La Gasca y la Rebelión de Pizarro: Un Estudio sobre la Búsqueda de la Paz en el Perú Colonial

Es necesario ofrecer una descripción detallada de las múltiples y fructíferas actividades de La Gasca, a fin de contrarrestar la visión limitada que a menudo se presenta sobre él. Esta visión ignora por completo sus amplios conocimientos universitarios, su rectitud y justicia, así como su notable éxito tanto en la búsqueda de la paz como en la conducción de la guerra.

En el legendario Perú ocurrieron acontecimientos asombrosos. El Arcediano del Alcor, quien supo captar desde el principio la trascendencia del Descubrimiento del Nuevo Mundo, concluyó su relato sobre México y Hernán Cortés con una sección titulada "Pizarros". En ella, menciona que, "después del año de 1533, dos o tres caballeros hermanos, llamados Pizarros, naturales de Cáceres, en Extremadura, junto con su gente, descubrieron otra rica isla que llaman el Perú". Se cuentan historias increíbles sobre la abundancia de plata, oro y piedras preciosas que allí se encuentran.

A principios de 1534, uno de los Pizarros llegó a Sevilla, trayendo consigo a la Casa de la Contratación, junto con otros y el quinto del rey, una cantidad tan inestimable de pesos de oro, tinajas, cántaros, ollas de plata, ídolos de oro y joyas de gran valor, que quienes no lo vieron no se atreven a afirmarlo. Sin embargo, se dice que fue realmente extraordinario. Al final de ese mismo año, llegaron otras embarcaciones del Perú, que, según se dice, traían aún más oro y plata que la primera expedición. En definitiva, no podemos negar que desde 1492, cuando el almirante Cristóbal Colón comenzó a descubrir las Indias (América), han llegado a España innumerables cantidades de oro, plata, perlas y otras joyas de gran valor.

El Arcediano del Alcor dedica una página y media de la edición de La Silva Palentina a narrar la abundancia y riqueza del Perú, así como sus minas de oro y plata, que despertaron la codicia de los colonizadores. Por ello, omito los detalles, remitiendo al lector a las numerosas obras que describen con lujo de detalles el descubrimiento y evangelización del llamado Imperio de los Incas.

Así, eludo mencionar los eventos previos a la rebelión de los Pizarros, que estalló tras las Capitulaciones de Toledo de 1529, en las cuales se nombraba a Francisco Pizarro Virrey, Gobernador y Capitán General del vasto territorio del Perú, dejando a Diego de Almagro, compañero de Pizarro en la conquista, completamente relegado y casi olvidado.

Como las Capitulaciones contenían la semilla de la discordia, pronto se desencadenó una guerra fratricida entre pizarristas y almagristas. Estos últimos lograron los primeros éxitos al apoderarse de Cusco y hacer prisioneros a Hernando y Gonzalo, hermanos de Francisco Pizarro. A través del arbitraje de Francisco de Bobadilla, recuperaron su libertad, pero, al negarse Almagro a devolver Cusco, se libró la batalla de las Salinas, donde el ejército de Almagro fue derrotado y él mismo capturado y ejecutado en julio de 1538.

Los almagristas descontentos se unieron en torno a Diego de Almagro el Mozo, y asesinaron a Francisco Pizarro el domingo 26 de junio de 1541. Posteriormente, nombraron a Diego Almagro el Mozo gobernador del Perú y enfrentaron a Vaca de Castro, representante de la Corona, en los Llanos de Chupas, el 16 de septiembre de 1542. Los almagristas fueron derrotados y Diego de Almagro el Mozo fue ejecutado pocos días después.

Esta lucha fratricida, impulsada por la envidia, la codicia y la ambición, carecía de justificación y rápidamente adquirió un tono extremadamente grave, convirtiéndose en un levantamiento abierto contra la misma autoridad imperial.

Con la promulgación de las Nuevas Leyes de 1542, se establecieron el Virreinato del Perú y la Real Audiencia de Lima, generando gran inquietud entre los colonos españoles. Blasco Núñez de Vela, el nuevo Virrey, recién llegado a Lima el 17 de mayo de 1544, anunció su intención de hacer cumplir estrictamente las leyes. Sin dificultad, logró silenciar y marginar al antiguo representante de la Corona, Vaca de Castro, confinándolo en uno de los barcos anclados en la bahía. Sin embargo, Gonzalo Pizarro, el hermano menor y más querido de Francisco, un hombre de fuerte carácter e indomable, supo aprovechar el descontento general para unir a todos contra el nuevo Virrey. Nadie pudo detener a aquellos hombres decididos a luchar contra el representante del Emperador, y el 18 de enero de 1546, en la batalla de Añaquito, el ejército del Virrey fue completamente derrotado; a Núñez de Vela le cortaron la cabeza y la colocaron en el Rollo de la ciudad de Quito. La frase "en el Rollo de la ciudad" se refiere a un lugar específico en la ciudad de Quito, donde se colocaban las cabezas de los criminales como un acto de castigo y advertencia pública. El "Rollo" era una especie de poste o estructura que servía para exhibir los cuerpos o partes de los cuerpos de aquellos que habían sido condenados a muerte, lo que tenía la intención de disuadir a otros de cometer delitos similares.

En el contexto histórico, después de la ejecución de Núñez de Vela, su cabeza fue colocada en el Rollo como un símbolo del poder y la autoridad de los rebeldes, así como un mensaje claro sobre las consecuencias de desafiar a los líderes establecidos. Este tipo de castigo público era común en la época y reflejaba las tensiones y conflictos entre los conquistadores en el Perú durante el siglo XVI.

En España, se comprendió rápidamente la gravedad de la rebelión liderada por Gonzalo Pizarro, aunque tardó en conocerse la ignominiosa muerte del Virrey. Para evitar que esas ricas tierras recién conquistadas dejaran de reconocer el dominio de los monarcas de Castilla y León, se tomaron medidas inmediatas. La primera fue buscar a la persona idónea que pudiera llevar a cabo esta arriesgada empresa, considerada tan complicada que, según Pedro de Soto, teólogo y consultor del Emperador en ese tiempo, no merecía ser abordada por ningún príncipe, sino únicamente por Dios, dado que era más compleja que el arzobispado de Toledo, que por aquel entonces estaba vacante.

El mismo Emperador, profundamente afectado por el gran desacato a Su Majestad, ordenó desde Alemania, donde se encontraba, que sus consejeros se reunieran para discutir las medidas que debían tomarse y le comunicaran las que consideraran oportunas.

Lo que se resolvió en aquella Junta fue narrado por el Arcediano del Alcor de la siguiente manera: “Así, juntos el cardenal de Toledo, Don Juan Tavera, y otros prelados y caballeros acordaron que Su Majestad debía enviar al licenciado Gasca para pacificar aquella tierra, ya que consideraban que, si no se podía lograr la paz mediante negociaciones, tampoco se conseguiría por la fuerza de las armas.

Visto este parecer, Su Majestad ordenó que el licenciado se dirigiera al lugar donde se encontraba el príncipe Don Felipe y que, junto a él y a los demás, discutiera los poderes que se le debían otorgar para esta misión, con el propósito de que partiera lo antes posible.

Finalmente, se resolvió que La Gasca redactara los capítulos que contendrían los poderes que solicitaba. Así lo hizo, escribiendo con su propia mano y enviando los documentos a Su Majestad para que entendiera sus peticiones. Estos capítulos incluían toda la autoridad que Su Majestad poseía en las Indias, tanto para asuntos de paz como de guerra. En consecuencia, Su Majestad le concedió estos amplios poderes, lo que representaba una gran confianza en él.”

Dos puntos destacan en las noticias que nos brinda nuestro Arcediano del Alcor: la unanimidad de prelados y consejeros, presididos por el Cardenal Primado, Don Juan Tavera, para proponer a Don Pedro La Gasca para la llamada jornada del Perú, y que él exigió y consiguió que el Emperador le otorgara carta blanca, con todos los poderes que la Corona poseía, tanto en tiempos de paz como de guerra en las colonias americanas.

El biógrafo de La Gasca, ya mencionado, proporciona nuevos detalles sobre lo acordado por los consejeros Reales y de las Indias, presididos por el príncipe Don Felipe: “Todos los presentes defendían que no bastaban la fuerza ni la potencia humana para apaciguar la situación, a menos que se intervinieran algunos medios convenientes y la negociación de una persona con gran prudencia, sagacidad y experiencia en los negocios. Solo el Duque de Alba insistió en que un desacato y atrevimiento tan grande no podría ser remediado ni castigado si no era con un gran poder y fuerza, y que se debía enviar un capitán valiente, prudente, astuto y experimentado en cuestiones de guerra, con una gran y poderosa escuadra.” El mismo Duque, al ver el parecer unánime en contra del suyo y al considerar la enorme dificultad de preparar y trasladar tan poderosa escuadra, se unió a los demás consejeros.

Así, todos los consejeros, de manera unánime y con el Príncipe a la cabeza, nombraron a La Gasca, quien contaba con todas las cualidades necesarias para tan ardua empresa, cualidades ampliamente conocidas y puestas a prueba en los diversos cargos y misiones que había desempeñado con éxito.

Era ya el año 1545, y el correo del Príncipe Felipe a su padre, el Emperador, con todo lo acordado por el Consejo, no llegó a Colonia hasta agosto. Allí, Carlos V se enteró de todo lo decidido, aceptó el nombramiento de La Gasca por sus cualidades y, tras estar informado de la situación, aprobó su nombramiento. Escribió una carta a La Gasca, indicándole que aceptara el nombramiento y que, dada la gravedad de los acontecimientos en el Perú, dejara cualquier ocupación o negocio que tuviera y se pusiera en camino para reunirse con su hijo el Príncipe, dedicándose de inmediato a preparar la expedición al Perú. Además, le prometió recompensar sus servicios a su regreso.

