Historia de Tlaxcala por Diego Muñoz Camargo
Capítulo
uno
...El
linaje de los tlaxcaltecas y lo que les ocurrió al cruzar el estrecho, del cual
se tiene noticia de que vinieron o de que, en su travesía, nació Camaxtle, dios
de los tlaxcaltecas. Se dice que este dios atravesó desde el mar del Norte
hasta el del Sur y que luego apareció en las tierras de Pánuco, como ya hemos
mencionado y seguiremos describiendo más adelante. Después de que Tezcatlipoca
Huemac vino en busca de Quetzalcóatl, causó tanto temor entre las gentes que,
al no encontrarlo, desató matanzas en toda la tierra. Esto provocó que se le
temiera y adorara como a un dios. Tezcatlipoca pretendió opacar la fama de
Quetzalcóatl, llegando a dominar las provincias de Cholula, Quauhquecholla,
Izúcar, Atlixco y todas las tierras de Tepeyacac, Tecamachalco, Quecholac y
Tehuacán. En todas estas provincias fue venerado como un dios. Lo mismo ocurrió
en Tlaxcala, donde lo consideraban el más poderoso de los dioses, tanto por su
valentía como por su fuerza y astucia. En toda la Nueva España fue ampliamente
conocido y adorado como dios.
Dado
que hemos hablado extensamente de Tezcatlipoca y Quetzalcóatl, no podemos dejar
en silencio la causa de la división y separación de los tarascos michoacanos,
como ya mencionamos. Se cuenta que, al cruzar el estrecho del mar, los tarascos
avanzaron en troncos de árboles, balsas y otros medios rudimentarios. Se
establecieron en las siete cuevas, donde vivieron hasta que lograron construir
moradas permanentes. Sabemos que la mayoría de estas naciones eran pueblos
desnudos y desarrapados, y que muchos no tenían con qué vestirse, aunque
algunos usaban cueros y pieles de animales. Ya sea por falta de industria o de
recursos para fabricar algodón o lana, la mayoría vivía sin ropa, lo que los
llevó a buscar tierras más templadas donde su desnudez se hiciera más
llevadera, habiendo ya convertido esta forma de vida en una costumbre natural.
La
razón de su falta de vestimenta, según se dice, es que los tarascos no usaban
bragueros, calzones ni zaragüelles, ni otro tipo de prendas para cubrir las
partes íntimas, como si fueran animales ajenos a la decencia de los hombres.
Solían llevar unas túnicas cortas, sin mangas, que apenas les llegaban a las
rodillas, abiertas por el cuello para meter la cabeza y cerradas en todo lo
demás. Este tipo de vestimenta, que hoy en día es femenina, en aquel entonces
era común entre los tarascos y se sigue utilizando en toda la Nueva España bajo
el nombre de huipil; los españoles las llaman camisas.
Sobre
estas túnicas, los tarascos llevaban una manta de algodón, llamada tzanatzi en
su lengua, y ayatl en náhuatl. Era una prenda finamente tejida con vivos
colores y adornos que imitaban los trabajos de seda, elaborados con pelos de
liebre y conejo. Estas mantas se anudaban sobre un hombro y llegaban hasta los
tobillos, siendo más cortas entre los jóvenes y largas entre los ancianos. Esta
era la vestimenta tradicional tarasca. También usaban otras prendas, como capas
de plumas de distintos colores y especies de aves. Sin embargo, otras naciones
como los mexicanos, culhuas, tepanecas, olmecas y xicalancas no usaban las
camisas de los tarascos ni sus túnicas. Preferían llevar bragueros y cubiertas
para las partes genitales y posteriores por motivos de decoro, aunque el resto
del cuerpo quedaba desnudo. Usaban mantas ricas, anudadas sobre un hombro, tal
como ya hemos mencionado.
La
diferencia en la vestimenta entre los mexicanos, tarascos y otras naciones,
según se dice, no fue significativa, ya que todos compartían un origen común,
descendiendo de una misma prosapia y generación, habiendo llegado por la misma
ruta. Algunos sostienen que, al cruzar un estrecho de mar o un gran río,
posiblemente el río de Toluca, se encontraron con obstáculos geográficos que
los dividieron. Aunque no hay claridad sobre si fue un río o un estrecho
marítimo, lo importante es que los tarascos se adelantaron en su travesía,
queriendo cruzar primero, aunque las demás tribus intentaron detenerlos,
advirtiéndoles del gran peligro que implicaba hacerlo sin las herramientas
necesarias, pues en aquellos tiempos pasar el mar se consideraba una gran
hazaña, especialmente sin barcos ni instrumentos de navegación.
A
pesar de las advertencias, los tarascos persistieron en su propósito,
encontrando ingeniosos medios para cruzar. Utilizaron troncos, balsas y todo lo
que la necesidad les enseñaba. Incluso se despojaron de sus bragueros y maxtles
—prendas de más de cuatro brazas de largo, bellamente decoradas— para atar las
balsas y maderos que les permitieron cruzar con sus hijos y mujeres. Al llegar
al otro lado, quedaron desnudos y desabrigados, por lo que se vieron obligados
a usar las camisas y huipiles de sus mujeres, dejando a estas cubiertas solo de
la cintura para abajo. Con el tiempo, adoptaron esta forma de vestimenta en
memoria de aquella travesía. Desde entonces, los tarascos nunca volvieron a
usar bragueros y continuaron vistiéndose con los huipiles de las mujeres,
quienes tampoco volvieron a ceñirse las enaguas con faja o cinta, sino que las
ajustaban simplemente con un nudo.
Después
de esa travesía, los tarascos fueron los primeros en poblar las provincias de
Michoacán, donde encontraron tierras que se ajustaban a sus necesidades y
costumbres. Mientras tanto, los mexicanos, tepanecas y las demás tribus que se
quedaron atrás, continuaron vistiendo sus trajes tradicionales de algodón,
palmas, maguey —conocido como ixtli— y pieles de animales. A los tarascos, los mexicanos
les dieron este nombre porque usaban los genitales cubiertos entre las piernas,
lo que producía un sonido al correr. Los habitantes de Michoacán se llamaron
Michhuaques, porque las tierras que poblaron eran ricas en pescado, y de ahí
proviene el nombre de la provincia, Michhuacán, que significa "lugar de
peces".
Capítulo
dos
Para
una mejor comprensión, conviene detenernos en su destreza y arte militar.
Aunque considerados bárbaros y no guiados del todo por la razón, mantenían un
cierto orden en sus encuentros y combates, atacando y retirándose según lo
dictaban las circunstancias. Antes de profundizar en sus tácticas, describamos
sus armas ofensivas y defensivas, las cuales eran fundamentales en sus enfrentamientos.
La
primera arma que emplearon fueron los arcos y las flechas, que usaban tanto
para la caza como para la guerra. Además, recurrían a hondas y lanzas, con
varas de más de una braza y media, que lanzaban con gran precisión y fuerza,
causándoles severos daños a sus enemigos. Las puntas de estas armas podían
estar hechas de madera endurecida, espinas de pescado, cobre o pedernal, y lo
mismo se aplicaba a las flechas lanzadas desde los arcos. También empleaban
porras de madera robustas y pesadas, llamadas macanas, y espadas de pedernal
afiladas y cortantes. Para protegerse, usaban escudos fuertes y barreras,
aprovechando el terreno con zanjas y emboscadas.
Una de
sus tácticas más ingeniosas era cavar trampas en lugares estratégicos,
colocando estacas afiladas y cubriéndolas con tierra para engañar a sus
enemigos. También envenenaban las aguas de los ríos y fuentes para que sus
contrincantes bebieran de ellas y murieran. Realizaban ataques nocturnos por
sorpresa y, en combate, peleaban casi desnudos, cubiertos con tizne o pinturas
de guerra. Algunos guerreros de mayor rango, como los mexicanos, acolhuas y
tlaxcaltecas, vestían túnicas de algodón acolchadas, similares a armaduras de
cuero. También usaban insignias decoradas con figuras de animales como tigres,
leones, osos, lobos o águilas, adornadas con oro y plumas valiosas, todas
elaboradas con gran habilidad.
En la
guerra, llevaban consigo joyas de oro y atavíos muy preciados, y peleaban en
grupos compactos. Sus batallas no seguían las mismas tácticas que las nuestras:
enviaban una cuadrilla para enfrentar a otra en medio del campo, y el grupo con
más fuerza se imponía. Cuando uno de los bandos comenzaba a flaquear, un nuevo
escuadrón entraba en acción para apoyarlo, hasta que se desencadenaba una gran batalla.
Así continuaba el combate hasta que se hacía evidente la victoria de un lado,
momento en el que los vencedores proclamaban su triunfo a grandes voces,
invocando a sus dioses con renovada energía.
Su
objetivo principal en la guerra no era solo vencer, sino capturar prisioneros
para sacrificarlos a sus dioses y, en ocasiones, comérselos. Para ellos,
capturar era una mayor hazaña que matar. Si bien algunas veces se libraban
escaramuzas, también recurrían a fingir retiradas para atraer a sus enemigos a
emboscadas mortales.
Cuando
intentaban conquistar nuevas provincias o defendían sus tierras de invasores,
luchaban con mayor resistencia. Si no podían someter a los pueblos
pacíficamente, los saqueaban y destruían sus casas. Aunque su estilo de combate
no seguía las normas militares europeas, mantenían cierto orden en sus guerras.
Los caudillos organizaban las batallas en grupos, y mientras avanzaban, hacían
sonar bocinas y tambores, bailando y cantando canciones de guerra. Este
estruendoso ruido, junto con los golpes de sus macanas y escudos, infundía
terror en sus enemigos.
Así
combatían, arrojando piedras, flechas y dardos, hasta que llegaban al cuerpo a
cuerpo con macanas y espadas de pedernal, que causaban heridas mortales. Aunque
hoy en día muchas de estas armas han desaparecido, los Chichimecas y otros
pueblos del norte aún las utilizan. Los arcos y las flechas fueron
probablemente las primeras armas del mundo, inventadas por los primeros hombres
y utilizadas por culturas tan dispares como los turcos, griegos y troyanos.
Esto demuestra que no solo en el Nuevo Mundo, sino en muchas partes del
planeta, estas herramientas han sido fundamentales en la historia de la
humanidad.
Capítulo
tres
Después
de haber poblado México y sus alrededores, con el tiempo llegaron los Ulmecas,
Chalmecas y Xicalancas, unos siguiendo a los otros. Al encontrar la tierra ya
ocupada, decidieron continuar su camino en busca de nuevas aventuras,
dirigiéndose hacia el volcán y las faldas de la sierra nevada. Los Chalmecas se
quedaron en lo que hoy es la provincia de Chalco, mientras que los Ulmecas y
Xicalancas siguieron adelante, cruzando montañas y rodeando pasos hasta llegar
a Tochimilco, Atlixco, Calpan y Huexotzinco, y finalmente a la provincia de
Tlaxcala.
Antes
de llegar a Tlaxcala, inspeccionaron la tierra y eligieron establecerse,
fundando asentamientos como el pueblo de Santa María de la Natividad,
Huapalcalco, y las áreas cercanas a la ermita de Santa Cruz, conocida por los
locales como Texoloc, Mixco, y Xiloxochitla, donde está la ermita de San
Vicente. También se asentaron en el cerro de Xochitecatl y Tenayacac, cerca de
las ermitas de San Miguel y San Francisco, entre las cuales fluye el río que
baja de la sierra nevada de Huexotzinco.
En
este lugar, los Ulmecas hicieron su principal asentamiento, como lo revelan las
ruinas de sus imponentes edificaciones. Las fortificaciones, fosos, murallas y
baluartes muestran que fue una construcción monumental, hecha por innumerables
personas. El sitio principal de su fortaleza estaba en un cerro con casi dos
leguas de circunferencia, rodeado por cinco murallas y fosas de más de veinte
pasos de ancho. La tierra excavada de estas fosas se usaba para reforzar los
muros. Aunque hoy en día están erosionadas, aún alcanzan alturas
significativas. De hecho, he cabalgado dentro de algunas y las he medido,
confirmando que un hombre a caballo, con lanza en mano, no alcanza la parte
superior en muchas secciones, a pesar de los siglos de acumulación de tierra y
agua.
Estas
fosas y murallas rodeaban el cerro, lo que lo convertía en un sitio de gran
fuerza y protección. Incluso hoy en día, hay indios que viven en algunas partes
del cerro, el cual está excavado en roca viva. Muchas cuevas servían de refugio
en la antigüedad. En este imponente y antiguo fuerte, tanto en sus cumbres como
en la sierra de Tlaxcala, llamada Matlalcueye, y en la cima de Tepeticpac, las
mujeres y niños buscaron refugio cuando el Capitán Hernando Cortés y sus
hombres llegaron para conquistar estas tierras, hasta que finalmente se logró
la paz y seguridad en la provincia de Tlaxcala.
Además
de esa antigua población, hubo otras en la zona conocida como San Felipe,
situada a unas dos leguas hacia el oeste, en un terreno llano y despejado.
También existieron otros asentamientos de los mismos Ulmecas, Xicalancas y
Zacatecas, cuyo líder era conocido como Coxanatccuhtli. Al parecer, estos
primeros pobladores llegaron en tres grupos provenientes de las siete cuevas,
compartiendo el mismo idioma, costumbres y estructura. Ocupaban más de cuatro
leguas en distintos puntos de esta provincia, aunque sus edificaciones, hoy en
ruinas, aún son reconocibles. Se les considera los primeros pobladores de
Tlaxcala, ya que se establecieron sin resistencia, encontrando las tierras deshabitadas.
Durante
mucho tiempo vivieron en paz y estabilidad, hasta que llegaron los Chichimecas,
un grupo belicoso y ambicioso. Estos fueron los últimos en poblar y conquistar
Tlaxcala. Según sus crónicas y cantares, aunque con lagunas temporales que
dificultan una clara comprensión, se sabe que estos Chichimecas arribaron hace
aproximadamente trescientos años, con ejércitos organizados en busca de tierras
donde asentarse, como lo habían hecho otros pueblos antes que ellos.
Estos
nuevos habitantes también provenían de las siete cuevas, y perseguían a las
gentes que les precedieron: los Culhuas, Tepanecas, Aculhuaques, Chalmecas,
Ulmecas y Xicalancas, todos ellos parientes y de la misma descendencia, lengua
y costumbres. Aunque en cada provincia adoptaron variaciones en su forma de
hablar, compartían un tronco común en su idioma. La lengua mexicana se
consideraba la materna, mientras que la tezcucana se tenía por más refinada y
elegante. Las demás lenguas derivadas de estas eran vistas como toscas o groseras,
especialmente en las provincias más alejadas de México.
La
lengua mexicana prevalecía en toda Nueva España y gran parte del Nuevo Mundo,
y, aunque otras lenguas eran consideradas bárbaras, los intérpretes mexicanos
las traducían. Este idioma era amplio y rico, con una dignidad que le confería
un carácter señorial. Su estructura permitía la creación de versos con
facilidad, gracias a su armonía y compacidad, siendo apreciada por su suavidad
y facilidad para el aprendizaje y la expresión poética.
Siguiendo,
como mencionamos antes, a sus familiares y parientes, los Chichimecas avanzaron
de tierra en tierra y de provincia en provincia, encontrando la mayor parte del
territorio ya habitado por sus propios deudos. Con la noticia de que las
poblaciones más grandes se encontraban más adelante, su propósito siempre fue
continuar su marcha, lo que hicieron. Así, de un lugar a otro, llegaron a las
provincias de Xilotepec, Hueypuchtlan, Tepotzotlan y Quauhtlinchan, donde se
establecieron por un tiempo. En estos lugares mantuvieron negociaciones
importantes con los Culhuas y Tepanecas mexicanos, quienes tenían asentadas las
tierras que rodeaban la laguna y sus alrededores.
Al
notar la gran cantidad de Chichimecas que había llegado y la escasez de tierras
disponibles, decidieron proseguir su viaje hacia la provincia de Tetzcuco,
donde residían los Acolhuaques Tetzcucanos. Al acercarse a esta región, fueron
bien recibidos por los señores de la tierra, quienes sabían que todos
compartían el mismo linaje, siendo parientes y procedentes de una misma patria.
Sin embargo, al no disponer de tierras suficientes para asentar a tanta gente,
los señores de Tetzcuco les asignaron un lugar temporal donde pudieran
establecerse mientras encontraban un sitio adecuado para poblar.
Así,
los Chichimecas se asentaron junto a la laguna, entre Tetzcuco y Chimalhuacán,
al pie de las montañas de Tetzcuco, en una zona conocida como los Llanos de
Poyauhtlan. En la actualidad, los habitantes de Tlaxcala reclaman derechos
sobre estas tierras, ya que fueron suyas por una merced y donación que les
otorgó el rey de Tetzcuco. Los Chichimecas establecieron su principal
asentamiento en lo que hoy es el pueblo de Cohuatlichan, cerca de la laguna
mexicana, bajo la jurisdicción de Tetzcuco.
En el
año de su fundación, conocido como *Ome Tecpatlxihuitl* o "año de dos
pedernales", los Chichimecas establecieron su asentamiento. A pesar de que
los naturales de las provincias cercanas les habían otorgado tierras y los
recibieron pacíficamente, con hospitalidad y generosidad, los Chichimecas nunca
dejaron de estar en alerta y armados. Temían ser traicionados y sorprendidos
desprevenidos, como a menudo sucede en tales situaciones. Durante su tiempo en
los llanos de Poyauhtlan, se sustentaban principalmente de la caza, siendo
grandes arqueros y cazadores, más hábiles con el arco y la flecha que otras
naciones. De hecho, el término "Chichimeca" significa "hombres
salvajes", como se mencionó previamente, y su origen está relacionado con
el hecho de que estas personas solían comer la carne cruda de los animales y
beber su sangre. En la lengua mexicana, Chichiliztli se refiere a mamar o
chupar, y Chichimeca Techichinani alude a aquellos que chupan, de donde
proviene su nombre.
A lo
largo del tiempo, los descendientes de estos Chichimecas fueron muy respetados,
y su nombre, que originalmente era símbolo de nobleza, se mantuvo. Sin embargo,
en tiempos recientes, el término ha adquirido connotaciones negativas. Hoy en
día, aquellos que viven de manera salvaje, cazando y atacando violentamente a
los pacíficos, son llamados Chichimecas. Estos pueblos, en los tiempos
modernos, se han vuelto mucho más crueles, atacando a los españoles, robando en
los caminos y causando grandes estragos en sus haciendas, lo que ha dificultado
cualquier relación pacífica con ellos.
El
nombre Chichimeca, que alguna vez fue sinónimo de nobleza, ha pasado a designar
a quienes viven como bandidos y saqueadores, especialmente aquellos que habitan
en las tierras inexploradas y remotas, como las regiones de la Florida y otras
aún por conquistar. De estos Chichimecas se podrían contar muchos hechos
espantosos y audaces, dado que sus acciones han sido tan temerarias que casi
han rendido vastas tierras, aunque a un gran costo para los nuestros. Estos pueblos
aún no han sido subyugados, y poseen tierras ricas en metales, especialmente
plata, que algún día podrán ser explotadas. Además, se tiene noticia de otras
tierras y naciones vinculadas a los Chichimecas, entre ellas aquellas de donde
provienen los mexicanos.
Muchos
capitanes españoles han luchado contra ellos, enfrentándose a una milicia feroz
y bárbara, compuesta de arqueros desnudos que combaten con arrojo, sin armadura
ni defensa alguna. Estos enfrentamientos han cobrado la vida de numerosos
capitanes valientes en una guerra que parece interminable.
Capítulo
cuatro
Retornando
a nuestro propósito principal, aquellos antiguos y sinceros Chichimecas que
vivieron en los asentamientos, siguiendo a sus parientes y amigos, adoraban
como dios a Camaxtli. Este ídolo, que veneraban con gran devoción junto a otros
dioses e ídolos, les revelaba sus mandamientos, instituciones y promesas. No
cabe duda de que Camaxtli era el mismo demonio, ya que les hablaba
directamente, revelándoles futuros acontecimientos, indicándoles qué hacer y
dónde establecerse.
Además
de ser devotos de sus ídolos, los Chichimecas eran conocidos por su habilidad
en la hechicería y la nigromancia. Estos conocimientos mágicos los hacían
temidos por sus vecinos, quienes evitaban enfrentarlos. Durante mucho tiempo,
lograron mantenerse en Poyauhtlan sin ser perturbados.
Sin
embargo, cuando las poblaciones vecinas notaron que los Chichimecas se iban
apoderando de más tierras, comenzaron a temer que estos crecieran en poder y
eventualmente los sometieran. Este temor aumentó cuando los Chichimecas
empezaron a tratar mal a sus vecinos en su afán de expandirse. Por esta razón,
los Tepanecas y los Culhuas mexicanos, que estaban unidos por un acuerdo,
decidieron expulsarlos de Poyauhtlan, temiendo que se fortalecieran demasiado.
Así,
durante el reinado de Huitzilihuitzin en México, en el año conocido como
*Cetochtli Xihuitl* (año de un conejo), las huestes Tepanecas y Culhuas se
unieron para atacar a los Chichimecas. Los Chichimecas, siendo un pueblo feroz
y siempre preparado para la guerra, no fueron tomados por sorpresa. Se
enfrentaron con gran furia, defendiendo su territorio con un coraje imponente.
Las
historias antiguas cuentan que la batalla fue tan violenta que desde el pueblo
de Cohuatlichan hasta Chimalhuacan, toda la orilla de la laguna se tiñó de
sangre. El agua de la laguna, dicen, parecía más sangre que agua debido a la
gran cantidad de muertos. Los Chichimecas, con gran habilidad y esfuerzo,
lograron derrotar y humillar a sus enemigos, regresando a su asentamiento
victoriosos.
En
memoria de esa sangrienta batalla, los habitantes de la región comenzaron a
comer un marisco llamado *Izcahuitli*, que se cría en esa laguna. Este marisco
tiene el color de la sangre coagulada y una textura similar a una lama rojiza.
Se cree que esta lama y el marisco se originaron de la sangre derramada en
aquella batalla, aunque esto es solo una fábula. Sin embargo, el nombre
*Izcahuitl* proviene de la palabra *eztli*, que en lengua mexicana significa
sangre, lo que refleja el recuerdo de esa devastadora guerra.
Después
de la gran guerra entre los Tepanecas y los Chichimecas, estos últimos
decidieron abandonar su asentamiento en busca de tierras más amplias y
favorables, deseando escapar de la estrechez en la que vivían. Reconocían que
estaban malquistos con sus vecinos y, además, su dios Camaxtli les instaba a
buscar un nuevo lugar donde pudieran establecerse en paz y prosperidad. Este
dios les decía que debían levantar su campamento y que su verdadera morada no
estaba allí, sino más allá, en un lugar donde pudieran ser señores supremos y
vivir en tranquilidad. La metáfora que les reveló fue clara:
*Uncantonazoncantlathuiz, oncanyazque ayancomican*, que significa
"adelante habéis de pasar, no es aquí donde ha de amanecer el sol con sus
prósperos y resplandecientes rayos".
Conscientes
de que sus relaciones con los Tepanecas se habían deteriorado y que enfrentaban
inevitables conflictos, los Chichimecas decidieron negociar con los señores
Tetzcucanos sobre su intención de marchar y alejarse de los Tepanecas. Su
llegada no había sido con el propósito de pelear, sino de poblar un lugar donde
pudieran vivir en comodidad. Traían consigo a sus hijos y mujeres, y había
muchos más ejércitos que los seguían.
Deseaban
avanzar hacia el este, hacia donde salía el sol, hasta alcanzar la *mar Teuhtlixco
Anahuac*, que se traduce como "al fin de la tierra y hasta la orilla de la
mar", un área que se encontraba desierta y despoblada. Antes de emprender
esta jornada, buscaban el consentimiento de los Tetzcucanos, deseando que su
partida fuese con su licencia y voluntad. Así, si en el futuro enfrentaban
infortunios o adversidades, podrían contar con el apoyo de sus parientes,
amigos y hermanos, quienes les ofrecerían su ayuda como hombres prósperos y
establecidos en la región.
Así,
en esta despedida y separación, se llevaron a cabo importantes negociaciones
entre las partes y los Aculhuaques Tetzcucanos. Finalmente, se acordó que estos
últimos se marcharan en busca de un lugar donde pudieran establecerse a su
antojo. Antes de su partida, para facilitar su camino, se les proporcionaron
adalides y guías que los condujeran a través de las elevadas sierras de
Tetzcuco, mostrándoles desde la cumbre más alta de esas montañas y laderas de
Tlallocan, altísimas y umbrales. He estado allí y puedo afirmar que su vastedad
permite contemplar ambos hemisferios, ya que son los puertos más altos de esta
Nueva España, rodeados de árboles y montes de gran altura, con cedros, cipreses
y pinares cuya belleza es inefable; parecen alcanzar el cielo en armonía con la
naturaleza. Dado que las palabras no son suficientes para transmitir la
profundidad de mis pensamientos, dejo al buen juicio del lector discreto la
interpretación de estas maravillas.
Aparte
de la sierra nevada y el volcán, que son aún más altos, el Creador del mundo ha
dispuesto uno de los principales adornos de su creación. Desde un lado se puede
contemplar todo el reino de los mexicanos Tepanecas y su extensa laguna; del
otro, se vislumbra el reino y la provincia de Tlaxcala, Cholulla, Huexotzinco,
Quauhquecholla, Tepeyacac, Tecamachalco y otras provincias repletas de
innumerables naciones. Al observar ambas visiones, se elevan inmensas gracias
al Artífice Universal de todo lo creado, especialmente en el día de hoy,
cuando, tras el prodigio que el verdadero Dios ha obrado entre ellos, se
ofrecen eternas alabanzas y agradecimientos, pues lo que antes pertenecía al
demonio ha sido reducido hoy al verdadero Dios y a su Iglesia militante. ¿Quién
no se llena de lágrimas de pura alegría? ¿Quién no se regocija con una
felicidad sublime, ante milagros tan evidentes que, después de tantos milenios,
Nuestro Señor ha decidido traer a tantas y tan diversas naciones al
conocimiento de su Santa Fe?
A su
Divina Majestad se le rinden alabanzas y agradecimientos por tantas mercedes
que sus criaturas racionales reciben cada día. Tras subir los Chichimecas junto
con los adalides a las sierras de Tlallocan, descubrieron vastas y amplias
tierras, valles, sierras y llanuras, así como ríos y manantiales, casi como un
nuevo mundo o hemisferio. Como atalayas, observaron que esas grandes tierras
estaban despobladas, sin fuegos ni moradas, y reconocieron que eran tierras
desiertas, habitables y propensas para poblar. Con esta noticia, descendieron
de la sierra, y al relatar lo que habían visto, celebraron grandes fiestas y
solemnidades, especialmente los Chichimecas en honor a su ídolo Camaxtli,
quien, según dicen, les habló y les instó a comenzar su camino, asegurándoles
que aquella era la tierra en la que debían establecerse y donde habrían de
permanecer como señores. Les dijo que era el momento de dejar atrás la
provincia de Poyauhtlan y la compañía de los Aculhuaques, aunque les prometió
apoyo y ayuda en sus necesidades y trabajos, así como grandes refuerzos de
gentes cuando fuera necesario.
De
este modo, levantaron su Real y comenzaron su travesía hacia Chalco, llevando
con ellos a mujeres e hijos, la mayoría de los cuales optó por este camino. Sin
embargo, se afirma que algunas cuadrillas decidieron dirigirse hacia el norte
para poblar las provincias de Tullantzinco, evitando así subir o atravesar las
grandes serranías y puertos de la sierra nevada y el volcán de Amaquemecan.
Estos
acontecimientos tuvieron lugar en el año ome Tecpatl, cuando los Chichimecas
comenzaron a poblar los llanos de Poyauhtlan con el consentimiento de los
Señores de Tetzcuco. Esto ocurrió en el año de tres Calli, cuatro Tochtli,
cinco Acatl, seis Tecpatl, un Casa (que es ce Calli), cinco Tochtli, nueve
Acatl, diez Tecpatl, once Calli, doce Tochtli, trece Acatl y dos Tecpatl, hasta
llegar a dos Calli, que fue el año en que arribaron a la provincia de Chalco
Amaquemecan, tras su salida de los llanos de Poyauhtlan.
Capítulo
cinco
Antes
de continuar, consideramos importante abordar las jornadas que emprendieron los
Chichimecas desde que desembarcaron o cruzaron aquel pasaje de agua, río o
estrecho de mar, en el año que los naturales registran de la siguiente manera.
En el año de cinco Tochtli, llegaron a las siete cuevas, y de allí se
dirigieron a Mazatepec, donde dejaron a Itztolli Axiunel, personas principales.
Desde Mazatepec, viajaron a la provincia de Tepenenec, que significa "en
el cerro del Eco", donde mataron a Itzpapalotl, quien fue herido de muerte
por Mimich con flechazos.
Después,
llegaron a Comayan, donde sostuvieron una gran guerra hasta que, por la fuerza,
destruyeron y conquistaron la ciudad. Desde Comayan, continuaron su camino
hacia la provincia de Culhuacan, Teotlacochcalco y Teohuitznahuac. Aquí
intentaron flechar y matar a una Cacica llamada Cohuatlicue, señora de esta
provincia; sin embargo, en lugar de hacerlo, hicieron amistades con ella.
Mixcohuatl Camaxtli se unió a Cohuatlicue como su mujer, y de esta unión nació
Quetzalcohuatl.
Por
esta razón, es importante señalar que, aunque Quetzalcohuatl afirmó haber
llegado por la parte norte, pasando por Pánuco, Tulantzinco y Tula, donde tuvo
su residencia, todos estos personajes llegaron por la vía del poniente. Al ser
personas de gran importancia y habilidades, los consideraron dioses,
especialmente Camaxtli, Quetzalcohuatl y Tezcatlipuca, junto a los demás
ídolos. Sin embargo, su travesía por diversas partes de este nuevo mundo
sugiere que estos seres a los que veneraban debían ser nigromantes, hechiceros,
encantadores o brujos, o tal vez habían establecido un pacto con el demonio,
pues lograban prever muchos acontecimientos futuros. Su influencia era tal que
parecían capaces de pervertir a tantas y tan numerosas naciones de gentes.
Habiendo
nacido Quetzalcohuatl en la provincia de Tehuitznahuatl, Xicalan organizó
grandes festividades y obsequió generosos presentes de ropas de algodón. Desde
esta provincia, los condujo a Aculhuacan, donde entregó a un principal llamado
Tzontecomatl a su hermana Coyollimaquiz. De esta unión nació Acul, y de Acul,
Huehueyac. Huehueyac a su vez tuvo a Ilanaceytl Atotoz, quien fue madre de
Quetzalchihuatzin. De Ixtlilxochitl nació Nezahualcoyotl, y de este último
descendió Netzahualpilzintli, conocido como el Lobo Ayunador, mencionado
anteriormente. Así se estableció la línea recta de los Señores de Tetzcuco.
Tras
haber recorrido tantas tierras y provincias, como se ha indicado, llegaron a
Hueypuchtlan y Tepotzotlan. En esta provincia, se armaron los caballeros
Culhuatecuhtli, y Xicalan adoptó el nombre de Tecpanecatl, en una ceremonia en
la que se intercambiaban nombres, permitidos por su grandeza. Aquel que antes
se llamaba Cetecpatl fue nombrado Mixcohuatecuhtli, mientras que Mixcohuatl
adoptó el nombre de Chichimecatecutli. Estos nombres corresponden a los
principales caudillos que lideraron a estas gentes y a sus mujeres. Los
menciono aquí con sus nombres antiguos, ya que hoy en día muchos descendientes
de estos personajes todavía viven. Aunque no se mencionó al principio, es
importante hacer referencia a ellos para informar sobre los principales
caudillos que jugaron un papel crucial en el origen de estas poblaciones, desde
donde comenzó su larga y notable peregrinación.
Finalmente,
entre los caudillos de estas gentes se encuentran Mixcohuatl, Hueytlapatli,
Pantzin y Cocoltzin. Xonecuilinan fue esposa de Xicalan, mientras que
Cetecpatltecuhtli tuvo como esposa a Yacaxoxouhqueilama. Mixcohuatecuhtli se
unió a Totonilama. El hijo de Xicalan fue Mazatlheuhue, quien se casó con
Centecihuatzin, la hija de Cotecpatltecuhtli. De esta unión nacieron Tochtzin y
Apanecatzin; y Apantzin fue hijo de Cetecpatl, mientras que Acontzin fue hijo
de Mixcohuatl.
Es
importante señalar que, en aquella época, los Chichimecas solían tener solo una
esposa. En la actualidad, aquellos que no tienen más de una mujer valoran mucho
a sus hijos varones y tienden a menospreciar a las hijas. Los padres crían a
los varones, mientras que las madres se encargan de las hembras. Así, cuando
llegaron a Poyauhtlan en el año de dos Tecpatl, tres Calli, cuatro Tochtli,
cinco Acatl, seis Tecpatl, siete Calli, ocho Tochtli, nueve Acatl, diez
Tecpatl, once Calli, doce Tochtli, y trece Acatl Inanlir Tonalli, y en el día
del pedernal, conocido como Cetecpatl Xihuitl, los Chichimecas salieron de
Poyauhtlan, dejando allí a Chimalcuixintecuhtli. Este último se dirigió a las
provincias de Quauhchinanco con una gran parte de su gente para poblarlas, en
dirección al norte. Allí fue recibido amistosamente por Macuilacatlecuhtli,
quien le ofreció una mujer con quien se casó en Tollantzinco. Lo mismo hizo con
Quauhtotolamihua.
De
estas gentes se poblaron grandes provincias, abarcando toda la sierra y las
costas del mar, incluyendo Tuzapan, Papantla, Tonaliuhco, Muxtitlan,
Achchalintlan y Nauhtlan. Los que se armaban caballeros en Poyauhtitlan eran:
Ixcoatl, Acolpitecuhtli (quien adoptó el nombre de Pantzintecuhtli),
Tecpanecatl (quien se llamó Mixcohuatecuhtli) y Hueytapachtli (que pasó a ser
Chichimecatecuhtli).
La
ceremonia de armamento de caballeros entre los naturales de México, Tlaxcala y
otras provincias de la lengua mexicana es un hecho notable. Por lo tanto, no
nos detendremos en ello más de lo necesario. Es importante mencionar que
cualquier Señor o hijo de Señores que hubiera ganado algo en la guerra, o que
hubiera realizado acciones destacadas, y que mostrara valor y buen juicio en la
República, era armado caballero. Lo mismo sucedía con los mercaderes adinerados,
quienes, por su riqueza, se ennoblecía y llevaban a cabo negocios como
Hijosdalgo; así, los armaban caballeros de dos maneras. Los caballeros de
linaje recto eran llamados Tepilhuan, mientras que a los mercaderes armados y a
aquellos de nobleza por descendencia se les conocía como Tecuhtles.
El
proceso de convertirse en caballero estaba lleno de ceremonias. Primero,
permanecían encerrados en un templo de sus ídolos durante cuarenta o sesenta
días, ayunando y limitándose a interactuar únicamente con aquellos que les
servían. Al final de este período, eran llevados al templo mayor, donde se les
enseñaba sobre la vida que debían llevar. Antes de todo esto, eran sometidos a
vejámenes, recibiendo palabras afrentosas y satíricas, así como golpes y
reproches. Se les perforaban las narices, los labios y las orejas; la sangre
que brotaba de ellos era ofrecida a sus dioses. En ese mismo lugar, se les
entregaban públicamente sus arcos, flechas, macanas y otros instrumentos de
guerra. Luego, eran conducidos por calles y plazas, en medio de gran pompa,
regocijo y solemnidad. Les colocaban orejeras de oro, así como collares de
igual material en las narices, y llevaban a su paso a muchos truhanes y cómicos
que hacían reír al público. Además, les ponían piedras preciosas en las
narices, perforaban sus orejas y narices, y les decoraban con huesos de tigres,
leones y águilas, en lugar de metales preciosos.
El
ceremonial de armado caballero era una ocasión de grandes festividades y
gastos. Se ofrecían generosos presentes a los antiguos señores y caballeros,
incluyendo ropas, esclavos, oro, piedras preciosas, plumería rica, divisas,
escudos, rodelas, arcos y flechas, similares a las propinas que se otorgan
cuando nuestros letrados obtienen un título. Estos Tecuhtles iban de casa en
casa, entregando regalos y dádivas, y lo mismo hacían los caballeros una vez
que eran armados. Se llevaba un registro de todos ellos en la República, por lo
que no se armaban muchos caballeros pobres hidalgos debido a sus escasos
recursos. Solo aquellos que habían demostrado nobles y loables hazañas merecían
tal distinción. En esos casos, los caciques y los más altos dignatarios, que
ejercían un imperio mixto en sus tierras, tenían la autoridad de hacer
justicia, como era habitual.
Los
que perforaban las orejas, labios y narices de los nuevos caballeros eran
ancianos muy respetados, dedicados a esta tarea. Estos veteranos no solo eran
responsables de estas ceremonias, sino que también asesoraban en asuntos de
justicia y guerra, siendo temidos, obedecidos y reverenciados en gran estima,
como mencionamos anteriormente. Después de cuarenta a sesenta días de ayuno,
los nobles eran llevados al templo mayor, donde se encontraban sus ídolos.
Durante el ayuno, no se les perforaban orejas, narices ni labios; estas
prácticas se realizaban al comienzo del ayuno, y se aseguraban de que, para el
día de la ceremonia principal, las heridas sanaran para poder colocarles las
orejeras y collares sin causarles dolor ni perjuicio.
Durante
todo este tiempo, los aspirantes no se lavaban; en su lugar, se mantenían tiznados
y embijados de negro, mostrando un gran sentido de humildad para alcanzar tan
gran merced y recompensa. Velaban sus armas durante todo el período de ayuno,
siguiendo las ordenanzas, usos y costumbres tan celebradas entre ellos. Además,
las puertas del lugar donde se llevaban a cabo los ayunos estaban cerradas con
ramos de laurel, un árbol muy valorado entre los naturales.
Capítulo
seis
Continuación
de la Peregrinación de los Emigrados de Poyauhtlan
El año
de dos Calli, los ejércitos de los Chichimecas provenientes de Poyauhtlan
llegaron a la provincia de Amaquemecan. Este grupo tomó la ruta que atravesaba
los puertos al sur de la sierra nevada, dirigiéndose hacia las provincias de
Tlaxcala, Huexotzinco, Cholollan y Quauhquechollan. Rodeando las faldas del
volcán, avanzaron hacia Tetela, Tochimilco, Atlixco, Cohuatepeque y
Tepapayecan. Sin embargo, algunos afirman que otras cuadrillas de Chichimecas
ya se habían adelantado y habían llegado a Cholollan en el año primero de un
Acatl. Entre los capitanes que lideraron a estos grupos estaban Tololohuitzitl,
Ixicohuatl, Quetzaltehuiac, Cohuatlinechcuani y Ayapantli. Se dice que
Tololohuitzitl salió a recibir a los Chichimecas en la provincia de Chalco y
Amaquemecan, donde los gobernantes eran Petlacatl y sus hijos, Tlacatecuhtli,
Xiuhtototl y Totcotzin.
Movidos
por la necesidad, dejaron esta provincia y se trasladaron a un lugar llamado
Tetliyacac, cerca de Huexotzinco, en el año de tres conejos. Desde este punto,
los ejércitos se dispersaron para poblar las tierras que encontraran
deshabitadas.
En el
año de cuatro Casas, Toquetzaltecuhtli e Iyohuallatonac dirigieron sus
cuadrillas para establecerse en la provincia de Quauhquechollan, fundando su
poblado en Cohnatepec. Otro caudillo, conocido como Quetzalxiuhtli, también se
unió a esta causa.
A
medida que se establecían, los Chichimecas llegaron al actual territorio de
Tlaxcala, donde expulsaron a los remanentes de los Olmecas y Zacatecas. El
nombre Tlaxcallan, que significa "lugar de tortillas," refleja su
origen y cultura.
Los
Chichimecas, en su avance, se encontraron en guerra con los pueblos vecinos.
Ante esta situación, imploraron la ayuda de los Texcucanos y se fortificaron en
las montañas de Tlaxcala. Sin embargo, la conducta pérfida de los Tepanecas
mexicanos complicó aún más su situación. En su desesperación, los Tlaxcaltecas
invocaron la protección de su dios Camaxtli, quien les favoreció con prodigios.
En agradecimiento, le ofrecieron tributos y ofrendas.
Mientras
se preparaban para repeler el asalto, los Tlaxcaltecas llevaron a cabo
sacrificios humanos, incluyendo la ofrenda de un Xippe, un tipo de ofrenda que
incluía la representación de un guerrero sacrificado. La guerra que siguió fue
una sangrienta batalla, donde los efectos terríficos de las flechas de Camaxtli
causaron gran estrago en las filas enemigas.
Este
periodo se conmemora en cantares históricos, y los historiadores relatan la
bravura y las costumbres de estos pueblos. Entre ellas, la monogamia era la norma,
y los Chichimecas, en su viaje, respetaron esta tradición, enfocándose en el
fortalecimiento de sus comunidades y su cultura.
Asimismo,
en el año de tres conejos, llegaron al lugar de Ahuayopan otras cuadrillas,
habiendo llegado previamente a poblar las regiones de Ulmecas y Zacatecas. Al
llegar, encontraron a estas áreas ya pobladas, como hemos relatado
anteriormente, y en un lugar que se llamaba Tecoyocan.
En
esta provincia, un capitán llamado Ixcohuatl, también conocido como
Xopanuatecuhtli, se separó de sus compañeros y se trasladó a la provincia de
Zacatlán, ya que no podían soportar a los Chichimecas, tras una serie de enfrentamientos
que resultaron en numerosas muertes. En Totoyac, Tetzitzimitl se estableció,
mientras que Quauhtzintecuhtli se asentó en Atlmoyahuacan. Luego,
Cozcacuauhhuehue entró en la población de Huexotzinco, estableciéndose en el
barrio de Tecpan, y Tlotlitecuhtli se asentó más abajo. En el barrio de
Contlan, Tempatlahuac hizo lo mismo, y Cacamatecuhtli se estableció en
Xaltepetlapan. Toltecatecuhtli se asentó en Calpan, mientras que Cematecuhtli
pobló la parte de Atlixco, generando descendencia en el pueblo de Totomihuacan.
En ese
tiempo, estas poblaciones no estaban divididas en provincias; sin embargo, por
discordias y rivalidades, comenzaron a fragmentarse. Totomalotecuhtlioquichtzin
pobló la zona, de donde nacieron Tezonistac, Ictopan, Ixtaccoyotl, Temayahui y
Ocotochtli. Durante este período, se conquistó y destruyó la provincia de
Tepeyacac, donde Quauhtzintecuhtli residió en el año que se conoció como el de
cinco pedernales.
Veinte
días después de su bisiesto, conocido como Tititl, los ejércitos chichimecas
fueron movilizados para continuar sus asentamientos hacia Tepeyacac y Tecalpan.
