Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés: Libro XIX de la Historia General y Natural de las Indias, Islas y Tierra-Firme del Mar Océano.

PROEMIO

La Utilidad Divina y la Riqueza Escondida.          

Dios no hizo cosa inútil o sin provecho. "Vio Dios todo lo que había hecho, y era bueno en gran manera" (Génesis, cap. I). De lo cual podemos colegir, y lo vemos en efecto, que en las provincias que parecen desiertas y estériles en estas partes de las Indias (y en todo el universo), hay otros secretos, utilidades y abundancia de cosas que se desean y son de gran estimación y precio en las regiones consideradas fertilísimas.

Vemos la tierra cubierta (en algunos lugares) de zarzas, abrojos y espinos, pero en sus entrañas hallamos ricos veneros de plata y oro y otros metales y provechos. Más aún, esos mismos abrojos, zarzas o espinos no carecen de algunas virtudes y propiedades para las que sirven y son convenientes.

Muchos campos silvestres, montañas ásperas y terrenos sin pastos para el ganado están cubiertos de orchilla, útil para teñir paños, o con arboledas muy provechosas para otros fines. No hay nada errado ni mal compuesto en la naturaleza, pues el Maestro y Hacedor de ella no pudo errar ni hizo cosa inconveniente o sin provecho. Incluso en los venenos y cosas nocivas hay secretos medicinales y excelentes propiedades. Cuanto más variada y diferente es, tanto más hermosa es la naturaleza.

La serpiente llamada Tiro, cuya mordedura dicen que es incurable, es apropiada como medicina contra todos los venenos. Está comprobado que una pequeñísima parte del Tiro, puesta en aquella mezcla contra el veneno (que llaman triaca o tiriaca), lleva todos los medicinales al corazón por su propiedad de ir directamente allí, poniendo salud y remedio con la compañía que lleva, y sanando a quien ella sola mataría. Buscamos el unto de las culebras; los pelos del perro que muerde.

Así, sabiendo usar la propiedad de tales secretos, ninguna cosa se halla tan mala ni desaprovechada de cuantas crea la naturaleza que no sirva para algo.

La Riqueza Inesperada de Cubagua.

Bajo esta premisa, hablaré en este Libro XIX de la Isla de Cubagua. Esta isla es muy pequeña y extremadamente estéril, sin una gota de agua de río, fuente o lago. Con esta y otras dificultades, y sin haber en ella donde sembrar o cultivar para el servicio del hombre, ni poder criar ganados o tener pastos, está sin embargo habitada y cuenta con una gentil república que se llama la Nueva Ciudad de Cáliz.

Ha sido tal su riqueza que, en proporción, no ha habido en las Indias cosa más rica ni provechosa entre lo poblado por los cristianos. No tiene más territorio que unas tres leguas de circunferencia, poco más o menos. Muchos que lo saben bien afirman que, desde el año 1496 en que fue descubierta por el primer almirante don Cristóbal Colón, se ha obtenido tanto valor en perlas y aljófar que los quintos y derechos reales, sumados al valor que ha redundado a personas particulares por la grandísima cantidad de perlas sacadas, demuestran la enorme estimación y precio que ha tenido esta industria, la cual se ejerce allí a diario.

Promesa y Alcance de la Historia de las Perlas.

Para que la historia mantenga su orden, diré sobre el descubrimiento de Cubagua lo que he podido comprender y ha llegado a mi noticia. También se hará mención de otras islas y costas donde se hallan perlas en estas Indias, y de algunas perlas particulares y de gran precio que se han encontrado.

De esta manera, no nos quedará nada que decir o replicar sobre este género de historia, salvo señalar las provincias o partes donde se hallan perlas cuando se escriba de ellas, porque tanto en la forma de pescarlas como en otras particularidades, todo es lo mismo.

Es cierto que los nacarones (cierta manera de conchas diferentes en las que también nacen perlas) no se hallan en toda la isla de Cubagua ni en toda la costa de Tierra Firme opuesta al Norte. Sin embargo, en la otra parte de la costa que mira al Sur o Mediodía hay muchos. Y aunque se diga algo de ellos, no se crea inconveniente a la materia de las perlas, ya que también se hallan y nacen en estos nacarones. Además, estas conchas no solo sirven a los indígenas por las perlas y el pescado que contienen, sino también como azadas y palas para cultivar sus campos y huertos, como se dirá más extensamente en su lugar.

Por ello, el lector hará bien en mantenerse atento. Pues aunque Plinio, Alberto Magno e Isidoro se extienden largamente sobre las perlas —y los curiosos podrán encontrar allí muchas de las cosas que no repetiré aquí—, mencionaré otras de las que ninguno de estos ilustres autores habló, ni tampoco cualquier otro que haya pasado por mis manos.

Podré hablar de esto como testigo ocular, pues hasta el tiempo presente, pocos o ninguno de los que han pasado a estas partes han tenido mejores perlas que yo en algunas piezas señaladas (en las que perdí dinero de lo que me costaron, pues no las pude retener por necesidad). Y estas joyas no se han de vender sino a quien las busca, y no buscando yo quien me las comprase, como lo hice. Todo esto se dirá más adelante.

Volvamos al descubrimiento de Cubagua y sus perlas, porque allí se han hallado en gran cantidad más que en otra parte alguna, y allí se vieron las primeras en estas nuestras Indias, de las que aquí se trata.

CAPÍTULO I

Del descubrimiento de la isla de Cubagua, donde se pescan las perlas, y cómo fueron las primeras vistas en estas Indias y la forma en que los españoles tuvieron noticia de ellas.

El tercer viaje de exploración que realizó el primer Almirante de estas Indias, don Cristóbal Colón, fue en el año de mil cuatrocientos noventa y seis (1496). En el mes de marzo, partió de la bahía de Cádiz con seis carabelas muy bien equipadas (como se mencionó en el Libro III). En el curso de su travesía, envió tres de ellas a esta Isla Española y continuó su exploración con las tres restantes.

Con esta flota, el Almirante zarpó desde la isla de Cádiz y a los pocos días arribó a las Islas Canarias, donde se proveyó de agua, leña y otras provisiones necesarias para su viaje. Desde allí, pusieron rumbo a las islas de Antón, comúnmente llamadas de Cabo Verde. Estas son las mismas que los antiguos cosmógrafos denominaron las Gorgades, aunque algunos dicen que son las Hespérides; algo que yo refuto, basándome en la autoridad que expuse en el Libro II, Capítulo III, donde se prueba suficientemente que las Hespérides son estas islas de nuestras Indias. Pero dejemos eso a un lado.

La Travesía y la Polémica del Clima.

Retomando el relato, diré que desde las islas de Cabo Verde el Almirante zarpó con sus tres navíos rumbo suroeste, recorriendo unas ciento cincuenta leguas, según refiere el piloto Hernán Pérez Mateos —quien, por cierto, aún reside en esta ciudad. Poco después los sorprendió una tormenta tan violenta que se vieron obligados a cortar los mástiles de las mesanas y arrojar al mar gran parte de la carga. El peligro fue tal que llegaron a temer por sus vidas; por ello, viraron al nor-noroeste y se dirigieron a reconocer la isla de la Trinidad.

Sin embargo, esta tormenta que el piloto Hernán Pérez narra no fue aprobada por don Fernando Colón, hijo del Almirante, quien estuvo presente en ese mismo viaje con su padre. Don Fernando me dijo que la dificultad que enfrentaron fue a causa de la calma y un calor tan extremo que las vasijas se abrían y el trigo que llevaban se pudría. Por necesidad, tuvieron que aligerar la carga y alejarse de la línea equinoccial (el ecuador).

Podría parecer a quien escuche decir que se apartaron de la línea equinoccial por el calor, que se aprueba la opinión errónea de los antiguos, quienes sostenían que la Zona Tórrida (que es la misma equinoccial) era inhabitable debido al excesivo calor del sol. Más adelante, cuando se trate del Mar Austral, mostraré y escribiré que la zona bajo la línea o Zona Tórrida y sus alrededores está habitada, puesto que cada día nuestros españoles pasan de un trópico a otro.

Afirmo que don Fernando Colón decía bien, porque en el mar, por dondequiera que pase dicha equinoccial o cerca de ella, sin duda hace mucho calor. Por esta causa, como él decía, se apartarían de ella en este viaje. Sin embargo, en la tierra por donde pasa la misma línea del equinoccio, Dios —quien todo lo ordenó— proveyó de poner allí montañas y sierras tales que, a causa de ellas y del aire, las provincias y regiones por donde pasa la Zona Tórrida son templadas. Incluso, no faltan nieves y hielos grandes en algunas partes de ella y en lo que la circunda. Esto es lo que no comprendieron los antiguos, y por ello, basándose en su naturaleza, les parecía lógicamente que la equinoccial no podía ser habitada por la gran fuerza del sol.

El Descubrimiento de la Tierra Firme y Cubagua.

Volvamos a nuestra historia, pues sobre esa otra materia, como digo, se tratará más extensamente lo que ya está visto y se ve cada día por nuestros españoles cuando lleguemos a la equinoccial.

Así, al reconocer la isla de la Trinidad, don Fernando dice que el Almirante le puso este nombre porque tenía el propósito de llamar así a la primera tierra que encontrase. Y coincidió que vieron al mismo tiempo tres montes cercanos o aparentemente poco distantes entre sí, por lo que llamó a la isla La Trinidad. Pasó por aquella embocadura y la llamó Boca del Drago. Luego, se divisó la Tierra Firme y gran parte de su costa, como ya he dicho más ampliamente en otro lugar.

Desde la Punta de las Salinas en Tierra Firme (donde está esta Boca del Drago, situada a diez grados de la línea equinoccial hacia nuestro polo ártico), el Almirante costeó la Tierra Firme hacia el Occidente y reconoció otras islas, como ya he mencionado en el Libro III. De allí siguió adelante y descubrió la Isla Rica, llamada Cubagua (de la cual aquí tratamos), que actualmente los cristianos llaman Isla de las Perlas. Años después se fundó allí la nueva ciudad de Cádiz, y allí se encuentra la pesquería de las perlas. Junto a esta isla hay otra mayor, llamada La Margarita, nombre que le dio el Almirante.

Descripción de Cubagua.

Desde la Punta de las Salinas hasta la isla de Cubagua hay unas cincuenta leguas hacia Poniente. Es una isla pequeña, que tendrá, como he dicho, una circunferencia de tres leguas poco más o menos, una legua y media de largo y una pequeña de ancho.

Dista de la gran costa de Tierra Firme cuatro leguas hasta la primera tierra de la provincia que se llama Araya. Y puesto que en esta isla de Cubagua (como se dijo en el proemio) no hay agua, los que allí viven deben cruzar a Tierra Firme para proveerse en el río que llaman Cumaná, que está a siete leguas de la Nueva Cádiz (algo ciertamente difícil); sin embargo, con la ganancia que obtienen, los hombres soportan todas estas incomodidades en aras de sus intereses.

Cubagua está a diez grados y casi medio más desviada de la equinoccial en nuestro horizonte. De Cubagua a esta ciudad de Santo Domingo, en la Isla Española, puede haber unas ciento setenta o ciento ochenta leguas, pocas más o menos. Está en línea Norte-Sur con la isla de Santa Cruz de los Caribes, a ciento diez leguas, y esta isla de Santa Cruz está en el lado del Norte. Por la parte del Mediodía, tiene la Tierra Firme a cuatro leguas, que es lo más cercano. A veinticinco leguas al Poniente tiene la isla de Porégari.