La Gasca recibió esta carta el 17 de septiembre de 1545, junto con otra del Príncipe que le instaba a que, dejando todo en Valencia, se dirigiera inmediatamente a la corte. Ante nuevas cartas insistiendo en lo mismo, partió de Valencia hacia Madrid el 3 de octubre; la corte se había trasladado de Valladolid a Madrid debido a una peste que había causado muchas víctimas, incluso entre personas de renombre.

Reunidos bajo la presidencia del Príncipe Felipe, todos los consejeros del Consejo de Estado y de Indias, y conociendo Las Casas la gravedad y complejidad de la situación en el Perú, exigieron un poder tan pleno y absoluto como el que tenía el Emperador para la preparación de todo lo necesario para llevar a cabo la empresa y para la posterior pacificación u ordenamiento. Además, dejaron claro que La Gasca no tocaría personalmente ni un maravedí. Estas peticiones parecieron excesivas a los consejeros, quienes solicitaron a La Gasca que las redactara personalmente en capítulos, para que el Emperador viera que era La Gasca quien las formulaba. Así se hizo y se mandó al Emperador, quien devolvió el documento concediéndole plenos poderes el 16 de febrero de 1546.

La Gasca estuvo ocupado en otros asuntos de Estado hasta el 16 de marzo de ese mismo año, cuando se despidió de todos, y se dirigió a los Carabancheles, donde su hermano Francisco Jiménez de Ávila se encontraba de abad.

De allí partió el 2 de marzo, llegando a Sevilla el 16 de abril, procurando inmediatamente que se preparara la expedición con toda prisa y él se partió para Sanlúcar de Barrameda a preparar la otra parte de la escuadra; los oficiales de la Casa de Contratación dieron 3.000 ducados al Maestre de Campo para sustento de La Gasca, ordenándole que se le siguiese pasando todo lo necesario mientras durase la expedición.

Es nombrado delegado del Emperador para la jornada del Perú. Fue este nombramiento, por las circunstancias indicadas, un reconocimiento público de las cualidades de toda índole que adornaban al Licenciado La Gasca, una prueba inequívoca de la confianza que todos tenían en él para el desempeño de tan arduo cometido y, finalmente, que además del Breviario y el Crucifijo (como suele representársele), era portador de un poder omnímodo para resolver todas las incógnitas que se ofrecieran, poderes que él supo exigir para correr con acierto toda la aventura que se ofrecía en el Perú.

En la Colección de Documentos, publicada por el Académico de La Historia, Don Juan Pérez de Tudela, se descubren algunos detalles sobre las cualidades de La Gasca y lo que exigía o rechazaba para la empresa. Su estado de ánimo, que ya dejaba traslucir la carta de Pedro de Soto, se refleja en la carta que escribió a los Príncipes Maximiliano, hijo del hermano de Carlos V Don Fernando, y Doña María su mujer, hija mayor del Emperador, a los que envió a España con plenos poderes para gobernar el país en la ausencia del Príncipe Felipe, llamado por su padre a Alemania, a donde había partido el primero de octubre de 1548. Aunque esta carta ya está fechada en América después de la pacificación del Perú, prueba lo que venimos diciendo con estas palabras: "La carta de vuestras altezas de 22 de febrero recibí a 13 de noviembre próximo pasado, y muy gran favor en mostrarse vuestras altezas servidos de lo que acá se ha hecho en la pacificación de esta tierra, en lo cual sólo de mi parte ha habido la fe que de buen vasallo de Su Majestad en mi hay, porque todo lo demás ha hecho Dios, que con muy particular mano guía y favorece las cosas de Su Majestad, y para que todo se atribuyese a su divina bondad, de quien todo bien viene, quiso escoger un instrumento tan inútil como yo, a quien nada se pudiese atribuir".

Sigue exponiendo a los Príncipes la paz y el sosiego en que se encuentren ya aquellas provincias y abre este panorama esperanzador: "y para los que en ella viven, así españoles como naturales, con el buen tratamiento que se les hace, y con ver que se les guarda justicia que son defendidos de los robos y desventuras pasadas, se van cada día reformando y aficionando a nuestra santa fe católica, y así muchos caciques principales que son los que de ellos se han tornado cristianos". La carta está escrita en el Puerto de la Ciudad de los Reyes, 6-XII-1549.

Más detalles y muy variados nos ofrece el documento anterior, CXL, que es un borrador de apuntes para el viaje al Perú, sin lugar ni fecha, pero que pertenece al círculo íntimo de La Gasca por lo que de él nos relata con todo detalle: "Y habiendo de ir a esta jornada el Licenciado Gasca, porque él no tiene cosa con qué se poder ayudar en ella, esa poca renta que tiene es necesaria para pagar algo de lo que debe, de lo gastado en Valencia, será necesario que Su Majestad mande proveer a su persona y a las de sus criados en todo lo necesario para la ida y vuelta y estancia allí, así de comer, vestir y cabalgaduras como de cualquier otra cosa que para su sustentación en la jornada convenga. Y así mismo de un médico y barbero y medicinas, por las necesidades que todos dicen que en el viaje y en aquellas partes hay de esto.

Y así mismo para tratar y traer a asiento y pacificación las cosas de aquellas tierras, el dicho licenciado tiene necesidad de algunas personas cuerdas y de confianza, y que allá no sean sospechosas, que hallándose tres o cuatro de estas tales, que por sólo servir a Su Majestad y acompañar y ayudar al dicho licenciado quieran ir con él, mande Su Majestad proveerlos, al menos de comer y fletes y de lo necesario para el camino, cuando a algunas partes el dicho licenciado los envíe, que con sólo esto podrán hallar este número y cualidad de personas entre las muchas que se han ofrecido al dicho licenciado".

Esta primera parte del borrador refleja la conducta que había seguido el Licenciado La Gasca en la primera parte de su vida, en concreto durante su estancia en Valencia, salió empeñado y con deudas y su poca renta tendría que empeñarla en cubrir aquellos gastos y, en consecuencia, el Rey tendría que darle lo necesario para la jornada del Perú y sus criados y otro personal necesario y conveniente. Pero aún es más significativo el contenido de la segunda parte del borrador y que viene a formar el retrato completo del desinterés y desprendimiento del Licenciado, que se metió en aquella ardua empresa para servir a Dios y a su Príncipe, alejando de su conducta la menor sombra de codicia o interés. Oigamos este contenido: "Y porque el dicho licenciado no sabe de cuánta costa será lo sobredicho y le sería muy penoso y embarazoso para entender en los negocios, ocuparse en la cuenta y gasto de lo sobredicho, y también porque así como el dicho licenciado tiene intento de no sacar de esta jornada sino haber servido a Dios y a su príncipe, desea que así se entienda y que se conozca que, ni aun de lo que Su Majestad le da para este viaje, ahorra y gana dineros, Su Majestad ha de mandar poner una persona de quien confíe que gastará lo necesario y no más, y que con fidelidad y diligencia tratará y aprovechará su hacienda, que no sea tan corto que no gaste lo necesario y conveniente, así con la persona del dicho licenciado y los demás, como cuando con el dicho licenciado comiere alguna persona o personas que conviniese convidar, como acontece en la mesa de las personas que tienen semejantes cargos, en especial en negocios de la condición que al presente tienen aquellos de aquella tierra".

El documento anterior es una prueba elocuente del desinterés que mostró La Gasca al aceptar la misión en el Perú, por lo que no es necesario insistir en este punto. A diferencia de muchos que partieron hacia las Indias con la intención de enriquecerse—ya fuera a través de medios legítimos o ilegítimos—el caso de La Gasca es verdaderamente singular. Este no solo se negó a aceptar la compensación legítima a la que tenía pleno derecho, sino que, para evitar cualquier acusación en un asunto tan delicado, solicitó al Emperador que le asignara a una persona de confianza para que se encargara de todos los gastos, sin que él tocara un maravedí.

¿Qué efecto tendría esta petición en los consejeros del Emperador? Sin duda, pensarían que habían encontrado a la única persona idónea para presentarse como pacificador de las guerras fratricidas, cuyas principales causas eran la codicia, la ambición y la soberbia.

Al abordar estos motivos en los conflictos entre españoles en América, es interesante conocer algunos detalles sobre la fortuna de Hernando Pizarro. En una carta de Pedro de Soria a Inés Rodríguez, hermana de Pizarro, se ofrecen datos reveladores sobre sus propiedades: "Las haciendas de Hernando Pizarro están en excelentes condiciones y valen más ahora en un año que antes en cuatro, porque este año pienso producir cien mil castellanos de maíz, coca y chuño para ayudar a lo que el gobernador gasta, y enviaré a Su Majestad. He acumulado esclavos de Nicaragua y tengo sesenta y cuatro de Hernando Pizarro. También he comprado algunas yeguas y cabras, y poseo dos mil ovejas y carneros, además de casi tantos puercos, machos y hembras".

Prosigamos con los preparativos. Reconocida por el Emperador y sus consejeros la urgencia de acudir y remediar la situación de despoblación en el Perú, La Gasca recibió plenos poderes para llevar a cabo la pacificación. Sin descanso, se dedicó a preparar la escuadra correspondiente, zarpando de España el 26 de mayo de 1546 y llegando al Nuevo Mundo en julio de ese mismo año.

Sin tomarse el más breve descanso, comenzó a organizar la campaña contra los sublevados en tres frentes: la captación de aliados, la dilación y la agrupación de fuerzas. A Gonzalo Pizarro le escribió varias cartas, asegurándole el perdón por su rebeldía. Además, ordenó que se proclamara por todo el país su disposición a remediar los daños causados por el detestado Núñez de Vela, y que todos los objetivos de la rebelión habían sido ya concedidos por el Emperador.