Mientras marchaban hacia la sierra nevada llamada Poyauhtecatl, también
exploraron las sierras de Napantecuhtli y Perote, asegurándose de no dejar nada
sin explorar. Llegaron a Amaliuhcan, Nacapahuaxcan y Chachapatzinco, lugares
que iban poblando y nombrando según los acontecimientos que experimentaban en
su viaje. Fue aquí donde comenzaron a consumir carne cocida y guisada, en lugar
de la carne cruda y mal asada que solían comer en barbacoas, que a menudo
estaban más crudas que cocidas.
Tololohuitzitl,
Quetzaltehuiyac e Ixcoatl los visitaron, llevándoles como presentes ollas de
barro para que pudieran cocinar sus alimentos. Por esta razón, comenzaron a
llamar a este lugar Nacapahuacan, en alusión a la forma de cocinar la carne en
ollas. Muchos de ellos se armaron como caballeros después de haber expulsado de
sus tierras a los Xicalancas, Chozamecas y Zacatecas, lo cual efectivamente
lograron, despojándolos de las tierras que poseían. Posteriormente, se
trasladaron a poblar otras áreas y, tras esta destrucción, comenzaron a
establecerse lentamente y con intención en la provincia de Tlaxcala.
Entraron
en la provincia por un lugar llamado Acallan, así como por Yacacuanac y
Yacahuaca Capechapan, donde encontraron a Tlalchiyac y Aquiyach. Estos les informaron
que no debían detenerse allí, ya que esos territorios los habían conquistado y
adquirido a través de los linderos de la provincia de Cholollan y toda la
sierra de Matlalcueye, conocida como la sierra de Tlaxcallan.
“Estáis
engañados”, respondieron los Chichimecas. “Todo esto nos pertenece, y no hemos
parado; aún seguimos avanzando.” Así, continuaron su camino a través de
diversos lugares de la provincia, estableciendo asentamientos. Al llegar a
Contlan, donde ahora se encuentra la ermita de San Bernardino, permanecieron
más de veinte días. El primero en partir de allí fue Atlapahuehue, acompañado
por Teyohualmiqui, un gran encantador y hechicero. Subidos en el cerro de
Moyotepec, Teyohualmiqui disparó de noche y mató a Cozcatecuhtli, así como a Cuetlachuatecuhtli
y a Texteco ma Axotl Teotzin Zacatlamincetoxcatl.
Estos
eventos ocurrieron después de que rodearon estas tierras, tras la división que
se dio en Tepeyacac, en un periodo de ciento veinte días. Finalmente, llegaron
a la sierra de Tepeticpac, que se encuentra en esta ciudad de Tlaxcala, en el
mismo año de cinco pedernales.
Una
vez en Tepeticpac, expulsaron a todos los Ulmecas y Zacatecas de las tierras de
Tlaxcala y de Xocoyucan, donde estaban asentados, cerca del pueblo de San
Felipe en esta provincia. Allí mataron a un capitán famoso llamado Colopechtli.
Tras la muerte de su líder, los sobrevivientes se dirigieron hacia el norte,
llevando consigo a sus mujeres e hijos, ya que se les permitió salir. Pasaron
por Mitlinima, Coyametepec, Tlecoyotlipac, Mamaztlipilcayan y Hucheychocayan.
Como
no encontraron cuevas en las que refugiarse, atravesaron grandes dificultades,
pues llovió durante más de veinte días con aguas menudas. En este lugar, los
ancianos y niños lloraron por las tierras que dejaban atrás, lo que llevó a que
aquel valle se conociera hoy como Huehueychocayan. Allí quedó Coxana, mientras
que los demás continuaron su camino hasta Atenatie, donde se encuentra
actualmente el pueblo de la provincia de Zacatlán, junto a Ixcohuatl, Xopancatecuhtli
y Atala. Asentaron su pueblo siguiendo el consejo de Coxana, quien debió ser el
líder de todos esos ejércitos vencidos de los Chichimecas de Tlaxcala.
Desde
la sierra de Tepeticpac, enviaron a Tzomacatl a la provincia de Xilotepec.
Aquellos que se establecieron en Xicochimalco fueron Pucaniocchitl y su esposa
Pucani-Axoch, a quien posteriormente se le conoció como Pucaniocchitl
Cipactecuhtli. A medida que los Chichimecas iban apoderándose de toda la tierra
y convirtiéndose en los señores poderosos de esta, consideraron que la
fortaleza que habían construido en la inexpugnable sierra no traería ningún
beneficio a los pobladores de la región. Sabían que, desde allí, los
Chichimecas los someterían y los tratarían como vasallos. Esto no tenía
sentido, ya que todos eran iguales en linaje, provenientes de diversas tierras
para poblar.
Decidieron
no someterse a los Chichimecas, quienes habían establecido su dominio en las
tierras de Tepeticpac, que fueron llamadas Texcalticpac y Texcalla, así como en
Tlaxcala. Intentaron despojar a los Chichimecas de su creciente poder y
arrogancia, buscando que cada uno se quedara con lo que había ganado,
dividiendo sus provincias y delimitando sus territorios para que fueran
reconocibles, evitando así la sujeción a un solo gobernante, rey o capitán.
En
esta situación, la codiciosa ambición desató guerras civiles entre ellos.
Conspiraron contra sus mayores capitanes y líderes, quienes los habían traído y
guiado desde tan lejanas tierras. Se produjo un clima de agitación y rebelión
entre estos bárbaros, incapaces de soportar la mayoría ni la igualdad. Así, en
busca de libertad, la gran parte de la gente plebeya que había llegado con
ellos se volvió contra sus capitanes chichimecas. En tal grado, que se
refugiaron en las cumbres más altas de Tepeticpac.
Todo
esto fue parte de un intento de sustraerse y convertirse en señores de lo que
habían ganado y poblado con sus gentes. En su conjura contra los Chichimecas
mayores y más poderosos de la época, desataron una guerra civil extremadamente
cruel y sangrienta, matándose unos a otros como enemigos feroces. Hermanos se
enfrentaron a hermanos, padres a hijos, e hijos a padres, derramando la sangre
de su propia patria en un conflicto que fue tan brutal que las palabras no
pueden expresar ni exagerar las atrocidades que ocurrieron durante esta guerra.
Desbaratados
los Chichimecas de Texcaltepec por la gran traición que sufrieron, se retiraron
a sus fuertes, profundamente ofendidos por el agravio de sus enemigos. Sin
embargo, pronto fueron sitiados por una gran muchedumbre que se reunió en su
contra, lo que llevó a los Chichimecas a enviar en busca de ayuda a la
provincia de Tetzcuco. Allí llamaron a los señores y capitanes amigos que
habían establecido en las provincias que ahora estaban pobladas.
Colhuatecuhtli,
el único señor de Tlaxcala y Tepeticpac, envió a llamar a Cipactecuhtli, quien
se encontraba en Xicochimalco. Sin embargo, Huitzilacan y Quiltlilxochapanecatl
no participaron en este combate ni en el cerco, al igual que Pantzintecuhtli,
pues estaban ocupados en las poblaciones de Xalpan y Itztlottan.
El año
de nueve pedernales marca el inicio del cerco a esta insigne y muy inexpugnable
ciudad de Tlaxcala, siendo la primera guerra librada contra ella. Los
Tetzcucanos acudieron en su ayuda con grandes ejércitos y poder. Como muestra
de respeto y grandeza, el señor de Tetzcuco envió a Culhhatecuhtli un vaso de
alabastro muy fino, acompañado por un valiente capitán llamado Chiname, quien
fue recibido con agrado y cordialidad.
Mientras
tanto, los Chichimecas, fortificados en los riscos de Tepeticpac, levantaron
numerosas albarradas, fosas y otros obstáculos de guerra, aprovechando los
profundos despeñaderos de la sierra. Se mantuvieron en sus posiciones,
esperando el desenlace de la guerra que ya había comenzado. La fuerza y los
reparos que los Chichimecas establecieron fueron tan significativos que su
intención parecía más enfocada en inmortalizar su fama que en la defensa
presente. Se preparaban para cualquier eventualidad adversa, como suele suceder
en el mundo a aquellos que son muy prosperados y favorecidos.
Confiados
en su ídolo Camaxtli, que les aseguraba la victoria sobre todas las gentes,
aguardaban el momento que marcaría el principio de su monarquía.
Durante
aquella era en la provincia de Huexotzinco, Xiuhtlehuitecuhtli, al observar
cómo los Chichimecas se estaban apoderando de toda la tierra y recibiendo
continuamente refuerzos de diversas partes, decidió buscar una forma de
abreviar la guerra. Para ello, envió un mensaje al rey Matlalihuitzin de
México, pidiéndole apoyo contra los Chichimecas de Poyauhtlan, sus enemigos
acérrimos. Xiuhtlehuitecuhtli le expresó que los Chichimecas se estaban
reagrupando con gran fuerza, usurpando las tierras que él había ganado, y que
estaban decididos a avanzar hasta los confines del territorio y la costa del
mar. Argumentó que no era razonable permitirles tal avance, dado su carácter
cruel y belicoso.
Al
recibir la súplica de Xiuhtlehuitecuhtli, Matlalihuitzin se mostró sorprendido
por la magnitud de la situación, dudando inicialmente en cómo responder. Sin
embargo, finalmente accedió a enviar el socorro solicitado.
Por su
parte, el rey de los Mexicanos y Tecpanecas, al enterarse de los planes de los
de Huexotzinco contra los Chichimecas, decidió enviar un aviso a estos últimos.
A través de sus embajadores, comunicaron lo siguiente: «A vosotros, poseedores
de la alta cumbre de Tlaxcala, os hacemos saber que somos mensajeros del gran
señor Matlalihuitzin, quien guarda las aguas de la gran laguna de Tenochtitlan.
Este señor os envía a avisar que el caudillo Xiuhtlehuitecuhtli ha solicitado
ayuda, pues tiene la intención de librar una dura guerra contra vosotros.
Matlalihuitzin ha prometido enviarle refuerzos, pero que no será para combatir,
sino solo para hacer una semblanza de socorro.
Os
comunicamos esto para que estéis al tanto, ya que ni él ni su gente tienen
intención de ofenderos. Por tanto, os ruega encarecidamente que no actuéis en
contra de ellos, pues no vienen a pelear, sino a cumplir un compromiso con
Xiuhtlehuitecuhtli, señor de Huexotzinco. Se nos ha instruido que, cuando
realicéis vuestros encantamientos dirigidos a los Mexicanos, no les causéis
ningún daño, como ocurrió durante la gran batalla de Poyauhtlan, a la orilla de
la laguna».
Después
de estos acontecimientos, Culhuatecuhtlicuanez envió a expresar su
agradecimiento al Señor de México por la ayuda que había recibido y le comunicó
que su mensaje había sido transmitido. Ya organizados y preparados para marchar
en formación de guerra, habiendo ganado la confianza y apoyo de sus aliados, se
reunieron en lo alto de la cumbre de Tepeticpac.
Allí,
entraron en el templo de su ídolo Camaxtli para realizar una oración. Colocaron
en el altar numerosas cañas de carrizo, jara, puntas de vardascas, así como una
gran cantidad de nervios y plumas para la elaboración de flechas y saetas.
Invocaron al demonio con fervientes oraciones, pidiéndole su favor y ayuda, ya
que siempre los había asistido en el pasado, y más que nunca, lo necesitaban,
pues sus propios compañeros se habían rebelado contra ellos. Este ruego fue
acompañado de llantos, gemidos, ayunos y sacrificios.
El
demonio les respondió, instándoles a no temer y revelándoles que debían
utilizar un encantamiento. A continuación, llevaron a cabo un ritual diabólico
en el que buscaron una doncella de gran belleza, que tenía una teta más grande
que la otra. La trajeron al templo de Camaxtli y le ofrecieron un bebedizo
medicinal que provocó que su teta produjera leche. Sin embargo, solo una gota
salió de ella, la cual colocaron en un vaso que llamaban "vaso de
Dios". Este vaso tenía un diseño peculiar: era redondo y ancho, con un
remate en forma de botón en la parte superior, semejante a un cáliz, de
aproximadamente un codo de altura, hecho de madera muy preciada, de color
negro, o según algunos, de piedra negra finamente labrada, conocida en su
tierra como Teotetl, que significa "piedra de Dios".
Una
vez obtenida la leche y depositada en el vaso, junto con las cañas de carrizo,
las lengüetas arponadas y los nervios de venado, todo fue colocado en el altar
de Camaxtli, cubierto con ramas de laurel. En ese estado, ofrecieron su
sacrificio y la superstición diabólica, incluyendo papel cortado, espinas,
abrojos y Picietl, una hierba similar al beleño. En esa época, los Chichimecas
no se practicaban sacrificios de sangre ni ofrecían carne; solo presentaban
papel blanco cortado, perfumes odoríferos, codornices, serpientes y conejos,
que sacrificaban ante su ídolo Camaxtli, además de ofrecerle abrojos y Picietl.
Habiendo
puesto los Chichimecas en práctica esta superstición, los sacerdotes del
templo, encabezados por el principal, conocido como Achcauhtli Teopixque
Tlamacazcuachcauhtli, comenzaron a orar e incensar con grandes perfumes ante el
tabernáculo de Camaxtli. Allí, junto al vaso de leche destilada de la doncella,
realizaban ceremonias de incenso desde la mañana, al mediodía, al atardecer y a
medianoche, durante tres días consecutivos, observando constantemente el vaso
en busca de algún efecto de sus hechicerías. Sin embargo, no lograron ver
ningún resultado, y la gota de leche se estaba secando y marchitando.
Cuando
se acercaba el día del combate, los Chichimecas se sentían muy acongojados y
afligidos. El sacerdote mayor, al examinar el vaso y las cañas de carrizo,
jara, nervios y puntas de vardascas, descubrió que las saetas y arpones estaban
ya fabricados, encajados en las cañas, con las vardascas debidamente
emplumadas. Lo más sorprendente fue encontrar el vaso lleno de espuma, como
saliva, que burbujeaba y se desbordaba, derramándose por todo el altar.
En ese
momento, el campo de los Huexotzincas y sus aliados ya estaban preparados,
organizando sus escuadrones para asaltar los fuertes de los Chichimecas con
gran osadía, valentía y temeridad. Con el respaldo de la multitud y de la gente
plebeya, así como de otras facciones convocadas para la destrucción total de
los Chichimecas y de su caudillo mayor, Culhatecuhtlicuanez, no había lugar
para la pusilanimidad o el miedo. Las tropas se extendían por cerros y campos,
casi agotando los ríos y arroyos que encontraban a su paso. No puedo
proporcionar una cifra exacta de este gran número, ya que no he encontrado a
nadie que la sepa por experiencia o memoria. Sin embargo, se dice que se
formaron grandes escuadrones de la siguiente manera: en los campos y cerros de
Xoloteopan, junto al barrio de San Nicolás, y en Totollan, donde se encuentra
la iglesia de San Juan, así como en toda la extensión hasta el puente de
Panotlan y el barrio de Teotlapan, donde está la ermita de la Purificación, y
en el barrio actual de San Marcos Contlantzinco. En resumen, toda la sierra
estaba tomada por todas partes, dispuesta para el combate contra la sierra de
Texcalticpac.
En
este momento, el socorro de México que se dirigía a los Huexotzincas no hizo
más que realizar una reseña y una vista, subiendo a unas altas sierras llamadas
Hualcaltzinco Quauhtlipac, sin llegar al auxilio. Así, los Chichimecas,
rodeados de tantos enemigos y en grave riesgo de ser derrotados, se preparaban
para el combate final al día siguiente, el cual decidiría el destino de la
guerra.
Los
sacerdotes, junto al mayor del templo de Camaxtli, se dirigieron al sacrificio,
comenzando sus ofrendas y perfumando su oráculo con inciensos y las
acostumbradas supersticiones diabólicas. Al finalizar estas ceremonias, no sin
gran turbación, observaron que sus hechizos y encantamientos habían tenido
efecto: todas las flechas estaban formadas y listas, y el vaso de la venenosa
leche rebosaba.
Mientras
tanto, los ejércitos Huexotzincas comenzaban a elevar un clamor altanero y
estridente, lanzándose al combate contra los Chichimecas y subiendo por la
sierra. Al encontrarse, los defensores de su patria respondieron con la mayor
furia y resistencia que pudieron. En los primeros enfrentamientos, capturaron a
uno de los contrarios y lo llevaron a sacrificar ante el ídolo Camaxtli,
ofreciendo su corazón como primicia. Con cruel destreza, el sacerdote desolló
al prisionero, sacando su corazón aún palpitante y colocándolo en el altar del
horrendo ídolo.
El
sacrificio continuó: el cuerpo fue desollado en un instante, su piel fue
retirada y atada al sacrificador con sus propias entrañas, mientras los pies y
manos del sacrificado se arrastraban por el suelo, presentándose de esta forma
ante el ídolo infernal. En ese momento, los tambores, bocinas, caracoles
marinos y trompetas resonaban con gran estruendo, acompañados por la inmensa
gritería que el coraje provocaba. Como rabiosos perros, los combatientes
arremetían: unos luchando por vencer, otros por defenderse.
La
contienda se intensificaba con un ímpetu desbordante. Las piedras lanzadas con
hondas tejidas rebotaban con un estruendo tempestuoso, y el torbellino de
saetas y varas volando por el aire oscurecía el cielo, mientras los rayos del
sol se impedían por la velocidad y furia de los proyectiles. El campo de
batalla se llenaba de terror y asombro ante la lluvia de flechas que surcaban
el aire con increíble intensidad y densidad. La sangre de los cuerpos caídos,
muertos y heridos, corría por los cerros y collados como ríos tras una
tormenta, un daño y una ofensa que resultaba imposible de contabilizar.
En el
momento culminante del combate, el sacerdote mayor del templo, con gran fervor,
invocaba el favor del demonio fiero, animando con su voz a los valerosos
capitanes rústicos. Les decía que no temiesen, que había llegado el tiempo de
la victoria, que su gran Dios Camaxtli se compadecía de ellos. Mientras
pronunciaba estas nefarias exhortaciones, tomó el vaso de la leche espumante y
la derramó sobre el guerrero que estaba vestido con la piel del soldado
prisionero. A continuación, tomó una de las flechas que habían sido forjadas
por arte diabólico y, lanzándola con un arco corvo, grosero y mal formado, la
disparó contra sus enemigos.
Al
instante, las saetas comenzaron a moverse y a salir con gran furia hacia la
gente enemiga, hiriéndolos con rapidez. Se levantó entonces una espesa niebla
oscura que impedía que los combatientes se reconocieran entre sí. En medio de
esta confusión, se mataban unos a otros sin saber cómo, ciegos y aturdidos por
una mortal turbación. Algunos se despeñaban por profundos barrancos, huyendo
despavoridos y mirando hacia atrás, sin saber a dónde ir, lo que provocó
incidentes desastrosos, nunca antes oídos ni ocurridos en el mundo, que se
contaron como memorables y hazañas.
Las
grandes quebradas y barrancas se llenaron de cuerpos muertos, y las mujeres
chichimecas salieron a recoger los despojos de aquel sangriento campo,
capturando a quienes querían. Quedaron tan impresionadas por este endiablado
suceso que casi nadie logró escapar sin haber sido muerto o apresado. Aquellos
que pudieron huir llevaban noticias tan aterradoras que sabían que tendrían que
contar por siempre su derrota.
Al ver
los mexicanos el desenlace cruel y lamentable de la batalla, regresaron a sus
tierras desde los cerros de Tlamazcatzinco, como se mencionó anteriormente, sin
querer ofrecer socorro a los Huexotzincas. Esto ocurrió en el año de nueve
pedernales, según su cuenta. Tequanitzin Chichimecatl Tecuhtli dejó constancia
de este evento en unos cantares o versos que compuso sobre sus antepasados
Teochichimecas, los primeros pobladores de la provincia de Tlaxcala.
En
aquella época, los Chichimecas no tenían más de una esposa y no sacrificaban
sus carnes ni derramaban sangre para ofrecerla al demonio, como ya se ha
mencionado. Esta historia conmemora dos batallas memorables, las más crueles y
lamentables que jamás han ocurrido en el mundo: la primera, en Poyautitlan, en
el año del Conejo, y la segunda y última, en Texcalticpac, en el año de los
nueve pedernales. Este último hecho ha sido recordado por Tequanitzin, un
hombre de gran renombre y sabiduría, oriundo de Quiahuiztlan, cuyos
descendientes aún hoy son reconocidos en la ciudad de Tlaxcala como figuras
prominentes de su República.
Tequanitzin
Chichimecatl Tecuhtli, por su fe y credibilidad, dejó un legado imborrable al
documentar estas dos guerras. Su historia se celebra y se recuerda,
inmortalizando la fama de sus antepasados y asegurando que su memoria perdure
entre los vivos, desde los siglos pasados hasta el presente, y continúe en el
futuro.
Capítulo
siete
Tras
esta guerra, que generó un gran temor entre los Chichimecas en todo el Nuevo
Mundo, decidieron establecer la paz con todos los pueblos vecinos, buscando no
provocar jamás su ira. Así, se confederaron con los Tepanecas, los Culhuas
Mexicanos, los Aculhuaques y los Tetzcucanos, prometiendo mantener la armonía
entre ellos. Lo mismo hicieron con los Huexotzincas, Chololtecas, Tepeaqueños,
Quauhquecholtecas, Itzucanos, y también con los de Quauhtlinchan, Totomihuacan,
Chochos, Pinumes, Tecamachalcas, Quecholtecas de Quecholac, así como con los de
Tecallimapan (también conocidos como Tecala), los de Teohuacan y los Cozcatecas
de Cuzcatlan y Teotitlan, entre otros grupos de diversas provincias como los
Ulmecas, Zacuhtecas, Iztacas y Maxtilanecas, Tlatlauhquitepecas, Tetellacas y
Zacatecas. En total, lograron mantener la paz con todos estos pueblos y
naciones durante mucho tiempo, sin que se produjeran conflictos.
Durante
este período de concordia, comenzaron a establecer sus asentamientos, marcando
límites y mojoneras que definieran la extensión de cada provincia. Señalaban
ríos, sierras y cordilleras, organizando sus territorios según lo que cada
legión y capitanía merecían o les había tocado en suerte, poblando las mejores
áreas disponibles, de acuerdo con los méritos y capacidades de las personas.
Con esta comunicación entre ellos, la población creció de tal manera que, en
trescientos años, abarcaron toda la Nueva España, de costa a costa, desde el
sur hasta el norte, y desde el oeste hasta el este, incluyendo Tabasco,
Champotón, Yucatán, Cozumel y Campeche, llegando hasta las Higüeras. Otras
muchas provincias quedaron sin mencionar, como Cohuatzacoalco, Cempohuallan,
Nauhtlan (actualmente conocida como Almería), Tonatiuhco, Tozapan, Papantla,
Achachalintlan, la provincia de Meztitlan y toda la Huaxteca de Pánuco, hacia
el norte de nuestro centro. Nombrar todas estas provincias sería excesivamente
prolijo, por lo que evitaremos hacerlo, destacando que estos asentamientos se
extendieron por toda la Nueva España y, en consecuencia, en todo lo descubierto
de este Nuevo Mundo.
Dejando
estas provincias en tranquilidad y paz, volvamos a enfocarnos en la ciudad y
provincia de Tlaxcala, que es el lugar donde particularmente hacemos nuestra
relación. Así, los Chichimecas se asentaron en los riscos y peñascos que en
lengua náhuatl se conocen como Texcalticpac o Texcalla, que con el tiempo se
transformaron en Tepeticpac, Texcallan y, posteriormente, Tlaxcala, como se
mencionó al principio de esta relación. Este lugar se convirtió en la fundación
de este reino y provincia, bajo la autoridad de Culhuatecuhtli, el Señor de los
Tlaxcaltecas. Culhuatecuhtli tenía un hermano menor llamado Teyohualminqui
Chichimacatecuhtli, quien se estableció en Tepeticpac, Texcalla o Ocotelulco,
que significa "en el barrio alto del pino". La casa que fundó se
llamó Culhuacan, en homenaje a su lugar de origen.
Así,
el primer Señor fue conocido como Culhua Tecpanecatl Quanexteyoalminqui, quien,
en un gesto de amistad, repartió la mitad de toda la provincia de Tlaxcala y de
lo que habían conquistado y poblado, entregando a su hermano una parte de las
reliquias de Camaxtli Mixcohuatl, que eran sus cenizas. Parte de estas cenizas
quedaron en la ciudad de Huexotzinco, cuando los Chichimecas se asentaron en
esa provincia, como se mencionó anteriormente. Más adelante, hablaremos sobre
el destino de estas cenizas tras la llegada de Cortés y sus españoles.
Habiendo
Culhuatecuhtlicuanez otorgado a su hermano la mitad de todo lo que había
conquistado, Teyohualminqui asumió el gobierno de su pueblo con gran prudencia
en los barrios de Culhuacan, Tecpan y Ocotelulco, dividiendo así el reino de
Culhua en dos partes. Fue un guerrero valiente, y bajo su mando sometió y
avasalló gran parte de la provincia de Tlaxcala, convirtiéndose en un Señor más
poderoso que su hermano Culhuatecuhtli. De tal manera prevaleció, que la fama
de su hermano quedó en el olvido, siendo él reconocido como el mayor Señor.
Tras
su muerte, le sucedió su hijo Tlailotlactetzpantzin, conocido como
Tlacatecuhtli, quien gobernó con gran benevolencia sobre su pueblo, sin generar
discordias ni alteraciones. Aunque durante su mandato ocurrieron numerosos
eventos, no entraremos en detalles para evitar prolijidades y abreviar la
narración. Tlailotlactetzpantzin dejó como heredero a su hijo Acantetehua,
quien asumió el reino y el Señorío de Aculhuacan, Tecpan y Ocotelolco.
Acantetehua fue uno de los príncipes más belicosos de su tiempo, y no solo
mantuvo lo que sus antepasados habían conquistado, sino que, gracias a su
astucia, logró establecer importantes alianzas y concesiones entre su pueblo.
Con estos repartos de tierras y otras dádivas, ganó la voluntad de muchos,
alcanzando una gran prosperidad y gobernando la mitad de la provincia de
Tlaxcala. Sin embargo, tras más de cincuenta años de gobierno, y a la edad de
ochenta años o más, se convirtió en un tirano tan soberbio que la plebe no
podía soportar sus abusos.
Al
percatarse del descontento del pueblo, Tlacomihua, Señor del barrio de
Ocotelolco, utilizó artimañas y negociaciones para incitar a muchas personas y
a la mayor parte de las facciones a conspirar contra Acantetehua, su príncipe y
rey. Con gran persuasión, logró que se unieran a la causa, y, viendo la
oportunidad, no quisieron dilatar su plan. En un alboroto general, y sin que
los allegados, deudos y parientes del príncipe lo supieran, se armó una
revuelta. Fueron a su casa, armados, y con gritos de libertad le propinaron
golpes, ejecutando su tiránica y desleal ambición hasta acabar con su vida.
Tras su muerte, le realizaron grandes exequias, de acuerdo con sus costumbres,
quemando su cuerpo y recogiendo sus cenizas para colocarlas en un relicario.
Antes
de que la traición se conociera, asaltaron las casas de los principales amigos
y parientes del infortunado rey, matando a sus hijos, sobrinos y parientes
hasta la quinta generación, para eliminar cualquier posibilidad de que quedara
algún descendiente que pudiera reclamar el trono. Sin embargo, dos de sus hijos
pequeños lograron escapar gracias a las amas que los criaban, quienes,
disfrazándolos de humildes mujercillas, los llevaron a un lugar seguro,
alejados del pueblo, por los campos y tierras pequeñas.
Cuando
crecieron, su nobleza de sangre los llevó a despreciar la rusticidad del campo,
y, convencidos de su linaje, insistieron a sus amas para que los colocaran al
servicio de algún Señor. Afortunadamente, Texcopille, una persona de gran
importancia en aquellos tiempos, los acogió en su casa y los crio como a hijos,
reconociendo su verdadera identidad. Además, se preocupó por restaurar parte de
sus bienes y señorío, y hasta el día de hoy hay muchos que descienden de ellos.
Capítulo
ocho
Ejecutada
la acción tan atroz, atrevida y temeraria, y logrando sus autores salir con la
suya, ocurrió en el reino que Tlacomihua, Señor de Ocotelulco, se convirtió en
el principio de los Maxixcatzin. Tras la muerte de Tlacomihua, le sucedió su
hija Xipencoltzin Cuitlizcatl, seguida por Tlatlalpantzin Cuitlizcatl, quien
vivió poco tiempo, ya que su hermano Tlapapalotzin lo mató. Después de la
muerte de Tlapapalotzin, llegó al reino Maxixcatzin, en cuya época apareció
Fernando Cortés; él fue un cristiano leal, amigo de la cristiandad y un Señor
fidelísimo, protector y defensor de los españoles, como se documentará en las
crónicas que de ello se hayan escrito.
La
tiranía de Acantetehua desató bandos y disensiones sobre quién debía ser el
príncipe de Culhuacan, Tecpan y Ocotelolco. Acantetehua tenía muchas hijas
casadas con los principales Señores de la República, lo que generó descontento
entre los yernos, quienes se amotinaron, negándose a que Tlacomihua reinara en
paz hasta que se restituyera alguna parte del reino y señorío a los hijos de
Acantetehua. Finalmente, para complacer a todos, Tlacomihua dividió y repartió
grandes tierras entre aquellos con parentesco a Acantetehua. Sin embargo, todos
recibieron escasas porciones, y, a pesar de ello, los descendientes de
Acantetehua, aunque considerados pobres, eran tenidos en alta estima y muchos
de los principales de la provincia se enorgullecían de descender de su linaje.
Desde
Tlacomihua hasta Maxixcatzin Tianquiztlatoatzin, que encontró Cortés, el
reinado continuó. Después de Maxixcatzin, le sucedió Don Lorenzo Maxixcatzin,
quien murió en España mientras iba a rendir homenaje al emperador Don Carlos.
Tras su muerte, su hermano Don Francisco Maxixcatzin Acuacuatzin asumió el
señorío. Al no tener hijos, tras su fallecimiento le sucedió un sobrino, hijo
de su hermana, llamado Don Juan Maxixcatzin Ostzetzctinhcatzin, quien dejó tras
de sí dos hijas fruto de sus matrimonios en la Santa Madre Iglesia. Sin
embargo, por ser mujeres no heredaron, ya que históricamente las hijas no
accedían a los mayorazgos; estos eran heredados por los varones, ya que las
hijas se casaban con Señores y personas sin tierras, no recibiendo dotes ni
propiedades, y así los mayorazgos nunca se dividían, obligándose solamente a
alimentar a los hermanos y parientes de la casa, conservando sus buenas
costumbres y permanencia.
Retornando
a la sucesión de Maxixcatzin, es importante señalar su descendencia, pues
algunos lo consideran de un linaje advenedizo y bajo. Como mencionamos
anteriormente, cuando los Chichimecas comenzaron a poblar desde la laguna de
Poyauhtlan tras la gran guerra con los mexicanos, rodearon el volcán y poblaron
muchas tierras, dejando líderes destacados entre sus gentes. Se establecieron
en Cholollan una gran cantidad de pobladores, entre los cuales había
Chichimecas de renombre. Así, luego de organizarse en aquella provincia y en
otras, y logrando una paz universal tras la devastación que causaron a quienes
intentaron destruirlos, algunos grupos de Cholollan decidieron mudarse a la
provincia de Tlaxcala. Entre ellos llegó al barrio de Tecuitlizco,
Tecuhtotolin, padre de Xochihuamemeloc, de quien descendió Tlacomihuatzin. A
Tlacomihuatzin le siguió Tlatlalpaltzin Cuitlizcatl; este vivió poco, pues fue
asesinado por su hermano Tlapapalotzin, y luego le sucedió Xipincoltzin,
seguido de Xipilcoltzin y Maxixcatzin. Maxixcatzin tuvo dos hijos y una hija:
Don Francisco Acuacuatzin y Don Lorenzo, quien murió en Castilla habiendo
rendido obediencia al emperador Don Carlos. Durante el tiempo de Don Lorenzo,
el Marqués llegó, y Don Francisco, su hermano, asumió el pequeño señorío,
teniendo hijos. A su muerte, le sucedió en la cabecera Don Juan Maxixcatzin
Oltzetzelinhcatzin, como se mencionó anteriormente.
Así se
inicia el linaje de los Maxixcatzin, quienes, a pesar de su buena descendencia,
fueron considerados advenedizos de la provincia de Cholollan y aceptados como
vecinos en la Ciudad de Tlaxcala y como huéspedes de Acatentehuatecuhtli. Al
final, permanecieron como Señores hasta la llegada de Cortés, quien encontró a
Maxixcatzin Tianquiztlatohuatzin en el gobierno de Ocotelolco, a quien le fue
leal y amigo, junto a todos sus comilitones, como es notorio.
Capítulo
nueve
Que
trata de las cabeceras de Tepeticpac y Tizatlan, y de sus señores y
gobernadores
Habiendo
concluido lo referente a la cabecera de Ocotelolco del Señorío de Maxixcatzin,
que fue la segunda, volvamos a tratar de la primera, perteneciente a
Culhuatecuhtli, Señor de la cabecera de Texcalticpac, Tepeticpac, y por otro
nombre, Texcalla, y posteriormente Tlaxcala. Culhuatecuhtli fue sucedido en el
señorío por su hijo Teixtlacohuatzin, quien gobernó con gran calma y paz en el
reino de Tepeticpac. Tras su fallecimiento, dejó como sucesor a Tlamacatzin,
que vivió muy poco tiempo, ya que, siendo un hombre de guerra, murió en una
incursión. Sin embargo, su hijo Tlehuexolotzin, conocido también como
Tlacaxcaltecuhtli, ocupó su lugar; este fue encontrado por Fernando Cortés,
quien lo recibió pacíficamente y le brindó buen acogimiento. Tras la muerte de
Tlehuexolotzin, le sucedió Don Gonzalo, un buen cristiano, de quien más adelante
hablaremos en relación con su muerte y buen final. A Don Gonzalo le sucedió su
hijo Don Francisco de Mendoza, y este Don Francisco dejó a otro Don Francisco,
bisnieto de Tlehuexolotzin. De estos han quedado dos niños, uno llamado Don
Diego y el otro Don Leonardo, que aún viven.
Con la
muerte de Acatentehuatecuhtli, Señor que había gobernado Culhuacan, Tecpan y
Ocotelolco, el reino se dividió en dos partes, resultando en grandes conflictos
debido a las disensiones generadas. Así, se separó Tozpane de la cabecera de
Ocotelolco, aunque todos descendían de Tepeticpac; él formó su propio barrio y
bajó a Teotlalpan, donde hoy se encuentra una ermita dedicada a Nuestra Señora
de la Purificación. Allí vivió con su gente y amigos que decidieron seguirlo,
gobernando muchos años sin contradicción, lo que llevó a un crecimiento
considerable de su población.
Al
pasar el tiempo, le sucedió en el gobierno su hijo Xayacamachan, quien, después
de ser armado caballero, se llamó Tepolohuatecuhtli. Este gobernó con mucha
prudencia y, gracias a su buena gestión, logró ilustrar tanto su barrio que
casi competía en grandeza y prosperidad con Tepeticpac y Ocotelolco. Sin
embargo, al crecer su influencia, surgió la envidia. Con atrevida ingratitud,
sus propios allegados conspiraron contra él. A pesar de que se sentía seguro,
fue cruelmente asesinado junto con todos sus parientes hasta la quinta
generación, una costumbre que se seguía como castigo para aquellos considerados
traidores y también para quienes gobernaban en detrimento de la República.
Tras
la muerte de Xayacamachan Yaotequihua Aquiyahuacatl, le sucedió en el señorío
un individuo llamado Zozoe Atlahua Tlacaztalli. Durante su gobierno, el reino
de Culhuatecuhtli se dividió en un triunvirato, formando tres partes.
Aztahuatlacaztalli pasó a gobernar la parte alta de Tizatlan, donde su señorío
ha perdurado hasta hoy, constituyendo la tercera cabecera de Tlaxcala, conocida
como la cabecera de Tizatlan. Después de Aztahua Tlacaztalli, le sucedió
Huitlalotecuhtli, quien vivió muy poco tiempo, casi sin dejar memoria. Tras la
muerte de Huitlalotecuhtli, su hijo Aztahua asumió el nombre de Xayacamachan,
en honor al primero que fue asesinado. Este gobernó con gran éxito,
convirtiéndose en un Señor muy respetado y temido por su pueblo en la región de
Tizatlan, dejando su República en un notable estado de orden y organización.
A la
muerte de Xayacamachan, le sucedió Xicotencatl, un hombre valerosísimo que
destacó en numerosas guerras a lo largo de su vida, que superó los ciento
veinte años. Fue encontrado por Fernando Cortés, quien le brindó un gran
recibimiento al cruzar por sus tierras, asegurando su paso y asentándose en sus
propias casas y palacios. Xicotencatl fue el primer cristiano en recibir el
bautismo, adoptando el nombre de Don Lorenzo Xicotencatl, aunque los cuatro
Señores de las cuatro cabeceras fueron bautizados el mismo día. Era tan anciano
que se dice que necesitaban levantarle los párpados para que pudiera ver a
Cortés y a los españoles.
Xicotencatl
tuvo muchos hijos varones y armados caballeros, debido a que contaba con más de
quinientas mujeres y mancebas, lo que naturalmente le generó una gran
descendencia. Hoy en día, la mayoría de los principales de Tlaxcala descienden
de su linaje. Sin embargo, tras su conversión al cristianismo, no vivió tres
años más. Su hijo Ayacatzin Xicotencatl asumió el gobierno, aunque ya había
ejercido autoridad antes de la muerte de su padre, dado que este estaba muy
anciano y incapacitado.
Ayacatzin
murió ahorcado en Tetzcuco después de desertar de la guerra en México, donde
había ido con Cortés como general de su gente. Atraído por su amor por una
cacica muy importante, no pudo soportar su larga ausencia y regresó de la guerra.
Hizo esto en dos ocasiones previas, pero a pesar de que le habían perdonado, no
se preocupó por lo más crucial. En su última ocasión, al regresar con Cortés,
este se quejó ante la República de Tlaxcala por la traición de sus más
importantes capitanes, que abandonaban la guerra. Cortés sostuvo que si esto no
era traición, entonces Ayacatzin había cometido un delito grave. Advertía que
aquellos españoles que actuaban de esa manera morían por ello, instando a que
se revisara la situación y se tomaran las medidas adecuadas en respuesta a lo
ocurrido.
Al
observar la formidable queja de Cortés, los Señores de Tlaxcala respondieron a
través de los embajadores que le enviaron, manifestando su confusión y
admiración ante una acción tan mal realizada. Afirmaron que, según sus
costumbres y leyes de guerra, existía pena de muerte para aquellos que
abandonaban a sus capitanes en momentos críticos, y que su propia ley era aún
más rigurosa. Por ello, decidieron enviar a Ayacatzin preso, instando a Cortés
a que hiciera lo que considerara más apropiado según las costumbres de guerra y
a que ejecutara justicia en su caso, a fin de que su castigo sirviera de
ejemplo para los demás. Esta sentencia fue dictada por Maxixcatzin, quien
consideraba a Ayacatzin un traidor y de mala fe.
Cuando
Cortés regresó de México derrotado, los príncipes mexicanos enviaron mensajes a
las cuatro cabeceras y a la Universidad de Tlaxcala, instándolos a que
exterminaran a los cristianos y no permitieran la presencia de esa gente tan
extraña y belicosa entre ellos, pues venían a tiranizarlos y a usurpar su
monarquía bajo el pretexto de ser viajeros en tránsito hacia otras tierras. En
las consultas que se llevaron a cabo, Maxixcatzin siempre se opuso a esta idea,
mientras que Xicotencatl Ayacatzin apoyaba la propuesta de los mexicanos.
Enfurecido, Maxixcatzin lo empujó, haciéndolo rodar por las gradas y
profiriendo palabras de gran vituperio. Dado su desprecio por la deserción de
la guerra, Maxixcatzin consideró que Ayacatzin debía morir. Así, fue apresado y
se le mantuvo en buenas condiciones, con el consentimiento de su padre, Xicotencatl,
quien aún no había fallecido.
Aunque
se dice que Axayacatzin había sucedido en el gobierno, se le tenía como
coadjutor, gobernando en la práctica por la incapacidad de su padre. Cortés
consideró el caso de Ayacatzin un asunto arduo e importante, y al ver que los
leales amigos de Tlaxcala estaban de acuerdo con su decisión, aprovechó la
buena ocasión para hacerse temer. Mandó ahorcar a Ayacatzin en la ciudad de
Tetzcuco, a la vista de todo el campo y de los Señores de aquel reino. Este
gran acto de osadía causó un gran espanto, pues en tierras tan remotas era
audaz cometer tal temeridad al ahorcar a un hijo tan querido de Xicotencatl.
Sin
embargo, Cortés, consciente de que todo estaba guiado por la mano de Dios,
consideraba que no había nada imposible. Los oráculos habían enmudecido ante su
llegada, y ni los encantamientos, venenos ni hierbas mortíferas tuvieron efecto
sobre el pueblo cristiano. La multitud no logró infundir temor a ese pequeño
grupo de cristianos, quienes, confiados en su verdadero Dios, consideraban
fácil la conquista del universo. Como estos son secretos de Dios, nada se puede
comprender plenamente, y así lo dejamos, agradeciendo su infinita bondad.
Tras
la muerte de Axayacatzin, Xicotencatl fue sucedido en el señorío por Teuhtlipitl
y Tzehecatzin, quienes vivieron poco tiempo. Después de ellos, asumió el mando
su hermano Motenehuatzin Xicotencatl, quien participó en la guerra de Xalisco,
conocida también como Nueva Galicia de Compostela, junto a Nuño de Guzmán.
Lamentablemente, murió en la guerra de Culhuacan, que también se conoció como
Tlamacaztecuhtli.
Luego
de la muerte de Motenehuatzin Tlamacaztecuhtli, su sobrino, D. Luis
Xicotencatl, hijo de su hermano Itzehecatzin, ocupó la cabecera de Tizatlan,
aunque su tiempo en el poder fue breve. D. Luis dejó un hermano, D. Bernardino
Escobar, que tenía derecho a la casa y al señorío de Tizatlan. Sin embargo, en
su lugar, sucedió D. Juan Quauhxayacatzin Xicotencatl, hijo ilegítimo de
Xicotencatl el Viejo. Al morir, D. Juan dejó el señorío a su hijo D. Juachín de
la Cerda, quien a su vez tuvo una hija, Doña Francisca de la Cerda. Ella se
casó con D. Leonardo Xicotencatl, nieto de Itzehecatzin, hijo de D. Bernardino
de Escobar, quienes aún viven. Este matrimonio se celebró debido a las sospechas
de que D. Juan Quauhxayacatzin y su hijo D. Juachín de la Cerda no poseían el
Estado con buena conciencia. Para evitar conflictos, se dispensó con ellos, y
ahora poseen conjuntamente la casa de Xicotencatl.
