Pedro Pizarro

Pedro Pizarro, historiador y hombre de armas, nació en Toledo alrededor de 1515 y pertenecía a la noble familia de los Pizarros de Extremadura. Era hijo de un hermano del capitán Gonzalo Pizarro, padre de Francisco, Hernando Gonzalo y Juan, lo que lo convertía en primo de estos.

Apenas contaba quince años cuando su primo, don Francisco, lo llevó en calidad de paje en la expedición que organizó desde España para la conquista del Perú. Por esta razón, aunque Pedro Pizarro estuvo presente en la prisión de Atahualpa en Cajamarca, no figuró entre los beneficiarios del reparto del tesoro del Inca. Fue solo cuando alcanzó los dieciocho años que se unió a la guerra como soldado de a caballo, destacándose por su valentía, como se verá más adelante.

Como paje, estuvo siempre al lado del Gobernador desde el desembarque en Tumbes, acompañándolo en todas sus incursiones hasta llegar al Cusco, donde se estableció. A los dieciocho años dejó de ser paje y se alistó en las filas de los soldados, alcanzando con el tiempo la distinción de un gran "hombre de a caballo". El levantamiento de Manco y el cerco de los indios al Cusco brindaron a Pedro Pizarro la oportunidad de demostrar su destreza como soldado, destacándose por su valentía en múltiples combates. Durante el largo asedio, que se destaca en los anales de la historia, los sitiados hicieron prodigios de valor, y la Relación de Pedro Pizarro está llena de anécdotas de esas heroicas gestas.

En una de esas narraciones, relata cómo, estando de guardia en un andén con otros dos españoles, vigilando para evitar el avance de los indios, fueron atacados por ellos. Los tres españoles cargaron contra los atacantes, matando a muchos de ellos, hasta que el caballo de Pedro Pizarro cayó en una trampa cavada por los indios. Al caer, los naturales lo rodearon y lo golpearon con palos y piedras. A pie, Pizarro se defendió con una adarga, lanzando cuchilladas a diestra y siniestra, hiriendo y matando a varios enemigos, hasta que sus dos compañeros llegaron y lo rescataron, sacándolo del combate a duras penas, casi muerto.

Este episodio es solo uno de los muchos en los que Pedro Pizarro, como soldado y cronista, se mostró como un valeroso combatiente, enfrentando constantemente las peligrosas circunstancias de la guerra con una valentía inquebrantable.

Cuando don Diego de Almagro se apoderó del Cusco, levantó un ejército y marchó hacia la costa de Chincha, donde apresó a Pedro Pizarro, dejándolo encerrado en un cubo de la fortaleza de la ciudad. Más tarde, fue liberado por los partidarios del Gobernador y se unió a las filas de los pizarristas, descendiendo a la costa para reforzar las fuerzas que el Marqués tenía en Lima. Después de la batalla de las Salinas, en la que participó y donde las tropas de Almagro fueron derrotadas, Pedro Pizarro regresó al Cusco y se unió a una expedición contra Manco, organizada por Gonzalo Pizarro. Sin embargo, los castellanos sufrieron un revés a manos de los indios, sin lograr capturar al rebelde.

Con la fundación de la ciudad de Arequipa, Pedro Pizarro trasladó su residencia desde el Cusco a la nueva población. Se encontraba allí cuando estalló la rebelión de Almagro el Mozo. Intentó dirigirse a Lima, pero fue capturado por los almagristas. Al negarse a unirse a la rebelión, le fueron confiscados sus indios y fue desterrado a Charcas, embarcado en una nao que debía llevarlo a un puerto del sur. Sin embargo, Pedro Pizarro sobornó al maestro de la nave, lo que le permitió regresar al norte. Junto con otros dos desterrados, desembarcó en la costa de Trujillo para unirse a Vaca de Castro. En las filas de éste, participó en la batalla de Chupas, donde Almagro el Mozo fue derrotado y capturado.

