La Malinche
¿Quién
fue realmente la Malinche? ¿Por qué ocupa un lugar tan importante en la
historia, la identidad y la idiosincrasia de los mexicanos?
La
Malinche es una de las figuras fundacionales de la historia de México, pero su
historia ha estado marcada por polémicas y contradicciones. Intérprete y
compañera de Hernán Cortés, ha sido deificada por algunos y satanizada por
otros, inspirando tragedias, dramas románticos, crónicas, poemas y hasta
caricaturas.
Como
sucede con todo personaje mítico e histórico, es esencial estudiar a la
Malinche de manera periódica, indagar en nuestras raíces, revisar el mestizaje
y replantear sus andanzas, tanto actuales como pasadas, para desentrañar los
múltiples significados de uno de los enigmas culturales más poderosos en México
e Hispanoamérica. Su figura toca fibras tan sensibles que ha sido rodeada por
un halo de sospecha similar al que envolvió a Eva tras su expulsión del
Paraíso; condenada al silencio, se ha convertido en uno de los personajes más
recurrentes en la escritura criolla.
***
La
Malintzin de los códices
Con
mínimas excepciones, la vida de Malintzin-Malinche-Marina-Mariana se ha
construido a partir del testimonio, a menudo escueto y contradictorio, de los
invasores de México que se aprovecharon de ella en beneficio propio. Un ejemplo
de esto se encuentra en las menciones que hace Hernán Cortés en sus *Cartas de
relación*, donde la reduce a ser un mero "factor verbal" o "la
lengua". Esta deshumanización refleja un pasado carente de amor, en el
que, antes de caer en manos de Cortés, ella fue vendida como esclava al menos
en dos ocasiones: primero por sus padres a los comerciantes nahuas de
Xicalanco, y luego por estos a los potonchanes, mayahablantes de Tabasco. Esta
triste biografía no solo la presenta en una luz sombría, sino que también ha
exonerado su supuesta "traición" en algunas hagiografías que intentan
recuperarla para la nación actual. Más seriamente, ilustra la difícil tarea que
implica la emancipación de la mujer mexicana.
Por
otro lado, dentro del mismo grupo de conquistadores, Bernal Díaz del Castillo
la menciona con mucho más respeto, otorgándole un nombre cristiano, Marina, y
el reverencial “doña”. Según esta versión, lejos de ser una esclava de
nacimiento, la Malintzin pagana provenía de un rango social elevado: era hija
de caciques que, según Andrés de Tapia, otro conquistador, habría sido
"hurtada" por unos mercaderes. Se nos informa que, cuando Malintzin y
Cortés regresaron a Tabasco en 1523, ella afirmó ser "de aquella
provincia", y "gran señora y cacica de pueblos y vasallos". Si
esto es cierto, su condición correspondería más bien a la aristocracia indígena
con la que Cortés trabajó en Totonacapan, Tlaxcala, Tepexic y otros lugares que
habían desarrollado y fomentado su hostilidad hacia Tenochtitlan mediante una
diplomacia hábil y eficaz.
Cualquier
intento de resolver estas discrepancias se enfrenta inmediatamente a un gran
problema de taxonomía y terminología político-social, así como a la
discrepancia que existe entre las perspectivas indígena y occidental. Por estas
razones, resulta sorprendente que hasta la fecha no se haya prestado más
atención a las fuentes indígenas que se refieren a Malintzin, especialmente a
los códices que la presentan gráficamente. Sería útil, por ejemplo, contar con
una guía que reúna estas fuentes, que actualmente se encuentran dispersas
bibliográficamente. Anticipando un análisis más comprensivo y detallado, este
ensayo comentará textos representativos de las causas pro y antimexica, es decir,
del imperio de Tenochtitlan y de la alianza que se formó en su contra.
En
primer lugar, es importante señalar que, más allá de cualquier diferencia
política, los testimonios indígenas coinciden en reconocer a Malintzin un
estatus social elevado. Esto otorga mayor razón a Díaz del Castillo que a
Cortés en lo que respecta a su experiencia compartida tras desembarcar en
Chalchicueyecan, Veracruz, en abril de 1519. Aunque ninguna crónica indígena
detalla la vida de Malintzin antes de ese momento crucial, las fuentes
disponibles son claras en cuanto al privilegio e incluso al poder político que
adquirió a partir de entonces.
Sin
embargo, dentro de la tradición indígena, surgen diferencias en el grado de
hostilidad hacia su persona. Como era de esperarse, los textos redactados por
quienes permanecieron leales a Tenochtitlan y a la causa mexica expresan un
fuerte desagrado hacia el comportamiento de Malintzin, así como un vivo
resentimiento por el poder que ejerció junto a Cortés. Por el contrario, los
aliados de Cortés la retratan como una señora indígena ejemplar que sabe operar
y manipular los nuevos valores políticos y religiosos del momento.
Entre
los documentos de la metrópoli hostil, tal vez el más revelador sea el *Códice
florentino*, libro XII, que narra en gran detalle visual y verbal todo lo
ocurrido desde la llegada de Malintzin y Cortés a la costa veracruzana en abril
de 1519 hasta la toma del mercado de Tlatelolco en agosto de 1521. Aunque este
texto es tardío y auspiciado por el fraile Bernardino de Sahagún, y su lenguaje
visual se ve influenciado por conceptos renacentistas, se mantiene notablemente
leal a las prioridades defendidas por Cuauhtémoc. En total, Malintzin es
mencionada ocho veces (a-e son imágenes; b-e corresponden a momentos de la
narrativa en náhuatl; f-h son momentos adicionales de la narrativa en náhuatl).
Una mirada rápida a esta secuencia revela que Malintzin jugó un papel clave.
Ya en
la costa (A), se la presenta como una intermediaria poderosa entre el emisario
de Tenochtitlan y los españoles, quienes, sumidos en su red, escriben
atentamente lo que ella les dicta. Desde la azotea (D), exhibe una notable
prepotencia, que podría resultar chocante para las costumbres locales.
El
comentario sobre su segundo acto de “interpretación” (B), cuyos efectos
políticos ya se hacían sentir, revela una sorprendente preocupación por parte
del emperador Moctezuma. Este, trascendiendo el sexo y la clase social, se
pregunta cómo uno de “los nuestros” (titlaca) podría actuar de manera tan
traicionera: “le entró a Moctezuma al corazón: esa mujer de entre los nuestros
les trajo, interpretó para ellos: yiollo itlan tlaliloc in Motecuçoma: ce
cioatl nican titlaca in quinoalhuicac, in oalnaoatlatotia”. Finalmente, después
de la última batalla (H), el vergonzoso deseo de riqueza material que comparte
Malintzin con Cortés provoca el siguiente intercambio con los vencidos,
reproducido con evidente intención por el historiador mexica:
“Entonces
volvió a hablar Malintzin: ‘Dice el capitán: ‘producirán doscientas piezas de
oro de este tamaño’”, y hizo el tamaño con sus manos, formando un pequeño
círculo. El otro contestó: ‘Tal vez alguna mujercita [ciuatzintli] las metió
debajo de la falda; se buscarán; él las encontrará’”.
En
náhuatl, el insulto sutil dirigido a Malintzin (quien, como intérprete, tuvo
que soportarlo) se vuelve aún más inevitable, ya que el término para oro en esa
lengua es *teocuitlatl*, o "mierda divina".
Como
se sabe, en los años posteriores a la toma de Tenochtitlan, Malintzin continuó
identificándose como compañera del encomendero Cortés. Esto la involucró en
varios pleitos relacionados con vejaciones, agravios, derechos sobre tierras y
tributos en la antigua órbita mexica. Estas disputas, fomentadas en parte por
la Corona en su incipiente intento de debilitar el poder de los encomenderos,
generaron su propia documentación indígena.
Un
ejemplo muy gráfico de la hostilidad mencionada proviene de Coyoacán, el lugar
donde Cortés y Malintzin establecieron su hogar y tuvieron a su hijo Martín.
Este documento se conoce por el elocuente título de “Manuscrito del
aperramiento” y funcionó como una denuncia legal. En él se narra el atroz
ataque canino que sufrieron, encadenados, siete principales del lugar, quienes
evidentemente habían sido convocados a reunirse con Malintzin y Cortés bajo un
pretexto completamente falso.
Sobre
el glifo del coyote de Coyoacán, salpicado de sangre derramada por los
monstruosos mastines europeos, se observa a Cortés haciendo con sus dedos una V
invertida que simboliza “reunión”, mientras que, a su altura, Malintzin
(“Mariana”) despliega un rosario que denota el propósito aparente de la
reunión: la instrucción en la doctrina cristiana. Ambos aparecen como cómplices
igualmente aborrecibles. Además, se culpa a “Andrés de Dabia” (Tapia) de los
siete asesinatos.