Así, este es su emplazamiento, sus límites y sus contornos. Pero la tierra más próxima a Cubagua es la isla Margarita, que he dicho que está a una legua de ella, hacia el lado del Norte.

Todo lo demás que el Almirante descubrió en este tercer viaje ya ha sido dicho en el Libro III de esta primera parte. No es necesario repetirlo aquí, sino solo lo que concierne al propósito de estas dos islas, Cubagua y Margarita, relatando la manera y la ocasión por la cual se supo que allí había perlas. Esto sucedió de la siguiente forma:

El Descubrimiento de las Perlas.

Cuando el Almirante ancló cerca de Cubagua con sus tres carabelas, mandó a ciertos marineros salir en una barca para acercarse a una canoa que andaba pescando perlas. La canoa, al ver que los cristianos se dirigían hacia ella, se recogió hacia la orilla de la isla.

Entre otros indígenas, vieron a una mujer que llevaba al cuello una gran cantidad de hilos de aljófar y perlas, siendo el aljófar de buen grosor (pues los indígenas no valoraban lo menudo, ni tenían arte o instrumento tan sutil para perforarlo). Entonces, uno de aquellos marineros tomó un plato de barro de Valencia (que también llaman de Málaga), que tienen labores cuyas figuras y pinturas relucen. Lo hizo pedazos y, a cambio de los cascos del plato, rescataron con los indígenas e india ciertos hilos de aquel aljófar grueso.

Como a aquellos marineros les pareció de valor, lo llevaron al Almirante. Este, al entender el negocio más profundamente, pensó en disimularlo, pero el placer que sintió al verlo no se lo permitió, y dijo:

«Os digo que estáis en la tierra más rica que hay en el mundo, y sean dadas a Dios muchas gracias por ello.»

El Almirante volvió a enviar la barca a tierra, aunque esta vez con una tripulación distinta. Les ordenó obtener la mayor cantidad posible de aljófar —o perlas—, al menos hasta llenar una escudilla. A cambio, debían ofrecer otro plato hecho añicos, similar al anterior, junto con algunos cascabeles.

Al llegar a la isla, aquellos marineros rescataron de los pescadores indígenas hasta cinco o seis marcos de perlas y aljófar mezclados, tal como los indios los pescaban, tanto gruesos como menudos. El Almirante tomó estas perlas para llevarlas o enviarlas a España a los Reyes Católicos, don Fernando y doña Isabel, de gloriosa memoria.

Colón no quiso detenerse allí por más tiempo para evitar dar ocasión a que los marineros y la gente que lo acompañaba se dejasen llevar por el deseo y la codicia de las perlas. Su intención era mantener el descubrimiento en secreto hasta el momento oportuno.

Según afirma el piloto Hernán Pérez Mateos (quien aún vive aquí), el Almirante, si hubiera querido, pudo haber rescatado en ese momento media fanega de perlas, y el piloto asegura haber visto tanta o más cantidad. Sin embargo, Colón se negó a permitirlo.

La Violación del Secreto y el Viaje de Per Alonso Niño.

Puesto que el secreto no se guarda bien entre los marineros, cuando algunos de los que estuvieron allí regresaron a España, publicaron lo sucedido en la villa de Palos, de donde eran la mayoría de los marineros que navegaban por estas partes en aquella época. La noticia también se supo en Moguer.

Motivados por el conocimiento, partieron de allí ciertos armadores vecinos de esa villa, conocidos como "los Niños". Entre ellos estaba Per Alonso Niño. Con una nao, y llevando consigo a algunos de los que habían estado con el Almirante en el descubrimiento de la isla de las perlas, se dirigieron directamente a ella. Rescataron una gran cantidad y regresaron ricos a España (si es que pudieron salir bien librados de su acto).

Es cierto que Per Alonso Niño tenía licencia para venir a estas partes a descubrir, pero se le concedió bajo la condición de que no se acercase a menos de cincuenta leguas de lo que el Almirante ya hubiera descubierto. Condición que no cumplió, sino que fue directamente al lugar que ya era conocido e hizo su rescate.

Cuando regresó a Europa, arribó a Galicia, donde el virrey era Hernando de Vega, señor de Grajal (quien luego fue Comendador de Castilla de la Orden de Santiago). Entre los que viajaban con Per Alonso surgieron diferencias con él, pues decían que no había repartido bien el rescate y las perlas con ellos, ni había entregado al Rey su quinto real, como debía.

La situación llegó a conocimiento del virrey, quien ordenó aprenderlo y se incautó de las perlas y del navío, al considerar que Per Alonso y sus consortes no habían respetado los términos de la licencia. El virrey lo envió preso, junto con algunos de sus compañeros, a la corte, donde con gran dificultad consiguieron ser liberados.

Desde entonces, se extremaron las precauciones en la isla.

El Valor de las Perlas.

Algunos quisieron argumentar que este descubrimiento de las perlas fue un menoscabo para la autoridad y credibilidad del Almirante, pues afirman que se supo en España por los marineros que estuvieron con él, y por cartas de particulares, antes que por los informes del propio Colón. Algo que otros niegan.

Aquel Per Alonso Niño y sus compañeros llevaron hasta cincuenta marcos de perlas que rescataron a cambio de alfileres, cascabeles y otros objetos de poco valor. Muchas de aquellas perlas eran muy buenas, orientales y redondas, aunque pequeñas, ya que ninguna (según le oí decir al mismo comendador mayor) llegaba a pesar cinco quilates.

Allí, en aquella provincia de Cubagua y en esa costa de Tierra Firme, los indígenas llaman a las perlas thenocas o también cogixas, y otros nombres más, debido a las muchas y diferentes lenguas de aquella costa e islas.

Y baste esto en cuanto al descubrimiento de Cubagua y a la primera noticia que los cristianos tuvieron de las perlas en estas partes.

CAPÍTULO II

Sobre otras particularidades, algunas muy notables, de la isla de Cubagua, y de un manantial de betún de un licor natural, llamado por algunos petróleo o stercus demonis.

Descripción Geográfica y Flora.

La isla de Cubagua, como he mencionado, es pequeña, con un contorno de unas tres leguas, poco más o menos. Es llana y su suelo es de naturaleza salitrosa, y por lo tanto, estéril para la mayoría de la vegetación. Tampoco tiene árboles grandes, solo algunos ejemplares de guayacán, pequeños o enanos en comparación con los que se encuentran en otras partes de las Indias.

Existen otros arbolillos bajos, similares a las jaras o acebuches, que no dan fruto. La mayor parte de la isla está cubierta por un espeso matorral de cardones que miden entre estado y medio y dos estados de altura, y son tan gruesos como la pantorrilla de una pierna.

Estos cardones dan fruto en cierta época del año de dos maneras, ambos parecidos a higos. Unos son rojizos y los otros blancos. Los rojos tienen una semilla muy menuda, como la de la mostaza, y los indígenas llaman a esta fruta yaguaraha. Es muy sabrosa y refrescante. En el árbol (o cardo) está cubierta de espinas, a modo de castañas, pero cuando madura, las espinas se caen y se abren, quedando como higos.

El otro tipo de fruta de cardón es verde por fuera y se asemeja a los dátiles, aunque son más gruesos. El interior es blanco y la semilla es como pequeños granillos de higo. Cuando se comen maduros, asciende por la nariz un olor a almizcle o uno más suave. A esta fruta los indígenas la llaman agoreros.

Fauna Terrestre y Aves.

Hay conejos en esta isla, muchos y de buen sabor, semejantes a los de Castilla, aunque su pelo es más montaraz o áspero. También hay muchas y buenas iguanas.

Existen unas aves que los españoles llaman flamencos, aunque no son las mismas que llevan ese nombre en España. La diferencia es la siguiente: las de Cubagua son tan grandes como un pavo; su plumaje es de un color parecido al encarnado (rosa o rojo claro). Tienen patas delgadas y largas, de unos cuatro palmos de altura, y un cuello igualmente largo y delgado, como el dedo pulgar de un hombre. Su pico tiene la misma forma que el de los papagayos.

Estas aves se alimentan de pescado pequeño y marisco que buscan en lagunas, estanques y en el rompiente del mar, metiéndose en el agua hasta donde pueden alcanzar la orilla. Graznan como gansos y anidan cerca de los lagos.

Hay alcatraces grandes y con un gran buche, y otros de diferentes tipos. También abundan las aves acuáticas pequeñas. En cierta época del año, pasan por la isla algunos halcones neblíes y otras rapaces, como alcatanes y otros que aquí llamamos guaraguaos. Estos últimos son como milanos y se dedican a robar y apresar pollos donde pueden, y a falta de ellos, se alimentan de lagartijas. Se capturan y amansan rápidamente algunos neblíes, y se han enviado a España, donde han sido muy apreciados y han demostrado ser muy buenos.

Peligrosos Animales Venenosos (Tierra y Mar).

Entre las cosas que he notado sobre esta isla, mencionaré aquí dos animales, en cierta manera, y de hecho mucho, similares en su veneno. Uno es terrestre y el otro marino, lo cual es sorprendente y extraño:

1.    La Araña Terrestre: Hay unas arañas muy pequeñas en tamaño, pero el dolor que causan es tan grande que solo puede compararse con el otro animal marino. Si la pasión (el sufrimiento) que provocan estas arañas durase, no sería exagerado decir que el picado desesperaría o tendría una muerte cruel. Pero el mayor consuelo ante este peligro es la esperanza y la experiencia de que la fatiga cesará. La picadura causa en el afectado grandes arcadas y un sufrimiento intenso, sin aflojar ni mitigarse con nada, impidiendo comer, beber o reposar al paciente hasta el día siguiente, a la misma hora en que fue picado. Cuando el dolor cesa, la persona queda tan exhausta que no puede recuperarse ni volver a su estado normal en dos o tres días, aunque nadie muere por este mal.

2.    El Pez Marino (Talara): Existe un pez o animal en el mar que no es mayor que un dedo pulgar. A quien pica en el agua, lo cual sucede a veces, le provoca las mismas arcadas y dolores tan grandes e insoportables como los que sienten los picados por la araña antes mencionada. El sufrimiento no cesa hasta el día siguiente, cuando el agua del mar está en la misma fase de la marea (menguante o creciente) que estaba al momento de la picadura. De modo que el dolor y la pasión de ambos animales duran veinticuatro horas naturales. El pez se llama talara y está pintado con rayas y manchas blancas y amarillas, bien definidas.

Las Grandes Tortugas de la Región.

En la isla de Cubagua y en las islas cercanas hay muchas y grandes tortugas, tanto que de algunas se saca tanta o más carne que la que tiene un ternero o becerro de seis meses.

Estas tortugas salen del mar a tierra para desovar en su temporada, cavando un gran hoyo en la arena con sus patas. Allí ponen mil o mil quinientos huevos, o más o menos, del tamaño de buenos limones. Su cáscara es delgada como una membrana. Después de desovar, cubren los huevos con la misma arena. Cuando eclosionan, los tortuguitos salen como de un hormiguero y se dirigen al mar, cerca de donde nacieron, y allí se crían.

Los indígenas cazan estas tortugas con unos pequeños arpones hechos de un clavo, atados a un sedal o cuerda resistente. Aunque son animales grandes y la herida es pequeña, que por sí sola no bastaría para dañarla o capturarla, la tortuga proporciona a su atacante el medio para su perdición: al sentirse herida, aprieta la concha con tal fuerza que asegura el arpón de forma que no puede soltarse. Entonces, el indígena se lanza al agua y voltea la tortuga boca arriba. Una vez de espaldas, no puede huir. Tirando de la cuerda del arpón y con la ayuda de quien la volteó, los indígenas la meten en la canoa.