Es
importante señalar que, según las antiguas costumbres y ritos, si un padre
tenía tres o cuatro hijos, la sucesión no era directa. Se priorizaban aquellos
hijos que gozaban de mayor aceptación en la República. Era común que los
hermanos heredaran en orden hasta que se extinguieran, tras lo cual los hijos
de los hermanos mayores volvían a heredar. D. Juachín Xicotencatl
Quauhxayacatzin, hermano menor de los hijos de Xicotencatl, argumentó que tenía
derecho a disfrutar del señorío de Tizatlán, como lo había hecho con buena
conciencia. Sin embargo, erróneamente pensaba que debía dejar a D. Juachín, su
hijo, como heredero, cuando en realidad la sucesión debía regresar a los hijos
del hermano mayor. A esto, él respondió que ya vivía según la ley de Dios y las
normas de España y de la cristiandad, por lo que dejaba el derecho a su hijo D.
Juachín.
Finalmente,
para evitar disputas, se celebraron estos matrimonios, y a partir de ahora se
respetará la sucesión conforme a nuestras antiguas leyes, aprobadas por lo que
son tan santas y católicas.
Capítulo
diez
Que
trata de la fundación de la cabecera de Quiahuitztlan y de sus señores y
gobernadores
Hemos
abordado ampliamente la sucesión de los Xicotencas, por lo que es pertinente
tratar ahora sobre la cuarta parte de Tlaxcala, que corresponde a la cabecera
de Quiahuitztlan, la cual no tuvo menos valor ni origen que las demás
cabeceras.
Es
importante señalar que, al igual que los Chichimecas, primeros pobladores,
llegaron a Amaquemecan y rodearon las faldas de la sierra nevada y del volcán,
algunos de ellos tomaron rumbo al norte y se establecieron en las tierras de
Tullantzinco y otras provincias de aquella sierra. Como mencionamos
anteriormente, algunas cuadrillas y legiones se quedaron en la provincia de
Tepetlaoztoc, situada a una legua de Tetzcuco hacia el norte, donde encontraron
grandes cuevas en las que vivir, de ahí el nombre Tepetlaoztoc, que en lengua
náhuatl significa "en las cuevas de la Tezca".
Establecidos
en Tepetlaoztoc, los capitanes más importantes continuaron su camino hasta la
provincia de Tlaxcala, donde encontraron a sus amigos Chichimecas, quienes
también habían llegado rodeando las sierras nevadas. Al descubrir tierras
fértiles y pobladas, negociaron con Culhuatecuhtlicuanez, quien, como Señor
Universal de toda la provincia de Tlaxcala y Texcalticpac, les concedió un
lugar para establecerse. De esta forma, se organizaron para ocupar la tierra
que les fue asignada, antes del gran cerco que les impusieron los Huexotzincas,
encontrándose así en Texcalticpac en defensa de su patria. Tras la refriega, se
trasladaron a poblar la parte de Quiahuitztlan, que es la cuarta cabecera de
Tlaxcala, conocida como Citlalpopocatzin.
El
primer Señor de esta cabecera fue Mizquitl, seguido de Timaltecuhtli, luego
Tozcoyohuatecuhtli, Cohuatzintecuhtli, Quetzalhuitzin y Zacaucatzin, quien no
reinó más de un año. Tras su muerte, le sucedió Iyactzin, y después
Citlalpopocatzin. Este último recibió su nombre porque, al nacer, se vio en el
cielo un gran cometa que emitía un humo espantoso y tenía una larga cola.
Durante el reinado de Citlalpopocatzin, llegó Hernando Cortés, quien se
convirtió en leal amigo de él y de todos los cristianos, ayudando valerosamente
en la conquista contra los Mexicas. Después de su muerte, quedó al mando de
esta cabecera Quetzalcohuatecuhtli. A él le sucedió Tlatlachtzintemilotecuhtli,
llamado D. Antonio, y tras su fallecimiento, D. Thomás de Santa Cruz. Debido a
su incapacidad para gobernar, le sucedió D. Julián Motolinía, y finalmente D.
Antonio de Luna, quien vive en la actualidad.
Es
fundamental señalar que, al principio, la cabecera heredó de manera lineal y
directa desde Xipantecuhtli hasta Citlalpopocatzin. Sin embargo, cuando llegó
el momento de que heredaran los hijos del primer hermano, surgieron discordias.
A partir de entonces, como todos eran primos y hermanos, acordaron que la
sucesión del señorío se realizaría por elección entre los mismos aspirantes e
interesados, práctica que se ha mantenido hasta hoy.
En
conclusión, he finalizado el tratamiento sobre la descendencia de las cuatro cabeceras
de Tlaxcala, sus reinos y señoríos. Este ha sido nuestro propósito, aunque para
mayor claridad, deseo ofrecer una exposición más extensa, de modo que no se
oscurezca su memoria por la llegada de los cristianos y los primeros españoles.
Capítulo
once
Principio
y origen del señorío y reinos de Tlaxcalla, y de los primeros fundadores
La
primera fundación fue la cabecera de Tepeticpac, establecida y poblada por el
único Señor y Rey llamado Culhua Quanez, primer Señor de los Teochichimecas,
que significa "divinos Chichimecas" o "Texcaltecas".
Provenían de las partes del poniente, de muy lejanos lugares, desde las siete
cuevas, atravesando grandes desiertos, montañas, ríos, ciénagas y otros
obstáculos en su peregrinación. A Culhua Quanez le sucedió en el señorío
Atexcalihuehue, seguido por Pantzintecuhtli, Cocotzin, Teixtlacohuatzin y
Umacatzin. Este último murió en una guerra contra los Mexicas, siendo sucedido
en su señorío por Tlehuexolotzin Tlacaztallitecuhtli.
Mientras
Tlehuexolotzin reinaba con éxito en su cabecera, llegó Cortés, quien conquistó
y ganó la tierra. Tras la muerte de Tlehuexolotzin, su hijo D. Gonzalo
Tecpanecatl Tlachpanquixcatzin ocupó la cabecera, y a él le sucedió D.
Francisco de Mendoza, quien es el actual señor.
La
cabecera de Ocotelolco fue poblada por los Teochichimecas, quienes fueron los
segundos pobladores de estas tierras y provincias de Tlaxcala, según sus
antiguas historias. Echaron de la región a los Ulmecas y Xicalancas. Después de
que Culhua Quanez estableció Texcalticpac, partió con un hermano y realizó una
división de la tierra recién poblada y conquistada, otorgando el señorío de la
mitad de ella para que la poblasen sus parientes, amigos y compañeros, lo que
efectivamente hizo, estableciendo leyes y estatutos como Señor absoluto y
poderoso. Este señor fue llamado Cuicuitacatl, quien fundó Ocotelolco en la
casa conocida como Tecpan, que significa "los Palacios Reales" y
residencia del señorío.
A
Cuicuitacatl le sucedió Papatotl, seguido de Culhuateyohualminqui. Todos ellos
vivieron poco tiempo, y finalmente Acatentehuatecuhtli Tlatohuani sucedió en la
casa de Tecpan Ocotelulco. Siendo muy anciano y habiendo reinado felizmente por
más de cincuenta años, y con más de ochenta, conspiraron en su contra por
envidia y lo mataron, acusándolo de ser un tirano por usurpar el señorío.
Después
de su muerte, se desató una gran confusión en la República, sin que la gente
entendiera la razón de tal suceso. Las gentes andaban aturdidas, sin saber qué
hacer, mientras las mujeres y los niños gritaban aterrorizados. Los
conspiradores, presentándose en su casa bajo el pretexto de visitarle, lo
mataron a golpes, como se ha mencionado. Prendieron a sus hijos, hijas y
mujeres, así como a todos sus bienes, hasta la cuarta y quinta generación, y a
todos los pasaron a cuchillo. Sin embargo, algunos niños de cuna, hijos de
Acatentehuatzin, lograron escapar y hoy viven, siendo respetados por los
Señores, aunque en la pobreza.
Después
de tal crueldad y tiranía, los Señores de la casa de Texcalticpac acudieron en
busca de socorro y venganza por esta maldad, junto con algunos amigos y deudos.
Sin embargo, para no derramar más sangre noble de la que ya se había perdido, y
considerando que la situación no tenía remedio más que apaciguar los conflictos
pasados, se decidió que el señorío quedara en manos de Cuitlizcatltecuhtotolin,
por lo que la casa fue conocida como Cuitlizco. Este gobernó durante
aproximadamente un año, siendo sucedido por Xohuatecuhtlimemeloc.
Los
conspiradores contra el Señor Acatentehuatecuhtli eran advenedizos de
Cholollan, quienes fueron recibidos como huéspedes por este Señor, tratándolos
como deudos y parientes que habían permanecido allí. Hicieron amistad con él,
y, siendo gente belicosa que no se contentaba con poco, procuraron con halagos
establecerse en esta provincia, con la ambición de dominar la tierra. A través
de dádivas, mañas y astucias, lograron ganar la voluntad de muchos perversos
para llevar a cabo sus odiosos planes, como efectivamente lo hicieron.
A
Xohuamemeloc le sucedió Tlacomihuatzin, quien tiranizó por completo el señorío
de Tecpan Ocotelolco, gobernándolo en paz sin contradicción alguna, como Rey y
Señor absoluto de toda la cabecera de Ocotelolco. A este le sucedió Macatzin
Chichimecatl Tecuhtli, y luego su hijo Maxixcatzin, quien fue contemporáneo de
la llegada de Hernán Cortés. A él le sucedió D. Lorenzo Maxixcatzin
Tianquiztlatohuatzin, Señor del mercado, que falleció en los reinos de Castilla
al ir a presentar sus respetos al emperador Carlos V. Al no dejar hijos, le
sucedió D. Francisco Maxixcatzin Acuacuatzin Ultzetzlinhcatzin, hijo de
Ullamanitzin, Señor del barrio de Atlamaxac y de una hermana suya, quien es el
actual gobernante.
La
cabecera de Quiahuiztlan, conocida como Tlapitzahuacan, se gobernaba por
elección, debido a que había muchos Señores que eran deudos e hijos de hermanos.
Para evitar discordias, se elegía entre ellos al que debía gobernar, siendo
estos gobiernos de por vida. La fundación de este reino y cabecera fue la
última de las cuatro de esta ciudad; fueron los últimos en llegar, demandando
la unión con los demás. Se dividieron en dos o tres legiones y cuadrillas
después de la gran mortandad y derrota de Poyauhtlan Cohuatlichan. La mayoría
de ellos llegó rodeando el volcán, tal como se ha mencionado, pasando por
Tepetlaoztoc, Zacatzontitlan, Teomolixco, Zultepec, Iahualiucan, Mazapan,
Quauhtepec y Ocelotepec, hasta llegar a esta provincia, donde fueron bien
recibidos por sus deudos. La otra cuadrilla tomó la vía de Tollantzinco,
Xilotepec, Tototepec y Pahuatlan, como hemos tratado anteriormente.
Volviendo
a la fundación del señorío de Quiahuiztlan, el primer Señor fue Mizquitl,
seguido por Timatecuhtli, luego Taxcoyohua, Cohuatzintecuhtli y Quetzahuitzin
Zacancatzin. Este último fue llevado desde la cabecera de Ocotelolco, del
barrio de Contlantzinco, debido a las discordias entre los Señores de
Quiahuiztlan, lo que hizo que Zacancatzin fuera descendiente de ellos por línea
femenina. Mientras ejercía como principal y Señor de Quiahuiztlan, fue
trasladado a la cabecera en conformidad con su República, y gobernó durante dos
años. Le sucedió Iyactzin Teohuatecuhtli, quien también tuvo un breve gobierno.
Tras su muerte, asumió el mando Citlalpopocatzin Quetzalcohuatecuhtli, en cuyo
tiempo llegó Cortés. Posteriormente, le sucedió Tlaltentzin Temilotzin, luego
D. Tomás de la Cruz. Debido a su escaso éxito en aquellos tiempos difíciles,
eligieron para el mando de esta cabecera a D. Julián Motolinia Moquetlacatzin.
Tras su fallecimiento, D. Juan de Mendoza asumió el liderazgo y actualmente
vive, siendo hijo de D. Baltazar Cuauhtecolo y de D. Julián Motolinia
Moquetlacatzin.
Tras
haber tratado de las tres cabeceras y su origen, es momento de abordar la
fundación y el inicio de la cabecera de Tizatlan, una casa muy importante de
Xicotencatl, leal amigo de los cristianos. Aunque es la cabecera de la que
debíamos hablar antes en este contexto, se hace necesario extendernos un poco
más.
Estos
caudillos principales, muy notables, descendieron de la cabecera de Tepeticpac
y se establecieron en un valle y llano conocido como Teotlalpan. El primer
poblador y fundador de este señorío fue Xacayamachan Tzonpanetepelohuatecuhtli.
Durante su prosperidad, fue asesinado por la envidia que otros le tenían, dado
que su bondad y su popularidad atraían a muchas personas, gracias a su
afabilidad, los regalos que ofrecía y su gran generosidad hacia los suyos.
Conforme
iba aumentando su poder, comenzaron a temer que llegara a ser tan fuerte que
los sometiera a todos y se convirtiera en un tirano. En un momento de
tranquilidad, una noche conspiraron contra él y lo mataron, justificando su
acción con la acusación de que era un tirano. Tras su muerte, arrasaron sus
casas hasta dejarlas en ruinas, alegando que intentaba apoderarse de todo el
reino de Tlaxcalla y que estaba ganando partidarios para llevar a cabo su
malévolo propósito y satisfacer a los ambiciosos.
A la
muerte de Xayacamachan, el señorío se trasladó al barrio de Tizatlan, donde
asumió el mando Zozoxyaotequihua Aquiahuacatl. Posteriormente, le sucedió
Aztamatlacaxtli Tecuhtli, y tras él, otro Xayacamachan Tlazcaltecuhtli. Luego,
Xicotencatl, hijo de Aztahua, gobernó en un tiempo en que llegó el Marqués,
quien fue recibido en paz por él y sus súbditos, con muchos regalos y favores.
Tras su muerte, le sucedió Itzehecatzin Teuhtli Piltecuhtli.
Aunque
Xicotencatl tuvo muchos hijos, dejando una gran descendencia en toda Tlaxcalla,
vivió más de ciento cuarenta años y tuvo más de cien hijos e hijas, entre los
cuales había muchos hombres valerosos y capitanes. Después de su fallecimiento,
asumió el señorío Motenehuatzin Tlamacaztecuhtli, quien murió en la guerra de
Culhuacan, al lado de Nuño de Guzmán durante aquella conquista.
Tras
su muerte, D. Juan de Vargas Quauhxayacatzin asumió el liderazgo, quedando como
tutor D. Luis Xicotencatl, hijo de Motenehuatzin. Luego, le sucedió D. Juachin
de la Cerda. Debido a la sucesión por línea transversal, surgió la reclamación
de D. Leonardo Xicotencatl, nieto de Itzehecatzin, quien afirmaba que el
señorío le pertenecía por línea recta y no a los herederos de D. Juachin de la
Cerda.
Entre
ellos, se llegó a un acuerdo, ya que D. Leonardo Xicotencatl contrajo
matrimonio con la hija de D. Juachin de la Cerda, llamada Doña Francisca de la
Cerda Tehculhuatzin. Así, la sucesión ha continuado en el linaje de
Xicotencatl, manteniendo gran conformidad en toda su cabecera hasta nuestros
días.
Capítulo
doce
Que
trata de la nobleza tlaxcalteca y de la enemistad que ovo con los culhuas
mexicanos.
Los
capitanes famosos y diestros en la guerra que llevó Cortés a la conquista de
México eran hijos de señores y hombres de notable calidad. Entre ellos se
encuentran: de la cabecera de Ocotelolco, Tecohuanitecuhtli Aexotecatl,
Cehecatecuhtli, Tecpanecatl, Tenamazcuicuiltecuhtli, señor de Tepoyanco, y
Calmecahuatecuhtli Petlacoltzintecuhtli. De la cabecera de Quiahuiztlan,
destacaron Quanahtecatl Tecuhtli, Quauhquentzin, Tepultzin, Tlachpanquizcatzin,
Chichimecayaotequihua, Tepalnencatzin, Temaxahuitzin, Omemaní Nezahualcoyotzin
Cocomitzin, Acxotecatl Tzinhcohuacatl, y Quauhtapalcantzin, entre otros muchos
cuyos nombres antiguos se han olvidado con el paso del tiempo.
Las
insignias y armas principales de la casa de Ocotelolco, de los Maxixcatzis, son
una garza o pájaro verde llamado Quetzaltototl, que se representa sobre un
peñasco. Esta ave tiene plumas verdes muy parecidas, un pico de oro y en los
encuentros de sus alas, dos patenas redondas de oro, además de otra sobre la
cola. En cuanto a la cabecera de Quiahuiztlan, su insignia es un penacho de
plumas verdes que asemeja un ala o aventador, conocido como Quetzalpatzactli,
el cual es muy apreciado por los señores de esta cabecera. La cabecera de
Tepeticpac tiene como insignia un lobo feroz sobre unas peñas, sosteniendo un
arco y flechas en su mano.
No se
hace mención de otras armas y divisas, ya que son numerosas y variadas, de
acuerdo a sus antiguas costumbres. Ahora, volveremos a proseguir nuestra
narración, tratando lo que sucedió tras la derrota de los de Texcalticpac y
cómo se fueron ampliando y ensanchando, así como las ocasiones en que los
Culhuas mexicanos tuvieron guerras, enemistades y disensiones con los Tlaxcaltecas,
y en qué tiempos sucedieron.
Después
de la cruel guerra contra los Chichimecas de Texcalticpac, de la que ya hemos
tratado, comenzaron a descender y a fundar pueblos y lugares. Se establecieron
las cabeceras de Ocotelolco, Tizatlan y Quiahuiztlan. No solo se debe entender
que estos fueron los cuatro señores de esta república, ya que también se poblaron
muchos otros pueblos y lugares por parte de los principales Chichimecas que
habían sido caudillos en su llegada, capitanes, maestres de campo y otros
cargos relacionados con la milicia. Hoy en día, existen casas fundadas de muy
buenos mayorazgos y otras casas solariegas, reconocidas como casas mayores de
donde procedía su linaje, como la que se fundó en Tepeticpac, que fue la
primera cabecera. A ella acudían con reconocimiento y respeto de rey, y lo
mismo sucedía en las cabeceras de Ocotelolco, Tizatlan y Quiahuiztlan.
De
cada una de estas casas y cabeceras procedieron muchos Tecuhtlis, que quiere
decir caballeros y señores, así como otras casas llamadas Pileales, que son
casas solariegas de hombres principales. En este aspecto, se tenía particular consideración,
ya que los descendientes de estos linajes eran estimados como hombres de
calidad. Aunque fueran extremadamente pobres, no ejercían oficios mecánicos ni
se dedicaban a tratos bajos o viles. Jamás se permitían cargar ni cavar con
herramientas como coas o arados, afirmando que eran hidalgos y que no debían
involucrarse en tales actividades soeces o indignas. Su deber era servir en
guerras y fronteras y morir como hombres de armas.
Esta
locura virtuosa ha perdurado hasta hoy, proclamando que son hidalgos y
caballeros desde el principio, y que ahora lo son aún más porque se han
convertido al verdadero Dios y se han tornado cristianos, brindando su
obediencia al emperador Carlos, Rey de Castilla. Además, han ayudado a
conquistar toda la redondez y la riqueza de este Nuevo Mundo, otorgándole el
derecho y la acción que tenían contra los mexicanos para que él fuera su rey y
señor universal. Por ello, se consideran hidalgos y caballeros.
Sin
embargo, estas y otras fanfarrias nunca cesan de blasonar. Así, cuando un mal
español los maltrata, le dicen que es un mal cristiano, que no es hidalgo ni
caballero, y que debe ser un villano, moro, judío o vizcaíno. Y cuando no
encuentran palabras para vituperarle, le dicen, en última instancia, que al fin
y al cabo, eres portugués, creyendo que así le han infligido una gran afrenta.
Retomando
nuestro propósito inicial, que es tratar sobre las casas de mayorazgos y
señorío, así como sobre las casas solariegas, es importante mencionar que
cualquier capitán o Tecuhtli que fundaba una casa o vínculo de mayorazgo, debía
hacer un repartimiento de tierras y montes que se le había concedido. Este
repartimiento se realizaba de la siguiente manera:
Cualquier
Tecuhtli que establecía un Tecalli (casa de mayorazgo) o un Pilcalli (casa
solariega) tomaba como parte principal las tierras que le correspondían en el
reparto, incluyendo montes, fuentes, ríos o lagunas. Se tomaba para la casa
mayor la mejor parte o los mejores pagos de tierra, y luego las demás tierras
que quedaban se repartían entre sus soldados, amigos y parientes de manera
equitativa. Todos ellos estaban obligados a reconocer la casa mayor, acudir a
ella y brindarle apoyo, así como a proveerle con recursos como aves, flores y
ramos para el sustento de la casa del mayorazgo. Los que cumplían con estas
obligaciones eran conocidos como Teixhuihuan, que significa "nietos de la
casa de tal parte."
En
estos repartimientos de tierras, se establecieron terrazgueros (pobladores) que
se convirtieron en vasallos, pagando tributo y vasallaje por los productos que
cultivaban y cosechaban. Así, llegaron a ser caciques y señores de muchas
gentes, quienes los reconocían y pagaban tributo. A partir de este sistema,
fundaron pueblos y lugares muy importantes, lo que les permitió gobernar su
república de manera efectiva, según su rústico talento.
Una
vez poblada la insigne y leal provincia de Tlaxcala, disfrutaron de paz y
concordia con todas las provincias circundantes durante un largo tiempo.
Mantenían buenas relaciones con los mexicanos, intercambiando bienes y
comerciando a lo largo de sus tierras y reinos, de una mar a otra, del sur al
norte y del levante al poniente. Además, los pobladores de esta provincia se
aventuraron a poblar la costa y la sierra hacia el norte y el levante,
estableciéndose en lugares como Cenpoalla, Tuxtla, Cohuazacoalco y Tabasco. De
estas tierras traían riquezas como oro, cacao, algodón, ropa, miel, cera,
plumería de papagayo y otros productos muy valorados.
De tal
manera, el reino de Tlaxcala llegó a ser uno de los más destacados en estas
partes del Nuevo Mundo, gobernado por los cuatro señores de las cuatro
cabeceras. Esto despertó la envidia de las provincias vecinas, como Cholollan,
Huexotzinco, Quauhquecholla e Itzyocan (llamada Izúcar por los españoles),
Tepeyacac, Tecamachalco, Quecholac, Acantzinco, Tehuacán, Cozcatlán y Teutitlán
Ahuilizapan. Aunque mantenían una amistad, la rivalidad y la envidia eran
palpables. Similar amistad se tenía con los Zacatecas, Iztaccamaxtitlancalques,
Tzacuhtecas y Tlatlauhquitepehuaques, así como con los Tecuhtecas y Atzopanecas.
Todas estas naciones eran Ulmecas.
Asimismo,
mantenían alianzas con esta provincia, que les proporcionaban miel, cera,
liquidámbar, una gran cantidad de algodón y otros productos de las tierras
templadas, así como pescado y camarones. Sin embargo, las cosas de esta vida y
la felicidad que conllevan no son permanentes. Pronto se introdujo la sediciosa
ambición. A pesar de que existía paz y concordia con los Tetzcucanos y
Mexicanos, y de que el Imperio de los Tepanecas Culhuas estaba en expansión, no
se contentaron con lo que era de su propiedad. Decidieron ponerse en armas
contra los de Tlaltelulco, exigiendo, sin otro derecho que su deseo de ser
reconocidos como Señor y Rey, a Ahuitzotzin, quien en aquel siglo gobernaba
sobre todos los Mexicanos Tepanecas.
Al
salir con este propósito, Ahuitzotzin intentó someter a Xochimilco, logrando
hacerlo. Con su éxito, comenzó a engañar y conquistar tierras y provincias,
convirtiéndose en un Señor absoluto. Con los grandes ejércitos que reunió,
atemorizó a toda la región: algunas provincias se sometieron pacíficamente,
mientras que otras lo hicieron por la fuerza de las armas. Después de haber
sometido a la mayor parte de los Matlatzincas, Cohuixcas y Tlalhuicas,
pretendió atravesar los puertos de la Sierra Nevada y el volcán con sus
ejércitos, hasta rendir a los de Huexotzinco y Cholula, estableciendo pactos y
acuerdos de reconocimiento con ellos. Así comenzó su camino para convertirse en
el único Señor del Reino Mexicano.
Cuando
a Ahuitzotzin le sucedió Axayacatzin, quien se convirtió en el único Señor de
México, este último tuvo la misma ambición que su antecesor: expandir su reino
con el objetivo de conquistar todo lo que encontrara a su paso y establecerse
como Rey universal.
Todo
lo que se imaginó y propuso le sucedió tan prósperamente, que en poco tiempo se
convirtió en Rey casi absoluto de Huexotzinco, Quauhquechollan, Itzucan, Valle
de Atlixco, Cholollan, Calpan, Tepeyacac, Tecamachalco, Quecholac, Teohuacan,
Cozcatlan y Teotitlan. Finalmente, fue sometiendo y conquistando toda la tierra
que pudo, de tal manera que no había provincia ni reino que se le opusiera sin
ser conquistado.
Al
enterarse los Señores de Tlaxcala de la prosperidad y pujanza con que crecía el
reino de los Culhuas Mexicanos Tepanecas, que en este momento ya eran conocidos
como Tenuchcas, decidieron armarse y prepararse para lo que pudiera suceder
ante un poderío tan grande como el que se había levantado. Con el fin de
proteger sus tierras y mantener la paz como siempre lo habían hecho, decidieron
resguardarse. Sin embargo, movidos por una mortal envidia, los Huexotzincas,
Cholultecas y otras provincias sujetas a los Tenuchcas Mexicanos intentaron,
por medio de astucias y engaños, impedir el comercio de los Tlaxcaltecas en
todas las áreas posibles y forzarlos a que se restringieran a sus tierras.
Para
incitar aún más a los Tenuchcas Mexicanos y provocar su ira, informaron a los
rendidos de forma siniestra que los Tlaxcaltecas estaban apoderándose de muchas
provincias que ellos habían conquistado, tanto por amistades como por
contratos. Mencionaron especialmente las de Cuetlaxtlan, Tuxtlan, Cempohuallan,
Cohuatzacoalco, Tabasco, Campeche y otros lugares marítimos, instándoles a que
consideraran lo que más les convenía. Al comprender los Tenuchcas que esta
situación podía suceder, dado que los Tlaxcaltecas eran belicosos y que los
Mexicanos estaban dominando toda la tierra, se sintieron obligados a actuar.
Sin
embargo, el mando no permite la igualdad para remediar un estorbo tan grande.
Por ello, los Tenuchcas intentaron apoderarse de toda la Totonacapan y de las
provincias de los Tohueyos, Xalapanecas, Nauhtecas, Mexcaltzincas y muchas
otras de la Costa Norte. Por razones de brevedad, no mencionamos todas, pero su
objetivo era impedir las contrataciones y la riqueza que los Tlaxcaltecas
obtenían, y en efecto, lograron lo que se proponían.
Capítulo
trece
Al ver
los de Tlaxcala que la enemistad con los Tenuchcas se declaraba desde todos los
puntos, procuraron defender su posición como pudieron. Sin embargo, al ser mayor
la fuerza de los Tepanecas que la suya, comenzaron a retraerse poco a poco a
sus tierras, perdiendo así la libertad que tenían en sus contrataciones.
En
medio de esta controversia, enviaron embajadores a los Príncipes Mexicanos para
preguntar la razón de la guerra que se les declaraba, asegurando que no habían
dado motivo alguno para ello, ni sus gentes habían sido maltratadas, ni se les
había obstaculizado el comercio, ni les habían quitado sus mercaderías. Los
Tenuchcas respondieron: «El gran Señor de México es el Señor Universal de todo
el Mundo; todos los nacidos son sus vasallos. A todos debe reducir para que le
reconozcan como Señor, y a aquellos que no lo hagan, les destruirá, arrasará
sus ciudades hasta los cimientos y las poblará con nuevas gentes. Por lo tanto,
procuren tenerlo por Señor y sujetarse a él, pagando tributo y demás parias,
como lo hacen las otras provincias y reinos; de lo contrario, vendrá sobre
ellos».
A esta
respuesta, los embajadores de Tlaxcala replicaron: «Señores muy poderosos,
Tlaxcala no os debe vasallaje. Desde que salieron de las siete cuevas, jamás
han reconocido con tributo ni peaje a ningún Rey ni Príncipe del Mundo, pues
siempre los Tlaxcaltecas han mantenido su libertad. No están acostumbrados a
esto y no os querrán obedecer; antes morirán que tal cosa suceda. Entendemos
que lo que pedís también se lo pedirán a vosotros, y sobre ello derramarán más
sangre que la que se derramó en la guerra de Poyauhtlan, de donde proceden los
Tlaxcaltecas. Por tanto, nosotros regresamos con la respuesta que nos habéis
dado».
Al
conocer la ambiciosa respuesta de los Tenuchcas, los de Tlaxcala vivieron en
estado de alerta para resistir cualquier adversidad que se presentara. A medida
que los Mexicanos Tenuchcas sometían la mayor parte de este Nuevo Mundo, y sin
más tierras que ganar desde la mar del Sur hasta la del Norte, decidieron
apoderarse de la provincia de Tlaxcala, tal como habían hecho con las demás.
Con un espíritu decidido, los Mexicanos les ofrecieron tantos reencuentros y escaramuzas
que, en pocos años, lograron acorralarlos en sus propias tierras y provincia.
Los
Tlaxcaltecas estuvieron cercados durante más de sesenta años, necesitando de
todo lo que humanamente podían necesitar. Carecían de algodón para vestirse,
oro y plata para adornarse, plumería verde y de otros colores para sus galas
—la que más apreciaban para sus divisas y plumajes—, cacao para beber, y sal
para comer. Durante más de sesenta años, sufrieron esta privación. Se
habituaron tanto a vivir sin sal, que hoy en día no la saben comer, y tampoco
se les ofrece, aunque sus hijos, criados entre nosotros, consumen muy poca. Sin
embargo, con la abundancia que hay, han comenzado a incorporarla en su dieta.
En
medio de este cerco, los Tlaxcaltecas enfrentaban constantemente crueles
guerras, atacados por todas partes. Al no tener los Mexicanos otros enemigos ni
vecinos que a los de Tlaxcala, muchas gentes acudían a refugiarse en esta
provincia. Así lo hicieron los Xoltocamecas, Otomís y Chalcas, quienes, tras
rebeliones contra los príncipes mexicanos, se unieron a Tlaxcala. Allí fueron
acogidos por sus habitantes, quienes les otorgaron tierras donde vivir, a
cambio de reconocerlos como señores y pagarles tributo y terrasgo. Además,
debían estar siempre en armas y alerta para defender sus tierras, evitando que
los Mexicanos les atacaran. Esta promesa la cumplieron durante mucho tiempo,
hasta la llegada de Cortés.
Con
esta constante milicia, se sucedieron grandes episodios bélicos, en los que,
mediante despojos, lograban obtener algunas riquezas en forma de ropa, oro y
plumería. También, a través de rescates de prisioneros, conseguían sal y cacao,
especialmente los de las cuatro cabeceras, que nunca se quedaban sin estos
recursos. A pesar de ello, los señores mexicanos y tetzucanos, en períodos de
tregua, enviaban a los de Tlaxcala grandes presentes: dádivas de oro, ropa,
cacao, sal y otros productos de los que carecían. Este intercambio se realizaba
de forma discreta, y se saludaban en secreto, manteniendo el respeto que se
debían.
A
pesar de todos estos desafíos, el orden de su república nunca dejó de
gobernarse con rectitud, manteniendo inviolablemente el culto a sus dioses.
Al
darse cuenta los Mexicanos Culhuas Tepanecas Tenuchcas de que toda la monarquía
de este Nuevo Mundo estaba bajo su dominio, y que con tal poder podían
conquistar fácilmente al rey de Tlaxcala—ya que, en comparación con la
extensión de lo que dominaban, esta provincia era una de cien—decidieron emitir
un bando. En este, ordenaron a todos sus súbditos que salieran un día señalado
a combatir contra Tlaxcala, rodeándola por todas partes. Con tal fuerza,
creyeron que lograrían vencer y asolarla, o que se rendirían ante el inminente
peligro.
Esto
sucedió dieciocho años antes de la llegada de los españoles, cuando la
provincia de Tlaxcala estaba gobernada por cuatro cabeceras: Ocotelolco, bajo
Maxixcatazin; Tizatlan, bajo Xicotencatl; Quiahuiztlan, bajo Teohuayyacatzin; y
Tepeticpac, bajo Tlehuexolotzin. En Huexotzinco, reinaba Tecayahuatzin
Chichimecatl Tecuhtli, quien declaró la guerra a fuego y sangre contra los de
Tlaxcala. Fue él quien convocó a los Chulultecas para unirse a esta guerra,
buscando el apoyo de los Mexicanos. Para iniciar su mal propósito, intentaron
sobornar a los habitantes de Hueyotlipan, un pueblo sujeto a Tlaxcala que
limitaba con México, así como a los Otomís que estaban en la frontera.
Los
Señores de Tlaxcala, alertados por sus propios vasallos y amigos sobre lo que
estaba ocurriendo, permanecieron siempre en guardia y con cautela, desconfíando
de cualquier grupo, para evitar ser asaltados mediante traiciones y engaños.
Así, persuadieron a las guarniciones en la frontera de México con dádivas de
oro, joyas, rodelas, armas y otros objetos de valor. Les comunicaron que, al
momento de la batalla general en la provincia de Tlaxcala, debían estar alertas
y, en lugar de luchar, dar la espalda y volver contra los de Tlaxcala,
prometiéndoles generosas recompensas de los príncipes mexicanos. Si lograban
vencer y tomar el reino de Tlaxcala, serían señores libres y compartirían el
botín.
En
esos tiempos, reinaba en México con gran poder Motecuhzomatzin. Sin embargo,
las guarniciones y fronteras de Tlaxcala no quisieron traicionar a aquellos
amigos tan antiguos que tan bien los habían tratado, conservado y defendido de
sus enemigos durante tantos años. En lugar de eso, decidieron luchar y morir
por su patria y su república, cumpliendo con su deber como leales vasallos,
defendiendo sus fronteras como valientes y esforzados capitanes.
Una
vez que los ejércitos de Huexotzinco entraron a fuego y sangre en tierras de
Tlaxcala, causando grandes daños, muertes y robos, llegaron a un lugar a una
legua de la ciudad, conocido como el pueblo de Xiloxochitlan. Allí cometieron
atrocidades y crueldades contra las personas desprevenidas que encontraron.
Durante este alboroto, mataron a un principal de Tlaxcala de gran importancia,
que salió a defender a su gente. Este hombre, llamado Tizacaltatzin, era
principal de la cabecera de Teocotelulco y del barrio de Contlantzinco, y, al
carecer de apoyo, tuvo que morir peleando.
La
muerte de Tizacaltatzin fue profundamente lamentada por los de Tlaxcala, y con
ello, los Huexotzincas regresaron a sus tierras. Este incidente marcó el inicio
de guerras continuas y prolongadas que duraron más de quince años, hasta la
llegada de Cortés. Durante este tiempo, hubo tantas muertes y pérdidas que
sería un gran esfuerzo contarlas todas. Solo mencionaré una: ante las
constantes guerras y escaramuzas, los Tlaxcaltecas lograron arrinconar a los
Huexotzincas en lo alto de la Sierra Nevada y del volcán.
Puestos
en esta crítica situación, los Huexotzincas pidieron ayuda a Motecuhzoma, quien
envió un gran contingente de soldados, con la intención de asolar la provincia
de Tlaxcala. También envió a uno de sus hijos, Tlacahuepantzin, como capitán.
Los ejércitos mexicanos que acudieron en ayuda de los Huexotzincas entraron por
la parte de Tetella, Tuchimilco y Quauquechollan, contando con el respaldo de
los habitantes de Itzocan y Chietlan, que eran vasallos de los mexicanos.
Al
enterarse del socorro enviado por Motecuhzoma, los Tlaxcaltecas salieron al
encuentro de los mexicanos antes de que llegaran a sus tierras y causaran algún
daño. Determinaron estorbarles la entrada. Como mencionamos anteriormente, los
Huexotzincas estaban en una situación precaria, refugiados en las faldas de la
Sierra Nevada y el volcán, mientras que todo lo llano estaba desprovisto de
poblaciones. Por esta razón, los ejércitos tlaxcaltecas encontraron una
oportunidad para entrar por Tlecaxtitlan, Acapetlahuacan y Atlixco con
seguridad, antes de que los Huexotzincas o los mexicanos pudieran reagruparse.
Así,
los Tlaxcaltecas lanzaron un ataque con tanto ímpetu e ira que sorprendieron a
sus enemigos, causando una gran devastación. Los Huexotzincas, desbaratados y
muertos, huyeron despavoridos, y en el campo quedó muerto Tlacahuepantzin, su
general e hijo de Motecuhzoma.
Tras
la victoria en tan significativo encuentro, los Tlaxcaltecas limpiaron el campo
y regresaron a su tierra con gran honor y en beneficio de toda su patria. La
famosa guerra, que causó tanto terror en todas aquellas regiones, tuvo como
consecuencia que, al año siguiente, los Huexotzincas no obtuvieron cosechas de
pan, lo que provocó una gran hambre. Se vieron obligados a buscar ayuda en las
provincias de México para satisfacer sus necesidades, pues las guerras llevadas
a cabo por los Tlaxcaltecas habían asolado sus tierras, quemando casas y
palacios, incluidos los de Tecayahuatzin, su señor, así como los de otros
caciques y principales de la provincia. Así, tras pedir permiso a Motecuhzoma,
aquel año lograron reparar su situación en tierras mexicanas.
Hemos
abordado estas guerras civiles, que así pueden ser denominadas, dado que
Huexotzincas, Tlaxcaltecas y Cholultecas eran todos amigos y parientes. Es
importante entender que Cholultecas y Huexotzincas se unieron en contra de
Tlaxcala, aunque la confrontación se enfocó principalmente en Huexotzinco. Como
los Cholultecas eran más mercaderes que guerreros, no se les tuvo tanto en
cuenta en los asuntos bélicos, aunque participaban como aliados de los
Huexotzincas.
Después
de esta sangrienta guerra en el Valle de Atlixco, y con la muerte de
Tlacahuepantzin, su general e hijo de Moctecuhzoma, rey de los Mexicanos, se
sintió un profundo pesar y gran descontento. Decidió asolar y destruir por
completo la provincia de Tlaxcala. Mandó que, sin compasión, se destruyera el
señorío de los Tlaxcaltecas, pues lo tenía enojado. Hasta entonces, no había
querido aniquilarlos, ya que los mantenía bajo control, como codornices
enjauladas, y también para que los jóvenes mexicanos pudieran ejercitarse en la
guerra y contar con cautivos que sacrificar a sus dioses. Pero ahora que habían
matado a su hijo Tlacahuepantzin con tal atrevimiento, su determinación era
arrasar Tlaxcala, pues no convenía que existiera más de una sola voluntad, un
mando y un propósito en el mundo. Consideraba que, mientras Tlaxcala permaneciera
sin conquistar, él no podía considerarse Señor Universal del Mundo. Así, ordenó
que todos se unieran en un día señalado para entrar por todas partes y destruir
a Tlaxcala a sangre y fuego.
Al
conocer la voluntad del poderoso rey Motecuzoma, este envió a sus capitanes a
rodear toda la provincia de Tlaxcala. Sin embargo, al intentar acorralarlos en
un solo día por todos lados, se encontraron con una resistencia tan feroz por
parte de los Tlaxcaltecas que, al final, los mexicanos huyeron desbaratados o
heridos, sufriendo grandes pérdidas en hombres y riquezas. Parece increíble
creerlo, incluso más parece una patraña que una verdad; sin embargo, este
relato está tan respaldado y se considera tan cierto que causa una
extraordinaria admiración. Se reunieron tantas gentes de diversas provincias y
naciones que es digno de mención.
Por el
norte, se hallaron los Zacatecas, Tozapanecas, Tetelaques, Iztaquimaltecas y
Tzacuhtecas; luego, los Tepeyaqueños, Quechollaqueños, Tecamachalcas,
Tecalpanecas, Totomilhuas, Cholultecas, Huexotzincas, Tetzcucanos, Aculhuaques,
Tenuchcas, Mexicanos y Chalcas. Así, rodearon toda la provincia de Tlaxcala con
el objetivo de destruirla. Fue tal su fortuna que, mientras los Tlaxcaltecas se
entregaban a sus deleites y pasatiempos, recibieron la noticia de este
formidable cerco que Moctecuzoma había establecido para atraparlos, con la
intención de acabar con ellos y borrar cualquier memoria de su existencia.
Las
fronteras de todas partes lucharon valerosamente, persiguiendo a muchos
enemigos. Para dar fe de lo sucedido, trajeron grandes despojos de la guerra y
muchos prisioneros capturados sin mucho esfuerzo, presentándolos a los señores
de las cuatro cabeceras. Estos, al enterarse de la victoria de sus capitanes,
quienes lograron tal hazaña sin que ellos lo supieran, les ofrecieron grandes honores,
casando a los capitanes con sus propias hijas y armando caballeros a muchos de
ellos, para que fueran considerados personas de prestigio, como lo fueron de
ahí en adelante. Los Otomís que custodiaban las fronteras ganaron mucho crédito
como leales vasallos y amigos de la República de Tlaxcala.
Tras
obtener tan gran victoria, celebraron grandes y solemnes festividades en señal
de alegría, ofreciendo sacrificios a sus dioses con ceremonias impresionantes.
Desde ese momento, los Tlaxcaltecas vivieron con más precaución, fortificando
sus tierras con fosos y reparos, temiendo que Motecuzoma volviera a atacarles
en algún momento. Así, con esta continua vigilancia, vivieron durante mucho
tiempo, hasta la llegada de Cortés, mientras los mexicanos intentaban someterlos
y ellos, con un espíritu invencible, se resistían como siempre lo habían hecho.
Capítulo
catorce
Que
trata de la pujanza del imperio mexicano y de cómo los mexicanos tenuchcas
conquistaron Quatimalla y Nicarahua.
En
aquel tiempo, el imperio de los mexicanos y el señorío de Moctezuma eran tan
poderosos que su dominación se extendía más de trescientas leguas desde
Quatimalla hasta Nicaragua, donde hoy en día la lengua mexicana se habla de
manera corrupta. Grandes ejércitos mexicanos poblaban y conquistaban tierras y
provincias riquísimas en oro, plumas verdes de gran valor, cacao, bálsamo,
liquidámbar y otras resinas aromáticas, licores y tintes que los nativos
apreciaban en gran medida.
Sin
embargo, algunas provincias se resistían y no permitían su entrada, como la
propia Nicaragua y otras comarcas. Al enterarse de que grandes ejércitos se
dirigían a conquistarlas, los nicaragüenses salieron al encuentro de los
mexicanos para obstaculizar su paso, instándolos a que se marcharan y no
regresaran a sus tierras. En un enfrentamiento, lograron matar a muchas
personas de los mexicanos, poniendo a sus ejércitos en un gran aprieto,
obligándolos a replegarse.
