Historia del Nuevo Reino de Granada-Tomo primero-Juan de Castellanos (en prosa)
Canto
primero
Doy
gracias al cielo por haber llegado, por fin, al modesto rincón de mi morada,
que por la gracia de Dios y del Rey poseo en este Nuevo Reino de Granada.
Después de largos rodeos, con mi pluma mal cortada, he narrado hechos y hazañas
tanto de los nuestros como de gentes extrañas. Y puesto que mi humilde lira ha
cantado con sincera verdad en otros tres volúmenes donde celebré los funerales
de ilustres varones en las Indias —muchos de los cuales apenas conocí más allá
de una común y merecida admiración—, sería una gran ingratitud de mi parte
guardar silencio sobre las hazañas del Adelantado Don Gonzalo Jiménez de
Quesada. Su valentía me fue conocida a lo largo de los muchos años que
compartimos, junto con los valerosos caballeros que, bajo su estandarte,
combatieron y de los cuales algunos aún viven, testigos fidedignos de tan
laboriosa empresa. Con el deseo de honrarles, es la verdad la que guía mi pluma
en este relato.
Oh tú,
madre piadosa del Altitonante, Musa excelsa del monte santo, ilumina mi ingenio
con tu vigorosa voz y dulce canto para que, socorrido por tal guía, mi pluma no
tiemble de espanto y pueda cumplir con mi deber de lealtad al Rey.
Recuerdo,
invicto Monarca de las Españas, cómo en el año de 1536, Don Gonzalo Jiménez de
Quesada, hombre docto e insigne capitán, partió del puerto de Santa Marta en
busca de tierras nunca vistas. Al mando de novecientos soldados españoles y sus
caballos, fue guiado por vagas noticias y ecos mal formados que lo condujeron
por las orillas del río Magdalena, a través de ciénagas, pantanos y montañas
inaccesibles. Las inclemencias del terreno acabaron con gran parte de su
compañía, quedando solo ciento sesenta y seis hombres, malheridos, y sesenta
caballos famélicos. El resto, debilitados, perecieron en los cienos, mientras
el hambre y las enfermedades devoraban sus cuerpos, y las plagas del camino
—garrapatas, murciélagos, mosquitos, serpientes, cocodrilos y tigres— acechaban
sin piedad. Estos infortunios no podían ser suficientemente descritos.
En
1537, tras trece meses de agotadora travesía, alcanzaron tierras que, si bien
fértiles y amenas por naturaleza, se mostraban aún más hermosas tras el
desolador paisaje que dejaban atrás. Allí encontraron prósperas culturas que
ofrecían esperanza a sus estómagos debilitados y alivio a sus cuerpos,
cubiertos por la fatiga y la desnudez. Vieron gran cantidad de naturales,
vestidos con telas de algodón finamente trabajadas y pintadas en variados
colores, lo que les dio certeza de una civilización más avanzada y pulcra que la
de los habitantes de las costas bajas.
Los
exploradores, al juzgar los inicios de esta conquista, creían que requeriría
una fuerza mayor a la que poseían. Los más valientes comenzaron a sucumbir al
desánimo, viendo su debilidad y la falta de recursos. Pero el animoso Letrado,
a pesar de contar con una tropa exhausta, soñaba con conquistar el mundo
entero. Como detallaré más adelante, viendo las cualidades de la tierra y su
fértil naturaleza, decidió llamar a esta nueva región "Nuevo Reino de
Granada", de la que ya he tratado en diversas ocasiones. Y ahora, con la
verdad como guía, procedo a narrar lo que en aquel entonces procuré dejar por
escrito.
Ahora
daré una relación más extensa y detallada de las conquistas llevadas a cabo,
así como de las villas y ciudades que los españoles han fundado en esta región.
Incluiré también las particularidades necesarias para comprender mejor el
contexto. Y puesto que en otros escritos ya he descrito la ubicación y altitud
de estas tierras, me limitaré aquí a señalar que lo que se conoce propiamente
como el Nuevo Reino de Granada tiene una extensión de unas sesenta leguas de
norte a sur, y una distancia similar de este a oeste, medida en línea recta.
Sin embargo, sé bien que por tierra, debido a lo sinuoso de los caminos que
evitan las asperezas del terreno, estas distancias se ven notablemente
superadas.
Hacia
el este, el reino está delimitado por la vastedad inmensa de los llanos que se
extienden hasta el mediodía, mientras que al oeste se alzan montañas
imponentes, cubiertas de bosques incultos y sierras agrestes. Al norte, el mar
se encuentra a unas doscientas leguas, si se sigue la ruta más directa por
montañas, aunque las dificultades que esto implicaría se suavizan gracias a los
ríos navegables, que permiten el tránsito de embarcaciones aptas para sus corrientes,
hasta llegar a desembarcaderos establecidos. En resumen, este territorio se
presenta como una caja rodeada de grandes obstáculos naturales, y solo es
posible entrar o salir de él a través de tres o cuatro estrechos pasos, cada
uno en rutas muy distantes entre sí, todas igualmente desafiantes por las
barreras que la naturaleza impone.
Dentro
de los límites de este vasto territorio, el clima es mayormente benigno. Hay
abundancia de oro, plata, cobre, plomo y piedras preciosas de gran valor. La
temperatura es templada y agradable la mayor parte del tiempo, rara vez es tan
fría que se necesiten chimeneas o braseros, aunque también hay ocasiones en que
caen heladas y granizos, especialmente en los páramos. Sin embargo, incluso
esas zonas frías son apropiadas para el cultivo de cereales, hierbas, legumbres
y todo tipo de ganado, del que hoy en día tenemos gran cantidad. El uso del
arado ha domado la aspereza del terreno, corrigiendo las condiciones climáticas
que, en un principio, parecían adversas para la agricultura y la ganadería.
Asimismo,
hay provincias cálidas con tierras de gran fertilidad, donde crecen tanto
árboles frutales nativos como aquellos que los españoles han introducido
recientemente. Los frutos de estas regiones cálidas llegan también a los habitantes
de las tierras frías, permitiéndoles disfrutar de una diversidad de productos.
En
este fértil valle, rodeado de montañas, habitaban numerosos caciques, a quienes
el pueblo común pagaba tributos. La mayoría de estos príncipes servía a dos
grandes reyes: uno gobernaba en Bogotá y el otro en Tunja. Estos dos monarcas,
orgullosos y poderosos, competían constantemente por expandir sus dominios, lo
que dio lugar a numerosos enfrentamientos y batallas. Sin embargo, ninguno de
los dos logró alcanzar sus ambiciones.
Estas
rivalidades eran de antigua data, transmitidas de generación en generación,
aunque no puedo dar detalles precisos sobre sus orígenes debido al escaso
conocimiento que estos indígenas tienen de su propia historia y de los primeros
habitantes de la región. Solo puedo suponer que estos pueblos vinieron desde
los llanos hacia la sierra, y que la necesidad de protegerse del frío fue lo
que los llevó a vestirse y a desarrollar sus costumbres.
Es
imposible obtener una comprensión clara de los siglos precedentes, aunque los
indígenas tienen alguna noticia del diluvio y de la creación del universo. Sin
embargo, estas historias están llenas de absurdos y contradicciones que no
merecen ser escritas. Al carecer de escritura y de caracteres antiguos, no
cuentan con medios fiables para preservar los acontecimientos pasados, como sí
los tenían otras naciones mediante figuras jeroglíficas que representaban
eventos históricos. Por ello, solo poseen recuerdos vagos y a menudo
contradictorios de sucesos ocurridos poco antes de la llegada de los españoles
a sus tierras.
A
partir de los relatos que hemos recopilado, sabemos que lo que hoy conocemos
como Bogotá, en su lengua nativa se decía Bocatá, que significa "el fin de
las tierras cultivadas". Este no era el nombre del cacique, sino de la
región. El penúltimo rey de estas provincias se llamaba Nemequene, que en su
idioma significa "hueso de león". Y el monarca que gobernaba cuando
los cristianos llegaron se llamaba Thisquesuzha, que significa "cosa noble
puesta sobre la frente".
Nemequene,
ambicioso y en constante rivalidad con el señor de Tunja, se valía de dos
príncipes poderosos y cercanos que no reconocían la autoridad de Bogotá. Uno de
ellos era Guatavita, cuyo nombre significa "alto sobre la sierra", y
el otro, que en la lengua original se llamaba Ebaque (corrompido como Ubaque),
significa "sangre de madero". Aunque Bogotá tenía una gran influencia
y había subyugado a varios caciques vecinos, nunca pudo dominar a estos dos
príncipes, que a menudo, cuando Nemequene intentaba avanzar contra Tunja, lo
atacaban desde las sierras, impidiéndole actuar con plena libertad. Estos
caciques eran un obstáculo constante, y Nemequene, deseoso de eliminarlos,
buscaba siempre formas de deshacerse de ellos, ya que, si lograba someter sus
tierras, tendría el camino libre para sus ambiciones principales.
La
fortuna le ofreció la oportunidad que tanto esperaba. Los Guatavitas eran
expertos orfebres, reconocidos entre los demás indígenas por su habilidad para
trabajar el oro. Muchos de ellos, no siendo originarios de las tierras de
Nemequene, vagaban por provincias vecinas, empleando sus habilidades para
ganarse la vida, sin cumplir con las obligaciones que debían a su señor.
Molesto por la falta tanto de tributos como de mano de obra, Nemequene decretó
que todos los Guatavitas debían regresar a sus tierras de origen. Ordenó que
cualquier cacique que necesitase de los servicios de estos artesanos debía
entregar dos de sus propios súbditos en compensación, para que residieran con el
cacique de Guatavita mientras el orfebre se encontraba ausente.
En
aquella época, los señores y los principales indígenas acumulaban metales
preciosos, ya fuera por contratos o de otras maneras, y su mayor orgullo eran
las joyas y adornos que lucían tanto en vida como en la muerte. Por ello, no
fue difícil cumplir con las exigencias de Nemequene, y en poco tiempo Guatavita
tenía más de dos mil trabajadores de otras tierras en reemplazo de sus
orfebres, lo que aumentó tanto sus rentas como su jactancia. Guatavita afirmaba
que hasta los señores más altos le reconocían su autoridad, ya que empleaban a
sus vasallos.
Sin
embargo, como sucede a menudo, los humanos miden el éxito por las apariencias,
y lo que parecía una gran ventaja para Guatavita terminó en su ruina total. La
mayoría de los nuevos trabajadores eran súbditos de Bogotá, y Nemequene había
tramado con ellos un plan: cuando llegara el momento y él atacara, estos
hombres debían asesinar al cacique de Guatavita, a sus hijos, sobrinos y
herederos cercanos.
Estos
indios estaban atentos, esperando la orden sin que nadie sospechara de sus
intenciones. Sin embargo, Bogotá encontró un obstáculo para llevar a cabo su
ataque. Ese obstáculo era un capitán llamado Guasca, cuyo nombre significa
"fin de tierra". Era un fiel vasallo del señor de Guatavita, y en
quien este confiaba para proteger el paso por donde Bogotá podría hacerle daño.
Guasca gobernaba un poblado a poco más de una legua de la residencia de
Guatavita, y su presencia con un numeroso grupo de personas aseguraba la
protección del cacique.
Bogotá,
reconociendo que Guasca era un impedimento para sus planes, logró corromperlo a
través de intermediarios, sobornos y promesas constantes. Finalmente, Guasca
traicionó su lealtad y permitió el paso libre a Bogotá una noche, e incluso
participó en el ataque como un traidor dentro de la casa, junto con otras
espías internas. Cercaron la residencia del cacique cuando él y sus herederos
dormían, desprevenidos y sin sospechar de la muerte que se les acercaba. La emboscada
fue rápida y violenta, y todos fueron fácilmente eliminados, dejando a Bogotá
como dueño de la provincia sin peligro para su gente.
Bogotá
consolidó su poder con guarniciones y dejó a un hermano suyo como gobernador.
No quiso perder la oportunidad que la fortuna le brindaba, por lo que
inmediatamente lanzó una guerra abierta, invadiendo las tierras de Ubaque.
Envió dos ejércitos por diferentes rutas para atacar. Ubaque, un cacique
poderoso, resistió valientemente los ataques durante seis o siete meses
(contados por lunas, según la costumbre de los indígenas). Sin embargo, al ver
la gran fuerza de sus enemigos y la disminución de sus propios vasallos,
agotados por la prolongada guerra, decidió rendirse.
Como
parte de su rendición, Ubaque propuso que Bogotá tomara como esposas a sus dos
hijas doncellas. Bogotá aceptó las condiciones y Ubaque quedó sometido a su
dominio. Aunque Ubaque encontraba la sumisión más tolerable al tenerlo como
yerno, Bogotá tomó a la hija mayor para sí y casó a la menor con uno de sus
hermanos. La ceremonia y los festejos fueron celebrados con la costumbre local,
que consistía en desordenadas embriagueces, sin más ceremonias ni
intermediarios formales.
En
esas tierras, cuando alguien quería casarse con una mujer, negociaba directamente
con los padres o parientes de ella. Acordaban un precio por la novia, y si los
familiares no quedaban satisfechos con la cantidad ofrecida, el comprador tenía
la opción de aumentar la suma en dos ocasiones. Si después de la tercera oferta
no lograba cerrar el trato, buscaba una esposa más barata. Si lograba llegar a
un acuerdo, la novia se entregaba sin necesidad de rituales adicionales, y el
comprador se la llevaba tras realizar el pago. Las bodas no incluían más dote
que veinte múcuras (ánfora de barro) de chicha (una bebida fermentada hecha de
granos molidos) y algunas festividades tradicionales llamadas
"alhajuelas".
Las
costumbres de los indígenas de este reino en cuanto al matrimonio y las
relaciones entre hombres y mujeres eran muy diferentes a las nuestras. Para casarse,
el hombre debía entregar un pago, no a la mujer, sino al esposo anterior o a
los padres de ella. Además, el número de esposas que un hombre podía tener
dependía únicamente de sus recursos económicos.
Por su
parte, los reyes y caciques, al enterarse de la existencia de alguna doncella
hermosa, la solicitaban a sus padres, quienes se la entregaban sin oponerse.
Estas mujeres servían a los caciques de forma desnuda durante un tiempo. Luego,
cuando se consideraban dignas de convertirse en esposas, se les proporcionaba
la vestimenta habitual de las demás mujeres.
Gracias
a este tipo de costumbres, Bogotá terminó teniendo una gran cantidad de mujeres
en su séquito. Luego de someter al cacique Ubaque, quien gobernaba una extensa
región, Bogotá dejó tropas bien armadas para garantizar la seguridad de sus
nuevas provincias. Con los despojos obtenidos, regresó a su reino, donde fue
recibido con celebraciones, bailes y canciones que narraban sus victorias.
A
pesar de sus conquistas, aún quedaban tres caciques cercanos que no estaban
bajo su dominio: Siminjaca, cuyo nombre significa "nariz de lechuza";
Susa, que se traduce como "paja blanda"; y Ebaté, que solemos llamar
Ubaté, lo que significa "sangre derramada". Bogotá marchó contra
ellos con un poderoso ejército, y aunque la lucha duró muchos días, con victorias
de ambos lados, finalmente logró someterlos. Los hizo tributarios, dejando
guarniciones y líderes militares al mando de su hermano, quien ya gobernaba
Guatavita, convirtiéndose así en el general y teniente de las provincias
conquistadas.
Este
hermano, como muchos de los vencedores codiciosos, empezó a actuar con
crueldad. Se dedicó a inquirir sobre las riquezas y tesoros de aquellos que
antes de la conquista eran considerados ricos. Siempre hay quienes buscan
congraciarse con los poderosos, por lo que nunca faltaban informantes
dispuestos a revelar los secretos de los tesoros escondidos. Así fue como
alguien le habló del tesoro de Ubaque, que se encontraba oculto en una
fortaleza en un peñol rodeado en su mayor parte por un profundo lago.
Cegado
por la codicia, decidió apoderarse de ese tesoro. Sin embargo, la operación no
podía ser llevada a cabo en secreto, ya que era necesario movilizar un ejército
bien armado, lo que haría evidente su paso. Para llegar al tesoro, debían
atravesar las tierras de Chiguachí, un cacique vasallo de Ubaque. Aun así, el
líder confiado, restó importancia a este obstáculo, diciendo que Bogotá le
había ordenado acercarse de noche para supervisar las guarniciones que él mismo
había colocado y así verificar su vigilancia.
El cacique
Chiguachí, confiando en las palabras de los soldados que le dijeron que Bogotá
los había enviado para inspeccionar las guarniciones, les permitió pasar. Sin
saber que estaba siendo engañado, permitió la entrada de los escuadrones
enemigos al fuerte peñol, un lugar que resguardaba las riquezas de la región.
Los invasores atacaron sin piedad, matando a los indios que custodiaban el
tesoro. Algunos lograron escapar y, con gran urgencia, llevaron la noticia del
asalto a su señor, Ubaque.
Ubaque,
al escuchar que alguien había puesto las manos en el tesoro, donde él había
depositado su confianza y seguridad, saltó del lecho lleno de furia.
Inmediatamente reunió a su gente y pidió ayuda al comandante de la guarnición,
quien tenía el control de la defensa. Sin embargo, este comandante, sospechando
que el hermano de Bogotá no se habría atrevido a realizar tal acto sin la
aprobación de su señor, decidió mantenerse neutral y no ofreció apoyo ni a un
bando ni al otro.
Viendo
la indecisión del comandante, Ubaque, junto con sus vasallos más cercanos,
rodeó el peñol y lanzó varios ataques, intentando recuperar el tesoro. Durante
más de cinco días, el capitán codicioso que había tomado el peñol resistió,
impulsado por el deseo de quedarse con las riquezas. Su avaricia le dio el
valor y la perseverancia necesarios para mantener su posición, a pesar de los
continuos asaltos de Ubaque.
No
obstante, con el paso de los días, las provisiones comenzaron a escasear y las
fuerzas de Ubaque seguían aumentando. Viendo que no podría sostenerse mucho más
tiempo dentro del peñol, y que sus intentos de escapar eran cada vez más
difíciles, el capitán decidió enfrentar a Ubaque en una última batalla. Pero
antes de hacerlo, recogió todo el tesoro y, en un acto desesperado, lo lanzó al
fondo del lago profundo que rodeaba el peñol.
Mientras
arrojaba las riquezas al agua, pronunció estas palabras:
—
"Tú, que alimentas las guerras, nunca más verás movimientos de pechos
avarientos. Me conformo con que busques el fondo del lago. Sería justo que todo
lo que hay en el mundo desapareciera contigo, pues tu deseo siempre viene
acompañado de pensamientos inquietos y jamás tienes un momento de paz. La
codicia, que todo lo ilumina, pero a la vez ciega, es insaciable y roba el
sueño. Por eso, para que tu dueño pueda dormir sin tu tormento, te entierro en
estas aguas desoladas. Aquí te quedarás oculto, y ni el sol ni la luna volverán
a verte."
De
esta manera, el tesoro desapareció en las profundidades del lago, y con él se
esfumó la esperanza de quienes lo codiciaban.
El
capitán codicioso, después de lanzar el tesoro al lago, se dispuso a salir a la
batalla con sus escuadras en orden. En su mente, el deseo de derramar sangre no
era menor que el afán por las riquezas que acababa de ocultar. Sin embargo, la
multitud de fuerzas opuestas lo superó rápidamente, arrebatándole la vida y el
esfuerzo en poco tiempo, junto con algunos de los más destacados de sus
hombres.
Ubaque
quedó victorioso, aunque su victoria no le devolvió la esperanza de recuperar
el tesoro que había caído en el olvido bajo las aguas. Además, un gran temor se
apoderó de él, pues sabía que Nemequene, el gran cacique, no dejaría impune la
muerte de su hermano, a quien apreciaba mucho por su valor. Previendo las
consecuencias, Ubaque, sagaz en su proceder, envió mensajeros bien instruidos a
Nemequene para ofrecerle una disculpa por lo ocurrido. En su mensaje, explicó
que el ataque que había sufrido fue totalmente inesperado y ajeno a su
voluntad. Justificó que el asaltante, en lugar de defenderlo como debía,
intentó robarle y quitarle la vida, lo que provocó la batalla y la muerte del
hermano del cacique, algo que, según él, fue permitido por el cielo.
Los
mensajeros partieron bien equipados, ya que era costumbre presentar obsequios
cuando se dirigían a un cacique, ya fuera local o extranjero. Ubaque los
proveyó de joyas y regalos de gran valor, y así llegaron al cercado de
Nemequene, el lugar donde el cacique vivía en grandes aposentos, superando en
tamaño y suntuosidad a los de cualquier otro. Al llegar, los mensajeros fueron
recibidos con la debida cortesía, y se les permitió presentar la embajada al
Señor, siguiendo el protocolo de dar la espalda, encorvados, en señal de
reverencia, ya que se consideraba irrespetuoso hablarle cara a cara a un señor.
Nemequene,
un hombre severo y atento, escuchó con calma lo que los mensajeros tenían que
decir, sin mostrar ninguna alteración. Después de escucharlos, mandó llamar a
Ubaque para que se presentara en persona y diera su descargo. Ubaque, sin
intentar excusarse, entendió la voluntad del rey y partió de inmediato hacia su
presencia, llevando consigo un rico presente. Entre sus ofrendas, había veinte
hermosas doncellas adornadas con joyas, cien cargas de la mejor ropa de su
tierra, muchas esmeraldas finas, animales de oro y otros obsequios de gran
valor.
A
pesar de todas estas riquezas, Nemequene aceptó solo dos telas de algodón, como
símbolo de ceremonia, pues afirmaba que no era justo tomar algo del acusado que
pudiera torcer la justicia. Finalmente, después de analizar los descargos y
comprender la verdadera culpabilidad de su hermano en los acontecimientos, tras
seis o siete meses, Nemequene permitió que Ubaque regresara a su casa, libre y
con honores.
Posteriormente,
este rey, buscando asegurar un gobierno pacífico y justo en su reino, dictó
muchas leyes, las cuales se transmitieron de generación en generación a través
de la memoria de los hombres. Estas leyes se fueron arraigando y permanecieron
en vigor incluso hasta los días en que los españoles llegaron a esas tierras.
Una de sus leyes más estrictas ordenaba que quien matara debía morir, sin
importar si los parientes de la víctima lo perdonaban, pues la vida solo podía
ser dada por Dios, no por los hombres.
Mandaba
también la muerte a quien forzara a una mujer, y si el culpable era casado,
debía dormir junto con dos solteros con la esposa de uno de ellos. Aquellos que
tuvieran relaciones con su madre, hija, hermana o sobrina, eran castigados de
manera brutal: se los sumergía en un pozo angosto lleno de sabandijas obscenas,
y se les cubría con una gran losa hasta morir miserablemente. Las mujeres que
participaban en tales actos también sufrían la misma pena.
El
sodomita, por su parte, debía morir bajo tormentos ásperos, y dejaba la puerta
abierta para que futuros reyes aumentaran la severidad de estos castigos. Como
resultado de estas leyes, los naturales de este reino siempre se mantuvieron
limpios de este horrendo mal, lo que no podía decirse de otras naciones
cercanas.
Nemequene
estableció una serie de leyes que reflejaban su sentido de justicia y control
sobre su reino. En primer lugar, decretó que si una mujer casada moría durante
el parto, su esposo perdería la mitad de su fortuna, la cual sería entregada a
los padres de la difunta o, en su defecto, a sus familiares más cercanos. Si la
criatura sobrevivía, el padre no tenía más obligación que hacerse cargo de su
manutención.
Dictó
también que ningún señor podía ser transportado en andas por sus sirvientes, a
menos que hubiera sido autorizado por el propio Nemequene, como un honor
reservado a quienes hubieran prestado servicios extraordinarios. Asimismo,
limitó el uso de vestimentas y joyas a la gente común, otorgando únicamente a
los Uzaques, los nobles de mayor rango, el privilegio de perforar sus orejas y
narices y adornarlas con joyas.
En
cuanto a los bienes de aquellos que morían sin herederos, ordenó que fueran
incorporados a las arcas reales. Además, impuso severos castigos para quienes
mostraran cobardía en la batalla: los que huyeran antes que su capitán sería condenado
a una muerte deshonrosa, mientras que los cobardes debían ser vestidos con ropa
de mujer y obligados a realizar labores femeninas, hasta que el rey decidiera
su liberación de la humillación.
Para
los delitos menores, Nemequene estableció penas más leves, como rasgar la manta
que cubría al culpable o cortarle el cabello, una afrenta considerable, pues el
pelo largo era motivo de orgullo. Este tipo de castigo fue incluso adoptado más
tarde por los españoles, aunque ya no afectaba tanto a los nativos, pues sabían
que su cabello volvería a crecer.
Finalmente,
tras consolidar su poder en la región, Nemequene solo tenía un rival digno de
enfrentar: el rey de Tunja, un príncipe poderoso. Decidido a someterlo, convocó
a los principales líderes de su corte, quienes acudieron en el tiempo señalado.
Sentado en un trono elevado, Nemequene les dirigió un discurso en el que
destacó sus múltiples victorias y la sumisión de todos los caciques vecinos.
Afirmó que ya no quedaba ningún enemigo que pudiera desafiar su dominio,
excepto el rey de Tunja, cuya resistencia consideraba una afrenta para su
poder. Por ello, expresó su deseo de reunir un ejército y acabar
definitivamente con su rival.
Nemequene,
decidido a preparar su campaña contra el rey de Tunja, se dirigió nuevamente a
sus vasallos y les dio instrucciones claras: cada uno debía estar listo con sus
hombres y traer a sus aliados a su presencia, con sus tropas y armamento
debidamente preparados. Aclaró que aquellos que mostraran más valor y dedicación
en su servicio serían recompensados y contaría con su favor.
Les
otorgó un plazo de treinta días para movilizar sus tropas, con la advertencia
de que debían estar listos para partir al final de ese tiempo. Tras dar sus
órdenes, les instó a que comenzaran los preparativos desde esa misma semana,
pues la primavera ya había llegado y era el momento ideal para llevar a cabo la
expedición.
Así,
obedientes a su mandato, los príncipes y nobles regresaron a sus territorios y
comenzaron a reunir a sus guerreros más experimentados. Estos se armaron con
macanas, dardos, picas, hondas y flechas, preparándose para la batalla. Entre
ellos, los indios Moscas, que habitaban en las tierras frías, destacaban por su
uso de las "tiraderas", una peculiar arma hecha de pequeños dardos de
carrizo con puntas de madera endurecida. Los lanzaban con la ayuda de un
pequeño palillo que prolongaba la longitud del dardo, aumentando su alcance y
precisión.
Aunque
no eran armas letales, comparadas con las flechas lanzadas por cerbatanas que
algunas tribus utilizaban, las tiraderas eran eficaces en combate. Las
cerbatanas, por su parte, disparaban dardos envenenados de puntas diminutas,
con un poco de algodón en la base para asegurar precisión. Estos proyectiles,
aunque de impacto leve, eran peligrosos por el veneno mortal que transportaban,
causando graves dolores y efectos letales si alcanzaban su objetivo, a menudo
sin que la víctima pudiera reaccionar a tiempo.
Con
sus guerreros listos, las huestes de Nemequene se preparaban para enfrentar al
rey de Tunja, confiando en su habilidad y en las armas que tanto habían
perfeccionado.
Sin
embargo, las tiraderas de los indios Moscas, aunque efectivas, eran fácilmente
contrarrestadas con escudos ligeros. A pesar de su destreza en el uso de estas
armas, los Moscas eran guerreros menos formidables que sus oponentes, ya que su
principal actividad se centraba en las ferias y mercados, donde se reunían en
lugares determinados para intercambiar una variedad de mercancías, a menudo
utilizando trucos astutos similares a los de los más ingeniosos comerciantes.
Con
sus tropas reunidas, cada cacique traía consigo abundantes provisiones y un
número considerable de mujeres, que ofrecían como regalos en la jornada ante su
gran señor, al que conocían como Cipa. Así, todos se presentaron en el tiempo
señalado en los amplios y verdes campos de Bogotá, la capital de estos reinos.
Allí, tomaron posiciones en distintas áreas, cada cual, con sus insignias de
variados colores, de modo que la lealtad de cada grupo se pudiera identificar
fácilmente a través de las tiendas y pabellones que habían montado.
Con
los escuadrones organizados, Nemequene, acompañado por todos los Uzaques de su
corte, nobles de alta alcurnia, se dispuso a realizar un censo general. Al finalizar,
contabilizó a más de cincuenta mil hombres de guerra, todos bien armados y con
abundantes suministros. Luego, comenzaron los preparativos para realizar
sacrificios, ofreciendo víctimas humanas y otros elementos en honor a los
xeques agoreros, sacerdotes y ministros de su religión. Confiaban plenamente en
las palabras y augurios de estos sacerdotes, quienes desempeñaban un papel
fundamental en su vida espiritual y social.
Por
medio de estas ofrendas, cada individuo presenta sus tributos al santuario, que
consisten en una variedad de figuras elaboradas en oro. Se pueden encontrar
representaciones de culebras, ranas, lagartijas, mosquitos, hormigas y gusanos,
así como casquetes, brazaletes, diademas y vasos de diversas formas. También
hay figuras de leones, tigres, monos y zorros, además de aves de todas clases y
colores. El xeque, sacerdote de la comunidad, realiza estas ofrendas ante los
ídolos que veneran, que varían en materiales, siendo algunos de oro y otros de
madera o hilo, y presentan formas tanto grandes como pequeñas, aunque muchas
veces están mal tallados y con cabelleras de aspecto tosco.
Además,
es común la fabricación de ídolos de cera y barro blanco, que siempre se
presentan en parejas, macho y hembra. Estos ídolos son adornados con mantas que
se colocan dentro de los infames santuarios, donde los xeques residen con gran
recogimiento y abstinencia. Estos sacerdotes llevan una vida austera,
consumiendo poco alimento y eligiendo solo cosas ligeras y de escasa sustancia.
No están casados y viven en castidad; cualquier sospecha de comportamiento
contrario a esta norma puede llevar a su destitución, pues son considerados
hombres santos, dignos de respeto, honra y veneración. La comunidad se consulta
con ellos en asuntos graves, y su comportamiento debe ser acorde a su dignidad.
Los
xeques hablan poco y duermen menos, dedicando gran parte de la noche a mascar
ayo, hojas similares a las del zumaque. Este hábito también se extiende a su
agricultura y sus efectos son evidentes; se necesita un gran vigor para
aprovechar el jugo de estas hojas, pues les ayuda a sobrellevar la sed y el
hambre. Curiosamente, se ha observado que los indios, independientemente de su
edad, suelen morir sin sufrir problemas dentales, lo que es común entre las
diversas naciones de estas Indias. En muchas comunidades, tanto nativas como
españolas, se ha adoptado el uso de la coca, que se cultiva en Pirú, como un
recurso valioso.
Los
indios también complementan su consumo con un polvo elaborado a partir de
ciertos caracoles, el cual mezclan en un recipiente conocido como poporo, que
es un calabazo donde introducen un palillo. El residuo que se adhiere a este
utensilio lo recogen con el ayo y lo llevan a la boca.
Por el
alto aprecio que tienen por estas hojas, los indígenas sahumaban a sus ídolos
con ellas. Sin embargo, de entre los perfumes que utilizan, destaca una
trementina parda de mal olor, así como caracolillos y almejuelas. Su aroma no
se asemeja al de las "ochinas" del mar Bermejo, conocidas por su
fragancia, sino que es de un hedor abominable, digno del hijo de la maldad que
lo manda. A pesar de reconocer que estos ídolos, obras de sus propias manos,
carecen de poder para satisfacer sus súplicas, continúan venerándolos,
afirmando que el diablo lo ordena y que en ellos debe residir su honra.
No
niegan la existencia de un Dios omnipotente, un señor universal y siempre bueno
que creó todo. Sin embargo, creen que el sol es la criatura más
resplandeciente, por lo que deben adorarlo, al igual que a la luna, a la que
consideran su compañera. También sostienen la creencia en la inmortalidad de
las almas, afirmando que solo los cuerpos mueren, mientras que las almas
descienden al centro de la tierra, donde cada uno tiene su propia provincia,
términos y lugares asignados. Allí, creen que encontrarán casas y labranzas,
disfrutando de una vida tranquila. Esta visión se mezcla con la idea de que
todos los seres, buenos y malos, son tratados por igual en el más allá.
Además,
esperan un juicio universal, convencidos de que los muertos resucitarán para
vivir eternamente en este mundo, tal como lo hacen ahora, ya que presumen que
este mundo es perdurable y continuará existiendo tal como lo conocen. Las
diversas opiniones que circulan en este contexto son tan absurdas que podrían
considerarse un conjunto ridículo de disparates. Como carecen de fundamentos
sólidos de verdad, se confunden en sus creencias, y rara vez coinciden en algún
punto.
No
todos ofrecen sacrificios en los templos ni a los ídolos, pues muchos rinden
homenaje a las sierras, lagunas, fuentes, ríos, cuevas, quebradas y peñascos,
donde también realizan sus ofrendas. Sin embargo, no pueden señalar quiénes
fueron los primeros en establecer tales ceremonias, lo que demuestra la
confusión y falta de claridad en sus prácticas religiosas.
Se
dice que, en tiempos pasados, llegó un extraño conocido como Neuterequeteua,
también llamado Bochica o Xueque, aunque algunos sostienen que fueron tres
individuos distintos quienes llegaron en diferentes épocas, predicando sus
enseñanzas. Sin embargo, lo más común es considerar que todos esos nombres se
refieren a una misma persona.
Este
hombre tenía una larga barba y cabellos que le llegaban hasta la cintura,
recogidos y ceñidos con una venda, similar al rodete que utilizan los antiguos
fariseos, quienes se colocaban anchos filacterios o coronas sobre la cabeza.
Así, él también llevaba una especie de adorno en la frente, en la que se
colocaban los mandamientos del Decálogo. En el centro de este rodete, adornado
con plumas, caía una rosa sobre sus cejas, dando un aspecto peculiar.
Se
dice que caminaba descalzo, vistiendo una almalafa cuyas puntas ataba sobre el
hombro con un nudo. Esta vestimenta es considerada la razón por la que
adoptaron el hábito de andar sin calzado y con el cabello largo, ya que las
barbas eran poco comunes entre ellos.
Neuterequeteua
predicaba numerosas enseñanzas, muchas de las cuales, a pesar de ser buenas,
fueron rápidamente olvidadas. Con el tiempo, llegó una mujer de gran belleza
que traía consigo doctrinas muy diferentes a las suyas. Algunos la conocían
como Chie, otros como Huitaca, y algunos más como Jubchrasguaya. Su influencia
fue tal que reunió a una multitud de seguidores, quienes se sentían atraídos
por sus palabras.
Sin
embargo, las enseñanzas de esta mujer eran consideradas perjudiciales, lo que
llevó a Neuterequeteua a intervenir. En un acto de desdén, le otorgó plumas y
convirtió sus miembros en los de una lechuza, simbolizando así su desaprobación
por su predicación.
Las
historias de transformaciones son tantas que, si intentáramos recordarlas
todas, solo ese relato podría ocupar más páginas que el de cualquier poeta
famoso. Sin embargo, por su ridiculez, prefiero no mencionarlas todas. Pero hay
una, en particular, que creo merece ser anotada: la afirmación de que entre los
indios hay grandes hechiceros de ingenio notable. Algunos de ellos se
transforman en leones y tigres a voluntad, causando el mismo terror que las
bestias que suelen devorar carne humana.
Es
comprensible dudar de tal hecho, tan espantoso y aterrador. Pero, considerando
que esos maestros de maleficios, cuyas artes dañan a muchos con sus
abominaciones, encuentran un eco en lo que leemos en los textos antiguos,
podemos suponer que también son hábiles en enseñar estas ilusiones a las gentes
que están bajo su dominio, quienes son especialmente propensas al mal y carecen
de la capacidad para realizar cualquier acción virtuosa.
Así,
Huitaca, que creo que no puede ser otra cosa que un demonio, arrastraba consigo
a esa bárbara multitud que seguía sus errores, ritos y ceremonias absurdas que
perduran hasta el día de hoy, sin que ningún ministro de la fe cristiana logre
apartarlas de su memoria.
Por
otro lado, Bochica, que es el mismo Neuterequeteua a quien veneran como un
santo, no me parece que merezca tal título. Aseguran que murió en Sogamoso, que
es el centro de la idolatría y el abismo de estos errores.
Al
momento de su muerte, según se dice, dejó como heredero a un cacique que heredó
su gran santidad y poder. Hoy se considera que ese territorio es tierra sagrada
y que el cacique tiene el poder de alterar los climas: puede hacer llover,
granizar e incluso enviar heladas, así como provocar otros fenómenos
meteorológicos que afectan las regiones altas y bajas.
Por
esta razón, de todas partes del reino, muchas personas acuden en romería a ese
lugar en busca de remedios para sus males, trayendo ofrendas de gran valor, las
cuales son entregadas al cacique, quien a su vez las entrega al xeque encargado
del santuario. En su momento, revelaremos la riqueza y el caudal que poseía
este lugar cuando los españoles llegaron, pero por ahora basta con mencionar la
reputación de Sogamoso entre estos indígenas. Ellos creen que su ira es la
causa de los daños que sufren en sus personas, casas o cultivos.
Cuando
hay heladas que queman los maíces, se dice que el cacique tiene la costumbre de
cubrirse con una manta blanca, como un símbolo de la pruina. Se muestra solo,
melancólico, inconversable y triste, de manera que la gente reconozca que él es
el causante de la plaga, y no la región baja donde los vapores gruesos del frío
se convierten en agua pruinosa.
Estas
vanidades que tanto jactan en Sogamoso se hicieron más evidentes cuando el
arzobispo don Luis Zapata y el tesorero don Miguel de Espejo, actual
vicepresidente, visitaron su provincia. Durante su escrutinio de estas vanas
supersticiones, algunos indios revelaron que el cacique actual, don Felipe,
quien había profesado la fe cristiana, le decía a su gente: «¡Perros, no me
tenéis miedo! Sabéis que tengo el poder de traer pestilencias contagiosas, la
dolencia de viruelas, dolor de muelas, calenturas y otras desventuras; con este
poder mío, puedo hacer crecer todas las hierbas, legumbres y plantas que
existen.»
Tales
declaraciones fueron testificadas, aunque él se mantuvo firme en negarlas. Sin
embargo, lo cierto es que existe una costumbre entre los embaucadores segamosos
de hablar a esta gente ignorante, que les da más crédito a estas palabras que a
las enseñanzas de aquellos que les predican cosas santas. Estos embaucadores
contradicen sus desvaríos y el culto a ídolos nefarios, a quienes hoy ofrecen
más que nunca aquellas cosas que consideran necesarias para tenerlos propicios
y satisfechos, con el fin de conseguir lo que desean.
Antes
de realizar el ofrecimiento, un gran número de hombres ayuna durante muchos
días. Es digno de notar la abstinencia y el recogimiento con el que viven
durante este tiempo. No se lavan el cuerpo, a diferencia de la costumbre
habitual, y no tocan a mujeres, ni ellas a hombres; además, evitan comer carne
y pescado, consumiendo solo alimentos de muy poca sustancia, sin sal y sin ají,
siendo este último el gusto que más les satisface.
A
pesar de saber que podrían perder la vida en su empeño, los fieles se mantienen
firmes en su abstinencia y recogimiento. Una vez concluidos los días de ayuno,
denominados "saga", entregan al xeque (líder religioso) las ofrendas
que deben dar al Santuario.
El xeque, también practicando
una gran abstinencia, presenta las ofrendas y consulta al demonio sobre los
propósitos del oferente. Luego, el xeque le transmite al indio el mensaje
recibido del demonio, el cual se expresa en palabras ambiguas. Aun sin
comprender del todo el significado, el indio se retira contento con la
respuesta obtenida.
Una
vez concluido el ritual, se lavan con un cierto jabón que tienen, se visten con
nuevas mantas y se adornan, invitando a amigos y parientes a un banquete que
puede durar varios días. Durante estas celebraciones, consumen abundante
chicha, el brebaje que elaboran a partir de granos. Danzan y cantan juntos,
entonando canciones con medidas y consonancias similares a los villancicos,
donde relatan sucesos tanto presentes como pasados, ya sean anécdotas o temas
graves, vituperando o engrandeciendo el honor o deshonor de quienes son objeto
de sus relatos.
En las
situaciones graves, mantienen un compás, mientras que en las alegres utilizan
una proporción adecuada. Su modo de cantar es algo frío, y todos sus bailes son
del mismo estilo. Sin embargo, se mueven con tal precisión que no desentonan ni
un solo compás en sus gestos y movimientos.
Incluso
cuando arrastran materiales pesados para sus edificios, ya sean los suyos o los
nuestros, lo hacen acompañados de bailes y cantos, siguiendo una guía en el
vaivén de su voz, como lo harían los marineros. Se presentan muy adornados,
luciendo grandes medias lunas en la frente, cuyos cuernos se alzan hacia
arriba, dando la apariencia de ser de buen oro.
Tras
ellos, van mujeres que cargan numerosas jarras de vino, que llevan a donde sea
que se dirijan. Estas jarras son esenciales para su abastecimiento en los
intercambios y más aún en las contiendas bélicas, tal como lo hizo Nemequene, a
quien dejé realizando sacrificios bajo el propósito declarado.
Como
el xeque le había informado que su viaje sería afortunado, pronto se organizó
la partida de la tumultuosa compañía, causando grandes estragos en las tierras
de Turmequé, donde gobernaba un poderoso cacique que era vasallo del rey de
Tunjano. Este, al enterarse de sus intenciones con varios días de antelación,
había convocado a un numeroso ejército de guerreros, igualando en cantidad a
los de su adversario.
Entre
tanto, Sogamoso también se había unido a su causa con más de doce mil
valientes. Ambos líderes se encontraron en lo que ahora llamamos el Arroyo de
las Vueltas, donde el pequeño río dividía los campos que cubrían los llanos y
laderas.
Antes
de que comenzara la batalla, los reyes enviaron mensajeros. El de Bogotá,
acompañado de uno de sus criados más destacados, se dirigió al de Tunja con un
mensaje que decía:
«Tunja,
hombre prudente, me sorprende que confíes tanto en tu bravura y quieras
competir conmigo, sin que temas mi poder. Tú, que sueles dar consejos precisos
a los demás, ten cuidado de no perderte, pues a través de medios más sensatos
que la guerra disfrutarás de tus tierras y vasallos.
Sin
arrastrarlos a enfrentamientos, donde tengo asegurada la victoria, ya que es
evidente que mi mano allana cualquier camino. Te sería mucho mejor y sería lo
correcto que me reconocieras como tu señor, un honor que le corresponde a mi
linaje.»
«Si me
prestas oído y obediencia, serás perdonado por mi clemencia, querido y
respetado en mis reinos. En todos sus gobiernos tendrás voto. Pero si decides
apartarte, no podrás escapar de mi ira. Tienes tiempo, así que mira tus
intereses antes de que comiencen los enfrentamientos y se deshonren los que me
acompañan.
Me
mueve la compasión, pues no deseo la muerte de tanta gente».
Al
recibir este mensaje, Tunja y sus consejeros se sintieron alterados, pero, fiel
a su reputación, Tunja respondió al mensajero que se marchara y que al día
siguiente daría una respuesta reflexionada. Así lo hizo; a la mañana siguiente,
envió a uno de sus criados con un mensaje que decía:
«Gran
Nemequen, me maravilla tu petición, ya que pides que, sin ver el resultado de
esta contienda, me declare tu súbdito y obediente. No puedes pretender que
acepte tal solicitud, cuando es evidente que la fortuna puede ser caprichosa y
las opiniones humanas, falibles.
Bien
sabes que en este suelo la fortuna puede golpear con gran fuerza, y ninguna
potencia está tan firmemente establecida que no pueda ser arrastrada por su
inconstancia. Afirmas que se te debe respeto por tu antiguo linaje, y yo
también digo lo mismo de los míos.
Los
desafíos deben servir para demostrar quién es el mejor, y quien defienda su
nobleza dejará clara su grandeza.»
«A la
prueba te invito con tu gente; si por ti se siente tanta muerte, hagamos, como
hombres fuertes, un examen en singular certamen, donde el vencido sea
tributario y deba reconocer a su contrario como señor.»
Al
escuchar la embajada, Nemequen se sintió abrumado por la audacia de Tunja.
Aunque su valentía le incitaba a aceptar el desafío, todos los Uzaques le advirtieron
que no lo hiciera. Argumentaron que era desmesurado para un príncipe de tan
alto rango combatir contra un cacique al que ya consideraba su vasallo. Tenía
bajo su mando tantos reinos y un ejército tan nutrido de guerreros hábiles en
la lucha, que arriesgarse a un combate singular sería una temeridad.
Era
evidente que la ventaja estaba ya definida en términos de ánimo, vigor,
destreza y arte. Por tanto, un asunto de tal envergadura no debía depender de
un solo hilo, que podría romperse en cualquier momento. Con esta lógica, todos
le rogaron que se le permitiera librar la batalla de poder a poder.
Así,
ordenados los escuadrones de ambos reinos, se dio inicio a la sangrienta
contienda. En el fragor de la lucha, no había tempestad ni viento que se comparara
con la furia de aquellos salvajes en los primeros asaltos. En el suelo manchado
de sangre, los penachos y diademas de los caudillos caían mientras se batían
con la muerte. Algunos eran atravesados por lanzas, otros recibían duros golpes
de piedras lanzadas con hondas, y muchos quedaban con brazos y piernas rotas
tras los feroces ataques con macanas. El aire se rompía con los gritos de
combatientes de ambos bandos.
Nemequen
se movía con gran pompa, animando a sus hombres mientras que Tunja hacía lo
mismo con igual fervor. A pesar de la evidente ansia de ambos por encontrarse,
la confusión de la batalla les impedía hacerlo. Sin embargo, un evento mucho
más significativo ocurrió: un dardo silbante cruzó el aire y hirió a Nemequen
en el lado derecho, cerca de la tetilla. Sin esperar a que otros le ayudaran,
él mismo extrajo la punta del dardo.
El
dolor fue tan intenso que, dirigiéndose a los que lo protegían, les dijo: «Amigos,
me siento gravemente herido, y la herida es tan cruel que ya no confío en mi
vida. Venganza es lo que espero de ustedes, y no se sientan menoscabados por mi
daño, porque si no me engaño, pronto tendrán la victoria por suya.»
Quiso
añadir más, pero el dolor le dificultaba el habla, y su sufrimiento causó gran
conmoción entre los presentes, quienes se sumieron en un estado de pánico y
éxtasis. Muchos intentaron sacarlo del combate, y el eco de la angustia se
extendió rápidamente entre los combatientes. Ante esta confusión, Tunja,
reconociendo el desánimo de su enemigo, redobló sus esfuerzos, lo que llevó a
que sus oponentes se replegaran.
Incluso
Chocoritá se unió a la victoria de Tunja, quien se retiró dejando los campos
llenos de caídos. Aquellos que lograron sobrevivir llevaban a Nemequen en
andas, sin detenerse ni un instante, de día y de noche, hasta llegar a Bogotá.
Allí, los xeques asumieron la responsabilidad de curarlo, pues también eran
médicos y conocían las virtudes de las hierbas. En el proceso de curación, no
escatimaron en ridículas ceremonias que acompañaban sus prácticas.
Las
insanas diligencias de los xeques no dieron frutos, pues en el transcurso de
tres o cuatro días, o del quinto, Nemequen dejó de respirar. Sus vasallos, como
era costumbre, se sumieron en un llanto prolijo, entonando endechas y cantos
tristes que narraban sus hazañas y los acontecimientos que lo rodearon.
Durante
la celebración de los funerales, se cubrían con mantas coloradas y muchos se
teñían el cabello con bija rubicunda, ya que así expresaban su luto. Estas
ceremonias se acompañaban de abundante vino de su grano, llevando a cabo
suntuosas borracheras que duraban el tiempo que correspondía a la importancia
de los ritos. Sin embargo, en el entierro de los señores, solo los xeques
acompañaban al difunto hasta la sepultura.
Esta,
mantenida en secreto y construida por sus propias manos desde que el cacique se
proclamaba heredero del Estado, se hallaba en un lugar tan oculto que ni
siquiera un ser viviente podía encontrarla, y mucho menos el propio dueño para
quien se hacía. Algunas tumbas se ubicaban en bosques y espesuras, otras en
altas sierras, y algunas veces se ocultaban en áreas con agua, derivada de ríos
o lagos, siendo estas las más disimuladas. A pesar de estas precauciones, la
codicia de los españoles a menudo las rastreaba, y cuando encontraban oro, rara
vez podían asegurarse de que quedara a salvo de las manos avariciosas.
Así,
de lo que extraen de los muertos, algunos vivos suelen resucitar, especialmente
si las sepulturas pertenecen a reyes y caciques principales, donde hay riquezas
para henchir las manos. Estos sepulcros son muy profundos y en la parte más
baja se colocan a los reyes, en lo que llaman "duhos" asentados, que
a menudo están hechos de oro, decorados con lujosos ornamentos, como mantas y
joyas, junto a armas defensivas y ofensivas, como brazales, petos y morriones
de los metales más valiosos.
