La Gasca y la Rebelión de Pizarro: Un Estudio sobre la Búsqueda de la Paz en el Perú Colonial
Es
necesario ofrecer una descripción detallada de las múltiples y fructíferas
actividades de La Gasca, a fin de contrarrestar la visión limitada que a menudo
se presenta sobre él. Esta visión ignora por completo sus amplios conocimientos
universitarios, su rectitud y justicia, así como su notable éxito tanto en la
búsqueda de la paz como en la conducción de la guerra.
En el legendario
Perú ocurrieron acontecimientos asombrosos. El Arcediano del Alcor, quien supo
captar desde el principio la trascendencia del Descubrimiento del Nuevo Mundo,
concluyó su relato sobre México y Hernán Cortés con una sección titulada
"Pizarros". En ella, menciona que, "después del año de 1533, dos
o tres caballeros hermanos, llamados Pizarros, naturales de Cáceres, en
Extremadura, junto con su gente, descubrieron otra rica isla que llaman el
Perú". Se cuentan historias increíbles sobre la abundancia de plata, oro y
piedras preciosas que allí se encuentran.
A
principios de 1534, uno de los Pizarros llegó a Sevilla, trayendo consigo a la
Casa de la Contratación, junto con otros y el quinto del rey, una cantidad tan
inestimable de pesos de oro, tinajas, cántaros, ollas de plata, ídolos de oro y
joyas de gran valor, que quienes no lo vieron no se atreven a afirmarlo. Sin
embargo, se dice que fue realmente extraordinario. Al final de ese mismo año,
llegaron otras embarcaciones del Perú, que, según se dice, traían aún más oro y
plata que la primera expedición. En definitiva, no podemos negar que desde
1492, cuando el almirante Cristóbal Colón comenzó a descubrir las Indias (América),
han llegado a España innumerables cantidades de oro, plata, perlas y otras
joyas de gran valor.
El
Arcediano del Alcor dedica una página y media de la edición de La Silva
Palentina a narrar la abundancia y riqueza del Perú, así como sus minas de oro
y plata, que despertaron la codicia de los colonizadores. Por ello, omito los
detalles, remitiendo al lector a las numerosas obras que describen con lujo de
detalles el descubrimiento y evangelización del llamado Imperio de los Incas.
Así,
eludo mencionar los eventos previos a la rebelión de los Pizarros, que estalló
tras las Capitulaciones de Toledo de 1529, en las cuales se nombraba a
Francisco Pizarro Virrey, Gobernador y Capitán General del vasto territorio del
Perú, dejando a Diego de Almagro, compañero de Pizarro en la conquista,
completamente relegado y casi olvidado.
Como
las Capitulaciones contenían la semilla de la discordia, pronto se desencadenó
una guerra fratricida entre pizarristas y almagristas. Estos últimos lograron
los primeros éxitos al apoderarse de Cusco y hacer prisioneros a Hernando y
Gonzalo, hermanos de Francisco Pizarro. A través del arbitraje de Francisco de
Bobadilla, recuperaron su libertad, pero, al negarse Almagro a devolver Cusco,
se libró la batalla de las Salinas, donde el ejército de Almagro fue derrotado
y él mismo capturado y ejecutado en julio de 1538.
Los
almagristas descontentos se unieron en torno a Diego de Almagro el Mozo, y
asesinaron a Francisco Pizarro el domingo 26 de junio de 1541. Posteriormente,
nombraron a Diego Almagro el Mozo gobernador del Perú y enfrentaron a Vaca de
Castro, representante de la Corona, en los Llanos de Chupas, el 16 de
septiembre de 1542. Los almagristas fueron derrotados y Diego de Almagro el
Mozo fue ejecutado pocos días después.
Esta
lucha fratricida, impulsada por la envidia, la codicia y la ambición, carecía
de justificación y rápidamente adquirió un tono extremadamente grave,
convirtiéndose en un levantamiento abierto contra la misma autoridad imperial.
Con la
promulgación de las Nuevas Leyes de 1542, se establecieron el Virreinato del
Perú y la Real Audiencia de Lima, generando gran inquietud entre los colonos
españoles. Blasco Núñez de Vela, el nuevo Virrey, recién llegado a Lima el 17
de mayo de 1544, anunció su intención de hacer cumplir estrictamente las leyes.
Sin dificultad, logró silenciar y marginar al antiguo representante de la Corona,
Vaca de Castro, confinándolo en uno de los barcos anclados en la bahía. Sin
embargo, Gonzalo Pizarro, el hermano menor y más querido de Francisco, un
hombre de fuerte carácter e indomable, supo aprovechar el descontento general
para unir a todos contra el nuevo Virrey. Nadie pudo detener a aquellos hombres
decididos a luchar contra el representante del Emperador, y el 18 de enero de
1546, en la batalla de Añaquito, el ejército del Virrey fue completamente
derrotado; a Núñez de Vela le cortaron la cabeza y la colocaron en el Rollo de
la ciudad de Quito. La frase "en el Rollo de la ciudad" se refiere a
un lugar específico en la ciudad de Quito, donde se colocaban las cabezas de
los criminales como un acto de castigo y advertencia pública. El
"Rollo" era una especie de poste o estructura que servía para exhibir
los cuerpos o partes de los cuerpos de aquellos que habían sido condenados a
muerte, lo que tenía la intención de disuadir a otros de cometer delitos
similares.
En el
contexto histórico, después de la ejecución de Núñez de Vela, su cabeza fue
colocada en el Rollo como un símbolo del poder y la autoridad de los rebeldes,
así como un mensaje claro sobre las consecuencias de desafiar a los líderes
establecidos. Este tipo de castigo público era común en la época y reflejaba
las tensiones y conflictos entre los conquistadores en el Perú durante el siglo
XVI.
En
España, se comprendió rápidamente la gravedad de la rebelión liderada por
Gonzalo Pizarro, aunque tardó en conocerse la ignominiosa muerte del Virrey.
Para evitar que esas ricas tierras recién conquistadas dejaran de reconocer el
dominio de los monarcas de Castilla y León, se tomaron medidas inmediatas. La
primera fue buscar a la persona idónea que pudiera llevar a cabo esta
arriesgada empresa, considerada tan complicada que, según Pedro de Soto, teólogo
y consultor del Emperador en ese tiempo, no merecía ser abordada por ningún
príncipe, sino únicamente por Dios, dado que era más compleja que el
arzobispado de Toledo, que por aquel entonces estaba vacante.
El
mismo Emperador, profundamente afectado por el gran desacato a Su Majestad,
ordenó desde Alemania, donde se encontraba, que sus consejeros se reunieran
para discutir las medidas que debían tomarse y le comunicaran las que
consideraran oportunas.
Lo que
se resolvió en aquella Junta fue narrado por el Arcediano del Alcor de la
siguiente manera: “Así, juntos el cardenal de Toledo, Don Juan Tavera, y otros
prelados y caballeros acordaron que Su Majestad debía enviar al licenciado
Gasca para pacificar aquella tierra, ya que consideraban que, si no se podía
lograr la paz mediante negociaciones, tampoco se conseguiría por la fuerza de
las armas.
Visto
este parecer, Su Majestad ordenó que el licenciado se dirigiera al lugar donde
se encontraba el príncipe Don Felipe y que, junto a él y a los demás,
discutiera los poderes que se le debían otorgar para esta misión, con el
propósito de que partiera lo antes posible.
Finalmente,
se resolvió que La Gasca redactara los capítulos que contendrían los poderes
que solicitaba. Así lo hizo, escribiendo con su propia mano y enviando los
documentos a Su Majestad para que entendiera sus peticiones. Estos capítulos
incluían toda la autoridad que Su Majestad poseía en las Indias, tanto para
asuntos de paz como de guerra. En consecuencia, Su Majestad le concedió estos
amplios poderes, lo que representaba una gran confianza en él.”
Dos
puntos destacan en las noticias que nos brinda nuestro Arcediano del Alcor: la
unanimidad de prelados y consejeros, presididos por el Cardenal Primado, Don
Juan Tavera, para proponer a Don Pedro La Gasca para la llamada jornada del
Perú, y que él exigió y consiguió que el Emperador le otorgara carta blanca,
con todos los poderes que la Corona poseía, tanto en tiempos de paz como de
guerra en las colonias americanas.
El
biógrafo de La Gasca, ya mencionado, proporciona nuevos detalles sobre lo
acordado por los consejeros Reales y de las Indias, presididos por el príncipe
Don Felipe: “Todos los presentes defendían que no bastaban la fuerza ni la
potencia humana para apaciguar la situación, a menos que se intervinieran
algunos medios convenientes y la negociación de una persona con gran prudencia,
sagacidad y experiencia en los negocios. Solo el Duque de Alba insistió en que
un desacato y atrevimiento tan grande no podría ser remediado ni castigado si
no era con un gran poder y fuerza, y que se debía enviar un capitán valiente,
prudente, astuto y experimentado en cuestiones de guerra, con una gran y
poderosa escuadra.” El mismo Duque, al ver el parecer unánime en contra del
suyo y al considerar la enorme dificultad de preparar y trasladar tan poderosa
escuadra, se unió a los demás consejeros.
Así,
todos los consejeros, de manera unánime y con el Príncipe a la cabeza,
nombraron a La Gasca, quien contaba con todas las cualidades necesarias para
tan ardua empresa, cualidades ampliamente conocidas y puestas a prueba en los
diversos cargos y misiones que había desempeñado con éxito.
Era ya
el año 1545, y el correo del Príncipe Felipe a su padre, el Emperador, con todo
lo acordado por el Consejo, no llegó a Colonia hasta agosto. Allí, Carlos V se
enteró de todo lo decidido, aceptó el nombramiento de La Gasca por sus
cualidades y, tras estar informado de la situación, aprobó su nombramiento.
Escribió una carta a La Gasca, indicándole que aceptara el nombramiento y que,
dada la gravedad de los acontecimientos en el Perú, dejara cualquier ocupación
o negocio que tuviera y se pusiera en camino para reunirse con su hijo el
Príncipe, dedicándose de inmediato a preparar la expedición al Perú. Además, le
prometió recompensar sus servicios a su regreso.
