Historia de Tlaxcala por Diego Muñoz Camargo

Capítulo uno

...El linaje de los tlaxcaltecas y lo que les ocurrió al cruzar el estrecho, del cual se tiene noticia de que vinieron o de que, en su travesía, nació Camaxtle, dios de los tlaxcaltecas. Se dice que este dios atravesó desde el mar del Norte hasta el del Sur y que luego apareció en las tierras de Pánuco, como ya hemos mencionado y seguiremos describiendo más adelante. Después de que Tezcatlipoca Huemac vino en busca de Quetzalcóatl, causó tanto temor entre las gentes que, al no encontrarlo, desató matanzas en toda la tierra. Esto provocó que se le temiera y adorara como a un dios. Tezcatlipoca pretendió opacar la fama de Quetzalcóatl, llegando a dominar las provincias de Cholula, Quauhquecholla, Izúcar, Atlixco y todas las tierras de Tepeyacac, Tecamachalco, Quecholac y Tehuacán. En todas estas provincias fue venerado como un dios. Lo mismo ocurrió en Tlaxcala, donde lo consideraban el más poderoso de los dioses, tanto por su valentía como por su fuerza y astucia. En toda la Nueva España fue ampliamente conocido y adorado como dios.

Dado que hemos hablado extensamente de Tezcatlipoca y Quetzalcóatl, no podemos dejar en silencio la causa de la división y separación de los tarascos michoacanos, como ya mencionamos. Se cuenta que, al cruzar el estrecho del mar, los tarascos avanzaron en troncos de árboles, balsas y otros medios rudimentarios. Se establecieron en las siete cuevas, donde vivieron hasta que lograron construir moradas permanentes. Sabemos que la mayoría de estas naciones eran pueblos desnudos y desarrapados, y que muchos no tenían con qué vestirse, aunque algunos usaban cueros y pieles de animales. Ya sea por falta de industria o de recursos para fabricar algodón o lana, la mayoría vivía sin ropa, lo que los llevó a buscar tierras más templadas donde su desnudez se hiciera más llevadera, habiendo ya convertido esta forma de vida en una costumbre natural.

La razón de su falta de vestimenta, según se dice, es que los tarascos no usaban bragueros, calzones ni zaragüelles, ni otro tipo de prendas para cubrir las partes íntimas, como si fueran animales ajenos a la decencia de los hombres. Solían llevar unas túnicas cortas, sin mangas, que apenas les llegaban a las rodillas, abiertas por el cuello para meter la cabeza y cerradas en todo lo demás. Este tipo de vestimenta, que hoy en día es femenina, en aquel entonces era común entre los tarascos y se sigue utilizando en toda la Nueva España bajo el nombre de huipil; los españoles las llaman camisas.

Sobre estas túnicas, los tarascos llevaban una manta de algodón, llamada tzanatzi en su lengua, y ayatl en náhuatl. Era una prenda finamente tejida con vivos colores y adornos que imitaban los trabajos de seda, elaborados con pelos de liebre y conejo. Estas mantas se anudaban sobre un hombro y llegaban hasta los tobillos, siendo más cortas entre los jóvenes y largas entre los ancianos. Esta era la vestimenta tradicional tarasca. También usaban otras prendas, como capas de plumas de distintos colores y especies de aves. Sin embargo, otras naciones como los mexicanos, culhuas, tepanecas, olmecas y xicalancas no usaban las camisas de los tarascos ni sus túnicas. Preferían llevar bragueros y cubiertas para las partes genitales y posteriores por motivos de decoro, aunque el resto del cuerpo quedaba desnudo. Usaban mantas ricas, anudadas sobre un hombro, tal como ya hemos mencionado.

La diferencia en la vestimenta entre los mexicanos, tarascos y otras naciones, según se dice, no fue significativa, ya que todos compartían un origen común, descendiendo de una misma prosapia y generación, habiendo llegado por la misma ruta. Algunos sostienen que, al cruzar un estrecho de mar o un gran río, posiblemente el río de Toluca, se encontraron con obstáculos geográficos que los dividieron. Aunque no hay claridad sobre si fue un río o un estrecho marítimo, lo importante es que los tarascos se adelantaron en su travesía, queriendo cruzar primero, aunque las demás tribus intentaron detenerlos, advirtiéndoles del gran peligro que implicaba hacerlo sin las herramientas necesarias, pues en aquellos tiempos pasar el mar se consideraba una gran hazaña, especialmente sin barcos ni instrumentos de navegación.

A pesar de las advertencias, los tarascos persistieron en su propósito, encontrando ingeniosos medios para cruzar. Utilizaron troncos, balsas y todo lo que la necesidad les enseñaba. Incluso se despojaron de sus bragueros y maxtles —prendas de más de cuatro brazas de largo, bellamente decoradas— para atar las balsas y maderos que les permitieron cruzar con sus hijos y mujeres. Al llegar al otro lado, quedaron desnudos y desabrigados, por lo que se vieron obligados a usar las camisas y huipiles de sus mujeres, dejando a estas cubiertas solo de la cintura para abajo. Con el tiempo, adoptaron esta forma de vestimenta en memoria de aquella travesía. Desde entonces, los tarascos nunca volvieron a usar bragueros y continuaron vistiéndose con los huipiles de las mujeres, quienes tampoco volvieron a ceñirse las enaguas con faja o cinta, sino que las ajustaban simplemente con un nudo.

Después de esa travesía, los tarascos fueron los primeros en poblar las provincias de Michoacán, donde encontraron tierras que se ajustaban a sus necesidades y costumbres. Mientras tanto, los mexicanos, tepanecas y las demás tribus que se quedaron atrás, continuaron vistiendo sus trajes tradicionales de algodón, palmas, maguey —conocido como ixtli— y pieles de animales. A los tarascos, los mexicanos les dieron este nombre porque usaban los genitales cubiertos entre las piernas, lo que producía un sonido al correr. Los habitantes de Michoacán se llamaron Michhuaques, porque las tierras que poblaron eran ricas en pescado, y de ahí proviene el nombre de la provincia, Michhuacán, que significa "lugar de peces".

 

Capítulo dos

Para una mejor comprensión, conviene detenernos en su destreza y arte militar. Aunque considerados bárbaros y no guiados del todo por la razón, mantenían un cierto orden en sus encuentros y combates, atacando y retirándose según lo dictaban las circunstancias. Antes de profundizar en sus tácticas, describamos sus armas ofensivas y defensivas, las cuales eran fundamentales en sus enfrentamientos.

La primera arma que emplearon fueron los arcos y las flechas, que usaban tanto para la caza como para la guerra. Además, recurrían a hondas y lanzas, con varas de más de una braza y media, que lanzaban con gran precisión y fuerza, causándoles severos daños a sus enemigos. Las puntas de estas armas podían estar hechas de madera endurecida, espinas de pescado, cobre o pedernal, y lo mismo se aplicaba a las flechas lanzadas desde los arcos. También empleaban porras de madera robustas y pesadas, llamadas macanas, y espadas de pedernal afiladas y cortantes. Para protegerse, usaban escudos fuertes y barreras, aprovechando el terreno con zanjas y emboscadas.

Una de sus tácticas más ingeniosas era cavar trampas en lugares estratégicos, colocando estacas afiladas y cubriéndolas con tierra para engañar a sus enemigos. También envenenaban las aguas de los ríos y fuentes para que sus contrincantes bebieran de ellas y murieran. Realizaban ataques nocturnos por sorpresa y, en combate, peleaban casi desnudos, cubiertos con tizne o pinturas de guerra. Algunos guerreros de mayor rango, como los mexicanos, acolhuas y tlaxcaltecas, vestían túnicas de algodón acolchadas, similares a armaduras de cuero. También usaban insignias decoradas con figuras de animales como tigres, leones, osos, lobos o águilas, adornadas con oro y plumas valiosas, todas elaboradas con gran habilidad.

En la guerra, llevaban consigo joyas de oro y atavíos muy preciados, y peleaban en grupos compactos. Sus batallas no seguían las mismas tácticas que las nuestras: enviaban una cuadrilla para enfrentar a otra en medio del campo, y el grupo con más fuerza se imponía. Cuando uno de los bandos comenzaba a flaquear, un nuevo escuadrón entraba en acción para apoyarlo, hasta que se desencadenaba una gran batalla. Así continuaba el combate hasta que se hacía evidente la victoria de un lado, momento en el que los vencedores proclamaban su triunfo a grandes voces, invocando a sus dioses con renovada energía.

Su objetivo principal en la guerra no era solo vencer, sino capturar prisioneros para sacrificarlos a sus dioses y, en ocasiones, comérselos. Para ellos, capturar era una mayor hazaña que matar. Si bien algunas veces se libraban escaramuzas, también recurrían a fingir retiradas para atraer a sus enemigos a emboscadas mortales.

Cuando intentaban conquistar nuevas provincias o defendían sus tierras de invasores, luchaban con mayor resistencia. Si no podían someter a los pueblos pacíficamente, los saqueaban y destruían sus casas. Aunque su estilo de combate no seguía las normas militares europeas, mantenían cierto orden en sus guerras. Los caudillos organizaban las batallas en grupos, y mientras avanzaban, hacían sonar bocinas y tambores, bailando y cantando canciones de guerra. Este estruendoso ruido, junto con los golpes de sus macanas y escudos, infundía terror en sus enemigos.

Así combatían, arrojando piedras, flechas y dardos, hasta que llegaban al cuerpo a cuerpo con macanas y espadas de pedernal, que causaban heridas mortales. Aunque hoy en día muchas de estas armas han desaparecido, los Chichimecas y otros pueblos del norte aún las utilizan. Los arcos y las flechas fueron probablemente las primeras armas del mundo, inventadas por los primeros hombres y utilizadas por culturas tan dispares como los turcos, griegos y troyanos. Esto demuestra que no solo en el Nuevo Mundo, sino en muchas partes del planeta, estas herramientas han sido fundamentales en la historia de la humanidad.

 

Capítulo tres

Después de haber poblado México y sus alrededores, con el tiempo llegaron los Ulmecas, Chalmecas y Xicalancas, unos siguiendo a los otros. Al encontrar la tierra ya ocupada, decidieron continuar su camino en busca de nuevas aventuras, dirigiéndose hacia el volcán y las faldas de la sierra nevada. Los Chalmecas se quedaron en lo que hoy es la provincia de Chalco, mientras que los Ulmecas y Xicalancas siguieron adelante, cruzando montañas y rodeando pasos hasta llegar a Tochimilco, Atlixco, Calpan y Huexotzinco, y finalmente a la provincia de Tlaxcala.

Antes de llegar a Tlaxcala, inspeccionaron la tierra y eligieron establecerse, fundando asentamientos como el pueblo de Santa María de la Natividad, Huapalcalco, y las áreas cercanas a la ermita de Santa Cruz, conocida por los locales como Texoloc, Mixco, y Xiloxochitla, donde está la ermita de San Vicente. También se asentaron en el cerro de Xochitecatl y Tenayacac, cerca de las ermitas de San Miguel y San Francisco, entre las cuales fluye el río que baja de la sierra nevada de Huexotzinco.

En este lugar, los Ulmecas hicieron su principal asentamiento, como lo revelan las ruinas de sus imponentes edificaciones. Las fortificaciones, fosos, murallas y baluartes muestran que fue una construcción monumental, hecha por innumerables personas. El sitio principal de su fortaleza estaba en un cerro con casi dos leguas de circunferencia, rodeado por cinco murallas y fosas de más de veinte pasos de ancho. La tierra excavada de estas fosas se usaba para reforzar los muros. Aunque hoy en día están erosionadas, aún alcanzan alturas significativas. De hecho, he cabalgado dentro de algunas y las he medido, confirmando que un hombre a caballo, con lanza en mano, no alcanza la parte superior en muchas secciones, a pesar de los siglos de acumulación de tierra y agua.

Estas fosas y murallas rodeaban el cerro, lo que lo convertía en un sitio de gran fuerza y protección. Incluso hoy en día, hay indios que viven en algunas partes del cerro, el cual está excavado en roca viva. Muchas cuevas servían de refugio en la antigüedad. En este imponente y antiguo fuerte, tanto en sus cumbres como en la sierra de Tlaxcala, llamada Matlalcueye, y en la cima de Tepeticpac, las mujeres y niños buscaron refugio cuando el Capitán Hernando Cortés y sus hombres llegaron para conquistar estas tierras, hasta que finalmente se logró la paz y seguridad en la provincia de Tlaxcala.

Además de esa antigua población, hubo otras en la zona conocida como San Felipe, situada a unas dos leguas hacia el oeste, en un terreno llano y despejado. También existieron otros asentamientos de los mismos Ulmecas, Xicalancas y Zacatecas, cuyo líder era conocido como Coxanatccuhtli. Al parecer, estos primeros pobladores llegaron en tres grupos provenientes de las siete cuevas, compartiendo el mismo idioma, costumbres y estructura. Ocupaban más de cuatro leguas en distintos puntos de esta provincia, aunque sus edificaciones, hoy en ruinas, aún son reconocibles. Se les considera los primeros pobladores de Tlaxcala, ya que se establecieron sin resistencia, encontrando las tierras deshabitadas.

Durante mucho tiempo vivieron en paz y estabilidad, hasta que llegaron los Chichimecas, un grupo belicoso y ambicioso. Estos fueron los últimos en poblar y conquistar Tlaxcala. Según sus crónicas y cantares, aunque con lagunas temporales que dificultan una clara comprensión, se sabe que estos Chichimecas arribaron hace aproximadamente trescientos años, con ejércitos organizados en busca de tierras donde asentarse, como lo habían hecho otros pueblos antes que ellos.

Estos nuevos habitantes también provenían de las siete cuevas, y perseguían a las gentes que les precedieron: los Culhuas, Tepanecas, Aculhuaques, Chalmecas, Ulmecas y Xicalancas, todos ellos parientes y de la misma descendencia, lengua y costumbres. Aunque en cada provincia adoptaron variaciones en su forma de hablar, compartían un tronco común en su idioma. La lengua mexicana se consideraba la materna, mientras que la tezcucana se tenía por más refinada y elegante. Las demás lenguas derivadas de estas eran vistas como toscas o groseras, especialmente en las provincias más alejadas de México.

La lengua mexicana prevalecía en toda Nueva España y gran parte del Nuevo Mundo, y, aunque otras lenguas eran consideradas bárbaras, los intérpretes mexicanos las traducían. Este idioma era amplio y rico, con una dignidad que le confería un carácter señorial. Su estructura permitía la creación de versos con facilidad, gracias a su armonía y compacidad, siendo apreciada por su suavidad y facilidad para el aprendizaje y la expresión poética.

Siguiendo, como mencionamos antes, a sus familiares y parientes, los Chichimecas avanzaron de tierra en tierra y de provincia en provincia, encontrando la mayor parte del territorio ya habitado por sus propios deudos. Con la noticia de que las poblaciones más grandes se encontraban más adelante, su propósito siempre fue continuar su marcha, lo que hicieron. Así, de un lugar a otro, llegaron a las provincias de Xilotepec, Hueypuchtlan, Tepotzotlan y Quauhtlinchan, donde se establecieron por un tiempo. En estos lugares mantuvieron negociaciones importantes con los Culhuas y Tepanecas mexicanos, quienes tenían asentadas las tierras que rodeaban la laguna y sus alrededores.

Al notar la gran cantidad de Chichimecas que había llegado y la escasez de tierras disponibles, decidieron proseguir su viaje hacia la provincia de Tetzcuco, donde residían los Acolhuaques Tetzcucanos. Al acercarse a esta región, fueron bien recibidos por los señores de la tierra, quienes sabían que todos compartían el mismo linaje, siendo parientes y procedentes de una misma patria. Sin embargo, al no disponer de tierras suficientes para asentar a tanta gente, los señores de Tetzcuco les asignaron un lugar temporal donde pudieran establecerse mientras encontraban un sitio adecuado para poblar.

Así, los Chichimecas se asentaron junto a la laguna, entre Tetzcuco y Chimalhuacán, al pie de las montañas de Tetzcuco, en una zona conocida como los Llanos de Poyauhtlan. En la actualidad, los habitantes de Tlaxcala reclaman derechos sobre estas tierras, ya que fueron suyas por una merced y donación que les otorgó el rey de Tetzcuco. Los Chichimecas establecieron su principal asentamiento en lo que hoy es el pueblo de Cohuatlichan, cerca de la laguna mexicana, bajo la jurisdicción de Tetzcuco.

En el año de su fundación, conocido como *Ome Tecpatlxihuitl* o "año de dos pedernales", los Chichimecas establecieron su asentamiento. A pesar de que los naturales de las provincias cercanas les habían otorgado tierras y los recibieron pacíficamente, con hospitalidad y generosidad, los Chichimecas nunca dejaron de estar en alerta y armados. Temían ser traicionados y sorprendidos desprevenidos, como a menudo sucede en tales situaciones. Durante su tiempo en los llanos de Poyauhtlan, se sustentaban principalmente de la caza, siendo grandes arqueros y cazadores, más hábiles con el arco y la flecha que otras naciones. De hecho, el término "Chichimeca" significa "hombres salvajes", como se mencionó previamente, y su origen está relacionado con el hecho de que estas personas solían comer la carne cruda de los animales y beber su sangre. En la lengua mexicana, Chichiliztli se refiere a mamar o chupar, y Chichimeca Techichinani alude a aquellos que chupan, de donde proviene su nombre.

A lo largo del tiempo, los descendientes de estos Chichimecas fueron muy respetados, y su nombre, que originalmente era símbolo de nobleza, se mantuvo. Sin embargo, en tiempos recientes, el término ha adquirido connotaciones negativas. Hoy en día, aquellos que viven de manera salvaje, cazando y atacando violentamente a los pacíficos, son llamados Chichimecas. Estos pueblos, en los tiempos modernos, se han vuelto mucho más crueles, atacando a los españoles, robando en los caminos y causando grandes estragos en sus haciendas, lo que ha dificultado cualquier relación pacífica con ellos.

El nombre Chichimeca, que alguna vez fue sinónimo de nobleza, ha pasado a designar a quienes viven como bandidos y saqueadores, especialmente aquellos que habitan en las tierras inexploradas y remotas, como las regiones de la Florida y otras aún por conquistar. De estos Chichimecas se podrían contar muchos hechos espantosos y audaces, dado que sus acciones han sido tan temerarias que casi han rendido vastas tierras, aunque a un gran costo para los nuestros. Estos pueblos aún no han sido subyugados, y poseen tierras ricas en metales, especialmente plata, que algún día podrán ser explotadas. Además, se tiene noticia de otras tierras y naciones vinculadas a los Chichimecas, entre ellas aquellas de donde provienen los mexicanos.

Muchos capitanes españoles han luchado contra ellos, enfrentándose a una milicia feroz y bárbara, compuesta de arqueros desnudos que combaten con arrojo, sin armadura ni defensa alguna. Estos enfrentamientos han cobrado la vida de numerosos capitanes valientes en una guerra que parece interminable.

 

Capítulo cuatro

Retornando a nuestro propósito principal, aquellos antiguos y sinceros Chichimecas que vivieron en los asentamientos, siguiendo a sus parientes y amigos, adoraban como dios a Camaxtli. Este ídolo, que veneraban con gran devoción junto a otros dioses e ídolos, les revelaba sus mandamientos, instituciones y promesas. No cabe duda de que Camaxtli era el mismo demonio, ya que les hablaba directamente, revelándoles futuros acontecimientos, indicándoles qué hacer y dónde establecerse.

Además de ser devotos de sus ídolos, los Chichimecas eran conocidos por su habilidad en la hechicería y la nigromancia. Estos conocimientos mágicos los hacían temidos por sus vecinos, quienes evitaban enfrentarlos. Durante mucho tiempo, lograron mantenerse en Poyauhtlan sin ser perturbados.

Sin embargo, cuando las poblaciones vecinas notaron que los Chichimecas se iban apoderando de más tierras, comenzaron a temer que estos crecieran en poder y eventualmente los sometieran. Este temor aumentó cuando los Chichimecas empezaron a tratar mal a sus vecinos en su afán de expandirse. Por esta razón, los Tepanecas y los Culhuas mexicanos, que estaban unidos por un acuerdo, decidieron expulsarlos de Poyauhtlan, temiendo que se fortalecieran demasiado.

Así, durante el reinado de Huitzilihuitzin en México, en el año conocido como *Cetochtli Xihuitl* (año de un conejo), las huestes Tepanecas y Culhuas se unieron para atacar a los Chichimecas. Los Chichimecas, siendo un pueblo feroz y siempre preparado para la guerra, no fueron tomados por sorpresa. Se enfrentaron con gran furia, defendiendo su territorio con un coraje imponente.

Las historias antiguas cuentan que la batalla fue tan violenta que desde el pueblo de Cohuatlichan hasta Chimalhuacan, toda la orilla de la laguna se tiñó de sangre. El agua de la laguna, dicen, parecía más sangre que agua debido a la gran cantidad de muertos. Los Chichimecas, con gran habilidad y esfuerzo, lograron derrotar y humillar a sus enemigos, regresando a su asentamiento victoriosos.

En memoria de esa sangrienta batalla, los habitantes de la región comenzaron a comer un marisco llamado *Izcahuitli*, que se cría en esa laguna. Este marisco tiene el color de la sangre coagulada y una textura similar a una lama rojiza. Se cree que esta lama y el marisco se originaron de la sangre derramada en aquella batalla, aunque esto es solo una fábula. Sin embargo, el nombre *Izcahuitl* proviene de la palabra *eztli*, que en lengua mexicana significa sangre, lo que refleja el recuerdo de esa devastadora guerra.

Después de la gran guerra entre los Tepanecas y los Chichimecas, estos últimos decidieron abandonar su asentamiento en busca de tierras más amplias y favorables, deseando escapar de la estrechez en la que vivían. Reconocían que estaban malquistos con sus vecinos y, además, su dios Camaxtli les instaba a buscar un nuevo lugar donde pudieran establecerse en paz y prosperidad. Este dios les decía que debían levantar su campamento y que su verdadera morada no estaba allí, sino más allá, en un lugar donde pudieran ser señores supremos y vivir en tranquilidad. La metáfora que les reveló fue clara: *Uncantonazoncantlathuiz, oncanyazque ayancomican*, que significa "adelante habéis de pasar, no es aquí donde ha de amanecer el sol con sus prósperos y resplandecientes rayos".

Conscientes de que sus relaciones con los Tepanecas se habían deteriorado y que enfrentaban inevitables conflictos, los Chichimecas decidieron negociar con los señores Tetzcucanos sobre su intención de marchar y alejarse de los Tepanecas. Su llegada no había sido con el propósito de pelear, sino de poblar un lugar donde pudieran vivir en comodidad. Traían consigo a sus hijos y mujeres, y había muchos más ejércitos que los seguían.

Deseaban avanzar hacia el este, hacia donde salía el sol, hasta alcanzar la *mar Teuhtlixco Anahuac*, que se traduce como "al fin de la tierra y hasta la orilla de la mar", un área que se encontraba desierta y despoblada. Antes de emprender esta jornada, buscaban el consentimiento de los Tetzcucanos, deseando que su partida fuese con su licencia y voluntad. Así, si en el futuro enfrentaban infortunios o adversidades, podrían contar con el apoyo de sus parientes, amigos y hermanos, quienes les ofrecerían su ayuda como hombres prósperos y establecidos en la región.

Así, en esta despedida y separación, se llevaron a cabo importantes negociaciones entre las partes y los Aculhuaques Tetzcucanos. Finalmente, se acordó que estos últimos se marcharan en busca de un lugar donde pudieran establecerse a su antojo. Antes de su partida, para facilitar su camino, se les proporcionaron adalides y guías que los condujeran a través de las elevadas sierras de Tetzcuco, mostrándoles desde la cumbre más alta de esas montañas y laderas de Tlallocan, altísimas y umbrales. He estado allí y puedo afirmar que su vastedad permite contemplar ambos hemisferios, ya que son los puertos más altos de esta Nueva España, rodeados de árboles y montes de gran altura, con cedros, cipreses y pinares cuya belleza es inefable; parecen alcanzar el cielo en armonía con la naturaleza. Dado que las palabras no son suficientes para transmitir la profundidad de mis pensamientos, dejo al buen juicio del lector discreto la interpretación de estas maravillas.

Aparte de la sierra nevada y el volcán, que son aún más altos, el Creador del mundo ha dispuesto uno de los principales adornos de su creación. Desde un lado se puede contemplar todo el reino de los mexicanos Tepanecas y su extensa laguna; del otro, se vislumbra el reino y la provincia de Tlaxcala, Cholulla, Huexotzinco, Quauhquecholla, Tepeyacac, Tecamachalco y otras provincias repletas de innumerables naciones. Al observar ambas visiones, se elevan inmensas gracias al Artífice Universal de todo lo creado, especialmente en el día de hoy, cuando, tras el prodigio que el verdadero Dios ha obrado entre ellos, se ofrecen eternas alabanzas y agradecimientos, pues lo que antes pertenecía al demonio ha sido reducido hoy al verdadero Dios y a su Iglesia militante. ¿Quién no se llena de lágrimas de pura alegría? ¿Quién no se regocija con una felicidad sublime, ante milagros tan evidentes que, después de tantos milenios, Nuestro Señor ha decidido traer a tantas y tan diversas naciones al conocimiento de su Santa Fe?

A su Divina Majestad se le rinden alabanzas y agradecimientos por tantas mercedes que sus criaturas racionales reciben cada día. Tras subir los Chichimecas junto con los adalides a las sierras de Tlallocan, descubrieron vastas y amplias tierras, valles, sierras y llanuras, así como ríos y manantiales, casi como un nuevo mundo o hemisferio. Como atalayas, observaron que esas grandes tierras estaban despobladas, sin fuegos ni moradas, y reconocieron que eran tierras desiertas, habitables y propensas para poblar. Con esta noticia, descendieron de la sierra, y al relatar lo que habían visto, celebraron grandes fiestas y solemnidades, especialmente los Chichimecas en honor a su ídolo Camaxtli, quien, según dicen, les habló y les instó a comenzar su camino, asegurándoles que aquella era la tierra en la que debían establecerse y donde habrían de permanecer como señores. Les dijo que era el momento de dejar atrás la provincia de Poyauhtlan y la compañía de los Aculhuaques, aunque les prometió apoyo y ayuda en sus necesidades y trabajos, así como grandes refuerzos de gentes cuando fuera necesario.

De este modo, levantaron su Real y comenzaron su travesía hacia Chalco, llevando con ellos a mujeres e hijos, la mayoría de los cuales optó por este camino. Sin embargo, se afirma que algunas cuadrillas decidieron dirigirse hacia el norte para poblar las provincias de Tullantzinco, evitando así subir o atravesar las grandes serranías y puertos de la sierra nevada y el volcán de Amaquemecan.

Estos acontecimientos tuvieron lugar en el año ome Tecpatl, cuando los Chichimecas comenzaron a poblar los llanos de Poyauhtlan con el consentimiento de los Señores de Tetzcuco. Esto ocurrió en el año de tres Calli, cuatro Tochtli, cinco Acatl, seis Tecpatl, un Casa (que es ce Calli), cinco Tochtli, nueve Acatl, diez Tecpatl, once Calli, doce Tochtli, trece Acatl y dos Tecpatl, hasta llegar a dos Calli, que fue el año en que arribaron a la provincia de Chalco Amaquemecan, tras su salida de los llanos de Poyauhtlan.

 

Capítulo cinco

Antes de continuar, consideramos importante abordar las jornadas que emprendieron los Chichimecas desde que desembarcaron o cruzaron aquel pasaje de agua, río o estrecho de mar, en el año que los naturales registran de la siguiente manera. En el año de cinco Tochtli, llegaron a las siete cuevas, y de allí se dirigieron a Mazatepec, donde dejaron a Itztolli Axiunel, personas principales. Desde Mazatepec, viajaron a la provincia de Tepenenec, que significa "en el cerro del Eco", donde mataron a Itzpapalotl, quien fue herido de muerte por Mimich con flechazos.

Después, llegaron a Comayan, donde sostuvieron una gran guerra hasta que, por la fuerza, destruyeron y conquistaron la ciudad. Desde Comayan, continuaron su camino hacia la provincia de Culhuacan, Teotlacochcalco y Teohuitznahuac. Aquí intentaron flechar y matar a una Cacica llamada Cohuatlicue, señora de esta provincia; sin embargo, en lugar de hacerlo, hicieron amistades con ella. Mixcohuatl Camaxtli se unió a Cohuatlicue como su mujer, y de esta unión nació Quetzalcohuatl.

Por esta razón, es importante señalar que, aunque Quetzalcohuatl afirmó haber llegado por la parte norte, pasando por Pánuco, Tulantzinco y Tula, donde tuvo su residencia, todos estos personajes llegaron por la vía del poniente. Al ser personas de gran importancia y habilidades, los consideraron dioses, especialmente Camaxtli, Quetzalcohuatl y Tezcatlipuca, junto a los demás ídolos. Sin embargo, su travesía por diversas partes de este nuevo mundo sugiere que estos seres a los que veneraban debían ser nigromantes, hechiceros, encantadores o brujos, o tal vez habían establecido un pacto con el demonio, pues lograban prever muchos acontecimientos futuros. Su influencia era tal que parecían capaces de pervertir a tantas y tan numerosas naciones de gentes.

Habiendo nacido Quetzalcohuatl en la provincia de Tehuitznahuatl, Xicalan organizó grandes festividades y obsequió generosos presentes de ropas de algodón. Desde esta provincia, los condujo a Aculhuacan, donde entregó a un principal llamado Tzontecomatl a su hermana Coyollimaquiz. De esta unión nació Acul, y de Acul, Huehueyac. Huehueyac a su vez tuvo a Ilanaceytl Atotoz, quien fue madre de Quetzalchihuatzin. De Ixtlilxochitl nació Nezahualcoyotl, y de este último descendió Netzahualpilzintli, conocido como el Lobo Ayunador, mencionado anteriormente. Así se estableció la línea recta de los Señores de Tetzcuco.

Tras haber recorrido tantas tierras y provincias, como se ha indicado, llegaron a Hueypuchtlan y Tepotzotlan. En esta provincia, se armaron los caballeros Culhuatecuhtli, y Xicalan adoptó el nombre de Tecpanecatl, en una ceremonia en la que se intercambiaban nombres, permitidos por su grandeza. Aquel que antes se llamaba Cetecpatl fue nombrado Mixcohuatecuhtli, mientras que Mixcohuatl adoptó el nombre de Chichimecatecutli. Estos nombres corresponden a los principales caudillos que lideraron a estas gentes y a sus mujeres. Los menciono aquí con sus nombres antiguos, ya que hoy en día muchos descendientes de estos personajes todavía viven. Aunque no se mencionó al principio, es importante hacer referencia a ellos para informar sobre los principales caudillos que jugaron un papel crucial en el origen de estas poblaciones, desde donde comenzó su larga y notable peregrinación.

Finalmente, entre los caudillos de estas gentes se encuentran Mixcohuatl, Hueytlapatli, Pantzin y Cocoltzin. Xonecuilinan fue esposa de Xicalan, mientras que Cetecpatltecuhtli tuvo como esposa a Yacaxoxouhqueilama. Mixcohuatecuhtli se unió a Totonilama. El hijo de Xicalan fue Mazatlheuhue, quien se casó con Centecihuatzin, la hija de Cotecpatltecuhtli. De esta unión nacieron Tochtzin y Apanecatzin; y Apantzin fue hijo de Cetecpatl, mientras que Acontzin fue hijo de Mixcohuatl.

Es importante señalar que, en aquella época, los Chichimecas solían tener solo una esposa. En la actualidad, aquellos que no tienen más de una mujer valoran mucho a sus hijos varones y tienden a menospreciar a las hijas. Los padres crían a los varones, mientras que las madres se encargan de las hembras. Así, cuando llegaron a Poyauhtlan en el año de dos Tecpatl, tres Calli, cuatro Tochtli, cinco Acatl, seis Tecpatl, siete Calli, ocho Tochtli, nueve Acatl, diez Tecpatl, once Calli, doce Tochtli, y trece Acatl Inanlir Tonalli, y en el día del pedernal, conocido como Cetecpatl Xihuitl, los Chichimecas salieron de Poyauhtlan, dejando allí a Chimalcuixintecuhtli. Este último se dirigió a las provincias de Quauhchinanco con una gran parte de su gente para poblarlas, en dirección al norte. Allí fue recibido amistosamente por Macuilacatlecuhtli, quien le ofreció una mujer con quien se casó en Tollantzinco. Lo mismo hizo con Quauhtotolamihua.

De estas gentes se poblaron grandes provincias, abarcando toda la sierra y las costas del mar, incluyendo Tuzapan, Papantla, Tonaliuhco, Muxtitlan, Achchalintlan y Nauhtlan. Los que se armaban caballeros en Poyauhtitlan eran: Ixcoatl, Acolpitecuhtli (quien adoptó el nombre de Pantzintecuhtli), Tecpanecatl (quien se llamó Mixcohuatecuhtli) y Hueytapachtli (que pasó a ser Chichimecatecuhtli).

La ceremonia de armamento de caballeros entre los naturales de México, Tlaxcala y otras provincias de la lengua mexicana es un hecho notable. Por lo tanto, no nos detendremos en ello más de lo necesario. Es importante mencionar que cualquier Señor o hijo de Señores que hubiera ganado algo en la guerra, o que hubiera realizado acciones destacadas, y que mostrara valor y buen juicio en la República, era armado caballero. Lo mismo sucedía con los mercaderes adinerados, quienes, por su riqueza, se ennoblecía y llevaban a cabo negocios como Hijosdalgo; así, los armaban caballeros de dos maneras. Los caballeros de linaje recto eran llamados Tepilhuan, mientras que a los mercaderes armados y a aquellos de nobleza por descendencia se les conocía como Tecuhtles.

El proceso de convertirse en caballero estaba lleno de ceremonias. Primero, permanecían encerrados en un templo de sus ídolos durante cuarenta o sesenta días, ayunando y limitándose a interactuar únicamente con aquellos que les servían. Al final de este período, eran llevados al templo mayor, donde se les enseñaba sobre la vida que debían llevar. Antes de todo esto, eran sometidos a vejámenes, recibiendo palabras afrentosas y satíricas, así como golpes y reproches. Se les perforaban las narices, los labios y las orejas; la sangre que brotaba de ellos era ofrecida a sus dioses. En ese mismo lugar, se les entregaban públicamente sus arcos, flechas, macanas y otros instrumentos de guerra. Luego, eran conducidos por calles y plazas, en medio de gran pompa, regocijo y solemnidad. Les colocaban orejeras de oro, así como collares de igual material en las narices, y llevaban a su paso a muchos truhanes y cómicos que hacían reír al público. Además, les ponían piedras preciosas en las narices, perforaban sus orejas y narices, y les decoraban con huesos de tigres, leones y águilas, en lugar de metales preciosos.

El ceremonial de armado caballero era una ocasión de grandes festividades y gastos. Se ofrecían generosos presentes a los antiguos señores y caballeros, incluyendo ropas, esclavos, oro, piedras preciosas, plumería rica, divisas, escudos, rodelas, arcos y flechas, similares a las propinas que se otorgan cuando nuestros letrados obtienen un título. Estos Tecuhtles iban de casa en casa, entregando regalos y dádivas, y lo mismo hacían los caballeros una vez que eran armados. Se llevaba un registro de todos ellos en la República, por lo que no se armaban muchos caballeros pobres hidalgos debido a sus escasos recursos. Solo aquellos que habían demostrado nobles y loables hazañas merecían tal distinción. En esos casos, los caciques y los más altos dignatarios, que ejercían un imperio mixto en sus tierras, tenían la autoridad de hacer justicia, como era habitual.

Los que perforaban las orejas, labios y narices de los nuevos caballeros eran ancianos muy respetados, dedicados a esta tarea. Estos veteranos no solo eran responsables de estas ceremonias, sino que también asesoraban en asuntos de justicia y guerra, siendo temidos, obedecidos y reverenciados en gran estima, como mencionamos anteriormente. Después de cuarenta a sesenta días de ayuno, los nobles eran llevados al templo mayor, donde se encontraban sus ídolos. Durante el ayuno, no se les perforaban orejas, narices ni labios; estas prácticas se realizaban al comienzo del ayuno, y se aseguraban de que, para el día de la ceremonia principal, las heridas sanaran para poder colocarles las orejeras y collares sin causarles dolor ni perjuicio.

Durante todo este tiempo, los aspirantes no se lavaban; en su lugar, se mantenían tiznados y embijados de negro, mostrando un gran sentido de humildad para alcanzar tan gran merced y recompensa. Velaban sus armas durante todo el período de ayuno, siguiendo las ordenanzas, usos y costumbres tan celebradas entre ellos. Además, las puertas del lugar donde se llevaban a cabo los ayunos estaban cerradas con ramos de laurel, un árbol muy valorado entre los naturales.

 

Capítulo seis

Continuación de la Peregrinación de los Emigrados de Poyauhtlan

El año de dos Calli, los ejércitos de los Chichimecas provenientes de Poyauhtlan llegaron a la provincia de Amaquemecan. Este grupo tomó la ruta que atravesaba los puertos al sur de la sierra nevada, dirigiéndose hacia las provincias de Tlaxcala, Huexotzinco, Cholollan y Quauhquechollan. Rodeando las faldas del volcán, avanzaron hacia Tetela, Tochimilco, Atlixco, Cohuatepeque y Tepapayecan. Sin embargo, algunos afirman que otras cuadrillas de Chichimecas ya se habían adelantado y habían llegado a Cholollan en el año primero de un Acatl. Entre los capitanes que lideraron a estos grupos estaban Tololohuitzitl, Ixicohuatl, Quetzaltehuiac, Cohuatlinechcuani y Ayapantli. Se dice que Tololohuitzitl salió a recibir a los Chichimecas en la provincia de Chalco y Amaquemecan, donde los gobernantes eran Petlacatl y sus hijos, Tlacatecuhtli, Xiuhtototl y Totcotzin.

Movidos por la necesidad, dejaron esta provincia y se trasladaron a un lugar llamado Tetliyacac, cerca de Huexotzinco, en el año de tres conejos. Desde este punto, los ejércitos se dispersaron para poblar las tierras que encontraran deshabitadas.

En el año de cuatro Casas, Toquetzaltecuhtli e Iyohuallatonac dirigieron sus cuadrillas para establecerse en la provincia de Quauhquechollan, fundando su poblado en Cohnatepec. Otro caudillo, conocido como Quetzalxiuhtli, también se unió a esta causa.

A medida que se establecían, los Chichimecas llegaron al actual territorio de Tlaxcala, donde expulsaron a los remanentes de los Olmecas y Zacatecas. El nombre Tlaxcallan, que significa "lugar de tortillas," refleja su origen y cultura.

Los Chichimecas, en su avance, se encontraron en guerra con los pueblos vecinos. Ante esta situación, imploraron la ayuda de los Texcucanos y se fortificaron en las montañas de Tlaxcala. Sin embargo, la conducta pérfida de los Tepanecas mexicanos complicó aún más su situación. En su desesperación, los Tlaxcaltecas invocaron la protección de su dios Camaxtli, quien les favoreció con prodigios. En agradecimiento, le ofrecieron tributos y ofrendas.

Mientras se preparaban para repeler el asalto, los Tlaxcaltecas llevaron a cabo sacrificios humanos, incluyendo la ofrenda de un Xippe, un tipo de ofrenda que incluía la representación de un guerrero sacrificado. La guerra que siguió fue una sangrienta batalla, donde los efectos terríficos de las flechas de Camaxtli causaron gran estrago en las filas enemigas.

Este periodo se conmemora en cantares históricos, y los historiadores relatan la bravura y las costumbres de estos pueblos. Entre ellas, la monogamia era la norma, y los Chichimecas, en su viaje, respetaron esta tradición, enfocándose en el fortalecimiento de sus comunidades y su cultura.

Asimismo, en el año de tres conejos, llegaron al lugar de Ahuayopan otras cuadrillas, habiendo llegado previamente a poblar las regiones de Ulmecas y Zacatecas. Al llegar, encontraron a estas áreas ya pobladas, como hemos relatado anteriormente, y en un lugar que se llamaba Tecoyocan.

En esta provincia, un capitán llamado Ixcohuatl, también conocido como Xopanuatecuhtli, se separó de sus compañeros y se trasladó a la provincia de Zacatlán, ya que no podían soportar a los Chichimecas, tras una serie de enfrentamientos que resultaron en numerosas muertes. En Totoyac, Tetzitzimitl se estableció, mientras que Quauhtzintecuhtli se asentó en Atlmoyahuacan. Luego, Cozcacuauhhuehue entró en la población de Huexotzinco, estableciéndose en el barrio de Tecpan, y Tlotlitecuhtli se asentó más abajo. En el barrio de Contlan, Tempatlahuac hizo lo mismo, y Cacamatecuhtli se estableció en Xaltepetlapan. Toltecatecuhtli se asentó en Calpan, mientras que Cematecuhtli pobló la parte de Atlixco, generando descendencia en el pueblo de Totomihuacan.

En ese tiempo, estas poblaciones no estaban divididas en provincias; sin embargo, por discordias y rivalidades, comenzaron a fragmentarse. Totomalotecuhtlioquichtzin pobló la zona, de donde nacieron Tezonistac, Ictopan, Ixtaccoyotl, Temayahui y Ocotochtli. Durante este período, se conquistó y destruyó la provincia de Tepeyacac, donde Quauhtzintecuhtli residió en el año que se conoció como el de cinco pedernales.

Veinte días después de su bisiesto, conocido como Tititl, los ejércitos chichimecas fueron movilizados para continuar sus asentamientos hacia Tepeyacac y Tecalpan. Mientras marchaban hacia la sierra nevada llamada Poyauhtecatl, también exploraron las sierras de Napantecuhtli y Perote, asegurándose de no dejar nada sin explorar. Llegaron a Amaliuhcan, Nacapahuaxcan y Chachapatzinco, lugares que iban poblando y nombrando según los acontecimientos que experimentaban en su viaje. Fue aquí donde comenzaron a consumir carne cocida y guisada, en lugar de la carne cruda y mal asada que solían comer en barbacoas, que a menudo estaban más crudas que cocidas.

