Pedro Mártir de Anglería: "Del Nuevo Mundo" o "Sobre el Nuevo Mundo" ("Las Décadas del Nuevo Mundo")

Libro Primero de Mario Della Genera, Titulado "Historias de las Indias Occidentales"

El libro se atribuye a Pietro Martire d’Anghiera (en castellano, Pedro Mártir de Anglería), uno de los primeros cronistas de Indias. Fue miembro del Consejo de Indias y sirvió en la corte de los Reyes Católicos y posteriormente de Carlos V. Sus obras principales fueron las Décadas del Nuevo Mundo (De orbe novo), escritas en latín, donde narra los primeros descubrimientos y viajes de Colón, Cortés y otros exploradores.

Este Sumario de 1534 —publicado en italiano en Venecia— es una compilación o síntesis basada en los escritos de Pedro Mártir y complementada con otras relaciones contemporáneas. Probablemente no fue redactado directamente por él (pues murió en 1526), sino que es una adaptación editorial destinada al público italiano interesado en las noticias del Nuevo Mundo.

Los Inicios de Cristóbal Colón.

Cristóbal Colón nació en Génova, una antigua y noble ciudad de Italia, en el seno de una familia popular. Siguiendo la costumbre genovesa, se dedicó a la navegación. Demostrando ser de gran ingenio, y habiendo aprendido bien a conocer los movimientos celestes y a manejar el cuadrante y el astrolabio, en pocos años se convirtió en el capitán naval más experimentado de su tiempo.

Navegando habitualmente en muchos viajes fuera del estrecho de Gibraltar, hacia Portugal y las costas cercanas, observó con diligencia que en ciertas épocas del año soplaban vientos del poniente (oeste) que duraban muchos días. Concluyendo que estos vientos no podían provenir de otro lugar que no fuera la tierra que los generaba más allá del mar, fijó su pensamiento en este asunto y resolvió encontrarla.

Contando con cuarenta años de edad, y siendo un hombre de alta estatura, cabello rojizo, buena complexión y fuerte, propuso primero a la Señoría de Génova que, si accedían a armarle navíos, él se comprometía a viajar fuera del estrecho de Gibraltar y navegar tanto hacia el poniente que, circunnavegando el mundo, llegaría a la tierra donde nacen las especias.

Los Primeros Rechazos.

Este viaje pareció extremadamente extraño a todos los que lo oyeron, pues nunca habían pensado en tal cosa ni habían reflexionado sobre ello. Se consideraban expertos en todo lo posible del arte de la navegación, por lo que tomaron su propuesta como una fábula o un sueño, a pesar de que habían escuchado a algunos escritores antiguos mencionar una gran isla muchas millas al oeste de dicho estrecho.

Viendo Colón que no se daba crédito a sus palabras, decidió intentar con el Rey de Portugal. Sin embargo, este monarca tampoco le prestó mucha atención. Los capitanes navales de ese reino eran muy orgullosos y no creían que nadie pudiera o supiera hablar mejor que ellos sobre el arte de navegar. Esto se debía a que siempre navegaban a la vista de tierra y nunca se alejaban de la costa, volviendo a puerto cada tarde; habían recorrido toda la costa de África que mira al sur en el océano. Los portugueses nunca se atrevieron a hacer este viaje completo en la antigüedad porque tenían la certeza de que cualquiera que pasara bajo la línea ecuatorial sería abrasado por el sol. Por eso consideraron una fábula cuando se les informó que alguien había logrado circunnavegar África desde Cádiz hasta el Mar Rojo.

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La Corte de Castilla y el Descubrimiento

Ante esta decepción y tras escuchar hablar de la grandeza del rey Fernando y la reina Isabel, Colón se presentó en su corte con la determinación de no partir hasta conseguir que le proporcionaran barcos para emprender su viaje hacia el occidente.

Aunque expuso sus argumentos ante Sus Majestades y los nobles de España, insistiendo en la certeza de su propuesta, sus palabras parecían encontrar poco crédito. Muchos lo consideraban un hombre frívolo y juzgaban su proyecto tan irrealizable como el vuelo humano.

Sin embargo, Dios, que había decidido revelar por medio de Colón lo que durante siglos había permanecido oculto a los sabios del mundo, inspiró a la reina Isabel tras varios años de espera en la corte. Ella, una de las mujeres más excepcionales y valientes que han existido, movida por las palabras de Cristóbal Colón, logró persuadir al rey Fernando para que no desistiera de tan audaz empresa.

Así, tras su insistencia, se equipó una nao y dos carabelas. Con estas embarcaciones y ciento veinte hombres, Colón partió de Cádiz a principios de septiembre de 1492, adentrándose en el mar.

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La Primera Escala: Las Islas Afortunadas

La primera escala la hizo en las Islas Afortunadas, que los españoles llaman las Canarias, situadas a unos 28 grados al norte del ecuador y cerca de la costa noroeste de África. Esta navegación fue de mil millas, ya que, según el cálculo de los marineros, estas islas están a 250 leguas de Cádiz, a razón de cuatro millas por legua.

Los antiguos llamaron a estas islas "Afortunadas" porque tienen un clima templadísimo y nunca sienten calor o frío excesivos durante todo el año. Aunque algunos piensan que las "Islas Afortunadas" son las que no están lejos del cabo Verde en África, actualmente posesión de los portugueses, a 14 y 17 grados sobre el ecuador, y que también se llaman Cabo Verde. Sin embargo, las Islas Canarias y las Islas de Cabo Verde son archipiélagos distintos.

Pero, como quiero hablar también de aquellas islas que hoy poseen los españoles y a las que llegó Colón en su primer viaje, no dejaré de mencionarlas. Aunque estas islas fueron conocidas por los antiguos, con el paso del tiempo se había perdido la memoria de su ubicación.

Fue así que, en el año 1405, un francés llamado Jean de Béthencourt obtuvo de una reina de Castilla licencia para descubrir nuevas tierras, y entre ellas halló las dos que hoy conocemos como Lanzarote y Fuerteventura. Tras la muerte de Béthencourt, sus herederos las vendieron a los españoles.

Las islas de La Gomera y El Hierro fueron descubiertas por Fernando de Peraza, mientras que las otras tres —es decir, Gran Canaria, La Palma y Tenerife— fueron conquistadas más recientemente por Pedro de Vera y Alonso de Lugo.

La Travesía a lo Desconocido

Volviendo a Colón, después de partir de las Islas Canarias, navegó directamente hacia el poniente (oeste), aunque manteniendo una ligera inclinación hacia el suroeste. Navegó durante treinta y tres días sin ver más que cielo y agua. Todos los días observaba la declinación del Sol con el astrolabio y, de noche, la altura de las estrellas fijas, sin alejarse del Trópico de Cáncer. La Estrella Polar (la Tramontana) se le elevaba unos 20 grados, y de este modo determinaba el rumbo. También sondeaba el mar dos veces al día para buscar señales de la tierra por la que pasaban y medir la profundidad.

Sin embargo, los españoles que iban en las naves, pacíficos los primeros diez días, comenzaron a murmurar en secreto entre sí. Más tarde, se quejaron abiertamente a Colón y llegaron al punto de estar decididos a arrojarlo al mar, diciendo que habían sido engañados por un genovés y que él los había llevado a un lugar del que nunca podrían regresar.

Aun así, seguían navegando refunfuñando y ofendiendo, pero Colón los mantenía a raya de la mejor manera posible. Cuando pasaron veinte días, se enfurecieron y gritaron que no querían seguir avanzando. Pero Colón, a veces con palabras amables, a veces dándoles esperanza, y otras veces diciéndoles audazmente que si le hacían alguna violencia serían considerados rebeldes a los Reyes Católicos, logró llevarlos día tras día.

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El Avistamiento y el Desembarco

Tres días antes de descubrir tierra, mientras Colón dormía, tuvo una visión maravillosa. Lleno de alegría, al despertar llamó a sus compañeros y les dijo que pronto verían tierra. Una mañana, al amanecer, sondearon el mar y, al ver cierto tipo de tierra en el fondo, Colón supo que no estaba lejos, una conjetura que se reforzó porque la noche anterior había soplado un viento inusualmente irregular, causado sin duda por el viento contrario que venía de tierra.

Motivado por estas señales, Colón ordenó a uno de sus compañeros subir a la gavia (la cofa del mástil mayor) del barco. No pasaron muchas horas cuando el marinero comenzó a distinguir montañas a lo lejos. Al verlas, de inmediato y con gran alegría, comenzó a gritar: "¡Tierra! ¡Tierra!" Los otros compañeros y los de las carabelas, al escuchar ese grito, también gritaron "¡Tierra! ¡Tierra!", disparando toda la artillería que tenían.

Cristóbal Colón, al ver que sus planes habían tenido un feliz comienzo con la ayuda de Dios, se llenó de una alegría admirable. Con viento favorable, atracaron cerca de tierra al mediodía. Vieron que era muy verde y estaba llena de grandísimos árboles.

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La Toma de Posesión y la Oración

Al anclar, Colón ordenó bajar los botes de la nao y las carabelas, y que treinta hombres desembarcaran con él. Él fue el primero en saltar a tierra, llevando una bandera en la que estaba la imagen de nuestro Señor Jesucristo en la cruz, y la plantó. Luego, todos los demás desembarcaron, y arrodillándose, besaron la tierra tres veces, llorando de alegría.

Después, Colón alzó las manos al cielo y, con lágrimas, dijo:

"Señor Dios eterno, Señor omnipotente, tú creaste el cielo, la tierra y el mar con tu santa palabra. Sea bendito y glorificado tu nombre, sea agradecida tu majestad, que se ha dignado, por medio de un humilde siervo tuyo, hacer que tu santo nombre sea conocido y divulgado en esta otra parte del mundo."

Según el cálculo de Colón, esta tierra está a 750 leguas de las Canarias. Tras permanecer allí un tiempo, se dieron cuenta de que era una isla deshabitada y decidieron seguir adelante. Pero, para dejar una señal de que habían tomado posesión en nombre de nuestro Señor Jesucristo, mandaron cortar árboles, hacer una gran cruz y colocarla en lugar de la bandera.

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Más Descubrimientos y el Naufragio

Volvieron a subir a las naves y, continuando su viaje de la misma manera, descubrieron varias islas al cabo de algunos días, dos de las cuales eran muy grandes. A la mayor la llamaron La Española y a la otra, Juana, aunque de esta última no estaban seguros si era una isla o tierra firme.

Mientras costeaban sus litorales, escucharon cantar a los ruiseñores entre los espesos bosques, ¡y esto en el mes de noviembre! Encontraron allí grandes ríos de aguas clarísimas y puertos naturales capaces de albergar grandes naves.

Pero Colón no estaba satisfecho con esto; quería ir más allá hasta encontrar el final de esa tierra y llegar a las costas orientales y a las tierras donde nacen las especias. Por ello, recorrieron la costa de la isla Juana, impulsados por el viento Maestro (Noroeste), más de ochocientas millas. Juzgaron que era un continente, como luego se demostró ser cierto, al no encontrar señal alguna del fin de sus costas.

Debido a esto, y por ser hostigados por el mal tiempo y las tormentas que venían del norte, decidieron regresar. Así, volvieron hacia el levante (este) y llegaron de nuevo a la isla La Española. Con la intención de conocer su naturaleza y sus habitantes, se acercaron por el lado norte, donde la nave más grande chocó contra un escollo plano que estaba cubierto por el agua y se rompió. Las otras dos carabelas ayudaron a rescatar a los hombres y los bienes.

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Primer Contacto con los Nativos

Al desembarcar, vieron una multitud de hombres completamente desnudos que, tan pronto como vieron a los cristianos, huyeron con gran ímpetu hacia los grandes bosques. Los españoles los persiguieron, capturaron a una mujer y la llevaron a las naves. Allí la vistieron bien, le dieron de comer y vino, y luego la dejaron ir.

Tan pronto como ella regresó con los suyos, a quienes mostró nuestra vestimenta maravillosa y la generosidad de los nuestros, todos corrieron a la orilla en tropel, pensando que eran gente enviada del cielo. Se lanzaban al agua y traían consigo lo que tenían, intercambiándolo por platos de barro y tazas de vidrio. A quien les daba un arete, una tenaza, un pedazo de espejo u otra cosa sin valor, ellos daban oro a cambio.

La Hospitalidad de los Nativos y el Naufragio

Una vez establecido un trato familiar con los indígenas, nuestros hombres, observando sus costumbres, se dieron cuenta, por sus señales y actos, de que tenían reyes entre ellos. Al desembarcar, fueron recibidos con gran honor por el rey, a quien llamaban Guacanagarí, y por los habitantes de la isla, que los trataron muy bien.

Al llegar la tarde, y al darse la señal del Ave María, nuestros hombres se arrodillaron y rezaron humildemente. Los nativos, al ver que los nuestros adoraban la Cruz, hicieron lo mismo.

Viendo además la nave rota, acudieron en sus barcas, que llamaban canoas, para transportar a tierra a los hombres y los bienes con tanta caridad como si fueran suyos. Sus canoas eran hechas de un solo tronco, largas y estrechas, vaciadas con piedras muy afiladas. Algunas tenían capacidad para ochenta hombres. Nuestros marineros se sorprendieron mucho, ya que los nativos no conocían el hierro, y se preguntaron cómo podían fabricar sus casas, que estaban maravillosamente labradas, y las demás cosas que necesitaban. Entendieron que todo lo hacían con algunas piedras de río durísimas y muy afiladas.

Caníbales y Costumbres

Los españoles se enteraron de que no muy lejos de esa isla había otras habitadas por hombres cruelísimos que se alimentaban de carne humana. Esta fue la razón por la que, al principio, cuando vieron a nuestros hombres, huyeron: creyeron que se trataba de ellos, a quienes llamaban Caníbales. (Nuestros hombres habían dejado esas islas al sur, a mitad de camino).

Los pobres nativos se lamentaban y señalaban con gestos que eran molestados y perseguidos por esos Caníbales, no de otra manera que los animales salvajes son perseguidos por los cazadores. A los niños que capturaban, los castraban —como hacemos nosotros con los cerdos o los capones— para que engordaran y poder comérselos. A los hombres adultos, tan pronto como los atrapaban, los mataban y se comían frescos los intestinos y las extremidades del cuerpo. El resto lo salaban y lo reservaban para su momento, como hacemos nosotros con los jamones. A las mujeres no las mataban, sino que las reservaban para tener hijos, de modo similar a como nosotros guardamos las gallinas para los huevos. Las ancianas las usaban como esclavas.

Tanto en estas como en las otras islas, hombres y mujeres, tan pronto como presentían que los Caníbales se acercaban, no encontraban otra salvación que huir, aunque usaban flechas muy afiladas para defenderse. Confesaban que estas armas les servían de poco para reprimir la furia y la rabia de aquellos, y que diez Caníbales ponían en fuga a cien de ellos.

Nuestros hombres no pudieron entender que esta gente adorase otra cosa que no fueran el Cielo, el Sol y la Luna. La brevedad del tiempo y la falta de intérpretes impidieron que pudieran saber más sobre las costumbres de otras islas.

Alimentos y Oro

Los hombres de esa isla usan en lugar de pan ciertas raíces de tamaño y forma parecida a nabos y zanahorias, ligeramente dulces y semejantes a las castañas frescas, a las que llaman Agíes.

También se encuentra otra raíz, a la que llaman Yuca, con la que hacen pan de la siguiente manera: la cortan finamente y luego la machacan. Esta tiene un jugo áspero y con la masa hacen una especie de tortas. Lo curioso de esta raíz es que quien bebe su jugo muere inmediatamente, pero el pan que hacen de la masa machacada, una vez desechado el jugo, es saludable y sabroso.

Había también otra especie de grano, al que llamaban Maíz, con el que hacían pan. Era similar al garbanzo blanco o a los guisantes, y formaba una mazorca de un palmo de largo, puntiaguda y gruesa como un brazo, donde los granos estaban colocados ordenadamente.

El oro era de alguna estima para ellos; llevaban algunas piezas colgando de las orejas y la nariz. Habiendo sabido nuestros hombres que los nativos no comerciaban entre un lugar y otro ni se alejaban de su propio país, comenzaron a preguntar por señas dónde encontraban ese oro. Ellos respondieron que lo hallaban en la arena de ciertos ríos que bajaban de altas montañas, y que lo recogían en granos con gran dificultad, y luego lo reducían a láminas. Sin embargo, no se encontraba oro en la parte de la isla donde estaban en ese momento, como supieron después al circunnavegarla.

Naturaleza y Regreso

De hecho, al partir de allí, se toparon por casualidad con un río de tamaño inmenso, donde, al desembarcar para hacer agua y pescar, encontraron la arena mezclada con muchos granos de oro.

Dicen no haber visto en esa isla ningún animal de cuatro patas, salvo tres tipos de conejos y serpientes de admirable tamaño y número, que la isla nutre, pero que no dañan a nadie. Vieron también patos salvajes, tórtolas y ánades más grandes que los nuestros, blanquísimos y con la cabeza roja. Vieron papagayos, algunos verdes, otros con todo el cuerpo amarillo y otros similares a los de Oriente con una gorguera roja, de los cuales trajeron cuarenta, de colores diversos y variadísimos, sobre todo en las alas, una variedad que causaba gran placer a la vista.

Esa tierra produce por naturaleza abundancia de maderas, leña de áloe, algodón y otras cosas similares, además de ciertos granos en una cáscara roja más picantes que nuestra pimienta.

Colón, contento de haber encontrado esa nueva tierra, que es parte de un nuevo mundo, y siendo ya primavera, decidió regresar. Dejó junto al rey antes mencionado treinta y ocho hombres e hizo construir para ellos un fuerte de madera lo mejor posible. Estos hombres debían investigar la naturaleza del lugar y las estaciones del tiempo hasta que él regresara. Con el rey hizo una liga y confederación con todas las condiciones posibles para la salud y defensa de los que quedaban.

El rey, al ver la partida de Colón y la permanencia de sus compañeros, pareció llorar de gran compasión. Abrazándolos, les mostró un grandísimo afecto. Acto seguido, Colón zarpó hacia España, llevando consigo diez hombres de esa isla.

La Lengua y el Regreso a España

De esos diez nativos llevados a España, se entendió que su lengua se aprendería fácilmente y se podría escribir con nuestras letras. Algunos de sus vocablos eran:

·         Cielo: Turey

·         Casa: Boio

·         Fuego: Cauni

·         Hombre de bien: Tayno

·         Nada: Mayani

Los demás de sus vocablos no los pronunciaban menos claro que nosotros los nuestros.

Este fue el resultado de la primera navegación.

El Triunfo de Colón

A su llegada a España, Colón fue recibido por el Rey y la Reina con grandísima fiesta y le rindieron enorme honor, haciéndole sentar públicamente delante de ellos. Este era uno de los mayores honores en la corte española, y solo se concedía a quienes les habían prestado algún gran servicio. Además, quisieron que fuera nombrado Almirante del Mar Océano, y a su hermano, llamado Bartolomé, le dieron el gobierno de la Isla Española.

Volviendo a nuestra narración, el Almirante Colón, habiendo contado todo lo sucedido a los Reyes, afirmó que esperaba obtener grandísima utilidad de estas islas y que, a través de ellas, encontraría muchos otros países riquísimos.

La Segunda Expedición

Por ello, Sus Majestades ordenaron preparar diecisiete naves: tres naos con gavias grandes y catorce carabelas sin gavias, con más de mil doscientos hombres, entre peones y caballeros, con sus armaduras. Además, iban a bordo obreros y artesanos de todos los oficios mecánicos, a sueldo, a quienes se les ordenó llevar todos los instrumentos de su oficio y cualquier otra cosa que fuera útil para edificar una nueva ciudad en tierras extranjeras.

Colón, por su parte, preparó caballos, cerdos, vacas y muchos otros animales, machos y hembras, además de legumbres, levadura, cebada y otras semillas similares, no solo para su sustento sino también para la siembra. Llevó también vides y muchas otras plantas y árboles que no existían en esas tierras, pues en toda la isla no encontraron otro árbol conocido por nosotros que no fueran pinos y palmas altísimas, de maravillosa dureza, rectitud y altura, debido a la riqueza y bondad de la tierra, además de otros muchos que dan frutos que nos son desconocidos, ya que esa tierra es la más abundante que existe bajo el sol.

Muchos soldados y servidores del Rey se ofrecieron voluntariamente a esta navegación, movidos por el deseo de conocer cosas nuevas y por la autoridad del Almirante.

Un Segundo Viaje, Nuevos Descubrimientos

El 25 de septiembre de 1493, zarparon de Cádiz con viento próspero. El primero de octubre llegaron a una de las Canarias llamada la Isla del Hierro, donde, según dicen, no hay otra agua potable que el rocío que cae de un árbol en una laguna hecha a mano sobre un monte de la isla.

El 13 de octubre zarparon. No se supo de ellos hasta marzo, cuando el Rey y la Reina, estando en Medina del Campo, recibieron noticia el 23 de marzo de que doce de esos navíos habían llegado a Cádiz en el año 1494. A la llegada de estos se supo lo que se describe a continuación.

El Almirante Colón, al partir de las Canarias el día trece de octubre, navegó veintiún días antes de avistar tierra. Esta vez se desvió más hacia el suroeste que en el primer viaje, lo que les hizo encontrarse con las islas de los Caníbales o Caribes, mencionados anteriormente.

En la primera isla que vieron, divisaron una selva tan espesa de árboles que no se podía distinguir si debajo había roca o tierra. Como era domingo el día que la vieron, la llamaron Dominica. Al notar que estaba deshabitada, no se detuvieron, sino que siguieron adelante. En esos veintiún días, calcularon haber recorrido setecientas veinte leguas, tan favorable les había sido el viento del norte.

La Isla de Guadalupe

Poco después de dejar esa isla, llegaron a otra llana y abundante en muchos árboles que desprendían aromas suavísimos y admirables. Quienes desembarcaron no vieron a ningún hombre ni animal de otra especie que no fueran lagartos, semejantes a cocodrilos de tamaño inaudito.

A esa isla la llamaron La Galante. Al divisar una montaña lejana en otra isla desde uno de sus cabos, partieron hacia ella, donde descubrieron un grandísimo río. Al acercarse, encontraron que esa isla sí estaba habitada, siendo la primera tierra poblada que veían desde su partida de Canarias. Esta era una isla de los Caníbales, como supieron más tarde por experiencia y por los intérpretes de La Española que llevaban consigo.

Explorando la isla, encontraron muchos pueblos y aldeas de veinte a treinta casas cada una, todas construidas ordenadamente alrededor de una plaza redonda. Las casas eran de madera, edificadas en forma circular de esta manera: primero clavaban en tierra muchos árboles altísimos formando la circunferencia de la casa; luego ponían algunas vigas cortas apoyadas en los troncos largos como puntales para que no cayeran. La cubierta la hacían en forma de pabellón puntiagudo, de modo que todos los techos eran agudos. Luego cubrían esas maderas con hojas de palma y otras hojas similares, que eran muy seguras contra el agua. Dentro, entre viga y viga, tendían cuerdas de algodón o de ciertas raíces parecidas al esparto, sobre las que ponían telas hechas de algodón. Tenían unas camas que suspendían en el aire, sobre las cuales ponían algodón y heno para acostarse. Estas casas tenían también pórticos donde se reunían para jugar.

En cierto lugar, al ver dos estatuas de madera que sobresalían de dos serpientes, pensaron que podrían ser sus ídolos. Pero luego supieron que estaban colocadas allí solo como ornamento, ya que ellos solo adoraban el cielo, aunque sí tallaban algunas imágenes de algodón que, según decían, eran a semejanza de los demonios que veían por la noche.

El Horror del Canibalismo

Cuando nuestros hombres se acercaron a ese lugar, los hombres y las mujeres huyeron, abandonando sus casas. Treinta mujeres y muchachos que eran prisioneros, tomados por los Caníbales de otras islas para comérselos y a las mujeres para usarlas como esclavas, huyeron hacia los nuestros.

Al entrar en sus casas, los españoles encontraron vasijas de barro de todo tipo, similares a las nuestras. En las cocinas hallaron carne humana asada junto con papagayos, gansos y patos en espetones, listos para asar. En las casas encontraron huesos de brazos y muslos humanos que guardaban para hacer puntas para sus flechas, ya que carecían de hierro. También encontraron la cabeza de un muchacho muerto hacía poco, colgada de una viga y que aún goteaba sangre.

Esa isla tiene ocho grandísimos ríos, uno de ellos tan grande como el Tíber, con riberas amenas por doquier. A esa isla la llamaron Guadalupe, por su parecido con el monte de Santa María de Guadalupe en España. Sus habitantes la llaman Caruqueira y es la principal de las islas Caribes. De ella se llevaron papagayos más grandes que los faisanes, de colores muy distintos a los demás. Tenían todo el cuerpo y los hombros rojos, y las alas de diversos colores. Tenían tal abundancia de papagayos como nosotros de gorriones. Aunque los bosques están llenos de ellos, los crían y luego se los comen.

Esta es la mejora, con mayor fluidez, claridad y calidad, y traducida al castellano actual:

El Encuentro Fallido con los Caníbales

El Almirante Colón ordenó hacer muchos regalos a las mujeres que se habían refugiado con ellos y les mandó que fueran a buscar a los Caníbales, ya que ellas sabían dónde estaban. Las mujeres fueron y, tras pasar una noche con ellos, al día siguiente trajeron a muchos de los nativos, atraídos por la codicia de los obsequios.

Sin embargo, tan pronto como los Caníbales vieron a nuestros hombres, ya fuera por miedo o por la conciencia de sus fechorías, se miraron unos a otros y huyeron con gran ímpetu hacia los valles y bosques cercanos.

Nuestros hombres, que ya habían recorrido la isla y estaban de vuelta en las naves, destruyeron todas las barcas (canoas) que encontraron de los Caníbales. Luego, el doce de noviembre, partieron de Guadalupe para buscar a sus compañeros que se habían quedado en la Isla Española en el primer viaje.

Las Islas de Mujeres y Monos

Mientras navegaban, dejaron muchas islas a derecha e izquierda. En este viaje, descubrieron al norte una gran isla que, tanto los indios que Colón había traído de la Española como los rescatados de los Caníbales, dijeron que se llamaba Matinina. Afirmaron que en ella solo habitaban mujeres, las cuales se unían con los Caníbales en cierta época del año. Si parían varones, los criaban y luego los enviaban a sus padres; a las niñas se las quedaban.

También contaban que estas mujeres tenían ciertas cuevas grandes bajo tierra, donde se refugiaban si alguien iba a ellas en un tiempo no estipulado. Y si alguien intentaba entrar por la fuerza o con engaños, se defendían con flechas que disparaban con gran destreza. En ese momento, nuestros hombres no pudieron acercarse a esa isla, ya que se lo impedía el viento del norte.

Navegando a unas cuarenta millas de esa isla, pasaron por otra, que los nativos de la Española y los rescatados decían que estaba muy poblada y era abundante en todas las cosas necesarias para el sustento humano. Como estaba llena de altas montañas, la llamaron Monserrate. Los intérpretes y los rescatados de los Caníbales afirmaban que a veces estos iban mil millas para capturar hombres y comérselos.

El día siguiente descubrieron otra isla, a la que el Almirante llamó Santa María Redonda por ser redonda. Al día siguiente, a otra la llamó San Martín. No se detuvieron en ninguna de ellas. El tercer día encontraron otra, que estimaron que medía ciento cincuenta millas de costa a costa, de levante a poniente. Los intérpretes del país afirmaban que todas esas islas eran de una belleza y fertilidad maravillosas. A esta última la llamaron Santa María la Antigua.

Después de esta, halló muchísimas otras islas. Una, a cuarenta millas, era más grande que todas las demás, llamada por los nativos Ay Ay y por los nuestros Santa Cruz. Aquí desembarcaron para hacer agua. El Almirante envió a treinta hombres de su nave a reconocer la isla. Encontraron a cuatro Caníbales con cuatro mujeres, las cuales, al ver a nuestros hombres, pareció que pedían socorro con las manos juntas. Nuestros hombres las liberaron de los Caníbales, quienes huyeron a los bosques, tal como habían hecho en la Isla Guadalupe.

El Combate con las Amazonas Caníbales

Mientras el Almirante se detenía allí dos días, mantuvo a treinta de sus hombres continuamente en emboscada en tierra. En ese tiempo, nuestros hombres vieron acercarse una canoa con ocho hombres y otras tantas mujeres. Al hacerles una señal, nuestros hombres los atacaron, y ellos se defendieron con flechas. Antes de que nuestros hombres pudieran cubrirse con sus escudos, un vizcaíno fue herido de muerte por una de las mujeres, que también hirió gravemente a otro. Por estas dos flechas, los nuestros se dieron cuenta de que las puntas estaban afiladas y untadas con un cierto líquido venenoso, pues las puntas estaban melladas en muchos lugares.

Entre ellos había una mujer a la que todos parecían obedecer como si fuera una Reina, y con ella iba un joven hijo suyo, robusto, de aspecto cruel y mirada de león.

Nuestros hombres, temiendo ser peor tratados por las flechas a distancia que luchando cuerpo a cuerpo, juzgaron que lo mejor era ir a las manos. Así, remando con un bote del navío, abordaron la canoa y la hundieron. Los nativos, tanto hombres como mujeres, mientras nadaban, no dejaban de disparar flechas con la misma fiereza que si estuvieran en la barca. Finalmente, se subieron a una roca cubierta de agua y, luchando valientemente, fueron capturados, aunque uno de ellos murió y el hijo de la Reina resultó herido con dos flechas.

Llevados ante el Almirante, mostraron cuán atroces y crueles eran por naturaleza. Nadie que los viera podía evitar sentir miedo, tan feroz y diabólico era su aspecto.

La Travesía por el Archipiélago y la Tragedia en La Española

Continuando de esta manera, el Almirante, navegando ora hacia el sur, ora hacia el suroeste, ora hacia el oeste, entró en un gran mar lleno de innumerables y variadas islas. Algunas parecían boscosas y amenas, otras secas, estériles, rocosas y montañosas. Otras mostraban entre las rocas desnudas colores rojos, otras violetas, otras blanquísimos, por lo que muchos pensaron que eran vetas de metales y piedras preciosas. No las exploraron debido al mal tiempo y por miedo a la multitud y densidad de tantas islas, temiendo que las naves mayores chocaran con algún escollo. Por ello, reservaron la exploración de dichas islas para otro momento.

Sin embargo, algunos pasaron por en medio con pequeños botes que no requerían mucha profundidad, y contaron cuarenta y cinco de ellas. A ese mar lo llamaron Archipiélago por tal número de islas.

A mitad de camino en ese mar, encontraron la isla Sureña, llamada por los nuestros San Juan. Los que fueron liberados de las manos de los Caníbales decían haber nacido allí, y que estaba poblada, cultivada y llena de puertos y bosques. Sus habitantes siempre habían sido enemigos de los Caníbales. No tienen naves para ir a buscarlos, pero si por casualidad los Caníbales van a su isla para saquearlos y ellos logran atraparlos, los cortan en pedazos delante del otro, los asan y los devoran por venganza. Todo esto se entendía por medio de los intérpretes traídos de La Española.

Nuestros hombres la dejaron para no demorarse demasiado. Aun así, desembarcaron en el extremo occidental para hacer agua, donde encontraron una casa grande y hermosa según su costumbre, con otras doce pequeñas edificadas a su alrededor, pero deshabitadas. No entendieron la causa, si por ser esa la estación en que habitaban la montaña debido al calor, o si por miedo a los Caníbales.

Toda la isla tiene un solo rey, al que llaman Cacique, y es obedecido con grandísima reverencia por todos. La cola de esa isla se extiende hacia el sur por unas doscientas millas. Esa noche, dos mujeres junto con un joven liberados de los Caníbales se arrojaron al mar y nadaron hasta la isla que era su patria.

La Triste Noticia en La Española

El Almirante finalmente llegó con su flota a la Isla Española, distante quinientas leguas de la primera isla de los Caníbales, pero muy descontento, porque encontró a todos los compañeros que había dejado allí muertos.

En esa isla hay una región llamada Xamaná, desde donde el Almirante partió la primera vez para regresar a España, y se llevó consigo a diez hombres de la isla. Solo tres de ellos estaban vivos a su segundo regreso; los demás habían muerto por el cambio de aire y de alimentos. Por orden del Almirante, uno de ellos, tan pronto como llegaron a Santo Eremo (como llamaron a esa cola de Xamaná), desembarcó para averiguar lo que había pasado con los demás. Los otros dos se arrojaron al mar furtivamente de noche y escaparon nadando.

Sin embargo, el Almirante no se preocupó mucho por esto, creyendo que encontraría vivos a los treinta y ocho que había dejado, y así no le faltarían intérpretes. Pero yendo un poco más adelante, se encontraron con una canoa de muchos remos, en la que estaba un hermano del rey Guacanagarí, con quien el Almirante había hecho una alianza muy firme al partir, y a quien había encomendado a los suyos.

Este hombre, acompañado de uno solo, se acercó al Almirante y, en nombre de su hermano, le trajo dos ídolos de oro como regalo. Luego, como se supo después por su lenguaje, comenzó a narrar la muerte de los nuestros. Sin embargo, por falta de un intérprete, no se le entendió del todo.

Llegado el Almirante al fuerte de madera y a las casas que nuestros hombres habían construido, encontró que todo estaba destruido y quemado. Esto causó una gran aflicción a todos. Aun así, para ver si alguno había quedado vivo, hizo disparar mucha artillería para que, si alguien estaba escondido, saliera. Pero todo fue en vano, porque todos habían muerto.

El Almirante envió a sus mensajeros al rey Guacanagarí, quienes le informaron de lo que habían podido entender por señas: que en esa isla, por ser grande, hay muchos señores mayores que él, y que dos de ellos, al enterarse de la fama de esa nueva gente, vinieron al fuerte con un gran ejército, donde mataron a nuestros hombres y destruyeron el fuerte, quemándolo todo. El rey Guacanagarí, al intentar ayudarlos, había sido herido por una flecha, y mostró una pierna que tenía vendada con algodón.

La Farsa del Rey Guacanagarí

El rey Guacanagarí explicó que esa era la razón por la que no había acudido al Almirante, como deseaba.

Al día siguiente, el Almirante envió a otro mensajero llamado Marchio de Sevilla al rey. Este mensajero, al quitarle la venda de la pierna, comprobó que no tenía herida alguna, ni señal de herida. Sin embargo, encontró al rey en cama, simulando estar enfermo. La cama del rey estaba unida a otras siete camas de sus concubinas.

A raíz de esto, el Almirante y los demás comenzaron a sospechar que nuestros hombres habían sido asesinados por consejo y voluntad de este rey. No obstante, disimulando, Marchio se puso de acuerdo con él para que al día siguiente fuera a visitar al Almirante en las naves.

El rey llegó a las naves según lo acordado, y allí mostró buena cara y gran afecto a nuestros hombres, haciéndoles algunos regalos y excusándose mucho por la muerte de los nuestros. En ese momento, al ver a una de las mujeres rescatadas de los Caníbales, a la que los nuestros llamaban Catalina, el rey se mostró alegre y habló con ella muy afectuosamente.

La Huida de Catalina y la Sospecha Confirmada

Después de pedir permiso al Almirante, el rey se marchó, no sin gran admiración por haber visto los caballos y otras cosas que le eran desconocidas.

Hubo algunos que aconsejaron que debía ser retenido y obligado a confesar cómo habían muerto nuestros hombres. Si se demostraba que él era culpable, que se le aplicara el debido castigo. Pero el Almirante consideró que no era el momento de irritar los ánimos de los habitantes de la isla.

Al día siguiente, el hermano de este rey fue a las naves y habló con las mujeres mencionadas. Como veremos por el desenlace del asunto, a la noche siguiente, esa Catalina, ya fuera para liberarse de la cautividad o por persuasión del rey, se arrojó al mar con otras siete mujeres, todas nativas de la isla, y nadaron hacia un fuego que se veía en la orilla. Recorrieron unas tres millas de mar, a pesar de que este estaba agitado.

Nuestros hombres fueron tras la misma luz y, persiguiéndolas con los botes, solo recuperaron a tres. Catalina y las otras cuatro huyeron hacia el rey, quien a la mañana siguiente huyó con toda su familia. Con esto, nuestros hombres comprendieron que los que se habían quedado habían sido asesinados por él.

El Puerto Real y el Segundo Cacique

El Almirante envió en su búsqueda al mencionado Marchio, quien, en su camino, llegó por casualidad a la boca de un río, donde encontró un puerto cómodo y excelente al que llamó Puerto Real. La entrada es tan sinuosa que, una vez dentro, no se sabe por dónde se ha entrado, aunque la abertura es tan grande que tres naves podrían entrar juntas.

Alrededor, algunas colinas se levantan en lugar de playas, rompiendo todos los vientos que pudieran causar tormenta. En el centro hay una montaña toda verde, llena de árboles con papagayos y otros pájaros que cantan suavemente sin cesar, especialmente alrededor de la boca de dos ríos que desembocan allí.

Avanzando más, vieron una casa altísima. Pensando que allí podría estar el rey Guacanagarí, se dirigieron hacia ella. Al acercarse, les salió al encuentro un hombre acompañado por cien hombres de aspecto ferocísimo, todos armados con arcos, flechas y lanzas muy afiladas, que amenazaban y gritaban que no eran Caníbales, sino Taynos, es decir, gente de bien.

Nuestros hombres les hicieron señales de paz, y ellos depusieron su ferocidad. Al recibir cada uno un cascabel de halcón como regalo de los nuestros, se hicieron muy amigos, tanto que inmediatamente, sin reparo, descendieron de las altas orillas del río a las naves, donde ellos a su vez regalaron muchas cosas a los nuestros.

Casas de Cañas y la Búsqueda de Oro

Luego, nuestros hombres entraron en la casa, que era redonda. Midiendo su tamaño, encontraron que el diámetro, es decir, la anchura, era de treinta y dos pasos grandes, y tenía a su alrededor treinta casas pequeñas. Los techos eran de cañas tejidas de diversos colores con maravillosa destreza.

Nuestros hombres preguntaron, lo mejor que pudieron, dónde se había refugiado el rey Guacanagarí. Ellos respondieron que esa provincia no era del rey Guacanagarí, sino del que estaba allí presente, y que habían oído que Guacanagarí había huido al monte. Nuestros hombres, habiendo hecho primero amistad y alianza con este cacique, decidieron informar de esta noticia al Almirante.

Al saber esto, el Almirante envió a diferentes hombres a varias partes para investigar sobre dicho rey. Entre ellos, envió a Hojeda y Gorbolán, jóvenes nobles y animosos, acompañados de algunos indios. Uno de ellos encontró cuatro grandes ríos descendiendo por un lado de ciertas montañas altísimas, y el otro encontró tres por el otro lado.

En la arena de estos ríos, los indios que estaban presentes recogían oro para nuestros hombres de esta manera: metían los brazos en algunas fosas, y con la mano izquierda sacaban la arena, y con la derecha cernían los granos de oro sin más artificio, y se lo daban a los nuestros. Estos dicen haber visto muchos granillos del tamaño de un garbanzo. Entre otros, yo vi uno que Hojeda envió como regalo al Rey, con un peso de nueve onzas, similar a una piedra de río, y esto fue visto por muchas personas.

El Señor de la Casa del Oro

Nuestros hombres, al ver esto, regresaron al Almirante, porque él les había ordenado, bajo pena de muerte, que no hicieran otra cosa que descubrir el país.

También se enteraron de que un cierto señor de los montes de donde descendían los ríos, a quien llamaban Cacique Caunoboa, es decir, "Señor de la Casa del Oro" (porque Boa significa casa, Cauno oro y Cacique señor). Encontraron en estos ríos peces de excelente sabor y calidad, y de igual manera, las aguas eran sanísimas.

Algunos dicen que el mes de diciembre con los Caníbales es el equinoccio, aunque esto no es totalmente conforme a las razones de la esfera. Y que en ese mes los pájaros hacían sus nidos y algunos ya tenían crías.

Sin embargo, preguntados por la altura del polo, decían que gran parte del Carro (la Osa Mayor) se escondía bajo el polo ártico, y que los guardianes (la Osa Menor) estaban muy bajos. De esto no se puede decir más, porque no ha venido de allí hasta ahora alguien a quien se le pueda dar plena fe, ya que son hombres sin letras e ignorantes de tales cosas.

La Primera Misa en el Nuevo Mundo

En este tiempo, el Almirante eligió un lugar alto y cercano a un puerto segurísimo para edificar una ciudad. En pocos días fabricó casas y construyó una iglesia, en la que el día de la Epifanía (Día de Reyes) se cantó solemnemente una misa, celebrada por trece sacerdotes. Esta fue la primera misa que se cantó en este nuevo mundo en honor a nuestro Señor.

Acercándose el tiempo que había prometido al Rey para informarle de su éxito, mandó doce carabelas de vuelta con noticias de todo lo que habían visto y hecho hasta el año 1494.

La Ciudad de Isabela

Estando solo el Almirante en la Isla Española, cuyas dimensiones son: 220 millas de anchura, una elevación polar (latitud) de 22 grados y medio al norte y de 19 a 20 grados al sur, y una longitud de levante a poniente de unas 600 millas. La forma de la isla se asemeja a la hoja de un castaño.

El Almirante decidió edificar una ciudad sobre una colina en el medio de la isla, en la parte norte, porque cerca había un monte alto con bosques y rocas para hacer cal y ladrillo. La llamó Isabela. Al pie de este monte había una llanura de 60 millas de largo, con anchuras de 20, 12 y en la parte más estrecha, seis millas. Por ella pasaban muchos ríos, y el mayor de ellos corría en forma de arco delante de la puerta de la ciudad.

Esta llanura es tan fértil que en algunos huertos que hicieron sobre la arena del río, al sembrar diversas clases de hierbas —como lechugas, repollos y borraja—, todas nacieron y crecieron en dieciséis días. Melones, sandías, calabazas y otras cosas similares fueron recolectadas en treinta y seis días, siendo mejores de lo que jamás se había comido. Pero lo más sorprendente fue que, habiéndose plantado algunas raíces de cañas de azúcar, estas alcanzaron una altura de dos brazas y maduraron en quince días.

Dicen también que las vides dieron uvas suavísimas el segundo año, aunque pocas por la fertilidad de la tierra. Incluso hubo uno que sembró un poco de trigo a principios de febrero para hacer una prueba, y el treinta de marzo (día de Pascua de Resurrección) llevó a la ciudad un manojo de espigas maduras.

La Provincia del Oro: Cibao

Mientras tanto, el Almirante, basado en la información que tenía de los isleños, había enviado a treinta hombres a una provincia de la isla llamada Cibao, situada en el centro, montañosa y con gran abundancia de oro, según mostraban los habitantes.

Estos hombres regresaron y refirieron cosas maravillosas sobre las riquezas de ese lugar. Contaron que de esas montañas descendían cuatro grandísimos ríos que dividen la isla en cuatro partes casi iguales: uno va hacia el levante, llamado Yuna; el otro hacia el poniente, Attibunico; el tercero al norte, Yaque; y el cuarto hacia el sur, Naiba.

Pero volviendo al propósito, el Almirante, después de fortificar la ciudad con terraplenes y fosos para que, si los indios atacaban en su ausencia, los suyos pudieran defenderse, partió el doce de marzo con cerca de cuatrocientos hombres a pie y a caballo. Se puso en camino para ir a la provincia del oro, por el lado del sur.

La Fortaleza de Santo Tomás

Después de pasar montañas, valles y ríos, descendió a una llanura que es el comienzo de Cibao. Por esa llanura corrían algunos arroyos en cuyas arenas se encontraba oro.

Habiendo penetrado el Almirante 72 millas dentro de la isla y a una distancia de su ciudad, llegó a la orilla de un gran río, sobre cuya eminente colina decidió construir una fortaleza para poder buscar con mayor seguridad los secretos del país. La llamó Santo Tomás.

Mientras el Almirante estaba ocupado en edificar esa fortaleza, muchos campesinos vinieron a él para obtener cascabeles y otras cosas nuestras. Él, a cambio, les pidió que le trajeran oro. Ellos corrieron a la orilla más cercana del río y, en poco tiempo, regresaron con las manos llenas de oro.

Uno de los viejos trajo dos granos del tamaño de una onza por un cascabel. Viendo que los cristianos se maravillaban del tamaño de esos granos, él les mostró con señas que aquellos eran pequeños y de poca monta. Tomó en la mano cuatro piedras, una menor que una nuez y la mayor como una naranja. Con tales señas indicaba que granos de ese tamaño se encontraban en su patria, que estaba a medio día de viaje de ese lugar, y que podían recogerse con poca dificultad.

Además de este anciano, vinieron otros, que traían piezas de oro de un peso de más de tres ducados cada una, y afirmaban que se encontraban incluso más grandes. El Almirante envió a algunos de los suyos a ese lugar, los cuales hallaron mucho más de lo que se les había dicho.

La Riqueza de Cibao y la Fruta Silvestre

En el mes de marzo, encontraron uvas silvestres bien maduras y de excelente sabor, de las que los habitantes de la isla se preocupan poco.

Aunque esta provincia es rocosa, está llena de árboles y toda verde por las hierbas. Se dice también que al cortar la hierba de esos montes, vuelve a crecer en cuatro días y alcanza la altura de un brazo. Como llueve mucho, hay numerosos ríos y arroyos. Al estar la arena de estos mezclada con oro, tienen por seguro que ese oro desciende de las montañas, arrastrado por los torrentes.

Los hombres son muy ociosos y carecen de cualquier industria, de modo que en invierno tiemblan de frío en los montes. A pesar de que los bosques están llenos de algodón, no saben hacerse vestimentas con él, lo que no ocurre a quienes habitan en la llanura.

Búsqueda del Continente y la Isla de Jamaica

Tras explorar lo dicho, el Almirante regresó a la villa Isabela, donde dejó a su hermano al mando junto con algunos otros. Él partió con tres navíos para ir a descubrir cierta tierra que pensaba que era el continente, y que no estaba a más de 80 millas de La Española.

A esta tierra, en el primer viaje, la llamaron Juana, y luego descubrieron que los nativos la llamaban Cuba. En el extremo de La Española, frente a Cuba, encontró un puerto segurísimo al que puso el nombre de Puerto San Nicolás. Este se encontraba a dos leguas de Cuba.

Pasado ese punto, se dirigió hacia el poniente (oeste). Cuanto más avanzaban, más se alejaban las costas y más se adentraban en el golfo hacia el sur. Por ese lado, encontraron una isla que los nativos llamaban Jamaica, que es mayor que Sicilia. Tiene una sola montaña en el centro que comienza a elevarse desde todas las partes de la isla y asciende gradualmente hacia el medio, de modo que a quien sube no le parece que esté ascendiendo.

Esta isla, tanto en las costas como en el centro, es fertilísima y está llena de gente. Sus habitantes son más agudos y de mayor ingenio que los hombres de otras islas, más dados a las artes manuales y aptos para la guerra. Cuando el Almirante intentó desembarcar en diversos lugares, corrían armados e impedían que bajara. En muchos sitios combatieron con los nuestros, pero al ser vencidos, luego hicieron amistad.

Aventuras en la Costa de Cuba

Dejando la isla de Jamaica, navegaron hacia el poniente durante setenta días, un recorrido de unas 280 leguas. En esta navegación, a veces el mar corría como un torrente, y con frecuencia se encontraron en lugares llenos de escollos y bajíos debido a la gran cantidad de islas que se veían por doquier.

Aun así, siguieron adelante por el deseo que tenían de ver el fin de aquella tierra. En este viaje descubrieron muchas cosas que no deben omitirse. Al partir del cabo de Cuba, llamado Alpha y Omega, encontraron un bellísimo puerto, capaz de albergar un gran número de naves. Era como un semicírculo y tenía a la entrada un pequeño monte a cada lado que rompía todas las embestidas del mar. Dentro se ensanchaba y era profundísimo.

Algunos de ellos, desembarcando armados por precaución, encontraron algunas casas de paja sin nadie dentro, y en muchos lugares el fuego encendido con asadores de madera llenos de pescado, además de dos serpientes de ocho pies cada una. Al ver que no había nadie, comenzaron a comer el pescado y dejaron las serpientes, que tenían la forma de cocodrilos.

Luego, se dispusieron a buscar un bosque cercano y vieron muchas de estas serpientes vivas atadas a árboles con cuerdas. Recorriendo un trecho más, encontraron unos 70 hombres que habían huido a la cima de una grandísima roca para ver qué quería esa nueva gente. Nuestros hombres les hicieron tantas muestras de afecto con señas, mostrándoles cascabeles y otras cosas, que uno de ellos se atrevió a bajar a otra roca cercana.

Pescadores y Manjares Reales

En ese momento, un nativo de la isla Guanahaní, cercana a Cuba, cuya lengua tenía similitud con la de los hombres de Cuba, y que había sido criado en la corte del Almirante, se acercó a este hombre y le habló. Tranquilizándolo a él y a los demás, y persuadiéndoles de que vinieran sin miedo, todos bajaron e hicieron gran amistad con los nuestros.

Declararon que eran pescadores que habían venido a pescar para su Rey, que iba a celebrar un solemne banquete con otro rey.

Al encontrar que nuestros hombres habían comido el pescado y dejado las serpientes, se mostraron muy contentos y alegres, porque las serpientes las guardaban para la persona del Rey como un manjar delicadísimo, de la misma manera que entre nosotros se guardan los faisanes y los pavos reales. Dijeron que la noche siguiente pescarían la misma cantidad de pescado.

Al ser preguntados por los nuestros por qué lo cocinaban, respondieron que lo hacían para poder llevarlo más fresco y mejor.

La Costa de Cuba y el Misterio del Pescado

El Almirante, habiendo obtenido la información que deseaba, dejó ir a los pescadores y siguió su viaje hacia el poniente. Recorriendo esas costas, aunque estaban llenas de árboles (algunos cargados de flores, otros de frutos, que desprendían un gran aroma en la orilla), el terreno era áspero y rocoso.

Sin embargo, el país era fértil y estaba lleno de gente mansísima, que acudía a las naves sin ningún recelo. Llevaban a los nuestros el pan que usaban y calabazas llenas de agua, e invitaban a desembarcar muy afectuosamente.

Avanzando, llegaron a una multitud de islas, de número casi infinito, que descubrieron que estaban habitadas, llenas de árboles y fertilísimas. Entre los árboles, vieron una especie del tamaño de un olmo, que producía calabazas. Solo usaban la cáscara de estas para transportar agua, por ser durísima; la médula la tiraban por ser amarguísima.

En la costa que costeaban, encontraron un río navegable de agua tan caliente que no se podían mantener las manos dentro.

El Arte de la Pesca con el Pez Cazador

Más adelante, encontraron a unos pescadores en sus barcas, cavadas de un solo tronco, que pescaban de esta manera:

Tenían un pez de forma desconocida para nosotros, que tiene sobre el cuerpo unas escamas con espinitas, y sobre la cabeza una piel muy tenaz que parece una bolsa grande. Este pez lo tenían atado con una cuerda a un lado de la barca, justo debajo del agua, pues no puede soportar la vista del aire.

