Historia general de las Indias Francisco López de Gómara
En
tiempos antiguos, la medida de la tierra y el mundo se expresaba en estadios,
pasos y pies, según relatan Plinio, Estrabón y otros escritores. Sin embargo,
todo cambió cuando Ptolomeo introdujo el concepto de grados, aproximadamente
ciento cincuenta años después de la muerte de Cristo, abandonando así las
antiguas unidades de medida. Ptolomeo dividió la circunferencia terrestre,
tanto en longitud como en latitud, en trescientos sesenta grados cada una,
reflejando la naturaleza redonda del planeta, de modo que su ancho es igual a
su largo. Cada grado fue estimado en setenta millas, equivalentes a diez y
siete leguas y media castellanas, lo que significa que la circunferencia
terrestre mide aproximadamente seis mil doscientas leguas en cualquier
dirección que se mida.
La
precisión y utilidad de este sistema de medición son ampliamente reconocidas y
elogiadas. El mérito de su invención recae en Ptolomeo, especialmente
considerando que figuras bíblicas como Job y el Eclesiástico consideraban imposible
determinar las dimensiones de la Tierra. Los grados de longitud se cuentan de
este a oeste, a lo largo del ecuador, aunque su precisión se ve dificultada por
la falta de una referencia celestial fija en esa dirección, dado que el sol,
aunque es una señal clara, cambia su posición diariamente.
A
pesar de los esfuerzos de muchos astrónomos, aún no se ha encontrado un método
infalible para medir los grados de longitud, a diferencia de los grados de
latitud y altitud, que son más precisos debido a la estabilidad del punto norte
como referencia. Por lo tanto, me centraré en los grados de latitud para
delinear la Tierra, ya que proporcionan mediciones consistentes y confiables.
Divido la Tierra en cuatro partes iguales, cada una de noventa grados de
latitud, desde el norte hasta el ecuador y viceversa.
Sin
embargo, seguimos careciendo de información precisa sobre las tierras ubicadas
a grandes distancias del mundo conocido, especialmente bajo el sur, que
permanece fuera de nuestra vista. Si existen habitantes en el hemisferio norte
(hiperbóreos), es razonable suponer que también existan en el hemisferio sur
(hipernocios), como sugirió Heródoto. Quizás estos habitantes residen en la
región del estrecho de Magallanes, que sigue la ruta del otro polo, aunque este
territorio aún no ha sido explorado en su totalidad.
Por
lo tanto, sostengo que hasta que alguien logre circunnavegar la Tierra pasando
por ambos polos, como lo hizo Juan Sebastián del Cano cruzando el ecuador, no
podremos afirmar con certeza que conocemos completamente su forma y
dimensiones.
El
descubrimiento primero de las Indias
Navegando
en una carabela por nuestro vasto Océano, el viento del este soplaba con tal
fuerza y constancia que la embarcación terminó recalando en una tierra
desconocida, que no figuraba en ningún mapa o carta de navegación. El retorno
de esta expedición se prolongó más de lo esperado, y al llegar a puerto, solo
quedaban el piloto y unos pocos marineros, todos ellos enfermos y exhaustos,
quienes lamentablemente fallecieron poco después de su arribo debido al hambre
y el agotamiento. Así fue como se descubrieron las Indias, aunque la desgracia
quiso que el primero en divisarlas muriera sin llegar a disfrutar de su
hallazgo, sin dejar registro de su nombre, origen o el año exacto en que
encontró esas tierras. No obstante, su desafortunado destino no fue culpa suya,
sino más bien resultado de la malicia de otros o los caprichos de la fortuna.
No
deja de sorprenderme cómo las antiguas historias a menudo relatan grandes
acontecimientos que tienen sus inicios en eventos aparentemente insignificantes
o poco conocidos. ¿Quién podría decir con certeza quién fue el descubridor de
las Indias, un acontecimiento tan trascendental y novedoso? Sería
reconfortante, al menos, conservar el nombre de aquel piloto, pues todo lo
demás desaparece con la muerte.
Las
opiniones divergen en cuanto a la identidad del piloto. Algunos lo describen
como andaluz, quien comerciaba en Canarias y Madeira cuando se embarcó en esa
larga y fatídica travesía; otros lo creen vizcaíno, que comerciaba en
Inglaterra y Francia; mientras que hay quienes lo consideran portugués, quizás
involucrado en el comercio de la Mina o la India, lo cual concuerda con el
nombre dado a esas nuevas tierras. También se especula sobre el destino final
de la carabela, algunos dicen que llegó a Portugal, otros mencionan Madeira o
alguna de las islas Azores, pero nada se puede afirmar con certeza. Lo único en
lo que todos coinciden es en que el piloto falleció en casa de Cristóbal Colón,
quien quedó en posesión de los registros de la carabela y el relato de ese
largo viaje, incluyendo las descripciones y coordenadas de las tierras recién
descubiertas.
Quién
era Cristóbal Colón
Cristóbal
Colón, según algunas versiones, nació en Cugureo o, como prefieren otros, en
Nervi, una aldea cerca de Génova, una ciudad italiana de renombre. Se dice que
tenía ascendencia de los Pelestreles de Placencia de Lombardía. Desde joven se
dedicó a la navegación, una profesión común entre los habitantes de la costa de
Génova, y pasó muchos años navegando por el Mediterráneo oriental y otras regiones
del este. Más tarde, se especializó en la elaboración de cartas náuticas, lo
que le proporcionó un sustento.
Colón
viajó a Portugal para estudiar la costa meridional de África y obtener
información sobre las rutas de navegación que los portugueses exploraban, con
el fin de mejorar y vender sus propias cartas. Se casó en Portugal, o según
algunos relatos, en la isla de Madeira, donde se encontraba cuando llegó la
carabela mencionada anteriormente. En su hogar, hospedó al capitán de la
embarcación, quien le relató su viaje y las tierras nuevas que había avistado,
con la intención de que Colón las incluyera en una carta náutica que le estaba
comprando. Sin embargo, el piloto falleció durante esta visita, dejando a Colón
la información detallada sobre las nuevas tierras.
Algunos
sugieren que Colón era versado en latín y cosmografía, y que estaba motivado
por los relatos de Platón sobre la isla Atlántida y las descripciones de
Aristóteles o Teofrasto sobre una isla desconocida encontrada por comerciantes
cartagineses. Aunque Colón no era un erudito, tenía un buen entendimiento de
los asuntos marítimos. Después de enterarse de las nuevas tierras a través del
piloto difunto, consultó con eruditos sobre las creencias antiguas acerca de
otras tierras y mundos. Uno de sus principales interlocutores fue fray Juan
Pérez de Marchena, quien residía en el monasterio de La Rábida. Colón creyó
firmemente en la veracidad de lo que el piloto había dejado escrito.
Es
posible que Colón nunca hubiera considerado la posibilidad de buscar las Indias
por sí mismo, si hubiera sabido su ubicación exacta de antemano. Sin embargo,
todo cambió cuando se topó con el piloto español que, por fortuna, había
descubierto esas tierras.
Lo que
trabajó Cristóbal Colón por ir a las Indias
Una
vez fallecidos el piloto y los marineros de la carabela española que había
descubierto las Indias, Cristóbal Colón decidió emprender la búsqueda de esas
tierras. Sin embargo, mientras más deseaba llevar a cabo su empresa, más
escasos eran sus recursos. No contaba con el capital necesario para equipar una
expedición, y tampoco tenía el respaldo del rey, lo que significaba que si
encontraba las riquezas que imaginaba, podrían ser disputadas por otros.
Viendo
que el rey de Portugal estaba ocupado en la conquista de África y el rey de
Castilla en la guerra de Granada, Colón envió a su hermano Bartolomé a negociar
con el rey de Inglaterra, Enrique VII, quien se encontraba en una situación
económica más favorable. Bartolomé prometió traerle un gran tesoro de las
Indias en poco tiempo, pero al no recibir una respuesta favorable, Colón
recurrió al rey de Portugal, don Alonso el Quinto. Sin embargo, tampoco
encontró apoyo ni financiamiento, ya que el obispo Calzadilla y un maestre
Rodrigo, expertos en cosmografía, argumentaban que no había ni podría haber
riquezas en el oeste, como afirmaba Colón.
Desanimado
por estos reveses, Colón se embarcó en Lisboa y llegó a Palos de Moguer, donde
se reunió con Martín Alonso Pinzón, un experimentado piloto que creía en la
existencia de tierras ricas al oeste. También consultó con fray Juan Pérez de
Marchena, un fraile franciscano en el monasterio de La Rábida, quien lo alentó
en su empresa. Marchena le sugirió que tratara su negocio con el duque de
Medina-Sidonia y luego con el duque de Medinaceli, quienes podrían
proporcionarle los barcos y la tripulación necesarios.
Después
de que ambos duques rechazaran la idea, Colón decidió acudir a la corte de los
Reyes Católicos, quienes estaban interesados en tales empresas. Escribió al
confesor de la reina, Fray Fernando de Talavera, y finalmente ingresó a la
corte de Castilla en 1486. Sin embargo, su petición fue poco atendida, ya que
los Reyes Católicos estaban ocupados con la guerra en Granada. A pesar de los
intentos de Colón por ganarse el favor de los cortesanos, que hasta entonces lo
habían ridiculizado, su situación parecía desesperada. Solo Alonso de
Quintanilla, contador mayor, lo ayudaba proporcionándole comida y escuchando
sus relatos sobre las tierras desconocidas.
Finalmente,
Colón logró obtener una audiencia con el cardenal don Pedro González de
Mendoza, arzobispo de Toledo, quien lo llevó ante los Reyes Católicos. Aunque
al principio desconfiaron de sus promesas, le dieron esperanzas de ser
respaldado una vez terminada la guerra en Granada. Con esta respuesta, Colón
renovó su determinación y comenzó a ser tomado en serio por la corte. Cuando
cayó Granada, los Reyes Católicos accedieron a financiar su expedición y le
otorgaron una décima parte de las ganancias, con el acuerdo firmado en Santa Fe
el 30 de abril del año de la conquista de la ciudad. Sin embargo, como los
reyes carecían de fondos para financiar la expedición, Luis de San Ángel, su
escribano de ración, prestó seis cuentos de maravedís, equivalente a dieciséis
mil ducados.
Dos
observaciones surgen aquí: primero, es notable cómo con tan escasos recursos se
pudieron aumentar las rentas de la corona real de Castilla de manera
significativa, gracias al valor de las riquezas provenientes de las Indias.
Segundo, es evidente que, al terminar la larga conquista de los moros, que
había durado más de ochocientos años, se inició la conquista de los indios.
Esto parece indicar una intención de mantener a los españoles constantemente en
guerra contra infieles y enemigos de la fe cristiana.
El
descubrimiento de las Indias, que hizo Cristóbal Colón
Cristóbal
Colón, respaldado por los Católicos Reyes, emprendió la construcción de tres
carabelas en Palos de Moguer. Estas embarcaciones, financiadas por las
provisiones que había recibido, albergaban a una tripulación de ciento veinte
hombres, compuesta por marineros y soldados. Designó a Martín Alonso Pinzón
como piloto de una de las carabelas, mientras que Francisco Martín Pinzón
lideraría otra junto a su hermano Vicente Yáñez Pinzón. Colón se reservó el rol
de capitán y piloto de la flota, eligiendo la mejor de las tres carabelas para
su travesía. Además, su hermano Bartolomé Colón, también experimentado marino,
se unió a la expedición.
El
3 de agosto, zarparon de Palos de Moguer, haciendo una parada en la isla de La
Gomera, en las Canarias, para reabastecerse. Continuaron su ruta siguiendo las
indicaciones de Colón, hasta que después de varios días en alta mar, avistaron
una cantidad tan densa de algas que temieron haber llegado a un peligroso
lugar. Sin embargo, la presencia de ciertos indicios, como extrañas nubes en el
horizonte, los animó a seguir adelante.
Finalmente,
el 11 de octubre de 1492, Rodrigo de Triana exclamó el ansiado "¡Tierra,
tierra!", desatando una alegría incontenible entre la tripulación. A
medida que se aproximaban a la costa de lo que hoy conocemos como Guanahaní, en
las islas Lucayas, los marineros caían de rodillas, emocionados y agradecidos
por haber alcanzado su destino. Este momento marcó el inicio de la exploración
y la conquista de lo que Colón creía ser parte de las Indias, pero que en
realidad era un nuevo mundo, el Nuevo Mundo, descubierto en nombre de los Reyes
de Castilla. Las muestras de júbilo y gratitud hacia Colón fueron abundantes,
con algunos marineros besando sus manos y otros ofreciéndose como sirvientes,
todos reconocidos por la magnitud de lo logrado y el inicio de una nueva era de
descubrimientos.
Desde
Guanahaní, la expedición se dirigió hacia Baracoa, un puerto en la isla de
Cuba, donde interactuaron con los habitantes locales y tomaron algunos
indígenas. Después, regresaron a la isla de La Española (actual Haití), donde
fondearon en un puerto al que Colón llamó Colón Real. Desembarcaron rápidamente
debido a que la nave capitana encalló en una roca, sufriendo daños menores que
no provocaron pérdidas humanas.
Al
avistar a los recién llegados armados y apresurados en tierra, los indígenas
huyeron hacia las montañas, temiendo que fueran caribes, conocidos por su
ferocidad. Los miembros de la expedición los persiguieron y lograron alcanzar a
una mujer. Le ofrecieron comida, vino, dulces, así como ropa, ya que estaba
desnuda. Después, la enviaron de vuelta para comunicarse con su gente. Esta
mujer regresó y compartió con su comunidad sus experiencias con los
extranjeros, lo que motivó a otros a acercarse a la costa y entablar
conversaciones con la expedición, a pesar de la barrera del idioma,
comunicándose principalmente mediante gestos.
Los
indígenas llevaban consigo aves, frutas, oro y otros productos para
intercambiar por objetos como cascabeles, cuentas de vidrio, agujas y bolsas,
lo que causó gran satisfacción a Colón y su tripulación. Cristóbal Colón y
Guacanagari, el líder local o cacique, se saludaron y se hicieron presentes
como señal de amistad y cooperación. Este primer encuentro marcó el inicio de
las relaciones entre los exploradores europeos y los pueblos indígenas del
Nuevo Mundo.
Los
indígenas proporcionaron botes para ayudar a sacar la ropa y otros objetos de
la carabela capitana, que se había dañado. Se mostraban sumisos, bien educados
y serviciales, actuando casi como si fueran esclavos de los españoles.
Sorprendentemente, adoptaron algunas prácticas cristianas, como adorar la cruz,
hacerse la señal de la cruz en el pecho y arrodillarse al rezar el Ave María.
Además, expresaron interés por encontrar Cipango, que los españoles entendieron
como Cibao, una región rica en oro. La emoción de Colón al escuchar sobre Cibao
y al ver muestras de oro no tenía límites, especialmente al observar la
naturaleza simple y amigable de los nativos. Anhelaba regresar a España para
informar a los Reyes Católicos sobre todo lo descubierto.
Con
la ayuda y el consentimiento del cacique local y sus seguidores, Colón
construyó rápidamente un pequeño fuerte de tierra y madera. Dejó a cargo del
fuerte a treinta y ocho españoles bajo el liderazgo del capitán Rodrigo de
Arana, originario de Córdoba. Su misión era aprender el idioma y conocer más
sobre la tierra y su gente mientras él regresaba a España. Este fuerte marcó el
primer asentamiento español en el Nuevo Mundo.
Colón
también recogió varios objetos y alimentos exóticos, incluyendo diez indígenas,
cuarenta papagayos, gallipavos, conejos (llamados hutías), batatas, ajíes y
maíz, para llevar como evidencia de su descubrimiento. Además, cargó todo el
oro que habían intercambiado con los nativos. Después de despedirse de sus
compañeros y del cacique Guacanagari, quien lamentaba su partida, Colón zarpó
de regreso a España con dos carabelas y el resto de su tripulación desde el
puerto de Colón Real. Con vientos favorables, llegaron a Palos en cincuenta
días, concluyendo así su histórico viaje de descubrimiento de las Indias.
La
honra y mercedes que los Reyes Católicos hicieron a Colón por haber descubierto
las Indias
Los
Reyes Católicos se encontraban en Barcelona cuando Colón desembarcó en Palos,
lo que los obligó a dirigirse hacia allí. A pesar de la longitud del viaje y la
incertidumbre sobre lo que traía consigo, el recibimiento fue excepcionalmente
honroso y celebrado. Por los caminos, la gente se agolpaba para ver al hombre
que se decía había descubierto un nuevo mundo, trayendo consigo grandes
riquezas y personas de apariencia y costumbres completamente nuevas.
Algunos
especulaban que Colón había redescubierto una ruta de navegación que los
cartagineses habían prohibido; otros, que había encontrado la ruta perdida
mencionada por Platón en Critias, que se había sumergido bajo tormentas y lodo
marino; y otros aún, que había cumplido la profecía de Séneca en la tragedia
Medea, que predijo la revelación de nuevos mundos y el hecho de que Thile no
sería el último de los territorios conocidos.
Finalmente,
Colón llegó a la corte el 3 de abril, un año después de su partida. Presentó a
los Reyes el oro y otros tesoros traídos del nuevo mundo, dejándolos
maravillados al ver que todo, excepto el oro, era tan nuevo como la tierra de
donde provenía. Los papagayos, con sus hermosos colores, fueron especialmente
alabados; algunos eran de un verde exuberante, otros rojos brillantes, y otros
amarillos con marcas de colores diversos. Las hutías, pequeños roedores con
orejas y cola de ratón, y de color gris, también llamaron la atención.
Los
Reyes probaron el ají, una especia indígena que les quemó la lengua, así como
las batatas, raíces dulces, y los gallipavos, considerados superiores a los
pavos y gallinas. Se sorprendieron al descubrir que no había trigo en esa
tierra, y que el pan se hacía exclusivamente de maíz. Pero lo que más los
impactó fueron los habitantes de este nuevo mundo, con sus adornos de oro en
las orejas y narices, y su piel de tonos entre blanco, negro y oliváceo.
Se
bautizaron seis indígenas, aunque otros no llegaron a la corte; los Reyes
mismos, junto con su hijo, el príncipe don Juan, actuaron como padrinos para
autorizar el primer bautismo cristiano en el Nuevo Mundo. La narración de Colón
sobre la ausencia de vestimenta, escritura, moneda, hierro, trigo, vino, y
animales de tamaño superior a un perro entre los indígenas, dejó a los Reyes
atónitos.
No
pudieron contener su indignación al enterarse de prácticas como el canibalismo
y el paganismo entre los habitantes del nuevo mundo, prometiendo erradicar
tales costumbres bárbaras y extirpar la idolatría en todas las tierras
descubiertas bajo su reinado.
Los
Reyes honraron a Colón, permitiéndole sentarse frente a ellos, un gesto de gran
favor y respeto, ya que era costumbre que los súbditos permanecieran de pie
ante el rey como muestra de acatamiento a su autoridad. Además, confirmaron sus
privilegios y títulos, nombrándolo almirante de las Indias y concediendo a su
hermano Bartolomé el título de adelantado.
Colón
adornó su escudo de armas con la siguiente inscripción: "Por Castilla y
por León, Nuevo Mundo halló Colón", lo que sugiere que la reina Isabel
pudo haber apoyado más el descubrimiento de las Indias que el rey Fernando.
Esto se evidencia también en su política de permitir únicamente a los
castellanos viajar a esas tierras, con la excepción de aquellos aragoneses que
contaban con su autorización explícita.
A
pesar de las peticiones de recompensas por parte de los acompañantes de Colón
en su expedición, no todos recibieron mercedes de los Reyes. Esto llevó a que
uno de los marineros, de Lepe, desertara y renegara de su fe en Berbería, después
de no recibir reconocimiento ni recompensa por ser el primero en avistar luz en
las Indias durante la travesía.
Vuelta
de Cristóbal Colón a las Indias
Dado
el favorable respaldo del Papa, los Reyes Católicos decidieron enviar a Colón
de regreso con una considerable cantidad de personas para colonizar la nueva
tierra y comenzar la labor de convertir a los nativos idólatras, de acuerdo con
los deseos y mandamientos de su santidad. Con este propósito, encargaron a Juan
Rodríguez de Fonseca, deán de Sevilla, la tarea de reunir y equipar una sólida
flota de navíos para las Indias, con capacidad para albergar hasta mil
quinientas personas. El deán rápidamente preparó diecisiete o dieciocho naos y
carabelas, y a partir de entonces se dedicó exclusivamente a los asuntos
relacionados con las Indias, llegando incluso a ocupar la presidencia de las
mismas.
Se
seleccionaron doce clérigos conocedores y piadosos para predicar y convertir,
junto con fray Buil, un catalán de la orden de San Benito, enviado como vicario
papal con un breve apostólico. La reputación de las riquezas de las Indias,
sumada a la calidad de la armada y al fuerte interés de los Reyes, atrajo a
muchos caballeros y criados de la corte real que se ofrecieron para acompañar
la expedición, así como a numerosos artesanos y trabajadores, tales como
plateros, carpinteros, sastres y labradores. Además, los monarcas adquirieron a
su costo un gran número de animales, incluyendo yeguas, vacas, ovejas, cabras,
puercas y asnas para reproducción, ya que tales especies no existían en las
tierras descubiertas. Se compró también una gran cantidad de semillas de trigo,
cebada y legumbres, así como sarmientos, cañas de azúcar y plántulas de frutas
dulces y ácidas, ladrillos y cal para la construcción, y otras provisiones
esenciales para establecer y mantener los nuevos asentamientos.
Los
Reyes invirtieron una considerable suma de dinero en estos preparativos, así
como en el sueldo de los aproximadamente mil quinientos hombres que
participarían en la expedición. Cristóbal Colón zarpó de Cádiz el 25 de
septiembre de 1493, llevando esta vez una ruta más cercana al Ecuador que en su
primer viaje. Se detuvo inicialmente en la isla que denominó "La
Deseada", y luego continuó hasta el puerto de Plata, en la isla La
Española, donde encontró a los treinta y ocho españoles que había dejado en su
primera expedición, todos muertos a manos de los indígenas. Enterado de los
motivos, ya sea por abusos cometidos por los españoles o por su negativa a
marcharse, Colón decidió establecerse en Isabela, ciudad nombrada en honor a la
reina Isabel, y construyó una fortaleza en las minas de Cibao, designando al
comendador mosén Pedro Margarite como su alcaide.
Posteriormente,
Cristóbal Colón despachó a Antonio de Torres con las doce naos para evitar su
pérdida en el mar. Torres regresó con noticias sobre la muerte del capitán
Arana y sus compañeros, así como con valiosos granillos de oro, incluyendo uno
de ocho onzas descubierto por Alonso de Hojeda. También trajo consigo papagayos
exóticos y algunos indígenas caribes de la isla de Santa Cruz, conocida por su
costumbre de canibalismo. Por orden de los Reyes, Torres partió con tres
carabelas para continuar explorando, descubriendo la isla de Cuba por su lado
meridional, así como Jamaica y otras islas más pequeñas.
Al
regresar, encontró a muchos españoles muertos de hambre y enfermedades, y otros
enfermos y desnutridos. Colón tomó medidas severas contra aquellos que habían
sido insolentes con sus hermanos Bartolomé y Diego Colón, así como aquellos que
habían maltratado a los indígenas. Incluso llegó al extremo de ahorcar a Gaspar
Férriz y azotar a muchos otros, lo que provocó la desaprobación del vicario
fray Buil, quien intentó interceder para evitar más violencia.
La
situación se complicó aún más cuando Colón comenzó a restringir las raciones de
comida, incluso las de los clérigos. Esto generó tensiones prolongadas entre él
y los clérigos, quienes finalmente informaron a los Reyes sobre la situación.
Los monarcas enviaron a Juan de Aguado, su repostero, para investigar y traer a
Colón y a otros implicados de vuelta a España como prisioneros para rendir
cuentas.
Colón
llegó a Medina del Campo, donde la corte estaba asentada, llevando consigo
valiosos granos de oro, ámbar, brasil, nácar, plumas y mantillas de algodón
indígenas. Les relató a los Reyes los maravillosos descubrimientos realizados,
destacando la riqueza y exotismo de las nuevas tierras, donde incluso en
diciembre las aves anidaban en los árboles y las uvas maduraban en marzo. Les
informó sobre la rápida maduración de los cultivos, el olor a almizcle de la
carne de paloma, la abundancia de cocodrilos y peces, y el posible hallazgo de
especias como la canela y el clavo.
Finalmente,
entregó los procesos de los españoles que había castigado, intentando
justificar sus acciones. Los Reyes agradecieron su servicio, pero lo
reprendieron por sus métodos de castigo, aconsejándole que tratara con más
gentileza a los españoles que estaban dispuestos a servir en tierras tan
lejanas. Además, le proporcionaron ocho naves para continuar explorando y
llevar más gente, armas y suministros necesarios.
El
tercero viaje que Colón hizo a las Indias
Cristóbal
Colón preparaba ocho naos a expensas de los Reyes, enviando inicialmente dos de
ellas cargadas con provisiones y armas para su hermano Bartolomé. Él mismo
zarpó con las otras seis desde Sanlúcar de Barrameda a fines de mayo del año
1497. Debido a los rumores sobre los tesoros provenientes de las Indias, que
atraían a los corsarios franceses, Colón decidió hacer una parada en la isla de
Madeira como medida de precaución.
Desde
allí, despachó tres de las naves directamente hacia La Española, siguiendo la
ruta habitual, con trescientos desterrados que iban a ser enviados al nuevo
mundo. Mientras tanto, él condujo las otras tres naos hacia las islas de Cabo
Verde, optando por una ruta más cercana al Ecuador. Durante el viaje,
enfrentaron grandes peligros debido a la calma y al intenso calor.
Finalmente,
alcanzaron tierra firme en lo que se conoce como Paria, en la región de las
Indias. Navegaron a lo largo de la costa durante trescientas treinta leguas
hasta llegar al cabo de la Vela. Desde allí, cruzaron el mar hasta Santo
Domingo, la ciudad que su hermano Bartolomé había fundado en las orillas del río
Ozama. A pesar de las provisiones que llevaba consigo, Colón fue recibido como
gobernador, aunque esto causó gran malestar entre muchos, ya que su ausencia
dejaba a cargo a su hermano Diego Colón, quien estaba descontento y enojado por
ser relegado de su posición de autoridad tanto en tiempos de paz como de
guerra.
***
Los
españoles experimentaron diversas enfermedades al llegar a la tierra, de las
cuales dos fueron especialmente preocupantes: la sífilis, conocida como bubas,
de la cual no tenían conocimiento previo, y un cambio en su color de piel hacia
un tono amarillento, que los hacía parecer azafranados. Se cree que este cambio
de color fue causado por la ingesta de serpientes, lagartijas y otras comidas
poco saludables y poco habituales, que consumían por falta de otra opción.
Además, más de cincuenta mil indígenas murieron de hambre, ya que no habían
sembrado maíz, asumiendo erróneamente que los españoles se marcharían si no
tenían suficiente comida. Al darse cuenta de su error y viendo a los españoles
fortificados en la Isabela y en la fortaleza de Santo Tomé de Cibao,
comprendieron su destino fatal.
Los
ciguayos, habitantes locales, sitiaron la fortaleza en represalia por las
incursiones de los españoles y los abusos cometidos contra sus mujeres. Sin
embargo, levantaron el asedio un mes después cuando Cristóbal Colón llegó en su
socorro. Alonso de Hojeda, quien se había convertido en alcaide de la
fortaleza, salió al encuentro de los ciguayos y los derrotó, infligiendo
grandes pérdidas enemigas.
Posteriormente,
Colón envió a Hojeda a negociar la paz con el cacique Caonabo, dueño de la
tierra. Aunque Hojeda logró traerlo a la fortaleza, otros caciques enviaron
embajadores ofreciendo apoyo para expulsar a los españoles. Colón arrestó a
Caonabo por su implicación en la muerte de cristianos. En represalia, el
hermano de Caonabo, reunió a cinco mil hombres para intentar liberarlo. Sin
embargo, Hojeda los derrotó con sus cien españoles y algunos caballos
proporcionados por Colón, capturando a Caonabo y a muchos de sus seguidores.
Esta victoria aumentó el temor y el respeto de los indígenas hacia los
españoles en la región.
Se
dice que Bartolomé Colón, el hermano de Cristóbal, también obtuvo importantes
victorias sobre los caciques locales, incluyendo a Guarionex y otros catorce
líderes que se habían unido en una alianza militar. Bartolomé los sorprendió de
noche, momento en el que no estaban preparados para el combate, matando a
muchos y capturando a quince caciques, incluido Guarionex. Los liberó bajo la
promesa de lealtad a los Reyes Católicos. Estas victorias y las liberaciones de
los caciques aumentaron el prestigio de los españoles y les permitieron asumir
un papel más dominante en la región, comenzando a ejercer control sobre la
tierra y sus habitantes.
***
Bartolomé
Colón se volvió arrogante tras la victoria sobre Guarionex y el favorable curso
de los asuntos tanto de su hermano como los suyos propios. No mostraba la misma
cortesía hacia los españoles como antes, lo que causaba gran molestia a Roldán
Jiménez, el alcalde mayor del almirante. Jiménez se sintió agraviado al no
poder ejercer su autoridad de manera absoluta como deseaba, lo que provocó un
conflicto entre ellos. Incluso se dice que Bartolomé Colón amenazó o agredió a
Jiménez. Por consiguiente, Jiménez y hasta setenta compañeros se separaron de
él, sintiéndose también agraviados por los Colón. Sin embargo, todos
protestaron que su partida no era para desobedecer a los Reyes, sino para no
tolerar la presencia de genoveses. Se establecieron en Jaragua, donde
permanecieron durante muchos años. Cuando Cristóbal Colón los llamó de regreso,
Jiménez se negó a ir, lo que llevó a Cristóbal a acusarlo de desobediente,
desleal y alborotador en sus cartas a los Reyes Católicos. Alegó que Jiménez
cometía abusos contra los indígenas, forzaba a las mujeres, mutilaba a los
indios vivos y perpetraba otros crímenes. Además, acusó a Jiménez de haber
confiscado dos carabelas cargadas desde España y de retener a los tripulantes
con engaños.
Jiménez
y sus seguidores también escribieron a los Reyes, acusando a Cristóbal Colón y
a sus hermanos de múltiples abusos. Afirmaron que los Colón tenían intenciones
de apoderarse de la tierra, ocultaban las minas de oro y perlas, maltrataban a
los españoles sin motivo y administraban justicia de manera arbitraria. Se
quejaron de que Cristóbal Colón había ocultado el descubrimiento de las perlas
en la isla de Cubagua y de que se apropiaban de todo sin dar nada a cambio,
incluso a aquellos que estaban enfermos o habían demostrado su valentía. Estas
acusaciones enfurecieron al rey y a la reina, quienes enviaron a Francisco de
Bobadilla como gobernador de las Indias con la autoridad de castigar a los
culpables.
Bobadilla
llegó a La Española en 1499 con cuatro carabelas y llevó a cabo una
investigación en Santo Domingo. Allí, arrestó a Cristóbal Colón y a sus
hermanos Bartolomé y Diego, los encadenó y los envió de vuelta a España en
barcos separados. Cuando llegaron a Cádiz y los Reyes se enteraron, ordenaron
su liberación y los convocaron a la corte. Aunque escucharon las disculpas de
Cristóbal Colón con compasión, decidieron destituirlo de su cargo de
gobernador, probablemente para poner fin al alboroto y porque consideraban que
no era conveniente que los Colón controlaran indefinidamente la gobernación de
esas tierras. Esta decisión causó gran pesar a Cristóbal, especialmente porque
sus asuntos estaban sumidos en conflictos y desfavorables circunstancias.
***
Durante
tres años, Cristóbal Colón permaneció en España. Finalmente, en 1502, con el
respaldo de los Reyes Católicos, preparó cuatro carabelas para su travesía
hacia La Española. Sin embargo, al acercarse al río Ozama, Nicolás de Ovando,
quien en ese momento gobernaba la isla, le negó la entrada a Santo Domingo.
Colón, disgustado por la situación, decidió buscar un puerto seguro y se
dirigió a Puerto Escondido.
Desde
allí, en su intento por encontrar un paso hacia la otra parte del mundo, según
había prometido a los Reyes, navegó hacia el oeste hasta alcanzar el cabo de
Higueras. Recorrió la costa meridional hasta llegar al Nombre de Dios, para
luego regresar a Cuba y finalmente a Jamaica. En este último lugar, perdió dos
de las cuatro carabelas con las que había iniciado su viaje, dejándolo sin
medios para llegar a Santo Domingo.
En
Jamaica, Colón enfrentó numerosas dificultades. Muchos de sus hombres
enfermaron y algunos se rebelaron, incluso tomando las canoas de los indígenas
para intentar regresar a La Española. Los nativos de la isla se negaron a
proporcionar alimentos y conspiraron para atacar a los españoles. Ante esta
situación, Colón intervino, advirtiendo sobre una supuesta plaga que azotaría a
los isleños si no les proporcionaban ayuda. Sorprendentemente, el eclipse lunar
que coincidió con su advertencia fue interpretado como un presagio por los
nativos, quienes, temerosos, accedieron a las demandas de Colón.
Con
la colaboración de los isleños, los enfermos se recuperaron y pudieron
enfrentarse a los rebeldes liderados por los Porras. Aunque estos intentaron
regresar a La Española, fueron interceptados por Bartolomé Colón, hermano de
Cristóbal, quien les derrotó en la primera batalla entre españoles en las
Indias. En honor a esta victoria, Cristóbal Colón nombró al puerto donde se
libró la batalla como Santa Gloria. Permaneció en Jamaica durante un año, hasta
que logró obtener los medios necesarios para dirigirse finalmente a Santo
Domingo.
***
Después
de esta confrontación, Cristóbal Colón regresó a España para evitar posibles
acusaciones, como en ocasiones anteriores, y para informar sobre sus nuevos
descubrimientos. Al no encontrar el ansiado estrecho, se dirigió a Valladolid,
donde falleció en mayo de 1506. Sus restos fueron llevados al monasterio de
cartujos, las Cuevas de Sevilla. Colón era de estatura alta, robusto, con un
rostro largo y pecoso, de tez sonrosada y de carácter irascible y austero,
aunque resistente a las adversidades. Viajó cuatro veces hacia las Indias,
descubriendo extensas costas de Tierra Firme y contribuyendo significativamente
a la conquista y colonización de la isla La Española, conocida comúnmente como
Santo Domingo.