Con
frecuencia, de los hombros cuelgan mochilas del ayo y poporos, llenos de vino y
otros elementos que suelen ser parte de su mantenimiento. Una vez cubiertos con
una capa de tierra, se coloca sobre ese lecho funerario a las mujeres
desdichadas, las que más amaban, sepultándolas vivas, y las cubren con otra
capa de tierra. Encima de ellas van los esclavos que mejor les servían, también
vivos, sobre quienes cae la última capa de tierra que cierra el lúgubre y
odioso sepulcro, donde ninguna capa está exenta de oro.
Para
que las mujeres y los miserables esclavos no sientan su muerte, antes de ver la
cueva monstruosa, los xeques les dan ciertos bebedizos de tabaco y otras hojas
del árbol que llaman borrachera, en su común bebida disfrazados, de modo que no
les queda nada de sentido para percibir su infortunio.
Otros
ritos habrá en relación a esto, pero por no conocerlos, no los escribiré. Sin
embargo, encontré uno que quedó registrado en los papeles del Adelantado Don
Gonzalo Jiménez de Quesada, en un cuaderno de su propia mano. Este rito
consiste en poner cruces sobre los sepulcros de aquellos que murieron a causa
de heridas de víboras y serpientes ponzoñosas.
Respecto
a este asunto, ninguno de ellos sabe a ciencia cierta por qué se pone esta seña
y no otra, para indicar que el difunto falleció por picadura de culebra, ya que
podrían haber colocado una figura de serpiente que lo explicara de manera más
clara. No obstante, la dignidad incomparable de esta preciosa planta
resplandece incluso entre quienes ignoran su misterio, pues sin entender el
propósito, logran discernir que su fruto fue la medicina con la que fuimos
curados de la mordedura del antiguo dragón, perseguidor de la humanidad.
Hechas,
pues, las infames ceremonias en este funeral del Nemequene, los príncipes y
xeques se reunieron para designar al sucesor, que no puede ser hijo, sino
sobrino, es decir, el hijo de la hermana. En ausencia de un sobrino, el hermano
del Señor es el heredero, siendo preferidos aquellos de mayor antigüedad.
Desde
muy niño, al que ha de ser sucesor lo mantienen en un templo, recluido,
dedicado a continuos ayunos y vigilado por guardianes. En esta reclusión
prolongada, no tiene contacto con el sol, no puede comer nada que lleve sal ni
conocer mujeres, entre otras abstinencias impuestas. Si por alguna razón
transgrede estas normas, queda incapacitado para el señorío.
No
solo es desaprobado, sino que es considerado un hombre vil, infame y fementido.
Por esto, le exigen un juramento, con maldiciones que le amenazan si no revela
cualquier falta cometida contra las observancias que le han indicado. Si se
demuestra que es libre de culpa, se le recibe con gran solemnidad, haciéndole
sentar en una rica silla guarnecida de oro y esmeraldas, y colocándole una
corona preciosa, hecha del mismo material, que simula un bonete, cubierta con
sus telas más finas.
Después
de tomar juramento de que será rey de buen gobierno, tal como lo fueron sus
antecesores, y de que protegerá sus tierras y vasallos de cualquier agravio y
molestia, los presentes hacen un juramento de obediencia y lealtad hacia él. En
reconocimiento, cada uno le ofrece una joya.
Se le
presentan abundantes venados, conejos, coríes, perdices, palomas, tortolillas y
otras aves para el abastecimiento de las fiestas y grandes celebraciones que se
llevan a cabo. Se le designan nuevos oficiales que le asistan en el gobierno de
su casa, y se le ofrece una mujer que sea acorde a su generosidad y hermosura,
digna de los méritos de su esposo. Aunque posteriormente él puede tomar cuántas
desee, esta es la preferida y la de mayor rango. Si ella muere, la segunda en
importancia ocupa su lugar en la jerarquía. Este orden se mantiene desde los
señores hasta los de más bajos estados.
Mas es
importante destacar una costumbre que tienen cuando muere la señora principal
que gobernaba la casa. Esta puede ordenar a su marido que no tenga relaciones
carnales dentro del término que ella le señale; sin embargo, la ley establece
que no puede extender su castidad más allá del quinto año, y menos de lo que la
difunta desearía. Así, mediante ruegos, regalos, buenas acciones y tratamientos
que el marido le ofrece desde el inicio de su matrimonio, puede lograr que se
le disminuya todo lo posible el tiempo estipulado para la continencia.
Al
final, tras la muerte de Nemequene, su sobrino Thisquesuzha quedó como sucesor
en el Estado. Este, a su vez, era cacique de Chía, de donde se dice que
proviene el rey de Bogotá. Así, antes de disfrutar del primer señorío, debe
comenzar en Chía. Este nuevo cacique, según lo que oyeron los españoles,
mostraba en su persona alta disposición, gallardía y una gravedad de rostro
bien compuesta, reflejando la dignidad y el mando que poseía sobre los demás
reyes de la tierra.
Los
Estados, aunque se les transmitieran por herencia, no podían ser disfrutados
sin la confirmación y aprobación del rey de Bogotá. Por ello, los príncipes que
heredaban algún Estado, tras tomar posesión de acuerdo con sus leyes, acudían
con valiosos obsequios a Bogotá para la confirmación de su cacicazgo. Al
regresar, autorizados con aquel sello, sus vasallos salían a recibirlos en el
camino con presentes y a ofrecer felicitaciones por las mercedes que les había
concedido el gran Cipa.
Desde
entonces, los caciques eran obedecidos de tal manera que ninguna nación en el
mundo había tenido tal respeto y obediencia hacia su señor. Sin embargo, en
este tiempo ya no sucede lo mismo. Tras la llegada de nuestra gente, los
caciques son mal obedecidos, incluso en asuntos que no pueden evitarse, y ellos
se ven obligados a cumplir con los mandatos.
Los
súbditos, por su mala inclinación y su carácter haragán, apenas generan riqueza
de lo que les mandan, lo que provoca que los caciques enfrenten cárceles y
prisiones por la falta de tributos a tiempo. Esto se debe a la desobediencia de
aquellos que están bajo su mando.
Parece
que un remedio eficaz sería que, al vacar algún estado de estos, los indios,
conforme a su costumbre, aceptaran en él al heredero, quien debería ser
confirmado por la real Audiencia mediante alguna ceremonia que hiciera público
el reconocimiento de su autoridad como cacique, respaldado por el Rey de
España. Esta sería una acción de gran importancia, ya que así tendrían más
respeto por él, como antes sucedía, pues solían sentir profundamente la muerte
de un señor sin heredero, ya que esto dejaba vacío el derecho sucesorio del
cacicazgo. En tales ocasiones, Bogotá asumía la responsabilidad sin que ellos
hicieran esfuerzo alguno por elegir un nuevo líder.
Sin
embargo, el proceso de elección era particular: se buscaban dos hombres de buena
apariencia, de buena casta y nativos de la provincia. A estos se les mandaba
desnudar, exponiendo todas sus partes en una plaza pública. Allí, en medio de
ellos, se encontraba una graciosa ninfa vestida únicamente con lo que le otorgó
la naturaleza. Cuando ambos se acercaban al atractivo de la dueña, cualquier
alteración libidinosa mostrada por alguno de ellos era desechada de inmediato,
considerándolo un hombre de poca vergüenza y sin capacidad para gobernar. Si
ambos mostraban tales inclinaciones, quedaban fuera de la selección, y otros se
preparaban para la prueba, buscando finalmente a uno que mantuviera sus
genitales tranquilos y bajo control.
Este
quedaba con el señorío y el sucesor perpetuo del estado, siendo favorecido por
Bogotá, quien creía que lo que más desconcierta a un gobernante son las
inclinaciones sensuales. Para la defensa de las tierras, convenía que los
hombres fueran continentes, ya que las artimañas de las mujeres podían llevar a
la distracción y la falta de atención, incluso a veces a la cobardía.
Este
pensamiento nunca se mostró en Thisquesuzha hasta que se vio colocado en el
potente reino de su tío. Al asumir el mando, propuso vengar la muerte de
Nemequen y, para llevar a cabo su plan, convocó a sesenta mil guerreros,
acompañados de los preparativos necesarios. Mientras avanzaban hacia Tunja con
la determinación de acabar con las continuas disputas, no se enfrentaron a la
gran potencia del enemigo, que igualaba en número, sino que se encontraron con
ciento sesenta peregrinos, flacos, debilitados y carentes de apoyo humano. Sin
embargo, con la fuerza de Dios de su lado, a cuyo poder todo se hace llano,
lograron avanzar por esta tierra.
Al
entrar, se puso fin a las guerras intestinas y comenzaron otras nuevas. Quiero
dar noticia de estas, comenzando desde el momento en que nuestros españoles
mejoraron sus pies en tierra firme, lo cual ocurrió cuando salieron al
territorio del cacique llamado Sacre, donde hoy se encuentra la ciudad de
Vélez. Los acontecimientos que sucedieron en ese viaje hasta llegar allí están
registrados en la segunda parte de mis cantos, a la que remitimos a los
lectores que no se desanimen por ver hechos desnudos de vanas ficciones.
***
Canto
segundo
Aquí
se narra cómo el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, tras salir de las
montañas hacia el territorio donde hoy se encuentra la ciudad de Vélez,
continuó su camino descubriendo grandes poblaciones hasta llegar a Bogotá, así
como los sucesos que ocurrieron en el trayecto.
Después
de que el valiente licenciado Don Gonzalo Jiménez de Quesada salió de la
clausura de los montes y disfrutó de la tierra firme con aquellos heroicos
compañeros que lograron escapar de infortunios, hizo un recuento de los hombres
a su lado y encontró que solo eran ciento sesenta y seis. Entre ellos, se
hallaba uno llamado Johan Duarte, cuyo juicio se había perdido por haber
intentado satisfacer su rabiosa hambre con un manjar grotesco y repugnante: la
carne de un sapo terrestre. Desde ese momento, quedó completamente loco, sin recuperar
jamás su buen juicio, que ya era escaso antes de cometer tal aberración.
Sin
embargo, de los demás hombres que quedaban, cada uno de ellos podría ser el
protagonista de una historia substancial, ejemplificando virtud y valor. Entre
los capitanes destacados que acompañaron a Quesada en su travesía se
encontraban Gonzalo Suárez Rendón, Juan de Céspedes, Juan de San Martín, Antón
de Olalla, Balthasar Maldonado, un Lebrija, y el singular Antonio, descendiente
de un ilustre linaje. También figuraban Juan Albarracín, Lázaro Fonte, Gómez
Corral, y Gonzalo García, conocido por el sobrenombre de "Zorro", así
como Jerónimo de Insa, quien fue capitán de los macheteros.
En
otras partes de mi relato, mencionaré a más de estos hombres, cuyas hazañas son
igualmente destacadas, como Gómez de Cifuentes, Domingo de Aguirre, Pero Núñez
de Cabrera, Francisco Salguero, Macías, primer conquistador de Santa Marta,
Paredes Calderón, Cristóbal Roa, el noble Pero Bravo de Ribera, Diego Montañés,
Miguel Sánchez, Pedro de Madrid, Juan Valenciano, Antonio de Castro, un
lusitano, y Juan Rodríguez Gil. Otros nombres que también merecen mención son
Juan de Quincoces, Miguel Gamboa, Juan Rodríguez Parra, y el capitán Bartolomé
Camacho, cuyo destino, al momento de escribir esto, Lachesis había sellado,
pero con una muerte digna y acorde a su vida.
Merece
también ser recordado Pero Ruiz Corredor, quien podría rivalizar con cualquier
hombre en valor, y uno de treinta en quien el erudito licenciado depositaba su
confianza. Sus opiniones en las consultas siempre resonaban favorablemente en
los oídos del licenciado. Entre ellos estaban Pero Ruiz Herrezuelo, y los tres
hermanos Santana: Antón, Diego y Fernando; así como Francisco Rodríguez, Juan
López, Alonso de Aguilar, Pero Rodríguez de Carrión, Mantilla de los Ríos, Juan
de Torres, el padre de Don Diego, un mestizo perseguido sin justicia, Francisco
de Silva, Pero López de Monteagudo, Juan de Salamanca, y Juan de Chinchilla.
Dejo a
otros para una ocasión más propicia, ya que en este momento mi intención es
destacar estos nombres, reconociendo que todos ellos tienen herederos en este
pueblo donde resido. Deseo que quienes disfrutaron de los frutos de sus
heroicos actos y trabajos hereden la lealtad y firmeza que mostraron en el
servicio real todos aquellos que entraron en esta tierra con este fiel y
valioso letrado.
Una
vez que el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada reunió a sus hombres en el
asentamiento del cacique Sacre, se dirigió a ellos con su habitual elocuencia y
energía. En medio de aquel ambiente, comenzó su discurso:
"¡Oh,
fuertes atletas y valientes hombres! Es la gran bondad de Dios quien nos ha
permitido liberarnos del mal que solía agobiarnos. Por ello, compañeros, quiero
felicitaros por la buena fortuna que nos acompaña, pues estas tierras y sus
riquezas han hecho ciertas nuestras esperanzas.
"Observad
la multitud de naturales que nos rodean, con sus graciosas y apacibles
apariencias. Son claras y evidentes señales de que estamos en una tierra de
nobles influencias, fértil y rica en metales, y llena de otras cualidades que,
cuanto más las contemplo, más satisfacen mis deseos.
"Todo
lo que veis son llanuras despejadas, despojadas de montañas y cerros. Sobre la
tierra brilla el oro, un signo del valor de estas bárbaras campañas. Pero hay
mucho más por descubrir en las entrañas de esta tierra, tanto de los veneros
ocultos como de los sepulcros de los muertos.
"Hemos
dejado atrás el camino penoso, plagado de zozobras mortales, y hemos llegado
aquí, gracias a quien, después de Dios, nos otorga la salud. Ahora, quisiera
que, junto con los hombres que aún nos quedan, pusiéramos manos a la obra y
procediéramos con sensatez a descubrir ciudades y secretos.
"Conozco
bien que todos compartimos este mismo deseo, como quienes han superado grandes
abismos de dificultades que son indignas del olvido, pero dignas de ser
recordadas con una trompa heroica que el tiempo no corrompa.
"Y
no es sin motivo que celebramos los epinicios y renombres que suelen otorgarse
a los invencibles, proclamando que fuisteis más que hombres, porque hicisteis
más de lo posible. Protegisteis vuestros nombres para la perpetuidad
inextinguible, arriesgando cada uno de vosotros vuestra vida al servicio de la
real corona."
Con
estas palabras, Quesada no solo buscaba inspirar a sus hombres, sino también
cimentar su legado en la historia, resaltando el valor y la determinación que
habían demostrado en su travesía.
"Pero
tanto trabajo, tanto luto, tantas pérdidas en nuestro bando, tanto dolor que
nos hace sentir vulnerables, tantas calamidades enfrentando, entended que será
de poco fruto si no contamos con lo que esta tierra nos está mostrando. Sin
embargo, al disfrutar de sus beneficios, perfeccionáis vuestros grandes logros.
"Así
que, invencibles compañeros, sigamos la fortuna que nos llama para que todos
seamos herederos de una próspera riqueza y de eterna fama. Esa fama, si se
alimenta con dinero, se derrama por ambas partes; pero sin él, no solo quedará
oculta, sino que cualquier hazaña quedará en el olvido.
"No
temáis la guerra cuando veáis un gran tumulto de gente, porque lleváis la
bendición de Dios como garantía. Él nos ha mostrado un terreno tan oculto donde
Su santa ley puede extenderse y los cultos perniciosos pueden ser desterrados,
iluminando sus oscuridades con la luz de la fe católica.
"No
digo que solo un pequeño número de hombres sea suficiente, pero podemos hacer
mucho con pocos que sean buenos. Sabéis bien que un pequeño grupo que actúe con
rectitud vale mucho más que una multitud de torpes y confusos. Así, unas pocas
y bien entrenadas lanzas pueden vencer fuerzas descomunales.
"El
poderoso Jerjes tuvo, según dicen los autores, un ejército tan vasto que jamás
se había visto en poder humano. Sin embargo, fue vencido por los espartanos con
tan solo cuatro mil soldados. Aquí, la destreza superó la pura grandeza
numérica.
"Y
no es muy diferente lo que ocurrió con el emperador Carlos Quinto, quien salió
victorioso de una batalla contra el ejército otomano, que, a pesar de su gran
número, se vio obligado a huir ante el príncipe cristiano."
Con
estas palabras, Quesada instaba a sus compañeros a reconocer el valor de la
estrategia y la valentía sobre la mera cantidad, recordándoles que, incluso en
la adversidad, la fe y la determinación podían llevar a la victoria.
"No
sin gran perdición y un amargo final para muchos de la escítica ralea, así como
la quiebra del honor y del extenso poder que domina todo Oriente; pero Dios,
que se encarga de pelear por quienes luchan por Él, nos brindará su favor, y
así también compartiremos la bendición de aquel invicto Marte.
"El
solo nombre del Atlante, el invictísimo Rey de las Españas, de quien somos
vasallos, es suficiente para someter a las gentes más extrañas. También quiero
destacar vuestras propias proezas y hazañas; si consideráis lo que habéis hecho
hasta ahora, juzgaréis que lo que queda por hacer es menor en comparación.
"Con
esta confianza bien fundamentada, que no puede fallar ni ser en vano, os
propongo que, para conocer a esta gente, nos preparemos para mañana. No lo
haremos con mano sangrienta ni molesta, ni como quienes van en busca de lana,
sino como guerreros que anticipan su tiempo.
"El
buen orden siempre ha sido una estrategia segura, y debemos estar atentos a lo
que pueda suceder. Sin embargo, como no parece que esta gente sea dura, y
piensan que debemos ser portentos, será mejor atraerlos con suavidad, evitando
el uso de términos sangrientos, hasta que hayamos ganado su amistad y los
rindamos a nuestra voluntad.
"No
sería conveniente comportarnos como cazadores torpes. Si descuidamos la caza
que se alimenta en el herboso cerro y, en lugar de camuflarnos como ciervos,
nos presentáramos como perros, podríamos terminar haciendo ruidos de leones.
Este sonido ajeno podría alertar a quienes pretendemos cazar, dejándolos sin la
cena que esperaban y con la pena de haber sido mal advertidos. Así, podríamos
encontrarnos en un hogar lleno de nidos vacíos, porque al percatarse de que
vamos a contiendas, habrán puesto a buen recaudo sus pertenencias.
"Por
lo tanto, por múltiples razones y mientras nadie se desmadre, es conveniente
mantener la calma con estas gentes y actuar con mano blanda. Pensar en someter
a una banda tan numerosa y extendida sería la confianza de un hombre loco. Lo
mejor es avanzar paso a paso."
En conclusión,
mi principal objetivo es que, cuando nos ofrezcan la paz, tengamos un
miramiento cauteloso, evitando tomar más de lo que nos den. Sin embargo, con
aquellos que deseen el conflicto y se acerquen con indignación, debemos actuar
con firmeza, para que el temor les frene y comprendan que unos pocos pueden ser
mejores que muchos.
Así
habló, y la noble compañía, cuyo valor se puede comparar con lo más esencial,
reconoció la autoridad de su caudillo y se comprometió a seguir el plan y el
acuerdo propuestos por él, como siempre lo habían hecho. Este compromiso se
mantuvo firme hasta llegar a este punto, gracias a la discreción y al coraje
que nunca se rindieron ante los duros desafíos del viaje.
Al
acercarse el silencio de la noche, se estableció el orden de la vela y cada uno
de ellos se retiró a su rancho para preparar sus armas, esperando la llegada de
la nueva luz del día.
Cuando
los míseros mortales gozaban de esa luz y se ocupaban en sus habituales
quehaceres, los flacos peregrinos entregaron sus armas. No portaban los
cóncavos cañones que escupen con calor el pardo plomo, creando un aterrador
estruendo, como aquel que intentó engañar a la humanidad con mentirosos
truenos, pretendiendo ser adorado como un dios. En cambio, llevaban solo lanzas
en las manos y espadas oxidadas, avanzando a paso firme y descubriendo una
multitud asombrada al ver a estos extraños hombres en su tierra.
Más
aún, al observarlos cabalgando, se asombraban al pensar que eran como los
rubígenas biformes, que en un solo cuerpo ostentaban dos figuras. Así se fue
extendiendo por la tierra esta monstruosidad imaginada, hasta que unos decían a
otros que volaban por los altos aires, como el alígero Pegaso. Si algún
indígena los veía repentinamente, sin comprenderlos, se dejaba caer al suelo,
desalentado, apretando el rostro contra la tierra. Otros, paralizados y
asombrados, quedaban sin sentido, como si hubieran visto la cabeza de Medusa.
Así,
avanzaron hasta llegar al río conocido por los indígenas como Sarabita, y que
en nuestra lengua se traduce como "de aquí sale". Desde entonces, el
río ha sido llamado de Suárez, en honor al capitán Suárez, quien, gracias a su
diligencia y con la ayuda de los soldados de su rancho, logró salir vivo de un
peligroso trance mientras era arrastrado por la corriente.
Este
río es furioso, y muchos, tras la fundación de la ciudad española de Vélez,
perdieron la vida en su forzado paso, tanto indígenas como españoles. Hasta que
el buen Doctor Venere y el previsor Juan López de Cepeda, hoy presidente en
Charcas, mandaron construir un puente de madera cuyas estructuras están
reforzadas con calicanto, una obra necesaria que ha salvado a innumerables
viajeros de la muerte.
Por
tanto, los habitantes de la región pudieron haber defendido fácilmente el paso
a los descubridores, que se encontraban en una situación precaria. Sin embargo,
les faltó valor y determinación, y así las aguas del río extendieron su dominio
sobre el paso durante algunas horas. Tras este tiempo, llegaron a un pueblo
llamado Ubaza, aunque el nombre quedó relegado a la quebrada circundante, pues
de la aldea ya no quedaba nada.
Los
vecinos habían huido de sus casas, aterrorizados por la llegada de los
extranjeros, pues la fama los precedía, asegurando que devoraban a la gente y
que la carne humana era su principal alimento.
Sin
embargo, hubo otra experiencia que les resultó más placentera: al llegar,
encontraron ocho venados muertos y desollados, un obsequio muy valioso,
especialmente al darse cuenta de que no faltaba caza en la región. Efectivamente,
la abundancia de venados, corzos, conejos, palomas, tórtolas y perdices, que
parecen codornices, era notable, especialmente en aquellas tierras templadas.
Pasaron
la noche en ese lugar y, al día siguiente, se adentraron en las grandes poblaciones
de Sorocotá, que se encontraban completamente desiertas. El temor de los
habitantes vecinos aún persistía, a pesar de que las casas estaban repletas de
maíz, frijoles y turmas, unas raíces redondeadas que se siembran y producen
tallos ramificados con hojas y raras flores de un color púrpura atenuado. Las
raíces de esta hierba, que pueden alcanzar hasta tres palmos de altura, están
ancladas en la tierra y son del tamaño de un huevo, algunas redondeadas y otras
alargadas. Presentan colores blancos, morados y amarillos, y su textura
harinosa es de buen gusto, lo que las convierte en un regalo muy bien aceptado
por los indígenas e incluso en un manjar para los españoles.
Como
encontraron abundante alimento y mucho grano para los caballos, se detuvieron
allí tres o cuatro días, lo cual no estuvo exento de incomodidades. Muchos de
los hombres, deseosos de avanzar, se sintieron tan adoloridos de los pies que
apenas podían moverse, sufriendo una comezón intolerable sin comprender la
causa de su malestar. Entonces, algunas indígenas, que no hablaban su lengua,
intentaron ayudarlos a través de gestos, extrayendo con las puntas de sus topos
(gruesos alfileres que utilizan para sujetar sus vestimentas, dejando al
descubierto solo los brazos) unas abominables sabandijas que comúnmente
llamamos niguas. Estas minúsculas pulgas se introducen entre la piel y la
carne, donde, al alimentarse, crecen hasta alcanzar el tamaño de un garbanzo,
reproduciéndose y extendiendo su prole por las plantas de los pies.
Así,
observamos a algunos indígenas y africanos, sucios y descuidados, que dejaron
que las niguas se encarnaran en sus cuerpos de tal manera que, al tardar en
remediarlas, algunos perdieron incluso dedos de los pies. Sin embargo, nuestros
españoles pronto se recuperaron, regresando a su andar habitual. Una vez que
comprendieron el misterio, entraron en las casas deshabitadas con el cuidado
que les convenía.
En
efecto, comenzaron a buscar a los vecinos dispersos por diferentes lugares y
lograron capturar a cerca de cuatrocientos hombres, mujeres y niños. A estos
les ofrecieron garantías, manifestando que no venían a hacerles daño, sino a
establecer la amistad. Así, dejaron a muchos en sus hogares y llevaron consigo
a otros, como era su costumbre desde que adquirieron la fuerza para hacerlo.
Pocos son los que hoy en día no se aprovechan de las cargas ajenas, y
consideran una gran ventaja poseer yeguas y potros para facilitar el transporte
de mercancías.
Dejando
atrás las poblaciones de Sorocotá, descendieron al pueblo circundante conocido
como Turca, al que llamaron "Pueblo Fondo" por estar rodeado de altas
lomas y hallarse en un profundo valle. Allí también tomaron gente y obtuvieron
una gran cantidad de telas de lienzo o mantas, así como algo de oro y
esmeraldas, un primer indicio que les incentivó aún más a explorar los secretos
de la tierra.
Así,
al día siguiente se partieron hacia Guachetá, un pueblo poderoso, al que
decidieron llamar San Gregorio por coincidir con el día de su llegada. La gente
del lugar se encontraba retraída en altos riscos y peñoles, observando a los
recién llegados y sus casas. Los españoles entraron sin que se desatara ningún
furor guerrero, ya que el temor de ver a gentes extrañas y la representación de
los centauros los tenía en suspenso. Cada uno de ellos estaba más dispuesto a
valerse de sus pies que de sus manos.
Sin
embargo, al ver que los españoles entraban de manera tranquila y sin mostrar la
violencia típica de los guerreros, comenzaron a pensar que no eran tan crueles
como había difundido la veloz fama. Para averiguar con certeza cuál era su
comida preferida, enviaron a un indio y una india, ambos maniatados, junto a un
venado. Los españoles, tras comprender el mensaje implícito, repartieron la
carne del venado y liberaron al indio y a la india, indicándoles con señas que
regresaran y dijeran que no comían hombres, ni venían a causarles sinsabor
alguno. En cambio, se ofrecían a defenderlos y protegerlos de cualquier enemigo
que pudieran tener.
Los
indígenas, que estaban al acecho, recibieron este mudo mensaje y, con ello,
decidieron aceptar la paz, lo que marcó el inicio de las relaciones pacíficas
con los indios en este nuevo reino de Granada.
Al día
siguiente, por un descuido, se incendió la casa de un vecino. Antes de que la
llama se extendiera más y causara un daño mayor, los españoles acudieron al
rescate, actuando con diligencia y logrando apagar el fuego. Gracias a su
intervención, los vecinos mostraron un gran agradecimiento, y la opinión
general fue que la gente española había demostrado ser industriosa y bondadosa.
Dejando
a los habitantes de esas vecindades seguros y tranquilos en sus hogares, los
españoles se dirigieron a la ciudad de Lenguazaque, donde los vecinos, también
retirados entre las peñas, al enterarse de que eran gente amable y pacífica,
salieron a recibirlos. Les ofrecieron venados, conejos y otros alimentos
necesarios, así como muchas telas de diversos colores, útiles para su abrigo.
Este gesto fue recompensado con una clara muestra de que los españoles les eran
agradables y que siempre los tendrían por amigos.
Así
continuó el avance de los españoles hacia Cucunubá y los asentamientos del
poderoso pueblo de Suesca, donde fueron bien recibidos y hospedados. Gentes de
diversas partes acudían para verlos y llevarles lo que más abundaba en sus
hogares.
Entre
ellos, un indio que traía dos telas, al acercarse al lugar donde estaban los
españoles, se topó con Juan Gordo, un hombre de aspecto humilde pero fuerte,
conocido por su valor en los trabajos. Juan regresaba con la intención de
aprovechar la carne de un caballo que había quedado muerto no lejos de allí. Al
ver al cristiano acercarse, el indio dejó las telas en medio del camino y se
apartó a una breve distancia, como si quisiera hacerle un favor al español.
Sin embargo,
Juan Gordo, pensando que el indio le ofrecía las telas como un gesto amable,
recogió lo que había dejado sin saber que era un aviso de su inminente muerte.
Después, se dirigió hacia donde lo llevaba la tentadora golosina en
descomposición.
Mientras
tanto, un indio quejoso acudió al Licenciado, denunciando que un soldado había
tomado ciertas mantas que traía consigo. Al escuchar la queja, el Licenciado
ordenó al alguacil Villalobos que trajera a la persona señalada por el indio.
Finalmente, el alguacil logró apresar al soldado. A pesar de que el pobre
hombre se defendió sin artífice, y hubo buenas intervenciones en su favor, la
diligencia no dio frutos; con gran pesar de todo el campamento, fue condenado a
muerte natural y la sentencia se ejecutó de inmediato.
Es
probable que el Licenciado pensara que esta medida serviría de escarmiento para
los demás. Sin embargo, esta persona merecía una sanción más templada. A pesar
de su apodo "Gordo," no le valió para nada, pues como era costumbre
entre las gentes, el destino lo llevó a romper la soga por el lado más débil.
Con
esto, los españoles se dirigieron hacia Nemocón, famoso por sus fuentes
saladas, un recurso importante para los naturales de este pueblo y de Cipaquira,
que no quedaba lejos. Allí acudían de todas partes a comprar la sal que
producían, de una blancura y sabor superiores a las que había visto en otras
Indias. La sal se cocía en vasijas de barro, llamadas gachas, que estaban
diseñadas especialmente para ese propósito. Sin embargo, estas solo podían
usarse una vez, ya que la sal quedaba adherida a las vasijas; una vez que el
pan se formaba, pesando entre dos y tres arrobas o más, según la capacidad del
recipiente, no podían despegarse sin romperlas.
Al
llegar a aquella parte, los españoles descubrieron vastas y amplias llanuras,
donde se erguían grandiosas poblaciones. Se admiraban de los soberbios y
vistosos edificios, especialmente las cercas de los señores, que se presentaban
con tanta majestad que, al verlas de lejos, parecían inexpugnables fortalezas.
En honor a este asombroso paisaje, la gente decidió llamar a aquel lugar Valle
de los Alcázares.
A su
alrededor, se alzaban también altos y derechos mástiles, muchos de ellos, en la
cima, exhibían gavias que recordaban a las que llevan los barcos, asemejando su
apariencia a la de los navíos cuando se los contemplaba a la distancia. Estos
árboles y sus ramas estaban ungidos con un bitumen colorado, conocido por los
indígenas vecinos como bija.
Había
una gran cantidad de estos árboles, y su propósito lo declararé más adelante en
otro canto, pues en este momento, al encontrarnos cerca del rey de Bogotá,
quiero dedicar un nuevo comienzo a celebrar lo que sucedió a nuestros españoles
en su valle.
***
Canto
tercero
En el
relato que sigue, se narra cómo, al salir los españoles de Cipaquirá, se vieron
sorprendidos por un ataque de unos quinientos o seiscientos indios, quienes los
acometieron con gran furia. Este primer momento de espanto, que sienten
aquellos que no están acostumbrados a lo extraño, se desvaneció poco a poco a
medida que sus miradas se mantenían fijas en los jinetes. Los indios, al
reconocer que el caballo y su jinete eran dos entidades distintas, comenzaron a
perder el temor inicial y a especular que los hombres eran simplemente otra clase
de venados, mortales y sujetos a miserias, en vez de seres inmortales.
La
causa de su valor radicaba en la visión de algunos españoles, como Juan Gordo,
que, al estar macilento y exhausto, disipaba la imagen de invulnerabilidad que
los indios habían formado. Confiados en su fuerza y determinación, algunos
principales indios decidieron comprobar cuán fuertes eran estos pocos
forasteros que llevaban consigo un largo carruaje y un considerable número de
sirvientes, lo cual presumieron era un mandato del rey Bogotá, a quien servían.
Así,
un grupo de más de quinientos indios, bien armados, salió en su encuentro. Para
darles valor, llevaban por delante algunos muertos, huesudos y secos, que en
vida debieron haber sido hombres afortunados en batallas, simbolizando la
fuerza necesaria para vencer. Al ver a estos guerreros caídos, los indios se
sintieron inspirados a imitar su valentía, recordando las hazañas de nuestro
valeroso Cid Ruy Díaz, cuyo cuerpo fue llevado a la guerra en reconocimiento a
sus méritos.
Este
clima de tensión y valentía se intensificó conforme los indios se acercaban,
decididos a evaluar a sus enemigos. La escena se tornó crucial, ya que tanto
los indios como los españoles estaban a punto de enfrentarse en un conflicto
que definiría el rumbo de aquellos encuentros en el nuevo mundo.
Los
indios, al ver a sus enemigos, debieron pensar de manera similar, pues se
lanzaron a la carga, llevando consigo los cuerpos de los muertos, atacando la
retaguardia donde se encontraban Juan de Céspedes, el Zorro, Baltasar Maldonado
y un tal Pinilla, junto a otros valientes jinetes y peones. Ante la embestida
de esta multitud y el primer ímpetu que los puso en una situación de defensa
urgente, los españoles respondieron con el brío que suele caracterizar a los
lebreles incitados a la caza o estimulados por su propio furor.
Los
caballos, bien entrenados y apacibles, rompieron el tumultuoso escuadrón indio,
creando un amplio camino por donde cada uno de los españoles podía avanzar. No
sólo lo lograron con las lanzas, sino también con la fuerza de los cascos de
los caballos, lo que llevó a la pronta descomposición de la falange indígena.
El campo quedó marcado con las huellas de caídos y muertos, como si una ola de
fuego recorriera la llanura, dejando a su paso una estela de destrucción.
Al
final, los indios que atacaban se retiraron, y los españoles, seguros de su
victoria, se agruparon para formar una defensa en un cercado grande conocido
como Buzongote. Sin embargo, al avistar en un cerro cercano a una gran multitud
de indígenas congregados, comprendieron que lo más prudente era dar la vuelta y
marchar hacia el campo, que avanzaba con precaución.
Don
Gonzalo, al notar la falta de atención de sus hombres, decidió tomar cartas en
el asunto. Mandó apresar a los que habían perseguido a los indios, pero al
darse cuenta de que eran hombres de importancia, en quienes confiaba para
futuras empresas, y al ver que nobles hombres intercedían, optó por llamarlos
ante sí. En ese momento, con firmeza y autoridad, los reprendió por su
imprudente conducta, recordándoles la importancia de mantener la disciplina y
el orden en medio de la batalla.
Esta
advertencia puede parecer dura, amigos míos, dado quiénes sois y quién os
apadrina; sin embargo, debéis entender que tales desvaríos no tienen cabida en
la disciplina guerrera. Como bien podéis observar, los enemigos son numerosos,
mientras que nuestros efectivos son escasos; en territorios de bárbaros tan
llenos y apartados, podríamos encontrarnos en desventaja.
Fácilmente
se puede romper una vara, tanto por el medio como por los extremos; pero es
evidente que no se pueden quebrar muchas juntas sin división. Este principio se
manifiesta claramente en hombres bien unidos y organizados.
En la
práctica militar, ocurren varios sucesos por no evaluar adecuadamente la
situación; la confianza excesiva puede resultar perjudicial, así como la falta
de consideración hacia el enemigo. La guerra se sostiene con orden,
precauciones y avisos necesarios, y quien se aparta de ello, aunque tenga éxito,
a menudo paga con su vida.
Es
bien conocido que el valerosísimo tebano Epaminondas mató a su propio hijo al
regresar victorioso, por haber actuado sin orden y dejarse llevar por su ardor
juvenil y vanidad. Lo mismo ocurrió con Manio Torcuato y otros de los que se
guarda buena memoria.
No
obstante, mi intención no es más que enmendar lo que pueda suceder en el
futuro. Quiero que ningún caudillo pretenda salir del orden que yo establezca;
de lo contrario, el castigo será severo, sea quien fuere, porque la imprudencia
de uno puede costarles la vida a muchos.
Sé que
sois hombres singulares y tenéis habilidades excepcionales; sin embargo, en
estos asuntos militares, aunque yo no sea un veterano, también tengo mis
propias experiencias. Por eso, junto a los hombres más experimentados, he
decidido que nunca se haga nada sin consulta.
Bien
veo que la cólera, una vez desatada, rara vez escucha a la razón; cuanto más
intensa está, menos tiempo tarda en llevar a cabo sus acciones. Sin embargo,
bastaría con ponerlos en fuga, sin desproteger la retaguardia. Pero, ya que se
ha hecho, mi queja cesa al no ver más la causa de ello.
Al
escuchar las palabras del Licenciado, los hombres quedaron convencidos y
satisfechos, y aquella noche, junto con los capitanes, el mismo Licenciado
levantó la vela. Y cuando la mañana comenzaba a mostrar su rubicundo rostro,
los caballeros y peones se prepararon para conquistar el cercado donde se
habían retirado los Uzaques, quienes habían iniciado el ataque. Todos ellos
eran caballeros en quienes el Rey confiaba su vida.
En ese
momento, el Rey se encontraba dentro del cercado, y al ver que sus hombres
regresaban derrotados, abandonó rápidamente la fortaleza. El cercado estaba
situado en un amplio llano, robusto y extenso, hecho de cañas entrelazadas de
manera singular, tan compactas que solo el fuego podría dañarlas.
La
altura del cercado era de tres tapias, con gruesos mástiles en intervalos;
sobre él había un toldo que se extendía cinco varas de ancho y todo lo largo
que rodeaba el cercado, lo que sumaba dos mil varas de tela, tan densa que
ofrecía protección contra el agua y los rayos del sol. Dentro había grandes
cosas, vistosas y bien construidas, con las paredes decoradas de carrizos
limpios, enlazados con hilos de diferentes colores.
Todas
estas casas estaban llenas de municiones y provisiones: macanas, dardos,
hondas, tiraderas, maíz, frijoles, carnes secas y otros preparativos para la
guerra. Como mencionamos, los Uzaques ya tenían hombres preparados contra Tunja
en ese mismo tiempo, mientras que los nuestros izaban sus banderas en su
tierra.
Sin
encontrar impedimentos, se hicieron dueños del cercado y de lo que había en su
interior, donde se alojaron a su gusto, disfrutando de aposentos tranquilos y
de la comida a discreción. Sin embargo, todo les parecía insípido, pues no
hallaban rastro de riqueza, a pesar de la gran noticia que traían sobre la
abundancia del rey.
El
alimento que compraban antes, a cualquier precio que se les pidiera, sin
escatimar la sangre de sus venas, resultaba escaso; y un puñado de maíz tostado
era una gran suerte para el más gallardo. Así, con el estómago vacío, estaban
algo melancólicos, pensando en alcanzar mayores alturas; esta es la condición
de los hijos de este siglo, en quienes, si un hambre se apacigua, siempre queda
otra viva.
Las
andas se encontraron solo en que este rey se movía, pero estaban vacías, sin
guarniciones de oro; era madera, muy lejos de lo que deseaba. Sin embargo, al
reconocer que este lugar era una casa de armas y que las residencias reales
donde vivía estaban situadas en un campo más ameno, los hombres albergaban la
esperanza de entregarse a un tesoro caudaloso, que así se decía, según la fama.
Pero
él, astuto y previsivo, comprendiendo el hambre que los afligía, se apresuró a
poner su tesoro en resguardo, de tal manera que hasta hoy ningún hombre vivo ha
tenido noticia del sepulcro donde lo dejó escondido. No me sorprendería que
incluso los esclavos que llevaban las cargas hubieran quedado muertos por el
peso.
Así,
estuvieron allí ocho días y celebraron la florida Pascua, en paz con muchos
indios de los alrededores que venían a ver a la gente nueva, trayendo
abundancia de alimentos, joyas de oro, piedras preciosas, esmeraldas y una gran
cantidad de finas telas, todas superiores a las que habían visto antes.
Pasada
ya la fiesta gloriosa, los españoles continuaron su camino, descubriendo
poderosos pueblos en los que la vista se deleitaba con la abundancia de
tugurios que parecían innumerables. Las imponentes estructuras de los grandes
cercados, bajo el mando de sus gobernantes, eran laboriosos edificios de paja y
madera, curiosamente construidos.
De
cada cercado surgía una niveladísima carrera, que se extendía a lo largo de
media legua, lo suficientemente ancha para que dos grandes carretas pudieran
transitar sin estorbo, rectas y sin desviaciones. Aunque se encontraban en
lomas, su alineación se mantenía correcta. Estas vías, que hoy en día aún se
señalan, servían en su tiempo para celebrar las fiestas que les eran
habituales, con una variedad de entremeses, juegos y danzas, al son de sus
agrestes caramillos y rústicas cicutas y zamponas.
Cada
participante mostraba sus riquezas con ornamentos de plumajes y pieles de
diversos animales; muchos llevaban diademas de oro fino y medias lunas
características. Al llegar al final de la carrera, hacían ofrendas a sus
ídolos, a menudo con derramamiento de sangre humana. Colocaban sobre las
garitas de los mástiles, de los que hemos hablado, a algún esclavo vivo y
amarrado, al que arrojaban dardos afilados. Al pie del mástil, muchos colocaban
escudillas, de las cuales la sangre del desafortunado paciente era recibida.
Los
dueños de las vasijas ofrecían esa sangre al torpe santuario con sus ceremonias
ridículas, y una vez concluido el ritual, regresaban por la misma carrera,
continuando sus juegos hasta llegar a la casa del cacique, desde donde
comenzaba el festejo. Este, a su vez, los despedía con favores, alabando sus
buenas invenciones, juegos y regocijos.
Los
españoles, continuando su camino, llegaron al pueblo de Chía, considerado el
origen y principio del imperio del rey de Bogotá. Allí se detuvieron poco
tiempo, ya que se encontraron con los dos Señores, conocidos como Suba y Tuna,
quienes salieron a recibirlos con rostros alegres y sinceras muestras de
hospitalidad, adornados con joyas de oro y esmeraldas.
Tras
llegar a su pueblo, los conquistadores fueron alojados en aposentos bien
decorados, y aunque recibieron regalos, no se dejaron llevar por la paz
aparente. La fama de la grandeza y riqueza del gran señor a quien estos indios
obedecían no les permitía descansar mucho, ya que estaban ansiosos por comprobarlo
con sus propios ojos.
Así,
al día siguiente, comenzaron a descubrir la majestad de los cercados y casas
del Señor, cuya grandeza hacía insignificantes las construcciones pasadas y las
moradas de los bogotaes en comparación con los demás edificios comunes. Esta
magnificencia avivó aún más sus deseos de avanzar, con el ánimo de tomar las
puertas del alcázar con una carrera tan veloz que parecía un vuelo.
Eran
como aves rapaces que, con ímpetu furioso, descendían tras su presa. Sin
embargo, en el momento de intentar la captura, el tímido conejo se ocultó bajo
las ramas espesas de un arbusto cercano, lo que resultó en un obstáculo para el
águila real y la dejó sin cebo. De esta manera, los españoles se encontraron
sin provecho, ya que el gran Señor se había retirado a un bosque secreto,
dejando su casa y las demás sin nada de lo que pudieran apropiarse, sin rastro
ni indicios de tesoro en el notable pueblo.
A
pesar de la ausencia de riquezas visibles, había en el pueblo una multitud de
santuarios públicos, así como alcancías o cepos donde los indígenas depositaban
sus ofrendas. En estos santuarios, se distinguían dos tipos de gazofilacios:
uno, que era una imagen hueca de barro mal proporcionada, con una abertura en
la frente para recibir joyas de oro y figuras de diversos animales. Esta
abertura se cubría con un bonete hecho del mismo material, similar a los que
utilizan muchos indios, algunos redondos y otros con picos, parecidos a los de
los clérigos cristianos, pero tejidos con hojas de palmas. Algunos bonetes
tenían en la parte superior un pequeño adorno de grosor de un dedo, con una
longitud de seis o siete.
En los
santuarios, los indígenas también contaban con ciertas vasijas colocadas sobre
la tierra, con el cuello apenas descubierto, apenas visibles, por donde se
introducían las joyas y preseas que ofrecían. Cuando estas vasijas se llenaban,
los xeques las enterraban en lugares secretos, reemplazándolas por otras
nuevas. Después de que la tierra se trabajaba más, la codicia de las gentes
revelaba algunos de estos escondites, permitiendo que algunos mejoraran sus
vestimentas y cambiaran su suerte, a quienes la fortuna les favorecía al
guiarlos hacia bienes ocultos, apartados de los usos comunes que la naturaleza
había dispuesto.
Sin
embargo, en aquella época, reinaba la ignorancia, y se ponían velos sobre los
ojos, impidiendo que se vislumbraran los grandes secretos que yacían en las
cavernas de la tierra. Aparentemente, la bondad de estas provincias se limitaba
a su fertilidad y abundancia de productos necesarios para la vida, siendo, sin
embargo, paupérrimas en plata y oro. Las muestras de riqueza que se habían
visto antes eran consideradas meras vías de rescates y contratos, y así, solo
buscaban reformarse en esos asientos apacibles.
Una
vez pasadas las aguas del invierno, planificaban avanzar en su conquista en
busca de regiones más ricas. Pero los bogotaes, al darse cuenta de que la
tardanza no era cosa de pocos días y que los españoles estaban reposando en sus
tierras, decidieron tomar el asunto en sus propias manos. Comenzaron a
asediarlos con ataques intensos y frecuentes, sin darles un momento de
tranquilidad durante el día y la noche. Sus acometimientos eran lejanos, con
tiros de proyectiles desde lejos, evitando el enfrentamiento cuerpo a cuerpo.
Sin embargo, los jinetes españoles no podían hacer mucho, ya que los indígenas
rápidamente se refugiaban en pantanos y lagunas que abundaban en los campos,
cuyas aguas cenagosas resultaban un obstáculo para los caballos.
No
eran pocas las veces que los españoles, confiando en su rapidez, quedaban
tendidos en las secas llanuras, siendo alcanzados por las piernas más ligeras
de los indígenas, antes de que pudieran refugiarse en sus guaridas. Desde esos
escondites, los indígenas lanzaban incansablemente ataques, utilizando nubes de
flechas, algunas incluso con fuego, intentando incendiar los aposentos que,
gracias a la diligencia de los españoles, se mantenían a salvo del incendio.
En
medio de estas penurias y desasosiegos, transcurrieron muchos días. Al ver la
determinación de los españoles, y bajo mandato del Rey, muchos caciques se
acercaron con intenciones de paz, trayendo consigo abundantes provisiones,
aunque sin revelar el tesoro que realmente deseaban.
En
este contexto, los más diestros entre los españoles se esforzaban por
comprender la lengua indígena. La conversación cotidiana les iluminó con el
idioma, de tal manera que muchos de ellos podían, aunque con titubeos, hacer
preguntas. Especialmente las indígenas que habían escapado de las que se habían
llevado de la costa, pues entendían con facilidad los términos de aquel
lenguaje.
Los
indígenas, por su parte, no mostraban extrañeza ante la llegada de la nueva
gente, y muchas de las mujeres, como era común, se mostraban amistosas y
dispuestas a servir, siendo además bastante intrigantes y coquetas.
Los
indios Bogotaes venían en gran número, a toda hora, para observar a los
españoles y a sus caballos. Por las mañanas y por las tardes, los jinetes
hacían carreras, mostrando la ligereza con la que esos animales se movían. Los
jóvenes indios, bien dispuestos y con gran confianza, mostraban que tenían
caballos ágiles que no dudarían en competir con cualquier rocín.
Los
castellanos, al ver la seguridad y la resolución de los indígenas, se
admiraron. Lázaro Fonte, quien podía destacarse entre los buenos jinetes,
decidido a demostrar su destreza, se dirigió a los indios y propuso un desafío,
deseando que comprendieran la diferencia que había entre los caballos y ellos,
aunque estos fueran tan veloces como las míticas figuras de Camila o Atalanta.
Subió
a un caballo zaino, que había demostrado ser bueno, y convocó a los indios a
que se presentara quien tuviese más confianza en su velocidad. Pronto un joven
indio, de gallardo porte y movimiento, se hizo paso entre ellos. Con su cuerpo
adornado por delgadas telas, estaba listo para la carrera.
Tras
marcar la distancia y dar la señal de partida, el indio salió disparado con tal
rapidez que parecía que no tocaba el suelo. Lázaro, con astucia, le dio
ventaja, permitiéndole adelantarse a media rienda, lo que provocó la alegría de
la multitud indígena, que creía haber cumplido su deseo.
Sin
embargo, cuando Lázaro Fonte vio que ya faltaba poco para llegar a la meta,
espoleó con más fuerza a su caballo, que voló con la rapidez del mítico Pegaso.
Al llegar al lugar donde el indio movía los pies con velocidad, Lázaro, ya sea
por la inercia del galope o por malicia, se abalanzó de encuentro con el indio,
no de lleno, pero de tal manera que lo hizo caer, barriendo la tierra con su
rostro, mientras Lázaro continuaba su camino hasta detenerse.