Cuando veían peces grandes o tortugas (de las que se encuentran enormes), soltaban la cuerda. El pez cazador, sintiéndose libre, corría como un dardo hacia el pez o la tortuga, se abalanzaba sobre él con esa piel de la cabeza y se adhería con las espinitas tan fuerte que no podían escapar. No lo soltaba hasta que él y su presa eran acercados a la orilla por los pescadores, quienes recogían la cuerda poco a poco.

Tan pronto como el pez cazador siente el aire, suelta a la presa. Los pescadores saltan al agua con gran presteza, los suficientes para sujetar la presa, que luego es izada a la barca por los otros compañeros. Una vez capturada la presa, soltaban de nuevo la cuerda al pez cazador para que regresara a su sitio debajo de la barca, donde le daban de comer con una cuerda de la misma presa.

A este pez los indios lo llamaban Guaicano, y los nuestros lo apodaron el "Reverso", porque pescaba al revés.

Estos pescadores habían capturado cuatro tortugas tan grandes que ocupaban toda la barca, y se las dieron a los nuestros como un manjar delicioso.

Buscando el Continente Americano

Al ser preguntados cuánto duraría esa costa hacia el poniente, respondieron que no tenía fin. Rogaron al Almirante que desembarcara, o al menos enviara a alguien en su nombre a saludar a su Cacique, prometiéndole grandes regalos si lo hacía. El Almirante, para no perder tiempo, no quiso hacerlo.

Partiendo de allí y costeando más hacia el poniente, después de pocos días se toparon con un monte altísimo, que estaba muy bien cultivado y lleno de gente. Al ver las naves, corrieron de inmediato hacia ellas, trayendo pan, conejos, pájaros y algodón. Por medio del intérprete, preguntaban con gran asombro si la gente que había llegado venía del cielo.

Nuestros hombres, al ver la humanidad de aquellos, les mostraron a su vez gran afecto, haciéndoles también algunos regalos, especialmente a aquel que veían que era honrado por ellos como principal. De ese Cacique y de muchos otros hombres de autoridad que estaban cerca, el Almirante entendió que esa costa no era una isla, sino tierra firme.

El Misterio de los Hombres Vestidos de Blanco

Cerca de esa tierra descubrieron una isla a mano izquierda donde no vieron a nadie, porque todos habían huido al ver a los nuestros. Solo vieron cuatro perros de aspecto feísimo que no ladraban, los cuales se comen allí como nosotros los cabritos, además de gansos, patos y garzas.

Entre esa isla y muchas otras, y la costa de tierra firme, encontraron canales tan estrechos con tantos remolinos y bajíos que muchas veces las naves tocaron fondo en la arena. Estos remolinos duraron unas cuarenta millas, donde el agua era tan espumosa, blanca y espesa que parecía que se había arrojado harina.

Finalmente, al salir de estos bajíos y entrar en mar abierto, unas ochenta millas más allá vieron un monte altísimo donde desembarcaron algunos hombres para hacer agua y leña. Entre pinos y palmas altísimas, encontraron dos fuentes de agua dulcísima.

Mientras cortaban leña y llenaban los barriles de agua, un ballestero de los nuestros se adentró en el bosque para pasear y se topó con un hombre vestido de blanco hasta el suelo, que estaba justo encima de él sin que se diera cuenta. Al principio, creyó que era un fraile de los que llevaban en la nave. Pero inmediatamente, detrás de este, aparecieron otros dos vestidos de la misma manera, y mirando a su alrededor, vio un escuadrón de unos treinta.

Al verlos, el ballestero comenzó a huir, y ellos lo siguieron, haciéndole señas de que no huyera. Pero él regresó a las naves lo más rápido que pudo e informó al Almirante de lo que había visto.

El Bosque de Viñas Silvestres

El Almirante envió a muchos hombres por diferentes caminos, con la orden de que, si era necesario, se adentraran cuarenta millas en tierra hasta encontrar a los hombres vestidos de blanco o a otros habitantes.

Estos, tras cruzar el bosque, entraron en una llanura llena de diversas hierbas, en la que no había ni un solo rastro de camino o sendero. Al intentar avanzar a través de la hierba, se enredaron tanto en ella que, durante un buen rato, a duras penas pudieron avanzar una milla. Esto se debió a que la hierba tenía la misma altura que nuestros cereales cuando están maduros. Cansados, regresaron.

Al día siguiente, el Almirante envió a otros 25 hombres armados, a quienes ordenó igualmente que investigaran diligentemente qué gente habitaba esa tierra. Estos, no lejos de la orilla, encontraron en esa costa huellas de grandes animales. Pensando que eran de leones, asustados, regresaron por otro camino, por donde encontraron un bosque de árboles a los que se aferraban vides producidas por la naturaleza, cargadas de grandes racimos de uvas dulcísimas, y otros árboles que tenían frutos muy aromáticos y especiados.

Cortaron algunos racimos de las uvas, que llevaron consigo como muestra, pero los otros frutos, al no poder secarse, todos se pudrieron. Entre esos bosques, en algunos prados, vieron grullas en gran cantidad, el doble de grandes que las nuestras.

El Viaje Continúa y Nuevas Lenguas

Avanzando más y desembarcando, llegaron cerca de unas montañas, donde en dos casitas encontraron a un solo indio. Este, llevado ante el Almirante, mostró con gestos de las manos y de la cabeza que, al otro lado de ciertas montañas cercanas, había lugares muy habitados.

Mientras los cristianos permanecieron allí algunos días, muchas barcas de gente del país vinieron a visitarlos y los saludaban con gestos amistosos. Digo con gestos porque su lengua no era entendida, ni siquiera por el indio que era familiar del Almirante y le servía de intérprete.

Por esto, se supo claramente que había varias lenguas entre los indios. No obstante, por medio de señas, entendieron que tierra adentro había un Cacique potentísimo que andaba vestido a la manera nuestra.

Ostras con Perlas y el Regreso

Esa costa era toda pantano y estaba llena de árboles. Buscando agua allí, nuestros hombres encontraron ostras de las que nacen las perlas, con algunas dentro. Sin embargo, no les pareció que debían demorarse allí, porque su intención era solo descubrir la mayor cantidad de tierra posible, según lo que les habían mandado los Reyes. Temían ser adelantados por el Rey de Portugal, quien, al enterarse del descubrimiento de Colón, había enviado hombres a esa zona, siendo la costumbre que quien descubriese primero, fuera el señor.

Partiendo de allí y siguiendo su viaje, vieron a lo largo de todas esas costas grandes fuegos y en gran cantidad. Había muchos montículos, y ninguno, por pequeño que fuera, carecía de su propio fuego. Esto se veía a lo largo de un espacio de unas ochenta millas. No pudieron entender la causa de estos fuegos, ni si se hacían regularmente en las casas para sus necesidades, o si eran señales dadas a los vecinos para reunirse, como se hace en lugares sospechosos en tiempos de guerra, o simplemente porque convocaban a la gente a ver nuestras naves como algo nunca antes visto por ellos.

La Costa de los Evangelistas y el Banquete Aromático

Cuanto más avanzaban por los litorales de esa costa, más se adentraban en el golfo, ora hacia el sur, ora hacia el suroeste. El mar se veía lleno de islas.

Pero, encontrándose el Almirante con las naves maltratadas por el largo viaje y con falta de bizcocho (galleta de barco), tomó la decisión de regresar. A esa última parte de la costa, que se pensó que era tierra firme, la llamó Evangelista.

Al regresar, pasando cerca de otras islas, se topó con una parte del mar tan llena de tortugas (o bichos con caparazón) y tan grandes que a veces las naves no podían avanzar.

Pasada esa parte, recorrió algunos remolinos de aguas blancas similares a los que se han mencionado antes. Finalmente, para evitar los bajíos de las islas, se vio obligado a desembarcar en los litorales de esa tierra. Allí acudieron muchos indios, trayéndole muchos regalos: papagayos, conejos, pan y agua. Pero la mayoría traía unas palomas más grandes que las nuestras, y de gusto mucho más suave que nuestras perdices, según refirió luego el Almirante.

Esa noche en la que llegaron a ese lugar, cenando y sintiendo un cierto olor aromático en ellas, el Almirante ordenó que se matara y degollara a alguna de ellas de inmediato. Al hacerlo, encontraron que su buche estaba lleno de flores olorosas, las cuales daban un sabor tan suave a la carne.

La Admonición del Sabio Anciano

A la mañana siguiente, según era costumbre, el Almirante ordenó decir la misa. Mientras se celebraba, se presentó un anciano de unos ochenta años, hombre de aspecto de gran gravedad, acompañado de muchos indios, todos desnudos a excepción de las partes pudendas.

Este, al ver celebrar la misa, permaneció atento con gran admiración. Terminada la misa, de inmediato presentó al Almirante una cesta llena de frutos del país. El Almirante lo recibió con mucha gracia y lo hizo sentar a su lado.

El buen anciano, por medio de ese indio familiar del Almirante que le servía de intérprete (porque entendía su lengua), habló de esta manera:

"Hemos sabido que tú has recorrido muy audazmente todas estas tierras hasta hoy no vistas por ti, y que has atemorizado mucho a estas gentes. Por lo cual, yo te exhorto y ruego, sabiendo tú que nuestras almas tienen dos caminos después de salir del cuerpo: uno oscuro y tenebroso, por el que van las almas de aquellos que han sido molestos para la humanidad; y otro lúcido y claro, ordenado para aquellos que han amado la paz y la quietud. Siendo tú mortal y esperando el premio de tus obras, no quieras ser molesto para nadie."

La Respuesta del Almirante

Ante estas palabras, el Almirante, estupefacto por el juicio de aquel anciano, respondió:

Que él sabía y tenía por cierto todo lo que él decía sobre las almas, pero que pensaba que estas cosas no eran conocidas por los habitantes de estas regiones, al verlos contentos con lo que la naturaleza les proveía y sin buscar más allá.

Añadió que había sido enviado por los Reyes Católicos con la orden de restablecer la paz y la quietud en todas las partes del mundo que no les eran conocidas. Esto significaba que debía destruir a los Caníbales y otros hombres malvados de ese país, y castigarlos según sus méritos, y honrar y defender a los hombres pacíficos y de bien.

Le dijo que ni él ni nadie que tuviera buena intención debía temer nada. Además, que si alguien le había hecho alguna ofensa, a él o a otros de su gente, que se lo manifestara, y él pondría remedio a todo.

Asombro y Costumbres Nativas

Estas palabras del Almirante agradaron enormemente al anciano, hasta el punto de que, a pesar de su edad, dijo que estaba decidido a seguirle a donde quiera que fuera. Esto habría sucedido si su esposa e hijos no se lo hubieran prohibido con muchas lágrimas.

No obstante, el anciano se maravilló al enterarse por el intérprete de que el Almirante tenía otro señor por encima de él. Se asombró mucho más cuando supo el gran poder de los Reyes Católicos por la cantidad de reinos y ciudades que tenían bajo su imperio, y preguntó varias veces si aquella tierra donde nacían hombres tan grandes era el cielo.

El Almirante quiso conocer algunas particularidades de este país y así, a través del intérprete, supo lo siguiente:

  • Gobierno y Propiedad: No tienen ningún señor particular entre ellos, sino que viven en comunidad. Los ancianos son los que gobiernan, y su número es grande.
  • Adoración: Adoran al Sol de esta manera: por la mañana, antes de que aparezca por el levante, van cerca del mar, ríos o fuentes, y tan pronto como aparecen los primeros rayos, se lavan las manos y la cara y le rinden reverencia.
  • Vida en Comunidad: Luego, los ancianos se reúnen a la sombra de árboles altísimos y verdes, no lejos de sus habitaciones, y allí se sientan y charlan, sin hacer nada. Los jóvenes van a hacer todo lo necesario, como sembrar y cosechar el Maíz, la Yuca y los Agíes según la estación.
  • Comunidad de Bienes: Cualquiera puede recoger lo que le plazca para su casa, aunque no lo haya sembrado él, ya sea porque la tierra produce en tanta cantidad que les sobra, o también porque tienen la creencia de que la tierra y lo que de ella nace debe ser común, como lo son el sol y el agua. Por esta causa, nunca se oye entre ellos decir "esto es mío, y esto es tuyo", ni se ven límites, zanjas o cercas para dividirse unos de otros. Viven en común de todo lo que la naturaleza produce, sin necesidad de leyes o juicios, observando el deber por sí mismos de forma natural.
  • Prevención de la Corrupción: La principal intención de los ancianos es instruir a los jóvenes para que se contenten con usar pocas cosas en sus comidas y en el resto de lo que necesitan para vivir, y que sean aquellas que nacen en su país. Por esta razón, no permiten que entre ningún extranjero que traiga cosas nuevas, ni quieren hacer trueques, y prohíben a los suyos salir de su país natal y tratar con forasteros. Esto se debe al temor que tienen de que, al adoptar costumbres extranjeras, se vuelvan malvados.
  • Ocio: A menudo, tanto hombres como mujeres se reúnen bajo altísimas sombras y allí bailan a su modo y se divierten.

El Regreso a La Española y la Enfermedad

Habiendo entendido todos estos detalles, el Almirante partió de ese lugar y llegó de nuevo a la Isla de Jamaica, por el lado que mira al sur. La recorrió toda de poniente a levante.

Desde la última parte de la isla, mirando hacia el norte, vio a su izquierda algunas montañas altas, las cuales reconoció que estaban en la Isla Española, en la parte que él aún no había explorado. Deseando verlas, se dirigió hacia allí y arribó al puerto llamado San Nicolás, con la intención de reparar sus naves para ir a destruir a los Caníbales y quemar todas sus barcas.

Sin embargo, no pudo llevar a cabo su propósito, ya que fue sorprendido por una gravísima enfermedad a causa de las grandes dificultades y fatigas soportadas en ese viaje. Por esta razón, se vio obligado a hacerse llevar a la ciudad Isabela, donde estaban sus dos hermanos y el resto de su familia.

Sediciones y la Alianza con Guarionex

Una vez recuperada la salud, no pudo ejecutar su empresa debido a las muchas sediciones surgidas en la isla entre los españoles. A causa de estas sediciones, entre otras cosas, descubrió que un tal Pedro Margarit, un caballero de la corte de los Reyes Católicos, junto con muchos otros a quienes él había dejado al gobierno de la isla, se habían marchado enojados contra el Almirante y regresado a España.

Por esta razón, él también decidió ir a la corte, temiendo que aquellos que se habían marchado reportaran cosas malas de él a los Reyes, y también para pedir gente en lugar de la que se había ido, y víveres como trigo y vino, porque los españoles no podían acostumbrarse fácilmente a los alimentos indígenas.

Pero antes de partir, trató de apaciguar a algunos de los señores del país que también se habían indignado contra los españoles por las insolencias, robos, rapiñas y homicidios que cometían ante sus ojos sin ningún respeto. Primero, reconcilió y se hizo amigo de un Cacique llamado Guarionex, y para que esto le saliera mejor, casó a una hermana del Cacique con su intérprete indio llamado Didaco, que había sido criado durante mucho tiempo en su corte.

La Captura del Cacique Caonabó

Después de esto, el Almirante se dirigió al Cacique Caonabó, señor de los montes de Cibao, la región donde se extraía el oro, y donde había construido la fortaleza llamada Santo Tomás. Esta fortaleza había estado sitiada por el Cacique durante treinta días, y el Almirante la liberó.

Como el Cacique había causado la muerte de muchos de los nuestros en su ausencia, el Almirante decidió, con toda astucia, capturarlo. Para lograrlo, envió a Hojeda a persuadirlo para que fuera a hablar con él.

Al llegar, Hojeda encontró a muchos enviados de los señores de la isla a Caonabó, quienes le decían que no debía en modo alguno hacerse amigo de los cristianos si no quería convertirse en su vasallo. Por su parte, Hojeda, en parte rogando y en parte amenazando, se las ingeniaba para persuadirlo de lo contrario: que fuera personalmente a ver al Almirante y estableciera una alianza con él.

Finalmente, Caonabó, simulando estar persuadido, dijo que quería reunirse con el Almirante, pero bajo esta apariencia planeaba matarlo. Puso en orden a toda su familia y a muchos otros hombres armados y se dirigió hacia allí. Hojeda le preguntó por qué llevaba tanta gente, a lo que respondió que un señor como él no debía ir con menos compañía.

Pero Hojeda, habiendo reconocido su plan, preparó una emboscada, lo capturó a salvo y lo llevó con grilletes al Almirante.

El Hambre y la Estrategia Indígena

Una vez capturado Caonabó, el Almirante había decidido recorrer toda la isla, subyugando a esos señores, pero se enteró de que los habitantes de la isla se estaban muriendo de hambre, y que ya habían muerto unos cincuenta mil.

Todo esto sucedía por culpa de los propios nativos, ya que, para que los cristianos sufrieran y se vieran obligados a abandonar la isla, no solo no habían querido sembrar o plantar ese año las raíces de las que hacían pan y se nutrían, sino que incluso habían arrancado y destruido las semillas y plantas en sus propias tierras, especialmente cerca de los montes de Cibao, donde se extraía el oro. Reconocían que el oro era la causa principal de la permanencia de los nuestros en la isla.

Esto causó una grandísima hambruna. Sin embargo, el mal recayó sobre ellos, porque los nuestros fueron socorridos con víveres por Guarionex, quien no tenía tanta necesidad en su tierra.

Fortificaciones y Tributos

Por esa razón, el Almirante se desvió del camino que había iniciado. Y para que los suyos estuvieran más resguardados en la isla ante cualquier eventualidad o asalto de los isleños, entre la ciudad de Isabela y la fortaleza de Santo Tomás, sobre una colina abundante en aguas y en los confines de la tierra de Guarionex, edificó otra fortaleza a la que llamó La Concepción.

Al ver los hombres de la isla que los cristianos construían cada día alguna nueva fortaleza y que mostraban poco interés por las naves —ya casi todas podridas—, sentían gran aprensión. Estaban seguros de que perderían por completo su libertad. Llenos de dolor, preguntaban a menudo si los nuestros abandonarían alguna vez la isla.

Nuestros hombres, para no llevarlos a la desesperación, los consolaban lo mejor que podían.

Recorriendo no muy lejos de la fortaleza por los montes de Cibao, un Cacique les regaló una pieza de oro a modo de un trozo de toba con un peso de veinte onzas. Este grano de oro fue enviado a los Reyes en España, que se encontraban en Medina del Campo, y fue visto por toda la corte. También encontraron en esos montes muchos bosques de árboles de color verde (verizino o palo de Brasil), de los que luego cargaron muchos en las naves para España. La vista de estas cosas causaba gran molestia a los indios.

La Paz Forzada y el Hambre

El Almirante, viendo a los isleños afligidos y atribulados, tanto por las cosas mencionadas como por los robos de los nuestros, a quienes no podía evitar que anduvieran por toda la isla cometiendo un sinfín de fechorías, convocó a todos los Caciques del país.

Llegó a un acuerdo con ellos: el Almirante no permitiría que sus hombres recorrieran la isla para saquear todo bajo el pretexto de buscar oro. A cambio, los Caciques se obligaron a dar un tributo de una cierta porción por cabeza de lo que tenían.

Los habitantes de los montes de Cibao se obligaron a dar cada tres meses (o "tres lunas", como ellos lo llamaban) una cierta medida llena de oro, y a enviarla hasta la ciudad. Los demás que vivían en la llanura, donde nacían el algodón y otras cosas de mercado, se obligaron a dar una cierta cantidad de ellas por cabeza.

Pero este acuerdo fue roto por el hambre, ya que, al haberse dañado sus semillas y raíces con las que hacían pan, tenían que esforzarse todo el día yendo por los bosques para buscar raíces y frutos de árboles silvestres, de modo que no tenían tiempo de buscar oro.

Sin embargo, algunos lo intentaron, y a su debido tiempo entregaron parte de su obligación, excusándose del resto. Prometieron que tan pronto como pudieran recuperarse, pagarían el doble. Los habitantes de los montes de Cibao no pudieron hacer esto, pues estaban más afectados que los demás por el hambre.

La Batalla contra el Hermano de Caonabó

Volvamos a Caonabó prisionero. Este, pensando cómo podría liberarse, comenzó a persuadir al Almirante de que, ya que él había asumido la defensa de los montes de Cibao, debía enviar allí alguna guarnición de cristianos, ya que estaban siendo constantemente atacados por sus enemigos vecinos. Hacía esto con el diseño de que, al encontrarse un hermano suyo con muchos indios de guerra en dicha provincia, fuera posible que, o por fuerza o por engaños, capturaran a tantos de los nuestros que sirvieran para su rescate.

El Almirante, dándose cuenta del engaño, envió a Hojeda tan bien acompañado que pudiera ser superior a los de Cibao si estos levantaban las armas contra él.

Tan pronto como Hojeda llegó a la tierra de Caonabó, el hermano, siguiendo la orden que se le había dado, reunió a unos cinco mil indios armados a su manera: es decir, desnudos, pero con puntas de piedra afiladísimas, y con mazas y lanzas.

Como si tuviera algún conocimiento de la táctica de combate indígena, acampó a más de un tiro de arco de los nuestros, dividiendo a su gente en cinco escuadrones, asignando a cada escuadrón su lugar, igualmente lejos uno del otro, ordenados en forma de semicírculo. El escuadrón que él mismo lideraba se puso frente a los nuestros. Habiendo ordenado así las escuadras, mandó que se diera una señal para que todos se movieran a la vez, y que todos, gritando al unísono, iniciaran la refriega, para que ninguno de los nuestros, estando rodeados por tanta multitud, pudiera escapar.

Nuestros hombres, al ver esto, juzgaron que lo mejor era combatir con uno de los escuadrones antes que con todos, y así cargaron contra el más grande que venía por el terreno más llano. Esto fue porque en ese lugar podían usar mejor los caballos. Con tal ímpetu, los indios, estando desnudos, no pudieron resistir la furia de los caballos. De hecho, rotos y maltratados, huyeron. Los otros escuadrones, asustados al ver al primero arruinado y deshecho, se retiraron lo más rápido posible a los montes más altos del país.

Desde allí, enviaron embajadores a los nuestros, prometiendo hacer todo lo que se les ordenara si se les permitía permanecer en sus casas. Esto lo obtuvieron fácilmente una vez que los cristianos tuvieron en sus manos al hermano de Caonabó. Ambos, siendo llevados prisioneros a España para ser presentados a los Reyes Católicos, murieron de dolor durante el viaje.

La Calma en Cibao y la Fortuna Destructora

Después de esto, todos los habitantes de los montes de Cibao quedaron en paz. Entre ellos, hay un valle llamado Maguana, donde habitaba el Cacique Caonabó, lleno de ríos que traen oro y de fuentes de aguas clarísimas, lo que hace al valle fertilísimo.

Ese año, en el mes de junio, sobre esta provincia, se desató una fortuna de viento furiosísima desde el levante, hacia el mediodía. Esta empujaba una multitud de nubes gruesas que ocupaban un espacio de unas diez millas en todas direcciones. Al chocar con un viento del poniente, ambos luchando juntos, hicieron cosas inauditas y espantosas. A veces parecía que rompían las nubes, mandándolas hasta el cielo con fortísimos truenos y lucidísimos relámpagos. Otras veces, al acercarse a la tierra, levantaban del suelo todo lo que encontraban, haciéndolo girar.

La oscuridad del aire era tanta que los hombres no podían verse unos a otros, como si fuera medianoche en su momento más oscuro. Por donde pasaba este impetuoso torbellino, no solo arrancaba de raíz todos los árboles que encontraba, sino que a algunos que ofrecían más resistencia por ser más grandes, los llevaba por el aire con todas sus raíces con mayor ferocidad. Además, hacía caer las piedras desde las cimas de los montes con una ruina increíble. De aquí nacía un ruido en el aire y en la tierra tan horrible y lleno de espanto que todos pensaban que había llegado el fin del mundo.

No se sabía adónde huir, porque la muerte parecía manifiesta en todas partes. Parecía inseguro permanecer en las casas, ya que se vieron grandes cantidades de ellas destrozadas por las piedras y troncos de árboles que parecían llover, y algunas levantadas en el aire junto con sus habitantes. Solo parecían seguros, como de hecho lo estuvieron, aquellos que se refugiaron en algunas cavernas cercanas.

El Huracán y su Devastación

Esa furia del viento llegó al puerto donde estaban tres naves del Almirante, amarradas con muchas anclas. El viento rompió las amarras y las cadenas, las hizo girar tres veces y las hundió, junto con los hombres que se encontraban en ellas. Esto ocurrió en el mar, que en esas costas no suele crecer o decrecer como en España, sino que permanece siempre en sus límites. Por eso, las orillas donde golpea están llenas de flores y hierbas.

Por este cruel temporal, el mar se hinchó de tal modo que inundó en muchas partes llanas de la isla un espacio de tres o cuatro millas.

Cesado el viento, que duró tres horas, y salido el sol, los indios, atónitos, se miraban unos a otros y no podían hablar, permaneciendo todavía en su ánimo aquel horror tan grande. Sin embargo, después de un rato, al recobrarse, decían que nunca en sus tiempos ni en los de sus ancestros habían ocurrido semejantes huracanes (que así llaman a las tempestades). Pensaban que Dios, al ver tantos males y fechorías que cometían los cristianos en la isla, queriendo castigarlos, les había enviado esa ruina. Decían que esa gente había venido a perturbar el aire, el agua y la tierra, para romper su tranquila vida.

Las Minas de Oro y el Retorno de Colón

El Almirante, al llegar al puerto, vio sus planes de ir a España truncados por la rotura de las naves. De inmediato, mandó construir dos carabelas, ya que llevaba consigo maestros muy competentes en todas las artes.

Mientras se fabricaban, envió a Bartolomé Colón, su hermano, que era el gobernador de la isla, con algunos hombres bien armados a las minas donde extraían el oro, que se encontraban a sesenta leguas de la fortaleza Isabela, para investigar plenamente la naturaleza de esos lugares.

Una vez allí, el gobernador encontró cuevas profundísimas, como pozos. Los maestros de minería que había llevado consigo, tamizando la tierra en diversos lugares de dichas minas, que abarcaban un espacio de unas seis millas, juzgaron que aquellas tierras contenían tanta cantidad de oro que cada minero fácilmente podría extraer tres ducados de oro al día.

El gobernador notificó esto inmediatamente al Almirante, quien, al saberlo, decidió regresar a España. Partió el once de marzo de 1495.

La Fortaleza del Oro y la Fundación de Santo Domingo

Una vez que el Almirante partió, su hermano, el gobernador, por consejo de aquel, edificó una fortaleza cerca de las mencionadas minas de oro y la llamó la Fortaleza del Oro, porque encontraron oro mezclado en la tierra con la que hacían los muros.

Consumió dos meses en hacer instrumentos y vasijas para recoger y lavar el oro, pero el hambre lo perturbó y lo obligó a dejar la obra imperfecta. Partiendo de allí, dejó diez hombres a la guardia de la fortaleza, con la ración de pan de la isla que pudo, y un perro para cazar unos animales parecidos a conejos que ellos llaman Hutías. Regresó a la roca de la Concepción.

En el mes en que los señores Guarionex y Maniocatex debían pagar el tributo, él estaba allí. Permaneció allí todo el mes de junio y cobró el tributo entero de esos dos Caciques. Además, obtuvo muchas cosas necesarias para el sustento, tanto para él como para los suyos, que eran unos cuatrocientos hombres.

Cerca del primer día de julio, llegaron tres carabelas de España con trigo, aceite, vino, carne de cerdo y de buey salada. Todas estas cosas fueron repartidas, y se dio su porción a cada uno.

Por medio de esas carabelas, el gobernador recibió una orden de los Reyes (y de su hermano el Almirante, que había hablado con ellos sobre esto) de que debía ir a habitar la parte de la isla que mira al mediodía, porque ese lugar estaba muy cerca de las minas de oro. Además, debía enviar prisioneros a España a todos los Caciques de la isla que hubieran matado a cristianos.

El Nuevo Asentamiento

Así, el gobernador envió trescientos indios con algunos señores como prisioneros. Luego de recorrer toda la parte sur de la isla, eligió un lugar para habitar sobre una colina cerca de un puerto segurísimo, en la cual edificó una fortaleza que llamó San Domingo (Santo Domingo), porque llegó a ese lugar un domingo.

Al pie de dicha colina corre y desemboca en el puerto un bellísimo y ancho río de agua clara, abundantísimo en diversas clases de peces, con sus orillas amenísimas por todas partes debido a la variedad de hierbas y árboles frutales que en ellas hay, con tantos frutos que los navegantes pueden tomarlos a su gusto.

Se dice que esta parte de la Isla es tan fértil como la provincia donde se ubica la fortaleza de La Isabela.

El gobernador partió de allí, dejando a todos los enfermos y a varios maestros encargados de terminar las dos carabelas que ya habían comenzado a construir. El resto de la gente se dirigió a Santo Domingo, donde se edificó una fortaleza que con el tiempo se convertiría en la ciudad principal de esa Isla. Dejó una guardia de veinte hombres en dicha fortaleza y continuó su camino con el resto de la gente.

Se dirigió a explorar las regiones interiores de la Isla hacia el poniente, un territorio del que no poseía ninguna información previa.

Tras avanzar treinta leguas, encontró el río Naiba. Este río, como se mencionó antes, desciende de las montañas del Cibao por la vertiente sur y corre directamente por el centro de la Isla.

Una vez cruzado el río, envió a dos capitanes con sus hombres hacia la izquierda, a las tierras de varios Caciques que poseían vastos bosques de palo de verzino (un tipo de madera valiosa), los cuales nunca antes habían sido talados.

Cortaron una gran cantidad de esta madera y la almacenaron en las casas de los isleños para que la custodiaran hasta que ellos pudieran volver a recogerla con embarcaciones.

La Provincia de Xaragua y el Cacique Bohechío Anacauchoa

El gobernador, explorando a la derecha, no muy lejos del río Naiba, encontró a un Cacique potente llamado Bohechío Anacauchoa, quien con mucha gente estaba en el campo para subyugar a los pueblos de esos lugares.

El dominio de este Cacique se extendía hasta el extremo de la isla hacia el poniente, que se llama Xaragua, distante unas treinta leguas del río Naiba. Era un país montañoso y áspero, y todos los Caciques de esas partes le rendían obediencia. En toda esa parte, desde el Naiba hasta el extremo occidental de la isla, no se encuentra oro.

El Cacique, al ver a los nuestros acercarse, depuso las armas y, dándoles señal de paz, se encontró con el gobernador, preguntándole qué buscaban. Este respondió que quería que, al igual que los demás Caciques de la isla pagaban tributo a su hermano el Almirante en nombre de los Reyes Católicos, él también pagara.

Más Fortalezas y Nueva Rebelión

Bohechío Anacauchoa aceptó el tributo y prometió darlo de las cosas que su país producía, que eran algodón y diversas clases de pan y raíces. En la tierra de este Cacique, el gobernador edificó una fortaleza y la llamó La Bella Visita. Dejando allí a diez hombres enfermos bajo el mando de dos soldados, él continuó hacia la parte de la costa de levante, de la que no tenía conocimiento, y en un lugar llamado Azua, donde las ostras traían perlas, edificó otra fortaleza y la llamó Peralta.

Luego, el gobernador se dirigió a la parte opuesta de la costa que mira al mediodía y estaba más cercana a la ciudad de Isabela. Como allí la tierra era buena y fértil, edificó otra fortaleza en la parte de mediodía (sur) y la llamó San Juan.

Habiendo enfermado algunos hombres en esos castillos, los envió a otros dos que estaban más cercanos: uno de ellos era la fortaleza de la Concepción, y el otro era llamado Bonao, por el nombre de un Cacique cercano.

Habiendo partido los enfermos hacia estos castillos, él se dirigió a Santo Domingo, cobrando por el camino los tributos de aquellos Caciques.

La Conjura de Guarionex

Mientras esto sucedía, a los pocos días, le llegó la noticia de que todos los Caciques que estaban cerca de la fortaleza de la Concepción se encontraban descontentos por el mal comportamiento de los nuestros y deseaban cosas nuevas.

Al enterarse de esto, se dirigió inmediatamente hacia allí. Acercándose a ese lugar, supo que Guarionex había sido elegido como Señor por los hombres de la provincia, y que este había sido forzado a asumir esta empresa. Digo forzado porque, habiendo probado ya las armas de los nuestros, temía hacerlo. Sin embargo, se puso de acuerdo con ellos y fijó un día determinado para enfrentarse a los nuestros con 15.000 hombres.

La Derrota de los Caciques Rebeldes

Habiendo el gobernador (Bartolomé Colón) entendido la conjura, y aconsejándose con el Capitán de la fortaleza y otros de sus soldados, decidió asaltar a los rebeldes por separado antes de que pudieran reunirse.

Y así se hizo: envió a diversos capitanes a los poblados de los indios, que estaban sin foso ni terraplén alguno. Los encontraron desprevenidos y desarmados, los asaltaron y los tomaron prisioneros a todos. Los ataron uno a uno y los llevaron ante el gobernador.

El gobernador, que se había dirigido a la tierra de Guarionex (por ser el más poderoso), lo había capturado a la misma hora. En total, fueron catorce los prisioneros llevados a la Concepción, de los cuales solo dos fueron castigados. El gobernador liberó a los demás junto con Guarionex, y los licenció solo para no espantar a los hombres del país, ya que esto habría sido muy perjudicial para los nuestros, pues habrían dejado de cultivar la tierra.

Unos cinco mil indios desarmados habían acudido a la fortaleza, cada uno para rescatar a los suyos, quienes, con sus gritos, que llegaban hasta el cielo, hacían temblar la tierra.

El gobernador hizo muchos regalos a Guarionex y a los otros Caciques, y con promesas y amenazas les advirtió que tuvieran cuidado de no maquinar otra vez cosa que fuera contra los Reyes Católicos.

Entonces, Guarionex habló a los suyos, mostrando la potencia de los nuestros, la clemencia hacia quien se equivocaba y la liberalidad hacia los fieles, rogándoles que se apaciguaran y no hicieran nada contra los cristianos. Los indios tomaron entonces a Guarionex y lo llevaron sobre sus hombros hasta la casa donde habitaba. Así, aquella provincia estuvo en paz por algunos días.

La Belleza de Anacaona en Xaragua

Sin embargo, los nuestros estaban muy preocupados, encontrándose en un país extranjero y abandonados, pues ya habían pasado quince meses desde la partida del Almirante, y les faltaban ya todas las cosas necesarias, tanto para vivir como para vestirse. El gobernador los consolaba lo mejor que podía, alimentándolos con esperanzas.

Mientras estaban en esta situación, vinieron mensajeros del Cacique Bohechío Anacauchoa, cuyo estado se encontraba hacia el poniente, llamado Xaragua, para hacer saber al gobernador que ya estaban preparados todo el algodón y otras cosas de las que él y todos sus súbditos eran deudores como tributo.

El gobernador, al saber esto, se puso en camino para ir a encontrarlo, y lo hizo de muy buena gana porque había sabido que había regresado a casa de dicho Cacique una hermana suya llamada Anacaona (que en nuestra lengua significa "Flor de Oro"), quien fue esposa del Cacique Caonabó, el que fue capturado por los nuestros.

Esta era considerada la mujer más bella de la Isla Española. A su belleza se unía el ingenio y la gracia, por lo cual tenía tanta autoridad que gobernaba casi todo el estado de su hermano. Había regresado junto a él después de la muerte de su marido, y sabiendo lo que le había sucedido, para que su hermano no incurriera en un error similar, le persuadió de que honrara a los cristianos y no se negara a hacer nada que ellos le pidieran.

La Ceremonia de Bienvenida y la Iguana

Al enterarse de la llegada del gobernador, este Cacique y su hermana Anacaona, para honrarlo, fueron a su encuentro algunas millas, con una organización diferente a la primera. Hicieron que fueran juntos hombres y mujeres bailando y cantando delante. Luego, venía el Cacique sobre un madero ligero, llevado por seis indios, desnudo salvo por las partes pudendas.

De manera similar, Anacaona venía detrás, llevada del mismo modo por seis indios. Ella estaba desnuda en todo su cuerpo, el cual tenía completamente pintado de flores rojas y blancas. Sus partes vergonzosas las tenía cubiertas con un paño finísimo de algodón de varios colores. En la cabeza, el cuello y los brazos llevaba guirnaldas de flores rojas y blancas muy olorosas, y en verdad, dicen, mostraba en su aspecto ser una señora.

Al encontrarse con el gobernador, el Cacique y la hermana se hicieron bajar de quienes los llevaban, le hicieron reverencia y luego lo acompañaron a casa, donde estaban congregados los tributos de treinta Caciques. Además de lo que estaban obligados a pagar, para congraciarse con los cristianos, habían traído diversos regalos, como pan de maíz y de yuca, y muchos de aquellos animales de la isla llamados Hutías (similares a conejos), y pescado de diversas clases, todo asado para que no se estropeara.

Entre estos manjares, había ciertas serpientes grandes y espantosas de ver, de cuatro pies de largo, llamadas Iguanas, que nacen en la isla de diversos colores, con espinas de la cabeza a la cola y con dientes agudísimos. Los indios se las comen y las consideran el mejor y más delicado manjar que se puede encontrar, y comida de señores.

Aunque los cristianos las habían visto comer muchas veces por los indios, nunca habían querido comerlas, porque su fealdad causaba una gran náusea al estómago.

El Deleite Exquisito de la Iguana

Llegada la tarde, se preparó una cena bellísima y abundantísima de comidas hechas de diversas maneras. El gobernador, junto con el Cacique y la hermana Anacaona, se sentaron en una mesa separada de los demás. Esta mesa era un paño de algodón tejido de diversos colores, extendido en el suelo, alrededor del cual se sentaban sobre montículos a modo de cojines de hojas de árboles redondas, de un palmo de ancho, muy olorosas. Cada vez que los sirvientes traían nuevas viandas, portaban humildemente un manojo de dichas hojas para limpiarse las manos con ellas.

Anacaona, que era muy delicada y bella según las costumbres del país, miraba al gobernador muy amorosamente, pareciéndole el hombre más bello que jamás había visto. Siendo ingeniosa y muy graciosa, bromeaba con él sobre diversas cosas por medio de intérpretes, y entre otras, le dijo que tenía por seguro que la belleza del país de los cristianos superaba la belleza de cualquier otro país, al ver que en él nacían hombres tan bellos. Por esto, le rogaba que le dijera por qué causa, dejando una cosa tan bella, andaban buscando las feas como eran las suyas.

Y cuando le trajeron aquellas serpientes cocidas, ella, desprendiendo un trozo de la cola, se lo presentó al gobernador con rostro alegre, mostrándole que lo probara por su amor.

El gobernador, ya prendado de la gentileza de esta mujer y deseando complacerla, aunque en contra de su voluntad, lo aceptó. Hizo acopio de ánimo y comenzó a probarlo solo con los labios, y como no le desagradó, lo masticó. Y fue tanta la excelencia y la suavidad de esa carne al gusto y al paladar, que después no quiso comer otra cosa que Iguana.

Al ver esto, los otros españoles también se animaron a comer de esas serpientes, y no hablaban de otra cosa que de su bondad, diciendo que la suavidad de esa carne superaba con creces la del pavo real, el faisán y la perdiz.

La Receta Secreta

Y porque había entendido que la suavidad de aquella carne consistía en saber cocinarla, el gobernador quiso saber el modo. Se le dijo que era este:

Una vez que se tienen estos animales, se abren, se les sacan las tripas y todas las demás vísceras, y se limpian y lavan con gran diligencia, quitándoles las escamas lo mejor posible. Luego, se meten en una vasija de tierra capaz de contener su tamaño, acomodándolos en forma de círculo. Se les añade un poco de agua con algo de aquel pimiento que hemos dicho que nace en esta isla. Se pone al fuego y se deja hervir lentamente. La leña debe ser de cierto árbol oloroso que no hace humo. Y como las serpientes son grasosas, hacen un caldo muy espeso y delicado.

También se le dijo que los huevos de estas serpientes cocidos son suavísimos, y es una comida que dura muchos días.

Con estas y muchas otras palabras similares, el gobernador y sus compañeros fueron llevados a dormir a un aposento donde había una cama de cuerdas de algodón suspendida y colgada a su modo. Pero la gentil Anacaona había mandado hacer guirnaldas de diversas flores alrededor y debajo de ella, las cuales, mezcladas, rendían un olor suavísimo.

Luego de que ella vio al gobernador desvestido y acostado, se fue a dormir a otro lugar junto con muchas de sus esclavas indias.

El Tesoro de Xaragua y la Carabela

Pero volviendo a nuestro propósito, una vez que el gobernador (Bartolomé Colón) tuvo llena una cierta casa con el algodón recaudado de los tributos, el Cacique junto con los otros le ofrecieron darle tanto de su pan como él quisiera. Él aceptó la oferta y les dio las gracias.

Mientras se hacía el pan por el país, envió mensajeros a la fortaleza Isabela con la orden de que condujeran a esas costas una de las carabelas que él había dejado a medio construir, y que hicieran saber a los de la fortaleza que él la enviaría cargada de víveres.

Ellos condujeron la carabela, según la orden del gobernador, al litoral llamado Xaragua. Al enterarse de esto, Anacaona quiso ir junto con su hermano a verla. En el camino, pasaron una noche en un poblado donde ella tenía su tesoro: no oro, ni plata, ni otras joyas, sino vasijas de madera necesarias para la vida, como platos, escudillas, cuencos, todos de madera negrísima y lucidísima, maravillosamente pintados con cabezas de animales, serpientes, flores y otras cosas similares. De estas vasijas, le regaló sesenta al gobernador, junto con catorce taburetes del mismo tipo de madera y pintados de la misma manera. Todos estos objetos se trabajaban en la isla Guanaba, que está en la parte poniente de La Española, con piedras de río muy afiladas. También le dio cuatro grandes bolas de algodón hilado finísimo y de diversos colores para hacer telas.

La Demostración de Artillería

Al día siguiente, fueron a un villorrio del Cacique cerca del litoral. El gobernador hizo preparar uno de sus bergantines. El Cacique hizo traer dos canoas pintadas de varios colores: una para él y otros familiares suyos, la otra para Anacaona y sus esclavas. Ella, que no miraba a nadie más que al gobernador, quiso subir sola con él al bergantín. Sus esclavas la siguieron en la canoa.

Cuando llegaron no muy lejos de la carabela, el gobernador hizo una seña y se dispararon todas las piezas de artillería, cuyo estrépito resonó por el mar y los montes cercanos. El fuego y el humo que se elevaban al aire hicieron que Anacaona, atónita y fuera de sí, cayera como muerta en los brazos del gobernador. Todos los demás quedaron igualmente espantados, y pensaron que el mundo llegaba a su fin.

El gobernador, levantándola y riéndose, los liberó a todos de aquel espanto, sobre todo porque, cesado el estruendo de la artillería, comenzaron a tocar trompetas, pífanos y tambores, lo que dio gran placer a los indios. Luego, el gobernador hizo subir a Anacaona a la nave y la llevó con agrado por todas partes, mostrándole particularmente todos los lugares de la misma. Detrás de ella vino el Cacique con los otros indios, quienes, al entrar igualmente en la nave, considerándola toda por arriba y por abajo, quedaron admirados, y no decían otra cosa sino que se miraban unos a otros.

La Navegación a Vela y el Regreso

Al ver esto el gobernador, ordenó que se levantaran las anclas y que se dieran las velas al viento. Esto les causó un estupor aún mayor, al ver una máquina tan grande moverse sin remos ni esfuerzo humano. Y más aún cuando vieron que la nave, por el mismo viento, iba hacia adelante y hacia atrás.

Finalmente, cargó la nave de pan de yuca y maíz, y licenció al Cacique y a la hermana, después de haberles dado muchas cosas de las que se hacen entre los cristianos.

Anacaona, en su aspecto, mostraba gran dolor por aquella partida, y rogaba al gobernador que se contentara con quedarse allí algunos días, o que, de verdad, quisiera que ella lo siguiera. A esto, el gobernador le dijo muchas palabras, prometiéndole regresar otra vez.

Finalmente, habiendo enviado la nave en su viaje, él regresó por tierra con los soldados a la fortaleza Isabela.

La Traición de Roldán y la Huida de Guarionex

Allí encontró que un tal Roldán, que había sido un siervo de condición humilde del Almirante y que había sido elevado por él (siendo dejado como presidente de la justicia a su partida), se mostraba de muy mala voluntad hacia él. Roldán andaba robando por la isla, y por su culpa y la de otros dejados a la guardia de la fortaleza, el Cacique Guarionex, no pudiendo tolerar sus malos comportamientos e insolencias, había huido con sus familiares a ciertas montañas distantes de Isabela unas diez leguas hacia el poniente, en el litoral del Norte.

En esa zona hay unas montañas cuyos habitantes se llaman Ciguayos, y su Cacique es Mayobanex. Su territorio es de montañas ásperas y de difícil acceso, formadas por la naturaleza de tal manera que, estando cerca del mar, se defienden hacia él, formando un semicírculo a modo de dos cuernos. En el medio hay una llanura por la cual muchos ríos de aguas clarísimas y abundantes desembocan en el mar.

Se cree que los habitantes son tales que muchos piensan que tuvieron origen de Caníbales, porque descendiendo a la llanura para guerrear, se comen a cuantos enemigos vecinos capturan.

Guarionex se refugió en la fortaleza de este Cacique, llamada Caprón, llevándole muchos grandes regalos, de aquellos de los que carecen los habitantes de esos montes. Le dijo que había sido muy maltratado por los nuestros, y que nunca había podido obtener paz con ellos con humildad y buenas palabras. Por esto, había recurrido a él, rogándole que lo quisiera ayudar y defender de la furia de estos hombres tan malos. Mayobanex lo aceptó y le hizo grandes atenciones, prometiéndole toda ayuda contra los cristianos.

La Rebelión Abierta de Roldán

Habiendo encontrado las cosas así dispuestas, el gobernador se dirigió a la fortaleza de la Concepción, cerca de la cual supo que se encontraba el dicho Roldán, quien andaba robando cuanto oro encontraba en manos de los indios, y forzando a todas las mujeres que le apetecían. Por estas cosas, lo hizo llamar, preguntándole la causa de esta insolencia.

Él le respondió descaradamente: "He sabido que el Almirante ha muerto, y que los Reyes Católicos ya no se preocupan en absoluto por las cosas de la isla. Nosotros, siguiéndote y estando bajo tu gobierno, nos morimos de hambre, y estamos obligados a buscar nuestro sustento por la isla. Además de esto, pienso tener aquí tanta autoridad como tú, y por ello estoy decidido a no seguir más bajo tu obediencia."

Ante estas palabras, el gobernador se enfadó y quiso echarle mano, pero él, dándose cuenta, huyó con sesenta hombres hacia el poniente, a la provincia de Xaragua, donde comenzó a hacer lo peor que podía: robar, forzar mujeres y matar.

La Llegada de los Víveres y la Corrupción

Mientras las cosas de la isla estaban en estos problemas, los Reyes Católicos habían asignado diez carabelas al Almirante para que enviara víveres a su hermano, de las cuales él mandó dos de inmediato por el sur de La Española.

Estas, por ventura, llegaron a aquella parte de la isla del poniente donde se encontraba Roldán con sus compañeros. Él, al verlas y hablar con ellos, comenzó inmediatamente a persuadirlos de que no estuvieran bajo la obediencia del gobernador. Les prometió que, a cambio de las fatigas que tendrían bajo él, les haría tener grandísimos placeres con mujeres y otras cosas que desearan, y que se harían ricos con los botines y rapiñas hechos a aquellos indios, lo cual les era prohibido por el gobernador.

Todas estas cosas gustaron mucho a los de las carabelas, y de común acuerdo se dedicaron a vivir de los víveres que habían traído, y lo eligieron como su jefe. Y aunque tuvieran por cierto y supieran que el Almirante iba a llegar pronto, no por ello dejaban de hacer todo el mal que podían sin temor alguno.

Por otra parte, Guarionex, reunió a muchos indios amigos suyos con la ayuda de Mayobanex, y descendía a menudo de los montes a la llanura, y a cuantos cristianos o indios amigos de ellos encontraba, a todos los hacía pedazos, saqueando y llevándose todo lo que encontraba.

La Partida del Almirante y la Nueva Ruta

En el tiempo en que las cosas en La Española estaban tan perturbadas, el Almirante (Cristóbal Colón) partió de España con el resto de las naves asignadas por los Reyes Católicos hacia la isla. Pero no tomó el camino directo, sino que navegó más hacia el mediodía (sur). Lo que descubrió en esta navegación, tanto de países como de mares, se contará en la siguiente narración.

El Almirante Colón, el 28 de mayo de 1498, partió de Sanlúcar de Barrameda, cerca de la isla de Cádiz, en la desembocadura del río Guadalquivir, con ocho grandes navíos muy cargados. Desviando su camino habitual por las Canarias, por miedo a algunos corsarios franceses que lo esperaban en esa ruta, viró a la izquierda hacia la isla de Madeira.

Desde allí, envió cinco navíos por el camino directo a la Isla La Española. Él retuvo un navío y dos carabelas, con los cuales se puso a navegar hacia el mediodía, con la intención de encontrar la línea equinoccial y desde allí virar hacia el poniente (oeste) para investigar la naturaleza de diversos lugares.

Calmas Ecuatoriales y el Descubrimiento de Tres Montes

Navegando en esa dirección, llegó a las Islas Hespérides, llamadas por los portugueses Islas de Cabo Verde o Canarias. Estas estaban a dos jornadas de tierra, en número de trece, todas deshabitadas excepto una, llamada Buena vista.

Desde esas partes, por haber encontrado un mal clima, navegó hacia el suroeste setecientas ochenta millas con tanta bonanza y calor (pues era el mes de junio) que casi se quemaban los navíos. De igual modo, los aros de las barricas estallaban, de modo que se perdía el agua y el vino. Los hombres no podían tolerar el calor, a pesar de estar a cinco grados del equinoccial.

Sin embargo, toleraron ese suplicio durante ocho días. Les parecía que las naves subían, no de otra manera que si ascendieran a una montaña alta hacia el cielo. El primer día fue sereno, y los otros nublados con lluvia, por lo que lamentaron varias veces haber tomado ese camino.

Pasados los ocho días, el viento sopló del levante, y con él en popa se fueron hacia el poniente, encontrando continuamente mejor templanza de aire y otro aspecto de estrellas por la noche. De modo que al tercer día, encontraron el aire muy templado, y al último día de julio, desde la gavia de la nave mayor, divisaron tres altísimos montes. Se alegraron no poco por esto, ya que estaban descontentos porque, debido al calor, el agua empezaba a escasear.

La Boca del Dragón y el Golfo de Paria

Finalmente, con la ayuda de Dios, llegaron a tierra. Pero como el mar estaba lleno de bajíos, no se podían acercar. Comprendieron bien que era una tierra muy habitada, porque desde las naves se veían bellísimos huertos y prados llenos de flores, los cuales por la mañana, con el rocío, enviaban olores suavísimos hasta las naves, a seis millas de distancia.