En
cuanto a los documentos elaborados por aquellos que decidieron combatir el
poder mexica con la ayuda de Cortés, Malintzin se presenta de manera mucho más
favorable. Los hechos narrados en estos textos difieren en algunos aspectos de
la versión mexica. Los relatos de Totonacapan y Tlaxcala enfatizan los primeros
encuentros entre Malintzin y Cortés, un proceso que Tenochtitlan solo pudo
observar a distancia, a través de emisarios. La entrada de ambos se caracteriza
siempre como apacible, a pesar de lo contrario; Malintzin es descrita como una
conversa principal cuya presencia misma confirma la viabilidad de las nuevas
reglas del juego.
Especialmente
conmovedora es la escena representada en el Mapa de Tepetlán, ubicado al
noreste de Xalapa, entre la costa y Tlaxcala. En este mapa, se ilustra el
camino que viene del puerto Quiahuitzlan (situado arriba, hacia el este), donde
se observa el barco en el que llegaron Cortés y Malintzin. Don Diego Toltecatl
y don Juan Huitzilpopoca salen a recibir a la pareja (fig. 5), mientras que a
un lado se aprecia la palapa provisional de Cortés (ychan marques), aguardando
su llegada formal al centro de Tepetlán y el encuentro con el gran tecutli, don
Pablo Huey Ilhuitl.
Abajo
se representa la reunión previamente organizada por Huey Ilhuitl, en la que
participaron los señores de las cuatro cabeceras de Tepetlán. En esta reunión
se decidió enviar a dos de ellos (Toltecatl y Huitzilpopoca) a dar la
bienvenida a los recién llegados. Se detallan los dos tipos de dádiva o tributo
que ofrecieron: comida en forma de pavos y objetos de valor duradero, como
tejidos y oro labrado. Estas categorías corresponden a las expresiones nahuas
*quitlacualmacaque* y *quitlauhtique* (comestibles y riquezas). El texto,
datado en 1551, debió haber servido para defender terrenos y la economía local.
Elementos
como la indumentaria, el tributo y su numeración, así como los glifos de
personas y lugares, y la representación del espacio en plano y perfil, permanecen
netamente precortesianos. Al mismo tiempo, se introduce la nueva religión
mediante la inclusión de cruces, iglesias y la fecha emblemática de “1519”.
En
este contexto, Malintzin adquiere una gran relevancia. Recibe un tributo de
mayor valor que el de Cortés: ochenta pavos, tres collares de oro y, como ítem
extra, un *tilmatli* o manta. Todo el encuentro se centra en el diálogo entre
ella y Toltecatl, quienes son las figuras más destacadas de la escena y los
únicos que poseen volutas verbales delante de sus bocas. Mientras tanto,
sentado a un lado y con la cabeza vuelta hacia Malintzin, Cortés parece casi un
observador.
Es
fundamental reconocer la lógica indígena de este poco conocido texto de
Tepetlán cuando, siempre acompañados de Malintzin y Cortés, nos dirigimos a
Tlaxcala. Esta región no solo fue fuente de poderosos ejércitos, sino también
de un acervo de textos, entre los que se encuentra el famoso Lienzo, donde
Malintzin aparece hasta dieciocho veces. Al considerar la secuencia cronológica
de documentos en la que se inserta este Lienzo de Tlaxcala, surge la
oportunidad única de recuperar la imagen de Malintzin de forma retroactiva,
observando los cambios sucesivos impuestos al primerísimo ejemplo de la serie.
Conocido
como el Texas Fragment o, preferentemente, el Códice de Tizatlán, este original
apenas ha sido difundido, motivo por el cual se publica en el presente volumen.
Consiste en cuatro páginas de papel indígena que representan cómo fueron
recibidos Malintzin y Cortés al llegar de Totonicapan a Tizatlán, una de las
cuatro cabeceras de Tlaxcala. Exhibe una poderosa lógica interna: los pares de
páginas 1-2 y 3-4 forman unidades según los conceptos respectivos de
“bienvenida al viajero” y “hospedaje”. En ambos casos, el documento recuerda
fuertemente los modelos tradicionales en general, y el Mapa de Tepetlán en
particular, en aspectos como los topónimos del paisaje y las huellas del
camino, la división formal entre tributo comestible y duradero, los glifos
nominales, y el juego entre representación en plano y perfil. Al igual que en
el caso de Tepetlán, la pareja es recibida de manera apacible desde el
principio por un comité representativo de las cuatro cabeceras, siendo Tizatlán
la que tiene el honor de recibirlos, pues es la primera en el camino que viene
de la costa.
Se
sostiene la eminencia de Malintzin en asuntos diplomáticos y materiales. Cerca
de la cascada de Atlihuetzyan, Tepeloatecutli, emisario y homónimo del fundador
de Tizatlán, es el primero en saludar a Cortés, seguido por Xicoténcatl, quien
se presenta bajo la bandera del ejército español. Posteriormente, en la casa de
Xicoténcatl, ambos entran en conversación directa a cada lado de Cortés, quien
asume nuevamente el papel de observador, aunque esta vez desde una posición
central y más dominante.
Respecto
al tributo, Malintzin parece ser la destinataria de los primeros regalos de
comida en el camino, mientras que los principales encargos de alimentos (pavos,
entre otros) y riquezas (tejidos y oro) se distribuyen equitativamente entre
ellos, es decir, no son exclusivamente asignados a Cortés. Es especialmente
interesante observar cómo cada uno recibe cortesías: a Cortés le corresponde la
delegación de los señores de las cuatro cabeceras (Xicoténcatl, Maxistzin,
Tziuhcuacatl, Tleuexolotl), mientras que a Malintzin se le otorga la dádiva de
hijas nobles con sus valiosos tejidos, que en las fuentes españolas se
consideran esclavas y son repartidas entre el sediento ejército.
Malintzin
y Cortés se contraponen en cada página, ella vestida de rojo y él de negro, siempre
mostrando diferencias en su representación: ella a pie y él a caballo, en pie o
sentado. Armonizando con la lógica binaria del texto, Malintzin mantiene la
cabeza erguida o inclinada hacia atrás, mostrando la arrogancia que distingue a
las aristócratas celebradas en ciertos anales precortesianos.
De
acuerdo con la política de los tlaxcaltecas —y su comprensible aversión a pagar
tributo a los conquistadores—, el Códice de Tizatlán tuvo como propósito
documentar la deuda material y política incurrida por los españoles. De hecho,
el tributo que se les otorgó se representa de manera similar a los documentos
que defendían los derechos indígenas ante la Real Audiencia en esos años. Se
organiza según categorías y subcategorías tradicionales, en cantidades contables
y con minuciosas glosas en náhuatl, ocupando una gran parte del segundo par de
páginas.
Con el
tiempo, este texto se incorporó al más extenso Lienzo de Tlaxcala, promovido
por el cabildo en 1552, cuyo objetivo adicional era presentar a los tlaxcaltecas
como conquistadores en derecho propio, ya cristianizados. Se conocen tres
versiones sucesivas, las de Cahuantzin, Chavero (que son muy similares) e
Yllañes. En todas ellas, la narrativa comienza con un gran mapa ritual de las
cuatro cabeceras de Tlaxcala y concluye con las conquistas de Michoacán,
Jalisco, Guatemala y otros lugares más allá del antiguo imperio mexica.
La
inserción de las cuatro páginas del Códice de Tizatlán en el Lienzo alteró su
lógica expositiva original, convirtiéndolas en meras escenas dentro de las
filas de siete que caracterizan este texto posterior. Este desplazamiento
formal se acompaña de una progresiva pérdida de glifos nominales y de la categorización
del tributo, mientras que el juego entre las dos órdenes de espacio (en plano y
en perfil) tiende a ceder a una perspectiva unitaria. El encuentro entre
Xicoténcatl y Cortés se reconfigura, de modo que el estandarte de Cortés cede
espacio al nuevo tema de la cruz. En el códice de 1585, este proceso se
intensifica: el dibujante difumina la línea clara del topónimo Atlihuetzyan y
mezcla las dos categorías de tributo, creando una ilusión de fondo
renacentista. Las figuras humanas, tanto indígenas como españolas, adoptan
poses y gestos importados, confirmando el redondeamiento ya anticipado en la
versión de Yllañes. Además, no solo se desconoce la lógica binaria del Códice
de Tizatlán, sino que se invierte el orden de las antiguas escenas 3 y 4, intercalando
entre ellas otra que refuerza el intruso motivo de la cruz. Finalmente, en el
tardío Códice entrada, donde desaparece toda referencia a la escritura
indígena, la perspectiva general es claramente europea, las pocas glosas están
en español, y se abandona el concepto de escenas enmarcadas en favor de un
cuadro múltiple.