Los
indios se apresuraron a socorrer al caído, mientras varios españoles también
acudieron a ayudarlo, ofreciéndole una totuma de agua fría, un remedio que
utilizamos comúnmente tras una caída. A partir de ese momento, nadie más se
atrevió a desafiar a los caballos en una carrera.
Sin
embargo, la multitud continuaba llegando a todas horas, tanto gente común como
caciques. Estos últimos eran muy bien recibidos por el sabio general y los
capitanes, quienes les instaban a hablar con el Señor para que viniera a su
cercado y a sus aposentos, bajo la promesa de amistad inviolable. No obstante,
todos respondían que no sabían dónde se encontraba el gran Señor. Aún bajo
tortura, ninguno podía ofrecer información, ya que su lealtad hacia él era
indiscutible.
Los
españoles, sintiéndose tan sanos como si nunca hubieran padecido molestias,
seguían trabajando en la tierra. El Don Gonzalo, siempre buscando mantener a
sus hombres ocupados y alejados del ocio, decidió que Juan de Céspedes saliera
con peones y caballería para explorar las tierras que limitaban con los
Bogotaes. Con cuarenta peones y catorce caballeros, Juan se dirigió hacia el
occidente, pero no se ofrecerá una memoria particular de este viaje en este
canto, ya que se detallará con especial atención en el futuro.
***
Canto
cuarto
En
este relato se narra cómo los indios Bogotaes, con astucia y engaño, guiaron al
capitán Juan de Céspedes y a sus hombres hacia la provincia de los Panches, una
tribu conocida por su ferocidad y belicosidad. Esta historia demuestra cómo la
malicia puede ocultarse tras una aparente inocencia, y cómo aquellos que
parecen más sinceros pueden ser los más traicioneros.
Los
Bogotaes, al ser consultados por Céspedes sobre guías y porteadores para su
expedición, decidieron en secreto conducirlos hacia los temibles Panches. Esta
tribu era famosa por su fiereza, implacabilidad y por practicar el canibalismo.
Los Panches eran tan temerarios en la batalla que se lanzaban contra sus
enemigos sin miedo alguno, cual lobos sobre corderos indefensos.
Los
Moscas, a pesar de ser superiores en número, vivían aterrorizados por los
Panches, considerándolos bestias indomables. Para proteger sus fronteras, el
cacique de Bogotá mantenía guarniciones de guerreros llamados Guechas en
Tibaquí, Ciénago y Fosca. Estos Guechas eran hombres valientes, ágiles y
vigilantes, fácilmente reconocibles por sus cabezas rapadas y sus ornamentos de
oro que atravesaban sus labios, narices y orejas - cada uno representando a un
Panche caído en batalla.
Al
encaminar a los españoles hacia los Panches, los Moscas perseguían un doble
objetivo: si los cristianos vencían, los Panches quedarían debilitados y
fáciles de someter; si los españoles eran derrotados, los Moscas podrían
deshacerse más fácilmente de los invasores restantes.
Así,
la expedición se dirigió a Tibaquí, un señorío bajo el dominio de Bogotá. Allí,
el cacique local los recibió con fingida amabilidad, proporcionándoles lo
necesario para el viaje. Un Guecha principal, asombrado por la osadía de tan
pequeño grupo de extranjeros dispuestos a adentrarse en territorio Panche,
decidió advertir a Juan de Céspedes.
El
Guecha, a través de un intérprete, describió a los Panches como seres
indomables, abominables y carnívoros, capaces de devorar incluso a sus propios
hijos y mujeres en sus festines. Les advirtió sobre los peligros que
enfrentarían, desde las cabezas expuestas como trofeos en las entradas de las
aldeas hasta las mortíferas flechas envenenadas. Finalmente, el guerrero Guecha
predijo que, con tan pocos hombres, Céspedes y los suyos encontrarían una
muerte segura en manos de los Panches.
Céspedes,
agradecido por el consejo que parecía estar fundado en genuina preocupación,
respondió al Guecha con determinación:
"Capitán,
aunque el riesgo que describes sea evidente, no puedo dar la vuelta sin haber
visto el rostro y el proceder de esa gente. El desarrollo de la batalla
revelará quién es el más valiente. Pero puedes estar seguro de que no me
comerán, pues soy duro de roer."
El
Guecha se alegró con la respuesta del recién llegado, cuyas palabras parecían
estar a la altura de sus acciones. Tras este intercambio, cada uno se retiró a
su lugar de descanso asignado, pues la noche ya extendía sus alas sobre los últimos
rayos del día. La vigilia nocturna se dividió en turnos entre los soldados
alertas.
Al
despuntar el alba, la expedición reanudó su marcha. Los caballeros y sus
monturas iban protegidos con armaduras acolchadas, mientras que los soldados de
a pie vestían sayos reforzados. Llevaban las espadas desenvainadas y los
escudos embrazados, pues los guías indígenas aseguraban que el territorio
enemigo estaba cerca. Los rostros pálidos de estos guías revelaban el gran
temor que los embargaba, imaginando ya el encuentro con sus temibles
adversarios. No era su voluntad, sino el mandato del señor Thisquesuzha, lo que
los impulsaba a continuar.
Así
penetraron en las tierras de aquella nación cruel y feroz. En los primeros
poblados que encontraron no hallaron habitantes, pues al parecer los Guechas
fronterizos habían alertado sobre la llegada de los que llamaban
"Ochies" o "Soagagoas" (hijos del sol en lengua mosca). Los
nativos se habían replegado hacia el interior, en un asentamiento más extenso,
donde se estaba congregando toda la población para preparar la batalla una vez
que sus espías confirmaran la presencia de los invasores en su territorio.
Los
españoles, recelosos de posibles emboscadas en los pasos estrechos y zonas
escarpadas, avanzaban con suma cautela por una loma despejada. Desde allí, la
vista podía abarcar una gran distancia sin obstáculos. No tardaron en divisar
una multitud de penachos ondeando, semejantes a las espigas de altos carrizos
mecidas por el viento a orillas de un río.
Así se
presentaba ante ellos un ejército de cinco mil guerreros embijados. Eran
hombres robustos, ágiles y de gran estatura, con gestos feroces y cráneos
deformados intencionalmente desde la infancia, lo que les daba un aspecto aún
más temible. Sus narices eran generalmente aguileñas, y llevaban el cabello
corto por delante y algo más largo por detrás.
Sus
formaciones eran tan disciplinadas como las de los mejores ejércitos europeos.
Algunos portaban escudos y múltiples dardos, otros empuñaban largas picas y
mazas, mientras que otros estaban armados con potentes arcos y flechas. Había
también honderos con bolsas llenas de piedras lisas y redondas, y guerreros con
cerbatanas y aljabas repletas de saetas emplumadas. Todas sus armas arrojadizas
estaban impregnadas con un veneno letal que prometía una muerte agónica a quien
fuera alcanzado.
Este
impresionante despliegue de fuerza y organización militar dejaba claro que los
españoles estaban a punto de enfrentarse a un enemigo formidable, muy diferente
de lo que habían encontrado hasta entonces en sus conquistas.
Al ver
la feroz hueste y la formación organizada de los salvajes, los españoles se
reagruparon en la parte más ancha de la loma. Juan de Céspedes, con el brío que
lo caracterizaba en tales situaciones, dirigió una mirada a sus compañeros y,
con gracia, les dijo:
"¡Ah,
caballeros! Los toros están aquí, listos para enfrentarse a los alanos. Si
queréis que suelten sus armas, abrid bien los ojos y apretad las manos. Que los
golpes sean rápidos y sonoros, los brazos ágiles y los pies ligeros. Que la
espada corte y la lanza no se embote. Cada uno cuide de sí mismo.
"Somos
lo mejor de este nuevo mundo, según las hazañas realizadas antes. Este feroz
tumulto de gigantes caerá con pocas heridas. Yo me atrevo con la mitad de
ellos, bien podréis con el resto. Dejemos que se acerquen estos ebrios de
guerra, que ya se retirarán, aunque no todos.
"Porque,
con la ayuda de Dios, este día será aciago para ellos, y tendrán que cesar en
su empeño cuando vean el estrago. Yo daré la señal de ataque; cuando grite
'¡Santiago!', que avance la caballería y que la infantería siga nuestros
pasos."
Mientras
tanto, los enemigos se acercaban a paso lento y en formación ordenada,
divididos en dos largas columnas que rodeaban ambos lados de la loma. Ya
estaban cerca de los españoles cuando los indios Moscas, aterrorizados, se
escondían bajo los caballos. Algunos incluso huyeron antes de que comenzara la
batalla, no parando hasta llegar a Bogotá, donde, sin haber presenciado el
conflicto, aseguraron que los Panches habían sido victoriosos y que habían
devorado a todos los católicos. Su experiencia con esta feroz nación les hacía
creer que este desenlace era inevitable.
Sin
embargo, se equivocaron en su presunción. Los españoles, viendo el momento oportuno,
se lanzaron al ataque. Céspedes dio la señal gritando: "¡Santiago y a
ellos, caballeros!" Los jinetes espolearon sus caballos bien armados y
arremetieron contra la multitud de bárbaros que se protegían con escudos. El
impacto de los caballos los derribó, cayendo unos sobre otros como leños mal
apilados.
La
infantería española aprovechó la confusión para emplear sus espadas, cercenando
piernas, brazos y cabezas. La escena se asemejaba a la de un leñador cortando
las ramas de robles caídos. Los jinetes, por su parte, manejaban sus lanzas con
destreza notable, atravesando a los que parecían ser los líderes enemigos.
Los
Panches, ya más organizados, intentaron resistir con sus picas y lanzaron una
lluvia de dardos y piedras sobre los españoles. Las flechas eran tan numerosas
que los caballos y jinetes parecían erizos. En medio de esta intensa batalla,
un grupo del flanco izquierdo enemigo intentó tomar la parte alta de la loma
para atacar a los españoles por la espalda.
Juan
de San Martín, un caudillo tan experimentado como Céspedes, advirtió de esta
maniobra: "Una gran multitud nos rodea con astucia. Aquí, para poner fin a
la pelea, cumpla usted con su deber, mientras yo me encargo de contener a los
que se mueven por este lado. Es necesario actuar rápido antes de que puedan
establecer su posición."
Céspedes
respondió a su compañero: "Me parece, señor, un consejo sensato acudir a
tales coyunturas, tanto más útil cuanto más temprano, antes de que ocupen las
alturas. Principalmente, yendo vuestra mano, tendremos las espaldas bien
seguras. Lleve vuestra merced a los efectos aquellos que le fueren más
aceptos."
Juan
de San Martín convocó de inmediato a Juan de Albarracín, Galeano, Domingo de
Aguirre, Salguero y doce valerosos soldados de a pie. Puestos al encuentro de
la gente enemiga, ansiosa por probarse contra los españoles, comenzó una lid
sanguinolenta con tal obstinación, furor y saña, que cuanto más estrago se
hacía en la salvaje turba temeraria, con tanto más denuedo se arrojaban contra
las mismas espadas y lanzas.
La
lluvia de piedras y proyectiles era tan densa como las gotas que salpican de
las peñas golpeadas por el mar impetuoso, cuando rompe en ellas la soberbia de
sus olas, y arrebatadas por los vientos se esparcen por las playas, embistiendo
al caminante que forzosamente hace su viaje por la ribera.
Así,
los animosos españoles se mantenían con gran dificultad, sus escudos falsados y
sus brazos molidos por los golpes contundentes. Se veía claramente la mengua de
sus fuerzas y su cansancio. Juan de San Martín, reconociendo que los tajos y
reveses se volvían remisos y tardíos, alzó la voz diciendo:
"¡Oh
gente noble, clara y ortodoxa! ¿En riesgo y peligro semejante os mostráis
tibios y con la mano floja? Cobrad, cobrad vigor y buen talante. Españoles, que
la virtud no quede coja ni se resfríe, porque, Dios mediante, este tumulto que
nos es molesto muy quebrantado lo veremos presto."
Estas
breves razones fueron suficientes para restituirles sus ardores, así como la
vela recién apagada cuyo pábilo queda humeando, que en cuanto es tocada por la
llama, con gran facilidad es encendida. No menos lo fueron en el instante en
que la lumbre pasó por la memoria de las victorias antes adquiridas.
Y así,
con nuevo brío, tal estrago hacía por la rústica caterva, que las hierbas
perdieron sus verdores, cubiertas del profuso derramamiento de sangre y
multitud de miembros palpitantes. Don Juan de San Martín manejaba el asta con
presta y admirable vigilancia, sin desviar los golpes de la parte donde los
encaminaba su deseo, con gran menoscabo de las vidas de los bárbaros que más se
señalaban.
Entre
ellos, uno se mostraba con más autoridad y severidad, alto, robusto, fiero y
riguroso en las reprehensiones, animando a los que con tibieza se movían. San
Martín reconoció en él al más principal, según las muestras, y comprendió que
le convenía abatir rápidamente su coraje y osadía. Mas esperaba la coyuntura
adecuada, porque con el tumulto contrapuesto, no quería que su brazo quedase
defraudado del mortífero golpe que preparaba.
Al ver
a su alcance al líder enemigo, espoleó su caballo y arremetió con velocidad,
atravesándolo. En su veloz acometida, le clavó la lanza por un hombro, saliendo
el hierro por el costado. El guerrero indígena, tras lanzar un grito
desgarrador, se desplomó como un árbol talado por un carpintero.
Al ver
caer a su líder, aquellos que le rendían vasallaje fueron presa del temor y se
dispersaron, precipitándose cuesta abajo. Su huida se asemejaba a la de una
jauría de perros que, tras ladrar a un transeúnte, se retira en desbandada
cuando éste lanza una piedra y hiere a uno de ellos.
De
igual manera, la feroz horda indígena, atónita ante el grito final de quien
creían invencible, emprendió una apresurada retirada. Cada uno buscó refugio
por donde mejor podía, concediendo así la victoria a los españoles. Esta
victoria fue evidente para todos, pues en el mismo momento, Juan de Céspedes ya
había desbaratado al grueso de las fuerzas salvajes.
Durante
esta batalla se realizaron hazañas que parecían milagrosas, para gran asombro
de los Moscas. Estos, refugiados en un lugar más elevado, fueron testigos del
riguroso conflicto y de los heroicos hechos de los invencibles forasteros.
Aunque
ninguno de los españoles pereció, doce de ellos resultaron gravemente heridos.
Entre ellos se encontraba Juan de Montalvo, quien, con su barba blanca y
honorable, aún vive hoy y ocupa un puesto de autoridad en la plaza real.
También seis caballos quedaron lastimados por dardos y flechas.
Los
españoles se dirigieron al pueblo más cercano de los que encontraron
deshabitados, para atender sus heridas con el cauterio del hierro ardiente,
considerado como cura eficaz. Allí pretendían descansar aquella noche del arduo
combate.
Sin
embargo, los habitantes de la zona, escondidos en cavernas cercanas, no les
dieron tregua. Durante toda la noche los hostigaron con constantes ataques,
obligando a los españoles a permanecer en pie y alerta, con las armas en la
mano y los caballos ensillados y embridados.
Al
despuntar el alba, cuando los rayos del sol comenzaban a disipar las tinieblas
de la noche, los españoles decidieron abandonar aquel suelo belicoso para
atender con mayor seguridad a sus heridos. No regresaron por el mismo camino,
sino que optaron por una sierra boscosa que, según los guías Moscas, acortaría
la ruta.
Antes
de iniciar el ascenso, divisaron a un Panche solitario que se acercaba
vociferando. Era un hombre de gran estatura y aspecto temible, armado
únicamente con una pesada macana de madera. Los españoles, creyendo que podría
ser un mensajero de paz o de guerra, se detuvieron para conocer sus
intenciones.
El
Panche no tardó en revelar sus propósitos: como saludo, descargó un golpe con
todas sus fuerzas sobre el primer español que encontró, Juan de las Canoas.
Este, al ver venir el ataque, interpuso su escudo, que quedó hecho añicos como
si hubiera sido alcanzado por un rayo. A pesar de ser un joven robusto y
valiente, Juan de las Canoas no pudo mantenerse en pie y cayó aturdido.
Ante
esto, los españoles arremetieron contra el Panche por todos lados. Céspedes
gritaba que no lo mataran, sino que lo capturaran vivo para entender el motivo
de su locura. Sin embargo, el soberbio guerrero se defendía con su garrote y su
prodigiosa fuerza, manteniendo a raya a sus atacantes con la destreza de un
maestro de esgrima.
Finalmente,
Juan Rodríguez Gil, un joven de fuerza descomunal, aprovechó un momento
oportuno para saltar sobre la espalda del Panche y rodearlo con sus brazos
nervudos. La escena se asemejaba a un tigre que, tras acechar sigilosamente,
salta sobre un novillo. El Panche, como el novillo atacado, se sacudía
violentamente intentando liberarse, pero sin éxito.
Así
tenían apresado al guerrero Panche, quien ya no podía usar su macana. Con
dificultad se la arrebataron de las manos, atándoselas luego con esposas y
colgando una cadena de su cuello. Juan de Céspedes, a través de un intérprete
Mosca, le preguntó:
"Dime,
bárbaro valiente, ¿qué locura te poseyó para que, siendo solo contra tanta
gente, presumieras venir a competir? Pues que te movieras tú solo, sin
emboscada de mayor fuerza, no me parece testimonio verdadero, y si lo es, debes
ser un demonio."
El
indio respondió: "Soy un hombre conocido por mi nombre y criado en esta
tierra. Anteayer me vi obligado a salir, y ayer, que no debiera, ya tarde, vi
con temor cobarde a gente Panche que nunca antes tuvo tal mancha. Me dijeron
que habían sido derrotados y abatidos por vosotros, que sois menos y tan pocos.
No tuve por loco desconcierto pensar en dejaros muertos por mi mano, en
venganza de un hermano, un tío y un hijo mío, junto con otros parientes cuya
muerte me turbó de tal manera que, con saña y sin convocar compañía, intenté lo
que visteis cuando probé mis fuerzas contra las vuestras."
Todos
quedaron admirados por la soberbia y atrevimiento con que les hablaba. Céspedes
quería llevarlo preso a Bogotá, pero Juan de las Canoas, humillado por haber
sido derribado, junto con otros compañeros impacientes, aprovecharon un
descuido del capitán para decapitar al indio. Los Moscas guardaron la cabeza y,
en certificación de la victoria, la llevaron con gran solemnidad y regocijo a
su tierra.
Los
españoles partieron entonces, atravesando aquella sierra. Para explorar si el
camino era transitable para los caballos hasta llegar a la sabana rasa,
Céspedes envió a Juan del Valle y a Juan Rodríguez Gil, jóvenes ágiles, para
que fueran descubriendo el terreno y aguardaran en las partes más escarpadas.
Así,
los dos exploradores iban siempre por delante, apartados del grueso de la tropa
a una distancia de media legua aproximadamente. Seguían una senda vieja y poco
transitada, flanqueada por monte espeso a ambos lados, pero lo suficientemente
ancha como para que las bestias pudieran avanzar en fila india.
Avanzando
con cautela, como quienes temen una emboscada, los exploradores avistaron a
veinte guerreros bien armados que venían por el sendero con igual precaución.
Creyendo probable que hubiera una celada más adelante, Juan del Valle y Juan
Rodríguez Gil embrazaron sus rodelas y desenvainaron sus espadas con brioso
valor. Se colocaron a los lados del camino, uno frente al otro, dejando el paso
libre entre ellos, y por señas invitaron a los indios a acercarse si los
buscaban.
Sin
embargo, los indígenas, sentándose en el suelo, mostraron una cruz y una carta,
señales que los españoles reconocieron como un mensaje enviado desde Bogotá.
Así, esperaron hasta que llegó el resto de la tropa. El capitán Céspedes, al
recibir la carta, la leyó en voz alta para todos. Su contenido era el
siguiente:
"Estamos
inciertos de vuestro bien o mal, pues los indios Moscas que huyeron nos han
asegurado que estáis muertos. Que Dios no lo permita, pero los que estéis
vivos, vista y entendida esta carta, apresurad lo posible vuestra vuelta."
Comprendiendo
la angustia que la falsa noticia había causado, tanto los sanos como los
heridos se esforzaron por desmentirla con su presencia, dándose toda la prisa
posible en salir a terreno descubierto. Así, dos o tres días después, llegaron
a Bogotá, donde fueron recibidos con gran alegría por sus compañeros, todos
ansiosos de verse las caras nuevamente.
Ya
fuera de peligro los que fueron heridos en la guerra contra los Panches,
decidieron dejar el asentamiento de Bogotá y, con todo el grupo reunido, partir
en busca de las minas de esmeraldas, de las que ya tenían clara noticia.
Confiando en sus buenos guías, que según las preguntas y respuestas no se
movían con incertidumbre, emprendieron la marcha.
***
Canto
quinto
En
este pasaje se narra cómo, tras salir de Bogotá, los españoles descubrieron otras
provincias muy pobladas, donde en su mayoría fueron recibidos pacíficamente.
El
narrador comienza con una reflexión sobre la importancia del tiempo, la
paciencia, la prontitud y el cuidado para descubrir las cosas más ocultas.
Aconseja a quienes exploran nuevas tierras que, aunque no encuentren montañas
de oro de inmediato, perseveren, pues los secretos de una tierra no se revelan
al primer intento. Advierte que por falta de perseverancia, algunos han dejado
escapar prósperas oportunidades, quedando defraudados tanto de lo que tenían
como de lo que esperaban encontrar.
Esto
mismo podría haberles sucedido a los descubridores de este reino si, como
intentaron dos veces, hubieran bajado de las sierras a los llanos, que habían
sido sepulcro y perdición de las expediciones provenientes de Cubagua y
Venezuela. Sin embargo, el sabio General, al ver tan buenas muestras de oro y
esmeraldas entre los indios Moscas, tuvo la certeza de que allí se originaban y
no provenían del comercio.
Siguiendo
su costumbre de interrogar a los nativos menos cautos, el General preguntó
sobre el origen de las piedras verdes que los indios le entregaban. Un joven
respondió que se encontraban en Somendoco, a menos de doce leguas de donde
estaban acampados. Al oír esto, el Licenciado lo comunicó a sus capitanes, y
acordaron visitar el lugar que producía estas piedras preciosas.
En su
viaje, pasaron por Bojacá, un cacique rico cercano a Bogotá, que no quiso
recibirlos como los otros. Allí tomaron sin resistencia más de quinientas
piezas para carga y una cantidad de ropa de sus telas, las más finas que habían
visto hasta entonces.
Continuando
su jornada, atravesaron las grandes poblaciones de Teusacá, Guasca y Uzaque,
asombrados por la multitud de nativos que encontraban por doquier. Los caciques
y gobernadores los recibían pacíficamente, con grandes ceremonias y respetos.
Cuanto más avanzaban, más poderosos eran los pueblos que descubrían.
Llegaron
finalmente a Guatavita, un asentamiento fortificado con gran fuerza de gente.
Sin embargo, allí también fueron recibidos con regalos y muestras de amistad.
Al día
siguiente, tras despedirse, los expedicionarios se dirigieron a Chocontá, un
pueblo próspero y poderoso, donde fueron recibidos con igual hospitalidad.
Chocontá era una localidad fronteriza con los dominios de Tunja, ya que los
límites de Bogotá llegaban hasta esta ciudad, llamada por los conquistadores
"del Espíritu Santo", debido a que allí celebraron la Pascua sagrada.
Una
vez concluida la festividad, cruzaron los límites hacia Tunja y llegaron a
Turmequé, un pueblo cercano a Chocontá. Este lugar estaba abarrotado de gente,
ya que el Señor de Tunja, cuya ciudad distaba unas cuatro leguas, mantenía allí
grandes guarniciones debido a las antiguas guerras y rivalidades con el Señor de
Chocontá. Ambos gobernantes controlaban a los caciques principales de sus
reinos.
Sin
embargo, los españoles desconocían estas rivalidades durante un largo tiempo.
Nadie mencionó el nombre de Tunja, ni se sabía quién era su gobernante ni dónde
residía. A pesar de su estancia prolongada en Turmequé, donde fueron tratados
con gran veneración por los habitantes, quienes los consideraban casi
divinidades, no obtuvieron noticias del rey ni de las riquezas que guardaba.
Después
de varios días en Turmequé, que llamaron "el pueblo de las Trompetas"
por haber fabricado cuatro trompetas con viejas pailas de cocina para darle
solemnidad a su marcha, partieron hacia Isabuco, otro pueblo igualmente
poderoso. En el día de San Juan llegaron a Tenza, un poblado destacado por su
tamaño, al que denominaron con el nombre del santo del día de su pacífica
llegada.
Desde
allí, continuaron hacia Garagoa y Ubaque, lugares donde hicieron una breve
parada. Finalmente, al acercarse a las minas de donde se decía se extraían las
esmeraldas, enviaron a un grupo de soldados liderados por Juan de Albarracín y
Paredes Calderón, quien aún vivía en el momento en que esta crónica fue
escrita, con el fin de verificar la existencia de dichas piedras preciosas y
traer pruebas de ello.
Cumpliendo
con la orden, el grupo de soldados liderado por Juan de Albarracín llegó a
Somondoco, en las altas sierras donde se extraían las preciadas esmeraldas.
Desde allí, pudieron contemplar claramente una vasta extensión de los inmensos
llanos, hasta donde la vista alcanzaba. Según la apreciación de todos, el
trayecto para llegar a esos llanos parecía corto, lo cual generaba gran
entusiasmo, pues se creía que esa tierra sería de enorme importancia. Sin
embargo, como nunca habían explorado esa región, su viaje hasta ese momento
solo les había deparado hambre, calamidades y desventuras, especialmente en
invierno. En verano, en cambio, podían sobrevivir gracias a la abundancia de
perros, caballos, venados y pescados.
Finalmente,
regresaron al campamento llevando consigo muestras de las esmeraldas y
detallando cómo habían avistado tierras de gran magnitud. El general, ansioso
por explorar aquellos llanos, encargó a Juan de San Martín la misión de
continuar la expedición, con la orden de regresar y dar aviso en un plazo
máximo de diez días. San Martín partió con peones y hombres a caballo,
confiados en superar cualquier dificultad que se les presentara.
Su
ruta los llevó a través de Nengupá, la última lengua de tierra dominada por los
Muiscas, hasta llegar a las arduas montañas de los indios Tecuas. Este grupo
indígena, distinto tanto en vestimenta como en lengua, habitaba un terreno
desafiante que los expedicionarios tuvieron que atravesar. En su camino,
encontraron un río estrecho, pero cuya corriente era tan furiosa que el más
osado tuvo que dejar de lado su confianza. El río descendía por peñascos,
envuelto en un torrente espumoso tan violento que el agua cristalina no se
podía ver, como ocurre en las montañas nevadas, donde la nieve blanquea la
vegetación.
Cinco
soldados decidieron buscar un paso más tranquilo río abajo, donde
inesperadamente encontraron a un indígena. Este, sorprendido por la visión de
extraños hombres barbudos, quedó paralizado por el terror, como un viajero
acechado por una fiera, que al no poder escapar, se ve obligado a defenderse.
Rodeado por los cinco soldados, el feroz indígena reaccionó con furia,
manejando un pesado astil con una violencia que lo asemejaba a un demonio.
Logró herir a tres o cuatro de los soldados, ya que estos intentaban capturarlo
vivo para que les sirviera de guía.
El
combate se prolongó un buen rato, pero finalmente los soldados, sin herirlo,
lograron derribarlo y, arrastrándolo, lo llevaron hacia la corriente del
escarpado río. El indígena luchaba con todas sus fuerzas, golpeando con manos,
pies, rodillas, e incluso mordiendo. En medio de la refriega, uno de los
soldados soltó un grito al ser víctima de una dolorosa mordida en sus partes
íntimas. A pesar de su resistencia, el indígena fue finalmente sometido, aunque
no sin antes haber mostrado una defensa feroz y desesperada.
Luego
de someter al indígena, los soldados, a través de señas amistosas, le hicieron
entender que solo querían que les indicara un lugar seguro para cruzar el río.
El indígena, aún desconfiado pero cooperando, les mostró una improvisada y
curiosa estructura: un puente tejido con bejucos, suspendido entre los árboles
más altos. Era una invención completamente desconocida para los soldados,
quienes, con años de peregrinaciones y exploraciones, nunca habían visto algo
similar.
Sin
embargo, ninguno de ellos se atrevía a cruzar el puente. No solo parecía
frágil, como un zarzo mal construido con largas mallas, sino que también
sospechaban que podía tratarse de una trampa. La idea de cruzar aquel puente tambaleante
no inspiraba confianza. Pero fue Juan Rodríguez Gil, más audaz que los demás,
quien decidió inspeccionar las ligaduras del puente. Tras observarlas con
detenimiento y comprobar que las amarras parecían sólidas, comenzó a cruzar
lentamente. A pesar de los balanceos propios de un columpio, logró llegar al
otro lado sano y salvo.
Con su
hazaña, el resto de los soldados se animó a cruzar, aunque lo hacían con suma
cautela y evidente descontento, pues sabían que no podrían hacer lo mismo con
sus caballos. Decidieron entonces buscar un lugar en el río donde la corriente
fuera más tranquila, y allí aventurarse a cruzar los animales. Para hacerlo,
necesitaron primero que alguien atravesara con un cordel o una cabuya, que
serviría como guía al pasar los caballos. Este método permitiría que, desde la
otra orilla, alguien tirara de la cuerda, mientras que en la ribera opuesta los
soldados controlaban el paso de cada caballo, asegurándose de que la cuerda no
se soltara ni de un lado ni del otro hasta que todos hubieran cruzado.
A
pesar de que este plan parecía ser el único viable, nadie se ofrecía a probar
el vado, excepto Diego Gómez, un experimentado nadador portugués, quien, con
gran valentía, se lanzó a la corriente. Sin embargo, el río resultó ser mucho
más traicionero de lo que había previsto. La fuerza del agua lo arrastró de una
roca a otra, golpeándolo violentamente. Los demás soldados ya lo daban por
perdido, convencidos de que no sobreviviría a aquella embestida. Pero el coraje
y la destreza de Gómez fueron más fuertes que la soberbia del río. Sin soltar
la soga en ningún momento, luchó contra la corriente y, a pesar de los golpes y
el cansancio, logró llegar a la orilla deseada, salvando su vida y asegurando
el paso para los demás.
Siguiendo
el plan trazado y con ánimo impulsado por gritos y voces, los caballos cruzaron
el río uno a uno, guiados por el valiente portugués. No fue una tarea fácil,
pues la corriente y las condiciones del terreno hicieron que la empresa se
prolongara. Una vez completado el paso de los animales, los dueños de los
caballos regresaron al puente para transportar las sillas, el equipaje y todo
el fardaje que había quedado pendiente. Esta operación agotadora les consumió
el resto del día, y solo al siguiente pudieron continuar su camino.
Sin
embargo, la travesía no fue menos difícil a partir de ese momento. Las tierras
que debían atravesar eran extremadamente inhóspitas: ásperas, escarpadas y
prácticamente desiertas. Apenas se encontraban algunos pocos habitantes,
dispersos a grandes distancias unos de otros, lo que dificultaba aún más la
búsqueda de provisiones.
Dos
soldados enviados a explorar la ruta que debían seguir los caballos toparon con
dos indígenas armados con macanas. Los soldados intentaron capturarlos para que
les sirvieran de guías, pero los indígenas, sin mostrar temor ante aquellos
extraños que nunca habían visto ni oído mencionar, prepararon sus armas. Uno de
ellos golpeó con tal fuerza a un soldado español que le rompió el escudo en
dos. El soldado, viéndose desprotegido, reaccionó rápidamente y, con un certero
tajo, abrió el pecho del atacante. Al ver a su compañero gravemente herido, el
otro indígena huyó a toda prisa, dejando el campo de batalla.
Cuando
el resto de la tropa llegó al lugar, encontraron una casa en la que capturaron
a quince personas, hombres y mujeres. Entre ellas, destacaba una mujer de
notable belleza, que impresionó a los soldados por su elegante porte y su
expresión seria. La llamaron "Cardenosa", en honor a una dama que
conocían de la costa de Santa Marta.
Desesperados
por encontrar comida, registraron la zona en busca de provisiones. No hallaron
grano alguno, pero sí encontraron algunas tortas de casabe mezcladas con
hormigas aladas, una extraña combinación que en esas tierras solían consumir.
Las hormigas, tostadas, tenían un olor similar al de los quesillos asados.
También encontraron algunos cultivos de maní, una planta cuyas vainas, no
mayores que las de los garbanzos, contenían pequeños granos que, una vez
pelados, parecían meollos de avellana, tanto en forma como en tamaño.
Los
soldados, al probar el maní tostado, lo encontraron sabroso, pero notaron que,
si lo comían en exceso, sufrían dolor de cabeza, lo que algunos expresaron
diciendo: "Dolet mihi caput" (Me duele la cabeza). A pesar de ello,
descubrieron que el maní era excelente para preparar confituras y un turrón que
les recordaba a los piñones, aunque en un contexto completamente diferente al
de sus tierras natales.
Los
españoles, al llegar a esa región, preguntaron a los indígenas por caminos que
los llevaran a los llanos que divisaban a lo lejos. Como respuesta, los
indígenas se taparon los ojos, dando a entender que jamás habían visto esa
tierra ni conocían camino alguno para llegar a ella. A pesar de esta respuesta,
los exploradores no abandonaron su objetivo y continuaron su marcha, avanzando
a tientas por rutas desconocidas.
El
camino los llevó por montañas inhóspitas, pasos difíciles y quebradas profundas
rodeadas de peñascos imposibles de escalar. Durante diez o doce días, no
encontraron comida ni señales de vida humana, solo indicios de que aquella zona
era habitada por fieras. Finalmente, llegaron a un río mucho más impetuoso y
peligroso que el anterior, con grandes peñascos que las aguas furiosas
embestían constantemente. Al ver que era imposible cruzarlo, decidieron,
desilusionados, regresar al campamento por el mismo camino que habían
recorrido.
El
regreso fue aún más arduo, pues el hambre, la debilidad y el cansancio
agravaron las dificultades del terreno. Tras cerca de cuarenta días desde su
partida, llegaron de nuevo a Nengupá, todos vivos, pero tanto ellos como sus
caballos estaban al borde de la muerte por el agotamiento y la hambruna.
Afortunadamente, el lugar era saludable y abundante en recursos, lo que les
permitió recuperarse. Desde allí, enviaron al licenciado un informe detallado
de su fallido viaje, expresando su intención de intentar encontrar otro camino
hacia las llanuras.
Juan
de Sant Martín, con su grupo, continuó explorando tierras pobladas por los
Moscas. Descubrieron generosas poblaciones, como la del valle de Bagañique, que
más tarde sería conocido como el valle de Vanegas. El grupo descendió desde el
alto conocido como Puerto Frío, por un páramo helado, hasta llegar a las
moradas de Ciénega, hoy repartimiento de Calderón Paredes.
Al ver
la llegada de los españoles, los indígenas de la zona, sorprendidos por la
presencia de gente nueva, salieron al encuentro con sus armas, con la intención
de capturarlos y ofrecerlos en sacrificio en sus santuarios. Sin embargo, el
día era tormentoso, con lluvias y vientos insoportables, lo que complicaba el
avance de los españoles por los ásperos y resbaladizos caminos. Además, los
soldados no avanzaban juntos; los caballos estaban desmontados, y las sillas de
montar eran llevadas por los indígenas que les servían de apoyo, mientras cada
uno guiaba a su caballo como mejor podía, buscando mantener el control en medio
de las inclemencias.
En
medio del conflicto con los bárbaros, quienes atacaban con fuerza a los
soldados en las llanuras, Martín Galeano, viendo la audacia desmedida de los
indios Moscas, subió a un cerro montado en su caballo. Blandeando su lanza,
logró frenar el primer ímpetu de los atacantes, causándoles poco daño. Sin
embargo, más que con el filo de su arma, los ahuyentó con el asombro que les
causaba ver a un caballo, criatura que nunca antes habían visto.
Este
enfrentamiento no duró mucho. Apenas se oyeron los gritos y el tumulto, el
resto de los soldados españoles bajaron rápidamente, algunos cayendo y otros
resbalando, y los indios, sintiéndose derrotados, abandonaron el lugar. Dejaron
tras de sí sus pertenencias, su cena y los fuegos encendidos en sus casas, lo
que resultó ser un alivio necesario para los exhaustos españoles, quienes
sufrían del frío y la fatiga.
Los
conquistadores encontraron en las casas buenas esmeraldas y más de quinientos
pesos de oro fino, una cantidad que no habían logrado reunir en ningún otro
pueblo, ya que siempre habían negociado pacíficamente y sin romper ningún
acuerdo. Satisfechos con este hallazgo, al día siguiente, enviaron dos hombres
a caballo al campamento para informar sobre la situación. Este descubrimiento
les dio esperanzas de encontrar más riquezas en otros asentamientos, aunque ya
empezaban a darse cuenta de que la distancia a las tierras cálidas y fértiles
era mayor de lo que habían imaginado.
El
campamento se trasladó de Garagoa a la zona de Ciénaga. Mientras tanto, Juan de
Sant Martín, con el objetivo de llegar a las llanuras, había partido con su
grupo. Pasó por Ciachoque, Tocabita y el pueblo de Toca, al que llamaron
"Pueblo Grande" debido a su tamaño e importancia. Atravesaron las
alturas de la sierra hasta llegar a un lugar que llamaron "Pueblo de los
Paveses", porque los indígenas los enfrentaron en combate con escudos. Sin
embargo, los locales fueron derrotados con facilidad, y los españoles
continuaron su marcha sin causar más daños.
Llegaron
a Issa, una población donde se decía que algunos indios mantenían contacto con
las tribus de las llanuras. Mientras estaban acampados, buscando guías que los
condujeran por el camino correcto, vieron llegar a un indio herido, con la mano
izquierda y ambas orejas recién cortadas, y con el cabello atado a su cabeza.
Provenía de Tundama, también conocido como Duitama, un cacique poderoso y
guerrero.
El
indio, al ser presentado ante los Ochies, se dirigió a ellos con estas
palabras:
«Hijos
del Sol, vengo de Tundama, donde la fama de vuestras hazañas ha llegado lejos.
Conozco bien lo que habéis hecho, y sé de vuestra bondad hacia quienes buscan
la paz. Al enterarme de esto, como hombre sabio y anciano, propuse que alguien
fuera a ofrecer paz y regalos a Tundama. Sin embargo, mi consejo fue rechazado,
y el tirano cacique, en su ira, me cortó la mano, diciendo: “Serás mi
mensajero, y deberás contarles lo que he hecho contigo, ya que así lo haré con
ellos cuando lleguen. Diles que no se demoren, y que tú serás su guía mañana.”
Ahora,
vengo ante vosotros, gente santa, dispuesto a ser vuestro guía. No os dejéis
intimidar por su lanza, y que vuestra mano derecha, más que la mía, busque la
justa venganza, pues esta afrenta es tanto vuestra como mía.»
Después
de escuchar las lamentaciones del miserable herido, el capitán Cardoso, un
lusitano con buena suerte en aquel momento, sintió compasión por su desventura
y le curó las heridas. De inmediato, Juan de San Martín ordenó que diez peones
y siete jinetes, en quienes todos confiaban, se prepararan para enfrentar al
orgulloso cacique Tundama, con el propósito de doblegar su soberbia.
Sin
embargo, al llegar a Firavitoba, los españoles fueron informados por los
vecinos de la región que el cacique estaba bien preparado, con un ejército
disciplinado y pertrechado, listo para defenderse. Tal como se comprobaría más
tarde, los informes eran precisos. Ante esta situación, los expedicionarios
decidieron no avanzar hacia Tundama en ese momento y optaron por regresar,
reconociendo que necesitaban un plan más sólido y un mayor contingente.
Durante
su retirada, divisaron a lo lejos un valle fértil que parecía indicar la
presencia de una población próspera. Hicieron preguntas al respecto, pero, al
saber que pertenecía a la población de Sogamoso, la cual era muy respetada por
todos, no tomaron ninguna decisión inmediata sobre su incursión en dicha zona.
Regresaron
a Issa, y desde allí, las guías que llevaban los condujeron por un camino
diferente, hacia la derecha, desviándose del que originalmente deseaban tomar
para llegar a las llanuras. Fueron llevados por los pueblos de Cuitibá,
Guáquira, Tota y Bombaza, bordeando la laguna de Sogamoso, sin llegar a la
ciudad misma, ni encontrando el respeto sagrado que los bárbaros locales tenían
por estas tierras.
Durante
quince días los guías los condujeron por rodeos y circuitos, y justo cuando
pensaban que estaban saliendo de la serranía, sus propios pasos los llevaron de
nuevo a Baganique. Este engaño, aunque desagradable al principio, resultó ser
motivo de mayor alegría y satisfacción, pues les permitió corregir su rumbo.
Mientras
avanzaban por el valle, encontraron huellas frescas de caballos, lo que les
indicaba la presencia de otros españoles. Supieron entonces que el capitán
Fernán Vanegas, quien más tarde se casaría con Doña Juana, una noble de la
estirpe de Ponce de León, había pasado por allí. Vanegas y su grupo habían
tomado algunas prendas, prometiendo entregar mayores riquezas en su búsqueda de
ganancia.
Reconociendo
la cercanía del campamento en Ciénaga, donde el grupo hizo una pausa, Juan de
San Martín envió a dos peones a informar sobre el avance de su expedición.
Cuando estos se acercaron al lugar y vieron humo sin oír el murmullo típico de
los alojamientos, pensaron que estaban cerca de Ubeita, el punto donde habían
dejado a otros de partida. Temiendo ser atacados por los habitantes locales, que
aún estaban resentidos por el anterior conflicto, los peones se escondieron
tras unos arbustos, planeando regresar bajo el amparo de la noche para reunirse
con los suyos.
En
medio de su temor y confusión, un asno llamado Marubare, mencionado
anteriormente en relación con los sucesos de Santa Marta, emitió un sonido
peculiar, similar al canto de Sileno, el cual había despertado a la ninfa Lotis
de su dulce sueño. Ese rebuzno, con una armonía singular, tuvo un efecto tan
poderoso que los dos hombres dejaron atrás su miedo, interpretando el sonido
como un salvoconducto que les permitió salir del monte sin recelo.
Así
llegaron finalmente a los aposentos donde se encontraban algunos españoles. Al
preguntar por el resto de la expedición, les informaron que estos habían salido
en busca del rey conocido como Tunja, del cual Fernán Vanegas había obtenido
gran información tras capturar a un indio. Sin embargo, no se sabía aún el
resultado de esta misión.
Para
narrar lo que ocurrió a continuación, será apropiado comenzar un nuevo canto,
digno de la magnitud de los eventos por venir, pues la captura de un rey cuya
fuerza parecía invulnerable merece una narración moderna, diferente de lo que
hasta ahora se ha contado, y no requiere detenerse demasiado en los detalles precedentes.
***
Canto
sexto
En
este canto se relata cómo el general Don Gonzalo Jiménez de Quesada obtuvo
noticias del rey de Tunja, un poderoso gobernante cuya figura infundía terror
no solo en las provincias bajo su dominio, sino también en aquellas que no le
rendían vasallaje. Este soberano, de aspecto formidable y temido por su
crueldad, fue capturado personalmente por Quesada, quien acudió con cincuenta
españoles a pie y a caballo para prenderlo en su propio alcázar, protegido por
dos cercas.
El rey
de Tunja era un anciano de corpulencia espantosa, feroz en su disposición y
cruel en el castigo. Gobernaba su reino con mano de hierro, manteniendo su
autoridad mediante el miedo. A lo largo de las lomas occidentales de su ciudad,
se podía observar a muchos indios ahorcados, una advertencia para los que
osaran desafiar su poder. Los primeros españoles que llegaron a su territorio
llamaron a este lugar "la loma de los ahorcados" por la cantidad de
cuerpos que encontraron colgando de palos, símbolo de la tiranía con la que
este rey controlaba a su pueblo.
Tunja,
astuto y diligente en todas las cuestiones de guerra y gobierno, no solo
imponía su ley con extrema crueldad, sino que también mantenía una vigilancia
constante. Cuando tuvo noticia de que extranjeros recorrían sus tierras en
busca de riquezas, con amenazas y castigos, reforzó aún más su control,
asegurándose de que ninguno de sus súbditos traicionara los secretos de su
reino.
Sin
embargo, como en toda situación de opresión, las emociones ocultas y los rencores
no tardan en salir a la superficie. Fue durante una expedición de Fernán
Vanegas, quien salió con su gente a buscar provisiones en el valle de
Baganique, que saquearon varias casas despobladas, entre ellas un santuario.
Allí encontraron joyas y objetos de oro fino valorados en seis mil pesos, lo
que aumentó el ánimo y la codicia de los españoles.
El
relato de la captura de Tunja marca un punto culminante en esta historia,
simbolizando la caída de un rey cuya fuerza y soberbia parecían invulnerables, pero
que no pudo escapar a la suerte que el destino le deparaba bajo el mando de Don
Gonzalo Jiménez de Quesada. Este episodio es un claro recordatorio de que las
cosas humanas, por más poderosas que parezcan, están siempre sujetas a la caída
y la decadencia.
El
bárbaro señor del valle de Tunja, que tanto odio albergaba por la muerte de su
padre—sin que yo sepa el motivo—observaba cómo los españoles llevaban consigo
las joyas y otros tesoros que poseía. Con un semblante pacífico y sin compañía,
salió al encuentro de Vanegas y le habló en una lengua fiel que revelaba sus
intenciones. Sus palabras fueron las siguientes:
«Capitán,
pues llevas contigo tan valiosa carga, no te alejes ni dejes a la persona de
quien proviene. Estoy dispuesto a servirte, como estos indios que traes,
quienes son de otro linaje. Si me cortas el cabello y me quitas el vestuario,
no seré reconocido por los míos. Sin los atavíos de esta tierra, te guiaré a
donde hallarás un gran tesoro. Si buscas oro y otros bienes, aquí tienes una
buena guía. Te prometo riquezas considerables.
Nadie
más se atrevería a revelar este secreto, ni siquiera bajo tortura, debido a la
severidad de los mandatos del rey de Tunja. Aunque temo su poder, la confianza
que tengo en ustedes me da seguridad. Este rey mató a mi padre, y esta es mi
mejor oportunidad de venganza.
Si me
acompañan a su casa, encontrarán a sus hermanos en un lugar llano, donde podrán
obtener grandes riquezas. Se necesita actuar con rapidez y buenas armas, pues
habrá muchos defensores y un pueblo que no se rendirá fácilmente.»
Al
escuchar las razones del indígena, Vanegas y sus compañeros decidieron
adornarlo y vestirlo como a los indios de la costa. Le cortaron el cabello y le
pusieron un bonete colorado. Con gran alegría, regresaron a Ciénaga, donde se
encontraba el Licenciado con el resto del grupo. Al informarle sobre lo que el
indio decía, este hizo nuevas preguntas y, al confirmar la veracidad de sus
palabras, decidió organizar una expedición.
El
Licenciado, acompañado por cincuenta soldados valientes—de los cuales
veinticinco eran a caballo—se dirigió rápidamente por el camino señalado por el
indio, ya que el sol comenzaba a declinar y deseaban llegar a Tunja antes de
que la oscuridad cayera. Mientras tanto, el rey de Tunja, al enterarse de los
movimientos de los españoles, ordenó que saliera un gran número de plebeyos al
encuentro de los conquistadores, llevándoles obsequios de comida y valiosas
telas con la intención de retrasarlos mientras organizaba la defensa de su
ciudad.
Sin
embargo, cuando los pobladores se acercaron a los españoles y vieron el cercado
del cacique, el sol solo tenía espacio de dos horas para concluir su jornada.
Los rayos del sol iluminaban los relucientes objetos de oro que colgaban de las
puertas, creando un espectáculo tan deslumbrante que atraía la atención de los
españoles. Sin pensarlo, se lanzaron a la carrera hacia los obsequios, guiados
por la codicia y la necesidad de riquezas.
El
alboroto de la multitud que encontraron junto a los aposentos reales era tan
grande que generaba confusión, a pesar de que todos llevaban armas en las
manos. Sin embargo, no las usaban; más bien parecían paralizados, como si una
tempestad imprevista hubiera irrumpido en sus vidas. Al ver a los caballos y la
imponente presencia de los extranjeros, muchos de los nativos quedaron
petrificados, y el rey Tunja, atrapado en su propia pesadumbre y peso, se vio
incapaz de escapar, ordenando cerrar las puertas del cercado.
El
cercado estaba protegido por dos muros, separados por doce pasos, y dentro
había grandes casas. En una de ellas, se había acumulado una gran cantidad de
oro en petacas que podían llevar un solo indio cada vez. Los criados comenzaron
a arrojar las petacas por encima de la primera cerca sin que los españoles se
dieran cuenta, pues todos estaban concentrados en la entrada del gran cercado,
ansiosos por entrar en busca del tesoro.
Cuando
las petacas comenzaron a caer al suelo, rápidamente desaparecieron de las manos
de los indígenas, quienes las trasladaron por caminos ocultos, donde nunca se
halló rastro alguno, desvaneciéndose ante la mirada atenta de los inquisidores.