El Asentamiento y la Fuente de Petróleo.

La isla de Cubagua tiene un buen puerto en su lado Norte. A una legua de distancia, por delante, está la isla Margarita, que la rodea desde el Este hasta el Noroeste. Por el otro lado, a cuatro leguas, está la Tierra Firme, concretamente la región llamada Araya, que la cerca desde el Este hasta casi el Sur.

En la punta del Oeste de la isla, junto al mar, hay un manantial o fuente de un licor similar al aceite, tan abundante que este betún o licor corre sobre la superficie del agua marina, dejando una marca visible a más de dos o tres leguas de la isla. Este "aceite" incluso emana un olor.

Algunos de los que lo han visto dicen que los nativos lo llaman stercus demonis (estiércol del demonio), otros lo llaman petróleo y otros asfalto. Los que le dan este último nombre sugieren que es del mismo tipo de licor que el del lago Asfáltide (Mar Muerto), del que escriben muchos autores.

Este licor de Cubagua ha demostrado ser utilísimo para muchas cosas y diversas enfermedades. Es solicitado con gran insistencia desde España, gracias a la experiencia que han tenido médicos y personas que lo han probado, a cuyo testimonio me remito.

Es cierto que he oído decir que es un remedio muy provechoso para la gota y otras enfermedades que proceden del frío, porque todos dicen que este aceite, o lo que sea, es calidísimo (muy caliente). Yo no lo sé, ni lo apruebo ni lo contradigo, sino solo aquello que se vea que aprovecha y que testifiquen los que lo saben, lo cual será en breve, dada la diligencia con la que se busca este petróleo.

Pasemos a tratar de las otras cosas de esta isla de Cubagua.

Detalles Adicionales y la Logística del Asentamiento.

Los españoles han introducido en Cubagua algunos cerdos de las razas de Castilla traídos desde la Isla Española y otras partes, así como también de los que llaman baquiras (pecaríes) de Tierra Firme. Lo curioso es que, tanto a unos como a otros, las pezuñas les crecen de tal manera que se les curvan hacia arriba, llegando a ser tan largas como un jeme (casi un palmo). Esta deformidad los lastima, impidiéndoles caminar correctamente, y los hace tropezar a cada paso.

Los habitantes de Cubagua obtienen el agua potable del río Cumaná, en Tierra Firme, que se encuentra a siete leguas de la isla. La leña la traen de la isla Margarita.

Alrededor de Cubagua, frente a ella y hacia el lado de Levante (Este), hay muchos bancos de ostras (plageles), y es en ellos donde se crían las perlas dentro de los moluscos que las producen. Estas ostras son nativas de la zona, desovan y se reproducen en gran cantidad. Por lo tanto, se debe creer que la pesquería será perpetua, aunque es necesario que se espere y se las deje madurar para que sean más provechosas y de mejor calidad.

La Producción de Perlas y su Riqueza.

Así como la vid produce la uva —tierna al germinar—, de igual modo, en el seno del molusco, las perlas comienzan a formarse. En esa etapa inicial, y poco después, el grano está tierno, como en leche. Con el tiempo, la perla va endureciéndose y creciendo, aunque muchas, tan diminutas como arena o poco mayores, ya están duras.

Este negocio ha resultado ser una fuente de gran riqueza, hasta el punto de que el Quinto Real que se paga a Sus Majestades de las perlas y el aljófar (perlas pequeñas) ha ascendido cada año a quince mil ducados y más, sin contar lo que algunos han podido ocultar o robar.

Su falta de conciencia y gran codicia los lleva a arriesgarse para sacar a escondidas muchos marcos de perlas, y es de suponer que no son precisamente las peores, sino las más selectas y preciosas.

Es notable que, hasta el tiempo presente, no se tiene noticia en todo el mundo ni se halla escrito que en un espacio de mar tan pequeño o limitado se haya visto o se encuentren jamás tanta multitud de perlas.

El molusco que las produce, aunque es algo duro y de digestión pesada, es comestible; sabe mejor en escabeche. Aparte de este, hay gran abundancia de buenos pescados en Cubagua, e incluso se trae pescado salado en cantidad a esta Isla Española en algunas carabelas.

Fundación de la Ciudad.

La isla de Cubagua nunca fue poblada por indígenas debido a su esterilidad y la falta de agua. Por eso, acudían a ella desde otras islas y de Tierra Firme solo para pescar perlas.

Atraídos por la fama de esta riqueza, los cristianos de la Isla Española y de San Juan (Puerto Rico) se dirigieron a Cubagua para establecerse y rescatar perlas a cambio de vino, cazabí (pan de yuca) y otras mercancías. Así fue como comenzaron a construir los bohíos (casas rudimentarias) que fueron el primer asentamiento en la isla.

CAPÍTULO III

Relato de ciertos religiosos que pasaron para la conversión de los indígenas de la Tierra Firme, cerca de la Isla de las Perlas (Cubagua), los cuales, siendo de las Órdenes de Santo Domingo y San Francisco, fueron martirizados y muertos cruelmente por los indios.

La Fundación de los Primeros Conventos.

En Cumaná, la provincia de Tierra Firme más cercana a la Isla de Cubagua (o de las Perlas), los frailes de la Orden de San Francisco fundaron su primer monasterio. Su vicario era un reverendo padre llamado fray Juan Garcés, de origen francés. El propósito era procurar la conversión de aquellas gentes bárbaras e idólatras para que abrazasen nuestra santa fe católica. Esto ocurrió en el año 1516.

Ese mismo año, dos religiosos dominicos pasaron a Tierra Firme con el mismo objetivo de conversión: uno era presentado en Santa Teología y el otro, de los que en esa tierra llaman legos. Estos últimos entraron en la tierra más al Poniente, a dieciocho leguas de donde estaban los franciscanos. Se instalaron en una provincia llamada Piritú, y allí, en el lugar conocido como Manjar, fueron asesinados por los indígenas, como pago por su buena voluntad y por predicarles y enseñarles la fe.

Al año siguiente, en 1517, otros religiosos de la misma Orden de Santo Domingo fueron a fundar otro monasterio en Tierra Firme, en la provincia de Chirihichi, para reducir a la gente de esa tierra a la verdad y fe evangélica. Llamaron a esa casa Santa Fe y residían a cinco leguas de los franciscanos de Cumaná.

La Labor Misionera y la Rebelión Indígena.

Ambos monasterios ejercían mucha caridad y buenas obras hacia los indígenas de aquellas tierras, tanto en lo personal como en lo espiritual, si bien estos no fueron dignos de reconocerlo y recibirlo. Los frailes, tanto franciscanos como dominicos, trabajaban y se desvelaban con gran fervor y amor por los indios. Buscaban enseñarles la fe católica y apartarlos de sus ritos, idolatrías y malas costumbres, así como curarlos de sus enfermedades y llagas con toda diligencia y afecto posible, con el fin de ganarlos y atraerlos al servicio de Dios y a la amistad con los cristianos.

En ese tiempo, en la isla de Cubagua, había pocos españoles que vivían en tiendas (toldos) o cabañas (chogas). Estos rescataban perlas con los indígenas de Tierra Firme, quienes pasaban a la isla en ciertas épocas del año para la pesquería, con el fin de obtener provisiones que les daban los españoles a cambio.

Este comercio fue muy útil y provechoso para los nuestros, y la región costera, desde Paria hasta Unare (unas cien leguas de costa en Tierra Firme), estuvo tan pacífica que uno o dos cristianos podían recorrerla y tratar con los indios con total seguridad.

Sin embargo, a fines del año 1519, en un mismo día, los indígenas de Cumaná, Cariaco, Chirihichi, Maracapana, Tacarías, Neneri y Unare, impulsados por su propia malicia, se rebelaron. El resentimiento se debía a que se sentían hostigados por los cristianos en los rescates de esclavos que procuraban para obligarlos a pescar perlas. Además, al tener esclavos, cesaba en cierta medida la ganancia de los indios libres que les vendían o rescataban las perlas.

Los Mártires de Cumaná y Chirihichi.

La rebelión fue especialmente sangrienta en la provincia de Maracapana, donde mataron hasta ochenta cristianos españoles en poco más de un mes. Esto sucedió porque cuatro carabelas, sin saber de la rebelión e ignorando la maldad de los indios, arribaron al lugar y sus tripulantes desembarcaron desprevenidos; los indios los mataron a todos.

Los últimos en rebelarse fueron los de Cumaná, pues muchos de ellos eran amigos de los frailes debido a las buenas obras recibidas. No obstante, al final, como gente ingrata y perversa, prevaleció la opinión de los pocos sobre la intención de aquellos que se mostraban apenados por la situación.

Finalmente, todos se unieron en la maldad: quemaron los monasterios y, en el de Cumaná, mataron a un fraile de la Orden Franciscana llamado fray Dionisio. Sus compañeros huyeron en canoa a Araya, y de allí a la isla de Cubagua.

Fray Dionisio, al ver quemar el monasterio, se separó del grupo y, turbado, no tuvo el sentido ni la oportunidad de huir con los otros frailes. Estuvo escondido en un cañaveral durante dos o tres días, suplicando a Nuestro Señor que se acordase de él y lo dirigiera donde mejor le sirviera.

Al cabo de ese tiempo, salió y decidió ir hacia los indios, pues entre ellos había muchos a quienes él había hecho buenas obras y caridad. Lo retuvieron por tres días sin hacerle daño, y durante todo ese tiempo aquellos infieles deliberaron y disputaron sobre qué harían con este bienaventurado fraile. Algunos decían que lo guardasen y no lo matasen; otros, que podrían hacer la paz con los cristianos usando a este padre; pero otros insistían cruelmente en que debía morir.

Finalmente, el diablo concertó sus diferentes pareceres, y la malicia de un indio llamado Ortega prevaleció, logrando que todos siguieran su consejo: mataron al fraile.

Los indios que después fueron castigados por este delito contaron que, durante los tres días de consulta hasta decidir su muerte, el mártir siempre estuvo en oración, hincado de rodillas. Cuando lo tomaron para ejecutarlo, le echaron una soga al cuello, lo arrastraron y le hicieron mil ultrajes, escarnios y le infligieron diversas torturas.

En medio de su martirio, les rogó a los malhechores que lo dejaran arrodillarse y hacer oración a Dios, y que lo matasen o le hicieran lo que quisieran mientras oraba. Le concedieron la petición, y puesto de rodillas en tierra, imitó a nuestro Redentor y rogó a Dios por quienes lo mataban, diciendo:

"Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Pater, dimitte illis, non enim sciunt quid faciunt).

Mientras decía estas santas palabras y otras con gran devoción y lágrimas, encomendando su alma a Jesucristo, le dieron un golpe tal en la cabeza que lo mataron y enviaron a la gloria celestial a este beato Dionisio. Tras su muerte, hicieron tantas vilezas e inmundicias con el mártir, arrastrándolo de un lado a otro, que no son apropiadas para escribir.

En el caso de los otros religiosos que estaban en Chirihichininguno escapó. Los mataron un día mientras uno de ellos celebraba misa y los otros oficiaban en el coro. También asesinaron a sus sirvientes, asaetearon a un burro de un pozo (machuelo de una anoria) y a los gallos que pudieron encontrar. No perdonaron a nadie ni quisieron dejar a ninguno con vida.

Profanación y Fuga de Cubagua.

