Historia del Nuevo Reino de Granada-Tomo primero-Juan de Castellanos (en prosa)

Canto primero

Doy gracias al cielo por haber llegado, por fin, al modesto rincón de mi morada, que por la gracia de Dios y del Rey poseo en este Nuevo Reino de Granada. Después de largos rodeos, con mi pluma mal cortada, he narrado hechos y hazañas tanto de los nuestros como de gentes extrañas. Y puesto que mi humilde lira ha cantado con sincera verdad en otros tres volúmenes donde celebré los funerales de ilustres varones en las Indias —muchos de los cuales apenas conocí más allá de una común y merecida admiración—, sería una gran ingratitud de mi parte guardar silencio sobre las hazañas del Adelantado Don Gonzalo Jiménez de Quesada. Su valentía me fue conocida a lo largo de los muchos años que compartimos, junto con los valerosos caballeros que, bajo su estandarte, combatieron y de los cuales algunos aún viven, testigos fidedignos de tan laboriosa empresa. Con el deseo de honrarles, es la verdad la que guía mi pluma en este relato.

Oh tú, madre piadosa del Altitonante, Musa excelsa del monte santo, ilumina mi ingenio con tu vigorosa voz y dulce canto para que, socorrido por tal guía, mi pluma no tiemble de espanto y pueda cumplir con mi deber de lealtad al Rey.

Recuerdo, invicto Monarca de las Españas, cómo en el año de 1536, Don Gonzalo Jiménez de Quesada, hombre docto e insigne capitán, partió del puerto de Santa Marta en busca de tierras nunca vistas. Al mando de novecientos soldados españoles y sus caballos, fue guiado por vagas noticias y ecos mal formados que lo condujeron por las orillas del río Magdalena, a través de ciénagas, pantanos y montañas inaccesibles. Las inclemencias del terreno acabaron con gran parte de su compañía, quedando solo ciento sesenta y seis hombres, malheridos, y sesenta caballos famélicos. El resto, debilitados, perecieron en los cienos, mientras el hambre y las enfermedades devoraban sus cuerpos, y las plagas del camino —garrapatas, murciélagos, mosquitos, serpientes, cocodrilos y tigres— acechaban sin piedad. Estos infortunios no podían ser suficientemente descritos.

En 1537, tras trece meses de agotadora travesía, alcanzaron tierras que, si bien fértiles y amenas por naturaleza, se mostraban aún más hermosas tras el desolador paisaje que dejaban atrás. Allí encontraron prósperas culturas que ofrecían esperanza a sus estómagos debilitados y alivio a sus cuerpos, cubiertos por la fatiga y la desnudez. Vieron gran cantidad de naturales, vestidos con telas de algodón finamente trabajadas y pintadas en variados colores, lo que les dio certeza de una civilización más avanzada y pulcra que la de los habitantes de las costas bajas.

Los exploradores, al juzgar los inicios de esta conquista, creían que requeriría una fuerza mayor a la que poseían. Los más valientes comenzaron a sucumbir al desánimo, viendo su debilidad y la falta de recursos. Pero el animoso Letrado, a pesar de contar con una tropa exhausta, soñaba con conquistar el mundo entero. Como detallaré más adelante, viendo las cualidades de la tierra y su fértil naturaleza, decidió llamar a esta nueva región "Nuevo Reino de Granada", de la que ya he tratado en diversas ocasiones. Y ahora, con la verdad como guía, procedo a narrar lo que en aquel entonces procuré dejar por escrito.

Ahora daré una relación más extensa y detallada de las conquistas llevadas a cabo, así como de las villas y ciudades que los españoles han fundado en esta región. Incluiré también las particularidades necesarias para comprender mejor el contexto. Y puesto que en otros escritos ya he descrito la ubicación y altitud de estas tierras, me limitaré aquí a señalar que lo que se conoce propiamente como el Nuevo Reino de Granada tiene una extensión de unas sesenta leguas de norte a sur, y una distancia similar de este a oeste, medida en línea recta. Sin embargo, sé bien que por tierra, debido a lo sinuoso de los caminos que evitan las asperezas del terreno, estas distancias se ven notablemente superadas.

Hacia el este, el reino está delimitado por la vastedad inmensa de los llanos que se extienden hasta el mediodía, mientras que al oeste se alzan montañas imponentes, cubiertas de bosques incultos y sierras agrestes. Al norte, el mar se encuentra a unas doscientas leguas, si se sigue la ruta más directa por montañas, aunque las dificultades que esto implicaría se suavizan gracias a los ríos navegables, que permiten el tránsito de embarcaciones aptas para sus corrientes, hasta llegar a desembarcaderos establecidos. En resumen, este territorio se presenta como una caja rodeada de grandes obstáculos naturales, y solo es posible entrar o salir de él a través de tres o cuatro estrechos pasos, cada uno en rutas muy distantes entre sí, todas igualmente desafiantes por las barreras que la naturaleza impone.

Dentro de los límites de este vasto territorio, el clima es mayormente benigno. Hay abundancia de oro, plata, cobre, plomo y piedras preciosas de gran valor. La temperatura es templada y agradable la mayor parte del tiempo, rara vez es tan fría que se necesiten chimeneas o braseros, aunque también hay ocasiones en que caen heladas y granizos, especialmente en los páramos. Sin embargo, incluso esas zonas frías son apropiadas para el cultivo de cereales, hierbas, legumbres y todo tipo de ganado, del que hoy en día tenemos gran cantidad. El uso del arado ha domado la aspereza del terreno, corrigiendo las condiciones climáticas que, en un principio, parecían adversas para la agricultura y la ganadería.

Asimismo, hay provincias cálidas con tierras de gran fertilidad, donde crecen tanto árboles frutales nativos como aquellos que los españoles han introducido recientemente. Los frutos de estas regiones cálidas llegan también a los habitantes de las tierras frías, permitiéndoles disfrutar de una diversidad de productos.

En este fértil valle, rodeado de montañas, habitaban numerosos caciques, a quienes el pueblo común pagaba tributos. La mayoría de estos príncipes servía a dos grandes reyes: uno gobernaba en Bogotá y el otro en Tunja. Estos dos monarcas, orgullosos y poderosos, competían constantemente por expandir sus dominios, lo que dio lugar a numerosos enfrentamientos y batallas. Sin embargo, ninguno de los dos logró alcanzar sus ambiciones.

Estas rivalidades eran de antigua data, transmitidas de generación en generación, aunque no puedo dar detalles precisos sobre sus orígenes debido al escaso conocimiento que estos indígenas tienen de su propia historia y de los primeros habitantes de la región. Solo puedo suponer que estos pueblos vinieron desde los llanos hacia la sierra, y que la necesidad de protegerse del frío fue lo que los llevó a vestirse y a desarrollar sus costumbres.

Es imposible obtener una comprensión clara de los siglos precedentes, aunque los indígenas tienen alguna noticia del diluvio y de la creación del universo. Sin embargo, estas historias están llenas de absurdos y contradicciones que no merecen ser escritas. Al carecer de escritura y de caracteres antiguos, no cuentan con medios fiables para preservar los acontecimientos pasados, como sí los tenían otras naciones mediante figuras jeroglíficas que representaban eventos históricos. Por ello, solo poseen recuerdos vagos y a menudo contradictorios de sucesos ocurridos poco antes de la llegada de los españoles a sus tierras.

A partir de los relatos que hemos recopilado, sabemos que lo que hoy conocemos como Bogotá, en su lengua nativa se decía Bocatá, que significa "el fin de las tierras cultivadas". Este no era el nombre del cacique, sino de la región. El penúltimo rey de estas provincias se llamaba Nemequene, que en su idioma significa "hueso de león". Y el monarca que gobernaba cuando los cristianos llegaron se llamaba Thisquesuzha, que significa "cosa noble puesta sobre la frente".

Nemequene, ambicioso y en constante rivalidad con el señor de Tunja, se valía de dos príncipes poderosos y cercanos que no reconocían la autoridad de Bogotá. Uno de ellos era Guatavita, cuyo nombre significa "alto sobre la sierra", y el otro, que en la lengua original se llamaba Ebaque (corrompido como Ubaque), significa "sangre de madero". Aunque Bogotá tenía una gran influencia y había subyugado a varios caciques vecinos, nunca pudo dominar a estos dos príncipes, que a menudo, cuando Nemequene intentaba avanzar contra Tunja, lo atacaban desde las sierras, impidiéndole actuar con plena libertad. Estos caciques eran un obstáculo constante, y Nemequene, deseoso de eliminarlos, buscaba siempre formas de deshacerse de ellos, ya que, si lograba someter sus tierras, tendría el camino libre para sus ambiciones principales.

La fortuna le ofreció la oportunidad que tanto esperaba. Los Guatavitas eran expertos orfebres, reconocidos entre los demás indígenas por su habilidad para trabajar el oro. Muchos de ellos, no siendo originarios de las tierras de Nemequene, vagaban por provincias vecinas, empleando sus habilidades para ganarse la vida, sin cumplir con las obligaciones que debían a su señor. Molesto por la falta tanto de tributos como de mano de obra, Nemequene decretó que todos los Guatavitas debían regresar a sus tierras de origen. Ordenó que cualquier cacique que necesitase de los servicios de estos artesanos debía entregar dos de sus propios súbditos en compensación, para que residieran con el cacique de Guatavita mientras el orfebre se encontraba ausente.

En aquella época, los señores y los principales indígenas acumulaban metales preciosos, ya fuera por contratos o de otras maneras, y su mayor orgullo eran las joyas y adornos que lucían tanto en vida como en la muerte. Por ello, no fue difícil cumplir con las exigencias de Nemequene, y en poco tiempo Guatavita tenía más de dos mil trabajadores de otras tierras en reemplazo de sus orfebres, lo que aumentó tanto sus rentas como su jactancia. Guatavita afirmaba que hasta los señores más altos le reconocían su autoridad, ya que empleaban a sus vasallos.

Sin embargo, como sucede a menudo, los humanos miden el éxito por las apariencias, y lo que parecía una gran ventaja para Guatavita terminó en su ruina total. La mayoría de los nuevos trabajadores eran súbditos de Bogotá, y Nemequene había tramado con ellos un plan: cuando llegara el momento y él atacara, estos hombres debían asesinar al cacique de Guatavita, a sus hijos, sobrinos y herederos cercanos.

Estos indios estaban atentos, esperando la orden sin que nadie sospechara de sus intenciones. Sin embargo, Bogotá encontró un obstáculo para llevar a cabo su ataque. Ese obstáculo era un capitán llamado Guasca, cuyo nombre significa "fin de tierra". Era un fiel vasallo del señor de Guatavita, y en quien este confiaba para proteger el paso por donde Bogotá podría hacerle daño. Guasca gobernaba un poblado a poco más de una legua de la residencia de Guatavita, y su presencia con un numeroso grupo de personas aseguraba la protección del cacique.

Bogotá, reconociendo que Guasca era un impedimento para sus planes, logró corromperlo a través de intermediarios, sobornos y promesas constantes. Finalmente, Guasca traicionó su lealtad y permitió el paso libre a Bogotá una noche, e incluso participó en el ataque como un traidor dentro de la casa, junto con otras espías internas. Cercaron la residencia del cacique cuando él y sus herederos dormían, desprevenidos y sin sospechar de la muerte que se les acercaba. La emboscada fue rápida y violenta, y todos fueron fácilmente eliminados, dejando a Bogotá como dueño de la provincia sin peligro para su gente.

Bogotá consolidó su poder con guarniciones y dejó a un hermano suyo como gobernador. No quiso perder la oportunidad que la fortuna le brindaba, por lo que inmediatamente lanzó una guerra abierta, invadiendo las tierras de Ubaque. Envió dos ejércitos por diferentes rutas para atacar. Ubaque, un cacique poderoso, resistió valientemente los ataques durante seis o siete meses (contados por lunas, según la costumbre de los indígenas). Sin embargo, al ver la gran fuerza de sus enemigos y la disminución de sus propios vasallos, agotados por la prolongada guerra, decidió rendirse.

Como parte de su rendición, Ubaque propuso que Bogotá tomara como esposas a sus dos hijas doncellas. Bogotá aceptó las condiciones y Ubaque quedó sometido a su dominio. Aunque Ubaque encontraba la sumisión más tolerable al tenerlo como yerno, Bogotá tomó a la hija mayor para sí y casó a la menor con uno de sus hermanos. La ceremonia y los festejos fueron celebrados con la costumbre local, que consistía en desordenadas embriagueces, sin más ceremonias ni intermediarios formales.

En esas tierras, cuando alguien quería casarse con una mujer, negociaba directamente con los padres o parientes de ella. Acordaban un precio por la novia, y si los familiares no quedaban satisfechos con la cantidad ofrecida, el comprador tenía la opción de aumentar la suma en dos ocasiones. Si después de la tercera oferta no lograba cerrar el trato, buscaba una esposa más barata. Si lograba llegar a un acuerdo, la novia se entregaba sin necesidad de rituales adicionales, y el comprador se la llevaba tras realizar el pago. Las bodas no incluían más dote que veinte múcuras (ánfora de barro) de chicha (una bebida fermentada hecha de granos molidos) y algunas festividades tradicionales llamadas "alhajuelas".

Las costumbres de los indígenas de este reino en cuanto al matrimonio y las relaciones entre hombres y mujeres eran muy diferentes a las nuestras. Para casarse, el hombre debía entregar un pago, no a la mujer, sino al esposo anterior o a los padres de ella. Además, el número de esposas que un hombre podía tener dependía únicamente de sus recursos económicos.

Por su parte, los reyes y caciques, al enterarse de la existencia de alguna doncella hermosa, la solicitaban a sus padres, quienes se la entregaban sin oponerse. Estas mujeres servían a los caciques de forma desnuda durante un tiempo. Luego, cuando se consideraban dignas de convertirse en esposas, se les proporcionaba la vestimenta habitual de las demás mujeres.

Gracias a este tipo de costumbres, Bogotá terminó teniendo una gran cantidad de mujeres en su séquito. Luego de someter al cacique Ubaque, quien gobernaba una extensa región, Bogotá dejó tropas bien armadas para garantizar la seguridad de sus nuevas provincias. Con los despojos obtenidos, regresó a su reino, donde fue recibido con celebraciones, bailes y canciones que narraban sus victorias.

A pesar de sus conquistas, aún quedaban tres caciques cercanos que no estaban bajo su dominio: Siminjaca, cuyo nombre significa "nariz de lechuza"; Susa, que se traduce como "paja blanda"; y Ebaté, que solemos llamar Ubaté, lo que significa "sangre derramada". Bogotá marchó contra ellos con un poderoso ejército, y aunque la lucha duró muchos días, con victorias de ambos lados, finalmente logró someterlos. Los hizo tributarios, dejando guarniciones y líderes militares al mando de su hermano, quien ya gobernaba Guatavita, convirtiéndose así en el general y teniente de las provincias conquistadas.

Este hermano, como muchos de los vencedores codiciosos, empezó a actuar con crueldad. Se dedicó a inquirir sobre las riquezas y tesoros de aquellos que antes de la conquista eran considerados ricos. Siempre hay quienes buscan congraciarse con los poderosos, por lo que nunca faltaban informantes dispuestos a revelar los secretos de los tesoros escondidos. Así fue como alguien le habló del tesoro de Ubaque, que se encontraba oculto en una fortaleza en un peñol rodeado en su mayor parte por un profundo lago.

Cegado por la codicia, decidió apoderarse de ese tesoro. Sin embargo, la operación no podía ser llevada a cabo en secreto, ya que era necesario movilizar un ejército bien armado, lo que haría evidente su paso. Para llegar al tesoro, debían atravesar las tierras de Chiguachí, un cacique vasallo de Ubaque. Aun así, el líder confiado, restó importancia a este obstáculo, diciendo que Bogotá le había ordenado acercarse de noche para supervisar las guarniciones que él mismo había colocado y así verificar su vigilancia.

El cacique Chiguachí, confiando en las palabras de los soldados que le dijeron que Bogotá los había enviado para inspeccionar las guarniciones, les permitió pasar. Sin saber que estaba siendo engañado, permitió la entrada de los escuadrones enemigos al fuerte peñol, un lugar que resguardaba las riquezas de la región. Los invasores atacaron sin piedad, matando a los indios que custodiaban el tesoro. Algunos lograron escapar y, con gran urgencia, llevaron la noticia del asalto a su señor, Ubaque.

Ubaque, al escuchar que alguien había puesto las manos en el tesoro, donde él había depositado su confianza y seguridad, saltó del lecho lleno de furia. Inmediatamente reunió a su gente y pidió ayuda al comandante de la guarnición, quien tenía el control de la defensa. Sin embargo, este comandante, sospechando que el hermano de Bogotá no se habría atrevido a realizar tal acto sin la aprobación de su señor, decidió mantenerse neutral y no ofreció apoyo ni a un bando ni al otro.

Viendo la indecisión del comandante, Ubaque, junto con sus vasallos más cercanos, rodeó el peñol y lanzó varios ataques, intentando recuperar el tesoro. Durante más de cinco días, el capitán codicioso que había tomado el peñol resistió, impulsado por el deseo de quedarse con las riquezas. Su avaricia le dio el valor y la perseverancia necesarios para mantener su posición, a pesar de los continuos asaltos de Ubaque.

No obstante, con el paso de los días, las provisiones comenzaron a escasear y las fuerzas de Ubaque seguían aumentando. Viendo que no podría sostenerse mucho más tiempo dentro del peñol, y que sus intentos de escapar eran cada vez más difíciles, el capitán decidió enfrentar a Ubaque en una última batalla. Pero antes de hacerlo, recogió todo el tesoro y, en un acto desesperado, lo lanzó al fondo del lago profundo que rodeaba el peñol.

Mientras arrojaba las riquezas al agua, pronunció estas palabras:

— "Tú, que alimentas las guerras, nunca más verás movimientos de pechos avarientos. Me conformo con que busques el fondo del lago. Sería justo que todo lo que hay en el mundo desapareciera contigo, pues tu deseo siempre viene acompañado de pensamientos inquietos y jamás tienes un momento de paz. La codicia, que todo lo ilumina, pero a la vez ciega, es insaciable y roba el sueño. Por eso, para que tu dueño pueda dormir sin tu tormento, te entierro en estas aguas desoladas. Aquí te quedarás oculto, y ni el sol ni la luna volverán a verte."

De esta manera, el tesoro desapareció en las profundidades del lago, y con él se esfumó la esperanza de quienes lo codiciaban.

El capitán codicioso, después de lanzar el tesoro al lago, se dispuso a salir a la batalla con sus escuadras en orden. En su mente, el deseo de derramar sangre no era menor que el afán por las riquezas que acababa de ocultar. Sin embargo, la multitud de fuerzas opuestas lo superó rápidamente, arrebatándole la vida y el esfuerzo en poco tiempo, junto con algunos de los más destacados de sus hombres.

Ubaque quedó victorioso, aunque su victoria no le devolvió la esperanza de recuperar el tesoro que había caído en el olvido bajo las aguas. Además, un gran temor se apoderó de él, pues sabía que Nemequene, el gran cacique, no dejaría impune la muerte de su hermano, a quien apreciaba mucho por su valor. Previendo las consecuencias, Ubaque, sagaz en su proceder, envió mensajeros bien instruidos a Nemequene para ofrecerle una disculpa por lo ocurrido. En su mensaje, explicó que el ataque que había sufrido fue totalmente inesperado y ajeno a su voluntad. Justificó que el asaltante, en lugar de defenderlo como debía, intentó robarle y quitarle la vida, lo que provocó la batalla y la muerte del hermano del cacique, algo que, según él, fue permitido por el cielo.

Los mensajeros partieron bien equipados, ya que era costumbre presentar obsequios cuando se dirigían a un cacique, ya fuera local o extranjero. Ubaque los proveyó de joyas y regalos de gran valor, y así llegaron al cercado de Nemequene, el lugar donde el cacique vivía en grandes aposentos, superando en tamaño y suntuosidad a los de cualquier otro. Al llegar, los mensajeros fueron recibidos con la debida cortesía, y se les permitió presentar la embajada al Señor, siguiendo el protocolo de dar la espalda, encorvados, en señal de reverencia, ya que se consideraba irrespetuoso hablarle cara a cara a un señor.

Nemequene, un hombre severo y atento, escuchó con calma lo que los mensajeros tenían que decir, sin mostrar ninguna alteración. Después de escucharlos, mandó llamar a Ubaque para que se presentara en persona y diera su descargo. Ubaque, sin intentar excusarse, entendió la voluntad del rey y partió de inmediato hacia su presencia, llevando consigo un rico presente. Entre sus ofrendas, había veinte hermosas doncellas adornadas con joyas, cien cargas de la mejor ropa de su tierra, muchas esmeraldas finas, animales de oro y otros obsequios de gran valor.

A pesar de todas estas riquezas, Nemequene aceptó solo dos telas de algodón, como símbolo de ceremonia, pues afirmaba que no era justo tomar algo del acusado que pudiera torcer la justicia. Finalmente, después de analizar los descargos y comprender la verdadera culpabilidad de su hermano en los acontecimientos, tras seis o siete meses, Nemequene permitió que Ubaque regresara a su casa, libre y con honores.

Posteriormente, este rey, buscando asegurar un gobierno pacífico y justo en su reino, dictó muchas leyes, las cuales se transmitieron de generación en generación a través de la memoria de los hombres. Estas leyes se fueron arraigando y permanecieron en vigor incluso hasta los días en que los españoles llegaron a esas tierras. Una de sus leyes más estrictas ordenaba que quien matara debía morir, sin importar si los parientes de la víctima lo perdonaban, pues la vida solo podía ser dada por Dios, no por los hombres.

Mandaba también la muerte a quien forzara a una mujer, y si el culpable era casado, debía dormir junto con dos solteros con la esposa de uno de ellos. Aquellos que tuvieran relaciones con su madre, hija, hermana o sobrina, eran castigados de manera brutal: se los sumergía en un pozo angosto lleno de sabandijas obscenas, y se les cubría con una gran losa hasta morir miserablemente. Las mujeres que participaban en tales actos también sufrían la misma pena.

El sodomita, por su parte, debía morir bajo tormentos ásperos, y dejaba la puerta abierta para que futuros reyes aumentaran la severidad de estos castigos. Como resultado de estas leyes, los naturales de este reino siempre se mantuvieron limpios de este horrendo mal, lo que no podía decirse de otras naciones cercanas.

Nemequene estableció una serie de leyes que reflejaban su sentido de justicia y control sobre su reino. En primer lugar, decretó que si una mujer casada moría durante el parto, su esposo perdería la mitad de su fortuna, la cual sería entregada a los padres de la difunta o, en su defecto, a sus familiares más cercanos. Si la criatura sobrevivía, el padre no tenía más obligación que hacerse cargo de su manutención.

Dictó también que ningún señor podía ser transportado en andas por sus sirvientes, a menos que hubiera sido autorizado por el propio Nemequene, como un honor reservado a quienes hubieran prestado servicios extraordinarios. Asimismo, limitó el uso de vestimentas y joyas a la gente común, otorgando únicamente a los Uzaques, los nobles de mayor rango, el privilegio de perforar sus orejas y narices y adornarlas con joyas.

En cuanto a los bienes de aquellos que morían sin herederos, ordenó que fueran incorporados a las arcas reales. Además, impuso severos castigos para quienes mostraran cobardía en la batalla: los que huyeran antes que su capitán sería condenado a una muerte deshonrosa, mientras que los cobardes debían ser vestidos con ropa de mujer y obligados a realizar labores femeninas, hasta que el rey decidiera su liberación de la humillación.

Para los delitos menores, Nemequene estableció penas más leves, como rasgar la manta que cubría al culpable o cortarle el cabello, una afrenta considerable, pues el pelo largo era motivo de orgullo. Este tipo de castigo fue incluso adoptado más tarde por los españoles, aunque ya no afectaba tanto a los nativos, pues sabían que su cabello volvería a crecer.

Finalmente, tras consolidar su poder en la región, Nemequene solo tenía un rival digno de enfrentar: el rey de Tunja, un príncipe poderoso. Decidido a someterlo, convocó a los principales líderes de su corte, quienes acudieron en el tiempo señalado. Sentado en un trono elevado, Nemequene les dirigió un discurso en el que destacó sus múltiples victorias y la sumisión de todos los caciques vecinos. Afirmó que ya no quedaba ningún enemigo que pudiera desafiar su dominio, excepto el rey de Tunja, cuya resistencia consideraba una afrenta para su poder. Por ello, expresó su deseo de reunir un ejército y acabar definitivamente con su rival.

Nemequene, decidido a preparar su campaña contra el rey de Tunja, se dirigió nuevamente a sus vasallos y les dio instrucciones claras: cada uno debía estar listo con sus hombres y traer a sus aliados a su presencia, con sus tropas y armamento debidamente preparados. Aclaró que aquellos que mostraran más valor y dedicación en su servicio serían recompensados y contaría con su favor.

Les otorgó un plazo de treinta días para movilizar sus tropas, con la advertencia de que debían estar listos para partir al final de ese tiempo. Tras dar sus órdenes, les instó a que comenzaran los preparativos desde esa misma semana, pues la primavera ya había llegado y era el momento ideal para llevar a cabo la expedición.

Así, obedientes a su mandato, los príncipes y nobles regresaron a sus territorios y comenzaron a reunir a sus guerreros más experimentados. Estos se armaron con macanas, dardos, picas, hondas y flechas, preparándose para la batalla. Entre ellos, los indios Moscas, que habitaban en las tierras frías, destacaban por su uso de las "tiraderas", una peculiar arma hecha de pequeños dardos de carrizo con puntas de madera endurecida. Los lanzaban con la ayuda de un pequeño palillo que prolongaba la longitud del dardo, aumentando su alcance y precisión.

Aunque no eran armas letales, comparadas con las flechas lanzadas por cerbatanas que algunas tribus utilizaban, las tiraderas eran eficaces en combate. Las cerbatanas, por su parte, disparaban dardos envenenados de puntas diminutas, con un poco de algodón en la base para asegurar precisión. Estos proyectiles, aunque de impacto leve, eran peligrosos por el veneno mortal que transportaban, causando graves dolores y efectos letales si alcanzaban su objetivo, a menudo sin que la víctima pudiera reaccionar a tiempo.

Con sus guerreros listos, las huestes de Nemequene se preparaban para enfrentar al rey de Tunja, confiando en su habilidad y en las armas que tanto habían perfeccionado.

Sin embargo, las tiraderas de los indios Moscas, aunque efectivas, eran fácilmente contrarrestadas con escudos ligeros. A pesar de su destreza en el uso de estas armas, los Moscas eran guerreros menos formidables que sus oponentes, ya que su principal actividad se centraba en las ferias y mercados, donde se reunían en lugares determinados para intercambiar una variedad de mercancías, a menudo utilizando trucos astutos similares a los de los más ingeniosos comerciantes.

Con sus tropas reunidas, cada cacique traía consigo abundantes provisiones y un número considerable de mujeres, que ofrecían como regalos en la jornada ante su gran señor, al que conocían como Cipa. Así, todos se presentaron en el tiempo señalado en los amplios y verdes campos de Bogotá, la capital de estos reinos. Allí, tomaron posiciones en distintas áreas, cada cual, con sus insignias de variados colores, de modo que la lealtad de cada grupo se pudiera identificar fácilmente a través de las tiendas y pabellones que habían montado.

Con los escuadrones organizados, Nemequene, acompañado por todos los Uzaques de su corte, nobles de alta alcurnia, se dispuso a realizar un censo general. Al finalizar, contabilizó a más de cincuenta mil hombres de guerra, todos bien armados y con abundantes suministros. Luego, comenzaron los preparativos para realizar sacrificios, ofreciendo víctimas humanas y otros elementos en honor a los xeques agoreros, sacerdotes y ministros de su religión. Confiaban plenamente en las palabras y augurios de estos sacerdotes, quienes desempeñaban un papel fundamental en su vida espiritual y social.

Por medio de estas ofrendas, cada individuo presenta sus tributos al santuario, que consisten en una variedad de figuras elaboradas en oro. Se pueden encontrar representaciones de culebras, ranas, lagartijas, mosquitos, hormigas y gusanos, así como casquetes, brazaletes, diademas y vasos de diversas formas. También hay figuras de leones, tigres, monos y zorros, además de aves de todas clases y colores. El xeque, sacerdote de la comunidad, realiza estas ofrendas ante los ídolos que veneran, que varían en materiales, siendo algunos de oro y otros de madera o hilo, y presentan formas tanto grandes como pequeñas, aunque muchas veces están mal tallados y con cabelleras de aspecto tosco.

Además, es común la fabricación de ídolos de cera y barro blanco, que siempre se presentan en parejas, macho y hembra. Estos ídolos son adornados con mantas que se colocan dentro de los infames santuarios, donde los xeques residen con gran recogimiento y abstinencia. Estos sacerdotes llevan una vida austera, consumiendo poco alimento y eligiendo solo cosas ligeras y de escasa sustancia. No están casados y viven en castidad; cualquier sospecha de comportamiento contrario a esta norma puede llevar a su destitución, pues son considerados hombres santos, dignos de respeto, honra y veneración. La comunidad se consulta con ellos en asuntos graves, y su comportamiento debe ser acorde a su dignidad.

Los xeques hablan poco y duermen menos, dedicando gran parte de la noche a mascar ayo, hojas similares a las del zumaque. Este hábito también se extiende a su agricultura y sus efectos son evidentes; se necesita un gran vigor para aprovechar el jugo de estas hojas, pues les ayuda a sobrellevar la sed y el hambre. Curiosamente, se ha observado que los indios, independientemente de su edad, suelen morir sin sufrir problemas dentales, lo que es común entre las diversas naciones de estas Indias. En muchas comunidades, tanto nativas como españolas, se ha adoptado el uso de la coca, que se cultiva en Pirú, como un recurso valioso.

Los indios también complementan su consumo con un polvo elaborado a partir de ciertos caracoles, el cual mezclan en un recipiente conocido como poporo, que es un calabazo donde introducen un palillo. El residuo que se adhiere a este utensilio lo recogen con el ayo y lo llevan a la boca.

Por el alto aprecio que tienen por estas hojas, los indígenas sahumaban a sus ídolos con ellas. Sin embargo, de entre los perfumes que utilizan, destaca una trementina parda de mal olor, así como caracolillos y almejuelas. Su aroma no se asemeja al de las "ochinas" del mar Bermejo, conocidas por su fragancia, sino que es de un hedor abominable, digno del hijo de la maldad que lo manda. A pesar de reconocer que estos ídolos, obras de sus propias manos, carecen de poder para satisfacer sus súplicas, continúan venerándolos, afirmando que el diablo lo ordena y que en ellos debe residir su honra.

No niegan la existencia de un Dios omnipotente, un señor universal y siempre bueno que creó todo. Sin embargo, creen que el sol es la criatura más resplandeciente, por lo que deben adorarlo, al igual que a la luna, a la que consideran su compañera. También sostienen la creencia en la inmortalidad de las almas, afirmando que solo los cuerpos mueren, mientras que las almas descienden al centro de la tierra, donde cada uno tiene su propia provincia, términos y lugares asignados. Allí, creen que encontrarán casas y labranzas, disfrutando de una vida tranquila. Esta visión se mezcla con la idea de que todos los seres, buenos y malos, son tratados por igual en el más allá.

Además, esperan un juicio universal, convencidos de que los muertos resucitarán para vivir eternamente en este mundo, tal como lo hacen ahora, ya que presumen que este mundo es perdurable y continuará existiendo tal como lo conocen. Las diversas opiniones que circulan en este contexto son tan absurdas que podrían considerarse un conjunto ridículo de disparates. Como carecen de fundamentos sólidos de verdad, se confunden en sus creencias, y rara vez coinciden en algún punto.

No todos ofrecen sacrificios en los templos ni a los ídolos, pues muchos rinden homenaje a las sierras, lagunas, fuentes, ríos, cuevas, quebradas y peñascos, donde también realizan sus ofrendas. Sin embargo, no pueden señalar quiénes fueron los primeros en establecer tales ceremonias, lo que demuestra la confusión y falta de claridad en sus prácticas religiosas.

Se dice que, en tiempos pasados, llegó un extraño conocido como Neuterequeteua, también llamado Bochica o Xueque, aunque algunos sostienen que fueron tres individuos distintos quienes llegaron en diferentes épocas, predicando sus enseñanzas. Sin embargo, lo más común es considerar que todos esos nombres se refieren a una misma persona.

Este hombre tenía una larga barba y cabellos que le llegaban hasta la cintura, recogidos y ceñidos con una venda, similar al rodete que utilizan los antiguos fariseos, quienes se colocaban anchos filacterios o coronas sobre la cabeza. Así, él también llevaba una especie de adorno en la frente, en la que se colocaban los mandamientos del Decálogo. En el centro de este rodete, adornado con plumas, caía una rosa sobre sus cejas, dando un aspecto peculiar.

Se dice que caminaba descalzo, vistiendo una almalafa cuyas puntas ataba sobre el hombro con un nudo. Esta vestimenta es considerada la razón por la que adoptaron el hábito de andar sin calzado y con el cabello largo, ya que las barbas eran poco comunes entre ellos.

Neuterequeteua predicaba numerosas enseñanzas, muchas de las cuales, a pesar de ser buenas, fueron rápidamente olvidadas. Con el tiempo, llegó una mujer de gran belleza que traía consigo doctrinas muy diferentes a las suyas. Algunos la conocían como Chie, otros como Huitaca, y algunos más como Jubchrasguaya. Su influencia fue tal que reunió a una multitud de seguidores, quienes se sentían atraídos por sus palabras.

Sin embargo, las enseñanzas de esta mujer eran consideradas perjudiciales, lo que llevó a Neuterequeteua a intervenir. En un acto de desdén, le otorgó plumas y convirtió sus miembros en los de una lechuza, simbolizando así su desaprobación por su predicación.

Las historias de transformaciones son tantas que, si intentáramos recordarlas todas, solo ese relato podría ocupar más páginas que el de cualquier poeta famoso. Sin embargo, por su ridiculez, prefiero no mencionarlas todas. Pero hay una, en particular, que creo merece ser anotada: la afirmación de que entre los indios hay grandes hechiceros de ingenio notable. Algunos de ellos se transforman en leones y tigres a voluntad, causando el mismo terror que las bestias que suelen devorar carne humana.

Es comprensible dudar de tal hecho, tan espantoso y aterrador. Pero, considerando que esos maestros de maleficios, cuyas artes dañan a muchos con sus abominaciones, encuentran un eco en lo que leemos en los textos antiguos, podemos suponer que también son hábiles en enseñar estas ilusiones a las gentes que están bajo su dominio, quienes son especialmente propensas al mal y carecen de la capacidad para realizar cualquier acción virtuosa.

Así, Huitaca, que creo que no puede ser otra cosa que un demonio, arrastraba consigo a esa bárbara multitud que seguía sus errores, ritos y ceremonias absurdas que perduran hasta el día de hoy, sin que ningún ministro de la fe cristiana logre apartarlas de su memoria.

Por otro lado, Bochica, que es el mismo Neuterequeteua a quien veneran como un santo, no me parece que merezca tal título. Aseguran que murió en Sogamoso, que es el centro de la idolatría y el abismo de estos errores.

Al momento de su muerte, según se dice, dejó como heredero a un cacique que heredó su gran santidad y poder. Hoy se considera que ese territorio es tierra sagrada y que el cacique tiene el poder de alterar los climas: puede hacer llover, granizar e incluso enviar heladas, así como provocar otros fenómenos meteorológicos que afectan las regiones altas y bajas.

Por esta razón, de todas partes del reino, muchas personas acuden en romería a ese lugar en busca de remedios para sus males, trayendo ofrendas de gran valor, las cuales son entregadas al cacique, quien a su vez las entrega al xeque encargado del santuario. En su momento, revelaremos la riqueza y el caudal que poseía este lugar cuando los españoles llegaron, pero por ahora basta con mencionar la reputación de Sogamoso entre estos indígenas. Ellos creen que su ira es la causa de los daños que sufren en sus personas, casas o cultivos.

Cuando hay heladas que queman los maíces, se dice que el cacique tiene la costumbre de cubrirse con una manta blanca, como un símbolo de la pruina. Se muestra solo, melancólico, inconversable y triste, de manera que la gente reconozca que él es el causante de la plaga, y no la región baja donde los vapores gruesos del frío se convierten en agua pruinosa.

Estas vanidades que tanto jactan en Sogamoso se hicieron más evidentes cuando el arzobispo don Luis Zapata y el tesorero don Miguel de Espejo, actual vicepresidente, visitaron su provincia. Durante su escrutinio de estas vanas supersticiones, algunos indios revelaron que el cacique actual, don Felipe, quien había profesado la fe cristiana, le decía a su gente: «¡Perros, no me tenéis miedo! Sabéis que tengo el poder de traer pestilencias contagiosas, la dolencia de viruelas, dolor de muelas, calenturas y otras desventuras; con este poder mío, puedo hacer crecer todas las hierbas, legumbres y plantas que existen.»

Tales declaraciones fueron testificadas, aunque él se mantuvo firme en negarlas. Sin embargo, lo cierto es que existe una costumbre entre los embaucadores segamosos de hablar a esta gente ignorante, que les da más crédito a estas palabras que a las enseñanzas de aquellos que les predican cosas santas. Estos embaucadores contradicen sus desvaríos y el culto a ídolos nefarios, a quienes hoy ofrecen más que nunca aquellas cosas que consideran necesarias para tenerlos propicios y satisfechos, con el fin de conseguir lo que desean.

Antes de realizar el ofrecimiento, un gran número de hombres ayuna durante muchos días. Es digno de notar la abstinencia y el recogimiento con el que viven durante este tiempo. No se lavan el cuerpo, a diferencia de la costumbre habitual, y no tocan a mujeres, ni ellas a hombres; además, evitan comer carne y pescado, consumiendo solo alimentos de muy poca sustancia, sin sal y sin ají, siendo este último el gusto que más les satisface.

A pesar de saber que podrían perder la vida en su empeño, los fieles se mantienen firmes en su abstinencia y recogimiento. Una vez concluidos los días de ayuno, denominados "saga", entregan al xeque (líder religioso) las ofrendas que deben dar al Santuario.

El xeque, también practicando una gran abstinencia, presenta las ofrendas y consulta al demonio sobre los propósitos del oferente. Luego, el xeque le transmite al indio el mensaje recibido del demonio, el cual se expresa en palabras ambiguas. Aun sin comprender del todo el significado, el indio se retira contento con la respuesta obtenida.

Una vez concluido el ritual, se lavan con un cierto jabón que tienen, se visten con nuevas mantas y se adornan, invitando a amigos y parientes a un banquete que puede durar varios días. Durante estas celebraciones, consumen abundante chicha, el brebaje que elaboran a partir de granos. Danzan y cantan juntos, entonando canciones con medidas y consonancias similares a los villancicos, donde relatan sucesos tanto presentes como pasados, ya sean anécdotas o temas graves, vituperando o engrandeciendo el honor o deshonor de quienes son objeto de sus relatos.

En las situaciones graves, mantienen un compás, mientras que en las alegres utilizan una proporción adecuada. Su modo de cantar es algo frío, y todos sus bailes son del mismo estilo. Sin embargo, se mueven con tal precisión que no desentonan ni un solo compás en sus gestos y movimientos.

Incluso cuando arrastran materiales pesados para sus edificios, ya sean los suyos o los nuestros, lo hacen acompañados de bailes y cantos, siguiendo una guía en el vaivén de su voz, como lo harían los marineros. Se presentan muy adornados, luciendo grandes medias lunas en la frente, cuyos cuernos se alzan hacia arriba, dando la apariencia de ser de buen oro.

Tras ellos, van mujeres que cargan numerosas jarras de vino, que llevan a donde sea que se dirijan. Estas jarras son esenciales para su abastecimiento en los intercambios y más aún en las contiendas bélicas, tal como lo hizo Nemequene, a quien dejé realizando sacrificios bajo el propósito declarado.

Como el xeque le había informado que su viaje sería afortunado, pronto se organizó la partida de la tumultuosa compañía, causando grandes estragos en las tierras de Turmequé, donde gobernaba un poderoso cacique que era vasallo del rey de Tunjano. Este, al enterarse de sus intenciones con varios días de antelación, había convocado a un numeroso ejército de guerreros, igualando en cantidad a los de su adversario.

Entre tanto, Sogamoso también se había unido a su causa con más de doce mil valientes. Ambos líderes se encontraron en lo que ahora llamamos el Arroyo de las Vueltas, donde el pequeño río dividía los campos que cubrían los llanos y laderas.

Antes de que comenzara la batalla, los reyes enviaron mensajeros. El de Bogotá, acompañado de uno de sus criados más destacados, se dirigió al de Tunja con un mensaje que decía:

«Tunja, hombre prudente, me sorprende que confíes tanto en tu bravura y quieras competir conmigo, sin que temas mi poder. Tú, que sueles dar consejos precisos a los demás, ten cuidado de no perderte, pues a través de medios más sensatos que la guerra disfrutarás de tus tierras y vasallos.

Sin arrastrarlos a enfrentamientos, donde tengo asegurada la victoria, ya que es evidente que mi mano allana cualquier camino. Te sería mucho mejor y sería lo correcto que me reconocieras como tu señor, un honor que le corresponde a mi linaje.»

«Si me prestas oído y obediencia, serás perdonado por mi clemencia, querido y respetado en mis reinos. En todos sus gobiernos tendrás voto. Pero si decides apartarte, no podrás escapar de mi ira. Tienes tiempo, así que mira tus intereses antes de que comiencen los enfrentamientos y se deshonren los que me acompañan.

Me mueve la compasión, pues no deseo la muerte de tanta gente».

Al recibir este mensaje, Tunja y sus consejeros se sintieron alterados, pero, fiel a su reputación, Tunja respondió al mensajero que se marchara y que al día siguiente daría una respuesta reflexionada. Así lo hizo; a la mañana siguiente, envió a uno de sus criados con un mensaje que decía:

«Gran Nemequen, me maravilla tu petición, ya que pides que, sin ver el resultado de esta contienda, me declare tu súbdito y obediente. No puedes pretender que acepte tal solicitud, cuando es evidente que la fortuna puede ser caprichosa y las opiniones humanas, falibles.

Bien sabes que en este suelo la fortuna puede golpear con gran fuerza, y ninguna potencia está tan firmemente establecida que no pueda ser arrastrada por su inconstancia. Afirmas que se te debe respeto por tu antiguo linaje, y yo también digo lo mismo de los míos.

Los desafíos deben servir para demostrar quién es el mejor, y quien defienda su nobleza dejará clara su grandeza.»

«A la prueba te invito con tu gente; si por ti se siente tanta muerte, hagamos, como hombres fuertes, un examen en singular certamen, donde el vencido sea tributario y deba reconocer a su contrario como señor.»

Al escuchar la embajada, Nemequen se sintió abrumado por la audacia de Tunja. Aunque su valentía le incitaba a aceptar el desafío, todos los Uzaques le advirtieron que no lo hiciera. Argumentaron que era desmesurado para un príncipe de tan alto rango combatir contra un cacique al que ya consideraba su vasallo. Tenía bajo su mando tantos reinos y un ejército tan nutrido de guerreros hábiles en la lucha, que arriesgarse a un combate singular sería una temeridad.

Era evidente que la ventaja estaba ya definida en términos de ánimo, vigor, destreza y arte. Por tanto, un asunto de tal envergadura no debía depender de un solo hilo, que podría romperse en cualquier momento. Con esta lógica, todos le rogaron que se le permitiera librar la batalla de poder a poder.

Así, ordenados los escuadrones de ambos reinos, se dio inicio a la sangrienta contienda. En el fragor de la lucha, no había tempestad ni viento que se comparara con la furia de aquellos salvajes en los primeros asaltos. En el suelo manchado de sangre, los penachos y diademas de los caudillos caían mientras se batían con la muerte. Algunos eran atravesados por lanzas, otros recibían duros golpes de piedras lanzadas con hondas, y muchos quedaban con brazos y piernas rotas tras los feroces ataques con macanas. El aire se rompía con los gritos de combatientes de ambos bandos.

Nemequen se movía con gran pompa, animando a sus hombres mientras que Tunja hacía lo mismo con igual fervor. A pesar de la evidente ansia de ambos por encontrarse, la confusión de la batalla les impedía hacerlo. Sin embargo, un evento mucho más significativo ocurrió: un dardo silbante cruzó el aire y hirió a Nemequen en el lado derecho, cerca de la tetilla. Sin esperar a que otros le ayudaran, él mismo extrajo la punta del dardo.

El dolor fue tan intenso que, dirigiéndose a los que lo protegían, les dijo: «Amigos, me siento gravemente herido, y la herida es tan cruel que ya no confío en mi vida. Venganza es lo que espero de ustedes, y no se sientan menoscabados por mi daño, porque si no me engaño, pronto tendrán la victoria por suya.»

Quiso añadir más, pero el dolor le dificultaba el habla, y su sufrimiento causó gran conmoción entre los presentes, quienes se sumieron en un estado de pánico y éxtasis. Muchos intentaron sacarlo del combate, y el eco de la angustia se extendió rápidamente entre los combatientes. Ante esta confusión, Tunja, reconociendo el desánimo de su enemigo, redobló sus esfuerzos, lo que llevó a que sus oponentes se replegaran.

Incluso Chocoritá se unió a la victoria de Tunja, quien se retiró dejando los campos llenos de caídos. Aquellos que lograron sobrevivir llevaban a Nemequen en andas, sin detenerse ni un instante, de día y de noche, hasta llegar a Bogotá. Allí, los xeques asumieron la responsabilidad de curarlo, pues también eran médicos y conocían las virtudes de las hierbas. En el proceso de curación, no escatimaron en ridículas ceremonias que acompañaban sus prácticas.

Las insanas diligencias de los xeques no dieron frutos, pues en el transcurso de tres o cuatro días, o del quinto, Nemequen dejó de respirar. Sus vasallos, como era costumbre, se sumieron en un llanto prolijo, entonando endechas y cantos tristes que narraban sus hazañas y los acontecimientos que lo rodearon.

Durante la celebración de los funerales, se cubrían con mantas coloradas y muchos se teñían el cabello con bija rubicunda, ya que así expresaban su luto. Estas ceremonias se acompañaban de abundante vino de su grano, llevando a cabo suntuosas borracheras que duraban el tiempo que correspondía a la importancia de los ritos. Sin embargo, en el entierro de los señores, solo los xeques acompañaban al difunto hasta la sepultura.

Esta, mantenida en secreto y construida por sus propias manos desde que el cacique se proclamaba heredero del Estado, se hallaba en un lugar tan oculto que ni siquiera un ser viviente podía encontrarla, y mucho menos el propio dueño para quien se hacía. Algunas tumbas se ubicaban en bosques y espesuras, otras en altas sierras, y algunas veces se ocultaban en áreas con agua, derivada de ríos o lagos, siendo estas las más disimuladas. A pesar de estas precauciones, la codicia de los españoles a menudo las rastreaba, y cuando encontraban oro, rara vez podían asegurarse de que quedara a salvo de las manos avariciosas.

Así, de lo que extraen de los muertos, algunos vivos suelen resucitar, especialmente si las sepulturas pertenecen a reyes y caciques principales, donde hay riquezas para henchir las manos. Estos sepulcros son muy profundos y en la parte más baja se colocan a los reyes, en lo que llaman "duhos" asentados, que a menudo están hechos de oro, decorados con lujosos ornamentos, como mantas y joyas, junto a armas defensivas y ofensivas, como brazales, petos y morriones de los metales más valiosos.