Tololohuitzitl, Quetzaltehuiyac e Ixcoatl los visitaron, llevándoles como presentes ollas de barro para que pudieran cocinar sus alimentos. Por esta razón, comenzaron a llamar a este lugar Nacapahuacan, en alusión a la forma de cocinar la carne en ollas. Muchos de ellos se armaron como caballeros después de haber expulsado de sus tierras a los Xicalancas, Chozamecas y Zacatecas, lo cual efectivamente lograron, despojándolos de las tierras que poseían. Posteriormente, se trasladaron a poblar otras áreas y, tras esta destrucción, comenzaron a establecerse lentamente y con intención en la provincia de Tlaxcala.

Entraron en la provincia por un lugar llamado Acallan, así como por Yacacuanac y Yacahuaca Capechapan, donde encontraron a Tlalchiyac y Aquiyach. Estos les informaron que no debían detenerse allí, ya que esos territorios los habían conquistado y adquirido a través de los linderos de la provincia de Cholollan y toda la sierra de Matlalcueye, conocida como la sierra de Tlaxcallan.

“Estáis engañados”, respondieron los Chichimecas. “Todo esto nos pertenece, y no hemos parado; aún seguimos avanzando.” Así, continuaron su camino a través de diversos lugares de la provincia, estableciendo asentamientos. Al llegar a Contlan, donde ahora se encuentra la ermita de San Bernardino, permanecieron más de veinte días. El primero en partir de allí fue Atlapahuehue, acompañado por Teyohualmiqui, un gran encantador y hechicero. Subidos en el cerro de Moyotepec, Teyohualmiqui disparó de noche y mató a Cozcatecuhtli, así como a Cuetlachuatecuhtli y a Texteco ma Axotl Teotzin Zacatlamincetoxcatl.

Estos eventos ocurrieron después de que rodearon estas tierras, tras la división que se dio en Tepeyacac, en un periodo de ciento veinte días. Finalmente, llegaron a la sierra de Tepeticpac, que se encuentra en esta ciudad de Tlaxcala, en el mismo año de cinco pedernales.

Una vez en Tepeticpac, expulsaron a todos los Ulmecas y Zacatecas de las tierras de Tlaxcala y de Xocoyucan, donde estaban asentados, cerca del pueblo de San Felipe en esta provincia. Allí mataron a un capitán famoso llamado Colopechtli. Tras la muerte de su líder, los sobrevivientes se dirigieron hacia el norte, llevando consigo a sus mujeres e hijos, ya que se les permitió salir. Pasaron por Mitlinima, Coyametepec, Tlecoyotlipac, Mamaztlipilcayan y Hucheychocayan.

Como no encontraron cuevas en las que refugiarse, atravesaron grandes dificultades, pues llovió durante más de veinte días con aguas menudas. En este lugar, los ancianos y niños lloraron por las tierras que dejaban atrás, lo que llevó a que aquel valle se conociera hoy como Huehueychocayan. Allí quedó Coxana, mientras que los demás continuaron su camino hasta Atenatie, donde se encuentra actualmente el pueblo de la provincia de Zacatlán, junto a Ixcohuatl, Xopancatecuhtli y Atala. Asentaron su pueblo siguiendo el consejo de Coxana, quien debió ser el líder de todos esos ejércitos vencidos de los Chichimecas de Tlaxcala.

Desde la sierra de Tepeticpac, enviaron a Tzomacatl a la provincia de Xilotepec. Aquellos que se establecieron en Xicochimalco fueron Pucaniocchitl y su esposa Pucani-Axoch, a quien posteriormente se le conoció como Pucaniocchitl Cipactecuhtli. A medida que los Chichimecas iban apoderándose de toda la tierra y convirtiéndose en los señores poderosos de esta, consideraron que la fortaleza que habían construido en la inexpugnable sierra no traería ningún beneficio a los pobladores de la región. Sabían que, desde allí, los Chichimecas los someterían y los tratarían como vasallos. Esto no tenía sentido, ya que todos eran iguales en linaje, provenientes de diversas tierras para poblar.

Decidieron no someterse a los Chichimecas, quienes habían establecido su dominio en las tierras de Tepeticpac, que fueron llamadas Texcalticpac y Texcalla, así como en Tlaxcala. Intentaron despojar a los Chichimecas de su creciente poder y arrogancia, buscando que cada uno se quedara con lo que había ganado, dividiendo sus provincias y delimitando sus territorios para que fueran reconocibles, evitando así la sujeción a un solo gobernante, rey o capitán.

En esta situación, la codiciosa ambición desató guerras civiles entre ellos. Conspiraron contra sus mayores capitanes y líderes, quienes los habían traído y guiado desde tan lejanas tierras. Se produjo un clima de agitación y rebelión entre estos bárbaros, incapaces de soportar la mayoría ni la igualdad. Así, en busca de libertad, la gran parte de la gente plebeya que había llegado con ellos se volvió contra sus capitanes chichimecas. En tal grado, que se refugiaron en las cumbres más altas de Tepeticpac.

Todo esto fue parte de un intento de sustraerse y convertirse en señores de lo que habían ganado y poblado con sus gentes. En su conjura contra los Chichimecas mayores y más poderosos de la época, desataron una guerra civil extremadamente cruel y sangrienta, matándose unos a otros como enemigos feroces. Hermanos se enfrentaron a hermanos, padres a hijos, e hijos a padres, derramando la sangre de su propia patria en un conflicto que fue tan brutal que las palabras no pueden expresar ni exagerar las atrocidades que ocurrieron durante esta guerra.

Desbaratados los Chichimecas de Texcaltepec por la gran traición que sufrieron, se retiraron a sus fuertes, profundamente ofendidos por el agravio de sus enemigos. Sin embargo, pronto fueron sitiados por una gran muchedumbre que se reunió en su contra, lo que llevó a los Chichimecas a enviar en busca de ayuda a la provincia de Tetzcuco. Allí llamaron a los señores y capitanes amigos que habían establecido en las provincias que ahora estaban pobladas.

Colhuatecuhtli, el único señor de Tlaxcala y Tepeticpac, envió a llamar a Cipactecuhtli, quien se encontraba en Xicochimalco. Sin embargo, Huitzilacan y Quiltlilxochapanecatl no participaron en este combate ni en el cerco, al igual que Pantzintecuhtli, pues estaban ocupados en las poblaciones de Xalpan y Itztlottan.

 

El año de nueve pedernales marca el inicio del cerco a esta insigne y muy inexpugnable ciudad de Tlaxcala, siendo la primera guerra librada contra ella. Los Tetzcucanos acudieron en su ayuda con grandes ejércitos y poder. Como muestra de respeto y grandeza, el señor de Tetzcuco envió a Culhhatecuhtli un vaso de alabastro muy fino, acompañado por un valiente capitán llamado Chiname, quien fue recibido con agrado y cordialidad.

Mientras tanto, los Chichimecas, fortificados en los riscos de Tepeticpac, levantaron numerosas albarradas, fosas y otros obstáculos de guerra, aprovechando los profundos despeñaderos de la sierra. Se mantuvieron en sus posiciones, esperando el desenlace de la guerra que ya había comenzado. La fuerza y los reparos que los Chichimecas establecieron fueron tan significativos que su intención parecía más enfocada en inmortalizar su fama que en la defensa presente. Se preparaban para cualquier eventualidad adversa, como suele suceder en el mundo a aquellos que son muy prosperados y favorecidos.

Confiados en su ídolo Camaxtli, que les aseguraba la victoria sobre todas las gentes, aguardaban el momento que marcaría el principio de su monarquía.

Durante aquella era en la provincia de Huexotzinco, Xiuhtlehuitecuhtli, al observar cómo los Chichimecas se estaban apoderando de toda la tierra y recibiendo continuamente refuerzos de diversas partes, decidió buscar una forma de abreviar la guerra. Para ello, envió un mensaje al rey Matlalihuitzin de México, pidiéndole apoyo contra los Chichimecas de Poyauhtlan, sus enemigos acérrimos. Xiuhtlehuitecuhtli le expresó que los Chichimecas se estaban reagrupando con gran fuerza, usurpando las tierras que él había ganado, y que estaban decididos a avanzar hasta los confines del territorio y la costa del mar. Argumentó que no era razonable permitirles tal avance, dado su carácter cruel y belicoso.

Al recibir la súplica de Xiuhtlehuitecuhtli, Matlalihuitzin se mostró sorprendido por la magnitud de la situación, dudando inicialmente en cómo responder. Sin embargo, finalmente accedió a enviar el socorro solicitado.

Por su parte, el rey de los Mexicanos y Tecpanecas, al enterarse de los planes de los de Huexotzinco contra los Chichimecas, decidió enviar un aviso a estos últimos. A través de sus embajadores, comunicaron lo siguiente: «A vosotros, poseedores de la alta cumbre de Tlaxcala, os hacemos saber que somos mensajeros del gran señor Matlalihuitzin, quien guarda las aguas de la gran laguna de Tenochtitlan. Este señor os envía a avisar que el caudillo Xiuhtlehuitecuhtli ha solicitado ayuda, pues tiene la intención de librar una dura guerra contra vosotros. Matlalihuitzin ha prometido enviarle refuerzos, pero que no será para combatir, sino solo para hacer una semblanza de socorro.

Os comunicamos esto para que estéis al tanto, ya que ni él ni su gente tienen intención de ofenderos. Por tanto, os ruega encarecidamente que no actuéis en contra de ellos, pues no vienen a pelear, sino a cumplir un compromiso con Xiuhtlehuitecuhtli, señor de Huexotzinco. Se nos ha instruido que, cuando realicéis vuestros encantamientos dirigidos a los Mexicanos, no les causéis ningún daño, como ocurrió durante la gran batalla de Poyauhtlan, a la orilla de la laguna».

Después de estos acontecimientos, Culhuatecuhtlicuanez envió a expresar su agradecimiento al Señor de México por la ayuda que había recibido y le comunicó que su mensaje había sido transmitido. Ya organizados y preparados para marchar en formación de guerra, habiendo ganado la confianza y apoyo de sus aliados, se reunieron en lo alto de la cumbre de Tepeticpac.

Allí, entraron en el templo de su ídolo Camaxtli para realizar una oración. Colocaron en el altar numerosas cañas de carrizo, jara, puntas de vardascas, así como una gran cantidad de nervios y plumas para la elaboración de flechas y saetas. Invocaron al demonio con fervientes oraciones, pidiéndole su favor y ayuda, ya que siempre los había asistido en el pasado, y más que nunca, lo necesitaban, pues sus propios compañeros se habían rebelado contra ellos. Este ruego fue acompañado de llantos, gemidos, ayunos y sacrificios.

El demonio les respondió, instándoles a no temer y revelándoles que debían utilizar un encantamiento. A continuación, llevaron a cabo un ritual diabólico en el que buscaron una doncella de gran belleza, que tenía una teta más grande que la otra. La trajeron al templo de Camaxtli y le ofrecieron un bebedizo medicinal que provocó que su teta produjera leche. Sin embargo, solo una gota salió de ella, la cual colocaron en un vaso que llamaban "vaso de Dios". Este vaso tenía un diseño peculiar: era redondo y ancho, con un remate en forma de botón en la parte superior, semejante a un cáliz, de aproximadamente un codo de altura, hecho de madera muy preciada, de color negro, o según algunos, de piedra negra finamente labrada, conocida en su tierra como Teotetl, que significa "piedra de Dios".

Una vez obtenida la leche y depositada en el vaso, junto con las cañas de carrizo, las lengüetas arponadas y los nervios de venado, todo fue colocado en el altar de Camaxtli, cubierto con ramas de laurel. En ese estado, ofrecieron su sacrificio y la superstición diabólica, incluyendo papel cortado, espinas, abrojos y Picietl, una hierba similar al beleño. En esa época, los Chichimecas no se practicaban sacrificios de sangre ni ofrecían carne; solo presentaban papel blanco cortado, perfumes odoríferos, codornices, serpientes y conejos, que sacrificaban ante su ídolo Camaxtli, además de ofrecerle abrojos y Picietl.

Habiendo puesto los Chichimecas en práctica esta superstición, los sacerdotes del templo, encabezados por el principal, conocido como Achcauhtli Teopixque Tlamacazcuachcauhtli, comenzaron a orar e incensar con grandes perfumes ante el tabernáculo de Camaxtli. Allí, junto al vaso de leche destilada de la doncella, realizaban ceremonias de incenso desde la mañana, al mediodía, al atardecer y a medianoche, durante tres días consecutivos, observando constantemente el vaso en busca de algún efecto de sus hechicerías. Sin embargo, no lograron ver ningún resultado, y la gota de leche se estaba secando y marchitando.

Cuando se acercaba el día del combate, los Chichimecas se sentían muy acongojados y afligidos. El sacerdote mayor, al examinar el vaso y las cañas de carrizo, jara, nervios y puntas de vardascas, descubrió que las saetas y arpones estaban ya fabricados, encajados en las cañas, con las vardascas debidamente emplumadas. Lo más sorprendente fue encontrar el vaso lleno de espuma, como saliva, que burbujeaba y se desbordaba, derramándose por todo el altar.

En ese momento, el campo de los Huexotzincas y sus aliados ya estaban preparados, organizando sus escuadrones para asaltar los fuertes de los Chichimecas con gran osadía, valentía y temeridad. Con el respaldo de la multitud y de la gente plebeya, así como de otras facciones convocadas para la destrucción total de los Chichimecas y de su caudillo mayor, Culhatecuhtlicuanez, no había lugar para la pusilanimidad o el miedo. Las tropas se extendían por cerros y campos, casi agotando los ríos y arroyos que encontraban a su paso. No puedo proporcionar una cifra exacta de este gran número, ya que no he encontrado a nadie que la sepa por experiencia o memoria. Sin embargo, se dice que se formaron grandes escuadrones de la siguiente manera: en los campos y cerros de Xoloteopan, junto al barrio de San Nicolás, y en Totollan, donde se encuentra la iglesia de San Juan, así como en toda la extensión hasta el puente de Panotlan y el barrio de Teotlapan, donde está la ermita de la Purificación, y en el barrio actual de San Marcos Contlantzinco. En resumen, toda la sierra estaba tomada por todas partes, dispuesta para el combate contra la sierra de Texcalticpac.

En este momento, el socorro de México que se dirigía a los Huexotzincas no hizo más que realizar una reseña y una vista, subiendo a unas altas sierras llamadas Hualcaltzinco Quauhtlipac, sin llegar al auxilio. Así, los Chichimecas, rodeados de tantos enemigos y en grave riesgo de ser derrotados, se preparaban para el combate final al día siguiente, el cual decidiría el destino de la guerra.

Los sacerdotes, junto al mayor del templo de Camaxtli, se dirigieron al sacrificio, comenzando sus ofrendas y perfumando su oráculo con inciensos y las acostumbradas supersticiones diabólicas. Al finalizar estas ceremonias, no sin gran turbación, observaron que sus hechizos y encantamientos habían tenido efecto: todas las flechas estaban formadas y listas, y el vaso de la venenosa leche rebosaba.

Mientras tanto, los ejércitos Huexotzincas comenzaban a elevar un clamor altanero y estridente, lanzándose al combate contra los Chichimecas y subiendo por la sierra. Al encontrarse, los defensores de su patria respondieron con la mayor furia y resistencia que pudieron. En los primeros enfrentamientos, capturaron a uno de los contrarios y lo llevaron a sacrificar ante el ídolo Camaxtli, ofreciendo su corazón como primicia. Con cruel destreza, el sacerdote desolló al prisionero, sacando su corazón aún palpitante y colocándolo en el altar del horrendo ídolo.

El sacrificio continuó: el cuerpo fue desollado en un instante, su piel fue retirada y atada al sacrificador con sus propias entrañas, mientras los pies y manos del sacrificado se arrastraban por el suelo, presentándose de esta forma ante el ídolo infernal. En ese momento, los tambores, bocinas, caracoles marinos y trompetas resonaban con gran estruendo, acompañados por la inmensa gritería que el coraje provocaba. Como rabiosos perros, los combatientes arremetían: unos luchando por vencer, otros por defenderse.

La contienda se intensificaba con un ímpetu desbordante. Las piedras lanzadas con hondas tejidas rebotaban con un estruendo tempestuoso, y el torbellino de saetas y varas volando por el aire oscurecía el cielo, mientras los rayos del sol se impedían por la velocidad y furia de los proyectiles. El campo de batalla se llenaba de terror y asombro ante la lluvia de flechas que surcaban el aire con increíble intensidad y densidad. La sangre de los cuerpos caídos, muertos y heridos, corría por los cerros y collados como ríos tras una tormenta, un daño y una ofensa que resultaba imposible de contabilizar.

En el momento culminante del combate, el sacerdote mayor del templo, con gran fervor, invocaba el favor del demonio fiero, animando con su voz a los valerosos capitanes rústicos. Les decía que no temiesen, que había llegado el tiempo de la victoria, que su gran Dios Camaxtli se compadecía de ellos. Mientras pronunciaba estas nefarias exhortaciones, tomó el vaso de la leche espumante y la derramó sobre el guerrero que estaba vestido con la piel del soldado prisionero. A continuación, tomó una de las flechas que habían sido forjadas por arte diabólico y, lanzándola con un arco corvo, grosero y mal formado, la disparó contra sus enemigos.

Al instante, las saetas comenzaron a moverse y a salir con gran furia hacia la gente enemiga, hiriéndolos con rapidez. Se levantó entonces una espesa niebla oscura que impedía que los combatientes se reconocieran entre sí. En medio de esta confusión, se mataban unos a otros sin saber cómo, ciegos y aturdidos por una mortal turbación. Algunos se despeñaban por profundos barrancos, huyendo despavoridos y mirando hacia atrás, sin saber a dónde ir, lo que provocó incidentes desastrosos, nunca antes oídos ni ocurridos en el mundo, que se contaron como memorables y hazañas.

Las grandes quebradas y barrancas se llenaron de cuerpos muertos, y las mujeres chichimecas salieron a recoger los despojos de aquel sangriento campo, capturando a quienes querían. Quedaron tan impresionadas por este endiablado suceso que casi nadie logró escapar sin haber sido muerto o apresado. Aquellos que pudieron huir llevaban noticias tan aterradoras que sabían que tendrían que contar por siempre su derrota.

Al ver los mexicanos el desenlace cruel y lamentable de la batalla, regresaron a sus tierras desde los cerros de Tlamazcatzinco, como se mencionó anteriormente, sin querer ofrecer socorro a los Huexotzincas. Esto ocurrió en el año de nueve pedernales, según su cuenta. Tequanitzin Chichimecatl Tecuhtli dejó constancia de este evento en unos cantares o versos que compuso sobre sus antepasados Teochichimecas, los primeros pobladores de la provincia de Tlaxcala.

En aquella época, los Chichimecas no tenían más de una esposa y no sacrificaban sus carnes ni derramaban sangre para ofrecerla al demonio, como ya se ha mencionado. Esta historia conmemora dos batallas memorables, las más crueles y lamentables que jamás han ocurrido en el mundo: la primera, en Poyautitlan, en el año del Conejo, y la segunda y última, en Texcalticpac, en el año de los nueve pedernales. Este último hecho ha sido recordado por Tequanitzin, un hombre de gran renombre y sabiduría, oriundo de Quiahuiztlan, cuyos descendientes aún hoy son reconocidos en la ciudad de Tlaxcala como figuras prominentes de su República.

Tequanitzin Chichimecatl Tecuhtli, por su fe y credibilidad, dejó un legado imborrable al documentar estas dos guerras. Su historia se celebra y se recuerda, inmortalizando la fama de sus antepasados y asegurando que su memoria perdure entre los vivos, desde los siglos pasados hasta el presente, y continúe en el futuro.

 

Capítulo siete

Tras esta guerra, que generó un gran temor entre los Chichimecas en todo el Nuevo Mundo, decidieron establecer la paz con todos los pueblos vecinos, buscando no provocar jamás su ira. Así, se confederaron con los Tepanecas, los Culhuas Mexicanos, los Aculhuaques y los Tetzcucanos, prometiendo mantener la armonía entre ellos. Lo mismo hicieron con los Huexotzincas, Chololtecas, Tepeaqueños, Quauhquecholtecas, Itzucanos, y también con los de Quauhtlinchan, Totomihuacan, Chochos, Pinumes, Tecamachalcas, Quecholtecas de Quecholac, así como con los de Tecallimapan (también conocidos como Tecala), los de Teohuacan y los Cozcatecas de Cuzcatlan y Teotitlan, entre otros grupos de diversas provincias como los Ulmecas, Zacuhtecas, Iztacas y Maxtilanecas, Tlatlauhquitepecas, Tetellacas y Zacatecas. En total, lograron mantener la paz con todos estos pueblos y naciones durante mucho tiempo, sin que se produjeran conflictos.

Durante este período de concordia, comenzaron a establecer sus asentamientos, marcando límites y mojoneras que definieran la extensión de cada provincia. Señalaban ríos, sierras y cordilleras, organizando sus territorios según lo que cada legión y capitanía merecían o les había tocado en suerte, poblando las mejores áreas disponibles, de acuerdo con los méritos y capacidades de las personas. Con esta comunicación entre ellos, la población creció de tal manera que, en trescientos años, abarcaron toda la Nueva España, de costa a costa, desde el sur hasta el norte, y desde el oeste hasta el este, incluyendo Tabasco, Champotón, Yucatán, Cozumel y Campeche, llegando hasta las Higüeras. Otras muchas provincias quedaron sin mencionar, como Cohuatzacoalco, Cempohuallan, Nauhtlan (actualmente conocida como Almería), Tonatiuhco, Tozapan, Papantla, Achachalintlan, la provincia de Meztitlan y toda la Huaxteca de Pánuco, hacia el norte de nuestro centro. Nombrar todas estas provincias sería excesivamente prolijo, por lo que evitaremos hacerlo, destacando que estos asentamientos se extendieron por toda la Nueva España y, en consecuencia, en todo lo descubierto de este Nuevo Mundo.

Dejando estas provincias en tranquilidad y paz, volvamos a enfocarnos en la ciudad y provincia de Tlaxcala, que es el lugar donde particularmente hacemos nuestra relación. Así, los Chichimecas se asentaron en los riscos y peñascos que en lengua náhuatl se conocen como Texcalticpac o Texcalla, que con el tiempo se transformaron en Tepeticpac, Texcallan y, posteriormente, Tlaxcala, como se mencionó al principio de esta relación. Este lugar se convirtió en la fundación de este reino y provincia, bajo la autoridad de Culhuatecuhtli, el Señor de los Tlaxcaltecas. Culhuatecuhtli tenía un hermano menor llamado Teyohualminqui Chichimacatecuhtli, quien se estableció en Tepeticpac, Texcalla o Ocotelulco, que significa "en el barrio alto del pino". La casa que fundó se llamó Culhuacan, en homenaje a su lugar de origen.

Así, el primer Señor fue conocido como Culhua Tecpanecatl Quanexteyoalminqui, quien, en un gesto de amistad, repartió la mitad de toda la provincia de Tlaxcala y de lo que habían conquistado y poblado, entregando a su hermano una parte de las reliquias de Camaxtli Mixcohuatl, que eran sus cenizas. Parte de estas cenizas quedaron en la ciudad de Huexotzinco, cuando los Chichimecas se asentaron en esa provincia, como se mencionó anteriormente. Más adelante, hablaremos sobre el destino de estas cenizas tras la llegada de Cortés y sus españoles.

Habiendo Culhuatecuhtlicuanez otorgado a su hermano la mitad de todo lo que había conquistado, Teyohualminqui asumió el gobierno de su pueblo con gran prudencia en los barrios de Culhuacan, Tecpan y Ocotelulco, dividiendo así el reino de Culhua en dos partes. Fue un guerrero valiente, y bajo su mando sometió y avasalló gran parte de la provincia de Tlaxcala, convirtiéndose en un Señor más poderoso que su hermano Culhuatecuhtli. De tal manera prevaleció, que la fama de su hermano quedó en el olvido, siendo él reconocido como el mayor Señor.

Tras su muerte, le sucedió su hijo Tlailotlactetzpantzin, conocido como Tlacatecuhtli, quien gobernó con gran benevolencia sobre su pueblo, sin generar discordias ni alteraciones. Aunque durante su mandato ocurrieron numerosos eventos, no entraremos en detalles para evitar prolijidades y abreviar la narración. Tlailotlactetzpantzin dejó como heredero a su hijo Acantetehua, quien asumió el reino y el Señorío de Aculhuacan, Tecpan y Ocotelolco. Acantetehua fue uno de los príncipes más belicosos de su tiempo, y no solo mantuvo lo que sus antepasados habían conquistado, sino que, gracias a su astucia, logró establecer importantes alianzas y concesiones entre su pueblo. Con estos repartos de tierras y otras dádivas, ganó la voluntad de muchos, alcanzando una gran prosperidad y gobernando la mitad de la provincia de Tlaxcala. Sin embargo, tras más de cincuenta años de gobierno, y a la edad de ochenta años o más, se convirtió en un tirano tan soberbio que la plebe no podía soportar sus abusos.

Al percatarse del descontento del pueblo, Tlacomihua, Señor del barrio de Ocotelolco, utilizó artimañas y negociaciones para incitar a muchas personas y a la mayor parte de las facciones a conspirar contra Acantetehua, su príncipe y rey. Con gran persuasión, logró que se unieran a la causa, y, viendo la oportunidad, no quisieron dilatar su plan. En un alboroto general, y sin que los allegados, deudos y parientes del príncipe lo supieran, se armó una revuelta. Fueron a su casa, armados, y con gritos de libertad le propinaron golpes, ejecutando su tiránica y desleal ambición hasta acabar con su vida. Tras su muerte, le realizaron grandes exequias, de acuerdo con sus costumbres, quemando su cuerpo y recogiendo sus cenizas para colocarlas en un relicario.

Antes de que la traición se conociera, asaltaron las casas de los principales amigos y parientes del infortunado rey, matando a sus hijos, sobrinos y parientes hasta la quinta generación, para eliminar cualquier posibilidad de que quedara algún descendiente que pudiera reclamar el trono. Sin embargo, dos de sus hijos pequeños lograron escapar gracias a las amas que los criaban, quienes, disfrazándolos de humildes mujercillas, los llevaron a un lugar seguro, alejados del pueblo, por los campos y tierras pequeñas.

Cuando crecieron, su nobleza de sangre los llevó a despreciar la rusticidad del campo, y, convencidos de su linaje, insistieron a sus amas para que los colocaran al servicio de algún Señor. Afortunadamente, Texcopille, una persona de gran importancia en aquellos tiempos, los acogió en su casa y los crio como a hijos, reconociendo su verdadera identidad. Además, se preocupó por restaurar parte de sus bienes y señorío, y hasta el día de hoy hay muchos que descienden de ellos.

 

Capítulo ocho

Ejecutada la acción tan atroz, atrevida y temeraria, y logrando sus autores salir con la suya, ocurrió en el reino que Tlacomihua, Señor de Ocotelulco, se convirtió en el principio de los Maxixcatzin. Tras la muerte de Tlacomihua, le sucedió su hija Xipencoltzin Cuitlizcatl, seguida por Tlatlalpantzin Cuitlizcatl, quien vivió poco tiempo, ya que su hermano Tlapapalotzin lo mató. Después de la muerte de Tlapapalotzin, llegó al reino Maxixcatzin, en cuya época apareció Fernando Cortés; él fue un cristiano leal, amigo de la cristiandad y un Señor fidelísimo, protector y defensor de los españoles, como se documentará en las crónicas que de ello se hayan escrito.

La tiranía de Acantetehua desató bandos y disensiones sobre quién debía ser el príncipe de Culhuacan, Tecpan y Ocotelolco. Acantetehua tenía muchas hijas casadas con los principales Señores de la República, lo que generó descontento entre los yernos, quienes se amotinaron, negándose a que Tlacomihua reinara en paz hasta que se restituyera alguna parte del reino y señorío a los hijos de Acantetehua. Finalmente, para complacer a todos, Tlacomihua dividió y repartió grandes tierras entre aquellos con parentesco a Acantetehua. Sin embargo, todos recibieron escasas porciones, y, a pesar de ello, los descendientes de Acantetehua, aunque considerados pobres, eran tenidos en alta estima y muchos de los principales de la provincia se enorgullecían de descender de su linaje.

Desde Tlacomihua hasta Maxixcatzin Tianquiztlatoatzin, que encontró Cortés, el reinado continuó. Después de Maxixcatzin, le sucedió Don Lorenzo Maxixcatzin, quien murió en España mientras iba a rendir homenaje al emperador Don Carlos. Tras su muerte, su hermano Don Francisco Maxixcatzin Acuacuatzin asumió el señorío. Al no tener hijos, tras su fallecimiento le sucedió un sobrino, hijo de su hermana, llamado Don Juan Maxixcatzin Ostzetzctinhcatzin, quien dejó tras de sí dos hijas fruto de sus matrimonios en la Santa Madre Iglesia. Sin embargo, por ser mujeres no heredaron, ya que históricamente las hijas no accedían a los mayorazgos; estos eran heredados por los varones, ya que las hijas se casaban con Señores y personas sin tierras, no recibiendo dotes ni propiedades, y así los mayorazgos nunca se dividían, obligándose solamente a alimentar a los hermanos y parientes de la casa, conservando sus buenas costumbres y permanencia.

Retornando a la sucesión de Maxixcatzin, es importante señalar su descendencia, pues algunos lo consideran de un linaje advenedizo y bajo. Como mencionamos anteriormente, cuando los Chichimecas comenzaron a poblar desde la laguna de Poyauhtlan tras la gran guerra con los mexicanos, rodearon el volcán y poblaron muchas tierras, dejando líderes destacados entre sus gentes. Se establecieron en Cholollan una gran cantidad de pobladores, entre los cuales había Chichimecas de renombre. Así, luego de organizarse en aquella provincia y en otras, y logrando una paz universal tras la devastación que causaron a quienes intentaron destruirlos, algunos grupos de Cholollan decidieron mudarse a la provincia de Tlaxcala. Entre ellos llegó al barrio de Tecuitlizco, Tecuhtotolin, padre de Xochihuamemeloc, de quien descendió Tlacomihuatzin. A Tlacomihuatzin le siguió Tlatlalpaltzin Cuitlizcatl; este vivió poco, pues fue asesinado por su hermano Tlapapalotzin, y luego le sucedió Xipincoltzin, seguido de Xipilcoltzin y Maxixcatzin. Maxixcatzin tuvo dos hijos y una hija: Don Francisco Acuacuatzin y Don Lorenzo, quien murió en Castilla habiendo rendido obediencia al emperador Don Carlos. Durante el tiempo de Don Lorenzo, el Marqués llegó, y Don Francisco, su hermano, asumió el pequeño señorío, teniendo hijos. A su muerte, le sucedió en la cabecera Don Juan Maxixcatzin Oltzetzelinhcatzin, como se mencionó anteriormente.

Así se inicia el linaje de los Maxixcatzin, quienes, a pesar de su buena descendencia, fueron considerados advenedizos de la provincia de Cholollan y aceptados como vecinos en la Ciudad de Tlaxcala y como huéspedes de Acatentehuatecuhtli. Al final, permanecieron como Señores hasta la llegada de Cortés, quien encontró a Maxixcatzin Tianquiztlatohuatzin en el gobierno de Ocotelolco, a quien le fue leal y amigo, junto a todos sus comilitones, como es notorio.

 

Capítulo nueve

Que trata de las cabeceras de Tepeticpac y Tizatlan, y de sus señores y gobernadores

Habiendo concluido lo referente a la cabecera de Ocotelolco del Señorío de Maxixcatzin, que fue la segunda, volvamos a tratar de la primera, perteneciente a Culhuatecuhtli, Señor de la cabecera de Texcalticpac, Tepeticpac, y por otro nombre, Texcalla, y posteriormente Tlaxcala. Culhuatecuhtli fue sucedido en el señorío por su hijo Teixtlacohuatzin, quien gobernó con gran calma y paz en el reino de Tepeticpac. Tras su fallecimiento, dejó como sucesor a Tlamacatzin, que vivió muy poco tiempo, ya que, siendo un hombre de guerra, murió en una incursión. Sin embargo, su hijo Tlehuexolotzin, conocido también como Tlacaxcaltecuhtli, ocupó su lugar; este fue encontrado por Fernando Cortés, quien lo recibió pacíficamente y le brindó buen acogimiento. Tras la muerte de Tlehuexolotzin, le sucedió Don Gonzalo, un buen cristiano, de quien más adelante hablaremos en relación con su muerte y buen final. A Don Gonzalo le sucedió su hijo Don Francisco de Mendoza, y este Don Francisco dejó a otro Don Francisco, bisnieto de Tlehuexolotzin. De estos han quedado dos niños, uno llamado Don Diego y el otro Don Leonardo, que aún viven.

Con la muerte de Acatentehuatecuhtli, Señor que había gobernado Culhuacan, Tecpan y Ocotelolco, el reino se dividió en dos partes, resultando en grandes conflictos debido a las disensiones generadas. Así, se separó Tozpane de la cabecera de Ocotelolco, aunque todos descendían de Tepeticpac; él formó su propio barrio y bajó a Teotlalpan, donde hoy se encuentra una ermita dedicada a Nuestra Señora de la Purificación. Allí vivió con su gente y amigos que decidieron seguirlo, gobernando muchos años sin contradicción, lo que llevó a un crecimiento considerable de su población.

Al pasar el tiempo, le sucedió en el gobierno su hijo Xayacamachan, quien, después de ser armado caballero, se llamó Tepolohuatecuhtli. Este gobernó con mucha prudencia y, gracias a su buena gestión, logró ilustrar tanto su barrio que casi competía en grandeza y prosperidad con Tepeticpac y Ocotelolco. Sin embargo, al crecer su influencia, surgió la envidia. Con atrevida ingratitud, sus propios allegados conspiraron contra él. A pesar de que se sentía seguro, fue cruelmente asesinado junto con todos sus parientes hasta la quinta generación, una costumbre que se seguía como castigo para aquellos considerados traidores y también para quienes gobernaban en detrimento de la República.

Tras la muerte de Xayacamachan Yaotequihua Aquiyahuacatl, le sucedió en el señorío un individuo llamado Zozoe Atlahua Tlacaztalli. Durante su gobierno, el reino de Culhuatecuhtli se dividió en un triunvirato, formando tres partes. Aztahuatlacaztalli pasó a gobernar la parte alta de Tizatlan, donde su señorío ha perdurado hasta hoy, constituyendo la tercera cabecera de Tlaxcala, conocida como la cabecera de Tizatlan. Después de Aztahua Tlacaztalli, le sucedió Huitlalotecuhtli, quien vivió muy poco tiempo, casi sin dejar memoria. Tras la muerte de Huitlalotecuhtli, su hijo Aztahua asumió el nombre de Xayacamachan, en honor al primero que fue asesinado. Este gobernó con gran éxito, convirtiéndose en un Señor muy respetado y temido por su pueblo en la región de Tizatlan, dejando su República en un notable estado de orden y organización.

A la muerte de Xayacamachan, le sucedió Xicotencatl, un hombre valerosísimo que destacó en numerosas guerras a lo largo de su vida, que superó los ciento veinte años. Fue encontrado por Fernando Cortés, quien le brindó un gran recibimiento al cruzar por sus tierras, asegurando su paso y asentándose en sus propias casas y palacios. Xicotencatl fue el primer cristiano en recibir el bautismo, adoptando el nombre de Don Lorenzo Xicotencatl, aunque los cuatro Señores de las cuatro cabeceras fueron bautizados el mismo día. Era tan anciano que se dice que necesitaban levantarle los párpados para que pudiera ver a Cortés y a los españoles.

Xicotencatl tuvo muchos hijos varones y armados caballeros, debido a que contaba con más de quinientas mujeres y mancebas, lo que naturalmente le generó una gran descendencia. Hoy en día, la mayoría de los principales de Tlaxcala descienden de su linaje. Sin embargo, tras su conversión al cristianismo, no vivió tres años más. Su hijo Ayacatzin Xicotencatl asumió el gobierno, aunque ya había ejercido autoridad antes de la muerte de su padre, dado que este estaba muy anciano y incapacitado.

Ayacatzin murió ahorcado en Tetzcuco después de desertar de la guerra en México, donde había ido con Cortés como general de su gente. Atraído por su amor por una cacica muy importante, no pudo soportar su larga ausencia y regresó de la guerra. Hizo esto en dos ocasiones previas, pero a pesar de que le habían perdonado, no se preocupó por lo más crucial. En su última ocasión, al regresar con Cortés, este se quejó ante la República de Tlaxcala por la traición de sus más importantes capitanes, que abandonaban la guerra. Cortés sostuvo que si esto no era traición, entonces Ayacatzin había cometido un delito grave. Advertía que aquellos españoles que actuaban de esa manera morían por ello, instando a que se revisara la situación y se tomaran las medidas adecuadas en respuesta a lo ocurrido.

Al observar la formidable queja de Cortés, los Señores de Tlaxcala respondieron a través de los embajadores que le enviaron, manifestando su confusión y admiración ante una acción tan mal realizada. Afirmaron que, según sus costumbres y leyes de guerra, existía pena de muerte para aquellos que abandonaban a sus capitanes en momentos críticos, y que su propia ley era aún más rigurosa. Por ello, decidieron enviar a Ayacatzin preso, instando a Cortés a que hiciera lo que considerara más apropiado según las costumbres de guerra y a que ejecutara justicia en su caso, a fin de que su castigo sirviera de ejemplo para los demás. Esta sentencia fue dictada por Maxixcatzin, quien consideraba a Ayacatzin un traidor y de mala fe.

Cuando Cortés regresó de México derrotado, los príncipes mexicanos enviaron mensajes a las cuatro cabeceras y a la Universidad de Tlaxcala, instándolos a que exterminaran a los cristianos y no permitieran la presencia de esa gente tan extraña y belicosa entre ellos, pues venían a tiranizarlos y a usurpar su monarquía bajo el pretexto de ser viajeros en tránsito hacia otras tierras. En las consultas que se llevaron a cabo, Maxixcatzin siempre se opuso a esta idea, mientras que Xicotencatl Ayacatzin apoyaba la propuesta de los mexicanos. Enfurecido, Maxixcatzin lo empujó, haciéndolo rodar por las gradas y profiriendo palabras de gran vituperio. Dado su desprecio por la deserción de la guerra, Maxixcatzin consideró que Ayacatzin debía morir. Así, fue apresado y se le mantuvo en buenas condiciones, con el consentimiento de su padre, Xicotencatl, quien aún no había fallecido.

Aunque se dice que Axayacatzin había sucedido en el gobierno, se le tenía como coadjutor, gobernando en la práctica por la incapacidad de su padre. Cortés consideró el caso de Ayacatzin un asunto arduo e importante, y al ver que los leales amigos de Tlaxcala estaban de acuerdo con su decisión, aprovechó la buena ocasión para hacerse temer. Mandó ahorcar a Ayacatzin en la ciudad de Tetzcuco, a la vista de todo el campo y de los Señores de aquel reino. Este gran acto de osadía causó un gran espanto, pues en tierras tan remotas era audaz cometer tal temeridad al ahorcar a un hijo tan querido de Xicotencatl.

Sin embargo, Cortés, consciente de que todo estaba guiado por la mano de Dios, consideraba que no había nada imposible. Los oráculos habían enmudecido ante su llegada, y ni los encantamientos, venenos ni hierbas mortíferas tuvieron efecto sobre el pueblo cristiano. La multitud no logró infundir temor a ese pequeño grupo de cristianos, quienes, confiados en su verdadero Dios, consideraban fácil la conquista del universo. Como estos son secretos de Dios, nada se puede comprender plenamente, y así lo dejamos, agradeciendo su infinita bondad.

Tras la muerte de Axayacatzin, Xicotencatl fue sucedido en el señorío por Teuhtlipitl y Tzehecatzin, quienes vivieron poco tiempo. Después de ellos, asumió el mando su hermano Motenehuatzin Xicotencatl, quien participó en la guerra de Xalisco, conocida también como Nueva Galicia de Compostela, junto a Nuño de Guzmán. Lamentablemente, murió en la guerra de Culhuacan, que también se conoció como Tlamacaztecuhtli.

Luego de la muerte de Motenehuatzin Tlamacaztecuhtli, su sobrino, D. Luis Xicotencatl, hijo de su hermano Itzehecatzin, ocupó la cabecera de Tizatlan, aunque su tiempo en el poder fue breve. D. Luis dejó un hermano, D. Bernardino Escobar, que tenía derecho a la casa y al señorío de Tizatlan. Sin embargo, en su lugar, sucedió D. Juan Quauhxayacatzin Xicotencatl, hijo ilegítimo de Xicotencatl el Viejo. Al morir, D. Juan dejó el señorío a su hijo D. Juachín de la Cerda, quien a su vez tuvo una hija, Doña Francisca de la Cerda. Ella se casó con D. Leonardo Xicotencatl, nieto de Itzehecatzin, hijo de D. Bernardino de Escobar, quienes aún viven. Este matrimonio se celebró debido a las sospechas de que D. Juan Quauhxayacatzin y su hijo D. Juachín de la Cerda no poseían el Estado con buena conciencia. Para evitar conflictos, se dispensó con ellos, y ahora poseen conjuntamente la casa de Xicotencatl.

