohólicas.

Al principio, cuando se sembraba trigo, las cañas eran robustas y las espigas gruesas, llegando a producir dos mil granos en una sola espiga, una multiplicación sin igual. Esto evidencia la riqueza del suelo, lo que probablemente hace que los olivos y otros árboles frutales con hueso tengan dificultades para crecer, e incluso muchos de ellos no prosperen, como los duraznos y sus variedades. Sin embargo, las palmeras dan dátiles, aunque de calidad mediocre. En contraste, los árboles frutales de pepita crecen vigorosamente, ya sean dulces o ácidos.

Aunque existen muchas cañas de azúcar silvestres, su calidad es pobre; sin embargo, aquellas plantadas a partir de semillas de boticarios traídas desde España son excelentes y abundantes, aunque se ven amenazadas por las hormigas. Las hierbas de huerto traídas de España crecen vigorosas, incluyendo rábanos, lechugas, cebollas, perejil, berzas, zanahorias, nabos y pepinos, aunque la mayoría no llegan a granar.

La producción de azúcar ha florecido, con cerca de treinta ingenios y trapiches en funcionamiento. Pedro de Atienza fue el primero en plantar cañas de azúcar, mientras que Miguel Ballestero, catalán de origen, fue el primero en producir azúcar, y el bachiller Gonzalo de Velosa fue pionero en el uso de molinos de caballos. Además, se extrae un bálsamo conocido como "goaconar" de un árbol, que tiene un agradable aroma y arde como la resina de pino. La primera persona en extraer este bálsamo fue Antón de Villasanta, gracias a la iniciativa y el consejo de su esposa, quien era indígena.

Además, se extrae este bálsamo de otras fuentes, y aunque no alcanza la calidad del bálsamo de Judea, es eficaz para tratar llagas y dolores. La isla alberga una variedad infinita de aves, muchas de las cuales no se encuentran en España, aunque algunas son comunes en ambos lugares. Curiosamente, no se encontraban pavos ni gallinas en la isla inicialmente; sin embargo, con el tiempo, las gallinas han proliferado y son criadas con éxito, sin diferir en nada de sus contrapartes españolas, excepto que los gallos no cantan a medianoche.

Los principales productos de exportación de la isla hacia otras regiones incluyen azúcar, brasil (tinte rojo extraído de un árbol tropical), bálsamo, cañafístola (una resina aromática), cueros y añil. Este capítulo sirve para ilustrar la diferencia y las ventajas que trae consigo el cambio de población en una región.

He decidido incluir esta sección para resaltar la importancia de la tierra como factor determinante en el éxito de una colonia. Además, me he extendido en la descripción de numerosas peculiaridades de la isla debido a su relevancia histórica como punto de partida del descubrimiento de las Indias, una tierra tan vasta como podrán apreciar a través de nuestra cartografía. Además, muchos de los viajeros que se aventuran hacia las Indias hacen escala o visitan esta isla en su ruta.

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Al comprender la inmensidad de las tierras descubiertas por Cristóbal Colón, numerosos aventureros se lanzaron a continuar explorando, algunos financiados por sus propios medios y otros respaldados por el rey, todos con la ambición de enriquecerse, ganar fama y ganar el favor de los monarcas. Sin embargo, la mayoría de ellos se limitaron a explorar y gastar recursos, y no quedó registro de todos ellos, especialmente aquellos que navegaron hacia el norte, bordeando los territorios de los Bacallaos y la Tierra del Labrador, donde se encontraba escasa riqueza. Tampoco se conservan registros de todos los que exploraron las regiones al otro lado de Paria, entre los años 1495 y 1500.

A continuación, mencionaré aquellos cuyos nombres conozco, sin hacer distinciones entre ellos, aunque quiero dejar claro que todas las Indias han sido descubiertas y recorridas por exploradores españoles, con la excepción de lo que Colón encontró inicialmente. De hecho, los Reyes Católicos se esforzaron por reclamar y tomar posesión de todas estas tierras, obteniendo la aprobación papal para hacerlo.

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Muchos expedicionarios se aventuraron a explorar la costa de la Tierra del Labrador, con la esperanza de descubrir un paso marítimo que condujera a las Malucas y las Islas de Especias, ubicadas sobre la línea ecuatorial, creyendo que esto acortaría significativamente la ruta. Los castellanos, reclamando estas islas como suyas, fueron los primeros en emprender esta búsqueda, deseando también conocer la tierra en virtud de su reclamación territorial. Por otro lado, los portugueses, con intereses en la navegación y enredados en disputas territoriales, también se lanzaron a esta empresa.

Uno de los primeros en dirigirse hacia esta región fue Gaspar Cortes Reales en el año 1500, con dos carabelas. Sin embargo, no logró encontrar el estrecho que buscaba. Durante su expedición, tomó hasta sesenta hombres como esclavos de la región, quedando impresionado por las intensas nevadas y heladas, ya que el mar se congela considerablemente en estas latitudes. A pesar de estas condiciones adversas, los habitantes locales, aunque de piel oscura, mostraron ser gente trabajadora y bien preparada. Se adornan con zarcillos de plata y cobre, visten pieles de varios animales y se protegen del frío con prendas de algodón y nervios de peces y animales. Su dieta principal consiste en pescado, especialmente salmón, aunque también tienen acceso a aves y frutas.

Las viviendas de los habitantes locales están construidas con madera de calidad, cubiertas con pieles de peces y animales en lugar de tejas. Según los relatos, se dice que en esta tierra habitan grifos, y que osos, junto con otros animales y aves, son de color blanco. La Tierra del Labrador y sus islas son habitadas también por bretones, cuyo entorno natural y clima son similares a los de su tierra natal. Además, exploradores de Noruega, como el piloto Joan Scolvo, y de Inglaterra, como Sebastián Gaboto, también han llegado a esta región en sus expediciones.

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La región conocida como Bacallao comprende una extensa extensión de tierra y costa, alcanzando su mayor altura en los cuarenta y ocho grados y medio de latitud. Los habitantes locales denominan "bacallaos" a unos grandes peces que son tan numerosos que obstaculizan la navegación de las naves y son incluso cazados y consumidos por osos dentro del mar.

Uno de los exploradores que proporcionó más información sobre esta región fue Sebastián Gaboto, originario de Venecia, quien armó dos navíos en Inglaterra, país donde residía desde joven. Gaboto obtuvo el respaldo del rey Enrique VII, quien tenía interés en comerciar en las Islas de Especias, al igual que el monarca portugués. Algunas fuentes sugieren que Gaboto financió personalmente la expedición y prometió al rey Enrique explorar una ruta hacia el Catayo por el norte, con el objetivo de traer especias en menos tiempo que los portugueses lo hacían por el sur. Además, tenía la intención de descubrir y colonizar nuevas tierras.

Gaboto partió con una tripulación de trescientos hombres y navegó hacia el norte, bordeando Islandia hasta alcanzar el cabo de Labrador y llegando incluso hasta los cincuenta y ocho grados de latitud, según sus relatos, aunque otros dicen que llegó aún más lejos. Sin embargo, las condiciones climáticas extremas, con frío intenso y pedazos de hielo en pleno julio, lo llevaron a dar la vuelta y explorar la costa en dirección oeste hasta los treinta y ocho grados de latitud, antes de regresar a Inglaterra.

Además de Gaboto, bretones y daneses también han explorado la región de Bacallao. Jacques Cartier, un explorador francés, realizó dos expediciones a la zona en los años 1534 y 1535, explorando la tierra para establecer asentamientos entre los cuarenta y cinco y cincuenta y un grados de latitud. Se dice que algunos ya han poblado o planean poblar la región, ya que su calidad de tierra es comparable a la de Francia, lo que hace que sea un recurso codiciado por diversas naciones, que buscan establecer su dominio sobre estas nuevas tierras.

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En el año 1525, el piloto Esteban Gómez navegó por la región en una carabela financiada por el emperador, en busca de un estrecho que se decía existía en la Tierra de Bacallao, un paso que supuestamente conduciría más rápidamente a las Islas de Especias que cualquier otra ruta conocida hasta entonces. Esteban Gómez, quien ya había navegado previamente a las Indias y había participado en la expedición de Magallanes al estrecho, había estado presente en la conferencia de Badajoz entre castellanos y portugueses, donde se discutió la posibilidad de un estrecho en esta región.

Dado que figuras notables como Cristóbal Colón, Fernando Cortés y Gil González de Ávila no habían encontrado el estrecho desde el golfo de Urabá hasta la Florida, Esteban Gómez decidió explorar más al norte en busca de esta vía. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, no logró encontrar el estrecho, ya que simplemente no existía. Durante su expedición, exploró una extensa porción de tierra que aún no había sido avistada por otros, aunque se dice que Sebastián Gaboto ya había investigado previamente esta región.

Durante su travesía, Esteban Gómez tomó a bordo tantos indígenas como pudo, violando las órdenes y deseos del rey, y los llevó consigo en la carabela. Después de diez meses de viaje, regresó a La Coruña. Al llegar, cuando anunció que traía "esclavos", un vecino entendió erróneamente "clavos", una de las especias que se suponía traería de las Indias. Este malentendido condujo a un rápido y alegre anuncio al rey sobre la supuesta llegada de clavos por parte de Esteban Gómez. Sin embargo, cuando se descubrió el error, la noticia se convirtió en motivo de risa en la corte y se desvanecieron las esperanzas de encontrar el tan anhelado estrecho. Incluso aquellos que habían apoyado la expedición de Esteban Gómez quedaron avergonzados por el fiasco.

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Las Islas Lucayas, también conocidas como Yucayas, se encuentran al norte de Cuba y Haití, y según se dice, son más de cuatrocientas en total. Aunque todas son pequeñas, destaca el Lucayo, del que tomó su nombre, situado entre los diecisiete y dieciocho grados de latitud. Entre las islas destacan Guanahaní, donde Cristóbal Colón pisó por primera vez tierra en su viaje de descubrimiento, así como Manigua, Guanima, Zaguareo y otras más.

La población de estas islas es notablemente más blanca y desarrollada que la de Cuba o Haití, especialmente las mujeres, cuya belleza atraía a muchos hombres de Tierra Firme, como la Florida, Chicora y Yucatán, quienes se establecían en ellas. Por esta razón, había más organización social entre los habitantes de las Islas Lucayas que en otras partes, y se hablaban numerosos idiomas diferentes.

Se cree que la idea de la existencia de Amazonas en esta región y de una fuente de juventud proviene de estas islas. Los habitantes de las Islas Lucayas suelen andar desnudos, excepto en tiempos de guerra, fiestas o bailes, cuando llevan mantas de algodón y plumas finamente decoradas, así como grandes penachos. Las mujeres casadas o comprometidas cubren sus partes íntimas con mantillas hasta la rodilla, mientras que las vírgenes utilizan redes de algodón con hojas de hierba. Cuando estas mujeres alcanzan la edad de la menstruación, celebran fiestas que son equiparables a las bodas.

La sociedad de las Islas Lucayas está organizada en torno a un rey o señor, quien se encarga de la pesca, caza y cultivo, distribuyendo los alimentos y recursos entre la población a través de graneros públicos o almacenes reales. Su riqueza se basa principalmente en nacarones, conchas bermejas y unas piedrecillas que parecen rubíes, que extraen de los caracoles marinos y que son consideradas un manjar preciado. Además, adornan su cuerpo con collares, brazaletes y otros accesorios hechos de piedras que encuentran en la arena, independientemente de su poco valor monetario.

En estas islas, las mujeres que van desnudas están perfectamente cómodas con su desnudez; de hecho, muchas de estas islas más pequeñas no consumen carne. Su dieta se compone principalmente de pescado, pan de maíz y otras raíces y frutas. Cuando los hombres de estas islas fueron llevados a lugares como Cuba y Santo Domingo, donde se consumía carne, muchos de ellos enfermaban y morían debido a este cambio en su alimentación. Por esta razón, los españoles evitaban darles carne, o les proporcionaban muy poca.

En algunas de estas islas, la cantidad de palomas y otras aves que anidan en los árboles es tan grande que los nativos de Tierra Firme, Cuba y Haití llegan en canoas para cazarlas y se marchan cargados de presas. Los árboles donde estas aves anidan tienen una corteza que sabe un poco a canela, tiene un toque de jengibre en su amargor y desprende un olor similar al clavo; sin embargo, no se considera una especia. Entre las numerosas frutas de estas islas, destaca una llamada "jaruma", que parece gusanos o lombrices, pero es sabrosa y nutritiva. El árbol de jaruma se asemeja a un nogal, con hojas similares a las de la higuera. Se dice que las hojas y los brotes de jaruma, machacados y aplicados con su jugo en cualquier herida, incluso si es muy antigua, la curan.

Se cuenta la historia de un carpintero lucayo que estaba cautivo en Santo Domingo. Él excavó un tronco de jaruma, que naturalmente es hueco como el de una higuera, lo llenó con maíz y calabazas llenas de agua, lo selló cuidadosamente y navegó en él a través del mar con otros dos parientes suyos que remaban. Sin embargo, su intento fue desafortunado, ya que, a unas cincuenta leguas de navegación, fueron interceptados por unos españoles y llevados de vuelta a Santo Domingo.

Durante unos veinte años o incluso menos, los españoles capturaron alrededor de cuarenta mil personas de las islas Lucayas, o Yucayas como algunos las llaman. Engañaban a los isleños diciéndoles que los llevarían al paraíso, ya que los indígenas de esas islas creían que al morir purgaban sus pecados en las frías tierras del norte, y después ingresaban al paraíso, que estaba en tierras del sur. De esta manera, la población lucaya fue diezmada, y la mayoría de los capturados fueron llevados a trabajar en minas. Se dice que todos los cristianos que capturaron indígenas y los hicieron trabajar hasta la muerte sufrieron un destino similar, o no lograron encontrar la felicidad o la prosperidad que buscaban con sus acciones.

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Siete vecinos de Santo Domingo, liderados por el licenciado Lucas Vázquez de Ayllón, quien era oidor de la isla en ese momento, decidieron armar dos navíos en Puerto de Plata en el año 1520 con el propósito de buscar indígenas en las islas Lucayas, como mencioné anteriormente. Sin embargo, al llegar allí, descubrieron que no encontraron hombres para comerciar o capturar con el fin de llevarlos a trabajar en sus minas, hatos y granjas. Ante esta situación, decidieron dirigirse más al norte en busca de una tierra donde pudieran encontrar lo que buscaban, sin regresar de vacío.

Navegaron hacia una tierra conocida como Chicora y Guadalupe, ubicada en los treinta y dos grados de latitud, que es lo que ahora se conoce como cabo de Santa Elena y río Jordán. Algunos sostienen que fueron llevados allí por las condiciones climáticas en lugar de por elección propia; sin embargo, sea cual sea la razón, es un hecho que muchos indígenas se acercaron a la costa para observar las carabelas españolas, las cuales les resultaban extrañas y nuevas, ya que ellos estaban acostumbrados a usar pequeñas embarcaciones y pensaron que las carabelas eran algún tipo de monstruo marino. Al ver a los españoles desembarcar, vestidos y con barbas, los indígenas huyeron a toda prisa.

Los españoles capturaron a un hombre y una mujer, los vistieron al estilo español y los liberaron para que llamaran a su gente. El rey local, al ver a los españoles vestidos de manera tan distinta a la suya, quedó sorprendido, ya que sus súbditos andaban desnudos o vestidos con pieles de animales. Envió a cincuenta hombres con provisiones a los barcos españoles, y muchos españoles fueron recibidos por el rey, quien les proporcionó guías para explorar la tierra y los agasajó con comida y regalos de abalorios, perlas y plata. Impresionados por la riqueza y la cultura de la tierra, así como por la hospitalidad de la gente, los españoles, tras abastecerse de agua y víveres, invitaron a muchos a visitar sus barcos.

Los indígenas subieron a bordo sin desconfiar en absoluto, y en ese momento los españoles levantaron las anclas y zarparon con una buena cantidad de chicoranos hacia Santo Domingo. Sin embargo, en el transcurso del viaje, uno de los dos navíos se perdió, y los indígenas del otro navío murieron poco después, principalmente debido a la tristeza y el hambre. No querían consumir la comida proporcionada por los españoles y, por otro lado, se vieron obligados a comer perros, burros y otras bestias muertas y descompuestas que encontraban cerca de las cercas y en los basureros.

Lucas Vázquez de Ayllón regresó a la corte con informes sobre estas experiencias, y también trajo consigo a un indígena de la región, llamado Francisco Chicora, quien narraba maravillas sobre su tierra. Solicitó la conquista y el gobierno de Chicora, y el emperador le otorgó este título, junto con el hábito de Santiago. Vázquez de Ayllón regresó a Santo Domingo y organizó una expedición con varios barcos en el año 1524, con la intención de establecer una colonia y con la esperanza de encontrar grandes tesoros. Sin embargo, una vez en la región, perdió su nave capitana en el río Jordán, junto con muchos de sus hombres. En resumen, su expedición resultó ser un fracaso y no dejó ningún logro memorable.

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Los habitantes de Chicora tienen un color de piel parecido al de los loros o tiriciado, son altos de cuerpo y tienen muy pocas barbas. Los hombres llevan el cabello negro hasta la cintura, mientras que las mujeres lo llevan aún más largo y lo trenzan. En otra provincia cercana llamada Duhare, los habitantes llevan el cabello hasta el talón. El rey de Duhare, llamado Datha, era tan alto como un gigante, al igual que su esposa y sus veinticinco hijos, quienes también eran deformes. Algunos chicoranos bautizados afirmaban que crecían tanto por comer unas morcillas rellenas de ciertas hierbas hechas por encantamiento, mientras que otros decían que era porque les estiraban los huesos cuando eran niños, después de ablandarlos con hierbas cocidas. Sin embargo, es probable que esto último fuera una exageración, ya que en esa región hay hombres muy altos que parecen gigantes en comparación con otros.

Los sacerdotes en Chicora se visten de manera distinta y no tienen cabello, excepto por dos guedejas que dejan a los lados y atan debajo de la barbilla. Mastican ciertas hierbas y rocían el zumo sobre los soldados antes de la batalla, como una especie de bendición. Además, curan a los heridos, entierran a los muertos y no consumen carne. Los habitantes prefieren a estos sacerdotes como médicos, junto con las viejas curanderas, y utilizan hierbas para tratar diversas enfermedades y heridas. Una hierba llamada guahi es muy común y saludable, y les permite vivir mucho tiempo y mantenerse sanos.

Los sacerdotes también son considerados hechiceros y tienen a la gente engañada. Hay dos pequeñas estatuillas que solo muestran al pueblo dos veces al año, una de ellas es durante el tiempo de siembra, y se lleva a cabo con una gran pompa. El rey vela toda la noche ante estas imágenes en la víspera de la fiesta, y por la mañana, durante la procesión, muestra los ídolos al pueblo, quienes los adoran de rodillas, pidiendo misericordia en voz alta. Luego, el rey los entrega a dos caballeros ancianos, cubiertos con ricas mantas de algodón y joyas, para llevarlos al campo donde se lleva a cabo la procesión.

Durante estas festividades, todos participan bajo la amenaza de ser considerados malos religiosos si no lo hacen. Se visten con sus mejores ropas; algunos se pintan la piel, otros se cubren con hojas y otros se ponen máscaras de pieles. Tanto hombres como mujeres cantan y bailan. Celebran el día y la noche con oraciones, cánticos, danzas, ofrendas, inciensos y otras ceremonias. Al día siguiente, repiten la celebración con la misma alegría y regocijo, pensando que así tendrán buena cosecha de pan.

En otra festividad, llevan al campo una estatua de madera con la misma solemnidad que a los ídolos. La colocan sobre una gran viga rodeada de palos, arcones y bancos. Todos los casados ofrecen algo, y los sacerdotes designados para ello registran las ofrendas de cada uno. Al final, se destaca quien hizo la mejor y más abundante ofrenda al ídolo, siendo honrado por un año entero. Este honor motiva a muchos a ofrecer cada vez más.

Los líderes y sacerdotes consumen el pan, las frutas y las viandas ofrecidas, distribuyéndolas entre el resto. Al anochecer, bajan la estatua y la arrojan al río o al mar si está cerca, como una ofrenda a los dioses del agua en cuyo honor se realizó la fiesta.

En otra festividad, desentierran los huesos de un rey o sacerdote muy respetado y los colocan en un cadalso en el campo. Las mujeres lloran alrededor y ofrecen lo que pueden. Al día siguiente, los huesos son devueltos a la sepultura, mientras un sacerdote habla sobre la inmortalidad del alma, el infierno y el paraíso. Creen que muchas personas viven en el cielo y otras debajo de la tierra, como sus antípodas, y que hay dioses en el mar. Los sacerdotes tienen coplas sobre todo esto. Cuando los reyes mueren, hacen fuegos como cohetes para representar que las almas recién liberadas del cuerpo suben al cielo, y los entierran con grandes lamentos.

La manera en que saludan al cacique es curiosa, ya que colocan las manos en las narices, silban y luego las pasan por la frente al colodrillo. El rey inclina la cabeza sobre el hombro izquierdo si quiere mostrar favor y honor a quien lo saluda de esta manera.

En cuanto a las costumbres matrimoniales, una viuda no puede volver a casarse si su esposo muere de muerte natural, pero sí puede hacerlo si muere por causas de justicia. Además, no permiten la presencia de prostitutas entre las mujeres casadas.

Practican varios juegos, como la pelota, el trompo y la ballesta con arcos, y son muy precisos en estos deportes. También poseen plata, aljófar y otras piedras preciosas.

En cuanto a la ganadería, crían muchos ciervos en casa y los llevan a pastar en el campo con pastores, y luego regresan al corral por la noche. Además, utilizan la leche de estos ciervos para hacer queso.

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La isla Boriquén, conocida entre los cristianos como San Juan, se encuentra en las coordenadas de diecisiete y dieciocho grados, a unas veinticinco leguas al oeste de La Española. Tiene una longitud de más de cincuenta leguas de este a oeste y una anchura de dieciocho leguas. La parte norte de la isla es rica en oro, mientras que la parte sur es fértil en cultivos de pan, frutas, hierbas y pesca.

Los habitantes de Boriquén, llamados boriqueños, se dice que no consumían carne de animales, probablemente debido a la falta de estos en la isla, pero sí comían aves e incluso murciélagos pelados en agua caliente. En términos de cultura y estilo de vida, son similares a los habitantes de Haití y La Española, pero se consideran más valientes y utilizan arcos y flechas con destreza. La isla es conocida por su goma llamada tibunuco, que se utiliza para impermeabilizar y proteger los barcos, así como por el guayacán, utilizado para tratar enfermedades como las bubas.

La isla fue descubierta por Cristóbal Colón en su segundo viaje, y Juan Ponce de León llegó allí en el año 1509 con licencia del gobernador Ovando, atraído por los informes sobre la riqueza de la isla. Fue recibido amigablemente por el cacique Agüeybana, quien eventualmente se convirtió al cristianismo junto con su familia. Juan Ponce exploró la isla en busca de oro y dejó a algunos españoles con Agüeybana, mientras regresaba a Santo Domingo para informar sobre sus hallazgos. Más tarde, Juan Ponce de León regresó a la isla, que renombró San Juan, y recibió la gobernación de la misma por parte del comendador mayor de Alcántara, Ovando, aunque bajo la supervisión del virrey y almirante de Indias.

Juan Ponce de León hizo esfuerzos para colonizar Boriquén (San Juan), fundando inicialmente la ciudad de Caparra, que luego se despobló debido a las ciénagas que la rodeaban. Posteriormente, intentó establecer Guánica, pero esta también se deshabitó debido a la presencia de mosquitos molestos. Finalmente, se estableció la ciudad de Sotomayor, junto con otras villas. La conquista de Boriquén fue difícil y costó la vida de muchos españoles, ya que los indígenas eran valientes y contaban con la ayuda de los caribes, quienes utilizaban flechas con hierbas venenosas que eran mortales para los españoles.

Oraioa, cacique de Jaguaca, decidió poner a prueba la mortalidad de los españoles ordenando ahogar a un hombre llamado Salcedo. Una vez que Salcedo murió ahogado, los indígenas se dieron cuenta de que los españoles eran mortales y se rebelaron, matando a más de cien de ellos. Sin embargo, Diego de Salazar se destacó en la conquista de Boriquén, siendo temido por los indios, quienes evitaban el combate donde él estuviera presente. Incluso estando enfermo de bubas, su sola presencia infundía temor en los indígenas. Además, un perro llamado Becerrillo, que se desempeñaba como ballestero, también inspiraba miedo en los indígenas, ya que era eficaz en la lucha contra ellos y tenía la habilidad de identificar a los amigos de los enemigos, persiguiendo a los fugitivos y regresando a los indios que se habían escapado.

La presencia de Becerrillo, el perro valiente y leal que peleaba junto a los españoles, era tan efectiva que los soldados lo valoraban tanto como si tuvieran tres caballos. Sin embargo, lamentablemente, Becerrillo finalmente murió por un flechazo que le dieron mientras perseguía a un indio caribe nadando. Después de la conquista, todos los isleños fueron cristianizados y el primer obispo de la isla fue Alonso Manso, nombrado en el año 1511. Sin embargo, los sucesores de Juan Ponce de León, quienes gobernaron Boriquén bajo la autoridad del almirante, a menudo priorizaban sus propios intereses sobre los de los isleños nativos.

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Después de ser destituido del gobierno de Boriquén, Juan Ponce de León, buscando la mítica fuente de la juventud, navegó durante seis meses entre muchas islas sin encontrar rastro de ella. Descubrió la Florida en la Pascua Florida de 1512 y regresó a España para negociar con el rey Fernando, quien le otorgó el título de adelantado de Bimini y gobernador de la Florida. En 1515, armó tres navíos en Sevilla y partió hacia la Florida. Sin embargo, su expedición sufrió un mal comienzo cuando fue atacado por los caribes en Guacana (Guadalupe), lo que resultó en la muerte de muchos españoles y la captura de las lavanderas. Después de este incidente, Juan Ponce se dirigió a Boriquén y luego a la Florida, donde los indios lo atacaron nuevamente, resultando en su muerte por una flecha en Cuba.