Al ver
la feroz resistencia de aquellos pueblos, los mexicanos intentaron recurrir a
la astucia y el engaño, buscando preservar su valor y la fama que habían ganado
a lo largo de tantos años. Fingen que deseaban avanzar sin detenerse, alegando
que no deseaban ser considerados amigos ni vecinos de los nicaragüenses, y que
habían sufrido grandes pérdidas en su camino y enfrentamientos previos. Por
ello, pidieron cinco o seis mil tamemes para poder transportar sus equipos y
provisiones a los pueblos de adelante, prometiendo que así se retirarían de sus
tierras; de lo contrario, enfrentarían escaramuzas y muertes a diario.
Los
nicaragüenses, aceptando esta demanda, cayeron en el engaño. Así, entregaron a
los mexicanos los tamemes que pedían, y al salir la mayor parte de esta gente
de su patria, los ejércitos mexicanos pudieron avanzar sin resistencia,
ocupando la provincia con la mayor tranquilidad, pues los nicaragüenses no se
percataron de la traición.
Una
vez que se apoderaron de esta provincia, los miserables tamemes que regresaron
a sus hogares encontraron sus casas tomadas y ocupadas por gentes extrañas.
Mientras tanto, los mexicanos que habían marchado adelante tomaron posesión de
esta gran provincia y de sus habitantes, convirtiéndose en sus señores. Desde
entonces, la población de Nicaragua y Verapaz reconoció a los mexicanos como
sus señores, enviándoles tributos de oro, plumas verdes y otros productos de la
tierra, como piedras preciosas, esmeraldas, turquesas y otros objetos de gran
estima y valor.
A
través de esta estrategia y astucia, Moctezuma se convirtió en un gran señor de
la mayor parte de este Nuevo Mundo, aunque algunas provincias se rebelaban y se
alzaban contra él. Sin embargo, lograba pacificarlas con sus ejércitos,
castigando a los alzados, ya fuera por amor o mediante promesas, dádivas y
concesiones, según lo requería la situación. Finalmente, aunque eran
considerados bárbaros, se mantenían a su manera en pujanza y poder, gracias a
una disciplina militar que sustentaba y continúa sustentando la Monarquía
Universal del Mundo.
Capítulo
quince
Que
trata de las causas de la enemistad que obo entre los tlaxcaltecas y los
culhuas tenuchcas y de las hazañas de Tlahuicole.
Habiendo,
como hemos mencionado, continuas guerras entre Tlaxcaltecas y Mexicanos,
también eran frecuentes los reencuentros y escaramuzas entre ambos bandos,
tanto para ejercitar a la milicia como en previsión de que Moctezuma pudiera
conquistarlos y convertirlos en tributarios. Algunos contemplativos opinan que,
si Moctezuma quisiera destruir a los Tlaxcaltecas, podría hacerlo, pero los
dejaba como codornices enjauladas, para que no se perdiera el ejercicio de la
guerra, para que los hijos de los señores tuvieran en qué emplearse, y también
para disponer de gente con la que sacrificar y servir a sus ídolos y falsos
dioses. Sin embargo, no puedo convencerme de esta teoría por varias razones. Si
así fuera, los señores de esta provincia no habrían tomado tan en serio la
demanda de ir contra los mexicanos, como lo hicieron en favor de los
cristianos.
Otra
razón para entender esta situación es la mortal y terrible enemistad que había
entre ambos grupos, ya que jamás establecieron parentescos ni mediante
matrimonios ni por otro medio; el nombre de mexicanos les era odioso y
aborrecible, así como el de Tlaxcaltecas lo era para los mexicanos. Es notorio
que en todas las demás provincias las distintas etnias se emparentaban entre
sí, lo que lleva a creer que, puesto que Nuestro Señor quiso que su santo
nombre se ensalzara a través de estas gentes, las mantuvo protegidas y las tuvo
como instrumentos de una obra tan heroica y santa como la que hemos visto y de
la que hablaremos a partir de ahora.
Mientras
tanto, en medio de este continuo cerco y perpetua guerra, los bandos se
capturaban mutuamente, sin que jamás se rescataran ni se redimieran a sus
prisioneros, pues consideraban esto una gran afrenta e ignominia. Preferían
morir peleando, especialmente los capitanes y personas de renombre, que eran
sacrificados o luchaban como gladiadores romanos. Cuando algún prisionero
valioso era capturado, lo llevaban a una plaza donde había una gran rueda de
más de treinta palmos de ancho, en cuyo centro había una rueda menor, de aproximadamente
un codo, que servía como altar. De esta rueda más pequeña, se ataba una gran
soga que no excedía los límites de la rueda mayor.
El
desafortunado prisionero era atado con esta soga, como un toro en un bramadero,
y se le proporcionaban diversos tipos de armas con las que podía defenderse y
atacar, permitiéndole elegir las que más le gustaran. Le ofrecían rodelas,
espadas, arcos, flechas, macanas arrojadizas y porras de palo con puntas de
pedernales. Mientras tanto, se entonaban cantares tristes y dolorosos. Sin
embargo, el pobre hombre, con esfuerzo y valor, se preparaba para enfrentar la
gloria de sus dioses. Una vez atado, salían a combatir contra él tres o cuatro
hombres valientes, y no se le dejaba en paz hasta que moría peleando. Se
defendía con tanto coraje que, en ocasiones, mataba a más de cuatro antes de
caer.
Este
tipo de combate servía para probar la fuerza de algunos hijos de señores, que
salían audaces y dispuestos, ya fuera para entrenarse o para perder el miedo a
la guerra.
Ocurrió
en tiempos en que los españoles se acercaban, que los de Huexotzinco capturaron
a uno de los más valientes indios de Tlaxcala, llamado Tlahuicole, que
significa "El de la divisa de barro." Este guerrero siempre llevaba
consigo un jarro de barro cocido y torcido como un asa. Fue tan valiente que al
solo oír su nombre, sus enemigos huían. Tenía una fuerza descomunal; la macana
con la que peleaba era tan pesada que un hombre bien constituido tendría
dificultades para levantarla. Aunque no era alto de cuerpo, era robusto y
poseía una fuerza impresionante, llevando a cabo hazañas que parecían
increíbles y más allá de lo humano. Cada vez que entraba en combate, causaba
tal estrago entre sus enemigos que en poco tiempo se deshacían de ellos en el
campo.
Finalmente,
después de muchas hazañas y actos heroicos, fue capturado por los Huexotzincas
en una ciénaga, y como gran trofeo, lo llevaron enjaulado a presentarlo ante
Moctezuma en México. Allí, le brindaron mucho honor y se le otorgó la libertad
para que regresara a su tierra, algo que nunca se había hecho con ningún otro
prisionero.
En
esta ocasión, Moctezuma tenía la intención de ingresar a las tierras de los
Tarascos, en Michoacán, debido a que sabían que poseían grandes cantidades de
plata y cobre, de las cuales los Mexicas carecían. Su plan era conquistar
alguna parte de los territorios tarascos. Sin embargo, Catzonsi, quien reinaba
en ese momento, se preocupaba por conservar lo que sus antecesores habían
ganado y mantenido, y nunca se descuidó en este asunto. Así fue como los
Mexicas formaron una armada considerable, encargando al mencionado Tlahuicole,
prisionero de Tlaxcala, el liderazgo de esta expedición, con la finalidad de
realizar una célebre incursión en las tierras de los Michoacanos.
La
armada, compuesta por innumerables hombres, se dirigió a combatir las primeras
provincias fronterizas de Michoacán: Tacimaloyan, que los españoles llaman
Taximaloa, así como Maravatío, Acámbaro, Oquario y Tzinapécuaro. Aunque esta
gran incursión resultó en la muerte de muchas personas de ambos lados, generó
un terror significativo entre los Michoacanos. A pesar de que no lograron
conquistar ninguna parte de su tierra, los Mexicas pudieron robar plata y cobre
en algunos enfrentamientos durante los seis meses que duró la guerra. En esta
campaña, Tlahuicole llevó a cabo grandes hazañas y actos temerarios, ganándose
entre los Mexicas una eterna fama de valiente y excepcional capitán.
Al
regresar de la guerra de Michoacán, Moctezuma le otorgó a Tlahuicole la
libertad para regresar a sus tierras o quedarse como su capitán. Sin embargo,
él rechazó ambas opciones: no quería ser capitán de Moctezuma por no traicionar
a su patria, y tampoco deseaba volver a ella, ya que consideraba una afrenta
ser prisionero en la guerra. Tlahuicole sostenía que en su cultura solo había
dos opciones: vencer o morir. Por ello, pidió a Moctezuma que, dado que no iba
a servir en nada, le concediera el honor de morir como lo hacían los valientes.
Al ver
que Tlahuicole solo deseaba morir, Moctezuma accedió a su petición. Así, ocho
días antes de su muerte, le realizaron grandes festividades, bailes y
banquetes, siguiendo sus antiguos ritos. Durante estos banquetes, se cuenta que
le ofrecieron un platillo horrendo y vergonzoso: la carne de su esposa guisada
en un potaje. Después de haber estado más de tres años en México, su mujer
había ido a visitarlo, dispuesta a vivir con él o morir a su lado. Así, ambos
encontraron su final en cautiverio.
Al ser
conducido al sacrificio, el desafortunado Tlahuicole fue atado en la rueda del
sacrificio con gran solemnidad, conforme a sus rituales. Durante la pelea,
logró matar a más de ocho hombres e hirió a otros veinte antes de ser
finalmente abatido. En el instante en que lo derribaron, lo llevaron ante
Huitzilopochtli, donde fue sacrificado y se le extrajo el corazón, el cual
ofrecieron al demonio, como era su costumbre. Así fue como concluyó la triste
historia de Tlahuicole de Tlaxcala, quien, a pesar de no ser un noble
prominente, se destacó por su valentía. De no haber sido apresado, podría haber
llegado a ser un gran Señor en su provincia.
Capítulo
dieciséis
Que
trata de lo que pensaron los naturales de las cosas de la naturaleza, y de las
recreaciones y diversiones que tuvieron.
Antes
de avanzar, es importante abordar el conocimiento que tenían sobre un solo Dios
y una única causa, que se refería a la sustancia y principio de todas las
cosas. Todos los dioses que adoraban eran divinidades de fuentes, ríos, campos
y otros aspectos de la naturaleza, a los cuales atribuían un dios particular.
Sin embargo, concluían reconociendo que había un único Dios, el
Teotlquenaahuaque, que en términos contemporáneos podría entenderse como la
persona en quien residen todas las cosas, la causa de todas ellas, que es, en
esencia, una sola.
Además,
en su antigüedad, tenían un vestigio de la eternidad, pues sabían y entendían
que, tras esta vida, había otra existencia. Creían que en esta otra vida
habitaban los dioses, quienes disfrutaban de placeres, pasatiempos y descanso.
También tenían la noción de que existían nueve cielos, que llamaban
Chicuhnauhnepaniuhcan Ilhuica, donde reinaba la perpetua holganza. Cuando
algunos caciques o personas de renombre morían, los enterraban en bóvedas,
acompañados de doncellas de servicio y, en ocasiones, de sus esposas. Además,
enterraban vivos a hombres jorobados y enanos, junto con abundante comida y
riquezas, como ropa, plumería y oro, para el camino hacia la gloria y el lugar
de los dioses.
Tenían
certeza sobre la existencia de pena y gloria, un premio para los buenos y un
castigo para los malos. Nunca comprendieron el engaño en el que vivían hasta
que se bautizaron y se convirtieron al cristianismo. También alcanzaron a
reconocer, aunque de manera confusa, la existencia de ángeles que habitaban en
los cielos, a quienes atribuían el poder de ser dioses de los aires, y por
ende, los adoraban. Consideraban que estos seres enviaban rayos, relámpagos y
truenos, y que, al enojarse con los hombres, provocaban grandes terremotos,
lluvias y granizos, así como otras tempestades que azotaban la tierra a causa
de los pecados humanos; ante tales eventos, celebraban festividades muy
solemnes.
El
fuego era considerado el dios de la vejez, al que representaban como un anciano
venerable. Atribuían los temblores y terremotos a que los dioses que sostenían
el mundo se cansaban y, por ende, se movían, lo que provocaba esas
convulsiones. No comprendieron que el mundo era esférico o redondo, sino que lo
concebían como llano, con un límite que alcanzaba hasta las costas del mar,
creyendo que el mar y el cielo eran una misma entidad, de la misma materia.
Pensaban que las aguas de lluvia no procedían de las nubes, sino de los cielos,
y que esos dioses las derramaban en sus momentos adecuados para regar la tierra
y beneficiar a los seres humanos y animales que la habitaban.
La
Sierra Nevada de Huexotzinco y el volcán eran considerados dioses,
representando a un marido y una mujer. Llamaban al volcán Popocatépetl y a la
Sierra Nevada Iztaccíhuatl, que significa "la sierra que humea" y
"la mujer blanca".
También
creían que el sol, al ponerse y dar paso a la noche, dormía y descansaba del
trabajo realizado durante el día. Lo mismo decían de la luna cuando menguaba y
no iluminaba, considerándola también en reposo. Según su mitología, el sol y la
luna eran marido y mujer. Tenían la certeza de que, cuando el sol fue creado,
no comenzó a moverse hasta el cuarto día. La fábula cuenta que el sol era un
dios muy despreciado porque padecía de lepra o bubas, lo que lo hacía
inobservable y desagradable ante los demás dioses. Conmovidos por su
sufrimiento, los dioses ordenaron fabricar un gran horno, similar a uno de cal,
y encendieron una enorme fogata en su interior. Al introducir al sol en este
horno, esperaban que se purificara. Con el tiempo, el sol fue transformado en
luz y se le dio el nombre de Sol.
Fue en
el cuarto día cuando le hicieron mover, iniciar su recorrido y cumplir su
curso, como lo hace el Naullin, que significa "cuarto movimiento",
marcando el comienzo del movimiento del sol. Así fue reconocido como el dios y
Señor del día, mientras que la luna fue considerada la diosa de la noche. Se
creía que tanto el sol como la luna estaban bajo la obediencia de las
estrellas.
Adicionalmente,
tenían la creencia de que durante un eclipse, el sol y la luna estaban en una
especie de disputa, lo que consideraban un mal augurio y una señal ominosa. En
esos momentos, realizaban grandes sacrificios, gritando y llorando, convencidos
de que el fin del mundo se acercaba. Si el sol era eclipsado, sacrificaban
hombres de piel roja, y si la luna era oscurecida, ofrecían hombres y mujeres
de piel clara, a quienes llamaban adivinas.
Los
cometas eran considerados por ellos como malas señales, presagiando
mortandades, guerras, hambrunas y otras calamidades en la tierra. Especialmente
aquellos que aparecían en la región del fuego, desplazándose de un lado a otro
con grandes colas de humo o centellas de fuego, eran vistos con temor. Creían
que estos cometas eran saetas de las estrellas, responsables de matar la caza
en los campos y montes.
Dividieron
el mundo en cuatro partes: al Mediodía lo llamaron Tlapco, que significa
"en la grada o poyo"; al Norte, Mictlán, que significa
"infierno" o "muerte"; al Oriente, Tonatiuhxico; y al
Poniente, Icalaquian. A estas cuatro direcciones, los sacerdotes de los templos
ofrecían incienso con perfumadores e incensarios.
Además,
llevaban un registro del año, tanto por el sol como por la luna, incluyendo los
años bisiestos. Contaban los meses y las semanas, considerando que cada mes
tenía veinte días de luna y que las semanas constaban de trece días. Así,
agrupaban ocho lunas de veinte días para formar un año, como se verá más
adelante.
Se
comunicaban mediante caracteres, pinturas y figuras de animales. Entre estas
gentes había también muchos embaucadores, hechiceros y brujos que podían
transformarse en leones, tigres y otras bestias feroces mediante sus trucos.
Tenían un sistema de semanas, diferenciando entre semana mayor y semana menor,
y celebraban festividades a lo largo del año. En cada fiesta, realizaban
ceremonias que incluían adivinaciones y suertes, creyendo en sueños, prodigios
y augurios, inducidos por el demonio, quien cumplía muchas de las cosas que
soñaban.
Utilizaban
ciertos alimentos y bebidas para adivinar, lo que los hacía adormecerse y
perder el sentido, provocando visiones aterradoras en las que percibían al
demonio. Entre estos productos, se encontraban el peyotl, una hierba llamada
tlapatl, un grano conocido como mixitl, y la carne de un pájaro llamado pito,
que ellos denominaban oconenetl; consumir esta carne generaba visiones. Un
pequeño hongo conocido como nanacatl también tenía la misma propiedad. Estos
usos eran más comunes entre los señores que entre la gente común. Aunque tenían
vinos, su consumo estaba muy restringido: solo los ancianos y muy viejos podían
embriagarse. Si un joven se emborrachaba, era probable que muriera por ello.
Por lo tanto, el vino se daba únicamente a los ancianos respetados en la
comunidad o en ocasiones de fiestas muy importantes, y siempre con moderación.
Contaban
con una variedad de instrumentos musicales que se adaptaban a su estilo. Tenían
tambores elaborados con gran destreza, altos y de más de medio estado; además,
utilizaban un instrumento llamado teponaxtle, que consiste en un trozo de
madera cóncavo y de una sola pieza, redondeado y hueco por dentro, capaz de
emitir sonidos que se escuchan a más de media legua. Este tambor producía una
extraña y suave consonancia. Juntos, estos tambores, acompañados de trompas de
madera y otros instrumentos similares a flautas y jabebas, creaban un ruido
sorprendente y admirable. Las melodías y danzas se realizaban con tal compás
que eran dignas de ser presenciadas.
En
estas danzas y canciones, los participantes mostraban sus insignias y atavíos,
adornándose con plumería y ropas ricas de diseños elaborados, así como joyas de
oro y piedras preciosas que llevaban en el cuello y las muñecas. Muchos
caciques que vi usaban brazaletes de oro fino, ataviándose tanto en los brazos
como en las pantorrillas, además de cascabeles de oro en las gargantillas de
las piernas. Las mujeres también participaban en estas danzas, maravillosamente
vestidas, lo que resultaba asombroso, aunque tales exhibiciones han sido prohibidas
por la moralidad de nuestra religión.
Tenían
un juego de pelota extraordinario llamado el juego de Ulli. La pelota estaba
hecha de una resina que destila un árbol llamado vlquahuitl, que se endurece y
forma nervios duros. Estas pelotas, del tamaño de las utilizadas en España,
eran tan elásticas que, al golpear el suelo, podían saltar más de tres estados
de altura, algo increíble de presenciar. Debido a su peso, se jugaba con las
caderas o las nalgas, ya que no se podía jugar con las manos. Los jugadores
utilizaban cinchos de cuero muy anchos de gamuza para protegerse las nalgas
durante el juego.
Los
juegos de pelota estaban muy arraigados en la República como pasatiempos; los
hijos de los señores participaban para mantenerse activos y competían por diversas
apuestas, incluyendo preseas, ropas, oro, esclavos, plumería y otras riquezas.
Estas competiciones estaban llenas de grandes apuestas y desafíos, y eran
solemnemente organizadas. Solo los señores podían participar, mientras que la
gente común no era admitida, existiendo para ello funcionarios encargados de
regular los juegos.
Había
otros juegos, como los dados, que llamaban patol, similar al juego de las
tablas. El que lograba vencer se retiraba a su casa con las tablas, siendo el
ganador del juego. También existían diversas modalidades de entretenimiento que
requerirían demasiado tiempo para describir, y no son relevantes debido a su
insignificancia.
Además,
contaban con actividades recreativas en las florestas, donde usaban cerbatanas
para cazar aves, codornices, tórtolas y torcazas. Practicaban la caza de
liebres y conejos, así como monterías de venados y jabalíes, empleando redes,
arcos y flechas. Tenían hermosos jardines y arboledas exóticas, traídas de
tierras lejanas.
Disfrutaban
de baños y fuentes, y se deleitaban en bosques y sotos construidos a mano. Los
grandes señores pagaban por los entretenimientos de bufones, chistes y cómicos,
así como por enanos y hombres con deformidades. Sus pasatiempos eran diversos y
variaban según las estaciones, y su felicidad se centraba en ejercer el poder y
ser señores.
En lo
que respecta a la comida y la bebida, adoraban al dios Baco, a quien
consideraban el dios del vino y las bebidas embriagantes, celebrándole una
fiesta una vez al año, llamándole Ometochtle.
Se
enorgullecían de tener muchas mujeres, tantas como pudieran mantener. En
tiempos antiguos, solían tener solo una, pero el demonio les indujo a que
adquirieran tantas como pudieran sostener. Aunque estas eran sus mujeres, todos
contaban con una esposa legítima, con quien se casaban según sus ritos para
asegurar la procreación. Las mujeres legítimas eran consideradas señoras
respecto a las demás, que eran sus concubinas, a quienes trataban como criadas
en una o dos casas, según la cantidad que poseían. Las propias esposas
legítimas eran responsables de enviar a las concubinas a dormir y acompañar al
señor, quienes debían presentarse ricamente ataviadas, limpias y arregladas
para complacerlo. Cuando el señor deseaba alguna de ellas, se dirigía a su
esposa legítima y decía: "Quiero que fulana duerma conmigo" o
"Es mi voluntad que fulana me acompañe en esta recreación". La esposa
legítima se encargaba de adornar a la concubina, aunque ella era reconocida
como señora. Por lo general, las mujeres legítimas dormían con sus maridos.
Ya
hemos tratado anteriormente las ceremonias de los casamientos, por lo que no
las reiteraremos aquí. Al morir un señor, su hermano heredaba las mujeres y
contraía matrimonio con sus cuñadas, así como también heredaba los bienes del
difunto, excluyendo a los hijos, ya que esa era la costumbre. Sin embargo, no
se permitía que los hermanos se casaran entre sí. Valoraban mucho el linaje de
cada uno y despreciaban a los hombres cobardes, a quienes consideraban
indignos.
Esta nación
de indios era extremadamente envidiosa. Los caciques y señores se hacían temer
y venerar, y eran temidos en su totalidad. Se dirigían a sus señores con gran
humildad, evitando mirarlos a la cara o elevar los ojos hacia su rostro
mientras les hablaban. Cuando un señor pasaba por algún camino, la gente se
apartaba y bajaba la mirada y la cabeza, bajo pena de muerte. La verdad era muy
valorada, y el que mentía enfrentaba la pena de muerte. Consideraban un gran
pecado el acto nefando, y los sodomitas eran menospreciados y tratados como
mujeres; aunque no los castigaban, los llamaban "hombres malditos y
desventurados", cuestionando si acaso faltaban mujeres en el mundo y
reprochándoles que tomaran el papel de mujeres. En resumen, aunque no había
castigo para estos pecados contra natura, eran considerados abominables y mal
vistos. También era prohibido casarse con madres, tías o madrastras.
Entre
estas gentes, había muchas costumbres, algunas buenas y otras tiránicas y sin
razón. Por ejemplo, ningún plebeyo vestía ropa de algodón con franjas o
adornos, ni ninguna prenda ostentosa. Su vestimenta era sencilla, llana y
corta, sin ribetes ni elaboraciones, a excepción de aquellos que habían ganado
su derecho a ello por méritos. De esta manera, la calidad de cada persona era
evidente a través de su vestimenta.
Los
tributos que pagaban consistían en lo que la tierra producía: oro, plata,
cobre, algodón, sal, plumería, resinas y otros bienes de valor, así como maíz,
cera, miel y pepitas de calabaza. En general, tributaban a sus señores con
todas las cosas que había en cada tierra y provincia, entregando tributos cada
seis meses y anualmente. Aquellos que recolectaban mariscos, llevaban pescado y
conchas marinas; los que cultivaban cacao, pita y frutas exóticas. También
tributaban animales salvajes, como tigres, leones, águilas, lobos, monos y
papagayos, así como una diversidad de géneros de animales y aves que no se
pueden enumerar. El que más pobre era, si no tenía nada que ofrecer como
tributo, tributaba piojos; esto era particularmente común en la provincia de
Michoacán, en el reino de Catzonzi, donde se mandó que nadie quedara sin pagar
tributo, aunque solo tuviera piojos. No era una fábula, sino que efectivamente
sucedía así.
Capítulo
diecisiete
Que
trata de los nefandos sacrificios que hacían a sus ídolos y de los papas.
La
idolatría universal y la práctica de comer carne humana han comenzado hace
relativamente poco tiempo en esta tierra, como ya hemos mencionado. Las
personas de gran valor comenzaron a erigir estatuas en honor a los hombres
notables que morían, quienes habían dejado hechos memorables en pro de la
República. Estas estatuas se convirtieron en objetos de adoración, y así el
demonio fue ganando terreno, arraigándose entre gentes tan simples y de poco
juicio. Las pasiones que surgieron entre ellos llevaron a la cruel práctica de
comerse entre sí, como forma de venganza hacia sus enemigos. Esta costumbre se
fue extendiendo poco a poco, hasta que se institucionalizó el canibalismo, con
carnicerías públicas que ofrecían carne humana, como si fueran de vaca o
carnero, tal como sucede hoy en día.
Se
dice que este error y cruel hábito se originó en la provincia de Charco, al
igual que los sacrificios idolátricos y la práctica de sacar sangre de sus
miembros para ofrecerla al demonio. Las carnes que se sacrificaban y consumían
eran de hombres capturados en la guerra, así como de esclavos y prisioneros.
También se vendían niños, desde recién nacidos hasta los de dos años, para ser
sacrificados en este cruel y abominable ritual, cumpliendo así con promesas y
ofrendas en los templos de los ídolos, similares a cómo se ofrecen velas de
cera en nuestras iglesias.
Extraían
sangre de la lengua si habían ofendido con sus palabras, de los párpados por
haber mirado de forma indebida, y de los brazos si habían pecado por pereza,
así como de las piernas, muslos, orejas y narices, de acuerdo con las culpas
que habían cometido. Se disculpaban ante el demonio y, al final, le ofrecían el
corazón, considerándolo lo mejor de su ser, ya que no tenían otra cosa que
ofrecer. Prometían sacrificar tantos corazones de hombres y niños como fuera
necesario para apaciguar la ira de sus dioses o para alcanzar otras metas que
deseaban. Esto servía de confusión y desprecio hacia el perverso enemigo del
género humano.
Asimismo,
tenían gran cuidado en criar a sus hijos con buenas costumbres y educación. Los
hijos de los Señores eran instruidos desde pequeños en el arte de hablar y en
cómo dirigirse a los mayores, así como a sus iguales y a los Supremos Señores,
siempre con gran cuidado y respeto en su forma de comunicarse. Eran elocuentes,
y entre ellos había personas hábiles y de gran memoria. En sus razonamientos,
se sentaban en cuclillas, sin apoyarse en el suelo, y evitaban mirar o alzar
los ojos hacia el Señor, así como escupir o hacer gestos inapropiados. Al
despedirse, el orador inclinaba la cabeza y se retiraba hacia atrás sin dar la
espalda, mostrando mucha modestia.
Estos
pueblos hablaban con el demonio a través de oráculos y fantasmas, y en esos
lugares se les revelaban muchas cosas. No se preocupaban por desmentir a otros,
ni consideraban tal acción como una falta de honor. Esta nación es muy vanidosa
y celosa de sus mujeres, lo que ha llevado a muchos a cometer actos de
violencia. Las mujeres son aún más celosas que los hombres. En soledad, son
gente cobarde y pusilánime, pero acompañadas de los españoles, se vuelven
atrevidas y osadas. La mayoría de ellos son muy simples y rudos, carecen de
razón y honor según nuestros estándares, y tienen una concepción del honor muy
diferente a la nuestra. No consideran una afrenta embriagarse o comer en la
calle, aunque poco a poco están adoptando mejores costumbres que les parecen
adecuadas.
En
tiempos antiguos, valoraban mucho la verdad, especialmente en lo que respecta a
sus señores, y mucho más entre los principales. Respetaban las promesas y las
palabras de unos a otros, y quebrantar esta confianza era penado con la muerte.
Sin embargo, ahora, con la llegada de la libertad, se han vuelto grandes
mentirosos y tramposos, aunque también hay muchos mercaderes que son veraces y
gozan de gran credibilidad. Como hemos mencionado antes, han adoptado muchas de
nuestras costumbres. Consideraban una afrenta vender o alquilar casas, o pedir
prestado, prácticas que no se usaban en su antigüedad, cuando no había deudas
entre ellos. Cumplían con sus promesas y compromisos de inmediato, sin faltar.
Los
templos, como ya mencionamos, tenían forma de pirámide, y se accedía a ellos
por gradas hasta la cima. En la parte más alta había una o dos capillas
pequeñas, flanqueadas por dos grandes columnas de piedra que permanecían
encendidas, adornadas con abundantes perfumes, tanto de día como de noche. Esta
práctica nunca cesaba, desde los templos más pequeños hasta los más grandes.
Los servidores de estos templos eran aquellos que prometieron dedicarse a este
servicio hasta la muerte, y algunos lo hacían por un tiempo limitado. Su
sustento provenía de las primicias de los frutos que cosechaban.
Había
sacerdotes mayores conocidos como Achcautzin, Teopixque, Teopannenque y
Tlamacazque, que eran similares a los religiosos de la actualidad en su
función. Se les llamaba Tlamacazque porque servían a los dioses mediante
sacrificios y sahumerios. De este modo, todos aquellos que sirven a los
españoles hoy en día son llamados Tlamacazque, dado que en sus inicios, los
españoles eran considerados dioses, y quienes les servían llevaban el mismo
nombre que los que estaban en los templos dedicados a los dioses. Este término
ha perdurado, y ahora se refiere a los criados de los españoles como
Tlamacazque o Tlamacaz.
Además,
había sacerdotes de segunda categoría llamados Papas, no porque este término se
refiriera a un sumo sacerdote, sino porque los sacerdotes más ancianos,
aquellos que realizaban sacrificios humanos, quedaban tan ensangrentados que su
apariencia era deplorable. Tenían cabellos tan largos que les llegaban casi
hasta las nalgas, y estaban tan sucios y manchados de sangre que se les conocía
como Papas por sus crines, y no por su posición sacerdotal. En cambio, a los
sacerdotes mayores se les llamaba Texpanachcauhtzin Teopixque, lo que en
nuestro idioma significa "los mayores del templo" o "guardianes
de los dioses" y de los templos.
Los
altares donde se inmolaban los cuerpos humanos no estaban decorados con sábanas
de seda ni brocados, sino que eran bastante rústicos. Solo algunos ídolos
estaban elaborados con piedras preciosas como mármol, cristal, turquesa,
amatista o de otros materiales valiosos.
Capítulo
dieciocho
Que
trata del modo que tenían de enterrar a los muertos, y de otras ceremonias.
Habiendo
tratado sobre estas costumbres, pasaremos a describir el modo en que realizaban
los entierros. Cuando moría algún Cacique o Señor, se le colocaba en unas
andas, sentado y muy ataviado, con el rostro descubierto y adornado con
orejeras y bezotes de oro, plata, esmeraldas u otras piedras preciosas. Su
cabello estaba peinado con esmero, como si estuviera vivo. Si era un rey, el
procedimiento era el mismo, pero se le añadía una corona real que parecía una
mitra. Así, lo llevaban en andas de gran riqueza y plumería, transportado por
los principales de la República, acompañado de sus hijos y esposa, quienes
lamentaban su muerte. Otros pregoneros de la República anunciaban sus grandes
hazañas y logros, recordando sus notables trofeos.
Al
llegar a la gran foguera, lo colocaban en ella y, con él, también arrojaban a
sus criados y criadas que deseaban seguirlo hasta la muerte. En esa ceremonia
llevaban abundantes comidas y bebidas para el viaje hacia la otra vida. Después
de la cremación, recogían sus cenizas y las mezclaban con sangre humana, a
partir de las cuales elaboraban estatuas e imágenes en memoria de quién fue.
En
otros casos, aunque también eran Señores, se llevaban a cabo los entierros con
la misma solemnidad y pompa, pero no se les quemaba. En cambio, eran sepultados
en bóvedas y tumbas que se les construían. En estas sepulturas, se enterraban
vivas a doncellas, criados, enanos y corcovados, junto con otros objetos que el
Señor apreciaba mucho, además de una gran cantidad de comida y provisiones para
la jornada en la otra vida. Este rito era practicado tanto por ricos como por
pobres, y cada uno se enterraba según su estatus social.
Después
de este entierro, se celebraban grandes fiestas en la casa del difunto, donde
se organizaban espléndidas comidas, bailes y cantos. Estas celebraciones podían
durar entre veinte y treinta días, durante los cuales se gastaban las haciendas
en comidas y bebidas. Esta costumbre se ha arraigado en muchas partes de la
tierra.
Un
rito similar se observaba en los casamientos. Cuando se celebraba un
matrimonio, la familia del novio ofrecía para el ajuar y la ceremonia lo que
cada uno podía aportar a la novia: joyas de oro o plata, esclavos y esclavas,
hilo y algodón, cacao, cofres de madera y esteras, según sus costumbres. Por su
parte, la familia de la novia ofrecía ropas muy ricas, mantas para el novio,
esclavos y abundante plumería. Gracias a estos presentes, las celebraciones se
extendían durante un largo tiempo, culminando en suntuosas comidas y bebidas,
que incluían una gran variedad de aves, venados y otras cacerías. Detenernos en
esos detalles sería extenso, pero estas fiestas podían durar muchos días,
llenas de juegos, bailes y pasatiempos, adaptándose a la calidad de los
contrayentes.
Un
rito similar ocurría cuando una mujer daba a luz a un hijo de alguien
importante. Tan pronto como se sabía del nacimiento, llegaban a la casa todas
las familias de ambos lados, llevando presentes de ropa, aves y otros objetos.
Si el recién nacido era varón, un saludador entraba y pronunciaba palabras de
bienvenida, deseándole que fuera bien nacido y que llegara al mundo a afrontar
trabajos y adversidades. También recordaba los hechos de sus antepasados y
ofrecía los presentes para que el niño pudiera crecer feliz en su infancia.
Tras esto, un anciano encargado de la ceremonia daba las gracias por los
obsequios y lo llevaban a su asiento. Allí se ofrecía comida y bebida a toda la
parentela que había acudido, asegurándose de que hubiera para todos.
Esta
ceremonia podía durar entre cuarenta y cincuenta días, hasta que la madre se
recuperaba y se levantaba. Se hacía lo mismo para las hijas, aunque el
nacimiento de los varones se celebraba con mayor solemnidad. El padre del
recién nacido tenía la obligación de informar a sus amigos sobre el nacimiento,
y aquellos que no recibían aviso, ya fueran parientes o amigos, se consideraban
ofendidos y no acudían a las visitas ni a las fiestas.
Este
mismo rito se realizaba al finalizar la construcción de una casa y al entrar a
vivir en ella. Se creía que, si no se encomendaba la casa al Dios de las
viviendas antes de habitarla, los inquilinos disfrutarían poco de ella y
podrían morir. Por este motivo, en el día que terminaban la casa y deseaban
habitarla, organizaban grandes bailes y banquetes, invitando a numerosas
personas, de acuerdo con la calidad del anfitrión. Este rito se respetaba desde
el mayor hasta el menor, y las celebraciones podían durar entre siete y ocho
días.
De
manera similar, al probar nuevos vinos, los dueños invitaban a gran cantidad de
personas antes de consumirlos, para que el Dios Baco no les fuera adverso y
para que, en sus borracheras, tuvieran la suerte de evitar desastres. Con estas
prácticas, rendían culto al demonio de manera ostentosa, convencidos de que al
hacerlo los dioses tendrían piedad de ellos en todas sus acciones. Creían que
no debían actuar sin antes invocar a los dioses correspondientes, pues
consideraban que nada podría hacerse sin su voluntad. Para ellos, como dioses y
Señores Supremos, era su deber enviar a la tierra lo que fuera conveniente para
la humanidad y las criaturas en ella.
Creían
que el mundo no había sido creado, sino que simplemente existía; llamaban a su
dios Tlaltecuhtli, quien gobernaba el mundo y la tierra. También sostenían que
los cielos no fueron creados y existían sin principio. No tenían conocimiento
de los cuatro elementos ni de los movimientos celestes.
Los
naturales se cargaban como bestias, una costumbre muy antigua, y servían a sus
mayores sin remuneración, movidos únicamente por el deseo de estar bajo su
protección. Como ya mencionamos, antes de disfrutar de los frutos, pagaban
primicias a los templos, de las cuales se alimentaban los templarios y de las
que dependían para su sustento.
En las
ceremonias, ritos y supersticiones que llevaban a cabo durante el estío, y que
aún se realizan, aunque de manera disimulada, por los Otomíes, se hacía de la
siguiente manera: cuando había grandes sequías y esterilidad en la tierra, se
convocaba a una reunión general en montes conocidos para un día específico.
Reunían a una multitud de personas para la caza, llevando consigo arcos,
flechas, redes y otros instrumentos. Se juntaban dos o tres mil indios,
quienes, siguiendo un orden, lanzaban sus redes y cercos hasta dar con la caza
de venados, jabalíes u otros animales salvajes.
Al
capturar a un animal, lo hacían con gran ceremonia y solemnidad. Extraían
primero el corazón y luego el vientre; si encontraban en su interior hierbas
verdes o granos de maíz o frijol germinados, afirmaban que ese año sería
abundante en cosechas y que no habría hambre. Si, en cambio, hallaban el
vientre lleno de hierbas secas, lo consideraban un mal augurio de escasez y se
volvían tristes y desanimados. Si el hallazgo era de hierbas verdes, se
llenaban de alegría, organizaban bailes y otros festejos. Así continuaban con
sus cacerías generales, manteniendo estas costumbres supersticiosas que aún no
han logrado erradicar.
Retomando
el tema del demonio y de cómo lo percibían, no lo veían de forma visible, sino
que se comunicaba a través de voces o respondía en oráculos. Algunos lo veían
transformado en león, tigre o en otras formas fantásticas. Era tan conocido
entre estas personas que podían reconocerlo al instante cuando les hablaba. Lo
identificaban también porque se manifestaba en un cuerpo fantástico, sin
sombras, sin articulaciones visibles, sin cejas ni pestañas, y con ojos
redondos sin pupilas ni esclerótica. Todas estas características servían para
que aquellos a quienes se revelaba pudieran reconocerlo.
Ahora
trataremos el caso de un hermafrodita que poseía ambos sexos. Este hecho
ocurrió porque, como los Caciques tenían muchas mujeres, un hijo de Xicotencatl
se enamoró de una joven de bajos orígenes, quien solicitó que la dieran en
matrimonio, como era costumbre, aunque en realidad fuera para ser su amante. La
joven, hermosa y de buena disposición, fue traída y puesta entre sus mujeres,
siendo encerrada junto a ellas. Después de un tiempo, mientras compartía con
sus compañeras, comenzó a enamorarse de ellas y a utilizar su sexo masculino,
llegando a embarazar a más de veinte mujeres durante la ausencia de su Señor,
que estuvo fuera de casa más de un año.
Al
regresar y ver a sus mujeres embarazadas, Xicotencatl sintió una gran pena y
perturbación, y se propuso averiguar quién había cometido tal acto de
deslealtad en su hogar. Tras investigar, descubrió que aquella mujer, que era
en realidad un hermafrodita, había sido la responsable de los embarazos. Al
darse cuenta de la magnitud de la traición y de que la culpa recaía sobre él
por haberla introducido entre sus mujeres, decidió que las mujeres no eran
completamente culpables, ya que no habían instigado el asunto. Así, aunque las
casó y las repudiaron, no las condenó a muerte, lo cual fue un castigo
considerable.
Sin
embargo, el hermafrodita fue llevado en público a un altar de sacrificios
destinado a castigar a los malhechores. Allí, se manifestó la gran traición que
había cometido contra su Señor y marido. Vivo y desnudo, le abrieron el costado
izquierdo con un pedernal muy afilado. Herido y desangrándose, le permitieron
huir, dejándolo ir a donde su destino lo llevara. Así, salió desangrándose por
las calles y caminos, mientras los muchachos lo perseguían y le lanzaban
piedras durante más de un cuarto de legua, hasta que el desventurado cayó
muerto. Las aves del cielo devoraron su cuerpo.
Este
fue el castigo que se le impuso, y con el tiempo, el refrán se volvió común
entre los principales señores: "Cuidado con el que embarazó a las mujeres
de Xicotencatl; mirad a vuestras mujeres, si utilizan ambos sexos, protegedlas
para que no os embaracen."
Capitulo
diecinueve
Que
trata de las dos edades del mundo y de los dioses que tenían en tiempo de su
infidelidad.
Existía
un error muy grande y generalizado entre los habitantes de esta Nueva España:
creían que el mundo había tenido dos finales. Decían que el primero fue por
diluvios y aguas tempestuosas, que habían hecho que la tierra se invirtiera y
que aquellos que vivieron en esos tiempos eran gigantes cuyos huesos aún se
hallaban en las quebradas, como hemos mencionado anteriormente. No tenían un
conocimiento claro de los cuatro elementos y sus operaciones, más allá de
reconocer el aire, el fuego, la tierra y el agua de manera confusa.
Además,
sostenían que hubo otro final del mundo causado por aires y huracanes tan
violentos que arrasaron todo lo que había en él, incluyendo las plantas y
árboles de las montañas más altas. Relataban que aquellos hombres fueron
levantados del suelo hasta perderse de vista y que, al caer, se desmembraron.
Algunos de los que lograron escapar quedaron atrapados en montañas y riscos
escondidos, convirtiéndose en monos y simios, olvidando el uso de la red y
perdiendo el habla, quedando como los vemos hoy, con la única falta de la
palabra, y así, se convirtieron en seres imperfectos.
Esta
creencia era tan firme que la tenían como una verdad de fe, asegurando que
todas las cosas que hemos mencionado son comprendidas y aceptadas por ellos.
Sin embargo, conforme pasaba el tiempo, creían que los dioses, movidos de
piedad hacia ellos a pesar de haberles privado de razón, les habían concedido
el don de la vida. Estaban convencidos de que habría otro final, esta vez por
fuego, y que la tierra tragaría a los hombres, abrasando todo el universo.
Creían que los dioses y las estrellas descenderían del cielo y que,
personalmente, destruirían a la humanidad, y que las estrellas aparecerían en
forma de salvajes. Este, según ellos, sería el último final del mundo.
Cuando
nuestros antepasados llegaron a esta provincia, entendieron que, de acuerdo con
las señales y apariencias tan claras que observaban, el fin del mundo había
llegado.
Estas
naciones veneraban a una diosa a la que llamaban Xochiquetzatl, considerada la
diosa de los enamorados, similar a la antigua diosa Venus de los gentiles. Se
decía que habitaba en los aires y sobre los nueve cielos, residiendo en lugares
deleitosos y llenos de pasatiempos. Estaba acompañada y protegida por un gran
número de personas, siendo servida por otras mujeres como si fueran diosas,
disfrutando de placeres y regalos que incluían fuentes, ríos y bosques
recreativos. Su morada era tan cuidada y cerrada que los hombres no podían
verla.
En su
servicio había un gran número de enanos, jorobados, bufones y cómicos que la
entretenían con música, bailes y danzas. Estos eran sus confidentes y actuaban
como embajadores ante los dioses que ella protegía. Su pasatiempo preferido era
hilar y tejer obras hermosas y curiosas, y la describían como tan linda y
hermosa que no había forma de exaltarla más.