La
Gasca recibió esta carta el 17 de septiembre de 1545, junto con otra del
Príncipe que le instaba a que, dejando todo en Valencia, se dirigiera
inmediatamente a la corte. Ante nuevas cartas insistiendo en lo mismo, partió
de Valencia hacia Madrid el 3 de octubre; la corte se había trasladado de
Valladolid a Madrid debido a una peste que había causado muchas víctimas,
incluso entre personas de renombre.
Reunidos
bajo la presidencia del Príncipe Felipe, todos los consejeros del Consejo de
Estado y de Indias, y conociendo Las Casas la gravedad y complejidad de la
situación en el Perú, exigieron un poder tan pleno y absoluto como el que tenía
el Emperador para la preparación de todo lo necesario para llevar a cabo la
empresa y para la posterior pacificación u ordenamiento. Además, dejaron claro
que La Gasca no tocaría personalmente ni un maravedí. Estas peticiones
parecieron excesivas a los consejeros, quienes solicitaron a La Gasca que las
redactara personalmente en capítulos, para que el Emperador viera que era La
Gasca quien las formulaba. Así se hizo y se mandó al Emperador, quien devolvió
el documento concediéndole plenos poderes el 16 de febrero de 1546.
La
Gasca estuvo ocupado en otros asuntos de Estado hasta el 16 de marzo de ese
mismo año, cuando se despidió de todos, y se dirigió a los Carabancheles, donde
su hermano Francisco Jiménez de Ávila se encontraba de abad.
De
allí partió el 2 de marzo, llegando a Sevilla el 16 de abril, procurando
inmediatamente que se preparara la expedición con toda prisa y él se partió
para Sanlúcar de Barrameda a preparar la otra parte de la escuadra; los
oficiales de la Casa de Contratación dieron 3.000 ducados al Maestre de Campo
para sustento de La Gasca, ordenándole que se le siguiese pasando todo lo
necesario mientras durase la expedición.
Es
nombrado delegado del Emperador para la jornada del Perú. Fue este
nombramiento, por las circunstancias indicadas, un reconocimiento público de
las cualidades de toda índole que adornaban al Licenciado La Gasca, una prueba
inequívoca de la confianza que todos tenían en él para el desempeño de tan
arduo cometido y, finalmente, que además del Breviario y el Crucifijo (como
suele representársele), era portador de un poder omnímodo para resolver todas
las incógnitas que se ofrecieran, poderes que él supo exigir para correr con
acierto toda la aventura que se ofrecía en el Perú.
En la
Colección de Documentos, publicada por el Académico de La Historia, Don Juan
Pérez de Tudela, se descubren algunos detalles sobre las cualidades de La Gasca
y lo que exigía o rechazaba para la empresa. Su estado de ánimo, que ya dejaba
traslucir la carta de Pedro de Soto, se refleja en la carta que escribió a los
Príncipes Maximiliano, hijo del hermano de Carlos V Don Fernando, y Doña María
su mujer, hija mayor del Emperador, a los que envió a España con plenos poderes
para gobernar el país en la ausencia del Príncipe Felipe, llamado por su padre
a Alemania, a donde había partido el primero de octubre de 1548. Aunque esta
carta ya está fechada en América después de la pacificación del Perú, prueba lo
que venimos diciendo con estas palabras: "La carta de vuestras altezas de
22 de febrero recibí a 13 de noviembre próximo pasado, y muy gran favor en
mostrarse vuestras altezas servidos de lo que acá se ha hecho en la
pacificación de esta tierra, en lo cual sólo de mi parte ha habido la fe que de
buen vasallo de Su Majestad en mi hay, porque todo lo demás ha hecho Dios, que
con muy particular mano guía y favorece las cosas de Su Majestad, y para que
todo se atribuyese a su divina bondad, de quien todo bien viene, quiso escoger
un instrumento tan inútil como yo, a quien nada se pudiese atribuir".
Sigue
exponiendo a los Príncipes la paz y el sosiego en que se encuentren ya aquellas
provincias y abre este panorama esperanzador: "y para los que en ella
viven, así españoles como naturales, con el buen tratamiento que se les hace, y
con ver que se les guarda justicia que son defendidos de los robos y
desventuras pasadas, se van cada día reformando y aficionando a nuestra santa
fe católica, y así muchos caciques principales que son los que de ellos se han
tornado cristianos". La carta está escrita en el Puerto de la Ciudad de
los Reyes, 6-XII-1549.
Más
detalles y muy variados nos ofrece el documento anterior, CXL, que es un
borrador de apuntes para el viaje al Perú, sin lugar ni fecha, pero que
pertenece al círculo íntimo de La Gasca por lo que de él nos relata con todo
detalle: "Y habiendo de ir a esta jornada el Licenciado Gasca, porque él
no tiene cosa con qué se poder ayudar en ella, esa poca renta que tiene es
necesaria para pagar algo de lo que debe, de lo gastado en Valencia, será necesario
que Su Majestad mande proveer a su persona y a las de sus criados en todo lo
necesario para la ida y vuelta y estancia allí, así de comer, vestir y
cabalgaduras como de cualquier otra cosa que para su sustentación en la jornada
convenga. Y así mismo de un médico y barbero y medicinas, por las necesidades
que todos dicen que en el viaje y en aquellas partes hay de esto.
Y así
mismo para tratar y traer a asiento y pacificación las cosas de aquellas
tierras, el dicho licenciado tiene necesidad de algunas personas cuerdas y de
confianza, y que allá no sean sospechosas, que hallándose tres o cuatro de
estas tales, que por sólo servir a Su Majestad y acompañar y ayudar al dicho
licenciado quieran ir con él, mande Su Majestad proveerlos, al menos de comer y
fletes y de lo necesario para el camino, cuando a algunas partes el dicho
licenciado los envíe, que con sólo esto podrán hallar este número y cualidad de
personas entre las muchas que se han ofrecido al dicho licenciado".
Esta
primera parte del borrador refleja la conducta que había seguido el Licenciado
La Gasca en la primera parte de su vida, en concreto durante su estancia en
Valencia, salió empeñado y con deudas y su poca renta tendría que empeñarla en
cubrir aquellos gastos y, en consecuencia, el Rey tendría que darle lo
necesario para la jornada del Perú y sus criados y otro personal necesario y
conveniente. Pero aún es más significativo el contenido de la segunda parte del
borrador y que viene a formar el retrato completo del desinterés y
desprendimiento del Licenciado, que se metió en aquella ardua empresa para
servir a Dios y a su Príncipe, alejando de su conducta la menor sombra de
codicia o interés. Oigamos este contenido: "Y porque el dicho licenciado
no sabe de cuánta costa será lo sobredicho y le sería muy penoso y embarazoso
para entender en los negocios, ocuparse en la cuenta y gasto de lo sobredicho,
y también porque así como el dicho licenciado tiene intento de no sacar de esta
jornada sino haber servido a Dios y a su príncipe, desea que así se entienda y
que se conozca que, ni aun de lo que Su Majestad le da para este viaje, ahorra
y gana dineros, Su Majestad ha de mandar poner una persona de quien confíe que
gastará lo necesario y no más, y que con fidelidad y diligencia tratará y
aprovechará su hacienda, que no sea tan corto que no gaste lo necesario y
conveniente, así con la persona del dicho licenciado y los demás, como cuando
con el dicho licenciado comiere alguna persona o personas que conviniese
convidar, como acontece en la mesa de las personas que tienen semejantes
cargos, en especial en negocios de la condición que al presente tienen aquellos
de aquella tierra".
El
documento anterior es una prueba elocuente del desinterés que mostró La Gasca
al aceptar la misión en el Perú, por lo que no es necesario insistir en este
punto. A diferencia de muchos que partieron hacia las Indias con la intención
de enriquecerse—ya fuera a través de medios legítimos o ilegítimos—el caso de
La Gasca es verdaderamente singular. Este no solo se negó a aceptar la
compensación legítima a la que tenía pleno derecho, sino que, para evitar
cualquier acusación en un asunto tan delicado, solicitó al Emperador que le
asignara a una persona de confianza para que se encargara de todos los gastos,
sin que él tocara un maravedí.
¿Qué
efecto tendría esta petición en los consejeros del Emperador? Sin duda,
pensarían que habían encontrado a la única persona idónea para presentarse como
pacificador de las guerras fratricidas, cuyas principales causas eran la
codicia, la ambición y la soberbia.
Al
abordar estos motivos en los conflictos entre españoles en América, es
interesante conocer algunos detalles sobre la fortuna de Hernando Pizarro. En
una carta de Pedro de Soria a Inés Rodríguez, hermana de Pizarro, se ofrecen
datos reveladores sobre sus propiedades: "Las haciendas de Hernando
Pizarro están en excelentes condiciones y valen más ahora en un año que antes
en cuatro, porque este año pienso producir cien mil castellanos de maíz, coca y
chuño para ayudar a lo que el gobernador gasta, y enviaré a Su Majestad. He
acumulado esclavos de Nicaragua y tengo sesenta y cuatro de Hernando Pizarro.
También he comprado algunas yeguas y cabras, y poseo dos mil ovejas y carneros,
además de casi tantos puercos, machos y hembras".
Prosigamos
con los preparativos. Reconocida por el Emperador y sus consejeros la urgencia
de acudir y remediar la situación de despoblación en el Perú, La Gasca recibió
plenos poderes para llevar a cabo la pacificación. Sin descanso, se dedicó a
preparar la escuadra correspondiente, zarpando de España el 26 de mayo de 1546
y llegando al Nuevo Mundo en julio de ese mismo año.
Sin
tomarse el más breve descanso, comenzó a organizar la campaña contra los
sublevados en tres frentes: la captación de aliados, la dilación y la
agrupación de fuerzas. A Gonzalo Pizarro le escribió varias cartas,
asegurándole el perdón por su rebeldía. Además, ordenó que se proclamara por
todo el país su disposición a remediar los daños causados por el detestado
Núñez de Vela, y que todos los objetivos de la rebelión habían sido ya
concedidos por el Emperador.
