Tercer Volumen De las Navegaciones y Viajes Recopilados por el señor Giovanni Battista Ramusio

Tercer Volumen

De las Navegaciones y Viajes

Recopilados por el señor Giovanni Battista Ramusio

En el cual se contienen:

Las navegaciones al Nuevo Mundo, hasta entonces desconocido para los antiguos, realizadas por don Cristóbal Colón, genovés, quien fue el primero en descubrirlo para los Reyes Católicos. Llamado también las Indias Occidentales, con las conquistas hechas por él y luego ampliadas por Fernando Cortés, Francisco Pizarro y otros valerosos capitanes en diversas regiones de dichas Indias, en nombre del emperador Carlos V.

Con el descubrimiento de la gran ciudad de Tenochtitlán, en México —donde hoy está la llamada Nueva España—, y de la vasta provincia del Perú, del grandísimo río Marañón, así como de otras ciudades, reinos y provincias.

Asimismo, se relatan las navegaciones posteriores a dichas Indias, situadas hacia la parte del septentrión, llamadas ahora la Nueva Francia, descubiertas en primer lugar por marinos normandos, y después por Giovanni da Verrazzano, florentino, y por el capitán Jacques Cartier.

Todo ello según se lee en las diversas relaciones traducidas por Ramusio de las lenguas española y francesa a la nuestra, y reunidas en este volumen.

Con tablas de geografía que muestran la ubicación de varias islas, ciudades y países; con figuras de diferentes plantas y otras cosas desconocidas para nosotros.
Y con un índice muy copioso de todas las materias más notables contenidas en la obra.

Discurso de Giovanni Battista Ramusio.

Sobre el tercer volumen de las Navegaciones y Viajes en la parte del Nuevo Mundo.

Al excelentísimo señor Girolamo Fracastoro.

Habiendo Platón, excelentísimo señor, escrito aquel famoso y divino diálogo llamado Timeo, donde trata sobre la naturaleza del universo, toma como punto de partida la historia de la isla Atlántida, de sus reyes y de los pueblos que la habitaban, y cómo combatieron contra los atenienses y fueron vencidos por ellos.

Él hace relatar esta historia —como vuestra excelencia bien sabe— por un tal Critias, quien decía haberla oído de su abuelo, también llamado Critias, el cual afirmaba haberla recibido de su propio abuelo, homónimo suyo, contemporáneo de Solón y uno de los siete sabios de Grecia.

Este, a su vez, la supo de la siguiente manera: encontrándose Solón en Egipto, en una ciudad llamada Sais —situada donde el Nilo se divide formando el delta—, conversó allí con algunos sacerdotes muy versados en la antigüedad del mundo. Ellos le refirieron que conservaban memorias de innumerables sucesos ocurridos antes del diluvio de Deucalión y del incendio causado por Faetón. Entre esos sucesos estaba la guerra de los pueblos atlánticos contra los atenienses, que fue mucho anterior a dicho diluvio e incendio.

Uno de aquellos sacerdotes habló así a Solón:

“Muchas y admirables hazañas se leen, oh Solón, en las escrituras y memorias antiguas de diversas ciudades; pero entre todas, ninguna iguala en grandeza, virtud y maravilla a la que voy a contarte. Se dice que vuestra ciudad, en tiempos pasados, resistió a una innumerable multitud de gentes que, venidas del mar Atlántico, habían sitiado casi toda Europa y Asia.

Aquel mar, en esa época, era navegable, y en su entrada, casi en la boca que vosotros llamáis las Columnas de Hércules, había una isla. Se decía que era más grande que toda África y Asia juntas, y desde ella se podía pasar a otras islas cercanas y, de éstas, llegar hasta la tierra firme situada frente al mar. Dentro de la boca había un pequeño golfo con un puerto, pero el mar abierto de afuera era el verdadero océano, y la tierra más allá era el verdadero continente.

Esa isla se llamaba Atlántida, y en ella había un poderosísimo reino cuyos soberanos dominaban toda la isla, muchas otras islas y una gran parte de la tierra firme que hemos dicho era continente. Además, gobernaban también sobre nuestras regiones, pues eran señores de la tercera parte del mundo, llamada África hasta Egipto, y de Europa hasta el mar Tirreno.

Cuando ese poder, así reunido, vino a atacar nuestro país y también el vuestro, y todas las regiones que están dentro de las Columnas de Hércules, entonces, oh Solón, la virtud de vuestra ciudad se mostró clara e ilustre ante todos los pueblos. Superando en excelencia a todos los demás, tanto en grandeza de ánimo como en destreza militar, y aun habiendo sido abandonada por los demás griegos, sola sostuvo los mayores peligros que pueden imaginarse, hasta derrotar y echar por tierra a aquellos enemigos, conservando y restituyendo a los aliados su primera libertad.

Después de lograda la empresa, sobrevino un grandísimo terremoto y una inundación que duró un día y una noche. La tierra se abrió y engulló a todos aquellos valerosos y belicosos hombres, y la isla Atlántida se hundió en lo profundo del mar. Desde entonces, por el gran fango y arena que quedaron del islote sumergido, ya no se pudo volver a navegar por ese lugar.”

Esta es, en resumen, la narración que el anciano Critias decía haber oído de Solón.

Ahora bien, esta isla y aquella guerra han sido tenidas, por grandes filósofos que comentaron el diálogo Timeo, como una fábula o una alegoría. Algunos han dicho que significaba las oposiciones que se dan en el universo; otros, las oposiciones entre los planetas y la tierra; o bien la discordia entre los demonios superiores e inferiores, y muchas otras fantasías semejantes.

Pero la verdad es esta: Platón, al escribir sobre la fábrica del mundo —el cual creía hecho para colocar en él al hombre, animal divino, a fin de que, viendo tantos adornos de estrellas en el cielo y el movimiento de tan estupendos astros, reconociera a su creador y, reconociéndolo, lo alabara continuamente—, juzgó fuera de razón que dos partes de la tierra estuviesen habitadas, y que la otra permaneciera desierta, recibiendo el sol y las estrellas con su esplendor en vano, sin fruto alguno, brillando solo sobre el mar y lugares deshabitados, sin criaturas vivientes.

Por ello, cuando Platón oyó de los sacerdotes de Egipto esta historia, en la que se mencionaba otra parte del mundo más allá de Asia, Europa y África, la admiró profundamente; y, como era cosa sagrada y conforme a sus pensamientos, quiso ponerla al inicio del citado diálogo.

Y verdaderamente nosotros, además de los infinitos dones de Dios, estamos grandemente obligados a su divina Majestad, porque más que a ningún otro de los hombres de los siglos pasados, a nosotros nos ha sido concedido el descubrimiento de esta nueva parte del mundo, de la cual por tan largo tiempo no se había tenido noticia.

Y también porque se ha probado que, así como bajo nuestra tramontana, igualmente bajo la línea equinoccial existen habitantes que viven tan cómodamente como los demás pueblos del mundo, cosa que los antiguos ignoraban.

Mas no estará fuera de propósito —aunque vuestra excelencia lo sabe muy bien— hablar un poco de la tramontana, habiendo ya demostrado en otros de nuestros discursos que bajo la línea equinoccial todo está habitado con un clima de gran suavidad. Pero como de la otra parte apenas hemos tratado, salvo en lo poco que dijimos del viaje que por azar hizo el magnífico caballero veneciano Pietro Querini bajo la tramontana (como se lee en el segundo libro de los viajes), aquí intentaremos, en la medida de lo posible, mostrar el maravilloso y sorprendente efecto que produce el Sol, sobre la línea y bajo ambos polos, al mismo tiempo, aunque de manera opuesta y contraria.

El supremo y divino creador dispuso todo con tanto artificio que, para los que viven bajo el Ecuador y tienen el horizonte que pasa por ambos polos, el día dura siempre doce horas y la noche otras tantas, y su año está dividido en doce meses.

En cambio, los que habitan bajo nuestra tramontana, y tienen el horizonte que pasa sobre dicha línea y el polo en el cénit, gozan de un día de seis meses continuos: comienza el 25 de marzo, cuando el sol se eleva sobre ese horizonte, hasta que vuelve a descender bajo él el 8 de septiembre. Y, al contrario, los que habitan bajo el antártico tienen una noche de otros seis meses. Su año —es decir, el recorrido completo del sol por los doce signos del zodiaco— se cumple en un solo día y una sola noche tan extraordinarios y maravillosos, que cuando nosotros tenemos verano, los que están bajo nuestra tramontana gozan de seis meses de día, y los del polo opuesto, de seis meses de noche. Y cuando nosotros tenemos invierno, en nuestra tramontana es noche de seis meses, mientras que en la opuesta es día de igual duración.

Así se suceden: ora tienen el día unos, ora los otros, y del mismo modo la noche.

Pero esta noche, aunque tan larga y de tan extenso tiempo, no es de continuas y oscurísimas tinieblas. Porque el sol hace su curso de tal manera, que los habitantes de aquella región no viven como topos enterrados bajo tierra, sino como las demás criaturas de este globo, iluminados siempre de modo que pueden sostener y proveer su vida.

En efecto, el cuerpo solar nunca desciende más de 23 grados bajo aquella línea que es el horizonte de ambos polos, ni tampoco se eleva más de 23 por encima; y en estos grados no camina en diámetro opuesto, sino que da vueltas continuamente alrededor. De modo que sus rayos, golpeando el cielo, representan para ellos una especie de luz semejante a la que tenemos aquí en verano, antes de que el sol amanezca.

Este ejemplo, que hemos tomado de la diversidad de los horizontes, del Ecuador y de los Polos, se ha traído para mostrar el admirable efecto del Sol, que al partirse en doce horas e ir iluminando poco a poco el globo de la tierra, reduce el año de doce meses en un solo día y una sola noche, como ya se ha dicho.

Bajo la infinita variedad de su curso —ora con días largos y noches breves, ora con lo contrario—, todos los habitantes del mundo son formados con un cuerpo proporcionado y adaptado al clima en que viven, ya sea cálido o frío. Así, cada cual puede habitar y sustentarse como en su lugar natural y propio, sin necesidad de emigrar a otro, pues se contenta con permanecer en el sitio de su nacimiento, movido por el amor natural a su patria. Y es razonable no creer que el autor de tan bella y perfecta obra —como son los cielos, el Sol y la Luna—, hecha con tan maravilloso orden, haya querido que el Sol ilumine solo una pequeña porción de este globo, llamada tierra, y que el resto de su curso fuese en vano sobre mares, nieves y hielos. Antes bien, ha dispuesto que cada parte esté poblada de diversos animales, y sobre todo del hombre, señor y dueño de todo, en razón del cual fue creada esta obra admirable, y al que dotó de esa parte divina y celestial que es el alma.

Además, ha provisto que en cada lugar haya los dones necesarios para la vida, en mayor o menor abundancia, según lo quiso su divina providencia. Así lo demostrará claramente quien lea la historia del reverendísimo monseñor Olaus Magnus, godo, arzobispo de Upsala, sobre las gentes y la naturaleza de las cosas septentrionales, descrita en veintidós libros, que ahora se traducen del latín al toscano para llevarlos a la imprenta. Allí se verá con claridad que toda la región bajo nuestra Tramontana está habitada por infinitos pueblos de las provincias y comarcas de Noruega y Suecia.

Pero dejando de lado Biarmia y Finmarchia, y no apartándonos demasiado de Scrifnia y Laponia, baste hablar de Botnia, situada en el viaje que el Sol realiza en un año entero, ora acercándose a nosotros, ora alejándose. Y digo que, en un mismo tiempo y sobre distintas partes de la redondez de la tierra, el Sol produce primavera, verano, otoño e invierno; y en un mismo instante y casi punto, se ven aparecer sus rayos, ser mediodía, anochecer y medianoche.

Esta variedad, aunque parezca incomprensible a la pequeñez del ingenio humano, al contemplarla con el ojo del entendimiento, y considerando el inestimable movimiento que continuamente realiza el Sol, se reconocerá verdadera con respecto a la diversidad de lugares de la tierra que continuamente son iluminados.

Esa variedad está hecha con tanta armonía y consonancia, y con una ley tan inmutable y perpetua, que si un solo punto faltara, habría de temerse que todos los elementos se confundiesen entre sí y volviesen al primer caos.

Por lo dicho, pienso que ya no cabe duda alguna de que bajo el Ecuador y bajo ambos Polos existe la misma multitud de habitantes que en todas las demás partes del mundo. Y que, gracias al descubrimiento de este Nuevo Mundo de las Indias Occidentales, se conoce claramente cuánto se engañaron los antiguos filósofos con sus sabidurías y especulaciones, al pensar que la fábrica de este mundo, hecha en todas sus partes con disposición tan admirable y por tan perfecto maestro, fuese en su mitad un espacio cubierto de mares, deformado y corrompido, inhabitable por el exceso de frío o de calor.

Retornando, pues, a nuestro primer propósito, digo que esta parte del Nuevo Mundo fue hallada en el año de 1492 por don Cristóbal Colón, genovés, como se verá en un sumario que en aquel tiempo escribió don Pedro Mártir de Anglería, milanés, quien se hallaba entonces en España con el rey Católico. También lo escribió Gonzalo Fernández de Oviedo, amigo de Vuestra Excelencia, quien después amplió dicho sumario y lo dividió en tres partes, llamándolas Historias generales y naturales de las Indias, de las cuales la primera ha salido ya a la luz, como se leerá en este volumen.

Las otras dos —la segunda, que trata del descubrimiento de México y la Nueva España, y la tercera, sobre la conquista del Perú— quedaron inéditas. Pues, según he oído, el mencionado Gonzalo, habiendo venido años atrás desde la isla La Española hasta Sevilla para darlas a la imprenta (no sé qué motivo lo impidió), regresó poco después a la ciudad de Santo Domingo, en la isla mencionada, dejando esas dos partes de su historia suprimidas.

En ellas, según el propio autor escribió a Vuestra Excelencia, había más de cuatrocientas ilustraciones de cosas naturales: animales, aves, peces, árboles, hierbas, flores y frutos de dichas partes de las Indias. Ha sido, pues, gran pérdida para los estudiosos que desean leer y comprender en particular esas maravillas de la naturaleza, distintas de las nuestras, pues más que de guerras civiles entre los españoles —rebelándose contra la majestad imperial de Carlos V por la desmesurada codicia del oro— hubieran querido conocer tales cosas.

Y aunque los historiadores españoles se han esforzado con gran diligencia en narrar esas guerras, anotando nombres de capitanes, alféreces, adelantados y hasta de los soldados de a pie y de a caballo, así como las ciudades de España en que cada cual nació —cosa vana y ridícula—, lo cierto es que sobre las maravillas naturales apenas pasan de largo, salvo en lo que no pueden callar.

En cambio, en esas dos partes de la historia de Gonzalo había cosas notables, entre ellas que México está en 19 grados de latitud al norte de la línea equinoccial, y a ciento diez grados de las islas Afortunadas, desde donde Tolomeo empieza las longitudes. Asimismo, que hay una diferencia de ocho horas en la salida del Sol entre la ciudad de México y Toledo en España, comprobada en los eclipses; que el Sol pasa sobre México el 18 de mayo, dirigiéndose al Trópico de Cáncer, y vuelve a pasar sobre la ciudad el 15 de julio, de manera que en ese intervalo arroja las sombras al mediodía hacia el norte. Y, sin embargo, el calor no es tan grande que alguien se vea forzado a despojarse de la ropa, pues la tierra es sana y templada.

Refiere también que los montes que rodean la laguna de México en gran parte semejan a los que circundan nuestra gloriosa ciudad de Venecia, y que en ellos hay muchos lugares amenos para recreo. Del mismo modo, escribe que, al contrario, de los males que los franceses llevaron consigo a las Indias, los españoles introdujeron el de la viruela, nunca antes visto ni oído en aquellas tierras.

Y fue que algunos marineros jóvenes de la armada de Pánfilo de Narváez la contrajeron, y la comunicaron a los indios de la isla La Española de tal modo que, de un millón seiscientas mil almas que allí había, no se hallan ahora sino quinientos, pues aquella enfermedad, acompañada de los infinitos trabajos y muertes que les hicieron sufrir los españoles, acabó con ellos. Y no sólo en La Española, sino que el contagio pasó también a la Nueva España y más allá del mar del Sur al Perú, dejando muchas provincias desiertas y despobladas.

De esas historias de Gonzalo se leía también cómo los mexicanos guardaban memoria de sus reyes mediante imágenes jeroglíficas, con figuras de animales, flores y hombres representados en diversas formas, como se ha visto en los libros que el dicho Gonzalo regaló a Vuestra Excelencia, llenos de dibujos y curiosidades.

En cuanto al Perú, allí la memoria de los reyes y de los años que gobernaron se conserva mediante quipus, que son cuerdas de lana con nudos de diversos modos y colores, con las cuales los indios registran números y sucesos notables. Cada provincia tiene encargados que se ocupan de ello, llamados quipucamayoc, y existen casas públicas llenas de tales cuerdas. Con ellas fácilmente quien tiene el oficio puede dar a entender las cosas pasadas, aunque sean muy anteriores a su tiempo, así como nosotros lo hacemos con nuestras letras.

Ahora bien, como esas dos partes de la historia del señor Gonzalo no han salido todavía a la luz, y habiéndose divulgado que él las llevó consigo a la isla Española —quizá porque no quería publicarlas por entonces, para que los estudiosos de tales lecturas no permanecieran en perpetua expectativa, sino que pudieran en parte satisfacerse leyendo otras cosas escritas acerca de este Nuevo Mundo—, he procurado con diligencia reunir los sumarios y relaciones que fueron redactados por los mismos capitanes en los primeros tiempos de su descubrimiento, ordenándolos del mejor modo posible, aunque las copias que hemos tenido eran muy defectuosas.

De cualquier manera, lo que en ellas se cuenta procede de relaciones semejantes a las de aquellas dos partes de la historia que no hemos podido obtener.

En la última parte de este volumen se han puesto algunas relaciones de Giovanni da Verrazzano, florentino, y de un capitán francés, junto con las dos navegaciones del capitán Jacques Cartier, quien viajó a las tierras situadas bajo la Tramontana, llamadas Nueva Francia. Hasta ahora no sabemos con certeza si esta tierra está unida a la provincia de la Florida y la Nueva España, o si se halla toda separada. Ni si desde esa región puede llegarse a la provincia del Catay, como me escribió hace ya muchos años nuestro veneciano Sebastián Caboto, hombre de gran experiencia y singular en el arte de la navegación y en la ciencia de la cosmografía.

Él navegó más arriba de esta tierra de Nueva Francia al servicio del rey Enrique VII de Inglaterra, y me decía que, yendo largo tiempo hacia poniente y cuarta al noroeste, halló que aquella costa se extendía hasta los 67 grados y medio bajo nuestro polo, en el mes de junio, y que el mar se hallaba abierto y sin impedimento alguno. Por lo cual pensaba firmemente que por aquella vía se podría pasar a la región del Catay oriental; y lo habría logrado, si la maldad del armador y la insensatez de los marineros, amotinados, no lo hubiesen obligado a regresar.

Pero tal vez Dios ha reservado aún para otro descubrir ese paso al Catay por esta ruta, el cual, por la abundancia de especias, sería más fácil y breve que todos los hasta ahora conocidos. Y asimismo ha de descubrirse, como es fama, la otra parte de la tierra hacia el Antártico, empresa que hasta hoy nadie ha querido o intentado acometer. Y en verdad, esa sería la mayor y más gloriosa hazaña que imaginarse pudiera, para hacer el nombre de quien la logre mucho más eterno e inmortal para todos los siglos venideros, que no lo harán los innumerables trabajos de guerra que continuamente vemos entre los príncipes cristianos de Europa.

No obstante, aunque este discurso no sea del todo oportuno, me considero obligado a decir algunas palabras, acompañadas de verdad, en defensa del señor Cristóbal Colón, quien fue el primer inventor en descubrir y dar a conocer esta mitad del mundo que, durante tantos siglos, había permanecido como sepultada en tinieblas. Así se cumplió en nuestros tiempos lo dicho por el Profeta, aplicado a nuestra santísima fe: In omnem terram exivit sonus eorum. Y como nuestro Señor Dios lo había elegido y dotado de grandeza de ánimo para acometer tan alta empresa, la cual fue la más maravillosa y grandiosa que jamás se haya realizado en los siglos, muchos maestros, pilotos y marineros de España —al sentirse heridos en su honor por el hecho, patente al mundo, de que un hombre extranjero y genovés hubiera tenido el ánimo de hacer lo que ellos nunca habían sabido ni intentado— imaginaron una fábula llena de malicia y tristeza.

Más tarde, los propios historiadores españoles que escribieron sobre este suceso, aunque no podían omitir el nombre del autor de tan estupendo y glorioso hecho, que trajo tantas riquezas a la corona de Castilla y a toda España, se esforzaron en dar crédito a dicha fábula y en adornarla con mil colores. Esta narraba lo siguiente:

Que un capitán de carabela, navegando por el océano, fue sorprendido por un viento tan fuerte y continuo, que lo llevó a las Indias Occidentales; y que, en el regreso, acosados por el hambre y los trabajos, apenas quedaron dos o tres marineros, ya enfermos. Llegados a tierra, murieron en seguida, y el capitán, en mal estado, se hospedó en casa de Colón, su amigo. Como Colón sabía hacer cartas de navegar, el desdichado le habría mostrado la tierra que había descubierto fortuitamente por obra del viento, y por este medio Colón habría sabido de las nuevas tierras.

Algunos afirman que este capitán era andaluz, y que, yendo a las Canarias, en su regreso arribó a la isla de Madeira, donde entonces se hallaba Colón. Otros sostienen que era vizcaíno, que iba a Inglaterra cargado de víveres suficientes para la ida y la vuelta. Otros aún aseguran que era portugués, venido del castillo de la Mina, y que llegó a Portugal, o bien a las islas Azores, o a Madeira. Pero de todo esto no existe afirmación cierta. Lo que sí dicen es que, llegado a la casa de Colón, a los pocos días murió, quedando en poder de éste las escrituras y relaciones de aquel viaje; y que, gracias a esa información, Cristóbal se habría animado a emprender después la empresa de descubrir aquellas tierras nuevas.

Fábula verdaderamente ridícula e invención maliciosa, compuesta y difundida con tanta perfidia en perjuicio del nombre de este gran caballero, como jamás podría decirse o imaginarse.

No me parece que sea necesario fatigar demasiado la fe del lector con esta fábula, tan claramente conocida como falsa y sin fundamento, fingida además con gran confusión. Sus inventores no señalan lugar, tiempo ni autor, sino que pretenden que se les crea con su sola y simple palabra. Y es de creer que quienes intentasen probar por tales medios que aquel piloto fue el primero en descubrir las Indias, ante cualquier juez prudente y justo serían hallados como calumniadores manifiestos.

Si Cristóbal Colón hubiera realizado esta empresa doscientos años antes, la distancia del tiempo podría quizá oscurecer parte de la verdad. Pero como la llevó a cabo en 1492, bajo la vista y presencia de todo el reino, no cabía espacio para semejantes fábulas. Aún hoy viven en España e Italia testigos que se hallaban en la Corte cuando fue enviado a dicho viaje, y ninguno de ellos oyó jamás hablar de esa carabela ni de tal piloto. Al contrario, todo el mundo sabía y reconocía que Colón era un gran marino, versado en el cuadrante, en la altura del sol y en la elevación del polo; que había navegado durante gran parte de su vida tanto en el Mediterráneo como en el Océano, hacia Inglaterra, hacia el mediodía hasta las Canarias, y también en Portugal, donde había observado ciertos fenómenos anuales de la puesta del sol. Todas estas razones lo impulsaban a creer que, navegando siempre hacia occidente, encontraría por la parte de levante las Indias.

Y que esto era la verdad lo muestra el hecho de que en la Corte jamás se habló de otra cosa. Así lo atestigua con claridad en su historia don Pedro Mártir, escritor célebre de aquellos tiempos, quien se hallaba en España al servicio de los serenísimos Reyes Católicos. Al ver el feliz éxito del viaje, todos quedaron tan satisfechos con su servicio que lo proclamaron por el mundo entero, ensalzándolo y elevándolo al cielo, confirmándole los privilegios concedidos: las décimas de todas las entradas y rentas de las tierras descubiertas, el título de Almirante perpetuo de las Indias para él y sus descendientes, asiento en presencia de Sus Majestades —honor grandísimo para un particular en aquellos reinos— y el título de Don. Además, quisieron que en su escudo añadiese las armas de Castilla, de León, del Océano con todas sus islas y cuatro anclas, como símbolo de su dignidad de almirante, con un mote alrededor que decía:

“Por Castilla y por León, nuevo mundo halló Colón.”

Si los Reyes hubiesen tenido la menor sospecha de aquella fábula —urdida maliciosamente después de su retorno por gente baja e ignorante, inclinada hacia dichos pilotos— no le habrían otorgado tales privilegios, concesiones y honores.

Aún más: en el corazón y en la memoria de todos los grandes y señores de España permanece siempre viva la memoria de este gran hecho de Cristóbal Colón, del que hablan continuamente con gran honor. Yo mismo he oído decir muchas veces a senadores de gran autoridad, que en diversos tiempos fueron embajadores de esta República en España, que en la Corte todos opinaban que debía erigírsele una estatua de bronce, para que en todos los reinos de España las generaciones futuras tuvieran siempre delante de los ojos al autor de tantas riquezas y grandezas.

Esto es, pues, lo que me ha parecido conveniente recordar en defensa del honor de tan gran hombre. La nobilísima y riquísima ciudad de Génova debe enorgullecerse y gloriarse de tener por ciudadano a tan excelente varón, y ponerse en parangón con cualquier otra ciudad. Pues Colón no fue como Homero, por quien siete de las mayores ciudades de Grecia disputaban entre sí para llamarlo suyo, sino un hombre que dio a luz al mundo un nuevo mundo, hecho incomparablemente mayor que aquel. Y no puedo dejar de maravillarme al comprobar que un poeta cordobés, Séneca, movido por su furor poético, haya descrito esta empresa muchos siglos antes, en su tragedia Medea, donde al final de un coro escribió estos versos latinos.

Traducidos, estos versos suenan de este modo:

«Vendrán tiempos, vendrán siglos,
en que el vasto Océano,
tras larga permanencia en sus confines,
afloje el freno de las cosas mundanas,
se abra la tierra y muestre otro hemisferio,
se revelen orbes, se descubran islas,
y no sea ya Tule el último confín.
El ingenio y el arte hallarán nuevos lugares,
y el ancho seno del mar se abrirá a lo desconocido.»

Y puesto que Vuestra Excelencia, en repetidas ocasiones por medio de sus cartas, me ha exhortado a que, sobre esta parte del mundo nuevamente descubierta, a imitación de Ptolomeo se hicieran cuatro o cinco tablas que recojan cuanto hasta hoy se sabe —las cuales hasta ahora solo existían en las cartas de navegación hechas por pilotos y capitanes españoles—, y habiéndome enviado aquello que había recibido del ilustre señor Gonzalo, comisario de Su Majestad Cesárea, tanto de las costas de la Nueva España y de las islas del Mar del Norte, como de la Tierra del Brasil y del Perú en el Mar del Sur, no he querido dejar de obedecer a su mandato.