A tres millas encontraron un puerto muy bueno, pero sin río. Por esta razón, navegaron más adelante y finalmente encontraron un puerto muy seguro para refrescarse y hacer agua y leña, al que llamaron Punta de Arena.

Cerca del puerto, no encontraron ninguna habitación, pero sí muchas pisadas de animales similares a las de las cabras, y vieron uno muerto, muy parecido a las nuestras.

Al otro día, vieron venir de lejos una canoa con veinticuatro jóvenes de bella y grande estatura, armados de flechas y arcos, con escudos, algo inusual para los indios. Estaban desnudos, excepto por las partes vergonzosas, que cubrían con un paño de algodón de diversos colores, con el cabello largo y suelto, y partido sobre la frente casi a la manera nuestra.

El Almirante, para atraer y asegurar a estos de la barca, mandó que les mostraran espejos de vidrio, escudillas y otros vasos de cobre con cascabeles. Pero cuanto más eran invitados, más temían ser engañados, retirándose siempre y manteniendo los ojos fijos en los nuestros con gran admiración.

Viendo el Almirante que no podía atraerlos con esas cosas, ordenó que en la gavia de la nave mayor se tocaran tamboriles, flautas y otros instrumentos, y que abajo se cantara y bailara, esperando con cantos nuevos para ellos, poder amansarlos.

Pero ellos, pensando que aquellos eran sonidos que los invitaban a combatir, todos a la vez soltaron los remos, tomaron los arcos y flechas en mano, y pensando que los nuestros querían asaltarlos, mantenían las puntas dirigidas hacia ellos, esperando ver qué querían decir aquellos sonidos y cantos.

El Combate de las Corrientes

Los nuestros, por su parte, también se acercaban lentamente a la barca con las flechas en los arcos. Pero los indios se apartaron de la nave mayor, y confiando en la celeridad de sus remos, se acercaron a una nave menor. Se acercaron tanto que el patrón de la nave arrojó a la barca un fardo de tela y una gorra a uno de los primeros de ellos. De esto, sucedió que después se dieron la señal de descender al litoral, donde podrían hablar más cómodamente. Pero al ir el patrón de la nave a pedir permiso al Almirante, y temiendo ellos algún engaño, dieron a los remos en el agua y se fueron.

De esa tierra no tuvieron más conocimiento, salvo que no muy lejos de aquel lugar encontraron una corriente de agua de levante a poniente tan rápida e impetuosa que parecía un torrente que descendía de altísimos montes. El Almirante afirmaba nunca haber tenido mayor miedo desde que navegaba.

Avanzando un poco por esa corriente, encontró una boca de ocho millas de ancho que parecía la entrada de un grandísimo puerto, donde desembocaba esa corriente, a la que llamaron Boca del Dragón. A una isla que estaba enfrente la llamaron Margarita.

Frente a esa corriente de agua salada, venía con no menor ímpetu una corriente de agua dulce desde tierra, y hacía fuerza para desembocar en el mar, pero era impedida por la salada, de modo que juntas hacían un gran combate, con burbujas y espuma.

Descubrimiento de Paria

Al entrar en ese golfo, finalmente encontraron agua dulcísima y buena, y navegaron 104 millas continuamente por agua dulce. Y cuanto más avanzaban hacia el poniente, más dulces eran las aguas.

Descubrieron después un monte altísimo, que por la parte del levante estaba lleno de monos (gatos mamones) y deshabitado por ser muy áspero. Sin embargo, desembarcaron y vieron muchos campos cultivados, pero no vieron hombres ni casas.

Y al lado del monte hacia el poniente, vieron una llanura grandísima a la que los nuestros fueron a ver quién la habitaba. Los indios, al ver llegar a sus litorales a esa gente nueva, corrieron todos juntos sin temor alguno a las naves, donde, hecha amistad con los nuestros, entendieron por señas que esa tierra se llamaba Paria, y que era grandísima, y que cuanto más se iba hacia el poniente, más poblada estaba.

La Acogida en Paria y el Comercio de Perlas

Se llevaron de allí a cuatro hombres a la nave y continuaron siguiendo aquella costa hacia el poniente. Navegando por ella, encontraban cada día el aire más templado y el país más poblado y ameno. Por estas señales, comprendieron que era una región digna de ser tenida en gran cuenta.

Un día, por la mañana antes de la salida del sol, atraídos por la amenidad del lugar, pues sentían grandísimos olores de las flores y hierbas de los prados, quisieron desembarcar. Allí encontraron el mayor número de hombres que jamás habían hallado.

Tan pronto como desembarcaron, vinieron mensajeros al Almirante de parte del Cacique de aquella tierra, quienes con rostro alegre, por medio de señas, gestos y grandes ofertas, lo invitaban a bajar a tierra.

El Almirante no desembarcó, por lo que aquellos se dirigieron a las naves con muchas barcas llenas de indios, todos adornados en los brazos y el cuello con camisetas de oro y perlas orientales.

Al preguntarles dónde recogían aquellas perlas y oro, respondieron con señas que las perlas se encontraban en la orilla del mar allí cerca. Mostraban también con gestos de las manos, movimientos de la cabeza y muecas que cerca de ellos no se les daba valor alguno. Tomando unos vasos a modo de cestos, señalaron que si los nuestros querían quedarse, podían llenarlos a su placer.

Pero como el trigo que el Almirante llevaba a la Isla Española se estaba estropeando, decidió posponer este comercio para un tiempo más conveniente.

La Recepción de los Españoles

Envió entonces dos barcas de hombres a tierra para investigar y comprender la naturaleza de aquel país, las costumbres de los hombres, y hacer una prueba de trueque de las cosas que llevaban por sus perlas.

Habiendo ido a tierra, los nuestros fueron recibidos muy amorosamente por ellos, y corrían por todas partes a verlos como un milagro. Dos de ellos que parecían de más estima y gravedad que los otros, un anciano y un joven (su hijo), fueron los primeros en ir a su encuentro.

Tras saludarlos según su costumbre, los llevaron a una casa hecha en redondo, ante la cual había una gran plaza. Allí los hicieron sentar sobre unas sillas hechas de madera negrísima, labradas con gran arte. Sentados los nuestros junto a ellos, vinieron muchos sirvientes cargados de diversas clases de viandas, la mayor parte de frutos desconocidos para nosotros, y de vinos blancos y tintos no de uvas, sino hechos de diversos frutos muy suaves al gusto.

Después de que hubieron comido un poco, el joven tomó de la mano a los nuestros amigablemente y los condujo a un aposento donde había muchos hombres y mujeres, separados una parte de la otra, blancos como los nuestros, excepto aquellos que andaban bajo el sol. En su apariencia, mostraban ser gente muy mansa y benigna con los forasteros.

Todos estaban desnudos, excepto por las partes pudendas, que cubrían con unos velos de algodón tejido de varios colores. Ninguno, ni hombre ni mujer, carecía de estar adornado con ristras de gruesas perlas y cadenas de oro.

El Tesoro de las Perlas y la Gran Corriente

Preguntados por los nuestros de dónde habían sacado el oro que llevaban, respondieron con señas que venía de ciertas montañas que señalaban con el dedo, indicando que de ninguna manera debían ir allí los nuestros, porque en aquel lugar los hombres eran comidos (por fieras o por Caníbales).

Los nuestros no podían entenderlos, y mostraron gran molestia por no poder hablar entre sí y entenderse.

Habiendo estado los nuestros en tierra hasta el mediodía, regresaron a las naves con muchas ristras de perlas. El Almirante partió inmediatamente con todas las naves debido a que el trigo, como hemos dicho, se estaba estropeando, con la intención de regresar otra vez una vez que las cosas de la Isla Española estuvieran en orden.

Se apresuró a partir a pesar de que las aguas en aquel lugar eran muy bajas y hacían una gran corriente, de modo que la nave mayor era dificultada por cualquier viento pequeño y corría gran peligro. Por esto, durante muchos días, enviaron una carabela menor con la sonda por delante, abriendo camino a las otras. Con esa guía, estuvieron explorando unas 230 millas de esa provincia llamada Paria, donde vieron Cumaná, Manacapana y Curiana.

El Gran Río y el Mar de Hierba

A muchas millas de allí, y navegando hacia el poniente por muchos días, creyendo que aquella era una isla y que desde allí, virando hacia el norte, podrían ir a la Española, llegaron a un río de treinta brazas de profundidad y de una anchura inaudita, pues decían que tenía unas 112 millas de ancho.

Poco después, aún hacia el poniente, pero un poco más al mediodía (ya que esa costa se adentraba así), vieron el mar lleno de hierba, que parecía que corría como un río. Sobre el mar flotaban algunas semillas que parecían lentejas. La hierba era tan espesa que impedía la navegación de las naves.

En ese lugar, el Almirante refiere que había una gran templanza de aire, y que el día era casi igual durante todo el año, y no variaba mucho porque no estaba lejos del equinoccial más de cinco grados.

Viéndose casi atascado en aquel gran golfo y no encontrando salida hacia el norte por donde pudiera ir a la Isla Española, con gran dificultad salió de la hierba. Tomó su camino directo hacia el norte, y con la ayuda de Dios, llegó a la Isla Española según su designio el 28 de agosto de 1498.

La Rebelión y las Mutuas Acusaciones

Al llegar allí, encontró todo en confusión. Aquel Roldán, que había sido su sirviente y que había sido elevado por él, se había rebelado contra su hermano el gobernador junto con muchos otros españoles.

El Almirante quiso apaciguarlo, pero Roldán no solo no se pacificó, sino que escribió a los Reyes Católicos todo el mal posible sobre el Almirante y también sobre su hermano, acusándolos de ser malvados de toda deshonestidad, cruelísimos e injustos, que por cualquier pequeña cosa hacían ahorcar y morir a los hombres. Decía que ambos eran soberbios, envidiosos, llenos de ambición e intolerables. Por esta causa, se habían rebelado contra ellos como contra fieras que se alegran de derramar sangre humana y enemigos del Imperio de sus Majestades, y como contra aquellos que no buscaban otra cosa que usurpar el estado de aquella Isla. Aumentaban esas acusaciones con varias conjeturas, especialmente que no dejaban ir a las minas de oro si no eran sus familiares.

El Almirante, de igual manera, notificó a los Reyes Católicos la naturaleza de aquellos hombres de mal talante, declarando que solo se dedicaban a forzar mujeres y a asesinatos, y que, temiendo ser castigados a su regreso, se habían rebelado y andaban por la isla violando, robando y asesinando.

La Campaña contra los Ciguayos y Guarionex

Mientras se llevaban a cabo estas acusaciones, el Almirante envió a su hermano (Bartolomé Colón) con noventa infantes y algunos caballos para someter al Cacique Guarionex, quien se había rebelado con los pueblos Ciguayos. Este había reunido unos seis mil hombres, todos armados con arcos y flechas, pero desnudos, con el cuerpo pintado de varios colores de la cabeza a los pies.

El gobernador se enfrentó varias veces a él, especialmente al pasar un gran río, en cuya orilla se habían acampado. Con innumerables flechas y piedras, impedían el paso a los nuestros. Al darse cuenta de esto, los españoles enviaron inmediatamente algunos caballos de forma oculta a cruzar el río lejos de aquel lugar.

Los indios, al ver a los nuestros a sus espaldas tan de improviso, quedaron admirados y temieron ser rodeados. Se retiraron a la cima de los montes Ciguayos, a la tierra del Cacique Mayobanex. Guarionex le pidió socorro, pero no lo pudo obtener, porque los pueblos, al sentir la llegada del gobernador, temían ser hechos pedazos. Así, ambos Caciques se vieron obligados a huir a las selvas sobre otros montes altísimos, acompañados solo por unos pocos indios.

El gobernador, al llegar a Caprón y enterarse de la fuga de los Caciques, aunque le pareció difícil encontrarlos, decidió hacer todo lo posible para tomarlos prisioneros. La fortuna le fue muy favorable, porque algunos cristianos, obligados por el hambre, buscando cazar Hutías (que hemos dicho que son similares a los conejos), se toparon por casualidad con dos familiares de Mayobanex que llevaban pan para su sustento.

Estos fueron apresados y mostraron a los nuestros el paradero del Cacique. Al saber esto el gobernador, utilizando a estos como guías, hizo pintar a doce de sus hombres al modo indio, y los envió al lugar donde estaba Mayobanex. Este, al verlos desde lejos, creyó que eran indios y salió a su encuentro, siendo capturado inmediatamente él con toda su familia, junto con Guarionex.

De esta manera, todos los pueblos Ciguayos y otros vecinos, después de la captura de estos Caciques, vinieron a la obediencia del Almirante.

La Caída de Colón y los Juegos de la Fortuna

Mientras el Almirante junto con su hermano se afanaban con la diligencia mencionada en reducir a la obediencia de los Reyes Católicos a todos los señores y pueblos de la Isla Española, llegaron a los Reyes las cartas de los españoles sublevados, y junto a ellas, los mensajeros enviados por el Almirante, como se dijo arriba.

Además, la fama del oro de aquella isla era tan grande entre todos los hombres de la corte (que estaban acostumbrados a ver poco) que cada uno, atraído por la codicia, deseaba obtener el gobierno. Y al no atreverse a pedirlo debido a la gran reputación y gracia que veían que tenía el Almirante, comenzaron a esparcir por toda la corte que él y su hermano querían hacerse señores de aquella isla y de todos los países nuevamente descubiertos.

Decían que las señales eran manifiestas, porque se entendía por cartas de diversos que ellos habían comenzado a no querer que ningún español se acercara a las minas de oro, y que las habían dado en guardia a personas particulares, íntimas y familiares suyas. Añadían que, del oro que se extraía, enviaban poco a España, sino que lo reservaban para sus necesidades. Y que, para que este designio pudiera llevarse a efecto más fácilmente, querían quitarse de en medio a todos los españoles que estaban en dicha isla, y ya habían comenzado a hacer morir a muchos bajo diversos pretextos y causas.

Estas palabras, que se decían por toda la corte, obraron tanto que los Reyes Católicos se vieron forzados, viendo en efecto que no se les había enviado aquella cantidad de oro que se decía que se había extraído en dicha isla (lo cual no procedía de otra cosa que de las discordias entre los españoles), a elegir un nuevo gobernador. Este debía ir allá y, al llegar, entender quiénes eran los culpables y castigarlos.

Aquel gobernador, pues, preparado con un buen número de infantes, sin que el Almirante supiera cosa alguna, llegó a La Española. Al saber de su llegada, el Almirante y su hermano fueron a su encuentro. Queriéndolo recibir con rostro alegre, fueron tomados por sorpresa, apresados, despojados de todo lo que tenían, y enviados a España en grillos por orden del nuevo gobernador.

Aquí se puede considerar la variedad y los juegos de la fortuna: que aquel que poco antes estaba en tanta gracia de los Reyes Católicos, habiéndoles hecho con su virtud e ingenio un beneficio tan grande al descubrirles tantos nuevos países y señoríos (que a opinión de cualquier hombre no parecía que se pudiera encontrar nunca el modo de recompensarlo), en un momento cayera junto con su hermano en tanta miseria.

La Clemencia Real y la Venganza

Pero al llegar la noticia a los Reyes Católicos de que habían llegado en grillos a Cádiz, conmovidos inmediatamente por grandísima compasión, enviaron a su encuentro a diversas personas, con la comisión de que fueran liberados de inmediato y, recibidos honrosamente, fueran llevados a su presencia.

Así se hizo, y al saber de ellos la verdad del asunto, inmediatamente ordenaron que los delincuentes fueran castigados.

Otros Viajes de Descubrimiento: Alonso Niño a Curiana

Después de que el Almirante Colón llegó a España y demostró su inocencia a los Reyes Católicos, muchos de sus pilotos y marineros que continuamente habían estado con él en las susodichas navegaciones, tomaron la decisión entre ellos de ir por el océano a descubrir nuevos países.

Obtenida licencia de los Reyes, con la promesa de darles el quinto del tesoro que encontraran, armaron algunos navíos a sus expensas y se dirigieron por diversos caminos. La condición era no acercarse a menos de cincuenta leguas de donde había estado el Almirante.

Entre ellos, Pero Alonso Niño, con una carabela, se dirigió hacia el mediodía y llegó a aquella parte de tierra firme que se llama Paria, en la cual ya hemos dicho que el Almirante encontró a los hombres y mujeres con tanta abundancia de perlas. Recorriendo más adelante por aquella costa por espacio de cincuenta leguas, dejando atrás las provincias de Cumaná y Manacapana, llegó a la provincia llamada Curiana por los habitantes.

El Tesoro de las Perlas en Curiana

Allí encontró un puerto similar al de Cádiz, en el cual, al entrar, vio un caserío de ocho casas. Desembarcando en tierra, encontró a cincuenta hombres desnudos que no eran de ese lugar, sino de otro poblado muy populoso a tres millas de distancia. Estos, con su Cacique, fueron a su encuentro, rogándole que fuera a sus casas en tierra, pero Niño, por entonces no yendo más adelante, hizo con ellos un trueque de cascabeles, agujas, espejos y ristras de cuentas de vidrio. A cambio, recibió de ellos quince onzas de perlas, de las que llevaban al cuello y en los brazos.

Después de muchas súplicas, al día siguiente zarpó con la nave y fue a su poblado. Al llegar, todo el pueblo, que estaba enfurecido, corrió a la orilla, rogando con gestos y señas que desembarcara. Pero Alonso Niño (viendo tanta multitud) tuvo miedo, porque no llevaba consigo sino treinta y tres hombres. Por señas, les hizo entender que, si querían comprar algo, fueran con sus barcas a la nave.

Así, muchos de ellos, con sus barquetas hechas de una sola pieza de madera (que en ese país llaman Galite), llevando consigo gran cantidad de perlas por el deseo que tenían de nuestras cosas, acudieron a la nave. De este modo, con algunas cosas que valían pocos dineros, obtuvieron unas noventa y cinco libras de perlas, que en su lengua llaman Tenoras.

Vida y Costumbres en Curiana

Después de que Alonso Niño los hubo conocido por espacio de veinte días (humanos, sencillos y benignos con los forasteros), decidió desembarcar en tierra, donde fue recibido muy amorosamente.

Sus habitaciones son casas de madera cubiertas de hojas de palmeras, y su comida familiar es en su mayor parte las ostras, de las cuales sacan las perlas, y tienen gran abundancia en aquellos litorales.

Comen también animales salvajes, como ciervos, puercos, jabalíes, conejos de color y tamaño similares a las liebres, palomas y tórtolas, que tienen en gran abundancia. Las mujeres crían gansos y patos, como se hace en España. En sus bosques hay pavos reales, aunque no con plumas de varios colores como los nuestros, porque el macho se diferencia poco de la hembra; también hay faisanes en gran cantidad.

Estos son perfectísimos arqueros, porque con las flechas dan donde quieren.

En ese lugar, Alonso Niño y su compañía, durante los días que estuvieron, tuvieron buen tiempo, porque tenían un pavo real por cuatro agujasun faisán, una tórtola, un ganso y una paloma por una cuenta de vidrio. Y al hacer estos trueques, regateaban, no de otra manera que como lo hacen nuestras mujeres cuando quieren comprar algo en los mercados.

Como andaban desnudos, preguntaron por gestos y señas para qué podían servir las agujas. A esto, los nuestros respondieron de igual modo por gestos que con ellas podían limpiarse los dientes y sacarse las espinas de los pies. Por esto, comenzaron a estimarlas.

Pero por encima de todas las cosas les gustaban los cascabeles, y por tenerlos, no dejaban de dar cosa alguna.

En ese lugar, en los bosques de altísimos y espesos árboles que estaban cerca, se oían por la noche espantosos mugidos de animales. Sin embargo, juzgaban que estos no eran dañinos, y esto porque los hombres del país andaban con seguridad, así desnudos y sin temor alguno, por aquellos bosques con sus arcos y flechas, y nunca se encontró que alguno hubiera sido muerto por aquellos animales. Cuantos ciervos o jabalíes los nuestros pedían, tantos mataban con sus flechas.

Costumbres y Comercio en Curiana

No tienen bueyes, ni cabras, ni ovejas. Usan pan de raíces y de maíz, similar al de la Isla Española. Tienen el cabello negro, grueso y medio crespo, pero largo. Para mantener los dientes blancos, llevan continuamente en la boca una cierta hierba apta para este propósito, y cuando la desechan, se lavan la boca.

Las mujeres se dedican más a la agricultura y a las cosas de la casa que los hombres, mientras que los hombres se ocupan de la caza, las guerras, los juegos, las fiestas y otros pasatiempos.

Tienen ollas, cántaros, urnas y otros vasos de barro, que no se hacen en su país, sino que se obtienen por trueque en otras provincias, en las cuales realizan sus ferias y mercados. Allí concurren todos los otros vecinos y llevan cada uno aquellas cosas de las que tienen abundancia en su provincia. Hacen trueques y permutas de una cosa por otra según les place, y todos disfrutan llevando a su país cosas nuevas que no se han visto allí antes.

Llevan colgados al cuello, en ristras de perlas, pajaritos y otros animalitos formados de oro, y bien trabajados. Estos los obtienen por trueque en las otras provincias. Este oro es del quilate del florín de Reno.

Los hombres llevan en las partes vergonzosas, en lugar de bragas, una calabaza o un caracol que ajustan con una cuerda que llevan ceñida. Las mujeres también usan bragas similares, pero pocas veces, porque pasan la mayor parte del tiempo en casa.

La Provincia de Cauchiete y el Retorno de Niño

Preguntados estos por señas y gestos si yendo más adelante se encuentra mar o tierra firme, demostraron no saberlo. Pero haciendo conjeturas por los animales que se encuentran en aquellas partes de Paria, se puede creer fácilmente que es tierra firme. Y más aún porque, habiendo navegado por aquellas costas del poniente más de tres mil millas, nunca han encontrado el final.

Preguntaron después de qué lugar tenían aquel oro y de qué parte venía. Por señas respondieron que lo traían de una provincia llamada Cauchiete, distante de ellos seis soles hacia el poniente, es decir, seis jornadas. Señalaron que los artesanos del país lo formaban en aquellos animales que llevaban al cuello.

Al entender esto, Alonso Niño decidió partir de Curiana e ir a aquel rumbo. El primero de noviembre de 1499 llegó a Cauchiete, donde ancló la nave.

Los hombres del país, al ver a los nuestros, vinieron inmediatamente a la nave sin temor alguno y trajeron el oro que se encontraba extraído en su país, y de la bondad y calidad antedicha. También llevaban estos perlas al cuello, las cuales habían obtenido de Curiana a cambio de oro.

Aquí encontraron monos (gatos mamones) y muchos bellos papagayos de varios colores. Había una temperatura suavísima sin frío alguno. La gente es de buena naturaleza, están sin sospecha alguna, y toda la noche venían con sus barcas a nuestra nave con seguridad, y entraban en ella como en su casa.

Son muy celosos de sus mujeres, y por esto las hacían permanecer atrás y muy recatadas, si alguna vez estas querían ver nuestras cosas como algo milagroso. Tienen gran cantidad de algodón, el cual nace por sí mismo sin cultivo alguno, y del cual hacen sus bragas.

El Combate con Caníbales

Luego, partiendo de allí y explorando más adelante, vieron un país bellísimo con muchas casas y algunos poblados con ríos y lugares bien cultivados. Al querer desembarcar en aquel lugar, salieron a su encuentro más de dos mil hombres armados a su usanza, los cuales nunca quisieron paz, ni amistad, ni pacto alguno con los nuestros. Mostraban grandísima rusticidad, más bien parecían hombres casi salvajes, aunque fueran bellos hombres, de cuerpo muy bien proporcionado, morenos de color y universalmente delgados.

Por lo cual, Alonso Niño, contento con cuanto había encontrado, decidió regresar por el camino por donde había venido. Y así, volviendo hacia atrás, con la ayuda de Dios, llegó con la compañía a la provincia de las perlas llamada Curiana, donde permanecieron veinte días para su placer.

Pero me pareció oportuno narrar lo que les sucedió al ver de lejos el país de Paria antes de llegar a él. Navegando y avanzando, en aquel lugar que hemos dicho que se llama Boca del Dragón, se encontraron con dieciocho canoas o barcas de Caníbales, que andaban buscando capturar hombres. Estos, al ver la nave, la asaltaron con gran audacia y, rodeándola, comenzaron a combatir con sus arcos y flechas. Pero los españoles los espantaron mucho con su artillería, de modo que todos se dieron a la fuga.

Los nuestros los persiguieron con la barca armada hasta que capturaron una de sus barcas, de la cual muchos de los Caníbales se arrojaron al agua y escaparon nadando. Solo capturaron a uno que no pudo escapar, el cual llevaba tres hombres atados de pies y manos para comérselos para su sustento. Al comprender esto los nuestros, desataron a los prisioneros y entregaron al Caníbal atado a las manos de los prisioneros, dándoles licencia para que hicieran de él la venganza que quisieran. Aquellos inmediatamente, con puñetazos, patadas y bastones, lo golpearon tanto que lo dejaron casi muerto, recordando que los Caníbales se habían comido a sus compañeros, y que al día siguiente humildemente querían comérselos a ellos.

Costumbres Caníbales y las Salinas de Araia

Preguntando los nuestros sobre las costumbres de aquellos Caníbales, respondieron que estos andaban por todas aquellas islas saqueando y robando todas aquellas provincias, y que tan pronto como llegan a tierra, hacen un cercado de palos que llevan consigo en las barcas para poder estar seguros por la noche, y desde allí van a robar.

En Curiana, encontraron la cabeza de uno de los principales Caníbales colgada en una puerta, la cual conservan como recuerdo y en señal de victoria.

En la región de Paria hay una provincia muy celebrada llamada Araia por la gran cantidad de sal que en ella se encuentra, la cual se forma de este modo: cuando los vientos soplan con ímpetu, empujan el agua del mar hacia una gran llanura de aquella provincia. Cuando el viento se calma y sale el sol, en breve tiempo se congela y se convierte en sal blanquísima, y en tanta cantidad que yendo a aquellas salinas antes de que llueva, se podrían cargar muchos navíos. Pero tan pronto como llueve, se disuelve y vuelve a ser agua.

Esta sal no solo sirve a los hombres del país, sino que la dan en trueque por otras cosas de las que carecen a todos los vecinos, reducida en grandes trozos.

Ritos Funerarios y la Acusación a Niño

Cuando muere algún hombre de cuenta cerca de ellos, lo ponen sobre una parrilla, bajo la cual hacen un fuego lento, hasta que toda la carne se destila poco a poco, y no queda sino la piel y los huesos. Luego, lo conservan y le tienen reverencia, y en ese tiempo vieron dos colocados de este modo.

El trece de febrero partieron de aquella provincia para venir a España con noventa y seis libras de perlas (ocho onzas por libra), obtenidas en trueque por cosas de poco valor. A los sesenta días, llegaron a Galicia.

Aquel viaje fue más largo de lo debido por las corrientes de agua que llevaban la nave hacia el poniente. Alonso Niño fue acusado por sus compañeros de haber tomado una mayor parte de la que le correspondía de todas las perlas que se habían adquirido en aquel viaje, y de haber defraudado a los Reyes Católicos de su porción, que era la quinta parte. Por esto, fue apresado por Fernando de Vega, gobernador de Galicia, donde había llegado. Finalmente, hallado inocente, fue liberado.

Las perlas que trajeron eran orientales y bastante gruesas. Sin embargo, por no estar bien perforadas, como dicen muchos mercaderes que las conocen, no son de mucho valor.

La Expedición de Pinzón y Solís

En este mismo tiempo, Vicente Yáñez Pinzón y Arias Pinzón, su sobrino, que se encontraron en el primer viaje con el Almirante Colón, armaron a sus expensas cuatro carabelas. El 13 de noviembre de 1499, partieron de Palos para ir a descubrir nuevas islas y tierras.

En breve tiempo, llegaron a las Canarias, y de allí a las Islas de Cabo Verde. Partiendo de ellas y tomando la ruta hacia el suroeste, navegaron con aquel viento trescientas leguas. En aquel viaje, perdieron la Estrella Polar. Habiéndola perdido, fueron inmediatamente asaltados por una terribilísima fortuna de mar, con lluvia y viento crudelísimo. Sin embargo, siguiendo su camino continuamente hacia el suroeste, avanzaron doscientas cuarenta leguas no sin manifiesto peligro.

La Exploración de la Costa Sur

En aquel lugar (donde estaban Pinzón y su sobrino Arias), tomando el astrolabio en mano y buscando el polo antártico, no vieron estrella alguna similar a nuestra Estrella Polar. Refirieron, sin embargo, haber visto otra forma de estrellas muy diferentes a las nuestras, las cuales no pudieron reconocer bien por estar impedidos por una cierta calígine que se levantaba alrededor de ellas y les estorbaba la vista. Pero fuera de la calígine se veían figuras de estrellas lucidísimas y más grandes que las nuestras.

Y el 20 de enero, divisaron tierra a lo lejos. Acercándose a ella, y viendo el agua muy turbia, echaron la sonda y encontraron dieciséis brazas de agua. Finalmente, al llegar a tierra, desembarcaron y permanecieron dos días sin que apareciera hombre alguno, aunque encontraron muchas pisadas de hombres.

Para que cualquiera que por ventura llegara a aquel lugar supiera que ellos habían estado allí, grabaron sus nombres y los de los Reyes Católicos en las cortezas de los árboles.

El Encuentro con Hombres Temibles

Luego, partiendo de allí y explorando más adelante, vieron por la noche muchas luces, que parecían estar en un campamento de gente de guerra. Hacia ellas, el gobernador envió veinte hombres bien armados, ordenándoles que no hicieran ruido alguno.

Estos fueron y, al comprender que era una gran multitud de gente, no quisieron de ninguna manera perturbarlos. Decidieron esperar a la mañana para después entender quiénes eran.

Al amanecer, envió cuarenta hombres armados a tierra. Tan pronto como fueron vistos por aquella gente, estos enviaron a su encuentro a treinta y dos hombres armados a su modo con arcos y flechas. Tras ellos venía el resto de la multitud: hombres grandes, de aspecto espantoso y rostro cruel, que no dejaban de amenazar.

Los españoles, en cambio, mostraban querer ser sus amigos y les hacían muchas atenciones, pero cuanto más se les hacían, más se mostraban indignados, y nunca quisieron paz, acuerdo, ni amistad con ellos. Por lo cual, por entonces se volvieron a las naves, con la intención de combatir con ellos a la mañana siguiente. Pero aquellos, tan pronto como apareció la noche, se levantaron y se fueron.

Los de las naves juzgaron que eran gente que andaba vagando como los Tártaros, que no tienen casa propia, sino que van hoy aquí y mañana allá, viviendo de lo que encuentran con sus mujeres e hijos. Los nuestros quisieron ir más adelante siguiendo sus pisadas, las cuales encontraron en la arena que eran el doble de grandes que las nuestras.

El Combate en la Playa y la Pérdida de una Barca

Navegando más adelante, encontraron un río, pero no de tanto fondo como para que las carabelas pudieran fondear en él. Por esta razón, enviaron a tierra cuatro barcas cargadas de hombres armados para que fueran a reconocer aquellos países.

Estos, al desembarcar en tierra, vieron sobre un montículo cerca del litoral una compañía de hombres, los cuales con señas y gestos demostraban desear mucho el comercio con los nuestros. Pero los españoles no se atrevieron a acercarse.

Enviaron a uno de los suyos, el cual les arrojó un cascabel desde lejos. A cambio, aquellos arrojaron un trozo de oro. Queriendo este tomarlo, una multitud de aquellos indígenas se le echó encima para capturarlo. Él, defendiéndose con la espada, no podía resistir al gran número, porque aquellos no temían morir.

Sin embargo, tanto se defendió, que todos los hombres de las cuatro barcas saltaron a tierra. Tras entablar una gran reyerta, ocho de los nuestros murieron, y a los demás les costó mucho escapar y retirarse a las barcas. De nada les sirvió estar armados de lanzas y espadas, pues aquella gente, aunque hubieran muerto muchos de los suyos, lo tenían en poco. Más bien, los siguieron con más arrojo hasta el agua, de modo que al final capturaron una de las cuatro barcas y mataron a su patrón. El resto apenas pudo escapar con las otras tres y volverse a las naves.

Pinzón con sus compañeros, viendo esto, quedaron descontentos y decidieron partir de allí. Así lo hicieron, y tomaron su camino hacia el norte, que era el rumbo de aquella costa que se internaba.

El Río Maratambal y el Continente

Habiendo navegado con este viento cuarenta leguas, encontraron el mar de agua dulce. Y buscando de dónde venía esta agua, encontraron que algunos ríos descendían con grandísimo ímpetu de altísimos montes, y entraban por una boca en este mar. Delante de esta boca había muchas islas habitadas por gente humana y agradable. Pero no encontraron cosa alguna para comerciar, solo tomaron treinta y seis esclavos, ya que no encontraron otra cosa con la que pudieran ganar.

El nombre de esta provincia se llamaba Mariatambal. La parte cercana al río hacia el levante (este) la llaman los hombres del país Camomoro, y la que está al poniente (oeste), Paricora. Los del país referían que tierra adentro se encontraba gran cantidad de oro.

Luego, partiendo de aquel río, en pocos días, yendo hacia el septentrión (norte), reencontraron la Estrella Polar, que estaba casi en el horizonte. Toda aquella costa es de la tierra de Paria, la cual fue descubierta, como hemos dicho, por el Almirante Colón, con tantas perlas.

Pero antes de que llegaran a la Boca del Dragón (cerca de Paria), encontraron el Marañón (Amazonas), un río grosísimo, de una anchura, dicen, de noventa millas, lleno de isletas, que desemboca con gran ímpetu en el mar.

Llegados después a dicha boca, cerca de Paria, encontraron algunas islas muy copiosas de Brasil (palo de tinte), del cual cargaron sus naves.

Yendo después hacia el noreste, encontraron muchas islas deshabitadas por miedo a los Caníbales, aunque la tierra fuera buena y llena de árboles y hierbas verdísimas. Entre casas en ruinas, vieron muchos hombres que huían a los montes.

El Marsupial de Paria y el Desastre Final

Encontraron también muchos árboles grosísimos de Cañafístula, de la cual llevaron a España, y los médicos que la vieron dijeron que habría sido óptima si hubiera sido cosechada en su debido tiempo. Vieron también árboles de tal grosor que seis hombres con dificultad los habrían abrazado.

En aquel lugar, vieron un animal nuevo, casi monstruoso, porque tenía el cuerpo y el hocico de zorra, la grupa y las patas traseras de mono (gato mamón), y las delanteras casi como la mano del hombre, y las orejas como las de un murciélago. Tenía bajo el vientre otro vientre exterior, como una bolsa, donde escondía a sus hijuelos después de que nacían, y nunca los dejaba salir hasta que por sí mismos eran capaces de nutrirse. Uno de estos animales, junto con sus hijuelos, fue capturado por los españoles y lo llevaban a los Reyes Católicos, pero los hijuelos murieron en la nave, y la madre murió pocos días después por el cambio de aire y comida. Estos, así muertos, fueron vistos por muchas y diversas personas.

Vicente Yáñez Pinzón afirma haber navegado por la costa de Paria más de seiscientas leguas. Juzga que es tierra firme.

Partiendo de ella con las cuatro carabelas que tenían, fueron asaltados por una gravísima tormenta en el mes de julio. Dos de ellas se hundieron, una se rompió, y más por estar los hombres perdidos y desorientados que por otra cosa. La cuarta se mantuvo firme, pero no sin mucho trabajo, tanto que ya habían perdido toda esperanza de salvación. Al ver esto, los de la nave que sobrevivía fueron a la segunda, porque tenía pocos hombres, y temiendo que se hundiera, se arrojaron a tierra, donde estaban en grandísimo temor de ser maltratados por aquella gente. Estaban reducidos a tal punto que tomaron la decisión de hacer pedazos a todos los hombres del país vecino y construirse casas para habitar.

Así estuvieron algunos días, después de los cuales, calmándose el tiempo, vieron su nave, que había quedado sola con solo dieciocho hombres. Subiendo a ella junto con la otra que se había salvado, hicieron vela hacia España y llegaron a Palos, cerca de Sevilla, el último día de septiembre.

Después de ellos, muchos otros han navegado aquel viaje hacia el mediodía y continuamente han ido por la costa de la tierra de Parianunca han encontrado término alguno que sea isla. Por esto, todos manifiestamente sostienen que es tierra firme. De la cual, últimamente, ha sido traída Cañafístula en toda perfección, oro, perlas y palo brasil de la clase dicha arriba.

El Cuarto Viaje de Colón

Después de que el Almirante Colón fue muy agasajado por los Reyes Católicos, pasados dos años, por orden de Sus Majestades, él junto con su hermano armaron cuatro naves para ir a descubrir tierras nuevas más allá de la Isla Española hacia el poniente.

En 1502, el 9 de mayo, partieron de las costas de España con 270 hombres. En cinco días, llegaron a las Canarias, de donde partiendo con buen viento, llegaron a la Isla Dominica de los Caníbales en diez y nueve días, y en otros cinco a La Española. De modo que, en veintiséis días, hicieron unas 1200 leguas, según su cuenta.

La Partida del Almirante hacia el Poniente

El Almirante (Colón) permaneció pocos días en la Isla Española. Se desconoce la causa, si fue porque el virrey de aquella isla no quiso, o porque él quiso partir voluntariamente.

Se fue hacia el poniente (oeste), dejando a mano derecha hacia el norte las islas de Jamaica y Cuba. Finalmente, llegó a una isla más hacia el mediodía (sur) de Jamaica, llamada Guanaja, la cual por entonces fue considerada una isla. La vieron verdísima y llena de altísimos árboles.

El Comerciante de Guanaja y su Carga

Mientras costeaban sus orillas, se toparon con dos canoas grandes, las cuales eran tiradas por el mar, junto a la orilla, por algunos indios desnudos que llevaban cuerdas de algodón alrededor de los hombros, al modo en que entre nosotros se tiran las barcas río arriba.

En dichas canoas iban el patrón de la isla con su mujer e hijos desnudos. Aquellos que tiraban de las canoas, al ver a los nuestros que ya habían desembarcado en la orilla, les hicieron señas con soberbia para que, por orden de su señor, se retiraran y les cedieran el lugar.

Mostrando los nuestros que no hacían caso, comenzaron a amenazarlos. Tal era su simpleza que no se fijaban en la grandeza de nuestros navíos, ni en la multitud de gente que había a bordo. Les parecía que era el deber de los nuestros tener hacia su señor la misma reverencia que ellos le tenían.

Pero los nuestros, botando los esquifes al mar, rodearon las canoas y las capturaron con todos sus ocupantes a salvo.

Por medio de un intérprete que llevaban, supieron que aquel era un gran mercader que venía de tierras lejanas, donde había estado trocando muchas cosas suyas, y a cambio llevaba otras de aquellos países, las cuales eran: navajas, cuchillos y hachas hechas de una piedra transparente de color amarillo, con mangos de una madera muy tenaz. Tenía también algunos utensilios de casa, como vasos de cocina, parte de madera y parte de barro cocido muy bien labrados, y algunos de la misma piedra transparente. Pero sobre todo, llevaba mantas labradas con plumas de papagayos y telas hechas de algodón de diversos colores.

Al enterarse de esto, el Almirante lo hizo liberar y le devolvió sus cosas. De ellas, dicho indio quiso dar una parte a los nuestros.

La Costa de Quiriquitana (Honduras)

De él, el Almirante quiso informarse sobre la costa de aquella tierra hacia el poniente. Una vez entendido todo, tomó el camino hacia aquella parte.

Habiendo navegado unas diez millas, encontró un país muy grande y espacioso, que supo por los habitantes que era llamado Quiriquitana, pero el Almirante lo llamó Ciamba. Pareciéndole hermoso y fructífero, lleno de muchos árboles, quiso desembarcar en él para tener mejor noticia de qué clase de hombres lo habitaban.

Al llegar a tierra, hizo levantar muchos pabellones, parte de ramas de árboles y parte de tiendas de campaña. En uno de ellos, hizo celebrar una misa en honor de nuestro Señor Dios.

Allí concurrió una infinita multitud de indios, todos desnudos excepto por las partes pudendas, que se cubrían con hojas muy anchas de ciertos árboles grandes. Sin temor alguno, vinieron a ver a los nuestros como cosa maravillosa. Algunos de ellos traían frutas de diversas clases que nacían en aquel lugar, otros unas calabazas grandes llenas de agua, y al presentar sus cosas, bajaban la cabeza con cierta reverencia y se retiraban muy atrás.

El Almirante, viendo tanta humanidad en ellos, les hizo muchas atenciones y les dio muchos regalos a cambio de los suyos, como espejitos, cuentas de vidrio de diversos colores y agujas, y otras cosas similares que les gustaron mucho.

Comprobó que aquellos pueblos eran muy pacíficos y se complacían en ver a los forasteros, y que en toda aquella costa, e incluso tierra adentro, el aire era muy templado y el país amenísimo y fértil. Supo que tenían grandísima abundancia de todo lo que necesitaban para vivir. El sitio es parte llanura y parte colinas, siempre cubiertas de verdor y llenas de árboles frutales, y parece que en aquella comarca es siempre primavera y otoño por las continuas flores y frutos.

Naturaleza, Animales y Costumbres

Corren muchos riachuelos y fuentes que la van regando. Vio también muchos bosques de encinas y pinos altísimos, con diversas clases de palmas, de las cuales algunas tenían frutos similares a los dátiles, pero pequeños.

Entre aquellas selvas encontraron muchas vides salvajes que habían nacido por sí mismas y trepaban sobre los árboles, cargadas de uvas maduras. Tomaron de una cierta clase de madera de palma espadas anchas y astas para lanzar, que llaman Macanas.

El algodón nace por todo el país por sí mismo sin cultivo alguno. Aquella tierra produce también algunos árboles que dan frutos similares a fusiformes, muy suaves al gusto, que se piensa que son los verdaderos mirabolanos, que usan los médicos.

Nacen allí todo tipo de granos y raíces para hacer pan, que se ha dicho que nacen en las otras partes de aquellas Indias. Crían también leones, tigres, ciervos, corzos y otros animales similares, y aves diversas, entre las cuales hay algunas de color y tamaño de la gallina de Guinea, y del mismo sabor al gusto, y las crían en casa para comerlas, como nosotros las gallinas.

Los habitantes son de gran estatura, bien proporcionados. Van desnudos excepto por las partes vergonzosas, las cuales cubren con ciertas telas de algodón de varios colores. El resto del cuerpo, por ornamento, se lo pintan con un jugo de ciertos frutos, similares a manzanas, que para esto plantan en sus huertos. Las pinturas son variadas, pues algunos se pintan todo el cuerpo de rojo o de negro, otros parte de uno, y los más se pintan la persona con flores, rosas o nudos moriscos.

La manera de hablar de estos es muy diferente a la de las islas vecinas.

La Inversión del Viaje en Cariai (Costa Rica)

En aquel lugar, el Almirante, viendo que las aguas del mar corrían con gran ímpetu hacia el poniente (corriente), decidió no ir más adelante. En cambio, decidió virar por aquella costa hacia el levante (este), y navegar tanto hasta llegar por aquel litoral a Paria y a la Boca del Dragón, lugares que pensaba que estarían cerca.

El 14 de agosto partió de Quiriquitana, y después de haber navegado 30 leguas, encontró un río muy grande, fuera de cuya boca tomó agua dulce a muchas leguas en el mar. En aquel lugar, las naves podían fondear con seguridad, por ser el fondo muy apto para sujetar las anclas. El litoral era todo llano y verdísimo.

La corriente de agua del mar hacia el poniente era tan grande que en 40 días, con gran fatiga, hizo 70 leguas, barloventeando siempre. Y algunas veces, era tanta la furia del agua, que se encontraba mucho más atrás de lo que había avanzado. Esto lo obligaba cada tarde a ir a tierra para que la noche no los llevara a algún bajío.

Yendo de este modo, en el espacio de ocho leguas, encontraron tres ríos grandes de aguas clarísimas, llenos de peces y tortugas, sobre cuyas orillas había cañas más gruesas que el muslo de un hombre. Entre ellas, vieron gran cantidad de animales similares a cocodrilos, que estaban con la boca abierta al sol, y otros animales muy diferentes a los nuestros, a los cuales no supieron dar nombre.

Toda aquella costa la encontró muy variada, porque en algunos lugares era hecha de escollos ásperos y riberas salvajes, y en otros era llana, verde y muy amena, que invitaba a cualquiera a desembarcar.

Contacto en Cariai y el Trueque Rechazado

Así, avanzando de este modo y desembarcando cada tarde, tuvo comercio con los hombres del país, y supo de ellos muchas cosas variadas. Entre otras, que aquellos que los otros llaman Cacique, ellos llaman Quebi o Tiba. A los hidalgos, Sacco o Iura. Y al que en guerra se ha portado valientemente y ha tenido alguna herida en el rostro, lo llaman Capra y lo tienen en gran estima.

No muy lejos de aquí, encontraron un río capaz de grandes navíos. En su boca, algo lejos de tierra, había cuatro isletas llenas de árboles y pájaros, las cuales formaban con sus lados un puerto segurísimo, a las cuales pusieron el nombre de Cuatro Temporales.

Partiendo de aquí, navegando siempre hacia el levante, contra la corriente del mar, encontró doce isletas. Desembarcando en ellas y habiéndolas encontrado llenas de árboles que daban frutos similares a nuestros limones, las llamó Limoneros.

Partiendo de aquí, después de haber avanzado 12 o 13 leguas, encontró un gran puerto que se adentraba tierra adentro en un espacio de tres leguas, y era poco menos ancho. En él desembocaba un gran río, donde Nicuesa (como se dirá) se perdió buscando la provincia de Veragua, y por esto fue llamado después Río de los Perdidos.

Avanzando el Almirante siempre contra el agua, encontró varios montes, valles y ríos, llenos de tantos árboles y flores que daban un olor grandísimo a quien pasaba cerca, y de tanta templanza de aire que ninguno de los suyos sufrió mal hasta aquella parte que los indios llaman Quicuri, en la cual hay un puerto llamado Cariai.

Y porque aquí el Almirante encontró una selva de mirabolanos, llamó a aquel puerto Mirabolano.

La Cortesía de los Indios y el Misterio de la Rechaza

Allí le salieron al encuentro cien de los paisanos, cada uno de los cuales llevaba en la mano tres o cuatro astas para lanzar. Eran, sin embargo, mansos y mostraron recibirlos amigablemente. Esperaban ver qué quería hacer aquella nueva gente, buscando y pidiendo hablar entre sí. Tras darse señales de paz, vinieron a las naves e hicieron bastantes trueques.

El Almirante ordenó que se les dieran de aquellas cosas que estaban en las naves, cualesquiera que les placieran. Hacía esto para entrar en su gracia. Ellos, por señas, se negaban (por señas digo, porque sus palabras no se podían entender), porque sospechaban que había alguna fraude o engaño en nuestras cosas. Y más aún porque los nuestros no querían aceptar los regalos que ellos les hacían, de modo que todo lo que se les dio, lo dejaron en la orilla.

Tal es la civilidad y benignidad de ánimo de los Cariai, que ellos quieren más dar que recibir.

Enviaron a los nuestros dos mujeres vírgenes de bella forma, y por señas remitían al arbitrio de los nuestros el llevárselas. Estas, como las otras, estaban cubiertas hasta las partes vergonzosas con una tela de algodón, pues tal es la costumbre de aquel país. Los hombres van desnudos, se rapan la frente, y detrás tienen el cabello largo. Las mujeres se lo envuelven en la cabeza, atado con una faja de algodón, como vemos hacer a nuestras mujeres.

Retorno de las Vírgenes y Costumbres de Cariai

El Almirante honradamente las vistió (a las dos vírgenes) y las devolvió al padre con un sombrerillo rojo en la cabeza. Pero tanto los vestidos como los sombrerillos fueron dejados en la orilla, porque los nuestros no habían querido aceptar los regalos que se les hicieron.

Sin embargo, no rehusaron llevarse consigo a dos hombres de ellos, para que o ellos aprendieran nuestro lenguaje, o los nuestros el suyo.

A lo largo de toda esta costa, el Almirante observó que la marea subía muy poco. Por esta señal, las orillas cercanas al agua tenían muchos árboles, como se ven en las riberas de los ríos. Esto mismo afirman todos los que después han navegado aquellos mares: que las aguas no crecen y menguan (las mareas no son grandes), como se ve en los mares de Francia e Inglaterra.

Nacen en las riberas de aquel mar, cerca del agua, ciertas especies de grandes árboles verdísimos, los cuales, al crecer altos, doblan sus ramas hasta el fondo del agua, y bajo esta se prenden y brotan otros de la misma especie, como vemos que se propagan las viñas entre nosotros.

En esta provincia, además de los animales mencionados, encontraron un animal similar al mono (gato mamón), pero más grande y con la cola mucho más larga y gruesa. Se sirve de la cola para colgarse de ella, cada vez que quiere saltar de lo alto a lo bajo, o de rama en rama, o de árbol en árbol, lo cual hace con gran velocidad.

Uno de nuestros ballesteros hirió a uno con una flecha, el cual, bajando del árbol con gran presteza, asaltó al que lo había herido. Este, echando mano a la espada, hirió al animal, cortándole una de las patas delanteras, y, apresándolo, lo llevó a las naves, donde, atado con cadenas, se volvió manso.

Un día, entre otros, al haber ido los hombres de las naves a proveerse de carne para comer por necesidad, se toparon con un puerco jabalí. Tomaron a este animal y lo llevaron a las naves. El mono, al verlo, lo asaltó con gran furia y, atándolo por el cuello con la cola y con la pata delantera que le quedaba, lo estranguló de tal manera que lo mató.

El Golfo de Cerebaro y el Oro de Guanines

Los Cariai tienen por antigua costumbre, cuando mueren sus Caciques, secarlos del modo que hemos dicho arriba (sobre una parrilla) y luego conservarlos envueltos en grandes hojas de árboles. A todos los demás los entierran en los bosques y selvas.

El Almirante, partiendo de este lugar y habiéndose alejado unas 20 leguas, encontró un golfo muy amplio, de un circuito de unas 10 leguas. En su boca hay cuatro isletas no muy lejanas una de otra, todas verdes y muy fructíferas, las cuales hacen de aquel golfo un puerto segurísimo. El lado derecho es llamado por los indios Cerebaro, el izquierdo Aburema.

Este golfo es muy famoso por algunas islas que en él son fructíferas y llenas de árboles, y por la gran cantidad de peces que en él se encuentra. La tierra que lo circunda es de tanta bondad y fertilidad que no parece inferior a ninguna encontrada hasta aquella hora.

Habiendo entrado el Almirante en aquel golfo y habiendo desembarcado, le salieron al encuentro dos indios del país que llevaban al cuello cadenillas de oro que ellos llaman Guanines, de las cuales colgaban figurillas del mismo oro de águilas, leones y animales similares. Pero aquel oro, por lo que se podía ver, no era de buen quilate.

