Noticia del Perú de Miguel de Estete (de los papeles del arca de santa cruz)

Los capitanes Francisco Pizarro y Diego de Almagro estuvieron entre los primeros en participar en la conquista y el descubrimiento de las Indias (a). Ambos formaron parte de la colonización de la isla La Española y, posteriormente, en 1513, se unieron a la expedición liderada por Pedrarias Dávila, quien llegó a Tierra Firme con una importante armada.

Pizarro y Almagro participaron activamente en la conquista de Castilla del Oro, como se conocía entonces esa región. Sirvieron como capitanes bajo las órdenes de Pedrarias y colaboraron en la exploración y pacificación de territorios desde Santa María la Antigua del Darién hasta los poblados de Acla y Nombre de Dios. Además, participaron en el descubrimiento del océano Pacífico y en la fundación de importantes asentamientos como la ciudad de Panamá y la villa de Natá.

En reconocimiento a sus servicios en estas expediciones, ambos recibieron en encomienda un pueblo llamado Chochanina (b), según parece. Con los tributos obtenidos de esta encomienda y otras actividades económicas, lograron acumular una considerable cantidad de oro con el paso de los años.

Una vez fundada la ciudad de Panamá, y siendo ya vecinos de ella, los capitanes Francisco Pizarro y Diego de Almagro acordaron con Pedrarias Dávila, gobernador de la región, emprender una expedición para explorar la costa del océano Pacífico, conocida como la mar del Sur. Este acuerdo quedó plasmado en una capitulación que detallaba las condiciones y obligaciones de la empresa. Así, Pizarro partió en 1523 o 1524 con una modesta flota y un grupo reducido de hombres, enfrentándose a las dificultades inherentes a ser los primeros navegantes de esas aguas desconocidas.

La expedición se vio afectada por embarcaciones en mal estado, una navegación insegura y carencias logísticas. Durante muchos días, soportaron penurias extremas: hambre, enfermedades y la amenaza constante de los peligros marítimos. La costa resultó ser inhóspita, con aguaceros frecuentes y terrenos difíciles, y la falta de recipientes adecuados para transportar agua les obligó a mantenerse cerca del litoral. La situación era tan precaria que, en un momento, decidieron regresar a una isla donde habían establecido un punto de abastecimiento.

Tras reaprovisionarse con más hombres y víveres, Pizarro retomó la expedición. Sin embargo, los avances fueron lentos debido a la escasez de vientos favorables y las constantes dificultades de navegación. A pesar de todo, lograron desembarcar en algunos asentamientos indígenas, que presentaban características singulares: sus habitantes construían viviendas sobre árboles altos, utilizando maderos para formar plataformas elevadas. Esto se debía a que el suelo de la región era en su mayoría pantanoso e impracticable, lo que impedía internarse en la tierra firme. Aunque intentaron explorar ríos en busca de terreno seco, nunca lograron hallarlo, lo que sumó frustración a los desafíos ya enfrentados.

Con la intención de explorar y averiguar qué tierras y provincias existían más adelante, así como por la necesidad de conseguir alimentos, Pizarro y su grupo se vieron obligados a intentar comunicarse con los habitantes de la región. Estas gentes, que vivían en plataformas construidas sobre árboles altos, no aceptaron dialogar. Por el contrario, se defendieron desde sus alturas lanzando piedras y otros proyectiles, impidiendo cualquier acercamiento. Estas hostilidades supusieron grandes dificultades para la expedición.

No está claro si fue durante esta segunda expedición o en la siguiente cuando descubrieron el río de las Palmas y un poblado llamado Peruquete. A partir de este nombre, se comenzó a designar como "Perú" a todas las tierras y provincias que posteriormente se exploraron, aunque lo que hoy conocemos como Perú se encuentra más de 600 leguas al sur y no hay evidencia de que el término tuviera origen local. Sin embargo, al regresar a Panamá en 1524, o a comienzos de 1525, llevaron consigo este nombre, que acabaría extendiéndose para referirse a todo el territorio conquistado posteriormente.

Durante esta segunda expedición, el capitán Diego de Almagro salió en busca de Pizarro con otro navío y un grupo de hombres. En uno de los encuentros con los indígenas, Almagro sufrió una grave herida que le dejó tuerto de un ojo. Tras estos eventos, regresaron a su base en la isla para reabastecerse, reorganizarse y prepararse para una tercera expedición.

En esta nueva jornada, con tantos hombres y provisiones como pudieron reunir, aunque aún limitados por la precariedad de sus embarcaciones, reanudaron la exploración. No se atrevían a alejarse demasiado de la costa o de la línea de árboles, pues la navegación seguía siendo incierta y peligrosa. Durante días, avanzaron con lentitud, realizando incursiones por los ríos en barcas y canoas, aunque nunca encontraron tierra firme y habitable donde establecerse. Solo en las islas de la Borbona y del Gallo, deshabitadas, pero con abundantes fuentes de agua dulce y mariscos, pudieron hallar un alivio temporal para sus hombres, quienes lograron reponer fuerzas antes de continuar su arriesgada travesía.

Tras enfrentar las adversidades propias de la tierra y el clima, y debido a que las condiciones meteorológicas eran constantemente desfavorables durante todo el año, los expedicionarios decidieron regresar a Panamá con los pocos hombres que les quedaban. A lo largo de estas expediciones, una gran parte de la tripulación pereció, ya sea por hambre, enfermedades o enfrentamientos con los indígenas. Aunque los asentamientos que encontraron eran pocos y dispersos, sus habitantes eran fieros guerreros que ofrecieron una resistencia encarnizada, causando numerosas bajas entre los españoles.

En particular, en un pueblo rodeado de una estacada defensiva, los exploradores enfrentaron un ataque nocturno que los puso al borde del desastre. Exhaustos y mal equipados, fueron sorprendidos por los indígenas, quienes casi lograron exterminarlos. Solo la rápida reacción de Pizarro, quien despertó primero y se defendió valientemente con una espada y una rodela, evitó una tragedia mayor. Cuando su gente logró socorrerlo, había abatido a varios enemigos y asegurado la victoria, aunque terminó malherido y agotado.

De regreso en Panamá, los hombres llegaron diezmados, sin recursos ni provisiones, y con sus haciendas completamente gastadas. Pedrarias de Ávila, gobernador de la región, les informó que no estaba dispuesto a seguir financiando la expedición. Si deseaban continuar, debían hacerlo por su cuenta. A pesar de haber perdido casi todo y de las dificultades enfrentadas, Pizarro y sus compañeros decidieron proseguir, dispuestos a sacrificar lo poco que les quedaba para cumplir su propósito de descubrir nuevas tierras. Este acto de constancia y valentía fue notable, considerando los escasos frutos obtenidos hasta ese momento.

Con renovada determinación, volvieron a explorar las mismas costas y territorios que ya conocían, enfrentándose nuevamente a los retos del clima y la navegación. Tras días de arduo esfuerzo, llegaron a la isla del Gallo, donde desembarcaron a parte de la tripulación. Desde allí, Pizarro partió con un pequeño navío ligero, llevando solo marineros, agua y las provisiones necesarias para avanzar. Este barco, al ser más ágil, logró navegar con mayor rapidez y eficiencia que en las expediciones anteriores.

Así, en pocos días, descubrieron nuevas tierras. Llegaron a un asentamiento al que llamaron Santiago, ya que lo avistaron en el día del santo, y luego exploraron la bahía de San Mateo. Más adelante, encontraron el pueblo de Tacanez, Tacames o Atacames, situado en la costa. Este avance marcó un punto clave en su exploración, confirmando que su perseverancia comenzaba a rendir frutos.

Con el ánimo renovado por las señales de prosperidad, los exploradores regresaron a la isla del Gallo para embarcarse nuevamente hacia los territorios recién descubiertos. Allí avistaron numerosos indígenas que llevaban vestimentas de lana y estaban adornados con oro, un indicio claro de las riquezas que tanto anhelaban encontrar. Al alcanzar estas tierras, tomaron contacto con los habitantes, adquirieron provisiones y continuaron su avance a lo largo de la costa, explorando y desembarcando en diferentes puntos.

En la región de Tacanez, se encontraron con una feroz resistencia por parte de los indígenas, quienes salieron a enfrentarlos con gran valentía. Sin embargo, la visión de los caballos, que nunca antes habían visto, marcó un giro inesperado en el combate. Pizarro contaba con apenas cuatro o cinco caballos, pero su mera presencia sembró el desconcierto entre los indígenas. Durante el enfrentamiento, uno de los jinetes cayó al suelo, separándose de su caballo. Los indígenas, que consideraban al hombre y al caballo como un solo ser, quedaron atónitos al verlos "dividirse". Este aparente "desdoblamiento" desató un pánico generalizado, y los indígenas huyeron, convencidos de que enfrentaban algo sobrenatural.

El suceso resultó providencial, ya que evitó una posible masacre de los españoles. Aunque la reacción de los indígenas pueda parecer fruto de una falta de coraje, el cronista reflexiona sobre lo natural de su asombro. Jamás habían visto hombres como los europeos ni tampoco caballos, animales cuya apariencia y comportamiento eran completamente desconocidos para ellos. Incluso para quienes tienen más conocimiento, encontrar una criatura tan imponente por primera vez podría causar una mezcla de miedo y admiración.

El cronista describe vívidamente cómo el caballo, con su complexión poderosa, herraduras que brillaban como "manos de clavos" y el freno que mantenía su fuerza controlada, debió parecer un ser extraordinario, más aún en un lugar donde la naturaleza ya albergaba criaturas desconocidas y muchas veces temibles. Así, este encuentro entre culturas simboliza el choque de mundos, con todas sus maravillas y malentendidos.

Tras este extenso recorrido, la expedición logró llegar hasta la provincia de Tumbes, marcando un avance significativo en la exploración de la costa. Francisco Pizarro decidió enviar a Pedro de Candía a inspeccionar el lugar mientras él permanecía en uno de los pueblos cercanos. Candía regresó con relatos asombrosos sobre la ciudad, mencionando un imponente templo del Sol y señalando que los habitantes de Tumbes eran súbditos de un gran señor ubicado a varias jornadas de distancia.

Fue en este lugar donde los españoles tuvieron el primer contacto con las llamas, a las que los cronistas se refieren como "ovejas de la tierra". Los indígenas, en un gesto de hospitalidad, regalaron algunas de estas criaturas a los expedicionarios, quienes las embarcaron como curiosidades para sus informes futuros. Además, se entabló una relación pacífica con los habitantes, lo que permitió que dos españoles permanecieran allí con el propósito de enseñarles costumbres y doctrinas europeas hasta que la expedición pudiera regresar con más recursos y refuerzos.

Sin embargo, al regresar Candía, exageró grandemente la descripción de Tumbes. Relató que se trataba de una ciudad imponente, llena de riquezas y maravillas, algo que más tarde resultó ser una exageración casi absoluta. Aunque el templo del Sol ciertamente existía y era notable, las demás afirmaciones de Candía resultaron ser falsas cuando, tiempo después, más españoles visitaron la ciudad. Paradójicamente, estas exageraciones terminaron siendo una suerte de profecía, ya que las riquezas y la magnificencia que Candía describió se encontraron más adelante, en otras ciudades mucho más al sur.

Pizarro, entusiasmado por las muestras de progreso, decidió regresar a Panamá llevando consigo a varios jóvenes indígenas, las llamas, y muestras de textiles y otros productos de la región. Estas pruebas materiales, junto con las historias de Candía, eran suficientes para sustentar sus planes de continuar la exploración. Con apenas mil ducados, prestados por amigos y partidarios, Pizarro se embarcó rumbo a España para informar a Su Majestad sobre los hallazgos y buscar apoyo para la conquista de estos nuevos territorios. Así, los primeros indicios de lo que sería el imperio incaico despertaron tanto la ambición como la imaginación de los exploradores europeos.