En ambos emplazamientos y monasterios, los indígenas quemaron las imágenes y cruces. A un Crucifijo de bulto (escultura) que tenían los franciscanos, lo hicieron pedazos y los esparcieron en caminos y pasos señalados, tal como se hace con el malhechor que la justicia descuartiza por algún delito grave.

Fueron sumamente insolentes y malvados, pues no hubo maldad ni crueldad que se les viniera a la memoria o se les antojara que no llevaran a cabo, actuando como bestias salvajes y nocivas. Tomaron la campana de los franciscanos y la hicieron añicos, y talaron los naranjos y todo lo que tenían los religiosos en su huerta.

Una vez consumado el daño, se prepararon para cruzar a la isla de Cubagua y atacar a los cristianos que allí se encontraban. En ese momento, el alcalde mayor de la isla era Antonio Flores.

A pesar de que había en la isla trescientos españoles o más, y muchas provisiones, Flores y los demás acordaron no esperar a los indígenas. Se embarcaron en ciertas carabelas que estaban allí y en los barcos que usaban para acarrear agua. Abandonaron la isla sin haber visto a un solo indígena, dejando en sus propias viviendas muchas pipas de vino, provisiones, artículos de rescate y muebles.

Llegaron a esta ciudad de Santo Domingo, en la Isla Española, no sin mucha vergüenza y vituperio. Merecían ser severamente castigados por su cobardía, y especialmente el alcalde mayor, que era la cabeza del pueblo. Es más, hubo algunos hombres de honor y de buena estirpe que exigieron a Antonio Flores que no desamparase la isla, sino que resistieran hasta recibir socorro.

Pero el alcalde no hizo caso de sus palabras ni de sus protestas. Empeñado en ceder a su miedo, cometió aún otros errores graves: apresó a ciertos indígenas pajes, vecinos y naturales de la isla Margarita, que estaban allí ocupados en sus rescates, y se los llevó consigo a Santo Domingo.

Consecuencias de la Cobardía.

De esta manera, por la pusilanimidad de Antonio Flores, aquella parte de Tierra Firme y la isla de Cubagua quedaron abandonadas por los cristianos en ese momento.

Al saber de su huida, los indígenas cruzaron a la isla y robaron cuanto encontraron. Comprendieron que los españoles se habían ido por miedo a ellos, quedando como dueños absolutos de la tierra hasta que llegase el tiempo de su castigo.

Aunque algunos pocos de los que salieron de Cubagua, por falta de un capitán valiente, eran hombres de bien que hubieran cumplido con su deber, la mayoría eran gentes inútiles que habían ido allí más por el negocio y el rescate de perlas que para tomar las armas.

Flavio Vegecio dice que, «así como el soldado bien ejercitado desea la batalla, así y mucho más el inexperto huye tímidamente. Y si el conocimiento de la disciplina militar decae por negligencia, la diferencia entre el soldado y el villano muere por completo».

Y no está en desacuerdo con lo anterior lo que el mismo autor dice más adelante: «No tanto el número, cuanto la suficiencia de los bien adiestrados, debe ser estimado».

Así como es costumbre general que la gloria de la victoria sea atribuida principalmente y con triunfo al capitán, y la culpa, por consiguiente, al principal del ejército o de la república cuando hay una debilidad, una pérdida o un incidente semejante que provoca la derrota, el abandono del campo o la república —como hicieron estos de Cubagua—, así también establecen las leyes militares y todas las demás bien ordenadas, y Vegecio con ellas: «que a muchos se dé el temor y a pocos la pena». Y así lo requería este caso que aquí se ha tratado.

CAPÍTULO IV

Cómo el Almirante don Diego Colón, la Audiencia Real y los Oficiales de Sus Majestades enviaron desde Santo Domingo una flota bajo el mando del capitán Gonzalo de Ocampo para castigar a los indígenas que habían matado a los religiosos y a otros cristianos en Tierra Firme, recuperar la isla de Cubagua (Isla de las Perlas); y sobre la llegada del licenciado Bartolomé de las Casas.

La Expedición de Castigo.

Cuando en la Isla Española se supo de la rebelión de los indígenas en la costa de Cumaná y de las provincias vecinas (como se mencionó en el capítulo anterior), y del abandono de Cubagua por parte de los cristianos, el Almirante don Diego Colón, la Audiencia Real y los oficiales de la Hacienda de Sus Majestades en Santo Domingo actuaron con diligencia. Acordaron y pusieron en marcha el castigo, enviando un capitán con gente para recuperar la isla y que los malhechores fueran castigados según sus graves culpas.

Para ello, reunieron unos trescientos hombres y los navíos y carabelas necesarios. Proveyeron de armas, bastimentos y todo lo necesario a la flota, y nombraron como Capitán General a un caballero, vecino de Santo Domingo, llamado Gonzalo de Ocampo.

Ocampo partió hacia aquella tierra con la gente mencionada en el año 1520 y se dirigió directamente a la costa de Tierra Firme. Entre los capitanes particulares que iban en la flota estaba Andrés de Villacorta, un hombre experimentado y conocedor de la zona, quien fue uno de los que habían exigido al alcalde Antonio Flores que no abandonara la isla de Cubagua; isla que nunca se hubiera perdido si lo hubieran escuchado.

La Estratagema de Gonzalo de Ocampo.

Pocos días después de zarpar de Santo Domingo, la flota llegó a la costa de Maracapana. Allí se encontraba un indígena llamado Gil González, quien había participado en la matanza de los frailes y cristianos. Él y muchos otros delincuentes estaban bautizados, pero solo eran cristianos de nombre.

El capitán Gonzalo de Ocampo ideó una astuta manera de apresar a algunos de los principales culpables. En cuanto los barcos fueron vistos cerca de la costa, los indígenas preguntaron a los cristianos de dónde venían. Ocampo había ordenado responder que venían de Castilla e hizo esconder a la gente de guerra bajo cubierta, de modo que solo se vieran los marineros, e incluso no todos.

Los indígenas replicaron diciendo: "¡Haytí, Haytí!", dando a entender que venían de la Isla Española, que en su lengua se llamaba Haytí. Los nuestros respondían: "¡Castilla, Castilla!", mostrándoles objetos de rescate y vino, que es lo que ellos más aprecian.

Los indígenas creyeron entonces que la flota no sabía nada de los cristianos y frailes muertos, y que estas carabelas venían directamente de España. Pensaron que matarían a estos también, por inocentes, como habían hecho con los de las otras carabelas. Confiados, algunos de los principales de la costa se atrevieron a entrar en los navíos, invitando al capitán a bajar a tierra. Le traían de comer de sus manjares y hacían demostraciones de paz y alegría, fingiendo que se regocijaban por su llegada y amistad.

El Capitán General, astuto, les hacía muy buen semblante y los entretenía. Cuando le pareció el momento oportuno, dio la señal a los suyos, y fueron apresados algunos de los indígenas principales, de quienes él ya tenía información sobre sus nombres y delitos, y había gente en la flota que los reconocía.

En particular, fue apresado el mencionado Gil González. Tras obtener su confesión, Ocampo lo hizo ahorcar a él y a otros de las antenas de los barcos, para dar ejemplo a los traidores y rebeldes que observaban desde la costa. También ahorcó al cacique de Cumaná, llamado don Diego.

Inmediatamente, el General Gonzalo de Ocampo hizo soltar y enviar a tierra a la cacica doña María, mujer del cacique don Diego, a quien Antonio Flores había traído presa a Santo Domingo. Por causa de esta mujer se hizo después la paz con los cristianos, como se dirá más adelante.

Pacificación y el Conflicto con Las Casas.

Una vez realizada la acción de castigo de manera astuta y sin peligro, Gonzalo de Ocampo se dirigió a la isla de Cubagua. Estableció su campamento cerca del puerto donde ancló, y tras descansar él y su gente por unos días, cruzó a la provincia de Cumaná. Hizo incursiones en la tierra, capturó muchos indígenas en diversas ocasiones, ejecutó a los que le pareció y mató a otros que se defendían para no ser apresados.

Continuando la guerra con rigor, el cacique don Diego negoció la paz con los cristianos, sintiéndose seguro y agradecido por la libertad de su mujer, quien medió en el acuerdo. Gracias a esta paz, se inició la población de Cumaná junto al río, a media legua del mar. Gonzalo de Ocampo nombró al pueblo Toledo, y él y su gente permanecieron allí por algunos meses.

Sin embargo, este capitán no era del agrado de la gente; sus compañeros y hombres de guerra estaban en malos términos con él. Poco tiempo después, llegó a la costa un clérigo llamado el licenciado Bartolomé de las Casas con ciertos navíos. Traía poderes suficientes y comisión de Sus Majestades para poblar allí, con un plan capitulado al respecto, como se contará más extensamente en el siguiente capítulo.

Debido a esto, surgieron muchas discordias y diferencias entre Las Casas y el capitán Gonzalo de Ocampo. Como la gente no estaba contenta con el capitán, ni él con ellos, Ocampo se trasladó a la isla de Cubagua. Posteriormente, la gente hizo lo mismo, abandonando el pueblo que habían fundado y llamado Toledo, sin que quedara allí persona alguna.

La Repoblación de Cubagua.

Mientras estos capitanes se encontraban en sus disputas, o poco antes, la Real Audiencia, el Almirante y los Oficiales de Sus Majestades proveyeron que Francisco de Vallejo, vecino de Santo Domingo, fuese a Cubagua como Teniente de Gobernador. Se le mandó que volviera a poblar la isla.

Vallejo se dirigió a la isla con gente, fundó un pueblo y repartió solares a los vecinos. Llevó consigo a todos los indígenas de Margarita que Antonio Flores había traído presos a Santo Domingo, poniéndolos en libertad.

Con estos indígenas, y con los de Cumaná que volvieron a rescatar perlas con los españoles como solían, y con algunos esclavos traídos de otras partes durante la guerra, los vecinos de Cubagua (y con su propia gente) comenzaron a dedicarse a la pesquería de perlas, pues veían que los indígenas libres se mostraban cada día más renuentes al comercio de rescate.

CAPÍTULO V

Cómo el licenciado Bartolomé de las Casas fue con ciertos labradores a poblar la Tierra Firme en el río Cumaná, cerca de la isla de Cubagua, y lo que les sucedió a él y a sus seguidores.

La Utopía Misionera de Las Casas.

En el año 1519, al tiempo que en Barcelona llegaba la noticia de la elección del rey de Romanos y futuro Emperador Carlos V, yo me encontraba en su corte por asuntos de Tierra Firme (Castilla del Oro). Allí estaba el reverendo clérigo presbítero, el licenciado Bartolomé de las Casas, gestionando ante Su Majestad y el Consejo de Indias el gobierno de Cumaná y parte de la costa de Tierra Firme.

Contaba con el favor de algunos caballeros flamencos cercanos al Emperador, en especial de Monsieur de Gattinara (Mosiour de Laxao), quien luego murió siendo Comendador Mayor de la Orden de Alcántara, y era uno de los principales privados del César.

El padre Las Casas prometía grandes cosas y un gran aumento en las rentas reales. Sobre todo, aseguraba que, con el plan y el orden que él proponía, todas aquellas gentes perdidas e indígenas idólatras se convertirían a nuestra santa fe católica. Su fin e intención parecían santos.

Además, criticaba con vehemencia al obispo de Burgos, don Juan Rodríguez de Fonseca, a Hernando de Vega, al licenciado Zapata, al secretario Lope de Conchillos y a los demás que habían manejado los asuntos de Indias durante la vida del Rey Católico don Fernando. Afirmaba que estos habían errado y engañado al Rey de muchas maneras, aprovechándose del sudor de los indígenas y de los oficios e intereses de estas partes. Sostenía que estos consejeros se le oponían para encubrir sus propios errores.