He encargado a maestro Giacomo de Gastaldi, piemonés y cosmógrafo excelentísimo, que redujera a un pequeño compendio universal estos conocimientos y luego los dividiera en cuatro tablas, con la mayor diligencia posible, para que los estudiosos puedan ver claramente lo que por medio de Vuestra Excelencia se ha sabido hasta ahora. Pues al difundirse en España y Francia el gran placer que ella misma tiene de esta nueva parte del mundo, y como en repetidas ocasiones ha enviado bocetos de su propia mano, todos los hombres de letras participan cada día de algún nuevo descubrimiento traído por capitanes o pilotos de aquellas regiones. Entre ellos el ya mencionado Gonzalo, desde la isla La Española, que cada año, una o dos veces, le hace llegar algún mapa nuevo. Lo mismo hacen algunos varones eminentes de Francia, que desde París le han enviado las relaciones de la llamada Nueva Francia con cuatro mapas, los cuales se insertarán en este volumen en su debido lugar.

De manera que estas tablas de las nuevas partes del mundo se ofrecen ahora tal como están: no porque las consideremos del todo perfectas y acabadas, como sería de desear, sino para obedecer a las órdenes de Vuestra Excelencia y satisfacer el deseo de los estudiosos. Han de entender los lectores que no damos esto como obra concluida, sino como una prenda o mejor estímulo, para que los que vengan después de nosotros completen con mayor amplitud lo que nosotros no hemos podido alcanzar. Porque confesamos que en muchas partes, y sobre todo en tierra firme, resultan incompletas e imperfectas. Muchas veces estuvimos tentados de no publicarlas, de no haber sido por el gran deseo que tenemos de complacer a quienes se deleitan en tales materias, prefiriendo arriesgarnos a ser acusados de negligencia antes que de poco amor al oficio.

Y si las primeras tablas de cosmografía no fueron perfectas, ni tan exactas como las que después se hicieron —léase a Ptolomeo, que disputa copiosamente contra Marino de Tiro, lleno de errores—, confiamos que con el tiempo saldrán de estas nuestras muchas otras tablas, elaboradas con mayor detalle por algún hombre excelente y diligente, no solo de las costas, sino también de la tierra firme, que hoy es en su mayor parte desconocida. Lo mismo puede esperarse de las relaciones, que hasta aquí nos han llegado en extremo imperfectas.

Reciban, pues, los benévolos lectores con alegría este poco que ahora damos, seguros de que, si hubiera llegado a nuestras manos más, también lo hubiéramos entregado de buen grado. Y con esto concluyo lo que corresponde a estas nuevas tablas de Geografía y Relaciones, publicadas para contemplación de Vuestra Excelencia.

En Venecia, a 20 de junio de 1553.

 

Autores que han escrito las relaciones recogidas en este tercer volumen de Navegaciones y viajes

  • Don Pietro Martire de Milán: Resumen tomado de su Historia del Nuevo Mundo, descubierto por Don Cristóbal Colón, después llamado Indias Occidentales. (folio 1)
  • Gonzalo Fernández de Oviedo: Resumen extraído de su Historia natural y general de las Indias Occidentales, descubiertas por Don Cristóbal Colón. (folio 44)
  • Gonzalo Fernández de Oviedo: Su Historia general y natural de las Indias Occidentales, dividida en veinte libros. (folio 74)
  • Hernán Cortés: Segunda, tercera y cuarta relaciones de sus grandes empresas, con la conquista de la gran ciudad de Tenochtitlán en México —donde hoy está la Nueva España—, además de otras ciudades, provincias, oro y diversas riquezas allí halladas. (folio 225)
  • Pedro de Alvarado: Dos cartas a Hernán Cortés sobre el descubrimiento y conquista de Utatlán y otras tierras, así como montañas con alumbre, vitriolo y azufre en la Nueva España. (folio 296)
  • Diego Godoy: Carta a Hernán Cortés sobre el descubrimiento y conquista de diversas ciudades y provincias en la Nueva España. (folio 300)
  • Un caballero al servicio de Hernán Cortés: Relación de la gran ciudad de Tenochtitlán, México, y otras noticias de la Nueva España. (folio 304)
  • Álvar Núñez Cabeza de Vaca: Relación de lo sucedido en las Indias con el ejército gobernado por Pánfilo de Narváez, y del viaje por tierra que realizaron hasta llegar a la provincia luego llamada Nueva Galicia, en un recorrido de diez años continuos. (folio 310)
  • Nuño de Guzmán: Relación de sus expediciones y conquistas de muchas provincias y ciudades en la Nueva España. (folio 333)
  • Francisco de Ulloa, capitán de la armada de Hernán Cortés: Navegación en busca de las islas de las Especias, por el mar llamado Colorado, de la cual, sin hallarlas, regresó. (folio 339)
  • Francisco Vázquez de Coronado: Resumen de dos cartas sobre el viaje emprendido por fray Marcos de Niza hacia las Siete Ciudades de Cíbola. (folio 354)
  • Don Antonio de Mendoza, virrey de la Nueva España: Carta al emperador sobre el descubrimiento de la tierra firme de la Nueva España hacia el norte. (folio 355)
  • Fray Marcos de Niza: Relación de su viaje por tierra al reino de Cíbola y sus Siete Ciudades. (folio 356)
  • Francisco Vázquez de Coronado: Relación de su expedición a las Siete Ciudades. (folio 359)
  • Fernando de Alarcón: Relación de su navegación con la armada de Don Antonio de Mendoza, por mar, para descubrir el reino de las Siete Ciudades. (folio 363)
  • Un capitán español: Relación del descubrimiento y conquista del Perú, realizada por Francisco Pizarro y su hermano Hernando Pizarro. (folio 371)
  • Francisco de Xerez: Relación de la conquista del Perú y la provincia del Cuzco, llamada entonces Nueva Castilla, por Francisco Pizarro. (folio 372)
  • Un secretario de Francisco Pizarro: Relación de la conquista del Perú, llamada después Nueva Castilla, con la descripción de la gran ciudad del Cuzco. (folio 392)
  • Gonzalo Fernández de Oviedo: Relación de la navegación por el grandísimo río Marañón. (folio 445)

Sobre la Nueva Francia

  • M. Giovanni Battista Ramusio: Discurso sobre la tierra firme de las Indias Occidentales que se extiende hacia el noroeste, llamada Labrador, Bacalaos y Nueva Francia, descubierta en tiempos del Cristianísimo Rey de Francia, Francisco I. (folio 417)
  • Giovanni da Verrazzano, florentino: Relación de la tierra que descubrió para el Cristianísimo Rey. (folio 420)
  • Un gran capitán de mar francés: Discurso sobre las navegaciones hechas hacia la Nueva Francia. (folio 423)
  • Jacques Cartier: Primera relación sobre la tierra nueva llamada Nueva Francia. (folio 435)
  • Jacques Cartier: Segunda relación de la navegación que realizó a las islas de Canadá, Hochelaga, Saguenay y otras, llamadas actualmente Nueva Francia. (folio 445)

 

Sumario de la Historia de las Indias Occidentales

Tomado de los libros escritos por Don Pietro Martire de Milán, del Consejo de Indias, primero al servicio de los Reyes Católicos y después de Su Majestad el Emperador.

Cristóbal Colón, genovés, habiendo propuesto a la Señoría de Génova y luego al rey de Portugal el proyecto de descubrir un Nuevo Mundo, no fue creído. Finalmente lo presentó a los Reyes Católicos, quienes le armaron una nave y dos carabelas, con las que emprendió aquel viaje.

En la antigua y noble ciudad de Génova nació Cristóbal Colón, de familia humilde. Como era costumbre entre los genoveses, se dedicó a la navegación. Hombre de gran ingenio, aprendió con aplicación a conocer los movimientos del cielo y el uso del cuadrante y del astrolabio, convirtiéndose en pocos años en uno de los más expertos y seguros capitanes de su tiempo.

Navegando fuera del estrecho de Gibraltar hacia Portugal y otras costas, observó muchas veces con atención que en ciertos momentos del año soplaban vientos constantes del poniente durante varios días. Juzgando que no podían provenir de otro lugar sino de tierras situadas más allá del mar, quedó tan convencido de esta idea que decidió descubrirlas.

A la edad de unos cincuenta años, de alta estatura, rostro rubicundo, complexión fuerte y ánimo resuelto, propuso primero a la Señoría de Génova que, si le armaban navíos, se comprometía a salir del estrecho de Gibraltar y navegar hacia occidente hasta llegar a la tierra donde nacían las especias, circunnavegando el mundo. Pero aquel proyecto pareció extraño a cuantos lo escuchaban, como suele suceder con lo que nunca ha sido pensado o razonado, y se tuvo por fábula o sueño.

Aunque algunos antiguos escritores habían mencionado una gran isla situada a muchas millas hacia occidente, Colón, viendo que no se daba crédito a sus palabras en Génova, recurrió al rey de Portugal. Pero tampoco allí fue escuchado. Los capitanes portugueses, orgullosos de su pericia, no aceptaban que otro supiese más que ellos en el arte de navegar. Y es que, acostumbrados siempre a navegar costeando, jamás se alejaban de tierra firme, aunque hubiesen recorrido todo el litoral africano.

El viaje de los portugueses, que llegaba hasta el océano bajo el signo de Capricornio, nunca fue intentado por los antiguos, pues se creía que cualquiera que pasase bajo la línea equinoccial sería abrasado por el sol. Incluso cuando se les dijo que había quienes, partiendo de Cádiz, habían rodeado África hasta el mar Rojo, lo tuvieron por fábula.

Desengañado, Colón puso su esperanza en los Reyes Católicos. Habiendo oído hablar de la grandeza de ánimo de Fernando e Isabel, se presentó en su corte con la firme decisión de no apartarse de allí hasta que le diesen navíos para descubrir aquellas tierras de occidente. Aunque en un principio muchos en España juzgaron sus palabras como livianas y su proyecto imposible —tan irrealizable como volar—, Dios, que había dispuesto que por medio de aquel hombre se revelase lo que había permanecido oculto a los sabios del mundo durante tanto tiempo, inspiró finalmente el ánimo de la reina Isabel, mujer de gran corazón y fortaleza.

Ella, persuadida por Colón, convenció al Rey Católico de que no debía dejarse de intentar aquella empresa. Y así, armaron una nao y dos carabelas, con las que, a comienzos de agosto de 1492, acompañado de unos ciento veinte hombres, partió Colón de Cádiz.

La primera escala la hizo en las Islas Afortunadas, llamadas hoy Canarias por los españoles. Los antiguos las habían nombrado Afortunadas por su clima templado, sin excesivo calor ni frío en todo el año. La distancia de Cádiz hasta allí era de unas 250 leguas marinas, calculadas a razón de cuatro millas por legua. Algunos opinan que las verdaderas Islas Afortunadas eran otras, situadas frente al cabo Verde, a 17 grados sobre la línea equinoccial, hoy en poder de los portugueses.

De las Islas Afortunadas, hoy llamadas Canarias,

y del descubrimiento de tierra tras treinta días de navegación hacia occidente.

Las islas que hoy poseen los españoles y a las que arribó Cristóbal Colón en su primer viaje, aunque ya eran conocidas de los antiguos, habían quedado en el olvido. En 1405, un francés llamado Juan de Bethencourt obtuvo de una reina de Castilla licencia para descubrir nuevas tierras, y halló dos islas: Lanzarote y Fuerteventura, que, tras su muerte, sus herederos vendieron a los españoles. La Gomera y El Hierro fueron descubiertas por Fernando Darias; y las otras tres, Gran Canaria, La Palma y Tenerife, fueron halladas en tiempos de nuestros padres por Pedro de Vera y Alfonso de Lugo.

Colón, partiendo de estas islas y siguiendo rumbo poniente —aunque algo desviado hacia el suroeste— navegó treinta y tres días sin ver otra cosa que cielo y agua. Cada día tomaba con el astrolabio la declinación del sol y, por la noche, la altura de las estrellas, manteniéndose siempre cerca del trópico de Cáncer, mientras la estrella Polar se alzaba unos veinte grados. Así dirigía su ruta.

Dos veces al día echaba la sonda al mar, observando los indicios de cercanía de tierra y la profundidad del fondo. Sin embargo, pasados los primeros dieciocho días, los marineros comenzaron a murmurar en secreto y luego a quejarse abiertamente contra Colón. Decían haber sido engañados por aquel genovés y que los había conducido a un lugar del que jamás podrían volver. Llegaron incluso a tramar arrojarlo al mar.

Colón, con prudencia, los calmaba unas veces con palabras suaves, otras dándoles esperanza, y en ocasiones amenazando que, si se rebelaban, serían tenidos por traidores a los Reyes Católicos. Así los fue conduciendo día tras día hasta que, tres jornadas antes de descubrir tierra, estando dormido, tuvo una visión maravillosa que lo llenó de alegría. Despertó y anunció a sus compañeros que pronto verían tierra.

Una mañana, al amanecer, arrojó la sonda y, hallando fondo de naturaleza distinta, comprendió que no estaba lejos de tierra. Conjeturó lo mismo porque la noche anterior había soplado un viento desigual e inusual, señal de proximidad de costa.

Ordenó entonces que uno de sus hombres subiera a la gavia mayor, y no había pasado mucho tiempo cuando divisó a lo lejos unas montañas. Lleno de alegría gritó: “¡Tierra, tierra!”. Al oírlo, los demás, tanto de la nao como de las carabelas, repitieron a gritos: “¡Tierra, tierra!”, y dispararon toda la artillería que tenían a bordo.

Cristóbal Colón, viendo confirmados sus presagios con la ayuda de Dios, se llenó de una alegría tan grande que parecía cosa admirable. Con viento favorable, al mediodía llegaron cerca de la costa, cubierta de bosques y grandísimos árboles. Allí mandó echar los botes y, con doce hombres, desembarcó el primero portando una bandera en la que estaba representado Nuestro Señor Jesucristo en la cruz. Al clavarla en tierra, los demás lo siguieron; arrodillados, besaron el suelo tres veces llorando de alegría.

Después Colón, levantando las manos al cielo y con lágrimas, dijo:

“Señor Dios eterno y omnipotente, que creaste el cielo, la tierra y el mar con tu santa palabra: bendito y glorificado sea tu nombre, porque has querido valerte de un humilde siervo tuyo para que tu santo nombre sea conocido y divulgado en esta otra parte del mundo”.

Según el cálculo de Colón, aquella tierra estaba a 950 leguas de las Canarias. Permanecieron allí algún tiempo y vieron que era una isla despoblada. Decidieron seguir adelante, pero para dejar testimonio de la toma de posesión en nombre de Jesucristo, mandó cortar árboles y erigir una gran cruz, que colocaron en lugar de la bandera.

De nuevo a bordo, continuaron su navegación y, en los días siguientes, descubrieron seis islas más, dos de ellas muy grandes. A la mayor la llamaron La Española y a la otra, Juana. De esta última no estaban seguros si era isla o tierra firme. Navegando a lo largo de sus costas, escucharon los trinos de los ruiseñores en los bosques, aunque ya era el mes de noviembre.

En este lugar encontraron un gran río de aguas cristalinas y puertos naturales capaces de recibir naves. Pero esto no satisfacía a Colón, que pensaba seguir avanzando hasta hallar el fin de aquella tierra y llegar a las costas orientales, donde nacían las especias. Por eso recorrieron, con viento de maestro, más de ochocientas millas por las costas de la isla de Juana. Juzgaron que se trataba de un continente, como después se halló ser verdad, al no encontrar señal alguna de término en aquellas tierras.

Sin embargo, por la fuerza del tiempo y las tempestades que venían del norte, resolvieron regresar. Así, volviendo hacia levante, llegaron nuevamente a la isla Española. Deseando conocer la naturaleza de esta isla y de sus habitantes, se acercaron por la banda del norte, donde la nave mayor encalló sobre un escollo cubierto de agua y se rompió. Las otras dos carabelas socorrieron a los hombres y a la carga, y, habiendo desembarcado, vieron una multitud de hombres desnudos, los cuales, al divisar a los cristianos, huyeron con gran ímpetu a los espesos bosques.

Los españoles lograron capturar a una mujer, a quien llevaron a las naves, la vistieron y le dieron de comer y beber, para luego dejarla ir. Apenas volvió con los suyos, les mostró nuestra ropa y la liberalidad de los cristianos, lo que causó tanta admiración que todos acudieron a la playa, creyendo que aquella gente venía del cielo. Se lanzaban al agua llevando el oro que tenían, y lo cambiaban por platos de barro, tazas de vidrio, cascabeles, espejos o cualquier cosa semejante.

Ya establecidos tratos familiares, nuestros hombres procuraron conocer sus costumbres, y hallaron por señas y actos que tenían rey, llamado Guacanagarí. Fueron recibidos por él y por los hombres de la isla con mucho agasajo. Llegada la tarde, al oír la señal del Ave María, los españoles se arrodillaron, e igualmente lo hicieron ellos. Y viendo que nuestros hombres adoraban la cruz, también ellos la adoraban.

Al observar la nave destrozada, acudieron con sus canoas a ayudar a llevar a tierra a los hombres y las pertenencias, con tanta caridad como si hubiesen sido de los suyos. Sus embarcaciones eran de un solo tronco, largas y estrechas, labradas con piedras muy agudas; algunas podían contener hasta ochenta hombres.

No tenían noticia alguna del hierro, lo que maravillaba mucho a nuestros hombres, pues sus casas y utensilios estaban admirablemente fabricados con piedras muy duras y cortantes. Supieron que, no muy lejos de aquella isla, había otras pobladas por hombres cruelísimos que comían carne humana. Por esta causa, al principio huyeron creyendo que los cristianos eran de aquellos a quienes llamaban caníbales.

Nuestros hombres dejaron esas islas casi a medio camino por la parte del sur. Los isleños mostraban gran compasión por los pobres cautivos de los caníbales, pues los trataban como los cazadores a las fieras salvajes. Decían que a los niños capturados los castraban, como nosotros hacemos con los cerdos o capones, para que engordaran más y fueran comidos; y que a los hombres adultos, apenas los cogían, los mataban y devoraban frescos los intestinos y las extremidades, salando el resto para guardarlo como hacemos nosotros con los jamones.

No mataban a las mujeres, sino que las guardaban para tener hijos, como nosotros tenemos gallinas para huevos; a las ancianas, en cambio, las reducían a esclavitud. En aquellas islas y en otras, apenas los hombres o mujeres advertían la llegada de los caníbales, huían como podían. Y aunque tenían flechas muy agudas para defenderse, confesaban que de poco les servían, pues diez caníbales eran capaces de poner en fuga a cien de los suyos.

No pudieron nuestros hombres entender claramente que adoraran otra cosa que el cielo, el sol y la luna. De las costumbres de las demás islas nada pudieron averiguar, por falta de intérpretes y de tiempo.

Los habitantes de aquella isla usaban por pan ciertas raíces de forma semejante a nabos o zanahorias, algo dulces, como castañas tiernas, a las que llamaban ajes. Encontraron también otra raíz llamada yuca, de la cual hacían pan: la cortaban en láminas delgadas, la machacaban y, aunque su jugo es venenoso y mata a quien lo bebe, una vez desechado y cocida la masa, el pan era sano y sabroso.

Había, además, otro grano que llamaban maíz, con el que hacían pan; semejante al mijo blanco, pero de mayor tamaño. La mazorca era más larga que un palmo, puntiaguda, gruesa como un brazo, con los granos dispuestos en orden.

El oro tenía cierta estima entre ellos; algunos llevaban piezas colgadas de las orejas y de la nariz. Al ver los españoles que no comerciaban entre sí ni salían de su tierra, les preguntaron con señas dónde lo encontraban. Entendieron que lo hallaban en la arena de ciertos ríos que bajaban de altísimas montañas, y que lo recogían con gran trabajo, en granos, para luego reducirlo a láminas. Sin embargo, en aquella parte de la isla no lo había, como comprobaron después al circundarla.

Un día toparon con un río de extraordinaria grandeza, y al desembarcar para tomar agua y pescar, hallaron la arena mezclada con abundantes granos de oro.

En la isla no vieron animales de cuatro patas, salvo tres especies semejantes a conejos y gran número de serpientes de extraordinaria talla, que no hacían daño alguno. También vieron palomas, tórtolas y aves mayores que las nuestras, blancas con la cabeza roja.

Hallaron papagayos de varios colores: algunos verdes, otros totalmente amarillos, y otros semejantes a los del Levante, con gargantilla roja. Llevaron consigo unos cuarenta, todos de plumajes variados y hermosísimos, sobre todo en las alas, cuya diversidad de colores daba un gran placer a la vista.

Aquella tierra producía en abundancia mástique, madera de áloe, algodón y otras cosas semejantes, además de ciertos granos envueltos en una cáscara roja, más picantes que nuestra pimienta.

Cuando Colón regresó a España, fue recibido con gran aceptación por los Reyes Católicos. Con diecisiete naves emprendió de nuevo su viaje, tras haber partido de Canarias. Entre las tierras descubiertas halló una gran isla habitada por caníbales que comían carne humana. En ella vio veintiocho ríos caudalosos y una abundancia extraordinaria de papagayos.

Contento por haber encontrado aquellas nuevas tierras —que consideraba parte de un nuevo mundo— y siendo entonces primavera, decidió regresar, dejando en el lugar treinta y nueve hombres con un fuerte construido lo mejor que se pudo. Su encargo fue investigar la naturaleza de la tierra y el clima hasta que él volviera. Para su defensa, estableció pactos y alianzas con los indígenas según fue posible. El rey local, conmovido al ver partir a Colón y a muchos de sus compañeros, lloró y, abrazándolos, mostró gran afecto hacia ellos.

Colón volvió a España y llevó consigo a diez hombres de aquella isla. Con facilidad aprendieron la lengua y, con nuestras letras, podían escribir. Ellos llamaban al cielo Turei, a la casa Boía, al oro Cauní, al hombre bueno Tayno, y nada Mayani. Otros vocablos no pudieron expresarse claramente en nuestro idioma. Este fue, en resumen, el éxito del primer viaje.

Al llegar a España fue recibido con grandes honores. Se le dio asiento en público delante de los Reyes, lo que constituye una de las más altas distinciones de la Corona, reservada solo a quienes son tenidos en gran estima. Fue nombrado “Almirante del Mar Océano”, y a su hermano Bartolomé se le confió el gobierno de la isla La Española.

En su relación a los Reyes, Colón afirmó que esperaba obtener grandísimos provechos de aquellas islas y, a través de ellas, llegar a tierras aún más ricas. Los monarcas mandaron entonces preparar diecisiete carabelas, con más de mil doscientos hombres: tres naves destinadas a caballos con sus armaduras, además de herreros, artesanos de todas las ramas, técnicos, y todo tipo de instrumentos necesarios para edificar una nueva ciudad en tierras extrañas.

Colón dispuso también caballos, puercos, vacas y otros animales domésticos, junto con semillas de legumbres, trigo, cebada y plantas útiles, no solo para sustento, sino para el cultivo. Llevó también vides y otros árboles de nuestra tierra, pues en aquellas islas no hallaron más árboles conocidos que pinos y altísimas palmas de extraordinaria dureza, rectitud y altura. La fertilidad de la tierra y la abundancia de frutos desconocidos mostraban que era una de las más ricas y fértiles bajo el sol.

Muchos caballeros y servidores del rey se ofrecieron voluntariamente a esta empresa, movidos por el deseo de conocer cosas nuevas y por la autoridad del Almirante. El 25 de septiembre de 1493 zarparon de Cádiz con viento próspero y el 1 de octubre llegaron a una de las Canarias llamada isla del Hierro, donde, según se decía, no había otra agua de beber que la del rocío recogido en un estanque hecho a mano en lo alto de un monte.

El 13 de octubre partieron de nuevo y durante veinte días navegaron sin hallar tierra. Avanzaban más hacia el suroeste que en el primer viaje, hasta llegar a las islas de los caníbales o caribes. La primera isla que divisaron estaba tan cubierta de árboles que no se podía distinguir si debajo había roca o tierra; como la vieron en domingo, le pusieron por nombre “Dominica”. Al notar que estaba deshabitada, siguieron adelante. En esos veinte días, según sus cálculos, navegaron ochocientas veinte leguas, favorecidos por el viento del norte.

Después llegaron a otra isla fértil y fragante por la abundancia de árboles aromáticos, donde algunos que desembarcaron no hallaron hombres ni bestias, salvo cocodrilos de desmesurada grandeza.

A esta isla la llamaron Marigalante. Desde uno de sus cabos, divisaron a lo lejos otra isla coronada por un monte, hacia la cual se dirigieron. Allí encontraron un gran río y comprobaron que estaba habitada: era la primera tierra poblada que veían desde su partida de Canarias.

Más tarde supieron, por experiencia y por medio de intérpretes llevados desde la isla La Española, que se trataba de una isla de caníbales. Recorriéndola, hallaron muchas aldeas y caseríos de veinte o treinta casas cada uno, todos dispuestos en torno a una plaza circular. Las viviendas eran de madera y tenían esta forma: primero se clavaban en el suelo altísimos troncos que delimitaban el contorno de la casa; luego se apoyaban sobre ellos travesaños más cortos a modo de puntales, y se cubrían con techumbres en forma de pabellón de campaña, con un tejado puntiagudo hecho de hojas de palma y otras similares, muy resistentes al agua. Entre los maderos se tensaban cuerdas de algodón o raíces semejantes al esparto, sobre las que colgaban telas de algodón.

En su interior había camastros suspendidos en el aire, rellenos de algodón o heno para dormir. Algunas casas tenían pórticos donde jugaban y se reunían. En cierto lugar vieron dos estatuas de madera sobre sendas serpientes, que al principio creyeron ídolos, pero luego entendieron que eran solo adornos, pues los isleños adoraban únicamente al cielo, aunque fingían imágenes de demonios que decían ver por la noche.

Al llegar los españoles, los hombres y mujeres de la isla huyeron, abandonando sus casas. Treinta mujeres y jóvenes cautivos, que los caníbales habían tomado de otras islas para devorarlos o usarlos como esclavos, escaparon hacia los recién llegados. Al entrar en las casas, los españoles hallaron gran cantidad de vasijas llenas de agua potable, y en las cocinas, carne humana cocida junto a papagayos, patos y otras aves, así como miembros humanos en los asadores. También encontraron huesos de brazos y piernas usados para fabricar puntas de flecha, ya que no tenían hierro, y el cadáver reciente de un joven colgado de una viga, que aún sangraba.

La isla tenía ocho grandes ríos, uno de ellos tan caudaloso como el Tesino. La llamaron Guadalupe, en honor al monasterio de Santa María de Guadalupe en España. Sus habitantes se llamaban a sí mismos Caruquería, y era una de las principales islas de los caribes. De allí llevaron papagayos de extraordinario tamaño, mayores que faisanes, de vivos y variados colores: cuerpo y espaldas rojas, alas de tonos diversos. Había tantos que parecían más abundantes que los gorriones en nuestras tierras.

El almirante Colón obsequió con presentes a las mujeres fugitivas y dispuso que ellas sirvieran de intermediarias para contactar a los caníbales, pues conocían dónde se ocultaban. Estas pasaron una noche con ellos y, al día siguiente, regresaron acompañadas de muchos isleños, atraídos por la codicia de los regalos. Sin embargo, en cuanto vieron a los españoles, temiendo que descubrieran sus atrocidades, se miraron unos a otros con recelo y huyeron con gran ímpetu hacia los valles y bosques cercanos.