Desde los primeros momentos, estas estrategias comenzaron a dar resultados, como se evidencia en la carta del Licenciado Gasca a Fray Francisco de Baraona, dominico, escrita en Panamá el 4 de diciembre de 1546. En ella, La Gasca describe las negociaciones iniciadas con los capitanes de Pizarro: "Después de que, por su intercesión y la de muchos que lo acompañaron, comprendí la desconfianza sobre si Gonzalo Pizarro podría ser persuadido sin el uso de la fuerza, la negociación se intensificó. Todos los capitanes presentes decidieron que debía publicarse un pronunciamiento contra Pizarro, sometiéndose a la autoridad de Su Majestad, excepto el general, quien, aunque dispuesto a actuar, creía que aún no se había recibido la información necesaria por cartas o mensajeros, por lo que no era el momento de declararse en su contra".

Estas palabras de La Gasca resultaban esperanzadoras, ya que, tras los primeros contactos y gestiones, comenzó a flaquear la moral de los capitanes de Pizarro. Solo su general sostuvo que, mientras no llegaran cartas o mensajes que declararan su postura, no podía condenar abiertamente a Pizarro. Las esperadas cartas llegaron el 12 de noviembre, traídas por Lorenzo de Aldama, entre las cuales se encontraba una de Gonzalo Pizarro que evidenciaba su fiereza y desvergüenza. En esta carta, Pizarro le decía a La Gasca que no se aventurara a aquella tierra y que regresara a España para suplicar al Emperador que lo nombrara gobernador, acompañada de numerosas amenazas en su contra.

Ante tan radical postura, el general y los capitanes se declararon en contra de Pizarro y al servicio del Rey, pidiendo a La Gasca que, antes de hacer pública esta declaración, se enviaran traslados auténticos con la revocación de las ordenanzas del último virrey y con el perdón ofrecido en nombre del Emperador. Esto equivalía a implementar el sistema de captación de voluntades propuesto y utilizado por La Gasca desde su llegada a las tierras del Perú.

Las bravatas de Pizarro no podían afectar significativamente el ánimo de La Gasca, quien conocía a la perfección los acontecimientos recientes y las decisiones tomadas por la Real Audiencia de Lima bajo mandato del Emperador. A pesar de estar reunida por los sucesos en la ciudad de los Reyes, la audiencia había ordenado a Gonzalo Pizarro desmantelar su ejército y a trasladarse con un grupo de quince o veinte caballeros a la ciudad para ponerse a disposición de la Real Audiencia. Se le prometió justicia y se acordaron las medidas necesarias para la pacificación del país y el trato adecuado hacia los naturales.

Una breve carta de Pedro de Cuevas a Gonzalo Pizarro informa que, en respuesta a un grupo de soldados —alrededor de 80 o 100— que actuaban bajo el mando del capitán Alonso de Hinojosa, había distribuido 4,000 pesos de las haciendas de Hernando Pizarro y 6,000 pesos de los bienes de Gonzalo Pizarro para que los soldados se sintieran satisfechos antes de partir. Esta carta está fechada el 6 de junio de 1547.

Mayor interés presenta la carta que La Gasca envió a Gonzalo Pizarro desde Andahuaylas en febrero de 1548, donde refutaba todos los argumentos que Pizarro esgrimía en defensa de su conducta. "Me han informado —escribe La Gasca— de un error en el que usted está, a lo menos le han hecho creer, afirmando que, debido a que el señor Marqués (Hernando Pizarro, su hermano), que esté en gloria, descubrió esta tierra y contribuyó a su conquista, puede apropiarse de ella. Tal idea es tan descabellada que no me atrevería a creer que haya caído en la mente o en la boca de nadie. Si así fuera, sería un desprecio absoluto a la razón, pues lo que más obligaba al marqués y a todos sus allegados a reconocer no solo su lealtad al rey como vasallos, sino también su gratitud hacia él como benefactor, sería tomado como ocasión de traición e ingratitud".

La Gasca, utilizando una fuerte dialéctica, evidenciaba a Pizarro que el Emperador había otorgado el derecho y señorío de las tierras descubiertas a su familia, que era relativamente pobre, por lo que debían sentir gratitud hacia el Emperador. Permítanme presentarles este valioso y claro razonamiento: "Considere que, así como he mencionado, Su Majestad actuó de la misma manera con el marqués, su hermano. Al tener Su Majestad este territorio y el derecho sobre él otorgado por Su Santidad, hizo bien y tuvo la merced de conceder al marqués el descubrimiento y la conquista de esta tierra, que era la labor que requería para ser provechosa para Su Majestad. De este modo, acudiendo a sus quintos, el marqués podría beneficiarse y enriquecerse a sí mismo, así como a sus hermanos y allegados, así como a los demás que colaboraron en dicho descubrimiento y conquista. Dado que el marqués no podía llevar a cabo esta tarea por sí solo, Su Majestad permitió que sus propios vasallos le asistieran en ella. El gasto que incurrieron el marqués y su compañero, el adelantado don Diego de Almagro, fue en otra tierra de Su Majestad, que fue en Tierra Firme. Así, donde antes el marqués y sus hermanos eran tan pobres como usted y todos sabemos, gracias a la merced que Su Majestad les otorgó y el apoyo que les brindó, no solo él se convirtió en rico y señor de título, sino que también usted y todos sus hermanos se enriquecieron con la ayuda de los vasallos de Su Majestad y del apoyo que recibieron por otra merced que Su Majestad les concedió en Tierra Firme".

Gonzalo Pizarro no había permanecido inactivo desde su enfrentamiento con el virrey Blasco Núñez Vela, como lo demuestra una carta sin fecha ni lugar que escribió al Emperador, en la que relataba muchos de los sucesos y aseguraba que toda su familia, así como él mismo, habían mantenido su fidelidad y lealtad al Emperador. Consideraba necesario, para esclarecer la situación y poner fin a las calumnias que se habían levantado contra él, ser escuchado por el Rey, tal como ocurrió con la Audiencia, que, a pesar de su resistencia, lo nombró gobernador hasta que se pacificaran las provincias y se desvanecieran las calumnias en su contra.

Si en la carta anterior Gonzalo Pizarro se despachaba sin restricción contra el Virrey Blasco Núñez Vélez y sus partidarios, en la misiva que escribió el 20 de julio de 1547 desde Los Reyes, comienza a reconocer la presencia del Licenciado La Gasca. Esto le permite defenderse de las acciones que tomó después de la guerra contra el Virrey, afirmando que, desde su nombramiento como Gobernador, nunca había considerado apartarse de su lealtad al rey, como un vasallo obediente y fiel.

“Al ser nombrado, continúa, por la real audiencia como gobernador, procuré mantener estos reinos en toda justicia, rescatándolos de la guerra y los alborotos que en ella había, buscando que los naturales recibieran la religión cristiana”. A partir de aquí, Pizarro realiza una defensa apasionada de todas sus decisiones y acciones, responsabilizando a La Gasca por los males que aquejan a la región.

Sin embargo, si esta apología de su conducta podía suscitar alguna duda en el ánimo de La Gasca, ¿qué diremos de la carta enviada unos meses antes, específicamente el 14 de octubre de 1546, por los principales del Perú? En ella, afirmaban que aquellos reinos enviaban procuradores a Su Majestad solicitando que confirmara la gobernación de Gonzalo Pizarro, pues consideraban que, bajo su mando, toda la tierra estaría segura y pacífica en servicio de Su Majestad, asegurándole el envío anual de sus tributos y el quinto real.

Los principales elogiaban las acciones de Pizarro y, volviéndose hacia La Gasca, le suplicaban que, con el celo que siempre había mostrado por el servicio de Dios y de Su Majestad, regresara a España para informar sobre lo que convenía a aquella tierra. Esta carta, fechada en Los Reyes, contaba con la firma de 64 de los principales del Perú.

No obstante, el colmo de la audacia, la desfachatez y los insultos se encuentra en la carta que Francisco de Carvajal, desde El Cusco el 29 de diciembre de 1547, dirige a La Gasca. Sus párrafos, sin excepción, están colmados de insultos y amenazas, revelando el rencor por la reciente pérdida de la escuadra de Pizarro, que había puesto a sus capitanes al servicio del Emperador.

Como muestra de lo que afirmo, comparto unas líneas del primer párrafo, donde el saludo introductorio ya insinúa lo que sigue. Dice así: “¿En qué seso de usted, capellán, tan cuerdo como dicen que es, se ha metido en pensar que lo que el rey, con todas sus fuerzas, no puede lograr, usted lo podrá dirigir con sus bulas falsas y cartas llenas de mentiras? Debió considerar que los inducimientos de los traidores que le entregaron la armada, vendiendo a su señor por dinero, como Judas hizo con el Creador del mundo, tenían el propósito de mandarlo todo, con el fin de convertirse en sus señores y usted, su capellán, como el ladrón de centeno que tenía en mente”.

En este contexto se teje toda la carta, de la cual deseo destacar que, tras la pérdida de la escuadra, Gonzalo Pizarro, con los 140 hombres que le quedaban, salió de Cusco para enfrentarse a La Gasca. ¿Acaso buscaba animarle o tenderle una trampa?

Trece días antes de que se redactara la carta anterior, es decir, el 16 de diciembre de 1547, el Licenciado La Gasca envió una extensa respuesta a Gonzalo Pizarro, contestando a una carta que este había dirigido al Rey. En su misiva, La Gasca refuta punto por punto todas las afirmaciones de Pizarro, dejando al descubierto sus perversas intenciones, que ya se habían evidenciado en su desleal conducta hacia el Virrey.

Remitiendo su texto al correspondiente apéndice, considero relevante citar una declaración de La Gasca, fechada en Jauja el 16 de diciembre de 1547, que pone de manifiesto la deslealtad de Pizarro: “También sabe vuestra merced cuán poco bien cabe con la fidelidad que pretende hacer entender en su carta a Su Majestad. La investidura que vuestra merced anhelaba antes de mi llegada, para que Su Santidad le concediese estos reinos, es una idea descabellada, sin tino y sin conocer quién es nuestro rey en Roma y fuera de ella”.

Esta absurda pretensión de Gonzalo Pizarro de acudir al Papado para obtener mediante una bula la concesión de aquellos territorios está en plena concordancia con la teoría del Pontífice como Señor supremo de toda la tierra.