En cuanto a la Florida, es una península notablemente conocida en las Indias y ha sido mencionada por muchos españoles que han explorado la región. Hernando de Soto, quien previamente había sido capitán en el Perú, solicitó la conquista y gobernación de la Florida debido a su fama de ser rica y próspera. Sin embargo, su expedición no logró establecer asentamientos permanentes y, después de cinco años de búsqueda de minas, tanto él como muchos de sus seguidores murieron. Este fracaso subraya la importancia de establecer asentamientos permanentes en lugar de simplemente buscar riquezas, especialmente en regiones habitadas por indígenas valientes y resistentes.

Después de la muerte de Hernando de Soto, varios individuos solicitaron la conquista de la Florida en 1544, cuando la corte española estaba en Valladolid. Entre los solicitantes estaban Julián de Samano y Pedro de Ahumada, hermanos con capacidad para tal empresa, y Pedro de Ahumada era un hidalgo muy virtuoso y entendido en muchas cosas, con quien el narrador tenía una amistad estrecha. Sin embargo, ni el emperador, que estaba en Alemania, ni el príncipe Felipe, su hijo, que gobernaba los reinos de Castilla y Aragón, concedieron la solicitud, influenciados por el Consejo de Indias y otras personas que se oponían a las conquistas en las Indias. En su lugar, enviaron a fray Luis Cancel de Balvastro, junto con otros frailes dominicos, con la misión de predicar y convertir pacíficamente a la población indígena de la Florida al servicio y la obediencia del emperador.

En 1549, fray Luis Cancel de Balvastro llegó a la Florida financiado por el rey, acompañado por cuatro frailes y algunos marineros laicos desarmados, que eran los encargados de iniciar la predicación. Sin embargo, al llegar a la costa, fueron atacados y asesinados por los indígenas de la región, quienes no escucharon su mensaje y los martirizaron por predicar la fe cristiana.

Que Dios los tenga en su gloria. Los que sobrevivieron al ataque se refugiaron en el barco y se prepararon para ser confesores, según relataron algunos. Muchos que apoyaron la misión de los frailes ahora comprenden que no es efectivo atraer a los indígenas hacia nuestra amistad o nuestra fe cristiana por medios tan drásticos, aunque sería deseable si fuera posible. Luego, un individuo que había sido paje de Hernando de Soto se unió al barco y contó cómo los indígenas habían colocado las cabezas de los frailes con sus coronas en un templo, y mencionó que cerca de allí había personas que comían carbón.

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Pánfilo de Narváez fue el primero en recorrer las quinientas leguas de costa desde la Florida hasta el río Panuco. Sin embargo, como en ese momento solo exploró la costa sin realizar mayores acciones, dejaremos de hablar de él y nos centraremos en Pánfilo de Narváez, quien fue a poblar y conquistar, con el título de adelantado y gobernador, el río de Palmas, que se encuentra treinta leguas al norte del río Panuco, abarcando toda la costa hasta la Florida. Narváez partió de Sanlúcar de Barrameda en el año 1527 con cinco navíos, seiscientos españoles, cien caballos y una gran cantidad de suministros, armas y vestimenta, ya que contaba con experiencia previa en expediciones. Sin embargo, tuvo dificultades en el camino y no logró encontrar el lugar deseado debido a la falta de conocimiento de los pilotos de la flota, que desconocían la tierra. Narváez decidió continuar solo con trescientos compañeros y casi todos los caballos, aunque con escasa comida. Envío los navíos en busca del río de Palmas, pero la mayoría de los hombres y caballos se perdieron en esta búsqueda, principalmente debido a la falta de establecimiento de colonias al desembarcar, o porque desembarcaron en un lugar inadecuado. La lección aprendida fue que quien no establece colonias no logrará una conquista exitosa, y sin conquistar la tierra, no se podrá convertir a la población nativa. Por lo tanto, la regla fundamental para la conquista debe ser establecer colonias. Narváez vio oro en manos de algunos indígenas que afirmaron obtenerlo de Apalachen, así que se dirigió hacia allí. En su camino, se encontró con un cacique llamado Dulchanchelin, quien, a cambio de cascabeles y collares, le entregó un cuero de venado muy decorado. En Apalachen, Narváez encontró alrededor de cuarenta casas de paja en una tierra que era pobre en lo que buscaban, pero abundante en otras cosas. El área era llana, con mucha agua y arena, y estaba poblada por laureles y otros árboles altos.

En la región de Apalachen, Narváez y su expedición encontraron una variedad de animales, incluyendo leones, osos y venados de diferentes tipos. También mencionan la presencia de unos animales extraordinarios que tienen una especie de bolsa falsa que pueden abrir y cerrar para resguardar a sus crías y huir del peligro. Además, la zona está poblada por diversas aves como garzas, halcones y otras aves de rapiña. Sin embargo, a pesar de la diversidad de vida animal, la región también es conocida por la frecuencia de los rayos.

Los habitantes de la región son descritos como altos, fuertes y ágiles, capaces de alcanzar a un ciervo y de correr durante un día entero sin descansar. Utilizan arcos de gran tamaño, flechas de caña con puntas de pedernal o hueso, y cuerdas hechas de nervios de venados. Narváez y su expedición se encontraron con diferentes comunidades, desde Apalachen hasta Aute, donde encontraron casas mejores y una población más refinada, que vestía pieles de venado y martas, algunas de ellas tan finas y fragantes que maravillaron a los exploradores. Estas comunidades demostraron su amistad ofreciendo flechas y besándolas como muestra de saludo.

Sin embargo, también encontraron situaciones trágicas, como en la isla que llamaron Malhado, donde algunos españoles se vieron obligados a recurrir al canibalismo. Similarmente, en Jamho, en tierra firme cerca de la isla Malhado, ocurrieron casos de canibalismo donde españoles se comieron unos a otros. En estas islas, tanto hombres como mujeres se encontraban desnudos, aunque las mujeres casadas a veces cubrían parte de su cuerpo con un velo hecho de fibras de árbol, mientras que las jóvenes se abrigaban con pieles de venado y otras pieles.

Los hombres de estas comunidades se perforan la tetilla, y en muchos casos ambas, para insertar cañas de aproximadamente un palmo y medio de largo. También horadan el rostro inferior y colocan cañuelas en los agujeros. Son hombres dedicados a la guerra, mientras que las mujeres realizan trabajos. La tierra en la que viven es muy desafortunada. Se casan con dos mujeres cada uno, y los médicos pueden casarse con incluso más si así lo desean. Durante el primer año de matrimonio, el esposo no entra en la casa de sus suegros ni de sus cuñados, y no comparte comidas con su propia familia, y estos últimos no le hablan ni le miran a la cara. Sin embargo, la esposa le lleva comida que él caza y pesca. Duermen sobre esteras y ostiones por razones ceremoniales. Muestran mucho afecto hacia sus hijos, y si alguno muere, se tiznan y lo entierran con grandes lamentos. El período de luto dura un año, y todos en la aldea lloran tres veces al día, mientras que los padres y parientes no se lavan durante ese tiempo. No lloran la muerte de los ancianos. Todos son enterrados, excepto los médicos, a quienes por honor los queman. Mientras arden, bailan y cantan. Luego pulverizan los huesos y guardan las cenizas para beberlas al cabo de un año, junto con los parientes y mujeres, quienes también se emborrachan en ese momento. Estos médicos curan usando botones de fuego y aplicando cauterio y succión en la herida. Buscan el dolor y lo succionan; con esto logran sanar y son recompensados generosamente. Cuando ciertos españoles estuvieron allí, algunos indios murieron de dolor de estómago, y se pensó que podría haber sido a causa de ellos, pero ellos se excusaron. Aunque estaban sufriendo por el frío, el hambre y las picaduras de mosquitos, ya que estaban desnudos, los españoles no los mataron, sino que les ordenaron que trataran de curar a los enfermos.

Estos indígenas, temerosos de la muerte, comenzaron a practicar la medicina rezando, soplando y haciendo la señal de la cruz, y sanaron a todos los que acudieron a ellos, ganándose así fama y respeto como sabios médicos. Desde la isla de Malhado, atravesaron muchas tierras hasta llegar a una llamada de los Jaguaces, quienes son conocidos por ser grandes mentirosos, ladrones, bebedores de su vino y supersticiosos, llegando al extremo de matar a sus propios hijos si tienen malos sueños; y así fue como mataron a Esquivel. Persiguen a los venados hasta darles caza, tal es su habilidad para correr. Tienen perforada la tetilla y el labio inferior; usan vestimenta extraña y cambian sus asentamientos como los nómadas, llevando consigo las esteras con las que construyen sus viviendas. Los ancianos y las mujeres visten y calzan pieles de venado y de vaca, que obtienen de animales que migran hacia el norte en ciertas épocas del año, los cuales tienen cuernos cortos y pelaje largo y proporcionan carne de calidad. Se alimentan de arañas, hormigas, gusanos, salamanquesas, lagartijas, serpientes, madera, tierra y excrementos; y a pesar de su hambre, se muestran muy contentos y felices, dedicándose al baile y al canto. Las mujeres compran a sus enemigos por un arco y dos flechas, o por una red de pesca, y en ocasiones llegan al extremo de sacrificar a sus propias hijas antes que entregarlas a parientes o enemigos.

Los indígenas van desnudos y están tan plagados de mosquitos que parecen enfermos de lepra; con estos insectos tienen una guerra perpetua. Llevan tizones encendidos para ahuyentarlos o encienden fuego con madera podrida o mojada para que el humo los aleje; este humo resulta tan insoportable como los propios mosquitos, especialmente para los españoles, que lloraban debido a él. En la tierra de los Avavares, Alonso de Castillo curó a muchos indios soplándoles como un curandero, tratando dolores de cabeza, lo cual le valió recibir tunas (una fruta), carne de venado, arcos y flechas como muestra de agradecimiento. Además, bendijo a cinco personas paralizadas, las cuales sanaron, lo que causó gran admiración tanto entre los indios como entre los españoles, quienes los adoraban como seres celestiales debido a estos milagros. La fama de tales curaciones atrajo a personas de diversas partes, e incluso los habitantes de Susola lo invitaron a curar a un herido. En esta ocasión, Alvar Núñez Cabeza de Vaca y Andrés Dorantes, quien también tenía el don de la curación, acudieron juntos, pero cuando llegaron, el herido ya había fallecido. Confiando en Jesucristo y deseando preservar sus vidas entre los nativos, lo bendijeron y soplaron tres veces, logrando que reviviera, lo cual fue considerado un milagro. Estuvieron entre los albardaos por un tiempo, quienes eran astutos guerreros que combatían de noche y mediante emboscadas. Luchaban bailando y saltando de un lado a otro para evitar ser alcanzados por sus enemigos, y solían atacar cuando percibían debilidad en el adversario, pero huían si veían resistencia; no perseguían la victoria ni perseguían a los enemigos. Tenían sentidos muy agudos y no dormían con mujeres embarazadas o recién paridas hasta que hubieran pasado dos años; si una mujer era estéril, la abandonaban y se casaban con otras. Amamantaban a los niños durante diez o doce años, hasta que pudieran buscar comida por sí mismos. Las mujeres intervenían para reconciliar a los hombres en caso de disputas. Nadie comía de los platos cocinados por las mujeres con su ropa puesta. Cuando preparaban su vino, los hombres lo derramaban si la mujer pasaba cerca sin taparse, y se embriagaban mucho, lo que provocaba que maltrataran a las mujeres. Algunos hombres se casaban con otros que eran impotentes o castrados y actuaban como mujeres, sirviéndoles y sustituyéndolos en sus funciones, y no podían usar ni arcos ni flechas.

Pasaron por ciertos pueblos donde los hombres eran bastante blancos, pero muchos eran tuertos o tenían los ojos nublados, mientras que sus mujeres bebían alcohol en exceso. Cazaban innumerables liebres a golpes y no comían nada sin que primero fuera bendecido por los cristianos o soplado. Llegaron a una tierra donde, por costumbre o respeto, ni lloraban ni reían ni se hablaban entre ellos; una mujer que lloró fue punzada y rayada por detrás con dientes de ratón, desde los pies hasta la cabeza. Los españoles eran recibidos con las caras hacia la pared, la cabeza baja y el cabello cubriendo los ojos. En el valle que llamaron de Corazones, recibieron unas seiscientas flechas de venado como pago, algunas con puntas de esmeralda de excelente calidad, así como turquesas y plumajes. Las mujeres de allí vestían camisas de algodón fino, mangas del mismo material y faldas hasta el suelo, hechas de piel de venado curtida sin pelo y abiertas por delante. Para envenenar a los venados, utilizaban ciertas manzanillas en las charcas donde bebían, y con ellas y con la leche del mismo árbol ungían las flechas. Luego fueron a San Miguel de Culuacán, ubicado en la costa del Mar del Sur, como se mencionó anteriormente. De los trescientos españoles que desembarcaron cerca de la Florida con Narváez, solo sobrevivieron Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes de Béjar y Estebanico de Azamor, el loro; quienes vagaron perdidos, desnudos y hambrientos durante nueve años y más por las tierras y pueblos mencionados, así como por muchos otros, donde sanaron a enfermos de fiebre, heridos y resucitaron a un muerto, según su relato. Pánfilo de Narváez es el mismo que fue derrotado, capturado y al que Fernando Cortés le sacó un ojo en Zempoallán de la Nueva España, como se detallará más adelante en su crónica. Una mujer de Hornachos predijo un final sombrío para su flota y que pocos escaparían de aquel lugar al que él se dirigía.

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Tras la muerte de Juan Ponce de León, quien exploró y recorrió la Florida, Francisco de Garay armó tres carabelas en Jamaica en el año 1518 y se dirigió a explorar la Florida, pensando que era una isla, ya que en ese momento se prefería poblar islas en lugar de tierra firme. Desembarcó, pero los nativos de la Florida lo repelieron, hiriendo y matando a muchos españoles. Garay continuó su viaje hasta llegar a Panuco, ubicado a quinientas leguas de la costa. Aunque observó la costa, no la exploró en detalle como se conoce hoy en día. Intentó comerciar en Panuco, pero los habitantes del río no se lo permitieron, ya que eran valientes y hostiles, e incluso maltrataron a los españoles en Chila, llegando a comérselos y a colgar sus pieles curtidas en los templos como trofeos. Aunque le fue mal en sus intentos en la región, Garay encontró atractiva la tierra. Regresó a Jamaica, reparó sus barcos, reunió más tripulación y suministros, y regresó al año siguiente, en 1519, pero esta vez le fue peor que la primera vez. Algunos dicen que solo viajó una vez, pero como pasó mucho tiempo allí, algunas crónicas lo cuentan como dos viajes. En cualquier caso, regresó con pérdidas considerables tanto económicas como humanas, especialmente después de un enfrentamiento con Fernando Cortés en Veracruz, como se relata en otra parte. Garay, en un intento de enmendar sus errores y ganar fama al estilo de Cortés, quien era muy reconocido en la época, negoció ante la corte la gobernación de Panuco a través de su criado Juan López de Torralva, argumentando los gastos en su exploración. Con el título de adelantado, Garay equipó once barcos en 1523, llenándolos con más de setecientos españoles, ciento cincuenta y cuatro caballos y abundante armamento, y partió hacia Panuco. Sin embargo, su expedición terminó en desastre: Garay murió en la Ciudad de México, y los indígenas mataron a cuatrocientos españoles, muchos de los cuales fueron sacrificados, comidos y sus pieles exhibidas en los templos, evidenciando la cruel religión o la religiosa crueldad de los nativos.

Son también grandísimos homosexuales, y mantienen públicamente lupanares o casas de prostitución masculina, donde se acogen por las noches miles de hombres, más o menos según el tamaño del pueblo. Se arrancan las barbas, se agujerean las narices al igual que las orejas para colocar adornos; se liman los dientes en forma de sierra por estética y por higiene; no se casan hasta los cuarenta años, aunque desde los diez o doce años ya son sexualmente activos. Nuño de Guzmán también fue enviado como gobernador a Pánuco en el año 1527; llevó dos o tres navíos y ochenta hombres; él castigó a aquellos indios por sus pecados, esclavizando a muchos de ellos.

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Jamaica, la isla que hoy conocemos como Santiago se encuentra ubicada entre los diecisiete y dieciocho grados al norte del Ecuador, a unas veinticinco leguas al norte de Cuba y unas pocas más al este de La Española. Tiene aproximadamente cincuenta leguas de longitud y menos de veinte de ancho. Fue descubierta por Cristóbal Colón en su segundo viaje a las Indias, y más tarde conquistada por su hijo, don Diego, mientras estaba bajo el gobierno de Santo Domingo, liderado por Juan de Esquivel y otros capitanes.

Uno de los gobernadores más destacados de la isla fue Francisco Garay, quien armó numerosas embarcaciones y reclutó hombres para una expedición a Panuco. La situación en Santiago es similar a la de Haití, donde la población indígena fue exterminada. La isla es rica en recursos como el oro y produce algodón de alta calidad. Tras la colonización española, se introdujo una variedad de ganado y se destacó la calidad de los cerdos en comparación con otras regiones.

El principal asentamiento en la isla se llama Sevilla. El primer abad de Santiago fue Pedro Mártir de Anglería, un milanés que escribió extensamente sobre las Indias en latín, siendo cronista de los Reyes Católicos. Aunque algunos habrían preferido que escribiera en español o de manera más clara, se le reconoce como pionero en la elaboración de relatos sobre la región.

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Después de que Francisco Hernández de Córdoba llegara a Santiago con las noticias sobre las ricas tierras de Yucatán, Diego Velázquez, gobernador de Cuba, se sintió ansioso por enviar expediciones para explotar esas riquezas. Armó cuatro carabelas y las entregó a Juan de Grijalva, su sobrino, quien reunió a doscientos españoles para la travesía. Partieron de Cuba el primero de mayo del año 18 y se dirigieron a Acuzamil, con el experimentado piloto Alaminos al mando, quien ya había navegado con Francisco Hernández de Córdoba. Desde allí, avistaron la costa de Yucatán y decidieron bordearla, creyendo que era una isla, siguiendo la ruta que había tomado anteriormente Francisco Hernández por el otro lado. Esta elección se debía a que los isleños parecían ser más dóciles que los de tierra firme.

Mientras costeaban la tierra, entraron en una bahía que llamaron "de la Ascensión", en honor al día en que llegaron. Fue en este punto donde descubrieron el tramo de tierra que separaba Acuzamil de la mencionada bahía. Sin embargo, al ver que la costa continuaba extensa, decidieron regresar sobre sus pasos. En su camino de vuelta, llegaron a Champotón, donde fueron recibidos hostilmente, tal como le había sucedido a Francisco Hernández. Durante un enfrentamiento con los nativos, Juan de Guetaria perdió la vida y cincuenta españoles resultaron heridos, incluyendo a Juan de Grijalva, quien perdió un diente y medio y recibió dos flechazos. Debido a estos acontecimientos, la playa donde ocurrió la confrontación fue bautizada como "Mala-Pelea".

Después de este incidente, continuaron buscando un puerto seguro y finalmente llegaron a uno que denominaron "el Deseado". Desde allí, se dirigieron al río que más tarde sería conocido como el río Grijalva, donde realizaron intercambios comerciales. Entre las cosas que obtuvieron se encuentran: máscaras de madera doradas y adornadas con turquesas, una cabeza de perro cubierta de piedras falsas, armaduras de piernas hechas de corteza y doradas, escarcelones de palo con hojuelas de oro, entre otras piezas de valor.

Como muestra de gratitud por los intercambios comerciales, Grijalva entregó a los indígenas un jubón de terciopelo verde, una gorra de seda, dos bonetes de frisa, dos camisas, unos zaragüelles, un tocador, un peine, un espejo, unos alpargates, tres cuchillos y unas tijeras, así como muchas contezuelas de vidrio y un cinto con su esquero. A pesar de ofrecer también vino, este fue rechazado por los indígenas, siendo la primera vez que rechazaban esta bebida. Desde el río Grijalva, continuaron su viaje hasta San Juan de Ulúa, donde Grijalva tomó posesión en nombre del rey, por orden de Diego Velázquez, como tierra recién descubierta.

Durante su estancia en San Juan de Ulúa, Grijalva interactuó con los indígenas, quienes estaban bien vestidos según sus costumbres y se mostraban amables y perceptivos. Intercambiaron muchas cosas, entre las que se incluyeron cuatro granos de oro, una cabeza de perro tallada en piedra de calcedonia, un ídolo de oro con adornos y pendientes del mismo metal, una medalla de piedra con incrustaciones de oro, cuatro zarcillos de turquesas con ocho pendientes cada uno, entre otros objetos valiosos. Además, obtuvieron mantas, camisetas de algodón, plumajes y ventalles.

En reconocimiento a los intercambios comerciales, Grijalva entregó a los indígenas dos camisas, dos sayos de azul y colorado, dos caperuzas negras, dos zaragüelles, dos tocadores, dos espejos, dos cintas de cuero tachonadas con sus bolsas, dos tijeras y cuatro cuchillos, que los indígenas valoraron mucho por su eficacia para cortar. También les ofreció dos pares de alpargatas, servilletas de mujer, tres peines, cien alfileres, doce agujetas, tres medallas y doscientas cuentas de vidrio, así como otros objetos de menor valor.

Después de finalizar los intercambios, los indígenas prepararon alimentos para compartir con los españoles, incluyendo cazuelas y pasteles de carne con abundante ají, cestas de pan fresco y una joven india para el capitán, siguiendo las costumbres de hospitalidad de la región. Algunos miembros de la expedición sugirieron que Grijalva debería establecer un asentamiento en el lugar, pero él no tenía la autorización ni la intención de hacerlo. Envió a Pedro de Alvarado de regreso a Cuba en una carabela con los enfermos y heridos, así como con una gran cantidad de objetos obtenidos en los intercambios, para aliviar la preocupación de Diego Velázquez.

Continuando su exploración hacia el norte, Grijalva navegó muchas leguas sin desembarcar, pero eventualmente decidió regresar debido a las corrientes, el clima y la escasez de provisiones. Anclado en el puerto de San Antón para abastecerse de agua y leña, Grijalva negoció con los nativos y le ofreció mercancías a cambio de hachuelas de cobre mezclado con oro, tazas de oro, un vaso de pedrecicas y cuentas de oro huecas, entre otras cosas. Aunque muchos españoles habrían deseado establecerse en ese lugar debido a la riqueza y amabilidad de los indígenas, Grijalva optó por continuar su viaje y llegó a la bahía de Términos, donde descubrieron un pequeño ídolo de oro y figuras de hombres de barro. Este hallazgo, junto con la presencia de cuerpos de hombres sacrificados, causó incomodidad y disgusto entre los españoles, quienes lo consideraron como una práctica cruel y poco higiénica.

Abandonaron Champotón después de abastecerse de agua, pero parece que no se aventuraron a desembarcar debido a la presencia de los nativos, quienes estaban fuertemente armados y mostraban valentía al enfrentarse a las carabelas con sus pequeñas embarcaciones. Ante esta situación, decidieron abandonar la tierra y regresar a Cuba cinco meses después de su partida. Juan de Grijalva entregó lo obtenido en los intercambios a su tío Diego Velázquez, reservando el quinto correspondiente a los oficiales del rey. Durante su exploración desde Champotón hasta San Juan de Ulúa y más allá, descubrieron tierras ricas y fértiles.

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Nunca antes se había encontrado tanta riqueza en las Indias ni se habían hecho intercambios tan lucrativos tan pronto después del descubrimiento como en las tierras exploradas por Juan de Grijalva. Este hecho inspiró a muchos a emprender expediciones hacia esa región. Sin embargo, fue Fernando Cortés quien lideró la primera expedición con quinientos cincuenta españoles en once navíos. Durante su viaje, Cortés visitó Acuzamil, conquistó Tabasco, fundó la ciudad de Veracruz, llevó a cabo la conquista de México, capturó a Moctezuma y finalmente colonizó y pobló la Nueva España, junto con muchos otros reinos.

Las hazañas de Cortés en estas guerras, que fueron las más destacadas de todas las ocurridas en el Nuevo Mundo hasta ese momento, merecen ser relatadas por sí mismas. Por ello, las narraré siguiendo el estilo de Polibio y Salustio, quienes extrajeron sus historias de los relatos romanos, con la misma integridad y detalle, como hizo el primero con la historia de Mario y el segundo con la de Escipión. Además, la historia de la conquista de la Nueva España es especialmente relevante debido a la gran riqueza y desarrollo que alcanzó la región, así como por la mezcla de culturas, la cristianización de la población nativa y la introducción de nuevas costumbres, aspectos que seguramente intrigarán y sorprenderán al lector.

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Cristóbal Colón nombró a Cuba Fernandina, en honor al rey Fernando, en cuyo nombre la descubrió. La conquista de la isla comenzó con Nicolás Ovando bajo el mando de Sebastián de Ocampo, pero fue completada por Diego Velázquez de Cuéllar, en lugar del almirante don Diego Colón. Velázquez repartió, pobló y gobernó la isla hasta su fallecimiento.

Cuba tiene una forma que recuerda a una hoja de sauce, con una extensión de trescientas leguas de longitud y setenta de ancho, dispuestas en forma de aspa. La isla se extiende de este a oeste, con su punto medio cerca del veintiuno grado de latitud. Al este limita con la isla de Haití (Santo Domingo), a una distancia de quince leguas. Hacia el sur, cuenta con muchas islas, siendo Jamaica la más grande y relevante. En la parte occidental se encuentra Yucatán, mientras que hacia el norte se vislumbra la Florida y los Lucayos, un conjunto de numerosas islas.