¿Qué
implica esto para la representación de Malintzin? Con la transición del Códice
de Tizatlán al Lienzo de Tlaxcala y del tema del tributo al de la
evangelización, ella es literalmente desplazada por la cruz misma. En lo que
solía ser la segunda salutación en el camino, Cortés y Xicoténcatl se abrazan a
una enorme cruz, relegando a Malintzin a un papel secundario, lo que confirma,
de manera negativa, la interpretación de su significado inicial en la tradición
de textos antimexicas. Cada vez menos relevante para el argumento general, en
la versión de Yllañes su presencia queda aún más oscurecida, interrumpida por
elementos masculinos más dominantes. Su cuerpo, redondeado, se convierte en un
símbolo de "feminidad" según la estética importada, y esta
"feminidad" se convierte implícitamente en propiedad de los nuevos
dueños de la historia. En la época del Códice entrada, su autonomía se
extingue, al igual que el ingenioso contrapunto que la había relacionado con
Cortés. Siempre "dueña" y "doña", se incorpora a conjuntos
sociales cuya disposición y movimiento obedecen al machismo flagrante y
trascendental de la colonia. Con la nueva perspectiva y el efecto de fondo, se
desliza hacia atrás, junto con su mundo indígena antimexica y bonachón, donde
todos parecen ansiosos por complacer y satisfacer el gusto invasor. Así se
establece la premisa básica que todos los cronistas europeos adoptaron desde un
principio.
Malintzin
aparece en las escenas de 1519 tomadas del Códice de Tizatlán y su presencia se
extiende a lo largo de gran parte de la narrativa. Su papel se destaca
especialmente cuando los españoles regresan a Tlaxcala en 1520 y en la
rendición de Cuauhtémoc en 1521. En efecto, la otra entrada a Tlaxcala en 1520,
por las cabeceras occidentales de Quiyahuitzla y Ocotelolco, presenta un notable
argumento: gracias en gran parte a Malintzin, Tlaxcala vuelve a ayudar a los
españoles, quienes, después de la derrota de la Noche Triste, se habían
convertido en un grupo humillado e indefenso.
La
narrativa del Lienzo se extiende aún más en el Códice de Tlaxcala, que
documenta conquistas hasta Nicaragua en el este y California y Zuni en el
noroeste, y que además incluye un capítulo inicial sobre la temprana
evangelización de Tlaxcala. Posterior a las tres versiones del Lienzo, este
códice está vinculado con la visita de Diego Muñoz Camargo y otros tlaxcaltecas
a Madrid en 1585. En el siglo XVII, esta extensa línea de textos alimenta
escenas del muy tardío Códice sobre la entrada de los españoles en Tlaxcala y
los dibujos de Panes, que, sin embargo, solo glorifican lo español según el
gusto colonial, desentendiéndose de toda norma de escritura y representación
indígena.
Dada
la riqueza de la tradición literaria que abarca textos de Tenochtitlan,
Coyoacán, Tepetlán y Tizatlán-Tlaxcala, nuestro análisis se presenta como un
primer paso hacia posibilidades más amplias. En el lenguaje visual tan
elocuente de estas fuentes, la enigmática Malintzin cobra vida con rasgos
reconocibles y profundamente sugestivos, que trascienden las diferencias
políticas internas. Al esclarecer esta imagen a través de una comparación
diacrónica, se corrigen ciertos excesos y omisiones de la historiografía
occidental, proporcionando así una visión más completa y matizada de su figura.
***
LA
MALINCHE, PORTAVOZ DE DOS MUNDOS
Existen
dos versiones principales sobre el origen geográfico de la Malinche, ambas
basadas en datos escasos, fragmentados y a veces contradictorios. La primera,
apoyada por De Las Casas y López de Gómara, sostiene que era originaria de
Jalisco, en el occidente de México. La segunda, defendida por Bernal Díaz del
Castillo y Clavijero, la sitúa en Veracruz. A pesar de la disputa sobre su
lugar de nacimiento, la versión más aceptada es que provino de la región de
Coatzacoalcos, en el actual estado de Veracruz, específicamente de alguno de
los siguientes pueblos: Painala, Olutla, Xaltipan, Tetícpac o Huilotlán. De
hecho, Clavijero, en su Antigua Historia de México, señala a Painala, aunque
este pueblo ya no figura en los mapas actuales.
Algunas
versiones de cronistas, como Fernández de Oviedo, incluso afirman que la
Malinche era de México-Tenochtitlan, actual Ciudad de México, capital del
"imperio azteca". Según esta versión, habría sido llevada a Tabasco
por mercaderes y luego entregada al cacique de esa región de habla maya. Sin
embargo, los argumentos más sólidos que apuntan a su origen en Coatzacoalcos
incluyen una mayor cantidad de fuentes, como el propio Bernal Díaz del
Castillo, testigo de la conquista, que asegura que ella provenía de esa zona.
Otra
prueba a favor de esta teoría es el hecho de que Hernán Cortés, tras la
conquista de México, la entregó en matrimonio al capitán Jaramillo, dotándola
de una encomienda en Huilotlán y Tetícpac, en Coatzacoalcos. También, en 1605,
Fernando Cortés, nieto del conquistador, afirmó que la Malinche era "hija
del señor y cacique de las provincias de Olutla y Jaltipan, cerca de
Guazacualco [Coatzacoalcos]".
En el
siglo XVIII, Clavijero recogió de la tradición oral de la región veracruzana
una versión que sitúa el nacimiento de la Malinche en Painala. Además, la Probanza
de Méritos y Servicios de Doña Marina (1542), un documento clave para entender
muchos aspectos de su vida, incluye testimonios que confirman su origen en
Huilotlán y que Cortés le había otorgado tierras en esa región por ser su lugar
de nacimiento.
Finalmente,
un indicio contemporáneo que refuerza la idea de que la Malinche nació en
Veracruz es la presencia y vitalidad de la "Danza de la Malinche",
una representación carnavalesca de la conquista de México, que aún se celebra
en esa región y en estados cercanos como Oaxaca.
Aunque
resulte difícil aceptar el origen veracruzano de la Malinche, cualquiera de las
versiones aludidas implica que su vida estuvo marcada por la pertenencia a una
zona de transición y por una notable movilidad entre el llamado "imperio
azteca" (en realidad, una confederación) y el área maya. Esta movilidad,
tanto geográfica como social, debió haber sido decisiva en la formación de su
carácter, considerando además que, en la época prehispánica, los traslados se
hacían exclusivamente a pie. Haber crecido en un entorno de constante
movimiento desde su niñez seguramente influyó profundamente en su desarrollo
personal.
En
cuanto a su edad, los datos son escasos y mayormente especulativos. Se cree que
la Malinche murió antes de cumplir 30 años, lo que sugiere que fue entregada
como esclava siendo aún una niña. La fuente más confiable que ofrece
información sobre su edad es la Probanza de los buenos servicios y fidelidad
con que sirvió en la conquista de la Nueva España la famosa Doña Marina (1542).
Este documento indica que Doña Marina regresó de la fallida expedición a las
Hibueras en 1526 y que su esposo, Juan Jaramillo, volvió a casarse en 1527, lo
que fija su muerte entre esos dos años. Por lo tanto, al pasar a manos de
Hernán Cortés, habría tenido alrededor de 15 años, una edad que incluso hoy
sigue siendo común para el matrimonio o el embarazo en algunas comunidades
indígenas, y en épocas anteriores, era aún más temprana.
De
origen noble, aunque caída en desgracia al ser entregada o vendida como esclava
durante su infancia, la Malinche, independientemente de su lugar de
procedencia, fue "vendida" en el mercado de Xicalanco, un importante
enclave comercial situado en los límites de las zonas nahua y maya. Desde allí,
pasó "de mano en mano", como relatan varios cronistas, hasta llegar
al señor de Potonchán, en el actual estado de Tabasco, donde se hablaba el
chontal, una lengua maya. Es probable que sus habilidades para convertirse en
"lengua" —término utilizado en el siglo XVI para referirse a los
intérpretes— y en faraute ya se manifestaran desde niña.
El
término "faraute" se define como:
(Forma
primitiva de "heraldo"...) Mensajero... Rey de armas de segunda clase
al servicio de generales y grandes señores. Actor que recitaba y representaba
el prólogo o loa al inicio de las comedias. (ant.) Intérprete. (fig. culto)
Persona que se involucra mucho en un asunto, intentando destacar como la más
importante en él...
No
podemos atribuir esta condición de faraute únicamente a su origen noble, aunque
es probable que la educación de clase alta que recibió en sus primeros años,
combinada con su caída en desgracia y posterior ascenso en la escala social,
moldearan una personalidad única. Su experiencia de haber pasado de la nobleza
a la esclavitud y luego recuperar una posición relevante seguramente contribuyó
a forjar su carácter.