A
pesar de las dificultades que enfrentó, Colón persistió en su empresa,
navegando por mares y tierras desconocidas, motivado por el relato de un
piloto. Ya sea por su propia iniciativa o por el consejo recibido, su hazaña
fue de un mérito excepcional, asegurando su nombre en la memoria colectiva y
ganándose el reconocimiento y la gratitud eterna de España. Los Reyes
Católicos, cuya financiación y apoyo fueron cruciales para sus expediciones, le
otorgaron el título y el cargo de almirante perpetuo de las Indias, junto con
las recompensas adecuadas por sus servicios y la gloria que había obtenido.
A
pesar de sus logros, Colón no estuvo exento de conflictos y desventuras. Fue
arrestado en dos ocasiones, una de ellas con grilletes. En varias ocasiones
enfrentó motines de sus soldados y marineros, como los liderados por Roldán
Jiménez y los Porras, así como por Martín Alonso Pinzón durante su primer
viaje. Incluso tuvo que enfrentarse en batalla a sus propios compatriotas, como
en el enfrentamiento con Francisco y Diego de Porras. También estuvo
involucrado en disputas legales con el fiscal del rey, sobre si habría
regresado sin haber avistado tierras de las Indias si no fuera por los hermanos
Pinzón.
Colón
dejó un legado familiar notable, con dos hijos: don Diego Colón, quien se casó
con doña María de Toledo, hija de don Fernando de Toledo, y don Fernando Colón,
un erudito que acumuló una impresionante biblioteca de doce o trece mil libros,
ahora custodiada por los frailes dominicos de San Pablo de Sevilla, un digno
reflejo de la herencia intelectual de su padre.
***
En
la lengua de los nativos de esa isla se utilizan los nombres Haití y Quisqueya.
"Haití" significa aspereza, mientras que "Quisqueya" se
traduce como tierra grande. Cristóbal Colón la denominó La Española, aunque
muchos la conocen ahora como Santo Domingo, en referencia a la ciudad principal
que se encuentra en ella.
La
isla tiene aproximadamente ciento cincuenta leguas de longitud de este a oeste
y cuarenta leguas de ancho, con una circunferencia de más de cuatrocientas
leguas. Está ubicada entre los dieciocho y veinte grados al norte del Ecuador.
Al este, limita con la isla Borinquen, también conocida como San Joan, mientras
que al oeste se encuentra Cuba y Jamaica. Al norte, están las islas de los
Caníbales, y al sur se encuentra el cabo de la Vela, en Tierra Firme.
La
isla cuenta con numerosos y excelentes puertos, así como con grandes ríos
beneficiosos, tales como Hatibanico, Yuna, Ozama, Neiva, Nizao, Nigua, Hayna y
Yaques, que desembocan en el mar, junto con otros más pequeños como Macorix,
Cibao y Cotuy. Estos ríos son ricos en pescado y oro.
Existen
dos lagos notables en la isla. Uno, ubicado en las montañas donde nace el río
Nizao, es famoso por su belleza, mientras que el lago de Xaraguá, salado pero
que recibe afluentes de agua dulce, es conocido por la variedad y cantidad de
peces que alberga, incluyendo tortugas y tiburones.
Las
costas estaban densamente pobladas, especialmente en las áreas cercanas a las
salinas de Puerto Hermoso y del río Yaques, donde se extraía sal. También se
encontraba abundante color azul de calidad, madera de brasil, algodón y ámbar,
además de ricas minas de oro y plata. La tierra era fértil y sostenía una
población de aproximadamente un millón de personas, quienes en su mayoría
vestían solo prendas de algodón, debido a su clima cálido y húmedo.
Los
nativos de la isla eran de tez castaño claro, de estatura mediana, con ojos
pequeños, dientes malos y narices anchas. Por tradición, las mujeres solían
ensanchar sus frentes, considerándolo un signo de belleza. Eran generalmente
lampiños, aunque algunos se depilaban por arte, y todos tenían cabello largo, liso
y oscuro.
***
El
principal dios adorado por los habitantes de esa isla es el diablo, a quien
representan en cada cabo como se les aparece, manifestándose en múltiples
ocasiones e incluso llegando a hablarles. Además del diablo, adoran a una
infinidad de ídolos a quienes llaman por diferentes nombres y a quienes
solicitan distintas peticiones, como agua, maíz, salud o victoria. Estos ídolos
son elaborados con barro, madera, piedra y rellenos de algodón.
Los
nativos realizaban peregrinaciones a lugares como Loaboina, una cueva donde
veneraban dos estatuas de madera llamadas Marobo y Bintatel, a quienes ofrecían
todo lo que podían cargar. El diablo los engañaba con facilidad, haciéndoles
creer todo lo que decía, incluso se aparecía entre las mujeres como un sátiro o
íncubo, desapareciendo al tocarles el ombligo, según cuentan.
Se
relatan historias de ídolos como Corocoto, adorado por el cacique Guamareto,
quien supuestamente se escapaba de su oratorio para convivir con las mujeres
del pueblo, las cuales quedaban embarazadas, atribuyendo la concepción a su
dios. También se menciona a Epilguanita, otro ídolo de Guamareto con forma de
perro de cuatro patas, que era llevado en procesión hasta su templo cuando se
enojaba.
Además,
los nativos consideraban como reliquias una calabaza de la cual creían que
surgió el mar con todos sus peces, así como la creencia de que el Sol y la Luna
emergieron de una cueva, al igual que el primer hombre y mujer.
Estos
relatos muestran las profundas supersticiones y creencias de los habitantes de
la isla, así como su ceguera religiosa, y se comparten para ilustrar la
naturaleza cruel y demoníaca de las religiones indígenas, especialmente en
Tierra Firme, como los mexicanos.
Se
puede apreciar la gran influencia de los sacerdotes del diablo, conocidos como
bohitis, en la sociedad de la isla. Aunque también se casaban con varias
mujeres como el resto de la población, se distinguían por su vestimenta
peculiar. Estos sacerdotes gozaban de una autoridad considerable, ya que además
de ser médicos y adivinos, solo ofrecían sus servicios a personas de alto rango
y señores.
Para
realizar sus prácticas adivinatorias, los bohitis consumían una planta llamada
cohoba, ya sea molida o en forma de humo, lo que les inducía alucinaciones que
interpretaban como visiones de los dioses. Después de este trance, compartían
sus experiencias en consejo divino y daban respuestas a las preguntas de los
consultantes, aunque siempre dejaban claro que el resultado dependía de la
voluntad divina.
En
cuanto a la medicina, los bohitis también utilizaban la cohoba para curar a los
enfermos. Realizaban rituales que incluían movimientos ceremoniales, exhalación
de espuma y supuestas extracciones de malos espíritus. Después, aplicaban sus
manos al cuerpo del paciente y lo "purificaban", asegurando haber
expulsado el mal. Si el enfermo fallecía, los bohitis se excusaban culpando la
falta de ayuno o las negligencias del paciente.
Además
de los bohitis, también había mujeres mayores que ejercían como médicas,
administrando remedios a través de cañutos. Tanto hombres como mujeres eran muy
devotos y participaban activamente en las festividades religiosas. Durante
estas celebraciones, los caciques presidían rituales en los que se decoraba el
ídolo principal y se realizaban danzas y cantos acompañados de instrumentos
musicales, como el atabal. Los asistentes, tanto hombres como mujeres, lucían
atuendos coloridos y adornos extravagantes, mostrando su fervor religioso con
cada paso de baile y cada nota musical.
Una
vez dentro del templo, los devotos realizaban rituales para purificarse frente
al ídolo. Ingerían un palillo para inducir el vómito, asegurando así que no
quedara nada maligno en sus estómagos. Luego, se sentaban en cuclillas para
rezar en un coro que resonaba como el zumbido de abejas, creando un ambiente
peculiar. Mientras tanto, otras mujeres llegaban al templo con cestas cargadas
de tortas, rosas, flores y hierbas aromáticas.
Estas
mujeres rodeaban a los orantes y comenzaban a cantar un antiguo romance en
honor al dios. Todos los presentes se levantaban para responder al canto. Una
vez finalizado el romance, cambiaban el tono y entonaban otro en honor al
cacique. Acto seguido, ofrecían el pan al ídolo mientras permanecían de
rodillas. Los sacerdotes recibían el pan, lo bendecían y lo repartían entre los
presentes, de manera similar a como se distribuye el pan bendito en nuestras
ceremonias religiosas.
El
pan ofrecido durante esta festividad era guardado durante todo el año, y se
consideraba que una casa sin él estaba desafortunada y expuesta a múltiples
peligros. Este ritual mostraba la importancia que tenían estas prácticas
religiosas en la vida cotidiana de los habitantes de la isla, así como su
profunda devoción hacia sus divinidades y líderes espirituales.
***
He
aquí cómo viven desnudos debido al calor y la amabilidad del clima, incluso en
las frías sierras. Cada individuo se casa con quien quiera o pueda, como lo
hizo el cacique Behechio, que tenía treinta esposas. Sin embargo, una de ellas
es considerada la principal y legítima, destinada a las herencias. Todas
comparten la cama con el marido, siguiendo el ejemplo de muchas gallinas que
comparten un gallo en un solo gallinero. Su único lazo de parentesco reconocido
es el de madre, hija y hermana, y esto es debido al temor, ya que creían que
aquellos que las tomaban como esposas morirían una muerte desagradable.
Las
criaturas son bañadas en agua fría para endurecer su piel, y las mujeres
incluso se bañan en agua fría justo después de dar a luz, sin que esto les
cause daño. Sin embargo, es considerado pecaminoso dormir con una mujer
mientras está pariendo y criando a su hijo. En ausencia de hijos propios, los
sobrinos, hijos de hermanas, heredan, ya que se consideran parientes más
cercanos.
La
confianza y la castidad de las mujeres son cuestionadas debido a sus acciones y
palabras. Se involucran fácilmente en relaciones con hombres, y se las describe
como pájaros rapaces o serpientes venenosas. Además, se les tacha de sodomitas,
perezosos, mentirosos, ingratos, volubles y despreciables.
Una
de sus leyes más destacadas es que cualquier ladrón es castigado con la pena de
muerte por empalamiento. También desprecian profundamente a los avaros. Cuando
un hombre de alta posición fallece, algunas de sus esposas más queridas o las
más hermosas son enterradas con él, como un gesto de honor y favor. Otras
mujeres optan por ser enterradas junto a sus seres queridos por amor. Estos
entierros son solemnes, con el difunto colocado en la tumba rodeado de pan,
agua, sal, frutas y armas.
A
menudo, solo entraban en guerra por disputas territoriales o por conflictos
relacionados con la pesca, o cuando se enfrentaban a extranjeros. Antes de
emprender una guerra, consultaban a sus ídolos o adivinos sacerdotes. Sus armas
principales eran piedras y palos, a los que llamaban "macanas".
Atan
pequeños ídolos a sus frentes cuando se preparan para la batalla. Se pintan
para la guerra con jugo de jagua, una fruta similar a la dormidera, pero sin
coronilla, que los deja más negros que el azabache, y con bija, otra fruta
cuyos granos se adhieren como cera y tiñen como bermellón. Las mujeres también
se untan con estos colores para participar en sus danzas rituales llamadas
areitos y para realzar sus formas corporales. Los areitos son similares a las
danzas de los moros, donde bailan y cantan romances en honor a sus ídolos,
reyes y para conmemorar victorias y eventos importantes del pasado, ya que no
tienen otra forma de historiar su pasado.
Estas
ceremonias de danza pueden durar todo el día y la noche, y a menudo terminan
con los participantes embriagados por un vino local que les ofrecen durante la
celebración. Son sumamente obedientes a sus caciques, no cultivan, cazan o
pescan sin su consentimiento, ya que la pesca es su principal fuente de
alimento y actividad. Por esta razón, viven cerca de lagunas y ríos, lo que los
convierte en excelentes nadadores tanto hombres como mujeres.
En
lugar de trigo, consumen maíz, que se parece al panizo. También elaboran pan a
partir de la yuca, una raíz grande y blanca similar al nabo, la cual rallan y
exprimen después de quitarle su jugo venenoso. No conocían el vino de uva,
aunque había vides; por lo tanto, elaboraban vino a partir de maíz, frutas y
otras hierbas que no se encuentran en otros lugares, como caimitos, yayaguas,
higueros, auzubas, guanábanos, guayabos, yarumas y guazumas. La fruta de hueso
incluye hobos, hicacos, macaguas, guiabaras y mameis, siendo este último
considerado el mejor de todos.
No
tenían sistema de escritura, ni pesos ni monedas, aunque disponían de oro,
plata y otros metales, y desconocían el hierro, cortando con pedernal en su
lugar. En resumen, todas sus costumbres y prácticas son tan distintas de las
nuestras como lo es la tierra nueva para nosotros.
***
Los
habitantes de la isla La Española, al igual que los españoles que compartían
sus lechos con las mujeres nativas, pronto se vieron afectados por la
enfermedad de la buba, una dolencia altamente contagiosa que provoca intensos
dolores. Muchos de ellos, al sentirse atormentados y sin mejoría, optaron por
regresar a España en busca de tratamiento, mientras que otros se dedicaron a
negocios que llevaron consigo su enfermedad oculta. Lamentablemente, esta
dolencia se propagó a muchas cortesanas y hombres que posteriormente viajaron a
Italia para participar en la guerra de Nápoles junto al rey Fernando II contra
los franceses, donde el mal se extendió aún más. Los franceses, al verse
afectados simultáneamente, erróneamente creyeron que habían contraído la
enfermedad de los italianos y la llamaron "mal napolitano", mientras
que otros la denominaron "mal francés", creyendo haberla contraído de
los franceses. Algunos incluso la llamaron "sarna española".
Este
mal, conocido como buba, fue documentado por Joanes de Vigo, médico, y Antonio
Sabélico, historiador, entre otros, quienes señalaron que se comenzó a propagar
en Italia en los años 1494 y 1495. En esa misma época, en Calicut, los indios
también contrajeron una enfermedad similar a la buba a través de la viruela,
una enfermedad que no habían padecido antes y que resultó fatal para muchos.
Con la llegada del mal desde las Indias, también llegó el remedio, lo que
sugiere un posible origen común. Este remedio consistía en el guayacán, un
árbol cuyos bosques son abundantes en la región. También se menciona que la
misma dolencia se curaba con el palo de China, que posiblemente sea el mismo
guayacán o palo santo, ambos términos se refieren a lo mismo.
Inicialmente,
esta enfermedad era extremadamente severa, maloliente e infame, pero con el
tiempo su virulencia disminuyó y ya no tiene la misma intensidad ni reputación
infame que tenía en sus inicios.
***
Los
cocuyos son criaturas parecidas a escarabajos alados o moscas, siendo apenas un
poco más pequeños que los murciélagos. Cada uno de ellos cuenta con cuatro
estrellas brillantes, dos en los ojos y otras dos bajo las alas. Su resplandor
es tan intenso que, al volar, pueden realizar diversas actividades como hilar,
tejer, coser, pintar, bailar y otras durante la noche. Con estos insectos,
cazan huitas, que son pequeños conejos o ratas, así como también pescan.
Los
llevan atados al dedo pulgar de los pies y en las manos, como si fueran
antorchas y tejidos, siendo los españoles capaces de leer cartas con su luz, lo
cual resulta aún más impresionante. Además de servir como fuente de luz, los
cocuyos son útiles para matar mosquitos, esos molestos insectos que impiden el
sueño, y es probable que esta sea la razón principal por la que los llevan a
casa. Se los captura con ramas, ya que al caer al suelo les resulta difícil
levantarse, siendo bastante torpes en ese aspecto. Quienes se frotan las manos
o la cara con las estrellas brillantes de los cocuyos sienten una sensación de
ardor, lo que resulta útil para espantar a muchas personas. Si se destilaran,
las estrellas de los cocuyos podrían producir un agua de propiedades
asombrosas.
Por
otro lado, la nigua es una pequeña pulga saltadora que se encuentra en el polvo
y solo pica en los pies. Se introduce entre la piel y la carne, depositando sus
huevos en gran cantidad. Estos huevos eclosionan rápidamente y, si no se
eliminan, pueden multiplicarse tanto que resulta difícil controlarlos, siendo
necesario recurrir al fuego o al hierro para eliminarlos. Sin embargo, si se
extraen rápidamente, el daño que causan es mínimo. Para evitar sus picaduras,
es recomendable dormir con los pies cubiertos o calzados. Algunos españoles
perdieron dedos de los pies e incluso el pie completo debido a este problema.
***
El
manatí es una criatura única, ajena a las aguas de nuestro hemisferio, que se
encuentra tanto en el mar como en los ríos. Su forma se asemeja a un odre, con
solo dos aletas que utiliza para nadar, las cuales están situadas en la zona de
los hombros. Su cuerpo se estrecha desde el medio hasta la cola, y su cabeza se
asemeja a la de un buey, con la cara más hundida y una barba carnosa. Posee
pequeños ojos, un color parduzco en su piel, la cual es muy resistente y tiene
algunos pelillos. Su longitud puede alcanzar hasta los veinte pies y su aspecto
es tan feo que difícilmente podría ser superado. Sus extremidades son
redondeadas, con cuatro uñas en cada una, similares a las de un elefante.
Las
hembras del manatí paren de manera similar a las vacas, disponiendo de dos
tetas para amamantar a sus crías. Su carne, al ser consumida, se asemeja más a
la carne que al pescado; fresca tiene un sabor similar al de la ternera,
mientras que salada recuerda al atún, pero con una calidad superior y una larga
duración. La manteca que se extrae de él es de excelente calidad y no se vuelve
rancia, y se utiliza para adobar su propia piel, que luego sirve para fabricar
zapatos y otros objetos. También poseen ciertas piedras en la cabeza, que se
utilizan para la piedra y la hijada (piedra preciosa).
Los
manatíes suelen ser cazados mientras pastan en las orillas de los ríos, o
cuando son jóvenes, atrapados con redes. Se cuenta la historia de un cacique
llamado Caramateji, que capturó uno muy pequeño y lo crio durante veintiséis
años en una laguna llamada Guaynabo, donde se estableció. Este manatí, al que
llamaban Mato, se convirtió en una figura querida por los indígenas, mostrando
una sorprendente amistad hacia los humanos. Sin embargo, la llegada de un
español llamado Hatibonico puso fin a esta historia, ya que decidió llevarse al
manatí de vuelta al mar, causando tristeza entre Caramateji y sus súbditos.
***
Cristóbal
Colón gobernó la isla durante ocho años, en los cuales él y su hermano
Bartolomé Colón conquistaron parte de ella y la poblaron considerablemente.
Durante su mandato, repartió la tierra y asignó más de un millón de indígenas
entre soldados, colonos y sirvientes de los Reyes Católicos, así como entre sus
propios hermanos y él mismo, para trabajar como peones y tributarios en las
minas y ríos donde se encontraba oro. También reservó una quinta o cuarta parte
de ellos para el rey. En resumen, todos trabajaban para los españoles.
Sin
embargo, este período llegó a su fin cuando Francisco de Bobadilla asumió el
cargo de gobernador y envió a Cristóbal Colón y a sus hermanos como prisioneros
a España, en el año 1500. Bobadilla gobernó durante tres años y más, llevando a
cabo una gestión exitosa y logrando extraer una gran cantidad de oro en ese
tiempo.
Posteriormente,
Nicolás de Ovando sucedió a Bobadilla como gobernador de la isla en el año
1502, llegando con una flota de treinta navíos y numerosos colonos. Antes de
partir, Francisco de Bobadilla había cargado más de cien mil pesos de oro en
esas naves, junto con una importante cantidad de granos de oro, incluido uno
destinado a la reina que pesaba tres mil trescientos castellanos de oro puro.
Trágicamente, la flota se encontró con mal tiempo en el mar y más de
trescientos hombres, incluyendo a Roldán Jiménez y Antonio de Torres, capitán
de la flota, perecieron en el naufragio. Solo seis navíos lograron sobrevivir.
Así se perdieron los cien mil pesos y el grano de oro, una riqueza sin igual.
Nicolás
de Ovando gobernó la isla de manera cristiana durante siete años y, según se
piensa, fue uno de los gobernadores que más rigurosamente aplicó las órdenes
del rey, especialmente aquellas que prohibían la presencia de personas
sospechosas en la fe o descendientes de condenados por la Inquisición en las
Indias.
En
su mandato, conquistó las provincias de Higüey, Sabana y Guacaiarima, habitadas
por personas que vivían de manera primitiva, sin casas ni pan. Llevó a cabo la
pacificación de Xaraguá mediante la ejecución de cuarenta líderes indígenas y
la horca del cacique Guaorocuya y su tía Anacaona, esta última una mujer de
carácter fuerte y controversial en la isla, que había sido esposa de Caonabo.
Durante su gobierno, estableció numerosos pueblos de colonos cristianos y envió
grandes sumas de dinero a España como tributo al rey. Para financiar su regreso
a España, recurrió a préstamos, a pesar de contar con un salario anual de más
de ocho mil ducados, lo que demuestra su integridad financiera. Antes de su
partida, había sido comendador de Larez y luego fue nombrado comendador mayor
de Alcántara.
Tras
su mandato, don Diego Colón, almirante de las Indias, asumió el cargo de
gobernador de Santo Domingo y otras provincias, designando como su alcalde
mayor al bachiller Marcos de Aguilar durante seis o siete años. Sin embargo,
debido a las quejas presentadas contra él ante los Reyes Católicos, fue
destituido y llamado a España, donde se vio envuelto en disputas legales con el
fiscal durante varios años sobre los privilegios y prerrogativas de su
almirantazgo y sus ingresos.
Posteriormente,
el cardenal y arzobispo fray Francisco Jiménez de Cisneros, quien ejercía el
gobierno de los reinos debido a la muerte del rey Fernando y la ausencia de su
nieto Carlos, designó a fray Luis de Figueroa, fray Alonso de Santo Domingo y
Bernardino de Manzanedo como gobernadores de La Española. Estos frailes, junto
con el licenciado Alonzo Zuazo como asesor, implementaron medidas para proteger
a los indígenas del maltrato por parte de los colonos y los redujeron a pueblos
con el fin de evangelizarlos mejor. Sin embargo, la llegada de colonos europeos
resultó perjudicial para los indígenas, ya que introdujo enfermedades como la
viruela, que causó un gran número de muertes entre la población nativa.
Durante
el gobierno de estos frailes, la industria azucarera experimentó un crecimiento
significativo. Después de su regreso a España, se estableció una audiencia y
una chancillería con sello real en Santo Domingo, siendo los primeros oidores
Marcelo Villalobos, Juan Ortiz de Matienzo, Lucas Vázquez de Ayllón y Cristóbal
Lebrón. Más tarde, Sebastián Ramírez de Fuenleal, nacido en Villaescusa, se
desempeñó como presidente de la audiencia, manteniendo el cargo de presidente y
oidor en los años siguientes.
***
Los
caciques y bohitis, depositarios de la memoria de sus antepasados, relataban a
Cristóbal Colón y a los españoles que lo acompañaban una antigua profecía.
Según esta historia, el padre del cacique Guarionex y otro líder indígena
consultaron al zemí, el ídolo asociado con el mal, sobre el destino que les
esperaba después de su muerte. Tras cinco días de ayuno riguroso, llanto y
flagelación, y realizando los rituales requeridos por su religión, recibieron una
respuesta inquietante: les fue revelado que en el futuro llegarían a la isla
hombres con barbas largas, completamente vestidos, que con espadas brillantes
partirían a la mitad a los hombres de un solo golpe. Estos hombres desafiarían
a los dioses de la tierra, despreciando sus rituales y derramando la sangre de
sus hijos, llevándolos como cautivos. En recuerdo de esta profecía, los
indígenas compusieron un canto llamado areito, que entonaban en ocasiones
tristes y ceremonias de duelo, y que les hizo huir cuando avistaron a los
españoles y a los caribes.
Los
eventos que siguieron confirmaron la precisión de la profecía. Los españoles,
en sus guerras y en las minas, sacrificaron a muchos indígenas y derribaron los
ídolos de sus altares, aboliendo sus rituales y ceremonias. Los convirtieron en
esclavos y los sometieron a un trabajo forzado tan intenso que muchos murieron.
De una población que alguna vez superó los quince cientos de miles, apenas
quedaban quinientos. Las causas de esta terrible disminución fueron diversas:
hambruna, enfermedades como la viruela y el maltrato, tanto físico como
psicológico, infligido por los conquistadores. Las mujeres, desesperadas por
evitar que sus hijos sirvieran a los extranjeros, se suicidaban junto a sus
maridos y, en algunos casos, sacrificaban a sus hijos para evitarles un destino
de esclavitud. Este desastre fue, sin duda, un castigo de Dios por los pecados
cometidos, pero también una consecuencia de la brutalidad y la codicia de los
colonizadores, que priorizaban el oro sobre la vida humana.
***
Fray
Buil, acompañado por doce clérigos, inició la labor de conversión entre los
indígenas, aunque es justo reconocer que los Reyes Católicos jugaron un papel
fundamental al bautizar a los seis isleños que recibieron el sacramento en
Barcelona. Estos fueron los primeros en dar inicio a la nueva era de
conversión. Posteriormente, figuras como Pero Juárez de Deza, el primer obispo
de la Vega, y Alejandra Geraldino, el segundo obispo de Santo Domingo,
continuaron con esta importante tarea. Aunque el primer obispo designado, fray
García de Padilla, de la orden franciscana, falleció antes de su llegada a la
isla.
Numerosos
clérigos y frailes mendicantes se sumaron al esfuerzo de conversión, logrando
bautizar a la mayoría de los habitantes de la isla que sobrevivieron a los
primeros encuentros. La eliminación de los ídolos y rituales ceremoniales fue
un paso crucial para que los indígenas prestaran atención y aceptaran las
enseñanzas de los predicadores. Una vez escuchadas estas enseñanzas, muchos
abrazaron la fe cristiana y se convirtieron.
La
presencia del santísimo cuerpo sacramental de Cristo en numerosas iglesias tuvo
un profundo efecto, pues con él y con la colocación de cruces, los demonios
desaparecieron y los indígenas se maravillaron. Además, muchos enfermos fueron
sanados mediante la devoción a una cruz colocada por Cristóbal Colón en la
vega, conocida como Veracruz, que llegó a ser considerada como reliquia.
Un
acontecimiento notable fue el intento de un cacique del valle Caonao por
desafiar la nueva religión cristiana al desobedecer las normas sagradas dentro
de una iglesia, resultando en un castigo divino que lo llevó a convertirse en
un devoto santero.
Otro
suceso destacado fue la muerte de cuatro indígenas que se burlaron de la fe
cristiana mientras uno de ellos se encomendaba a Santa María durante una
tormenta. Este evento, junto con la comunicación escrita entre los españoles
que era percibida como profética por los indígenas, generó asombro y confusión
entre ellos.
Incluso
en la ausencia de papel y tinta, los españoles encontraron formas ingeniosas de
comunicarse, utilizando hojas de Guiabara y copey para escribir con punzones o
alfileres. Además, fabricaban naipes con hojas de copey, aunque estos sufrían
daños al ser barajados.
***
En
la isla, los pueblos están habitados principalmente por españoles y negros,
quienes se dedican al trabajo en minas, plantaciones de azúcar, cría de ganado
y otras actividades similares. Como resultado, son escasos los indígenas, quienes
viven en libertad y disfrutan de un descanso según la voluntad del emperador,
con el objetivo de preservar la población y la lengua indígena, que tanto han
contribuido y continúan aportando al patrimonio real de Castilla.
El
pueblo más destacado es Santo Domingo, fundado por Bartolomé Colón a orillas
del río Ozama. Este nombre se le atribuyó debido a que la fundación tuvo lugar
en un domingo, coincidiendo con la festividad de Santo Domingo, lo que da
origen a su denominación. En esta ciudad se encuentran las audiencias real y
arzobispal, así como un importante centro comercial y de tránsito hacia todas
las Indias, razón por la cual la isla también es conocida como Santo Domingo.
El
primer obispo de la isla fue fray García de Padilla, franciscano, mientras que
el primer arzobispo fue Alonso de Fuenmayor, originario de Yanguas, nombrado en
el año 1548.
Inicialmente,
en la isla no existían animales terrestres de cuatro patas, excepto tres tipos
de conejos conocidos como hutías, cori y mohuy, así como los quemis, similares
a liebres, y los gozquejos, de diversos colores, que no ladran ni emiten
sonidos. Estos animales eran cazados y consumidos como alimento. Sin embargo,
actualmente se encuentran en la isla una variedad de animales útiles para el
trabajo y la alimentación.
La
cría de vacas se ha multiplicado tanto que incluso llegaron a formar parte de
la economía, proporcionando carne y cuero. Los perros, que han vagado y
proliferado en los bosques, son más bien carroñeros que lobos, causando daño a
las cabras y ovejas. En cuanto a los gatos, aunque originarios de España, no
son tan ruidosos durante la época de apareamiento como sus contrapartes
europeas. En cuanto a las vides, aunque producen uvas maduras, no se elabora
vino, lo que resulta sorprendente dado el gusto por el alcohol de la población.
Trajeron
sarmientos de viñas desde España que solían dar uvas maduras para la Navidad.
Sin embargo, hasta el momento no han producido vino, ya sea por falta de
esfuerzo por parte de los colonos o por la fuerza de la tierra misma. Aunque la
tierra es propicia para el trigo, se cultiva poco debido a la facilidad y
seguridad en la recolección del maíz, que además es un alimento básico y se
puede destinar a la elaboración de bebidas alcohólicas.
Al
principio, cuando se sembraba trigo, las cañas eran robustas y las espigas
gruesas, llegando a producir dos mil granos en una sola espiga, una
multiplicación sin igual. Esto evidencia la riqueza del suelo, lo que
probablemente hace que los olivos y otros árboles frutales con hueso tengan
dificultades para crecer, e incluso muchos de ellos no prosperen, como los
duraznos y sus variedades. Sin embargo, las palmeras dan dátiles, aunque de
calidad mediocre. En contraste, los árboles frutales de pepita crecen
vigorosamente, ya sean dulces o ácidos.
Aunque
existen muchas cañas de azúcar silvestres, su calidad es pobre; sin embargo,
aquellas plantadas a partir de semillas de boticarios traídas desde España son
excelentes y abundantes, aunque se ven amenazadas por las hormigas. Las hierbas
de huerto traídas de España crecen vigorosas, incluyendo rábanos, lechugas,
cebollas, perejil, berzas, zanahorias, nabos y pepinos, aunque la mayoría no
llegan a granar.
La
producción de azúcar ha florecido, con cerca de treinta ingenios y trapiches en
funcionamiento. Pedro de Atienza fue el primero en plantar cañas de azúcar,
mientras que Miguel Ballestero, catalán de origen, fue el primero en producir
azúcar, y el bachiller Gonzalo de Velosa fue pionero en el uso de molinos de
caballos. Además, se extrae un bálsamo conocido como "goaconar" de un
árbol, que tiene un agradable aroma y arde como la resina de pino. La primera
persona en extraer este bálsamo fue Antón de Villasanta, gracias a la
iniciativa y el consejo de su esposa, quien era indígena.
Además,
se extrae este bálsamo de otras fuentes, y aunque no alcanza la calidad del
bálsamo de Judea, es eficaz para tratar llagas y dolores. La isla alberga una
variedad infinita de aves, muchas de las cuales no se encuentran en España,
aunque algunas son comunes en ambos lugares. Curiosamente, no se encontraban
pavos ni gallinas en la isla inicialmente; sin embargo, con el tiempo, las
gallinas han proliferado y son criadas con éxito, sin diferir en nada de sus
contrapartes españolas, excepto que los gallos no cantan a medianoche.
Los
principales productos de exportación de la isla hacia otras regiones incluyen
azúcar, brasil (tinte rojo extraído de un árbol tropical), bálsamo, cañafístola
(una resina aromática), cueros y añil. Este capítulo sirve para ilustrar la
diferencia y las ventajas que trae consigo el cambio de población en una
región.
He
decidido incluir esta sección para resaltar la importancia de la tierra como
factor determinante en el éxito de una colonia. Además, me he extendido en la
descripción de numerosas peculiaridades de la isla debido a su relevancia
histórica como punto de partida del descubrimiento de las Indias, una tierra
tan vasta como podrán apreciar a través de nuestra cartografía. Además, muchos
de los viajeros que se aventuran hacia las Indias hacen escala o visitan esta
isla en su ruta.
***
Al
comprender la inmensidad de las tierras descubiertas por Cristóbal Colón,
numerosos aventureros se lanzaron a continuar explorando, algunos financiados
por sus propios medios y otros respaldados por el rey, todos con la ambición de
enriquecerse, ganar fama y ganar el favor de los monarcas. Sin embargo, la
mayoría de ellos se limitaron a explorar y gastar recursos, y no quedó registro
de todos ellos, especialmente aquellos que navegaron hacia el norte, bordeando
los territorios de los Bacallaos y la Tierra del Labrador, donde se encontraba
escasa riqueza. Tampoco se conservan registros de todos los que exploraron las
regiones al otro lado de Paria, entre los años 1495 y 1500.
A
continuación, mencionaré aquellos cuyos nombres conozco, sin hacer distinciones
entre ellos, aunque quiero dejar claro que todas las Indias han sido
descubiertas y recorridas por exploradores españoles, con la excepción de lo
que Colón encontró inicialmente. De hecho, los Reyes Católicos se esforzaron
por reclamar y tomar posesión de todas estas tierras, obteniendo la aprobación
papal para hacerlo.
***
Muchos
expedicionarios se aventuraron a explorar la costa de la Tierra del Labrador,
con la esperanza de descubrir un paso marítimo que condujera a las Malucas y
las Islas de Especias, ubicadas sobre la línea ecuatorial, creyendo que esto
acortaría significativamente la ruta. Los castellanos, reclamando estas islas
como suyas, fueron los primeros en emprender esta búsqueda, deseando también
conocer la tierra en virtud de su reclamación territorial. Por otro lado, los
portugueses, con intereses en la navegación y enredados en disputas
territoriales, también se lanzaron a esta empresa.
Uno
de los primeros en dirigirse hacia esta región fue Gaspar Cortes Reales en el
año 1500, con dos carabelas. Sin embargo, no logró encontrar el estrecho que
buscaba. Durante su expedición, tomó hasta sesenta hombres como esclavos de la
región, quedando impresionado por las intensas nevadas y heladas, ya que el mar
se congela considerablemente en estas latitudes. A pesar de estas condiciones
adversas, los habitantes locales, aunque de piel oscura, mostraron ser gente
trabajadora y bien preparada. Se adornan con zarcillos de plata y cobre, visten
pieles de varios animales y se protegen del frío con prendas de algodón y
nervios de peces y animales. Su dieta principal consiste en pescado,
especialmente salmón, aunque también tienen acceso a aves y frutas.