Cuba es una tierra montañosa y áspera, con numerosos ríos que, aunque no son muy grandes, ofrecen aguas ricas en oro y peces. También abundan las lagunas y los estanques, algunos de los cuales son salados. El clima es templado, aunque se siente cierto frío en algunas ocasiones. La población y las características del terreno son similares a las de La Española, por lo que no es necesario repetirlas. Sin embargo, en aspectos culturales, hay diferencias significativas. La lengua es algo diferente, y tanto hombres como mujeres suelen andar desnudos. En cuanto a las bodas, la tradición varía según la posición social del novio: si es cacique, los caciques invitados prueban a la novia antes que él; si es mercader, los mercaderes; y si es labrador, el señor o algún sacerdote. Las mujeres pueden dejar a sus esposos por motivos ligeros, pero los hombres no lo hacen por ningún motivo. Además, la desnudez de las mujeres incita rápidamente a los hombres y el uso frecuente del pecado de sodomía es común. En cuanto a los recursos, Cuba posee mucho oro, aunque no de alta pureza, así como cobre de calidad y una variedad de colores. También cuenta con una fuente y mina de una sustancia similar a una pasta como pez, que se utiliza para calafatear los barcos y pegar cualquier cosa cuando se mezcla con aceite o sebo.

En Cuba se encuentra una cantera de piedras extremadamente redondas que, sin necesidad de ser modificadas, pueden ser lanzadas con arcabuces y lombardas. A pesar de la presencia de serpientes de gran tamaño en la isla, éstas son dóciles y no venenosas, lo que permite que sean fácilmente capturadas y consumidas sin temor. Las serpientes se alimentan de guabiniquinajes, pequeños mamíferos de aspecto similar a una liebre con pies de conejo, cabeza de hurón, cola de zorra y pelo espeso, de color rojizo, cuya carne es sabrosa y nutritiva.

En tiempos pasados, Cuba estaba densamente poblada por indígenas, pero en la actualidad la mayoría de la población son españoles convertidos al cristianismo. Muchos indígenas murieron debido al trabajo, el hambre y las enfermedades como la viruela. Además, muchos se trasladaron a la Nueva España después de que Cortés la conquistara, lo que llevó al casi total exterminio de la población indígena en la isla. El principal pueblo y puerto de Cuba es Santiago, y el primer obispo de la isla fue Hernando de Mesa, un fraile dominico.

Durante los primeros años de la pacificación de la isla, se reportaron varios milagros que contribuyeron a la conversión de los indígenas al cristianismo. Se dice que la Virgen María se apareció varias veces al cacique comendador y a otros que recitaban el Ave María. He destacado la importancia de Cuba aquí debido a su papel fundamental como lugar de origen de aquellos que exploraron y evangelizaron la Nueva España en nombre de la fe cristiana.

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Yucatán es una prominencia de tierra ubicada en el vigésimo primer grado de latitud, y de ella se deriva una vasta provincia. Algunos la denominan península debido a que, cuanto más se adentra en el mar, más se ensancha, aunque su parte más estrecha tiene unas cien leguas, que es la distancia desde Xacalanco o la Bahía de Términos hasta Chetemal, situada en la Bahía de la Ascensión. Sin embargo, las cartas de navegación que la delimitan suelen estar equivocadas.

La exploración de Yucatán comenzó cuando Francisco Hernández de Córdoba, acompañado por Cristóbal Morante y Lope Ochoa de Caicedo, armó navíos en Santiago de Cuba en el año 1517. Se desconoce si la expedición tenía como objetivo principal el descubrimiento y el comercio, o si también incluía la captura de esclavos de las islas Guanaxos para ser utilizados en las minas y trabajos agrícolas, como se conocía a los nativos de esa isla. Los Guanaxas residían cerca de Honduras y eran un pueblo pacífico, sencillo y dedicado a la pesca, que no usaba armas ni participaba en guerras.

Francisco Hernández de Córdoba lideraba los tres navíos de la expedición, que transportaban a ciento diez hombres. Como piloto estaba Antón Alaminos de Palos, y como veedor, Bernaldino Íñiguez de la Calzada. Se dice que también llevaba una barca proporcionada por el gobernador Diego Velázquez, cargada con pan, herramientas y otros suministros destinados a sus minas, así como a trabajadores que podrían traerle parte del botín.

La expedición de Francisco Hernández de Córdoba llegó a tierras desconocidas y sin explorar por los europeos, donde encontraron salinas en una punta que nombraron Punta de las Mujeres. En este lugar, se encontraban torres de piedra con escalinatas y capillas cubiertas de madera y paja, en las cuales se habían colocado numerosos ídolos que parecían representar mujeres, en conformidad con las creencias religiosas locales.

Los españoles quedaron maravillados al contemplar un edificio de piedra, algo que hasta entonces no habían visto. Además, quedaron impresionados por la riqueza y la elegancia con la que la gente se vestía. Portaban camisetas y mantas de algodón, tanto blancas como de colores, plumajes, zarcillos, bronchas y joyas de oro y plata. Las mujeres llevaban el pecho y la cabeza cubiertos. Pero la sorpresa no terminó ahí, pues se dirigieron a otra área conocida como Cotoche, donde encontraron a unos pescadores que, atemorizados o asombrados, se retiraron a tierra. Respondían con la palabra "cotohe", que significaba casa, pensando que se les preguntaba por la ubicación de su residencia. Esta confusión dio nombre a la tierra, siendo conocida desde entonces como Cotoche.

Continuando su camino, los españoles se encontraron con algunos hombres a quienes preguntaron por el nombre de un gran pueblo cercano. La respuesta que obtuvieron fue "tectetan, tectetan", que significaba "no te entiendo". Los españoles asumieron que este era el nombre del lugar, y corrompiendo el término, lo denominaron Yucatán, nombre que perduró a lo largo del tiempo. Durante su exploración, encontraron cruces de latón y madera sobre tumbas. Algunos especulan que esto podría indicar la presencia previa de españoles en la región, posiblemente durante la época de la destrucción de España por parte de los moros en tiempos del rey don Rodrigo. Sin embargo, esta teoría es cuestionable, dado que tales cruces no se encuentran en las islas mencionadas previamente, las cuales uno necesariamente tendría que tocar antes de llegar a Yucatán desde España.

En cuanto a la isla de Acuzamil, se hablará más extensamente sobre el tema de las cruces en otra ocasión. Francisco Hernández se aventuró desde Yucatán hasta Campeche, un lugar de considerable tamaño que bautizó como Lázaro, en honor al día en que arribaron, un domingo de Lázaro. Al desembarcar, entabló amistad con el señor local, intercambiando mantas, plumas, conchas de cangrejos y caracoles engastados en plata y oro. Además, recibieron perdices, tórtolas, ánades, gallipavos, liebres, ciervos y otros alimentos, así como abundante pan de maíz y frutas. Los nativos se acercaban curiosos a los españoles, tocando sus barbas, sus ropas, e incluso palpando sus espadas, mostrándose todos ellos fascinados alrededor de los recién llegados.

En aquel lugar se erguía un pequeño torreón de piedra, cuadrado y escalonado. En su cúspide, se encontraba un ídolo rodeado por dos feroces criaturas que parecían devorarlo, mientras que una serpiente de cuarenta y siete pies de largo, tan gruesa como un buey, también esculpida en piedra como el ídolo, parecía estar devorando a un león. Todo el lugar estaba impregnado con la sangre de sacrificios humanos, como era costumbre en aquellas tierras.

Desde Campeche, Francisco Hernández de Córdoba se dirigió a Champotón, una localidad muy grande cuyo señor se llamaba Mochocoboc, un hombre guerrero y valiente. Sin embargo, este líder no permitió que los españoles realizaran trueques comerciales ni les proporcionó provisiones ni agua, sino que demandó sacrificios humanos a cambio. Ante esta situación, Francisco Hernández, para evitar mostrar cobardía y para evaluar el armamento, valentía y destreza de esos indígenas belicosos, reunió a sus hombres de la mejor manera posible y ordenó a los marineros que tomaran agua, preparando su escuadrón para enfrentarse en caso de ser necesario.

Mochocoboc, con la intención de alejar a los españoles del mar y evitar que estuvieran tan cerca de su refugio, indicó que fueran detrás de una colina donde se encontraba la fuente de agua. A pesar de los temores de los españoles por la apariencia intimidante de los indígenas pintados y armados con flechas, y con el semblante de combate, decidieron soltar la artillería de los barcos para asustarlos. Los indígenas se sorprendieron por el fuego y el humo, y se aturdieron un poco con el estruendo, pero no huyeron. Por el contrario, avanzaron con valentía y coordinación, lanzando gritos, piedras, lanzas y flechas.

Los españoles avanzaron con cautela y, una vez estuvieron cerca, dispararon las ballestas y desenvainaron sus espadas, causando numerosas bajas entre los indígenas. A falta de hierro, las espadas se hundían fácilmente en la carne, cortando extremidades. A pesar de las heridas, los indígenas continuaron luchando con la determinación y el liderazgo de su capitán y señor, hasta que finalmente fueron derrotados en la batalla. Durante el enfrentamiento y la retirada hacia los barcos, veinte españoles fueron abatidos a flechazos y más de cincuenta resultaron heridos, mientras que dos fueron capturados y posteriormente sacrificados.

Francisco Hernández quedó gravemente herido, con treinta y tres lesiones. Se apresuró a embarcarse y, con el corazón pesado, navegó de regreso a Santiago, llevando consigo noticias valiosas sobre la nueva tierra, a pesar de los desafíos y las pérdidas sufridas.

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Francisco de Montejo, originario de Salamanca, obtuvo la conquista y el gobierno de Yucatán con el título de adelantado. Solicitó este cargo al emperador persuadido por Hierónimo de Aguilar, quien había pasado muchos años en la región y afirmaba que era una tierra buena y rica, aunque no resultó ser así según lo demostrado. Montejo ya tenía una posición sólida en la Nueva España, por lo que financió la expedición con sus propios recursos, llevando más de quinientos españoles en tres barcos en el año 1526.

Una vez en Yucatán, Francisco de Montejo desembarcó en Acuzamil, una isla bajo su gobierno. Sin embargo, al no conocer el idioma local ni ser comprendido, se encontraba en apuros. Un día, mientras estaba detrás de una pared orinando, un isleño se le acercó y le dijo "chuca va", que significaba "¿cómo se llama?". Montejo escribió estas palabras para no olvidarlas y, utilizando esta frase para preguntar por todo, logró comunicarse con los indígenas, aunque con dificultad, y lo consideró un milagro. Luego desembarcó cerca de Xamanzal, preparado con gente, caballos, armas, vestimenta, alimentos y otros suministros tanto para el comercio como para la guerra con los indígenas, iniciando su empresa con cautela.

Recorrió diversos pueblos, desde Pole hasta Aque, estableciendo relaciones con los nativos y enfrentando algunas hostilidades. En Conil, los señores de Chuaca intentaron matarlo con un alfanje que habían tomado de un esclavo negro, pero Montejo se defendió con otro. Los nativos mostraban preocupación por la presencia de extranjeros y de frailes que derribaban sus ídolos sin ningún respeto. Desde Conil, Montejo avanzó hacia Aque y comenzó la conquista de Tabasco, un proceso que le llevó dos años debido a la resistencia de los habitantes locales. Fundó el pueblo de Santa María de la Victoria en Tabasco y pasó otros seis o siete años pacificando la región, enfrentando hambre, trabajo y peligro, especialmente cuando Gonzalo Guerrero, quien había vivido entre los indígenas durante más de veinte años, intentó matarlo en Chetemal. Guerrero se había casado con una mujer indígena y adoptado costumbres locales, negándose a unirse a Hernán Cortés cuando se presentó la oportunidad.

Francisco de Montejo fundó numerosas ciudades en Yucatán, como San Francisco, Campeche, Mérida, Valladolid, Salamanca y Sevilla, estableciendo relaciones pacíficas con los indígenas en general.

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Los habitantes de Yucatán son valientes y habilidosos en la guerra, utilizando armas como la honda, la vara, la lanza, el arco con dos aljabas de saetas de libiza, pez, rodela, cascos de palo y corazas de algodón en combate. Cuando no llevan armas o vestimenta, se tiñen el rostro, los brazos y el cuerpo de color rojo o negro, y se adornan con grandes plumajes que lucen impresionantes. Antes de entrar en batalla, realizan ceremonias y cumplidos ceremoniales, adornándose las orejas, colocándose coronas en la frente y trenzándose los largos cabellos en colodrillos. Aunque algunos se tatúan, no todos, y no practican el canibalismo, aunque sí realizan sacrificios humanos según su tradición indígena.

La caza y la pesca son actividades comunes, ya que la región cuenta con abundantes recursos naturales. También se dedican a la apicultura, produciendo miel y cera en gran cantidad. Sin embargo, antes de la llegada de los españoles, no conocían el uso de la cera para la iluminación hasta que se les enseñó a fabricar velas. Construyen templos y muchas casas de cantería, utilizando una piedra sobre otra sin herramientas de hierro, y empleando argamasa y bóvedas en su arquitectura. Aunque algunos practican la sodomía, la mayoría sigue las prácticas religiosas tradicionales, realizando sacrificios humanos y adorando a sus dioses, aunque también adoran al diablo, especialmente en lugares como Acuzamil y Xicalanco.

Acuzamil y Xicalanco son importantes centros religiosos, cada uno con su propio templo o altar donde los habitantes acuden a adorar a sus deidades. Se encuentran muchas cruces de madera y latón en estos lugares, lo que algunos interpretan como evidencia de la presencia de españoles en la región, posiblemente relacionada con la destrucción de España por parte de los moros en tiempos del rey don Rodrigo. Además, Xicalanco era conocido por su gran feria, a la que acudían mercaderes de diversas partes para comerciar, convirtiéndolo en un lugar destacado en la región.

Los habitantes de Yucatán y Alquimpech, el sacerdote del pueblo que hoy conocemos como Mérida, son conocidos por su longevidad. Alquimpech vivió más de ciento veinte años y, a pesar de ser cristiano, lamentaba la llegada y la presencia de los españoles. Le relató a Montejo cómo ochenta años atrás, una enfermedad pestilencial había azotado la región, causando que los hombres se hincharan y se llenaran de gusanos, seguida por una mortandad de un hedor insoportable. Además, mencionó que había habido dos batallas, aproximadamente cuarenta años antes de la llegada de los españoles, en las que murieron más de ciento cincuenta mil hombres.

Sin embargo, Alquimpech expresó que lo que más les preocupaba era el dominio y el gobierno de los españoles, ya que creían que nunca abandonarían la región, lo que consideraban una situación más preocupante que todo lo que habían experimentado en el pasado.

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Cristóbal Colón descubrió trescientas setenta leguas de costa, desde el río grande de Higueras hasta el Nombre de Dios, en el año 1502. Se dice que tres años antes, Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díez de Solís también habían explorado esta región y fueron considerados grandes descubridores. En su expedición, Colón navegaba con cuatro carabelas y ciento setenta españoles, con el objetivo de encontrar un estrecho que le permitiera acceder al Mar del Sur, como había sugerido a los Reyes Católicos. Sin embargo, su viaje se limitó a descubrir la costa y perder sus navíos, como ya he mencionado en otro contexto.

Colón llamó al puerto de Caxinas lo que ahora conocemos como Honduras. Francisco de las Casas fundó allí Trujillo en 1525, en nombre de Fernán Cortés. En esa misma área, Cortés y Gil González mataron a Cristóbal de Olit, quien los tenía prisioneros y se había rebelado contra Cortés, un evento que detallaré más adelante en la conquista de México, al hablar sobre el arduo viaje que Cortés realizó hacia las famosas Higueras.

Honduras es una tierra fértil, rica en alimentos, cera y miel, aunque carecía de plata y oro a pesar de tener valiosas minas. La gente se alimentaba como en México y vestía como en Castilla de Oro, y compartían muchas costumbres y creencias con Nicaragua, que eran similares a las mexicanas. Eran conocidos por ser mentirosos, dados a las historias exageradas y algo perezosos, pero obedientes a sus amos y señores. Aunque eran muy dados a la lujuria, generalmente solo se casaban con una esposa, aunque los señores podían tener más de una. El divorcio era común entre ellos.

Antes eran devotos de sus ídolos, pero ahora todos son cristianos bajo la dirección del obispo licenciado Pedraza. Diego López de Salceda fue gobernador de Honduras, pero fue envenenado por su propio pueblo. Luego le sucedió Vasco de Herrera, cuyo cuerpo fue arrastrado después de ser asesinado a puñaladas. Diego de Albítez asumió el cargo, pero también fue envenenado. Con tantas revueltas, la población disminuyó y muchos pueblos fueron destruidos.

Andrés de Cereceda tomó el mando después de ellos, pero fue sucedido por Francisco de Montejo, adelantado de Yucatán, en 1535. Montejo llevó consigo ciento setenta españoles, entre soldados y marineros, y logró conquistar el peñol de Cerquin en siete meses, a pesar de la fuerte resistencia de los indígenas. También capturó el peñol de Jamala debido a la escasez de alimentos. Fundó varios asentamientos, incluyendo Cumayagua y San Jorge en el valle de Blanco, y reformó otros como Trujillo y San Pedro. Cerca de San Pedro, hay una laguna donde los árboles y las isletas cambian de posición con el viento.

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La fama de Veragua como una tierra rica se remonta al descubrimiento realizado por Cristóbal Colón en 1502. Por esta razón, Diego de Nicuesa solicitó la gobernación y conquista de la región al Rey Católico. En el año 1508, partió del puerto de La Beata de Santo Domingo con una flota compuesta por siete naos, carabelas y dos bergantines, llevando consigo más de setecientos ochenta españoles. Para evitar desviaciones en la navegación, Nicuesa pasó primero por Cartagena.

Al llegar a Cartagena, encontró a los compañeros de su amigo Alonso de Hojeda devastados por los indígenas en Urabá. Para vengar esta pérdida, Nicuesa y Hojeda atacaron una aldea en la que mataron a la mayoría de sus habitantes y saquearon oro. Luego, Nicuesa partió hacia Veragua, deteniéndose en Coiba para encontrarse con el cacique Careta antes de seguir adelante con dos bergantines y una carabela.

Sin embargo, Nicuesa se apresuró demasiado y pasó por alto Veragua sin darse cuenta. Lope de Olano, uno de los capitanes de la expedición, se acercó a tierra en un bergantín para obtener información sobre Veragua. Al ser informado de que habían pasado el área, regresaron y se encontraron con Pedro de Umbría, quien también había navegado demasiado lejos. Decidieron dirigirse al río de Chagre y luego a Veragua, donde esperaban encontrar a Nicuesa.

Al llegar a Veragua, echaron anclas en la boca del río y Pedro de Umbría intentó desembarcar en una barca, pero se perdió junto con los marineros debido al fuerte oleaje. A raíz de este incidente, los capitanes decidieron utilizar los bergantines para desembarcar. Luego, desembarcaron caballos, armas, vino, y otros suministros, y destruyeron los navíos para evitar que la tripulación se dispersara. Eligieron a Lope de Olano como su capitán y gobernador temporal hasta la llegada de Nicuesa.

Olano comenzó la construcción de un castillo en la ribera del río Veragua y sembró maíz y trigo con la intención de establecerse allí permanentemente, independientemente de la decisión de Nicuesa. Mientras tanto, tres españoles llegaron con noticias de Nicuesa, quien había quedado varado en Zorobaro después de perder su carabela debido a las malas condiciones del terreno. Olano envió un bergantín para rescatar a Nicuesa, quien, al llegar, arrestó a Olano bajo acusaciones de traición por no haber ido en su búsqueda antes y por haber destruido los navíos.

Nicuesa mostró su enojo hacia muchos de sus compañeros y decidió partir de Veragua poco después de llegar. Aunque algunos le rogaron que se quedara para cosechar los cultivos que habían plantado, él prefirió no arriesgar su vida y anunció su partida apenas unos días después de su llegada. Quizás tomó esta decisión para evitar que Lope de Olano obtuviera reconocimiento sobre él.

Partió de Veragua con los españoles que cabían en los bergantines y la carabela nueva y se dirigió a Puerto-Bello, así nombrado por su buen puerto, donde comenzaron a explorar la tierra en busca de alimentos y oro. Sin embargo, veinte de sus compañeros fueron asesinados por los indígenas con flechas envenenadas. Nicuesa dejó a los sobrevivientes en Puerto-Bello y continuó hacia el cabo del Mármol, donde construyó una pequeña fortaleza para protegerse de los ataques de los indígenas, a la que llamó Nombre de Dios. Este fue el inicio de la famosa ciudad de Nombre de Dios.

Debido a la dura labor de construcción, los problemas de suministros y los ataques de los nativos, Nicuesa perdió la mayoría de sus hombres. En esta situación, los soldados de Alonso de Hojeda solicitaron a Nicuesa que los gobernara en Urabá, ya que en su ausencia había disputas sobre quién debía liderar, entre Vasco Núñez de Balboa y Martín Fernández de Enciso.

Rodrigo Enríquez de Colmenares, enviado para recoger a Nicuesa, lo encontró sumido en la desesperación y lo llevó consigo junto con sesenta españoles en un bergantín. Durante el viaje, Nicuesa comenzó a expresar ambiciones de poder y a amenazar con castigar a algunos y confiscar el oro de todos, ya que consideraba que él y Hojeda tenían el título de gobernadores otorgado por el rey. Estas palabras llegaron a oídos de Balboa y Enciso, quienes cambiaron de parecer y temieron por su seguridad al escuchar las amenazas de Nicuesa.

Cuando llegaron a Urabá, Balboa y Enciso se negaron a recibir a Nicuesa e incluso lo insultaron y amenazaron. Algunos en Urabá simpatizaban con Nicuesa, pero temían enfrentarse a la ira del consejo local, liderado por Balboa.

Así que Nicuesa se vio obligado a regresar con sus sesenta compañeros y el bergantín que tenía, sintiéndose agraviado y lamentándose por el trato recibido de Balboa y Enciso. Partió del Darién el 1 de marzo del año 1511, con la intención de ir a Santo Domingo para quejarse de ellos. Sin embargo, en el camino, se ahogó y fueron devorados por peces, o bien, al buscar agua y comida, que escaseaban, saltó a la costa y los indígenas lo devoraron. Se dice que en esa tierra encontraron más tarde escrito en un árbol: "Aquí anduvo perdido el desdichado Diego de Nicuesa". Es posible que lo escribiera mientras vagaba por Corobaro. Así terminó la historia de Diego de Nicuesa y su expedición rica en conquista de Veragua.

Nicuesa era oriundo de Baeza y había acompañado a Cristóbal Colón en su segundo viaje. Perdió la honra y la riqueza que había ganado en la isla La Española al emprender el viaje desde Veragua, durante el cual descubrió sesenta leguas de tierra desde el Nombre de Dios hasta los Fallarones o roquedos del Darién, siendo el primero en hacerlo, y nombró al río Pito como Puerto de Misas. De todos los españoles que llevó consigo, en menos de tres años, quedaron vivos sesenta, y estos hubieran muerto de hambre si no los hubieran trasladado de Puerto-Bello al Darién. En Veragua, llegaron a comerse todos los perros que tenían, y algunos se vendieron por veinte castellanos, incluso dos días después de su muerte, cocieron la carne y la cabeza sin importar que estuvieran llenos de sarna y gusanos, y vendieron el caldo a un castellano. Otro español llegó a guisar dos sapos de la tierra, que los indios solían comer, y los vendió con grandes ruegos a un enfermo por seis ducados. Algunos españoles incluso llegaron a comerse a un indígena que encontraron muerto en el camino mientras buscaban comida, ya que había poca en el campo y los indios se negaban a proporcionarla. Los indígenas andaban desnudos y llamaban "ome" al hombre, mientras que las mujeres llevaban el cuerpo cubierto desde el ombligo hacia abajo y adornaban con zarcillos, pulseras y cadenas de oro.

Felipe Gutiérrez, natural de Madrid, solicitó la gobernación de Veragua debido a la fama de ser una tierra rica en recursos, y partió hacia allá con más de cuatrocientos soldados en el año 1536. Sin embargo, la mayoría pereció de hambre o enfermedades. Se vieron obligados a comer los caballos y perros que llevaban consigo. En una situación extrema, Diego Gómez y Juan de Ampudia, de Ajofrín, llegaron al extremo de comerse a un indígena que habían matado, y luego se unieron a otros compañeros hambrientos para matar a Hernán Darias, de Sevilla, quien estaba enfermo, para alimentarse. Al día siguiente, consumieron también a un tal Alonso González. Sin embargo, fueron castigados por este acto inhumano y pecaminoso.

La desgracia de los compañeros de Felipe Gutiérrez alcanzó tal extremo que Diego de Ocampo, temiendo quedar sin sepultura, se enterró vivo en la fosa que había sido cavada para otro español fallecido. Posteriormente, el almirante don Luis Colón envió al capitán Cristóbal de Peña con una buena compañía de soldados españoles para poblar y conquistar Veragua en el año 1546. Sin embargo, también a él le fue mal en la empresa, al igual que a sus predecesores. Así, hasta el momento, no se ha logrado someter aquel río y tierra a un control efectivo.

En el acuerdo establecido entre el rey y el almirante respecto a sus privilegios y concesiones, se le otorgó a Colón el título de duque y marqués de Jamaica, incluyendo la posesión de Veragua.

El Darién

En Cádiz, en el año 2 con la autorización de los Reyes Católicos, Rodrigo de Bastidas financió la construcción de dos carabelas, junto con Juan de Ledesma y otros amigos. Como piloto eligió a Juan de la Cosa, un experimentado marino de Santa María, quien, como mencioné anteriormente, más tarde sería asesinado por los indígenas mientras exploraba tierras en las Indias. Siguiendo la ruta de Cristóbal Colón, Bastidas navegó y exploró cerca de ciento setenta leguas, desde el cabo de la Vela hasta el golfo de Urabá y los Farallones del Darién. En este trayecto se encontraban lugares como Caribana, Zemu, Cartagena, Zamba y Santa María, hacia el este.