Estos documentos evidencian el profundo abismo que se había abierto entre Pizarro y La Gasca, haciendo imposible una negociación pacífica dada la postura extrema de ambos. Sin embargo, al principio se intentó sinceramente el camino de la conciliación, lo que se puede deducir de una carta del Emperador a Pizarro y de otra de La Gasca al mismo.

La carta del Emperador es, en esencia, una presentación de La Gasca, quien ha recibido comisiones y poderes para mantener la paz y el orden en la tierra, así como para proveer y organizar lo que sea necesario para el servicio de Dios Nuestro Señor, el bienestar de las provincias y el beneficio de sus pobladores. Por ende, se le encomienda a Pizarro que cumpla con todo lo que La Gasca disponga, como si fuera un mandato directo del Emperador. Esta carta está fechada en Veneto el 16 de febrero de 1546.

Más interesante y completa es la carta que La Gasca envió a Pizarro junto a la anterior. Sus primeros párrafos insinúan la magnitud de las alteraciones que han tenido lugar en aquellas tierras desde la llegada del Virrey Blasco Núñez, cambios que no se realizaron con la intención de desobedecer a Su Majestad, sino para defenderse de la severidad y dureza del Virrey.

Posteriormente, La Gasca se dirige a Gonzalo Pizarro, instándole a considerar esta situación con un espíritu cristiano, caballeroso y prudente, y con el amor y la voluntad que siempre ha mostrado hacia el bienestar de esa tierra y sus habitantes.

Los poderosos motivos de lealtad y fidelidad que expone La Gasca están respaldados por un profundo conocimiento jurídico e histórico, tal como se detalla en las páginas 387 a 391. Concluye su argumentación con este apasionado párrafo:

"Con este celo y amor, he sido en esta negociación el mayor solicitador que sus mercedes han tenido. Decidí poner mi persona en riesgo por salvar la vida de ustedes, y arriesgar mi vida para proteger la suya, convencido de que, si esta jornada termina bien, regresaré a España con alegría. De no ser así, me consolaré al saber que he cumplido, tanto con Dios como cristiano, como con mi Rey en mi deber de vasallo, y con su merced en lo que es más próximo y natural. Y si Dios me lleva en esta lucha, lo haré siguiendo a Él y a mi príncipe, tratando de hacer el bien y de apartar el mal de mis semejantes. Por tanto, es justo que se escuche lo que digo: solo en esto deseo que sus mercedes me paguen lo que me deben".

Esta conmovedora carta de La Gasca fue redactada en Panamá el 26 de septiembre de 1546 y entregada junto con la del Emperador a Pedro Hernández Paniagua, residente de la ciudad de Plasencia en Panamá. Dos meses después, el 28 de noviembre de 1546, en una nueva misiva a Pizarro, La Gasca menciona que había recibido un respaldo de 61 personalidades de la tierra instándole a regresar a España. En esta carta, justifica brevemente su misión, afirmando que, sin obligación alguna, mostró y proporcionó copias auténticas de las provisiones que había recibido de Su Majestad a sus enviados, el general Pedro de Hinojosa y Lorenzo de Aldana, indicando que no se extendería más porque ya había manifestado todo lo que podía en la carta enviada con Pedro Hernández Paniagua.

La Gasca contaba con información muy detallada sobre lo ocurrido en Perú, gracias a un pasajero que llegó de allí cuando estaba a punto de partir. Este relato, escrito en 1546, después de agosto, narra el estado de ánimo de Gonzalo Pizarro tras el vil asesinato del Virrey, cuya cabeza fue exhibida en una pica en la plaza de Cusco. La violencia y el caos generados por sus seguidores sembraron el miedo y el terror entre la población, dejándola en un estado de amedrentamiento tal que hasta los obispos se sentían obligados a complacer y servirle. Al tiempo de mi partida de Lima, el obispo de esa ciudad esperaba la llegada de Gonzalo Pizarro para consagrar al de Cusco en su presencia.

El poder absoluto que Pizarro ejercía sobre la tierra y el terror que infundía en los habitantes lo rodeaban de tal majestad y autoridad que algunos de sus soldados afirmaban: "¿Qué le falta a este hombre? Solo le falta coronarse". Mi entendimiento sobre las intenciones de Gonzalo Pizarro y de sus partidarios es que, si Su Majestad no lo nombraba gobernador, no se someterían a su servicio ni obediencia por el camino de la benevolencia y la clemencia que Su Majestad ordena, sino que sería necesario recurrir al rigor y la fuerza para someter a esa tierra y liberarla de su tiranía, coincidiendo con lo manifestado por el Duque de Alba en la mencionada sesión del Consejo.

Como conclusión, puedo citar unas palabras que sus seguidores afirmaban haber escuchado a Pizarro: "No me busque el Rey con trucos, que juro a Nuestra Señora que, si no envía todo como deseamos, se desbordará todo y le costará triunfo", insinuando que había buenos quintos en juego. Asimismo, he oído a sus capitanes, especialmente al capitán Martín de Robles y a su hermano, quien fue nombrado alguacil mayor de Lima, decirlo en la plaza pública, de manera desvergonzada.

Si el gran Duque de Alba se había apartado de su opinión debido a las dificultades insuperables que suponía la creación de una poderosa escuadra para una empresa tan lejana y peligrosa, este pasajero desconocido concluía su extenso argumento sugiriendo una solución más directa: "Tengo por cosa fácil el allanamiento de la tierra por este camino, hecho Su Majestad señor de la mar del sur, como fácilmente se podría hacer mandando a Su Majestad que construya navíos en la Nueva España, los cuales, por la abundancia de recursos y otros materiales que allí se encuentran, podrían ser fabricados con gran prontitud."

Como veremos, La Gasca adoptó un enfoque más decisivo, sencillo y económico al ganarse, sin lucha, a toda la escuadra de Pizarro, junto a sus capitanes y soldados. Pronto Pizarro se daría cuenta de que la captación de voluntades, emprendida por La Gasca desde el primer instante, tenía como objetivo principal asegurarse el apoyo de los capitanes de su flota. Es precisamente Pizarro quien nos proporciona la pista para comprender este proceso.

En una carta fechada en Los Reyes el 8 de abril de 1547, dirigida a Benalcázar, Pizarro menciona: "Desde hace muchos días no he recibido noticias del capitán Hinojosa ni de los que están allí. Sospecho que ha ocurrido algún desastre y que el licenciado de La Gasca ha tomado el control de la armada con alguna estrategia." Ante la posibilidad de perderlo todo, Pizarro minimiza su importancia, argumentando que la verdadera fuerza militar en el Nuevo Mundo reside en la tierra, y nunca mostró demasiada preocupación por aumentarla. A pesar de ello, contaba en Lima con diez navíos y en Los Reyes con dos galeones grandes y una galeota de veinte remos, lo que facilitaba un rápido incremento de su fuerza para confrontar a sus enemigos.

A continuación, Pizarro ofrece una detallada estadística sobre el ejército de tierra: "En Lima hay en este momento dos mil hombres, que son los que vuestra señoría conoce de esta tierra. El maestre de campo, Francisco de Carvajal, se encuentra en Guamango con trescientos veinticinco hombres, que trajo del desbarato de Centeno y Lope de Mendoza. En la casa de munición de Lima tengo mil ochocientas picas y setecientos arcabuces, sin contar los de los soldados ordinarios, mil setecientas celadas y doscientos cincuenta coseletes que se fabricaron en el Cusco y Jauja, además de cien arneses y coseletes de España y mil caballos listos para la guerra. He enviado al sargento mayor, Juan de Silveira, para que en el Collao y Charcas reúna a la mayor cantidad de gente posible, lo mismo que a los tenientes del Cusco, Charcas y Arequipa. Vuestra señoría puede confiar en que nos reuniremos en total cinco mil hombres." Así, termina advirtiendo sobre las intenciones de La Gasca y su firme voluntad de resistir.

No es mi intención seguir al Licenciado La Gasca paso a paso desde su llegada a América hasta su regreso tras lograr la pacificación del Perú. Por ello, he seleccionado la carta que escribió desde Tumbes el 11 de agosto de 1547 a D. Francisco de los Cobos. Esta misiva abarca los eventos desde su partida de Taboga el 12 de abril. En ella, describe las dificultades marítimas que enfrentó en el mar del Perú para llegar a sus costas, junto a sus dieciocho naos y la galeota, donde viajaban el obispo de los Reyes, el general Pedro de Hinojosa y Diego García de Paredes. Finalmente, llegaron al amanecer del 27 de abril a la isla Gorgona. Dado que las demás naos no habían arribado, y estando ya provistos de agua y leña, partieron el 30 de abril en la galeota, con 40 o 50 hombres, hacia la bahía de San Mateo para comenzar a enviar cartas y despachos de Su Majestad, intentando ganar la tierra para su servicio.

Desde San Mateo, llegaron al puerto de Manta el 31 de mayo, donde recibieron la alentadora noticia de que muchos otros puertos ya estaban bajo el mandato de Su Majestad y que antes estaban al servicio del virrey, temiendo la posible llegada de Pizarro. La narración continúa con los incidentes ocurridos en Trujillo, donde Lorenzo de Aldama comenzó a enviar despachos a todos los pueblos del Perú con las últimas disposiciones de Su Majestad. Esta tarea de captación de voluntades y de infundir ánimo ante las amenazas de Pizarro lo llevó hasta la ciudad de Quito, enfrentándose a las difíciles circunstancias allí, incluyendo la muerte y descuartizamiento del representante de Pizarro, Pedro de Puelles.

Durante este período, todas las naves que habían zarpado de Tabeza lograron reunirse nuevamente, aunque se encontraban en un estado lamentable y con gran parte de la tripulación enferma. Ante esta situación, se tomó la decisión de dejar a una porción de los enfermos en Manta, bajo el cuidado de Diego Méndez.