Las
viviendas de los habitantes locales están construidas con madera de calidad,
cubiertas con pieles de peces y animales en lugar de tejas. Según los relatos,
se dice que en esta tierra habitan grifos, y que osos, junto con otros animales
y aves, son de color blanco. La Tierra del Labrador y sus islas son habitadas
también por bretones, cuyo entorno natural y clima son similares a los de su
tierra natal. Además, exploradores de Noruega, como el piloto Joan Scolvo, y de
Inglaterra, como Sebastián Gaboto, también han llegado a esta región en sus
expediciones.
***
La
región conocida como Bacallao comprende una extensa extensión de tierra y
costa, alcanzando su mayor altura en los cuarenta y ocho grados y medio de
latitud. Los habitantes locales denominan "bacallaos" a unos grandes
peces que son tan numerosos que obstaculizan la navegación de las naves y son
incluso cazados y consumidos por osos dentro del mar.
Uno
de los exploradores que proporcionó más información sobre esta región fue
Sebastián Gaboto, originario de Venecia, quien armó dos navíos en Inglaterra,
país donde residía desde joven. Gaboto obtuvo el respaldo del rey Enrique VII,
quien tenía interés en comerciar en las Islas de Especias, al igual que el
monarca portugués. Algunas fuentes sugieren que Gaboto financió personalmente
la expedición y prometió al rey Enrique explorar una ruta hacia el Catayo por
el norte, con el objetivo de traer especias en menos tiempo que los portugueses
lo hacían por el sur. Además, tenía la intención de descubrir y colonizar
nuevas tierras.
Gaboto
partió con una tripulación de trescientos hombres y navegó hacia el norte,
bordeando Islandia hasta alcanzar el cabo de Labrador y llegando incluso hasta
los cincuenta y ocho grados de latitud, según sus relatos, aunque otros dicen
que llegó aún más lejos. Sin embargo, las condiciones climáticas extremas, con
frío intenso y pedazos de hielo en pleno julio, lo llevaron a dar la vuelta y
explorar la costa en dirección oeste hasta los treinta y ocho grados de
latitud, antes de regresar a Inglaterra.
Además
de Gaboto, bretones y daneses también han explorado la región de Bacallao.
Jacques Cartier, un explorador francés, realizó dos expediciones a la zona en
los años 1534 y 1535, explorando la tierra para establecer asentamientos entre
los cuarenta y cinco y cincuenta y un grados de latitud. Se dice que algunos ya
han poblado o planean poblar la región, ya que su calidad de tierra es
comparable a la de Francia, lo que hace que sea un recurso codiciado por
diversas naciones, que buscan establecer su dominio sobre estas nuevas tierras.
***
En
el año 1525, el piloto Esteban Gómez navegó por la región en una carabela
financiada por el emperador, en busca de un estrecho que se decía existía en la
Tierra de Bacallao, un paso que supuestamente conduciría más rápidamente a las
Islas de Especias que cualquier otra ruta conocida hasta entonces. Esteban
Gómez, quien ya había navegado previamente a las Indias y había participado en
la expedición de Magallanes al estrecho, había estado presente en la
conferencia de Badajoz entre castellanos y portugueses, donde se discutió la
posibilidad de un estrecho en esta región.
Dado
que figuras notables como Cristóbal Colón, Fernando Cortés y Gil González de
Ávila no habían encontrado el estrecho desde el golfo de Urabá hasta la Florida,
Esteban Gómez decidió explorar más al norte en busca de esta vía. Sin embargo,
a pesar de sus esfuerzos, no logró encontrar el estrecho, ya que simplemente no
existía. Durante su expedición, exploró una extensa porción de tierra que aún
no había sido avistada por otros, aunque se dice que Sebastián Gaboto ya había
investigado previamente esta región.
Durante
su travesía, Esteban Gómez tomó a bordo tantos indígenas como pudo, violando
las órdenes y deseos del rey, y los llevó consigo en la carabela. Después de
diez meses de viaje, regresó a La Coruña. Al llegar, cuando anunció que traía
"esclavos", un vecino entendió erróneamente "clavos", una
de las especias que se suponía traería de las Indias. Este malentendido condujo
a un rápido y alegre anuncio al rey sobre la supuesta llegada de clavos por
parte de Esteban Gómez. Sin embargo, cuando se descubrió el error, la noticia
se convirtió en motivo de risa en la corte y se desvanecieron las esperanzas de
encontrar el tan anhelado estrecho. Incluso aquellos que habían apoyado la
expedición de Esteban Gómez quedaron avergonzados por el fiasco.
***
Las
Islas Lucayas, también conocidas como Yucayas, se encuentran al norte de Cuba y
Haití, y según se dice, son más de cuatrocientas en total. Aunque todas son pequeñas,
destaca el Lucayo, del que tomó su nombre, situado entre los diecisiete y
dieciocho grados de latitud. Entre las islas destacan Guanahaní, donde
Cristóbal Colón pisó por primera vez tierra en su viaje de descubrimiento, así
como Manigua, Guanima, Zaguareo y otras más.
La
población de estas islas es notablemente más blanca y desarrollada que la de
Cuba o Haití, especialmente las mujeres, cuya belleza atraía a muchos hombres
de Tierra Firme, como la Florida, Chicora y Yucatán, quienes se establecían en
ellas. Por esta razón, había más organización social entre los habitantes de
las Islas Lucayas que en otras partes, y se hablaban numerosos idiomas
diferentes.
Se
cree que la idea de la existencia de Amazonas en esta región y de una fuente de
juventud proviene de estas islas. Los habitantes de las Islas Lucayas suelen
andar desnudos, excepto en tiempos de guerra, fiestas o bailes, cuando llevan
mantas de algodón y plumas finamente decoradas, así como grandes penachos. Las
mujeres casadas o comprometidas cubren sus partes íntimas con mantillas hasta
la rodilla, mientras que las vírgenes utilizan redes de algodón con hojas de
hierba. Cuando estas mujeres alcanzan la edad de la menstruación, celebran
fiestas que son equiparables a las bodas.
La
sociedad de las Islas Lucayas está organizada en torno a un rey o señor, quien
se encarga de la pesca, caza y cultivo, distribuyendo los alimentos y recursos
entre la población a través de graneros públicos o almacenes reales. Su riqueza
se basa principalmente en nacarones, conchas bermejas y unas piedrecillas que
parecen rubíes, que extraen de los caracoles marinos y que son consideradas un
manjar preciado. Además, adornan su cuerpo con collares, brazaletes y otros
accesorios hechos de piedras que encuentran en la arena, independientemente de
su poco valor monetario.
En
estas islas, las mujeres que van desnudas están perfectamente cómodas con su
desnudez; de hecho, muchas de estas islas más pequeñas no consumen carne. Su
dieta se compone principalmente de pescado, pan de maíz y otras raíces y
frutas. Cuando los hombres de estas islas fueron llevados a lugares como Cuba y
Santo Domingo, donde se consumía carne, muchos de ellos enfermaban y morían
debido a este cambio en su alimentación. Por esta razón, los españoles evitaban
darles carne, o les proporcionaban muy poca.
En
algunas de estas islas, la cantidad de palomas y otras aves que anidan en los
árboles es tan grande que los nativos de Tierra Firme, Cuba y Haití llegan en
canoas para cazarlas y se marchan cargados de presas. Los árboles donde estas
aves anidan tienen una corteza que sabe un poco a canela, tiene un toque de
jengibre en su amargor y desprende un olor similar al clavo; sin embargo, no se
considera una especia. Entre las numerosas frutas de estas islas, destaca una
llamada "jaruma", que parece gusanos o lombrices, pero es sabrosa y
nutritiva. El árbol de jaruma se asemeja a un nogal, con hojas similares a las
de la higuera. Se dice que las hojas y los brotes de jaruma, machacados y
aplicados con su jugo en cualquier herida, incluso si es muy antigua, la curan.
Se
cuenta la historia de un carpintero lucayo que estaba cautivo en Santo Domingo.
Él excavó un tronco de jaruma, que naturalmente es hueco como el de una
higuera, lo llenó con maíz y calabazas llenas de agua, lo selló cuidadosamente
y navegó en él a través del mar con otros dos parientes suyos que remaban. Sin
embargo, su intento fue desafortunado, ya que, a unas cincuenta leguas de
navegación, fueron interceptados por unos españoles y llevados de vuelta a
Santo Domingo.
Durante
unos veinte años o incluso menos, los españoles capturaron alrededor de
cuarenta mil personas de las islas Lucayas, o Yucayas como algunos las llaman.
Engañaban a los isleños diciéndoles que los llevarían al paraíso, ya que los
indígenas de esas islas creían que al morir purgaban sus pecados en las frías
tierras del norte, y después ingresaban al paraíso, que estaba en tierras del
sur. De esta manera, la población lucaya fue diezmada, y la mayoría de los
capturados fueron llevados a trabajar en minas. Se dice que todos los
cristianos que capturaron indígenas y los hicieron trabajar hasta la muerte
sufrieron un destino similar, o no lograron encontrar la felicidad o la
prosperidad que buscaban con sus acciones.
***
Siete
vecinos de Santo Domingo, liderados por el licenciado Lucas Vázquez de Ayllón,
quien era oidor de la isla en ese momento, decidieron armar dos navíos en
Puerto de Plata en el año 1520 con el propósito de buscar indígenas en las
islas Lucayas, como mencioné anteriormente. Sin embargo, al llegar allí,
descubrieron que no encontraron hombres para comerciar o capturar con el fin de
llevarlos a trabajar en sus minas, hatos y granjas. Ante esta situación,
decidieron dirigirse más al norte en busca de una tierra donde pudieran
encontrar lo que buscaban, sin regresar de vacío.
Navegaron
hacia una tierra conocida como Chicora y Guadalupe, ubicada en los treinta y
dos grados de latitud, que es lo que ahora se conoce como cabo de Santa Elena y
río Jordán. Algunos sostienen que fueron llevados allí por las condiciones
climáticas en lugar de por elección propia; sin embargo, sea cual sea la razón,
es un hecho que muchos indígenas se acercaron a la costa para observar las
carabelas españolas, las cuales les resultaban extrañas y nuevas, ya que ellos
estaban acostumbrados a usar pequeñas embarcaciones y pensaron que las
carabelas eran algún tipo de monstruo marino. Al ver a los españoles
desembarcar, vestidos y con barbas, los indígenas huyeron a toda prisa.
Los
españoles capturaron a un hombre y una mujer, los vistieron al estilo español y
los liberaron para que llamaran a su gente. El rey local, al ver a los
españoles vestidos de manera tan distinta a la suya, quedó sorprendido, ya que
sus súbditos andaban desnudos o vestidos con pieles de animales. Envió a
cincuenta hombres con provisiones a los barcos españoles, y muchos españoles
fueron recibidos por el rey, quien les proporcionó guías para explorar la
tierra y los agasajó con comida y regalos de abalorios, perlas y plata.
Impresionados por la riqueza y la cultura de la tierra, así como por la
hospitalidad de la gente, los españoles, tras abastecerse de agua y víveres,
invitaron a muchos a visitar sus barcos.
Los
indígenas subieron a bordo sin desconfiar en absoluto, y en ese momento los
españoles levantaron las anclas y zarparon con una buena cantidad de chicoranos
hacia Santo Domingo. Sin embargo, en el transcurso del viaje, uno de los dos
navíos se perdió, y los indígenas del otro navío murieron poco después, principalmente
debido a la tristeza y el hambre. No querían consumir la comida proporcionada
por los españoles y, por otro lado, se vieron obligados a comer perros, burros
y otras bestias muertas y descompuestas que encontraban cerca de las cercas y
en los basureros.
Lucas
Vázquez de Ayllón regresó a la corte con informes sobre estas experiencias, y
también trajo consigo a un indígena de la región, llamado Francisco Chicora,
quien narraba maravillas sobre su tierra. Solicitó la conquista y el gobierno
de Chicora, y el emperador le otorgó este título, junto con el hábito de
Santiago. Vázquez de Ayllón regresó a Santo Domingo y organizó una expedición
con varios barcos en el año 1524, con la intención de establecer una colonia y
con la esperanza de encontrar grandes tesoros. Sin embargo, una vez en la
región, perdió su nave capitana en el río Jordán, junto con muchos de sus
hombres. En resumen, su expedición resultó ser un fracaso y no dejó ningún
logro memorable.
***
Los
habitantes de Chicora tienen un color de piel parecido al de los loros o
tiriciado, son altos de cuerpo y tienen muy pocas barbas. Los hombres llevan el
cabello negro hasta la cintura, mientras que las mujeres lo llevan aún más
largo y lo trenzan. En otra provincia cercana llamada Duhare, los habitantes
llevan el cabello hasta el talón. El rey de Duhare, llamado Datha, era tan alto
como un gigante, al igual que su esposa y sus veinticinco hijos, quienes
también eran deformes. Algunos chicoranos bautizados afirmaban que crecían
tanto por comer unas morcillas rellenas de ciertas hierbas hechas por
encantamiento, mientras que otros decían que era porque les estiraban los
huesos cuando eran niños, después de ablandarlos con hierbas cocidas. Sin
embargo, es probable que esto último fuera una exageración, ya que en esa
región hay hombres muy altos que parecen gigantes en comparación con otros.
Los
sacerdotes en Chicora se visten de manera distinta y no tienen cabello, excepto
por dos guedejas que dejan a los lados y atan debajo de la barbilla. Mastican
ciertas hierbas y rocían el zumo sobre los soldados antes de la batalla, como
una especie de bendición. Además, curan a los heridos, entierran a los muertos
y no consumen carne. Los habitantes prefieren a estos sacerdotes como médicos,
junto con las viejas curanderas, y utilizan hierbas para tratar diversas
enfermedades y heridas. Una hierba llamada guahi es muy común y saludable, y
les permite vivir mucho tiempo y mantenerse sanos.
Los
sacerdotes también son considerados hechiceros y tienen a la gente engañada.
Hay dos pequeñas estatuillas que solo muestran al pueblo dos veces al año, una
de ellas es durante el tiempo de siembra, y se lleva a cabo con una gran pompa.
El rey vela toda la noche ante estas imágenes en la víspera de la fiesta, y por
la mañana, durante la procesión, muestra los ídolos al pueblo, quienes los
adoran de rodillas, pidiendo misericordia en voz alta. Luego, el rey los
entrega a dos caballeros ancianos, cubiertos con ricas mantas de algodón y
joyas, para llevarlos al campo donde se lleva a cabo la procesión.
Durante
estas festividades, todos participan bajo la amenaza de ser considerados malos
religiosos si no lo hacen. Se visten con sus mejores ropas; algunos se pintan
la piel, otros se cubren con hojas y otros se ponen máscaras de pieles. Tanto
hombres como mujeres cantan y bailan. Celebran el día y la noche con oraciones,
cánticos, danzas, ofrendas, inciensos y otras ceremonias. Al día siguiente,
repiten la celebración con la misma alegría y regocijo, pensando que así
tendrán buena cosecha de pan.
En
otra festividad, llevan al campo una estatua de madera con la misma solemnidad
que a los ídolos. La colocan sobre una gran viga rodeada de palos, arcones y
bancos. Todos los casados ofrecen algo, y los sacerdotes designados para ello
registran las ofrendas de cada uno. Al final, se destaca quien hizo la mejor y
más abundante ofrenda al ídolo, siendo honrado por un año entero. Este honor
motiva a muchos a ofrecer cada vez más.
Los
líderes y sacerdotes consumen el pan, las frutas y las viandas ofrecidas,
distribuyéndolas entre el resto. Al anochecer, bajan la estatua y la arrojan al
río o al mar si está cerca, como una ofrenda a los dioses del agua en cuyo
honor se realizó la fiesta.
En
otra festividad, desentierran los huesos de un rey o sacerdote muy respetado y
los colocan en un cadalso en el campo. Las mujeres lloran alrededor y ofrecen
lo que pueden. Al día siguiente, los huesos son devueltos a la sepultura,
mientras un sacerdote habla sobre la inmortalidad del alma, el infierno y el
paraíso. Creen que muchas personas viven en el cielo y otras debajo de la
tierra, como sus antípodas, y que hay dioses en el mar. Los sacerdotes tienen
coplas sobre todo esto. Cuando los reyes mueren, hacen fuegos como cohetes para
representar que las almas recién liberadas del cuerpo suben al cielo, y los
entierran con grandes lamentos.
La
manera en que saludan al cacique es curiosa, ya que colocan las manos en las
narices, silban y luego las pasan por la frente al colodrillo. El rey inclina
la cabeza sobre el hombro izquierdo si quiere mostrar favor y honor a quien lo
saluda de esta manera.
En
cuanto a las costumbres matrimoniales, una viuda no puede volver a casarse si
su esposo muere de muerte natural, pero sí puede hacerlo si muere por causas de
justicia. Además, no permiten la presencia de prostitutas entre las mujeres
casadas.
Practican
varios juegos, como la pelota, el trompo y la ballesta con arcos, y son muy
precisos en estos deportes. También poseen plata, aljófar y otras piedras
preciosas.
En
cuanto a la ganadería, crían muchos ciervos en casa y los llevan a pastar en el
campo con pastores, y luego regresan al corral por la noche. Además, utilizan
la leche de estos ciervos para hacer queso.
***
La
isla Boriquén, conocida entre los cristianos como San Juan, se encuentra en las
coordenadas de diecisiete y dieciocho grados, a unas veinticinco leguas al
oeste de La Española. Tiene una longitud de más de cincuenta leguas de este a
oeste y una anchura de dieciocho leguas. La parte norte de la isla es rica en
oro, mientras que la parte sur es fértil en cultivos de pan, frutas, hierbas y
pesca.
Los
habitantes de Boriquén, llamados boriqueños, se dice que no consumían carne de
animales, probablemente debido a la falta de estos en la isla, pero sí comían
aves e incluso murciélagos pelados en agua caliente. En términos de cultura y
estilo de vida, son similares a los habitantes de Haití y La Española, pero se
consideran más valientes y utilizan arcos y flechas con destreza. La isla es
conocida por su goma llamada tibunuco, que se utiliza para impermeabilizar y
proteger los barcos, así como por el guayacán, utilizado para tratar
enfermedades como las bubas.
La
isla fue descubierta por Cristóbal Colón en su segundo viaje, y Juan Ponce de
León llegó allí en el año 1509 con licencia del gobernador Ovando, atraído por
los informes sobre la riqueza de la isla. Fue recibido amigablemente por el
cacique Agüeybana, quien eventualmente se convirtió al cristianismo junto con
su familia. Juan Ponce exploró la isla en busca de oro y dejó a algunos
españoles con Agüeybana, mientras regresaba a Santo Domingo para informar sobre
sus hallazgos. Más tarde, Juan Ponce de León regresó a la isla, que renombró
San Juan, y recibió la gobernación de la misma por parte del comendador mayor
de Alcántara, Ovando, aunque bajo la supervisión del virrey y almirante de
Indias.
Juan
Ponce de León hizo esfuerzos para colonizar Boriquén (San Juan), fundando
inicialmente la ciudad de Caparra, que luego se despobló debido a las ciénagas
que la rodeaban. Posteriormente, intentó establecer Guánica, pero esta también
se deshabitó debido a la presencia de mosquitos molestos. Finalmente, se
estableció la ciudad de Sotomayor, junto con otras villas. La conquista de
Boriquén fue difícil y costó la vida de muchos españoles, ya que los indígenas
eran valientes y contaban con la ayuda de los caribes, quienes utilizaban
flechas con hierbas venenosas que eran mortales para los españoles.
Oraioa,
cacique de Jaguaca, decidió poner a prueba la mortalidad de los españoles ordenando
ahogar a un hombre llamado Salcedo. Una vez que Salcedo murió ahogado, los
indígenas se dieron cuenta de que los españoles eran mortales y se rebelaron,
matando a más de cien de ellos. Sin embargo, Diego de Salazar se destacó en la
conquista de Boriquén, siendo temido por los indios, quienes evitaban el
combate donde él estuviera presente. Incluso estando enfermo de bubas, su sola
presencia infundía temor en los indígenas. Además, un perro llamado Becerrillo,
que se desempeñaba como ballestero, también inspiraba miedo en los indígenas,
ya que era eficaz en la lucha contra ellos y tenía la habilidad de identificar
a los amigos de los enemigos, persiguiendo a los fugitivos y regresando a los
indios que se habían escapado.
La
presencia de Becerrillo, el perro valiente y leal que peleaba junto a los
españoles, era tan efectiva que los soldados lo valoraban tanto como si
tuvieran tres caballos. Sin embargo, lamentablemente, Becerrillo finalmente
murió por un flechazo que le dieron mientras perseguía a un indio caribe
nadando. Después de la conquista, todos los isleños fueron cristianizados y el
primer obispo de la isla fue Alonso Manso, nombrado en el año 1511. Sin
embargo, los sucesores de Juan Ponce de León, quienes gobernaron Boriquén bajo
la autoridad del almirante, a menudo priorizaban sus propios intereses sobre
los de los isleños nativos.
***
Después
de ser destituido del gobierno de Boriquén, Juan Ponce de León, buscando la
mítica fuente de la juventud, navegó durante seis meses entre muchas islas sin
encontrar rastro de ella. Descubrió la Florida en la Pascua Florida de 1512 y
regresó a España para negociar con el rey Fernando, quien le otorgó el título
de adelantado de Bimini y gobernador de la Florida. En 1515, armó tres navíos
en Sevilla y partió hacia la Florida. Sin embargo, su expedición sufrió un mal
comienzo cuando fue atacado por los caribes en Guacana (Guadalupe), lo que
resultó en la muerte de muchos españoles y la captura de las lavanderas.
Después de este incidente, Juan Ponce se dirigió a Boriquén y luego a la
Florida, donde los indios lo atacaron nuevamente, resultando en su muerte por
una flecha en Cuba.
En
cuanto a la Florida, es una península notablemente conocida en las Indias y ha
sido mencionada por muchos españoles que han explorado la región. Hernando de
Soto, quien previamente había sido capitán en el Perú, solicitó la conquista y
gobernación de la Florida debido a su fama de ser rica y próspera. Sin embargo,
su expedición no logró establecer asentamientos permanentes y, después de cinco
años de búsqueda de minas, tanto él como muchos de sus seguidores murieron.
Este fracaso subraya la importancia de establecer asentamientos permanentes en
lugar de simplemente buscar riquezas, especialmente en regiones habitadas por
indígenas valientes y resistentes.
Después
de la muerte de Hernando de Soto, varios individuos solicitaron la conquista de
la Florida en 1544, cuando la corte española estaba en Valladolid. Entre los
solicitantes estaban Julián de Samano y Pedro de Ahumada, hermanos con
capacidad para tal empresa, y Pedro de Ahumada era un hidalgo muy virtuoso y
entendido en muchas cosas, con quien el narrador tenía una amistad estrecha.
Sin embargo, ni el emperador, que estaba en Alemania, ni el príncipe Felipe, su
hijo, que gobernaba los reinos de Castilla y Aragón, concedieron la solicitud,
influenciados por el Consejo de Indias y otras personas que se oponían a las
conquistas en las Indias. En su lugar, enviaron a fray Luis Cancel de
Balvastro, junto con otros frailes dominicos, con la misión de predicar y
convertir pacíficamente a la población indígena de la Florida al servicio y la
obediencia del emperador.
En
1549, fray Luis Cancel de Balvastro llegó a la Florida financiado por el rey,
acompañado por cuatro frailes y algunos marineros laicos desarmados, que eran
los encargados de iniciar la predicación. Sin embargo, al llegar a la costa,
fueron atacados y asesinados por los indígenas de la región, quienes no
escucharon su mensaje y los martirizaron por predicar la fe cristiana.
Que
Dios los tenga en su gloria. Los que sobrevivieron al ataque se refugiaron en
el barco y se prepararon para ser confesores, según relataron algunos. Muchos
que apoyaron la misión de los frailes ahora comprenden que no es efectivo
atraer a los indígenas hacia nuestra amistad o nuestra fe cristiana por medios
tan drásticos, aunque sería deseable si fuera posible. Luego, un individuo que
había sido paje de Hernando de Soto se unió al barco y contó cómo los indígenas
habían colocado las cabezas de los frailes con sus coronas en un templo, y
mencionó que cerca de allí había personas que comían carbón.
***
Pánfilo
de Narváez fue el primero en recorrer las quinientas leguas de costa desde la
Florida hasta el río Panuco. Sin embargo, como en ese momento solo exploró la
costa sin realizar mayores acciones, dejaremos de hablar de él y nos
centraremos en Pánfilo de Narváez, quien fue a poblar y conquistar, con el
título de adelantado y gobernador, el río de Palmas, que se encuentra treinta
leguas al norte del río Panuco, abarcando toda la costa hasta la Florida.
Narváez partió de Sanlúcar de Barrameda en el año 1527 con cinco navíos,
seiscientos españoles, cien caballos y una gran cantidad de suministros, armas
y vestimenta, ya que contaba con experiencia previa en expediciones. Sin
embargo, tuvo dificultades en el camino y no logró encontrar el lugar deseado
debido a la falta de conocimiento de los pilotos de la flota, que desconocían
la tierra. Narváez decidió continuar solo con trescientos compañeros y casi
todos los caballos, aunque con escasa comida. Envío los navíos en busca del río
de Palmas, pero la mayoría de los hombres y caballos se perdieron en esta
búsqueda, principalmente debido a la falta de establecimiento de colonias al
desembarcar, o porque desembarcaron en un lugar inadecuado. La lección
aprendida fue que quien no establece colonias no logrará una conquista exitosa,
y sin conquistar la tierra, no se podrá convertir a la población nativa. Por lo
tanto, la regla fundamental para la conquista debe ser establecer colonias.
Narváez vio oro en manos de algunos indígenas que afirmaron obtenerlo de
Apalachen, así que se dirigió hacia allí. En su camino, se encontró con un
cacique llamado Dulchanchelin, quien, a cambio de cascabeles y collares, le
entregó un cuero de venado muy decorado. En Apalachen, Narváez encontró
alrededor de cuarenta casas de paja en una tierra que era pobre en lo que
buscaban, pero abundante en otras cosas. El área era llana, con mucha agua y
arena, y estaba poblada por laureles y otros árboles altos.
En
la región de Apalachen, Narváez y su expedición encontraron una variedad de
animales, incluyendo leones, osos y venados de diferentes tipos. También
mencionan la presencia de unos animales extraordinarios que tienen una especie
de bolsa falsa que pueden abrir y cerrar para resguardar a sus crías y huir del
peligro. Además, la zona está poblada por diversas aves como garzas, halcones y
otras aves de rapiña. Sin embargo, a pesar de la diversidad de vida animal, la
región también es conocida por la frecuencia de los rayos.
Los
habitantes de la región son descritos como altos, fuertes y ágiles, capaces de
alcanzar a un ciervo y de correr durante un día entero sin descansar. Utilizan
arcos de gran tamaño, flechas de caña con puntas de pedernal o hueso, y cuerdas
hechas de nervios de venados. Narváez y su expedición se encontraron con
diferentes comunidades, desde Apalachen hasta Aute, donde encontraron casas
mejores y una población más refinada, que vestía pieles de venado y martas,
algunas de ellas tan finas y fragantes que maravillaron a los exploradores.
Estas comunidades demostraron su amistad ofreciendo flechas y besándolas como
muestra de saludo.
Sin
embargo, también encontraron situaciones trágicas, como en la isla que llamaron
Malhado, donde algunos españoles se vieron obligados a recurrir al canibalismo.
Similarmente, en Jamho, en tierra firme cerca de la isla Malhado, ocurrieron
casos de canibalismo donde españoles se comieron unos a otros. En estas islas,
tanto hombres como mujeres se encontraban desnudos, aunque las mujeres casadas
a veces cubrían parte de su cuerpo con un velo hecho de fibras de árbol,
mientras que las jóvenes se abrigaban con pieles de venado y otras pieles.
Los
hombres de estas comunidades se perforan la tetilla, y en muchos casos ambas,
para insertar cañas de aproximadamente un palmo y medio de largo. También
horadan el rostro inferior y colocan cañuelas en los agujeros. Son hombres
dedicados a la guerra, mientras que las mujeres realizan trabajos. La tierra en
la que viven es muy desafortunada. Se casan con dos mujeres cada uno, y los
médicos pueden casarse con incluso más si así lo desean. Durante el primer año
de matrimonio, el esposo no entra en la casa de sus suegros ni de sus cuñados,
y no comparte comidas con su propia familia, y estos últimos no le hablan ni le
miran a la cara. Sin embargo, la esposa le lleva comida que él caza y pesca.
Duermen sobre esteras y ostiones por razones ceremoniales. Muestran mucho
afecto hacia sus hijos, y si alguno muere, se tiznan y lo entierran con grandes
lamentos. El período de luto dura un año, y todos en la aldea lloran tres veces
al día, mientras que los padres y parientes no se lavan durante ese tiempo. No
lloran la muerte de los ancianos. Todos son enterrados, excepto los médicos, a
quienes por honor los queman. Mientras arden, bailan y cantan. Luego pulverizan
los huesos y guardan las cenizas para beberlas al cabo de un año, junto con los
parientes y mujeres, quienes también se emborrachan en ese momento. Estos
médicos curan usando botones de fuego y aplicando cauterio y succión en la
herida. Buscan el dolor y lo succionan; con esto logran sanar y son
recompensados generosamente. Cuando ciertos españoles estuvieron allí, algunos
indios murieron de dolor de estómago, y se pensó que podría haber sido a causa
de ellos, pero ellos se excusaron. Aunque estaban sufriendo por el frío, el
hambre y las picaduras de mosquitos, ya que estaban desnudos, los españoles no
los mataron, sino que les ordenaron que trataran de curar a los enfermos.
Estos
indígenas, temerosos de la muerte, comenzaron a practicar la medicina rezando,
soplando y haciendo la señal de la cruz, y sanaron a todos los que acudieron a
ellos, ganándose así fama y respeto como sabios médicos. Desde la isla de
Malhado, atravesaron muchas tierras hasta llegar a una llamada de los Jaguaces,
quienes son conocidos por ser grandes mentirosos, ladrones, bebedores de su
vino y supersticiosos, llegando al extremo de matar a sus propios hijos si
tienen malos sueños; y así fue como mataron a Esquivel. Persiguen a los venados
hasta darles caza, tal es su habilidad para correr. Tienen perforada la tetilla
y el labio inferior; usan vestimenta extraña y cambian sus asentamientos como
los nómadas, llevando consigo las esteras con las que construyen sus viviendas.
Los ancianos y las mujeres visten y calzan pieles de venado y de vaca, que
obtienen de animales que migran hacia el norte en ciertas épocas del año, los
cuales tienen cuernos cortos y pelaje largo y proporcionan carne de calidad. Se
alimentan de arañas, hormigas, gusanos, salamanquesas, lagartijas, serpientes,
madera, tierra y excrementos; y a pesar de su hambre, se muestran muy contentos
y felices, dedicándose al baile y al canto. Las mujeres compran a sus enemigos
por un arco y dos flechas, o por una red de pesca, y en ocasiones llegan al
extremo de sacrificar a sus propias hijas antes que entregarlas a parientes o
enemigos.
Los
indígenas van desnudos y están tan plagados de mosquitos que parecen enfermos
de lepra; con estos insectos tienen una guerra perpetua. Llevan tizones
encendidos para ahuyentarlos o encienden fuego con madera podrida o mojada para
que el humo los aleje; este humo resulta tan insoportable como los propios
mosquitos, especialmente para los españoles, que lloraban debido a él. En la
tierra de los Avavares, Alonso de Castillo curó a muchos indios soplándoles
como un curandero, tratando dolores de cabeza, lo cual le valió recibir tunas
(una fruta), carne de venado, arcos y flechas como muestra de agradecimiento.
Además, bendijo a cinco personas paralizadas, las cuales sanaron, lo que causó
gran admiración tanto entre los indios como entre los españoles, quienes los
adoraban como seres celestiales debido a estos milagros. La fama de tales
curaciones atrajo a personas de diversas partes, e incluso los habitantes de
Susola lo invitaron a curar a un herido. En esta ocasión, Alvar Núñez Cabeza de
Vaca y Andrés Dorantes, quien también tenía el don de la curación, acudieron
juntos, pero cuando llegaron, el herido ya había fallecido. Confiando en
Jesucristo y deseando preservar sus vidas entre los nativos, lo bendijeron y
soplaron tres veces, logrando que reviviera, lo cual fue considerado un
milagro. Estuvieron entre los albardaos por un tiempo, quienes eran astutos
guerreros que combatían de noche y mediante emboscadas. Luchaban bailando y
saltando de un lado a otro para evitar ser alcanzados por sus enemigos, y
solían atacar cuando percibían debilidad en el adversario, pero huían si veían
resistencia; no perseguían la victoria ni perseguían a los enemigos. Tenían
sentidos muy agudos y no dormían con mujeres embarazadas o recién paridas hasta
que hubieran pasado dos años; si una mujer era estéril, la abandonaban y se
casaban con otras. Amamantaban a los niños durante diez o doce años, hasta que
pudieran buscar comida por sí mismos. Las mujeres intervenían para reconciliar
a los hombres en caso de disputas. Nadie comía de los platos cocinados por las
mujeres con su ropa puesta. Cuando preparaban su vino, los hombres lo
derramaban si la mujer pasaba cerca sin taparse, y se embriagaban mucho, lo que
provocaba que maltrataran a las mujeres. Algunos hombres se casaban con otros
que eran impotentes o castrados y actuaban como mujeres, sirviéndoles y
sustituyéndolos en sus funciones, y no podían usar ni arcos ni flechas.
Pasaron
por ciertos pueblos donde los hombres eran bastante blancos, pero muchos eran
tuertos o tenían los ojos nublados, mientras que sus mujeres bebían alcohol en
exceso. Cazaban innumerables liebres a golpes y no comían nada sin que primero
fuera bendecido por los cristianos o soplado. Llegaron a una tierra donde, por
costumbre o respeto, ni lloraban ni reían ni se hablaban entre ellos; una mujer
que lloró fue punzada y rayada por detrás con dientes de ratón, desde los pies
hasta la cabeza. Los españoles eran recibidos con las caras hacia la pared, la
cabeza baja y el cabello cubriendo los ojos. En el valle que llamaron de
Corazones, recibieron unas seiscientas flechas de venado como pago, algunas con
puntas de esmeralda de excelente calidad, así como turquesas y plumajes. Las
mujeres de allí vestían camisas de algodón fino, mangas del mismo material y
faldas hasta el suelo, hechas de piel de venado curtida sin pelo y abiertas por
delante. Para envenenar a los venados, utilizaban ciertas manzanillas en las
charcas donde bebían, y con ellas y con la leche del mismo árbol ungían las
flechas. Luego fueron a San Miguel de Culuacán, ubicado en la costa del Mar del
Sur, como se mencionó anteriormente. De los trescientos españoles que
desembarcaron cerca de la Florida con Narváez, solo sobrevivieron Alvar Núñez
Cabeza de Vaca, Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes de Béjar y
Estebanico de Azamor, el loro; quienes vagaron perdidos, desnudos y hambrientos
durante nueve años y más por las tierras y pueblos mencionados, así como por
muchos otros, donde sanaron a enfermos de fiebre, heridos y resucitaron a un
muerto, según su relato. Pánfilo de Narváez es el mismo que fue derrotado,
capturado y al que Fernando Cortés le sacó un ojo en Zempoallán de la Nueva
España, como se detallará más adelante en su crónica. Una mujer de Hornachos
predijo un final sombrío para su flota y que pocos escaparían de aquel lugar al
que él se dirigía.