Habiendo regresado a España en el año 1528, Su Majestad, al conocer los esfuerzos realizados y los gastos incurridos por él en aquel descubrimiento, así como la relación y las muestras de las riquezas de la tierra, lo nombró gobernador y capitán general de la misma. Además, le otorgó una porción de tierra delimitada de norte a sur, lo designó adelantado, le concedió el hábito de Santiago y diversas tenencias de fortalezas. Tras aceptar estas disposiciones, partió de la Corte y se dirigió con la mayor cantidad de personas que pudo reclutar en España hacia la ciudad de Panamá. 

Una vez allí, organizó su expedición e hizo pública su intención de conquistar esas tierras, enviando noticias a las colonias cercanas donde había españoles. La fama de lo que Pedro de Candía decía haber visto, por sus enormes riquezas y posibilidades, atrajo a numerosas personas notables que, aunque poseían asentamientos estables, decidieron unirse a la expedición. 

Preparado con todo lo necesario, incluyendo 168 españoles y 27 caballos, así como bastimentos y pertrechos que cargó en siete navíos, Pizarro logró zarpar, no sin grandes dificultades económicas y mucho trabajo. Dejó en Panamá a su compañero, el capitán Almagro, encargado de enviar refuerzos, armas y provisiones según fuera necesario. Sin embargo, Almagro quedó descontento, ya que Pizarro no había gestionado ningún reconocimiento o título honorífico para él, acaparando para sí todas las mercedes concedidas por Su Majestad. 

En el año 1531, Pizarro partió del puerto de Panamá con su tripulación y embarcaciones, acompañado de algunas personas que habían sobrevivido a los infortunios de sus expediciones anteriores, aunque muchos de sus antiguos compañeros ya habían fallecido debido a los padecimientos sufridos mientras él viajaba a España. Entre los que lo acompañaban se encontraban sus hermanos Hernando, Juan y Gonzalo Pizarro. 

La fortuna estuvo de su lado, pues en apenas siete días, sin necesidad de ajustar las velas ni explorar nuevas tierras, llegó directamente a la bahía de San Mateo, el primer territorio prometedor que había descubierto anteriormente, lo que le había tomado más de tres años alcanzar en expediciones previas. Esta vez, la buena fortuna de la travesía radicó en su decisión de evitar las lluvias costeras y aventurarse mar adentro. Es importante señalar que la distancia desde Panamá hasta aquel lugar era de aproximadamente 200 leguas de travesía. 

Si se hubiera viajado bordeando la costa, la distancia habría sido cuatro veces mayor, pues la ruta describía una ensenada que formaba un golfo en forma de herradura. Desde Panamá hasta la bahía mencionada, la travesía era frontal. Los exploradores, que navegaban casi a ciegas, especialmente en la desconocida mar del Sur, se enfrentaban a la falta de preparación y recursos, como recipientes adecuados para almacenar agua potable durante largos trayectos marítimos. No fue hasta que Dios quiso revelarlo que descubrieron el secreto de esta navegación, llevándolos de manera directa y certera a la bahía mencionada, donde finalmente desembarcaron. 

En aquel lugar, echaron los caballos al agua para que alcanzaran la costa. Aunque la mayoría llegó en buen estado, algunos murieron durante la travesía. Después de un merecido descanso, comenzaron su marcha siguiendo la misma ruta costera que habían explorado previamente, sin aventurarse tierra adentro. Llegaron al pueblo de Tacanez y a otros asentamientos que ya conocían, y más adelante alcanzaron un pueblo costero llamado Coaque. Los habitantes de este lugar, al enterarse de su llegada, huyeron hacia las montañas.

El capitán Pizarro decidió establecer su campamento en Coaque durante algunos días, pues el lugar era amplio, con buenos aposentos y suficiente provisión de alimentos. Desde allí, envió los navíos en dos direcciones: unos hacia Panamá, donde Almagro permanecía, para solicitar refuerzos, y otros a la provincia de Nicaragua, donde se había reunido un buen número de hombres dispuestos a unirse a la expedición si eran llamados. En estos barcos también enviaron muestras de oro, plata, y tejidos de lana y algodón de gran calidad, además de noticias prometedoras sobre las tierras por explorar. 

Coaque, situado junto al mar, era un asentamiento de unas cuatrocientas casas, con una ubicación atractiva y bien organizada. Sin embargo, tenía la desgracia de encontrarse en una región particularmente insalubre, considerada una de las costas más enfermas bajo el cielo. Los recién llegados pronto fueron atacados por terribles fiebres que, en muchos casos, mataban en apenas veinticuatro horas. Además, surgió una enfermedad aún más inquietante: unas verrugas de gran tamaño, similares a nueces o avellanas, que sangraban profusamente y a menudo también causaban hemorragias nasales. Aunque esta dolencia no era tan letal como las fiebres, debilitaba tanto a las personas que las dejaba incapaces de buscar alimento o realizar otras tareas esenciales. 

A causa de las numerosas muertes y del estado deplorable en que quedaron los supervivientes, pronto enfrentaron una severa escasez de alimentos, sin fuerzas suficientes para abandonar aquel lugar y buscar sustento.

Esta enfermedad, sin duda, era una plaga nueva y nunca antes vista en el mundo, aunque no resultaba desconocida para los españoles, pues ya existía entre los indígenas, aunque no con tanta gravedad, al tratarse de su propia tierra. Se dice que la línea ecuatorial pasa justo por encima de este pueblo, lo que podría explicar las particularidades tan notables de la región. Una de ellas es la presencia de minas de esmeraldas finas, que fueron descubiertas entre los despojos del lugar.

Estas esmeraldas, en cantidad y pureza sorprendentes, habrían representado una riqueza incluso mayor que el oro encontrado más adelante si se las hubiera conocido y valorado en su momento. Sin embargo, al ignorar su verdadera naturaleza y confundirlas con materiales de la dureza del diamante, muchos intentaron probarlas golpeándolas contra yunques. Debido a la fragilidad de las esmeraldas, estas se quebraban fácilmente, por lo que eran consideradas simples vidrios. No obstante, algunas de estas gemas, por su atractivo, fueron guardadas enteras o en fragmentos. Entre ellas, un pedazo de una esmeralda de gran tamaño llegó a manos de la emperatriz, nuestra señora, y tuvo un valor de muchos ducados. A pesar de esto, la mayoría de las esmeraldas se perdió, llevadas por los indígenas o destruidas por el desconocimiento. 

Está comprobado que esta región era la fuente principal de estas gemas, ya que los indígenas que más adelante poseían esmeraldas aseguraban que procedían de aquí. Además, en el lugar se encontraron cuentas de vidrio del mismo color verde intenso que las esmeraldas. 

Mientras tanto, los navíos enviados a Panamá y Nicaragua regresaron con refuerzos de hombres y caballos para unirse al gobernador. Los que partieron de Panamá, al estar más cerca, llegaron primero al pueblo de Coaque, donde Pizarro se encontraba enfrentando grandes necesidades. Este refuerzo trajo un alivio considerable que permitió al grupo abandonar la región antes de que las enfermedades afectaran a los recién llegados. 

Retomaron el avance siguiendo la costa, siempre con los navíos a la vista, que les proporcionaban apoyo y ánimo. Así, poco a poco, ingresaron en una provincia llamada Pasao, situada en una pequeña sierra junto al mar. Esta región estaba habitada por una población belicosa y ferviente adoradora de ídolos, con muchos dioses. 

Entre las particularidades observadas en Pasao, una de las más impactantes fue su forma de tratar a los muertos. En las mezquitas donde sepultaban a sus difuntos, los cuerpos eran desollados y la carne, quemada. Con la piel tratada como si fuera cuero, confeccionaban figuras que rellenaban con paja, dejando la carne hacia el exterior. Estas figuras, con los brazos extendidos en cruz, eran colgadas del techo de las mezquitas. Al entrar en la plaza y ver aquellos cueros colgados en forma de cruz, los españoles pensaron inicialmente que los habitantes de Pasao tenían algún conocimiento de nuestro Señor Jesucristo y que habían representado su imagen. Sin embargo, al investigar más de cerca, entendieron que aquello era parte de un rito funerario.

Los habitantes de esta provincia eran personas fugitivas y de carácter indómito, por lo que abandonaron sus hogares y se refugiaron en las montañas. Al igual que los de Coaque, utilizaban un sistema de peso y medida, y el peso consistía en una romana de media vara de largo, con su cuenta y número, y un pilón. Sin embargo, no se vio que utilizaran estas balanzas para pesar otros productos, sino solo oro y plata. Es razonable suponer que estas balanzas estaban destinadas exclusivamente para estos metales preciosos, debido a su tamaño reducido, mientras que para otras mercancías debían emplear otro tipo de pesas.

En cuanto a los difuntos, los habitantes de Pasao conservaban las cabezas mediante un proceso bastante singular. Tras extraer el cráneo por el cogote, conservando intactos los rasgos faciales —narices, ojos, mejillas, cejas y cabellos—, los curaban con una especie de bálsamo o ungüento. Este proceso les permitía preservar la carne o el cuero, evitando su descomposición y manteniendo las estructuras como las narices, los cabellos y las cejas adheridos a la piel. Se les daba tantos baños y tratamientos que los rostros de los muertos se reducían a un tamaño sorprendentemente pequeño, similar al de un recién nacido, aunque la forma original del rostro se mantenía. Luego, estos rostros conservados se guardaban en arcas dentro de las mezquitas, y los indígenas aseguraban que podían durar sin descomponerse durante dos o tres generaciones. Este proceso, tan inusual, causaba gran admiración entre los españoles, quienes al principio pensaron que se trataba de rostros de personas enanas, hasta que descubrieron la verdad detrás de este curioso ritual.

Tras salir de Pasao, el gobernador y su gente continuaron su marcha hacia la costa, hasta llegar a un brazo de mar salado, de aproximadamente una legua de ancho, que fue nombrado la bahía de Caraque, en honor a la provincia de donde provenían. El cruce de este brazo de mar les causó algunos problemas, ya que los navíos se habían alejado, y tuvieron que avanzar tanto por tierra que pudieron cruzarlo a pie. Durante este trayecto, padecieron una gran sed, pues durante tres o cuatro días no encontraron agua dulce, ya que todo el terreno era salado. Finalmente, lograron cruzar, pero todas las provincias a lo largo del trayecto estaban deshabitadas, pues sus habitantes huían al ver a los caballos y la peculiar forma de los españoles.

Continuando por la costa, el gobernador Pizarro llegó a un golfo más grande, de tres leguas de mar de ancho, que llevaba a una isla llamada la Puna, la cual solo podía ser atravesada por navíos, barcas u otros medios de navegación. Mientras discutían cómo proceder, vieron acercarse por el mar una balsa a la vela, que parecía estar transportando el cargamento de un navío. Esta balsa fue enviada por el señor de la isla con varios mensajeros para ofrecer a Pizarro la posibilidad de entrar en su tierra y garantizarle el paso de su gente y caballos, enviando varias balsas para tal fin. Los mensajeros fueron bien recibidos, y Pizarro agradeció su buena voluntad, obsequiándoles algunos productos locales antes de que regresaran.

Estas balsas, construidas con maderos gruesos y largos, eran tan livianas y flotantes sobre el agua como el corcho. Los indígenas las ataban fuertemente con maromas, creando una estructura elevada para proteger las mercancías de la humedad. Además, colocaban un mástil en el madero central y ponían una vela para navegar por las costas. Este tipo de navío era extremadamente seguro, pues no podía volcarse ni hundirse, ya que el agua las bañaba por todos los lados.