Con frecuencia, de los hombros cuelgan mochilas del ayo y poporos, llenos de vino y otros elementos que suelen ser parte de su mantenimiento. Una vez cubiertos con una capa de tierra, se coloca sobre ese lecho funerario a las mujeres desdichadas, las que más amaban, sepultándolas vivas, y las cubren con otra capa de tierra. Encima de ellas van los esclavos que mejor les servían, también vivos, sobre quienes cae la última capa de tierra que cierra el lúgubre y odioso sepulcro, donde ninguna capa está exenta de oro.

Para que las mujeres y los miserables esclavos no sientan su muerte, antes de ver la cueva monstruosa, los xeques les dan ciertos bebedizos de tabaco y otras hojas del árbol que llaman borrachera, en su común bebida disfrazados, de modo que no les queda nada de sentido para percibir su infortunio.

Otros ritos habrá en relación a esto, pero por no conocerlos, no los escribiré. Sin embargo, encontré uno que quedó registrado en los papeles del Adelantado Don Gonzalo Jiménez de Quesada, en un cuaderno de su propia mano. Este rito consiste en poner cruces sobre los sepulcros de aquellos que murieron a causa de heridas de víboras y serpientes ponzoñosas.

Respecto a este asunto, ninguno de ellos sabe a ciencia cierta por qué se pone esta seña y no otra, para indicar que el difunto falleció por picadura de culebra, ya que podrían haber colocado una figura de serpiente que lo explicara de manera más clara. No obstante, la dignidad incomparable de esta preciosa planta resplandece incluso entre quienes ignoran su misterio, pues sin entender el propósito, logran discernir que su fruto fue la medicina con la que fuimos curados de la mordedura del antiguo dragón, perseguidor de la humanidad.

Hechas, pues, las infames ceremonias en este funeral del Nemequene, los príncipes y xeques se reunieron para designar al sucesor, que no puede ser hijo, sino sobrino, es decir, el hijo de la hermana. En ausencia de un sobrino, el hermano del Señor es el heredero, siendo preferidos aquellos de mayor antigüedad.

Desde muy niño, al que ha de ser sucesor lo mantienen en un templo, recluido, dedicado a continuos ayunos y vigilado por guardianes. En esta reclusión prolongada, no tiene contacto con el sol, no puede comer nada que lleve sal ni conocer mujeres, entre otras abstinencias impuestas. Si por alguna razón transgrede estas normas, queda incapacitado para el señorío.

No solo es desaprobado, sino que es considerado un hombre vil, infame y fementido. Por esto, le exigen un juramento, con maldiciones que le amenazan si no revela cualquier falta cometida contra las observancias que le han indicado. Si se demuestra que es libre de culpa, se le recibe con gran solemnidad, haciéndole sentar en una rica silla guarnecida de oro y esmeraldas, y colocándole una corona preciosa, hecha del mismo material, que simula un bonete, cubierta con sus telas más finas.

Después de tomar juramento de que será rey de buen gobierno, tal como lo fueron sus antecesores, y de que protegerá sus tierras y vasallos de cualquier agravio y molestia, los presentes hacen un juramento de obediencia y lealtad hacia él. En reconocimiento, cada uno le ofrece una joya.

Se le presentan abundantes venados, conejos, coríes, perdices, palomas, tortolillas y otras aves para el abastecimiento de las fiestas y grandes celebraciones que se llevan a cabo. Se le designan nuevos oficiales que le asistan en el gobierno de su casa, y se le ofrece una mujer que sea acorde a su generosidad y hermosura, digna de los méritos de su esposo. Aunque posteriormente él puede tomar cuántas desee, esta es la preferida y la de mayor rango. Si ella muere, la segunda en importancia ocupa su lugar en la jerarquía. Este orden se mantiene desde los señores hasta los de más bajos estados.

Mas es importante destacar una costumbre que tienen cuando muere la señora principal que gobernaba la casa. Esta puede ordenar a su marido que no tenga relaciones carnales dentro del término que ella le señale; sin embargo, la ley establece que no puede extender su castidad más allá del quinto año, y menos de lo que la difunta desearía. Así, mediante ruegos, regalos, buenas acciones y tratamientos que el marido le ofrece desde el inicio de su matrimonio, puede lograr que se le disminuya todo lo posible el tiempo estipulado para la continencia.

Al final, tras la muerte de Nemequene, su sobrino Thisquesuzha quedó como sucesor en el Estado. Este, a su vez, era cacique de Chía, de donde se dice que proviene el rey de Bogotá. Así, antes de disfrutar del primer señorío, debe comenzar en Chía. Este nuevo cacique, según lo que oyeron los españoles, mostraba en su persona alta disposición, gallardía y una gravedad de rostro bien compuesta, reflejando la dignidad y el mando que poseía sobre los demás reyes de la tierra.

Los Estados, aunque se les transmitieran por herencia, no podían ser disfrutados sin la confirmación y aprobación del rey de Bogotá. Por ello, los príncipes que heredaban algún Estado, tras tomar posesión de acuerdo con sus leyes, acudían con valiosos obsequios a Bogotá para la confirmación de su cacicazgo. Al regresar, autorizados con aquel sello, sus vasallos salían a recibirlos en el camino con presentes y a ofrecer felicitaciones por las mercedes que les había concedido el gran Cipa.

Desde entonces, los caciques eran obedecidos de tal manera que ninguna nación en el mundo había tenido tal respeto y obediencia hacia su señor. Sin embargo, en este tiempo ya no sucede lo mismo. Tras la llegada de nuestra gente, los caciques son mal obedecidos, incluso en asuntos que no pueden evitarse, y ellos se ven obligados a cumplir con los mandatos.

Los súbditos, por su mala inclinación y su carácter haragán, apenas generan riqueza de lo que les mandan, lo que provoca que los caciques enfrenten cárceles y prisiones por la falta de tributos a tiempo. Esto se debe a la desobediencia de aquellos que están bajo su mando.

Parece que un remedio eficaz sería que, al vacar algún estado de estos, los indios, conforme a su costumbre, aceptaran en él al heredero, quien debería ser confirmado por la real Audiencia mediante alguna ceremonia que hiciera público el reconocimiento de su autoridad como cacique, respaldado por el Rey de España. Esta sería una acción de gran importancia, ya que así tendrían más respeto por él, como antes sucedía, pues solían sentir profundamente la muerte de un señor sin heredero, ya que esto dejaba vacío el derecho sucesorio del cacicazgo. En tales ocasiones, Bogotá asumía la responsabilidad sin que ellos hicieran esfuerzo alguno por elegir un nuevo líder.

Sin embargo, el proceso de elección era particular: se buscaban dos hombres de buena apariencia, de buena casta y nativos de la provincia. A estos se les mandaba desnudar, exponiendo todas sus partes en una plaza pública. Allí, en medio de ellos, se encontraba una graciosa ninfa vestida únicamente con lo que le otorgó la naturaleza. Cuando ambos se acercaban al atractivo de la dueña, cualquier alteración libidinosa mostrada por alguno de ellos era desechada de inmediato, considerándolo un hombre de poca vergüenza y sin capacidad para gobernar. Si ambos mostraban tales inclinaciones, quedaban fuera de la selección, y otros se preparaban para la prueba, buscando finalmente a uno que mantuviera sus genitales tranquilos y bajo control.

Este quedaba con el señorío y el sucesor perpetuo del estado, siendo favorecido por Bogotá, quien creía que lo que más desconcierta a un gobernante son las inclinaciones sensuales. Para la defensa de las tierras, convenía que los hombres fueran continentes, ya que las artimañas de las mujeres podían llevar a la distracción y la falta de atención, incluso a veces a la cobardía.

Este pensamiento nunca se mostró en Thisquesuzha hasta que se vio colocado en el potente reino de su tío. Al asumir el mando, propuso vengar la muerte de Nemequen y, para llevar a cabo su plan, convocó a sesenta mil guerreros, acompañados de los preparativos necesarios. Mientras avanzaban hacia Tunja con la determinación de acabar con las continuas disputas, no se enfrentaron a la gran potencia del enemigo, que igualaba en número, sino que se encontraron con ciento sesenta peregrinos, flacos, debilitados y carentes de apoyo humano. Sin embargo, con la fuerza de Dios de su lado, a cuyo poder todo se hace llano, lograron avanzar por esta tierra.

Al entrar, se puso fin a las guerras intestinas y comenzaron otras nuevas. Quiero dar noticia de estas, comenzando desde el momento en que nuestros españoles mejoraron sus pies en tierra firme, lo cual ocurrió cuando salieron al territorio del cacique llamado Sacre, donde hoy se encuentra la ciudad de Vélez. Los acontecimientos que sucedieron en ese viaje hasta llegar allí están registrados en la segunda parte de mis cantos, a la que remitimos a los lectores que no se desanimen por ver hechos desnudos de vanas ficciones.

***

Canto segundo

Aquí se narra cómo el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, tras salir de las montañas hacia el territorio donde hoy se encuentra la ciudad de Vélez, continuó su camino descubriendo grandes poblaciones hasta llegar a Bogotá, así como los sucesos que ocurrieron en el trayecto.

Después de que el valiente licenciado Don Gonzalo Jiménez de Quesada salió de la clausura de los montes y disfrutó de la tierra firme con aquellos heroicos compañeros que lograron escapar de infortunios, hizo un recuento de los hombres a su lado y encontró que solo eran ciento sesenta y seis. Entre ellos, se hallaba uno llamado Johan Duarte, cuyo juicio se había perdido por haber intentado satisfacer su rabiosa hambre con un manjar grotesco y repugnante: la carne de un sapo terrestre. Desde ese momento, quedó completamente loco, sin recuperar jamás su buen juicio, que ya era escaso antes de cometer tal aberración.

Sin embargo, de los demás hombres que quedaban, cada uno de ellos podría ser el protagonista de una historia substancial, ejemplificando virtud y valor. Entre los capitanes destacados que acompañaron a Quesada en su travesía se encontraban Gonzalo Suárez Rendón, Juan de Céspedes, Juan de San Martín, Antón de Olalla, Balthasar Maldonado, un Lebrija, y el singular Antonio, descendiente de un ilustre linaje. También figuraban Juan Albarracín, Lázaro Fonte, Gómez Corral, y Gonzalo García, conocido por el sobrenombre de "Zorro", así como Jerónimo de Insa, quien fue capitán de los macheteros.

En otras partes de mi relato, mencionaré a más de estos hombres, cuyas hazañas son igualmente destacadas, como Gómez de Cifuentes, Domingo de Aguirre, Pero Núñez de Cabrera, Francisco Salguero, Macías, primer conquistador de Santa Marta, Paredes Calderón, Cristóbal Roa, el noble Pero Bravo de Ribera, Diego Montañés, Miguel Sánchez, Pedro de Madrid, Juan Valenciano, Antonio de Castro, un lusitano, y Juan Rodríguez Gil. Otros nombres que también merecen mención son Juan de Quincoces, Miguel Gamboa, Juan Rodríguez Parra, y el capitán Bartolomé Camacho, cuyo destino, al momento de escribir esto, Lachesis había sellado, pero con una muerte digna y acorde a su vida.

Merece también ser recordado Pero Ruiz Corredor, quien podría rivalizar con cualquier hombre en valor, y uno de treinta en quien el erudito licenciado depositaba su confianza. Sus opiniones en las consultas siempre resonaban favorablemente en los oídos del licenciado. Entre ellos estaban Pero Ruiz Herrezuelo, y los tres hermanos Santana: Antón, Diego y Fernando; así como Francisco Rodríguez, Juan López, Alonso de Aguilar, Pero Rodríguez de Carrión, Mantilla de los Ríos, Juan de Torres, el padre de Don Diego, un mestizo perseguido sin justicia, Francisco de Silva, Pero López de Monteagudo, Juan de Salamanca, y Juan de Chinchilla.

Dejo a otros para una ocasión más propicia, ya que en este momento mi intención es destacar estos nombres, reconociendo que todos ellos tienen herederos en este pueblo donde resido. Deseo que quienes disfrutaron de los frutos de sus heroicos actos y trabajos hereden la lealtad y firmeza que mostraron en el servicio real todos aquellos que entraron en esta tierra con este fiel y valioso letrado.

Una vez que el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada reunió a sus hombres en el asentamiento del cacique Sacre, se dirigió a ellos con su habitual elocuencia y energía. En medio de aquel ambiente, comenzó su discurso:

"¡Oh, fuertes atletas y valientes hombres! Es la gran bondad de Dios quien nos ha permitido liberarnos del mal que solía agobiarnos. Por ello, compañeros, quiero felicitaros por la buena fortuna que nos acompaña, pues estas tierras y sus riquezas han hecho ciertas nuestras esperanzas.

"Observad la multitud de naturales que nos rodean, con sus graciosas y apacibles apariencias. Son claras y evidentes señales de que estamos en una tierra de nobles influencias, fértil y rica en metales, y llena de otras cualidades que, cuanto más las contemplo, más satisfacen mis deseos.

"Todo lo que veis son llanuras despejadas, despojadas de montañas y cerros. Sobre la tierra brilla el oro, un signo del valor de estas bárbaras campañas. Pero hay mucho más por descubrir en las entrañas de esta tierra, tanto de los veneros ocultos como de los sepulcros de los muertos.

"Hemos dejado atrás el camino penoso, plagado de zozobras mortales, y hemos llegado aquí, gracias a quien, después de Dios, nos otorga la salud. Ahora, quisiera que, junto con los hombres que aún nos quedan, pusiéramos manos a la obra y procediéramos con sensatez a descubrir ciudades y secretos.

"Conozco bien que todos compartimos este mismo deseo, como quienes han superado grandes abismos de dificultades que son indignas del olvido, pero dignas de ser recordadas con una trompa heroica que el tiempo no corrompa.

"Y no es sin motivo que celebramos los epinicios y renombres que suelen otorgarse a los invencibles, proclamando que fuisteis más que hombres, porque hicisteis más de lo posible. Protegisteis vuestros nombres para la perpetuidad inextinguible, arriesgando cada uno de vosotros vuestra vida al servicio de la real corona."

Con estas palabras, Quesada no solo buscaba inspirar a sus hombres, sino también cimentar su legado en la historia, resaltando el valor y la determinación que habían demostrado en su travesía.

"Pero tanto trabajo, tanto luto, tantas pérdidas en nuestro bando, tanto dolor que nos hace sentir vulnerables, tantas calamidades enfrentando, entended que será de poco fruto si no contamos con lo que esta tierra nos está mostrando. Sin embargo, al disfrutar de sus beneficios, perfeccionáis vuestros grandes logros.

"Así que, invencibles compañeros, sigamos la fortuna que nos llama para que todos seamos herederos de una próspera riqueza y de eterna fama. Esa fama, si se alimenta con dinero, se derrama por ambas partes; pero sin él, no solo quedará oculta, sino que cualquier hazaña quedará en el olvido.

"No temáis la guerra cuando veáis un gran tumulto de gente, porque lleváis la bendición de Dios como garantía. Él nos ha mostrado un terreno tan oculto donde Su santa ley puede extenderse y los cultos perniciosos pueden ser desterrados, iluminando sus oscuridades con la luz de la fe católica.

"No digo que solo un pequeño número de hombres sea suficiente, pero podemos hacer mucho con pocos que sean buenos. Sabéis bien que un pequeño grupo que actúe con rectitud vale mucho más que una multitud de torpes y confusos. Así, unas pocas y bien entrenadas lanzas pueden vencer fuerzas descomunales.

"El poderoso Jerjes tuvo, según dicen los autores, un ejército tan vasto que jamás se había visto en poder humano. Sin embargo, fue vencido por los espartanos con tan solo cuatro mil soldados. Aquí, la destreza superó la pura grandeza numérica.

"Y no es muy diferente lo que ocurrió con el emperador Carlos Quinto, quien salió victorioso de una batalla contra el ejército otomano, que, a pesar de su gran número, se vio obligado a huir ante el príncipe cristiano."

Con estas palabras, Quesada instaba a sus compañeros a reconocer el valor de la estrategia y la valentía sobre la mera cantidad, recordándoles que, incluso en la adversidad, la fe y la determinación podían llevar a la victoria.

"No sin gran perdición y un amargo final para muchos de la escítica ralea, así como la quiebra del honor y del extenso poder que domina todo Oriente; pero Dios, que se encarga de pelear por quienes luchan por Él, nos brindará su favor, y así también compartiremos la bendición de aquel invicto Marte.

"El solo nombre del Atlante, el invictísimo Rey de las Españas, de quien somos vasallos, es suficiente para someter a las gentes más extrañas. También quiero destacar vuestras propias proezas y hazañas; si consideráis lo que habéis hecho hasta ahora, juzgaréis que lo que queda por hacer es menor en comparación.

"Con esta confianza bien fundamentada, que no puede fallar ni ser en vano, os propongo que, para conocer a esta gente, nos preparemos para mañana. No lo haremos con mano sangrienta ni molesta, ni como quienes van en busca de lana, sino como guerreros que anticipan su tiempo.

"El buen orden siempre ha sido una estrategia segura, y debemos estar atentos a lo que pueda suceder. Sin embargo, como no parece que esta gente sea dura, y piensan que debemos ser portentos, será mejor atraerlos con suavidad, evitando el uso de términos sangrientos, hasta que hayamos ganado su amistad y los rindamos a nuestra voluntad.

"No sería conveniente comportarnos como cazadores torpes. Si descuidamos la caza que se alimenta en el herboso cerro y, en lugar de camuflarnos como ciervos, nos presentáramos como perros, podríamos terminar haciendo ruidos de leones. Este sonido ajeno podría alertar a quienes pretendemos cazar, dejándolos sin la cena que esperaban y con la pena de haber sido mal advertidos. Así, podríamos encontrarnos en un hogar lleno de nidos vacíos, porque al percatarse de que vamos a contiendas, habrán puesto a buen recaudo sus pertenencias.

"Por lo tanto, por múltiples razones y mientras nadie se desmadre, es conveniente mantener la calma con estas gentes y actuar con mano blanda. Pensar en someter a una banda tan numerosa y extendida sería la confianza de un hombre loco. Lo mejor es avanzar paso a paso."

En conclusión, mi principal objetivo es que, cuando nos ofrezcan la paz, tengamos un miramiento cauteloso, evitando tomar más de lo que nos den. Sin embargo, con aquellos que deseen el conflicto y se acerquen con indignación, debemos actuar con firmeza, para que el temor les frene y comprendan que unos pocos pueden ser mejores que muchos.

Así habló, y la noble compañía, cuyo valor se puede comparar con lo más esencial, reconoció la autoridad de su caudillo y se comprometió a seguir el plan y el acuerdo propuestos por él, como siempre lo habían hecho. Este compromiso se mantuvo firme hasta llegar a este punto, gracias a la discreción y al coraje que nunca se rindieron ante los duros desafíos del viaje.

Al acercarse el silencio de la noche, se estableció el orden de la vela y cada uno de ellos se retiró a su rancho para preparar sus armas, esperando la llegada de la nueva luz del día.

Cuando los míseros mortales gozaban de esa luz y se ocupaban en sus habituales quehaceres, los flacos peregrinos entregaron sus armas. No portaban los cóncavos cañones que escupen con calor el pardo plomo, creando un aterrador estruendo, como aquel que intentó engañar a la humanidad con mentirosos truenos, pretendiendo ser adorado como un dios. En cambio, llevaban solo lanzas en las manos y espadas oxidadas, avanzando a paso firme y descubriendo una multitud asombrada al ver a estos extraños hombres en su tierra.

Más aún, al observarlos cabalgando, se asombraban al pensar que eran como los rubígenas biformes, que en un solo cuerpo ostentaban dos figuras. Así se fue extendiendo por la tierra esta monstruosidad imaginada, hasta que unos decían a otros que volaban por los altos aires, como el alígero Pegaso. Si algún indígena los veía repentinamente, sin comprenderlos, se dejaba caer al suelo, desalentado, apretando el rostro contra la tierra. Otros, paralizados y asombrados, quedaban sin sentido, como si hubieran visto la cabeza de Medusa.

Así, avanzaron hasta llegar al río conocido por los indígenas como Sarabita, y que en nuestra lengua se traduce como "de aquí sale". Desde entonces, el río ha sido llamado de Suárez, en honor al capitán Suárez, quien, gracias a su diligencia y con la ayuda de los soldados de su rancho, logró salir vivo de un peligroso trance mientras era arrastrado por la corriente.

Este río es furioso, y muchos, tras la fundación de la ciudad española de Vélez, perdieron la vida en su forzado paso, tanto indígenas como españoles. Hasta que el buen Doctor Venere y el previsor Juan López de Cepeda, hoy presidente en Charcas, mandaron construir un puente de madera cuyas estructuras están reforzadas con calicanto, una obra necesaria que ha salvado a innumerables viajeros de la muerte.

Por tanto, los habitantes de la región pudieron haber defendido fácilmente el paso a los descubridores, que se encontraban en una situación precaria. Sin embargo, les faltó valor y determinación, y así las aguas del río extendieron su dominio sobre el paso durante algunas horas. Tras este tiempo, llegaron a un pueblo llamado Ubaza, aunque el nombre quedó relegado a la quebrada circundante, pues de la aldea ya no quedaba nada.

Los vecinos habían huido de sus casas, aterrorizados por la llegada de los extranjeros, pues la fama los precedía, asegurando que devoraban a la gente y que la carne humana era su principal alimento.

Sin embargo, hubo otra experiencia que les resultó más placentera: al llegar, encontraron ocho venados muertos y desollados, un obsequio muy valioso, especialmente al darse cuenta de que no faltaba caza en la región. Efectivamente, la abundancia de venados, corzos, conejos, palomas, tórtolas y perdices, que parecen codornices, era notable, especialmente en aquellas tierras templadas.

Pasaron la noche en ese lugar y, al día siguiente, se adentraron en las grandes poblaciones de Sorocotá, que se encontraban completamente desiertas. El temor de los habitantes vecinos aún persistía, a pesar de que las casas estaban repletas de maíz, frijoles y turmas, unas raíces redondeadas que se siembran y producen tallos ramificados con hojas y raras flores de un color púrpura atenuado. Las raíces de esta hierba, que pueden alcanzar hasta tres palmos de altura, están ancladas en la tierra y son del tamaño de un huevo, algunas redondeadas y otras alargadas. Presentan colores blancos, morados y amarillos, y su textura harinosa es de buen gusto, lo que las convierte en un regalo muy bien aceptado por los indígenas e incluso en un manjar para los españoles.

Como encontraron abundante alimento y mucho grano para los caballos, se detuvieron allí tres o cuatro días, lo cual no estuvo exento de incomodidades. Muchos de los hombres, deseosos de avanzar, se sintieron tan adoloridos de los pies que apenas podían moverse, sufriendo una comezón intolerable sin comprender la causa de su malestar. Entonces, algunas indígenas, que no hablaban su lengua, intentaron ayudarlos a través de gestos, extrayendo con las puntas de sus topos (gruesos alfileres que utilizan para sujetar sus vestimentas, dejando al descubierto solo los brazos) unas abominables sabandijas que comúnmente llamamos niguas. Estas minúsculas pulgas se introducen entre la piel y la carne, donde, al alimentarse, crecen hasta alcanzar el tamaño de un garbanzo, reproduciéndose y extendiendo su prole por las plantas de los pies.

Así, observamos a algunos indígenas y africanos, sucios y descuidados, que dejaron que las niguas se encarnaran en sus cuerpos de tal manera que, al tardar en remediarlas, algunos perdieron incluso dedos de los pies. Sin embargo, nuestros españoles pronto se recuperaron, regresando a su andar habitual. Una vez que comprendieron el misterio, entraron en las casas deshabitadas con el cuidado que les convenía.

En efecto, comenzaron a buscar a los vecinos dispersos por diferentes lugares y lograron capturar a cerca de cuatrocientos hombres, mujeres y niños. A estos les ofrecieron garantías, manifestando que no venían a hacerles daño, sino a establecer la amistad. Así, dejaron a muchos en sus hogares y llevaron consigo a otros, como era su costumbre desde que adquirieron la fuerza para hacerlo. Pocos son los que hoy en día no se aprovechan de las cargas ajenas, y consideran una gran ventaja poseer yeguas y potros para facilitar el transporte de mercancías.

Dejando atrás las poblaciones de Sorocotá, descendieron al pueblo circundante conocido como Turca, al que llamaron "Pueblo Fondo" por estar rodeado de altas lomas y hallarse en un profundo valle. Allí también tomaron gente y obtuvieron una gran cantidad de telas de lienzo o mantas, así como algo de oro y esmeraldas, un primer indicio que les incentivó aún más a explorar los secretos de la tierra.

Así, al día siguiente se partieron hacia Guachetá, un pueblo poderoso, al que decidieron llamar San Gregorio por coincidir con el día de su llegada. La gente del lugar se encontraba retraída en altos riscos y peñoles, observando a los recién llegados y sus casas. Los españoles entraron sin que se desatara ningún furor guerrero, ya que el temor de ver a gentes extrañas y la representación de los centauros los tenía en suspenso. Cada uno de ellos estaba más dispuesto a valerse de sus pies que de sus manos.

Sin embargo, al ver que los españoles entraban de manera tranquila y sin mostrar la violencia típica de los guerreros, comenzaron a pensar que no eran tan crueles como había difundido la veloz fama. Para averiguar con certeza cuál era su comida preferida, enviaron a un indio y una india, ambos maniatados, junto a un venado. Los españoles, tras comprender el mensaje implícito, repartieron la carne del venado y liberaron al indio y a la india, indicándoles con señas que regresaran y dijeran que no comían hombres, ni venían a causarles sinsabor alguno. En cambio, se ofrecían a defenderlos y protegerlos de cualquier enemigo que pudieran tener.

Los indígenas, que estaban al acecho, recibieron este mudo mensaje y, con ello, decidieron aceptar la paz, lo que marcó el inicio de las relaciones pacíficas con los indios en este nuevo reino de Granada.

Al día siguiente, por un descuido, se incendió la casa de un vecino. Antes de que la llama se extendiera más y causara un daño mayor, los españoles acudieron al rescate, actuando con diligencia y logrando apagar el fuego. Gracias a su intervención, los vecinos mostraron un gran agradecimiento, y la opinión general fue que la gente española había demostrado ser industriosa y bondadosa.

Dejando a los habitantes de esas vecindades seguros y tranquilos en sus hogares, los españoles se dirigieron a la ciudad de Lenguazaque, donde los vecinos, también retirados entre las peñas, al enterarse de que eran gente amable y pacífica, salieron a recibirlos. Les ofrecieron venados, conejos y otros alimentos necesarios, así como muchas telas de diversos colores, útiles para su abrigo. Este gesto fue recompensado con una clara muestra de que los españoles les eran agradables y que siempre los tendrían por amigos.

Así continuó el avance de los españoles hacia Cucunubá y los asentamientos del poderoso pueblo de Suesca, donde fueron bien recibidos y hospedados. Gentes de diversas partes acudían para verlos y llevarles lo que más abundaba en sus hogares.

Entre ellos, un indio que traía dos telas, al acercarse al lugar donde estaban los españoles, se topó con Juan Gordo, un hombre de aspecto humilde pero fuerte, conocido por su valor en los trabajos. Juan regresaba con la intención de aprovechar la carne de un caballo que había quedado muerto no lejos de allí. Al ver al cristiano acercarse, el indio dejó las telas en medio del camino y se apartó a una breve distancia, como si quisiera hacerle un favor al español.

Sin embargo, Juan Gordo, pensando que el indio le ofrecía las telas como un gesto amable, recogió lo que había dejado sin saber que era un aviso de su inminente muerte. Después, se dirigió hacia donde lo llevaba la tentadora golosina en descomposición.

Mientras tanto, un indio quejoso acudió al Licenciado, denunciando que un soldado había tomado ciertas mantas que traía consigo. Al escuchar la queja, el Licenciado ordenó al alguacil Villalobos que trajera a la persona señalada por el indio. Finalmente, el alguacil logró apresar al soldado. A pesar de que el pobre hombre se defendió sin artífice, y hubo buenas intervenciones en su favor, la diligencia no dio frutos; con gran pesar de todo el campamento, fue condenado a muerte natural y la sentencia se ejecutó de inmediato.

Es probable que el Licenciado pensara que esta medida serviría de escarmiento para los demás. Sin embargo, esta persona merecía una sanción más templada. A pesar de su apodo "Gordo," no le valió para nada, pues como era costumbre entre las gentes, el destino lo llevó a romper la soga por el lado más débil.

Con esto, los españoles se dirigieron hacia Nemocón, famoso por sus fuentes saladas, un recurso importante para los naturales de este pueblo y de Cipaquira, que no quedaba lejos. Allí acudían de todas partes a comprar la sal que producían, de una blancura y sabor superiores a las que había visto en otras Indias. La sal se cocía en vasijas de barro, llamadas gachas, que estaban diseñadas especialmente para ese propósito. Sin embargo, estas solo podían usarse una vez, ya que la sal quedaba adherida a las vasijas; una vez que el pan se formaba, pesando entre dos y tres arrobas o más, según la capacidad del recipiente, no podían despegarse sin romperlas.

Al llegar a aquella parte, los españoles descubrieron vastas y amplias llanuras, donde se erguían grandiosas poblaciones. Se admiraban de los soberbios y vistosos edificios, especialmente las cercas de los señores, que se presentaban con tanta majestad que, al verlas de lejos, parecían inexpugnables fortalezas. En honor a este asombroso paisaje, la gente decidió llamar a aquel lugar Valle de los Alcázares.

A su alrededor, se alzaban también altos y derechos mástiles, muchos de ellos, en la cima, exhibían gavias que recordaban a las que llevan los barcos, asemejando su apariencia a la de los navíos cuando se los contemplaba a la distancia. Estos árboles y sus ramas estaban ungidos con un bitumen colorado, conocido por los indígenas vecinos como bija.

Había una gran cantidad de estos árboles, y su propósito lo declararé más adelante en otro canto, pues en este momento, al encontrarnos cerca del rey de Bogotá, quiero dedicar un nuevo comienzo a celebrar lo que sucedió a nuestros españoles en su valle.

***

Canto tercero

En el relato que sigue, se narra cómo, al salir los españoles de Cipaquirá, se vieron sorprendidos por un ataque de unos quinientos o seiscientos indios, quienes los acometieron con gran furia. Este primer momento de espanto, que sienten aquellos que no están acostumbrados a lo extraño, se desvaneció poco a poco a medida que sus miradas se mantenían fijas en los jinetes. Los indios, al reconocer que el caballo y su jinete eran dos entidades distintas, comenzaron a perder el temor inicial y a especular que los hombres eran simplemente otra clase de venados, mortales y sujetos a miserias, en vez de seres inmortales.

La causa de su valor radicaba en la visión de algunos españoles, como Juan Gordo, que, al estar macilento y exhausto, disipaba la imagen de invulnerabilidad que los indios habían formado. Confiados en su fuerza y determinación, algunos principales indios decidieron comprobar cuán fuertes eran estos pocos forasteros que llevaban consigo un largo carruaje y un considerable número de sirvientes, lo cual presumieron era un mandato del rey Bogotá, a quien servían.

Así, un grupo de más de quinientos indios, bien armados, salió en su encuentro. Para darles valor, llevaban por delante algunos muertos, huesudos y secos, que en vida debieron haber sido hombres afortunados en batallas, simbolizando la fuerza necesaria para vencer. Al ver a estos guerreros caídos, los indios se sintieron inspirados a imitar su valentía, recordando las hazañas de nuestro valeroso Cid Ruy Díaz, cuyo cuerpo fue llevado a la guerra en reconocimiento a sus méritos.

Este clima de tensión y valentía se intensificó conforme los indios se acercaban, decididos a evaluar a sus enemigos. La escena se tornó crucial, ya que tanto los indios como los españoles estaban a punto de enfrentarse en un conflicto que definiría el rumbo de aquellos encuentros en el nuevo mundo.

Los indios, al ver a sus enemigos, debieron pensar de manera similar, pues se lanzaron a la carga, llevando consigo los cuerpos de los muertos, atacando la retaguardia donde se encontraban Juan de Céspedes, el Zorro, Baltasar Maldonado y un tal Pinilla, junto a otros valientes jinetes y peones. Ante la embestida de esta multitud y el primer ímpetu que los puso en una situación de defensa urgente, los españoles respondieron con el brío que suele caracterizar a los lebreles incitados a la caza o estimulados por su propio furor.

Los caballos, bien entrenados y apacibles, rompieron el tumultuoso escuadrón indio, creando un amplio camino por donde cada uno de los españoles podía avanzar. No sólo lo lograron con las lanzas, sino también con la fuerza de los cascos de los caballos, lo que llevó a la pronta descomposición de la falange indígena. El campo quedó marcado con las huellas de caídos y muertos, como si una ola de fuego recorriera la llanura, dejando a su paso una estela de destrucción.

Al final, los indios que atacaban se retiraron, y los españoles, seguros de su victoria, se agruparon para formar una defensa en un cercado grande conocido como Buzongote. Sin embargo, al avistar en un cerro cercano a una gran multitud de indígenas congregados, comprendieron que lo más prudente era dar la vuelta y marchar hacia el campo, que avanzaba con precaución.

Don Gonzalo, al notar la falta de atención de sus hombres, decidió tomar cartas en el asunto. Mandó apresar a los que habían perseguido a los indios, pero al darse cuenta de que eran hombres de importancia, en quienes confiaba para futuras empresas, y al ver que nobles hombres intercedían, optó por llamarlos ante sí. En ese momento, con firmeza y autoridad, los reprendió por su imprudente conducta, recordándoles la importancia de mantener la disciplina y el orden en medio de la batalla.

Esta advertencia puede parecer dura, amigos míos, dado quiénes sois y quién os apadrina; sin embargo, debéis entender que tales desvaríos no tienen cabida en la disciplina guerrera. Como bien podéis observar, los enemigos son numerosos, mientras que nuestros efectivos son escasos; en territorios de bárbaros tan llenos y apartados, podríamos encontrarnos en desventaja.

Fácilmente se puede romper una vara, tanto por el medio como por los extremos; pero es evidente que no se pueden quebrar muchas juntas sin división. Este principio se manifiesta claramente en hombres bien unidos y organizados.

En la práctica militar, ocurren varios sucesos por no evaluar adecuadamente la situación; la confianza excesiva puede resultar perjudicial, así como la falta de consideración hacia el enemigo. La guerra se sostiene con orden, precauciones y avisos necesarios, y quien se aparta de ello, aunque tenga éxito, a menudo paga con su vida.

Es bien conocido que el valerosísimo tebano Epaminondas mató a su propio hijo al regresar victorioso, por haber actuado sin orden y dejarse llevar por su ardor juvenil y vanidad. Lo mismo ocurrió con Manio Torcuato y otros de los que se guarda buena memoria.

No obstante, mi intención no es más que enmendar lo que pueda suceder en el futuro. Quiero que ningún caudillo pretenda salir del orden que yo establezca; de lo contrario, el castigo será severo, sea quien fuere, porque la imprudencia de uno puede costarles la vida a muchos.

Sé que sois hombres singulares y tenéis habilidades excepcionales; sin embargo, en estos asuntos militares, aunque yo no sea un veterano, también tengo mis propias experiencias. Por eso, junto a los hombres más experimentados, he decidido que nunca se haga nada sin consulta.

Bien veo que la cólera, una vez desatada, rara vez escucha a la razón; cuanto más intensa está, menos tiempo tarda en llevar a cabo sus acciones. Sin embargo, bastaría con ponerlos en fuga, sin desproteger la retaguardia. Pero, ya que se ha hecho, mi queja cesa al no ver más la causa de ello.

Al escuchar las palabras del Licenciado, los hombres quedaron convencidos y satisfechos, y aquella noche, junto con los capitanes, el mismo Licenciado levantó la vela. Y cuando la mañana comenzaba a mostrar su rubicundo rostro, los caballeros y peones se prepararon para conquistar el cercado donde se habían retirado los Uzaques, quienes habían iniciado el ataque. Todos ellos eran caballeros en quienes el Rey confiaba su vida.

En ese momento, el Rey se encontraba dentro del cercado, y al ver que sus hombres regresaban derrotados, abandonó rápidamente la fortaleza. El cercado estaba situado en un amplio llano, robusto y extenso, hecho de cañas entrelazadas de manera singular, tan compactas que solo el fuego podría dañarlas.

La altura del cercado era de tres tapias, con gruesos mástiles en intervalos; sobre él había un toldo que se extendía cinco varas de ancho y todo lo largo que rodeaba el cercado, lo que sumaba dos mil varas de tela, tan densa que ofrecía protección contra el agua y los rayos del sol. Dentro había grandes cosas, vistosas y bien construidas, con las paredes decoradas de carrizos limpios, enlazados con hilos de diferentes colores.

Todas estas casas estaban llenas de municiones y provisiones: macanas, dardos, hondas, tiraderas, maíz, frijoles, carnes secas y otros preparativos para la guerra. Como mencionamos, los Uzaques ya tenían hombres preparados contra Tunja en ese mismo tiempo, mientras que los nuestros izaban sus banderas en su tierra.

Sin encontrar impedimentos, se hicieron dueños del cercado y de lo que había en su interior, donde se alojaron a su gusto, disfrutando de aposentos tranquilos y de la comida a discreción. Sin embargo, todo les parecía insípido, pues no hallaban rastro de riqueza, a pesar de la gran noticia que traían sobre la abundancia del rey.

El alimento que compraban antes, a cualquier precio que se les pidiera, sin escatimar la sangre de sus venas, resultaba escaso; y un puñado de maíz tostado era una gran suerte para el más gallardo. Así, con el estómago vacío, estaban algo melancólicos, pensando en alcanzar mayores alturas; esta es la condición de los hijos de este siglo, en quienes, si un hambre se apacigua, siempre queda otra viva.

Las andas se encontraron solo en que este rey se movía, pero estaban vacías, sin guarniciones de oro; era madera, muy lejos de lo que deseaba. Sin embargo, al reconocer que este lugar era una casa de armas y que las residencias reales donde vivía estaban situadas en un campo más ameno, los hombres albergaban la esperanza de entregarse a un tesoro caudaloso, que así se decía, según la fama.

Pero él, astuto y previsivo, comprendiendo el hambre que los afligía, se apresuró a poner su tesoro en resguardo, de tal manera que hasta hoy ningún hombre vivo ha tenido noticia del sepulcro donde lo dejó escondido. No me sorprendería que incluso los esclavos que llevaban las cargas hubieran quedado muertos por el peso.

Así, estuvieron allí ocho días y celebraron la florida Pascua, en paz con muchos indios de los alrededores que venían a ver a la gente nueva, trayendo abundancia de alimentos, joyas de oro, piedras preciosas, esmeraldas y una gran cantidad de finas telas, todas superiores a las que habían visto antes.

Pasada ya la fiesta gloriosa, los españoles continuaron su camino, descubriendo poderosos pueblos en los que la vista se deleitaba con la abundancia de tugurios que parecían innumerables. Las imponentes estructuras de los grandes cercados, bajo el mando de sus gobernantes, eran laboriosos edificios de paja y madera, curiosamente construidos.

De cada cercado surgía una niveladísima carrera, que se extendía a lo largo de media legua, lo suficientemente ancha para que dos grandes carretas pudieran transitar sin estorbo, rectas y sin desviaciones. Aunque se encontraban en lomas, su alineación se mantenía correcta. Estas vías, que hoy en día aún se señalan, servían en su tiempo para celebrar las fiestas que les eran habituales, con una variedad de entremeses, juegos y danzas, al son de sus agrestes caramillos y rústicas cicutas y zamponas.

Cada participante mostraba sus riquezas con ornamentos de plumajes y pieles de diversos animales; muchos llevaban diademas de oro fino y medias lunas características. Al llegar al final de la carrera, hacían ofrendas a sus ídolos, a menudo con derramamiento de sangre humana. Colocaban sobre las garitas de los mástiles, de los que hemos hablado, a algún esclavo vivo y amarrado, al que arrojaban dardos afilados. Al pie del mástil, muchos colocaban escudillas, de las cuales la sangre del desafortunado paciente era recibida.

Los dueños de las vasijas ofrecían esa sangre al torpe santuario con sus ceremonias ridículas, y una vez concluido el ritual, regresaban por la misma carrera, continuando sus juegos hasta llegar a la casa del cacique, desde donde comenzaba el festejo. Este, a su vez, los despedía con favores, alabando sus buenas invenciones, juegos y regocijos.

Los españoles, continuando su camino, llegaron al pueblo de Chía, considerado el origen y principio del imperio del rey de Bogotá. Allí se detuvieron poco tiempo, ya que se encontraron con los dos Señores, conocidos como Suba y Tuna, quienes salieron a recibirlos con rostros alegres y sinceras muestras de hospitalidad, adornados con joyas de oro y esmeraldas.

Tras llegar a su pueblo, los conquistadores fueron alojados en aposentos bien decorados, y aunque recibieron regalos, no se dejaron llevar por la paz aparente. La fama de la grandeza y riqueza del gran señor a quien estos indios obedecían no les permitía descansar mucho, ya que estaban ansiosos por comprobarlo con sus propios ojos.

Así, al día siguiente, comenzaron a descubrir la majestad de los cercados y casas del Señor, cuya grandeza hacía insignificantes las construcciones pasadas y las moradas de los bogotaes en comparación con los demás edificios comunes. Esta magnificencia avivó aún más sus deseos de avanzar, con el ánimo de tomar las puertas del alcázar con una carrera tan veloz que parecía un vuelo.

Eran como aves rapaces que, con ímpetu furioso, descendían tras su presa. Sin embargo, en el momento de intentar la captura, el tímido conejo se ocultó bajo las ramas espesas de un arbusto cercano, lo que resultó en un obstáculo para el águila real y la dejó sin cebo. De esta manera, los españoles se encontraron sin provecho, ya que el gran Señor se había retirado a un bosque secreto, dejando su casa y las demás sin nada de lo que pudieran apropiarse, sin rastro ni indicios de tesoro en el notable pueblo.

A pesar de la ausencia de riquezas visibles, había en el pueblo una multitud de santuarios públicos, así como alcancías o cepos donde los indígenas depositaban sus ofrendas. En estos santuarios, se distinguían dos tipos de gazofilacios: uno, que era una imagen hueca de barro mal proporcionada, con una abertura en la frente para recibir joyas de oro y figuras de diversos animales. Esta abertura se cubría con un bonete hecho del mismo material, similar a los que utilizan muchos indios, algunos redondos y otros con picos, parecidos a los de los clérigos cristianos, pero tejidos con hojas de palmas. Algunos bonetes tenían en la parte superior un pequeño adorno de grosor de un dedo, con una longitud de seis o siete.

En los santuarios, los indígenas también contaban con ciertas vasijas colocadas sobre la tierra, con el cuello apenas descubierto, apenas visibles, por donde se introducían las joyas y preseas que ofrecían. Cuando estas vasijas se llenaban, los xeques las enterraban en lugares secretos, reemplazándolas por otras nuevas. Después de que la tierra se trabajaba más, la codicia de las gentes revelaba algunos de estos escondites, permitiendo que algunos mejoraran sus vestimentas y cambiaran su suerte, a quienes la fortuna les favorecía al guiarlos hacia bienes ocultos, apartados de los usos comunes que la naturaleza había dispuesto.

Sin embargo, en aquella época, reinaba la ignorancia, y se ponían velos sobre los ojos, impidiendo que se vislumbraran los grandes secretos que yacían en las cavernas de la tierra. Aparentemente, la bondad de estas provincias se limitaba a su fertilidad y abundancia de productos necesarios para la vida, siendo, sin embargo, paupérrimas en plata y oro. Las muestras de riqueza que se habían visto antes eran consideradas meras vías de rescates y contratos, y así, solo buscaban reformarse en esos asientos apacibles.

Una vez pasadas las aguas del invierno, planificaban avanzar en su conquista en busca de regiones más ricas. Pero los bogotaes, al darse cuenta de que la tardanza no era cosa de pocos días y que los españoles estaban reposando en sus tierras, decidieron tomar el asunto en sus propias manos. Comenzaron a asediarlos con ataques intensos y frecuentes, sin darles un momento de tranquilidad durante el día y la noche. Sus acometimientos eran lejanos, con tiros de proyectiles desde lejos, evitando el enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Sin embargo, los jinetes españoles no podían hacer mucho, ya que los indígenas rápidamente se refugiaban en pantanos y lagunas que abundaban en los campos, cuyas aguas cenagosas resultaban un obstáculo para los caballos.

No eran pocas las veces que los españoles, confiando en su rapidez, quedaban tendidos en las secas llanuras, siendo alcanzados por las piernas más ligeras de los indígenas, antes de que pudieran refugiarse en sus guaridas. Desde esos escondites, los indígenas lanzaban incansablemente ataques, utilizando nubes de flechas, algunas incluso con fuego, intentando incendiar los aposentos que, gracias a la diligencia de los españoles, se mantenían a salvo del incendio.

En medio de estas penurias y desasosiegos, transcurrieron muchos días. Al ver la determinación de los españoles, y bajo mandato del Rey, muchos caciques se acercaron con intenciones de paz, trayendo consigo abundantes provisiones, aunque sin revelar el tesoro que realmente deseaban.

En este contexto, los más diestros entre los españoles se esforzaban por comprender la lengua indígena. La conversación cotidiana les iluminó con el idioma, de tal manera que muchos de ellos podían, aunque con titubeos, hacer preguntas. Especialmente las indígenas que habían escapado de las que se habían llevado de la costa, pues entendían con facilidad los términos de aquel lenguaje.

Los indígenas, por su parte, no mostraban extrañeza ante la llegada de la nueva gente, y muchas de las mujeres, como era común, se mostraban amistosas y dispuestas a servir, siendo además bastante intrigantes y coquetas.

Los indios Bogotaes venían en gran número, a toda hora, para observar a los españoles y a sus caballos. Por las mañanas y por las tardes, los jinetes hacían carreras, mostrando la ligereza con la que esos animales se movían. Los jóvenes indios, bien dispuestos y con gran confianza, mostraban que tenían caballos ágiles que no dudarían en competir con cualquier rocín.

Los castellanos, al ver la seguridad y la resolución de los indígenas, se admiraron. Lázaro Fonte, quien podía destacarse entre los buenos jinetes, decidido a demostrar su destreza, se dirigió a los indios y propuso un desafío, deseando que comprendieran la diferencia que había entre los caballos y ellos, aunque estos fueran tan veloces como las míticas figuras de Camila o Atalanta.

Subió a un caballo zaino, que había demostrado ser bueno, y convocó a los indios a que se presentara quien tuviese más confianza en su velocidad. Pronto un joven indio, de gallardo porte y movimiento, se hizo paso entre ellos. Con su cuerpo adornado por delgadas telas, estaba listo para la carrera.

Tras marcar la distancia y dar la señal de partida, el indio salió disparado con tal rapidez que parecía que no tocaba el suelo. Lázaro, con astucia, le dio ventaja, permitiéndole adelantarse a media rienda, lo que provocó la alegría de la multitud indígena, que creía haber cumplido su deseo.

Sin embargo, cuando Lázaro Fonte vio que ya faltaba poco para llegar a la meta, espoleó con más fuerza a su caballo, que voló con la rapidez del mítico Pegaso. Al llegar al lugar donde el indio movía los pies con velocidad, Lázaro, ya sea por la inercia del galope o por malicia, se abalanzó de encuentro con el indio, no de lleno, pero de tal manera que lo hizo caer, barriendo la tierra con su rostro, mientras Lázaro continuaba su camino hasta detenerse.