***
Tras
la muerte de Juan Ponce de León, quien exploró y recorrió la Florida, Francisco
de Garay armó tres carabelas en Jamaica en el año 1518 y se dirigió a explorar
la Florida, pensando que era una isla, ya que en ese momento se prefería poblar
islas en lugar de tierra firme. Desembarcó, pero los nativos de la Florida lo
repelieron, hiriendo y matando a muchos españoles. Garay continuó su viaje
hasta llegar a Panuco, ubicado a quinientas leguas de la costa. Aunque observó
la costa, no la exploró en detalle como se conoce hoy en día. Intentó comerciar
en Panuco, pero los habitantes del río no se lo permitieron, ya que eran
valientes y hostiles, e incluso maltrataron a los españoles en Chila, llegando
a comérselos y a colgar sus pieles curtidas en los templos como trofeos. Aunque
le fue mal en sus intentos en la región, Garay encontró atractiva la tierra.
Regresó a Jamaica, reparó sus barcos, reunió más tripulación y suministros, y
regresó al año siguiente, en 1519, pero esta vez le fue peor que la primera
vez. Algunos dicen que solo viajó una vez, pero como pasó mucho tiempo allí,
algunas crónicas lo cuentan como dos viajes. En cualquier caso, regresó con
pérdidas considerables tanto económicas como humanas, especialmente después de
un enfrentamiento con Fernando Cortés en Veracruz, como se relata en otra parte.
Garay, en un intento de enmendar sus errores y ganar fama al estilo de Cortés,
quien era muy reconocido en la época, negoció ante la corte la gobernación de
Panuco a través de su criado Juan López de Torralva, argumentando los gastos en
su exploración. Con el título de adelantado, Garay equipó once barcos en 1523,
llenándolos con más de setecientos españoles, ciento cincuenta y cuatro
caballos y abundante armamento, y partió hacia Panuco. Sin embargo, su
expedición terminó en desastre: Garay murió en la Ciudad de México, y los
indígenas mataron a cuatrocientos españoles, muchos de los cuales fueron
sacrificados, comidos y sus pieles exhibidas en los templos, evidenciando la
cruel religión o la religiosa crueldad de los nativos.
Son
también grandísimos homosexuales, y mantienen públicamente lupanares o casas de
prostitución masculina, donde se acogen por las noches miles de hombres, más o
menos según el tamaño del pueblo. Se arrancan las barbas, se agujerean las
narices al igual que las orejas para colocar adornos; se liman los dientes en
forma de sierra por estética y por higiene; no se casan hasta los cuarenta
años, aunque desde los diez o doce años ya son sexualmente activos. Nuño de
Guzmán también fue enviado como gobernador a Pánuco en el año 1527; llevó dos o
tres navíos y ochenta hombres; él castigó a aquellos indios por sus pecados,
esclavizando a muchos de ellos.
***
Jamaica,
la isla que hoy conocemos como Santiago se encuentra ubicada entre los
diecisiete y dieciocho grados al norte del Ecuador, a unas veinticinco leguas
al norte de Cuba y unas pocas más al este de La Española. Tiene aproximadamente
cincuenta leguas de longitud y menos de veinte de ancho. Fue descubierta por
Cristóbal Colón en su segundo viaje a las Indias, y más tarde conquistada por
su hijo, don Diego, mientras estaba bajo el gobierno de Santo Domingo, liderado
por Juan de Esquivel y otros capitanes.
Uno
de los gobernadores más destacados de la isla fue Francisco Garay, quien armó
numerosas embarcaciones y reclutó hombres para una expedición a Panuco. La
situación en Santiago es similar a la de Haití, donde la población indígena fue
exterminada. La isla es rica en recursos como el oro y produce algodón de alta
calidad. Tras la colonización española, se introdujo una variedad de ganado y
se destacó la calidad de los cerdos en comparación con otras regiones.
El
principal asentamiento en la isla se llama Sevilla. El primer abad de Santiago
fue Pedro Mártir de Anglería, un milanés que escribió extensamente sobre las
Indias en latín, siendo cronista de los Reyes Católicos. Aunque algunos habrían
preferido que escribiera en español o de manera más clara, se le reconoce como
pionero en la elaboración de relatos sobre la región.
***
Después
de que Francisco Hernández de Córdoba llegara a Santiago con las noticias sobre
las ricas tierras de Yucatán, Diego Velázquez, gobernador de Cuba, se sintió
ansioso por enviar expediciones para explotar esas riquezas. Armó cuatro
carabelas y las entregó a Juan de Grijalva, su sobrino, quien reunió a
doscientos españoles para la travesía. Partieron de Cuba el primero de mayo del
año 18 y se dirigieron a Acuzamil, con el experimentado piloto Alaminos al
mando, quien ya había navegado con Francisco Hernández de Córdoba. Desde allí,
avistaron la costa de Yucatán y decidieron bordearla, creyendo que era una
isla, siguiendo la ruta que había tomado anteriormente Francisco Hernández por
el otro lado. Esta elección se debía a que los isleños parecían ser más dóciles
que los de tierra firme.
Mientras
costeaban la tierra, entraron en una bahía que llamaron "de la
Ascensión", en honor al día en que llegaron. Fue en este punto donde
descubrieron el tramo de tierra que separaba Acuzamil de la mencionada bahía.
Sin embargo, al ver que la costa continuaba extensa, decidieron regresar sobre
sus pasos. En su camino de vuelta, llegaron a Champotón, donde fueron recibidos
hostilmente, tal como le había sucedido a Francisco Hernández. Durante un
enfrentamiento con los nativos, Juan de Guetaria perdió la vida y cincuenta
españoles resultaron heridos, incluyendo a Juan de Grijalva, quien perdió un
diente y medio y recibió dos flechazos. Debido a estos acontecimientos, la
playa donde ocurrió la confrontación fue bautizada como "Mala-Pelea".
Después
de este incidente, continuaron buscando un puerto seguro y finalmente llegaron
a uno que denominaron "el Deseado". Desde allí, se dirigieron al río
que más tarde sería conocido como el río Grijalva, donde realizaron
intercambios comerciales. Entre las cosas que obtuvieron se encuentran:
máscaras de madera doradas y adornadas con turquesas, una cabeza de perro
cubierta de piedras falsas, armaduras de piernas hechas de corteza y doradas,
escarcelones de palo con hojuelas de oro, entre otras piezas de valor.
Como
muestra de gratitud por los intercambios comerciales, Grijalva entregó a los
indígenas un jubón de terciopelo verde, una gorra de seda, dos bonetes de
frisa, dos camisas, unos zaragüelles, un tocador, un peine, un espejo, unos
alpargates, tres cuchillos y unas tijeras, así como muchas contezuelas de
vidrio y un cinto con su esquero. A pesar de ofrecer también vino, este fue
rechazado por los indígenas, siendo la primera vez que rechazaban esta bebida.
Desde el río Grijalva, continuaron su viaje hasta San Juan de Ulúa, donde Grijalva
tomó posesión en nombre del rey, por orden de Diego Velázquez, como tierra
recién descubierta.
Durante
su estancia en San Juan de Ulúa, Grijalva interactuó con los indígenas, quienes
estaban bien vestidos según sus costumbres y se mostraban amables y
perceptivos. Intercambiaron muchas cosas, entre las que se incluyeron cuatro
granos de oro, una cabeza de perro tallada en piedra de calcedonia, un ídolo de
oro con adornos y pendientes del mismo metal, una medalla de piedra con
incrustaciones de oro, cuatro zarcillos de turquesas con ocho pendientes cada
uno, entre otros objetos valiosos. Además, obtuvieron mantas, camisetas de
algodón, plumajes y ventalles.
En
reconocimiento a los intercambios comerciales, Grijalva entregó a los indígenas
dos camisas, dos sayos de azul y colorado, dos caperuzas negras, dos
zaragüelles, dos tocadores, dos espejos, dos cintas de cuero tachonadas con sus
bolsas, dos tijeras y cuatro cuchillos, que los indígenas valoraron mucho por
su eficacia para cortar. También les ofreció dos pares de alpargatas,
servilletas de mujer, tres peines, cien alfileres, doce agujetas, tres medallas
y doscientas cuentas de vidrio, así como otros objetos de menor valor.
Después
de finalizar los intercambios, los indígenas prepararon alimentos para
compartir con los españoles, incluyendo cazuelas y pasteles de carne con
abundante ají, cestas de pan fresco y una joven india para el capitán,
siguiendo las costumbres de hospitalidad de la región. Algunos miembros de la
expedición sugirieron que Grijalva debería establecer un asentamiento en el
lugar, pero él no tenía la autorización ni la intención de hacerlo. Envió a
Pedro de Alvarado de regreso a Cuba en una carabela con los enfermos y heridos,
así como con una gran cantidad de objetos obtenidos en los intercambios, para
aliviar la preocupación de Diego Velázquez.
Continuando
su exploración hacia el norte, Grijalva navegó muchas leguas sin desembarcar,
pero eventualmente decidió regresar debido a las corrientes, el clima y la
escasez de provisiones. Anclado en el puerto de San Antón para abastecerse de
agua y leña, Grijalva negoció con los nativos y le ofreció mercancías a cambio
de hachuelas de cobre mezclado con oro, tazas de oro, un vaso de pedrecicas y
cuentas de oro huecas, entre otras cosas. Aunque muchos españoles habrían
deseado establecerse en ese lugar debido a la riqueza y amabilidad de los
indígenas, Grijalva optó por continuar su viaje y llegó a la bahía de Términos,
donde descubrieron un pequeño ídolo de oro y figuras de hombres de barro. Este
hallazgo, junto con la presencia de cuerpos de hombres sacrificados, causó
incomodidad y disgusto entre los españoles, quienes lo consideraron como una
práctica cruel y poco higiénica.
Abandonaron
Champotón después de abastecerse de agua, pero parece que no se aventuraron a
desembarcar debido a la presencia de los nativos, quienes estaban fuertemente
armados y mostraban valentía al enfrentarse a las carabelas con sus pequeñas
embarcaciones. Ante esta situación, decidieron abandonar la tierra y regresar a
Cuba cinco meses después de su partida. Juan de Grijalva entregó lo obtenido en
los intercambios a su tío Diego Velázquez, reservando el quinto correspondiente
a los oficiales del rey. Durante su exploración desde Champotón hasta San Juan
de Ulúa y más allá, descubrieron tierras ricas y fértiles.
***
Nunca
antes se había encontrado tanta riqueza en las Indias ni se habían hecho
intercambios tan lucrativos tan pronto después del descubrimiento como en las
tierras exploradas por Juan de Grijalva. Este hecho inspiró a muchos a
emprender expediciones hacia esa región. Sin embargo, fue Fernando Cortés quien
lideró la primera expedición con quinientos cincuenta españoles en once navíos.
Durante su viaje, Cortés visitó Acuzamil, conquistó Tabasco, fundó la ciudad de
Veracruz, llevó a cabo la conquista de México, capturó a Moctezuma y finalmente
colonizó y pobló la Nueva España, junto con muchos otros reinos.
Las
hazañas de Cortés en estas guerras, que fueron las más destacadas de todas las
ocurridas en el Nuevo Mundo hasta ese momento, merecen ser relatadas por sí
mismas. Por ello, las narraré siguiendo el estilo de Polibio y Salustio,
quienes extrajeron sus historias de los relatos romanos, con la misma
integridad y detalle, como hizo el primero con la historia de Mario y el
segundo con la de Escipión. Además, la historia de la conquista de la Nueva
España es especialmente relevante debido a la gran riqueza y desarrollo que
alcanzó la región, así como por la mezcla de culturas, la cristianización de la
población nativa y la introducción de nuevas costumbres, aspectos que
seguramente intrigarán y sorprenderán al lector.
***
Cristóbal
Colón nombró a Cuba Fernandina, en honor al rey Fernando, en cuyo nombre la
descubrió. La conquista de la isla comenzó con Nicolás Ovando bajo el mando de
Sebastián de Ocampo, pero fue completada por Diego Velázquez de Cuéllar, en
lugar del almirante don Diego Colón. Velázquez repartió, pobló y gobernó la
isla hasta su fallecimiento.
Cuba
tiene una forma que recuerda a una hoja de sauce, con una extensión de
trescientas leguas de longitud y setenta de ancho, dispuestas en forma de aspa.
La isla se extiende de este a oeste, con su punto medio cerca del veintiuno
grado de latitud. Al este limita con la isla de Haití (Santo Domingo), a una
distancia de quince leguas. Hacia el sur, cuenta con muchas islas, siendo
Jamaica la más grande y relevante. En la parte occidental se encuentra Yucatán,
mientras que hacia el norte se vislumbra la Florida y los Lucayos, un conjunto
de numerosas islas.
Cuba
es una tierra montañosa y áspera, con numerosos ríos que, aunque no son muy
grandes, ofrecen aguas ricas en oro y peces. También abundan las lagunas y los
estanques, algunos de los cuales son salados. El clima es templado, aunque se
siente cierto frío en algunas ocasiones. La población y las características del
terreno son similares a las de La Española, por lo que no es necesario
repetirlas. Sin embargo, en aspectos culturales, hay diferencias
significativas. La lengua es algo diferente, y tanto hombres como mujeres
suelen andar desnudos. En cuanto a las bodas, la tradición varía según la
posición social del novio: si es cacique, los caciques invitados prueban a la
novia antes que él; si es mercader, los mercaderes; y si es labrador, el señor
o algún sacerdote. Las mujeres pueden dejar a sus esposos por motivos ligeros,
pero los hombres no lo hacen por ningún motivo. Además, la desnudez de las
mujeres incita rápidamente a los hombres y el uso frecuente del pecado de
sodomía es común. En cuanto a los recursos, Cuba posee mucho oro, aunque no de
alta pureza, así como cobre de calidad y una variedad de colores. También
cuenta con una fuente y mina de una sustancia similar a una pasta como pez, que
se utiliza para calafatear los barcos y pegar cualquier cosa cuando se mezcla
con aceite o sebo.
En
Cuba se encuentra una cantera de piedras extremadamente redondas que, sin
necesidad de ser modificadas, pueden ser lanzadas con arcabuces y lombardas. A
pesar de la presencia de serpientes de gran tamaño en la isla, éstas son
dóciles y no venenosas, lo que permite que sean fácilmente capturadas y
consumidas sin temor. Las serpientes se alimentan de guabiniquinajes, pequeños
mamíferos de aspecto similar a una liebre con pies de conejo, cabeza de hurón,
cola de zorra y pelo espeso, de color rojizo, cuya carne es sabrosa y
nutritiva.
En
tiempos pasados, Cuba estaba densamente poblada por indígenas, pero en la
actualidad la mayoría de la población son españoles convertidos al
cristianismo. Muchos indígenas murieron debido al trabajo, el hambre y las
enfermedades como la viruela. Además, muchos se trasladaron a la Nueva España
después de que Cortés la conquistara, lo que llevó al casi total exterminio de
la población indígena en la isla. El principal pueblo y puerto de Cuba es
Santiago, y el primer obispo de la isla fue Hernando de Mesa, un fraile
dominico.
Durante
los primeros años de la pacificación de la isla, se reportaron varios milagros
que contribuyeron a la conversión de los indígenas al cristianismo. Se dice que
la Virgen María se apareció varias veces al cacique comendador y a otros que
recitaban el Ave María. He destacado la importancia de Cuba aquí debido a su
papel fundamental como lugar de origen de aquellos que exploraron y
evangelizaron la Nueva España en nombre de la fe cristiana.
***
Yucatán
es una prominencia de tierra ubicada en el vigésimo primer grado de latitud, y
de ella se deriva una vasta provincia. Algunos la denominan península debido a
que, cuanto más se adentra en el mar, más se ensancha, aunque su parte más
estrecha tiene unas cien leguas, que es la distancia desde Xacalanco o la Bahía
de Términos hasta Chetemal, situada en la Bahía de la Ascensión. Sin embargo,
las cartas de navegación que la delimitan suelen estar equivocadas.
La
exploración de Yucatán comenzó cuando Francisco Hernández de Córdoba,
acompañado por Cristóbal Morante y Lope Ochoa de Caicedo, armó navíos en
Santiago de Cuba en el año 1517. Se desconoce si la expedición tenía como
objetivo principal el descubrimiento y el comercio, o si también incluía la
captura de esclavos de las islas Guanaxos para ser utilizados en las minas y
trabajos agrícolas, como se conocía a los nativos de esa isla. Los Guanaxas
residían cerca de Honduras y eran un pueblo pacífico, sencillo y dedicado a la
pesca, que no usaba armas ni participaba en guerras.
Francisco
Hernández de Córdoba lideraba los tres navíos de la expedición, que
transportaban a ciento diez hombres. Como piloto estaba Antón Alaminos de
Palos, y como veedor, Bernaldino Íñiguez de la Calzada. Se dice que también
llevaba una barca proporcionada por el gobernador Diego Velázquez, cargada con
pan, herramientas y otros suministros destinados a sus minas, así como a
trabajadores que podrían traerle parte del botín.
La
expedición de Francisco Hernández de Córdoba llegó a tierras desconocidas y sin
explorar por los europeos, donde encontraron salinas en una punta que nombraron
Punta de las Mujeres. En este lugar, se encontraban torres de piedra con
escalinatas y capillas cubiertas de madera y paja, en las cuales se habían
colocado numerosos ídolos que parecían representar mujeres, en conformidad con
las creencias religiosas locales.
Los
españoles quedaron maravillados al contemplar un edificio de piedra, algo que
hasta entonces no habían visto. Además, quedaron impresionados por la riqueza y
la elegancia con la que la gente se vestía. Portaban camisetas y mantas de
algodón, tanto blancas como de colores, plumajes, zarcillos, bronchas y joyas
de oro y plata. Las mujeres llevaban el pecho y la cabeza cubiertos. Pero la
sorpresa no terminó ahí, pues se dirigieron a otra área conocida como Cotoche,
donde encontraron a unos pescadores que, atemorizados o asombrados, se
retiraron a tierra. Respondían con la palabra "cotohe", que
significaba casa, pensando que se les preguntaba por la ubicación de su
residencia. Esta confusión dio nombre a la tierra, siendo conocida desde
entonces como Cotoche.
Continuando
su camino, los españoles se encontraron con algunos hombres a quienes
preguntaron por el nombre de un gran pueblo cercano. La respuesta que
obtuvieron fue "tectetan, tectetan", que significaba "no te
entiendo". Los españoles asumieron que este era el nombre del lugar, y
corrompiendo el término, lo denominaron Yucatán, nombre que perduró a lo largo
del tiempo. Durante su exploración, encontraron cruces de latón y madera sobre
tumbas. Algunos especulan que esto podría indicar la presencia previa de
españoles en la región, posiblemente durante la época de la destrucción de
España por parte de los moros en tiempos del rey don Rodrigo. Sin embargo, esta
teoría es cuestionable, dado que tales cruces no se encuentran en las islas
mencionadas previamente, las cuales uno necesariamente tendría que tocar antes
de llegar a Yucatán desde España.
En
cuanto a la isla de Acuzamil, se hablará más extensamente sobre el tema de las
cruces en otra ocasión. Francisco Hernández se aventuró desde Yucatán hasta
Campeche, un lugar de considerable tamaño que bautizó como Lázaro, en honor al
día en que arribaron, un domingo de Lázaro. Al desembarcar, entabló amistad con
el señor local, intercambiando mantas, plumas, conchas de cangrejos y caracoles
engastados en plata y oro. Además, recibieron perdices, tórtolas, ánades,
gallipavos, liebres, ciervos y otros alimentos, así como abundante pan de maíz
y frutas. Los nativos se acercaban curiosos a los españoles, tocando sus
barbas, sus ropas, e incluso palpando sus espadas, mostrándose todos ellos
fascinados alrededor de los recién llegados.
En
aquel lugar se erguía un pequeño torreón de piedra, cuadrado y escalonado. En
su cúspide, se encontraba un ídolo rodeado por dos feroces criaturas que
parecían devorarlo, mientras que una serpiente de cuarenta y siete pies de
largo, tan gruesa como un buey, también esculpida en piedra como el ídolo, parecía
estar devorando a un león. Todo el lugar estaba impregnado con la sangre de
sacrificios humanos, como era costumbre en aquellas tierras.
Desde
Campeche, Francisco Hernández de Córdoba se dirigió a Champotón, una localidad
muy grande cuyo señor se llamaba Mochocoboc, un hombre guerrero y valiente. Sin
embargo, este líder no permitió que los españoles realizaran trueques
comerciales ni les proporcionó provisiones ni agua, sino que demandó
sacrificios humanos a cambio. Ante esta situación, Francisco Hernández, para
evitar mostrar cobardía y para evaluar el armamento, valentía y destreza de
esos indígenas belicosos, reunió a sus hombres de la mejor manera posible y
ordenó a los marineros que tomaran agua, preparando su escuadrón para
enfrentarse en caso de ser necesario.
Mochocoboc,
con la intención de alejar a los españoles del mar y evitar que estuvieran tan
cerca de su refugio, indicó que fueran detrás de una colina donde se encontraba
la fuente de agua. A pesar de los temores de los españoles por la apariencia
intimidante de los indígenas pintados y armados con flechas, y con el semblante
de combate, decidieron soltar la artillería de los barcos para asustarlos. Los
indígenas se sorprendieron por el fuego y el humo, y se aturdieron un poco con
el estruendo, pero no huyeron. Por el contrario, avanzaron con valentía y
coordinación, lanzando gritos, piedras, lanzas y flechas.
Los
españoles avanzaron con cautela y, una vez estuvieron cerca, dispararon las
ballestas y desenvainaron sus espadas, causando numerosas bajas entre los
indígenas. A falta de hierro, las espadas se hundían fácilmente en la carne,
cortando extremidades. A pesar de las heridas, los indígenas continuaron
luchando con la determinación y el liderazgo de su capitán y señor, hasta que
finalmente fueron derrotados en la batalla. Durante el enfrentamiento y la
retirada hacia los barcos, veinte españoles fueron abatidos a flechazos y más
de cincuenta resultaron heridos, mientras que dos fueron capturados y
posteriormente sacrificados.
Francisco
Hernández quedó gravemente herido, con treinta y tres lesiones. Se apresuró a
embarcarse y, con el corazón pesado, navegó de regreso a Santiago, llevando
consigo noticias valiosas sobre la nueva tierra, a pesar de los desafíos y las
pérdidas sufridas.
***
Francisco
de Montejo, originario de Salamanca, obtuvo la conquista y el gobierno de
Yucatán con el título de adelantado. Solicitó este cargo al emperador
persuadido por Hierónimo de Aguilar, quien había pasado muchos años en la
región y afirmaba que era una tierra buena y rica, aunque no resultó ser así
según lo demostrado. Montejo ya tenía una posición sólida en la Nueva España,
por lo que financió la expedición con sus propios recursos, llevando más de
quinientos españoles en tres barcos en el año 1526.
Una
vez en Yucatán, Francisco de Montejo desembarcó en Acuzamil, una isla bajo su
gobierno. Sin embargo, al no conocer el idioma local ni ser comprendido, se
encontraba en apuros. Un día, mientras estaba detrás de una pared orinando, un
isleño se le acercó y le dijo "chuca va", que significaba "¿cómo
se llama?". Montejo escribió estas palabras para no olvidarlas y,
utilizando esta frase para preguntar por todo, logró comunicarse con los
indígenas, aunque con dificultad, y lo consideró un milagro. Luego desembarcó
cerca de Xamanzal, preparado con gente, caballos, armas, vestimenta, alimentos
y otros suministros tanto para el comercio como para la guerra con los
indígenas, iniciando su empresa con cautela.
Recorrió
diversos pueblos, desde Pole hasta Aque, estableciendo relaciones con los
nativos y enfrentando algunas hostilidades. En Conil, los señores de Chuaca
intentaron matarlo con un alfanje que habían tomado de un esclavo negro, pero
Montejo se defendió con otro. Los nativos mostraban preocupación por la presencia
de extranjeros y de frailes que derribaban sus ídolos sin ningún respeto. Desde
Conil, Montejo avanzó hacia Aque y comenzó la conquista de Tabasco, un proceso
que le llevó dos años debido a la resistencia de los habitantes locales. Fundó
el pueblo de Santa María de la Victoria en Tabasco y pasó otros seis o siete
años pacificando la región, enfrentando hambre, trabajo y peligro,
especialmente cuando Gonzalo Guerrero, quien había vivido entre los indígenas
durante más de veinte años, intentó matarlo en Chetemal. Guerrero se había
casado con una mujer indígena y adoptado costumbres locales, negándose a unirse
a Hernán Cortés cuando se presentó la oportunidad.
Francisco
de Montejo fundó numerosas ciudades en Yucatán, como San Francisco, Campeche, Mérida,
Valladolid, Salamanca y Sevilla, estableciendo relaciones pacíficas con los
indígenas en general.
***
Los
habitantes de Yucatán son valientes y habilidosos en la guerra, utilizando
armas como la honda, la vara, la lanza, el arco con dos aljabas de saetas de
libiza, pez, rodela, cascos de palo y corazas de algodón en combate. Cuando no
llevan armas o vestimenta, se tiñen el rostro, los brazos y el cuerpo de color
rojo o negro, y se adornan con grandes plumajes que lucen impresionantes. Antes
de entrar en batalla, realizan ceremonias y cumplidos ceremoniales, adornándose
las orejas, colocándose coronas en la frente y trenzándose los largos cabellos
en colodrillos. Aunque algunos se tatúan, no todos, y no practican el
canibalismo, aunque sí realizan sacrificios humanos según su tradición
indígena.
La
caza y la pesca son actividades comunes, ya que la región cuenta con abundantes
recursos naturales. También se dedican a la apicultura, produciendo miel y cera
en gran cantidad. Sin embargo, antes de la llegada de los españoles, no
conocían el uso de la cera para la iluminación hasta que se les enseñó a
fabricar velas. Construyen templos y muchas casas de cantería, utilizando una
piedra sobre otra sin herramientas de hierro, y empleando argamasa y bóvedas en
su arquitectura. Aunque algunos practican la sodomía, la mayoría sigue las
prácticas religiosas tradicionales, realizando sacrificios humanos y adorando a
sus dioses, aunque también adoran al diablo, especialmente en lugares como
Acuzamil y Xicalanco.
Acuzamil
y Xicalanco son importantes centros religiosos, cada uno con su propio templo o
altar donde los habitantes acuden a adorar a sus deidades. Se encuentran muchas
cruces de madera y latón en estos lugares, lo que algunos interpretan como
evidencia de la presencia de españoles en la región, posiblemente relacionada
con la destrucción de España por parte de los moros en tiempos del rey don
Rodrigo. Además, Xicalanco era conocido por su gran feria, a la que acudían
mercaderes de diversas partes para comerciar, convirtiéndolo en un lugar
destacado en la región.
Los
habitantes de Yucatán y Alquimpech, el sacerdote del pueblo que hoy conocemos
como Mérida, son conocidos por su longevidad. Alquimpech vivió más de ciento
veinte años y, a pesar de ser cristiano, lamentaba la llegada y la presencia de
los españoles. Le relató a Montejo cómo ochenta años atrás, una enfermedad
pestilencial había azotado la región, causando que los hombres se hincharan y
se llenaran de gusanos, seguida por una mortandad de un hedor insoportable.
Además, mencionó que había habido dos batallas, aproximadamente cuarenta años
antes de la llegada de los españoles, en las que murieron más de ciento
cincuenta mil hombres.
Sin
embargo, Alquimpech expresó que lo que más les preocupaba era el dominio y el
gobierno de los españoles, ya que creían que nunca abandonarían la región, lo
que consideraban una situación más preocupante que todo lo que habían
experimentado en el pasado.
***
Cristóbal
Colón descubrió trescientas setenta leguas de costa, desde el río grande de
Higueras hasta el Nombre de Dios, en el año 1502. Se dice que tres años antes,
Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díez de Solís también habían explorado esta región
y fueron considerados grandes descubridores. En su expedición, Colón navegaba con
cuatro carabelas y ciento setenta españoles, con el objetivo de encontrar un
estrecho que le permitiera acceder al Mar del Sur, como había sugerido a los
Reyes Católicos. Sin embargo, su viaje se limitó a descubrir la costa y perder
sus navíos, como ya he mencionado en otro contexto.
Colón
llamó al puerto de Caxinas lo que ahora conocemos como Honduras. Francisco de
las Casas fundó allí Trujillo en 1525, en nombre de Fernán Cortés. En esa misma
área, Cortés y Gil González mataron a Cristóbal de Olit, quien los tenía
prisioneros y se había rebelado contra Cortés, un evento que detallaré más
adelante en la conquista de México, al hablar sobre el arduo viaje que Cortés
realizó hacia las famosas Higueras.
Honduras
es una tierra fértil, rica en alimentos, cera y miel, aunque carecía de plata y
oro a pesar de tener valiosas minas. La gente se alimentaba como en México y
vestía como en Castilla de Oro, y compartían muchas costumbres y creencias con
Nicaragua, que eran similares a las mexicanas. Eran conocidos por ser
mentirosos, dados a las historias exageradas y algo perezosos, pero obedientes
a sus amos y señores. Aunque eran muy dados a la lujuria, generalmente solo se
casaban con una esposa, aunque los señores podían tener más de una. El divorcio
era común entre ellos.
Antes
eran devotos de sus ídolos, pero ahora todos son cristianos bajo la dirección
del obispo licenciado Pedraza. Diego López de Salceda fue gobernador de
Honduras, pero fue envenenado por su propio pueblo. Luego le sucedió Vasco de
Herrera, cuyo cuerpo fue arrastrado después de ser asesinado a puñaladas. Diego
de Albítez asumió el cargo, pero también fue envenenado. Con tantas revueltas,
la población disminuyó y muchos pueblos fueron destruidos.
Andrés
de Cereceda tomó el mando después de ellos, pero fue sucedido por Francisco de
Montejo, adelantado de Yucatán, en 1535. Montejo llevó consigo ciento setenta
españoles, entre soldados y marineros, y logró conquistar el peñol de Cerquin
en siete meses, a pesar de la fuerte resistencia de los indígenas. También
capturó el peñol de Jamala debido a la escasez de alimentos. Fundó varios
asentamientos, incluyendo Cumayagua y San Jorge en el valle de Blanco, y
reformó otros como Trujillo y San Pedro. Cerca de San Pedro, hay una laguna
donde los árboles y las isletas cambian de posición con el viento.
***
La
fama de Veragua como una tierra rica se remonta al descubrimiento realizado por
Cristóbal Colón en 1502. Por esta razón, Diego de Nicuesa solicitó la
gobernación y conquista de la región al Rey Católico. En el año 1508, partió
del puerto de La Beata de Santo Domingo con una flota compuesta por siete naos,
carabelas y dos bergantines, llevando consigo más de setecientos ochenta
españoles. Para evitar desviaciones en la navegación, Nicuesa pasó primero por
Cartagena.
Al
llegar a Cartagena, encontró a los compañeros de su amigo Alonso de Hojeda
devastados por los indígenas en Urabá. Para vengar esta pérdida, Nicuesa y
Hojeda atacaron una aldea en la que mataron a la mayoría de sus habitantes y
saquearon oro. Luego, Nicuesa partió hacia Veragua, deteniéndose en Coiba para
encontrarse con el cacique Careta antes de seguir adelante con dos bergantines
y una carabela.
Sin
embargo, Nicuesa se apresuró demasiado y pasó por alto Veragua sin darse
cuenta. Lope de Olano, uno de los capitanes de la expedición, se acercó a
tierra en un bergantín para obtener información sobre Veragua. Al ser informado
de que habían pasado el área, regresaron y se encontraron con Pedro de Umbría,
quien también había navegado demasiado lejos. Decidieron dirigirse al río de
Chagre y luego a Veragua, donde esperaban encontrar a Nicuesa.
Al
llegar a Veragua, echaron anclas en la boca del río y Pedro de Umbría intentó
desembarcar en una barca, pero se perdió junto con los marineros debido al fuerte
oleaje. A raíz de este incidente, los capitanes decidieron utilizar los
bergantines para desembarcar. Luego, desembarcaron caballos, armas, vino, y
otros suministros, y destruyeron los navíos para evitar que la tripulación se
dispersara. Eligieron a Lope de Olano como su capitán y gobernador temporal
hasta la llegada de Nicuesa.
Olano
comenzó la construcción de un castillo en la ribera del río Veragua y sembró
maíz y trigo con la intención de establecerse allí permanentemente,
independientemente de la decisión de Nicuesa. Mientras tanto, tres españoles
llegaron con noticias de Nicuesa, quien había quedado varado en Zorobaro
después de perder su carabela debido a las malas condiciones del terreno. Olano
envió un bergantín para rescatar a Nicuesa, quien, al llegar, arrestó a Olano
bajo acusaciones de traición por no haber ido en su búsqueda antes y por haber
destruido los navíos.
Nicuesa
mostró su enojo hacia muchos de sus compañeros y decidió partir de Veragua poco
después de llegar. Aunque algunos le rogaron que se quedara para cosechar los
cultivos que habían plantado, él prefirió no arriesgar su vida y anunció su
partida apenas unos días después de su llegada. Quizás tomó esta decisión para
evitar que Lope de Olano obtuviera reconocimiento sobre él.
Partió
de Veragua con los españoles que cabían en los bergantines y la carabela nueva
y se dirigió a Puerto-Bello, así nombrado por su buen puerto, donde comenzaron
a explorar la tierra en busca de alimentos y oro. Sin embargo, veinte de sus
compañeros fueron asesinados por los indígenas con flechas envenenadas. Nicuesa
dejó a los sobrevivientes en Puerto-Bello y continuó hacia el cabo del Mármol,
donde construyó una pequeña fortaleza para protegerse de los ataques de los
indígenas, a la que llamó Nombre de Dios. Este fue el inicio de la famosa
ciudad de Nombre de Dios.
Debido
a la dura labor de construcción, los problemas de suministros y los ataques de
los nativos, Nicuesa perdió la mayoría de sus hombres. En esta situación, los
soldados de Alonso de Hojeda solicitaron a Nicuesa que los gobernara en Urabá,
ya que en su ausencia había disputas sobre quién debía liderar, entre Vasco
Núñez de Balboa y Martín Fernández de Enciso.