Es importante señalar que, según las antiguas costumbres y ritos, si un padre tenía tres o cuatro hijos, la sucesión no era directa. Se priorizaban aquellos hijos que gozaban de mayor aceptación en la República. Era común que los hermanos heredaran en orden hasta que se extinguieran, tras lo cual los hijos de los hermanos mayores volvían a heredar. D. Juachín Xicotencatl Quauhxayacatzin, hermano menor de los hijos de Xicotencatl, argumentó que tenía derecho a disfrutar del señorío de Tizatlán, como lo había hecho con buena conciencia. Sin embargo, erróneamente pensaba que debía dejar a D. Juachín, su hijo, como heredero, cuando en realidad la sucesión debía regresar a los hijos del hermano mayor. A esto, él respondió que ya vivía según la ley de Dios y las normas de España y de la cristiandad, por lo que dejaba el derecho a su hijo D. Juachín.

Finalmente, para evitar disputas, se celebraron estos matrimonios, y a partir de ahora se respetará la sucesión conforme a nuestras antiguas leyes, aprobadas por lo que son tan santas y católicas.

 

Capítulo diez

Que trata de la fundación de la cabecera de Quiahuitztlan y de sus señores y gobernadores

Hemos abordado ampliamente la sucesión de los Xicotencas, por lo que es pertinente tratar ahora sobre la cuarta parte de Tlaxcala, que corresponde a la cabecera de Quiahuitztlan, la cual no tuvo menos valor ni origen que las demás cabeceras.

Es importante señalar que, al igual que los Chichimecas, primeros pobladores, llegaron a Amaquemecan y rodearon las faldas de la sierra nevada y del volcán, algunos de ellos tomaron rumbo al norte y se establecieron en las tierras de Tullantzinco y otras provincias de aquella sierra. Como mencionamos anteriormente, algunas cuadrillas y legiones se quedaron en la provincia de Tepetlaoztoc, situada a una legua de Tetzcuco hacia el norte, donde encontraron grandes cuevas en las que vivir, de ahí el nombre Tepetlaoztoc, que en lengua náhuatl significa "en las cuevas de la Tezca".

Establecidos en Tepetlaoztoc, los capitanes más importantes continuaron su camino hasta la provincia de Tlaxcala, donde encontraron a sus amigos Chichimecas, quienes también habían llegado rodeando las sierras nevadas. Al descubrir tierras fértiles y pobladas, negociaron con Culhuatecuhtlicuanez, quien, como Señor Universal de toda la provincia de Tlaxcala y Texcalticpac, les concedió un lugar para establecerse. De esta forma, se organizaron para ocupar la tierra que les fue asignada, antes del gran cerco que les impusieron los Huexotzincas, encontrándose así en Texcalticpac en defensa de su patria. Tras la refriega, se trasladaron a poblar la parte de Quiahuitztlan, que es la cuarta cabecera de Tlaxcala, conocida como Citlalpopocatzin.

El primer Señor de esta cabecera fue Mizquitl, seguido de Timaltecuhtli, luego Tozcoyohuatecuhtli, Cohuatzintecuhtli, Quetzalhuitzin y Zacaucatzin, quien no reinó más de un año. Tras su muerte, le sucedió Iyactzin, y después Citlalpopocatzin. Este último recibió su nombre porque, al nacer, se vio en el cielo un gran cometa que emitía un humo espantoso y tenía una larga cola. Durante el reinado de Citlalpopocatzin, llegó Hernando Cortés, quien se convirtió en leal amigo de él y de todos los cristianos, ayudando valerosamente en la conquista contra los Mexicas. Después de su muerte, quedó al mando de esta cabecera Quetzalcohuatecuhtli. A él le sucedió Tlatlachtzintemilotecuhtli, llamado D. Antonio, y tras su fallecimiento, D. Thomás de Santa Cruz. Debido a su incapacidad para gobernar, le sucedió D. Julián Motolinía, y finalmente D. Antonio de Luna, quien vive en la actualidad.

Es fundamental señalar que, al principio, la cabecera heredó de manera lineal y directa desde Xipantecuhtli hasta Citlalpopocatzin. Sin embargo, cuando llegó el momento de que heredaran los hijos del primer hermano, surgieron discordias. A partir de entonces, como todos eran primos y hermanos, acordaron que la sucesión del señorío se realizaría por elección entre los mismos aspirantes e interesados, práctica que se ha mantenido hasta hoy.

En conclusión, he finalizado el tratamiento sobre la descendencia de las cuatro cabeceras de Tlaxcala, sus reinos y señoríos. Este ha sido nuestro propósito, aunque para mayor claridad, deseo ofrecer una exposición más extensa, de modo que no se oscurezca su memoria por la llegada de los cristianos y los primeros españoles.

 

Capítulo once

Principio y origen del señorío y reinos de Tlaxcalla, y de los primeros fundadores

La primera fundación fue la cabecera de Tepeticpac, establecida y poblada por el único Señor y Rey llamado Culhua Quanez, primer Señor de los Teochichimecas, que significa "divinos Chichimecas" o "Texcaltecas". Provenían de las partes del poniente, de muy lejanos lugares, desde las siete cuevas, atravesando grandes desiertos, montañas, ríos, ciénagas y otros obstáculos en su peregrinación. A Culhua Quanez le sucedió en el señorío Atexcalihuehue, seguido por Pantzintecuhtli, Cocotzin, Teixtlacohuatzin y Umacatzin. Este último murió en una guerra contra los Mexicas, siendo sucedido en su señorío por Tlehuexolotzin Tlacaztallitecuhtli.

Mientras Tlehuexolotzin reinaba con éxito en su cabecera, llegó Cortés, quien conquistó y ganó la tierra. Tras la muerte de Tlehuexolotzin, su hijo D. Gonzalo Tecpanecatl Tlachpanquixcatzin ocupó la cabecera, y a él le sucedió D. Francisco de Mendoza, quien es el actual señor.

La cabecera de Ocotelolco fue poblada por los Teochichimecas, quienes fueron los segundos pobladores de estas tierras y provincias de Tlaxcala, según sus antiguas historias. Echaron de la región a los Ulmecas y Xicalancas. Después de que Culhua Quanez estableció Texcalticpac, partió con un hermano y realizó una división de la tierra recién poblada y conquistada, otorgando el señorío de la mitad de ella para que la poblasen sus parientes, amigos y compañeros, lo que efectivamente hizo, estableciendo leyes y estatutos como Señor absoluto y poderoso. Este señor fue llamado Cuicuitacatl, quien fundó Ocotelolco en la casa conocida como Tecpan, que significa "los Palacios Reales" y residencia del señorío.

A Cuicuitacatl le sucedió Papatotl, seguido de Culhuateyohualminqui. Todos ellos vivieron poco tiempo, y finalmente Acatentehuatecuhtli Tlatohuani sucedió en la casa de Tecpan Ocotelulco. Siendo muy anciano y habiendo reinado felizmente por más de cincuenta años, y con más de ochenta, conspiraron en su contra por envidia y lo mataron, acusándolo de ser un tirano por usurpar el señorío.

Después de su muerte, se desató una gran confusión en la República, sin que la gente entendiera la razón de tal suceso. Las gentes andaban aturdidas, sin saber qué hacer, mientras las mujeres y los niños gritaban aterrorizados. Los conspiradores, presentándose en su casa bajo el pretexto de visitarle, lo mataron a golpes, como se ha mencionado. Prendieron a sus hijos, hijas y mujeres, así como a todos sus bienes, hasta la cuarta y quinta generación, y a todos los pasaron a cuchillo. Sin embargo, algunos niños de cuna, hijos de Acatentehuatzin, lograron escapar y hoy viven, siendo respetados por los Señores, aunque en la pobreza.

Después de tal crueldad y tiranía, los Señores de la casa de Texcalticpac acudieron en busca de socorro y venganza por esta maldad, junto con algunos amigos y deudos. Sin embargo, para no derramar más sangre noble de la que ya se había perdido, y considerando que la situación no tenía remedio más que apaciguar los conflictos pasados, se decidió que el señorío quedara en manos de Cuitlizcatltecuhtotolin, por lo que la casa fue conocida como Cuitlizco. Este gobernó durante aproximadamente un año, siendo sucedido por Xohuatecuhtlimemeloc.

Los conspiradores contra el Señor Acatentehuatecuhtli eran advenedizos de Cholollan, quienes fueron recibidos como huéspedes por este Señor, tratándolos como deudos y parientes que habían permanecido allí. Hicieron amistad con él, y, siendo gente belicosa que no se contentaba con poco, procuraron con halagos establecerse en esta provincia, con la ambición de dominar la tierra. A través de dádivas, mañas y astucias, lograron ganar la voluntad de muchos perversos para llevar a cabo sus odiosos planes, como efectivamente lo hicieron.

A Xohuamemeloc le sucedió Tlacomihuatzin, quien tiranizó por completo el señorío de Tecpan Ocotelolco, gobernándolo en paz sin contradicción alguna, como Rey y Señor absoluto de toda la cabecera de Ocotelolco. A este le sucedió Macatzin Chichimecatl Tecuhtli, y luego su hijo Maxixcatzin, quien fue contemporáneo de la llegada de Hernán Cortés. A él le sucedió D. Lorenzo Maxixcatzin Tianquiztlatohuatzin, Señor del mercado, que falleció en los reinos de Castilla al ir a presentar sus respetos al emperador Carlos V. Al no dejar hijos, le sucedió D. Francisco Maxixcatzin Acuacuatzin Ultzetzlinhcatzin, hijo de Ullamanitzin, Señor del barrio de Atlamaxac y de una hermana suya, quien es el actual gobernante.

La cabecera de Quiahuiztlan, conocida como Tlapitzahuacan, se gobernaba por elección, debido a que había muchos Señores que eran deudos e hijos de hermanos. Para evitar discordias, se elegía entre ellos al que debía gobernar, siendo estos gobiernos de por vida. La fundación de este reino y cabecera fue la última de las cuatro de esta ciudad; fueron los últimos en llegar, demandando la unión con los demás. Se dividieron en dos o tres legiones y cuadrillas después de la gran mortandad y derrota de Poyauhtlan Cohuatlichan. La mayoría de ellos llegó rodeando el volcán, tal como se ha mencionado, pasando por Tepetlaoztoc, Zacatzontitlan, Teomolixco, Zultepec, Iahualiucan, Mazapan, Quauhtepec y Ocelotepec, hasta llegar a esta provincia, donde fueron bien recibidos por sus deudos. La otra cuadrilla tomó la vía de Tollantzinco, Xilotepec, Tototepec y Pahuatlan, como hemos tratado anteriormente.

Volviendo a la fundación del señorío de Quiahuiztlan, el primer Señor fue Mizquitl, seguido por Timatecuhtli, luego Taxcoyohua, Cohuatzintecuhtli y Quetzahuitzin Zacancatzin. Este último fue llevado desde la cabecera de Ocotelolco, del barrio de Contlantzinco, debido a las discordias entre los Señores de Quiahuiztlan, lo que hizo que Zacancatzin fuera descendiente de ellos por línea femenina. Mientras ejercía como principal y Señor de Quiahuiztlan, fue trasladado a la cabecera en conformidad con su República, y gobernó durante dos años. Le sucedió Iyactzin Teohuatecuhtli, quien también tuvo un breve gobierno. Tras su muerte, asumió el mando Citlalpopocatzin Quetzalcohuatecuhtli, en cuyo tiempo llegó Cortés. Posteriormente, le sucedió Tlaltentzin Temilotzin, luego D. Tomás de la Cruz. Debido a su escaso éxito en aquellos tiempos difíciles, eligieron para el mando de esta cabecera a D. Julián Motolinia Moquetlacatzin. Tras su fallecimiento, D. Juan de Mendoza asumió el liderazgo y actualmente vive, siendo hijo de D. Baltazar Cuauhtecolo y de D. Julián Motolinia Moquetlacatzin.

Tras haber tratado de las tres cabeceras y su origen, es momento de abordar la fundación y el inicio de la cabecera de Tizatlan, una casa muy importante de Xicotencatl, leal amigo de los cristianos. Aunque es la cabecera de la que debíamos hablar antes en este contexto, se hace necesario extendernos un poco más.

Estos caudillos principales, muy notables, descendieron de la cabecera de Tepeticpac y se establecieron en un valle y llano conocido como Teotlalpan. El primer poblador y fundador de este señorío fue Xacayamachan Tzonpanetepelohuatecuhtli. Durante su prosperidad, fue asesinado por la envidia que otros le tenían, dado que su bondad y su popularidad atraían a muchas personas, gracias a su afabilidad, los regalos que ofrecía y su gran generosidad hacia los suyos.

Conforme iba aumentando su poder, comenzaron a temer que llegara a ser tan fuerte que los sometiera a todos y se convirtiera en un tirano. En un momento de tranquilidad, una noche conspiraron contra él y lo mataron, justificando su acción con la acusación de que era un tirano. Tras su muerte, arrasaron sus casas hasta dejarlas en ruinas, alegando que intentaba apoderarse de todo el reino de Tlaxcalla y que estaba ganando partidarios para llevar a cabo su malévolo propósito y satisfacer a los ambiciosos.

A la muerte de Xayacamachan, el señorío se trasladó al barrio de Tizatlan, donde asumió el mando Zozoxyaotequihua Aquiahuacatl. Posteriormente, le sucedió Aztamatlacaxtli Tecuhtli, y tras él, otro Xayacamachan Tlazcaltecuhtli. Luego, Xicotencatl, hijo de Aztahua, gobernó en un tiempo en que llegó el Marqués, quien fue recibido en paz por él y sus súbditos, con muchos regalos y favores. Tras su muerte, le sucedió Itzehecatzin Teuhtli Piltecuhtli.

Aunque Xicotencatl tuvo muchos hijos, dejando una gran descendencia en toda Tlaxcalla, vivió más de ciento cuarenta años y tuvo más de cien hijos e hijas, entre los cuales había muchos hombres valerosos y capitanes. Después de su fallecimiento, asumió el señorío Motenehuatzin Tlamacaztecuhtli, quien murió en la guerra de Culhuacan, al lado de Nuño de Guzmán durante aquella conquista.

Tras su muerte, D. Juan de Vargas Quauhxayacatzin asumió el liderazgo, quedando como tutor D. Luis Xicotencatl, hijo de Motenehuatzin. Luego, le sucedió D. Juachin de la Cerda. Debido a la sucesión por línea transversal, surgió la reclamación de D. Leonardo Xicotencatl, nieto de Itzehecatzin, quien afirmaba que el señorío le pertenecía por línea recta y no a los herederos de D. Juachin de la Cerda.

 

Entre ellos, se llegó a un acuerdo, ya que D. Leonardo Xicotencatl contrajo matrimonio con la hija de D. Juachin de la Cerda, llamada Doña Francisca de la Cerda Tehculhuatzin. Así, la sucesión ha continuado en el linaje de Xicotencatl, manteniendo gran conformidad en toda su cabecera hasta nuestros días.

 

Capítulo doce

Que trata de la nobleza tlaxcalteca y de la enemistad que ovo con los culhuas mexicanos.

Los capitanes famosos y diestros en la guerra que llevó Cortés a la conquista de México eran hijos de señores y hombres de notable calidad. Entre ellos se encuentran: de la cabecera de Ocotelolco, Tecohuanitecuhtli Aexotecatl, Cehecatecuhtli, Tecpanecatl, Tenamazcuicuiltecuhtli, señor de Tepoyanco, y Calmecahuatecuhtli Petlacoltzintecuhtli. De la cabecera de Quiahuiztlan, destacaron Quanahtecatl Tecuhtli, Quauhquentzin, Tepultzin, Tlachpanquizcatzin, Chichimecayaotequihua, Tepalnencatzin, Temaxahuitzin, Omemaní Nezahualcoyotzin Cocomitzin, Acxotecatl Tzinhcohuacatl, y Quauhtapalcantzin, entre otros muchos cuyos nombres antiguos se han olvidado con el paso del tiempo.

Las insignias y armas principales de la casa de Ocotelolco, de los Maxixcatzis, son una garza o pájaro verde llamado Quetzaltototl, que se representa sobre un peñasco. Esta ave tiene plumas verdes muy parecidas, un pico de oro y en los encuentros de sus alas, dos patenas redondas de oro, además de otra sobre la cola. En cuanto a la cabecera de Quiahuiztlan, su insignia es un penacho de plumas verdes que asemeja un ala o aventador, conocido como Quetzalpatzactli, el cual es muy apreciado por los señores de esta cabecera. La cabecera de Tepeticpac tiene como insignia un lobo feroz sobre unas peñas, sosteniendo un arco y flechas en su mano.

No se hace mención de otras armas y divisas, ya que son numerosas y variadas, de acuerdo a sus antiguas costumbres. Ahora, volveremos a proseguir nuestra narración, tratando lo que sucedió tras la derrota de los de Texcalticpac y cómo se fueron ampliando y ensanchando, así como las ocasiones en que los Culhuas mexicanos tuvieron guerras, enemistades y disensiones con los Tlaxcaltecas, y en qué tiempos sucedieron.

Después de la cruel guerra contra los Chichimecas de Texcalticpac, de la que ya hemos tratado, comenzaron a descender y a fundar pueblos y lugares. Se establecieron las cabeceras de Ocotelolco, Tizatlan y Quiahuiztlan. No solo se debe entender que estos fueron los cuatro señores de esta república, ya que también se poblaron muchos otros pueblos y lugares por parte de los principales Chichimecas que habían sido caudillos en su llegada, capitanes, maestres de campo y otros cargos relacionados con la milicia. Hoy en día, existen casas fundadas de muy buenos mayorazgos y otras casas solariegas, reconocidas como casas mayores de donde procedía su linaje, como la que se fundó en Tepeticpac, que fue la primera cabecera. A ella acudían con reconocimiento y respeto de rey, y lo mismo sucedía en las cabeceras de Ocotelolco, Tizatlan y Quiahuiztlan.

De cada una de estas casas y cabeceras procedieron muchos Tecuhtlis, que quiere decir caballeros y señores, así como otras casas llamadas Pileales, que son casas solariegas de hombres principales. En este aspecto, se tenía particular consideración, ya que los descendientes de estos linajes eran estimados como hombres de calidad. Aunque fueran extremadamente pobres, no ejercían oficios mecánicos ni se dedicaban a tratos bajos o viles. Jamás se permitían cargar ni cavar con herramientas como coas o arados, afirmando que eran hidalgos y que no debían involucrarse en tales actividades soeces o indignas. Su deber era servir en guerras y fronteras y morir como hombres de armas.

Esta locura virtuosa ha perdurado hasta hoy, proclamando que son hidalgos y caballeros desde el principio, y que ahora lo son aún más porque se han convertido al verdadero Dios y se han tornado cristianos, brindando su obediencia al emperador Carlos, Rey de Castilla. Además, han ayudado a conquistar toda la redondez y la riqueza de este Nuevo Mundo, otorgándole el derecho y la acción que tenían contra los mexicanos para que él fuera su rey y señor universal. Por ello, se consideran hidalgos y caballeros.

Sin embargo, estas y otras fanfarrias nunca cesan de blasonar. Así, cuando un mal español los maltrata, le dicen que es un mal cristiano, que no es hidalgo ni caballero, y que debe ser un villano, moro, judío o vizcaíno. Y cuando no encuentran palabras para vituperarle, le dicen, en última instancia, que al fin y al cabo, eres portugués, creyendo que así le han infligido una gran afrenta.

Retomando nuestro propósito inicial, que es tratar sobre las casas de mayorazgos y señorío, así como sobre las casas solariegas, es importante mencionar que cualquier capitán o Tecuhtli que fundaba una casa o vínculo de mayorazgo, debía hacer un repartimiento de tierras y montes que se le había concedido. Este repartimiento se realizaba de la siguiente manera:

Cualquier Tecuhtli que establecía un Tecalli (casa de mayorazgo) o un Pilcalli (casa solariega) tomaba como parte principal las tierras que le correspondían en el reparto, incluyendo montes, fuentes, ríos o lagunas. Se tomaba para la casa mayor la mejor parte o los mejores pagos de tierra, y luego las demás tierras que quedaban se repartían entre sus soldados, amigos y parientes de manera equitativa. Todos ellos estaban obligados a reconocer la casa mayor, acudir a ella y brindarle apoyo, así como a proveerle con recursos como aves, flores y ramos para el sustento de la casa del mayorazgo. Los que cumplían con estas obligaciones eran conocidos como Teixhuihuan, que significa "nietos de la casa de tal parte."

En estos repartimientos de tierras, se establecieron terrazgueros (pobladores) que se convirtieron en vasallos, pagando tributo y vasallaje por los productos que cultivaban y cosechaban. Así, llegaron a ser caciques y señores de muchas gentes, quienes los reconocían y pagaban tributo. A partir de este sistema, fundaron pueblos y lugares muy importantes, lo que les permitió gobernar su república de manera efectiva, según su rústico talento.

Una vez poblada la insigne y leal provincia de Tlaxcala, disfrutaron de paz y concordia con todas las provincias circundantes durante un largo tiempo. Mantenían buenas relaciones con los mexicanos, intercambiando bienes y comerciando a lo largo de sus tierras y reinos, de una mar a otra, del sur al norte y del levante al poniente. Además, los pobladores de esta provincia se aventuraron a poblar la costa y la sierra hacia el norte y el levante, estableciéndose en lugares como Cenpoalla, Tuxtla, Cohuazacoalco y Tabasco. De estas tierras traían riquezas como oro, cacao, algodón, ropa, miel, cera, plumería de papagayo y otros productos muy valorados.

De tal manera, el reino de Tlaxcala llegó a ser uno de los más destacados en estas partes del Nuevo Mundo, gobernado por los cuatro señores de las cuatro cabeceras. Esto despertó la envidia de las provincias vecinas, como Cholollan, Huexotzinco, Quauhquecholla e Itzyocan (llamada Izúcar por los españoles), Tepeyacac, Tecamachalco, Quecholac, Acantzinco, Tehuacán, Cozcatlán y Teutitlán Ahuilizapan. Aunque mantenían una amistad, la rivalidad y la envidia eran palpables. Similar amistad se tenía con los Zacatecas, Iztaccamaxtitlancalques, Tzacuhtecas y Tlatlauhquitepehuaques, así como con los Tecuhtecas y Atzopanecas. Todas estas naciones eran Ulmecas.

Asimismo, mantenían alianzas con esta provincia, que les proporcionaban miel, cera, liquidámbar, una gran cantidad de algodón y otros productos de las tierras templadas, así como pescado y camarones. Sin embargo, las cosas de esta vida y la felicidad que conllevan no son permanentes. Pronto se introdujo la sediciosa ambición. A pesar de que existía paz y concordia con los Tetzcucanos y Mexicanos, y de que el Imperio de los Tepanecas Culhuas estaba en expansión, no se contentaron con lo que era de su propiedad. Decidieron ponerse en armas contra los de Tlaltelulco, exigiendo, sin otro derecho que su deseo de ser reconocidos como Señor y Rey, a Ahuitzotzin, quien en aquel siglo gobernaba sobre todos los Mexicanos Tepanecas.

Al salir con este propósito, Ahuitzotzin intentó someter a Xochimilco, logrando hacerlo. Con su éxito, comenzó a engañar y conquistar tierras y provincias, convirtiéndose en un Señor absoluto. Con los grandes ejércitos que reunió, atemorizó a toda la región: algunas provincias se sometieron pacíficamente, mientras que otras lo hicieron por la fuerza de las armas. Después de haber sometido a la mayor parte de los Matlatzincas, Cohuixcas y Tlalhuicas, pretendió atravesar los puertos de la Sierra Nevada y el volcán con sus ejércitos, hasta rendir a los de Huexotzinco y Cholula, estableciendo pactos y acuerdos de reconocimiento con ellos. Así comenzó su camino para convertirse en el único Señor del Reino Mexicano.

Cuando a Ahuitzotzin le sucedió Axayacatzin, quien se convirtió en el único Señor de México, este último tuvo la misma ambición que su antecesor: expandir su reino con el objetivo de conquistar todo lo que encontrara a su paso y establecerse como Rey universal.

Todo lo que se imaginó y propuso le sucedió tan prósperamente, que en poco tiempo se convirtió en Rey casi absoluto de Huexotzinco, Quauhquechollan, Itzucan, Valle de Atlixco, Cholollan, Calpan, Tepeyacac, Tecamachalco, Quecholac, Teohuacan, Cozcatlan y Teotitlan. Finalmente, fue sometiendo y conquistando toda la tierra que pudo, de tal manera que no había provincia ni reino que se le opusiera sin ser conquistado.

Al enterarse los Señores de Tlaxcala de la prosperidad y pujanza con que crecía el reino de los Culhuas Mexicanos Tepanecas, que en este momento ya eran conocidos como Tenuchcas, decidieron armarse y prepararse para lo que pudiera suceder ante un poderío tan grande como el que se había levantado. Con el fin de proteger sus tierras y mantener la paz como siempre lo habían hecho, decidieron resguardarse. Sin embargo, movidos por una mortal envidia, los Huexotzincas, Cholultecas y otras provincias sujetas a los Tenuchcas Mexicanos intentaron, por medio de astucias y engaños, impedir el comercio de los Tlaxcaltecas en todas las áreas posibles y forzarlos a que se restringieran a sus tierras.

Para incitar aún más a los Tenuchcas Mexicanos y provocar su ira, informaron a los rendidos de forma siniestra que los Tlaxcaltecas estaban apoderándose de muchas provincias que ellos habían conquistado, tanto por amistades como por contratos. Mencionaron especialmente las de Cuetlaxtlan, Tuxtlan, Cempohuallan, Cohuatzacoalco, Tabasco, Campeche y otros lugares marítimos, instándoles a que consideraran lo que más les convenía. Al comprender los Tenuchcas que esta situación podía suceder, dado que los Tlaxcaltecas eran belicosos y que los Mexicanos estaban dominando toda la tierra, se sintieron obligados a actuar.

Sin embargo, el mando no permite la igualdad para remediar un estorbo tan grande. Por ello, los Tenuchcas intentaron apoderarse de toda la Totonacapan y de las provincias de los Tohueyos, Xalapanecas, Nauhtecas, Mexcaltzincas y muchas otras de la Costa Norte. Por razones de brevedad, no mencionamos todas, pero su objetivo era impedir las contrataciones y la riqueza que los Tlaxcaltecas obtenían, y en efecto, lograron lo que se proponían.

 

Capítulo trece

Al ver los de Tlaxcala que la enemistad con los Tenuchcas se declaraba desde todos los puntos, procuraron defender su posición como pudieron. Sin embargo, al ser mayor la fuerza de los Tepanecas que la suya, comenzaron a retraerse poco a poco a sus tierras, perdiendo así la libertad que tenían en sus contrataciones.

En medio de esta controversia, enviaron embajadores a los Príncipes Mexicanos para preguntar la razón de la guerra que se les declaraba, asegurando que no habían dado motivo alguno para ello, ni sus gentes habían sido maltratadas, ni se les había obstaculizado el comercio, ni les habían quitado sus mercaderías. Los Tenuchcas respondieron: «El gran Señor de México es el Señor Universal de todo el Mundo; todos los nacidos son sus vasallos. A todos debe reducir para que le reconozcan como Señor, y a aquellos que no lo hagan, les destruirá, arrasará sus ciudades hasta los cimientos y las poblará con nuevas gentes. Por lo tanto, procuren tenerlo por Señor y sujetarse a él, pagando tributo y demás parias, como lo hacen las otras provincias y reinos; de lo contrario, vendrá sobre ellos».

A esta respuesta, los embajadores de Tlaxcala replicaron: «Señores muy poderosos, Tlaxcala no os debe vasallaje. Desde que salieron de las siete cuevas, jamás han reconocido con tributo ni peaje a ningún Rey ni Príncipe del Mundo, pues siempre los Tlaxcaltecas han mantenido su libertad. No están acostumbrados a esto y no os querrán obedecer; antes morirán que tal cosa suceda. Entendemos que lo que pedís también se lo pedirán a vosotros, y sobre ello derramarán más sangre que la que se derramó en la guerra de Poyauhtlan, de donde proceden los Tlaxcaltecas. Por tanto, nosotros regresamos con la respuesta que nos habéis dado».

Al conocer la ambiciosa respuesta de los Tenuchcas, los de Tlaxcala vivieron en estado de alerta para resistir cualquier adversidad que se presentara. A medida que los Mexicanos Tenuchcas sometían la mayor parte de este Nuevo Mundo, y sin más tierras que ganar desde la mar del Sur hasta la del Norte, decidieron apoderarse de la provincia de Tlaxcala, tal como habían hecho con las demás. Con un espíritu decidido, los Mexicanos les ofrecieron tantos reencuentros y escaramuzas que, en pocos años, lograron acorralarlos en sus propias tierras y provincia.

Los Tlaxcaltecas estuvieron cercados durante más de sesenta años, necesitando de todo lo que humanamente podían necesitar. Carecían de algodón para vestirse, oro y plata para adornarse, plumería verde y de otros colores para sus galas —la que más apreciaban para sus divisas y plumajes—, cacao para beber, y sal para comer. Durante más de sesenta años, sufrieron esta privación. Se habituaron tanto a vivir sin sal, que hoy en día no la saben comer, y tampoco se les ofrece, aunque sus hijos, criados entre nosotros, consumen muy poca. Sin embargo, con la abundancia que hay, han comenzado a incorporarla en su dieta.

En medio de este cerco, los Tlaxcaltecas enfrentaban constantemente crueles guerras, atacados por todas partes. Al no tener los Mexicanos otros enemigos ni vecinos que a los de Tlaxcala, muchas gentes acudían a refugiarse en esta provincia. Así lo hicieron los Xoltocamecas, Otomís y Chalcas, quienes, tras rebeliones contra los príncipes mexicanos, se unieron a Tlaxcala. Allí fueron acogidos por sus habitantes, quienes les otorgaron tierras donde vivir, a cambio de reconocerlos como señores y pagarles tributo y terrasgo. Además, debían estar siempre en armas y alerta para defender sus tierras, evitando que los Mexicanos les atacaran. Esta promesa la cumplieron durante mucho tiempo, hasta la llegada de Cortés.

Con esta constante milicia, se sucedieron grandes episodios bélicos, en los que, mediante despojos, lograban obtener algunas riquezas en forma de ropa, oro y plumería. También, a través de rescates de prisioneros, conseguían sal y cacao, especialmente los de las cuatro cabeceras, que nunca se quedaban sin estos recursos. A pesar de ello, los señores mexicanos y tetzucanos, en períodos de tregua, enviaban a los de Tlaxcala grandes presentes: dádivas de oro, ropa, cacao, sal y otros productos de los que carecían. Este intercambio se realizaba de forma discreta, y se saludaban en secreto, manteniendo el respeto que se debían.

A pesar de todos estos desafíos, el orden de su república nunca dejó de gobernarse con rectitud, manteniendo inviolablemente el culto a sus dioses.

Al darse cuenta los Mexicanos Culhuas Tepanecas Tenuchcas de que toda la monarquía de este Nuevo Mundo estaba bajo su dominio, y que con tal poder podían conquistar fácilmente al rey de Tlaxcala—ya que, en comparación con la extensión de lo que dominaban, esta provincia era una de cien—decidieron emitir un bando. En este, ordenaron a todos sus súbditos que salieran un día señalado a combatir contra Tlaxcala, rodeándola por todas partes. Con tal fuerza, creyeron que lograrían vencer y asolarla, o que se rendirían ante el inminente peligro.

Esto sucedió dieciocho años antes de la llegada de los españoles, cuando la provincia de Tlaxcala estaba gobernada por cuatro cabeceras: Ocotelolco, bajo Maxixcatazin; Tizatlan, bajo Xicotencatl; Quiahuiztlan, bajo Teohuayyacatzin; y Tepeticpac, bajo Tlehuexolotzin. En Huexotzinco, reinaba Tecayahuatzin Chichimecatl Tecuhtli, quien declaró la guerra a fuego y sangre contra los de Tlaxcala. Fue él quien convocó a los Chulultecas para unirse a esta guerra, buscando el apoyo de los Mexicanos. Para iniciar su mal propósito, intentaron sobornar a los habitantes de Hueyotlipan, un pueblo sujeto a Tlaxcala que limitaba con México, así como a los Otomís que estaban en la frontera.

Los Señores de Tlaxcala, alertados por sus propios vasallos y amigos sobre lo que estaba ocurriendo, permanecieron siempre en guardia y con cautela, desconfíando de cualquier grupo, para evitar ser asaltados mediante traiciones y engaños. Así, persuadieron a las guarniciones en la frontera de México con dádivas de oro, joyas, rodelas, armas y otros objetos de valor. Les comunicaron que, al momento de la batalla general en la provincia de Tlaxcala, debían estar alertas y, en lugar de luchar, dar la espalda y volver contra los de Tlaxcala, prometiéndoles generosas recompensas de los príncipes mexicanos. Si lograban vencer y tomar el reino de Tlaxcala, serían señores libres y compartirían el botín.

En esos tiempos, reinaba en México con gran poder Motecuhzomatzin. Sin embargo, las guarniciones y fronteras de Tlaxcala no quisieron traicionar a aquellos amigos tan antiguos que tan bien los habían tratado, conservado y defendido de sus enemigos durante tantos años. En lugar de eso, decidieron luchar y morir por su patria y su república, cumpliendo con su deber como leales vasallos, defendiendo sus fronteras como valientes y esforzados capitanes.

Una vez que los ejércitos de Huexotzinco entraron a fuego y sangre en tierras de Tlaxcala, causando grandes daños, muertes y robos, llegaron a un lugar a una legua de la ciudad, conocido como el pueblo de Xiloxochitlan. Allí cometieron atrocidades y crueldades contra las personas desprevenidas que encontraron. Durante este alboroto, mataron a un principal de Tlaxcala de gran importancia, que salió a defender a su gente. Este hombre, llamado Tizacaltatzin, era principal de la cabecera de Teocotelulco y del barrio de Contlantzinco, y, al carecer de apoyo, tuvo que morir peleando.

La muerte de Tizacaltatzin fue profundamente lamentada por los de Tlaxcala, y con ello, los Huexotzincas regresaron a sus tierras. Este incidente marcó el inicio de guerras continuas y prolongadas que duraron más de quince años, hasta la llegada de Cortés. Durante este tiempo, hubo tantas muertes y pérdidas que sería un gran esfuerzo contarlas todas. Solo mencionaré una: ante las constantes guerras y escaramuzas, los Tlaxcaltecas lograron arrinconar a los Huexotzincas en lo alto de la Sierra Nevada y del volcán.

Puestos en esta crítica situación, los Huexotzincas pidieron ayuda a Motecuhzoma, quien envió un gran contingente de soldados, con la intención de asolar la provincia de Tlaxcala. También envió a uno de sus hijos, Tlacahuepantzin, como capitán. Los ejércitos mexicanos que acudieron en ayuda de los Huexotzincas entraron por la parte de Tetella, Tuchimilco y Quauquechollan, contando con el respaldo de los habitantes de Itzocan y Chietlan, que eran vasallos de los mexicanos.

Al enterarse del socorro enviado por Motecuhzoma, los Tlaxcaltecas salieron al encuentro de los mexicanos antes de que llegaran a sus tierras y causaran algún daño. Determinaron estorbarles la entrada. Como mencionamos anteriormente, los Huexotzincas estaban en una situación precaria, refugiados en las faldas de la Sierra Nevada y el volcán, mientras que todo lo llano estaba desprovisto de poblaciones. Por esta razón, los ejércitos tlaxcaltecas encontraron una oportunidad para entrar por Tlecaxtitlan, Acapetlahuacan y Atlixco con seguridad, antes de que los Huexotzincas o los mexicanos pudieran reagruparse.

Así, los Tlaxcaltecas lanzaron un ataque con tanto ímpetu e ira que sorprendieron a sus enemigos, causando una gran devastación. Los Huexotzincas, desbaratados y muertos, huyeron despavoridos, y en el campo quedó muerto Tlacahuepantzin, su general e hijo de Motecuhzoma.

Tras la victoria en tan significativo encuentro, los Tlaxcaltecas limpiaron el campo y regresaron a su tierra con gran honor y en beneficio de toda su patria. La famosa guerra, que causó tanto terror en todas aquellas regiones, tuvo como consecuencia que, al año siguiente, los Huexotzincas no obtuvieron cosechas de pan, lo que provocó una gran hambre. Se vieron obligados a buscar ayuda en las provincias de México para satisfacer sus necesidades, pues las guerras llevadas a cabo por los Tlaxcaltecas habían asolado sus tierras, quemando casas y palacios, incluidos los de Tecayahuatzin, su señor, así como los de otros caciques y principales de la provincia. Así, tras pedir permiso a Motecuhzoma, aquel año lograron reparar su situación en tierras mexicanas.

Hemos abordado estas guerras civiles, que así pueden ser denominadas, dado que Huexotzincas, Tlaxcaltecas y Cholultecas eran todos amigos y parientes. Es importante entender que Cholultecas y Huexotzincas se unieron en contra de Tlaxcala, aunque la confrontación se enfocó principalmente en Huexotzinco. Como los Cholultecas eran más mercaderes que guerreros, no se les tuvo tanto en cuenta en los asuntos bélicos, aunque participaban como aliados de los Huexotzincas.

Después de esta sangrienta guerra en el Valle de Atlixco, y con la muerte de Tlacahuepantzin, su general e hijo de Moctecuhzoma, rey de los Mexicanos, se sintió un profundo pesar y gran descontento. Decidió asolar y destruir por completo la provincia de Tlaxcala. Mandó que, sin compasión, se destruyera el señorío de los Tlaxcaltecas, pues lo tenía enojado. Hasta entonces, no había querido aniquilarlos, ya que los mantenía bajo control, como codornices enjauladas, y también para que los jóvenes mexicanos pudieran ejercitarse en la guerra y contar con cautivos que sacrificar a sus dioses. Pero ahora que habían matado a su hijo Tlacahuepantzin con tal atrevimiento, su determinación era arrasar Tlaxcala, pues no convenía que existiera más de una sola voluntad, un mando y un propósito en el mundo. Consideraba que, mientras Tlaxcala permaneciera sin conquistar, él no podía considerarse Señor Universal del Mundo. Así, ordenó que todos se unieran en un día señalado para entrar por todas partes y destruir a Tlaxcala a sangre y fuego.

Al conocer la voluntad del poderoso rey Motecuzoma, este envió a sus capitanes a rodear toda la provincia de Tlaxcala. Sin embargo, al intentar acorralarlos en un solo día por todos lados, se encontraron con una resistencia tan feroz por parte de los Tlaxcaltecas que, al final, los mexicanos huyeron desbaratados o heridos, sufriendo grandes pérdidas en hombres y riquezas. Parece increíble creerlo, incluso más parece una patraña que una verdad; sin embargo, este relato está tan respaldado y se considera tan cierto que causa una extraordinaria admiración. Se reunieron tantas gentes de diversas provincias y naciones que es digno de mención.

Por el norte, se hallaron los Zacatecas, Tozapanecas, Tetelaques, Iztaquimaltecas y Tzacuhtecas; luego, los Tepeyaqueños, Quechollaqueños, Tecamachalcas, Tecalpanecas, Totomilhuas, Cholultecas, Huexotzincas, Tetzcucanos, Aculhuaques, Tenuchcas, Mexicanos y Chalcas. Así, rodearon toda la provincia de Tlaxcala con el objetivo de destruirla. Fue tal su fortuna que, mientras los Tlaxcaltecas se entregaban a sus deleites y pasatiempos, recibieron la noticia de este formidable cerco que Moctecuzoma había establecido para atraparlos, con la intención de acabar con ellos y borrar cualquier memoria de su existencia.

Las fronteras de todas partes lucharon valerosamente, persiguiendo a muchos enemigos. Para dar fe de lo sucedido, trajeron grandes despojos de la guerra y muchos prisioneros capturados sin mucho esfuerzo, presentándolos a los señores de las cuatro cabeceras. Estos, al enterarse de la victoria de sus capitanes, quienes lograron tal hazaña sin que ellos lo supieran, les ofrecieron grandes honores, casando a los capitanes con sus propias hijas y armando caballeros a muchos de ellos, para que fueran considerados personas de prestigio, como lo fueron de ahí en adelante. Los Otomís que custodiaban las fronteras ganaron mucho crédito como leales vasallos y amigos de la República de Tlaxcala.

Tras obtener tan gran victoria, celebraron grandes y solemnes festividades en señal de alegría, ofreciendo sacrificios a sus dioses con ceremonias impresionantes. Desde ese momento, los Tlaxcaltecas vivieron con más precaución, fortificando sus tierras con fosos y reparos, temiendo que Motecuzoma volviera a atacarles en algún momento. Así, con esta continua vigilancia, vivieron durante mucho tiempo, hasta la llegada de Cortés, mientras los mexicanos intentaban someterlos y ellos, con un espíritu invencible, se resistían como siempre lo habían hecho.

 

Capítulo catorce

Que trata de la pujanza del imperio mexicano y de cómo los mexicanos tenuchcas conquistaron Quatimalla y Nicarahua.

En aquel tiempo, el imperio de los mexicanos y el señorío de Moctezuma eran tan poderosos que su dominación se extendía más de trescientas leguas desde Quatimalla hasta Nicaragua, donde hoy en día la lengua mexicana se habla de manera corrupta. Grandes ejércitos mexicanos poblaban y conquistaban tierras y provincias riquísimas en oro, plumas verdes de gran valor, cacao, bálsamo, liquidámbar y otras resinas aromáticas, licores y tintes que los nativos apreciaban en gran medida.

Sin embargo, algunas provincias se resistían y no permitían su entrada, como la propia Nicaragua y otras comarcas. Al enterarse de que grandes ejércitos se dirigían a conquistarlas, los nicaragüenses salieron al encuentro de los mexicanos para obstaculizar su paso, instándolos a que se marcharan y no regresaran a sus tierras. En un enfrentamiento, lograron matar a muchas personas de los mexicanos, poniendo a sus ejércitos en un gran aprieto, obligándolos a replegarse.