Los indios se apresuraron a socorrer al caído, mientras varios españoles también acudieron a ayudarlo, ofreciéndole una totuma de agua fría, un remedio que utilizamos comúnmente tras una caída. A partir de ese momento, nadie más se atrevió a desafiar a los caballos en una carrera.

Sin embargo, la multitud continuaba llegando a todas horas, tanto gente común como caciques. Estos últimos eran muy bien recibidos por el sabio general y los capitanes, quienes les instaban a hablar con el Señor para que viniera a su cercado y a sus aposentos, bajo la promesa de amistad inviolable. No obstante, todos respondían que no sabían dónde se encontraba el gran Señor. Aún bajo tortura, ninguno podía ofrecer información, ya que su lealtad hacia él era indiscutible.

Los españoles, sintiéndose tan sanos como si nunca hubieran padecido molestias, seguían trabajando en la tierra. El Don Gonzalo, siempre buscando mantener a sus hombres ocupados y alejados del ocio, decidió que Juan de Céspedes saliera con peones y caballería para explorar las tierras que limitaban con los Bogotaes. Con cuarenta peones y catorce caballeros, Juan se dirigió hacia el occidente, pero no se ofrecerá una memoria particular de este viaje en este canto, ya que se detallará con especial atención en el futuro.

***

Canto cuarto

En este relato se narra cómo los indios Bogotaes, con astucia y engaño, guiaron al capitán Juan de Céspedes y a sus hombres hacia la provincia de los Panches, una tribu conocida por su ferocidad y belicosidad. Esta historia demuestra cómo la malicia puede ocultarse tras una aparente inocencia, y cómo aquellos que parecen más sinceros pueden ser los más traicioneros.

Los Bogotaes, al ser consultados por Céspedes sobre guías y porteadores para su expedición, decidieron en secreto conducirlos hacia los temibles Panches. Esta tribu era famosa por su fiereza, implacabilidad y por practicar el canibalismo. Los Panches eran tan temerarios en la batalla que se lanzaban contra sus enemigos sin miedo alguno, cual lobos sobre corderos indefensos.

Los Moscas, a pesar de ser superiores en número, vivían aterrorizados por los Panches, considerándolos bestias indomables. Para proteger sus fronteras, el cacique de Bogotá mantenía guarniciones de guerreros llamados Guechas en Tibaquí, Ciénago y Fosca. Estos Guechas eran hombres valientes, ágiles y vigilantes, fácilmente reconocibles por sus cabezas rapadas y sus ornamentos de oro que atravesaban sus labios, narices y orejas - cada uno representando a un Panche caído en batalla.

Al encaminar a los españoles hacia los Panches, los Moscas perseguían un doble objetivo: si los cristianos vencían, los Panches quedarían debilitados y fáciles de someter; si los españoles eran derrotados, los Moscas podrían deshacerse más fácilmente de los invasores restantes.

Así, la expedición se dirigió a Tibaquí, un señorío bajo el dominio de Bogotá. Allí, el cacique local los recibió con fingida amabilidad, proporcionándoles lo necesario para el viaje. Un Guecha principal, asombrado por la osadía de tan pequeño grupo de extranjeros dispuestos a adentrarse en territorio Panche, decidió advertir a Juan de Céspedes.

El Guecha, a través de un intérprete, describió a los Panches como seres indomables, abominables y carnívoros, capaces de devorar incluso a sus propios hijos y mujeres en sus festines. Les advirtió sobre los peligros que enfrentarían, desde las cabezas expuestas como trofeos en las entradas de las aldeas hasta las mortíferas flechas envenenadas. Finalmente, el guerrero Guecha predijo que, con tan pocos hombres, Céspedes y los suyos encontrarían una muerte segura en manos de los Panches.

Céspedes, agradecido por el consejo que parecía estar fundado en genuina preocupación, respondió al Guecha con determinación:

"Capitán, aunque el riesgo que describes sea evidente, no puedo dar la vuelta sin haber visto el rostro y el proceder de esa gente. El desarrollo de la batalla revelará quién es el más valiente. Pero puedes estar seguro de que no me comerán, pues soy duro de roer."

El Guecha se alegró con la respuesta del recién llegado, cuyas palabras parecían estar a la altura de sus acciones. Tras este intercambio, cada uno se retiró a su lugar de descanso asignado, pues la noche ya extendía sus alas sobre los últimos rayos del día. La vigilia nocturna se dividió en turnos entre los soldados alertas.

Al despuntar el alba, la expedición reanudó su marcha. Los caballeros y sus monturas iban protegidos con armaduras acolchadas, mientras que los soldados de a pie vestían sayos reforzados. Llevaban las espadas desenvainadas y los escudos embrazados, pues los guías indígenas aseguraban que el territorio enemigo estaba cerca. Los rostros pálidos de estos guías revelaban el gran temor que los embargaba, imaginando ya el encuentro con sus temibles adversarios. No era su voluntad, sino el mandato del señor Thisquesuzha, lo que los impulsaba a continuar.

Así penetraron en las tierras de aquella nación cruel y feroz. En los primeros poblados que encontraron no hallaron habitantes, pues al parecer los Guechas fronterizos habían alertado sobre la llegada de los que llamaban "Ochies" o "Soagagoas" (hijos del sol en lengua mosca). Los nativos se habían replegado hacia el interior, en un asentamiento más extenso, donde se estaba congregando toda la población para preparar la batalla una vez que sus espías confirmaran la presencia de los invasores en su territorio.

Los españoles, recelosos de posibles emboscadas en los pasos estrechos y zonas escarpadas, avanzaban con suma cautela por una loma despejada. Desde allí, la vista podía abarcar una gran distancia sin obstáculos. No tardaron en divisar una multitud de penachos ondeando, semejantes a las espigas de altos carrizos mecidas por el viento a orillas de un río.

Así se presentaba ante ellos un ejército de cinco mil guerreros embijados. Eran hombres robustos, ágiles y de gran estatura, con gestos feroces y cráneos deformados intencionalmente desde la infancia, lo que les daba un aspecto aún más temible. Sus narices eran generalmente aguileñas, y llevaban el cabello corto por delante y algo más largo por detrás.

Sus formaciones eran tan disciplinadas como las de los mejores ejércitos europeos. Algunos portaban escudos y múltiples dardos, otros empuñaban largas picas y mazas, mientras que otros estaban armados con potentes arcos y flechas. Había también honderos con bolsas llenas de piedras lisas y redondas, y guerreros con cerbatanas y aljabas repletas de saetas emplumadas. Todas sus armas arrojadizas estaban impregnadas con un veneno letal que prometía una muerte agónica a quien fuera alcanzado.

Este impresionante despliegue de fuerza y organización militar dejaba claro que los españoles estaban a punto de enfrentarse a un enemigo formidable, muy diferente de lo que habían encontrado hasta entonces en sus conquistas.

Al ver la feroz hueste y la formación organizada de los salvajes, los españoles se reagruparon en la parte más ancha de la loma. Juan de Céspedes, con el brío que lo caracterizaba en tales situaciones, dirigió una mirada a sus compañeros y, con gracia, les dijo:

"¡Ah, caballeros! Los toros están aquí, listos para enfrentarse a los alanos. Si queréis que suelten sus armas, abrid bien los ojos y apretad las manos. Que los golpes sean rápidos y sonoros, los brazos ágiles y los pies ligeros. Que la espada corte y la lanza no se embote. Cada uno cuide de sí mismo.

"Somos lo mejor de este nuevo mundo, según las hazañas realizadas antes. Este feroz tumulto de gigantes caerá con pocas heridas. Yo me atrevo con la mitad de ellos, bien podréis con el resto. Dejemos que se acerquen estos ebrios de guerra, que ya se retirarán, aunque no todos.

"Porque, con la ayuda de Dios, este día será aciago para ellos, y tendrán que cesar en su empeño cuando vean el estrago. Yo daré la señal de ataque; cuando grite '¡Santiago!', que avance la caballería y que la infantería siga nuestros pasos."

Mientras tanto, los enemigos se acercaban a paso lento y en formación ordenada, divididos en dos largas columnas que rodeaban ambos lados de la loma. Ya estaban cerca de los españoles cuando los indios Moscas, aterrorizados, se escondían bajo los caballos. Algunos incluso huyeron antes de que comenzara la batalla, no parando hasta llegar a Bogotá, donde, sin haber presenciado el conflicto, aseguraron que los Panches habían sido victoriosos y que habían devorado a todos los católicos. Su experiencia con esta feroz nación les hacía creer que este desenlace era inevitable.

Sin embargo, se equivocaron en su presunción. Los españoles, viendo el momento oportuno, se lanzaron al ataque. Céspedes dio la señal gritando: "¡Santiago y a ellos, caballeros!" Los jinetes espolearon sus caballos bien armados y arremetieron contra la multitud de bárbaros que se protegían con escudos. El impacto de los caballos los derribó, cayendo unos sobre otros como leños mal apilados.

La infantería española aprovechó la confusión para emplear sus espadas, cercenando piernas, brazos y cabezas. La escena se asemejaba a la de un leñador cortando las ramas de robles caídos. Los jinetes, por su parte, manejaban sus lanzas con destreza notable, atravesando a los que parecían ser los líderes enemigos.

Los Panches, ya más organizados, intentaron resistir con sus picas y lanzaron una lluvia de dardos y piedras sobre los españoles. Las flechas eran tan numerosas que los caballos y jinetes parecían erizos. En medio de esta intensa batalla, un grupo del flanco izquierdo enemigo intentó tomar la parte alta de la loma para atacar a los españoles por la espalda.

Juan de San Martín, un caudillo tan experimentado como Céspedes, advirtió de esta maniobra: "Una gran multitud nos rodea con astucia. Aquí, para poner fin a la pelea, cumpla usted con su deber, mientras yo me encargo de contener a los que se mueven por este lado. Es necesario actuar rápido antes de que puedan establecer su posición."

Céspedes respondió a su compañero: "Me parece, señor, un consejo sensato acudir a tales coyunturas, tanto más útil cuanto más temprano, antes de que ocupen las alturas. Principalmente, yendo vuestra mano, tendremos las espaldas bien seguras. Lleve vuestra merced a los efectos aquellos que le fueren más aceptos."

Juan de San Martín convocó de inmediato a Juan de Albarracín, Galeano, Domingo de Aguirre, Salguero y doce valerosos soldados de a pie. Puestos al encuentro de la gente enemiga, ansiosa por probarse contra los españoles, comenzó una lid sanguinolenta con tal obstinación, furor y saña, que cuanto más estrago se hacía en la salvaje turba temeraria, con tanto más denuedo se arrojaban contra las mismas espadas y lanzas.

La lluvia de piedras y proyectiles era tan densa como las gotas que salpican de las peñas golpeadas por el mar impetuoso, cuando rompe en ellas la soberbia de sus olas, y arrebatadas por los vientos se esparcen por las playas, embistiendo al caminante que forzosamente hace su viaje por la ribera.

Así, los animosos españoles se mantenían con gran dificultad, sus escudos falsados y sus brazos molidos por los golpes contundentes. Se veía claramente la mengua de sus fuerzas y su cansancio. Juan de San Martín, reconociendo que los tajos y reveses se volvían remisos y tardíos, alzó la voz diciendo:

"¡Oh gente noble, clara y ortodoxa! ¿En riesgo y peligro semejante os mostráis tibios y con la mano floja? Cobrad, cobrad vigor y buen talante. Españoles, que la virtud no quede coja ni se resfríe, porque, Dios mediante, este tumulto que nos es molesto muy quebrantado lo veremos presto."

Estas breves razones fueron suficientes para restituirles sus ardores, así como la vela recién apagada cuyo pábilo queda humeando, que en cuanto es tocada por la llama, con gran facilidad es encendida. No menos lo fueron en el instante en que la lumbre pasó por la memoria de las victorias antes adquiridas.

Y así, con nuevo brío, tal estrago hacía por la rústica caterva, que las hierbas perdieron sus verdores, cubiertas del profuso derramamiento de sangre y multitud de miembros palpitantes. Don Juan de San Martín manejaba el asta con presta y admirable vigilancia, sin desviar los golpes de la parte donde los encaminaba su deseo, con gran menoscabo de las vidas de los bárbaros que más se señalaban.

Entre ellos, uno se mostraba con más autoridad y severidad, alto, robusto, fiero y riguroso en las reprehensiones, animando a los que con tibieza se movían. San Martín reconoció en él al más principal, según las muestras, y comprendió que le convenía abatir rápidamente su coraje y osadía. Mas esperaba la coyuntura adecuada, porque con el tumulto contrapuesto, no quería que su brazo quedase defraudado del mortífero golpe que preparaba.

Al ver a su alcance al líder enemigo, espoleó su caballo y arremetió con velocidad, atravesándolo. En su veloz acometida, le clavó la lanza por un hombro, saliendo el hierro por el costado. El guerrero indígena, tras lanzar un grito desgarrador, se desplomó como un árbol talado por un carpintero.

Al ver caer a su líder, aquellos que le rendían vasallaje fueron presa del temor y se dispersaron, precipitándose cuesta abajo. Su huida se asemejaba a la de una jauría de perros que, tras ladrar a un transeúnte, se retira en desbandada cuando éste lanza una piedra y hiere a uno de ellos.

De igual manera, la feroz horda indígena, atónita ante el grito final de quien creían invencible, emprendió una apresurada retirada. Cada uno buscó refugio por donde mejor podía, concediendo así la victoria a los españoles. Esta victoria fue evidente para todos, pues en el mismo momento, Juan de Céspedes ya había desbaratado al grueso de las fuerzas salvajes.

Durante esta batalla se realizaron hazañas que parecían milagrosas, para gran asombro de los Moscas. Estos, refugiados en un lugar más elevado, fueron testigos del riguroso conflicto y de los heroicos hechos de los invencibles forasteros.

Aunque ninguno de los españoles pereció, doce de ellos resultaron gravemente heridos. Entre ellos se encontraba Juan de Montalvo, quien, con su barba blanca y honorable, aún vive hoy y ocupa un puesto de autoridad en la plaza real. También seis caballos quedaron lastimados por dardos y flechas.

Los españoles se dirigieron al pueblo más cercano de los que encontraron deshabitados, para atender sus heridas con el cauterio del hierro ardiente, considerado como cura eficaz. Allí pretendían descansar aquella noche del arduo combate.

Sin embargo, los habitantes de la zona, escondidos en cavernas cercanas, no les dieron tregua. Durante toda la noche los hostigaron con constantes ataques, obligando a los españoles a permanecer en pie y alerta, con las armas en la mano y los caballos ensillados y embridados.

Al despuntar el alba, cuando los rayos del sol comenzaban a disipar las tinieblas de la noche, los españoles decidieron abandonar aquel suelo belicoso para atender con mayor seguridad a sus heridos. No regresaron por el mismo camino, sino que optaron por una sierra boscosa que, según los guías Moscas, acortaría la ruta.

Antes de iniciar el ascenso, divisaron a un Panche solitario que se acercaba vociferando. Era un hombre de gran estatura y aspecto temible, armado únicamente con una pesada macana de madera. Los españoles, creyendo que podría ser un mensajero de paz o de guerra, se detuvieron para conocer sus intenciones.

El Panche no tardó en revelar sus propósitos: como saludo, descargó un golpe con todas sus fuerzas sobre el primer español que encontró, Juan de las Canoas. Este, al ver venir el ataque, interpuso su escudo, que quedó hecho añicos como si hubiera sido alcanzado por un rayo. A pesar de ser un joven robusto y valiente, Juan de las Canoas no pudo mantenerse en pie y cayó aturdido.

Ante esto, los españoles arremetieron contra el Panche por todos lados. Céspedes gritaba que no lo mataran, sino que lo capturaran vivo para entender el motivo de su locura. Sin embargo, el soberbio guerrero se defendía con su garrote y su prodigiosa fuerza, manteniendo a raya a sus atacantes con la destreza de un maestro de esgrima.

Finalmente, Juan Rodríguez Gil, un joven de fuerza descomunal, aprovechó un momento oportuno para saltar sobre la espalda del Panche y rodearlo con sus brazos nervudos. La escena se asemejaba a un tigre que, tras acechar sigilosamente, salta sobre un novillo. El Panche, como el novillo atacado, se sacudía violentamente intentando liberarse, pero sin éxito.

Así tenían apresado al guerrero Panche, quien ya no podía usar su macana. Con dificultad se la arrebataron de las manos, atándoselas luego con esposas y colgando una cadena de su cuello. Juan de Céspedes, a través de un intérprete Mosca, le preguntó:

"Dime, bárbaro valiente, ¿qué locura te poseyó para que, siendo solo contra tanta gente, presumieras venir a competir? Pues que te movieras tú solo, sin emboscada de mayor fuerza, no me parece testimonio verdadero, y si lo es, debes ser un demonio."

El indio respondió: "Soy un hombre conocido por mi nombre y criado en esta tierra. Anteayer me vi obligado a salir, y ayer, que no debiera, ya tarde, vi con temor cobarde a gente Panche que nunca antes tuvo tal mancha. Me dijeron que habían sido derrotados y abatidos por vosotros, que sois menos y tan pocos. No tuve por loco desconcierto pensar en dejaros muertos por mi mano, en venganza de un hermano, un tío y un hijo mío, junto con otros parientes cuya muerte me turbó de tal manera que, con saña y sin convocar compañía, intenté lo que visteis cuando probé mis fuerzas contra las vuestras."

Todos quedaron admirados por la soberbia y atrevimiento con que les hablaba. Céspedes quería llevarlo preso a Bogotá, pero Juan de las Canoas, humillado por haber sido derribado, junto con otros compañeros impacientes, aprovecharon un descuido del capitán para decapitar al indio. Los Moscas guardaron la cabeza y, en certificación de la victoria, la llevaron con gran solemnidad y regocijo a su tierra.

Los españoles partieron entonces, atravesando aquella sierra. Para explorar si el camino era transitable para los caballos hasta llegar a la sabana rasa, Céspedes envió a Juan del Valle y a Juan Rodríguez Gil, jóvenes ágiles, para que fueran descubriendo el terreno y aguardaran en las partes más escarpadas.

Así, los dos exploradores iban siempre por delante, apartados del grueso de la tropa a una distancia de media legua aproximadamente. Seguían una senda vieja y poco transitada, flanqueada por monte espeso a ambos lados, pero lo suficientemente ancha como para que las bestias pudieran avanzar en fila india.

Avanzando con cautela, como quienes temen una emboscada, los exploradores avistaron a veinte guerreros bien armados que venían por el sendero con igual precaución. Creyendo probable que hubiera una celada más adelante, Juan del Valle y Juan Rodríguez Gil embrazaron sus rodelas y desenvainaron sus espadas con brioso valor. Se colocaron a los lados del camino, uno frente al otro, dejando el paso libre entre ellos, y por señas invitaron a los indios a acercarse si los buscaban.

Sin embargo, los indígenas, sentándose en el suelo, mostraron una cruz y una carta, señales que los españoles reconocieron como un mensaje enviado desde Bogotá. Así, esperaron hasta que llegó el resto de la tropa. El capitán Céspedes, al recibir la carta, la leyó en voz alta para todos. Su contenido era el siguiente:

"Estamos inciertos de vuestro bien o mal, pues los indios Moscas que huyeron nos han asegurado que estáis muertos. Que Dios no lo permita, pero los que estéis vivos, vista y entendida esta carta, apresurad lo posible vuestra vuelta."

Comprendiendo la angustia que la falsa noticia había causado, tanto los sanos como los heridos se esforzaron por desmentirla con su presencia, dándose toda la prisa posible en salir a terreno descubierto. Así, dos o tres días después, llegaron a Bogotá, donde fueron recibidos con gran alegría por sus compañeros, todos ansiosos de verse las caras nuevamente.

Ya fuera de peligro los que fueron heridos en la guerra contra los Panches, decidieron dejar el asentamiento de Bogotá y, con todo el grupo reunido, partir en busca de las minas de esmeraldas, de las que ya tenían clara noticia. Confiando en sus buenos guías, que según las preguntas y respuestas no se movían con incertidumbre, emprendieron la marcha.

***

Canto quinto

En este pasaje se narra cómo, tras salir de Bogotá, los españoles descubrieron otras provincias muy pobladas, donde en su mayoría fueron recibidos pacíficamente.

El narrador comienza con una reflexión sobre la importancia del tiempo, la paciencia, la prontitud y el cuidado para descubrir las cosas más ocultas. Aconseja a quienes exploran nuevas tierras que, aunque no encuentren montañas de oro de inmediato, perseveren, pues los secretos de una tierra no se revelan al primer intento. Advierte que por falta de perseverancia, algunos han dejado escapar prósperas oportunidades, quedando defraudados tanto de lo que tenían como de lo que esperaban encontrar.

Esto mismo podría haberles sucedido a los descubridores de este reino si, como intentaron dos veces, hubieran bajado de las sierras a los llanos, que habían sido sepulcro y perdición de las expediciones provenientes de Cubagua y Venezuela. Sin embargo, el sabio General, al ver tan buenas muestras de oro y esmeraldas entre los indios Moscas, tuvo la certeza de que allí se originaban y no provenían del comercio.

Siguiendo su costumbre de interrogar a los nativos menos cautos, el General preguntó sobre el origen de las piedras verdes que los indios le entregaban. Un joven respondió que se encontraban en Somendoco, a menos de doce leguas de donde estaban acampados. Al oír esto, el Licenciado lo comunicó a sus capitanes, y acordaron visitar el lugar que producía estas piedras preciosas.

En su viaje, pasaron por Bojacá, un cacique rico cercano a Bogotá, que no quiso recibirlos como los otros. Allí tomaron sin resistencia más de quinientas piezas para carga y una cantidad de ropa de sus telas, las más finas que habían visto hasta entonces.

Continuando su jornada, atravesaron las grandes poblaciones de Teusacá, Guasca y Uzaque, asombrados por la multitud de nativos que encontraban por doquier. Los caciques y gobernadores los recibían pacíficamente, con grandes ceremonias y respetos. Cuanto más avanzaban, más poderosos eran los pueblos que descubrían.

Llegaron finalmente a Guatavita, un asentamiento fortificado con gran fuerza de gente. Sin embargo, allí también fueron recibidos con regalos y muestras de amistad.

Al día siguiente, tras despedirse, los expedicionarios se dirigieron a Chocontá, un pueblo próspero y poderoso, donde fueron recibidos con igual hospitalidad. Chocontá era una localidad fronteriza con los dominios de Tunja, ya que los límites de Bogotá llegaban hasta esta ciudad, llamada por los conquistadores "del Espíritu Santo", debido a que allí celebraron la Pascua sagrada.

Una vez concluida la festividad, cruzaron los límites hacia Tunja y llegaron a Turmequé, un pueblo cercano a Chocontá. Este lugar estaba abarrotado de gente, ya que el Señor de Tunja, cuya ciudad distaba unas cuatro leguas, mantenía allí grandes guarniciones debido a las antiguas guerras y rivalidades con el Señor de Chocontá. Ambos gobernantes controlaban a los caciques principales de sus reinos.

Sin embargo, los españoles desconocían estas rivalidades durante un largo tiempo. Nadie mencionó el nombre de Tunja, ni se sabía quién era su gobernante ni dónde residía. A pesar de su estancia prolongada en Turmequé, donde fueron tratados con gran veneración por los habitantes, quienes los consideraban casi divinidades, no obtuvieron noticias del rey ni de las riquezas que guardaba.

Después de varios días en Turmequé, que llamaron "el pueblo de las Trompetas" por haber fabricado cuatro trompetas con viejas pailas de cocina para darle solemnidad a su marcha, partieron hacia Isabuco, otro pueblo igualmente poderoso. En el día de San Juan llegaron a Tenza, un poblado destacado por su tamaño, al que denominaron con el nombre del santo del día de su pacífica llegada.

Desde allí, continuaron hacia Garagoa y Ubaque, lugares donde hicieron una breve parada. Finalmente, al acercarse a las minas de donde se decía se extraían las esmeraldas, enviaron a un grupo de soldados liderados por Juan de Albarracín y Paredes Calderón, quien aún vivía en el momento en que esta crónica fue escrita, con el fin de verificar la existencia de dichas piedras preciosas y traer pruebas de ello.

Cumpliendo con la orden, el grupo de soldados liderado por Juan de Albarracín llegó a Somondoco, en las altas sierras donde se extraían las preciadas esmeraldas. Desde allí, pudieron contemplar claramente una vasta extensión de los inmensos llanos, hasta donde la vista alcanzaba. Según la apreciación de todos, el trayecto para llegar a esos llanos parecía corto, lo cual generaba gran entusiasmo, pues se creía que esa tierra sería de enorme importancia. Sin embargo, como nunca habían explorado esa región, su viaje hasta ese momento solo les había deparado hambre, calamidades y desventuras, especialmente en invierno. En verano, en cambio, podían sobrevivir gracias a la abundancia de perros, caballos, venados y pescados.

Finalmente, regresaron al campamento llevando consigo muestras de las esmeraldas y detallando cómo habían avistado tierras de gran magnitud. El general, ansioso por explorar aquellos llanos, encargó a Juan de San Martín la misión de continuar la expedición, con la orden de regresar y dar aviso en un plazo máximo de diez días. San Martín partió con peones y hombres a caballo, confiados en superar cualquier dificultad que se les presentara.

Su ruta los llevó a través de Nengupá, la última lengua de tierra dominada por los Muiscas, hasta llegar a las arduas montañas de los indios Tecuas. Este grupo indígena, distinto tanto en vestimenta como en lengua, habitaba un terreno desafiante que los expedicionarios tuvieron que atravesar. En su camino, encontraron un río estrecho, pero cuya corriente era tan furiosa que el más osado tuvo que dejar de lado su confianza. El río descendía por peñascos, envuelto en un torrente espumoso tan violento que el agua cristalina no se podía ver, como ocurre en las montañas nevadas, donde la nieve blanquea la vegetación.

Cinco soldados decidieron buscar un paso más tranquilo río abajo, donde inesperadamente encontraron a un indígena. Este, sorprendido por la visión de extraños hombres barbudos, quedó paralizado por el terror, como un viajero acechado por una fiera, que al no poder escapar, se ve obligado a defenderse. Rodeado por los cinco soldados, el feroz indígena reaccionó con furia, manejando un pesado astil con una violencia que lo asemejaba a un demonio. Logró herir a tres o cuatro de los soldados, ya que estos intentaban capturarlo vivo para que les sirviera de guía.

El combate se prolongó un buen rato, pero finalmente los soldados, sin herirlo, lograron derribarlo y, arrastrándolo, lo llevaron hacia la corriente del escarpado río. El indígena luchaba con todas sus fuerzas, golpeando con manos, pies, rodillas, e incluso mordiendo. En medio de la refriega, uno de los soldados soltó un grito al ser víctima de una dolorosa mordida en sus partes íntimas. A pesar de su resistencia, el indígena fue finalmente sometido, aunque no sin antes haber mostrado una defensa feroz y desesperada.

Luego de someter al indígena, los soldados, a través de señas amistosas, le hicieron entender que solo querían que les indicara un lugar seguro para cruzar el río. El indígena, aún desconfiado pero cooperando, les mostró una improvisada y curiosa estructura: un puente tejido con bejucos, suspendido entre los árboles más altos. Era una invención completamente desconocida para los soldados, quienes, con años de peregrinaciones y exploraciones, nunca habían visto algo similar.

Sin embargo, ninguno de ellos se atrevía a cruzar el puente. No solo parecía frágil, como un zarzo mal construido con largas mallas, sino que también sospechaban que podía tratarse de una trampa. La idea de cruzar aquel puente tambaleante no inspiraba confianza. Pero fue Juan Rodríguez Gil, más audaz que los demás, quien decidió inspeccionar las ligaduras del puente. Tras observarlas con detenimiento y comprobar que las amarras parecían sólidas, comenzó a cruzar lentamente. A pesar de los balanceos propios de un columpio, logró llegar al otro lado sano y salvo.

Con su hazaña, el resto de los soldados se animó a cruzar, aunque lo hacían con suma cautela y evidente descontento, pues sabían que no podrían hacer lo mismo con sus caballos. Decidieron entonces buscar un lugar en el río donde la corriente fuera más tranquila, y allí aventurarse a cruzar los animales. Para hacerlo, necesitaron primero que alguien atravesara con un cordel o una cabuya, que serviría como guía al pasar los caballos. Este método permitiría que, desde la otra orilla, alguien tirara de la cuerda, mientras que en la ribera opuesta los soldados controlaban el paso de cada caballo, asegurándose de que la cuerda no se soltara ni de un lado ni del otro hasta que todos hubieran cruzado.

A pesar de que este plan parecía ser el único viable, nadie se ofrecía a probar el vado, excepto Diego Gómez, un experimentado nadador portugués, quien, con gran valentía, se lanzó a la corriente. Sin embargo, el río resultó ser mucho más traicionero de lo que había previsto. La fuerza del agua lo arrastró de una roca a otra, golpeándolo violentamente. Los demás soldados ya lo daban por perdido, convencidos de que no sobreviviría a aquella embestida. Pero el coraje y la destreza de Gómez fueron más fuertes que la soberbia del río. Sin soltar la soga en ningún momento, luchó contra la corriente y, a pesar de los golpes y el cansancio, logró llegar a la orilla deseada, salvando su vida y asegurando el paso para los demás.

Siguiendo el plan trazado y con ánimo impulsado por gritos y voces, los caballos cruzaron el río uno a uno, guiados por el valiente portugués. No fue una tarea fácil, pues la corriente y las condiciones del terreno hicieron que la empresa se prolongara. Una vez completado el paso de los animales, los dueños de los caballos regresaron al puente para transportar las sillas, el equipaje y todo el fardaje que había quedado pendiente. Esta operación agotadora les consumió el resto del día, y solo al siguiente pudieron continuar su camino.

Sin embargo, la travesía no fue menos difícil a partir de ese momento. Las tierras que debían atravesar eran extremadamente inhóspitas: ásperas, escarpadas y prácticamente desiertas. Apenas se encontraban algunos pocos habitantes, dispersos a grandes distancias unos de otros, lo que dificultaba aún más la búsqueda de provisiones.

Dos soldados enviados a explorar la ruta que debían seguir los caballos toparon con dos indígenas armados con macanas. Los soldados intentaron capturarlos para que les sirvieran de guías, pero los indígenas, sin mostrar temor ante aquellos extraños que nunca habían visto ni oído mencionar, prepararon sus armas. Uno de ellos golpeó con tal fuerza a un soldado español que le rompió el escudo en dos. El soldado, viéndose desprotegido, reaccionó rápidamente y, con un certero tajo, abrió el pecho del atacante. Al ver a su compañero gravemente herido, el otro indígena huyó a toda prisa, dejando el campo de batalla.

Cuando el resto de la tropa llegó al lugar, encontraron una casa en la que capturaron a quince personas, hombres y mujeres. Entre ellas, destacaba una mujer de notable belleza, que impresionó a los soldados por su elegante porte y su expresión seria. La llamaron "Cardenosa", en honor a una dama que conocían de la costa de Santa Marta.

Desesperados por encontrar comida, registraron la zona en busca de provisiones. No hallaron grano alguno, pero sí encontraron algunas tortas de casabe mezcladas con hormigas aladas, una extraña combinación que en esas tierras solían consumir. Las hormigas, tostadas, tenían un olor similar al de los quesillos asados. También encontraron algunos cultivos de maní, una planta cuyas vainas, no mayores que las de los garbanzos, contenían pequeños granos que, una vez pelados, parecían meollos de avellana, tanto en forma como en tamaño.

Los soldados, al probar el maní tostado, lo encontraron sabroso, pero notaron que, si lo comían en exceso, sufrían dolor de cabeza, lo que algunos expresaron diciendo: "Dolet mihi caput" (Me duele la cabeza). A pesar de ello, descubrieron que el maní era excelente para preparar confituras y un turrón que les recordaba a los piñones, aunque en un contexto completamente diferente al de sus tierras natales.

Los españoles, al llegar a esa región, preguntaron a los indígenas por caminos que los llevaran a los llanos que divisaban a lo lejos. Como respuesta, los indígenas se taparon los ojos, dando a entender que jamás habían visto esa tierra ni conocían camino alguno para llegar a ella. A pesar de esta respuesta, los exploradores no abandonaron su objetivo y continuaron su marcha, avanzando a tientas por rutas desconocidas.

El camino los llevó por montañas inhóspitas, pasos difíciles y quebradas profundas rodeadas de peñascos imposibles de escalar. Durante diez o doce días, no encontraron comida ni señales de vida humana, solo indicios de que aquella zona era habitada por fieras. Finalmente, llegaron a un río mucho más impetuoso y peligroso que el anterior, con grandes peñascos que las aguas furiosas embestían constantemente. Al ver que era imposible cruzarlo, decidieron, desilusionados, regresar al campamento por el mismo camino que habían recorrido.

El regreso fue aún más arduo, pues el hambre, la debilidad y el cansancio agravaron las dificultades del terreno. Tras cerca de cuarenta días desde su partida, llegaron de nuevo a Nengupá, todos vivos, pero tanto ellos como sus caballos estaban al borde de la muerte por el agotamiento y la hambruna. Afortunadamente, el lugar era saludable y abundante en recursos, lo que les permitió recuperarse. Desde allí, enviaron al licenciado un informe detallado de su fallido viaje, expresando su intención de intentar encontrar otro camino hacia las llanuras.

Juan de Sant Martín, con su grupo, continuó explorando tierras pobladas por los Moscas. Descubrieron generosas poblaciones, como la del valle de Bagañique, que más tarde sería conocido como el valle de Vanegas. El grupo descendió desde el alto conocido como Puerto Frío, por un páramo helado, hasta llegar a las moradas de Ciénega, hoy repartimiento de Calderón Paredes.

Al ver la llegada de los españoles, los indígenas de la zona, sorprendidos por la presencia de gente nueva, salieron al encuentro con sus armas, con la intención de capturarlos y ofrecerlos en sacrificio en sus santuarios. Sin embargo, el día era tormentoso, con lluvias y vientos insoportables, lo que complicaba el avance de los españoles por los ásperos y resbaladizos caminos. Además, los soldados no avanzaban juntos; los caballos estaban desmontados, y las sillas de montar eran llevadas por los indígenas que les servían de apoyo, mientras cada uno guiaba a su caballo como mejor podía, buscando mantener el control en medio de las inclemencias.

En medio del conflicto con los bárbaros, quienes atacaban con fuerza a los soldados en las llanuras, Martín Galeano, viendo la audacia desmedida de los indios Moscas, subió a un cerro montado en su caballo. Blandeando su lanza, logró frenar el primer ímpetu de los atacantes, causándoles poco daño. Sin embargo, más que con el filo de su arma, los ahuyentó con el asombro que les causaba ver a un caballo, criatura que nunca antes habían visto.

Este enfrentamiento no duró mucho. Apenas se oyeron los gritos y el tumulto, el resto de los soldados españoles bajaron rápidamente, algunos cayendo y otros resbalando, y los indios, sintiéndose derrotados, abandonaron el lugar. Dejaron tras de sí sus pertenencias, su cena y los fuegos encendidos en sus casas, lo que resultó ser un alivio necesario para los exhaustos españoles, quienes sufrían del frío y la fatiga.

Los conquistadores encontraron en las casas buenas esmeraldas y más de quinientos pesos de oro fino, una cantidad que no habían logrado reunir en ningún otro pueblo, ya que siempre habían negociado pacíficamente y sin romper ningún acuerdo. Satisfechos con este hallazgo, al día siguiente, enviaron dos hombres a caballo al campamento para informar sobre la situación. Este descubrimiento les dio esperanzas de encontrar más riquezas en otros asentamientos, aunque ya empezaban a darse cuenta de que la distancia a las tierras cálidas y fértiles era mayor de lo que habían imaginado.

El campamento se trasladó de Garagoa a la zona de Ciénaga. Mientras tanto, Juan de Sant Martín, con el objetivo de llegar a las llanuras, había partido con su grupo. Pasó por Ciachoque, Tocabita y el pueblo de Toca, al que llamaron "Pueblo Grande" debido a su tamaño e importancia. Atravesaron las alturas de la sierra hasta llegar a un lugar que llamaron "Pueblo de los Paveses", porque los indígenas los enfrentaron en combate con escudos. Sin embargo, los locales fueron derrotados con facilidad, y los españoles continuaron su marcha sin causar más daños.

Llegaron a Issa, una población donde se decía que algunos indios mantenían contacto con las tribus de las llanuras. Mientras estaban acampados, buscando guías que los condujeran por el camino correcto, vieron llegar a un indio herido, con la mano izquierda y ambas orejas recién cortadas, y con el cabello atado a su cabeza. Provenía de Tundama, también conocido como Duitama, un cacique poderoso y guerrero.

El indio, al ser presentado ante los Ochies, se dirigió a ellos con estas palabras: 

«Hijos del Sol, vengo de Tundama, donde la fama de vuestras hazañas ha llegado lejos. Conozco bien lo que habéis hecho, y sé de vuestra bondad hacia quienes buscan la paz. Al enterarme de esto, como hombre sabio y anciano, propuse que alguien fuera a ofrecer paz y regalos a Tundama. Sin embargo, mi consejo fue rechazado, y el tirano cacique, en su ira, me cortó la mano, diciendo: “Serás mi mensajero, y deberás contarles lo que he hecho contigo, ya que así lo haré con ellos cuando lleguen. Diles que no se demoren, y que tú serás su guía mañana.”

Ahora, vengo ante vosotros, gente santa, dispuesto a ser vuestro guía. No os dejéis intimidar por su lanza, y que vuestra mano derecha, más que la mía, busque la justa venganza, pues esta afrenta es tanto vuestra como mía.»

Después de escuchar las lamentaciones del miserable herido, el capitán Cardoso, un lusitano con buena suerte en aquel momento, sintió compasión por su desventura y le curó las heridas. De inmediato, Juan de San Martín ordenó que diez peones y siete jinetes, en quienes todos confiaban, se prepararan para enfrentar al orgulloso cacique Tundama, con el propósito de doblegar su soberbia.

Sin embargo, al llegar a Firavitoba, los españoles fueron informados por los vecinos de la región que el cacique estaba bien preparado, con un ejército disciplinado y pertrechado, listo para defenderse. Tal como se comprobaría más tarde, los informes eran precisos. Ante esta situación, los expedicionarios decidieron no avanzar hacia Tundama en ese momento y optaron por regresar, reconociendo que necesitaban un plan más sólido y un mayor contingente.

Durante su retirada, divisaron a lo lejos un valle fértil que parecía indicar la presencia de una población próspera. Hicieron preguntas al respecto, pero, al saber que pertenecía a la población de Sogamoso, la cual era muy respetada por todos, no tomaron ninguna decisión inmediata sobre su incursión en dicha zona.

Regresaron a Issa, y desde allí, las guías que llevaban los condujeron por un camino diferente, hacia la derecha, desviándose del que originalmente deseaban tomar para llegar a las llanuras. Fueron llevados por los pueblos de Cuitibá, Guáquira, Tota y Bombaza, bordeando la laguna de Sogamoso, sin llegar a la ciudad misma, ni encontrando el respeto sagrado que los bárbaros locales tenían por estas tierras.

Durante quince días los guías los condujeron por rodeos y circuitos, y justo cuando pensaban que estaban saliendo de la serranía, sus propios pasos los llevaron de nuevo a Baganique. Este engaño, aunque desagradable al principio, resultó ser motivo de mayor alegría y satisfacción, pues les permitió corregir su rumbo.

Mientras avanzaban por el valle, encontraron huellas frescas de caballos, lo que les indicaba la presencia de otros españoles. Supieron entonces que el capitán Fernán Vanegas, quien más tarde se casaría con Doña Juana, una noble de la estirpe de Ponce de León, había pasado por allí. Vanegas y su grupo habían tomado algunas prendas, prometiendo entregar mayores riquezas en su búsqueda de ganancia.

Reconociendo la cercanía del campamento en Ciénaga, donde el grupo hizo una pausa, Juan de San Martín envió a dos peones a informar sobre el avance de su expedición. Cuando estos se acercaron al lugar y vieron humo sin oír el murmullo típico de los alojamientos, pensaron que estaban cerca de Ubeita, el punto donde habían dejado a otros de partida. Temiendo ser atacados por los habitantes locales, que aún estaban resentidos por el anterior conflicto, los peones se escondieron tras unos arbustos, planeando regresar bajo el amparo de la noche para reunirse con los suyos.

En medio de su temor y confusión, un asno llamado Marubare, mencionado anteriormente en relación con los sucesos de Santa Marta, emitió un sonido peculiar, similar al canto de Sileno, el cual había despertado a la ninfa Lotis de su dulce sueño. Ese rebuzno, con una armonía singular, tuvo un efecto tan poderoso que los dos hombres dejaron atrás su miedo, interpretando el sonido como un salvoconducto que les permitió salir del monte sin recelo.

Así llegaron finalmente a los aposentos donde se encontraban algunos españoles. Al preguntar por el resto de la expedición, les informaron que estos habían salido en busca del rey conocido como Tunja, del cual Fernán Vanegas había obtenido gran información tras capturar a un indio. Sin embargo, no se sabía aún el resultado de esta misión.

Para narrar lo que ocurrió a continuación, será apropiado comenzar un nuevo canto, digno de la magnitud de los eventos por venir, pues la captura de un rey cuya fuerza parecía invulnerable merece una narración moderna, diferente de lo que hasta ahora se ha contado, y no requiere detenerse demasiado en los detalles precedentes.

***

Canto sexto

En este canto se relata cómo el general Don Gonzalo Jiménez de Quesada obtuvo noticias del rey de Tunja, un poderoso gobernante cuya figura infundía terror no solo en las provincias bajo su dominio, sino también en aquellas que no le rendían vasallaje. Este soberano, de aspecto formidable y temido por su crueldad, fue capturado personalmente por Quesada, quien acudió con cincuenta españoles a pie y a caballo para prenderlo en su propio alcázar, protegido por dos cercas.

El rey de Tunja era un anciano de corpulencia espantosa, feroz en su disposición y cruel en el castigo. Gobernaba su reino con mano de hierro, manteniendo su autoridad mediante el miedo. A lo largo de las lomas occidentales de su ciudad, se podía observar a muchos indios ahorcados, una advertencia para los que osaran desafiar su poder. Los primeros españoles que llegaron a su territorio llamaron a este lugar "la loma de los ahorcados" por la cantidad de cuerpos que encontraron colgando de palos, símbolo de la tiranía con la que este rey controlaba a su pueblo.

Tunja, astuto y diligente en todas las cuestiones de guerra y gobierno, no solo imponía su ley con extrema crueldad, sino que también mantenía una vigilancia constante. Cuando tuvo noticia de que extranjeros recorrían sus tierras en busca de riquezas, con amenazas y castigos, reforzó aún más su control, asegurándose de que ninguno de sus súbditos traicionara los secretos de su reino.

Sin embargo, como en toda situación de opresión, las emociones ocultas y los rencores no tardan en salir a la superficie. Fue durante una expedición de Fernán Vanegas, quien salió con su gente a buscar provisiones en el valle de Baganique, que saquearon varias casas despobladas, entre ellas un santuario. Allí encontraron joyas y objetos de oro fino valorados en seis mil pesos, lo que aumentó el ánimo y la codicia de los españoles.

El relato de la captura de Tunja marca un punto culminante en esta historia, simbolizando la caída de un rey cuya fuerza y soberbia parecían invulnerables, pero que no pudo escapar a la suerte que el destino le deparaba bajo el mando de Don Gonzalo Jiménez de Quesada. Este episodio es un claro recordatorio de que las cosas humanas, por más poderosas que parezcan, están siempre sujetas a la caída y la decadencia.

El bárbaro señor del valle de Tunja, que tanto odio albergaba por la muerte de su padre—sin que yo sepa el motivo—observaba cómo los españoles llevaban consigo las joyas y otros tesoros que poseía. Con un semblante pacífico y sin compañía, salió al encuentro de Vanegas y le habló en una lengua fiel que revelaba sus intenciones. Sus palabras fueron las siguientes:

«Capitán, pues llevas contigo tan valiosa carga, no te alejes ni dejes a la persona de quien proviene. Estoy dispuesto a servirte, como estos indios que traes, quienes son de otro linaje. Si me cortas el cabello y me quitas el vestuario, no seré reconocido por los míos. Sin los atavíos de esta tierra, te guiaré a donde hallarás un gran tesoro. Si buscas oro y otros bienes, aquí tienes una buena guía. Te prometo riquezas considerables.

Nadie más se atrevería a revelar este secreto, ni siquiera bajo tortura, debido a la severidad de los mandatos del rey de Tunja. Aunque temo su poder, la confianza que tengo en ustedes me da seguridad. Este rey mató a mi padre, y esta es mi mejor oportunidad de venganza.

Si me acompañan a su casa, encontrarán a sus hermanos en un lugar llano, donde podrán obtener grandes riquezas. Se necesita actuar con rapidez y buenas armas, pues habrá muchos defensores y un pueblo que no se rendirá fácilmente.»

Al escuchar las razones del indígena, Vanegas y sus compañeros decidieron adornarlo y vestirlo como a los indios de la costa. Le cortaron el cabello y le pusieron un bonete colorado. Con gran alegría, regresaron a Ciénaga, donde se encontraba el Licenciado con el resto del grupo. Al informarle sobre lo que el indio decía, este hizo nuevas preguntas y, al confirmar la veracidad de sus palabras, decidió organizar una expedición.

El Licenciado, acompañado por cincuenta soldados valientes—de los cuales veinticinco eran a caballo—se dirigió rápidamente por el camino señalado por el indio, ya que el sol comenzaba a declinar y deseaban llegar a Tunja antes de que la oscuridad cayera. Mientras tanto, el rey de Tunja, al enterarse de los movimientos de los españoles, ordenó que saliera un gran número de plebeyos al encuentro de los conquistadores, llevándoles obsequios de comida y valiosas telas con la intención de retrasarlos mientras organizaba la defensa de su ciudad.

Sin embargo, cuando los pobladores se acercaron a los españoles y vieron el cercado del cacique, el sol solo tenía espacio de dos horas para concluir su jornada. Los rayos del sol iluminaban los relucientes objetos de oro que colgaban de las puertas, creando un espectáculo tan deslumbrante que atraía la atención de los españoles. Sin pensarlo, se lanzaron a la carrera hacia los obsequios, guiados por la codicia y la necesidad de riquezas.

El alboroto de la multitud que encontraron junto a los aposentos reales era tan grande que generaba confusión, a pesar de que todos llevaban armas en las manos. Sin embargo, no las usaban; más bien parecían paralizados, como si una tempestad imprevista hubiera irrumpido en sus vidas. Al ver a los caballos y la imponente presencia de los extranjeros, muchos de los nativos quedaron petrificados, y el rey Tunja, atrapado en su propia pesadumbre y peso, se vio incapaz de escapar, ordenando cerrar las puertas del cercado.

El cercado estaba protegido por dos muros, separados por doce pasos, y dentro había grandes casas. En una de ellas, se había acumulado una gran cantidad de oro en petacas que podían llevar un solo indio cada vez. Los criados comenzaron a arrojar las petacas por encima de la primera cerca sin que los españoles se dieran cuenta, pues todos estaban concentrados en la entrada del gran cercado, ansiosos por entrar en busca del tesoro.

Cuando las petacas comenzaron a caer al suelo, rápidamente desaparecieron de las manos de los indígenas, quienes las trasladaron por caminos ocultos, donde nunca se halló rastro alguno, desvaneciéndose ante la mirada atenta de los inquisidores.