En ese
mismo momento, algunos intentaban romper las ligaduras que mantenían cerrada la
primera puerta de la cerca, donde estaban detenidos. El alférez mayor, Antón de
Olalla, un joven de gran valor, empuñó su espada y cortó los nudos y vueltas
intrincadas, abriendo un pasaje por donde los hombres a pie podían entrar. El
Licenciado se bajó rápidamente del caballo y ambos, con gran ardor, se
adentraron, desenvainando sus espadas y cubriéndose con los escudos.
Sin
perder tiempo, se deslizaron hacia la segunda cerca, la cual estaba
desprotegida, seguidos por algunos de sus compañeros que les cubrían las
espaldas. Se dirigieron a la casa que parecía tener más autoridad, rompiendo
las defensas con un gran número de hombres. Allí encontraron al rey de Tunja
sentado en un duho, con un gesto severo, rodeado por los más destacados nobles
de su reino. A pesar de ver acercarse a los españoles, el rey se mantuvo
inmóvil, sin mostrar sorpresa ni inquietud, confiado en que nadie se atrevería
a tocarlo.
Tal
era su desmedida confianza y su creencia en el respeto que le profesaban los
suyos, que pensaba que también los extraños lo venerarían, ignorando cómo la
fortuna puede cambiar los roles entre señores y siervos. Sin embargo, el
General y el Alférez, al reconocer que era el objetivo que buscaban, decidieron
apresarlo para mantenerlo bajo custodia.
Al ver
la confusión que se generaba, el rey Tunja exclamó con gran voz: «¿Quién
permite que sea apresado en medio de mi gente sin que nadie ofrezca
resistencia, y que se vea aquí una situación tan descompuesta y vergonzosa?
¡Que cada uno prepare sus manos, y que no quede ninguno de estos locos, pues
son pocos y malos todos ellos!»
No
bien terminó de hablar, cuando desde dentro y fuera del cercado se alzó un gran
griterío y alboroto, con voces confusas que se entrelazaban. Los peones que
quedaban fuera comenzaron a entrar para ayudar al Licenciado, y los hombres a
caballo también querían unirse a ellos. Sin embargo, Gonzalo Suárez Rendón,
observando la situación, dijo: «No nos movamos, pues vemos que los ejidos están
llenos de gente. Desde aquí, donde estamos, podremos resistir fácilmente; pero,
señores, si nos apeamos, quedaremos mancos y perdidos, sobre todo porque los
hombres que están dentro son suficientes para un mayor encuentro.»
Tenía
razón, pues aunque eran pocos y llevaban diversas armas, rodeados de indios
principales que intentaban liberar al rey, no lograron salir con sus intentos.
A pesar de derramar poca sangre, defendieron valerosamente su posición.
Mientras tanto, los hombres a caballo mantenían un constante movimiento
alrededor de la cerca, atacando con lanzas y aterrorizando a la inmensa multitud
que se acercaba.
La
noche pronto llegó, trayendo consigo una oscura sombra —o quizás la voluntad de
Dios, lo más cierto— que impidió la continuación del conflicto. La multitud, en
su afán de oprimir y ahogar a los defensores, no solo llevaba armas, sino que
también estaba lista para usar los puños, lanzando tierra en un intento por
derribar a los españoles.
Sin
embargo, Dios tuvo a bien que su fe prevaleciera frente a los abusos y las
maldades de los engañados idólatras, y que este fuera el principio de una alta
edificación soberana, gracias a la breve pero efectiva intervención de los
españoles. Al percibir el bullicioso alboroto en un tenso silencio, los
españoles decidieron colocar centinelas fuera y a hombres a caballo para
vigilar, con la diligencia y vigilancia necesarias para su seguridad. También
entregaron al rey de Tunja, junto a algunas indias que lo atendieran, a
guardias cuidadosos, brindándole esperanzas de libertad a través de halagos
apacibles.
Impulsados
por el deseo de obtener el tesoro, cuyas muestras relucían ante sus ojos con
joyas colgando de las puertas, comenzaron a explorar con antorchas encendidas,
buscando respuestas en lo profundo de aquel lugar. En una petaca que había
quedado rezagada por el alboroto y que no pudieron asegurar como las primeras,
encontraron ocho mil pesos en oro fino, en forma de diferentes joyas. También
hallaron un ataúd, que, aunque pesaba seis mil pesos, contenía unos huesos de
un difunto y estaba decorado con maravillosas esmeraldas.
De las
láminas, águilas y chagualas que estaban colgadas de las puertas, recogieron
una suma que ascendía a ciento cuarenta mil pesos. Sin embargo, la prisa les
impidió sacar todo lo que deseaban, pues no lograron entrar en el cercado con
la velocidad que habían previsto.
Asimismo,
hallaron tres grandes buhíos de forma circular, repletos de rollos de finas
telas de diversos colores, que los vasallos tributaban. También encontraron
piedras de tonalidades verdosas y coloradas, así como infinitas sartas
dispuestas en diferentes tramos. En el lugar había cañutos de oro fino,
utilizados en las fiestas para coronas y rodetes con los que los principales
ceñían sus sienes, muñecas y gargantas.
También
descubrieron grandes caracoles marinos adornados con oro fino, que servían como
trompetas o cornetas durante los regocijos y los sangrientos episodios de la
guerra. Estos caracoles, que provenían de la costa a través de un complicado
intercambio entre comunidades, eran considerados entre los indios como objetos
de gran valor.
Con
manos listas y pies ligeros, los españoles parecían no tocar el suelo,
acarreando al patio todo lo que encontraban de provecho. Mientras llevaban las
preciadas preseas, se escuchaba entre ellos: "¡Pirú! ¡Pirú! ¡Pirú!, buen
Licenciado, que, ¡voto a tal! esto es otro Cajamarca." Sin embargo, si
hubieran llegado más temprano y con más hombres para investigar las casas
principales, habrían recogido una mayor cantidad de riquezas. Pero, bajo la
cobertura de la noche, cada uno se llevó lo que pudo.
Así,
el día siguiente de esa diligente búsqueda, impulsada por la codicia habitual,
solo encontraron poco más. No obstante, albergaban buenas esperanzas sobre el
rescate del cacique, ya que la guía les había informado que la riqueza que
había dentro de sus aposentos era considerable. A pesar de que lo abordaron con
halagos, promesas y, en ocasiones, no sin amenazas, nunca lograron sacar
información valiosa. El cacique se mantuvo siempre obstinado y casi nunca
respondió a sus preguntas, prestando escasa atención a los elogios y menos aún
a las amenazas.
Sin
embargo, no mostró desagrado en lo que respectaba a su persona; disfrutó de
todos los servicios y regalos de mujeres, criados y criadas, sin que los
españoles alzaran la mirada hacia él. El General, siendo circunspecto, ordenó
que se respetara el decoro del cacique mientras lo mantenían bajo guardia, sin
tratarlo como a un prisionero.
Esto
también aplicaba a aquellos que eran reconocidos como hombres principales. En
lo que respecta a mantener la paz con quien la ofrecía, no hubo capitán más
constante. Sin embargo, quien haya afirmado lo contrario por escrito se halló
mal informado. Si después se hizo justicia, o si fue sin justicia, poca culpa
tuvo quien no lo vio, ni oyó, ni supo, por estar entonces en España. Fue Fernán
Pérez de Quesada, su hermano, quien actuó, no sin imprudencia y bajo la
influencia de malos consejeros que venían de Perú, de donde proviene todo mal.
Ojalá
nunca hubieran puesto los pies en esta tierra, pues se habrían evitado pesares,
ya que la mayoría de los que llegan traen consigo un olor y hasta un sabor a chirinolas.
Pero dejemos este tema para cuando haya oportunidad de abordarlo y volvamos a
nuestro Licenciado. Este, al ver que la tierra revelaba un caudal más próspero
de lo esperado, envió a Ciénega a tres hombres de caballo para que llamaran a
la gente que allí se encontraba.
Cuando
llegaron al asentamiento, Juan de Sant Martín ya había llegado. Al enterarse de
la buena fortuna, se dirigieron a Tunja, donde se reunieron todos, alegres y
satisfechos con el botín, y con expectativas de más riquezas. Quien había
informado sobre Tunja también había declarado que Sogamoso, en la tierra
conocida como Iraca, tenía un tesoro considerable en el adoratorio de su
pueblo. Se decía que, al ser aquella tierra sagrada, muchos otros señores
principales, además del general, poseían allí santuarios donde habría una gran
cantidad de oro.
Al oír
esto, el Licenciado, atraído por el deseo insaciable de ese cebo que, cuanto
más se consume, menos sacia, dispuso a veinte hombres de a caballo y a un grupo
de peones menos perezosos que una veloz pantera al saltar hacia el estiércol
que los pastores cuelgan, y marcharon rápidamente tras la guía. En un día
llegaron a Paipa, donde pasaron la noche, y al siguiente día alcanzaron las
sierras de Tundama.
El
guerrero caviloso, al enterarse de su llegada, les envió regalos por el camino:
mantas, oro, caza y otros obsequios, diciendo que esperaran, ya que él venía
con ocho cargas de oro que estaban llegando con los vecinos. Aceptaron su
mensaje, y para no perder aquel aditamento, se detuvieron tanto tiempo que el
sol ya había pasado el círculo meridiano. Sin embargo, el guerrero,
aprovechando el tiempo que le dieron, se las arregló para sacar del pueblo
todas las alhajas y el oro de los santuarios. Además, desplegó una numerosa
fuerza armada en las zonas altas, que sembró el pánico en la comarca, gritando
que si venían, llevarían sobre sus cabezas el oro que tenían para darles.
Y,
tras ser objeto de burla, nuestros hombres decidieron saquear el pueblo. Todos
los habitantes salieron despavoridos, aunque no sin sufrir las pedradas y
flechazos que caían de los lugares altos, ya que no podían responder con las
armas españolas. Era forzoso, en ese momento, no pelear, pues ya era tarde para
llegar a donde la guía los llevaba, que estaba a poco más de una legua de
distancia de estos asentamientos hasta Sogamoso.
Así,
por más prisa que se dieron, llegaron cuando el sol empezaba a abandonar
aquellos horizontes. Allí encontraron congregados en un llano grandes escuadrones
de indios, quienes, al verlos llegar, dieron el grito que suelen emitir cuando
piden combate. Nuestros españoles, invitados a participar y a tomar el lugar,
rompieron en medio de la multitud, derribando coronas y penachos, aunque
causaron poco daño a sus dueños, pues lograron hacer que retrocedieran y
dejaran libres los albergues, incluyendo el cercado de Sogamoso. Este contenía
las pendientes láminas y platos de aquel metal pálido que tanto buscaban, según
lo que Tunja había poseído, y se recogieron bienes que valieron ochenta mil
ducados, entre los cuales había una pieza que pesaba más de mil pesos de buen
oro.
La
oscuridad de la noche ayudó en gran medida a los españoles a hacerse con gran
riqueza, tanto de casas como de santuarios, aunque no pudieron despojar
completamente el principal adoratorio, ya fuera por religión, por ser algo
común, o porque simplemente no fue posible. Miguel Sánchez y Juan Rodríguez
Parra, ambos valerosos soldados (de los cuales Miguel Sánchez vive hoy y es uno
de los alcaldes de este pueblo), llegaron al edificio suntuoso un rato después
de la noche. Para ver lo que contenía, rompieron las puertas y, con antorchas
hechas de pajas que llevaban encendidas, entraron en él.
Dentro
encontraron un lugar donde podían llenar las manos a su gusto. En una barbacoa
bien dispuesta, vieron hombres difuntos, secos y adornados con ricas telas y
joyas de oro, junto a otros ornamentos que debían pertenecer a personajes de
alto rango. El pavimento del adoratorio estaba cubierto de espartillo blando y
seco, como es costumbre en esos lugares y en las demás provincias de este reino
que tienen terrenos fríos.
Los
soldados, dominados por la codicia, que a menudo eclipsa las consideraciones
necesarias, pusieron en el suelo la candela hecha de las ardientes pajas que
llevaban. Embebidos en recoger el oro, no advirtieron el peligro que se cernía,
ya que la llama comenzó a propagarse por los espartillos, sin un estallido ni
un sonido que la delatara, hasta alcanzar las paredes, las cuales estaban
revestidas de carrizos finamente colocados y trenzados.
La
llama creció con tal intensidad que, cuando se dieron la vuelta, no hubo forma
de mitigarla, y salir de allí fue casi un milagro, dada la estructura de paja.
Sin embargo, a pesar del riesgo, no abandonaron el oro que habían recogido, al
menos lo que pudieron cargar sobre sus hombros, dejando el resto a merced de la
furia del incendio, que se alzó hasta la techumbre, iluminando los campos y
despojándolos de su sombra nocturna.
Domingo
de Aguirre, que vigilaba junto a Pero Bravo de Ribera, llegaron a caballo,
presurosos, creyendo que se trataba de una artimaña de los indios, al ver a
algunos de ellos huir. Miguel Sánchez opinaba que no era descuido de su parte,
sino una táctica de los xeques, que supuestamente estaban allí en secreto,
cuidando del insigne santuario. Al observar a los dos hombres ocupados,
decidieron que lo mejor era quemarlos dentro.
Sin
embargo, independientemente de cómo sucedió, el fuego de aquella casa duró un
espacio de cinco años, sin que el invierno pudiera acabar con él. Durante ese
tiempo, nunca faltó el humo en el lugar donde estaba. La cubierta tenía tal
grosor y corpulencia, hecha de los palos traídos de los llanos, que, según los
indios más antiguos, un número infinito de personas acudió de diversas partes a
buscar la madera. Esta parecía incorruptible, ya que querían que su templo
fuese tan duradero como los de los relatos históricos que mencionan
construcciones de madera arceuthina, que es de enebro, planta conocida por su
longevidad. Según leemos, en España, estos edificios duraron más de doscientos
años y hasta tres quinientos sin corromperse. Salomón pidió esta madera al rey
Hiram para labrar su templo, y esta nación, en su ignorancia, buscaba
materiales infalibles con la intención de hacer un edificio permanente.
Juan
Vázquez de Loaiza menciona que, al hincar los estantes, cada uno de ellos se
colocaba sobre un esclavo vivo. Creían que, al estar fundados sobre sangre
humana, no serían susceptibles a la jactancia. Sin embargo, se engañaron los
insensatos, pues esos estantes se convirtieron en ceniza, sin que la potestad
de Sogamoso interviniera con su lluvia, ya que, según creen estas gentes, el
poder de llover y granizar está en su mano, junto con otros fenómenos naturales
que varían a lo largo de las estaciones.
Estos
individuos están tan endurecidos en sus creencias que la razón no basta para
deshacer tales burlas, que son incluso más ridículas y tontas, arraigadas en
sus corazones. El origen de este desvarío es atestiguado por Fernando de
Avendaño, un joven criollo hábil en la lengua, hijo del capitán Juan de
Avendaño, quien asegura que se dio de esta manera.
En
tiempos pasados, existió un cacique llamado Idacansás, que en su lengua
significa "luz grande de la tierra". Este cacique poseía un gran
conocimiento sobre las señales que indicaban cambios en el clima, ya sea de
serenidad o tempestad, de sequedad, lluvia, granizo, vientos o incluso de
pestilencias contagiosas. Interpretaba estas señales a partir del sol, la luna,
las estrellas, las nubes, las aves y otros animales, así como de otros
fenómenos que le ofrecían indicios de futuros acontecimientos en la provincia
que regía.
Es
posible que, como un hechicero en comunicación con el demonio, Idacansás
pudiera predecir estas revoluciones y cambios. Sus juicios fueron considerados
puntuales, lo que llevó a la gente a acudir a él en busca de guía. Así, no solo
sus vasallos, sino todos los indios del Nuevo Reino lo reverenciaban como un
oráculo común al que consultaban en tiempos de necesidad, trayendo diversos
dones para satisfacer lo que cada uno pretendía.
La
tradición de elegir a los caciques, que no era hereditaria sino por elección,
se ha mantenido hasta hoy en día. Los elegidos debían ser de Tobacá y
Firabitova, pueblos cercanos a Sogamoso, disfrutando de una alternancia en las
elecciones sin que un mismo pueblo pudiera elegir sucesivamente. Sin embargo,
una vez ocurrió que un caballero de Firabitova, de barba larga y color bermejo,
usurpó la dignidad con el apoyo de seis valerosos hermanos, a pesar de que en
ese momento debía ser un cacique de Tobacá.
Los
Tobacaes informaron a los electores, cuatro caciques principales de Buzbauza,
Gameza, Tocal y Pesca. En caso de desacuerdo, recurrían al voto de Tundama. Al
enterarse de la osadía del caballero bermejo, decidieron hacerle la guerra
tanto para quebrantar los estatutos como porque había apresado a Gameza y le
había negado el voto y voluntad que le pedía, lo que consideraron una
injusticia pública.
Así,
los electores y el Tundama reunieron un ejército considerable, y el bermejo
barbudo no se negó a darles batalla. Demostró ser superior en animosidad y
valentía, pero los electores proclamaron, bajo penas capitales, que ninguno de
los de Sogamoso lo siguiese ni lo reconociese como cacique. Era evidente que
era un tirano y que había tomado violentamente la dignidad que debía ser
elegida por los señores determinados a corregir aquel abuso.
La
estrategia tuvo tanto efecto que la mayor parte de la hueste de Sogamoso, que
estaba bajo el mando del bermejo, se pasó a la señal de los caciques electores.
Así, atacaron al usurpador, y en el conflicto, este perdió su vida y su estado,
luchando con valentía. Sus hermanos, al verlo caído entre la multitud, lo
rescataron con sus pocos partidarios y, sin que nadie supiera su paradero, lo
trasladaron a un lugar desconocido, ya que pretendían poner su cadáver en altos
palos, tal como él había hecho temerariamente con el cacique generoso de
Gameza.
Después
de restablecer el orden, los habitantes decidieron elegir a un nuevo cacique de
Tobacá, y así designaron a Nonpanim, cuyo nombre significa "vasija de
león" en su lengua. A él le sucedió su sobrino Sugamuxi, que se traduce
como "el encubierto", quien reinaba en el momento en que los
cristianos llegaron a la tierra. Sugamuxi, con el tiempo, fue conocido como
Sogamoso, y más tarde le dieron el nombre de Don Alonso tras recibir el
bautismo.
Conocí
a Sogamoso, quien poseía un porte caballeroso y se manejaba con habilidad en
sus tratos con los jueces. Recuerdo haberlo visto consolar a una mujer que
lamentaba la muerte de su marido. Con un tono de empatía, le expresó su pesar
por su situación como viuda, y añadió: “Entiéndame, señora, lo que digo; yo
consideraba a tu marido como un amigo y, sin fingir amor, permitía que algunos
de mis hombres le sirviesen y que recojan lo que le correspondía”.
Sogamoso
continuó explicando que esos hombres estaban ahora bajo su responsabilidad,
asegurándole que no debería tener queja de él. "Cuida bien de su
memoria", le aconsejó, "tanto después de muerto como en vida, siempre
y cuando tú la preserves con buen motivo. Pero si decides volver a casarte,
aquí cesa mi promesa de cumplimiento. No quiero que mi hacienda caiga en manos
de otro que no lo merezca, ya que es común que los holgazanes se adueñen de lo
que no han ganado, disfrutando de las riquezas que pertenecen a los que han
fallecido".
Sogamoso,
con su elocuencia, advertía sobre las consecuencias de buscar nuevas parejas,
sugiriendo que lo que parecía una búsqueda de felicidad podría, en última
instancia, quitarle su dulce vida. "Quien hace tales elecciones, que así
pague", concluyó, dejando entrever la sabiduría y la experiencia que había
acumulado a lo largo de su vida.
Las
palabras de aquel bárbaro prudente, Sogamoso, eran en esencia un reflejo de su
sabiduría y de la situación que enfrentaban. En el tiempo en que los españoles
llegaron a su tierra, Sogamoso contaba con un gran caudal de riquezas, pero los
indios, al estar advertidos, apenas encontraron tesoros comparables a lo que se
sabía gracias a la información precisa que les había llegado.
Decididos
a no perder lo que habían recogido, los caciques optaron por regresar a Tunja,
donde se reunieron con aquellos que permanecían vigilantes sobre los bienes en
la comarca. Juntos, tomaron la determinación de organizar un escrutinio para
maximizar sus ganancias y resguardar sus posesiones.
Dado
que los caminos eran algo largos y me he detenido con digresiones relacionados
con el tema de este canto, continuaré narrando lo que sucedió a partir de aquí,
si Dios lo permite, siguiendo sus pasos y acontecimientos.
***
Canto
séptimo
Así,
con el deseo de expandir su dominio y descubrir nuevas riquezas, los españoles
abandonaron el asiento de Tunja. Motivados por la noticia de un terreno
próspero, decidieron dirigirse hacia Neiba, donde esperaban encontrar una gran
laguna y un santuario de inestimable riqueza, fundado sobre mármoles de oro.
Antes
de partir, liberaron al anciano rey de la región, instándole a mantener la paz
y ser amigo de los españoles. Le aseguraron que, tras su partida, podría
disfrutar de su quietud y señorío sin temor a represalias.
Equipados
con ochenta gandules en cadena que llevaban el oro, los conquistadores
iniciaron su marcha, deteniéndose en Paipa durante tres días. Sin embargo, al
cuarto día, mientras se preparaban para continuar su viaje, divisaron desde la
distancia una inmensa fuerza que bajaba de la serranía: más de cincuenta mil
hombres de guerra se acercaban, organizados en escuadrones y armados con una
variedad de armas.
Los
indios, que portaban paveses, hondas, picas, arcos y flechas, exhibían su
bizarría con plumajes, coronas de oro y otros adornos brillantes que
deslumbraban a los españoles. La vista de este despliegue despertó la codicia y
la curiosidad en los conquistadores, que se preguntaban quiénes eran esos
guerreros que se movían con tanta determinación y valentía.
En
medio de la creciente tensión, Tundama, acompañado por varios caciques que le
eran leales, como Onzaga, Chicamocha y Ocabita, avanzaba decidido hacia los
españoles. La multitud de guerreros que se reunía bajo su mando descendía por
las laderas de la sierra con un ímpetu comparable a una tormenta que arrastra
todo a su paso.
El
ruido del ejército indígena resonaba con fuerza, recordando a los
conquistadores que se preparaban para el enfrentamiento en las llanadas
pacíficas de Bonza. Estos indios, dirigidos por Tundama, mostraban un valor
indomable, listos para probar su bravura contra los españoles.
Observando
la cercanía del conflicto, un caballero presente, el Licenciado, se dirigió a
sus compañeros, instándolos a no rehuir la batalla. Con firmeza, les recordó
que, aunque el enemigo era numeroso, la confusión podría ser su aliada. “Son
muchos, pero en su desorden hay posibilidad de victoria”, les dijo, resaltando
la experiencia y destreza de los soldados españoles, hijos de una tierra
forjada en la guerra.
“Este
es un desafío que no podemos eludir”, continuó, señalando que la lucha era
inevitable y que debían transformar la furia de sus adversarios en una
oportunidad para demostrar su valor. Instó a cada uno a prepararse para
defenderse con determinación, destacando que en situaciones de peligro, la
defensa es el primer paso hacia la victoria. En ese momento, la tensión en el
aire era palpable; el destino de ambos bandos pendía de un hilo.
En
medio de la tensión del combate, el Licenciado dio instrucciones a sus hombres
para que esperaran a que los indígenas descendieran de la cumbre y ocuparan la
llanura, donde podrían enfrentarse a ellos sin el riesgo de ser superados.
“Cuantos más sean los enemigos, mayor será nuestra victoria”, expresó, instando
a que nadie se moviera ni intentara jugarle una treta, hasta que él mismo diera
la señal de ataque.
A
medida que la mayoría de los guerreros indígenas se acercaban, preparándose
para el enfrentamiento, resonaban los ecos de las piedras y los proyectiles
lanzados por los arqueros, creando un sonido ominoso en el aire. Los españoles,
reconociendo la cercanía de sus adversarios, se sintieron impulsados por el
grito del Licenciado: “¡Santiago!”, que resonó como una llamada a la acción.
Así,
tanto los peones como los caballeros se agruparon, junto con algunos indígenas
amigos que los acompañaban, cada uno llevando una guirnalda verde como símbolo
de su lealtad. Entre ellos estaba un indio, gobernador de Baganique, que había
sido el guía de los españoles hasta ese momento. Durante la confusión de la
batalla, vio a un joven guerrero adornado con una corona de oro y plumas
brillantes. Deseando mejorar su posición, cambió su guirnalda verde por otra
que no le costó menos que su vida, ya que en la confusión fue confundido por
sus propios aliados y terminó siendo víctima del combate.
La
victoria se cantó sin que los españoles sufrieran grandes daños, y al siguiente
día comenzaron su marcha hacia Neiba, donde se decía que había montañas de oro.
Sin embargo, en su camino hacia el pueblo de Suesca, dejaron un grupo de
hombres para proteger el campo y continuaron hacia Pasca, una tierra que ya
habían visitado anteriormente.
A
medida que avanzaban, se encontraron con tierras despobladas y páramos
inhóspitos. Finalmente, llegaron al Valle de la Tristeza, un lugar que prometía
ser rico en recursos, pero pronto se dieron cuenta de que sus guías los habían
abandonado. Este desamparo provocó un gran desconsuelo entre los españoles,
quienes comenzaron a sufrir de hambre y enfermedades, especialmente debido a la
humedad y los vapores del río Magdalena, donde se habían alojado cerca de
algunos tugurios de indígenas que, temerosos de la llegada de los españoles, se
habían retirado a la otra orilla. Así, la travesía se tornó cada vez más
difícil, y las adversidades comenzaron a pesar sobre ellos.
En
medio de la adversidad y el sufrimiento, un joven valiente apareció, nadando
por el río sin mostrar temor, y se dirigió hacia donde estaban los españoles.
Una vez en la ribera, sacó de su mochila catorce corazones de oro fino, pesando
dos mil setecientos castellanos, lo que iluminó momentáneamente el ánimo de los
soldados, que, aunque abatidos, vieron en aquella muestra un rayo de esperanza.
Con gratitud, lo trataron con generosidad, ofreciéndole cuchillos, tijeras y
otras baratijas. Satisfecho con tan humildes regalos, el joven se marchó
nadando de vuelta por el río.
Al día
siguiente, regresó con otro tanto de oro, recompensado esta vez con cuentas y
un bonete rojo, y los españoles le pidieron que siguiera trayendo más de
aquellos corazones, que tanto anhelaban. Sin embargo, después de unos días de
espera, el joven no volvió a aparecer.
Ante
la incertidumbre, los españoles decidieron regresar a un terreno más seguro y
saludable. A la hora de cargar el oro, muchos de ellos, debilitados y
exhaustos, mostraron reticencia. Apenas podían mantenerse en pie, apoyándose en
sus bastones. Determinaron entonces enterrar el oro en un lugar conocido hasta
que un grupo más fuerte pudiera ayudarles a llevarlo.
Sin
embargo, Pedro de Salazar y Juan de Valle, que todavía tenían un poco más de
energía, optaron por llevar el oro sobre sus espaldas hasta llegar a Pasca,
donde se encontraron con cuatro hombres de a caballo que les informaron que el
General había ordenado que todos se dirigieran al cercado del cacique de
Bogotá, donde los aguardaba el resto de sus hombres.
Siguiendo
esa orden, se dirigieron a un asentamiento que parecía propicio para
recuperarse y donde había suficientes provisiones. Una vez que todos se
reunieron, decidieron repartir el oro entre los presentes. Nombraron jueces,
como era habitual en estos casos, y, después de calcular el total y descontar
el quinto que correspondía al Rey, se determinó que cada parte equivaldría a
cuatrocientos pesos.
El
Gobernador Don Pedro Fernández recibió nueve partes por capitulación, mientras
que a Gonzalo Jiménez de Quesada, su teniente, le correspondieron siete. Con
esto, la fortuna de los españoles se vio nuevamente renovada, aunque las
dificultades y el sufrimiento aún estaban muy presentes en sus corazones.
Mientras
se realizaba la repartición del oro y las esmeraldas, muchos soldados sintieron
agravio al ver que los más favorecidos eran aquellos que menos habían
trabajado. Este tipo de situaciones eran comunes, donde los aduladores y los
aprovechados solían recibir las recompensas, dejando a los que realmente habían
sudado en la batalla con las manos vacías. La corrupción había permeado tanto
en las decisiones que, incluso en nombre del Rey, quienes estaban en el poder
vendían las mercedes a aquellos que ofrecían más a cambio, sin tener en cuenta
los méritos de cada uno.
A
pesar de esta injusticia, los soldados, leales y obedientes, aceptaron la
situación sin quejarse demasiado. El teniente, con artimañas y promesas de
obtener mercedes en España para todos, logró que cada uno cediera la mayor
parte de su oro. Con el tiempo, los españoles obtuvieron información sobre el
paradero del señor Thisquesuzha, cuyo dominio prometía riquezas que superaban
todo lo que ya habían conseguido.
Con
planes en marcha, se prepararon para adentrarse en sus territorios, llevando
consigo peones y caballos seleccionados. La calma de la noche, que normalmente
traía un merecido descanso, fue interrumpida por el bullicio y el alboroto del
ataque. En medio de la confusión, los indígenas, alertados, empezaron a
defenderse arrojando tizones encendidos, piedras y troncos, mientras gritaban
"¡Santiago!" para ahuyentar a sus agresores.
El
caos era tal que la mezcla de gritos y gemidos de los caídos resonaba en la
oscuridad, haciendo que los españoles, ante la feroz resistencia de sus
enemigos, decidieran abandonar la rústica aldea y buscar refugio en los lugares
más seguros que ofrecía la montaña. Aquella noche se tornó en un verdadero
campo de batalla, donde los ecos de la lucha y el sufrimiento se entrelazaban
con la desesperación de aquellos que, en un principio, habían buscado la gloria
y la fortuna, y ahora se enfrentaban a la amarga realidad de la guerra.
El
triste destino del Rey Thisquesuzha se convirtió en un ejemplo palpable de cómo
incluso los poderosos no están a salvo de la fatalidad. En medio de la
confusión y el ataque, Thisquesuzha intentó escapar del cercado con algunos de
sus nobles y la guardia, pero una saeta, disparada al azar, lo atravesó por la
espalda, sellando su trágico final. Su muerte no solo dejó un vacío en su
liderazgo, sino que también conmovió profundamente a los pueblos que había
gobernado, quienes lamentaron su pérdida.
Los
españoles, en su ambición por capturarlo, ignoraban aún la magnitud de la
tragedia. Con su fuga, los albergues del Rey quedaron desprotegidos, lo que
permitió a los conquistadores saquearlos en busca de riquezas. Encontraron
algunas joyas de oro, un vaso precioso y un considerable botín, pero la falta
de un tesoro significativo dejó un sabor a decepción. A pesar de haber hallado
comida y recursos, el oro que buscaban, que había hecho famosa a la tierra,
seguía sin aparecer.
La
muerte de Thisquesuzha fue un acontecimiento doloroso, no solo por la pérdida
de un rey querido, sino también porque representaba la ruptura de un orden
establecido. En su sepultura, hallada más tarde por el lusitano Gaspar Méndez,
y con las joyas que adornaban su cuerpo, se reflejaba la riqueza y el esplendor
de un reinado que había sido abruptamente cortado por la violencia de la
conquista. La historia de su final sería recordada como un recordatorio del
fragor de la guerra y la fugacidad de la vida, incluso para aquellos que
parecen estar en la cúspide del poder.
La
noticia de la muerte de Thisquesuzha y la pérdida de un caballero de renombre
como Sacresaxigua causó un gran pesar entre los españoles que llegaron a
Bogotá. Sacresaxigua, un líder bien respetado y querido, había intentado
hacerse con el control del reino tras la muerte del rey. Su astucia y carisma
le habían ganado la lealtad de muchos, lo que le permitió resistir los embates
de los conquistadores durante un largo periodo.
La
lucha de Sacresaxigua por mantener el control se caracterizó por su tenacidad;
sus asaltos mantenían a los españoles en un estado constante de alerta,
privándolos de sueño y comida. Sin embargo, a pesar de su valía y la
determinación de su pueblo, las circunstancias eran adversas. Los españoles,
aunque diezmados, contaban con ventajas estratégicas y recursos que les
permitían resistir el asedio.
La
ambición de Sacresaxigua no pasó desapercibida, y su liderazgo despertó los
celos de otros nobles, entre ellos Cuximinpaua y Cuxinimegua. Estos dos
caballeros, también de la nobleza real y bien considerados, comenzaron a
murmurar sobre la posibilidad de hacerse con el mando. Su prestigio, tanto por
su linaje como por su valor, los convertía en contendientes serios en la lucha
por el poder.
Así,
el escenario político en Bogotá se tornó complicado, con Sacresaxigua
intentando afianzarse en el poder, mientras que otros nobles ambicionaban lo
mismo, creando un caldo de cultivo para la inestabilidad y los conflictos
internos. La lucha por el control no solo reflejaba el deseo de poder, sino
también la fragilidad del liderazgo indígena ante la presión de los
conquistadores y las rivalidades internas. La historia de este conflicto no
solo resonaba con la tragedia de la pérdida de un rey, sino también con la
ambición y la traición que a menudo acompañan a las luchas por el poder.
Sacresaxigua,
consciente de los peligros que representaban Cuximinpaua y Cuxinimegua, decidió
cambiar su estrategia. En lugar de continuar con la guerra contra los
españoles, optó por buscar una solución pacífica que pudiera asegurar su
posición y la del reino. Al hacerlo, tenía la esperanza de ganar la confianza
de los conquistadores y consolidar su poder en un momento de inestabilidad.
Con
una comitiva de nobles y criados, cargados de regalos y muestras de riqueza, se
dirigió al campamento español para notificar su llegada. Su aparición fue
recibida con gran alegría, ya que la noticia de su paz prometía alivio y la
posibilidad de un entendimiento mutuo. Sacresaxigua se presentó con una imagen
digna y majestuosa, lo que no pasó desapercibido para los españoles, quienes lo
vieron como un líder capaz y digno de respeto.
Al
encontrarse con el General Jiménez de Quesada, Sacresaxigua expresó su pesar
por la muerte de Thisquesuzha, que había sido un importante líder para su
pueblo. Con la muerte del rey, el equilibrio de poder se había visto afectado,
y Sacresaxigua estaba dispuesto a posicionarse como el heredero legítimo. Con
un discurso calculado y persuasivo, buscó convencer a los españoles de que
podía ser un aliado valioso en lugar de un enemigo.
Su
intención era clara: al presentar su propuesta de paz, Sacresaxigua esperaba
fortalecer su propio estatus y asegurar la lealtad de sus seguidores. La oferta
de alianza no solo era una estrategia para protegerse de sus rivales, sino
también una maniobra para ganar el favor de los conquistadores, quienes se
encontraban en una situación vulnerable y podían ver en él un socio útil en la
compleja dinámica de poder que se estaba gestando en la región.
El
acto de acercarse a los españoles con regalos y promesas de lealtad era un
movimiento astuto que reflejaba su habilidad política y su deseo de mantener el
control en un entorno cada vez más amenazante.
Sacresaxigua,
en su intento de ganarse la confianza de los conquistadores, se mostró astuto y
persuasivo. Al reconocer la fortaleza y la suerte de los españoles, intentó
convertir el odio que había surgido por la muerte de Thisquesuzha en un
sentimiento de amor y amistad. Con un discurso lleno de retórica y nobles
intenciones, hizo hincapié en su deseo de paz, presentándose como un hombre de
buena voluntad que había venido en herencia de su tío, quien había gobernado
con autoridad.
Al
proponer una alianza, Sacresaxigua intentaba suavizar las tensiones y ofrecer
una cooperación recíproca en tiempos de necesidad. Su habilidad para expresar
sus deseos de paz fue bien recibida por el General Jiménez de Quesada, quien
apreció la prudencia y la consideración del líder indígena. El General,
reconociendo la dignidad de Sacresaxigua, también entendió la importancia de
asegurar la lealtad de aquellos que podrían ser sus aliados en el futuro.
Sin
embargo, Quesada dejó claro que esta paz y amistad requerían un compromiso
formal de vasallaje al Rey de España, una condición que reflejaba la naturaleza
colonial de la relación que los conquistadores buscaban establecer. La
obediencia y la lealtad al monarca eran esenciales para los españoles, que no
podían ofrecer paz ni amistad a quienes no se sometieran a la autoridad de su
rey.
Sacresaxigua,
consciente de las circunstancias, aceptó la propuesta de ser vasallo del rey
español, mostrando así su disposición a unirse a la nueva estructura de poder.
Consciente de la influencia que el rey ejercía sobre diversas naciones y reyes,
vio en esta relación una oportunidad para proteger su posición y asegurar la
lealtad de su pueblo.
A
medida que el tiempo pasaba, Sacresaxigua se esforzó por demostrar su
compromiso, acercándose a los españoles y facilitando el suministro de recursos
necesarios para sus necesidades diarias. Su generosidad y la forma en que trató
a los conquistadores, brindándoles abundancia, contribuyeron a fortalecer sus
lazos. Esto no solo lo posicionó como un aliado valioso, sino que también le
permitió mantener cierta autonomía mientras navegaba por las complejas
dinámicas de poder que se desarrollaban en la región.
La
tensión entre las distintas tribus indígenas se intensificó con la incursión de
los indios Panches en las tierras de los Moscas, lo que llevó a Sacresaxigua a
buscar la ayuda de los conquistadores. Su discurso ante Gonzalo Jiménez de
Quesada resalta su astucia política y su deseo de colaborar, apelando al
sentido de justicia de los españoles para actuar en defensa de su gente. Este
llamado a la acción no solo muestra su compromiso con su pueblo, sino que
también lo posiciona como un aliado estratégico para los españoles, quienes
estaban interesados en mantener el control sobre la región.
Quesada,
reconociendo la amenaza que representaban los Panches y la oportunidad de
reforzar su alianza con Sacresaxigua, aceptó la propuesta de enviar tropas en
respuesta a la agresión. La colaboración entre los españoles y Sacresaxigua
simboliza la compleja red de alianzas que se estaba formando en la región,
donde intereses comunes podían unir a antiguos enemigos.
Con
gran determinación, Sacresaxigua movilizó a sus hombres, demostrando su
capacidad de liderazgo al reunir a doce mil guerreros preparados para la
batalla. La mención de que estos hombres eran diestros en la guerra subraya su
experiencia y habilidad, esenciales para enfrentarse a los Panches, quienes, al
tener conocimiento de la llegada de los españoles, se retiraron a las alturas
para evitar el enfrentamiento directo.
El
preludio de la batalla se cargó de tensión y expectativa, con los españoles y
sus aliados indígenas preparados para demostrar su fuerza ante el enemigo. El
sonido de las trompetas y los gritos de guerra resonaron, generando una
atmósfera de inminente conflicto que llevó a los animales a buscar refugio, un
claro reflejo del miedo que la guerra puede suscitar en el entorno natural.
A
pesar de los preparativos y la ventaja numérica, la batalla no sería sencilla.
Los Panches, bien posicionados en las alturas, estaban listos para utilizar el
terreno a su favor, haciendo que los españoles y sus aliados enfrentaran un
desafío significativo. La referencia a las piedras y los diversos tiros que
debían superar destaca la brutalidad y el peligro de la contienda, que ya
estaba destinada a ser un enfrentamiento sangriento, reflejando la dura
realidad de la guerra en ese tiempo.
Los
Moscas, alentados por Sacresaxigua y los veteranos capitanes de su hueste, se
lanzaron a la batalla con valentía. Sin embargo, los audaces Panches se
acercaban a ellos con la ferocidad de perros persiguiendo liebres o conejos,
motivados por sus costumbres de caza. A pesar de que sufrieron algunas bajas,
lograron acabar con varios Moscas, que fueron rápidamente despedazados y, en su
afán, bebieron la sangre de sus enemigos. La masacre podría haber sido aún más
sangrienta de no ser por la intervención de los españoles, quienes, con
admirables proezas, lograron contener la furia de los Panches, aunque no sin
sufrir un considerable daño, ya que doce de sus hombres quedaron gravemente
heridos.
La
lucha se prolongó hasta que la luz del día se desvaneció, momento en el cual el
ejército Panche se retiró a posiciones más seguras, dejando el campo a los
Moscas, que ocupaban la llanura donde se encontraban los caballos. Allí, se
encargaron de atender a los heridos y organizaron centinelas vigilantes para
protegerse de posibles ataques. Sin embargo, los españoles, recelosos tanto de
sus aliados como de sus enemigos, también se mantuvieron alertas.
Para
prepararse para el siguiente día de combate, los líderes españoles se reunieron
en consejo. Decidieron armar una emboscada para atraer a los Panches a un lugar
donde los caballos pudieran actuar con eficacia. A poca distancia, encontraron
una quebrada amplia que separaba los campos de ambos bandos. Sus orillas eran
montuosas y adecuadas para sus planes, y delante se extendía una llanura
propicia para que los caballos pudieran correr y maniobrar.
En el
silencio de la noche, se ocultaron en esa espesura el General, su hermano
Fernán Pérez, Gonzalo Suárez, Juan del Junco, Lázaro Fonte, Céspedes el Zorro,
Gómez del Corral, Pedro Fernández de Valenzuela, San Martín, Lebrija y Martín
Galeano. Eran doce hombres de gran valor, dignos de ser comparados con los
legendarios "doce Pares". Su disposición y determinación prometían
una nueva jornada de enfrentamientos, en la que su astucia y habilidades se
pondrían a prueba en la lucha por la supervivencia y la conquista.
Allí,
con la debida precaución, pasaron el resto de la noche, mientras los del campo
recibían instrucciones sobre el orden y la coordinación que debían seguir al
amanecer. Así, cuando los primeros rayos de luz matutina disiparon la oscuridad
y bañaron las alturas y valles con el dorado resplandor del sol, los Moscas
recibieron la orden de cruzar la quebrada con todas sus escuadras.
Sacresaxigua, que estaba al tanto del plan, cumplió de inmediato.
Ubicando
a su gente en la posición que habían evaluado en numerosas ocasiones, mandó
sonar las cornetas y atambores, y comenzó a ascender hacia las alturas ocupadas
por los Panches. Al ver a los indios solos y, en la otra banda, a los caballos
y a la gente cristiana que fingía ser neutral desde una posición elevada, los
Panches, sintiéndose audaces y confiados en su victoria, se lanzaron por las
laderas, como leones que se abalanzan sobre su presa.
Sin
embargo, los Moscas, aparentando miedo según el plan acordado, comenzaron a
retirarse rápidamente, despojándose de los tiros y mostrando un rostro temeroso
de vez en cuando, hasta que los Panches alcanzaron la llanura. Cuando los del
campo vieron esto, tocaron una trompa, señal para que salieran del escondite
los doce caballeros ocultos. Como llamas apresuradas, volaron a través de los
pajonales secos, empujadas por vientos furiosos, hasta romper las filas del
bárbaro gentío. Este, sorprendido por el asalto en el momento en que estaba más
absorto persiguiendo a sus enemigos, se turbó al verse atacado.
La
confusión creció aún más cuando comenzaron a sonar las lanzas, pues el impacto
de estas era similar al de martillos golpeando sobre masa caliente, descargando
su fuerza sobre las entrañas de los bárbaros, manchando el campo verde con un
profuso torrente de sangre. Con la llegada de los restantes caballos y peones
que habían permanecido ocultos, la situación se tornó más intensa. Así que,
tras sonar la trompeta, señal que también hicieron los Panches, estos llegaron
presurosos al combate, y con el apoyo de sus compañeros, los Moscas comenzaron
a tomar venganza, llenos de jactancia y satisfacción al ver a los Panches en
desventaja.
Al ver
el mortal estrago, muchos de los Panches se vieron obligados a huir, aunque no
sin haber dejado atrás una gran cantidad de muertos en los enfrentamientos.
Aquellos que lograron escapar se refugiaron en bosques y cavernas, donde las
acogidas más seguras parecían ser solo apariencias de muerte. Mientras tanto,
los españoles y los Moscas regresaron a su puesto, animados y satisfechos por
el venturoso éxito que celebraron a su modo, con bailes y cantos que se
prolongaron durante gran parte de la noche. Sin embargo, los cristianos se
mantuvieron en alerta, preocupados tanto por los vencidos como por los amigos.
Al
amanecer, cuando los rayos de Timbreo secaban los rocíos del campo, los
Panches, temerosos de un castigo aún mayor y conscientes de su quebranto, decidieron
consultar entre ellos. Así, acordaron buscar la paz con los españoles. Algunos
de sus principales se acercaron, llevando guamas, aguacates y otras frutas, así
como joyas de oro fino. El más anciano de ellos, hablando en la lengua Mosca,
se dirigió al General:
«La
nación de los Panches ha sido hasta ahora vencedora, nunca vencida; siempre
temida, causando llanto y espanto universal entre las gentes de las tierras
vecinas. Nadie ha osado perturbar nuestra paz en este próspero territorio. Este
soberbio orgullo nos llevaba a creer que no había quien pudiera quebrantar
nuestros corazones ni someter nuestra cerviz. Sin embargo, vuestra mano nos
enseña que incluso lo más duro puede ser sometido. Por ello, deseamos ser
amigos y evitar los castigos que ya han comenzado. Amparadnos como tales, pues
seremos leales y cumpliremos con fe cualquier dificultad que se nos imponga.»
El
General, al escuchar estas palabras, se mostró complacido al ver a los Panches
en un estado de humildad y dispuesto a poner fin a la guerra que amenazaba con
un gran derramamiento de sangre y otros daños derivados de los conflictos. Les
explicó cómo debían rendir vasallaje y obediencia al invencible Rey de las
Españas. Luego, ordenó que se presentaran ante Sacresaxigua, su adversario, mandando
que entregaran sus armas y se sometieran a lo que les mandase, como vencidos
ante sus vencedores. Aunque esta ceremonia fue recibida con pesar, tras ella,
los españoles y los Panches celebraron amistades, quedando ambos grupos muy
contentos. Al día siguiente, partieron hacia la tierra fría.
Con el
placer que caracteriza a los vencedores después de una victoria, llegaron a
Bojacá, donde encontraron a un sinnúmero de personas congregadas para celebrar
aquel trofeo, con abundantes vinos y alimentos, y para felicitar a su cacique
por tan honoroso vencimiento. Todos participaron en grandes regocijos y
convites, cuyo desenlace se vio empañado por un disgusto que relataré en otro
canto, pues ya es hora de concluir este relato, que no toleró ser más sucinto.
***
Canto
octavo
El
relato narra cómo los españoles apresaron a Sacresaxigua, a quien exigieron el
tesoro del rey fallecido, alegando que le pertenecía por no haber buscado la
paz. La historia no es más que un recordatorio de que los humanos, a pesar de disfrutar
de éxitos y favores, no deben confiarse demasiado en su fortuna, pues el
bienestar puede desvanecerse en un instante. Aquellos que se sumen en la
complacencia a menudo se enfrentan a la amarga realidad de la traición y la
adversidad, que pueden transformar la calma en tormenta para quienes se
encuentran dormidos en su vana confianza.
Sacresaxigua
experimentó de primera mano esta inconstancia de la fortuna. Cuando creía haber
afianzado sus asuntos, un rival, Cuximinpaua, se acercó a Fernán Pérez para
acusarlo de ser un tirano. Aunque era pariente del rey, su poder y ambición lo
llevaron a usurpar el estado y el tesoro. Esta información, impulsada por la
codicia de otros, llevó a que se solicitara al teniente que lo arrestara y lo
mantuviera en prisión hasta que entregara las riquezas de su predecesor, quien
había muerto en rebeldía al no someterse al rey hispano. Según las leyes de la
guerra, después de entregar el quinto real al rey, todo lo demás pertenecía a
los conquistadores.
Una
vez presentada esta solicitud, el Licenciado, posiblemente influenciado por
este consejo, emitió la orden de arresto. Sacresaxigua fue apresado y entregado
a guardias armadas, lo que causó un gran escándalo entre sus vasallos, quienes,
temerosos de sufrir la misma suerte, se dispersaron rápidamente, dejando al
prisionero solo en su infortunio.
Sin
embargo, los españoles lo trataron con urbanidad y amabilidad. A pesar de su
prisión, la vigilancia se limitaba a la custodia, y así fue trasladado de
Bojacá a Bogotá, donde los españoles habían establecido su residencia. Al
llegar, el Licenciado le asignó un buhío y doce soldados, expertos ballesteros,
que lo cuidaban con atención y respeto. Sacresaxigua, generoso por naturaleza,
se preocupaba por sus guardianes, ofreciéndoles presentes que sus criados le
traían.
Pronto,
los españoles se dieron cuenta de que su trato con él no le causaba molestias,
así que comenzaron a visitarlo con frecuencia, trayendo obsequios de valor, que
Sacresaxigua compartía con quienes lo custodiaban y lo visitaban. Entre esos
visitantes se encontraba Gonzalo Jiménez, quien, junto a sus hombres, se acercó
a él para explicarle su situación y lo que debía hacer para lograr su libertad.