Por medio de los dos jóvenes que, como hemos dicho, el Almirante llevó consigo del país de Cariai, se supo que aquellas provincias, Cerebaro y Aburema, eran muy ricas en oro, y todo el oro del que se adornaban los Cariai lo sacaban de aquellos lugares por trueque de sus cosas. En ellos hay cinco caseríos, junto a los cuales están los lugares de donde extraen el oro, y según entendieron, no estaban muy lejos de aquel litoral donde entonces se encontraban.

Recepción Hostil y la Disuasión con Artillería

Los hombres del país de Cerebaro andan totalmente desnudos, pero pintados el cuerpo de varios modos. En la cabeza llevan guirnaldas de diversas flores, pero aquel que lleva una hecha de uñas de tigres o de leones parece tenerla preciosa, y esto porque es señal de gran fuerza y ánimo. Las mujeres, de igual manera, van desnudas, excepto que llevan en las partes vergonzosas una faja sutil y estrecha de algodón.

Partiendo de aquí, después de haber avanzado unas 14 leguas por aquella costa cerca de las riberas de un gran río, les salieron al encuentro noventa hombres desnudos, los cuales gritaban y amenazaban con grandes voces. Tomando agua o hierbas del litoral en la boca, las escupían hacia los nuestros, y lanzando dardos y blandiendo las astas y espadas de madera que tenían, se esforzaban por mantenerlos lejos de la orilla.

Todos estaban pintados, algunos todo el cuerpo excepto el rostro, y otros en parte. Mostraban no querer paz de ningún modo con los cristianos.

El Almirante mandó que se descargara una pieza de artillería al aire. Digo al aire, porque siempre fue intención de Colón tratar las cosas pacíficamente con las gentes nuevas. Estos, asustados por el estruendo de la artillería, se arrojaron todos al suelo y pidieron paz, y comenzaron a comerciar y trocar juntos sus cadenas de oro por cuentas de vidrio y otras cosas similares.

Estos tienen tambores y cornetas hechos de caracoles marinos, los cuales usan para incitar a los hombres a la guerra.

Puertos y Costumbres en Veragua y Panamá

En aquella costa hay muchos ríos, entre los cuales está el Veragua, y de todos se extrae oro.

Los habitantes de este lugar, para defenderse de la lluvia y del calor, se cubren con hojas de árboles muy grandes. Desde aquí fue viendo las riberas de Ebetere, Embigar, en las cuales hay dos ríos de agua dulce y abundantes en peces: Zacara y Cubiga.

Lejos de este lugar, unas cuatro leguas, está la roca de la cual se hará mención, cuando se hable de la triste fortuna del Capitán Nicuesa, llamada por los nuestros Peñón. La región es llamada por los habitantes Vibba, en cuya costa hay un puerto que Colón llamó Portobelo.

La provincia de Portobelo la llaman Xaguaguara, y toda aquella región está populadísima de gente totalmente desnuda.

En Xaguaguara, el Rey tiene el cuerpo todo pintado de negro, y el resto del pueblo se tiñe de color rojo. El Rey y otros siete principales junto a él llevaban colgada de la nariz una lamina de oro que llegaba hasta los labios, y esto lo consideraban grandísimo adorno.

Los hombres cubren las partes vergonzosas con la corteza de una ostra marina (concha), y las mujeres con una faja hecha de algodón.

Estos pueblos tienen en sus jardines una planta que produce un fruto similar al cardo, el cual es muy delicado y al gusto parece membrillo, y más carnoso que el melocotón, alimento verdaderamente real. Tienen también calabazas que producen algunos árboles, de las cuales se sirven para llevar agua u otra cosa para beber.

A veces se encontraban en aquel lugar los cocodrilos que ellos llaman lagartos, los cuales, al ver a los cristianos, huían, y al huir dejaban un olor más suave que el del almizcle.

La Decisión de Colón: Huida de la Corriente y el Estrecho

El Almirante no quiso ir más adelante, tanto porque no podía tolerar la corriente del agua que le era contraria, como porque los navíos, de tan viejos que estaban, se estaban pudriendo.

Por esto, giró hacia el poniente (oeste), a favor de la corriente, y tomó puerto en un río llamado Hiebra, capaz de grandes navíos, a dos leguas de Veragua. La región toma su nombre de Veragua, aunque este río sea menor, porque cerca de él habita el señor.

Estando Colón en Hiebra, envió a Bartolomé, su hermano, con esquifes y unos 70 hombres, al río Veragua. Allí le salió al encuentro el señor del lugar, viniendo por el río a favor de la corriente en unas barquetas hechas de una pieza de madera, acompañado de una gran compañía de indios, pero todos desarmados y pintados.

Este, tan pronto como llegó a parlamentar con los nuestros, estando de pie, les pareció a los indios cosa no conveniente a su grandeza. Por esto, algunos de ellos corrieron al río, tomaron una gran piedra de él, y habiéndola lavado bien, la llevaron donde estaba el señor y lo hicieron sentar. Y así, hablando, pareció que hacía señal de que les fuese lícito ir por todos los ríos de su estado.

El Tesoro del Oro y la Batalla en Beragua

Entonces, el capitán (Bartolomé Colón), desembarcando en tierra, fue por las riberas del río, dejando las barcas, y se dirigió al río Durubba, el cual encontró más abundante de oro que Hiebra o Veragua.

Del cual también estos tienen, como todos los ríos de aquellos países, el oro entre las raíces de los árboles dejadas al descubierto por el agua (por estar los árboles en las riberas de los ríos) y entre las piedras, y en cualquier pequeña fosa, aunque fuera de un palmo de profundidad, encontraban el oro mezclado con la tierra.

Por esta causa, (Colón) decidió establecerse allí, pero los indios, conociendo su pensamiento, se lo prohibieron. Habiéndose reunido en gran número, vinieron gritando con gran ímpetu contra los nuestros, los cuales ya habían comenzado a construir alguna casita. Con gran fatiga pudieron resistir el primer ímpetu, en el cual los indios combatieron de lejos, lanzando dardos y otras cosas para arrojar. Luego se acercaron y comenzaron a combatir con gran furor con sus espadas de madera.

Y era tanta su rabia que ni las flechas ni la artillería que venían de las naves (las cuales habían venido con el Almirante a aquel lugar) podían espantarlos. Juzgaban mejor morir que ver la patria ocupada. Como gente forastera que iba de viaje los recibieron amigablemente, pero como habitantes, no quisieron tolerarlos de ningún modo.

Aunque fueran maltratados, siempre volvían con mayor ímpetu, de modo que cuanto más se esforzaban los nuestros por quedarse, mayor multitud de indios venía impetuosamente sobre ellos para echarlos, y los combatían por doquier.

La Partida a Jamaica y Muerte de Colón

Por lo cual, el Almirante decidió dejar aquella provincia y, debido a que sus naves estaban todas llenas de agujeros y filtraciones, volverse por la vía más breve que le fuese posible a la Isla Jamaica, la cual está frente a la Española y Cuba hacia el mediodía.

En aquel viaje padecieron muchas calamidades, de modo que llegaron a dicha Isla en muy malas condiciones. Allí permanecieron en malas circunstancias, forzados por la necesidad, porque sus naves hacían agua de tal modo que no podían usarlas, con grandísima dificultad para conseguir víveres. Tuvieron que contentarse con los alimentos que producía aquella tierra, y solo cuando aquellas gentes bárbaras se los concedían.

Les fue de gran ayuda la enemistad que tenían aquellos señores unos con otros, porque cada uno, para tener a los nuestros a favor, los alimentaba con el pan que tenía.

Encontrándose el Almirante en aquellas dificultades, y queriendo proveerse de socorro de la Isla Española, envió a su maestresala, Diego de Méndez, con algunos indios de la Isla Jamaica en una barca. Estos, de escollo en escollo, con gran dificultad, finalmente llegaron al primer cabo de la Isla Española hacia el poniente, el cual está a 40 leguas de la Isla Jamaica.

Los indios, por la esperanza de los premios que les prometió el Almirante, regresaron para darle noticia de haber llevado a dicho Diego de Méndez a la Isla Española, y de cómo él había partido de ellos a pie hacia la ciudad de Santo Domingo. El Almirante quedó muy alegre con aquella noticia.

Diego, al llegar a Santo Domingo, se las arregló con el Virrey para que le armara dos carabelas. Hecho esto, con ellas regresó a Jamaica para sacar al Almirante, el cual, con los otros que le quedaban, muy mal acondicionados por el hambre y las extremas penalidades, finalmente y con fatiga llegaron a la Isla Española.

Allí, Cristóbal Colón, el Almirante, no muy viejo, pero consumido por las fatigas, terminó su vida, un hombre verdaderamente digno de ser celebrado y puesto en el número de los más famosos que jamás existieron, de lo cual dan buen testimonio las obras egregias hechas por él para encontrar aquel Nuevo Mundo.

Observaciones Finales de Colón

En su lugar, le sucedió el hijo por orden de los Reyes Católicos, porque de ninguna otra manera merecían sus buenos comportamientos.

Pero no hay que dejar de lado algunas cosas particulares que dicho Almirante dejó escritas sobre su última navegación:

  1. Todas aquellas costas que recorrió tenían los árboles verdísimos todo el año y cargados de flores y frutos, y eran de aire templadísimo y salubre, de modo que nunca se enfermó ninguno de sus compañeros.
  2. Desde el gran puerto de Cerebaro hasta el río Hiebra y Veragua, cuyo espacio es de 50 leguas, nunca sintieron ni frío excesivo ni calor.
  3. Que los pueblos de Cerebaro y los otros susodichos no se dedican a extraer oro sino en algunos tiempos determinados del año, de lo cual son perfectos maestros, como entre nosotros los mineros.
  4. Que conocen los lugares donde se encuentra mayor cantidad de oro por el curso de las aguas de los ríos y por el color de su arena.
  5. Que, además de esto, creen que el oro tiene en sí alguna divinidad, según lo que habían entendido de sus antepasados, y por esto se preparan con grandes ceremonias cuando van a extraerlo. Todo el tiempo que se dedican a este ejercicio, permanecen castos, y comen y beben poco por reverencia, absteniéndose de cualquier otro placer.
  6. Que adoran al sol de esta manera: al nacer, le hacen reverencia.
  7. En todas las navegaciones que hizo el Almirante en aquellos mares, los cuales corren continuamente con gran ímpetu de levante a poniente, no muy lejos de los litorales que tenían por cierto que era continente, él decía ver altísimos montes que recorrían de levante a poniente. Comenzando desde el Cabo de San Agustín (hacia el levante, que hoy toca al Rey de Portugal) y pasando por Urabá y el puerto Cerebaro y otras provincias hacia el poniente, se ofrecen, ya de lejos, ya de cerca, juntos a los ojos de aquellos que navegan por aquellas partes. En algunos lugares parecen colinas, llenas de árboles, hierbas y tierra muy apta para el cultivo, con bellísimos valles. En otros, se ven altísimos, ásperos, rocosos e incultos.
  8. Aquella parte de montes que está en la provincia de Veragua es tan alta que muchos piensan que su cima sobrepasa las nubes, porque rara vez se puede ver dicha cima, por estar continuamente cubierta de nieblas y nubes. El Almirante, que fue el primero que los descubrió, afirmaba que su espesura superaba las 30 millas.
  9. Esto es cuanto se supo hasta aquella hora de la longitud de aquella tierra. Lo que se encontrase de aquella tierra en la latitud y del mar del mediodía (sur) se dirá en la narración siguiente.

Expedición de Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa

Después de que murió Cristóbal Colón, primer Almirante de las Indias Occidentales, el Rey Católico decidió seguir la empresa de descubrir aquellas partes del nuevo mundo y darlas a habitar a los cristianos.

Habiendo entendido del dicho Almirante que dos principales lugaresUrabá y Veragua, en dicha tierra firme debían ser habitados, dio este encargo con sus cartas a dos Capitanes: el Capitán Alonso de Ojeda (para Urabá) y el Capitán Diego de Nicuesa (para Veragua). Aquellos lugares no están muy lejos el uno del otro, y están cerca de siete grados sobre el Ecuador.

Alonso, habiendo recibido esta orden, deseoso de ejecutarla, hallándose en la ciudad de Santo Domingo, armó algunos navíos con unos trescientos hombres y se hizo a la mar. Desde la dicha ciudad tomó su camino hacia el mediodía (sur) y, habiendo navegado algunos días, llegó a un lugar en tierra firme, el cual ya había sido descubierto antes por Colón y nombrado Puerto de Cartagena.

Esto porque también este tiene una isla frente a la boca, llamada por los indios Codego, la cual rompe el ímpetu de las olas del mar, y dentro es grandísimo y seguro por doquier, no de otra manera que el Puerto de Cartagena de España. El país se llama Caramairi, donde encontraron a los hombres y mujeres de bella y gran estatura, desnudos. Los hombres tenían los cabellos cortados hasta las orejas, y las mujeres, muy largos, pero todos valentísimos arqueros.

Cartagena (Caramairi): Primeros Encuentros

Vieron también muchos árboles cargados de manzanas, bellas a la vista, pero venenosas. Quien comía de ellas sentía que el cuerpo le era roído, no de otro modo que si lo tuviera lleno de gusanos. Y si alguno dormía a su sombra, se despertaba con la cabeza hinchada y casi ciego.

Este Puerto (Cartagena) dista unas 460 millas de aquella parte de la Isla Española donde está la isla llamada La Beata.

Al entrar en el puerto, Ojeda asaltó impetuosamente a los habitantes por sorpresa, tal como tenía comisión del Rey Católico. Mató a bastantes, encontrándolos separados unos de otros y todos desnudos.

Esta orden de matarlos le había sido dada porque, anteriormente, cuando fue descubierto este puerto, los cristianos nunca pudieron persuadirlos de que se contentaran con que ellos habitaran allí.

Encontraron una poca cantidad de oro, y este además de bajo quilate, hecho en algunas láminas que llevaban sobre el pecho por belleza.

La Venganza de los Indígenas y el Desastre de Ojeda

No contento con esta presa, Ojeda se hizo conducir por algunos indios que había capturado a otro lugar, distante 12 millas del puerto, donde se habían refugiado todos los que habían huido del puerto.

Y aunque los habitantes de dicho lugar estaban desnudos, los encontró muy activos y animosos para el combate, y armados con unos escudos redondos de madera y espadas igualmente de una madera durísima. Los arqueros tenían las flechas con las puntas de un hueso muy agudo y envenenadas.

Estos, al ver a los nuestros acercarse, se unieron con aquellos que se habían refugiado con ellos. Por los daños que veían que estos habían sufrido (pues muchos de ellos habían muerto, y parte, tanto hombres como mujeres, habían sido hechos prisioneros por los nuestros), se movieron a compasión. Con tanta furia e ímpetu asaltaron a los nuestros que en la primera refriega con las flechas envenenadas, los rompieron y mataron a unos 70 de ellos.

Entre los muertos estaba un tal Juan de la Cosa, lugarteniente, que fue el primero que encontró oro con Colón al descubrir la provincia de Urabá.

Por lo cual, el capitán Ojeda se vio forzado a refugiarse en el puerto donde estaban las naves. Y allí, habiendo llegado llenos de dolor por la pérdida de los compañeros, sobrevino el Capitán Diego de Nicuesa con cinco navíos, y traía consigo 780 hombres.

La Masacre de Caramairi y la Partida a Urabá

La razón por la que Nicuesa tenía un mayor número de hombres era porque, además de ser más viejo y por esto de mayor autoridad, se decía que la provincia de Veragua, concedida por el Rey, era más rica en oro que la provincia de Urabá, dada a Alonso de Ojeda.

Llegado Nicuesa, hicieron consejo sobre qué debían hacer. Y todos concluyeron que debían vengar la muerte de los compañeros.

Habiendo hecho sus preparativos, caminaron secretamente por la noche al lugar donde había sido la refriega. Dos horas antes del amanecer, rodearon por sorpresa aquella villa, la cual era de cien y más casas hechas de madera y cubiertas de hojas de palmeras. Prendiendo fuego por dentro, la quemaron toda. No quedó hombre ni mujer que no fuese o quemado o muerto, excepto seis niños.

De estos, supieron que los indios habían cortado en pedazos al Capitán Juan de la Cosa con los otros españoles muertos, y luego los habían cocido y comido. Estos indios llamados Caramairi parecen tener origen de los Caribes o Caníbales, que comen carne humana.

Hecha aquella venganza, y habiendo encontrado un poco de oro entre la ceniza, regresaron al puerto.

Ojeda en Urabá: La Fundación de San Sebastián

Alonso de Ojeda, que había sido el primero en llegar a dicho lugar, partió para ir a Urabá, provincia que le había sido asignada por el Rey Católico.

Pasó por la isla llamada Fuerte, la cual está a mitad de camino entre el puerto de Cartagena y Urabá. Allí desembarcó y supo que estaba habitada por los mencionados cruelísimos Caníbales, de los cuales tomó dos hombres y siete mujeres; los demás huyeron.

En aquel lugar ganó oro hecho en diversas láminas, por valor de 190 castellanos. Partió de allí yendo hacia el levante (este), llegó a la provincia de Urabá y desembarcó en un lugar llamado Caribana, de donde es opinión que partieron los Caribes o Caníbales que habitan en las islas.

Allí examinó el sitio del lugar, y pareciéndole hermoso y cómodo para habitar, comenzó a hacer un poblado de casas y una fortaleza a un lado, donde los suyos pudieran salvarse en cualquier caso.

Después, preguntando a algunos prisioneros de los lugares vecinos, supo que doce millas más lejos había una villa habitada por indios llamada Tirufi, cerca de la cual se encontraba una riquísima mina de oro.

Al entender esto, y pareciéndole oportuno tomar dicha villa, se puso en orden y fue a asaltarla.

Las Derrotas de Ojeda y la Fiebre

Los indios, habiendo sabido primero de la llegada del dicho Capitán Ojeda y luego de la construcción que él había hecho de las casas, y pensando que de hora en hora les vendría a encontrar, se habían puesto a punto con lo que necesitaban para defenderse.

Por lo cual, dicho Ojeda fue rechazado en el primer asalto con gran pérdida de los suyos, porque también ellos en el combate usaron flechas envenenadas.

Y después de algunos días, queriendo asaltar otra villa de indios, fue derrotado de manera similar, y le fue atravesado un muslo con una flecha envenenada, por lo cual estuvo enfermo por mucho tiempo con grandísima escasez de víveres, porque tenía enemigo a todo el país.

Nicuesa en Coiba y el Problema de la Comida

Pero volvamos al Capitán Nicuesa, el cual tenía el encargo de habitar la provincia llamada Veragua.

Partiendo también él al día siguiente del puerto de Cartagena, comenzó a navegar hacia el poniente (oeste) rumbo a Veragua, no separándose demasiado de la costa.

Llegando a un golfo llamado Coiba, donde había una tierra con un Cacique llamado Careta, encontró que aquellas gentes hablaban una lengua muy diferente a la de los habitantes de la Isla Española y a los que se daban en el Puerto de Cartagena, pues llamaban a su señor Chebi o Tyba.

Habiendo permanecido allí algunos días, quiso partir de allí y seguir su viaje. Navegando siempre hacia el poniente, dejó Urabá a mano izquierda y se fue hacia Veragua, como se dirá en su lugar.

Al Capitán Ojeda, que estaba herido, le llegó en aquel tiempo un navío de la Isla Española con víveres, el cual lo reanimó a él y a sus compañeros, que estaban muy hambrientos. Pero, habiéndose estos consumido después, y atacándoles el hambre, por no poder ayudarse en lugar alguno cercano, los compañeros comenzaron a sublevarse contra él, diciendo que morían de hambre y no querían permanecer más en aquel lugar alimentados de palabras. Él les decía que esperaban al Bachiller Enciso, el cual, cuando él partió de la Isla Española, ya había cargado una nave de víveres con orden de seguirlo inmediatamente.

La Promesa Fallida de Ojeda

Estos (los hombres que quedaron en San Sebastián de Urabá), airados, decidieron tomar por la fuerza dos bergantines y, montados en ellos, regresar a la Española.

Al enterarse de esto, el mencionado Ojeda, llamándolos a sí, dijo que quería ir él en persona, aunque herido, a hacer venir al dicho Bachiller Enciso con los víveres. Y que se quedaran tranquilos por 50 días, que prometía ir y volver, y que custodiaran con diligencia la fortaleza que él había fabricado.

Los dejó con un gentilhombre llamado Francisco Pizarro como su capitán, junto con 60 hombres, que eran los únicos que quedaban de los 300, pues los demás habían muerto, o de hambre, o en reyertas con los indios.

Partiendo Ojeda y pasados los 50 días sin aparecer él ni nadie con víveres, los hombres, apremiados por el hambre, montaron en los dos bergantines que les quedaban para volverse.

El Naufragio y el Encuentro con Enciso

Uno de los bergantines, al ser roto el timón por la cola de un grandísimo pez (de los cuales hay gran cantidad en aquellos mares), y sobrevenidoles una pequeña tormenta, se fue a pique con todos los hombres a bordo cerca de la Isla Fuerte, entre Cartagena y Urabá.

El otro, al acercarse a dicha isla, fue rechazado ferozmente por los hombres de la isla con sus flechas. Por lo cual, siguiendo su viaje, se encontraron por ventura con el dicho Bachiller Enciso entre el puerto de Cartagena y Coquibacoa, cerca de un río llamado por los nuestros Boiagato, que quiere decir casa del gato (habiéndose visto primero en aquel lugar un gato, y Boia en lengua de la Isla Española quiere decir casa).

Dicho Enciso traía una nave cargada tanto de víveres como de ropa y armas, y llevaba consigo un bergantín. Cuatro días después de partir de la Española, reconoció algunos montes altísimos en tierra firme que fueron llamados por Cristóbal Colón (el cual fue el primero que descubrió aquellos países) Sierra Nevada, por las continuas nieves que se veían sobre ellos.

La Insistencia de Enciso

Habiendo pasado dicho río y la Boca del Dragón (sic, hay una confusión geográfica aquí), los del bergantín se acercaron a dicho Enciso y le narraron cómo su capitán, Alonso de Ojeda, se había ido hacia la Española, y cómo por el hambre habían dejado Caribana.

El Bachiller Enciso no quiso creer aquella cosa, sino que por la autoridad que tenía les ordenó que volvieran atrás, pues había decidido hacer poblar Urabá. Los del bergantín, a cambio, le suplicaban que les permitiese volver a la Española, o de lo contrario que él los llevase a donde estaba el Capitán Nicuesa, y le prometían donarle dos mil castellanos de oro.

Enciso no quiso hacer esto de ningún modo, sino que siguió navegando hacia Urabá junto con el bergantín.

Incidente de Paz en Cartagena

Antes de que llegaran a ella, no será fuera de propósito narrar lo que sucedió en la provincia de Caramairi, donde está el puerto de Cartagena, como hemos dicho.

Echadas las anclas para tomar agua y para componer la barca de la nave, que estaba un poco rota, envió algunos hombres a tierra. Estos, tan pronto como desembarcaron, fueron rodeados por una gran multitud de indios, armados con arcos y flechas. Pero no disparaban, sino que se mantenían en orden con los ojos fijos mirándonos. Los nuestros, de igual manera, en orden con las armas en mano, los miraban, y nadie se movía.

Y así estuvieron tres días, pero los nuestros no dejaban por ello de hacer lo que les era menester para componer la barca.

Mientras estaban así, dos de los nuestros quisieron ir fuera del orden con dos vasijas a tomar agua al río cercano. Al ver esto, un indio que parecía ser el principal entre los otros, con diez armados, los rodeó con los arcos tensos. Entonces, uno de aquellos dos, por miedo, huyó. El otro, más arrojado, se quedó firme, y comenzó a reprender a aquel que huía. Y como sabía un poco de la lengua indígena, aprendida de algunos esclavos que habían sido capturados antes, comenzó a hablar con el que le parecía ser el señor.

Este, maravillado de aquel hablar en su lenguaje, comenzó a hacerse doméstico y a mostrarle buen semblante, preguntándole quiénes eran. El nuestro le dijo que eran peregrinos que iban en su viaje, y que habían desembarcado para tomar agua, y que no se comportaban humanamente si se la querían prohibir, amenazándolos que si inmediatamente no deponían las armas y los aceptaban amigablemente, sobrevendrían otros hombres armados en un número tan grande como la arena del mar, los cuales los cortarían a todos en pedazos.

En esto, el Bachiller Enciso, habiendo sabido que los dos compañeros habían sido retenidos, dudando de algún engaño, había puesto en orden bastantes de los suyos con los escudos por miedo a las flechas, e iba hacia aquella parte donde el nuestro hablaba con el señor.

Viendo esto, el nuestro inmediatamente hizo señal de que se detuvieran, porque este mostraba querer paz, y refería que la razón por la que estaban así armados era porque poco antes algunos, queriendo entender Ojeda y Nicuesa, habían saqueado una aldea de ellos y hecho prisioneros, y quemado otra tierra adentro, y que deseaban vengarse de la injuria recibida. Pero que no querían hacer venganza contra quien no los había injuriado.

Y así, inmediatamente hizo que todos los suyos pusieran en el suelo arcos y flechas, y vinieron con rostro alegre a recibir a los nuestros, a los cuales dieron pescado salado y pan de maíz, y un vino hecho de ciertos frutos muy bueno, del cual llenaron dos barriles. Así se hizo la paz con los Caramairi del puerto de Cartagena.

Naufragio de Enciso en Urabá y la Hambruna

Desde allí, partiendo hacia Urabá, el Bachiller Enciso con su nave, en la cual iban 150 hombres con muchos animales, tanto machos como hembras, para criar raza en aquella provincia (y entre otros, caballos y yeguas, y gran cantidad de artillería y otras armas como espadas, lanzas, escudos y cosas similares para combatir), dicha nave, tan pronto como hubo pasado la Isla Fuerte y quiso entrar en puerto, se rompió, y todo se perdió.

Se fue a pique, excepto los hombres, los cuales se salvaron con un poco de pan hecho en bizcocho. Por lo cual, el Bachiller Enciso, llegado a la tierra de Urabá por él tan deseada, se encontró en grandísimo apuro y angustia con todos los suyos.

Y además de las otras molestias, estaban tan oprimidos por el hambre que se veían forzados a buscar sustento por todas partes. Habiendo muchas palmeras sobre las orillas, comían de ellas, y encontrando puercos salvajes, tomaban cuantos podían, los cuales les parecían más sabrosos que los nuestros. Dicen que tienen la cola tan pequeña que parece haberles sido cortada, y en las patas traseras tienen un dedo sin uña.

Yendo el dicho Bachiller tierra adentro con 100 compañeros, se encontró con tres indios desnudos, pero armados con arcos y flechas envenenadas, los cuales hirieron a bastantes de los nuestros y mataron a algunos. Porque, tan pronto como habían disparado las flechas, huían como el viento. Por lo cual, se vieron forzados a volverse con los compañeros, muy a su pesar.

La Decisión de Darién

Viéndose en tanta infelicidad y ruina, deliberaron abandonar aquella provincia (Urabá), máxime porque después de la partida de Francisco Pizarro, los indios habían destruido la fortaleza que había fabricado Ojeda y quemado todas las casas alrededor.

No obstante, investigando, entendieron que la parte de este Golfo de Urabá que mira hacia el poniente (oeste) era más fértil, de mejor aire y más apta para edificar una ciudad. Dicho golfo tiene un circuito de 24 millas y parece ir estrechándose cuanto más se adentra en tierra firme. Desembocan en él diversos grandes ríos, entre otros uno llamado el Darién, que ha dado nombre a la provincia. Sus riberas son amenísimas, por estar verdes todo el año con hierbas y árboles verdísimos.

Tomada aquella deliberación, el Bachiller Enciso, dejando a la mitad de los compañeros en dicha parte del levante, comenzó a transportar al resto con los bergantines hacia esta parte del golfo del poniente.

El Voto y la Batalla de Santa María de la Antigua

Los indios, al ver venir los bergantines con las velas, que son mucho más grandes que sus canoas, primero se quedaron muy admirados. Luego, al ver que se acercaban, mandaron lejos a todas las mujeres y niños, y ellos, armados de arcos y flechas, se pusieron en orden en un lugar alto a esperar a los nuestros. Podían ser unos 500 hombres.

El Bachiller Enciso, ocupando el lugar del Capitán Ojeda, al ver a aquellos indios, ordenó a su gente. Y primero, solemnemente arrodillados, hicieron un voto a Dios y a Nuestra Señora (cuya iglesia en Sevilla se llama Santa María de la Antigua). El voto fue que, si resultaban vencedores, nombrarían a la ciudad que edificarían en aquel lugar Santa María de la Antigua, y enviarían después un peregrino en su nombre a visitar dicha iglesia en Sevilla, y además dedicarían el palacio del señor de aquel lugar como Iglesia de Su Majestad.

Hecho esto, todos juraron no dar nunca la espalda a los enemigos y con gran ímpetu fueron a asaltarlos.

Los indios, al verlos venir, dispararon todas sus flechas a la vez, y ninguna falló, pero al estar los nuestros cubiertos con escudos de madera fuerte, no fueron heridos. Luego, con admirable destreza, se retiraron unos pocos pasos y de nuevo lanzaron otra multitud de flechas, las cuales tampoco hicieron daño alguno. Pero los nuestros, disparando algunos arcabuces, los hicieron huir y dar la espalda, y abandonar aquel lugar donde habitaban.

La Fundación del Darién y el Oro

Al entrar los nuestros, encontraron bastante pan de Maíz y de Yuca, con algunas clases de frutos diferentes a los nuestros, los cuales ellos guardaban todo el año como entre nosotros se conservan las castañas. Los indios de este país van todos desnudos, pero las mujeres llevan una camisa de algodón del ombligo para abajo.

Esta región es de aire templado, y la boca del río Darién está a siete grados de latitud del ecuador, y los días de todo el año son casi iguales a la noche, de modo que se nota poca diferencia.

Al día siguiente, los nuestros quisieron ir río arriba (contra la corriente). Y a una milla de aquel lugar, encontraron un denso cañaveral, en el cual, cubiertos con los escudos por mayor seguridad (temiendo emboscadas), se pusieron a andar, con la idea de que los indios se hubiesen escondido allí con sus pertenencias.

Esta opinión no fue falsa, porque los indios, al presentir la venida de los nuestros, lo habían abandonado, dejando bastantes pertenencias, como mantas de algodón donde duermen, utensilios de casa hechos a nuestro modo, de madera y de barro, y algunos pectorales de oro y cadenas que llevan al cuello, por un valor total de 5.000 Castellanos.

Dichas cadenas estaban muy bien labradas, y como después se supo, estas labores de oro son traídas a aquella provincia de otros países y trocadas por pan de Maíz y otros víveres, pues todos aquellos pueblos solo tienen comercio entre ellos por trueque, y no conocen ninguna clase o uso de moneda.

Los nuestros, habiendo encontrado aquel oro, regresaron con grandísima alegría al poblado donde habían roto a los indios. Y allí, haciendo venir a los demás compañeros que quedaban del otro lado del golfo, comenzaron a fabricar la ciudad de Santa María de la Antigua del Darién, que después llegó a ser muy famosa y celebrada en Tierra Firme de las Indias Occidentales.

El Destino de Nicuesa y su Llegada a Beragua

Ahora volvamos a Nicuesa, que tenía el encargo de habitar la región llamada Veragua.

Este, como se ha dicho, partió de Urabá y comenzó a navegar hacia el poniente, y avanzó tanto que pasó la dicha provincia. Una noche, se le perdieron los otros navíos que lo seguían, de modo que un tal Lopes de Olano (que era jefe de uno de dichos navíos), junto con un Pedro de Umbría (jefe de otro bergantín), buscando al Capitán Nicuesa, se encontraron en la boca de un río, el cual había sido llamado por Colón Lagarto (porque en él había muchos animales similares a cocodrilos, llamados lagartos por los españoles).

Entrando en dicho río, encontraron al resto de los compañeros, excepto Nicuesa. Todos ellos, habiendo deliberado sobre qué hacer, decidieron ir hacia Veragua, como era su primer designio. Y así lo llevaron a efecto, y la encontraron no muy lejos.

Veragua es un río que trae oro, y por ello es muy famoso en aquellas partes, tanto que da nombre a la provincia.

Desmantelamiento de las Naves y la Carabela

Contentos de haberlo encontrado, todos de acuerdo eligieron por su jefe, en lugar de Nicuesa, al dicho Lopes de Olano. Este, con el consejo de los principales, para que pusieran de lado todo pensamiento de tener que irse de aquel lugar y lo habitasen más de buena gana, inmediatamente permitió que el mar con las olas rompiera todos los navíos con los que habían llegado.

Habiendo primero sacado las mejores tablas y todos los herrajes, con nuevas tablas hechas de árboles grandísimos encontrados en dicha provincia, fabricaron una sola carabela, para cualquier eventualidad que pudiera sobrevenirles.

Allí, en la orilla, comenzaron a construir una fortaleza, y en un valle muy fértil y graso, parte de ellos trabajó la tierra y sembró Maíz. Los otros compañeros se pusieron a ir tierra adentro y encontraron algunas aldeas de indios que ellos llaman Mumu. Los habitantes de estas eran personas muy inhumanas, de modo que no pudieron tener ningún comercio con ellos.

Prosiguiendo, así las cosas, un día vieron venir por mar una pequeña vela, la cual llegó a ellos con gran alegría.

El Rescate de Nicuesa

Aquella (pequeña vela) era un esquife de un navío del Capitán Nicuesa, en el cual se habían partido secretamente tres compañeros del dicho Capitán, no pudiendo soportar más el hambre extrema en la que se encontraban.

Contentos de haber encontrado a los otros compañeros en el río de Veragua, les narraron cómo el dicho Capitán, habiendo perdido su carabela por un temporal, había desembarcado en tierra, donde andaba errante entre pantanos y la orilla del mar, sin pan ni otra cosa para vivir. Se sustentaba con los pocos compañeros que tenía (ya por 70 días) con raíces de hierbas, y muchas veces no tenía agua para beber.

Les dijeron que se encontraba sobre aquella costa que va hacia el poniente, la cual fue descubierta por Cristóbal Colón, y a un lugar llamado por los indios Cerbaro (no confundir con el golfo) puso el nombre de Gracia de Dios. En aquella región corre un río llamado por los nuestros San Mateo, el cual está a 130 millas de Veragua hacia el poniente.

Habiendo Lopes de Olano entendido todas estas particularidades de los dichos, envió un bergantín a buscar a Nicuesa y lo hizo venir a Veragua.

La Tiranía de Nicuesa en Veragua

Al llegar Nicuesa y enterarse de que Lopes de Olano había sido nombrado capitán, inmediatamente por su autoridad ordenó que fuese puesto en prisión, acusándolo de rebelión por haberse hecho capitán y señor, y por su negligencia en haber tardado tanto tiempo en buscarlo.

A los otros compañeros les dijo que quería que abandonaran aquel lugar y lo siguieran a donde él los llevaría. Pero al rogarle ellos que esperara al menos a que cosecharan el grano de Maíz que habían sembrado (el cual madura en cuatro meses), él obstinadamente nunca quiso complacerlos.

Por el contrario, los hizo montar en bergantines y otras embarcaciones pequeñas, y hacer vela hacia el levante (este), sin alejarse mucho de tierra.

El Nombre de Dios: El Nuevo Asentamiento

Habiendo avanzado unas 15 millas, reconocieron un puerto grande al que Colón había puesto el nombre de Portobelo. Y desembarcando en tierra, forzados por el hambre del viaje, a veces eran muy maltratados por los hombres del país, los cuales mataron a veinte de los nuestros con sus flechas envenenadas.

Llegados a este puerto, les pareció necesario hacer desembarcar a la mitad de la gente armada, y que se hiciera en aquel lugar un reducto fuerte con la otra mitad.

Nicuesa pasó más adelante hacia el levante, y llegado a un lugar donde la tierra se adentra en el mar con un monte y forma un cabo (que Colón llamó Mármore), a unas 28 millas de Portobelo, deliberó edificar allí una fortaleza.

Pero viendo a los compañeros reducidos por el hambre a tal extremidad que apenas podían sostenerse (pues de los 785 que vinieron en su compañía, solo quedaban 100, el resto había muerto por diversas causas, parte de hambre, parte por diversas reyertas con los indios), y por esto no habrían podido edificar una gran fortaleza, fabricó lo mejor que pudo una pequeña torre para poder sostener el ímpetu de los indios si alguno venía a asaltarlos.

Y puso por nombre a este lugar Nombre de Dios, el cual después llegó a ser de tanta grandeza que es una de las ciudades famosas de las Indias, y este fue su principio.

Rodorico de Colmenar y el Conflicto en Santa María del Darién

Pero dejemos a Nicuesa con sus compañeros hambrientos y volvamos a los habitantes de Santa María de la Antigua en Urabá (Darién), los cuales habían entrado en grandes disputas entre ellos sobre quién debía ser su capitán, habiendo partido Alonso de Ojeda, a quien pensaban muerto.

Estas disputas se daban porque entre ellos estaba un tal Vasco Núñez de Balboa, hombre muy insolente, que quería hacerse capitán. No quería que el Bachiller Enciso gobernase. Y los más, por no poder tolerar su insolencia, decían que se debía hacer venir a Nicuesa, de quien habían sabido que había abandonado Veragua por la esterilidad de la tierra.

Por otro lado, el dicho Vasco, dudando que por la venida de Nicuesa le fuese quitado el gobierno, no quería que fuese llamado, diciendo que cada uno de sus compañeros era tan suficiente como Nicuesa para gobernarlos.

Pero estando en aquellas alteraciones entre ellos, llegó el Capitán Rodorico de Colmenar con dos naves grandes con 60 hombres, y bastantes víveres y ropas para vestirlos.

La Expedición de Colmenar y el Incidente de Gaira

No es fuera de propósito narrar alguna parte de su navegación, y cómo partió de la Española y llegó a Urabá.

Rodorico partió del puerto de la Isla Beata (cerca de la Española) el 13 de octubre de 1510, y navegó hacia Tierra Firme. El 9 de noviembre llegó a la provincia llamada Paria, entre el puerto de Cartagena y el país de Coquibacoa, la cual fue descubierta también antes por Colón.

Habiendo padecido en el viaje muchas incomodidades y penalidades, un día, para hacer agua, desembarcó en la boca de un gran río apto para recibir naves, que los indios llaman Gaira. Este río se veía descender de un altísimo monte del mismo nombre, cargado en la cima de nieves. Y como dijeron los compañeros de dicho Rodorico, apenas se vio uno más alto, lo cual era razonable, estando cargado de tales nieves y no más lejos del ecuador que diez grados, que fuese altísimo.

En la boca de este río, habiendo enviado un esquife a hacer agua y entrando en el río, he aquí que vieron a un hombre de bella estatura, vestido de tela hecha de algodón, con veinte compañeros igualmente vestidos. Este llevaba a modo de un pañuelo de tela de algodón sobre los hombros, que le cubría los brazos hasta la cintura. De travesaño llevaba otra vestidura de la misma tela hasta los pies.

Viniendo hacia los nuestros, parecía que les decía que no tomaran de aquella agua, porque era mala, mostrándoles no muy lejos de allí otro río de mejor agua.

La Emboscada en Gaira

Donde queriendo ir los nuestros, este Cacique o señor había puesto en emboscada a unos 700 indios, desnudos con sus arcos y flechas, puesto que otros que los señores con los de su corte no llevaban vestidos.

Estos asaltaron con gran furia a los nuestros, que habían desembarcado para llenar los barriles de agua. Y en el primer momento tomaron el batel y lo hicieron pedazos. Luego tiraron hacia los nuestros tantas flechas en un abrir y cerrar de ojos que, antes de que se pudiesen cubrir con los escudos, hirieron a unos 47, de los cuales, por el veneno que había sobre ellas, solo uno escapó; los otros murieron. Siete se escondieron en un árbol carcomido por la vejez y estuvieron hasta la noche. Pero como la nave partió de noche, se piensa que también ellos murieron a manos de los indios.

Dicho Rodorico, con estos infortunios, finalmente llegó al Golfo de Urabá en aquella parte que mira hacia el levante.

Llegada de Colmenar a Santa María

Y echadas las anclas, no viendo a ninguno de los compañeros que pensaba encontrar, se quedó muy admirado, sin saber si estaban vivos o si habían cambiado de lugar. Deliberó hacerles señal de su venida, y por ello, cargadas todas las piezas de artillería, las hizo disparar a la vez, por cuyo estruendo todo el Golfo de Urabá resonó. Y además de esto, sobre las cimas de los montes cercanos hizo hacer grandísimas hogueras durante la noche.

Los habitantes de Santa María de la Antigua, oído el estruendo y vistas las hogueras por la noche, conociendo la llegada de los suyos, respondieron también ellos, tanto con artillería como con fuegos. Por lo cual, dicho Rodorico se fue hacia ellos, los cuales corrieron a recibirlo con tanta alegría que no podían contener las lágrimas, porque por el hambre y las penalidades estaban reducidos a extrema necesidad, además de que no tenían qué vestirse. Con la llegada de dicho Rodorico, se vistieron y ahuyentaron el hambre.

Llegado que fue Rodorico Colmenar, los primeros hombres de Urabá y aquellos que eran reputados de mayor consejo, como hemos dicho, eran de opinión de que se debía hacer venir a Nicuesa como gobernador, para quitar las discordias y contiendas que había entre ellos sobre el gobierno, la cual cosa no agradaba al Bachiller Enciso ni a Vasco Núñez.

El Final de Nicuesa

No obstante, se decidió que el dicho Rodorico (Colmenar), con una de sus naves y un bergantín, fuese a hacerlo venir.

Ejecutando esto, en pocos días llegó a Veragua, donde encontró al desafortunado Capitán Nicuesa, que, cerca del cabo de un monte que se prolonga en el mar llamado Mármore, estaba fabricando una torrecilla, reducido a extrema penuria. De los 785 compañeros, solo tenía vivos a 60, y estos tan afligidos por el hambre que con gran pena se sostenían en pie.

No es fuera de lugar discurrir de dónde provino que, teniendo tan bella banda de gente, armada de arcabuces y de picas, y apta para realizar toda gran empresa, y encontrándose en aquella parte de tierra firme donde había infinitas tierras y ciudades de indios ricas y abundantes en víveres, el mencionado Capitán se dejase morir más pronto de hambre que experimentar la fortuna. Ciertamente, quien lea las cosas hechas después por otros Capitanes con menor número de gente en aquella parte, comprenderá que la causa nació de la poca prudencia del dicho Capitán, el cual debía ser de vil ánimo y de poco entendimiento.

El Retorno Hostil y la Desaparición de Nicuesa

Habiendo desembarcado Colmenar y viéndolos tan afligidos, se le representó ante los ojos el rostro de tantos hombres muertos. Pero, dándoles los víveres que había traído consigo, los consoló grandemente.

Habiendo encontrado a Nicuesa y habiéndolo abrazado, le dijo que era muy deseado por los de Santa María de la Antigua del Darién, porque habiendo grandísimas discordias entre ellos, esperaban que con su autoridad las aquietaría.

Nicuesa agradeció grandemente a Colmenar por haber venido a encontrarlo y dijo estar contento de ir allí. Y así, de acuerdo, inmediatamente montaron en la nave, donde, después de haber razonado sobre las fortunas del uno y del otro, Nicuesa, que ya había ahuyentado el hambre, comenzó a hablar mal de los españoles de Santa María de la Antigua, y que quería echarlos de allí y quitarles también todo el oro que tenían, porque sin licencia del Capitán Ojeda (que era su colega) o suya, que eran Capitanes del Rey Católico, no podían repartirse aquel oro.

Estas palabras, que llegaron a oídos de dichos españoles, con ayuda de Vasco Núñez y del Bachiller Enciso, tan pronto como llegaron los dichos Colmenar y Nicuesa, les salieron al encuentro y con grandes amenazas forzaron a Nicuesa a montar en un bergantín con solo 17 compañeros (de los 60 que había llevado consigo) y partir. Esta cosa disgustó a todos los hombres de bien, pero no se atrevieron a contradecir a Nicuesa por miedo que tenían de la facción del dicho Vasco. Esto fue el año 1511.

Nicuesa, al entrar en el mar para ir a la Isla Española a lamentarse del ultraje que el dicho Vasco le había hecho, nunca más fue visto. Se cree que se ahogó con todos sus hombres.

La Tiranía de Vasco Núñez y la Exploración

Habiéndose partido Nicuesa, y habiendo los de Santa María de la Antigua consumido todos los víveres que había traído Colmenar, se vieron forzados como lobos hambrientos a ir buscando comida por el país vecino.

Por lo cual, el dicho Vasco Núñez se hizo capitán de 150 de ellos, y tomando en su compañía también a Colmenar, se dirigieron siguiendo el litoral hacia aquella provincia que dijimos que se llamaba Coiba. Allí encontraron al Cacique Careta, a quien, con amenazas, quisieron que les diese víveres. Él se excusó diciendo que no los tenía, porque había dispensado bastantes a otros cristianos que habían pasado por aquel lugar, y además, por la guerra que tenía con el Cacique vecino llamado Poncha, no había podido recolectar la siembra de Maíz.

Estos, fuertemente airados y no admitiendo excusa alguna, primero saquearon todo su poblado, y luego, tomándolo prisionero con dos esposas, hijos y familia, lo enviaron a la cárcel en el Darién.

Entre la familia del dicho Careta, fueron encontrados tres españoles gordos de cuerpo, pero desnudos de ropa. Estos habían huido 10 meses antes de Nicuesa cuando fue hacia Veragua, y el dicho Careta los había tratado muy bien.

La Expulsión de Enciso

Vasco Núñez regresó al Darién con aquella poca presa y víveres que había encontrado, donde tan pronto como llegó, hizo meter en prisión al Bachiller Enciso y confiscar todos sus bienes, acusándolo de que se había hecho gobernador sin cartas del Rey Católico. No obstante, fueron tantos los ruegos de los principales del Darién, que fue dejado irse en una nave.

Estando estas discordias y problemas entre ellos, se decidió enviar al Virrey de la Española (que era el hijo del Almirante Colón muerto) y a los consejeros dados por el Rey Católico, para entender cómo debían gobernarse, avisándoles de las calamidades en que se encontraban y de lo que esperaban encontrar si eran socorridos con víveres.

Este cargo se lo dieron a un tal Valdivia, de la facción del dicho Vasco, ordenándole que, expuesta su embajada a los de la Española, debía cargar una nave de víveres y regresar al Darién.

La Primera Alianza y el Saqueo de Poncha

Mientras tanto, el dicho Vasco, no pudiendo estar ocioso y decidiendo realizar alguna empresa, habiendo hablado con intérpretes al dicho Cacique Careta, prisionero, se compuso con él, primero para liberarlo, y luego para ir a hacer guerra al Cacique Poncha, bastante tierra adentro en los confines de Coiba.

El dicho Careta le prometió suministrarle los víveres, y él mismo con su familia y súbditos iría a ayudarle con las armas.

Los indios de este país no combaten con flechas envenenadas, como los que habitan la costa del Golfo de Urabá hacia el levante, sino con espadas muy largas, que llaman Machanas y son hechas de madera durísima por no tener hierro, y con lanzas con la punta muy aguda hecha de hueso.

Para la ejecución de esta orden, el Cacique Careta hizo sembrar Maíz lo más posible por los suyos. Y después de algunos meses, recogido su grano para hacer pan, se pusieron en camino con el dicho Vasco y sus compañeros hacia el país del dicho Poncha, el cual, al enterarse de la venida de estos, huyó.

Los nuestros llegaron al poblado y, no encontrando al Cacique, lo saquearon todo, y se surtieron de bastantes víveres que encontraron, junto con algo de oro labrado en diversos ornamentos de aquellos que usan los indios. Pero de los víveres no pudieron socorrer a los compañeros dejados en el Darién, porque la casa del dicho Poncha estaba a más de 100 millas del Darién, y debían llevarlo todo a cuestas, no teniendo otro medio para conducirlas.

Y así, regresados al Darién, deliberaron no ir más tanto tierra adentro, sino dirigirse contra los caciques vecinos del litoral, para poderse ayudar con las naves a conducir lo que ganasen.

La Provincia de Comogro

Cerca y no muy lejos de Coiba hay una provincia llamada Comogro, donde hay una llanura circundada por montes, de una longitud de unas 30 millas, muy bella y cultivada. Cerca de la raíz de estos montes está el palacio del Cacique de dicha provincia, llamado Comogro, con infinitas otras casas y habitantes de indios, entre las cuales hay muchas fuentes que vienen de dichos montes cercanos, las cuales, juntas todas, hacen correr un arroyuelo por medio de dicha llanura.

Vasco Núñez con su compañía se fue hacia este lugar para saquearla. Pero la ventura quiso que antes un gentilhombre del Cacique Careta, que en su lengua llaman Inra, se había retirado a este Cacique Comogro. Este, enterado de la venida de los nuestros, teniendo amistad con los tres españoles que dijimos que fueron encontrados al tomar a Careta, se interpuso y, por medio de ellos, hizo que se concertara una gran amistad entre el dicho Cacique Comogro y los nuestros.

Por esta causa, como amigos, entraron en aquel país de Comogro, el cual está a unas 30 leguas de Darién por camino llano, el cual es necesario que se haga alrededor de algunos montes que están en medio.

Llegados al palacio, fueron alegremente recibidos por Comogro y por siete jóvenes hijos suyos de bello aspecto, pero desnudos todo el cuerpo excepto las partes vergonzosas.

El Palacio de Comogro

El palacio era tan largo como ancho, y estaba rodeado por palmas altísimas y muy tupidas, que proveían sombra.

Dentro de esta plaza se entraba en un pórtico de la misma longitud y de unos 50 pasos de ancho, el cual tenía delante, a modo de columnas, muchos troncos de árboles muy gruesos y bien labrados. Las otras tres partes estaban rodeadas de árboles del mismo modo, pero cerradas con paredes hechas tan fuertes como si hubieran sido de piedra.

En medio de este pórtico había una gran puerta que conducía a una sala cuadrada. A un lado de esta, hacia el levante, había una gran cámara en la que dormía el Cacique. De esta se entraba en dos cámaras:

  1. Una servía para que durmieran las mujeres del Cacique.
  2. La otra, contigua a esta, estaba llena de cuerpos momificados secos, atados con cuerdas de algodón y colgados del techo de forma transversal.

Frente a estas había tres cámaras:

  1. Una servía como despensa y estaba llena de pan y otras vituallas que ellos usaban.
  2. La otra estaba llena de vasijas de madera y algunas de barro (al modo de España), llenas de vino que se hacía en aquella provincia, parte de Maíz y raíces de Agyes y Yuca, y parte de frutos de palmas de diversos colores (negros y blancos), de perfecto sabor y calidad.
  3. En la tercera estancia estaban los esclavos y aquellos que tenían cuidado de las cosas de la comida de la corte, y esta servía también como cocina por ser grande.