Para atender a los convalecientes, se les proveyó con diversos suministros traídos de España, incluyendo vino, pasas, almendras, azúcar y algunas medicinas. A Diego Méndez se le encomendó una tarea adicional: cuando pasaran por allí los caballos, debía enviar a aquellos enfermos que estuvieran en condiciones de viajar, aprovechando las bestias como medio de transporte.

Finalmente, el 30 de junio de 1547, llegaron a Tumbes, donde encontraron a varios capitanes y a gente que ya había reconocido al Rey, quienes trajeron provisiones, ya que Tumbes era muy estéril. Pasaron días en interminables deliberaciones sobre la ruta a seguir, recibiendo nuevos informes sobre la situación de aquellos que se ponían a sus órdenes.

A Tumbes llegaron noticias sobre Gonzalo Pizarro: al enterarse de que Lorenzo de Aldama y los que lo acompañaban se dirigían al puerto de Lima, había echado a fondo todos los navíos que allí había para evitar que esa armada los capturara. Como su maestre de campo, Francisco de Carvajal, desaprobó este acto, Gonzalo Pizarro regresó a Lima, donde hizo alarde de contar con 800 hombres y envió a reclutar más soldados al Cusco y Charcas. De forma irónica, La Gasca comenta en su relación que Pizarro habría reclutado un número mayor de hombres si no hubiera descuidado este aspecto, pensando que La Gasca regresaría a España desde Panamá y que pasarían al menos dos años antes de que Su Majestad proveyera lo necesario para la guerra, tiempo más que suficiente para su reclutamiento.

Ante las nuevas noticias de los preparativos de guerra por parte de Gonzalo Pizarro, La Gasca resolvió, como medida eficaz, acortar el tiempo y elegir el camino más corto para enfrentarse al ejército enemigo del emperador. Durante estos eventos, Pizarro envió a Antonio de Robles al Cusco para reclutar más hombres a su favor. Sin embargo, mientras este cumplía sus órdenes, Diego Centeno llegó a Cusco con sus hombres y tomó la ciudad en nombre de la ley, capturando y destruyendo a Antonio de Robles. Este desastre obligó a Pizarro a tomar la decisión de abandonar Lima y dirigirse al Cusco, adoptando medidas urgentes, entre las cuales destacó la requisa de 1,500 caballos, yeguas y mulas de Lima y su región, así como un impuesto de oro y plata a los mercaderes y vecinos que no podían ir a la guerra.

Además, mandó a Juan de Acosta con 300 hombres para que marchara hacia el Cusco por el camino de la sierra, mientras Gonzalo Pizarro se preparaba para dirigirse al Cusco por el camino de los llanos. La Gasca relata lo que ocurrió a continuación: "Ya partido Juan de Acosta y estando Gonzalo Pizarro preparándose, el 12 de julio entraron Lorenzo de Aldana y los capitanes Mexía, Palomino y Juan de Illanes en la fragata, disparando la artillería que llevaban, la cual resultaba muy buena y abundante para esta mar. Esto confundió a Gonzalo Pizarro y a sus partidarios, a la vez que animó a aquellos que deseaban servir a Su Majestad y liberarse de aquella tiranía y cruel servidumbre."

El 17 de julio, viendo que su gente empezaba a desertar, Pizarro partió de Lima rumbo al Cusco, atravesando Los Llanos. Una vez que abandonó la ciudad, se alzó la bandera real y se restauró la justicia en nombre de Su Majestad en Lima, con gran alegría de sus habitantes, quienes ahora obedecían al Rey tras haber soportado una dura y cruel servidumbre.

Mientras tanto, en Tumbes, en medio de nuevos consejos con los capitanes, cuyo número seguía aumentando, el 18 de agosto llegó una noticia alentadora: Diego Centeno, con 46 hombres, había tomado el Cusco el día anterior, durante la víspera del Corpus Christi. Centeno había derrotado a los 270 hombres que Pizarro tenía en la ciudad y restablecido la autoridad del Rey.

La situación en Tumbes avanzaba rápidamente; la mayoría de la gente ya había partido, y los pocos que quedaban lo harían en tres días. Era inevitable que dos adversarios que se buscan terminen enfrentándose, a menos que algo mayor lo impidiera. Esta vez, no hubo tal impedimento, y el enfrentamiento se desató, como se relata en la carta que La Gasca envió desde Cusco a don Francisco de los Cobos el 3 de mayo de 1548.

Después de pasar varios meses en Andahuaylas, el 9 de marzo, gran parte del ejército abandonó el campamento, incluido el general. El 11 partieron los obispos de Lima y Quito, así como Benalcázar y Diego Centeno, dejando al mariscal Alonso de Alvarado y a Pedro de Valdivia a cargo de conseguir indios para las cargas. A pesar de dejar muchas pertenencias y avanzar de manera ligera, no lograron salir todos juntos.

En un plan estratégico diseñado en Avanteo, se construyeron varios puentes sobre el río para confundir al enemigo y evitar que descubriera el camino hacia el Cusco. Se decidió pasar por Cotabamba, donde el ascenso a la sierra era más favorable, y en secreto se construyó un puente en esa zona. Con gran esfuerzo, el puente quedó listo a principios de abril, permitiendo al ejército cruzar, excepto la caballería, que tomó nuevas posiciones. Sin embargo, los espías de Pizarro descubrieron la construcción del puente y las maniobras del ejército.

Por primera vez aparece en los relatos el nombre de Xaquixaguana, a cinco leguas del Cusco y cerca del puente utilizado por el ejército. Un incidente precipitó los acontecimientos: al enterarse Pizarro de la cercanía de La Gasca, envió a Juan de Acosta con 120 arcabuceros y 30 jinetes para destruir el puente. Pizarro salió apresurado del Cusco para defender su posición y se estableció en Xaquixaguana.

La noche del 4 de abril, todo el ejército cruzó el puente. El 5 de abril, los capitanes Diego Centeno y Pedro de Cabrera, con 100 hombres, se encontraron con Juan de Acosta, que venía con 300 soldados y más de mil indios. Centeno y Cabrera, creyendo que Gonzalo Pizarro avanzaba con todas sus tropas, dieron la alarma en el campamento de La Gasca. Sin embargo, al retirarse de forma ordenada, se dieron cuenta de que solo eran 300 españoles, y el resto eran indios.

Los días 6, 7 y 8 transcurrieron en pequeñas escaramuzas y en acercar posiciones, mientras ambas fuerzas se preparaban para el enfrentamiento decisivo, ocupando los lugares más estratégicos y seguros.

Finalmente, en la mañana del 9 de abril, todo estaba listo para la batalla. La artillería de La Gasca fue colocada en posiciones estratégicas para causar desorden en las filas de Pizarro, cuyos hombres comenzaron a desertar en masa. La escasa artillería de Pizarro resultó completamente ineficaz. Garcilaso y otros aconsejaron no dar batalla ese día, creyendo que la mera proximidad del ejército de La Gasca haría que Pizarro se disolviera sin necesidad de un combate abierto. Aunque había temor de que Pizarro huyera esa noche, decidieron esperar para ver si se sumaban más deserciones a su favor.

Cuando Gonzalo Pizarro y su maestre de campo vieron que sus tropas comenzaban a dispersarse, intentaron avanzar hacia nuestras posiciones manteniendo su formación. Al percatarse de esto, nuestras fuerzas avanzadas y flancos comenzaron a acercarse a ellos y a disparar, lo mismo hizo nuestra artillería. Todo nuestro ejército, con paso firme y resuelta determinación, se lanzó hacia ellos. Solo con esto, los enemigos se desmoronaron; como hombres perdidos y enfrentados a quienes Dios apoyaba, muchos emprendieron la huida, entre ellos Francisco de Carvajal, cuyo caballo cayó en una ciénaga y fue capturado por Martín de Almendras. Gonzalo Pizarro y sus capitanes ni lograron pelear ni escapar, y así fue apresado por Villavicencio, sargento mayor de nuestro ejército, junto con Joan de Acosta, el bachiller Guevara y Francisco Maldonado, quienes habían sido capitanes de Pizarro.

He preferido dejar que el licenciado La Gasca nos describa la batalla de Xaquixaguana, librada el 9 de abril de 1548, una victoria que puso fin a una situación lamentable. Gonzalo Pizarro, una vez capturado, fue presentado ante La Gasca, representante del Emperador, quien, tras dar las instrucciones necesarias al ejército vencedor, lo recibió.

Con las armas ya silenciadas, la justicia comenzó a imponerse en el mismo campo de batalla. Aunque La Gasca contaba con un Breve Pontificio que le permitía juzgar casos criminales, incluso aquellos que implicaban la pena de muerte, decidió delegar estos asuntos al mariscal de campo y al licenciado Cianca, en respeto a su hábito religioso. La Gasca atribuyó el éxito de la jornada a la intervención divina y al Emperador, quien, en su magnanimidad, concedía perdón a aquellos que abandonaban la rebeldía. El resultado fue un derramamiento mínimo de sangre: del lado del ejército realista solo murió un hombre, y de los enemigos, no más de 45. Esto, a pesar de que en ambos bandos había 1.400 arcabuceros, 17 piezas de artillería y más de 600 jinetes, además de una considerable cantidad de piqueros.

En otro pasaje, La Gasca describe la preparación para el combate, mencionando que su ejército contaba con un escuadrón de infantería compuesto por 300 piqueros y 400 arcabuceros, apoyados por 220 jinetes. Otro escuadrón estaba integrado por 200 piqueros, 300 arcabuceros y 150 jinetes, bajo el mando del adelantado Benalcázar, además de otros 50 jinetes al mando del capitán Alonso de Mendoza. En total, se disponía de 1.500 soldados de infantería y 450 de caballería.

Gonzalo Pizarro, como se mencionó anteriormente, cuando partió de Lima hacia Cusco, planeaba reclutar 6.000 hombres entre españoles e indios. Sin embargo, el día de la batalla, ya había sido abandonado por los indios y gran parte de sus tropas.