Partieron de Guadalupe el 12 de noviembre, con rumbo a reencontrarse con los compañeros que habían quedado en la isla Española durante el primer viaje. Navegando, fueron dejando a derecha e izquierda varias islas, hasta descubrir, hacia el norte, una gran isla llamada Matityna. Los indios que Colón había traído desde la Española, junto con algunos liberados de los caníbales, afirmaban que en ella no vivían sino mujeres, las cuales, en ciertos tiempos del año, se unían con los caníbales; si daban a luz varones, los enviaban a sus padres, pero si eran hembras, las conservaban consigo. Decían también que estas mujeres tenían grandes cuevas subterráneas donde se refugiaban fuera de la época de encuentro, y que se defendían con arcos y flechas envenenadas contra quien intentara forzarlas.

Los españoles no pudieron acercarse a la isla a causa del viento del norte, y al verla desde lejos, prosiguieron la navegación. Llegaron luego a otra isla muy poblada y fértil, a la que llamaron Monferrato, por estar llena de montes. Los intérpretes aseguraban que los caníbales recorrían hasta mil millas para capturar hombres y devorarlos. Al día siguiente avistaron otra isla, circular y hermosa, que el almirante nombró Santa María la Redonda; más adelante descubrieron otra a la que dieron el nombre de San Martín, y poco después otra más extensa, de unas ciento cincuenta millas de costa, que llamaron Santa María la Antigua.

Tras estas hallaron varias islas pequeñas hasta topar con una mucho mayor, a unas cuarenta millas, llamada por sus habitantes Ay Ay, y que los españoles bautizaron como Santa Cruz. Allí desembarcaron para proveerse de agua. El almirante mandó a tierra a treinta hombres, quienes encontraron cuatro caníbales con igual número de mujeres. Estas, al verlos, alzaron las manos implorando auxilio y fueron liberadas, pero huyeron al bosque, como ya había ocurrido en Guadalupe.

Colón permaneció dos días en la isla, manteniendo a sus hombres en guardia. En ese tiempo apareció una canoa con ocho hombres y otras tantas mujeres. Los españoles la atacaron, pero los indios se defendieron con flechas envenenadas. Una de las mujeres mató a un vizcaíno e hirió gravemente a otro. Entre ellas destacaba una que parecía ser reina, acompañada de su hijo, joven robusto, de aspecto fiero y mirada de león. Los españoles, temiendo más daño desde lejos que en combate directo, se lanzaron contra ellos en un batel y, tras hundir la canoa, los capturaron. Uno murió y el hijo de la reina resultó herido, pero ambos mostraron tal ferocidad que nadie los veía sin espanto, tanto era su semblante cruel y diabólico.

Prosiguiendo la navegación por distintas rumbos, el almirante entró en un mar lleno de innumerables islas: unas boscosas y fértiles, otras áridas y estériles, unas rocosas y rojizas, otras blancas y pequeñas, que muchos creyeron formadas de metales o piedras preciosas. No se detuvieron, por falta de tiempo y por miedo a encallar las naves grandes en aquella multitud de islotes. No obstante, con barcas menores llegaron a contar hasta cuarenta y seis islas, dando al conjunto el nombre de Archipiélago.

En el centro de este mar encontraron la isla llamada Buríchena por los indios, a la que los españoles pusieron el nombre de San Juan. Era muy poblada, cultivada y rica en bosques y puertos. Sus habitantes siempre habían sido enemigos de los caníbales, a quienes no podían atacar por falta de naves; pero si éstos caían prisioneros en sus tierras, los despedazaban y los asaban como venganza. Todo esto lo supieron por los intérpretes de la Española.

Los españoles, sin querer demorarse, siguieron adelante, aunque en el extremo occidental de la isla desembarcaron para recoger agua, hallando una gran casa de notable factura rodeada de doce menores, aunque todas deshabitadas. No se supo si esto se debía a que los moradores se habían retirado al monte por el calor, o si lo habían hecho por temor a los caníbales. La isla estaba regida por un solo cacique, muy venerado por todos.

De allí, en medio de la noche, dos mujeres y un joven que habían escapado de los caníbales se arrojaron al mar y nadaron hasta su tierra natal, que estaba cercana.

De la región llamada Xamana, del rey Guacanagarí y de cómo fueron rescatadas algunas mujeres de manos de los caníbales. Del Puerto Real y de los ríos hallados en Ynabanda.

El Almirante llegó finalmente con su armada a la isla Española, distante quinientas leguas de las islas de los caníbales, pero muy descontento, pues halló muertos a todos los compañeros que había dejado allí.

En esta isla había una región llamada Xamana, de donde el Almirante, en su primer viaje, había partido rumbo a España, llevándose consigo a diez hombres de la isla, de los cuales solo tres sobrevivían cuando volvió por segunda vez; los demás habían muerto por la mudanza de aires y alimentos. Uno de ellos, apenas desembarcaron en Santo Hermo —así llamaron aquella costa de Xamana—, bajó a tierra para averiguar qué había sucedido con los otros, mientras que los demás huyeron de noche nadando mar adentro y escaparon.

El Almirante, sin perder esperanza, mandó buscar a los treinta y ocho que había dejado, convencido de que aún vivirían. Poco después encontraron una canoa con muchos remeros, en la que iba un hermano del rey Guacanagarí, con quien el Almirante había hecho firme amistad y a quien encomendó sus hombres antes de partir. Este hermano, acompañado de un solo joven, vino al encuentro del Almirante y, en nombre de su hermano, le trajo en obsequio dos imágenes de oro. Luego, con dificultad, comenzó a relatar —a falta de buen intérprete— la muerte de los españoles.

Cuando el Almirante llegó al castillo de madera y a las casas que sus hombres habían edificado, halló todo destruido y quemado. Fue causa de gran pesar, aunque ordenó disparar muchas piezas de artillería, con la esperanza de que, si alguno aún vivía escondido, se hiciera ver; pero todo fue en vano, pues todos estaban muertos.

El Almirante envió mensajeros al rey Guacanagarí, quienes, mediante señas, comprendieron que en aquella isla había otros señores más poderosos que él, y que al enterarse de la fama de los recién llegados, marcharon con gran ejército contra el castillo, matando a los españoles y reduciéndolo a cenizas. Guacanagarí mostró una pierna vendada con algodón, asegurando haber sido herido con una flecha mientras intentaba defenderlos, y que esa era la razón de no haber acudido en persona al Almirante.

Al día siguiente, el Almirante mandó a otro emisario, Marchio de Sevilla, quien al descubrir la venda comprobó que Guacanagarí no tenía herida alguna, aunque se fingía enfermo en su lecho rodeado de varias concubinas. Desde entonces, el Almirante y los suyos comenzaron a sospechar que la muerte de sus hombres había sido con su consentimiento o consejo.

No obstante, Marchio lo persuadió de disimular y lo invitó a visitar al Almirante en las naves. Allí fue recibido con grandes muestras de cortesía, hizo presentes a los nuestros y se excusó repetidas veces de la desgracia ocurrida. En ese momento apareció también una mujer rescatada de manos de los caníbales, a la que los nuestros llamaban Catalina, con quien el rey habló amorosamente.

Al retirarse, pidió licencia al Almirante, maravillado por haber visto caballos y otras cosas desconocidas para él. Algunos aconsejaron detenerlo y hacerle confesar si había tenido parte en la muerte de los españoles, y, de hallarlo culpable, darle su merecido castigo. Pero el Almirante consideró que no era momento de irritar los ánimos de los habitantes de la isla.

Del regreso del hermano del rey Guacanagarí, del rescate de Catalina y otras mujeres, y del descubrimiento de Puerto Real y de los ríos de Ynabanda.

Al día siguiente, el hermano de Guacanagarí volvió a las naves y habló con las mujeres rescatadas, entre ellas Catalina, a quien los nuestros habían librado de los caníbales. Aquella misma noche, deseando escapar de la cautividad, Catalina —por persuasión del propio rey— se arrojó al mar junto con otras mujeres que había convencido. Guiándose por una hoguera encendida en la costa, nadaron unas tres millas a pesar del fuerte oleaje. Los nuestros, siguiéndolas con los botes hacia la misma luz, lograron recuperar solamente a tres; Catalina y cuatro más permanecieron con el rey, quien a la mañana siguiente huyó con toda su familia. Así entendieron los nuestros que los compañeros dejados en la isla habían sido muertos por orden suya.

El Almirante envió tras él a Marchio, quien en la persecución llegó por azar a la boca de un río, donde descubrió un puerto grande y muy seguro, al que llamó Puerto Real. La entrada, tan recortada, parecía esconder el acceso, aunque era lo bastante amplia para que tres naves entrasen juntas. Alrededor se levantaban colinas que defendían de todos los vientos, y en medio se erguía un monte verde, cubierto de árboles, poblado de papagayos y otras aves que cantaban suavemente, sobre todo en torno a la desembocadura de dos ríos.

Avanzando más, los nuestros divisaron una gran casa. Pensando hallar allí al rey Guacanagarí, se acercaron; pero en su lugar salió a su encuentro otro cacique, acompañado de cien hombres de fiero aspecto, armados con arcos, flechas y lanzas agudísimas, que gritaban y hacían señas, asegurando que no eran caníbales sino taínos, es decir, gente noble.

Nuestros hombres les dieron muestras de paz y, tras ofrecerles sonajas como presentes, se hicieron amigos. Los indios, confiados, descendieron desde las altas riberas y fueron hasta las naves, donde correspondieron con dones.

Entramos luego en la casa principal, que era redonda y medía treinta y dos pasos de diámetro, rodeada de otras treinta casas pequeñas, cuyos techos eran de cañas de diversos colores, tejidos con admirable artificio. Preguntados por los nuestros acerca del paradero del rey Guacanagarí, respondieron que aquella provincia no le pertenecía, sino al cacique presente, y que Guacanagarí había huido a los montes.

El Almirante, al saberlo, envió exploradores en varias direcciones. Entre ellos, Oviedo y Gorbolán, jóvenes nobles y animosos, acompañados de algunos indios. Uno de ellos halló cuatro grandes ríos que descendían de altas montañas, y el otro descubrió tres más. En la arena de aquellos cauces, los indios recogían granos de oro con suma facilidad: con la mano izquierda removían la arena y con la derecha sacaban los granos, que entregaban a los nuestros. Se vieron pepitas del tamaño de avellanas y aun mayores.

Uno de estos granos, hallado por Oviedo, pesaba nueve onzas, semejante a una piedra de río, y fue mostrado a muchos como prueba de la riqueza del lugar.

Los nuestros volvieron al Almirante, pues este había mandado, bajo pena de muerte, no hacer otra cosa que descubrir la tierra. Supieron además que en aquellas montañas habitaba un señor llamado Cacique Caunoboa, es decir, “señor de la casa del oro”, pues Cauno significa oro y Boa, casa.

En cuanto a la posición del lugar, se decía que en ese mes de diciembre, hacia el equinoccio, las aves ya tenían crías, y que gran parte de la constelación del Carro quedaba oculta bajo el polo ártico, con los guardianes muy bajos en el horizonte. Pero sobre esto no puede afirmarse mucho, pues son hombres sin letras e ignorantes de tales cosas.

De la isla La Española, y de cómo el Almirante fundó en medio de ella una ciudad, así como de la extraordinaria fertilidad de aquel territorio. De la provincia llamada Cibao y de sus grandísimas riquezas. De los grandes ríos que nacen en aquellos montes y de la fortaleza que allí edificó el Almirante.

El Almirante, con el fin de establecer en aquella tierra una ciudad segura y duradera, eligió en pocos días un lugar apropiado y comenzó a edificar casas, junto con una iglesia. El día de la Epifanía hizo celebrar solemnemente una misa, oficiada por trece sacerdotes: fue ésta la primera que se cantó en el Nuevo Mundo en honor de nuestro Señor Dios.

Aproximándose el tiempo de informar al Rey de sus progresos, envió doce carabelas con noticias de todo lo visto y hecho hasta el año 1494. Entretanto, permaneció en la isla La Española, la cual mide en anchura unas 150 millas y en longitud cerca de 300, con forma semejante a una hoja de castaño. El Almirante decidió fundar una ciudad sobre una colina situada en el centro de la isla, hacia el norte, pues allí se levantaba un monte alto con bosques y piedras para fabricar cal. Llamó a la ciudad Isabela.

A los pies de aquel monte se extendía una llanura de unas 10 millas de longitud, en algunas partes ancha y en otras más estrecha, por la que corrían numerosos ríos, siendo el mayor el que atravesaba la entrada misma de la ciudad. Tal era la fertilidad de aquella tierra, que en los jardines hechos sobre la arena del río crecieron en apenas dieciséis días hortalizas como lechugas, coles y borrajas; en treinta y seis días se recogieron melones, sandías, calabazas y otras frutas de excelente calidad. Más asombroso aún fue ver que, tras sembrar algunas cañas de azúcar, en quince días alcanzaron la altura de dos varas, llegando a madurar. También las vides, al segundo año, produjeron uvas dulcísimas, aunque en poca cantidad por la naturaleza del suelo.

Del mismo modo, se probó a sembrar algo de trigo a comienzos de febrero, y el día 30 de marzo —domingo de Pascua de Resurrección— se presentó en la ciudad un manojo de espigas maduras.

Entre tanto, el Almirante, informado por los isleños acerca de una provincia de la isla llamada Cibao, envió allí treinta hombres. Al regresar, éstos narraron maravillas de aquel lugar, diciendo que abundaba en oro y que de sus montes descendían cuatro ríos caudalosos que dividían la isla en cuatro partes casi iguales: el primero llamado Yuna, hacia levante; el segundo Attibunico, hacia poniente; el tercero Yaque, hacia el norte; y el cuarto Naiba, hacia el mediodía.

Decidido a asegurar la zona, el Almirante ordenó cercar la ciudad con fosos y terraplenes para defenderla en caso de ataque durante su ausencia. El 12 de marzo partió con unos 500 hombres, entre infantes y jinetes, hacia la provincia del oro, situada al sur. Tras atravesar montes, valles y ríos, descendió a una llanura que era la entrada del Cibao. Allí, en la ribera de un gran río, sobre una colina elevada, determinó edificar una fortaleza para poder explorar con mayor seguridad los secretos del país, y la llamó San Tomé.

Mientras trabajaban en la construcción, muchos indígenas acudieron a él en busca de cascabeles y otros objetos; a cambio, el Almirante les pidió muestras de oro. Ellos, corriendo hacia los riachuelos cercanos, volvieron en poco tiempo con las manos llenas del metal. Un anciano entregó dos granos que pesaban cerca de una onza, y al ver la admiración de los cristianos, señaló que eran piezas pequeñas y de poco valor. Mostró luego varias piedras, algunas del tamaño de una nuez y otras como una naranja, indicando que en su tierra se encontraban granos de oro tan grandes como aquéllos.

Otros indígenas trajeron pedazos que pesaban más de tres ducados cada uno, asegurando que existían aún mayores. El Almirante envió entonces a algunos de sus hombres al lugar indicado, quienes encontraron incluso más de lo que les había sido dicho.

En el mes de marzo se hallaron viñas silvestres con uvas maduras y de excelente sabor, aunque los habitantes de la isla no les daban importancia. A pesar de ser la provincia pedregosa, estaba llena de árboles y cubierta de hierba siempre verde. Se decía que, tras cortar el pasto de aquellos montes, en apenas cuatro días volvía a crecer. Había numerosos ríos y arroyos, y sus arenas solían mezclarse con granos de oro.

Los habitantes de los montes eran ociosos y sin industria, pasando frío en invierno a pesar de tener bosques llenos de algodón, del que no sabían fabricar vestidos, cosa que no sucedía con los que vivían en las llanuras.

El Almirante descubrió una isla muy poblada llamada Jamaica, en la cual halló un hermosísimo puerto, capaz de acoger numerosas naves. Navegando en sus cercanías, encontraron un río de aguas navegables, aunque muy calientes, y observaron también el modo de vida de aquellas gentes, que en ocasiones impedían a los cristianos desembarcar, defendiéndose con armas. Sin embargo, después de algunos combates, acabaron por hacerse amigos.

Jamaica, mayor que Sicilia, se levanta desde las costas hasta un monte central que asciende suavemente hasta el medio de la isla. Es fertilísima tanto en sus llanuras como en sus alturas, y estaba llena de pueblos cuyos habitantes eran más agudos y de mayor ingenio que los de otras islas, dedicados principalmente a las artes manuales y a la guerra.

Tras dejar Jamaica, navegaron hacia poniente durante setenta jornadas, recorriendo unas 220 leguas, encontrando a veces el mar con corriente impetuosa, como un torrente, y otros lugares llenos de escollos. La gran cantidad de islas visibles por todas partes hacía peligrosa la navegación, pero continuaron adelante, deseosos de conocer el fin de aquella tierra.

Partiendo del cabo de Cuba llamado Alpha y Omega, descubrieron un bellísimo puerto, en forma de semicírculo, capaz de recibir gran número de naves. A la entrada, en cada lado, se alzaba un montículo que rompía el ímpetu del mar, de modo que dentro era seguro y profundísimo. Allí, algunos hombres que desembarcaron hallaron casas de paja vacías, hogueras encendidas con peces asados en espetones de madera, y dos grandes serpientes de ocho pies de largo, semejantes a cocodrilos. Viendo que no había moradores, comieron los peces y dejaron a los reptiles.

Más adelante, en un bosque cercano, encontraron otras muchas de esas serpientes atadas a los árboles, y al proseguir dieron con unos veinte hombres que habían huido a lo alto de una gran peña para observar a los recién llegados. Los nuestros, haciéndoles muchas señas amistosas y mostrándoles cascabeles y otros objetos, lograron que descendieran. Allí acudió un intérprete, criado en la corte del Almirante, que habló con ellos y los tranquilizó, de modo que acabaron por hacerse amigos.

Los hombres explicaron que eran pescadores, enviados a pescar para su Rey, que preparaba un solemne banquete para otro monarca. Al ver que los cristianos habían comido los peces y dejado las serpientes, se alegraron mucho, pues aquellas se reservaban para el Rey como manjar delicado, así como entre nosotros se guardan los faisanes y pavos reales. Prometieron traer más peces para el día siguiente, y cuando se les preguntó por qué los asaban antes de transportarlos, respondieron que lo hacían para conservarlos más frescos y sabrosos.

El Almirante, satisfecho con la información, prosiguió su viaje hacia poniente. Recorriendo aquellas costas, hallaron tierras llenas de árboles, algunos cargados de flores y frutos que perfumaban el aire marino. Era tierra fértil y habitada por gentes mansísimas, que corrían sin recelo hacia las naves, trayendo pan de su uso y calabazas llenas de agua, invitando amistosamente a los nuestros a desembarcar.

Más adelante llegaron a un sinfín de islas, casi innumerables, todas fértiles y pobladas, con árboles de gran variedad. Entre ellos había uno semejante a un olmo que producía unas calabazas enormes, de corteza durísima y médula amarga, que los naturales usaban únicamente como recipientes para el agua.

En la costa descubrieron un río navegable cuyas aguas eran tan calientes que no podían sostener en ellas las manos. También encontraron pescadores en barcas hechas de un solo tronco ahuecado. Estos usaban un método singular: llevaban consigo un pez extraño, desconocido para los cristianos, que tenía sobre el lomo escamas con espinas y en la cabeza una piel durísima semejante a una bolsa. Lo ataban con una cuerda a la barca y lo mantenían bajo el agua, pues no podía resistir el aire.

Cuando veían cerca peces grandes o tortugas, soltaban la cuerda, y el animal, veloz como una saeta, se lanzaba sobre la presa, adhiriéndose con sus espinas de tal modo que no podía escapar. Los pescadores tiraban poco a poco de la cuerda hasta acercar la captura a la orilla. Apenas el pez sentía el aire soltaba la presa, y entonces los hombres saltaban rápidamente al agua para asegurarla. Luego volvían a dar cuerda al pez cazador, que regresaba bajo la barca, donde lo alimentaban con trozos de la misma presa capturada.

Este pez, que los indios llamaban Guaícano, los cristianos lo nombraron Reversillo, porque pescaba al revés.

Estos pescadores, habiendo capturado cuatro tortugas marinas tan grandes que con su tamaño llenaban toda la barca, las ofrecieron a los nuestros como un manjar delicadísimo. Al preguntarles cuánto se prolongaba aquella costa hacia poniente, respondieron que no tenía fin, e invitaron al Almirante a descender en tierra o, al menos, a enviar en su nombre un saludo al cacique, prometiéndole grandísimos presentes si aceptaba. Sin embargo, el Almirante, por no perder tiempo, declinó hacerlo.

Partidos de allí, y siguiendo la costa hacia poniente, tras pocos días llegaron a un monte altísimo, muy cultivado y poblado de gente. Al ver las naves, los naturales corrieron presurosos hacia ellas trayendo pan, conejos, aves y algodón, y con ayuda del intérprete preguntaban, con gran maravilla, si aquella gente recién llegada venía del cielo. Los nuestros, reconociendo su hospitalidad, les hicieron a su vez muchas muestras de afecto, ofreciéndoles algunos presentes, sobre todo a quien parecía ser tenido por principal entre ellos, junto con otros hombres graves y de autoridad que le acompañaban.

De aquel cacique y sus consejeros supieron que aquella costa no era isla, sino tierra firme. Poco después descubrieron a mano izquierda una isla, donde no hallaron persona alguna, pues todos sus habitantes habían huido al verlos. Solo encontraron cuatro perros de aspecto horrendo, que no ladraban y que los naturales criaban para comerlos, como entre nosotros se comen los cabritos, además de gansos, patos y otras aves.

Entre aquella isla, otras muchas, y la costa de tierra firme, encontraron pasos tan estrechos y llenos de remolinos y bajíos que muchas veces las naves tocaron con el fondo en la arena. Durante casi cuarenta millas, el agua se mostraba tan espumosa, blanca y espesa que parecía harina recién lanzada al mar. Finalmente, saliendo de aquellos bajos, entraron en alta mar, y a unas ochenta millas divisaron un monte altísimo. Allí desembarcaron algunos hombres para proveerse de agua y leña.

En medio de pinos y altísimas palmas hallaron dos fuentes de agua dulcísima. Mientras unos cortaban leña y llenaban vasijas, un ballestero, internándose en el bosque, se topó con un hombre vestido de blanco hasta los pies, que apareció de improviso sobre él. Al principio creyó que era un fraile de los que viajaban en la nao, pero tras él se mostraron otros dos, vestidos de la misma manera. Poco después vio una escuadra de unos treinta, todos igualmente ataviados. El ballestero, sorprendido, comenzó a huir, mientras aquellos le hacían señas de que no temiera. Llegó apresurado a las naves y relató al Almirante lo sucedido.

Este mandó entonces que varios grupos de hombres armados entrasen por distintos caminos, con orden de avanzar hasta cuarenta millas tierra adentro, para averiguar quiénes eran aquellos vestidos de blanco o qué otras gentes habitaban allí. Pasado el bosque, los nuestros entraron en una llanura cubierta de hierbas sin senda ni vereda alguna. Queriendo avanzar, se enredaron de tal modo en ellas que, con gran esfuerzo, apenas lograron andar una milla, pues alcanzaban la altura del trigo cuando está ya maduro. Por ello se vieron obligados a regresar.

Al día siguiente, el Almirante envió otros veinticinco hombres armados, ordenándoles igualmente que buscasen diligentemente señales de habitantes. Estos hallaron, no muy lejos de la costa, grandes huellas de animales, que creyeron de leones, y atemorizados se volvieron por otra ruta. En ella encontraron un bosque con vides silvestres cargadas de grandes racimos de uvas dulcísimas, además de otros árboles con frutos aromáticos y fragantes. Cortaron algunos racimos para llevarlos como muestra, aunque los demás frutos se corrompieron antes de poder conservarse.

En aquellos bosques también vieron numerosas grullas, el doble de grandes que las nuestras. Avanzando más, llegaron a unas casitas junto a los montes, donde hallaron a un solo indio, a quien condujeron ante el Almirante. Este, con señas de las manos y de la cabeza, indicó que más allá de aquellos montes había lugares muy poblados. Los cristianos permanecieron allí algunos días, y pronto llegaron en barcas muchos naturales que, con gestos amistosos, los saludaron, aunque no se entendían por la lengua, pues ni siquiera el indio que servía de intérprete al Almirante comprendía su habla.

De este modo quedó manifiesto que entre los indios había gran variedad de lenguas. No obstante, por aquellas señas se entendió que en aquellas tierras había un potentísimo cacique, el cual se vestía al modo de los cristianos.

Toda aquella costa era pantanosa y poblada de árboles. Al buscar agua, los nuestros hallaron ostras en las que se formaban perlas, encontrando incluso algunas ya dentro de ellas. Sin embargo, no les pareció oportuno detenerse mucho tiempo, pues su principal objetivo no era otro que descubrir cuanta más tierra fuese posible, conforme lo tenían mandado por los Reyes, temiendo que el monarca de Portugal los precediese, ya que, enterado de los descubrimientos de Colón, había enviado hombres con la costumbre de reclamar como suyas las tierras que primero se descubriesen.

Partieron, pues, de aquel lugar, y siguiendo la navegación vieron a lo largo de toda la costa grandes fuegos en gran número. Había tantos montículos que ninguno, por pequeño que fuese, carecía del suyo. Aquellos fuegos se extendían a lo largo de unas ochenta millas, sin que los nuestros pudiesen discernir la causa: si se trataba de hogueras ordinarias encendidas junto a las casas para sus necesidades, o de señales dadas a los vecinos para reunirse, como se hace en tiempo de guerra, o quizá de convocatorias al pueblo para presenciar las naves, cosa jamás vista por ellos.

Los litorales de aquella costa, cuanto más avanzaban, tanto más se adentraban en golfos y ensenadas, hallando el mar sembrado de islas.

En el viaje de regreso, el Almirante llegó a una zona de mar llena de tortugas marinas enormes, cosa que ya le había sido advertida por un anciano indio de gran autoridad. Las naves, maltratadas por el largo viaje y faltas de bizcocho, lo movieron a decidir el retorno, y llamó a aquella última parte de costa, que juzgó ser tierra firme, Evangelista.

En su vuelta, al pasar cerca de otras islas, llegaron a un mar tan lleno de tortugas —además de peces y aves tan grandes que a veces impedían el avance de las naves— que fue necesario detenerse. Atravesaron también algunos remolinos de agua blanca y espumosa, semejantes a los descritos antes, y finalmente, por las bajuras de las islas, se vieron obligados a desembarcar en tierra firme.

Allí acudieron muchos indios trayendo presentes: papagayos, conejos, pan y agua; otros les ofrecieron palomas mayores que las nuestras y de sabor más suave incluso que las perdices. Mientras cenaban, percibieron en la carne de aquellas aves un olor aromático, por lo que el Almirante ordenó que se abriera el buche de una de ellas: lo hallaron lleno de flores fragantes que daban aquel particular sabor a la carne.

A la mañana siguiente, como era costumbre, el Almirante mandó celebrar misa. Durante ella se presentó un anciano de unos ochenta años, de grave y respetuoso aspecto, acompañado de muchos indios desnudos, salvo en las partes pudendas. Admirado, permaneció atento a toda la ceremonia y, concluida esta, ofreció al Almirante un canasto lleno de frutos de la tierra. El Almirante lo recibió con gran agrado y lo hizo sentar junto a sí.