La flota de balsas enviada por el señor de la isla, llamado Tumbala, fue recibida con gran entusiasmo por el capitán Pizarro, ya que les ofrecía un medio seguro para cruzar al otro lado. Sin embargo, poco después, varios indígenas alertaron a Pizarro de que el señor de la isla les había tendido una trampa. El propósito del ofrecimiento era envenenar la situación y matarlos. La estrategia consistía en que, mientras los españoles viajaban desprevenidos a bordo de las balsas, los nativos, que llevaban hachas, cortarían las maromas que unían los maderos, deshaciendo la balsa y causando que los españoles y sus caballos se ahogaran. Los indígenas, como grandes nadadores, se salvarían al aferrarse a los maderos.

Al conocer este complot, Pizarro y su gente decidieron embarcarse rápidamente y tomar precauciones para evitar que les destruyeran las balsas, asegurando así su paso de manera segura.

Así, pasaron el golfo sin que los indígenas se atrevieran a acometer lo que habían planeado, a pesar de haber mostrado indicios de querer atacarlos. Cuando llegaron a la isla, toda la gente y los caballos se desembarcaron, y el señor de la isla, acompañado de muchos hombres, danzas y música, que incluía flautas y tambores, salió a recibirlos. Les ofreció diversos tipos de pescados y otros alimentos que abundaban en la isla. Luego, los condujo a un pueblo donde él tenía su residencia, y allí pasaron algunos días en paz.

Sin embargo, el señor de la isla, al ver que los españoles se quedaban en su tierra con la intención de someterla, decidió rebelarse una noche. Juntó a toda su gente, encendió fuegos por doquier y atacó a los españoles. No obstante, fue la voluntad de Nuestro Señor que se resolviera favorablemente, aunque durante toda esa noche y el día siguiente estuvieron en gran peligro. Finalmente, los indígenas fueron expulsados del pueblo y se refugiaron en un espeso bosque cercano al mar, donde, de manera sigilosa, habían trasladado sus pertenencias y mujeres sin que nadie lo notara.

Se intentó por todos los medios atraer a los indígenas a la paz, pero no fue posible, ya que se habían atrincherado en las montañas y selvas. Ante esto, se decidió que, en cuanto llegaran los navíos de Panamá y Nicaragua, toda la gente se embarcaría para dirigirse a Tumbes, que estaba a unas siete leguas de allí, ya que todos confiaban en la información proporcionada por Pedro de Candía sobre esa región.

Cuando los navíos llegaron con la gente de Panamá y Nicaragua, que, aunque pocos, eran hábiles en la guerra contra los indígenas, Pizarro y su gente se embarcaron hacia Tumbes. Esperaban encontrar allí a los habitantes del pueblo y las comarcas circundantes en paz. Sin embargo, al llegar a Tumbes, encontraron el pueblo desierto, sin una sola persona viva, ya que todos se habían refugiado tierra adentro. Como los lugares deshabitados, por más prometedores que fueran, no ofrecían buen refugio, Pizarro se dio cuenta de que no solo no era un buen lugar, sino que, además, era muy pobre. Todo lo que Pedro de Candía había dicho sobre el pueblo resultó ser falso.

Esto dejó a la gente muy confundida, pues esperaban encontrar allí riqueza y tranquilidad, después de haber enfrentado tantas dificultades. Algunos incluso pensaron en apedrear a Pedro de Candía por haberles hecho dejar sus hogares, basándose en su falsa descripción. No obstante, lo que sí resultó impresionante fue el templo del sol, donde los indígenas rendían culto a su deidad. El edificio era monumental y estaba decorado tanto por dentro como por fuera con grandes pinturas y matices de colores brillantes, algo que era muy característico de esa región.

Pocos días después de nuestra llegada a ese pueblo, salió gente a buscar a los indígenas que se habían dispersado por un gran río que descendía de la sierra, y los españoles encontraron al señor del pueblo, llevándolo de regreso a sus casas sin hacerle daño alguno. Desde este pueblo comienza el pacífico dominio de los señores del Cusco y sus tierras. Aunque los señores anteriores, como el de Tumbala, que era un líder importante, eran sus súbditos, no eran tan pacíficos como los pueblos que vendrían después. Estos, aunque también rendían tributo, lo hacían sin mayor conflicto; sin embargo, a partir de este punto, todos eran vasallos obedientes.

Una vez pacificado este pueblo y hecha la paz con el señor de él, que se llamaba Chilimasa, nos informamos sobre lo que había sucedido con los españoles. Nos dijeron que los habían matado, pero achacaban la culpa de sus muertes a otros. Aquí tuvimos noticias sobre la grandeza de las tierras que seguían y del poder de Atahualpa, detallándonos las provincias que dominaba. Además, nos hablaron de un río caudaloso, llamado Tallana, que estaba a unas veinte leguas de allí, rodeado de muchos pueblos. En esos pueblos, había corregidores y autoridades designadas por el gran señor.

Según la relación del señor de Tumbes, después de un descanso tras las arduas negociaciones, el gobernador Pizarro, acompañado de toda su gente, partió del pueblo de Tumbes. A los tres días de viaje, llegó al río Tallana, encontrándose en el pueblo de Poechos, donde confirmó la veracidad de lo que los habitantes de Tumbes le habían contado, y además obtuvo más información sobre lo que había más adelante. El río Tallana estaba muy poblado, con una ribera rica en frutales, y su tierra era mucho mejor que la de Tumbes. Abundaba en alimentos y ganado de la región.

Pizarro decidió explorar toda la zona hasta llegar al mar. Al parecer, el río tenía un buen puerto y condiciones favorables para fundar una población, así que resolvió establecer allí un pueblo. Eligió el mejor sitio para fundar la villa de San Miguel, un lugar que, en su momento, ofrecía abrigo y un punto seguro para los navíos y las personas que llegaran a esa tierra. Así, fundó la villa de San Miguel, repartió tierras, solares e indígenas a aquellos que quisieran asentarse, y después de completar el pueblo, las casas, la iglesia y las justicias, decidió continuar su marcha y buscar al gran señor de la región.

Esta tierra de San Miguel, junto al río Tallana, forma parte de una extensa costa que se extiende más de trescientas leguas hacia adelante. Es una región cálida, donde nunca llueve, y no hay poblaciones fuera de los ríos, que son numerosos y grandes. Estos ríos riegan la tierra, y las grandes llanuras, bosques y frutales crecen de diversas maneras. Los árboles dan fruto dos veces al año, porque el sol siempre es constante y el agua nunca falta, lo que hace que la tierra no se agote de producir.

Desde este pueblo, partió el gobernador con toda su gente, a lo largo de un camino ancho y espacioso, hecho a mano, que se extendía por más de cuatrocientas leguas. La expedición estaba formada por ciento cincuenta españoles, de los cuales noventa iban a caballo y el resto, a pie, incluidos ballesteros y arcabuceros, armados con espadas y rodelas. En cuanto a la magnitud de este camino y otro que se adentraba más en la tierra, se hablará más adelante; por ahora, solo se mencionará el trayecto recorrido. A veces marchábamos por el mismo camino, y otras veces nos desviábamos por rutas alternas, pasando por varias poblaciones y frondosas arboledas, como ya he mencionado. Después de algunos días de viaje, llegamos a una provincia grande y viciosa llamada Caran, donde nos quedamos durante un tiempo. Los naturales de la tierra nos proporcionaron abundante comida, y en cada pueblo donde fuimos bien recibidos, se tuvo mucho cuidado en tratar a los habitantes con respeto, evitando cualquier tipo de agravio.

Mientras estábamos en este lugar, el gobernador Pizarro envió al capitán Hernando de Soto con una expedición para explorar lo que había al otro lado de una sierra que se veía desde allí. Según los rumores, en ese lugar se encontraba un pueblo principal. Soto cumplió su misión, llegó al pueblo y trajo información más detallada sobre la grandeza de la región. Descubrió que por allí pasaba otro camino, mucho más grande que el que habíamos recorrido, y los habitantes del pueblo le contaron sobre las jornadas y provincias que se extendían hasta llegar a la ciudad del Cusco, la principal de todas aquellas tierras, donde residían habitualmente los señores locales. Con esta valiosa información, Soto regresó a donde el gobernador Pizarro se encontraba.

Tras llegar a un acuerdo sobre los pasos a seguir, se decidió avanzar y explorar las provincias que se encontraban por delante, de las cuales se tenía gran noticia, con el objetivo de llegar a Cajamarca, donde se encontraba el citado Atahualpa, con la ayuda de Nuestro Señor. Estábamos ya listos para partir cuando llegó un mensajero de Atahualpa, portando un presente, como es costumbre entre los señores para saludarse mutuamente. Este mensajero, un indio, entró con tal soltura al lugar donde se encontraba el gobernador Pizarro, como si hubiera vivido toda su vida entre los españoles. Tras hacerle llegar su mensaje, que consistía en preguntar de qué tierra veníamos y qué era lo que buscábamos, permaneció con nosotros durante dos o tres días. Durante este tiempo, contó minuciosamente cuántos españoles, caballos y armas llevábamos, ya que su misión parecía más orientada a conocer estos detalles que a transmitir un mensaje.

Al cabo de esos días, el gobernador Pizarro obsequió al mensajero y a sus acompañantes con camisas, cuentas de vidrio, jaspes y otros objetos valiosos de España, que los indios apreciaban mucho, además de un obsequio especial para Atahualpa. Con estos regalos y palabras amistosas de parte del gobernador, el mensajero regresó para informar a Atahualpa sobre la visita que se avecinaba. Es importante señalar que los indios de la región se entendían bien con los españoles, pues aquellos jóvenes que Pizarro había llevado a España durante el descubrimiento de la tierra, hablaban nuestra lengua y servían de intérpretes entre nosotros y los naturales.

Volviendo al relato, el capitán, acompañado de su gente, partió por ese camino hacia adelante, cruzando varios pueblos grandes y destacados, rodeados de frondosas selvas y arboledas. A lo largo del recorrido, encontraron innumerables personas y templos dedicados al sol, entre otros elementos que, por evitar la prolijidad, no se mencionan.

Después de haber atravesado varias poblaciones en nuestra travesía hacia la provincia de Cajamarca, donde se encontraba Atahualpa, tuvimos que dejar el camino real y tomar otro sendero. Subimos por una sierra desolada que tenía más de una legua y media de ascenso, con pasos muy difíciles. Tal era la dureza del terreno que, si Atahualpa hubiese previsto nuestra presencia, habría sido inútil intentar avanzar. Sin embargo, como era voluntad de Dios que la tierra fuera conquistada y allanada, permitió que él no se apercibiera de nuestra proximidad. Atahualpa, confiado y subestimándonos, sin sospechar que ciento cincuenta hombres podían atacarlo, nos permitió pasar sin impedimentos, y continuamos nuestra marcha, atravesando otros pasos igualmente difíciles.

Al parecer, la intención de Atahualpa era conocernos, saber de dónde veníamos, quién nos había enviado y qué buscábamos. Era un hombre sabio y perspicaz, aunque sin escritura ni luz formal, y siempre curioso por aprender. Su plan era, en principio, capturarnos, despojarnos de nuestros caballos y posesiones, y sacrificar a los demás. Pero, como Dios tenía otro propósito, las circunstancias tomaron un rumbo diferente al que él había planeado.