El
cielo donde residía esta diosa se llamaba Tamohuanichan Xochitlihcacan, que
significa “el lugar de Tamohuan, en el asiento del árbol florido.” Se decía que
quien alcanzara una flor de este árbol sería un enamorado dichoso y fiel, pues
en esos aires reinaban la frescura, la delicadeza y el frío sobre los nueve
cielos. Cada año, se celebraban fiestas en honor a Xochiquetzatl con gran
solemnidad, a las que acudía mucha gente en su templo dedicado. Se creía que
había sido esposa del dios Tlaloc, dios de las aguas, y que fue secuestrada por
Tezcatlipuca, quien la llevó a los nueve cielos y la convirtió en diosa del
amor.
Había
otra diosa llamada Matlacueye, asociada a las hechiceras y adivinas, que se
casó con Tlaloc tras el rapto de Xochiquetzatl por parte de Tezcatlipuca.
También existía una diosa llamada Xochitecacihuatl, diosa de la mezquindad y la
avaricia, quien fue esposa de Quiahuiztecatl. Para eternizar sus memorias,
estas diosas y dioses dejaron sus nombres en conocidas sierras y cerros, que
hasta hoy llevan sus nombres.
Cuando
había escasez de agua y la sequía se intensificaba, realizaban grandes
procesiones, ayunos y penitencias. Sacaban en procesión una gran cantidad de
perros pelones, una raza de perros que carecía de pelo. En tiempos antiguos,
muchos de ellos eran criados para el consumo. En la actualidad, todavía tengo
algunos de estos perros, que son ciertamente extraños y muy notables. Estos
perros eran llevados en andas muy adornadas a un templo dedicado a Xoloteupan,
donde eran sacrificados. Les extraían el corazón y lo ofrecían al dios de las
aguas. Al regresar de este sacrificio, antes de llegar al templo mayor,
comenzaba a llover y a relampaguear de tal manera que no podían llegar a sus
casas por la gran cantidad de agua que caía. Después de sacrificar a los
perros, los consumían. Recuerdo que hace menos de treinta años había una
carnicería de perros en gran cantidad, donde eran sacrificados y se les
extraían los corazones como parte del rito. Por ello, dimos a conocer este
hecho y ordenamos que se eliminara esta práctica, logrando desarraigar este
error.
Además,
realizaban otra ceremonia y superstición diabólica: cuando capturaban
prisioneros en la guerra, quienes iban a la batalla prometían que el primer
prisionero que capturaran sería desollado, y el que lo hacía se metía en su
piel durante varios días para rendir servicio a sus ídolos o al dios de la
guerra. Este rito o ceremonia se llamaba exquinan. Una vez desollado, el
prisionero quedaba cerrado en su piel y el captor se movía de templo en templo,
mientras los niños y hombres corrían tras él con gran alegría, como si
persiguieran un toro. Después de un tiempo, se cansaban y huían de él para no
ser alcanzados, pues el que llevaba la piel lo golpeaba de tal forma que lo
dejaba casi muerto. A veces, dos o tres de estos personajes se unían para hacer
reír a todo el pueblo. Así llamaban a este rito el "juego del
exquinan".
Existían
otros penitentes que andaban de noche, conocidos en su lengua como
Tlamaceuhque. Estos penitentes llevaban un pequeño bracero encendido sobre la
cabeza desde el atardecer hasta el amanecer. Caminaban de templo en templo, en
soledad y en completo silencio, visitando a sus dioses en los templos y
ermitas. Permanecían en esta penitencia y austeridad durante uno o dos años,
entregándose a la pobreza y la miseria en busca de algo, por humildad, en
servicio a los dioses. Durante el día y la noche, trabajaban en los templos,
pero emprendían estas romerías y recorridos porque habían escapado de algún
peligro, o porque deseaban que los dioses se compadecieran de ellos y los
orientaran en sus intenciones o metas.
Mientras
llevaban a cabo estas penitencias, no consumían carnes ni legumbres, sino solo
pan sin levadura, que los naturales llaman Yoltan. Hacemos este resumen de las
costumbres, ya que han sido documentadas con gran detalle por religiosos con el
fin de erradicar las idolatrías en esta tierra, entre ellos Fray Andrés de
Olmos, Fray Bernardino de Sahagún, Fray Toribio de Motolinía, Fray Jerónimo de
Mendieta y Fray Alonso de Santiago. Por esta razón, procuramos ser lo más
concisos posible.
Los
ayunos de estas personas duraban según lo que desearan o las promesas que
hicieran. Así, por ejemplo, al armarse caballeros, que era un acontecimiento
significativo, ayunaban durante ochenta días. Durante este tiempo, cuidaban sus
armas, como mencionamos anteriormente al hablar de las ceremonias de
iniciación, los vejámenes que sufrían, las propinas que ofrecían, y el hecho de
que se abofeteaban y se daban una coz entre ellos. Todo esto era parte de su
costumbre, y se creía que quien más sufría y soportaba, era considerado un buen
caballero.
Capítulo
veinte
Que
trata de los diabólicos sacrificios que hacían y de quienes fueron los primeros
predicadores de Nuestra Santa Fe Católica.
Las
horas y momentos para el gobierno de la República comenzaban desde la primera
noche, cuando se tocaban grandes bocinas, caracoles y trompetas de palo en los
templos, creando un gran estruendo y terror. Los sacerdotes y Tlamacazques
encendían lumbres en dichos templos, y una vez concluido este acto, todo se
tranquilizaba. A la medianoche, que los naturales llamaban
Yohualnepantlaticatla, volvían a sonar las bocinas, trompetas de palo y
caracoles marinos, generando un gran ruido para indicar que era la medianoche.
Lo mismo ocurría al cuarto del alba, al salir el lucero, a las ocho de la
mañana, al mediodía y por la tarde. Este era el oficio de los templarios,
quienes sahumaban e incensaban los altares e ídolos, donde nunca faltaba la
luz.
Los
grandes recibimientos a los capitanes que regresaban victoriosos de la guerra
se celebraban con fiestas y solemnidades, similares a un triunfo. Los metían en
andas en su pueblo, trayendo consigo a los vencidos, y para perpetuar sus
hazañas, se cantaban públicamente sus proezas, quedando así grabadas en la
memoria colectiva y con estatuas que les eran dedicadas en los templos.
Los
pleitos y contingencias que surgían se resolvían a través de ancianos diputados
en la República, quienes eran los encargados de mediar en estas cuestiones.
Como
ya mencionamos, la lengua mexicana es la más amplia y la más pura de estas
partes, ya que no se aprovecha de ninguna lengua extranjera, mientras que las
otras lenguas foráneas sí se enriquecen con vocablos de ella. Los naturales, en
su antigüedad, poseían adagios, proverbios y preguntas a manera de enigmas y
adivinanzas muy elaboradas en su lengua. Hablaban en jerigonza, usaban cuentos
humorísticos, eran grandes fabuladores y tenían diversos fines y sentidos para
educarse y entretenerse.
Entre
las muchas celebraciones que realizaban en honor a sus ídolos, destacaba la
dedicada a Tlaloc, a quien atribuían el dominio sobre las aguas, los
relámpagos, los rayos y los truenos. Le tenían un suntuosísimo templo, donde se
celebraban dos fiestas al año: una llamada fiesta mayor y la otra fiesta menor.
A estas festividades acudía una gran cantidad de gente, que ofrecía numerosas
ofrendas, promesas y devociones que cumplían. Sin embargo, estas celebraciones
también incluían crueles y sanguinolentos sacrificios humanos, en los que se
utilizaban afiladísimos cuchillos de pedernal para abrir los pechos de los
miserables sacrificados y arrancarles los corazones aún palpitantes con las
manos de los rabiosos carniceros y pésimos sacerdotes.
Estos
sacerdotes alzaban las manos en alto, dirigiéndose hacia el nacimiento del sol
en el Oriente, y luego hacían lo mismo mirando hacia el Poniente y al mediodía,
así como hacia el Norte. Durante este tiempo, los demás Papas Tlamazques incensaban
al demonio con gran reverencia. Una vez terminado este rito, echaban el corazón
en el fuego hasta que se quemaba y consumía. Un sacerdote que había servido al
demonio, pero que luego se convirtió a Dios y a la fe católica, me contó que
cuando arrancaban el corazón de las entrañas del sacrificado, la fuerza de sus
pulsaciones era tan intensa que elevaba el cuerpo del suelo tres o cuatro
veces, hasta que el corazón se enfriaba. Luego, el cuerpo muerto era echado a
rodar por las gradas del templo, aun palpitando, mientras continuaban
sacrificando y ofreciendo corazones al infernal demonio.
Entre
los sacrificios y las crueles supersticiones, los indígenas utilizaban un rito
para conocer si el demonio se aplacaba o condescendía a sus peticiones. Para
ello, ofrecían una ofrenda de Picietl, una yerba similar al beleño, molida y
convertida en harina y polvo. Esta planta era considerada de grandes virtudes
para diversas enfermedades, por lo que la ofrecían en grandes vasos,
colocándola en los altares y poyos del templo junto a otras ofrendas. Guardaban
especialmente las ofrendas de Picietl, ya que creían que si algún milagro iba a
ocurrir, sería allí, más que en ningún otro lugar. Así, cuando los sacerdotes
acudían a revisar otros vasos, a menudo encontraban huellas o pisadas,
generalmente de águila. Cuando esto sucedía, los sacerdotes lo comunicaban al
pueblo, y con gran regocijo y solemnidad, hacían sonar trompetas, atabales,
bocinas y caracoles, celebrando la festividad que el demonio les había
manifestado.
Se
decía que si alguien blasfemaba con atrevimiento en ese momento, moría
despedazado por rayos o por una muerte repentina, pues afirmaban que el templo
era tan inviolable que solo los sacerdotes podían acercarse sin riesgo para sus
vidas. Los rayos y fuegos que caían del cielo ocurrían sin nubes, en tiempos
serenos. En períodos de sequía, cuando no llovía, se realizaban rogativas y
sacrificios a Tlaloc. Los sacerdotes afirmaban que, aunque no lloviese,
eventualmente tendría que llover, y llevaban a cabo sus ceremonias
supersticiosas con mayor fervor y eficacia.
Tras
la conquista de la tierra y su pacificación, llegaron tres religiosos de la
orden de San Francisco, de los cuales dos eran sacerdotes y uno era lego. Uno
de los sacerdotes se llamaba Fray Juan, mientras que el nombre del otro no se
conoce. El lego era Fray Pedro de Gante, de origen flamenco. Fray Juan murió
durante la jornada de las Higueras, cuando Cortés fue a esa región, y el otro
falleció en la ciudad de México. Fray Pedro de Gante vivió muchos años en la
ciudad de México, en la capilla del Señor San José, en el convento de San
Francisco, donde también falleció después de haber enseñado a los indígenas con
gran dedicación y fervor. Les instruyó en la lectura, la escritura, el uso de
flautas, trompetas, ministriles y muchas otras prácticas del catolicismo
cristiano, convirtiéndose en un verdadero padre para todos los mexicanos por su
labor educativa.
Continuando
con nuestra narración, mencionaremos la gran admiración que los indígenas
sintieron al ver llegar a estos religiosos y cómo comenzaron a predicar el
*Santísimo y sagrado Evangelio de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo*. Dado
que no conocían la lengua indígena, solo podían comunicar que en el infierno,
señalando la parte baja de la tierra con la mano, había fuego, sapos y
culebras. Al finalizar este mensaje, elevaban los ojos al cielo, afirmando que
había un solo Dios arriba, apuntando también con la mano. Esta fue la forma en
que se expresaron en los mercados y donde había reuniones de gente, ya que no
sabían emplear otras palabras que los indígenas pudieran entender, a excepción
de las señas.
Mientras
uno de ellos, un venerable anciano calvo, enseñaba con fervor y con el espíritu
de Dios en lo más fuerte del sol del mediodía, otros proclamaban a medianoche,
a voces muy altas, que la gente se convirtiese a Dios y abandonase la
idolatría. Al escuchar estas prédicas, los señores caciques comentaban: “¿Qué
les ocurre a estos pobres miserables? Miren si tienen hambre; si necesitan
algo, denles de comer.” Otros decían: “Estos pobres deben estar enfermos o
locos. Dejen que sigan gritando; deben estar sufriendo de una locura. No les
hagan daño, que al final, ellos y los demás morirán de esta enfermedad.” Y así,
observaban cómo, al mediodía, a medianoche y al amanecer, cuando todos se
alegraban, ellos solo daban voces y lloraban. Sin duda, pensaban que había un
gran mal en ellos, pues eran hombres sin sentido que no buscaban placer ni
alegría, sino tristeza y soledad.
Libro
II
Capítulo
uno
Que
trata de los prodigios que se vieron en México y Tlaxcalla antes de la venida
de los españoles.
Dejando
a los cronistas de esta tierra las cuestiones más importantes que han escrito
sobre los grandes acontecimientos de la conquista, pasaremos a resumir lo que
estamos refiriendo. En este lugar, mencionaremos las señales que hubo en esta
Nueva España antes de la llegada de los españoles.
Como
el demonio, enemigo del género humano, estaba tan apoderado de estas gentes,
siempre las engañaba y jamás las guiaba hacia cosas que fueran beneficiosas,
sino hacia lo que las hacía perderse y desatinarse. Sin embargo, nuestro Dios,
que es la suma bondad, tuvo compasión de tanta multitud de personas y comenzó,
en su inmensa misericordia, a enviar mensajeros y señales del cielo para su
venida. Estas señales causaron gran temor en este Nuevo Mundo.
Diez
años antes de que los españoles arribaran a estas tierras, apareció una señal
que se interpretó como un mal augurio, un prodigio extraño: una columna de
fuego muy flamígera, encendida y radiante, que emitía centellas de tal densidad
que parecía que llovía chispas. La claridad que emanaba de ella era tan intensa
que parecía la aurora de la mañana. Esta columna, que parecía estar clavada en
el cielo, comenzaba en el suelo y se ensanchaba a su base, adelgazando en la
parte superior hasta formar una punta que tocaba el cielo, en figura piramidal.
Era visible hacia el mediodía y en la media noche, permaneciendo hasta el
amanecer. Durante el día, su resplandor era vencido por la luz del sol.
Esta
señal duró un año, comenzando desde el inicio del año que cuentan los naturales
en doce casas, lo que equivale a 1516 en nuestra cuenta castellana. Cuando se
observaba esta manifestación y prodigio, los indígenas experimentaban grandes
extremos de dolor, gritando y alaridando en señal de pavor, dándose palmadas en
la boca, como solían hacer. Todo este llanto y tristeza iban acompañados de
sacrificios de sangre y de cuerpos humanos, como era costumbre en momentos de
calamidad y tribulación. Así, con la magnitud de este sobresalto y temor,
tenían una preocupación constante e imaginativa sobre el significado de tan
extraña novedad. Procuraban saber a través de adivinos y encantadores qué
podría significar una señal tan singular, jamás vista ni oída en el mundo.
Es
importante considerar que diez años antes de la llegada de los españoles
comenzaron a observarse estas señales; sin embargo, la cuenta que mencionan de
las diez casas corresponde al año 1516, tres años antes de que los españoles
llegaran a esta tierra.
El
segundo prodigio, señal, agüero o prodigio que los naturales de México
experimentaron fue el incendio del templo del demonio, conocido como el templo
de Huitzilopochtli, ubicado en el barrio de Tlalcateco. Este incendio fue tan
grande y repentino que las llamas salían por las puertas del templo, alcanzando
a parecer que llegaban al cielo. En un instante, todo se abrasó y ardió sin que
nadie pudiera remediarlo, quedando completamente destruido. Cuando esto
ocurrió, no fue sin gran alboroto y gritos, y la gente clamaba: «¡Ea,
Mexicanos! Venid rápidamente con cántaros de agua para apagar el fuego». Muchos
acudieron al socorro, pero cuando se acercaban para echar el agua y tratar de
apagar las llamas, el fuego se intensificaba aún más. Así, sin ningún remedio,
el templo se consumió por completo.
El
tercer prodigio y señal fue que un rayo cayó en un templo idolátrico con
techumbre de paja, que los naturales llamaban Xacal, dedicado al ídolo
Xicchtecuhtli. En ese momento, llovía una fina agua como una neblina, que cayó
del cielo sin trueno ni relámpago alguno sobre el templo, lo cual también
interpretaron como un gran mal augurio y prodigio, y el lugar se quemó por
completo.
El
cuarto prodigio fue que, siendo de día y con sol, aparecieron cometas en el
cielo, saliendo de tres en tres por el occidente y corriendo hacia el oriente.
Se movían con tanta fuerza y violencia que dejaban caer brasas de fuego y
centellas por donde pasaban. Estas cometas tenían colas tan largas que parecían
extenderse considerablemente. En el momento en que se vieron estas señales,
hubo gran alboroto y ruido, junto con el griterío y alaridos de la gente.
El
quinto prodigio y señal fue que la laguna mexicana se alteró sin que hubiera
viento alguno. El agua hervía y espumaba de tal manera que se levantaba en gran
altura, llegando a bañar más de la mitad de las casas de México, muchas de las
cuales se cayeron y hundieron, quedando completamente anegadas.
El
sexto prodigio y señal fue que, muchas veces y durante muchas noches, se oía
una voz de mujer que lloraba a grandes voces, anegándose en llantos, sollozos y
suspiros, exclamando: «¡Oh, hijos míos! ¡Del todo nos vamos a perder!» En otras
ocasiones, decía: «¡Oh, hijos míos! ¿A dónde os podré llevar y esconder?»
El
séptimo prodigio ocurrió cuando los laguneros de la laguna mexicana, nautas,
piratas o canoístas cazadores, atraparon un ave parda similar a una grulla. La
llevaron de inmediato a Moctezuma, quien se encontraba en los palacios de la
sala negra, ya que el sol se había inclinado hacia el poniente y era un día
claro. Esta ave era tan extraña y admirable que resultaba difícil describir su
singularidad. Tenía en la cabeza una diadema redonda, similar a un espejo, muy
diáfana, clara y transparente, a través de la cual se podían ver el cielo y las
constelaciones que los astrólogos denominan el signo de Géminis.
Al
observar esta maravilla, Moctezuma, sorprendido por la diadema y la cabeza del
pájaro, notó también a un gran número de personas marchando en desorden, con
escuadrones muy bien organizados que parecían estar en guerra, batallando unos
contra otros en forma de venados y otros animales. Al contemplar tantas
visiones disformes, decidió llamar a sus agoreros y adivinos, a quienes
consideraba sabios.
Cuando
llegaron ante él, les expuso la causa de su asombro: «Debéis saber, mis
queridos sabios amigos, que he visto grandes y extrañas cosas a través de la
diadema de un pájaro que me han traído, algo nuevo y extraordinario que jamás
se había visto ni cazado antes. A través de esta diadema, que es transparente
como un espejo, he observado a un grupo de personas que se acercan en orden.
Quiero que lo veáis vosotros también, para que podáis comprobar lo que yo he
visto».
Sin
embargo, justo cuando querían responderle sobre lo que les parecía tan inaudito
y para ofrecer sus juicios, adivinanzas y pronósticos, el pájaro desapareció de
repente, lo que impidió que pudieran dar un juicio o pronóstico cierto y
verdadero.
El
octavo prodigio y señal de México fue la aparición de dos hombres unidos en un
solo cuerpo, a quienes los naturales llamaban Tlacanctzolli. Otros afirmaban
haber visto seres con dos cabezas que procedían de un mismo cuerpo. Estas
manifestaciones eran llevadas al palacio de la sala negra del gran Moctezuma,
donde, al llegar, desaparecían y se volvían invisibles. Estas señales, junto
con otras, pronosticaban a los naturales su inminente fin, advirtiendo que el
mundo iba a acabar y que surgirían nuevas generaciones de habitantes.
Como
resultado, la gente vivía en un estado de tristeza y miedo, sin saber qué
juicio hacer sobre esas cosas tan raras, peregrinas y nunca antes vistas u
oídas.
Además
de estas señales, hubo otras en la provincia de Tlaxcala poco antes de la
llegada de los españoles. La primera señal era una claridad que aparecía cada
mañana, surgiendo de la parte de Oriente, tres horas antes de que el sol
saliese. Esta luz era similar a una niebla blanca muy clara que ascendía hacia
el cielo, lo que causaba gran espanto y admiración entre los habitantes.
También observaban un remolino de polvo, que se asemejaba a una manga, que se
levantaba desde la cima de la Sierra Matlalcueye, actualmente conocida como la
Sierra de Tlaxcala. Esta manga se elevaba a tal altura que parecía alcanzar el
cielo. Esta señal fue vista en múltiples ocasiones durante más de un año,
generando un profundo temor y admiración en la población.
Los
tlaxcaltecas no entendieron estas manifestaciones como simples fenómenos
naturales, sino que creyeron que eran los dioses bajando del cielo. Así, la
noticia de esta extraña novedad se difundió rápidamente por toda la región,
especialmente en México, que era la cabeza del imperio y la monarquía.
Al
enterarse de estas señales, el temor y el espanto se apoderaron de la gente, no
tanto por la pérdida de sus tierras y reinos, sino porque comprendían que el
mundo estaba llegando a su fin. Creían que todas las generaciones de la
humanidad debían perecer, ya que los dioses habían descendido del cielo. La
idea de que el fin estaba cerca se instaló en sus mentes, y los hombres
poderosos comenzaron a buscar lugares ocultos y cavernas en la tierra para
proteger a sus hijos y mujeres, llevándoles abundantes provisiones hasta que la
ira de los dioses se aplacara.
Además,
pensaban que las señales y los terremotos que habían experimentado eran avisos
divinos para que se enmendaran. Durante más de siete años antes de la llegada
de los españoles, habían visto dentro del sol una espada de fuego que lo
atravesaba de parte a parte, junto con una asta y una bandera de fuego
resplandeciente. Estas visiones, consideraban, presagiaban la total destrucción
y el acabamiento del mundo. El llanto y el alboroto entre la gente eran tales
que vivían en un estado de desesperación.
Al
observar tanta novedad en la República Mexicana, Motecuhzoma procuró averiguar,
por razones evidentes, si aquellos hombres eran dioses o seres humanos. Por
mandato y acuerdo del emperador, enviaron a Cempoalla mensajeros de manera
secreta para que trajeran un informe verdadero sobre lo que estaba ocurriendo.
A pesar de que sus hechiceros, encantadores y adivinos ya sabían que eran seres
humanos y no dioses, no podían entender completamente los poderes de sus
encantamientos. Por ello, se mostraban reticentes a afirmar que eran hombres,
ya que las fuerzas de sus hechizos parecían inferiores a los de estos nuevos
venidos.
Finalmente,
al llegar los mensajeros y espías de Moctezuma, confirmaron que eran hombres,
pues comían, dormían, bebían y deseaban cosas propias de la humanidad. Entre
sus hallazgos, trajeron una espada, una ballesta y un objeto más extraño aún:
una mujer hermosa como una diosa, que hablaba tanto la lengua mexicana como la
de los dioses, lo que facilitaba la comunicación. Esta mujer se llamaba Malitzin,
y tras ser bautizada, la llamaron Marina.
Respecto
al dilema de si eran dioses o hombres, no lograban llegar a una conclusión
definitiva. Argumentaban que, si fueran dioses, no derribarían sus oráculos ni
maltratarían a sus ídolos, pues serían considerados sus hermanos. Dado que los
maltrataban y derribaban, debían ser, entonces, seres humanos bárbaros. Sin
embargo, también pensaban que podían ser dioses, ya que venían montando
animales muy extraños y nunca antes vistos en el mundo. Al comunicarse con las
gentes a través de Marina, se referían a los caballos como venados, que en
lengua mexicana se denominan "Mazatle", y a otros tipos de bestias
también las llamaban venados. Además, designaban al caballo como
"Tlacoxolotl", un término que aludía a la danta, un animal que existe
en esta región.
Al
regresar los espías que habían sido enviados a México, y tras relatar lo que
habían visto, comprendieron, a partir de sus conjeturas, que al fin eran
hombres, pues enfermaban, comían, bebían, dormían y realizaban otras
actividades propias de la humanidad. Sin embargo, se asombraban de que no
trajeran mujeres, salvo a Marina, lo cual consideraban que debía ser por arte y
designio de los dioses. Se preguntaban cómo era posible que ella supiera su
lengua, lo que les parecía imposible. Asimismo, se cuestionaban cómo era
factible que seres humanos pudieran manejar una ballesta y una espada.
Puestos
en tal extraña confusión, aguardaron para saber cuál sería el propósito de
aquellos hombres. Al observar la escasa cantidad de personas que los
acompañaba, Moctezuma no prestó atención a la posibilidad de su perdición.
Pensó que, si eran dioses, podría aplacarlos con sacrificios, oraciones y otros
tributos, y si eran solo hombres, su poder sería muy limitado. Finalmente, no
le dio mayor importancia a la situación, consintiendo en que entraran. Se
propuso averiguar si eran dioses o mensajeros de estos, y que, en caso de ser
hombres, pronto serían reconocidos y se les mandaría que abandonaran sus tierras.
Así,
se llevaron a cabo grandes reuniones y se intercambiaron diversas opiniones. Al
final, se decidió permitir su entrada, y para averiguar qué tipo de personas
eran, Moctezuma ordenó que se mantuvieran en Cempohualla y que no se les dejara
pasar más allá de allí. Mientras tanto, Cortés, al enterarse de la grandeza y
poder del gran príncipe, decía y difundía que venía en busca de Moctezuma, que
deseaba verlo y visitarlo, y que quería tenerlo como señor y amigo. Con estas
noticias, Moctezuma envió a sus gentes a informar a los dioses que, si su
visita no era más que para verlo y visitarlo, él se consideraba ya visitado por
ellos. Les instó a que decidieran lo que quisieran, asegurándoles que les
mandaría lo que pidieran, ya que su llegada había causado un gran temor en toda
la tierra. Así pasaron algunos días, intercambiando dádivas y preparando el
terreno para su encuentro.
Capítulo
dos
Que
trata de quién era Marina y de su matrimonio con Jerónimo de Aguilar.
Dejando
Cortés un recado sobre su gente en Cempohualla, decidió marchar hacia la
provincia de Tlaxcala. Porque, como Dios lo había ordenado por providencia divina,
estas gentes debían convertirse a nuestra Santa Fe Católica y llegar al
verdadero conocimiento de Él a través de Marina. Por ello, es necesario hacer
una referencia sobre el inicio de Marina, conocida por los naturales como
Malintzin, quien era venerada en un grado superlativo. Es importante entender
que todos los términos que terminan en diminutivo son usados de forma
reverencial; entre los naturales, este diminutivo se consideraba un título
honorífico, similar a como hoy diríamos "mi muy gran Señor
Huelnohueytlatocatzin." Así, era común que se refirieran a Marina como
Malintzin.
Respecto
al origen de Malintzin, existen diversas versiones sobre su nacimiento y de qué
lugar provenía. No profundizaremos en este tema, sino que abordaremos algunos
acontecimientos relacionados con ella, ya que quienes han escrito sobre las
conquistas de estas tierras han tratado ampliamente su historia, especialmente
Bernal Díaz del Castillo, un autor muy antiguo que, como testigo presencial,
habla detalladamente de este tema, pues fue uno de los primeros conquistadores
en este Nuevo Mundo, a quien me remito.
Es
bien sabido que Malintzin fue una india de gran valor, buen entendimiento y
natural mexicana. Fue raptada de entre sus padres, siendo joven y hermosa, y
entregada a unos mercaderes que comerciaban a lo largo de la costa del Norte.
La llevaron de un lugar a otro hasta Tabasco, Potonchan y Acosamilco. Algunos
sostienen que era hija de un mercader y que él la llevó consigo a esas tierras,
pero esta versión no parece plausible. Es más probable que, por su belleza,
hubiera sido destinada a ser la mujer de algún cacique de la costa, y que los
mercaderes la presentaran para tener acceso a los caciques de Acosamilco y
conseguir seguridad en sus tratos. Así, efectivamente, estaba con un cacique de
aquella región cuando la encontró Cortés.
Otros
aseguran que Marina era natural de la provincia de Xalisco, de un lugar llamado
Huilotla, hija de padres ricos y destacados, parientes del señor de aquella
tierra. Sin embargo, esta afirmación se contradice, pues Xalisco es habitada
por chichimecas, mientras que Marina hablaba la lengua mexicana y era conocida
por su inteligencia. Aunque se hablaba lengua mexicana en esa región, su
variante era tosca y grosera. Además, se dice que Marina fue presentada en
Potonchan junto con otras veinte mujeres que fueron ofrecidas a Cortés. Estas
mujeres fueron llevadas a la venta a unos mercaderes mexicanos en Xicalanco,
una provincia situada cerca de Cohuatzacoalco, alejada de Tabasco. Ella, siendo
natural mexicana, dominaba la lengua de manera brillante, lo que indica que,
cuando llegó a esas tierras, ya era capaz de informar sobre el rey Moctezuma y
sobre los enemigos que amenazaban su gran imperio y riqueza.
Estando
en este cautiverio, ocurrió que un navío, enviado a descubrir tierras que en
otros tiempos se llamaban de Yucatán, arribó a la costa. Este barco había
partido por mandato de Diego Velázquez, Gobernador de la Isla de Cuba. Algunos
soldados de las naves de Francisco Hernández de Córdoba habían quedado cautivos
entre los indios, entre ellos dos españoles: García del Pilar y Jerónimo de
Aguilar, a quienes Cortés conocería más tarde.
Aguilar,
al haber quedado cautivo en aquella tierra, se esforzó por servir y agradar a
su amo, tanto en las pesquerías como en otros servicios que sabía hacer bien.
Ganó tanto la voluntad de su amo que le dieron a Malintzin como esposa.
Aguilar, siendo muy hábil, aprendió la lengua indígena con tal destreza y
rapidez que los propios indios se asombraban de su dominio. Se integró tanto en
la cultura indígena que se perforó las orejas y las narices y se adornó el
rostro y el cuerpo de acuerdo con las costumbres locales. Sin embargo, a pesar
de su adaptación, mantuvo su fe cristiana y cumplió con los preceptos de la ley
de Dios.
Malintzin,
por su parte, también aprendió la lengua indígena con notable rapidez, y así,
marido y mujer se comunicaban en su nuevo idioma como si fuera el propio.
Gracias a esta habilidad, Jerónimo de Aguilar pudo comprender grandes secretos
sobre la tierra y el señorío del gran Moctezuma. Cuando Cortés llegó con su
armada a esta costa, por voluntad divina, se encontró con Jerónimo de Aguilar.
Este salió al encuentro de los cristianos en una gran multitud de canoas, con
la autorización de su amo y de los otros caciques de la región, portando una
cruz de caña y una bandera alta, gritando a voz en cuello: "¡Cruz!...
¡Cruz!... ¡Cristo!... ¡Cristianos! ¡¡Sevilla, Sevilla!!" Estas
exclamaciones causaron gran admiración entre los miembros de la armada.
Al
llegar a este punto, Aguilar se acercó a las Naos y, ante todo, aseguró a
Cortés que no enojaría a los nativos, sino que los trataría como amigos, ya que
lo principal que aquellos indígenas deseaban era que no se ofendiera a sus
hermanos, lo cual se cumplió.
Con la
intención de que Malintzin fuese un instrumento de tanto bien, Hernán Cortés la
recibió y trató como algo de gran importancia. La cuidó y le brindó todo lo que
humanamente pudo. Para que Malintzin fuese bien tratada, la confió al cuidado
de Juan Pérez de Arteaga, un noble soldado de la Compañía, quien después sería
conocido como Juan Pérez Malintzin, para diferenciarlo de otros con el mismo
nombre. Como Malintzin solo hablaba la lengua mexicana y las lenguas de Vilotla
y Cosamel, se comunicaba con Aguilar, quien a su vez traducía al español. Así,
para interpretar el idioma mexicano, se debía recurrir a la lengua de Vilotla y
Cosumet con Aguilar, quien luego lo convertía al castellano, hasta que
finalmente Malintzin llegó a hablar español.
Capítulo
tres
Que
trata de cómo Hernando Cortés fue recibido de paz por las cabezas de Tlaxcalla.
Habiendo
tomado Cortés conocimiento de toda la tierra y de la grandeza y majestad de
Moctezuma, así como de sus enemigos en Cempohuallan, escribió una carta a los
cuatro Señores de la provincia de Tlaxcala. En ella les decía que había llegado
a esta tierra con el deseo de verlos, conocerlos y ayudarles en todos sus
trabajos y necesidades, pues sabía que estaban oprimidos por las grandes
tiranías de los Culhuas mexicanos. Añadía que venía en nombre de un gran Señor,
el emperador D. Carlos, y que traía consigo al verdadero Dios, ya que los
dioses que ellos adoraban eran falsos, hechos a mano por hombres mortales. Les
informaba que el Dios que él y sus compañeros adoraban era el que había creado
el cielo, la tierra y todo lo que en ella existe. Para demostrarles la fortaleza
de sus armas, les enviaba un sombrero, una espada y una ballesta, con las
cuales deseaba socorrerlos como a hermanos contra aquel tirano y feroz
carnicero que era Moctezuma, quien los tenía muy enojados. La carta contenía
otras afirmaciones de gran presunción; sin embargo, como los tlaxcaltecas no
sabían leer, no pudieron comprender su contenido. Los mensajeros que traían la
carta relataron su contenido de palabra, gracias a la interpretación clara que
Malintzin les proporcionó para que lo expresaran a los Señores y Caciques de
Tlaxcala. Al llegar los mensajeros de Cempohuallan, entregaron la espada, la
carta, la ballesta y un sombrero de seda de tafetán carmesí, que antes se
utilizaban como chapeos. Con estas cosas, y otras que añadieron los mensajeros,
alteraron profundamente a toda la República de Tlaxcala.
Los
cuatro Señores de las cabeceras y los más importantes Caciques se reunieron
para decidir qué hacer en este caso. Discutieron si debían matar a los
mensajeros de Cempohuallan, al ser vasallos de los mexicanos, o si era un
engaño o un mal presagio. En esta consulta, decidieron no matarlos, sino
decirles que eran considerados como dioses y que fueran bienvenidos,
asegurándoles que cuando quisieran visitar su tierra, serían bien recibidos. En
esta asamblea, el gran Xicotencatl se dirigió a Maxixcatzin, Citlalpopocatzin y
Hueyolotzin, y les recordó: "Ya sabéis, grandes y generosos Señores, cómo
desde nuestra antigüedad hemos sabido que vendrán gentes de la parte donde sale
el sol, que se emparentarán con nosotros y que seremos todos uno. Estos serán
hombres de piel clara y con barba, que llevarán cabezas adornadas como señal de
gobierno, serán altos y portarán armas más fuertes que nuestros arcos
(refiriéndose a la ballesta), que no podemos enarcar, y espadas con filos
delicados; comparadas con nuestras armas, no tienen ningún valor. Estos son y
estos nos vienen a buscar. ¿En qué mejor tiempo que este, en el que hemos
vencido la provincia de Huexotzinco, donde los tenemos arrinconados en las
haldas de la Sierra Nevada, pidiendo socorro a Moctezuma? No busquemos más
venganza. Estos dioses o hombres, veamos qué pretenden y quieren, porque las
palabras con las que nos saludan son de gran amistad, y bien saben nuestros
trabajos y continuas guerras, pues nos lo envían a decir." Con esto, los
mensajeros regresaron a Cortés, mientras en Tlaxcala no cesaban los sacrificios
a sus dioses infernales, ritos y supersticiones, llevados a cabo con mayor
fervor y atención.
En ese
tiempo, los dioses mudos caían de sus lugares: temblores de tierra y cometas
cruzaban el cielo de un lado a otro. Se escuchaban grandes llantos de niños y
mujeres, llenos de temor y espanto, como si el mundo estuviera por perecer; no
hay lengua ni pluma que pueda describirlo adecuadamente. Mientras Cortés
avanzaba, llegó a los límites de esta provincia con su buena y católica
compañía, donde fue recibido con algarabía, escaramuzas y gran dureza de guerra.
En este encuentro, un español y dos caballos fueron muertos por los indios
otomíes de Texohuatzinco, quienes resguardaban esa frontera. Los tlaxcaltecas,
al enterarse, enviaron mensajeros, Coztomatl y Zohinpanecatl, para pedir a los
otomíes que no enfurecieran a los españoles y que los dejaran pasar donde
quisieran. Así fue que, tras algunos días en el pueblo de Tecohuatzinco, Cortés
y su gente se trasladaron a Tlaxcala.
Allí,
el gran Señor Xicotencatl recibió a Cortés y a sus compañeros con un
recibimiento de paz que fue el más solemne y famoso que se haya visto u oído en
el mundo. En tierras tan remotas y extrañas, nunca se había hecho un
recibimiento de tal magnitud a un príncipe. Los cuatro Señores de las cuatro
cabeceras de la Señoría y República de Tlaxcala salieron con la mayor pompa y
majestad que pudieron reunir, acompañados por muchos Tecuhtles, Pyles y grandes
Señores de aquella República, formando una multitud de más de cien mil hombres,
que no cabían en los campos y calles. Parecía algo imposible.
El
primer recibimiento se llevó a cabo en Tzompanzingo, un lugar muy importante de
Tlaxcala, donde Cortés fue recibido por los principales del pueblo. Desde allí,
nuestros hombres se trasladaron a otro lugar de gran envergadura llamado
Atliquitlan. De este lugar salieron otros Tecuhtlis y Pyles de gran valía,
entre ellos Piltecuhtli, acompañado de una multitud de gente. Posteriormente,
descendieron a Tizatlan, que es la sede de Xicotencatl. En este lugar, debido a
su avanzada edad, Xicotencatl no salió de su casa más allá de un patio que
tenía unas gradas de poca altura. Allí se reunieron todos los demás Señores de
las cabeceras, como Maxixcatzin, Citlalpopocatzin y Tlehuexolotzin, para llevar
a cabo este solemne recibimiento.
Una
vez que nuestros hombres llegaron y se organizaron en el lugar destinado para
el recibimiento, Xicotencatl se acercó a abrazar a Hernando Cortés y le hizo la
salva, como era de esperar. Sin embargo, Cortés, siempre astuto y sagaz, lo
recibió con cautela: lo abrazó, pero con gran precaución, cogiendo su muñeca
del brazo derecho sin permitir que lo apretara demasiado. Este mismo
procedimiento lo siguió con Maxixcatzin, Citlalpopocatzin y Tlehuexolotzin.
Tras
esta célebre ceremonia, Xicotencatl, Cortés y Malintzin caminaron juntos hasta
donde serían alojados, conversando sobre su llegada y el propósito de su
visita: ayudarles en lo que necesitaran y castigar a Moctheuzoma, su enemigo
capital, así como a toda la gente de Culhua, que en ese momento prevalecía y
dominaba en esta nueva tierra, siendo temido, adorado y reverenciado como si
fuera un dios. Moctheuzoma tenía un gran poder y mando en este remoto y
apartado imperio, sobre todas las naciones de estas extrañas partes.
Capítulo
cuatro
Que
trata de las pláticas que obo entre Cortés y los señores de las cuatro
cabeceras y de cómo recibieron el Santo Bautismo.
Acomodados,
como hemos mencionado, nuestros hombres fueron alojados en los palacios de
Xicotencatl, donde fueron atendidos con gran esmero. Allí, le presentaron a
Cortés numerosas joyas de oro y piedras preciosas de gran valor, así como una
gran cantidad de ropa de algodón finamente elaborada y otras vestimentas de
plumas valiosas. También les ofrecieron abundantes provisiones de aves,
gallinas, codornices, liebres, conejos, venados y otros tipos de caza, que eran
las carnes consumidas por los señores de esta tierra, además de maíz, frijoles
y otras legumbres locales. En definitiva, les proporcionaron todo lo necesario
para el sustento de nuestros hombres.
Al
principio, en el pueblo de Tecohuatzinco, los naturales creían que el caballo y
su jinete eran una sola entidad, similar a los centauros u otras criaturas
monstruosas. Por ello, alimentaban a los caballos como si fueran personas,
dándoles gallinas, carne y pan. Esta confusión duró poco tiempo, ya que pronto
comprendieron que eran animales irracionales que se alimentaban de hierbas en
el campo. Sin embargo, continuaron creyendo durante un tiempo que eran bestias
feroces capaces de devorar a las personas, y por eso afirmaban que los hombres
blancos les ponían frenos en la boca y los ataban. Si algún caballo llegaba con
la boca ensangrentada, decían que había comido a algún hombre, pensando que
tenían tanto entendimiento que eran enviados por los dioses para cumplir
ciertas misiones. Así, cuando un caballo relinchaba, creían que pedía comida y
que debía ser atendido de inmediato para que no se enojara. De esta manera, se
esforzaban por mantener a los caballos contentos, dándoles de comer y beber con
abundancia.
Estas
novedades y fenómenos desconocidos atrajeron a forasteros curiosos que se
acercaban secretamente para averiguar qué estaba sucediendo y quiénes eran
estas gentes que habían llegado, de dónde provenían y qué traían consigo. Los
de Tlaxcala les contaban muchas más historias de lo que estaba ocurriendo, con
el fin de infundirles temor y asombro, y que propagan estas noticias por toda
la región. En efecto, se afirmaba que nuestros hombres eran dioses, y que no
existía poder humano que pudiera enfrentarse a ellos ni ofenderlos en el mundo.
Mientras
nuestros hombres estaban en este cómodo alojamiento, se les presentaron más de
trescientas mujeres hermosas, muy bien ataviadas, que eran ofrecidas para su
servicio. Estas mujeres eran esclavas destinadas al sacrificio de los ídolos y
estaban condenadas a muerte por diversos delitos que habían cometido según sus
leyes. Los Caciques, considerando que no había mejor manera de emplearlas,
decidieron entregarlas como ofrenda y sacrificio, a pesar de que ellas lloraban
su desgracia al pensar en la cruel muerte que les esperaba y en que, tras ser
sacrificadas, serían devoradas por los dioses recién llegados.
Algunos
han afirmado que estas mujeres eran hijas de Señores y nobles, pero esto no es
correcto. En su antigüedad, los pueblos tenían esclavos y esclavas que obtenían
como botín de guerra y de otras naciones, y esta esclavitud se transmitía a sus
descendientes, incluyendo bisnietos. Así, las trescientas mujeres fueron
ofrecidas al capitán Cortés para que sirvieran a él y a sus compañeros. Sin
embargo, al presentárselas, Cortés se negó a aceptarlas, explicando que no
podía recibirlas porque en su religión cristiana esto no estaba permitido. Si
llegara a hacerlo, sería para tomarlas como su única mujer, de acuerdo con la
Santa Madre Iglesia. Cortés insistió en que no podía tenerlas, ya que su ley lo
prohibía, pero finalmente, tras grandes ruegos y persuasiones, aceptó
recibirlas con el fin de que sirviesen a Malintzin.
Cortés
advirtió que los indígenas se sentían muy ofendidos cuando sus presentes no
eran aceptados, aunque fueran flores, pues consideraban esto como una señal de
enemistad y desconfianza. Cuando una mujer principal era acompañada por muchas
otras para su servicio, las que quedaron al servicio de Marina se quedaron con
el capitán Cortés. Más adelante, al ver que algunas de estas mujeres se
llevaban bien con los españoles, los propios Caciques y nobles comenzaron a
ofrecer a sus propias hijas con el propósito de que, si alguna quedaba
embarazada, surgiera una nueva generación de hombres valientes y temidos. Así,
el buen Xicotencatl le dio una hermosa hija, Doña María Luisa Tecuelhuatzin, a
Don Pedro de Alvarado. En su cultura, no existía más matrimonio que aquel que
se contraía por voluntad de los padres, por lo que entregaban a sus hijas a
otros Señores. Aunque se realizaban ceremonias de ritos paganos, los Señores
tomaban a las mujeres que deseaban y se las ofrecían como a hombres poderosos.