Rodrigo
Enríquez de Colmenares, enviado para recoger a Nicuesa, lo encontró sumido en
la desesperación y lo llevó consigo junto con sesenta españoles en un
bergantín. Durante el viaje, Nicuesa comenzó a expresar ambiciones de poder y a
amenazar con castigar a algunos y confiscar el oro de todos, ya que consideraba
que él y Hojeda tenían el título de gobernadores otorgado por el rey. Estas
palabras llegaron a oídos de Balboa y Enciso, quienes cambiaron de parecer y
temieron por su seguridad al escuchar las amenazas de Nicuesa.
Cuando
llegaron a Urabá, Balboa y Enciso se negaron a recibir a Nicuesa e incluso lo
insultaron y amenazaron. Algunos en Urabá simpatizaban con Nicuesa, pero temían
enfrentarse a la ira del consejo local, liderado por Balboa.
Así
que Nicuesa se vio obligado a regresar con sus sesenta compañeros y el
bergantín que tenía, sintiéndose agraviado y lamentándose por el trato recibido
de Balboa y Enciso. Partió del Darién el 1 de marzo del año 1511, con la
intención de ir a Santo Domingo para quejarse de ellos. Sin embargo, en el
camino, se ahogó y fueron devorados por peces, o bien, al buscar agua y comida,
que escaseaban, saltó a la costa y los indígenas lo devoraron. Se dice que en
esa tierra encontraron más tarde escrito en un árbol: "Aquí anduvo perdido
el desdichado Diego de Nicuesa". Es posible que lo escribiera mientras
vagaba por Corobaro. Así terminó la historia de Diego de Nicuesa y su
expedición rica en conquista de Veragua.
Nicuesa
era oriundo de Baeza y había acompañado a Cristóbal Colón en su segundo viaje.
Perdió la honra y la riqueza que había ganado en la isla La Española al
emprender el viaje desde Veragua, durante el cual descubrió sesenta leguas de
tierra desde el Nombre de Dios hasta los Fallarones o roquedos del Darién,
siendo el primero en hacerlo, y nombró al río Pito como Puerto de Misas. De todos
los españoles que llevó consigo, en menos de tres años, quedaron vivos sesenta,
y estos hubieran muerto de hambre si no los hubieran trasladado de Puerto-Bello
al Darién. En Veragua, llegaron a comerse todos los perros que tenían, y
algunos se vendieron por veinte castellanos, incluso dos días después de su
muerte, cocieron la carne y la cabeza sin importar que estuvieran llenos de
sarna y gusanos, y vendieron el caldo a un castellano. Otro español llegó a
guisar dos sapos de la tierra, que los indios solían comer, y los vendió con
grandes ruegos a un enfermo por seis ducados. Algunos españoles incluso
llegaron a comerse a un indígena que encontraron muerto en el camino mientras
buscaban comida, ya que había poca en el campo y los indios se negaban a proporcionarla.
Los indígenas andaban desnudos y llamaban "ome" al hombre, mientras
que las mujeres llevaban el cuerpo cubierto desde el ombligo hacia abajo y
adornaban con zarcillos, pulseras y cadenas de oro.
Felipe
Gutiérrez, natural de Madrid, solicitó la gobernación de Veragua debido a la
fama de ser una tierra rica en recursos, y partió hacia allá con más de
cuatrocientos soldados en el año 1536. Sin embargo, la mayoría pereció de
hambre o enfermedades. Se vieron obligados a comer los caballos y perros que
llevaban consigo. En una situación extrema, Diego Gómez y Juan de Ampudia, de
Ajofrín, llegaron al extremo de comerse a un indígena que habían matado, y
luego se unieron a otros compañeros hambrientos para matar a Hernán Darias, de
Sevilla, quien estaba enfermo, para alimentarse. Al día siguiente, consumieron
también a un tal Alonso González. Sin embargo, fueron castigados por este acto
inhumano y pecaminoso.
La
desgracia de los compañeros de Felipe Gutiérrez alcanzó tal extremo que Diego
de Ocampo, temiendo quedar sin sepultura, se enterró vivo en la fosa que había
sido cavada para otro español fallecido. Posteriormente, el almirante don Luis
Colón envió al capitán Cristóbal de Peña con una buena compañía de soldados
españoles para poblar y conquistar Veragua en el año 1546. Sin embargo, también
a él le fue mal en la empresa, al igual que a sus predecesores. Así, hasta el
momento, no se ha logrado someter aquel río y tierra a un control efectivo.
En
el acuerdo establecido entre el rey y el almirante respecto a sus privilegios y
concesiones, se le otorgó a Colón el título de duque y marqués de Jamaica,
incluyendo la posesión de Veragua.
El
Darién
En
Cádiz, en el año 2 con la autorización de los Reyes Católicos, Rodrigo de
Bastidas financió la construcción de dos carabelas, junto con Juan de Ledesma y
otros amigos. Como piloto eligió a Juan de la Cosa, un experimentado marino de
Santa María, quien, como mencioné anteriormente, más tarde sería asesinado por
los indígenas mientras exploraba tierras en las Indias. Siguiendo la ruta de
Cristóbal Colón, Bastidas navegó y exploró cerca de ciento setenta leguas,
desde el cabo de la Vela hasta el golfo de Urabá y los Farallones del Darién.
En este trayecto se encontraban lugares como Caribana, Zemu, Cartagena, Zamba y
Santa María, hacia el este.
Al
llegar a Santo Domingo, las carabelas se perdieron en un incidente trivial y
Bastidas fue arrestado por Francisco de Bobadilla, acusado de rescatar oro y
apresar indígenas. Fue enviado a España junto con Cristóbal Colón. Sin embargo,
los Reyes Católicos reconocieron su contribución al descubrimiento otorgándole
una renta de doscientos ducados en el Darién. Toda la costa explorada por
Bastidas y Nicuesa, desde el cabo de la Vela hasta Paria, estaba habitada por
los caribes, una tribu conocida por su ferocidad, practicantes de la sodomía y
el canibalismo. Debido a su comportamiento inhumano y su resistencia a la
conversión al cristianismo, fueron considerados esclavos rebeldes, sujeto a ser
capturados y reducidos por los españoles.
El
Rey Católico, don Fernando, promulgó este decreto y ley en consulta con su
Consejo, así como con otros juristas, teólogos y canonistas; de esta manera se
concedieron muchas expediciones bajo esta licencia. A Diego de Nicuesa y Alonso
de Ojeda, los primeros conquistadores de tierra firme en las Indias, el rey les
entregó una instrucción compuesta por diez o doce capítulos.
El
primero de ellos era que difundieran los Evangelios entre los nativos. Otro
capítulo indicaba que debían buscar la paz antes que la guerra. El octavo
estipulaba que aquellos que deseasen la paz y la fe debían ser tratados con
libertad, bienestar y privilegios. El noveno establecía que, si los indígenas
persistían en su idolatría, el canibalismo y la hostilidad, podrían ser capturados
y ejecutados libremente, algo que no se permitía hasta entonces.
Alonso
de Ojeda, oriundo de Cuenca y antiguo capitán de Colón en contra de Caonabo,
financió en el año 8 en Santo Domingo la preparación de cuatro navíos y reclutó
a trescientos hombres. Dejó al bachiller Martín Fernández de Enciso, designado
como su alcalde mayor por decreto real, al mando de otra nave con ciento
cincuenta españoles y abundantes provisiones: armas de fuego, lanzas,
ballestas, munición, semillas de trigo, doce yeguas y un grupo de cerdos para
criar. Ojeda zarpó desde La Beata alrededor de diciembre.
Al
llegar a Cartagena, intentó negociar con los indígenas, pero al negarse estos a
la paz, decidió combatirlos. Se capturaron y mataron a muchos de ellos, aunque
encontraron algo de oro en joyas y adornos corporales. Atraído por esto, Ojeda
penetró tierra adentro unas cuatro o cinco leguas, utilizando algunos de los
cautivos como guías. Llegó a una aldea con cien casas y trescientos habitantes,
la cual atacó sin éxito, retirándose posteriormente. Los indígenas se
defendieron con ferocidad, matando a setenta españoles, incluyendo a Juan de la
Cosa, la segunda persona más importante después de Ojeda, y luego los
devoraron. Utilizaban espadas de madera y piedra, flechas con puntas de hueso y
pedernal, untadas con veneno, así como lanzas, piedras, escudos y otras armas
ofensivas.
Mientras
estaban en esa región, Diego de Nicuesa llegó con su flota, lo cual alegró
bastante a Ojeda y a su grupo. Decidieron unir fuerzas y una noche se dirigieron
al lugar donde habían muerto Cosa y los setenta españoles. Rodearon el lugar,
lo incendiaron y, como las casas eran de madera y hojas de palma, el fuego se
propagó rápidamente. Algunos indígenas lograron escapar aprovechando la
oscuridad, pero la mayoría cayeron víctimas del fuego o de las espadas de los
españoles, quienes solo perdonaron a seis jóvenes. En ese acto se vengó la
muerte de los setenta españoles. Bajo las cenizas se encontró algo de oro,
aunque no tanto como esperaban quienes lo buscaron.
Luego,
todos se embarcaron: Nicuesa se dirigió hacia Veragua y Ojeda hacia Urabá. En
su camino, al pasar por la Isla Fuerte, capturaron siete mujeres, dos hombres y
doscientas onzas de oro en joyas. Ojeda desembarcó en Caribana, ubicada en el
territorio de los Caribes, según algunos relatos, en la entrada del golfo de
Urabá. Allí desembarcó a sus soldados, armas, caballos y todo el equipo y
provisiones que llevaban consigo. Inmediatamente comenzó la construcción de una
fortaleza y un pueblo para establecerse y asegurarse en el mismo lugar donde
cuatro años antes Juan de la Cosa había comenzado un asentamiento. Este fue el
primer pueblo de españoles en tierra firme de las Indias.
Ojeda
deseaba establecer una relación pacífica con los indígenas para cumplir con el
mandato real y para poder poblar y vivir en seguridad. Sin embargo, estos,
valientes y confiados en la guerra, y enemigos de los extranjeros, despreciaron
la oferta de amistad y comercio que les ofrecía.
Entonces,
Ojeda se dirigió a Tiripi, un lugar tres o cuatro leguas tierra adentro,
considerado rico. A pesar de combatirlo, no logró capturarlo, ya que los
habitantes locales lo obligaron a retirarse, causándole daño tanto en términos
de pérdida de gente como de reputación, tanto entre los indígenas como entre
los españoles. El líder de Tiripi arrojaba oro desde las murallas y sus
seguidores disparaban flechas a los españoles que descendían a recogerlo;
aquellos que resultaban heridos morían en agonía. Este astuto truco aprovechaba
la codicia de los españoles.
Nuestros
hombres ya sentían escasez de alimentos, por lo que decidieron atacar otro
lugar, del cual algunos cautivos aseguraban que estaba bien abastecido.
Lograron traer consigo muchas provisiones y prisioneros. Ojeda también capturó
a una mujer en este lugar. Cuando su esposo vino a negociar su liberación,
prometió traer el precio requerido. Sin embargo, regresó con ocho arqueros que,
en lugar de oro, ofrecieron flechas envenenadas. Ojeda resultó herido en el
muslo, pero él y sus hombres mataron a los nueve agresores. Este acto mostró
valentía en Ojeda, en lugar de la barbarie que se esperaría en tales
circunstancias, si sucediera lo contrario.
En
ese momento, Bernaldino de Talavera llegó con una nave cargada de provisiones y
sesenta hombres, reclutados en Santo Domingo sin que el almirante ni las
autoridades lo supieran. Este socorro llegó en un momento crucial para Ojeda.
Sin embargo, los soldados continuaban murmurando y quejándose de que los habían
llevado a una situación peligrosa donde su fuerza y habilidades no servían de
mucho. Ojeda los tranquilizaba con la esperanza del socorro y suministros que
se esperaba de Martín Fernández de Enciso, aunque se sorprendía por su
tardanza.
Algunos
españoles conspiraron para apoderarse de dos bergantines pertenecientes a Ojeda
y regresar a Santo Domingo, o unirse a los de Nicuesa. Ojeda se enteró de esto
y, para evitar un motín entre su gente y en su pueblo, se embarcó en la nave de
Talavera, dejando a Francisco Pizarro como su lugarteniente. Prometió regresar
en cincuenta días, y si no lo hacía, les concedió libertad para decidir su
destino, ya que había dado su palabra.
Alonso
de Ojeda se alejó de Urabá tanto para recuperarse de su herida como para buscar
a Martín Fernández de Enciso, y también porque sus hombres estaban muriendo.
Partió de Caribana y, a pesar del mal tiempo, terminó en Cuba, cerca del Cabo
de Cruz. Recorrió esa costa con grandes dificultades y sufrimientos, perdiendo
a casi todos sus compañeros en el camino. Finalmente, llegó a Santo Domingo
gravemente herido. Ya sea por el dolor de su lesión o por no tener medios para
regresar a su gobernación y ejército, decidió quedarse allí, o según algunos
relatos, se retiró para convertirse en fraile franciscano y pasó el resto de
sus días en ese hábito.
Fundación
de la Antigua del Darién.
Una
vez transcurridos los cincuenta días, durante los cuales se esperaba que Ojeda
regresara con nueva gente y suministros, como había prometido, Francisco
Pizarro y los setenta españoles se embarcaron en los dos bergantines que
tenían. La extrema hambruna y las enfermedades los obligaron a abandonar la
tierra que habían comenzado a poblar. Mientras navegaban, fueron sorprendidos
por una tormenta que provocó el naufragio de uno de los bergantines. La causa
fue un pez gigante que, al moverse en el agitado mar, golpeó la embarcación con
su cola, destrozando el timón. Atónitos, los hombres consideraron que estaban
siendo perseguidos no solo por el clima y el mar, sino también por criaturas
marinas.
Francisco
Pizarro llevó su bergantín a la Isla Fuerte, donde los isleños caribes no les
permitieron desembarcar. Luego, se dirigieron hacia Cartagena en busca de agua,
ya que estaban muriendo de sed. Cerca de Cochibocoa, se encontraron con Martín
Fernández de Enciso, quien viajaba con un bergantín y una nave cargada de gente
y provisiones para Ojeda. Pizarro le relató todo lo sucedido y la partida del
gobernador. Al principio, Enciso no creyó su historia, sospechando que Pizarro
huía de algún delito o robo. Sin embargo, al ver su aspecto demacrado y su
evidente sufrimiento debido a las condiciones adversas, comenzó a creer en su
testimonio. A pesar de la resistencia de Pizarro y sus treinta y cinco
compañeros, quienes ofrecieron dos mil onzas de oro para ser liberados y
dirigirse a Santo Domingo o unirse a Nicuesa en lugar de ser llevados a Urabá,
tierra de muerte, Enciso insistió en llevarlos consigo.
En
Camairi, Pizarro desembarcó para conseguir agua y reparar la embarcación.
Temiendo que los habitantes locales fueran caribes, desembarcó con hasta cien
hombres. Sin embargo, los indígenas se dieron cuenta de que no eran Nicuesa ni
Hojeda y les ofrecieron pan, pescado, vino de maíz y frutas, permitiéndoles
hacer lo que necesitaran, lo cual sorprendió a Pizarro.
Al
entrar en Urabá, la nave encalló en la costa debido a un error del timonel y el
piloto. Las yeguas y cerdas se ahogaron, y casi toda la ropa y provisiones se
perdieron, lo que llevó a los hombres a temer morir de hambre o de enfermedades
transmitidas por plantas. Carecían de armas adecuadas para enfrentarse a los
ataques de flechas y no tenían medios para partir. Sobrevivían alimentándose de
hierbas, frutas, palmitos, dátiles y algo de jabalí que cazaban. Este jabalí
era una especie pequeña, con cola corta y patas traseras no divididas, con
pezuñas.
Enciso,
prefiriendo enfrentar la muerte por manos de los hombres antes que morir de
hambre, lideró a cien hombres hacia el interior para buscar alimentos y
contactar con los nativos. Se encontraron con tres arqueros, quienes sin temor
les dispararon flechas, hiriendo a algunos cristianos, y llamaron a más
indígenas para enfrentarse a ellos. Ante la embestida y los insultos, Enciso y
sus hombres se retiraron, maldiciendo la tierra que producía tales calamidades
y dejando algunos españoles muertos como alimento para los otros.
Decidieron
cambiar su suerte y, tras obtener información de cautivos sobre la tierra al
otro lado del golfo, la cual era descrita como fértil y abundante en ríos,
decidieron trasladarse allí y comenzar a construir un asentamiento. Enciso lo
nombró Villa de la Guardia, ya que esperaban que los protegiera de los caribes.
Los
indígenas de los alrededores observaron inicialmente con cautela a la nueva
llegada de gente, pero al ver que estaban construyendo sin permiso en su
tierra, se enfurecieron. Cemaco, el líder local, decidió sacar el oro, la ropa
y otros objetos de valor de su pueblo y esconderlos en un denso cañaveral.
Luego, junto con hasta quinientos hombres armados, se posicionó en un cerro
cercano y desde allí amenazaron a los extranjeros, apuntándoles con flechas y
advirtiéndoles que no tolerarían intrusos en su tierra, amenazando con
matarlos.
Enciso
organizó a sus cien españoles, les hizo jurar que no huirían, prometió enviar
cierta cantidad de plata y oro a la Antigua de Sevilla si ganaban la batalla, y
se comprometió a construir un templo en honor a Nuestra Señora de la casa del
cacique, llamando al pueblo Santa María del Antigua. Después de una oración
conjunta, se lanzaron al ataque contra los enemigos, peleando con
determinación. Finalmente, lograron la victoria. Cemaco y sus seguidores
huyeron, incapaces de resistir los golpes y heridas infligidas por las espadas
españolas.
Una
vez que los españoles tomaron el control del lugar, mitigaron su hambre con
abundante pan, vino y frutas que encontraron. Capturaron a algunos hombres
desnudos y mujeres vestidas con cintas hasta los pies. Al día siguiente,
exploraron la ribera y encontraron la ropa y pertenencias del lugar escondidas
en un cañaveral: mantas, prendas de vestir, vasijas de barro y madera, y una
gran cantidad de joyas, incluyendo collares, brazaletes, aretes y otras joyas
finamente elaboradas que solían usar las mujeres. En agradecimiento a Cristo y
a la Virgen María, Enciso y sus compañeros agradecieron por la victoria y por
haber encontrado una tierra tan rica y fértil.
Se
enviaron mensajeros para convocar a los ochenta españoles de Urabá, quienes,
dejando esa región tan peligrosa, se trasladaron para establecerse en el Darién,
al que llamaron Antigua, en el año 9. Enciso ejercía como capitán y alcalde
mayor, tal como lo establecía la cédula del rey que lo designaba para tal
cargo. Sin embargo, algunos se quejaban, sintiéndose agraviados de que un
letrado los liderara. Por esta razón, o por alguna otra pequeña disputa, Vasco
Núñez de Balboa se opuso a Enciso, argumentando que ya no estaban bajo el mando
de Hojeda y negando la validez de la provisión real.
Balboa
sobornó a muchos individuos audaces como él y desafió la autoridad y el
liderazgo de Enciso, retirándole la jurisdicción y la capitanía. Esto dividió a
los pocos españoles de Antigua del Darién en dos facciones: Balboa lideraba una
y Enciso la otra, y esta rivalidad continuó durante un año.
***
Rodrigo
Enríquez de Colmenares partió de la Beata en Santo Domingo con dos carabelas
provistas de armas y hombres, llevando ayuda para la gente de Hojeda que sufría
de gran escasez de alimentos. Sin embargo, su navegación fue difícil. Al llegar
a Garia, desembarcó a cincuenta y cinco españoles con sus armas para obtener
agua del río, que escaseaba. Estos hombres, ya sea por no avistar a los indios
o por descuidarse mientras descansaban en tierra, no prestaron atención a su
seguridad. Un grupo de ochocientos indígenas flecheros, deseosos de ofrecer
sacrificios humanos a sus ídolos, atacaron sin previo aviso. Antes de que los
españoles pudieran reaccionar, cuarenta y siete de ellos fueron flechados hasta
la muerte y uno fue capturado. Además, los indígenas rompieron el bote y amenazaron
a las carabelas. Los siete sobrevivientes huyeron y se escondieron en un árbol
hueco, pero al día siguiente, cuando miraron hacia las carabelas, estas ya
habían partido y ellos también fueron devorados por los indígenas.
Colmenares,
prefiriendo sufrir sed antes que la muerte, continuó su viaje hasta Caribana.
Luego, navegó hacia el golfo de Urabá, donde se encontraban Hojeda y Enciso. Al
no encontrar rastro de los hombres que buscaba, temió por su seguridad. Esa
noche, hizo muchas señales de humo en las alturas y disparó simultáneamente la
artillería de ambas carabelas para que lo pudieran localizar.
Los
habitantes de la Antigua, al escuchar los disparos, respondieron con grandes
fogatas, lo que sirvió como señal para Colmenares. Nunca antes los españoles se
habían abrazado con tantas lágrimas de alegría; algunos por haber sido
encontrados y otros por haber encontrado a sus compañeros. Se deleitaron con la
carne, el pan y el vino que las naves llevaban, y los españoles, que estaban
agotados y vestidos de andrajos, renovaron sus fuerzas y se equiparon con armas
nuevas.
Con
los sesenta hombres de Colmenares, sumaban casi ciento cincuenta, y ya no
temían tanto a los indios ni a los caprichos del destino, pues tenían dos
carabelas y dos bergantines, y además contaban con el respaldo del rey.
Colmenares y muchos otros españoles deseaban enviar por Diego de Nicuesa para
que los gobernara, ya que tenía la aprobación real, y así resolver las
diferencias y disputas en el asentamiento. Sin embargo, Enciso y Balboa, quienes
tenían sus propias ambiciones, no querían que otro disfrutara del poder que
habían logrado con tanto esfuerzo. Argumentaban que no solo ellos, sino muchos
otros en el pueblo, podrían liderar tan bien o incluso mejor que Nicuesa.
Aunque les pesó a ambos, finalmente accedieron a enviar a Colmenares para
invitar a Nicuesa, quien se encontraba en el Nombre de Dios en condiciones
lamentables, flaco, pálido, medio desnudo y acompañado de unos sesenta hombres
hambrientos y desaliñados, como lo narra la historia.
Cuando
Colmenares y Nicuesa se encontraron, todos lloraron: unos de alegría y otros de
compasión al ver el estado de Nicuesa. Colmenares consoló a Nicuesa y le
transmitió el mensaje de los caballeros y hombres honorables del Darién. Le
ofreció grandes esperanzas de resolver los conflictos pasados y los daños
sufridos, instándolo a viajar a esa tierra prometedora. Nicuesa, quien nunca
había considerado tal posibilidad, agradeció sinceramente la oferta y lamentó
su propia desventura. Se embarcó de inmediato con sus sesenta hombres en un
bergantín y partió junto a Colmenares.
Sin
embargo, una vez en el mar, Nicuesa se sintió más poderoso de lo que realmente
era. Comenzó a proclamarse como líder y señor de trescientos españoles y una
villa, y amenazó con castigar a algunos, quitar oficios a otros y confiscar los
fondos de algunos más, argumentando que no podían retenerlos sin la autoridad
de Hojeda o la suya propia. Estas palabras y amenazas irresponsables de Nicuesa
no fueron bien recibidas por muchos de los que viajaban con Colmenares, quienes
estaban conectados a él o a sus aliados. Una vez en la Antigua, expresaron su
desaprobación en un consejo, y quizás con el respaldo de Colmenares, decidieron
que las palabras imprudentes de Nicuesa no eran aceptables. Los habitantes de
la Antigua, especialmente Balboa y Enciso, se indignaron profundamente y no
permitieron que Nicuesa desembarcara, o si lo hizo, lo obligaron a volver a
embarcarse junto con sus hombres, criticándolos con dureza y sin que nadie se
atreviera a reprenderlos o detenerlos. De esta manera, Nicuesa se vio obligado
a partir, perdiéndose en el olvido.
Una
vez que Nicuesa se fue, los habitantes de la Antigua quedaron tan insatisfechos
como antes, y se encontraron en una situación de extrema necesidad de comida y
vestimenta.
Balboa
se convirtió en una figura más prominente en la Antigua que Enciso,
especialmente después de unirse a Colmenares. Balboa arrestó a Enciso y lo
acusó de ejercer funciones judiciales sin autorización real. Le confiscó sus bienes
y, de no ser por las súplicas de los defensores de Enciso, incluso podría
haberlo azotado. Sin embargo, Balboa también merecía esa pena y vergüenza, ya
que cometía el mismo error por el que acusaba a Enciso, al asumir roles de
juez, capitán y gobernador.
Aunque
Enciso también pagó por su culpa al despreciar y maltratar a Nicuesa, no pudo
demostrar la autoridad que le otorgaba la provisión real, ya que la perdió
cuando su nave encalló y se rompió al entrar en Urabá. Al no ser tan poderoso
como Balboa, no pudo resistirse ni liberarse con fuerza. Una vez que se vio
libre, Enciso se embarcó hacia Santo Domingo, a pesar de las súplicas de Balboa
para que se quedara como alcalde mayor. Luego viajó a España, donde presentó
numerosas quejas e informes contra Vasco Núñez de Balboa ante el rey en 1512.
El
Consejo de Indias emitió una sentencia severa contra Enciso, pero no se ejecutó
debido a los importantes servicios que había prestado al rey en el
descubrimiento del Mar del Sur y en la conquista de Castilla de Oro, como se
explicará más adelante.
***
Una
vez que Balboa asumió el liderazgo, se dedicó a gobernar y liderar a los
doscientos cincuenta habitantes de la Antigua. Escogió a ciento treinta
españoles y, acompañado por Colmenares, partió hacia Coiba en busca de
alimentos para todos y, por supuesto, también de oro, sin el cual no podrían
estar satisfechos. Solicitó provisiones al señor Careta o Chima, pero al no
recibir lo que pedía, lo arrestó y lo llevó al Darién junto con dos mujeres y
sus hijos y sirvientes. Después de saquear el lugar, donde encontraron algunas
cosas de oro, Balboa liberó a Careta bajo la condición de que lo ayudara contra
su enemigo Ponca y proveyera alimentos para su campamento.
Luego,
enviaron a Valdivia y Zamudio a Santo Domingo en busca de gente, comida y
armas, además de llevar un proceso contra Martín Fernández de Enciso, que uno
de ellos llevaría a España. Balboa avanzó más de veinte leguas tierra adentro
con el apoyo de Careta, saqueando un pueblo donde encontraron algo de oro, pero
no pudieron encontrar al señor Ponca, quien había huido con lo mejor de sus
posesiones. Decidió que la guerra en el interior no era favorable, así que
incitó a los habitantes de la costa a la guerra. Luego, fue a Comagre y
estableció la paz con su señor, gracias a la intervención de un caballero de
Careta. Comagre tenía siete hijos de diferentes mujeres y una casa grande de
madera bien construida, con una sala de ochenta por ciento cincuenta pasos, con
un techo elaborado como artesonado.
Panquiaco,
el hijo mayor de Comagre, impresionó a los españoles con su generosidad al
ofrecerles setenta esclavos y cuatro mil onzas de oro en joyas finamente
labradas. Balboa fundió el oro y, tras apartar el quinto para el rey, lo
repartió entre sus soldados. Sin embargo, surgió una disputa entre algunos
españoles sobre la distribución del oro, lo que llevó a Panquiaco a intervenir
de manera sorprendente. Él dio un golpe al peso de la balanza, haciendo caer el
oro al suelo, y reprendió a los españoles por pelear por algo tan trivial,
expresando su sorpresa por su ceguera y locura. Les recordó que vivían en la
tierra de otros hombres y les instó a buscar la paz y la concordia.
Panquiaco
sorprendió a los españoles con su sabiduría y elocuencia, y les ofreció
llevarlos a una tierra donde podrían encontrar más oro si tanto lo deseaban.
Les contó sobre Tumanamá, una tierra lejana, a seis días de viaje, pero
advirtió que necesitarían más compañía para enfrentarse a las sierras habitadas
por los caribes antes de llegar a la otra costa.
Balboa
quedó emocionado al escuchar sobre la otra costa y le agradeció a Panquiaco por
las noticias. Le pidió que se convirtiera al cristianismo y lo llamó don
Carlos, en honor al príncipe de Castilla que siempre fue amigo de los
cristianos. Balboa prometió llevar a mil españoles para conquistar Tumanamá y
los otros reyezuelos en la mar del Sur, convencido de que sería una tarea
imposible sin ese número de hombres.
Panquiaco
demostró su sinceridad al desafiar a los españoles a castigarlo si mentía,
incluso sugiriendo que lo colgaran de un árbol. Sin embargo, resultó que todo
lo que había dicho era verdad. La expedición dirigida por Balboa efectivamente
encontró la tierra rica y la tan ansiada mar del Sur, que había sido el
objetivo de muchos exploradores. Es importante destacar que Panquiaco fue el
primero en dar noticia de esta mar, aunque hay quienes sostienen que diez años
antes había recibido información sobre ella de Cristóbal Colón, cuando estuvo
en Puerto Bello y en el cabo del Mármol, que ahora se llama Nombre de Dios.
***
Balboa
regresó al Darién lleno de una gran esperanza al pensar que al encontrar la mar
del Sur también encontraría perlas, piedras preciosas y oro, lo que le
permitiría realizar un servicio destacado al rey, enriquecerse a sí mismo y a
sus compañeros, y ganar gran renombre. Compartió su alegría con todos los
vecinos, aunque su parte fuera menor que la de sus compañeros, y envió quince
mil pesos al rey como parte de su quinto, junto con Valdivia, quien ya había
regresado de Santo Domingo con algo de vitualla y la relación de Panquiaco para
solicitar el envío de mil hombres. Sin embargo, la carabela que llevaba estos
envíos nunca llegó a España ni siquiera a La Española, ya que se perdió en las
Víboras, islas de Jamaica, o en Cuba, cerca de cabo de Cruz, junto con la gente
y el oro del rey y de muchos otros. Esta pérdida marcó el primer gran revés en
la obtención de oro de Tierra Firme.
Balboa
y los demás españoles en el Darién sufrían una gran necesidad de pan, ya que un
torbellino de agua había destruido y anegado casi todo el maíz que habían
sembrado. Para abastecer la villa, Balboa decidió explorar el golfo para
comprender su magnitud y riqueza. Por lo tanto, armó un bergantín y varias
barcas, y llevó consigo a cien españoles. Navegando por un gran río al que
llamó San Juan, remontaron diez leguas y encontraron muchas aldeas desiertas,
ya que el señor local, Dabaiba, había huido por temor a las amenazas de Cemaco
del Darién, quien se había refugiado allí después de ser vencido por Enciso.
Balboa
buscó en las casas y encontró grandes montones de redes de pescar, mantas,
utensilios domésticos y numerosas armas, así como hasta siete mil pesos de oro
en diversas piezas y joyas, que se llevó consigo, aunque quedó insatisfecho por
no haber encontrado pan. Durante la expedición, fueron sorprendidos por una
tormenta que les hizo perder una barca con gente y los obligó a arrojar al mar
casi todo lo que llevaban, excepto el oro. Además, fueron atacados por
murciélagos enconados, tan grandes como tórtolas, que les causaron heridas.
Mientras
tanto, Rodrigo de Colmenares partió con sesenta compañeros por otro río hacia
el este, pero solo encontraron cañaverales. Balboa se unió a él, consciente de
que sin maíz no podrían sobrevivir, y juntos exploraron otro río llamado Negro,
cuyo señor, Abenamaquei, fue capturado junto con otros líderes. Durante el
enfrentamiento, un español al que Abenamaquei había herido cortó un brazo del
cacique después de su captura, un acto despreciable que indignó a los demás
españoles.
Balboa
dejó la mitad de los españoles con Colmenares y con la otra mitad continuó
hacia otro río llamado Abibeiba, donde encontraron un pequeño poblado
construido en árboles, lo que les pareció una curiosidad. Los árboles eran tan
altos que solo se podían alcanzar con una piedra lanzada por un bracero, y tan
gruesos que ocho hombres apenas podían abarcarlos con las manos. Balboa exigió
al líder del poblado, Abibeiba, que hiciera las paces, advirtiéndole que de lo
contrario derribaría su casa. Aunque Abibeiba respondió con aspereza al
principio, temió la caída de su casa cuando vio que los españoles comenzaban a
cortar el árbol por el pie. Finalmente, bajó con dos de sus hijos y accedió a
hacer las paces, aunque negó tener oro y dijo que no lo necesitaba. Sin
embargo, cuando los españoles insistieron en buscarlo, pidió tiempo para
buscarlo y nunca regresó. En cambio, se alió con otro cacique cercano llamado
Abraibe, y juntos conspiraron para atacar a los españoles del río Negro y
matarlos como venganza por la afrenta sufrida.
La
india, sin embargo, amaba a Vasco Núñez y decidió traicionar a su hermano. Le
pidió que la llevara a su barco antes de que llegara el día señalado para el
ataque. Una vez a salvo en el barco de Vasco Núñez, reveló todo lo que sabía
sobre la conjura y advirtió del inminente peligro que se cernía sobre los
españoles del Darién.
Vasco
Núñez de Balboa, al enterarse de esta traición, tomó medidas inmediatas para
defender el pueblo de los españoles. Preparó a sus hombres para la batalla y
fortificó las defensas del pueblo. Cuando los indígenas atacaron, los españoles
estaban preparados y lograron repeler el asalto con éxito.
Los
conspiradores, al ver fracasado su plan, huyeron derrotados. Esta derrota marcó
un punto de inflexión en la relación entre los españoles y los indígenas de la
región, y demostró la determinación y habilidad militar de Vasco Núñez de
Balboa para proteger a su pueblo.