Con
habilidad persuasiva, Jiménez le dijo: “Sacresaxigua, soy consciente de que
este señorío ha sido oprimido. Aunque eso sea cierto, yo protegeré tu dignidad
como si fuera mía, siempre y cuando estés dispuesto a entregar el oro que
posees, el cual, según la ley, es un bien rebelde que pertenece a nuestro rey.
El Papa, en su benevolencia, ha concedido a la corona hispana este nuevo mundo,
para que gentes ignorantes y contaminadas sean instruidas en nuestra santa fe.
“Hemos
venido a explorar estas tierras con la misión de traer paz, aunque, en
ocasiones, hemos enfrentado conflictos. Cuando somos atacados, respondemos no
con la intención de causar daño, sino para defendernos. A aquellos que han
buscado la paz, jamás hemos hecho menoscabo de sus bienes. Tú mismo has sido
testigo de la tranquilidad que disfrutaron aquellos que se aliaron con
nosotros.
“Tu
predecesor no mostró interés en esta paz, y su obstinación lo llevó a la muerte
en combate. Su trágico final hace que ahora todo lo que posees sea
legítimamente nuestro. Si decides entregar los tesoros ocultos, obtendrás la
libertad y el respeto que mereces, garantizando que tu casa no sea despojada de
la obediencia que le corresponde ante el poder real.
“Concluyo
diciéndote que, si actúas con la sabiduría que te atribuyo y devuelves lo que
no te pertenece, tu deseo se cumplirá. Sin embargo, si optas por negarte y
actuar con engaño, eso mismo será la causa de tu ruina.”
Al oír
las razones de los españoles, Sacresaxigua respondió con semblante alegre: “El
oro que puedo ofrecerles del rey muerto lo tendrán en sus manos, y seré sincero
al respecto. Sin embargo, no podré reunirlo de inmediato, ya que lo tengo
repartido entre mis hombres. En cuarenta días podré entregarles un medio lleno
del buhío donde duermo.”
Con
esta generosa promesa, los españoles se regocijaron y el General le otorgó grandes
favores, pues ya comenzaban a imaginar que tenían en sus manos partes tan
valiosas como las de la célebre Cajamarca. El indio, confiando en su ingenio,
convocó a sus vasallos más leales para comunicarles su plan sobre la entrega
del tesoro prometido.
Así,
tras llegar a un acuerdo, cada día traían una carga de joyas y láminas,
envueltas en mantas como era costumbre. El sonido del metal, con el movimiento
constante de los cuerpos que luchaban con el peso, formaba una melodía
placentera en los oídos de los españoles. Cada carga era acompañada por tres
docenas de indios bien dispuestos, cubiertos con galanas telas en lugar de
capas. Al llegar, Sacresaxigua ordenaba que las joyas fueran llevadas al
retrete designado para tal fin. Sin desmontar de sus espaldas, dejaban caer las
cargas al suelo, generando un resonante golpe que era escuchado por los que
conversaban con él. Sacresaxigua les pidió que se mantuvieran tranquilos y sin
mirar hasta que todo el tesoro hubiese llegado, ya que el oro era un objeto de
codicia y no quería que la acumulación se viera afectada. Ante su ruego, todos
aceptaron y se conformaron.
Sin
embargo, los indios que regresaban con el oro lo repartían rápidamente en
mochilas preparadas para tal efecto, extrayéndolo disimuladamente de debajo de
las mantas. Mientras tanto, sus intentos eran mantener a raya la vigilancia de
los guardias, buscando cualquier descuido que les permitiera a Sacresaxigua y a
su gente escabullirse, pero la vigilancia constante durante el día y la noche
no les dio la oportunidad.
Finalmente,
transcurridos los cuarenta días y llegada la tan ansiada Pascua de regocijo,
los españoles entraron al tugurio para ver el tesoro con inmenso júbilo, cada
uno de ellos dibujando en su mente grandes riquezas, estados y herencias. Sin
embargo, al encontrar el lugar vacío de las riquezas esperadas y sin rastro
alguno de lo que habían imaginado, quedaron atónitos, como si el peso del temor
los hubiera sorprendido. Sus ojos se agacharon y las lenguas se les quedaron
mudas, y en su asombro, se sintieron como hombres que despertaron de un
profundo sueño, solo para descubrir que en sus manos no tenían nada.
El
General Jiménez, agraviado por tan pesada y molesta burla, ordenó que el autor
de la misma fuera encerrado en duras prisiones, no sin proferir amenazas y
darle algunos golpes de palos. “¡Dímelo, perro fementido! ¡Inicuo, falso, malo
y fraudulento! ¿Dónde pusieron el oro que han traído? ¿O quién lo sacó de este
aposento? Yo lo vi, a menos que estuviera dormido. ¿Acaso fue humo de algún
encantamiento? Y dado que no aparece, se entiende bien que tú fuiste el duende
que lo mostró y lo quitó.”
Cauteloso,
el indio respondió: “No sé dónde lo pusieron; estaban presentes sus velas. Pero
estas son artimañas del malvado Quiximinpaua, una falsa tregua, y de
Quixinimegua, mis enemigos, junto a sus cómplices, cuyos corazones se inclinan
hacia sus propios intereses y hacia mi perdición. Ellos son los responsables de
este engaño, pues mi plan corre como un río, y son ellos quienes desean verme
muerto con sus intrigas. Junto a los indios hábiles que vinieron, acordaron
que, cuando regresaran, sacarían lo escondido bajo sus ropas, de modo que mi
promesa quedara coja y ustedes, al ver la situación, desataran su enojo contra
quien es un verdadero amigo.”
Al
escuchar las disculpas del cacique, y considerándolas sinceras y plausibles,
los españoles desviaron su odio y rencor hacia los otros inocentes. Los
apresaron al día siguiente, y tras someterlos a torturas, como no lograron
proporcionarles la información que deseaban, decidieron que, a pesar de que no
había más culpa que la falsa y traicionera, quitarían la vida a los dos émulos.
Les pareció que, al dejar solo a Sacresaxigua con su señorío y sin oponentes
poderosos, tendrían en sus manos el tesoro prometido con generosidad.
Así,
sin realizar las diligencias judiciales pertinentes, los condenaron a la horca,
lo que provocó un gran escándalo en todo el reino.
Mas,
dado el caso de que Sacresaxigua se vengara de ellos con mano ajena, no por eso
cumplió su palabra. Tomando como excusa su falta de obediencia por parte de sus
vasallos, que ya lo veían en ásperas prisiones y como un vil esclavo detenido,
él decía que, si le dieran libertad, podría fácilmente cumplir con la suma
prometida.
Entraron
en consulta sobre este asunto, y aunque le levantaron las prisiones, no le
concedieron lo que pedía; al contrario, aumentaron la vigilancia de las guardas
para evitar que se escapara, instándole constantemente a que cumpliera con su
palabra. Porque, solo con darle la orden desde donde estaba, sin que nadie se
le escapara, todos acudirían a su mando con mayor respeto que antes, sobre todo
al faltar de por medio a los dos grandes émulos que tenía.
A esta
situación, él respondía en silencio, pues, aunque tenía un ánimo tenaz para
cumplir lo que había prometido, las circunstancias lo llevaron a ceder a su
naturaleza. Aquellas apacibles consonancias que solía tener en sus respuestas
se convirtieron en desabrimientos, dejando entrever con evidentes muestras los
odios y rencores reprimidos que llenaban su corazón por la prisión y los
agravios recibidos. Estaba todo el tiempo desdeñoso, melancólico, triste y
desabrido, sin querer responder a las preguntas sobre las pretensiones del
tesoro al que todos aspiraban.
Debido
a esto, Fernán Pérez hizo grandes requerimientos al teniente para que, mediante
torturas, se supiera lo que ocultaba con sus halagos. Esto se llevó a cabo con
tanta severidad que pronto se llegó a una conclusión. Así, la gente castellana
quedó, aunque codiciosa, sin esperanza de rastrear aquel tesoro, mientras el
cacique se encontraba sin oro y sin vida, un riesgo que suelen correr los
avarientos cuando no satisfacen el hambre de aquellos de quienes pretenden
despojarlos.
Desconfiados
de esa riqueza, partieron con unos veinte mil ducados en oro y esmeraldas,
recogidas después de las primeras particiones. Dieron sus porciones, con
ventaja, a los dos sacerdotes que llevaban consigo: uno secular, llamado Juan
de Lezcamez, natural del pueblo que se dice Moratilla, y el otro, Fray Domingo
de las Casas, un docto predicador dominicano.
Antes
de que llevaran el oro a sus ranchos, y sin disponer de lo recibido ni de
naipes, como era costumbre de los soldados, Fray Domingo les hizo un extenso
parlamento, del cual diremos solo la sustancia:
“No
será justo, nobles caballeros, que nos mostremos desagradecidos con nuestros
otros difuntos compañeros que participaron en los riesgos y trabajos que
consumieron nuestras energías. Los cuales, aunque no son herederos de este
provecho, deben ser socorridos con sufragios de santos sacrificios, pues no
fueron menores sus servicios.
Porque
bien vieron que los más constantes en brindarnos ayuda y preparar los caminos
fueron aquellos que la muerte hizo menos; mas no porque muriesen, son indignos
de los premios debidos a los buenos, siendo su muerte parte fundamental de esta
buena suerte.
Así,
consideren meritoria la obra de establecer, en algún lugar, una memoria con
limosnas que den, con capellán y renta conocida, donde rueguen a Dios por su
gloria, y a quienes las hagan, salud y vida, fundándola con el nombre
sempiterno de los descubridores de este reino.
Si
corresponden al intento de este cristiano celo que me llama, tendrán con Dios
merced y con los hombres una gloriosa fama. Yo me encargaré de fundarla, según
la cantidad de la derrama, comprando un terreno para la capilla cerca de los
muelles de Sevilla.”
“Si
llego a destino sin tormenta y libre de naufragios y desmanes, según la
cantidad de la renta, así se nombrarán los capellanes; y de lo que haga daré
cuenta a los soldados y a los capitanes que, de su voluntad y sin zozobra,
vengan a esta buena obra.
Este,
señores, es un provecho común, y por ello ninguno se me muestre duro. Estoy
satisfecho de que sea un servicio a Dios el que procuro, y es de creer que un
corazón religioso va por el camino más seguro. Y si falta la magnificencia, con
esto descargo mi conciencia.”
Las
palabras de Fray Domingo hicieron impresión, pues todos los miembros de este
consorcio eran de sanas y sinceras intenciones. El dicho fraile era respetado y
tenía gran crédito entre ellos, al menos durante el tiempo en que no tuvo en
sus manos ocasión para perderlo, que son los toques con los que se descubren
las buenas o malas propiedades. Así, teniéndolo por una obra piadosa, todos
favorecieron su demanda con ánimo cabal y generoso, juntando una buena cantidad
que ascendió a siete mil ducados. Esta suma le fue entregada con poderes y una
minuta del orden que debía seguir para establecer esa planta.
Sin
embargo, él, como díscolo, no quiso guardar ni su propia parte ni la ajena.
Porque días después, llegó a Sevilla con el dinero, y abrumado por las
tentaciones que suelen afligir a los corazones humanos, se dejó vencer como un
débil, huyendo de la pobreza y la obediencia. Cambió los honestos femorales por
calzas recamadas y costosas, y los demás vestidos religiosos por atavíos
profanos y de legos, con todas las circunstancias de un lascivo galán
desvanecido.
Con
este nuevo traje, partió con la pompa de criados hacia Roma, y anduvo por
Italia, donde, según se dice, murió. Pero estas son opiniones erradas en las
que caen los que dieron la limosna, pues la culpa fue del Licenciado que
recogió del fraile el dinero, bajo el pretexto de querer plantar él mismo el
piadoso beneficio. Todos estaban ignorantes de esto, salvo yo, que, por el
testamento con el que dio fin a sus días, y teniendo algunas escrituras suyas,
he visto una cláusula que dice que él fue quien gozó de aquel dinero, no sin
remordimiento de conciencia, por no hacer el bien cuando pudo, ya que cuando
quiso no fue poderoso, por haber consumido sus caudales en lo que los hombres
vanos acostumbran.
El
Licenciado, viéndose rico, junto con el fraile y otros hombres principales,
decidieron dirigirse a la costa del mar de Cartagena. Allí, pretendían comprar
un navío y embarcarse con toda brevedad hacia Castilla, antes de que su llegada
se supiese por el Gobernador de Santa Marta y Adelantado Don Pedro Fernández,
quien había descubierto la tierra de este Reino con su poder, orden y mandado.
Temían encontrarse en su presencia, por no tener que darle la parte que se
había establecido en las condiciones capituladas cuando le dio poder al
Licenciado Jiménez de Quesada de teniente. Lo cual ellos y los otros temían,
pues estaban en la ignorancia del amargo final de su vida.
Antes
de abandonar la tierra, el Licenciado decidió no desamparar lo ya descubierto.
Determinó buscar un lugar donde pudieran quedarse las personas que había dejado
recogidas, y así dar fundamento a un pueblo cimentado de españoles, que fuera
cómodo para la defensa, y donde tuvieran a mano leña y agua.
Nombraron
como caudillo a Gómez de Corral, un capitán diestro, quien se adentró en el
valle hacia el Este, hasta llegar al pie de las alturas que hoy conocemos como
la Serrezuela. Allí, al parecer, encontraron suelo fértil, apto para plantas y
legumbres, jardines y vergeles, gracias a las cristalinas aguas que descendían
murmurando por ambas partes.
El
terreno se caracterizaba por sus cumbres y faldas montuosas, y hacia el Este,
Norte y Sur se extendían grandes llanadas, limpias y libres de nubloso monte,
llenas de generosas poblaciones que se vislumbraban a lo lejos. Así, se
pusieron los cimientos de la nueva ciudad, a la que le dieron el nombre de
Santa Fe, no sin contemplar la de España, por las disposiciones y apariencias
de los campos y vegas de Granada, patria del General que los regía.
Fundaron,
pues, doce ranchos de paja, que eran suficientes para albergar a toda la gente
en ese momento. Los ranchos se repartieron entre doce camaradas, en un intento
de igualar las casas a las doce tribus de los hebreos y a las fuentes de la
tierra de Elin, por donde pasaron. Así como al número doceno de las piedras que
se sacaron del río Jordán y se colocaron en el suelo de Gálgala, como memoria
para sus descendientes y señal de las grandes maravillas que Dios obró por
ellos, y como principio de posesión eterna, estos ranchos tenían el mismo
propósito.
En
aquel lugar, se asentó una población cristiana, que ha crecido con edificios de
cal y canto, y se autorizó con una real Audiencia, una iglesia catedral y
dignidades. Sin embargo, los vapores del monte cubierto, que le retrasan por la
parte del oriente, son nocivos para la salud, y cuando la luz del sol sale
sobre la nueva ciudad, la debilita, causando reumas y catarros. Pero la escasa
fuerza de aquel tiempo no permitía que se buscara un lugar más adecuado.
A
pesar de que los edificios mostraban cierta mejora y comodidad en otras partes,
había una gran dificultad para mudarse, porque nadie quería abandonar lo que
les había costado dinero y trabajo.
Así,
el General Jiménez de Quesada, teniendo allí a sus soldados, no realizó
nombramientos de cabildo ni estableció más justicia que la que su hermano,
Fernán Pérez, podía ejercer. Con menos de treinta compañeros, todos hombres de
renombre y ricos, se dirigió al Norte, hacia el río del Oro, con la intención
de descender al río Grande en balsas o canoas, ya que contaban con las
herramientas necesarias para ello.
Sin
embargo, tras algunos días de viaje, y quizás debido a las dificultades del
camino o por un consejo malintencionado, el capitán Lázaro Fonte le sugirió
que, al llegar a la costa, lo denunciaría por llevar ocultas piedras esmeraldas
en gran cantidad sin pagar el quinto. Esta advertencia llevó a Jiménez a
decidir regresar al Valle de los Alcázares, donde el resto de su gente
permanecía en el reciente pueblo que habían fundado. Su llegada fue motivo de
regocijo, pues, con el respeto que se le debía, el temor y el amor coexistían
en la comunidad. Aunque los hombres estaban libres de su mando, continuaban
mostrándole la misma reverencia que antes, como si siguieran bajo su autoridad.
Si
surgía algún asunto que les concernía, él defendía su causa como si fuera
propia, tomando muy a pecho su protección. Sin embargo, tras su regreso de la
expedición al río del Oro, su actitud cambió. Comenzó a andar más descompuesto,
en compañía del capitán Lázaro Fonte, quien entre susurros insinuaba dudas
sobre su conducta. Un soldado, con un ingenio poco honorable, denunció que
había visto a Jiménez rescatar una piedra de gran valor, a pesar de que se
había ordenado que nadie rescatara esmeraldas con indios, salvo en presencia
del capitán, para que el quinto del Rey fuera depositado en la caja
correspondiente. Sin pruebas concretas de culpabilidad, el capitán sentenció
que le cortaran la cabeza.
Jiménez
apeló al Rey, pero la sentencia debía ejecutarse, lo que causó gran descontento
entre la nobleza y el sentimiento de todos, tanto legos como sacerdotes. Estos,
con gran insistencia, le rogaron que no denegara las apelaciones. Fue entonces
cuando el capitán Suárez tomó la palabra y le dijo:
«Señor,
esta nobleza se ha congregado, llena de caridad y justo celo, y con dolor que
los aniega, derraman lágrimas incluso los más robustos. Tenga la amabilidad de
acceder a lo que ruegan, y no los despida sin satisfacer su deseo, pues los
jueces sólidos y rectos se enorgullecen más de ser piadosos que severos.
No nos
movemos con dobleces, sino con intenciones piadosas. A veces, los corazones
humanos se ciegan, y no es correcto que los jueces cometan error al desestimar
las apelaciones de quienes han sido condenados, pues al hacerlo quedan
liberados de responsabilidad.
Si se
actuó sin culpa de conciencia y en condiciones que la ley no reprocha, los
mayores pueden confirmar la sentencia o revocar la mala con corrección. Aquí
falta un letrado que defienda esta causa criminal, y Pedro y Juan sienten en su
pecho que vuestra compasión hace justicia.
Quien
recorre tierras tan remotas, donde peligros y riesgos son comunes, no peca por
mostrar mano blanda en casos tan confusos y complejos. Además, es conveniente
que quien manda tenga la sagacidad para prevenir malas contingencias que
pudieran resultar en graves inadvertencias.
«Bien
sabéis que de bárbaras naciones tenemos todos estos campos llenos, y para
refrenar sus condiciones, trayéndolas a términos más buenos, hemos de conservar
fuertes varones, y no ser pocos, y hacerlos menos; y más hombres de prendas y
de partes que dan valor a nuestros estandartes.
«Sepa
vuestra merced y los presentes que Lázaro Fonte es hombre de suerte, de nobles
y adinerados parientes, ninguno conocido por inerte; antes bien, cada uno de
ellos tiene dotes para seguir la causa de su muerte, y no sé yo, después de
bien mirada, si allí la hallarán justificada.
«Así
que, según esta conjetura, que con ánimo sano se abalanza en esta rigurosa
coyuntura, ningún daño haría la templanza, porque hace su causa más segura la
persona que de ella más alcanza. Téngala, pues, en trance semejante quien en todos
está tan adelante.
«Abra
vuestra merced con piadosa llave la puerta para darnos la respuesta, pues no la
merecemos en más grave negocio de sabores descompuesta; y, usándose de término
suave, a todos nos dejáis cadena puesta, con deuda de os servir tan obligada,
que rota no será ni cancelada.»
Dijo
esto, y el General, al ver que todos tomaban tan a pecho la demanda, estuvo
meditando por un rato, considerando los argumentos y razones del capitán
Suárez; y al fin, con apariencias mesuradas, les respondió:
«Yo,
señores, estoy satisfecho de que lo que tengo proveído ha sido según orden de
derecho, cuyas disposiciones he leído; y conozco también que vuestro pecho,
movido por santas intenciones, fue a rogarme por este delincuente, oficio y
propiedad de noble gente.
«Así
pues, para complacerlos, aunque con toda justicia podría seguir con mi
severidad, concedo lo que me piden. Sin embargo, lo hago con la condición de
que esta persona salga inmediatamente de este lugar donde me encuentro y
cumpla, sin falta alguna, el confinamiento que se le asigne.»
Se oyó
la respuesta con buen gusto, aunque la condición no era la más favorable, pero
pensaban quebrar lanzas hasta que el tiempo suavizara sus rencores, pues en los
pechos nobles los enojos suelen, al pasar los días, atenuarse. Contentos y
regocijados, tuvieron cortesano cumplimiento, rindiéndole gracias con aplausos
por aquella merced que les hacía al otorgar las apelaciones, que era lo
principal que pretendían.
Luego
preguntaron en qué parte le señalaba cárcel que guardase, creyendo que sería en
el pueblo comarcano de Moscas, gente menos atrevida y más tratada por los
españoles. Mas él respondió que en los Panches, una nación brava, cruel y
detestable, lo cual no sonó bien a sus oídos, pues se conocía claramente que
allí su muerte sería tan cierta como si se ejecutara la sentencia con mucho más
rigor.
Así,
de nuevo fueron importunos en rogarle que mudase de parecer, pidiéndole una
cárcel menos peligrosa. Lo que se concluyó fue que lo llevaran al pueblo de
Pasca; sería a nueve leguas de distancia del nuevo pueblo donde residían; gente
de nación Mosca, pero de guerra, enemiga de los españoles. Allí mandó dejarlo
con prisiones, sin armas, y solo con una india de Bogotá que le servía, la
cual, después de Dios, le dio la vida, viéndose cerca del final.
Cuando
llegaron con el preso al pueblo referido, los vecinos huyeron con sus hijos y
mujeres al monte, llevándose lo que pudieron, dejando lo demás al albedrío y
beneplácito de los que lo vieron encaminarse a su pueblo, que eran veinticinco de
a caballo. Sin embargo, ellos, como gente circunspecta, no hicieron ningún
daño, y se volvieron en el mismo instante, dejando al mísero paciente en la
situación ya descrita, no sin llanto de él y de todos, que ciertamente tenían
que despedirse para siempre, y con húmedos ojos celebraban sus funerales sin
estar difunto.
Y el
buen Lázaro Fonte, con su india, pasó la noche en un desconsuelo que se puede
imaginar de quien espera ser víctima de un horrible sacrificio; y en santas
oraciones ocupado, a Dios encomendaba su defensa y a su bendita Madre, Virgen
pía, amparo generoso de afligidos.
Y ya
cuando la luz del claro día hizo que los altos montes y los campos fueran
manifiestos a los mortales ojos, la moza, compañera de su pena, se arregló lo
mejor que pudo, según suelen las cacicas en su tierra (a la cual no le faltaba
gallardía, aire, disposición y gentileza). En la entrada más común del pueblo,
por donde sospechaba que la gente que de él huyó volvería, esperó que acudiesen
para tranquilizarlos, si fuera parte, con palabras pacíficas, llenas de
compasión y tierno sentimiento, para que no se alterasen al ver un hombre de
barbas en sus casas, y como gente vil y acobardada, no usasen de los términos
crueles que suelen en aquellos desdichados que vivos les cayeron en las manos.
No fue
baldía su diligencia, pues en el mismo momento llegaba un escuadrón de gente
bien armada. Al ver a la mujer no conocida, vestida y ataviada como señora de
Bogotá, todos se detuvieron, perplejos, con los pechos alterados, sospechando
que algunos españoles estaban en el pueblo todavía. Mas ella, conociendo sus
pensamientos, propuso su razón de esta manera:
«Llegad,
amigos míos, sin recelo; hallaréis vuestro suelo bien seguro de todo trance
duro, ciertamente; veréis que está presente quien procura daros vida segura y
os defiende del malo que pretende vuestros daños. Es un hombre sin engaños, mi
amo, preso en aquel bohío con suspiros, porque a quien destruir pretendía
siempre contradecía como bueno; y el capitán, ajeno de su pecho, fue contrario
a su provecho, y dio parecer variado acerca de esto, mandó que fuese puesto
donde digo, diciendo: “Quien amigo fue de Pasca, goce de su borrasca, y allí
vea si tan mala ralea lo perdona.”
Trajeron
su persona maltratada, sin lanza ni espada, y aunque su gente vino con el
designio de robaros los bienes y asolaros el asiento, no dio consentimiento
para que tocasen cosa que dejaran los vecinos; impidió desatinos que querían
hacer cuando volvían a donde vinieron, y así nunca hicieron cosa menos; o ya quedasen
llenos o vacíos; hallaréis sus bohíos cada uno sin faltar un frágil pelo.
Mirad
quién de tal celo se guarnece si es hombre que merece ser honrado, servido y
acatado, pues ha sido quien os ha defendido de esta furia, y en sí tomó la
injuria y el disgusto; así que será justo cumplimiento, con agradecimiento,
socorrerlo. Podréis entrar a verlo sin temores, que de vuestros favores se
confía; y de la compañía de los otros podéis estar quietos, porque por sus
respetos, yo sé cierto que ningún desconcierto que os moleste veréis, viviendo
este que os ayuda. De esto no tengáis duda, ni se crea que yo digo cosa que no
sea verdad.»
Dijo,
y a sus razones concertadas, los bárbaros estuvieron atentos; y como fuese de
su misma lengua y de tierra de Moscas como ellos, fue creída sin sospecha
contraria. El Señor que Pasca se llamaba, de donde tomó nombre la provincia,
con los más principales de aquel pueblo, donde él residía la mayor parte del
tiempo, entraron desarmados donde estaba Lázaro Fonte, quien, asombrado de
verse rodeado de salvajes, se mostró fácilmente inquieto al ver a los suyos,
dispuestos a descomponerse y arrojarse a las ejecuciones de un antojo vano que
se les presentase.
Mas el
cacique Pasca, con la india que servía de intérprete, le dijo: «Capitán español,
no tengas pena, que cualquier obra buena que se haga merece tener paga sin
olvido; si es bien agradecido quien recibe. De lo cual se concibe que tu trato
a mí me hace grato, y así digo que el tiempo que conmigo residieres, en lo que
tú quisieres y mandares en todos los lugares que yo mando, hallarás pecho
blando y obediente, sin haber cosa que te descontente.»
Con
tal generoso ofrecimiento, Lázaro, que se encontraba casi muerto, emergió de
sus temores, como si saliera de un sepulcro. Agradeció la cortesana oferta con
palabras comedidas, expresadas a través de la lengua de su fiel compañera. La
lealtad de esta mujer fue crucial para que, durante su periodo de sufrimiento,
se mantuviera en paz, gracia y amor entre los vecinos.
Este
tiempo de pesadumbre se extendió, según me cuentan, durante treinta días. Al
final de este periodo, llegaron vientos más templados y apacibles. Así que,
querido lector, dejaremos el relato aquí por ahora, prometiendo continuar en
otro canto, ya que es momento de concluir este.
***
Canto
noveno
La
llegada de Nicolao Fedriman, gobernador de Venezuela, se produjo por la vía de
los llanos en este reino, al mismo tiempo que Sebastián de Belalcázar lo hacía
por la ruta de Popayán. En medio de esta agitación, no se debe olvidar la inmensa
bondad del afligido, quien, a pesar de sus miserias, espera encontrar defensa
en la poderosa mano de Dios, siempre que persevere en sus oraciones. Con fe, se
dirige, incluso sin preverlo, hacia un camino seguro y conforme a sus deseos,
con la esperanza de liberarse del demonio y de falsos testimonios.
Esta
confianza se manifestó en el caballero Lázaro Fonte, quien estaba lleno de
zozobras, angustias y temores por encontrarse rodeado de salvajes inconstantes,
propensos a cambiar de parecer ante la más ligera ocasión. Cuando parecía más
apartado de cualquier posibilidad de salvación, le informaron ciertos indios
que hombres barbudos, como él, venían por los llanos, subiendo hacia las
alturas de la sierra, y que estaban a menos de siete leguas de su territorio.
La
india, su tutriz y defensora, corroboró esta información, asegurándole que era
una verdad indiscutible. Ante esto, el General Jiménez de Quesada decidió
enviar un mensajero, instruyéndolo para que se dirigiera por la posta a
comunicar la noticia. Con un cuero de venado bien bruñido y tinta de bermellón,
le escribió lo siguiente:
«Mi
señor, gente española se aproxima por la vía de los llanos, tan cerca que,
según la información de Pasca, creo que llegarán aquí mañana. Vea vuestra
merced lo que conviene y actúe con prontitud, pues vienen buscando su provecho,
y ahora no sabemos con qué intenciones.»
El
mensajero partió rápidamente y llegó a Bogotá con la carta. Don Gonzalo, al
recibirla y considerar la información, mostró su agradecimiento por el aviso.
Entonces, ordenó poner en marcha a sus soldados y despachó jinetes hacia el
asentamiento de Pasca. Entre ellos se encontraban Juan del Junco, Gonzalo
Suárez Rendón, Pedro Fernández Valenzuela y otros de su confianza (de los
cuales solo Paredes Calderón sigue vivo en este pueblo). Se les encomendó
investigar quiénes eran aquellos que se acercaban y asegurar la libertad de
Lázaro Fonte, quien ya se encontraba arrepentido de lo sucedido y dispuesto a
mostrar su gratitud, como siempre lo había hecho.
Los españoles
llegaron a Pasca con el ferviente deseo de liberar a su amigo y conocer a la
nueva gente. No tardaron mucho en ver al capitán Pedro de Limpias, un viejo
conquistador de Venezuela, acompañado de algunos soldados que venían
descubriendo la tierra en nombre de Nicolao Fedriman. Este grupo se encontraba
más atrás, a una jornada de distancia.
Aunque
sintieron pesadumbre al darse cuenta de que otros habían ganado terreno antes
que ellos y que eran los primeros en obtener provecho y honor de lo que venían buscando,
se regocijaron al reconocer que aquellos eran de Santa Marta. También se
sintieron aliviados al encontrar un refugio, ya que venían maltratados, casi
sin ropa decente y descompuestos, muchos de ellos cubriendo su piel con
pellejos de venado. Las alpargatas que llevaban eran de los mismos materiales,
debido a los tres años que habían dejado atrás la costa y al tiempo que pasaron
peregrinando por los grandes llanos, donde se encontraban diversas naciones con
costumbres muy diferentes, todas con escasa vestimenta.
Los
españoles, despojados de sus ropas, se vieron en una situación crítica, sin
recursos para cubrirse y protegerse. Su aspecto conmovió a los hombres de Santa
Marta, especialmente cuando entre ellos reconocieron a Ortuño Ortiz y otros
viejos compañeros, amigos de aquellos que habían sido capturados en la costa
del mar, según se relató en la segunda parte de mis cantos, siendo su capitán
Juan de Ribera, quien también venía con el mencionado Fedriman y se quedó con
el resto del campo.
Así,
decidieron enviar mensajeros al General Jiménez de Quesada para informarle
sobre la llegada de Nicolao Fedriman. Paredes Calderón llevó este mensaje,
acompañado de un soldado recién llegado llamado Fernando Montero, quien más
tarde se convirtió en vecino de Jocaima. El general lo recibió con
benevolencia, proporcionándole telas para su arreglo y una buena chaguala que
pesaba más de doscientos pesos de oro fino.
Una
vez que se confirmó la presencia de Nicolao Fedriman en Pasca, el general
organizó peones y caballos, convocando a los caciques más cercanos, quienes
llegaron con una numerosa multitud, adornados con soberbios penachos, galas,
paveses cóncavos y tiraderas, como si se prepararan para un combate. Formados
en escuadrones, el general lideraba con su guion al frente y marcharon hacia
Pasca, avanzando ordenadamente por los campos y llanuras de Boza.
Al
poco tiempo, divisaron por las alturas a Fedriman, quien se acercaba con
treinta caballos y estaba acompañado por los capitanes enviados por Jiménez.
Cuando ambos grupos estaban a punto de encontrarse, el general ordenó tocar las
trompetas y los atambores, lo que sorprendió a Fedriman. Al ver la gran
cantidad de gente y el orden del desfile, su rostro se turbó, y se dirigió a
los de Santa Marta diciendo: "Señores, en vosotros he confiado, como gente
noble; vine aquí desprevenido, y no querría que mi trato fuera engañoso."
El
capitán Suárez le respondió: "Su merced puede estar tranquilo y seguro de
que no encontrará en nosotros malas intenciones ni contiendas, ya que todos
procuraremos servirle con lealtad y con nuestros bienes."
Así,
continuaron su camino hasta que se encontraron a una distancia de apenas veinte
pasos. Allí, Fedriman se bajó humildemente de su caballo, y el general Jiménez
hizo lo mismo. Ambos caudillos se abrazaron cordialmente, prometiéndose una
amistad sincera y vinculada por la fidelidad.
Después
de este intercambio cordial, cada uno volvió a montar su caballo, y regresaron
a Santa Fe, conversando sobre los asuntos pasados y presentes, como suele
ocurrir en diálogos amistosos. En Santa Fe, los recién llegados fueron
agasajados de manera amigable en todo lo posible por los demás.
Las
dos cabezas acordaron, por escrito, que cualquier beneficio obtenido tras su
llegada sería disfrutado y compartido de manera fraternal, formando así una
misma masa de participación, tanto en lo bueno como en lo malo. Una vez
establecidas estas condiciones, los vecinos indígenas informaron que, por la
región llamada Neiba, se acercaban otros muchos peregrinos, acompañados de
numerosos sirvientes, lujosas vestimentas y amplios caballos, que se dirigían
hacia los confines de la tierra fría.
Al
recibir esta noticia, los representantes de Venezuela y Santa Marta, el general
Jiménez, decidió enviar a Fernán Pérez con hombres diestros para que siguiera
la pista de estos nuevos viajeros. Se decía que venían otros españoles, y era
crucial que supieran quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran sus
intenciones. Era mejor estar preparados, en caso de que quisieran reclamar la
tierra que ya habían descubierto bajo la gobernación de Santa Marta.
Si sus
intenciones eran de conquista, era necesario que regresaran rápidamente con información,
para que todos pudieran estar alerta y prepararse para la defensa. Se sabía
que, debido a situaciones como esta, los capitanes habían perdido la vida; por
lo que, si el caudillo que buscaban se movía con un grupo de soldados
inquietos, no faltaría quien sugiriera tomar por la fuerza la tierra y el
dinero de sus oponentes, como si estos fueran incapaces o faltos de valor. Sin
embargo, con astucia y precaución, Jiménez desechó esos consejos dañinos,
buscando calmar los corazones agitados y reprender su desvergüenza.
Cumpliendo
con la orden, Fernán Pérez partió con un selecto grupo de caballeros y también
con peones escogidos, dotados de valor y agilidad. Entre ellos, se encontraba
Miguel Sánchez, natural de la villa de Llerena. En tres días lograron avistar
el campamento de los otros y sus tiendas. Al llegar, se mantuvieron alerta,
como solían hacer los capitanes prudentes, hasta que finalmente se vieron las
caras, entablando una conversación cortés con Sebastián de Belalcázar, líder de
esos nuevos grupos, mientras Juan de Céspedes y otros intercambiaban palabras y
fanfarronerías juveniles, como se ha mencionado previamente sobre la vida y
hazañas de Belalcázar.
Por lo
tanto, no es necesario repetir sus hazañas; basta con señalar que los tres
insignes y valientes generales se encontraron en Santa Fe en febrero de 1539.
Allí se conocieron y se trataron con amor y respeto cortesano, disfrutando de
algunos días juntos en cacerías y ejercicios a caballo, cada capitán llevando
consigo jinetes admirables, tanto en destreza como en postura.
Belalcázar,
un caudillo hábil y valiente, reflexionó sobre las promesas de la nueva tierra:
la inmensa cantidad de habitantes, la fertilidad de los campos y las vegas. Con
la experiencia de su lado, se dirigió a los otros líderes y les dijo:
«Caballeros,
si tuviera en mis manos a bárbaros tan opulentos, habría dado fundamentos a
tres o cuatro pueblos de cristianos y repartiría la riqueza de sus territorios
entre nosotros. Si no aprovecháis esta oportunidad, pronto se perderá todo lo
que hemos logrado. El señor Fedriman puede dar fe de que, tras tanto
peregrinar, no encontraréis pan si abandonáis el que ya está bien amasado.
Actuad
de inmediato, enfocaros en poblar tierras que prometen prosperidad; así haréis
un gran servicio a Dios y al Rey. Esto requiere constancia: si la fortuna os
brinda más noticias de ganancias, no perderéis nada. Más bien, será un asunto
de importancia dejar atrás refugios que puedan defenderos, suceda lo que
suceda.
Conservad
a los indios descubiertos y aprovechad sus frutos. Sabiendo que tenéis vasallos
de quienes cobrar tributos, os enviarán provisiones y caballos que facilitarán
vuestra empresa. Pronto veréis tanto a sus gentes que ya no desearéis más.
Aunque las nuevas tierras estén alejadas del mar y de otros españoles, vendrán
muchos que atravesarán las olas, trayendo tantos problemas que no podréis comer
en paz.
Por lo
tanto, si son deudos o parientes, debéis acudir a ellos con otros aliados.
Vendrán mercaderes en busca de ganancias, y aquellos que consideráis
despreciables, con vana presunción, intentarán quedarse con los mejores trozos.
El mercader vendrá con su mercancía, el letrado con sus juicios, y si no
queréis vivir en la ley de gracia, os harán tomar la de la escritura, adornada
con las glosas de Bartolo, recién salidas del tintero, como si de un
insignificante insecto hicieran un caballero.
Para
enfrentar tales emboscadas, debéis tener la bolsa llena. Ahora tenéis tiempo,
apresuraos para poder dar y recibir lo que merecéis. Podéis obtener todo esto
con la renta de la gente ociosa, evitando que el tiempo pase sin aprovecharlo.
A mí
me basta con tener un fuego donde perdure la ceniza, mientras procuro con
diligencia ayudar a las nuevas tierras. He fundado la ciudad de Quito y
establecido Cali, Popayán, Timaná y Pasto, con los términos y distritos donde
pronto veréis esplendor. Todo esto lo pongo por escrito, para probar mis
servicios y gastos, a fin de que nuestro Rey quede satisfecho y a mí me
recompensen con honor.
Y
porque la tardanza perjudica lo que no se sufre en la inacción, desde ahora
querría prepararme, encontrando el camino y los medios para ir a España y
presentarme ante el Consejo Real, para pedir un gobierno seguro de lo que he
poblado y descubierto.»
«Ambos
tienen méritos suficientes para hablar con razón. Vuestras mercedes deben
considerar si es conveniente que todos hagamos un viaje; que el señor General
ordene el mejor camino a seguir, ya que, a mi juicio, el gran río está cerca y
ahí podréis construir un navío.
Nuestro
camino se ve facilitado por otra información que recibí por carta: Don Pero
Fernández, vuestro Gobernador de Santa Marta, ya ha muerto. Podemos salir de
cualquier puerto en el primer navío que parta, sin temor a encontrar obstáculos
o contratiempos que arruinen nuestro viaje.
Si mis
razones son de peso y nos decidimos a unirnos en un solo propósito, fundemos
ciudades en las poblaciones que parezcan más relevantes. Todo esto debe ser
registrado con día, mes y año, y el lugar donde cimentemos nuevas paredes, para
poder solicitar mercedes al Rey.
Belalcázar,
viendo la inacción y la indecisión en lo que más les convenía, los animó con su
buen consejo a establecer asentamientos permanentes. Así, comenzaron a darse
cuenta de los engaños en que habían vivido los conquistadores antiguos de Santa
Marta y Venezuela, así como los de Cubagua. Provincias que, a pesar de ser
populosas, fueron arrasadas, destruidas y asoladas.
La
explotación de esclavos dejó esas tierras yermas, atadas a ellos y a la ruina
de lo que encontraban en la tierra. Absorbidos por la búsqueda de riqueza
inmediata, no se fijaban en lo que estaba por venir. Era un riesgo evidente no
conservar aquellas poblaciones, que eran insignes por su pujanza y grandeza; es
imposible no conmoverse al recordar su historia y la fortaleza de aquellos que
conocieron.
No
debería considerarse una infamia haber descubierto y asolado lo descubierto,
cuando podían, con honor y provecho, perpetuarse como conquistadores,
sometiendo a la real corona de Castilla vastos territorios. Muchos lloraron
esta pérdida, cuando al fin comprendieron el error, pero los más astutos se
dieron cuenta de que, donde hay reliquias dignas, están cimentando pueblos,
aprovechando la fertilidad de terrenos que antes fueron asolados, ahora
acomodados y no empobrecidos.
De
esto se deduce claramente que, si tales territorios hubieran caído en manos
prudentes y experimentadas en la colonización, como los caudillos de Pirú y de
Nueva España, hoy habría poblados prósperos en lo que ahora conocemos como despoblado.»
Recuerdo
bien que, cuando Francisco de Orellana descendió por el gran río Marañón y se
asentó en la tierra de Cubagua, muchos de los soldados que lo acompañaban,
exhaustos y desgastados por las jornadas, se unieron a aquellos que estaban en
Maracapana. Entraron en aquella tierra firme, y en un invernadero que tuvimos,
tras regresar a la serranía, uno de mis compañeros de rancho, llamado
Bernardino de Contreras, natural de Toledo, muchas veces propuso que
colonizáramos un valle en Tacarigua, donde años después se fundaría la Nueva
Valencia por parte de Venezuela.
Él
enfatizaba que esto sería lo que más serviría a Dios y al Rey. Sin embargo, las
esperanzas de esa propuesta se desvanecieron, pues nadie supo cómo llevarla a
cabo, y tampoco se habrían dado a la tarea si Belalcázar no les hubiera
asistido.
Jiménez,
al darse cuenta de la importancia de establecer una base sólida y duradera,
especialmente después de enterarse de la muerte del gobernador Don Pero
Fernández (quien creía que podría sucederle en el gobierno), tomó las medidas
necesarias. Evaluó las poblaciones que podría fundar entre los indios más
belicosos, de acuerdo con la cantidad de soldados disponibles.
En
Santa Fe, con mayor determinación, trazó las calles y solares, así como la iglesia
y la plaza, con los requisitos que parecieran más convenientes para una ciudad
metropolitana que serviría de cabeza para las fundaciones que seguirían.
Además, se llevó a cabo el nombramiento de un gobierno local para que la
gobernara. En aquellas primeras elecciones, resultó elegido como alcalde, por
ser una persona circunspecta, Gardoso, de origen lusitano, y el otro fue
Hierónimo de Insa, quien había sido capitán de macheteros entre los
descubridores primitivos.
De los
regidores, sólo recuerdo a dos: Juan de Arévalo y Fernando de Rojas, quienes
formaban parte de los hombres de Sebastián de Belalcázar. Posteriormente,
Fernando de Rojas se estableció en la ciudad de Tunja, donde tuvo un hijo del
mismo nombre y sucesor de su repartimiento, así como una hija, Doña Ana de
Montalvo, que heredó la belleza y las virtudes de su abuela.
Una
vez establecido el cabildo y el regimiento, los nuevos moradores comenzaron a
erigir casas con fundamentos más sólidos. Fue Alonso de Olalla quien, con gran
empeño, inició la construcción de los primeros tapiales. Entre sus
descendientes se destacan Francisco de Olalla, mayorazgo, y el capitán Juan
López de Herrera, así como otros hijos e hijas de renombre.
El
primer habitante en levantar una casa de tejas fue Pedro de Colmenares,
contador real, cuyo hijo hoy representa tanto su nombre como su valor.
El
primer cura de esta iglesia fue el bachiller Juan Verdero, uno de los
acompañantes de Fedriman, quien también trajo consigo al Padre Fray Vicente
Requejada. La primera capilla de este templo fue dotada por el capitán Zorro,
en honor al Apóstol Santiago.
Una
vez que todo estuvo en orden en la nueva ciudad, se asignaron estancias y
repartimientos a los vecinos, de acuerdo con las cualidades de cada uno, aunque
no de forma tan precisa que supieran cuál era más o menos provechoso. Con el
tiempo y la experiencia, se fue revelando lo que realmente beneficiaba a los
soldados restantes. Así, comenzaron a trabajar en la construcción de la iglesia
y la plaza, asegurándose de que todo cumpliera con los requisitos que parecían
más convenientes para una ciudad metropolitana, que serviría como cabeza de las
que se fundarían posteriormente.
Además,
se realizó el nombramiento de un regimiento para gobernar la nueva ciudad. En
aquellas primeras elecciones, Cardoso, de origen lusitano y persona de gran
circunspección, fue elegido alcalde, y Hierónimo de Insa, capitán de macheteros
entre los primeros descubridores, ocupó otro puesto destacado.
Recuerdo
a dos de los regidores: Juan de Arévalo y Fernando de Rojas, quienes eran parte
de los hombres de Sebastián de Belalcázar. Posteriormente, Fernando de Rojas se
estableció en la ciudad de Tunja, donde tuvo un hijo que lleva su mismo nombre
y que heredó su repartimiento, además de una hija, Doña Ana de Montalvo, que en
belleza y virtudes es heredera de su abuela.
El
primer cura de esta iglesia fue el bachiller Juan Verdero, uno de los que
Fedriman trajo consigo, acompañado durante algunos días por el Padre Fray
Vicente Requejada. La primera capilla de este templo fue dotada por el capitán
Zorro, en honor al Apóstol Santiago.
Una
vez que todo estuvo en orden en la nueva ciudad y se asignaron estancias y
repartimientos a los vecinos, de acuerdo con la cualidad de cada uno, no con la
precisión necesaria para que supieran cuál era más o menos provechoso. Fue así
que el tiempo y la experiencia revelaron lo que realmente beneficiaba a los
soldados restantes.
Procedieron
a fundar dos ciudades: una de ellas se estableció a las faldas del monte por
donde entraron los primeros en la tierra, en los límites de las provincias de
Chipatá, Socrocotá y Ubassa, así como en Saboyá, Musos y Guane. Se buscaba
abrir un camino que facilitara el acceso al Río Grande, ya que esta ruta era la
menos complicada para llegar desde la costa, aunque también resultaba bastante
trabajosa. Sin embargo, era la mejor y más conveniente para que contratistas y
otros peregrinos pudieran encontrar el apoyo más cercano.
La
otra ciudad se ubicó en los términos de Tunja, considerando que aquel señorío
tenía gran pujanza. Para llevar a cabo este proyecto, se nombraron a dos
capitanes astutos y sensatos. Uno de ellos fue Gonzalo Suárez Rendón, patricio
de Málaga, y el otro, Martín Galeano, de Valencia. Este último fue el primero
en salir con su gente para cimentar el pueblo que limitaba con la montaña. Una
vez establecidos los cimientos, se dedicó a someter a los duros y rebeldes
moradores que habitaban en esas asperezas, llevándolos al yugo y la obediencia
del invencible Rey de España.
Así,
por ser el origen y principio de la ciudad de Vélez, en este reino, y al ser la
segunda planta de cristianos, es justo que su nueva fundación sea celebrada con
un nuevo canto.
***
Canto
décimo
Se
narra aquí cómo el capitán Martín Galeano, con la gente que le fue asignada por
el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, fundó la ciudad de Vélez.
Cuando
el sol, en su recorrido por el cielo, extendía sus claros rayos sobre la tierra
del león Nemeo, Martín Galeano se preparaba para cumplir el deseo de poblar las
tierras que había prometido conquistar. Con valentía, emprendió su viaje hacia
el norte, acompañado por hombres de gran valor que lo seguían fielmente.
Tras
seis días de marcha, avistaron Tinjacá, una población que disfrutaba del
espacioso lago Siguasinza. Este lago era famoso por su abundancia de peces sin
escamas, pequeños como lampreas, cuyo grosor no superaba los tres dedos y cuya
longitud llegaba a un palmo y medio. Aunque su sabor era apreciado, eran algo
viscosos. En Santa Fe, sin embargo, los peces eran más grandes y se pescaban en
el río Fontibón, lo que les otorgaba un mayor aprecio entre los habitantes,
debido a la riqueza que generaba esta actividad.
Tinjacá,
con una circunferencia de cuatro o cinco leguas y una anchura de casi dos,
también destacaba por la presencia de artesanos que trabajaban el barro, lo que
llevó a los españoles a llamar a estas tierras "pueblos de los
Olleros".
Continuaron
su camino hacia las tierras rocosas que contenían los pueblos de Suta,
Sorocotá, Monquirá y Turca, hasta llegar a las altas barrancas, conocidas como
"quebrada fonda", en los términos de Ubassa. Este lugar había sido
reconocido desde la primera llegada de los conquistadores a la región, cerca
del furioso río que hoy llamamos Suárez.
Allí,
en una llanura que les pareció ideal para establecerse, trazaron los cimientos
de una nueva ciudad, la segunda fundada en estas tierras. Los territorios
circundantes estaban habitados por una gran multitud de indígenas, habilidosos
y valientes, que superaban en destreza a muchos otros. Saboyá, en particular,
se destacó por resistir la guerra durante más de treinta años, imponiendo una
dura prueba a muchos españoles de renombre.
En
esos términos de Ubassa, se erigieron los primeros fundamentos de la ciudad que
llamaron Vélez, siguiendo las órdenes del General Jiménez de Quesada. El nombre
fue dado en honor, según se cree, a la ciudad homónima en España, de los Reyes
Católicos, ya que Martín Galeano, insigne varón de Granada, continuaba la
costumbre de los conquistadores de nombrar las nuevas ciudades en memoria de su
tierra natal.