Desde
los primeros momentos, estas estrategias comenzaron a dar resultados, como se
evidencia en la carta del Licenciado Gasca a Fray Francisco de Baraona,
dominico, escrita en Panamá el 4 de diciembre de 1546. En ella, La Gasca
describe las negociaciones iniciadas con los capitanes de Pizarro:
"Después de que, por su intercesión y la de muchos que lo acompañaron,
comprendí la desconfianza sobre si Gonzalo Pizarro podría ser persuadido sin el
uso de la fuerza, la negociación se intensificó. Todos los capitanes presentes
decidieron que debía publicarse un pronunciamiento contra Pizarro, sometiéndose
a la autoridad de Su Majestad, excepto el general, quien, aunque dispuesto a
actuar, creía que aún no se había recibido la información necesaria por cartas
o mensajeros, por lo que no era el momento de declararse en su contra".
Estas
palabras de La Gasca resultaban esperanzadoras, ya que, tras los primeros
contactos y gestiones, comenzó a flaquear la moral de los capitanes de Pizarro.
Solo su general sostuvo que, mientras no llegaran cartas o mensajes que
declararan su postura, no podía condenar abiertamente a Pizarro. Las esperadas
cartas llegaron el 12 de noviembre, traídas por Lorenzo de Aldama, entre las
cuales se encontraba una de Gonzalo Pizarro que evidenciaba su fiereza y
desvergüenza. En esta carta, Pizarro le decía a La Gasca que no se aventurara a
aquella tierra y que regresara a España para suplicar al Emperador que lo
nombrara gobernador, acompañada de numerosas amenazas en su contra.
Ante
tan radical postura, el general y los capitanes se declararon en contra de
Pizarro y al servicio del Rey, pidiendo a La Gasca que, antes de hacer pública
esta declaración, se enviaran traslados auténticos con la revocación de las
ordenanzas del último virrey y con el perdón ofrecido en nombre del Emperador.
Esto equivalía a implementar el sistema de captación de voluntades propuesto y
utilizado por La Gasca desde su llegada a las tierras del Perú.
Las
bravatas de Pizarro no podían afectar significativamente el ánimo de La Gasca,
quien conocía a la perfección los acontecimientos recientes y las decisiones
tomadas por la Real Audiencia de Lima bajo mandato del Emperador. A pesar de
estar reunida por los sucesos en la ciudad de los Reyes, la audiencia había
ordenado a Gonzalo Pizarro desmantelar su ejército y a trasladarse con un grupo
de quince o veinte caballeros a la ciudad para ponerse a disposición de la Real
Audiencia. Se le prometió justicia y se acordaron las medidas necesarias para
la pacificación del país y el trato adecuado hacia los naturales.
Una
breve carta de Pedro de Cuevas a Gonzalo Pizarro informa que, en respuesta a un
grupo de soldados —alrededor de 80 o 100— que actuaban bajo el mando del
capitán Alonso de Hinojosa, había distribuido 4,000 pesos de las haciendas de
Hernando Pizarro y 6,000 pesos de los bienes de Gonzalo Pizarro para que los
soldados se sintieran satisfechos antes de partir. Esta carta está fechada el 6
de junio de 1547.
Mayor
interés presenta la carta que La Gasca envió a Gonzalo Pizarro desde Andahuaylas
en febrero de 1548, donde refutaba todos los argumentos que Pizarro esgrimía en
defensa de su conducta. "Me han informado —escribe La Gasca— de un error
en el que usted está, a lo menos le han hecho creer, afirmando que, debido a
que el señor Marqués (Hernando Pizarro, su hermano), que esté en gloria,
descubrió esta tierra y contribuyó a su conquista, puede apropiarse de ella.
Tal idea es tan descabellada que no me atrevería a creer que haya caído en la
mente o en la boca de nadie. Si así fuera, sería un desprecio absoluto a la
razón, pues lo que más obligaba al marqués y a todos sus allegados a reconocer
no solo su lealtad al rey como vasallos, sino también su gratitud hacia él como
benefactor, sería tomado como ocasión de traición e ingratitud".
La
Gasca, utilizando una fuerte dialéctica, evidenciaba a Pizarro que el Emperador
había otorgado el derecho y señorío de las tierras descubiertas a su familia,
que era relativamente pobre, por lo que debían sentir gratitud hacia el
Emperador. Permítanme presentarles este valioso y claro razonamiento:
"Considere que, así como he mencionado, Su Majestad actuó de la misma
manera con el marqués, su hermano. Al tener Su Majestad este territorio y el
derecho sobre él otorgado por Su Santidad, hizo bien y tuvo la merced de
conceder al marqués el descubrimiento y la conquista de esta tierra, que era la
labor que requería para ser provechosa para Su Majestad. De este modo,
acudiendo a sus quintos, el marqués podría beneficiarse y enriquecerse a sí
mismo, así como a sus hermanos y allegados, así como a los demás que
colaboraron en dicho descubrimiento y conquista. Dado que el marqués no podía
llevar a cabo esta tarea por sí solo, Su Majestad permitió que sus propios
vasallos le asistieran en ella. El gasto que incurrieron el marqués y su
compañero, el adelantado don Diego de Almagro, fue en otra tierra de Su
Majestad, que fue en Tierra Firme. Así, donde antes el marqués y sus hermanos eran
tan pobres como usted y todos sabemos, gracias a la merced que Su Majestad les
otorgó y el apoyo que les brindó, no solo él se convirtió en rico y señor de
título, sino que también usted y todos sus hermanos se enriquecieron con la
ayuda de los vasallos de Su Majestad y del apoyo que recibieron por otra merced
que Su Majestad les concedió en Tierra Firme".
Gonzalo
Pizarro no había permanecido inactivo desde su enfrentamiento con el virrey
Blasco Núñez Vela, como lo demuestra una carta sin fecha ni lugar que escribió
al Emperador, en la que relataba muchos de los sucesos y aseguraba que toda su
familia, así como él mismo, habían mantenido su fidelidad y lealtad al
Emperador. Consideraba necesario, para esclarecer la situación y poner fin a
las calumnias que se habían levantado contra él, ser escuchado por el Rey, tal
como ocurrió con la Audiencia, que, a pesar de su resistencia, lo nombró
gobernador hasta que se pacificaran las provincias y se desvanecieran las
calumnias en su contra.
Si en
la carta anterior Gonzalo Pizarro se despachaba sin restricción contra el
Virrey Blasco Núñez Vélez y sus partidarios, en la misiva que escribió el 20 de
julio de 1547 desde Los Reyes, comienza a reconocer la presencia del Licenciado
La Gasca. Esto le permite defenderse de las acciones que tomó después de la
guerra contra el Virrey, afirmando que, desde su nombramiento como Gobernador,
nunca había considerado apartarse de su lealtad al rey, como un vasallo
obediente y fiel.
“Al
ser nombrado, continúa, por la real audiencia como gobernador, procuré mantener
estos reinos en toda justicia, rescatándolos de la guerra y los alborotos que
en ella había, buscando que los naturales recibieran la religión cristiana”. A
partir de aquí, Pizarro realiza una defensa apasionada de todas sus decisiones
y acciones, responsabilizando a La Gasca por los males que aquejan a la región.
Sin
embargo, si esta apología de su conducta podía suscitar alguna duda en el ánimo
de La Gasca, ¿qué diremos de la carta enviada unos meses antes, específicamente
el 14 de octubre de 1546, por los principales del Perú? En ella, afirmaban que
aquellos reinos enviaban procuradores a Su Majestad solicitando que confirmara
la gobernación de Gonzalo Pizarro, pues consideraban que, bajo su mando, toda
la tierra estaría segura y pacífica en servicio de Su Majestad, asegurándole el
envío anual de sus tributos y el quinto real.
Los
principales elogiaban las acciones de Pizarro y, volviéndose hacia La Gasca, le
suplicaban que, con el celo que siempre había mostrado por el servicio de Dios
y de Su Majestad, regresara a España para informar sobre lo que convenía a
aquella tierra. Esta carta, fechada en Los Reyes, contaba con la firma de 64 de
los principales del Perú.
No
obstante, el colmo de la audacia, la desfachatez y los insultos se encuentra en
la carta que Francisco de Carvajal, desde El Cusco el 29 de diciembre de 1547,
dirige a La Gasca. Sus párrafos, sin excepción, están colmados de insultos y
amenazas, revelando el rencor por la reciente pérdida de la escuadra de
Pizarro, que había puesto a sus capitanes al servicio del Emperador.
Como
muestra de lo que afirmo, comparto unas líneas del primer párrafo, donde el
saludo introductorio ya insinúa lo que sigue. Dice así: “¿En qué seso de usted,
capellán, tan cuerdo como dicen que es, se ha metido en pensar que lo que el
rey, con todas sus fuerzas, no puede lograr, usted lo podrá dirigir con sus
bulas falsas y cartas llenas de mentiras? Debió considerar que los
inducimientos de los traidores que le entregaron la armada, vendiendo a su
señor por dinero, como Judas hizo con el Creador del mundo, tenían el propósito
de mandarlo todo, con el fin de convertirse en sus señores y usted, su
capellán, como el ladrón de centeno que tenía en mente”.
En
este contexto se teje toda la carta, de la cual deseo destacar que, tras la
pérdida de la escuadra, Gonzalo Pizarro, con los 140 hombres que le quedaban,
salió de Cusco para enfrentarse a La Gasca. ¿Acaso buscaba animarle o tenderle
una trampa?
Trece
días antes de que se redactara la carta anterior, es decir, el 16 de diciembre
de 1547, el Licenciado La Gasca envió una extensa respuesta a Gonzalo Pizarro,
contestando a una carta que este había dirigido al Rey. En su misiva, La Gasca
refuta punto por punto todas las afirmaciones de Pizarro, dejando al
descubierto sus perversas intenciones, que ya se habían evidenciado en su
desleal conducta hacia el Virrey.
Remitiendo
su texto al correspondiente apéndice, considero relevante citar una declaración
de La Gasca, fechada en Jauja el 16 de diciembre de 1547, que pone de
manifiesto la deslealtad de Pizarro: “También sabe vuestra merced cuán poco
bien cabe con la fidelidad que pretende hacer entender en su carta a Su
Majestad. La investidura que vuestra merced anhelaba antes de mi llegada, para
que Su Santidad le concediese estos reinos, es una idea descabellada, sin tino
y sin conocer quién es nuestro rey en Roma y fuera de ella”.
Esta
absurda pretensión de Gonzalo Pizarro de acudir al Papado para obtener mediante
una bula la concesión de aquellos territorios está en plena concordancia con la
teoría del Pontífice como Señor supremo de toda la tierra.