Los pavimentos y los techos estaban trabajados con bellísimas labores. La cubierta era toda en forma de pabellón, con larguísimas vigas cubiertas de hojas y hierbas tan densas que el agua no pasaba, y llovía por cuatro lados.

El Tesoro de los Ancestros y el Mensaje del Joven

Preguntados por los nuestros por qué tenían aquellos cuerpos secos así colgados, les respondieron que eran los cuerpos de todos los Caciques antecesores del linaje de Comogro, de los cuales mostraron que el último era su padre, a quienes conservaban así en orden con gran diligencia y veneración. Estos cuerpos secos tenían alrededor unas sábanas labradas con oro, y algunos también, junto al oro, alguna joya. El modo en el que los secaban ya se ha dicho anteriormente.

El mayor de los hijos de Comogro mostraba en su aspecto ser muy sabio y prudente, el cual comenzó a hablar a su padre y a decirle que a aquellas gentes (los españoles) que andaban haciendo guerra de aquí y de allá y vivían solamente de robar, era necesario acariciarlas, para no darles causa de que les hiciesen daño a ellos y a su casa, como habían entendido que habían hecho en otros lugares.

Y porque veían que no demandaban otra cosa que oro, mandaron a dar a Vasco Núñez y Colmenar oro labrado en diversas láminas y objetos, por valor de cuatro mil Castellanos, y sesenta esclavos para servirles.

La Codicia Española y la Revelación del Mar del Sur

Esta costumbre de hacer esclavos es muy común en estos indios, algunos de los cuales no hacen otro tráfico que capturarse unos a otros y trocarlos por otras cosas que les sean necesarias, y esto por no conocer el uso del dinero.

Habiendo recibido nuestros hombres aquel oro, se pusieron en la plaza a querer pesarlo junto con otro tanto ganado en otro lugar, para sacar el quinto real (la quinta parte, que se asignaba a los tesoros de los Reyes). El resto se repartía igualmente.

En aquel repartimiento de oro, vinieron a las manos entre ellos (los españoles). Viendo esto aquel hijo mayor de Comogro, mostró un poco de ira, dio con la mano en las balanzas y esparció el oro por toda la plaza, diciendo por medio de un intérprete:

"¡Qué vergüenza es esta, oh, cristianos, que por tan poca cantidad de oro os ofendáis el uno al otro! Si ese oro, que además está labrado, lo queréis deshacer y reducir a barras... Si tenéis tanto deseo de oro, por el cual me parece que andáis perturbando la paz de todos los hombres del mundo, partiendo de vuestra casa y sufriendo tantas penalidades, yo os mostraré países riquísimos de oro en los cuales os podréis saciar.

Pero será menester que tengáis un mayor número de gente para poder combatir con algunos Caciques, los cuales son potentísimos en sus países. Entre otros, os saldrá al encuentro Tubanamá, que es señor de un país riquísimo y no dista de nosotros más que seis soles (días, ya que los indios computan los días con el sol).

Luego, sobre algunos montes que se necesitan pasar, habita una clase de gente llamados Caribes, que comen carne humana, y no tienen ni señor ni ley alguna, y viven ociosos. Estos, en tiempos pasados, dejando sus propias habitaciones para tener oro a cambio de hombres para comérselos, sabiendo que en dichos montes se extraía oro, fueron allí, donde, capturando a los habitantes, los hacen sacar oro. Y este, luego, reducido en láminas por la pericia que tienen, y otras cosas labradas, lo truecan por lo que les viene en deseo.

Nosotros no hacemos mayor caso del oro no labrado que el que hacemos de un puño de tierra antes de que la mano de un artífice la haya formado en algún vaso. De estos (vasos) y de mantas de algodón, de los dichos vecinos nuestros tenemos bastante a cambio de esclavos que ellos toman de nosotros para comérselos. Nosotros les proveemos de mucho pan para su sustento, del cual tienen gran carestía porque habitan sobre montañas.

Y por lo tanto, es necesario que os abráis camino con las armas y paséis aquellos montes."

Y con el dedo les mostraba hacia el mediodía (sur):

"Pasados aquellos, vosotros veréis un mar que tiene naves que van a vela como las vuestras (mostrando nuestras carabelas). Y los habitantes de aquellos litorales, aunque estén desnudos como nosotros, no obstante, hacen ir a vela y a remos por todo aquel mar que está allende de dichos montes, donde hay tanta copia de oro."

Y mostrando algunos platos y escudillas de barro, decía que el Rey Tubanamá y todos los paisanos de aquel tenían aquellos hechos de oro, y así como entre los cristianos había abundancia de hierro, no de otra manera entre aquellos pueblos era de oro. Dijo del hierro porque de los nuestros entendió que teníamos gran copia, viendo tantas espadas y armas alrededor de los nuestros.

La Sabiduría Indígena y la Ambición de Balboa

Todas las palabras de este joven fueron referidas por aquellos tres españoles que habían estado 18 meses con Careta y habían aprendido su hablar.

Fueron de tanta eficacia para Vasco Núñez y Colmenar que no pensaban en otra cosa, y les parecía mil años el encontrarse donde estaba tanto oro.

Y por lo tanto, habiendo alabado al joven por cuanto les había narrado, comenzaron de nuevo a preguntarle cómo deberían gobernarse contra tantas gentes cuando fueran a encontrarlas.

El joven, oído estas palabras, se quedó un poco sobre sí, mostrando pensar, y luego dijo:

"Sabed, cristianos, que aunque nosotros estemos desnudos y el deseo de tener oro no perturbe nuestros ánimos, no por ello estamos quietos, sino que la codicia de tener grandes señoríos nos hace estar en continuas guerras, queriendo siempre ser señores del país de los vecinos. De aquí nacen nuestros problemas y ruinas, y nuestros antecesores, y el mismo mi padre Comogro, por esta causa han hecho grandes guerras con los Reyes que os he mostrado allá de los montes. En las cuales, según suele suceder, ahora hemos sido vencedores, ahora hemos perdido.

Y así como habiendo tenido victoria contra nuestros enemigos, de ellos hemos hecho prisioneros, de los cuales os hemos dado sesenta, así ellos algunas veces han tomado de los nuestros y los han llevado como esclavos."

Y así diciendo, les mostró un indio familiar suyo, el cual había sido esclavo de uno de aquellos Reyes allende los montes, cuya provincia es abundantísima de oro.

La Propuesta y el Bautismo de Comogro

"De este hombre y de muchos otros que, cuando estamos en paz, pasan de aquí y de allá, podréis informaros de que cuanto os he dicho es la verdad.

Sin embargo, para que estéis más seguros de las cosas sobredichas y de que yo no os engaño, me ofrezco a venir con vosotros, y si no encontráis que es así, hacedme morir.

Por lo tanto, poned en orden 1.000 cristianos que, con las armas, junto con los soldados de mi padre (armados a nuestra usanza) vendrán con vosotros, y podamos expulsar a nuestros enemigos. Porque esto os dará cuanto oro sepáis pedir, y nosotros, como premio de la ayuda que os habremos dado, además de la parte del país que adquiriremos cerca del nuestro, estaremos seguros de poder vivir continuamente en paz, sin hacer más guerra a nadie."

Con estas palabras del prudente hijo de Comogro, nuestros hombres, grandemente conmovidos por la esperanza de tanto oro, apenas podían responderle.

Habiendo permanecido allí algunos días, y conocida la humanidad e intelecto de estos, con el medio de aquellos tres españoles intérpretes, persuadieron al viejo Comogro de hacerse cristiano. Y así, él con sus hijos y toda su familia se bautizaron, y le pusieron el nombre de Carlos, porque así se llamaba entonces el príncipe de España (futuro Carlos V).

Hecho esto, deliberaron regresar a sus compañeros en el Darién, asegurando firmemente que volverían pronto con gran número de gente, con la cual podrían pasar hasta el Mar del Mediodía (Sur).

La Inundación y el Quinto Real

Partidos de allí, y llegados a Santa María del Darién, se enteraron de que Valdivia, enviado hacía ya seis meses a la Española, había regresado y había traído una poca cantidad de víveres. Se excusó diciendo que el navío que había traído era un poco pequeño, y que el Virrey y los otros consejeros de la Española le habían prometido enviarle muy pronto víveres y bastantes hombres, lo cual hasta entonces no habían hecho, dando por cierto que la nave que condujo al Bachiller Enciso había llegado a salvo. Pero que en el porvenir no les faltaría ningún auxilio posible.

Aquellos víveres que trajo Valdivia duraron pocos días, pasados los cuales comenzaron a padecer de la misma manera que lo hacían antes.

Y a la mala ventura de estos, queriendo añadir mal a mal, sobrevino en el mes de noviembre una tormenta de temporal crudísimo, con tantos truenos y rayos espantosos, y con una lluvia torrencial de tanta agua, la cual bajó de los montes, que el Maíz sembrado en septiembre fue anegado y arrastrado por la furia del agua. A este Maíz los de Urabá lo llaman Hoba, y se siembra y se recoge tres veces al año, porque al estar cerca de la línea equinoccial, esta provincia no padece ningún frío ni calor excesivo.

Viéndose los del Darién reducidos a aquellas calamidades, deliberaron enviar otra vez a Valdivia a la Española, con relación de cuanto habían sabido de las grandísimas riquezas y oro que había sobre el otro mar (Mar del Sur), para que les enviaran víveres y gente para poder hacer aquella empresa y descubrir dicho mar.

Y le dieron de todo el oro encontrado y repartido entre ellos, el Quinto Real que tocaba a los Reyes, el cual fue de quince mil Castellanos, hecho en barras, extraído solo de algunas laminitas que llevaban dichos indios en las orejas y nariz, y cadenillas en los brazos y cuello, y láminas grandes sobre el pecho.

Y así, dicho Valdivia, con las órdenes dadas por Vasco Núñez, entró de nuevo en el mar con su carabela el 10 de enero de 1511 (sic, debería ser 1512). Llevaba consigo también bastante oro que enviaban los del Darién a España, chi a su padre, a su madre y chi a sus parientes. Pero dejemos al dicho Valdivia seguir su camino, del cual hablaremos en su lugar.

La Expedición de Balboa a la Punta del Golfo (Culata)

Y volvamos a los del Darién que, acosados por el hambre, deliberaron ir buscando todos los lugares vecinos. Desde la boca del golfo de Urabá hasta el último ángulo son unas ochenta millas, y este ángulo los nuestros lo llaman Culata.

Allí fue Vasco Núñez con 100 hombres sobre un bergantín y algunas Canoas, las cuales los de Urabá llaman Uru. En este ángulo cae un río diez veces mayor que el Darién, por el cual, habiendo avanzado unas 30 millas hacia el mediodía, encontraron bastantes habitaciones de indios. El señor de estos se llamaba Daiba, cerca del cual supieron que se había refugiado Cemaco, señor del Darién, que fue roto por los nuestros.

Este Daiba, no queriendo esperar a los nuestros, movido por el ejemplo de dicho Cemaco, huyó. Y por lo tanto, desembarcando los nuestros, encontraron todo saqueado. Solo había quedado gran copia de haces de arcos y flechas, y muchas redes con barcas para ir a pescar.

Allí no encontraron demasiados víveres, porque todos aquellos lugares son pantanosos y por ello no son buenos para sembrar, sino que los habitantes de aquellos, al tropezar con el pescado que capturan, se surten de pan de otros indios.

No obstante, buscando las casas con diligencia, encontraron diversas láminas de oro y cadenillas por valor de siete mil Castellanos. Y se llevaron todos los arcos y flechas, y utensilios que pudieron, y cargaron las barcas de dichos indios.

Dicen los que estuvieron en aquella empresa que por la noche salían de aquellos pantanos murciélagos o nóctulos grandes como tórtolas, los cuales mordían, y su mordedura era como envenenada. Al principio no sabían cómo curarse, pero supieron de algunos indios que estaban con ellos, que con agua marina se curarían.

Y regresando estos de aquel último ángulo, y encontrándose en medio del golfo, les sobrevino tanta tormenta de mar que se vieron forzados a tirar al mar lo que habían ganado de pescadores, y muchas de aquellas barcas junto con los hombres se ahogaron.

La Expedición de Colmenar y la Isla de la Casia

Mientras Vasco Núñez hizo aquella empresa hacia el mediodía, Colmenar con 60 hombres quiso navegar por la boca de otro gran río que cae en dicho golfo hacia el levante, por unas 40 millas río arriba.

Allí encontró muchas habitaciones hechas sobre la ribera, y a su señor llamado Turvi, el cual los hizo desembarcar y los llevó a su casa, mostrándoles buen semblante y dándoles de comer cuanto querían.

Esta amistad, al ser sabida por los del Darién, Vasco Núñez, que había regresado, quiso ir a encontrarlos. Allí llegado, y saciados todos los compañeros con los víveres dados por aquel señor Turvi, deliberaron juntos ir río arriba (contra la corriente).

Y habiendo recorrido otras cuarenta millas, encontraron una Isla grande rodeada por dicho río, donde no habitaban más que pescadores. Desembarcando allí, vieron bastantes redes de algodón extendidas al sol, hechas de diversas maneras. Entrando en las casas, las cuales eran hechas pequeñas y redondas, cubiertas de muchas hojas grandes de árboles, vieron a sus mujeres, que parte de ellas hacían redes, otras abrían pescados muy grandes y, salándolos, los ponían al sol, y vieron gran cantidad de ellos secos.

Aquellos indios pescadores no quisieron huir, sino que recibieron a los nuestros alegremente, dándoles cuanto pescado querían, pero poco pan, porque tenían poco. Y dijeron que venían indios de otras provincias lejanas y les traían pan, ollas de barro e hilo de algodón, y lo trocaban por aquellos pescados salados. Vieron allí algunos pescados grandes similares a la Trucha, pero la carne era más roja, de los cuales tenían gran cantidad, y todos los secaban del modo dicho.

Los hombres y las mujeres se cubrían las partes inhonestas con las redes viejas e inútiles. Su dormir era sobre ciertos montones de hojas grandes puestas una sobre la otra. Y porque vieron los muchos árboles de aquellos que hacen la Casia (planta de la que se extrae canela) que eran naturales de aquella tierra, la llamaron la Isla de la Casia.

La Fortaleza Paludosa de Abibeiba

De la banda derecha de dicha Isla, corría otro río, al que llamaron el Río Negro. Y habiendo avanzado desde aquella boca unas 15 millas río arriba, encontraron un poblado de 700 casas habitadas.

El señor se llamaba Abenamachei, el cual, al sentir a los nuestros, abandonó las casas. Luego, habiendo cambiado de parecer, vino con gran furia a asaltarlos con espadas grandes de madera durísima y lanzas largas, por no estar acostumbrados a tirar arcos y flechas. No obstante, fue roto inmediatamente por los nuestros, y Abenamachei fue tomado prisionero junto con muchos indios principales. Un soldado de a pie español que había sido herido, acercándose al dicho, le cortó la mano derecha de un golpe de espada, contra la voluntad de los capitanes, los cuales después lo hicieron curar.

Todos nuestros hombres que estaban en esta empresa podían ser unos 150. La mitad de ellos pareció que debían quedarse allí, y los otros, con nuevas Uru (barcas a su modo), navegaron en sentido contrario del río. A una y otra orilla del río, a medida que avanzaban, veían grandísimos ríos que caían en él.

Y habiendo avanzado 70 millas por el sobredicho Río Negro, teniendo por su guía a un indio práctico de aquel río, se encontraron con el señorío de uno llamado Abibeiba, y estaba en medio de grandísimos pantanos. Y su palacio y todas las otras habitaciones, que eran menores, estaban fabricadas de la siguiente manera:

Sobre las ramas de un árbol gruesísimo, que por todos lados se veían tupidos y densos, habían atravesado muchos leños, y de estos hecho como un tablado, el cual luego estaba dividido en otras partes, las cuales estaban cerradas alrededor por leños, con tanto artificio ligados juntos, que podían soportar cualquier ímpetu de viento, por grande que fuese. Encima luego estaban cubiertos con algunas hierbas y hojas.

Es opinión que estos habitan de este modo porque los ríos a menudo inundan todo aquel país. Dichos árboles, después del dicho tablado, van con la cima derecha tan alta que, por muy buen brazo que el hombre tenga, no podría tirarles una piedra.

La Fortaleza en los Árboles y el Saqueo

Algunos de los árboles (donde vivían los indios) eran de una grosura tal que siete u ocho hombres no podrían rodearlos con los brazos. En tierra, junto a los pies de los árboles, tenían el lugar donde guardaban el vino que hacían del modo dicho (de maíz y frutos). Lo tenían allí porque a veces soplaba tanta furia de viento que, aunque no arruinara aquel tablado hecho sobre las ramas, sí lo hacía mover y temblar, lo cual causaría la pérdida del vino, del cual siempre tenían bastante. El resto de las cosas lo guardaban todo arriba. Cuando el señor comía, los sirvientes corrían a sacar el vino de nuevo y llevarlo por unas escaleras que estaban puestas junto a dicho árbol, con la misma presteza que lo harían los nuestros en un lugar plano.

Llegados los nuestros cerca de aquel árbol, hicieron llamar a Abibeiba, rogándole que quisiera descender, haciéndole señales de paz y mostrándole los presentes que le traían. Abibeiba les hizo responder que les rogaba que lo dejasen estar quieto en su casa y les concediesen que viviera en paz sin darle molestia.

Pero no sirviendo de nada las muchas oraciones que le hicieron, y viéndolo tan obstinado, los nuestros le hicieron entender que si no descendía con toda su familia, le quemarían el árbol o lo cortarían por los pies.

Sobre lo cual, manteniéndose firme Abibeiba, los nuestros comenzaron con muchas hachas a golpear el árbol. Viendo Abibeiba saltar muchas astillas, cambió de semblante y descendió inmediatamente con solo dos de sus hijos. Hecha la paz con los nuestros, les preguntó qué querían de él.

Los nuestros le dijeron que buscaban oro. A lo que él respondió que no tenía oro, del cual no sirviéndose para cosa alguna, nunca había pensado ni puesto cuidado en tenerlo. Pero al insistir tanto y mostrar tanto deseo, se ofreció a ir a buscarlo en los montes cercanos, donde decía que nacía bastante, y en cierto plazo traerlo. Así se acordaron.

Pero pasados los días del plazo en que debía volver Abibeiba con el oro, viéndose burlados (los nuestros) partieron con bastantes víveres que encontraron del dicho Abibeiba, pero sin oro.

El Contraataque Indígena y la Amargura del Hierro

Aquí entendieron de los habitantes lo mismo que habían entendido del Cacique Comogro sobre los Caribes que comen carne humana, los cuales ocupan en los sobredichos montes las minas de oro. Por esta causa, los nuestros quisieron avanzar unas 30 millas más río arriba. Y llegando a ciertas cabañas de paja de los dichos Caribes, las encontraron abandonadas, porque por la fama de la llegada de los cristianos habían huido, llevando lo que tenían a cuestas a la cima de altos montes.

Mientras Vasco Núñez y Colmenar iban río arriba, descubriendo nuevas gentes y nuevos países, un español llamado Rafa, de los dejados a la guardia del país de Abenamachei (que está en el Río Negro, como hemos dicho), al ser apremiado por el hambre o el deseo de encontrar oro, quiso ir con nueve compañeros a buscar lo que hubiese en algunas habitaciones de un Cacique no muy lejano llamado Abraiba.

Este, habiendo entendido la venida de aquellos, puso muchos indios armados a su modo con lanzas, en un bosque muy tupido junto a un camino por el cual los nuestros estaban forzados a pasar. Estos, no más pronto hubieron entrado en el bosque, que todos los indios se lanzaron a asaltarlos. Y por ser prácticos del lugar, mataron inmediatamente al dicho Rafa con dos compañeros.

Los otros, visto aquello, porque por la espesura de los árboles no podían usar los arcabuces, se retiraron fuera a una llanura, pero a los indios nunca les bastó el ánimo para asaltarlos o salir del bosque. Por lo cual, los nuestros regresaron a su guardia de donde habían partido.

Los indios, habiendo despojado a los cristianos muertos en el bosque de las armas de hierro, las llevaron a su Cacique, donde se habían refugiado Abibeiba (habitante de aquel gran árbol) y Abenamachei (el fugitivo al que se le cortó la mano).

Estos, vistas las armas quitadas a los nuestros, comenzaron entre ellos a poner orden para reunir un gran número de indios e ir a asaltar a aquellos que estaban en la guardia del Río Negro, y hacerlos morir, diciendo:

"Nosotros vemos qué clase de gente es esta rabiosa por tener oro, y por ello anda perturbando la quietud y la paz que nosotros tenemos. Deberíamos contentarnos con poseer tan bellas y resplandecientes armas, como son estas espadas, que cortan y se pueden usar en muchas cosas para uso de los hombres y para defenderse de los enemigos, lo cual no se puede hacer con el oro. ¿Queremos estar siempre esclavos de estos con nuestras mujeres e hijos, y ser despojados por ellos todo el día de los víveres y otras cosas que son para nuestro vivir? Vayamos a asaltar a aquellos que han sido dejados a la guardia del país de Abenamachei, pues luego será más fácil destruir a los otros que pasaron río arriba."

Puesto este orden y determinado el día, la fortuna quiso que los nuestros regresaran con las barcas de las cabañas de los Caribes la noche antes del día determinado.

El Castigo de los Indios Rebeldes

Aquel día, llegada la mañana, una gran multitud de indios, con flechas y con lanzas, asaltaron a los nuestros, pensando que eran pocos. Pero al verlos tantos, y que animosamente salían a combatir con ellos, comenzaron a retirarse un poco atrás, donde, recobrando fuerza, los nuestros, y matando a bastantes, los pusieron en fuga. Y muchos de ellos fueron hechos prisioneros, pero todos los Caciques escaparon. Los prisioneros fueron enviados al Darién para hacerlos trabajar la tierra.

Aquietados los hombres de aquel país, los nuestros deliberaron partir, y dejar allí una guardia conveniente. Y así lo hicieron, dejando al Capitán Hurtado con 30 hombres.

Este (Hurtado), un día, deliberó enviar río abajo a algunos de sus compañeros con mujeres e indios capturados al Capitán Vasco Núñez, y los hizo montar sobre una de las barcas que ellos llaman Uru. Estos, yendo río abajo, fueron asaltados por cuatro barcas de indios, que los hicieron ir a pique, y cuantos pudieron capturar, los mataron. Solamente dos compañeros, agarrados a ciertos leños que bajaban por el río, escaparon.

De aquellos dos, los nuestros se enteraron de que todos los indios vecinos estaban sublevados, y de lo que habían hecho a los de la barca. Los nuestros, suspensos por tales nuevas, cada día consultaban entre ellos la provisión que debían tomar. Y como Dios quiso, la cosa fue descubierta de este modo:

La Conspiración Descubierta por el Amor

Vasco Núñez, que era el capitán de los del Darién, entre las otras mujeres indias que había traído, tenía una muy hermosa a la que amaba mucho y le hacía grandes caricias.

A ver a esta mujer venía a menudo un hermano suyo, el cual un día le dijo:

"Hermana, tú ves la gran insolencia que usan hacia nosotros estos cristianos, tal que nuestros Caciques ya no la pueden soportar. Sabe que cinco de ellos se han unido con cien barcas, y por tierra más de cinco mil indios, y en la villa de Tichirí están preparadas todas las vituallas. Está ordenado el día en que vendrán a asaltarlos. Y por lo tanto, te ruego que aquel día veas de encontrar modo de no estar entre ellos, para que en aquella furia no fueses muerta."

La joven, al enterarse de tal conjura y amando a Vasco Núñez, fue inmediatamente a manifestarle todo.

Vasco Núñez, al saber esto, se las ingenió para que el dicho hermano, que era familiar de uno de aquellos Caciques, regresase a ella, el cual fue inmediatamente apresado y confesó cómo Cemaco (que era uno de dichos Caciques, expulsado del lugar donde edificaron la tierra de Santa María del Darién) había hecho hundir la barca con los hombres que venían del Río Negro.

Además, había puesto orden con 40 de sus indios de hacer matar a Vasco Núñez un día que fuese fuera de la ciudad a ver a los indios que trabajaban los maizales, lo cual solía hacer. Pero la fortuna lo había ayudado, porque siempre que iba, lo hacía a caballo o armado con lanza y espada, por lo cual los indios nunca habían tenido el ánimo para matarlo. Y que viendo que no les había salido bien aquella vía, había hecho reunir a toda la gente de los Caciques vecinos y quería venir a destruir a los cristianos.

La Represalia de Balboa y Colmenar

Entendida aquella conspiración, Vasco Núñez ordenó inmediatamente que 60 de los suyos bien armados lo siguieran, sin decir adónde iba. Y se dirigió derecho adonde pensaba que estaba el dicho Cacique Cemaco, a unas diez millas del Darién.

Allí lo encontró, pero Cemaco había huido al Cacique Daiba (señor de aquel lugar que los nuestros llaman Culata). Y no pudiendo hacerles más, tomó prisionero a un indio de los principales de Cemaco con muchos sirvientes y algunas mujeres, y los llevó cautivos.

Por otro lado, Colmenar fue también él con 60 compañeros en dirección contraria por agua con cuatro barcas. Tenía por guía al hermano de aquella joven enamorada de Vasco Núñez. Y llegó a la villa sobredicha de Tichirí, donde habían dicho que se llevaban a cabo todas las preparaciones para la ruina de los cristianos.

Entrados en las casas, y hallada gran cantidad de vinos (tanto blancos como negros), y de toda clase de pan y otros víveres, los tomaron para su uso. Luego tomaron al jefe de dicha villa, el cual tenía el cargo de ser Capitán General en aquella empresa contra los cristianos. Y a este con cuatro de los principales indios hizo atar a algunos árboles y matar con flechas, para escarmiento de los otros. Esto puso tanto terror en aquella provincia que nadie más tuvo arrojo de sublevarse contra ellos.

Nuestros hombres se quedaron algunos días en aquel lugar de Tichirí, donde se lo pasaron bien con los víveres y vinos que habían encontrado.

La Misión a España y la Suerte de Valdivia

Partidos de allí y regresados al Darién, deliberaron enviar un embajador primero a la Española y luego a España, al Rey Católico, para narrar todas las cosas encontradas y demandar a Su Majestad 1.000 hombres para pasar al Mar del Mediodía.

Vasco Núñez intentó tomar a su cargo esta empresa, pero sus partidarios y afectos no quisieron, pensando ciertamente que, una vez que partiese, nunca más regresaría a tantos problemas y disensiones. Y por lo tanto, le dieron a un tal Giovanni Quincedo, hombre de gravedad, el cual era Tesorero del Rey Católico. Y como dejaba a su mujer e hijos en el Darién, no dudaban que no regresase, pero les pareció que debían darle un compañero por cualquier caso que pudiera sobrevenir, y decían que estando ellos acostumbrados a la temperatura de aquel aire cerca del equinoccial, si iban a España hacia el norte y cambiaban las comidas podrían morir. Y por lo tanto, le dieron a Colmenar.

Estos, montados en un bergantín (no teniendo nave mayor), partieron del Darién en el mes de noviembre del año 1512 y enderezaron su camino hacia la Isla Española. En este viaje tuvieron infinitas tormentas por las cuales fueron llevados ahora aquí, ahora allá. Finalmente, por fuerza de vientos, fueron a parar a la última parte de la Isla de Cuba, que mira hacia poniente.

Y como ya habían pasado tres meses después de la partida del Darién y habían consumido todos los víveres que llevaban consigo, fueron forzados a desembarcar en tierra para buscar alguna cosa para vivir, encontrándose en extrema necesidad.

Llegados a tierra, vieron muchos perfiles de tablones en la arena, que parecían de algún navío roto de cristianos, y se maravillaron mucho. Pero habiendo tomado a dos de los isleños, se enteraron de que antes había llegado un navío con cristianos, los cuales habían sido tomados y muertos por los indios de la Isla, y despojados de mucho oro que tenían. Por algunas señales, reconocieron que aquel había sido Valdivia (el enviado anterior). Por esta causa, Quincedo y Colmenar deliberaron partir de aquel lugar, y regresados al navío, siguieron su viaje, como se dirá en su lugar.

El Bachiller Enciso y el Milagro en Cuba

Pero habiendo hablado de la desgracia acaecida a Valdivia sobre la Isla de Cuba, no me parece fuera de propósito narrar lo que le ocurrió al Bachiller Enciso, el cual fue expulsado por los del Darién, como se ha dicho.

Este también llegó a la Isla de Cuba, pero la ventura lo condujo al país de un Cacique que antes, por algunos cristianos, no se sabe de qué modo, había sido bautizado y le pusieron el nombre de El Comendador.

Este, visto al dicho Enciso, le salió al encuentro y le hizo grandísimas caricias, dándole cuantos víveres quiso. Y sobre todo, lo quiso llevar a ver donde habían hecho una capilla con un altar a Nuestra Señora, a la cual cada día al atardecer iban a hacer reverencia, y no sabían decir otra cosa que: "Ave María, Ave María".

Dicho Comendador narró al dicho Enciso cómo antes había estado largamente con él un marinero cristiano, del cual se servía como capitán en todas las guerras que tenía con sus vecinos. Y que este, por llevar una imagen de Nuestra Señora pintada en el pecho, siempre había tenido victoria. Y que los Cemíes de los enemigos (que así llaman a sus dioses, hechos en forma de demonios negros y cornudos), que llevaban también en la guerra, no podían resistir a la imagen de Nuestra Señora, sino que tan pronto se acercaba aquella imagen a la figura de los Cemíes, esta se veía temblar. Y por esta causa habían hecho aquella Capilla y aquel Altar, e iban a saludarla.

A la misma le ofrecían también diversas collares de oro y algunas vasijas llenas de diversos manjares, y otros agua para beber, no queriendo faltar al honor que solían hacer a sus Cemíes antes.

Después de que el dicho marinero se hubo partido en un navío que llegó allí, dicho Comendador siempre había hecho lo mismo de llevar en las guerras que le sucedían la dicha Imagen. Y que una vez entre otras, acaeció un milagro grandísimo, el cual todos los indios que estaban presentes cuando el dicho Comendador lo narraba al Bachiller Enciso, confirmaron haberlo visto ellos mismos:

Habiendo diferencia sobre cuál fuese mejor, si la figura de Nuestra Señora o la figura de sus Cemíes, y por esto queriendo venir a las manos y cortarse en pedazos, se compusieron de este modo: que en medio de una gran llanura se pusiesen dos jóvenes indios por parte, los cuales fuesen atados con las manos atrás con muchas cuerdas, es decir, los del Comendador por los enemigos, y los dos de los enemigos por los del Comendador, bien apretados como a ellos les pareciese. Y aquel Cemí sería mejor que primero fuese a desatar a sus jóvenes.

Hecho esto, y estando todo el pueblo lejos para ver el final, el Comendador gritó: "Ave María, ayúdame". A cuya voz, inmediatamente apareció una mujer vestida de blanco, la cual se acercó a sus dos jóvenes, y con una varita les tocó las manos, las cuales fueron inmediatamente desatadas. Y las cuerdas fueron de nuevo a atar a los dos jóvenes de los indios enemigos. Y no queriendo asentir aún los enemigos a este milagro, quisieron de nuevo hacerlos atar, y similarmente de nuevo vino la dicha mujer a desatarlos. Por lo cual todos confesaron que la figura de Nuestra Señora era mejor que la de sus Cemíes.

Enterado de la llegada del Bachiller Enciso en este lugar del Comendador, todos los indios vecinos que antes guerreaban con él, enviaron sus nuncios rogándole que les enviase personas que los bautizasen. Lo cual el Bachiller Enciso hizo, enviándoles dos frailes que por ventura se encontraban con él, los cuales, llegados a dichos indios, bautizaron a unos 180 en un día. Y cada uno de los que se hacía bautizar les daba una gallina o un gallo, y otros, pescados salados y algunas tortas hechas de su pan.

Y queriendo Enciso partir, el Comendador indio le preguntó de gracia que le dejase un cristiano que le enseñase a él y a sus súbditos el "Ave María" entero, porque pensaban hacer mayor reverencia sabiendo decirla toda, que solo aquellas dos palabras "Ave María". Y por ello se quedó uno de los compañeros con dicho Comendador.

Enciso fue directamente a la corte en España, donde por las grandes querellas que hizo ante el Rey, el dicho Bachiller, Vasco Núñez fue sentenciado por rebelde a la corona.

La Misión del Darién llega a España

Regresemos a Colmenar y Quincedo, nuncios de los del Darién. El viaje que se suele hacer con buen tiempo en ocho días hasta la Isla Española, a los mencionados les tomó tres meses y medio por las continuas tormentas que tuvieron.

Llegados a la Española, expusieron al nuevo Almirante (hijo de Colón) y a otros consejeros reales, cuanto tenían en comisión de los del Darién. Y después, montados sobre algunas naves de mercancía (que muchas van y vienen de España a dicha Isla), con ellas llegaron a la corte del Rey Católico en mayo de 1513.

Allí, narraron minuciosamente a Su Majestad todos los sucesos de aquellas partes, y sobre todo, aquello que habían entendido de las riquezas que se encontraban sobre el Mar del Mediodía (Pacífico).

Su Majestad, habiendo tomado maduro consejo sobre esto, sabiendo que los primeros Capitanes Ojeda y Nicuesa habían muerto, y que todos los que quedaban en el Darién estaban en confusión entre ellos, eligió como Gobernador de toda la Tierra Firme de las Indias a Pedro Arias (que por sobrenombre en toda España se llamaba El Galán). Este había dado grandes pruebas de ser valiente en su persona y de gran ingenio en las guerras de Berbería.

La Gran Flota de Pedrarias Dávila

Se ordenó que le fuesen pagados 2.200 soldados, y se le prepararon las naves con víveres para pasar a las Indias. El Obispo de Burgos, que tenía aquella cura, hizo que todo se pusiera en orden en Sevilla.

Llegado dicho Capitán al principio del año 1514, encontró tanta multitud de gente que quería ir con él, que era cosa increíble. Y no solamente jóvenes, sino viejos e impedidos, todos atraídos por la avaricia y codicia del oro que veían llevar de aquellas partes, se ofrecían a ir a servirle sin pago alguno.

A estos les fue dada licencia y se eligieron solamente 1.200, y esto para que los navíos no fuesen demasiado cargados y los víveres no les faltasen en el camino. Y desde entonces fue hecha una prohibición pública de que nadie pudiese navegar a dichas Indias sin licencia del Rey, y esta tampoco se daba sino a españoles. Con grandes ruegos fue impetrada licencia para algunos genoveses, la cual también fue dada para complacer al nuevo Almirante.

Este Pedro Arias tenía por mujer a una gentil mujer llamada Isabel de Bobadilla, sobrina de la Marquesa de Moya, noblemente educada. Y de ella tenía ocho hijos. Ella, al ver partir a su marido, ni el miedo del mar ni el amor de los hijos la pudieron detener de que no quisiese acompañarle.

Cuando estos partieron de Sevilla y se adentraron en el Mar Océano, fueron asaltados por tanta fortuna que dos naves se rompieron, y las otras se vieron forzadas, tirando al mar gran parte de los víveres que llevaban, a regresar de donde habían partido. Pero inmediatamente fueron restauradas por los oficiales reales, y de nuevo siguieron su viaje con bonísimo viento.

Gobernaba por orden regia la nave del Capitán un Giovanni Vespucci, florentino, hombre muy perito en el arte de navegar, el cual bien sabía conocer las declinaciones del sol con el cuadrante y los grados del equinoccial al polo. Esto lo había aprendido de un tío suyo, Amerigho Vespucci, con el cual se había encontrado en grandísimos viajes. Este Amerigho fue el primero que, por orden del Rey de Portugal, navegó tanto hacia el mediodía que, pasado el equinoccial 55 grados, descubrió tierras infinitas, como se ve en los libros escritos por él.

Pero dejemos al Gobernador Pedrarias seguir su viaje, del cual se hablará después.

El Segundo Viaje de Vicente Yáñez Pinzón

Y hablemos al presente del segundo viaje que hizo el Capitán Vicente Yáñez Pinzón, el cual fue compañero, como hemos dicho, del primer Almirante (Colón) en muchos viajes.

Este, el año antes de que partieran Ojeda y Nicuesa de la Española, había ido a sus expensas, pero con licencia del Rey, a descubrir toda la costa del mediodía de la Isla de Cuba, y la hizo conocer como Isla y no Tierra Firme, como muchos pensaban.

Hecho esto, le pareció pasar más adelante hacia poniente, más allá de dicha Isla de Cuba, y encontró muchas tierras que habían sido tocadas por el primer Almirante. Y habiendo navegado algunos días a vista de dichas tierras, se volvió atrás a mano izquierda, y se puso a navegar hacia levante, y pasó delante de los litorales y los golfos de Veragua, luego de Urabá y de Cuchibachoa, y llegó a aquella parte de Tierra Firme que dijimos llamarse Paria, donde está la Boca del Dragón, con un golfo grandísimo de agua dulce e infinitas islas donde se pescaban muchas perlas, y lejanas hacia levante de la provincia llamada Curiana 130 millas. En medio de este espacio, como se ha dicho, está Cumaná y Manacapana.

En aquel lugar, habiendo los señores de las tierras vecinas (a quienes llaman Chiaconi) entendido la llegada de aquella nave, enviaron algunas barcas de un solo tronco, a las que llaman Chicos, con hombres armados de arcos y flechas. Al verla con las velas desplegadas, todos se quedaron muy admirados. Pero luego, cobrando ánimo, se acercaron a ella, y a un tiempo todos tiraron flechas, pensando matar a los nuestros o espantarlos. Pero fueron defendidos por los tablones y costados de la nave, de modo que no fueron heridos.

E inmediatamente descargaron algunas piezas de artillería, de las cuales fue tanto el estruendo que estos quedaron todos atónitos y no supieron huir. Los nuestros con la barca de la nave fueron a encontrarlos, y parte mataron y parte hicieron prisioneros, otros se tiraron al mar.

La Amistad y el Intercambio en Paria

Oída la artillería por los Chiaconi, y vista la ruina de los suyos, dudando que si los nuestros, como enemigos, hubieran desembarcado en tierra, no les quemarían todos sus poblados, llevándolos como esclavos con las mujeres e hijos, comenzaron con señas y gestos del cuerpo a pedir paz, porque de su hablar nunca se entendió palabra alguna.

Y por señal de paz mostraron querer dar oro. Desembarcados los nuestros en el litoral, les presentaron en láminas y cadenas y similares cosas labradas tanto oro, que valía tres mil Castellanos, y un vaso como un barril de madera lleno de Incienso, que podía ser de 2.600 libras a razón de ocho onzas por libra.

Llevaron también muchos pavos reales muy diferentes a los nuestros en color y en la grandeza, además de esto, algunos paños de algodón labrados de diversos colores, con algunas franjas o cuerdas a las cuales estaban pegados algunos pedacitos de oro hechos de laminitas.

Visto Vicent Yáñez la humanidad de estos, quiso quedarse algunos días en aquel lugar, donde vieron papagayos en tanto número como son para nosotros los gorriones, y de tantos colores que no se podrían narrar, y algunos todos blancos o rojos. Una especie de ellos era de grandeza como un gran capón, y otros de una especie mucho menores que gorriones, y todos cantaban variadamente, que era cosa deleitosa de oír. De estos fueron tomados bastantes y enviados a España al Rey, y fueron vistos por muchos.

Los hombres andaban cubiertos con paños de algodón hasta las rodillas, y las mujeres hasta el cuello y los pies, pero el paño de las mujeres era simple, el de los hombres era doble, y casi como acolchado con otro algodón.

Dicho Vicent Yáñez conoció que los indios en cada villa de aquella provincia de Paria hacen de nuevo cada año a sus gobernadores, a los que llaman Chiaconi, que quiere decir los más honrados, a los cuales obedecen en cada cosa que les mandan. Y si les toca hacer guerra o paz, están con los ojos fijos en su rostro para ver su voluntad, y lo que ellos señalan es hecho inmediatamente. Y quien no obedece es muerto inmediatamente por los otros sin el mínimo respeto.

Cinco de aquellos Chiaconi vinieron a visitarle y le trajeron diversas cosas para regalar, con algo de oro, pero la mayor parte de los dones eran diversas clases de verduras y frutas para comer. Vicent Yáñez los acarició y les dio a cambio algunos vasos de vidrio para beber y collares de cuentas de vidrio de diversos colores, que les gustaron mucho, porque inmediatamente cada uno se los puso al cuello.

Pinzón y la Línea de Demarcación

Aquel golfo (en Paria), decían algunos marineros, fue descubierto por Cristóbal Colón y nombrado el Golfo de la Natividad.

Hecha gran amistad con dichos ChiaconiVicent Yáñez se despidió, y se puso a navegar por dicha costa hacia levante. Encontró un gran espacio de país que, por las aguas que venían de los montes, estaba hecho a modo de pantano, y por ello no estaba habitado.

Pasados dichos pantanos y lugares desiertos, navegó hasta una punta de aquella tierra que mira hacia levante. Y aquí encontró haber pasado el Equinoccial siete grados hacia el otro Polo (Sur), y no fue más adelante. Pero deteniéndose allí, se enteró por algunos indios de una provincia vecina llamada Ciamba, los cuales le mostraban montes altísimos hacia el mediodía, que más allá de aquellos había países riquísimos de oro.

Y por aquello, dicho Vicent Yáñez, halagándolos con señas, condujo a algunos a la nave, a los cuales llevó a la Española, al Almirante, para que aprendiesen nuestra lengua, para poder después usarlos como intérpretes en el descubrimiento de dichos países.

Y partido de la Española, se fue directamente a España, al Rey, e impetró ser hecho gobernador de la Isla Boriquena, que por los españoles se llama San Juan (Puerto Rico), y está lejana de la Española 25 leguas, la cual dicho Vicent Yáñez descubrió antes y que tenía mucho oro.

Pero porque hemos dicho que dicho Vicent Yáñez no quiso pasar más allá de los siete grados del Equinoccial hacia el otro polo, es necesario que digamos la causa, la cual fue esta:

El Tratado de Tordesillas y el Límite de Pinzón

Reinando el Rey Juan en Portugal (que fue cuñado y predecesor del Rey Manuel presente), nació grandísima diferencia entre portugueses y castellanos por el descubrimiento de aquellas navegaciones. Los portugueses decían que aquellas partes les pertenecían, por haber sido ellos los primeros que habían comenzado a navegar el Mar Océano, y de aquello no haber memoria alguna en contrario. Por el contrario, los castellanos decían que Dios al principio que creó el mundo había dejado todas las cosas comunes a los hombres, y por ello les era lícito donde no encontrasen cristianos poder ocupar aquel país y hacerlo suyo.

Y aduciendo la una parte y la otra muchas razones aparentes a su favor, después de mucho tiempo vinieron de acuerdo en que el Sumo Pontífice fuese juez, prometiendo con solemnes pactos dar quietud y contentamiento a cuanto por Su Santidad fuese juzgado.

Gobernaba en aquellos tiempos el reino de Castilla la Reina Isabel junto con el Rey Fernando, su marido (por haberlo dado en dote), la cual, como arriba se ha dicho, fue dotada de singular virtud y prudencia. Y por ser esta prima del dicho Rey Juan de Portugal, más fácilmente el acuerdo se sucedió.

Alejandro VI, que era entonces Sumo Pontífice, sobre esta diferencia determinó por un Breve sellado que el mundo fuese partido en dos partes de este modo: que se tirase una línea de norte a sur que pasase sobre una de aquellas Islas que, por el nombre del promontorio de África que le está enfrente, se llaman del Cabo Verde. Y que luego, partiendo de dicha línea, se fuese hacia poniente 370 leguas, donde vendría a parar sobre la Tierra Firme de las Indias Occidentales, no muy lejos del río llamado Marañón (Amazonas). Y que allí comenzasen las partes de Castellanos y Portugueses. Esto es, volteando hacia levante 180 grados de longitud fuesen de los Portugueses, y otros 180 grados de los Castellanos hacia poniente.

Y por estar el Cabo de San Agustín de dicha Tierra Firme dentro de los términos de los Portugueses, por ello Vicent Yáñez no quiso pasar los dichos siete grados, sino que volvió atrás. Y yendo a España, obtuvo del Rey, como se ha dicho, ser gobernador de la Isla de San Juan (Puerto Rico), la cual ya comenzaba a ser habitada por cristianos, aunque estuviese cerca de las otras islas de los Caribes.

La Masacre de San Juan y los Antropófagos

En dicha Isla (San Juan) solía ser gobernador un Cristóbal, hijo del conde de Carmignola, persona de buen ingenio y gran ánimo, el cual atendía, junto a un bellísimo y seguro puerto, a fabricar un poblado y llenarlo de gente, y hacer también una fortaleza.

Esta cosa, entendida por los Caníbales de las islas vecinas (o porque les disgustaba que los cristianos se establecieran cerca, o porque deseaban tenerlos para comérselos), un día, reunidas muchas Canoas de ellos, armados con arcos y flechas, asaltaron de improviso a dicho Cristóbal, y a este con todos los cristianos mataron. Y muertos, se los repartieron, regresando a su casa muy alegres, llevándose tantos por Canoa.

Solo el Obispo que había sido ordenado que estuviese en dicha Isla huyó al bosque con sus familiares, que no fue visto. Y porque se ha dicho que había un Obispo de dicha Isla, es de saber que ya por el Sumo Pontífice habían sido creados cinco en estas nuevas tierras:

  1. En Santo Domingo de la Española, un fraile de San Francisco.
  2. En la fortaleza llamada Concepción, un doctor Don Pedro Suárez.
  3. En Cuba, un fraile de Santo Domingo de Toledo.
  4. En el Darién, un Juan Cabedo, predicador de la orden de San Francisco.
  5. En San Juan, el Licenciado Alfonso Manso.

Este (Manso), escapada la furia de los Caníbales, se refugió en un Cacique de dicha Isla muy amigo de los cristianos. Y de allí se vino a la Española.

Y pasados algunos meses, los Caníbales de la isla nombrada por los nuestros Santa Cruz, vecina de San Juan, uniéndose con muchos otros, vinieron a dicha Isla de San Juan, y fueron directamente adonde habitaba el sobredicho Cacique, amigo nuestro. Y tomándolo a él con toda la familia, mataron a los habitantes en aquella villa. Y sin moverse de allí, asados se los comieron. Y hecho esto, quemaron la villa.

Llegados después muchos de los nuestros, partidos de la Española, y preguntando por medio de intérpretes a dichos Caribes por qué habían quemado aquella comarca y hecho morir a tantos hombres, dijeron haber tenido grandísima causa, la cual era: que habiendo venido a aquella Isla, enviados por ellos, siete Caribes grandes maestros de hacer sus barcas (que son de un solo tronco, porque sabían que en esta Isla estaban los cedros muy gruesos, creciendo allí el doble más en grandeza y grosor que en cualquier otra Isla), dicho Cacique, después de haberlos aceptado en casa, los había hecho morir. Por esto habían quemado la villa, y matado y comido al Cacique y a los otros para vengarse.

Y mostraron a los nuestros un gran haz de huesos de piernas y brazos de los sobredichos comidos, los cuales querían llevar a su casa para mostrárselos a las mujeres e hijos de dichos maestros, para que conocieran que su muerte había sido vengada. Lo cual entendido por los nuestros, quedaron estúpidos y atónitos, y por no encontrarse tan fuertes para poder dañar a dichos Caníbales, no les dijeron otra cosa, sino que los dejaron ir a su viaje.

Preparativos y Riquezas Naturales del Darién

Como se ha dicho arriba, el Almirante Colón, antes de que muriese, había aconsejado a los Reyes Católicos que de todas las partes de Tierra Firme dicha Paria de las Indias, dos provincias fuesen habitadas sobre las otras: Veragua y Urabá, donde hubiesen puertos principales para aquellos que desembarcasen en dicha Tierra Firme. Y así fue hecho, llamando a Veragua "Castilla del Oro", y a Urabá "Andalucía Nueva".

Y fabricadas habitaciones e iglesias, para comodidad y ornamento de dichos lugares, hicieron elegir un Obispo por lugar, los cuales instruyeron a los indios en nuestra fe.

E hicieron traer también de España todas las semillas de hierbas de huerto que comen los hombres, las cuales crecieron fuera de medida y en poco tiempo. Las sandías, melones y calabazas, después de haber sido sembradas veinte días, maduraban. Las lechugas, borrajas, acelgas y coles, en término de diez días se podían cosechar. Las vides y otros árboles de los nuestros que dan frutos para comer, traídos de España, producían frutos tan pronto, como hemos dicho que hacen en la Española.

Pero al haber en Santa María Antigua del Darién, en Urabá, muchos frutos naturales de aquel lugar y de varias clases que son muy suaves al comer y sanos para los hombres, no me parece fuera de propósito hablar de algunos de ellos, es decir, de los mejores.

Frutas Exóticas y Fauna del Darién

Hay un árbol llamado Guanábana que produce un fruto como manzana, muy similar a los limones, y son de sabor dulce, mezclado con agrio. Se encuentran también muchas palmas, pero los frutos de algunas de ellas no se pueden comer por ser siempre de sabor agrio.

Hay también un árbol llamado Guayaba (Guarabana), que es mayor que el árbol del naranjo, el cual produce frutos mayores que los cidros grandes y gruesos, que parecen melones, y son muy buenos para comer.

Los árboles llamados Hovos (Jobos) dan ciertos frutos como ciruelas en el sabor y olor, y se piensa que estos son los que nosotros llamamos Mirabolanos, que son traídos secos de la India Oriental para medicina. Este árbol es muy frecuente en cada parte de la Isla Española, y produce tantos frutos que los cerdos, cuando los encuentran maduros, van a los montes a comerlos, donde hay gran cantidad, y se ponen gordísimos con ellos. Los pastores no pueden reducirlos a casa, y muchos por esta causa se quedan en las selvas y se vuelven salvajes. Por esto dicen que las carnes de dichos cerdos de la Española, una vez comidas, se sienten más sabrosas y mejores, y las encuentran muy sanas.

El Rey Católico comió de uno de los sobredichos frutos llamados Guayaba, grande como un gran cidro, con algunas escamas encima a modo de una piña. Pero en la ternura era como la de un melón y, de sabor, como entonces dijo Su Majestad, superaba a cualquier otro fruto que jamás hubiese comido. Solo este fue llevado con gran diligencia a Su Majestad, porque los otros se echaron a perder en el viaje.

Tienen algunas raíces llamadas Batatas, las cuales comen. Yo, como las vi, juzgué que fuesen grandes nabos, con la corteza negra y blanquísimas por dentro; y son buenas cocidas y crudas, y saben de la bondad de las castañas, o mejores.

Animales y Ríos del Golfo de Urabá

Pero dejemos las hierbas y árboles, y hablemos de los animales. En aquella provincia se encuentran, además de muchos leones, tigres, gatos cervales, zorros y ciervos, también algunos animales monstruosos. Entre ellos hay uno que es de la grandeza de un buey o mula, con un hocico largo a modo de elefante, y tiene el color del pelo que se asemeja al buey, las uñas redondas como las del caballo, y le cuelgan las orejas casi como al elefante, pero son menores (posiblemente un Tapir).