En ese mismo momento, algunos intentaban romper las ligaduras que mantenían cerrada la primera puerta de la cerca, donde estaban detenidos. El alférez mayor, Antón de Olalla, un joven de gran valor, empuñó su espada y cortó los nudos y vueltas intrincadas, abriendo un pasaje por donde los hombres a pie podían entrar. El Licenciado se bajó rápidamente del caballo y ambos, con gran ardor, se adentraron, desenvainando sus espadas y cubriéndose con los escudos.

Sin perder tiempo, se deslizaron hacia la segunda cerca, la cual estaba desprotegida, seguidos por algunos de sus compañeros que les cubrían las espaldas. Se dirigieron a la casa que parecía tener más autoridad, rompiendo las defensas con un gran número de hombres. Allí encontraron al rey de Tunja sentado en un duho, con un gesto severo, rodeado por los más destacados nobles de su reino. A pesar de ver acercarse a los españoles, el rey se mantuvo inmóvil, sin mostrar sorpresa ni inquietud, confiado en que nadie se atrevería a tocarlo.

Tal era su desmedida confianza y su creencia en el respeto que le profesaban los suyos, que pensaba que también los extraños lo venerarían, ignorando cómo la fortuna puede cambiar los roles entre señores y siervos. Sin embargo, el General y el Alférez, al reconocer que era el objetivo que buscaban, decidieron apresarlo para mantenerlo bajo custodia.

Al ver la confusión que se generaba, el rey Tunja exclamó con gran voz: «¿Quién permite que sea apresado en medio de mi gente sin que nadie ofrezca resistencia, y que se vea aquí una situación tan descompuesta y vergonzosa? ¡Que cada uno prepare sus manos, y que no quede ninguno de estos locos, pues son pocos y malos todos ellos!»

No bien terminó de hablar, cuando desde dentro y fuera del cercado se alzó un gran griterío y alboroto, con voces confusas que se entrelazaban. Los peones que quedaban fuera comenzaron a entrar para ayudar al Licenciado, y los hombres a caballo también querían unirse a ellos. Sin embargo, Gonzalo Suárez Rendón, observando la situación, dijo: «No nos movamos, pues vemos que los ejidos están llenos de gente. Desde aquí, donde estamos, podremos resistir fácilmente; pero, señores, si nos apeamos, quedaremos mancos y perdidos, sobre todo porque los hombres que están dentro son suficientes para un mayor encuentro.»

Tenía razón, pues aunque eran pocos y llevaban diversas armas, rodeados de indios principales que intentaban liberar al rey, no lograron salir con sus intentos. A pesar de derramar poca sangre, defendieron valerosamente su posición. Mientras tanto, los hombres a caballo mantenían un constante movimiento alrededor de la cerca, atacando con lanzas y aterrorizando a la inmensa multitud que se acercaba.

La noche pronto llegó, trayendo consigo una oscura sombra —o quizás la voluntad de Dios, lo más cierto— que impidió la continuación del conflicto. La multitud, en su afán de oprimir y ahogar a los defensores, no solo llevaba armas, sino que también estaba lista para usar los puños, lanzando tierra en un intento por derribar a los españoles.

Sin embargo, Dios tuvo a bien que su fe prevaleciera frente a los abusos y las maldades de los engañados idólatras, y que este fuera el principio de una alta edificación soberana, gracias a la breve pero efectiva intervención de los españoles. Al percibir el bullicioso alboroto en un tenso silencio, los españoles decidieron colocar centinelas fuera y a hombres a caballo para vigilar, con la diligencia y vigilancia necesarias para su seguridad. También entregaron al rey de Tunja, junto a algunas indias que lo atendieran, a guardias cuidadosos, brindándole esperanzas de libertad a través de halagos apacibles.

Impulsados por el deseo de obtener el tesoro, cuyas muestras relucían ante sus ojos con joyas colgando de las puertas, comenzaron a explorar con antorchas encendidas, buscando respuestas en lo profundo de aquel lugar. En una petaca que había quedado rezagada por el alboroto y que no pudieron asegurar como las primeras, encontraron ocho mil pesos en oro fino, en forma de diferentes joyas. También hallaron un ataúd, que, aunque pesaba seis mil pesos, contenía unos huesos de un difunto y estaba decorado con maravillosas esmeraldas.

De las láminas, águilas y chagualas que estaban colgadas de las puertas, recogieron una suma que ascendía a ciento cuarenta mil pesos. Sin embargo, la prisa les impidió sacar todo lo que deseaban, pues no lograron entrar en el cercado con la velocidad que habían previsto.

Asimismo, hallaron tres grandes buhíos de forma circular, repletos de rollos de finas telas de diversos colores, que los vasallos tributaban. También encontraron piedras de tonalidades verdosas y coloradas, así como infinitas sartas dispuestas en diferentes tramos. En el lugar había cañutos de oro fino, utilizados en las fiestas para coronas y rodetes con los que los principales ceñían sus sienes, muñecas y gargantas.

También descubrieron grandes caracoles marinos adornados con oro fino, que servían como trompetas o cornetas durante los regocijos y los sangrientos episodios de la guerra. Estos caracoles, que provenían de la costa a través de un complicado intercambio entre comunidades, eran considerados entre los indios como objetos de gran valor.

Con manos listas y pies ligeros, los españoles parecían no tocar el suelo, acarreando al patio todo lo que encontraban de provecho. Mientras llevaban las preciadas preseas, se escuchaba entre ellos: "¡Pirú! ¡Pirú! ¡Pirú!, buen Licenciado, que, ¡voto a tal! esto es otro Cajamarca." Sin embargo, si hubieran llegado más temprano y con más hombres para investigar las casas principales, habrían recogido una mayor cantidad de riquezas. Pero, bajo la cobertura de la noche, cada uno se llevó lo que pudo.

Así, el día siguiente de esa diligente búsqueda, impulsada por la codicia habitual, solo encontraron poco más. No obstante, albergaban buenas esperanzas sobre el rescate del cacique, ya que la guía les había informado que la riqueza que había dentro de sus aposentos era considerable. A pesar de que lo abordaron con halagos, promesas y, en ocasiones, no sin amenazas, nunca lograron sacar información valiosa. El cacique se mantuvo siempre obstinado y casi nunca respondió a sus preguntas, prestando escasa atención a los elogios y menos aún a las amenazas.

Sin embargo, no mostró desagrado en lo que respectaba a su persona; disfrutó de todos los servicios y regalos de mujeres, criados y criadas, sin que los españoles alzaran la mirada hacia él. El General, siendo circunspecto, ordenó que se respetara el decoro del cacique mientras lo mantenían bajo guardia, sin tratarlo como a un prisionero.

Esto también aplicaba a aquellos que eran reconocidos como hombres principales. En lo que respecta a mantener la paz con quien la ofrecía, no hubo capitán más constante. Sin embargo, quien haya afirmado lo contrario por escrito se halló mal informado. Si después se hizo justicia, o si fue sin justicia, poca culpa tuvo quien no lo vio, ni oyó, ni supo, por estar entonces en España. Fue Fernán Pérez de Quesada, su hermano, quien actuó, no sin imprudencia y bajo la influencia de malos consejeros que venían de Perú, de donde proviene todo mal.

Ojalá nunca hubieran puesto los pies en esta tierra, pues se habrían evitado pesares, ya que la mayoría de los que llegan traen consigo un olor y hasta un sabor a chirinolas. Pero dejemos este tema para cuando haya oportunidad de abordarlo y volvamos a nuestro Licenciado. Este, al ver que la tierra revelaba un caudal más próspero de lo esperado, envió a Ciénega a tres hombres de caballo para que llamaran a la gente que allí se encontraba.

Cuando llegaron al asentamiento, Juan de Sant Martín ya había llegado. Al enterarse de la buena fortuna, se dirigieron a Tunja, donde se reunieron todos, alegres y satisfechos con el botín, y con expectativas de más riquezas. Quien había informado sobre Tunja también había declarado que Sogamoso, en la tierra conocida como Iraca, tenía un tesoro considerable en el adoratorio de su pueblo. Se decía que, al ser aquella tierra sagrada, muchos otros señores principales, además del general, poseían allí santuarios donde habría una gran cantidad de oro.

Al oír esto, el Licenciado, atraído por el deseo insaciable de ese cebo que, cuanto más se consume, menos sacia, dispuso a veinte hombres de a caballo y a un grupo de peones menos perezosos que una veloz pantera al saltar hacia el estiércol que los pastores cuelgan, y marcharon rápidamente tras la guía. En un día llegaron a Paipa, donde pasaron la noche, y al siguiente día alcanzaron las sierras de Tundama.

El guerrero caviloso, al enterarse de su llegada, les envió regalos por el camino: mantas, oro, caza y otros obsequios, diciendo que esperaran, ya que él venía con ocho cargas de oro que estaban llegando con los vecinos. Aceptaron su mensaje, y para no perder aquel aditamento, se detuvieron tanto tiempo que el sol ya había pasado el círculo meridiano. Sin embargo, el guerrero, aprovechando el tiempo que le dieron, se las arregló para sacar del pueblo todas las alhajas y el oro de los santuarios. Además, desplegó una numerosa fuerza armada en las zonas altas, que sembró el pánico en la comarca, gritando que si venían, llevarían sobre sus cabezas el oro que tenían para darles.

Y, tras ser objeto de burla, nuestros hombres decidieron saquear el pueblo. Todos los habitantes salieron despavoridos, aunque no sin sufrir las pedradas y flechazos que caían de los lugares altos, ya que no podían responder con las armas españolas. Era forzoso, en ese momento, no pelear, pues ya era tarde para llegar a donde la guía los llevaba, que estaba a poco más de una legua de distancia de estos asentamientos hasta Sogamoso.

Así, por más prisa que se dieron, llegaron cuando el sol empezaba a abandonar aquellos horizontes. Allí encontraron congregados en un llano grandes escuadrones de indios, quienes, al verlos llegar, dieron el grito que suelen emitir cuando piden combate. Nuestros españoles, invitados a participar y a tomar el lugar, rompieron en medio de la multitud, derribando coronas y penachos, aunque causaron poco daño a sus dueños, pues lograron hacer que retrocedieran y dejaran libres los albergues, incluyendo el cercado de Sogamoso. Este contenía las pendientes láminas y platos de aquel metal pálido que tanto buscaban, según lo que Tunja había poseído, y se recogieron bienes que valieron ochenta mil ducados, entre los cuales había una pieza que pesaba más de mil pesos de buen oro.

La oscuridad de la noche ayudó en gran medida a los españoles a hacerse con gran riqueza, tanto de casas como de santuarios, aunque no pudieron despojar completamente el principal adoratorio, ya fuera por religión, por ser algo común, o porque simplemente no fue posible. Miguel Sánchez y Juan Rodríguez Parra, ambos valerosos soldados (de los cuales Miguel Sánchez vive hoy y es uno de los alcaldes de este pueblo), llegaron al edificio suntuoso un rato después de la noche. Para ver lo que contenía, rompieron las puertas y, con antorchas hechas de pajas que llevaban encendidas, entraron en él.

Dentro encontraron un lugar donde podían llenar las manos a su gusto. En una barbacoa bien dispuesta, vieron hombres difuntos, secos y adornados con ricas telas y joyas de oro, junto a otros ornamentos que debían pertenecer a personajes de alto rango. El pavimento del adoratorio estaba cubierto de espartillo blando y seco, como es costumbre en esos lugares y en las demás provincias de este reino que tienen terrenos fríos.

Los soldados, dominados por la codicia, que a menudo eclipsa las consideraciones necesarias, pusieron en el suelo la candela hecha de las ardientes pajas que llevaban. Embebidos en recoger el oro, no advirtieron el peligro que se cernía, ya que la llama comenzó a propagarse por los espartillos, sin un estallido ni un sonido que la delatara, hasta alcanzar las paredes, las cuales estaban revestidas de carrizos finamente colocados y trenzados.

La llama creció con tal intensidad que, cuando se dieron la vuelta, no hubo forma de mitigarla, y salir de allí fue casi un milagro, dada la estructura de paja. Sin embargo, a pesar del riesgo, no abandonaron el oro que habían recogido, al menos lo que pudieron cargar sobre sus hombros, dejando el resto a merced de la furia del incendio, que se alzó hasta la techumbre, iluminando los campos y despojándolos de su sombra nocturna.

Domingo de Aguirre, que vigilaba junto a Pero Bravo de Ribera, llegaron a caballo, presurosos, creyendo que se trataba de una artimaña de los indios, al ver a algunos de ellos huir. Miguel Sánchez opinaba que no era descuido de su parte, sino una táctica de los xeques, que supuestamente estaban allí en secreto, cuidando del insigne santuario. Al observar a los dos hombres ocupados, decidieron que lo mejor era quemarlos dentro.

Sin embargo, independientemente de cómo sucedió, el fuego de aquella casa duró un espacio de cinco años, sin que el invierno pudiera acabar con él. Durante ese tiempo, nunca faltó el humo en el lugar donde estaba. La cubierta tenía tal grosor y corpulencia, hecha de los palos traídos de los llanos, que, según los indios más antiguos, un número infinito de personas acudió de diversas partes a buscar la madera. Esta parecía incorruptible, ya que querían que su templo fuese tan duradero como los de los relatos históricos que mencionan construcciones de madera arceuthina, que es de enebro, planta conocida por su longevidad. Según leemos, en España, estos edificios duraron más de doscientos años y hasta tres quinientos sin corromperse. Salomón pidió esta madera al rey Hiram para labrar su templo, y esta nación, en su ignorancia, buscaba materiales infalibles con la intención de hacer un edificio permanente.

Juan Vázquez de Loaiza menciona que, al hincar los estantes, cada uno de ellos se colocaba sobre un esclavo vivo. Creían que, al estar fundados sobre sangre humana, no serían susceptibles a la jactancia. Sin embargo, se engañaron los insensatos, pues esos estantes se convirtieron en ceniza, sin que la potestad de Sogamoso interviniera con su lluvia, ya que, según creen estas gentes, el poder de llover y granizar está en su mano, junto con otros fenómenos naturales que varían a lo largo de las estaciones.

Estos individuos están tan endurecidos en sus creencias que la razón no basta para deshacer tales burlas, que son incluso más ridículas y tontas, arraigadas en sus corazones. El origen de este desvarío es atestiguado por Fernando de Avendaño, un joven criollo hábil en la lengua, hijo del capitán Juan de Avendaño, quien asegura que se dio de esta manera.

En tiempos pasados, existió un cacique llamado Idacansás, que en su lengua significa "luz grande de la tierra". Este cacique poseía un gran conocimiento sobre las señales que indicaban cambios en el clima, ya sea de serenidad o tempestad, de sequedad, lluvia, granizo, vientos o incluso de pestilencias contagiosas. Interpretaba estas señales a partir del sol, la luna, las estrellas, las nubes, las aves y otros animales, así como de otros fenómenos que le ofrecían indicios de futuros acontecimientos en la provincia que regía.

Es posible que, como un hechicero en comunicación con el demonio, Idacansás pudiera predecir estas revoluciones y cambios. Sus juicios fueron considerados puntuales, lo que llevó a la gente a acudir a él en busca de guía. Así, no solo sus vasallos, sino todos los indios del Nuevo Reino lo reverenciaban como un oráculo común al que consultaban en tiempos de necesidad, trayendo diversos dones para satisfacer lo que cada uno pretendía.

La tradición de elegir a los caciques, que no era hereditaria sino por elección, se ha mantenido hasta hoy en día. Los elegidos debían ser de Tobacá y Firabitova, pueblos cercanos a Sogamoso, disfrutando de una alternancia en las elecciones sin que un mismo pueblo pudiera elegir sucesivamente. Sin embargo, una vez ocurrió que un caballero de Firabitova, de barba larga y color bermejo, usurpó la dignidad con el apoyo de seis valerosos hermanos, a pesar de que en ese momento debía ser un cacique de Tobacá.

Los Tobacaes informaron a los electores, cuatro caciques principales de Buzbauza, Gameza, Tocal y Pesca. En caso de desacuerdo, recurrían al voto de Tundama. Al enterarse de la osadía del caballero bermejo, decidieron hacerle la guerra tanto para quebrantar los estatutos como porque había apresado a Gameza y le había negado el voto y voluntad que le pedía, lo que consideraron una injusticia pública.

Así, los electores y el Tundama reunieron un ejército considerable, y el bermejo barbudo no se negó a darles batalla. Demostró ser superior en animosidad y valentía, pero los electores proclamaron, bajo penas capitales, que ninguno de los de Sogamoso lo siguiese ni lo reconociese como cacique. Era evidente que era un tirano y que había tomado violentamente la dignidad que debía ser elegida por los señores determinados a corregir aquel abuso.

La estrategia tuvo tanto efecto que la mayor parte de la hueste de Sogamoso, que estaba bajo el mando del bermejo, se pasó a la señal de los caciques electores. Así, atacaron al usurpador, y en el conflicto, este perdió su vida y su estado, luchando con valentía. Sus hermanos, al verlo caído entre la multitud, lo rescataron con sus pocos partidarios y, sin que nadie supiera su paradero, lo trasladaron a un lugar desconocido, ya que pretendían poner su cadáver en altos palos, tal como él había hecho temerariamente con el cacique generoso de Gameza.

Después de restablecer el orden, los habitantes decidieron elegir a un nuevo cacique de Tobacá, y así designaron a Nonpanim, cuyo nombre significa "vasija de león" en su lengua. A él le sucedió su sobrino Sugamuxi, que se traduce como "el encubierto", quien reinaba en el momento en que los cristianos llegaron a la tierra. Sugamuxi, con el tiempo, fue conocido como Sogamoso, y más tarde le dieron el nombre de Don Alonso tras recibir el bautismo.

Conocí a Sogamoso, quien poseía un porte caballeroso y se manejaba con habilidad en sus tratos con los jueces. Recuerdo haberlo visto consolar a una mujer que lamentaba la muerte de su marido. Con un tono de empatía, le expresó su pesar por su situación como viuda, y añadió: “Entiéndame, señora, lo que digo; yo consideraba a tu marido como un amigo y, sin fingir amor, permitía que algunos de mis hombres le sirviesen y que recojan lo que le correspondía”.

Sogamoso continuó explicando que esos hombres estaban ahora bajo su responsabilidad, asegurándole que no debería tener queja de él. "Cuida bien de su memoria", le aconsejó, "tanto después de muerto como en vida, siempre y cuando tú la preserves con buen motivo. Pero si decides volver a casarte, aquí cesa mi promesa de cumplimiento. No quiero que mi hacienda caiga en manos de otro que no lo merezca, ya que es común que los holgazanes se adueñen de lo que no han ganado, disfrutando de las riquezas que pertenecen a los que han fallecido".

Sogamoso, con su elocuencia, advertía sobre las consecuencias de buscar nuevas parejas, sugiriendo que lo que parecía una búsqueda de felicidad podría, en última instancia, quitarle su dulce vida. "Quien hace tales elecciones, que así pague", concluyó, dejando entrever la sabiduría y la experiencia que había acumulado a lo largo de su vida.

Las palabras de aquel bárbaro prudente, Sogamoso, eran en esencia un reflejo de su sabiduría y de la situación que enfrentaban. En el tiempo en que los españoles llegaron a su tierra, Sogamoso contaba con un gran caudal de riquezas, pero los indios, al estar advertidos, apenas encontraron tesoros comparables a lo que se sabía gracias a la información precisa que les había llegado.

Decididos a no perder lo que habían recogido, los caciques optaron por regresar a Tunja, donde se reunieron con aquellos que permanecían vigilantes sobre los bienes en la comarca. Juntos, tomaron la determinación de organizar un escrutinio para maximizar sus ganancias y resguardar sus posesiones.

Dado que los caminos eran algo largos y me he detenido con digresiones relacionados con el tema de este canto, continuaré narrando lo que sucedió a partir de aquí, si Dios lo permite, siguiendo sus pasos y acontecimientos.

***

Canto séptimo

Así, con el deseo de expandir su dominio y descubrir nuevas riquezas, los españoles abandonaron el asiento de Tunja. Motivados por la noticia de un terreno próspero, decidieron dirigirse hacia Neiba, donde esperaban encontrar una gran laguna y un santuario de inestimable riqueza, fundado sobre mármoles de oro.

Antes de partir, liberaron al anciano rey de la región, instándole a mantener la paz y ser amigo de los españoles. Le aseguraron que, tras su partida, podría disfrutar de su quietud y señorío sin temor a represalias.

Equipados con ochenta gandules en cadena que llevaban el oro, los conquistadores iniciaron su marcha, deteniéndose en Paipa durante tres días. Sin embargo, al cuarto día, mientras se preparaban para continuar su viaje, divisaron desde la distancia una inmensa fuerza que bajaba de la serranía: más de cincuenta mil hombres de guerra se acercaban, organizados en escuadrones y armados con una variedad de armas.

Los indios, que portaban paveses, hondas, picas, arcos y flechas, exhibían su bizarría con plumajes, coronas de oro y otros adornos brillantes que deslumbraban a los españoles. La vista de este despliegue despertó la codicia y la curiosidad en los conquistadores, que se preguntaban quiénes eran esos guerreros que se movían con tanta determinación y valentía.

En medio de la creciente tensión, Tundama, acompañado por varios caciques que le eran leales, como Onzaga, Chicamocha y Ocabita, avanzaba decidido hacia los españoles. La multitud de guerreros que se reunía bajo su mando descendía por las laderas de la sierra con un ímpetu comparable a una tormenta que arrastra todo a su paso.

El ruido del ejército indígena resonaba con fuerza, recordando a los conquistadores que se preparaban para el enfrentamiento en las llanadas pacíficas de Bonza. Estos indios, dirigidos por Tundama, mostraban un valor indomable, listos para probar su bravura contra los españoles.

Observando la cercanía del conflicto, un caballero presente, el Licenciado, se dirigió a sus compañeros, instándolos a no rehuir la batalla. Con firmeza, les recordó que, aunque el enemigo era numeroso, la confusión podría ser su aliada. “Son muchos, pero en su desorden hay posibilidad de victoria”, les dijo, resaltando la experiencia y destreza de los soldados españoles, hijos de una tierra forjada en la guerra.

“Este es un desafío que no podemos eludir”, continuó, señalando que la lucha era inevitable y que debían transformar la furia de sus adversarios en una oportunidad para demostrar su valor. Instó a cada uno a prepararse para defenderse con determinación, destacando que en situaciones de peligro, la defensa es el primer paso hacia la victoria. En ese momento, la tensión en el aire era palpable; el destino de ambos bandos pendía de un hilo.

En medio de la tensión del combate, el Licenciado dio instrucciones a sus hombres para que esperaran a que los indígenas descendieran de la cumbre y ocuparan la llanura, donde podrían enfrentarse a ellos sin el riesgo de ser superados. “Cuantos más sean los enemigos, mayor será nuestra victoria”, expresó, instando a que nadie se moviera ni intentara jugarle una treta, hasta que él mismo diera la señal de ataque.

A medida que la mayoría de los guerreros indígenas se acercaban, preparándose para el enfrentamiento, resonaban los ecos de las piedras y los proyectiles lanzados por los arqueros, creando un sonido ominoso en el aire. Los españoles, reconociendo la cercanía de sus adversarios, se sintieron impulsados por el grito del Licenciado: “¡Santiago!”, que resonó como una llamada a la acción.

Así, tanto los peones como los caballeros se agruparon, junto con algunos indígenas amigos que los acompañaban, cada uno llevando una guirnalda verde como símbolo de su lealtad. Entre ellos estaba un indio, gobernador de Baganique, que había sido el guía de los españoles hasta ese momento. Durante la confusión de la batalla, vio a un joven guerrero adornado con una corona de oro y plumas brillantes. Deseando mejorar su posición, cambió su guirnalda verde por otra que no le costó menos que su vida, ya que en la confusión fue confundido por sus propios aliados y terminó siendo víctima del combate.

La victoria se cantó sin que los españoles sufrieran grandes daños, y al siguiente día comenzaron su marcha hacia Neiba, donde se decía que había montañas de oro. Sin embargo, en su camino hacia el pueblo de Suesca, dejaron un grupo de hombres para proteger el campo y continuaron hacia Pasca, una tierra que ya habían visitado anteriormente.

A medida que avanzaban, se encontraron con tierras despobladas y páramos inhóspitos. Finalmente, llegaron al Valle de la Tristeza, un lugar que prometía ser rico en recursos, pero pronto se dieron cuenta de que sus guías los habían abandonado. Este desamparo provocó un gran desconsuelo entre los españoles, quienes comenzaron a sufrir de hambre y enfermedades, especialmente debido a la humedad y los vapores del río Magdalena, donde se habían alojado cerca de algunos tugurios de indígenas que, temerosos de la llegada de los españoles, se habían retirado a la otra orilla. Así, la travesía se tornó cada vez más difícil, y las adversidades comenzaron a pesar sobre ellos.

En medio de la adversidad y el sufrimiento, un joven valiente apareció, nadando por el río sin mostrar temor, y se dirigió hacia donde estaban los españoles. Una vez en la ribera, sacó de su mochila catorce corazones de oro fino, pesando dos mil setecientos castellanos, lo que iluminó momentáneamente el ánimo de los soldados, que, aunque abatidos, vieron en aquella muestra un rayo de esperanza. Con gratitud, lo trataron con generosidad, ofreciéndole cuchillos, tijeras y otras baratijas. Satisfecho con tan humildes regalos, el joven se marchó nadando de vuelta por el río.

Al día siguiente, regresó con otro tanto de oro, recompensado esta vez con cuentas y un bonete rojo, y los españoles le pidieron que siguiera trayendo más de aquellos corazones, que tanto anhelaban. Sin embargo, después de unos días de espera, el joven no volvió a aparecer.

Ante la incertidumbre, los españoles decidieron regresar a un terreno más seguro y saludable. A la hora de cargar el oro, muchos de ellos, debilitados y exhaustos, mostraron reticencia. Apenas podían mantenerse en pie, apoyándose en sus bastones. Determinaron entonces enterrar el oro en un lugar conocido hasta que un grupo más fuerte pudiera ayudarles a llevarlo.

Sin embargo, Pedro de Salazar y Juan de Valle, que todavía tenían un poco más de energía, optaron por llevar el oro sobre sus espaldas hasta llegar a Pasca, donde se encontraron con cuatro hombres de a caballo que les informaron que el General había ordenado que todos se dirigieran al cercado del cacique de Bogotá, donde los aguardaba el resto de sus hombres.

Siguiendo esa orden, se dirigieron a un asentamiento que parecía propicio para recuperarse y donde había suficientes provisiones. Una vez que todos se reunieron, decidieron repartir el oro entre los presentes. Nombraron jueces, como era habitual en estos casos, y, después de calcular el total y descontar el quinto que correspondía al Rey, se determinó que cada parte equivaldría a cuatrocientos pesos.

El Gobernador Don Pedro Fernández recibió nueve partes por capitulación, mientras que a Gonzalo Jiménez de Quesada, su teniente, le correspondieron siete. Con esto, la fortuna de los españoles se vio nuevamente renovada, aunque las dificultades y el sufrimiento aún estaban muy presentes en sus corazones.

Mientras se realizaba la repartición del oro y las esmeraldas, muchos soldados sintieron agravio al ver que los más favorecidos eran aquellos que menos habían trabajado. Este tipo de situaciones eran comunes, donde los aduladores y los aprovechados solían recibir las recompensas, dejando a los que realmente habían sudado en la batalla con las manos vacías. La corrupción había permeado tanto en las decisiones que, incluso en nombre del Rey, quienes estaban en el poder vendían las mercedes a aquellos que ofrecían más a cambio, sin tener en cuenta los méritos de cada uno.

A pesar de esta injusticia, los soldados, leales y obedientes, aceptaron la situación sin quejarse demasiado. El teniente, con artimañas y promesas de obtener mercedes en España para todos, logró que cada uno cediera la mayor parte de su oro. Con el tiempo, los españoles obtuvieron información sobre el paradero del señor Thisquesuzha, cuyo dominio prometía riquezas que superaban todo lo que ya habían conseguido.

Con planes en marcha, se prepararon para adentrarse en sus territorios, llevando consigo peones y caballos seleccionados. La calma de la noche, que normalmente traía un merecido descanso, fue interrumpida por el bullicio y el alboroto del ataque. En medio de la confusión, los indígenas, alertados, empezaron a defenderse arrojando tizones encendidos, piedras y troncos, mientras gritaban "¡Santiago!" para ahuyentar a sus agresores.

El caos era tal que la mezcla de gritos y gemidos de los caídos resonaba en la oscuridad, haciendo que los españoles, ante la feroz resistencia de sus enemigos, decidieran abandonar la rústica aldea y buscar refugio en los lugares más seguros que ofrecía la montaña. Aquella noche se tornó en un verdadero campo de batalla, donde los ecos de la lucha y el sufrimiento se entrelazaban con la desesperación de aquellos que, en un principio, habían buscado la gloria y la fortuna, y ahora se enfrentaban a la amarga realidad de la guerra.

El triste destino del Rey Thisquesuzha se convirtió en un ejemplo palpable de cómo incluso los poderosos no están a salvo de la fatalidad. En medio de la confusión y el ataque, Thisquesuzha intentó escapar del cercado con algunos de sus nobles y la guardia, pero una saeta, disparada al azar, lo atravesó por la espalda, sellando su trágico final. Su muerte no solo dejó un vacío en su liderazgo, sino que también conmovió profundamente a los pueblos que había gobernado, quienes lamentaron su pérdida.

Los españoles, en su ambición por capturarlo, ignoraban aún la magnitud de la tragedia. Con su fuga, los albergues del Rey quedaron desprotegidos, lo que permitió a los conquistadores saquearlos en busca de riquezas. Encontraron algunas joyas de oro, un vaso precioso y un considerable botín, pero la falta de un tesoro significativo dejó un sabor a decepción. A pesar de haber hallado comida y recursos, el oro que buscaban, que había hecho famosa a la tierra, seguía sin aparecer.

La muerte de Thisquesuzha fue un acontecimiento doloroso, no solo por la pérdida de un rey querido, sino también porque representaba la ruptura de un orden establecido. En su sepultura, hallada más tarde por el lusitano Gaspar Méndez, y con las joyas que adornaban su cuerpo, se reflejaba la riqueza y el esplendor de un reinado que había sido abruptamente cortado por la violencia de la conquista. La historia de su final sería recordada como un recordatorio del fragor de la guerra y la fugacidad de la vida, incluso para aquellos que parecen estar en la cúspide del poder.

La noticia de la muerte de Thisquesuzha y la pérdida de un caballero de renombre como Sacresaxigua causó un gran pesar entre los españoles que llegaron a Bogotá. Sacresaxigua, un líder bien respetado y querido, había intentado hacerse con el control del reino tras la muerte del rey. Su astucia y carisma le habían ganado la lealtad de muchos, lo que le permitió resistir los embates de los conquistadores durante un largo periodo.

La lucha de Sacresaxigua por mantener el control se caracterizó por su tenacidad; sus asaltos mantenían a los españoles en un estado constante de alerta, privándolos de sueño y comida. Sin embargo, a pesar de su valía y la determinación de su pueblo, las circunstancias eran adversas. Los españoles, aunque diezmados, contaban con ventajas estratégicas y recursos que les permitían resistir el asedio.

La ambición de Sacresaxigua no pasó desapercibida, y su liderazgo despertó los celos de otros nobles, entre ellos Cuximinpaua y Cuxinimegua. Estos dos caballeros, también de la nobleza real y bien considerados, comenzaron a murmurar sobre la posibilidad de hacerse con el mando. Su prestigio, tanto por su linaje como por su valor, los convertía en contendientes serios en la lucha por el poder.

Así, el escenario político en Bogotá se tornó complicado, con Sacresaxigua intentando afianzarse en el poder, mientras que otros nobles ambicionaban lo mismo, creando un caldo de cultivo para la inestabilidad y los conflictos internos. La lucha por el control no solo reflejaba el deseo de poder, sino también la fragilidad del liderazgo indígena ante la presión de los conquistadores y las rivalidades internas. La historia de este conflicto no solo resonaba con la tragedia de la pérdida de un rey, sino también con la ambición y la traición que a menudo acompañan a las luchas por el poder.

Sacresaxigua, consciente de los peligros que representaban Cuximinpaua y Cuxinimegua, decidió cambiar su estrategia. En lugar de continuar con la guerra contra los españoles, optó por buscar una solución pacífica que pudiera asegurar su posición y la del reino. Al hacerlo, tenía la esperanza de ganar la confianza de los conquistadores y consolidar su poder en un momento de inestabilidad.

Con una comitiva de nobles y criados, cargados de regalos y muestras de riqueza, se dirigió al campamento español para notificar su llegada. Su aparición fue recibida con gran alegría, ya que la noticia de su paz prometía alivio y la posibilidad de un entendimiento mutuo. Sacresaxigua se presentó con una imagen digna y majestuosa, lo que no pasó desapercibido para los españoles, quienes lo vieron como un líder capaz y digno de respeto.

Al encontrarse con el General Jiménez de Quesada, Sacresaxigua expresó su pesar por la muerte de Thisquesuzha, que había sido un importante líder para su pueblo. Con la muerte del rey, el equilibrio de poder se había visto afectado, y Sacresaxigua estaba dispuesto a posicionarse como el heredero legítimo. Con un discurso calculado y persuasivo, buscó convencer a los españoles de que podía ser un aliado valioso en lugar de un enemigo.

Su intención era clara: al presentar su propuesta de paz, Sacresaxigua esperaba fortalecer su propio estatus y asegurar la lealtad de sus seguidores. La oferta de alianza no solo era una estrategia para protegerse de sus rivales, sino también una maniobra para ganar el favor de los conquistadores, quienes se encontraban en una situación vulnerable y podían ver en él un socio útil en la compleja dinámica de poder que se estaba gestando en la región.

El acto de acercarse a los españoles con regalos y promesas de lealtad era un movimiento astuto que reflejaba su habilidad política y su deseo de mantener el control en un entorno cada vez más amenazante.

Sacresaxigua, en su intento de ganarse la confianza de los conquistadores, se mostró astuto y persuasivo. Al reconocer la fortaleza y la suerte de los españoles, intentó convertir el odio que había surgido por la muerte de Thisquesuzha en un sentimiento de amor y amistad. Con un discurso lleno de retórica y nobles intenciones, hizo hincapié en su deseo de paz, presentándose como un hombre de buena voluntad que había venido en herencia de su tío, quien había gobernado con autoridad.

Al proponer una alianza, Sacresaxigua intentaba suavizar las tensiones y ofrecer una cooperación recíproca en tiempos de necesidad. Su habilidad para expresar sus deseos de paz fue bien recibida por el General Jiménez de Quesada, quien apreció la prudencia y la consideración del líder indígena. El General, reconociendo la dignidad de Sacresaxigua, también entendió la importancia de asegurar la lealtad de aquellos que podrían ser sus aliados en el futuro.

Sin embargo, Quesada dejó claro que esta paz y amistad requerían un compromiso formal de vasallaje al Rey de España, una condición que reflejaba la naturaleza colonial de la relación que los conquistadores buscaban establecer. La obediencia y la lealtad al monarca eran esenciales para los españoles, que no podían ofrecer paz ni amistad a quienes no se sometieran a la autoridad de su rey.

Sacresaxigua, consciente de las circunstancias, aceptó la propuesta de ser vasallo del rey español, mostrando así su disposición a unirse a la nueva estructura de poder. Consciente de la influencia que el rey ejercía sobre diversas naciones y reyes, vio en esta relación una oportunidad para proteger su posición y asegurar la lealtad de su pueblo.

A medida que el tiempo pasaba, Sacresaxigua se esforzó por demostrar su compromiso, acercándose a los españoles y facilitando el suministro de recursos necesarios para sus necesidades diarias. Su generosidad y la forma en que trató a los conquistadores, brindándoles abundancia, contribuyeron a fortalecer sus lazos. Esto no solo lo posicionó como un aliado valioso, sino que también le permitió mantener cierta autonomía mientras navegaba por las complejas dinámicas de poder que se desarrollaban en la región.

La tensión entre las distintas tribus indígenas se intensificó con la incursión de los indios Panches en las tierras de los Moscas, lo que llevó a Sacresaxigua a buscar la ayuda de los conquistadores. Su discurso ante Gonzalo Jiménez de Quesada resalta su astucia política y su deseo de colaborar, apelando al sentido de justicia de los españoles para actuar en defensa de su gente. Este llamado a la acción no solo muestra su compromiso con su pueblo, sino que también lo posiciona como un aliado estratégico para los españoles, quienes estaban interesados en mantener el control sobre la región.

Quesada, reconociendo la amenaza que representaban los Panches y la oportunidad de reforzar su alianza con Sacresaxigua, aceptó la propuesta de enviar tropas en respuesta a la agresión. La colaboración entre los españoles y Sacresaxigua simboliza la compleja red de alianzas que se estaba formando en la región, donde intereses comunes podían unir a antiguos enemigos.

Con gran determinación, Sacresaxigua movilizó a sus hombres, demostrando su capacidad de liderazgo al reunir a doce mil guerreros preparados para la batalla. La mención de que estos hombres eran diestros en la guerra subraya su experiencia y habilidad, esenciales para enfrentarse a los Panches, quienes, al tener conocimiento de la llegada de los españoles, se retiraron a las alturas para evitar el enfrentamiento directo.

El preludio de la batalla se cargó de tensión y expectativa, con los españoles y sus aliados indígenas preparados para demostrar su fuerza ante el enemigo. El sonido de las trompetas y los gritos de guerra resonaron, generando una atmósfera de inminente conflicto que llevó a los animales a buscar refugio, un claro reflejo del miedo que la guerra puede suscitar en el entorno natural.

A pesar de los preparativos y la ventaja numérica, la batalla no sería sencilla. Los Panches, bien posicionados en las alturas, estaban listos para utilizar el terreno a su favor, haciendo que los españoles y sus aliados enfrentaran un desafío significativo. La referencia a las piedras y los diversos tiros que debían superar destaca la brutalidad y el peligro de la contienda, que ya estaba destinada a ser un enfrentamiento sangriento, reflejando la dura realidad de la guerra en ese tiempo.

Los Moscas, alentados por Sacresaxigua y los veteranos capitanes de su hueste, se lanzaron a la batalla con valentía. Sin embargo, los audaces Panches se acercaban a ellos con la ferocidad de perros persiguiendo liebres o conejos, motivados por sus costumbres de caza. A pesar de que sufrieron algunas bajas, lograron acabar con varios Moscas, que fueron rápidamente despedazados y, en su afán, bebieron la sangre de sus enemigos. La masacre podría haber sido aún más sangrienta de no ser por la intervención de los españoles, quienes, con admirables proezas, lograron contener la furia de los Panches, aunque no sin sufrir un considerable daño, ya que doce de sus hombres quedaron gravemente heridos.

La lucha se prolongó hasta que la luz del día se desvaneció, momento en el cual el ejército Panche se retiró a posiciones más seguras, dejando el campo a los Moscas, que ocupaban la llanura donde se encontraban los caballos. Allí, se encargaron de atender a los heridos y organizaron centinelas vigilantes para protegerse de posibles ataques. Sin embargo, los españoles, recelosos tanto de sus aliados como de sus enemigos, también se mantuvieron alertas.

Para prepararse para el siguiente día de combate, los líderes españoles se reunieron en consejo. Decidieron armar una emboscada para atraer a los Panches a un lugar donde los caballos pudieran actuar con eficacia. A poca distancia, encontraron una quebrada amplia que separaba los campos de ambos bandos. Sus orillas eran montuosas y adecuadas para sus planes, y delante se extendía una llanura propicia para que los caballos pudieran correr y maniobrar.

En el silencio de la noche, se ocultaron en esa espesura el General, su hermano Fernán Pérez, Gonzalo Suárez, Juan del Junco, Lázaro Fonte, Céspedes el Zorro, Gómez del Corral, Pedro Fernández de Valenzuela, San Martín, Lebrija y Martín Galeano. Eran doce hombres de gran valor, dignos de ser comparados con los legendarios "doce Pares". Su disposición y determinación prometían una nueva jornada de enfrentamientos, en la que su astucia y habilidades se pondrían a prueba en la lucha por la supervivencia y la conquista.

Allí, con la debida precaución, pasaron el resto de la noche, mientras los del campo recibían instrucciones sobre el orden y la coordinación que debían seguir al amanecer. Así, cuando los primeros rayos de luz matutina disiparon la oscuridad y bañaron las alturas y valles con el dorado resplandor del sol, los Moscas recibieron la orden de cruzar la quebrada con todas sus escuadras. Sacresaxigua, que estaba al tanto del plan, cumplió de inmediato.

Ubicando a su gente en la posición que habían evaluado en numerosas ocasiones, mandó sonar las cornetas y atambores, y comenzó a ascender hacia las alturas ocupadas por los Panches. Al ver a los indios solos y, en la otra banda, a los caballos y a la gente cristiana que fingía ser neutral desde una posición elevada, los Panches, sintiéndose audaces y confiados en su victoria, se lanzaron por las laderas, como leones que se abalanzan sobre su presa.

Sin embargo, los Moscas, aparentando miedo según el plan acordado, comenzaron a retirarse rápidamente, despojándose de los tiros y mostrando un rostro temeroso de vez en cuando, hasta que los Panches alcanzaron la llanura. Cuando los del campo vieron esto, tocaron una trompa, señal para que salieran del escondite los doce caballeros ocultos. Como llamas apresuradas, volaron a través de los pajonales secos, empujadas por vientos furiosos, hasta romper las filas del bárbaro gentío. Este, sorprendido por el asalto en el momento en que estaba más absorto persiguiendo a sus enemigos, se turbó al verse atacado.

La confusión creció aún más cuando comenzaron a sonar las lanzas, pues el impacto de estas era similar al de martillos golpeando sobre masa caliente, descargando su fuerza sobre las entrañas de los bárbaros, manchando el campo verde con un profuso torrente de sangre. Con la llegada de los restantes caballos y peones que habían permanecido ocultos, la situación se tornó más intensa. Así que, tras sonar la trompeta, señal que también hicieron los Panches, estos llegaron presurosos al combate, y con el apoyo de sus compañeros, los Moscas comenzaron a tomar venganza, llenos de jactancia y satisfacción al ver a los Panches en desventaja.

Al ver el mortal estrago, muchos de los Panches se vieron obligados a huir, aunque no sin haber dejado atrás una gran cantidad de muertos en los enfrentamientos. Aquellos que lograron escapar se refugiaron en bosques y cavernas, donde las acogidas más seguras parecían ser solo apariencias de muerte. Mientras tanto, los españoles y los Moscas regresaron a su puesto, animados y satisfechos por el venturoso éxito que celebraron a su modo, con bailes y cantos que se prolongaron durante gran parte de la noche. Sin embargo, los cristianos se mantuvieron en alerta, preocupados tanto por los vencidos como por los amigos.

Al amanecer, cuando los rayos de Timbreo secaban los rocíos del campo, los Panches, temerosos de un castigo aún mayor y conscientes de su quebranto, decidieron consultar entre ellos. Así, acordaron buscar la paz con los españoles. Algunos de sus principales se acercaron, llevando guamas, aguacates y otras frutas, así como joyas de oro fino. El más anciano de ellos, hablando en la lengua Mosca, se dirigió al General:

«La nación de los Panches ha sido hasta ahora vencedora, nunca vencida; siempre temida, causando llanto y espanto universal entre las gentes de las tierras vecinas. Nadie ha osado perturbar nuestra paz en este próspero territorio. Este soberbio orgullo nos llevaba a creer que no había quien pudiera quebrantar nuestros corazones ni someter nuestra cerviz. Sin embargo, vuestra mano nos enseña que incluso lo más duro puede ser sometido. Por ello, deseamos ser amigos y evitar los castigos que ya han comenzado. Amparadnos como tales, pues seremos leales y cumpliremos con fe cualquier dificultad que se nos imponga.»

El General, al escuchar estas palabras, se mostró complacido al ver a los Panches en un estado de humildad y dispuesto a poner fin a la guerra que amenazaba con un gran derramamiento de sangre y otros daños derivados de los conflictos. Les explicó cómo debían rendir vasallaje y obediencia al invencible Rey de las Españas. Luego, ordenó que se presentaran ante Sacresaxigua, su adversario, mandando que entregaran sus armas y se sometieran a lo que les mandase, como vencidos ante sus vencedores. Aunque esta ceremonia fue recibida con pesar, tras ella, los españoles y los Panches celebraron amistades, quedando ambos grupos muy contentos. Al día siguiente, partieron hacia la tierra fría.

Con el placer que caracteriza a los vencedores después de una victoria, llegaron a Bojacá, donde encontraron a un sinnúmero de personas congregadas para celebrar aquel trofeo, con abundantes vinos y alimentos, y para felicitar a su cacique por tan honoroso vencimiento. Todos participaron en grandes regocijos y convites, cuyo desenlace se vio empañado por un disgusto que relataré en otro canto, pues ya es hora de concluir este relato, que no toleró ser más sucinto.

***

Canto octavo

El relato narra cómo los españoles apresaron a Sacresaxigua, a quien exigieron el tesoro del rey fallecido, alegando que le pertenecía por no haber buscado la paz. La historia no es más que un recordatorio de que los humanos, a pesar de disfrutar de éxitos y favores, no deben confiarse demasiado en su fortuna, pues el bienestar puede desvanecerse en un instante. Aquellos que se sumen en la complacencia a menudo se enfrentan a la amarga realidad de la traición y la adversidad, que pueden transformar la calma en tormenta para quienes se encuentran dormidos en su vana confianza.

Sacresaxigua experimentó de primera mano esta inconstancia de la fortuna. Cuando creía haber afianzado sus asuntos, un rival, Cuximinpaua, se acercó a Fernán Pérez para acusarlo de ser un tirano. Aunque era pariente del rey, su poder y ambición lo llevaron a usurpar el estado y el tesoro. Esta información, impulsada por la codicia de otros, llevó a que se solicitara al teniente que lo arrestara y lo mantuviera en prisión hasta que entregara las riquezas de su predecesor, quien había muerto en rebeldía al no someterse al rey hispano. Según las leyes de la guerra, después de entregar el quinto real al rey, todo lo demás pertenecía a los conquistadores.

Una vez presentada esta solicitud, el Licenciado, posiblemente influenciado por este consejo, emitió la orden de arresto. Sacresaxigua fue apresado y entregado a guardias armadas, lo que causó un gran escándalo entre sus vasallos, quienes, temerosos de sufrir la misma suerte, se dispersaron rápidamente, dejando al prisionero solo en su infortunio.

Sin embargo, los españoles lo trataron con urbanidad y amabilidad. A pesar de su prisión, la vigilancia se limitaba a la custodia, y así fue trasladado de Bojacá a Bogotá, donde los españoles habían establecido su residencia. Al llegar, el Licenciado le asignó un buhío y doce soldados, expertos ballesteros, que lo cuidaban con atención y respeto. Sacresaxigua, generoso por naturaleza, se preocupaba por sus guardianes, ofreciéndoles presentes que sus criados le traían.

Pronto, los españoles se dieron cuenta de que su trato con él no le causaba molestias, así que comenzaron a visitarlo con frecuencia, trayendo obsequios de valor, que Sacresaxigua compartía con quienes lo custodiaban y lo visitaban. Entre esos visitantes se encontraba Gonzalo Jiménez, quien, junto a sus hombres, se acercó a él para explicarle su situación y lo que debía hacer para lograr su libertad.

Con habilidad persuasiva, Jiménez le dijo: “Sacresaxigua, soy consciente de que este señorío ha sido oprimido. Aunque eso sea cierto, yo protegeré tu dignidad como si fuera mía, siempre y cuando estés dispuesto a entregar el oro que posees, el cual, según la ley, es un bien rebelde que pertenece a nuestro rey. El Papa, en su benevolencia, ha concedido a la corona hispana este nuevo mundo, para que gentes ignorantes y contaminadas sean instruidas en nuestra santa fe.