En la
fundación de la ciudad de Vélez, se realizó la elección de los cargos más
importantes, seleccionando a las personas más cualificadas para liderar. En
dicha elección, fue nombrado como alcalde Juan Alonso de la Torre, padre de
Lorenzo Martín de Benavides, actual beneficiado de esa ciudad y miembro de una
familia noble. El segundo alcalde fue Gascón. Entre los regidores se
encontraban Baltasar Moratín, Diego de Güete, Antonio Pérez, Marcos Fernández y
Francisco Fernández, junto a Juan de Prado. El alguacil mayor fue Miguel Seco,
mientras que Pedro Salazar fue designado como escribano.
No
obstante, esta primera ubicación de la población no perduró. Posteriormente,
avanzaron más allá del río Suárez, adentrándose en la provincia de los
Chipataes, donde encontraron un lugar más adecuado para establecerse de manera
permanente. Decidieron trasladar la ciudad a ese nuevo sitio el 14 de
septiembre de 1539, coincidiendo con la celebración de la Exaltación de la
Santa Cruz, en conmemoración del sacrificio de Cristo.
Una
vez asentados en el nuevo lugar, se distribuyeron solares a los vecinos y, con
la ayuda de los indígenas Moscas, que aceptaron la paz, construyeron ranchos
provisionales mientras se preparaban para construir edificaciones más
duraderas. El objetivo era dar estabilidad a la ciudad y proporcionar a los
conquistadores el sustento necesario.
Antes
de comenzar con los proyectos más grandes, se concentraron en erigir un templo,
encargando la obra al cacique Saboyá, debido a su cercanía y la cantidad de
gente que tenía a su disposición. En pocos días, completaron el trabajo. Sin
embargo, la paz no duró mucho, pues Saboyá, arrogante y feroz, se rebeló contra
la dominación castellana, defendiendo su pueblo con valentía y atacando con
arcos y flechas envenenadas.
A
pesar de esta resistencia, los españoles decidieron continuar su avance. Se
dirigieron a la provincia de Misaque y las altas sierras de Ágata, que en ese
momento estaban habitadas por una gran multitud de nativos, gobernados por los
caciques Cocomé y Agatá. Las sierras, aunque carecían de bosques, eran tierras
altas con sábanas y esteros que se secaban durante el verano debido a la falta
de ríos permanentes. Sin embargo, las vertientes de la sierra hacia el oeste
daban lugar a grandes y furiosos ríos, que se unían en un amplio valle rodeado
de montañas cubiertas de árboles antiguos. Durante el verano, las aguas de este
valle formaban grandes lagos, ricos en diversas especies de peces.
Durante
el invierno, los montes y llanuras quedaban completamente anegados, inundados
por torrentes que finalmente desembocaban en el río Grande de la Magdalena.
Subiendo la primera sierra, los españoles convocaron a los indígenas que
habitaban la región. Estos acudieron en paz, ofreciendo comida y algunas piezas
de oro fino. Galeano y su gente les explicaron a los caciques Cocomé y Agatá
que debían reconocer un señor que los gobernara y que, a cambio, deberían
tributar y ofrecer servicios.
Aunque
la propuesta no fue fácil de aceptar para los indígenas, ya que implicaba pasar
de ser señores a ser vasallos, finalmente entregaron rehenes y prometieron no
oponerse al vasallaje del rey de España. Satisfecho con los resultados de la
expedición, Galeano regresó a Vélez sin encontrar resistencia, considerándolo
un buen comienzo para sus planes, que incluían la búsqueda de minas y la
obtención de oro con la ayuda de los indígenas repartidos entre los
conquistadores.
No
mucho tiempo después, basándose en las noticias que obtuvieron interrogando a
los indígenas, quienes señalaron la existencia de riquezas hacia las vertientes
del río Grande de la Magdalena, las autoridades decidieron enviar a Juan Alonso
de la Torre con treinta soldados y doscientos indígenas aliados. Al llegar a la
región de los Agatáes, fueron bien recibidos, aunque el viaje no estuvo exento
de dificultades.
El
ascenso de dos leguas por tierras ásperas y llenas de pajonales, bajo un sol
abrasador, dejó a los soldados exhaustos y sedientos. Sin embargo, los
habitantes locales los ayudaron ofreciéndoles agua y bebidas hechas de sus
granos, lo que les permitió continuar. Al llegar a la tierra de Cocomé, cacique
de las sierras occidentales, fueron recibidos con hospitalidad durante dos días
antes de continuar su camino.
La
expedición se dirigió entonces hacia el valle de Sapo, cuya travesía se caracterizaba
por caminos accidentados y llenos de riscos y peñascos, casi imposibles de
recorrer. En su avance, se encontraron con un paso extremadamente peligroso:
una peña viva y tajada, cuya subida era larga y peligrosa por el riesgo de caer
desde la altura.
Para
poder ascender, los indígenas locales habían instalado bejucos flexibles, a
modo de cuerdas, que estaban firmemente atados a los troncos de los árboles,
semejantes a las jarcias que utilizan los marineros para subir a lo alto de los
mástiles. A la derecha de la peña, brotaba una fuerte corriente de agua
cristalina que, al caer desde lo alto, se asemejaba a copos de nieve que
descendían suavemente hacia la tierra.
Finalmente,
lograron cruzar todos, uno por uno, utilizando las improvisadas
"escalas" hechas de yedras entrelazadas, enfrentándose al riesgo de
la muerte. Sin embargo, la codicia, raíz de todos los males, los impulsaba a
seguir adelante. Bajaron por despeñaderos hasta llegar a una llanura montañosa,
donde se encontraron con una quebrada rodeada de peñascos y arboledas. Allí,
una gran cantidad de guacamayas, con sus estridentes graznidos, los
atormentaron como si anunciaran la llegada de lluvias o simplemente al ver a
los recién llegados.
El
arroyo que allí encontraron se llamó desde entonces el río de las Guacamayas.
De pronto, un estruendo ensordecedor de truenos y lluvias cayó sobre ellos,
temiendo que serían arrastrados por el torrente. Las aguas, provenientes de los
altos precipicios, se despeñaron violentamente hacia la llanura, desbordando el
curso de la quebrada y cubriendo las zonas cercanas con su furia.
Sin
embargo, milagrosamente, el violento torbellino los sobrevoló sin causarles
daño significativo. La nube de tormenta siguió su camino hacia las montañas,
dejándolos empapados pero ilesos. Rápidamente, el agua inundó el terreno, pero
la pendiente natural del lugar permitió que escurriera con facilidad. Los
indígenas, expertos en la búsqueda de alimento, aprovecharon la ocasión para
recolectar una gran cantidad de peces atrapados entre las piedras, aún vivos.
Gracias a esta providencia, pudieron disfrutar de una abundante cena.
Pasaron
la noche en ese lugar, y al día siguiente, un grupo compuesto por Luis
Fernández, García Calvete, Diego Ortiz, Gonzalo de Vega, Pedro de Salazar y
Juan de Eslava, al seguir una senda poco clara, se toparon con maizales ya
maduros y una pequeña comunidad de personas que, descuidadas, no se dieron
cuenta del inminente asalto. Capturaron a varios de ellos, y entre los cautivos
había una mujer indígena cuya belleza destacaba entre todos. Diego Ortiz,
testigo de los eventos, la describió con admiración: una mujer de porte
elegante, de piel radiante como una rosa púrpura, con ojos serenos y claros, y
un rostro que irradiaba dignidad. Sus facciones eran tan perfectas que
recordaban las descripciones de ninfas o náyades en los poemas, aunque vestida
con las telas más lustrosas de su tierra.
La
mujer llevaba un collar de oro que adornaba su cuello esbelto, acompañado de
zarcillos ricos a su estilo. Otras joyas que portaba indicaban que era una
señora de alto rango en su comunidad, una figura destacada en el lugar donde
habitaba.
Una
vez hecha la captura, regresaron al lugar donde sus compañeros los esperaban,
ansiosos por interrogar a los cautivos sobre las minas que tanto deseaban
encontrar. Sin embargo, cuando los cautivos fueron interrogados con la ayuda de
intérpretes, no pudieron ofrecerles información precisa. Solo mencionaron que
el oro que poseían provenía de tierras muy lejanas y lo obtenían mediante
trueque.
Después
de esto, los expedicionarios pasaron quince días abriéndose camino entre las
espesuras que se encontraban entre los ríos Orta y Carare. Incluso llegaron al
río Maporiche, que fluye desde el norte, y, tras recorrer largos y tortuosos
caminos, observaron cómo esos ríos se juntaban y se mezclaban con el majestuoso
río Magdalena. Pero todo ese esfuerzo resultó infructuoso, ya que no
encontraron los veneros de oro que esperaban. No obstante, en los pequeños
asentamientos que encontraron a lo largo de su ruta, lograron recoger algo de
oro trabajado, aunque en cantidades muy pequeñas.
Finalmente,
decidieron regresar a Vélez por el mismo camino que habían tomado al venir, ya
que desconocían otro que fuera menos complicado. Al llegar a la sierra de
Cocomé, descubrieron que no había ningún vecino en las cercanías, pues todos
los habitantes se habían refugiado en cuevas y cavernas. Estas cavidades,
muchas de ellas amplias, servían como refugio en tiempos de guerra o como
lugares frescos para escapar del calor del verano.
La
naturaleza hostil y desafiante del lugar, junto con lo inaccesible del terreno,
habían mantenido a estos pueblos en constante resistencia, sin haber alcanzado
nunca una paz duradera. Incluso en tiempos recientes, gran parte de la
población indígena había sido diezmada, quedando apenas unos pocos
sobrevivientes, que no eran mejores que sus predecesores en cuanto a
disposición hacia la paz.
Los
españoles, cautelosos y experimentados, pasaron la noche en los bohíos del
pueblo desierto, manteniendo el orden y la vigilancia necesarios. Al amanecer,
con los primeros rayos del sol pintando el cielo de rojo, se dispusieron a
continuar su camino hacia Vélez. Avanzaban con espadas en mano y escudos en posición,
conscientes de que probablemente necesitarían defenderse. Con gran precaución,
comenzaron a descender por la cuesta empinada y peligrosa, siguiendo las
señales que indicaban que debían estar preparados para cualquier ataque.
Sus
sospechas no tardaron en confirmarse. Apenas habían recorrido un cuarto de
legua cuando divisaron las alturas y colinas cubiertas de aguerridos guerreros
Agatáes, que se mostraban con orgullosos penachos y actitudes desafiantes.
Armados con arcos y carcajes llenos de flechas, algunos portaban lanzas, dardos
y macanas, mientras que otros llevaban pertrechos preparados para causar
estragos entre sus enemigos. Con una estrategia bien calculada, los Agatáes
comenzaron a lanzar pesadas rocas desde las alturas, mientras que el estruendo
de las cornetas y los gritos descontrolados llenaban el aire. La situación se
tornó tan crítica que hasta el más valiente y habilidoso entre los españoles
reconocía lo difícil que sería salir ileso de aquel peligroso enfrentamiento.
Viendo
las furias desatadas de los enemigos, el caudillo se dirigió a sus hombres con
estas palabras:
«Tomemos
ese estrecho sendero que recorre la loma delante de nosotros.»
Juan
Alonso apenas había terminado de hablar cuando ya todos se apresuraban a gatear
por la ladera, colocando los pies con cuidado para evitar que las rocas sueltas
los dañaran.
Se
organizaron de tal manera que los proyectiles lanzados por los indios no podían
alcanzarlos en conjunto, pues estaban divididos estratégicamente. Sin embargo,
el atrevimiento de los nativos fue tal que algunos escuadrones lograron
acercarse lo suficiente para medir sus macanas contra las espadas de los
españoles, sobre todo en la retaguardia, donde la situación se volvió crítica.
Fue entonces cuando cada hombre tuvo que mostrar el valor individual de su
persona, realizando maniobras con las espadas que resultaban admirables, pues
no pocas cabezas rodaron cuesta abajo, separadas de los cuerpos de los
indígenas.
Al ver
la fiereza de los españoles y su infatigable resistencia, los Agatáes
comenzaron a retirarse hacia las alturas de la serranía, dejando libre el
camino para que los españoles continuaran su marcha. Aunque muchos de los
hombres resultaron heridos, ninguno sufrió heridas mortales.
Al
llegar a Vélez, dieron cuenta del suceso a los vecinos. Martín Galeano, al
darse cuenta de que no convenía retrasar el castigo por tal atrevimiento,
partió de inmediato con soldados descansados y algunos perros bravos entrenados
para atacar a los indios, traídos por las tropas de Benalcázar. Estos perros,
que no habían sido utilizados anteriormente, se convirtieron en una herramienta
común entre los soldados, quienes los apreciaban enormemente, aunque algunos
los utilizaban de forma excesiva y cruel.
A
pesar de ser un hombre generalmente equilibrado y estimado por su valor tanto
en la paz como en la guerra, Galeano también fue parte de estos excesos. Más
tarde, ya en su vejez, cuando gozaba de un merecido descanso, enfrentó ciertos
remordimientos y complicaciones legales debido a los actos cometidos, como se
explicará más adelante.
Galeano
y sus hombres decidieron atacar a los Agatáes bajo el amparo de la oscuridad.
Divididos en dos grupos, uno liderado por el propio Galeano y el otro por Juan
Fernández Valenzuela, se acercaron sigilosamente a dos pueblos, que estaban
separados por poco más de media legua. Según las guías, en estos pueblos había
una gran concentración de indígenas. Los nativos, confiados en la
impenetrabilidad de las escarpadas montañas y amparados por la oscuridad de la
noche, estaban desprevenidos, sumidos en un profundo sueño que los hizo
vulnerables al ataque inminente.
Los
españoles, siempre vigilantes, trepaban por los escarpados recuestos, a veces
usando manos y pies, con los escudos a sus espaldas, cubiertos de un sudor
fluido y silencioso. Finalmente llegaron a la cumbre, cerca de las casas.
Agotados y sin aliento, hicieron una pausa, bien atentos a cualquier
movimiento. Esperaron hasta que la noche alcanzó su momento más oscuro, lo que
los latinos llaman "intempesta", y luego se dividieron en sus
respectivos cuarteles.
Cuando
la señal fue dada con un cuerno resonante, el asalto comenzó con tal estruendo
que los atacados pensaron que eran muchos más los acometedores. El sobresalto
fue tal que quedaron atónitos, como si un rayo hubiera desgarrado el cielo,
dejando tras de sí el húmedo humo de una tormenta oscura, cuyo trueno y
estampido dejaban atónitos a quienes lo presenciaban.
Al
inicio del ataque, los moradores, sorprendidos e inadvertidos, quedaron en un
estado de confusión y terror. Algunos corrieron a tomar las armas, aunque ya
era tarde para usarlas con efectividad; otros, confiando en la ligereza de sus
pies, se dirigieron rápidamente hacia las puertas, esperando escapar del
violento furor que se cernía sobre ellos. Pero muchos encontraron su destino en
la muerte, traspasados por las espadas españolas, entregando sus almas a las
furias del infierno.
La
matanza creció, extendiéndose por todo el asentamiento, con un flujo de sangre
que rubricaba el suelo. Sin embargo, los indios que lograron escapar, muchos de
ellos, lo hicieron dispersándose en todas direcciones, impulsados por un frío
temor. Los españoles, victoriosos, capturaron hasta trescientas personas, todas
ilesas. A los más resistentes y duros entre los prisioneros, les impusieron un
castigo severo: a algunos les cortaron las narices, a otros los pulgares o las
manos, y les ordenaron que llevaran esa señal a sus vecinos. El mensaje era
claro: si persistían en su resistencia, sufrirían el mismo destino.
Después
de haber pacificado los pueblos principales bajo el mando de Martín Galeano y
Valenzuela, una mañana, cuando el sol comenzaba a ascender por los collados y
horizontes, los españoles divisaron una gran multitud de salvajes reunida en lo
alto de una colina. Los indígenas mostraban un gran regocijo y lanzaban
injurias contra los españoles, en un claro menosprecio de su presencia. Las
voces y burlas eran claramente escuchadas debido a la corta distancia que los
separaba, pero los españoles no entendían la causa de tanta alborotada
celebración.
Pronto,
gracias a los intérpretes, se enteraron de que los indígenas tenían prisionero
a uno de sus compañeros. Tras realizar un recuento de los soldados,
descubrieron que faltaba Juan de Cuéllar, un soldado fanfarrón que había
llegado con la hueste de Belalcázar. Al parecer, Cuéllar, por una necesidad
inevitable, se había alejado de su campamento para cumplir con sus necesidades
en un lugar oculto. Sin saberlo, en ese mismo lugar se encontraban al acecho
tres o cuatro indígenas, quienes, al verlo vulnerable, lo atacaron de
inmediato. Cuéllar no tuvo tiempo de reaccionar antes de recibir un golpe
mortal con una macana, que le hizo perder los ojos y esparció sus sesos por el
suelo. Los atacantes, codiciosos de su presa, rápidamente arrastraron el cuerpo
hasta la cima de la colina donde estaban sus compañeros, quienes celebraban su
captura con gritos y burlas mientras profanaban el cadáver.
La
noticia de la muerte de Cuéllar causó una profunda congoja entre los españoles,
especialmente en Galeano, ya que era el primer hombre que perdía en esta
campaña. Determinado a vengar su muerte, Galeano se unió a Valenzuela y
emprendieron una serie de castigos severos contra los indígenas que pudieron
capturar. No les dieron tregua, organizando emboscadas y ataques nocturnos
hasta que muchos de los indígenas se vieron obligados a esconderse en cuevas,
montañas y otros lugares inaccesibles. Sin embargo, debido a las grandes
dificultades del terreno y al agotamiento de sus hombres, Galeano decidió
regresar a Vélez, llevando consigo una gran cantidad de prisioneros, incluidos
mujeres e hijos de los indígenas.
En el
camino de regreso, los bárbaros, desesperados por rescatar a sus seres
queridos, descendieron en masa desde las alturas con un ímpetu feroz. Rompieron
las líneas de los defensores e intentaron liberar a los cautivos, que iban
atados con cuerdas y cadenas. La lucha fue intensa, y aunque los indígenas no
lograron liberar a muchos prisioneros, continuaron acosando a los españoles con
piedras y proyectiles. A pesar de sus esfuerzos, la hueste bárbara quedó
diezmada y los españoles lograron mantener a sus cautivos.
Durante
el enfrentamiento, varios soldados españoles, destacados por su habilidad en
las batallas, como Diego Franco, Bartolomé González, Pedro Gutiérrez, Francisco
de Murcia, entre otros, se destacaron por su valentía y experiencia en este
tipo de contiendas, contribuyendo a la victoria final sobre los indígenas.
Tras
el enfrentamiento, sin perder el ritmo de la marcha, la retaguardia española
aceleró el paso, amenazando con sus armas a los prisioneros que llevaban
delante, instándolos a avanzar rápidamente, como si huyeran de un peligro
inminente. Esta acción hizo creer a los indígenas, al observar la maniobra, que
los españoles realmente estaban escapando, lo que los llevó a precipitarse en
una confusión desorganizada detrás de ellos, sin saber que estaban cayendo en
una emboscada cuidadosamente planeada.
Cuando
los indígenas avanzaron en tropel, los soldados emboscados salieron al
encuentro de la turba gritando: “¡Santiago, Santiago!”, señal de ataque entre
los españoles. Los emboscados cayeron sobre los desprevenidos indígenas, que se
encontraron atrapados sin saber cómo defenderse, como un perro que,
persiguiendo a un venado por la sabana, es sorprendido por un tigre que le
arrebata la presa. Los indígenas, al darse cuenta del engaño, cayeron en una
profunda confusión y miedo, con muchos de ellos buscando huir. La mayoría optó
por poner su esperanza en la huida, mientras que algunos fueron malheridos,
otros muertos, y varios capturados.
Este
ataque efectivo dio a los españoles el respiro necesario para continuar su
camino con los cautivos sin mayor oposición. Al llegar a Vélez, enviaron un
mensaje a los pueblos indígenas a través de algunos prisioneros, proponiéndoles
una paz que les permitiría recuperar a sus seres queridos sin otro pago que una
sincera voluntad de amistad y colaboración. Los españoles les aseguraron que,
si deseaban una vida pacífica, solo debían cumplir con este acuerdo, pues de lo
contrario, el destino de las batallas pasadas auguraba lo que podría suceder en
el futuro.
Los
señores principales de los pueblos indígenas recibieron bien el mensaje y
pronto se acercaron para renovar la amistad, aunque esta no fue tan firme como
para evitar futuras rebeliones. Estas sublevaciones continuaron, pero con el
tiempo, y debido a las guerras y otras circunstancias, los indígenas vieron su
poder mermado y sus tierras casi despobladas.
En ese
entonces, sin embargo, los indígenas todavía representaban una amenaza
considerable, y los españoles, incluyendo a Galeano, a menudo enfrentaron
dificultades. Galeano se vio obligado en varias ocasiones a solicitar refuerzos
de Tunja, una población cercana donde el capitán Suárez estaba establecido.
Pero la narración sobre Tunja y sus eventos será tratada más adelante, pues por
ahora, el relato se centrará en los hechos relacionados con Vélez.
Tras
estos eventos, no faltó el socorro que llegó desde la costa, cuando arribó
Jerónimo Lebrón, de quien daremos cuenta más adelante al narrar su viaje. Por
ahora, me dirijo hacia la provincia conocida como Guane, bajo la jurisdicción
de la ciudad de Vélez. Allí, tras haber pactado la paz con los Agatáes, las
armas, aún manchadas de sangre, se volvieron hacia la conquista de este
territorio. Los preparativos para esta nueva empresa ya se están llevando a
cabo, y yo me dispondré a relatar lo sucedido en el próximo canto, ya que con
este planteamiento cierro el presente relato.
***
Canto
undécimo
En
este canto, se narra la conquista de la provincia de Guane y los encuentros que
hubo durante su pacificación. Corría el año 1540 según el cómputo cristiano,
cuando el planeta más radiante se presentaba en el pluvial Acuario. Fue el
vigésimo día del bifronte Jano, el primero de los meses de este conteo, cuando
partió la valerosa gente, guiada hacia el Oriente en busca de Guane, cuyas
tierras se hallaban a menos de veinte leguas de distancia del pueblo de los
españoles.
A
pesar de ser grandemente pedregosas las partes habitables de este suelo, su
templanza siempre resulta amigable para la conservación del individuo. Nunca se
padecen fríos ni calores extremos, ya que la región está desprovista de
montañas y favorecida por saludables vientos que, lejos de contrarrestar su
fertilidad, la potencian.
Así,
la provincia contiene virtuosas plantas que, en todos los tiempos, producen
frutos placenteros al gusto y agradables a la vista y al olfato. Las labranzas
se benefician de regadíos que conducen por acequias aguas claras, las cuales
descienden de los altos murmullos y se derivan a diversas partes, abarcando un
circuito de más de doce leguas.
Hacia
el Oriente, la provincia está rodeada por una viva peña tajada, comúnmente
llamada "cingla", que corre de Norte a Sur, algo torcida, y se
extiende más allá de la provincia. Por la frontera de los Guanes, el río de
Sogamoso la divide, fluyendo con furia por sus tierras, donde se une al de
Suárez y otro que se llama Chalala. Estas corrientes fluyen hacia el río Grande
de la Magdalena.
De
esta manera, al occidente de la cingla tenían sus asientos los Guanes, mientras
que encima de la cingla se encuentran sabanas rasas, aunque desiertas, a
excepción de la que está más a mano, conocida como la Mesa de Xerira. Este es
un campo fertilísimo y apacible, igual, alegre, llano, raso y limpio. Su
circunferencia, medida, es de unas seis o siete leguas, sin contar las
colaterales, que son grandes y amplísimas dehesas.
Todas
estas tierras gozan de tan propicias influencias que, si hubieran sido pobladas
por españoles en esa sazón y coyuntura, conservando a los indios naturales,
habrían visto cumplidos sus deseos de abundancia. No faltaría trigo ni cebada,
junto con las demás simientes de legumbres, fructíferos vergeles y jardines,
nativas y extranjeras, así como todas las especies de ganado necesarias para el
menester humano. También se podrían cultivar viñas en partes que fueran
irrigadas, dado que esta llanada deleitosa está provista de cristalinas fuentes
que ofrecen aguas salutíferas al beneplácito de quien las guía, y la templanza
del terreno favorece la salud humana en todo momento.
Los
habitantes de la región se sentían colmados de felicidad, ya que contaban con
veneros de oro en sus cercanías, gracias al río que fluye hacia Vélez y
Pamplona. En esta comarca, Guanentá era el rey, reconocido por otros
principales indígenas como su señor supremo, a quien ofrecían vasallaje y
obediencia. Su residencia se hallaba en la Mesa de Xerira, un lugar más
apacible que los asentamientos situados en las partes inferiores de la cingla.
Los
Guanes compartían una lengua, costumbres, ritos y vestimenta, que consistía en
telas de algodón tejidas con hilos de diversos colores. Se envolvían con una prenda
alrededor de la cintura y llevaban otra que caía del hombro izquierdo,
asegurada con un nudo hecho con los extremos de la manta. Las mujeres, por
motivos de modestia y protección, usaban pampanillas debajo de sus trajes, que
cubrían las partes que debían permanecer ocultas. Las casadas se ceñían con
este velo adicional, mientras que las jóvenes quedaban exentas.
Los
Guanes eran personas de disposición y gallardía; de piel clara y apariencia
limpia, con rostros aguileños y facciones agraciadas. Aquellas que servían a
los españoles sorprendían por lo rápido que aprendían el idioma castellano,
articulando los vocablos con una precisión que parecía innata. Este talento era
poco común en otras naciones indígenas que había visto, donde muchos hablantes
luchaban por pronunciar correctamente el castellano.
Además,
los Guanes eran ingeniosos y diestros en el manejo de sus armas, que incluían
lanzas, dardos, macanas y hondas. Las utilizaban con destreza en las peleas,
guiando sus proyectiles con fuerza y precisión.
Con
todas las precauciones necesarias, cincuenta valientes españoles, de los cuales
solo seis montaban a caballo, ingresaron en las tierras de los Guanes,
equipados con escudos, morriones y celadas. Después de cruzar el impetuoso río
Conacuba, se adentraron en un valle donde comenzaba la población de Guane. Su
intención era tomar el territorio desde su inicio y allanar la provincia,
avanzando hacia Vélez y conquistando a quienes se opusieran a su avance.
Las
primeras casas que encontraron los españoles al llegar fueron las de Poasaque,
un pueblo bajo la dirección de Corbaraque, un capitán que había llevado a su
gente a refugiarse en el monte, temeroso de la nueva llegada que penetraba en
tierras inexploradas. Los españoles lograron alcanzarlos y establecieron con
ellos la amistad que tanto deseaban, bajo la promesa de que ambas partes la
conservarían. A cambio, los indígenas aceptaron reconocer el vasallaje al
poderoso rey de España y al señor que se les designara en su nombre, asegurando
así una vida tranquila y segura.
Con la
misma mano de concordia, fueron recibidos en otro valle colindante con el de
Corbaraque. Luego se dirigieron a Poima, donde sucedió lo mismo: los habitantes
les ofrecieron telas bien labradas y algunas joyas de oro fino. Después de
esto, se trasladaron a Chalala, donde encontraron a una población más animosa y
decidida a defenderse con más brío. Allí se quedaron durante ocho días,
intentando ganar las voluntades de los lugareños, quienes se mostraron duros y
reacios al pacto de paz que se solicitaba.
Debido
a esta resistencia, los españoles, decididos a imponer su autoridad, llevaron a
cabo enfrentamientos y capturaron a una gran cantidad de personas de todas las
edades, destacando especialmente a las mujeres, quienes, por su belleza y
gracia, capturaron la atención de los conquistadores.
Los
españoles también recorrieron la ribera del mencionado río que desciende de
Sogamoso, en los términos de Tunja, pasando por asentamientos que ya estaban
desiertos, pues sus vecinos habían abandonado sus hogares por temor a los
forasteros. En esas casas, recogieron una considerable cantidad de ropa y algo
de oro.
Mientras
exploraban las tierras de Guane, recibieron noticias sobre Macaregua, un
cacique belicoso y adinerado, por lo que decidieron partir en su busca, aunque
estaban inciertos sobre la posibilidad de paz, su confianza se alimentaba de la
fama de la riqueza que poseía.
Sin
embargo, los caballos no podían avanzar por el camino más directo debido a la
gran aspereza del terreno, que estaba lleno de peñascales y derrumbaderos. Así
que los peones optaron por el camino más bajo, acompañados por indios
yanaconas, quienes, con la ayuda de los cristianos, mostraron valor en la
guerra y una dulzura que mitigaba las disensiones y revueltas.
Galeano,
junto con los caballeros, avanzó por la alta cuchilla que se alzaba sobre el
terreno, despejada de piedras y montes. Al avistar el pueblo peñascoso, se
dieron cuenta de que allí los caballos no valían, ya que no podían descender a
menos que encontraran un camino que no fuera un precipicio. Así que, decididos,
se lanzaron a tomar la puerta de la principal casa, que creían era la del cacique,
aunque no lo hicieron con tanto sigilo como para no ser percibidos.
Sobresaltados
por la inminente amenaza, los defensores del interior salieron al encuentro con
un escuadrón de piqueros que ya estaban en alerta, listos para frenar el avance
de los ambiciosos conquistadores. Se protegían bien con sus escudos, mostrando
una valentía similar a la de los hábiles alemanes en la batalla, y a pesar de
que los españoles ganaban terreno, los defensores lo perdían con sus
movimientos estratégicos.
En
medio de este tumulto, Pedro Vázquez, un joven audaz y orgulloso, dio un paso
al frente. Con la mano en alto, se preparó para asestar un golpe mortal,
atrayendo la atención de su oponente. Sin embargo, este último había descuidado
su defensa; su rodela estaba desprotegida. Fue entonces cuando Pedro, con la
punta de su lanza encajada en el momento preciso, atravesó las arterias vitales
de su adversario.
El
impacto fue devastador; los espíritus vitales se despidieron para siempre de
aquel cuerpo que, en un instante, se desplomó en el suelo, marcando el final de
su miserable existencia.
Los
indígenas, en su desespero, arrastraron el cuerpo del caído hasta la puerta de
su líder, donde la lucha se intensificaba. Sin embargo, el ambiente se tornó
tan violento y obstinado que los españoles no pudieron recuperar el cadáver. A
medida que la tensión crecía y se acercaba una multitud armada de los alrededores,
los conquistadores se prepararon para enfrentarse a una muerte segura o a una
victoria inminente.
Confiando
en Dios y en la fuerza de sus brazos, decidieron romper las líneas enemigas. En
el primer encuentro, trece bárbaros cayeron, mientras que otros heridos
clamaban por atención médica. Sin embargo, los defensores decidieron retirarse,
dejando a los españoles como los nuevos señores del pueblo, aunque agotados y
necesitando descanso. Pedro Salazar, herido con dos lanzas, se vio obligado a
curarse durante varios días tras la feroz batalla.
Galeano,
tras encontrar un paso para los caballos, sintió una creciente impaciencia al
no poder descender rápidamente en medio del clamor y el estruendo de los
combates que resonaban en el aire. Aunque los caballos no podían hacer mucho
debido a las rocas que bloqueaban el camino, finalmente, una vez superada la
refriega, llegaron al lugar donde yacía el desafortunado Pedro Vázquez, cuyo
fallecimiento les causó gran pesar. No obstante, decidieron darle un sepelio
digno, ocultando su cuerpo corruptible bajo la tierra fértil, como era lo
apropiado según las circunstancias.
Después
de este acto, se dispusieron a registrar las casas en busca de provisiones,
aunque el rancho no les ofreció mucho, ya que lo esencial se había escondido en
diferentes lugares. Cuando el sol comenzaba a ocultarse, guiando a sus caballos
brillantes y veloces hacia otros hemisferios, optaron por refugiarse en la casa
del cacique Macarigua. Allí, se acomodaron y cenaron, atentos a tener buenos
centinelas, con las armas listas para salir en orden ante cualquier aviso.
Mientras
algunos de sus compañeros se entregaban a un sueño reparador, Martín Galeano no
se detuvo; rondaba y visitaba a quienes velaban en la guardia. Al llegar el
momento de cambiar la vigilancia, reunió a todos y compartió su inquietud:
«Compañeros
y amigos, este lugar es inseguro para nuestra defensa. Si nos atacan de noche,
el terreno es incómodo, mientras que más arriba hay un llano limpio, libre de
obstáculos, donde los caballos pueden moverse con facilidad. Sería un gran
error permanecer aquí; si mis instintos no me fallan, aquí no amaneceremos. Así
que debemos partir pronto, ya que es la hora tranquila, y aunque arriba haya
muchos, seremos más efectivos con menos».
Todos
estuvieron de acuerdo con su propuesta y, sin dudar, comenzaron a caminar hacia
la altura por donde habían descendido con los caballos. En un claro y apacible
terreno, establecieron su campamento y permanecieron allí durante tres días,
dedicándose a descansar, reparar sus provisiones y atender a los caballos, que,
por la falta de hierro, fueron herrados con clavos de oro. Sin esas herraduras,
los animales no podrían caminar sobre el suelo pedregoso.
En esa
región, la población indígena era numerosa; se estimaba que en el circuito de
lo que se conocía como Guane había cerca de treinta mil casas, cada una con dos
o tres habitantes, donde residían sus mujeres y familias. Así, la provincia se
convertía en un manantial de naturales, con una gran diversidad de comunidades.
Así,
los españoles, conscientes de su escaso número y del terreno adverso que los
rodeaba, se prepararon con cautela y previsión. La muerte de Pedro Vázquez dejó
a su grupo vulnerable, y se sintieron obligados a actuar con prudencia, ya que
desde todos los lados se alzaban las voces de una gran multitud de indígenas
armados, acompañadas del estruendo de cornetas y tambores, que anunciaban una
presencia amenazante. Sin querer entrar en combate directo, muchos de los
españoles decidieron explorar los pueblos cercanos, deseosos de conocer el
terreno.
Primero,
llegaron a Guanentá, donde se encontraron con una multitud que, atemorizada al
ver a los intrusos, comenzó a retirarse rápidamente. Sin embargo, en esta
confusión, los españoles se dividieron en dos grupos: ocho peones acompañados
por dos caballeros, Alonso Fernández y Gonzalo de Vega, y los demás se unieron
a Galeano, siguiendo el tumulto por caminos diferentes.
Los
diez hombres que continuaron adelante, en su búsqueda de oportunidades, se
toparon con un grupo de indígenas que, provistos de hondas y lanzas, los
aguardaban en un cerro. A pesar de ser pocos, los españoles decidieron atacar.
Pero al acercarse, se encontraron con una quebrada profunda, que les
imposibilitó avanzar y les obligó a detenerse, mientras los indígenas,
protegidos por esa muralla natural, comenzaban a lanzar piedras desde la otra
orilla.
Al ver
esto, los españoles se dirigieron a sus aliados yanaconas, que los seguían
armados con arcos, y les pidieron que respondieran a los proyectiles de piedra
con flechas. En medio del combate, los seis peones, avanzando con cautela, se
deslizaron por la quebrada, pero, embelesados por la batalla, no se dieron
cuenta de la estratagema que se desarrollaba. Fue entonces cuando los indios,
aprovechando el terreno, les atacaron por la retaguardia con lanzas afiladas,
cercenando brazos y cabezas.
El
sobresalto fue tal que los españoles, llenos de temor, apenas pudieron usar sus
armas. La situación empeoró cuando sus caballos, al encontrar un terreno más
propicio para moverse, se descontrolaron, y la confusión se apoderó del grupo.
La escena se tornó en una mortífera ruina para aquellos que, en su bravura, se
habían mostrado más gallardos. La falta de cohesión y la desventaja numérica se
hicieron evidentes, y los españoles se vieron superados por la táctica y la
sorpresa de sus enemigos.
Satisfechos
con la suerte que habían tenido, los españoles regresaron con algún botín en
busca de sus compañeros. Su éxito fue, sin duda, gratificante; incluso más que
el anterior enfrentamiento, que había sido más sangriento, pero sin que ellos
sufrieran daños. Así, se reunieron, alegres y contentos, y cruzaron el río
hacia Butaregua, un pueblo no muy distante de la cingla.
Butaregua
era un asentamiento bien organizado, llano y limpio, rico en frutos y cosechas.
Los habitantes, curiosos por naturaleza, habían construido regadíos en sus
heredades, que eran irrigados por antiguas acequias, permitiendo que la tierra
produjera lo necesario para satisfacer las ambiciones de los agricultores. Sin
embargo, al llegar, los españoles no encontraron a nadie en el pueblo; todos los
vecinos se habían refugiado en grandes cuevas y oquedades que se hallaban en
las laderas de la cingla.
Las
subidas eran altas y difíciles, pero en ambos lados había senderos que llevaban
a las entradas de las cuevas. La dificultad del terreno hacía que los humanos
tuvieran que esforzarse al máximo para ascender, y el camino resultaba
peligroso, pues no había puntos donde detenerse, y los que intentaban escalar
debían saltar una distancia de cerca de doscientos estados.
Aun
así, los españoles, al notar el rastro de los indígenas, comprendieron que
había un secreto que podrían aprovechar. Decidieron dividirse y, con valentía,
los más audaces comenzaron a escalar. Idearon un plan: algunos de ellos se
encargarían de resistir y hacer frente a los indígenas, mientras otros
buscarían escapar y atraer a los indígenas hacia el llano, lejos del
precipicio.
Su
estrategia no falló. Al ver a los españoles subiendo, los indígenas, valientes
y decididos, salieron al encuentro de los intrusos. Los españoles, protegiéndose
con sus escudos, retrocedieron hacia un terreno más seguro, mientras los
indígenas los seguían, saliendo de las cuevas como fervientes hormigueros. La
situación estaba a punto de convertirse en un nuevo enfrentamiento, donde el
ingenio y la valentía de ambos bandos se pondrían a prueba.
Al ver
la situación, la gente castellana, en un lugar más propicio para la lucha, se
lanzó a la ofensiva. Con rapidez, comenzaron a cegar sus aceros afilados en las
entrañas de los bárbaros, causando una matanza. Los primeros que se encontraron
en el camino retuvieron el avance de los indígenas en el borde del despeñadero.
Los que venían detrás no lograron detenerse a tiempo y, descontrolados, cayeron
unos sobre otros.
La
confusión reinó en medio de la batalla; los combatientes se derrumbaban, y
algunos, al verse atrapados, intentaron aferrarse a los demás mientras caían en
picada hacia la tierra, que los recibía hechos añicos. La madre tierra, en su
silencio, quedó colmada de cuerpos sin vida, un trágico tributo a la violencia
del enfrentamiento.
Los
que lograron escapar, viendo el desenlace desastroso, se dejaron llevar por la
persuasión de sus compañeros y decidieron buscar la paz, deseando evitar más
calamidades de la guerra. La noticia de la derrota y la oferta de reconciliación
se difundió rápidamente por la comarca, y muchos comenzaron a considerar
favorable la idea de establecer amistad con los cristianos. Entre los primeros
en buscar la paz se encontraba Macaregua, quien llevó las armas del soldado que
había caído en su pueblo, así como mantas, oro y otros obsequios, con la
esperanza de mitigar los rencores.
Con
palabras suaves y amigables, los indígenas se acercaron a los castellanos,
quienes, al reconocer la voluntad de paz, escucharon con atención. Así, bajo el
dominio del insuperable Católico Rey, las relaciones comenzaron a normalizarse.
Pasaron luego a Bocore y Xuaguete, dos pueblos que se mantuvieron en calma, y
no solo aceptaron la nueva autoridad que les era impuesta, sino que también
mostraron generosidad en su obediencia, ofreciendo piezas y preseas de gran
valor, lo que contribuyó a consolidar la paz en la región.
Cacher,
sin embargo, se negó a reconocer el tributo y a acudir a los llamados,
mostrando desprecio y arrogancia. Esta actitud no fue tolerada, y un grupo de
veinte peones, junto a algunos hombres de a caballo, fue enviado para
corregirlo. Con semblante pacífico y la intención de negociar sin derramamiento
de sangre, se acercaron a la casa del cacique. Sin embargo, al llegar, fueron
recibidos por cuarenta bárbaros armados con gruesos bastones, decididos a
matarlos.
El
intento de ataque se hizo evidente rápidamente; los bárbaros descargaron golpes
pesados sobre los desprevenidos, quienes, al no poder soportar la agresión,
respondieron con las armas. La lucha fue feroz, resultando en la muerte de
varios indígenas y la captura del cacique, quien quedó maniatado.
Los
españoles, con el cacique en su poder, se dirigieron a Bocore sin ser
interrumpidos por los que salían del pueblo, quienes no intentaron recuperar a
sus compatriotas ni frenar el avance. Al llegar, fueron recibidos por Martín
Galeano y el resto del grupo, quienes ordenaron liberar al cacique y tratarlo
con amabilidad y respeto. A través de un diálogo que combinaba razones
pacíficas con algo de firmeza, se les hizo entender la necesidad de aceptar la
sujeción y la obediencia.
Se les
otorgó la libertad para regresar a su pueblo y apaciguar a su gente tras la
agitación provocada por la prisión del cacique. Tras este acuerdo, continuaron
su camino hacia Siscota, donde fueron recibidos con aplausos y obsequios de
telas y algo de oro, sin que la población mostrara resistencia a la servidumbre
que se les había impuesto.
Después
de despedirse de Siscota, pasaron a Cotisco y Carahota, así como al valle de
Sancotéo y Uyamata, poblaciones principales que, igualmente fértiles y
pobladas, se mostraron obedientes sin ruidos belicosos.
Y
después de describir a los señores que gobernaban la tierra de Guane, con la
intención de distribuir los trabajos y recompensar a los compañeros por sus
esfuerzos en la conquista, se decidió posponer la determinación hasta tener más
información en la ciudad de Vélez. Este retraso generaba inquietudes en
Galeano, quien temía que los indígenas de los alrededores, que ya tenían amos a
quienes debían tributos, pudieran reaccionar con furia ante la ausencia
prolongada de los españoles.
Con el
tiempo, la situación se volvía más complicada, ya que los nativos, que antes
habían disfrutado de una cierta libertad, ahora estaban sometidos a una
servidumbre que no solo era injusta, sino también agotadora. Los exactores no
mostraban moderación; cada uno cobraba lo que quería, imponiendo tributos que
no se justificaban y exigiendo trabajos excesivos. Muchos, incapaces de
soportar tales abusos, caían en la desesperación o, incluso, sucumbían a la
debilidad física.
Este
ambiente de opresión llevó a que los indígenas, confiados en su fuerza,
decidieran liberarse de las cadenas de la servidumbre. Si lograban ver la
posibilidad de hacerlo, se comprometían a pagar el tributo natural a quienes lo
solicitaban, en lugar de a los opresores. Este cambio se había comenzado a
gestar desde dos meses después de que Galeano partiera hacia Guane, un asunto
que se relatará con más detalle en el siguiente canto, donde se revelarán las
novedades que esperaban y que merecen ser celebradas con un nuevo comienzo.
***
Canto
duodécimo
Este
relato narra la rebelión de Saboya y la de los indios de Tiquesoque, así como
la muerte de varios españoles.
Las
excesivas demandas, la fuerza y los rigores de aquellos que se encontraban
inflados de orgullo y soberbia provocaron un levantamiento aún mayor entre los
que, a pesar de su paciencia y sufrimiento, decidieron alzar la voz contra sus
crueles opresores. Nadie es tan irracional que pueda soportar la molestia de
manera indefinida.
Así,
se convertirá en un ejemplo el suceso que ocurrió tras la partida de los
soldados hacia Guane, quedando algunos para defender la nueva ciudad. Al mando
de este grupo estaba Juan Fernández Valenzuela, quien se mantenía alerta en la
guerra, aunque no lo suficientemente astuto como para disimular los abusos que
causaban la ruptura de la paz con aquellos que ya tenían encomiendas. Algunos
de estos procuraban extraer el máximo provecho de los que no poseían los medios
para satisfacer una sed insaciable, como la de una serpiente que, herida, jamás
se sacia.
Entre
estos, el Gascón, primer alcalde, parecía ser el más insistente en apresurar a
los indios que le habían sido asignados para que le trajeran oro, ya que su
encomienda provenía de Tiquisoque. Al ser convocado por su superior para
cumplir con el tributo, llegó sin excusas y con lo que le habían ordenado. Sin
embargo, tras recibir lo que se consideraba un tributo adecuado, en lugar de
agradecer, el imprudente estalló en blasfemias. Le dijo:
"Perro
chingamanal, sucio borracho, que te crees un cacique de gran renombre, me diste
este oro sin ningún reparo, más destilado que el líquido que sale de un
alambique. ¿Acaso piensas que estás tratando con un niño al que podrás
contentar con un simple regalo? Observa con claridad lo que hay en el archivo,
si no deseas que yo te haga arder en llamas."
El
indio, con una traición disimulada y una apariencia leal, respondió con un
rostro sonriente: "No puedo hacer más en este momento; sin embargo, si
deseas una mejor paga, es necesario que lo hagamos donde yo resido. Para
conseguir oro, es fundamental que estés presente, ya que así puedo asegurarme
de que cada uno contribuya sin excusas, pues yo solo no soy suficiente para
satisfacer lo que buscas.
Si me
tienes delante, estoy convencido de que tus deseos serán cumplidos y quedarás
satisfecho con lo que anhelas."
El
Gascón se alegró ante esta respuesta y lo halagó, prometiendo que sería un buen
amigo si se cumplían sus expectativas. Pero en su ansia codiciosa, ciega ante
los riesgos y peligros que surgen de la confianza imprudente, solicitó permiso
al Valenzuela para salir. A pesar de que este último sabía que era un desvarío
soltar aquella oportunidad, finalmente le otorgó la licencia, aunque no sin
advertirle que fuera cauteloso.
Con
aquel impulso avaricioso en su corazón, el Gascón se preparó, armándose y
montando a caballo, acompañado de seis amigos destacados, bien entrenados con
espadas y rodelas. Entre ellos estaban Benito Zarco y Bartolomé Sánchez,
soldados de Santa Marta, mientras que los otros cuatro eran de la parcialidad
de Venezuela; sus nombres, lamentablemente, se pierden en el olvido. También
llevaban consigo algunos yanaconas para prestar servicio.
Llegaron
a las casas de Tiquisoque, donde recibieron regalos que encubrían sus
verdaderas intenciones. Tras acomodarse, el Tiquisoque se despidió de ellos,
diciéndoles: "Para seguir complaciéndolos, hemos planeado una salida para
cazar venados con cazadores experimentados en el oficio. Disfrutarán de un
ejercicio deleitoso; verán cómo el temeroso ciervo huye y cómo termina atrapado
en la red, atravesado por la flecha certera, ya que no escasean los hombres
valientes en la cacería. Al final, regresaré mañana; no será vana mi promesa,
pues todos traerán oro en gran cantidad para satisfacer tus lamentos."
Así
fue como se separaron del torpe huésped y de los compañeros que estaban
dispuestos a cazar, enfrentándose a un último trance. Combatidos por una mortal
sospecha, no lograban tener la tranquilidad que deseaban. Benito Zarco, preocupado,
expresó: "Señores, ruego a Dios que los venados pardos no se conviertan en
nuestros enemigos, pues somos nosotros los que, por nuestra necedad y
desatinos, estamos encerrados en esta situación. Espero que no encuentren los
caminos ocupados y fortificados con gente. En esta confusión, quien desconfía
no debe descuidar su vigilancia."
"Ya
que hemos caído en un error tan grande, no durmamos como gente ingenua. Este
caballo que tenéis en la colina debe estar listo toda la noche, preparado con
la silla; también tened a mano a este perro, para quitarle rápidamente la correa.
Si ve a alguien de mala fe, él hará lo que le corresponde."
El
aviso fue bien recibido por todos, y así, durante la noche, mantuvieron una
vigilancia atenta. Mientras tanto, el indio Tiquisoque envió mensajeros a toda
prisa para convocar a los caciques de la región, centrándose principalmente en
el indio Saboyá, quien, según se sospecha, fue el principal instigador de la
revuelta y el primero en concebir el engaño.
De
hecho, cuando la tenue luz de la mañana comenzó a despejar los vapores
nocturnos, nuestros atribulados españoles estaban a la expectativa, vacilando
entre diversos pensamientos. Por un lado, reflexionaban sobre el riesgo que
corrían en medio de una gente salvaje y agresiva, y por otro, se aferraban a la
esperanza de que, al haber pasado la noche sin ser atacados, quizás el peligro
se había disipado.
Con la
vista ansiosa, los españoles miraron a su alrededor y vieron descender por una
loma suave a más de seiscientos indios bien armados con dardos, flechas y
macanas. Llevaban adornos de plumas, un uso común entre aquellos que se
preparan para la guerra, la caza y otros ejercicios donde se hace presente la
comunidad. Así, los españoles no podían asegurarse sobre las intenciones de los
indios, pero, dada la actitud y la determinación de estos, creyeron lo peor, y,
efectivamente, su temor resultó fundado.