Estos
documentos evidencian el profundo abismo que se había abierto entre Pizarro y
La Gasca, haciendo imposible una negociación pacífica dada la postura extrema
de ambos. Sin embargo, al principio se intentó sinceramente el camino de la
conciliación, lo que se puede deducir de una carta del Emperador a Pizarro y de
otra de La Gasca al mismo.
La
carta del Emperador es, en esencia, una presentación de La Gasca, quien ha
recibido comisiones y poderes para mantener la paz y el orden en la tierra, así
como para proveer y organizar lo que sea necesario para el servicio de Dios
Nuestro Señor, el bienestar de las provincias y el beneficio de sus pobladores.
Por ende, se le encomienda a Pizarro que cumpla con todo lo que La Gasca
disponga, como si fuera un mandato directo del Emperador. Esta carta está
fechada en Veneto el 16 de febrero de 1546.
Más
interesante y completa es la carta que La Gasca envió a Pizarro junto a la
anterior. Sus primeros párrafos insinúan la magnitud de las alteraciones que
han tenido lugar en aquellas tierras desde la llegada del Virrey Blasco Núñez,
cambios que no se realizaron con la intención de desobedecer a Su Majestad,
sino para defenderse de la severidad y dureza del Virrey.
Posteriormente,
La Gasca se dirige a Gonzalo Pizarro, instándole a considerar esta situación
con un espíritu cristiano, caballeroso y prudente, y con el amor y la voluntad
que siempre ha mostrado hacia el bienestar de esa tierra y sus habitantes.
Los
poderosos motivos de lealtad y fidelidad que expone La Gasca están respaldados
por un profundo conocimiento jurídico e histórico, tal como se detalla en las
páginas 387 a 391. Concluye su argumentación con este apasionado párrafo:
"Con
este celo y amor, he sido en esta negociación el mayor solicitador que sus
mercedes han tenido. Decidí poner mi persona en riesgo por salvar la vida de
ustedes, y arriesgar mi vida para proteger la suya, convencido de que, si esta
jornada termina bien, regresaré a España con alegría. De no ser así, me
consolaré al saber que he cumplido, tanto con Dios como cristiano, como con mi
Rey en mi deber de vasallo, y con su merced en lo que es más próximo y natural.
Y si Dios me lleva en esta lucha, lo haré siguiendo a Él y a mi príncipe,
tratando de hacer el bien y de apartar el mal de mis semejantes. Por tanto, es
justo que se escuche lo que digo: solo en esto deseo que sus mercedes me paguen
lo que me deben".
Esta
conmovedora carta de La Gasca fue redactada en Panamá el 26 de septiembre de
1546 y entregada junto con la del Emperador a Pedro Hernández Paniagua,
residente de la ciudad de Plasencia en Panamá. Dos meses después, el 28 de
noviembre de 1546, en una nueva misiva a Pizarro, La Gasca menciona que había
recibido un respaldo de 61 personalidades de la tierra instándole a regresar a
España. En esta carta, justifica brevemente su misión, afirmando que, sin
obligación alguna, mostró y proporcionó copias auténticas de las provisiones
que había recibido de Su Majestad a sus enviados, el general Pedro de Hinojosa
y Lorenzo de Aldana, indicando que no se extendería más porque ya había
manifestado todo lo que podía en la carta enviada con Pedro Hernández Paniagua.
La
Gasca contaba con información muy detallada sobre lo ocurrido en Perú, gracias
a un pasajero que llegó de allí cuando estaba a punto de partir. Este relato,
escrito en 1546, después de agosto, narra el estado de ánimo de Gonzalo Pizarro
tras el vil asesinato del Virrey, cuya cabeza fue exhibida en una pica en la
plaza de Cusco. La violencia y el caos generados por sus seguidores sembraron
el miedo y el terror entre la población, dejándola en un estado de
amedrentamiento tal que hasta los obispos se sentían obligados a complacer y
servirle. Al tiempo de mi partida de Lima, el obispo de esa ciudad esperaba la
llegada de Gonzalo Pizarro para consagrar al de Cusco en su presencia.
El
poder absoluto que Pizarro ejercía sobre la tierra y el terror que infundía en
los habitantes lo rodeaban de tal majestad y autoridad que algunos de sus
soldados afirmaban: "¿Qué le falta a este hombre? Solo le falta
coronarse". Mi entendimiento sobre las intenciones de Gonzalo Pizarro y de
sus partidarios es que, si Su Majestad no lo nombraba gobernador, no se someterían
a su servicio ni obediencia por el camino de la benevolencia y la clemencia que
Su Majestad ordena, sino que sería necesario recurrir al rigor y la fuerza para
someter a esa tierra y liberarla de su tiranía, coincidiendo con lo manifestado
por el Duque de Alba en la mencionada sesión del Consejo.
Como
conclusión, puedo citar unas palabras que sus seguidores afirmaban haber
escuchado a Pizarro: "No me busque el Rey con trucos, que juro a Nuestra
Señora que, si no envía todo como deseamos, se desbordará todo y le costará
triunfo", insinuando que había buenos quintos en juego. Asimismo, he oído
a sus capitanes, especialmente al capitán Martín de Robles y a su hermano,
quien fue nombrado alguacil mayor de Lima, decirlo en la plaza pública, de
manera desvergonzada.
Si el
gran Duque de Alba se había apartado de su opinión debido a las dificultades
insuperables que suponía la creación de una poderosa escuadra para una empresa
tan lejana y peligrosa, este pasajero desconocido concluía su extenso argumento
sugiriendo una solución más directa: "Tengo por cosa fácil el allanamiento
de la tierra por este camino, hecho Su Majestad señor de la mar del sur, como
fácilmente se podría hacer mandando a Su Majestad que construya navíos en la Nueva
España, los cuales, por la abundancia de recursos y otros materiales que allí
se encuentran, podrían ser fabricados con gran prontitud."
Como
veremos, La Gasca adoptó un enfoque más decisivo, sencillo y económico al
ganarse, sin lucha, a toda la escuadra de Pizarro, junto a sus capitanes y
soldados. Pronto Pizarro se daría cuenta de que la captación de voluntades,
emprendida por La Gasca desde el primer instante, tenía como objetivo principal
asegurarse el apoyo de los capitanes de su flota. Es precisamente Pizarro quien
nos proporciona la pista para comprender este proceso.
En una
carta fechada en Los Reyes el 8 de abril de 1547, dirigida a Benalcázar,
Pizarro menciona: "Desde hace muchos días no he recibido noticias del
capitán Hinojosa ni de los que están allí. Sospecho que ha ocurrido algún
desastre y que el licenciado de La Gasca ha tomado el control de la armada con
alguna estrategia." Ante la posibilidad de perderlo todo, Pizarro minimiza
su importancia, argumentando que la verdadera fuerza militar en el Nuevo Mundo
reside en la tierra, y nunca mostró demasiada preocupación por aumentarla. A
pesar de ello, contaba en Lima con diez navíos y en Los Reyes con dos galeones
grandes y una galeota de veinte remos, lo que facilitaba un rápido incremento
de su fuerza para confrontar a sus enemigos.
A
continuación, Pizarro ofrece una detallada estadística sobre el ejército de
tierra: "En Lima hay en este momento dos mil hombres, que son los que
vuestra señoría conoce de esta tierra. El maestre de campo, Francisco de
Carvajal, se encuentra en Guamango con trescientos veinticinco hombres, que
trajo del desbarato de Centeno y Lope de Mendoza. En la casa de munición de
Lima tengo mil ochocientas picas y setecientos arcabuces, sin contar los de los
soldados ordinarios, mil setecientas celadas y doscientos cincuenta coseletes
que se fabricaron en el Cusco y Jauja, además de cien arneses y coseletes de
España y mil caballos listos para la guerra. He enviado al sargento mayor, Juan
de Silveira, para que en el Collao y Charcas reúna a la mayor cantidad de gente
posible, lo mismo que a los tenientes del Cusco, Charcas y Arequipa. Vuestra
señoría puede confiar en que nos reuniremos en total cinco mil hombres."
Así, termina advirtiendo sobre las intenciones de La Gasca y su firme voluntad
de resistir.
No es
mi intención seguir al Licenciado La Gasca paso a paso desde su llegada a
América hasta su regreso tras lograr la pacificación del Perú. Por ello, he
seleccionado la carta que escribió desde Tumbes el 11 de agosto de 1547 a D. Francisco
de los Cobos. Esta misiva abarca los eventos desde su partida de Taboga el 12
de abril. En ella, describe las dificultades marítimas que enfrentó en el mar
del Perú para llegar a sus costas, junto a sus dieciocho naos y la galeota,
donde viajaban el obispo de los Reyes, el general Pedro de Hinojosa y Diego
García de Paredes. Finalmente, llegaron al amanecer del 27 de abril a la isla
Gorgona. Dado que las demás naos no habían arribado, y estando ya provistos de
agua y leña, partieron el 30 de abril en la galeota, con 40 o 50 hombres, hacia
la bahía de San Mateo para comenzar a enviar cartas y despachos de Su Majestad,
intentando ganar la tierra para su servicio.
Desde
San Mateo, llegaron al puerto de Manta el 31 de mayo, donde recibieron la
alentadora noticia de que muchos otros puertos ya estaban bajo el mandato de Su
Majestad y que antes estaban al servicio del virrey, temiendo la posible
llegada de Pizarro. La narración continúa con los incidentes ocurridos en
Trujillo, donde Lorenzo de Aldama comenzó a enviar despachos a todos los
pueblos del Perú con las últimas disposiciones de Su Majestad. Esta tarea de
captación de voluntades y de infundir ánimo ante las amenazas de Pizarro lo
llevó hasta la ciudad de Quito, enfrentándose a las difíciles circunstancias
allí, incluyendo la muerte y descuartizamiento del representante de Pizarro,
Pedro de Puelles.
Durante
este período, todas las naves que habían zarpado de Tabeza lograron reunirse
nuevamente, aunque se encontraban en un estado lamentable y con gran parte de
la tripulación enferma. Ante esta situación, se tomó la decisión de dejar a una
porción de los enfermos en Manta, bajo el cuidado de Diego Méndez.