De este modo, se ofrecieron muchas hijas de Señores a los españoles, buscando
establecer una casta y una nueva generación en caso de que decidieran quedarse
en la tierra.
Los
indígenas llamaron a Hernando Cortés *chalchiuh capitán*, que significa
“capitán de gran estima y valor.” Este nombre proviene del término
*chachihuitl*, que se refiere al color de la esmeralda, una piedra muy valorada
entre ellos. Así, compararon la figura de Cortés con estas piedras preciosas,
denominándolo *chalchihuitl capitán*, o, en términos más simples, “esmeralda
capitán” o “muy preciado caballero”, dándole este título por su excelencia.
Por su
parte, a Don Pedro de Alvarado lo llamaron *el Sol*, ya que decían que era hijo
del sol por su piel rubia y rojiza, su hermoso rostro, su gracia y buen porte.
Entre los indígenas, no había otro sobrenombre para él, ya que después de
Hernando Cortés, Alvarado fue el más querido y admirado, especialmente por los
de Tlaxcala.
Durante
su estancia en los acogedores palacios del gran Xicotencatl, Maxixcatzin hizo
grandes esfuerzos para que Cortés y su gente se trasladaran a su barrio y
cabecera, en Ocotelulco. Cortés, agradecido, aceptó la invitación y se mudó
junto con sus compañeros, tanto para complacer a Maxixcatzin como para ganar la
buena voluntad de todos. Así, disfrutaron de algunos días de descanso en ese
lugar, rodeados de festines y celebraciones a su manera.
Al
concluir las festividades y reunidos los cuatro señores de las cabeceras y
otros principales y caciques, intentaron hablar con Cortés con palabras suaves.
Le rogaron y suplicaron encarecidamente, diciendo lo siguiente:
«Te
pedimos, valeroso Capitán, único Señor de los hombres blancos y barbudos, que
ya que te consideramos hermanos y verdaderos amigos, nos declares sinceramente,
sin dobleces, qué es lo que buscas y qué deseas. ¿Cuál es tu propósito
principal y por qué has venido a nuestras tierras? Aquí estamos, en paz y
dispuestos a tu voluntad, con una amistad limpia y segura, con fe y palabra
inviolable de que te tenemos por amigo, prometiendo jamás quebrantar esta
confianza, ni nosotros ni nuestros hijos.
Dinos,
por favor, bajo esta premisa, si sois hijos de Dios y mortales como nosotros, o
si tenéis alguna deidad, o si sois dioses y de qué partes del mundo venís. Si
es cierto que habéis descendido del cielo, como se ha imaginado, desengañadnos
completamente, porque deseamos estar seguros y satisfechos. Sabido vuestro
propósito, aquí estamos dispuestos para todo lo que queráis hacer. Si planeáis
continuar adelante, os brindaremos apoyo y todo lo necesario para el viaje. Si
tenéis la intención de vivir entre nosotros, decidnos dónde preferís
estableceros; os proporcionaremos tierras, montes y aguas, y os ayudaremos a
construir vuestras casas para que podáis vivir cómodamente.
Y si
no es esto lo que deseamos saber, explícate si traes alguna embajada de los
altos soberanos dioses a quienes servimos. Decidnos la verdad, que estamos
listos para cumplir con cualquier mandato que provenga de ellos, ya sea en
guerras, sacrificios o de cualquier otra forma que dispongan, porque les
pertenecemos y somos sus vasallos. Por tanto, valeroso Capitán, no nos
mantengas en la incertidumbre; revela tu voluntad, pues la nuestra es bien
conocida, y de ilustres y nobles caballeros es ser claros con los amigos e
incluso con los enemigos.»
A las
razones expuestas por Maxixcatzin y Xicotencatl, Cortés respondió a través de
la interpretación de Malintzin y Aguilar, dirigiéndose a los cuatro señores de
las cabeceras:
«Os
agradezco mucho, generosos y amigos míos, vuestra lealtad y amable disposición.
Vuestra dignidad es evidente, de gran altura y estima. Así que, como deseáis
conocerme a mí y a mis compañeros, es justo que os explique quiénes somos y de
dónde venimos, para que estéis desengañados de las dudas que os inquietan y de
las cosas que ignoráis.
Debéis
saber que mis compañeros y yo venimos de muy lejos, de tierras remotas. Nos
llamamos cristianos, porque somos hijos del verdadero Dios, aquel que creó el
cielo y la tierra, y todas las cosas que existen en el mundo. Hemos venido de
parte del emperador D. Carlos de Austria, un gran Señor que nos ha enviado a
visitaros porque comprende la necesidad en la que estáis, tanto en lo temporal
como en lo espiritual.
Nuestro
propósito es daros a conocer que solo hay un único Dios verdadero, y que todos
los demás que adoráis son dioses falsos y vanos, hechos por manos de hombres
bestiales y torpes. En última instancia, son dioses mudos e insensibles,
carentes de fuerza, valor y efecto. Por ello, he venido a desengañaros del
engaño en el que habéis estado viviendo, y a traeros una ley mejor que la
vuestra, la del verdadero Dios, pura y clara, sin ningún tipo de engaño ni
duda, lejos de la barbarie de sacrificios crueles y abominables que practicáis
en vuestros ritos.
Además,
vengo a declarar y a explicar que después de esta vida hay otra, eterna e
infinita, cuya claridad se os será mostrada y enseñada por los ministros de
Dios. Para que estéis informados de las cosas de nuestra Santa Fe Católica, el
gran Señor de quien vengo os enviará en breve tiempo lo que necesitéis.»
«Y así
os ruego y amonesto que, sin tomar a mal mis palabras, pues tanta amistad me
tenéis, consideréis que deseo derribar estos ídolos que tenéis y adoráis como
dioses, los cuales os tienen ciegos y engañados. Esta ha sido mi principal
razón para venir, y además vengo a ayudaros en la lucha contra Moctezuma,
vuestro capital enemigo, y a vengar vuestras injurias. En esta venganza y
castigo veréis que mi amistad es firme y verdadera.
Quiero
que, una vez vengados de vuestros crueles enemigos y adversarios, podáis vivir
en paz entre vosotros, sin que yo os desampare jamás. Generosos señores, deseo
que os persuadáis a seguir ante todo mi sagrada religión, mi santísima ley y la
verdadera fe del único Dios, Jesucristo, nuestro Señor y Unigénito Hijo de Dios
y Salvador del mundo.
Os
exhorto a que os bauticéis con el agua del Espíritu Santo, para que quedéis
lavados y limpios de todas vuestras culpas y pecados. Con esto, tendré por
cierto que me queréis bien, y este vínculo de amor confirmará nuestra amistad
para siempre. Así, seréis llamados cristianos, como yo y todos mis compañeros,
que es el más alto título y renombre que podemos tener, ya que proviene del
Santísimo Nombre del Hijo de Dios verdadero, Jesucristo, nuestro Señor y
Redentor del género humano.»
«Y
deseo que con esto cesen los crueles y horrendos sacrificios, así como los
ritos demoníacos que practicáis. Quiero que abandonéis al demonio que os tiene
ciegos y engañados, dejando atrás todas estas cosas que el enemigo del género
humano ha incitado con sus malicias y astucias, para que no permanezcáis más en
el engaño en que vosotros y vuestros antepasados habéis vivido hasta ahora.
Olvidad y desarraigad de vuestros corazones tan gran engaño, torpeza y error,
destruyendo totalmente la imagen que tenéis de idólatras, sacrificadores y
comedores de carne humana, incluso de vuestras propias carnes y sangre.
Estos
nefandos y aborrecibles pecados, así como vuestros actos infernales, son
reprobados entre hombres de razón y de ley natural. Un crimen tan atroz y un
uso tan cruel y abominable jamás se ha visto, oído ni hallado en todas las
naciones del universo. Ni siquiera los animales feroces, que son gobernados
únicamente por su instinto natural, se infligen tal atrocidad. Podría exponer
muchos más ejemplos y razones urgentes, pero omito hacerlo para concluir mi
respuesta.
Por
tanto, señores y amigos míos generosos, ya que me habéis solicitado que os
explique el motivo de mi venida, he querido satisfacer esa petición. Os he
ofrecido una respuesta extensa, sin ocultaros nada, sino que he descubierto mi
corazón de manera clara y abierta. Así podréis informar a todas vuestras gentes
y a aquellos que deseen mi amistad y quieran venir en paz y hacerse cristianos,
formando parte de nuestra Santa Madre Iglesia de Roma. Quienes reciban el
verdadero bautismo serán libres del demonio, y seremos todos uno, incorporados
en una misma comunidad.
En
cuanto a si somos dioses o seres humanos mortales como vosotros, la única
ventaja que tenemos sobre otros hombres es que somos cristianos, sirviendo a un
solo Dios verdadero. La diferencia entre nosotros y vosotros es que vosotros
servís a estatuas e ídolos, semejanzas del demonio, mientras que nosotros
servimos al Dios que creó el cielo y la tierra, como os he indicado desde el
principio de mi plática».
Con
estas palabras, el valeroso capitán concluyó su discurso con semblante severo.
Los cuatro señores de las cuatro cabeceras de la Señoría de Tlaxcala quedaron
absortos, admirados y sorprendidos por lo que el buen capitán les había dicho y
respondido.
Habiendo
estado muy atentos a todo y escuchando esas palabras tan amables y
conmovedoras, tan vívidas y efectivas que penetraban en sus corazones,
sintieron milagrosamente la gracia del Espíritu Santo. Llenos de esta plenitud,
respondieron con ternura y lágrimas a tales profundas palabras, diciendo:
«¡Oh,
valeroso Capitán, más que un hombre! Verdaderamente, no podemos creer otra cosa
que sois hijo de los dioses y el más valiente y esforzado príncipe de la
tierra, el gran Señor de los hombres blancos y barbudos, y el más temido varón
que hemos visto hasta hoy entre los nacidos y oído en el mundo. ¿Cómo es que
deshacéis y tenéis en poco, con tan gran atrevimiento, la deidad de nuestros
dioses y la suma alteza de aquellos que gobiernan la tierra desde el cielo?
¿Acaso
nos habláis con engaño y cautela para que ignoremos que sois vosotros los que
habéis bajado del cielo como remedio para los hombres que vivimos en la tierra?
Declararos ya con nosotros y no queráis que, por torpe engaño, caigamos en
errores aún mayores.
Si es
cierto lo que decís, que no hay más que un solo Dios, y que todos los demás son
composiciones y fabricaciones de manos humanas, que no hablan ni se mueven, y
que son estatuas sin sentido, así es verdad, os lo concedemos y confesamos. Sin
embargo, estos bultos y estatuas a los que servimos y adoramos son imágenes,
figuras y modelos de dioses que, habiendo sido hombres en la tierra, por sus
hechos heroicos y famosos ascendieron allí donde ahora vosotros vivís, en eterno
descanso.
Como
vosotros, que sois como dioses, ellos dejaron sus estatuas entre nosotros y se
fueron a residir a sus moradas de gozo, donde viven en descanso. Desde allí,
nos envían a la tierra con sus divinas influencias, su virtud y gran poder,
viendo que sus bultos y figuras son adorados por las gentes».
«Y
así, no sabemos, Capitán, cuál sea la causa de tu inclinación contra nuestros
dioses. Nos dices y amonestas que no hay más que un solo Dios, el creador del
cielo y de la tierra, el verdadero, al que tú y tus compañeros servís y
adoráis, y al que nos persuades a que creamos. Nos dices que al creer en Él
seremos todos uno, echándonos agua en las cabezas en su nombre y virtud, y que
así nos llamaremos cristianos, quedando limpios y lavados de nuestras culpas y
pecados, y seremos hijos suyos. Pero, para que esto tenga efecto y sea válido,
antes debemos consentir que nos derribes y desbarates nuestros ídolos, que son
semejanzas de nuestros dioses a los que hemos adorado y reverenciado durante
tantos siglos, tanto nosotros como nuestros antepasados, quienes con gran
devoción han observado y guardado el culto hacia ellos.
¿Cómo
puedes esperar que dejemos estos ídolos tan fácilmente y consintamos que con
tus violentas y sacrílegas manos los profanes, dioses que tanto valoramos?
¡Valeroso Capitán! ¿Por qué quieres mover ahora un asunto tan intratable,
alterando los corazones de los nuestros al intentar un caso tan duro y dudoso
como este, quebrantando un fuero tan inviolable? Si con tan atrevido ímpetu lo
hicieseis, los dioses, a quienes servimos, se indignarían contra el mundo y lo
destruirían, enviándonos hambres, pestilencias y otros desastres, desechándonos
y apartándonos de su amistad. No nos responderían más como hasta ahora lo
hacen; el sol, la luna y las estrellas se enfadarían y ya no nos mostrarían su
luz ni claridad.
Así
que, Señor y muy temido caballero de los dioses blancos y barbudos, mira lo que
deseas emprender. Queremos que lo reflexiones, y te rogamos que no lo hagas,
pues no queremos que te suceda algún trabajo. Tenemos experiencia de que cuando
alguno de nosotros se atreve a ofender a estas reliquias, caen sobre nosotros
grandes relámpagos, rayos y truenos del cielo, en castigo de tal osadía.
Dejando
de lado este asunto que toca a los dioses, respecto a lo que nos has dicho
sobre ir contra Culhua para asolar y destruir por la fuerza de las armas,
consideramos que es poco ponerlo bajo tu mando. No valoramos nada en
comparación con lo que nos has dicho, ni al tenerte por amigo ni al reconocer
al gran Señor que te envía, aquel que dices que se llama Emperador, monarca del
mundo, quien desde tan lejanas partes nos envía a saludar y visitar. En
correspondencia a tan gran merced, debemos servirle y agradecerle, ayudándole
con todo lo que necesite, teniéndolo siempre por verdadero Señor y amigo
nuestro.
Así
que, mira lo que necesita de nosotros. Dinos si quiere algo de nuestra tierra,
que por la amistad que le tenemos y a ti te hemos cobrado, lo haremos con todo
empeño y cumplidamente. Esta paz y amistad ha de ser para siempre eterna y
perdurable hasta el fin de los siglos futuros y advenideros. Por tanto,
reflexiona sobre lo que deseas, que aquí estamos muy dispuestos para todas las
ocasiones que se presenten para ti y tus valerosos compañeros, tanto en la paz
como en la guerra. Así se lo puedes comunicar al gran Señor que te ha enviado».
Este
razonamiento fue propuesto en nombre de todos por *el poderoso y gran Señor*
Maxixcatzin, quien era muy discreto y el más joven de los cuatro Caciques. A
estas palabras, *nuestro animoso e invencible español Cortés* respondió con
cristianismo y un corazón católico, mostrando la mayor osadía que un hombre pudiera
tener, diciendo lo siguiente, movido por el celo cristiano que le
caracterizaba:
«Amigos
leales y muy estimados Señores, he visto el amor y la amistad que me tenéis sin
doblez alguno, y no puedo dejar de acudir a hacer vuestra voluntad, especialmente
porque se trata de algo que conviene a vuestro propio remedio. Si bien mi
intención es destruir y asolar este mundo y todas las naciones que hay en él,
no lo valoraría en nada en comparación con el deseo de que encontréis la
salvación y salgáis del error en que vivís. Con vosotros de mi parte, todo se
me facilita y allana.
Sin
embargo, es un asunto grave, amigos y Señores míos, que no seáis cristianos *ni
de la cristiana parcialidad*. Siendo yo cristiano y hijo del verdadero Dios,
cuya ley y doctrina guardo, vivo entre gentes que conocen y adoran a dioses de
falsedad y mentira. En cuanto a lo que decís sobre que destruirán el mundo
enviando gran ira contra los hombres, con fuego del cielo, hambres,
pestilencias y otras calamidades, es un negocio de poca importancia y una
imaginación vana. Asumo la responsabilidad de avenirme con ellos, pues no son
dioses, ni tienen poder alguno.
Como
amigo fiel, os ruego y aconsejo que no creáis en ellos, sino que los derribemos
y destruyamos, despedazándolos y quebrantándolos de tal manera que no quede ni
nombre ni memoria de ellos en el mundo. Es muy lamentable que Señores
principales tan claros y generosos se sometan a figuras tan abominables.
Persuadiros, por tanto, amigos míos, a ser cristianos, y no seáis incrédulos ni
obstinados en vuestros errores. Mirad con los ojos del entendimiento lo que os
he significado, porque es la pura verdad: dejad la pertinacia de vuestros
corazones y animaos a ser hijos de Dios, quien os infundirá su divina gracia y
os dará verdadera claridad y luz, para que podáis entender mejor lo que con
palabras no puedo explicar».
Al oír
un negocio tan duro y pesado para una costumbre tan arraigada, quedaron durante
un buen rato sin poder hablar ni responder nada. Sin embargo, tras considerar
lo que el capitán Cortés les decía con tanto fervor, respondieron de común
acuerdo que, dado que le habían dado sus corazones y amistad, lo mejor de sí
mismos, en este caso se rendían y no tenían más que responder, sino que
ejecutarían su voluntad y harían lo que él considerase bien, incluso derribar
los ídolos y considerarlos como si no existieran.
No
obstante, advirtieron que, si algo sucedía, no sería de su responsabilidad y
que debían dejar claro que no querían enojar a los dioses, ni era esa su
intención, ni menos querían dejar de creer en el verdadero Dios de los
cristianos, que era aquel que había creado los cielos y la tierra, y en quien
ellos deseaban creer. Querían hacerse cristianos, recibir el bautismo echándose
agua en las cabezas, como era su costumbre, y guardar su ley y mandamientos,
así como ellos mantenían sus propias costumbres.
Finalmente,
manifestaron su deseo de seguir y preservar las buenas y santas costumbres de
los cristianos. Para que su gente no se alborotase, ellos querían hablarles
para aclararles todas las cosas de las que habían sido informados, y mientras
tanto, pidieron que permanecieran tranquilos y serenos, apaciguando sus
corazones.
Tomando
la iniciativa, los cuatro Señores realizaron grandes reuniones en sus pueblos,
barrios y cabeceras, donde informaron detalladamente sobre las intenciones del
capitán: destruir y derribar sus dioses. Les hicieron saber que Cortés no solo
venía a castigar a los hombres injustos, sino que también buscaba tomar
venganza contra los dioses inmortales, ya que les había anunciado que quería
darles una nueva ley, limpia y digna. Para ello, debían estar dispuestos a
recibir a otro Dios.
Este
modo de hablar, que les prometía otro Dios, se entendía porque, cuando estas
gentes conocían a algún Dios con buenas propiedades y costumbres, lo aceptaban
y lo reconocían como tal. Otras naciones que habían llegado antes les habían
traído muchos ídolos, a los que habían considerado dioses. Así, decían que
Cortés les traía otro Dios, y afirmaban que debían adorarle y servirle, ya que
él lo hacía de una manera muy diferente a la que ellos servían a sus propios
dioses.
No le
ofrecían corazones de hombres ni derramaban sangre, como ellos hacían con sus
deidades, sino que solo le ofrecían oraciones y el bautismo en agua.
Prometieron seguir esta nueva práctica y aseguraron que nadie se lo impediría,
dejando que Cortés hiciera lo que considerara conveniente. Ellos venían a
ayudarles y favorecerles, por lo que no les convenía ser contumaces, rebeldes o
traidores. Lo que él quisiese hacer debía quedar bajo su responsabilidad, ya
que se trataba de un asunto entre dioses. Cada uno de ellos se entendería a su
manera; a ellos solo les convenía mantener su amistad para que sus gentes
vivieran seguras.
Al
escuchar un asunto tan difícil para los de la República, volvieron sus rostros
al cielo, expresando un gran dolor y sentimiento. Era un espectáculo de espanto
y lástima verlos llorosos. Algunos de ellos dijeron a sus Señores: “Díganle al
capitán por qué quiere quitarnos los dioses a los que hemos servido, junto con
nuestros antepasados, durante tanto tiempo. Sin necesidad de removerlos de sus
lugares sagrados, pueden colocar su Dios entre los nuestros, a quien también
serviremos y adoraremos. Le construiremos casas y templos por separado y le
daremos el respeto y el decoro que su deidad y santidad merecen, guardando sus
leyes y mandamientos como hemos hecho con los otros dioses que nos han traído
de otros lugares”.
A
estas palabras, que consideraron *torpes y sin fundamento*, los Señores y
Caciques respondieron que ya no había remedio para lo que pedían, y que debían
aceptar lo que el capitán quería, sin discutir más al respecto. Así, pronto se
hicieron silencio y comenzaron a ocultar secretamente muchos ídolos y estatuas.
Con el tiempo, se vio que muchos de ellos continuaban sirviendo y adorando a
esos ídolos en secreto. El demonio les aconsejaba que no desmayaran, ni se
dejaran engañar por los hombres advenedizos, lo que les decía en sueños y otras
visiones, sobre todo cuando consumían bebidas que les provocaban esas
experiencias.
Por
esta razón, muchos de ellos se mostraron endurecidos, rebeldes y obstinados en
su conversión. Así, en nuestros días, en el año de mil quinientos setenta y
seis, muchos ancianos principales pidieron el agua del bautismo, pues, por
vergüenza y empacho, no se habían atrevido a bautizarse. Habían permanecido
firmes y pertinaces en la adoración de sus ídolos. Sin embargo, al ver que toda
la gente de la tierra se convertía, se sintieron engañados. Por pura vergüenza,
siendo personas de rango, no se atrevían a acudir al santo bautismo.
A
pesar de que estaban casados por la Santa Madre Iglesia, llevaban nombres de
cristianos y confesaban y comulgaban cada año, no se atrevían a decir que no
estaban bautizados, hasta este año de 1576, a pesar de haber sido alcaldes y regidores
en la República. Esto que hemos presenciado fue un acto de la providencia
divina, pues, en los últimos días de sus vidas, pudieron reconocer el error en
el que habían estado y vivido, y recibieron el Santo Bautismo, falleciendo
católicamente en pocos días de este año.
Regresando
a nuestro asunto principal, estas y otras muchas cosas insensatas se decían y
hacían. En definitiva, Maxixcatzin, Xicotencatl y los demás Caciques y Señores
dijeron a Cortés que no reparara en nada, sino que llevara a cabo su intención
y que hiciera lo que le pareciese bien. Estaban decididos a creer en un solo
Dios y en Santa María, su Santísima Madre, y a guardar sus sagrados
mandamientos y divinos preceptos. Desde ese momento, rechazaban por completo su
ley de idolatría y engaño en la que habían vivido, y deseaban vivir eternamente
en esta nueva y santísima ley. Por lo tanto, solicitaban el agua del bautismo y
*querían ser bautizados*, pidiendo que se llevara a cabo de inmediato, sin
dilación, ya que el tiempo apremiaba.
Al ver
Cortés cuán favorable era la respuesta a lo que tanto anhelaba, no podía
contener su alegría, agradeciendo inmensamente a Nuestro Señor por tan grandes
beneficios y mercedes. Este fue el fundamento principal de su llegada y el
camino hacia todo su bien, tanto en esta vida como para alcanzar la gloria y
dejar en el mundo una inmortal fama. Con un gran y solemne regocijo, los cuatro
Señores de las cuatro cabeceras fueron bautizados por mano de Juan Díaz,
presbítero que venía como capellán de la armada.
Hecha
esta conversión pública y general en honor y gloria de Nuestro Señor y de su
benditísima Madre, la siempre Virgen María y Señora Nuestra, comenzaron a
bautizarse también muchos otros Señores y Caciques de la República. Tras esto,
se derribaron los ídolos y estatuas de los falsos dioses, y ante la presencia
de todos se profanaron y despreciaron, hasta que, día tras día, se fueron
destruyendo completamente. Así, el nombre de esos ídolos se perdió y la
abominable idolatría que había durado tantos siglos entre estas gentes llegó a
su fin.
Los
padrinos de los cuatro Señores fueron D. Fernando Cortés, Pedro Alvarado,
Andrés Tapia, Gonzalo de Sandoval y Cristóbal Olid. Xicotencatl tomó el nombre
de Vicente *y luego se llamó D. Vicente*; Maxixcatzin se llamó Lorenzo; y
Zitlalpopocatzin y Tlehuexolotzin también adoptaron nuevos nombres.
El día
de su bautismo y conversión se celebraron numerosas fiestas al estilo
castellano, con muchas luminarias por la noche y carreras de caballos, aunque
pocos llevaban cascabeles. Los indígenas, al ver y reconocer estas muestras de
alegría, organizaron grandes bailes y danzas llamadas Mitotes, conforme a su
antiguo uso y costumbre. Además, ofrecieron muchas comidas, dádivas y presentes
que incluían ropas, esclavos, joyas de oro y piedras preciosas a los españoles
aquel día. No me detendré a detallar los tipos y modos de las comidas, ni cómo
y de qué manera las servían, pues otros ya lo han escrito extensamente; aunque
ciertamente hay mucho que contar, solo mencionaré un curioso detalle.
Durante
el tiempo de los bautismos, se seguía esta orden: un día se bautizaba a los
varones, quienes recibían el nombre de Juanes; otro día se bautizaba a las
mujeres, que llevaban el nombre de Anas; un día más, a los varones se les daba
el nombre de Pedros, y en otro, el de Marías. Así, los nombres de los varones
se asignaban por días. Se les daba una pequeña cedulita en la que se anotaban
los nombres, para que no se olvidaran los bautizados de ese día. Esta costumbre
se mantuvo en la provincia de Tlaxcala durante muchos años, ya que se
necesitaba recordar los nombres, puesto que muchos se olvidaban y acudían a
consultar el Padrón del bautismo. De igual manera, yo he visto en otras
provincias de esta tierra que se llevaba a cabo la misma diligencia.
Capítulo
cinco
Que
trata de las grandes crueldades que hicieron los cholultecas, y de la
destrucción de Cholula.
Así,
tras haber completado Cortés un negocio tan heroico y arduo, con la conversión
a su orden y mano de los cuatro Caciques y cabeceras de Tlaxcala, comenzaron a
discutirse los asuntos relacionados con la conquista: cómo y de qué manera se
podría entrar y tomar la ciudad de México y conquistar las demás ciudades y
provincias, con el objetivo de que también conocieran a Dios y la verdadera luz
de nuestra Santa Fe. Se buscaba que fueran bautizados y se ofrecieran en paz
sin derramamiento de sangre ni muertes, y que, si no deseaban colaborar ni ser
amigos, se les castigara con severidad, vengándose de sus injurias, tal como se
había prometido. Desde ese momento, no se trató más que de hacer frente a los
Culhuas mexicanos, lo cual se llevó a cabo en breve para evitar que estos se
confederaran con los Tlaxcaltecas. Para prevenir malos pensamientos y otras
nuevas ocasiones y propósitos, Cortés se esforzó por no desatender a sus nuevos
amigos y confederados, utilizando siempre sus astucias como un astuto capitán
ante la buena ocasión que se le presentaba.
Así,
una vez que su gente estuvo lista, comenzaron a marchar, moviendo sus ejércitos
españoles y tlaxcaltecas con gran orden, contando con un número suficiente de
hombres y bastimentos para una empresa tan grande. Fueron capitaneados por
Piltecuhtli, Aexoxecatl, Tecpanecatl Cahuecahua, Cocomitecuhtli, Quauhtotohua,
Textlipitl y otros muchos más, cuyo número y variedad de nombres son tantos que
solo se mencionan a los más destacados, quienes siempre mostraron fidelidad a
Cortés hasta el final de su conquista.
La
primera entrada se realizó por la parte de Cholula, donde gobernaban y reinaban
dos señores llamados Tlaquiach y Ttalchiac. Aquellos que ocupaban este mando
eran conocidos con este nombre, que significa "el mayor de lo alto" y
"el mayor de lo bajo del suelo". Así, al entrar en la provincia de
Cholula, en breve tiempo fue destruida, en gran parte debido a las ocasiones
que los naturales de aquella ciudad propiciaron. La devastación de Cholula dejó
una gran cantidad de Cholultecas muertos, y la noticia corrió por toda la
tierra hasta llegar a México, donde generó un espanto horrible, especialmente
al entender que los Tlaxcaltecas se habían confederado con los dioses, a
quienes en toda esta tierra del Nuevo Mundo se referían de esa manera, sin
poder darles otro nombre.
Los
Cholultecas confiaban tanto en su ídolo Quetzalcohuatl que creían que no había
poder humano capaz de conquistarlos ni ofenderlos; antes bien, pensaban que
acabarían rápidamente con los españoles, ya que eran pocos. Además,
consideraban que los Tlaxcaltecas los habían llevado allí engañados para que
los destruyeran, confiando en su ídolo que, creían, los consumiría con rayos y
fuego del cielo y los ahogaría con aguas. Decían y proclamaban a grandes voces:
"Dejad llegar a estos advenedizos extranjeros, veamos qué poder tienen,
porque nuestro dios Quetzalcohuatl está aquí con nosotros y en un instante los
acabará... Dejad que lleguen esos miserables, gocemos de sus devaneos y
engaños, son locos en quienes confían esos sometidos, que no son más que
mujeres que se han rendido a ellos de miedo. Mirad a esos ruines Tlaxcaltecas,
cobardes y merecedores de castigo: como se ven vencidos por los mexicanos,
buscan a gentes advenedizas para su defensa. ¿Cómo os habéis cambiado en tan
breve tiempo y sometido a gente tan bárbara y desconocida? Decidnos de dónde
los habéis traído para vuestra venganza... miserables que habéis perdido la
fama inmortal que teníais como varones de clara sangre de los antiguos
Teochichimecas, pobladores de estas tierras inhóspitas. ¿Qué será de vosotros,
gente perdida? Pero aguardad, que muy pronto veréis el castigo de nuestro dios
Quetzalcohuatl sobre vosotros."
Decían
estas y otras cosas semejantes, convencidos de que efectivamente serían
abrasados por rayos de fuego que caerían del cielo sobre ellos. Además, creían
que de los templos de sus ídolos manarían ríos caudalosos de agua para
ahogarlos, tanto a los de Tlaxcala como a los nuestros. Esto causaba un gran
temor y espanto entre los Tlaxcaltecas, que temían que lo que decían los
Cholultecas pudiera hacerse realidad. Los pregoneros del templo de
Quetzalcohuatl proclamaban estas cosas, pero al ver que los españoles, que se
apellidaban a Santiago, comenzaban a quemar los templos de los ídolos y a
derribarlos con determinación, los Tlaxcaltecas se dieron cuenta de que no
ocurría nada de lo que se había profetizado: ni caían rayos ni salían ríos de
agua. Así, comprendieron que todo era una burla y comenzaron a recuperar el
ánimo.
Como
mencionamos anteriormente, hubo en esta ciudad una matanza y un estrago tan
grandes que son difíciles de imaginar. A partir de este momento, nuestros
amigos Tlaxcaltecas quedaron muy conscientes del valor de los españoles, y
desde entonces no consideraron acometer mayores acciones contra ellos. Todo
esto fue guiado por una orden divina, ya que era voluntad de Nuestro Señor que
esta tierra fuera conquistada y liberada del poder del demonio.
Antes
de que comenzara esta guerra, los mensajeros y embajadores de la ciudad de
Tlaxcala fueron enviados a los Cholultecas para solicitarles la paz. Les
hicieron saber que no venían en busca de ellos, sino de los de Culhua, los
Mexicanos, como se mencionó anteriormente. "Culhuaque" era el nombre
y apellido que se les daba porque provenían de Culhuacan, hacia el poniente, y
"Mexicanos" se refería a la ciudad de México, donde estaban
establecidos con supremo poder.
Los de
Tlaxcala y Cortés les enviaron un mensaje pidiendo que se unieran y ofrecieran
la paz, asegurándoles que no debían temer a los dioses blancos y barbudos,
quienes eran gente principal y noble que deseaba su amistad. Los instaban a
recibirlos como amigos, prometiendo un trato amable y que no les harían daño.
Por el contrario, si los Cholultecas los ofendían, debían saber que los
españoles eran un pueblo feroz, atrevido y valiente, que contaba con armas
superiores y fuertes de hierro blanco. Este comentario surgió del hecho de que
entre los Cholultecas no había hierro, solo cobre.
Los
mensajeros también mencionaron que los españoles traían disparos de fuego y
animales feroces, atados con sogas de hierro, así como armaduras de hierro.
Además, contaban con ballestas muy potentes, leones y onzas que atacaban a la
gente, refiriéndose en realidad a los perros lebreles y alanos que llevaban
consigo y que resultaron ser de gran utilidad. Con tales armas, los Cholultecas
no tendrían posibilidad de escapar o hacer frente a los españoles si decidían
enojarse, por lo que, según el consejo de los mensajeros, lo mejor era ofrecer
la paz y evitar mayores daños.
Sin
hacer caso de este buen consejo, los Cholultecas decidieron no rendirse y
prefirieron morir antes que entregarse. En lugar de ofrecer una respuesta
adecuada a los de Tlaxcala, desollaron vivo el rostro de Patlahuatzin, su
embajador, una persona de gran estima y valor. También le desollaron las manos
hasta los codos, cortándole las muñecas, de modo que las manos colgaban inerte.
Lo enviaron de esta forma, con gran crueldad, diciéndole: "Andad y volved,
y decid a los de Tlaxcala y a esos andrajosos hombres, o dioses, o lo que
fueran, que esto es lo que les damos por respuesta." El pobre embajador
regresó con gran pesar y dolor, lo cual causó un terrible espanto y tristeza en
la República, pues era uno de los hombres más valientes y hermosos de su
comunidad.
Ante
tal atrevimiento y vileza, que costó la vida a Patlahuatzin en servicio de su
patria, y que dejó una eterna fama entre los suyos, como lo refieren en sus
enigmas y cantares, los Tlaxcaltecas se indignaron. Consideraron una gran
afrenta lo sucedido, ya que nunca antes había ocurrido algo así en el mundo;
los embajadores eran siempre respetados y honrados por los reyes y señores
extranjeros que comunicaban con ellos sobre paz, guerra y otros acontecimientos
entre provincias y reinos.
Movidos
por esta indignación, se dirigieron a Cortés y le dijeron: "Señor muy
valeroso, en venganza de tan gran desvergüenza, maldad y atrevimiento, queremos
ir contigo a asolar y destruir aquella nación y su provincia. No debe quedar
con vida gente tan perniciosa, obstinada y endurecida en su maldad y tiranía,
pues merecen castigo eterno. No solo por esto, sino porque en lugar de
agradecernos nuestro buen comedimiento, nos han menospreciado y han querido
tenernos en poco por amor de ti."
El
valeroso Cortés les respondió con rostro severo, asegurándoles que no debían
preocuparse, ya que él prometía vengarles por tal agravio. Y así lo hizo; por
esta ofensa y otras traiciones, se dispuso a declararles una guerra muy cruel,
donde murió una gran muchedumbre de Cholultecas, como se verá en la crónica de
la conquista de esta tierra.
Los
Cholultecas creían que su ídolo Quetzalcohuatl, el más venerado de todos los
dioses en esta tierra, los salvaría de ser anegados. Consideraban el templo de
Cholula como un relicario sagrado y decían que, cuando se descostraba alguna
costra de lo encalado durante su época de gentilidad, brotaba agua de allí.
Para evitar que se inundaran, sacrificaban niños de dos o tres años, mezclando
su sangre con cal para hacer una especie de zulaque, que utilizaban para tapar
los manantiales y fuentes de agua.
Se
convencían de que, si enfrentaban problemas en la guerra contra los dioses
blancos y los Tlaxcaltecas, podrían descostrar y despostillar todo lo encalado,
haciendo brotar fuentes de agua que los inundarían. Sin embargo, a pesar de sus
esfuerzos, esto no les sirvió de nada, y quedaron muy burlados. La
desesperación los llevó a suicidarse, arrojándose desde el templo de
Quetzalcohuatl, una práctica que habían adoptado desde tiempos antiguos.
Consideraban que morir de esta manera era un símbolo de resistencia y rebeldía,
en contraste con otras naciones.
Así,
muchos de ellos encontraron la muerte de forma desesperada durante la guerra de
Cholula. Al finalizar el conflicto, comprendieron que el Dios de los hombres
blancos y sus poderosos hijos eran más efectivos y virtuosos.
Los
Tlaxcaltecas, nuestros amigos, viéndose en el mayor aprieto durante la guerra y
la matanza, clamaban al Apóstol Santiago, gritando a grandes voces:
"¡Santiago!". De ahí en adelante, cuando se encontraban en alguna
dificultad, continuaron invocando al Señor Santiago. Cortés les había dado un
consejo muy útil para evitar ser confundidos y morir entre los enemigos por
error, ya que sus armas y divisas eran casi idénticas. Dada la gran multitud de
ambos bandos, era esencial esta distinción; de no haber sido así, se habrían
matado entre ellos sin conocerse. Así que se colocaron guirnaldas de esparto en
la cabeza, lo que les permitía reconocerse y evitaba confusiones fatales.
Tras
la destrucción de Cholula y la muerte de tanta gente, nuestros ejércitos
avanzaron, sembrando el temor y el espanto a su paso. La noticia de tal
destrucción llegó rápidamente a toda la región, y las gentes, sorprendidas al
escuchar lo ocurrido, se preguntaban cómo los Cholultecas habían sido vencidos
y destruidos en tan poco tiempo, y por qué su ídolo Quetzalcohuatl no les había
ofrecido ayuda alguna. Ante esta situación, realizaron grandes sacrificios y
ofrendas, implorando que lo mismo no sucediera con ellos, llenando el aire de
llantos y lamentos que era lastimoso presenciar.
A
pesar de sus esfuerzos, estas acciones les sirvieron de poco. Sin embargo,
causaron un temor inmenso en toda la tierra, debilitando el ímpetu de las
comunidades vecinas, que no comprendían de dónde provenía tal castigo de los
dioses. Desde entonces, vivieron con cautela, esperando el desenlace de la
llegada de estos nuevos pueblos, y escondieron a sus hijos, mujeres y
pertenencias en lo más denso y oculto de la sierra.
Capítulo
seis
Que
trata de los sucesos que acaecieron a los nuestros desde que entraron en México
hasta que, rotos y desbaratados, volvieron a Tlaxcalla.
Después
de que nuestros españoles y los Tlaxcaltecas lograran una gran victoria y
tomaran Cholula, la cual quedó en pie por misericordia, continuaron su viaje
hacia México, adonde llegaron en pocos días. El capitán Cortés fue recibido
cordialmente por el gran Señor y Rey Moctezuma, así como por todos los señores
mexicanos. Dejo a otros el relato de esta famosa historia y prosigo con lo que
está en curso.
Mientras
se encontraba en la ciudad de México, Cortés disfrutaba de un triunfo sin
igual, al que ni capitán ni príncipe alguno del mundo podría aspirar. En el
apogeo de su fortuna, recibió una súbita y repentina noticia: la llegada de
Pánfilo de Narváez, enviado por Diego Velázquez, el gobernador de la Isla de
Cuba, para hacer frente a un gran daño que amenazaba sus intereses. Este giro
inesperado de los acontecimientos muestra la inestabilidad de la vida, donde,
sin previo aviso, un contratiempo puede arruinar los mayores placeres.
Cortés
partió de México hacia Cempoala, sin perder de vista lo que tanto le importaba.
No quiso dejar de lado una de las empresas más heroicas jamás emprendidas. Dejó
a Pedro de Alvarado en México y se despidió de Moctezuma y los demás caciques,
alegando que iba a castigar a ciertas bandas de ladrones y corsarios que habían
llegado a hacer daño a la tierra.
Con
este propósito, el valiente capitán se dirigió a Tlaxcala, donde fue muy bien
recibido. Al informar a sus leales amigos sobre su misión, le ofrecieron
refuerzos para que le acompañaran. Caminando a través de tierras pacíficas y
aliadas, llegó en poco tiempo a Cempoala, donde, con astucia, apresó a Pánfilo
de Narváez y le causó una herida en el ojo.
Con la
captura, Cortés logró atraer a toda la gente de la compañía de Narváez a su
lado, a través de dádivas y promesas. Este apoyo le resultó muy beneficioso, ya
que le permitió llevar a cabo la conquista de la tierra. Tras dejar en Cempoala
un grupo de confianza, volvió rápidamente a México, pues había recibido
noticias de que los mexicanos se habían rebelado contra los españoles.
Cuando
Cortés llegó a México, encontró a los suyos cercados y atrapados en las casas
de Moctezuma, enfrentando un gran aprieto. Al ver la situación, rogó a los
caciques mexicanos con insistencia, pidiéndoles que calmaran su enojo,
asegurándoles que había venido para ayudarlos y castigar a los soldados que los
habían ofendido. Les explicó que su intención era mantener una relación de
amistad y que sus hombres, inexpertos y recién llegados, habían cometido
errores, pero que él se encargaría de corregirlos.
Sin
embargo, sus palabras no tuvieron efecto. Ni siquiera cuando el mismo
Moctezuma, un día, subió a un terrado y, desde allí, les ordenó a sus súbditos
que calmaran su ira y no atacaran a los recién llegados, prometiéndoles que los
españoles querían irse y regresar a sus tierras. Pero los mexicanos, obstinados
en su rebeldía, se amotinaron contra su propio rey, llamándolo cobarde y
deshonrándolo con insultos. Lo acusaron de falta de valor y lo despreciaron
abiertamente. En medio de su furia, comenzaron a atacarlo con varas, flechas y
hondas, su arma más poderosa. Fue en ese momento cuando una pedrada lanzada con
una honda golpeó a Moctezuma en la cabeza, causándole la muerte.
Así
terminó la vida de este desdichado rey, quien había gobernado el Nuevo Mundo
con gran prudencia y autoridad, siendo uno de los señores más temidos,
reverenciados y adorados que jamás existieron en estas tierras. Con su muerte,
llegó el fin de los reyes mexicas y todo su poder, justo cuando su monarquía se
encontraba en su mayor esplendor. Esto nos recuerda que en las cosas de la vida
no debemos confiar, sino solo en Dios.
Muchos
de los conquistadores que conocí afirman que, en su lecho de muerte, Moctezuma
pidió el agua del bautismo y fue bautizado como cristiano, aunque hay
discrepancias sobre este hecho. Sin embargo, según testimonios de personas de
confianza, conquistadores que estuvieron entre los primeros en llegar a esta
tierra, Moctezuma murió bautizado como cristiano. Se dice que sus padrinos
fueron Hernán Cortés y Don Pedro de Alvarado.
El
nombre de Moctezuma, tomado literalmente, significa "Señor regalado".
En un sentido más profundo, significa "Señor sobre todos los
Señores", el más grande y temido de todos, un hombre severo y de gran
coraje, que se enojaba fácilmente por cualquier motivo.
Muerto
el desdichado rey, en quien los nuestros tenían puesta toda su esperanza, se
decidió organizar la salida de aquel cerco tan angustiante. Los alimentos
escaseaban, y las aguas que bebían, provenientes de pozos salobres y
malolientes que ellos mismos habían cavado, les causaban graves daños. Viendo
la inminente perdición y la desesperada situación en la que se encontraban,
acordaron salir antes de que perecieran tantos hombres oprimidos y sitiados.