Al ver la feroz resistencia de aquellos pueblos, los mexicanos intentaron recurrir a la astucia y el engaño, buscando preservar su valor y la fama que habían ganado a lo largo de tantos años. Fingen que deseaban avanzar sin detenerse, alegando que no deseaban ser considerados amigos ni vecinos de los nicaragüenses, y que habían sufrido grandes pérdidas en su camino y enfrentamientos previos. Por ello, pidieron cinco o seis mil tamemes para poder transportar sus equipos y provisiones a los pueblos de adelante, prometiendo que así se retirarían de sus tierras; de lo contrario, enfrentarían escaramuzas y muertes a diario.

Los nicaragüenses, aceptando esta demanda, cayeron en el engaño. Así, entregaron a los mexicanos los tamemes que pedían, y al salir la mayor parte de esta gente de su patria, los ejércitos mexicanos pudieron avanzar sin resistencia, ocupando la provincia con la mayor tranquilidad, pues los nicaragüenses no se percataron de la traición.

Una vez que se apoderaron de esta provincia, los miserables tamemes que regresaron a sus hogares encontraron sus casas tomadas y ocupadas por gentes extrañas. Mientras tanto, los mexicanos que habían marchado adelante tomaron posesión de esta gran provincia y de sus habitantes, convirtiéndose en sus señores. Desde entonces, la población de Nicaragua y Verapaz reconoció a los mexicanos como sus señores, enviándoles tributos de oro, plumas verdes y otros productos de la tierra, como piedras preciosas, esmeraldas, turquesas y otros objetos de gran estima y valor.

A través de esta estrategia y astucia, Moctezuma se convirtió en un gran señor de la mayor parte de este Nuevo Mundo, aunque algunas provincias se rebelaban y se alzaban contra él. Sin embargo, lograba pacificarlas con sus ejércitos, castigando a los alzados, ya fuera por amor o mediante promesas, dádivas y concesiones, según lo requería la situación. Finalmente, aunque eran considerados bárbaros, se mantenían a su manera en pujanza y poder, gracias a una disciplina militar que sustentaba y continúa sustentando la Monarquía Universal del Mundo.

 

Capítulo quince

Que trata de las causas de la enemistad que obo entre los tlaxcaltecas y los culhuas tenuchcas y de las hazañas de Tlahuicole.

Habiendo, como hemos mencionado, continuas guerras entre Tlaxcaltecas y Mexicanos, también eran frecuentes los reencuentros y escaramuzas entre ambos bandos, tanto para ejercitar a la milicia como en previsión de que Moctezuma pudiera conquistarlos y convertirlos en tributarios. Algunos contemplativos opinan que, si Moctezuma quisiera destruir a los Tlaxcaltecas, podría hacerlo, pero los dejaba como codornices enjauladas, para que no se perdiera el ejercicio de la guerra, para que los hijos de los señores tuvieran en qué emplearse, y también para disponer de gente con la que sacrificar y servir a sus ídolos y falsos dioses. Sin embargo, no puedo convencerme de esta teoría por varias razones. Si así fuera, los señores de esta provincia no habrían tomado tan en serio la demanda de ir contra los mexicanos, como lo hicieron en favor de los cristianos.

Otra razón para entender esta situación es la mortal y terrible enemistad que había entre ambos grupos, ya que jamás establecieron parentescos ni mediante matrimonios ni por otro medio; el nombre de mexicanos les era odioso y aborrecible, así como el de Tlaxcaltecas lo era para los mexicanos. Es notorio que en todas las demás provincias las distintas etnias se emparentaban entre sí, lo que lleva a creer que, puesto que Nuestro Señor quiso que su santo nombre se ensalzara a través de estas gentes, las mantuvo protegidas y las tuvo como instrumentos de una obra tan heroica y santa como la que hemos visto y de la que hablaremos a partir de ahora.

Mientras tanto, en medio de este continuo cerco y perpetua guerra, los bandos se capturaban mutuamente, sin que jamás se rescataran ni se redimieran a sus prisioneros, pues consideraban esto una gran afrenta e ignominia. Preferían morir peleando, especialmente los capitanes y personas de renombre, que eran sacrificados o luchaban como gladiadores romanos. Cuando algún prisionero valioso era capturado, lo llevaban a una plaza donde había una gran rueda de más de treinta palmos de ancho, en cuyo centro había una rueda menor, de aproximadamente un codo, que servía como altar. De esta rueda más pequeña, se ataba una gran soga que no excedía los límites de la rueda mayor.

El desafortunado prisionero era atado con esta soga, como un toro en un bramadero, y se le proporcionaban diversos tipos de armas con las que podía defenderse y atacar, permitiéndole elegir las que más le gustaran. Le ofrecían rodelas, espadas, arcos, flechas, macanas arrojadizas y porras de palo con puntas de pedernales. Mientras tanto, se entonaban cantares tristes y dolorosos. Sin embargo, el pobre hombre, con esfuerzo y valor, se preparaba para enfrentar la gloria de sus dioses. Una vez atado, salían a combatir contra él tres o cuatro hombres valientes, y no se le dejaba en paz hasta que moría peleando. Se defendía con tanto coraje que, en ocasiones, mataba a más de cuatro antes de caer.

Este tipo de combate servía para probar la fuerza de algunos hijos de señores, que salían audaces y dispuestos, ya fuera para entrenarse o para perder el miedo a la guerra.

Ocurrió en tiempos en que los españoles se acercaban, que los de Huexotzinco capturaron a uno de los más valientes indios de Tlaxcala, llamado Tlahuicole, que significa "El de la divisa de barro." Este guerrero siempre llevaba consigo un jarro de barro cocido y torcido como un asa. Fue tan valiente que al solo oír su nombre, sus enemigos huían. Tenía una fuerza descomunal; la macana con la que peleaba era tan pesada que un hombre bien constituido tendría dificultades para levantarla. Aunque no era alto de cuerpo, era robusto y poseía una fuerza impresionante, llevando a cabo hazañas que parecían increíbles y más allá de lo humano. Cada vez que entraba en combate, causaba tal estrago entre sus enemigos que en poco tiempo se deshacían de ellos en el campo.

Finalmente, después de muchas hazañas y actos heroicos, fue capturado por los Huexotzincas en una ciénaga, y como gran trofeo, lo llevaron enjaulado a presentarlo ante Moctezuma en México. Allí, le brindaron mucho honor y se le otorgó la libertad para que regresara a su tierra, algo que nunca se había hecho con ningún otro prisionero.

En esta ocasión, Moctezuma tenía la intención de ingresar a las tierras de los Tarascos, en Michoacán, debido a que sabían que poseían grandes cantidades de plata y cobre, de las cuales los Mexicas carecían. Su plan era conquistar alguna parte de los territorios tarascos. Sin embargo, Catzonsi, quien reinaba en ese momento, se preocupaba por conservar lo que sus antecesores habían ganado y mantenido, y nunca se descuidó en este asunto. Así fue como los Mexicas formaron una armada considerable, encargando al mencionado Tlahuicole, prisionero de Tlaxcala, el liderazgo de esta expedición, con la finalidad de realizar una célebre incursión en las tierras de los Michoacanos.

La armada, compuesta por innumerables hombres, se dirigió a combatir las primeras provincias fronterizas de Michoacán: Tacimaloyan, que los españoles llaman Taximaloa, así como Maravatío, Acámbaro, Oquario y Tzinapécuaro. Aunque esta gran incursión resultó en la muerte de muchas personas de ambos lados, generó un terror significativo entre los Michoacanos. A pesar de que no lograron conquistar ninguna parte de su tierra, los Mexicas pudieron robar plata y cobre en algunos enfrentamientos durante los seis meses que duró la guerra. En esta campaña, Tlahuicole llevó a cabo grandes hazañas y actos temerarios, ganándose entre los Mexicas una eterna fama de valiente y excepcional capitán.

Al regresar de la guerra de Michoacán, Moctezuma le otorgó a Tlahuicole la libertad para regresar a sus tierras o quedarse como su capitán. Sin embargo, él rechazó ambas opciones: no quería ser capitán de Moctezuma por no traicionar a su patria, y tampoco deseaba volver a ella, ya que consideraba una afrenta ser prisionero en la guerra. Tlahuicole sostenía que en su cultura solo había dos opciones: vencer o morir. Por ello, pidió a Moctezuma que, dado que no iba a servir en nada, le concediera el honor de morir como lo hacían los valientes.

Al ver que Tlahuicole solo deseaba morir, Moctezuma accedió a su petición. Así, ocho días antes de su muerte, le realizaron grandes festividades, bailes y banquetes, siguiendo sus antiguos ritos. Durante estos banquetes, se cuenta que le ofrecieron un platillo horrendo y vergonzoso: la carne de su esposa guisada en un potaje. Después de haber estado más de tres años en México, su mujer había ido a visitarlo, dispuesta a vivir con él o morir a su lado. Así, ambos encontraron su final en cautiverio.

Al ser conducido al sacrificio, el desafortunado Tlahuicole fue atado en la rueda del sacrificio con gran solemnidad, conforme a sus rituales. Durante la pelea, logró matar a más de ocho hombres e hirió a otros veinte antes de ser finalmente abatido. En el instante en que lo derribaron, lo llevaron ante Huitzilopochtli, donde fue sacrificado y se le extrajo el corazón, el cual ofrecieron al demonio, como era su costumbre. Así fue como concluyó la triste historia de Tlahuicole de Tlaxcala, quien, a pesar de no ser un noble prominente, se destacó por su valentía. De no haber sido apresado, podría haber llegado a ser un gran Señor en su provincia.

 

Capítulo dieciséis

Que trata de lo que pensaron los naturales de las cosas de la naturaleza, y de las recreaciones y diversiones que tuvieron.

Antes de avanzar, es importante abordar el conocimiento que tenían sobre un solo Dios y una única causa, que se refería a la sustancia y principio de todas las cosas. Todos los dioses que adoraban eran divinidades de fuentes, ríos, campos y otros aspectos de la naturaleza, a los cuales atribuían un dios particular. Sin embargo, concluían reconociendo que había un único Dios, el Teotlquenaahuaque, que en términos contemporáneos podría entenderse como la persona en quien residen todas las cosas, la causa de todas ellas, que es, en esencia, una sola.

Además, en su antigüedad, tenían un vestigio de la eternidad, pues sabían y entendían que, tras esta vida, había otra existencia. Creían que en esta otra vida habitaban los dioses, quienes disfrutaban de placeres, pasatiempos y descanso. También tenían la noción de que existían nueve cielos, que llamaban Chicuhnauhnepaniuhcan Ilhuica, donde reinaba la perpetua holganza. Cuando algunos caciques o personas de renombre morían, los enterraban en bóvedas, acompañados de doncellas de servicio y, en ocasiones, de sus esposas. Además, enterraban vivos a hombres jorobados y enanos, junto con abundante comida y riquezas, como ropa, plumería y oro, para el camino hacia la gloria y el lugar de los dioses.

Tenían certeza sobre la existencia de pena y gloria, un premio para los buenos y un castigo para los malos. Nunca comprendieron el engaño en el que vivían hasta que se bautizaron y se convirtieron al cristianismo. También alcanzaron a reconocer, aunque de manera confusa, la existencia de ángeles que habitaban en los cielos, a quienes atribuían el poder de ser dioses de los aires, y por ende, los adoraban. Consideraban que estos seres enviaban rayos, relámpagos y truenos, y que, al enojarse con los hombres, provocaban grandes terremotos, lluvias y granizos, así como otras tempestades que azotaban la tierra a causa de los pecados humanos; ante tales eventos, celebraban festividades muy solemnes.

El fuego era considerado el dios de la vejez, al que representaban como un anciano venerable. Atribuían los temblores y terremotos a que los dioses que sostenían el mundo se cansaban y, por ende, se movían, lo que provocaba esas convulsiones. No comprendieron que el mundo era esférico o redondo, sino que lo concebían como llano, con un límite que alcanzaba hasta las costas del mar, creyendo que el mar y el cielo eran una misma entidad, de la misma materia. Pensaban que las aguas de lluvia no procedían de las nubes, sino de los cielos, y que esos dioses las derramaban en sus momentos adecuados para regar la tierra y beneficiar a los seres humanos y animales que la habitaban.

La Sierra Nevada de Huexotzinco y el volcán eran considerados dioses, representando a un marido y una mujer. Llamaban al volcán Popocatépetl y a la Sierra Nevada Iztaccíhuatl, que significa "la sierra que humea" y "la mujer blanca".

También creían que el sol, al ponerse y dar paso a la noche, dormía y descansaba del trabajo realizado durante el día. Lo mismo decían de la luna cuando menguaba y no iluminaba, considerándola también en reposo. Según su mitología, el sol y la luna eran marido y mujer. Tenían la certeza de que, cuando el sol fue creado, no comenzó a moverse hasta el cuarto día. La fábula cuenta que el sol era un dios muy despreciado porque padecía de lepra o bubas, lo que lo hacía inobservable y desagradable ante los demás dioses. Conmovidos por su sufrimiento, los dioses ordenaron fabricar un gran horno, similar a uno de cal, y encendieron una enorme fogata en su interior. Al introducir al sol en este horno, esperaban que se purificara. Con el tiempo, el sol fue transformado en luz y se le dio el nombre de Sol.

Fue en el cuarto día cuando le hicieron mover, iniciar su recorrido y cumplir su curso, como lo hace el Naullin, que significa "cuarto movimiento", marcando el comienzo del movimiento del sol. Así fue reconocido como el dios y Señor del día, mientras que la luna fue considerada la diosa de la noche. Se creía que tanto el sol como la luna estaban bajo la obediencia de las estrellas.

Adicionalmente, tenían la creencia de que durante un eclipse, el sol y la luna estaban en una especie de disputa, lo que consideraban un mal augurio y una señal ominosa. En esos momentos, realizaban grandes sacrificios, gritando y llorando, convencidos de que el fin del mundo se acercaba. Si el sol era eclipsado, sacrificaban hombres de piel roja, y si la luna era oscurecida, ofrecían hombres y mujeres de piel clara, a quienes llamaban adivinas.

Los cometas eran considerados por ellos como malas señales, presagiando mortandades, guerras, hambrunas y otras calamidades en la tierra. Especialmente aquellos que aparecían en la región del fuego, desplazándose de un lado a otro con grandes colas de humo o centellas de fuego, eran vistos con temor. Creían que estos cometas eran saetas de las estrellas, responsables de matar la caza en los campos y montes.

Dividieron el mundo en cuatro partes: al Mediodía lo llamaron Tlapco, que significa "en la grada o poyo"; al Norte, Mictlán, que significa "infierno" o "muerte"; al Oriente, Tonatiuhxico; y al Poniente, Icalaquian. A estas cuatro direcciones, los sacerdotes de los templos ofrecían incienso con perfumadores e incensarios.

Además, llevaban un registro del año, tanto por el sol como por la luna, incluyendo los años bisiestos. Contaban los meses y las semanas, considerando que cada mes tenía veinte días de luna y que las semanas constaban de trece días. Así, agrupaban ocho lunas de veinte días para formar un año, como se verá más adelante.

Se comunicaban mediante caracteres, pinturas y figuras de animales. Entre estas gentes había también muchos embaucadores, hechiceros y brujos que podían transformarse en leones, tigres y otras bestias feroces mediante sus trucos. Tenían un sistema de semanas, diferenciando entre semana mayor y semana menor, y celebraban festividades a lo largo del año. En cada fiesta, realizaban ceremonias que incluían adivinaciones y suertes, creyendo en sueños, prodigios y augurios, inducidos por el demonio, quien cumplía muchas de las cosas que soñaban.

Utilizaban ciertos alimentos y bebidas para adivinar, lo que los hacía adormecerse y perder el sentido, provocando visiones aterradoras en las que percibían al demonio. Entre estos productos, se encontraban el peyotl, una hierba llamada tlapatl, un grano conocido como mixitl, y la carne de un pájaro llamado pito, que ellos denominaban oconenetl; consumir esta carne generaba visiones. Un pequeño hongo conocido como nanacatl también tenía la misma propiedad. Estos usos eran más comunes entre los señores que entre la gente común. Aunque tenían vinos, su consumo estaba muy restringido: solo los ancianos y muy viejos podían embriagarse. Si un joven se emborrachaba, era probable que muriera por ello. Por lo tanto, el vino se daba únicamente a los ancianos respetados en la comunidad o en ocasiones de fiestas muy importantes, y siempre con moderación.

Contaban con una variedad de instrumentos musicales que se adaptaban a su estilo. Tenían tambores elaborados con gran destreza, altos y de más de medio estado; además, utilizaban un instrumento llamado teponaxtle, que consiste en un trozo de madera cóncavo y de una sola pieza, redondeado y hueco por dentro, capaz de emitir sonidos que se escuchan a más de media legua. Este tambor producía una extraña y suave consonancia. Juntos, estos tambores, acompañados de trompas de madera y otros instrumentos similares a flautas y jabebas, creaban un ruido sorprendente y admirable. Las melodías y danzas se realizaban con tal compás que eran dignas de ser presenciadas.

En estas danzas y canciones, los participantes mostraban sus insignias y atavíos, adornándose con plumería y ropas ricas de diseños elaborados, así como joyas de oro y piedras preciosas que llevaban en el cuello y las muñecas. Muchos caciques que vi usaban brazaletes de oro fino, ataviándose tanto en los brazos como en las pantorrillas, además de cascabeles de oro en las gargantillas de las piernas. Las mujeres también participaban en estas danzas, maravillosamente vestidas, lo que resultaba asombroso, aunque tales exhibiciones han sido prohibidas por la moralidad de nuestra religión.

Tenían un juego de pelota extraordinario llamado el juego de Ulli. La pelota estaba hecha de una resina que destila un árbol llamado vlquahuitl, que se endurece y forma nervios duros. Estas pelotas, del tamaño de las utilizadas en España, eran tan elásticas que, al golpear el suelo, podían saltar más de tres estados de altura, algo increíble de presenciar. Debido a su peso, se jugaba con las caderas o las nalgas, ya que no se podía jugar con las manos. Los jugadores utilizaban cinchos de cuero muy anchos de gamuza para protegerse las nalgas durante el juego.

Los juegos de pelota estaban muy arraigados en la República como pasatiempos; los hijos de los señores participaban para mantenerse activos y competían por diversas apuestas, incluyendo preseas, ropas, oro, esclavos, plumería y otras riquezas. Estas competiciones estaban llenas de grandes apuestas y desafíos, y eran solemnemente organizadas. Solo los señores podían participar, mientras que la gente común no era admitida, existiendo para ello funcionarios encargados de regular los juegos.

Había otros juegos, como los dados, que llamaban patol, similar al juego de las tablas. El que lograba vencer se retiraba a su casa con las tablas, siendo el ganador del juego. También existían diversas modalidades de entretenimiento que requerirían demasiado tiempo para describir, y no son relevantes debido a su insignificancia.

Además, contaban con actividades recreativas en las florestas, donde usaban cerbatanas para cazar aves, codornices, tórtolas y torcazas. Practicaban la caza de liebres y conejos, así como monterías de venados y jabalíes, empleando redes, arcos y flechas. Tenían hermosos jardines y arboledas exóticas, traídas de tierras lejanas.

Disfrutaban de baños y fuentes, y se deleitaban en bosques y sotos construidos a mano. Los grandes señores pagaban por los entretenimientos de bufones, chistes y cómicos, así como por enanos y hombres con deformidades. Sus pasatiempos eran diversos y variaban según las estaciones, y su felicidad se centraba en ejercer el poder y ser señores.

En lo que respecta a la comida y la bebida, adoraban al dios Baco, a quien consideraban el dios del vino y las bebidas embriagantes, celebrándole una fiesta una vez al año, llamándole Ometochtle.

Se enorgullecían de tener muchas mujeres, tantas como pudieran mantener. En tiempos antiguos, solían tener solo una, pero el demonio les indujo a que adquirieran tantas como pudieran sostener. Aunque estas eran sus mujeres, todos contaban con una esposa legítima, con quien se casaban según sus ritos para asegurar la procreación. Las mujeres legítimas eran consideradas señoras respecto a las demás, que eran sus concubinas, a quienes trataban como criadas en una o dos casas, según la cantidad que poseían. Las propias esposas legítimas eran responsables de enviar a las concubinas a dormir y acompañar al señor, quienes debían presentarse ricamente ataviadas, limpias y arregladas para complacerlo. Cuando el señor deseaba alguna de ellas, se dirigía a su esposa legítima y decía: "Quiero que fulana duerma conmigo" o "Es mi voluntad que fulana me acompañe en esta recreación". La esposa legítima se encargaba de adornar a la concubina, aunque ella era reconocida como señora. Por lo general, las mujeres legítimas dormían con sus maridos.

Ya hemos tratado anteriormente las ceremonias de los casamientos, por lo que no las reiteraremos aquí. Al morir un señor, su hermano heredaba las mujeres y contraía matrimonio con sus cuñadas, así como también heredaba los bienes del difunto, excluyendo a los hijos, ya que esa era la costumbre. Sin embargo, no se permitía que los hermanos se casaran entre sí. Valoraban mucho el linaje de cada uno y despreciaban a los hombres cobardes, a quienes consideraban indignos.

Esta nación de indios era extremadamente envidiosa. Los caciques y señores se hacían temer y venerar, y eran temidos en su totalidad. Se dirigían a sus señores con gran humildad, evitando mirarlos a la cara o elevar los ojos hacia su rostro mientras les hablaban. Cuando un señor pasaba por algún camino, la gente se apartaba y bajaba la mirada y la cabeza, bajo pena de muerte. La verdad era muy valorada, y el que mentía enfrentaba la pena de muerte. Consideraban un gran pecado el acto nefando, y los sodomitas eran menospreciados y tratados como mujeres; aunque no los castigaban, los llamaban "hombres malditos y desventurados", cuestionando si acaso faltaban mujeres en el mundo y reprochándoles que tomaran el papel de mujeres. En resumen, aunque no había castigo para estos pecados contra natura, eran considerados abominables y mal vistos. También era prohibido casarse con madres, tías o madrastras.

Entre estas gentes, había muchas costumbres, algunas buenas y otras tiránicas y sin razón. Por ejemplo, ningún plebeyo vestía ropa de algodón con franjas o adornos, ni ninguna prenda ostentosa. Su vestimenta era sencilla, llana y corta, sin ribetes ni elaboraciones, a excepción de aquellos que habían ganado su derecho a ello por méritos. De esta manera, la calidad de cada persona era evidente a través de su vestimenta.

Los tributos que pagaban consistían en lo que la tierra producía: oro, plata, cobre, algodón, sal, plumería, resinas y otros bienes de valor, así como maíz, cera, miel y pepitas de calabaza. En general, tributaban a sus señores con todas las cosas que había en cada tierra y provincia, entregando tributos cada seis meses y anualmente. Aquellos que recolectaban mariscos, llevaban pescado y conchas marinas; los que cultivaban cacao, pita y frutas exóticas. También tributaban animales salvajes, como tigres, leones, águilas, lobos, monos y papagayos, así como una diversidad de géneros de animales y aves que no se pueden enumerar. El que más pobre era, si no tenía nada que ofrecer como tributo, tributaba piojos; esto era particularmente común en la provincia de Michoacán, en el reino de Catzonzi, donde se mandó que nadie quedara sin pagar tributo, aunque solo tuviera piojos. No era una fábula, sino que efectivamente sucedía así.

 

Capítulo diecisiete

Que trata de los nefandos sacrificios que hacían a sus ídolos y de los papas.

La idolatría universal y la práctica de comer carne humana han comenzado hace relativamente poco tiempo en esta tierra, como ya hemos mencionado. Las personas de gran valor comenzaron a erigir estatuas en honor a los hombres notables que morían, quienes habían dejado hechos memorables en pro de la República. Estas estatuas se convirtieron en objetos de adoración, y así el demonio fue ganando terreno, arraigándose entre gentes tan simples y de poco juicio. Las pasiones que surgieron entre ellos llevaron a la cruel práctica de comerse entre sí, como forma de venganza hacia sus enemigos. Esta costumbre se fue extendiendo poco a poco, hasta que se institucionalizó el canibalismo, con carnicerías públicas que ofrecían carne humana, como si fueran de vaca o carnero, tal como sucede hoy en día.

Se dice que este error y cruel hábito se originó en la provincia de Charco, al igual que los sacrificios idolátricos y la práctica de sacar sangre de sus miembros para ofrecerla al demonio. Las carnes que se sacrificaban y consumían eran de hombres capturados en la guerra, así como de esclavos y prisioneros. También se vendían niños, desde recién nacidos hasta los de dos años, para ser sacrificados en este cruel y abominable ritual, cumpliendo así con promesas y ofrendas en los templos de los ídolos, similares a cómo se ofrecen velas de cera en nuestras iglesias.

Extraían sangre de la lengua si habían ofendido con sus palabras, de los párpados por haber mirado de forma indebida, y de los brazos si habían pecado por pereza, así como de las piernas, muslos, orejas y narices, de acuerdo con las culpas que habían cometido. Se disculpaban ante el demonio y, al final, le ofrecían el corazón, considerándolo lo mejor de su ser, ya que no tenían otra cosa que ofrecer. Prometían sacrificar tantos corazones de hombres y niños como fuera necesario para apaciguar la ira de sus dioses o para alcanzar otras metas que deseaban. Esto servía de confusión y desprecio hacia el perverso enemigo del género humano.

Asimismo, tenían gran cuidado en criar a sus hijos con buenas costumbres y educación. Los hijos de los Señores eran instruidos desde pequeños en el arte de hablar y en cómo dirigirse a los mayores, así como a sus iguales y a los Supremos Señores, siempre con gran cuidado y respeto en su forma de comunicarse. Eran elocuentes, y entre ellos había personas hábiles y de gran memoria. En sus razonamientos, se sentaban en cuclillas, sin apoyarse en el suelo, y evitaban mirar o alzar los ojos hacia el Señor, así como escupir o hacer gestos inapropiados. Al despedirse, el orador inclinaba la cabeza y se retiraba hacia atrás sin dar la espalda, mostrando mucha modestia.

Estos pueblos hablaban con el demonio a través de oráculos y fantasmas, y en esos lugares se les revelaban muchas cosas. No se preocupaban por desmentir a otros, ni consideraban tal acción como una falta de honor. Esta nación es muy vanidosa y celosa de sus mujeres, lo que ha llevado a muchos a cometer actos de violencia. Las mujeres son aún más celosas que los hombres. En soledad, son gente cobarde y pusilánime, pero acompañadas de los españoles, se vuelven atrevidas y osadas. La mayoría de ellos son muy simples y rudos, carecen de razón y honor según nuestros estándares, y tienen una concepción del honor muy diferente a la nuestra. No consideran una afrenta embriagarse o comer en la calle, aunque poco a poco están adoptando mejores costumbres que les parecen adecuadas.

En tiempos antiguos, valoraban mucho la verdad, especialmente en lo que respecta a sus señores, y mucho más entre los principales. Respetaban las promesas y las palabras de unos a otros, y quebrantar esta confianza era penado con la muerte. Sin embargo, ahora, con la llegada de la libertad, se han vuelto grandes mentirosos y tramposos, aunque también hay muchos mercaderes que son veraces y gozan de gran credibilidad. Como hemos mencionado antes, han adoptado muchas de nuestras costumbres. Consideraban una afrenta vender o alquilar casas, o pedir prestado, prácticas que no se usaban en su antigüedad, cuando no había deudas entre ellos. Cumplían con sus promesas y compromisos de inmediato, sin faltar.

Los templos, como ya mencionamos, tenían forma de pirámide, y se accedía a ellos por gradas hasta la cima. En la parte más alta había una o dos capillas pequeñas, flanqueadas por dos grandes columnas de piedra que permanecían encendidas, adornadas con abundantes perfumes, tanto de día como de noche. Esta práctica nunca cesaba, desde los templos más pequeños hasta los más grandes. Los servidores de estos templos eran aquellos que prometieron dedicarse a este servicio hasta la muerte, y algunos lo hacían por un tiempo limitado. Su sustento provenía de las primicias de los frutos que cosechaban.

Había sacerdotes mayores conocidos como Achcautzin, Teopixque, Teopannenque y Tlamacazque, que eran similares a los religiosos de la actualidad en su función. Se les llamaba Tlamacazque porque servían a los dioses mediante sacrificios y sahumerios. De este modo, todos aquellos que sirven a los españoles hoy en día son llamados Tlamacazque, dado que en sus inicios, los españoles eran considerados dioses, y quienes les servían llevaban el mismo nombre que los que estaban en los templos dedicados a los dioses. Este término ha perdurado, y ahora se refiere a los criados de los españoles como Tlamacazque o Tlamacaz.

Además, había sacerdotes de segunda categoría llamados Papas, no porque este término se refiriera a un sumo sacerdote, sino porque los sacerdotes más ancianos, aquellos que realizaban sacrificios humanos, quedaban tan ensangrentados que su apariencia era deplorable. Tenían cabellos tan largos que les llegaban casi hasta las nalgas, y estaban tan sucios y manchados de sangre que se les conocía como Papas por sus crines, y no por su posición sacerdotal. En cambio, a los sacerdotes mayores se les llamaba Texpanachcauhtzin Teopixque, lo que en nuestro idioma significa "los mayores del templo" o "guardianes de los dioses" y de los templos.

Los altares donde se inmolaban los cuerpos humanos no estaban decorados con sábanas de seda ni brocados, sino que eran bastante rústicos. Solo algunos ídolos estaban elaborados con piedras preciosas como mármol, cristal, turquesa, amatista o de otros materiales valiosos.

 

Capítulo dieciocho

Que trata del modo que tenían de enterrar a los muertos, y de otras ceremonias.

Habiendo tratado sobre estas costumbres, pasaremos a describir el modo en que realizaban los entierros. Cuando moría algún Cacique o Señor, se le colocaba en unas andas, sentado y muy ataviado, con el rostro descubierto y adornado con orejeras y bezotes de oro, plata, esmeraldas u otras piedras preciosas. Su cabello estaba peinado con esmero, como si estuviera vivo. Si era un rey, el procedimiento era el mismo, pero se le añadía una corona real que parecía una mitra. Así, lo llevaban en andas de gran riqueza y plumería, transportado por los principales de la República, acompañado de sus hijos y esposa, quienes lamentaban su muerte. Otros pregoneros de la República anunciaban sus grandes hazañas y logros, recordando sus notables trofeos.

Al llegar a la gran foguera, lo colocaban en ella y, con él, también arrojaban a sus criados y criadas que deseaban seguirlo hasta la muerte. En esa ceremonia llevaban abundantes comidas y bebidas para el viaje hacia la otra vida. Después de la cremación, recogían sus cenizas y las mezclaban con sangre humana, a partir de las cuales elaboraban estatuas e imágenes en memoria de quién fue.

En otros casos, aunque también eran Señores, se llevaban a cabo los entierros con la misma solemnidad y pompa, pero no se les quemaba. En cambio, eran sepultados en bóvedas y tumbas que se les construían. En estas sepulturas, se enterraban vivas a doncellas, criados, enanos y corcovados, junto con otros objetos que el Señor apreciaba mucho, además de una gran cantidad de comida y provisiones para la jornada en la otra vida. Este rito era practicado tanto por ricos como por pobres, y cada uno se enterraba según su estatus social.

Después de este entierro, se celebraban grandes fiestas en la casa del difunto, donde se organizaban espléndidas comidas, bailes y cantos. Estas celebraciones podían durar entre veinte y treinta días, durante los cuales se gastaban las haciendas en comidas y bebidas. Esta costumbre se ha arraigado en muchas partes de la tierra.

Un rito similar se observaba en los casamientos. Cuando se celebraba un matrimonio, la familia del novio ofrecía para el ajuar y la ceremonia lo que cada uno podía aportar a la novia: joyas de oro o plata, esclavos y esclavas, hilo y algodón, cacao, cofres de madera y esteras, según sus costumbres. Por su parte, la familia de la novia ofrecía ropas muy ricas, mantas para el novio, esclavos y abundante plumería. Gracias a estos presentes, las celebraciones se extendían durante un largo tiempo, culminando en suntuosas comidas y bebidas, que incluían una gran variedad de aves, venados y otras cacerías. Detenernos en esos detalles sería extenso, pero estas fiestas podían durar muchos días, llenas de juegos, bailes y pasatiempos, adaptándose a la calidad de los contrayentes.

Un rito similar ocurría cuando una mujer daba a luz a un hijo de alguien importante. Tan pronto como se sabía del nacimiento, llegaban a la casa todas las familias de ambos lados, llevando presentes de ropa, aves y otros objetos. Si el recién nacido era varón, un saludador entraba y pronunciaba palabras de bienvenida, deseándole que fuera bien nacido y que llegara al mundo a afrontar trabajos y adversidades. También recordaba los hechos de sus antepasados y ofrecía los presentes para que el niño pudiera crecer feliz en su infancia. Tras esto, un anciano encargado de la ceremonia daba las gracias por los obsequios y lo llevaban a su asiento. Allí se ofrecía comida y bebida a toda la parentela que había acudido, asegurándose de que hubiera para todos.

Esta ceremonia podía durar entre cuarenta y cincuenta días, hasta que la madre se recuperaba y se levantaba. Se hacía lo mismo para las hijas, aunque el nacimiento de los varones se celebraba con mayor solemnidad. El padre del recién nacido tenía la obligación de informar a sus amigos sobre el nacimiento, y aquellos que no recibían aviso, ya fueran parientes o amigos, se consideraban ofendidos y no acudían a las visitas ni a las fiestas.

Este mismo rito se realizaba al finalizar la construcción de una casa y al entrar a vivir en ella. Se creía que, si no se encomendaba la casa al Dios de las viviendas antes de habitarla, los inquilinos disfrutarían poco de ella y podrían morir. Por este motivo, en el día que terminaban la casa y deseaban habitarla, organizaban grandes bailes y banquetes, invitando a numerosas personas, de acuerdo con la calidad del anfitrión. Este rito se respetaba desde el mayor hasta el menor, y las celebraciones podían durar entre siete y ocho días.

De manera similar, al probar nuevos vinos, los dueños invitaban a gran cantidad de personas antes de consumirlos, para que el Dios Baco no les fuera adverso y para que, en sus borracheras, tuvieran la suerte de evitar desastres. Con estas prácticas, rendían culto al demonio de manera ostentosa, convencidos de que al hacerlo los dioses tendrían piedad de ellos en todas sus acciones. Creían que no debían actuar sin antes invocar a los dioses correspondientes, pues consideraban que nada podría hacerse sin su voluntad. Para ellos, como dioses y Señores Supremos, era su deber enviar a la tierra lo que fuera conveniente para la humanidad y las criaturas en ella.

Creían que el mundo no había sido creado, sino que simplemente existía; llamaban a su dios Tlaltecuhtli, quien gobernaba el mundo y la tierra. También sostenían que los cielos no fueron creados y existían sin principio. No tenían conocimiento de los cuatro elementos ni de los movimientos celestes.

Los naturales se cargaban como bestias, una costumbre muy antigua, y servían a sus mayores sin remuneración, movidos únicamente por el deseo de estar bajo su protección. Como ya mencionamos, antes de disfrutar de los frutos, pagaban primicias a los templos, de las cuales se alimentaban los templarios y de las que dependían para su sustento.

En las ceremonias, ritos y supersticiones que llevaban a cabo durante el estío, y que aún se realizan, aunque de manera disimulada, por los Otomíes, se hacía de la siguiente manera: cuando había grandes sequías y esterilidad en la tierra, se convocaba a una reunión general en montes conocidos para un día específico. Reunían a una multitud de personas para la caza, llevando consigo arcos, flechas, redes y otros instrumentos. Se juntaban dos o tres mil indios, quienes, siguiendo un orden, lanzaban sus redes y cercos hasta dar con la caza de venados, jabalíes u otros animales salvajes.

Al capturar a un animal, lo hacían con gran ceremonia y solemnidad. Extraían primero el corazón y luego el vientre; si encontraban en su interior hierbas verdes o granos de maíz o frijol germinados, afirmaban que ese año sería abundante en cosechas y que no habría hambre. Si, en cambio, hallaban el vientre lleno de hierbas secas, lo consideraban un mal augurio de escasez y se volvían tristes y desanimados. Si el hallazgo era de hierbas verdes, se llenaban de alegría, organizaban bailes y otros festejos. Así continuaban con sus cacerías generales, manteniendo estas costumbres supersticiosas que aún no han logrado erradicar.

Retomando el tema del demonio y de cómo lo percibían, no lo veían de forma visible, sino que se comunicaba a través de voces o respondía en oráculos. Algunos lo veían transformado en león, tigre o en otras formas fantásticas. Era tan conocido entre estas personas que podían reconocerlo al instante cuando les hablaba. Lo identificaban también porque se manifestaba en un cuerpo fantástico, sin sombras, sin articulaciones visibles, sin cejas ni pestañas, y con ojos redondos sin pupilas ni esclerótica. Todas estas características servían para que aquellos a quienes se revelaba pudieran reconocerlo.

Ahora trataremos el caso de un hermafrodita que poseía ambos sexos. Este hecho ocurrió porque, como los Caciques tenían muchas mujeres, un hijo de Xicotencatl se enamoró de una joven de bajos orígenes, quien solicitó que la dieran en matrimonio, como era costumbre, aunque en realidad fuera para ser su amante. La joven, hermosa y de buena disposición, fue traída y puesta entre sus mujeres, siendo encerrada junto a ellas. Después de un tiempo, mientras compartía con sus compañeras, comenzó a enamorarse de ellas y a utilizar su sexo masculino, llegando a embarazar a más de veinte mujeres durante la ausencia de su Señor, que estuvo fuera de casa más de un año.

Al regresar y ver a sus mujeres embarazadas, Xicotencatl sintió una gran pena y perturbación, y se propuso averiguar quién había cometido tal acto de deslealtad en su hogar. Tras investigar, descubrió que aquella mujer, que era en realidad un hermafrodita, había sido la responsable de los embarazos. Al darse cuenta de la magnitud de la traición y de que la culpa recaía sobre él por haberla introducido entre sus mujeres, decidió que las mujeres no eran completamente culpables, ya que no habían instigado el asunto. Así, aunque las casó y las repudiaron, no las condenó a muerte, lo cual fue un castigo considerable.

Sin embargo, el hermafrodita fue llevado en público a un altar de sacrificios destinado a castigar a los malhechores. Allí, se manifestó la gran traición que había cometido contra su Señor y marido. Vivo y desnudo, le abrieron el costado izquierdo con un pedernal muy afilado. Herido y desangrándose, le permitieron huir, dejándolo ir a donde su destino lo llevara. Así, salió desangrándose por las calles y caminos, mientras los muchachos lo perseguían y le lanzaban piedras durante más de un cuarto de legua, hasta que el desventurado cayó muerto. Las aves del cielo devoraron su cuerpo.

Este fue el castigo que se le impuso, y con el tiempo, el refrán se volvió común entre los principales señores: "Cuidado con el que embarazó a las mujeres de Xicotencatl; mirad a vuestras mujeres, si utilizan ambos sexos, protegedlas para que no os embaracen."

 

Capitulo diecinueve

Que trata de las dos edades del mundo y de los dioses que tenían en tiempo de su infidelidad.

Existía un error muy grande y generalizado entre los habitantes de esta Nueva España: creían que el mundo había tenido dos finales. Decían que el primero fue por diluvios y aguas tempestuosas, que habían hecho que la tierra se invirtiera y que aquellos que vivieron en esos tiempos eran gigantes cuyos huesos aún se hallaban en las quebradas, como hemos mencionado anteriormente. No tenían un conocimiento claro de los cuatro elementos y sus operaciones, más allá de reconocer el aire, el fuego, la tierra y el agua de manera confusa.

Además, sostenían que hubo otro final del mundo causado por aires y huracanes tan violentos que arrasaron todo lo que había en él, incluyendo las plantas y árboles de las montañas más altas. Relataban que aquellos hombres fueron levantados del suelo hasta perderse de vista y que, al caer, se desmembraron. Algunos de los que lograron escapar quedaron atrapados en montañas y riscos escondidos, convirtiéndose en monos y simios, olvidando el uso de la red y perdiendo el habla, quedando como los vemos hoy, con la única falta de la palabra, y así, se convirtieron en seres imperfectos.

Esta creencia era tan firme que la tenían como una verdad de fe, asegurando que todas las cosas que hemos mencionado son comprendidas y aceptadas por ellos. Sin embargo, conforme pasaba el tiempo, creían que los dioses, movidos de piedad hacia ellos a pesar de haberles privado de razón, les habían concedido el don de la vida. Estaban convencidos de que habría otro final, esta vez por fuego, y que la tierra tragaría a los hombres, abrasando todo el universo. Creían que los dioses y las estrellas descenderían del cielo y que, personalmente, destruirían a la humanidad, y que las estrellas aparecerían en forma de salvajes. Este, según ellos, sería el último final del mundo.

Cuando nuestros antepasados llegaron a esta provincia, entendieron que, de acuerdo con las señales y apariencias tan claras que observaban, el fin del mundo había llegado.

Estas naciones veneraban a una diosa a la que llamaban Xochiquetzatl, considerada la diosa de los enamorados, similar a la antigua diosa Venus de los gentiles. Se decía que habitaba en los aires y sobre los nueve cielos, residiendo en lugares deleitosos y llenos de pasatiempos. Estaba acompañada y protegida por un gran número de personas, siendo servida por otras mujeres como si fueran diosas, disfrutando de placeres y regalos que incluían fuentes, ríos y bosques recreativos. Su morada era tan cuidada y cerrada que los hombres no podían verla.

En su servicio había un gran número de enanos, jorobados, bufones y cómicos que la entretenían con música, bailes y danzas. Estos eran sus confidentes y actuaban como embajadores ante los dioses que ella protegía. Su pasatiempo preferido era hilar y tejer obras hermosas y curiosas, y la describían como tan linda y hermosa que no había forma de exaltarla más.