Para
atender a los convalecientes, se les proveyó con diversos suministros traídos
de España, incluyendo vino, pasas, almendras, azúcar y algunas medicinas. A
Diego Méndez se le encomendó una tarea adicional: cuando pasaran por allí los
caballos, debía enviar a aquellos enfermos que estuvieran en condiciones de
viajar, aprovechando las bestias como medio de transporte.
Finalmente,
el 30 de junio de 1547, llegaron a Tumbes, donde encontraron a varios capitanes
y a gente que ya había reconocido al Rey, quienes trajeron provisiones, ya que Tumbes
era muy estéril. Pasaron días en interminables deliberaciones sobre la ruta a seguir,
recibiendo nuevos informes sobre la situación de aquellos que se ponían a sus
órdenes.
A Tumbes
llegaron noticias sobre Gonzalo Pizarro: al enterarse de que Lorenzo de Aldama
y los que lo acompañaban se dirigían al puerto de Lima, había echado a fondo
todos los navíos que allí había para evitar que esa armada los capturara. Como
su maestre de campo, Francisco de Carvajal, desaprobó este acto, Gonzalo
Pizarro regresó a Lima, donde hizo alarde de contar con 800 hombres y envió a
reclutar más soldados al Cusco y Charcas. De forma irónica, La Gasca comenta en
su relación que Pizarro habría reclutado un número mayor de hombres si no
hubiera descuidado este aspecto, pensando que La Gasca regresaría a España
desde Panamá y que pasarían al menos dos años antes de que Su Majestad
proveyera lo necesario para la guerra, tiempo más que suficiente para su
reclutamiento.
Ante
las nuevas noticias de los preparativos de guerra por parte de Gonzalo Pizarro,
La Gasca resolvió, como medida eficaz, acortar el tiempo y elegir el camino más
corto para enfrentarse al ejército enemigo del emperador. Durante estos
eventos, Pizarro envió a Antonio de Robles al Cusco para reclutar más hombres a
su favor. Sin embargo, mientras este cumplía sus órdenes, Diego Centeno llegó a
Cusco con sus hombres y tomó la ciudad en nombre de la ley, capturando y
destruyendo a Antonio de Robles. Este desastre obligó a Pizarro a tomar la
decisión de abandonar Lima y dirigirse al Cusco, adoptando medidas urgentes,
entre las cuales destacó la requisa de 1,500 caballos, yeguas y mulas de Lima y
su región, así como un impuesto de oro y plata a los mercaderes y vecinos que
no podían ir a la guerra.
Además,
mandó a Juan de Acosta con 300 hombres para que marchara hacia el Cusco por el
camino de la sierra, mientras Gonzalo Pizarro se preparaba para dirigirse al Cusco
por el camino de los llanos. La Gasca relata lo que ocurrió a continuación:
"Ya partido Juan de Acosta y estando Gonzalo Pizarro preparándose, el 12
de julio entraron Lorenzo de Aldana y los capitanes Mexía, Palomino y Juan de
Illanes en la fragata, disparando la artillería que llevaban, la cual resultaba
muy buena y abundante para esta mar. Esto confundió a Gonzalo Pizarro y a sus
partidarios, a la vez que animó a aquellos que deseaban servir a Su Majestad y
liberarse de aquella tiranía y cruel servidumbre."
El 17
de julio, viendo que su gente empezaba a desertar, Pizarro partió de Lima rumbo
al Cusco, atravesando Los Llanos. Una vez que abandonó la ciudad, se alzó la
bandera real y se restauró la justicia en nombre de Su Majestad en Lima, con gran
alegría de sus habitantes, quienes ahora obedecían al Rey tras haber soportado
una dura y cruel servidumbre.
Mientras
tanto, en Tumbes, en medio de nuevos consejos con los capitanes, cuyo número
seguía aumentando, el 18 de agosto llegó una noticia alentadora: Diego Centeno,
con 46 hombres, había tomado el Cusco el día anterior, durante la víspera del
Corpus Christi. Centeno había derrotado a los 270 hombres que Pizarro tenía en
la ciudad y restablecido la autoridad del Rey.
La
situación en Tumbes avanzaba rápidamente; la mayoría de la gente ya había
partido, y los pocos que quedaban lo harían en tres días. Era inevitable que
dos adversarios que se buscan terminen enfrentándose, a menos que algo mayor lo
impidiera. Esta vez, no hubo tal impedimento, y el enfrentamiento se desató,
como se relata en la carta que La Gasca envió desde Cusco a don Francisco de
los Cobos el 3 de mayo de 1548.
Después
de pasar varios meses en Andahuaylas, el 9 de marzo, gran parte del ejército
abandonó el campamento, incluido el general. El 11 partieron los obispos de
Lima y Quito, así como Benalcázar y Diego Centeno, dejando al mariscal Alonso
de Alvarado y a Pedro de Valdivia a cargo de conseguir indios para las cargas.
A pesar de dejar muchas pertenencias y avanzar de manera ligera, no lograron
salir todos juntos.
En un
plan estratégico diseñado en Avanteo, se construyeron varios puentes sobre el
río para confundir al enemigo y evitar que descubriera el camino hacia el Cusco.
Se decidió pasar por Cotabamba, donde el ascenso a la sierra era más favorable,
y en secreto se construyó un puente en esa zona. Con gran esfuerzo, el puente
quedó listo a principios de abril, permitiendo al ejército cruzar, excepto la
caballería, que tomó nuevas posiciones. Sin embargo, los espías de Pizarro
descubrieron la construcción del puente y las maniobras del ejército.
Por
primera vez aparece en los relatos el nombre de Xaquixaguana, a cinco leguas
del Cusco y cerca del puente utilizado por el ejército. Un incidente precipitó
los acontecimientos: al enterarse Pizarro de la cercanía de La Gasca, envió a
Juan de Acosta con 120 arcabuceros y 30 jinetes para destruir el puente.
Pizarro salió apresurado del Cusco para defender su posición y se estableció en
Xaquixaguana.
La
noche del 4 de abril, todo el ejército cruzó el puente. El 5 de abril, los
capitanes Diego Centeno y Pedro de Cabrera, con 100 hombres, se encontraron con
Juan de Acosta, que venía con 300 soldados y más de mil indios. Centeno y
Cabrera, creyendo que Gonzalo Pizarro avanzaba con todas sus tropas, dieron la
alarma en el campamento de La Gasca. Sin embargo, al retirarse de forma
ordenada, se dieron cuenta de que solo eran 300 españoles, y el resto eran
indios.
Los
días 6, 7 y 8 transcurrieron en pequeñas escaramuzas y en acercar posiciones,
mientras ambas fuerzas se preparaban para el enfrentamiento decisivo, ocupando
los lugares más estratégicos y seguros.
Finalmente,
en la mañana del 9 de abril, todo estaba listo para la batalla. La artillería
de La Gasca fue colocada en posiciones estratégicas para causar desorden en las
filas de Pizarro, cuyos hombres comenzaron a desertar en masa. La escasa
artillería de Pizarro resultó completamente ineficaz. Garcilaso y otros
aconsejaron no dar batalla ese día, creyendo que la mera proximidad del
ejército de La Gasca haría que Pizarro se disolviera sin necesidad de un
combate abierto. Aunque había temor de que Pizarro huyera esa noche, decidieron
esperar para ver si se sumaban más deserciones a su favor.
Cuando
Gonzalo Pizarro y su maestre de campo vieron que sus tropas comenzaban a
dispersarse, intentaron avanzar hacia nuestras posiciones manteniendo su
formación. Al percatarse de esto, nuestras fuerzas avanzadas y flancos
comenzaron a acercarse a ellos y a disparar, lo mismo hizo nuestra artillería.
Todo nuestro ejército, con paso firme y resuelta determinación, se lanzó hacia
ellos. Solo con esto, los enemigos se desmoronaron; como hombres perdidos y
enfrentados a quienes Dios apoyaba, muchos emprendieron la huida, entre ellos
Francisco de Carvajal, cuyo caballo cayó en una ciénaga y fue capturado por
Martín de Almendras. Gonzalo Pizarro y sus capitanes ni lograron pelear ni
escapar, y así fue apresado por Villavicencio, sargento mayor de nuestro
ejército, junto con Joan de Acosta, el bachiller Guevara y Francisco Maldonado,
quienes habían sido capitanes de Pizarro.
He
preferido dejar que el licenciado La Gasca nos describa la batalla de Xaquixaguana,
librada el 9 de abril de 1548, una victoria que puso fin a una situación
lamentable. Gonzalo Pizarro, una vez capturado, fue presentado ante La Gasca,
representante del Emperador, quien, tras dar las instrucciones necesarias al
ejército vencedor, lo recibió.
Con
las armas ya silenciadas, la justicia comenzó a imponerse en el mismo campo de
batalla. Aunque La Gasca contaba con un Breve Pontificio que le permitía juzgar
casos criminales, incluso aquellos que implicaban la pena de muerte, decidió
delegar estos asuntos al mariscal de campo y al licenciado Cianca, en respeto a
su hábito religioso. La Gasca atribuyó el éxito de la jornada a la intervención
divina y al Emperador, quien, en su magnanimidad, concedía perdón a aquellos
que abandonaban la rebeldía. El resultado fue un derramamiento mínimo de
sangre: del lado del ejército realista solo murió un hombre, y de los enemigos,
no más de 45. Esto, a pesar de que en ambos bandos había 1.400 arcabuceros, 17
piezas de artillería y más de 600 jinetes, además de una considerable cantidad
de piqueros.
En
otro pasaje, La Gasca describe la preparación para el combate, mencionando que
su ejército contaba con un escuadrón de infantería compuesto por 300 piqueros y
400 arcabuceros, apoyados por 220 jinetes. Otro escuadrón estaba integrado por
200 piqueros, 300 arcabuceros y 150 jinetes, bajo el mando del adelantado
Benalcázar, además de otros 50 jinetes al mando del capitán Alonso de Mendoza.
En total, se disponía de 1.500 soldados de infantería y 450 de caballería.
Gonzalo
Pizarro, como se mencionó anteriormente, cuando partió de Lima hacia Cusco,
planeaba reclutar 6.000 hombres entre españoles e indios. Sin embargo, el día
de la batalla, ya había sido abandonado por los indios y gran parte de sus
tropas.