Tras tres o cuatro jornadas de penosa travesía por las sierras y caminos ásperos, llegamos, un jueves por la tarde, a la vista del pueblo de Cajamarca, después de quince días de viaje, en el mes de noviembre. A lo lejos, vimos el Real que Atahualpa tenía asentado a una legua del pueblo. Este Real se extendía por más de una legua y media en el valle, y las innumerables tiendas que lo rodeaban nos impresionaron profundamente. No imaginábamos que los indígenas pudieran tener una estancia tan imponente, ni tantas tiendas tan bien organizadas. Era algo nunca visto hasta entonces en las Indias, lo que nos causó gran desconcierto y temor, aunque no era conveniente mostrar debilidad, ni mucho menos retroceder. Si los indígenas llegaban a percibir alguna flaqueza en nosotros, los mismos indios que nos acompañaban podrían haber aprovechado para matarnos.

Así, con ánimo firme y sin mostrar temor, después de haber vigilado cuidadosamente el pueblo y las tiendas, descendimos por el valle y llegamos al pueblo de Cajamarca, donde sólo se encontraban los habitantes locales y algunos guerreros de Atahualpa que, desobedeciendo órdenes, se acercaban a vernos. Estos guerreros habían viajado desde el Real hasta allí, que quedaba a una legua de distancia, por una calzada construida a mano, lo que nos dejó asombrados.

Al llegar al pueblo, sin que nadie se apease, se decidió que Hernando Pizarro, acompañado de hasta treinta caballeros, personas principales y Martín, el intérprete, se dirigiera al Real de Atahualpa para informarle de nuestra llegada y preguntarle cómo deseaba proceder con la reunión, si quería que se realizara en el pueblo o en su residencia, pues todo dependería de su voluntad. Hernando Pizarro, acompañado de mí, cumplió con esta misión.

Llegamos a una acequia que cruzaba un puente, junto a una casa de recreo en el valle, donde Atahualpa tenía unos baños, un lugar digno de ver. A la entrada del puente, nos encontramos con muchos escuadrones de indios armados, pero pasamos entre ellos sin que nos causaran daño, ni nosotros a ellos, indicándoles el lugar donde se encontraba el gran señor.

Al llegar al patio de la mencionada casa, que se encontraba frente a ella, vimos a Atahualpa sentado en medio de una gran multitud de indios. Era el gran señor del que tanto habíamos oído hablar, con una corona en la cabeza y una borla que caía de ella, cubriéndole toda la frente, símbolo de su autoridad. Estaba sentado en una pequeña silla baja, al estilo de los turcos y moros, rodeado por más de seiscientos nobles de su tierra.

Hernando Pizarro comenzó la conversación, anunciando nuestra llegada y explicando que éramos vasallos de un gran emperador que nos había enviado a conocer esas tierras, predicar la fe de Jesucristo y enseñar a él y a su pueblo. Usó muchas palabras de amistad y paz. Sin embargo, Atahualpa, con su inclinación natural a saber de dónde veníamos y qué queríamos, observó en silencio nuestras personas y caballos, mostrando una serenidad y gravedad tal que no respondió palabra alguna. Solo uno de los señores a su lado respondió: "Está bien".

Al ver que Atahualpa no hablaba y que la respuesta provenía de otra persona, Hernando Pizarro le pidió de nuevo que hablara por su propia boca. Entonces, Atahualpa volvió la cabeza, sonrió y dijo: "Decid a ese capitán que me envía que estoy en ayuno y lo terminaré mañana por la mañana. En cuanto haya terminado, vendré con algunos de mis principales a verle. Mientras tanto, que se acomode en las casas de la plaza, que son de uso común para todos, y que no entre en ninguna otra hasta que yo llegue. Yo me encargaré de lo que debe hacerse".

Al escuchar esto, el principal nos invitó a bajar y comer. Sin embargo, con la mejor excusa posible, rechazamos la invitación. Entonces, él nos dijo: "Si no queréis comer, bebed del vino de esta tierra, donde estáis". No pudimos negarnos a esto, y así, unas matronas aparecieron con vasos de oro en las manos y ofrecieron bebida a los que estaban más cerca de ellas.

Una vez hecho esto, Atahualpa prestó mucha atención a los caballos. Pareció impresionado, y un capitán, Hernando de Soto, que llevaba un caballo de paso, le preguntó si quería que lo hiciera correr por el patio. Atahualpa hizo un gesto afirmativo, y así el caballo galopó con gracia durante un rato. Era un animal animoso, que echaba mucha espuma por la boca. La rapidez con la que se movía dejó a Atahualpa asombrado, aunque más aún sorprendió a la multitud, que murmuraba entre sí. Cuando un escuadrón de indios vio acercarse al caballo, retrocedió aterrorizado. Esta muestra de temor costó la vida a los que se habían retirado, pues Atahualpa ordenó matarlos esa misma noche.

Después de este incidente, y tras observar la magnitud del ejército y las impresionantes tiendas, regresamos a donde nos esperaba el capitán, profundamente alarmados por lo que habíamos presenciado. Entre nosotros, discutimos diversas opiniones y llegamos a acuerdos sobre lo que debíamos hacer, conscientes de nuestra escasa cantidad y de lo adentrados que estábamos en tierras desconocidas, lejos de poder recibir ayuda, pues a más de ochenta leguas se encontraba la villa de San Miguel.

Al llegar al lugar donde el gobernador nos esperaba, le contamos lo sucedido, y esa noche, todos los españoles se reunieron en su posada para deliberar sobre qué hacer al día siguiente. A pesar del miedo que nos embargaba, los españoles mostraron mucho ánimo y regocijo, durmiendo poco, ya que hicimos guardia en la plaza. Desde allí, se podían ver los fuegos del ejército indígena, lo cual era una visión impresionante, pues, al estar en una ladera y tan agrupados, parecía un cielo estrellado.

Al amanecer del viernes, oímos misa y nos encomendamos a nuestro Señor, suplicándole que nos protegiera. Tras esto, el gobernador ordenó que toda la gente de a caballo permaneciera en su aposento, que estaba alrededor de la plaza, listos para actuar en caso de que Atahualpa viniera de una manera diferente a la prometida. Los de pie debían permanecer cerca de él, pues el gobernador deseaba pelear a pie, ya que sabía que lo haría mejor de esa manera que a caballo.

Una vez organizada la gente, se pusieron dos atalayas en una mezquita de piedra en la plaza, para que pudieran vigilar y ver cualquier movimiento en el Real. Desde las seis de la mañana hasta las cuatro de la tarde, todo ese tiempo se dedicó a organizar los escuadrones de guerra y preparar los arreos necesarios para Atahualpa, sus mujeres y sus oficiales. Cabe destacar que ninguno de los más de cincuenta mil hombres de guerra que tenía Atahualpa estaba sin una patena en la frente, bien pulida, de cobre, oro o plata, las cuales reflejaban una luz tan intensa que causaban gran temor al verlas.

A las cuatro de la tarde, comenzaron a avanzar por su calzada hacia donde estábamos. Al llegar a las cinco, o poco después, alcanzaron la puerta de la ciudad, cubriendo todo el campo con su multitud. Comenzaron a entrar en la plaza, y unos trescientos hombres, como mozos de espuela, avanzaban con sus arcos y flechas en las manos, cantando una canción que no era nada agradable para nosotros. De hecho, su canto era espantoso, casi infernal. Después dieron una vuelta alrededor de la mezquita, fingiéndose que limpiaban el suelo con las manos, aunque no hacía falta, ya que los habitantes del pueblo ya lo habían barrido bien antes de su llegada.

Cuando terminaron de dar la vuelta, se detuvieron todos juntos, y entró otro escuadrón de hasta mil hombres, con picas sin hierros, cuyas puntas estaban tostadas. Todos llevaban una librea de colores, siendo la de los primeros blanca y roja, similar al patrón de un tablero de ajedrez. Tras la entrada de este segundo escuadrón, llegó el tercero, también con una librea distinta, y todos portaban martillos de cobre y plata, un arma que ellos solían utilizar. De esta manera, fueron entrando en la plaza varios señores principales, que venían en medio de los de adelante y de la persona de Atahualpa.

Detrás de estos, en una litera muy rica, con los cabos de los maderos cubiertos de plata, se encontraba la persona de Atahualpa, que era llevada por ochenta señores a hombros. Todos ellos vestían una librea azul muy lujosa, mientras que él mismo estaba vestido de manera aún más rica, con una corona en la cabeza y un collar de grandes esmeraldas al cuello. Estaba sentado en la litera, sobre una silla pequeña y un cojín muy elegante. Al llegar al centro de la plaza, se detuvo, dejando su torso descubierto, mientras toda la gente de guerra que entraba en la plaza lo rodeaba, sumando entre seis y siete mil hombres.

Al ver que nadie se acercaba a él ni parecía salir a su encuentro, Atahualpa pensó, y luego lo confesó después de ser capturado, que nos habíamos escondido por miedo a su poder. Entonces, levantó la voz y exclamó: "¿Dónde están estos?", a lo que salió del aposento del gobernador Pizarro el Padre Fray Vicente de Valverde, de la orden de los Predicadores, quien más tarde sería obispo de esas tierras. Llevaba la Biblia en la mano y un Martín, lengua. Juntos, se abrieron paso entre la multitud hasta llegar a donde estaba Atahualpa.

Fray Vicente comenzó a hablarle de la Sagrada Escritura, diciendo que Nuestro Señor Jesucristo mandaba que entre los suyos no hubiese guerra ni discordia, sino toda paz, y que en su nombre él le pedía y requería lo mismo, ya que antes se había acordado que trataría esto solo, sin gente de guerra. Atahualpa escuchó en silencio, sin responder nada, mientras el fraile continuaba diciéndole que debía considerar lo que Dios mandaba, lo que estaba escrito en el libro que llevaba en la mano. Atahualpa, curioso, pidió ver el libro y lo hojeó, observando el formato y la disposición del texto. Después de examinarlo, arrojó el libro entre la multitud con gran ira y el rostro enrojecido, diciendo: "Decidles a esos que vengan acá, que no pasaré de aquí hasta que me den cuenta y satisfagan lo que han hecho en la tierra".

Al ver esto el fraile, y al notar lo poco que aprovechaban sus palabras, tomó su libro, bajó la cabeza y se dirigió rápidamente hacia donde estaba el gobernador Pizarro. Le dijo casi corriendo: "¿No veis lo que pasa? ¿Para qué estáis en comedimientos y requerimientos con este perro lleno de soberbia, cuando los campos están llenos de indios? ¡Salid a él, que yo os absuelvo!"

Así, tras decir estas palabras en un instante, se hicieron sonar las trompetas, y parte de su grupo, con toda la gente de pie que estaba con él, salió gritando: "¡Santiago, a ellos!" Al escuchar este grito, todos salimos al unísono. Las casas que daban a la plaza tenían muchas puertas, y parecía que habían sido construidas con ese propósito.

Al atacar los de caballo y romper las líneas, todo ocurrió rápidamente. Sin causar más muertes que la de un negro de nuestra parte, desbaratamos a los enemigos, y Atahualpa fue hecho prisionero, mientras la gente comenzaba a huir. Sin embargo, no pudieron escapar en desbandada, ya que la puerta por la que habían entrado era pequeña, y en la confusión no podían salir. Al ver lo lejos que estaban de la salida, dos o tres mil de ellos se arrimaron a un muro y, al tratar de saltarlo, cayeron al suelo. Este muro daba al campo, por lo que no había casas en esa parte, lo que les permitió encontrar un camino más amplio para huir.