Pedro Pizarro también estuvo presente en la guerra de Quito, en la rebelión de Gonzalo Pizarro, aunque su papel en ella no está del todo claro. Según relata, Gonzalo Pizarro, al alzar bandera contra el Rey, trató de atraerlo a su causa, ofreciéndole muchas recompensas, incluso el puesto de capitán. Sin embargo, Pedro Pizarro se mantuvo fiel a su lealtad con el Rey, lo que casi le cuesta la vida. En Lima, estuvo a punto de ser ejecutado por orden de Gonzalo, pero gracias a la intervención del Maestro de Campo Carbajal, su vida fue perdonada. No obstante, fue desterrado a Charcas y se le despojaron de sus indios, perdiendo más de treinta mil pesos, todo por su fidelidad al monarca.

Sin embargo, como señala Jiménez de la Espada, esta autoalabanza de Pedro Pizarro contrasta con una carta posterior que escribió a Gonzalo Pizarro, en la que, en tono de arrepentimiento, se disculpaba por su actitud y pedía clemencia, afirmando que su comportamiento se debió al miedo más que a la malicia. La carta, llena de humildad y sumisión, terminaba con una petición de perdón y una reafirmación de su lealtad, reconociendo su error y prometiendo enmienda.

La carta, fechada el 18 de diciembre, decía:

«Al Muy Ilustre Señor Gonzalo Pizarro: Muy Ilustre Señor: Andando en esta costa recogiendo algunos hidalgos de los de Centeno, por mandato del capitán Silvera, teniente de Vuestra Señoría, recibí una carta de Vuestra Señoría, la cual la tuve en tanto como los Santos Padres la venida de Nuestro Señor al mundo. Porque, aunque pequé, fue con ignorancia, de miedo más que con malicia de querer deservir a Vuestra Señoría, que hace diecisiete años soy Pizarro con el alma y la vida, y solo un mes de temor me hizo olvidar; y aunque fuera más, bien creo que, trayendo Vuestra Señoría esto en la memoria, usará conmigo lo que con todos, que es clemencia. Pequé, pido misericordia, pues Dios no quiere del pecador más que se reconozca con enmienda, y ésta se habrá en mí desde hoy en adelante, pues con esta carta de Vuestra Señoría soy hecho del precepto predestinado a su servicio. Nuestro Señor la muy ilustre persona de Vuestra Señoría guarde con el acrecentamiento de estado que Vuestra Señoría desea. De esta costa, a 18 de diciembre. Criado de Vuestra Señoría que sus muy ilustres manos besa. –Pedro Pizarro.»

Esta carta refleja un cambio en su postura, una súplica por perdón, y una reafirmación de su lealtad, aunque la ironía de la situación está presente en la contradicción entre su fidelidad a la Corona y su arrepentimiento ante las autoridades del momento.

Esta carta fue escrita en la costa de Arequipa en 1546 y, al parecer, llegó a manos del presidente Gasca, ya que se encuentra junto a otras dirigidas a Gonzalo Pizarro, entre los documentos que el Licenciado llevó consigo a España. Sin embargo, Pedro Pizarro no permaneció al lado de Gonzalo, sino que se unió al estandarte real. A pesar de ello, Gasca no le perdonó la humillante misiva dirigida al caudillo rebelde. De hecho, cuando Pedro Pizarro, tras derrotar a Gonzalo en Jaquijahuana, solicitó recompensas por sus servicios, López de Caravantes relata que Gasca añadió este breve decreto al pie de su solicitud: "Quédese con lo que tiene."

Pedro Pizarro se estableció inicialmente en Jauja, luego fue uno de los vecinos fundadores de Cusco y, finalmente, de Arequipa. Cuando Don Francisco Pizarro dispuso la fundación de Arequipa, nuestro cronista decidió asentarse allí, convirtiéndose en uno de los primeros y principales vecinos. Obtuvo buenos solares y tierras de labranza, ya que, conforme a la disposición dictada por el Gobernador el 21 de junio de 1540, que encargaba al teniente Garcí Manuel de Carbajal la distribución de las tierras vacantes entre los primeros pobladores, a Pedro Pizarro le fueron adjudicadas once fanegadas de tierras en el ejido.