La
noche del 9 de abril, el mismo día de la victoria sobre Pizarro, La Gasca,
acompañado por el obispo de Lima, un general, el mariscal de campo y el
licenciado Cianca, acordaron impartir justicia de inmediato en el propio campo
de batalla. Tras tomar las confesiones y recabar la información sobre los
delitos cometidos, decidieron ejecutar a Pizarro y a varios de sus principales
seguidores. Gonzalo Pizarro fue decapitado al día siguiente, el 10 de abril,
por traición, y su cabeza fue expuesta en una pica en la plaza de Lima. La
orden de La Gasca de no descuartizar su cuerpo fue un acto de respeto hacia su
hermano, el Marqués de Pizarro. Francisco de Carvajal, su maestre de campo, fue
ejecutado ese mismo día, y su cabeza fue enviada a Lima, mientras que sus
restos fueron llevados a Cusco. También se ajustició al bachiller Guevara,
capitán de Pizarro.
El 11
de abril se ejecutó y descuartizó al capitán Juan de Acosta, cuya cabeza fue
llevada a Cusco, siendo este el último de los ajusticiados en el campo de
batalla. Ese mismo día, los vencedores se trasladaron a Cusco, donde llegaron
el 12 de abril y fueron recibidos con gran alegría por la población.
Ya
establecidos en la ciudad, La Gasca escribió a todos los pueblos del Perú,
informándoles sobre la gran merced que Dios les había concedido y el alivio que
esto traía a todos. Mientras tanto, la justicia seguía su curso contra muchos
considerados culpables, confiscándose sus bienes. En apenas una semana, se
reunieron grandes cantidades de plata, oro, esmeraldas y ropas, valoradas en
más de 120,000 pesos, de los cuales 40,000 provenían de los quintos de Su
Majestad, ocultos por Gonzalo Pizarro en su marcha de Lima a Cusco.
Para
evitar cualquier sombra de codicia en su actuación, La Gasca ordenó que todo lo
confiscado fuera guardado en una cámara bajo tres llaves: una en poder del
obispo de Lima, otra del de Cusco, y la tercera bajo custodia de Juan de
Cáceres, quien cumplía diligentemente su oficio.
Simultáneamente,
mientras continuaban las ejecuciones, La Gasca nombraba jueces y otros cargos
para pacificar los ánimos y restablecer la justicia. Muchos fueron sentenciados
a galeras en España o al destierro. Además, se reactivaron las labores en las
minas de Charcas, Porco y Potosí, y se cobraron los bienes de los culpables.
Jerónimo Alderete fue nombrado tesorero de las tierras, Esteban de Sosa
contador, y Vicente Monte, veedor.
El 29
de abril, fray Tomás de San Martín, provincial de la Orden de Santo Domingo,
realizó una penitencia pública y disciplinaria a fray Luis, uno de los más
fervientes defensores de Gonzalo Pizarro, quien había llegado a proponer
coronarlo como rey. Como castigo, fue condenado a reclusión perpetua, ayunos
estrictos y penitencias espirituales.
Las
últimas ejecuciones se llevaron a cabo el 2 y 4 de mayo, cuando fueron ajusticiados
Diego de Carvajal y Antonio de Viedma. Las penas de galeras y destierros se
impusieron a muchos más, aunque no hay cifras exactas. Los ejecutados
nominalmente sumaron doce.
En sus
últimos días, La Gasca escribió una carta donde pedía permiso para regresar a
España. Habiendo cumplido su labor de pacificación, expresaba su deseo de vivir
el resto de sus días en paz. A sus cincuenta y cinco años, tras años de arduo
trabajo, La Gasca esperaba poder volver a su tierra natal, habiendo ya sentado
las bases para la paz y el orden en el virreinato.
Sin
embargo, pese a su optimismo, La Gasca sabía que era difícil mantener la
cohesión en un ejército sublevado. La inacción y el paso del tiempo eran sus
mayores aliados para sembrar el derrotismo entre los insurgentes, mientras él,
con paciencia y sangre fría, desconcertaba a un impulsivo y desafiante Gonzalo
Pizarro.
Existen
dos fuentes que confirman la estrategia de preparar los ánimos antes de la
batalla: una proviene del Arcediano del Alcor, quien lo escuchó directamente de
La Gasca, y otra de una carta en la que ofrece valiosas noticias sobre los
acontecimientos. El Arcediano dice lo siguiente:
“El
licenciado La Gasca, antes de llegar a tierra firme, supo en Santa Marta sobre
la muerte del virrey Blasco Núñez. Sin mostrar turbación, continuó su camino
hasta Nombre de Dios, que encontró ocupada por las tropas de Gonzalo Pizarro.
Sin ningún temor, ingresó en la villa y luego siguió hasta Panamá, donde se
encontró con el general de Pizarro y su armada. A pesar de la hostilidad, La
Gasca comenzó a conversar amablemente con ellos, ganándose su confianza.
Pronto, todos empezaron a apreciarlo, lo que permitió que compartieran comidas
sin recelo alguno.
Mientras
tanto, en secreto y con gran discreción, La Gasca envió cartas a diversas
ciudades y personas del Perú, utilizando clérigos, religiosos y otras figuras
para que llevaran sus mensajes. Estas cartas tuvieron un efecto notable, pues
ofrecían el perdón por las culpas pasadas e instaban a los destinatarios a
abandonar la rebelión en la que estaban envueltos. En pocos días, el Perú se
vio inundado de estas misivas, aunque Gonzalo Pizarro y sus ministros castigaron
severamente a muchos mensajeros, llegando incluso a matarlos o torturarlos por
llevar estas cartas.
La
Gasca también supo que, en Nueva España, Nicaragua, Popayán y el Nuevo Reino
existía una fuerte inclinación a seguir la rebelión de Gonzalo Pizarro, ya que
lo que ocurría en Perú afectaba a estas regiones. Por ello, escribió a estas
tierras, aparentando que solo informaba sobre la clemencia y justicia del rey,
y de cómo este deseaba que los indígenas fueran devueltos a sus legítimos
dueños. En realidad, buscaba alejarlos de la influencia de Pizarro y atraerlos
de vuelta a la lealtad hacia el rey. Esta estrategia también tuvo gran éxito.
Desde el final de julio hasta principios de diciembre, La Gasca se ganó a
muchos de los seguidores de Pizarro, quienes estaban en tierra firme con la
armada en el Pacífico, logrando que se le entregaran junto con las
embarcaciones y sus tripulaciones.
Reunidos
todos los navíos que tenía por aquellas aguas, La Gasca envió tres barcos con
capitanes y trescientos arcabuceros, además de una fragata, para reforzar la
lealtad al rey en Perú. Finalmente, partió con 20 navíos y una galera que había
hecho construir en 45 días, enfrentando las dificultades propias de la
navegación de la época. En cuatro meses, llegó a Tumbes, en la costa del Perú,
aunque perdió a muchos de sus hombres durante el viaje, y los sobrevivientes
estaban tan debilitados que apenas eran útiles. Tras recibir algunos
suministros de los habitantes de la región, se puso en marcha, recorriendo
cerca de 400 leguas hasta llegar a las inmediaciones del Cusco, donde Gonzalo
Pizarro y sus tropas ya lo esperaban para darle batalla.
No es
que el Arcediano del Alcor necesite confirmación de otros autores, ya que todo
lo relativo a la campaña en Perú lo conoció de primera mano a través del propio
La Gasca. No obstante, es oportuno, antes de relatar el encuentro con el
ejército de Pizarro, apoyar su relato con una carta del mismo don Pedro La
Gasca, en la que responde a un escritor que había presentado estos hechos de
manera distinta. Dicho escritor era Francisco López de Gómara, quien, según el
Arcediano, había escrito una obra sobre las Indias en 1552 que hasta ese
momento era la mejor.
La
Gasca admite que el libro de Gómara fue mostrado al rey, y aunque no conocía
personalmente al autor, creía que era un hombre deseoso de decir la verdad. Sin
embargo, como no había estado ni en Perú ni en Tierra Firme, algunas de sus
afirmaciones eran incorrectas. La Gasca enumera varios ejemplos, entre ellos la
afirmación de Gómara de que Gonzalo Pizarro no ocupó las propiedades reales
hasta que supo que la armada estaba bajo su control. Esto, dice La Gasca, es
completamente falso, ya que Pizarro se apoderó de las propiedades reales en
1545, apenas entró en Lima y asumió la gobernación, mucho antes de tener
conocimiento sobre la armada en abril de 1547. Asimismo, su maestro de campo,
Francisco de Carvajal, hizo lo mismo en las Charcas, Cusco y Arequipa."
La
carta de La Gasca, escrita cuando ya era obispo de Palencia el 23 de agosto de
1553, está dirigida al Magnífico Señor Guillermo Malines, con quien mantenía
correspondencia frecuente. En ella, el Pacificador del Perú aclara que hubo
errores en lo que se informó a Gomara sobre Diego García de Paredes. La Gasca
especifica que, cuando él salió de Nombre de Dios el 11 de agosto, García de
Paredes aún no había llegado, lo cual ocurrió a finales de enero. Al arribar,
García de Paredes, junto con Pedro Cabrera, lo apresó bajo la sospecha de que
no venía con la intención de servir a Su Majestad.
El
siguiente párrafo de la carta ofrece mayor interés: La Gasca asegura que se le
informó erróneamente sobre la llegada de los procuradores de Gonzalo Pizarro a
Panamá, que supuestamente lo habrían puesto en una situación de miedo. Sin
embargo, afirma que para cuando el primer procurador llegó, ya tenía cuatro quintas
partes de la gente de su lado y podría haber sometido al resto por la fuerza.
Sin embargo, evitó el derramamiento de sangre, motivado tanto por su hábito
religioso como por el deseo de resolver el conflicto pacíficamente, lo que
finalmente logró en tres días. Además, relata que uno de los procuradores,
temiendo ser castigado, destruyó la instrucción que traía contra La Gasca la
misma noche que desembarcó, mientras que el segundo fue capturado en alta mar
después de que todo Panamá ya había sido sometido al servicio de Su Majestad.