La noche del 9 de abril, el mismo día de la victoria sobre Pizarro, La Gasca, acompañado por el obispo de Lima, un general, el mariscal de campo y el licenciado Cianca, acordaron impartir justicia de inmediato en el propio campo de batalla. Tras tomar las confesiones y recabar la información sobre los delitos cometidos, decidieron ejecutar a Pizarro y a varios de sus principales seguidores. Gonzalo Pizarro fue decapitado al día siguiente, el 10 de abril, por traición, y su cabeza fue expuesta en una pica en la plaza de Lima. La orden de La Gasca de no descuartizar su cuerpo fue un acto de respeto hacia su hermano, el Marqués de Pizarro. Francisco de Carvajal, su maestre de campo, fue ejecutado ese mismo día, y su cabeza fue enviada a Lima, mientras que sus restos fueron llevados a Cusco. También se ajustició al bachiller Guevara, capitán de Pizarro.

El 11 de abril se ejecutó y descuartizó al capitán Juan de Acosta, cuya cabeza fue llevada a Cusco, siendo este el último de los ajusticiados en el campo de batalla. Ese mismo día, los vencedores se trasladaron a Cusco, donde llegaron el 12 de abril y fueron recibidos con gran alegría por la población.

Ya establecidos en la ciudad, La Gasca escribió a todos los pueblos del Perú, informándoles sobre la gran merced que Dios les había concedido y el alivio que esto traía a todos. Mientras tanto, la justicia seguía su curso contra muchos considerados culpables, confiscándose sus bienes. En apenas una semana, se reunieron grandes cantidades de plata, oro, esmeraldas y ropas, valoradas en más de 120,000 pesos, de los cuales 40,000 provenían de los quintos de Su Majestad, ocultos por Gonzalo Pizarro en su marcha de Lima a Cusco.

Para evitar cualquier sombra de codicia en su actuación, La Gasca ordenó que todo lo confiscado fuera guardado en una cámara bajo tres llaves: una en poder del obispo de Lima, otra del de Cusco, y la tercera bajo custodia de Juan de Cáceres, quien cumplía diligentemente su oficio.

Simultáneamente, mientras continuaban las ejecuciones, La Gasca nombraba jueces y otros cargos para pacificar los ánimos y restablecer la justicia. Muchos fueron sentenciados a galeras en España o al destierro. Además, se reactivaron las labores en las minas de Charcas, Porco y Potosí, y se cobraron los bienes de los culpables. Jerónimo Alderete fue nombrado tesorero de las tierras, Esteban de Sosa contador, y Vicente Monte, veedor.

El 29 de abril, fray Tomás de San Martín, provincial de la Orden de Santo Domingo, realizó una penitencia pública y disciplinaria a fray Luis, uno de los más fervientes defensores de Gonzalo Pizarro, quien había llegado a proponer coronarlo como rey. Como castigo, fue condenado a reclusión perpetua, ayunos estrictos y penitencias espirituales.

Las últimas ejecuciones se llevaron a cabo el 2 y 4 de mayo, cuando fueron ajusticiados Diego de Carvajal y Antonio de Viedma. Las penas de galeras y destierros se impusieron a muchos más, aunque no hay cifras exactas. Los ejecutados nominalmente sumaron doce.

En sus últimos días, La Gasca escribió una carta donde pedía permiso para regresar a España. Habiendo cumplido su labor de pacificación, expresaba su deseo de vivir el resto de sus días en paz. A sus cincuenta y cinco años, tras años de arduo trabajo, La Gasca esperaba poder volver a su tierra natal, habiendo ya sentado las bases para la paz y el orden en el virreinato.

Sin embargo, pese a su optimismo, La Gasca sabía que era difícil mantener la cohesión en un ejército sublevado. La inacción y el paso del tiempo eran sus mayores aliados para sembrar el derrotismo entre los insurgentes, mientras él, con paciencia y sangre fría, desconcertaba a un impulsivo y desafiante Gonzalo Pizarro.

Existen dos fuentes que confirman la estrategia de preparar los ánimos antes de la batalla: una proviene del Arcediano del Alcor, quien lo escuchó directamente de La Gasca, y otra de una carta en la que ofrece valiosas noticias sobre los acontecimientos. El Arcediano dice lo siguiente:

“El licenciado La Gasca, antes de llegar a tierra firme, supo en Santa Marta sobre la muerte del virrey Blasco Núñez. Sin mostrar turbación, continuó su camino hasta Nombre de Dios, que encontró ocupada por las tropas de Gonzalo Pizarro. Sin ningún temor, ingresó en la villa y luego siguió hasta Panamá, donde se encontró con el general de Pizarro y su armada. A pesar de la hostilidad, La Gasca comenzó a conversar amablemente con ellos, ganándose su confianza. Pronto, todos empezaron a apreciarlo, lo que permitió que compartieran comidas sin recelo alguno.

Mientras tanto, en secreto y con gran discreción, La Gasca envió cartas a diversas ciudades y personas del Perú, utilizando clérigos, religiosos y otras figuras para que llevaran sus mensajes. Estas cartas tuvieron un efecto notable, pues ofrecían el perdón por las culpas pasadas e instaban a los destinatarios a abandonar la rebelión en la que estaban envueltos. En pocos días, el Perú se vio inundado de estas misivas, aunque Gonzalo Pizarro y sus ministros castigaron severamente a muchos mensajeros, llegando incluso a matarlos o torturarlos por llevar estas cartas.

La Gasca también supo que, en Nueva España, Nicaragua, Popayán y el Nuevo Reino existía una fuerte inclinación a seguir la rebelión de Gonzalo Pizarro, ya que lo que ocurría en Perú afectaba a estas regiones. Por ello, escribió a estas tierras, aparentando que solo informaba sobre la clemencia y justicia del rey, y de cómo este deseaba que los indígenas fueran devueltos a sus legítimos dueños. En realidad, buscaba alejarlos de la influencia de Pizarro y atraerlos de vuelta a la lealtad hacia el rey. Esta estrategia también tuvo gran éxito. Desde el final de julio hasta principios de diciembre, La Gasca se ganó a muchos de los seguidores de Pizarro, quienes estaban en tierra firme con la armada en el Pacífico, logrando que se le entregaran junto con las embarcaciones y sus tripulaciones.

Reunidos todos los navíos que tenía por aquellas aguas, La Gasca envió tres barcos con capitanes y trescientos arcabuceros, además de una fragata, para reforzar la lealtad al rey en Perú. Finalmente, partió con 20 navíos y una galera que había hecho construir en 45 días, enfrentando las dificultades propias de la navegación de la época. En cuatro meses, llegó a Tumbes, en la costa del Perú, aunque perdió a muchos de sus hombres durante el viaje, y los sobrevivientes estaban tan debilitados que apenas eran útiles. Tras recibir algunos suministros de los habitantes de la región, se puso en marcha, recorriendo cerca de 400 leguas hasta llegar a las inmediaciones del Cusco, donde Gonzalo Pizarro y sus tropas ya lo esperaban para darle batalla.

No es que el Arcediano del Alcor necesite confirmación de otros autores, ya que todo lo relativo a la campaña en Perú lo conoció de primera mano a través del propio La Gasca. No obstante, es oportuno, antes de relatar el encuentro con el ejército de Pizarro, apoyar su relato con una carta del mismo don Pedro La Gasca, en la que responde a un escritor que había presentado estos hechos de manera distinta. Dicho escritor era Francisco López de Gómara, quien, según el Arcediano, había escrito una obra sobre las Indias en 1552 que hasta ese momento era la mejor.

La Gasca admite que el libro de Gómara fue mostrado al rey, y aunque no conocía personalmente al autor, creía que era un hombre deseoso de decir la verdad. Sin embargo, como no había estado ni en Perú ni en Tierra Firme, algunas de sus afirmaciones eran incorrectas. La Gasca enumera varios ejemplos, entre ellos la afirmación de Gómara de que Gonzalo Pizarro no ocupó las propiedades reales hasta que supo que la armada estaba bajo su control. Esto, dice La Gasca, es completamente falso, ya que Pizarro se apoderó de las propiedades reales en 1545, apenas entró en Lima y asumió la gobernación, mucho antes de tener conocimiento sobre la armada en abril de 1547. Asimismo, su maestro de campo, Francisco de Carvajal, hizo lo mismo en las Charcas, Cusco y Arequipa."

La carta de La Gasca, escrita cuando ya era obispo de Palencia el 23 de agosto de 1553, está dirigida al Magnífico Señor Guillermo Malines, con quien mantenía correspondencia frecuente. En ella, el Pacificador del Perú aclara que hubo errores en lo que se informó a Gomara sobre Diego García de Paredes. La Gasca especifica que, cuando él salió de Nombre de Dios el 11 de agosto, García de Paredes aún no había llegado, lo cual ocurrió a finales de enero. Al arribar, García de Paredes, junto con Pedro Cabrera, lo apresó bajo la sospecha de que no venía con la intención de servir a Su Majestad.

El siguiente párrafo de la carta ofrece mayor interés: La Gasca asegura que se le informó erróneamente sobre la llegada de los procuradores de Gonzalo Pizarro a Panamá, que supuestamente lo habrían puesto en una situación de miedo. Sin embargo, afirma que para cuando el primer procurador llegó, ya tenía cuatro quintas partes de la gente de su lado y podría haber sometido al resto por la fuerza. Sin embargo, evitó el derramamiento de sangre, motivado tanto por su hábito religioso como por el deseo de resolver el conflicto pacíficamente, lo que finalmente logró en tres días. Además, relata que uno de los procuradores, temiendo ser castigado, destruyó la instrucción que traía contra La Gasca la misma noche que desembarcó, mientras que el segundo fue capturado en alta mar después de que todo Panamá ya había sido sometido al servicio de Su Majestad.