Al llegar a Santo Domingo, las carabelas se perdieron en un incidente trivial y Bastidas fue arrestado por Francisco de Bobadilla, acusado de rescatar oro y apresar indígenas. Fue enviado a España junto con Cristóbal Colón. Sin embargo, los Reyes Católicos reconocieron su contribución al descubrimiento otorgándole una renta de doscientos ducados en el Darién. Toda la costa explorada por Bastidas y Nicuesa, desde el cabo de la Vela hasta Paria, estaba habitada por los caribes, una tribu conocida por su ferocidad, practicantes de la sodomía y el canibalismo. Debido a su comportamiento inhumano y su resistencia a la conversión al cristianismo, fueron considerados esclavos rebeldes, sujeto a ser capturados y reducidos por los españoles.

El Rey Católico, don Fernando, promulgó este decreto y ley en consulta con su Consejo, así como con otros juristas, teólogos y canonistas; de esta manera se concedieron muchas expediciones bajo esta licencia. A Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda, los primeros conquistadores de tierra firme en las Indias, el rey les entregó una instrucción compuesta por diez o doce capítulos.

El primero de ellos era que difundieran los Evangelios entre los nativos. Otro capítulo indicaba que debían buscar la paz antes que la guerra. El octavo estipulaba que aquellos que deseasen la paz y la fe debían ser tratados con libertad, bienestar y privilegios. El noveno establecía que, si los indígenas persistían en su idolatría, el canibalismo y la hostilidad, podrían ser capturados y ejecutados libremente, algo que no se permitía hasta entonces.

Alonso de Ojeda, oriundo de Cuenca y antiguo capitán de Colón en contra de Caonabo, financió en el año 8 en Santo Domingo la preparación de cuatro navíos y reclutó a trescientos hombres. Dejó al bachiller Martín Fernández de Enciso, designado como su alcalde mayor por decreto real, al mando de otra nave con ciento cincuenta españoles y abundantes provisiones: armas de fuego, lanzas, ballestas, munición, semillas de trigo, doce yeguas y un grupo de cerdos para criar. Ojeda zarpó desde La Beata alrededor de diciembre.

Al llegar a Cartagena, intentó negociar con los indígenas, pero al negarse estos a la paz, decidió combatirlos. Se capturaron y mataron a muchos de ellos, aunque encontraron algo de oro en joyas y adornos corporales. Atraído por esto, Ojeda penetró tierra adentro unas cuatro o cinco leguas, utilizando algunos de los cautivos como guías. Llegó a una aldea con cien casas y trescientos habitantes, la cual atacó sin éxito, retirándose posteriormente. Los indígenas se defendieron con ferocidad, matando a setenta españoles, incluyendo a Juan de la Cosa, la segunda persona más importante después de Ojeda, y luego los devoraron. Utilizaban espadas de madera y piedra, flechas con puntas de hueso y pedernal, untadas con veneno, así como lanzas, piedras, escudos y otras armas ofensivas.

Mientras estaban en esa región, Diego de Nicuesa llegó con su flota, lo cual alegró bastante a Ojeda y a su grupo. Decidieron unir fuerzas y una noche se dirigieron al lugar donde habían muerto Cosa y los setenta españoles. Rodearon el lugar, lo incendiaron y, como las casas eran de madera y hojas de palma, el fuego se propagó rápidamente. Algunos indígenas lograron escapar aprovechando la oscuridad, pero la mayoría cayeron víctimas del fuego o de las espadas de los españoles, quienes solo perdonaron a seis jóvenes. En ese acto se vengó la muerte de los setenta españoles. Bajo las cenizas se encontró algo de oro, aunque no tanto como esperaban quienes lo buscaron.

Luego, todos se embarcaron: Nicuesa se dirigió hacia Veragua y Ojeda hacia Urabá. En su camino, al pasar por la Isla Fuerte, capturaron siete mujeres, dos hombres y doscientas onzas de oro en joyas. Ojeda desembarcó en Caribana, ubicada en el territorio de los Caribes, según algunos relatos, en la entrada del golfo de Urabá. Allí desembarcó a sus soldados, armas, caballos y todo el equipo y provisiones que llevaban consigo. Inmediatamente comenzó la construcción de una fortaleza y un pueblo para establecerse y asegurarse en el mismo lugar donde cuatro años antes Juan de la Cosa había comenzado un asentamiento. Este fue el primer pueblo de españoles en tierra firme de las Indias.

Ojeda deseaba establecer una relación pacífica con los indígenas para cumplir con el mandato real y para poder poblar y vivir en seguridad. Sin embargo, estos, valientes y confiados en la guerra, y enemigos de los extranjeros, despreciaron la oferta de amistad y comercio que les ofrecía.

Entonces, Ojeda se dirigió a Tiripi, un lugar tres o cuatro leguas tierra adentro, considerado rico. A pesar de combatirlo, no logró capturarlo, ya que los habitantes locales lo obligaron a retirarse, causándole daño tanto en términos de pérdida de gente como de reputación, tanto entre los indígenas como entre los españoles. El líder de Tiripi arrojaba oro desde las murallas y sus seguidores disparaban flechas a los españoles que descendían a recogerlo; aquellos que resultaban heridos morían en agonía. Este astuto truco aprovechaba la codicia de los españoles.

Nuestros hombres ya sentían escasez de alimentos, por lo que decidieron atacar otro lugar, del cual algunos cautivos aseguraban que estaba bien abastecido. Lograron traer consigo muchas provisiones y prisioneros. Ojeda también capturó a una mujer en este lugar. Cuando su esposo vino a negociar su liberación, prometió traer el precio requerido. Sin embargo, regresó con ocho arqueros que, en lugar de oro, ofrecieron flechas envenenadas. Ojeda resultó herido en el muslo, pero él y sus hombres mataron a los nueve agresores. Este acto mostró valentía en Ojeda, en lugar de la barbarie que se esperaría en tales circunstancias, si sucediera lo contrario.

En ese momento, Bernaldino de Talavera llegó con una nave cargada de provisiones y sesenta hombres, reclutados en Santo Domingo sin que el almirante ni las autoridades lo supieran. Este socorro llegó en un momento crucial para Ojeda. Sin embargo, los soldados continuaban murmurando y quejándose de que los habían llevado a una situación peligrosa donde su fuerza y habilidades no servían de mucho. Ojeda los tranquilizaba con la esperanza del socorro y suministros que se esperaba de Martín Fernández de Enciso, aunque se sorprendía por su tardanza.

Algunos españoles conspiraron para apoderarse de dos bergantines pertenecientes a Ojeda y regresar a Santo Domingo, o unirse a los de Nicuesa. Ojeda se enteró de esto y, para evitar un motín entre su gente y en su pueblo, se embarcó en la nave de Talavera, dejando a Francisco Pizarro como su lugarteniente. Prometió regresar en cincuenta días, y si no lo hacía, les concedió libertad para decidir su destino, ya que había dado su palabra.

Alonso de Ojeda se alejó de Urabá tanto para recuperarse de su herida como para buscar a Martín Fernández de Enciso, y también porque sus hombres estaban muriendo. Partió de Caribana y, a pesar del mal tiempo, terminó en Cuba, cerca del Cabo de Cruz. Recorrió esa costa con grandes dificultades y sufrimientos, perdiendo a casi todos sus compañeros en el camino. Finalmente, llegó a Santo Domingo gravemente herido. Ya sea por el dolor de su lesión o por no tener medios para regresar a su gobernación y ejército, decidió quedarse allí, o según algunos relatos, se retiró para convertirse en fraile franciscano y pasó el resto de sus días en ese hábito.

Fundación de la Antigua del Darién.

Una vez transcurridos los cincuenta días, durante los cuales se esperaba que Ojeda regresara con nueva gente y suministros, como había prometido, Francisco Pizarro y los setenta españoles se embarcaron en los dos bergantines que tenían. La extrema hambruna y las enfermedades los obligaron a abandonar la tierra que habían comenzado a poblar. Mientras navegaban, fueron sorprendidos por una tormenta que provocó el naufragio de uno de los bergantines. La causa fue un pez gigante que, al moverse en el agitado mar, golpeó la embarcación con su cola, destrozando el timón. Atónitos, los hombres consideraron que estaban siendo perseguidos no solo por el clima y el mar, sino también por criaturas marinas.

Francisco Pizarro llevó su bergantín a la Isla Fuerte, donde los isleños caribes no les permitieron desembarcar. Luego, se dirigieron hacia Cartagena en busca de agua, ya que estaban muriendo de sed. Cerca de Cochibocoa, se encontraron con Martín Fernández de Enciso, quien viajaba con un bergantín y una nave cargada de gente y provisiones para Ojeda. Pizarro le relató todo lo sucedido y la partida del gobernador. Al principio, Enciso no creyó su historia, sospechando que Pizarro huía de algún delito o robo. Sin embargo, al ver su aspecto demacrado y su evidente sufrimiento debido a las condiciones adversas, comenzó a creer en su testimonio. A pesar de la resistencia de Pizarro y sus treinta y cinco compañeros, quienes ofrecieron dos mil onzas de oro para ser liberados y dirigirse a Santo Domingo o unirse a Nicuesa en lugar de ser llevados a Urabá, tierra de muerte, Enciso insistió en llevarlos consigo.

En Camairi, Pizarro desembarcó para conseguir agua y reparar la embarcación. Temiendo que los habitantes locales fueran caribes, desembarcó con hasta cien hombres. Sin embargo, los indígenas se dieron cuenta de que no eran Nicuesa ni Hojeda y les ofrecieron pan, pescado, vino de maíz y frutas, permitiéndoles hacer lo que necesitaran, lo cual sorprendió a Pizarro.

Al entrar en Urabá, la nave encalló en la costa debido a un error del timonel y el piloto. Las yeguas y cerdas se ahogaron, y casi toda la ropa y provisiones se perdieron, lo que llevó a los hombres a temer morir de hambre o de enfermedades transmitidas por plantas. Carecían de armas adecuadas para enfrentarse a los ataques de flechas y no tenían medios para partir. Sobrevivían alimentándose de hierbas, frutas, palmitos, dátiles y algo de jabalí que cazaban. Este jabalí era una especie pequeña, con cola corta y patas traseras no divididas, con pezuñas.

Enciso, prefiriendo enfrentar la muerte por manos de los hombres antes que morir de hambre, lideró a cien hombres hacia el interior para buscar alimentos y contactar con los nativos. Se encontraron con tres arqueros, quienes sin temor les dispararon flechas, hiriendo a algunos cristianos, y llamaron a más indígenas para enfrentarse a ellos. Ante la embestida y los insultos, Enciso y sus hombres se retiraron, maldiciendo la tierra que producía tales calamidades y dejando algunos españoles muertos como alimento para los otros.

Decidieron cambiar su suerte y, tras obtener información de cautivos sobre la tierra al otro lado del golfo, la cual era descrita como fértil y abundante en ríos, decidieron trasladarse allí y comenzar a construir un asentamiento. Enciso lo nombró Villa de la Guardia, ya que esperaban que los protegiera de los caribes.

Los indígenas de los alrededores observaron inicialmente con cautela a la nueva llegada de gente, pero al ver que estaban construyendo sin permiso en su tierra, se enfurecieron. Cemaco, el líder local, decidió sacar el oro, la ropa y otros objetos de valor de su pueblo y esconderlos en un denso cañaveral. Luego, junto con hasta quinientos hombres armados, se posicionó en un cerro cercano y desde allí amenazaron a los extranjeros, apuntándoles con flechas y advirtiéndoles que no tolerarían intrusos en su tierra, amenazando con matarlos.

Enciso organizó a sus cien españoles, les hizo jurar que no huirían, prometió enviar cierta cantidad de plata y oro a la Antigua de Sevilla si ganaban la batalla, y se comprometió a construir un templo en honor a Nuestra Señora de la casa del cacique, llamando al pueblo Santa María del Antigua. Después de una oración conjunta, se lanzaron al ataque contra los enemigos, peleando con determinación. Finalmente, lograron la victoria. Cemaco y sus seguidores huyeron, incapaces de resistir los golpes y heridas infligidas por las espadas españolas.

Una vez que los españoles tomaron el control del lugar, mitigaron su hambre con abundante pan, vino y frutas que encontraron. Capturaron a algunos hombres desnudos y mujeres vestidas con cintas hasta los pies. Al día siguiente, exploraron la ribera y encontraron la ropa y pertenencias del lugar escondidas en un cañaveral: mantas, prendas de vestir, vasijas de barro y madera, y una gran cantidad de joyas, incluyendo collares, brazaletes, aretes y otras joyas finamente elaboradas que solían usar las mujeres. En agradecimiento a Cristo y a la Virgen María, Enciso y sus compañeros agradecieron por la victoria y por haber encontrado una tierra tan rica y fértil.

Se enviaron mensajeros para convocar a los ochenta españoles de Urabá, quienes, dejando esa región tan peligrosa, se trasladaron para establecerse en el Darién, al que llamaron Antigua, en el año 9. Enciso ejercía como capitán y alcalde mayor, tal como lo establecía la cédula del rey que lo designaba para tal cargo. Sin embargo, algunos se quejaban, sintiéndose agraviados de que un letrado los liderara. Por esta razón, o por alguna otra pequeña disputa, Vasco Núñez de Balboa se opuso a Enciso, argumentando que ya no estaban bajo el mando de Hojeda y negando la validez de la provisión real.

Balboa sobornó a muchos individuos audaces como él y desafió la autoridad y el liderazgo de Enciso, retirándole la jurisdicción y la capitanía. Esto dividió a los pocos españoles de Antigua del Darién en dos facciones: Balboa lideraba una y Enciso la otra, y esta rivalidad continuó durante un año.

***

Rodrigo Enríquez de Colmenares partió de la Beata en Santo Domingo con dos carabelas provistas de armas y hombres, llevando ayuda para la gente de Hojeda que sufría de gran escasez de alimentos. Sin embargo, su navegación fue difícil. Al llegar a Garia, desembarcó a cincuenta y cinco españoles con sus armas para obtener agua del río, que escaseaba. Estos hombres, ya sea por no avistar a los indios o por descuidarse mientras descansaban en tierra, no prestaron atención a su seguridad. Un grupo de ochocientos indígenas flecheros, deseosos de ofrecer sacrificios humanos a sus ídolos, atacaron sin previo aviso. Antes de que los españoles pudieran reaccionar, cuarenta y siete de ellos fueron flechados hasta la muerte y uno fue capturado. Además, los indígenas rompieron el bote y amenazaron a las carabelas. Los siete sobrevivientes huyeron y se escondieron en un árbol hueco, pero al día siguiente, cuando miraron hacia las carabelas, estas ya habían partido y ellos también fueron devorados por los indígenas.

Colmenares, prefiriendo sufrir sed antes que la muerte, continuó su viaje hasta Caribana. Luego, navegó hacia el golfo de Urabá, donde se encontraban Hojeda y Enciso. Al no encontrar rastro de los hombres que buscaba, temió por su seguridad. Esa noche, hizo muchas señales de humo en las alturas y disparó simultáneamente la artillería de ambas carabelas para que lo pudieran localizar.

Los habitantes de la Antigua, al escuchar los disparos, respondieron con grandes fogatas, lo que sirvió como señal para Colmenares. Nunca antes los españoles se habían abrazado con tantas lágrimas de alegría; algunos por haber sido encontrados y otros por haber encontrado a sus compañeros. Se deleitaron con la carne, el pan y el vino que las naves llevaban, y los españoles, que estaban agotados y vestidos de andrajos, renovaron sus fuerzas y se equiparon con armas nuevas.

Con los sesenta hombres de Colmenares, sumaban casi ciento cincuenta, y ya no temían tanto a los indios ni a los caprichos del destino, pues tenían dos carabelas y dos bergantines, y además contaban con el respaldo del rey. Colmenares y muchos otros españoles deseaban enviar por Diego de Nicuesa para que los gobernara, ya que tenía la aprobación real, y así resolver las diferencias y disputas en el asentamiento. Sin embargo, Enciso y Balboa, quienes tenían sus propias ambiciones, no querían que otro disfrutara del poder que habían logrado con tanto esfuerzo. Argumentaban que no solo ellos, sino muchos otros en el pueblo, podrían liderar tan bien o incluso mejor que Nicuesa. Aunque les pesó a ambos, finalmente accedieron a enviar a Colmenares para invitar a Nicuesa, quien se encontraba en el Nombre de Dios en condiciones lamentables, flaco, pálido, medio desnudo y acompañado de unos sesenta hombres hambrientos y desaliñados, como lo narra la historia.

Cuando Colmenares y Nicuesa se encontraron, todos lloraron: unos de alegría y otros de compasión al ver el estado de Nicuesa. Colmenares consoló a Nicuesa y le transmitió el mensaje de los caballeros y hombres honorables del Darién. Le ofreció grandes esperanzas de resolver los conflictos pasados y los daños sufridos, instándolo a viajar a esa tierra prometedora. Nicuesa, quien nunca había considerado tal posibilidad, agradeció sinceramente la oferta y lamentó su propia desventura. Se embarcó de inmediato con sus sesenta hombres en un bergantín y partió junto a Colmenares.

Sin embargo, una vez en el mar, Nicuesa se sintió más poderoso de lo que realmente era. Comenzó a proclamarse como líder y señor de trescientos españoles y una villa, y amenazó con castigar a algunos, quitar oficios a otros y confiscar los fondos de algunos más, argumentando que no podían retenerlos sin la autoridad de Hojeda o la suya propia. Estas palabras y amenazas irresponsables de Nicuesa no fueron bien recibidas por muchos de los que viajaban con Colmenares, quienes estaban conectados a él o a sus aliados. Una vez en la Antigua, expresaron su desaprobación en un consejo, y quizás con el respaldo de Colmenares, decidieron que las palabras imprudentes de Nicuesa no eran aceptables. Los habitantes de la Antigua, especialmente Balboa y Enciso, se indignaron profundamente y no permitieron que Nicuesa desembarcara, o si lo hizo, lo obligaron a volver a embarcarse junto con sus hombres, criticándolos con dureza y sin que nadie se atreviera a reprenderlos o detenerlos. De esta manera, Nicuesa se vio obligado a partir, perdiéndose en el olvido.

Una vez que Nicuesa se fue, los habitantes de la Antigua quedaron tan insatisfechos como antes, y se encontraron en una situación de extrema necesidad de comida y vestimenta.

Balboa se convirtió en una figura más prominente en la Antigua que Enciso, especialmente después de unirse a Colmenares. Balboa arrestó a Enciso y lo acusó de ejercer funciones judiciales sin autorización real. Le confiscó sus bienes y, de no ser por las súplicas de los defensores de Enciso, incluso podría haberlo azotado. Sin embargo, Balboa también merecía esa pena y vergüenza, ya que cometía el mismo error por el que acusaba a Enciso, al asumir roles de juez, capitán y gobernador.

Aunque Enciso también pagó por su culpa al despreciar y maltratar a Nicuesa, no pudo demostrar la autoridad que le otorgaba la provisión real, ya que la perdió cuando su nave encalló y se rompió al entrar en Urabá. Al no ser tan poderoso como Balboa, no pudo resistirse ni liberarse con fuerza. Una vez que se vio libre, Enciso se embarcó hacia Santo Domingo, a pesar de las súplicas de Balboa para que se quedara como alcalde mayor. Luego viajó a España, donde presentó numerosas quejas e informes contra Vasco Núñez de Balboa ante el rey en 1512.

El Consejo de Indias emitió una sentencia severa contra Enciso, pero no se ejecutó debido a los importantes servicios que había prestado al rey en el descubrimiento del Mar del Sur y en la conquista de Castilla de Oro, como se explicará más adelante.

***

Una vez que Balboa asumió el liderazgo, se dedicó a gobernar y liderar a los doscientos cincuenta habitantes de la Antigua. Escogió a ciento treinta españoles y, acompañado por Colmenares, partió hacia Coiba en busca de alimentos para todos y, por supuesto, también de oro, sin el cual no podrían estar satisfechos. Solicitó provisiones al señor Careta o Chima, pero al no recibir lo que pedía, lo arrestó y lo llevó al Darién junto con dos mujeres y sus hijos y sirvientes. Después de saquear el lugar, donde encontraron algunas cosas de oro, Balboa liberó a Careta bajo la condición de que lo ayudara contra su enemigo Ponca y proveyera alimentos para su campamento.

Luego, enviaron a Valdivia y Zamudio a Santo Domingo en busca de gente, comida y armas, además de llevar un proceso contra Martín Fernández de Enciso, que uno de ellos llevaría a España. Balboa avanzó más de veinte leguas tierra adentro con el apoyo de Careta, saqueando un pueblo donde encontraron algo de oro, pero no pudieron encontrar al señor Ponca, quien había huido con lo mejor de sus posesiones. Decidió que la guerra en el interior no era favorable, así que incitó a los habitantes de la costa a la guerra. Luego, fue a Comagre y estableció la paz con su señor, gracias a la intervención de un caballero de Careta. Comagre tenía siete hijos de diferentes mujeres y una casa grande de madera bien construida, con una sala de ochenta por ciento cincuenta pasos, con un techo elaborado como artesonado.

Panquiaco, el hijo mayor de Comagre, impresionó a los españoles con su generosidad al ofrecerles setenta esclavos y cuatro mil onzas de oro en joyas finamente labradas. Balboa fundió el oro y, tras apartar el quinto para el rey, lo repartió entre sus soldados. Sin embargo, surgió una disputa entre algunos españoles sobre la distribución del oro, lo que llevó a Panquiaco a intervenir de manera sorprendente. Él dio un golpe al peso de la balanza, haciendo caer el oro al suelo, y reprendió a los españoles por pelear por algo tan trivial, expresando su sorpresa por su ceguera y locura. Les recordó que vivían en la tierra de otros hombres y les instó a buscar la paz y la concordia.

Panquiaco sorprendió a los españoles con su sabiduría y elocuencia, y les ofreció llevarlos a una tierra donde podrían encontrar más oro si tanto lo deseaban. Les contó sobre Tumanamá, una tierra lejana, a seis días de viaje, pero advirtió que necesitarían más compañía para enfrentarse a las sierras habitadas por los caribes antes de llegar a la otra costa.

Balboa quedó emocionado al escuchar sobre la otra costa y le agradeció a Panquiaco por las noticias. Le pidió que se convirtiera al cristianismo y lo llamó don Carlos, en honor al príncipe de Castilla que siempre fue amigo de los cristianos. Balboa prometió llevar a mil españoles para conquistar Tumanamá y los otros reyezuelos en la mar del Sur, convencido de que sería una tarea imposible sin ese número de hombres.

Panquiaco demostró su sinceridad al desafiar a los españoles a castigarlo si mentía, incluso sugiriendo que lo colgaran de un árbol. Sin embargo, resultó que todo lo que había dicho era verdad. La expedición dirigida por Balboa efectivamente encontró la tierra rica y la tan ansiada mar del Sur, que había sido el objetivo de muchos exploradores. Es importante destacar que Panquiaco fue el primero en dar noticia de esta mar, aunque hay quienes sostienen que diez años antes había recibido información sobre ella de Cristóbal Colón, cuando estuvo en Puerto Bello y en el cabo del Mármol, que ahora se llama Nombre de Dios.

***

Balboa regresó al Darién lleno de una gran esperanza al pensar que al encontrar la mar del Sur también encontraría perlas, piedras preciosas y oro, lo que le permitiría realizar un servicio destacado al rey, enriquecerse a sí mismo y a sus compañeros, y ganar gran renombre. Compartió su alegría con todos los vecinos, aunque su parte fuera menor que la de sus compañeros, y envió quince mil pesos al rey como parte de su quinto, junto con Valdivia, quien ya había regresado de Santo Domingo con algo de vitualla y la relación de Panquiaco para solicitar el envío de mil hombres. Sin embargo, la carabela que llevaba estos envíos nunca llegó a España ni siquiera a La Española, ya que se perdió en las Víboras, islas de Jamaica, o en Cuba, cerca de cabo de Cruz, junto con la gente y el oro del rey y de muchos otros. Esta pérdida marcó el primer gran revés en la obtención de oro de Tierra Firme.

Balboa y los demás españoles en el Darién sufrían una gran necesidad de pan, ya que un torbellino de agua había destruido y anegado casi todo el maíz que habían sembrado. Para abastecer la villa, Balboa decidió explorar el golfo para comprender su magnitud y riqueza. Por lo tanto, armó un bergantín y varias barcas, y llevó consigo a cien españoles. Navegando por un gran río al que llamó San Juan, remontaron diez leguas y encontraron muchas aldeas desiertas, ya que el señor local, Dabaiba, había huido por temor a las amenazas de Cemaco del Darién, quien se había refugiado allí después de ser vencido por Enciso.

Balboa buscó en las casas y encontró grandes montones de redes de pescar, mantas, utensilios domésticos y numerosas armas, así como hasta siete mil pesos de oro en diversas piezas y joyas, que se llevó consigo, aunque quedó insatisfecho por no haber encontrado pan. Durante la expedición, fueron sorprendidos por una tormenta que les hizo perder una barca con gente y los obligó a arrojar al mar casi todo lo que llevaban, excepto el oro. Además, fueron atacados por murciélagos enconados, tan grandes como tórtolas, que les causaron heridas.

Mientras tanto, Rodrigo de Colmenares partió con sesenta compañeros por otro río hacia el este, pero solo encontraron cañaverales. Balboa se unió a él, consciente de que sin maíz no podrían sobrevivir, y juntos exploraron otro río llamado Negro, cuyo señor, Abenamaquei, fue capturado junto con otros líderes. Durante el enfrentamiento, un español al que Abenamaquei había herido cortó un brazo del cacique después de su captura, un acto despreciable que indignó a los demás españoles.