El Plan de los "Caballeros de Espuelas Doradas".

Esta controversia duró varios meses, no sin mucha contradicción. Los consejeros que él culpaba presentaron en su defensa los libros y las provisiones tomadas años antes de que el clérigo concibiera esta "fantasía". Todo parecía santo, bien dispuesto y apropiado para la buena conservación de la tierra y la conversión de los indígenas. El Emperador quedó satisfecho y se sintió bien servido por aquellos a quienes Las Casas culpaba, y que tenían gran poder para obstaculizar las peticiones del clérigo.

Cuando Las Casas se dio cuenta de que no podía perjudicar a los consejeros, argumentó que, aunque ellos hubieran provisto bien, todo se había malentendido y peor ejecutado. Insistía en que la gente que debía enviarse con él no serían soldados, matadores, ni hombres sanguinarios o codiciosos de guerra, sino gente muy pacífica y mansa, labradores.

Pidió que a estos labradores se les diera título de "nobles y caballeros de espuelas doradas", además de pasaje, provisiones y ayuda para poblar, junto con muchas otras mercedes que él consideró necesarias.

Todo le fue concedido, a pesar de la oposición de los señores del Consejo (o al menos del obispo de Burgos y sus aliados). Algunos españoles de bien, testigos de lo que ocurría en estas partes, también desengañaron al Rey y a su Consejo, advirtiendo que aquel padre, deseoso de mandar, ofrecía lo que no haría ni podía hacerse de la forma que él proponía, y que hablaba de una tierra que no conocía ni había pisado. Condenaron su afirmación como una frivolidad y dijeron que el Rey gastaría su dinero en vano y que sus seguidores correrían un gran riesgo.

Pero, como he dicho, la influencia de Gattinara (Laxao) pesó más. El resultado fue que el Rey perdió lo que gastó por haber creído a este padre, y los que lo siguieron, en su condición, perdieron la vida.

Así, el Rey ordenó despacharlo, y el Consejo y los oficiales de Sevilla lo hicieron a su entera satisfacción. Las Casas pasó a Tierra Firme con hasta trescientos hombres —personas pequeñas y grandes, labradores—, a quienes se les proporcionaron buenos navíos, bastimentos, todo lo necesario y objetos de rescate para el comercio con los indígenas. Esto le costó a Su Majestad muchos millares de ducados.

El Fracaso y la Conversión.

El hecho es que, como este padre se había criado en la Isla Española, sabía bien que los indígenas de Cumaná y las provincias cercanas habían estado en paz antes de su rebelión. Él fantaseó que podría lograr lo que había inventado y dicho en España.

Mientras él iba a entenderse en el negocio, los indígenas se rebelaron y mataron a los frailes franciscanos y dominicos y a otros cristianos, ocurriendo todas las revoluciones que se han mencionado. Cuando Las Casas llegó a la tierra con sus labradores —los nuevos "caballeros de espuelas doradas" que él quería formar—, su suerte (y la de sus desdichados soldados) quiso que encontrara al capitán Gonzalo de Ocampo, quien ya había castigado a parte de los malhechores y había fundado el lugar que llamó Toledo. Las cosas estaban en un estado muy diferente al que el clérigo había imaginado.

Sin embargo, como venía favorecido y con grandes poderes, él y Gonzalo de Ocampo inmediatamente comenzaron a contender y discrepar, como he dicho. El clérigo ordenó la construcción de una gran casa de madera y paja cerca del antiguo monasterio de San Francisco. Allí tenía a algunos de los españoles que trajo, llenos de la esperanza de la nueva caballería prometida, con sus cruces rojas que en algo se parecían a las que llevan los caballeros de Calatrava. En esa casa había muchos bastimentos, rescates, armas que Su Majestad le había dado, y muchos otros bienes.

Dejó todo esto allí y vino a esta ciudad de Santo Domingo para quejarse ante la Real Audiencia del capitán Gonzalo de Ocampo. Al ausentarse él y al abandonar Gonzalo de Ocampo el pueblo y la tierra, los indígenas, al ver estas discordias entre los cristianos e impulsados por su propia codicia y malicia, y deseosos de robar lo que había en la casa, atacaron a los cristianos que allí estaban y mataron a cuantos pudieron de ellos, aunque algunos escaparon huyendo y se refugiaron en una carabela que se encontraba allí.

Los indígenas saquearon y robaron la casa con todo lo que contenía, y luego prendieron fuego a aquel edificio mal fundado. La costa quedó entonces completamente fuera del poder de los cristianos.

Reflexión Final del Autor.

En la isla de Cubagua quedaron algunos pocos cristianos que no eran suficientes para luchar contra los indígenas. Estos no les permitían llevar agua de Tierra Firme para su sustento, por lo que bebían de unas lagunas de la isla Margarita, agua cenagosa, y que obtenían con gran costo y dificultad.

Cuando el capitán Gonzalo de Ocampo regresó de Cubagua a Santo Domingo y la gente que había llevado consigo se quedó en la isla, Francisco de Vallejo y Pedro Ortiz de Matienzo, que eran alcaldes mayores en ese momento, intentaron con esa gente tomar el río Cumaná para conseguir agua potable. Lo intentaron varias veces, pero siempre fueron rechazados, pues los indígenas de aquella costa son flecheros que usan veneno, gente astuta y guerrera. Así, los cristianos se mantuvieron en Cubagua, como en una frontera y en guardia de la isla.

El padre licenciado Bartolomé de las Casas, al enterarse del desastroso suceso de su gente y al reconocer el mal cuidado que por su parte tuvo en la conservación de las vidas de aquellos simples y codiciosos labradores que lo siguieron al olor de la caballería prometida y de sus fábulas, así como el mal manejo de la hacienda que se le encargó y que tan mal custodió, decidió que, puesto que no tenía bienes para pagar, podría satisfacer en parte a los muertos con oraciones y sacrificios, haciéndose fraile, y dejaría de contender con los vivos.

Así lo hizo y tomó el hábito del glorioso Santo Domingo de la Observancia, en cuyo monasterio de Santo Domingo reside hoy día. Y en verdad, es tenido por buen religioso: y así creo yo que será mejor fraile que capitán en Cumaná.

Se dice que él escribe en su tiempo libre sobre estas cosas de Indias, la condición de los indígenas y de los cristianos que andan y viven por estas partes. Sería bueno que su obra se mostrase en vida para que los testigos oculares la aprobasen o respondiesen por sí mismos. Dios le dé su gracia para que lo haga muy bien; yo creo que en su historia sabrá decir más cosas de las que yo he resumido aquí, pues pasaron por él. Pero lo que es público y notorio en estas y otras partes es esto:

Quien ha de ser capitán no debe improvisar, sino ser ejercitado y tener experiencia en las cosas de la guerra. Por no saber él nada de esto, y confiando solo en su buena intención, erró en la obra que comenzó. Pensando convertir a los indígenas, les dio armas para que mataran a los cristianos. De lo cual resultaron otros daños que se omiten por evitar la prolijidad. Y esto mismo o algo similar sucede a todos los que toman un oficio que desconocen. Si él pensaba pacificar la tierra con santidad y buen ejemplo, no debía tomar las armas, sino tenerlas en depósito en manos de un capitán diestro y adecuado para lo que pudiera suceder.

CAPÍTULO VI

Del segundo plan provisto para subyugar la costa de Cumaná y castigar a los indígenas por sus rebeliones; y de la fortaleza que allí se fundó para la guarda del río Cumaná, en Tierra Firme, a siete leguas de la Isla de las Perlas (Cubagua).

La Expedición de Jácome de Castellón.

Una vez que el capitán Gonzalo de Ocampo regresó a esta ciudad de Santo Domingo, el Almirante don Diego Colón, los oidores de la Real Audiencia y los oficiales de la Hacienda de Sus Majestades enviaron a otro capitán para la conquista de Cumaná.

Este fue Jácome de Castellón, vecino de esta ciudad. Su misión era tanto corregir los errores de los capitanes anteriores, como recoger a la gente que había quedado de las expediciones de Gonzalo de Ocampo y del licenciado Bartolomé de las Casas (aunque de aquellos labradores, los menos útiles, muy pocos habían quedado con vida).

A este capitán se le dio autoridad suficiente para reunir y capitanear a toda la gente que había en Cubagua, y para hacer la guerra a los indígenas de aquella costa de Tierra Firme.

Castellón pasó a la isla de Cubagua, a donde llegó en octubre del año 1522. Allí recogió a la gente de la flota de Gonzalo de Ocampo.

Castigo, Pacificación y el Fuerte de Cumaná.

Con la artillería y el aparato de guerra necesarios, se trasladó a Tierra Firme a fines de noviembre siguiente, en dirección al río Cumaná. Entró por él, tomó posesión de la tierra y estableció su campamento cerca de la boca del río.

El río quedó de inmediato libre y sin oposición para los cristianos, y como fuente de abastecimiento para los habitantes de Cubagua. Desde allí, Castellón comenzó a hacer la guerra a los indígenas que habían participado en los maleficios y daños relatados previamente.

Impuesto un duro castigo sobre ellos con muertes y prisiones de muchos, envió una cantidad de esclavos a esta Isla Española. De este modo, recuperó la posesión de la tierra y la sometió al servicio de Sus Majestades.

En Cumaná, cerca de la boca del río, fundó un castillo fuerte de cal y canto (mampostería), con muy buen alojamiento y una torre. Izó las banderas reales cuando la fortificación comenzó a ser robusta, lo cual ocurrió el 2 de febrero del año 1523. Él mismo se nombró alcaide (gobernador) de la fortaleza, y posteriormente el Emperador, nuestro señor, le proveyó del mismo oficio y cargo.

La Nueva Ciudad de Cáliz y el Auge de las Perlas.

A partir de ese momento, y con la seguridad de la fortaleza y el castillo, se comenzó a fundar en la isla de Cubagua un pueblo con verdadero propósito. Se llamó la Nueva Ciudad de Cáliz.

Gracias a la seguridad que ofrecía el fuerte, y a la incorporación a la pesquería de muchos indígenas buenos pescadores de perlas que se habían capturado en la guerra, los vecinos se vieron muy beneficiados y se dedicaron a fundar su pueblo y casas de morada con solidez, usando cal y canto. También se fundó la iglesia, muy bien labrada. El primero que comenzó a construir una casa de piedra fue un hidalgo natural de Soria llamado Pedro de Barrionuevo.

Posteriormente, el capitán Jácome de Castellón firmó la paz con los indígenas, y se abrió el comercio y la comunicación entre cristianos y nativos. Esta relación perdura y es utilísima y provechosa para ambas partes. La tierra y la costa quedaron sometidas, y la isla de Cubagua quedó segura y con una pesquería y granjería de perlas muy activa.

CAPÍTULO VII

Sobre una súbita tormenta y terremoto que azotó la provincia de Cumaná en Tierra Firme, derribando la fortaleza o castillo de los cristianos mencionado en el capítulo anterior, y cómo se construyó una nueva fortificación.

El Terremoto y la Inundación de Cumaná.

En el año 1530, durante el mes de septiembre, en un día sereno y tranquilo, ocurrió un desastre en la provincia de Cumaná.

De repente, a las diez de la mañana, el mar se levantó hasta una altura de cuatro estados (unos 7-8 metros). Al mismo tiempo, la tierra emitió un horrible bramido y el mar inundó la costa. Acto seguido, la tierra comenzó a temblar, y el sismo continuó durante tres cuartos de hora.