Hay también muchos de aquellos animales de cuatro patas que llevan a sus hijos pequeños en una bolsa bajo la barriga cuando maman, y van corriendo sobre los árboles a comer frutos, como se ha dicho arriba (Zarigüeyas u Oposums).

En aquel Golfo de Urabá corren muchos ríos, y entre los otros el Darién, sobre cuyas riberas han fabricado la ciudad de Santa María la Antigua. Hay también un río grandísimo que fue navegado por Vasco Núñez, que es ancho más de cuatro millas, y de grandísima profundidad, y lo llamaron el Río Grande. En el cual encontraron infinitos lagartos (caimanes).

En las riberas de estos ríos, y en algunos lugares donde por su crecimiento forman pantanos, se encuentran muchos faisanes, pavos reales de otros colores que no son los nuestros, e infinitos otros pájaros diferentes a los nuestros, los cuales son excelentes para comer y cantan suavemente. Pero los españoles que habitan en este lugar tienen el ánimo puesto en otra cosa que en atraparlos. Hay también papagayos innumerables, muy diversos entre sí en grandeza y colores.

La Expedición de Balboa para Descubrir el Mar del Sur

Volvamos ahora a Vasco Núñez. Él, después de enterarse de las grandes riquezas y oro que se encontraban cerca de los habitantes del Mar del Sur, nunca pensaba en otra cosa. Muchas noches, durmiendo, le parecía pasar aquellos altísimos montes que le habían sido mostrados y ver todo dicho mar lleno de oro.

Él, habiendo gastado todo el tiempo de su juventud en la guerra, era hombre de gran corazón y valiente con las armas en la mano, y a menudo por cuenta del honor había combatido cuerpo a cuerpo y reportado victoria. Pero después, con el tiempo, habiéndose enfriado el calor juvenil, se había vuelto muy prudente y considerado en sus acciones, y por ser de buen intelecto y tener el ánimo siempre vuelto a grandes cosas, con la liberalidad se había hecho jefe de los del Darién.

Ahora, él, habiendo entendido que de España el Rey Católico enviaba a Pedro Arias con mucha gente a estas nuevas Indias, dudando que le quisiera quitar la gloria del descubrir de dicho mar, quiso con esta empresa ver si se aplacaría el mencionado Rey Católico (del cual entendía que estaba muy enojado con él), y también para hacerse rico y famoso en el mundo.

Reunidos entonces algunos de los más viejos de Santa María la Antigua, y algunos que de nuevo habían venido a buscarlo de la Isla Española por la fama del oro que habían oído que dicho Vasco iba a encontrar, se partió del Darién con 190 infantes armados el primer día de septiembre de 1513. Salió con un bergantín y veinte canoas, y llevó consigo muchos indios amigos suyos, con hachas y otros instrumentos para abrir camino por los bosques por donde tenían que pasar.

Camino hacia el Mar: Poncha y Esqueragua

Fue por mar hasta Coiba, lugar del Cacique Careta. Allí desembarcó, y dejando los navíos en guardia del dicho Cacique, que era su amigo, antes de tomar el camino hacia los montes, hizo que todos los suyos se arrodillasen, rogando a Dios que les diese favor para realizar tan grande empresa.

Luego fue derecho a donde estaban las tierras del Cacique Poncha, al cual encontró que había huido, como hizo la otra vez. Pero por medio de algunos indios de Coiba, familiares del dicho Careta, hizo tanto que Poncha se aseguró de venir a encontrarlo. Allí les hizo grandes caricias, y el uno al otro se hicieron diversos presentes.

Poncha dio a Vasco oro por valor de 112 Castellanos, por no tener más, habiendo sido saqueado el año pasado, como se dijo. Vasco, por su parte, le dio algunos collares de cuentas de vidrio de diversos colores para llevar alrededor del cuello y de los brazos, y espejos de vidrio y cascabeles, de las cuales cosas, como se ha dicho, aquellos indios tienen gran placer. Pero sobre todo le dio dos hachas de hierro, sabiendo que de ninguna cosa hacen tanto caso como de aquello, porque con mayor facilidad pueden cortar árboles, y fabricar casas, y sacar canoas, que son sus barcas. Aquellos pueblos no conocen otro metal que el oro. Y para hacer los ejercicios sobredichos, no usan otra cosa que algunas piedras muy agudas que se encuentran en los ríos.

Dicho Cacique Poncha, para mostrar mayor benevolencia hacia Vasco, mandó con él muchos indios de cuenta y sus familiares, que fuesen la guía para mostrarles el camino por aquellos montes, y algunos de sus esclavos para que llevasen a cuestas el vívere. Esto era así porque tenían que pasar montañas casi inaccesibles por la densidad de árboles grandísimos; no había camino, ni sendero, ni habitación alguna, pues rara vez comerciaban entre ellos, e iban desnudos y no tenían uso de moneda.

Vasco Núñez, teniendo a estos indios de Poncha por guía, con la ayuda de los que abrían el camino con las hachas, pasó muchas montañas asperísimas y por muchos valles, donde corrían grandísimos ríos. Hizo puentes con el cruce de leños larguísimos, que se encuentran en aquellos montes, e hizo pasar a toda la gente cómodamente.

La Provincia de Esqueragua y el Castigo de la Sodomía

No quiero narrar aquí los trabajos que tuvieron, tanto por la falta de víveres como por las grandes fatigas al hacer dicho camino. Solo diré algunas cosas dignas de memoria que les sobrevinieron con los Caciques que encontraron en aquel viaje.

Antes de que montasen las altas cimas de los montes, entraron en una provincia llamada Esqueragua. El Cacique de la cual, que tenía el mismo nombre, les salió al encuentro con gran multitud de indios desnudos, con arcos, flechas y con algunas espadas de madera fortísima (las cuales, por ser largas, usan con ambas manos), y con ellas algunos dardos con la punta quemada, los cuales tiran de tal modo que nunca fallan.

Estos, al encontrarse con los nuestros, no querían que pasasen, y con rostro feroz preguntaban adónde iban y qué querían, haciéndoles entender por un indio que regresaran atrás, si no serían todos muertos. Dichas estas palabras, el Cacique se adelantó, con todos sus familiares vestidos de algodón, y comenzó a herir a los nuestros que querían pasar adelante.

Estos descargaron inmediatamente muchos arcabuces y ballestas que tenían. El estruendo y ruido de los cuales, oído por los indios, pensaron que fuesen flechas que venían del cielo, y se pusieron en tanta fuga y miedo que muchos de ellos cayeron en tierra. Otros quedaron atónitos, de modo que no sabían huir. Allí, alcanzados por los nuestros con las espadas, fueron entre muertos y heridos más de 600, y entre los otros fue muerto el Cacique Esqueragua.

Hecho esto, Vasco fue con los otros hacia la casa de dicho Cacique, donde encontraron bastante para comer. Y vieron al hermano del dicho Cacique, junto con muchos otros, que estaban vestidos a modo de mujeres. De lo cual se maravilló mucho, y sobre todo de que no hubiese huido. Y preguntada la causa, le fue dicho por todos los vecinos (los cuales, después de la muerte del Cacique, corrieron a ver a los cristianos como hombres venidos del cielo), que el dicho Cacique con todos sus cortesanos estaban manchados de aquel nefando vicio contra natura (sodomía). Y que por eso el dicho hermano con los otros que estaban en casa andaban vestidos de mujeres, ni podían tocar arcos ni flechas, sino que atendían a hacer servicios de casa, como hacen las mujeres.

Vasco, oído el hablar de estos, se maravilló mucho más de que entre aquellos montes asperísimos y entre tantas selvas (donde viven solamente de pan de maíz y beben agua, ni tienen frutos o pájaros, ni sabandijas, como en otros lugares de las Indias), en aquellas gentes privadas de delicias hubiese entrado semejante abominable pecado. E inmediatamente los hizo tomar, que podían ser unos 40, y atados los hizo desgarrar y despedazar por unos perros grandes que había traído consigo, y que usaba para seguir a los indios cuando huían.

Visto el castigo de estos por los de la villa, cada uno, donde sabía que había algunos de aquellos tristes, los tomaban, y escupiéndoles en la cara los llevaban a Vasco Núñez, rogándole que los hiciese morir. Y uno más viejo que los otros, alzadas las manos y los ojos hacia el cielo (al cual adoran), decía que estaba airado por semejante maldad, y que por esta causa se sentían tantos truenos y rayos en aquellas partes, y de los montes corrían las aguas algunas veces con tanto ímpetu que se llevaban todos los maizales, lo cual les hacía morir de hambre. Y que quitados de la tierra semejantes tristes, el sol no estaría más airado, y les dejaría recoger su vívere.

Aquellas palabras gustaron mucho a Vasco, y a cuantos de semejantes malvados le fueron traídos, tantos hacía morir. Conoció que aquellos pueblos eran muy dóciles, y que fácilmente, si se les enseñase, se reducirían a costumbres civiles, y además de aquello que eran hombres de corazón y aptos para ser usados en la guerra, y por ello los acarició cuanto pudo.

El país es muy estéril por ser todo montañoso, con selvas encima y algún poco de valle, el cual labran, ni se encuentra oro en lugar alguno. Entre aquellos montes hace más frío que en las partes de las llanuras, por esto los señores con sus cortesanos van vestidos de un paño de algodón hasta la cintura, y algunos más abajo. El resto de la gente, que no pueden con trueques tener de dichos paños, van desnudos, y si tienen frío, se cubren con una especie de hojas grandes de algunos árboles salvajes. Estas, secas, son duras y no se rompen. Más aún, dobladas con ciertos lazos, con los cuales las cosen juntas, se acomodan a modo de un paño de algodón, y con aquellas se defienden del frío.

La Ascensión de Balboa y el Descubrimiento

En aquel lugar (Esqueragua) fueron vistos algunos esclavos todos negros, como son los sarracenos. Y preguntados dónde habían sido capturados, dijeron que a dos jornadas de allí habitaba una generación de dichos negros, los cuales son muy feroces y terribles, con los cuales continuamente tienen gran enemistad y guerra, y todo el día se capturan o se matan el uno al otro. Y que habían entendido de sus antepasados que aquellos negros no eran naturales de aquel país, sino venidos de otro lugar a habitar allí.

En aquel lugar de Esqueragua, Vasco Núñez se vio forzado a dejar a algunos de sus compañeros, los cuales, por la fatiga que habían soportado al hacer el difícil y áspero camino por aquellas montañas de tupidas selvas y por el desabastecimiento de víveres, estaban tan afligidos y débiles que no podían estar de pie.

Y llevó consigo a muchos indios de Esqueragua para que le mostrasen el camino para ascender a la cumbre de los montes, desde donde se podía ver el mar. Y siendo el camino desde el lugar del Cacique Poncha hasta la cumbre de dichos montes de seis pequeñas jornadas, dicho Vasco, por la gran dificultad que encontró en él, no lo pudo hacer en menos de 25 días.

El Primer Vistazo del "Mar del Sur"

El 26 de septiembre de 1513, habiéndole sido mostrada por las guías de Esqueragua la dicha cumbre desde donde se podía ver el mar, dicho Vasco Núñez ordenó que toda la gente se detuviera, y él solo quiso ser el primero en subirla.

Llegado allí y viéndolo, inmediatamente se arrojó en tierra de rodillas, y con las manos alzadas al cielo dio gracias a Dios y a todos los santos del cielo, porque a una persona baja y ruda como él, y no de gran estado, hubiese reservado la victoria de tan grande empresa. Y tres veces por reverencia quiso besar la tierra.

Luego, levantándose, comenzó a saludar al mar, diciendo:

"¡Oh, Mar del Sur, verdaderamente por las riquezas que se encuentran cerca de tus habitantes y de los otros mares, haz que plácido y quieto recibas mi venida! Ni te desdeñes de que de oscuro e innoble que eras antes, te haga al presente claro y nobilísimo cerca de todo el mundo. Dios te ha reservado con su infinita sapiencia para mostrarte a nuestros tiempos, por algún gran efecto que tiene determinado. Y por ello de nuevo te saludo. ¡Oh, Rey de los otros mares!"

Dicho esto, hizo seña de que viniesen adelante todas las gentes, las cuales, llegadas a dicha cumbre y mostrado el mar, hizo que todos de rodillas diesen gracias a Dios que les había dado la gracia de ser descubridores de tan gran tesoro. Lo cual todos a una voz con grandísima alegría haciendo, los montes y collados vecinos todos resonaron.

Y Vasco, llamándolos a sí, les decía: "Oh, carísimos compañeros, he aquí el deseado mar que por el hijo de Comogro y por tantos otros indios nos ha sido predicado, donde podremos hacernos ricos y satisfacer nuestros deseos. Y por ello, para que en el tiempo que ha de venir se conozca que nosotros hemos sido los primeros en pasar por estos lugares, haced en esta cumbre de dos lados grandes montones de piedras, que serán testimonio de esta verdad."

Y así fue hecho inmediatamente, porque con la ayuda de los indios que estaban con ellos, hicieron dos grandísimos montones, y en medio pusieron una Cruz hecha de un altísimo árbol. Luego, descendiendo de dichas cumbres, en la corteza de cada árbol que encontraban, ordenaron que se escribiese el nombre de Castilla, haciendo junto a ello algún montecillo de piedras.

Combate, Paz y Toma de Posesión en el Litoral

Partidos de aquel lugar y llegados a un villorrio de un Cacique llamado Chiapes, encontró que este, armado con gran multitud, lo esperaba, no queriendo no solamente que no pasasen, sino ni siquiera que se acercasen.

Los nuestros, aunque fuesen pocos, se pusieron en orden con los indios amigos que tenían. Y con los arcabuces primero, y luego con los perros que tenían consigo, asaltaron la multitud del Cacique Chiapes. Estos, oído el estrépito de los arcabuces, que por el resonar de los montes les pareció mucho más horrendo, y vista la llama y el humo, se pusieron en fuga, pensando que fuesen flechas que venían del cielo.

De ellos, los nuestros mataron a pocos, porque la voluntad de Vasco Núñez era hacerse amigo de ellos y con su medio conocer aquellos países. Y por ello, entrado que fue en la casa del Cacique Chiapes (la cual, entre las otras, era mayor, edificada en redondo con árboles derechos a modo de pabellón y cubierta de hojas grandes), hizo desatar a muchos de los indios presos. A estos les ordenó que fuesen a encontrar a su señor y le asegurasen que si venía, los nuestros harían paz y amistad con él, y le darían muchos presentes. Pero si se obstinaba, le quemarían todo el villorrio y cortarían en pedazos a todos los indios restantes.

Y para que el dicho estuviese más seguro de cuanto le mandaba a decir, mandó junto con dichos indios, a algunos de aquellos de Esqueragua que había llevado consigo. Estos, habiendo encontrado a dicho Chiapes, le dijeron primero lo que les había sobrevenido a ellos y a su Cacique que murió, y luego predicaron la humanidad de Vasco hacia aquellos que lo obedecían.

Chiapes se contentó de regresar, y llegado a Vasco, hicieron gran amistad. Y por mayor demostración, dicho Cacique le dio oro en diversas laminitas y cadenillas por valor de 500 Castellanos. Y Vasco, por su parte, le dio algunos collares de cuentas de vidrio, que le gustaron más que el oro donado, porque con ellas adornan el cuello de sus mujeres e hijos.

Y habiéndose quedado algunos días con este Cacique Chiapes, dio licencia a los indios de Esqueragua. Y tomó por su guía al dicho Chiapes y algunos de sus familiares.

En cuatro días desde la cumbre de los montes, llegó al deseado litoral del mar, donde con gran solemnidad, en presencia de muchos testigos (tanto de los indios como de los nuestros), tomó posesión de aquello, y de todas las tierras y provincias colindantes a dicho mar, en nombre del Rey Católico. Hizo levantar instrumentos públicos, y puso las banderas del reino de Castilla en cuatro lugares.

La Primera Travesía del Golfo de San Miguel

Y dejando parte de la compañía en casa del dicho Chiapes para poder más fácilmente ir a reconocer las tierras vecinas, tomó nueve barcas hechas de un leño, que en aquella lengua llaman Culche. Y entrando en ellas Chiapes con algunos de sus familiares, y Vasco Núñez con 80 compañeros, pasaron un gran río y fueron hacia un señor llamado Coquera. Este, similarmente queriendo resistir, fue pronto derrotado y puesto en fuga, y en el combatir, herido.

Se deliberó que el Cacique Chiapes fuese a encontrarlo, el cual le dijo muchas cosas de la increíble fortaleza de los nuestros, y que tenían las flechas del cielo (arcabuces) y las mandaban con fuego a sus vecinos, cada vez que estos querían oponerse. Pero que viniendo a pedirles perdón, usan misericordia y clemencia. Y que con la amistad de los nuestros estaría seguro de que nunca enemigo alguno le podría hacer guerra, sino que viviría siempre en paz.

Conmovido por aquellas palabras, Coquera vino a encontrar a Vasco Núñez e hizo paz con él, y le presentó oro en diversas cosas pequeñas por valor de 650 Castellanos. Y Vasco, por su parte, le dio de sus cosas. Hecho esto, regresaron a casa de Chiapes, donde se reposaron algunos días.

Allí, informado de un gran golfo cercano que hace dicho mar, llamado hoy el Golfo de San Miguel, el cual desde su boca hasta el extremo ángulo puede ser de unas 60 millas de longitud, y se ve lleno parte de islas habitadas y parte de escollos desiertos, dicho Vasco deliberó verlo, aunque fuese disuadido por el Cacique Chiapes con muchas palabras. Este decía que por modo alguno no se debía navegar, por ser entonces los meses del año en los cuales se hacían grandísimas tormentas, de que a menudo había visto muchas de aquellas sus Culche (canoas) ser engullidas por las grandísimas olas con todos los hombres.

Vasco, verdaderamente, el cual no podía dar quietud ni descanso, dijo que esperaba que nuestro Señor Dios le sería de ayuda, máxime tratándose de cosa perteneciente a la religión cristiana, porque podrían hacer dos servicios juntos: es decir, recoger bastante oro para hacer guerra a los enemigos de nuestra fe, y descubrir pueblos nuevos e incógnitos, y luego hacerlos cristianos. Y así persuadió a todos los compañeros, y montaron sobre nueve Culche, es decir, barcas.

El Cacique Chiapes, visto el ánimo decidido de Vasco, para que no dudase de su fe, dijo querer también él ir adonde quiera que Vasco fuese, y que por ningún modo quería quedarse.

El Peligro de las Mareas del Pacífico

Entrados estos en dicho mar, y habiendo ido por algunas millas, el mar comenzó a hincharse, y las olas a crecer de suerte que parecían montes. Siendo los navíos pequeños y mal aptos para sostenerse en semejantes tormentas, estaban tan fatigados que no sabían qué hacer, ni podían ir adelante ni volverse atrás. Y todos, asustados, se miraban el uno al otro. Pero el miedo era mayor en Chiapes y en sus familiares, porque conocían la naturaleza del mar y el peligro que allí solía haber.

Pero fatigándose mucho con los remos, llegaron a una isleta cercana desierta, donde desembarcaron. Y atadas las Culche lo mejor que pudieron, se refugiaron sobre un collado de aquella, donde cortando ramas de árboles grandísimos se prepararon para dormir. Pero el agua del mar creció tan alta la noche que cubrió toda la isla, excepto el collado donde dichos hombres estaban.

Dicen todos aquellos que han visto aquel Mar del Sur que hace cada día mareas de crecer y decrecer similares a aquellas que hace el mar en la costa de España y Francia fuera del Estrecho de Gibraltar. Y que cuando decrece, deja muchos escollos que parecen islas, las cuales luego, al crecer, se cubren de agua. Y que, por el contrario, el Mar del Norte (Atlántico), que es el que está por la parte del norte, no crece más de dos palmos, lo cual confirman todos los habitantes de la Isla Española.

Venida la mañana, y habiendo bajado la marea, los nuestros, como atónitos, regresaron al litoral donde estaban las Culche, y las encontraron medio hundidas y llenas de arena. Esto era porque por el golpearse la una con la otra, aunque fuesen hechas de un solo leño, estaban abiertas en muchos lugares, y las cuerdas todas rotas. Por lo cual fue necesario atarlas con ciertos lazos, los cuales hicieron de algunas cortezas de árboles y de una especie de hierbas marinas que eran flexibles y tenacísimas. Y las hendiduras las taponaron con dichas hierbas lo mejor que pudieron.

Y hecha bonanza, regresaron medio muertos de hambre, habiendo tirado al mar antes lo que tenían para comer para salvar las personas. En este tiempo se sentía un ruido grandísimo que hacía el mar, y no habiendo viento, no se sabía de dónde procediese. Preguntados los indios prácticos de aquello, decían que en el crecer o menguar del mar, por haber muchos escollos e islas, las aguas, al apretarse y chocar las unas con las otras, hacían sentir dicho ruido de lejos. Y máxime en los tres meses dichos por el Cacique Chiapes: octubre, noviembre y diciembre. Y porque nombraban los meses por las lunas, por ser el mes de octubre, mostrando la luna, decían de aquella y de las otras dos subsecuentes.

Restablecido algunos días, Vasco quiso después ir a buscar a otro señor llamado Tumaco, el cual habita el otro lado de aquel golfo. Llegado allí, y encontrándolo armado al modo de los otros, fue puesto en fuga y derrotado, y herido en el combatir.

El relato ha cubierto el clímax de la expedición de Balboa: el descubrimiento del Océano Pacífico (Mar del Sur) el 26 de septiembre de 1513, la toma de posesión ritual en nombre de Castilla, y la consecución de alianzas cruciales con los caciques Chiapes y Coquera a través de una mezcla de fuerza y clemencia. La primera travesía del Golfo de San Miguel fue una pesadilla, destacando el peligro de las altas mareas del Pacífico que casi destruyen las canoas y la diferencia con el Atlántico (Mar del Norte). La última acción es la derrota del Cacique Tumaco.

La Amistad y las Perlas de Tumaco

El Cacique Tumaco no quería venir, ni por las palabras del mensajero del Cacique Chiapes ni por miedo. Pero siéndole dicho que quemarían todo su país, ordenó que viniera en su lugar su hijo.

Este, en cuanto vio a Vasco, inmediatamente fue agasajado, y lo vistió a la moda nuestra. Además, le dio algunos collares de cuentas de vidrio y le hizo decir que fuera a encontrar a su padre y le narrase la fortaleza de los nuestros, que llevaban las flechas del cielo en la mano, y cómo son benignos hacia aquellos que vienen a visitarlos.

Tumaco, visto el hijo vestido y oídas las palabras, deliberó venir hacia Vasco. Y después de tres días, se puso en camino, acompañado de muchos de sus familiares. Por el momento no trajo cosa alguna para donar. Pero habiendo hecho gran amistad con Vasco, inmediatamente mandó a sus dichos familiares y les hizo traer diversos trabajos de oro, por valor de 614 Castellanos, y 14 perlas bastante gruesas, y una infinidad de menudas.

Los nuestros, vistas las perlas, se alegraron mucho. Sin embargo, no eran de aquella blancura que debían ser, y entendieron la causa: porque no las hacen sacar de las ostras donde nacen, sino que las calientan al fuego hasta que por sí mismas se abren, y después se comen la carne que hay dentro. Y es un manjar de señores, del cual, por ser muy bueno, tienen gran aprecio, y hacen mayor estima de él que de las perlas que nacen allí.

Tumaco, al ver que los nuestros hacían tanto aprecio de las perlas, ordenó a algunos indios allí presentes que fueran a pescarlas, los cuales después de cuatro días regresaron con doce libras de perlas, entre gruesas y menudas. Estas perlas, porque fueron por consejo de los nuestros sacadas sin calentarlas al fuego, eran blanquísimas.

Y con estos modos de presentes, los indios agasajaban a los nuestros, y los nuestros les daban de sus cosas, las cuales les eran gratísimas. Y Tumaco estaba muy alegre y se reputaba feliz por haber hecho amistad con Vasco. Pero mucho más Vasco, viendo las grandes riquezas que había entre estos.

La Isla de las Perlas Gigantes

El Cacique Chiapes, por haber sido compañero de Vasco, se tenía por muy altivo y orgulloso, porque veía que los nuestros estaban muy satisfechos de él, y que Tumaco conocía la benevolencia que le tenían. Y esto lo hacía porque, siendo Tumaco más potente que él y no demasiado amigo, le parecía aumentar gran reputación a su estado cuando mostraba que los nuestros eran sus amigos. Aquellos señores, aunque vivan así pobremente, y gran parte del año anden desnudos, y que su ánimo no sea trabajado por la codicia de tener riquezas, sin embargo, son muy ambiciosos entre ellos y se guardan odios capitales.

Tumaco, para congraciarse la benevolencia de Vasco, comenzó a decirle que en aquel Golfo de San Miguel había una isla mayor que todas las otras, señoreada por un Rey potentísimo. Este, en ciertos tiempos del año, cuando el mar está quieto, hacía una armada de muchas Culche (canoas) y venía a saquear todos sus litorales vecinos, matando y haciendo prisionero a cualquiera que encontrara. Dicha isla estaba distante 20 millas de aquel litoral. Quien subía sobre los collados vecinos podía descubrirla y ver que por su longitud salía fuera de la boca del golfo y entraba por muchas millas en el amplio mar.

Y que él sabía que cerca de ella se pescaban ostras, las cuales eran grandes como un sombrero, y le mostró uno que llevaba uno de los nuestros en la cabeza. En ellas se encontraban perlas grandes como una haba o una oliva. Lo cual demostró haciendo una bolita de tierra pequeña. Y este mismo lo confirmaba el Cacique Chiapes, que estaba allí presente.

Esta cosa, entendida por Vasco, se alegró fuera de medida. Y para hacerse a estos amigos y benévolos, comenzó a hacer grandes bravatas contra el Rey de dicha isla, y dijo que quería a toda costa pasar sobre ella y destruirlo, y hacer señores después a Tumaco y Chiapes. Y en esto comenzó a ordenar que se reuniera el mayor número de Culche que se pudiese, y también que ellos hicieran venir a sus súbditos a esta empresa, que en pocos días la expediría.

Peligros del Golfo: Mareas y Tormentas

Pero Chiapes y Tumaco comenzaron con una increíble amorosidad a disuadirlo, rogándole que no quisiera hacer aquel viaje entonces, sino diferirlo a mejor tiempo. Esto porque no se encontraría navío alguno apto para hacer aquella travesía, siendo el mar entonces, que era el cinco de noviembre, demasiado grueso con olas grandísimas, tal que no se podría hacer esta empresa sin gran peligro de la vida de cualquiera que fuese.

De las cuales cosas se conocía que decían la verdad, porque soplando el viento de Siroco levantado junto con Ostro (vientos del sudeste y sur), por estos el mar se hinchaba fuera de medida y hacía olas grandísimas. Y por el romper de las aguas en aquellos escollos e isletas, se sentía de continuo un estrépito y ruido espantoso.

Por algunos días que Vasco estuvo cerca del litoral del mar hubo grandísimas tormentas, acompañadas de vientos y lluvias, con infinitos rayos y relámpagos que venían del cielo. Y de los montes corrían torrentes inestimables, que además de árboles enteros con todas las raíces, se llevaban consigo también piedras de increíble grandeza. Estas cosas, aunque los habitantes decían ser acostumbradas a venir cada año en aquellos tiempos, sin embargo, parecía que fuesen mucho mayores entonces que nunca antes se hubiesen visto y sentido. Y decían entre ellos secretamente que parecía que el Mar del Sur estuviese enojado por la venida de los cristianos.

El Regreso y el Nuevo Camino

Sin embargo, habiéndose puesto el aire sereno, y Vasco entendido que Tumaco y Chiapes tenían no muy lejos del litoral, donde había grandísimo fondo, algunos lugares propios, todos llenos de ostras de perlas, donde otros no podían ir a pescar que los pescadores suyos, dejó la empresa de ir sobre la Isla a la suerte futura, y quiso que los mencionados mandasen a tomar algunas.

Estos indios pescadores de perlas son educados desde pequeños a entrar en el mar cuando está quieto, e ir hasta el fondo, porque dicen que las mayores de dichas ostras están en fondos grandísimos, y las medianas se encuentran poco lejos del litoral, pero las menores, en las cuales están las perlas de poco precio, están junto al litoral donde bate el mar.

Chiapes, para satisfacer el deseo de Vasco, aunque fuese tormenta, ordenó que treinta de los suyos fuesen a su lugar. En compañía de los cuales Vasco mandó a seis compañeros, los cuales se quedaron a ver sobre el litoral cómo hacían para tomarlas. Este vivero de las perlas estaba distante de la casa de Chiapes quizás diez millas. Llegados allí, no tuvieron ánimo de entrar en los grandes fondos por estar el mar demasiado grueso, sino que se pusieron a tomar de aquellas que estaban cerca del litoral. Y en cuatro días tomaron tantas que cargaron seis indios.

Las cuales, crudas, fueron todas abiertas, y sacadas las perlas, se pusieron a comer la carne que había dentro, la cual dicen que les pareció delicadísima, lo que podía proceder del hambre que los nuestros por largo tiempo habían tolerado. Las perlas, verdaderamente, no eran mayores que un grano de garbanzo o de lenteja, pero de grandísima blancura y muy lustrosas.

Habiendo conocido y entendido todas las cosas sobredichas de aquel mar, Vasco Núñez deliberó regresarse al Darién a sus compañeros. Pero quiso hacer otro camino diverso de aquel por el cual había venido. Y tomó licencia del Cacique Chiapes y de Tumaco con las mejores palabras que supo, rogándoles que se conservasen sanos, y que pronto regresaría a verlos para hacer la empresa de la Isla.

En aquellos pocos días que Vasco había estado con ellos, ellos le habían tomado tanto afecto que, abrazándolo, no podían evitar llorar. Y así tocaron la mano a todos los compañeros, de los cuales, siendo algunos muy enfermos que no podían caminar, Chiapes quiso que se quedasen en su casa hasta que estuviesen sanos, diciendo que después los enviaría con buena escolta.

La Travesía de las Montañas: Teaocha y Pacra

Y así hecho, Vasco, tomados algunos indios de Chiapes por guía, pasó con las Culche un río grande y entró en el país de un Cacique llamado Teaocha. Este, entendido la venida de los nuestros, habiendo antes tenido noticia de lo que los nuestros habían hecho en aquellos países, les salió al encuentro muy alegre, y con humanísimas palabras a saludarlos, invitándolos a ir a alojar en su casa. En la cual, entrados, hizo preparar de comer, y además hizo un presente de oro de valor de 1.000 Castellanos, y 200 perlas bastante grandes, pero no claras, porque las habían sacado con el fuego.

Vasco, por su parte, presentó a Teaocha dos bellos espejos de vidrio y otras cosas que le fueron muy queridas. Y Teaocha le dijo que debía hacer regresar a los indios de Chiapes, porque él, para que conociese que le era afectuoso, deseaba mandar de los suyos a hacerle compañía y mostrarle el camino. Y así Vasco los licenció, aunque se rehusaban, porque de Chiapes tenían comisión.

Y al partir de los nuestros, Teaocha le consignó algunos indios por guía del camino, y otros que eran esclavos cargados de víveres, y mandó por jefe al mayor de sus hijos, ordenándole que nunca se apartase de Vasco hasta que por él no le fuese ordenado.

Aquellos indios esclavos estaban cargados de pan hecho de yuca y de maíz, y de pescados salados (de vino ellos no tienen conocimiento, sino que beben agua). Aquella provisión la había hecho Teaocha porque sabía que los nuestros tenían que pasar por montes y lugares estériles e inhabitados, con infinitas selvas donde se encontraban bastantes tigres y leones, que a los indios que andan desnudos son muy peligrosos.

Tomaron los nuestros el camino, siendo guiados por los indios, hacia un Cacique nombrado Pacra. Este decían que era hombre muy cruel y enemigo de los otros Caciques vecinos a su estado, por ser más potente que cualquiera de ellos. Este, consciente de sus maldades, y dudando que los nuestros no viniesen a castigarlo, y sabiendo no ser bastante para contrastarlos, inmediatamente se fugó.

En aquel camino, que fue en el mes de noviembre, en dos jornadas que hicieron ascendiendo y descendiendo de los montes asperísimos todos de piedra, sin hierba ni árbol alguno, los nuestros estuvieron en gran peligro de morir de sed, porque junto al esfuerzo del difícil viaje, el sol batía en aquellos valles de modo que los quemaba. Y habiendo consumido toda el agua que sobre los hombros llevaban, los indios buscaban de la otra, ni en lugar alguno en aquellos valles la encontraban.

Pero Dios quiso ayudarlos, porque pasando cerca de una roca de un alto monte, todo por encima vestido de selvas y árboles grandísimos, por ventura vieron muchas hierbas verdísimas. Y deteniéndose por maravilla, vieron al lado una gruta muy grande que entraba en dicha roca, dentro de la cual por la parte de arriba por todas partes destilaban aguas clarísimas, las cuales luego en su suelo se recogían como en un gran vaso, del cual por la abundancia del agua nacía un arroyuelo que corría abajo por el monte.

A esto todos corrieron con una extrema alegría, y con algunos vasos hechos de calabazas de árboles se pusieron a beber, y además llenaron los vasos de los indios. Tuvieron la fantasía de detenerse la noche en dicho lugar, pero fueron disuadidos por los indios por el peligro que decían que había de leones y otros animales terribles, los cuales la noche se refugiaban en dicho lugar para beber.

Y por ello, yendo adelante, llegaron a las casas del Cacique Pacra, al cual encontraron sin nadie dentro. Pero los otros indios vecinos, súbditos del dicho, vinieron a encontrarlos, trayéndoles de comer y de beber. De ellos entendieron las muchas maldades del dicho Pacra, el cual se deleitaba en aquel abominable pecado (sodomía), y usaba violencia a quien no le complacía. Y de nuevo había por fuerza llevado consigo a cuatro jóvenes, hijas de algunos señores cercanos, de las cuales hacía aquel estropicio que le parecía para su placer.

El Cruel Castigo al Cacique Pacra

Vasco deliberó, para hacerse amigos a todos los pueblos de señores vecinos, ver de tener en sus manos al dicho Pacra. Y parte con halagos y parte con amenazas, hizo tanto que se aseguró de que viniera a visitarlo. Y trajo consigo a otros tres señores similarmente manchados del mismo vicio de Pacra.

Escribió Vasco que este Cacique Pacra era, en el aspecto, el indio más feo y sucio que jamás hubiese visto, y que a la fealdad se le añadía una ferocidad en la mirada que más parecía animal salvaje que persona humana.

Llegado que fue, lo hizo atar junto con sus tres compañeros, diciendo querer oír las querellas de aquellos que se lamentaban de él, y hacer justicia. Lo cual entendido, concurrió una infinita multitud a acusarlo, tanto de señores vecinos como de indios, probándole en su cara los enormes delitos y grandísimas villanías, y principalmente de haber forzado a todos los jóvenes y a las jóvenes que se le venían adelante, o que entendía que estaban en alguno de los lugares vecinos.

Por lo cual, Vasco lo condenó a que junto con sus tres compañeros fuesen devorados vivos por aquellos perros que, como hemos dicho arriba, Vasco llevaba consigo. Estos, acostumbrados a correr tras los indios en las batallas, en cuanto les fueron presentados estos atados, en un momento se los comieron hasta los huesos.

Pero antes de que los hiciese morir, le preguntó dónde tenía su oro. Él dijo no tener. Y habiéndole mostrado los nuestros algunas láminas y cadenillas que habían encontrado en una cámara suya, lo cual podía valer unos 150 Castellanos, dijo que aquel oro lo había tenido de sus antecesores, y que habían muerto aquellos que lo recogían. Y que jamás se había deleitado en tener oro, ni puesto cuidado alguno en ello. Ni otra palabra de su boca se pudo sacar.

Por esta severidad hecha contra Pacra, se hicieron tan amigos y benévolos todos los Caciques vecinos, que uno de ellos, llamado Bononiama, entendido que Chiapes (cerca del cual se quedaron los enfermos) los enviaba de regreso a Vasco con escolta, les salió al encuentro, llevándolos a su casa. Allí les dio de comer abundantemente, y además, donándoles oro por valor de 1.000 Castellanos, quiso venir a acompañarlos hasta el lugar de Pacra, donde estaba Vasco.

La Devoción de Bononiama

A este lo consignó de su mano, diciéndole:

"¡Oh, hombre fortísimo y justísimo! He aquí que te presento a tus compañeros, los cuales así como han llegado a mi casa, así te los consigno. Y si este ha sido poco servicio para los tantos beneficios que nos has hecho, Aquel que hace venir los truenos y las flechas del cielo sobre los hombres malos, y a nosotros con buen tiempo nos da el maíz y la yuca, te pueda recompensar."

Y dicho esto, alzados los ojos hacia el sol, mostraba este. Luego dijo:

"Tú, con tu venida, nos has quitado un crudelísimo tirano y enemigo, y dado paz perpetua a nosotros y a nuestros hijos. Por lo cual pensamos que tú y tus compañeros habéis descendido del cielo; y por ello en eternamente daremos gracias a Aquel que te ha mandado a estas partes."

Con similares palabras dicen que habló Bononiama a Vasco, el cual le dio grandemente las gracias por la buena compañía y recibimiento hecho a sus compañeros, y además le hizo bastantes presentes de sus cosas. De este, Vasco se enteró de muchos secretos de aquellos países, y dónde se encontraba bastante oro. Y verdaderamente, en cada casa de los indios encontraron alguna lámina o cadenilla que llevaban al cuello, o a los brazos, o sobre el pecho.

Dicho Vasco no pudo hacer ninguna experiencia de mandar a buscar oro, pues de 190 hombres que llevó consigo desde el Darién, solo podía servirse de 70, y algunas veces a lo sumo de 80. Y los otros fue necesario ir dejándolos atrás en diversos lugares de aquellos caciques amigos suyos, porque cayeron en diversas enfermedades. Y sobre los otros, aquellos que habían venido de la Isla Española, que no pudieron tolerar el comer solamente pan de maíz con hierbas salvajes sin sal, y beber agua, y algunas veces ni siquiera teniendo para poder saciarse, acostumbrados en la Española a vivir con manjares más delicados. Pero aquellos del Darién estaban acostumbrados a grandísimas incomodidades, y de suerte que no hay hombre que lo pudiese pensar, y por ello estos padecieron más gallardamente la aspereza de aquel viaje.

Vasco en aquel lugar de Pacra se quedó 30 días, parte para hacerse amigos a todos los pueblos vecinos, y para tener conocimiento de ellos, y parte para restablecer a todos los compañeros.

Dificultades del Regreso y el Oro de Pocchorrosa

Luego, con las guías dadas por Teaocha, se dirigió hacia el país de Comogro, donde corre un río del mismo nombre. Y pasó algunas montañas para descender a dicho país, en las cuales no encontró cosa alguna para comer, salvo hierbas salvajes y frutos de árboles salvajes.

Aquel país era señoreado por dos indios parientes, uno llamado Catocho y el otro Ciuriza. Estos le vinieron al encuentro y le dieron un poco de pan, ofreciéndole hacerle compañía. Por lo cual, Vasco licenció a los indios del Cacique Teaocha, y llevó consigo a estos dos Caciques. Y se quedó tres días en hacer un camino muy difícil, por algunas selvas tan espesas que con las hachas fue necesario algunas veces abrirse camino. Y luego fue necesario pasar atravesando valles sobre algunos pantanos, en los cuales se hundían de suerte que a menudo algún indio que iba adelante se veía ser engullido por el pantano. A lo cual los hombres proveían con cortar bastantes leños y tenderlos encima para poder pasar sobre ellos. Y así pasaron aquellas cuatro jornadas con grandísimos trabajos y casi muertos de hambre.

La dificultad de aquel camino la causa el no haber comercio alguno de aquellos Caciques de un lugar al otro, siendo enemigos de continuo, y haciéndose esclavos y matándose el uno al otro.

Sin embargo, llegaron a las casas de un Cacique llamado Bucchebua, al cual encontraron que había huido a las selvas con todos los suyos, y había dejado las casas vacías. Tomó a algunos de sus indios, y mandándoles a decir que regresase, que no le harían ningún daño, este le respondió que se había fugado no por otra cosa sino por vergüenza, de que no tenía el modo de poder aceptar a los nuestros honorablemente y como merecerían, no teniendo cosa alguna para darles de comer. Y por señal de amor les mandó a donar algunos vasos pequeños hechos de oro. Diciendo que si no hubiese sido despojado por otro Cacique en una guerra que había tenido con él, les habría traído más oro.

Los nuestros, verdaderamente, aunque el oro que les mandó les gustó, habrían preferido más bien algún vívere que oro, porque con aquel no se podían ayudar a quitarse el hambre.

Sin embargo, se alimentaron con ciertas raíces salvajes y agua, y se partieron. Habiendo caminado algunas millas, vieron sobre un collado a algunos indios desnudos que hacían señas a los nuestros para que se detuviesen. Vasco ordenó que no se fuese adelante, sino que se viese qué querían decir.

Detenidos los nuestros, los indios vinieron inmediatamente a visitarlos, y por medio de los intérpretes que estaban con los nuestros se entendió el hablar de estos, que fue de este modo:

"Nuestro señor Ghioriso desea vuestra salud y vuestro contento. Y habiendo entendido que sois hombres fuertes y justos, porque castigáis a aquellos que hacen injurias, y a los malos y pésimos hombres quitáis de la tierra, por tener aquella noticia de vosotros os ama y tiene en reverencia. Gran alegría le habría sido si hubieseis llegado a su casa, donde os habría podido aceptar y daros de sus víveres, y se habría reputado más feliz teniéndoos cerca, que no se reputan aquellos que habitan después de la muerte junto al sol."

"Pero puesto que la suerte le ha sido contraria en que en este vuestro viaje no habéis pasado cerca de su casa, sino lejos, en señal de benevolencia os manda estos pocos pedazos de oro."

Y con un rostro alegre, riendo, dichos indios les ofrecieron treinta como tajadores de oro, similares a aquellos con los cuales nuestros sacerdotes cubren el cáliz en el decir de la misa. Los cuales tajadores aquellos indios con algunos cordones llevan colgados al cuello, que pesaban unos 700 Castellanos.

Luego, estando un poco, les hicieron entender que tenían no muy lejos un señor enemigo de ellos, el cual era riquísimo de oro. Y que cada año les iba a molestar, robándoles y haciéndolos esclavos. Y aunque no lo expresasen abiertamente, parecía que querían decir que, yendo contra aquel señor, los cristianos tendrían cuanto oro quisiesen, y ellos, sus amigos, serían liberados de tan cruel enemigo. Lo cual mostraban con gestos a los intérpretes que sería fácil, queriendo ser ayudados, y que ellos serían los primeros en comenzar la guerra.

Vasco les hizo responder que daba las gracias a su señor por su buena voluntad y por el presente, y que estuviese de buen ánimo, que pronto le enviaría ayuda para que pudiese vengarse de los enemigos. Y que aceptase a cambio del oro cuatro hachas de hierro, con las cuales podría cortar lo que quisiesen. Las cuales ellos tomaron con grande alegría, porque de ellas los indios tienen mayor aprecio que del oro, porque dicen que el oro es cosa vana, y se busca solo para satisfacer al apetito y a los desenfrenados deseos, y que a quien le faltaba aquello, no le faltaba ninguna de sus comodidades.

Estos no usan en el comer aquellas delicadezas que usamos nosotros: no vasos labrados, no manteles, no marmitas. Solo los señores tienen vasos de oro sobre la mesa. Los otros con una mano tienen el pan, o de maíz o yuca, y con la otra, o pescado asado, u otra cosa que comen como acompañamiento, y con aquellas cosas quitan el hambre. De la carne raras veces prueban. Si alguna vez ocurre que tengan que limpiarse los dedos, por habérselos untado con alguna comida, se los limpian, o en los pies o en los costados. Esto mismo se dice que hacen aquellos que habitan la Española. Cuando se quieren limpiar bien, se zambullen en los ríos, lo que hacen a menudo, y así se lavan todo el cuerpo.

Los nuestros, partidos de aquí, fueron más adelante con bastante oro, pero muy mal acondicionados por el hambre, tanto que llegaron al Cacique Pocchorrosa, donde por treinta días, alimentándose de pan de maíz, saciaron su apetito.

Pocchorrosa, entendida su venida, se fugó. Sin embargo, persuadido por las buenas palabras y promesas de Vasco, regresó. A su regreso, fueron hechos por una parte y por la otra diversos presentes. Vasco dio a Pocchorrosa de las cosas que tenía; él, a cambio, dio a Vasco tanto oro que valía 1.500 Castellanos, con algunos esclavos.

Queriendo Vasco partir de aquel lugar, le fue hecho entender que le era necesario pasar por el estado de un Cacique llamado Tumanama. Este es aquel señor que otra vez se entendió por el hijo de Comogro ser potentísimo y al cual temer bastante, y cerca del cual muchos de los familiares del dicho hijo de Comogro habían sido esclavos al ser vencidos en guerra, la potencia del cual a la llegada de los cristianos fue conocida ser pequeña.

La Captura de Tumanama

Encontraron que este Cacique no estaba más allá de los montes como se pensaba, ni tenía tanto oro como había referido el hijo de Comogro. No obstante, pensaron en saquearlo.

Este Tumanama era enemigo de Pocchorrosa. Por esto, cuando Pocchorrosa entendió la fantasía de Vasco, que era la de destruir a su enemigo, le gustó mucho aquel designio.

Vasco dejó, pues, en el país de Pocchorrosa a todos los enfermos, y llamó a sí a 60 hombres que tenía sanos y muy animosos. Les expuso lo que se había de hacer, y en un día hicieron el camino de dos, a fin de que Tumanama no tuviese tiempo de reunir gente. Les sucedió cuanto habían diseñado, porque al principio de la noche, junto con los indios de Pocchorrosa, lo asaltaron, y encontrándolo desprevenido, lo apresaron, junto con dos indios que tenía consigo y 80 mujeres, las cuales por fuerza había tomado de diversos Caciques. Todos los otros súbditos estaban esparcidos en diversas casas alrededor, no pensando en cosa alguna de guerra, sino seguros y ociosos.

Las habitaciones de estos no son contiguas, sino separadas, y hechas de leña y cubiertas de paja, hierba u otra cosa similar, y no muy fuertes. A la casa de Tumanama estaba adosada otra, no inferior a aquella. La longitud de estas dos casas fue referido ser de 120 pasos, y la anchura de 50. Y eran hechas tan grandes para hacer revista de los indios de guerra, cada vez que a Tumanama se le movía guerra.

El Interrogatorio y las Lágrimas del Cacique

Tomado que fue Tumanama, con toda su compañía de mujeres, la gente de Pocchorrosa se burlaban de él, escupiéndole encima y haciendo muchos otros actos de desprecio, los cuales se usan en aquellas partes. Y cuando la noticia fue esparcida entre los vecinos de su estado, todos hacían gran fiesta, porque él les era muy odiado.

Vasco amenazaba a Tumanama, pero simuladamente, porque su ánimo no era hacerle villanía alguna, y le decía:

"Ladrón, tú sufrirás las penas de tus fechorías. Tú muchas veces has amenazado a los cristianos, y dicho que si alguna vez venían a tu país, los arrastrarías por los cabellos al río que está aquí cerca. Tú serás arrastrado al mismo río y sumergido dentro."

E inmediatamente ordenó que fuese apresado. Sin embargo, hizo seña a los compañeros de que su voluntad era de perdonarlo.

Y así, el infeliz Tumanama, todo espaventado, pensando que todo esto fuese hecho y dicho de verdad, postrado en tierra pidió perdón a Vasco, afirmando que jamás había dicho tales cosas, y que quizás alguno de sus cortesanos, ebrio, había usado similares palabras. (Los vinos de aquel país, aunque no sean de uvas, como hemos dicho, sin embargo, son aptos para embriagar).

Añadía a las sobredichas palabras también que los señores vecinos por envidia lo habían acusado y fingido de él similares cosas. Y prometió, si le era perdonado, dar a Vasco una gran cantidad de oro. Y poniéndose la mano derecha al pecho, dijo siempre haber amado y temido a los cristianos, porque había entendido que las Machane, es decir, las espadas de aquellos, cortaban mejor y eran más agudas que las espadas de los suyos.

Y volviendo los ojos hacia Vasco, dijo: "¿Quién sería aquel, si no fuese falto de intelecto, que tuviese atrevimiento de alzar la mano contra tu espada, con la cual puedes en un golpe hender a un hombre por la mitad? No crea nadie que haya salido jamás de mi boca palabras similares a aquellas que he entendido de ti contra los cristianos."

Estas y muchas otras palabras dijo Tumanama, y ya pensaba estar cerca de la muerte, cuando Vasco fingió haberse conmovido por sus palabras lacrimosas, y con benigno rostro hablándole, ordenó que fuese soltado.

Mientras estaban en aquel razonamiento, Tumanama le hizo traer tanto oro que valía 1.500 Castellanos, todo de cadenas, con las cuales adornaban a sus mujeres. Al siguiente día fue traído el valor de 3.000 Castellanos por los cortesanos, por la pena de lo que habían dicho contra los cristianos.

El Enigma del Oro y la Tierra Prometida

Pero queriendo Vasco saber de dónde se sacaba aquel oro, Tumanama nunca quiso confesar que se encontrase en su país, sino que siempre dijo que había sido traído a sus antecesores del río Comogro, el cual estaba al sur. Pero los hombres de Pocchorrosa decían que no quería decir la verdad, y afirmaban que su país abundaba de oro, y que él era riquísimo.

Por el contrario, Tumanama decía no saber que hubiese en su país mina alguna de oro, y ser cierto que se había encontrado alguna vez algún grano, pero que él había tenido poco aprecio de aquello, ni jamás se había dedicado a ello, porque no se podía hacer tal cosa sino con largura de tiempo y con gran fatiga, y poco útil.

Encontrándose las cosas de este modo para Vasco, vinieron aquellos que habían quedado enfermos en Pocchorrosa, y llegaron el 24 de diciembre de 1513, y consigo traían algunos instrumentos para sacar oro.

Y porque el día siguiente era la Navidad de Nuestro Señor Jesucristo, Vasco quiso celebrarlo sin obrar cosa alguna. Pero el Día de San Esteban, fue a un montecillo no muy lejos de la casa de Tumanama, y porque le pareció que el terreno contenía oro, hizo hacer una fosa profunda de un palmo y medio, y en aquella encontró granos de oro no muy grandes.

Por esto se puede decir que aquello que por los vecinos había sido dicho a Vasco, era la verdad, y que los hechos respondían a las palabras, aunque nunca pudiesen hacer decir a Tumanama que en su país hubiese oro. Lo cual pensaban algunos que era hecho por Tumanama porque de aquel poco oro que habían encontrado tenía poco aprecio; y otros decían que él se mantenía en esta obstinación solo porque no habría querido que los nuestros, atraídos por aquel oro, hubiesen ido a habitar aquella provincia.