Por medio del intérprete —un indio familiar del Almirante que entendía aquella lengua— el anciano habló de este modo:

—Hemos sabido que con gran osadía has recorrido todas estas tierras hasta llegar a nuestros pueblos. Por ello te ofrezco consuelo y ruego que, ya que has sembrado tanto temor entre los nuestros, no causes daño alguno. Pues nosotros creemos que, cuando las almas salen del cuerpo, siguen dos caminos: uno oscuro y tenebroso, destinado a quienes han sido dañinos a la humanidad; y otro claro y luminoso, reservado a los que amaron la paz y la quietud. Siendo tú mortal y esperando el premio de tus obras, no quieras ser motivo de daño para nadie.

El Almirante quedó asombrado del juicio de aquel anciano, pues hablaba con certeza de cosas que él mismo creía acerca de las almas, aunque no esperaba oírlas en boca de los habitantes de aquellas regiones. Le respondió que su misión, dada por los Reyes Católicos, era pacificar las nuevas tierras, destruyendo a los caníbales y hombres perversos de la zona, castigándolos según sus crímenes, y honrando y defendiendo a los hombres de paz y de buena voluntad. Que ni él ni ninguno de los suyos causarían daño, y que si alguien les ofendía, le dieran aviso para poner el remedio.

Estas palabras agradaron mucho al anciano, tanto que, a pesar de su edad, declaró estar dispuesto a seguir al Almirante a donde fuera. Y lo habría hecho, de no impedírselo su mujer y sus hijos, entre lágrimas. Aún más se maravilló al saber por el intérprete que el Almirante servía a un señor superior, y todavía más al conocer el poder de los Reyes Católicos, con sus vastos reinos y ciudades bajo su imperio. Preguntó repetidas veces si aquella tierra de donde procedían hombres tan grandes y poderosos era acaso el cielo mismo.

El Almirante quiso informarse de algunas particularidades de aquel país y, por medio del intérprete, entendió que los ancianos no tenían entre sí señor alguno en particular, sino que vivían en comunidad, siendo ellos quienes gobernaban. Su número era grande y adoraban al Sol de la siguiente manera: al amanecer, antes de que apareciera por Oriente, acudían a la orilla del mar, de un río o de las fuentes, y cuando surgían los primeros rayos, se lavaban manos y rostro, y le rendían reverencia.
Después, los ancianos se reunían bajo la sombra de altísimos y frondosos árboles, no muy lejos de sus moradas, donde permanecían conversando y ociosos, mientras que los jóvenes se ocupaban de las labores necesarias, como sembrar y cosechar maíz, yuca y otros frutos de la tierra, según el tiempo. Cada uno podía servirse de lo que quisiera, aun de lo sembrado por otro, porque la tierra producía en tal abundancia que bastaba para todos, y porque tenían la creencia de que la tierra y lo que de ella nacía debían ser comunes, al igual que el sol y el agua.
Por ello nunca entre ellos se oía decir: “esto es mío” o “esto es tuyo”; no había linderos, cercas ni divisiones, sino que vivían en comunidad de cuanto la naturaleza producía, sin necesidad de leyes ni juicios, observando de manera natural lo que era justo. La principal enseñanza de los ancianos consistía en inculcar a los jóvenes que, en lo referente a los alimentos y demás necesidades para la vida, se conformaran con usar pocas cosas, y solamente aquellas que producía su tierra.
Por esta razón no permitían la entrada de extranjeros que trajeran novedades ni toleraban que los suyos abandonasen el país para comerciar con forasteros, por temor a que, con la adopción de costumbres ajenas, se volvieran corrompidos. Frecuentemente, hombres y mujeres se reunían bajo altísimas arboledas, donde danzaban a su manera y se entretenían.

En aquellos días, el Almirante sufrió una grave enfermedad, y, mientras tanto, Ojeda, emboscado, capturó a un cacique de Caunaboa que había tramado asesinarlo. Se edificó otra fortaleza, y por diversas causas se desvió del camino inicial. Hallaron en los bosques algunos palos de Brasil y obligaron a los caciques del país a tributar con lo que poseían.

Concluidas estas gestiones, el Almirante partió de aquel lugar y llegó nuevamente a la isla de Jamaica, recorriéndola entera de Poniente a Levante. Desde su extremo oriental, mirando hacia el norte, distinguió montes elevados que reconoció como parte de la isla Española, en la región que aún no había explorado. Deseando verla, navegó hacia allí y arribó al puerto llamado San Nicolás, con ánimo de reparar las naves y emprender campaña contra los caníbales, incendiando sus embarcaciones. Pero no pudo ejecutar tal empresa, pues, abatido por enfermedades y fatigas del viaje, se vio obligado a ser conducido a la ciudad de La Isabela, donde estaban dos de sus hermanos.

Allí, restablecida su salud, tampoco pudo cumplir lo propuesto debido a las muchas disensiones surgidas entre los mismos españoles en la isla. Entre otras cosas, halló que Pedro Margarite, caballero de la corte de los Reyes Católicos, junto con otros a quienes había confiado el gobierno, se habían rebelado contra él y regresado a España. Temiendo que hablaran mal de su persona ante los Reyes, consideró necesario ir también a la corte para pedir refuerzos en hombres y víveres, como trigo y vino, pues a los españoles se les hacía difícil habituarse a los alimentos de los indios.

Antes de partir, procuró reconciliarse con algunos señores naturales que también se habían airado contra los españoles, a causa de sus insolencias, hurtos, violencias y homicidios cometidos sin respeto alguno. En primer lugar, concertó amistad con el cacique Guarionex, y para asegurar mejor aquella alianza, dio por esposa a la hermana del cacique a su intérprete indio llamado Diego Colón, que vivía en su corte.

Después fue contra el cacique Caonabo, señor de los montes del Cibao —la región donde se cavaba el oro—, donde se había levantado la fortaleza llamada San Tomé. El Almirante dejó allí a Ojeda con cincuenta hombres armados, pero la fortaleza fue sitiada durante treinta días por el cacique, hasta que Ojeda logró liberarla. Y porque Caonabo, en su ausencia, había dado muerte a muchos de los nuestros, el Almirante buscó por todos los medios prenderlo. Con astucia, Ojeda lo engañó para que creyera que iba a parlamentar, y al llegar, lo tomó preso con una emboscada, llevándolo a pie ante el Almirante.

Hecho prisionero Caonabo, el Almirante proyectó recorrer toda la isla y someter a los señores naturales. Pero pronto supo que por todas partes morían los indios de hambre, calculándose ya en unos cincuenta mil los muertos. Y todo esto se debía a su propio designio: pues para que los cristianos padecieran y se vieran forzados a abandonar la isla, no habían querido sembrar ni plantar las raíces que producían el pan con que se alimentaban. Más aún, arrancaron lo que había sido sembrado, especialmente en la región del Cibao, donde se sacaba el oro, sabiendo que era la principal razón por la que los nuestros permanecían en la isla.

Con ello se causó un hambre gravísima; pero el mal recayó sobre todo en ellos, porque nuestros hombres fueron socorridos con provisiones por el cacique Guarionex, cuya comarca no sufría tanta necesidad. Por esta causa, el Almirante desistió de su primera intención. Y para que los suyos se concentraran en un solo lugar, donde pudieran resistir mejor a los ataques de los isleños, entre la ciudad de La Isabela y la fortaleza de San Tomé, edificó en una colina abundante en aguas y cercana a las tierras de Guarionex, otra fortaleza, a la que puso por nombre La Concepción.

Al ver los naturales que los cristianos cada día levantaban nuevas fortalezas, y considerando poco el estado de las naves, que ya estaban casi podridas, comenzaron a angustiarse grandemente, convencidos de que perderían del todo su libertad. Llenos de dolor preguntaban con frecuencia si los nuestros alguna vez se marcharían de la isla; y para no empujarlos a la desesperación, los españoles procuraban consolarlos lo mejor que podían.

En una de estas correrías por los montes del Cibao, un cacique les presentó un pedazo de oro en forma de lingote, que pesaba veinte onzas. Esta pieza fue enviada a España, donde se mostró en Medina del Campo ante toda la corte. En esos montes hallaron también muchos bosques de árboles de brasil, cuya madera cargaron en abundancia para llevarla a Castilla. Estas cosas, cuando eran vistas por los indios, les causaban grandísima molestia.

El Almirante, viendo a los isleños afligidos y trabajados, tanto por lo ya dicho como por las rapiñas de los nuestros, que no podía contener, pues por toda la isla hacían infinitos males, mandó convocar a todos los caciques del país. Con ellos llegó al acuerdo de que no permitiría que los suyos anduviesen libremente por la isla —pues bajo pretexto de buscar oro, saqueaban todo lo demás—, y los caciques, en respuesta, se obligaron a pagar tributo con lo que tuvieran, cierta porción por persona.

Los habitantes de los montes del Cibao se comprometieron a entregar cada tres lunas una medida de oro hasta la ciudad; los de las llanuras, donde nacía el algodón y otros productos de comercio, a dar cierta cantidad de estos. Pero aquel acuerdo pronto se quebró por causa del hambre: pues, faltando las raíces con que se hacía el pan, los indios pasaban todo el día buscando en los bosques raíces y frutos silvestres, sin tiempo para extraer oro. Algunos cumplieron en parte, llevando lo que pudieron, y excusándose del resto, prometían que, en cuanto pudieran rehacerse, pagarían el doble. Pero los habitantes del Cibao, más oprimidos que los demás por la escasez, no pudieron cumplir su obligación.

De qué modo los indios de Caunaboa se prepararon para combatir contra los cristianos, cómo fueron dispersados y vencidos, y cómo se hallaron minas de oro cerca de las cuales el gobernador, hermano del Almirante, edificó una fortaleza.

Volvamos ahora a Caunaboa, prisionero, quien día y noche pensaba en cómo poder escapar. Para lograrlo, comenzó a persuadir al Almirante diciéndole que, habiendo él tomado bajo su defensa los montes de Cibao, debía enviar allá algún presidio de cristianos, pues aquellos lugares sufrían continuamente los ataques de sus enemigos vecinos. Todo esto lo hacía con el propósito de que, hallándose su hermano con muchos indios de guerra en aquella provincia, tal vez, por la fuerza o mediante engaños, pudiesen prender a algunos de los nuestros y con ellos negociar su rescate.

El Almirante, advertido del engaño, envió a Hojeda con tal compañía que le permitiese ser superior a los de Cibao, en caso de que se armasen contra él. Apenas llegó Hojeda al país de Caunaboa, el hermano, según el acuerdo previo, reunió cerca de cinco mil indios armados a su modo: desnudos, con arcos y flechas sin hierro, pero con puntas de piedra agudísima, además de mazas y lanzas. Con algún conocimiento del modo indígena de combatir, los dispuso en cinco escuadrones, ordenados en forma de semicírculo, cada uno asignado a su lugar a igual distancia, el suyo mismo frente a los nuestros. Dio luego la señal para que todos, a un tiempo, se movieran al combate, lanzando grandes gritos y cerrando sobre los cristianos, de modo que, rodeados, ninguno pudiera escapar.

Nuestros hombres, viendo aquello, juzgaron mejor atacar a un solo escuadrón que enfrentarlos a todos. Así cargaron con ímpetu contra el mayor, que venía por el llano, donde podían mejor emplearse los caballos. Fue tal el arremetimiento, que los indios desnudos no pudieron resistir la furia de la caballería; rotos y maltratados, huyeron en fuga desordenada. Los otros, espantados al ver destruido al primer escuadrón, se retiraron con presteza a los altos montes, de donde enviaron embajadores a los nuestros, prometiendo obedecer cuanto se les mandara, si se les concedía permanecer en sus casas. Fácilmente lo obtuvieron, pues los cristianos tenían en sus manos al hermano de Caunaboa. Ambos, el Cacique y su hermano, fueron llevados prisioneros a España para presentarlos a los Reyes Católicos, pero en el viaje murieron de dolor y pesar.

Después de esto, quedaron sosegados todos los habitantes de los montes de Cibao, región donde moraba el cacique Caunaboa, llamada Gagona, abundante en ríos que arrastran oro y en fuentes de aguas saludables, en un valle fertilísimo.

Aconteció en el mes de junio que, sobre aquella provincia, se levantó desde el levante, a la hora casi del mediodía, una tempestad furiosísima. Impulsaba una multitud de densas nubes, extendidas en un espacio de diez millas en todo sentido, que al chocar con otro viento poderoso venido de poniente, trabaron entre sí combate espantoso. A veces parecía que las nubes se desgarraban, lanzando al cielo relámpagos fulgurantes y truenos atronadores; otras, que descendían a la tierra, levantando cuanto hallaban a su paso. Tan grande era la oscuridad, que los hombres no podían verse unos a otros, como si fuese medianoche.

Donde pasaba aquel ímpetu, no sólo arrancaba de raíz todos los árboles, sino que hasta los más robustos, que parecían más resistentes, eran con mayor violencia arrancados y llevados por el aire. Las piedras caían de las cumbres de los montes con increíble ruina. De esto nacía tal estruendo en el aire y en la tierra, que todos creían llegado el fin del mundo, sin saber adónde huir, pues la muerte se mostraba por doquier. Las casas no ofrecían seguridad, habiéndose visto muchas derribadas por las rocas y troncos arrastrados, y aun algunas llevadas por los aires con sus moradores, que sólo se salvaron los que alcanzaron a refugiarse en las cavernas.

El huracán llegó al puerto donde estaban tres naves del Almirante, bien ancladas y aseguradas con fuertes amarras. Mas las rompió y, dándoles tres vueltas, las echó a pique con los hombres que en ellas se hallaban. El mar, que en aquellas regiones suele permanecer siempre en su nivel sin crecer ni menguar como en España, se levantó de tal modo que anegó las llanuras de la isla en tres o cuatro millas a la redonda.

Los indios, cuando cesó el viento, que había durado tres horas, y apareció el sol, quedaron atónitos, mirándose unos a otros sin poder hablar, pues en sus ánimos persistía aún el horror. Pasado algún tiempo, decían que jamás, ni en sus días ni en los de sus antepasados, había ocurrido huracán semejante, y pensaban que Dios, viendo tantas maldades y crímenes cometidos por los cristianos en la isla, los había castigado con tan gran ruina. Decían además que aquella gente había venido para alterar el aire, el agua y la tierra, y perturbar su tranquila manera de vivir.

El Almirante, llegado al puerto y viendo rotas sus naves, resolvió partir a España. Mandó fabricar de inmediato dos carabelas, pues traía consigo maestros muy diestros en todos los oficios. Mientras se construían, envió a su hermano Bartolomé Colón, gobernador de la isla, con algunos hombres bien armados a las minas de donde se extraía oro, situadas a sesenta leguas de la fortaleza de La Isabela, para examinar plenamente la naturaleza de aquellos lugares.

El gobernador halló allí excavaciones profundísimas, como pozos. Los maestros de minas que llevaba consigo, cribando la tierra en diversos parajes —que se extendían por unas seis millas—, juzgaron que contenían tanta cantidad de oro que cualquiera de ellos podía sacar cada día, sin dificultad, tres ducados de oro. De ello dio noticia al Almirante, el cual, comprendiendo la riqueza del hallazgo, decidió regresar a España. Partió, pues, el 11 de marzo de 1495.

Ausente el Almirante, su hermano el gobernador, siguiendo su consejo, edificó junto a las minas una fortaleza que llamó “la Fortaleza del Oro”, porque al mezclar tierra con agua para levantar los muros se hallaba oro entre ella. Consumió dos meses en hacer instrumentos y vasijas para lavar el metal; mas la escasez de víveres y otras dificultades obligaron a dejar la obra imperfecta. Dejó allí en guardia a diez hombres, con la parte de pan que pudo recoger de la isla, y un perro para cazar ciertos animales que los indios llaman utías; luego regresó a La Concepción, en el mes en que los caciques Guarionex y Manicatex debían pagar tributo. Estando allí todo junio, cobró de ellos íntegramente el tributo y, además, muchas cosas necesarias para sustento de los cuatrocientos hombres que tenía consigo.

Hacia el primer día de julio llegaron tres carabelas de España con trigo, aceite, vino, carne de cerdo y de vaca salada. Todo fue repartido, y cada cual recibió su porción. Estas carabelas traían comisión de los Reyes para el gobernador y para el Almirante, ordenando que se habitase la parte de la isla situada al mediodía, pues quedaba más cercana a las minas de oro. Asimismo se mandaba enviar a España prisioneros a todos los caciques que hubiesen dado muerte a cristianos. El gobernador, en cumplimiento, despachó trescientos indios con algunos señores.

Después de recorrer toda la parte meridional de la isla, eligió un lugar para poblar en lo alto de un cerro junto a un puerto muy seguro, donde edificó una fortaleza a la que llamó “San Domingo”, porque llegó a aquel sitio un día domingo. Al pie del cerro corría un hermoso río de aguas claras, abundantísimo en diversas especies de peces, rodeado de tierras fértiles y amenas, llenas de hierbas, árboles frutales y frutos de toda clase. Decíase que aquella región no era menos fértil que la provincia donde estaba la fortaleza de La Isabela.

De allí partió el gobernador, dejando a los enfermos con algunos maestros que habían comenzado a fabricar dos carabelas, y a los demás los trasladó a San Domingo. Construida esta fortaleza, que más tarde se convirtió en la principal ciudad de la isla, dejó en ella veinte hombres de guardia y, con el resto, emprendió viaje para reconocer la parte occidental, de la cual nada sabía. Marchó treinta leguas y halló el río Naiba, que nace en los montes de Cibao y corre de sur a norte, atravesando la isla.

Pasado este río, envió dos capitanes con gente hacia la izquierda, a las tierras de algunos caciques que poseían grandes bosques de brasil. Cortaron allí gran cantidad y lo almacenaron en casas de los isleños hasta que pudiera cargarse en las naves. El gobernador, avanzando a la derecha del río, no muy lejos, encontró a un cacique poderoso llamado Beuchío Anacaona, que estaba en campaña con mucha gente para someter a los pueblos de aquella comarca.

Este señor gobernaba la provincia de Xaragua, situada al extremo occidental de la isla, a treinta leguas del Naiba. Era tierra montuosa y áspera, cuyos caciques le obedecían todos. Desde el Naiba hasta los confines de Xaragua no se encontraba oro.

Viendo a los nuestros llegar, Beuchío depuso las armas, dio señales de paz y salió al encuentro del gobernador, preguntando qué buscaban. Éste le respondió que debía, como los demás caciques de la isla, pagar tributo al Almirante en nombre de los Reyes Católicos. Admirado, Beuchío dijo que era imposible, pues en todo su señorío no se hallaba un solo grano de oro. Entonces, conociendo el gobernador la verdad, y sabiendo que abundaba en algodón y cáñamo, convinieron que de ello pagaría tributo.

Acordado el tributo, el Cacique condujo a los nuestros a su corte, donde fueron recibidos con grandes honores y fiestas. Entre los espectáculos ofrecidos hubo dos que llamaron especialmente la atención. El primero consistió en la aparición de treinta jóvenes esposas del Cacique, desnudas por completo, salvo aquellas con quienes él compartía el lecho, que cubrían sus partes pudorosas con lienzos de algodón, según su costumbre. Las doncellas, todas desnudas, de bellísima figura y color moreno oliváceo, llevaban el cabello suelto sobre los hombros, la frente ceñida con una cinta, y en las manos ramas de palma. Avanzaban al encuentro del gobernador entre cantos, danzas y diversos sones; luego, de rodillas, le rindieron reverencia y le ofrecieron las palmas.

Tras esta ceremonia, se les sirvió una cena espléndida al modo de aquella tierra, y más tarde se les dio alojamiento en camas de cuerdas suspendidas, como ya se ha referido en otras ocasiones.

Al día siguiente, fueron conducidos a una gran casa donde los indios celebraron numerosos juegos y danzas propias de su tierra, muy distintas de las nuestras. Después se presentaron dos escuadras de hombres armados, que combatieron en una llanura con tal fiereza —a lanzas, flechas y otras armas— que parecía tratarse de enemigos mortales luchando por sus esposas e hijos. En poco tiempo cayeron cuatro muertos y muchos resultaron heridos, y la contienda habría continuado con mayores daños si el Cacique, a ruego de los nuestros, no hubiese dado la señal de poner fin a la lucha.

El día siguiente, al disponerse el gobernador a partir, concertó con el Cacique que, para que sus gentes pudieran pagar más fácilmente el tributo impuesto, sembrarían junto a las riberas de los ríos. Luego se dirigió a la fortaleza de La Isabela, donde había dejado a los enfermos y a las naves en construcción, hallando que de ellos habían muerto ya trescientos a causa de diversas dolencias. Esto le causó gran disgusto, al igual que la falta de nuevas provisiones desde España, tan necesarias para la subsistencia.

Determinó entonces repartir a los enfermos por los castillos que se habían levantado en la isla, entre La Isabela y Santo Domingo, en la ruta que va de sur a norte, esperando que con el cambio de aires pudieran sanar. Dichos castillos eran: la fortaleza de Esperanza, a treinta y seis millas de La Isabela; desde allí, a veinticuatro millas, la de Santa Catalina; veinte millas más adelante, San Jacobo; y otras veinte millas después, La Concepción, asentada al pie de los montes Cibao, en una fértil llanura densamente poblada. Entre La Concepción y Santo Domingo había otra, llamada Bonavo, por el Cacique de aquellos contornos.

Distribuidos los enfermos en estas fortalezas, el gobernador se encaminó a Santo Domingo, cobrando tributos en su viaje. Al poco tiempo, llegaron a sus oídos noticias inquietantes: los Caciques cercanos a La Concepción, descontentos por los malos tratos de los nuestros, deseaban rebelarse. Al frente de ellos habían puesto casi por la fuerza a Guarionex, elegido como señor de la empresa, aunque él temía enfrentarse de nuevo a las armas de los españoles, que ya conocía. Con todo, los indios se aprestaban a reunir quince mil hombres para el combate.

Advertido el gobernador, se consultó con el capitán de la fortaleza y otros oficiales, y se resolvió acometer a los indios por separado, antes de que pudieran juntarse. Así se hizo: varios capitanes marcharon sobre las aldeas, que carecían de defensa, y hallando a sus habitantes desprevenidos y desarmados, los apresaron y condujeron atados al gobernador. Éste, a su vez, se dirigió contra Guarionex, a quien también tomó prisionero. En total fueron capturados catorce Caciques, de los cuales sólo dos fueron castigados; los demás fueron liberados, incluido Guarionex, para evitar que los pueblos se atemorizaran y abandonaran el cultivo de la tierra, lo cual habría sido funesto para los nuestros.

De hecho, cada Cacique había reunido en torno a cinco mil indios armados, cuyo clamor hacía temblar la tierra. El gobernador, para contenerlos, colmó de presentes a Guarionex y a los demás, y con promesas y amenazas los exhortó a no volver a tramar nada contra los Reyes Católicos. Guarionex, entonces, habló a su gente mostrándoles tanto el poder de los españoles como su clemencia y liberalidad hacia los fieles, rogándoles que se tranquilizaran y no emprendieran acciones hostiles. Los indios, obedeciendo, alzaron a Guarionex sobre sus hombros y lo llevaron hasta su casa. Así quedó aquella provincia en paz durante algunos días.

Con todo, los nuestros sufrían grandes fatigas: se hallaban en tierras extrañas, desamparados, pues habían pasado ya quince meses desde la partida del Almirante, y carecían de casi todo lo necesario para el sustento y el vestido. El gobernador, aunque desalentado, hacía cuanto podía para confortarlos.

De las excelentes condiciones de Anacaona, viuda del Cacique Caonabo, y de cómo recibió al gobernador

Mientras permanecían en aquella comarca, llegaron mensajeros del Cacique Beuchío Anacaona, señor de Xaraguá, quien hizo saber al gobernador que tenía preparado el tributo de algodón y otras cosas debidas. El gobernador, satisfecho con esta noticia, emprendió con gusto el camino para encontrarse con él.

En la casa de aquel Cacique vivía su hermana Anacaona, cuyo nombre en nuestra lengua significa Flor de Oro. Había sido esposa de Caonabo, capturado tiempo atrás por los nuestros. Era considerada la mujer más bella de la isla Española y, además de su hermosura, destacaba por su ingenio y amabilidad, cualidades que le daban tal autoridad que gobernaba casi todo el estado de su hermano. Tras la muerte de su marido había regresado junto a Beuchío, y sabiendo lo ocurrido a Caonabo, persuadió a su hermano para que tratase con honor a los cristianos y no cometiera error semejante.

Enterados de la llegada del gobernador, Beuchío y Anacaona salieron a recibirlo con gran acompañamiento. Primero marchaban hombres y mujeres bailando y cantando; luego venía el Cacique, desnudo salvo en las partes pudorosas, llevado en andas por seis indios; tras él, Anacaona, también transportada en igual modo, desnuda de cuerpo entero, pero pintada con flores rojas y blancas, cubiertas sus partes con un delicadísimo lienzo de algodón multicolor. Llevaba en la cabeza, el cuello y los brazos guirnaldas de flores aromáticas, y en su porte, según se dice, mostraba majestad de señora.

Al encontrar al gobernador, ambos fueron descendidos de los hombros de los que los portaban, le hicieron reverencia y lo acompañaron hasta la casa donde se hallaban reunidos los tributos de treinta Caciques. Además de lo que debían, habían traído diversos presentes para congraciarse con los cristianos: panes de maíz, yuca, pescados de varias especies asados para que no se echaran a perder, y ciertos animales de la isla llamados yuana, grandes y de aspecto espantoso, con cuatro pies, espinas desde la cabeza hasta la cola y dientes agudísimos. Los indios los comían y los tenían por manjar de señores, aunque los cristianos, habiéndolos visto otras veces, siempre habían sentido repugnancia de probarlos por lo feo de su aspecto.

Al caer la tarde se preparó una cena riquísima y abundante. El gobernador se sentó en mesa aparte junto con el Cacique y Anacaona. La mesa consistía en una tela de algodón de varios colores extendida en el suelo; alrededor, se sentaban sobre montículos de hojas de árbol, redondas y aromáticas como cojines. Cada vez que los sirvientes traían un nuevo plato, traían también un manojo de hojas para que se limpiaran con ellas las manos.

Anacaona, delicadísima y hermosa según la costumbre de su tierra, miraba al gobernador con gran afecto, pareciéndole el hombre más apuesto que hubiese visto jamás. Ingeniosa y agradable, conversaba por medio de intérpretes y entre otras cosas le dijo que estaba convencida de que la belleza de los cristianos superaba la de cualquier otro pueblo, pues en tal tierra nacían hombres tan bien parecidos. Y lo rogaba que le dijese por qué, dejando una cosa tan bella, buscaban lo feo como —decía ella— eran sus mujeres.

Cuando sirvieron aquellos animales asados, ella tomó un trozo de la cola y lo ofreció al gobernador con alegre semblante, rogándole que lo probara por amor suyo. El gobernador, vencido por su gracia, aceptó contra su voluntad, y esforzándose lo probó con los labios. No le desagradó el sabor, y la suavidad y excelencia de aquella carne le resultaron tan notables que después no quiso comer otra cosa que yuana. Viendo esto, los demás españoles, uno tras otro, comenzaron también a probarlos y pronto no hablaban de otra cosa que de la bondad de aquella carne, que juzgaban superior a la de pavos, faisanes y perdices.

Deseando conocer el modo de su preparación, el gobernador lo mandó explicar, y supo que se hacía así: una vez cazados, se les abría, se les extraían las entrañas, y con gran diligencia se lavaban por dentro y se les quitaban las escamas. Luego se colocaban en un gran vaso de barro en forma de concha, con un poco de agua y cierto ají de la tierra; se ponía al fuego lentamente, usando leña de un árbol aromático que no producía humo. Como eran animales grasos, soltaban un caldo espeso y delicadísimo.