Ella
encontró una excusa para no asistir en ese momento, ya sea porque amaba a
Balboa o porque pensaba que beneficiaba más a los indígenas. Descubrió el
secreto para evitar que todos murieran. Balboa esperó la llegada del hermano de
su mujer indígena, como era su costumbre. Una vez llegó, lo presionó y él
confesó todo lo que había ocurrido. Inmediatamente, Balboa reunió a setenta
españoles y se dirigió hacia Cemaco, que se encontraba a tres leguas de
distancia. Al entrar en el lugar, no encontró al señor, pero capturó a muchos
indígenas, incluido un pariente de Cemaco. Mientras tanto, Rodrigo de
Colmenares navegó hacia Tiquiri con sesenta compañeros en cuatro barcas,
guiados por el indígena que había revelado la conspiración. Llegaron sin ser
detectados, saquearon el lugar, arrestaron a numerosas personas y ejecutaron al
encargado de las armas y provisiones, quien además había plantado un árbol que
fue utilizado para colgarlo, junto con otros cuatro líderes. Estos dos ataques
y castigos aseguraron el abastecimiento de los españoles y disuadieron a los
enemigos de planear futuras conspiraciones. Vasco Núñez y los demás residentes
de la Antigua consideraron que era el momento adecuado para informar al rey que
habían conquistado la provincia de Urabá, por lo que eligieron a Juan de
Quicedo, un hombre mayor, respetado y oficial del rey, quien tenía a su mujer
como garantía para su regreso. Sin embargo, hubo desacuerdo durante varios
días, ya que Balboa deseaba participar en la expedición, mientras que otros se
oponían por temor a los indígenas o al posible sucesor. Finalmente, se llegó a
un acuerdo y se nombró a Juan de Quicedo como procurador en la expedición.
Para
garantizar su seguridad en el camino y para otorgarle mayor autoridad y
credibilidad ante el rey, decidieron enviarlo acompañado. Así, Rodrigo Enríquez
de Colmenares, un soldado del Gran Capitán y experimentado capitán en las
Indias, se unió a él. Estos dos procuradores partieron del Darién en septiembre
del año 12 a bordo de un bergantín. Llevaban consigo un detallado informe de
todo lo acontecido, así como una muestra de oro y joyas. Su misión era
solicitar al rey el envío de mil hombres adicionales para explorar y colonizar
en las costas del océano Pacífico, en caso de que Valdivia aún no hubiera
llegado a la corte.
***
Vasco
Núñez de Balboa era un hombre inquieto que no sabía quedarse quieto. A pesar de
contar con pocos españoles para la gran empresa que tenía en mente, según lo
que decía don Carlos Panquiaco, se decidió a explorar la mar del Sur. Temía que
otro se adelantara y se llevase la gloria de esa hazaña, y también quería
reconciliarse con el rey, quien estaba molesto con él. Preparó un pequeño
galeón que había llegado recientemente desde Santo Domingo, junto con diez
barcas. Embarcó con ciento noventa españoles seleccionados y dejó al resto bien
abastecidos antes de partir del Darién el primero de septiembre del año 13.
Navegaron
hacia Careta, donde dejaron las barcas y el barco principal, así como algunos
compañeros. Luego, tomaron a ciertos indígenas como guías y para servir de
intérpretes, siguiendo las indicaciones de las montañas que Panquiaco les había
señalado. Entraron en territorio de los Ponca, quienes huyeron como era
costumbre. Dos españoles los siguieron con otros tantos nativos, quienes les
entregaron un salvoconducto. Una vez se encontraron, Balboa estableció la paz y
la amistad con los Ponca y otros grupos cristianos, y como muestra de buena
voluntad, recibió ciento diez pesos de oro en joyas, a cambio de hachas de
hierro, cuentas de vidrio, cascabeles y otros objetos de menor valor, pero de
gran importancia para los indígenas. Además, les proporcionaron hombres para
ayudar en la apertura de caminos, ya que, al no tener contacto comercial con
las montañas, solo existían senderos estrechos. Con la ayuda de estos hombres,
nuestros exploradores avanzaron a través de bosques y montañas, construyendo
puentes sobre los ríos, aunque enfrentaron una inmensa soledad y escasez de
alimentos en el camino.
Finalmente,
llegaron a Cuareca, donde gobernaba Torecha, quien salió con un gran número de
hombres armados para defender su territorio de los extranjeros barbudos.
Interrogó a los españoles sobre su identidad, sus intenciones y su destino. Al
enterarse de que eran cristianos provenientes de España en busca de oro y
predicando una nueva religión, y que se dirigían hacia la mar del Sur, Torecha
les ordenó que se retiraran sin tocar nada de su propiedad, bajo pena de
muerte. Ante su negativa, Torecha luchó valientemente contra ellos, pero
finalmente murió en combate junto con otros seiscientos de sus hombres. Los
sobrevivientes huyeron aterrorizados, confundiendo las armas de fuego con
truenos y las balas con rayos. Quedaron impactados al ver la gran cantidad de
muertos y heridos, algunos sin brazos, otros sin piernas y muchos con terribles
heridas causadas por las espadas.
Durante
la batalla, capturaron a un hermano de Torecha que vestía como mujer, aunque en
todos los aspectos, excepto en la capacidad de dar a luz, era una mujer. Tras
tomar el control de Cuareca, Balboa descubrió que el pan y el oro habían sido
saqueados antes de la batalla, pero encontró algunos esclavos negros
pertenecientes al señor local. Al preguntar sobre su origen, no pudieron
proporcionar una respuesta clara, solo mencionaron que había hombres de ese
color cerca, con quienes mantenían guerras frecuentes. Estos fueron los
primeros negros que se encontraron en las Indias, y hasta donde se sabe, no se
volvieron a encontrar más.
Balboa
castigó a cincuenta de los esclavos que encontró allí, tras informarse primero
sobre sus crímenes abominables y sucios. La noticia de esta victoria y justicia
se extendió por la región, y la gente comenzó a traerle hombres acusados de
sodomía para que los castigara. Se decía que tanto los señores como los
cortesanos practicaban este vicio, y veían a los españoles como seres superiores
después de haber derrotado tan rápidamente a Torecha y a sus seguidores.
Balboa
decidió dejar atrás a los enfermos y cansados en Cuareca, y junto con sesenta y
siete hombres que aún estaban en buena forma, emprendió la ascensión de una
gran montaña. Según las indicaciones de sus guías, desde la cima de esta
montaña se podía divisar el océano del sur. Un poco antes de alcanzar la
cumbre, ordenó detenerse al grupo y él continuó corriendo hacia arriba. Una vez
en lo más alto, miró hacia el sur y vio el mar. Conmovido por la vista, se
arrodilló y agradeció al Señor por la gracia concedida. Llamó a sus compañeros,
les mostró el mar y les habló con entusiasmo: "Amigos míos, aquí está lo
que tanto ansiábamos. Demos gracias a Dios por la gran bendición que nos ha
otorgado. Oremos para que nos ayude y guíe en la conquista de esta tierra y
este nuevo mar que hemos descubierto, y que ningún cristiano ha visto antes.
Nuestro propósito es predicar el santo Evangelio y el bautismo en estas
tierras. Sigamos adelante con valentía, con la ayuda de Cristo, seremos los
españoles más prósperos que han llegado a las Indias. Serviremos a nuestro rey
de la mejor manera posible y obtendremos la honra y la gloria de todo lo que
descubramos, conquistemos y convirtamos a nuestra fe católica".
Todos
los demás españoles que acompañaban a Balboa se unieron en oración,
agradeciendo a Dios por la bendición recibida. Abrazaron a Balboa y le
prometieron su lealtad inquebrantable. Estaban llenos de alegría por haber
descubierto aquel mar. Y en verdad, tenían motivos para estar jubilosos, ya que
eran los primeros en avistar esa mar y estaban realizando un servicio de gran
importancia a su príncipe. Además, estaban abriendo el camino para llevar a
España las riquezas que se descubrirían posteriormente en el Perú.
Los
indígenas quedaron maravillados por esta emocionante novedad, especialmente
cuando vieron cómo los españoles levantaban montones de piedras con su ayuda,
como símbolo de posesión y recuerdo de este importante evento. Balboa avistó el
mar del Sur el 25 de septiembre del año 13, poco antes del mediodía. Después,
descendieron de la montaña en formación ordenada y llegaron a un lugar
gobernado por Chiape, un cacique rico y valiente.
Balboa
solicitó a Chiape que les permitiera pasar en paz y les proveyera de alimentos
a cambio de dinero. Además, le ofreció la amistad del poderoso rey de Castilla,
su señor, prometiendo revelarle grandes secretos y hacerle muchas concesiones.
Sin embargo, Chiape rechazó darles pan, permiso o su amistad. Burlándose de las
promesas de mercedes, amenazó a los españoles y desafió su autoridad. Salió con
un gran grupo armado y dispuesto a luchar. Balboa liberó a los perros y disparó
sus armas de fuego, y valientemente se enfrentó a ellos, logrando hacerlos huir
después de un breve enfrentamiento.
Balboa
continuó persiguiendo a los indios y capturó a muchos de ellos, aunque, con el
fin de ganar crédito como hombre piadoso, optó por no matarlos. Los indígenas
huían por el temor a los perros, según afirmaron, y sobre todo debido al
estruendo, el humo y el olor a pólvora que les afectaba las narices. En esta
escaramuza, Balboa liberó a la mayoría de los prisioneros y envió a dos
españoles junto con algunos nativos cuarecanos para convocar a Chiape. Les dijo
que si Chiape se presentaba, sería tratado como amigo y se protegería su
persona, tierra y bienes; pero si no venía, sus cultivos y árboles frutales
serían destruidos, sus pueblos incendiados y sus hombres ejecutados.
Chiape,
temiendo las amenazas y tras escuchar sobre la valentía y la humanidad de los
españoles por parte de los cuarecanos, decidió aceptar la oferta y se convirtió
en vasallo del rey de Castilla. Como muestra de su sumisión, le entregó a
Balboa cuatrocientos pesos de oro labrado y recibió algunos objetos de
intercambio que valoró mucho por ser algo nuevo para él. Balboa permaneció en
la región hasta que llegaron los españoles que había dejado enfermos en
Cuareca, luego se dirigió hacia la costa, que aún estaba distante. En el golfo
de San Miguel, tomó posesión del mar del Sur en presencia de Chiape, con
testigos y un escribano, al que llamó así en honor al día de San Miguel.
***
Nuestros
españoles celebraron la fiesta de San Miguel y llevaron a cabo el acto de
posesión de la mejor manera que pudieron. Balboa dejó a un número desconocido
de españoles en esa ubicación para asegurar sus retaguardias. Cruzaron un gran
río en nueve barcas proporcionadas por Chiape, y con ochenta compañeros, así
como con Chiape como guía, se dirigieron hacia un pueblo cuyo líder era
conocido como Coquera. Este líder se preparó para la defensa, pero después de
una batalla y una posterior huida, acabó por hacerse amigo de los españoles
gracias a la intervención y súplicas de los chiapeses que fueron a negociar la
paz. Coquera entregó a Balboa seiscientos cincuenta castellanos de oro en
joyas. Estas dos victorias otorgaron gran reputación a los españoles en esa
costa, y al contar con la amistad de Chiape y Coquera, pensaron en someter y
ganar el favor de toda la región.
Balboa
equipó las mismas nueve barcas con provisiones y se aventuró con ochenta
españoles a explorar el golfo costero, deseando descubrir más sobre la tierra,
las islas y los promontorios de la zona. Chiape le rogó que no se aventurara en
esa dirección, ya que durante esa luna y las dos siguientes solían ocurrir
tormentas y fuertes vientos cruzados que podían inundar todas las
embarcaciones. Sin embargo, Balboa decidió continuar, argumentando que había
navegado por mares más grandes y peligrosos, y confiando en la ayuda de Dios,
cuya fe tenía la intención de predicar por esa región.
Chiape
lo acompañó para no ser considerado cobarde o mal amigo. Apenas se alejaron de
la costa, se encontraron atrapados en enormes y violentas olas que hacían
imposible controlar las embarcaciones o avanzar. Temieron por sus vidas, pero
por la gracia de Dios, lograron alcanzar una isla donde pasaron la noche. La
marea creció tanto que casi los cubrió por completo. Nuestros hombres se
sorprendieron, ya que en el otro golfo de Urabá o en la costa opuesta, no
experimentaban un fenómeno similar, o si lo hacían, era en menor escala.
A
la mañana siguiente, intentaron partir con la marea; sin embargo, se
encontraron con que las barcas estaban llenas de arena y dañadas. Si el día
anterior temían morir en el agua, ahora temían morir en tierra, ya que no
tenían comida. Pero fue precisamente ese miedo lo que los impulsó a limpiar las
barcas, reparar lo roto con cortezas de árboles y sellar las grietas con
hierba. Finalmente, lograron llegar a un lugar resguardado en la costa.
Tumaco,
el señor de esa región, acudió a ellos con un gran grupo armado para averiguar
quiénes eran y qué buscaban. Balboa le envió un mensaje a través de unos
criados de Chiape, explicando que eran españoles en busca de alimento y oro
para su rescate. Al ver que eran pocos, Tumaco respondió con ferocidad,
pensando que ya los tenía atrapados, y se preparó para la batalla. Balboa
aceptó el desafío y logró vencerlo. Tumaco huyó tan valientemente como había
hablado.
Algunos
españoles y chiapeses fueron a rogarle que se acercara a las barcas para hacer
las paces con el capitán, ofreciéndole garantías de seguridad e incluso
rehenes. Aunque Tumaco se negó a ir personalmente, envió a su hijo, a quien
Balboa recibió con cortesía y le obsequió con varios objetos como amuletos,
cuentas, tijeras, cascabeles y espejos, rogándole que llamara a su padre. El
joven, complacido, regresó al tercer día con su padre. Tumaco fue bien recibido
y, al ser interrogado sobre el oro y las perlas, que algunos de sus súbditos
traían consigo, envió una gran cantidad de oro que pesaba seiscientos catorce
pesos, así como doscientas cuarenta perlas gruesas y muchas más pequeñas. Esta
abundante riqueza causó gran alegría entre los españoles. Al ver cómo alababan tanto
las perlas, Tumaco ordenó a sus criados que fueran a pescar más.
Los
chiapeses pescaron doce marcos de perlas en pocos días y las entregaron a los
españoles. Estos últimos quedaron asombrados por la abundancia de perlas y por
el hecho de que los nativos no las valoraban tanto, ya que no solo se las
entregaban a ellos, sino que también las llevaban incrustadas en los remos,
aunque probablemente por motivos de elegancia o prestigio. Más tarde se supo
que la principal fuente de ingresos y riqueza de esos señores era la pesca de
perlas.
Balboa
elogió la riqueza de Tumaco y le prometió revelarle grandes secretos sobre cómo
explotarla mejor cuando regresara por esa región. Sin embargo, Tumaco le
informó, y Chiape también lo confirmó, que su riqueza no era nada en
comparación con la del rey de Trarequi, una isla cercana que era sumamente
abundante en perlas. Según ellos, el rey de Trarequi poseía perlas del tamaño
de un ojo humano, extraídas de ostiones del tamaño de sombreros. Los españoles
deseaban ir allí de inmediato, pero temiendo otra tormenta como la que habían
enfrentado antes, decidieron dejarlo para la vuelta.
Se
despidieron de Tumaco y descansaron en tierra de Chiape. A petición de Balboa,
este último envió a treinta de sus súbditos a pescar perlas. En presencia de
siete españoles, que fueron a observar el proceso, los nativos recolectaron
seis cargas de conchas pequeñas. Sin embargo, como no era la temporada de pesca
de perlas, y como no se aventuraron demasiado lejos ni en aguas muy profundas,
solo encontraron las conchas más pequeñas, ya que las perlas más grandes suelen
hallarse en aguas más profundas.
No
solo evitan la pesca durante el mes de septiembre y los tres meses siguientes,
sino que tampoco se aventuran a navegar durante ese período debido a los
fuertes vientos que azotan el mar en esa época. Incluso los españoles prefieren
evitar navegar por esa zona durante esos meses, a pesar de contar con
embarcaciones más grandes. Las perlas extraídas de esas conchas eran del tamaño
de arvejas, pero muy finas y blancas. Sin embargo, algunas de las perlas de
Tumaco eran negras, verdes, azules y amarillas, lo que sugiere que podrían
haber sido tratadas o manipuladas de alguna manera.
***
Vasco
Núñez de Balboa se despidió con pesar de Chiape, quien derramaba muchas
lágrimas al verlo partir. Dejó a ciertos españoles a cargo del líder nativo.
Partió lleno de alegría por lo que había logrado y descubierto, con la firme
intención de regresar pronto para reunirse con sus compañeros en la Antigua del
Darién y enviar una carta al rey. Cruzó un río en pequeñas embarcaciones y
visitó a Teoca, el señor de esa región, quien recibió a los españoles con
alegría debido a su fama y sus hazañas. Teoca les entregó veinte marcos de oro
labrado y doscientas perlas de buen tamaño, aunque no eran muy blancas debido a
que las conchas de las que se extraen las perlas habían sido asadas primero
para consumir la carne, que era muy valorada e incluso considerada igual o
mejor que las ostras que se encuentran en España. También les obsequió muchos
peces salados, esclavos para ayudar con el equipaje y un hijo que los guiaría
hasta llegar a la tierra de Pacra, un tirano y gran señor que era enemigo de
Teoca.
Durante
el viaje, atravesaron grandes montañas y sufrieron de sed, mientras que los
nativos de Teoca temían a los tigres y leones que encontraron en el camino. Al
llegar a la tierra de Pacra, este huyó con todos sus seguidores al enterarse de
la presencia de los españoles. Los españoles entraron en el pueblo, pero solo
encontraron treinta libras de oro en diversas piezas. Balboa intentó entablar
amistad con Pacra mediante intérpretes, pero este se mostró reacio, temiendo lo
que finalmente le sucedió. Finalmente, accedió a reunirse con Balboa, confiando
en que sería tratado con clemencia, tal como habían sido tratados Tumaco y
Chiape. Pacra llegó acompañado de tres de sus subordinados y llevaba consigo un
presente como gesto de paz.
Pacra
era un hombre desagradable y sucio, probablemente el mayor puto que se había
visto en aquella región, y se sabía que tenía numerosas mujeres, muchas de
ellas hijas de señores, a quienes sometía por la fuerza y también practicaba
actos innaturales. Sus acciones iban en consonancia con su aspecto repugnante.
Una vez que Balboa se enteró de todo esto, ordenó su encarcelamiento junto con
los tres caballeros que lo acompañaban, ya que también estaban involucrados en
esos pecados.
Pronto,
llegaron muchos otros señores y caballeros de la zona circundante con ricos
obsequios para ver a los españoles, cuya fama había alcanzado gran renombre.
Suplicaron al capitán que castigara a Pacra, expresando mil quejas en su
contra. Balboa lo sometió a tortura, ya que ni las amenazas ni las súplicas
lograban que confesara su delito o revelara dónde había obtenido y ocultado el oro.
Finalmente, Pacra confesó su pecado, pero afirmó que los criados de su padre
que traían el oro de la sierra ya estaban muertos, y que él no tenía ninguna
participación ni necesidad de ello.
Fue
entregado a los perros alanos, quienes rápidamente lo destrozaron junto con los
otros tres, y luego sus cuerpos fueron quemados. Este castigo satisfizo a todos
los señores y mujeres de la región. Los indígenas acudían a Balboa como si
fuera el rey de la tierra, y él gobernaba con libertad y audacia. Bononiama
también prestó buen servicio y trajo a los españoles que habían quedado con
Chiape, y les entregó veinte marcos de oro como muestra de su lealtad.
Buquebuca
expresó su agradecimiento a Balboa por haber liberado la tierra de Pacra de
aquel tirano, entregándoles personalmente a los españoles y agradeciéndoles por
su valentía. Balboa permaneció un mes en Pacra, al que rebautizó como Todos
Santos, donde los españoles se recrearon y obtuvieron ganancias tanto en
riquezas como en la voluntad de los indígenas. Solo de ese lugar lograron
obtener treinta libras de oro.
Después
de dejar Pacra, Balboa emprendió un difícil camino a través de tierras
estériles y pantanosas, enfrentando tres días de penurias y escasez de comida
hasta llegar a un lugar llamado Buquebuca, que encontró deshabitado y sin
provisiones. Envió mensajeros para invitar al señor de la región a que se
acercara sin temor, prometiéndole amistad. La respuesta de Buquebuca fue que no
huía por miedo, sino por vergüenza, al no tener la capacidad de hospedar a
hombres tan distinguidos como los españoles, y ofreció unas piezas de oro como
muestra de su sumisión, aunque ellos preferirían recibir pan en lugar de oro.
Continuaron
su marcha en busca de alimento cuando se encontraron con un grupo de indígenas
que se acercaban. Esperaron para ver qué querían y quiénes eran. Estos
indígenas saludaron al capitán y explicaron a través de los intérpretes que su
rey, Corizo, los enviaba a saludar y elogiaba su valentía y fortaleza, así como
su justicia para castigar a los malhechores. Aunque lamentaban no poder
recibirlos en su casa, les ofrecían su amistad y les entregaban treinta piezas
de oro fino como muestra de afecto. Además, les informaron sobre un poderoso y
rico señor vecino que los hostigaba, y les pidieron ayuda para enfrentarlo,
prometiéndoles riquezas y la libertad de su rey si accedían a ayudarlos.
Los
españoles se regocijaron al escuchar a los mensajeros indígenas, quienes
expresaron sus palabras con elocuencia y presentaron las piezas de oro al
capitán con alegría. Balboa respondió aceptando la amistad de Corizo y
lamentando no poder visitarlo de inmediato para ayudarlo. Sin embargo, prometió
hacerlo pronto, con más compañeros, si Dios le concedía salud. Mientras tanto,
les ofreció algunas herramientas de hierro, así como otros objetos de vidrio,
lana y cuero como gesto de amistad y recuerdo. Los indígenas se retiraron
felices con los regalos, mientras que los españoles se marcharon con las
bandejas de oro, que pesaban catorce libras, hacia el territorio de Pocorosa,
donde encontraron alimento y aprovisionamiento para el camino.
Balboa
entabló amistad con Pocorosa y realizó intercambios comerciales con él,
obteniendo hasta quince marcos de oro y algunos esclavos a cambio de mercancías
diversas. Dejó a los españoles enfermos y débiles con Pocorosa, ya que debían
atravesar el territorio de Tumanamá, del cual habían oído hablar sobre su
riqueza y valentía gracias a los relatos de don Carlos Panquiaco. Balboa habló
con los sesenta hombres sanos y fuertes, animándolos para el viaje y la batalla
que les esperaba. Ellos respondieron con determinación, asegurando que lo
acompañarían y demostrarían su valentía. Marcharon durante dos días en uno para
evitar ser descubiertos, siguiendo las indicaciones de las buenas guías
proporcionadas por Pocorosa. Sorprendieron a Tumanamá mientras dormía,
capturándolo junto con ochenta mujeres. Este ataque sorpresa fue posible
gracias a su sigilo y a la distribución dispersa de las casas en el pueblo.
Balboa
enfrentó tantas y aún más quejas contra Tumanamá como las que había tenido con
Pacra, ambas relacionadas con prácticas desviadas, aunque Tumanamá no vivía
públicamente con hombres y mujeres como lo hacía Pacra. Balboa lo reprendió
severamente, lo amenazó con violencia e incluso simuló que lo iba a ahogar en
el río, todo con el fin de satisfacer a los que lo acusaban y obtener su
tesoro. Sin embargo, todo era una artimaña, ya que prefería tenerlo vivo y como
aliado que muerto. Tumanamá se mantuvo firme y no reveló la ubicación de minas
o tesoros, ya sea porque no las conocía o porque temía perder su tierra si se
descubrían.
A
pesar de esto, Tumanamá fue muy generoso, haciendo regalos a Balboa y a todos
los españoles, entregándoles cien marcos de oro en forma de joyas y tazas.
Mientras esto ocurría, llegaron los españoles que habían quedado con Pocorosa,
y todos celebraron una Navidad muy alegre juntos. Salieron a explorar en busca
de signos de minas, y encontraron indicios de oro en un collado. Excavaron un
poco y filtraron la tierra, encontrando pequeños granos de oro del tamaño de
neguillas y lentejas. Repitieron la misma experiencia en otros lugares y
también encontraron oro, lo que los llenó de alegría al descubrir que este metal
precioso estaba tan cerca de la superficie. En todo esto se demostró la
veracidad de los relatos de Panquiaco, aunque Tumanamá se encontraba en esta
parte de las montañas y no en la otra como se había mencionado.
Tumanamá
entregó un hijo a Balboa, con la intención de que fuera criado entre los
españoles y aprendiera sus costumbres, lengua y religión. Algunos relatos
sugieren que, para garantizar la perpetuación de la amistad con los españoles,
estos tomaron una gran cantidad de oro y mujeres por la fuerza, y luego se
dirigieron a Comagre. Los indígenas llevaron en hombros a Balboa y a otros
españoles enfermos, ya que Balboa había caído enfermo con fiebres. En ese
momento, don Carlos Panquiaco era el señor, y los atendió muy bien, incluso les
dio veinte libras de oro en joyas de mujer antes de que partieran. Pasaron por
Ponca y finalmente llegaron a la Antigua del Darién el 19 de enero del año
1514.
***
Vasco
Núñez de Balboa fue recibido con una procesión y alegría en la Antigua del
Darién, por haber descubierto el Mar del Sur y traer consigo una gran cantidad
de dinero y perlas. Se sintió muy complacido al encontrar que los habitantes de
la colonia estaban bien y que su número había aumentado, ya que la fama del
lugar atrajo a muchos más colonos de Santo Domingo. Su viaje, que incluyó el
descubrimiento, la exploración y los enfrentamientos con los indígenas, duró
aproximadamente cuatro meses y medio. A pesar de los numerosos desafíos y de
pasar por momentos de hambre, regresó con más de cien mil castellanos en oro,
excluyendo el valor de las perlas. Además, tenía la esperanza, al regresar, de
encontrar una aún mayor riqueza en las futuras expediciones.
Durante
su expedición, Balboa dejó muchos señores y pueblos bajo el servicio del rey de
España. A pesar de participar en numerosas batallas, nunca sufrió heridas
graves ni perdió ninguna de ellas, lo que él atribuía a un milagro y a sus
oraciones constantes. Balboa describió a los habitantes de la región como
viciosos en cuanto a la carnalidad y mencionó la presencia de prostitución
masculina. La tierra era pobre en alimentos, pero rica en oro, razón por la
cual fue llamada Castilla de Oro.
Al
regresar, Balboa distribuyó el oro entre sus compañeros, después de reservar
una quinta parte para el rey. Incluso premió a Leoncillo, el perro, hijo de
Becerrillo, con más de quinientos castellanos, debido a su valentía en las
batallas contra los indígenas. Además, envió a España una nave con un mensajero
llamado Arbolancha de Balboa, portando cartas para el rey y los funcionarios
encargados de las Indias. Junto con las cartas, envió veinte mil castellanos
del quinto, doscientas perlas finas y grandes, y algunas conchas de gran tamaño
para demostrar la magnitud de donde se criaban las perlas.
Balboa
también envió el cuero de un tigre macho, relleno de paja, para mostrar la
ferocidad de los animales de aquella tierra. Este tigre fue capturado por los
habitantes de la Antigua en una trampa que habían preparado en el camino por
donde venía. Había causado estragos en el pueblo, alimentándose de varios
animales como puercos, ovejas, vacas, yeguas e incluso perros guardianes. Una
vez atrapado, el tigre emitió aullidos terroríficos y luchó ferozmente contra
quienes intentaban capturarlo. Finalmente, fue abatido por un arcabuz. Su piel
fue desollada y consumida por los colonos, aunque no está claro si lo hicieron
por necesidad o por gusto. La carne del tigre, que se parecía a la de la vaca,
resultó ser sabrosa.
Además,
los colonos siguieron el rastro del tigre hasta su guarida, donde encontraron
dos cachorros que fueron encadenados con collares de hierro al cuello para ser
llevados al rey después de ser criados. Sin embargo, cuando regresaron por
ellos, los cachorros habían desaparecido, dejando las cadenas intactas, lo que
desconcertó a todos, ya que parecía imposible que los cachorros hubieran
escapado sin soltar las argollas de las cadenas, o que la madre los hubiera
despedazado.
El
Rey Católico quedó muy satisfecho con la carta, el quinto, el presente y la
relación del descubrimiento del Mar del Sur, un evento que tanto había
anhelado. Como resultado, revocó la sentencia previa contra Balboa y lo nombró
adelantado del mismo Mar del Sur.
***
El
rey don Fernando designó a Pedrarias de Ávila, conocido como el justador y
natural de Segovia, como gobernador de Castilla de Oro, siguiendo el acuerdo
del Consejo de Indias. Esta decisión se tomó en respuesta a las demandas de los
españoles en el Darién, quienes requerían un líder con autoridad y respaldo
real para establecer justicia y liderazgo en la región, facilitando así su
población y conversión. En ese momento, la reputación de Balboa estaba manchada
por las acusaciones y quejas presentadas por el bachiller Enciso, aunque era
defendido por Zamudio, procurador del Darién. Además, en España se tenía una
visión negativa de la región de Veragua y Urabá, debido a las numerosas muertes
de españoles que habían acompañado a expediciones anteriores lideradas por
Diego de Nicuesa, Alonso de Hojeda, Martín Fernández de Enciso, Rodrigo de
Colmenares y otros.
Sin
embargo, la llegada de Juan de Quicedo y Colmenares cambió la percepción de
Balboa y la tierra que había descubierto, generando un gran interés por la
región. Varios caballeros importantes solicitaron al rey la oportunidad de
liderar la gobernación y conquista de la región. De hecho, es probable que
Balboa hubiera recibido la gobernación si Arbolancha hubiera llegado un poco
antes a la corte.
Pedrarias
de Ávila recibió amplios poderes y recursos del rey, incluyendo la financiación
de las naves para transportar a mil hombres, tal como lo había solicitado
Balboa. Se le ordenó seguir las instrucciones dejadas por Hojeda y Nicuesa, y
entre otras cosas, se le encomendó la tarea de garantizar la conversión y el
buen trato de los indígenas, evitar la presencia de letrados y resolver
pleitos, además de mantener informado al obispo, clérigos y frailes sobre todas
sus acciones.
El
obispo de la Antigua del Darién, Juan de Quevedo, un fraile franciscano y
predicador del rey, fue el primer prelado de tierra firme de Indias y el Nuevo
Mundo. Pedrarias partió de Sanlúcar de Barrameda el 14 de mayo del año 1514,
con una flota de diecisiete naves y mil quinientos españoles, de los cuales mil
doscientos fueron financiados por el rey. Si hubiera espacio, otros mil habrían
ido con él, tal era el entusiasmo generado por el nombre de Castilla de Oro.
También llevó consigo a su esposa, doña Isabel de Bobadilla, y como pilotos a
Juan Vespucio, un florentino, y a Juan Serrano, quien ya había estado en
Cartagena y Urabá.
Pedrarias
llegó al Darién con su armada el 21 de junio, y Balboa salió a recibirlo con
todos los españoles, entonando el Te Deum laudamus. Después de hospedarlo,
Balboa le relató todo lo que había hecho y experimentado, lo cual causó gran
sorpresa y satisfacción en Pedrarias al encontrar una parte significativa de la
tierra pacificada, lista para ser colonizada y, posteriormente, para emprender
campañas contra los indígenas, algo que Pedrarias estaba ansioso de hacer
debido a su experiencia previa en Orán y otras tierras de Berbería.
Pedrarias
se informó detenidamente y comenzó a establecer poblaciones en Comagre,
Tumanamá y Pocorosa. Envió a Juan de Ayora con cuatrocientos españoles a
Comagre, donde, motivado por la búsqueda de oro, cometió abusos contra los
indios, incluido don Carlos Panquiaco, un servidor del rey y amigo de los
españoles, a quien se le debían las buenas noticias del sur. Además, despojó a
don Carlos y torturó a ciertos caciques, lo que provocó una rebelión indígena y
la muerte de muchos españoles. Por temor a represalias, Juan de Ayora huyó con
el botín en una nave, lo que generó críticas hacia Pedrarias, quien pasó por
alto sus acciones.
Gonzalo
de Bajadoz partió hacia el Nombre de Dios con ochenta hombres, mientras que
Luis de Mercado, quien pronto se uniría a él, también se dirigió allí poco
después. Sin embargo, ambos se trasladaron luego hacia la otra costa, lo que se
explicará más adelante cuando lleguemos a Panamá. Por otro lado, Francisco
Becerra encabezó una expedición con ciento cincuenta compañeros hacia el río de
Dabaiba, pero regresó desanimado y desilusionado. El capitán Vallejo llevó a
setenta españoles a Caribana, pero tuvo que retirarse rápidamente después de
que cuarenta y ocho de sus hombres fueran asesinados por los caribes flecheros.
Bartolomé
Hurtado, quien lideró una expedición con una buena compañía de españoles para
poblar Acla, inicialmente solicitó indígenas a Careta, también conocido como
don Fernando, quien había adoptado el cristianismo gracias a la influencia de
Balboa, pero luego los vendió como esclavos. Gaspar de Morales dirigió a ciento
cincuenta españoles hacia la mar del Sur, donde posteriormente se destacará su
participación en la isla de Terarequi en el comercio de perlas. Además de
estos, Pedrarias envió a otros grupos que poblaron en Santa Marta y en diversas
regiones.
La
relación entre Balboa y Pedrarias no era del todo armoniosa, y Balboa parecía
menospreciar las acciones del gobernador, quizás incluso rechazando su
autoridad, dado su cargo y título en la mar del Sur. Esto generó tensiones
entre ellos, pero fueron reconciliados por el obispo Quevedo, quien además
arregló el matrimonio de Balboa con una hija de Pedrarias, lo que se esperaba
que mantuviera la paz entre ellos. Sin embargo, pronto se distanciaron
nuevamente. Balboa estaba ocupado en su adelantamiento en la mar, utilizando
cuatro carabelas que había construido para descubrir y conquistar nuevas
tierras.
Pedrarias
llamó a Balboa al Darién y lo arrestó. Luego, le llevó a juicio, lo condenó y
finalmente lo ejecutó junto con otros cinco españoles. Según los testimonios
presentados en el juicio, Balboa había instigado a sus trescientos soldados a
rebelarse contra la autoridad del gobernador y a buscar la libertad y el
control sobre sus propias vidas. Balboa negó estas acusaciones y las juró, pero
su destino estaba sellado.
La
muerte de Balboa se vio envuelta en la controversia de la época, pues también
se recordaba el destino de Diego de Nicuesa y sus sesenta compañeros, así como
la prisión del bachiller Enciso. Aunque Balboa fue un hombre que hizo grandes
servicios a su rey, su reputación en el Darién había sido manchada por
acusaciones de ser un alborotador, cruel y maltratador de los indígenas. Sin
embargo, algunos consideraron su ejecución como injusta y lamentaron su
temprana muerte, extrañando su liderazgo.
Pedrarias
continuó sus esfuerzos de colonización, fundando el Nombre de Dios y la ciudad
de Panamá. Sin embargo, su gobierno enfrentó la desaprobación de muchos
soldados veteranos y finalmente fue reprendido y retirado gradualmente del
cargo, aunque lamentaba su caída en desgracia.