Balboa dejó la mitad de los españoles con Colmenares y con la otra mitad continuó hacia otro río llamado Abibeiba, donde encontraron un pequeño poblado construido en árboles, lo que les pareció una curiosidad. Los árboles eran tan altos que solo se podían alcanzar con una piedra lanzada por un bracero, y tan gruesos que ocho hombres apenas podían abarcarlos con las manos. Balboa exigió al líder del poblado, Abibeiba, que hiciera las paces, advirtiéndole que de lo contrario derribaría su casa. Aunque Abibeiba respondió con aspereza al principio, temió la caída de su casa cuando vio que los españoles comenzaban a cortar el árbol por el pie. Finalmente, bajó con dos de sus hijos y accedió a hacer las paces, aunque negó tener oro y dijo que no lo necesitaba. Sin embargo, cuando los españoles insistieron en buscarlo, pidió tiempo para buscarlo y nunca regresó. En cambio, se alió con otro cacique cercano llamado Abraibe, y juntos conspiraron para atacar a los españoles del río Negro y matarlos como venganza por la afrenta sufrida.

La india, sin embargo, amaba a Vasco Núñez y decidió traicionar a su hermano. Le pidió que la llevara a su barco antes de que llegara el día señalado para el ataque. Una vez a salvo en el barco de Vasco Núñez, reveló todo lo que sabía sobre la conjura y advirtió del inminente peligro que se cernía sobre los españoles del Darién.

Vasco Núñez de Balboa, al enterarse de esta traición, tomó medidas inmediatas para defender el pueblo de los españoles. Preparó a sus hombres para la batalla y fortificó las defensas del pueblo. Cuando los indígenas atacaron, los españoles estaban preparados y lograron repeler el asalto con éxito.

Los conspiradores, al ver fracasado su plan, huyeron derrotados. Esta derrota marcó un punto de inflexión en la relación entre los españoles y los indígenas de la región, y demostró la determinación y habilidad militar de Vasco Núñez de Balboa para proteger a su pueblo.

Ella encontró una excusa para no asistir en ese momento, ya sea porque amaba a Balboa o porque pensaba que beneficiaba más a los indígenas. Descubrió el secreto para evitar que todos murieran. Balboa esperó la llegada del hermano de su mujer indígena, como era su costumbre. Una vez llegó, lo presionó y él confesó todo lo que había ocurrido. Inmediatamente, Balboa reunió a setenta españoles y se dirigió hacia Cemaco, que se encontraba a tres leguas de distancia. Al entrar en el lugar, no encontró al señor, pero capturó a muchos indígenas, incluido un pariente de Cemaco. Mientras tanto, Rodrigo de Colmenares navegó hacia Tiquiri con sesenta compañeros en cuatro barcas, guiados por el indígena que había revelado la conspiración. Llegaron sin ser detectados, saquearon el lugar, arrestaron a numerosas personas y ejecutaron al encargado de las armas y provisiones, quien además había plantado un árbol que fue utilizado para colgarlo, junto con otros cuatro líderes. Estos dos ataques y castigos aseguraron el abastecimiento de los españoles y disuadieron a los enemigos de planear futuras conspiraciones. Vasco Núñez y los demás residentes de la Antigua consideraron que era el momento adecuado para informar al rey que habían conquistado la provincia de Urabá, por lo que eligieron a Juan de Quicedo, un hombre mayor, respetado y oficial del rey, quien tenía a su mujer como garantía para su regreso. Sin embargo, hubo desacuerdo durante varios días, ya que Balboa deseaba participar en la expedición, mientras que otros se oponían por temor a los indígenas o al posible sucesor. Finalmente, se llegó a un acuerdo y se nombró a Juan de Quicedo como procurador en la expedición.

Para garantizar su seguridad en el camino y para otorgarle mayor autoridad y credibilidad ante el rey, decidieron enviarlo acompañado. Así, Rodrigo Enríquez de Colmenares, un soldado del Gran Capitán y experimentado capitán en las Indias, se unió a él. Estos dos procuradores partieron del Darién en septiembre del año 12 a bordo de un bergantín. Llevaban consigo un detallado informe de todo lo acontecido, así como una muestra de oro y joyas. Su misión era solicitar al rey el envío de mil hombres adicionales para explorar y colonizar en las costas del océano Pacífico, en caso de que Valdivia aún no hubiera llegado a la corte.

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Vasco Núñez de Balboa era un hombre inquieto que no sabía quedarse quieto. A pesar de contar con pocos españoles para la gran empresa que tenía en mente, según lo que decía don Carlos Panquiaco, se decidió a explorar la mar del Sur. Temía que otro se adelantara y se llevase la gloria de esa hazaña, y también quería reconciliarse con el rey, quien estaba molesto con él. Preparó un pequeño galeón que había llegado recientemente desde Santo Domingo, junto con diez barcas. Embarcó con ciento noventa españoles seleccionados y dejó al resto bien abastecidos antes de partir del Darién el primero de septiembre del año 13.

Navegaron hacia Careta, donde dejaron las barcas y el barco principal, así como algunos compañeros. Luego, tomaron a ciertos indígenas como guías y para servir de intérpretes, siguiendo las indicaciones de las montañas que Panquiaco les había señalado. Entraron en territorio de los Ponca, quienes huyeron como era costumbre. Dos españoles los siguieron con otros tantos nativos, quienes les entregaron un salvoconducto. Una vez se encontraron, Balboa estableció la paz y la amistad con los Ponca y otros grupos cristianos, y como muestra de buena voluntad, recibió ciento diez pesos de oro en joyas, a cambio de hachas de hierro, cuentas de vidrio, cascabeles y otros objetos de menor valor, pero de gran importancia para los indígenas. Además, les proporcionaron hombres para ayudar en la apertura de caminos, ya que, al no tener contacto comercial con las montañas, solo existían senderos estrechos. Con la ayuda de estos hombres, nuestros exploradores avanzaron a través de bosques y montañas, construyendo puentes sobre los ríos, aunque enfrentaron una inmensa soledad y escasez de alimentos en el camino.

Finalmente, llegaron a Cuareca, donde gobernaba Torecha, quien salió con un gran número de hombres armados para defender su territorio de los extranjeros barbudos. Interrogó a los españoles sobre su identidad, sus intenciones y su destino. Al enterarse de que eran cristianos provenientes de España en busca de oro y predicando una nueva religión, y que se dirigían hacia la mar del Sur, Torecha les ordenó que se retiraran sin tocar nada de su propiedad, bajo pena de muerte. Ante su negativa, Torecha luchó valientemente contra ellos, pero finalmente murió en combate junto con otros seiscientos de sus hombres. Los sobrevivientes huyeron aterrorizados, confundiendo las armas de fuego con truenos y las balas con rayos. Quedaron impactados al ver la gran cantidad de muertos y heridos, algunos sin brazos, otros sin piernas y muchos con terribles heridas causadas por las espadas.

Durante la batalla, capturaron a un hermano de Torecha que vestía como mujer, aunque en todos los aspectos, excepto en la capacidad de dar a luz, era una mujer. Tras tomar el control de Cuareca, Balboa descubrió que el pan y el oro habían sido saqueados antes de la batalla, pero encontró algunos esclavos negros pertenecientes al señor local. Al preguntar sobre su origen, no pudieron proporcionar una respuesta clara, solo mencionaron que había hombres de ese color cerca, con quienes mantenían guerras frecuentes. Estos fueron los primeros negros que se encontraron en las Indias, y hasta donde se sabe, no se volvieron a encontrar más.

Balboa castigó a cincuenta de los esclavos que encontró allí, tras informarse primero sobre sus crímenes abominables y sucios. La noticia de esta victoria y justicia se extendió por la región, y la gente comenzó a traerle hombres acusados de sodomía para que los castigara. Se decía que tanto los señores como los cortesanos practicaban este vicio, y veían a los españoles como seres superiores después de haber derrotado tan rápidamente a Torecha y a sus seguidores.

Balboa decidió dejar atrás a los enfermos y cansados en Cuareca, y junto con sesenta y siete hombres que aún estaban en buena forma, emprendió la ascensión de una gran montaña. Según las indicaciones de sus guías, desde la cima de esta montaña se podía divisar el océano del sur. Un poco antes de alcanzar la cumbre, ordenó detenerse al grupo y él continuó corriendo hacia arriba. Una vez en lo más alto, miró hacia el sur y vio el mar. Conmovido por la vista, se arrodilló y agradeció al Señor por la gracia concedida. Llamó a sus compañeros, les mostró el mar y les habló con entusiasmo: "Amigos míos, aquí está lo que tanto ansiábamos. Demos gracias a Dios por la gran bendición que nos ha otorgado. Oremos para que nos ayude y guíe en la conquista de esta tierra y este nuevo mar que hemos descubierto, y que ningún cristiano ha visto antes. Nuestro propósito es predicar el santo Evangelio y el bautismo en estas tierras. Sigamos adelante con valentía, con la ayuda de Cristo, seremos los españoles más prósperos que han llegado a las Indias. Serviremos a nuestro rey de la mejor manera posible y obtendremos la honra y la gloria de todo lo que descubramos, conquistemos y convirtamos a nuestra fe católica".

Todos los demás españoles que acompañaban a Balboa se unieron en oración, agradeciendo a Dios por la bendición recibida. Abrazaron a Balboa y le prometieron su lealtad inquebrantable. Estaban llenos de alegría por haber descubierto aquel mar. Y en verdad, tenían motivos para estar jubilosos, ya que eran los primeros en avistar esa mar y estaban realizando un servicio de gran importancia a su príncipe. Además, estaban abriendo el camino para llevar a España las riquezas que se descubrirían posteriormente en el Perú.

Los indígenas quedaron maravillados por esta emocionante novedad, especialmente cuando vieron cómo los españoles levantaban montones de piedras con su ayuda, como símbolo de posesión y recuerdo de este importante evento. Balboa avistó el mar del Sur el 25 de septiembre del año 13, poco antes del mediodía. Después, descendieron de la montaña en formación ordenada y llegaron a un lugar gobernado por Chiape, un cacique rico y valiente.

Balboa solicitó a Chiape que les permitiera pasar en paz y les proveyera de alimentos a cambio de dinero. Además, le ofreció la amistad del poderoso rey de Castilla, su señor, prometiendo revelarle grandes secretos y hacerle muchas concesiones. Sin embargo, Chiape rechazó darles pan, permiso o su amistad. Burlándose de las promesas de mercedes, amenazó a los españoles y desafió su autoridad. Salió con un gran grupo armado y dispuesto a luchar. Balboa liberó a los perros y disparó sus armas de fuego, y valientemente se enfrentó a ellos, logrando hacerlos huir después de un breve enfrentamiento.

Balboa continuó persiguiendo a los indios y capturó a muchos de ellos, aunque, con el fin de ganar crédito como hombre piadoso, optó por no matarlos. Los indígenas huían por el temor a los perros, según afirmaron, y sobre todo debido al estruendo, el humo y el olor a pólvora que les afectaba las narices. En esta escaramuza, Balboa liberó a la mayoría de los prisioneros y envió a dos españoles junto con algunos nativos cuarecanos para convocar a Chiape. Les dijo que si Chiape se presentaba, sería tratado como amigo y se protegería su persona, tierra y bienes; pero si no venía, sus cultivos y árboles frutales serían destruidos, sus pueblos incendiados y sus hombres ejecutados.

Chiape, temiendo las amenazas y tras escuchar sobre la valentía y la humanidad de los españoles por parte de los cuarecanos, decidió aceptar la oferta y se convirtió en vasallo del rey de Castilla. Como muestra de su sumisión, le entregó a Balboa cuatrocientos pesos de oro labrado y recibió algunos objetos de intercambio que valoró mucho por ser algo nuevo para él. Balboa permaneció en la región hasta que llegaron los españoles que había dejado enfermos en Cuareca, luego se dirigió hacia la costa, que aún estaba distante. En el golfo de San Miguel, tomó posesión del mar del Sur en presencia de Chiape, con testigos y un escribano, al que llamó así en honor al día de San Miguel.

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Nuestros españoles celebraron la fiesta de San Miguel y llevaron a cabo el acto de posesión de la mejor manera que pudieron. Balboa dejó a un número desconocido de españoles en esa ubicación para asegurar sus retaguardias. Cruzaron un gran río en nueve barcas proporcionadas por Chiape, y con ochenta compañeros, así como con Chiape como guía, se dirigieron hacia un pueblo cuyo líder era conocido como Coquera. Este líder se preparó para la defensa, pero después de una batalla y una posterior huida, acabó por hacerse amigo de los españoles gracias a la intervención y súplicas de los chiapeses que fueron a negociar la paz. Coquera entregó a Balboa seiscientos cincuenta castellanos de oro en joyas. Estas dos victorias otorgaron gran reputación a los españoles en esa costa, y al contar con la amistad de Chiape y Coquera, pensaron en someter y ganar el favor de toda la región.

Balboa equipó las mismas nueve barcas con provisiones y se aventuró con ochenta españoles a explorar el golfo costero, deseando descubrir más sobre la tierra, las islas y los promontorios de la zona. Chiape le rogó que no se aventurara en esa dirección, ya que durante esa luna y las dos siguientes solían ocurrir tormentas y fuertes vientos cruzados que podían inundar todas las embarcaciones. Sin embargo, Balboa decidió continuar, argumentando que había navegado por mares más grandes y peligrosos, y confiando en la ayuda de Dios, cuya fe tenía la intención de predicar por esa región.

Chiape lo acompañó para no ser considerado cobarde o mal amigo. Apenas se alejaron de la costa, se encontraron atrapados en enormes y violentas olas que hacían imposible controlar las embarcaciones o avanzar. Temieron por sus vidas, pero por la gracia de Dios, lograron alcanzar una isla donde pasaron la noche. La marea creció tanto que casi los cubrió por completo. Nuestros hombres se sorprendieron, ya que en el otro golfo de Urabá o en la costa opuesta, no experimentaban un fenómeno similar, o si lo hacían, era en menor escala.

A la mañana siguiente, intentaron partir con la marea; sin embargo, se encontraron con que las barcas estaban llenas de arena y dañadas. Si el día anterior temían morir en el agua, ahora temían morir en tierra, ya que no tenían comida. Pero fue precisamente ese miedo lo que los impulsó a limpiar las barcas, reparar lo roto con cortezas de árboles y sellar las grietas con hierba. Finalmente, lograron llegar a un lugar resguardado en la costa.

Tumaco, el señor de esa región, acudió a ellos con un gran grupo armado para averiguar quiénes eran y qué buscaban. Balboa le envió un mensaje a través de unos criados de Chiape, explicando que eran españoles en busca de alimento y oro para su rescate. Al ver que eran pocos, Tumaco respondió con ferocidad, pensando que ya los tenía atrapados, y se preparó para la batalla. Balboa aceptó el desafío y logró vencerlo. Tumaco huyó tan valientemente como había hablado.

Algunos españoles y chiapeses fueron a rogarle que se acercara a las barcas para hacer las paces con el capitán, ofreciéndole garantías de seguridad e incluso rehenes. Aunque Tumaco se negó a ir personalmente, envió a su hijo, a quien Balboa recibió con cortesía y le obsequió con varios objetos como amuletos, cuentas, tijeras, cascabeles y espejos, rogándole que llamara a su padre. El joven, complacido, regresó al tercer día con su padre. Tumaco fue bien recibido y, al ser interrogado sobre el oro y las perlas, que algunos de sus súbditos traían consigo, envió una gran cantidad de oro que pesaba seiscientos catorce pesos, así como doscientas cuarenta perlas gruesas y muchas más pequeñas. Esta abundante riqueza causó gran alegría entre los españoles. Al ver cómo alababan tanto las perlas, Tumaco ordenó a sus criados que fueran a pescar más.

Los chiapeses pescaron doce marcos de perlas en pocos días y las entregaron a los españoles. Estos últimos quedaron asombrados por la abundancia de perlas y por el hecho de que los nativos no las valoraban tanto, ya que no solo se las entregaban a ellos, sino que también las llevaban incrustadas en los remos, aunque probablemente por motivos de elegancia o prestigio. Más tarde se supo que la principal fuente de ingresos y riqueza de esos señores era la pesca de perlas.

Balboa elogió la riqueza de Tumaco y le prometió revelarle grandes secretos sobre cómo explotarla mejor cuando regresara por esa región. Sin embargo, Tumaco le informó, y Chiape también lo confirmó, que su riqueza no era nada en comparación con la del rey de Trarequi, una isla cercana que era sumamente abundante en perlas. Según ellos, el rey de Trarequi poseía perlas del tamaño de un ojo humano, extraídas de ostiones del tamaño de sombreros. Los españoles deseaban ir allí de inmediato, pero temiendo otra tormenta como la que habían enfrentado antes, decidieron dejarlo para la vuelta.

Se despidieron de Tumaco y descansaron en tierra de Chiape. A petición de Balboa, este último envió a treinta de sus súbditos a pescar perlas. En presencia de siete españoles, que fueron a observar el proceso, los nativos recolectaron seis cargas de conchas pequeñas. Sin embargo, como no era la temporada de pesca de perlas, y como no se aventuraron demasiado lejos ni en aguas muy profundas, solo encontraron las conchas más pequeñas, ya que las perlas más grandes suelen hallarse en aguas más profundas.

No solo evitan la pesca durante el mes de septiembre y los tres meses siguientes, sino que tampoco se aventuran a navegar durante ese período debido a los fuertes vientos que azotan el mar en esa época. Incluso los españoles prefieren evitar navegar por esa zona durante esos meses, a pesar de contar con embarcaciones más grandes. Las perlas extraídas de esas conchas eran del tamaño de arvejas, pero muy finas y blancas. Sin embargo, algunas de las perlas de Tumaco eran negras, verdes, azules y amarillas, lo que sugiere que podrían haber sido tratadas o manipuladas de alguna manera.

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Vasco Núñez de Balboa se despidió con pesar de Chiape, quien derramaba muchas lágrimas al verlo partir. Dejó a ciertos españoles a cargo del líder nativo. Partió lleno de alegría por lo que había logrado y descubierto, con la firme intención de regresar pronto para reunirse con sus compañeros en la Antigua del Darién y enviar una carta al rey. Cruzó un río en pequeñas embarcaciones y visitó a Teoca, el señor de esa región, quien recibió a los españoles con alegría debido a su fama y sus hazañas. Teoca les entregó veinte marcos de oro labrado y doscientas perlas de buen tamaño, aunque no eran muy blancas debido a que las conchas de las que se extraen las perlas habían sido asadas primero para consumir la carne, que era muy valorada e incluso considerada igual o mejor que las ostras que se encuentran en España. También les obsequió muchos peces salados, esclavos para ayudar con el equipaje y un hijo que los guiaría hasta llegar a la tierra de Pacra, un tirano y gran señor que era enemigo de Teoca.

Durante el viaje, atravesaron grandes montañas y sufrieron de sed, mientras que los nativos de Teoca temían a los tigres y leones que encontraron en el camino. Al llegar a la tierra de Pacra, este huyó con todos sus seguidores al enterarse de la presencia de los españoles. Los españoles entraron en el pueblo, pero solo encontraron treinta libras de oro en diversas piezas. Balboa intentó entablar amistad con Pacra mediante intérpretes, pero este se mostró reacio, temiendo lo que finalmente le sucedió. Finalmente, accedió a reunirse con Balboa, confiando en que sería tratado con clemencia, tal como habían sido tratados Tumaco y Chiape. Pacra llegó acompañado de tres de sus subordinados y llevaba consigo un presente como gesto de paz.

Pacra era un hombre desagradable y sucio, probablemente el mayor puto que se había visto en aquella región, y se sabía que tenía numerosas mujeres, muchas de ellas hijas de señores, a quienes sometía por la fuerza y también practicaba actos innaturales. Sus acciones iban en consonancia con su aspecto repugnante. Una vez que Balboa se enteró de todo esto, ordenó su encarcelamiento junto con los tres caballeros que lo acompañaban, ya que también estaban involucrados en esos pecados.

Pronto, llegaron muchos otros señores y caballeros de la zona circundante con ricos obsequios para ver a los españoles, cuya fama había alcanzado gran renombre. Suplicaron al capitán que castigara a Pacra, expresando mil quejas en su contra. Balboa lo sometió a tortura, ya que ni las amenazas ni las súplicas lograban que confesara su delito o revelara dónde había obtenido y ocultado el oro. Finalmente, Pacra confesó su pecado, pero afirmó que los criados de su padre que traían el oro de la sierra ya estaban muertos, y que él no tenía ninguna participación ni necesidad de ello.

Fue entregado a los perros alanos, quienes rápidamente lo destrozaron junto con los otros tres, y luego sus cuerpos fueron quemados. Este castigo satisfizo a todos los señores y mujeres de la región. Los indígenas acudían a Balboa como si fuera el rey de la tierra, y él gobernaba con libertad y audacia. Bononiama también prestó buen servicio y trajo a los españoles que habían quedado con Chiape, y les entregó veinte marcos de oro como muestra de su lealtad.

Buquebuca expresó su agradecimiento a Balboa por haber liberado la tierra de Pacra de aquel tirano, entregándoles personalmente a los españoles y agradeciéndoles por su valentía. Balboa permaneció un mes en Pacra, al que rebautizó como Todos Santos, donde los españoles se recrearon y obtuvieron ganancias tanto en riquezas como en la voluntad de los indígenas. Solo de ese lugar lograron obtener treinta libras de oro.

Después de dejar Pacra, Balboa emprendió un difícil camino a través de tierras estériles y pantanosas, enfrentando tres días de penurias y escasez de comida hasta llegar a un lugar llamado Buquebuca, que encontró deshabitado y sin provisiones. Envió mensajeros para invitar al señor de la región a que se acercara sin temor, prometiéndole amistad. La respuesta de Buquebuca fue que no huía por miedo, sino por vergüenza, al no tener la capacidad de hospedar a hombres tan distinguidos como los españoles, y ofreció unas piezas de oro como muestra de su sumisión, aunque ellos preferirían recibir pan en lugar de oro.

Continuaron su marcha en busca de alimento cuando se encontraron con un grupo de indígenas que se acercaban. Esperaron para ver qué querían y quiénes eran. Estos indígenas saludaron al capitán y explicaron a través de los intérpretes que su rey, Corizo, los enviaba a saludar y elogiaba su valentía y fortaleza, así como su justicia para castigar a los malhechores. Aunque lamentaban no poder recibirlos en su casa, les ofrecían su amistad y les entregaban treinta piezas de oro fino como muestra de afecto. Además, les informaron sobre un poderoso y rico señor vecino que los hostigaba, y les pidieron ayuda para enfrentarlo, prometiéndoles riquezas y la libertad de su rey si accedían a ayudarlos.

Los españoles se regocijaron al escuchar a los mensajeros indígenas, quienes expresaron sus palabras con elocuencia y presentaron las piezas de oro al capitán con alegría. Balboa respondió aceptando la amistad de Corizo y lamentando no poder visitarlo de inmediato para ayudarlo. Sin embargo, prometió hacerlo pronto, con más compañeros, si Dios le concedía salud. Mientras tanto, les ofreció algunas herramientas de hierro, así como otros objetos de vidrio, lana y cuero como gesto de amistad y recuerdo. Los indígenas se retiraron felices con los regalos, mientras que los españoles se marcharon con las bandejas de oro, que pesaban catorce libras, hacia el territorio de Pocorosa, donde encontraron alimento y aprovisionamiento para el camino.

Balboa entabló amistad con Pocorosa y realizó intercambios comerciales con él, obteniendo hasta quince marcos de oro y algunos esclavos a cambio de mercancías diversas. Dejó a los españoles enfermos y débiles con Pocorosa, ya que debían atravesar el territorio de Tumanamá, del cual habían oído hablar sobre su riqueza y valentía gracias a los relatos de don Carlos Panquiaco. Balboa habló con los sesenta hombres sanos y fuertes, animándolos para el viaje y la batalla que les esperaba. Ellos respondieron con determinación, asegurando que lo acompañarían y demostrarían su valentía. Marcharon durante dos días en uno para evitar ser descubiertos, siguiendo las indicaciones de las buenas guías proporcionadas por Pocorosa. Sorprendieron a Tumanamá mientras dormía, capturándolo junto con ochenta mujeres. Este ataque sorpresa fue posible gracias a su sigilo y a la distribución dispersa de las casas en el pueblo.

Balboa enfrentó tantas y aún más quejas contra Tumanamá como las que había tenido con Pacra, ambas relacionadas con prácticas desviadas, aunque Tumanamá no vivía públicamente con hombres y mujeres como lo hacía Pacra. Balboa lo reprendió severamente, lo amenazó con violencia e incluso simuló que lo iba a ahogar en el río, todo con el fin de satisfacer a los que lo acusaban y obtener su tesoro. Sin embargo, todo era una artimaña, ya que prefería tenerlo vivo y como aliado que muerto. Tumanamá se mantuvo firme y no reveló la ubicación de minas o tesoros, ya sea porque no las conocía o porque temía perder su tierra si se descubrían.

A pesar de esto, Tumanamá fue muy generoso, haciendo regalos a Balboa y a todos los españoles, entregándoles cien marcos de oro en forma de joyas y tazas. Mientras esto ocurría, llegaron los españoles que habían quedado con Pocorosa, y todos celebraron una Navidad muy alegre juntos. Salieron a explorar en busca de signos de minas, y encontraron indicios de oro en un collado. Excavaron un poco y filtraron la tierra, encontrando pequeños granos de oro del tamaño de neguillas y lentejas. Repitieron la misma experiencia en otros lugares y también encontraron oro, lo que los llenó de alegría al descubrir que este metal precioso estaba tan cerca de la superficie. En todo esto se demostró la veracidad de los relatos de Panquiaco, aunque Tumanamá se encontraba en esta parte de las montañas y no en la otra como se había mencionado.