Pero aquello poco le aprovechó, porque Vasco y los otros suyos eligieron para habitar la provincia de Tumanama y aquella de Pocchorrosa. Y pensaban en edificar nuevos castillos en cada una de ellas, tanto porque fuesen como un refugio a aquellos cristianos que fuesen a aquellas partes para pasar al Mar del Sur, como porque les parecía que aquella tierra fuese muy apta para producir cualquier suerte de grano o árboles.

Enfermedad y Regreso Triunfal al Darién

Queriendo por entonces partir Vasco de aquel lugar, quiso de nuevo hacer prueba de otra tierra, la cual por el color mostraba ser muy apta para generar oro. Y así, hecha una fosa no muy profunda, en poco tiempo se encontró tanto oro como era un castellano, no en un solo grano, sino en más.

Vasco, alegre por aquellos signos, dio buena esperanza a Tumanama de tenerlo por amigo, siempre que él no diese molestia a ninguno de aquellos que él, sus amigos, dejase en aquellas partes. Y le persuadió a que se dedicase a sacar oro lo más que pudiese.

Tumanama, quedado en buena amistad con Vasco, para mostrar cuánto se fiaba de él, voluntariamente le dio un hijo suyo, solo para que, conversando entre los nuestros, aprendiese la lengua y nuestras costumbres, junto con la religión.

En aquel tiempo Vasco estaba gravemente enfermo de fiebre, por la fatiga grande que había soportado, y por el hambre y el sueño que había tolerado. Por esto, partiendo de aquel lugar, se hizo llevar sobre ciertos leños que llaman Amache (hamacas) por sus esclavos indios. Los otros compañeros, parte anduvieron por sí mismos, parte por estar mal acondicionados, fueron levantados por los indios, los cuales (tan débiles estaban) los sostenían bajo los brazos.

Y llegado al palacio del viejo Comogro, del cual arriba se ha hecho bastante mención, lo encontró muerto, y que el hijo había sucedido en su lugar, y tomado el nombre del padre se llamaba Carlos.

El palacio de este Cacique está al pie de montes muy bien cultivados, y tiene por la parte del sur una llanura de cerca de 26 millas muy abundante y fértil. Esta llanura los habitantes llaman Zavana. Después de ella están los montes altísimos, que hemos dicho dividen los dos mares, es decir, el Mar del Sur del Mar del Norte. De aquellos montes desciende el río Comogro, el cual, corriendo por aquella llanura y por valles de altísimos montes, donde recibe muchos ríos y fuentes que descienden de ellos, va a desembocar en el Mar del Sur, es decir, del sur, y está lejano del Darién cerca de 70 leguas hacia poniente.

En cuanto Carlos entendió la venida de los nuestros, vino a su encuentro bailando con muchos indios, y haciendo grandísima alegría, y los llevó al palacio, donde les dio de comer abundantísimamente. Luego les presentó oro por valor de 2.000 Castellanos. Pero Vasco a cambio le dio muchas de sus cosas, y entre ellas un sayo de paño, y una camisa sutil de tela, y algunas hachas para poder cortar árboles y fabricar casas, que le fueron muy queridas. E inmediatamente dicho Carlos quiso vestirse de los presentes donados por Vasco, teniéndose muy soberbio y por más que cualquier otro Cacique vecino.

Habiendo estado aquí Vasco algunos días, antes de partir, llamó a sí a Carlos con muchos de sus principales y les dijo: Que habiéndolo conocido prudente y gran amigo de los cristianos, por los cuales veía haber sido honrado y agasajado, le rogaba que debiese continuar en aquel buen querer, ni jamás apartarse de la obediencia del Rey Católico. Y queriendo que sus enemigos vecinos nunca le pudiesen dañar, y que siempre los cristianos fuesen en su ayuda y defendiesen sus casas, mujeres e hijos, lo exhortaba a recoger más oro que le fuese posible, para presentar al Tiba, que es como llaman a un gran Rey, queriendo significar al Rey Católico.

Dicho esto, se puso en camino directamente hacia la casa del Cacique Poncha, donde había prometido a aquellos del Darién regresar en cuanto pudiese. Y en este lugar encontró haber llegado cuatro jóvenes venidos del Darién para encontrarlo por su orden, y para darle la noticia de que habían llegado algunos navíos de la Española, cargados de víveres. Por lo cual, él, tomados veinte de los compañeros más sanos, se fue a grandes jornadas al Darién. Los otros los dejó cerca de Poncha con orden de enviarlos con dos navíos a recoger, en cuanto hubiese llegado al Darién, como luego hizo.

Y esto fue en el Año 1514 a los 19 de Enero.

Llegado Vasco al Darién con aquella presteza que le fue posible, escribió al Rey Católico, demostrándole cuanto había obrado en aquellas partes. Las cartas al Rey fueron muy gratas, lo cual por el efecto se conoció, porque donde Vasco, como se ha dicho, había sido juzgado rebelde de Su Majestad, inmediatamente volvió en gracia, y fue hecho capitán de todas las gentes que se encontraban en el Darién; y justamente, porque bien merecían las fatigas y los sufrimientos tolerados en una tan grande y digna empresa, como se dirá en su lugar.

La Infructuosa Expedición de Balboa a Dabaiba

Habiéndose reposado el capitán Vasco algunos días y restablecido de las fatigas, muchos hombres principales del Darién vinieron a visitarlo, diciéndole que habían entendido de algunos indios muy adentro de la tierra que, sobre el río Dabaiba (el cual desemboca con siete bocas en el último ángulo del Golfo de Urabá, y por su grandeza, como se dijo arriba, fue llamado el Río Grande o de San Juan), habitaban en algunos pantanos muchos indios. Estos iban a los montes cercanos, donde recogían infinito oro, y luego lo cambiaban por diversas cosas que necesitaban para su sustento y su casa. Y que quien hiciese aquella empresa encontraría mucho oro entre dichos indios, que lo tienen continuamente recogido.

Este plan le gustó grandemente a Vasco, porque era deseoso de ver siempre cosas nuevas. Por lo cual, reunió a 300 hombres con los dichos del Darién, y montados parte sobre canoas y parte sobre bergantines, se pusieron a navegar río arriba sobre dicho río. Este, donde desemboca en el sobredicho golfo, está a seis grados sobre el equinoccial.

Habiendo andado por espacio de 40 millas, siempre encontraban por una parte y por la otra grandísimos pantanos con cañas y juncos que eran muy gruesos. Y de noche, infinitos murciélagos y mosquitos muy grandes que los mordían. Veían bien de lejos algunos montes, pero no podían ir a ellos, impedidos por dichos pantanos. Veían también muchos árboles floridos de palmas altísimas.

Se encontraron con muchas canoas llenas de indios todos armados de flechas y arcos, los cuales en cuanto veían a los nuestros, lanzadas las flechas, se ponían a huir por algunos canalillos de dichos pantanos, tan estrechos que era imposible poder alcanzarlos.

Sin embargo, después de unas 60 millas, encontraron una gran llanura, donde aquel río hacía un lago. En él había una isla toda llena de palmas altísimas, sobre las cuales, por haber nacido una junto a la otra, habían hecho sus habitaciones los indios. Atravesando maderos de las ramas de una a la otra, y luego cerrando alrededor con otros maderos y hojas, de tal modo que parecían como palcos cubiertos. Y cada uno tenía ciertas ataduras de sogas sujetas al tronco, por las cuales subían encima. Y todos aquellos palcos eran tan continuos y cerca el uno del otro, por la densidad de los árboles, que de lejos parecía cosa extraña verlos, por lo cual no se podía comprender si fuesen habitaciones o bosque espeso.

Debajo de estos palcos estaban reunidos cerca de cuatro mil indios todos armados de arcos, flechas envenenadas y dardos larguísimos, los cuales con una cierta atadura que les sujetaban, los lanzaban donde querían. Toda aquella multitud de casas tenía un canal en medio que la dividía en dos partes, donde estaban atadas muchas de sus canoas.

Habiendo entrado Vasco Núñez en aquel canal con todos los compañeros, fueron asaltados por todas partes por dichos indios, y les fueron lanzadas tantas flechas envenenadas, por delante y por detrás, que no fue posible cubrirse tanto con los escudos que no fuesen heridos más de 100 al primer encuentro, los cuales murieron.

Vasco, habiéndose encontrado en tantos combates con indios, y en todos habiendo obtenido victoria, no quiso sufrir esta vergüenza. Bajó a tierra sobre una roca con el resto, se puso en orden lo mejor que pudo, por estar el sitio todo enmarañado de árboles. Y con los arcabuces comenzó a atacarlos. Los indios, oído el estrépito y visto el fuego, se pusieron a huir.

Pero viendo que los nuestros querían subir sobre los palcos, donde estaban sus mujeres e hijos, como encolerizados, entre aquella densidad de árboles vinieron de nuevo a asaltarlos, no temiendo a la muerte. Y lanzaron tantas flechas y dardos que la mayor parte de los desembarcados fueron heridos, y Vasco mismo tuvo dos heridas: una sobre el rostro de una espada de madera, la cual cortaba como si hubiese sido de hierro, y la otra fue de un dardo que le atravesó el brazo derecho.

Aquellos que habían quedado en los bergantines fueron similarmente heridos en su mayor parte por los indios que estaban del otro lado del canal, tanto que finalmente Vasco, herido con los otros muy maltratados, fueron constreñidos a regresarse lo mejor que pudieron a las barcas, y siguiendo la corriente del río, se fueron al Darién.

La Llegada del Nuevo Gobernador: Pedrarias Dávila

Pero volvamos a Pedrarias (Pedrarias Dávila), gobernador de Tierra Firme de las Indias Occidentales, el cual partió, como dijimos arriba, con la armada de 17 navíos y 1.200 hombres al principio del año 1514.

En ocho días llegó a la isla de las Canarias que se llama La Gomera, donde estuvo 16 días para proveerse de agua y leña, y también para arreglar el timón de la nave capitana, que por fortuna se le había roto. Luego, se hizo a la mar hacia poniente, pero un poco hacia el suroeste.

A los tres de junio arribó a la Isla de los Caníbales, llamada La Dominica (a 14 grados sobre el equinoccial), donde estuvo cuatro días para hacer leña y agua, pero nunca vio hombre, ni vestigio de alguno que hubiese estado allí. Pero encontró gran copia de cangrejos marinos y de lagartos.

De aquí, partido, pasando delante de la Isla MartinicaGuadalupe y Galante, entró en un mar lleno de muchas hierbas, por el cual hemos dicho que navegó el Almirante Cristóbal Colón. Ni por dicho Almirante, ni por estos otros se ha podido entender la verdadera causa de donde proceden aquellas tantas hierbas, ni se sabe si nacen en el fondo del mar, y luego vienen a la superficie del agua, como se ve en muchos lagos, o si nacen en los escollos e islas vecinas, las cuales son infinitas, y luego por la furia de los vientos, arrancadas de aquellas, van nadando sobre el mar.

Cuatro días después de partir de la Isla Dominica, yendo hacia poniente, descubrieron montes altísimos sobre Tierra Firme, cargados de nieves, donde encontraron grandísima corriente del mar hacia poniente. Y parecía que las aguas fuesen de un rápido torrente.

De dichos montes corría el río Gaira (a 11 grados sobre el equinoccial), donde fueron derrotados los nuestros con Rodrigo de Colmenares, y muchos otros ríos de la provincia de Caramairi, donde hay dos bellísimos puertos: uno llamado de Cartagena (a 10 grados y medio), el otro de Santa Marta (a 11 grados sobre el equinoccial). Pero el puerto de Santa Marta está más cerca de los montes de las nieves, puesto que casi yace a las raíces de dichos montes. El puerto de Cartagena está más hacia poniente, cerca de 50 y más leguas.

El Asalto a Santa Marta y sus Riquezas

En aquel puerto de Santa Marta encontraron que los habitantes eran personas ferocísimas y grandes arqueros, tanto los hombres como las mujeres. Los cuales, vistos los nuestros, se hicieron a su encuentro con tantas flechas envenenadas que era una maravilla ver la multitud y el ánimo de aquellos, que tuviesen atrevimiento de querer combatir viendo tanta armada.

Sin embargo, luego que por los nuestros fueron disparadas las artillerías, por el fuego y estrépito que sintieron, se pusieron a huir, porque les pareció que fuesen flechas que venían del cielo, las cuales, habitando cerca de aquellos altos montes, oyen a menudo.

El Gobernador puso en tierra en dicho puerto unos 900 hombres. Este puerto es de circunferencia cerca de tres leguas, profundo, y de agua tan clara que se veía en el fondo cada pequeña piedra.

En aquel puerto desembocan dos ríos pequeños y aptos solamente para navegar con canoas, en los cuales ríos y puerto encontraron gran cantidad de pescados, tanto marinos como de agua dulce, y muchas barcas y casas de pescadores. En las cuales había infinitas redes hechas de diversos modos de hilo de algodón, y de raíces de hierbas, algunas largas y anchas con piedras sujetas de una banda, otras estrechas y hechas en forma de saco, atadas a algunos leños largos, los cuales hincan bajo el mar cuando pescan.

Encontraron también bastante cantidad de pescado salado y otros secos, de los cuales habían preparado bastante sobre leños con hojas, y parecía que estuviesen preparados para llevar a algún país lejano. Encontraron también cántaros, escudillas, tajadores y ollas hechas de tierra cocida muy bien labradas. Pero sobre todo se maravillaron de algunas que eran como urnas grandes de tierra cocida, que usan para tener el agua fresca, todas pintadas de varios colores con animales y flores.

Los indios, aunque hubiesen sido rechazados, en cuanto vieron a los nuestros entrar en sus casas, donde habían quedado muchas mujeres y niños, regresaron de nuevo como encolerizados a asaltar a los nuestros con flechas. Pero principalmente con los arcabuces fueron ahuyentados y derrotados. Y los nuestros los siguieron por espacio de una legua.

Regresados de allí, encontraron en algunas otras casas muchas esteras que eran hechas de cañas sutiles, hendidas, y de algunas hierbas y esparto. Pero primero todas aquellas cosas habían sido teñidas de varios colores, es decir, amarillo, rojo, azul finísimos, y tejidas con grandísima arte, porque se veían retratados leones, tigres, águilas y otras suertes de animales. Similarmente había paños hechos de algodón tejidos con los mismos animales de diversos colores. Y con aquellos cubren los muros de sus casas, sobre cuyas puertas y sobre aquellas de las cámaras cuelgan algunas tiras hechas de conchas grandes de caracoles marinos, las cuales en cuanto el viento las mueve, hacen un cierto sonido que les gusta grandemente.

Sobre aquella armada del dicho capitán Pedrarias se encontraba un gentilhombre, Gonzalo Hernández de Oviedo, persona muy docta y virtuosa, al cual el Rey Católico le había dado el cargo de ver el fundir el oro de todas las minas.

Este, desembarcado, y habiendo ido con muchos hombres tierra adentro, encontró en algunos montes algunas rocas de Calcedonia, Jaspe, y un pedazo de Zafiro mayor que un huevo de oca. Encontró también trozos de ámbar amarillo. De cuyas piedras preciosas, también vieron en algunas casas sujetas a los paños de algodón que tienen, como es dicho, sobre sus paredes. Y que gran parte de los bosques de aquellos países eran de árboles de palo de Brasil.

Entendió dicho Gonzalo de algunos indios presos, cómo algunos de aquellos pueblos Caramairi de Gaira y Santa Marta (que es una provincia cercana a 11 grados sobre el equinoccial), los cuales habitan cerca del mar, eran grandísimos pescadores. Y que con el pescado salado que dan por trueque, tenían de pueblos lejanos todas las esteras, algodón y macerine (tejidos) que necesitan para su casa.

La Hermosa Provincia de Caramairi y las Costumbres Nativas

El dicho Gonzalo [Hernández de Oviedo] entró tierra adentro en un valle que podía ser ancho dos leguas y largo tres, todo habitado. Pero las casas estaban separadas y lejanas una de la otra, puestas todas a las raíces de colinas verdísimas, llenas de árboles frutales, con fuentes que descendían por todas partes.

En aquel valle encontró infinitos huertos y campos labrados y sembrados, los cuales regaban con aquellas fuentes, por canales hechos a mano. En estos huertos y campos había Agies (chiles), Yuca, Maíz, Batatas (patatas dulces) y muchos otros frutos naturales de aquel país, cuya descripción y naturaleza no se dirá al presente, habiendo el dicho Gonzalo Oviedo escrito particular y distintamente sobre ellos. El libro de este será el segundo de la historia de aquellas Indias Occidentales, para no haber pretermitido decir cosa alguna que se pueda desear.

El aire de estos países es tan benigno y templado, que habiendo dormido los nuestros muchas noches a la intemperie sobre las riberas de los ríos, jamás sintieron la cabeza pesada. Las calles están hechas tan rectas y a hilo, que parecía que hubiesen sido tiradas a cordel.

Tomaron muchos de estos indios, a los cuales llevaron a ver nuestras naves, y después, vistiéndolos con nuestros paños, y dándoles de comer y beber de nuestro vino, los dejaban ir a encontrar a los otros. Y esto lo hacían para domesticarlos y hacer amistad con ellos, pero todo era en vano, porque cada vez que los indios veían a los nuestros, los saludaban con flechas envenenadas.

De las cuales, y de arcos, encontraron en algunas casas las cámaras llenas como para munición, las cuales todas fueron quemadas. En las casas tierra adentro encontraron bastante carne de ciervos y puercos jabalíes, y muchas suertes de pájaros que crían en casa, con los cuales por muchos días los nuestros tuvieron buen sustento.

Había también muchas pelotas grandes de algodón hilado, y teñido en diversos colores finísimos, y manojos de grandes plumas de pájaros de diversos colores, con las cuales se hacen algunos penachos que llevan en la cabeza sobre algunas medias telas de dichas plumas, a modo que llevan nuestros hombres de armas a caballo. Se hacen también con dichas plumas ciertos vestidos cortos para adorno.

Conservan en algunas cámaras separadas de la casa los huesos o las cenizas de sus señores, puestas en algunos vasos de tierra cocida pintados. Otros no los queman, sino que los secan, y cubiertos con telas de algodón, que tienen algunas laminitas de oro alrededor, los guardan con gran reverencia.

De aquellas laminitas de oro y cadenillas encontraron bastante, pero el oro era de bajo quilate, como se conoció al fundir. No muy lejos del litoral encontraron algunos pedazos de mármol blanquísimo y durísimo, que se veía que de lejos habían sido traídos a aquel lugar, y parecía que hubiesen sido labrados por maestros canteros. Lo cual hizo maravillarse a los nuestros, no teniendo dichos indios hierro alguno para poder cortarlos.

La Corriente Ecuatorial y el Océano

En aquel lugar, por medio de algunos indios presos, entendieron cómo el río Marañón (el cual hemos dicho ser tan grande en la boca) descendía de aquellos montes altísimos cargados de nieve, el cual luego, haciendo un gran circuito, pasando por diversos países y recibiendo en sí gran multitud de ríos, iba a desembocar en el mar.

Habiendo los nuestros entendido las sobredichas cosas, y estando cargados de presa tomada en las casas de dichos indios, montaron en las naves el 15 de junio y se partieron. Tomaron el camino hacia el puerto de Cartagena, y algunas islas cercanas habitadas por Caníbales para arruinarlos, teniendo así comisión del Rey Católico.

Pero era tanta la corriente del agua del mar hacia poniente, que todos los pilotos de la armada se encontraron engañados, aunque fuesen prácticos de aquellos mares, porque en una noche fueron transportados 40 leguas más allá de lo que pensaban.

La cual corriente es tan grande en algunos lugares de esta Tierra Firme, que el Almirante [Cristóbal Colón], que fue el primero que la vio, solía decir que cuando él navegó cerca de la costa de dicha tierra, donde está Veragua hacia poniente (siete grados sobre el equinoccial), queriendo regresar hacia levante, algunas veces, echada la sonda en el mar, esta no podía ir al fondo, porque por el curso del mar era tirada a la superficie del agua. Y aunque tuviese viento en popa, no podía sin embargo hacer una milla al día.

Reflexiones Sobre las Corrientes Marinas

De la cual corriente no me parece fuera de propósito hablar un poco, aunque hasta ahora (por lo que se ha entendido) no se sepa la verdadera causa, como tampoco se ha podido comprender de qué proceda el flujo y el reflujo que el mar hace cada día, más en una parte que en otra, como se dirá en el siguiente libro.

Del cual, algunos asignan la causa a los movimientos de la Luna, otros del Sol, quien a vientos que soplan bajo el mar, y quien piensa que los particulares fines de la tierra donde esta es llana, hacen parecer dicho reflujo mayor y menor. Ni falta quien diga que el mar es como un animal grande, el cual respira, y de esto nazcan aquellos flujos y reflujos.

Pero a este correr del mar de continuo cerca de los litorales de dichas Indias Occidentales de levante a poniente, ¿qué causa podremos asignar?

Aquellos que dicen que el mar, que es mayor siempre en la boca que está cerca de los polos, corre fuera, además de que dicen que, viniendo el agua de debajo de tramontana [norte], la cual parte tienen que sea la más alta de la tierra, y por esto corren hacia abajo, como a lugar más bajo, quieren también que proceda de los grandes ríos que en este desembocan. Y por la cantidad de arena y tierra que conducen a dicho mar, alzan el fondo, y de aquí nazca el tanto correr de las aguas por aquella boca.

La cual causa, ¿cómo podremos salvar? Viéndose que todos los mares Mediterráneos, en los cuales corren innumerables ríos, y no tienen otra salida que el Estrecho de Gibraltar, no desembocan por aquello, antes parece que el mar Océano corra dentro por él, y se vaya volteando a mano derecha hacia la costa de Barbería [África del Norte], y corra cerca de dicha costa hasta Alejandría, que es de poniente a levante.

Aunque de este entrar del Océano por el Estrecho de Gibraltar, un sabio antiguo nos aducía aquella razón: que siendo el Océano menos profundo que el mar Mediterráneo, porque en este no reinan vientos que lo excaven, como en los otros mares (y máxime que aquella parte que está cerca de la isla de Córcega y Cerdeña, en cuyo lugar este mismo tiene opinión de que aquel sea más profundo que en alguna otra parte del mar Mediterráneo), por aquello el Océano desemboca por dicho estrecho en dicho mar, para correr a un lugar más bajo.

Teorías sobre el Flujo y el Reflujo

Aquellos que han navegado la costa de dicha Tierra Firme de las Indias, piensan que en aquellas partes donde la tierra se restringe, entre el Mar del Norte y el Mar del Sur (o quieran decir entre la ciudad de Nombre de Dios y Panamá, siete grados sobre el equinoccial, por espacio de 80 millas), hay cavernas grandísimas, por las cuales todas las aguas de un mar desembocan en el otro, girando luego hacia levante. Y que la causa de aquel girar sea el movimiento del Sol que las tira consigo.

Otros creen que por aquellas cavernas las aguas corren a su principio, el cual esté en medio de la tierra, según la opinión de un sabio antiguo, del cual, de nuevo después salgan, y vayan girando sucesivamente.

Otros dicen que las dichas aguas corren a poniente, porque son estrechas por innumerables islas que de continuo se ven, no muy lejos de la costa. Y que luego que han corrido hasta el fondo de un golfo que hace dicha costa (cuyo último ángulo es 23 grados sobre el equinoccial), giran alrededor, como se ve que hacen las aguas en los meandros de algunos ríos grandes. Y que la causa proceda de las islas, dicen tocarse con la mano, porque partiendo de la Española y regresando hacia nuestras partes de levante, en cuanto se han alejado muchas millas en el mar, no se siente corriente alguna.

Hay algunos que piensan que dichas aguas vayan corriendo siempre cerca de los litorales y costas de dicha Tierra Firme, la cual va hacia poniente, donde hace el golfo sobredicho, y luego se vuelven hacia tramontana [norte], donde tampoco se sabe de alguno que haya encontrado donde termina la tierra, la cual se piensa que esté pegada con Europa.

El Viaje de Sebastián Caboto y los Bacalaos

Pero a aquella última opinión es contraria la navegación que hizo el muy prudente y práctico del arte de navegar Sebastián Caboto Veneciano. Este, siendo pequeño, fue llevado por su padre a Inglaterra. Después de la muerte de este, encontrándose riquísimo y de gran ánimo, deliberó, así como había hecho Cristóbal Colón, querer también él descubrir alguna nueva parte del mundo.

Y a sus expensas armó dos navíos, y en el mes de julio se puso a navegar entre el viento de Maestro [noroeste] y Tramontana [norte]. Y tanto anduvo adelante que con el cuadrante veía que la tramontana se le había levantado 58 grados. Donde encontró el mar lleno de pedazos grandísimos de hielo, los cuales iban de aquí y de allá. Y los navíos corrían gran peligro si chocaban en aquellos.

En aquel lugar, en aquella hora, no se veía la noche similar a las nuestras, porque aquel espacio que va del ponerse del sol al levantarse estaba claro, como entre nosotros se ve en el verano a las 24 horas. Y por causa de dicho hielo le fue forzoso regresarse atrás, y tomar el camino por la costa, la cual corre primero por un espacio hacia el sur, luego se dirige hacia poniente.

Y porque en dicha parte encontró una multitud de peces grandísimos que iban juntos cerca de los litorales, y entendió por señas de los habitantes que los llamaban Bacalaos, llamó aquella Tierra de los Bacalaos [Terranova]. Con los cuales habitantes, habiendo tenido un poco de comercio, los encontró ser de buen intelecto, y que andaban cubiertos todo el cuerpo con pieles de diversos animales.

En aquel lugar, y luego en el resto de la navegación que hizo detrás de aquella costa hacia poniente, dijo que siempre encontraba las aguas correr hacia poniente a la vuelta del golfo que hemos dicho que hace dicha Tierra Firme.

Ni quiero que dejemos atrás un juego, que refirió dicho Sebastián Caboto haber visto junto con todos los compañeros con gran placer suyo, que muchos osos que se encuentran en aquel país venían a hacer la caza de aquellos peces Bacalaos de este modo.

El Combate entre el Oso y el Bacalao

Cerca de los litorales hay muchos árboles grandes cuyas hojas caen al mar, y los Bacalaos (grandes peces con forma de atún) acuden en bandadas a comerlas.

Los osos, que no se alimentan de otra cosa que de estos peces, están al acecho sobre los litorales, y en cuanto ven acercarse a las bandadas de dichos peces, se lanzan al mar, abrazándose con uno de ellos, y clavándole las uñas debajo de las escamas. No lo dejan ir, y se esfuerzan en arrastrarlo al litoral. Pero el Bacalao, que tiene gran fuerza, gira alrededor de él y se zambulle en el mar, de manera que, estando estos dos animalotes pegados juntos, es un grandísimo placer ver ahora uno bajo el mar, ahora el otro encima, bufando el agua en el aire. Pero al final, el oso tira al bacalao al litoral, donde se lo come. Por esta causa se piensa que tal multitud de osos no causan disgusto a los hombres del país.

La Flota de Pedrarias Llega al Darién

Pero volvamos al gobernador Pedrarias. Habiendo sido transportado por la corriente del mar más allá del puerto de Cartagena y de algunas islas de Caníbales, y de la isla de San Bernardo, siguió toda la costa de Caramairi, y llegó a la Isla Fuerte (a 9 grados sobre el equinoccial). Donde desembarcado, todos los habitantes huyeron a las selvas y abandonaron las casas.

En las cuales los nuestros encontraron, entre otras cosas, algunos cestos hechos de cañas marinas, tejidos con tanta arte que más no se podría decir, los cuales estaban llenos de sal blanquísima. Esta sal la llevan aquellos pueblos a Tierra Firme y la cambian por otras cosas que necesitan para su sustento. Dicha isla tiene muchos lugares donde la sal se hace por sí misma, como hemos dicho arriba.

Estando allí los navíos, se vieron no muy lejos sobre ciertos escollos infinitos pájaros grandes con un buche redondo delante del pecho tan grande que cabía dentro un estaño de grano. De los cuales, uno voló sobre la nave capitana y se dejó atrapar, el cual por ser bellísimo, fue llevado alrededor a mostrar por toda la armada, pero después de algunos días murió.

Desde aquella isla finalmente arribaron al Golfo de Urabá y a la ciudad de Santa María la Antigua del Darién, donde Vasco Núñez con todo el pueblo les salió al encuentro tres millas, y los recibió con grandísima alegría.

Fueron alojados en todas las casas lo más cómodamente que les fue posible, y la primera noche tuvieron para cenar pan de Maíz y Yuca, con pescado salado, e infinitos frutos del país. Pero al día siguiente, descargadas las harinas, bizcocho y carnes saladas, fueron repartidas a casa por casa según el número de los habitantes.

Luego se reunieron en consejo con el nuevo gobernador más de 400 de los habitantes del Darién, donde por Vasco Núñez como jefe fue narrado todo el suceso particularmente del viaje hecho al descubrir el Mar del Sur, y las grandes riquezas que habían entendido que había en aquellas islas, partes, y el modo que se debía tener para poder ir cómodamente.

Las cuales cosas entendidas por el Gobernador, Vasco fue grandemente alabado, diciéndole que merecía la gracia del Rey Católico, y de ser tenido entre sus capitanes más queridos. Le hizo grandísimos agasajos.

El Cacique Careta: Amigo de los Cristianos

En este tiempo, el Cacique Careta, señor de Coiba, entendido la llegada del señor gobernador, quiso ir a visitarlo, y le trajo muchos presentes, entre los cuales fue un vestido con las mangas no muy largas, todo labrado de plumas de pájaros de varios colores, y dos mantas grandes hechas puramente de dichas plumas, las cuales por todas partes parecían de seda.

El gobernador le dio a cambio un vestido de raso, y un jubón con una gorra de terciopelo, que le fueron muy queridas. Careta permaneció con el gobernador tres días, y siempre se sentó a su mesa, y fue servido con los manjares preparados a nuestro modo, de los cuales sobre los otros le agradaron nuestro pan y vino. Y decía no haber comido jamás la mejor vianda, ni bebido la mejor cosa.

Después de cenar, el gobernador hacía siempre sonar diversas suertes de instrumentos de música, y habiéndolos oído Careta con grandísima atención, suspirando dijo, que los cristianos tenían muchos más dones del sol que tenían sus indios. Porque así como tenían las flechas del cielo en sus manos, con las cuales cuando quieren matan a sus enemigos, así también tienen sonidos de tanta suavidad y dulzura, que podían hacer volver vivos a sus amigos cuando estuviesen muertos.

El gobernador, para hacerle mayor honor, hizo poner en orden un escuadrón de gente a caballo, todos armados de armas blancas con los caballos enjaezados, e hizo hacerles una muestra delante de él, de la cual cosa quedó muy estupefacto, viendo la belleza y destreza de aquellos que manejaban los caballos.

Fue llevado luego sobre nuestras naves, las cuales similarmente vio con gran admiración. A propósito de las cuales, dicho Careta dijo que se encontraban en aquella provincia árboles grandísimos, cuya madera es tan amarga, que haciéndose navíos de ella, los gusanos que suelen nacer debajo, cuando dan gran tiempo en el mar, a causa de dicha amargura, no nacerían. Y de aquello habían hecho prueba en sus canoas, porque aquellas que eran hechas de dichos árboles, nunca se encontraban corroídas por gusanos. Y que además había otros árboles tan venenosos, que solamente el humo de ellos al quemarse, mataban al hombre que lo sentía.

Dicho Cacique, habiendo estado con los nuestros tres días muy contento y satisfecho, se partió.

Los Primeros Asaltos y la Isla de las Perlas

El gobernador Pedrarias, para descubrir más de aquella Tierra Firme que fuese posible, y hacer más fácil el camino hacia el Mar del Sur, ordenó con el parecer del consejo de Vasco, que inmediatamente fuesen hechos tres reductos, donde los cristianos pudiesen alojarse seguramente, cuando pasasen por aquel camino. El primero lo hizo hacer en el país de Comogro, el segundo en la provincia de Pocchorrosa, el tercero en la de Tumanama, y a cada uno de ellos puso suficiente guardia.

Mandó diversos capitanes, a unos a una parte y a otros a otra. Y primero mandó a un Giovanni Ayora, gentilhombre de Córdoba muy honrado, con muchos hombres sobre dos carabelas, hacia la costa del mar, donde confina el país de Comogro, para pasar de aquel lugar al Mar del Sur.

Este, desembarcado en tierra, y habiendo ido a encontrar al Cacique Carioca (el cual hemos dicho arriba que fue bautizado por los nuestros), comenzó a quitarle por fuerza todo el oro y bienes de casa que podía encontrar. Y no satisfecho de esto, se puso a despojar a todas las mujeres y hombres de aquellos paños de algodón con los cuales se cubrían las partes vergonzosas. Y de allí partido, fue a diversos países de más Caciques, a todos los saqueaba sin respeto alguno, de suerte que doquiera que se sentía la venida de este, todos huían.

Luego que hubo hecho infinitas rapiñas, dudando de ser castigado por el gobernador, se vino con algunos de sus fiados hacia el mar, donde sabía encontrarse una carabela, y sobre ella secretamente montado, con el oro y bienes se fugó, ni de él jamás se ha sabido noticia alguna.

Similarmente mandó dicho gobernador a un Gasparo Morales a pasar los montes hacia el Mar del Sur, y le dio la empresa de pasar a la isla que en el golfo de San Miguel del dicho mar, se veía desde los litorales, y decían que sobre ella nacían perlas muy gruesas, como había entendido por Vasco Núñez. Y mandó con él cien hombres, entre los cuales estaban algunos de aquellos que estuvieron con dicho Vasco la primera vez que descubrió dicho mar.

Estos, pasados los montes, y llegados a los Caciques Tumaco y Chiapes, estos le presentaron diversos dones, y dijeron haber venido para ir a subyugar al Rey de la Isla de las Perlas (que así la llamaron entonces, aunque por otros haya sido llamada la Isla de Oro).

Estos Caciques aceptaron al dicho Gasparo muy alegremente con toda su compañía, y habiendo hecho provisión de sus víveres, y de las barcas que llaman Culche, pasaron sobre la Isla. Pero por la poca capacidad de las Culche, no pudieron pasar sino setenta de los nuestros.

El Cacique de aquella Isla, habiendo entendido que los cristianos habían venido al país de Tumaco y Chiapes, en cuanto vio venir las Culche por mar hacia la Isla, les salió al encuentro con gran multitud de indios armados de lanzas y espadas de madera, los cuales gritaban guazza Mara guazzavara, que quiere decir "a la guerra de los enemigos". Y con tanta ferocidad y atrevimiento asaltaron a los nuestros por diversas partes, que habiendo sido tres veces rechazados, siempre regresaban con mayor atrevimiento a asaltarlos. Finalmente, habiendo sido muertos muchos por los arcabuces, se fugaron.

Pero después de aquella derrota, el Cacique se dedicó a reunir más gente que podía, aunque fue persuadido por los vecinos que lo confortaban, de que no quisiese ya más combatir con los nuestros, poniéndole delante de los ojos con su ejemplo, la ruina de su estado si perseverase. Y mostrándole la amistad de los cristianos serle muy útil y gloriosa, le decían lo que a Poncha, a Pocchorrosa, a Chiapes y a Tumaco les había ocurrido, por haber querido combatir con ellos.

Finalmente, este, depuestas las armas, vino al encuentro de los cristianos, y los llevó a su palacio, el cual era maravillosamente edificado. E inmediatamente que hubieron entrado dentro, presentó al Gobernador un cesto muy bien labrado, lleno de perlas, cuya suma fue cerca de 110 libras (a ocho onzas por libra). Y habiendo tenido a cambio algunas tiras de cuentas de vidrio (padrenuestros), espejos y cascabeles, tuvo gran placer, y también alguna hacha, las cuales estos estiman más que los montes de oro.

Y porque veían que los nuestros lo estimaban mucho, se reían de ello, y les parecía gran cosa que por un poco de oro diesen una cosa tan grande y de tanta utilidad, siendo las hachas tan necesarias para el uso del hombre.

Alegre, pues, por la conversación de los nuestros, tomó por la mano a los primeros de ellos, y los llevó a la parte más alta del palacio, donde había una torre, desde la cual se podía ver todo aquel mar. Y volteando los ojos alrededor dijo:

"Heos aquí este gran mar, y luego mostraba la tierra extenderse hasta el infinito."

Y además de aquello mostró muchas islas cercanas, y dijo:

"Estas todas están sometidas a nuestro imperio, todas felices y ricas, si llamáis a aquellas tierras ricas, las cuales están llenas de oro y de perlas. De oro no tenemos poco, pero de perlas están llenos todos aquellos mares cercanos a aquellas islas. De ellas, cualquiera que queráis será vuestra, con tal que perseveréis en aquella amistad que entre nosotros se ha comenzado. Yo mucho más me contentaré con la utilidad que tendré de vuestra buena gracia, que de las perlas. Por esto, tened por cierto que yo nunca estaré por separarme de vosotros."

Estas y muchas otras palabras fueron dichas entre ellos. Y queriendo los nuestros partir de aquel lugar, vinieron a este pacto: que aquel Cacique cada año mandase un don al Rey Católico de 100 libras de perlas. Él aceptó la condición, y poco la estimó, porque le pareció poca cosa, ni por aquello se pensó ser hecho tributario. Y cerca de aquel señor, cuyo país está a seis grados lejano del equinoccial, hay tanta copia de ciervos y conejos, que los nuestros podían matar cuantos quisieran a su placer. El pan de Maíz y de raíces y vino con otros frutos del país, es en este lugar similar a aquel de Comogro.

Bautismo, Tributo de Perlas, y la Traición de Ayora

Aquel cacique [el de la Isla de las Perlas] se bautizó con toda su familia, y quiso ser llamado por el nombre del gobernador: Pedro Arias. Y puesto que se entrevistaron amistosamente, se separaron del mismo modo, es decir, habiendo hecho entre ellos grandísima amistad. El Cacique quiso enviar muchas de sus Culche (barcas) en compañía y ayuda de los nuestros, para que pudiesen volver más cómodamente a Tierra Firme, y él en persona los acompañó hasta el litoral.

La quinta parte de las perlas fue asignada después a los tesoreros del Rey, y el resto fue dividido entre los compañeros equitativamente. Entre aquellas perlas que trajo Gasparo Morales de dicha Isla, hubo una grande como una nuez mediana, la cual fue puesta en almoneda en el Darién, después de muchas disputas de quién debía ser, y fue comprada en 120 castellanos por el Señor Gobernador para su esposa, la Señora Isabella Bobadilla, la cual, como se dijo arriba, había ido con él.

Aquellos que regresaron de dicha Isla no saben referir otra cosa del modo como nacen dichas perlas, sino que las ostras que tienen perlas grandes están en fondos grandísimos, y las otras menores más cerca del litoral. Y se asemejan dichas ostras a las gallinas que crían los huevos en su cuerpo, que los maduros los echan fuera, y los otros se retienen hasta que crezcan. Lo similar dicen de dichas ostras, que cuando las abren, encuentran las perlas gruesas yacerles cerca de la boca, como que, estando maduras, quieren salir. Las pequeñas están en el fondo, nutriéndose para poder también ellas con el tiempo salir. Lo cual verdaderamente piensan que hagan las ostras, y que las perlas, una vez salidas en la profundidad del mar, siendo tiernas, son comidas por los peces.

El Desastre de Gonzalo de Badajoz y Pariza

Pero habiendo dicho bastante de Gasparo Morales, no dejaremos de narrar el viaje que hizo el desafortunado Capitán Gonzalo Badajoz, el cual en 1515, al principio de marzo, con 80 hombres fue enviado por el mismo Pedrarias hacia poniente, a la parte nombrada Gracia a Dios (como se dijo atrás, la cual está a 14 grados sobre el equinoccial).

Este, llegado que fue al dicho lugar, jamás pudo hacer tanto que alguno de los caciques vecinos, los cuales todos habían huido, lo viniesen a encontrar, aunque para aquel efecto usase la obra de muchos indios, con enviarles diversos presentes. Y mientras estaba sobre estas prácticas, llegó otro Capitán dicho Lodovico Mercado con 50 compañeros.

Estos, habiendo hecho consejo de lo que se debía hacer, deliberaron pasar los montes e ir al Mar del Sur. Y tomado el camino, apenas estuvieron en las cumbres de los montes, encontraron el país de un Cacique dicho Juanna, cerca del cual entendieron haber mucho oro, y que en todos los ríos cercanos, los cuales van a desembocar en el dicho mar, se encontraba oro en la arena. Pero el Cacique en cuanto sintió la venida de estos, inmediatamente se fugó, y se llevó consigo todo el oro. Por lo cual los nuestros saquearon todo el villorrio. En este lugar vieron algunos esclavos del dicho Cacique, los cuales tenían marcado el rostro de color negro y rojo. Y entendieron que con estiletes hechos de hueso les hacían algunos agujeros en el rostro, y mezclaban dentro cierta polvo de hierba, y les venían dichos signos, los cuales ya no se podían quitar.

Dichos capitanes se llevaron a dichos esclavos cargados con la presa hecha. Y alejados de aquel lugar diez millas, encontraron un Cacique viejo que los esperaba, y les hizo buena cara, pero no encontraron oro, porque no muchos meses antes, por la guerra hecha por un Cacique vecino, había sido saqueado. En todo este país entendieron que se encontraba oro, y vieron la tierra muy fértil, y llena de árboles cargados de frutos y flores.

Pero partidos de dicho lugar, caminaron algunas jornadas por país desierto y no labrado. Y un día vieron de través venir dos indios cargados, los cuales presos encontraron que cada uno tenía un saco lleno de pan de Maíz. Y preguntados de dónde venían, dijeron que eran pescadores de un Cacique dicho Totonoga, el cual habitaba sobre el mar, y que él los había mandado con dichos sacos llenos de pescado, a otro Cacique que habita tierra adentro dicho Periquete, con el cual habían cambiado el pescado por pan.

Con la guía de dichos indios, los nuestros arribaron al Cacique Totonoga, cuyo país está en la parte de poniente del golfo dicho de San Miguel. Donde llegados, dicho Cacique les salió al encuentro, llevado por algunos esclavos indios porque él era ciego. Entrados los nuestros en casa, habiéndoles sido presentado de comer, comenzaron a pedir oro, amenazando con matarlo si no les daba bastante. Por aquello el Cacique les dio oro en diversas cosas por valor de seis mil castellanos, y entre aquellos un grano tal como lo habían encontrado en los ríos, de valor de dos castellanos.

Partidos de aquí, siguiendo el litoral, arribaron a un Cacique dicho Taracura, al cual le quitaron oro por valor de ocho mil castellanos. Pero queriendo ir a hacer lo similar a un hermano suyo dicho Panome, no pudieron hacerlo, porque este se fugó, y se llevó consigo el oro. De este lugar, habiendo saqueado el todo, se partieron, y llegaron después de doce millas, a otro Cacique dicho Cherú, el cual, habiendo entendido la furia que los cristianos hacían para tener oro, por miedo, les dio cuanto tenía, que fue de valor de cuatro mil castellanos. Este Cherú tenía ciertos lugares cerca del mar, donde los indios hacían sal blanquísima, y la llevaban a cambiar en diversos países.

Andando así los nuestros saqueando sin respeto alguno todos los países, y encontrándose haber recogido oro en tanta cantidad, que para llevarlo y para los víveres llevaban consigo unos 400 indios esclavos, se toparon finalmente en el país de un Cacique dicho Pariza. El cual, entendida la insolencia de los nuestros, se puso en emboscada con quizás cinco mil indios arqueros, cerca de una calle, puesta entre dos colinas, todos vestidos de selvas y árboles espesísimos.

Los nuestros, llegados a la calle, no dudando de cosa alguna, entraron dentro, y andados cerca de una milla, fueron inmediatamente asaltados por todas partes por tanta multitud de flechas y dardos, que no pudieron ni ponerse en ordenanza, ni cubrirse con los escudos, y setenta de ellos fueron inmediatamente muertos. Los otros, apretados juntos, se regresaron atrás, dejando todo el oro y esclavos que habían ganado, y desconsolados y dolientes, soportando grandísimas incomodidades en el camino, llegaron al lugar dicho Gracia a Dios, donde tenían los navíos. Y sobre aquellos montados, medio muertos de hambre, se fueron al Darién.

Donde narrado lo que les había ocurrido, el gobernador deliberó ir él mismo a encontrar a este Cacique Pariza, y hacer la venganza de los nuestros, pero habiéndose enfermado, difirió su ida a otro tiempo.

La Historia del Lector de Libros y el Canibalismo en el Sur

No me parece de dejar de narrar lo que escribió al Rey Católico un Corales, doctor en leyes, el cual era oficial de Su Majestad en el Darién, que habiéndole sido traído un indio, el cual decía haber huido de su patrón de países muy lejanos hacia poniente, un día que dicho Corales leía una carta, este indio con grande admiración corrió a verla, y por vía de intérpretes dijo, que su patrón, y todos los pueblos de aquellos lugares leían también ellos cartas, y tenían libros como nosotros, pero hechos de hojas de árboles cosidas juntas. Y que todas sus ciudades estaban cerradas con murallas de piedras gruesísimas, y andaban vestidos todo el cuerpo. Este no supo decir otra cosa.

En este mismo año de 1515, el Rey Católico mandó con tres navíos a un capitán dicho Juan Díaz de Solís, con orden de que, pasado el Cabo de Santo Agostín (el cual está más allá del equinoccial siete grados), descubriese aquella costa hacia el sur, la cual va corriendo también hacia poniente, y entra en las partes de Su Majestad.

Este, pasado dicho cabo, fue navegando tanto cerca de la costa de Tierra Firme, que el polo Antártico se le levantaba treinta grados, viendo ahora montículos y ríos grandísimos. Un día, vistas cerca del litoral bastante casas de indios, los cuales con todas las mujeres y sus hijos corrían al litoral a ver pasar las naves de los nuestros, y con señas mostraban querer hacerles presentes, poniendo algunas cosas sobre el litoral.

Dicho Capitán deliberó querer tener conocimiento de estos, y habiendo hecho echar al agua la barca de la nave, con tantos hombres cuantos pudieron caber, desembarcó sobre el litoral. Los indios, que no deseaban otra cosa sino que los nuestros desembarcasen, viéndolos así blancos para poder comérselos, habían puesto una gran multitud de indios arqueros en emboscada detrás de una colina. Y apenas los nuestros se alejaron un poco del litoral, estos los cercaron con tanta furia de flechas y dardos, que en un momento los hicieron morir a todos.

Ni valió que aquellos de las naves descargasen las artillerías, porque tomados en hombros, se los llevaron sobre una colina, no tan lejana que aquellos de las naves no viesen lo que hacían. Estos indios, habiendo quitado a los muertos todas las cabezas, brazos y pies, ponían los cuerpos en algunos leños larguísimos, y los asaban. Y tanto era el deseo que tenían de comérselos, que medio crudos y ensangrentados los quitaban del fuego, y entre ellos se los comían.

Aquel espectáculo horrendo y espantoso habiéndolo visto los nuestros desde las naves, con mayor presteza que pudieron, voltearon atrás las proas. Y llegados al Cabo de Santo Agostín, habiendo visto no muy lejos del litoral muchos bosques de palo de Brasil, desembarcados y cargadas las naves, se regresaron de muy mala voluntad a España. La misma desventura le ocurrió a otro Capitán dicho Juan Ponce de León, el cual similarmente en dicho año fue mandado por el Rey Católico con algunas carabelas a la destrucción de los Caníbales.

La Muerte de Juan Ponce de León y la Furia Caníbal

Este [Juan Ponce de León], hallándose en la corte de Su Majestad, y oyendo todo el día noticias de aquellos que venían de las Indias, y cómo los Caníbales que habitan las islas causaban grandes daños a cualquiera que se les acercase, hacía grandes bravatas, diciendo que si a él se le diese el encargo y el modo de hacer esta empresa, en pocos días los destruiría.

Por lo cual, el Rey Católico le armó dos carabelas, con las cuales puesto en camino, arribó a una de dichas islas que se llama Guadalupe. Apenas lo vieron venir los Caníbales, se pusieron en emboscada, y no se mostraron hasta que aquel Capitán, junto con algunos compañeros, desembarcaron en tierra cerca de un río, para hacer que algunas mujeres que llevaban consigo lavasen sus ropas.

En cuanto los Caníbales los vieron alejados del litoral, los rodearon inmediatamente, y primero mataron a las mujeres y a muchos de los compañeros. Hicieron que el Capitán, herido él también de una flecha, huyese a los navíos con solo dos de los suyos. Desde los cuales vieron que los Caníbales asaron y se comieron a todas las mujeres y compañeros muertos. De este Capitán y su carabela no se sabe dónde fue a parar, porque después no se tuvo noticia alguna. La otra carabela regresó a España.

El Conflicto se Desata: Balboa vs. Pedrarias

No muchos meses después de que el gobernador Pedrarias hubo mandado diversos Capitanes con gente a descubrir nuevos países, como se ha dicho, llegaron cartas al Darién del Rey Católico, por las cuales se entendió la gran satisfacción que Su Majestad había recibido de las operaciones hechas por Vasco Núñez, en el descubrir del Mar del Sur.

Vinieron también patentes de cómo lo había creado Capitán de la gente de la ciudad de Santa María la Antigua del Darién. Las cuales cartas fueron leídas delante de todo el pueblo, porque estaban llenas de alabanzas a Vasco.

Este, viéndose haber recuperado la gracia del Rey, y que también él era Capitán de Su Majestad en aquellas partes, y tremándole asai el oro, y muchos partidarios de aquellos de dicha Ciudad, comenzó a no hacer ya aquella tanta estima del Gobernador Pedrarias que antes había hecho. Similarmente, el Gobernador, conociendo el mal ánimo de este, mostraba no querer tolerarlo.

Y dudando los principales del Darién de que de la enemistad de estos dos no naciese algún tumulto, persuadieron a un fraile de San Francisco, gran predicador que se encontraba en aquel lugar, que se pusiese en medio para reconciliarlos. El cual habló muchas veces con el uno y con el otro, propuso diversos planes, y entre los otros ofreció a Vasco Núñez el hacerle dar por esposa a una hija del gobernador. Pero la altivez del ánimo que había en cada uno de ellos, no los dejó acordar.

Por lo cual, Vasco Núñez, queriendo evitar todo escándalo que pudiese advenir, deliberó partirse e ir a habitar sobre el Mar del Sur. Y reunido todo el oro y bienes suyos, se llevó consigo a 300 de sus hombres de confianza del Darién. Los cuales muy de buena gana lo siguieron, sea por no estar bajo el gobernador, sea también porque esperaban hacerse riquísimos. Y con muchos esclavos indios que llevaron detrás todas sus ropas y víveres, en pocos días llegó al país de los Caciques Chiapes y Tumaco, donde fue recibido con tanta alegría que más no se podría decir.

La Construcción de la Flota en el Pacífico

Vasco, aunque con la esperanza de fundar una ciudad cerca de los litorales del dicho mar, en algún sitio hermoso y cómodo, hubiese conducido a los sobredichos 300 de sus hombres de confianza, quiso sin embargo fabricar cuatro carabelas, y con ellas ir corriendo por dicho mar hasta que arribase a las Islas donde nacen las especias (las Molucas o Islas de las Especias), juzgando hacer con aquel viaje grandísimo beneficio al Rey Católico.