Abriéndose
paso entre densos bosques y escarpadas peñas, con gran fatiga y habilidad, se
encontraba el camino que conectaba un lugar con otro. Este terreno estaba
poblado por una gran cantidad de animales salvajes, según cuentan, como leones,
tigres, osos y onzas, además de una multitud de monos de diferentes tamaños y
aspectos. Estos monos, entre risas y alboroto, lanzaban piedras a los
trabajadores y gritaban con tal estridencia que ensordecían a quienes estaban
cerca. Algunos de ellos incluso llegaron a herir a un ballestero, aunque uno de
ellos resultó muerto cuando tanto él como un mono soltaron sus proyectiles al
mismo tiempo.
Santa
Marta, ubicada en la Antigua del Darién, fue fundada por el bachiller Enciso,
quien era alcalde mayor de Hojeda. Esta fundación se llevó a cabo bajo la
promesa de Enciso de establecer la ciudad si lograba vencer a Cemaco, señor de
la región. Sin embargo, debido a su clima extremadamente húmedo y cálido,
plagado de enfermedades, y a su falta de recursos y seguridad, la ciudad pronto
se despobló. Los españoles que vivían allí adquirían un tono amarillento,
posiblemente debido a su obsesión por encontrar oro, aunque este tono también
se observaba en otras partes de Tierra Firme y Perú.
La
tierra no era propicia para la agricultura debido a los frecuentes aguaceros,
diluvios y desbordamientos que inundaban los campos sembrados. Los rayos eran
comunes, causando incendios que destruían las casas y amenazaban a los
habitantes.
El
emperador Carlos V, sucesor de Pedrarias, envió a Lope de Sosa desde Canarias
para gobernar la región, pero este murió poco después de llegar al Darién en el
año 1520. Le sucedió Pedro de los Ríos, también de Córdoba, mientras Pedrarias
se trasladaba a Nicaragua.
El
licenciado Antonio de la Gama fue enviado para llevar a cabo la residencia.
Posteriormente, se designó como gobernador a Francisco de Barrionuevo, un
caballero oriundo de Soria que había servido como soldado en Boriquén y como
capitán en La Española durante la campaña contra el cacique don Enrique. Luego
de Barrionuevo, asumió el cargo el licenciado Pedro Vázquez, seguido por el
doctor Robles, quien se destacó por administrar justicia de manera recta, algo
que había sido escaso hasta ese momento.
***
El
río de Orellana, según se dice, es el más extenso de las Indias y posiblemente
del mundo, incluso si consideramos al Nilo entre ellos. Algunos lo llaman el
mar Dulce, y su boca se estima en unas cincuenta leguas o más. Hay quienes
afirman que es el mismo río Marañón, y que su origen se encuentra en Quito,
cerca de Moyobamba, y desemboca en el mar a unas trescientas leguas de la isla
de Cubagua. Sin embargo, aún no se ha confirmado completamente esta teoría, y
por eso los tratamos como ríos separados.
Este
río, siempre cerca de la línea ecuatorial, recorre aproximadamente mil
quinientas leguas, e incluso más según los relatos de Orellana y sus
compañeros, debido a sus numerosas y amplias curvas que se asemejan a las de
una serpiente. Desde su nacimiento hasta su desembocadura en el mar, no hay más
de setecientas leguas de distancia. Está lleno de islas y, según se dice, la
marea sube más de cien leguas río arriba, lo que permite la presencia de manatíes,
bufeos y otros peces marinos hasta trescientas leguas tierra adentro. Aunque
podría experimentar crecidas similares al Nilo o al río de la Plata en ciertas
épocas, aún no se ha explorado lo suficiente debido a la falta de asentamientos
humanos en sus riberas.
Francisco
de Orellana fue quien realizó la navegación más larga por este río, pues
ninguna otra persona ha recorrido tantas leguas navegables por un solo río como
él. Además, nunca se conoció tan rápidamente el principio y el fin de un río
tan grande como en este caso. Fue descubierto por los Pinzones en el año 1500,
y Orellana lo recorrió cuarenta y tres años después. Orellana, que
originalmente acompañaba a Gonzalo Pizarro en la expedición conocida como la
conquista de la Canela, se desvió con un pequeño grupo de españoles en busca de
provisiones a una isla dentro del mismo río, utilizando un bergantín y algunas
canoas. Sin embargo, al alejarse de su capitán, decidió continuar navegando río
abajo con el cargamento de oro, esmeraldas y otros tesoros que le habían sido
confiados, argumentando que la corriente era demasiado fuerte para remontar el
río. Finalmente, improvisó otro bergantín con las canoas y renunció a su
lealtad a Pizarro, siendo elegido como nuevo capitán por su tripulación.
Decidió
emprender una aventura por su cuenta, buscando la riqueza y el final de ese
río. Descendió por él, pero en una disputa con los indígenas perdió un ojo.
Regresó a España, donde vendió el derecho de exploración y los gastos
asociados. Presentó un extenso informe de su viaje ante el Consejo de Indias,
que en ese momento se encontraba en Valladolid, pero más tarde se descubrió que
este informe era inexacto. Solicitó la conquista del río y se le otorgó el
título de adelantado, creyendo en sus afirmaciones. Gastó rápidamente las
esmeraldas y el oro que había traído consigo, y no tenía los recursos
necesarios para organizar una nueva expedición.
Se
casó y obtuvo dinero prestado de aquellos que querían acompañarlo en su viaje,
prometiéndoles cargos y puestos en su futura gobernación y ejército. Pasaron
varios años preparándose para regresar. Finalmente, logró reunir quinientos
hombres en Sevilla y zarpó. Sin embargo, murió en el mar y su expedición se
desmoronó, poniendo fin a la famosa conquista de las Amazonas.
Entre
las afirmaciones extravagantes que hizo, destacó la existencia de amazonas en
ese río, con quienes él y sus compañeros supuestamente habían combatido. Aunque
no es inusual que las mujeres luchen con armas en algunas regiones de las
Indias, como Paria, la idea de mujeres que se mutilan para utilizar arcos o que
viven sin maridos mientras son extremadamente lujuriosas parece más una
fantasía que una realidad. Aunque otros, aparte de Orellana, han difundido
historias similares sobre las amazonas después del descubrimiento de las
Indias, nunca se ha visto ni se verá tal cosa en este río. A pesar de ello,
muchos aún llaman a este río de las Amazonas debido a tales relatos, y muchos
se han reunido con la esperanza de explorarlo.
De las mil trescientas leguas
de tierra que se extienden desde el estrecho de Magallanes hasta el río Perú,
quinientas leguas a lo largo de la costa desde el estrecho hasta Chirinara o
Chile fueron navegadas por un galeón comandado por don Gutiérrez de Vargas,
obispo de Plasencia, en el año 1544. Las restantes fueron descubiertas y
conquistadas en diversas ocasiones y años por Francisco Pizarro, Diego de
Almagro y sus respectivos capitanes y soldados.
La intención de continuar con
este descubrimiento y conquista siguiendo un orden sistemático, dando a cada
región su debida atención y tiempo, sería deseable. Sin embargo, para evitar la
repetición excesiva, omitiré esa propuesta orden y continuaré con la narración.
Mientras Pedrarias de Ávila,
gobernador de Castilla de Oro, residía en Panamá, algunos habitantes de la
ciudad expresaron su deseo de explorar nuevas tierras. Algunos querían
dirigirse hacia el este, hacia el río Perú, en busca de las riquezas que se
rumoreaba existían bajo la línea ecuatorial. Otros preferían ir hacia el oeste,
a Nicaragua, que tenía fama de ser una tierra rica y fértil, con abundantes
jardines y frutas. Pedrarias, inclinándose más hacia Nicaragua que hacia las
tierras orientales, envió cuatro navíos hacia allá, como se explicará más adelante.
Diego de Almagro y Francisco
Pizarro, quienes ya eran ricos y experimentados en esas tierras, se asociaron
con Hernando Luque, conocido como Hernando Loco debido a su riqueza y su
posición como maestro de escuela de Panamá. Los tres juraron no separarse en el
viaje, sin importar los gastos o contratiempos que pudieran surgir, y acordaron
dividir equitativamente las ganancias, riquezas y tierras que descubrieran y
adquirieran, tanto en conjunto como individualmente.
Se dice que Pedrarias de Ávila
inicialmente formó parte de la capitulación, pero abandonó el acuerdo
prematuramente debido a las malas noticias que llegaban de las tierras
ecuatoriales a través de su capitán, Francisco Becerra. Una vez que se concertó
y firmó el acuerdo, se designó a Francisco Pizarro para la tarea de
exploración, mientras que Hernando Luque se encargaba de gestionar las
propiedades de la compañía y Diego de Almagro debía reclutar gente, suministrar
armas y alimentos a Pizarro en cualquier lugar que este descubriese y poblase.
Además, se le encomendó a Almagro la tarea de conquistar por su cuenta si
encontraba la oportunidad y la disposición en la tierra que explorase.
En el año 1525, Francisco
Pizarro y Diego de Almagro partieron para descubrir y colonizar, con la
autorización del gobernador Pedrarias, según algunos relatos. Pizarro partió
primero con ciento catorce hombres en un navío. Navegaron unas cien leguas y
desembarcaron en una zona donde los nativos les opusieron resistencia,
hiriéndolos con flechas en siete ocasiones e incluso matando a algunos
españoles. Ante esta situación, Pizarro decidió regresar a Chochama, cerca de
Panamá, sintiéndose arrepentido de la empresa.
Por otro lado, Almagro, que
partió más tarde debido a la finalización de la construcción de un barco, se
dirigió con setenta hombres hacia el río que llamaron San Juan. Al no encontrar
rastro de su compañero, decidió regresar atrás.
Almagro, después de concluir
la construcción de un navío, zarpó con setenta españoles en busca del río que
bautizó como San Juan, con la intención de encontrar a su compañero. Al no
hallar rastro de él, decidió regresar. Durante el desembarco, descubrió señales
de presencia española y se dirigió al lugar donde Pizarro había sido herido
anteriormente. Sin embargo, los indígenas los atacaron, dejando a algunos de
sus hombres heridos y provocándole la pérdida de un ojo. Ante esta situación,
Almagro optó por incendiar el pueblo y regresar a Panamá, creyendo que Pizarro
habría tomado medidas similares. No obstante, al enterarse de que su compañero
se encontraba en Chochama, se dirigió allí con la intención de coordinar el
regreso a la tierra recién descubierta, que parecía prometedora en cuanto a
recursos, especialmente oro.
En Chochama, lograron reunir
hasta doscientos españoles y algunos indígenas locales como auxiliares. Se
embarcaron en sus dos navíos y tres grandes canoas que habían construido.
Navegaron con grandes dificultades y riesgos debido a las fuertes corrientes
causadas por los persistentes vientos del sur en esa zona. Finalmente, llegaron
a una costa anegada, llena de ríos y manglares, donde las lluvias eran tan
frecuentes que casi nunca cesaban. Los habitantes de la región vivían en
estructuras construidas sobre los árboles, similar a plataformas elevadas, y
eran guerreros valientes que defendían su tierra, llegando incluso a matar a
muchos españoles en los enfrentamientos.
Los indígenas acudían en gran
número a la costa armados, desafiando fuertemente a los españoles, a quienes
llamaban "hijos de la espuma del mar" por caminar sobre las olas, o
los tildaban de desterrados y vagabundos que no trabajaban la tierra para
sustentarse. Decían que no querían en su tierra a hombres con pelos en las
caras, ni a vagabundos que corrompieran sus antiguas y santas costumbres. Los
acusaban de ser grandes sodomitas, por lo cual trataban mal a las mujeres.
Todos ellos tenían un gesto y habla muy arrogantes, pues contaban con grandes
narices y hablaban con voz ronca y hueca.
Las mujeres de la región lucen
cortes de cabello rasurado y llevan adornos como anillos, mientras que los
hombres visten camisas cortas que dejan al descubierto sus partes íntimas,
complementadas con coronas similares a las de los frailes. Sin embargo, cortan
todo su cabello en la parte delantera y trasera, dejando crecer solamente los
laterales. Adornan sus narices y orejas con esmeraldas y otras piedras
preciosas, así como collares de oro, turquesas y piedras de varios colores.
Tanto Pizarro como Almagro
deseaban conquistar esa tierra debido a las evidentes riquezas minerales y de
oro que los nativos poseían. Sin embargo, debido a las dificultades causadas
por el hambre y los enfrentamientos, muchos españoles habían perecido y no
podían continuar sin un nuevo refuerzo. Por ello, Almagro partió hacia Panamá
en busca de ochenta nuevos españoles, junto con alimentos y provisiones
adicionales, que revitalizaron a los supervivientes.
Durante muchos días, los
exploradores habían subsistido con una dieta limitada, basada en palmitos
amargos, mariscos, pesca escasa y frutas de manglares, que carecían de jugo y
sabor, y si tenían algo, resultaba amargo y salado. Los manglares crecen en las
orillas del mar y en tierras salobres, presentando frutos grandes y hojas
pequeñas pero muy verdes. Su robustez los convierte en excelentes candidatos
para ser utilizados como mástiles en las embarcaciones.
Continuación
del descubrimiento del Perú
Los españoles estaban tan
debilitados y desesperados en medio de esos manglares que, a pesar de la
llegada de los ochenta nuevos compañeros, no se sintieron lo suficientemente
seguros como para enfrentarse a los nativos del lugar. En lugar de ello,
decidieron dirigirse hacia Catámez, una región sin manglares, pero abundante en
maíz y otros alimentos que revitalizaron a muchos y alegraron a todos. Los
habitantes de Catámez llevaban la cara adornada con numerosos clavos de oro, ya
que perforaban sus rostros en varios lugares para insertar granos de oro,
turquesas y esmeraldas. Tanto Pizarro como Almagro empezaron a imaginar que
allí podrían poner fin a sus penurias y enriquecerse más allá de lo que
cualquier otro español en las Indias había logrado. Esta perspectiva les
llenaba de alegría a ellos y a sus seguidores, pero su felicidad se vio
rápidamente empañada por la aparición repentina de una multitud de indígenas
armados. Ante este nuevo peligro, no se atrevieron ni siquiera a enfrentarse a
ellos, y en un acuerdo conjunto, Almagro decidió regresar a Panamá en busca de
más hombres, mientras que Pizarro se dirigió a la isla del Gallo para esperarlo
allí.
Los españoles se encontraban
tan asustados, descontentos y ansiosos por abandonar Panamá que muchos de ellos
deseaban unirse a Almagro en su expedición. Sin embargo, no se les permitió
partir ni siquiera escribir cartas para evitar manchar la reputación de la
región y entorpecer la misión de socorro de Almagro. A pesar de los intentos de
ocultar los problemas y las muertes sufridas en esa tierra hostil, no pudieron
evitar que algunas cartas y quejas llegaran a Panamá. Un tal Sarabia, de
Trujillo, envió cartas, algunas de ellas firmadas por varios, a Pascual de
Andagoya, envueltas en un gran ovillo de algodón que aparentaba ser una manta,
ya que andaba desnudo. Estas cartas detallaban los sufrimientos, muertes y
abusos sufridos durante la expedición, así como las quejas y demandas de los
capitanes para obtener permiso de regresar. Al final de una de las cartas se
encontraba un poema que rezaba:
"Pues, señor gobernador,
mírelo bien por entero;
que allá va el recogedor,
y acá queda el
carnicero."
Cuando Almagro llegó a Panamá,
ya había asumido como gobernador Pedro de los Ríos, quien emitió órdenes para
permitir que todos los que estaban en la isla del Gallo con Pizarro pudieran
regresar a casa sin obstáculos, amenazando con severas sanciones a quienes se
lo impidieran. Ante este mandato, muchos de los seguidores de Almagro huyeron
para unirse a él, lo que causó gran pesar al propio Almagro. Sin embargo, entre
los que permanecieron junto a Pizarro se encontraban Bartolomé Ruiz de Moguer,
su piloto, y otros doce, incluyendo a Pedro de Candía, un griego naturalizado
que residía en la isla.
El peso del pensamiento y la
tristeza que Pizarro cargó por esta situación es insondable. Expresó su
profunda gratitud y promesas a los que optaron por quedarse con él,
elogiándolos como amigos leales y constantes, a pesar de ser pocos en número.
Se trasladaron entonces a una isla desierta llamada Gorgona, situada a seis
leguas de distancia, conocida por sus numerosas fuentes y arroyos. En este
lugar, subsistieron sin tener pan, alimentándose de cangrejos terrestres,
cangrejos marinos, serpientes grandes y lo que podían pescar, hasta que
finalmente regresó el navío de Almagro desde Panamá.
Una vez que el navío regresó,
Pizarro zarpó hacia Motupe, cerca de Tangarara, y luego hacia el río Chira,
donde obtuvieron muchas ovejas cervales para alimentarse, así como algunos
intérpretes en los pueblos conocidos como Poechos. En Tumbes, desembarcaron a
Pedro de Candía, quien quedó asombrado por las riquezas encontradas en la casa
del rey Atahualpa, noticias que llenaron de alegría a todos. Pizarro, habiendo
encontrado la riqueza y la tierra que tanto anhelaba, regresó a Panamá para
viajar a España y solicitar al emperador la gobernación del Perú.
Dos españoles se quedaron en
la región, ya sea por orden de Pizarro para aprender el idioma y los secretos
de la tierra mientras él viajaba de ida y vuelta, o quizás por la codicia de
las riquezas de oro y plata que Candía había descrito. Sin embargo, se sabe que
estos dos españoles fueron asesinados por los indígenas. Francisco Pizarro
dedicó más de tres años a esta expedición, que se conocería como el
descubrimiento del Perú, enfrentando enormes desafíos, hambre, peligros, miedos
y momentos de gran incertidumbre.
Francisco
Pizarro, hecho gobernador del Perú
Una
vez en Panamá, Pizarro compartió con Almagro y Luque la noticia sobre la
abundancia y riqueza de Tumbes y el río Chira. Estos se regocijaron enormemente
con tales noticias y le otorgaron a Pizarro mil pesos de oro, e incluso buscaron
prestado una buena parte de esa cantidad. A pesar de ser algunos de los vecinos
más ricos de la ciudad, se encontraban en una situación de pobreza debido a los
numerosos gastos realizados durante los tres años de exploración.
Posteriormente, Francisco
Pizarro viajó a España y solicitó al Consejo de Indias la gobernación del Perú,
presentando un informe detallado de su exploración y los gastos realizados. El
emperador le concedió el título de adelantado, capitán general y gobernador del
Perú y Nueva Castilla, nombre dado a las tierras recién descubiertas. Pizarro
hizo grandes promesas de riqueza y reinos en agradecimiento por los títulos y
privilegios otorgados.
Publicó información sobre
mayores riquezas de las que realmente conocía, con el fin de atraer a más
personas a unirse a su expedición. Se embarcó con gran alegría y estuvo
acompañado por sus cuatro hermanos: Hernando, Juan y Gonzalo Pizarro, así como
Francisco Martín de Alcántara, hermano de madre. Hernando era el único
legítimo, mientras que Gonzalo y Juan eran hermanos de madre.
Los Pizarro llegaron a Panamá
con gran pompa y celebración, pero no fueron bien recibidos por Almagro, quien
estaba muy resentido y se quejaba de Francisco Pizarro. Almagro se sentía
excluido de los honores y títulos que Pizarro había obtenido para sí mismo, a
pesar de que habían sido amigos cercanos. Además, se sentía agraviado porque, a
pesar de haber contribuido más financieramente y haber perdido un ojo durante
la exploración, Pizarro no lo mencionó ante el emperador.
Diego de Almagro persistía
obstinado en su resentimiento hacia Francisco Pizarro, alegando que éste
buscaba más honores que riquezas. Pizarro intentaba disculparse, argumentando
que el emperador no había querido concederle nada a Almagro, a pesar de sus ruegos.
Le prometía negociar para él otra gobernación en esas mismas tierras y
renunciar posteriormente al adelantamiento, además de asegurarle que, como
compañeros, ambos tenían autoridad sobre los territorios descubiertos y podrían
disponer de ellos a su mejor conveniencia. Sin embargo, nada lograba aplacar a
Almagro, cuyo odio y airadas quejas parecían plenamente justificados ante los
ojos de los demás.
Almagro, al tener bajo su
control los pocos recursos económicos que quedaban, causaba mucha necesidad y
dificultad a los Pizarro, quienes tenían grandes gastos, pero escasos recursos
financieros. Esto provocaba una profunda indignación en Hernando Pizarro, el
hermano mayor, quien consideraba una afrenta que Almagro los tratara de esa
manera. Hernando reprochaba a su hermano, el gobernador, por permitir esta
situación, y su actitud generaba resentimiento no solo en los hermanos, sino
también en muchos otros.
Este conflicto provocó un
rencor perpetuo entre Almagro y Hernando Pizarro, cuyos hermanos eran más compasivos
y amorosos. La tensión entre ambos bandos marcó un período difícil en sus
relaciones y tuvo consecuencias duraderas.
Francisco Pizarro anhelaba
reconciliarse con Diego de Almagro, ya que reconocía que sin su apoyo no podría
avanzar en su gobernación de manera tan próspera y prestigiosa. Por tanto,
buscó medios para lograr la reconciliación entre ambos. Muchos intervinieron en
este proceso, especialmente los recién llegados de España, quienes ya habían
ocupado posiciones de autoridad, y finalmente fueron concertados mediante la
mediación de Antonio de la Gama, juez de residencia.
En este acuerdo, Almagro
contribuyó con setecientos pesos y las armas y provisiones que tenía, mientras
que Pizarro partió con la mayor cantidad de hombres y caballos posible en dos
navíos. Sin embargo, encontraron vientos adversos que dificultaron su llegada a
Tumbes. Finalmente, desembarcaron en la tierra propiamente llamada Perú, a
partir de la cual se originaron las grandes y ricas provincias que luego serían
descubiertas y conquistadas.
Vale mencionar que la primera
noticia del río Perú la tuvo Francisco Becerra, capitán de Pedrarias de Ávila,
quien partió del Comagre con ciento cincuenta españoles y llegó a la punta de
Piñas. Sin embargo, regresó de allí al enterarse de que los habitantes del río
Jumeto le advirtieron sobre la rudeza del terreno y la belicosidad de la gente
en la región peruana.
Algunos relatos sugieren que
Vasco Núñez de Balboa pudo haber tenido conocimiento sobre la existencia de oro
y esmeraldas en la región del Perú. Sea cierto o no, es un hecho que en Panamá
se tenía una gran fama sobre el Perú cuando Francisco Pizarro y Diego de
Almagro se preparaban para emprender su expedición hacia esa tierra.
La partida de Pizarro desde
una tierra tan inhóspita como la de Tumbes hacia Coaque fue difícil y llena de
peligros. La costa áspera provocaba accidentes en los cuales tanto hombres como
caballos perdían la vida. Además, los numerosos ríos, crecidos en esa época,
causaron ahogamientos entre los miembros de la expedición, y algunos enfermos
sufrieron aún más con la falta de comida y el cambio de clima.
Llegaron finalmente a Coaque,
un lugar bien provisto y rico, donde pudieron recuperarse adecuadamente y
obtener una considerable cantidad de oro y esmeraldas. Sin embargo, se
encontraron con un nuevo y terrible mal: las verrugas, que en realidad eran
bubones. Estas verrugas aparecían en diversas partes del cuerpo, como las
cejas, la nariz y las orejas, y eran tan grandes como nueces, además de muy dolorosas
y sangrientas. Esta enfermedad era desconocida para ellos, y no sabían cómo
tratarla, lo que generaba gran angustia entre los miembros de la expedición. A
pesar de ello, Pizarro decidió continuar con la empresa y envió una suma
considerable de oro a Diego de Almagro para que le enviara refuerzos desde
Panamá y Nicaragua, así como para abastecer la tierra conquistada, que tenía
mala reputación.
Después de enviar el despacho
a Diego de Almagro y mientras esperaba refuerzos, Francisco Pizarro continuó su
camino hacia Puerto Vicio. Durante este trayecto, tuvo que enfrentarse a veces
con los indígenas y otras veces realizar intercambios comerciales con ellos.
Mientras se encontraba en Puerto Vicio, recibió la visita de Sebastián de
Benalcázar y Juan Fernández, quienes llegaron con gente y caballos desde
Nicaragua. La llegada de estos refuerzos fue motivo de gran alegría y
proporcionó una ayuda significativa para pacificar la costa de Puerto Viejo.
La
guerra que Francisco Pizarro hizo en la isla Puna
Los traductores o lenguas de
Francisco Pizarro, Felipe y Francisco, naturales de Poechos, le informaron
sobre la cercanía de la isla de Puna, la cual era conocida por su riqueza, pero
también por albergar a hombres valientes. Pizarro, contando ya con un buen
número de españoles, decidió dirigirse hacia allí. Para ello, ordenó a los
indígenas construir balsas en las que pudieran transportarse tanto caballos
como hombres. Estas balsas estaban hechas de varias vigas largas y livianas,
unidas de manera que formaban una especie de tabla. Al llegar a la isla, los
indios intentaron cortar las cuerdas de las balsas para ahogar a los
cristianos, según advirtieron los informantes de Pizarro. Por esta razón,
Pizarro instruyó a los españoles para que mantuvieran sus espadas
desenvainadas, con el fin de infundir temor en los indígenas.
Inicialmente, Pizarro fue
recibido pacíficamente por el gobernador de Puna. Sin embargo, poco después,
este último ordenó matar a los españoles debido a los abusos que cometían con las
mujeres y la ropa. Al enterarse de esta situación, Pizarro arrestó al
gobernador sin demostrar ningún tipo de regocijo. Al día siguiente, los isleños
rodearon el campamento de los cristianos al amanecer, amenazándolos con la
muerte si no les entregaban al gobernador y su riqueza. Ante esta situación,
Pizarro preparó a su gente para la batalla y envió a algunos jinetes a toda
velocidad para socorrer a los barcos, ya que los indios también estaban
combatiendo en sus balsas.
Los indios de Puna, valientes
y decididos, pelearon con fervor para rescatar a su capitán y recuperar su
ropa, pero fueron vencidos por los españoles, sufriendo numerosas bajas y
heridos. Durante el enfrentamiento, murieron tres o cuatro españoles, y muchos
resultaron heridos, entre ellos Hernando Pizarro, quien sufrió una grave lesión
en la rodilla. Tras la victoria, Pizarro distribuyó el botín de ropa y oro
entre sus hombres para evitar disputas con los que venían de Nicaragua con Hernando
de Soto.
Después de esta batalla, los
españoles comenzaron a enfermar debido a las condiciones adversas de la tierra.
Además, los isleños continuaban hostigándolos con sus balsas entre los
manglares, sin declarar ni la paz ni la guerra. Ante esta situación, Pizarro
decidió dirigirse a Tumbes, que se encontraba cerca. Pero antes de relatar lo
que sucedió allí, es importante mencionar algunos aspectos de esta isla, ya que
fue en Puna donde Pizarro recibió las primeras noticias sobre Atahualpa.
Puna se encuentra a unas doce
leguas de Tumbes y estaba habitada por una gran población, así como por una
abundancia de ciervos y venados. Los hombres de Puna eran hábiles pescadores y
cazadores, expertos en la guerra y temidos por sus vecinos. Utilizaban una
variedad de armas, como hondas, porras, lanzas y hachas de plata y cobre, así
como lanzas con puntas de oro. Vestían prendas de algodón de colores vivos y
llevaban adornos de oro y piedras preciosas, al igual que las mujeres. Además,
poseían numerosas vasijas de oro y plata para diversos usos.
Sin embargo, una práctica
inhumana que destacaba en Puna era la costumbre del gobernador de cortar las
narices, los genitales e incluso los brazos de los sirvientes que atendían a
sus mujeres, demostrando celos extremos y crueldad.
Guerra
de Tumbes y población de San Miguel de Tangarara
Pizarro encontró en Puna a más
de seiscientas personas de Tumbes que estaban cautivas. Estos prisioneros, al
parecer, pertenecían a Atahualpa, quien había intentado conquistar Puna el año
anterior durante una guerra contra su hermano Huáscar. Atahualpa había reunido
una gran flota de balsas para invadir Puna, pero el gobernador de la isla, leal
a Huáscar, también había armado a los isleños y los había derrotado en batalla.
Se dice que Atahualpa resultó herido en un muslo durante la pelea y se vio
obligado a retirarse hacia Cajamarca para recuperarse y reunir más tropas antes
de dirigirse al Cusco, donde Huáscar tenía un gran ejército.
Aprovechando la ausencia de
Atahualpa, el gobernador de Puna saqueó Tumbes. Sin embargo, las disputas y
revueltas entre los hermanos y reyes locales no afectaron la determinación de
Pizarro y sus hombres de explorar esas tierras. Para asegurar la amistad de
Atahualpa, Pizarro decidió enviar de regreso a Tumbes a los seiscientos
cautivos, esperando que esto los pusiera en buenos términos con el líder inca.
Sin embargo, al verse libres, los cautivos expusieron las condiciones de su
liberación, denunciando los abusos cometidos por los españoles, quienes se
aprovechaban de las mujeres y saqueaban oro y plata. Esto causó indignación
entre la población local, lo que complicó las relaciones entre los españoles y
los habitantes de la región.
Antes de embarcarse hacia
Tumbes, Pizarro envió a tres españoles junto con algunos nativos en una balsa
para negociar la paz y solicitar permiso de entrada.
Los habitantes de Tumbes
recibieron a los tres españoles enviados devotamente, pero luego los entregaron
a sacerdotes para que los sacrificaran al ídolo del Sol llamado Guaca. Este
acto, acompañado de llantos, no fue por compasión, sino parte de una costumbre
ritual. Cuando los navíos llegaron a tierra, no encontraron balsas disponibles
para salir, ya que los indígenas las habían retirado tras armarse. Pizarro
desembarcó en una balsa con seis hombres a caballo, no había lugar ni tiempo
para más, y pasaron la noche en la balsa debido al oleaje y al hecho de que la
balsa se volcó al llegar a tierra.
Al día siguiente, los demás
españoles pudieron desembarcar sin incidentes mayores, ya que los indígenas no
hicieron más que observar. Los navíos regresaron por los españoles que habían
quedado en Puna, mientras Pizarro, acompañado por cuatro jinetes, recorrió dos
leguas sin encontrar a ningún indio con quien hablar. Estableció un campamento
en Tumbes y envió mensajeros al líder local en busca de paz y amistad, pero
este no les prestó atención y se burlaba de los barbudos españoles.
Pizarro decidió tomar medidas
más directas y lideró un ataque sorpresa contra los indígenas. Aprovechando la
oscuridad de la noche, cruzó el río con cincuenta jinetes sin ser detectado por
los enemigos. Al amanecer, sorprendió a los indígenas que estaban desprevenidos
y causó grandes pérdidas entre ellos, vengando así la muerte de los tres
españoles sacrificados. El gobernador de Tumbes, impresionado por la habilidad
militar de Pizarro, buscó la paz y le ofreció un gran presente de oro, plata y
textiles de algodón y lana.
Tras esta victoria, Pizarro
fundó la ciudad de San Miguel en Tangarará, a orillas del río Chira, y buscó un
puerto adecuado para los navíos, encontrando el de Paita. Luego de repartir el
oro obtenido, partió hacia Cajamarca en busca de Atahualpa.
Prisión
de Atahualpa
Al divisar Pizarro la
ostentosa muestra de oro y plata en aquel lugar, se dejó impresionar por la
inmensa riqueza que se le atribuía al rey Atahualpa. Tras organizar los asuntos
concernientes a la nueva ciudad de San Miguel y sus colonos, partió hacia Cajamarca.
En el camino, logró establecer la paz con los pueblos conocidos como Poechos,
gracias a la mediación de Felipillo y su compañero Francisquillo, quienes eran
naturales de la región y dominaban el español.
Durante su marcha, algunos
servidores de Huáscar se acercaron buscando su amistad y apoyo contra la
tiranía de Atahualpa, quien se alzaba injustamente con el poder. Le ofrecieron
grandes recompensas si accedía. Los españoles atravesaron un desierto de veinte
leguas sin agua, lo que los dejó exhaustos. Mientras ascendían la sierra, se
encontraron con un mensajero de Atahualpa. El emisario le transmitió a Pizarro
un mensaje contundente: debía regresar a su tierra en sus barcos y no causar
daño a sus súbditos ni tomar nada de ellos. Le advirtió que, si obedecía, lo
dejaría ir con el oro robado en tierra ajena, pero si persistía en su actitud,
lo mataría y lo despojaría de todo.
Pizarro respondió con calma
que no tenía intención de provocar a nadie, menos aún a un príncipe tan
poderoso. Además, le hizo saber que solo regresaría a la mar si no fuera
enviado como emisario del Papa y del Emperador, los verdaderos señores del
mundo. No podía, por tanto, regresar sin antes ver y hablar con Atahualpa, pues
eso estaba destinado por Dios y sería beneficioso para su propia gloria y el
honor de sus compañeros.
Atahualpa observó en la
respuesta de los españoles una determinación de encontrarse con él, ya fuera
para bien o para mal. Sin embargo, desestimó su importancia debido a su escaso
número, además de creer en las afirmaciones de Maicabelica, un líder entre los
Poechos, quien aseguraba que los extranjeros barbudos carecían de la fuerza y
la resistencia necesarias para caminar a pie o escalar una pendiente sin montar
a caballo o aferrarse a unos grandes "pacos" (como llamaban a los
caballos), los cuales llevaban unas tablillas relucientes, similares a las que
usaban las mujeres para tejer.
Maicabelica, que nunca había
enfrentado el filo de una espada y se jactaba de ser un gran corredor, difundía
esta creencia, considerada una prueba de valentía entre los nobles y valientes
indígenas. Sin embargo, los informes de los heridos de Tumbes que se
encontraban en la corte contaban otra historia. Por lo tanto, Atahualpa decidió
enviar otro mensajero para verificar si los "barbudos" aún avanzaban
y advertir al capitán Pizarro que no fuera a Cajamarca si valoraba su vida.
Pizarro respondió al mensajero
asegurando que llegarían a su destino sin falta. El indígena le entregó unos
zapatos pintados y unos puños de oro para que los usara, de modo que Atahualpa,
su señor, pudiera reconocerlo cuando llegara. Se sospechaba que esto serviría
como señal para que lo apresaran o lo mataran sin afectar a los demás. Pizarro,
entre risas, aceptó los regalos.
Cuando Pizarro y su ejército
llegaron a Cajamarca, un caballero les indicó que no se aposentaran hasta
recibir la orden de Atahualpa. Sin embargo, Pizarro decidió ignorar esta
advertencia y se instaló sin dar respuesta. Luego, envió al capitán Hernando de
Soto, acompañado de algunos otros jinetes, incluido Felipillo, para visitar a
Atahualpa, quien se encontraba a una legua de distancia en unos baños. El
propósito era informarle de la llegada de Pizarro y solicitarle permiso y hora
para hablar con él.