Organizaron
sus tropas y escuadrones, y salieron una noche cuando todo estaba en silencio y
las guardias dormían profundamente. Comenzaron a marchar con el mayor sigilo
posible para no ser descubiertos. Avanzaron por la calle de Tacuba, en el mejor
orden que pudieron, pero finalmente fueron descubiertos por una anciana
vendedora. Esta mujer, que a aquella hora vendía comida a los caminantes y
forasteros, les dio la alarma. Estaba en el barrio de Ayotzapagres, donde más
tarde se construyeron las casas de Juan Cano, y frente a las que edificó Ortuño
de Ibarra, yerno de Moctezuma. Hoy en día, esas casas pertenecen a Hernando de
Rivadeneyra, quien las heredó de Juan de Espinosa Salado.
Esa
anciana, que bien podría haber sido el mismo demonio, comenzó a gritar a
grandes voces: “¡Eh, mexicanos! ¿Qué hacéis? ¿Cómo podéis dormir tanto mientras
vuestros dioses se escapan? ¡Despertad, hombres descuidados! No dejéis que se
vayan, matadlos y acabad con ellos antes de que se reorganicen y vuelvan
armados contra vuestra ciudad.”
Ante
los gritos de la vieja, la ciudad entera se puso en pie de guerra. Los
mexicanos salieron en un gran alboroto, llenos de furia e ira, y en un instante
las plazas, calles y azoteas se llenaron de gente. Era un caos tan espantoso
que parecía que el mundo llegaba a su fin. La confusión y la oscuridad de la
noche hicieron que incluso los propios mexicanos se atacaran entre sí.
Pronto
cayeron sobre los nuestros con tal violencia, ímpetu y furia que parecían
leones hambrientos. Los españoles, por su parte, intentaban defenderse lo mejor
que podían en medio de una de las batallas más sangrientas jamás vistas. La
lucha se llevó a cabo entre acequias, lagunas, ciénagas y puentes destruidos,
lo que hizo el combate aún más desesperado. Los nuestros, pocos en número y en
gran desventaja, enfrentaban a un enemigo innumerable. Aun así, intentaron
encontrar fuerza en su debilidad, luchando con todas sus fuerzas para escapar
del peligro.
La
salida no pudo lograrse sin un gran costo. En la refriega murieron más de
cuatrocientos cincuenta españoles y un sinnúmero de aliados tlaxcaltecas,
aunque algunos dicen que fueron cuatro mil. Sin embargo, los mexicanos también
sufrieron grandes pérdidas, ya que los españoles lucharon con fiereza. Las
acequias, calles y los pasos donde los puentes estaban rotos quedaron llenos de
cuerpos muertos, y las ciénagas y lagunas se tiñeron de sangre.
En
medio de la derrota y desbandada de los nuestros, continuaron su viaje hasta
llegar al paso donde Alvarado realizó aquel heroico y temerario salto, una
hazaña tan grande e increíble que merece ser contada. El sol ya estaba alto cuando
los indígenas, al presenciar tal proeza, quedaron asombrados. De inmediato, se
lanzaron al suelo, postrados en señal de reverencia ante tan extraordinario y
raro acto, algo que jamás habían visto en otro hombre. Adoraron al Sol mientras
comían puñados de tierra y arrancaban hierbas del campo, exclamando a viva voz:
«¡Este hombre es, sin duda, hijo del Sol!».
Este
ritual de comer tierra y arrancar hierbas era una superstición muy común entre
los naturales cuando ocurría algo digno de admiración o cuando, con fervor,
pedían ayuda a sus dioses. Así, postrados en el suelo, mordieron la tierra y la
tomaron a puñados, mientras ofrecían las hierbas arrancadas a sus ídolos,
levantando la vista al cielo y diciendo:
«¡Oh,
dioses altísimos y poderosos, que habitáis en los nueve cielos, hasta el más
alto y supremo, donde se encuentra aquel que es sobre todos, al que llamamos
Tloque Nahuaque, el que es acompañado por todos los demás dioses! A vosotros
nos encomendamos para que nos socorráis y no nos abandonéis en nuestros
trabajos, peligros y angustias, pues tenéis poder sobre todos los hombres.
También invocamos a ti, claro y resplandeciente Sol Nauhollin, y a ti, Luna,
hermosa y brillante compañera del Sol, así como a las estrellas del cielo y a
los vientos del día y de la noche, para que con vuestra ayuda podamos superar
los grandes peligros de esta guerra, que tan injustamente se nos ha impuesto».
Damos
a conocer esta información a partir de ciertas averiguaciones realizadas en la
ciudad de Tlaxcala, como parte de una probanza que los herederos de D. Pedro de
Alvarado llevaron a cabo para destacar los méritos de su padre, quien estuvo
acompañado por famosos capitanes durante la guerra. Uno de ellos fue D. Antonio
Calmecahua, destacado capitán bajo el mando de Maxixcatzin, quien acompañó a
Cortés en todas las batallas. Hoy, se dice que tiene 130 años, aún conserva
gran fortaleza física y mental, y da claras respuestas a todo lo que se le
pregunta. A pesar de estar sordo, relata con precisión los hechos de la llegada
de Cortés y de otros capitanes, y se considera afortunado por haber sido
bautizado y convertirse al cristianismo. Lamenta el tiempo en que fue idólatra,
arrepentido del engaño en el que vivieron él y sus antepasados.
Otro
capitán destacado es Antonio Temazahuitzin, originario de Hueyotlipan, en la
misma provincia, a quien se atribuye haber salvado a Cortés de un gran peligro.
En medio de una batalla, Cortés cayó en una ciénaga y fue capturado por los
mexicas, quienes intentaban sacrificarlo a sus dioses. Temazahuitzin, al llegar
con su escuadrón, logró sacarlo del pantano y evitar su sacrificio. Poco
después, Cristóbal de Olea y otros capitanes llegaron en su ayuda, pero Olea
fue asesinado por los indígenas. Francisco de Otea, fiel criado de Cortés,
defendió a su señor cortando las manos de los enemigos con una cuchillada.
Luego, Antonio de Quiñones, otro español, sujetó a Cortés por el brazo y lo
liberó de entre sus captores. En medio de la batalla, un jinete abrió paso
entre la multitud, aunque también fue abatido. Finalmente, Cortés montó el
caballo que le trajeron y, reuniendo a sus hombres, logró escapar de aquel
grave peligro.
En esa
retirada, se perdió una gran cantidad de riqueza en oro y piedras preciosas, parte
del tesoro de Moctheuzomatzin. Tras su muerte, Cortés ordenó que la mayor parte
del oro fuera fundida, ya que, en su forma original, como joyas y ornamentos,
ocupaba mucho espacio. Brazaletes, patenas, bezotes y orejeras fueron
convertidos en barras y ladrillos, mientras que los tejos y barras que ya
existían sumaban una considerable fortuna. Al momento de salir de las casas de
Moctheuzoma, Cortés confió la mayor parte de este tesoro a sus aliados
tlaxcaltecas, aunque, como se ha dicho, se perdió y apenas se pudo recuperar
algo.
Estas
palabras provienen del capitán D. Antonio Calmecahua, quien fue uno de los
encargados de proteger el tesoro de Moctheuzoma. En su defensa, murió junto con
muchos de nuestros españoles. Retomando el relato, D. Pedro de Alvarado, tras
cruzar el puente con la retaguardia herida y diezmada, siguió adelante como
pudo, junto con su gente y los tlaxcaltecas, hacia el pueblo de Tlacopan
(actual Tacuba), Teocalhincan y Tzacuyocan, donde hoy se encuentra la ermita de
Nuestra Señora de los Remedios. En su camino, luchaban constantemente contra
los enemigos, avanzando con gran valentía. Fue en ese lugar donde se instauró
la devoción a Nuestra Señora de los Remedios, que sigue viva hasta nuestros
días, atrayendo a muchas personas con profunda devoción.
Cuando
los nuestros llegaron a este punto, encontraron cierto alivio al estar ya fuera
de las lagunas, ciénagas y otros peligros de México. Los tlaxcaltecas los
habían guiado rodeando las colinas y lagunas que se extienden fuera de la Laguna
Mexicana, avanzando hacia el norte, a una distancia de diecinueve leguas de la
ciudad de México, en dirección a la provincia de Tlaxcala, que ya consideraban
su patria, refugio y única defensa para los pocos cristianos que quedaban.
Al
llegar a los campos y llanos de Otompan, también conocidos como los Llanos de
Aztaquemecan, fueron sorprendidos por numerosos escuadrones de guerreros en
perfecta formación, provenientes de la provincia de Texcoco. Estos guerreros,
conocidos como los Acolhuas del reino de Acolhuacan, descendían de
Netzahualpiltzintli, un célebre caudillo y origen de los reyes de Texcoco, como
detallamos en los primeros capítulos de nuestra historia. Esta gente puso en un
grave aprieto a los nuestros, que venían agotados, malheridos y diezmados. Ante
tal situación, les fue indispensable reunirse, organizarse y tomar un consejo
de guerra. Decidieron marchar en orden, sin que nadie rompiera las filas, a fin
de evitar más bajas. El objetivo era llegar a Tlaxcala sin enfrentamientos, si
era posible, para no perder más hombres.
Sin
embargo, no les quedó otra opción que romper las líneas enemigas y enfrentar a
los ejércitos de los Acolhuas, combatiendo con tanta determinación como si no
hubieran sufrido las penurias anteriores. La batalla fue feroz y cruel, y
pronto los campos se llenaron de cuerpos y sangre, en un espectáculo casi
increíble. Los nuestros comprendieron que la victoria había sido un milagro de
Dios, pues a menudo parecían estar perdiendo terreno ante las continuas oleadas
de refuerzos que recibían los Acolhuas. A pesar de todo, nuestros hombres
resistieron con dificultad y con escasas esperanzas de escapar de entre tantos
enemigos, obstinados y feroces en su crueldad.
Viendo
Hernán Cortés que él y sus hombres se encontraban en grave peligro de perderlo
todo, y ante el desánimo que comenzaba a apoderarse de sus tropas, decidió
abrirse paso a la fuerza. Con una lanza en la mano, se lanzó contra un
escuadrón enemigo, abatiendo y atravesando a cuantos encontraba a su paso,
sembrando el terror entre sus adversarios. Tal fue su habilidad y arrojo, que,
con la ayuda de Dios y de la Santísima Virgen, logró alcanzar al general del
ejército enemigo. Cortés lo derribó con su caballo, le asestó varias lanzadas y
lo mató, arrebatándole la divisa que portaba, llamada *Tlahuizuntlazopilli*,
una pieza de oro adornada con rica plumería. Este trofeo, considerado una de
las hazañas más notables que había conseguido, lo mandó guardar con gran
estima. Más tarde, se lo ofreció a su amigo Maxixcatzin, señor de Tlaxcala,
como símbolo de su victoria lograda con la lanza.
Tras
la caída de este general, cuyo verdadero nombre era Cihuacatzin, capitán de
Teotihuacan y natural del barrio de Teacalco junto a Aztaquemecan, el liderazgo
enemigo se vio desarticulado. En esa misma batalla, Cortés también hirió a otro
noble llamado Tochtlahuatzal, aunque este sobrevivió y vivió muchos años más.
En estos enfrentamientos, destacó la presencia de María de Estrada, quien
combatió a caballo con una lanza, mostrando un valor y destreza comparables a
los de los más intrépidos guerreros, como ya hemos mencionado anteriormente.
Los
otompanecas intentaron justificar su intervención en la batalla contra los
españoles diciendo que la confrontación no fue planeada ni motivada por el
deseo de destruir a los recién llegados. Afirmaron que, por coincidencia,
estaban celebrando unas festividades anuales en las que acostumbraban hacer
demostraciones de guerra y alarde de sus habilidades, y que fue durante estas
festividades que se toparon con los españoles, que venían heridos y
desorganizados desde México. Según ellos, aprovecharon la oportunidad para
atacarlos sin haber sido incitados por los mexicanos. Sin embargo, esta
explicación se considera un pretexto falso.
Finalmente,
el campo enemigo fue derrotado y sus fuerzas se desmoronaron, lo que permitió a
los españoles continuar su marcha sin más impedimentos. Aunque algunos
capitanes derrotados intentaron obstaculizar su paso, la resistencia no fue lo
suficientemente fuerte como para detener el avance de los españoles.
En
este mismo lugar, los indígenas afirmaron haber visto a un jinete sobre un
caballo blanco que no pertenecía a la compañía de los conquistadores, quien les
infligía tanto daño que no podían defenderse ni enfrentarlo. En conmemoración
de este supuesto milagro, los locales erigieron una ermita en honor al Apóstol
Santiago, en un pequeño pueblo de la región de Otompan llamado Tenexalco.
Muchos
conquistadores afirmaron que el caballo con el que Hernán Cortés participó en
este encuentro no era más que un rocín de arria, un animal torpe que solía
cargar el equipaje. Al no disponer de otro caballo, Cortés hizo ensillar este,
y fue con él que, por la gracia de Dios, logró realizar tantas proezas en la
batalla. Increíblemente, este caballo, flaco y cansado, atacaba a los enemigos
con coces y golpes, infundiendo tanto miedo que nadie osaba acercarse. Este
caballo fue utilizado en la conquista de México, pero en la última batalla fue
abatido, cuando un hombre llamado Olea le ofreció su propio caballo, tal como
ya se ha mencionado.
Tras
haber superado aquel trance peligroso y otros eventos desafortunados, los
nuestros continuaron su marcha a través de los llanos de Apam, Temalacatillan y
Almoloyan, siempre combatiendo y defendiendo sus posiciones contra los enemigos
que, en cada paso y en cada pueblo de los Aculhuacanenses, se lanzaban a su
encuentro. Finalmente, llegaron a Hueyotlipan, un lugar bajo la jurisdicción de
Tlaxcala, donde fueron recibidos con gran entusiasmo y generosidad, como si estuvieran
en su propia patria. Allí les proporcionaron todo lo necesario para recuperarse
y continuar su camino.
Capítulo
séptimo
Que
trata del recibimiento que tuvo Hernando Cortés en Tlaxcalla, y de cómo se
decidió dar cruda guerra a los mexicanos.
Al
enterarse de la derrota y el descalabro sufrido, un gran número de hombres de
Tlaxcala, enviados por los cuatro señores de la ciudad, acudieron en ayuda y
defensa de los suyos, destacando la figura de Maxixcatzin, quien fue el más
afectado por el trato que habían recibido sus aliados y por la muerte de
Moctheuzomatzin. Más de doscientos mil hombres se movilizaron para socorrer al
capitán Cortés en Hueyotlipan. Aunque no llegaron a tiempo, su presencia
resultó determinante para desbandar a los enemigos y recuperar el terreno perdido,
lo que sorprendió a los Aculhuacanenses y Mexicanos. La rápida concentración de
tal fuerza en apoyo a los extranjeros generó en ellos inquietud, llevándolos a
especular sobre las razones de esta inusitada alianza. Esta noticia,
desbordante y aterradora, se propagó por todo el reino Mexica, sembrando dudas
sobre la venganza que eventualmente se les aplicaría por su atrevimiento.
Una
vez que nuestros hombres se sintieron libres y descansados, a instancias de
Maxixcatzin, decidieron salir de Hueyotlipan hacia Tlaxcala, situada a cuatro
leguas de distancia. Los heridos que no podían caminar ni a caballo eran
transportados en hombros y hamacas, con gran amor y cuidado. Mientras avanzaban
por el camino y entraban a la ciudad, la gente salió a verlos, y al observar su
estado lamentable, les manifestaron su compasión. Desde sus casas y techos, las
mujeres clamaban, entre lágrimas: "¿Quién les engañó para que fueran a
México, desdichados, a involucrarse entre tantos malvados y crueles traidores?
¡Pobres de ustedes, que así los han tratado! Bienvenidos a sus hogares y
tierras. No se aflijan, descansen y no tengan miedo de esa gente
traidora".
Con
estas y otras palabras tiernas, los recibían y consolaban. Continuando su
camino, llegaron a los palacios y casas de Maxixcatzin, en el barrio y cabecera
de Ocotelulco, donde fueron alojados con gran aplauso. Allí permanecieron
algunos días, hasta que Nuestro Señor les otorgó la sanación de los enfermos y
la recuperación de fuerzas.
Durante
este tiempo, llegaron embajadores mexicanos en representación de su República,
trayendo grandes propuestas y promesas a los cuatro señores de Tlaxcala. Les
instaban a unirse contra los españoles y exterminarlos, en lugar de aceptar su
amistad. Entre ellos, Axayacatzin Xicotencatl, hijo mayor de Xicotencatl el
Viejo y nuevo gobernante de su cabecera, se mostró favorable a la propuesta de
acabar con los españoles. Sin embargo, Maxixcatzin, con un enfoque opuesto, se
enfureció al escuchar la intención de Axayacatzin y lo reprendió con gran
vehemencia. Le lanzó injurias, llamándolo cobarde y afeminado, y lo empujó por
las gradas, un acto que fue valorado por muchos, pues se esperaba que otros
jóvenes no se atrevieran a seguir la errada opinión de Xicotencatl.
Reconociendo
la gravedad del momento y la guerra en curso contra los mexicanos, que eran
conocidos por su deslealtad, no se les concedió crédito ni se aceptó su
propuesta. La mayoría del pueblo de Tlaxcala respaldó a Maxixcatzin, y
Axayacatzin, por su traición, fue ajusticiado; Cortés, con el consentimiento de
la República de Tlaxcala, ordenó su ahorcamiento en Tetzcuco, en medio del
conflicto con México, como se mencionó anteriormente.
Después
de haber atravesado Cortés una serie de duras pruebas y cambios de fortuna, y
con el deseo de concluir su misión y convertirse en señor de todo este Nuevo
Mundo, un día, preocupado, convocó a sus amigos, los cuatro señores de las
diferentes cabeceras de Tlaxcala. Les propuso su intención de conquistar la
ciudad de México, destruirla y tomarla con fuego y sangre, ya que se sentía
profundamente ofendido por el reino de Culhua. Para llevar a cabo tal empresa,
solicitó su apoyo y colaboración, buscando venganza contra un pueblo que
consideraba falso y traidor.
Cortés
explicó que necesitaba enviar mensajeros a buscar a sus hombres en
Cempohuallan, quienes eran la parte más fuerte y guerrera de su ejército, pues
los había dejado allí para proteger su retaguardia. Resaltó que esta gente era
muy valiente y decidida, y que, con su llegada, podría reformar su campo y
marchar contra los mexicanos de Tenochtitlan, que significa "lugar o
barrio de la tuna de piedra". Esta denominación, según diversas
interpretaciones, se refiere a la aparición de un tunal que nació sobre una
peña, sin tierra fértil, lo que se consideró un hecho sobrenatural. Algunos
afirman que este tunal creció en el Gran Cu, el templo mayor de los ídolos en
la ciudad, y que la trufa que producía, llamada Nochtli, fue nombrada
"tuna" por los españoles, siguiendo la tradición de los nativos de Cuba
y Santo Domingo.
El
hecho inaudito de que una planta naciera sobre un peñasco seco, sin humedad ni
tierra, fue considerado por los naturales de esta región como un fenómeno
admirable. Por esta razón, desde entonces comenzaron a llamar a la ciudad de
México por el nombre de Tenuchtitlan, y lo hicieron con mayor distinción al
referirse a ella como México Tenuchtitlan. Este suceso fue interpretado como un
augurio de que la población de México sería eterna y perdurable, ya que los
frutales podían arraigarse en rocas duras, y, con más razón, los hombres
podrían establecerse y permanecer allí para siempre.
Otros
relatos sugieren que México originalmente se llamaba Quauhnochtitlan, que
significa "el tunal del águila", porque antiguamente un águila solía
posarse sobre este tunal y desde allí cazaba a las aves que eran criadas por
los señores de México en su casa de aves. Con el tiempo, el nombre
Quauhnochtitlan se perdió y fue reemplazado por Tenuchtitlan, que se fue
corrompiendo en el lenguaje hasta convertirse en Tenochtitlan.
Además,
se dice que el nombre Tenuchtitlan se deriva del tunal que nació en el lugar,
que no era de las tunas comestibles, sino de una variedad salvaje conocida como
Tenuchtli, que, debido a su dureza, eran consideradas desagradables. Por lo
tanto, se interpretó que México Tenochtitlan significa "el lugar de las
tunas duras y desagradables".
También
hay quienes afirman que el tunal era, en realidad, un cardo de un árbol
conocido como pitahoria, que también lleva este nombre en las Islas de Cuba y
Santo Domingo. En este caso, los naturales de esta tierra lo llamaban
Teonochtli, o "Tuna de Dios". Finalmente, se sugiere que el nombre
Tenochtitlan fue asignado a la ciudad porque nació en el lugar del templo,
sobre aquella peña donde los naturales realizaban sus sacrificios idolátricos.
De esta manera, como se mencionó anteriormente, la Ciudad de México adquirió su
nombre en honor al dios Mexi.
Centrando
nuestra atención en el propósito principal, Hernando Cortés continuó su
razonamiento sobre la necesidad de emprender una campaña contra los Mexicanos
para destruirlos. Explicó que requería ayuda para traer municiones, armas,
pólvora y otros pertrechos de guerra de Cempohuallan y del puerto. Cortés
estaba profundamente ofendido y enojado con los Culhuas Mexicanos por su
desvergonzada traición y su atrevimiento, lo que consideraba inaceptable.
Resaltó que no podía dejar sin castigo tan grande maldad, ya que los Mexicanos,
confiados en su amistad, habían demostrado ser traidores y enemigos mortales.
Para vengar su maldad, Cortés prometió a los Tlaxcaltecas que les haría guerra
como a enemigos capitales, algo que se demostraría a medida que avanzara la
campaña.
Al
finalizar su discurso, Cortés hizo un llamado a los Tlaxcaltecas, rogándoles
que lo ayudaran en todo lo que se necesitara, especialmente en esta justa
causa, que era también de su propio interés. Les aseguró que no les faltaría en
nada.
Tras
esta plática, Hernando Cortés les prometió que, con la ayuda de Dios,
obtendrían la victoria y que compartirían en todos los despojos y riquezas
conquistadas, especialmente en lo que respectaba a la ciudad de Cholula y las
provincias de Huexotzinco y Tepeyacac. Los Tlaxcaltecas, leales y fieles,
decidieron apoyarlo en la conquista del Nuevo Mundo con gran fervor y determinación,
mostrando un compromiso de seguirlo hasta la muerte o hasta lograr vencer a sus
propios naturales. Este esfuerzo se consideró más como una obra de Dios que de
simples mortales.
Cortés
les comunicó también que tenía reservada a esta gente, tan incógnita y
apartada, para la exaltación de su Santa Fe Católica. Una vez concluido su
discurso, los cuatro Señores, cabezas de las cuatro parcialidades de Tlaxcala,
respondieron de inmediato. Aceptaron todas sus peticiones y reafirmaron su leal
amistad, sin plantear objeción alguna. Así, le ofrecieron todo lo necesario, y
enviaron un número de hombres hacia Cempohuallan, incluyendo capitanes expertos
de la región, bien versados en las artes de la guerra, para que pudieran traer
las municiones y suministros requeridos para la campaña contra México. Esta
acción fue considerada uno de los más loables servicios que los Tlaxcaltecas
prestaron a la Real Corona de Castilla y a Hernando Cortés.
Con
esta jornada concluida con tanta disposición y rapidez, y después de resolver
todos los asuntos pendientes, Cortés convocó una consulta de guerra para
deliberar sobre las estrategias a seguir para conquistar México. En esta
reunión fueron convocados los cuatro Señores de las cuatro cabeceras:
Maxixcatzin, Xicotencatl, Citlalpopocatzin y Tlehuexolotzin, así como otros
numerosos Caciques, Señores principales y renombrados capitanes de la
República. Después de exponerles su determinación de asaltar y destruir la
ciudad de México, Cortés destacó la necesidad de construir bergantines para
poder llevar a cabo la guerra tanto por agua como por tierra.
Así,
se construyeron trece bergantines en el barrio de Atempa, junto a una ermita
dedicada a San Buenaventura. Martín López fue el encargado de su construcción,
con la ayuda de N. Gómez. Una vez terminados, se pusieron a prueba en el río
Tlaxcala Zahuapan. Tras las pruebas, se desarmaron y se transportaron a
cuestas, sobre los hombros de los Tlaxcaltecas, hacia la ciudad de Tetzcuco,
donde se botaron a la laguna y se armados con artillería y munición. Más de
diez mil hombres de guerra, junto con sus maestros, se encargaron de la
protección de estos bergantines hasta que fueron armados en las aguas de la
laguna de México, lo que resultó ser un elemento crucial para la conquista de
la ciudad.
Cortés
reunió a los Tlaxcaltecas para informarles sobre esta preparación y enfatizó
que no quería emprender ninguna acción sin su consentimiento. Como verdaderos
amigos, deseaba comunicarles sus planes antes de iniciar un negocio de tal
magnitud, consciente del peligro y el sangriento combate que enfrentaría con
los Culhuas Mexicanos. Por un lado, le causaba pena y lástima recordar su
situación, pero por otro, la ignominiosa traición que habían sufrido a manos de
ellos, quienes habían matado a sus hombres sin compasión, le motivaba a buscar
venganza.
Cortés
expresó que sus soldados estaban ansiosos por enfrentarse a los Mexicanos,
deseosos de cobrar la venganza por el atroz delito cometido contra ellos. A
pesar de la fortaleza de México, no la consideraba un obstáculo insuperable;
tenía la firme creencia de que ganarla y someterla sería un asunto de poco
tiempo. El valor y la determinación de sus hombres, comparables a leones y
tigres feroces, estaban listos para acabar con sus enemigos.
Con un
espíritu piadoso y buscando evitar grandes pérdidas, Cortés manifestó su deseo
de conducir la guerra con moderación y disciplina. No quería que se cometieran
actos de crueldad y, al mismo tiempo, buscaba iniciar la contienda con su
apoyo, llevando a cabo la jornada con la mayor templanza posible. Su objetivo
no era matar ni cobrar enemigos, sino ganar amigos y ofrecer una nueva ley y
doctrina en nombre del gran Señor, el Emperador, quien lo había enviado.
Tras
pronunciar estas palabras y otras que consideró oportunas para la ocasión, los
naturales de Tlaxcala, representados por los cuatro Señores de las cabeceras o
parcialidades, respondieron de manera resuelta que la guerra debía comenzar
según lo considerara mejor Hernando Cortés. Se comprometieron a ayudarlo,
asegurando que lo seguirían en la contienda, atribuyéndose a sí mismos la
gloria de la decisión y la organización para la guerra.
Cortés,
con el mayor fervor, les expuso el plan y la importancia de la guerra, logrando
que cada uno diera su opinión, algunas en contra y otras a favor. Finalmente,
los Señores de Tlaxcala y sus capitanes acordaron que, antes que nada, debían
conquistar la provincia de Tepeyacac y sus alrededores, así como las otras
provincias sometidas a los Mexicanos. Argumentaron que al hacer esto, cortarían
las raíces del árbol, debilitando a la ciudad de México, que quedaría aislada y
sin posibilidad de recibir socorro. Esta estrategia permitiría conquistar sin
un gran riesgo de perder muchas vidas.
Tomar
México significaría que el resto de las provincias se someterían con mayor
facilidad. En cambio, si no se realizaba esta acción, la resistencia mexicana
podría prolongar la guerra y causar muchas bajas, ya que los vasallos acudirían
en defensa de su Rey y su República. Así, los Tlaxcaltecas afirmaron que esta
estrategia había sido propuesta por ellos, destacando el heroísmo y la
sagacidad de su plan.
Con
este acuerdo, se inició la guerra, conquistando y sometiendo todo el reino,
especialmente las áreas circundantes a México, desde donde se sospechaba que
podrían llegar refuerzos. A través de esta estrategia, se logró la conquista y
pacificación de toda la región, lo cual se celebró como un gran triunfo a la
gloria de Dios. Esta narrativa es relatada de manera elocuente por los
escritores que abordan la conquista de México, destacando la importancia de
estas decisiones estratégicas.
Capítulo
octavo
Que
trata de la introducción del Sagrado Evangelio y de las dificultades que para
ello obo.
Tras
haber conquistado la ciudad de México y pacificado gran parte de la Nueva
España, como se ha mencionado, llegaron de España en 1524 los doce frailes de
la orden de San Francisco, lo que llenó de gozo y satisfacción a Fernando
Cortés. Este los recibió con gran veneración y respeto, lo que se convirtió en
uno de los mayores ejemplos de su nobleza y valor, dejando una huella
imborrable en la historia de la tierra. Su memoria perdurará hasta el final del
mundo, ya que, humillado y de rodillas, besó las manos del Reverendo Padre Fray
Martín Valencia, custodio de los frailes. Este acto de devoción y humildad fue
un gesto heroico que impulsó a los nativos a acercarse a la conversión a
nuestra Santa Fe, como sucedió posteriormente. De este modo, la devoción con la
que estos santos varones fueron recibidos hizo que los indígenas valoraran a
los sacerdotes y servidores de Dios, especialmente a los maestros de doctrina
de San Francisco.
Con la
llegada de estos benditos padres, comenzaron a trabajar en la conversión
general de los nativos y a organizar la erradicación de la idolatría sin causar
escándalo ni alboroto. Siguiendo este noble propósito, empezaron a derribar los
ídolos de los templos, mostrando un celo edificante por extirpar y desarraigar
los ritos infernales que prevalecían entre la gente. Quemaron horrendos
simulacros, arrojándolos al suelo sin que nadie se atreviera a impedírselo.
En
esta sublime labor, comenzaron a predicar el sagrado evangelio y la doctrina de
Nuestro Dios y Salvador Jesucristo, con la ayuda de muchos niños hijos de
caciques y señores que fueron instruidos en los fundamentos de nuestra Santa Fe
Católica. Su trabajo dejó una profunda impresión en esta nueva tierra. A medida
que avanzaban, comenzaron a alejar a los nativos de las muchas mujeres que
tenían y de otros ritos de idolatría y supersticiones, incluyendo sacrificios
horrendos y crueles que implicaban sangre humana ofrecida al demonio.
Les
prohibieron usar orejeras ni bezotes, y establecieron que los hombres no debían
tener más de una esposa y las mujeres más de un marido. Esto debía hacerse bajo
la autoridad de Nuestra Santa Madre Iglesia y con el consentimiento de los ministros
de Dios. Asimismo, se les pidió que abandonaran los bragueros y usaran
zaragüelles y camisas, consideradas vestimentas más honorables, en lugar de
andar desnudos como solían hacer.
Sin
embargo, algunos caciques y líderes se mostraron rebeldes y pertinaces. A pesar
de haberse bautizado, volvieron a sus antiguas idolatrías y costumbres. Por
esta razón, Hernán Cortés, con el consentimiento de la Señoría de Tlaxcala,
ordenó que fueran ahorcados aquellos que persistieron en sus viejas prácticas.
Solo
diremos que, tras haber arraigado y extendido la fe, *a medida que se propagaba
la ley evangélica*, Don Gonzalo Tecpanecatl Tecuhtli, señor de la cabecera de
Tepeticpac, guardaba escondidas en su casa las cenizas de Camaxtli, un ídolo
muy venerado entre los nativos de esta provincia. Estas cenizas estaban ocultas
en un oratorio, y él pasaba gran inquietud y desasosiego por esta carga. Sufría
numerosas alteraciones, desgracias y calamidades en sus haciendas, ya que el
demonio lo atormentaba. No se atrevía a confesar a nadie el mal que tenía
escondido en su casa, temiendo por su reputación y por ser considerado un mal
cristiano.
Sin
embargo, durante una Semana Santa, conforme a lo que prescribe la tradición, se
confesó con Fray Diego de Orarte, un religioso de la Orden de San Francisco. En
el transcurso de su confesión, reveló a este santo varón que tenía en su casa
las cenizas del ídolo Camaxtli. Explicó que había ocultado esta información por
temor a ser juzgado, pero que ahora, al conocer a Dios y comprender el engaño
en el que había vivido, se sentía obligado a confesarlo. Aseguró que estaba
dispuesto a obedecer cualquier mandato sobre aquellas reliquias de su
idolatría.
El
buen religioso le ordenó que trajera las cenizas, advirtiéndole que no podría
absolverlo hasta que las entregara, ya que de otro modo no podría *absolverlo
ni bendecirlo con su agua352*. Así fue como Don Gonzalo Tecpanecatl Tecuhtli
llevó las cenizas del ídolo Camaxtli y se las entregó. Luego, el padre Olarte
las quemó en su presencia, arrojándolas al suelo con gran desprecio. A
continuación, predicó al señor Gonzalo con fervorosas exhortaciones, quien
sintió un profundo dolor y arrepentimiento, llorando por sus culpas y pecados.
Así,
durante la semana del Jueves Santo, mientras se disciplinaba ante una imagen de
Nuestra Señora, entregó su alma a Dios Nuestro Señor, después de haberse
confesado y comulgado. Lo encontraron muerto y de rodillas ante la imagen de
Nuestra Señora, en el hospital de la Anunciación. De este modo, dejamos
consignado el destino de las cenizas del ídolo Camaxtli, como prometimos.
Con el
tiempo, las cenizas de este ídolo se desbarataron y se desprendieron de las
envolturas que las contenían. En un pequeño cofrecillo de madera, se hallaron
en las cenizas unos cabellos rubios, ya que los ancianos afirmaban que el ídolo
había representado a un hombre blanco y rubio. Además, encontraron entre las
cenizas una piedra esmeralda, que solían colocar a los hombres ilustres en
medio de sus cenizas, elaboradas con la sangre de niños sacrificados para este
propósito. Se decía que esas piedras eran el corazón de los hombres valientes.
A
partir de ese momento, reinó la paz en las casas y haciendas de los herederos
de Don Gonzalo. Sin embargo, este episodio no fue el único digno de mención, ya
que ocurrieron otros acontecimientos significativos.
Fray
Jerónimo de Mendieta, un fraile de la Orden de San Francisco, ha escrito
extensamente sobre los sucesos relacionados con la conversión de los nativos de
esta tierra. En este contexto, encontramos la ocasión de abordar algunas
historias memorables.
Un
cacique llamado Don Cristóbal Axotecatl, líder del pueblo de Atlihuetza, que
estaba bajo la jurisdicción de Tlaxcala, martirizó a su hijo, también llamado
Cristóbal. Debido a su corta edad, los religiosos lo llamaban cariñosamente
"Cristobalito". Tras haberse bautizado y adoptar el nombre de Cristóbal,
su padre Axotecatl volvió a la idolatría. Para evitar que su hijo sintiera su
influencia, lo envió a vivir con los frailes en el monasterio de Tlaxcala, con
la intención de que fuera instruido en los principios de nuestra Santa Fe.
Fue la
voluntad de Nuestro Señor que, en muy poco tiempo, Cristobalito se convirtiera
en un excelente cristiano, y los religiosos lo valoraban tanto que no podían
estar sin él. El joven iba a ver a su padre, Don Cristóbal, en numerosas
ocasiones, para predicarle sobre los fundamentos de la fe cristiana,
explicándole la doctrina y reprobando su idolatría. Le rogaba, como buen hijo
que era y por el amor que le profesaba, que abandonara la idolatría, se
convirtiera a Dios y le sirviera. Sin embargo, su padre, endurecido y obstinado,
nunca quiso creerle ni prestar atención a sus consejos.
Ante
esta situación, Cristobalito pidió a su madre que hablara con su padre,
rogándole que, como estaba bautizado, siguiera la fe de los cristianos, se
volviera a Dios y renunciara a sus ídolos, ya que esto le causaba una gran
afrenta y no se atrevía a mostrarse ante sus maestros religiosos.
Viendo
que su padre continuaba sirviendo al demonio y a ídolos de piedra y palo,
Cristobalito instó con gran fervor a su madre para que intercediera ante su
padre, rogándole que se volviera a Dios y abandonara la idolatría. La madre,
reconociendo la razón de su hijo, suplicó a Don Cristóbal que regresara a la
ley de Dios, resaltando cuán buena, limpia y pacífica era, y que dejara de
adorar a los ídolos, tal como le había enseñado el fraile de Santa María, que
así los llamaban en aquel tiempo. Sin embargo, esta súplica resultó tan odiosa
para Don Cristóbal Axotecatl que mandó matar a su esposa.
Tras
la muerte de su madre, Cristobalito se presentó ante su padre con aún más
fervor y valentía, exhortándolo a que abandonara la idolatría y dejara de
servir a los ídolos. Le advirtió que, si no lo hacía y no se enmendaba, él
mismo quitaría los ídolos y los revelaría. Le rogó que, como su padre y
principal en la República de Tlaxcala, no comprometiera su reputación ni la
obediencia y el respeto que le debía como hijo, ya que en tal caso no podría
mantener ningún decoro. Le amenazó con quemar los ídolos.
Estas
palabras enfurecieron a Don Cristóbal Axotecatl, quien, lleno de ira, un día
mandó llamar a Cristobalito mientras este estaba tranquilo y seguro en servicio
de los religiosos. En su presencia, le reprochó: “¿Cómo es posible que te haya
engendrado para que me persigas y te opongas a mi voluntad? ¿Qué te importa la
ley que yo decida seguir? ¿Es este el pago por la crianza que te he dado?”
Enfurecido, arremetió contra su hijo, golpeándolo con una porra hasta hacerle
pedazos la cabeza y matarlo.
Después
de su muerte, mandó echar el cuerpo de Cristobalito en una foguera que había
encendido en su propia casa, pero como no se consumía, decidió sacarlo de allí
y enterrarlo en un lugar secreto bajo un terraplén.
Pocos
días después, los religiosos notaron la ausencia de Cristobalito, quien no
solía faltar tanto tiempo. Se preocuparon y empezaron a buscarlo con gran
diligencia, sospechando que algo malo había ocurrido. Al no encontrarlo tras
varios días de búsqueda y a través de indicios, lograron descubrir que su
padre, Don Cristóbal, había asesinado a su hijo y a su esposa. Por confesión de
Don Cristóbal, se reveló cómo y por qué los había matado y donde los tenía
enterrados en su recámara.
Debido
a estos hechos y a otros delitos, Don Cristóbal Axotecatl fue juzgado y
condenado a muerte por Don Martín de Calahorra, quien conoció del caso, y fue
ahorcado por orden de Cortés. Los religiosos de la época, al conocer la verdad,
desenterraron los restos de Cristobalito y de su madre, llevándolos al
monasterio de Tlaxcala, donde, con certeza piadosa, se cree que fueron mártires
madre e hijo.
Lo
mismo sucedió en el pueblo llamado Santiago Tecalco, que hoy se conoce como
Santiago Tecalpan; otros lo llaman Tecalli. Este pueblo está bajo la encomienda
de los sucesores de Don Francisco de Orduña, a quien se le confió.
Ciertos
religiosos que salieron de Tlaxcala a predicar recorrían la comarca,
acompañados de unos niños a quienes habían doctrinado, con la tarea de buscar y
descubrir ídolos y algunos idólatras que se mostraban reacios a convertirse a
la fe de Jesucristo. Una noche, los Caciques de aquel pueblo invitaron a cenar a
tres de ellos, pero aquella misma noche planearon asesinarlos. Sin embargo, los
niños, alertados por algunos avisos de otros indios y, se puede decir, por
inspiración divina, lograron huir; dos de ellos se escondieron y escaparon.
Desafortunadamente,
uno de los niños, natural de Tlaxcala y de apenas quince años, fue alcanzado y
asesinado aquella noche. En esos tiempos, los naturales no usaban dagas,
puñales ni cuchillos, sino que empleaban porras de palo pesado, conocidas como
macanas, para golpear a quienes deseaban matar. Así fue que este niño, a pesar
de recibir numerosos golpes en la cabeza que le dejaron el cráneo hecho pedazos
y magullado, nunca perdió la conciencia. Se encomendó a Dios y, a gritos,
clamaba que lo que le hacían era por amor a Dios, afirmando que no le importaba
morir, pues daría su vida con gusto si ello significaba que ellos se bautizasen
y creyesen en Dios. Aun en medio de su agonía, insistía en que, aunque muriese
y perdiese mil vidas, no dejaría de decirles que se bautizasen, se convirtiesen
a Dios y abandonasen la idolatría.
Y así,
hecho pedazos, murió como hemos relatado, siendo natural de su propio pueblo.
Y
aunque durante todo el tiempo en que lo estaban matando, el niño predicaba y
reprendía a sus agresores, esto sucedió toda la noche hasta el día siguiente.
Sus compañeros, al ver que no podían evitar el mismo destino, decidieron
abandonarlo y huyeron a Tepeyacac, donde informaron a los frailes sobre lo
sucedido y cómo los Tepalcanecas habían asesinado a uno de sus hijos, lo cual
les causó gran tristeza. Sin embargo, en esos días, la justicia no se aplicaba
y no había castigo para los excesos, *pues se buscaba no alterar a los
naturales*, y así esta crueldad quedó sin sanción.
Estos
casos ocurrían en diversas partes de la tierra, aunque algunos afirman que los
culpables fueron castigados *y se hizo justicia respecto a los asesinos; sin
embargo, muchas de estas atrocidades quedaron impunes, como hemos mencionado*.
También sucedieron muchas otras tragedias de las que no se tiene un registro
completo, ya que el paso del tiempo y la desatención de nuestros españoles las
han llevado al olvido.
Recuerdo
que en la Ciudad de México, catorce años después de que Cortés conquistara y
pacificara toda la tierra, mientras caminábamos con otros muchachos, hijos de
españoles, por los barrios de los naturales, fuimos perseguidos por unos
indios. De los seis o siete que íbamos, capturaron a un compañero y nunca más
se supo de él. Además de este, aquellos que podían, robaban a los demás para
comerlos o para convertirlos en indios.
Dejando
esto a un lado, que era lo de menos, los españoles que viajaban solos hacia
otros pueblos y provincias eran asesinados y desaparecían sin dejar rastro.
Esto continuó hasta que se tomó una medida, y se ordenó a los Caciques y reyes
que tuvieran cuidado con los españoles que viajaban a otros pueblos. En ese
entonces, se les llamaba cristianos, pues también lo eran; se les instruyó que
a partir de entonces no los llamasen cristianos, sino españoles o Castillecas,
que es lo mismo que decir Castellanos. No obstante, hoy en día aún se les llama
cristianos.
Con
este nuevo orden, se empezó a tener mucho más cuidado y atención hacia nuestros
españoles, *y los naturales debían informar sobre ellos* a dondequiera que fuesen,
entregándolos a las comunidades que visitaban y llevando un registro de su
paradero. Se documentaba su edad, si viajaban a pie o a caballo, y la
vestimenta que llevaban, especificando colores y estilos. A partir de entonces,
prácticamente no desaparecían, excepto aquellos que salían de México hacia
Guatemala, Chiapas, Honduras, Nicaragua y otras tierras remotas que aún estaban
en guerra y por pacificar.
Capítulo
nueve
Que
trata de los sucesos que obo en la Nueva España hasta la partida de Don Antonio
de Mendoza, primer virrey desta Nueva España.