E hizo hacer dichas carabelas con la ayuda de los dichos Caciques, los cuales le mostraron bosques de árboles gruesísimos y bastante brea de pinos y otros árboles similares. Y fue tanta la solicitud de los maestros que llevó consigo Vasco, ayudados en muchas cosas por los indios de Chiapes y Tumaco, que en poco tiempo fueron fabricadas las cuatro carabelas, todas clavadas con clavos de madera, que no eran menos fuertes que si hubiesen sido de hierro.

Mientras que dichas carabelas se fabricaban, Vasco hizo conducir del Darién muchas telas de algodón para hacer velas, y para las jarcias tomaron la hierba del esparto y algunas raíces de hierbas muy flexibles, las cuales usan los indios para aquel oficio.

El Discurso Final de Balboa

Después de algunos días de terminadas dichas carabelas, habiendo presentido Vasco que muchos de sus compañeros andaban murmurando que no querían ser llevados siempre a la ventura, sin saber adónde iban, y que querían una vez reposar y gozar lo que habían ganado sin trabajar de continuo; para aquietarlos y hacerlos más prontos a seguirlo adonde fuese, los llamó a todos juntos, a los cuales habló de este modo:

"Carísimos compañeros, con la fortaleza y paciencia de los cuales yo he despachado con gloriosa empresa, como lo ha sido el descubrir de este mar, vosotros veis la grande insolencia y malos modos del gobernador, el cual, no contentándose con los títulos y autoridad que le ha dado la Majestad del Rey sobre la Tierra Firme de las Indias, querría también que yo, el cual por mis fatigas he sido hecho por Su Majestad Capitán de la gente del Darién, le fuese servidor, y me mandase como a un esclavo indio.

Lo cual verdaderamente, aunque me hubiese parecido grave, sin embargo, pacientemente lo habría soportado, cuando en esta nuestra obediencia hubiese estado el beneficio del Rey. Pero el ánimo altivo y avaro de este no era para aquietarse por aquello, por lo que, habiendo entendido el tanto oro que por nosotros con tantos sudores y fatigas había sido ganado, quería, encontrada aquella ocasión de desobediencia, despojarnos de aquello junto con la vida. Y por esto hemos sido forzados, queriendo vivir seguros, a partir del Darién, y venir a este otro mar.

Donde también, si no elegimos algún lugar lejano y seguro donde no pueda fácilmente encontrarnos, sabed por cierto que no estaremos seguros de la avaricia de este. Y por tanto, habiéndonos nuestro Señor Dios preparado el modo con el cual podamos salir de aquel peligro, que son aquellas cuatro carabelas, pongámoslas en orden con todos los víveres de aquellos Caciques nuestros amigos, montemos sobre ellas alegremente, y sigamos el camino adonde la Majestad Divina nos guiará.

Vosotros veis la grandeza de este mar, y habéis entendido las infinitas riquezas de oro y perlas que se encuentran cerca de los hombres que habitan alrededor. A nosotros nos toca elegir aquella provincia que sea de aire templado y de sitio apto a producir aquello que hace falta para nuestro sustento, y en aquella fabricar una ciudad, donde podamos alegremente aquel tiempo que nos resta de vida, gozar las riquezas que hemos ganado.

Y no dudéis, que así como hasta ahora Dios en toda empresa no nos ha faltado, sino siempre nos ha sido favorable, así por el porvenir no haga lo mismo. Y por tanto, con ánimo alegre seguidme, porque os guiaré a lugar donde nuestro Señor Jesucristo primero, y luego la Majestad del Rey, será servida."

Terminado que hubo Vasco, todos los compañeros a una voz dijeron, que adondequiera que fuese, jamás iban a abandonarlo.

La Condena de Balboa

Estas palabras inmediatamente fueron escritas al gobernador por algunos de sus espías, los cuales secretamente había hecho andar entre aquella gente del Darién. El cual, además, habiendo entendido el fabricar de las cuatro carabelas, dudando del gran ánimo de Vasco, y que con esta ficción de ir a encontrarse un lugar para fabricar una Ciudad, no descubriese algún país riquísimo, y creciese en mayor reputación cerca del Rey, quitándole la gloria que él deseaba tener por encontrar nuevos países; habida aquella ocasión ordenó, que por los oficiales reales fuese formado un proceso contra él.

Y mandó a cuatro de sus primeros Capitanes a encontrar a Vasco, y hacerle entender que él, junto con cuatro de los principales compañeros, dejadas las carabelas, bajo pena de la desgracia del Rey, se viniesen al Darién, porque había encontrado que se habían rebelado de Su Majestad.

Vasco, entendida aquella cosa, estimando su honor sobre todo, y no queriendo mancharlo con la desobediencia, sabiendo que era inocente, sin pensar demasiado, con parte de los compañeros se fue al Darién. Donde no apenas llegó que, por orden del gobernador, le fue puesta una cadena gruesa al cuello, y llevado a prisión. Lo similar fue hecho a cuatro de sus dichos compañeros.

Y gritando Vasco por qué causa le era hecha aquella villanía, le fue respondido, porque se había querido rebelar del Rey, habiendo hablado a los compañeros como había hecho. Y negando Vasco haber dicho aquellas palabras, sino a fin de que fuesen más de buena gana con él a descubrir nuevos países, para beneficio de Su Majestad, jamás le quisieron creer. Antes fue juzgado que le fuese cortada la cabeza en prisión.

Donde al día siguiente, habiendo llegado los ejecutores, Vasco demandó de gracia, que antes que él muriese, fuesen llamados seis de los principales oficiales reales, a los cuales dijo, el ánimo y deseo suyo grande, que había tenido siempre de hacer servicio al Rey Católico, y que esto lo había conducido a tal miserable fin, el cual no debía ya de él esperarse después de tantas fatigas e incomodidades padecidas. Y que de dos cosas se dolía: la una que sin causa e inocentemente fuese hecho morir, y la otra que la Majestad del Rey con su muerte fuese privada de tanto servicio que esperaba hacerle. Pero que la muerte él la soportaría constantemente, así como con ánimo deliberado en muchos peligros, donde muchas veces la había visto manifiesta, no la había querido temer.

Pero que rogaba a Dios que concediese a Su Majestad en el porvenir un servidor en estas partes de tan grande ánimo y afecto al beneficio de aquella como él había sido.

Aquellas palabras fueron de poco momento cerca de los dichos oficiales, los cuales quisieron ejecutar la sentencia del gobernador sin otra demora. Por lo cual, quitándole la cadena del cuello, y haciéndolo arrodillar, le fue cortada la cabeza. Luego fue puesto el cuerpo sobre la plaza del Darién, para espectáculo de todo el pueblo, donde no pasó ninguno de los habitantes de la ciudad, como de los venidos nuevamente con el gobernador, que pudiese contener las lágrimas, pensando que un hombre de tan grandeza de ánimo, acompañada de infinita liberalidad, después de tantas fatigas y sufrimientos padecidos hubiese tenido tan miserable fin.

 

La Muerte de Balboa y la Fundación de Panamá

Y verdaderamente, quien lee las historias antiguas y modernas donde se narra la vida de excelentes y virtuosos Capitanes, debe asombrarse mucho de que pocos se han encontrado que, después de que la Fortuna les ha concedido expedir alguna famosa y digna empresa, aquella no les haga padecer alguna cruel y miserable muerte.

El gobernador Pedrarias, después de la muerte de Vasco, dejó a su esposa en la Ciudad del Darién, pasó los montes y llegó al Mar del Sur. Montó sobre las carabelas hechas por Vasco, donde habiendo navegado algunos días, le sobrevino tanta fortuna de mar que, rotas las antenas y rasgadas las velas, corrió por dos días y noches a la ventura. Y finalmente dio sobre un litoral donde estaba un villorrio de indios llamado Panamá.

Donde habiendo desembarcado y visto el sitio apto y hermoso para edificar, porque entendió que era el lugar más cercano en el estrecho de aquella Tierra Firme del Mar del Sur al del Nortefabricó una ciudad; la cual después se convirtió en una de las ciudades más famosas de las Indias.

Retorno a La Española: Geografía y Orígenes

Así como deben hacer los buenos marineros, los cuales no quieren reportar culpa de su navegación, después de haber estado en diversas partes del mundo y haber visto varios países y conocido diversas naciones, volver la proa de sus navíos y regresar al puerto de donde primero partieron. Así me parece que debo hacer al final de este primer libro de mi historia. Y por esto, habiendo yo comenzado por la Isla Española y recorrido toda la costa de Tierra Firme de las Indias Occidentales, volveré a la misma Isla, la cual ha sido causa de aquella mi narración. Y aunque yo la haya en alguna parte descrito, según ha ocurrido, sin embargo, para que se tenga mejor noticia de ella, hecha la figura, la describiremos particularmente con aquella diligencia que nos sea posible.

Descripción de La Española

La Isla Española (Santo Domingo o Haití) está, pues, puesta entre la línea del Equinoccial y el trópico de Cáncer. Y se extiende en longitud de levante a poniente unas 500 millas, y de sur a norte en algunas partes es ancha 300 millas. La parte del sur, donde está la ciudad principal, dicha Santo Domingo, está a 18 grados sobre el equinoccial, y la parte hacia el norte a 20 grados.

Origen de los Habitantes y Nombres de la Isla

Quienes fueron los primeros que la habitaron se narra de este modo: encontrándose en la Isla dicha Martinica (no muy lejana), dos facciones vinieron a las manos entre ellas, y fue forzoso a la parte más débil fugarse con las mujeres e hijos. Y así, con Canoas (que hemos dicho ser sus barcas), se fueron a la ventura por el mar. Vistos los litorales de dicha Isla, desembarcaron en aquella parte, la cual llaman Cahonao, donde corre un río grueso dicho Bahaboni, el cual tiene en su boca una isleta, sobre la cual es fama que los primeros habitantes fabricaron la primera casa, la cual llaman hasta hoy Camoteia, y la tienen en tanta reverencia que más no se podría decir. Por lo cual, van de toda la Isla, tanto los hombres como las mujeres, a visitarla por devoción.

Llegados sobre la Isla, y viéndola grandísima, sin saber dónde terminaba, pensaban que aquella fuese todo el mundo, ni que el sol calentase otra tierra, además de aquella y de las Islas vecinas, y por esto la llamaron Quisqueya, porque Quizque quiere decir en su lengua "el todo". Y entrados luego tierra adentro, como vieron algunos altísimos montes con rocas ásperas, la llamaron también Haití, porque Haití quiere decir "áspero". Le pusieron también el tercer nombre Cipanga, por causa de ciertos montes, similares a algunos montes que en la isla Martinica llaman Cipangu. Pero los nuestros la llamaron Española.

Clima, Agricultura y Divisiones de la Isla

Esta Isla tiene los días casi iguales todo el año, y cuando el sol está en el trópico de Cáncer, el día apenas se altera una hora. Es muy templada de aire, por lo cual no hay calor ni frío excesivo, aunque en algunas partes, donde están los montes altísimos, hace frío, pero aquello ocurre por causa de dichos montes. Se ven de continuo en todas partes verdísimos los árboles cargados de flores y de frutos. Ni jamás caen las hojas, si no es naciendo las nuevas.

Todas las hierbas de huerto para comer, y todos los árboles frutales que han sido llevados de España, vienen en aquella perfección, que se dirá en el siguiente libro. Y lo mismo digo de los otros animales como bueyes, caballos, etc.

El trigo, habiéndolo sembrado en muchos lugares, encuentran que responde mejor al sembrarlo sobre colinas y montes, donde haya algunas veces frío, y la tierra no sea tan grasa. Porque sembrándolo en el llano, es tanta la gordura del terreno, que se vuelve más largo con la paja que cerca de nosotros la caña del sorgo, y no hace tantos granos en la espiga. Pero en los montes la espiga es gruesa como el brazo del hombre, toda llena de granos, que numerados pasan de dos mil. Pero es opinión cerca de aquellos que han ido de España a aquella Isla y otras vecinas, que comiendo pan de fermento (trigo) o pan de yuca, se digiere más fácilmente el pan de yuca, aunque no sea tan suave al gusto.

Las Cinco Provincias Principales

Pero viniendo a la particular descripción de las partes de la Isla, aunque arriba hemos dicho que está dividida en cuatro partes por cuatro grandes ríos que descienden de altísimos montes (es decir, de levante por el río Yuna, de poniente Atibunico, de sur Neiba, y de norte Naiba), sin embargo, han venido después muchos Capitanes y personas de intelecto, que se han querido informar más particularmente de los habitantes de aquella, y la dividen en cinco provincias principales:

  1. Caizcimu: La parte hacia levante, que en lengua de la Isla Española quiere decir "frente" o "principio". Esta provincia confina al sur con el río Ozama (que pasa por la Ciudad de Santo Domingo) y de norte con los montes altísimos dichos Haití por su aspereza.
  2. Huhabo: La segunda, que está entre los montes Haití y un río dicho Yariga.
  3. Caiabo: La tercera, que abraza todo el espacio que está entre Cubaho y el río Naiba, y va hasta los montes Cibao, donde hay tan grande copia de oro, en los cuales nace el río Neiba que va a desembocar en el mar hacia el sur.
  4. Bainoa: La cuarta, que comienza de confines de Caiabo y se extiende hacia el norte, donde está el río dicho Bahaboni, donde hemos dicho que fue fabricada la primera casa.
  5. Guaccaiarima: Todo el resto hacia poniente ocupa la provincia dicha Guaccaiarima, porque en su lengua, Caiarima quiere decir "las nalgas" (o la última parte), y los indios tienen aquella última parte de la Isla por la más estrecha. Gua es el artículo que en aquella lengua aplican a todos los nombres propios, como es Guarionex o Guacanarillo.

Lagos Misteriosos y el Manatí Domesticado

Pero dejando los nombres aparte, digamos de algún lugar particular, digno de ser entendido. En la provincia Caizcimu hay un altísimo monte a media milla lejos del mar, el cual tiene una caverna grandísima, cuya entrada se asemeja a una puerta de un grandísimo palacio. En aquella caverna se sienten caer ríos con tanto ruido y estrépito que se oye de lejos cinco millas, y quien va a permanecer cerca algún espacio se vuelve sordo. Estos ríos hacen un grandísimo lago, dentro del cual hay algunos borbotones y revueltas de aguas de continuo y tan grandes que quien entrase dentro sería inmediatamente tragado. Por lo cual se piensa que dichas aguas, después de caídas en aquel lugar, sean tragadas por otras cavernas de la tierra. En la parte de encima de aquella caverna, según que por la entrada se puede ver, hay mucha altura y se ven de continuo nieblas, que nacen de la humedad de los borbotones de aquellas aguas.

Sobre la cumbre de algunos montes altísimos por medio de la Ciudad de Santo Domingo, pero distante de aquella sesenta millas, hay un lago, al cual, por la aspereza del camino, con gran dificultad se puede ir. Sin embargo, los nuestros, que no podían estar ociosos, quisieron verlo, donde llegados, siendo al principio del mes de junio, tuvieron frío, y encontraron además de todas las otras hierbas, infinitos helechos, y de aquellas espinas que hacen las moras para los setos, las cuales no se encuentran en los llanos de la Isla. Aquel lago es de agua dulce, lleno de infinitas suertes de peces, de los cuales los nuestros pescaron bastante, habiéndolos encerrado con ramas y hojas en un seno que hace el lago en un monte vecino. Dicho Lago gira cerca de tres millas, pero sin embargo de él no desemboca río alguno, siendo los montes alrededor altísimos, de los cuales se ven correr dentro infinitas fuentes de aguas clarísimas, con las riberas llenas de muchas hierbas, siendo las otras partes de dichos montes hórridas y rocosas.

Sobre esta Isla en muchas partes hay bastantes lagos de aguas dulces, algunos de saladas, y de aguas amargas, como el que está en la provincia de Bainoa, el cual es de longitud de treinta millas, y ancho donde 15 y donde 12. Y se llama por los indios Hagueygabon, pero los nuestros lo llamaron el Mar Caspio. Porque corriendo dentro infinitos ríos, no obstante de aquel no nace río alguno, y es opinión que por cavernas debajo de tierra entre el mar, y se encuentran dentro muchos peces marinos. Hace este lago grandes tempestades, y muchas veces hunde muchas Canoas con todos los indios, a los cuales cuando él está turbado no les sirve el saber nadar, porque los traga con las Canoas juntas, ni jamás se ha visto que alguno que se haya ahogado dentro, haya sido arrojado después por las olas sobre el litoral. En medio hay una Isla dicha Guarizacca, donde están muchos pescadores indios, que toman de dichos peces y los secan. Hay otros dos lagos salados, pero pequeños.

No muy lejos de aquellos hay otros laguitos de aguas dulces. Todos aquellos lagos están en un valle grandísimo, el cual va de levante a poniente por longitud más de 100 millas, y por anchura donde es más ancha son 25 millas. Tiene de una banda los montes dichos Daiguani, de la otra Caiguani.

No muy lejos de la dicha está otro valle, largo cerca de 200 millas, el cual se llama Maguana, donde hay un bellísimo lago de agua dulce, no muy grande, cerca del cual tiene su estado el Cacique Guarocuya, y su palacio con infinitas habitaciones de indios. Este, deleitándose de ir a pescar, tenía siempre en casa las mayores y más fuertes redes que se encontrasen en todo aquel país.

Y habiendo un día que él había ido sobre el litoral del mar, visto tomar por sus pescadores uno de los peces dichos Manatíes (los cuales aunque vengan muy grandes, sin embargo, este era pequeño en aquella hora), lo hizo llevar a casa vivo y echar en el lago cercano, donde cada día le daba del pan de Maíz y Yuca, de modo que se volvió tan mansueto, que venía cada vez que lo llamaban, a tomar el alimento que con la mano le ofrecían, dejándose manipular todo. Y algunas veces, si alguno quería pasar de la otra banda del lago, se dejaba cabalgar, y lo conducía adonde quería.

Este pez es muy feo de ver, porque tiene el cuerpo grueso a modo de animal de cuatro pies, no tiene pies, sino en lugar de aquellos algunos huesos gruesos y duros, que le despuntan fuera del cuerpo, el cual está cubierto de escamas durísimas. Tiene la cabeza de buey, en el moverse es perezoso. Dicen que la carne es suavísima al gusto, y mejor que la de cualquier otro pez.

El Manatí y el Río Salado

Aquel pez [el Manatí], tan agradable y mansueto, fue tenido gran tiempo en aquel lago, con gran placer de cada uno que lo veía, porque de todas partes de la Isla iban muchos a verlo llamar, y trasladar personas de una a la otra orilla del lago.

Pero habiendo venido un día un Huracán grandísimo, esto es, tempestad con viento y lluvia, de suerte que muchos ríos corrieron gruesísimos de los montes vecinos, e hicieron que dicho lago se hinchase de modo que las aguas de aquel corrieron hasta el mar; entonces el pez Manatí fue llevado de nuevo al mar, y no se le pudo ver más.

Aquí no quiero extenderme más en numerar los valles, montes, ríos, y sus nombres, que sería cosa larga y tediosa para los lectores. Solo diré de algunos, y más que nada del río dicho Bahuam, el cual pasa por medio de un país dicho Maguana de la provincia Bainoa. Este río nace a los pies de un monte altísimo, y corre todo salado por muchas millas hasta que desemboca en el mar, aunque en él caigan muchas fuentes de aguas dulces. Es opinión que dicho río pasa por debajo de los montes Diagoni, que están en dicha provincia de Bainoa, lejanos 12 millas del lago salado nombrado el Mar Caspio.

En aquellos montes, excavando, se encuentra sal durísima y clara como cristal, de la cual se sirven los indios tierra adentro, teniendo carestía de la que se hace cerca del mar.

Geografía Singular de La Española

En la cumbre de los montes Cibao, los cuales son altísimos (donde hemos dicho que se excava oro), y que están casi en el centro de la Isla, en la provincia dicha Caiabo, hay un llano dicho Cotuy, largo 25 millas y ancho 15. El cual, aunque sea altísimo, y que desde abajo parece que se vean las nubes, sin embargo, también él está rodeado por otros montes, los cuales parece que dominan toda la Isla. De dichos montes corren infinitas fuentes de aguas clarísimas en el dicho llano, el cual es cultivado y tiene algunas villas de indios.

Este lugar siente en el año la variedad de los tiempos, esto es: primavera, verano, otoño e invierno. Porque allí hay frío de suerte que a los árboles les caen las hojas, y las hierbas se secan, lo cual no suele ocurrir en ninguna parte de toda la Isla, habiendo allí siempre primavera y otoño, porque los árboles están siempre cargados de flores y frutos. El frío verdaderamente no es sin embargo tan grande que nieve o hiele, pero respecto a las otras partes de dicha Isla, es grande. En dicho llano nacen helechos tan gruesos en el tallo como es una vara de jabalina, y muchas de aquellas espinas que hacen las moras rotas.

Dicen que en los montes que rodean dicho llano hay mucho oro, pero los vecinos que allí habitan, no se preocupan de buscarlo, pues la tierra por su gordura les produce tanta cantidad de Maíz y Yuca, que les basta para el pan. Cerca de las fuentes que corren clarísimas excavan la sal, y el resto del tiempo, o están ociosos sentados a la sombra, o bailan a su modo, ni piensan en otra cosa.

Y hay también otro país en aquella Isla entre la provincia de Huhabo y la de Caiabo, dicha también Cotuy, el cual tiene grandísimas llanuras, valles y montes, pero por ser todos estériles no está habitado, y por esto rara vez van allí hombres. En aquel lugar los indios dicen que es el principio de la mina de todo el oro que hay en aquella Isla, y que entre aquellos montes se ve que sale fuera de la tierra, como si fuese una planta que naciese. La cual cosa, aunque parezca increíble que el oro haga aquel efecto, sin embargo, en aquellas nuestras partes de Europa, en el reino de Hungría, en muchos lugares a nuestros tiempos ha sido encontrado por infinitas personas, y de continuo se encuentra el oro salir de la tierra, enrollándose alrededor de los árboles como hacen las vides, y es finísimo.

Fenómenos Acuáticos y Hombres Salvajes

En la provincia de Caizcimu, en las comarcas dichas Guanama y Guariagua, hay algunas fuentes, cuyas aguas en la superficie son dulcísimas y buenas para beber, pero a la mitad comienzan a sentirse saladas, y en el fondo es muy amarga. Piensan que aquellas fuentes nazcan de agua salada, y que por encima corran luego aguas dulces de los montes, las cuales no se mezclan entre sí.

Cerca de estas fuentes, si alguno se tiende en tierra y pone las orejas sobre ella, siente que está cóncava por debajo, porque aquella resuena, y a un hombre a caballo se le siente venir a tres millas de distancia, y a uno a pie a una milla.

En la última provincia dicha Guaccaiarima hay hombres que habitan en cavernas, y sobre selvas y montes altísimos, y no viven sino de frutos salvajes, los cuales jamás han querido tener comercio con los otros hombres de la Isla, ni aunque hayan sido hechos prisioneros, se han podido domesticar. Es opinión que no han determinado hablar entre ellos, como hacen todos los otros hombres del mundo, y que no saben qué es señor o ley alguna, sino que son del todo animales salvajes, excepto que tienen la efigie humana.

Algunas veces se ven, y van del todo desnudos, y no es posible atraparlos, porque son más veloces en el correr que los ciervos. Los cristianos han hecho experiencia de hacerles correr detrás a perros velocísimos llevados a la Isla, y jamás los han podido alcanzar.

En esta última parte de la Isla, en un bellísimo valle, tenían muchos campos labrados algunos cristianos, donde, habiendo ido en el mes de septiembre a verlos con toda su familia e hijos, y estando esparcidos, he aquí salir de un bosque cercano a uno de aquellos hombres salvajes, grande y terrible, el cual, tomando bajo el brazo a un niño pequeñísimo que yacía sobre la hierba, no muy lejos del padre, se fugó como un viento. El padre y todos los otros, vista aquella cosa, pusieron gritos hasta el cielo, con la mayor celeridad del mundo se pusieron a correrle detrás. Pero el hombre salvaje, viéndolos de lejos, se detuvo, y parecía que estuviese a esperarlos, hasta que le llegaron un poco cerca, pero luego otra vez se puso a correr, y no fue visto más.

El padre, doliente y como muerto, pensaba que el hijo hubiese sido llevado por este para comérselo, pero el hombre salvaje, en cuanto se apercibió que no le iban más detrás, vistos en un valle cercano a ciertos pastores que apacentaban una manada de puercos, fue lentamente donde estaban, y dejó al niño a cierta distancia sobre un camino por donde tenían que pasar los pastores, los cuales, habiéndose dado cuenta del niño, tomándolo en brazos lo llevaron la noche al padre.

No se maravillen los lectores de que en esta Isla tan lejana de nosotros se encuentre esta generación de hombres salvajes, que también en la Isla de Hibernia (Irlanda), la cual está bajo el Rey de Inglaterra, no muy lejana de aquella, en la parte tierra adentro donde no hay otra cosa que selvas y montes altísimos, se han encontrado hombres salvajes infinitos, los cuales jamás han querido tener comercio con los que habitan cerca del mar, ni se han podido jamás subyugar por la gente del dicho Rey.

La Hoja Escribible y el Origen de la Yuca

En esta isla hay brea en abundancia, especialmente sobre los numerosos pinos que crecen allí, y también en otro árbol llamado copey, el cual es muy grande y produce un fruto similar a las ciruelas, bastante sabroso. Pero lo más notable es su hoja: ancha como medio pie y perfectamente redonda.

Al verla, los cristianos notaron que era gruesa y flexible, y probaron a escribir sobre ella con un estilete. Descubrieron que las letras quedaban tan claras como si hubieran sido escritas con tinta sobre papel. Ante esta ventaja, y al no disponer de papel, comenzaron a usarla para escribir todo lo que necesitaban y enviar mensajes de un lugar a otro mediante los indígenas.

Entre otros casos, un capitán escribió en una de estas hojas a un amigo suyo para enviarle, a través de un esclavo, cuatro hHutías (animales parecidos a conejos) cocinadas. Sin embargo, el esclavo se comió dos durante el viaje. Cuando el amigo recibió solo dos y lo hizo saber, el capitán, al interrogar al esclavo, le reprochó duramente. Le mostró la hoja y le dijo que esta "revelaba" que solo había entregado dos hHutías y que se había comido las otras dos. Ante esto, el esclavo, aterrado, confesó su falta.

Aquella cosa, divulgada por la Isla, hizo que todos los indios no hablasen de otra cosa que de las hojas del árbol Copey, y no querían acercarse a aquel cuando hablaban entre sí, para que aquellas no dijesen a los cristianos lo que entre ellos hablaban.

Los ancianos de esta isla —muchos de los cuales viven entre cien y ciento veinte años— afirman que sus antepasados les contaron que, en tiempos remotos, los habitantes se alimentaban de raíces silvestres: unas parecidas a cebollas, otras a chirivías, y otras a nueces o trufas, conocidas con distintos nombres como cibaio, macoane, caboie y guatero.

Sin embargo, cuentan que un sabio anciano, mientras caminaba un día por la rivera de un río, descubrió una planta alta cuyas hojas se asemejaban al cáñamo. La llevó a su casa, cultivó su raíz y la domesticó, dándole el nombre de yuca. Al ser agradable al paladar, comenzaron a elaborar con ella el pan llamado casabe, que consideran muy saludable y de fácil digestión. Hoy, este alimento es común entre todos los habitantes de La Española.

Ese mismo anciano también encontró las raíces llamadas agíes y batatas (camotes), sobre las cuales se hablará con más detalle en el siguiente libro, por lo que aquí no se dirá más al respecto.

Los habitantes de la isla son gente sencilla, que prefiere vivir ociosa a la sombra, con pocas necesidades, siempre desnudos. La tierra les provee de frutos en abundancia, pues es común ver flores y frutos maduros en los árboles al mismo tiempo. Además, si lo desean, pueden pescar con gran facilidad tanto en el mar como en los ríos de la isla, donde hallan gran cantidad de peces.

La Tragedia de los Indios de La Española

Desde la llegada de los cristianos, que los obligaron a trabajar bajo el sol todo el día extrayendo oro de los ríos, muchos de estos indígenas han muerto: unos, por no estar acostumbrados a tan duro esfuerzo; otros, porque, desesperados al pasar de una vida libre a la miseria y la esclavitud, decidieron quitarse la vida. Incluso dejaron de casarse para evitar traer hijos al mundo que nacieran esclavos de los cristianos.

Las mujeres, al enterarse de que estaban encintas, recurrieron a ciertas hierbas para abortar. Quien hubiera visto el número de habitantes que poblaban la isla al principio de la conquista y lo comparara con el actual, quedaría atónito. Aunque, por orden de Su Majestad el Rey, todos los habitantes de la isla fueron declarados libres y no pueden ser obligados a nada, los funcionarios enviados allí, movidos por la avaricia, han actuado a su antojo. Se estima que, en un principio, la isla albergaba unos 900 000 habitantes; hoy, sin embargo, son tan pocos que da pena mencionarlo.

Costumbres Nativas y la Muerte de Boechío

Tras construir fortalezas en el interior de la isla, como se mencionó antes, los españoles levantaron también reductos fortificados en diversos puntos de la costa, rodeados de murallas y con numerosas habitaciones, como en Puerto Plata, Puerto Real, Lares, Villa Nueva, Azua y Salvatierra.

En algunas regiones de la isla, como en los dominios del cacique Boechío (llamada Xaragua), apenas llueve, por lo que riegan sus cultivos de maíz y yuca con agua de manantiales que canalizan manualmente. En cambio, en muchos valles —especialmente alrededor de la ciudad de Santo Domingo— las lluvias son excesivas, mientras que en otras zonas caen con moderación.

Sobre cómo los caciques designan a sus herederos y cómo sus familiares se inmolan junto a ellos al morir, se hablará con detalle en el siguiente libro.

No quiero omitir un hecho singular: al fallecer el cacique Boechío, hermano de Anacaona (mencionado antes y considerado el más valiente de toda la isla en la composición de areítos, que son versos), su hermana Anacaona ordenó que varias de sus mujeres fueran enterradas vivas con él en su honor. Casualmente, unos frailes franciscanos que predicaban la fe cristiana entre los indígenas lograron, tras insistir mucho, que solo una mujer fuera sepultada, pues los nativos creen que sus caciques, al morir, ascienden al Sol. La elegida, llamada Guanahattabenechena, era de gran belleza y decidió llevar consigo todos sus ornamentos, una vasija de agua y pan de maíz y yuca.

Los Nombres de los Caciques y la Religión Taína

Cuando nace un hijo de algún cacique, todos los vecinos de la región acostumbran visitar a la madre. Al entrar en la habitación donde ella reposa, saludan al recién nacido con distintos nombres honoríficos. A un niño le dicen: "Rostro de estrella reluciente""Rostro de llamas ardientes""Vencedor de enemigos""Nieto de un señor fortísimo" o "Más brillante que el oro". A las niñas, en cambio: "Más fragante que tal mora""Más dulce que tal fruto""Ojos de sol" o "Ojos de estrella".

El cacique Boechío, además de su nombre principal, tenía otros títulos: Tireiguahobin (que significa "Rey más resplandeciente que el oro"), Starei ("Llameante"), Huiho ("Alteza") y Duiheyniquen ("Luz rica). Cuando se transmitía una orden suya a los aldeanos, era indispensable mencionar todos sus nombres completos; de lo contrario, lo tomaba como un grave desaire. Quien omitiera alguno por descuido era castigado.

La Mitología de los Cemíes

Yo pienso, antes bien, tengo por cierto que muchos que leerán la presente historia, desearán entender qué adoran aquellos pueblos de la Isla Española, y qué religión y ceremonias tienen. De las cuales, aunque en muchos lugares se ha dicho que adoran el Sol y la Luna, sin embargo, para hacer cosa grata a los lectores, se dirá aquello que se ha podido entender.

En su segundo viaje a La Española, el almirante Colón llevó consigo a fray Ramón, un fraile de la orden de los Ermitaños, hombre docto y de vida santísima, para que instruyera en la fe cristiana a los habitantes de la isla. Tras aprender rápidamente su lengua y tratar con ellos de cerca, el fraile conoció sus costumbres, supersticiones y ceremonias. Con esos conocimientos, escribió un libro en castellano, del cual —obviando detalles irrelevantes— se mencionarán aquí algunos aspectos de manera breve.

Entre estos pueblos existe la creencia en un Ser Supremo, omnipotente, eterno e invisible, al que llaman Yocahú Bagua Maórocoti o Yocahuva Guamaonocon. Según ellos, este dios tiene una madre, conocida por cinco nombres: Atabeyra, Mamona, Guacarapita, Liella y Guimazoa.

Afirman, además, que este dios eterno e infinito se comunica mediante mensajeros, a los que llaman cemíes o tuyras. Cada cacique o señor tiene su propio cemí, al que rinde culto. Dicen que estas deidades se les aparecen de noche y les revelan muchos secretos. Las representan con figuras de algodón teñido de negro, similares a pequeños demonios que escupen fuego por la boca y tienen cola y patas de serpiente.

Fabrican los cemíes en distintas posturas —de pie, sentados— y tamaños. Al ir a la guerra, los guerreros llevan consigo pequeñas figuras atadas a la frente, convencidos de que les garantizarán la victoria. También creen que, mediante estos cemíes, pueden pedir lluvia o sol para sus cultivos de maíz. Si un cemí se les aparece en el bosque —abundantes y frondosos en la isla—, lo tallan en madera; si lo ven en una cueva o en la montaña, lo esculpen en piedra y lo veneran en el lugar del encuentro. Otros los hacen de raíces de yuca, pues aseguran haberlos visto sobre ellas y creen que protegen el crecimiento de este tubérculo, del que obtienen su pan.

El Ritual del Chohobba y la Profecía

Y cuando quieren saber lo que está por suceder de una guerra u otra cosa suya, como, si ha de haber abundancia de Maíz y Yuca para su sustento, o cuando algún gran maestro está enfermo, si debe vivir o morir, uno de los Caciques principales entra en una casa fabricada a los Cemíes, donde le es preparada una bebida hecha de una hierba dicha Chohobba, la cual toman por la nariz.

Apenas hecho, comienza inmediatamente a volverse furioso, parece que la casa vaya patas arriba, y que los hombres vayan con los pies en alto. Y tanta es la fuerza de aquella bebida, que le quita todo el intelecto y saber, ni sabe dónde está. Luego, en cuanto la ha digerido un poco, se pone a sentarse en tierra con la cabeza inclinada y las manos alrededor de las rodillas. Y estado de este modo un pedazo, como si se levantase de un gran sueño, alza los ojos, y mira al cielo, hablando entre los dientes y el paladar ciertas palabras que no se entienden.

Alrededor de aquel Cacique están de los primeros de su corte, ni a ninguno del vulgo le es permitido encontrarse en estas ceremonias. Estos, en cuanto lo ven un poco regresado en sí, comienzan con voz alta a agradecer al Cemí que lo ha dejado partir de su razonamiento y que haya regresado a ellos, y le preguntan lo que ha visto. Este, como loco, dice haber hablado entonces con el Cemí, el cual les ha prometido hacerles tener victoria contra los enemigos, o les ha dicho que será vencido y arruinado, por alguna cosa que ellos no han querido hacer. Y así refiere de la abundancia o carestía, vida o muerte, como al primer momento le viene a la boca.

Y habiendo dicho arriba que cada Cacique tiene su particular Cemí, al cual adora, digo que un Cacique nombrado Guaramento, tenía un Cemí dicho Corochotto hecho de algodón, y lo tenía atado sobre la tarima más alta de su casa, el cual algunas veces, rompiéndose las ataduras, dicen que se fugaba, e iba a encontrar alguna mujer para mezclarse con ella, o porque deseaba comer algún alimento que el Cacique no le daba. Alguna vez decían que se les había fugado todo airado, porque dicho Guaramento había pretermitido de hacerle ciertos sacrificios en su honor. En el principal villorrio de este Cacique, apenas nacen niños que tengan alguna señal sobre la cabeza o cuello, dicen que aquellos son hijos del Cemí Corochotto.

Otro Cacique tenía su Cemí hecho de madera a modo de animal con 4 pies, y lo llamaba Epileguanita, el cual a menudo decía que se partía del lugar donde lo adoraba y se iba a las selvas. Lo cual, en cuanto lo presentía, mandaba a muchos indios a buscarlo, y encontrándolo, se lo ponían en hombros, y con gran veneración lo regresaban a su lugar.

Pero venidos los cristianos a la Isla, cesaron todas estas ilusiones diabólicas, y este Cemí y todos los otros se fugaron, y nunca más los han podido encontrar. Y de esto los indios que eran viejos, hacían conjetura, que todos los señoríos de aquella Isla debían perderse y quedar bajo otro señor.

Los Areytos: Versos, Música y Danza

Algunos fabrican su cemí de mármol con forma de mujer, y junto a ella colocan dos figuras de niños, como si fueran sus ministros. Según ellos, uno de estos niños actúa como pregonero: por orden de aquella mujer, anuncia a los demás cemíes que acudan con vientos, lluvias y nieblas descomunales. El otro niño, también por mandato de ella, recoge todas las aguas que bajan de los montes y las hace crecer hasta inundar, como un mar, todos los maizales. Estos dos ministros ejercen sus oficios cada vez que los indígenas dejan de rendir los honores debidos a los cemíes de mármol.

Es costumbre antiquísima cerca de aquellos de la Isla Española, que todos los hijos de los Caciques sean adoctrinados por algunos indios sabios, que ellos llaman Boitío o Tequinas, los cuales les hacen aprender de memoria muchos versos, en los cuales les enseñan dos cosas principalmente:

  1. La del origen y principios de las cosas, y cómo se han ido aumentando, como se dirá después.
  2. La de las cosas hechas por sus antepasados, mayores sea en guerra como en paz.

Todas estas cosas las han compuesto en versos en su lengua, a los que llaman Areytos. Acompañan esos Areytos con un tambor de su invención, al que llaman magüey. Este está hecho de un tronco redondo y ahuecado, que resuena con fuerza al ser golpeado con otro leño en el fondo, a manera de nuestros tambores. Mientras cantan, todos bailan al mismo tiempo. En estas danzas son mucho más ágiles y diestros que nosotros, pues van desnudos y dedican gran parte de su tiempo a bailar.

Tienen, además de las sobredichas suertes de Areytos (de los orígenes de las cosas y hechos de sus antiguos), algunas otras composiciones de amor, en las cuales alaban a sus enamoradas, y luego dicen las pasiones que sienten cuando las ven, o en su ausencia cuando en ellas piensan. Y tienen algunos otros muy lamentables y con voces rotas y delicadas, cuando quieren llorar. Otros terribles y con voces llenas de gravedad, cuando quieren animar a los indios a que vayan audazmente contra los enemigos, y no duden de morir, porque muriendo por defensa de su patria, irán a estar cerca del sol. Y a la suerte de aquellos sus Areytos acomodan la voz y los sonidos que hacen con aquellos sus Magüeys.

La Profecía del Areyto y el Fin del Señorío Taíno

En aquellos sus Areytos (cantos y bailes) tienen uno antiquísimo, dejado de mano en mano por muchas edades y generaciones de sus antepasados. El cual es hecho con voces piadosas y lamentables, en el cual se predijo la venida de los nuestros a aquella Isla. Y cuando lo cantaban, siempre les caían lágrimas de los ojos, y gimiendo decían que Guamaonocon (es decir, Dios eterno) había determinado que Maguacochios (es decir, hombres vestidos) viniesen a aquella Isla, armados con espadas que en un golpe cortarían a un hombre de la cabeza hasta los pies, y se llevarían todos sus Cemíes y sus ceremonias, bajo cuyo yugo todos sus hijos y posteridad estarían eternamente.

Muchos de dichos indios pensaban que esto querría decir de los Caníbales, que debían vestirse y armarse de espadas de madera, y por esto cada vez que los veían venir, huían y les tenían grandísimo miedo.

Pero es cosa ciertísima, y a cada uno de la Isla manifiesta, que muchos años antes de que los españoles llegasen a aquella, hubo dos Caciques, de los cuales uno fue el padre de Guarionex (de quien arriba hemos hecho mención). Estos, habiendo ayunado cinco días continuos con gran reverencia a sus Cemíes, una noche por ellos les fue dicho que pronto estaba por venir una suerte de gente, cubierta toda de vestidura, la cual se llevaría los Cemíes, y haría a todos sus hijos esclavos.

La cual cosa, llegados los nuestros, se verificó, porque no mucho después han sido llevados los Cemíes, y se ha cesado de adorar a aquellos, y se han bautizado todos los indios. Y después de que fue puesto el signo de la Santa Cruz en aquella Isla, jamás han aparecido más los Cemíes.

El Origen del Sol, la Luna y la Humanidad

De los principios de las cosas primeras demuestran una caverna en el país de un Cacique dicho Machinnech, muy grande y oscura, a los pies de un altísimo monte, la cual llaman Yovánaboyna. A esta van a visitar con suma reverencia, y la entrada está adornada con varias pinturas, donde se ven esculpidos dos grandes Cemíes, diferentes el uno del otro de figura, de los cuales uno es llamado Bintaytele, el otro Marohu. Y preguntados por qué van con tanta reverencia a visitar aquel lugar, dicen con el mayor juicio que tengan, que tienen por sus Areytos que de aquel lugar salieron el Sol y la Luna a dar luz al mundo.

Sobre el origen de la humanidad, cuentan lo siguiente: En la isla existe una provincia llamada Caunana, donde se alza un inmenso monte. A sus pies se abren dos cavernas: una grande, llamada Caxibaxagua, y otra más pequeña, Amaiauna. Según su tradición, todos los hombres habitaban en el interior de esas grutas y no salían de ellas, pues el Sol les había prohibido mostrar su presencia. Para vigilar el cumplimiento de esta orden, el Sol colocó a Machochael como guardián de las cavernas.

Un día, Machochael, movido por la curiosidad de conocer lo que existía más allá de las cuevas, decidió explorar la isla. Al tardar en regresar, el Sol lo descubrió y, como castigo por su desobediencia, lo transformó en un higuerón silvestre, un árbol cuyos frutos se asemejan a higos. Aún hoy, en aquel lugar, señalan el árbol como testimonio de su leyenda.

Dicen también que muchos de aquellos hombres que estaban en dichas cavernas, teniendo grandísimo deseo de ir también ellos a ver más allá, una noche se partieron. Y andados por la Isla, no pudieron tan pronto regresar, de modo que sobreviniéndoles el Sol (al cual no les era lícito mirar), fueron transformados también ellos en ciertos árboles, que están en cada rincón por la dicha Isla, y hacen ciertos frutos como ciruelas, que después por los españoles ha sido pensado que fuesen Mirabolanos, como hemos dicho arriba.

Dicen también, encontrándose en aquellas cavernas uno dicho Vaguoniona que era de los primeros, y tenía muchos hijos, quiso mandar a uno fuera, el cual fue transformado por el Sol en un ruiseñor. Y por aquella causa dicen que dicho pajarito canta su desventura todo el año, pidiendo ayuda a su padre. (Porque en aquella Isla los ruiseñores y otros pajaritos similares nunca cesan de cantar).

Y que aquel Vaguoniona, queriendo ir a buscar a dicho hijo suyo, porque lo amaba grandemente, dejados los otros en dicha caverna, se llevó consigo fuera a todas las mujeres que lactaban a los niños al pecho. Y llegado a la orilla de un gran río, los niños, estando hambrientos y gritando "Toa, Toa" (es decir, "mamá, mamá"), dicen que fueron convertidos por el Sol, junto con las madres, en ranas, y que por esto hacen aquellas continuamente similar voz.

La Creación de las Mujeres y el Origen del Mar

Pero aquel Vaguoniona, por haber tenido especial gracia del Sol, nunca fue mutado en cosa alguna, sino que después de haber ido en diversos lugares, se fue por una gruta debajo de la tierra, donde encontró una bellísima mujer, la cual le dio ciertos guijarros pequeños y redondos que llaman Cibá, y ciertas láminas de oro, las cuales afirman estar hasta el día presente cerca de algunos Caciques de dicha Isla, y se muestran con grandísima reverencia.

Y que los hombres, quedados solos en la caverna, como hemos dicho arriba, yendo la noche donde había algunas fosas llenas de agua de lluvia para lavarse, vieron ciertos animales similares a mujeres, que andaban sobre los árboles como hacen las hormigas. Y por deseo de tener mujeres, no habiéndoles quedado alguna, corrieron para querer tomar cada uno una. Pero habiéndoles puesto las manos encima, huían de sus manos, como si hubiesen sido anguilas. Y así, estando todos desesperados de no poderlas tomar, hicieron consejo de lo que se debía hacer, donde el más viejo dijo que se eligiesen entre todos ellos aquellos que tuviesen las manos callosas y ásperas, a los cuales llaman Caracaracolí. Y con estos, regresados a querer tomarlas, de muchas que tomaron, no pudieron retener sino cuatro, porque todas las otras les huyeron. Y refieren que los hijos que nacieron de estas, salieron de las cavernas, y ya el Sol no los transformó en otra cosa, sino que habitaron toda la tierra.

Del principio del Mar dicen que ya fue un hombre muy potente dicho Yaya, al cual murió un hijo que tenía solo. Y queriéndolo sepultar, y no teniendo dónde, lo puso en una grandísima calabaza, y esta la colocó a las raíces de un monte no muy lejano del lugar donde habitaba. Y a menudo iba por el deseo que tenía del hijo a verla. Y que un día entre otros, habiéndola abierto, saltaron fuera ballenas y otros peces grandísimos. De lo cual, espantado Yaya, regresado a casa, narró a los vecinos todo lo que le había ocurrido, diciendo que aquella calabaza estaba llena de agua y de infinitos peces.

Esta cosa, divulgada, cuatro hermanos nacidos de un parto, por deseo de peces, fueron donde estaba la calabaza, y tomándola en mano para abrirla, sobrevino Yaya. Estos, viéndolo, por miedo que tuvieron, la botaron en tierra, la cual por el gran peso que había en ella se rompió, y por las fisuras salió fuera el mar. Y que toda la llanura seca, la cual se veía sin fin ni término alguno por cada rincón, llena de agua, fue sumergida. De modo que solo los montes, por su altura, quedaron descubiertos de tanta inundación, y así creen que dichos montes sean islas, y las otras partes de la tierra que se ven en el mundo.

Supersticiones sobre los Muertos y la Medicina Boitío

Tienen una gran superstición: creen que los muertos, durante el día, permanecen escondidos, y que por la noche van de un lugar a otro. También afirman que estos comen un fruto llamado guanábana, del cual ya hemos hablado y del que se tratará en el siguiente libro. A veces, incluso, entran en el lecho donde duermen las mujeres indígenas, adoptando forma de hombre. Las mujeres los reconocen de la siguiente manera: si alguna, durante la noche, sospecha que un muerto ha ido a su lecho, le coloca la mano sobre el ombligo; al no encontrarlo, el muerto desaparece al instante. Esto se debe a que creen que los muertos pueden transformarse y reproducir todos los miembros del cuerpo humano, excepto el ombligo.

Dicen que de noche a menudo en las calles públicas aparecen los muertos, contra los cuales, si el hombre tiene buen corazón y no se pierde de ánimo, inmediatamente el muerto desaparece. Pero si se muestra tener miedo, aquella sombra les va encima, y les daña tanto que a menudo quedan tullidos o perdidos en alguna parte de la persona.

En esta isla están los que llaman Boitíos o Tequina, quienes —como ya hemos dicho— enseñan a los hijos de los caciques los Areytos (cantos o ritos sagrados). En determinados días, bajo una gran sombra, hacen reunir a todo el pueblo, y sentados sobre un madero les cuentan todas las supersticiones —o, mejor dicho, fábulas— ya mencionadas, y luego les dicen cómo el Cemí o Tuyra les ha hablado, qué les ha mandado hacer y lo que ha de suceder. Por ello son tenidos en gran estima por todos. También son médicos, porque conocen las hierbas y sus virtudes, y con sus jugos hacen maravillas curando heridas.

Y cuando algún cacique enferma, llaman a uno de esos Boitíos. Este, al encargarse de su cura, se obliga a ayunar y a tomar una hierba llamada Chohobba, que lo hace enfurecer y volver los ojos, como si saliera de sí. Pasado un tiempo de estos efectos, manda colocar al enfermo en medio de una estancia, donde no permite que estén presentes sino dos o tres de sus parientes más cercanos.

Entonces, el Boitío da vueltas en torno al enfermo tres o cuatro veces, torciendo el rostro y la boca, y haciendo los gestos más extraños que jamás se hayan visto con las manos y los pies. A menudo le sopla en la frente, en el cuello o en las sienes, aspirando luego el aliento hacia sí, diciendo que extrae de las venas todo el mal. Después le frota las espaldas, los muslos y las piernas, y, terminado esto, junta ambas manos y corre hacia la puerta —por donde supone que ha salido el mal—, diciendo que lo ha expulsado y que en pocos días el enfermo sanará.

Luego, regresando junto al paciente, le da a beber el jugo de algunas hierbas que lo purgan, o bien le ordena no comer hasta el día siguiente. Si ve que está por sanar, vuelve a rodearlo haciendo los mismos gestos, y mostrando abrir las manos, saca de su boca un trozo de fruta, una mazorca de maíz, un pescado o algún hueso, diciendo: “Mira, habías comido esto que no podías digerir, y yo te lo he sacado del cuerpo”.

Si, por el contrario, ve que está próximo a morir, haciendo los mismos gestos declara que el Cemí está airado porque no se le ha hecho una bella casa, o porque el cacique ha faltado a la reverencia acostumbrada, y que por eso quiere hacerlo morir.

Y cuando el cacique fallece, sus parientes principales, en algunas ocasiones, desean saber si el Cemí lo ha hecho morir o si murió por negligencia del Boitío, por no haber ayunado como debía. Entonces, realizando ciertos extraños ritos durante la noche alrededor del difunto, se acuestan a dormir junto a él y dicen haber soñado de dónde vino la causa de su muerte. Y por ello, en algunas ocasiones, hacen morir al Boitío.

Las mujeres, por su parte, si pueden conseguir algún hueso, fruto o mazorca de maíz que el Boitío haya tenido en la boca mientras curaba a un cacique, lo guardan con grandísima devoción envuelto en un paño, y dicen que está comprobado que sirve para hacer parir de inmediato a una mujer.

Estas son —o, mejor dicho, eran— las supersticiones y fábulas en que creían los habitantes de la Isla Española, engañados por sus Cemíes y Boitíos. Pero ahora, gracias al esfuerzo y diligencia de muchos valientes predicadores enviados desde España con ese propósito, en gran parte les han sido arrancadas de la mente, haciéndoles comprender que eran engañados por el demonio e instruyéndolos en la fe cristiana en la medida de lo posible.


FIN DEL PRIMER LIBRO

 

Hecho y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez

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