Aunque
Hernán Cortés evitó hablar de la Malinche en sus Cartas de Relación, Bernal Díaz
del Castillo, el cronista soldado que lo acompañó durante la conquista, se
refiere sistemáticamente a ella como "Doña", un título que sugiere su
condición nobiliaria. Este tratamiento refleja, además, el sistema de valores
que Bernal, como hombre de su tiempo, replicaba al narrar la Conquista,
construyendo una épica caballeresca en la que los héroes y heroínas, en la
tradición española de la época, pertenecían a la más alta nobleza.
La
forma en que los indígenas se dirigían a la Malinche es también indicativa de
su alta extracción social, evidenciada en el uso del sufijo reverencial tzîn
que acompañaba su nombre, Malin-tzîn, lo que se traduce como "Doña
Marina". Las fuentes indígenas coinciden al señalar su pertenencia a la
aristocracia indígena, alineándose con Cortés en contra de los aztecas como
parte de las alianzas que, en gran medida, hicieron posible la conquista de
México. En este contexto, la figura de la Malinche se enmarca en esas complejas
relaciones de poder.
Es
importante destacar que, para la Malinche, el último tlatoani, Moctezuma, no
representaba un vínculo de hermandad o lealtad, sino más bien la tiranía azteca
que oprimía a muchos pueblos. Esto contrasta con la visión estereotipada que la
ha retratado como una traidora, intentando imponer una narrativa simplista que
ignora las dinámicas de las alianzas indígenas y su propia realidad social y
política.
No se
sabe con certeza cuál era el nombre original de la Malinche, y hay al menos dos
versiones sobre su onomástica. Algunas fuentes asumen sin mayor discusión que
su nombre era originalmente náhuatl, lo que habría derivado en
"Malinche", proveniente de "Malintzîn". Esta palabra fue
nativizada al castellano debido a la falta del fonema /¢/ en español, que se
sustituyó por /ch/. Sin embargo, otra posibilidad es planteada por González
Hernández, quien sugiere que el nombre proviene de "Malin-tzin-e",
forma vocativa que podría traducirse como "¡Oh, venerada Marina!" o
"Malintze". Aunque esta interpretación es posible, su argumentación
no es suficientemente sólida.
En
contra de esta teoría, se puede observar cómo muchas palabras náhuatl con
estructuras similares han sido adaptadas al español mexicano, como tlacua-tzin,
que derivó en "tlacuache" (zarigüeya), o mapa-tzin, que pasó a
"mapache". Por lo tanto, es más plausible que el nombre de la
Malinche haya seguido un camino inverso: los españoles la bautizaron como
Marina, y este nombre fue nativizado al náhuatl como "Malina" (dado
que no existe el fonema /r/ en náhuatl). Posteriormente, se le añadió el sufijo
reverencial –tzîn, resultando en "Malintzîn". Es poco probable que el
padre Olmedo, quien bautizó a las indígenas, haya investigado sus nombres
originales en náhuatl, y mucho menos que hubiera sido capaz de pronunciarlos
correctamente.
De
cualquier manera, el término "Malintzîn" también ha sido
reinterpretado en la tradición nativa como derivado de malinalli (hierba
torcida), lo que unido al sufijo –tzîn, que tiene connotaciones afectivas y
reverenciales, se podría leer como "venerada Marina" o simplemente
"Marinita". Aunque no es un significado espectacular, resulta
plausible en el contexto histórico del primer contacto con los españoles, dado
que la Malinche era aún una joven pubescente cuando fue ofrecida a Cortés como
parte de un grupo de esclavas tras la batalla de Cintla.
El
nombre "Malinche" es un reflejo de la complejidad simbólica y
cultural que rodea a esta figura histórica. Si analizamos su evolución y uso a
lo largo del tiempo, es posible que haya adquirido distintas connotaciones
conforme fue avanzando su trayectoria. En un inicio, podría haberse utilizado
simplemente para referirse a la niña esclavizada que fue entregada a Hernán
Cortés. Sin embargo, conforme demostró sus capacidades lingüísticas y
diplomáticas, su rol creció en importancia y, con ello, su estatus. Así, tanto
para los indígenas como para los castellanos, el nombre "Malintzîn"
pudo haber pasado de ser una simple designación a uno con implicaciones
reverenciales, aunque no exento de ambivalencias.
Desde
una perspectiva indígena, el nombre tenía un trasfondo fatídico al estar
relacionado con el malinalli, una hierba que en la cosmovisión náhuatl estaba
asociada con un mal augurio y la muerte. Según el tonalpohualli, el sistema
calendárico prehispánico, nacer bajo el signo de malinalli presagiaba una vida
marcada por infortunios y tragedias. Esta interpretación parece resonar en la
biografía temprana de la Malinche: de origen noble, fue secuestrada, vendida
como esclava, abandonada por sus padres y entregada a los españoles. Además,
fue víctima de violaciones por los conquistadores en su pubertad, lo que podría
haber derivado en el epíteto de "La Chingada", una figura
controvertida en la cultura mexicana.
El
verbo "chingar" en México tiene un amplio rango de significados,
desde los más injuriosos, como en la expresión "chinga tu madre",
hasta usos más positivos o poderosos, como "chingón" o
"chingona", términos que pueden denotar admiración. Esta dualidad del
verbo refleja, en muchos sentidos, las diversas interpretaciones y juicios que
se le han atribuido a la figura de la Malinche a lo largo de los siglos. En
ella se encarnan tanto la traición y el sufrimiento como la astucia y el poder.
El
origen del nombre "Malinche" ha sido objeto de múltiples
interpretaciones, algunas de las cuales son más plausibles que otras. Octavio
Paz propuso una conexión etimológica desde el náhuatl, sugiriendo que el nombre
derivaba de xinachtli (semilla de hortaliza) o xinaxtli (aguamiel fermentado).
Sin embargo, esta interpretación parece inverosímil, especialmente al intentar
vincular el nombre a las consecuencias negativas del alcohol en el cuerpo, lo
que no tiene un claro fundamento histórico o lingüístico.
Una
explicación más plausible es la que vincula el sufijo –tzin con sus acepciones
verbales en náhuatl, aunque es importante no confundir este uso con el sufijo –tzîn,
presente en Malintzîn, que tiene un valor reverencial. El sufijo –tzin en su
acepción verbal se refiere a las "asentaderas" o al asiento,
utilizado como una metáfora para el acto sexual forzado, lo cual podría aludir
a las violaciones sufridas por las indígenas a manos de los conquistadores.
Esta interpretación explora el contexto de opresión sexual y la relación de
poder que caracterizó el encuentro entre los españoles y las mujeres indígenas.
Otra
teoría interesante sostiene que el verbo chingar proviene del romaní o caló,
derivado de la palabra zinga(r), que en romanés significa "cornudo" o
"el que comete adulterio". Esta palabra, que pasó al castellano en
forma vulgar, es utilizada en algunos países del Caribe, como Cuba y la
República Dominicana, con el significado de "tener relaciones
sexuales". Es posible que esta palabra haya llegado a México, donde, al
converger con términos náhuatl de connotaciones sexuales, se haya expandido y
cristalizado en el léxico del español mexicano.
Aunque
se considera que el verbo chingar se popularizó alrededor de la Independencia
de México, es posible que sus primeras manifestaciones ocurrieran mucho antes,
como resultado de esta fusión de raíces lingüísticas y culturales. En el
contexto de la incipiente sociedad bilingüe en la Nueva España, donde tanto los
indígenas como algunos españoles aprendían el idioma del otro, se puede suponer
que términos como chingar surgieron a partir de estas influencias cruzadas.
Antes
de que la Malinche irrumpiera en escena como la intérprete clave de Hernán
Cortés, este solo contaba con Jerónimo de Aguilar, un español que había
sobrevivido a un naufragio en 1511 y vivió entre los mayas, aprendiendo su
lengua. Cuando Cortés llegó a la península de Yucatán en 1519, rescató a
Aguilar, quien se convirtió en su primer traductor. Sin embargo, aunque Aguilar
dominaba el maya, no hablaba náhuatl, la lengua franca de gran parte de
Mesoamérica, lo que limitaba su utilidad. Es en este contexto que la figura de
la Malinche comenzó a destacar.
Bernal
Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España,
le dedica un capítulo completo a Doña Marina, como también se conocía a la
Malinche, describiéndola como la hija de un cacique importante de Painala, en
Coatzacoalcos. Tras la muerte de su padre, su madre se volvió a casar, y la
niña fue relegada cuando su madre tuvo otro hijo, el cual se convertiría en
heredero del cacicazgo. La madre, en un intento por deshacerse de Marinita, la
dio en adopción, haciendo creer a todos que la niña había muerto. Para encubrir
su desaparición, organizaron el funeral de una niña esclava de la misma edad,
mientras Marinita fue enviada a Tabasco, donde fue vendida al cacique de
Potonchán.