Mientras tanto, los escuadrones de gente que habían quedado en el campo, al ver la fuga y escuchar los gritos, también fueron desbaratados y huyeron. Fue algo impresionante ver cómo un valle de cuatro o cinco leguas se llenaba de gente en fuga. En ese momento, la noche llegó rápidamente, y la gente se retiró. Atahualpa fue llevado a una casa de piedra, que era el templo del sol, donde pasó la noche. La victoria nos llenó de gran regocijo y satisfacción, pero pusimos mucha atención en hacer guardia alrededor de Atahualpa para evitar que lo recapturaran.

Ciertamente, fue una permisión de Dios y un gran acierto, guiados por su mano. Si ese día no hubiéramos capturado a Atahualpa, con la soberbia que llevaba, aquella noche hubiéramos sido todos destruidos, pues éramos tan pocos, como ya he dicho, y ellos tan numerosos.

Al día siguiente por la mañana, un capitán, acompañado de algunas personas, fue a inspeccionar el campamento y las tiendas de Atahualpa, lo cual era una visión impresionante. Encontraron muchas tiendas llenas de ropa nueva, destinada a proporcionar libreas para las tropas de su ejército, ya que en pocos días tenía planeada su coronación y una gran celebración por ello. Había vencido a su hermano Huáscar, el señor universal de toda la tierra, y lo tenían prisionero, después de haberlo derrotado en la ciudad de Cusco. Estaba previsto que Atahualpa lo sacrificara durante las mismas festividades.

Se encontraron también grandes cantidades de suministros, tanto carnes y cecinas como ovejas, algunas para carga y otras para consumo. Además, había numerosos pertrechos y armas. Las tiendas, la ropa de lana y algodón eran tan abundantes que, en mi opinión, habrían sido necesarios muchos barcos para transportarlas. Así, toda esa abundancia quedó allí, a la espera de que sus dueños la reclamaran y la pusieran en cobro. En cuanto al oro, la plata y otros objetos valiosos, fueron recogidos y llevados a Cajamarca, donde quedaron bajo la custodia del Tesorero de Su Majestad.

Mientras Atahualpa estaba prisionero, habló sobre sus pensamientos y planes en relación con los españoles y sus caballos. Era tan astuto y elocuente que, sin necesidad de que le preguntaran, expresó su sorpresa por cómo los acontecimientos habían transcurrido de manera tan contraria a lo que había planeado. Hizo comentarios sobre cómo tenía pensado tomar los caballos y las yeguas, pues le parecían valiosos para criar más caballos, y que los españoles serían sacrificados al Sol o castrados para que sirvieran en su casa y custodiara a sus mujeres, tal como era su costumbre.

Explicó que su consentimiento para dejarnos entrar en la tierra había sido porque veía cuán pocos éramos. Desde el primer día que desembarcamos, ya sabía cuántos españoles y caballos íbamos. Calculaba que no podíamos ser una amenaza, dado el número tan reducido de nuestros hombres en comparación con las grandes multitudes de su ejército, que en dos ejércitos sumaba más de cien mil hombres. A mi juicio, tenía razón en hacer ese cálculo, si no fuera porque Dios nuestro Señor decidió tomar el control y obrar maravillosamente como lo hizo.

Cuando la noticia de su prisión llegó a todos sus dominios, vinieron de cada provincia a visitarlo a él y a los españoles, trayendo presentes de lo que había en sus tierras, tanto de oro como de plata y otros objetos. El respeto con el que entraban para hablarle era grande, y él se comportaba con ellos con la dignidad de un príncipe, mostrando la misma gravedad estando preso y derrotado que antes de que ocurriera aquello.

Un día, mientras le preguntaban sobre su tierra y señoríos, y él respondía con buen semblante y alegría, dijo que toda la tierra era muy rica en oro y plata, y que pensaba que esos metales eran lo que más nosotros estimábamos. Aseguró que tenía la manera de reunir mucho de ellos, porque en las mezquitas y templos del Sol y en otros lugares había grandes cantidades. Sin embargo, estas promesas las hacía como un hombre temeroso de ser ejecutado, y las ofrecía sin darle mayor valor, ya que, por un lado, había abundancia en su tierra, y por otro, porque ofrecía lo que había tomado de manera tiránica a su hermano Huáscar, señor de la tierra, quien había sido derrotado y apresado por él, como ya se ha dicho.

Durante todo su tiempo en prisión, Atahualpa recibió un trato muy digno. Un padre dominico se encargaba de predicarle y de explicarle los aspectos de nuestra Santa Fe, informándole sobre lo que le convenía para su salvación. El gobernador también le hizo entender que estaba encomendado por Su Majestad para descubrir y reclamar aquellas tierras, invitando a los naturales a someterse a su obediencia y a la de la Iglesia, lo cual fue explicado claramente por los intérpretes. Al parecer, Atahualpa entendió bien todo lo que se le decía y respondió como alguien que comprendía perfectamente.

Creo que se llegó a un acuerdo de paz en nombre de Su Majestad, y que Atahualpa se sometió como vasallo. Se tomaron las medidas habituales para formalizar la paz. Mientras tanto, el gobernador se enteró de que su hermano Huáscar estaba siendo traído prisionero desde la ciudad de Cusco, y le informó a Atahualpa que sabía que su hermano había sido derrotado por su propio ejército. Le dijo que le habían informado que Atahualpa había dado órdenes para que, dondequiera que lo encontraran en el camino, lo mataran. El gobernador le insistió que esa acción era muy desagraciada ante Dios y el emperador, y que no debía permitirla. Al llegar Huáscar, se llevaría a cabo una investigación para determinar quién tenía derecho sobre la tierra, administrando justicia y buscando la paz entre ellos. Esto debió causar malestar en Atahualpa, pues pocos días después llegó la noticia de que su hermano había muerto. Atahualpa se excusó, diciendo que él no había dado la orden de matarlo, sino que los encargados de su prisión lo habían hecho por su cuenta. Esta excusa fue reprendida por el gobernador y el predicador, pero como era algo común en él, no pareció importarle mucho la reprimenda.

Según lo que él mismo comentó, había matado a muchos otros hermanos que apoyaban a la facción de su hermano. Se cuenta que, al recibir una embajada de su hermano, hizo quitarle la piel viva mientras él observaba, y bebió de la cabeza de su hermano, adornada con oro, el día en que fue derrotado. Además, es importante señalar que Atahualpa tenía un total de cien hermanos y hermanas.

A los dos meses, aproximadamente, de la captura de Atahualpa, se decidió enviar a un grupo de personas para explorar el terreno y conocer el camino hacia el Cusco. El objetivo era estudiar los pasos, los caminos, los ríos caudalosos y los puentes de red y maromas para saber si los caballos podrían cruzarlas, de modo que no nos moviéramos sin tener claro por dónde íbamos. Al enterarse Atahualpa de esto, dijo que, ya que el gobernador quería enviar a explorar la ruta hacia el Cusco, a poco más del camino real, se encontraba la gran mezquita de Pachacámac, a la que acudían peregrinos de toda la tierra, siendo este el principal santuario y centro de adoración. Atahualpa sugirió que sería conveniente que lo visitaran, pues allí había una gran cantidad de oro y plata, y que en ese lugar había un sacerdote que los acompañaría en el viaje.

Así, Hernando Pizarro partió con un grupo de hasta veinticinco españoles: quince a caballo y diez arcabuceros, hacia la mencionada mezquita. El recorrido fue largo, pasando más de 80 leguas a través del camino real del Cusco, atravesando grandes provincias como Guaman, Chusco y Pombo, y cruzando grandes sierras y ríos poderosos. Los puentes, hechas de red, fueron particularmente desafiantes, ya que cruzar la primera de ellas y superar el miedo inicial fue un gran desafío. Estos puentes se construían de la siguiente manera: los ríos, muy grandes y caudalosos, bajan de las altas montañas, y en los lugares donde el agua se estrecha y fluye con más fuerza, se construye una base de piedra en cada lado. Luego, se atraviesan gruesos maderos y se extienden maromas de mimbre grueso, similares a cuerdas de anoria, pero mucho más anchas, de unos tres palmos cada una. Al juntar varias maromas, las fijan con cáñamo fuerte y colocan palos para asegurarlas y evitar que se deshagan. Después, se le coloca un borde a cada lado, como un corco, que las mantiene en su lugar.

Esta estructura se eleva considerablemente sobre el agua, mucho más alto que los puentes que conocemos. Para cruzar con caballos, animales pesados y muy temerosos, parecía una tarea imposible, pues los puentes eran inestables para el peso de los caballos. Sin embargo, para las personas a pie y para animales más ligeros, eran suficientes para cruzar.

Finalmente, se intentó cruzar el primer puente con los caballos. Al principio, los animales se negaron, pero al verse ya en el puente, el miedo pareció hacer que se calmaran, y así, uno tras otro, pasaron todos sin mayores incidentes. No hubo desgracias en este primer cruce. Continuamos nuestro viaje, atravesando pueblos, provincias y sierras desconocidas, aunque los caminos eran en general bastante buenos. Después de veinte jornadas de arduo trabajo y cansancio, llegamos finalmente al pueblo de Pachacámac, donde se encontraba el famoso ídolo que llevaba su nombre.

Una noche, antes de llegar, en un pueblo cercano al mar, experimentamos un fuerte temblor de tierra. Los indios que nos acompañaban, muchos de los cuales nos seguían por curiosidad, huyeron aterrados, diciendo que Pachacámac se encolerizaba por nuestra presencia y que todos seríamos destruidos. Sin embargo, al llegar al pueblo, nos dirigimos directamente a la mezquita, que era impresionante y de gran tamaño. En la primera puerta, nos encontramos con dos guardianes, a quienes pedimos permiso para subir y ver a Pachacámac. Ellos nos respondieron que nadie podía acercarse al ídolo, pero que, si deseábamos algo, lo comunicarían al sacerdote para que nos lo dijera.

Hernando Pizarro les respondió con firmeza, explicándoles que, en cualquier caso, él y los demás españoles venían de muy lejos y debían subir a ver el ídolo. Así, contra su voluntad y con bastante reluctancia, nos guiaron a través de varias puertas hasta llegar a la cima de la mezquita. Esta era rodeada por tres o cuatro cercas ciegas, en forma de espiral, y era, sin duda, más apropiada para una fortaleza que para un templo del demonio.

En lo alto, encontramos un pequeño patio delante de la bóveda o cueva del ídolo, rodeada de ramadas con postes decorados con hojas de oro y plata. El techo estaba cubierto con tejeduras, parecidas a esteras, para proteger del sol, ya que, como en todas las casas de la región, no llueve nunca, y por eso no se usaban otros tipos de cobijo. Al pasar el patio, encontramos una puerta cerrada, con las habituales guardas, la cual ninguno de los guardianes se atrevió a abrir. Esta puerta estaba decorada con corales, turquesas, cristales y otros adornos.

Finalmente, la puerta se abrió, y aunque al principio parecía algo curioso, pronto nos dimos cuenta de que lo que había dentro era muy diferente de lo que imaginábamos. Parecía más bien el aposento del diablo, pues como siempre, el diablo se aposenta en lugares sucios. Al abrir la puerta e intentar entrar, apenas cabía un hombre. El lugar estaba muy oscuro y con un mal olor. Ante esto, trajeron una vela, y así entramos en una cueva pequeña, tosca, sin ninguna clase de adornos o trabajo elaborado. En el centro de la cueva, había un madero hincado en la tierra, con una figura de hombre mal tallada y mal formada en su cabeza. Alrededor de este madero, había muchos objetos de oro y plata, ofrendas de tiempos antiguos, enterradas en la tierra.