El cielo donde residía esta diosa se llamaba Tamohuanichan Xochitlihcacan, que significa “el lugar de Tamohuan, en el asiento del árbol florido.” Se decía que quien alcanzara una flor de este árbol sería un enamorado dichoso y fiel, pues en esos aires reinaban la frescura, la delicadeza y el frío sobre los nueve cielos. Cada año, se celebraban fiestas en honor a Xochiquetzatl con gran solemnidad, a las que acudía mucha gente en su templo dedicado. Se creía que había sido esposa del dios Tlaloc, dios de las aguas, y que fue secuestrada por Tezcatlipuca, quien la llevó a los nueve cielos y la convirtió en diosa del amor.

Había otra diosa llamada Matlacueye, asociada a las hechiceras y adivinas, que se casó con Tlaloc tras el rapto de Xochiquetzatl por parte de Tezcatlipuca. También existía una diosa llamada Xochitecacihuatl, diosa de la mezquindad y la avaricia, quien fue esposa de Quiahuiztecatl. Para eternizar sus memorias, estas diosas y dioses dejaron sus nombres en conocidas sierras y cerros, que hasta hoy llevan sus nombres.

Cuando había escasez de agua y la sequía se intensificaba, realizaban grandes procesiones, ayunos y penitencias. Sacaban en procesión una gran cantidad de perros pelones, una raza de perros que carecía de pelo. En tiempos antiguos, muchos de ellos eran criados para el consumo. En la actualidad, todavía tengo algunos de estos perros, que son ciertamente extraños y muy notables. Estos perros eran llevados en andas muy adornadas a un templo dedicado a Xoloteupan, donde eran sacrificados. Les extraían el corazón y lo ofrecían al dios de las aguas. Al regresar de este sacrificio, antes de llegar al templo mayor, comenzaba a llover y a relampaguear de tal manera que no podían llegar a sus casas por la gran cantidad de agua que caía. Después de sacrificar a los perros, los consumían. Recuerdo que hace menos de treinta años había una carnicería de perros en gran cantidad, donde eran sacrificados y se les extraían los corazones como parte del rito. Por ello, dimos a conocer este hecho y ordenamos que se eliminara esta práctica, logrando desarraigar este error.

Además, realizaban otra ceremonia y superstición diabólica: cuando capturaban prisioneros en la guerra, quienes iban a la batalla prometían que el primer prisionero que capturaran sería desollado, y el que lo hacía se metía en su piel durante varios días para rendir servicio a sus ídolos o al dios de la guerra. Este rito o ceremonia se llamaba exquinan. Una vez desollado, el prisionero quedaba cerrado en su piel y el captor se movía de templo en templo, mientras los niños y hombres corrían tras él con gran alegría, como si persiguieran un toro. Después de un tiempo, se cansaban y huían de él para no ser alcanzados, pues el que llevaba la piel lo golpeaba de tal forma que lo dejaba casi muerto. A veces, dos o tres de estos personajes se unían para hacer reír a todo el pueblo. Así llamaban a este rito el "juego del exquinan".

Existían otros penitentes que andaban de noche, conocidos en su lengua como Tlamaceuhque. Estos penitentes llevaban un pequeño bracero encendido sobre la cabeza desde el atardecer hasta el amanecer. Caminaban de templo en templo, en soledad y en completo silencio, visitando a sus dioses en los templos y ermitas. Permanecían en esta penitencia y austeridad durante uno o dos años, entregándose a la pobreza y la miseria en busca de algo, por humildad, en servicio a los dioses. Durante el día y la noche, trabajaban en los templos, pero emprendían estas romerías y recorridos porque habían escapado de algún peligro, o porque deseaban que los dioses se compadecieran de ellos y los orientaran en sus intenciones o metas.

Mientras llevaban a cabo estas penitencias, no consumían carnes ni legumbres, sino solo pan sin levadura, que los naturales llaman Yoltan. Hacemos este resumen de las costumbres, ya que han sido documentadas con gran detalle por religiosos con el fin de erradicar las idolatrías en esta tierra, entre ellos Fray Andrés de Olmos, Fray Bernardino de Sahagún, Fray Toribio de Motolinía, Fray Jerónimo de Mendieta y Fray Alonso de Santiago. Por esta razón, procuramos ser lo más concisos posible.

Los ayunos de estas personas duraban según lo que desearan o las promesas que hicieran. Así, por ejemplo, al armarse caballeros, que era un acontecimiento significativo, ayunaban durante ochenta días. Durante este tiempo, cuidaban sus armas, como mencionamos anteriormente al hablar de las ceremonias de iniciación, los vejámenes que sufrían, las propinas que ofrecían, y el hecho de que se abofeteaban y se daban una coz entre ellos. Todo esto era parte de su costumbre, y se creía que quien más sufría y soportaba, era considerado un buen caballero.

 

Capítulo veinte

Que trata de los diabólicos sacrificios que hacían y de quienes fueron los primeros predicadores de Nuestra Santa Fe Católica.

Las horas y momentos para el gobierno de la República comenzaban desde la primera noche, cuando se tocaban grandes bocinas, caracoles y trompetas de palo en los templos, creando un gran estruendo y terror. Los sacerdotes y Tlamacazques encendían lumbres en dichos templos, y una vez concluido este acto, todo se tranquilizaba. A la medianoche, que los naturales llamaban Yohualnepantlaticatla, volvían a sonar las bocinas, trompetas de palo y caracoles marinos, generando un gran ruido para indicar que era la medianoche. Lo mismo ocurría al cuarto del alba, al salir el lucero, a las ocho de la mañana, al mediodía y por la tarde. Este era el oficio de los templarios, quienes sahumaban e incensaban los altares e ídolos, donde nunca faltaba la luz.

Los grandes recibimientos a los capitanes que regresaban victoriosos de la guerra se celebraban con fiestas y solemnidades, similares a un triunfo. Los metían en andas en su pueblo, trayendo consigo a los vencidos, y para perpetuar sus hazañas, se cantaban públicamente sus proezas, quedando así grabadas en la memoria colectiva y con estatuas que les eran dedicadas en los templos.

Los pleitos y contingencias que surgían se resolvían a través de ancianos diputados en la República, quienes eran los encargados de mediar en estas cuestiones.

Como ya mencionamos, la lengua mexicana es la más amplia y la más pura de estas partes, ya que no se aprovecha de ninguna lengua extranjera, mientras que las otras lenguas foráneas sí se enriquecen con vocablos de ella. Los naturales, en su antigüedad, poseían adagios, proverbios y preguntas a manera de enigmas y adivinanzas muy elaboradas en su lengua. Hablaban en jerigonza, usaban cuentos humorísticos, eran grandes fabuladores y tenían diversos fines y sentidos para educarse y entretenerse.

Entre las muchas celebraciones que realizaban en honor a sus ídolos, destacaba la dedicada a Tlaloc, a quien atribuían el dominio sobre las aguas, los relámpagos, los rayos y los truenos. Le tenían un suntuosísimo templo, donde se celebraban dos fiestas al año: una llamada fiesta mayor y la otra fiesta menor. A estas festividades acudía una gran cantidad de gente, que ofrecía numerosas ofrendas, promesas y devociones que cumplían. Sin embargo, estas celebraciones también incluían crueles y sanguinolentos sacrificios humanos, en los que se utilizaban afiladísimos cuchillos de pedernal para abrir los pechos de los miserables sacrificados y arrancarles los corazones aún palpitantes con las manos de los rabiosos carniceros y pésimos sacerdotes.

Estos sacerdotes alzaban las manos en alto, dirigiéndose hacia el nacimiento del sol en el Oriente, y luego hacían lo mismo mirando hacia el Poniente y al mediodía, así como hacia el Norte. Durante este tiempo, los demás Papas Tlamazques incensaban al demonio con gran reverencia. Una vez terminado este rito, echaban el corazón en el fuego hasta que se quemaba y consumía. Un sacerdote que había servido al demonio, pero que luego se convirtió a Dios y a la fe católica, me contó que cuando arrancaban el corazón de las entrañas del sacrificado, la fuerza de sus pulsaciones era tan intensa que elevaba el cuerpo del suelo tres o cuatro veces, hasta que el corazón se enfriaba. Luego, el cuerpo muerto era echado a rodar por las gradas del templo, aun palpitando, mientras continuaban sacrificando y ofreciendo corazones al infernal demonio.

Entre los sacrificios y las crueles supersticiones, los indígenas utilizaban un rito para conocer si el demonio se aplacaba o condescendía a sus peticiones. Para ello, ofrecían una ofrenda de Picietl, una yerba similar al beleño, molida y convertida en harina y polvo. Esta planta era considerada de grandes virtudes para diversas enfermedades, por lo que la ofrecían en grandes vasos, colocándola en los altares y poyos del templo junto a otras ofrendas. Guardaban especialmente las ofrendas de Picietl, ya que creían que si algún milagro iba a ocurrir, sería allí, más que en ningún otro lugar. Así, cuando los sacerdotes acudían a revisar otros vasos, a menudo encontraban huellas o pisadas, generalmente de águila. Cuando esto sucedía, los sacerdotes lo comunicaban al pueblo, y con gran regocijo y solemnidad, hacían sonar trompetas, atabales, bocinas y caracoles, celebrando la festividad que el demonio les había manifestado.

Se decía que si alguien blasfemaba con atrevimiento en ese momento, moría despedazado por rayos o por una muerte repentina, pues afirmaban que el templo era tan inviolable que solo los sacerdotes podían acercarse sin riesgo para sus vidas. Los rayos y fuegos que caían del cielo ocurrían sin nubes, en tiempos serenos. En períodos de sequía, cuando no llovía, se realizaban rogativas y sacrificios a Tlaloc. Los sacerdotes afirmaban que, aunque no lloviese, eventualmente tendría que llover, y llevaban a cabo sus ceremonias supersticiosas con mayor fervor y eficacia.

Tras la conquista de la tierra y su pacificación, llegaron tres religiosos de la orden de San Francisco, de los cuales dos eran sacerdotes y uno era lego. Uno de los sacerdotes se llamaba Fray Juan, mientras que el nombre del otro no se conoce. El lego era Fray Pedro de Gante, de origen flamenco. Fray Juan murió durante la jornada de las Higueras, cuando Cortés fue a esa región, y el otro falleció en la ciudad de México. Fray Pedro de Gante vivió muchos años en la ciudad de México, en la capilla del Señor San José, en el convento de San Francisco, donde también falleció después de haber enseñado a los indígenas con gran dedicación y fervor. Les instruyó en la lectura, la escritura, el uso de flautas, trompetas, ministriles y muchas otras prácticas del catolicismo cristiano, convirtiéndose en un verdadero padre para todos los mexicanos por su labor educativa.

Continuando con nuestra narración, mencionaremos la gran admiración que los indígenas sintieron al ver llegar a estos religiosos y cómo comenzaron a predicar el *Santísimo y sagrado Evangelio de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo*. Dado que no conocían la lengua indígena, solo podían comunicar que en el infierno, señalando la parte baja de la tierra con la mano, había fuego, sapos y culebras. Al finalizar este mensaje, elevaban los ojos al cielo, afirmando que había un solo Dios arriba, apuntando también con la mano. Esta fue la forma en que se expresaron en los mercados y donde había reuniones de gente, ya que no sabían emplear otras palabras que los indígenas pudieran entender, a excepción de las señas.

Mientras uno de ellos, un venerable anciano calvo, enseñaba con fervor y con el espíritu de Dios en lo más fuerte del sol del mediodía, otros proclamaban a medianoche, a voces muy altas, que la gente se convirtiese a Dios y abandonase la idolatría. Al escuchar estas prédicas, los señores caciques comentaban: “¿Qué les ocurre a estos pobres miserables? Miren si tienen hambre; si necesitan algo, denles de comer.” Otros decían: “Estos pobres deben estar enfermos o locos. Dejen que sigan gritando; deben estar sufriendo de una locura. No les hagan daño, que al final, ellos y los demás morirán de esta enfermedad.” Y así, observaban cómo, al mediodía, a medianoche y al amanecer, cuando todos se alegraban, ellos solo daban voces y lloraban. Sin duda, pensaban que había un gran mal en ellos, pues eran hombres sin sentido que no buscaban placer ni alegría, sino tristeza y soledad.

 

Libro II

Capítulo uno

Que trata de los prodigios que se vieron en México y Tlaxcalla antes de la venida de los españoles.

Dejando a los cronistas de esta tierra las cuestiones más importantes que han escrito sobre los grandes acontecimientos de la conquista, pasaremos a resumir lo que estamos refiriendo. En este lugar, mencionaremos las señales que hubo en esta Nueva España antes de la llegada de los españoles.

Como el demonio, enemigo del género humano, estaba tan apoderado de estas gentes, siempre las engañaba y jamás las guiaba hacia cosas que fueran beneficiosas, sino hacia lo que las hacía perderse y desatinarse. Sin embargo, nuestro Dios, que es la suma bondad, tuvo compasión de tanta multitud de personas y comenzó, en su inmensa misericordia, a enviar mensajeros y señales del cielo para su venida. Estas señales causaron gran temor en este Nuevo Mundo.

Diez años antes de que los españoles arribaran a estas tierras, apareció una señal que se interpretó como un mal augurio, un prodigio extraño: una columna de fuego muy flamígera, encendida y radiante, que emitía centellas de tal densidad que parecía que llovía chispas. La claridad que emanaba de ella era tan intensa que parecía la aurora de la mañana. Esta columna, que parecía estar clavada en el cielo, comenzaba en el suelo y se ensanchaba a su base, adelgazando en la parte superior hasta formar una punta que tocaba el cielo, en figura piramidal. Era visible hacia el mediodía y en la media noche, permaneciendo hasta el amanecer. Durante el día, su resplandor era vencido por la luz del sol.

Esta señal duró un año, comenzando desde el inicio del año que cuentan los naturales en doce casas, lo que equivale a 1516 en nuestra cuenta castellana. Cuando se observaba esta manifestación y prodigio, los indígenas experimentaban grandes extremos de dolor, gritando y alaridando en señal de pavor, dándose palmadas en la boca, como solían hacer. Todo este llanto y tristeza iban acompañados de sacrificios de sangre y de cuerpos humanos, como era costumbre en momentos de calamidad y tribulación. Así, con la magnitud de este sobresalto y temor, tenían una preocupación constante e imaginativa sobre el significado de tan extraña novedad. Procuraban saber a través de adivinos y encantadores qué podría significar una señal tan singular, jamás vista ni oída en el mundo.

Es importante considerar que diez años antes de la llegada de los españoles comenzaron a observarse estas señales; sin embargo, la cuenta que mencionan de las diez casas corresponde al año 1516, tres años antes de que los españoles llegaran a esta tierra.

El segundo prodigio, señal, agüero o prodigio que los naturales de México experimentaron fue el incendio del templo del demonio, conocido como el templo de Huitzilopochtli, ubicado en el barrio de Tlalcateco. Este incendio fue tan grande y repentino que las llamas salían por las puertas del templo, alcanzando a parecer que llegaban al cielo. En un instante, todo se abrasó y ardió sin que nadie pudiera remediarlo, quedando completamente destruido. Cuando esto ocurrió, no fue sin gran alboroto y gritos, y la gente clamaba: «¡Ea, Mexicanos! Venid rápidamente con cántaros de agua para apagar el fuego». Muchos acudieron al socorro, pero cuando se acercaban para echar el agua y tratar de apagar las llamas, el fuego se intensificaba aún más. Así, sin ningún remedio, el templo se consumió por completo.

El tercer prodigio y señal fue que un rayo cayó en un templo idolátrico con techumbre de paja, que los naturales llamaban Xacal, dedicado al ídolo Xicchtecuhtli. En ese momento, llovía una fina agua como una neblina, que cayó del cielo sin trueno ni relámpago alguno sobre el templo, lo cual también interpretaron como un gran mal augurio y prodigio, y el lugar se quemó por completo.

El cuarto prodigio fue que, siendo de día y con sol, aparecieron cometas en el cielo, saliendo de tres en tres por el occidente y corriendo hacia el oriente. Se movían con tanta fuerza y violencia que dejaban caer brasas de fuego y centellas por donde pasaban. Estas cometas tenían colas tan largas que parecían extenderse considerablemente. En el momento en que se vieron estas señales, hubo gran alboroto y ruido, junto con el griterío y alaridos de la gente.

El quinto prodigio y señal fue que la laguna mexicana se alteró sin que hubiera viento alguno. El agua hervía y espumaba de tal manera que se levantaba en gran altura, llegando a bañar más de la mitad de las casas de México, muchas de las cuales se cayeron y hundieron, quedando completamente anegadas.

El sexto prodigio y señal fue que, muchas veces y durante muchas noches, se oía una voz de mujer que lloraba a grandes voces, anegándose en llantos, sollozos y suspiros, exclamando: «¡Oh, hijos míos! ¡Del todo nos vamos a perder!» En otras ocasiones, decía: «¡Oh, hijos míos! ¿A dónde os podré llevar y esconder?»

El séptimo prodigio ocurrió cuando los laguneros de la laguna mexicana, nautas, piratas o canoístas cazadores, atraparon un ave parda similar a una grulla. La llevaron de inmediato a Moctezuma, quien se encontraba en los palacios de la sala negra, ya que el sol se había inclinado hacia el poniente y era un día claro. Esta ave era tan extraña y admirable que resultaba difícil describir su singularidad. Tenía en la cabeza una diadema redonda, similar a un espejo, muy diáfana, clara y transparente, a través de la cual se podían ver el cielo y las constelaciones que los astrólogos denominan el signo de Géminis.

Al observar esta maravilla, Moctezuma, sorprendido por la diadema y la cabeza del pájaro, notó también a un gran número de personas marchando en desorden, con escuadrones muy bien organizados que parecían estar en guerra, batallando unos contra otros en forma de venados y otros animales. Al contemplar tantas visiones disformes, decidió llamar a sus agoreros y adivinos, a quienes consideraba sabios.

Cuando llegaron ante él, les expuso la causa de su asombro: «Debéis saber, mis queridos sabios amigos, que he visto grandes y extrañas cosas a través de la diadema de un pájaro que me han traído, algo nuevo y extraordinario que jamás se había visto ni cazado antes. A través de esta diadema, que es transparente como un espejo, he observado a un grupo de personas que se acercan en orden. Quiero que lo veáis vosotros también, para que podáis comprobar lo que yo he visto».

Sin embargo, justo cuando querían responderle sobre lo que les parecía tan inaudito y para ofrecer sus juicios, adivinanzas y pronósticos, el pájaro desapareció de repente, lo que impidió que pudieran dar un juicio o pronóstico cierto y verdadero.

El octavo prodigio y señal de México fue la aparición de dos hombres unidos en un solo cuerpo, a quienes los naturales llamaban Tlacanctzolli. Otros afirmaban haber visto seres con dos cabezas que procedían de un mismo cuerpo. Estas manifestaciones eran llevadas al palacio de la sala negra del gran Moctezuma, donde, al llegar, desaparecían y se volvían invisibles. Estas señales, junto con otras, pronosticaban a los naturales su inminente fin, advirtiendo que el mundo iba a acabar y que surgirían nuevas generaciones de habitantes.

Como resultado, la gente vivía en un estado de tristeza y miedo, sin saber qué juicio hacer sobre esas cosas tan raras, peregrinas y nunca antes vistas u oídas.

Además de estas señales, hubo otras en la provincia de Tlaxcala poco antes de la llegada de los españoles. La primera señal era una claridad que aparecía cada mañana, surgiendo de la parte de Oriente, tres horas antes de que el sol saliese. Esta luz era similar a una niebla blanca muy clara que ascendía hacia el cielo, lo que causaba gran espanto y admiración entre los habitantes. También observaban un remolino de polvo, que se asemejaba a una manga, que se levantaba desde la cima de la Sierra Matlalcueye, actualmente conocida como la Sierra de Tlaxcala. Esta manga se elevaba a tal altura que parecía alcanzar el cielo. Esta señal fue vista en múltiples ocasiones durante más de un año, generando un profundo temor y admiración en la población.

Los tlaxcaltecas no entendieron estas manifestaciones como simples fenómenos naturales, sino que creyeron que eran los dioses bajando del cielo. Así, la noticia de esta extraña novedad se difundió rápidamente por toda la región, especialmente en México, que era la cabeza del imperio y la monarquía.

Al enterarse de estas señales, el temor y el espanto se apoderaron de la gente, no tanto por la pérdida de sus tierras y reinos, sino porque comprendían que el mundo estaba llegando a su fin. Creían que todas las generaciones de la humanidad debían perecer, ya que los dioses habían descendido del cielo. La idea de que el fin estaba cerca se instaló en sus mentes, y los hombres poderosos comenzaron a buscar lugares ocultos y cavernas en la tierra para proteger a sus hijos y mujeres, llevándoles abundantes provisiones hasta que la ira de los dioses se aplacara.

Además, pensaban que las señales y los terremotos que habían experimentado eran avisos divinos para que se enmendaran. Durante más de siete años antes de la llegada de los españoles, habían visto dentro del sol una espada de fuego que lo atravesaba de parte a parte, junto con una asta y una bandera de fuego resplandeciente. Estas visiones, consideraban, presagiaban la total destrucción y el acabamiento del mundo. El llanto y el alboroto entre la gente eran tales que vivían en un estado de desesperación.

Al observar tanta novedad en la República Mexicana, Motecuhzoma procuró averiguar, por razones evidentes, si aquellos hombres eran dioses o seres humanos. Por mandato y acuerdo del emperador, enviaron a Cempoalla mensajeros de manera secreta para que trajeran un informe verdadero sobre lo que estaba ocurriendo. A pesar de que sus hechiceros, encantadores y adivinos ya sabían que eran seres humanos y no dioses, no podían entender completamente los poderes de sus encantamientos. Por ello, se mostraban reticentes a afirmar que eran hombres, ya que las fuerzas de sus hechizos parecían inferiores a los de estos nuevos venidos.

Finalmente, al llegar los mensajeros y espías de Moctezuma, confirmaron que eran hombres, pues comían, dormían, bebían y deseaban cosas propias de la humanidad. Entre sus hallazgos, trajeron una espada, una ballesta y un objeto más extraño aún: una mujer hermosa como una diosa, que hablaba tanto la lengua mexicana como la de los dioses, lo que facilitaba la comunicación. Esta mujer se llamaba Malitzin, y tras ser bautizada, la llamaron Marina.

Respecto al dilema de si eran dioses o hombres, no lograban llegar a una conclusión definitiva. Argumentaban que, si fueran dioses, no derribarían sus oráculos ni maltratarían a sus ídolos, pues serían considerados sus hermanos. Dado que los maltrataban y derribaban, debían ser, entonces, seres humanos bárbaros. Sin embargo, también pensaban que podían ser dioses, ya que venían montando animales muy extraños y nunca antes vistos en el mundo. Al comunicarse con las gentes a través de Marina, se referían a los caballos como venados, que en lengua mexicana se denominan "Mazatle", y a otros tipos de bestias también las llamaban venados. Además, designaban al caballo como "Tlacoxolotl", un término que aludía a la danta, un animal que existe en esta región.

Al regresar los espías que habían sido enviados a México, y tras relatar lo que habían visto, comprendieron, a partir de sus conjeturas, que al fin eran hombres, pues enfermaban, comían, bebían, dormían y realizaban otras actividades propias de la humanidad. Sin embargo, se asombraban de que no trajeran mujeres, salvo a Marina, lo cual consideraban que debía ser por arte y designio de los dioses. Se preguntaban cómo era posible que ella supiera su lengua, lo que les parecía imposible. Asimismo, se cuestionaban cómo era factible que seres humanos pudieran manejar una ballesta y una espada.

Puestos en tal extraña confusión, aguardaron para saber cuál sería el propósito de aquellos hombres. Al observar la escasa cantidad de personas que los acompañaba, Moctezuma no prestó atención a la posibilidad de su perdición. Pensó que, si eran dioses, podría aplacarlos con sacrificios, oraciones y otros tributos, y si eran solo hombres, su poder sería muy limitado. Finalmente, no le dio mayor importancia a la situación, consintiendo en que entraran. Se propuso averiguar si eran dioses o mensajeros de estos, y que, en caso de ser hombres, pronto serían reconocidos y se les mandaría que abandonaran sus tierras.

Así, se llevaron a cabo grandes reuniones y se intercambiaron diversas opiniones. Al final, se decidió permitir su entrada, y para averiguar qué tipo de personas eran, Moctezuma ordenó que se mantuvieran en Cempohualla y que no se les dejara pasar más allá de allí. Mientras tanto, Cortés, al enterarse de la grandeza y poder del gran príncipe, decía y difundía que venía en busca de Moctezuma, que deseaba verlo y visitarlo, y que quería tenerlo como señor y amigo. Con estas noticias, Moctezuma envió a sus gentes a informar a los dioses que, si su visita no era más que para verlo y visitarlo, él se consideraba ya visitado por ellos. Les instó a que decidieran lo que quisieran, asegurándoles que les mandaría lo que pidieran, ya que su llegada había causado un gran temor en toda la tierra. Así pasaron algunos días, intercambiando dádivas y preparando el terreno para su encuentro.

 

Capítulo dos

Que trata de quién era Marina y de su matrimonio con Jerónimo de Aguilar.

Dejando Cortés un recado sobre su gente en Cempohualla, decidió marchar hacia la provincia de Tlaxcala. Porque, como Dios lo había ordenado por providencia divina, estas gentes debían convertirse a nuestra Santa Fe Católica y llegar al verdadero conocimiento de Él a través de Marina. Por ello, es necesario hacer una referencia sobre el inicio de Marina, conocida por los naturales como Malintzin, quien era venerada en un grado superlativo. Es importante entender que todos los términos que terminan en diminutivo son usados de forma reverencial; entre los naturales, este diminutivo se consideraba un título honorífico, similar a como hoy diríamos "mi muy gran Señor Huelnohueytlatocatzin." Así, era común que se refirieran a Marina como Malintzin.

Respecto al origen de Malintzin, existen diversas versiones sobre su nacimiento y de qué lugar provenía. No profundizaremos en este tema, sino que abordaremos algunos acontecimientos relacionados con ella, ya que quienes han escrito sobre las conquistas de estas tierras han tratado ampliamente su historia, especialmente Bernal Díaz del Castillo, un autor muy antiguo que, como testigo presencial, habla detalladamente de este tema, pues fue uno de los primeros conquistadores en este Nuevo Mundo, a quien me remito.

Es bien sabido que Malintzin fue una india de gran valor, buen entendimiento y natural mexicana. Fue raptada de entre sus padres, siendo joven y hermosa, y entregada a unos mercaderes que comerciaban a lo largo de la costa del Norte. La llevaron de un lugar a otro hasta Tabasco, Potonchan y Acosamilco. Algunos sostienen que era hija de un mercader y que él la llevó consigo a esas tierras, pero esta versión no parece plausible. Es más probable que, por su belleza, hubiera sido destinada a ser la mujer de algún cacique de la costa, y que los mercaderes la presentaran para tener acceso a los caciques de Acosamilco y conseguir seguridad en sus tratos. Así, efectivamente, estaba con un cacique de aquella región cuando la encontró Cortés.

Otros aseguran que Marina era natural de la provincia de Xalisco, de un lugar llamado Huilotla, hija de padres ricos y destacados, parientes del señor de aquella tierra. Sin embargo, esta afirmación se contradice, pues Xalisco es habitada por chichimecas, mientras que Marina hablaba la lengua mexicana y era conocida por su inteligencia. Aunque se hablaba lengua mexicana en esa región, su variante era tosca y grosera. Además, se dice que Marina fue presentada en Potonchan junto con otras veinte mujeres que fueron ofrecidas a Cortés. Estas mujeres fueron llevadas a la venta a unos mercaderes mexicanos en Xicalanco, una provincia situada cerca de Cohuatzacoalco, alejada de Tabasco. Ella, siendo natural mexicana, dominaba la lengua de manera brillante, lo que indica que, cuando llegó a esas tierras, ya era capaz de informar sobre el rey Moctezuma y sobre los enemigos que amenazaban su gran imperio y riqueza.

Estando en este cautiverio, ocurrió que un navío, enviado a descubrir tierras que en otros tiempos se llamaban de Yucatán, arribó a la costa. Este barco había partido por mandato de Diego Velázquez, Gobernador de la Isla de Cuba. Algunos soldados de las naves de Francisco Hernández de Córdoba habían quedado cautivos entre los indios, entre ellos dos españoles: García del Pilar y Jerónimo de Aguilar, a quienes Cortés conocería más tarde.

Aguilar, al haber quedado cautivo en aquella tierra, se esforzó por servir y agradar a su amo, tanto en las pesquerías como en otros servicios que sabía hacer bien. Ganó tanto la voluntad de su amo que le dieron a Malintzin como esposa. Aguilar, siendo muy hábil, aprendió la lengua indígena con tal destreza y rapidez que los propios indios se asombraban de su dominio. Se integró tanto en la cultura indígena que se perforó las orejas y las narices y se adornó el rostro y el cuerpo de acuerdo con las costumbres locales. Sin embargo, a pesar de su adaptación, mantuvo su fe cristiana y cumplió con los preceptos de la ley de Dios.

Malintzin, por su parte, también aprendió la lengua indígena con notable rapidez, y así, marido y mujer se comunicaban en su nuevo idioma como si fuera el propio. Gracias a esta habilidad, Jerónimo de Aguilar pudo comprender grandes secretos sobre la tierra y el señorío del gran Moctezuma. Cuando Cortés llegó con su armada a esta costa, por voluntad divina, se encontró con Jerónimo de Aguilar. Este salió al encuentro de los cristianos en una gran multitud de canoas, con la autorización de su amo y de los otros caciques de la región, portando una cruz de caña y una bandera alta, gritando a voz en cuello: "¡Cruz!... ¡Cruz!... ¡Cristo!... ¡Cristianos! ¡¡Sevilla, Sevilla!!" Estas exclamaciones causaron gran admiración entre los miembros de la armada.

Al llegar a este punto, Aguilar se acercó a las Naos y, ante todo, aseguró a Cortés que no enojaría a los nativos, sino que los trataría como amigos, ya que lo principal que aquellos indígenas deseaban era que no se ofendiera a sus hermanos, lo cual se cumplió.

Con la intención de que Malintzin fuese un instrumento de tanto bien, Hernán Cortés la recibió y trató como algo de gran importancia. La cuidó y le brindó todo lo que humanamente pudo. Para que Malintzin fuese bien tratada, la confió al cuidado de Juan Pérez de Arteaga, un noble soldado de la Compañía, quien después sería conocido como Juan Pérez Malintzin, para diferenciarlo de otros con el mismo nombre. Como Malintzin solo hablaba la lengua mexicana y las lenguas de Vilotla y Cosamel, se comunicaba con Aguilar, quien a su vez traducía al español. Así, para interpretar el idioma mexicano, se debía recurrir a la lengua de Vilotla y Cosumet con Aguilar, quien luego lo convertía al castellano, hasta que finalmente Malintzin llegó a hablar español.

 

Capítulo tres

Que trata de cómo Hernando Cortés fue recibido de paz por las cabezas de Tlaxcalla.

Habiendo tomado Cortés conocimiento de toda la tierra y de la grandeza y majestad de Moctezuma, así como de sus enemigos en Cempohuallan, escribió una carta a los cuatro Señores de la provincia de Tlaxcala. En ella les decía que había llegado a esta tierra con el deseo de verlos, conocerlos y ayudarles en todos sus trabajos y necesidades, pues sabía que estaban oprimidos por las grandes tiranías de los Culhuas mexicanos. Añadía que venía en nombre de un gran Señor, el emperador D. Carlos, y que traía consigo al verdadero Dios, ya que los dioses que ellos adoraban eran falsos, hechos a mano por hombres mortales. Les informaba que el Dios que él y sus compañeros adoraban era el que había creado el cielo, la tierra y todo lo que en ella existe. Para demostrarles la fortaleza de sus armas, les enviaba un sombrero, una espada y una ballesta, con las cuales deseaba socorrerlos como a hermanos contra aquel tirano y feroz carnicero que era Moctezuma, quien los tenía muy enojados. La carta contenía otras afirmaciones de gran presunción; sin embargo, como los tlaxcaltecas no sabían leer, no pudieron comprender su contenido. Los mensajeros que traían la carta relataron su contenido de palabra, gracias a la interpretación clara que Malintzin les proporcionó para que lo expresaran a los Señores y Caciques de Tlaxcala. Al llegar los mensajeros de Cempohuallan, entregaron la espada, la carta, la ballesta y un sombrero de seda de tafetán carmesí, que antes se utilizaban como chapeos. Con estas cosas, y otras que añadieron los mensajeros, alteraron profundamente a toda la República de Tlaxcala.

Los cuatro Señores de las cabeceras y los más importantes Caciques se reunieron para decidir qué hacer en este caso. Discutieron si debían matar a los mensajeros de Cempohuallan, al ser vasallos de los mexicanos, o si era un engaño o un mal presagio. En esta consulta, decidieron no matarlos, sino decirles que eran considerados como dioses y que fueran bienvenidos, asegurándoles que cuando quisieran visitar su tierra, serían bien recibidos. En esta asamblea, el gran Xicotencatl se dirigió a Maxixcatzin, Citlalpopocatzin y Hueyolotzin, y les recordó: "Ya sabéis, grandes y generosos Señores, cómo desde nuestra antigüedad hemos sabido que vendrán gentes de la parte donde sale el sol, que se emparentarán con nosotros y que seremos todos uno. Estos serán hombres de piel clara y con barba, que llevarán cabezas adornadas como señal de gobierno, serán altos y portarán armas más fuertes que nuestros arcos (refiriéndose a la ballesta), que no podemos enarcar, y espadas con filos delicados; comparadas con nuestras armas, no tienen ningún valor. Estos son y estos nos vienen a buscar. ¿En qué mejor tiempo que este, en el que hemos vencido la provincia de Huexotzinco, donde los tenemos arrinconados en las haldas de la Sierra Nevada, pidiendo socorro a Moctezuma? No busquemos más venganza. Estos dioses o hombres, veamos qué pretenden y quieren, porque las palabras con las que nos saludan son de gran amistad, y bien saben nuestros trabajos y continuas guerras, pues nos lo envían a decir." Con esto, los mensajeros regresaron a Cortés, mientras en Tlaxcala no cesaban los sacrificios a sus dioses infernales, ritos y supersticiones, llevados a cabo con mayor fervor y atención.

En ese tiempo, los dioses mudos caían de sus lugares: temblores de tierra y cometas cruzaban el cielo de un lado a otro. Se escuchaban grandes llantos de niños y mujeres, llenos de temor y espanto, como si el mundo estuviera por perecer; no hay lengua ni pluma que pueda describirlo adecuadamente. Mientras Cortés avanzaba, llegó a los límites de esta provincia con su buena y católica compañía, donde fue recibido con algarabía, escaramuzas y gran dureza de guerra. En este encuentro, un español y dos caballos fueron muertos por los indios otomíes de Texohuatzinco, quienes resguardaban esa frontera. Los tlaxcaltecas, al enterarse, enviaron mensajeros, Coztomatl y Zohinpanecatl, para pedir a los otomíes que no enfurecieran a los españoles y que los dejaran pasar donde quisieran. Así fue que, tras algunos días en el pueblo de Tecohuatzinco, Cortés y su gente se trasladaron a Tlaxcala.

Allí, el gran Señor Xicotencatl recibió a Cortés y a sus compañeros con un recibimiento de paz que fue el más solemne y famoso que se haya visto u oído en el mundo. En tierras tan remotas y extrañas, nunca se había hecho un recibimiento de tal magnitud a un príncipe. Los cuatro Señores de las cuatro cabeceras de la Señoría y República de Tlaxcala salieron con la mayor pompa y majestad que pudieron reunir, acompañados por muchos Tecuhtles, Pyles y grandes Señores de aquella República, formando una multitud de más de cien mil hombres, que no cabían en los campos y calles. Parecía algo imposible.

El primer recibimiento se llevó a cabo en Tzompanzingo, un lugar muy importante de Tlaxcala, donde Cortés fue recibido por los principales del pueblo. Desde allí, nuestros hombres se trasladaron a otro lugar de gran envergadura llamado Atliquitlan. De este lugar salieron otros Tecuhtlis y Pyles de gran valía, entre ellos Piltecuhtli, acompañado de una multitud de gente. Posteriormente, descendieron a Tizatlan, que es la sede de Xicotencatl. En este lugar, debido a su avanzada edad, Xicotencatl no salió de su casa más allá de un patio que tenía unas gradas de poca altura. Allí se reunieron todos los demás Señores de las cabeceras, como Maxixcatzin, Citlalpopocatzin y Tlehuexolotzin, para llevar a cabo este solemne recibimiento.

Una vez que nuestros hombres llegaron y se organizaron en el lugar destinado para el recibimiento, Xicotencatl se acercó a abrazar a Hernando Cortés y le hizo la salva, como era de esperar. Sin embargo, Cortés, siempre astuto y sagaz, lo recibió con cautela: lo abrazó, pero con gran precaución, cogiendo su muñeca del brazo derecho sin permitir que lo apretara demasiado. Este mismo procedimiento lo siguió con Maxixcatzin, Citlalpopocatzin y Tlehuexolotzin.

Tras esta célebre ceremonia, Xicotencatl, Cortés y Malintzin caminaron juntos hasta donde serían alojados, conversando sobre su llegada y el propósito de su visita: ayudarles en lo que necesitaran y castigar a Moctheuzoma, su enemigo capital, así como a toda la gente de Culhua, que en ese momento prevalecía y dominaba en esta nueva tierra, siendo temido, adorado y reverenciado como si fuera un dios. Moctheuzoma tenía un gran poder y mando en este remoto y apartado imperio, sobre todas las naciones de estas extrañas partes.

 

Capítulo cuatro

Que trata de las pláticas que obo entre Cortés y los señores de las cuatro cabeceras y de cómo recibieron el Santo Bautismo.

Acomodados, como hemos mencionado, nuestros hombres fueron alojados en los palacios de Xicotencatl, donde fueron atendidos con gran esmero. Allí, le presentaron a Cortés numerosas joyas de oro y piedras preciosas de gran valor, así como una gran cantidad de ropa de algodón finamente elaborada y otras vestimentas de plumas valiosas. También les ofrecieron abundantes provisiones de aves, gallinas, codornices, liebres, conejos, venados y otros tipos de caza, que eran las carnes consumidas por los señores de esta tierra, además de maíz, frijoles y otras legumbres locales. En definitiva, les proporcionaron todo lo necesario para el sustento de nuestros hombres.

Al principio, en el pueblo de Tecohuatzinco, los naturales creían que el caballo y su jinete eran una sola entidad, similar a los centauros u otras criaturas monstruosas. Por ello, alimentaban a los caballos como si fueran personas, dándoles gallinas, carne y pan. Esta confusión duró poco tiempo, ya que pronto comprendieron que eran animales irracionales que se alimentaban de hierbas en el campo. Sin embargo, continuaron creyendo durante un tiempo que eran bestias feroces capaces de devorar a las personas, y por eso afirmaban que los hombres blancos les ponían frenos en la boca y los ataban. Si algún caballo llegaba con la boca ensangrentada, decían que había comido a algún hombre, pensando que tenían tanto entendimiento que eran enviados por los dioses para cumplir ciertas misiones. Así, cuando un caballo relinchaba, creían que pedía comida y que debía ser atendido de inmediato para que no se enojara. De esta manera, se esforzaban por mantener a los caballos contentos, dándoles de comer y beber con abundancia.

Estas novedades y fenómenos desconocidos atrajeron a forasteros curiosos que se acercaban secretamente para averiguar qué estaba sucediendo y quiénes eran estas gentes que habían llegado, de dónde provenían y qué traían consigo. Los de Tlaxcala les contaban muchas más historias de lo que estaba ocurriendo, con el fin de infundirles temor y asombro, y que propagan estas noticias por toda la región. En efecto, se afirmaba que nuestros hombres eran dioses, y que no existía poder humano que pudiera enfrentarse a ellos ni ofenderlos en el mundo.

Mientras nuestros hombres estaban en este cómodo alojamiento, se les presentaron más de trescientas mujeres hermosas, muy bien ataviadas, que eran ofrecidas para su servicio. Estas mujeres eran esclavas destinadas al sacrificio de los ídolos y estaban condenadas a muerte por diversos delitos que habían cometido según sus leyes. Los Caciques, considerando que no había mejor manera de emplearlas, decidieron entregarlas como ofrenda y sacrificio, a pesar de que ellas lloraban su desgracia al pensar en la cruel muerte que les esperaba y en que, tras ser sacrificadas, serían devoradas por los dioses recién llegados.

Algunos han afirmado que estas mujeres eran hijas de Señores y nobles, pero esto no es correcto. En su antigüedad, los pueblos tenían esclavos y esclavas que obtenían como botín de guerra y de otras naciones, y esta esclavitud se transmitía a sus descendientes, incluyendo bisnietos. Así, las trescientas mujeres fueron ofrecidas al capitán Cortés para que sirvieran a él y a sus compañeros. Sin embargo, al presentárselas, Cortés se negó a aceptarlas, explicando que no podía recibirlas porque en su religión cristiana esto no estaba permitido. Si llegara a hacerlo, sería para tomarlas como su única mujer, de acuerdo con la Santa Madre Iglesia. Cortés insistió en que no podía tenerlas, ya que su ley lo prohibía, pero finalmente, tras grandes ruegos y persuasiones, aceptó recibirlas con el fin de que sirviesen a Malintzin.