Se decía además que los huevos de esos reptiles, una vez cocidos, resultaban suavísimos y constituían un alimento que podía conservarse por muchos días. Con estas y otras palabras semejantes, el gobernador y sus acompañantes fueron conducidos a descansar en una cámara donde habían dispuesto camas de cuerdas de algodón, suspendidas al modo de los naturales. En torno y debajo de la del gobernador, la gentil Anacaona había mandado colocar guirnaldas de flores variadas, que mezcladas despedían un suavísimo olor. Cuando lo vio despojado y recostado en su lecho, ella se retiró a dormir en otro aposento, acompañada de sus esclavas indias.

Volviendo a nuestro propósito: cuando el gobernador hubo recibido una casa de algodón como tributo, el cacique, junto con los demás, le ofreció tanto pan de su tierra como él deseara; éste, aceptada la dádiva, les dio las gracias. Y mientras se elaboraba el pan, envió mensajeros a la fortaleza de La Isabela, con la orden de traer hacia aquellas tierras una de las carabelas que allí había dejado en construcción, e hizo saber a los de la guarnición que la mandaría de regreso cargada de bastimentos.

La carabela fue conducida hasta el puerto de Xaragua, y al tener noticia de ello, Anacaona quiso ir a verla con su hermano. En el trayecto pasaron una noche en un poblado donde guardaba sus tesoros: no eran de oro ni plata, sino objetos necesarios para la vida, como platos, escudillas y cántaros de madera negrísima, brillante y maravillosamente pintada con figuras de animales, serpientes, flores y otras semejantes. De estos vasos obsequió sesenta al gobernador, junto con catorce asientos del mismo material y con igual primor pintados. También le entregó cuatro grandes madejas de algodón finísimo y de diversos colores, para hacer telas.

Al día siguiente llegaron a un poblado cercano al puerto. El gobernador mandó preparar un brigantín; el cacique hizo traer dos canoas pintadas con varios colores, una para sus familiares y otra para Anacaona y sus esclavas. Ella, sin embargo, deseando no apartar los ojos del gobernador, quiso subir sola con él al brigantín, mientras sus siervas la seguían en la canoa.

Una vez cerca de la carabela, el gobernador hizo seña y fueron disparadas todas las piezas de artillería. El estrépito fue tan grande que resonó por el mar y los montes cercanos, con fuego y humo que subían al aire. Anacaona, atónita y fuera de sí, cayó desmayada en brazos del gobernador, y lo mismo hicieron otros, espantados y creyendo que llegaba el fin del mundo. Él, sonriendo, los tranquilizó, y cuando cesó el estrépito, comenzaron a sonar trompetas, pífanos y tambores, lo cual dio gran contento a los indios.

El gobernador hizo luego que Anacaona subiera a la nave, mostrándole todas sus partes con particular detalle. Tras ella entró también el cacique con los suyos, quienes, admirados, no hacían más que mirarse unos a otros. Después, ordenó levar anclas y alzar velas al viento, lo que fue para ellos aún mayor maravilla: ver tan gran máquina moverse sin remos ni esfuerzo humano, y avanzar tanto hacia adelante como hacia atrás.

Finalmente, cargada la nave de pan de yuca y maíz, despidió al cacique y a su hermana, después de haberles entregado muchos presentes de los que traían los cristianos. Anacaona mostró en su semblante gran dolor por aquella partida y rogó al gobernador que permaneciese aún algunos días, o al menos que le permitiese seguirlo. Él le respondió con muchas palabras halagüeñas, prometiéndole volver en otra ocasión.

Despachada la nave en su viaje, el gobernador emprendió camino por tierra con sus soldados hacia la fortaleza de La Isabela. Allí halló a un tal Roldán, hombre de baja condición, criado del Almirante, quien lo había dejado como presidente de la justicia. Mas era de ánimo perverso y se hallaba por la isla robando, y por su causa, junto con otros dejados al resguardo de la fortaleza, el cacique Guarionex no había podido tolerar sus malos tratos e insolencias. Huyendo de ellos, se refugió con los suyos en ciertos montes apartados de La Isabela, a unas diez leguas hacia el poniente, en un paraje de la sierra de Tramontana.

Los habitantes de aquellos montes, llamados Ciguayos, vivían en tierras ásperas y de difícil acceso, formadas por la naturaleza como un círculo que llegaba hasta el mar, con dos puntas semejantes a cuernos. En medio había una llanura por donde descendían ríos de aguas clarísimas y abundantes hacia el mar. De ellos se decía que tenían origen caníbal, pues cuando descendían a guerrear a la llanura, devoraban a cuantos enemigos capturaban.

Guarionex se refugió en la fortaleza de un cacique llamado Capron, llevándole grandes presentes de frutos de la tierra y quejándose de los muchos agravios recibidos de los nuestros, pues nunca había logrado, con humildad ni con buenas palabras, alcanzar paz con ellos. Por ello suplicaba que lo ayudara y defendiera de la furia de tan perversos hombres.

Maiabonexio lo recibió con grandes muestras de afecto, prometiéndole toda la ayuda posible contra los cristianos. Encontrando, pues, las cosas dispuestas de tal modo, se dirigió a la fortaleza de la Concepción, cerca de la cual supo que se hallaba el mencionado Roldán, que andaba robando cuanto oro encontraba en manos de los indios y forzando a todas las mujeres que le placían.

Mandó traerlo ante sí y le preguntó la causa de semejantes excesos. Roldán, con descaro, le respondió que había oído decir que el Almirante había muerto, y que los Reyes Católicos ya no tenían cuidado alguno de los asuntos de la isla; que ellos, siguiendo su ejemplo y estando bajo su gobierno, harían lo mismo, pues estaban obligados a buscar su sustento por la isla. Añadió que pensaba tener allí tanta autoridad como el gobernador, y que por ello había decidido no obedecerle más.

Ante tales palabras, el gobernador quiso echarle mano, pero Roldán, advertido, huyó con sesenta hombres hacia el poniente, a la provincia de Xaragua, donde comenzó a hacer cuanto mal pudo: robando, forzando mujeres y matando.

Mientras tanto, las cosas de la isla estaban en gran confusión. Los Reyes Católicos habían asignado al Almirante diez carabelas para enviar bastimentos a su hermano; de estas, dos fueron despachadas inmediatamente a la Española. Llegaron, por desgracia, a la parte poniente de la isla, donde estaba Roldán con sus cómplices. Viendo la ocasión, habló con ellos y pronto los persuadió de que no obedecieran al gobernador, prometiéndoles, en lugar de las fatigas que sufrirían bajo su mando, todo género de placeres con mujeres y otros deleites que desearan, además de riquezas con el botín y el saqueo de los indios, cosa expresamente prohibida por el gobernador.

Estas promesas agradaron mucho a los tripulantes de las carabelas, quienes, de común acuerdo, se entregaron a consumir los víveres que habían traído y lo eligieron por su jefe. Y aunque sabían con certeza que el Almirante pronto habría de llegar, no por eso dejaron de cometer todo el mal que pudieron, sin temor alguno.

Por otra parte, Guarionex, entristecido, se juntaba con muchos de sus indios amigos y, con la ayuda de Maiabonexio, bajaba a menudo de los montes a las llanuras, y cuantos cristianos hallaba separados de sus compañeros o indios amigos de los nuestros, a todos los degollaba, saqueando y arruinando cuanto encontraba.

En ese tiempo, cuando las cosas de la Española estaban tan perturbadas, el Almirante partió de España con el resto de las naves que le habían sido asignadas por los Reyes Católicos. Esta vez, no siguió el camino acostumbrado, sino que tomó rumbo más al mediodía, en cuyo trayecto descubrió ciertos países y mares, de lo cual se hablará en la narración siguiente.

El Almirante Colón, el 28 de mayo de 1498, zarpó de Sanlúcar de Barrameda, no lejos de la isla de Cádiz, en la desembocadura del Guadalquivir, con ocho grandes naves muy cargadas. Torció su acostumbrado camino hacia las Canarias, temeroso de ciertos corsarios franceses que lo esperaban allí, y se desvió a la izquierda hacia la isla de Madeira. Desde allí envió cinco naves directamente a la Española, y con las tres restantes —una nave y dos carabelas— se internó a navegar hacia el mediodía, con la intención de hallar la línea equinoccial y luego volver hacia occidente para explorar la naturaleza de diversas tierras.

Navegando en esa dirección llegó a las islas Hespérides, llamadas por los portugueses islas de Cabo Verde, situadas a dos días de la costa. Son trece en número, todas deshabitadas salvo una, llamada Buenavista. En esas partes hallaron un aire malsano, y por ello navegaron más de 480 millas con calma chicha y calor abrasador, pues era el mes de junio, hasta el punto de que casi se incendiaban las naves, reventaban las duelas de las pipas, se perdía el agua y el vino, y los hombres apenas podían resistir el calor, aunque estaban aún a cinco grados del Ecuador.

Con todo, aguantaron ocho días en tan penoso trabajo, pareciéndoles siempre que las naves subían como por un alto monte hacia el cielo. El primer día el cielo estuvo sereno, pero los demás nubosos y con lluvia, y por ello más de una vez se arrepintieron de haber tomado ese camino.

Pasados los ocho días, se levantó viento de levante, que, tomándolo por popa, los llevó rumbo al poniente. Entonces hallaron mejor temperie de aire y por la noche otro aspecto de estrellas. Al tercer día se encontraron con un clima suavísimo, y finalmente, a fines de julio, divisaron desde el tope mayor tres altísimas montañas, lo cual los alegró en gran manera, pues estaban descontentos, abrasados de calor y con el agua escasa.

Finalmente, con la ayuda de Dios, arribaron a tierra; mas por estar la costa llena de bajíos no pudieron acercarse, aunque comprendieron que estaba muy habitada, pues desde las naves se veían huertos hermosísimos y prados floridos, que desde temprano en la mañana enviaban un suavísimo aroma hasta los barcos.

Más adelante hallaron un puerto excelente, aunque sin río, por lo que siguieron avanzando hasta encontrar finalmente un puerto muy alto, donde pudieron refrescarse, sacar agua y leña. Lo llamaron Punta de Arena.

No encontraron cerca del puerto ninguna población, aunque sí gran cantidad de animales semejantes a las cabras, de los cuales vieron uno muerto, muy parecido a los nuestros.
Al día siguiente divisaron una canoa con veinticuatro jóvenes, hermosos y bien armados con arcos, flechas y escudos, además de las armas habituales de los indios. Estaban desnudos, excepto las partes pudorosas, que cubrían con un paño de algodón de diversos colores. Llevaban el cabello largo y suelto, dividido en la frente casi a la manera de los nuestros.

El Almirante, para atraerlos y ganarse su confianza, mandó ofrecerles espejos de vidrio, platos y otros objetos de cobre con sonajas. Pero ellos, cuanto más eran invitados, tanto más temían ser engañados; siempre retrocedían y no apartaban los ojos de los nuestros, mirándolos con gran admiración. Viendo el Almirante que con aquellos presentes no lograba persuadirlos, ordenó que en la gavia de la nave mayor sonasen tambores, pífanos y otros instrumentos; desde abajo se cantó y se bailó, con la esperanza de que con cantos nuevos pudieran animarse a acercarse.

Pero ellos, creyendo que aquellos sonidos eran señales de guerra, soltaron los remos, empuñaron arcos y flechas, y apuntando las armas hacia los nuestros esperaban el ataque. Los marineros, a su vez, también tensaron los arcos. Poco a poco se acercaron a la barca, y los indios, confiados en la rapidez de sus remos, se arrimaron a una nave menor. Allí, el patrón de la nave les echó un sayo de paño y una gorra a uno de los principales, con lo cual pareció que deseaban descender a tierra para conversar.

Pero cuando el patrón fue a pedir permiso al Almirante, ellos, temiendo algún engaño, se alejaron remando con presteza, de modo que de aquella tierra no se obtuvo más noticia.

No muy lejos de allí encontraron una corriente de agua que corría de levante a poniente, tan veloz e impetuosa que parecía un torrente bajando desde altísimas montañas. El Almirante confesó haber sentido gran temor en aquel momento.

Avanzando un poco más hallaron una boca de mar de unas ocho millas de ancho, que parecía la entrada de un gran puerto, por donde desembocaba aquella corriente. La llamaron Bocca del Drago, y a la isla frente a ella le dieron el nombre de Margarita. Enfrente de esa corriente de agua salada venía con no menor ímpetu otra corriente de agua dulce desde tierra, que al mezclarse con la primera parecía librar un combate, con borbotones y espumas.

Entrando en aquel golfo, finalmente hallaron agua dulcísima y buena, y navegaron más de diez leguas por agua dulce. Cuanto más avanzaban hacia poniente, más dulce se volvía. Luego descubrieron un monte altísimo, cuya ladera oriental estaba llena de gatos salvajes y deshabitada por lo áspero del terreno. Aun así, descendieron a tierra, hallando muchos campos cultivados, aunque no vieron casas ni hombres.

Del otro lado del monte, hacia poniente, encontraron una inmensa llanura. Los nuestros avanzaron para ver quién la habitaba, y al llegar a la costa los indios, al ver esta nueva gente, acudieron corriendo sin temor alguno hasta las naves. Allí trabaron amistad y supieron que la tierra se llamaba Paria, que era grandísima y cuanto más se avanzaba hacia poniente, más poblada estaba.

Llevaron de allí cuatro hombres en la nave, y continuaron siguiendo la costa, cada día encontrando el aire más templado y el país más poblado y ameno. Comprendieron entonces que aquella región merecía gran consideración.

Un día, antes de la salida del sol, atraídos por la hermosura del lugar y los olores de flores y hierbas, desembarcaron y hallaron mayor número de hombres que en cualquier otra parte. De inmediato llegaron mensajeros de parte del cacique de aquellas tierras, quienes, con rostro alegre, palabras, señas y generosas ofrendas, invitaron al Almirante a descender a tierra. Este lo rehusó, pero ellos fueron a las naves con muchas canoas llenas de indios adornados en brazos y cuello con cadenas de oro y perlas.

Al preguntarles dónde recogían aquel oro y perlas, respondían con señas que las perlas se hallaban en la costa cercana, y que entre ellos no se les daba mucho valor. Tomando algunos vasos a modo de canastos, hacían entender que si los nuestros querían quedarse allí, podían llenarlos de perlas a su gusto.

Pero como el Almirante llevaba orden de transportar a La Española a los indios que llevaba consigo, difirió aquel comercio para otra ocasión. Aun así, envió dos barcas de hombres a tierra para investigar la naturaleza del país, las costumbres de sus habitantes y probar algún trueque de perlas con los naturales.

De los hábitos de aquella gente.
De un humo profundísimo y maravilloso —como señalaba Manganabo, cacique de Mesio y de Guarionex— fueron tomados, y sus pueblos vinieron a la obediencia del Almirante.

Por ciertas causas fue creado un nuevo gobernador en la isla Española, y por orden suya mandaron poner al Almirante en cadenas, junto con su hermano, y enviarlos a España.

Llegados a tierra, nuestros hombres fueron recibidos con gran afecto; acudía la gente de todas partes a verlos como a un prodigio. Entre los primeros que salieron a su encuentro se hallaban dos principales: uno anciano y otro joven, su hijo. Con ellos había gran multitud reunida en la plaza. Según su costumbre, los saludaron y los condujeron a sentarse en unos asientos hechos de una sola pieza de madera labrada con gran arte. Una vez sentados, se presentaron muchos esclavos cargados de variadas viandas, en su mayoría frutos desconocidos para nosotros, de admirable suavidad y sabor.

Tras la comida, el joven los tomó amistosamente de la mano y los llevó a una sala donde había numerosos hombres y mujeres, separados unos de otros. Eran tan blancos como los nuestros, salvo aquellos que vivían al sol, y mostraban gran mansedumbre y benignidad hacia los extranjeros. Todos andaban desnudos, salvo las partes pudendas, que cubrían con telas de algodón de diversos colores. Nadie estaba sin adornos: llevaban gruesas perlas, cadenas de oro y brazaletes.

Cuando se les preguntaba de dónde tenían aquel oro, respondían con señas que lo traían de ciertos montes, indicando con el dedo las regiones, pero advirtiendo que ningún extranjero debía ir allá, porque los hombres eran allí devorados. Nuestros hombres no podían entender con certeza si hablaban de fieras o de caníbales. De esa dificultad de lengua, ellos mostraban gran disgusto, lamentándose de no poder comunicarse ni comprenderse mutuamente.

Nuestros permanecieron en tierra hasta mediodía, y regresaron a las naves cargados de muchas sartas de perlas. El Almirante, considerando que el trigo se echaba a perder, se levantó con toda la flota, animado a volver en otra ocasión. Además, las aguas eran bajas y corrían con gran ímpetu, de modo que la nao mayor, con cualquier viento, se veía en peligro. Por ello, durante muchos días mandaban por delante una carabela más pequeña, que con su estandarte guiaba a las demás.

Así recorrieron unas doscientas o trescientas millas de aquella provincia llamada Paria, donde avistaron Cumana, Manacapana y Curiana. Creyendo que era isla, navegaron muchos días hacia poniente, y luego, volviendo hacia el norte, toparon con un río de insólita anchura y tres brazas de profundidad, que decían tener más de ciento veinte millas de boca. Poco más allá hallaron el mar cubierto de hierbas como si corriera un río, con semillas que parecían lentejas, tan espesas que impedían navegar.

El Almirante refiere que aquel lugar gozaba de gran templanza de aire, y que los días del año eran casi iguales, sin mucha variación, pues estaba apenas a cinco grados del equinoccio. Viéndose enredado en aquel gran golfo, y no hallando salida al norte, tomó con gran trabajo el rumbo recto hacia poniente, y con la ayuda de Dios llegó a la Española el 28 de agosto de 1498.

Allí encontró todo en confusión: aquel Roldán, que había sido su discípulo, con muchos otros españoles se había rebelado contra su hermano, el gobernador. Este, queriendo aplacarlos, no solo no logró pacificarlos, sino que ellos escribieron a los Reyes Católicos las mayores maledicencias posibles contra el Almirante y su hermano, acusándolos de deshonestos, cruelísimos, injustos, soberbios, envidiosos y llenos de ambición intolerable. Decían que por cualquier nimiedad hacían ahorcar o morir a los hombres, y que se comportaban como fieras sedientas de sangre, enemigos del Imperio de sus majestades. Que no buscaban otra cosa sino usurpar el señorío de la isla, negando a todos el acceso a las minas de oro, reservándoselas solo para sus allegados.

De la rebelión de los caciques y la desgracia del Almirante

El Almirante informó igualmente a los Reyes Católicos sobre la naturaleza de aquellos hombres de mala condición, declarando que no se ocupaban sino de forzar mujeres y de asesinatos. Temiendo ser castigados, se habían rebelado y recorrían la isla cometiendo violencias, robos y muertes.

Mientras se levantaban estas acusaciones, el Almirante envió a su hermano con noventa infantes y algunos jinetes para someter al cacique Guarionex, quien, aliado con los ciguayos, se había sublevado. Estos se hallaban reunidos con muchos hombres armados de arcos y flechas, desnudos, pintados de variados colores desde la cabeza hasta los pies. El gobernador se enfrentó con ellos en repetidas ocasiones, especialmente al intentar atravesar un gran río, en cuya ribera estaban apostados, hostigando con innumerables saetas.

Para sorprenderlos, el gobernador hizo pasar secretamente a algunos caballos por un lugar distante. Los indios, al ver a los nuestros por la espalda y tan de improviso, quedaron atónitos y, temiendo ser rodeados, huyeron a los montes ciguayos donde se hallaba el cacique Maiabonex. Guarionex pidió allí socorro, pero no lo obtuvo: los pueblos, al saber de la llegada del gobernador, temían ser hechos pedazos, y así los dos caciques se vieron forzados a huir a lo más espeso de las selvas, refugiándose en montañas altísimas con pocos indios.

El gobernador, llegado a Capron y enterado de la fuga de los caciques, aunque veía difícil hallarlos, resolvió no cesar hasta tenerlos en sus manos. La fortuna lo favoreció: algunos cristianos, obligados por el hambre a cazar unos animales semejantes a conejos llamados hutías, toparon por azar con dos familiares de Maiabonex que llevaban pan para su sustento. Capturados, fueron obligados a mostrar dónde se encontraba su señor. Con ellos como guías, el gobernador envió doce hombres bien armados, que dieron con el lugar. Maiabonex, creyendo que eran indios, salió a recibirlos y fue apresado con toda su familia, juntamente con Guarionex.

Así, todos los pueblos ciguayos y sus vecinos, tras la captura de los caciques, volvieron a la obediencia del Almirante.

Mientras él y su hermano trabajaban con diligencia para reducir a todos los señores y pueblos de la Española al dominio de los Reyes Católicos, llegaron a la corte las cartas de los españoles sublevados, seguidas poco después por los mismos avisos del Almirante. A esto se añadía la fama de que la isla producía grandes riquezas en oro, lo cual despertó codicia entre los cortesanos, poco habituados a verlo. Cada cual deseaba aquel gobierno, pero no se atrevían a pedirlo abiertamente por la gran reputación y favor que gozaba el Almirante. Comenzaron entonces a esparcir rumores en la corte: que el Almirante y su hermano pretendían hacerse señores de la isla y de las nuevas tierras descubiertas, que no permitían a ningún español entrar en las minas de oro y que las habían entregado a hombres de su propia confianza, enviando muy poco a Castilla y reservando lo demás para sí.

Decían también que, para asegurar aquel designio, pensaban deshacerse de todos los españoles de la isla, y que ya muchos habían muerto bajo diversos pretextos. Estas palabras, repetidas por toda la corte, hicieron tal efecto que los Reyes Católicos, al ver que no se enviaba desde la Española la cantidad de oro que se esperaba —a causa de las discordias entre los mismos españoles—, se vieron forzados a elegir un nuevo gobernador que fuera a investigar y castigar a los culpables.

Aquel gobernador partió con buen número de soldados sin que el Almirante sospechase cosa alguna. Llegado a la isla, y mientras el Almirante con su hermano acudía a recibirlo con rostro alegre, fueron de improviso apresados, despojados de todo cuanto tenían y encadenados por orden del nuevo gobernador, que los envió a España.

Aquí puede considerarse la variedad y mudanza de la fortuna: aquel que poco antes gozaba de tanto favor de los Reyes Católicos, que con su virtud e ingenio les había descubierto tan grandes señoríos y nuevos mundos —beneficio que parecía imposible de remunerar—, cayó de repente con su hermano en tan profunda miseria.

Mas cuando llegó a oídos de los Reyes la nueva de que el Almirante estaba en cadenas en Cádiz, movidos de grandísima compasión enviaron personas de su confianza para que inmediatamente lo libertaran. Fue vestido con honor y conducido a su presencia. Enterados de la verdad, mandaron castigar a los verdaderos culpables.

Viaje de Pedro Alonso Niño y descubrimiento de Curiana

Se cuenta cómo Pedro Alonso, llamado Niño, partió de España para descubrir nuevas tierras. Llegó a la provincia llamada Curiana, donde en un poblado cercano obtuvo gran cantidad de perlas a cambio de objetos de poco valor, así como noticia de la abundancia de animales de aquel lugar. También se refirió a la provincia de Cauchieta, donde se hallaba oro.

Después de que el Almirante Colón regresó a España y demostró su inocencia ante los Reyes Católicos, muchos de sus pilotos y marineros, que lo habían acompañado en aquellas navegaciones, resolvieron lanzarse por su cuenta a descubrir nuevos países. Obtenida la licencia real, con el compromiso de entregar la quinta parte de lo que hallaran, armaron a sus expensas algunas naves y se dirigieron por diferentes rumbos, con la orden de no acercarse a menos de cincuenta leguas de donde había estado el Almirante.

Entre ellos se encontraba Pedro Alonso Niño, quien, con una carabela, navegó hacia oriente y llegó a la tierra firme llamada Paria, célebre por la abundancia de perlas que Colón había ya mencionado. Siguiendo la costa por espacio de cincuenta leguas, dejó atrás las provincias de Cumaná y Manacapana hasta arribar a Curiana. Allí encontró un puerto semejante al de Cádiz, y, al entrar, halló un caserío de ocho casas.

Desembarcó y encontró unos cincuenta hombres desnudos que no eran de allí, sino de un poblado muy grande a tres millas de distancia. Con su cacique salieron a recibirlo, rogándole que fuese a sus casas. Niño, sin atreverse aún a internarse, realizó con ellos un trueque: cascabeles, agujas, espejos y cuentas de vidrio por quince onzas de perlas que llevaban al cuello y en los brazos. Al día siguiente, tras nuevas súplicas, se dirigió con su nave hasta aquel poblado.

Cuando llegó, una multitud innumerable corrió a la orilla, pidiéndole con gestos que descendiera. Niño, temeroso porque solo contaba con treinta y tres hombres, prefirió que subieran a la nave con sus propias canoas de un solo tronco, llamadas galitas. Traían consigo perlas, deseosos de los objetos que los españoles ofrecían, y en poco tiempo obtuvieron cerca de noventa y cinco libras de ellas, llamadas tenoras en su lengua, a cambio de cosas de muy poco valor.

Al cabo de veinte días, al verlos benignos, humanos y sencillos con los extranjeros, Niño se animó a descender en tierra. Fue recibido con suma cordialidad. Sus casas eran de madera cubiertas de hojas de palma. Se sustentaban principalmente de ostras de las que sacaban las perlas, abundantes en sus costas. También comían animales silvestres: venados, puercos monteses, conejos semejantes a liebres, palomas y tórtolas, todo en gran abundancia. Las mujeres criaban ocas y patos como en España. En los bosques había pavos, aunque no de plumas tan vistosas como los europeos, y faisanes en gran número. Eran arqueros muy diestros, capaces de abatir cualquier presa con sus flechas.

Durante los días que allí estuvieron, la compañía de Niño gozó de gran abundancia: podían obtener un pavo por cuatro agujas, un faisán por dos, una tórtola, un pato o una paloma por un simple rosario de vidrio. En los trueques regateaban con tanto empeño como lo hacen las mujeres en los mercados de Castilla. Los naturales iban desnudos, y preguntados por señas para qué servían las agujas, respondieron que las usaban para curarse los dientes y quitarse espinas de los pies, razón por la cual comenzaron a estimarlas mucho. Pero sobre todas las cosas preferían los cascabeles, y por conseguirlos no dejaban de ofrecer nada de lo que tenían.

Se escuchaban por las noches rugidos de animales en los espesos bosques de altísimos árboles cercanos, aunque decían que no eran dañinos, pues los hombres andaban desnudos y sin temor, armados con sus arcos y flechas, y nunca se había sabido de alguno muerto por aquellas fieras. Venados y puercos abatían cuantos se pedían, pues los mataban con gran facilidad.

No poseían bueyes, cabras ni ovejas. Su pan era hecho de raíces y de maíz semejante al de la Española. Tenían el cabello negro, grueso, algo crespo y no muy largo; conservaban los dientes muy blancos gracias a una hierba que llevaban continuamente en la boca y que mascaban hasta arrojarla.

Las mujeres se ocupaban más de la agricultura y las tareas domésticas, mientras los hombres se dedicaban a la caza, la guerra, los juegos, las fiestas y otros entretenimientos. Fabricaban pucheros, cántaros y urnas de barro, que no eran propios de su tierra, sino obtenidos por trueque en otras provincias. En aquellos lugares se celebraban ferias y mercados donde concurrían todos los pueblos vecinos, llevando en intercambio lo que abundaba en cada región.