La
Malinche creció entre los chontales de Tabasco, lo que le permitió aprender el
maya chontal, aunque es probable que también estuviera en contacto con otras
lenguas mesoamericanas, como el maya yucateco y el náhuatl. Tras la victoria de
Cortés en la batalla de Cintla, el cacique de Tabasco le ofreció tributo en
forma de veinte esclavas, entre las que estaba la Malinche. Cortés ordenó
bautizarlas para legitimar su posesión sobre ellas, tanto para tareas
domésticas como para satisfacer los deseos carnales de sus hombres.
Inicialmente,
Cortés entregó a la Malinche a Alonso Hernández de Puertocarrero, uno de sus
lugartenientes. Sin embargo, Cortés pronto se dio cuenta de las excepcionales
habilidades lingüísticas de la Malinche, especialmente como intérprete entre el
maya y el náhuatl. Reconociendo su valor, ideó una forma de apartarla de
Puertocarrero sin causar conflicto, enviándolo a España con una de las primeras
cartas de relación dirigidas al rey Carlos V. De este modo, Cortés consolidó su
control sobre la Malinche y comenzó a depender de ella no solo como intérprete,
sino como una figura estratégica en sus negociaciones con los pueblos indígenas.
Mientras
la expedición de Cortés avanzaba por la costa del Golfo de México hacia el
este, alcanzaron territorio de habla náhuatl en San Juan de Ulúa, cerca de la
región natal de la Malinche. Fue allí donde Aguilar, quien solo hablaba maya,
se vio incapaz de comunicarse con los emisarios de Moctezuma que se acercaron a
los españoles. En ese momento, la Malinche se destacó al intervenir y comenzar
a dirigir las conversaciones entre los emisarios nahuahablantes y Cortés,
demostrando su habilidad lingüística.
Así,
en Veracruz comenzó el complejo proceso de traducción que pasaba por varias
fases: la Malinche traducía del náhuatl al maya para que Aguilar pudiera luego
traducir del maya al español para Cortés. Esta primera triada lingüística se
volvió aún más complicada cuando el ejército invasor entró en territorio
totonaca, añadiendo un nuevo idioma al proceso.
Existen
diferentes relatos sobre cómo Cortés se dio cuenta de las habilidades de la
Malinche. Algunos cronistas afirman que fue Aguilar quien, al notar su fluidez
en náhuatl, informó inmediatamente a Cortés. Otras versiones sostienen que la
Malinche, al observar la falta de comunicación efectiva de Aguilar, intervino
espontáneamente para hablar con los emisarios. Incluso, algunos relatos exaltan
la lealtad de Doña Marina al afirmar que ella detectó que los indígenas estaban
tergiversando las palabras de Cortés y decidió interceder.
Este
episodio muestra la importancia del papel de la Malinche no solo como
intérprete, sino como faraute, guía, consejera y facilitadora. Si bien algunos
han intentado reducir su rol al de traductora, su influencia fue mucho más
amplia. Hasta el día de hoy, el trabajo del traductor a menudo es
infravalorado, y el proverbio "traduttore, traditore" (traductor,
traidor) sigue pesando. Incluso Francisco López de Gómara, cronista que muestra
una profunda discriminación hacia la Malinche, no pudo evitar resaltar su papel
central como asesora, describiéndola como "faraute y secretaria".
A
medida que la expedición de Cortés avanzaba hacia México-Tenochtitlan, el
contacto con los totonacas se convirtió en un momento crucial. Después de la
batalla de Cempoala, en la que los castellanos derrotaron a los totonacas,
estos buscaron formar una alianza con los recién llegados. Aquí, la Malinche reafirmó
su importancia como intérprete, ya que los totonacas, sometidos a los mexicas,
hablaban náhuatl como segunda lengua. Este bilingüismo era inaccesible para
Aguilar, cuyo conocimiento estaba limitado al maya, lo que convirtió a la
Malinche en una figura indispensable para la comunicación interétnica.
Las
crónicas indican que la Malinche no tardó en desplazar a Aguilar como
intérprete principal. Aunque los relatos mitifican su capacidad lingüística,
llegando a sugerir que aprendió castellano en solo un día, lo cierto es que su
rol se volvió fundamental en las interacciones con los pueblos indígenas. Los
totonacas, que deseaban liberarse del dominio azteca, vieron en Cortés una
oportunidad para su emancipación. Como era costumbre entre los pueblos indígenas,
buscaron sellar esta alianza con una serie de presentes, incluidas mujeres
nobles totonacas, hijas de caciques, que fueron entregadas a los castellanos.
Esta entrega simbólica reforzaba el pacto entre los totonacas y los
extranjeros, uniendo sus fuerzas contra los aztecas.
La
llegada de los cuatro emisarios de Moctezuma al territorio totonaca marcó un
punto crítico en las interacciones entre los castellanos y los pueblos
indígenas. Al ser reprendidos por el cacique totonaca por su amistoso
recibimiento a Cortés, los emisarios fueron apresados por este último. Con
astucia, Cortés acusó a los totonacas de haber capturado a los emisarios y se
presentó como su protector, liberando secretamente a dos de ellos. A través de
la Malinche, les instó a comunicar a Moctezuma sus intenciones amistosas, a
pesar de la manipulación evidente.
Por la
mañana, Cortés acusó a los totonacas de haber dejado escapar a los emisarios,
utilizando este pretexto para tomar bajo custodia a los dos restantes,
nuevamente presentándose como su salvador. Esta serie de engaños y
manipulaciones debió ser una lección magistral para Doña Marina, quien comenzó
a adquirir rápidamente la habilidad de navegar entre las intrigas políticas y
los juegos de poder.
El
siguiente paso llevó a la expedición al territorio tlaxcalteca, donde Cortés
inicialmente se enfrentó a ellos con violencia, pero eventualmente formó una
alianza en contra de los aztecas. A pesar de su cercanía territorial y
lingüística, los tlaxcaltecas se mantenían independientes. La importancia de la
Malinche en este contexto es evidente en el Lienzo de Tlaxcala, donde su figura
prácticamente eclipsa a Jerónimo de Aguilar.
A
partir de este punto, Cortés comenzó a ser conocido por los indígenas como
"capitán Malinche", un epíteto que reflejaba la unión inseparable que
había surgido entre él y Marina, al menos desde la perspectiva indígena. Esta
conexión se volvió tan fuerte que, incluso después de la muerte de la Malinche,
la representación de Cortés a su lado persistió, como se observa en documentos
como el Castigo de aperreamiento de 1537. En este relato, Cortés, tras la
conquista, convocó a los principales de Coyoacán bajo el falso pretexto de un
bautismo, solo para traicionarlos y entregarlos a sus mastines. Este episodio
no solo resalta la brutalidad del conquistador, sino también el papel de la
Malinche como figura central en la narrativa de la conquista, que, a pesar de
su muerte, continuó influyendo en la historia y la memoria indígena.
La
llegada de Cortés a Cholula, ya aliado con los tlaxcaltecas y respaldado por
los totonacas, marcó un punto crucial en su campaña contra los aztecas. En este
contexto, se produce la famosa masacre de Cholula, un episodio que ha dejado
una huella indeleble en la memoria colectiva y en la leyenda negra de la
Malinche. La narrativa histórica atribuye a Doña Marina un papel protagónico en
lo que se considera una traición a sus "hermanos de sangre", los
cholultecas, y esta historia ha sido objeto de controversia y debate a lo largo
de los siglos.
La situación
en Cholula era tensa; se rumoraba de un inminente ataque contra los
castellanos, y algunos intentaron disuadir a Cortés de continuar su avance. Sin
embargo, Cortés, en un acto de desafío, optó por entrar en la ciudad, ignorando
las advertencias. A su llegada, los cholultecas le impusieron la condición de
entrar sin sus aliados tlaxcaltecas, quienes se vieron obligados a acampar
fuera de la ciudad, un movimiento que revelaba las tensiones y desconfianzas en
juego.
Para
lograr ingresar, Cortés adoptó una estrategia de engaño, deteniendo a los
emisarios de Moctezuma y a otros sacerdotes cholultecas, a quienes ofreció
regalos y les pidió que intercedieran en su favor. En esta encrucijada, la
Malinche jugó un papel clave al proporcionar información valiosa. Según la
historiografía hispana, ella comunicó a Cortés que los indígenas estaban
organizando un ataque, apoyándose en una supuesta conversación con una anciana
cholulteca que le sugería huir y ofrecerse en matrimonio a uno de sus hijos.
La
Malinche, en teoría, accedió a la propuesta de la anciana, solicitando detalles
sobre el ataque y tiempo para recoger sus pertenencias, que incluían tesoros.