Soto llegó haciendo piruetas
con su caballo, ya sea por cortesía o por el asombro de los indígenas, hasta
llegar junto a la silla de Atahualpa. A pesar de que el caballo le resopló en
la cara, Atahualpa no mostró ninguna reacción. Sin embargo, ordenó matar a
muchos de los que huyeron asustados por la proximidad y el movimiento de los
caballos, una lección que sirvió de advertencia para los indígenas y que dejó
perplejos a los españoles.
Hernando de Soto se desmontó,
hizo una profunda reverencia y explicó el propósito de su visita. Atahualpa
mantuvo una actitud seria y no le respondió directamente, sino que hablaba con
uno de sus sirvientes, quien a su vez se comunicaba con Felipillo, encargado de
trasladar la respuesta a Soto. Se rumoreaba que Atahualpa se enfadó porque Soto
se acercó tanto con su caballo, un gesto considerado de gran falta de respeto
hacia la majestuosidad de un rey de su magnitud.
Posteriormente, Hernando
Pizarro se presentó y habló en nombre de su hermano, el capitán, respondiendo
de manera concisa a las numerosas palabras de Atahualpa. Este concluyó diciendo
que sería amigo del emperador y de Pizarro si devolvían todo el oro, plata y
otras posesiones que habían tomado de sus vasallos y amigos, y si abandonaban
su tierra de inmediato. Además, propuso encontrarse al día siguiente en
Cajamarca para discutir los términos de su partida y para averiguar quiénes
eran el Papa y el Emperador, pues les enviaban embajadores y requerimientos
desde tierras tan lejanas. Esta respuesta de Atahualpa dejó a Hernando Pizarro
impresionado por la grandeza y autoridad del líder inca, así como por la
cantidad de personas, armas y tiendas que había en su campamento. La respuesta
de Atahualpa parecía ser una declaración de guerra.
Pizarro entonces se dirigió a
los españoles, instándolos a prepararse para la batalla, ya que algunos
mostraban nerviosismo ante la proximidad de tantos guerreros indígenas,
recordándoles el éxito previo en Tumbes y Puna como un ejemplo de lo que
podrían lograr.
Durante esa noche, los
españoles se dedicaron a preparar sus armas y caballos, y a colocar la
artillería frente a la puerta del tambo por donde se esperaba que ingresara
Atahualpa. Al amanecer, Francisco Pizarro ubicó a un grupo de arcabuceros en
una pequeña torre que dominaba el patio, la cual estaba adornada con ídolos. Dividió
a los capitanes Hernando de Soto, Sebastián de Benalcázar y Hernando Pizarro,
quien era el líder general, junto con veinte jinetes cada uno, en tres casas
diferentes. Él mismo se quedó cerca de la puerta en otra casa, al mando de la
infantería, que incluía hasta ciento cincuenta soldados sin contar con los
indígenas de servicio.
Pizarro ordenó que nadie
hablara ni saliera para enfrentarse a los enviados de Atahualpa hasta que se
escuchara un disparo o se avistara el estandarte. Mientras tanto, Atahualpa
también animaba a sus hombres, quienes menospreciaban a los cristianos y
planeaban realizar un sacrificio masivo al sol en caso de batalla. Colocó a su
capitán, Rumiñahui, con cinco mil soldados en la entrada por donde los
españoles habían entrado en Cajamarca, con la orden de capturar o matar a los
fugitivos.
Atahualpa tardó cuatro horas
en recorrer una legua, quizás para descansar o para fatigar a sus enemigos.
Viajaba en una litera de oro, cubierta y forrada con plumas de papagayos de
múltiples colores, la cual era llevada en hombros por hombres. Estaba sentado
sobre un tablón de oro, sobre un cojín de lana adornado con piedras preciosas.
Llevaba una gran borla roja de lana fina en la frente, que le cubría las cejas
y las sienes, un distintivo de los reyes del Cusco.
Atahualpa estaba acompañado
por más de trescientos sirvientes vestidos con uniformes, encargados de limpiar
el camino de pajas y piedras para la litera. Bailaban y cantaban delante de él,
mientras numerosos nobles lo seguían en andas y hamacas, realzando la
majestuosidad de su corte. Al entrar en el tambo de Cajamarca y notar que los
jinetes no se movían ni los peones se inquietaban, supuso que estaban
paralizados por el miedo. De pie, exclamó: "Están rendidos". Sus
seguidores estuvieron de acuerdo, menospreciando a los españoles.
Al mirar hacia la torre donde
estaban los cristianos, Atahualpa, enfadado, ordenó que los echaran o mataran.
En ese momento, se acercó a él Fray Vicente de Valverde, un dominico que
llevaba una cruz en la mano y su breviario o, según algunos relatos, la Biblia.
Realizó una reverencia, se santiguó con la cruz y comenzó a hablar:
"Excelentísimo señor, es necesario que sepáis que Dios, trino y uno, creó
el mundo de la nada y formó al hombre de la tierra, a quien llamó Adán, y de
quien todos nosotros descendemos. Adán pecó contra su Creador por
desobediencia, y todos los hombres que han nacido desde entonces, excepto
Jesucristo, verdadero Dios que descendió del cielo para nacer de la Virgen
María, con el fin de redimir a la humanidad del pecado. Murió en una cruz
similar a esta, por la cual la adoramos. Resucitó al tercer día y ascendió al
cielo cuarenta días después, dejando como su vicario en la tierra a San Pedro y
a sus sucesores, conocidos como Papas. Estos han concedido al poderoso rey de
España la conquista y conversión de estas tierras. Por eso, Francisco Pizarro
viene a pediros que seáis amigos y súbditos del rey de España, emperador de los
romanos, monarca del mundo, y que obedezcáis al Papa y aceptéis la fe de
Cristo, que es la más santa. Vuestra religión es falsa, y si no obedecéis, os
declararemos la guerra y destruiremos vuestros ídolos para que abandonéis la
engañosa religión de vuestros falsos dioses".
Atahualpa respondió con gran
enfado que no estaba dispuesto a rendir tributo siendo un gobernante libre, ni
aceptaría la idea de que hubiera alguien superior a él. Sin embargo, expresó su
interés en ser amigo del emperador y conocerlo, reconociendo su grandeza al
enviar tantos ejércitos por todo el mundo. Rechazó la autoridad del Papa,
argumentando que este otorgaba lo que no le pertenecía y por no reconocer a
alguien que nunca había visto el reino que había sido de su padre. En cuanto a
la religión, afirmó que la suya era muy buena y que estaba contento con ella, y
se negó a cuestionar algo tan antiguo y ampliamente aceptado. Atahualpa señaló
que Cristo murió, pero el Sol y la Luna nunca lo hacen, cuestionando cómo el
fraile sabía que el Dios de los cristianos creó el mundo.
Fray Vicente respondió que esa
información estaba en el libro, y le ofreció su breviario. Atahualpa lo abrió,
lo examinó brevemente y, al no encontrar nada relevante para él, lo arrojó al
suelo. El fraile recogió su breviario y se dirigió hacia Pizarro gritando:
"¡Los evangelios en el suelo! ¡Venganza, cristianos! ¡A por ellos, a por
ellos, que no quieren nuestra amistad ni nuestra fe!".
Pizarro, al presenciar este
acto, ordenó que se desplegara el estandarte y que se hiciera sonar la
artillería, pensando que los indígenas iban a atacar. Cuando se dio la señal,
los jinetes cargaron furiosamente desde tres direcciones diferentes, rompiendo
las filas de los guerreros que rodeaban a Atahualpa y lanceando a muchos de
ellos. Después, Francisco Pizarro avanzó con la infantería, desencadenando un
feroz combate cuerpo a cuerpo con las espadas. Todos se abalanzaron sobre
Atahualpa, quien aún estaba en su litera, con la intención de capturarlo, cada
uno deseando la gloria de su prisión. Sin embargo, debido a su altura, no
lograban alcanzarlo y, en su intento, apuñalaban a los portadores de la litera.
Pero tan pronto como alguno caía, otros se apresuraban a sostenerla para evitar
que su gran señor Atahualpa cayera al suelo.
Al presenciar esta escena,
Pizarro se abalanzó sobre Atahualpa, agarrándolo por su vestimenta y
derribándolo, lo que prácticamente puso fin al combate. Ningún indígena se
atrevió a pelear, a pesar de que todos estaban armados, lo cual era notable
dada su feroz tradición de guerra. Su falta de resistencia se debió a que no
recibieron órdenes para luchar, ni se dio la señal acordada para hacerlo. El
estruendo provocado por las trompetas, los arcabuces y la artillería, así como
el repiqueteo de los cascabeles de los caballos, los aturdió y asustó
enormemente.
Con el ruido ensordecedor y la
prisa de los españoles infligiéndoles heridas, los indígenas huyeron sin
preocuparse por su rey. Se atropellaban unos a otros tratando de escapar, y
tantos se agolparon en un solo punto que derribaron un tramo de la pared,
creando una salida. Hernando Pizarro, Hernando de Soto y los jinetes
persiguieron a los fugitivos hasta que oscureció, infligiendo muchas bajas
durante la persecución.
Incluso
Rumiñahui, el capitán que había sido colocado para capturar a los españoles si
huían, también huyó al sentir el estruendo de la artillería y ver caer de la
torre al que tenía que dar la señal.
Muchos indígenas murieron
durante la captura de Atahualpa, que tuvo lugar en el año 1533 en el tambo de
Cajamarca, un amplio patio cercado. La elevada cifra de víctimas se debió a que
los nativos no opusieron resistencia y los españoles los atacaron con
estocadas, siguiendo el consejo de Fray Vicente, quien sugirió evitar el uso de
tajos y cortes para no dañar las espadas. Los indígenas llevaban morriones de
madera dorada adornados con plumajes, que destacaban en el campo de batalla;
vestían jubones robustos, embellecidos con adornos dorados, y portaban porras,
picas muy largas, hondas, arcos, hachas y alabardas hechas de plata, cobre e
incluso oro, que resplandecían de manera sorprendente.
Ningún español resultó muerto
o herido, excepto Francisco Pizarro, quien sufrió una herida en la mano
mientras intentaba capturar a Atahualpa. Durante el forcejeo, un soldado le
infligió un corte con la intención de derribar al emperador inca, y algunos
informes sugieren que otro soldado pudo haber herido accidentalmente a Pizarro
en ese momento.
El
grandísimo rescate que prometió Atahualpa porque le soltasen
Aquella noche, los españoles
celebraron entre sí la gran victoria y la captura del prisionero, además de
descansar del arduo trabajo, ya que no habían tenido tiempo para comer durante
todo el día. A la mañana siguiente, salieron a inspeccionar el campamento.
Descubrieron en el baño y en el campamento de Atahualpa cinco mil mujeres, quienes,
aunque estaban tristes y desamparadas, se mostraron amigables con los
cristianos. También encontraron muchas y lujosas tiendas, una cantidad infinita
de prendas de vestir y utensilios para el hogar, así como hermosas piezas y
recipientes de plata y oro. Se dice que una de estas vasijas de oro pesaba
hasta ocho arrobas, y el valor total de la vajilla de Atahualpa ascendía a cien
mil ducados.
Atahualpa sintió profundamente
el peso de sus cadenas y rogó a Pizarro que lo tratara bien, aceptando su destino.
Consciente de la codicia de los españoles, ofreció pagar un rescate tan grande
que cubriría todo el suelo de la sala de su prisión con plata y oro labrado. Al
ver la incredulidad en el rostro de los presentes, aseguró que dentro de cierto
plazo les proporcionaría tantas vasijas y piezas de oro y plata que llenarían
la sala hasta la altura que él mismo alcanzaba con la mano en la pared. Para
dejar constancia de su promesa, hizo marcar una línea roja alrededor de toda la
sala como señal. Sin embargo, especificó que esto solo ocurriría si los
españoles prometían no romper ni dañar las tinajas, jarras y vasos que él
colocara allí hasta llegar a la línea. Pizarro lo reconfortó y prometió
tratarlo con respeto, asegurándole que sería liberado una vez se cumpliera el
rescate prometido.
Con la palabra de Pizarro,
Atahualpa envió mensajeros a diferentes lugares en busca de oro y plata,
rogándoles que regresaran pronto si deseaban su liberación. Pronto comenzaron a
llegar indígenas cargados con estos metales preciosos. Sin embargo, debido a
que la sala era grande y las cargas eran pequeñas, aunque numerosas, el oro y
la plata apenas llenaban la vista de la sala, lo que llevó a muchos a sospechar
que Atahualpa estaba retrasando su rescate con astucia, esperando reunir
suficiente gente para atacar a los españoles. Algunos incluso insinuaron que
pretendía ser liberado o incluso asesinado, si no fuera por la intervención de Hernando
Pizarro.
Atahualpa, consciente de estas
sospechas, aseguró a Pizarro que no había razón para que estuvieran
descontentos ni para acusarlo, explicando que las principales fuentes de oro y
plata, como Quito, Pachacamac y Cusco, estaban lejos y que él mismo deseaba su
liberación. Para demostrar que en su reino la gente solo se reunía para traer
metales preciosos, les instó a enviar a algunos de ellos al Cusco para verlo
por sí mismos y traer el oro. A pesar de sus dudas sobre la palabra de los
indígenas, Atahualpa bromeó sobre el temor que mostraban hacia él debido a que
llevaba cadenas.
Hernando
de Soto y Pedro del Barco se ofrecieron a ir al Cusco, ubicado a unas
doscientas leguas, en hamacas, casi a toda velocidad, ya que los porteadores se
turnaban con frecuencia y continuaban moviéndose sin detenerse, lo que les
permitía avanzar rápidamente.
Cerca de Cajamarca, en su
ruta, se toparon con Huáscar, quien estaba cautivo de Quizquiz y Calcuchímac,
los principales lugartenientes de Atahualpa. A pesar de las súplicas de Huáscar
para ser liberado y de su ofrecimiento de acompañar a los españoles de regreso
a Cajamarca, estos rechazaron su propuesta. Su anhelo por llegar y contemplar
el tesoro de Cusco fue lo que les impidió retroceder y llevar consigo al
hermano de Atahualpa.
Hernando Pizarro también se
dirigió con algunos hombres a caballo hacia Pachacamac, a cien leguas de
Cajamarca, en busca de oro y plata. En el camino, cerca de Huamachuco, se
encontró con Illescas, quien transportaba trescientos mil pesos de oro y una
cuantía inmensa de plata como rescate para su hermano Atahualpa. En Pachacamac,
Hernando Pizarro halló un gran tesoro; además, logró someter pacíficamente a un
ejército de indios que se había sublevado.
Dada la escasez de hierro, los
caballos fueron herrados con plata, e incluso algunos con oro, ya que esto
resultaba más económico. De esta manera, se logró reunir una enorme cantidad de
oro y plata en Cajamarca para el rescate de Atahualpa, tal como se ha descrito.
Muerte
de Huáscar, por mandado de Atahualpa
Como más adelante relataremos,
Quizquiz y Calcuchimac habían capturado a Huáscar, el soberano señor de todos
los reinos del Perú, casi al mismo tiempo que Atahualpa fue apresado, o poco
antes. Inicialmente, Atahualpa temió por la vida de Huáscar y por eso no ordenó
su ejecución en ese momento. Sin embargo, cuando recibió la promesa de su
propia libertad y la vida de Huáscar a cambio del enorme rescate que ofreció a
Pizarro, cambió de parecer y llevó a cabo su ejecución tras enterarse de lo que
Huáscar había dicho a Soto y Barco.
Huáscar les había instado a
regresar con él a Cajamarca para evitar ser asesinado por los capitanes,
quienes desconocían la prisión de su señor. Además, afirmó que no solo
cumpliría con la promesa hasta la raya acordada, sino que llenaría toda la sala
hasta el techo con oro y plata, tres veces más que los tesoros de su padre,
Huayna Capac. También explicó que Atahualpa, su hermano, no podría cumplir lo
que prometió sin saquear los templos del Sol. Finalmente, les reveló que él era
el verdadero soberano de todos esos reinos y que Atahualpa era un tirano. Por
lo tanto, deseaba informar y conocer al líder de los cristianos, quien estaba
corrigiendo las injusticias, y así recuperar su libertad y reinos. Argumentó
que su padre, Huayna Capa, le había encomendado en su lecho de muerte que fuera
amigo de los blancos y barbudos que llegaran, ya que estaban destinados a
convertirse en los gobernantes de la tierra.
Este gran señor era muy sabio
y tenía conocimiento de lo que los españoles habían hecho en Castilla de Oro,
por lo que intuyó lo que podrían hacer en su territorio. Atahualpa temió
profundamente estas predicciones, que resultaron ser ciertas, y ordenó la
muerte de Huáscar, afirmando ante Pizarro que había fallecido de tristeza y
pesar. Algunos relatos sugieren que Atahualpa simuló estar triste y abatido
durante varios días, sin comer ni hablar, con la intención de averiguar la
verdadera intención de los españoles y engañar a Pizarro. Finalmente, confesó,
tras ser instado repetidamente, que Quizquiz había sido el responsable de la
muerte de Huáscar.
Atahualpa se justificó
argumentando que había actuado en defensa propia, ya que su hermano intentó
usurparle el reino de Quito y buscaba concertarse con él. Pizarro intentó
consolarlo, asegurándole que la muerte era algo natural para todos y que él
mismo se encargaría de castigar a los responsables una vez informado de la
verdad. Sin embargo, al ver que los españoles no mostraban preocupación por la
muerte de Huáscar, Atahualpa ordenó su ejecución.
Independientemente de los
detalles exactos, es claro que Atahualpa fue quien ordenó la muerte de Huáscar,
y algunos atribuyen cierta responsabilidad a Hernando de Soto y Pedro del Barco
por no haberlo acompañado y traído de vuelta a Cajamarca cuando tuvieron la
oportunidad. Sin embargo, ellos prefirieron continuar hacia el Cusco en busca
de oro, argumentando que no podían desobedecer las órdenes de su gobernador.
Muchos creen que, si hubieran capturado a Huáscar, Atahualpa no lo habría
ejecutado y los indígenas no habrían ocultado las riquezas del Cusco, que, según
la fama, superaban con creces lo obtenido en el rescate de Atahualpa. En sus
últimas palabras, Huáscar profetizó que su traidor hermano sería asesinado de
la misma manera.
Las
guerras y diferencias entre Huáscar y Atahualpa
Huáscar, cuyo nombre significa
"soga de oro", reinó pacíficamente en el Cusco y en todos los
señoríos de su padre Hayna Cápac, que eran numerosos y extensos, excepto en
Quito, que pertenecía a Atahualpa. Sin embargo, esta paz no duró mucho, ya que
Atahualpa reclamó Tomebamba, una provincia rica en minas, y el Quito,
argumentando que le correspondían como parte de su herencia paterna.
Enterado rápidamente de esta
situación, Huáscar envió un mensajero a su hermano para rogarle que no alterara
la tierra y que le devolviera los nobles y sirvientes de su padre. Los
habitantes de la región, llamados cañares, mantuvieron su lealtad hacia
Huáscar, pero al ver a los guerreros de Quito en armas, Huáscar pidió ayuda
para reprimir la rebelión. Dos mil nobles respondieron a su llamado y se unieron
a él, junto con otros grupos vecinos como los chaparras y los paltas.
Atahualpa, al enterarse de
esta coalición, marchó hacia ellos con su ejército con la intención de impedir
o deshacer la alianza. Antes de la batalla, solicitó que le cedieran la tierra
que consideraba heredada de su padre, pero al recibir una respuesta negativa,
dio inicio al enfrentamiento. A pesar de la resistencia, Atahualpa logró vencer
en la batalla y capturó a Huáscar en el puente de Tumebamba mientras intentaba
huir.
Algunas versiones sugieren que
fue Huáscar quien inició la guerra y que la batalla duró tres días, con
numerosas bajas de ambos bandos. Finalmente, Atahualpa fue capturado. Los
nobles del Cusco celebraron su prisión con grandes fiestas y celebraciones. En
un acto de astucia, Atahualpa logró escapar durante la noche al romper una
gruesa pared con una barra de plata y cobre que una mujer le proporcionó. Se
dirigió entonces al Quito, donde convocó a sus vasallos y les persuadió para
unirse a su causa. Alegó que el Sol lo había convertido en culebra para
liberarse de la prisión y le había prometido la victoria en la guerra. Sus
seguidores, ya sea por creer en el milagro o por lealtad hacia él, se unieron a
su ejército. Con esta fuerza, Atahualpa regresó y derrotó a sus enemigos en
varias ocasiones, causando una gran cantidad de muertes en el proceso, cuyos
restos aún se pueden encontrar en montones en la región.
Entonces, Atahualpa ordenó el
asesinato de sesenta mil personas de los cañares y arrasó Tumebamba, una ciudad
grande, rica y hermosa ubicada junto a tres ríos caudalosos. Estas acciones
infundieron miedo en toda la región y fortalecieron la determinación de
Atahualpa de convertirse en el inca de todos los territorios que alguna vez
fueron de su padre. Inició una campaña militar contra la tierra de su hermano,
destruyendo y matando a aquellos que se le resistían, mientras que aquellos que
se rendían recibían franquicias y el botín de los muertos.
Esta
política de libertad atrajo a algunos seguidores, mientras que la crueldad de
Atahualpa alienaba a otros. Con esta estrategia, logró conquistar territorios
hasta llegar a Tumbes y Cajamarca, enfrentando poca oposición excepto en Puna,
donde fue herido como se mencionó anteriormente.
Atahualpa envió un gran
ejército liderado por Quizquiz y Calcuchimac, dos de sus capitanes más sabios y
valientes, para enfrentar a Huáscar, quien marchaba desde el Cusco con una
enorme hueste. Cuando los dos ejércitos estaban cerca uno del otro, los
capitanes de Atahualpa intentaron emboscar a los enemigos desviándose del
camino real. Por su parte, Huáscar, con poca experiencia en asuntos militares,
se desvió para cazar, dejando a su ejército avanzar sin precaución ni
exploradores. Esto llevó a un encuentro sorpresivo con las fuerzas enemigas en
un área donde no podían escapar.
Huáscar y los ochocientos
hombres que lo acompañaban lucharon valientemente hasta que fueron rodeados y
capturados por los enemigos. Sin embargo, poco después llegaron refuerzos para
socorrerlos, amenazando con liberarlos y matar a los soldados de Atahualpa.
Quizquiz y Calcuchimac, temiendo perder la oportunidad de capturar a Huáscar,
les ordenaron a los prisioneros que soltaran las armas y convocaron a una
reunión de veinte señores y capitanes principales para negociar un acuerdo de
paz. Sin embargo, una vez reunidos, los dos capitanes traicionaron a los
señores y los ejecutaron, advirtiendo a Huáscar que harían lo mismo con él si
no se retiraba a sus tierras.
Así, con esa crueldad y
amenaza, el ejército de Huáscar se dispersó y él quedó solo y prisionero en
manos de Quizquiz y Calcuchimac. Finalmente, fue ejecutado por orden de
Atahualpa.
Repartimiento
de oro y plata de Atahualpa
Después de varios días de la
captura de Atahualpa, los españoles sintieron la urgencia de repartir su
despojo y rescate. Temían que los indígenas se levantaran y les arrebataran el
botín, e incluso los mataran por ello. Además, no querían esperar a que
llegaran más españoles antes de dividirlo. Francisco Pizarro ordenó pesar y
valorar el oro y la plata capturados. Después de la evaluación, se encontraron
cincuenta y dos mil marcos de plata y un millón trescientos veintiséis mil
quinientos pesos de oro, una cantidad de riqueza nunca vista antes. El quinto
del botín, que pertenecía al rey, ascendió a casi cuatrocientos mil pesos. Cada
soldado de caballería recibió ocho mil novecientos pesos de oro y trescientos
setenta marcos de plata, mientras que cada soldado de infantería recibió cuatro
mil cuatrocientos cincuenta pesos de oro y ciento ochenta marcos de plata. Los
capitanes recibieron entre treinta y cuarenta mil pesos cada uno. Francisco
Pizarro obtuvo la parte más grande, ya que como capitán general tomó el tablón
de oro que Atahualpa tenía en su litera, valorado en veinticinco mil
castellanos. Nunca antes los soldados habían acumulado tanta riqueza en tan
poco tiempo y sin riesgo. Sin embargo, muchos de ellos perdieron su parte en
juegos de azar. Además, el gran flujo de dinero hizo que los precios de las
cosas se dispararan, llegando a costar unas calzas de paño treinta pesos, unos
borceguíes el mismo valor, una capa negra cien pesos, una hoja de papel diez, una
azumbre de vino veinte, y un caballo tres, cuatro o incluso cinco mil ducados,
precios que se mantuvieron altos durante varios años.
Pizarro también otorgó a los
que vinieron con Almagro, aunque no estaba obligado, sumas de quinientos y mil
ducados para evitar cualquier amotinamiento. Habían llegado con la intención de
conquistar la tierra por su cuenta y causar problemas y deshonra a Pizarro,
según lo que le habían escrito. Sin embargo, Almagro ahorcó a quien redactó esa
carta. Al enterarse de la captura y la riqueza de Atahualpa, Almagro se dirigió
a Cajamarca y se unió a Pizarro, ya que le correspondía su parte según los
términos del acuerdo de compañía que tenían. Estuvieron en muy buenos términos
y se mostraron conformes. Pizarro envió el quinto y un informe de todo al
emperador, junto con su hermano Fernando Pizarro. Muchos soldados regresaron a
España con grandes fortunas, que oscilaban entre veinte, treinta y hasta
cuarenta mil ducados. En resumen, trajeron casi todo el oro de Atahualpa,
inundando la contratación de Sevilla con dinero y atrayendo la atención y el
deseo de todo el mundo.
Muerte
de Atahualpa
La muerte de Atahualpa fue
tramada por donde menos esperaba, ya que un intérprete llamado Felipillo se
enamoró y se hizo amigo de una de las mujeres de Atahualpa, con la esperanza de
casarse con ella si Atahualpa moría. Felipillo le dijo a Pizarro y a otros
españoles que Atahualpa estaba secretamente reuniendo gente para matar a los
cristianos y liberarse. A medida que este rumor se difundía entre los
españoles, algunos comenzaron a creer en él. Unos sugirieron que lo mataran
para garantizar su seguridad y la de los reinos, mientras que otros propusieron
enviarlo al emperador sin matarlo, a pesar de cualquier culpa que pudiera
tener. Esta última opción habría sido mejor, pero optaron por lo primero,
posiblemente a instancias de los hombres que acompañaban a Almagro. Estos
hombres pensaban, o al menos así lo expresaban, que mientras Atahualpa
estuviera vivo, no recibirían ninguna parte del oro hasta que se pagara su
rescate por completo. Finalmente, Pizarro decidió matarlo para librarse de
preocupaciones y porque creía que tendrían menos problemas para ganar la tierra
si Atahualpa estaba muerto. Se le acusó de la muerte de Huáscar, rey de esas
tierras, y se demostró que también estaba conspirando para matar a los
españoles. Sin embargo, estas acusaciones fueron producto de la malicia de
Felipillo, quien interpretaba los testimonios de los indios según su antojo,
sin que ningún español lo observara o entendiera. Atahualpa siempre negó estas
acusaciones, insistiendo en que no tenía sentido planear tales acciones, ya que
sería imposible llevarlas a cabo estando él vivo debido a las muchas guardias y
prisiones que lo rodeaban. Además, amenazó a Felipillo y rogó que no le
creyeran.
Cuando Atahualpa escuchó la
sentencia, se quejó amargamente de Francisco Pizarro, ya que le había prometido
liberarlo a cambio de un rescate, pero ahora lo estaba ejecutando. Le rogó que
lo enviara a España y que no manchara sus manos ni su reputación con la sangre
de alguien que nunca lo había ofendido y que incluso lo había enriquecido. Cuando
lo llevaron para ser ejecutado, pidió el bautismo por consejo de aquellos que
lo consolaban, ya que prefería morir así en lugar de ser quemado vivo. Fue
bautizado y luego estrangulado en un poste. Fue enterrado de acuerdo con
nuestras costumbres cristianas, con pompa, y Pizarro expresó su luto y le
rindió honores en sus obsequias. No hay necesidad de reprochar a quienes lo
ejecutaron, ya que el tiempo y sus propios pecados los castigaron después, como
se verá en la continuación de su historia. Atahualpa murió con valentía, y
ordenó que su cuerpo fuera llevado al Quito, donde estaban enterrados los
reyes, sus antepasados por parte de su madre. Si pidió el bautismo
sinceramente, fue afortunado, y si no, pagó por las muertes que había ordenado.
Atahualpa era un hombre bien educado, sabio, valiente, honesto y de aspecto
impecable. Tenía muchas mujeres y dejó varios hijos. Aunque usurpó muchas
tierras a su hermano Huáscar, nunca se puso la borla imperial hasta que fue
capturado. Además, demostraba respeto incluso en pequeños gestos, como escupir
en la mano de una dama de alta posición en lugar de en el suelo, como muestra
de su majestad. Los indios se sorprendieron y elogiaron a Huáscar como hijo del
Sol, recordando cómo había predicho la rápida muerte de Atahualpa y había
ordenado su ejecución.
Linaje
de Atahualpa
Los hombres más nobles, ricos
y poderosos de todas las tierras que conocemos como Perú son los incas. Siempre
se distinguen por sus cabezas rapadas y los grandes pendientes que llevan en
las orejas, los cuales no cuelgan, sino que se insertan dentro de ellas de tal
manera que las agrandan, por lo que nuestros españoles los llaman
"orejones". Su origen se remonta a Titicaca, una laguna en el Collao,
a unas cuarenta leguas del Cusco. La palabra "Titicaca" significa
"isla de plomo", debido a que algunas de las isletas en la laguna
están pobladas con plomo, conocido como "tiqui".
Titicaca se encuentra a unas
ochenta leguas de Boja y recibe las aguas de diez o doce ríos grandes, así como
muchos arroyos. Luego, todas estas aguas son desviadas por un solo río,
bastante ancho y profundo, que finalmente desemboca en otra laguna ubicada a
unas cuarenta leguas hacia el oriente, donde desaparece, dejando perplejos a
los observadores.
El primer líder inca que emergió
de Titicaca, y que lideró a su gente, se llamaba Zapalla, que significa
"solo señor". Algunos ancianos indígenas también mencionan que se
llamaba Viracocha, que significa "grasa del mar", y que trajo a su
gente por el mar. En cualquier caso, Zapalla es considerado el fundador del Cusco,
donde los incas comenzaron su expansión, conquistando otras tierras lejanas y
estableciendo allí la sede de su imperio.
Entre los incas, se destacaron
por sus logros Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac, quienes fueron el
bisabuelo, abuelo y el padre de Atahualpa, respectivamente. Sin embargo, el más
célebre de todos los incas fue Huayna Cápac, que suena como un joven rico.
Conquistó el Quito por la fuerza de las armas, se casó con la señora de ese
reino y tuvo hijos con ella, incluyendo a Atahualpa y a Illescas. Huayna Cápac
murió en Quito, dejando esa tierra a Atahualpa y el imperio y tesoros del Cusco
a Huáscar. Se dice que tuvo doscientos hijos con diferentes mujeres y gobernó
sobre un territorio de ochocientas leguas.
Corte
y riqueza de Huayna Cápac
Los señores incas tenían su
residencia principal en Cusco, la capital de su vasto imperio. Sin embargo,
Huayna Cápac, un emperador destacado, optó por mantenerse en Quito, una región
tranquila que él mismo había conquistado. Siempre iba acompañado por numerosos
orejones, una élite militar, que lucían calzado, plumajes y otros símbolos
distintivos de su estatus privilegiado y habilidad en la guerra.
Huayna Cápac se rodeaba de los
hijos mayores o herederos de los señores imperiales, quienes vestían ropas
típicas de sus respectivas regiones para que todos pudieran identificar su
origen. Esta diversidad de vestimenta y colores enriquecía y enaltecía la corte
imperial. Además, contaba con una variedad de señores mayores y ancianos en su
consejo y círculo cercano, cada uno con su propio rango y protocolo de honor.
Aunque todos recibían
hospitalidad y servicio en la corte, no todos tenían el mismo estatus. Algunos
tenían el privilegio de ser transportados en andas o hamacas, mientras que
otros caminaban a pie. Sus asientos y posiciones también variaban, con algunos
sentados en bancos elevados, otros en bancos más bajos y algunos directamente
en el suelo. Sin embargo, cuando cualquiera de ellos visitaba la corte desde
fuera, mostraban su respeto descalzándose antes de ingresar al palacio y
llevando algo a cuestas como muestra de su vasallaje al hablar con Huayna
Cápac.
Los visitantes se acercaban a
Huayna Cápac con gran humildad, evitando mirarlo directamente a los ojos como muestra
de profundo respeto. Su presencia imponente inspiraba reverencia en todos los
presentes. Él mantenía una actitud solemne y respondía con brevedad, mostrando
su autoridad. Incluso, cuando estaba en casa, solía escupir en la mano de una
señora como un gesto de majestuosidad.
Durante las comidas, Huayna
Cápac era servido con gran pompa y bullicio. Todos los utensilios de su mesa y
cocina estaban hechos de oro y plata, o al menos de plata y cobre para mayor
durabilidad. En su habitación, tenía estatuas huecas de oro que representaban
gigantes, así como figuras de todos los animales, aves, árboles y plantas de la
tierra, así como de los peces de sus reinos marítimos. Incluso poseía sogas,
costales, cestas y graneros hechos de oro y plata, e incluso pilas de palos de
oro que simulaban leña cortada para quemar.
Se dice que los incas tenían
un jardín en una isla cercana a Puna, donde podían relajarse junto al mar. Este
jardín estaba adornado con vegetación hecha de oro y plata, una hazaña de
ingeniería y opulencia nunca antes vista.
Además de todo lo mencionado,
Huayna Cápac poseía una cantidad inmensurable de plata y oro sin trabajar en Cusco.
Lamentablemente, esta riqueza se perdió debido a la muerte de Huáscar, ya que
los indígenas lo escondieron al ver que los españoles se lo apropiaban y
enviaban a España. A pesar de los esfuerzos de muchos por encontrarlo, hasta el
día de hoy no ha sido hallado. Quizás la fama de estas riquezas sea mayor que
su valor real, aunque Huayna Cápac era conocido como un joven rico, como su
nombre lo indica.
Todas estas riquezas, junto
con el imperio, fueron heredadas por Huáscar. Sin embargo, se habla mucho menos
de él en comparación con Atahualpa, lo cual es injusto para Huáscar. Esto puede
deberse a que no llegó al poder de los españoles, lo que lo relega a un segundo
plano en la historia.
Fin
Compilado
y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez
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