“Hemos venido a explorar estas tierras con la misión de traer paz, aunque, en ocasiones, hemos enfrentado conflictos. Cuando somos atacados, respondemos no con la intención de causar daño, sino para defendernos. A aquellos que han buscado la paz, jamás hemos hecho menoscabo de sus bienes. Tú mismo has sido testigo de la tranquilidad que disfrutaron aquellos que se aliaron con nosotros.

“Tu predecesor no mostró interés en esta paz, y su obstinación lo llevó a la muerte en combate. Su trágico final hace que ahora todo lo que posees sea legítimamente nuestro. Si decides entregar los tesoros ocultos, obtendrás la libertad y el respeto que mereces, garantizando que tu casa no sea despojada de la obediencia que le corresponde ante el poder real.

“Concluyo diciéndote que, si actúas con la sabiduría que te atribuyo y devuelves lo que no te pertenece, tu deseo se cumplirá. Sin embargo, si optas por negarte y actuar con engaño, eso mismo será la causa de tu ruina.”

Al oír las razones de los españoles, Sacresaxigua respondió con semblante alegre: “El oro que puedo ofrecerles del rey muerto lo tendrán en sus manos, y seré sincero al respecto. Sin embargo, no podré reunirlo de inmediato, ya que lo tengo repartido entre mis hombres. En cuarenta días podré entregarles un medio lleno del buhío donde duermo.”

Con esta generosa promesa, los españoles se regocijaron y el General le otorgó grandes favores, pues ya comenzaban a imaginar que tenían en sus manos partes tan valiosas como las de la célebre Cajamarca. El indio, confiando en su ingenio, convocó a sus vasallos más leales para comunicarles su plan sobre la entrega del tesoro prometido.

Así, tras llegar a un acuerdo, cada día traían una carga de joyas y láminas, envueltas en mantas como era costumbre. El sonido del metal, con el movimiento constante de los cuerpos que luchaban con el peso, formaba una melodía placentera en los oídos de los españoles. Cada carga era acompañada por tres docenas de indios bien dispuestos, cubiertos con galanas telas en lugar de capas. Al llegar, Sacresaxigua ordenaba que las joyas fueran llevadas al retrete designado para tal fin. Sin desmontar de sus espaldas, dejaban caer las cargas al suelo, generando un resonante golpe que era escuchado por los que conversaban con él. Sacresaxigua les pidió que se mantuvieran tranquilos y sin mirar hasta que todo el tesoro hubiese llegado, ya que el oro era un objeto de codicia y no quería que la acumulación se viera afectada. Ante su ruego, todos aceptaron y se conformaron.

Sin embargo, los indios que regresaban con el oro lo repartían rápidamente en mochilas preparadas para tal efecto, extrayéndolo disimuladamente de debajo de las mantas. Mientras tanto, sus intentos eran mantener a raya la vigilancia de los guardias, buscando cualquier descuido que les permitiera a Sacresaxigua y a su gente escabullirse, pero la vigilancia constante durante el día y la noche no les dio la oportunidad.

Finalmente, transcurridos los cuarenta días y llegada la tan ansiada Pascua de regocijo, los españoles entraron al tugurio para ver el tesoro con inmenso júbilo, cada uno de ellos dibujando en su mente grandes riquezas, estados y herencias. Sin embargo, al encontrar el lugar vacío de las riquezas esperadas y sin rastro alguno de lo que habían imaginado, quedaron atónitos, como si el peso del temor los hubiera sorprendido. Sus ojos se agacharon y las lenguas se les quedaron mudas, y en su asombro, se sintieron como hombres que despertaron de un profundo sueño, solo para descubrir que en sus manos no tenían nada.

El General Jiménez, agraviado por tan pesada y molesta burla, ordenó que el autor de la misma fuera encerrado en duras prisiones, no sin proferir amenazas y darle algunos golpes de palos. “¡Dímelo, perro fementido! ¡Inicuo, falso, malo y fraudulento! ¿Dónde pusieron el oro que han traído? ¿O quién lo sacó de este aposento? Yo lo vi, a menos que estuviera dormido. ¿Acaso fue humo de algún encantamiento? Y dado que no aparece, se entiende bien que tú fuiste el duende que lo mostró y lo quitó.”

Cauteloso, el indio respondió: “No sé dónde lo pusieron; estaban presentes sus velas. Pero estas son artimañas del malvado Quiximinpaua, una falsa tregua, y de Quixinimegua, mis enemigos, junto a sus cómplices, cuyos corazones se inclinan hacia sus propios intereses y hacia mi perdición. Ellos son los responsables de este engaño, pues mi plan corre como un río, y son ellos quienes desean verme muerto con sus intrigas. Junto a los indios hábiles que vinieron, acordaron que, cuando regresaran, sacarían lo escondido bajo sus ropas, de modo que mi promesa quedara coja y ustedes, al ver la situación, desataran su enojo contra quien es un verdadero amigo.”

Al escuchar las disculpas del cacique, y considerándolas sinceras y plausibles, los españoles desviaron su odio y rencor hacia los otros inocentes. Los apresaron al día siguiente, y tras someterlos a torturas, como no lograron proporcionarles la información que deseaban, decidieron que, a pesar de que no había más culpa que la falsa y traicionera, quitarían la vida a los dos émulos. Les pareció que, al dejar solo a Sacresaxigua con su señorío y sin oponentes poderosos, tendrían en sus manos el tesoro prometido con generosidad.

Así, sin realizar las diligencias judiciales pertinentes, los condenaron a la horca, lo que provocó un gran escándalo en todo el reino.

Mas, dado el caso de que Sacresaxigua se vengara de ellos con mano ajena, no por eso cumplió su palabra. Tomando como excusa su falta de obediencia por parte de sus vasallos, que ya lo veían en ásperas prisiones y como un vil esclavo detenido, él decía que, si le dieran libertad, podría fácilmente cumplir con la suma prometida.

Entraron en consulta sobre este asunto, y aunque le levantaron las prisiones, no le concedieron lo que pedía; al contrario, aumentaron la vigilancia de las guardas para evitar que se escapara, instándole constantemente a que cumpliera con su palabra. Porque, solo con darle la orden desde donde estaba, sin que nadie se le escapara, todos acudirían a su mando con mayor respeto que antes, sobre todo al faltar de por medio a los dos grandes émulos que tenía.

A esta situación, él respondía en silencio, pues, aunque tenía un ánimo tenaz para cumplir lo que había prometido, las circunstancias lo llevaron a ceder a su naturaleza. Aquellas apacibles consonancias que solía tener en sus respuestas se convirtieron en desabrimientos, dejando entrever con evidentes muestras los odios y rencores reprimidos que llenaban su corazón por la prisión y los agravios recibidos. Estaba todo el tiempo desdeñoso, melancólico, triste y desabrido, sin querer responder a las preguntas sobre las pretensiones del tesoro al que todos aspiraban.

Debido a esto, Fernán Pérez hizo grandes requerimientos al teniente para que, mediante torturas, se supiera lo que ocultaba con sus halagos. Esto se llevó a cabo con tanta severidad que pronto se llegó a una conclusión. Así, la gente castellana quedó, aunque codiciosa, sin esperanza de rastrear aquel tesoro, mientras el cacique se encontraba sin oro y sin vida, un riesgo que suelen correr los avarientos cuando no satisfacen el hambre de aquellos de quienes pretenden despojarlos.

Desconfiados de esa riqueza, partieron con unos veinte mil ducados en oro y esmeraldas, recogidas después de las primeras particiones. Dieron sus porciones, con ventaja, a los dos sacerdotes que llevaban consigo: uno secular, llamado Juan de Lezcamez, natural del pueblo que se dice Moratilla, y el otro, Fray Domingo de las Casas, un docto predicador dominicano.

Antes de que llevaran el oro a sus ranchos, y sin disponer de lo recibido ni de naipes, como era costumbre de los soldados, Fray Domingo les hizo un extenso parlamento, del cual diremos solo la sustancia:

“No será justo, nobles caballeros, que nos mostremos desagradecidos con nuestros otros difuntos compañeros que participaron en los riesgos y trabajos que consumieron nuestras energías. Los cuales, aunque no son herederos de este provecho, deben ser socorridos con sufragios de santos sacrificios, pues no fueron menores sus servicios.

Porque bien vieron que los más constantes en brindarnos ayuda y preparar los caminos fueron aquellos que la muerte hizo menos; mas no porque muriesen, son indignos de los premios debidos a los buenos, siendo su muerte parte fundamental de esta buena suerte.

Así, consideren meritoria la obra de establecer, en algún lugar, una memoria con limosnas que den, con capellán y renta conocida, donde rueguen a Dios por su gloria, y a quienes las hagan, salud y vida, fundándola con el nombre sempiterno de los descubridores de este reino.

Si corresponden al intento de este cristiano celo que me llama, tendrán con Dios merced y con los hombres una gloriosa fama. Yo me encargaré de fundarla, según la cantidad de la derrama, comprando un terreno para la capilla cerca de los muelles de Sevilla.”

“Si llego a destino sin tormenta y libre de naufragios y desmanes, según la cantidad de la renta, así se nombrarán los capellanes; y de lo que haga daré cuenta a los soldados y a los capitanes que, de su voluntad y sin zozobra, vengan a esta buena obra.

Este, señores, es un provecho común, y por ello ninguno se me muestre duro. Estoy satisfecho de que sea un servicio a Dios el que procuro, y es de creer que un corazón religioso va por el camino más seguro. Y si falta la magnificencia, con esto descargo mi conciencia.”

Las palabras de Fray Domingo hicieron impresión, pues todos los miembros de este consorcio eran de sanas y sinceras intenciones. El dicho fraile era respetado y tenía gran crédito entre ellos, al menos durante el tiempo en que no tuvo en sus manos ocasión para perderlo, que son los toques con los que se descubren las buenas o malas propiedades. Así, teniéndolo por una obra piadosa, todos favorecieron su demanda con ánimo cabal y generoso, juntando una buena cantidad que ascendió a siete mil ducados. Esta suma le fue entregada con poderes y una minuta del orden que debía seguir para establecer esa planta.

Sin embargo, él, como díscolo, no quiso guardar ni su propia parte ni la ajena. Porque días después, llegó a Sevilla con el dinero, y abrumado por las tentaciones que suelen afligir a los corazones humanos, se dejó vencer como un débil, huyendo de la pobreza y la obediencia. Cambió los honestos femorales por calzas recamadas y costosas, y los demás vestidos religiosos por atavíos profanos y de legos, con todas las circunstancias de un lascivo galán desvanecido.

Con este nuevo traje, partió con la pompa de criados hacia Roma, y anduvo por Italia, donde, según se dice, murió. Pero estas son opiniones erradas en las que caen los que dieron la limosna, pues la culpa fue del Licenciado que recogió del fraile el dinero, bajo el pretexto de querer plantar él mismo el piadoso beneficio. Todos estaban ignorantes de esto, salvo yo, que, por el testamento con el que dio fin a sus días, y teniendo algunas escrituras suyas, he visto una cláusula que dice que él fue quien gozó de aquel dinero, no sin remordimiento de conciencia, por no hacer el bien cuando pudo, ya que cuando quiso no fue poderoso, por haber consumido sus caudales en lo que los hombres vanos acostumbran.

El Licenciado, viéndose rico, junto con el fraile y otros hombres principales, decidieron dirigirse a la costa del mar de Cartagena. Allí, pretendían comprar un navío y embarcarse con toda brevedad hacia Castilla, antes de que su llegada se supiese por el Gobernador de Santa Marta y Adelantado Don Pedro Fernández, quien había descubierto la tierra de este Reino con su poder, orden y mandado. Temían encontrarse en su presencia, por no tener que darle la parte que se había establecido en las condiciones capituladas cuando le dio poder al Licenciado Jiménez de Quesada de teniente. Lo cual ellos y los otros temían, pues estaban en la ignorancia del amargo final de su vida.

Antes de abandonar la tierra, el Licenciado decidió no desamparar lo ya descubierto. Determinó buscar un lugar donde pudieran quedarse las personas que había dejado recogidas, y así dar fundamento a un pueblo cimentado de españoles, que fuera cómodo para la defensa, y donde tuvieran a mano leña y agua.

Nombraron como caudillo a Gómez de Corral, un capitán diestro, quien se adentró en el valle hacia el Este, hasta llegar al pie de las alturas que hoy conocemos como la Serrezuela. Allí, al parecer, encontraron suelo fértil, apto para plantas y legumbres, jardines y vergeles, gracias a las cristalinas aguas que descendían murmurando por ambas partes.

El terreno se caracterizaba por sus cumbres y faldas montuosas, y hacia el Este, Norte y Sur se extendían grandes llanadas, limpias y libres de nubloso monte, llenas de generosas poblaciones que se vislumbraban a lo lejos. Así, se pusieron los cimientos de la nueva ciudad, a la que le dieron el nombre de Santa Fe, no sin contemplar la de España, por las disposiciones y apariencias de los campos y vegas de Granada, patria del General que los regía.

Fundaron, pues, doce ranchos de paja, que eran suficientes para albergar a toda la gente en ese momento. Los ranchos se repartieron entre doce camaradas, en un intento de igualar las casas a las doce tribus de los hebreos y a las fuentes de la tierra de Elin, por donde pasaron. Así como al número doceno de las piedras que se sacaron del río Jordán y se colocaron en el suelo de Gálgala, como memoria para sus descendientes y señal de las grandes maravillas que Dios obró por ellos, y como principio de posesión eterna, estos ranchos tenían el mismo propósito.

En aquel lugar, se asentó una población cristiana, que ha crecido con edificios de cal y canto, y se autorizó con una real Audiencia, una iglesia catedral y dignidades. Sin embargo, los vapores del monte cubierto, que le retrasan por la parte del oriente, son nocivos para la salud, y cuando la luz del sol sale sobre la nueva ciudad, la debilita, causando reumas y catarros. Pero la escasa fuerza de aquel tiempo no permitía que se buscara un lugar más adecuado.

A pesar de que los edificios mostraban cierta mejora y comodidad en otras partes, había una gran dificultad para mudarse, porque nadie quería abandonar lo que les había costado dinero y trabajo.

Así, el General Jiménez de Quesada, teniendo allí a sus soldados, no realizó nombramientos de cabildo ni estableció más justicia que la que su hermano, Fernán Pérez, podía ejercer. Con menos de treinta compañeros, todos hombres de renombre y ricos, se dirigió al Norte, hacia el río del Oro, con la intención de descender al río Grande en balsas o canoas, ya que contaban con las herramientas necesarias para ello.

Sin embargo, tras algunos días de viaje, y quizás debido a las dificultades del camino o por un consejo malintencionado, el capitán Lázaro Fonte le sugirió que, al llegar a la costa, lo denunciaría por llevar ocultas piedras esmeraldas en gran cantidad sin pagar el quinto. Esta advertencia llevó a Jiménez a decidir regresar al Valle de los Alcázares, donde el resto de su gente permanecía en el reciente pueblo que habían fundado. Su llegada fue motivo de regocijo, pues, con el respeto que se le debía, el temor y el amor coexistían en la comunidad. Aunque los hombres estaban libres de su mando, continuaban mostrándole la misma reverencia que antes, como si siguieran bajo su autoridad.

Si surgía algún asunto que les concernía, él defendía su causa como si fuera propia, tomando muy a pecho su protección. Sin embargo, tras su regreso de la expedición al río del Oro, su actitud cambió. Comenzó a andar más descompuesto, en compañía del capitán Lázaro Fonte, quien entre susurros insinuaba dudas sobre su conducta. Un soldado, con un ingenio poco honorable, denunció que había visto a Jiménez rescatar una piedra de gran valor, a pesar de que se había ordenado que nadie rescatara esmeraldas con indios, salvo en presencia del capitán, para que el quinto del Rey fuera depositado en la caja correspondiente. Sin pruebas concretas de culpabilidad, el capitán sentenció que le cortaran la cabeza.

Jiménez apeló al Rey, pero la sentencia debía ejecutarse, lo que causó gran descontento entre la nobleza y el sentimiento de todos, tanto legos como sacerdotes. Estos, con gran insistencia, le rogaron que no denegara las apelaciones. Fue entonces cuando el capitán Suárez tomó la palabra y le dijo:

«Señor, esta nobleza se ha congregado, llena de caridad y justo celo, y con dolor que los aniega, derraman lágrimas incluso los más robustos. Tenga la amabilidad de acceder a lo que ruegan, y no los despida sin satisfacer su deseo, pues los jueces sólidos y rectos se enorgullecen más de ser piadosos que severos.

No nos movemos con dobleces, sino con intenciones piadosas. A veces, los corazones humanos se ciegan, y no es correcto que los jueces cometan error al desestimar las apelaciones de quienes han sido condenados, pues al hacerlo quedan liberados de responsabilidad.

Si se actuó sin culpa de conciencia y en condiciones que la ley no reprocha, los mayores pueden confirmar la sentencia o revocar la mala con corrección. Aquí falta un letrado que defienda esta causa criminal, y Pedro y Juan sienten en su pecho que vuestra compasión hace justicia.

Quien recorre tierras tan remotas, donde peligros y riesgos son comunes, no peca por mostrar mano blanda en casos tan confusos y complejos. Además, es conveniente que quien manda tenga la sagacidad para prevenir malas contingencias que pudieran resultar en graves inadvertencias.

«Bien sabéis que de bárbaras naciones tenemos todos estos campos llenos, y para refrenar sus condiciones, trayéndolas a términos más buenos, hemos de conservar fuertes varones, y no ser pocos, y hacerlos menos; y más hombres de prendas y de partes que dan valor a nuestros estandartes.

«Sepa vuestra merced y los presentes que Lázaro Fonte es hombre de suerte, de nobles y adinerados parientes, ninguno conocido por inerte; antes bien, cada uno de ellos tiene dotes para seguir la causa de su muerte, y no sé yo, después de bien mirada, si allí la hallarán justificada.

«Así que, según esta conjetura, que con ánimo sano se abalanza en esta rigurosa coyuntura, ningún daño haría la templanza, porque hace su causa más segura la persona que de ella más alcanza. Téngala, pues, en trance semejante quien en todos está tan adelante.

«Abra vuestra merced con piadosa llave la puerta para darnos la respuesta, pues no la merecemos en más grave negocio de sabores descompuesta; y, usándose de término suave, a todos nos dejáis cadena puesta, con deuda de os servir tan obligada, que rota no será ni cancelada.»

Dijo esto, y el General, al ver que todos tomaban tan a pecho la demanda, estuvo meditando por un rato, considerando los argumentos y razones del capitán Suárez; y al fin, con apariencias mesuradas, les respondió:

«Yo, señores, estoy satisfecho de que lo que tengo proveído ha sido según orden de derecho, cuyas disposiciones he leído; y conozco también que vuestro pecho, movido por santas intenciones, fue a rogarme por este delincuente, oficio y propiedad de noble gente.

«Así pues, para complacerlos, aunque con toda justicia podría seguir con mi severidad, concedo lo que me piden. Sin embargo, lo hago con la condición de que esta persona salga inmediatamente de este lugar donde me encuentro y cumpla, sin falta alguna, el confinamiento que se le asigne.»

Se oyó la respuesta con buen gusto, aunque la condición no era la más favorable, pero pensaban quebrar lanzas hasta que el tiempo suavizara sus rencores, pues en los pechos nobles los enojos suelen, al pasar los días, atenuarse. Contentos y regocijados, tuvieron cortesano cumplimiento, rindiéndole gracias con aplausos por aquella merced que les hacía al otorgar las apelaciones, que era lo principal que pretendían.

Luego preguntaron en qué parte le señalaba cárcel que guardase, creyendo que sería en el pueblo comarcano de Moscas, gente menos atrevida y más tratada por los españoles. Mas él respondió que en los Panches, una nación brava, cruel y detestable, lo cual no sonó bien a sus oídos, pues se conocía claramente que allí su muerte sería tan cierta como si se ejecutara la sentencia con mucho más rigor.

Así, de nuevo fueron importunos en rogarle que mudase de parecer, pidiéndole una cárcel menos peligrosa. Lo que se concluyó fue que lo llevaran al pueblo de Pasca; sería a nueve leguas de distancia del nuevo pueblo donde residían; gente de nación Mosca, pero de guerra, enemiga de los españoles. Allí mandó dejarlo con prisiones, sin armas, y solo con una india de Bogotá que le servía, la cual, después de Dios, le dio la vida, viéndose cerca del final.

Cuando llegaron con el preso al pueblo referido, los vecinos huyeron con sus hijos y mujeres al monte, llevándose lo que pudieron, dejando lo demás al albedrío y beneplácito de los que lo vieron encaminarse a su pueblo, que eran veinticinco de a caballo. Sin embargo, ellos, como gente circunspecta, no hicieron ningún daño, y se volvieron en el mismo instante, dejando al mísero paciente en la situación ya descrita, no sin llanto de él y de todos, que ciertamente tenían que despedirse para siempre, y con húmedos ojos celebraban sus funerales sin estar difunto.

Y el buen Lázaro Fonte, con su india, pasó la noche en un desconsuelo que se puede imaginar de quien espera ser víctima de un horrible sacrificio; y en santas oraciones ocupado, a Dios encomendaba su defensa y a su bendita Madre, Virgen pía, amparo generoso de afligidos.

Y ya cuando la luz del claro día hizo que los altos montes y los campos fueran manifiestos a los mortales ojos, la moza, compañera de su pena, se arregló lo mejor que pudo, según suelen las cacicas en su tierra (a la cual no le faltaba gallardía, aire, disposición y gentileza). En la entrada más común del pueblo, por donde sospechaba que la gente que de él huyó volvería, esperó que acudiesen para tranquilizarlos, si fuera parte, con palabras pacíficas, llenas de compasión y tierno sentimiento, para que no se alterasen al ver un hombre de barbas en sus casas, y como gente vil y acobardada, no usasen de los términos crueles que suelen en aquellos desdichados que vivos les cayeron en las manos.

No fue baldía su diligencia, pues en el mismo momento llegaba un escuadrón de gente bien armada. Al ver a la mujer no conocida, vestida y ataviada como señora de Bogotá, todos se detuvieron, perplejos, con los pechos alterados, sospechando que algunos españoles estaban en el pueblo todavía. Mas ella, conociendo sus pensamientos, propuso su razón de esta manera:

«Llegad, amigos míos, sin recelo; hallaréis vuestro suelo bien seguro de todo trance duro, ciertamente; veréis que está presente quien procura daros vida segura y os defiende del malo que pretende vuestros daños. Es un hombre sin engaños, mi amo, preso en aquel bohío con suspiros, porque a quien destruir pretendía siempre contradecía como bueno; y el capitán, ajeno de su pecho, fue contrario a su provecho, y dio parecer variado acerca de esto, mandó que fuese puesto donde digo, diciendo: “Quien amigo fue de Pasca, goce de su borrasca, y allí vea si tan mala ralea lo perdona.”

Trajeron su persona maltratada, sin lanza ni espada, y aunque su gente vino con el designio de robaros los bienes y asolaros el asiento, no dio consentimiento para que tocasen cosa que dejaran los vecinos; impidió desatinos que querían hacer cuando volvían a donde vinieron, y así nunca hicieron cosa menos; o ya quedasen llenos o vacíos; hallaréis sus bohíos cada uno sin faltar un frágil pelo.

Mirad quién de tal celo se guarnece si es hombre que merece ser honrado, servido y acatado, pues ha sido quien os ha defendido de esta furia, y en sí tomó la injuria y el disgusto; así que será justo cumplimiento, con agradecimiento, socorrerlo. Podréis entrar a verlo sin temores, que de vuestros favores se confía; y de la compañía de los otros podéis estar quietos, porque por sus respetos, yo sé cierto que ningún desconcierto que os moleste veréis, viviendo este que os ayuda. De esto no tengáis duda, ni se crea que yo digo cosa que no sea verdad.»

Dijo, y a sus razones concertadas, los bárbaros estuvieron atentos; y como fuese de su misma lengua y de tierra de Moscas como ellos, fue creída sin sospecha contraria. El Señor que Pasca se llamaba, de donde tomó nombre la provincia, con los más principales de aquel pueblo, donde él residía la mayor parte del tiempo, entraron desarmados donde estaba Lázaro Fonte, quien, asombrado de verse rodeado de salvajes, se mostró fácilmente inquieto al ver a los suyos, dispuestos a descomponerse y arrojarse a las ejecuciones de un antojo vano que se les presentase.

Mas el cacique Pasca, con la india que servía de intérprete, le dijo: «Capitán español, no tengas pena, que cualquier obra buena que se haga merece tener paga sin olvido; si es bien agradecido quien recibe. De lo cual se concibe que tu trato a mí me hace grato, y así digo que el tiempo que conmigo residieres, en lo que tú quisieres y mandares en todos los lugares que yo mando, hallarás pecho blando y obediente, sin haber cosa que te descontente.»

Con tal generoso ofrecimiento, Lázaro, que se encontraba casi muerto, emergió de sus temores, como si saliera de un sepulcro. Agradeció la cortesana oferta con palabras comedidas, expresadas a través de la lengua de su fiel compañera. La lealtad de esta mujer fue crucial para que, durante su periodo de sufrimiento, se mantuviera en paz, gracia y amor entre los vecinos.

Este tiempo de pesadumbre se extendió, según me cuentan, durante treinta días. Al final de este periodo, llegaron vientos más templados y apacibles. Así que, querido lector, dejaremos el relato aquí por ahora, prometiendo continuar en otro canto, ya que es momento de concluir este.

***

Canto noveno

La llegada de Nicolao Fedriman, gobernador de Venezuela, se produjo por la vía de los llanos en este reino, al mismo tiempo que Sebastián de Belalcázar lo hacía por la ruta de Popayán. En medio de esta agitación, no se debe olvidar la inmensa bondad del afligido, quien, a pesar de sus miserias, espera encontrar defensa en la poderosa mano de Dios, siempre que persevere en sus oraciones. Con fe, se dirige, incluso sin preverlo, hacia un camino seguro y conforme a sus deseos, con la esperanza de liberarse del demonio y de falsos testimonios.

Esta confianza se manifestó en el caballero Lázaro Fonte, quien estaba lleno de zozobras, angustias y temores por encontrarse rodeado de salvajes inconstantes, propensos a cambiar de parecer ante la más ligera ocasión. Cuando parecía más apartado de cualquier posibilidad de salvación, le informaron ciertos indios que hombres barbudos, como él, venían por los llanos, subiendo hacia las alturas de la sierra, y que estaban a menos de siete leguas de su territorio.

La india, su tutriz y defensora, corroboró esta información, asegurándole que era una verdad indiscutible. Ante esto, el General Jiménez de Quesada decidió enviar un mensajero, instruyéndolo para que se dirigiera por la posta a comunicar la noticia. Con un cuero de venado bien bruñido y tinta de bermellón, le escribió lo siguiente:

«Mi señor, gente española se aproxima por la vía de los llanos, tan cerca que, según la información de Pasca, creo que llegarán aquí mañana. Vea vuestra merced lo que conviene y actúe con prontitud, pues vienen buscando su provecho, y ahora no sabemos con qué intenciones.»

El mensajero partió rápidamente y llegó a Bogotá con la carta. Don Gonzalo, al recibirla y considerar la información, mostró su agradecimiento por el aviso. Entonces, ordenó poner en marcha a sus soldados y despachó jinetes hacia el asentamiento de Pasca. Entre ellos se encontraban Juan del Junco, Gonzalo Suárez Rendón, Pedro Fernández Valenzuela y otros de su confianza (de los cuales solo Paredes Calderón sigue vivo en este pueblo). Se les encomendó investigar quiénes eran aquellos que se acercaban y asegurar la libertad de Lázaro Fonte, quien ya se encontraba arrepentido de lo sucedido y dispuesto a mostrar su gratitud, como siempre lo había hecho.

Los españoles llegaron a Pasca con el ferviente deseo de liberar a su amigo y conocer a la nueva gente. No tardaron mucho en ver al capitán Pedro de Limpias, un viejo conquistador de Venezuela, acompañado de algunos soldados que venían descubriendo la tierra en nombre de Nicolao Fedriman. Este grupo se encontraba más atrás, a una jornada de distancia.

Aunque sintieron pesadumbre al darse cuenta de que otros habían ganado terreno antes que ellos y que eran los primeros en obtener provecho y honor de lo que venían buscando, se regocijaron al reconocer que aquellos eran de Santa Marta. También se sintieron aliviados al encontrar un refugio, ya que venían maltratados, casi sin ropa decente y descompuestos, muchos de ellos cubriendo su piel con pellejos de venado. Las alpargatas que llevaban eran de los mismos materiales, debido a los tres años que habían dejado atrás la costa y al tiempo que pasaron peregrinando por los grandes llanos, donde se encontraban diversas naciones con costumbres muy diferentes, todas con escasa vestimenta.

Los españoles, despojados de sus ropas, se vieron en una situación crítica, sin recursos para cubrirse y protegerse. Su aspecto conmovió a los hombres de Santa Marta, especialmente cuando entre ellos reconocieron a Ortuño Ortiz y otros viejos compañeros, amigos de aquellos que habían sido capturados en la costa del mar, según se relató en la segunda parte de mis cantos, siendo su capitán Juan de Ribera, quien también venía con el mencionado Fedriman y se quedó con el resto del campo.

Así, decidieron enviar mensajeros al General Jiménez de Quesada para informarle sobre la llegada de Nicolao Fedriman. Paredes Calderón llevó este mensaje, acompañado de un soldado recién llegado llamado Fernando Montero, quien más tarde se convirtió en vecino de Jocaima. El general lo recibió con benevolencia, proporcionándole telas para su arreglo y una buena chaguala que pesaba más de doscientos pesos de oro fino.

Una vez que se confirmó la presencia de Nicolao Fedriman en Pasca, el general organizó peones y caballos, convocando a los caciques más cercanos, quienes llegaron con una numerosa multitud, adornados con soberbios penachos, galas, paveses cóncavos y tiraderas, como si se prepararan para un combate. Formados en escuadrones, el general lideraba con su guion al frente y marcharon hacia Pasca, avanzando ordenadamente por los campos y llanuras de Boza.

Al poco tiempo, divisaron por las alturas a Fedriman, quien se acercaba con treinta caballos y estaba acompañado por los capitanes enviados por Jiménez. Cuando ambos grupos estaban a punto de encontrarse, el general ordenó tocar las trompetas y los atambores, lo que sorprendió a Fedriman. Al ver la gran cantidad de gente y el orden del desfile, su rostro se turbó, y se dirigió a los de Santa Marta diciendo: "Señores, en vosotros he confiado, como gente noble; vine aquí desprevenido, y no querría que mi trato fuera engañoso."

El capitán Suárez le respondió: "Su merced puede estar tranquilo y seguro de que no encontrará en nosotros malas intenciones ni contiendas, ya que todos procuraremos servirle con lealtad y con nuestros bienes."

Así, continuaron su camino hasta que se encontraron a una distancia de apenas veinte pasos. Allí, Fedriman se bajó humildemente de su caballo, y el general Jiménez hizo lo mismo. Ambos caudillos se abrazaron cordialmente, prometiéndose una amistad sincera y vinculada por la fidelidad.

Después de este intercambio cordial, cada uno volvió a montar su caballo, y regresaron a Santa Fe, conversando sobre los asuntos pasados y presentes, como suele ocurrir en diálogos amistosos. En Santa Fe, los recién llegados fueron agasajados de manera amigable en todo lo posible por los demás.

Las dos cabezas acordaron, por escrito, que cualquier beneficio obtenido tras su llegada sería disfrutado y compartido de manera fraternal, formando así una misma masa de participación, tanto en lo bueno como en lo malo. Una vez establecidas estas condiciones, los vecinos indígenas informaron que, por la región llamada Neiba, se acercaban otros muchos peregrinos, acompañados de numerosos sirvientes, lujosas vestimentas y amplios caballos, que se dirigían hacia los confines de la tierra fría.

Al recibir esta noticia, los representantes de Venezuela y Santa Marta, el general Jiménez, decidió enviar a Fernán Pérez con hombres diestros para que siguiera la pista de estos nuevos viajeros. Se decía que venían otros españoles, y era crucial que supieran quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran sus intenciones. Era mejor estar preparados, en caso de que quisieran reclamar la tierra que ya habían descubierto bajo la gobernación de Santa Marta.

Si sus intenciones eran de conquista, era necesario que regresaran rápidamente con información, para que todos pudieran estar alerta y prepararse para la defensa. Se sabía que, debido a situaciones como esta, los capitanes habían perdido la vida; por lo que, si el caudillo que buscaban se movía con un grupo de soldados inquietos, no faltaría quien sugiriera tomar por la fuerza la tierra y el dinero de sus oponentes, como si estos fueran incapaces o faltos de valor. Sin embargo, con astucia y precaución, Jiménez desechó esos consejos dañinos, buscando calmar los corazones agitados y reprender su desvergüenza.

Cumpliendo con la orden, Fernán Pérez partió con un selecto grupo de caballeros y también con peones escogidos, dotados de valor y agilidad. Entre ellos, se encontraba Miguel Sánchez, natural de la villa de Llerena. En tres días lograron avistar el campamento de los otros y sus tiendas. Al llegar, se mantuvieron alerta, como solían hacer los capitanes prudentes, hasta que finalmente se vieron las caras, entablando una conversación cortés con Sebastián de Belalcázar, líder de esos nuevos grupos, mientras Juan de Céspedes y otros intercambiaban palabras y fanfarronerías juveniles, como se ha mencionado previamente sobre la vida y hazañas de Belalcázar.

Por lo tanto, no es necesario repetir sus hazañas; basta con señalar que los tres insignes y valientes generales se encontraron en Santa Fe en febrero de 1539. Allí se conocieron y se trataron con amor y respeto cortesano, disfrutando de algunos días juntos en cacerías y ejercicios a caballo, cada capitán llevando consigo jinetes admirables, tanto en destreza como en postura.

Belalcázar, un caudillo hábil y valiente, reflexionó sobre las promesas de la nueva tierra: la inmensa cantidad de habitantes, la fertilidad de los campos y las vegas. Con la experiencia de su lado, se dirigió a los otros líderes y les dijo:

«Caballeros, si tuviera en mis manos a bárbaros tan opulentos, habría dado fundamentos a tres o cuatro pueblos de cristianos y repartiría la riqueza de sus territorios entre nosotros. Si no aprovecháis esta oportunidad, pronto se perderá todo lo que hemos logrado. El señor Fedriman puede dar fe de que, tras tanto peregrinar, no encontraréis pan si abandonáis el que ya está bien amasado.

Actuad de inmediato, enfocaros en poblar tierras que prometen prosperidad; así haréis un gran servicio a Dios y al Rey. Esto requiere constancia: si la fortuna os brinda más noticias de ganancias, no perderéis nada. Más bien, será un asunto de importancia dejar atrás refugios que puedan defenderos, suceda lo que suceda.

Conservad a los indios descubiertos y aprovechad sus frutos. Sabiendo que tenéis vasallos de quienes cobrar tributos, os enviarán provisiones y caballos que facilitarán vuestra empresa. Pronto veréis tanto a sus gentes que ya no desearéis más. Aunque las nuevas tierras estén alejadas del mar y de otros españoles, vendrán muchos que atravesarán las olas, trayendo tantos problemas que no podréis comer en paz.

Por lo tanto, si son deudos o parientes, debéis acudir a ellos con otros aliados. Vendrán mercaderes en busca de ganancias, y aquellos que consideráis despreciables, con vana presunción, intentarán quedarse con los mejores trozos. El mercader vendrá con su mercancía, el letrado con sus juicios, y si no queréis vivir en la ley de gracia, os harán tomar la de la escritura, adornada con las glosas de Bartolo, recién salidas del tintero, como si de un insignificante insecto hicieran un caballero.

Para enfrentar tales emboscadas, debéis tener la bolsa llena. Ahora tenéis tiempo, apresuraos para poder dar y recibir lo que merecéis. Podéis obtener todo esto con la renta de la gente ociosa, evitando que el tiempo pase sin aprovecharlo.

A mí me basta con tener un fuego donde perdure la ceniza, mientras procuro con diligencia ayudar a las nuevas tierras. He fundado la ciudad de Quito y establecido Cali, Popayán, Timaná y Pasto, con los términos y distritos donde pronto veréis esplendor. Todo esto lo pongo por escrito, para probar mis servicios y gastos, a fin de que nuestro Rey quede satisfecho y a mí me recompensen con honor.

Y porque la tardanza perjudica lo que no se sufre en la inacción, desde ahora querría prepararme, encontrando el camino y los medios para ir a España y presentarme ante el Consejo Real, para pedir un gobierno seguro de lo que he poblado y descubierto.»

«Ambos tienen méritos suficientes para hablar con razón. Vuestras mercedes deben considerar si es conveniente que todos hagamos un viaje; que el señor General ordene el mejor camino a seguir, ya que, a mi juicio, el gran río está cerca y ahí podréis construir un navío.

Nuestro camino se ve facilitado por otra información que recibí por carta: Don Pero Fernández, vuestro Gobernador de Santa Marta, ya ha muerto. Podemos salir de cualquier puerto en el primer navío que parta, sin temor a encontrar obstáculos o contratiempos que arruinen nuestro viaje.

Si mis razones son de peso y nos decidimos a unirnos en un solo propósito, fundemos ciudades en las poblaciones que parezcan más relevantes. Todo esto debe ser registrado con día, mes y año, y el lugar donde cimentemos nuevas paredes, para poder solicitar mercedes al Rey.

Belalcázar, viendo la inacción y la indecisión en lo que más les convenía, los animó con su buen consejo a establecer asentamientos permanentes. Así, comenzaron a darse cuenta de los engaños en que habían vivido los conquistadores antiguos de Santa Marta y Venezuela, así como los de Cubagua. Provincias que, a pesar de ser populosas, fueron arrasadas, destruidas y asoladas.

La explotación de esclavos dejó esas tierras yermas, atadas a ellos y a la ruina de lo que encontraban en la tierra. Absorbidos por la búsqueda de riqueza inmediata, no se fijaban en lo que estaba por venir. Era un riesgo evidente no conservar aquellas poblaciones, que eran insignes por su pujanza y grandeza; es imposible no conmoverse al recordar su historia y la fortaleza de aquellos que conocieron.

No debería considerarse una infamia haber descubierto y asolado lo descubierto, cuando podían, con honor y provecho, perpetuarse como conquistadores, sometiendo a la real corona de Castilla vastos territorios. Muchos lloraron esta pérdida, cuando al fin comprendieron el error, pero los más astutos se dieron cuenta de que, donde hay reliquias dignas, están cimentando pueblos, aprovechando la fertilidad de terrenos que antes fueron asolados, ahora acomodados y no empobrecidos.

De esto se deduce claramente que, si tales territorios hubieran caído en manos prudentes y experimentadas en la colonización, como los caudillos de Pirú y de Nueva España, hoy habría poblados prósperos en lo que ahora conocemos como despoblado.»

Recuerdo bien que, cuando Francisco de Orellana descendió por el gran río Marañón y se asentó en la tierra de Cubagua, muchos de los soldados que lo acompañaban, exhaustos y desgastados por las jornadas, se unieron a aquellos que estaban en Maracapana. Entraron en aquella tierra firme, y en un invernadero que tuvimos, tras regresar a la serranía, uno de mis compañeros de rancho, llamado Bernardino de Contreras, natural de Toledo, muchas veces propuso que colonizáramos un valle en Tacarigua, donde años después se fundaría la Nueva Valencia por parte de Venezuela.

Él enfatizaba que esto sería lo que más serviría a Dios y al Rey. Sin embargo, las esperanzas de esa propuesta se desvanecieron, pues nadie supo cómo llevarla a cabo, y tampoco se habrían dado a la tarea si Belalcázar no les hubiera asistido.

Jiménez, al darse cuenta de la importancia de establecer una base sólida y duradera, especialmente después de enterarse de la muerte del gobernador Don Pero Fernández (quien creía que podría sucederle en el gobierno), tomó las medidas necesarias. Evaluó las poblaciones que podría fundar entre los indios más belicosos, de acuerdo con la cantidad de soldados disponibles.

En Santa Fe, con mayor determinación, trazó las calles y solares, así como la iglesia y la plaza, con los requisitos que parecieran más convenientes para una ciudad metropolitana que serviría de cabeza para las fundaciones que seguirían. Además, se llevó a cabo el nombramiento de un gobierno local para que la gobernara. En aquellas primeras elecciones, resultó elegido como alcalde, por ser una persona circunspecta, Gardoso, de origen lusitano, y el otro fue Hierónimo de Insa, quien había sido capitán de macheteros entre los descubridores primitivos.

De los regidores, sólo recuerdo a dos: Juan de Arévalo y Fernando de Rojas, quienes formaban parte de los hombres de Sebastián de Belalcázar. Posteriormente, Fernando de Rojas se estableció en la ciudad de Tunja, donde tuvo un hijo del mismo nombre y sucesor de su repartimiento, así como una hija, Doña Ana de Montalvo, que heredó la belleza y las virtudes de su abuela.

Una vez establecido el cabildo y el regimiento, los nuevos moradores comenzaron a erigir casas con fundamentos más sólidos. Fue Alonso de Olalla quien, con gran empeño, inició la construcción de los primeros tapiales. Entre sus descendientes se destacan Francisco de Olalla, mayorazgo, y el capitán Juan López de Herrera, así como otros hijos e hijas de renombre.

El primer habitante en levantar una casa de tejas fue Pedro de Colmenares, contador real, cuyo hijo hoy representa tanto su nombre como su valor.

El primer cura de esta iglesia fue el bachiller Juan Verdero, uno de los acompañantes de Fedriman, quien también trajo consigo al Padre Fray Vicente Requejada. La primera capilla de este templo fue dotada por el capitán Zorro, en honor al Apóstol Santiago.

Una vez que todo estuvo en orden en la nueva ciudad, se asignaron estancias y repartimientos a los vecinos, de acuerdo con las cualidades de cada uno, aunque no de forma tan precisa que supieran cuál era más o menos provechoso. Con el tiempo y la experiencia, se fue revelando lo que realmente beneficiaba a los soldados restantes. Así, comenzaron a trabajar en la construcción de la iglesia y la plaza, asegurándose de que todo cumpliera con los requisitos que parecían más convenientes para una ciudad metropolitana, que serviría como cabeza de las que se fundarían posteriormente.

Además, se realizó el nombramiento de un regimiento para gobernar la nueva ciudad. En aquellas primeras elecciones, Cardoso, de origen lusitano y persona de gran circunspección, fue elegido alcalde, y Hierónimo de Insa, capitán de macheteros entre los primeros descubridores, ocupó otro puesto destacado.

Recuerdo a dos de los regidores: Juan de Arévalo y Fernando de Rojas, quienes eran parte de los hombres de Sebastián de Belalcázar. Posteriormente, Fernando de Rojas se estableció en la ciudad de Tunja, donde tuvo un hijo que lleva su mismo nombre y que heredó su repartimiento, además de una hija, Doña Ana de Montalvo, que en belleza y virtudes es heredera de su abuela.

El primer cura de esta iglesia fue el bachiller Juan Verdero, uno de los que Fedriman trajo consigo, acompañado durante algunos días por el Padre Fray Vicente Requejada. La primera capilla de este templo fue dotada por el capitán Zorro, en honor al Apóstol Santiago.

Una vez que todo estuvo en orden en la nueva ciudad y se asignaron estancias y repartimientos a los vecinos, de acuerdo con la cualidad de cada uno, no con la precisión necesaria para que supieran cuál era más o menos provechoso. Fue así que el tiempo y la experiencia revelaron lo que realmente beneficiaba a los soldados restantes.

Procedieron a fundar dos ciudades: una de ellas se estableció a las faldas del monte por donde entraron los primeros en la tierra, en los límites de las provincias de Chipatá, Socrocotá y Ubassa, así como en Saboyá, Musos y Guane. Se buscaba abrir un camino que facilitara el acceso al Río Grande, ya que esta ruta era la menos complicada para llegar desde la costa, aunque también resultaba bastante trabajosa. Sin embargo, era la mejor y más conveniente para que contratistas y otros peregrinos pudieran encontrar el apoyo más cercano.

La otra ciudad se ubicó en los términos de Tunja, considerando que aquel señorío tenía gran pujanza. Para llevar a cabo este proyecto, se nombraron a dos capitanes astutos y sensatos. Uno de ellos fue Gonzalo Suárez Rendón, patricio de Málaga, y el otro, Martín Galeano, de Valencia. Este último fue el primero en salir con su gente para cimentar el pueblo que limitaba con la montaña. Una vez establecidos los cimientos, se dedicó a someter a los duros y rebeldes moradores que habitaban en esas asperezas, llevándolos al yugo y la obediencia del invencible Rey de España.

Así, por ser el origen y principio de la ciudad de Vélez, en este reino, y al ser la segunda planta de cristianos, es justo que su nueva fundación sea celebrada con un nuevo canto.

***

Canto décimo

Se narra aquí cómo el capitán Martín Galeano, con la gente que le fue asignada por el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, fundó la ciudad de Vélez.

Cuando el sol, en su recorrido por el cielo, extendía sus claros rayos sobre la tierra del león Nemeo, Martín Galeano se preparaba para cumplir el deseo de poblar las tierras que había prometido conquistar. Con valentía, emprendió su viaje hacia el norte, acompañado por hombres de gran valor que lo seguían fielmente.

Tras seis días de marcha, avistaron Tinjacá, una población que disfrutaba del espacioso lago Siguasinza. Este lago era famoso por su abundancia de peces sin escamas, pequeños como lampreas, cuyo grosor no superaba los tres dedos y cuya longitud llegaba a un palmo y medio. Aunque su sabor era apreciado, eran algo viscosos. En Santa Fe, sin embargo, los peces eran más grandes y se pescaban en el río Fontibón, lo que les otorgaba un mayor aprecio entre los habitantes, debido a la riqueza que generaba esta actividad.

Tinjacá, con una circunferencia de cuatro o cinco leguas y una anchura de casi dos, también destacaba por la presencia de artesanos que trabajaban el barro, lo que llevó a los españoles a llamar a estas tierras "pueblos de los Olleros".

Continuaron su camino hacia las tierras rocosas que contenían los pueblos de Suta, Sorocotá, Monquirá y Turca, hasta llegar a las altas barrancas, conocidas como "quebrada fonda", en los términos de Ubassa. Este lugar había sido reconocido desde la primera llegada de los conquistadores a la región, cerca del furioso río que hoy llamamos Suárez.

Allí, en una llanura que les pareció ideal para establecerse, trazaron los cimientos de una nueva ciudad, la segunda fundada en estas tierras. Los territorios circundantes estaban habitados por una gran multitud de indígenas, habilidosos y valientes, que superaban en destreza a muchos otros. Saboyá, en particular, se destacó por resistir la guerra durante más de treinta años, imponiendo una dura prueba a muchos españoles de renombre.

En esos términos de Ubassa, se erigieron los primeros fundamentos de la ciudad que llamaron Vélez, siguiendo las órdenes del General Jiménez de Quesada. El nombre fue dado en honor, según se cree, a la ciudad homónima en España, de los Reyes Católicos, ya que Martín Galeano, insigne varón de Granada, continuaba la costumbre de los conquistadores de nombrar las nuevas ciudades en memoria de su tierra natal.