Todos tenían gusto en adornarse con novedades y objetos extranjeros. Llevaban collares de perlas, pajarillos y animalillos de oro bien labrado, conseguidos también en el trueque con otras provincias. El oro era de la calidad del florín del Rin. Los hombres cubrían sus partes vergonzosas con una calabaza o caracol sujeto con una cuerda; las mujeres usaban lo mismo a manera de bragas, aunque rara vez, pues la mayor parte del tiempo permanecían en casa.

Preguntados aquellos hombres si, avanzando más allá, se encontraría mar o tierra firme, demostraban no saberlo. Sin embargo, por las especies de animales hallados en las tierras de Paria, podía conjeturarse que se trataba de continente, tanto más cuanto que, habiendo navegado por aquellas costas hacia poniente más de tres mil millas, nunca se había encontrado su fin.

Preguntaron después de dónde procedía aquel oro y hacia qué parte lo llevaban. Con señas respondieron que lo obtenían de una provincia llamada Cauchiete, distante de sus islas hacia occidente unas seis jornadas, indicando además que los artesanos de aquellas tierras lo labraban en forma de animales, como los que llevaban colgados al cuello. Enterado de esto, Alonso Niño resolvió partir de Curiana y dirigirse a aquel rumbo. Y el primero de noviembre de 1500 llegó a Cauchiete, donde fondeó con su nave.

Los habitantes, al ver a los nuestros, acudieron de inmediato sin mostrar temor alguno, trayendo el oro que en ese tiempo extraían de su tierra, de gran fineza y bondad. También llevaban perlas al cuello, obtenidas en Curiana a trueque de oro. Hallaron allí gatos monteses, muchos y bellos papagayos de varios colores, y en Catimama un clima suavísimo, sin frío alguno. La gente era de buena índole, vivía sin recelos y entraba en las casas de los nuestros como si fueran propias. Eran, sin embargo, muy celosos de sus mujeres, a quienes mantenían apartadas y reservadas, pues si alguna intentaba acercarse a ver las cosas de los españoles, lo hacía como si presenciara milagros.

Abundaba allí el algodón, que crecía sin cultivo, del cual confeccionaban sus vestiduras. Continuando más adelante vieron un país hermosísimo, con muchos poblados, ríos y tierras cultivadas. Mas, al querer desembarcar en uno de aquellos lugares, se presentaron de inmediato más de dos mil hombres armados a su usanza, que en modo alguno quisieron hacer paz, amistad ni pacto con los nuestros. Mostraban gran rudeza, semejando hombres casi salvajes, aunque eran bien formados, de proporciones muy correctas, morenos de color y generalmente delgados. Ante esto, Alonso Niño, satisfecho con lo hallado, decidió regresar por la misma vía por la que había venido.

Lo que luego sucedió con dicho Niño y los caníbales, navegando hacia Paria, conviene referirlo. Iban avanzando cuando, en las cercanías del lugar llamado Boca del Dragón, toparon con dieciocho canoas de caníbales que buscaban apresar hombres. Al ver la nave, se atrevieron a atacarla, rodeándola con sus arcos y flechas. Pero los españoles, disparando la artillería, los aterrorizaron de tal modo que huyeron todos. Los nuestros, con la barca armada, persiguieron a una de aquellas embarcaciones, cuyos tripulantes, arrojándose al agua, escaparon a nado, excepto uno que, no pudiendo huir, fue capturado. Hallaron dentro tres hombres atados de pies y manos, a quienes pensaban devorar. Los españoles los liberaron, entregándoles como prisionero al caníbal capturado para que tomaran venganza. Y aquellos, recordando que los caníbales habían comido a sus compañeros y que al día siguiente querían hacer lo mismo con ellos, lo golpearon con tal furia —a puños, patadas y palos— que lo dejaron casi muerto.

De los caníbales se supo que andaban por todas aquellas islas saqueando y robando. Cuando llegaban a tierra, levantaban andamios de palos que llevaban en sus barcas para dormir seguros, y desde allí salían a robar. En Curiana encontraron incluso la cabeza de un capitán caníbal colgada en una puerta, como trofeo y señal de victoria.

En la región de Paria había una provincia muy celebrada llamada Haraia, donde se producía gran cantidad de sal. El proceso era curioso: cuando los vientos empujaban con fuerza las aguas del mar hacia una gran llanura, al cesar los vientos y salir el sol, aquella agua se solidificaba en breve tiempo, convirtiéndose en sal muy blanca y en tan grande abundancia que, si se recogía antes de la lluvia, bastaba para cargar naves enteras. Pero apenas llovía, la sal se disolvía y se volvía agua. Esa sal no sólo servía para los naturales, sino que la cambiaban con sus vecinos por otras cosas de que carecían, en grandes bloques partidos.

Cuando moría alguna persona principal, la colocaban sobre una parrilla, bajo la cual encendían fuego lento hasta que se consumía la carne, quedando sólo piel y huesos, que luego guardaban con veneración. En aquel tiempo vieron dos de estos sepulcros.

El 13 de febrero partieron de aquella provincia para regresar a España con noventa y seis libras de perlas, de ocho onzas cada libra, obtenidas en trueque por cosas de poco valor. Llegaron a Galicia en sesenta días, aunque el viaje se alargó más de lo debido por las corrientes que arrastraban la nave hacia poniente.

Alonso Niño fue acusado por sus compañeros de haberse quedado con la mayor parte de las perlas adquiridas, defraudando a los Reyes Católicos de la quinta parte que les correspondía. Por ello, Fernando de Vega, gobernador de Galicia, lo mandó prender. Finalmente, probado su inocencia, fue liberado. Las perlas traídas eran orientales y bastante grandes, pero al no estar bien perforadas, como señalaron muchos mercaderes, no alcanzaban gran precio.

En ese mismo tiempo, Vicente Yáñez, llamado Pinzón, y Arias, su sobrino —quienes habían estado en el primer viaje con el almirante Colón— armaron a su costa cuatro carabelas y, el 19 de noviembre de 1499, partieron de Palos con el propósito de descubrir nuevas islas y tierras. En poco tiempo llegaron a Canarias y, desde allí, a las islas de Cabo Verde. Alzar velas y tomar la ruta por el Guerguín les llevó a navegar, con viento favorable, unas trescientas leguas.

En el transcurso de este viaje perdieron de vista la estrella del norte; y, al quedar sin la referencia de la tramontana, fueron sorprendidos por una furiosa tormenta marina con lluvias y vientos cruelísimos. A pesar de ello, continuaron su rumbo, avanzando unas doscientas cuarenta leguas no sin gran peligro. En cierto punto, tomando el astrolabio, descubrieron el polo antártico, pero no vieron estrella alguna semejante a nuestra tramontana; solo constelaciones distintas a las conocidas, cuya visión se les dificultaba por una especie de neblina que las rodeaba. Sin embargo, fuera de aquella calígine se distinguían estrellas muy brillantes, de mayor tamaño que las nuestras.

El 20 de enero avistaron tierra a lo lejos. Al acercarse, notaron que el agua era turbia, echaron el escandallo y hallaron dieciséis brazas de profundidad. Desembarcaron y permanecieron allí dos días, sin encontrar persona alguna, aunque hallaron muchas huellas de hombres. Para dejar constancia de su llegada, marcaron en la corteza de los árboles el nombre de los Reyes Católicos.

Más adelante, en la noche, divisaron muchas luces que parecían de un campamento. El gobernador envió entonces a algunos hombres bien armados con la orden de guardar silencio y espiar. Éstos comprobaron que se trataba de una gran multitud de gente, y decidieron esperar al amanecer para acercarse.

Al día siguiente, cuarenta españoles desembarcaron armados. Los naturales, al verlos, corrieron a su encuentro armados con arcos y flechas. Poco después llegó otra multitud de hombres de gran estatura, de aspecto temible y rostro fiero. Los españoles procuraban mostrarse amistosos, con gestos y señales de paz, pero los otros se mostraban cada vez más hostiles, rechazando cualquier señal de amistad o acuerdo. Ante esto, los españoles regresaron a sus naves, dispuestos a enfrentarse a ellos al amanecer siguiente. Sin embargo, durante la noche los naturales levantaron el campamento y desaparecieron.

Los nuestros juzgaron que aquella gente debía de ser nómada, semejante a los tártaros, que no tienen casa fija, sino que hoy están en un lugar y mañana en otro, viviendo de lo que encuentran con sus mujeres e hijos. Los españoles, siguiendo sus huellas, observaron que eran mucho más grandes que las nuestras.

Al proseguir la navegación hallaron un río poco profundo donde las carabelas no podían entrar, por lo que mandaron a tierra cuatro barcas llenas de hombres armados. Allí avistaron a un grupo de nativos en un montículo cercano, quienes con señas mostraban deseos de comerciar. Los españoles, recelosos, enviaron a uno de los suyos, que les arrojó un cascabel desde lejos; los otros le respondieron arrojándole un pedazo de oro. Cuando quiso recogerlo, la multitud lo rodeó para arrebatárselo.

Él, defendiéndose con la espada, no pudo resistir al gran número, pues aquellos hombres parecían despreciar la vida y no temían morir. Finalmente, los indios atacaron con violencia: se trabó una gran refriega en la que murieron ocho españoles, y los demás apenas pudieron escapar a las barcas. A pesar de estar armados con lanzas y espadas, los nativos —aunque muchos murieron— no se detuvieron, sino que persiguieron a los nuestros hasta el agua, tanto que tomaron una de las cuatro barcas y mataron a su capitán. Los sobrevivientes lograron huir en las tres restantes y volver a las naves.

Al ver esto, Pinzón y su gente, descontentos con la experiencia, decidieron partir y continuaron su viaje hacia el norte, siguiendo la costa.

En su navegación hallaron un mar de agua dulce, proveniente de un grandísimo río llamado Marañón. También encontraron algunas islas pobladas de árboles de palo brasil, abundantes árboles de caña fístula, y un animal nuevo y monstruoso.

Avanzando con viento favorable unas cuarenta leguas, llegaron al mar de agua dulce. Al investigar de dónde provenía, descubrieron que descendía de altísimas montañas a través de ríos caudalosos que desembocaban con ímpetu en aquel mar. Frente a su boca había muchas islas habitadas por gente amable y apacible, aunque no hallaron nada con qué comerciar. Solo tomaron treinta y seis esclavos, ya que no encontraron otra cosa que les resultara de provecho.

El nombre de aquella provincia era Mariatambal. La parte cercana al río, hacia levante, la llamaban Camomoro, y hacia poniente, Parícora. Los habitantes les refirieron que en la región se hallaba gran cantidad de oro.

Partiendo de ese río y navegando hacia el norte, al cabo de pocos días recuperaron de nuevo la vista de la estrella polar, que estaba casi en el horizonte. Toda esa costa pertenecía a la tierra de Paria, descubierta, como ya se había dicho, por el almirante Colón, rica en perlas.

Antes de llegar a la boca del Dragón, encontraron el Marañón, río desmesuradamente ancho —dicen, de noventa millas— lleno de islas y que desemboca con gran ímpetu en el mar. Tras pasar esa desembocadura y llegar a Paria, encontraron varias islas copiosas en palo brasil, del cual cargaron sus naves.

Siguiendo rumbo al este, toparon con muchas islas deshabitadas por temor a los caníbales, aunque la tierra era fértil, verde y frondosa. Vieron casas arruinadas y mucha gente huyendo hacia los montes. Encontraron también grandísimos árboles de caña fístula, de los cuales llevaron algunos a España. Los médicos, al verlos, dijeron que hubieran sido de gran provecho si hubiesen sido recolectados a su debido tiempo.

Vieron además árboles nunca antes vistos, tan gruesos que apenas podían ser rodeados por varios hombres con los brazos extendidos. Y encontraron un animal extraño y monstruoso: tenía el cuerpo y el hocico de zorro, las ancas y las patas traseras de gato montés, las delanteras semejantes a manos humanas, las orejas de murciélago y, bajo el vientre, un segundo vientre externo a modo de bolsa donde guardaba a sus crías después de nacer, sin dejarlas salir hasta que podían alimentarse por sí solas.

Uno de esos animales fue capturado con sus crías y llevado a los Reyes Católicos. Sin embargo, las crías murieron en el viaje y la madre falleció poco después, a causa del cambio de aire y alimento. Sus cuerpos fueron vistos por muchas personas.

Vicente Yáñez Pinzón afirmó haber navegado más de quinientas leguas a lo largo de la costa de Paria y sostenía que era tierra firme. Cuando partieron de allí con sus cuatro carabelas, fueron sorprendidos en julio por una gravísima tormenta: dos de las naves se hundieron, otra se deshizo y muchos hombres perecieron. La cuarta, aunque resistió, pasó terribles trabajos y estuvo a punto de perder toda esperanza de salvación.

En medio de ese infortunio divisaron otra de sus naves que aún resistía, aunque con pocos hombres. Temiendo naufragar, algunos se arrojaron a tierra, no sin gran temor de ser maltratados por los naturales. Llegaron a tal extremo que deliberaron matar a todos los hombres de los pueblos cercanos y construir casas para habitar.

Allí permanecieron algunos días, hasta que el tiempo mejoró. Entonces divisaron su nave, que había quedado casi sola con apenas once hombres. Se reunieron con ella y, junto a la que había sobrevivido, hicieron vela hacia España, arribando a Palos, cerca de Sevilla, el último día de septiembre.

Después de ellos, muchos otros han navegado aquellas costas de Paria, siempre sin hallar término que indique que sea isla, por lo cual se tiene por cosa cierta que es tierra firme. De allí, últimamente, se ha traído caña fístula en plena perfección, oro, perlas y palo brasil en abundancia.

El almirante Colón, por orden de los Reyes Católicos, volvió a embarcarse para descubrir nuevas tierras y halló la isla llamada Guanasa, así como un extenso territorio nombrado por los naturales Quiriquitana, abundante en todo lo necesario para vivir, fértil en granos, animales y habitado por gentes con costumbres propias.

Después de haber sido honrado por los Reyes, y pasados dos años en Castilla, el almirante, junto con su hermano, armó cuatro naves para explorar nuevas tierras al poniente de la isla Española. En mayo de 1502 partió con unos 270 hombres, llegando a las Canarias en cinco días. De allí, con viento favorable, llegó a la isla Dominica de los caníbales en dieciséis días, y a la Española cinco días más tarde. Así, en 26 días habían recorrido cerca de 1200 leguas.

En la Española permaneció pocos días. No se sabe si porque el virrey no lo quiso allí o porque él mismo deseaba partir. Navegando hacia poniente, dejando a mano derecha al norte las islas de Jamaica y Cuba, llegó finalmente a la isla de Guanasa, situada más al occidente de Jamaica, considerada entonces isla, cubierta de bosques verdes y de altísimos árboles.

En su costa se toparon con dos grandes canoas. Eran conducidas por indios desnudos que, con cuerdas de algodón atadas a los hombros, tiraban de ellas desde la playa como si fueran barcas por un río. En una de las canoas iba el señor de la isla con su mujer e hijos. Viendo a los españoles desembarcados, los remeros se acercaron con cierta altivez, obligados por su señor. Esperaban de los recién llegados la misma reverencia que ellos rendían a su cacique, sin considerar la grandeza de las naves ni la multitud de hombres que en ellas había.

Los españoles, lanzándose con sus botes, rodearon las canoas y las tomaron por la fuerza. A través de un intérprete comprendieron que aquel indio principal era un gran mercader, que viajaba desde tierras lejanas a cambiar mercancías. Llevaba cuchillos, hachas y rasuradores hechos de una piedra amarilla y transparente, con mangos de madera fuerte. Tenía además vasijas de barro muy bien trabajadas, otras de piedra pulida y, sobre todo, telas de algodón de varios colores, adornadas con plumas de papagayo.

El almirante, al enterarse de ello, ordenó devolverle sus cosas, aunque el mercader quiso donar parte a los españoles. Colón se informó de la costa hacia occidente y el indio le explicó el camino. Navegando unas diez millas, encontraron un extenso y fértil territorio, llamado por los naturales Quiriquitana. El almirante lo nombró Ciamas, y al verlo tan hermoso y frutal, quiso desembarcar para conocer mejor a sus habitantes.

En tierra levantaron chozas de ramas y tiendas de campaña, donde celebraron misa en honor de Dios. Alrededor acudió una multitud de indios, todos desnudos salvo en las partes pudendas, que cubrían con grandes hojas de árboles. Sin temor alguno, se acercaron para ver a los extranjeros, maravillados. Algunos llevaban frutas variadas, otros calabazas llenas de agua. Las ofrecían inclinando la cabeza con reverencia y luego se retiraban.

Colón, viendo tanta humanidad, los trató con cariño y les dio presentes: espejos, cuentas de vidrio de colores, agujas y otras cosas semejantes, que ellos recibieron con gran placer. Reconoció que eran un pueblo pacífico, alegre con los forasteros, y que su tierra era fértil, apacible y abundante, como un lugar donde siempre reinaba la primavera y el otoño. Había ríos y fuentes claras, bosques de pinos y robles altísimos, diversas palmas, algunas con dátiles pequeños.

En esas selvas encontraron viñas silvestres, tan cargadas de uvas que se enredaban en los árboles. Los indios fabricaban de palma unas espadas anchas y lanzas que llamaban machanas. El algodón nacía por sí mismo, sin cultivo. Había árboles que daban frutos semejantes a higos dulces, que parecían verdaderos mirabolanos y que los médicos apreciaban mucho. Crecía pan de raíz, como en otras partes de las Indias.

La tierra nutría leones, tigres, ciervos, cabras y otros animales semejantes, además de aves diversas, algunas del tamaño y color de los pavos reales, que criaban en sus casas para comer, como nosotros las gallinas.

Los naturales eran de buena estatura y proporcionados. Iban desnudos, salvo la cintura, cubierta con telas de algodón de colores. El resto del cuerpo lo pintaban con zumos de frutos semejantes a manzanas: unos de rojo, otros de negro, y la mayoría con flores, rosas o arabescos.

Su lengua era muy distinta a la de las islas cercanas. Colón, al ver las aguas del mar correr con gran ímpetu hacia poniente, como un río caudaloso, decidió no avanzar más por aquella costa, sino volver hacia levante. Navegó así hasta llegar a la tierra de Paria y a la boca del Dragón, que juzgaba estar cerca.

El 21 de agosto partieron de Quiriquétana y, tras navegar unas treinta leguas, encontraron un río muy caudaloso, cuya corriente de agua dulce se percibía varias leguas mar adentro. Allí podían fondear las naves con seguridad, pues el fondo era muy adecuado para el anclaje. La costa era llana y muy verde, aunque la fuerza de la corriente marina hacia poniente era tan grande que, en cuarenta días, apenas lograron avanzar setenta leguas, siempre a fuerza de bordear, y en ocasiones la violencia del agua los hacía retroceder más de lo ya navegado. Esto obligaba a buscar tierra firme cada noche, por temor a encallar en algún banco.

En este trayecto, a lo largo de unas dieciocho leguas, hallaron tres ríos grandes con cañas gruesas y transparentes, llenos de peces y tortugas. Entre las cañas —algunas más gruesas que el muslo de un hombre— vieron gran número de animales semejantes a cocodrilos, que descansaban al sol con la boca abierta, y otros muy distintos de los nuestros, de los cuales no supieron dar nombre.

La costa se mostraba variada: en unos tramos escarpada y cubierta de maleza, en otros fértil, verde y muy agradable, tanto que convidaba a desembarcar. Así lo hicieron en diversas ocasiones, entrando en contacto con los habitantes de la región, de quienes obtuvieron noticias valiosas. Supieron, entre otras cosas, que lo que en otras islas llamaban cacique, en estas tierras se llamaba Quebí o Tibagui; que los hombres nobles eran llamados Sacco o Iura; y que aquellos que en la guerra se portaban valerosamente y quedaban heridos eran nombrados Capra, gozando de gran honra.

No muy lejos encontraron un río navegable para grandes navíos. A cierta distancia de su desembocadura había cuatro pequeñas islas cubiertas de árboles y flores, que formaban un puerto seguro, al que el Almirante dio el nombre de Las Cuatro Témporas. Más adelante descubrió doce isletas llenas de árboles, cuyos frutos semejaban limones, por lo que las llamó Las Limoneras.

Tras avanzar otras doce o trece leguas, hallaron un gran puerto que penetraba en tierra unas tres leguas, casi igual de ancho. En él desembocaba un río caudaloso, conocido después como Río de los Perros, pues allí más tarde Nicuesa, buscando la provincia de Veragua, se perdió con sus hombres. En los alrededores había montes, valles y ríos con tanta abundancia de árboles y flores que el aire se llenaba de fragancia. El clima era tan benigno que ninguno de los expedicionarios enfermó hasta llegar a la provincia llamada Quicurí, donde encontraron un puerto llamado Cariai.

En aquel sitio descubrieron una gran selva de mirabolanos y, por ello, el puerto tomó ese nombre. Allí acudieron unos doscientos indígenas, cada uno armado con tres o cuatro lanzas. Aunque iban apercibidos, se mostraron mansos y dispuestos a recibirlos amistosamente, observando con atención a los recién llegados. Una vez hecho el signo de paz, se acercaron a las naves e hicieron trueque con los españoles. El Almirante mandó entregarles diversos objetos de a bordo, y aunque los indios rehusaban en un principio —desconfiando de algún engaño— finalmente los aceptaron, pues eran de carácter generoso y preferían dar antes que recibir.

En señal de amistad enviaron a dos doncellas vírgenes de buena apariencia, cubiertas en sus partes con una tela de algodón, costumbre de la tierra, mientras que los hombres andaban desnudos. El Almirante, con cortesía, las vistió y las devolvió honrosamente a su padre, junto con presentes.

No obstante, los indios consintieron en que dos de sus hombres acompañaran a la expedición para aprender la lengua española o enseñar la suya. El Almirante notó que en toda esta costa la marea apenas crecía o menguaba, como afirmaban también otros navegantes de aquellos mares, a diferencia de lo que sucedía en Francia e Inglaterra.

En la ribera crecían grandes árboles verdes que, al alcanzar gran altura, doblaban sus ramas hasta tocar el agua, donde echaban nuevas raíces, de modo que se propagaban continuamente.

En aquella provincia hallaron también un animal semejante al gato mamón, pero más grande, con la cola mucho más larga y gruesa, de la que se servía para colgarse y saltar de un árbol a otro con gran rapidez. Uno de los ballesteros hirió a uno de estos animales y, al ser capturado, se tornó dócil cuando lo ataron con cadenas.

Un día, los hombres de la expedición, urgidos por la necesidad de carne, cazaron un jabalí y lo llevaron a las naves. El animal, al ver otro semejante, se lanzó furioso sobre él y, enlazándole el cuello con la cola y apretando con una de sus patas delanteras —la única que le quedaba sana tras la herida— lo estranguló.

Los habitantes de Cariai tenían la antigua costumbre de secar los cuerpos de sus caciques, envolviéndolos luego en grandes hojas de árboles para conservarlos, mientras que a los demás difuntos los enterraban en los bosques y selvas.

Partido el Almirante de aquel lugar, tras recorrer unas veinte leguas halló un golfo muy amplio, de unas diez leguas de circunferencia, a cuya entrada había cuatro pequeñas islas, cercanas entre sí, todas verdes y muy fértiles. Estas formaban un puerto seguro. El lado derecho del golfo era llamado por los indios Cerebaro, y el izquierdo Aburema.

Este golfo era famoso por la abundancia de frutas en las islas que contenía, por la multitud de árboles y por la gran riqueza de peces que allí se hallaban. La tierra circundante era tan fértil y de tan buena calidad que no parecía inferior a ninguna de las descubiertas hasta entonces.

Al entrar en el golfo y desembarcar, llegaron hasta el Almirante dos indios del lugar, quienes llevaban al cuello joyas de oro llamadas Guanines. Dichas piezas tenían formas de águilas, leones y otros animales, aunque el oro no era de buena ley. Por boca de estos dos jóvenes, y por lo que había entendido en Cariai, el Almirante supo que las provincias de Cerebaro y Aburema eran muy ricas en oro, y que los de Cariai lo obtenían de allí por trueque. En la región había unas quinientas casas cerca de las minas, no muy alejadas de donde entonces se encontraban.

Los hombres de Cerebaro iban completamente desnudos, aunque pintaban sus cuerpos de diversas maneras. En la cabeza llevaban coronas de flores variadas, y su principal adorno era una pieza hecha con uñas de tigre o de león, símbolo de gran fuerza y valentía. Las mujeres también iban desnudas, salvo por una estrecha faja de algodón que cubría sus partes.

Más adelante, tras avanzar unas cuatro leguas por la costa hasta la ribera de un gran río, se encontraron con unos trescientos hombres desnudos. Estos, lanzando gritos y amenazas, tomaban agua y hierbas en la boca para escupirlas contra los cristianos, arrojaban dardos y agitaban lanzas y espadas de madera para alejarlos de la orilla. Todos estaban pintados: algunos tenían el cuerpo entero cubierto de pintura excepto el rostro, otros sólo en parte. Claramente no mostraban deseos de paz.

El Almirante, que siempre procuraba evitar la violencia, mandó disparar una pieza de artillería sin bala, sólo para causar estruendo. Los indígenas, espantados por el ruido, se arrojaron al suelo, pidieron paz y comenzaron a trocar cadenas de oro por cuentas de vidrio y otros objetos. Tenían tambores y cornetas hechas de caracoles marinos, que usaban para incitar a la guerra.

En aquella costa abundaban los ríos, entre ellos el de Veragua, de donde se extraía mucho oro. Los habitantes de esas regiones, para resguardarse de la lluvia y el calor, se cubrían con grandes hojas de árboles. Cerca de allí se hallaban dos ríos de agua dulce llamados Ebetere y Embigar, ricos en peces. Más lejos, a unas cuatro leguas, estaba la peña de la que se hablaría al narrar la desdichada fortuna del capitán Nicuesa. La región se llamaba Vibba, en cuya costa se hallaba un puerto al que los españoles dieron el nombre de Portobelo, mientras que los naturales lo llamaban Xaguaguara.

Toda esta región estaba muy poblada de gentes desnudas. El rey se pintaba todo el cuerpo de negro, mientras el resto del pueblo lo hacía de color rojo. Él y los principales que lo acompañaban llevaban una lámina de oro atravesada en el septum nasal, que descendía hasta los labios, considerándolo gran adorno. Los hombres cubrían sus partes vergonzosas con la corteza de un molusco marino, y las mujeres con una faja de algodón.

En sus huertos cultivaban una planta cuyo fruto se parecía al cardo, aunque tenía sabor semejante al del membrillo, más carnoso que el durazno y considerado un manjar digno de reyes. También tenían cañas de azúcar y ciertos árboles de los que extraían agua para beber.

En aquellos lugares se encontraban a veces cocodrilos —a los que llamaban lagartos— que, al ver a los cristianos, huían dejando tras de sí un olor más fragante que el del almizcle.

Cuando el Almirante llegó al río Durubba resolvió detenerse allí. Sin embargo, como los indios lo prohibieron, y la corriente del agua le era contraria, no pudo permanecer. A esto se sumaba que sus naves estaban cada día más deterioradas, por lo que se vio obligado a buscar abrigo en otro lugar. Así, se dirigió hacia poniente y entró en un río llamado Hiebra, capaz de recibir grandes navíos, situado a dos leguas de Veragua.