Tumanamá entregó un hijo a Balboa, con la intención de que fuera criado entre los españoles y aprendiera sus costumbres, lengua y religión. Algunos relatos sugieren que, para garantizar la perpetuación de la amistad con los españoles, estos tomaron una gran cantidad de oro y mujeres por la fuerza, y luego se dirigieron a Comagre. Los indígenas llevaron en hombros a Balboa y a otros españoles enfermos, ya que Balboa había caído enfermo con fiebres. En ese momento, don Carlos Panquiaco era el señor, y los atendió muy bien, incluso les dio veinte libras de oro en joyas de mujer antes de que partieran. Pasaron por Ponca y finalmente llegaron a la Antigua del Darién el 19 de enero del año 1514.

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Vasco Núñez de Balboa fue recibido con una procesión y alegría en la Antigua del Darién, por haber descubierto el Mar del Sur y traer consigo una gran cantidad de dinero y perlas. Se sintió muy complacido al encontrar que los habitantes de la colonia estaban bien y que su número había aumentado, ya que la fama del lugar atrajo a muchos más colonos de Santo Domingo. Su viaje, que incluyó el descubrimiento, la exploración y los enfrentamientos con los indígenas, duró aproximadamente cuatro meses y medio. A pesar de los numerosos desafíos y de pasar por momentos de hambre, regresó con más de cien mil castellanos en oro, excluyendo el valor de las perlas. Además, tenía la esperanza, al regresar, de encontrar una aún mayor riqueza en las futuras expediciones.

Durante su expedición, Balboa dejó muchos señores y pueblos bajo el servicio del rey de España. A pesar de participar en numerosas batallas, nunca sufrió heridas graves ni perdió ninguna de ellas, lo que él atribuía a un milagro y a sus oraciones constantes. Balboa describió a los habitantes de la región como viciosos en cuanto a la carnalidad y mencionó la presencia de prostitución masculina. La tierra era pobre en alimentos, pero rica en oro, razón por la cual fue llamada Castilla de Oro.

Al regresar, Balboa distribuyó el oro entre sus compañeros, después de reservar una quinta parte para el rey. Incluso premió a Leoncillo, el perro, hijo de Becerrillo, con más de quinientos castellanos, debido a su valentía en las batallas contra los indígenas. Además, envió a España una nave con un mensajero llamado Arbolancha de Balboa, portando cartas para el rey y los funcionarios encargados de las Indias. Junto con las cartas, envió veinte mil castellanos del quinto, doscientas perlas finas y grandes, y algunas conchas de gran tamaño para demostrar la magnitud de donde se criaban las perlas.

Balboa también envió el cuero de un tigre macho, relleno de paja, para mostrar la ferocidad de los animales de aquella tierra. Este tigre fue capturado por los habitantes de la Antigua en una trampa que habían preparado en el camino por donde venía. Había causado estragos en el pueblo, alimentándose de varios animales como puercos, ovejas, vacas, yeguas e incluso perros guardianes. Una vez atrapado, el tigre emitió aullidos terroríficos y luchó ferozmente contra quienes intentaban capturarlo. Finalmente, fue abatido por un arcabuz. Su piel fue desollada y consumida por los colonos, aunque no está claro si lo hicieron por necesidad o por gusto. La carne del tigre, que se parecía a la de la vaca, resultó ser sabrosa.

Además, los colonos siguieron el rastro del tigre hasta su guarida, donde encontraron dos cachorros que fueron encadenados con collares de hierro al cuello para ser llevados al rey después de ser criados. Sin embargo, cuando regresaron por ellos, los cachorros habían desaparecido, dejando las cadenas intactas, lo que desconcertó a todos, ya que parecía imposible que los cachorros hubieran escapado sin soltar las argollas de las cadenas, o que la madre los hubiera despedazado.

El Rey Católico quedó muy satisfecho con la carta, el quinto, el presente y la relación del descubrimiento del Mar del Sur, un evento que tanto había anhelado. Como resultado, revocó la sentencia previa contra Balboa y lo nombró adelantado del mismo Mar del Sur.

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El rey don Fernando designó a Pedrarias de Ávila, conocido como el justador y natural de Segovia, como gobernador de Castilla de Oro, siguiendo el acuerdo del Consejo de Indias. Esta decisión se tomó en respuesta a las demandas de los españoles en el Darién, quienes requerían un líder con autoridad y respaldo real para establecer justicia y liderazgo en la región, facilitando así su población y conversión. En ese momento, la reputación de Balboa estaba manchada por las acusaciones y quejas presentadas por el bachiller Enciso, aunque era defendido por Zamudio, procurador del Darién. Además, en España se tenía una visión negativa de la región de Veragua y Urabá, debido a las numerosas muertes de españoles que habían acompañado a expediciones anteriores lideradas por Diego de Nicuesa, Alonso de Hojeda, Martín Fernández de Enciso, Rodrigo de Colmenares y otros.

Sin embargo, la llegada de Juan de Quicedo y Colmenares cambió la percepción de Balboa y la tierra que había descubierto, generando un gran interés por la región. Varios caballeros importantes solicitaron al rey la oportunidad de liderar la gobernación y conquista de la región. De hecho, es probable que Balboa hubiera recibido la gobernación si Arbolancha hubiera llegado un poco antes a la corte.

Pedrarias de Ávila recibió amplios poderes y recursos del rey, incluyendo la financiación de las naves para transportar a mil hombres, tal como lo había solicitado Balboa. Se le ordenó seguir las instrucciones dejadas por Hojeda y Nicuesa, y entre otras cosas, se le encomendó la tarea de garantizar la conversión y el buen trato de los indígenas, evitar la presencia de letrados y resolver pleitos, además de mantener informado al obispo, clérigos y frailes sobre todas sus acciones.

El obispo de la Antigua del Darién, Juan de Quevedo, un fraile franciscano y predicador del rey, fue el primer prelado de tierra firme de Indias y el Nuevo Mundo. Pedrarias partió de Sanlúcar de Barrameda el 14 de mayo del año 1514, con una flota de diecisiete naves y mil quinientos españoles, de los cuales mil doscientos fueron financiados por el rey. Si hubiera espacio, otros mil habrían ido con él, tal era el entusiasmo generado por el nombre de Castilla de Oro. También llevó consigo a su esposa, doña Isabel de Bobadilla, y como pilotos a Juan Vespucio, un florentino, y a Juan Serrano, quien ya había estado en Cartagena y Urabá.

Pedrarias llegó al Darién con su armada el 21 de junio, y Balboa salió a recibirlo con todos los españoles, entonando el Te Deum laudamus. Después de hospedarlo, Balboa le relató todo lo que había hecho y experimentado, lo cual causó gran sorpresa y satisfacción en Pedrarias al encontrar una parte significativa de la tierra pacificada, lista para ser colonizada y, posteriormente, para emprender campañas contra los indígenas, algo que Pedrarias estaba ansioso de hacer debido a su experiencia previa en Orán y otras tierras de Berbería.

Pedrarias se informó detenidamente y comenzó a establecer poblaciones en Comagre, Tumanamá y Pocorosa. Envió a Juan de Ayora con cuatrocientos españoles a Comagre, donde, motivado por la búsqueda de oro, cometió abusos contra los indios, incluido don Carlos Panquiaco, un servidor del rey y amigo de los españoles, a quien se le debían las buenas noticias del sur. Además, despojó a don Carlos y torturó a ciertos caciques, lo que provocó una rebelión indígena y la muerte de muchos españoles. Por temor a represalias, Juan de Ayora huyó con el botín en una nave, lo que generó críticas hacia Pedrarias, quien pasó por alto sus acciones.

Gonzalo de Bajadoz partió hacia el Nombre de Dios con ochenta hombres, mientras que Luis de Mercado, quien pronto se uniría a él, también se dirigió allí poco después. Sin embargo, ambos se trasladaron luego hacia la otra costa, lo que se explicará más adelante cuando lleguemos a Panamá. Por otro lado, Francisco Becerra encabezó una expedición con ciento cincuenta compañeros hacia el río de Dabaiba, pero regresó desanimado y desilusionado. El capitán Vallejo llevó a setenta españoles a Caribana, pero tuvo que retirarse rápidamente después de que cuarenta y ocho de sus hombres fueran asesinados por los caribes flecheros.

Bartolomé Hurtado, quien lideró una expedición con una buena compañía de españoles para poblar Acla, inicialmente solicitó indígenas a Careta, también conocido como don Fernando, quien había adoptado el cristianismo gracias a la influencia de Balboa, pero luego los vendió como esclavos. Gaspar de Morales dirigió a ciento cincuenta españoles hacia la mar del Sur, donde posteriormente se destacará su participación en la isla de Terarequi en el comercio de perlas. Además de estos, Pedrarias envió a otros grupos que poblaron en Santa Marta y en diversas regiones.

La relación entre Balboa y Pedrarias no era del todo armoniosa, y Balboa parecía menospreciar las acciones del gobernador, quizás incluso rechazando su autoridad, dado su cargo y título en la mar del Sur. Esto generó tensiones entre ellos, pero fueron reconciliados por el obispo Quevedo, quien además arregló el matrimonio de Balboa con una hija de Pedrarias, lo que se esperaba que mantuviera la paz entre ellos. Sin embargo, pronto se distanciaron nuevamente. Balboa estaba ocupado en su adelantamiento en la mar, utilizando cuatro carabelas que había construido para descubrir y conquistar nuevas tierras.

Pedrarias llamó a Balboa al Darién y lo arrestó. Luego, le llevó a juicio, lo condenó y finalmente lo ejecutó junto con otros cinco españoles. Según los testimonios presentados en el juicio, Balboa había instigado a sus trescientos soldados a rebelarse contra la autoridad del gobernador y a buscar la libertad y el control sobre sus propias vidas. Balboa negó estas acusaciones y las juró, pero su destino estaba sellado.

La muerte de Balboa se vio envuelta en la controversia de la época, pues también se recordaba el destino de Diego de Nicuesa y sus sesenta compañeros, así como la prisión del bachiller Enciso. Aunque Balboa fue un hombre que hizo grandes servicios a su rey, su reputación en el Darién había sido manchada por acusaciones de ser un alborotador, cruel y maltratador de los indígenas. Sin embargo, algunos consideraron su ejecución como injusta y lamentaron su temprana muerte, extrañando su liderazgo.

Pedrarias continuó sus esfuerzos de colonización, fundando el Nombre de Dios y la ciudad de Panamá. Sin embargo, su gobierno enfrentó la desaprobación de muchos soldados veteranos y finalmente fue reprendido y retirado gradualmente del cargo, aunque lamentaba su caída en desgracia.

Abriéndose paso entre densos bosques y escarpadas peñas, con gran fatiga y habilidad, se encontraba el camino que conectaba un lugar con otro. Este terreno estaba poblado por una gran cantidad de animales salvajes, según cuentan, como leones, tigres, osos y onzas, además de una multitud de monos de diferentes tamaños y aspectos. Estos monos, entre risas y alboroto, lanzaban piedras a los trabajadores y gritaban con tal estridencia que ensordecían a quienes estaban cerca. Algunos de ellos incluso llegaron a herir a un ballestero, aunque uno de ellos resultó muerto cuando tanto él como un mono soltaron sus proyectiles al mismo tiempo.

Santa Marta, ubicada en la Antigua del Darién, fue fundada por el bachiller Enciso, quien era alcalde mayor de Hojeda. Esta fundación se llevó a cabo bajo la promesa de Enciso de establecer la ciudad si lograba vencer a Cemaco, señor de la región. Sin embargo, debido a su clima extremadamente húmedo y cálido, plagado de enfermedades, y a su falta de recursos y seguridad, la ciudad pronto se despobló. Los españoles que vivían allí adquirían un tono amarillento, posiblemente debido a su obsesión por encontrar oro, aunque este tono también se observaba en otras partes de Tierra Firme y Perú.

La tierra no era propicia para la agricultura debido a los frecuentes aguaceros, diluvios y desbordamientos que inundaban los campos sembrados. Los rayos eran comunes, causando incendios que destruían las casas y amenazaban a los habitantes.

El emperador Carlos V, sucesor de Pedrarias, envió a Lope de Sosa desde Canarias para gobernar la región, pero este murió poco después de llegar al Darién en el año 1520. Le sucedió Pedro de los Ríos, también de Córdoba, mientras Pedrarias se trasladaba a Nicaragua.

El licenciado Antonio de la Gama fue enviado para llevar a cabo la residencia. Posteriormente, se designó como gobernador a Francisco de Barrionuevo, un caballero oriundo de Soria que había servido como soldado en Boriquén y como capitán en La Española durante la campaña contra el cacique don Enrique. Luego de Barrionuevo, asumió el cargo el licenciado Pedro Vázquez, seguido por el doctor Robles, quien se destacó por administrar justicia de manera recta, algo que había sido escaso hasta ese momento.

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El río de Orellana, según se dice, es el más extenso de las Indias y posiblemente del mundo, incluso si consideramos al Nilo entre ellos. Algunos lo llaman el mar Dulce, y su boca se estima en unas cincuenta leguas o más. Hay quienes afirman que es el mismo río Marañón, y que su origen se encuentra en Quito, cerca de Moyobamba, y desemboca en el mar a unas trescientas leguas de la isla de Cubagua. Sin embargo, aún no se ha confirmado completamente esta teoría, y por eso los tratamos como ríos separados.

Este río, siempre cerca de la línea ecuatorial, recorre aproximadamente mil quinientas leguas, e incluso más según los relatos de Orellana y sus compañeros, debido a sus numerosas y amplias curvas que se asemejan a las de una serpiente. Desde su nacimiento hasta su desembocadura en el mar, no hay más de setecientas leguas de distancia. Está lleno de islas y, según se dice, la marea sube más de cien leguas río arriba, lo que permite la presencia de manatíes, bufeos y otros peces marinos hasta trescientas leguas tierra adentro. Aunque podría experimentar crecidas similares al Nilo o al río de la Plata en ciertas épocas, aún no se ha explorado lo suficiente debido a la falta de asentamientos humanos en sus riberas.

Francisco de Orellana fue quien realizó la navegación más larga por este río, pues ninguna otra persona ha recorrido tantas leguas navegables por un solo río como él. Además, nunca se conoció tan rápidamente el principio y el fin de un río tan grande como en este caso. Fue descubierto por los Pinzones en el año 1500, y Orellana lo recorrió cuarenta y tres años después. Orellana, que originalmente acompañaba a Gonzalo Pizarro en la expedición conocida como la conquista de la Canela, se desvió con un pequeño grupo de españoles en busca de provisiones a una isla dentro del mismo río, utilizando un bergantín y algunas canoas. Sin embargo, al alejarse de su capitán, decidió continuar navegando río abajo con el cargamento de oro, esmeraldas y otros tesoros que le habían sido confiados, argumentando que la corriente era demasiado fuerte para remontar el río. Finalmente, improvisó otro bergantín con las canoas y renunció a su lealtad a Pizarro, siendo elegido como nuevo capitán por su tripulación.

Decidió emprender una aventura por su cuenta, buscando la riqueza y el final de ese río. Descendió por él, pero en una disputa con los indígenas perdió un ojo. Regresó a España, donde vendió el derecho de exploración y los gastos asociados. Presentó un extenso informe de su viaje ante el Consejo de Indias, que en ese momento se encontraba en Valladolid, pero más tarde se descubrió que este informe era inexacto. Solicitó la conquista del río y se le otorgó el título de adelantado, creyendo en sus afirmaciones. Gastó rápidamente las esmeraldas y el oro que había traído consigo, y no tenía los recursos necesarios para organizar una nueva expedición.

Se casó y obtuvo dinero prestado de aquellos que querían acompañarlo en su viaje, prometiéndoles cargos y puestos en su futura gobernación y ejército. Pasaron varios años preparándose para regresar. Finalmente, logró reunir quinientos hombres en Sevilla y zarpó. Sin embargo, murió en el mar y su expedición se desmoronó, poniendo fin a la famosa conquista de las Amazonas.

Entre las afirmaciones extravagantes que hizo, destacó la existencia de amazonas en ese río, con quienes él y sus compañeros supuestamente habían combatido. Aunque no es inusual que las mujeres luchen con armas en algunas regiones de las Indias, como Paria, la idea de mujeres que se mutilan para utilizar arcos o que viven sin maridos mientras son extremadamente lujuriosas parece más una fantasía que una realidad. Aunque otros, aparte de Orellana, han difundido historias similares sobre las amazonas después del descubrimiento de las Indias, nunca se ha visto ni se verá tal cosa en este río. A pesar de ello, muchos aún llaman a este río de las Amazonas debido a tales relatos, y muchos se han reunido con la esperanza de explorarlo.

Descubrimiento del Perú

De las mil trescientas leguas de tierra que se extienden desde el estrecho de Magallanes hasta el río Perú, quinientas leguas a lo largo de la costa desde el estrecho hasta Chirinara o Chile fueron navegadas por un galeón comandado por don Gutiérrez de Vargas, obispo de Plasencia, en el año 1544. Las restantes fueron descubiertas y conquistadas en diversas ocasiones y años por Francisco Pizarro, Diego de Almagro y sus respectivos capitanes y soldados.

La intención de continuar con este descubrimiento y conquista siguiendo un orden sistemático, dando a cada región su debida atención y tiempo, sería deseable. Sin embargo, para evitar la repetición excesiva, omitiré esa propuesta orden y continuaré con la narración.

Mientras Pedrarias de Ávila, gobernador de Castilla de Oro, residía en Panamá, algunos habitantes de la ciudad expresaron su deseo de explorar nuevas tierras. Algunos querían dirigirse hacia el este, hacia el río Perú, en busca de las riquezas que se rumoreaba existían bajo la línea ecuatorial. Otros preferían ir hacia el oeste, a Nicaragua, que tenía fama de ser una tierra rica y fértil, con abundantes jardines y frutas. Pedrarias, inclinándose más hacia Nicaragua que hacia las tierras orientales, envió cuatro navíos hacia allá, como se explicará más adelante.

Diego de Almagro y Francisco Pizarro, quienes ya eran ricos y experimentados en esas tierras, se asociaron con Hernando Luque, conocido como Hernando Loco debido a su riqueza y su posición como maestro de escuela de Panamá. Los tres juraron no separarse en el viaje, sin importar los gastos o contratiempos que pudieran surgir, y acordaron dividir equitativamente las ganancias, riquezas y tierras que descubrieran y adquirieran, tanto en conjunto como individualmente.

Se dice que Pedrarias de Ávila inicialmente formó parte de la capitulación, pero abandonó el acuerdo prematuramente debido a las malas noticias que llegaban de las tierras ecuatoriales a través de su capitán, Francisco Becerra. Una vez que se concertó y firmó el acuerdo, se designó a Francisco Pizarro para la tarea de exploración, mientras que Hernando Luque se encargaba de gestionar las propiedades de la compañía y Diego de Almagro debía reclutar gente, suministrar armas y alimentos a Pizarro en cualquier lugar que este descubriese y poblase. Además, se le encomendó a Almagro la tarea de conquistar por su cuenta si encontraba la oportunidad y la disposición en la tierra que explorase.

En el año 1525, Francisco Pizarro y Diego de Almagro partieron para descubrir y colonizar, con la autorización del gobernador Pedrarias, según algunos relatos. Pizarro partió primero con ciento catorce hombres en un navío. Navegaron unas cien leguas y desembarcaron en una zona donde los nativos les opusieron resistencia, hiriéndolos con flechas en siete ocasiones e incluso matando a algunos españoles. Ante esta situación, Pizarro decidió regresar a Chochama, cerca de Panamá, sintiéndose arrepentido de la empresa.

Por otro lado, Almagro, que partió más tarde debido a la finalización de la construcción de un barco, se dirigió con setenta hombres hacia el río que llamaron San Juan. Al no encontrar rastro de su compañero, decidió regresar atrás.

Almagro, después de concluir la construcción de un navío, zarpó con setenta españoles en busca del río que bautizó como San Juan, con la intención de encontrar a su compañero. Al no hallar rastro de él, decidió regresar. Durante el desembarco, descubrió señales de presencia española y se dirigió al lugar donde Pizarro había sido herido anteriormente. Sin embargo, los indígenas los atacaron, dejando a algunos de sus hombres heridos y provocándole la pérdida de un ojo. Ante esta situación, Almagro optó por incendiar el pueblo y regresar a Panamá, creyendo que Pizarro habría tomado medidas similares. No obstante, al enterarse de que su compañero se encontraba en Chochama, se dirigió allí con la intención de coordinar el regreso a la tierra recién descubierta, que parecía prometedora en cuanto a recursos, especialmente oro.

En Chochama, lograron reunir hasta doscientos españoles y algunos indígenas locales como auxiliares. Se embarcaron en sus dos navíos y tres grandes canoas que habían construido. Navegaron con grandes dificultades y riesgos debido a las fuertes corrientes causadas por los persistentes vientos del sur en esa zona. Finalmente, llegaron a una costa anegada, llena de ríos y manglares, donde las lluvias eran tan frecuentes que casi nunca cesaban. Los habitantes de la región vivían en estructuras construidas sobre los árboles, similar a plataformas elevadas, y eran guerreros valientes que defendían su tierra, llegando incluso a matar a muchos españoles en los enfrentamientos.

Los indígenas acudían en gran número a la costa armados, desafiando fuertemente a los españoles, a quienes llamaban "hijos de la espuma del mar" por caminar sobre las olas, o los tildaban de desterrados y vagabundos que no trabajaban la tierra para sustentarse. Decían que no querían en su tierra a hombres con pelos en las caras, ni a vagabundos que corrompieran sus antiguas y santas costumbres. Los acusaban de ser grandes sodomitas, por lo cual trataban mal a las mujeres. Todos ellos tenían un gesto y habla muy arrogantes, pues contaban con grandes narices y hablaban con voz ronca y hueca.

Las mujeres de la región lucen cortes de cabello rasurado y llevan adornos como anillos, mientras que los hombres visten camisas cortas que dejan al descubierto sus partes íntimas, complementadas con coronas similares a las de los frailes. Sin embargo, cortan todo su cabello en la parte delantera y trasera, dejando crecer solamente los laterales. Adornan sus narices y orejas con esmeraldas y otras piedras preciosas, así como collares de oro, turquesas y piedras de varios colores.

Tanto Pizarro como Almagro deseaban conquistar esa tierra debido a las evidentes riquezas minerales y de oro que los nativos poseían. Sin embargo, debido a las dificultades causadas por el hambre y los enfrentamientos, muchos españoles habían perecido y no podían continuar sin un nuevo refuerzo. Por ello, Almagro partió hacia Panamá en busca de ochenta nuevos españoles, junto con alimentos y provisiones adicionales, que revitalizaron a los supervivientes.

Durante muchos días, los exploradores habían subsistido con una dieta limitada, basada en palmitos amargos, mariscos, pesca escasa y frutas de manglares, que carecían de jugo y sabor, y si tenían algo, resultaba amargo y salado. Los manglares crecen en las orillas del mar y en tierras salobres, presentando frutos grandes y hojas pequeñas pero muy verdes. Su robustez los convierte en excelentes candidatos para ser utilizados como mástiles en las embarcaciones.

Continuación del descubrimiento del Perú

Los españoles estaban tan debilitados y desesperados en medio de esos manglares que, a pesar de la llegada de los ochenta nuevos compañeros, no se sintieron lo suficientemente seguros como para enfrentarse a los nativos del lugar. En lugar de ello, decidieron dirigirse hacia Catámez, una región sin manglares, pero abundante en maíz y otros alimentos que revitalizaron a muchos y alegraron a todos. Los habitantes de Catámez llevaban la cara adornada con numerosos clavos de oro, ya que perforaban sus rostros en varios lugares para insertar granos de oro, turquesas y esmeraldas. Tanto Pizarro como Almagro empezaron a imaginar que allí podrían poner fin a sus penurias y enriquecerse más allá de lo que cualquier otro español en las Indias había logrado. Esta perspectiva les llenaba de alegría a ellos y a sus seguidores, pero su felicidad se vio rápidamente empañada por la aparición repentina de una multitud de indígenas armados. Ante este nuevo peligro, no se atrevieron ni siquiera a enfrentarse a ellos, y en un acuerdo conjunto, Almagro decidió regresar a Panamá en busca de más hombres, mientras que Pizarro se dirigió a la isla del Gallo para esperarlo allí.

Los españoles se encontraban tan asustados, descontentos y ansiosos por abandonar Panamá que muchos de ellos deseaban unirse a Almagro en su expedición. Sin embargo, no se les permitió partir ni siquiera escribir cartas para evitar manchar la reputación de la región y entorpecer la misión de socorro de Almagro. A pesar de los intentos de ocultar los problemas y las muertes sufridas en esa tierra hostil, no pudieron evitar que algunas cartas y quejas llegaran a Panamá. Un tal Sarabia, de Trujillo, envió cartas, algunas de ellas firmadas por varios, a Pascual de Andagoya, envueltas en un gran ovillo de algodón que aparentaba ser una manta, ya que andaba desnudo. Estas cartas detallaban los sufrimientos, muertes y abusos sufridos durante la expedición, así como las quejas y demandas de los capitanes para obtener permiso de regresar. Al final de una de las cartas se encontraba un poema que rezaba:

 

"Pues, señor gobernador,

mírelo bien por entero;

que allá va el recogedor,

y acá queda el carnicero."

 

Cuando Almagro llegó a Panamá, ya había asumido como gobernador Pedro de los Ríos, quien emitió órdenes para permitir que todos los que estaban en la isla del Gallo con Pizarro pudieran regresar a casa sin obstáculos, amenazando con severas sanciones a quienes se lo impidieran. Ante este mandato, muchos de los seguidores de Almagro huyeron para unirse a él, lo que causó gran pesar al propio Almagro. Sin embargo, entre los que permanecieron junto a Pizarro se encontraban Bartolomé Ruiz de Moguer, su piloto, y otros doce, incluyendo a Pedro de Candía, un griego naturalizado que residía en la isla.