Al ver la suciedad y el mal aspecto del ídolo, salimos de inmediato y les preguntamos a los habitantes del pueblo por qué veneraban algo tan sucio y torpe. Los indígenas, muy sorprendidos por nuestra osadía, defendían a su dios, diciendo que ese era Pachacámac, el cual les sanaba de sus enfermedades. Según nos dijeron, el demonio aparecía en esa cueva y hablaba con los sacerdotes, quienes entraban allí con las peticiones y ofrendas de los peregrinos. Nos explicaron que, de todo el señorío de Atahualpa, la gente acudía allí en romería, como los musulmanes o turcos van a la casa de Meca.

Al ver la suciedad del lugar y la ceguera con que aquellas gentes vivían, reunimos a los principales del pueblo y les mostramos el engaño en que se encontraban. En presencia de todos, se derribó y abrió la cueva, algo que muy pocos habían hecho antes. Al ver nuestra determinación y entender el engaño que les habíamos señalado, se mostraron aliviados. Con gran solemnidad, pusimos una cruz grande sobre el lugar que tanto consideraban suyo, donde el demonio se había refugiado.

Tras esto, nos alojamos en el pueblo, donde permanecimos durante treinta días. Durante este tiempo, buscamos en las casas de depósitos donde guardaban el oro y la plata. Sin embargo, todo lo habían escondido, y lo que no pudieron llevarse era lo único que se encontró, y era muy poco. Al enterarse de lo sucedido, los pueblos vecinos vinieron a visitarnos, trayendo presentes de oro y plata. Esta mezquita, situada en una tierra rica y poblada, reunió una buena cantidad de ofrendas de oro y plata.

Desde el pueblo de Pachacama, el capitán Hernando Pizarro recibió la noticia de que en la ciudad de Jauja se encontraba el capitán general de Atahualpa, acompañado de una gran cantidad de soldados que habían participado en la derrota de Huáscar, su hermano. Este capitán era una figura clave y el principal responsable de la derrota. Pizarro decidió ir a encontrarse con él y, mediante buenas palabras, tratar de convencerlo para que se uniera a él y marchara hacia donde estaba Atahualpa. A pesar de que la tropa estaba agotada, los caballos sin herraduras y las condiciones de viaje eran duras, Pizarro decidió partir. Atravesaron grandes puertos de nieve, desiertos y sierras, hasta llegar a la ciudad de Jauja, donde, con mucho esfuerzo, encontraron a Chalcochima, al mando de un ejército numeroso.

Pizarro trató a Chalcochima con tacto, instándole a que dejara allí a su gente de guerra y se dirigiera a donde Atahualpa estaba. El capitán accedió, dejando un teniente al mando y partiendo con Pizarro hacia Cajamarca, donde se encontraba Atahualpa. En este pueblo, los indígenas les hicieron herraduras de plata y cobre para los caballos. Tras tres meses de viaje, llegaron al lugar donde el gobernador se encontraba, siendo recibidos con gran alegría y regocijo por los españoles.

Cuando llegaron al aposento donde el gobernador y Atahualpa se hallaban, el capitán, descalzo y con una carga a cuestas, se presentó ante su señor. A pesar de ser una de las personas más importantes de su reino, Atahualpa no le prestó atención ni lo reconoció, tratándolo como a cualquier otro. El capitán, respetuoso, besó los pies y las manos de Atahualpa y le dio un beso en la mejilla como señal de paz. Tras ello, le dio la mano y se retiró a su aposento.

Cuando llegó el capitán Hernando Pizarro, encontró que también había llegado el capitán Almagro con su gente y algunos navíos, los cuales estaban en el puerto de San Miguel. Almagro había llegado por tierra, siguiendo los mismos caminos por los que el gobernador Pizarro había transitado. Una vez reunidos ambos capitanes, comenzaron a discutir el reparto del oro y la plata que se había recolectado. Así, se decidió repartir entre los soldados: a los de caballo se les dio dos partes y a los de pie una, después de haber apartado el quinto para la Corona. Lo restante fue distribuido a discreción del gobernador. Se repartió todo el oro, tanto el traído como presente, como el que provenía de Pachacama, Cusco y otras partes. A cada hombre de caballo le correspondieron... pesos de oro y marcos de plata. A la gente que llegó después, con Almagro, se le dio una pequeña cantidad en reconocimiento, aunque no habían participado en el saqueo.

Una vez realizado el reparto, fundido y marcado el oro, y entregado el quinto de la Corona al tesorero, comenzaron a discutir cómo se organizaría el traslado de Atahualpa y qué medidas de seguridad tomarían en los caminos y pasos difíciles, por si sus seguidores intentaban atacarlos. Fue entonces cuando comenzó a circular entre los indios la noticia de que Atahualpa enviaba una gran multitud de guerreros hacia ellos. La información se fue difundiendo rápidamente, y varios señores de la tierra confirmaron que era cierto: Atahualpa había enviado gente con la intención de rescatarlo y vengarse de los cristianos, matándolos si podían. La noticia llegó a tal punto que se supo que toda su gente estaba reunida en una provincia cercana y ya venía de camino.

Ante esta amenaza, se reunió el gobernador, Almagro y los oficiales de la Corona, aunque Hernando Pizarro no estaba presente, ya que había partido hacia España con parte del quinto real y con la intención de informar sobre lo sucedido. En la reunión, a pesar de la oposición del gobernador, se discutió que Atahualpa, al romper la paz y planear una traición, debía ser ejecutado. La mayoría de los presentes se opuso a su muerte, pero el capitán Almagro insistió con firmeza en que debía morir, argumentando que solo así se garantizaría la paz. Finalmente, Atahualpa fue ejecutado. Sin embargo, para él, su muerte fue en realidad una salvación, pues murió cristiano, y es de suponer que ascendió al cielo.

La noticia de su muerte se difundió por toda la tierra, y pronto los habitantes de los pueblos cercanos acudieron donde el gobernador para rendir homenaje y ofrecer su lealtad a la Corona.

Los capitanes y los hombres de guerra que se encontraban en Jauja y en el Cusco, al enterarse de la muerte de Atahualpa, se rehicieron rápidamente y decidieron no rendirse. A continuación, ocurrió un hecho sumamente extraño, algo que, a pesar de su rareza, pude presenciar personalmente. Estábamos en la iglesia, celebrando el oficio de Difuntos por el alma de Atahualpa, con su cuerpo presente, cuando llegaron unas mujeres, hermanas y otras personas cercanas a él, con un gran alboroto. Interrumpieron la ceremonia y exigieron que se hiciera una tumba mucho más grande, pues, según la costumbre, cuando un gran señor moría, aquellos que lo habían querido debían ser enterrados vivos con él. A esto, se les respondió que Atahualpa había muerto como cristiano y que, por lo tanto, se le estaba dando el oficio correspondiente según la fe cristiana. Se les explicó que lo que pedían no solo era inapropiado, sino también contrario a los principios de la cristiandad, por lo que les pidieron que se retiraran y no interfirieran más. Ante esta negativa, las mujeres y los hombres se retiraron a sus aposentos y, en un acto desesperado, se ahorcaron todos.

Las circunstancias de estos días y los lamentos de la gente fueron tan largos y complejos que no se relatarán aquí.

A los 30 o 40 días de la muerte de Atahualpa, el gobernador, junto con la gente que le acompañaba y las fuerzas que había recibido del capitán Almagro, partió de Cajamarca en dirección al Cusco. Cuando llegaron a Jauja, que está a unas cien leguas de allí, se encontraron con que las fuerzas de guerra que habían quedado allí se habían reorganizado y se alzaron en armas contra los españoles. Hubo un enfrentamiento en el que los españoles fueron derrotados, pero los indígenas se retiraron y se fortificaron en una zona del valle. Al cabo de dos o tres días, un capitán español, con un grupo de hombres, los atacó nuevamente, los derrotó y destruyó una de las redes de puentes que habían instalado los indios, quemándola para que no pudieran cruzar. Con el paso del tiempo, los españoles continuaron su marcha hacia el Cusco, con la intención de reunirse con las fuerzas de guarnición allí, para defenderse de las posibles amenazas.

Después de un descanso en el pueblo de Jauja, donde se construyó una iglesia y se puso en resguardo el oro y la plata de la Corona, el gobernador dejó allí a las tropas suficientes para mantener el orden, mientras el resto de los soldados, tanto de a pie como a caballo, se alistaban para continuar la marcha hacia el Cusco. El objetivo era adelantarse antes de que más tropas indígenas se unieran en la ciudad. Así, el gobernador partió hacia el Cusco, cruzando las redes de puentes y superando muchos caminos difíciles y grandes pueblos. En una de las jornadas, cuando el capitán Hernando de Soto iba por delante con un grupo de caballería, los indígenas de la provincia de Vilcas les tendieron una emboscada. Sin embargo, los españoles los derrotaron con pocas bajas.

Al continuar el avance, en un lugar montañoso, a unas cinco leguas del Cusco, los indígenas volvieron a emboscar al grupo de Soto, cuyos caballos, muy cansados, se vieron atrapados en un estrecho, lo que causó grandes pérdidas y muchas heridas tanto a los hombres como a los caballos. La situación estuvo a punto de desbordarse, pero, por gracia de Dios, los españoles lograron resistir en una planicie hasta que el gobernador llegó con el resto de sus fuerzas. Juntos, consiguieron recuperar el paso, derrotando a los enemigos y expulsándolos del lugar.

Continuaron su camino y, tras varios días de marcha, llegaron a un gran pueblo llamado Jaquijahuana, a cuatro leguas del Cusco, donde descansaron durante tres o cuatro días. Durante su estancia, se enteraron de que en un paso cercano a la ciudad les estaban esperando para defenderla. Ante esto, se organizó la marcha con mucho cuidado, poniendo las atalayas de caballería al frente. Partieron a primera hora de la mañana y, dos horas antes del atardecer, llegaron a la vista de la ciudad del Cusco, donde descubrieron una gran cantidad de tropas indígenas apostadas para defenderla. Al recibir la alerta, los soldados españoles se prepararon para la confrontación.

Tras los primeros gritos y enfrentamientos, los españoles lograron romper las filas indígenas, matando e hiriendo a muchos de ellos. En aproximadamente una hora, los españoles consiguieron hacerse con el control del paso, aunque los indígenas se reagruparon más adelante, alejados de la ciudad. Pasaron la noche en el lugar y, al día siguiente, entraron en el Cusco sin encontrar resistencia, ya que los indígenas los recibieron pacíficamente. Se establecieron en una de las plazas principales de la ciudad, donde se encontraban las casas de Atahualpa y de otros príncipes y señores locales. Mientras tanto, las fuerzas indígenas se retiraron a una fortaleza a unas cinco leguas del Cusco.

Durante los días siguientes, los españoles tomaron descanso en la ciudad, observando la vida local y explorando los muchos aspectos que el Cusco tenía para ofrecer.

La ciudad estaba situada en un valle rodeado por sierras muy escarpadas. La mayor parte de ella se encontraba en una ladera, similar a Burgos, y en la cima de esta ladera se erguía una imponente fortaleza de piedra, un edificio grande y majestuoso con torres y cercas. Junto a la fortaleza, nacía un río que atravesaba la ciudad y, a lo largo de su curso, que se extendía por más de veinte leguas valle abajo, el río estaba encauzado con piedra labrada, lo que formaba un paisaje único, con barrancas de ambos lados igualmente trabajadas en cantería, una obra nunca antes vista ni escuchada.

La plaza de la ciudad era casi cuadrada, de un tamaño moderado. En ella se encontraba la casa de Atahualpa, que tenía dos torres bien construidas y una portada rica, adornada con piezas de plata y otros metales que daban una apariencia espléndida. En la plaza también había una puerta que daba acceso a un monasterio llamado Hatuncancha, cercado por una hermosa cantería. Dentro del cercado, se hallaban más de cien casas donde vivían los sacerdotes y ministros del templo, así como las mujeres que vivían de manera casta, en un estilo de vida similar a una religión, conocidas como mamaconas. Estas mujeres eran numerosas.