Desde aquel punto envió a su hermano Bartolomé con setenta hombres hacia el río Beragua. Allí salió a su encuentro el señor del lugar, descendiendo con gran acompañamiento de indios en pequeñas canoas hechas de un solo tronco. Todos iban armados y pintados. El cacique, al hablar con los cristianos, permanecía en pie, lo cual no pareció a sus gentes digno de su rango. Por ello, inmediatamente le trajeron una gran piedra lavada en el río, sobre la cual se sentó para darles a entender que su autoridad se extendía por todos los ríos de su señorío.

El capitán, habiendo desembarcado, fue conducido hacia el Durubba, que resultó ser aún más rico en oro que el Hiebra y el Beragua. Se hallaba oro entre las raíces de los árboles, en las orillas de los ríos, entre las piedras y aun en cualquier pequeña fosa de apenas un palmo de profundidad. Conociendo esto, el Almirante decidió establecerse allí; pero los indios, al advertir su propósito, se opusieron con violencia.

Reunidos en gran número, vinieron contra los cristianos gritando con ímpetu. Estos ya habían comenzado a levantar algunas chozas, pero con gran dificultad pudieron resistir el primer asalto. Los indios combatían primero desde lejos con dardos y flechas, y después, con furia, se acercaban usando espadas de madera. Su rabia era tal, que ni los tiros de las naves ni las piezas de artillería lograban atemorizarlos; antes preferían morir que ver su patria ocupada. Cuando trataban a los cristianos como simples viajeros, los recibían amistosamente, pero como pobladores no toleraban de modo alguno su presencia.

Aunque eran rechazados, volvían siempre con mayor ímpetu, de día y de noche, hasta que el Almirante decidió abandonar aquella provincia. Como sus naves estaban ya destrozadas, tomó la vía más corta y se dirigió a la isla de Jamaica, situada entre La Española y Cuba hacia mediodía. Allí padecieron muchas fatigas, pues las naves hacían agua y apenas servían; las provisiones eran escasas, y debieron conformarse con los frutos que producía la isla, y aun así, sólo cuando los naturales se los concedían.

El Almirante logró mantenerse gracias a la enemistad entre los caciques de la isla, pues cada uno, por tener a los cristianos de su parte, les proporcionaba pan y bastimentos. En estas dificultades, queriendo enviar socorro desde La Española, mandó a su mayordomo Diego de Mendez con algunos indios en una barca. Con gran dificultad, bordeando peñascos y arrecifes, lograron alcanzar el extremo occidental de Jamaica, distante unas cuarenta leguas de La Española.

Los indios regresaron con la noticia de haber dejado a Diego de Mendez camino de Santo Domingo. Esta nueva llenó de alegría al Almirante.

Llegado Mendez a Santo Domingo, entregó las cartas del Almirante al Comendador Mayor, quien inmediatamente armó una carabela. Diego, con el dinero del Almirante, compró otra nave y la proveyó de bastimentos. Ambas embarcaciones fueron enviadas a Jamaica, de donde sacaron al Almirante y lo llevaron a Santo Domingo. Tras descansar allí algunos días, embarcó rumbo a Castilla, donde dio cuenta a los Reyes Católicos del último descubrimiento que había hecho hacia tierra firme.

Su relación fue recibida por Sus Majestades y la corte con gran placer y admiración, tanto que muchos se animaron a intentar también descubrir aquellas nuevas tierras.

Siendo ya anciano y enfermo, aquejado sobre todo por la gota que lo atormentaba en todo el cuerpo, el almirante se retiró a Castilla para descansar. Allí falleció en Valladolid en mayo de 1506. En su testamento dispuso que su cuerpo fuese trasladado a Sevilla y enterrado en el monasterio de la Cartuja.

Fue un hombre que, de haber vivido en tiempos antiguos, los sabios de entonces habrían elevado a los cielos con algún signo celeste, como hicieron con Hércules o Baco, por la admirable y asombrosa hazaña de haber descubierto un mundo nuevo. Nuestra época puede considerarse gloriosa por haber tenido en su seno a un italiano tan grande y tan famoso, cuyas alabanzas serán celebradas durante infinitos siglos.

Le sucedió en sus estados y títulos su hijo don Diego Colón, quien, por sus virtudes y costumbres ejemplares, y por los méritos de su padre, alcanzó como esposa a doña María de Toledo, hija del ilustre don Fernando de Toledo, comendador de León. No debe olvidarse que el propio almirante dejó escritas algunas noticias particulares de su último viaje, a saber:

Que todas aquellas costas que recorrió gozaban todo el año de frondosos árboles cargados de flores y frutos, en un clima muy templado y saludable, de tal modo que ninguno de sus compañeros enfermó jamás. Desde el gran puerto de Cerbaró hasta los ríos Hiebra y Veragua —un espacio de cincuenta leguas— nunca padecieron frío ni calor excesivos.

Los pueblos cerbaroanos y otros cercanos no extraen oro sino en ciertos tiempos determinados del año, pero son maestros consumados en esta labor, semejantes a nuestros propios mineros. Conocen los lugares donde se halla mayor cantidad, según el color de la arena y la naturaleza de los ríos, conocimientos heredados de sus antepasados. Por ello, cuando iban a extraerlo, se preparaban con grandes ceremonias: permanecían castos, comían y bebían poco, absteniéndose de cualquier otro placer, en señal de reverencia.

Adoraban al Sol de esta manera: cuando nacía, le rendían reverencia.

En todos los viajes que realizó el almirante por estos mares, cuyas corrientes corren impetuosas de oriente a poniente no muy lejos de la costa, se tenía por cierto que aquella tierra era continente. Decía haber visto altísimas montañas que se extendían de oriente a poniente, comenzando desde el cabo de San Agustín —en la parte que hoy pertenece al rey de Portugal— y pasando por Urabá, el puerto de Cerbaró y otras provincias descubiertas hasta entonces. Estas montañas, vistas de lejos o de cerca, parecían a veces colinas cubiertas de árboles, hierbas y tierras aptísimas para el cultivo, con hermosos valles; y otras veces, montes altísimos, ásperos, pedregosos e incultos.

En la provincia de Veragua, algunos de aquellos montes se elevan tanto que muchos creen que sus cumbres atraviesan las nubes, pues a menudo se ven coronadas de nieve y cubiertas de neblina. El almirante, que fue el primero en descubrirlos, aseguraba que su altura superaba las cinco millas.

Hasta entonces esto era lo que se sabía de la longitud de aquellas tierras; lo que respecta a su latitud y al mar del sur se narrará en lo que sigue.

Cuando el rey Católico decidió continuar la empresa de descubrir nuevas tierras en el Nuevo Mundo, ordenó que se establecieran poblaciones cristianas en algunos lugares. Encargó esta misión a dos capitanes: a Alonso de Hojeda, en la provincia de Urabá, y a Diego de Nicuesa, en la de Veragua. Ambos territorios, cercanos entre sí y situados a unos siete grados sobre el Ecuador, habían sido señalados por Cristóbal Colón como lugares apropiados para fundar asentamientos.

Hojeda, que se hallaba entonces en la ciudad de Santo Domingo, reunió algunos navíos, embarcó unos trescientos hombres y se hizo a la mar. Llegó al puerto de Cartagena, descubierto antes por Colón y llamado así porque, al igual que el puerto español del mismo nombre, está protegido por una isla —llamada Codego por los indígenas— que suaviza el ímpetu de las olas.

La región, llamada Caramairí, estaba habitada por hombres y mujeres de gran estatura y bella presencia. Los varones llevaban el cabello cortado hasta las orejas, mientras que las mujeres lo tenían muy largo. Todos eran hábiles arqueros. Allí encontraron también árboles cargados de frutos que, aunque hermosos a la vista, resultaban venenosos: quien los comía sentía que el cuerpo se le roía por dentro como si estuviera lleno de gusanos; y quien dormía bajo su sombra despertaba con la cabeza hinchada y casi ciego.

Este puerto se hallaba a unas 456 millas de la isla Española, frente al islote llamado La Beata. Apenas desembarcó, Hojeda atacó de improviso a los habitantes, como tenía orden del rey Católico, y mató a muchos de ellos, encontrándolos separados unos de otros y desarmados. El mandato de exterminarlos se había dado porque, desde el primer descubrimiento del puerto, los indígenas nunca consintieron en que los cristianos se establecieran allí.

El oro hallado era poco y de bajo quilate, reducido a algunas láminas que los indios llevaban como adorno en el pecho. Insatisfecho con aquella presa, Hojeda llevó consigo a varios indígenas prisioneros hasta otro lugar, a doce millas del puerto, donde se habían refugiado los que habían escapado. Aunque los habitantes de ese sitio iban desnudos, mostraban gran valor: se defendieron con escudos redondos de madera dura y con arcos cuyas flechas, de punta ósea y envenenada, eran mortales.

Cuando vieron acercarse a los españoles, se unieron a los fugitivos y, indignados por la matanza de sus gentes, los atacaron con tal ímpetu que, en la primera escaramuza, los desbarataron y mataron a unos setenta hombres. Entre ellos estaba Juan de la Cosa, lugarteniente y célebre cartógrafo, quien había sido el primero, junto con Colón, en descubrir oro en la provincia de Urabá. Hojeda, derrotado y dolido por la pérdida de tantos compañeros, se vio obligado a huir hasta el puerto donde había dejado sus naves.

En ese mismo lugar llegó poco después Diego de Nicuesa con cinco navíos y setecientos ochenta y cinco hombres. El mayor número de hombres lo seguía a él, no solo por ser más veterano y, por ello, de mayor autoridad, sino también porque la provincia de Veragua, que el rey le había otorgado, se creía más rica en oro que la de Urabá dada a Hojeda.

Reunidos ambos capitanes, celebraron consejo y resolvieron vengar la muerte de los españoles caídos. Una noche, marcharon en secreto hasta el poblado donde se había producido la refriega, lo cercaron de improviso dos horas antes del amanecer y, al prender fuego a las más de cien casas de palma que lo componían, lo redujeron a cenizas. Nadie se salvó: murieron hombres y mujeres, todos abrasados o muertos por las armas, excepto seis niños, que fueron capturados.

De estos se supo que los indios habían despedazado los cuerpos de Juan de la Cosa y de otros españoles muertos, y luego los habían cocinado y comido.

Los indios llamados Caramairí parecían tener su origen en los caribes o caníbales, conocidos por comer carne humana. Entre las cenizas del poblado incendiado se halló algo de oro, tras lo cual regresaron al puerto.

Mientras tanto, Alonso de Hojeda prosiguió hacia la provincia de Urabá, que le había sido asignada por el rey Católico. En su trayecto pasó por la isla llamada La Loca, situada entre Cartagena y Urabá, donde descubrió que habitaban cruelísimos caníbales. Allí capturó a dos hombres y siete mujeres, mientras los demás escaparon. En este lugar obtuvo oro trabajado en diversas láminas, con un valor de ciento noventa castellanos.

Luego se dirigió hacia levante y llegó finalmente a la provincia de Urabá, donde desembarcó en un sitio llamado Caribana. Se decía que de allí habían partido los verdaderos caribes, caníbales que después poblaron las islas. El lugar le pareció apropiado para fundar población, por lo que mandó levantar un caserío con una fortaleza cercana, de modo que sus hombres pudieran protegerse en caso de peligro.

Más tarde, al enterarse por medio de prisioneros de que a unas doce millas había una aldea llamada Tirufi, cerca de una riquísima mina de oro, Hojeda decidió atacarla. Sin embargo, los indígenas, prevenidos por las incursiones anteriores, estaban preparados para defenderse. En el primer asalto los españoles fueron rechazados, sufriendo gran pérdida, pues los indios usaban flechas envenenadas. En otra tentativa de ataque a otra aldea, Hojeda fue herido en un muslo por una saeta envenenada, lo que lo dejó largo tiempo enfermo, y además padeció gran escasez de víveres, pues todo el país estaba en su contra.

Mientras tanto, Diego de Nicuesa, encargado de poblar la provincia de Veragua, zarpó también de Cartagena rumbo al occidente. Avanzó sin apartarse demasiado de la costa hasta llegar al golfo llamado Coiba, donde se encontró con un cacique llamado Careta. Los habitantes de aquellas tierras hablaban una lengua muy distinta a la de los de la isla Española y a la de los de Cartagena, pues llamaban a su señor Chebi o Tyba. Nicuesa permaneció allí algunos días y luego prosiguió su viaje hacia Beragua, dejando a su izquierda la región de Urabá.

Mientras tanto, Hojeda, aún enfermo, recibió un navío con víveres enviado desde la Española, lo cual alivió momentáneamente su situación. Pero al agotarse nuevamente las provisiones, la desesperación llevó a sus hombres a sublevarse contra él, acusándolo de dejarlos morir de hambre y exigiendo volver a la Española. Decían que no querían escuchar más excusas sobre la llegada del bachiller Enciso, quien había prometido seguirlos con una nave cargada de bastimentos.

Los amotinados planearon apoderarse de dos bergantines para regresar por la fuerza. Hojeda logró contenerlos, pidiéndoles que esperaran cincuenta días y prometiendo que él mismo iría a la Española a buscar socorro, dejando mientras tanto al mando de la fortaleza a un caballero llamado Francisco Pizarro, con apenas sesenta hombres sobrevivientes de los trescientos iniciales, pues los demás habían muerto de hambre o en luchas con los indios.

Hojeda partió, pero pasados los cincuenta días no regresaba ni llegaban los socorros prometidos. Entonces, presionados por la miseria, los hombres se embarcaron en los dos bergantines. Uno de ellos se perdió al romperle un pez enorme el timón, hundiéndose con toda su gente cerca de la isla llamada La Fuerte, entre Cartagena y Urabá. El otro bergantín fue atacado con gran violencia por los indígenas de una isla cercana, que lo acribillaron con flechas.

Finalmente, los desesperados sobrevivientes tuvieron la fortuna de encontrarse con el bachiller Enciso, que venía del puerto de Cartagena rumbo a Cuchibacoa. Navegaba en un barco cargado de víveres, ropas y armas, acompañado además por un bergantín.

Cuatro días después de haber partido de la Española, avistaron unas montañas altísimas en tierra firme, que Cristóbal Colón —primer descubridor de aquellas regiones— llamó Sierra Nevada, por las continuas nieves que siempre se ven sobre ellas. Tras pasar dicho río y la boca del Dragón, se acercaron con el bergantín al bachiller Enciso y le contaron cómo su capitán Alonso de Ojeda se había dirigido a la Española y cómo, a causa del hambre, habían abandonado Caribana.

El bachiller Enciso no quiso creer lo que le decían, pero, por la autoridad que ejercía, les ordenó regresar, pues había decidido poblar Urabá. Aquellos del bergantín, en cambio, le pedían por gracia que los dejase volver a la Española o que al menos los llevara hasta donde estaba el capitán Nicuesa, ofreciéndole en recompensa dos mil castellanos de oro. Enciso, sin embargo, no consintió en modo alguno, y dispuso navegar hacia Urabá junto con el bergantín.

Al llegar, hallaron la fortaleza arruinada y las casas quemadas por los indios, por lo que siguieron adelante hasta la provincia de Darién, llamada así por un río que allí desemboca en el mar. Tras haber desesperado a los indios, hicieron un gran botín y fundaron la ciudad de Santa María la Antigua del Darién.

Antes de narrar su arribo, conviene referir lo sucedido en la provincia de Caramairí, donde se halla el puerto de Cartagena. Allí, fondeando para hacer agua y reparar una embarcación que venía algo dañada, Enciso envió algunos hombres a tierra, pero fueron cercados por gran número de indios armados con arcos y flechas. No obstante, estos no disparaban, sino que permanecían en orden, fijos en observar a los españoles, quienes de igual modo se mantenían en formación con las armas en mano. Así pasaron tres días, sin que los naturales impidiesen a los nuestros proveerse del agua y reparar la barca.

Mientras tanto, dos de los españoles, saliendo del orden, fueron al río cercano con vasijas para traer agua. Al verlos, un indio —que parecía ser principal entre los otros— se les acercó con diez guerreros armados. Uno de los cristianos, temeroso, huyó, pero el otro, más valeroso, se mantuvo firme y comenzó a reprender al que escapaba. Como sabía algo de la lengua india, aprendida de esclavos capturados tiempo antes, entabló conversación con el que parecía señor. Este, maravillado de oírlo en su idioma, comenzó a mostrarse amistoso y le preguntó quiénes eran aquellos extranjeros y a dónde se dirigían.

El español le explicó que solo buscaban agua y que era inhumano impedírselo. El cacique replicó que si no depusieran pronto las armas y aceptaban su amistad, vendrían otros guerreros en número tan grande como la arena del mar, que acabarían con ellos.

En ese momento, Enciso, enterado de que sus compañeros estaban retenidos, temiendo algún engaño, avanzó con parte de su gente en orden y con los escudos prevenidos contra las flechas. Al verlo, el español que hablaba con el cacique les hizo seña de que se detuvieran, pues el indio mostraba voluntad de paz. Explicó luego que estaban armados porque poco antes Ojeda y Nicuesa habían saqueado sus pueblos, tomado prisioneros y quemado otra aldea, y que deseaban vengarse de tales injurias, aunque no de aquellos que no les hubiesen ofendido.

De inmediato mandó el cacique que los suyos depusieran arcos y flechas, y se acercaron con semblante alegre a recibir a los cristianos, a quienes obsequiaron pescado salado, pan de maíz y vino hecho de ciertas frutas muy agradable, con el que llenaron dos toneles. Así se hizo la paz con los caramairíes del puerto de Cartagena.

De allí partió el bachiller Enciso hacia Urabá con su nave, en la que llevaba ciento cincuenta hombres, muchos animales, tanto machos como hembras, para poblar la provincia, así como caballos, yeguas, gran cantidad de artillería y otras armas como espadas, lanzas y escudos. Mas al pasar por la isla llamada La Fuerte, queriendo entrar en el puerto, la nave encalló y se perdió todo, salvo los hombres, que escaparon con apenas un poco de pan bizcochado.

El bachiller Enciso, llegado finalmente a la tierra de Urabá, tan deseada por él, se encontraba en grandísima aflicción y angustia con todos sus hombres. Además de otras molestias, estaban tan oprimidos por el hambre que se veían forzados a buscar víveres por todas partes. Hallaron muchos palmares a lo largo de la costa, cuyos frutos comían, y también encontraron puercos salvajes que cazaban y les parecían más sabrosos que los nuestros. Decíase que estos animales tenían la cola tan pequeña que parecía cortada, y en las patas traseras solo cuatro dedos sin uña.

Andando por tierra con algunos de sus compañeros, Enciso topó con indios desnudos, pero armados de arcos y flechas venenosas. Estos hirieron a varios de los nuestros y mataron a algunos, pues disparaban sus saetas y huían con la ligereza del viento, lo que obligó a los cristianos a retirarse mal de su grado. Viéndose en tanta miseria y ruina, comenzaron a deliberar dejar aquella provincia, sobre todo porque, después de la partida de Francisco Pizarro, los indios habían arruinado la fortaleza levantada por Ojeda y habían quemado todas las casas circundantes.

Sin embargo, investigando supieron que la parte occidental del golfo de Urabá era más fértil, de mejor aire y más apta para fundar ciudad. Dicho golfo tiene una circunferencia de catorce millas y, conforme se avanza hacia tierra firme, se va estrechando. En él desembocan diversos ríos grandes, entre ellos el Darién, que da nombre a la provincia. Sus riberas son amenas y siempre verdes de hierbas y árboles.

Enciso, firme en su resolución, dejó a la mitad de sus compañeros en la parte oriental con los bergantines y comenzó a pasar con el resto hacia la parte occidental del golfo. Los indios, viendo venir los bergantines —naves mucho mayores que sus canoas—, primero quedaron muy admirados, y luego, al ver que se acercaban, enviaron lejos a las mujeres y niños. Ellos, en cambio, se armaron de arcos y flechas y se pusieron en orden en lugar alto, esperando a los nuestros; serían unos quinientos.

El bachiller Enciso, tomando el lugar del capitán Ojeda, al ver a los indios ordenó a su gente que se arrodillase, e hizo voto solemne a Dios y a Nuestra Señora de la Antigua —cuyo santuario está en Sevilla—, de que si salían vencedores pondrían el nombre de Santa María de la Antigua a la ciudad que allí fundasen. Acordaron además enviar un peregrino a visitar dicha iglesia en su nombre y dedicar para iglesia de Su Majestad el palacio del señor de aquel lugar.

Hecho esto, todos juraron no volver jamás las espaldas a los enemigos, y con gran ímpetu se lanzaron al asalto. Los indios, al verlos venir, dispararon de un solo golpe sus flechas, de las cuales ninguna erraba, pero como los nuestros estaban cubiertos con fuertes escudos de madera, no recibieron daño. Los indios, con admirable destreza, retrocedían unos pasos y volvían a disparar gran número de flechas, que tampoco hicieron daño. Los cristianos, descargando con sus armas, hicieron huir a muchos y obligaron a los demás a abandonar el lugar donde habitaban.

Al entrar en aquel sitio hallaron abundante pan de maíz y de yuca, junto con ciertas frutas diferentes de las nuestras, que ellos conservaban todo el año como nosotros las castañas. Los indios de esta provincia andan todos desnudos, salvo las mujeres, que llevan una camisa de algodón desde el ombligo hacia abajo. La región es de aire templado, y la boca del río Darién está a siete grados del Ecuador. Los días y las noches son casi iguales en todo el año, con muy poca diferencia.

Al día siguiente, los nuestros quisieron avanzar río arriba, pero contrariados por la corriente, al cabo de una milla toparon con un espeso cañaveral. Allí, cubiertos con los escudos por miedo a emboscadas, avanzaron persuadidos de que los indios se escondían en aquel bosque con sus bienes, lo cual se confirmó, pues al llegar encontraron que lo habían abandonado, dejando allí gran cantidad de pertenencias: mantas de algodón, casas construidas a la manera nuestra con madera y barro, algunos pectorales y cadenas de oro que llevaban al cuello, con valor en total de unos tres mil castellanos.

Aquellas piezas estaban muy bien labradas, y después se supo que provenían de otras provincias, adquiridas en trueque por pan de maíz y otras vituallas, pues los indios no tenían comercio alguno salvo el trueque, ni conocían moneda alguna.

Nuestros hombres, con gran alegría por haber hallado tal oro, regresaron al poblado donde habían derrotado a los indios y allí hicieron venir al resto de los compañeros que habían quedado en la otra parte del golfo. De este modo comenzaron a edificar la ciudad de Santa María la Antigua del Darién, que con el tiempo llegó a ser muy célebre y famosa en la tierra firme de las Indias Occidentales.

El capitán Nicuesa pasó la noche en la nave que lo había seguido y, tras haber fondeado cerca de la costa, permaneció varios días errando entre paludes y la orilla del mar. Más tarde, al partir hacia el este, llegó a un lugar llamado Beragua, según se relata en la expedición de Urabá.

Nicuesa, encargado de habitar la región conocida como Beragua, zarpó desde Urabá y comenzó a navegar hacia poniente. Durante el trayecto, pasó la provincia en la que sufrió una noche angustiosa con los marineros que lo acompañaban, entre ellos Lopes d’Olano, jefe de uno de los bergantines, y Pietro d’Umbría, capitán de otro. Al buscar a Nicuesa, se toparon con la boca de un río que Colón había llamado Lagarto, por la abundancia de animales semejantes a cocodrilos que los españoles denominaban “lagartíes”. Entrando en dicho río, encontraron al resto de la expedición, excepto a Nicuesa, y tras deliberar sobre el rumbo, decidieron dirigirse hacia Beragua, según el plan inicial.

Beragua es un río aurífero muy famoso en aquellas partes, de manera que la provincia recibió su nombre debido a la alegría de haberla encontrado. Todos acordaron poner a Nicuesa como jefe, junto a Lopes d’Olano y el hijo de los principales, para organizar la región y decidir sobre la futura partida. Allí, con cuidado, alistaron los navíos con mejores tablas y pertrechos, y, con la madera que encontraron en la provincia, construyeron una carabela pequeña, por si surgía algún imprevisto. Cerca de la ribera comenzaron a levantar una pequeña fortaleza, en un valle muy fértil y abundante; parte de la tierra fue trabajada, mientras otros exploraban en busca de poblados indígenas, hallando algunos llamados Mumuggli.

Estos indios eran extremadamente inhumanos, de manera que no se podía comerciar con ellos. Prosiguiendo su viaje, un día vieron llegar por mar una vela pequeña, lo que causó gran alegría: era un barco de Nicuesa, del cual se habían separado tres compañeros incapaces de soportar la extrema hambre. Narraron cómo, tras perder la carabela, habían desembarcado y vagado entre paludes, sobreviviendo varios días solo con raíces y hierbas, sin pan ni agua suficiente. También contaron cómo habían llegado a la costa descubierta por Colón hacia poniente, llamada por los indios Cerbaro, a la que ellos pusieron el nombre de La Gracia de Dios. Allí corría un río que los españoles llamaron San Mateo, a 130 millas al oeste de Beragua.

Con estas noticias, Lopes d’Olano envió un bergantín para encontrar a Nicuesa y traerlo a Beragua. Una vez llegado, y enterado de que Lopes d’Olano había sido designado jefe, Nicuesa, por su autoridad, lo hizo prisionero, acusándolo de rebelión por haberse nombrado líder y señor, y de negligencia por haber tardado tanto en buscarlo. A los demás compañeros les indicó que permanecieran en el lugar hasta que recogieran la cosecha de maíz, que madura en cuatro meses. Obstinadamente, algunos demoraron, por lo que los hizo embarcar en bergantines y otras embarcaciones pequeñas, dirigiéndose hacia levante.

Tras recorrer unas quince millas, reconocieron un gran puerto que Colón llamó Puerto Bello. Obligados por el hambre a desembarcar en tierra, fueron maltratados por los habitantes, quienes mataron a veintidós de nuestros hombres con flechas envenenadas. Consideraron necesario dejar la mitad de la flota en este puerto y, con la otra mitad, Nicuesa avanzó hacia levante. Allí encontró un lugar donde la tierra se une al mar, que Colón denominó Marinore, a 28 millas de Puerto Bello, y decidió edificar una fortaleza.

Sin embargo, debido al hambre extrema de sus compañeros, que no podían sostenerse, solo quedaron setecientos ochenta y cinco de los iniciales, de los cuales solo cien acompañaron a Nicuesa; los demás habían muerto por hambre o en diversos enfrentamientos con los indios. Por esta razón no pudieron levantar una gran fortaleza, limitándose a construir una torrecilla para contener posibles ataques indígenas. A este lugar puso Nicuesa el nombre de Dios, que con el tiempo se convirtió en uno de los principales asentamientos y creció hasta rivalizar con muchas de las ciudades famosas de las Indias, siendo este su comienzo.

El capitán Rodrigo Colmenar llegó al golfo de Urabá con dos navíos cargados de vituallas y ropa. Allí se encontraron con más de trescientos indios, quienes fueron puestos a prueba por nuestros hombres y, debido a la escasez de alimentos, muchos murieron. Al llegar a la torre del capitán Nicuesa, este se vio obligado a partir, ya que las circunstancias lo presionaban.