Cortés advirtió que los indígenas se sentían muy ofendidos cuando sus presentes no eran aceptados, aunque fueran flores, pues consideraban esto como una señal de enemistad y desconfianza. Cuando una mujer principal era acompañada por muchas otras para su servicio, las que quedaron al servicio de Marina se quedaron con el capitán Cortés. Más adelante, al ver que algunas de estas mujeres se llevaban bien con los españoles, los propios Caciques y nobles comenzaron a ofrecer a sus propias hijas con el propósito de que, si alguna quedaba embarazada, surgiera una nueva generación de hombres valientes y temidos. Así, el buen Xicotencatl le dio una hermosa hija, Doña María Luisa Tecuelhuatzin, a Don Pedro de Alvarado. En su cultura, no existía más matrimonio que aquel que se contraía por voluntad de los padres, por lo que entregaban a sus hijas a otros Señores. Aunque se realizaban ceremonias de ritos paganos, los Señores tomaban a las mujeres que deseaban y se las ofrecían como a hombres poderosos. De este modo, se ofrecieron muchas hijas de Señores a los españoles, buscando establecer una casta y una nueva generación en caso de que decidieran quedarse en la tierra.

Los indígenas llamaron a Hernando Cortés *chalchiuh capitán*, que significa “capitán de gran estima y valor.” Este nombre proviene del término *chachihuitl*, que se refiere al color de la esmeralda, una piedra muy valorada entre ellos. Así, compararon la figura de Cortés con estas piedras preciosas, denominándolo *chalchihuitl capitán*, o, en términos más simples, “esmeralda capitán” o “muy preciado caballero”, dándole este título por su excelencia.

Por su parte, a Don Pedro de Alvarado lo llamaron *el Sol*, ya que decían que era hijo del sol por su piel rubia y rojiza, su hermoso rostro, su gracia y buen porte. Entre los indígenas, no había otro sobrenombre para él, ya que después de Hernando Cortés, Alvarado fue el más querido y admirado, especialmente por los de Tlaxcala.

Durante su estancia en los acogedores palacios del gran Xicotencatl, Maxixcatzin hizo grandes esfuerzos para que Cortés y su gente se trasladaran a su barrio y cabecera, en Ocotelulco. Cortés, agradecido, aceptó la invitación y se mudó junto con sus compañeros, tanto para complacer a Maxixcatzin como para ganar la buena voluntad de todos. Así, disfrutaron de algunos días de descanso en ese lugar, rodeados de festines y celebraciones a su manera.

Al concluir las festividades y reunidos los cuatro señores de las cabeceras y otros principales y caciques, intentaron hablar con Cortés con palabras suaves. Le rogaron y suplicaron encarecidamente, diciendo lo siguiente:

«Te pedimos, valeroso Capitán, único Señor de los hombres blancos y barbudos, que ya que te consideramos hermanos y verdaderos amigos, nos declares sinceramente, sin dobleces, qué es lo que buscas y qué deseas. ¿Cuál es tu propósito principal y por qué has venido a nuestras tierras? Aquí estamos, en paz y dispuestos a tu voluntad, con una amistad limpia y segura, con fe y palabra inviolable de que te tenemos por amigo, prometiendo jamás quebrantar esta confianza, ni nosotros ni nuestros hijos.

Dinos, por favor, bajo esta premisa, si sois hijos de Dios y mortales como nosotros, o si tenéis alguna deidad, o si sois dioses y de qué partes del mundo venís. Si es cierto que habéis descendido del cielo, como se ha imaginado, desengañadnos completamente, porque deseamos estar seguros y satisfechos. Sabido vuestro propósito, aquí estamos dispuestos para todo lo que queráis hacer. Si planeáis continuar adelante, os brindaremos apoyo y todo lo necesario para el viaje. Si tenéis la intención de vivir entre nosotros, decidnos dónde preferís estableceros; os proporcionaremos tierras, montes y aguas, y os ayudaremos a construir vuestras casas para que podáis vivir cómodamente.

Y si no es esto lo que deseamos saber, explícate si traes alguna embajada de los altos soberanos dioses a quienes servimos. Decidnos la verdad, que estamos listos para cumplir con cualquier mandato que provenga de ellos, ya sea en guerras, sacrificios o de cualquier otra forma que dispongan, porque les pertenecemos y somos sus vasallos. Por tanto, valeroso Capitán, no nos mantengas en la incertidumbre; revela tu voluntad, pues la nuestra es bien conocida, y de ilustres y nobles caballeros es ser claros con los amigos e incluso con los enemigos.»

A las razones expuestas por Maxixcatzin y Xicotencatl, Cortés respondió a través de la interpretación de Malintzin y Aguilar, dirigiéndose a los cuatro señores de las cabeceras:

«Os agradezco mucho, generosos y amigos míos, vuestra lealtad y amable disposición. Vuestra dignidad es evidente, de gran altura y estima. Así que, como deseáis conocerme a mí y a mis compañeros, es justo que os explique quiénes somos y de dónde venimos, para que estéis desengañados de las dudas que os inquietan y de las cosas que ignoráis.

Debéis saber que mis compañeros y yo venimos de muy lejos, de tierras remotas. Nos llamamos cristianos, porque somos hijos del verdadero Dios, aquel que creó el cielo y la tierra, y todas las cosas que existen en el mundo. Hemos venido de parte del emperador D. Carlos de Austria, un gran Señor que nos ha enviado a visitaros porque comprende la necesidad en la que estáis, tanto en lo temporal como en lo espiritual.

Nuestro propósito es daros a conocer que solo hay un único Dios verdadero, y que todos los demás que adoráis son dioses falsos y vanos, hechos por manos de hombres bestiales y torpes. En última instancia, son dioses mudos e insensibles, carentes de fuerza, valor y efecto. Por ello, he venido a desengañaros del engaño en el que habéis estado viviendo, y a traeros una ley mejor que la vuestra, la del verdadero Dios, pura y clara, sin ningún tipo de engaño ni duda, lejos de la barbarie de sacrificios crueles y abominables que practicáis en vuestros ritos.

Además, vengo a declarar y a explicar que después de esta vida hay otra, eterna e infinita, cuya claridad se os será mostrada y enseñada por los ministros de Dios. Para que estéis informados de las cosas de nuestra Santa Fe Católica, el gran Señor de quien vengo os enviará en breve tiempo lo que necesitéis.»

«Y así os ruego y amonesto que, sin tomar a mal mis palabras, pues tanta amistad me tenéis, consideréis que deseo derribar estos ídolos que tenéis y adoráis como dioses, los cuales os tienen ciegos y engañados. Esta ha sido mi principal razón para venir, y además vengo a ayudaros en la lucha contra Moctezuma, vuestro capital enemigo, y a vengar vuestras injurias. En esta venganza y castigo veréis que mi amistad es firme y verdadera.

Quiero que, una vez vengados de vuestros crueles enemigos y adversarios, podáis vivir en paz entre vosotros, sin que yo os desampare jamás. Generosos señores, deseo que os persuadáis a seguir ante todo mi sagrada religión, mi santísima ley y la verdadera fe del único Dios, Jesucristo, nuestro Señor y Unigénito Hijo de Dios y Salvador del mundo.

Os exhorto a que os bauticéis con el agua del Espíritu Santo, para que quedéis lavados y limpios de todas vuestras culpas y pecados. Con esto, tendré por cierto que me queréis bien, y este vínculo de amor confirmará nuestra amistad para siempre. Así, seréis llamados cristianos, como yo y todos mis compañeros, que es el más alto título y renombre que podemos tener, ya que proviene del Santísimo Nombre del Hijo de Dios verdadero, Jesucristo, nuestro Señor y Redentor del género humano.»

«Y deseo que con esto cesen los crueles y horrendos sacrificios, así como los ritos demoníacos que practicáis. Quiero que abandonéis al demonio que os tiene ciegos y engañados, dejando atrás todas estas cosas que el enemigo del género humano ha incitado con sus malicias y astucias, para que no permanezcáis más en el engaño en que vosotros y vuestros antepasados habéis vivido hasta ahora. Olvidad y desarraigad de vuestros corazones tan gran engaño, torpeza y error, destruyendo totalmente la imagen que tenéis de idólatras, sacrificadores y comedores de carne humana, incluso de vuestras propias carnes y sangre.

Estos nefandos y aborrecibles pecados, así como vuestros actos infernales, son reprobados entre hombres de razón y de ley natural. Un crimen tan atroz y un uso tan cruel y abominable jamás se ha visto, oído ni hallado en todas las naciones del universo. Ni siquiera los animales feroces, que son gobernados únicamente por su instinto natural, se infligen tal atrocidad. Podría exponer muchos más ejemplos y razones urgentes, pero omito hacerlo para concluir mi respuesta.

Por tanto, señores y amigos míos generosos, ya que me habéis solicitado que os explique el motivo de mi venida, he querido satisfacer esa petición. Os he ofrecido una respuesta extensa, sin ocultaros nada, sino que he descubierto mi corazón de manera clara y abierta. Así podréis informar a todas vuestras gentes y a aquellos que deseen mi amistad y quieran venir en paz y hacerse cristianos, formando parte de nuestra Santa Madre Iglesia de Roma. Quienes reciban el verdadero bautismo serán libres del demonio, y seremos todos uno, incorporados en una misma comunidad.

En cuanto a si somos dioses o seres humanos mortales como vosotros, la única ventaja que tenemos sobre otros hombres es que somos cristianos, sirviendo a un solo Dios verdadero. La diferencia entre nosotros y vosotros es que vosotros servís a estatuas e ídolos, semejanzas del demonio, mientras que nosotros servimos al Dios que creó el cielo y la tierra, como os he indicado desde el principio de mi plática».

Con estas palabras, el valeroso capitán concluyó su discurso con semblante severo. Los cuatro señores de las cuatro cabeceras de la Señoría de Tlaxcala quedaron absortos, admirados y sorprendidos por lo que el buen capitán les había dicho y respondido.

Habiendo estado muy atentos a todo y escuchando esas palabras tan amables y conmovedoras, tan vívidas y efectivas que penetraban en sus corazones, sintieron milagrosamente la gracia del Espíritu Santo. Llenos de esta plenitud, respondieron con ternura y lágrimas a tales profundas palabras, diciendo:

«¡Oh, valeroso Capitán, más que un hombre! Verdaderamente, no podemos creer otra cosa que sois hijo de los dioses y el más valiente y esforzado príncipe de la tierra, el gran Señor de los hombres blancos y barbudos, y el más temido varón que hemos visto hasta hoy entre los nacidos y oído en el mundo. ¿Cómo es que deshacéis y tenéis en poco, con tan gran atrevimiento, la deidad de nuestros dioses y la suma alteza de aquellos que gobiernan la tierra desde el cielo?

¿Acaso nos habláis con engaño y cautela para que ignoremos que sois vosotros los que habéis bajado del cielo como remedio para los hombres que vivimos en la tierra? Declararos ya con nosotros y no queráis que, por torpe engaño, caigamos en errores aún mayores.

Si es cierto lo que decís, que no hay más que un solo Dios, y que todos los demás son composiciones y fabricaciones de manos humanas, que no hablan ni se mueven, y que son estatuas sin sentido, así es verdad, os lo concedemos y confesamos. Sin embargo, estos bultos y estatuas a los que servimos y adoramos son imágenes, figuras y modelos de dioses que, habiendo sido hombres en la tierra, por sus hechos heroicos y famosos ascendieron allí donde ahora vosotros vivís, en eterno descanso.

Como vosotros, que sois como dioses, ellos dejaron sus estatuas entre nosotros y se fueron a residir a sus moradas de gozo, donde viven en descanso. Desde allí, nos envían a la tierra con sus divinas influencias, su virtud y gran poder, viendo que sus bultos y figuras son adorados por las gentes».

«Y así, no sabemos, Capitán, cuál sea la causa de tu inclinación contra nuestros dioses. Nos dices y amonestas que no hay más que un solo Dios, el creador del cielo y de la tierra, el verdadero, al que tú y tus compañeros servís y adoráis, y al que nos persuades a que creamos. Nos dices que al creer en Él seremos todos uno, echándonos agua en las cabezas en su nombre y virtud, y que así nos llamaremos cristianos, quedando limpios y lavados de nuestras culpas y pecados, y seremos hijos suyos. Pero, para que esto tenga efecto y sea válido, antes debemos consentir que nos derribes y desbarates nuestros ídolos, que son semejanzas de nuestros dioses a los que hemos adorado y reverenciado durante tantos siglos, tanto nosotros como nuestros antepasados, quienes con gran devoción han observado y guardado el culto hacia ellos.

¿Cómo puedes esperar que dejemos estos ídolos tan fácilmente y consintamos que con tus violentas y sacrílegas manos los profanes, dioses que tanto valoramos? ¡Valeroso Capitán! ¿Por qué quieres mover ahora un asunto tan intratable, alterando los corazones de los nuestros al intentar un caso tan duro y dudoso como este, quebrantando un fuero tan inviolable? Si con tan atrevido ímpetu lo hicieseis, los dioses, a quienes servimos, se indignarían contra el mundo y lo destruirían, enviándonos hambres, pestilencias y otros desastres, desechándonos y apartándonos de su amistad. No nos responderían más como hasta ahora lo hacen; el sol, la luna y las estrellas se enfadarían y ya no nos mostrarían su luz ni claridad.

Así que, Señor y muy temido caballero de los dioses blancos y barbudos, mira lo que deseas emprender. Queremos que lo reflexiones, y te rogamos que no lo hagas, pues no queremos que te suceda algún trabajo. Tenemos experiencia de que cuando alguno de nosotros se atreve a ofender a estas reliquias, caen sobre nosotros grandes relámpagos, rayos y truenos del cielo, en castigo de tal osadía.

Dejando de lado este asunto que toca a los dioses, respecto a lo que nos has dicho sobre ir contra Culhua para asolar y destruir por la fuerza de las armas, consideramos que es poco ponerlo bajo tu mando. No valoramos nada en comparación con lo que nos has dicho, ni al tenerte por amigo ni al reconocer al gran Señor que te envía, aquel que dices que se llama Emperador, monarca del mundo, quien desde tan lejanas partes nos envía a saludar y visitar. En correspondencia a tan gran merced, debemos servirle y agradecerle, ayudándole con todo lo que necesite, teniéndolo siempre por verdadero Señor y amigo nuestro.

Así que, mira lo que necesita de nosotros. Dinos si quiere algo de nuestra tierra, que por la amistad que le tenemos y a ti te hemos cobrado, lo haremos con todo empeño y cumplidamente. Esta paz y amistad ha de ser para siempre eterna y perdurable hasta el fin de los siglos futuros y advenideros. Por tanto, reflexiona sobre lo que deseas, que aquí estamos muy dispuestos para todas las ocasiones que se presenten para ti y tus valerosos compañeros, tanto en la paz como en la guerra. Así se lo puedes comunicar al gran Señor que te ha enviado».

Este razonamiento fue propuesto en nombre de todos por *el poderoso y gran Señor* Maxixcatzin, quien era muy discreto y el más joven de los cuatro Caciques. A estas palabras, *nuestro animoso e invencible español Cortés* respondió con cristianismo y un corazón católico, mostrando la mayor osadía que un hombre pudiera tener, diciendo lo siguiente, movido por el celo cristiano que le caracterizaba:

«Amigos leales y muy estimados Señores, he visto el amor y la amistad que me tenéis sin doblez alguno, y no puedo dejar de acudir a hacer vuestra voluntad, especialmente porque se trata de algo que conviene a vuestro propio remedio. Si bien mi intención es destruir y asolar este mundo y todas las naciones que hay en él, no lo valoraría en nada en comparación con el deseo de que encontréis la salvación y salgáis del error en que vivís. Con vosotros de mi parte, todo se me facilita y allana.

Sin embargo, es un asunto grave, amigos y Señores míos, que no seáis cristianos *ni de la cristiana parcialidad*. Siendo yo cristiano y hijo del verdadero Dios, cuya ley y doctrina guardo, vivo entre gentes que conocen y adoran a dioses de falsedad y mentira. En cuanto a lo que decís sobre que destruirán el mundo enviando gran ira contra los hombres, con fuego del cielo, hambres, pestilencias y otras calamidades, es un negocio de poca importancia y una imaginación vana. Asumo la responsabilidad de avenirme con ellos, pues no son dioses, ni tienen poder alguno.

Como amigo fiel, os ruego y aconsejo que no creáis en ellos, sino que los derribemos y destruyamos, despedazándolos y quebrantándolos de tal manera que no quede ni nombre ni memoria de ellos en el mundo. Es muy lamentable que Señores principales tan claros y generosos se sometan a figuras tan abominables. Persuadiros, por tanto, amigos míos, a ser cristianos, y no seáis incrédulos ni obstinados en vuestros errores. Mirad con los ojos del entendimiento lo que os he significado, porque es la pura verdad: dejad la pertinacia de vuestros corazones y animaos a ser hijos de Dios, quien os infundirá su divina gracia y os dará verdadera claridad y luz, para que podáis entender mejor lo que con palabras no puedo explicar».

Al oír un negocio tan duro y pesado para una costumbre tan arraigada, quedaron durante un buen rato sin poder hablar ni responder nada. Sin embargo, tras considerar lo que el capitán Cortés les decía con tanto fervor, respondieron de común acuerdo que, dado que le habían dado sus corazones y amistad, lo mejor de sí mismos, en este caso se rendían y no tenían más que responder, sino que ejecutarían su voluntad y harían lo que él considerase bien, incluso derribar los ídolos y considerarlos como si no existieran.

No obstante, advirtieron que, si algo sucedía, no sería de su responsabilidad y que debían dejar claro que no querían enojar a los dioses, ni era esa su intención, ni menos querían dejar de creer en el verdadero Dios de los cristianos, que era aquel que había creado los cielos y la tierra, y en quien ellos deseaban creer. Querían hacerse cristianos, recibir el bautismo echándose agua en las cabezas, como era su costumbre, y guardar su ley y mandamientos, así como ellos mantenían sus propias costumbres.

Finalmente, manifestaron su deseo de seguir y preservar las buenas y santas costumbres de los cristianos. Para que su gente no se alborotase, ellos querían hablarles para aclararles todas las cosas de las que habían sido informados, y mientras tanto, pidieron que permanecieran tranquilos y serenos, apaciguando sus corazones.

Tomando la iniciativa, los cuatro Señores realizaron grandes reuniones en sus pueblos, barrios y cabeceras, donde informaron detalladamente sobre las intenciones del capitán: destruir y derribar sus dioses. Les hicieron saber que Cortés no solo venía a castigar a los hombres injustos, sino que también buscaba tomar venganza contra los dioses inmortales, ya que les había anunciado que quería darles una nueva ley, limpia y digna. Para ello, debían estar dispuestos a recibir a otro Dios.

Este modo de hablar, que les prometía otro Dios, se entendía porque, cuando estas gentes conocían a algún Dios con buenas propiedades y costumbres, lo aceptaban y lo reconocían como tal. Otras naciones que habían llegado antes les habían traído muchos ídolos, a los que habían considerado dioses. Así, decían que Cortés les traía otro Dios, y afirmaban que debían adorarle y servirle, ya que él lo hacía de una manera muy diferente a la que ellos servían a sus propios dioses.

No le ofrecían corazones de hombres ni derramaban sangre, como ellos hacían con sus deidades, sino que solo le ofrecían oraciones y el bautismo en agua. Prometieron seguir esta nueva práctica y aseguraron que nadie se lo impediría, dejando que Cortés hiciera lo que considerara conveniente. Ellos venían a ayudarles y favorecerles, por lo que no les convenía ser contumaces, rebeldes o traidores. Lo que él quisiese hacer debía quedar bajo su responsabilidad, ya que se trataba de un asunto entre dioses. Cada uno de ellos se entendería a su manera; a ellos solo les convenía mantener su amistad para que sus gentes vivieran seguras.

Al escuchar un asunto tan difícil para los de la República, volvieron sus rostros al cielo, expresando un gran dolor y sentimiento. Era un espectáculo de espanto y lástima verlos llorosos. Algunos de ellos dijeron a sus Señores: “Díganle al capitán por qué quiere quitarnos los dioses a los que hemos servido, junto con nuestros antepasados, durante tanto tiempo. Sin necesidad de removerlos de sus lugares sagrados, pueden colocar su Dios entre los nuestros, a quien también serviremos y adoraremos. Le construiremos casas y templos por separado y le daremos el respeto y el decoro que su deidad y santidad merecen, guardando sus leyes y mandamientos como hemos hecho con los otros dioses que nos han traído de otros lugares”.

A estas palabras, que consideraron *torpes y sin fundamento*, los Señores y Caciques respondieron que ya no había remedio para lo que pedían, y que debían aceptar lo que el capitán quería, sin discutir más al respecto. Así, pronto se hicieron silencio y comenzaron a ocultar secretamente muchos ídolos y estatuas. Con el tiempo, se vio que muchos de ellos continuaban sirviendo y adorando a esos ídolos en secreto. El demonio les aconsejaba que no desmayaran, ni se dejaran engañar por los hombres advenedizos, lo que les decía en sueños y otras visiones, sobre todo cuando consumían bebidas que les provocaban esas experiencias.

Por esta razón, muchos de ellos se mostraron endurecidos, rebeldes y obstinados en su conversión. Así, en nuestros días, en el año de mil quinientos setenta y seis, muchos ancianos principales pidieron el agua del bautismo, pues, por vergüenza y empacho, no se habían atrevido a bautizarse. Habían permanecido firmes y pertinaces en la adoración de sus ídolos. Sin embargo, al ver que toda la gente de la tierra se convertía, se sintieron engañados. Por pura vergüenza, siendo personas de rango, no se atrevían a acudir al santo bautismo.

A pesar de que estaban casados por la Santa Madre Iglesia, llevaban nombres de cristianos y confesaban y comulgaban cada año, no se atrevían a decir que no estaban bautizados, hasta este año de 1576, a pesar de haber sido alcaldes y regidores en la República. Esto que hemos presenciado fue un acto de la providencia divina, pues, en los últimos días de sus vidas, pudieron reconocer el error en el que habían estado y vivido, y recibieron el Santo Bautismo, falleciendo católicamente en pocos días de este año.

Regresando a nuestro asunto principal, estas y otras muchas cosas insensatas se decían y hacían. En definitiva, Maxixcatzin, Xicotencatl y los demás Caciques y Señores dijeron a Cortés que no reparara en nada, sino que llevara a cabo su intención y que hiciera lo que le pareciese bien. Estaban decididos a creer en un solo Dios y en Santa María, su Santísima Madre, y a guardar sus sagrados mandamientos y divinos preceptos. Desde ese momento, rechazaban por completo su ley de idolatría y engaño en la que habían vivido, y deseaban vivir eternamente en esta nueva y santísima ley. Por lo tanto, solicitaban el agua del bautismo y *querían ser bautizados*, pidiendo que se llevara a cabo de inmediato, sin dilación, ya que el tiempo apremiaba.

Al ver Cortés cuán favorable era la respuesta a lo que tanto anhelaba, no podía contener su alegría, agradeciendo inmensamente a Nuestro Señor por tan grandes beneficios y mercedes. Este fue el fundamento principal de su llegada y el camino hacia todo su bien, tanto en esta vida como para alcanzar la gloria y dejar en el mundo una inmortal fama. Con un gran y solemne regocijo, los cuatro Señores de las cuatro cabeceras fueron bautizados por mano de Juan Díaz, presbítero que venía como capellán de la armada.

Hecha esta conversión pública y general en honor y gloria de Nuestro Señor y de su benditísima Madre, la siempre Virgen María y Señora Nuestra, comenzaron a bautizarse también muchos otros Señores y Caciques de la República. Tras esto, se derribaron los ídolos y estatuas de los falsos dioses, y ante la presencia de todos se profanaron y despreciaron, hasta que, día tras día, se fueron destruyendo completamente. Así, el nombre de esos ídolos se perdió y la abominable idolatría que había durado tantos siglos entre estas gentes llegó a su fin.

Los padrinos de los cuatro Señores fueron D. Fernando Cortés, Pedro Alvarado, Andrés Tapia, Gonzalo de Sandoval y Cristóbal Olid. Xicotencatl tomó el nombre de Vicente *y luego se llamó D. Vicente*; Maxixcatzin se llamó Lorenzo; y Zitlalpopocatzin y Tlehuexolotzin también adoptaron nuevos nombres.

El día de su bautismo y conversión se celebraron numerosas fiestas al estilo castellano, con muchas luminarias por la noche y carreras de caballos, aunque pocos llevaban cascabeles. Los indígenas, al ver y reconocer estas muestras de alegría, organizaron grandes bailes y danzas llamadas Mitotes, conforme a su antiguo uso y costumbre. Además, ofrecieron muchas comidas, dádivas y presentes que incluían ropas, esclavos, joyas de oro y piedras preciosas a los españoles aquel día. No me detendré a detallar los tipos y modos de las comidas, ni cómo y de qué manera las servían, pues otros ya lo han escrito extensamente; aunque ciertamente hay mucho que contar, solo mencionaré un curioso detalle.

Durante el tiempo de los bautismos, se seguía esta orden: un día se bautizaba a los varones, quienes recibían el nombre de Juanes; otro día se bautizaba a las mujeres, que llevaban el nombre de Anas; un día más, a los varones se les daba el nombre de Pedros, y en otro, el de Marías. Así, los nombres de los varones se asignaban por días. Se les daba una pequeña cedulita en la que se anotaban los nombres, para que no se olvidaran los bautizados de ese día. Esta costumbre se mantuvo en la provincia de Tlaxcala durante muchos años, ya que se necesitaba recordar los nombres, puesto que muchos se olvidaban y acudían a consultar el Padrón del bautismo. De igual manera, yo he visto en otras provincias de esta tierra que se llevaba a cabo la misma diligencia.

 

Capítulo cinco

Que trata de las grandes crueldades que hicieron los cholultecas, y de la destrucción de Cholula.

Así, tras haber completado Cortés un negocio tan heroico y arduo, con la conversión a su orden y mano de los cuatro Caciques y cabeceras de Tlaxcala, comenzaron a discutirse los asuntos relacionados con la conquista: cómo y de qué manera se podría entrar y tomar la ciudad de México y conquistar las demás ciudades y provincias, con el objetivo de que también conocieran a Dios y la verdadera luz de nuestra Santa Fe. Se buscaba que fueran bautizados y se ofrecieran en paz sin derramamiento de sangre ni muertes, y que, si no deseaban colaborar ni ser amigos, se les castigara con severidad, vengándose de sus injurias, tal como se había prometido. Desde ese momento, no se trató más que de hacer frente a los Culhuas mexicanos, lo cual se llevó a cabo en breve para evitar que estos se confederaran con los Tlaxcaltecas. Para prevenir malos pensamientos y otras nuevas ocasiones y propósitos, Cortés se esforzó por no desatender a sus nuevos amigos y confederados, utilizando siempre sus astucias como un astuto capitán ante la buena ocasión que se le presentaba.

Así, una vez que su gente estuvo lista, comenzaron a marchar, moviendo sus ejércitos españoles y tlaxcaltecas con gran orden, contando con un número suficiente de hombres y bastimentos para una empresa tan grande. Fueron capitaneados por Piltecuhtli, Aexoxecatl, Tecpanecatl Cahuecahua, Cocomitecuhtli, Quauhtotohua, Textlipitl y otros muchos más, cuyo número y variedad de nombres son tantos que solo se mencionan a los más destacados, quienes siempre mostraron fidelidad a Cortés hasta el final de su conquista.

La primera entrada se realizó por la parte de Cholula, donde gobernaban y reinaban dos señores llamados Tlaquiach y Ttalchiac. Aquellos que ocupaban este mando eran conocidos con este nombre, que significa "el mayor de lo alto" y "el mayor de lo bajo del suelo". Así, al entrar en la provincia de Cholula, en breve tiempo fue destruida, en gran parte debido a las ocasiones que los naturales de aquella ciudad propiciaron. La devastación de Cholula dejó una gran cantidad de Cholultecas muertos, y la noticia corrió por toda la tierra hasta llegar a México, donde generó un espanto horrible, especialmente al entender que los Tlaxcaltecas se habían confederado con los dioses, a quienes en toda esta tierra del Nuevo Mundo se referían de esa manera, sin poder darles otro nombre.

Los Cholultecas confiaban tanto en su ídolo Quetzalcohuatl que creían que no había poder humano capaz de conquistarlos ni ofenderlos; antes bien, pensaban que acabarían rápidamente con los españoles, ya que eran pocos. Además, consideraban que los Tlaxcaltecas los habían llevado allí engañados para que los destruyeran, confiando en su ídolo que, creían, los consumiría con rayos y fuego del cielo y los ahogaría con aguas. Decían y proclamaban a grandes voces: "Dejad llegar a estos advenedizos extranjeros, veamos qué poder tienen, porque nuestro dios Quetzalcohuatl está aquí con nosotros y en un instante los acabará... Dejad que lleguen esos miserables, gocemos de sus devaneos y engaños, son locos en quienes confían esos sometidos, que no son más que mujeres que se han rendido a ellos de miedo. Mirad a esos ruines Tlaxcaltecas, cobardes y merecedores de castigo: como se ven vencidos por los mexicanos, buscan a gentes advenedizas para su defensa. ¿Cómo os habéis cambiado en tan breve tiempo y sometido a gente tan bárbara y desconocida? Decidnos de dónde los habéis traído para vuestra venganza... miserables que habéis perdido la fama inmortal que teníais como varones de clara sangre de los antiguos Teochichimecas, pobladores de estas tierras inhóspitas. ¿Qué será de vosotros, gente perdida? Pero aguardad, que muy pronto veréis el castigo de nuestro dios Quetzalcohuatl sobre vosotros."

Decían estas y otras cosas semejantes, convencidos de que efectivamente serían abrasados por rayos de fuego que caerían del cielo sobre ellos. Además, creían que de los templos de sus ídolos manarían ríos caudalosos de agua para ahogarlos, tanto a los de Tlaxcala como a los nuestros. Esto causaba un gran temor y espanto entre los Tlaxcaltecas, que temían que lo que decían los Cholultecas pudiera hacerse realidad. Los pregoneros del templo de Quetzalcohuatl proclamaban estas cosas, pero al ver que los españoles, que se apellidaban a Santiago, comenzaban a quemar los templos de los ídolos y a derribarlos con determinación, los Tlaxcaltecas se dieron cuenta de que no ocurría nada de lo que se había profetizado: ni caían rayos ni salían ríos de agua. Así, comprendieron que todo era una burla y comenzaron a recuperar el ánimo.

Como mencionamos anteriormente, hubo en esta ciudad una matanza y un estrago tan grandes que son difíciles de imaginar. A partir de este momento, nuestros amigos Tlaxcaltecas quedaron muy conscientes del valor de los españoles, y desde entonces no consideraron acometer mayores acciones contra ellos. Todo esto fue guiado por una orden divina, ya que era voluntad de Nuestro Señor que esta tierra fuera conquistada y liberada del poder del demonio.

Antes de que comenzara esta guerra, los mensajeros y embajadores de la ciudad de Tlaxcala fueron enviados a los Cholultecas para solicitarles la paz. Les hicieron saber que no venían en busca de ellos, sino de los de Culhua, los Mexicanos, como se mencionó anteriormente. "Culhuaque" era el nombre y apellido que se les daba porque provenían de Culhuacan, hacia el poniente, y "Mexicanos" se refería a la ciudad de México, donde estaban establecidos con supremo poder.

Los de Tlaxcala y Cortés les enviaron un mensaje pidiendo que se unieran y ofrecieran la paz, asegurándoles que no debían temer a los dioses blancos y barbudos, quienes eran gente principal y noble que deseaba su amistad. Los instaban a recibirlos como amigos, prometiendo un trato amable y que no les harían daño. Por el contrario, si los Cholultecas los ofendían, debían saber que los españoles eran un pueblo feroz, atrevido y valiente, que contaba con armas superiores y fuertes de hierro blanco. Este comentario surgió del hecho de que entre los Cholultecas no había hierro, solo cobre.

Los mensajeros también mencionaron que los españoles traían disparos de fuego y animales feroces, atados con sogas de hierro, así como armaduras de hierro. Además, contaban con ballestas muy potentes, leones y onzas que atacaban a la gente, refiriéndose en realidad a los perros lebreles y alanos que llevaban consigo y que resultaron ser de gran utilidad. Con tales armas, los Cholultecas no tendrían posibilidad de escapar o hacer frente a los españoles si decidían enojarse, por lo que, según el consejo de los mensajeros, lo mejor era ofrecer la paz y evitar mayores daños.

Sin hacer caso de este buen consejo, los Cholultecas decidieron no rendirse y prefirieron morir antes que entregarse. En lugar de ofrecer una respuesta adecuada a los de Tlaxcala, desollaron vivo el rostro de Patlahuatzin, su embajador, una persona de gran estima y valor. También le desollaron las manos hasta los codos, cortándole las muñecas, de modo que las manos colgaban inerte. Lo enviaron de esta forma, con gran crueldad, diciéndole: "Andad y volved, y decid a los de Tlaxcala y a esos andrajosos hombres, o dioses, o lo que fueran, que esto es lo que les damos por respuesta." El pobre embajador regresó con gran pesar y dolor, lo cual causó un terrible espanto y tristeza en la República, pues era uno de los hombres más valientes y hermosos de su comunidad.

Ante tal atrevimiento y vileza, que costó la vida a Patlahuatzin en servicio de su patria, y que dejó una eterna fama entre los suyos, como lo refieren en sus enigmas y cantares, los Tlaxcaltecas se indignaron. Consideraron una gran afrenta lo sucedido, ya que nunca antes había ocurrido algo así en el mundo; los embajadores eran siempre respetados y honrados por los reyes y señores extranjeros que comunicaban con ellos sobre paz, guerra y otros acontecimientos entre provincias y reinos.

Movidos por esta indignación, se dirigieron a Cortés y le dijeron: "Señor muy valeroso, en venganza de tan gran desvergüenza, maldad y atrevimiento, queremos ir contigo a asolar y destruir aquella nación y su provincia. No debe quedar con vida gente tan perniciosa, obstinada y endurecida en su maldad y tiranía, pues merecen castigo eterno. No solo por esto, sino porque en lugar de agradecernos nuestro buen comedimiento, nos han menospreciado y han querido tenernos en poco por amor de ti."

El valeroso Cortés les respondió con rostro severo, asegurándoles que no debían preocuparse, ya que él prometía vengarles por tal agravio. Y así lo hizo; por esta ofensa y otras traiciones, se dispuso a declararles una guerra muy cruel, donde murió una gran muchedumbre de Cholultecas, como se verá en la crónica de la conquista de esta tierra.

Los Cholultecas creían que su ídolo Quetzalcohuatl, el más venerado de todos los dioses en esta tierra, los salvaría de ser anegados. Consideraban el templo de Cholula como un relicario sagrado y decían que, cuando se descostraba alguna costra de lo encalado durante su época de gentilidad, brotaba agua de allí. Para evitar que se inundaran, sacrificaban niños de dos o tres años, mezclando su sangre con cal para hacer una especie de zulaque, que utilizaban para tapar los manantiales y fuentes de agua.

Se convencían de que, si enfrentaban problemas en la guerra contra los dioses blancos y los Tlaxcaltecas, podrían descostrar y despostillar todo lo encalado, haciendo brotar fuentes de agua que los inundarían. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, esto no les sirvió de nada, y quedaron muy burlados. La desesperación los llevó a suicidarse, arrojándose desde el templo de Quetzalcohuatl, una práctica que habían adoptado desde tiempos antiguos. Consideraban que morir de esta manera era un símbolo de resistencia y rebeldía, en contraste con otras naciones.

Así, muchos de ellos encontraron la muerte de forma desesperada durante la guerra de Cholula. Al finalizar el conflicto, comprendieron que el Dios de los hombres blancos y sus poderosos hijos eran más efectivos y virtuosos.

Los Tlaxcaltecas, nuestros amigos, viéndose en el mayor aprieto durante la guerra y la matanza, clamaban al Apóstol Santiago, gritando a grandes voces: "¡Santiago!". De ahí en adelante, cuando se encontraban en alguna dificultad, continuaron invocando al Señor Santiago. Cortés les había dado un consejo muy útil para evitar ser confundidos y morir entre los enemigos por error, ya que sus armas y divisas eran casi idénticas. Dada la gran multitud de ambos bandos, era esencial esta distinción; de no haber sido así, se habrían matado entre ellos sin conocerse. Así que se colocaron guirnaldas de esparto en la cabeza, lo que les permitía reconocerse y evitaba confusiones fatales.

Tras la destrucción de Cholula y la muerte de tanta gente, nuestros ejércitos avanzaron, sembrando el temor y el espanto a su paso. La noticia de tal destrucción llegó rápidamente a toda la región, y las gentes, sorprendidas al escuchar lo ocurrido, se preguntaban cómo los Cholultecas habían sido vencidos y destruidos en tan poco tiempo, y por qué su ídolo Quetzalcohuatl no les había ofrecido ayuda alguna. Ante esta situación, realizaron grandes sacrificios y ofrendas, implorando que lo mismo no sucediera con ellos, llenando el aire de llantos y lamentos que era lastimoso presenciar.

A pesar de sus esfuerzos, estas acciones les sirvieron de poco. Sin embargo, causaron un temor inmenso en toda la tierra, debilitando el ímpetu de las comunidades vecinas, que no comprendían de dónde provenía tal castigo de los dioses. Desde entonces, vivieron con cautela, esperando el desenlace de la llegada de estos nuevos pueblos, y escondieron a sus hijos, mujeres y pertenencias en lo más denso y oculto de la sierra.

 

Capítulo seis

Que trata de los sucesos que acaecieron a los nuestros desde que entraron en México hasta que, rotos y desbaratados, volvieron a Tlaxcalla.

Después de que nuestros españoles y los Tlaxcaltecas lograran una gran victoria y tomaran Cholula, la cual quedó en pie por misericordia, continuaron su viaje hacia México, adonde llegaron en pocos días. El capitán Cortés fue recibido cordialmente por el gran Señor y Rey Moctezuma, así como por todos los señores mexicanos. Dejo a otros el relato de esta famosa historia y prosigo con lo que está en curso.

Mientras se encontraba en la ciudad de México, Cortés disfrutaba de un triunfo sin igual, al que ni capitán ni príncipe alguno del mundo podría aspirar. En el apogeo de su fortuna, recibió una súbita y repentina noticia: la llegada de Pánfilo de Narváez, enviado por Diego Velázquez, el gobernador de la Isla de Cuba, para hacer frente a un gran daño que amenazaba sus intereses. Este giro inesperado de los acontecimientos muestra la inestabilidad de la vida, donde, sin previo aviso, un contratiempo puede arruinar los mayores placeres.

Cortés partió de México hacia Cempoala, sin perder de vista lo que tanto le importaba. No quiso dejar de lado una de las empresas más heroicas jamás emprendidas. Dejó a Pedro de Alvarado en México y se despidió de Moctezuma y los demás caciques, alegando que iba a castigar a ciertas bandas de ladrones y corsarios que habían llegado a hacer daño a la tierra.

Con este propósito, el valiente capitán se dirigió a Tlaxcala, donde fue muy bien recibido. Al informar a sus leales amigos sobre su misión, le ofrecieron refuerzos para que le acompañaran. Caminando a través de tierras pacíficas y aliadas, llegó en poco tiempo a Cempoala, donde, con astucia, apresó a Pánfilo de Narváez y le causó una herida en el ojo.

Con la captura, Cortés logró atraer a toda la gente de la compañía de Narváez a su lado, a través de dádivas y promesas. Este apoyo le resultó muy beneficioso, ya que le permitió llevar a cabo la conquista de la tierra. Tras dejar en Cempoala un grupo de confianza, volvió rápidamente a México, pues había recibido noticias de que los mexicanos se habían rebelado contra los españoles.

Cuando Cortés llegó a México, encontró a los suyos cercados y atrapados en las casas de Moctezuma, enfrentando un gran aprieto. Al ver la situación, rogó a los caciques mexicanos con insistencia, pidiéndoles que calmaran su enojo, asegurándoles que había venido para ayudarlos y castigar a los soldados que los habían ofendido. Les explicó que su intención era mantener una relación de amistad y que sus hombres, inexpertos y recién llegados, habían cometido errores, pero que él se encargaría de corregirlos.

Sin embargo, sus palabras no tuvieron efecto. Ni siquiera cuando el mismo Moctezuma, un día, subió a un terrado y, desde allí, les ordenó a sus súbditos que calmaran su ira y no atacaran a los recién llegados, prometiéndoles que los españoles querían irse y regresar a sus tierras. Pero los mexicanos, obstinados en su rebeldía, se amotinaron contra su propio rey, llamándolo cobarde y deshonrándolo con insultos. Lo acusaron de falta de valor y lo despreciaron abiertamente. En medio de su furia, comenzaron a atacarlo con varas, flechas y hondas, su arma más poderosa. Fue en ese momento cuando una pedrada lanzada con una honda golpeó a Moctezuma en la cabeza, causándole la muerte.

Así terminó la vida de este desdichado rey, quien había gobernado el Nuevo Mundo con gran prudencia y autoridad, siendo uno de los señores más temidos, reverenciados y adorados que jamás existieron en estas tierras. Con su muerte, llegó el fin de los reyes mexicas y todo su poder, justo cuando su monarquía se encontraba en su mayor esplendor. Esto nos recuerda que en las cosas de la vida no debemos confiar, sino solo en Dios.

Muchos de los conquistadores que conocí afirman que, en su lecho de muerte, Moctezuma pidió el agua del bautismo y fue bautizado como cristiano, aunque hay discrepancias sobre este hecho. Sin embargo, según testimonios de personas de confianza, conquistadores que estuvieron entre los primeros en llegar a esta tierra, Moctezuma murió bautizado como cristiano. Se dice que sus padrinos fueron Hernán Cortés y Don Pedro de Alvarado.

El nombre de Moctezuma, tomado literalmente, significa "Señor regalado". En un sentido más profundo, significa "Señor sobre todos los Señores", el más grande y temido de todos, un hombre severo y de gran coraje, que se enojaba fácilmente por cualquier motivo.