Al lado de este recinto, separada por una calle, se encontraba el templo del Sol, un edificio de grandes dimensiones, completamente labrado con piedra de excelente calidad. Es cierto que la cantería de esta ciudad superaba en calidad a la de muchas ciudades de España. Sin embargo, las viviendas carecían de tejas, pues todas las casas, salvo la fortaleza, que tenía azoteas, estaban cubiertas con paja. No obstante, la paja estaba colocada de tal manera que daba un aspecto ordenado y adecuado.

La ciudad era grande, extensa y muy poblada. Muchos señores residían allí en sus propias casas, lo que daba a la ciudad una gran densidad y buenos edificios. En ella se encontraron numerosas obras de gran valor, hechas de plumas y lana. Además, se recolectó una gran cantidad de oro y plata, no de particulares, sino de los templos, oratorios, cuevas y enterramientos, donde estos metales se habían acumulado a lo largo del tiempo. Entre los objetos encontrados, se hallaron muchas vasijas de oro y plata, destacando ocho grandes trojes de plata, utilizadas para almacenar maíz o trigo para el templo. Tras fundirse, estas trojes de plata pesaron aproximadamente veinticinco mil marcos.

En la ciudad y en ciertos templos de los alrededores se encontraron muchas estatuas y figuras de oro y plata, enteras, representando a mujeres del tamaño natural, muy bien labradas, con las facciones detalladas y hechas de una aleación que, según creo, debe ser lo mejor que se puede lograr en el arte de la fundición. Estas estatuas, más de veinte en total, debían de haber sido hechas a imagen de algunas señoras ya fallecidas, pues cada una de ellas tenía su servicio de pajes y mujeres, como si estuvieran vivas. Las mujeres las atendían con tanto respeto y obediencia, como si fueran reales, y las servían con la misma dedicación, preparándoles la comida con esmero, como si realmente estuvieran por comer. Luego, se les ofrecía la comida en una ceremonia, realizando una oración al Sol antes de que los sirvientes comieran, derramando una parte del manjar como ofrenda al Sol.

También se encontraron en la ciudad grandes vasijas y utensilios para beber, elaborados en oro y plata con una fineza notable. Había una enorme cantidad de plumajes y adornos para la guerra, así como una cantidad innumerable de lana almacenada en casas y depósitos. En estos mismos lugares, se guardaban otros productos de la tierra, desde lagartijas hasta todo tipo de cosechas, las cuales tributaban al señor y a los templos. Estos productos eran almacenados por mayordomos para su distribución en tiempos de guerra o de escasez. Entre los productos almacenados se incluían el maíz y el vino, que ellos solían producir, así como todos los demás suministros necesarios.

A una legua de la ciudad, en un risco que parecía una fortaleza, se encontraba el enterramiento de los príncipes, una vista impresionante. Allí, los príncipes estaban dispuestos en orden, todos embalsamados y vestidos con múltiples capas de ropas, una sobre otra, para preservar sus cuerpos con bálsamo y evitar que se corrompieran. Cada uno llevaba una diadema en la cabeza. Es importante destacar que, según los más ancianos, esta tierra había sido sometida a un príncipe hace no más de noventa años. Ellos recordaban a todos los príncipes que habían gobernado, aunque no tenían escrituras. En su lugar, utilizaban cuerdas y nudos para rememorar eventos pasados, además de los cantares que recitaban, similares a las canciones y relatos históricos que tenemos en nuestra cultura. Estos cantares eran esenciales para recordar las grandes hazañas y batallas, permitiendo que, incluso sin escritura, se mantuviera viva la memoria de aquellos que realizaron hechos destacados.

Antes de que la tierra fuera unificada bajo un solo señor, cada pueblo y provincia tenía su propio gobernante, quien no reconocía a nadie como superior, salvo en lo que respectaba al gobierno de su tierra y a su defensa en caso de ataque. El primer príncipe que, según los indios, sometió la tierra de esta forma y consolidó algunas provincias bajo su dominio fue uno llamado Gualnava.

Se dice que este hombre fue muy valeroso y un gran líder en la guerra. Fue quien fundó, o más bien reedificó, la ciudad del Cusco y construyó la fortaleza desde donde sometió a gran parte de la tierra. Tuvo hijos que continuaron ganando territorios, atrayendo a más personas a su servicio, y sus nietos siguieron con esta tarea. Fue hasta que Huayna Cápac, el padre de Atahualpa, logró consolidar todo el territorio, de manera que no quedó nada por conquistar. Este príncipe fue muy respetado y querido, y se dice que tuvo cien hijos e hijas, lo cual no es sorprendente, ya que tenía muchas más mujeres.

La ciudad del Cusco era la capital de todos estos reinos, el centro donde residían habitualmente los príncipes. Cuatro grandes caminos llegaban a ella desde diferentes regiones o provincias, que eran los dominios sujetos al Cusco: Chinchaysuyo, Collasuyo, Antisuyo y Condesuyo. Estos caminos servían para que los súbditos llevaran los tributos a los príncipes, y allí se encontraba la silla imperial.

Como mencioné antes, hablaré con más detalle sobre la grandeza y el arte de los caminos, ya que considero que es algo digno de destacar. En este caso, voy a describir uno de estos caminos y su recorrido. Desde el río Tállame (sic), se tomaba un camino ancho, hecho a mano, por donde comenzamos a caminar hacia la costa del mar. Este camino atravesaba las regiones calurosas, donde no llueve nunca, y se dirigía hacia el Cusco. Después de recorrer más de trescientas leguas por la costa, el camino se internaba en tierra firme hacia el Cusco, y era uno de los cuatro principales caminos que llegaban a la ciudad.

El camino, hecho con precisión, era muy ancho y se medía cuidadosamente con una cuerda. En las zonas cercanas a las poblaciones, se podía caminar durante dos, tres o incluso cuatro leguas seguidas, y a lo largo del camino había árboles que formaban una sombra natural para los viajeros. En las áreas donde no había árboles, se levantaban paredes de piedra a ambos lados del camino, adornadas con pinturas de monstruos, peces y otros animales. Esto servía para que los caminantes se distrajeran durante su viaje. Además, en las zonas con poblaciones y agua, se construyeron acequias a ambos lados del camino.

A lo largo de este recorrido se podían ver grandes bosques y árboles, y como el agua provenía constantemente de los ríos que descendían de las montañas, la tierra siempre estaba regada, similar al Nilo, y durante todo el año se mantenían grandes cultivos. Se podían encontrar frutas de diversas variedades, como unas llamadas guabas, que se asemejan a las cañas fístulas, pero son más anchas. Estas frutas tienen una pulpa blanca, sin hueso ni pepitas, y son tan dulces que se podría extraer miel de ellas. También había otras frutas, de tamaño similar a las camuesas, pero con una corteza más gruesa que la de las camuesas.

La fruta mencionada tiene una piel gruesa, pero un sabor razonable. También hay algunas piñas, aunque en menor cantidad, similares a las que se encuentran en otras partes de las Indias. La tierra es muy fértil, con abundancia de maíz, del cual se elaboran tortas y grandes bebidas similares a la cerveza que consumen. Además, se produce mucha grana y algodón, y el ganado es bastante numeroso.

Las personas viven bajo los árboles que mencioné anteriormente, en grupos de treinta, cincuenta o hasta cien personas en cada asentamiento, pero no son grandes pueblos. Sin embargo, la región está muy poblada, y los lugares están bastante cerca unos de otros. Todos los habitantes comparten una misma creencia, ritos y ceremonias, y adoran al Sol. No practican el canibalismo; sacrifican animales, pero no seres humanos. Es una gente de estatura media, y toda la población que reside en las tierras cálidas es conocida como yungas, lo cual equivale a villanaje. En cambio, la gente que reside en las tierras más interiores, o de la tierra adentro, es la que tiene mayor importancia y es considerada ciudadana. Es importante destacar que nunca se vio que alguien de esta región caliente tuviera algún cargo de administración fuera de su propio territorio. Sin embargo, la gente de la región de la tierra adentro sí tenía estas responsabilidades, ya que la nación del Cusco estaba dispersa por todas las provincias en la administración de la justicia.

Entre las dos provincias, la fría y la caliente, hay una separación de 25 leguas, lo cual marca una diferencia notable en el clima, algo único en el mundo. Como mencioné antes, en la región costera, desde las vertientes hasta el mar, nunca llueve, mientras que en las tierras interiores, las lluvias son casi constantes durante todo el año, con grandes nevadas, granizo y mucho frío.

El otro gran camino que mencioné antes atraviesa la región fría, desde la ciudad de Tumipampa, en Quito, hasta la ciudad del Cusco. Este camino recorre más de 100 leguas hacia la provincia de Collao, hasta llegar a una laguna dulce donde se encuentra la isla de Titicaca. El trayecto de este camino cubre más de 400 leguas, y se enfrenta a algunas de las sierras más escarpadas y difíciles de cruzar en el mundo. Sin embargo, el camino está perfectamente trazado y construido a mano, rompiendo las duras laderas y montañas, de manera que en muchos tramos parece imposible continuar, pero se puede. En las zonas de laderas, el camino está cimentado con piedras talladas, de modo que se mantiene nivelado, como si fuera una carretera. En las zonas lodazales y pantanosas, el camino está pavimentado con piedras, y en las áreas de fuertes ascensos y descensos, hay escalones y bordes de piedra para facilitar el paso. En resumen, este camino es uno de los mayores logros de ingeniería que se han visto en el mundo.

Para la conservación y reparación del camino, se repartía entre las provincias cercanas, asignando a cada una su término y territorio correspondiente. A lo largo del trayecto, desde la provincia de Tumipampa hasta el Cusco, se construyeron casillas a intervalos, aproximadamente cada legua. En estas casillas residían las postas, que los señores utilizaban para mantenerse informados sobre lo que ocurría en sus tierras y para otros servicios o noticias importantes. Estas postas eran indios a pie que corrían de una casilla a otra a gran velocidad. Al llegar, le comunicaban al que los esperaba la embajada que traían, junto con ciertos nudos que servían como memoria, permitiéndoles entenderse entre sí. Así, de esta manera, el mensaje se transmitía rápidamente de un lugar a otro, más eficientemente que si hubieran utilizado caballos. Esta era una invención muy ingeniosa, ya que facilitaba la comunicación a gran velocidad.

En cuanto a la región fría, es muy escasa en leña, pues la tierra es árida y las sierras son muy desnudas. Sus habitantes se visten con ropa de lana y plumas, ya que en la región hay una gran abundancia de ganado, del cual se proveen los de la región cálida. Los pueblos están agrupados, y en cada uno hay un templo dedicado al Sol y casas de almacenamiento, como ya se mencionó. La falta de calor impide el cultivo de frutas, excepto en algunos valles profundos. Los ríos no tienen peces, pero en algunas lagunas dulces, que se encuentran en las tierras interiores, se crían peces similares a las bermejuelas. Además, en estos lagos se crían muchos venados, corzos y aves de rapiña, entre otras especies comestibles.

Toda esta región fría rinde culto al Sol y a su hijo, el "señor de la tierra", a quien se considera hijo del Sol. En cuanto a ritos, costumbres y vestimenta, no presentan diferencias significativas con las gentes de la región cálida. Son personas saludables y robustas, con muchos ancianos entre ellos, lo que sugiere que viven más tiempo que aquellos de la región cálida, donde las personas tienden a enfermar rápidamente debido a la gran diferencia de clima. Sin embargo, si los habitantes de la región cálida viajan a la región fría, no experimentan el mismo efecto.