Estos
detalles son los más relevantes de la carta, donde La Gasca también menciona
que, para evitar errores por falta de memoria, había extraído estos datos de
los informes que envió al Consejo de Indias y a Francisco de los Cobos en el
momento en que ocurrieron los hechos. La misiva concluye con una reflexión
personal: “De mí no tengo que hacer saber a vuestra merced, sino que, Dios sea
loado, quedo con salud, atendiendo a los asuntos de esta iglesia y obispado,
aunque entiendo bien lo poco que hago”.
Al
analizar las acciones de La Gasca, vemos cómo, tras su llegada a Panamá, dedicó
cinco meses a una cuidadosa táctica de captación de los rebeldes, que culminó
en la rendición de la flota de Gonzalo Pizarro anclada en Panamá. Este logro
permitió sofocar la rebelión sin derramamiento de sangre o, al menos,
minimizándolo.
Sin
embargo, Gonzalo Pizarro, impulsado por su orgullo herido y su temperamento
impetuoso, no comprendió el plan de La Gasca y, en un acto desesperado, decidió
jugárselo todo en una batalla. Finalmente, el 9 de abril de 1548, La Gasca dio
la orden de avanzar a su ejército, considerado el mejor que se había visto en
el Perú. Cerca de Cusco, en el valle de Zaquixaguaco, los ejércitos se
encontraron, pero la imponente formación de las tropas de La Gasca desmoralizó
a los hombres de Pizarro, quienes, sin apenas combatir, se pasaron al enemigo.
Pizarro no tuvo más opción que rendirse.
¿Fue
La Gasca duro en la represión? El Arcediano del Alcor, bien informado por el mismo
La Gasca, proporciona las cifras: con la muerte de solo diecisiete hombres en
el campo de batalla, La Gasca desbarató a Gonzalo Pizarro y llevó a cabo la
justicia. Se ajusticiaron a 48 líderes rebeldes, se condenó a galeras a 360
hombres y se desterró a 700 más del Perú.
El 6
de noviembre de 1567, encontrándose gravemente enfermo en Sigüenza, Pedro de la
Gasca redactó su testamento. Fallecería pocos días después, el 10 de noviembre,
a las 4 de la mañana. En su testamento, justificó la fundación de 12 capellanías
en La Magdalena de Valladolid y explicó que durante su tiempo en la
pacificación del Perú no celebró misa, afirmando: "pareciéndonos que,
tratando en cosas y negocios de tanta sangre, era cosa no decente
celebrar".
Esto
nos lleva a preguntarnos: ¿fue La Gasca implacable en la represión? De lo que
sabemos y de sus propias intenciones, es evidente que él buscaba evitar
enfrentamientos sangrientos mediante la captación de voluntades. Así, una
represión violenta no estaba en sus planes. Sin embargo, ¿tuvo que recurrir a
ella, a pesar de sus deseos? Para responder adecuadamente, es necesario
analizar las fuerzas que combatieron en ambos ejércitos y considerar su
carácter sacerdotal, que probablemente le aumentó los remordimientos.
Sabemos
que Gonzalo Pizarro planeaba reunir un ejército de cinco mil hombres, incluidos
indígenas. La Gasca, por su parte, contaba con 1.500 infantes, 450 de
caballería y 11 piezas de artillería. Según los registros, se ejecutaron a 12
personas y se condenó a galeras a 360 más, mientras que más de 700 fueron
desterrados. Aunque algunas fuentes mencionan un número mayor de ajusticiados,
llegando a 48, debemos considerar que, dadas las prácticas militares de la
época, la represión no fue especialmente dura.
El 3
de mayo de 1548, La Gasca creía que en pocos meses lograría pacificar
completamente el territorio y que pronto podría regresar a España para
disfrutar de un merecido descanso. Sin embargo, la pacificación completa y la
eliminación de las fuerzas rebeldes exigieron más tiempo del previsto. Esta
prolongación, no obstante, le permitió reunir, sin tocar los recursos del rey,
los fondos necesarios para cubrir los costos de la guerra, que ascendían a
900.000 ducados. Una vez pagada la deuda, aún quedaron 400.000 ducados para la
Corona.
Tras
llevar a cabo el castigo y reorganizar el territorio, La Gasca repartió las
rentas vacantes. En un solo día firmó concesiones por un millón cuarenta y tres
mil castellanos a aquellos que habían servido al rey. Para los que no pudieron
recibir encomiendas de indios, solicitó que los beneficiados aportaran dinero
en compensación. Con este asunto resuelto, se trasladó a Lima, donde estableció
la Audiencia con gran reputación. Proveyó corregidores a las provincias,
restauró la justicia y el orden, y se ganó el respeto y temor de los habitantes
de la región. Permaneció allí un año y medio, durante el cual, con los bienes
confiscados, los quintos reales y otras contribuciones, recaudó más de dos mil
millones de oro y plata, antes de partir hacia Tierra Firme.
El
Arcediano del Alcor resalta un aspecto crucial del proceder de La Gasca: nunca
se encargó personalmente de manejar un solo maravedí de los fondos del rey.
Siempre delegaba la administración a los oficiales reales, quienes rendían
cuentas directamente. Incluso, cuando regresó a España, no tenía en su poder ni
el valor de medio real. Además, organizó el transporte del tesoro a Sevilla con
una eficiencia tal que, en vez de costar los 120.000 ducados habituales, el
traslado se realizó por solo 7.000.
Con un
pie ya en la nave que lo llevaría de regreso a España, La Gasca escribió una
carta al Consejo de Indias desde el puerto de Lima el 6 de diciembre de 1549.
Su estancia allí se había prolongado durante un año y medio, según indica el
Arcediano. Esta carta es notable, ya que detalla las cantidades de oro y plata
que había reunido para enviarlas al Emperador, ofreciendo curiosos pormenores
al respecto.
El 9
de noviembre de 1549, partieron del puerto de Lima cuatro navíos que
transportaban diecisiete cajas de plata, las cuales había llevado Pedro de
Hinojosa. Al día siguiente, el arzobispo, los oficiales y el propio La Gasca
regresaron a Lima para organizar el envío de toda la plata que quedaba en la
ciudad para Su Majestad. Comenzaron a extraerla de las cajas, que estaban
aseguradas con cuatro llaves.
Omitiendo
el interesante episodio narrado por Juan Pérez de Guevara sobre las
exploraciones realizadas años atrás por el río de La Plata y el Paraguay, es
importante mencionar la carta escrita el 9 de octubre en Potosí por el
Licenciado Polo, corregidor de las Charcas. En ella, informaba que ya había en
la caja de Su Majestad ochenta mil pesos, reunidos desde la partida de Pedro de
Hinojosa. Además, La Gasca escribió al Cusco y a otros lugares, instando a que
enviaran cuanto antes lo que estuvieran recogiendo a los oficiales de Lima.
La
cantidad de oro recolectada fue significativamente menor, como él mismo
explica: "Quedan poco menos de cincuenta mil pesos en una caja de cuatro
llaves en Lima, en oro, los cuales no se envían por esperar otra partida de oro
que se trae de Quito. No creo que todo ello pase de setenta mil pesos, porque
como es tanta la riqueza de las minas de plata, se olvidan de las de oro;
aunque son muchas, no generan tanta ganancia. Así, se ha recolectado poco oro,
el cual llevaré yo al regresar, o enviaré en un navío que partirá en
breve."
Los
siguientes párrafos, por la gran cantidad de datos que contienen, no pueden ser
resumidos, y el único modo de presentarlos de manera clara es citarlos
textualmente: "En estos días continuó el pesar y contar la plata que había
de Su Majestad en Lima. Y el primero de diciembre se concluyó de pesar y contar
toda la plata que hasta ese día había en la hacienda de Su Majestad en Lima, la
cual estaba en casas de cuatro llaves, cada una custodiada por el arzobispo y
tres oficiales reales. Se hallaron, en total, mil trescientas sesenta y ocho
barras y tres tejuelas, además de media plancha. Las novecientas treinta y
nueve barras, tres tejuelas y media plancha estaban ensayadas, marcadas y
contramarcadas con la contramarca que señaliza el oro y plata de Su Majestad,
mientras que las cuatrocientas veintinueve barras estaban por ensayar,
igualmente marcadas y contramarcadas. En total, hubo mil trescientos setenta y
dos piezas y media plancha.
Las
ochocientas treinta y nueve barras, tres tejuelas y media plancha ensayadas
pesaron un total de cuarenta y siete mil doscientos ochenta y seis marcos y
siete ochavas y media, que, conforme a la ley correspondiente, valoraron
doscientos veinte mil ciento cuarenta pesos y seis tomines de dos granos; lo
que significa que cada marco, en promedio, se valora en dos mil noventa y cinco
maravedís, alcanzando una cantidad total de dos mil novecientos veinte marcos.
Por
otro lado, las cuatrocientas veintinueve barras por ensayar pesaron veintiún
mil ochocientos veintiséis marcos y cinco ochavas; considerando que cada marco
de estas barras, conforme a lo indicado para los marcos ensayados, equivale a
dos mil noventa y cinco maravedís, su valor asciende a ciento un mil
seiscientos quinientos pesos y seis granos."
Así,
de acuerdo con estos cálculos, el valor total de las mil trescientas setenta y
dos piezas, tanto ensayadas como por ensayar, ascendía a trescientos veintiún
mil setecientos cincuenta y cinco pesos, seis tomines y ocho granos. En total,
estas piezas pesaban trescientos cuarenta y cinco quintales, dos arrobas, seis
libras y doce onzas y media, tal como podrá verificar su señoría a través de la
fe del teniente contador que envío junto a esta documentación. Tras ser contada
y pesada, la plata se almacenó en seis casas con tres llaves cada una.
El 2
de diciembre, la plata fue transportada al puerto de Lima por don Pedro
Puertocarro, Abaga, Rivera, Jerónimo de Silva, y Martín Pizarro Merlo, todos
vecinos de la ciudad, quienes, a su costa y con sus carretas, entregaron las
seis cajas que contenían la plata de Su Majestad en dicho puerto.