Consciente
del peligro, Juan Gascón, montado en su caballo, decidió salir al encuentro de
los indios. No mostró ninguna alteración, sino que fingió actuar con amistad,
deteniéndose en un lugar despejado donde podía realizar algunos movimientos
ofensivos. Era un terreno propicio para responder según fuera necesario.
Sin
embargo, la confusión no duró mucho; pronto se encontraron a una corta
distancia de los que les esperaban. Entonces, sonaron los caracoles, que
sustituyen el estruendo de las trompetas, y un grito ensordecedor rompió el
aire, revelando las intenciones de los indios. Además, comenzaron a lanzar
densas lluvias de flechas envenenadas que se clavaban en los cóncavos escudos
de los españoles con tal obstinación que la muerte cruel se presentó ante
ellos, dejándolos sin posibilidad de escapar sin el auxilio del cielo.
Al
verse en esta situación de peligro inminente, Juan Gascón, con voz algo
turbada, se dirigió a sus amigos de la siguiente manera: "Perdonadme,
señores, pues he sido el principal instigador que os ha llevado a este
detrimento sin razón. Bien sabe Dios cuánto me arrepiento de ello y hasta dónde
llega mi remordimiento; sin embargo, para liberaros, no hay más que la
intervención divina que nos puede salvar."
"Encomendaos
a Dios como buenos cristianos, y luchemos todos de tal manera que no caigamos
vivos en manos de esta gente bestial, cruel y fiera. Aquellos que los insanos
toman con vida reciben mil muertes antes de morir. Para evitar tantas, es mejor
morir de una vez, pues ya nos ha atrapado la mala fortuna."
Con
estas palabras, Juan Gascón mandó soltar al perro y, tras darle espuelas a su
caballo, sus peones siguieron sus pasos. No había fieras en la naturaleza—ni
lobos, leones ni veloces tigres—que hicieran tanto estrago como los
desesperados que buscaban escapar. Estaban heridos y consumidos por el temor,
acosados por la multitud furiosa de bárbaros que, confiando en su fuerza y
ligereza, se creían capaces de capturarlos vivos. Pero las espadas no se lo
permitían; los filos cortantes dividían brazos y penetraban las entrañas, de
donde brotaban la vida y el alma en una agonía incesante.
Los
perros degollaban, rompiendo las venas de los cuellos, y los caballos
atropellaban a los más fuertes entre los indios. Los peones, siguiendo la
estela de sus compañeros, ensangrentaban penachos y cabellos, mientras el aire
se llenaba de gritos, tumultos y el horror de una batalla espantosa.
Cuanto
más se adentraban en la lucha, más se encendían los furores. La indignación y
el rigor dominaban el ambiente, ya que los indios, conscientes de que no podían
salvar sus vidas, buscaban hacer que las de sus enemigos costaran muchas. A su
vez, los españoles, en un intento desesperado de salvar las suyas, se lanzaban
a un remate que parecía interminable. Tenían a los toros acorralados en un coso
del que no podían escapar, como los miserables cuerpos que colgaban de sus
heridas, impotentes ante la prisa del combate.
La sed
inaguantable provocada por el intenso calor y el esfuerzo exacerbaba aún más el
sufrimiento, hasta el punto de que la muerte se convertía en un alivio. Esta,
con sus conocidas amenazas, no dejaba lugar a la esperanza. Era como una caza
tímida que, al huir de su primer refugio, se encontraba rodeada por lebreles en
cada rincón. O como cuando, en la sabana, una horda de llamas salvajes acecha a
los animales campesinos, que, guiados por instinto, huyen de sus cubiles y, al
buscar refugio, se ven atrapados en el fuego. Allí, la confusión y el terror
los conducen a un destino fatal, donde las llamas, el humo y la rapidez de los
hábiles arqueros deshilachan la cuerda de la vida.
Así
andaban los desdichados, cuyos brazos, cansados, ya no respondían al vigoroso
impulso de los inicios. Los golpes, antes firmes, ahora pecaban de lentitud,
pues el frágil cuerpo, roto y abierto por mil heridas, destilaba aquel rubio
licor que era el alma, cuya falta menguaba las fuerzas. El perro, traspasado de
heridas, había emitido su último gemido; el caballo leal, por su parte, caía
también, con los ijares desgarrados en mil partes.
El
caballero, ágil y diestro, se mantuvo en pie, dejando los estribos y
defendiendo su vida con la lanza rubricada. Sin embargo, bajo la acometida de
los duros golpes, un impacto de macana lo derribó, y la celada borgoñona fue
destrozada. Otro golpe más le despojó de la vida, haciendo que dejara su asta
en manos del furioso tumulto. El indio principal que la tomó la apreció como
una preciada reliquia; en futuros encuentros, la utilizó como una insignia de
valor, creyendo que le confería invencibilidad.
Pero
su presunción fue falaz, pues encontró un nuevo enemigo en el buen capitán Juan
de Ribera, quien, al perder su propia lanza, atravesó con su espada el robusto
pecho del indio, despojándolo de la vida en un combate descomunal, rodeado por
más de quince mil indios, con apenas dos peones a su lado, uno de ellos cojo.
El valor insigne de Ribera merece ser registrado, Dios mediante, cuando se
narren las batallas en tierras de los Moscas, gente furiosa y atrevida.
Pero
cerremos el relato de la batalla de Tiquisoque, donde los restantes seis
españoles fueron oprimidos, sufriendo más pérdidas que vidas pudieron salvar
antes de ser despedidos. Algunos dicen que uno de ellos logró escapar con
ciertos yanaconas de servicio, pero su diligencia no sirvió de mucho, pues
hallaron los caminos ocupados. Así, todos murieron, excepto uno, quien,
malparado, llegó a la ciudad de Vélez. De él supieron del triste suceso, que causó
gran inquietud, dado que la defensa era débil y los trabajos padecidos se
renovaban, enfrentando aún más dificultad y mayor riesgo en su retorno a la
conquista.
Además,
sospechaban que las provincias, sintiéndose amenazadas, se alzarían contra
ellos, pues los indios, bravos y terribles, estaban determinados a rebelarse
ante cualquier maldad, y todas las naciones oprimidas anhelaban liberarse del
poderoso yugo que se les imponía.
Para
asegurarse de los daños sufridos, los pocos españoles que quedaban en el pueblo
enviaron mensajeros a Santa Fe, solicitando que Fernán Pérez de Quesada enviara
socorro a través de la posta. En ese momento, él ya tenía el cargo de General
en el reino, nombrado por su hermano Don Gonzalo, quien había partido a la
costa del mar con Benalcázar y Fedriman, dejando ya poblada la ciudad de Tunja,
de la cual hablaremos más adelante.
Al
enterarse del riesgo que corrían los de Vélez, Fernán Pérez despachó un
contingente de cincuenta hombres bien armados, junto con dos capitanes excelentes:
Juan de Céspedes y el noble capitán Juan de Ribera. Estos apresuraron el
camino, y al día siguiente llegaron a Vélez, donde también llegó Martín Galeano
de Guane, quien aumentó su seguridad.
Determinaron
no postergar el castigo a los indios, así que se prepararon para la acción con
setenta compañeros, liderados por Martín Galeano. Todos marcharon a pie, pues
allí no había caballos, salvo algunos alígeros Pegasus. Teniendo noticia de la
concentración que se estaba formando en la aspereza de los montes de Orta y
Cocumí, en los confines de las sierras de Agatá, donde los indios pensaban
resistir, se prepararon para presentar batalla con la intención de no volver
atrás hasta desarraigar a los españoles de aquellos territorios anexos a sus
tierras.
Así,
nuestros hombres, alertados por los bárbaros que habían sido salteados,
consideraron necesaria la anticipación para su seguridad. Se dispusieron con
espadas, rodelas y ballestas, conformando el número que he mencionado, cuyos
nombres no puedo citar, pues me falta la memoria. Sé que entre ellos estaba
Gonzalo García, vecino de aquel pueblo, y más tarde de Tunja, donde su hijo
Sebastián García, un joven de notable talento, disfruta de los frutos que su
padre cosechó con servicios dignos de una recompensa mucho mayor.
El
parto de la Virgen ocurrió en mil quinientos cuarenta y uno, mientras el
radiante Febo iluminaba la imagen del segundo cornígero, uno de los tres signos
zodiacales. En ese momento, la valerosa compañía emprendió su camino por las
altas sierras de los indomables Agatáes, cuyas moradas se encontraban yermas,
sin que se pudiera hallar rastro alguno de los indios que habitaban en esos
lugares.
Sin
embargo, como rastreadores experimentados, algunos de ellos encontraron una
trocha mal hollada. Era tan estrecha que los menos diestros pensaban que era
una pérdida de tiempo seguir las señales. Pero la perseverancia llevó a
descubrir que, cuanto más se proseguía, el camino se volvía más transitado,
hasta que finalmente dieron con una senda manifiesta. Por allí les constó que
la multitud se había reunido en lugares dispuestos para la defensa.
Continuaron
por la senda hasta que llegaron a una cingla peñascosa, larga y opuesta en su
frente. Desde esa altura, vieron otra cingla no menos elevada, a poca distancia
de la primera, desde donde los indios armados lanzaban flechas y saetas hacia
el fondo del valle que los separaba. Subidos en la segunda cingla, un gran
número de bárbaros, adornados con plumajería, se preparaban para el
enfrentamiento.
Al ver
a los soldados españoles, que esperaban en ese lugar por razones de su llegada,
los indios tocaron los roncos instrumentos y sonaron las cornetas, lanzando gritos
de muerte, oprobios y amenazas, junto con una lluvia de flechas que caían desde
los peñascos. Entre los bárbaros, uno de ellos, un robusto capitán, se
destacaba por su valentía y sus mortales proyectiles, que habían causado daños
incluso a un perro de los españoles.
Pero
Alonso Martín, un soldado veterano de los de Fedriman, con su ballesta tan
certera como los arcos del sagitario señor de Delos, cargó su arpón y lo
dirigió hacia el bárbaro señalado. El penetrante tiro impactó en su lado,
haciendo que cayera despeñado desde una altura de más de cien estados, cerca
del camino que los españoles debían descender para alcanzar el alto que los
soberbios indios tenían ocupado.
Al ver
la penosa muerte del robusto y atrevido capitán, así como las suertes que les
ocurrieron después con las ballestas españolas y la falta de municiones para
detener a los españoles en aquel paso, los indios comenzaron a retroceder más
adentro, buscando ocupar otras alturas inevitables en aquel paraje. Sin
embargo, los españoles, con la sagacidad que los caracterizaba, reconocieron
sus intenciones y, a gran prisa, los persiguieron, apoyados por los bravos
perros que causaron un gran estrago en las filas indias.
Los
escuadrones se dispersaron por bosques y sombras, intentando librarse del vigor
sanguinolento que los había sorprendido. La mano vencedora, satisfecha con la
victoria, comenzó a rastrear los alojamientos indios, que se descubrieron
fácilmente, revelando abundancia de comida y despojos no menos importantes.
Allí permanecieron durante dos o tres días, descansando del arduo trabajo,
hasta que decidieron partir hacia Tiquisoque, donde se acordó que Ribera y
Céspedes, junto con algunos caballeros, esperaran, ya que el terreno era más
propicio para el uso de caballos.
Así,
pasaron por las tierras de Popona y se alojaron en un pueblo del indio capitán
llamado Capa, donde los de a caballo se reunieron. Con la vigilancia necesaria,
hicieron noche y, al día siguiente, continuaron su camino hacia Tiquisoque, a
poco más de una legua de distancia. Su viaje fue forzoso, avanzando a media
ladera, lo que hizo que una muchedumbre de galgas y tiros venenosos se
concentrara en lo alto, pero no fue sin la ayuda del cielo que lograron salir
intactos de las reiteradas inundaciones que sobre ellos se cernían.
Cuando
finalmente llegaron al pueblo principal de Tiquisoque, se encontraron con una
inmensa cantidad de indios armados, que salieron furiosos al encuentro,
haciendo ostentación de las preseas que allí habían perdido Gascón y sus
amigos. Los indios mostraron espadas y lanzas que no pudieron ser recuperadas
por los cristianos, ya que la multitud de indios que venía con un ímpetu
terrible y obstinado no les dio oportunidad. La escena era comparable a las
águilas volantes que se lanzan tras el cebo, con horrísonas voces que rompían
el aire y los crujidos de las flexibles cuerdas de los arcos, lo que puso a los
cristianos en un gran aprieto desde el principio de la contienda.
Los
españoles, al verse en una situación menos favorable, donde apenas podían
maniobrar sus caballos, se agruparon. Los jinetes, que eran tres veces tres,
protegieron tanto a sus monturas como a sí mismos. Con la furia del viento en
un riguroso torbellino, que barre y ahuyenta el polvo y la arena, se lanzaron
al combate con la determinación de Céspedes, el capitán Ribera y el buen
capitán Zorro, cuya astucia recordaba al animal de su nombre, que alborota a
las aves congregadas.
Mientras
tanto, los caballos y peones no llevaban aceros secos, sino que estaban
impregnados de ferviente sangre, derramando las entrañas rústicas y abatiendo
las soberbias presunciones de los indios más gallardos. Al ver el estrago
causado por los españoles, los indios comenzaron a retroceder poco a poco hacia
ciertos hoyos, que estaban hábilmente tapados y ocultos, un uso común entre
ellos para cazar ciervos y otros animales.
Cuando
los caballos estaban al alcance, uno de los jinetes de Santa Fe cayó en uno de
esos hoyos, siendo apresado por la canalla bárbara, que acudió en multitud
impetuosa para disfrutar de la caza deseada. Sin embargo, los españoles, con
gran prontitud y honor, repelieron los mortales golpes que les lanzaban por
ambos flancos. La lucha se renovó con mayor furia en un escenario riguroso y
espantoso, donde se hizo evidente el valor invencible de los nuestros.
A
pesar de no llegar al centenar, los españoles lograron realizar numerosas
hazañas admirables ante una muchedumbre de indios, que eran guerreros válidos,
ágiles y corpulentos, decididos a acometer. No obstante, su destreza y vigilancia
en el uso de las armas no les valió; a un gran costo de sus vidas, lograron
sacar al español ileso y a su caballo del doloso hoyo, demostrando que la
valentía y la resistencia pueden prevalecer incluso en las situaciones más
adversas.
El
tumulto bárbaro, abrumado por los acervos golpes de los españoles, emprendió la
fuga por caminos que conocían eran seguros y exentos de mortales emboscadas.
Con una sola anciana que enviaban como señuelo, lograron causar más muertes
entre los españoles que en la cruenta batalla, pues colocaban púas en puntos
estratégicos, ocultas a la vista, que se manifestaban solo cuando ya era
demasiado tarde.
Así,
muchos soldados sufrieron heridas, pero solo uno, Diego Ortiz, recibió atención
médica mediante el uso de una navaja y un fierro caldeado. Los peones optaron
por llevar antiparas confeccionadas con tupidos algodones, cubriendo sus pies
para evitar que las sutiles y venenosas puntas les penetraran.
Sin
embargo, un soldado lusitano llamado Antonio Pérez, confiado en su armadura de
cuero de danta, fue víctima de una de aquellas púas mortales. A pesar de que el
daño fue leve al principio, su salud se deterioró rápidamente, y con gran dolor
y pesar de sus compañeros, falleció.
Después
de salir de las poblaciones, los españoles se dirigieron a la provincia de
Chenere, donde permanecieron ocho días, lidiando con peleas y molestias
constantes. En este tiempo, Juan Fernández Valenzuela fue herido en el brazo
por un dardo, y su pierna también sufrió un impacto, al igual que Francisco de
Murcia, quien era hijo de un sacerdote. A pesar de sus heridas, ambos
sobrevivieron gracias a un tratamiento diligente.
Lamentablemente,
Diego Martínez y Francisco Fernández de Écija, dos valiosos soldados, así como
otros cuatro compañeros cuyos nombres quedaron olvidados, no tuvieron la misma
suerte. También se perdieron dos valientes lebreles y una yegua del capitán
Alonso de Poveda, todos afectados por la hierba ponzoñosa.
Así,
la guerra más cruenta era aquella que, sin necesidad de enfrentar al enemigo
directamente, iba mermando las filas de los nobles soldados. A pesar de las
pérdidas, los españoles lograron hacer algunas venganzas por el daño recibido,
aunque estas no equivalían en valor a la gran cantidad de bárbaros que fueron
muertos y castigados, algunos mutilados y otros desfigurados en el combate.
Después
de infligir un castigo severo a los bárbaros, los españoles, ahora reforzados
con más tropas que llegaron desde la ciudad de Vélez, se dirigieron a Tunungá.
Allí encontraron poderosas poblaciones, bien abastecidas con todo lo necesario
para la larga guerra que enfrentaban, así como defensas astutamente dispuestas
para proteger los caminos y evitar la intrusión de los conquistadores.
Sin
embargo, los españoles, conscientes de los peligros, procedieron con cautela,
revelando los engaños que se habían ocultado a lo largo del camino. Aun así, el
costo fue alto, ya que Pedro de Alvarado y Baltasar de Morantín, el alcalde en
ese momento, cayeron víctimas de las trampas mortales: dos púas venenosas les
costaron la vida, un recordatorio trágico de la amenaza que representaban los
enemigos.
Mientras
el castigo implacable continuaba en Tunungá, llegó una carta de Vélez, que
traía rumores de la llegada de refuerzos desde la costa. Según informaron los
indios, había sospechas de que un nuevo regente, enviado por la Real Audiencia
de La Española, estaba en camino, lo cual podría complicar aún más la
situación.
Debido
a esta noticia, los conquistadores decidieron frenar su ofensiva y regresaron a
los asentamientos que habían construido. No obstante, Juan de Ribera se quedó
en Vélez, posiblemente para recibir al nuevo Gobernador que esperaban o por
algún motivo de conveniencia.
Para
brindar detalles más completos sobre este desarrollo, remitiré a los lectores
al próximo canto, donde se explicarán las implicaciones de esta nueva
situación.
***
Canto
décimo tercero
En
este canto se relata la reacción de los señores de la Real Audiencia de Santo
Domingo tras enterarse de la muerte de Don Pedro Fernández de Lugo. Ante la
vacante dejada por su fallecimiento, decidieron nombrar a Jerónimo Lebrón como
nuevo Gobernador de Santa Marta.
Lebrón,
al recibir la noticia del descubrimiento de este nuevo reino, se presentó con
la intención de incorporarse a la administración de la región, alegando que su
gobierno debería incluir las tierras recién descubiertas. Esta acción refleja
el interés continuo de la Real Audiencia por establecer una administración
efectiva en las nuevas tierras y la competencia por el control territorial en
el Nuevo Mundo.
La
llegada de Lebrón representa una nueva etapa en la gobernanza de Santa Marta y
resalta las tensiones entre la administración colonial y los conquistadores,
quienes a menudo se encontraban en competencia por el poder y los recursos en
estas regiones recién conquistadas.
En
Santa Marta, relaté ampliamente cómo Don Pedro Fernández de Lugo designó a
Jiménez como Justicia Mayor y teniente, con la intención de que liderara a
aquellos que, bajo su mando, exploraban nuevas tierras en la sierra. Ya
habíamos documentado los riesgos y las adversidades que habían enfrentado los
valientes españoles en su búsqueda de este Nuevo Reino. Sin embargo, es
importante destacar que Don Pedro, señor de este gobierno, no tuvo la fortuna
de conocer los resultados de su extensa jornada antes de su muerte, ya que los
acontecimientos siempre fueron inciertos y desconcertantes.
La
comunidad de Santa Marta opinaba que no quedaba un solo hombre con vida entre
los que habían partido, pues, durante mucho tiempo, no se recibió noticia
alguna, ya fuera buena o mala. Agobiado por múltiples aflicciones—pobreza,
enfermedad y desánimo—Don Pedro culminó su vida de manera piadosa, como un
noble y cristiano caballero.
Tras
confirmarse su fallecimiento, los Oidores decidieron nombrar a un noble varón,
Jerónimo Lebrón, como su sucesor. Este hombre, considerado capacitado para
asumir negocios de mayor envergadura, fue recibido con benevolencia en Santa
Marta. Sin embargo, durante un tiempo, no tuvo noticias sobre Gonzalo Jiménez
de Quesada ni sobre sus compañeros.
Eventualmente,
los tres generales—el Alemán, Lebrón y Belalcázar—junto a otros hombres de
renombre, llegaron a la nueva ciudad de Cartagena, trayendo consigo ricas
cosechas de oro y esmeraldas, así como vestimentas de telas nunca vistas por
los habitantes de la costa. Su llegada causó gran revuelo entre la población,
que se mostró ansiosa por escuchar las novedades y relatos de sus
descubrimientos.
Desde
Cartagena, el grupo descendió brevemente en un barco que habían construido en
la orilla del río Grande de la Magdalena. Navegaron a lo largo de su veloz
curso hasta llegar al mar del Norte, enfrentándose a grandes peligros, ya que
eran perseguidos constantemente por indios bravos que los seguían en sus
angostas canoas. Al acercarse a un lugar donde el ruido del río aumentaba,
decidieron detenerse para extraer su valiosa carga del barco. Con la ayuda de
tres o cuatro hábiles nadadores que permanecieron a bordo, lograron llevar la
rica carga a la playa, donde pudieron recoger los tesoros que habían traído
consigo. Todo esto sucedió tal como lo habían planeado.
Continuando
su viaje, llegaron al mar, donde la fama de sus hazañas se propagó rápidamente.
Entre los que se enteraron de estas nuevas tierras, Jerónimo Lebrón, al conocer
la noticia de que se habían descubierto provincias en la Gobernación de Santa
Marta, decidió ir personalmente a ellas. Como él había sido nombrado por los
señores del Real Senado para gobernar, su intención era hacerse obedecer como
el nuevo Gobernador de aquellas tierras.
Sin
embargo, los planes de los recién llegados pronto llamaron la atención del
Licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, quien envió a Santa Marta mensajeros con
requerimientos y protestas. Estos mensajes notificaron a Lebrón que no debía
hacer ningún movimiento en la nueva tierra, ya que consideraba que esta no
pertenecía a la Gobernación de Santa Marta, según los despachos que tenía, los
cuales especificaban que solo le eran conferidas las tierras de esa región sin
mencionar los nuevos territorios descubiertos.
Con
documentos que respaldaban su posición y otros requisitos, Jiménez se dirigió a
Castilla, donde permanecería hasta que fuese necesario hacer mención de su
historia, pues en este momento me enfocaré en Jerónimo Lebrón. Este, lejos de
amedrentarse o ignorar las acciones del decidido Licenciado, mantuvo firme su
propósito. Reunió a trescientos hombres valientes, experimentados en
conquistas, junto con cien buenos caballos y otras bestias para transportar
provisiones necesarias para las dificultades del camino. Además, preparó siete
bergantines artillados para navegar por el río, ya que consideraba conveniente
avanzar tanto por tierra como por agua, siguiendo el ejemplo de los primeros
descubridores.
En
estos barcos transportaron una abundante carga de mercancías, incluidas algunas
barricas de buen vino y otros recipientes llenos de harina para la celebración
del sacrificio en honor a Dios, conscientes de que los que habían quedado en la
nueva tierra carecían de este alimento. Entre las harinas, se incluía trigo
sano, ya que querían ofrecer nueva semilla al suelo inexplorado, junto con
diversas legumbres que esperaban prosperaran en los valles donde serían
sembradas.
Los
bergantines también llevaban a las primeras mujeres españolas que llegaron a
ver el Nuevo Reino, cuya presencia resultó igualmente fructífera. Una de ellas
fue Isabel Romero, quien se casó primero con Francisco Lorenzo, un antiguo
vecino de Santa Marta, y luego con Juan de Céspedes, con quien tuvo dos hijos,
Antonio de Céspedes y Lope. También llegó doña María, hija de Isabel, quien fue
esposa de Lope de Rioja, el primer relator en la Audiencia. Esta unión dio
lugar a una notable y numerosa descendencia. Sin embargo, las demás mujeres que
viajaron en este grupo no se mencionan, ya que no se ha podido preservar sus
nombres debido a la falta de memoria histórica.
Así,
preparadas todas las provisiones necesarias para su jornada, Jerónimo Lebrón
nombró a Ortún Velázquez de Velasco como General de los hombres de tierra.
Velázquez era un hombre capaz, prudente y honorable, quien más tarde se
convertiría en vecino de Pamplona. Entre su compañía se encontraba Luis de
Manjares, un destacado caballero conocido por su valor, destreza y osadía, cualidades
que hemos mencionado en diversas ocasiones.
El
capitán Gregorio Suárez de Deza también formaba parte de la expedición, y su
legado perdura en la memoria a través de sus tres hijas: doña Isabel, doña
Leonor y doña Catalina, todas ellas reconocidas por su belleza y virtudes
cristianas. Asimismo, estaba el buen capitán Álvaro Suárez, heredero de
notables virtudes familiares.
También
se unió a esta comitiva el capitán Millán, un hombre experimentado y de gran
antigüedad en estas tierras. La escuadra la comandaba Diego Paredes Calvo, un
reconocido conquistador desde la fundación de Santa Marta. A lo largo de los
años, su figura ha ido perdiéndose en el tiempo, pero su historia no se apaga,
salvo por la debilidad que afecta a los sentidos.
Entre
los que partieron estaba Juan de Ángulo, quien hoy está casado con Isabel Juan
en la ciudad de Vélez, donde han tenido una numerosa prole de nobles
descendientes. También se unió Pero Ruiz García, cuyo hijo primogénito, el
capitán Antonio Ruiz, es bien conocido y respetado en la comunidad.
Diego
Rincón, otro destacado miembro del grupo, fue el guía hasta llegar al lugar
donde se separaron de Jiménez aquellos que regresaron en los barcos con el
licenciado Juan Gallegos. En la Segunda Parte de este relato, ya hemos
detallado las hazañas de este notable Rincón, cuya valentía merece ser
recordada. Su legado continúa a través de su hijo, quien lleva su nombre, y de
doña Catalina Rincón, una joven cuya belleza, inteligencia y gracia son raras
de encontrar, fruto de su madre, doña Luisa de Porras, una noble dama de gran virtud.
También
formaba parte de esta expedición el capitán Francisco Melgarejo, quien más
tarde se casaría con doña Isabela de Leguizam, una mujer cuya hermosura, gracia
y gentileza son dignas de admiración. Por último, estuvo Pero Niño, que, a
pesar de su nobleza, no supo destacar en todas las cualidades que se suelen
atribuir a los varones de su estirpe. Posteriormente, tomó como compañera a la
virtuosísima doña Ana de Velasco y, en la actualidad, a doña Elvira Zambrano,
hija del capitán Bartolomé Camacho, quien reúne todas las cualidades que se
pueden esperar de una dama distinguida.
También
llegó a la expedición el célebre Morán, a quien el ilustre poeta Don Alonso de
Ercilla exalta en sus versos, con su estilo fluido, suave y elegante. Asimismo,
se unió el capitán Lorenzo Martín, quien puso la primera piedra en la fundación
del pueblo hispano de Tamalameque, en el año cuarenta y cinco, o quizás a
finales del de cuarenta y cuatro. Recuerdo que en esa época me pedía que lo
acompañara en aquella travesía.
Lorenzo
Martín fue un valiente soldado, con grandes habilidades en el arte de la
guerra. Había bebido del manantial de Hipocrene, fuente de inspiración, donde
manó el sagrado néctar que emana de la pezuña del ligero Pegaso, un manjar tan
sonoro y abundante que nunca he visto nada igual. En aquellos tiempos, los
antiguos españoles aún no conocían la composición italiana, que se robó de los
metros latinos lo que hoy llamamos endecasílabos. Cuando leía poemas vestidos
de esta nueva forma, el sonido que producían no agradaba a mis oídos; me
parecían prosa con una melodía que pretendía ser armoniosa, a pesar de que esta
métrica requiere una precisión que evita la colisión de vocales.
A
pesar de su notable destreza con la métrica antigua, Lorenzo Martín no logró adaptarse
a este nuevo estilo. Esta dificultad también la encontraba Jiménez de Quesada,
el licenciado que era el Adelantado de este reino. Puedo afirmar que él no
carecía de gusto poético ni de experiencia en el tema. A menudo discutía
conmigo, sosteniendo que los metros antiguos castellanos eran propios y
apropiados a su lengua, al ser hijos de su propio linaje, mientras que los
nuevos eran advenedizos, adoptados de otra madre extranjera. Sin embargo, su
argumento carecía de fundamento, pues sabía que había versos latinos de
diversas composiciones y medidas, legítimos descendientes de una misma madre,
igual que los de nuestra lengua, aunque estos últimos fueran de uso moderno.
Así,
renuevo la memoria de los ilustres soldados que trajo consigo Jerónimo Lebrón.
Entre ellos, destacó Diego García Pacheco, de noble linaje y primer
conquistador de Santa Marta, quien más tarde se unió en matrimonio a la
religiosísima doña Francisca de Caravajales, descendiente de ilustres
caballeros. Hoy en día, su descendencia se cuenta entre los hijos e hijas más
destacados de la región.
Entre
los nobles, se encontraban doña Inés y doña María, cuyas gracias y bellezas
alcanzaban un grado que parecía imposible de superar. De su unión nacieron dos
hijos: Pedro y Alonso, uno de la casa Caravajal y el otro de los Pacheco, ambos
dignos representantes de su linaje.
Blasco
Martín también era parte de este grupo, un labrador toscamente risueño, cuya
manera de hablar provocaba risas a su paso. En su particular jerga, refería a
los lugares de caza de venados como "venadales", y a la cierva le
decía "venada". A un caballo brioso lo llamaba "religioso",
y al buen guía que conducía a otros lo llamaba "buen termeño". Su
forma de referirse a los "botones de atauxia" como "brotones de
teología" y otros términos no menos groseros, que consideraba cortesanos,
eran ejemplos de su simplicidad.
A
pesar de su tosquedad, Blasco era de estatura media, ágil y de buen aspecto,
con proporciones bien formadas. En Santa Marta, fue uno de los más antiguos,
destacándose como un caudillo diestro y excelente. Muy pocos lograban superarlo
en destreza, y poseía una agudeza sorprendente para entender la guerra y los
engaños que los indígenas solían presentar bajo la apariencia de paz. Esta
habilidad era crucial, pues de no ser así, sus hombres habrían caído en
emboscadas mortales.
Era
tan meticuloso en su navegación que no se desviaba ni un paso de su camino,
manteniendo siempre el objetivo en su mente. Esta precisión es un don raro que
pocos poseen, y a menudo aquellos que se confían en ella suelen errar. Hubo
casos de hombres que, confiando en su propio juicio, intentaron salir de
espesas selvas donde nuestro grupo se encontraba fatigado. Tras dos días de
marcha, que pensaron los llevarían lejos, se encontraron de nuevo en el mismo
lugar donde habían pasado la noche anterior. Pero Blasco Martín, por el
contrario, era un prodigio al guiarse sin perderse.
Un
día, mientras caminaban con muchos compañeros por las sábanas de los confines
de Tamalameque, Blasco comentó: “Diez años hace, si no más, que, persiguiendo
un venado por este sendero, se me quebró el estribo entre estos henos, y no
pude encontrar el otro; y míralo, aquí viene de nuevo. ¡Oh, qué hermoso término
de hombre tengo!”
Lo que
sucedió fue tal como lo relato, y allí encontró a Antón García tan lleno de
bravura que no resultó ser de provecho. Sin embargo, todos quedaron asombrados
por el desenlace. Tanto a caballo como a pie, podía confiar en su habilidad y
hasta en su valentía, pues su destreza con la lanza y la espada era
inigualable. En cuanto a su capacidad de valerse por sí mismo, puedo afirmar,
sin extenderme demasiado, que nunca le faltaron méritos en la guerra; sus
hazañas, si hubieran pertenecido a alguien de mayor rango, merecerían ser
recordadas por plumas más elocuentes que la mía.
Además
de lo mencionado, era afortunado en no haber herido a nadie en las constantes
competencias —que bien podría llamar así— aunque yo no disfruté de tal fortuna.
Recuerdo que una vez salí gravemente herido durante un enfrentamiento con los
Guanaos, una nación no solo fuerte sino también digna de admiración, lamentando
con gran pena su pérdida y la mía.
Blasco
Martín era un hombre de entrañas sanas, sencillo y sin malicia, que con
paciencia soportaba los desprecios de algunos soldados arrogantes y locos. Sin
embargo, en una jornada posterior a aquella, en la que Blasco Martín era el
guía, el capitán Francisco Melgarejo trajo consigo algunas vacas para
introducir en este Nuevo Reino. Mientras Blasco se encontraba en su rancho,
apartado del bullicio y ocupado en la tarea de hacer ciertos alpargates, como
solían hacer los altos y bajos en los descubrimientos para no pisar el suelo
con los pies desnudos, llegó Antón García con gran furia.
Este
mancebo, conocido por su fanfarronería y valentía, lanzó una serie de palabras
despectivas hacia Blasco Martín, basándose en rumores infundados que no tenían
fundamento. A pesar de que Blasco, en varias ocasiones, le dijo que se fuera y
lo dejara en paz, Antón García, no contento con las ofensas ya proferidas, sacó
su espada. Ante la desfachatez de García, Blasco, con el ímpetu y la agilidad
que lo caracterizaban, saltó afuera armado solo con una daga, que nunca se le
caía de la cintura. Con tal destreza, logró acabar con la vida de García en un
abrir y cerrar de ojos.
Intentaron
apresarle por su delito, pero la montaña se convirtió en su refugio sagrado,
donde, con gran presteza, se retiró. Solo, sin ayuda ni protección, salvo la de
Dios y sus propias habilidades, emprendió un camino de más de cien leguas hasta
llegar a este reino. Resulta increíble, dadas las numerosas dificultades que
presentaba el trayecto, pues en él no hay nada que no sea un riesgo, y la
memoria, por más capaz que sea, no podría nombrar todos los inconvenientes que
se hallan en su recorrido.
Finalmente,
logró escapar de todos esos peligros y, además, quedó libre de toda pena
corporal por el homicidio. Regresó al valle de Upar, donde había tenido una
suerte moderada con los indígenas, desde la fundación del primer pueblo de
españoles. Allí murió posteriormente de manera natural, como un buen y católico
cristiano, recibiendo los Santos Sacramentos y manteniendo siempre un examen de
conciencia.
Él era
originario de Cabeza de Buey, en el Maesazgo, y quise hacer este relato breve,
pues lo consideraba un amigo, además de que sus proezas y su rectitud merecen
ser recordadas. Así, por no detenerme en detallar sus hazañas y admirables
éxitos en la guerra, prefiero volver al hilo de la lista de los hombres más
distinguidos que llegaron en esta ocasión.
También
estaba muy bien ubicado en esta expedición el capitán Jerónimo de Aguayo, un
honorable caballero cordobés, quien fue el primero en sembrar trigo en el reino
y repartió los frutos de su primera cosecha, de donde resultó la abundancia que
observamos en el tiempo presente. Además, la primera en sacar harina y elaborar
el primer pan perfeccionado fue Eloísa Gutiérrez, noble señora y esposa del
capitán Juan de Montalvo, cuyas dignas presencias perduran en la memoria. Por
su parte, el primero en fabricar un molino fue el tesorero Pedro Briceño, un
antiguo capitán muy destacado.
También
llegó en esta compañía Juan Ruiz Orejuela, un caballero de Córdoba, hombre
experimentado en la milicia desde su juventud, quien fue alférez en Italia
durante la era en que Lutreque llegó a Nápoles. Se trataba de un varón de gran
valor y sustancia. Posteriormente, pasó a las Indias con cincuenta soldados
valerosos a su costa, gracias a una provisión real del invencible y
bienaventurado Carlos Quinto.
Con
este grupo de hombres, se reunió en Tenerife con Don Pedro Fernández, quien
venía a la Gobernación de Santa Marta. Allí, le otorgó un trato favorable,
primero como capitán y luego como Maese de campo de las tropas. En el tiempo en
que Jiménez llegó a descubrir este Nuevo Reino, Don Pedro Fernández,
reconociendo la necesidad de contar con Orejuela, no le permitió salir de Santa
Marta bajo el acuerdo de que heredaría parte de la riqueza que se descubriera
en esa región, que le sería adjudicada por su presencia. Sin embargo, los primeros
descubridores, una vez establecidos en su nuevo reino, huyeron de cumplir con
las condiciones pactadas, y no solo con él, sino también con el dueño y con el
Licenciado Juan Gallegos, a pesar de que Orejuela había quedado menoscabado de
un ojo por las refriegas del viaje.
Este
caballero, del que hablo, posteriormente contrajo matrimonio con Catalina
López, una mujer destacada en este reino, de quien tuvo hijos que hoy están
presentes: Francisco, un agustino; Diego, un religioso franciscano; Luis de Orejuela,
un sacerdote secular; y Esteban, mayorazgo. También tuvo otros hijos, Juan,
Pedro y Andrés, todos ellos con una proceridad y gentileza que corresponden a
la de su padre, quien tenía una disposición notable.
Asimismo,
llegaron en esta expedición Moscoso, Pero Téllez, Hurtado, Antón Pérez del Ara,
Peñaranda, y otro Antón Pérez, un lusitano, todos hombres de gran valor e
industriosos, dispuestos para cualquier eventualidad importante que se
presentara en esta carrera, repleta de mil dificultades, ya sea por tierra o
por agua, en el trayecto que hicieron con los bajeles.
En
total, eran cien soldados animosos, vigilantes y bien aderezados, que venían en
tres grandes canoas que servían de esquifes o bateles y que podían en otras
ocasiones dar alcance. Estas embarcaciones estaban equipadas con bárbaros
amigos provenientes de los confines de Malambo, bajo el mando de dos caciques
que los acompañaban: uno llamado Meló y el otro Malebú, de donde los indios
Malebues obtienen su nombre; mientras que el nombre de Meló proviene del
lusitano primitivo que navegó por aquel río.
El
capitán general de estos barcos fue un Alonso Martín, un hombre experto, el más
anciano de los caudillos y uno de los más antiguos en esta tierra, con una
vasta experiencia en el arte de la guerra, tan valiente como avezado. Así,
todas las cosas necesarias para el viaje fueron adecuadamente preparadas. Unos
partieron por tierra y otros navegaron, acordando reunirse en la boca del río
de Zazare, donde sus aguas se mezclan con las del Grande.
Hasta
ese punto, no les era posible comunicarse entre ellos; los que iban por agua no
podían ver a los que iban por tierra, debido a las grandes espesuras, ciénagas
y pantanos que se interponían en el camino. Al llegar al lugar convenido,
continuaron juntos su travesía.
El
desarrollo de este suceso, por ser algo extenso, se dejará para el canto
venidero.
***
Canto décimo
cuarto
En
este canto, se continúa narrando el viaje del Gobernador Jerónimo Lebrón, así
como los eventos que le acompañaron, incluyendo una serie de sucesos que
tendrían lugar mucho tiempo después.
En el
año de 1540, durante el mes de enero, cuando el signo de Piscis comenzaba a
alejarse del cornígero y entraba en el periodo de lluvias, un generoso
caballero partió de la ciudad de Santa Marta. Un grupo se dirigió por mar,
mientras que otros emprendieron el camino por tierra hacia la sierra.
Alonso
Martín guió la flota hacia la boca del río, donde se confirmaba la ruta. Sin
embargo, no todos lograron avanzar debido a la altanería de los marinos y la
fuerte corriente del río, que rompía sobre las saladas aguas, creando
imponentes montañas de agua mezclada. Enfrentados a un gran riesgo, algunos de
los barcos se vieron obligados a aligerar, es decir, a descargar parte de su
carga.
Mientras
unos subieron, otros buscaron un pasaje alternativo a través de una ciénaga,
una laguna rica en pescados, para salir al río por el lado donde la ciénaga
recibe gran cantidad de su abundancia. Este lugar, conocido como la boca de
Pestague, se encontraba frente a las barrancas de Malambo. Sin embargo, la
salida era ardua, ya que se trataba de una angostura rodeada de manglares
espesos, con raíces y troncos ocultos bajo las aguas cenagosas, lo que
dificultaba la navegación y hacía que los bergantines encallaran.
La
complejidad de este trayecto fue superada gracias a la agilidad y destreza de
un vizcaíno llamado Sancho, un buzo que, sumergiéndose y arriesgándose a
encontrarse con fieros cocodrilos o caimanes, se encargó de cortar y apartar
los obstáculos. Finalmente, lograron salir a la madre, profunda y espaciosa,
donde los otros barcos los esperaban. Así, juntos dieron inicio a su
navegación, ayudados por velas, remos y, en las partes menos profundas, usando
palancas, hasta que llegaron al pueblo de Mompox, bien conocido por su posterior
colonización española y donde aún residen sus descendientes y sucesores de
repartimientos.
A su
llegada, fueron recibidos con una aparente paz por tres caciques, hombres de
renombre que, sabiendo de antemano de la llegada de los bergantines, habían
preparado a sus vasallos con la intención de atacarlos bajo el disfraz de la
amistad, tal como había ocurrido con los hombres del licenciado Juan Gallegos.
Los tres caciques venían acompañados de cien gandules, hombres escogidos,
armados con flechas y macanas, listos para emboscar a los españoles en caso de
que intentaran defenderse al acercarse al río.
Sin
embargo, la malicia de sus intenciones se hizo evidente en las señales que los
delataban, además de que algunas palabras de los indígenas revelaron la
estratagema. En un momento de gran secreto, Alonso Martín fue advertido:
—Capitán,
es preciso que te mantengas alerta. Los presentes que traen no son de buena fe,
y seguramente tienen gente escondida. No me satisface encontrarme en un lugar
donde hay "paz" y armas a la vez; así que ten cuidado, ya que tienes
experiencia en estas cosas.
Alonso
Martín, cauteloso y experimentado, albergaba la misma sospecha en su corazón
que manifestaban sus palabras. Con disimulo, empezó a comunicar a cada uno de
sus compañeros lo que pensaba:
—No me
agradan estas señales, pues son indicios de algo peor. Si veis que descienden
por los rápidos muchas canoas con intenciones hostiles, apresad a estos tres
indios principales y aseguraos de que no quede ninguno con vida, porque es
necesario actuar antes de que ellos nos ataquen.
Apenas
terminó de hablar, avistaron que desde una de las puntas del río emergía una
multitud de canoas, llenas de cóncavos maderos que ocupaban gran parte del
potente río. La cantidad era tal que parecía un denso bosque despojado de la
brava montaña circundante. Los indígenas, con su habitual bravura, aparecían en
esas embarcaciones, con rostros y brazos delineados y pintados con el bitumen
que sus damas más queridas les aplicaban.
La
mayoría de ellos llevaban coronas de plumas coloradas y amarillas, otros lucían
espléndidos penachos y diademas de oro que, al reflejarse bajo el sol,
deslumbraban a los que estaban frente a ellos. Portaban arcos, flechas y dardos
envenenados, similares a los restos de una selva quemada, con hojas secas y
ramas chamuscadas. Así, sus armas reflejaban la tumultuosa atmósfera del
momento, rompiendo el aire con gritos, estruendos y el sonido de cornetas que
anunciaban la inminente batalla.
Ante
la llegada de esta turba, los españoles también se prepararon con gran
diligencia para lo que se avecinaba. Alonso Martín, Pero Niño, Diego Rincón,
Moscoso y Pero Téllez actuaron con rapidez. Inmediatamente se apresaron a los
tres caciques, que fueron encerrados en rigurosas prisiones y asegurados en un
lugar seguro. Mientras tanto, los demás españoles se afanaban en desenfundar
sus espadas, y en un instante, cien bárbaros perdieron el aliento vital.
En ese
mismo momento, todos se adentraron en los bergantines armados, incluyendo a los
caciques prisioneros.
A
medida que el tumulto bárbaro se acercaba más a los barcos, los indios
encendieron los sulfúreos proyectiles, cuyos disparos hicieron descender una
gran cantidad de canoas en las que los guerreros se mostraban más firmes. Estas
canoas fueron arrastradas por las corrientes teñidas de sangre, mientras los
penachos, arcos y flechas de los caídos flotaban, convirtiéndose en presa para
los cocodrilos. Los restantes guerreros, atónitos ante el espectáculo, se
dieron cuenta de que los estruendosos disparos no encontraban respuesta por
parte de los demás indios. Con creciente sospecha, comenzaron a retroceder,
confundidos y con menos ímpetu.
Una
vez concluido el breve pero terrible alboroto, que se había intensificado antes
de que el sol alcanzara su punto más alto, cinco ancianos desarmados se
acercaron pacíficamente a los españoles, prometiendo buenas y sinceras
amistades. Sin embargo, su verdadera intención era averiguar qué había sido de
sus líderes y del resto de sus acompañantes. Aunque no se atrevieron a
preguntar, su propia vista les dejó claro el destino de sus parientes, al ver
el mortífero estrago y a los caciques prisioneros. Hablando con estos últimos,
supieron de sus intenciones y decisiones; les ordenaron que no tomaran armas
contra los atrevidos extranjeros, pues su bienestar y salvación dependían de esa
tranquilidad, amenazando con la pena capital en caso contrario.
Así,
los ancianos regresaron a sus pueblos para dar aviso a los demás. Por su parte,
los españoles se marcharon de Mompox tres días después de la sangrienta
refriega, continuando su viaje. En su trayecto, los súbditos de los tres
caciques prisioneros acudían con barcas cargadas de maíz y otros regalos. Uno
de los caciques, deseoso de recuperar su libertad y ganarse la confianza de
Alonso Martín, de quien creía que venía a vengar el daño infligido a los que
acompañaban a Juan Gallegos, le dijo las siguientes palabras:
—No
tengas, capitán, mala sospecha respecto a la maldad que se perpetró el año
pasado. Los que habitamos en esta orilla ayudamos en ese daño y desatino, pero
no somos los responsables. En cambio, el que manda aquí, Alonso Xeque, que vive
en Tamalameque, fue el autor de esta contienda, el instigador de la trampa y
las maldades, bajo el disfraz de amistad y halagos.
—Si
estás dispuesto a ofrecer el pago que merezco, me ofrezco como guía por este
mismo camino por el que has venido, donde recuperarás los bienes que fueron
robados al tiempo en que mataron a tus amigos. Que los agresores sufran los
castigos, las penas y los sinsabores de la fortuna, y no aquellos que no tienen
culpa alguna.
Alonso
Martín se sintió complacido con la razón del indígena y le respondió:
—Si tú
haces eso, siempre contarás conmigo como un amigo fiel, sin recordar ni guardar
rencor por el agravio que pensabas hacerme. En nuestras manos está el progreso,
y yo no fallaré en lo que te digo. Dime por dónde ir, sin que me detenga, que
yo te soltaré cuando sea conveniente.
Así,
guiaron los barcos hacia la dirección que el indio les señalaba, llegando a
casas descuidadas, donde capturaron a algunos hombres y mujeres. Sin embargo,
Alonso, junto con los más valientes, logró escapar por las corrientes de agua,
ayudados por sus ligeros remos, siempre preparados y atentos.
Aunque
se podría pensar que llevaron consigo valiosas preseas, lo que encontraron fue
de gran gusto: hallaron una cantidad de ropa perdida por los españoles en
aquella terrible batalla, donde Juan Gallegos perdió un ojo y un gran número de
buenos soldados encontraron la muerte. Las espadas, dagas y otras armas
volvieron a ser utilizadas, junto con una variedad de herramientas muy
necesarias para el camino, que también encontraron en las casas.
Después
de salir de aquel pueblo, días más tarde, dieron con otra isla poblada por un
gran número de gente. Allí, los habitantes mostraron una dura y constante defensa
durante más de una hora. La resistencia de los indios causó daños,
especialmente a Juan Vivas, que vio el infortunio caer sobre su nombre. En
venganza por él, los españoles se llenaron de tal ardor que rompieron la
bárbara muchedumbre con efectos sangrientos, hasta que dejaron las casas a
merced y voluntad de los vencedores.
Aquellos
que lograron escapar del golpe riguroso se refugiaron en las lagunas, mientras
los demás se dedicaban al saqueo, trastornando cada rincón como era costumbre.
Encontraron preseas que les resultaron útiles, incluyendo diez o doce cargas de
joyas y argollas de oro bajo, que, a simple vista, parecían de poco valor,
considerándolas cobre sin quilates. Por ello, las dejaron allí, pensándolas
inútiles y como una pesada carga, sin saber que en realidad poseían un valioso
precio que se revelaría con el tiempo.
Anduvieron
luego realizando saltos por una y otra orilla del gran río, entrando por
esteros y lagunas, para evitar momentos de ocio, mientras esperaban la llegada
de los de tierra al paraje que habían señalado. Continuando con su camino,
llegaron a Compallón, donde descansaron algunos días. Este lugar se había
convertido en el nuevo asentamiento de los moradores de Tamalameque, ya que
ofrecía un sitio más cómodo para quienes frecuentaban el río y contaba con sábanas
y dehesas para la crianza de ganado.
Alrededor
del año cuarenta, o poco más, pobló Cuevas, un capitán de buena reputación, que
en su compañía tenía a Luis de Villanueva, quien años después se casaría con
Doña Inés de Heredia en Cartagena, y al diestro capitán Juan Maldonado, quien
también se casaría más tarde con Doña María, hija del capitán Ortún Velasco, un
caballero principal del reino. Sin embargo, estos no pudieron mantenerse en
Compallón en aquel tiempo, y el lugar fue despoblado debido a la gran fuerza de
los naturales, ya que, en esa época, en 1591, la situación era complicada.