Sin embargo, en un giro dramático, utilizó esta información para alertar a
Cortés sobre la conspiración, lo que llevó a la masacre que siguió. Este evento
se consagró en la historia oficial como la traición de Cholula, y aunque la
Malinche fue vista como la traidora que delató a su propia gente, su figura
también refleja las complejidades de lealtades en un mundo de conflicto, en el
que las decisiones se tomaban entre el pragmatismo y la supervivencia.
La
masacre resultante fue devastadora y dejó a Cholula en ruinas, consolidando el
poder de Cortés y marcando un hito en la conquista. Este episodio, cargado de
matices, ha dejado a la Malinche atrapada en la dualidad de ser vista como una
traidora y una víctima de circunstancias mayores, representando la complejidad
de su papel en la historia y su legado en la memoria histórica de México.
Al
analizar la conquista de México desde la perspectiva de fuentes indígenas, como
la Historia general de las cosas de Nueva España de fray Bernardino de Sahagún,
se plantea una interpretación radicalmente diferente de los eventos en Cholula.
Según estas narraciones, no existió una conspiración por parte de los
cholultecas contra Cortés, y la figura de la Malinche no es mencionada en el
contexto de la masacre. Más bien, se sugiere que el ataque fue perpetrado por
Cortés contra una población desarmada, lo que contrasta con la versión hispana
que la presenta como una traidora.
En
este sentido, Sahagún destaca que fueron los tlaxcaltecas quienes informaron a
Cortés sobre un supuesto ataque inminente, instigando la masacre de sus
enemigos tradicionales. Esto añade una capa de complejidad a la narrativa, ya
que los tlaxcaltecas, al tener un interés en debilitar a los cholultecas,
pudieron haber manipulado la información para favorecer sus propios objetivos.
En el Lienzo de Tlaxcala, la Malinche aparece solamente como intérprete, lo que
pone en duda la magnitud de su papel en los eventos y su representación como
agente activo de traición.
La
credibilidad de los relatos hispanos ha sido objeto de un creciente
escepticismo por parte de la historiografía contemporánea. Se cuestiona la
veracidad de eventos narrados en tan poco tiempo, como la supuesta relación de
la Malinche con una anciana cholulteca que le habría proporcionado información
vital sobre un complot. La improbabilidad de que una noble cholulteca se
hubiera íntimamente relacionado con la Malinche en una sola noche y delatara a
su pueblo también suscita dudas sobre la autenticidad de esta narrativa.
Además,
el propio relato de Cortés en sus Cartas de Relación presenta inconsistencias
que alimentan la sospecha sobre la veracidad de su relato. Cortés, como otros
conquistadores, a menudo minimizaba el papel de la Malinche para ensalzar su
propia figura y liderazgo. Sin embargo, en el contexto de Cholula, la Malinche
se convierte en un personaje prominente a quien se le atribuye la delación del
ataque, justificando así la brutal represión contra los cholultecas y
presentando a Cortés como un protector.
En
consecuencia, si consideramos las narrativas indígenas y la historiografía
moderna, podría ser más apropiado calificar las fuentes hispanas sobre la
conquista, como las de Bernal Díaz del Castillo, como “Historia legendaria de
la conquista de la Nueva España”. Esta etiqueta subraya la necesidad de revisar
y cuestionar las narrativas dominantes que han moldeado nuestra comprensión de
la historia, resaltando la importancia de considerar diversas perspectivas para
obtener una visión más completa y matizada de los eventos históricos.
La
figura de la Malinche ha sido utilizada para justificar diversos eventos
históricos, no solo en el contexto de la traición en Cholula, sino también en
episodios clave como la Noche Triste, cuando las fuerzas mexicas derrotaron a
los españoles y Cortés se vio obligado a refugiarse en Tlaxcala. En este
escenario, un grupo de aliados tlaxcaltecas liderados por Xicoténcatl el mozo
planeaba atacar a los castellanos, lo que llevó a Cortés a tomar represalias
contra varios pueblos sublevados, comenzando por Tepeaca.
Aunque
las fuentes históricas suelen omitir la mención de la Malinche en relación con
la Noche Triste, el cronista Cervantes de Salazar sugiere que ella descubre un
complot a través de la complicidad de las mujeres tlaxcaltecas, quienes, en un
acto de solidaridad femenina, le informan sobre la amenaza inminente. Esta narrativa
refuerza la imagen de la Malinche como una especie de "hada madrina",
profundamente enamorada de Cortés y dedicada a proteger los intereses de los
conquistadores, lo que contrasta con la interpretación nacionalista que la ha
estigmatizado como el símbolo de la traición a su patria.
Este
dualismo en la percepción de la Malinche ha dado lugar a la idea del Malinchismo,
que se ha arraigado en la cultura popular mexicana. Para algunos, representa la
traición y la deslealtad hacia la identidad nacional; para otros, simboliza la
complejidad de su papel en un contexto de guerra y conquista, donde la lealtad
y la traición no son absolutos. Este dilema moral y emocional ha polarizado las
interpretaciones de su figura, generando sentimientos encontrados que continúan
resonando en la sociedad actual.
En
lugar de centrarnos únicamente en los eventos históricos de la conquista y la
toma de Tenochtitlan, es más enriquecedor explorar las distintas miradas que se
han construido en torno a la Malinche. Su figura se convierte en un espejo de
las tensiones culturales y sociales de México, donde el contexto de opresión y
resistencia, traición y lealtad, se entrelazan en una narrativa compleja. Al
examinar estas polarizaciones, podemos acercarnos a una visión más equilibrada
y menos prejuiciada de la Malinche, reconociendo su humanidad y las múltiples
dimensiones de su legado en la historia de México.
La
figura de la Malinche es fundamental en el debate ideológico sobre la conquista
de México, caracterizada por su ambivalencia y polivalencia. Este personaje no
es una figura menor ni marginal en la historia, como intentó presentar Cortés a
Carlos V, sino que desempeñó un papel crucial en el proceso de conquista y en
el surgimiento del mestizaje, especialmente en sus dimensiones simbólicas.
La
historiografía moderna ha buscado reivindicar su figura como una mujer
fascinante que logró sobreponerse a adversidades extremas. Desde su niñez, fue
vendida y negada por su familia, sometida a abusos por parte de los poderosos y
enfrentada a las complejidades de ser una mujer en un entorno patriarcal. Sin
embargo, la Malinche demostró una notable capacidad de supervivencia y
resiliencia, encontrando sentido en sus experiencias de opresión y explotación.
Su
habilidad para adaptarse a múltiples realidades se manifiesta en su dominio de
varios idiomas. No solo hablaba náhuatl y maya, como comúnmente se asume, sino
que es probable que conociera diferentes variedades de estas lenguas,
incluyendo formas locales del maya chontal y diversas modalidades del náhuatl
en Veracruz. Su plurilingüismo ha sido poco comprendido, pero representa su
ingenio y capacidad para navegar entre diversas culturas en un momento de gran
transformación histórica.
La
Malinche, por lo tanto, trasciende la imagen de la traidora o la traicionera y
se erige como un símbolo de la complejidad del encuentro entre culturas. Su
legado invita a una reflexión más profunda sobre las dinámicas de poder, género
y cultura en la historia de México, destacando su papel como protagonista en la
construcción de una nueva identidad en el contexto del mestizaje.
La
Malinche, en su papel de "faraute", se presenta como una mujer con
agentividad, autoafirmación e independencia. Su conocimiento de los géneros
comunicativos, como el pillatolli ("el habla de los nobles") y el
tecpantlatolli ("el habla palaciega"), le permitió interpelar
adecuadamente a personajes como Moctezuma y a los emisarios de este, evitando
así malentendidos y confrontaciones mayores. En la sociedad mexica, el término tlatoani
se refiere al líder que domina el discurso, y la capacidad de una mujer para
manejar esos códigos debió causar una profunda impresión entre los indígenas.
Su
habilidad comunicativa y su condición de nobleza hicieron que la Malinche fuera
reconocida no solo como parte de la élite, sino que incluso fue equiparada con
diosas como Chalchitlicue, la diosa del agua. Sin embargo, algunas autoras
proponen que sería más apropiado asociarla con Tlazoltéotl, la diosa de la
tierra y la fertilidad, o con Xochiquétzal, la diosa del amor y la belleza.
Otra posibilidad es su identificación con Cihuacóatl, la guerrera cuya
denominación curiosamente significa "serpiente femenina".
Estas
deidades, a los ojos de los indígenas, podrían haber encontrado en la Malinche
un reflejo de su poder y significado. Esta dualidad también puede vincularse
con la figura de la Llorona, una representación de la fatalidad mesoamericana
que seduce y devora a los hombres. Este mito, presente en el Códice Florentino,
augura la tragedia de la Conquista y continúa resonando en la imaginación
popular mexicana contemporánea y en las comunidades indígenas.