En el
último párrafo, se indican los planes para el envío de la plata: el 6 de
diciembre de 1549, dos navíos zarparían con la carga, y el Licenciado La Gasca
partiría poco después. Dejó todo en el Perú en orden, confiando en que el nuevo
virrey designado por el emperador no tardaría en llegar con la armada que había
preparado. La Gasca partió a finales de enero de 1550 hacia tierra firme, pero
al llegar al Nombre de Dios, se encontró en una situación peligrosa con los
Contreras, quienes habían congregado fuerzas en la ciudad de Panamá con la
intención de apoderarse de ella y de las rentas del Rey. Confiados en su
momentáneo triunfo, decidieron atacar al Licenciado La Gasca y apoderarse de
toda la hacienda del emperador. Sin embargo, la providencia guió los
acontecimientos de tal manera que aquellos traidores sufrieron una dura
derrota, resultando en la muerte de noventa y seis de sus hombres (de un total
de 300) y solo once del bando del rey. Finalmente, los navíos se prepararon con
diligencia (los rebeldes contaban con 21) y todos los que habían participado en
la lucha en Panamá fueron muertos, apresados o enviados a las galeras.
Una
vez superada esta grave dificultad, La Gasca dejó el Nombre de Dios con la
hacienda, la mayor que había llegado de América, a finales de mayo de 1550. Sin
contratiempos, llegó a Sevilla el 26 de septiembre de 1550, donde fue recibido
con todos los honores. Los sevillanos y personajes destacados le ofrecieron
cálidas y religiosas felicitaciones, y recibió cartas elogiosas del emperador y
del príncipe don Felipe, quien se encontraba en Alemania con su padre, así como
de los príncipes de Austria, que gobernaban estos reinos.
A
pesar de que la hacienda que traía del Perú era la más fabulosa que se podía
imaginar, La Gasca no se detuvo mucho tiempo en Sevilla. La rapidez en la
entrega del dinero facilitó que los oficiales reales de la Casa de Contratación
pudieran comprobar, admirados, que la ingente cantidad de oro y plata embarcada
en el Perú coincidía hasta el último maravedí con lo que estaban recibiendo en
la Casa de Contratación.
Libre
como un pájaro, el Licenciado La Gasca voló el 10 de octubre a cumplir sus
promesas y votos, dirigiéndose a rezar sus novenas en el monasterio de
Guadalupe. Llegó a mediados de octubre y permaneció en el histórico convento
hasta el 3 de noviembre, día en que salió rumbo a Valladolid. Pasó muy cerca de
donde estaban su madre y hermanas, a quienes no había visto desde que se
embarcó en la aventura del Perú. A pesar del profundo amor materno que sentía,
su excesiva prudencia en cuestiones financieras y el fuerte deseo de evitar
cualquier sospecha en este ámbito le obligaron a silenciar los latidos de su
corazón y dirigirse directamente a Valladolid.
En
aquellos días, la ciudad de Pinciana se ocupaba de la causa del Dr. Egidio o
Juan Gil, propuesto por el Emperador como obispo de Tortosa. Sin embargo, la
Inquisición lo había encarcelado bajo acusaciones de protestantismo, y en ese
momento se encontraban reunidos los consultores del Santo Oficio y once
teólogos, entre ellos el Dr. Blanco de Salcedo, primer canónigo magistral de
Palencia, natural de Capillas y posteriormente célebre obispo en Trento y
arzobispo de Santiago.
Como
el Licenciado La Gasca también era consultor del Santo Oficio, no pudo evitar
participar en las juntas de consejo, las cuales se retrasaron hasta la llegada
del Oidor Don Diego Tavera, quien arribó el 25 de diciembre. Pocos días después
de Año Nuevo, en pleno invierno castellano, entre heladas, lluvias y nieve, La
Gasca pudo finalmente partir hacia su pequeño pueblo de Navarragadilla. Allí
tuvo la alegría de abrazar a sus seres queridos y disfrutar del merecido
descanso.
No
obstante, los acontecimientos se aceleraban. Conocida la llegada del que sería
recordado como el Pacificador del Perú, el Emperador ordenó que se trasladara
urgentemente a Alemania para informarle sobre la situación en Perú y tomar
decisiones sobre asuntos que habían permanecido pendientes hasta su llegada.
Además, su hermano, el Dr. Diego Gasca, le envió desde Valladolid dos cartas,
una de ellas del Inquisidor General, Don Fernando de Valdés, quien le
solicitaba que no partiera hacia Alemania hasta que él llegara a Valladolid, ya
que tenía que comunicarle asuntos muy relevantes para el servicio de Dios y del
Emperador. Para complicar aún más la situación, el 12 de diciembre de 1550
falleció don Luis Cabeza de Vaca, obispo de Palencia. Al enterarse de esta
noticia, el Emperador propuso al Licenciado La Gasca como su sucesor.
Durante
estos días y meses, La Gasca organizó su tiempo y permaneció en su pueblo natal
con su madre y hermanas hasta el 18 de febrero de 1550. Llegó a Valladolid el
21, aguardando la llegada y las comunicaciones que le entregaría el Inquisidor
General. Desde Valladolid, viajó a Aranda en compañía de su hermano, el Dr.
Diego Gasca. En medio de los agasajos y felicitaciones del pueblo, discutieron
sobre el nombramiento de vicario, provisores, oficiales, secretario, y otros
aspectos necesarios para el buen gobierno de la diócesis palentina.
Al
llegar a Barcelona, recibió las bulas de nombramiento, conservando la de
consagración y enviando las restantes a Valladolid, junto con el poder para
tomar posesión de su obispado en Palencia. Durante su estancia de reflexión en
Barcelona, consideró que sería conveniente para su persona y el honor de su
diócesis viajar a Alemania y encontrarse con el Emperador ya consagrado como
obispo de Palencia. Así, preparó todo y fue consagrado en Barcelona el 17 de
mayo de 1551, en la capilla del Palacio Episcopal. La consagración fue
realizada por don Juan de Tormo, obispo de Vich, con la asistencia de don Juan
González de Munebrega, obispo de Tarazona, y don Jaime Cassador, obispo de
Barcelona, todo ello en un ambiente de gran solemnidad y la presencia de
numerosos caballeros.
Pocos
días después de su consagración, el 25 de mayo de 1551, embarcó rumbo a Génova,
acompañado de otros obispos que se dirigían al Concilio de Trento. Finalmente,
el 2 de julio llegó a Augusta (Habsburgo), donde se encontraba el Emperador. A
pesar de su convalecencia tras un fuerte ataque de gota, lo recibió
inmediatamente después de comer, ansioso por conocer detalladamente la
situación del Perú. La Gasca, complacido por la atención, le transmitió su
relato, lo que llevó al Emperador a ordenarle que lo acompañara en sus viajes y
excursiones, y que participara en todos los asuntos de interés que se
presentaran.
La
Gasca permaneció un año en Alemania, regresando a Villamuriel el 13 de marzo de
1553. Sin embargo, abordaremos su labor como obispo de Palencia más adelante.
Antes de concluir su actuación en el Perú, es pertinente incluir como apéndice
final un parecer que La Gasca envió al Rey desde Valladolid sobre las
encomiendas del Perú, un asunto siempre delicado y una clara evidencia de que
don Pedro La Gasca continuó siendo consultado por la Corona en cuestiones
difíciles, siendo su opinión muy valorada.
El
documento, fechado en Valladolid el 27 de abril de 1554, lleva por título
"Parecer del obispo, mi Señor, sobre si los indios del Perú se deben poner
en cabeza de Su Majestad o darse a los encomenderos". Este informe parece
ser un borrador redactado por el secretario del obispo. Dado que el informe es
extenso, resumo su contenido, aunque esto implique ciertas dificultades.
Desde
las primeras líneas, La Gasca aborda directamente el tema central: “Aquellos
que proponen que las reparticiones del Perú se coloquen todas en cabeza de Su
Majestad, argumentando que de esta forma los indios recibirán un mejor trato y
que Su Majestad obtendrá un gran beneficio económico, parecen engañarse en
ambos aspectos. Aunque lo dicen con el mejor de los deseos por el servicio de
Dios y de Su Majestad, se dejan llevar por esta idea sin comprender el estado
en que se encuentran los indios en el Perú, su inclinación, la calidad de las
personas y los beneficios que Su Majestad puede obtener en esa tierra, así como
de dónde proceden”.
La
Gasca procede a hablar sobre la situación de los indios en el Perú y las normas
establecidas para garantizar que las relaciones entre los indios repartidos y
los encomenderos españoles se rijan por la justicia al exigir el pago de los
tributos establecidos. Señala que, en todo el Perú, solo Su Majestad tiene
vasallos y jurisdicción. En cuanto a los encomenderos, los indios son
simplemente arrendatarios obligados a pagar lo que está tasado. En ocasiones,
si consideran que la tasa es excesiva o si durante un año no han obtenido
suficientes frutos para cubrirla, se niegan a pagar hasta que el encomendero
solicita a la justicia que revise la tasa y ordene el pago de lo que se deba.
La
Gasca añade que, gracias a este sistema, los indios viven con libertad y temen
poco a los encomenderos, ya que no dudan en denunciar cualquier abuso o
maltrato ante la justicia, como haría un español contra otro.
La
situación establecida en el Perú entre los encomenderos españoles y los indios
de los repartimientos parecía tan justa y deseada que las consecuencias
derivadas de este sistema llenaban de orgullo a La Gasca, su creador y, al
menos, su principal promotor.
De
este principio, fielmente observado y considerado como una fuente generosa, se
derivaban muchas consecuencias a favor de los indios. Preferían acudir en su
defensa ante particulares, como eran los encomenderos, en lugar de hacerlo ante
los oficiales reales que cobraban los tributos en nombre del rey. Esto
contribuyó a la desaparición de los malos tratos y de las exigencias excesivas
que los encomenderos solían imponer, tratando a los indios casi como esclavos.
En consecuencia, los indios encomendados a particulares vivían con mayor
libertad que aquellos que estaban bajo la autoridad directa de Su Majestad.
Además,
es fácil deducir otras consecuencias de la supresión de los repartimientos a españoles
particulares a partir de la lectura del Informe, al que remito. Cabe señalar
que don Pedro La Gasca había enviado un Informe al Consejo Real de Indias unos
días antes, en el que abordaba las minas que estaban bajo el control de Su
Majestad en el Perú, lo que constituye una nueva prueba del gran prestigio que
seguía conservando ante las más altas instancias indianas.
Compilado
y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez
Comentarios
Publicar un comentario