Dejando
de lado otros sucesos para evitar hacer un extenso relato, no me atreví a tomar
en cuenta muchos años atrás, pues ni la edad ni la falta de tranquilidad me lo
permitían. Las cosas que ocurrieron durante las navegaciones de este río
podrían haber dado pie a un extenso volumen, relatando los muchos saltos que
hicieron estos indios, causando grandes daños a los españoles y pérdidas de
vidas y bienes. Francisco Enríquez, quien podría dar fe con gran dolor, vio
cómo su mujer, acompañada de algunos españoles y criados, navegaba en un
bergantín bien equipado, con negros que remaban y negras que la servían,
llevando alhajas importantes y vajilla de plata que costaron mucho dinero.
Mientras
él se quedaba despachando en Santa Marta con otro bergantín, ella navegaba por
el río hacia Tamalameque, donde su marido tenía un buen repartimiento, sin
sospechar de ningún mal, ya que la situación parecía pacífica en ambas orillas
del río. Sin embargo, la pérfida nación no sabe conservar la amistad; al ver la
paz de su parte, atacaron el barco desprevenido con un rigor sanguinario. No
escapó con vida ninguno de los que estaban a bordo, salvo la desdichada dama,
reservada para mayor sufrimiento, ya que fue llevada a un lugar donde nunca
volvió a ver su libertad. Es probable que su cautiverio no durara mucho tiempo,
viéndose separada de personas razonables y rodeada de bestias, cuya
conversación bruta y horrenda pronto acabaría con su vida, llevándola a un
destino diferente.
A
pesar de las diligencias realizadas para obtener claridad sobre su paradero, no
pudieron hallar noticia de ella en el tiempo del castigo a causa de la
impudencia de los bárbaros que habitaban cerca de Compallón, donde ahora se
ubica Tamalameque. Este cambio fue dispuesto por Fernando Álvarez de Azevedo,
un noble varón a quien conozco desde los tiempos en que residimos en Margarita,
y sé que fue el primero en obtener ganancias desde esta isla en este nuevo
reino, siguiendo un camino tan peligroso como largo.
Cuyo
relato retomo ahora para volver al asunto de Compallón, donde me aguarda Alonso
Martín con sus secuaces. Como se detuvieron algunos días en aquel lugar, el
cauteloso Alonso, a quien obedecían las comarcas, decidió vengarse del daño
recién sufrido. Para convocar a sus aliados, enviaba estafetas diariamente a la
vista de los barcos, sin que los españoles sospecharan la causa de esos idas y
venidas.
Sin
embargo, los dos caciques que estaban al servicio de los españoles,
provenientes de la marina, se percataron de la situación. Con astucia,
informaron a Meló: “Sabed que temo un nuevo ataque por parte del cacique de
esta región. La prisa con que viajan quienes van y vienen encierra algún
misterio, y el secreto no presagia nada bueno. Debéis estar atentos, pues las
comarcas se mueven con insistencia. Mantengan listas las tres ligeras barcas;
tomemos una de esas que pasen para que nos informen sobre sus intenciones, ya
sea por buenas o, si lo niegan, a través de tormentos.”
Todos
estuvieron de acuerdo con el consejo, y al ver pasar a tres canoas de fuertes
gandules equipadas, salieron otras tres de los nuestros, cada una con seis
soldados diestros y con indios amigos que servían de remeros. Con la energía de
los españoles, persiguieron a las canoas con tal vigor que las alcanzaron antes
de que llegaran a la orilla a la que se dirigían en su apresurada huida.
Lograron capturar dos de ellas, pero la tercera se escapó. En la rendida,
apresaron a Alonso, lo cual fue una gran fortuna, aunque también una desgracia
para él, que venía de recorrer la tierra y convocar a la gente para dar un
golpe esa misma noche contra los acechados bergantines.
A los
cautivos y al afligido xeque hechicero, que no fue buen adivino en su
desgracia, les dijeron que sus pronósticos eran falsos y que sus oráculos
resultaron errados. Con los demás prisioneros, distribuidos en diferentes
lugares, informaron que, sin duda, toda la tierra de una y otra orilla les
había de dar la alborada y que su prisión no alteraría las intenciones de sus
pueblos.
Al
conocer el orden y la fuerza de sus enemigos, los españoles se reunieron para
deliberar. Aunque hubo diversidad de opiniones, todas coincidían en no
abandonar su posición actual, al menos por el momento. Sin embargo, eran
conscientes de un desafío inminente: tendrían que regresar inevitablemente a la
desembocadura del río Zaza.
Este
retorno era necesario para recoger a sus compañeros que venían por tierra. El
problema radicaba en que las noticias sobre sus incursiones (los
"rancheos") se habían extendido muchas leguas río arriba, alejándose
considerablemente del punto de encuentro que habían acordado inicialmente.
Decidieron
que era demasiado pronto para que la compañía llegara allí y, buscando antes
algunos pueblos de los que pudieran obtener más provecho, no quisieron dar la
vuelta. Algunos pensaban que facilitarían la victoria, mientras que otros
creían que los indios no vendrían debido a la captura de los caciques. Sin
embargo, Alonso Martín, experimentado y ágil en estos casos, expresó su opinión
de la siguiente manera:
“Caballeros,
lo más seguro es evitar los peligros conocidos, sin arriesgarnos a quedar
heridos o lastimados. Más aún, con la peste que puede ser fatal, pues raramente
se pueden ofrecer cuidados efectivos. En la oscuridad, no se ve el peligro
hasta que se manifiesta con un suspiro.
“Nos
buscan con mano rigurosa, como ha descubierto el movimiento de los
acontecimientos. Tarde o temprano, deberemos regresar, ya que no podremos salir
de este aprieto; por lo tanto, lo más prudente es ocultarnos y salir de este
puerto. Ellos encontrarán caminos alternativos, mientras nosotros tomaremos uno
claro.
“Dejemos
las aguas tranquilas a un lado, porque es costumbre de gente diestra
aprovecharse del enemigo y evitarle el daño que muestra. Tal vez regresen a sus
casas pensando que nos dirigimos a las nuestras. Y una vez que tanta gente se
haya dispersado, no será fácil volver a congregarse.
“Si
insisten en perseguirnos, es improbable que logren alcanzarnos, incluso de día.
Con la claridad del sol, su suerte no puede ser buena; antes perderán en la
pelea, como yo lo veo.
“Por
eso, mi determinación es clara: sin esperar inconvenientes, al caer la noche,
nos iremos con el favor de la corriente. El camino está despejado, sin
obstáculos en este momento; en los hechos, debe haber diligencia, pues el sol
ya quiere ocultarse.”
Al
escuchar sus razones, los presentes se dispusieron a cumplir con sus órdenes y
a prepararse para lo que convenía. Así, cuando la sombra de la noche cubrió el
mundo con su manto, levantaron los remos y guiaron las proas hacia la boca del
Zazare. Este camino fue tan espacioso que consumieron toda la noche en él.
Cuando
el planeta del cuarto cielo, que mide el tiempo, cubrió todas las demás luces,
guiando su trabajo por aquel hemisferio y horizonte, llegaron a la ribera de la
Gobernación de Cartagena. Allí, encontraron un lugar despejado, limpio y sin
los obstáculos montuosos, justo frente a la orilla donde esperaban a quienes
debían llegar, con la intención de no cambiar de asentamiento hasta que ellos
arribaran.
Así,
unos levantaron tiendas y otros prepararon los manjares que los estómagos
deseaban. Sin embargo, la calma no duró mucho, pues pronto salieron de la boca
del Zazare más de quinientos vasos, es decir, canoas cóncavas, con la furia que
caracteriza a una caterva bárbara cuando se dispone a la batalla. Con más
confianza, porque todos creían que venían de Compallón desbaratados y faltos de
pertrechos, se lanzaron al ataque.
Al
mismo tiempo, vieron cerca innumerables barcas que llegaban furiosas por la
parte de arriba, quienes, al encontrar vacío el puerto donde planeaban
asaltarlos, decidieron seguir adelante con determinación precipitada. Así,
confiados en su fuerza, se unieron, como cuando nubes de lluvia se condensan de
diferentes partes y, al convertirse en líquidos, descargan su rocío en los valles
y laderas. Esa muchedumbre de bárbaros, expertos y atrevidos, arremetió contra
los bergantines, donde los españoles, al avistar la amenaza, se embarcaron con
la mayor brevedad posible, listos para defenderse, protegidos con toldos desde
la proa hasta la popa.
Aunque
los dardos envenenados los atravesaran, solo las puntas de los dardos quedaban
colgando, mientras que los arcos permanecían fuera de los barcos, con los
acúleos de madera durísima fijados. Así, los españoles, seguros y encorvados
sobre las bordas, se prepararon para enfrentar la acometida con escudos y
armaduras, cargados con buena cantidad de arcabuces y proyectiles listos.
Cuando
tuvieron el momento propicio para usar sus armas, encendieron los polvos
sulfúreos y, con un estruendo atronador, los pesados proyectiles volaron a gran
velocidad, causando estragos entre la multitud de salvajes. En la confusión,
muchos leños fueron barridos, y aquellos que, aterrados al ver el fuego, se
lanzaron al agua, tomándola como refugio, se sumergieron y cubrieron como
nutrias o animales acuáticos que buscan calor en la orilla y, al escuchar
ruido, se zambullen en busca de protección.
Otros,
más sensatos, al notar que los mortales proyectiles no cesaban, dieron la
vuelta a gran prisa, dejando solos a los españoles, que no sufrieron heridas;
así es como la prudencia de un diestro capitán puede marcar la diferencia en
tales momentos.
El
capitán, al verse victorioso, tomó la iniciativa contra los indios que tenía
apresados y, por las culpas que habían acumulado, tanto en el pasado como en el
presente, todos pagaron con pena capital. Así concluyeron las cautelas del
infiel Alonso, quien, a pesar de haber prometido ser fiel y bueno en el momento
en que recibió el bautismo muchos años atrás, como se mencionó en otro lugar,
ahora se enfrentaba a su destino.
Seis
días después de la batalla, Jerónimo Lebrón y todo el campo llegaron a la parte
mencionada, siendo recibidos con gran aplauso de unos a otros. Con los
bergantines y canoas, y al pasar la boca de Zazare, cuyo curso se une al río
Grande, continuaron su jornada, comunicándose los de los barcos con aquellos
que caminaban por tierra. Durante la mayor parte de las noches, los
alojamientos eran comunes hasta cruzar el río de Lebrija, conocido como el río
del oro de aquel reino, y luego el río de Serrano, cuya profundidad no se podía
atravesar sin el riesgo de caimanes.
Los
demás, hasta llegar a la Tora —que son los cuatro brazos en los que se divide
la gran madre— tenían el pasaje sin zozobra, por lo que los navíos se
adentraron para esperarlos. Mientras los de tierra llegaban, los del agua
recorrían aquellos confines de la Tora, donde capturaron a un indio que
prometió entregarles una gran multitud de gente recogida, poblada por las
orillas de un gran lago, aunque no podían entrar por la boca, que era angosta
para los bergantines.
Así,
bien informados de la guía, decidieron ir en tres canoas con veinticuatro
valientes soldados y algunos indígenas amigos que remaban. Arriba de la Tora, a
poca distancia de este Nuevo Reino, hallaron la canal que el indio había
mencionado, profunda y con una latitud de dos brazas, en algunas partes algo
menos, pero con una longitud considerable, llena de una inmensa cantidad de
cocodrilos que perturbaban el pasaje.
Aunque
comenzaron por la mañana, sin perder tiempo en los remos, el día se les
consumió en esa travesía y las horas de la noche, ya que cuando la luz de la
aurora iluminaba el Oriente, salieron al gran lago, un espacio tan extenso que
por la cantidad de humos podían intuir que era más grande de lo que conocían.
Al observar las diferentes moradas en el lago, se dirigieron hacia la parte
donde los humos indicaban menos pobladores.
Sin
embargo, la carrera fue tan larga que tardaron más de medio día en alcanzar
tierra, con los remeros enhiestos y nuestros españoles abatidos sobre los
cóncavos maderos, evitando ponerse en defensa al reconocer que eran gente
vestida. Pero, una vez en tierra, al ver que los españoles saltaban, la
confusión y el tumulto se apoderaron de los inadvertidos moradores. Aquella
perturbación, el sobresalto de quienes ven lo que aborrecen y están presentes
las manos del mal, generó un gran desasosiego.
A
pesar de ello, valientes y animosos, salieron al encuentro con sus armas,
deteniendo los pasos mientras huían hijos y mujeres.
Francisco
Muñoz, un soldado valiente, impulsado por la codicia temeraria de tomar a una
hermosa joven, se apartó del grupo de españoles y, al agarrarla por los
cabellos, hizo que ella gritara al verse atrapada. Su marido acudió de inmediato,
furioso como una vaca que escucha a su ternero berrear en la dehesa.
Aprovechando la distracción de Muñoz al intentar dominar a la joven, el indio,
sin perder la oportunidad, lanzó una flecha que atravesó las defensas del
soldado y tocó su hombro con el mortal veneno. Muñoz murió más tarde, cuando
creían que ya no corría peligro, se dice que por haberse hartado de pescado, lo
que le dio vigor a la enfermedad.
El
indio feroz también intentó lanzar otro veneno contra Pero Niño, que se
acercaba a él. Sin embargo, Niño se defendió con su escudo y, antes de que el
indio pudiera atacar de nuevo, se acercó rápidamente y cortó el arco con su
espada, además de un dedo de la mano del bárbaro. A pesar de la herida, el
fuerte indio, confiando en su fuerza, se lanzó a la lucha, y ambos, asidos uno
al otro, comenzaron un combate encarnizado, produciendo bufidos que recordaban
a dos toros enloquecidos en una pelea.
En la
lucha, se enredaron y cayeron al suelo, justo al pie de una palma, donde un
enjambre de abejas se había anidado. Las abejas, al verse perturbadas, se
lanzaron al ataque, causando más dolor que dulzura. La mujer del indio, que
podría haber escapado, no se atrevió a hacerlo y, en lo que pudo, intentó
ayudar a su marido, quien fue derrotado por el joven fuerte.
Mientras
tanto, los otros españoles no se quedaron ociosos, ya que se encontraron
peleando contra los bárbaros el tiempo necesario para permitir la huida de los
muchachos y las mujeres. Algunos indígenas fueron muertos y heridos, y los que
quedaron con vida se dieron a la fuga, abandonando sus casas desprotegidas.
Los
españoles, apoderándose rápidamente de los despojos antes de que los vecinos
pudieran reunirse, se embarcaron y regresaron a los cuatro brazos, llevando
consigo a la mujer y al indio valiente, quienes serían útiles en su viaje, como
se explicará más adelante. Una vez reunidos, establecieron un plan y orden para
continuar su jornada, el cual se describirá en el siguiente canto.
***
Canto
décimo quinto
En
este relato, se detallarán los acontecimientos que ocurrieron durante esta
jornada, desde su inicio hasta la llegada a la ciudad de Vélez.
En el
extenso y oculto trayecto que recorren los aventureros, una buena iluminación
les proporciona valiosos consejos para continuar su camino. Esta claridad les
ayuda a determinar qué ruta les ofrecerá mejores resultados, y en las
dificultades que se prevén, nadie se atreve a actuar sin preguntar.
Al
llegar a este punto, los guías, Diego Rincón y Diego de Paredes, quienes habían
regresado a la costa del mar junto a Juan Gallegos, se encontraron en la
encrucijada de avanzar sin conocimiento previo del terreno. Debían dejar atrás
el río Grande y, a la izquierda, tomar un brazo de río que desaguaba en él,
navegando por un espacio que los bergantines pudieran cruzar. Una vez allí,
tendrían que continuar el viaje por tierra.
Después
de deliberar, acordaron que Manjarrés se adentrara en la montaña con algunos
compañeros, buscando los antiguos senderos marcados por los descubridores
anteriores. Su objetivo era abrir camino talando las espesas arboledas y
construyendo puentes donde fueran necesarios, de modo que el recorrido fuese
más fácil y menos agotador.
Consultaron
entonces a los indios prisioneros para ver si alguno de ellos podía guiarles
hasta la tierra plana, donde había otros hombres barbudos y poblados. El indio
que había luchado contra Pero Niño respondió:
«Yo y
mi mujer podemos ser sus guías, ya que hemos ido muchas veces a recoger sal a
bajo precio de los vecinos. Los caminos son montuosos, largos y arduos, llenos
de pantanos, ciénagas y montañas frías, con mil quebradas y ríos furiosos. Hay
pasos difíciles y sierras altas, y en casi todos los lugares escasean los
alimentos. Tanto en invierno como en verano, la lluvia trae pesadez, y no hay
lugar para encender fuego. Nadie debe confiarse en caminos desconocidos. Sin
embargo, si desean que yo guíe la ruta, yo y mi compañera les ofreceremos
nuestra ayuda y los llevaremos a terreno despejado».
Agradecidos
por su ofrecimiento, a pesar de las dificultades que el indio había mencionado,
todos aceptaron su ayuda, brindándole un trato amable y generoso a él y a su
esposa. Para avanzar en su misión, Manjarrés los llevó consigo, abriéndose
camino entre las ramas y marcando señales para los que seguían, facilitando así
el paso del grupo y del equipaje, y permitiendo que todos avanzaran con mayor
comodidad.
Los
barcos navegaron por el pequeño río hasta encontrar un fondo adecuado para
descargar. Al llegar a su destino, lo hicieron en un lugar donde observaron
recientes cortes, resultado del paso de quienes habían avanzado con mayor
rapidez hacia el campamento. Una vez en tierra, dieron instrucciones para
organizar las cargas, que se habían reducido considerablemente debido a las
malas condiciones del camino. Muchas cosas se habían dejado atrás, y las que
llevaban consigo, especialmente las más valiosas, resultaban cada vez más
pesadas de transportar.
Antes
de partir del brazo de río donde los bergantines habían quedado en tierra, sin
tripulación, Jerónimo Lebrón otorgó licencia a Meló y Malebú para regresar a
sus hogares con los demás amigos. Sin embargo, ellos, ya fuera por curiosidad
por la nueva tierra o por miedo a navegar sin la compañía de los españoles,
decidieron continuar la jornada junto a los demás.
Así,
se unieron nuevamente a Jerónimo Lebrón, como se narrará más adelante. Por
ahora, quiero centrarme en Luis de Manjarrés, quien iba al frente, guiado por
las huellas de los primeros descubridores que habían hallado abundantes salinas
en esta región. Mientras avanzaban entre zarzales y espesuras, cortando ramas
con machetes vizcaínos para marcar el camino, un soldado, sin quererlo,
desjarretó a un buen compañero, Alonso Pérez, lo que generó un notable pesar
entre ellos. La tristeza no solo era por el sufrimiento del herido, sino
también por la dificultad de dejarlo en un lugar tan remoto sin poner en riesgo
su vida.
Como
leales compañeros, lo llevaron en una hamaca suspendida de sus hombros durante
varios días, hasta que llegaron a un río, a una legua y media más atrás del
buhío que buscaban, donde se recogía la sal. Desde que partieron de la Tora,
habían transcurrido veintisiete días de arduo trabajo debido al denso bosque,
las ciénagas y los pantanos, además de la escasez de suministros, que
intentaban compensar con la esperanza de encontrarlos en aquellas tierras,
escasamente habitadas por pueblos que cultivaban la tierra. Sin embargo, el río
furioso que encontraron se convirtió en un obstáculo que les impidió avanzar
hacia la casa de sal, donde esperaban hallar algún recurso alimentario.
El
retraso causado por el furioso río aumentó aún más su hambre. Esta, como una
maestra diligente, no solo era ingeniosa sino también audaz; se dispuso a
buscar soluciones y decidió hacer una soga con gruesos bejucos, de una longitud
suficiente para atravesar el río. Una vez construida, algunos nadadores se
encargaron de cruzar, llevando delgadas cabuyas atadas en un extremo de la
soga. Tras un gran esfuerzo, lograron llegar a la orilla opuesta y, tirando de
los cordeles, pasaron un extremo de la soga al otro lado.
Una
vez asegurada en ambas orillas, los soldados se sujetaron firmemente de la
cuerda, utilizando sus manos desnudas para cruzar el peligroso caudal del río.
Solo uno cruzaba a la vez, alternando las manos con cuidado, asegurándose de
que cada vez que una mano se soltaba, la otra se mantenía firme. Encima de sus
cabezas llevaban un hatillo, que contenía camisetas de vil lienzo y, entre
ellas, sus espadas.
El
primero en cruzar fue Morán, seguido por Pedro Carrasco, luego Luis de
Manjarrés, y tras ellos, Joanes, un destacado soldado vizcaíno de Santa Marta,
hábil y valiente. El quinto fue un joven conocido como Pedro Machetero, y
después Gonzalo de Oyon, el hermano mayor del que se había sublevado en la
Gobernación de Benalcázar. Álvaro Vicente, Cristóbal Roldán y Juan de Tolosa
también lograron cruzar.
Mientras
estaban en el agua, una repentina creciente del río rompió la soga, separando a
los once soldados que habían logrado cruzar con los dos primeros, cuyos nombres
eran el buzo Sancho y Gamboa. Quedaron así divididos, con el río entre ellos, y
los indígenas comenzaron a llamar a este lugar el río del Bejuco, conocido por
su nombre propio como Tucura.
Luis
de Manjarrés, al percibir la falta de alimentos y ante la furia de la
creciente, que no daba tregua a su hambre, decidió que los once soldados
avanzarían en busca del buhío mencionado, siguiendo un sendero que conducía a
una parte elevada. Tras caminar poco más de una legua, llegaron a una casa que
contenía una considerable cantidad de sal blanca en forma de panes, pero estaba
deshabitada. Sin detenerse, continuaron su camino y pronto encontraron otros
buhíos habitados. Los indígenas, desprevenidos y absortos en sus labores de
recolección de grano y frutos, no sospecharon que estaban siendo observados.
La
mayor parte de los indios se encontraba distraída, recogiendo lo que habían
cosechado sin sembrar, y habían acumulado todo en una casa del pequeño pueblo.
Este refugio era crucial para su supervivencia, ya que representaba un
importante recurso para cuando llegaran los demás. Sin embargo, por no querer
dividirse ni abandonar su presa, permanecieron allí durante dos días sin enviar
noticias a los que habían quedado atrás, quienes sufrían de una gran angustia
por la falta de alimento. Durante esos catorce días, su dieta principal se
había limitado a tallos de bihaos, que resultaban escasos y sin sabor.
Mientras
tanto, el hambre comenzó a hacer estragos entre ellos. Un caballero llamado
Valenzuela propuso solemnemente matar a la india que servía de guía y comer sus
hígados asados. Dispuesto a llevar a cabo tan horrenda acción, fue interrumpido
por el noble Íñigo López de Mendoza, quien se había mostrado amable y conocido
en Santa Marta, donde había recibido a los indios del ancón llamado Gaira. Con
firmeza, le dijo:
—Señor,
por Dios les pido que no cometan tal atrocidad. No debemos permitirnos este
tipo de actos donde hay hombres de razón. En mis alforjas guardo un poco de
queso; esto y más les ofreceré, todo lo que poseo, para que no caigan en una
acción tan horrible.
Luis
de Manjarrés, reconociendo la gravedad de la situación y sintiendo que no era
prudente demorar el aviso, decidió enviar a dos soldados para que se
aventuraran a llevar algunas mazorcas de grano. Les advirtió que fuesen
cautelosos, pues corrían el riesgo de ser vistos por los moradores de la
tierra, quienes podrían alertar a los demás sobre su presencia. Les indicó que
subieran una legua más arriba, donde encontrarían un vado más tranquilo, ya que
el agua se extendía y era poco profunda en esa zona.
Sin
embargo, antes de que el mensaje llegara, siete nadadores decidieron
arriesgarse a cruzar el río, considerando que era menos perjudicial arriesgarse
a mojarse que morir de hambre. Entre ellos se encontraba Pero Niño, un vecino
destacado de la ciudad donde resido. La suerte quiso que, al intentar el cruce,
cada uno saliera en diferentes lugares debido a la fuerza de la corriente. Juan
Guillen y Antón Pérez de Lara perdieron sus espadas y sus provisiones, quedando
sólo con lo que la naturaleza les ofrecía.
Después
de estos, se lanzó un tal Alonso Martín, quien había aprendido la lengua
indígena desde su infancia en la Gobernación de Santa Marta. Al ver que Pero
Niño llegaba con un semblante de desesperación y a punto de desmayarse, lo
animó a seguir adelante. Con valentía, se aferró a una rama que caía sobre el
agua y extendió la pierna, sosteniéndose firmemente antes de ser arrastrado por
la corriente. Le gritó que también se asiera de la rama, y, gracias a este
aliento, Pero Niño recuperó su energía y logró sujetarse.
Con
determinación, se acercó a la orilla y se agarró de otras ramas que emergían
del agua. Con la ayuda de un providencial empujón, finalmente logró salir,
aunque perdió su ropa y su espada, al igual que los otros. Los que pudieron
escapar, desnudos, recibieron un poco de la vestimenta que les quedaba para
cubrir sus partes más esenciales, mientras que el cielo se convirtió en su
única protección para el resto de su cuerpo.
Para
no regresar con las manos vacías, aunque los tres no podían usar sus brazos
debido a la situación, cortaron varas lisas y rectas, afilando las puntas para usarlas
como picas si fuera necesario. Con estas improvisadas armas, continuaron su
marcha, como penitentes en un sacrificio, pues su vestimenta así lo reflejaba.
Aunque desearan ayunar a pan y agua, solo pudieron beber agua del río, que era
tan abundante que algunos se detuvieron a vomitar de la saciedad.
No
tardaron en encontrar a Pedro Machetero y Gonzalo de Oyon, quienes habían sido
enviados por Manjarrés para llevar el aviso. Al ver a estos compañeros, se
sintieron reconfortados, y también lograron proveerse del grano indígena que,
sin tener el tratamiento adecuado, les pareció un maná similar al de los
judíos.
Después
de dar aviso a los demás sobre la ruta que debían seguir, esperaron a que todos
cruzaran sin problemas. Luego, los guiaron hacia el buhío donde estaba
Manjarrés, donde les proporcionaron ropa, ya que los moradores de la zona
tenían telas de algodón.
Gonzalo
de Oyon y el machetero continuaron su búsqueda de los habitantes del lugar,
quienes también enfrentaban grandes penurias. Los soldados, en su
desesperación, comenzaron a considerar la posibilidad de sacrificar caballos.
Creían que, si mataban a esos animales y los dejaban a la vista de los
indígenas, podrían ser repartidos entre los más necesitados o vendidos en
pedazos. Los soldados llevaban oro recogido de los rancheos, lo que los hacía
valer más muertos que vivos en el reino.
Sin
embargo, Pero Ruiz García, al darse cuenta del peligro que representaban estos
deseos de los soldados, tomó la decisión de proteger su rancho. Mandó a su caballo,
un regalo valioso, a las corrientes del río para que fuera devorado por los
caimanes, prefiriendo este sacrificio a sufrir las consecuencias de una matanza
inminente. A pesar de su decisión, él y su gente también enfrentaban graves
necesidades.
Al enterarse
de la situación, el Gobernador dictó un auto que imponía severas penas a
quienes se atrevieran a matar perros o caballos, incluso si eran de su
propiedad. Cuando los dos enviados regresaron con la noticia de que Luis de
Manjarrés los esperaba con comida más adelante, los soldados se sintieron
revitalizados y el ánimo del grupo se elevó. Esto les permitió recorrer
distancias más largas, pues la certeza del socorro les otorgaba fuerzas en
medio de su debilidad.
Alonso
Pérez, quien había sido herido, logró recuperarse por completo durante el
viaje, quizás debido a la dieta forzada en tiempos de hambre, que resultó ser
más efectiva que cualquier tratamiento externo, ya que pudo caminar como solía.
Al
llegar Manjarrés con su grupo, se adentraron en la sierra, que se hacía más
empinada a medida que avanzaban. Finalmente, llegaron al lugar que los soldados
llamaron el "Paso volador". Desde la cima, vieron que el descenso era
tan pronunciado que parecía que cualquiera que quisiera bajar necesitaría
volar. La elevada peña, un cingle que se extendía por muchas leguas, les
presentó un desafío formidable.
Al no
encontrar un paso más fácil, decidieron descender por esa grieta, aunque sabían
que era riesgoso. Al llegar al valle, donde la topografía se tornaba más
complicada, dieron gracias a Dios por haberlo logrado sin incidentes. Al cabo
de tres días, llegaron a un paso conocido, donde el terreno estaba cubierto de
vello, un indicativo de las bestias que llevaban consigo. La situación era tan
precaria que les parecía que necesitarían alas para descender sin arriesgarse a
despeñarse.
Mientras
tanto, Millán y los azadoneros trabajaban en la peña, creando gradas y
escalones donde la arcilla lo permitía. Usaron ramas frondosas en los tramos
más bajos para ayudar a las bestias fatigadas a no sufrir tanto si resbalaban
en la blanda tierra, en lugar de caer sobre la dura roca. Al terminar esta
obra, que consumió la luz del día, comenzaron a bajar a las bestias, guiándolas
con cuidado para evitar accidentes. Todos descendieron sin problemas, salvo por
dos yeguas que, desafortunadamente, rodaron y no pudieron levantarse,
convirtiéndose en presa de los hambrientos.
Luis
de Manjarrés lideró la marcha, avanzando una legua y media más allá del paso,
donde encontraron algunas casas cerca de la sierra de Atún, donde pudieron
obtener un poco de sustento. Sin embargo, cuando se acercaron a otros buhíos,
no les ofrecieron comida, lo que llevó a varios de los soldados—Moran, Juan de
Cuenca, Antón Pérez de Lara, Antón Pérez el portugués, Pedro Machetero, Pedro
Carrasco y Santo Domingo— a subir rápidamente por la cuesta. Los indígenas, al
ver a los españoles barbados en su territorio, huyeron despavoridos.
Con la
llegada de la noche y una tormenta que se avecinaba, decidieron quedarse en una
de las casas, que era la única disponible. Sin embargo, esa misma noche, los
indios de las sierras de Atún se agruparon y, aprovechando la oscuridad,
rodearon la casa donde se encontraban. Cuando el sol comenzaba a asomarse,
atacaron, incendiando el buhío por diferentes lados.
Al
percibir el asalto, los valientes españoles se armaron y se dirigieron hacia la
puerta, enfrentándose con determinación al ataque indígena. La confusión y el
tumulto aumentaron, y los compañeros que estaban en el exterior notaron el
alboroto. Manjarrés, consciente de la situación, envió a Valenzuela con doce
compañeros armados con arcabuces para que socorrieran a los siete combatientes
antes de que la furia del ataque los anegara.
La
distancia y la penosa subida hicieron que el socorro tardara más de lo
esperado, prolongando la pelea, que se llenó de acciones dignas de ser
recordadas. Aunque me gustaría poder relatar cada detalle del valor de los
combatientes, me limitaré a narrar lo más destacado.
Antón
Pérez de Lara, con insigne bravura, enfrentaba a los indios mientras descendía
la cuesta. Sin embargo, al resbalarse por la mezcla de agua y sangre, cayó en
medio de sus enemigos. En ese momento, un indio principal, que parecía un
gigante, lo atrapó y lo llevó al suelo sin tocarlo. Ante la inminente derrota,
Pérez de Lara, sintiéndose tan desamparado como una oveja ante los lobos, clamó
por ayuda, llamando a su compañero Morán.
Morán,
al reconocer la voz de su amigo, corrió con el mismo ímpetu y valentía que un
águila que acude en auxilio de sus crías, lanzándose desde lo alto para
rescatar a su compañero. Con un golpe certero, abrió el abdomen del indio
principal, dejando una herida tan profunda que el alma del guerrero se escapó
con un grito aterrador que llenó de pavor a los demás indígenas.
El
terror se apoderó de ellos, y en su huida, abandonaron a Pérez de Lara, quien,
aferrado a su espada y rodela, no dejó que los salvajes le arrebataran sus
armas. En un instante fugaz, todo sucedió: el golpe, el rescate y la caída. Si
Moran hubiera tardado más, el destino de Lara habría sido fatal, pero gracias a
su intervención, logró escapar y se mantuvo a salvo durante varios días,
llevando consigo una historia de valor y camaradería en medio del caos.
En ese
momento, Valenzuela y su grupo llegaron a la escena, disparando sus armas de
fuego, cuyos ecos aterraban a los indios, que, temerosos, se retiraron a las
alturas de la empinada sierra. Esto permitió que los españoles se liberaran,
aunque no sin haber sufrido heridas; los siete combatientes resultaron
lastimados, pero afortunadamente ninguno de ellos se encontraba en peligro
mortal.
Luis
de Manjarrés, consciente de la existencia de poblaciones cercanas que podrían
buscar venganza, decidió actuar. Ordenó a veinticinco compañeros que, armados
con arcabuces y un barril de pólvora salitrosa, se prepararan para tomar la
parte más alta de la sierra esa misma noche.
Mientras
los hombres se preparaban para la acción, los demás caían en un profundo sueño,
ese dulce néctar que arrastra a los mortales a diversas visiones. Sin embargo,
los vigilantes no descansaron y comenzaron a ascender por las ásperas laderas,
alcanzando la cumbre justo antes del amanecer, cuando los primeros rayos de luz
comenzaron a asomarse en el horizonte.
En ese
instante, un ejército armado se acercaba en busca de venganza por el cacique
que había sido abatido por Moran durante la batalla. Así, al despuntar el día,
se encontraron frente a frente dos fuerzas: una de veinticinco españoles y otra
compuesta por una multitud innumerable de indígenas.
Los
pocos españoles, que se encontraban en un claro, fueron rápidamente rodeados.
Sin embargo, contaban con la ventaja de sus arcabuces, un arma que los
indígenas no habían visto antes y que les resultaba aterradora. Con cada
disparo, los mortales globos de pólvora escupían perdigones, causando estragos
entre las filas enemigas. Cuanto más potente era la carga, más devastadores
eran los efectos.
La
furia de los indígenas se atenuó ante el poder de los arcabuces, pero en medio
del enfrentamiento, un soldado que había agotado su pólvora se acercó al
barril, descuidándose con la mecha encendida. La chispa, imprudentemente, tocó
el barril sin protección, desencadenando una explosión que levantó escombros por
el aire, dispersando las duelas y costillas del barril a diferentes partes, y
produciendo un estruendo que resonó a lo largo del campo de batalla.
El
estruendo de la explosión dejó a los indígenas atónitos, y rápidamente
comenzaron a huir, creyendo que había llegado el momento del juicio final. Los
españoles, aprovechando el desconcierto, los siguieron hasta las poblaciones de
las sierras de Atún, que en ese entonces eran de considerable tamaño.
Al ver
a los extranjeros avanzando con determinación, los habitantes de las sierras
respondieron incendiando sus propias casas, creando un espectáculo de humo que
se elevaba por collados, valles y laderas. En menos de dos horas, toda la
región estaba envuelta en llamas, privando a los indígenas de cualquier refugio
donde pudieran resguardarse de las incesantes lluvias, que ya comenzaban a
caer.
Este
acto de desesperación generó gran pesadumbre entre los españoles, que se
encontraban en un lugar donde las aguas eran frecuentes. Sin embargo,
encontraron consuelo al descubrir una cantidad razonable de alimentos, que
recogieron de los ranchos que habían construido nuevamente, decidiendo esperar
allí hasta que Luis de Manjarrés llegara. Este llegó rápidamente, acompañado
por Lebrón y los hombres del campo, a las primeras casas que se habían
avistado.
El
tiempo de espera no fue largo, ya que había escasos suministros para tantos
hombres, y no era conveniente detenerse demasiado. Manjarrés y sus hombres
continuaron su marcha en busca de alimento, dejando atrás a algunos que habían
sido más cautelosos. Entre ellos estaban líderes como Blasco Martín y Pero
Téllez, quienes también buscaban los rastros de los campestres moradores para
orientarse en su camino.
Así,
todos se reunieron en la tierra de Atún, donde pasaron algunos días en un
merecido descanso tras su penoso viaje. Sin embargo, la escasez de comida
pronto se hizo evidente, alimentando las esperanzas vanas de que encontrarían
provisiones más adelante.
Así,
mal proveídos, continuaron su laboriosa jornada. Luis de Manjarrés, a pesar de
ser un hombre infatigable y siempre dispuesto a alegrar el ánimo de sus hombres
con cuentos y chascarrillos, se sintió fatigado y decidió quedarse con el
campo. En su lugar, tomó el mando Diego Paredes Calvo, un soldado robusto y
experimentado, a quien se podría considerar casi vivo o, para ser más precisos,
de edad comparable al viejo Néstor.
Paredes
y sus treinta compañeros se dirigieron hacia Opón, un valle que distaba catorce
leguas de la sierra de Atún, atravesando caminos cenagosos y montañas tristes,
obscuras, ásperas y lluviosas, que carecían totalmente de consuelo. La
inundación de aguas era constante, y los hombres del campo seguían con gran
debilidad las huellas de sus antecesores, ya que la falta de sustento se hacía
evidente. El hambre era tal que comenzaron a alimentarse de grillos, culebras y
otras inmundicias, alimentos que resultaban perjudiciales para su salud. En
poco tiempo, más de sesenta hombres perecieron en los bosques, víctimas de
enfermedades y hambre.
Un
día, Pero Niño se topó con seis o siete ratones que unos indios habían cocido
en una olla junto a insípidos tallos de bihaos. Su asco fue tal que no pudo
probar aquel manjar inusual. En contraste, otro soldado, menos exigente, pagó
sesenta y cuatro pesos por ellos en dos buenas chagualas de oro fino,
asegurando que era carne de faisanes.
Aunque
había un edicto que condenaba a muerte a quien matara a un cuadrúpedo
doméstico, amanecieron muertos ciertos mulos, y otros aparecieron mutilados,
como si se burlaran de su condición, con una sonrisa sardónica que habría sido
celebrada tanto por griegos como por latinos. Se llevó a cabo una
investigación, pero no se encontró ninguna razón más allá de las palabras de
los miserables pacientes que hablaban con sus bocas cercenadas, utilizando lo
que quedaba de los animales como cebo para aquellos que no podían roer las
hojas de las verdes cañas que servían de entretenimiento para los caballos,
debido a la escasez de hierba en la zona.
Pasado
un tiempo, Pero Téllez, junto con los más fuertes, se dirigió hacia los
nacimientos del río Opón en busca de provisiones. Al encontrar algunas casas
con maíz, yuca y otros alimentos, regresaron con las cargas. Sin embargo, al
llegar al río, donde debían cruzar forzosamente, fueron atacados por un grupo
de salvajes con tal atrevimiento y osadía que, para salvar sus vidas, se vieron
obligados a dejar caer las cargas y a utilizar las armas oxidadas que tenían.
Los
indígenas, armados con macanas, se acercaron con una velocidad y determinación
que no dejaba espacio para usar espadas o rodela. A pesar de sus esfuerzos,
cinco hombres fueron golpeados, y Carrasco recibió tres heridas, muriendo esa
misma noche. Si no hubiera sido por la llegada de seis soldados que se
apresuraron al río, la situación podría haber terminado en tragedia para todos.
Alonso Pérez, quien ya había sido mencionado como desjarretado, intentó
socorrer a sus compañeros, pero fue traspasado por una flecha, sufriendo
heridas mortales que acabaron con su vida, al igual que Carrasco y otro
compañero.
Al ver
la situación desesperada, los soldados que estaban en la otra orilla, entre
ellos el hidalgo Valenzuela, sacaron fuego y con el arcabuz lograron hacer
retroceder a los salvajes. Así, los que quedaban heridos pudieron pasar al otro
lado, aunque todos regresaron más cargados de leña que de comida, a excepción
de Pero Téllez, que había conseguido parte de la cosecha.
Tras
descansar durante cuatro días, Téllez reunió más soldados, mejor equipados, y
decidió seguir el rastro de los indios que habían causado el daño. Procedieron
con cautela hasta cruzar la sierra, donde avistaron grandes poblaciones. Al
llegar a una de ellas, llevaron a cabo un ataque, vengando así sus injurias,
aunque no sin sufrir la pérdida de un soldado en el enfrentamiento.
Al
parecer, era conveniente regresar al campamento con la noticia de su éxito.
Luis de Manjarrés, que se encontraba en mejor estado de ánimo, se dispuso a
proseguir la misma ruta con cuarenta o cincuenta compañeros, dejando a los
demás en el valle de Opón hasta que se esclarecieran los terrenos que debían
atravesar.
Mientras
continuaban por un sendero alto, vieron labranzas y buhíos que indicaban la
presencia de poca gente. Para poder apoderarse de ellos, tendrían que ascender
por un empinado recuesto, cuyo camino no permitía que subieran en orden, ya que
a ambos lados había espesura de cañaverales, dificultando aún más el avance.
Mientras
avanzaban por aquellos caminos difíciles, un formidable guerrero se les
interpuso en medio de la senda, defendiendo la subida sin ayuda, confiado en su
propia fuerza. Su imponente figura parecía la de Polifemo o el centimano
Briareo.
Al
verlo parado, esperando en una posición favorable, los de la vanguardia, con
gran determinación, se lanzaron hacia él por la cuesta, armados con sus rodelas
al frente. Sin embargo, él, con su macana de Goliat, que no era menos
formidable, les propinaba golpes tan certeros que los españoles se veían
obligados a retroceder, tropezando unos con otros como si fueran birlos
derribados por una bola hábilmente lanzada.
A
pesar de su vergonzosa derrota, los hombres honorables, acomplejados, deseaban
enfrentarse en combate singular, pues les parecía humillante no poder
enfrentarse al guerrero en igualdad de condiciones. Sin embargo, la inclinación
del cerro y la estrechez del camino dificultaban el desafío, mientras que el
audaz bárbaro contaba con la ventaja de tener a su favor la altura y su
agilidad.
Así,
los más valientes decidieron intentar en varias ocasiones enfrentarse a la
imponente guardia del mal paso. Sin embargo, con facilidad y menosprecio, el
guerrero los hacía rodar de vuelta, arrastrando sus escudos en el proceso. La
prisa y el tumulto en la lucha eran tales que rápidamente se creó un gran
desorden.
En ese
momento, Diego Rincón, armado con cañas duras y macizas, llegó al lugar. Al ver
que un solo combatiente les estaba impidiendo el paso, exclamó, agitado: “¿Es
posible que un indio mantenga a tantos españoles acorralados, como si no
fuésemos capaces de conquistar a cien mil hombres en los altos peñoles?
Cuéntenme entre los cobardes si no puedo deshacerme de él y abrir un camino
franco.”
Al ver
a Diego Rincón desafiar la situación, Diego Paredes Calvo le respondió con
ingenio: “Señor Rincón, ahí tenéis la breña, y sin necesidad de esforzaros en
la montaña, podríais sacar suficiente leña con facilidad, que le da barata con
su guadaña; no se embota, no tuerce ni doma, antes se sabe manejar con gran
maña. Entra a ganar al de la valentona, tal vez regrese con corona.”
Entonces,
Diego Rincón, decidido y animado, comenzó a ascender por la empinada ladera. Al
encontrarse cerca del gigante, preparó su rodela, pensando en soportar el golpe
y luego entrar con la punta de su espada. Sin embargo, su intento no resultó
como esperaba; el golpe que propinó lo hizo tambalearse, retrocediendo
desatinado hacia la derecha, lo que provocó que sus compañeros se rieran de su
desventura.
Como
un toro acorralado, Rincón, tras ser vencido por su oponente, se retiró a los
montes para recobrar fuerzas en la espesura de los árboles. Allí, confiado en
su robusto cuello, se preparó para volver a la pelea con más furia y
determinación. Regresó decidido hacia su rival, quien se mantenía firme en su
posición. En el momento en que se lanzó hacia adelante, con una rapidez
admirable, se metió por debajo del indio, juntando la rodilla con la tierra y
cubriéndose con su escudo.
El
indio, al ver el movimiento, golpeó con su palo, aunque no con la fuerza
necesaria. Fue entonces cuando Rincón, con una rápida acción, encarnó la punta
de su estoque en el muslo izquierdo del salvaje. Al sentir el dolor y ver su
sangre brotar, el indio, ya fatigado, dio la vuelta apresuradamente, mientras
Rincón lo seguía, ambos corriendo a gran velocidad, pareciendo más vuelo que
carrera. Aunque los demás intentaron subir rápidamente, no pudieron alcanzarlos
ni ofrecer ayuda al joven atrevido, quien avanzaba sin saber qué camino
tomaban.
Llegó
a su campamento con la espada bien teñida de sangre, exclamando con arrogancia:
“Hago voto solemne, repentino, a Hércules, a Héctor y a Morgante, que me
concedan un camino amplio, y que huyan de ponerse frente a mí, porque mi rodela
y mi acero fino asombrarán al más fiero gigante, y mis golpes serán suficientes
para evitarles cualquier estorbo.”
El
hecho del cerro resultó ser de poco impacto, pues, una vez alcanzado, vino lo
mejor. Se acercaba un enemigo como un perro rabioso, pero yo extendí la mano
con el acero y le di un golpe certero por las tripas. El gigante cayó, y la
tierra tembló bajo su peso; si acaso no tembló por el miedo que infundía.
Manjarrés,
con su lengua algo trabada (porque era balbuciente y un poco torpe al hablar),
comentó: “¡Oí el golpe, voto a Quisto! Cuando tocó la tierra con los codos, y
aun ahora, sin haberlo visto, al oíros hablar, temblamos todos. ¡Oh, fuerza
vigorosa, diestra y lista, más fuerte que el más fuerte de los godos! Este
hecho deshace cuanta trama han tejido los Nueve de la Fama.”
Con
estas gratas bromas y ocurrencias, que aliviaban los trabajos, llegaron a las
casas y labranzas, donde no hallaron moradores. Las intenciones del salvaje,
que les había impedido la subida, eran porque querían huir sus mujeres y
familias, ya que solo ellos eran los habitantes, sin compañía de vecinos. Allí
durmieron y, al día siguiente, continuaron su arduo viaje hasta llegar al valle
que los primeros llamaron el valle del Alférez, a quince leguas de la tierra de
Opón, donde quedaba el peregrino campo rancheado.
Dieron
aviso para que viniesen, ya que allí había más provisiones en esas provincias,
pues habían perecido más de ochenta hombres, la mayoría por hambre, desde que
dejaron el gran río y entraron en las húmedas montañas. En ese lugar, al cruzar
la corriente del rápido río del valle, Diego Hermoso fue arrastrado por la
fuerza terrible de las aguas, sin poder ser auxiliado por su compañía.
Al
llegar al campo, Luis de Manjarrés pasó primero al valle que llamamos de la
Grita, porque nunca dejaban de ser atacados por los naturales, tanto de día
como de noche. En esos encuentros, capturaron a un soldado vivo, llamado
Palomares, cuya desdicha causó gran tristeza entre los suyos. Con ese disgusto,
continuaron su camino, pues estaban cerca del remate de las montañas,
atravesando claras y desoladas serranías; pero tan altas y tan faltas de agua,
que se encontraron en grandes aflicciones por no tener recipientes para llevar
bebida, como suele suceder a quienes viajan por tierras secas. Tanto fue así
que Manjarrés estuvo a punto de perecer de sed en una siesta, si los soldados
no hubieran descubierto, por diferentes partes, una corriente fría que los
rescatara.
Después
de que su guía, que traían desde el río Grande, falleció, los exploradores
preguntaron a unos nativos a través de señas en qué dirección se encontraban
los hombres barbudos como ellos. Los nativos, también por medio de señas, les
respondieron que estaban solos a dos días de camino. Esta noticia alegró a los
exploradores y les dio más ánimo y fuerzas para concluir el resto de su larga y
agotadora jornada.
Así,
al día siguiente, avistaron un nuevo pueblo, sin que los vecinos supiesen de su
llegada, ya que tenían la información de que venían otros españoles con un
hombre principal que los guiaba, pero la relación era confusa, lo que generaba
presunción y sospechas de que podría ser algún Gobernador de la Audiencia.
Algunos consideraban que era incierto, y otros, menos incrédulos, pensaban que
la llegada tardaría más; así que todos estaban desprevenidos.
Al
entrar a las calles, dispararon una salva con sus arcabuces, cuyos fuertes
estampidos alarmaron a los vecinos, quienes salieron rápidamente de sus casas.
Al ver que se trataba de gente de la costa, compañeros y amigos conocidos, los
recibieron con los brazos abiertos, expresando con gestos y palabras el gran
cariño que se tenían. Entre aplausos y amables bienvenidas, los acompañaron a
sus hospedajes.
Ese
mismo día, los vecinos enviaron mensajeros al encuentro del nuevo Gobernador y
su gente, acompañados de pacíficos indios que llevaban regalos en la medida de
lo posible, y luego se pusieron en camino.
Mas
yo, sintiéndome algo necesitado de reposo, decido respirar y recuperar aliento
mientras regresan, para poder urdir en otro canto los hilos que dependen de
esta historia.
Fin
del tomo primero.
Compilado
y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez
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