A causa de este poderosísimo temblor, la fortaleza mencionada en el capítulo anterior se derrumbó. La tierra se abrió por diversas partes, formando grandes grietas que manaban un agua negra con olor a azufre. Muchos pueblos de indígenas se hundieron y muchos nativos murieron, ya sea aplastados por sus casas o a causa del miedo y el espanto.

Una gran sierra, situada a más de cinco leguas de la costa, se abrió con una grieta tan grande que se puede ver desde más de seis leguas de distancia.

La Reconstrucción y la Nueva Fortaleza.

Una vez que las aguas volvieron a sus límites, y después de que los cristianos en la fortaleza hubieron escapado milagrosamente, el alcaide, con el fin de conservar la tierra al servicio de Sus Majestades, hizo un baluarte y reparo alrededor de una de las esquinas del fuerte que quedó en pie.

En este refugio, el alcaide y la gente que estaba con él se sostuvieron durante catorce meses. Durante ese tiempo, se edificó una nueva fortaleza cerca de donde había caído la anterior.

Una vez terminada la nueva fortificación, abandonaron el refugio provisional y se trasladaron a ella. Esto ocurrió en el año 1531. Esta nueva fuerza es la que actualmente asegura el acceso al agua para la Isla de las Perlas (Cubagua) y domina el río Cumaná y parte de la provincia, impidiendo que los indígenas se atrevan a iniciar los levantamientos y rebeliones que solían hacer continuamente.

CAPÍTULO VIII

El cronista trata sobre algunas opiniones de los historiadores antiguos acerca de las perlas, sus particularidades, y sobre algunas perlas grandes halladas en estas Indias.

Perlas: Antiguas Teorías vs. Experiencia en las Indias.

Respecto al descubrimiento y la conquista de la Isla de las Perlas, la costa de Cumaná en Tierra Firme, y otras particularidades, lo conveniente para la historia ya ha sido expuesto en los capítulos precedentes.

Ahora, haré algunas reflexiones sobre las opiniones de los antiguos acerca de las margaritas o perlas. Aunque a algunos les pueda parecer atrevido que yo refute o contradiga lo que afirman varones tan señalados y doctos, ruego a los lectores que no se maravillen, pues ellos pueden decir verdad y yo también. Ellos basaron sus palabras en la información de diversos autores o personas, mientras que las mías proceden de mis propios ojos y experiencia.

Isidoro de Sevilla afirma que las perlas se llaman uniones porque se halla una sola y nunca dos o más juntas. Alberto Magno concuerda con esto en su tratado De proprietatibus rerum. Ambos autores sostienen que las perlas se engendran a partir del rocío en cierta época del año.

Plinio el Viejo lo escribe mucho más extensamente, y mejor que cualquiera que yo haya visto. Él coincide con los ya mencionados (o, más bien, ellos aprendieron de él) en que las perlas se engendran del rocío, y se le debe dar más crédito por ser más antiguo. Esta forma de concepción de las perlas por el rocío es una de las cosas que yo no afirmo y que pongo en duda, por lo que expondré a continuación.

La Duda sobre el Origen y el Envejecimiento.

Los tres historiadores concuerdan en que la claridad u oscuridad de la perla depende de la calidad del rocío que recibe: si el rocío es claro, la perla lo será; si es turbio, la perla será turbia. Incluso dicen que si conciben bajo cielo nublado, las perlas son amarillentas, pues tienen más afinidad con el aire que con el mar, y toman del aire el color nublado o sereno.

Sin embargo, Plinio no está de acuerdo con la razón que dan los otros autores para el nombre de uniones (singularidad). Él afirma que Elio Estilón escribió que este nombre se dio a las margaritas sumamente grandes durante la guerra de Yugurta. Además, Plinio desmiente la idea de que se encuentren solas, pues en sus escritos asegura haber visto cuatro, y hasta cinco perlas juntas en el borde o extremo del nácar o concha.

Plinio pudo decirlo con razón, porque en estas partes, especialmente en la isla de Cubagua, de la que aquí tratamos, se ven muchos granos, perlas y aljófar menudo juntos, y esto ocurre a diario.

Pero todos los autores concluyen que las perlas envejecen. Por eso, digo que ninguna persona prudente debe hacer gran caudal de algo que tan pronto y tan manifiestamente nos enseña esta verdad y el declive de su belleza. Digo "caudal" para guardarlas como una joya que pueda durar mucho tiempo, pues su resplandor no es perdurable. Por lo tanto, no es un bien para heredar, ya que cada día pierde su vigor y vale menos por arrugarse y envejecer, y cada hora son menos estimadas. Por lo tanto, cuanto más frescas se consigan, mejores son, siempre que cumplan con las otras cualidades necesarias para su valor.

Perlas Famosas en las Indias.

No me detendré en otras muchas particularidades notables que Plinio menciona sobre las perlas, como las que poseyeron Julia Paulina, la matrona del emperador Calígula, o Cleopatra, reina de Egipto.

Pero recordaré a quien lea esto que Pedrarias Dávila, gobernador de Tierra Firme, obtuvo una perla que compró a un mercader llamado Pedro del Puerto en la ciudad del Darién, en el año 1515, por mil doscientos pesos. El mercader la había comprado en subasta al capitán Gaspar de Morales, quien la obtuvo en la isla de Terarequí, en el Mar del Sur. El mercader la vendió al día siguiente, dándola a Pedrarias, pues no pudo dormir una sola noche pensando en el mucho oro que había pagado por ella. Esta perla pesaba treinta y un quilates, era en forma de pera, de muy lindo color y muy oriental. Posteriormente, la Emperatriz, nuestra señora, la compró a doña Isabel de Bobadilla, esposa de Pedrarias. En verdad, es una perla y una joya digna de su dueña y de ser muy estimada, como lo está ahora.

Yo mismo tuve una perla redonda de peso de veintiséis quilates, y otra posterior en forma de pera que obtuve en Panamá en el año 1529, la cual vendí en Santo Domingo a un alemán de la gran compañía de los Belgares (Welser) por cuatrocientos cincuenta castellanos.

Estas perlas grandes se han hallado en el Mar del Sur, en la isla de Terarequí. Pero en esta otra isla de Cubagua, de la que aquí se trata, no son tan grandes, sino pequeñas, de dos, tres, cuatro o cinco quilates, o poco más las mayores, aunque algunas son de gran perfección, y la cantidad de aljófar (perlas pequeñas) es innumerable y de todas las clases. También hay perlas en otras partes de estas Indias, lo cual se dirá cuando la historia discurra o toque las provincias donde se hallan.

Refutación Final del Cronista.

En cuanto a lo que mencioné sobre contradecir a autores tan señalados, sostengo que yo tengo por imposible lo que dicen sobre la generación de las perlas con el rocío, y que sean turbias, claras o amarillentas por causa de los truenos.

¿Por qué? Porque en una misma ostra no todas las perlas que contiene son de la misma calidad, redondez, color, perfección o tamaño.

Además, ¿cómo se puede probar lo que dicen si muchas de ellas se sacan de diez o doce brazas de profundidad en el agua, donde están fuertemente adheridas a las peñas? ¿Quién las vio claras antes de una tormenta y después vio que esas mismas se habían vuelto oscuras y con los defectos ya dichos? Dejemos esto para que lo crean aquellos que no sabrían cómo refutarlo.

Yo las he visto tan negras como azabache, otras leonadas (pardas), otras muy amarillas y resplandecientes como oro, otras cuajadas y sin resplandor, otras casi acuosas, otras como ahogadas, y otras con tendencia al color verde, o inclinándose a diversos colores. Así, cuanto más diferentes y menos estimables son a la vista, más valiosas son las perfectas. De hecho, muy raras veces se encuentran las que son dignas de ser estimadas o pesadas por quilates para su venta.

En cuanto a la forma de su creación, el lector debe recordar lo que se dijo en el Capítulo II de este libro, y aquello puede tenerlo por muy cierto.

También podría ser que en estas partes se formen y críen de una manera, y en el Oriente, donde Plinio y otros autores dicen que las hay, se engendren de otra forma, o por el rocío que ellos mencionan. Pues la Naturaleza, en algunas partes, opera de diferentes modos en un mismo género de criaturas.

Conténtese, pues, el lector con lo dicho, y pasemos a otra clase de perlas que se forman y nacen en los nacarones (conchas grandes), de las cuales hice mención en el proemio. De estas nunca leí ni he visto nada escrito por autor alguno, y yo las he llevado a España. Hay muchas de ellas en la costa austral de Tierra Firme, en la provincia que llaman Nicaragua, y en las islas de Chara, Chira y Pocosí, y otras islas del golfo de Orotina.

CAPÍTULO IX

De los nacarones en que se hallan perlas en la provincia de Nicaragua, el Golfo de Orotina y otras regiones.

Descripción del Nacarón

En el Golfo de Orotina y en las islas que se encuentran dentro del Cabo Blanco, en la costa de Nicaragua en el Mar del Sur —como Chira, Chara y Pocosí—, he visto muchos de estos nacarones, y de allí eran los que mencioné haber llevado a España.

Son una especie de conchas dobles y planas, con la forma que se dibuja aquí. Están unidas por las puntas, de modo que lo ancho es lo que abren y cierran por sí mismas. Estos nacarones varían en tamaño: los más grandes son tan largos como un codo hasta la punta de los dedos, y anchos de un palmo o más, hasta llegar a tamaños menores.

Dentro contienen un molusco o carnosidad similar a la de las ostras perleras, pero de mucha mayor cantidad y proporción a la concha. Es una carne dura y difícil de digerir. En verdad, ninguna de las ostras o nacarones de perlas que he visto es tan buen pescado ni tan comestible como las ostras de España, aunque finalmente todo se come.

El interior de estos nacarones es de una hermosa vista y brillo. Resplandecen como las ostras de perlas en su parte más delgada, hasta la mitad de su longitud. De ahí en adelante, hacia la parte más ancha, pierden ese color y se convierten en un color azul muy fino y resplandeciente. Por fuera, sus espaldas son ásperas y acanaladas, parecidas a las veneras, pero por dentro son lisas.

Las perlas que se encuentran en estas conchas de nacarones no son finas ni de buen color: son turbias, algunas leonadas (pardas), algunas casi negras, y también se hallan blancas, pero de calidad inferior.

Uso Agrícola y Fraude Comercial.

Las valvas de estos nacarones son utilizadas por los indígenas como palas o azadas para sus labores de agricultura en algunas partes, especialmente en el cultivo de sus huertos. En las zonas donde las he visto, la tierra es muy polvorienta y difícil de cavar y voltear.

Los indígenas ensamblan el nacarón por la punta a un palo, sirviéndose de palas muy buenas y provechosas. Las fabrican del tamaño que desean, utilizando nacarones grandes o pequeños según su necesidad, ya que los encuentran de todos los tamaños. Atando el mango con hilos de algodón muy bien torcido, labran la tierra con este instrumento.

Cuando los indígenas obtienen estos nacarones para comer, no desechan las perlas que encuentran, por malas que sean. Tampoco lo hacen nuestros mercaderes cuando se las entregan, porque las mezclan con las perlas finas que se sacan de las ostras verdaderas. Todo se vende mezclado, lo cual aumenta el peso y beneficia al vendedor. Esto no es más que revolver centeno con el trigo, o avena con la cebada.

Se recurre a esta malicia porque no hay oficio ni arte en el que la astucia de los comerciantes codiciosos no encuentre medios para sus engaños.