Estos detalles son los más relevantes de la carta, donde La Gasca también menciona que, para evitar errores por falta de memoria, había extraído estos datos de los informes que envió al Consejo de Indias y a Francisco de los Cobos en el momento en que ocurrieron los hechos. La misiva concluye con una reflexión personal: “De mí no tengo que hacer saber a vuestra merced, sino que, Dios sea loado, quedo con salud, atendiendo a los asuntos de esta iglesia y obispado, aunque entiendo bien lo poco que hago”.

Al analizar las acciones de La Gasca, vemos cómo, tras su llegada a Panamá, dedicó cinco meses a una cuidadosa táctica de captación de los rebeldes, que culminó en la rendición de la flota de Gonzalo Pizarro anclada en Panamá. Este logro permitió sofocar la rebelión sin derramamiento de sangre o, al menos, minimizándolo.

Sin embargo, Gonzalo Pizarro, impulsado por su orgullo herido y su temperamento impetuoso, no comprendió el plan de La Gasca y, en un acto desesperado, decidió jugárselo todo en una batalla. Finalmente, el 9 de abril de 1548, La Gasca dio la orden de avanzar a su ejército, considerado el mejor que se había visto en el Perú. Cerca de Cusco, en el valle de Zaquixaguaco, los ejércitos se encontraron, pero la imponente formación de las tropas de La Gasca desmoralizó a los hombres de Pizarro, quienes, sin apenas combatir, se pasaron al enemigo. Pizarro no tuvo más opción que rendirse.

¿Fue La Gasca duro en la represión? El Arcediano del Alcor, bien informado por el mismo La Gasca, proporciona las cifras: con la muerte de solo diecisiete hombres en el campo de batalla, La Gasca desbarató a Gonzalo Pizarro y llevó a cabo la justicia. Se ajusticiaron a 48 líderes rebeldes, se condenó a galeras a 360 hombres y se desterró a 700 más del Perú.

El 6 de noviembre de 1567, encontrándose gravemente enfermo en Sigüenza, Pedro de la Gasca redactó su testamento. Fallecería pocos días después, el 10 de noviembre, a las 4 de la mañana. En su testamento, justificó la fundación de 12 capellanías en La Magdalena de Valladolid y explicó que durante su tiempo en la pacificación del Perú no celebró misa, afirmando: "pareciéndonos que, tratando en cosas y negocios de tanta sangre, era cosa no decente celebrar".

 

Esto nos lleva a preguntarnos: ¿fue La Gasca implacable en la represión? De lo que sabemos y de sus propias intenciones, es evidente que él buscaba evitar enfrentamientos sangrientos mediante la captación de voluntades. Así, una represión violenta no estaba en sus planes. Sin embargo, ¿tuvo que recurrir a ella, a pesar de sus deseos? Para responder adecuadamente, es necesario analizar las fuerzas que combatieron en ambos ejércitos y considerar su carácter sacerdotal, que probablemente le aumentó los remordimientos.

Sabemos que Gonzalo Pizarro planeaba reunir un ejército de cinco mil hombres, incluidos indígenas. La Gasca, por su parte, contaba con 1.500 infantes, 450 de caballería y 11 piezas de artillería. Según los registros, se ejecutaron a 12 personas y se condenó a galeras a 360 más, mientras que más de 700 fueron desterrados. Aunque algunas fuentes mencionan un número mayor de ajusticiados, llegando a 48, debemos considerar que, dadas las prácticas militares de la época, la represión no fue especialmente dura.

El 3 de mayo de 1548, La Gasca creía que en pocos meses lograría pacificar completamente el territorio y que pronto podría regresar a España para disfrutar de un merecido descanso. Sin embargo, la pacificación completa y la eliminación de las fuerzas rebeldes exigieron más tiempo del previsto. Esta prolongación, no obstante, le permitió reunir, sin tocar los recursos del rey, los fondos necesarios para cubrir los costos de la guerra, que ascendían a 900.000 ducados. Una vez pagada la deuda, aún quedaron 400.000 ducados para la Corona.

Tras llevar a cabo el castigo y reorganizar el territorio, La Gasca repartió las rentas vacantes. En un solo día firmó concesiones por un millón cuarenta y tres mil castellanos a aquellos que habían servido al rey. Para los que no pudieron recibir encomiendas de indios, solicitó que los beneficiados aportaran dinero en compensación. Con este asunto resuelto, se trasladó a Lima, donde estableció la Audiencia con gran reputación. Proveyó corregidores a las provincias, restauró la justicia y el orden, y se ganó el respeto y temor de los habitantes de la región. Permaneció allí un año y medio, durante el cual, con los bienes confiscados, los quintos reales y otras contribuciones, recaudó más de dos mil millones de oro y plata, antes de partir hacia Tierra Firme.

El Arcediano del Alcor resalta un aspecto crucial del proceder de La Gasca: nunca se encargó personalmente de manejar un solo maravedí de los fondos del rey. Siempre delegaba la administración a los oficiales reales, quienes rendían cuentas directamente. Incluso, cuando regresó a España, no tenía en su poder ni el valor de medio real. Además, organizó el transporte del tesoro a Sevilla con una eficiencia tal que, en vez de costar los 120.000 ducados habituales, el traslado se realizó por solo 7.000.

Con un pie ya en la nave que lo llevaría de regreso a España, La Gasca escribió una carta al Consejo de Indias desde el puerto de Lima el 6 de diciembre de 1549. Su estancia allí se había prolongado durante un año y medio, según indica el Arcediano. Esta carta es notable, ya que detalla las cantidades de oro y plata que había reunido para enviarlas al Emperador, ofreciendo curiosos pormenores al respecto.

El 9 de noviembre de 1549, partieron del puerto de Lima cuatro navíos que transportaban diecisiete cajas de plata, las cuales había llevado Pedro de Hinojosa. Al día siguiente, el arzobispo, los oficiales y el propio La Gasca regresaron a Lima para organizar el envío de toda la plata que quedaba en la ciudad para Su Majestad. Comenzaron a extraerla de las cajas, que estaban aseguradas con cuatro llaves.

Omitiendo el interesante episodio narrado por Juan Pérez de Guevara sobre las exploraciones realizadas años atrás por el río de La Plata y el Paraguay, es importante mencionar la carta escrita el 9 de octubre en Potosí por el Licenciado Polo, corregidor de las Charcas. En ella, informaba que ya había en la caja de Su Majestad ochenta mil pesos, reunidos desde la partida de Pedro de Hinojosa. Además, La Gasca escribió al Cusco y a otros lugares, instando a que enviaran cuanto antes lo que estuvieran recogiendo a los oficiales de Lima.

La cantidad de oro recolectada fue significativamente menor, como él mismo explica: "Quedan poco menos de cincuenta mil pesos en una caja de cuatro llaves en Lima, en oro, los cuales no se envían por esperar otra partida de oro que se trae de Quito. No creo que todo ello pase de setenta mil pesos, porque como es tanta la riqueza de las minas de plata, se olvidan de las de oro; aunque son muchas, no generan tanta ganancia. Así, se ha recolectado poco oro, el cual llevaré yo al regresar, o enviaré en un navío que partirá en breve."

Los siguientes párrafos, por la gran cantidad de datos que contienen, no pueden ser resumidos, y el único modo de presentarlos de manera clara es citarlos textualmente: "En estos días continuó el pesar y contar la plata que había de Su Majestad en Lima. Y el primero de diciembre se concluyó de pesar y contar toda la plata que hasta ese día había en la hacienda de Su Majestad en Lima, la cual estaba en casas de cuatro llaves, cada una custodiada por el arzobispo y tres oficiales reales. Se hallaron, en total, mil trescientas sesenta y ocho barras y tres tejuelas, además de media plancha. Las novecientas treinta y nueve barras, tres tejuelas y media plancha estaban ensayadas, marcadas y contramarcadas con la contramarca que señaliza el oro y plata de Su Majestad, mientras que las cuatrocientas veintinueve barras estaban por ensayar, igualmente marcadas y contramarcadas. En total, hubo mil trescientos setenta y dos piezas y media plancha.

Las ochocientas treinta y nueve barras, tres tejuelas y media plancha ensayadas pesaron un total de cuarenta y siete mil doscientos ochenta y seis marcos y siete ochavas y media, que, conforme a la ley correspondiente, valoraron doscientos veinte mil ciento cuarenta pesos y seis tomines de dos granos; lo que significa que cada marco, en promedio, se valora en dos mil noventa y cinco maravedís, alcanzando una cantidad total de dos mil novecientos veinte marcos.

 

Por otro lado, las cuatrocientas veintinueve barras por ensayar pesaron veintiún mil ochocientos veintiséis marcos y cinco ochavas; considerando que cada marco de estas barras, conforme a lo indicado para los marcos ensayados, equivale a dos mil noventa y cinco maravedís, su valor asciende a ciento un mil seiscientos quinientos pesos y seis granos."

Así, de acuerdo con estos cálculos, el valor total de las mil trescientas setenta y dos piezas, tanto ensayadas como por ensayar, ascendía a trescientos veintiún mil setecientos cincuenta y cinco pesos, seis tomines y ocho granos. En total, estas piezas pesaban trescientos cuarenta y cinco quintales, dos arrobas, seis libras y doce onzas y media, tal como podrá verificar su señoría a través de la fe del teniente contador que envío junto a esta documentación. Tras ser contada y pesada, la plata se almacenó en seis casas con tres llaves cada una.

El 2 de diciembre, la plata fue transportada al puerto de Lima por don Pedro Puertocarro, Abaga, Rivera, Jerónimo de Silva, y Martín Pizarro Merlo, todos vecinos de la ciudad, quienes, a su costa y con sus carretas, entregaron las seis cajas que contenían la plata de Su Majestad en dicho puerto.