La
complejidad de la figura de la Malinche, por lo tanto, no solo radica en su
papel como intérprete, sino también en su capacidad para encarnar y desafiar
los estereotipos de género y poder en una época de cambio. Su historia revela
las tensiones entre la colonización, el mestizaje y la cultura indígena, invitando
a una reevaluación de las narrativas tradicionales que la han rodeado.
La
figura de la Malinche genera una serie de sentimientos encontrados y discursos
antagónicos en las sociedades hispana e indígena, reflejando la complejidad de
su papel en la Conquista. Por un lado, personajes como Bernal Díaz del Castillo
expresan una fascinación por ella, mientras que otros, como el capellán de
Cortés, Francisco Gómara, la desprecian, como se evidencia en su negativa a
referirse a ella con el título reverencial de "Doña". Esta
ambivalencia se manifiesta también en el silencio de Cortés respecto a su
“lengua”, lo que sugiere una tensión en su reconocimiento.
Las
representaciones indígenas, como las que se encuentran en códices como el
Lienzo de Tlaxcala o el Códice Florentino, subrayan su importancia. En muchas
de estas obras, el tamaño y la posición de la Malinche indican su relevancia
social. Por ejemplo, en el Códice de Tizatlán, se destaca junto a un señor
indígena en las primeras escenas, mientras que los castellanos son relegados a
un segundo plano. Esta disposición no solo muestra una jerarquía visual, sino
que también señala su papel central en la interacción entre culturas.
El
hecho de que la Malinche levante la cabeza casi en el mismo ángulo que Cortés es
interpretado como un signo de su arrogancia, que refleja su condición noble y
su identificación con el conquistador. Además, su protagonismo se evidencia en
que es la única figura que señala con dos dedos, lo que la posiciona como el
personaje más importante de la escena, a diferencia de Cortés y Jerónimo de
Aguilar, quienes aparecen minimizados y, en el caso de Cortés, incluso
silentes.
Estas
representaciones sugieren que, a pesar de la narrativa histórica que la ha
vilipendiado como traidora, la Malinche ocupó un lugar preeminente en el relato
de la Conquista, actuando no solo como intérprete, sino como una figura clave
en el diálogo y la negociación entre dos mundos en conflicto. Esto invita a una
reevaluación de su legado y del impacto que tuvo en el proceso de mestizaje y
en la historia de México.
La
ambivalencia en la percepción de la Malinche se manifiesta claramente en las
diversas fuentes históricas que la retratan, lo que evidencia la tensión entre
la admiración y el desprecio hacia su figura. En las narrativas indígenas,
especialmente en aquellas escritas desde la perspectiva mexica, como el Códice
Florentino, los Cantares Mexicanos y los Anales de Tlatelolco, la Malinche es
objeto de críticas severas. Este último texto, que es considerado la versión
más antigua de la Conquista, la acusa de traición al delatar la intención de
Cuauhtémoc de rebelarse, lo que resulta en la ejecución de este último sin
juicio. También se le atribuye una corresponsabilidad en el asesinato de siete
señores de Coyoacán, lo que subraya su estigmatización en la memoria indígena.
Un
pasaje particularmente notable de hostilidad hacia la Malinche se encuentra en
el Códice Florentino, libro XII, donde se la describe de manera despectiva como
cihuatzintli, o “mujercita”, que se esconde el oro —teocuitlatl—, considerado
“mierda de los dioses”, bajo su falda. Este insulto no solo denota desprecio,
sino que también refleja la avaricia asociada a su figura, vinculándola a
Cortés en su búsqueda insaciable de riquezas.
Sin embargo,
también existen documentos que la presentan de manera laudatoria. Por ejemplo,
en el Códice de Tepetlán, se le reconoce un estatus incluso superior al de
Cortés, al recibir más tributos. En el Códice de Tizatlán, se destaca que ella
recibe las dádivas más valiosas, las de las mujeres, en contraste con la
narrativa hispana, que a menudo minimiza su importancia.
Esta
dualidad en las representaciones de la Malinche refleja no solo su papel en la
Conquista, sino también las tensiones de género y poder en una época de
transformación radical. Su figura, lejos de ser unívoca, se convierte en un
símbolo de las complejidades de la identidad, la traición y la resistencia en
la historia de México, generando un debate que continúa hasta nuestros días.
La representación
de la Malinche en las fuentes indígenas se opone claramente a la narrativa
hispana, subrayando las complejidades y matices de su figura. Por ejemplo, en
el Lienzo de Tlaxcala, los tlaxcaltecas se presentan no solo como aliados de
los españoles, sino también como conquistadores de las regiones del norte de
México. En estos documentos, la Malinche es central para la supervivencia de
los hispanos, tanto después de la Noche Triste como en la rendición de
Cuauhtémoc. Esto resalta su papel crucial en la interacción entre las culturas,
a menudo ignorado en las narrativas coloniales.
A
medida que avanza el proceso de castellanización, se observa un cambio en la
representación de la Malinche desde los códices más antiguos hasta los más
tardíos. En obras como el Códice de Tizatlán y el Lienzo de Tlaxcala, la
Malinche gradualmente se ve desplazada por el discurso patriarcal dominante de
la Colonia, en el que la cruz y la religión cristiana comienzan a ocupar un
lugar central. Este desplazamiento no solo refleja la dinámica de poder de la
época, sino que también establece un canon que ha perdurado hasta la
actualidad.
La
visión androgénica de la Malinche, que mezcla su inteligencia y belleza con
connotaciones de traición, persiste en la cultura contemporánea, incluso entre
intelectuales progresistas. Esta complejidad ha llevado a feministas y
defensoras de los derechos de las mujeres a reexaminar su figura, buscando
interrumpir la narrativa que la considera únicamente una traidora. Sin embargo,
el rechazo general hacia la Malinche sigue siendo significativo en el
imaginario colectivo mexicano, donde se la asocia con la traición y se
contrasta con la figura de la Virgen de Guadalupe, que simboliza la pureza y la
abnegación.
La
Malinche es a menudo vista como la "traidora por excelencia", un
arquetipo cimentado por el nacionalismo mexicano y perpetuado en los libros de
texto. Su imagen se fusiona con otras figuras míticas, como la Llorona,
sugiriendo que, a pesar de su belleza, encarna peligros y dualidades. Su
representación, que a veces incluye elementos como sierpes y lagartijas, la
posiciona como una especie de Eva mesoamericana, simbolizando no solo la
inteligencia indígena, sino también la complejidad de las interacciones
culturales de la época.
La fusión
de su identidad con la de Cortés, como "Capitán Malinche", sugiere
que su papel fue más que el de una traductora; ella era una mediadora clave
entre mundos en conflicto, desafiando las nociones simplistas de traición y
lealtad. En este sentido, la figura de la Malinche continúa siendo objeto de un
debate complejo, que invita a reconsiderar las narrativas de la Conquista desde
una perspectiva más inclusiva y matizada.
La
figura de la Malinche es fundamental para comprender la Conquista de México, no
solo por su papel como intérprete, sino por su contribución estratégica que
podría haber reducido significativamente el costo en vidas humanas y la
devastación ecológica de ese proceso. En lecturas más contemporáneas, se
presenta a Cortés como un personaje dependiente del apoyo lingüístico y
cultural que ella le brindó, desafiando la narrativa tradicional que la retrata
como una mujer sumisa y dependiente. Este giro crítico invita a cuestionar la
representación patriarcal que ha prevalecido en la historia mexicana.
Bernal
Díaz del Castillo, al elogiar a la Malinche, la describe como una figura que
acepta la cristiandad y que habla “cristiano” o “castellano”, evidenciando su
integración en el mundo hispano. Sin embargo, las visiones más contemporáneas,
especialmente desde la literatura y la antropología de género, han comenzado a
reivindicar su papel como un ente activo y crucial en el proceso de la
Conquista. Aunque algunas interpretaciones feministas han asumido que su
relación con Cortés fue motivada por el amor, enfatizan su inteligencia y
astucia como traductora y mediadora.
La
Malinche no solo era una traductora en el sentido literal; su capacidad para
interpretar y mediar entre culturas fue esencial para la supervivencia de los
conquistadores, a menudo descritos como "niños desvalidos" que
dependían de ella. Su conocimiento de la flora y fauna locales fue vital para
el sustento de las fuerzas invasoras, y su habilidad para guiar a los españoles
en rutas más efectivas fue un componente clave de su éxito. Por ejemplo, su
decisión de dirigir la expedición por mar en lugar de por tierra desde el área
maya hacia las costas de Veracruz fue crucial para su avance.
Además,
la Malinche desempeñó un papel fundamental en la dinámica política, como cuando
convenció a Moctezuma de aceptar a Cortés en su palacio en lugar de ser
asesinado. Este acto no solo salvó la vida de Cortés, sino que también permitió
que la relación entre los españoles y los indígenas se desarrollara en un
contexto de aparente colaboración, aunque en última instancia se tradujo en
devastación para las sociedades indígenas.