El peso del pensamiento y la tristeza que Pizarro cargó por esta situación es insondable. Expresó su profunda gratitud y promesas a los que optaron por quedarse con él, elogiándolos como amigos leales y constantes, a pesar de ser pocos en número. Se trasladaron entonces a una isla desierta llamada Gorgona, situada a seis leguas de distancia, conocida por sus numerosas fuentes y arroyos. En este lugar, subsistieron sin tener pan, alimentándose de cangrejos terrestres, cangrejos marinos, serpientes grandes y lo que podían pescar, hasta que finalmente regresó el navío de Almagro desde Panamá.

Una vez que el navío regresó, Pizarro zarpó hacia Motupe, cerca de Tangarara, y luego hacia el río Chira, donde obtuvieron muchas ovejas cervales para alimentarse, así como algunos intérpretes en los pueblos conocidos como Poechos. En Tumbes, desembarcaron a Pedro de Candía, quien quedó asombrado por las riquezas encontradas en la casa del rey Atahualpa, noticias que llenaron de alegría a todos. Pizarro, habiendo encontrado la riqueza y la tierra que tanto anhelaba, regresó a Panamá para viajar a España y solicitar al emperador la gobernación del Perú.

Dos españoles se quedaron en la región, ya sea por orden de Pizarro para aprender el idioma y los secretos de la tierra mientras él viajaba de ida y vuelta, o quizás por la codicia de las riquezas de oro y plata que Candía había descrito. Sin embargo, se sabe que estos dos españoles fueron asesinados por los indígenas. Francisco Pizarro dedicó más de tres años a esta expedición, que se conocería como el descubrimiento del Perú, enfrentando enormes desafíos, hambre, peligros, miedos y momentos de gran incertidumbre.

Francisco Pizarro, hecho gobernador del Perú

Una vez en Panamá, Pizarro compartió con Almagro y Luque la noticia sobre la abundancia y riqueza de Tumbes y el río Chira. Estos se regocijaron enormemente con tales noticias y le otorgaron a Pizarro mil pesos de oro, e incluso buscaron prestado una buena parte de esa cantidad. A pesar de ser algunos de los vecinos más ricos de la ciudad, se encontraban en una situación de pobreza debido a los numerosos gastos realizados durante los tres años de exploración.

Posteriormente, Francisco Pizarro viajó a España y solicitó al Consejo de Indias la gobernación del Perú, presentando un informe detallado de su exploración y los gastos realizados. El emperador le concedió el título de adelantado, capitán general y gobernador del Perú y Nueva Castilla, nombre dado a las tierras recién descubiertas. Pizarro hizo grandes promesas de riqueza y reinos en agradecimiento por los títulos y privilegios otorgados.

Publicó información sobre mayores riquezas de las que realmente conocía, con el fin de atraer a más personas a unirse a su expedición. Se embarcó con gran alegría y estuvo acompañado por sus cuatro hermanos: Hernando, Juan y Gonzalo Pizarro, así como Francisco Martín de Alcántara, hermano de madre. Hernando era el único legítimo, mientras que Gonzalo y Juan eran hermanos de madre.

Los Pizarro llegaron a Panamá con gran pompa y celebración, pero no fueron bien recibidos por Almagro, quien estaba muy resentido y se quejaba de Francisco Pizarro. Almagro se sentía excluido de los honores y títulos que Pizarro había obtenido para sí mismo, a pesar de que habían sido amigos cercanos. Además, se sentía agraviado porque, a pesar de haber contribuido más financieramente y haber perdido un ojo durante la exploración, Pizarro no lo mencionó ante el emperador.

Diego de Almagro persistía obstinado en su resentimiento hacia Francisco Pizarro, alegando que éste buscaba más honores que riquezas. Pizarro intentaba disculparse, argumentando que el emperador no había querido concederle nada a Almagro, a pesar de sus ruegos. Le prometía negociar para él otra gobernación en esas mismas tierras y renunciar posteriormente al adelantamiento, además de asegurarle que, como compañeros, ambos tenían autoridad sobre los territorios descubiertos y podrían disponer de ellos a su mejor conveniencia. Sin embargo, nada lograba aplacar a Almagro, cuyo odio y airadas quejas parecían plenamente justificados ante los ojos de los demás.

Almagro, al tener bajo su control los pocos recursos económicos que quedaban, causaba mucha necesidad y dificultad a los Pizarro, quienes tenían grandes gastos, pero escasos recursos financieros. Esto provocaba una profunda indignación en Hernando Pizarro, el hermano mayor, quien consideraba una afrenta que Almagro los tratara de esa manera. Hernando reprochaba a su hermano, el gobernador, por permitir esta situación, y su actitud generaba resentimiento no solo en los hermanos, sino también en muchos otros.

Este conflicto provocó un rencor perpetuo entre Almagro y Hernando Pizarro, cuyos hermanos eran más compasivos y amorosos. La tensión entre ambos bandos marcó un período difícil en sus relaciones y tuvo consecuencias duraderas.

Francisco Pizarro anhelaba reconciliarse con Diego de Almagro, ya que reconocía que sin su apoyo no podría avanzar en su gobernación de manera tan próspera y prestigiosa. Por tanto, buscó medios para lograr la reconciliación entre ambos. Muchos intervinieron en este proceso, especialmente los recién llegados de España, quienes ya habían ocupado posiciones de autoridad, y finalmente fueron concertados mediante la mediación de Antonio de la Gama, juez de residencia.

En este acuerdo, Almagro contribuyó con setecientos pesos y las armas y provisiones que tenía, mientras que Pizarro partió con la mayor cantidad de hombres y caballos posible en dos navíos. Sin embargo, encontraron vientos adversos que dificultaron su llegada a Tumbes. Finalmente, desembarcaron en la tierra propiamente llamada Perú, a partir de la cual se originaron las grandes y ricas provincias que luego serían descubiertas y conquistadas.

Vale mencionar que la primera noticia del río Perú la tuvo Francisco Becerra, capitán de Pedrarias de Ávila, quien partió del Comagre con ciento cincuenta españoles y llegó a la punta de Piñas. Sin embargo, regresó de allí al enterarse de que los habitantes del río Jumeto le advirtieron sobre la rudeza del terreno y la belicosidad de la gente en la región peruana.

Algunos relatos sugieren que Vasco Núñez de Balboa pudo haber tenido conocimiento sobre la existencia de oro y esmeraldas en la región del Perú. Sea cierto o no, es un hecho que en Panamá se tenía una gran fama sobre el Perú cuando Francisco Pizarro y Diego de Almagro se preparaban para emprender su expedición hacia esa tierra.

La partida de Pizarro desde una tierra tan inhóspita como la de Tumbes hacia Coaque fue difícil y llena de peligros. La costa áspera provocaba accidentes en los cuales tanto hombres como caballos perdían la vida. Además, los numerosos ríos, crecidos en esa época, causaron ahogamientos entre los miembros de la expedición, y algunos enfermos sufrieron aún más con la falta de comida y el cambio de clima.

Llegaron finalmente a Coaque, un lugar bien provisto y rico, donde pudieron recuperarse adecuadamente y obtener una considerable cantidad de oro y esmeraldas. Sin embargo, se encontraron con un nuevo y terrible mal: las verrugas, que en realidad eran bubones. Estas verrugas aparecían en diversas partes del cuerpo, como las cejas, la nariz y las orejas, y eran tan grandes como nueces, además de muy dolorosas y sangrientas. Esta enfermedad era desconocida para ellos, y no sabían cómo tratarla, lo que generaba gran angustia entre los miembros de la expedición. A pesar de ello, Pizarro decidió continuar con la empresa y envió una suma considerable de oro a Diego de Almagro para que le enviara refuerzos desde Panamá y Nicaragua, así como para abastecer la tierra conquistada, que tenía mala reputación.

Después de enviar el despacho a Diego de Almagro y mientras esperaba refuerzos, Francisco Pizarro continuó su camino hacia Puerto Vicio. Durante este trayecto, tuvo que enfrentarse a veces con los indígenas y otras veces realizar intercambios comerciales con ellos. Mientras se encontraba en Puerto Vicio, recibió la visita de Sebastián de Benalcázar y Juan Fernández, quienes llegaron con gente y caballos desde Nicaragua. La llegada de estos refuerzos fue motivo de gran alegría y proporcionó una ayuda significativa para pacificar la costa de Puerto Viejo.

La guerra que Francisco Pizarro hizo en la isla Puna

Los traductores o lenguas de Francisco Pizarro, Felipe y Francisco, naturales de Poechos, le informaron sobre la cercanía de la isla de Puna, la cual era conocida por su riqueza, pero también por albergar a hombres valientes. Pizarro, contando ya con un buen número de españoles, decidió dirigirse hacia allí. Para ello, ordenó a los indígenas construir balsas en las que pudieran transportarse tanto caballos como hombres. Estas balsas estaban hechas de varias vigas largas y livianas, unidas de manera que formaban una especie de tabla. Al llegar a la isla, los indios intentaron cortar las cuerdas de las balsas para ahogar a los cristianos, según advirtieron los informantes de Pizarro. Por esta razón, Pizarro instruyó a los españoles para que mantuvieran sus espadas desenvainadas, con el fin de infundir temor en los indígenas.

Inicialmente, Pizarro fue recibido pacíficamente por el gobernador de Puna. Sin embargo, poco después, este último ordenó matar a los españoles debido a los abusos que cometían con las mujeres y la ropa. Al enterarse de esta situación, Pizarro arrestó al gobernador sin demostrar ningún tipo de regocijo. Al día siguiente, los isleños rodearon el campamento de los cristianos al amanecer, amenazándolos con la muerte si no les entregaban al gobernador y su riqueza. Ante esta situación, Pizarro preparó a su gente para la batalla y envió a algunos jinetes a toda velocidad para socorrer a los barcos, ya que los indios también estaban combatiendo en sus balsas.

Los indios de Puna, valientes y decididos, pelearon con fervor para rescatar a su capitán y recuperar su ropa, pero fueron vencidos por los españoles, sufriendo numerosas bajas y heridos. Durante el enfrentamiento, murieron tres o cuatro españoles, y muchos resultaron heridos, entre ellos Hernando Pizarro, quien sufrió una grave lesión en la rodilla. Tras la victoria, Pizarro distribuyó el botín de ropa y oro entre sus hombres para evitar disputas con los que venían de Nicaragua con Hernando de Soto.

Después de esta batalla, los españoles comenzaron a enfermar debido a las condiciones adversas de la tierra. Además, los isleños continuaban hostigándolos con sus balsas entre los manglares, sin declarar ni la paz ni la guerra. Ante esta situación, Pizarro decidió dirigirse a Tumbes, que se encontraba cerca. Pero antes de relatar lo que sucedió allí, es importante mencionar algunos aspectos de esta isla, ya que fue en Puna donde Pizarro recibió las primeras noticias sobre Atahualpa.

Puna se encuentra a unas doce leguas de Tumbes y estaba habitada por una gran población, así como por una abundancia de ciervos y venados. Los hombres de Puna eran hábiles pescadores y cazadores, expertos en la guerra y temidos por sus vecinos. Utilizaban una variedad de armas, como hondas, porras, lanzas y hachas de plata y cobre, así como lanzas con puntas de oro. Vestían prendas de algodón de colores vivos y llevaban adornos de oro y piedras preciosas, al igual que las mujeres. Además, poseían numerosas vasijas de oro y plata para diversos usos.

Sin embargo, una práctica inhumana que destacaba en Puna era la costumbre del gobernador de cortar las narices, los genitales e incluso los brazos de los sirvientes que atendían a sus mujeres, demostrando celos extremos y crueldad.

Guerra de Tumbes y población de San Miguel de Tangarara

Pizarro encontró en Puna a más de seiscientas personas de Tumbes que estaban cautivas. Estos prisioneros, al parecer, pertenecían a Atahualpa, quien había intentado conquistar Puna el año anterior durante una guerra contra su hermano Huáscar. Atahualpa había reunido una gran flota de balsas para invadir Puna, pero el gobernador de la isla, leal a Huáscar, también había armado a los isleños y los había derrotado en batalla. Se dice que Atahualpa resultó herido en un muslo durante la pelea y se vio obligado a retirarse hacia Cajamarca para recuperarse y reunir más tropas antes de dirigirse al Cusco, donde Huáscar tenía un gran ejército.

Aprovechando la ausencia de Atahualpa, el gobernador de Puna saqueó Tumbes. Sin embargo, las disputas y revueltas entre los hermanos y reyes locales no afectaron la determinación de Pizarro y sus hombres de explorar esas tierras. Para asegurar la amistad de Atahualpa, Pizarro decidió enviar de regreso a Tumbes a los seiscientos cautivos, esperando que esto los pusiera en buenos términos con el líder inca. Sin embargo, al verse libres, los cautivos expusieron las condiciones de su liberación, denunciando los abusos cometidos por los españoles, quienes se aprovechaban de las mujeres y saqueaban oro y plata. Esto causó indignación entre la población local, lo que complicó las relaciones entre los españoles y los habitantes de la región.

Antes de embarcarse hacia Tumbes, Pizarro envió a tres españoles junto con algunos nativos en una balsa para negociar la paz y solicitar permiso de entrada.

Los habitantes de Tumbes recibieron a los tres españoles enviados devotamente, pero luego los entregaron a sacerdotes para que los sacrificaran al ídolo del Sol llamado Guaca. Este acto, acompañado de llantos, no fue por compasión, sino parte de una costumbre ritual. Cuando los navíos llegaron a tierra, no encontraron balsas disponibles para salir, ya que los indígenas las habían retirado tras armarse. Pizarro desembarcó en una balsa con seis hombres a caballo, no había lugar ni tiempo para más, y pasaron la noche en la balsa debido al oleaje y al hecho de que la balsa se volcó al llegar a tierra.

Al día siguiente, los demás españoles pudieron desembarcar sin incidentes mayores, ya que los indígenas no hicieron más que observar. Los navíos regresaron por los españoles que habían quedado en Puna, mientras Pizarro, acompañado por cuatro jinetes, recorrió dos leguas sin encontrar a ningún indio con quien hablar. Estableció un campamento en Tumbes y envió mensajeros al líder local en busca de paz y amistad, pero este no les prestó atención y se burlaba de los barbudos españoles.

Pizarro decidió tomar medidas más directas y lideró un ataque sorpresa contra los indígenas. Aprovechando la oscuridad de la noche, cruzó el río con cincuenta jinetes sin ser detectado por los enemigos. Al amanecer, sorprendió a los indígenas que estaban desprevenidos y causó grandes pérdidas entre ellos, vengando así la muerte de los tres españoles sacrificados. El gobernador de Tumbes, impresionado por la habilidad militar de Pizarro, buscó la paz y le ofreció un gran presente de oro, plata y textiles de algodón y lana.

Tras esta victoria, Pizarro fundó la ciudad de San Miguel en Tangarará, a orillas del río Chira, y buscó un puerto adecuado para los navíos, encontrando el de Paita. Luego de repartir el oro obtenido, partió hacia Cajamarca en busca de Atahualpa.

Prisión de Atahualpa

Al divisar Pizarro la ostentosa muestra de oro y plata en aquel lugar, se dejó impresionar por la inmensa riqueza que se le atribuía al rey Atahualpa. Tras organizar los asuntos concernientes a la nueva ciudad de San Miguel y sus colonos, partió hacia Cajamarca. En el camino, logró establecer la paz con los pueblos conocidos como Poechos, gracias a la mediación de Felipillo y su compañero Francisquillo, quienes eran naturales de la región y dominaban el español.

Durante su marcha, algunos servidores de Huáscar se acercaron buscando su amistad y apoyo contra la tiranía de Atahualpa, quien se alzaba injustamente con el poder. Le ofrecieron grandes recompensas si accedía. Los españoles atravesaron un desierto de veinte leguas sin agua, lo que los dejó exhaustos. Mientras ascendían la sierra, se encontraron con un mensajero de Atahualpa. El emisario le transmitió a Pizarro un mensaje contundente: debía regresar a su tierra en sus barcos y no causar daño a sus súbditos ni tomar nada de ellos. Le advirtió que, si obedecía, lo dejaría ir con el oro robado en tierra ajena, pero si persistía en su actitud, lo mataría y lo despojaría de todo.

Pizarro respondió con calma que no tenía intención de provocar a nadie, menos aún a un príncipe tan poderoso. Además, le hizo saber que solo regresaría a la mar si no fuera enviado como emisario del Papa y del Emperador, los verdaderos señores del mundo. No podía, por tanto, regresar sin antes ver y hablar con Atahualpa, pues eso estaba destinado por Dios y sería beneficioso para su propia gloria y el honor de sus compañeros.

Atahualpa observó en la respuesta de los españoles una determinación de encontrarse con él, ya fuera para bien o para mal. Sin embargo, desestimó su importancia debido a su escaso número, además de creer en las afirmaciones de Maicabelica, un líder entre los Poechos, quien aseguraba que los extranjeros barbudos carecían de la fuerza y la resistencia necesarias para caminar a pie o escalar una pendiente sin montar a caballo o aferrarse a unos grandes "pacos" (como llamaban a los caballos), los cuales llevaban unas tablillas relucientes, similares a las que usaban las mujeres para tejer.

Maicabelica, que nunca había enfrentado el filo de una espada y se jactaba de ser un gran corredor, difundía esta creencia, considerada una prueba de valentía entre los nobles y valientes indígenas. Sin embargo, los informes de los heridos de Tumbes que se encontraban en la corte contaban otra historia. Por lo tanto, Atahualpa decidió enviar otro mensajero para verificar si los "barbudos" aún avanzaban y advertir al capitán Pizarro que no fuera a Cajamarca si valoraba su vida.

Pizarro respondió al mensajero asegurando que llegarían a su destino sin falta. El indígena le entregó unos zapatos pintados y unos puños de oro para que los usara, de modo que Atahualpa, su señor, pudiera reconocerlo cuando llegara. Se sospechaba que esto serviría como señal para que lo apresaran o lo mataran sin afectar a los demás. Pizarro, entre risas, aceptó los regalos.

Cuando Pizarro y su ejército llegaron a Cajamarca, un caballero les indicó que no se aposentaran hasta recibir la orden de Atahualpa. Sin embargo, Pizarro decidió ignorar esta advertencia y se instaló sin dar respuesta. Luego, envió al capitán Hernando de Soto, acompañado de algunos otros jinetes, incluido Felipillo, para visitar a Atahualpa, quien se encontraba a una legua de distancia en unos baños. El propósito era informarle de la llegada de Pizarro y solicitarle permiso y hora para hablar con él.

Soto llegó haciendo piruetas con su caballo, ya sea por cortesía o por el asombro de los indígenas, hasta llegar junto a la silla de Atahualpa. A pesar de que el caballo le resopló en la cara, Atahualpa no mostró ninguna reacción. Sin embargo, ordenó matar a muchos de los que huyeron asustados por la proximidad y el movimiento de los caballos, una lección que sirvió de advertencia para los indígenas y que dejó perplejos a los españoles.

Hernando de Soto se desmontó, hizo una profunda reverencia y explicó el propósito de su visita. Atahualpa mantuvo una actitud seria y no le respondió directamente, sino que hablaba con uno de sus sirvientes, quien a su vez se comunicaba con Felipillo, encargado de trasladar la respuesta a Soto. Se rumoreaba que Atahualpa se enfadó porque Soto se acercó tanto con su caballo, un gesto considerado de gran falta de respeto hacia la majestuosidad de un rey de su magnitud.

Posteriormente, Hernando Pizarro se presentó y habló en nombre de su hermano, el capitán, respondiendo de manera concisa a las numerosas palabras de Atahualpa. Este concluyó diciendo que sería amigo del emperador y de Pizarro si devolvían todo el oro, plata y otras posesiones que habían tomado de sus vasallos y amigos, y si abandonaban su tierra de inmediato. Además, propuso encontrarse al día siguiente en Cajamarca para discutir los términos de su partida y para averiguar quiénes eran el Papa y el Emperador, pues les enviaban embajadores y requerimientos desde tierras tan lejanas. Esta respuesta de Atahualpa dejó a Hernando Pizarro impresionado por la grandeza y autoridad del líder inca, así como por la cantidad de personas, armas y tiendas que había en su campamento. La respuesta de Atahualpa parecía ser una declaración de guerra.

Pizarro entonces se dirigió a los españoles, instándolos a prepararse para la batalla, ya que algunos mostraban nerviosismo ante la proximidad de tantos guerreros indígenas, recordándoles el éxito previo en Tumbes y Puna como un ejemplo de lo que podrían lograr.

Durante esa noche, los españoles se dedicaron a preparar sus armas y caballos, y a colocar la artillería frente a la puerta del tambo por donde se esperaba que ingresara Atahualpa. Al amanecer, Francisco Pizarro ubicó a un grupo de arcabuceros en una pequeña torre que dominaba el patio, la cual estaba adornada con ídolos. Dividió a los capitanes Hernando de Soto, Sebastián de Benalcázar y Hernando Pizarro, quien era el líder general, junto con veinte jinetes cada uno, en tres casas diferentes. Él mismo se quedó cerca de la puerta en otra casa, al mando de la infantería, que incluía hasta ciento cincuenta soldados sin contar con los indígenas de servicio.

Pizarro ordenó que nadie hablara ni saliera para enfrentarse a los enviados de Atahualpa hasta que se escuchara un disparo o se avistara el estandarte. Mientras tanto, Atahualpa también animaba a sus hombres, quienes menospreciaban a los cristianos y planeaban realizar un sacrificio masivo al sol en caso de batalla. Colocó a su capitán, Rumiñahui, con cinco mil soldados en la entrada por donde los españoles habían entrado en Cajamarca, con la orden de capturar o matar a los fugitivos.

Atahualpa tardó cuatro horas en recorrer una legua, quizás para descansar o para fatigar a sus enemigos. Viajaba en una litera de oro, cubierta y forrada con plumas de papagayos de múltiples colores, la cual era llevada en hombros por hombres. Estaba sentado sobre un tablón de oro, sobre un cojín de lana adornado con piedras preciosas. Llevaba una gran borla roja de lana fina en la frente, que le cubría las cejas y las sienes, un distintivo de los reyes del Cusco.

Atahualpa estaba acompañado por más de trescientos sirvientes vestidos con uniformes, encargados de limpiar el camino de pajas y piedras para la litera. Bailaban y cantaban delante de él, mientras numerosos nobles lo seguían en andas y hamacas, realzando la majestuosidad de su corte. Al entrar en el tambo de Cajamarca y notar que los jinetes no se movían ni los peones se inquietaban, supuso que estaban paralizados por el miedo. De pie, exclamó: "Están rendidos". Sus seguidores estuvieron de acuerdo, menospreciando a los españoles.

Al mirar hacia la torre donde estaban los cristianos, Atahualpa, enfadado, ordenó que los echaran o mataran. En ese momento, se acercó a él Fray Vicente de Valverde, un dominico que llevaba una cruz en la mano y su breviario o, según algunos relatos, la Biblia. Realizó una reverencia, se santiguó con la cruz y comenzó a hablar: "Excelentísimo señor, es necesario que sepáis que Dios, trino y uno, creó el mundo de la nada y formó al hombre de la tierra, a quien llamó Adán, y de quien todos nosotros descendemos. Adán pecó contra su Creador por desobediencia, y todos los hombres que han nacido desde entonces, excepto Jesucristo, verdadero Dios que descendió del cielo para nacer de la Virgen María, con el fin de redimir a la humanidad del pecado. Murió en una cruz similar a esta, por la cual la adoramos. Resucitó al tercer día y ascendió al cielo cuarenta días después, dejando como su vicario en la tierra a San Pedro y a sus sucesores, conocidos como Papas. Estos han concedido al poderoso rey de España la conquista y conversión de estas tierras. Por eso, Francisco Pizarro viene a pediros que seáis amigos y súbditos del rey de España, emperador de los romanos, monarca del mundo, y que obedezcáis al Papa y aceptéis la fe de Cristo, que es la más santa. Vuestra religión es falsa, y si no obedecéis, os declararemos la guerra y destruiremos vuestros ídolos para que abandonéis la engañosa religión de vuestros falsos dioses".

Atahualpa respondió con gran enfado que no estaba dispuesto a rendir tributo siendo un gobernante libre, ni aceptaría la idea de que hubiera alguien superior a él. Sin embargo, expresó su interés en ser amigo del emperador y conocerlo, reconociendo su grandeza al enviar tantos ejércitos por todo el mundo. Rechazó la autoridad del Papa, argumentando que este otorgaba lo que no le pertenecía y por no reconocer a alguien que nunca había visto el reino que había sido de su padre. En cuanto a la religión, afirmó que la suya era muy buena y que estaba contento con ella, y se negó a cuestionar algo tan antiguo y ampliamente aceptado. Atahualpa señaló que Cristo murió, pero el Sol y la Luna nunca lo hacen, cuestionando cómo el fraile sabía que el Dios de los cristianos creó el mundo.

Fray Vicente respondió que esa información estaba en el libro, y le ofreció su breviario. Atahualpa lo abrió, lo examinó brevemente y, al no encontrar nada relevante para él, lo arrojó al suelo. El fraile recogió su breviario y se dirigió hacia Pizarro gritando: "¡Los evangelios en el suelo! ¡Venganza, cristianos! ¡A por ellos, a por ellos, que no quieren nuestra amistad ni nuestra fe!".

Pizarro, al presenciar este acto, ordenó que se desplegara el estandarte y que se hiciera sonar la artillería, pensando que los indígenas iban a atacar. Cuando se dio la señal, los jinetes cargaron furiosamente desde tres direcciones diferentes, rompiendo las filas de los guerreros que rodeaban a Atahualpa y lanceando a muchos de ellos. Después, Francisco Pizarro avanzó con la infantería, desencadenando un feroz combate cuerpo a cuerpo con las espadas. Todos se abalanzaron sobre Atahualpa, quien aún estaba en su litera, con la intención de capturarlo, cada uno deseando la gloria de su prisión. Sin embargo, debido a su altura, no lograban alcanzarlo y, en su intento, apuñalaban a los portadores de la litera. Pero tan pronto como alguno caía, otros se apresuraban a sostenerla para evitar que su gran señor Atahualpa cayera al suelo.