Pedro Pizarro fue un rico encomendero, pues su pariente y superior, el Marqués, no dejó de otorgarle valiosos repartimientos. Cabe destacar que el esforzado soldado se lo había ganado gracias a sus valiosos servicios a la Corona. El 28 de noviembre de 1538, el Gobernador emitió una provisión encomendando a Pedro Pizarro un cacique en la provincia de Collasuyo, llamado Choquehuanca, señor de Pitomarca, con 500 indios, los mismos que habían sido de Balboa. También le fueron adjudicados otros pueblos como el de Tacana, con el cacique Istaca, el principal Quelopana, y otros como Quea, Quina, Arequipa y Lanchipa, con 200 indios en total.

Según el Deán Valdivia, el Gobernador también le encomendó el 22 de enero de 1540, el pueblo de Choquehuaya, en Puquina, con 25 indios. Este reparto fue otorgado debido a su participación en la conquista de la región, su defensa del Cusco con sus armas y caballos, y su continuo servicio al real esfuerzo.

El Licenciado Gasca no dejó sin recompensa los servicios del valeroso y leal soldado. Mediante una provisión fechada el 10 de septiembre de 1543, le confirmó en la posesión de la encomienda de Tacana, hoy Tacna, aumentándola con otros cuatrocientos indios que Hernando de Torres poseía en dicho repartimiento. También el Cabildo de Arequipa, en su sesión del 2 de agosto de 1568, bajo la presidencia del corregidor Don Alonso Manuel de Anaya, otorgó a Pedro Pizarro veinte fanegadas de tierras de sembradura "abajo del Sitial de Tacana," unas tierras baldías y montañosas, para convertirlas en heredades. Esta merced se otorgó en consideración al hecho de que, en los más de treinta años transcurridos desde que el Marqués Don Francisco Pizarro le hiciera el primer repartimiento, los indios del valle de Tacana habían mermado considerablemente. Nuestro amigo, el señor Cúneo Vidal, posee el expediente relacionado con el deslinde y la posesión de las mencionadas tierras. Según este expediente, fue seguido por Don Andrés Pizarro en nombre de su hermano Pedro Pizarro. Dado que Andrés Pizarro no figura en la conquista ni en las guerras civiles entre los conquistadores, se puede suponer que llegó al Perú después del desbarate de Girón.

Además, en su Relación, Pizarro declara que fue encomendero cerca del pueblo de Tarapacá, donde poseía unas minas en las que gastó, sin éxito, más de veinte mil pesos. En 1602, el Virrey Don Luis de Velasco le concedió la encomienda de los indios de Characari y Paucarpata, ubicados en los términos de la ciudad de Arequipa, tierras que estaban vacías debido a la muerte de Gerónimo Pizarro.

Pedro Pizarro contrajo matrimonio con doña María Cornejo, natural de Arequipa, hija del Maestre de Campo Miguel Cornejo, originario de Salamanca y fundador y vecino de la ciudad mistiana. Del matrimonio de nuestro cronista con doña María nació descendencia. Su hijo, Martín Pizarro, vecino de Tacna, se casó en dos ocasiones y falleció en 1597. De estos matrimonios tuvo varios hijos, uno de los cuales, Don Francisco Pizarro y Casillas, formó su familia en Tacna, y es antepasado directo del general de nuestro ejército, Don José Ramón Pizarro.

En su juventud, nuestro cronista tuvo una hija natural a quien llamó Isabel Pizarro. Esta se casó en 1561 con Alonso de Trujillo, pero el matrimonio fue anulado por causas canónicas. Posteriormente, doña Isabel contrajo segundas nupcias con Miguel de Entrambasaguas, un mercader de Potosí, donde su descendencia ha perdurado hasta nuestros días.

Pedro Pizarro escribió su Relación en Arequipa, terminándola el 7 de febrero de 1571, en la tranquilidad de su hogar, cuando la paz finalmente reinante en el país le permitió disfrutar de los frutos de su esfuerzo y sacrificio. La *Relación* de Pedro Pizarro es un modelo de método, claridad y sinceridad, escrita en un estilo sencillo y sugestivo, fiel a la verdad, pues él era un hombre incapaz de apartarse de ella, aunque no podía ocultar sus claras simpatías por Don Francisco Pizarro y su oposición a Almagro. Esto es totalmente comprensible, dado los vínculos de sangre y afecto que lo unían al Gobernador.