En la fundación de la ciudad de Vélez, se realizó la elección de los cargos más importantes, seleccionando a las personas más cualificadas para liderar. En dicha elección, fue nombrado como alcalde Juan Alonso de la Torre, padre de Lorenzo Martín de Benavides, actual beneficiado de esa ciudad y miembro de una familia noble. El segundo alcalde fue Gascón. Entre los regidores se encontraban Baltasar Moratín, Diego de Güete, Antonio Pérez, Marcos Fernández y Francisco Fernández, junto a Juan de Prado. El alguacil mayor fue Miguel Seco, mientras que Pedro Salazar fue designado como escribano.

No obstante, esta primera ubicación de la población no perduró. Posteriormente, avanzaron más allá del río Suárez, adentrándose en la provincia de los Chipataes, donde encontraron un lugar más adecuado para establecerse de manera permanente. Decidieron trasladar la ciudad a ese nuevo sitio el 14 de septiembre de 1539, coincidiendo con la celebración de la Exaltación de la Santa Cruz, en conmemoración del sacrificio de Cristo.

Una vez asentados en el nuevo lugar, se distribuyeron solares a los vecinos y, con la ayuda de los indígenas Moscas, que aceptaron la paz, construyeron ranchos provisionales mientras se preparaban para construir edificaciones más duraderas. El objetivo era dar estabilidad a la ciudad y proporcionar a los conquistadores el sustento necesario.

Antes de comenzar con los proyectos más grandes, se concentraron en erigir un templo, encargando la obra al cacique Saboyá, debido a su cercanía y la cantidad de gente que tenía a su disposición. En pocos días, completaron el trabajo. Sin embargo, la paz no duró mucho, pues Saboyá, arrogante y feroz, se rebeló contra la dominación castellana, defendiendo su pueblo con valentía y atacando con arcos y flechas envenenadas.

A pesar de esta resistencia, los españoles decidieron continuar su avance. Se dirigieron a la provincia de Misaque y las altas sierras de Ágata, que en ese momento estaban habitadas por una gran multitud de nativos, gobernados por los caciques Cocomé y Agatá. Las sierras, aunque carecían de bosques, eran tierras altas con sábanas y esteros que se secaban durante el verano debido a la falta de ríos permanentes. Sin embargo, las vertientes de la sierra hacia el oeste daban lugar a grandes y furiosos ríos, que se unían en un amplio valle rodeado de montañas cubiertas de árboles antiguos. Durante el verano, las aguas de este valle formaban grandes lagos, ricos en diversas especies de peces.

Durante el invierno, los montes y llanuras quedaban completamente anegados, inundados por torrentes que finalmente desembocaban en el río Grande de la Magdalena. Subiendo la primera sierra, los españoles convocaron a los indígenas que habitaban la región. Estos acudieron en paz, ofreciendo comida y algunas piezas de oro fino. Galeano y su gente les explicaron a los caciques Cocomé y Agatá que debían reconocer un señor que los gobernara y que, a cambio, deberían tributar y ofrecer servicios.

Aunque la propuesta no fue fácil de aceptar para los indígenas, ya que implicaba pasar de ser señores a ser vasallos, finalmente entregaron rehenes y prometieron no oponerse al vasallaje del rey de España. Satisfecho con los resultados de la expedición, Galeano regresó a Vélez sin encontrar resistencia, considerándolo un buen comienzo para sus planes, que incluían la búsqueda de minas y la obtención de oro con la ayuda de los indígenas repartidos entre los conquistadores.

No mucho tiempo después, basándose en las noticias que obtuvieron interrogando a los indígenas, quienes señalaron la existencia de riquezas hacia las vertientes del río Grande de la Magdalena, las autoridades decidieron enviar a Juan Alonso de la Torre con treinta soldados y doscientos indígenas aliados. Al llegar a la región de los Agatáes, fueron bien recibidos, aunque el viaje no estuvo exento de dificultades.

El ascenso de dos leguas por tierras ásperas y llenas de pajonales, bajo un sol abrasador, dejó a los soldados exhaustos y sedientos. Sin embargo, los habitantes locales los ayudaron ofreciéndoles agua y bebidas hechas de sus granos, lo que les permitió continuar. Al llegar a la tierra de Cocomé, cacique de las sierras occidentales, fueron recibidos con hospitalidad durante dos días antes de continuar su camino.

La expedición se dirigió entonces hacia el valle de Sapo, cuya travesía se caracterizaba por caminos accidentados y llenos de riscos y peñascos, casi imposibles de recorrer. En su avance, se encontraron con un paso extremadamente peligroso: una peña viva y tajada, cuya subida era larga y peligrosa por el riesgo de caer desde la altura.

Para poder ascender, los indígenas locales habían instalado bejucos flexibles, a modo de cuerdas, que estaban firmemente atados a los troncos de los árboles, semejantes a las jarcias que utilizan los marineros para subir a lo alto de los mástiles. A la derecha de la peña, brotaba una fuerte corriente de agua cristalina que, al caer desde lo alto, se asemejaba a copos de nieve que descendían suavemente hacia la tierra.

Finalmente, lograron cruzar todos, uno por uno, utilizando las improvisadas "escalas" hechas de yedras entrelazadas, enfrentándose al riesgo de la muerte. Sin embargo, la codicia, raíz de todos los males, los impulsaba a seguir adelante. Bajaron por despeñaderos hasta llegar a una llanura montañosa, donde se encontraron con una quebrada rodeada de peñascos y arboledas. Allí, una gran cantidad de guacamayas, con sus estridentes graznidos, los atormentaron como si anunciaran la llegada de lluvias o simplemente al ver a los recién llegados.

El arroyo que allí encontraron se llamó desde entonces el río de las Guacamayas. De pronto, un estruendo ensordecedor de truenos y lluvias cayó sobre ellos, temiendo que serían arrastrados por el torrente. Las aguas, provenientes de los altos precipicios, se despeñaron violentamente hacia la llanura, desbordando el curso de la quebrada y cubriendo las zonas cercanas con su furia.

Sin embargo, milagrosamente, el violento torbellino los sobrevoló sin causarles daño significativo. La nube de tormenta siguió su camino hacia las montañas, dejándolos empapados pero ilesos. Rápidamente, el agua inundó el terreno, pero la pendiente natural del lugar permitió que escurriera con facilidad. Los indígenas, expertos en la búsqueda de alimento, aprovecharon la ocasión para recolectar una gran cantidad de peces atrapados entre las piedras, aún vivos. Gracias a esta providencia, pudieron disfrutar de una abundante cena.

Pasaron la noche en ese lugar, y al día siguiente, un grupo compuesto por Luis Fernández, García Calvete, Diego Ortiz, Gonzalo de Vega, Pedro de Salazar y Juan de Eslava, al seguir una senda poco clara, se toparon con maizales ya maduros y una pequeña comunidad de personas que, descuidadas, no se dieron cuenta del inminente asalto. Capturaron a varios de ellos, y entre los cautivos había una mujer indígena cuya belleza destacaba entre todos. Diego Ortiz, testigo de los eventos, la describió con admiración: una mujer de porte elegante, de piel radiante como una rosa púrpura, con ojos serenos y claros, y un rostro que irradiaba dignidad. Sus facciones eran tan perfectas que recordaban las descripciones de ninfas o náyades en los poemas, aunque vestida con las telas más lustrosas de su tierra.

La mujer llevaba un collar de oro que adornaba su cuello esbelto, acompañado de zarcillos ricos a su estilo. Otras joyas que portaba indicaban que era una señora de alto rango en su comunidad, una figura destacada en el lugar donde habitaba.

Una vez hecha la captura, regresaron al lugar donde sus compañeros los esperaban, ansiosos por interrogar a los cautivos sobre las minas que tanto deseaban encontrar. Sin embargo, cuando los cautivos fueron interrogados con la ayuda de intérpretes, no pudieron ofrecerles información precisa. Solo mencionaron que el oro que poseían provenía de tierras muy lejanas y lo obtenían mediante trueque.

Después de esto, los expedicionarios pasaron quince días abriéndose camino entre las espesuras que se encontraban entre los ríos Orta y Carare. Incluso llegaron al río Maporiche, que fluye desde el norte, y, tras recorrer largos y tortuosos caminos, observaron cómo esos ríos se juntaban y se mezclaban con el majestuoso río Magdalena. Pero todo ese esfuerzo resultó infructuoso, ya que no encontraron los veneros de oro que esperaban. No obstante, en los pequeños asentamientos que encontraron a lo largo de su ruta, lograron recoger algo de oro trabajado, aunque en cantidades muy pequeñas.

Finalmente, decidieron regresar a Vélez por el mismo camino que habían tomado al venir, ya que desconocían otro que fuera menos complicado. Al llegar a la sierra de Cocomé, descubrieron que no había ningún vecino en las cercanías, pues todos los habitantes se habían refugiado en cuevas y cavernas. Estas cavidades, muchas de ellas amplias, servían como refugio en tiempos de guerra o como lugares frescos para escapar del calor del verano.

La naturaleza hostil y desafiante del lugar, junto con lo inaccesible del terreno, habían mantenido a estos pueblos en constante resistencia, sin haber alcanzado nunca una paz duradera. Incluso en tiempos recientes, gran parte de la población indígena había sido diezmada, quedando apenas unos pocos sobrevivientes, que no eran mejores que sus predecesores en cuanto a disposición hacia la paz.

Los españoles, cautelosos y experimentados, pasaron la noche en los bohíos del pueblo desierto, manteniendo el orden y la vigilancia necesarios. Al amanecer, con los primeros rayos del sol pintando el cielo de rojo, se dispusieron a continuar su camino hacia Vélez. Avanzaban con espadas en mano y escudos en posición, conscientes de que probablemente necesitarían defenderse. Con gran precaución, comenzaron a descender por la cuesta empinada y peligrosa, siguiendo las señales que indicaban que debían estar preparados para cualquier ataque.

Sus sospechas no tardaron en confirmarse. Apenas habían recorrido un cuarto de legua cuando divisaron las alturas y colinas cubiertas de aguerridos guerreros Agatáes, que se mostraban con orgullosos penachos y actitudes desafiantes. Armados con arcos y carcajes llenos de flechas, algunos portaban lanzas, dardos y macanas, mientras que otros llevaban pertrechos preparados para causar estragos entre sus enemigos. Con una estrategia bien calculada, los Agatáes comenzaron a lanzar pesadas rocas desde las alturas, mientras que el estruendo de las cornetas y los gritos descontrolados llenaban el aire. La situación se tornó tan crítica que hasta el más valiente y habilidoso entre los españoles reconocía lo difícil que sería salir ileso de aquel peligroso enfrentamiento.

Viendo las furias desatadas de los enemigos, el caudillo se dirigió a sus hombres con estas palabras: 

«Tomemos ese estrecho sendero que recorre la loma delante de nosotros.» 

Juan Alonso apenas había terminado de hablar cuando ya todos se apresuraban a gatear por la ladera, colocando los pies con cuidado para evitar que las rocas sueltas los dañaran.

Se organizaron de tal manera que los proyectiles lanzados por los indios no podían alcanzarlos en conjunto, pues estaban divididos estratégicamente. Sin embargo, el atrevimiento de los nativos fue tal que algunos escuadrones lograron acercarse lo suficiente para medir sus macanas contra las espadas de los españoles, sobre todo en la retaguardia, donde la situación se volvió crítica. Fue entonces cuando cada hombre tuvo que mostrar el valor individual de su persona, realizando maniobras con las espadas que resultaban admirables, pues no pocas cabezas rodaron cuesta abajo, separadas de los cuerpos de los indígenas.

Al ver la fiereza de los españoles y su infatigable resistencia, los Agatáes comenzaron a retirarse hacia las alturas de la serranía, dejando libre el camino para que los españoles continuaran su marcha. Aunque muchos de los hombres resultaron heridos, ninguno sufrió heridas mortales.

Al llegar a Vélez, dieron cuenta del suceso a los vecinos. Martín Galeano, al darse cuenta de que no convenía retrasar el castigo por tal atrevimiento, partió de inmediato con soldados descansados y algunos perros bravos entrenados para atacar a los indios, traídos por las tropas de Benalcázar. Estos perros, que no habían sido utilizados anteriormente, se convirtieron en una herramienta común entre los soldados, quienes los apreciaban enormemente, aunque algunos los utilizaban de forma excesiva y cruel.

A pesar de ser un hombre generalmente equilibrado y estimado por su valor tanto en la paz como en la guerra, Galeano también fue parte de estos excesos. Más tarde, ya en su vejez, cuando gozaba de un merecido descanso, enfrentó ciertos remordimientos y complicaciones legales debido a los actos cometidos, como se explicará más adelante.

Galeano y sus hombres decidieron atacar a los Agatáes bajo el amparo de la oscuridad. Divididos en dos grupos, uno liderado por el propio Galeano y el otro por Juan Fernández Valenzuela, se acercaron sigilosamente a dos pueblos, que estaban separados por poco más de media legua. Según las guías, en estos pueblos había una gran concentración de indígenas. Los nativos, confiados en la impenetrabilidad de las escarpadas montañas y amparados por la oscuridad de la noche, estaban desprevenidos, sumidos en un profundo sueño que los hizo vulnerables al ataque inminente.

Los españoles, siempre vigilantes, trepaban por los escarpados recuestos, a veces usando manos y pies, con los escudos a sus espaldas, cubiertos de un sudor fluido y silencioso. Finalmente llegaron a la cumbre, cerca de las casas. Agotados y sin aliento, hicieron una pausa, bien atentos a cualquier movimiento. Esperaron hasta que la noche alcanzó su momento más oscuro, lo que los latinos llaman "intempesta", y luego se dividieron en sus respectivos cuarteles.

Cuando la señal fue dada con un cuerno resonante, el asalto comenzó con tal estruendo que los atacados pensaron que eran muchos más los acometedores. El sobresalto fue tal que quedaron atónitos, como si un rayo hubiera desgarrado el cielo, dejando tras de sí el húmedo humo de una tormenta oscura, cuyo trueno y estampido dejaban atónitos a quienes lo presenciaban.

Al inicio del ataque, los moradores, sorprendidos e inadvertidos, quedaron en un estado de confusión y terror. Algunos corrieron a tomar las armas, aunque ya era tarde para usarlas con efectividad; otros, confiando en la ligereza de sus pies, se dirigieron rápidamente hacia las puertas, esperando escapar del violento furor que se cernía sobre ellos. Pero muchos encontraron su destino en la muerte, traspasados por las espadas españolas, entregando sus almas a las furias del infierno.

La matanza creció, extendiéndose por todo el asentamiento, con un flujo de sangre que rubricaba el suelo. Sin embargo, los indios que lograron escapar, muchos de ellos, lo hicieron dispersándose en todas direcciones, impulsados por un frío temor. Los españoles, victoriosos, capturaron hasta trescientas personas, todas ilesas. A los más resistentes y duros entre los prisioneros, les impusieron un castigo severo: a algunos les cortaron las narices, a otros los pulgares o las manos, y les ordenaron que llevaran esa señal a sus vecinos. El mensaje era claro: si persistían en su resistencia, sufrirían el mismo destino.

Después de haber pacificado los pueblos principales bajo el mando de Martín Galeano y Valenzuela, una mañana, cuando el sol comenzaba a ascender por los collados y horizontes, los españoles divisaron una gran multitud de salvajes reunida en lo alto de una colina. Los indígenas mostraban un gran regocijo y lanzaban injurias contra los españoles, en un claro menosprecio de su presencia. Las voces y burlas eran claramente escuchadas debido a la corta distancia que los separaba, pero los españoles no entendían la causa de tanta alborotada celebración.

Pronto, gracias a los intérpretes, se enteraron de que los indígenas tenían prisionero a uno de sus compañeros. Tras realizar un recuento de los soldados, descubrieron que faltaba Juan de Cuéllar, un soldado fanfarrón que había llegado con la hueste de Belalcázar. Al parecer, Cuéllar, por una necesidad inevitable, se había alejado de su campamento para cumplir con sus necesidades en un lugar oculto. Sin saberlo, en ese mismo lugar se encontraban al acecho tres o cuatro indígenas, quienes, al verlo vulnerable, lo atacaron de inmediato. Cuéllar no tuvo tiempo de reaccionar antes de recibir un golpe mortal con una macana, que le hizo perder los ojos y esparció sus sesos por el suelo. Los atacantes, codiciosos de su presa, rápidamente arrastraron el cuerpo hasta la cima de la colina donde estaban sus compañeros, quienes celebraban su captura con gritos y burlas mientras profanaban el cadáver.

La noticia de la muerte de Cuéllar causó una profunda congoja entre los españoles, especialmente en Galeano, ya que era el primer hombre que perdía en esta campaña. Determinado a vengar su muerte, Galeano se unió a Valenzuela y emprendieron una serie de castigos severos contra los indígenas que pudieron capturar. No les dieron tregua, organizando emboscadas y ataques nocturnos hasta que muchos de los indígenas se vieron obligados a esconderse en cuevas, montañas y otros lugares inaccesibles. Sin embargo, debido a las grandes dificultades del terreno y al agotamiento de sus hombres, Galeano decidió regresar a Vélez, llevando consigo una gran cantidad de prisioneros, incluidos mujeres e hijos de los indígenas.

En el camino de regreso, los bárbaros, desesperados por rescatar a sus seres queridos, descendieron en masa desde las alturas con un ímpetu feroz. Rompieron las líneas de los defensores e intentaron liberar a los cautivos, que iban atados con cuerdas y cadenas. La lucha fue intensa, y aunque los indígenas no lograron liberar a muchos prisioneros, continuaron acosando a los españoles con piedras y proyectiles. A pesar de sus esfuerzos, la hueste bárbara quedó diezmada y los españoles lograron mantener a sus cautivos.

Durante el enfrentamiento, varios soldados españoles, destacados por su habilidad en las batallas, como Diego Franco, Bartolomé González, Pedro Gutiérrez, Francisco de Murcia, entre otros, se destacaron por su valentía y experiencia en este tipo de contiendas, contribuyendo a la victoria final sobre los indígenas.

Tras el enfrentamiento, sin perder el ritmo de la marcha, la retaguardia española aceleró el paso, amenazando con sus armas a los prisioneros que llevaban delante, instándolos a avanzar rápidamente, como si huyeran de un peligro inminente. Esta acción hizo creer a los indígenas, al observar la maniobra, que los españoles realmente estaban escapando, lo que los llevó a precipitarse en una confusión desorganizada detrás de ellos, sin saber que estaban cayendo en una emboscada cuidadosamente planeada.

Cuando los indígenas avanzaron en tropel, los soldados emboscados salieron al encuentro de la turba gritando: “¡Santiago, Santiago!”, señal de ataque entre los españoles. Los emboscados cayeron sobre los desprevenidos indígenas, que se encontraron atrapados sin saber cómo defenderse, como un perro que, persiguiendo a un venado por la sabana, es sorprendido por un tigre que le arrebata la presa. Los indígenas, al darse cuenta del engaño, cayeron en una profunda confusión y miedo, con muchos de ellos buscando huir. La mayoría optó por poner su esperanza en la huida, mientras que algunos fueron malheridos, otros muertos, y varios capturados.

Este ataque efectivo dio a los españoles el respiro necesario para continuar su camino con los cautivos sin mayor oposición. Al llegar a Vélez, enviaron un mensaje a los pueblos indígenas a través de algunos prisioneros, proponiéndoles una paz que les permitiría recuperar a sus seres queridos sin otro pago que una sincera voluntad de amistad y colaboración. Los españoles les aseguraron que, si deseaban una vida pacífica, solo debían cumplir con este acuerdo, pues de lo contrario, el destino de las batallas pasadas auguraba lo que podría suceder en el futuro.

Los señores principales de los pueblos indígenas recibieron bien el mensaje y pronto se acercaron para renovar la amistad, aunque esta no fue tan firme como para evitar futuras rebeliones. Estas sublevaciones continuaron, pero con el tiempo, y debido a las guerras y otras circunstancias, los indígenas vieron su poder mermado y sus tierras casi despobladas.

En ese entonces, sin embargo, los indígenas todavía representaban una amenaza considerable, y los españoles, incluyendo a Galeano, a menudo enfrentaron dificultades. Galeano se vio obligado en varias ocasiones a solicitar refuerzos de Tunja, una población cercana donde el capitán Suárez estaba establecido. Pero la narración sobre Tunja y sus eventos será tratada más adelante, pues por ahora, el relato se centrará en los hechos relacionados con Vélez.

Tras estos eventos, no faltó el socorro que llegó desde la costa, cuando arribó Jerónimo Lebrón, de quien daremos cuenta más adelante al narrar su viaje. Por ahora, me dirijo hacia la provincia conocida como Guane, bajo la jurisdicción de la ciudad de Vélez. Allí, tras haber pactado la paz con los Agatáes, las armas, aún manchadas de sangre, se volvieron hacia la conquista de este territorio. Los preparativos para esta nueva empresa ya se están llevando a cabo, y yo me dispondré a relatar lo sucedido en el próximo canto, ya que con este planteamiento cierro el presente relato.

***

Canto undécimo

En este canto, se narra la conquista de la provincia de Guane y los encuentros que hubo durante su pacificación. Corría el año 1540 según el cómputo cristiano, cuando el planeta más radiante se presentaba en el pluvial Acuario. Fue el vigésimo día del bifronte Jano, el primero de los meses de este conteo, cuando partió la valerosa gente, guiada hacia el Oriente en busca de Guane, cuyas tierras se hallaban a menos de veinte leguas de distancia del pueblo de los españoles.

A pesar de ser grandemente pedregosas las partes habitables de este suelo, su templanza siempre resulta amigable para la conservación del individuo. Nunca se padecen fríos ni calores extremos, ya que la región está desprovista de montañas y favorecida por saludables vientos que, lejos de contrarrestar su fertilidad, la potencian.

Así, la provincia contiene virtuosas plantas que, en todos los tiempos, producen frutos placenteros al gusto y agradables a la vista y al olfato. Las labranzas se benefician de regadíos que conducen por acequias aguas claras, las cuales descienden de los altos murmullos y se derivan a diversas partes, abarcando un circuito de más de doce leguas.

Hacia el Oriente, la provincia está rodeada por una viva peña tajada, comúnmente llamada "cingla", que corre de Norte a Sur, algo torcida, y se extiende más allá de la provincia. Por la frontera de los Guanes, el río de Sogamoso la divide, fluyendo con furia por sus tierras, donde se une al de Suárez y otro que se llama Chalala. Estas corrientes fluyen hacia el río Grande de la Magdalena.

De esta manera, al occidente de la cingla tenían sus asientos los Guanes, mientras que encima de la cingla se encuentran sabanas rasas, aunque desiertas, a excepción de la que está más a mano, conocida como la Mesa de Xerira. Este es un campo fertilísimo y apacible, igual, alegre, llano, raso y limpio. Su circunferencia, medida, es de unas seis o siete leguas, sin contar las colaterales, que son grandes y amplísimas dehesas.

Todas estas tierras gozan de tan propicias influencias que, si hubieran sido pobladas por españoles en esa sazón y coyuntura, conservando a los indios naturales, habrían visto cumplidos sus deseos de abundancia. No faltaría trigo ni cebada, junto con las demás simientes de legumbres, fructíferos vergeles y jardines, nativas y extranjeras, así como todas las especies de ganado necesarias para el menester humano. También se podrían cultivar viñas en partes que fueran irrigadas, dado que esta llanada deleitosa está provista de cristalinas fuentes que ofrecen aguas salutíferas al beneplácito de quien las guía, y la templanza del terreno favorece la salud humana en todo momento.

Los habitantes de la región se sentían colmados de felicidad, ya que contaban con veneros de oro en sus cercanías, gracias al río que fluye hacia Vélez y Pamplona. En esta comarca, Guanentá era el rey, reconocido por otros principales indígenas como su señor supremo, a quien ofrecían vasallaje y obediencia. Su residencia se hallaba en la Mesa de Xerira, un lugar más apacible que los asentamientos situados en las partes inferiores de la cingla.

Los Guanes compartían una lengua, costumbres, ritos y vestimenta, que consistía en telas de algodón tejidas con hilos de diversos colores. Se envolvían con una prenda alrededor de la cintura y llevaban otra que caía del hombro izquierdo, asegurada con un nudo hecho con los extremos de la manta. Las mujeres, por motivos de modestia y protección, usaban pampanillas debajo de sus trajes, que cubrían las partes que debían permanecer ocultas. Las casadas se ceñían con este velo adicional, mientras que las jóvenes quedaban exentas.

Los Guanes eran personas de disposición y gallardía; de piel clara y apariencia limpia, con rostros aguileños y facciones agraciadas. Aquellas que servían a los españoles sorprendían por lo rápido que aprendían el idioma castellano, articulando los vocablos con una precisión que parecía innata. Este talento era poco común en otras naciones indígenas que había visto, donde muchos hablantes luchaban por pronunciar correctamente el castellano.

Además, los Guanes eran ingeniosos y diestros en el manejo de sus armas, que incluían lanzas, dardos, macanas y hondas. Las utilizaban con destreza en las peleas, guiando sus proyectiles con fuerza y precisión.

Con todas las precauciones necesarias, cincuenta valientes españoles, de los cuales solo seis montaban a caballo, ingresaron en las tierras de los Guanes, equipados con escudos, morriones y celadas. Después de cruzar el impetuoso río Conacuba, se adentraron en un valle donde comenzaba la población de Guane. Su intención era tomar el territorio desde su inicio y allanar la provincia, avanzando hacia Vélez y conquistando a quienes se opusieran a su avance.

Las primeras casas que encontraron los españoles al llegar fueron las de Poasaque, un pueblo bajo la dirección de Corbaraque, un capitán que había llevado a su gente a refugiarse en el monte, temeroso de la nueva llegada que penetraba en tierras inexploradas. Los españoles lograron alcanzarlos y establecieron con ellos la amistad que tanto deseaban, bajo la promesa de que ambas partes la conservarían. A cambio, los indígenas aceptaron reconocer el vasallaje al poderoso rey de España y al señor que se les designara en su nombre, asegurando así una vida tranquila y segura.

Con la misma mano de concordia, fueron recibidos en otro valle colindante con el de Corbaraque. Luego se dirigieron a Poima, donde sucedió lo mismo: los habitantes les ofrecieron telas bien labradas y algunas joyas de oro fino. Después de esto, se trasladaron a Chalala, donde encontraron a una población más animosa y decidida a defenderse con más brío. Allí se quedaron durante ocho días, intentando ganar las voluntades de los lugareños, quienes se mostraron duros y reacios al pacto de paz que se solicitaba.

Debido a esta resistencia, los españoles, decididos a imponer su autoridad, llevaron a cabo enfrentamientos y capturaron a una gran cantidad de personas de todas las edades, destacando especialmente a las mujeres, quienes, por su belleza y gracia, capturaron la atención de los conquistadores.

Los españoles también recorrieron la ribera del mencionado río que desciende de Sogamoso, en los términos de Tunja, pasando por asentamientos que ya estaban desiertos, pues sus vecinos habían abandonado sus hogares por temor a los forasteros. En esas casas, recogieron una considerable cantidad de ropa y algo de oro.

Mientras exploraban las tierras de Guane, recibieron noticias sobre Macaregua, un cacique belicoso y adinerado, por lo que decidieron partir en su busca, aunque estaban inciertos sobre la posibilidad de paz, su confianza se alimentaba de la fama de la riqueza que poseía.

Sin embargo, los caballos no podían avanzar por el camino más directo debido a la gran aspereza del terreno, que estaba lleno de peñascales y derrumbaderos. Así que los peones optaron por el camino más bajo, acompañados por indios yanaconas, quienes, con la ayuda de los cristianos, mostraron valor en la guerra y una dulzura que mitigaba las disensiones y revueltas.

Galeano, junto con los caballeros, avanzó por la alta cuchilla que se alzaba sobre el terreno, despejada de piedras y montes. Al avistar el pueblo peñascoso, se dieron cuenta de que allí los caballos no valían, ya que no podían descender a menos que encontraran un camino que no fuera un precipicio. Así que, decididos, se lanzaron a tomar la puerta de la principal casa, que creían era la del cacique, aunque no lo hicieron con tanto sigilo como para no ser percibidos.

Sobresaltados por la inminente amenaza, los defensores del interior salieron al encuentro con un escuadrón de piqueros que ya estaban en alerta, listos para frenar el avance de los ambiciosos conquistadores. Se protegían bien con sus escudos, mostrando una valentía similar a la de los hábiles alemanes en la batalla, y a pesar de que los españoles ganaban terreno, los defensores lo perdían con sus movimientos estratégicos.

En medio de este tumulto, Pedro Vázquez, un joven audaz y orgulloso, dio un paso al frente. Con la mano en alto, se preparó para asestar un golpe mortal, atrayendo la atención de su oponente. Sin embargo, este último había descuidado su defensa; su rodela estaba desprotegida. Fue entonces cuando Pedro, con la punta de su lanza encajada en el momento preciso, atravesó las arterias vitales de su adversario.

El impacto fue devastador; los espíritus vitales se despidieron para siempre de aquel cuerpo que, en un instante, se desplomó en el suelo, marcando el final de su miserable existencia.

Los indígenas, en su desespero, arrastraron el cuerpo del caído hasta la puerta de su líder, donde la lucha se intensificaba. Sin embargo, el ambiente se tornó tan violento y obstinado que los españoles no pudieron recuperar el cadáver. A medida que la tensión crecía y se acercaba una multitud armada de los alrededores, los conquistadores se prepararon para enfrentarse a una muerte segura o a una victoria inminente.

Confiando en Dios y en la fuerza de sus brazos, decidieron romper las líneas enemigas. En el primer encuentro, trece bárbaros cayeron, mientras que otros heridos clamaban por atención médica. Sin embargo, los defensores decidieron retirarse, dejando a los españoles como los nuevos señores del pueblo, aunque agotados y necesitando descanso. Pedro Salazar, herido con dos lanzas, se vio obligado a curarse durante varios días tras la feroz batalla.

Galeano, tras encontrar un paso para los caballos, sintió una creciente impaciencia al no poder descender rápidamente en medio del clamor y el estruendo de los combates que resonaban en el aire. Aunque los caballos no podían hacer mucho debido a las rocas que bloqueaban el camino, finalmente, una vez superada la refriega, llegaron al lugar donde yacía el desafortunado Pedro Vázquez, cuyo fallecimiento les causó gran pesar. No obstante, decidieron darle un sepelio digno, ocultando su cuerpo corruptible bajo la tierra fértil, como era lo apropiado según las circunstancias.

Después de este acto, se dispusieron a registrar las casas en busca de provisiones, aunque el rancho no les ofreció mucho, ya que lo esencial se había escondido en diferentes lugares. Cuando el sol comenzaba a ocultarse, guiando a sus caballos brillantes y veloces hacia otros hemisferios, optaron por refugiarse en la casa del cacique Macarigua. Allí, se acomodaron y cenaron, atentos a tener buenos centinelas, con las armas listas para salir en orden ante cualquier aviso.

Mientras algunos de sus compañeros se entregaban a un sueño reparador, Martín Galeano no se detuvo; rondaba y visitaba a quienes velaban en la guardia. Al llegar el momento de cambiar la vigilancia, reunió a todos y compartió su inquietud:

«Compañeros y amigos, este lugar es inseguro para nuestra defensa. Si nos atacan de noche, el terreno es incómodo, mientras que más arriba hay un llano limpio, libre de obstáculos, donde los caballos pueden moverse con facilidad. Sería un gran error permanecer aquí; si mis instintos no me fallan, aquí no amaneceremos. Así que debemos partir pronto, ya que es la hora tranquila, y aunque arriba haya muchos, seremos más efectivos con menos».

Todos estuvieron de acuerdo con su propuesta y, sin dudar, comenzaron a caminar hacia la altura por donde habían descendido con los caballos. En un claro y apacible terreno, establecieron su campamento y permanecieron allí durante tres días, dedicándose a descansar, reparar sus provisiones y atender a los caballos, que, por la falta de hierro, fueron herrados con clavos de oro. Sin esas herraduras, los animales no podrían caminar sobre el suelo pedregoso.

En esa región, la población indígena era numerosa; se estimaba que en el circuito de lo que se conocía como Guane había cerca de treinta mil casas, cada una con dos o tres habitantes, donde residían sus mujeres y familias. Así, la provincia se convertía en un manantial de naturales, con una gran diversidad de comunidades.

Así, los españoles, conscientes de su escaso número y del terreno adverso que los rodeaba, se prepararon con cautela y previsión. La muerte de Pedro Vázquez dejó a su grupo vulnerable, y se sintieron obligados a actuar con prudencia, ya que desde todos los lados se alzaban las voces de una gran multitud de indígenas armados, acompañadas del estruendo de cornetas y tambores, que anunciaban una presencia amenazante. Sin querer entrar en combate directo, muchos de los españoles decidieron explorar los pueblos cercanos, deseosos de conocer el terreno.

Primero, llegaron a Guanentá, donde se encontraron con una multitud que, atemorizada al ver a los intrusos, comenzó a retirarse rápidamente. Sin embargo, en esta confusión, los españoles se dividieron en dos grupos: ocho peones acompañados por dos caballeros, Alonso Fernández y Gonzalo de Vega, y los demás se unieron a Galeano, siguiendo el tumulto por caminos diferentes.

Los diez hombres que continuaron adelante, en su búsqueda de oportunidades, se toparon con un grupo de indígenas que, provistos de hondas y lanzas, los aguardaban en un cerro. A pesar de ser pocos, los españoles decidieron atacar. Pero al acercarse, se encontraron con una quebrada profunda, que les imposibilitó avanzar y les obligó a detenerse, mientras los indígenas, protegidos por esa muralla natural, comenzaban a lanzar piedras desde la otra orilla.

Al ver esto, los españoles se dirigieron a sus aliados yanaconas, que los seguían armados con arcos, y les pidieron que respondieran a los proyectiles de piedra con flechas. En medio del combate, los seis peones, avanzando con cautela, se deslizaron por la quebrada, pero, embelesados por la batalla, no se dieron cuenta de la estratagema que se desarrollaba. Fue entonces cuando los indios, aprovechando el terreno, les atacaron por la retaguardia con lanzas afiladas, cercenando brazos y cabezas.

El sobresalto fue tal que los españoles, llenos de temor, apenas pudieron usar sus armas. La situación empeoró cuando sus caballos, al encontrar un terreno más propicio para moverse, se descontrolaron, y la confusión se apoderó del grupo. La escena se tornó en una mortífera ruina para aquellos que, en su bravura, se habían mostrado más gallardos. La falta de cohesión y la desventaja numérica se hicieron evidentes, y los españoles se vieron superados por la táctica y la sorpresa de sus enemigos.

Satisfechos con la suerte que habían tenido, los españoles regresaron con algún botín en busca de sus compañeros. Su éxito fue, sin duda, gratificante; incluso más que el anterior enfrentamiento, que había sido más sangriento, pero sin que ellos sufrieran daños. Así, se reunieron, alegres y contentos, y cruzaron el río hacia Butaregua, un pueblo no muy distante de la cingla.

Butaregua era un asentamiento bien organizado, llano y limpio, rico en frutos y cosechas. Los habitantes, curiosos por naturaleza, habían construido regadíos en sus heredades, que eran irrigados por antiguas acequias, permitiendo que la tierra produjera lo necesario para satisfacer las ambiciones de los agricultores. Sin embargo, al llegar, los españoles no encontraron a nadie en el pueblo; todos los vecinos se habían refugiado en grandes cuevas y oquedades que se hallaban en las laderas de la cingla.

Las subidas eran altas y difíciles, pero en ambos lados había senderos que llevaban a las entradas de las cuevas. La dificultad del terreno hacía que los humanos tuvieran que esforzarse al máximo para ascender, y el camino resultaba peligroso, pues no había puntos donde detenerse, y los que intentaban escalar debían saltar una distancia de cerca de doscientos estados.

Aun así, los españoles, al notar el rastro de los indígenas, comprendieron que había un secreto que podrían aprovechar. Decidieron dividirse y, con valentía, los más audaces comenzaron a escalar. Idearon un plan: algunos de ellos se encargarían de resistir y hacer frente a los indígenas, mientras otros buscarían escapar y atraer a los indígenas hacia el llano, lejos del precipicio.

Su estrategia no falló. Al ver a los españoles subiendo, los indígenas, valientes y decididos, salieron al encuentro de los intrusos. Los españoles, protegiéndose con sus escudos, retrocedieron hacia un terreno más seguro, mientras los indígenas los seguían, saliendo de las cuevas como fervientes hormigueros. La situación estaba a punto de convertirse en un nuevo enfrentamiento, donde el ingenio y la valentía de ambos bandos se pondrían a prueba.

Al ver la situación, la gente castellana, en un lugar más propicio para la lucha, se lanzó a la ofensiva. Con rapidez, comenzaron a cegar sus aceros afilados en las entrañas de los bárbaros, causando una matanza. Los primeros que se encontraron en el camino retuvieron el avance de los indígenas en el borde del despeñadero. Los que venían detrás no lograron detenerse a tiempo y, descontrolados, cayeron unos sobre otros.

La confusión reinó en medio de la batalla; los combatientes se derrumbaban, y algunos, al verse atrapados, intentaron aferrarse a los demás mientras caían en picada hacia la tierra, que los recibía hechos añicos. La madre tierra, en su silencio, quedó colmada de cuerpos sin vida, un trágico tributo a la violencia del enfrentamiento.

Los que lograron escapar, viendo el desenlace desastroso, se dejaron llevar por la persuasión de sus compañeros y decidieron buscar la paz, deseando evitar más calamidades de la guerra. La noticia de la derrota y la oferta de reconciliación se difundió rápidamente por la comarca, y muchos comenzaron a considerar favorable la idea de establecer amistad con los cristianos. Entre los primeros en buscar la paz se encontraba Macaregua, quien llevó las armas del soldado que había caído en su pueblo, así como mantas, oro y otros obsequios, con la esperanza de mitigar los rencores.

Con palabras suaves y amigables, los indígenas se acercaron a los castellanos, quienes, al reconocer la voluntad de paz, escucharon con atención. Así, bajo el dominio del insuperable Católico Rey, las relaciones comenzaron a normalizarse. Pasaron luego a Bocore y Xuaguete, dos pueblos que se mantuvieron en calma, y no solo aceptaron la nueva autoridad que les era impuesta, sino que también mostraron generosidad en su obediencia, ofreciendo piezas y preseas de gran valor, lo que contribuyó a consolidar la paz en la región.

Cacher, sin embargo, se negó a reconocer el tributo y a acudir a los llamados, mostrando desprecio y arrogancia. Esta actitud no fue tolerada, y un grupo de veinte peones, junto a algunos hombres de a caballo, fue enviado para corregirlo. Con semblante pacífico y la intención de negociar sin derramamiento de sangre, se acercaron a la casa del cacique. Sin embargo, al llegar, fueron recibidos por cuarenta bárbaros armados con gruesos bastones, decididos a matarlos.

El intento de ataque se hizo evidente rápidamente; los bárbaros descargaron golpes pesados sobre los desprevenidos, quienes, al no poder soportar la agresión, respondieron con las armas. La lucha fue feroz, resultando en la muerte de varios indígenas y la captura del cacique, quien quedó maniatado.

Los españoles, con el cacique en su poder, se dirigieron a Bocore sin ser interrumpidos por los que salían del pueblo, quienes no intentaron recuperar a sus compatriotas ni frenar el avance. Al llegar, fueron recibidos por Martín Galeano y el resto del grupo, quienes ordenaron liberar al cacique y tratarlo con amabilidad y respeto. A través de un diálogo que combinaba razones pacíficas con algo de firmeza, se les hizo entender la necesidad de aceptar la sujeción y la obediencia.

Se les otorgó la libertad para regresar a su pueblo y apaciguar a su gente tras la agitación provocada por la prisión del cacique. Tras este acuerdo, continuaron su camino hacia Siscota, donde fueron recibidos con aplausos y obsequios de telas y algo de oro, sin que la población mostrara resistencia a la servidumbre que se les había impuesto.

Después de despedirse de Siscota, pasaron a Cotisco y Carahota, así como al valle de Sancotéo y Uyamata, poblaciones principales que, igualmente fértiles y pobladas, se mostraron obedientes sin ruidos belicosos.

Y después de describir a los señores que gobernaban la tierra de Guane, con la intención de distribuir los trabajos y recompensar a los compañeros por sus esfuerzos en la conquista, se decidió posponer la determinación hasta tener más información en la ciudad de Vélez. Este retraso generaba inquietudes en Galeano, quien temía que los indígenas de los alrededores, que ya tenían amos a quienes debían tributos, pudieran reaccionar con furia ante la ausencia prolongada de los españoles.

Con el tiempo, la situación se volvía más complicada, ya que los nativos, que antes habían disfrutado de una cierta libertad, ahora estaban sometidos a una servidumbre que no solo era injusta, sino también agotadora. Los exactores no mostraban moderación; cada uno cobraba lo que quería, imponiendo tributos que no se justificaban y exigiendo trabajos excesivos. Muchos, incapaces de soportar tales abusos, caían en la desesperación o, incluso, sucumbían a la debilidad física.

Este ambiente de opresión llevó a que los indígenas, confiados en su fuerza, decidieran liberarse de las cadenas de la servidumbre. Si lograban ver la posibilidad de hacerlo, se comprometían a pagar el tributo natural a quienes lo solicitaban, en lugar de a los opresores. Este cambio se había comenzado a gestar desde dos meses después de que Galeano partiera hacia Guane, un asunto que se relatará con más detalle en el siguiente canto, donde se revelarán las novedades que esperaban y que merecen ser celebradas con un nuevo comienzo.

***

Canto duodécimo

Este relato narra la rebelión de Saboya y la de los indios de Tiquesoque, así como la muerte de varios españoles.

Las excesivas demandas, la fuerza y los rigores de aquellos que se encontraban inflados de orgullo y soberbia provocaron un levantamiento aún mayor entre los que, a pesar de su paciencia y sufrimiento, decidieron alzar la voz contra sus crueles opresores. Nadie es tan irracional que pueda soportar la molestia de manera indefinida.

Así, se convertirá en un ejemplo el suceso que ocurrió tras la partida de los soldados hacia Guane, quedando algunos para defender la nueva ciudad. Al mando de este grupo estaba Juan Fernández Valenzuela, quien se mantenía alerta en la guerra, aunque no lo suficientemente astuto como para disimular los abusos que causaban la ruptura de la paz con aquellos que ya tenían encomiendas. Algunos de estos procuraban extraer el máximo provecho de los que no poseían los medios para satisfacer una sed insaciable, como la de una serpiente que, herida, jamás se sacia.

Entre estos, el Gascón, primer alcalde, parecía ser el más insistente en apresurar a los indios que le habían sido asignados para que le trajeran oro, ya que su encomienda provenía de Tiquisoque. Al ser convocado por su superior para cumplir con el tributo, llegó sin excusas y con lo que le habían ordenado. Sin embargo, tras recibir lo que se consideraba un tributo adecuado, en lugar de agradecer, el imprudente estalló en blasfemias. Le dijo:

"Perro chingamanal, sucio borracho, que te crees un cacique de gran renombre, me diste este oro sin ningún reparo, más destilado que el líquido que sale de un alambique. ¿Acaso piensas que estás tratando con un niño al que podrás contentar con un simple regalo? Observa con claridad lo que hay en el archivo, si no deseas que yo te haga arder en llamas." 

El indio, con una traición disimulada y una apariencia leal, respondió con un rostro sonriente: "No puedo hacer más en este momento; sin embargo, si deseas una mejor paga, es necesario que lo hagamos donde yo resido. Para conseguir oro, es fundamental que estés presente, ya que así puedo asegurarme de que cada uno contribuya sin excusas, pues yo solo no soy suficiente para satisfacer lo que buscas.

Si me tienes delante, estoy convencido de que tus deseos serán cumplidos y quedarás satisfecho con lo que anhelas."

El Gascón se alegró ante esta respuesta y lo halagó, prometiendo que sería un buen amigo si se cumplían sus expectativas. Pero en su ansia codiciosa, ciega ante los riesgos y peligros que surgen de la confianza imprudente, solicitó permiso al Valenzuela para salir. A pesar de que este último sabía que era un desvarío soltar aquella oportunidad, finalmente le otorgó la licencia, aunque no sin advertirle que fuera cauteloso.

Con aquel impulso avaricioso en su corazón, el Gascón se preparó, armándose y montando a caballo, acompañado de seis amigos destacados, bien entrenados con espadas y rodelas. Entre ellos estaban Benito Zarco y Bartolomé Sánchez, soldados de Santa Marta, mientras que los otros cuatro eran de la parcialidad de Venezuela; sus nombres, lamentablemente, se pierden en el olvido. También llevaban consigo algunos yanaconas para prestar servicio.

Llegaron a las casas de Tiquisoque, donde recibieron regalos que encubrían sus verdaderas intenciones. Tras acomodarse, el Tiquisoque se despidió de ellos, diciéndoles: "Para seguir complaciéndolos, hemos planeado una salida para cazar venados con cazadores experimentados en el oficio. Disfrutarán de un ejercicio deleitoso; verán cómo el temeroso ciervo huye y cómo termina atrapado en la red, atravesado por la flecha certera, ya que no escasean los hombres valientes en la cacería. Al final, regresaré mañana; no será vana mi promesa, pues todos traerán oro en gran cantidad para satisfacer tus lamentos."

Así fue como se separaron del torpe huésped y de los compañeros que estaban dispuestos a cazar, enfrentándose a un último trance. Combatidos por una mortal sospecha, no lograban tener la tranquilidad que deseaban. Benito Zarco, preocupado, expresó: "Señores, ruego a Dios que los venados pardos no se conviertan en nuestros enemigos, pues somos nosotros los que, por nuestra necedad y desatinos, estamos encerrados en esta situación. Espero que no encuentren los caminos ocupados y fortificados con gente. En esta confusión, quien desconfía no debe descuidar su vigilancia."

"Ya que hemos caído en un error tan grande, no durmamos como gente ingenua. Este caballo que tenéis en la colina debe estar listo toda la noche, preparado con la silla; también tened a mano a este perro, para quitarle rápidamente la correa. Si ve a alguien de mala fe, él hará lo que le corresponde."

El aviso fue bien recibido por todos, y así, durante la noche, mantuvieron una vigilancia atenta. Mientras tanto, el indio Tiquisoque envió mensajeros a toda prisa para convocar a los caciques de la región, centrándose principalmente en el indio Saboyá, quien, según se sospecha, fue el principal instigador de la revuelta y el primero en concebir el engaño.

De hecho, cuando la tenue luz de la mañana comenzó a despejar los vapores nocturnos, nuestros atribulados españoles estaban a la expectativa, vacilando entre diversos pensamientos. Por un lado, reflexionaban sobre el riesgo que corrían en medio de una gente salvaje y agresiva, y por otro, se aferraban a la esperanza de que, al haber pasado la noche sin ser atacados, quizás el peligro se había disipado.

Con la vista ansiosa, los españoles miraron a su alrededor y vieron descender por una loma suave a más de seiscientos indios bien armados con dardos, flechas y macanas. Llevaban adornos de plumas, un uso común entre aquellos que se preparan para la guerra, la caza y otros ejercicios donde se hace presente la comunidad. Así, los españoles no podían asegurarse sobre las intenciones de los indios, pero, dada la actitud y la determinación de estos, creyeron lo peor, y, efectivamente, su temor resultó fundado.

Consciente del peligro, Juan Gascón, montado en su caballo, decidió salir al encuentro de los indios. No mostró ninguna alteración, sino que fingió actuar con amistad, deteniéndose en un lugar despejado donde podía realizar algunos movimientos ofensivos. Era un terreno propicio para responder según fuera necesario.