Al presenciar esta escena, Pizarro se abalanzó sobre Atahualpa, agarrándolo por su vestimenta y derribándolo, lo que prácticamente puso fin al combate. Ningún indígena se atrevió a pelear, a pesar de que todos estaban armados, lo cual era notable dada su feroz tradición de guerra. Su falta de resistencia se debió a que no recibieron órdenes para luchar, ni se dio la señal acordada para hacerlo. El estruendo provocado por las trompetas, los arcabuces y la artillería, así como el repiqueteo de los cascabeles de los caballos, los aturdió y asustó enormemente.

Con el ruido ensordecedor y la prisa de los españoles infligiéndoles heridas, los indígenas huyeron sin preocuparse por su rey. Se atropellaban unos a otros tratando de escapar, y tantos se agolparon en un solo punto que derribaron un tramo de la pared, creando una salida. Hernando Pizarro, Hernando de Soto y los jinetes persiguieron a los fugitivos hasta que oscureció, infligiendo muchas bajas durante la persecución.

Incluso Rumiñahui, el capitán que había sido colocado para capturar a los españoles si huían, también huyó al sentir el estruendo de la artillería y ver caer de la torre al que tenía que dar la señal.

Muchos indígenas murieron durante la captura de Atahualpa, que tuvo lugar en el año 1533 en el tambo de Cajamarca, un amplio patio cercado. La elevada cifra de víctimas se debió a que los nativos no opusieron resistencia y los españoles los atacaron con estocadas, siguiendo el consejo de Fray Vicente, quien sugirió evitar el uso de tajos y cortes para no dañar las espadas. Los indígenas llevaban morriones de madera dorada adornados con plumajes, que destacaban en el campo de batalla; vestían jubones robustos, embellecidos con adornos dorados, y portaban porras, picas muy largas, hondas, arcos, hachas y alabardas hechas de plata, cobre e incluso oro, que resplandecían de manera sorprendente.

Ningún español resultó muerto o herido, excepto Francisco Pizarro, quien sufrió una herida en la mano mientras intentaba capturar a Atahualpa. Durante el forcejeo, un soldado le infligió un corte con la intención de derribar al emperador inca, y algunos informes sugieren que otro soldado pudo haber herido accidentalmente a Pizarro en ese momento.

El grandísimo rescate que prometió Atahualpa porque le soltasen

Aquella noche, los españoles celebraron entre sí la gran victoria y la captura del prisionero, además de descansar del arduo trabajo, ya que no habían tenido tiempo para comer durante todo el día. A la mañana siguiente, salieron a inspeccionar el campamento. Descubrieron en el baño y en el campamento de Atahualpa cinco mil mujeres, quienes, aunque estaban tristes y desamparadas, se mostraron amigables con los cristianos. También encontraron muchas y lujosas tiendas, una cantidad infinita de prendas de vestir y utensilios para el hogar, así como hermosas piezas y recipientes de plata y oro. Se dice que una de estas vasijas de oro pesaba hasta ocho arrobas, y el valor total de la vajilla de Atahualpa ascendía a cien mil ducados.

Atahualpa sintió profundamente el peso de sus cadenas y rogó a Pizarro que lo tratara bien, aceptando su destino. Consciente de la codicia de los españoles, ofreció pagar un rescate tan grande que cubriría todo el suelo de la sala de su prisión con plata y oro labrado. Al ver la incredulidad en el rostro de los presentes, aseguró que dentro de cierto plazo les proporcionaría tantas vasijas y piezas de oro y plata que llenarían la sala hasta la altura que él mismo alcanzaba con la mano en la pared. Para dejar constancia de su promesa, hizo marcar una línea roja alrededor de toda la sala como señal. Sin embargo, especificó que esto solo ocurriría si los españoles prometían no romper ni dañar las tinajas, jarras y vasos que él colocara allí hasta llegar a la línea. Pizarro lo reconfortó y prometió tratarlo con respeto, asegurándole que sería liberado una vez se cumpliera el rescate prometido.

Con la palabra de Pizarro, Atahualpa envió mensajeros a diferentes lugares en busca de oro y plata, rogándoles que regresaran pronto si deseaban su liberación. Pronto comenzaron a llegar indígenas cargados con estos metales preciosos. Sin embargo, debido a que la sala era grande y las cargas eran pequeñas, aunque numerosas, el oro y la plata apenas llenaban la vista de la sala, lo que llevó a muchos a sospechar que Atahualpa estaba retrasando su rescate con astucia, esperando reunir suficiente gente para atacar a los españoles. Algunos incluso insinuaron que pretendía ser liberado o incluso asesinado, si no fuera por la intervención de Hernando Pizarro.

Atahualpa, consciente de estas sospechas, aseguró a Pizarro que no había razón para que estuvieran descontentos ni para acusarlo, explicando que las principales fuentes de oro y plata, como Quito, Pachacamac y Cusco, estaban lejos y que él mismo deseaba su liberación. Para demostrar que en su reino la gente solo se reunía para traer metales preciosos, les instó a enviar a algunos de ellos al Cusco para verlo por sí mismos y traer el oro. A pesar de sus dudas sobre la palabra de los indígenas, Atahualpa bromeó sobre el temor que mostraban hacia él debido a que llevaba cadenas.

Hernando de Soto y Pedro del Barco se ofrecieron a ir al Cusco, ubicado a unas doscientas leguas, en hamacas, casi a toda velocidad, ya que los porteadores se turnaban con frecuencia y continuaban moviéndose sin detenerse, lo que les permitía avanzar rápidamente.

Cerca de Cajamarca, en su ruta, se toparon con Huáscar, quien estaba cautivo de Quizquiz y Calcuchímac, los principales lugartenientes de Atahualpa. A pesar de las súplicas de Huáscar para ser liberado y de su ofrecimiento de acompañar a los españoles de regreso a Cajamarca, estos rechazaron su propuesta. Su anhelo por llegar y contemplar el tesoro de Cusco fue lo que les impidió retroceder y llevar consigo al hermano de Atahualpa.

Hernando Pizarro también se dirigió con algunos hombres a caballo hacia Pachacamac, a cien leguas de Cajamarca, en busca de oro y plata. En el camino, cerca de Huamachuco, se encontró con Illescas, quien transportaba trescientos mil pesos de oro y una cuantía inmensa de plata como rescate para su hermano Atahualpa. En Pachacamac, Hernando Pizarro halló un gran tesoro; además, logró someter pacíficamente a un ejército de indios que se había sublevado.

Dada la escasez de hierro, los caballos fueron herrados con plata, e incluso algunos con oro, ya que esto resultaba más económico. De esta manera, se logró reunir una enorme cantidad de oro y plata en Cajamarca para el rescate de Atahualpa, tal como se ha descrito.

Muerte de Huáscar, por mandado de Atahualpa

Como más adelante relataremos, Quizquiz y Calcuchimac habían capturado a Huáscar, el soberano señor de todos los reinos del Perú, casi al mismo tiempo que Atahualpa fue apresado, o poco antes. Inicialmente, Atahualpa temió por la vida de Huáscar y por eso no ordenó su ejecución en ese momento. Sin embargo, cuando recibió la promesa de su propia libertad y la vida de Huáscar a cambio del enorme rescate que ofreció a Pizarro, cambió de parecer y llevó a cabo su ejecución tras enterarse de lo que Huáscar había dicho a Soto y Barco.

Huáscar les había instado a regresar con él a Cajamarca para evitar ser asesinado por los capitanes, quienes desconocían la prisión de su señor. Además, afirmó que no solo cumpliría con la promesa hasta la raya acordada, sino que llenaría toda la sala hasta el techo con oro y plata, tres veces más que los tesoros de su padre, Huayna Capac. También explicó que Atahualpa, su hermano, no podría cumplir lo que prometió sin saquear los templos del Sol. Finalmente, les reveló que él era el verdadero soberano de todos esos reinos y que Atahualpa era un tirano. Por lo tanto, deseaba informar y conocer al líder de los cristianos, quien estaba corrigiendo las injusticias, y así recuperar su libertad y reinos. Argumentó que su padre, Huayna Capa, le había encomendado en su lecho de muerte que fuera amigo de los blancos y barbudos que llegaran, ya que estaban destinados a convertirse en los gobernantes de la tierra.

Este gran señor era muy sabio y tenía conocimiento de lo que los españoles habían hecho en Castilla de Oro, por lo que intuyó lo que podrían hacer en su territorio. Atahualpa temió profundamente estas predicciones, que resultaron ser ciertas, y ordenó la muerte de Huáscar, afirmando ante Pizarro que había fallecido de tristeza y pesar. Algunos relatos sugieren que Atahualpa simuló estar triste y abatido durante varios días, sin comer ni hablar, con la intención de averiguar la verdadera intención de los españoles y engañar a Pizarro. Finalmente, confesó, tras ser instado repetidamente, que Quizquiz había sido el responsable de la muerte de Huáscar.

Atahualpa se justificó argumentando que había actuado en defensa propia, ya que su hermano intentó usurparle el reino de Quito y buscaba concertarse con él. Pizarro intentó consolarlo, asegurándole que la muerte era algo natural para todos y que él mismo se encargaría de castigar a los responsables una vez informado de la verdad. Sin embargo, al ver que los españoles no mostraban preocupación por la muerte de Huáscar, Atahualpa ordenó su ejecución.

Independientemente de los detalles exactos, es claro que Atahualpa fue quien ordenó la muerte de Huáscar, y algunos atribuyen cierta responsabilidad a Hernando de Soto y Pedro del Barco por no haberlo acompañado y traído de vuelta a Cajamarca cuando tuvieron la oportunidad. Sin embargo, ellos prefirieron continuar hacia el Cusco en busca de oro, argumentando que no podían desobedecer las órdenes de su gobernador. Muchos creen que, si hubieran capturado a Huáscar, Atahualpa no lo habría ejecutado y los indígenas no habrían ocultado las riquezas del Cusco, que, según la fama, superaban con creces lo obtenido en el rescate de Atahualpa. En sus últimas palabras, Huáscar profetizó que su traidor hermano sería asesinado de la misma manera.

Las guerras y diferencias entre Huáscar y Atahualpa

Huáscar, cuyo nombre significa "soga de oro", reinó pacíficamente en el Cusco y en todos los señoríos de su padre Hayna Cápac, que eran numerosos y extensos, excepto en Quito, que pertenecía a Atahualpa. Sin embargo, esta paz no duró mucho, ya que Atahualpa reclamó Tomebamba, una provincia rica en minas, y el Quito, argumentando que le correspondían como parte de su herencia paterna.

Enterado rápidamente de esta situación, Huáscar envió un mensajero a su hermano para rogarle que no alterara la tierra y que le devolviera los nobles y sirvientes de su padre. Los habitantes de la región, llamados cañares, mantuvieron su lealtad hacia Huáscar, pero al ver a los guerreros de Quito en armas, Huáscar pidió ayuda para reprimir la rebelión. Dos mil nobles respondieron a su llamado y se unieron a él, junto con otros grupos vecinos como los chaparras y los paltas.

Atahualpa, al enterarse de esta coalición, marchó hacia ellos con su ejército con la intención de impedir o deshacer la alianza. Antes de la batalla, solicitó que le cedieran la tierra que consideraba heredada de su padre, pero al recibir una respuesta negativa, dio inicio al enfrentamiento. A pesar de la resistencia, Atahualpa logró vencer en la batalla y capturó a Huáscar en el puente de Tumebamba mientras intentaba huir.

Algunas versiones sugieren que fue Huáscar quien inició la guerra y que la batalla duró tres días, con numerosas bajas de ambos bandos. Finalmente, Atahualpa fue capturado. Los nobles del Cusco celebraron su prisión con grandes fiestas y celebraciones. En un acto de astucia, Atahualpa logró escapar durante la noche al romper una gruesa pared con una barra de plata y cobre que una mujer le proporcionó. Se dirigió entonces al Quito, donde convocó a sus vasallos y les persuadió para unirse a su causa. Alegó que el Sol lo había convertido en culebra para liberarse de la prisión y le había prometido la victoria en la guerra. Sus seguidores, ya sea por creer en el milagro o por lealtad hacia él, se unieron a su ejército. Con esta fuerza, Atahualpa regresó y derrotó a sus enemigos en varias ocasiones, causando una gran cantidad de muertes en el proceso, cuyos restos aún se pueden encontrar en montones en la región.

Entonces, Atahualpa ordenó el asesinato de sesenta mil personas de los cañares y arrasó Tumebamba, una ciudad grande, rica y hermosa ubicada junto a tres ríos caudalosos. Estas acciones infundieron miedo en toda la región y fortalecieron la determinación de Atahualpa de convertirse en el inca de todos los territorios que alguna vez fueron de su padre. Inició una campaña militar contra la tierra de su hermano, destruyendo y matando a aquellos que se le resistían, mientras que aquellos que se rendían recibían franquicias y el botín de los muertos.

Esta política de libertad atrajo a algunos seguidores, mientras que la crueldad de Atahualpa alienaba a otros. Con esta estrategia, logró conquistar territorios hasta llegar a Tumbes y Cajamarca, enfrentando poca oposición excepto en Puna, donde fue herido como se mencionó anteriormente.

Atahualpa envió un gran ejército liderado por Quizquiz y Calcuchimac, dos de sus capitanes más sabios y valientes, para enfrentar a Huáscar, quien marchaba desde el Cusco con una enorme hueste. Cuando los dos ejércitos estaban cerca uno del otro, los capitanes de Atahualpa intentaron emboscar a los enemigos desviándose del camino real. Por su parte, Huáscar, con poca experiencia en asuntos militares, se desvió para cazar, dejando a su ejército avanzar sin precaución ni exploradores. Esto llevó a un encuentro sorpresivo con las fuerzas enemigas en un área donde no podían escapar.

Huáscar y los ochocientos hombres que lo acompañaban lucharon valientemente hasta que fueron rodeados y capturados por los enemigos. Sin embargo, poco después llegaron refuerzos para socorrerlos, amenazando con liberarlos y matar a los soldados de Atahualpa. Quizquiz y Calcuchimac, temiendo perder la oportunidad de capturar a Huáscar, les ordenaron a los prisioneros que soltaran las armas y convocaron a una reunión de veinte señores y capitanes principales para negociar un acuerdo de paz. Sin embargo, una vez reunidos, los dos capitanes traicionaron a los señores y los ejecutaron, advirtiendo a Huáscar que harían lo mismo con él si no se retiraba a sus tierras.

Así, con esa crueldad y amenaza, el ejército de Huáscar se dispersó y él quedó solo y prisionero en manos de Quizquiz y Calcuchimac. Finalmente, fue ejecutado por orden de Atahualpa.

Repartimiento de oro y plata de Atahualpa

Después de varios días de la captura de Atahualpa, los españoles sintieron la urgencia de repartir su despojo y rescate. Temían que los indígenas se levantaran y les arrebataran el botín, e incluso los mataran por ello. Además, no querían esperar a que llegaran más españoles antes de dividirlo. Francisco Pizarro ordenó pesar y valorar el oro y la plata capturados. Después de la evaluación, se encontraron cincuenta y dos mil marcos de plata y un millón trescientos veintiséis mil quinientos pesos de oro, una cantidad de riqueza nunca vista antes. El quinto del botín, que pertenecía al rey, ascendió a casi cuatrocientos mil pesos. Cada soldado de caballería recibió ocho mil novecientos pesos de oro y trescientos setenta marcos de plata, mientras que cada soldado de infantería recibió cuatro mil cuatrocientos cincuenta pesos de oro y ciento ochenta marcos de plata. Los capitanes recibieron entre treinta y cuarenta mil pesos cada uno. Francisco Pizarro obtuvo la parte más grande, ya que como capitán general tomó el tablón de oro que Atahualpa tenía en su litera, valorado en veinticinco mil castellanos. Nunca antes los soldados habían acumulado tanta riqueza en tan poco tiempo y sin riesgo. Sin embargo, muchos de ellos perdieron su parte en juegos de azar. Además, el gran flujo de dinero hizo que los precios de las cosas se dispararan, llegando a costar unas calzas de paño treinta pesos, unos borceguíes el mismo valor, una capa negra cien pesos, una hoja de papel diez, una azumbre de vino veinte, y un caballo tres, cuatro o incluso cinco mil ducados, precios que se mantuvieron altos durante varios años.

Pizarro también otorgó a los que vinieron con Almagro, aunque no estaba obligado, sumas de quinientos y mil ducados para evitar cualquier amotinamiento. Habían llegado con la intención de conquistar la tierra por su cuenta y causar problemas y deshonra a Pizarro, según lo que le habían escrito. Sin embargo, Almagro ahorcó a quien redactó esa carta. Al enterarse de la captura y la riqueza de Atahualpa, Almagro se dirigió a Cajamarca y se unió a Pizarro, ya que le correspondía su parte según los términos del acuerdo de compañía que tenían. Estuvieron en muy buenos términos y se mostraron conformes. Pizarro envió el quinto y un informe de todo al emperador, junto con su hermano Fernando Pizarro. Muchos soldados regresaron a España con grandes fortunas, que oscilaban entre veinte, treinta y hasta cuarenta mil ducados. En resumen, trajeron casi todo el oro de Atahualpa, inundando la contratación de Sevilla con dinero y atrayendo la atención y el deseo de todo el mundo.

Muerte de Atahualpa

La muerte de Atahualpa fue tramada por donde menos esperaba, ya que un intérprete llamado Felipillo se enamoró y se hizo amigo de una de las mujeres de Atahualpa, con la esperanza de casarse con ella si Atahualpa moría. Felipillo le dijo a Pizarro y a otros españoles que Atahualpa estaba secretamente reuniendo gente para matar a los cristianos y liberarse. A medida que este rumor se difundía entre los españoles, algunos comenzaron a creer en él. Unos sugirieron que lo mataran para garantizar su seguridad y la de los reinos, mientras que otros propusieron enviarlo al emperador sin matarlo, a pesar de cualquier culpa que pudiera tener. Esta última opción habría sido mejor, pero optaron por lo primero, posiblemente a instancias de los hombres que acompañaban a Almagro. Estos hombres pensaban, o al menos así lo expresaban, que mientras Atahualpa estuviera vivo, no recibirían ninguna parte del oro hasta que se pagara su rescate por completo. Finalmente, Pizarro decidió matarlo para librarse de preocupaciones y porque creía que tendrían menos problemas para ganar la tierra si Atahualpa estaba muerto. Se le acusó de la muerte de Huáscar, rey de esas tierras, y se demostró que también estaba conspirando para matar a los españoles. Sin embargo, estas acusaciones fueron producto de la malicia de Felipillo, quien interpretaba los testimonios de los indios según su antojo, sin que ningún español lo observara o entendiera. Atahualpa siempre negó estas acusaciones, insistiendo en que no tenía sentido planear tales acciones, ya que sería imposible llevarlas a cabo estando él vivo debido a las muchas guardias y prisiones que lo rodeaban. Además, amenazó a Felipillo y rogó que no le creyeran.

Cuando Atahualpa escuchó la sentencia, se quejó amargamente de Francisco Pizarro, ya que le había prometido liberarlo a cambio de un rescate, pero ahora lo estaba ejecutando. Le rogó que lo enviara a España y que no manchara sus manos ni su reputación con la sangre de alguien que nunca lo había ofendido y que incluso lo había enriquecido. Cuando lo llevaron para ser ejecutado, pidió el bautismo por consejo de aquellos que lo consolaban, ya que prefería morir así en lugar de ser quemado vivo. Fue bautizado y luego estrangulado en un poste. Fue enterrado de acuerdo con nuestras costumbres cristianas, con pompa, y Pizarro expresó su luto y le rindió honores en sus obsequias. No hay necesidad de reprochar a quienes lo ejecutaron, ya que el tiempo y sus propios pecados los castigaron después, como se verá en la continuación de su historia. Atahualpa murió con valentía, y ordenó que su cuerpo fuera llevado al Quito, donde estaban enterrados los reyes, sus antepasados por parte de su madre. Si pidió el bautismo sinceramente, fue afortunado, y si no, pagó por las muertes que había ordenado. Atahualpa era un hombre bien educado, sabio, valiente, honesto y de aspecto impecable. Tenía muchas mujeres y dejó varios hijos. Aunque usurpó muchas tierras a su hermano Huáscar, nunca se puso la borla imperial hasta que fue capturado. Además, demostraba respeto incluso en pequeños gestos, como escupir en la mano de una dama de alta posición en lugar de en el suelo, como muestra de su majestad. Los indios se sorprendieron y elogiaron a Huáscar como hijo del Sol, recordando cómo había predicho la rápida muerte de Atahualpa y había ordenado su ejecución.

Linaje de Atahualpa

Los hombres más nobles, ricos y poderosos de todas las tierras que conocemos como Perú son los incas. Siempre se distinguen por sus cabezas rapadas y los grandes pendientes que llevan en las orejas, los cuales no cuelgan, sino que se insertan dentro de ellas de tal manera que las agrandan, por lo que nuestros españoles los llaman "orejones". Su origen se remonta a Titicaca, una laguna en el Collao, a unas cuarenta leguas del Cusco. La palabra "Titicaca" significa "isla de plomo", debido a que algunas de las isletas en la laguna están pobladas con plomo, conocido como "tiqui".

Titicaca se encuentra a unas ochenta leguas de Boja y recibe las aguas de diez o doce ríos grandes, así como muchos arroyos. Luego, todas estas aguas son desviadas por un solo río, bastante ancho y profundo, que finalmente desemboca en otra laguna ubicada a unas cuarenta leguas hacia el oriente, donde desaparece, dejando perplejos a los observadores.

El primer líder inca que emergió de Titicaca, y que lideró a su gente, se llamaba Zapalla, que significa "solo señor". Algunos ancianos indígenas también mencionan que se llamaba Viracocha, que significa "grasa del mar", y que trajo a su gente por el mar. En cualquier caso, Zapalla es considerado el fundador del Cusco, donde los incas comenzaron su expansión, conquistando otras tierras lejanas y estableciendo allí la sede de su imperio.

Entre los incas, se destacaron por sus logros Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac, quienes fueron el bisabuelo, abuelo y el padre de Atahualpa, respectivamente. Sin embargo, el más célebre de todos los incas fue Huayna Cápac, que suena como un joven rico. Conquistó el Quito por la fuerza de las armas, se casó con la señora de ese reino y tuvo hijos con ella, incluyendo a Atahualpa y a Illescas. Huayna Cápac murió en Quito, dejando esa tierra a Atahualpa y el imperio y tesoros del Cusco a Huáscar. Se dice que tuvo doscientos hijos con diferentes mujeres y gobernó sobre un territorio de ochocientas leguas.

Corte y riqueza de Huayna Cápac

Los señores incas tenían su residencia principal en Cusco, la capital de su vasto imperio. Sin embargo, Huayna Cápac, un emperador destacado, optó por mantenerse en Quito, una región tranquila que él mismo había conquistado. Siempre iba acompañado por numerosos orejones, una élite militar, que lucían calzado, plumajes y otros símbolos distintivos de su estatus privilegiado y habilidad en la guerra.

Huayna Cápac se rodeaba de los hijos mayores o herederos de los señores imperiales, quienes vestían ropas típicas de sus respectivas regiones para que todos pudieran identificar su origen. Esta diversidad de vestimenta y colores enriquecía y enaltecía la corte imperial. Además, contaba con una variedad de señores mayores y ancianos en su consejo y círculo cercano, cada uno con su propio rango y protocolo de honor.

Aunque todos recibían hospitalidad y servicio en la corte, no todos tenían el mismo estatus. Algunos tenían el privilegio de ser transportados en andas o hamacas, mientras que otros caminaban a pie. Sus asientos y posiciones también variaban, con algunos sentados en bancos elevados, otros en bancos más bajos y algunos directamente en el suelo. Sin embargo, cuando cualquiera de ellos visitaba la corte desde fuera, mostraban su respeto descalzándose antes de ingresar al palacio y llevando algo a cuestas como muestra de su vasallaje al hablar con Huayna Cápac.

Los visitantes se acercaban a Huayna Cápac con gran humildad, evitando mirarlo directamente a los ojos como muestra de profundo respeto. Su presencia imponente inspiraba reverencia en todos los presentes. Él mantenía una actitud solemne y respondía con brevedad, mostrando su autoridad. Incluso, cuando estaba en casa, solía escupir en la mano de una señora como un gesto de majestuosidad.

Durante las comidas, Huayna Cápac era servido con gran pompa y bullicio. Todos los utensilios de su mesa y cocina estaban hechos de oro y plata, o al menos de plata y cobre para mayor durabilidad. En su habitación, tenía estatuas huecas de oro que representaban gigantes, así como figuras de todos los animales, aves, árboles y plantas de la tierra, así como de los peces de sus reinos marítimos. Incluso poseía sogas, costales, cestas y graneros hechos de oro y plata, e incluso pilas de palos de oro que simulaban leña cortada para quemar.

Se dice que los incas tenían un jardín en una isla cercana a Puna, donde podían relajarse junto al mar. Este jardín estaba adornado con vegetación hecha de oro y plata, una hazaña de ingeniería y opulencia nunca antes vista.

Además de todo lo mencionado, Huayna Cápac poseía una cantidad inmensurable de plata y oro sin trabajar en Cusco. Lamentablemente, esta riqueza se perdió debido a la muerte de Huáscar, ya que los indígenas lo escondieron al ver que los españoles se lo apropiaban y enviaban a España. A pesar de los esfuerzos de muchos por encontrarlo, hasta el día de hoy no ha sido hallado. Quizás la fama de estas riquezas sea mayor que su valor real, aunque Huayna Cápac era conocido como un joven rico, como su nombre lo indica.

Todas estas riquezas, junto con el imperio, fueron heredadas por Huáscar. Sin embargo, se habla mucho menos de él en comparación con Atahualpa, lo cual es injusto para Huáscar. Esto puede deberse a que no llegó al poder de los españoles, lo que lo relega a un segundo plano en la historia.

Fin

Compilado y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez

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