Habiendo
tratado sumariamente sobre los eventos ocurridos en esta tierra y la llegada de
los primeros españoles, es pertinente hacer una breve reflexión sobre los
tiempos, aunque se aparte de nuestro objetivo principal, sin salir de los
límites de nuestra instrucción. Una vez pacificada la tierra y aquietados sus
habitantes, se procedió a la pacificación del reino y a la reforma, reconstrucción
y población de la insigne y opulenta Ciudad de México, que había quedado tan
devastada por las guerras. Cortés dio las mejores órdenes que pudo, mandando
construir casas y calles al estilo europeo, estableciendo un principio y un
fundamento que perduran hasta el día de hoy, en continuo crecimiento y
desarrollo.
Desde
esta ciudad, se enviaron personas principales a todas las provincias, reinos y
señoríos de Moctezuma, con el fin de facilitar su gobierno y poblarlas con
españoles. Así, Juan Saucedo fue enviado al reino de Michoacán; D. Pedro de
Alvarado a Guatemala; Gonzalo de Sandoval a Pánuco; Francisco de Montejo a
Yucatán, Tabasco, Campeche y Champotón; y Juan de Mazariegos a Chiapas. A las
provincias de las Hibueras y Honduras, Fernando Cortés fue personalmente,
dejando en esas tierras como capitán y teniente a Cristóbal de Olid, quien
luego fue asesinado por Francisco de las Casas y Juan Núñez Mercado por órdenes
de Cortés, debido a las sospechas de que se alzaba con aquel reino.
Una
vez consolidada esta pacificación, Nuño de Guzmán llegó como gobernador de las
provincias de Pánuco, México y Nueva Galicia. Durante su paso por el reino de
Michoacán, hizo ajusticiar al rey Catzontzin con crueles tormentos, que le
causaron la muerte, ya que este se negó a revelar el tesoro que poseía y las
minas de plata de su tiempo. Desde Michoacán, Nuño de Guzmán se dirigió a las
provincias de Jalisco y Culhuacán, donde llevó a cabo grandes abusos, tiranías
y crueldades contra los habitantes de aquellas tierras. Debido a sus excesos,
el emperador D. Carlos V, *Rey y Señor nuestro de gloriosa memoria*, ordenó que
lo llevaran preso a los reinos de Castilla. Antes de su partida, estuvo mucho
tiempo encarcelado en la prisión pública de México, hasta que fue llevado a Valladolid,
donde residía la Corte de Su Majestad, y allí Nuño de Guzmán terminó su vida
desventuradamente, inmerso en pleitos y contiendas, defendiendo sus causas en
condiciones de gran pobreza y miseria.
En
este lugar, trataremos de manera breve y sumaria las grandes contiendas y
alteraciones que surgieron en la Ciudad de México a raíz de la expedición de
Cortés a Hibueras. Estas disputas se originaron únicamente por la ambición y el
deseo de poder. El conflicto central giraba en torno a quién de los oficiales
reales debía asumir el gobierno de la tierra, lo cual debió ser el principal
objetivo de cada uno de ellos. Esta discordia se intensificó entre los
oficiales de Su Majestad debido a las comisiones que Cortés había dejado a los
siguientes: el factor Gonzalo de Salazar, el tesorero Alonso de Estrada, el
veedor Peralmíndez Chirinos y el contador Rodrigo de Albornoz.
La
contienda se desató por la noticia de que Cortés había muerto, junto con muchos
de sus compañeros en aquella ardua jornada. Esta noticia generó tensiones entre
los oficiales, ya que cada uno pretendía gobernar por su cuenta y animaba a sus
amigos a seguir su propia opinión. En medio de esa ambición sediciosa y en el
apogeo de sus ilusiones desmedidas, llegó la buena nueva de que Cortés estaba
vivo y había regresado a Nueva España, habiendo enfrentado grandes desafíos y
sucesos inauditos en su expedición a Hibueras, como se detalla en las crónicas,
y en particular en el tratado de Francisco de Terrazas sobre el aire y la
tierra.
Con la
llegada de Cortés, muchas diferencias y obstinadas disensiones causadas por
eventos pasados cesaron, pero surgieron nuevos conflictos pesados que dieron
lugar a sediciones por parte de hombres inquietos y bulliciosos, deseosos de
alterar la paz en la tierra. Gracias a su llegada y a su sabia prudencia,
Cortés logró apaciguar la situación mediante los mejores medios que pudo,
estableciendo un nuevo orden en el gobierno y en la reconstrucción de México.
No dio lugar a la tiranía que pretendían los nuevos gobernadores, quienes, bajo
el título de oficiales de Su Majestad, buscaban usurpar la fama y gloria del
valeroso Cortés, quien había logrado tanto, eternizando su reputación. Estos
intentos de desacreditar y minimizar sus heroicas proezas fueron llevados a
cabo por sus émulos y adversarios, quienes escribieron en su contra al
emperador y al Real Consejo.
Al
observar los perniciosos planes maliciosos de aquellos que pretendían
perjudicarlo, Cortés decidió irse a los reinos de Castilla y alejarse de las
llamas de aquel encendido conflicto. Consciente de las razones que lo movían,
la principal fue buscar un remedio para contrarrestar la venenosa influencia de
sus contradictores, quienes intentaban desestabilizar su buena reputación ante
el emperador. Cortés anhelaba que su causa no pereciera por su ausencia, y
consideró que la mejor opción era presentarse personalmente ante su rey,
ofrecerle su obediencia como su leal vasallo, y recordarle el servicio que le
había prestado al conquistar esta tierra del Nuevo Mundo en su nombre,
alejándose así de sus enemigos.
Con
este planteamiento, se embarcó y zarpó, y fue tal y tan próspero el viaje que
realizó, que en solo treinta y ocho días llegó al puerto de San Lúcar desde el
día en que partió de la Villa Rica, llevando consigo provisiones y matalotajes
muy inusuales. Con su llegada, cesaron grandes inquietudes que habían llegado a
los oídos de Su Majestad y de su Real Consejo debido a las calumnias de sus
adversarios.
Al
llegar a los reinos de Castilla, se dirigió directamente a los pies del
emperador, Señor clementísimo. Todo le sucedió tan favorablemente y con tanta
facilidad, que Su Majestad se sintió muy complacido. Le otorgó numerosas y
grandes mercedes, le concedió el título de Marqués y le unió en matrimonio con
Doña Juana de Zúñiga, hija del conde de Aguilar. Además, le envió de regreso a
esta Nueva España, honrado y favorecido, con grandes ventajas, beneficios y
privilegios especiales, nombrándole Capitán General de esta Nueva España, tanto
de lo ya conquistado como de lo que aún estaba por ganar y descubrir. También
le otorgó el título de Almirante de la Mar del Sur.
Todas
estas mercedes son otorgadas a quienes sirven leal y bien a sus reyes,
especialmente a príncipes cristianísimos, como fue el emperador Don Carlos, de
gloriosa memoria, y a nuestro invictísimo rey Don Felipe (que Nuestro Señor lo
guarde muchos años).
Después
de su llegada a los reinos de Castilla con tanta gloria y pujanza, y tras dar
un nuevo rumbo a los asuntos de esta tierra, emprendió un viaje y una nueva
navegación por la Mar del Sur en busca de las islas que en aquel tiempo se
conocían como Islas de Salomón, así como de la Isla de Tarsis y California. Sin
embargo, esta aventura resultó muy mal y de manera siniestra, ya que casi
perdió todos sus navíos. Pasó más de un año extraviado en el gran río del Tyzón
y California, enfrentándose a grandes dificultades que hicieron que temiera por
su vida y la de su gente, tanto por hambre como por la falta de poblaciones que
conocía a través de relatos. Aunque la costa por donde navegaba estaba habitada
por muchos indígenas y poblaciones, era la más desnuda y bárbara, habitada por
personas que vivían como árabes y eran extremadamente pobres, sin conocimiento
del oro ni de la plata.
Al no
contar con los medios para continuar debido a la pérdida de sus navíos y tras
sufrir tantas penalidades, decidió regresar a esta tierra, aunque con una
considerable pérdida de hombres y bienes. No obstante, no se dejó desanimar por
las adversidades. Después de esto, intentó realizar la navegación hacia las
Islas de la Especiería, que en ese momento se conocían como las Malucas y la
tierra firme de la gran China. Así, armó una expedición, siendo Álvaro de
Saavedra Cerón el general de la armada; el maestre y piloto de esta expedición
fue un hombre llamado Maestre Corzo, uno de los que acompañó a Magallanes. Esta
fue la primera navegación que se llevó a cabo desde esta tierra hacia las islas
que ahora se conocen como Filipinas, y fue la segunda expedición que se realizó
por la Mar del Sur de esta Nueva España durante la época de Fernando Cortés.
Desafortunadamente, esta armada se perdió y algunos de los nuestros quedaron en
la gran India de Portugal.
Estando
Cortés en búsqueda de California, llegó de España D. Antonio de Mendoza, quien
fue designado como Virrey de esta Nueva España, presidido en la Real Audiencia
de México por D. Sebastián Ramírez de Pedraza, quien luego se convirtió en
Obispo de Santo Domingo en la Isla Española. D. Antonio de Mendoza fue un
caballero destacado, hermano del Marqués de Mondéjar, y fue el primer Virrey
que llegó a esta Nueva España en el año 1534. Gobernó con tal valor, prudencia,
sagacidad y devoción cristiana que pacificó, allano y estableció el orden en
toda la tierra y sus poblaciones.
Durante
el tiempo en que este tan cristiano príncipe gobernaba la Nueva España, se
organizó la segunda navegación hacia las Islas de la Especiería, la cual fue
financiada por él y realizada en compañía de D. Pedro Alvarado. El Capitán Ruy
López, natural de Villalobos, fue el general de esta armada, y el maestro
Corzo, quien ya habíamos mencionado, actuó como piloto. Sin embargo, esta
jornada y navegación resultaron ser tan infelices y desdichadas que se perdió
toda la expedición sin lograr ningún resultado. La mayoría de su gente falleció
y no quedó nadie para regresar con los navíos.
De
esta experiencia se originó la creencia de que, debido a las fuertes corrientes
y vientos contrarios, los navíos no podían regresar a la Nueva España. Esta
ironía persistió durante muchos años, sosteniendo que no se podía navegar por
debajo de la línea ecuatorial, a pesar de que ya se conocían las rutas y
navegaciones de todos los mares del mundo. La habilidad y astucia de los
hombres habían avanzado tanto que ya podían comprender y alcanzar lo que Dios
les había otorgado, haciendo que todo se volviera más accesible y comprensible.
Finalmente,
los sobrevivientes de esta navegación llegaron a la India de Portugal, donde
fueron apresados. Entre ellos estaban García de Escalante, Güido de la Bazares
y Fray Antonio de Urdaneta, de la Orden de San Agustín, a quien se atribuye
haber cruzado el estrecho de Magallanes. Estos trajeron de la India el jengibre,
y se dice que Güido de la Bazares lo obtuvo de manera astuta y lo llevó a
Castilla. Desde allí, lo trajeron a esta Nueva España y lo sembraron en
Cuernavaca, en la huerta de Bernardino del Castillo, de donde proviene la
cantidad que hoy se encuentra en las Islas de Santo Domingo y que se envía a
España en las naos cargadas de Barlovento.
Durante
el tiempo de este Virrey, se organizó otra armada que él mismo mandó a
construir para la California. Francisco de Alarcón fue designado como general,
y Marcos Ruiz como maestre de campo. Sin embargo, esta armada también se perdió
sin obtener ningún resultado, regresando al Puerto de la Purificación.
En
este período, se llevó a cabo la expedición hacia la tierra nueva conocida como
las siete ciudades, financiada por D. Antonio de Mendoza. Francisco Vázquez
Coronado fue el general de esta entrada, que se denominó la jornada de Tribola.
Esta expedición había sido anunciada por Fray Marcos de Niza, quien había sido
provincial de la Orden de San Francisco y afirmaba haber visto las siete
ciudades personalmente, así como otras tierras y provincias. Sin embargo, esta
entrada también resultó en un fracaso, a pesar de que contaba con más de mil
españoles, que eran personas de gran renombre y habilidad.
Francisco
Vázquez Coronado, natural de Salamanca en los Reinos de Castilla, era una
persona de alta calidad y renombre. Lope de Samaniego, quien fue alcalde de las
Atarazanas de México, actuó como maestre de campo, y D. Pedro de Tobar fue el
alférez general. Tras la muerte de Samaniego, quien fue asesinado por los
indios de Chiametla, D. Tristán de Arellano y Luna asumió el cargo de maestre
de campo. También se unieron muchos caballeros destacados, como D. Diego de
Guevara, D. García de Cárdenas, capitán de la gente de a caballo, D. Rodrigo
Maldonado, Pablos de Malgoza, y los hermanos Barriosnuevos, entre otros muchos
personajes de renombre y valor. Para evitar prolijidades, no se presenta un
catálogo exhaustivo de todos ellos.
No
pasaron pocos trabajos y peregrinaciones en aquellas tierras tan desiertas,
remotas y apartadas, extensas y despobladas, sin encontrar nada que pudiera
servir para poblar ni que satisficiera a una nación tan arrogante y belicosa
como la nuestra, que participaba en esta insigne entrada y armada que se
organizó por la mar del Sur y las costas de California, bajo el mando del
general Francisco de Alarcón. Esta expedición se llevó a cabo con la intención
de que, si Vázquez Coronado encontrara algún buen descubrimiento, se comunicara
y tratara con esta Nueva España. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario, ya que
ni uno ni otro logró el efecto deseado.
Cansado
Vázquez Coronado de recorrer tantas y tan extensas tierras despobladas y al no
encontrar nada bueno en el camino, decidió regresar a la Nueva España. Por su
parte, Francisco de Alarcón también se volvió a México porque no pudo hallarse
en el pasaje donde se había planeado su viaje. Aguardó más tiempo del que
indicaba su instrucción y temía que su gente se enfermara, ya que estaban
escaseando los víveres y el equipo.
Con el
regreso de Alarcón, D. Antonio de Mendoza se vio en una situación difícil. Había
sido muy cercano y privado de Mendoza, quien lo había tenido muchos años como
maestre sala. Sin embargo, Alarcón causó envidia y descontento en D. Antonio de
Mendoza al enviar encubiertamente al emperador Carlos una relación más amplia y
detallada de la tierra de California, pretendiendo llevar a cabo por su cuenta
la conquista y descubrimiento de aquella costa del mar del Sur. Creía que
aquellas tierras estaban cercanas a la gran China o que había una breve
navegación desde allí hasta la Especiería. A raíz de los trabajos que sufrió al
verse en desacuerdo con el virrey, Alarcón enfermó y finalmente murió en el
Marquesado de Cuernavaca.
Retomando
nuestro asunto e intento principal, como hemos mencionado, Francisco de
Alarcón, al llegar al pasaje donde debía encontrarse con Vázquez Coronado, al
notar su dilación decidió regresar. En aquel lugar, dejó algunas brozas y
debajo de ellas enterró botijas que contenían cartas en las que relataba el
día, mes y año de su estancia y llegada, así como el tiempo que esperó hasta su
retorno. Hizo esto para que, si alguna gente llegaba allí, supiera lo que había
ocurrido con aquella armada, evitando así que se quedaran esperando su
embarcación. Esto sucedió en el año 1539 y también en 1541. Ambas armadas,
tanto marítima como terrestre, fueron enviadas personalmente por D. Antonio de
Mendoza, Virrey de esta Nueva España: una de ellas dejó a Francisco Vázquez
Coronado hasta Compostela de la Nueva Galicia, y la otra, bajo el mando de
Francisco Alarcón, partió hacia el Puerto de la Purificación, en la costa del
mar del Sur.
Si
Francisco Vázquez Coronado, en lugar de dirigirse hacia el Sur y el Poniente,
hubiera torcido hacia el Norte y alcanzado la latitud de treinta y seis grados,
habría encontrado grandes poblaciones. Y si hubiera continuado más allá de los
llanos de Tríbola, Tiguer, Quibira y el Valle de Señora, donde se halló una
gran cantidad de vacas, esas tierras estarían pobladas hasta el día de hoy.
Estas
vacas son pequeñas y los toros tienen cuernos corcovados; su cornadura es
pequeña y se asemejan a búfalos. Este tipo de animales se encuentra en extensas
tierras y llanos que parecen no tener fin, y la mayor parte de ellos habita en
los llanos de Tríbola, donde los nuestros permanecieron más de un año. Mientras
tanto, Francisco Vázquez Coronado, con trescientos hombres, se adentró en el
país hacia el Poniente, sin hallar ninguna población de gente congregada, y se
detuvo allí seis meses, recorriendo más de cien leguas, donde se encontraban
estas vacas. Allí recibió noticias y señales de los indios, quienes le
informaron que a diez jornadas de distancia había gente que vestía como ellos y
que navegaban en grandes embarcaciones, mostrándole por señas que usaban la
ropa que ellos usaban. Sin embargo, no se dirigió hacia esas poblaciones, pues
prefería regresar a los que había dejado en los llanos de las vacas, ya que se
estaba agotando el tiempo que había planeado para volver.
Por
comisión de D. Antonio de Mendoza, tras la guerra de Xuchipila y Xalisco, se
hizo necesario este descubrimiento debido al creciente aumento de ganado mayor,
que estaba causando daños a los indios de Paz. Como resultado, muchas estancias
en el Valle de Tepepulco, Atzumpa y Toluca, donde se ubicaban las primeras
fincas de ganado mayor, se despoblaron. Los ganados se trasladaron a los llanos
donde ahora se encuentran todas las estancias de vacas en la región, que se
extienden más de doscientas leguas, desde el río de San Juan hasta más allá de
los Zacatecas y los Valles de Guadiatierras de Chichimecas, que no tienen fin.
Asimismo, se despoblaron las estancias de ganado mayor en los Valles de Atzompa
y Perote, así como en los llanos de Tepepulco y en el Valle de Toluca, entre
otros muchos valles.
Con el
crecimiento de la población española, estas tierras se han ido poblando,
especialmente las costeras de Pánuco y Nautla, que incluyen los llanos de
Almería, y desde allí las estancias de Putingo, Mazautla y Veracruz, así como
otras tierras cálidas de Tlalixcoyan, a lo largo de la costa de
Cohuatzacoalcos, que llegan hasta el río de Grijalva. Es increíble la cantidad
de ganado que se cría y aumenta en estas regiones; si no se viera con los
propios ojos, sería difícil de creer y cuantificar. Sin embargo, se sostiene
que la carne de los ganados criados en los Chichimecas es de mejor calidad que
la de las tierras cálidas, al igual que la de los Valles de Atzompa,
Tecamachalco, Villa de Atlixco, Perote, Alfaxayucan, Teotlalpa, Tepepulco y el
Valle de Toluca, donde se producen carnes de gran sustancia y finísimas lanas.
Cabe
señalar que existe la opinión de que las carnes de las Indias no son tan
sustanciosas ni tan sabrosas como las de Castilla. Sin embargo, se puede
argumentar que la carne de los ganados criados en tierras calientes es de poco
sabor y menos sustancia, ya que, en efecto, son más blandas y menos nutritivas.
Por el contrario, las criadas en tierras frías y en Chichimecas, tanto de vaca
como de carnero, son tan buenas, sabrosas y sustanciosas como las que se
consumen en Madrid, Valladolid y Medina del Campo. No se debe juzgar este tema
sin haber experimentado ambas realidades; es posible que la escasez de carne en
Castilla haga que se aprecie más lo que se consume allí, por carecer de la
abundancia que tenemos aquí.
Durante
el gobierno de este benévolo Virrey, se descubrió la navegación hacia Perú
desde estas tierras, por el Mar del Sur. Se construyeron navíos y se emprendió
un viaje al Collac de Lima. Este descubrimiento fue realizado a costa y minción
de Diego de Ocampo, un caballero de gran relevancia, natural de la Villa de
Cáceres en los Reinos de Castilla. Ocampo, habiendo sido uno de los
conquistadores y pacificadores de este Nuevo Mundo, se dedicó a realizar este
valioso descubrimiento hasta lograrlo.
Mientras
este buen príncipe, D. Antonio de Mendoza, gobernaba con tanta paz y
tranquilidad, llegó desde España Tello de Sandoval como visitador de esta
tierra. Este visitador se reunió con el Virrey, la Audiencia Real y los
Oficiales de su Majestad. Su misión era publicar y ejecutar las nuevas leyes
que se habían promulgado en las Cortes de Malinas en favor de los indios, las
cuales garantizaban la libertad de los indios esclavos y prohibían el uso de
Tamemes, así como cualquier carga a los indígenas. Se buscaba eliminar sin
remisión los servicios personales que debían prestar, aunque fueran
remunerados.
La
publicación de estas leyes provocó grandes alteraciones y llevó a la tierra a
un estado de posible deterioro. Sin embargo, gracias a la sagacidad de D.
Antonio de Mendoza, la situación se calmó y se restableció la paz. Las leyes no
se ejecutaron de inmediato, sino que se introdujeron de forma gradual,
permitiendo que los esclavos existentes fueran liberados con el tiempo, y se
implementaron medidas para que las leyes se cumplieran de manera ordenada.
Como
resultado de esta visita, se realizó un cambio en toda la Audiencia, los
Oficiales Reales y el Virrey D. Antonio de Mendoza. Este acontecimiento tuvo
lugar entre los años 1544 y 1546, un periodo de tres años de visitas y de
Virreinato en esta Nueva España. Ya en su vejez, D. Antonio de Mendoza fue
designado Virrey de los Reinos del Perú, donde gobernó durante tres años con
gran paz y sosiego hasta su muerte. Fue uno de los más renombrados Gobernadores
que Su Majestad envió a estas tierras: cristianísimo, de buen ejemplo y vida,
discreto, sabio y prudente. Su nombre y fama resplandecen en esta tierra, y sus
heroicas obras son testimonio de su legado en este Nuevo Mundo, donde comenzó a
gobernar en el año de 1534.
Durante
el próspero gobierno del virrey D. Antonio de Mendoza, se descubrió una
rebelión que intentaron llevar a cabo los esclavos negros de los españoles,
quienes habían convocado a los indios de Santiago Tlaltelolco y México. Esta
rebelión resultó en la muerte de otro negro. Tras una investigación legal, se
procedió contra los culpables y se hizo justicia, logrando que la tierra
permaneciera en calma durante muchos años. Sin embargo, surgió otra rebelión
aún más peligrosa que, de no haberse descubierto, habría avanzado considerablemente.
Esta fue detectada por Gaspar de Tapia y Sebastián Lazo de la Vega, y los
responsables también fueron castigados con rigor. Los principales convocadores
de este motín, así como muchos otros involucrados en la conspiración, huyeron
hacia el Perú, donde en ese momento se estaba produciendo una insurrección
liderada por Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal, su Maestre de Campo. Sin
embargo, muchos de aquellos que intentaban escapar fueron capturados en el
camino, en lugares como Tehuantepeque y Huaxacac. Los líderes de esta rebelión
fueron Juan Román, un oficial de Calecto; Juan Vanegas; y un italiano, quienes
fueron justiciados en la Ciudad de México, confesando el delito que habían
cometido. Este suceso ocurrió en el año de 1549.
Tras
estos eventos, los leales vasallos y servidores de Su Majestad encontraron la
paz y la tranquilidad durante muchos años, lo que propició un notable aumento
de la población española en Nueva España. Este buen príncipe se preocupó por el
asentamiento y la perpetuidad de estas tierras, enviando a España por ganados
merinos para mejorar la calidad de las ovejas que habían traído anteriormente,
las cuales eran de lanas bastas y menospreciadas.
Durante
su gobierno, comenzaron a establecerse los obrajes de paño y sayales, y el
comercio de las lanas experimentó un gran crecimiento, ya que los indios
empezaron a vestirse con mantas de lana y otros productos que se elaboraban con
ella. También se iniciaron las labores de cultivo de trigo y se repartieron
muchas tierras, recibiendo un gran apoyo y favorecimiento por parte del virrey.
Asimismo, se comenzaron a descubrir numerosos yacimientos de oro, plata, hierro
y cobre, incluyendo las minas de Tlachco, Zultepeque y Tzompanco. Además, se
empezó a acuñar moneda para facilitar las transacciones entre los españoles, ya
que anteriormente solo se comerciaba con barras y tejuelos de oro, lo que
resultaba en fraudes significativos. Los indígenas, que no comprendían el
comercio más allá de intercambiar directamente bienes, sufrían mucho en estas
transacciones. Para evitar tales problemas, se estableció el uso de moneda,
como se ha mencionado.
Hubo
otro tipo de moneda, que era de cobre, compuesta de cuartos y medios cuartos,
con un valor de cuatro y dos maravedís. Esta moneda comenzó a circular entre
los españoles e indios, pero resultó ser muy perjudicial para los nativos,
quienes se burlaban de su bajo valor y la consideraban insignificante. La
percibían como un signo de gran pobreza, y se negaban a aceptarla en sus
transacciones. A pesar de la presión y el rigor con que se les obligaba a
usarla, en un año o poco más, los indígenas reunieron y arrojaron más de cien
mil pesos de esta moneda a la laguna de México para borrar cualquier recuerdo
de ella. Desde entonces, ha perdurado la ausencia de su uso en Nueva España, ya
que los indios la rescataron y la desterraron de su tierra, considerándola aborrecible
y odiosa. Así, desde aquel tiempo, la única moneda en circulación ha sido la de
plata, que abarca desde los reales de a ocho hasta los medios reales, todos de
muy buena calidad. Durante este periodo, también cesó el comercio de oro en
polvo, barras y tejuelos.
Finalmente,
bajo el gobierno de este ilustre varón, la Ciudad de México se ennobleció
grandemente. Gobernó la ciudad y toda Nueva España de manera cristiana durante
siete años. Sin embargo, en su mandato, se produjo una grave peste que causó
una alta mortandad entre los nativos de Nueva España en el año de 1545, la cual
duró más de seis meses y arruinó y despobló gran parte de la tierra.
Durante
su gobierno, se proveyeron varios obispados: el de Guatemala al Lic. D.
Francisco Marroquín, clérigo; el de Huaxacac a D. Juan de Zárate; el de Chiapas
a Fray Bartolomé de las Casas, de la Orden de Santo Domingo; el de Michoacán a
D. Juan Vasco de Quiroga; el de Xalisco a D. Pedro Gómez de Malaver; y el de
Tlaxcala a D. Julián Garcés, el primer obispo que llegó a estos reinos. D. Fray
Juan de Zumárraga fue el primer obispo de México, antes de que este título se
elevase a arzobispado. Este primer obispo de Tlaxcala fue uno de los hombres
más doctos en letras que han pasado por aquí, notable por su grandeza de
santidad, ejemplo y vida. Se podrían escribir extensamente sobre las grandes
virtudes y obras santas de estos hombres, quienes dedicaron sus vidas al
servicio de Dios y a la conversión de los indígenas, así como al
establecimiento de la Iglesia en estas tierras.
Basta
mencionar que, siendo oidor, D. Juan Vasco de Quiroga recibió el obispado de
Michoacán y se destacó como un santo de gran perfección. Lo mismo se puede
decir de D. Fray Juan de Zumárraga, fraile de la Orden de San Francisco, quien
más tarde se convirtió en arzobispo de México. También es digno de mención D.
Francisco Marroquín, cuya fama perdura hasta hoy, así como D. Juan de Zárate,
obispo de Huaxacac, conocido como “vaca de oro” por su devoción a la Madre de
Dios. D. Fray Bartolomé de las Casas, gran defensor de los derechos de los
indígenas, fue igualmente un hombre muy erudito. Lo mismo se puede afirmar de
D. Pedro Gómez de Malaver, primer obispo de Xalisco. Sin duda, se puede creer
piadosamente que son santos bienaventurados que disfrutan de la gloria divina,
elegidos por Dios como fundamentos de esta nueva planta, donde florecieron con
humildad y pobreza, sin poseer nada que no fuera para los pobres. Eran hombres
desprovistos de codicia, ya que en aquel tiempo no dependían de los diezmos,
sino muy poco de los quince mil maravedís que aportaba la caja de Su Majestad.
Todo esto lo vi con mis propios ojos y conocí a estos bienaventurados prelados
y siervos de Dios. Todo esto ocurrió durante el gobierno de D. Antonio de
Mendoza.
Florecieron
también en estos tiempos muchos religiosos de santa vida, dignos de eterna
memoria. No sería razonable dejar de mencionar, aunque sea brevemente, a
algunos de ellos. Aunque sé que Fray Jerónimo de Mendieta y otros religiosos
han escrito extensamente sobre sus vidas, me tomaré el tiempo para hacer un
breve catálogo de aquellos a quienes conocí y recuerdo.
El
primero fue Fray Martín de Valencia, custodio que llegó con los doce religiosos
que el emperador Carlos V envió a esta Nueva España para la predicación y
conversión de los indígenas. También destaco a Fray Domingo de Betanzos, de la
Orden de Santo Domingo, un hombre de gran santidad; Fray Pedro Delgado, también
de la misma orden; Fray Juan Bautista, de la Orden de San Agustín; Fray Tomás
del Rosario, de Santo Domingo; Fray Cristóbal de la Cruz, de la misma orden;
Fray Alonso de la Veracruz, Maestro en Santa Teología, un varón muy santo y
docto de la Orden de San Agustín; Fray Pedro Medillán, de la misma orden; y
Fray Alonso de Escalona, un gran siervo de Nuestro Señor, de la Orden de San
Francisco. También estuvieron Fray Diego de Olarte, Fray Francisco Linborne,
Fray Juan Bastidas, Fray Juan Ramírez, Fray Andrés Olmos, Fray Juan de
Romanones, Fray Juan Osorio y Fray Andrés de Portillo. Todos estos fueron
santísimos varones de la Orden de San Francisco, ejemplos de doctrina y virtud.
Fueron los primeros doce que llegaron a esta tierra, viviendo de manera
santísima y dejando un legado eterno por su doctrina y ejemplo.
Asimismo,
hubo en este tiempo clérigos de gran perfección, vida santa y ejemplos dignos
de mención. Entre ellos, el canónigo Juan González, el canónigo Santos, el
canónigo Rodrigo de Ávila, el canónigo Nava, arcediano de la Catedral de
Tlaxcala, y D. Francisco de León, quien dejó su arcedianazgo y murió como
fraile de la Orden de San Francisco. Ha habido tantos religiosos de diversas
órdenes, tan buenos y santos, que como mencionamos al principio, sería
necesario escribir grandes historias sobre cada uno de ellos y sus milagros.
Por eso, me remito a quienes han escrito sobre sus vidas, sabiendo que son
muchos. Me siento indigno de tratar este tema, y aunque he visto muchas de sus
virtudes, doctrinas, sermones y ejemplos, no me considero merecedor de
abordarlos en profundidad. Esto sería adentrarse en un vasto océano que está
reservado a otros siervos de Dios, quienes han escrito y podrán seguir
escribiendo sobre sus actos, sus enseñanzas y el modo en que procedieron en la
conversión de los indígenas, iluminados por el Espíritu Santo. Así que, por la
brevedad que he prometido, no continuaré en esta línea.
Capítulo
diez
Que
trata de los virreyes que obo en esta Nueva España desde don Antonio de Mendoza.
Habiendo
gobernado tan bien y fielmente D. Antonio de Mendoza durante tantos años, llegó
de España D. Luis de Velasco como Virrey de esta Nueva España en el año de
1551. Se reunieron los dos virreyes en la Ciudad de Cholula, donde se
encontraron y obedecieron las cédulas de Su Majestad. Allí consultaron sobre el
gobierno de la Nueva España y el estado en que se encontraban los asuntos de la
tierra, así como lo que Su Majestad ordenaba respecto a la buena conservación y
aumento de los indígenas. Desde esta ciudad de Cholula, el buen D. Antonio de
Mendoza se despidió y partió hacia los reinos del Perú, viejo, cansado y
enfermo, cumpliendo con el mandato de Su Majestad. Se despidió de todos como un
buen padre, y así fue llorado en toda la tierra, con mucha razón.
El
virrey D. Luis de Velasco se dirigió a México y continuó con su sagaz gobierno.
Lo primero que hizo fue ordenar la ejecución de los capítulos de las nuevas
leyes, liberando a los esclavos y a los Tamemes. Se dispuso que los indígenas
no cargasen más. Después de este rigor inicial, que causó gran conmoción en la
tierra, su proceder se tornó tan humano y su gobierno tan placentero para
todos, que mereció ser llamado, por excelencia, el Padre de la Patria. Visitó
personalmente toda su gobernación y logró pacificar la Nueva España.
Durante
su mandato, se organizó la armada de la Florida en el año de 1559, bajo el
mando del General D. Tristán de Arellano y Luna. Al perderse esta armada, el
virrey D. Luis de Velasco envió a Ángel de Villafaña a socorrer y recoger a los
sobrevivientes. D. Tristán de Arellano regresó a Castilla al ver la situación
perdida. La intervención de Villafaña fue crucial, ya que rescató a quienes
estaban muriendo de hambre en esa tierra, pues los suministros que llevaban se
perdieron debido a una tormenta. Sin provisiones, la gente perecía, ya que la
zona estaba despoblada y era inhóspita.
Al
final, Villafaña logró traer de vuelta a la mayor parte de los sobrevivientes a
La Habana y de allí a esta Nueva España, dejando despoblada la Florida, que
había estado en desorden y desprovista de recursos. Si no hubiera sido por esta
situación, podría haber habido un asentamiento exitoso en el nuevo México, ya
que muchos capitanes de experiencia, como Matheo de Sauz y Baltazar de Sotelo,
estaban de acuerdo en que debían entrar en la tierra adentro.
Este
fue el destino de esta gran y destacada armada, cuyo fracaso tuvo consecuencias
significativas, pues después se intentó poblar la Florida por los franceses y
otras naciones, aunque los nuestros se lo impidieron. Durante el mandato de
este buen virrey, Pedro Meléndez de Valdés floreció en el mar de estas Indias,
donde enfrentó grandes desafíos y tuvo buenos resultados en el servicio de Su
Majestad. Fue temido por los corsarios, especialmente los franceses, a quienes
desterró de la Florida, causando grandes pérdidas y daños. Capturó a Juan
Ribault, el general francés que se había apoderado de la Punta de Santa Elena y
San Mateo, asegurando así la costa de la Nueva España.
Durante
el mandato de este buen caballero, se perdió la flota que zarpó de estos reinos
hacia Castilla en el año de 1553, encontrándose con la costa de Florida. En
esta tragedia, pereció mucha gente y se perdió un gran tesoro; de la armada,
solo escaparon unos pocos navíos, entre ellos la Nao del Cerco y la de Farfán
de Jáuregui, así como otros de menor importancia. Muchos frailes y personas
influyentes fueron asesinados por los indígenas. Entre las víctimas se
encontraba Fray Juan de Méndez, de la Orden de Santo Domingo, un predicador muy
famoso, y Fray Diego de la Cruz, Procurador de Santo Domingo. También fue
asesinada Doña Catalina, la esposa de Juan Ponce de León, encomendero de
Tesama, quien viajaba desterrada a España tras la muerte de su marido, que
supuestamente fue causado por Bernardino de Bocanegra.
Asimismo,
durante el gobierno de este buen virrey, se pobló el Nuevo Reino de Vizcaya,
conocido como Chametla, bajo la gobernación de Francisco de Ibarra. También se
establecieron en su época la Villa de Santa Bárbara, Guadiana, Sombrerete, Chalchihuites,
Mazapil, las tierras de Indé y otras regiones apartadas, ampliando así los
reinos y señoríos de Su Majestad, que perduran hasta el día de hoy. Al inicio
de su gobernación, se estableció la Real Audiencia de Guadalajara en la Nueva
Galicia.
Durante
su gobierno, se llevó a cabo la tercera armada para la Especiería e Islas del
Poniente, conocidas como las Filipinas. Esta iniciativa fue impulsada por Fray
Andrés de Vidaneta, de la Orden de San Agustín, así como por García de
Escalante y Güido de Bazares, quienes habían estado en esas tierras. Al
considerar las grandes oportunidades que ofrecían estas islas, Su Majestad
ordenó su creación, y el buen virrey D. Luis de Velasco la puso en marcha,
designando a Miguel López de Legazpi como General, a Matheo del Sauz como Maese
de Campo y a Güido de Bazares como Factor de Su Majestad.
La
armada tuvo tanto éxito que su legado perdura hasta el día de hoy, siendo una
de las empresas comerciales más importantes y significativas en el mundo,
especialmente en las regiones del Poniente. Esta colonización llevó al
descubrimiento de vastos reinos y provincias, como la gran China, Japón,
Tartaria y otras naciones hasta entonces desconocidas, muchas de las cuales
están comenzando a conocer y aceptar nuestra Santa Fe Católica, lo que podría
marcar el inicio de su conversión.
El
cristianísimo virrey gobernó con sabiduría y discreción, ganándose el cariño y
el respeto de toda la tierra. Durante este periodo de prosperidad, recibió la
visita del Lic. Valderrama, oidor del Consejo de Indias, en el año de 1562. Sin
embargo, en esa visita, Nuestro Señor dispuso que el buen virrey D. Luis de
Velasco, de gloriosa memoria, falleciera al año siguiente, en 1564, en las
Casas de Ortuño de Ibarra. Fue enterrado en Santo Domingo de México, donde se
le erigió una capilla. Su hijo, D. Luis de Velasco, trasladó sus restos a la
nueva iglesia mientras ocupaba el cargo de virrey de la Nueva España, justo
después de haber concluido el despacho de la armada de la Especería.
Su
muerte trajo consigo numerosos cambios, problemas, disensiones y pasiones
ocultas, así como odios y enemistades que salieron a la luz. Por lo tanto, el
visitador Valderrama decidió regresar a los reinos de Castilla, habiendo
permanecido en la tierra durante tres años y dejando la gobernanza a la Real
Audiencia de México en el año de 1566.
Durante
este periodo, tuvo lugar la rebelión conocida como la de México, en la que
fueron justiciados Alonso Ávila Alvarado, su hermano Gil González Dávila y
otros muchos caballeros, entre ellos D. Pedro de Quesada, D. Baltazar y
Baltazar de Sotelo, hermano de Diego Arias de Sotelo. Como resultado de estos
acontecimientos, D. Martín Cortés, Marqués del Valle, junto con sus hermanos D.
Luis y D. Martín Cortés, Bernardino de Bocanegra, Diego Arias de Sotelo y
otros, fueron arrestados y desterrados a los Reinos de Castilla.
Esta
situación atrajo la atención de los pesquisidores, entre ellos el Lic. Muñoz,
el Doctor Carrillo y el Lic. Xarava. Sin embargo, este último falleció en el
mar mientras regresaba. Los Licenciados Muñoz y Carrillo fueron finalmente
ordenados a volver, pero Carrillo también murió en la travesía. Hay mucho que
discutir sobre estos eventos, pero hay numerosos escritores que han abordado
esta rebelión, y me remito a los informes de la Real Audiencia y a su proceso
jurídico.
En
medio de estos tumultos, D. Gastón de Peralta, un caballero de gran nobleza,
asumió el cargo de virrey de esta tierra, aunque permaneció poco tiempo en el
puesto, ya que la tierra no lo merecía. La causa de su breve mandato fueron las
informaciones que llegaron a Su Majestad, acusándolo de ser remiso y de
favorecer los intereses relacionados con la rebelión, especialmente a la parte
del Marqués del Valle.
Después
de su partida a España, D. Martín Enríquez le sucedió. Al llegar, se encontró
con que el puerto de San Juan de Ulúa había sido tomado por el corsario inglés
Juan de Ade. Con una adecuada estrategia, D. Martín Enríquez logró recuperar el
puerto y la isla, aunque a un alto costo, ya que hubo grandes refriegas y
muchas muertes de ambos lados. Esta situación alteró significativamente la paz
de la región, permitiendo que los corsarios causaran estragos continuos con
robos en el Mar Océano, Santo Domingo, Cartagena, Puerto de Caballos, la costa
del Mar del Sur, la Carrera de las Filipinas y la costa del Perú.
Uno de
los incidentes más notables fue cuando el corsario Francisco Drake capturó un
navío que venía de las Filipinas cerca del puerto de la Navidad y California,
así como otros barcos cargados de plata, oro, perlas y otras riquezas. Estos
daños fueron excesivos y difíciles de contar, lo que generó un profundo pesar
debido a la ineficacia de la defensa contra los corsarios, así como en el
asunto del puerto de San Juan de Ulúa.
D.
Martín gobernó esta tierra con prudencia y gran discreción durante más de
catorce años, manteniendo la paz y el sosiego, y restableciendo el orden tras
las alteraciones pasadas. Sin embargo, en su tiempo, los Chichimecas se
desvergonzaron, llevando a cabo grandes matanzas y robos en los caminos de
Zacatecas y en las estancias de ganados, lo que dificultaba en gran medida el
tránsito por la región. Fue necesario construir fuertes y establecer presidios
en múltiples localidades del territorio chichimeca, lo que implicó un gasto de
más de doscientos mil pesos en tropas. Esta situación provocó un detrimento
significativo en toda la tierra y resultó en la pérdida de muchas vidas de
españoles cada año, debido a los robos y daños infligidos por los Chichimecas.
A pesar de los esfuerzos de los presidios, los ataques de los salteadores
continuaron. Durante el gobierno de D. Martín, también se introdujo el derecho
de alcabala, que fue recibido con gran desagrado por los vecinos, generando
animosidad hacia su administración.
En el
año de 1576, la Nueva España enfrentó una devastadora peste que causó una alta
mortandad entre la población indígena y duró más de un año, destruyendo gran
parte de la región y dejando a muchos pueblos casi despoblados. Un mes antes de
que comenzara esta mortandad, se observó un portentoso fenómeno en el cielo:
aparecieron en el sol tres ruedas que parecían tres soles muy sangrientos e
inflamados de fuego, creando un espectáculo de colores similares al arco iris.
Estas tres ruedas fueron visibles desde las ocho hasta casi la una de la tarde.
Al
cabo de catorce años de su buen gobierno, D. Lorenzo Xuárez de Mendoza, Conde
de la Coruña, asumió el cargo de virrey de esta tierra, mientras que D. Martín
Enríquez fue nombrado virrey del Perú. Allí, D. Martín vivió tres años,
gobernando con prudencia y discreción, y dejó un legado de gloria y fama
eterna. Por su parte, el Conde de la Coruña continuó en el gobierno durante
tres años, destacándose por su mansedumbre, hasta su muerte. Durante su
mandato, se llevó a cabo una visita para examinar la Real Audiencia de México y
a los Oficiales de Su Majestad.
En
este contexto, asumió el cargo de virrey de la Nueva España D. Álvaro Manríquez
de Zúñiga, Marqués de Villa Manrique de Zúñiga, en el año de 1585. El arzobispo
de México, por su parte, se trasladó a los Reinos de Castilla para llevar a
cabo la visita, donde falleció siendo presidente del Consejo Real de Indias,
sucediendo a Hernando de Vega Fonseca, Obispo de Córdoba. El Marqués de Villa
Manrique gobernó durante cuatro años, enfrentándose a numerosos y
significativos asuntos, de los cuales trataremos en resumen.
Fin
Compilado
y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez
Comentarios
Publicar un comentario