Sin embargo, la confusión no duró mucho; pronto se encontraron a una corta distancia de los que les esperaban. Entonces, sonaron los caracoles, que sustituyen el estruendo de las trompetas, y un grito ensordecedor rompió el aire, revelando las intenciones de los indios. Además, comenzaron a lanzar densas lluvias de flechas envenenadas que se clavaban en los cóncavos escudos de los españoles con tal obstinación que la muerte cruel se presentó ante ellos, dejándolos sin posibilidad de escapar sin el auxilio del cielo.

Al verse en esta situación de peligro inminente, Juan Gascón, con voz algo turbada, se dirigió a sus amigos de la siguiente manera: "Perdonadme, señores, pues he sido el principal instigador que os ha llevado a este detrimento sin razón. Bien sabe Dios cuánto me arrepiento de ello y hasta dónde llega mi remordimiento; sin embargo, para liberaros, no hay más que la intervención divina que nos puede salvar."

"Encomendaos a Dios como buenos cristianos, y luchemos todos de tal manera que no caigamos vivos en manos de esta gente bestial, cruel y fiera. Aquellos que los insanos toman con vida reciben mil muertes antes de morir. Para evitar tantas, es mejor morir de una vez, pues ya nos ha atrapado la mala fortuna."

Con estas palabras, Juan Gascón mandó soltar al perro y, tras darle espuelas a su caballo, sus peones siguieron sus pasos. No había fieras en la naturaleza—ni lobos, leones ni veloces tigres—que hicieran tanto estrago como los desesperados que buscaban escapar. Estaban heridos y consumidos por el temor, acosados por la multitud furiosa de bárbaros que, confiando en su fuerza y ligereza, se creían capaces de capturarlos vivos. Pero las espadas no se lo permitían; los filos cortantes dividían brazos y penetraban las entrañas, de donde brotaban la vida y el alma en una agonía incesante.

Los perros degollaban, rompiendo las venas de los cuellos, y los caballos atropellaban a los más fuertes entre los indios. Los peones, siguiendo la estela de sus compañeros, ensangrentaban penachos y cabellos, mientras el aire se llenaba de gritos, tumultos y el horror de una batalla espantosa.

Cuanto más se adentraban en la lucha, más se encendían los furores. La indignación y el rigor dominaban el ambiente, ya que los indios, conscientes de que no podían salvar sus vidas, buscaban hacer que las de sus enemigos costaran muchas. A su vez, los españoles, en un intento desesperado de salvar las suyas, se lanzaban a un remate que parecía interminable. Tenían a los toros acorralados en un coso del que no podían escapar, como los miserables cuerpos que colgaban de sus heridas, impotentes ante la prisa del combate.

La sed inaguantable provocada por el intenso calor y el esfuerzo exacerbaba aún más el sufrimiento, hasta el punto de que la muerte se convertía en un alivio. Esta, con sus conocidas amenazas, no dejaba lugar a la esperanza. Era como una caza tímida que, al huir de su primer refugio, se encontraba rodeada por lebreles en cada rincón. O como cuando, en la sabana, una horda de llamas salvajes acecha a los animales campesinos, que, guiados por instinto, huyen de sus cubiles y, al buscar refugio, se ven atrapados en el fuego. Allí, la confusión y el terror los conducen a un destino fatal, donde las llamas, el humo y la rapidez de los hábiles arqueros deshilachan la cuerda de la vida.

Así andaban los desdichados, cuyos brazos, cansados, ya no respondían al vigoroso impulso de los inicios. Los golpes, antes firmes, ahora pecaban de lentitud, pues el frágil cuerpo, roto y abierto por mil heridas, destilaba aquel rubio licor que era el alma, cuya falta menguaba las fuerzas. El perro, traspasado de heridas, había emitido su último gemido; el caballo leal, por su parte, caía también, con los ijares desgarrados en mil partes.

El caballero, ágil y diestro, se mantuvo en pie, dejando los estribos y defendiendo su vida con la lanza rubricada. Sin embargo, bajo la acometida de los duros golpes, un impacto de macana lo derribó, y la celada borgoñona fue destrozada. Otro golpe más le despojó de la vida, haciendo que dejara su asta en manos del furioso tumulto. El indio principal que la tomó la apreció como una preciada reliquia; en futuros encuentros, la utilizó como una insignia de valor, creyendo que le confería invencibilidad.

Pero su presunción fue falaz, pues encontró un nuevo enemigo en el buen capitán Juan de Ribera, quien, al perder su propia lanza, atravesó con su espada el robusto pecho del indio, despojándolo de la vida en un combate descomunal, rodeado por más de quince mil indios, con apenas dos peones a su lado, uno de ellos cojo. El valor insigne de Ribera merece ser registrado, Dios mediante, cuando se narren las batallas en tierras de los Moscas, gente furiosa y atrevida.

Pero cerremos el relato de la batalla de Tiquisoque, donde los restantes seis españoles fueron oprimidos, sufriendo más pérdidas que vidas pudieron salvar antes de ser despedidos. Algunos dicen que uno de ellos logró escapar con ciertos yanaconas de servicio, pero su diligencia no sirvió de mucho, pues hallaron los caminos ocupados. Así, todos murieron, excepto uno, quien, malparado, llegó a la ciudad de Vélez. De él supieron del triste suceso, que causó gran inquietud, dado que la defensa era débil y los trabajos padecidos se renovaban, enfrentando aún más dificultad y mayor riesgo en su retorno a la conquista.

Además, sospechaban que las provincias, sintiéndose amenazadas, se alzarían contra ellos, pues los indios, bravos y terribles, estaban determinados a rebelarse ante cualquier maldad, y todas las naciones oprimidas anhelaban liberarse del poderoso yugo que se les imponía.

Para asegurarse de los daños sufridos, los pocos españoles que quedaban en el pueblo enviaron mensajeros a Santa Fe, solicitando que Fernán Pérez de Quesada enviara socorro a través de la posta. En ese momento, él ya tenía el cargo de General en el reino, nombrado por su hermano Don Gonzalo, quien había partido a la costa del mar con Benalcázar y Fedriman, dejando ya poblada la ciudad de Tunja, de la cual hablaremos más adelante.

Al enterarse del riesgo que corrían los de Vélez, Fernán Pérez despachó un contingente de cincuenta hombres bien armados, junto con dos capitanes excelentes: Juan de Céspedes y el noble capitán Juan de Ribera. Estos apresuraron el camino, y al día siguiente llegaron a Vélez, donde también llegó Martín Galeano de Guane, quien aumentó su seguridad.

Determinaron no postergar el castigo a los indios, así que se prepararon para la acción con setenta compañeros, liderados por Martín Galeano. Todos marcharon a pie, pues allí no había caballos, salvo algunos alígeros Pegasus. Teniendo noticia de la concentración que se estaba formando en la aspereza de los montes de Orta y Cocumí, en los confines de las sierras de Agatá, donde los indios pensaban resistir, se prepararon para presentar batalla con la intención de no volver atrás hasta desarraigar a los españoles de aquellos territorios anexos a sus tierras.

Así, nuestros hombres, alertados por los bárbaros que habían sido salteados, consideraron necesaria la anticipación para su seguridad. Se dispusieron con espadas, rodelas y ballestas, conformando el número que he mencionado, cuyos nombres no puedo citar, pues me falta la memoria. Sé que entre ellos estaba Gonzalo García, vecino de aquel pueblo, y más tarde de Tunja, donde su hijo Sebastián García, un joven de notable talento, disfruta de los frutos que su padre cosechó con servicios dignos de una recompensa mucho mayor.

El parto de la Virgen ocurrió en mil quinientos cuarenta y uno, mientras el radiante Febo iluminaba la imagen del segundo cornígero, uno de los tres signos zodiacales. En ese momento, la valerosa compañía emprendió su camino por las altas sierras de los indomables Agatáes, cuyas moradas se encontraban yermas, sin que se pudiera hallar rastro alguno de los indios que habitaban en esos lugares.

Sin embargo, como rastreadores experimentados, algunos de ellos encontraron una trocha mal hollada. Era tan estrecha que los menos diestros pensaban que era una pérdida de tiempo seguir las señales. Pero la perseverancia llevó a descubrir que, cuanto más se proseguía, el camino se volvía más transitado, hasta que finalmente dieron con una senda manifiesta. Por allí les constó que la multitud se había reunido en lugares dispuestos para la defensa.

Continuaron por la senda hasta que llegaron a una cingla peñascosa, larga y opuesta en su frente. Desde esa altura, vieron otra cingla no menos elevada, a poca distancia de la primera, desde donde los indios armados lanzaban flechas y saetas hacia el fondo del valle que los separaba. Subidos en la segunda cingla, un gran número de bárbaros, adornados con plumajería, se preparaban para el enfrentamiento.

Al ver a los soldados españoles, que esperaban en ese lugar por razones de su llegada, los indios tocaron los roncos instrumentos y sonaron las cornetas, lanzando gritos de muerte, oprobios y amenazas, junto con una lluvia de flechas que caían desde los peñascos. Entre los bárbaros, uno de ellos, un robusto capitán, se destacaba por su valentía y sus mortales proyectiles, que habían causado daños incluso a un perro de los españoles.

Pero Alonso Martín, un soldado veterano de los de Fedriman, con su ballesta tan certera como los arcos del sagitario señor de Delos, cargó su arpón y lo dirigió hacia el bárbaro señalado. El penetrante tiro impactó en su lado, haciendo que cayera despeñado desde una altura de más de cien estados, cerca del camino que los españoles debían descender para alcanzar el alto que los soberbios indios tenían ocupado.

Al ver la penosa muerte del robusto y atrevido capitán, así como las suertes que les ocurrieron después con las ballestas españolas y la falta de municiones para detener a los españoles en aquel paso, los indios comenzaron a retroceder más adentro, buscando ocupar otras alturas inevitables en aquel paraje. Sin embargo, los españoles, con la sagacidad que los caracterizaba, reconocieron sus intenciones y, a gran prisa, los persiguieron, apoyados por los bravos perros que causaron un gran estrago en las filas indias.

Los escuadrones se dispersaron por bosques y sombras, intentando librarse del vigor sanguinolento que los había sorprendido. La mano vencedora, satisfecha con la victoria, comenzó a rastrear los alojamientos indios, que se descubrieron fácilmente, revelando abundancia de comida y despojos no menos importantes. Allí permanecieron durante dos o tres días, descansando del arduo trabajo, hasta que decidieron partir hacia Tiquisoque, donde se acordó que Ribera y Céspedes, junto con algunos caballeros, esperaran, ya que el terreno era más propicio para el uso de caballos.

Así, pasaron por las tierras de Popona y se alojaron en un pueblo del indio capitán llamado Capa, donde los de a caballo se reunieron. Con la vigilancia necesaria, hicieron noche y, al día siguiente, continuaron su camino hacia Tiquisoque, a poco más de una legua de distancia. Su viaje fue forzoso, avanzando a media ladera, lo que hizo que una muchedumbre de galgas y tiros venenosos se concentrara en lo alto, pero no fue sin la ayuda del cielo que lograron salir intactos de las reiteradas inundaciones que sobre ellos se cernían.

Cuando finalmente llegaron al pueblo principal de Tiquisoque, se encontraron con una inmensa cantidad de indios armados, que salieron furiosos al encuentro, haciendo ostentación de las preseas que allí habían perdido Gascón y sus amigos. Los indios mostraron espadas y lanzas que no pudieron ser recuperadas por los cristianos, ya que la multitud de indios que venía con un ímpetu terrible y obstinado no les dio oportunidad. La escena era comparable a las águilas volantes que se lanzan tras el cebo, con horrísonas voces que rompían el aire y los crujidos de las flexibles cuerdas de los arcos, lo que puso a los cristianos en un gran aprieto desde el principio de la contienda.

Los españoles, al verse en una situación menos favorable, donde apenas podían maniobrar sus caballos, se agruparon. Los jinetes, que eran tres veces tres, protegieron tanto a sus monturas como a sí mismos. Con la furia del viento en un riguroso torbellino, que barre y ahuyenta el polvo y la arena, se lanzaron al combate con la determinación de Céspedes, el capitán Ribera y el buen capitán Zorro, cuya astucia recordaba al animal de su nombre, que alborota a las aves congregadas.

Mientras tanto, los caballos y peones no llevaban aceros secos, sino que estaban impregnados de ferviente sangre, derramando las entrañas rústicas y abatiendo las soberbias presunciones de los indios más gallardos. Al ver el estrago causado por los españoles, los indios comenzaron a retroceder poco a poco hacia ciertos hoyos, que estaban hábilmente tapados y ocultos, un uso común entre ellos para cazar ciervos y otros animales.

Cuando los caballos estaban al alcance, uno de los jinetes de Santa Fe cayó en uno de esos hoyos, siendo apresado por la canalla bárbara, que acudió en multitud impetuosa para disfrutar de la caza deseada. Sin embargo, los españoles, con gran prontitud y honor, repelieron los mortales golpes que les lanzaban por ambos flancos. La lucha se renovó con mayor furia en un escenario riguroso y espantoso, donde se hizo evidente el valor invencible de los nuestros.

A pesar de no llegar al centenar, los españoles lograron realizar numerosas hazañas admirables ante una muchedumbre de indios, que eran guerreros válidos, ágiles y corpulentos, decididos a acometer. No obstante, su destreza y vigilancia en el uso de las armas no les valió; a un gran costo de sus vidas, lograron sacar al español ileso y a su caballo del doloso hoyo, demostrando que la valentía y la resistencia pueden prevalecer incluso en las situaciones más adversas.

El tumulto bárbaro, abrumado por los acervos golpes de los españoles, emprendió la fuga por caminos que conocían eran seguros y exentos de mortales emboscadas. Con una sola anciana que enviaban como señuelo, lograron causar más muertes entre los españoles que en la cruenta batalla, pues colocaban púas en puntos estratégicos, ocultas a la vista, que se manifestaban solo cuando ya era demasiado tarde.

Así, muchos soldados sufrieron heridas, pero solo uno, Diego Ortiz, recibió atención médica mediante el uso de una navaja y un fierro caldeado. Los peones optaron por llevar antiparas confeccionadas con tupidos algodones, cubriendo sus pies para evitar que las sutiles y venenosas puntas les penetraran.

Sin embargo, un soldado lusitano llamado Antonio Pérez, confiado en su armadura de cuero de danta, fue víctima de una de aquellas púas mortales. A pesar de que el daño fue leve al principio, su salud se deterioró rápidamente, y con gran dolor y pesar de sus compañeros, falleció.

Después de salir de las poblaciones, los españoles se dirigieron a la provincia de Chenere, donde permanecieron ocho días, lidiando con peleas y molestias constantes. En este tiempo, Juan Fernández Valenzuela fue herido en el brazo por un dardo, y su pierna también sufrió un impacto, al igual que Francisco de Murcia, quien era hijo de un sacerdote. A pesar de sus heridas, ambos sobrevivieron gracias a un tratamiento diligente.

Lamentablemente, Diego Martínez y Francisco Fernández de Écija, dos valiosos soldados, así como otros cuatro compañeros cuyos nombres quedaron olvidados, no tuvieron la misma suerte. También se perdieron dos valientes lebreles y una yegua del capitán Alonso de Poveda, todos afectados por la hierba ponzoñosa.

Así, la guerra más cruenta era aquella que, sin necesidad de enfrentar al enemigo directamente, iba mermando las filas de los nobles soldados. A pesar de las pérdidas, los españoles lograron hacer algunas venganzas por el daño recibido, aunque estas no equivalían en valor a la gran cantidad de bárbaros que fueron muertos y castigados, algunos mutilados y otros desfigurados en el combate.

Después de infligir un castigo severo a los bárbaros, los españoles, ahora reforzados con más tropas que llegaron desde la ciudad de Vélez, se dirigieron a Tunungá. Allí encontraron poderosas poblaciones, bien abastecidas con todo lo necesario para la larga guerra que enfrentaban, así como defensas astutamente dispuestas para proteger los caminos y evitar la intrusión de los conquistadores.

Sin embargo, los españoles, conscientes de los peligros, procedieron con cautela, revelando los engaños que se habían ocultado a lo largo del camino. Aun así, el costo fue alto, ya que Pedro de Alvarado y Baltasar de Morantín, el alcalde en ese momento, cayeron víctimas de las trampas mortales: dos púas venenosas les costaron la vida, un recordatorio trágico de la amenaza que representaban los enemigos.

Mientras el castigo implacable continuaba en Tunungá, llegó una carta de Vélez, que traía rumores de la llegada de refuerzos desde la costa. Según informaron los indios, había sospechas de que un nuevo regente, enviado por la Real Audiencia de La Española, estaba en camino, lo cual podría complicar aún más la situación.

Debido a esta noticia, los conquistadores decidieron frenar su ofensiva y regresaron a los asentamientos que habían construido. No obstante, Juan de Ribera se quedó en Vélez, posiblemente para recibir al nuevo Gobernador que esperaban o por algún motivo de conveniencia.

Para brindar detalles más completos sobre este desarrollo, remitiré a los lectores al próximo canto, donde se explicarán las implicaciones de esta nueva situación.

***

Canto décimo tercero

En este canto se relata la reacción de los señores de la Real Audiencia de Santo Domingo tras enterarse de la muerte de Don Pedro Fernández de Lugo. Ante la vacante dejada por su fallecimiento, decidieron nombrar a Jerónimo Lebrón como nuevo Gobernador de Santa Marta.

Lebrón, al recibir la noticia del descubrimiento de este nuevo reino, se presentó con la intención de incorporarse a la administración de la región, alegando que su gobierno debería incluir las tierras recién descubiertas. Esta acción refleja el interés continuo de la Real Audiencia por establecer una administración efectiva en las nuevas tierras y la competencia por el control territorial en el Nuevo Mundo.

La llegada de Lebrón representa una nueva etapa en la gobernanza de Santa Marta y resalta las tensiones entre la administración colonial y los conquistadores, quienes a menudo se encontraban en competencia por el poder y los recursos en estas regiones recién conquistadas.

En Santa Marta, relaté ampliamente cómo Don Pedro Fernández de Lugo designó a Jiménez como Justicia Mayor y teniente, con la intención de que liderara a aquellos que, bajo su mando, exploraban nuevas tierras en la sierra. Ya habíamos documentado los riesgos y las adversidades que habían enfrentado los valientes españoles en su búsqueda de este Nuevo Reino. Sin embargo, es importante destacar que Don Pedro, señor de este gobierno, no tuvo la fortuna de conocer los resultados de su extensa jornada antes de su muerte, ya que los acontecimientos siempre fueron inciertos y desconcertantes.

La comunidad de Santa Marta opinaba que no quedaba un solo hombre con vida entre los que habían partido, pues, durante mucho tiempo, no se recibió noticia alguna, ya fuera buena o mala. Agobiado por múltiples aflicciones—pobreza, enfermedad y desánimo—Don Pedro culminó su vida de manera piadosa, como un noble y cristiano caballero.

Tras confirmarse su fallecimiento, los Oidores decidieron nombrar a un noble varón, Jerónimo Lebrón, como su sucesor. Este hombre, considerado capacitado para asumir negocios de mayor envergadura, fue recibido con benevolencia en Santa Marta. Sin embargo, durante un tiempo, no tuvo noticias sobre Gonzalo Jiménez de Quesada ni sobre sus compañeros.

Eventualmente, los tres generales—el Alemán, Lebrón y Belalcázar—junto a otros hombres de renombre, llegaron a la nueva ciudad de Cartagena, trayendo consigo ricas cosechas de oro y esmeraldas, así como vestimentas de telas nunca vistas por los habitantes de la costa. Su llegada causó gran revuelo entre la población, que se mostró ansiosa por escuchar las novedades y relatos de sus descubrimientos.

Desde Cartagena, el grupo descendió brevemente en un barco que habían construido en la orilla del río Grande de la Magdalena. Navegaron a lo largo de su veloz curso hasta llegar al mar del Norte, enfrentándose a grandes peligros, ya que eran perseguidos constantemente por indios bravos que los seguían en sus angostas canoas. Al acercarse a un lugar donde el ruido del río aumentaba, decidieron detenerse para extraer su valiosa carga del barco. Con la ayuda de tres o cuatro hábiles nadadores que permanecieron a bordo, lograron llevar la rica carga a la playa, donde pudieron recoger los tesoros que habían traído consigo. Todo esto sucedió tal como lo habían planeado.

Continuando su viaje, llegaron al mar, donde la fama de sus hazañas se propagó rápidamente. Entre los que se enteraron de estas nuevas tierras, Jerónimo Lebrón, al conocer la noticia de que se habían descubierto provincias en la Gobernación de Santa Marta, decidió ir personalmente a ellas. Como él había sido nombrado por los señores del Real Senado para gobernar, su intención era hacerse obedecer como el nuevo Gobernador de aquellas tierras.

Sin embargo, los planes de los recién llegados pronto llamaron la atención del Licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, quien envió a Santa Marta mensajeros con requerimientos y protestas. Estos mensajes notificaron a Lebrón que no debía hacer ningún movimiento en la nueva tierra, ya que consideraba que esta no pertenecía a la Gobernación de Santa Marta, según los despachos que tenía, los cuales especificaban que solo le eran conferidas las tierras de esa región sin mencionar los nuevos territorios descubiertos.

Con documentos que respaldaban su posición y otros requisitos, Jiménez se dirigió a Castilla, donde permanecería hasta que fuese necesario hacer mención de su historia, pues en este momento me enfocaré en Jerónimo Lebrón. Este, lejos de amedrentarse o ignorar las acciones del decidido Licenciado, mantuvo firme su propósito. Reunió a trescientos hombres valientes, experimentados en conquistas, junto con cien buenos caballos y otras bestias para transportar provisiones necesarias para las dificultades del camino. Además, preparó siete bergantines artillados para navegar por el río, ya que consideraba conveniente avanzar tanto por tierra como por agua, siguiendo el ejemplo de los primeros descubridores.

En estos barcos transportaron una abundante carga de mercancías, incluidas algunas barricas de buen vino y otros recipientes llenos de harina para la celebración del sacrificio en honor a Dios, conscientes de que los que habían quedado en la nueva tierra carecían de este alimento. Entre las harinas, se incluía trigo sano, ya que querían ofrecer nueva semilla al suelo inexplorado, junto con diversas legumbres que esperaban prosperaran en los valles donde serían sembradas.

Los bergantines también llevaban a las primeras mujeres españolas que llegaron a ver el Nuevo Reino, cuya presencia resultó igualmente fructífera. Una de ellas fue Isabel Romero, quien se casó primero con Francisco Lorenzo, un antiguo vecino de Santa Marta, y luego con Juan de Céspedes, con quien tuvo dos hijos, Antonio de Céspedes y Lope. También llegó doña María, hija de Isabel, quien fue esposa de Lope de Rioja, el primer relator en la Audiencia. Esta unión dio lugar a una notable y numerosa descendencia. Sin embargo, las demás mujeres que viajaron en este grupo no se mencionan, ya que no se ha podido preservar sus nombres debido a la falta de memoria histórica.

Así, preparadas todas las provisiones necesarias para su jornada, Jerónimo Lebrón nombró a Ortún Velázquez de Velasco como General de los hombres de tierra. Velázquez era un hombre capaz, prudente y honorable, quien más tarde se convertiría en vecino de Pamplona. Entre su compañía se encontraba Luis de Manjares, un destacado caballero conocido por su valor, destreza y osadía, cualidades que hemos mencionado en diversas ocasiones.

El capitán Gregorio Suárez de Deza también formaba parte de la expedición, y su legado perdura en la memoria a través de sus tres hijas: doña Isabel, doña Leonor y doña Catalina, todas ellas reconocidas por su belleza y virtudes cristianas. Asimismo, estaba el buen capitán Álvaro Suárez, heredero de notables virtudes familiares.

También se unió a esta comitiva el capitán Millán, un hombre experimentado y de gran antigüedad en estas tierras. La escuadra la comandaba Diego Paredes Calvo, un reconocido conquistador desde la fundación de Santa Marta. A lo largo de los años, su figura ha ido perdiéndose en el tiempo, pero su historia no se apaga, salvo por la debilidad que afecta a los sentidos.

Entre los que partieron estaba Juan de Ángulo, quien hoy está casado con Isabel Juan en la ciudad de Vélez, donde han tenido una numerosa prole de nobles descendientes. También se unió Pero Ruiz García, cuyo hijo primogénito, el capitán Antonio Ruiz, es bien conocido y respetado en la comunidad.

Diego Rincón, otro destacado miembro del grupo, fue el guía hasta llegar al lugar donde se separaron de Jiménez aquellos que regresaron en los barcos con el licenciado Juan Gallegos. En la Segunda Parte de este relato, ya hemos detallado las hazañas de este notable Rincón, cuya valentía merece ser recordada. Su legado continúa a través de su hijo, quien lleva su nombre, y de doña Catalina Rincón, una joven cuya belleza, inteligencia y gracia son raras de encontrar, fruto de su madre, doña Luisa de Porras, una noble dama de gran virtud.

También formaba parte de esta expedición el capitán Francisco Melgarejo, quien más tarde se casaría con doña Isabela de Leguizam, una mujer cuya hermosura, gracia y gentileza son dignas de admiración. Por último, estuvo Pero Niño, que, a pesar de su nobleza, no supo destacar en todas las cualidades que se suelen atribuir a los varones de su estirpe. Posteriormente, tomó como compañera a la virtuosísima doña Ana de Velasco y, en la actualidad, a doña Elvira Zambrano, hija del capitán Bartolomé Camacho, quien reúne todas las cualidades que se pueden esperar de una dama distinguida.

También llegó a la expedición el célebre Morán, a quien el ilustre poeta Don Alonso de Ercilla exalta en sus versos, con su estilo fluido, suave y elegante. Asimismo, se unió el capitán Lorenzo Martín, quien puso la primera piedra en la fundación del pueblo hispano de Tamalameque, en el año cuarenta y cinco, o quizás a finales del de cuarenta y cuatro. Recuerdo que en esa época me pedía que lo acompañara en aquella travesía.

Lorenzo Martín fue un valiente soldado, con grandes habilidades en el arte de la guerra. Había bebido del manantial de Hipocrene, fuente de inspiración, donde manó el sagrado néctar que emana de la pezuña del ligero Pegaso, un manjar tan sonoro y abundante que nunca he visto nada igual. En aquellos tiempos, los antiguos españoles aún no conocían la composición italiana, que se robó de los metros latinos lo que hoy llamamos endecasílabos. Cuando leía poemas vestidos de esta nueva forma, el sonido que producían no agradaba a mis oídos; me parecían prosa con una melodía que pretendía ser armoniosa, a pesar de que esta métrica requiere una precisión que evita la colisión de vocales.

A pesar de su notable destreza con la métrica antigua, Lorenzo Martín no logró adaptarse a este nuevo estilo. Esta dificultad también la encontraba Jiménez de Quesada, el licenciado que era el Adelantado de este reino. Puedo afirmar que él no carecía de gusto poético ni de experiencia en el tema. A menudo discutía conmigo, sosteniendo que los metros antiguos castellanos eran propios y apropiados a su lengua, al ser hijos de su propio linaje, mientras que los nuevos eran advenedizos, adoptados de otra madre extranjera. Sin embargo, su argumento carecía de fundamento, pues sabía que había versos latinos de diversas composiciones y medidas, legítimos descendientes de una misma madre, igual que los de nuestra lengua, aunque estos últimos fueran de uso moderno.

Así, renuevo la memoria de los ilustres soldados que trajo consigo Jerónimo Lebrón. Entre ellos, destacó Diego García Pacheco, de noble linaje y primer conquistador de Santa Marta, quien más tarde se unió en matrimonio a la religiosísima doña Francisca de Caravajales, descendiente de ilustres caballeros. Hoy en día, su descendencia se cuenta entre los hijos e hijas más destacados de la región.

Entre los nobles, se encontraban doña Inés y doña María, cuyas gracias y bellezas alcanzaban un grado que parecía imposible de superar. De su unión nacieron dos hijos: Pedro y Alonso, uno de la casa Caravajal y el otro de los Pacheco, ambos dignos representantes de su linaje.

Blasco Martín también era parte de este grupo, un labrador toscamente risueño, cuya manera de hablar provocaba risas a su paso. En su particular jerga, refería a los lugares de caza de venados como "venadales", y a la cierva le decía "venada". A un caballo brioso lo llamaba "religioso", y al buen guía que conducía a otros lo llamaba "buen termeño". Su forma de referirse a los "botones de atauxia" como "brotones de teología" y otros términos no menos groseros, que consideraba cortesanos, eran ejemplos de su simplicidad.

A pesar de su tosquedad, Blasco era de estatura media, ágil y de buen aspecto, con proporciones bien formadas. En Santa Marta, fue uno de los más antiguos, destacándose como un caudillo diestro y excelente. Muy pocos lograban superarlo en destreza, y poseía una agudeza sorprendente para entender la guerra y los engaños que los indígenas solían presentar bajo la apariencia de paz. Esta habilidad era crucial, pues de no ser así, sus hombres habrían caído en emboscadas mortales.

Era tan meticuloso en su navegación que no se desviaba ni un paso de su camino, manteniendo siempre el objetivo en su mente. Esta precisión es un don raro que pocos poseen, y a menudo aquellos que se confían en ella suelen errar. Hubo casos de hombres que, confiando en su propio juicio, intentaron salir de espesas selvas donde nuestro grupo se encontraba fatigado. Tras dos días de marcha, que pensaron los llevarían lejos, se encontraron de nuevo en el mismo lugar donde habían pasado la noche anterior. Pero Blasco Martín, por el contrario, era un prodigio al guiarse sin perderse.

Un día, mientras caminaban con muchos compañeros por las sábanas de los confines de Tamalameque, Blasco comentó: “Diez años hace, si no más, que, persiguiendo un venado por este sendero, se me quebró el estribo entre estos henos, y no pude encontrar el otro; y míralo, aquí viene de nuevo. ¡Oh, qué hermoso término de hombre tengo!”

Lo que sucedió fue tal como lo relato, y allí encontró a Antón García tan lleno de bravura que no resultó ser de provecho. Sin embargo, todos quedaron asombrados por el desenlace. Tanto a caballo como a pie, podía confiar en su habilidad y hasta en su valentía, pues su destreza con la lanza y la espada era inigualable. En cuanto a su capacidad de valerse por sí mismo, puedo afirmar, sin extenderme demasiado, que nunca le faltaron méritos en la guerra; sus hazañas, si hubieran pertenecido a alguien de mayor rango, merecerían ser recordadas por plumas más elocuentes que la mía.

Además de lo mencionado, era afortunado en no haber herido a nadie en las constantes competencias —que bien podría llamar así— aunque yo no disfruté de tal fortuna. Recuerdo que una vez salí gravemente herido durante un enfrentamiento con los Guanaos, una nación no solo fuerte sino también digna de admiración, lamentando con gran pena su pérdida y la mía.

Blasco Martín era un hombre de entrañas sanas, sencillo y sin malicia, que con paciencia soportaba los desprecios de algunos soldados arrogantes y locos. Sin embargo, en una jornada posterior a aquella, en la que Blasco Martín era el guía, el capitán Francisco Melgarejo trajo consigo algunas vacas para introducir en este Nuevo Reino. Mientras Blasco se encontraba en su rancho, apartado del bullicio y ocupado en la tarea de hacer ciertos alpargates, como solían hacer los altos y bajos en los descubrimientos para no pisar el suelo con los pies desnudos, llegó Antón García con gran furia.

Este mancebo, conocido por su fanfarronería y valentía, lanzó una serie de palabras despectivas hacia Blasco Martín, basándose en rumores infundados que no tenían fundamento. A pesar de que Blasco, en varias ocasiones, le dijo que se fuera y lo dejara en paz, Antón García, no contento con las ofensas ya proferidas, sacó su espada. Ante la desfachatez de García, Blasco, con el ímpetu y la agilidad que lo caracterizaban, saltó afuera armado solo con una daga, que nunca se le caía de la cintura. Con tal destreza, logró acabar con la vida de García en un abrir y cerrar de ojos.

Intentaron apresarle por su delito, pero la montaña se convirtió en su refugio sagrado, donde, con gran presteza, se retiró. Solo, sin ayuda ni protección, salvo la de Dios y sus propias habilidades, emprendió un camino de más de cien leguas hasta llegar a este reino. Resulta increíble, dadas las numerosas dificultades que presentaba el trayecto, pues en él no hay nada que no sea un riesgo, y la memoria, por más capaz que sea, no podría nombrar todos los inconvenientes que se hallan en su recorrido.

Finalmente, logró escapar de todos esos peligros y, además, quedó libre de toda pena corporal por el homicidio. Regresó al valle de Upar, donde había tenido una suerte moderada con los indígenas, desde la fundación del primer pueblo de españoles. Allí murió posteriormente de manera natural, como un buen y católico cristiano, recibiendo los Santos Sacramentos y manteniendo siempre un examen de conciencia.

Él era originario de Cabeza de Buey, en el Maesazgo, y quise hacer este relato breve, pues lo consideraba un amigo, además de que sus proezas y su rectitud merecen ser recordadas. Así, por no detenerme en detallar sus hazañas y admirables éxitos en la guerra, prefiero volver al hilo de la lista de los hombres más distinguidos que llegaron en esta ocasión.

También estaba muy bien ubicado en esta expedición el capitán Jerónimo de Aguayo, un honorable caballero cordobés, quien fue el primero en sembrar trigo en el reino y repartió los frutos de su primera cosecha, de donde resultó la abundancia que observamos en el tiempo presente. Además, la primera en sacar harina y elaborar el primer pan perfeccionado fue Eloísa Gutiérrez, noble señora y esposa del capitán Juan de Montalvo, cuyas dignas presencias perduran en la memoria. Por su parte, el primero en fabricar un molino fue el tesorero Pedro Briceño, un antiguo capitán muy destacado.

También llegó en esta compañía Juan Ruiz Orejuela, un caballero de Córdoba, hombre experimentado en la milicia desde su juventud, quien fue alférez en Italia durante la era en que Lutreque llegó a Nápoles. Se trataba de un varón de gran valor y sustancia. Posteriormente, pasó a las Indias con cincuenta soldados valerosos a su costa, gracias a una provisión real del invencible y bienaventurado Carlos Quinto.

Con este grupo de hombres, se reunió en Tenerife con Don Pedro Fernández, quien venía a la Gobernación de Santa Marta. Allí, le otorgó un trato favorable, primero como capitán y luego como Maese de campo de las tropas. En el tiempo en que Jiménez llegó a descubrir este Nuevo Reino, Don Pedro Fernández, reconociendo la necesidad de contar con Orejuela, no le permitió salir de Santa Marta bajo el acuerdo de que heredaría parte de la riqueza que se descubriera en esa región, que le sería adjudicada por su presencia. Sin embargo, los primeros descubridores, una vez establecidos en su nuevo reino, huyeron de cumplir con las condiciones pactadas, y no solo con él, sino también con el dueño y con el Licenciado Juan Gallegos, a pesar de que Orejuela había quedado menoscabado de un ojo por las refriegas del viaje.

Este caballero, del que hablo, posteriormente contrajo matrimonio con Catalina López, una mujer destacada en este reino, de quien tuvo hijos que hoy están presentes: Francisco, un agustino; Diego, un religioso franciscano; Luis de Orejuela, un sacerdote secular; y Esteban, mayorazgo. También tuvo otros hijos, Juan, Pedro y Andrés, todos ellos con una proceridad y gentileza que corresponden a la de su padre, quien tenía una disposición notable.

Asimismo, llegaron en esta expedición Moscoso, Pero Téllez, Hurtado, Antón Pérez del Ara, Peñaranda, y otro Antón Pérez, un lusitano, todos hombres de gran valor e industriosos, dispuestos para cualquier eventualidad importante que se presentara en esta carrera, repleta de mil dificultades, ya sea por tierra o por agua, en el trayecto que hicieron con los bajeles.

En total, eran cien soldados animosos, vigilantes y bien aderezados, que venían en tres grandes canoas que servían de esquifes o bateles y que podían en otras ocasiones dar alcance. Estas embarcaciones estaban equipadas con bárbaros amigos provenientes de los confines de Malambo, bajo el mando de dos caciques que los acompañaban: uno llamado Meló y el otro Malebú, de donde los indios Malebues obtienen su nombre; mientras que el nombre de Meló proviene del lusitano primitivo que navegó por aquel río.

El capitán general de estos barcos fue un Alonso Martín, un hombre experto, el más anciano de los caudillos y uno de los más antiguos en esta tierra, con una vasta experiencia en el arte de la guerra, tan valiente como avezado. Así, todas las cosas necesarias para el viaje fueron adecuadamente preparadas. Unos partieron por tierra y otros navegaron, acordando reunirse en la boca del río de Zazare, donde sus aguas se mezclan con las del Grande.

Hasta ese punto, no les era posible comunicarse entre ellos; los que iban por agua no podían ver a los que iban por tierra, debido a las grandes espesuras, ciénagas y pantanos que se interponían en el camino. Al llegar al lugar convenido, continuaron juntos su travesía.

El desarrollo de este suceso, por ser algo extenso, se dejará para el canto venidero.

***

Canto décimo cuarto

En este canto, se continúa narrando el viaje del Gobernador Jerónimo Lebrón, así como los eventos que le acompañaron, incluyendo una serie de sucesos que tendrían lugar mucho tiempo después.

En el año de 1540, durante el mes de enero, cuando el signo de Piscis comenzaba a alejarse del cornígero y entraba en el periodo de lluvias, un generoso caballero partió de la ciudad de Santa Marta. Un grupo se dirigió por mar, mientras que otros emprendieron el camino por tierra hacia la sierra.

Alonso Martín guió la flota hacia la boca del río, donde se confirmaba la ruta. Sin embargo, no todos lograron avanzar debido a la altanería de los marinos y la fuerte corriente del río, que rompía sobre las saladas aguas, creando imponentes montañas de agua mezclada. Enfrentados a un gran riesgo, algunos de los barcos se vieron obligados a aligerar, es decir, a descargar parte de su carga.

Mientras unos subieron, otros buscaron un pasaje alternativo a través de una ciénaga, una laguna rica en pescados, para salir al río por el lado donde la ciénaga recibe gran cantidad de su abundancia. Este lugar, conocido como la boca de Pestague, se encontraba frente a las barrancas de Malambo. Sin embargo, la salida era ardua, ya que se trataba de una angostura rodeada de manglares espesos, con raíces y troncos ocultos bajo las aguas cenagosas, lo que dificultaba la navegación y hacía que los bergantines encallaran.

La complejidad de este trayecto fue superada gracias a la agilidad y destreza de un vizcaíno llamado Sancho, un buzo que, sumergiéndose y arriesgándose a encontrarse con fieros cocodrilos o caimanes, se encargó de cortar y apartar los obstáculos. Finalmente, lograron salir a la madre, profunda y espaciosa, donde los otros barcos los esperaban. Así, juntos dieron inicio a su navegación, ayudados por velas, remos y, en las partes menos profundas, usando palancas, hasta que llegaron al pueblo de Mompox, bien conocido por su posterior colonización española y donde aún residen sus descendientes y sucesores de repartimientos.

A su llegada, fueron recibidos con una aparente paz por tres caciques, hombres de renombre que, sabiendo de antemano de la llegada de los bergantines, habían preparado a sus vasallos con la intención de atacarlos bajo el disfraz de la amistad, tal como había ocurrido con los hombres del licenciado Juan Gallegos. Los tres caciques venían acompañados de cien gandules, hombres escogidos, armados con flechas y macanas, listos para emboscar a los españoles en caso de que intentaran defenderse al acercarse al río.

Sin embargo, la malicia de sus intenciones se hizo evidente en las señales que los delataban, además de que algunas palabras de los indígenas revelaron la estratagema. En un momento de gran secreto, Alonso Martín fue advertido:

—Capitán, es preciso que te mantengas alerta. Los presentes que traen no son de buena fe, y seguramente tienen gente escondida. No me satisface encontrarme en un lugar donde hay "paz" y armas a la vez; así que ten cuidado, ya que tienes experiencia en estas cosas.

Alonso Martín, cauteloso y experimentado, albergaba la misma sospecha en su corazón que manifestaban sus palabras. Con disimulo, empezó a comunicar a cada uno de sus compañeros lo que pensaba:

—No me agradan estas señales, pues son indicios de algo peor. Si veis que descienden por los rápidos muchas canoas con intenciones hostiles, apresad a estos tres indios principales y aseguraos de que no quede ninguno con vida, porque es necesario actuar antes de que ellos nos ataquen.

Apenas terminó de hablar, avistaron que desde una de las puntas del río emergía una multitud de canoas, llenas de cóncavos maderos que ocupaban gran parte del potente río. La cantidad era tal que parecía un denso bosque despojado de la brava montaña circundante. Los indígenas, con su habitual bravura, aparecían en esas embarcaciones, con rostros y brazos delineados y pintados con el bitumen que sus damas más queridas les aplicaban.

La mayoría de ellos llevaban coronas de plumas coloradas y amarillas, otros lucían espléndidos penachos y diademas de oro que, al reflejarse bajo el sol, deslumbraban a los que estaban frente a ellos. Portaban arcos, flechas y dardos envenenados, similares a los restos de una selva quemada, con hojas secas y ramas chamuscadas. Así, sus armas reflejaban la tumultuosa atmósfera del momento, rompiendo el aire con gritos, estruendos y el sonido de cornetas que anunciaban la inminente batalla.

Ante la llegada de esta turba, los españoles también se prepararon con gran diligencia para lo que se avecinaba. Alonso Martín, Pero Niño, Diego Rincón, Moscoso y Pero Téllez actuaron con rapidez. Inmediatamente se apresaron a los tres caciques, que fueron encerrados en rigurosas prisiones y asegurados en un lugar seguro. Mientras tanto, los demás españoles se afanaban en desenfundar sus espadas, y en un instante, cien bárbaros perdieron el aliento vital.

En ese mismo momento, todos se adentraron en los bergantines armados, incluyendo a los caciques prisioneros.

A medida que el tumulto bárbaro se acercaba más a los barcos, los indios encendieron los sulfúreos proyectiles, cuyos disparos hicieron descender una gran cantidad de canoas en las que los guerreros se mostraban más firmes. Estas canoas fueron arrastradas por las corrientes teñidas de sangre, mientras los penachos, arcos y flechas de los caídos flotaban, convirtiéndose en presa para los cocodrilos. Los restantes guerreros, atónitos ante el espectáculo, se dieron cuenta de que los estruendosos disparos no encontraban respuesta por parte de los demás indios. Con creciente sospecha, comenzaron a retroceder, confundidos y con menos ímpetu.

Una vez concluido el breve pero terrible alboroto, que se había intensificado antes de que el sol alcanzara su punto más alto, cinco ancianos desarmados se acercaron pacíficamente a los españoles, prometiendo buenas y sinceras amistades. Sin embargo, su verdadera intención era averiguar qué había sido de sus líderes y del resto de sus acompañantes. Aunque no se atrevieron a preguntar, su propia vista les dejó claro el destino de sus parientes, al ver el mortífero estrago y a los caciques prisioneros. Hablando con estos últimos, supieron de sus intenciones y decisiones; les ordenaron que no tomaran armas contra los atrevidos extranjeros, pues su bienestar y salvación dependían de esa tranquilidad, amenazando con la pena capital en caso contrario.

Así, los ancianos regresaron a sus pueblos para dar aviso a los demás. Por su parte, los españoles se marcharon de Mompox tres días después de la sangrienta refriega, continuando su viaje. En su trayecto, los súbditos de los tres caciques prisioneros acudían con barcas cargadas de maíz y otros regalos. Uno de los caciques, deseoso de recuperar su libertad y ganarse la confianza de Alonso Martín, de quien creía que venía a vengar el daño infligido a los que acompañaban a Juan Gallegos, le dijo las siguientes palabras:

—No tengas, capitán, mala sospecha respecto a la maldad que se perpetró el año pasado. Los que habitamos en esta orilla ayudamos en ese daño y desatino, pero no somos los responsables. En cambio, el que manda aquí, Alonso Xeque, que vive en Tamalameque, fue el autor de esta contienda, el instigador de la trampa y las maldades, bajo el disfraz de amistad y halagos.

—Si estás dispuesto a ofrecer el pago que merezco, me ofrezco como guía por este mismo camino por el que has venido, donde recuperarás los bienes que fueron robados al tiempo en que mataron a tus amigos. Que los agresores sufran los castigos, las penas y los sinsabores de la fortuna, y no aquellos que no tienen culpa alguna.

Alonso Martín se sintió complacido con la razón del indígena y le respondió:

—Si tú haces eso, siempre contarás conmigo como un amigo fiel, sin recordar ni guardar rencor por el agravio que pensabas hacerme. En nuestras manos está el progreso, y yo no fallaré en lo que te digo. Dime por dónde ir, sin que me detenga, que yo te soltaré cuando sea conveniente.

Así, guiaron los barcos hacia la dirección que el indio les señalaba, llegando a casas descuidadas, donde capturaron a algunos hombres y mujeres. Sin embargo, Alonso, junto con los más valientes, logró escapar por las corrientes de agua, ayudados por sus ligeros remos, siempre preparados y atentos.

Aunque se podría pensar que llevaron consigo valiosas preseas, lo que encontraron fue de gran gusto: hallaron una cantidad de ropa perdida por los españoles en aquella terrible batalla, donde Juan Gallegos perdió un ojo y un gran número de buenos soldados encontraron la muerte. Las espadas, dagas y otras armas volvieron a ser utilizadas, junto con una variedad de herramientas muy necesarias para el camino, que también encontraron en las casas.

Después de salir de aquel pueblo, días más tarde, dieron con otra isla poblada por un gran número de gente. Allí, los habitantes mostraron una dura y constante defensa durante más de una hora. La resistencia de los indios causó daños, especialmente a Juan Vivas, que vio el infortunio caer sobre su nombre. En venganza por él, los españoles se llenaron de tal ardor que rompieron la bárbara muchedumbre con efectos sangrientos, hasta que dejaron las casas a merced y voluntad de los vencedores.

Aquellos que lograron escapar del golpe riguroso se refugiaron en las lagunas, mientras los demás se dedicaban al saqueo, trastornando cada rincón como era costumbre. Encontraron preseas que les resultaron útiles, incluyendo diez o doce cargas de joyas y argollas de oro bajo, que, a simple vista, parecían de poco valor, considerándolas cobre sin quilates. Por ello, las dejaron allí, pensándolas inútiles y como una pesada carga, sin saber que en realidad poseían un valioso precio que se revelaría con el tiempo.

Anduvieron luego realizando saltos por una y otra orilla del gran río, entrando por esteros y lagunas, para evitar momentos de ocio, mientras esperaban la llegada de los de tierra al paraje que habían señalado. Continuando con su camino, llegaron a Compallón, donde descansaron algunos días. Este lugar se había convertido en el nuevo asentamiento de los moradores de Tamalameque, ya que ofrecía un sitio más cómodo para quienes frecuentaban el río y contaba con sábanas y dehesas para la crianza de ganado.

Alrededor del año cuarenta, o poco más, pobló Cuevas, un capitán de buena reputación, que en su compañía tenía a Luis de Villanueva, quien años después se casaría con Doña Inés de Heredia en Cartagena, y al diestro capitán Juan Maldonado, quien también se casaría más tarde con Doña María, hija del capitán Ortún Velasco, un caballero principal del reino. Sin embargo, estos no pudieron mantenerse en Compallón en aquel tiempo, y el lugar fue despoblado debido a la gran fuerza de los naturales, ya que, en esa época, en 1591, la situación era complicada.