Muerto el desdichado rey, en quien los nuestros tenían puesta toda su esperanza, se decidió organizar la salida de aquel cerco tan angustiante. Los alimentos escaseaban, y las aguas que bebían, provenientes de pozos salobres y malolientes que ellos mismos habían cavado, les causaban graves daños. Viendo la inminente perdición y la desesperada situación en la que se encontraban, acordaron salir antes de que perecieran tantos hombres oprimidos y sitiados.

Organizaron sus tropas y escuadrones, y salieron una noche cuando todo estaba en silencio y las guardias dormían profundamente. Comenzaron a marchar con el mayor sigilo posible para no ser descubiertos. Avanzaron por la calle de Tacuba, en el mejor orden que pudieron, pero finalmente fueron descubiertos por una anciana vendedora. Esta mujer, que a aquella hora vendía comida a los caminantes y forasteros, les dio la alarma. Estaba en el barrio de Ayotzapagres, donde más tarde se construyeron las casas de Juan Cano, y frente a las que edificó Ortuño de Ibarra, yerno de Moctezuma. Hoy en día, esas casas pertenecen a Hernando de Rivadeneyra, quien las heredó de Juan de Espinosa Salado.

Esa anciana, que bien podría haber sido el mismo demonio, comenzó a gritar a grandes voces: “¡Eh, mexicanos! ¿Qué hacéis? ¿Cómo podéis dormir tanto mientras vuestros dioses se escapan? ¡Despertad, hombres descuidados! No dejéis que se vayan, matadlos y acabad con ellos antes de que se reorganicen y vuelvan armados contra vuestra ciudad.”

Ante los gritos de la vieja, la ciudad entera se puso en pie de guerra. Los mexicanos salieron en un gran alboroto, llenos de furia e ira, y en un instante las plazas, calles y azoteas se llenaron de gente. Era un caos tan espantoso que parecía que el mundo llegaba a su fin. La confusión y la oscuridad de la noche hicieron que incluso los propios mexicanos se atacaran entre sí.

Pronto cayeron sobre los nuestros con tal violencia, ímpetu y furia que parecían leones hambrientos. Los españoles, por su parte, intentaban defenderse lo mejor que podían en medio de una de las batallas más sangrientas jamás vistas. La lucha se llevó a cabo entre acequias, lagunas, ciénagas y puentes destruidos, lo que hizo el combate aún más desesperado. Los nuestros, pocos en número y en gran desventaja, enfrentaban a un enemigo innumerable. Aun así, intentaron encontrar fuerza en su debilidad, luchando con todas sus fuerzas para escapar del peligro.

La salida no pudo lograrse sin un gran costo. En la refriega murieron más de cuatrocientos cincuenta españoles y un sinnúmero de aliados tlaxcaltecas, aunque algunos dicen que fueron cuatro mil. Sin embargo, los mexicanos también sufrieron grandes pérdidas, ya que los españoles lucharon con fiereza. Las acequias, calles y los pasos donde los puentes estaban rotos quedaron llenos de cuerpos muertos, y las ciénagas y lagunas se tiñeron de sangre.

En medio de la derrota y desbandada de los nuestros, continuaron su viaje hasta llegar al paso donde Alvarado realizó aquel heroico y temerario salto, una hazaña tan grande e increíble que merece ser contada. El sol ya estaba alto cuando los indígenas, al presenciar tal proeza, quedaron asombrados. De inmediato, se lanzaron al suelo, postrados en señal de reverencia ante tan extraordinario y raro acto, algo que jamás habían visto en otro hombre. Adoraron al Sol mientras comían puñados de tierra y arrancaban hierbas del campo, exclamando a viva voz: «¡Este hombre es, sin duda, hijo del Sol!».

Este ritual de comer tierra y arrancar hierbas era una superstición muy común entre los naturales cuando ocurría algo digno de admiración o cuando, con fervor, pedían ayuda a sus dioses. Así, postrados en el suelo, mordieron la tierra y la tomaron a puñados, mientras ofrecían las hierbas arrancadas a sus ídolos, levantando la vista al cielo y diciendo:

«¡Oh, dioses altísimos y poderosos, que habitáis en los nueve cielos, hasta el más alto y supremo, donde se encuentra aquel que es sobre todos, al que llamamos Tloque Nahuaque, el que es acompañado por todos los demás dioses! A vosotros nos encomendamos para que nos socorráis y no nos abandonéis en nuestros trabajos, peligros y angustias, pues tenéis poder sobre todos los hombres. También invocamos a ti, claro y resplandeciente Sol Nauhollin, y a ti, Luna, hermosa y brillante compañera del Sol, así como a las estrellas del cielo y a los vientos del día y de la noche, para que con vuestra ayuda podamos superar los grandes peligros de esta guerra, que tan injustamente se nos ha impuesto».

Damos a conocer esta información a partir de ciertas averiguaciones realizadas en la ciudad de Tlaxcala, como parte de una probanza que los herederos de D. Pedro de Alvarado llevaron a cabo para destacar los méritos de su padre, quien estuvo acompañado por famosos capitanes durante la guerra. Uno de ellos fue D. Antonio Calmecahua, destacado capitán bajo el mando de Maxixcatzin, quien acompañó a Cortés en todas las batallas. Hoy, se dice que tiene 130 años, aún conserva gran fortaleza física y mental, y da claras respuestas a todo lo que se le pregunta. A pesar de estar sordo, relata con precisión los hechos de la llegada de Cortés y de otros capitanes, y se considera afortunado por haber sido bautizado y convertirse al cristianismo. Lamenta el tiempo en que fue idólatra, arrepentido del engaño en el que vivieron él y sus antepasados.

Otro capitán destacado es Antonio Temazahuitzin, originario de Hueyotlipan, en la misma provincia, a quien se atribuye haber salvado a Cortés de un gran peligro. En medio de una batalla, Cortés cayó en una ciénaga y fue capturado por los mexicas, quienes intentaban sacrificarlo a sus dioses. Temazahuitzin, al llegar con su escuadrón, logró sacarlo del pantano y evitar su sacrificio. Poco después, Cristóbal de Olea y otros capitanes llegaron en su ayuda, pero Olea fue asesinado por los indígenas. Francisco de Otea, fiel criado de Cortés, defendió a su señor cortando las manos de los enemigos con una cuchillada. Luego, Antonio de Quiñones, otro español, sujetó a Cortés por el brazo y lo liberó de entre sus captores. En medio de la batalla, un jinete abrió paso entre la multitud, aunque también fue abatido. Finalmente, Cortés montó el caballo que le trajeron y, reuniendo a sus hombres, logró escapar de aquel grave peligro.

En esa retirada, se perdió una gran cantidad de riqueza en oro y piedras preciosas, parte del tesoro de Moctheuzomatzin. Tras su muerte, Cortés ordenó que la mayor parte del oro fuera fundida, ya que, en su forma original, como joyas y ornamentos, ocupaba mucho espacio. Brazaletes, patenas, bezotes y orejeras fueron convertidos en barras y ladrillos, mientras que los tejos y barras que ya existían sumaban una considerable fortuna. Al momento de salir de las casas de Moctheuzoma, Cortés confió la mayor parte de este tesoro a sus aliados tlaxcaltecas, aunque, como se ha dicho, se perdió y apenas se pudo recuperar algo.

Estas palabras provienen del capitán D. Antonio Calmecahua, quien fue uno de los encargados de proteger el tesoro de Moctheuzoma. En su defensa, murió junto con muchos de nuestros españoles. Retomando el relato, D. Pedro de Alvarado, tras cruzar el puente con la retaguardia herida y diezmada, siguió adelante como pudo, junto con su gente y los tlaxcaltecas, hacia el pueblo de Tlacopan (actual Tacuba), Teocalhincan y Tzacuyocan, donde hoy se encuentra la ermita de Nuestra Señora de los Remedios. En su camino, luchaban constantemente contra los enemigos, avanzando con gran valentía. Fue en ese lugar donde se instauró la devoción a Nuestra Señora de los Remedios, que sigue viva hasta nuestros días, atrayendo a muchas personas con profunda devoción.

Cuando los nuestros llegaron a este punto, encontraron cierto alivio al estar ya fuera de las lagunas, ciénagas y otros peligros de México. Los tlaxcaltecas los habían guiado rodeando las colinas y lagunas que se extienden fuera de la Laguna Mexicana, avanzando hacia el norte, a una distancia de diecinueve leguas de la ciudad de México, en dirección a la provincia de Tlaxcala, que ya consideraban su patria, refugio y única defensa para los pocos cristianos que quedaban.

Al llegar a los campos y llanos de Otompan, también conocidos como los Llanos de Aztaquemecan, fueron sorprendidos por numerosos escuadrones de guerreros en perfecta formación, provenientes de la provincia de Texcoco. Estos guerreros, conocidos como los Acolhuas del reino de Acolhuacan, descendían de Netzahualpiltzintli, un célebre caudillo y origen de los reyes de Texcoco, como detallamos en los primeros capítulos de nuestra historia. Esta gente puso en un grave aprieto a los nuestros, que venían agotados, malheridos y diezmados. Ante tal situación, les fue indispensable reunirse, organizarse y tomar un consejo de guerra. Decidieron marchar en orden, sin que nadie rompiera las filas, a fin de evitar más bajas. El objetivo era llegar a Tlaxcala sin enfrentamientos, si era posible, para no perder más hombres.

Sin embargo, no les quedó otra opción que romper las líneas enemigas y enfrentar a los ejércitos de los Acolhuas, combatiendo con tanta determinación como si no hubieran sufrido las penurias anteriores. La batalla fue feroz y cruel, y pronto los campos se llenaron de cuerpos y sangre, en un espectáculo casi increíble. Los nuestros comprendieron que la victoria había sido un milagro de Dios, pues a menudo parecían estar perdiendo terreno ante las continuas oleadas de refuerzos que recibían los Acolhuas. A pesar de todo, nuestros hombres resistieron con dificultad y con escasas esperanzas de escapar de entre tantos enemigos, obstinados y feroces en su crueldad.

Viendo Hernán Cortés que él y sus hombres se encontraban en grave peligro de perderlo todo, y ante el desánimo que comenzaba a apoderarse de sus tropas, decidió abrirse paso a la fuerza. Con una lanza en la mano, se lanzó contra un escuadrón enemigo, abatiendo y atravesando a cuantos encontraba a su paso, sembrando el terror entre sus adversarios. Tal fue su habilidad y arrojo, que, con la ayuda de Dios y de la Santísima Virgen, logró alcanzar al general del ejército enemigo. Cortés lo derribó con su caballo, le asestó varias lanzadas y lo mató, arrebatándole la divisa que portaba, llamada *Tlahuizuntlazopilli*, una pieza de oro adornada con rica plumería. Este trofeo, considerado una de las hazañas más notables que había conseguido, lo mandó guardar con gran estima. Más tarde, se lo ofreció a su amigo Maxixcatzin, señor de Tlaxcala, como símbolo de su victoria lograda con la lanza.

Tras la caída de este general, cuyo verdadero nombre era Cihuacatzin, capitán de Teotihuacan y natural del barrio de Teacalco junto a Aztaquemecan, el liderazgo enemigo se vio desarticulado. En esa misma batalla, Cortés también hirió a otro noble llamado Tochtlahuatzal, aunque este sobrevivió y vivió muchos años más. En estos enfrentamientos, destacó la presencia de María de Estrada, quien combatió a caballo con una lanza, mostrando un valor y destreza comparables a los de los más intrépidos guerreros, como ya hemos mencionado anteriormente.

Los otompanecas intentaron justificar su intervención en la batalla contra los españoles diciendo que la confrontación no fue planeada ni motivada por el deseo de destruir a los recién llegados. Afirmaron que, por coincidencia, estaban celebrando unas festividades anuales en las que acostumbraban hacer demostraciones de guerra y alarde de sus habilidades, y que fue durante estas festividades que se toparon con los españoles, que venían heridos y desorganizados desde México. Según ellos, aprovecharon la oportunidad para atacarlos sin haber sido incitados por los mexicanos. Sin embargo, esta explicación se considera un pretexto falso.

Finalmente, el campo enemigo fue derrotado y sus fuerzas se desmoronaron, lo que permitió a los españoles continuar su marcha sin más impedimentos. Aunque algunos capitanes derrotados intentaron obstaculizar su paso, la resistencia no fue lo suficientemente fuerte como para detener el avance de los españoles.

En este mismo lugar, los indígenas afirmaron haber visto a un jinete sobre un caballo blanco que no pertenecía a la compañía de los conquistadores, quien les infligía tanto daño que no podían defenderse ni enfrentarlo. En conmemoración de este supuesto milagro, los locales erigieron una ermita en honor al Apóstol Santiago, en un pequeño pueblo de la región de Otompan llamado Tenexalco.

Muchos conquistadores afirmaron que el caballo con el que Hernán Cortés participó en este encuentro no era más que un rocín de arria, un animal torpe que solía cargar el equipaje. Al no disponer de otro caballo, Cortés hizo ensillar este, y fue con él que, por la gracia de Dios, logró realizar tantas proezas en la batalla. Increíblemente, este caballo, flaco y cansado, atacaba a los enemigos con coces y golpes, infundiendo tanto miedo que nadie osaba acercarse. Este caballo fue utilizado en la conquista de México, pero en la última batalla fue abatido, cuando un hombre llamado Olea le ofreció su propio caballo, tal como ya se ha mencionado.

Tras haber superado aquel trance peligroso y otros eventos desafortunados, los nuestros continuaron su marcha a través de los llanos de Apam, Temalacatillan y Almoloyan, siempre combatiendo y defendiendo sus posiciones contra los enemigos que, en cada paso y en cada pueblo de los Aculhuacanenses, se lanzaban a su encuentro. Finalmente, llegaron a Hueyotlipan, un lugar bajo la jurisdicción de Tlaxcala, donde fueron recibidos con gran entusiasmo y generosidad, como si estuvieran en su propia patria. Allí les proporcionaron todo lo necesario para recuperarse y continuar su camino.

 

Capítulo séptimo

Que trata del recibimiento que tuvo Hernando Cortés en Tlaxcalla, y de cómo se decidió dar cruda guerra a los mexicanos.

Al enterarse de la derrota y el descalabro sufrido, un gran número de hombres de Tlaxcala, enviados por los cuatro señores de la ciudad, acudieron en ayuda y defensa de los suyos, destacando la figura de Maxixcatzin, quien fue el más afectado por el trato que habían recibido sus aliados y por la muerte de Moctheuzomatzin. Más de doscientos mil hombres se movilizaron para socorrer al capitán Cortés en Hueyotlipan. Aunque no llegaron a tiempo, su presencia resultó determinante para desbandar a los enemigos y recuperar el terreno perdido, lo que sorprendió a los Aculhuacanenses y Mexicanos. La rápida concentración de tal fuerza en apoyo a los extranjeros generó en ellos inquietud, llevándolos a especular sobre las razones de esta inusitada alianza. Esta noticia, desbordante y aterradora, se propagó por todo el reino Mexica, sembrando dudas sobre la venganza que eventualmente se les aplicaría por su atrevimiento.

Una vez que nuestros hombres se sintieron libres y descansados, a instancias de Maxixcatzin, decidieron salir de Hueyotlipan hacia Tlaxcala, situada a cuatro leguas de distancia. Los heridos que no podían caminar ni a caballo eran transportados en hombros y hamacas, con gran amor y cuidado. Mientras avanzaban por el camino y entraban a la ciudad, la gente salió a verlos, y al observar su estado lamentable, les manifestaron su compasión. Desde sus casas y techos, las mujeres clamaban, entre lágrimas: "¿Quién les engañó para que fueran a México, desdichados, a involucrarse entre tantos malvados y crueles traidores? ¡Pobres de ustedes, que así los han tratado! Bienvenidos a sus hogares y tierras. No se aflijan, descansen y no tengan miedo de esa gente traidora".

Con estas y otras palabras tiernas, los recibían y consolaban. Continuando su camino, llegaron a los palacios y casas de Maxixcatzin, en el barrio y cabecera de Ocotelulco, donde fueron alojados con gran aplauso. Allí permanecieron algunos días, hasta que Nuestro Señor les otorgó la sanación de los enfermos y la recuperación de fuerzas.

Durante este tiempo, llegaron embajadores mexicanos en representación de su República, trayendo grandes propuestas y promesas a los cuatro señores de Tlaxcala. Les instaban a unirse contra los españoles y exterminarlos, en lugar de aceptar su amistad. Entre ellos, Axayacatzin Xicotencatl, hijo mayor de Xicotencatl el Viejo y nuevo gobernante de su cabecera, se mostró favorable a la propuesta de acabar con los españoles. Sin embargo, Maxixcatzin, con un enfoque opuesto, se enfureció al escuchar la intención de Axayacatzin y lo reprendió con gran vehemencia. Le lanzó injurias, llamándolo cobarde y afeminado, y lo empujó por las gradas, un acto que fue valorado por muchos, pues se esperaba que otros jóvenes no se atrevieran a seguir la errada opinión de Xicotencatl.

Reconociendo la gravedad del momento y la guerra en curso contra los mexicanos, que eran conocidos por su deslealtad, no se les concedió crédito ni se aceptó su propuesta. La mayoría del pueblo de Tlaxcala respaldó a Maxixcatzin, y Axayacatzin, por su traición, fue ajusticiado; Cortés, con el consentimiento de la República de Tlaxcala, ordenó su ahorcamiento en Tetzcuco, en medio del conflicto con México, como se mencionó anteriormente.

Después de haber atravesado Cortés una serie de duras pruebas y cambios de fortuna, y con el deseo de concluir su misión y convertirse en señor de todo este Nuevo Mundo, un día, preocupado, convocó a sus amigos, los cuatro señores de las diferentes cabeceras de Tlaxcala. Les propuso su intención de conquistar la ciudad de México, destruirla y tomarla con fuego y sangre, ya que se sentía profundamente ofendido por el reino de Culhua. Para llevar a cabo tal empresa, solicitó su apoyo y colaboración, buscando venganza contra un pueblo que consideraba falso y traidor.

Cortés explicó que necesitaba enviar mensajeros a buscar a sus hombres en Cempohuallan, quienes eran la parte más fuerte y guerrera de su ejército, pues los había dejado allí para proteger su retaguardia. Resaltó que esta gente era muy valiente y decidida, y que, con su llegada, podría reformar su campo y marchar contra los mexicanos de Tenochtitlan, que significa "lugar o barrio de la tuna de piedra". Esta denominación, según diversas interpretaciones, se refiere a la aparición de un tunal que nació sobre una peña, sin tierra fértil, lo que se consideró un hecho sobrenatural. Algunos afirman que este tunal creció en el Gran Cu, el templo mayor de los ídolos en la ciudad, y que la trufa que producía, llamada Nochtli, fue nombrada "tuna" por los españoles, siguiendo la tradición de los nativos de Cuba y Santo Domingo.

El hecho inaudito de que una planta naciera sobre un peñasco seco, sin humedad ni tierra, fue considerado por los naturales de esta región como un fenómeno admirable. Por esta razón, desde entonces comenzaron a llamar a la ciudad de México por el nombre de Tenuchtitlan, y lo hicieron con mayor distinción al referirse a ella como México Tenuchtitlan. Este suceso fue interpretado como un augurio de que la población de México sería eterna y perdurable, ya que los frutales podían arraigarse en rocas duras, y, con más razón, los hombres podrían establecerse y permanecer allí para siempre.

Otros relatos sugieren que México originalmente se llamaba Quauhnochtitlan, que significa "el tunal del águila", porque antiguamente un águila solía posarse sobre este tunal y desde allí cazaba a las aves que eran criadas por los señores de México en su casa de aves. Con el tiempo, el nombre Quauhnochtitlan se perdió y fue reemplazado por Tenuchtitlan, que se fue corrompiendo en el lenguaje hasta convertirse en Tenochtitlan.

Además, se dice que el nombre Tenuchtitlan se deriva del tunal que nació en el lugar, que no era de las tunas comestibles, sino de una variedad salvaje conocida como Tenuchtli, que, debido a su dureza, eran consideradas desagradables. Por lo tanto, se interpretó que México Tenochtitlan significa "el lugar de las tunas duras y desagradables".

También hay quienes afirman que el tunal era, en realidad, un cardo de un árbol conocido como pitahoria, que también lleva este nombre en las Islas de Cuba y Santo Domingo. En este caso, los naturales de esta tierra lo llamaban Teonochtli, o "Tuna de Dios". Finalmente, se sugiere que el nombre Tenochtitlan fue asignado a la ciudad porque nació en el lugar del templo, sobre aquella peña donde los naturales realizaban sus sacrificios idolátricos. De esta manera, como se mencionó anteriormente, la Ciudad de México adquirió su nombre en honor al dios Mexi.

Centrando nuestra atención en el propósito principal, Hernando Cortés continuó su razonamiento sobre la necesidad de emprender una campaña contra los Mexicanos para destruirlos. Explicó que requería ayuda para traer municiones, armas, pólvora y otros pertrechos de guerra de Cempohuallan y del puerto. Cortés estaba profundamente ofendido y enojado con los Culhuas Mexicanos por su desvergonzada traición y su atrevimiento, lo que consideraba inaceptable. Resaltó que no podía dejar sin castigo tan grande maldad, ya que los Mexicanos, confiados en su amistad, habían demostrado ser traidores y enemigos mortales. Para vengar su maldad, Cortés prometió a los Tlaxcaltecas que les haría guerra como a enemigos capitales, algo que se demostraría a medida que avanzara la campaña.

Al finalizar su discurso, Cortés hizo un llamado a los Tlaxcaltecas, rogándoles que lo ayudaran en todo lo que se necesitara, especialmente en esta justa causa, que era también de su propio interés. Les aseguró que no les faltaría en nada.

Tras esta plática, Hernando Cortés les prometió que, con la ayuda de Dios, obtendrían la victoria y que compartirían en todos los despojos y riquezas conquistadas, especialmente en lo que respectaba a la ciudad de Cholula y las provincias de Huexotzinco y Tepeyacac. Los Tlaxcaltecas, leales y fieles, decidieron apoyarlo en la conquista del Nuevo Mundo con gran fervor y determinación, mostrando un compromiso de seguirlo hasta la muerte o hasta lograr vencer a sus propios naturales. Este esfuerzo se consideró más como una obra de Dios que de simples mortales.

Cortés les comunicó también que tenía reservada a esta gente, tan incógnita y apartada, para la exaltación de su Santa Fe Católica. Una vez concluido su discurso, los cuatro Señores, cabezas de las cuatro parcialidades de Tlaxcala, respondieron de inmediato. Aceptaron todas sus peticiones y reafirmaron su leal amistad, sin plantear objeción alguna. Así, le ofrecieron todo lo necesario, y enviaron un número de hombres hacia Cempohuallan, incluyendo capitanes expertos de la región, bien versados en las artes de la guerra, para que pudieran traer las municiones y suministros requeridos para la campaña contra México. Esta acción fue considerada uno de los más loables servicios que los Tlaxcaltecas prestaron a la Real Corona de Castilla y a Hernando Cortés.

Con esta jornada concluida con tanta disposición y rapidez, y después de resolver todos los asuntos pendientes, Cortés convocó una consulta de guerra para deliberar sobre las estrategias a seguir para conquistar México. En esta reunión fueron convocados los cuatro Señores de las cuatro cabeceras: Maxixcatzin, Xicotencatl, Citlalpopocatzin y Tlehuexolotzin, así como otros numerosos Caciques, Señores principales y renombrados capitanes de la República. Después de exponerles su determinación de asaltar y destruir la ciudad de México, Cortés destacó la necesidad de construir bergantines para poder llevar a cabo la guerra tanto por agua como por tierra.

Así, se construyeron trece bergantines en el barrio de Atempa, junto a una ermita dedicada a San Buenaventura. Martín López fue el encargado de su construcción, con la ayuda de N. Gómez. Una vez terminados, se pusieron a prueba en el río Tlaxcala Zahuapan. Tras las pruebas, se desarmaron y se transportaron a cuestas, sobre los hombros de los Tlaxcaltecas, hacia la ciudad de Tetzcuco, donde se botaron a la laguna y se armados con artillería y munición. Más de diez mil hombres de guerra, junto con sus maestros, se encargaron de la protección de estos bergantines hasta que fueron armados en las aguas de la laguna de México, lo que resultó ser un elemento crucial para la conquista de la ciudad.

Cortés reunió a los Tlaxcaltecas para informarles sobre esta preparación y enfatizó que no quería emprender ninguna acción sin su consentimiento. Como verdaderos amigos, deseaba comunicarles sus planes antes de iniciar un negocio de tal magnitud, consciente del peligro y el sangriento combate que enfrentaría con los Culhuas Mexicanos. Por un lado, le causaba pena y lástima recordar su situación, pero por otro, la ignominiosa traición que habían sufrido a manos de ellos, quienes habían matado a sus hombres sin compasión, le motivaba a buscar venganza.

Cortés expresó que sus soldados estaban ansiosos por enfrentarse a los Mexicanos, deseosos de cobrar la venganza por el atroz delito cometido contra ellos. A pesar de la fortaleza de México, no la consideraba un obstáculo insuperable; tenía la firme creencia de que ganarla y someterla sería un asunto de poco tiempo. El valor y la determinación de sus hombres, comparables a leones y tigres feroces, estaban listos para acabar con sus enemigos.

Con un espíritu piadoso y buscando evitar grandes pérdidas, Cortés manifestó su deseo de conducir la guerra con moderación y disciplina. No quería que se cometieran actos de crueldad y, al mismo tiempo, buscaba iniciar la contienda con su apoyo, llevando a cabo la jornada con la mayor templanza posible. Su objetivo no era matar ni cobrar enemigos, sino ganar amigos y ofrecer una nueva ley y doctrina en nombre del gran Señor, el Emperador, quien lo había enviado.

Tras pronunciar estas palabras y otras que consideró oportunas para la ocasión, los naturales de Tlaxcala, representados por los cuatro Señores de las cabeceras o parcialidades, respondieron de manera resuelta que la guerra debía comenzar según lo considerara mejor Hernando Cortés. Se comprometieron a ayudarlo, asegurando que lo seguirían en la contienda, atribuyéndose a sí mismos la gloria de la decisión y la organización para la guerra.

Cortés, con el mayor fervor, les expuso el plan y la importancia de la guerra, logrando que cada uno diera su opinión, algunas en contra y otras a favor. Finalmente, los Señores de Tlaxcala y sus capitanes acordaron que, antes que nada, debían conquistar la provincia de Tepeyacac y sus alrededores, así como las otras provincias sometidas a los Mexicanos. Argumentaron que al hacer esto, cortarían las raíces del árbol, debilitando a la ciudad de México, que quedaría aislada y sin posibilidad de recibir socorro. Esta estrategia permitiría conquistar sin un gran riesgo de perder muchas vidas.

Tomar México significaría que el resto de las provincias se someterían con mayor facilidad. En cambio, si no se realizaba esta acción, la resistencia mexicana podría prolongar la guerra y causar muchas bajas, ya que los vasallos acudirían en defensa de su Rey y su República. Así, los Tlaxcaltecas afirmaron que esta estrategia había sido propuesta por ellos, destacando el heroísmo y la sagacidad de su plan.

Con este acuerdo, se inició la guerra, conquistando y sometiendo todo el reino, especialmente las áreas circundantes a México, desde donde se sospechaba que podrían llegar refuerzos. A través de esta estrategia, se logró la conquista y pacificación de toda la región, lo cual se celebró como un gran triunfo a la gloria de Dios. Esta narrativa es relatada de manera elocuente por los escritores que abordan la conquista de México, destacando la importancia de estas decisiones estratégicas.

 

Capítulo octavo

Que trata de la introducción del Sagrado Evangelio y de las dificultades que para ello obo.

Tras haber conquistado la ciudad de México y pacificado gran parte de la Nueva España, como se ha mencionado, llegaron de España en 1524 los doce frailes de la orden de San Francisco, lo que llenó de gozo y satisfacción a Fernando Cortés. Este los recibió con gran veneración y respeto, lo que se convirtió en uno de los mayores ejemplos de su nobleza y valor, dejando una huella imborrable en la historia de la tierra. Su memoria perdurará hasta el final del mundo, ya que, humillado y de rodillas, besó las manos del Reverendo Padre Fray Martín Valencia, custodio de los frailes. Este acto de devoción y humildad fue un gesto heroico que impulsó a los nativos a acercarse a la conversión a nuestra Santa Fe, como sucedió posteriormente. De este modo, la devoción con la que estos santos varones fueron recibidos hizo que los indígenas valoraran a los sacerdotes y servidores de Dios, especialmente a los maestros de doctrina de San Francisco.

Con la llegada de estos benditos padres, comenzaron a trabajar en la conversión general de los nativos y a organizar la erradicación de la idolatría sin causar escándalo ni alboroto. Siguiendo este noble propósito, empezaron a derribar los ídolos de los templos, mostrando un celo edificante por extirpar y desarraigar los ritos infernales que prevalecían entre la gente. Quemaron horrendos simulacros, arrojándolos al suelo sin que nadie se atreviera a impedírselo.

En esta sublime labor, comenzaron a predicar el sagrado evangelio y la doctrina de Nuestro Dios y Salvador Jesucristo, con la ayuda de muchos niños hijos de caciques y señores que fueron instruidos en los fundamentos de nuestra Santa Fe Católica. Su trabajo dejó una profunda impresión en esta nueva tierra. A medida que avanzaban, comenzaron a alejar a los nativos de las muchas mujeres que tenían y de otros ritos de idolatría y supersticiones, incluyendo sacrificios horrendos y crueles que implicaban sangre humana ofrecida al demonio.

Les prohibieron usar orejeras ni bezotes, y establecieron que los hombres no debían tener más de una esposa y las mujeres más de un marido. Esto debía hacerse bajo la autoridad de Nuestra Santa Madre Iglesia y con el consentimiento de los ministros de Dios. Asimismo, se les pidió que abandonaran los bragueros y usaran zaragüelles y camisas, consideradas vestimentas más honorables, en lugar de andar desnudos como solían hacer.

Sin embargo, algunos caciques y líderes se mostraron rebeldes y pertinaces. A pesar de haberse bautizado, volvieron a sus antiguas idolatrías y costumbres. Por esta razón, Hernán Cortés, con el consentimiento de la Señoría de Tlaxcala, ordenó que fueran ahorcados aquellos que persistieron en sus viejas prácticas.

Solo diremos que, tras haber arraigado y extendido la fe, *a medida que se propagaba la ley evangélica*, Don Gonzalo Tecpanecatl Tecuhtli, señor de la cabecera de Tepeticpac, guardaba escondidas en su casa las cenizas de Camaxtli, un ídolo muy venerado entre los nativos de esta provincia. Estas cenizas estaban ocultas en un oratorio, y él pasaba gran inquietud y desasosiego por esta carga. Sufría numerosas alteraciones, desgracias y calamidades en sus haciendas, ya que el demonio lo atormentaba. No se atrevía a confesar a nadie el mal que tenía escondido en su casa, temiendo por su reputación y por ser considerado un mal cristiano.

Sin embargo, durante una Semana Santa, conforme a lo que prescribe la tradición, se confesó con Fray Diego de Orarte, un religioso de la Orden de San Francisco. En el transcurso de su confesión, reveló a este santo varón que tenía en su casa las cenizas del ídolo Camaxtli. Explicó que había ocultado esta información por temor a ser juzgado, pero que ahora, al conocer a Dios y comprender el engaño en el que había vivido, se sentía obligado a confesarlo. Aseguró que estaba dispuesto a obedecer cualquier mandato sobre aquellas reliquias de su idolatría.

El buen religioso le ordenó que trajera las cenizas, advirtiéndole que no podría absolverlo hasta que las entregara, ya que de otro modo no podría *absolverlo ni bendecirlo con su agua352*. Así fue como Don Gonzalo Tecpanecatl Tecuhtli llevó las cenizas del ídolo Camaxtli y se las entregó. Luego, el padre Olarte las quemó en su presencia, arrojándolas al suelo con gran desprecio. A continuación, predicó al señor Gonzalo con fervorosas exhortaciones, quien sintió un profundo dolor y arrepentimiento, llorando por sus culpas y pecados.

Así, durante la semana del Jueves Santo, mientras se disciplinaba ante una imagen de Nuestra Señora, entregó su alma a Dios Nuestro Señor, después de haberse confesado y comulgado. Lo encontraron muerto y de rodillas ante la imagen de Nuestra Señora, en el hospital de la Anunciación. De este modo, dejamos consignado el destino de las cenizas del ídolo Camaxtli, como prometimos.

Con el tiempo, las cenizas de este ídolo se desbarataron y se desprendieron de las envolturas que las contenían. En un pequeño cofrecillo de madera, se hallaron en las cenizas unos cabellos rubios, ya que los ancianos afirmaban que el ídolo había representado a un hombre blanco y rubio. Además, encontraron entre las cenizas una piedra esmeralda, que solían colocar a los hombres ilustres en medio de sus cenizas, elaboradas con la sangre de niños sacrificados para este propósito. Se decía que esas piedras eran el corazón de los hombres valientes.

A partir de ese momento, reinó la paz en las casas y haciendas de los herederos de Don Gonzalo. Sin embargo, este episodio no fue el único digno de mención, ya que ocurrieron otros acontecimientos significativos.

Fray Jerónimo de Mendieta, un fraile de la Orden de San Francisco, ha escrito extensamente sobre los sucesos relacionados con la conversión de los nativos de esta tierra. En este contexto, encontramos la ocasión de abordar algunas historias memorables.

Un cacique llamado Don Cristóbal Axotecatl, líder del pueblo de Atlihuetza, que estaba bajo la jurisdicción de Tlaxcala, martirizó a su hijo, también llamado Cristóbal. Debido a su corta edad, los religiosos lo llamaban cariñosamente "Cristobalito". Tras haberse bautizado y adoptar el nombre de Cristóbal, su padre Axotecatl volvió a la idolatría. Para evitar que su hijo sintiera su influencia, lo envió a vivir con los frailes en el monasterio de Tlaxcala, con la intención de que fuera instruido en los principios de nuestra Santa Fe.

Fue la voluntad de Nuestro Señor que, en muy poco tiempo, Cristobalito se convirtiera en un excelente cristiano, y los religiosos lo valoraban tanto que no podían estar sin él. El joven iba a ver a su padre, Don Cristóbal, en numerosas ocasiones, para predicarle sobre los fundamentos de la fe cristiana, explicándole la doctrina y reprobando su idolatría. Le rogaba, como buen hijo que era y por el amor que le profesaba, que abandonara la idolatría, se convirtiera a Dios y le sirviera. Sin embargo, su padre, endurecido y obstinado, nunca quiso creerle ni prestar atención a sus consejos.

Ante esta situación, Cristobalito pidió a su madre que hablara con su padre, rogándole que, como estaba bautizado, siguiera la fe de los cristianos, se volviera a Dios y renunciara a sus ídolos, ya que esto le causaba una gran afrenta y no se atrevía a mostrarse ante sus maestros religiosos.

Viendo que su padre continuaba sirviendo al demonio y a ídolos de piedra y palo, Cristobalito instó con gran fervor a su madre para que intercediera ante su padre, rogándole que se volviera a Dios y abandonara la idolatría. La madre, reconociendo la razón de su hijo, suplicó a Don Cristóbal que regresara a la ley de Dios, resaltando cuán buena, limpia y pacífica era, y que dejara de adorar a los ídolos, tal como le había enseñado el fraile de Santa María, que así los llamaban en aquel tiempo. Sin embargo, esta súplica resultó tan odiosa para Don Cristóbal Axotecatl que mandó matar a su esposa.

Tras la muerte de su madre, Cristobalito se presentó ante su padre con aún más fervor y valentía, exhortándolo a que abandonara la idolatría y dejara de servir a los ídolos. Le advirtió que, si no lo hacía y no se enmendaba, él mismo quitaría los ídolos y los revelaría. Le rogó que, como su padre y principal en la República de Tlaxcala, no comprometiera su reputación ni la obediencia y el respeto que le debía como hijo, ya que en tal caso no podría mantener ningún decoro. Le amenazó con quemar los ídolos.

Estas palabras enfurecieron a Don Cristóbal Axotecatl, quien, lleno de ira, un día mandó llamar a Cristobalito mientras este estaba tranquilo y seguro en servicio de los religiosos. En su presencia, le reprochó: “¿Cómo es posible que te haya engendrado para que me persigas y te opongas a mi voluntad? ¿Qué te importa la ley que yo decida seguir? ¿Es este el pago por la crianza que te he dado?” Enfurecido, arremetió contra su hijo, golpeándolo con una porra hasta hacerle pedazos la cabeza y matarlo.

Después de su muerte, mandó echar el cuerpo de Cristobalito en una foguera que había encendido en su propia casa, pero como no se consumía, decidió sacarlo de allí y enterrarlo en un lugar secreto bajo un terraplén.

Pocos días después, los religiosos notaron la ausencia de Cristobalito, quien no solía faltar tanto tiempo. Se preocuparon y empezaron a buscarlo con gran diligencia, sospechando que algo malo había ocurrido. Al no encontrarlo tras varios días de búsqueda y a través de indicios, lograron descubrir que su padre, Don Cristóbal, había asesinado a su hijo y a su esposa. Por confesión de Don Cristóbal, se reveló cómo y por qué los había matado y donde los tenía enterrados en su recámara.

Debido a estos hechos y a otros delitos, Don Cristóbal Axotecatl fue juzgado y condenado a muerte por Don Martín de Calahorra, quien conoció del caso, y fue ahorcado por orden de Cortés. Los religiosos de la época, al conocer la verdad, desenterraron los restos de Cristobalito y de su madre, llevándolos al monasterio de Tlaxcala, donde, con certeza piadosa, se cree que fueron mártires madre e hijo.

Lo mismo sucedió en el pueblo llamado Santiago Tecalco, que hoy se conoce como Santiago Tecalpan; otros lo llaman Tecalli. Este pueblo está bajo la encomienda de los sucesores de Don Francisco de Orduña, a quien se le confió.

Ciertos religiosos que salieron de Tlaxcala a predicar recorrían la comarca, acompañados de unos niños a quienes habían doctrinado, con la tarea de buscar y descubrir ídolos y algunos idólatras que se mostraban reacios a convertirse a la fe de Jesucristo. Una noche, los Caciques de aquel pueblo invitaron a cenar a tres de ellos, pero aquella misma noche planearon asesinarlos. Sin embargo, los niños, alertados por algunos avisos de otros indios y, se puede decir, por inspiración divina, lograron huir; dos de ellos se escondieron y escaparon.

Desafortunadamente, uno de los niños, natural de Tlaxcala y de apenas quince años, fue alcanzado y asesinado aquella noche. En esos tiempos, los naturales no usaban dagas, puñales ni cuchillos, sino que empleaban porras de palo pesado, conocidas como macanas, para golpear a quienes deseaban matar. Así fue que este niño, a pesar de recibir numerosos golpes en la cabeza que le dejaron el cráneo hecho pedazos y magullado, nunca perdió la conciencia. Se encomendó a Dios y, a gritos, clamaba que lo que le hacían era por amor a Dios, afirmando que no le importaba morir, pues daría su vida con gusto si ello significaba que ellos se bautizasen y creyesen en Dios. Aun en medio de su agonía, insistía en que, aunque muriese y perdiese mil vidas, no dejaría de decirles que se bautizasen, se convirtiesen a Dios y abandonasen la idolatría.

Y así, hecho pedazos, murió como hemos relatado, siendo natural de su propio pueblo.

Y aunque durante todo el tiempo en que lo estaban matando, el niño predicaba y reprendía a sus agresores, esto sucedió toda la noche hasta el día siguiente. Sus compañeros, al ver que no podían evitar el mismo destino, decidieron abandonarlo y huyeron a Tepeyacac, donde informaron a los frailes sobre lo sucedido y cómo los Tepalcanecas habían asesinado a uno de sus hijos, lo cual les causó gran tristeza. Sin embargo, en esos días, la justicia no se aplicaba y no había castigo para los excesos, *pues se buscaba no alterar a los naturales*, y así esta crueldad quedó sin sanción.

Estos casos ocurrían en diversas partes de la tierra, aunque algunos afirman que los culpables fueron castigados *y se hizo justicia respecto a los asesinos; sin embargo, muchas de estas atrocidades quedaron impunes, como hemos mencionado*. También sucedieron muchas otras tragedias de las que no se tiene un registro completo, ya que el paso del tiempo y la desatención de nuestros españoles las han llevado al olvido.

Recuerdo que en la Ciudad de México, catorce años después de que Cortés conquistara y pacificara toda la tierra, mientras caminábamos con otros muchachos, hijos de españoles, por los barrios de los naturales, fuimos perseguidos por unos indios. De los seis o siete que íbamos, capturaron a un compañero y nunca más se supo de él. Además de este, aquellos que podían, robaban a los demás para comerlos o para convertirlos en indios.

Dejando esto a un lado, que era lo de menos, los españoles que viajaban solos hacia otros pueblos y provincias eran asesinados y desaparecían sin dejar rastro. Esto continuó hasta que se tomó una medida, y se ordenó a los Caciques y reyes que tuvieran cuidado con los españoles que viajaban a otros pueblos. En ese entonces, se les llamaba cristianos, pues también lo eran; se les instruyó que a partir de entonces no los llamasen cristianos, sino españoles o Castillecas, que es lo mismo que decir Castellanos. No obstante, hoy en día aún se les llama cristianos.

Con este nuevo orden, se empezó a tener mucho más cuidado y atención hacia nuestros españoles, *y los naturales debían informar sobre ellos* a dondequiera que fuesen, entregándolos a las comunidades que visitaban y llevando un registro de su paradero. Se documentaba su edad, si viajaban a pie o a caballo, y la vestimenta que llevaban, especificando colores y estilos. A partir de entonces, prácticamente no desaparecían, excepto aquellos que salían de México hacia Guatemala, Chiapas, Honduras, Nicaragua y otras tierras remotas que aún estaban en guerra y por pacificar.

 

Capítulo nueve

Que trata de los sucesos que obo en la Nueva España hasta la partida de Don Antonio de Mendoza, primer virrey desta Nueva España.