Así que, estos son los nacarones en los que se comete el fraude que he mencionado. No obstante, aquellos que son diestros y tienen conocimiento de estas cosas no pagan las perlas de nacarón al mismo precio que las perlas limpias o el aljófar fino.

Es curioso que, en su especie, los granos que nacen en estos nacarones son redondísimos, y aunque las conchas son prolongadas, sus perlas rara vez son alargadas. Es algo que parece dudoso, dado el tipo de nacarón, mientras que las perlas que tienen forma de pera casi siempre nacen en las ostras redondas.

Pasemos ahora a describir la forma en que los indígenas llevan a cabo la pesquería de perlas.

CAPÍTULO X

El cual trata de la manera en que los indígenas, e incluso los cristianos, proceden para tomar y pescar las perlas.

El Oficio del Pescador de Perlas.

En esta isla de Cubagua, de la que principalmente trata este relato, es donde más se ejerce la pesquería de perlas en estas Indias, y se lleva a cabo de esta manera:

Los cristianos que se dedican a esta industria poseen esclavos indígenas que son grandes nadadores. El amo los envía en una canoa, y en cada una de estas van seis, siete, o más o menos nadadores, al lugar donde estiman o saben que hay abundancia de perlas.

Allí se detienen sobre el agua, y los pescadores se arrojan a nado hacia abajo hasta llegar al fondo. En la canoa, solo queda uno para mantenerla quieta lo más posible, esperando que salgan los que han entrado bajo el agua.

Después de que el indígena ha permanecido un largo rato sumergido, emerge a la superficie, nada de vuelta a la canoa y deposita en ella las ostras que ha sacado (pues las perlas se hallan en ostras, veneras o conchas, o en los nacarones mencionados en el capítulo anterior). Las trae en una bolsa de red hecha para tal propósito, que el nadador lleva atada a la cintura o al cuello.

Una vez en la canoa, descansa un poco y come algún bocado si lo desea, para luego volver a entrar en el agua. Permanece bajo el agua todo el tiempo que puede, sale de nuevo con más ostras y repite el proceso. Todos los demás nadadores indígenas hacen lo mismo.

Al caer la noche, o cuando les parece hora de descansar, se recogen a la isla, a sus casas, y entregan las ostras de todo el día a su amo o al mayordomo. Este les da de cenar y pone las ostras a buen recaudo. Cuando tiene una cantidad suficiente, ordena que las abran. En cada ostra se hallan las perlas o el aljófar, a veces un solo grano, y en otras dos, tres, cuatro, cinco, seis, diez o más granos, según la Naturaleza los dispuso. Se guardan las perlas y el aljófar, y la carne de la ostra se come si se quiere, o se desecha, pues hay tanta cantidad de este manjar que llega a ser aborrecible y su excedente molesta. Además, como he dicho, son muy duras de digerir y no tienen tan buen sabor como las ostras de nuestra España.

Técnicas de Buceo y Duración.

En ocasiones en que el mar está más agitado de lo que quisieran, y también porque, naturalmente, cuando un hombre está a gran profundidad, sus pies tienden a levantarse, dificultando que permanezca quieto en el fondo por mucho tiempo, los indígenas han encontrado esta solución:

Se colocan dos piedras pesadas sobre los lomos, una a cada costado, atadas con una cuerda de manera que el indio queda en medio. Al ser pesadas, las piedras lo obligan a permanecer quieto en el fondo. Cuando le parece y quiere subir, puede desechar fácilmente las piedras y ascender.

Algunos de los indígenas que se dedican a este oficio tienen tal habilidad para nadar que llegan a permanecer bajo el agua un cuarto de hora de reloj (quince minutos), y algunos incluso más o menos, según la aptitud y suficiencia de cada uno en el arte que ejercen en esta labor.

La Regeneración y Migración de las Perlas.

Otra cosa notable me sucede con respecto a esta isla: preguntando a los amos de los indígenas pescadores si las perlas se acababan o se agotaban, puesto que el sitio de pesca es pequeño y muchos son los que las buscan, ellos me respondían que se agotaban en una parte, y entonces los nadadores se pasaban a pescar a otra zona de la misma isla o en dirección contraria al viento. Luego, cuando también se agotaban allí, volvían al primer lugar, al que habían dejado vacío de perlas, y lo hallaban tan lleno como si nunca hubieran sacado nada.

De esto se puede inferir y sospechar que son migratorias ("de paso"), como quiere decir Plinio, tal como sucede con otros pescados, o que nacen, crecen y se producen en lugares específicos.

No obstante, aunque esto sea así, los cristianos se han dado tanta prisa en buscarlas que, no contentos solo con los buzos, han inventado otros artificios como rastros y redes, y han sacado tanta cantidad que se ha empezado a notar la escasez, y ya no las hallaban en abundancia como antes. Sin embargo, si la gente reposa por poco tiempo, vuelven a hallar muchas ostras.

En Cubagua, esta pesquería se realiza en cuatro brazas o menos de profundidad, y en pocos lugares es más hondo. Pero en la isla de Terarequí, en el mar austral, se llega a diez y doce brazas, como se dirá al hablar de aquella isla, de Otoque y de Tierra Firme.

Perlas, Defectos y Cuidado.

Mencioné que son migratorias porque Plinio dice que algunos autores afirman que las perlas tienen un "rey" o guía, como el enjambre de las abejas, al cual siguen las otras. Esta concha principal sería la más grande, más hermosa y con gran astucia para protegerse. Todo el ingenio de los pescadores se dirige a capturar a ese guía, pues una vez apresado, es fácil meter en la red a las demás, que han quedado privadas de su guía y rey.

Yo digo que si esto que Plinio narra sucede en otras partes, en estas Indias nuestras no se tiene noticia alguna de tales guías, ni entre indígenas ni entre cristianos.

La perla es blanda en el agua donde se encuentra, pero al salir, se endurece súbitamente, tal como afirma el mismo autor. Esto no se puede negar, porque en estas partes se ha visto lo mismo, y por ello algunos piensan que poco a poco se van endureciendo o formando de la manera descrita en el Capítulo II, lo cual se ha comprobado con la experiencia.

Otro hecho de gran importancia que se presenta y que aceptarán todos los que han residido en Cubagua, es que, en cierto tiempo, las ostras de perlas producen un humor rojizo o sanguíneo en tanta abundancia que tiñen y enturbian el agua con ese color. Por esta razón, algunos dicen que les viene el menstruo, como a las mujeres su costumbre.

La mayoría de las perlas que se crían entre peñas son mayores que las que se toman en llanuras y arenales. Las ostras adheridas a las peñas tienen unos filamentos, como algas, a manera de cabellos, con los que están fuertemente agarradas a las rocas, y algunas tan apretadas que el indio necesita gran fuerza para despegarlas, o debe llevar algo para arrancarlas.

Se hallan de muchas formas y tamaños:

  • Unas con forma de pera.
  • Otras redondas (que son mucho mejores).
  • Otras que tienen la mitad redonda y la otra mitad plana; a estas las llaman asientos o panecillos (Plinio las llama lipanie).
  • Otras torcidas o con todas las diferencias que puede haber en las piedras, y a estas las llaman aquí piedras o pedrería.
  • Otras que por un lado tienen buen lustre y parecen como si fueran muchas juntas y de otras figuras, y por el reverso están huecas como vejigas. Plinio dice que esta forma procede del tronar, pues la ostra se encoge y forma un espacio vacío en lugar de la perla; a estas las llama phisemata.

La conclusión de todos los lapidarios y de quienes escriben sobre estas perlas (y Plinio lo puntualiza) es que están compuestas de muchas hojas y que se desgastan. Nuestros ojos nos muestran que son como los ojos de los besugos, o como una cebolla, hojaldradas, una "camisa" sobre otra, disminuyendo su grosor hasta un punto en su centro. Esta propiedad permite el arte de algunos expertos para tallarlas y pulirlas cuando las primeras hojas tienen algún defecto, si la perla tiene suficiente cuerpo y su parte interior es limpia o menos defectuosa.

Sin embargo, pocas veces la mano del hombre más sutil que pueda entender de esto la deja tan perfecta como la que sale de las manos o el artificio de la Naturaleza. Y lo mismo digo del oro, porque jamás lo vi tan bien labrado que tuviera el mismo color que cuando se saca de las minas.

Es verdad que conviene lavar las perlas de vez en cuando, porque se empañan al usarlas y requieren ser muy bien tratadas.

CAPÍTULO XI

Tratado sobre la advertencia que deben tener quienes compran perlas.

Cómo Evitar el Engaño al Comprar Perlas.

Que no parezca inconveniente al lector ni al mercader lo que diré ahora. Puesto que es un aviso para que las perlas se vendan con menos engaño, es justo que se le den las gracias al cronista por revelar semejante fraude, para que la perla sana se mantenga en su justo precio y la perla dañada en el suyo. Después de todo, las vasijas sospechosas se desechan en un simple recipiente de barro.

La experiencia me enseñó lo que voy a revelar, e incluso me costó una considerable pérdida de dinero por no haberlo sabido cuando compré algunas perlas, y no lo noté sino hasta después de un tiempo.

Muchas perlas se consideran perfectas sin serlo. Nuestros ojos, deslumbrados por su brillo, su forma y otras cualidades, se dejan engañar y no perciben sus defectos. Aunque estén agrietadas o dañadas por algún golpe u otra causa, el desperfecto permanece oculto a simple vista.

La clave es la siguiente: deben colocarse entre los dedos, a contraluz, contra el resplandor del cielo, recibiendo la luz del sol. De esta forma, verán aquellas que están rotas o cascadas en su interior (la médula o secreto de la perla), o si tienen alguna fisura o "pelo" parecido, tan claramente que no necesitarán informarse con ningún lapidario ni experto. Una vez visto y entendido esto, podrán fijar el precio o la estimación de tales joyas o perlas sin dudar. Que esto baste en cuanto a esta materia.

CAPÍTULO XII

De la gobernación de la isla de Cubagua, y de la remoción de la tenencia del Castillo de Cumaná.

Administración de la Nueva Ciudad de Cáliz.

La isla de Cubagua es gobernada por los alcaldes ordinarios y regidores elegidos entre los vecinos de la ciudad de la Nueva Cáliz.

En la actualidad, fue allí como juez de residencia el licenciado Francisco de Prado, vecino de esta ciudad de Santo Domingo, enviado por Sus Majestades y los señores de su Real Consejo de Indias. Viajando por mar para reformar la isla y ejecutar lo que se le había ordenado, fue asaltado por un corsario francés cerca de la isla de Lanzarote, en las Canarias. Los franceses le quitaron todo lo que llevaba e, incluso después de apresarlo, fue herido por el impertinente capitán francés.

Después de que el corsario hubo robado al juez y a otros, los soltó, y el licenciado Prado continuó su camino a Cubagua, donde ha estado hasta ahora.

Remoción del Alcaide de Cumaná.

Durante su tiempo en Cubagua, Prado tomó residencia a las justicias pasadas y removió de la tenencia de la fortaleza de Cumaná al alcaide Jácome de Castellón, quien había fundado aquel castillo para asegurar la provincia y la guarda del río Cumaná.

El licenciado Prado puso la fortaleza en manos de otro alcaide, y así se mantiene hasta que Su Majestad disponga a quién servirle en esa tenencia. El motivo fue que se hizo saber a la Corona que el gasto de mantenimiento de esta fuerza era excesivo y que la villa (Cubagua) se haría cargo de sostenerla a su costa.