En el último párrafo, se indican los planes para el envío de la plata: el 6 de diciembre de 1549, dos navíos zarparían con la carga, y el Licenciado La Gasca partiría poco después. Dejó todo en el Perú en orden, confiando en que el nuevo virrey designado por el emperador no tardaría en llegar con la armada que había preparado. La Gasca partió a finales de enero de 1550 hacia tierra firme, pero al llegar al Nombre de Dios, se encontró en una situación peligrosa con los Contreras, quienes habían congregado fuerzas en la ciudad de Panamá con la intención de apoderarse de ella y de las rentas del Rey. Confiados en su momentáneo triunfo, decidieron atacar al Licenciado La Gasca y apoderarse de toda la hacienda del emperador. Sin embargo, la providencia guió los acontecimientos de tal manera que aquellos traidores sufrieron una dura derrota, resultando en la muerte de noventa y seis de sus hombres (de un total de 300) y solo once del bando del rey. Finalmente, los navíos se prepararon con diligencia (los rebeldes contaban con 21) y todos los que habían participado en la lucha en Panamá fueron muertos, apresados o enviados a las galeras.

Una vez superada esta grave dificultad, La Gasca dejó el Nombre de Dios con la hacienda, la mayor que había llegado de América, a finales de mayo de 1550. Sin contratiempos, llegó a Sevilla el 26 de septiembre de 1550, donde fue recibido con todos los honores. Los sevillanos y personajes destacados le ofrecieron cálidas y religiosas felicitaciones, y recibió cartas elogiosas del emperador y del príncipe don Felipe, quien se encontraba en Alemania con su padre, así como de los príncipes de Austria, que gobernaban estos reinos.

A pesar de que la hacienda que traía del Perú era la más fabulosa que se podía imaginar, La Gasca no se detuvo mucho tiempo en Sevilla. La rapidez en la entrega del dinero facilitó que los oficiales reales de la Casa de Contratación pudieran comprobar, admirados, que la ingente cantidad de oro y plata embarcada en el Perú coincidía hasta el último maravedí con lo que estaban recibiendo en la Casa de Contratación.

Libre como un pájaro, el Licenciado La Gasca voló el 10 de octubre a cumplir sus promesas y votos, dirigiéndose a rezar sus novenas en el monasterio de Guadalupe. Llegó a mediados de octubre y permaneció en el histórico convento hasta el 3 de noviembre, día en que salió rumbo a Valladolid. Pasó muy cerca de donde estaban su madre y hermanas, a quienes no había visto desde que se embarcó en la aventura del Perú. A pesar del profundo amor materno que sentía, su excesiva prudencia en cuestiones financieras y el fuerte deseo de evitar cualquier sospecha en este ámbito le obligaron a silenciar los latidos de su corazón y dirigirse directamente a Valladolid.

En aquellos días, la ciudad de Pinciana se ocupaba de la causa del Dr. Egidio o Juan Gil, propuesto por el Emperador como obispo de Tortosa. Sin embargo, la Inquisición lo había encarcelado bajo acusaciones de protestantismo, y en ese momento se encontraban reunidos los consultores del Santo Oficio y once teólogos, entre ellos el Dr. Blanco de Salcedo, primer canónigo magistral de Palencia, natural de Capillas y posteriormente célebre obispo en Trento y arzobispo de Santiago.

Como el Licenciado La Gasca también era consultor del Santo Oficio, no pudo evitar participar en las juntas de consejo, las cuales se retrasaron hasta la llegada del Oidor Don Diego Tavera, quien arribó el 25 de diciembre. Pocos días después de Año Nuevo, en pleno invierno castellano, entre heladas, lluvias y nieve, La Gasca pudo finalmente partir hacia su pequeño pueblo de Navarragadilla. Allí tuvo la alegría de abrazar a sus seres queridos y disfrutar del merecido descanso.

No obstante, los acontecimientos se aceleraban. Conocida la llegada del que sería recordado como el Pacificador del Perú, el Emperador ordenó que se trasladara urgentemente a Alemania para informarle sobre la situación en Perú y tomar decisiones sobre asuntos que habían permanecido pendientes hasta su llegada. Además, su hermano, el Dr. Diego Gasca, le envió desde Valladolid dos cartas, una de ellas del Inquisidor General, Don Fernando de Valdés, quien le solicitaba que no partiera hacia Alemania hasta que él llegara a Valladolid, ya que tenía que comunicarle asuntos muy relevantes para el servicio de Dios y del Emperador. Para complicar aún más la situación, el 12 de diciembre de 1550 falleció don Luis Cabeza de Vaca, obispo de Palencia. Al enterarse de esta noticia, el Emperador propuso al Licenciado La Gasca como su sucesor.

Durante estos días y meses, La Gasca organizó su tiempo y permaneció en su pueblo natal con su madre y hermanas hasta el 18 de febrero de 1550. Llegó a Valladolid el 21, aguardando la llegada y las comunicaciones que le entregaría el Inquisidor General. Desde Valladolid, viajó a Aranda en compañía de su hermano, el Dr. Diego Gasca. En medio de los agasajos y felicitaciones del pueblo, discutieron sobre el nombramiento de vicario, provisores, oficiales, secretario, y otros aspectos necesarios para el buen gobierno de la diócesis palentina.

Al llegar a Barcelona, recibió las bulas de nombramiento, conservando la de consagración y enviando las restantes a Valladolid, junto con el poder para tomar posesión de su obispado en Palencia. Durante su estancia de reflexión en Barcelona, consideró que sería conveniente para su persona y el honor de su diócesis viajar a Alemania y encontrarse con el Emperador ya consagrado como obispo de Palencia. Así, preparó todo y fue consagrado en Barcelona el 17 de mayo de 1551, en la capilla del Palacio Episcopal. La consagración fue realizada por don Juan de Tormo, obispo de Vich, con la asistencia de don Juan González de Munebrega, obispo de Tarazona, y don Jaime Cassador, obispo de Barcelona, todo ello en un ambiente de gran solemnidad y la presencia de numerosos caballeros.

Pocos días después de su consagración, el 25 de mayo de 1551, embarcó rumbo a Génova, acompañado de otros obispos que se dirigían al Concilio de Trento. Finalmente, el 2 de julio llegó a Augusta (Habsburgo), donde se encontraba el Emperador. A pesar de su convalecencia tras un fuerte ataque de gota, lo recibió inmediatamente después de comer, ansioso por conocer detalladamente la situación del Perú. La Gasca, complacido por la atención, le transmitió su relato, lo que llevó al Emperador a ordenarle que lo acompañara en sus viajes y excursiones, y que participara en todos los asuntos de interés que se presentaran.

La Gasca permaneció un año en Alemania, regresando a Villamuriel el 13 de marzo de 1553. Sin embargo, abordaremos su labor como obispo de Palencia más adelante. Antes de concluir su actuación en el Perú, es pertinente incluir como apéndice final un parecer que La Gasca envió al Rey desde Valladolid sobre las encomiendas del Perú, un asunto siempre delicado y una clara evidencia de que don Pedro La Gasca continuó siendo consultado por la Corona en cuestiones difíciles, siendo su opinión muy valorada.

El documento, fechado en Valladolid el 27 de abril de 1554, lleva por título "Parecer del obispo, mi Señor, sobre si los indios del Perú se deben poner en cabeza de Su Majestad o darse a los encomenderos". Este informe parece ser un borrador redactado por el secretario del obispo. Dado que el informe es extenso, resumo su contenido, aunque esto implique ciertas dificultades.

Desde las primeras líneas, La Gasca aborda directamente el tema central: “Aquellos que proponen que las reparticiones del Perú se coloquen todas en cabeza de Su Majestad, argumentando que de esta forma los indios recibirán un mejor trato y que Su Majestad obtendrá un gran beneficio económico, parecen engañarse en ambos aspectos. Aunque lo dicen con el mejor de los deseos por el servicio de Dios y de Su Majestad, se dejan llevar por esta idea sin comprender el estado en que se encuentran los indios en el Perú, su inclinación, la calidad de las personas y los beneficios que Su Majestad puede obtener en esa tierra, así como de dónde proceden”.

La Gasca procede a hablar sobre la situación de los indios en el Perú y las normas establecidas para garantizar que las relaciones entre los indios repartidos y los encomenderos españoles se rijan por la justicia al exigir el pago de los tributos establecidos. Señala que, en todo el Perú, solo Su Majestad tiene vasallos y jurisdicción. En cuanto a los encomenderos, los indios son simplemente arrendatarios obligados a pagar lo que está tasado. En ocasiones, si consideran que la tasa es excesiva o si durante un año no han obtenido suficientes frutos para cubrirla, se niegan a pagar hasta que el encomendero solicita a la justicia que revise la tasa y ordene el pago de lo que se deba.

La Gasca añade que, gracias a este sistema, los indios viven con libertad y temen poco a los encomenderos, ya que no dudan en denunciar cualquier abuso o maltrato ante la justicia, como haría un español contra otro.

La situación establecida en el Perú entre los encomenderos españoles y los indios de los repartimientos parecía tan justa y deseada que las consecuencias derivadas de este sistema llenaban de orgullo a La Gasca, su creador y, al menos, su principal promotor.

De este principio, fielmente observado y considerado como una fuente generosa, se derivaban muchas consecuencias a favor de los indios. Preferían acudir en su defensa ante particulares, como eran los encomenderos, en lugar de hacerlo ante los oficiales reales que cobraban los tributos en nombre del rey. Esto contribuyó a la desaparición de los malos tratos y de las exigencias excesivas que los encomenderos solían imponer, tratando a los indios casi como esclavos. En consecuencia, los indios encomendados a particulares vivían con mayor libertad que aquellos que estaban bajo la autoridad directa de Su Majestad.

Además, es fácil deducir otras consecuencias de la supresión de los repartimientos a españoles particulares a partir de la lectura del Informe, al que remito. Cabe señalar que don Pedro La Gasca había enviado un Informe al Consejo Real de Indias unos días antes, en el que abordaba las minas que estaban bajo el control de Su Majestad en el Perú, lo que constituye una nueva prueba del gran prestigio que seguía conservando ante las más altas instancias indianas.

Compilado y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez

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