Habiendo tratado sumariamente sobre los eventos ocurridos en esta tierra y la llegada de los primeros españoles, es pertinente hacer una breve reflexión sobre los tiempos, aunque se aparte de nuestro objetivo principal, sin salir de los límites de nuestra instrucción. Una vez pacificada la tierra y aquietados sus habitantes, se procedió a la pacificación del reino y a la reforma, reconstrucción y población de la insigne y opulenta Ciudad de México, que había quedado tan devastada por las guerras. Cortés dio las mejores órdenes que pudo, mandando construir casas y calles al estilo europeo, estableciendo un principio y un fundamento que perduran hasta el día de hoy, en continuo crecimiento y desarrollo.

Desde esta ciudad, se enviaron personas principales a todas las provincias, reinos y señoríos de Moctezuma, con el fin de facilitar su gobierno y poblarlas con españoles. Así, Juan Saucedo fue enviado al reino de Michoacán; D. Pedro de Alvarado a Guatemala; Gonzalo de Sandoval a Pánuco; Francisco de Montejo a Yucatán, Tabasco, Campeche y Champotón; y Juan de Mazariegos a Chiapas. A las provincias de las Hibueras y Honduras, Fernando Cortés fue personalmente, dejando en esas tierras como capitán y teniente a Cristóbal de Olid, quien luego fue asesinado por Francisco de las Casas y Juan Núñez Mercado por órdenes de Cortés, debido a las sospechas de que se alzaba con aquel reino.

Una vez consolidada esta pacificación, Nuño de Guzmán llegó como gobernador de las provincias de Pánuco, México y Nueva Galicia. Durante su paso por el reino de Michoacán, hizo ajusticiar al rey Catzontzin con crueles tormentos, que le causaron la muerte, ya que este se negó a revelar el tesoro que poseía y las minas de plata de su tiempo. Desde Michoacán, Nuño de Guzmán se dirigió a las provincias de Jalisco y Culhuacán, donde llevó a cabo grandes abusos, tiranías y crueldades contra los habitantes de aquellas tierras. Debido a sus excesos, el emperador D. Carlos V, *Rey y Señor nuestro de gloriosa memoria*, ordenó que lo llevaran preso a los reinos de Castilla. Antes de su partida, estuvo mucho tiempo encarcelado en la prisión pública de México, hasta que fue llevado a Valladolid, donde residía la Corte de Su Majestad, y allí Nuño de Guzmán terminó su vida desventuradamente, inmerso en pleitos y contiendas, defendiendo sus causas en condiciones de gran pobreza y miseria.

En este lugar, trataremos de manera breve y sumaria las grandes contiendas y alteraciones que surgieron en la Ciudad de México a raíz de la expedición de Cortés a Hibueras. Estas disputas se originaron únicamente por la ambición y el deseo de poder. El conflicto central giraba en torno a quién de los oficiales reales debía asumir el gobierno de la tierra, lo cual debió ser el principal objetivo de cada uno de ellos. Esta discordia se intensificó entre los oficiales de Su Majestad debido a las comisiones que Cortés había dejado a los siguientes: el factor Gonzalo de Salazar, el tesorero Alonso de Estrada, el veedor Peralmíndez Chirinos y el contador Rodrigo de Albornoz.

La contienda se desató por la noticia de que Cortés había muerto, junto con muchos de sus compañeros en aquella ardua jornada. Esta noticia generó tensiones entre los oficiales, ya que cada uno pretendía gobernar por su cuenta y animaba a sus amigos a seguir su propia opinión. En medio de esa ambición sediciosa y en el apogeo de sus ilusiones desmedidas, llegó la buena nueva de que Cortés estaba vivo y había regresado a Nueva España, habiendo enfrentado grandes desafíos y sucesos inauditos en su expedición a Hibueras, como se detalla en las crónicas, y en particular en el tratado de Francisco de Terrazas sobre el aire y la tierra.

Con la llegada de Cortés, muchas diferencias y obstinadas disensiones causadas por eventos pasados cesaron, pero surgieron nuevos conflictos pesados que dieron lugar a sediciones por parte de hombres inquietos y bulliciosos, deseosos de alterar la paz en la tierra. Gracias a su llegada y a su sabia prudencia, Cortés logró apaciguar la situación mediante los mejores medios que pudo, estableciendo un nuevo orden en el gobierno y en la reconstrucción de México. No dio lugar a la tiranía que pretendían los nuevos gobernadores, quienes, bajo el título de oficiales de Su Majestad, buscaban usurpar la fama y gloria del valeroso Cortés, quien había logrado tanto, eternizando su reputación. Estos intentos de desacreditar y minimizar sus heroicas proezas fueron llevados a cabo por sus émulos y adversarios, quienes escribieron en su contra al emperador y al Real Consejo.

Al observar los perniciosos planes maliciosos de aquellos que pretendían perjudicarlo, Cortés decidió irse a los reinos de Castilla y alejarse de las llamas de aquel encendido conflicto. Consciente de las razones que lo movían, la principal fue buscar un remedio para contrarrestar la venenosa influencia de sus contradictores, quienes intentaban desestabilizar su buena reputación ante el emperador. Cortés anhelaba que su causa no pereciera por su ausencia, y consideró que la mejor opción era presentarse personalmente ante su rey, ofrecerle su obediencia como su leal vasallo, y recordarle el servicio que le había prestado al conquistar esta tierra del Nuevo Mundo en su nombre, alejándose así de sus enemigos.

Con este planteamiento, se embarcó y zarpó, y fue tal y tan próspero el viaje que realizó, que en solo treinta y ocho días llegó al puerto de San Lúcar desde el día en que partió de la Villa Rica, llevando consigo provisiones y matalotajes muy inusuales. Con su llegada, cesaron grandes inquietudes que habían llegado a los oídos de Su Majestad y de su Real Consejo debido a las calumnias de sus adversarios.

Al llegar a los reinos de Castilla, se dirigió directamente a los pies del emperador, Señor clementísimo. Todo le sucedió tan favorablemente y con tanta facilidad, que Su Majestad se sintió muy complacido. Le otorgó numerosas y grandes mercedes, le concedió el título de Marqués y le unió en matrimonio con Doña Juana de Zúñiga, hija del conde de Aguilar. Además, le envió de regreso a esta Nueva España, honrado y favorecido, con grandes ventajas, beneficios y privilegios especiales, nombrándole Capitán General de esta Nueva España, tanto de lo ya conquistado como de lo que aún estaba por ganar y descubrir. También le otorgó el título de Almirante de la Mar del Sur.

Todas estas mercedes son otorgadas a quienes sirven leal y bien a sus reyes, especialmente a príncipes cristianísimos, como fue el emperador Don Carlos, de gloriosa memoria, y a nuestro invictísimo rey Don Felipe (que Nuestro Señor lo guarde muchos años).

Después de su llegada a los reinos de Castilla con tanta gloria y pujanza, y tras dar un nuevo rumbo a los asuntos de esta tierra, emprendió un viaje y una nueva navegación por la Mar del Sur en busca de las islas que en aquel tiempo se conocían como Islas de Salomón, así como de la Isla de Tarsis y California. Sin embargo, esta aventura resultó muy mal y de manera siniestra, ya que casi perdió todos sus navíos. Pasó más de un año extraviado en el gran río del Tyzón y California, enfrentándose a grandes dificultades que hicieron que temiera por su vida y la de su gente, tanto por hambre como por la falta de poblaciones que conocía a través de relatos. Aunque la costa por donde navegaba estaba habitada por muchos indígenas y poblaciones, era la más desnuda y bárbara, habitada por personas que vivían como árabes y eran extremadamente pobres, sin conocimiento del oro ni de la plata.

Al no contar con los medios para continuar debido a la pérdida de sus navíos y tras sufrir tantas penalidades, decidió regresar a esta tierra, aunque con una considerable pérdida de hombres y bienes. No obstante, no se dejó desanimar por las adversidades. Después de esto, intentó realizar la navegación hacia las Islas de la Especiería, que en ese momento se conocían como las Malucas y la tierra firme de la gran China. Así, armó una expedición, siendo Álvaro de Saavedra Cerón el general de la armada; el maestre y piloto de esta expedición fue un hombre llamado Maestre Corzo, uno de los que acompañó a Magallanes. Esta fue la primera navegación que se llevó a cabo desde esta tierra hacia las islas que ahora se conocen como Filipinas, y fue la segunda expedición que se realizó por la Mar del Sur de esta Nueva España durante la época de Fernando Cortés. Desafortunadamente, esta armada se perdió y algunos de los nuestros quedaron en la gran India de Portugal.

Estando Cortés en búsqueda de California, llegó de España D. Antonio de Mendoza, quien fue designado como Virrey de esta Nueva España, presidido en la Real Audiencia de México por D. Sebastián Ramírez de Pedraza, quien luego se convirtió en Obispo de Santo Domingo en la Isla Española. D. Antonio de Mendoza fue un caballero destacado, hermano del Marqués de Mondéjar, y fue el primer Virrey que llegó a esta Nueva España en el año 1534. Gobernó con tal valor, prudencia, sagacidad y devoción cristiana que pacificó, allano y estableció el orden en toda la tierra y sus poblaciones.

Durante el tiempo en que este tan cristiano príncipe gobernaba la Nueva España, se organizó la segunda navegación hacia las Islas de la Especiería, la cual fue financiada por él y realizada en compañía de D. Pedro Alvarado. El Capitán Ruy López, natural de Villalobos, fue el general de esta armada, y el maestro Corzo, quien ya habíamos mencionado, actuó como piloto. Sin embargo, esta jornada y navegación resultaron ser tan infelices y desdichadas que se perdió toda la expedición sin lograr ningún resultado. La mayoría de su gente falleció y no quedó nadie para regresar con los navíos.

De esta experiencia se originó la creencia de que, debido a las fuertes corrientes y vientos contrarios, los navíos no podían regresar a la Nueva España. Esta ironía persistió durante muchos años, sosteniendo que no se podía navegar por debajo de la línea ecuatorial, a pesar de que ya se conocían las rutas y navegaciones de todos los mares del mundo. La habilidad y astucia de los hombres habían avanzado tanto que ya podían comprender y alcanzar lo que Dios les había otorgado, haciendo que todo se volviera más accesible y comprensible.

Finalmente, los sobrevivientes de esta navegación llegaron a la India de Portugal, donde fueron apresados. Entre ellos estaban García de Escalante, Güido de la Bazares y Fray Antonio de Urdaneta, de la Orden de San Agustín, a quien se atribuye haber cruzado el estrecho de Magallanes. Estos trajeron de la India el jengibre, y se dice que Güido de la Bazares lo obtuvo de manera astuta y lo llevó a Castilla. Desde allí, lo trajeron a esta Nueva España y lo sembraron en Cuernavaca, en la huerta de Bernardino del Castillo, de donde proviene la cantidad que hoy se encuentra en las Islas de Santo Domingo y que se envía a España en las naos cargadas de Barlovento.

Durante el tiempo de este Virrey, se organizó otra armada que él mismo mandó a construir para la California. Francisco de Alarcón fue designado como general, y Marcos Ruiz como maestre de campo. Sin embargo, esta armada también se perdió sin obtener ningún resultado, regresando al Puerto de la Purificación.

En este período, se llevó a cabo la expedición hacia la tierra nueva conocida como las siete ciudades, financiada por D. Antonio de Mendoza. Francisco Vázquez Coronado fue el general de esta entrada, que se denominó la jornada de Tribola. Esta expedición había sido anunciada por Fray Marcos de Niza, quien había sido provincial de la Orden de San Francisco y afirmaba haber visto las siete ciudades personalmente, así como otras tierras y provincias. Sin embargo, esta entrada también resultó en un fracaso, a pesar de que contaba con más de mil españoles, que eran personas de gran renombre y habilidad.

Francisco Vázquez Coronado, natural de Salamanca en los Reinos de Castilla, era una persona de alta calidad y renombre. Lope de Samaniego, quien fue alcalde de las Atarazanas de México, actuó como maestre de campo, y D. Pedro de Tobar fue el alférez general. Tras la muerte de Samaniego, quien fue asesinado por los indios de Chiametla, D. Tristán de Arellano y Luna asumió el cargo de maestre de campo. También se unieron muchos caballeros destacados, como D. Diego de Guevara, D. García de Cárdenas, capitán de la gente de a caballo, D. Rodrigo Maldonado, Pablos de Malgoza, y los hermanos Barriosnuevos, entre otros muchos personajes de renombre y valor. Para evitar prolijidades, no se presenta un catálogo exhaustivo de todos ellos.

No pasaron pocos trabajos y peregrinaciones en aquellas tierras tan desiertas, remotas y apartadas, extensas y despobladas, sin encontrar nada que pudiera servir para poblar ni que satisficiera a una nación tan arrogante y belicosa como la nuestra, que participaba en esta insigne entrada y armada que se organizó por la mar del Sur y las costas de California, bajo el mando del general Francisco de Alarcón. Esta expedición se llevó a cabo con la intención de que, si Vázquez Coronado encontrara algún buen descubrimiento, se comunicara y tratara con esta Nueva España. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario, ya que ni uno ni otro logró el efecto deseado.

Cansado Vázquez Coronado de recorrer tantas y tan extensas tierras despobladas y al no encontrar nada bueno en el camino, decidió regresar a la Nueva España. Por su parte, Francisco de Alarcón también se volvió a México porque no pudo hallarse en el pasaje donde se había planeado su viaje. Aguardó más tiempo del que indicaba su instrucción y temía que su gente se enfermara, ya que estaban escaseando los víveres y el equipo.

Con el regreso de Alarcón, D. Antonio de Mendoza se vio en una situación difícil. Había sido muy cercano y privado de Mendoza, quien lo había tenido muchos años como maestre sala. Sin embargo, Alarcón causó envidia y descontento en D. Antonio de Mendoza al enviar encubiertamente al emperador Carlos una relación más amplia y detallada de la tierra de California, pretendiendo llevar a cabo por su cuenta la conquista y descubrimiento de aquella costa del mar del Sur. Creía que aquellas tierras estaban cercanas a la gran China o que había una breve navegación desde allí hasta la Especiería. A raíz de los trabajos que sufrió al verse en desacuerdo con el virrey, Alarcón enfermó y finalmente murió en el Marquesado de Cuernavaca.

Retomando nuestro asunto e intento principal, como hemos mencionado, Francisco de Alarcón, al llegar al pasaje donde debía encontrarse con Vázquez Coronado, al notar su dilación decidió regresar. En aquel lugar, dejó algunas brozas y debajo de ellas enterró botijas que contenían cartas en las que relataba el día, mes y año de su estancia y llegada, así como el tiempo que esperó hasta su retorno. Hizo esto para que, si alguna gente llegaba allí, supiera lo que había ocurrido con aquella armada, evitando así que se quedaran esperando su embarcación. Esto sucedió en el año 1539 y también en 1541. Ambas armadas, tanto marítima como terrestre, fueron enviadas personalmente por D. Antonio de Mendoza, Virrey de esta Nueva España: una de ellas dejó a Francisco Vázquez Coronado hasta Compostela de la Nueva Galicia, y la otra, bajo el mando de Francisco Alarcón, partió hacia el Puerto de la Purificación, en la costa del mar del Sur.

Si Francisco Vázquez Coronado, en lugar de dirigirse hacia el Sur y el Poniente, hubiera torcido hacia el Norte y alcanzado la latitud de treinta y seis grados, habría encontrado grandes poblaciones. Y si hubiera continuado más allá de los llanos de Tríbola, Tiguer, Quibira y el Valle de Señora, donde se halló una gran cantidad de vacas, esas tierras estarían pobladas hasta el día de hoy.

Estas vacas son pequeñas y los toros tienen cuernos corcovados; su cornadura es pequeña y se asemejan a búfalos. Este tipo de animales se encuentra en extensas tierras y llanos que parecen no tener fin, y la mayor parte de ellos habita en los llanos de Tríbola, donde los nuestros permanecieron más de un año. Mientras tanto, Francisco Vázquez Coronado, con trescientos hombres, se adentró en el país hacia el Poniente, sin hallar ninguna población de gente congregada, y se detuvo allí seis meses, recorriendo más de cien leguas, donde se encontraban estas vacas. Allí recibió noticias y señales de los indios, quienes le informaron que a diez jornadas de distancia había gente que vestía como ellos y que navegaban en grandes embarcaciones, mostrándole por señas que usaban la ropa que ellos usaban. Sin embargo, no se dirigió hacia esas poblaciones, pues prefería regresar a los que había dejado en los llanos de las vacas, ya que se estaba agotando el tiempo que había planeado para volver.

Por comisión de D. Antonio de Mendoza, tras la guerra de Xuchipila y Xalisco, se hizo necesario este descubrimiento debido al creciente aumento de ganado mayor, que estaba causando daños a los indios de Paz. Como resultado, muchas estancias en el Valle de Tepepulco, Atzumpa y Toluca, donde se ubicaban las primeras fincas de ganado mayor, se despoblaron. Los ganados se trasladaron a los llanos donde ahora se encuentran todas las estancias de vacas en la región, que se extienden más de doscientas leguas, desde el río de San Juan hasta más allá de los Zacatecas y los Valles de Guadiatierras de Chichimecas, que no tienen fin. Asimismo, se despoblaron las estancias de ganado mayor en los Valles de Atzompa y Perote, así como en los llanos de Tepepulco y en el Valle de Toluca, entre otros muchos valles.

Con el crecimiento de la población española, estas tierras se han ido poblando, especialmente las costeras de Pánuco y Nautla, que incluyen los llanos de Almería, y desde allí las estancias de Putingo, Mazautla y Veracruz, así como otras tierras cálidas de Tlalixcoyan, a lo largo de la costa de Cohuatzacoalcos, que llegan hasta el río de Grijalva. Es increíble la cantidad de ganado que se cría y aumenta en estas regiones; si no se viera con los propios ojos, sería difícil de creer y cuantificar. Sin embargo, se sostiene que la carne de los ganados criados en los Chichimecas es de mejor calidad que la de las tierras cálidas, al igual que la de los Valles de Atzompa, Tecamachalco, Villa de Atlixco, Perote, Alfaxayucan, Teotlalpa, Tepepulco y el Valle de Toluca, donde se producen carnes de gran sustancia y finísimas lanas.

Cabe señalar que existe la opinión de que las carnes de las Indias no son tan sustanciosas ni tan sabrosas como las de Castilla. Sin embargo, se puede argumentar que la carne de los ganados criados en tierras calientes es de poco sabor y menos sustancia, ya que, en efecto, son más blandas y menos nutritivas. Por el contrario, las criadas en tierras frías y en Chichimecas, tanto de vaca como de carnero, son tan buenas, sabrosas y sustanciosas como las que se consumen en Madrid, Valladolid y Medina del Campo. No se debe juzgar este tema sin haber experimentado ambas realidades; es posible que la escasez de carne en Castilla haga que se aprecie más lo que se consume allí, por carecer de la abundancia que tenemos aquí.

Durante el gobierno de este benévolo Virrey, se descubrió la navegación hacia Perú desde estas tierras, por el Mar del Sur. Se construyeron navíos y se emprendió un viaje al Collac de Lima. Este descubrimiento fue realizado a costa y minción de Diego de Ocampo, un caballero de gran relevancia, natural de la Villa de Cáceres en los Reinos de Castilla. Ocampo, habiendo sido uno de los conquistadores y pacificadores de este Nuevo Mundo, se dedicó a realizar este valioso descubrimiento hasta lograrlo.

Mientras este buen príncipe, D. Antonio de Mendoza, gobernaba con tanta paz y tranquilidad, llegó desde España Tello de Sandoval como visitador de esta tierra. Este visitador se reunió con el Virrey, la Audiencia Real y los Oficiales de su Majestad. Su misión era publicar y ejecutar las nuevas leyes que se habían promulgado en las Cortes de Malinas en favor de los indios, las cuales garantizaban la libertad de los indios esclavos y prohibían el uso de Tamemes, así como cualquier carga a los indígenas. Se buscaba eliminar sin remisión los servicios personales que debían prestar, aunque fueran remunerados.

La publicación de estas leyes provocó grandes alteraciones y llevó a la tierra a un estado de posible deterioro. Sin embargo, gracias a la sagacidad de D. Antonio de Mendoza, la situación se calmó y se restableció la paz. Las leyes no se ejecutaron de inmediato, sino que se introdujeron de forma gradual, permitiendo que los esclavos existentes fueran liberados con el tiempo, y se implementaron medidas para que las leyes se cumplieran de manera ordenada.

Como resultado de esta visita, se realizó un cambio en toda la Audiencia, los Oficiales Reales y el Virrey D. Antonio de Mendoza. Este acontecimiento tuvo lugar entre los años 1544 y 1546, un periodo de tres años de visitas y de Virreinato en esta Nueva España. Ya en su vejez, D. Antonio de Mendoza fue designado Virrey de los Reinos del Perú, donde gobernó durante tres años con gran paz y sosiego hasta su muerte. Fue uno de los más renombrados Gobernadores que Su Majestad envió a estas tierras: cristianísimo, de buen ejemplo y vida, discreto, sabio y prudente. Su nombre y fama resplandecen en esta tierra, y sus heroicas obras son testimonio de su legado en este Nuevo Mundo, donde comenzó a gobernar en el año de 1534.

Durante el próspero gobierno del virrey D. Antonio de Mendoza, se descubrió una rebelión que intentaron llevar a cabo los esclavos negros de los españoles, quienes habían convocado a los indios de Santiago Tlaltelolco y México. Esta rebelión resultó en la muerte de otro negro. Tras una investigación legal, se procedió contra los culpables y se hizo justicia, logrando que la tierra permaneciera en calma durante muchos años. Sin embargo, surgió otra rebelión aún más peligrosa que, de no haberse descubierto, habría avanzado considerablemente. Esta fue detectada por Gaspar de Tapia y Sebastián Lazo de la Vega, y los responsables también fueron castigados con rigor. Los principales convocadores de este motín, así como muchos otros involucrados en la conspiración, huyeron hacia el Perú, donde en ese momento se estaba produciendo una insurrección liderada por Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal, su Maestre de Campo. Sin embargo, muchos de aquellos que intentaban escapar fueron capturados en el camino, en lugares como Tehuantepeque y Huaxacac. Los líderes de esta rebelión fueron Juan Román, un oficial de Calecto; Juan Vanegas; y un italiano, quienes fueron justiciados en la Ciudad de México, confesando el delito que habían cometido. Este suceso ocurrió en el año de 1549.

Tras estos eventos, los leales vasallos y servidores de Su Majestad encontraron la paz y la tranquilidad durante muchos años, lo que propició un notable aumento de la población española en Nueva España. Este buen príncipe se preocupó por el asentamiento y la perpetuidad de estas tierras, enviando a España por ganados merinos para mejorar la calidad de las ovejas que habían traído anteriormente, las cuales eran de lanas bastas y menospreciadas.

Durante su gobierno, comenzaron a establecerse los obrajes de paño y sayales, y el comercio de las lanas experimentó un gran crecimiento, ya que los indios empezaron a vestirse con mantas de lana y otros productos que se elaboraban con ella. También se iniciaron las labores de cultivo de trigo y se repartieron muchas tierras, recibiendo un gran apoyo y favorecimiento por parte del virrey. Asimismo, se comenzaron a descubrir numerosos yacimientos de oro, plata, hierro y cobre, incluyendo las minas de Tlachco, Zultepeque y Tzompanco. Además, se empezó a acuñar moneda para facilitar las transacciones entre los españoles, ya que anteriormente solo se comerciaba con barras y tejuelos de oro, lo que resultaba en fraudes significativos. Los indígenas, que no comprendían el comercio más allá de intercambiar directamente bienes, sufrían mucho en estas transacciones. Para evitar tales problemas, se estableció el uso de moneda, como se ha mencionado.

Hubo otro tipo de moneda, que era de cobre, compuesta de cuartos y medios cuartos, con un valor de cuatro y dos maravedís. Esta moneda comenzó a circular entre los españoles e indios, pero resultó ser muy perjudicial para los nativos, quienes se burlaban de su bajo valor y la consideraban insignificante. La percibían como un signo de gran pobreza, y se negaban a aceptarla en sus transacciones. A pesar de la presión y el rigor con que se les obligaba a usarla, en un año o poco más, los indígenas reunieron y arrojaron más de cien mil pesos de esta moneda a la laguna de México para borrar cualquier recuerdo de ella. Desde entonces, ha perdurado la ausencia de su uso en Nueva España, ya que los indios la rescataron y la desterraron de su tierra, considerándola aborrecible y odiosa. Así, desde aquel tiempo, la única moneda en circulación ha sido la de plata, que abarca desde los reales de a ocho hasta los medios reales, todos de muy buena calidad. Durante este periodo, también cesó el comercio de oro en polvo, barras y tejuelos.

Finalmente, bajo el gobierno de este ilustre varón, la Ciudad de México se ennobleció grandemente. Gobernó la ciudad y toda Nueva España de manera cristiana durante siete años. Sin embargo, en su mandato, se produjo una grave peste que causó una alta mortandad entre los nativos de Nueva España en el año de 1545, la cual duró más de seis meses y arruinó y despobló gran parte de la tierra.

Durante su gobierno, se proveyeron varios obispados: el de Guatemala al Lic. D. Francisco Marroquín, clérigo; el de Huaxacac a D. Juan de Zárate; el de Chiapas a Fray Bartolomé de las Casas, de la Orden de Santo Domingo; el de Michoacán a D. Juan Vasco de Quiroga; el de Xalisco a D. Pedro Gómez de Malaver; y el de Tlaxcala a D. Julián Garcés, el primer obispo que llegó a estos reinos. D. Fray Juan de Zumárraga fue el primer obispo de México, antes de que este título se elevase a arzobispado. Este primer obispo de Tlaxcala fue uno de los hombres más doctos en letras que han pasado por aquí, notable por su grandeza de santidad, ejemplo y vida. Se podrían escribir extensamente sobre las grandes virtudes y obras santas de estos hombres, quienes dedicaron sus vidas al servicio de Dios y a la conversión de los indígenas, así como al establecimiento de la Iglesia en estas tierras.

Basta mencionar que, siendo oidor, D. Juan Vasco de Quiroga recibió el obispado de Michoacán y se destacó como un santo de gran perfección. Lo mismo se puede decir de D. Fray Juan de Zumárraga, fraile de la Orden de San Francisco, quien más tarde se convirtió en arzobispo de México. También es digno de mención D. Francisco Marroquín, cuya fama perdura hasta hoy, así como D. Juan de Zárate, obispo de Huaxacac, conocido como “vaca de oro” por su devoción a la Madre de Dios. D. Fray Bartolomé de las Casas, gran defensor de los derechos de los indígenas, fue igualmente un hombre muy erudito. Lo mismo se puede afirmar de D. Pedro Gómez de Malaver, primer obispo de Xalisco. Sin duda, se puede creer piadosamente que son santos bienaventurados que disfrutan de la gloria divina, elegidos por Dios como fundamentos de esta nueva planta, donde florecieron con humildad y pobreza, sin poseer nada que no fuera para los pobres. Eran hombres desprovistos de codicia, ya que en aquel tiempo no dependían de los diezmos, sino muy poco de los quince mil maravedís que aportaba la caja de Su Majestad. Todo esto lo vi con mis propios ojos y conocí a estos bienaventurados prelados y siervos de Dios. Todo esto ocurrió durante el gobierno de D. Antonio de Mendoza.

Florecieron también en estos tiempos muchos religiosos de santa vida, dignos de eterna memoria. No sería razonable dejar de mencionar, aunque sea brevemente, a algunos de ellos. Aunque sé que Fray Jerónimo de Mendieta y otros religiosos han escrito extensamente sobre sus vidas, me tomaré el tiempo para hacer un breve catálogo de aquellos a quienes conocí y recuerdo.

El primero fue Fray Martín de Valencia, custodio que llegó con los doce religiosos que el emperador Carlos V envió a esta Nueva España para la predicación y conversión de los indígenas. También destaco a Fray Domingo de Betanzos, de la Orden de Santo Domingo, un hombre de gran santidad; Fray Pedro Delgado, también de la misma orden; Fray Juan Bautista, de la Orden de San Agustín; Fray Tomás del Rosario, de Santo Domingo; Fray Cristóbal de la Cruz, de la misma orden; Fray Alonso de la Veracruz, Maestro en Santa Teología, un varón muy santo y docto de la Orden de San Agustín; Fray Pedro Medillán, de la misma orden; y Fray Alonso de Escalona, un gran siervo de Nuestro Señor, de la Orden de San Francisco. También estuvieron Fray Diego de Olarte, Fray Francisco Linborne, Fray Juan Bastidas, Fray Juan Ramírez, Fray Andrés Olmos, Fray Juan de Romanones, Fray Juan Osorio y Fray Andrés de Portillo. Todos estos fueron santísimos varones de la Orden de San Francisco, ejemplos de doctrina y virtud. Fueron los primeros doce que llegaron a esta tierra, viviendo de manera santísima y dejando un legado eterno por su doctrina y ejemplo.

Asimismo, hubo en este tiempo clérigos de gran perfección, vida santa y ejemplos dignos de mención. Entre ellos, el canónigo Juan González, el canónigo Santos, el canónigo Rodrigo de Ávila, el canónigo Nava, arcediano de la Catedral de Tlaxcala, y D. Francisco de León, quien dejó su arcedianazgo y murió como fraile de la Orden de San Francisco. Ha habido tantos religiosos de diversas órdenes, tan buenos y santos, que como mencionamos al principio, sería necesario escribir grandes historias sobre cada uno de ellos y sus milagros. Por eso, me remito a quienes han escrito sobre sus vidas, sabiendo que son muchos. Me siento indigno de tratar este tema, y aunque he visto muchas de sus virtudes, doctrinas, sermones y ejemplos, no me considero merecedor de abordarlos en profundidad. Esto sería adentrarse en un vasto océano que está reservado a otros siervos de Dios, quienes han escrito y podrán seguir escribiendo sobre sus actos, sus enseñanzas y el modo en que procedieron en la conversión de los indígenas, iluminados por el Espíritu Santo. Así que, por la brevedad que he prometido, no continuaré en esta línea.

 

Capítulo diez

Que trata de los virreyes que obo en esta Nueva España desde don Antonio de Mendoza.

Habiendo gobernado tan bien y fielmente D. Antonio de Mendoza durante tantos años, llegó de España D. Luis de Velasco como Virrey de esta Nueva España en el año de 1551. Se reunieron los dos virreyes en la Ciudad de Cholula, donde se encontraron y obedecieron las cédulas de Su Majestad. Allí consultaron sobre el gobierno de la Nueva España y el estado en que se encontraban los asuntos de la tierra, así como lo que Su Majestad ordenaba respecto a la buena conservación y aumento de los indígenas. Desde esta ciudad de Cholula, el buen D. Antonio de Mendoza se despidió y partió hacia los reinos del Perú, viejo, cansado y enfermo, cumpliendo con el mandato de Su Majestad. Se despidió de todos como un buen padre, y así fue llorado en toda la tierra, con mucha razón.

El virrey D. Luis de Velasco se dirigió a México y continuó con su sagaz gobierno. Lo primero que hizo fue ordenar la ejecución de los capítulos de las nuevas leyes, liberando a los esclavos y a los Tamemes. Se dispuso que los indígenas no cargasen más. Después de este rigor inicial, que causó gran conmoción en la tierra, su proceder se tornó tan humano y su gobierno tan placentero para todos, que mereció ser llamado, por excelencia, el Padre de la Patria. Visitó personalmente toda su gobernación y logró pacificar la Nueva España.

Durante su mandato, se organizó la armada de la Florida en el año de 1559, bajo el mando del General D. Tristán de Arellano y Luna. Al perderse esta armada, el virrey D. Luis de Velasco envió a Ángel de Villafaña a socorrer y recoger a los sobrevivientes. D. Tristán de Arellano regresó a Castilla al ver la situación perdida. La intervención de Villafaña fue crucial, ya que rescató a quienes estaban muriendo de hambre en esa tierra, pues los suministros que llevaban se perdieron debido a una tormenta. Sin provisiones, la gente perecía, ya que la zona estaba despoblada y era inhóspita.

Al final, Villafaña logró traer de vuelta a la mayor parte de los sobrevivientes a La Habana y de allí a esta Nueva España, dejando despoblada la Florida, que había estado en desorden y desprovista de recursos. Si no hubiera sido por esta situación, podría haber habido un asentamiento exitoso en el nuevo México, ya que muchos capitanes de experiencia, como Matheo de Sauz y Baltazar de Sotelo, estaban de acuerdo en que debían entrar en la tierra adentro.

Este fue el destino de esta gran y destacada armada, cuyo fracaso tuvo consecuencias significativas, pues después se intentó poblar la Florida por los franceses y otras naciones, aunque los nuestros se lo impidieron. Durante el mandato de este buen virrey, Pedro Meléndez de Valdés floreció en el mar de estas Indias, donde enfrentó grandes desafíos y tuvo buenos resultados en el servicio de Su Majestad. Fue temido por los corsarios, especialmente los franceses, a quienes desterró de la Florida, causando grandes pérdidas y daños. Capturó a Juan Ribault, el general francés que se había apoderado de la Punta de Santa Elena y San Mateo, asegurando así la costa de la Nueva España.

Durante el mandato de este buen caballero, se perdió la flota que zarpó de estos reinos hacia Castilla en el año de 1553, encontrándose con la costa de Florida. En esta tragedia, pereció mucha gente y se perdió un gran tesoro; de la armada, solo escaparon unos pocos navíos, entre ellos la Nao del Cerco y la de Farfán de Jáuregui, así como otros de menor importancia. Muchos frailes y personas influyentes fueron asesinados por los indígenas. Entre las víctimas se encontraba Fray Juan de Méndez, de la Orden de Santo Domingo, un predicador muy famoso, y Fray Diego de la Cruz, Procurador de Santo Domingo. También fue asesinada Doña Catalina, la esposa de Juan Ponce de León, encomendero de Tesama, quien viajaba desterrada a España tras la muerte de su marido, que supuestamente fue causado por Bernardino de Bocanegra.

Asimismo, durante el gobierno de este buen virrey, se pobló el Nuevo Reino de Vizcaya, conocido como Chametla, bajo la gobernación de Francisco de Ibarra. También se establecieron en su época la Villa de Santa Bárbara, Guadiana, Sombrerete, Chalchihuites, Mazapil, las tierras de Indé y otras regiones apartadas, ampliando así los reinos y señoríos de Su Majestad, que perduran hasta el día de hoy. Al inicio de su gobernación, se estableció la Real Audiencia de Guadalajara en la Nueva Galicia.

Durante su gobierno, se llevó a cabo la tercera armada para la Especiería e Islas del Poniente, conocidas como las Filipinas. Esta iniciativa fue impulsada por Fray Andrés de Vidaneta, de la Orden de San Agustín, así como por García de Escalante y Güido de Bazares, quienes habían estado en esas tierras. Al considerar las grandes oportunidades que ofrecían estas islas, Su Majestad ordenó su creación, y el buen virrey D. Luis de Velasco la puso en marcha, designando a Miguel López de Legazpi como General, a Matheo del Sauz como Maese de Campo y a Güido de Bazares como Factor de Su Majestad.

La armada tuvo tanto éxito que su legado perdura hasta el día de hoy, siendo una de las empresas comerciales más importantes y significativas en el mundo, especialmente en las regiones del Poniente. Esta colonización llevó al descubrimiento de vastos reinos y provincias, como la gran China, Japón, Tartaria y otras naciones hasta entonces desconocidas, muchas de las cuales están comenzando a conocer y aceptar nuestra Santa Fe Católica, lo que podría marcar el inicio de su conversión.

El cristianísimo virrey gobernó con sabiduría y discreción, ganándose el cariño y el respeto de toda la tierra. Durante este periodo de prosperidad, recibió la visita del Lic. Valderrama, oidor del Consejo de Indias, en el año de 1562. Sin embargo, en esa visita, Nuestro Señor dispuso que el buen virrey D. Luis de Velasco, de gloriosa memoria, falleciera al año siguiente, en 1564, en las Casas de Ortuño de Ibarra. Fue enterrado en Santo Domingo de México, donde se le erigió una capilla. Su hijo, D. Luis de Velasco, trasladó sus restos a la nueva iglesia mientras ocupaba el cargo de virrey de la Nueva España, justo después de haber concluido el despacho de la armada de la Especería.

Su muerte trajo consigo numerosos cambios, problemas, disensiones y pasiones ocultas, así como odios y enemistades que salieron a la luz. Por lo tanto, el visitador Valderrama decidió regresar a los reinos de Castilla, habiendo permanecido en la tierra durante tres años y dejando la gobernanza a la Real Audiencia de México en el año de 1566.

Durante este periodo, tuvo lugar la rebelión conocida como la de México, en la que fueron justiciados Alonso Ávila Alvarado, su hermano Gil González Dávila y otros muchos caballeros, entre ellos D. Pedro de Quesada, D. Baltazar y Baltazar de Sotelo, hermano de Diego Arias de Sotelo. Como resultado de estos acontecimientos, D. Martín Cortés, Marqués del Valle, junto con sus hermanos D. Luis y D. Martín Cortés, Bernardino de Bocanegra, Diego Arias de Sotelo y otros, fueron arrestados y desterrados a los Reinos de Castilla.

Esta situación atrajo la atención de los pesquisidores, entre ellos el Lic. Muñoz, el Doctor Carrillo y el Lic. Xarava. Sin embargo, este último falleció en el mar mientras regresaba. Los Licenciados Muñoz y Carrillo fueron finalmente ordenados a volver, pero Carrillo también murió en la travesía. Hay mucho que discutir sobre estos eventos, pero hay numerosos escritores que han abordado esta rebelión, y me remito a los informes de la Real Audiencia y a su proceso jurídico.

En medio de estos tumultos, D. Gastón de Peralta, un caballero de gran nobleza, asumió el cargo de virrey de esta tierra, aunque permaneció poco tiempo en el puesto, ya que la tierra no lo merecía. La causa de su breve mandato fueron las informaciones que llegaron a Su Majestad, acusándolo de ser remiso y de favorecer los intereses relacionados con la rebelión, especialmente a la parte del Marqués del Valle.

Después de su partida a España, D. Martín Enríquez le sucedió. Al llegar, se encontró con que el puerto de San Juan de Ulúa había sido tomado por el corsario inglés Juan de Ade. Con una adecuada estrategia, D. Martín Enríquez logró recuperar el puerto y la isla, aunque a un alto costo, ya que hubo grandes refriegas y muchas muertes de ambos lados. Esta situación alteró significativamente la paz de la región, permitiendo que los corsarios causaran estragos continuos con robos en el Mar Océano, Santo Domingo, Cartagena, Puerto de Caballos, la costa del Mar del Sur, la Carrera de las Filipinas y la costa del Perú.

Uno de los incidentes más notables fue cuando el corsario Francisco Drake capturó un navío que venía de las Filipinas cerca del puerto de la Navidad y California, así como otros barcos cargados de plata, oro, perlas y otras riquezas. Estos daños fueron excesivos y difíciles de contar, lo que generó un profundo pesar debido a la ineficacia de la defensa contra los corsarios, así como en el asunto del puerto de San Juan de Ulúa.

D. Martín gobernó esta tierra con prudencia y gran discreción durante más de catorce años, manteniendo la paz y el sosiego, y restableciendo el orden tras las alteraciones pasadas. Sin embargo, en su tiempo, los Chichimecas se desvergonzaron, llevando a cabo grandes matanzas y robos en los caminos de Zacatecas y en las estancias de ganados, lo que dificultaba en gran medida el tránsito por la región. Fue necesario construir fuertes y establecer presidios en múltiples localidades del territorio chichimeca, lo que implicó un gasto de más de doscientos mil pesos en tropas. Esta situación provocó un detrimento significativo en toda la tierra y resultó en la pérdida de muchas vidas de españoles cada año, debido a los robos y daños infligidos por los Chichimecas. A pesar de los esfuerzos de los presidios, los ataques de los salteadores continuaron. Durante el gobierno de D. Martín, también se introdujo el derecho de alcabala, que fue recibido con gran desagrado por los vecinos, generando animosidad hacia su administración.

En el año de 1576, la Nueva España enfrentó una devastadora peste que causó una alta mortandad entre la población indígena y duró más de un año, destruyendo gran parte de la región y dejando a muchos pueblos casi despoblados. Un mes antes de que comenzara esta mortandad, se observó un portentoso fenómeno en el cielo: aparecieron en el sol tres ruedas que parecían tres soles muy sangrientos e inflamados de fuego, creando un espectáculo de colores similares al arco iris. Estas tres ruedas fueron visibles desde las ocho hasta casi la una de la tarde.

Al cabo de catorce años de su buen gobierno, D. Lorenzo Xuárez de Mendoza, Conde de la Coruña, asumió el cargo de virrey de esta tierra, mientras que D. Martín Enríquez fue nombrado virrey del Perú. Allí, D. Martín vivió tres años, gobernando con prudencia y discreción, y dejó un legado de gloria y fama eterna. Por su parte, el Conde de la Coruña continuó en el gobierno durante tres años, destacándose por su mansedumbre, hasta su muerte. Durante su mandato, se llevó a cabo una visita para examinar la Real Audiencia de México y a los Oficiales de Su Majestad.

En este contexto, asumió el cargo de virrey de la Nueva España D. Álvaro Manríquez de Zúñiga, Marqués de Villa Manrique de Zúñiga, en el año de 1585. El arzobispo de México, por su parte, se trasladó a los Reinos de Castilla para llevar a cabo la visita, donde falleció siendo presidente del Consejo Real de Indias, sucediendo a Hernando de Vega Fonseca, Obispo de Córdoba. El Marqués de Villa Manrique gobernó durante cuatro años, enfrentándose a numerosos y significativos asuntos, de los cuales trataremos en resumen.

Fin

Compilado y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez

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