La Relación de Pedro Pizarro se publicó por primera vez en el tomo quinto de la Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España, editado en Madrid en 1844 por Navarrete, Salva y Baranda. De allí la tomó Don Eugenio Larrabure y Unanue para reproducirla en El Ateneo de Lima, y también de allí la hemos extraído nosotros para reproducirla aquí. En el tomo vigésimo sexto de la misma colección, continuada por Salvá y el Marqués de Pidal, se encuentra también la Relación del mercedario Naharro, incluida en dicho volumen. El cronista Herrera se aprovechó de la Relación de Pizarro sin citarla, como era habitual en él.

El general Don José Ramón Pizarro conserva como valiosa reliquia familiar, transmitida de generación en generación, la espada de guerra de Pedro Pizarro, su antecesor, empuñada en cien combates y teñida con la sangre de innumerables indios y españoles.

Lima, julio de 1917.

Carlos A Romero

 

***

El pequeño mundo de Pedro Pizarro: la parentela y unas amistades presumibles

Aunque nacido en Toledo, nuestro cronista se consideraba de origen extremeño, como hijo de Martín Pizarro, natural de Trujillo, y de Luisa Méndez, y nieto de Diego Pizarro, también trujillano, quien, siendo joven, se estableció en la Ciudad Imperial, y de Francisca de Sosa. Sabemos de la existencia de cuatro hermanos suyos: Andrés, quien en 1560 se encontraba en la costa de Arica y falleció antes de 1575; Isabel, que vivió en Toledo y se casó con Alonso de Nava, originario de Santa Olalla (Toledo); Lorenzo, que tampoco abandonó su ciudad natal; y Diego, que se radicó en Arequipa.

Alrededor de 1551 contrajo matrimonio con María Cornejo de Simancas, nacida en Zamora hacia 1540, hija de Francisco de Simancas, Regidor de dicha ciudad, y de Francisca Sierra, ambos salmantinos. En octubre de 1575, cuando las mujeres de Arequipa donaron sus alhajas al Virrey Toledo debido a la pérdida de las plazas de La Goleta y Túnez, María Cornejo entregó varios objetos de gran valor: dos ajorcas de oro, una medalla con las efigies de Adán y Eva, un perfumador de oro y ámbar, dos esmeraldas engastadas en oro, una cinta y un collar de oro con esmeraldas, rubíes y perlas, una cadena de oro y una imagen de la Virgen. María falleció a principios de 1602, después de haber tenido la siguiente descendencia:

Martín Pizarro, quien heredó las encomiendas de su padre y se casó, alrededor de 1590, con Beatriz de Casillas, de ilustre linaje arequipeño, nieta del Trece Juan de la Torre; falleció el 2 de noviembre de 1596. 

Francisco Pizarro, nacido hacia 1553, quien en 1562 viajó a España y se estableció entre Zamora y Ledesma. Sin obtener la autorización paterna, se casó con la aristócrata zamorana doña Juana de Valencia, con quien tuvo descendencia, que posteriormente se vinculó a los Marqueses de Monterreal, de Valverde de la Sierra y de Caracena del Valle. Litigó con el Concejo y los vecinos de Venialbo (Zamora) sobre su hidalguía, obteniendo sentencias favorables en la Chancillería de Valladolid el 26 de febrero de 1594 y el 25 de septiembre de 1597. Disfrutó del mayorazgo otorgado en su favor por sus padres, según el instrumento firmado por ambos en Arequipa el 19 de diciembre de 1564.

Pedro Pizarro, quien contrajo matrimonio con Francisca Pizarro, originaria de Lima, hija del conquistador Martín Pizarro y de Catalina Cermeño, fallecida antes de 1584. En 1602, el Virrey Velasco le adjudicó los indios de Characato y Paucarpata, que estaban vacantes en ese momento.