No me parece que Su Majestad haya sido informada con precisión, de la misma manera que tampoco le informan con la exactitud necesaria sobre muchas otras cosas de estas partes, ya sea porque el camino es muy largo, o porque aunque se diga la verdad, para cuando la relación llega a Su Real acatamiento, el tiempo ha cambiado y es necesario proveer de otra manera. Esta es una de las causas por las que se cometen errores, por culpa del tiempo y de la malicia de los diversos informadores que intervienen. No deseo hablar más de esto, porque no es apropiado para la Historia Natural, aunque sí lo sería para el remedio que las Indias necesitarían.

CAPÍTULO XIII

De ciertos corsarios que han pasado a estas partes e Indias, y de lo que les sucedió con sus malas intenciones.

Incursión de un Inglés en Santo Domingo (1527).

En el año 1527, un corsario inglés, con el pretexto de ir a descubrir, navegó con un gran navío hacia la costa de Brasil en Tierra Firme. De allí cruzó hasta la Isla Española y llegó cerca de la boca del puerto de esta ciudad de Santo Domingo.

Envió su batel (bote) tripulado y pidió permiso para entrar, diciendo que venía con mercancías a comerciar. En ese instante, el alcaide Francisco de Tapia ordenó disparar un tiro de pólvora desde el castillo contra el navío, que se dirigía directamente al puerto.

Al ver lo ocurrido, los ingleses se retiraron y el batel fue recogido, regresando hacia su nao. En realidad, el alcaide cometió un error, pues aunque el inglés hubiese entrado armado, no habría podido salir sin el consentimiento de la ciudad y su castillo.

Viendo el recibimiento que se les daba, viraron hacia la isla de San Juan (Puerto Rico) y, entrando en la bahía de San Germán, hablaron con los habitantes de aquella villa. Pidieron provisiones, quejándose de los de Santo Domingo y afirmando que no venían a causar problemas, sino a comerciar con su dinero y mercancías si se les acogía. Les dieron algunas provisiones, y su navío vendió algo de estaño de vajilla y otras cosas, tras lo cual partió de regreso a Europa. Se cree que no llegó, pues nunca más se supo de este navío.

El Corsario Francés en Cubagua.

Otro corsario francés, poco tiempo después o al año siguiente, con el pretexto de ir a comerciar a la Isla de las Perlas (Cubagua), llegó guiado por un mal español natural de Cartaya, llamado Diego Ingenio.

Este piloto guió a los franceses, pero no supo avisarles de lo que Su Majestad el Emperador había dispuesto para la defensa de sus Indias, ni del ánimo de sus valientes españoles y naturales.

Sucedió así: un hidalgo residente en la isla, el capitán Pero Ortiz de Matienzo, y otros hidalgos y vecinos de la Nueva Cáliz, supieron por un vecino que venía de la isla Margarita en una canoa que había hablado con la flota armada. Esta traía un navío grande, una carabela portuguesa sin velas que había capturado en la costa de Brasil, y un batel de apoyo (batax).

Al preguntar qué navío era, los franceses dijeron que era la nao del Careo, y que venían de Sevilla. Como la nao del Careo había llegado hacía ocho o quince días, los de la canoa se dieron cuenta de la falsedad y sospecharon que era una fuerza enemiga. Los franceses los invitaron a almorzar en el navío para apresarlos y obtener información sobre el estado de la tierra, pero los españoles no accedieron. En cambio, se desviaron diligentemente, fueron a la ciudad, dieron aviso y se pusieron en guardia.

La Batalla en el Puerto y la Fuga.

Al día siguiente, el corsario amaneció cerca de la costa. Equipó sus bateles y quiso desembarcar con su gente, pero fueron valerosamente rechazados, impidiendo que cumplieran su propósito. Los franceses comenzaron a bombardear la ciudad, y los de la ciudad respondieron el fuego.

Nuestra gente se organizó tan bien que armaron sus bergantines y barcas, en número de treinta o más, y con indígenas flecheros provistos de aquella hierba mortal (veneno), y con algunos tiros de pólvora, fueron a combatir la carabela. A pesar de que esta tenía mucha artillería y muchas balas de alquitrán, los atacaron con tal ímpetu que, si bien mataron a dos de los nuestros, trece franceses murieron.

Con esto, el combate cesó por un momento. No obstante, los adversarios no paraban de intentar negociaciones, pensando engañar a los españoles con sus artimañas. Pero tres o cuatro vizcaínos y navarros que traían a la fuerza desertaron, se pasaron a tierra y avisaron que los franceses eran ladrones y venían con la intención de apoderarse de la isla.

Al enterarse de esto, los de la ciudad resolvieron morir o hundir aquellos navíos. Con gran diligencia salieron en sus bergantines y barcazas y combatieron el batax, tomándolo por la fuerza de las armas, con un botín valorado en más de mil quinientos ducados en ropas y con los primeros prisioneros. En total, hubo treinta y cinco hombres muertos y presos de los contrarios.

Tras esto, la nao principal no se atrevió a esperar. La persiguieron hasta que la perdieron de vista. El navío se dirigió a la isla de San Juan y quemó el pueblo de San Germán. De allí fue a la isleta de La Mona, donde pensó repararse y soltó la carabela de los portugueses, la cual vino a Santo Domingo y dio aviso de todo lo sucedido.

Inmediatamente, aquí armaron una nao y una carabela, fueron a buscar a estos ladrones y pelearon con ellos durante dos días continuos. Los persiguieron sin descanso, y aunque el corsario escapó a causa del mal tiempo y la noche, se cree que por ir dañado se anegó en el mar.

De esta manera se perdieron estos corsarios, y de igual o mejor manera se perderán cuantos de ellos pasen por aquí, porque ahora todo está prevenido de otra forma y con mayor recaudo y vigilancia.

CAPÍTULO XIV

El cual trata de la isla de la Margarita.

Descripción y Administración de Margarita.

Respecto a la Isla Margarita, no es necesario darle más límites o altura de lo que se dijo en los primeros capítulos, pues allí ya se declararon sus alrededores y ubicación.

Esta isla, como se ha dicho en otras partes, fue descubierta por el primer almirante don Cristóbal Colón al mismo tiempo que se descubrió la isla de Cubagua. Él la nombró Margarita porque la pesquería de perlas está casi tan cercana a esta como a la otra.

Margarita es mucho mayor que Cubagua, con una circunferencia de aproximadamente treinta y cinco leguas. Posee un buen puerto y ensenada en la parte norte. Cerca del lado este, hay muchos islotes llamados Los Testigos. Está en línea Norte-Sur con la isla de los caribes, llamada Santa Cruz, y al mediodía tiene la isla de Cubagua y la Tierra Firme, de la cual se ha tratado en los capítulos precedentes.

Es una isla buena y fértil, con pocos indígenas y algunos cristianos, y se encuentra bajo la gobernación de doña Isabel Manrique, quien fue esposa del licenciado Villalobos. Esta gobernación fue encomendada por la Cesárea Majestad al licenciado Marcelo de Villalobos, oidor de la Real Audiencia de Santo Domingo (ya difunto), y quedó en su esposa y herederos conforme a un acuerdo que el Emperador mandó tomar en el año 1524.

No hay mucho más que decir de esta isla, salvo que también carece de agua potable como Cubagua. Solo tiene agua de aljibes (depósitos de agua) y es de mala calidad. La llevan de la Tierra Firme, desde el río Cumaná, cuando quieren beber agua buena. Sin embargo, es fértil en árboles, pastos para ganados y otras labores agrícolas de los indígenas, como el maíz y otros productos que acostumbran a cultivar.

CAPÍTULO XV

Sobre muchas islas en general, brevemente relatadas, que se extienden desde Tierra Firme austral y las islas de Cubagua y Margarita hasta la isla de San Juan (Boriquén), y desde allí hasta la Tierra Firme del lado norte (Biminí y La Florida).

El Arco de las Antillas Menores.

El lector debe recordar que, como he dicho en otra parte, cuando el almirante don Cristóbal Colón hizo su segundo viaje desde España en el año 1493, reconoció las islas Deseada, Marigalante, Guadalupe y las que están en ese rumbo. Aunque luego se supieron y navegaron con más detalle, a causa de la guerra que los cristianos tuvieron con los indígenas caribes flecheros de estas islas.

Aquí solo discurriré brevemente por ellas para tener una memoria general y particular de su ubicación. No son habitadas por cristianos, y la cantidad de indígenas es poca, solo los alzados y huidos que se han refugiado en ellas por temor a los cristianos. Por esto no se hace una mención tan larga y detallada como se haría si estuvieran pobladas y pacificadas, y si se conocieran en detalle sus provechos y particularidades. Además, la mayoría están desiertas y sin gente.

Comenzando desde la isla de Cubagua, que es donde nos hemos detenido, encontramos inmediatamente a una legua la isla Margarita. Dirigiendo la ruta hacia el Norte, se hallarán: Los Testigos, La Graciosa, Los Barbados, Santa Lucía, Martinica (Malinino), La Dominica, La Deseada, Marigalante, Todos los Santos, Guadalupe, La Antigua, La Barbuda, La Aguja, Santa Cruz, El Sombrero, San Cristóbal, Anegada, y Las Vírgenes, hasta llegar a Boriquén, que es la isla de San Juan.

Todas ellas están dispuestas a lo largo de ciento sesenta leguas, poco más o menos, corriendo de la parte del Mediodía al Norte. Es cierto que algunas de estas islas son más orientales que otras, pero todas se incluyen en el número de leguas que he dicho hasta la de San Juan.

La más al Septentrión (Norte), en diecisiete grados y medio del ecuador, es la que llaman Anegada. Desde allí, se corre al Poniente hacia la isla de San Juan unas treinta y cinco leguas. En medio de este intervalo están las islas de Las Vírgenes.

De San Juan a La Florida.

Desde la isla de San Juan (Boriquén), corriendo al Noroeste unas cincuenta leguas, se encuentran los bajos llamados de Babueca. Llevando el mismo rumbo, veinte y cinco leguas más adelante de dichos bajos están las islas de Amuana, luego la isla Mayaguano, más adelante la isla Yabaque, y otra llamada Mayaguon. Después, otra isla llamada Manigua, y delante están las islas de Guanahaní y Las Pingosas o Islas Blancas. Más adelante, la isla llamada Huno, y siguiendo la misma derrota o rumbo, está otra isla llamada Guanima, más allá Caguareo, y después la isla de El Lucayo (Grande), rodeada de muchos bajos.

Al Oesnoroeste del Lucayo (casi al Poniente), a diez leguas, está la isla de Bahama. Desde esta, corriendo al Oeste once leguas, se halla la tierra de Biminí y lo que llaman La Florida, en la costa de la Tierra Firme en la parte del Norte.

En total, por el camino que se ha declarado, habrá desde la isla de San Juan hasta La Florida unas trescientas cincuenta leguas, poco más o menos. Es verdad que saliendo directamente en demanda de una de las islas no se harían los rodeos que hay al andarlas una por una, como se nombraron. Pero lo dicho es suficiente para recordarlas y saber dónde están todas ellas.

Ubicación por Latitud:

  • Las últimas islas (Las Bahamas) están desde los dieciocho grados (Isla de San Juan) hasta los veintiocho grados (El Lucayo Grande, la más al Norte).
  • Las primeras islas que nombré, desde la costa de Cubagua hasta San Juan o Boriquén, están desde los diez grados (donde está el río Cumaná en Tierra Firme, parte del Mediodía) hasta los dieciocho grados (donde está Boriquén, la isla de San Juan).

Y con esto se concluye la primera parte de esta General y Natural Historia de Indias en estos diecinueve libros.

FIN DE LA PRIMERA PARTE.

Hecho y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez

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