Dejando de lado otros sucesos para evitar hacer un extenso relato, no me atreví a tomar en cuenta muchos años atrás, pues ni la edad ni la falta de tranquilidad me lo permitían. Las cosas que ocurrieron durante las navegaciones de este río podrían haber dado pie a un extenso volumen, relatando los muchos saltos que hicieron estos indios, causando grandes daños a los españoles y pérdidas de vidas y bienes. Francisco Enríquez, quien podría dar fe con gran dolor, vio cómo su mujer, acompañada de algunos españoles y criados, navegaba en un bergantín bien equipado, con negros que remaban y negras que la servían, llevando alhajas importantes y vajilla de plata que costaron mucho dinero.

Mientras él se quedaba despachando en Santa Marta con otro bergantín, ella navegaba por el río hacia Tamalameque, donde su marido tenía un buen repartimiento, sin sospechar de ningún mal, ya que la situación parecía pacífica en ambas orillas del río. Sin embargo, la pérfida nación no sabe conservar la amistad; al ver la paz de su parte, atacaron el barco desprevenido con un rigor sanguinario. No escapó con vida ninguno de los que estaban a bordo, salvo la desdichada dama, reservada para mayor sufrimiento, ya que fue llevada a un lugar donde nunca volvió a ver su libertad. Es probable que su cautiverio no durara mucho tiempo, viéndose separada de personas razonables y rodeada de bestias, cuya conversación bruta y horrenda pronto acabaría con su vida, llevándola a un destino diferente.

A pesar de las diligencias realizadas para obtener claridad sobre su paradero, no pudieron hallar noticia de ella en el tiempo del castigo a causa de la impudencia de los bárbaros que habitaban cerca de Compallón, donde ahora se ubica Tamalameque. Este cambio fue dispuesto por Fernando Álvarez de Azevedo, un noble varón a quien conozco desde los tiempos en que residimos en Margarita, y sé que fue el primero en obtener ganancias desde esta isla en este nuevo reino, siguiendo un camino tan peligroso como largo.

Cuyo relato retomo ahora para volver al asunto de Compallón, donde me aguarda Alonso Martín con sus secuaces. Como se detuvieron algunos días en aquel lugar, el cauteloso Alonso, a quien obedecían las comarcas, decidió vengarse del daño recién sufrido. Para convocar a sus aliados, enviaba estafetas diariamente a la vista de los barcos, sin que los españoles sospecharan la causa de esos idas y venidas.

Sin embargo, los dos caciques que estaban al servicio de los españoles, provenientes de la marina, se percataron de la situación. Con astucia, informaron a Meló: “Sabed que temo un nuevo ataque por parte del cacique de esta región. La prisa con que viajan quienes van y vienen encierra algún misterio, y el secreto no presagia nada bueno. Debéis estar atentos, pues las comarcas se mueven con insistencia. Mantengan listas las tres ligeras barcas; tomemos una de esas que pasen para que nos informen sobre sus intenciones, ya sea por buenas o, si lo niegan, a través de tormentos.”

Todos estuvieron de acuerdo con el consejo, y al ver pasar a tres canoas de fuertes gandules equipadas, salieron otras tres de los nuestros, cada una con seis soldados diestros y con indios amigos que servían de remeros. Con la energía de los españoles, persiguieron a las canoas con tal vigor que las alcanzaron antes de que llegaran a la orilla a la que se dirigían en su apresurada huida. Lograron capturar dos de ellas, pero la tercera se escapó. En la rendida, apresaron a Alonso, lo cual fue una gran fortuna, aunque también una desgracia para él, que venía de recorrer la tierra y convocar a la gente para dar un golpe esa misma noche contra los acechados bergantines.

A los cautivos y al afligido xeque hechicero, que no fue buen adivino en su desgracia, les dijeron que sus pronósticos eran falsos y que sus oráculos resultaron errados. Con los demás prisioneros, distribuidos en diferentes lugares, informaron que, sin duda, toda la tierra de una y otra orilla les había de dar la alborada y que su prisión no alteraría las intenciones de sus pueblos.

Al conocer el orden y la fuerza de sus enemigos, los españoles se reunieron para deliberar. Aunque hubo diversidad de opiniones, todas coincidían en no abandonar su posición actual, al menos por el momento. Sin embargo, eran conscientes de un desafío inminente: tendrían que regresar inevitablemente a la desembocadura del río Zaza.

Este retorno era necesario para recoger a sus compañeros que venían por tierra. El problema radicaba en que las noticias sobre sus incursiones (los "rancheos") se habían extendido muchas leguas río arriba, alejándose considerablemente del punto de encuentro que habían acordado inicialmente.

Decidieron que era demasiado pronto para que la compañía llegara allí y, buscando antes algunos pueblos de los que pudieran obtener más provecho, no quisieron dar la vuelta. Algunos pensaban que facilitarían la victoria, mientras que otros creían que los indios no vendrían debido a la captura de los caciques. Sin embargo, Alonso Martín, experimentado y ágil en estos casos, expresó su opinión de la siguiente manera:

“Caballeros, lo más seguro es evitar los peligros conocidos, sin arriesgarnos a quedar heridos o lastimados. Más aún, con la peste que puede ser fatal, pues raramente se pueden ofrecer cuidados efectivos. En la oscuridad, no se ve el peligro hasta que se manifiesta con un suspiro.

“Nos buscan con mano rigurosa, como ha descubierto el movimiento de los acontecimientos. Tarde o temprano, deberemos regresar, ya que no podremos salir de este aprieto; por lo tanto, lo más prudente es ocultarnos y salir de este puerto. Ellos encontrarán caminos alternativos, mientras nosotros tomaremos uno claro.

“Dejemos las aguas tranquilas a un lado, porque es costumbre de gente diestra aprovecharse del enemigo y evitarle el daño que muestra. Tal vez regresen a sus casas pensando que nos dirigimos a las nuestras. Y una vez que tanta gente se haya dispersado, no será fácil volver a congregarse.

“Si insisten en perseguirnos, es improbable que logren alcanzarnos, incluso de día. Con la claridad del sol, su suerte no puede ser buena; antes perderán en la pelea, como yo lo veo.

“Por eso, mi determinación es clara: sin esperar inconvenientes, al caer la noche, nos iremos con el favor de la corriente. El camino está despejado, sin obstáculos en este momento; en los hechos, debe haber diligencia, pues el sol ya quiere ocultarse.”

Al escuchar sus razones, los presentes se dispusieron a cumplir con sus órdenes y a prepararse para lo que convenía. Así, cuando la sombra de la noche cubrió el mundo con su manto, levantaron los remos y guiaron las proas hacia la boca del Zazare. Este camino fue tan espacioso que consumieron toda la noche en él.

Cuando el planeta del cuarto cielo, que mide el tiempo, cubrió todas las demás luces, guiando su trabajo por aquel hemisferio y horizonte, llegaron a la ribera de la Gobernación de Cartagena. Allí, encontraron un lugar despejado, limpio y sin los obstáculos montuosos, justo frente a la orilla donde esperaban a quienes debían llegar, con la intención de no cambiar de asentamiento hasta que ellos arribaran.

Así, unos levantaron tiendas y otros prepararon los manjares que los estómagos deseaban. Sin embargo, la calma no duró mucho, pues pronto salieron de la boca del Zazare más de quinientos vasos, es decir, canoas cóncavas, con la furia que caracteriza a una caterva bárbara cuando se dispone a la batalla. Con más confianza, porque todos creían que venían de Compallón desbaratados y faltos de pertrechos, se lanzaron al ataque.

Al mismo tiempo, vieron cerca innumerables barcas que llegaban furiosas por la parte de arriba, quienes, al encontrar vacío el puerto donde planeaban asaltarlos, decidieron seguir adelante con determinación precipitada. Así, confiados en su fuerza, se unieron, como cuando nubes de lluvia se condensan de diferentes partes y, al convertirse en líquidos, descargan su rocío en los valles y laderas. Esa muchedumbre de bárbaros, expertos y atrevidos, arremetió contra los bergantines, donde los españoles, al avistar la amenaza, se embarcaron con la mayor brevedad posible, listos para defenderse, protegidos con toldos desde la proa hasta la popa.

Aunque los dardos envenenados los atravesaran, solo las puntas de los dardos quedaban colgando, mientras que los arcos permanecían fuera de los barcos, con los acúleos de madera durísima fijados. Así, los españoles, seguros y encorvados sobre las bordas, se prepararon para enfrentar la acometida con escudos y armaduras, cargados con buena cantidad de arcabuces y proyectiles listos.

Cuando tuvieron el momento propicio para usar sus armas, encendieron los polvos sulfúreos y, con un estruendo atronador, los pesados proyectiles volaron a gran velocidad, causando estragos entre la multitud de salvajes. En la confusión, muchos leños fueron barridos, y aquellos que, aterrados al ver el fuego, se lanzaron al agua, tomándola como refugio, se sumergieron y cubrieron como nutrias o animales acuáticos que buscan calor en la orilla y, al escuchar ruido, se zambullen en busca de protección.

Otros, más sensatos, al notar que los mortales proyectiles no cesaban, dieron la vuelta a gran prisa, dejando solos a los españoles, que no sufrieron heridas; así es como la prudencia de un diestro capitán puede marcar la diferencia en tales momentos.

El capitán, al verse victorioso, tomó la iniciativa contra los indios que tenía apresados y, por las culpas que habían acumulado, tanto en el pasado como en el presente, todos pagaron con pena capital. Así concluyeron las cautelas del infiel Alonso, quien, a pesar de haber prometido ser fiel y bueno en el momento en que recibió el bautismo muchos años atrás, como se mencionó en otro lugar, ahora se enfrentaba a su destino.

Seis días después de la batalla, Jerónimo Lebrón y todo el campo llegaron a la parte mencionada, siendo recibidos con gran aplauso de unos a otros. Con los bergantines y canoas, y al pasar la boca de Zazare, cuyo curso se une al río Grande, continuaron su jornada, comunicándose los de los barcos con aquellos que caminaban por tierra. Durante la mayor parte de las noches, los alojamientos eran comunes hasta cruzar el río de Lebrija, conocido como el río del oro de aquel reino, y luego el río de Serrano, cuya profundidad no se podía atravesar sin el riesgo de caimanes.

Los demás, hasta llegar a la Tora —que son los cuatro brazos en los que se divide la gran madre— tenían el pasaje sin zozobra, por lo que los navíos se adentraron para esperarlos. Mientras los de tierra llegaban, los del agua recorrían aquellos confines de la Tora, donde capturaron a un indio que prometió entregarles una gran multitud de gente recogida, poblada por las orillas de un gran lago, aunque no podían entrar por la boca, que era angosta para los bergantines.

Así, bien informados de la guía, decidieron ir en tres canoas con veinticuatro valientes soldados y algunos indígenas amigos que remaban. Arriba de la Tora, a poca distancia de este Nuevo Reino, hallaron la canal que el indio había mencionado, profunda y con una latitud de dos brazas, en algunas partes algo menos, pero con una longitud considerable, llena de una inmensa cantidad de cocodrilos que perturbaban el pasaje.

Aunque comenzaron por la mañana, sin perder tiempo en los remos, el día se les consumió en esa travesía y las horas de la noche, ya que cuando la luz de la aurora iluminaba el Oriente, salieron al gran lago, un espacio tan extenso que por la cantidad de humos podían intuir que era más grande de lo que conocían. Al observar las diferentes moradas en el lago, se dirigieron hacia la parte donde los humos indicaban menos pobladores.

Sin embargo, la carrera fue tan larga que tardaron más de medio día en alcanzar tierra, con los remeros enhiestos y nuestros españoles abatidos sobre los cóncavos maderos, evitando ponerse en defensa al reconocer que eran gente vestida. Pero, una vez en tierra, al ver que los españoles saltaban, la confusión y el tumulto se apoderaron de los inadvertidos moradores. Aquella perturbación, el sobresalto de quienes ven lo que aborrecen y están presentes las manos del mal, generó un gran desasosiego.

A pesar de ello, valientes y animosos, salieron al encuentro con sus armas, deteniendo los pasos mientras huían hijos y mujeres.

Francisco Muñoz, un soldado valiente, impulsado por la codicia temeraria de tomar a una hermosa joven, se apartó del grupo de españoles y, al agarrarla por los cabellos, hizo que ella gritara al verse atrapada. Su marido acudió de inmediato, furioso como una vaca que escucha a su ternero berrear en la dehesa. Aprovechando la distracción de Muñoz al intentar dominar a la joven, el indio, sin perder la oportunidad, lanzó una flecha que atravesó las defensas del soldado y tocó su hombro con el mortal veneno. Muñoz murió más tarde, cuando creían que ya no corría peligro, se dice que por haberse hartado de pescado, lo que le dio vigor a la enfermedad.

El indio feroz también intentó lanzar otro veneno contra Pero Niño, que se acercaba a él. Sin embargo, Niño se defendió con su escudo y, antes de que el indio pudiera atacar de nuevo, se acercó rápidamente y cortó el arco con su espada, además de un dedo de la mano del bárbaro. A pesar de la herida, el fuerte indio, confiando en su fuerza, se lanzó a la lucha, y ambos, asidos uno al otro, comenzaron un combate encarnizado, produciendo bufidos que recordaban a dos toros enloquecidos en una pelea.

En la lucha, se enredaron y cayeron al suelo, justo al pie de una palma, donde un enjambre de abejas se había anidado. Las abejas, al verse perturbadas, se lanzaron al ataque, causando más dolor que dulzura. La mujer del indio, que podría haber escapado, no se atrevió a hacerlo y, en lo que pudo, intentó ayudar a su marido, quien fue derrotado por el joven fuerte.

Mientras tanto, los otros españoles no se quedaron ociosos, ya que se encontraron peleando contra los bárbaros el tiempo necesario para permitir la huida de los muchachos y las mujeres. Algunos indígenas fueron muertos y heridos, y los que quedaron con vida se dieron a la fuga, abandonando sus casas desprotegidas.

Los españoles, apoderándose rápidamente de los despojos antes de que los vecinos pudieran reunirse, se embarcaron y regresaron a los cuatro brazos, llevando consigo a la mujer y al indio valiente, quienes serían útiles en su viaje, como se explicará más adelante. Una vez reunidos, establecieron un plan y orden para continuar su jornada, el cual se describirá en el siguiente canto.

***

Canto décimo quinto

En este relato, se detallarán los acontecimientos que ocurrieron durante esta jornada, desde su inicio hasta la llegada a la ciudad de Vélez.

En el extenso y oculto trayecto que recorren los aventureros, una buena iluminación les proporciona valiosos consejos para continuar su camino. Esta claridad les ayuda a determinar qué ruta les ofrecerá mejores resultados, y en las dificultades que se prevén, nadie se atreve a actuar sin preguntar.

Al llegar a este punto, los guías, Diego Rincón y Diego de Paredes, quienes habían regresado a la costa del mar junto a Juan Gallegos, se encontraron en la encrucijada de avanzar sin conocimiento previo del terreno. Debían dejar atrás el río Grande y, a la izquierda, tomar un brazo de río que desaguaba en él, navegando por un espacio que los bergantines pudieran cruzar. Una vez allí, tendrían que continuar el viaje por tierra.

Después de deliberar, acordaron que Manjarrés se adentrara en la montaña con algunos compañeros, buscando los antiguos senderos marcados por los descubridores anteriores. Su objetivo era abrir camino talando las espesas arboledas y construyendo puentes donde fueran necesarios, de modo que el recorrido fuese más fácil y menos agotador.

Consultaron entonces a los indios prisioneros para ver si alguno de ellos podía guiarles hasta la tierra plana, donde había otros hombres barbudos y poblados. El indio que había luchado contra Pero Niño respondió:

«Yo y mi mujer podemos ser sus guías, ya que hemos ido muchas veces a recoger sal a bajo precio de los vecinos. Los caminos son montuosos, largos y arduos, llenos de pantanos, ciénagas y montañas frías, con mil quebradas y ríos furiosos. Hay pasos difíciles y sierras altas, y en casi todos los lugares escasean los alimentos. Tanto en invierno como en verano, la lluvia trae pesadez, y no hay lugar para encender fuego. Nadie debe confiarse en caminos desconocidos. Sin embargo, si desean que yo guíe la ruta, yo y mi compañera les ofreceremos nuestra ayuda y los llevaremos a terreno despejado».

Agradecidos por su ofrecimiento, a pesar de las dificultades que el indio había mencionado, todos aceptaron su ayuda, brindándole un trato amable y generoso a él y a su esposa. Para avanzar en su misión, Manjarrés los llevó consigo, abriéndose camino entre las ramas y marcando señales para los que seguían, facilitando así el paso del grupo y del equipaje, y permitiendo que todos avanzaran con mayor comodidad.

Los barcos navegaron por el pequeño río hasta encontrar un fondo adecuado para descargar. Al llegar a su destino, lo hicieron en un lugar donde observaron recientes cortes, resultado del paso de quienes habían avanzado con mayor rapidez hacia el campamento. Una vez en tierra, dieron instrucciones para organizar las cargas, que se habían reducido considerablemente debido a las malas condiciones del camino. Muchas cosas se habían dejado atrás, y las que llevaban consigo, especialmente las más valiosas, resultaban cada vez más pesadas de transportar.

Antes de partir del brazo de río donde los bergantines habían quedado en tierra, sin tripulación, Jerónimo Lebrón otorgó licencia a Meló y Malebú para regresar a sus hogares con los demás amigos. Sin embargo, ellos, ya fuera por curiosidad por la nueva tierra o por miedo a navegar sin la compañía de los españoles, decidieron continuar la jornada junto a los demás.

Así, se unieron nuevamente a Jerónimo Lebrón, como se narrará más adelante. Por ahora, quiero centrarme en Luis de Manjarrés, quien iba al frente, guiado por las huellas de los primeros descubridores que habían hallado abundantes salinas en esta región. Mientras avanzaban entre zarzales y espesuras, cortando ramas con machetes vizcaínos para marcar el camino, un soldado, sin quererlo, desjarretó a un buen compañero, Alonso Pérez, lo que generó un notable pesar entre ellos. La tristeza no solo era por el sufrimiento del herido, sino también por la dificultad de dejarlo en un lugar tan remoto sin poner en riesgo su vida.

Como leales compañeros, lo llevaron en una hamaca suspendida de sus hombros durante varios días, hasta que llegaron a un río, a una legua y media más atrás del buhío que buscaban, donde se recogía la sal. Desde que partieron de la Tora, habían transcurrido veintisiete días de arduo trabajo debido al denso bosque, las ciénagas y los pantanos, además de la escasez de suministros, que intentaban compensar con la esperanza de encontrarlos en aquellas tierras, escasamente habitadas por pueblos que cultivaban la tierra. Sin embargo, el río furioso que encontraron se convirtió en un obstáculo que les impidió avanzar hacia la casa de sal, donde esperaban hallar algún recurso alimentario.

El retraso causado por el furioso río aumentó aún más su hambre. Esta, como una maestra diligente, no solo era ingeniosa sino también audaz; se dispuso a buscar soluciones y decidió hacer una soga con gruesos bejucos, de una longitud suficiente para atravesar el río. Una vez construida, algunos nadadores se encargaron de cruzar, llevando delgadas cabuyas atadas en un extremo de la soga. Tras un gran esfuerzo, lograron llegar a la orilla opuesta y, tirando de los cordeles, pasaron un extremo de la soga al otro lado.

Una vez asegurada en ambas orillas, los soldados se sujetaron firmemente de la cuerda, utilizando sus manos desnudas para cruzar el peligroso caudal del río. Solo uno cruzaba a la vez, alternando las manos con cuidado, asegurándose de que cada vez que una mano se soltaba, la otra se mantenía firme. Encima de sus cabezas llevaban un hatillo, que contenía camisetas de vil lienzo y, entre ellas, sus espadas.

El primero en cruzar fue Morán, seguido por Pedro Carrasco, luego Luis de Manjarrés, y tras ellos, Joanes, un destacado soldado vizcaíno de Santa Marta, hábil y valiente. El quinto fue un joven conocido como Pedro Machetero, y después Gonzalo de Oyon, el hermano mayor del que se había sublevado en la Gobernación de Benalcázar. Álvaro Vicente, Cristóbal Roldán y Juan de Tolosa también lograron cruzar.

Mientras estaban en el agua, una repentina creciente del río rompió la soga, separando a los once soldados que habían logrado cruzar con los dos primeros, cuyos nombres eran el buzo Sancho y Gamboa. Quedaron así divididos, con el río entre ellos, y los indígenas comenzaron a llamar a este lugar el río del Bejuco, conocido por su nombre propio como Tucura.

Luis de Manjarrés, al percibir la falta de alimentos y ante la furia de la creciente, que no daba tregua a su hambre, decidió que los once soldados avanzarían en busca del buhío mencionado, siguiendo un sendero que conducía a una parte elevada. Tras caminar poco más de una legua, llegaron a una casa que contenía una considerable cantidad de sal blanca en forma de panes, pero estaba deshabitada. Sin detenerse, continuaron su camino y pronto encontraron otros buhíos habitados. Los indígenas, desprevenidos y absortos en sus labores de recolección de grano y frutos, no sospecharon que estaban siendo observados.

La mayor parte de los indios se encontraba distraída, recogiendo lo que habían cosechado sin sembrar, y habían acumulado todo en una casa del pequeño pueblo. Este refugio era crucial para su supervivencia, ya que representaba un importante recurso para cuando llegaran los demás. Sin embargo, por no querer dividirse ni abandonar su presa, permanecieron allí durante dos días sin enviar noticias a los que habían quedado atrás, quienes sufrían de una gran angustia por la falta de alimento. Durante esos catorce días, su dieta principal se había limitado a tallos de bihaos, que resultaban escasos y sin sabor.

Mientras tanto, el hambre comenzó a hacer estragos entre ellos. Un caballero llamado Valenzuela propuso solemnemente matar a la india que servía de guía y comer sus hígados asados. Dispuesto a llevar a cabo tan horrenda acción, fue interrumpido por el noble Íñigo López de Mendoza, quien se había mostrado amable y conocido en Santa Marta, donde había recibido a los indios del ancón llamado Gaira. Con firmeza, le dijo:

—Señor, por Dios les pido que no cometan tal atrocidad. No debemos permitirnos este tipo de actos donde hay hombres de razón. En mis alforjas guardo un poco de queso; esto y más les ofreceré, todo lo que poseo, para que no caigan en una acción tan horrible.

Luis de Manjarrés, reconociendo la gravedad de la situación y sintiendo que no era prudente demorar el aviso, decidió enviar a dos soldados para que se aventuraran a llevar algunas mazorcas de grano. Les advirtió que fuesen cautelosos, pues corrían el riesgo de ser vistos por los moradores de la tierra, quienes podrían alertar a los demás sobre su presencia. Les indicó que subieran una legua más arriba, donde encontrarían un vado más tranquilo, ya que el agua se extendía y era poco profunda en esa zona.

Sin embargo, antes de que el mensaje llegara, siete nadadores decidieron arriesgarse a cruzar el río, considerando que era menos perjudicial arriesgarse a mojarse que morir de hambre. Entre ellos se encontraba Pero Niño, un vecino destacado de la ciudad donde resido. La suerte quiso que, al intentar el cruce, cada uno saliera en diferentes lugares debido a la fuerza de la corriente. Juan Guillen y Antón Pérez de Lara perdieron sus espadas y sus provisiones, quedando sólo con lo que la naturaleza les ofrecía.

Después de estos, se lanzó un tal Alonso Martín, quien había aprendido la lengua indígena desde su infancia en la Gobernación de Santa Marta. Al ver que Pero Niño llegaba con un semblante de desesperación y a punto de desmayarse, lo animó a seguir adelante. Con valentía, se aferró a una rama que caía sobre el agua y extendió la pierna, sosteniéndose firmemente antes de ser arrastrado por la corriente. Le gritó que también se asiera de la rama, y, gracias a este aliento, Pero Niño recuperó su energía y logró sujetarse.

Con determinación, se acercó a la orilla y se agarró de otras ramas que emergían del agua. Con la ayuda de un providencial empujón, finalmente logró salir, aunque perdió su ropa y su espada, al igual que los otros. Los que pudieron escapar, desnudos, recibieron un poco de la vestimenta que les quedaba para cubrir sus partes más esenciales, mientras que el cielo se convirtió en su única protección para el resto de su cuerpo.

Para no regresar con las manos vacías, aunque los tres no podían usar sus brazos debido a la situación, cortaron varas lisas y rectas, afilando las puntas para usarlas como picas si fuera necesario. Con estas improvisadas armas, continuaron su marcha, como penitentes en un sacrificio, pues su vestimenta así lo reflejaba. Aunque desearan ayunar a pan y agua, solo pudieron beber agua del río, que era tan abundante que algunos se detuvieron a vomitar de la saciedad.

No tardaron en encontrar a Pedro Machetero y Gonzalo de Oyon, quienes habían sido enviados por Manjarrés para llevar el aviso. Al ver a estos compañeros, se sintieron reconfortados, y también lograron proveerse del grano indígena que, sin tener el tratamiento adecuado, les pareció un maná similar al de los judíos.

Después de dar aviso a los demás sobre la ruta que debían seguir, esperaron a que todos cruzaran sin problemas. Luego, los guiaron hacia el buhío donde estaba Manjarrés, donde les proporcionaron ropa, ya que los moradores de la zona tenían telas de algodón.

Gonzalo de Oyon y el machetero continuaron su búsqueda de los habitantes del lugar, quienes también enfrentaban grandes penurias. Los soldados, en su desesperación, comenzaron a considerar la posibilidad de sacrificar caballos. Creían que, si mataban a esos animales y los dejaban a la vista de los indígenas, podrían ser repartidos entre los más necesitados o vendidos en pedazos. Los soldados llevaban oro recogido de los rancheos, lo que los hacía valer más muertos que vivos en el reino.

Sin embargo, Pero Ruiz García, al darse cuenta del peligro que representaban estos deseos de los soldados, tomó la decisión de proteger su rancho. Mandó a su caballo, un regalo valioso, a las corrientes del río para que fuera devorado por los caimanes, prefiriendo este sacrificio a sufrir las consecuencias de una matanza inminente. A pesar de su decisión, él y su gente también enfrentaban graves necesidades.

Al enterarse de la situación, el Gobernador dictó un auto que imponía severas penas a quienes se atrevieran a matar perros o caballos, incluso si eran de su propiedad. Cuando los dos enviados regresaron con la noticia de que Luis de Manjarrés los esperaba con comida más adelante, los soldados se sintieron revitalizados y el ánimo del grupo se elevó. Esto les permitió recorrer distancias más largas, pues la certeza del socorro les otorgaba fuerzas en medio de su debilidad.

Alonso Pérez, quien había sido herido, logró recuperarse por completo durante el viaje, quizás debido a la dieta forzada en tiempos de hambre, que resultó ser más efectiva que cualquier tratamiento externo, ya que pudo caminar como solía.

Al llegar Manjarrés con su grupo, se adentraron en la sierra, que se hacía más empinada a medida que avanzaban. Finalmente, llegaron al lugar que los soldados llamaron el "Paso volador". Desde la cima, vieron que el descenso era tan pronunciado que parecía que cualquiera que quisiera bajar necesitaría volar. La elevada peña, un cingle que se extendía por muchas leguas, les presentó un desafío formidable.

Al no encontrar un paso más fácil, decidieron descender por esa grieta, aunque sabían que era riesgoso. Al llegar al valle, donde la topografía se tornaba más complicada, dieron gracias a Dios por haberlo logrado sin incidentes. Al cabo de tres días, llegaron a un paso conocido, donde el terreno estaba cubierto de vello, un indicativo de las bestias que llevaban consigo. La situación era tan precaria que les parecía que necesitarían alas para descender sin arriesgarse a despeñarse.

Mientras tanto, Millán y los azadoneros trabajaban en la peña, creando gradas y escalones donde la arcilla lo permitía. Usaron ramas frondosas en los tramos más bajos para ayudar a las bestias fatigadas a no sufrir tanto si resbalaban en la blanda tierra, en lugar de caer sobre la dura roca. Al terminar esta obra, que consumió la luz del día, comenzaron a bajar a las bestias, guiándolas con cuidado para evitar accidentes. Todos descendieron sin problemas, salvo por dos yeguas que, desafortunadamente, rodaron y no pudieron levantarse, convirtiéndose en presa de los hambrientos.

Luis de Manjarrés lideró la marcha, avanzando una legua y media más allá del paso, donde encontraron algunas casas cerca de la sierra de Atún, donde pudieron obtener un poco de sustento. Sin embargo, cuando se acercaron a otros buhíos, no les ofrecieron comida, lo que llevó a varios de los soldados—Moran, Juan de Cuenca, Antón Pérez de Lara, Antón Pérez el portugués, Pedro Machetero, Pedro Carrasco y Santo Domingo— a subir rápidamente por la cuesta. Los indígenas, al ver a los españoles barbados en su territorio, huyeron despavoridos.

Con la llegada de la noche y una tormenta que se avecinaba, decidieron quedarse en una de las casas, que era la única disponible. Sin embargo, esa misma noche, los indios de las sierras de Atún se agruparon y, aprovechando la oscuridad, rodearon la casa donde se encontraban. Cuando el sol comenzaba a asomarse, atacaron, incendiando el buhío por diferentes lados.

Al percibir el asalto, los valientes españoles se armaron y se dirigieron hacia la puerta, enfrentándose con determinación al ataque indígena. La confusión y el tumulto aumentaron, y los compañeros que estaban en el exterior notaron el alboroto. Manjarrés, consciente de la situación, envió a Valenzuela con doce compañeros armados con arcabuces para que socorrieran a los siete combatientes antes de que la furia del ataque los anegara.

La distancia y la penosa subida hicieron que el socorro tardara más de lo esperado, prolongando la pelea, que se llenó de acciones dignas de ser recordadas. Aunque me gustaría poder relatar cada detalle del valor de los combatientes, me limitaré a narrar lo más destacado.

Antón Pérez de Lara, con insigne bravura, enfrentaba a los indios mientras descendía la cuesta. Sin embargo, al resbalarse por la mezcla de agua y sangre, cayó en medio de sus enemigos. En ese momento, un indio principal, que parecía un gigante, lo atrapó y lo llevó al suelo sin tocarlo. Ante la inminente derrota, Pérez de Lara, sintiéndose tan desamparado como una oveja ante los lobos, clamó por ayuda, llamando a su compañero Morán.

Morán, al reconocer la voz de su amigo, corrió con el mismo ímpetu y valentía que un águila que acude en auxilio de sus crías, lanzándose desde lo alto para rescatar a su compañero. Con un golpe certero, abrió el abdomen del indio principal, dejando una herida tan profunda que el alma del guerrero se escapó con un grito aterrador que llenó de pavor a los demás indígenas.

El terror se apoderó de ellos, y en su huida, abandonaron a Pérez de Lara, quien, aferrado a su espada y rodela, no dejó que los salvajes le arrebataran sus armas. En un instante fugaz, todo sucedió: el golpe, el rescate y la caída. Si Moran hubiera tardado más, el destino de Lara habría sido fatal, pero gracias a su intervención, logró escapar y se mantuvo a salvo durante varios días, llevando consigo una historia de valor y camaradería en medio del caos.

En ese momento, Valenzuela y su grupo llegaron a la escena, disparando sus armas de fuego, cuyos ecos aterraban a los indios, que, temerosos, se retiraron a las alturas de la empinada sierra. Esto permitió que los españoles se liberaran, aunque no sin haber sufrido heridas; los siete combatientes resultaron lastimados, pero afortunadamente ninguno de ellos se encontraba en peligro mortal.

Luis de Manjarrés, consciente de la existencia de poblaciones cercanas que podrían buscar venganza, decidió actuar. Ordenó a veinticinco compañeros que, armados con arcabuces y un barril de pólvora salitrosa, se prepararan para tomar la parte más alta de la sierra esa misma noche.

Mientras los hombres se preparaban para la acción, los demás caían en un profundo sueño, ese dulce néctar que arrastra a los mortales a diversas visiones. Sin embargo, los vigilantes no descansaron y comenzaron a ascender por las ásperas laderas, alcanzando la cumbre justo antes del amanecer, cuando los primeros rayos de luz comenzaron a asomarse en el horizonte.

En ese instante, un ejército armado se acercaba en busca de venganza por el cacique que había sido abatido por Moran durante la batalla. Así, al despuntar el día, se encontraron frente a frente dos fuerzas: una de veinticinco españoles y otra compuesta por una multitud innumerable de indígenas.

Los pocos españoles, que se encontraban en un claro, fueron rápidamente rodeados. Sin embargo, contaban con la ventaja de sus arcabuces, un arma que los indígenas no habían visto antes y que les resultaba aterradora. Con cada disparo, los mortales globos de pólvora escupían perdigones, causando estragos entre las filas enemigas. Cuanto más potente era la carga, más devastadores eran los efectos.

La furia de los indígenas se atenuó ante el poder de los arcabuces, pero en medio del enfrentamiento, un soldado que había agotado su pólvora se acercó al barril, descuidándose con la mecha encendida. La chispa, imprudentemente, tocó el barril sin protección, desencadenando una explosión que levantó escombros por el aire, dispersando las duelas y costillas del barril a diferentes partes, y produciendo un estruendo que resonó a lo largo del campo de batalla.

El estruendo de la explosión dejó a los indígenas atónitos, y rápidamente comenzaron a huir, creyendo que había llegado el momento del juicio final. Los españoles, aprovechando el desconcierto, los siguieron hasta las poblaciones de las sierras de Atún, que en ese entonces eran de considerable tamaño.

Al ver a los extranjeros avanzando con determinación, los habitantes de las sierras respondieron incendiando sus propias casas, creando un espectáculo de humo que se elevaba por collados, valles y laderas. En menos de dos horas, toda la región estaba envuelta en llamas, privando a los indígenas de cualquier refugio donde pudieran resguardarse de las incesantes lluvias, que ya comenzaban a caer.

Este acto de desesperación generó gran pesadumbre entre los españoles, que se encontraban en un lugar donde las aguas eran frecuentes. Sin embargo, encontraron consuelo al descubrir una cantidad razonable de alimentos, que recogieron de los ranchos que habían construido nuevamente, decidiendo esperar allí hasta que Luis de Manjarrés llegara. Este llegó rápidamente, acompañado por Lebrón y los hombres del campo, a las primeras casas que se habían avistado.

El tiempo de espera no fue largo, ya que había escasos suministros para tantos hombres, y no era conveniente detenerse demasiado. Manjarrés y sus hombres continuaron su marcha en busca de alimento, dejando atrás a algunos que habían sido más cautelosos. Entre ellos estaban líderes como Blasco Martín y Pero Téllez, quienes también buscaban los rastros de los campestres moradores para orientarse en su camino.

Así, todos se reunieron en la tierra de Atún, donde pasaron algunos días en un merecido descanso tras su penoso viaje. Sin embargo, la escasez de comida pronto se hizo evidente, alimentando las esperanzas vanas de que encontrarían provisiones más adelante.

Así, mal proveídos, continuaron su laboriosa jornada. Luis de Manjarrés, a pesar de ser un hombre infatigable y siempre dispuesto a alegrar el ánimo de sus hombres con cuentos y chascarrillos, se sintió fatigado y decidió quedarse con el campo. En su lugar, tomó el mando Diego Paredes Calvo, un soldado robusto y experimentado, a quien se podría considerar casi vivo o, para ser más precisos, de edad comparable al viejo Néstor.

Paredes y sus treinta compañeros se dirigieron hacia Opón, un valle que distaba catorce leguas de la sierra de Atún, atravesando caminos cenagosos y montañas tristes, obscuras, ásperas y lluviosas, que carecían totalmente de consuelo. La inundación de aguas era constante, y los hombres del campo seguían con gran debilidad las huellas de sus antecesores, ya que la falta de sustento se hacía evidente. El hambre era tal que comenzaron a alimentarse de grillos, culebras y otras inmundicias, alimentos que resultaban perjudiciales para su salud. En poco tiempo, más de sesenta hombres perecieron en los bosques, víctimas de enfermedades y hambre.

Un día, Pero Niño se topó con seis o siete ratones que unos indios habían cocido en una olla junto a insípidos tallos de bihaos. Su asco fue tal que no pudo probar aquel manjar inusual. En contraste, otro soldado, menos exigente, pagó sesenta y cuatro pesos por ellos en dos buenas chagualas de oro fino, asegurando que era carne de faisanes.

Aunque había un edicto que condenaba a muerte a quien matara a un cuadrúpedo doméstico, amanecieron muertos ciertos mulos, y otros aparecieron mutilados, como si se burlaran de su condición, con una sonrisa sardónica que habría sido celebrada tanto por griegos como por latinos. Se llevó a cabo una investigación, pero no se encontró ninguna razón más allá de las palabras de los miserables pacientes que hablaban con sus bocas cercenadas, utilizando lo que quedaba de los animales como cebo para aquellos que no podían roer las hojas de las verdes cañas que servían de entretenimiento para los caballos, debido a la escasez de hierba en la zona.

Pasado un tiempo, Pero Téllez, junto con los más fuertes, se dirigió hacia los nacimientos del río Opón en busca de provisiones. Al encontrar algunas casas con maíz, yuca y otros alimentos, regresaron con las cargas. Sin embargo, al llegar al río, donde debían cruzar forzosamente, fueron atacados por un grupo de salvajes con tal atrevimiento y osadía que, para salvar sus vidas, se vieron obligados a dejar caer las cargas y a utilizar las armas oxidadas que tenían.

Los indígenas, armados con macanas, se acercaron con una velocidad y determinación que no dejaba espacio para usar espadas o rodela. A pesar de sus esfuerzos, cinco hombres fueron golpeados, y Carrasco recibió tres heridas, muriendo esa misma noche. Si no hubiera sido por la llegada de seis soldados que se apresuraron al río, la situación podría haber terminado en tragedia para todos. Alonso Pérez, quien ya había sido mencionado como desjarretado, intentó socorrer a sus compañeros, pero fue traspasado por una flecha, sufriendo heridas mortales que acabaron con su vida, al igual que Carrasco y otro compañero.

Al ver la situación desesperada, los soldados que estaban en la otra orilla, entre ellos el hidalgo Valenzuela, sacaron fuego y con el arcabuz lograron hacer retroceder a los salvajes. Así, los que quedaban heridos pudieron pasar al otro lado, aunque todos regresaron más cargados de leña que de comida, a excepción de Pero Téllez, que había conseguido parte de la cosecha.

Tras descansar durante cuatro días, Téllez reunió más soldados, mejor equipados, y decidió seguir el rastro de los indios que habían causado el daño. Procedieron con cautela hasta cruzar la sierra, donde avistaron grandes poblaciones. Al llegar a una de ellas, llevaron a cabo un ataque, vengando así sus injurias, aunque no sin sufrir la pérdida de un soldado en el enfrentamiento.

Al parecer, era conveniente regresar al campamento con la noticia de su éxito. Luis de Manjarrés, que se encontraba en mejor estado de ánimo, se dispuso a proseguir la misma ruta con cuarenta o cincuenta compañeros, dejando a los demás en el valle de Opón hasta que se esclarecieran los terrenos que debían atravesar.

Mientras continuaban por un sendero alto, vieron labranzas y buhíos que indicaban la presencia de poca gente. Para poder apoderarse de ellos, tendrían que ascender por un empinado recuesto, cuyo camino no permitía que subieran en orden, ya que a ambos lados había espesura de cañaverales, dificultando aún más el avance.

Mientras avanzaban por aquellos caminos difíciles, un formidable guerrero se les interpuso en medio de la senda, defendiendo la subida sin ayuda, confiado en su propia fuerza. Su imponente figura parecía la de Polifemo o el centimano Briareo.

Al verlo parado, esperando en una posición favorable, los de la vanguardia, con gran determinación, se lanzaron hacia él por la cuesta, armados con sus rodelas al frente. Sin embargo, él, con su macana de Goliat, que no era menos formidable, les propinaba golpes tan certeros que los españoles se veían obligados a retroceder, tropezando unos con otros como si fueran birlos derribados por una bola hábilmente lanzada.

A pesar de su vergonzosa derrota, los hombres honorables, acomplejados, deseaban enfrentarse en combate singular, pues les parecía humillante no poder enfrentarse al guerrero en igualdad de condiciones. Sin embargo, la inclinación del cerro y la estrechez del camino dificultaban el desafío, mientras que el audaz bárbaro contaba con la ventaja de tener a su favor la altura y su agilidad.

Así, los más valientes decidieron intentar en varias ocasiones enfrentarse a la imponente guardia del mal paso. Sin embargo, con facilidad y menosprecio, el guerrero los hacía rodar de vuelta, arrastrando sus escudos en el proceso. La prisa y el tumulto en la lucha eran tales que rápidamente se creó un gran desorden.

En ese momento, Diego Rincón, armado con cañas duras y macizas, llegó al lugar. Al ver que un solo combatiente les estaba impidiendo el paso, exclamó, agitado: “¿Es posible que un indio mantenga a tantos españoles acorralados, como si no fuésemos capaces de conquistar a cien mil hombres en los altos peñoles? Cuéntenme entre los cobardes si no puedo deshacerme de él y abrir un camino franco.”

Al ver a Diego Rincón desafiar la situación, Diego Paredes Calvo le respondió con ingenio: “Señor Rincón, ahí tenéis la breña, y sin necesidad de esforzaros en la montaña, podríais sacar suficiente leña con facilidad, que le da barata con su guadaña; no se embota, no tuerce ni doma, antes se sabe manejar con gran maña. Entra a ganar al de la valentona, tal vez regrese con corona.”

Entonces, Diego Rincón, decidido y animado, comenzó a ascender por la empinada ladera. Al encontrarse cerca del gigante, preparó su rodela, pensando en soportar el golpe y luego entrar con la punta de su espada. Sin embargo, su intento no resultó como esperaba; el golpe que propinó lo hizo tambalearse, retrocediendo desatinado hacia la derecha, lo que provocó que sus compañeros se rieran de su desventura.

Como un toro acorralado, Rincón, tras ser vencido por su oponente, se retiró a los montes para recobrar fuerzas en la espesura de los árboles. Allí, confiado en su robusto cuello, se preparó para volver a la pelea con más furia y determinación. Regresó decidido hacia su rival, quien se mantenía firme en su posición. En el momento en que se lanzó hacia adelante, con una rapidez admirable, se metió por debajo del indio, juntando la rodilla con la tierra y cubriéndose con su escudo.

El indio, al ver el movimiento, golpeó con su palo, aunque no con la fuerza necesaria. Fue entonces cuando Rincón, con una rápida acción, encarnó la punta de su estoque en el muslo izquierdo del salvaje. Al sentir el dolor y ver su sangre brotar, el indio, ya fatigado, dio la vuelta apresuradamente, mientras Rincón lo seguía, ambos corriendo a gran velocidad, pareciendo más vuelo que carrera. Aunque los demás intentaron subir rápidamente, no pudieron alcanzarlos ni ofrecer ayuda al joven atrevido, quien avanzaba sin saber qué camino tomaban.

Llegó a su campamento con la espada bien teñida de sangre, exclamando con arrogancia: “Hago voto solemne, repentino, a Hércules, a Héctor y a Morgante, que me concedan un camino amplio, y que huyan de ponerse frente a mí, porque mi rodela y mi acero fino asombrarán al más fiero gigante, y mis golpes serán suficientes para evitarles cualquier estorbo.”

El hecho del cerro resultó ser de poco impacto, pues, una vez alcanzado, vino lo mejor. Se acercaba un enemigo como un perro rabioso, pero yo extendí la mano con el acero y le di un golpe certero por las tripas. El gigante cayó, y la tierra tembló bajo su peso; si acaso no tembló por el miedo que infundía.

Manjarrés, con su lengua algo trabada (porque era balbuciente y un poco torpe al hablar), comentó: “¡Oí el golpe, voto a Quisto! Cuando tocó la tierra con los codos, y aun ahora, sin haberlo visto, al oíros hablar, temblamos todos. ¡Oh, fuerza vigorosa, diestra y lista, más fuerte que el más fuerte de los godos! Este hecho deshace cuanta trama han tejido los Nueve de la Fama.”

Con estas gratas bromas y ocurrencias, que aliviaban los trabajos, llegaron a las casas y labranzas, donde no hallaron moradores. Las intenciones del salvaje, que les había impedido la subida, eran porque querían huir sus mujeres y familias, ya que solo ellos eran los habitantes, sin compañía de vecinos. Allí durmieron y, al día siguiente, continuaron su arduo viaje hasta llegar al valle que los primeros llamaron el valle del Alférez, a quince leguas de la tierra de Opón, donde quedaba el peregrino campo rancheado.

Dieron aviso para que viniesen, ya que allí había más provisiones en esas provincias, pues habían perecido más de ochenta hombres, la mayoría por hambre, desde que dejaron el gran río y entraron en las húmedas montañas. En ese lugar, al cruzar la corriente del rápido río del valle, Diego Hermoso fue arrastrado por la fuerza terrible de las aguas, sin poder ser auxiliado por su compañía.

Al llegar al campo, Luis de Manjarrés pasó primero al valle que llamamos de la Grita, porque nunca dejaban de ser atacados por los naturales, tanto de día como de noche. En esos encuentros, capturaron a un soldado vivo, llamado Palomares, cuya desdicha causó gran tristeza entre los suyos. Con ese disgusto, continuaron su camino, pues estaban cerca del remate de las montañas, atravesando claras y desoladas serranías; pero tan altas y tan faltas de agua, que se encontraron en grandes aflicciones por no tener recipientes para llevar bebida, como suele suceder a quienes viajan por tierras secas. Tanto fue así que Manjarrés estuvo a punto de perecer de sed en una siesta, si los soldados no hubieran descubierto, por diferentes partes, una corriente fría que los rescatara.

Después de que su guía, que traían desde el río Grande, falleció, los exploradores preguntaron a unos nativos a través de señas en qué dirección se encontraban los hombres barbudos como ellos. Los nativos, también por medio de señas, les respondieron que estaban solos a dos días de camino. Esta noticia alegró a los exploradores y les dio más ánimo y fuerzas para concluir el resto de su larga y agotadora jornada.

Así, al día siguiente, avistaron un nuevo pueblo, sin que los vecinos supiesen de su llegada, ya que tenían la información de que venían otros españoles con un hombre principal que los guiaba, pero la relación era confusa, lo que generaba presunción y sospechas de que podría ser algún Gobernador de la Audiencia. Algunos consideraban que era incierto, y otros, menos incrédulos, pensaban que la llegada tardaría más; así que todos estaban desprevenidos.

Al entrar a las calles, dispararon una salva con sus arcabuces, cuyos fuertes estampidos alarmaron a los vecinos, quienes salieron rápidamente de sus casas. Al ver que se trataba de gente de la costa, compañeros y amigos conocidos, los recibieron con los brazos abiertos, expresando con gestos y palabras el gran cariño que se tenían. Entre aplausos y amables bienvenidas, los acompañaron a sus hospedajes.

Ese mismo día, los vecinos enviaron mensajeros al encuentro del nuevo Gobernador y su gente, acompañados de pacíficos indios que llevaban regalos en la medida de lo posible, y luego se pusieron en camino.

Mas yo, sintiéndome algo necesitado de reposo, decido respirar y recuperar aliento mientras regresan, para poder urdir en otro canto los hilos que dependen de esta historia.

Fin del tomo primero.

Compilado y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Imperio de los Incas

Pedro Mártir de Anglería: "Del Nuevo Mundo" o "Sobre el Nuevo Mundo" ("Las Décadas del Nuevo Mundo")

Francisco Pizarro y Carlos V: El Conquistador y el Emperador