Luis Chamoso Pizarro se trasladó a España en 1578, donde continuó sus estudios. Se estableció en Zamora, donde contrajo matrimonio. Mantuvo un pleito por alimentos con sus padres, que fue diligenciado en la Chancillería de Valladolid, ante la cual, junto con su hermano mayor Francisco, también participó en el expediente para probar su hidalguía.

Fernando Cornejo Pizarro, quien disfrutó de las encomiendas de Characato y Paucarpata, decidió ingresar a la Compañía de Jesús. En 1600, sostuvo un litigio por una cantidad considerable de dinero con el presbítero Pedro Sánchez Paniagua. Falleció en 1601.

Luisa, en 1576, se casó con el Licenciado Juan Manuel de Sotomayor y Castillo Quijano, Caballero de Santiago, quien fue Comendador en dicha Orden. Como bienes dotalicios, ella aportó una cuantiosa suma de 16.000 pesos, 14.000 en plata en barras y el resto en joyas, plata labrada, entre otros. En 1578, ambos viajaron a España para establecerse en Ocaña, la ciudad natal de él. En este viaje, se hicieron cargo de sus hermanos Luis y Jerónima, a quienes sus padres proporcionaron un criado y una criada negros, respectivamente.

Catalina contrajo matrimonio alrededor de 1572, en España, con Juan Díez de Ledesma, con quien regresó poco después a Arequipa, donde él fue Regidor.

Juana Nieto Pizarro, en 1592, se casó con Luis de Peralta Cabeza de Vaca, quien fue alcalde de Arequipa en 1596 y 1611, y Corregidor en 1612. Su dote superó a la de su hermana Luisa, pues llevó 17.400 pesos en plata, ajuar y joyas. Juana falleció el 10 de marzo de 1612, dejando un testamento cerrado el 26 de febrero de 1612 y un codicilo el mismo día de su fallecimiento. No dejó descendencia.

Jerónima Cornejo de Simancas, en la Metrópoli, se casó con Lope Álvarez de Sotomayor, aportando una dote de 7.000 ducados.

Francisca Sierra Pizarro, tras entrar como novicia en el Monasterio de Santa Catalina, cambió de estado y se casó con el Capitán Francisco de Melgar Reinoso Valdivia.

Además, Pedro Pizarro tuvo una hija ilegítima con la morisca Beatriz de Idiáquez, llamada Isabel Pizarro, quien alrededor de 1560 se casó con Miguel de Entrambasaguas.

Pedro Pizarro falleció la noche del 9 de marzo de 1587 y fue enterrado en la capilla mayor de la iglesia de la Merced, conforme a lo acordado en 1569.

La inquietud intelectual de Pedro Pizarro sugiere un círculo de amigos con los que compartió momentos de esparcimiento, a veces discutiendo sobre temas literarios, otras veces conversando melancólicamente sobre los eventos de la Conquista. El entorno arequipeño, tradicionalmente favorable para la reflexión, parece haber tenido una influencia benéfica sobre él. La ciudad, con un pequeño censo de 400 habitantes, pudo jactarse de contar en el último tercio del siglo XVI con hasta cuatro poetas que alcanzaron la fama, mencionados en La Galatea de Cervantes (Sexto Libro, Canto de Calíope, octavas LXVII, LXVIII y LXIX), entre ellos el Licenciado Diego Martínez de Ribera, Alcalde en 1582 y 1590; Alonso Picado; el Capitán Alonso de Estrada; y, ocasionalmente, el sevillano Pedro de Montesdoca, sobrino del Capitán Alonso de Estrada, quien seguramente transmitió los nombres de estos escritores a los oídos de Cervantes.

En otras ocasiones, las tertulias se componían de viejos compañeros de aventuras, como el Trece Juan de la Torre, Lucas Martínez Vegaso o Diego de Peralta, fundadores de la ciudad; Hernando Álvarez de Carmona y Francisco de Castenda, compañeros del sitio de Cusco; o Nicolao del Benino, un curioso florentino trotamundos, narrador de los sucesos de las guerras civiles. Es incierto si estos personajes llegaron a entablar amistad o si nunca cruzaron palabra. Eso queda como una interrogante.

 

Compilado y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez

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