Así,
la Malinche emerge como una figura compleja, que desafía las narrativas
simplistas y patriarcales de la historia, y cuya importancia en la Conquista
merece un reconocimiento más profundo. Su legado invita a reconsiderar la
historia desde una perspectiva que reconozca la agencia de las mujeres en
procesos históricos y la multifacética interacción entre culturas.
La
figura de la Malinche sigue siendo un tema de intenso debate en la
historiografía y la crítica cultural mexicana. A pesar de las contribuciones
significativas que hizo al proceso de la Conquista, su imagen como la
"traidora traductora" ha perdurado, consolidándose en la narrativa
nacional a través de obras influyentes como la de Octavio Paz. Este autor, al
vincular a la Malinche con la figura de la "Chingada", sugiere que
ella representa una forma de traición que el pueblo mexicano no puede perdonar.
En esta interpretación, la Malinche se convierte en un símbolo de la entrega y
la violación no solo del territorio, sino también de las mujeres indígenas,
reflejando un dolor histórico que resuena en la cultura mexicana contemporánea.
Sin
embargo, a más de cinco décadas de la publicación de su célebre texto, nuevas
voces han comenzado a desafiar esta visión patriarcal. Las perspectivas
contemporáneas han rescatado a la Malinche como un sujeto activo y complejo,
una figura que no se limita a ser un objeto de consumo del imperialismo, sino
que exhibe una agentividad significativa. Esta reinterpretación destaca su
inteligencia, su papel crucial en la supervivencia de los conquistadores y su
capacidad para influir en las decisiones políticas, presentándola no como una
víctima pasiva, sino como una mujer con agencia que navegó un contexto
extremadamente adverso.
La
noción de "malinchismo", que se ha asociado a la traición y la
colaboración con el extranjero, ha sido replanteada para incluir las luchas de
las mujeres indígenas contemporáneas, como las zapatistas, que rechazan la
herencia de opresión colonial. Este nuevo enfoque busca visibilizar a la Malinche
como un símbolo de resistencia y empoderamiento, en contraposición a la
narrativa que la presenta como la amante olvidada de Cortés. Al reivindicar su
historia, se abre un espacio para la reconsideración del papel de las mujeres
en la historia de México, especialmente aquellas que han sido marginadas y
despojadas de su voz.
Así,
se plantea la necesidad de romper con los clichés que han perpetuado una visión
unilateral de la Malinche y, en su lugar, reconocer la multiplicidad de
experiencias y narrativas que conforman su legado. La figura de la Malinche
puede ser vista como un espejo que refleja las luchas y las aspiraciones de las
mujeres indígenas de hoy, invitando a una relectura que desafíe las estructuras
de poder patriarcales y colonialistas que aún persisten en la sociedad
mexicana.
La
figura de la Malinche se convierte en un símbolo de resistencia y complejidad
en la narrativa mexicana contemporánea, confrontando la voz monológica
patriarcal que tradicionalmente ha definido su historia. A través de obras como
El eterno femenino de Rosario Castellanos, se cuestionan las verdades
unidimensionales que han dominado la dramaturgia patriarcal, revelando las
contradicciones inherentes a la identidad femenina y, en particular, a la de la
Malinche. Este enfoque permite vislumbrar un perfil mucho más matizado de las
mujeres indígenas, que refleja la dualidad y la fragmentación que viven en un
contexto androgénico que las oprime.
La
noción de una "esquizofrenia" vinculada a la Malinche ilustra cómo su
figura encarna múltiples verdades antagónicas, donde las indígenas representan
las contradicciones del sistema patriarcal que las mantiene atrapadas. A medida
que se avanza en la reinterpretación de su papel, se desafía la tendencia de
victimizar a la Malinche o de reubicarla en un marco de maternidad y mestizaje,
como propone Gorostiza, o de asociarla a la traición, como lo hace Paz. Esta
narrativa, que sigue definiendo a la mujer en función de su relación con
hombres como Cortés o Cuauhtémoc, perpetúa un esquema androgénico que limita la
comprensión de su verdadera agentividad.
Las
autoras contemporáneas, como Castellanos y Sabina Berman, utilizan el humor
para desmantelar estos estereotipos y construir una nueva imagen de la
Malinche. En sus relatos, ella no es la enamorada sumisa de Cortés, sino una
protagonista activa que interviene decisivamente en los acontecimientos
históricos. Escenas como la sugerencia de la Malinche de hacer correr el rumor
de que Cortés quemó sus naves o su capacidad para persuadirlo a conservar su
armadura destacan su inteligencia y su astucia. Esta representación no solo
rescata su figura, sino que también subraya su rol estratégico en las alianzas
con los tlaxcaltecas, cuestionando la idea de que todos los indígenas eran
aliados y presentando una narrativa más matizada sobre las lealtades y las
traiciones en el contexto de la Conquista.
Además,
al sugerir que la Malinche pudo haber aprovechado la llegada de los españoles
como una oportunidad para vengarse de Moctezuma, se rompe con la imagen de la
traidora y se explora su complejidad como figura que navega entre la opresión y
la resistencia. Este enfoque permite reevaluar no solo el papel de la Malinche
en la historia de México, sino también el de las mujeres indígenas en la
actualidad, cuyas voces siguen siendo silenciadas en la narrativa nacional. En
definitiva, la reivindicación de la Malinche se convierte en un llamado a
repensar la historia desde una perspectiva que reconozca la riqueza de las
experiencias femeninas y las contradicciones de un pasado marcado por el
patriarcado y la colonización.
Sabina
Berman se suma al esfuerzo de desacralizar y parodiar la cultura canónica
nacionalista a través de su representación de la Malinche. En su obra, utiliza
el carácter de intérprete de la Malinche para poner en ridículo a Cortés, quien
encarna todos los imperialismos. Berman presenta a Cortés casi como un niño
sobreprotegido que no puede comunicarse con los nativos sin la ayuda de su
madre, la Malinche. Esta dinámica se ejemplifica en una escena humorística
donde Cortés intenta comunicarse con los mexicanos, mientras que la Malinche
actúa como su traductora, burlándose de su falta de capacidad para
desenvolverse en un contexto que le resulta ajeno.
En los
diálogos, la figura de Cortés aparece torpe y dependiente, y la Malinche, con
su agudeza y perspicacia, se convierte en el verdadero agente de la
comunicación y la estrategia. Su intervención no solo resalta la ineptitud de
Cortés, sino que también desafía las narrativas heroicas que han perpetuado su
figura como el conquistador audaz y brillante. Al presentar a la Malinche como
una figura inteligente y astuta, Berman subraya su rol crucial en los
acontecimientos, evidenciando cómo su presencia y habilidades son fundamentales
para la narrativa de la Conquista.
Estas
parodias no son meras caricaturas; son una crítica profunda a los arquetipos de
la cultura nacional que, a menudo, reproducen esquemas patriarcales y
machistas. Al cuestionar estos mitos, Berman contribuye a la necesidad de una revisión
continua de la identidad nacional mexicana. La figura de la Malinche se
convierte en un símbolo de la lucha por la democratización de la mujer en una
sociedad que sigue siendo profundamente machista. Su representación crítica
invita a los espectadores y lectores a reflexionar sobre su propia identidad y
los mitos que han sido aceptados sin cuestionamiento.
El
cuestionamiento de la Malinche, lejos de ser un ejercicio ocioso, se convierte
en una herramienta para desmantelar los mitos que han moldeado la percepción de
la historia y la identidad mexicana. Esta reflexión continua es crucial para
avanzar hacia una comprensión más inclusiva y matizada de las experiencias de
las mujeres y de las figuras históricas que han sido, durante mucho tiempo,
relegadas a un segundo plano. Berman, al igual que Castellanos, utiliza el
humor y la sátira para abrir espacios de crítica y reflexión, desafiando así
los patrones establecidos y promoviendo una narrativa más rica y diversa en la
historia de México.
El
diálogo es este:
Cortés:
—¡Oigan, mexicanos! ¡Diez aztecas contra mil de ustedes! ¡Bravo!
Malinche:
—El dios ha oído que los mexicanos son muy valientes. Un solo mexicano puede
vencer a diez perfectamente.
Cortés:
—¡Mañana haremos un torneo en la playa! ¡Hispanuss contra mexicanuss!
Malinche:
—¿Quiere que midan fuerzas? Se enfrentarán en parejas: un hombre blanco contra
un indígena.
Cortés:
—¡Que vengan, que vengan!
Malinche:
—Les da permiso de ir a prepararse y descansar hasta entonces.
Fin
Por: GORDON BROTHERSTON, JOSÉ ANTONIO
FLORES FARFÁN
Compilado
y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez
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