Esto es todo lo que puedo contar acerca de los caminos, costumbres y formas de vida de estas gentes.

Tornemos ahora a hablar del reparto del oro y la plata que se recogió en la ciudad del Cusco y en las provincias cercanas a ella. La mayor parte de este metal precioso fue traída de otras regiones, donde inicialmente no se valoraba, como si fuera algo sin importancia. En una provincia cercana al Cusco se hallaron ciento cincuenta tablas de plata, de unos quince a veinte pies de largo y dos palmos de ancho, junto con otras piezas monstruosas esparcidas por el suelo dentro de una bóveda, casi enterradas en tierra y sin ser utilizadas.

De todo lo que se recolectó y repartió, se entregó el quinto a Su Majestad. El resto se distribuyó entre las personas presentes según el reparto previamente acordado. Hubo más plata que oro, y se asignó una parte igual a cada uno de los caballos (espacio en blanco) y la mitad a los de a pie. Se tomó gran precaución para evitar que alguien cometiera fraude, bajo pena de muerte. En esta segunda repartición, participó toda la gente que había estado con Almagro, incluyendo al propio Almagro, quien recibió una parte mayor debido a que había invertido gran parte de su vida y fortuna en esta empresa. Sin embargo, a pesar de su participación, Almagro, al ver que no tenía mando en la tierra, se mostró descontento y comenzó a mostrar desabrimiento hacia la compañía de Pizarro. A partir de ahí, empezaron a surgir tensiones, divisiones y parcialidades entre los grupos.

Después de varios días en la ciudad del Cusco, el gobernador y su gente recibieron noticias de que los indios enemigos estaban en los alrededores de la ciudad, causando graves daños y talando la tierra. Cabe señalar que esta gente de guerra, que había estado defendiendo la ciudad y con la que Atahualpa había ganado, no era originaria de la región, sino de las provincias del Quito, Cayangui y Carangui, que eran los territorios de Atahualpa. A pesar de que todos estos territorios pertenecían al padre de Atahualpa, él se había criado en esa región y, con la ayuda de su gente, había conquistado desde allí hasta el Cusco y otras tierras. Por lo tanto, esta gente, aunque no era nativa del Cusco, fue la que defendió la ciudad, mientras que los habitantes locales los consideraban enemigos debido a los conflictos previos.

Sin embargo, después de que esta gente extranjera fue expulsada por la fuerza y regresó a su tierra, los propios naturales del Cusco, bajo el mando del nuevo rey o inca que sucedió a Atahualpa tras su muerte, se rebelaron contra la presencia de los conquistadores.

Para expulsar y desarraigar a esta gente que causaba tanto daño, y debido a que estaban asentados en una tierra muy difícil de atravesar, fue necesario informar al inca para que reuniera toda la gente de guerra indígena que pudiera, con el fin de acompañar a los españoles. Así lo hizo, y con los soldados indígenas que pudo reunir, el capitán Almagro, acompañado de otros capitanes, marchó contra los enemigos. Estos indios, al esperar en un paso y una tierra difícil, lograron defenderse por un tiempo, pero finalmente abandonaron el lugar y cruzaron un río, quemando el puente tras de sí. Después continuaron su marcha, dejando atrás la tierra del Cusco, causando todo el daño que podían, y se dirigieron a enfrentarse a los españoles que se encontraban en Jauja, donde los pusieron en serios aprietos. Sin embargo, finalmente los enemigos se retiraron y regresaron a su tierra natal en la provincia de Quito, quemando todos los puentes a su paso para evitar ser seguidos.

Al regresar a la ciudad del Cusco, el capitán Almagro, los españoles y el inca, celebraron la victoria de haber expulsado a los enemigos. El inca y los naturales del Cusco estaban tan complacidos que decidieron organizar grandes fiestas en la plaza principal de la ciudad, llenándola de bailes y danzas. Día tras día, reunían a tanta gente que apenas cabían en la plaza. Durante estas celebraciones, trajeron a las fiestas los restos de sus ancestros y parientes muertos de la siguiente manera: después de haber visitado el templo y hecho oración al Sol, por la mañana iban al lugar de enterramiento, donde los cadáveres estaban embalsamados y sentados en sillas, y con gran respeto y veneración, los sacaban de allí. Los llevaban a la ciudad, en literas, siendo acompañados por hombres que los transportaban con la librea correspondiente. Todo el proceso era realizado con la misma ceremonia que si estuvieran vivos. Mientras los descendientes llevaban a cabo estos rituales, cantaban en agradecimiento al Sol, pues creían que este les había permitido expulsar a sus enemigos y que los cristianos habían asumido el poder sobre la tierra. Aunque este era el contenido de sus cánticos, no creo que reflejara completamente sus verdaderas intenciones. Más bien, querían hacernos entender que estaban más contentos con la presencia de los españoles y la subyugación de sus enemigos.

Llegados a la plaza con una multitud innumerable, al frente iba el inca en su litera, seguido de su padre Huayna Cápac, y así todos los demás en sus literas, embalsamados y con diademas en la cabeza. Para cada uno de ellos se había preparado una tienda donde se colocaba el cadáver según su rango, sentado en su silla, rodeado de pajes y mujeres con mocadores en las manos, mostrándoles el mismo respeto como si estuvieran vivos. Junto a cada uno de los difuntos había un relicario o pequeña arca con su insignia, en la que se guardaban cabellos, uñas, dientes y otras partes de sus cuerpos que se habían cortado mientras aún eran príncipes. Ninguna parte de su ser se desechaba, todo se guardaba cuidadosamente en esas arcas, que se colocaban junto al lugar donde se enterraba el cuerpo. Estando todos en su orden, desde las ocho de la mañana hasta la noche, permanecían en las fiestas sin salir, comiendo y bebiendo, tan a gusto como lo hacían las personas de mejor rango.

El vino que consumían, aunque hecho de raíces y maíz, similar a la cerveza, era suficiente para embriagarlos, ya que su resistencia al alcohol era débil. La cantidad de gente y la abundancia de lo que bebían era tal que incluso los grandes recipientes de cuero, utilizados para almacenar el líquido, se desbordaban. Estos vertían por los desagües en el río, o más probablemente en canales diseñados para el drenaje de las lluvias en la plaza, pero se usaban para evacuar los orines, que corrían en tal abundancia como si fueran una fuente. Dada la cantidad de lo que consumían y el número de personas que bebían, no es de extrañar, aunque verlo era algo asombroso y nunca antes visto.

En los cantos que acompañaban las festividades, se mencionaban las hazañas de cada uno de esos señores, sus logros y el valor de su persona, dando gracias al Sol por haberles permitido vivir para ver ese día. En un momento, un sacerdote, en nombre del Sol, amonestaba al inca, como a su hijo, instándole a observar lo que sus ancestros habían hecho y a seguir su ejemplo, sirviendo y obedeciendo al emperador, cuya gente les había conquistado.

Al caer la noche, siguiendo su protocolo, todos se retiraban y los muertos regresaban a sus moradas. Las fiestas duraron más de treinta días seguidos, durante los cuales se consumió tanto vino que, si hubiera sido del tipo que se produce en otras regiones, el oro y la plata recolectados no habrían sido suficientes para comprarlo. Esto basta como relato de esas festividades.

Después de haber pasado algunos días, el gobernador regresó a la ciudad de Jauja para poblarla. El inca, que volvió con él, lo invitó a una fiesta de caza de venados y corzos. Dado que fue algo tan notable y que yo mismo presencié, quiero relatarlo aquí, ya que no he oído nunca hablar de algo semejante. Un día, el inca le preguntó al gobernador si era aficionado a la caza, ya que él mismo era muy inclinado a ella. Le explicó que había ordenado organizar una montería ocho días antes, pero que no se lo había mencionado hasta que el cerco estuvo cerca de allí. Ahora que estaba próximo, le preguntó si quería unirse con algunos de sus hombres a caballo, pidiéndole que los preparara.

Así que, después de comer, nos preparamos y reunimos hasta cincuenta caballeros, listos para la guerra, temiendo que la montería no fuera lo que esperábamos. Entonces, el gobernador y el inca salieron juntos hacia un llano...

Según los cronistas de la conquista del Perú, lo que sigue en este relato es la descripción de la cacería o "chaccu" inca, que era una forma tradicional de caza masiva. El relato continuaría aproximadamente así:

...hacia un llano donde encontraron una gran multitud de indios (entre 20,000 y 30,000 según varios cronistas) formando un enorme círculo que abarcaba varias leguas. Estos indígenas estaban dispuestos en forma de una gran circunferencia que se iba cerrando gradualmente.

Los indios, siguiendo una antigua costumbre inca, habían estado varios días cercando y empujando a los animales desde las montañas y valles circundantes hacia el centro del círculo. En el cerco había venados, guanacos, vicuñas, zorros, y otros animales de la región.

A medida que el círculo humano se estrechaba, los animales se iban concentrando en el centro. Los españoles a caballo y el Inca participaron en la cacería final, donde se capturaban o mataban las presas. Esta forma de caza, llamada "chaccu" por los incas, permitía obtener gran cantidad de carne y también servía para:

- Conseguir animales vivos para criar

- Obtener lana de los camélidos

- Eliminar animales considerados dañinos

- Demostrar el poder organizativo del Imperio Inca

Los cronistas destacan especialmente la impresionante organización que requería esta actividad y el asombro de los españoles ante la eficiencia y escala de la operación.

 

Notas:

(a) La aseveración de Estete no es precisa. El término "casi de los primeros" implica que los individuos llegaron a las Indias en los primeros diez años tras el descubrimiento, pero Pizarro y Almagro no aparecieron en las expediciones hasta mucho después, y lo hicieron como soldados reclutados por capitanes y descubridores de renombre como Alonso de Ojeda, Enciso, Nicuesa y Balboa. En cuanto a Pizarro, su presencia en América es documentada por primera vez en 1510, es decir, dieciocho años después del descubrimiento. Montesinos, quien estaba bien informado al respecto, señala que en 1510 el Gobernador Alonso de Ojeda llegó a Cartagena de Indias (denominada por los nativos Caramari) acompañado de Francisco Pizarro. También se puede consultar lo que sobre este tema afirma Quintana en su *Biblioteca de autores españoles*, p. 300; Mendiburo en su *Diccionario biográfico del Perú*, t. 6, p. 388; y Montesinos en *Anales del Perú* (1510), t. 1, p. 19.

Por otro lado, en cuanto a Almagro, se sabe que salió de España con Pedrarias en 1514 y se asentó en Panamá entre 1520 y 1522. En 1524, ya navegaba junto a Pizarro por las costas del Mar del Sur, preparándose para la conquista del Perú. En 1526, ambos, junto con Hernando de Luque, firmaron el célebre contrato. Montesinos, en sus *Anales*, menciona estos hechos en los años 1525 y 1526, pp. 50 y 52.

(b) Cochania no se encuentra mencionado en los libros ni en los documentos que abordan la geografía de Tierra Firme.

Por otro lado, Estete es el único cronista que afirma que la situación económica de Pizarro y Almagro era holgada. Sin embargo, tanto Quintana como Mendiburo, quienes realizaron investigaciones exhaustivas sobre la vida de estos célebres conquistadores, sostienen que Pizarro era uno de los habitantes menos acaudalados de Panamá. Según estos autores, cuando surgió la oportunidad de la famosa contrata para la expedición hacia el Perú, ambos socios no contaban con más que su propia industria personal y su experiencia.

Compilado y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez

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