Nicuesa, junto con sus compañeros hambrientos, regresó a los habitantes de Santa María la Antica en Urabá. Entre ellos surgieron grandes disputas sobre quién debía ejercer la autoridad, especialmente tras la partida de Alfonso Fogheda, a quien se creía muerto. Estas disputas se agravaban por la presencia de Vasco Núñez de Balboa, hombre muy arrogante, que aspiraba a ser jefe y no deseaba que el bachiller Ancífo gobernara. Por ello, incluso consideraban traer a Nicuesa, ya que habían oído que había abandonado Beragua por la dificultad de la región. Sin embargo, Vasco dudaba que la llegada de Nicuesa le quitara el mando y se resistía a ser reemplazado, afirmando que cada uno de ellos era suficiente para gobernar.

En medio de estas discusiones, el capitán Rodrigo Colmenar llegó con dos grandes navíos cargados de vituallas y ropa para la expedición, procedentes de España, y arribó al golfo de Urabá. Colmenar partió desde el puerto de la Isla Beata, cercana a la costa española, y después de navegar por Cartagena y la tierra firme, llegó al país de Cuchibacoa, descubierto por Colón. Tras haber soportado múltiples inconvenientes y dificultades en el viaje, un día desembarcó en la boca de un gran río llamado Gaira por los indios. Este río parecía descender de un monte altísimo del mismo nombre, según los compañeros de Rodrigo, aunque el capitán solo pudo ver la altura desde la orilla. Resultaba razonable pensar que era muy alto, ya que la región estaba a unos diez grados al norte del ecuador.

En la desembocadura del río enviaron un barco a recoger agua, y mientras tanto, divisaron a un hombre de gran estatura, vestido con tela de algodón, al igual que sus compañeros. Llevaba un manto de algodón sobre los hombros, una especie de chaleco hasta la cintura y otra vestimenta del mismo tejido hasta los pies. Cuando se acercó a nuestros hombres, parecía que no pretendía atacarlos, sino advertirles que el agua era peligrosa.

Sin embargo, el cacique de la región había tendido una emboscada con unos setecientos indios desnudos armados con arcos y flechas, ya que los miembros de su corte no vestían ropas. Los indios atacaron con furia mientras nuestros hombres cargaban agua, destrozando un bote en mil pedazos y lanzando flechas a una velocidad tal que, antes de poder cubrirse con los escudos, caían heridas unas cuarenta de ellas sobre nuestros hombres. Muchos murieron, otros fueron heridos y algunos se salvaron por la edad o por la noche, que les permitió refugiarse.

Finalmente, Rodrigo Colmenar, tras estos infortunios, logró llegar al golfo de Urabá en la parte que mira hacia levante. Allí echó anclas, y al no encontrar a ninguno de sus compañeros, que suponía que estaban vivos o habían cambiado de lugar, decidió imponer disciplina en su flota y, con todas las piezas de artillería, hizo fuego hacia el golfo, causando un gran estrépito. Esa noche encendió enormes hogueras en los montes circundantes.

Los habitantes de Santa María la Antica, al ver los fuegos y escuchar los disparos, reconocieron la llegada de Rodrigo y respondieron con alegría, usando también artillería y hogueras. Nuestros hombres, agotados por el hambre y la falta de vestimenta, se alegraron tanto que no pudieron contener las lágrimas. Con la llegada de Colmenar, finalmente pudieron alimentarse y vestirse adecuadamente.

Cuando Rodrigo Colmenar se reunió con los principales hombres de Urabá, quienes eran considerados de mayor consejo, se decidió que se debía hacer venir a Nicuesa como gobernador, para poner fin a las discordias y disputas que habían surgido por el mando, decisión que no agradó ni al bachiller Ancífo ni a Vasco Núñez.

No obstante, Rodrigo Colmenar, acompañado de su navío y un brigantino, decidió hacer venir a Nicuesa. En pocos días llegó a Beragua, donde encontró al desafortunado capitán Nicuesa. Este, cerca de la cima de un monte que se adentra en el mar llamado Marmorfa, había construido una pequeña torrecilla como reducto, tras sufrir enormes penalidades: de sus 785 compañeros, solo sesenta habían sobrevivido, y estos estaban tan debilitados por el hambre que apenas podían mantenerse de pie.

Nicuesa, pese a su sufrimiento, había armado su brigantino con artillería y pequeñas piezas, preparado para cualquier empresa que se presentara. Explorando la región, descubrió tierras fértiles y ricas en vituallas, y muchos indios habitaban la zona. Sin embargo, él prefería arriesgarse a morir de hambre antes que depender de la suerte, experiencia que otros capitanes con menos hombres comprenderían más tarde como fruto de su falta de prudencia y escasa inteligencia.

Cuando Colmenar desembarcó y vio el estado de sus hombres, representando ante él la escena, se impresionó al contemplar los ojos y rostros de tantos muertos. Además, Nicuesa, que había logrado sobrevivir al hambre, fue recibido con abrazos y gran alegría por los habitantes de Santa María la Antica del Darién, quienes lo consideraban muy deseado para ejercer autoridad y poner fin a los conflictos internos.

Nicuesa se mostró agradecido con Colmenar por haber venido a visitarlo y se mostró contento de encontrarse con él. De común acuerdo, subieron a su nave y, tras resolver los infortunios ocurridos, Nicuesa comenzó a quejarse de los españoles de Santa María la Antica, quienes querían arrebatarle el oro que había reunido, alegando que sin la licencia del capitán Fogheda —su colega y capitán del Rey Católico— no podían tomarlo.

Al oír estas palabras, los españoles, con el apoyo de Vasco Núñez y del bachiller Ancífo, acudieron a Colmenar y Nicuesa, amenazándolo y obligándolo a embarcarse en un brigantino con diecisiete de sus hombres, partiendo bajo coacción. Esto disgustó a muchos de los hombres buenos, pero no se atrevieron a contradecir por miedo a estar del lado de Vasco. Esto ocurrió en el año 1511. Nicuesa, al zarpar hacia la Isla Española para lamentar el agravio que Vasco le había infligido, nunca más fue visto; se cree que se ahogó junto con todos sus hombres.

Vasco Núñez, ya hecho jefe, tomó prisioneros a ciento cincuenta hombres junto con Colmenar. Capturaron al cacique Caretta y requisaron su alijo, procediendo con firmeza contra otros caciques de la región. Mientras tanto, Nicuesa había consumido todas las vituallas que Colmenar había traído a Santa María la Antica, obligando a los hombres a vagar como lobos hambrientos para conseguir alimento.

Vasco Núñez, junto con Colmenar, marchó hacia la costa de la provincia conocida como Coiba, donde encontró al cacique Caretta. Intentaron obligarlo a entregar sus vituallas, pero el cacique se excusó alegando que ya las había repartido a otros cristianos que habían pasado por allí, y que además estaba en guerra con el cacique Poncha. Indignados, los españoles saquearon su aldea y tomaron prisioneros a él, su familia y sus hijos. Entre la familia de Caretta, encontraron tres españoles que habían escapado 18 meses antes cuando Nicuesa marchó hacia Beragua; Nicuesa los había tratado muy bien.

Vasco regresó al Darién con el pequeño botín y las vituallas reunidas, donde inmediatamente encarceló al bachiller Ancífo y confiscó sus bienes, acusándolo de haber asumido el gobierno sin autorización del Rey Católico. Sin embargo, las súplicas de los principales de Darién hicieron que Ancífo fuese liberado en una nave.

Debido a estas discordias, Vasco decidió enviar al vicegobernador de la Española —hijo del fallecido Almirante Colón— para consultar con los consejeros del Rey Católico cómo debía ejercer el gobierno y cómo asistir a los españoles en su escasez de provisiones. Para ello, confiaron las vituallas a Valdivia, seguidor de Vasco, quien debía transportarlas a la Española.

Mientras tanto, Vasco, incapaz de permanecer ocioso y deseando realizar alguna empresa, habló con el intérprete del cacique Caretta prisionero, acordando su liberación y partiendo después a la guerra contra el cacique Poncha en la tierra firme cerca de Coiba. Caretta debía suministrarle vituallas a Vasco y a su familia, y ayudarlo en la empresa militar.

Los indígenas de esta región no combatían con flechas envenenadas, como los del golfo de Urabá, pero empleaban lanzas muy largas llamadas machane, durísimas y sin hierro, con puntas de hueso muy agudas. Siguiendo estas instrucciones, Caretta hizo sembrar el maíz lo más posible, y tras la cosecha, partieron con Vasco y sus compañeros hacia Poncha, transportando cuidadosamente todo el grano y las vituallas, a veces con gran dificultad, ya que debían cargarlo sobre los hombros.

Finalmente, llegaron a Coiba, provincia conocida también como Comograd, una extensa llanura de unas 36 millas rodeada de montañas, muy fértil y cultivada. Allí se encontraba el palacio del cacique Comogro, con numerosas casas e instalaciones, incluyendo fuentes que descendían de las montañas circundantes. Al llegar al palacio, los jóvenes hijos del cacique recibieron a los españoles con gran respeto y cortesía, cubriendo sus cuerpos excepto las partes vergonzosas, que fueron recogidas alegremente por ellos.

Se describe el palacio del cacique Comogro y las riquezas que Vasco Núñez y Colmenar encontraron allí, incluyendo oro trabajado, utensilios y otras provisiones. El hijo del cacique informó a los exploradores acerca de varias provincias sumamente ricas en oro.

El palacio se extendía hacia el mediodía, con una plaza de unos 150 pasos de largo, rodeada de altas palmeras que proporcionaban sombra y frescor. A la plaza se accedía por un pórtico de igual longitud, unos ochenta pasos de ancho, sostenido por columnas de madera robusta y finamente trabajadas. Tres lados del pórtico estaban circundados de árboles similares, pero con muros tan fuertes que parecían de piedra. En el centro del pórtico se encontraba una gran puerta que daba acceso a un patio cuadrado; hacia el este se abría una cámara grande donde dormía el cacique.

Desde esa cámara se accedía a otras dos: una destinada a las mujeres del cacique y otra, contigua, llena de cuerpos momificados atados con cordeles de algodón y colgados en palcos para su conservación. Frente a estas habitaciones había tres salas más: una para almacenar provisiones, llena de pan y otros víveres de uso cotidiano; otra repleta de utensilios de madera y algunos de estilo español, con semillas de maíz, raíces de yuca y frutos de diversas palmeras; y una tercera donde se alojaban los esclavos encargados del mantenimiento de la corte, funcionando además como cocina.

El pavimento y los palcos eran de una belleza notable, y el techo tenía forma de pabellón con largas vigas cubiertas de hojas impermeables que recogían el agua por las cuatro vertientes.

Los cuerpos momificados fueron cuidadosamente preservados y rodeados de telas trabajadas, con algunas joyas de oro adheridas según el modo que se ha descrito previamente. El mayor de los hijos del cacique, un joven de aspecto fuerte y prudente, explicó a su padre que las incursiones y saqueos que realizaban los españoles eran inevitables, y que era mejor tratarles bien para evitar conflictos. Con esto, Comogro autorizó que se entregaran parte de sus riquezas.

Colmenar valoró el oro trabajado y los objetos en unas cuatro mil unidades, y liberó a sesenta esclavos para su cuidado. Entre estos indígenas, el comercio consistía principalmente en intercambiar unos con otros, sin uso de moneda, lo que dificultaba la valoración del oro. Vasco y sus hombres pesaron el oro junto con otros bienes adquiridos, separando la quinta parte que correspondía al rey y distribuyendo el resto equitativamente entre ellos.

Al ver esta repartición, el hijo mayor de Comogro se enfureció ligeramente, arrojando el oro por la plaza y expresando a través de un intérprete que resultaba vergonzoso que los españoles discutieran por tan pequeña cantidad, cuando había tanto oro aún sin trabajar que podrían extraer y que no generaría conflictos. Les mostró que había numerosas zonas ricas en oro, pero que para obtenerlo sería necesario contar con más hombres capaces de enfrentar a los poderosos caciques locales. Entre ellos mencionó a Tumanama, señor de un territorio cercano y muy rico, cuyos habitantes eran caníbales y vivían sin leyes ni señores.

A medida que avanzaban, los españoles observaron cómo los locales extraían oro de las montañas, lo fundían en láminas y lo intercambiaban por bienes a su gusto. Vasco y Colmenar comprendieron que el valor real del oro no estaba en las pepitas sino en la habilidad de los indígenas para trabajarlo y en los objetos finales que producían. Los españoles proveían a los locales de pan y víveres para su supervivencia, ya que habitaban en zonas montañosas de difícil acceso.

Finalmente, un indígena cercano al joven Tumanama les explicó que la provincia era extremadamente rica en oro, confirmando las noticias que Comogro les había dado.

Comogro, persuadido, se bautizó junto con toda su familia. Valdivia regresó a España con la quinta parte del oro hallado, valorado en aproximadamente mil quinientos castellanos.

Vasco Núñez llegó a un gran río con numerosas poblaciones indígenas; el señor de estas, al huir, dejó oro en láminas y cadenas, así como gran cantidad de arcos y flechas. Varios hombres, al verlos pasar en tiempos de paz, confirmaron la veracidad de lo contado. Para asegurar la confianza de los españoles, el hijo prudente de Comogro se ofreció a acompañarlos y garantizar su seguridad, instruyendo a los cristianos y a los soldados de su padre sobre cómo podrían defenderse de los enemigos y asegurar la extracción del oro.

Conmovidos por la prudencia del joven, los españoles apenas podían responder. Tres intérpretes ayudaron a persuadir al viejo Comogro para que se convirtiera al cristianismo; él, sus hijos y toda su familia fueron bautizados, adoptando el nombre de Carlos, en honor al príncipe de España. Tras este acto, planearon regresar al Darién con gran número de hombres, para poder llegar hasta el mar del sur.

Partieron, llegando a Santa María del Darién, donde encontraron que Valdivia ya había regresado a España con solo una pequeña cantidad de bienes. Valdivia explicó que la nave que transportaba sus provisiones había sido insuficiente y que, aunque el virrey y los consejeros españoles le habían prometido más ayuda, no la habían enviado. Sin embargo, aseguró que no faltaría asistencia en el futuro.

Los días siguientes, siguiendo el mismo procedimiento que antes, Valdivia sufrió una terrible tormenta en noviembre, con truenos y lluvias intensas que provocaron inundaciones en las montañas; gran parte del maíz sembrado en septiembre se perdió, arrastrado por la furia del agua. La provincia del Darién, debido a su ubicación cercana al ecuador, no sufría frío ni calor extremos.

Observando la devastación, los españoles decidieron enviar nuevamente a Valdivia a España para informar de las riquezas y del oro que se encontraban más allá del mar, y así obtener provisiones y hombres necesarios para la empresa. Del oro hallado, repartieron la quinta parte correspondiente al rey, aproximadamente quince mil castellanos, extraído principalmente de láminas que los indígenas llevaban en orejas, nariz, brazos y cuello, y algunas más grandes sobre el pecho.

Valdivia, siguiendo las instrucciones de Vasco Núñez, partió de nuevo al mar con su carabela el 10 de enero de 1511, llevando consigo el oro destinado a España para su familia. Mientras tanto, los demás exploradores regresaron al Darién, decididos a explorar las regiones cercanas.

Desde la boca del golfo de Urabá hasta el extremo llamado Culata, unas ochenta millas, Vasco Núñez y sus hombres navegaron con un brigantino y varias canoas. Allí encontraron muchas poblaciones indígenas; el señor local, llamado Daíba, había huido para esperar a Cemaco, un líder cercano. Los españoles, tras seguir sus indicaciones, hallaron casas saqueadas, pero pudieron recuperar gran cantidad de arcos y flechas, y algunas barcas para la pesca. Aunque no encontraron muchas provisiones, debido a que la región era pantanosa y poco apta para la agricultura, sí localizaron oro en láminas y cadenas valoradas en diez mil castellanos, y cargaron las embarcaciones con todo lo que pudieron de arcos, flechas y otros objetos útiles.

Vasco Núñez y Colmenar entablaron amistad con el señor Tarui y encontraron la zona habitada únicamente por pescadores: un poblado de unas cien casas, cuyo señor era Abenamache. Avanzando más al interior, hallaron a otro señor llamado Abibelba, cuyo palacio inspeccionaron.

Se dice que en esta expedición, durante la noche, grandes murciélagos, del tamaño de tórtolas y venenosos, atacaron a los hombres; al principio no sabían cómo curarse, pero algunos indígenas les enseñaron que el agua de ciertas piedras preciosas podía servir de remedio.

Al regresar hacia atrás desde ese ángulo, se encontraron en medio del golfo con una fuerte tormenta que destruyó parte de lo que habían ganado los pescadores y muchas de sus embarcaciones naufragaron. Mientras Vasco Núñez hacía esta exploración hacia el centro del golfo, Colmenar navegaba por la boca de otro gran río, que desembocaba en el golfo hacia el levante, recorriendo unas cuarenta millas, donde encontró muchas poblaciones junto a la ribera. El señor local, llamado Turuí, les permitió subir a sus casas, les ofreció buena hospitalidad y alimento según lo que necesitaran.

Esta amistad, conocida por los habitantes del Darién, motivó a Vasco Núñez a visitar nuevamente a Turuí, quien les entregó víveres y provisiones. Después, los exploradores continuaron río arriba cuarenta millas más, hallando una isla grande rodeada por el río, habitada solo por pescadores. Allí observaron muchas redes de algodón, de diversas formas: algunas largas y anchas, otras con boca estrecha y reforzadas con madera. Vieron a las mujeres tejer redes, capturar peces grandes y secarlos en el sol; también secaban los peces viejos o inservibles.

El suelo estaba cubierto de hojas grandes que servían de lecho, y notaron numerosos árboles de café, naturales de la región, por lo que llamaron la zona “Isla de la Caffia”. Desde la margen derecha del río corría otro río, que denominaron Río Negro. Tras recorrer quince millas desde su desembocadura, encontraron un poblado de unas setecientas casas, cuyo señor era Abenamache.

Cuando los españoles se acercaron, Abenamache abandonó sus casas y regresó con gran furia, armado con espadas de madera dura y largas lanzas, intentando impedir el saqueo. Sin embargo, fue rápidamente dominado y capturado junto con varios indígenas principales. Un joven español, herido en combate, fue atendido con un golpe de espada derecha, según el protocolo militar de la época.

Los hombres de Vasco Núñez, alrededor de quince a treinta, mientras otros acompañantes navegaban por el río en nuevas canoas, exploraron ambos márgenes del río, encontrando grandes afluentes. Tras setenta millas desde el Río Negro, llegaron al territorio del señor Abibeiba, situado en medio de extensas paludi. Sus palacios y otras viviendas, más pequeñas, estaban construidos sobre pilotes de madera, reforzadas y cubiertas con hojas para protegerse de las frecuentes inundaciones.

Los indígenas construían estos palacios elevados para resistir las crecidas del río. Algunos árboles servían de soporte para plataformas tan altas que un hombre, con los brazos extendidos, no podía abrazar su tronco. Las plataformas eran tan robustas que varios hombres juntos no podían moverlas; bajo ellas guardaban el vino, que los sirvientes subían y bajaban mediante pequeñas escaleras con la misma destreza que en un terreno plano.

Nuestros hombres llegaron junto al gran árbol donde habitaba Abibeiba y le rogaron que descendiera, mostrando signos de paz y los presentes que le traían. Abibeiba respondió que prefería quedarse en su casa, permitiéndoles vivir en paz sin ser molestados. Ante la insistencia de los españoles, quienes incluso amenazaron con cortar el árbol si no descendía con toda su familia, Abibeiba, viendo la determinación de los hombres, bajó con dos de sus hijos y acordó la paz, preguntando qué deseaban.

Los españoles declararon que buscaban oro, a lo que Abibeiba respondió que no tenía y que nunca se había preocupado por ello. Sin embargo, ante la insistencia y el deseo mostrado por ellos, se ofreció a ir a buscar oro en los montes cercanos, prometiendo regresar dentro de un plazo determinado. Pasados los días, cuando debía regresar con el oro, nuestros hombres, decepcionados, no encontraron nada.

Tras estos hechos, Abibeiba y Abenamache, junto con otros caciques que conspiraban, fueron derrotados y enviados prisioneros al Darién. La conspiración de varios caciques tenía como objetivo atacar y asesinar a los españoles. Los habitantes de la región, informados por el cacique Comogro de las costumbres caribes, comían carne humana, y por ello los exploradores se adentraron unos treinta kilómetros río arriba en busca de más información.

Llegaron a unas chozas de paja abandonadas por los caribes, quienes habían huido ante la llegada de los cristianos, y trasladaron sus pertenencias a la cima de montes cercanos. Mientras Vasco Núñez y Colmenar exploraban el río, un español llamado Raía, encargado de la vigilancia del territorio de Abenamacheí en el Río Negro, decidió buscar con nueve compañeros un poblado cercano del cacique Abraíba. Al saber de su llegada, muchos indígenas armados con lanzas bloquearon el paso en un bosque espeso y mataron a Raía con dos compañeros. Los demás, viendo la imposibilidad de usar sus armas a través de la densidad del bosque, se retiraron a la planicie y regresaron al lugar donde habían partido.

Los indígenas despojaron a los cristianos de sus armas y se las llevaron al cacique, donde también estaban Abibeiba y Abenamache, quien se había mutilado la mano. Tras esto, los españoles reorganizaron sus fuerzas, enviando a un gran número de hombres para atacar la guardia del río Negro y castigar a los indígenas, asegurándose de mantener siempre control sobre ellos y sobre sus familias.

El día determinado, nuestros hombres regresaron por las canoas de los caribes y, al llegar, fueron atacados por una gran multitud de indígenas armados con lanzas y flechas. Inicialmente los atacantes retrocedieron al ver la fuerza de los españoles, quienes lograron matar a varios y capturar a muchos más, mientras los caciques lograron escapar. Los prisioneros fueron enviados al Darién para trabajar la tierra, y los hombres de la región, tras ser pacificados, fueron dejados con una guardia adecuada, mientras el capitán Hurtado permanecía con treinta hombres.

Ese mismo día, algunos compañeros fueron enviados río abajo con mujeres e indígenas prisioneros, montándolos en las canoas llamadas Vru. Durante la segunda expedición, atacaron cuatro canoas de indígenas, hundiéndolas y matando a los que pudieron. Dos compañeros lograron salvarse aferrándose a la madera del río, mientras que la disposición de los indígenas vecinos quedaba al descubierto, y diariamente los españoles aseguraban la provisión que debían realizar. Así, según la voluntad de Dios, la situación quedó completamente bajo control.

Vasco Núñez, jefe de los del Darién, tenía entre las mujeres indígenas que le acompañaban a una muy querida, a quien amaba mucho y a la que prodigaba caricias. Al ver esto, su hermano apareció, mostrando un día una insolencia tal contra los cristianos que provocó la conspiración de los caciques: cinco de ellos se unieron, con cien canoas y más de cincuenta mil indígenas por tierra, y en la villa de Tichirí prepararon todos los efectos y organizaron el día del ataque, planeando la muerte de Vasco Núñez.

Al conocer la conspiración, nuestros hombres buscaron la manera de mantener a Vasco Núñez fuera del alcance de los caciques. El hermano de Vasco, familiar de Cemaccho, quien había sido expulsado de Santa María del Darién, había hecho hundir una embarcación con hombres provenientes del Río Negro y había organizado a cuarenta de sus indígenas para matar a Vasco Núñez un día en que saliera a inspeccionar a los indígenas que trabajaban el maíz, lo que solía hacer con frecuencia. Sin embargo, la mala fortuna ayudó a Vasco, pues siempre que salía, iba a caballo o armado con lanza y espada, y los indígenas no pudieron matarlo. Al ver que sus planes fallaban, los caciques reunieron a toda la gente vecina con la intención de destruir a los cristianos.

Vasco Núñez, al enterarse de esta conspiración, ordenó inmediatamente que sus mejores hombres lo siguieran de cerca, sin perder de vista a Cemaccho, quien se encontraba a unas diez millas del Darién, y logró capturar a un indio de alto rango junto con muchos sirvientes y algunas mujeres, quienes fueron tomados como prisioneros.

Por otro lado, Colmenar avanzaba con sesenta hombres en cuatro canoas, persiguiendo al hermano del joven enamorado de Vasco Núñez. Llegaron a la villa de Tichirí, donde se había dicho que se preparaba la ruina de los cristianos. Entraron en las casas y encontraron gran cantidad de víveres, pan de todo tipo y otros enseres, que fueron retirados y llevados para su propio uso. Luego, el jefe de la villa, que había asumido el mando de la conspiración contra los cristianos, junto con cuatro de los principales indígenas, se dirigió a algunos árboles para preparar trampas y atacar, generando un gran terror en la provincia, de manera que pocos se atrevían a enfrentar a los españoles.

Nuestros hombres permanecieron varios días en la villa de Tichirí, asegurando los bienes y los víveres que habían encontrado, mientras controlaban la situación y prevenían nuevos ataques de los indígenas.

Giovanni Quincedo y Colmenar fueron enviados a la Isla Española y posteriormente a la España del Rey Católico para relatar todo lo que habían encontrado y solicitar que se enviaran cien hombres para cruzar el mar al mediodía. Vasco Núñez había planeado esta empresa, pero sus hombres y partidarios no quisieron participar, temiendo que fuera demasiado peligroso. Finalmente, se designó a Giovanni Quincedo, hombre de gravedad y tesorero del Rey Católico, quien, dejando a su esposa e hijos en el Darién, aceptó la misión confiando en la necesidad de tener un compañero que pudiera intervenir en caso de cualquier contratiempo.

Partieron en un brigantino el mes de noviembre de 1512 desde el Darién, con rumbo a la Isla Española. Durante el viaje sufrieron innumerables vicisitudes, siendo conducidos de un lugar a otro, hasta que finalmente, por fuerza de las circunstancias, arribaron a la parte occidental de Cuba. Tras pasar tres meses desde su partida, y habiendo agotado todos los víveres que llevaban, se vieron obligados a desembarcar para buscar provisiones. Al llegar a tierra, encontraron muchos restos de mesas sobre la arena, que parecían provenir de algún naufragio de cristianos, lo cual los maravilló.

Allí capturaron a dos isleños y supieron que un barco de cristianos había sido atacado por los indígenas de la isla, muriendo sus ocupantes y quedando con gran cantidad de oro, algunos de los cuales identificaron como pertenecientes a Valdivia. Por esta razón, Quincedo y Colmenar decidieron continuar su viaje y regresar al barco para seguir su ruta.

Durante su estancia en Cuba, Anciso, quien había sido expulsado del Darién, fue recibido por un cacique que, aunque había recibido a algunos cristianos, se encontraba bautizado y había tomado el nombre de Comandador. Este le mostró gran respeto, entregándole víveres y llevándolo a ver una capilla con un altar dedicado a Nuestra Señora, ante el cual los indígenas asistían cada tarde recitando únicamente “Ave María”.

El Comandador le explicó que durante las guerras, los indígenas adoraban a sus “Cemis”, considerados dioses demoníacos, y que la imagen de Nuestra Señora siempre había tenido victoria sobre ellos. Ante la comparación de la imagen de la Virgen con la de los Cemis, los indígenas quedaron tan asombrados que incluso se produjo un milagro visible para todos los presentes: la Virgen apareció vestida de blanco y desató el temor y la reverencia entre los indígenas, quienes ofrecieron oro, víveres y agua en honor a la imagen.

Luego, Anciso fue instruido por el Comandador para bautizar a los indígenas que encontrara. Así, un día se bautizó a más de ciento ochenta personas, quienes recibieron regalos como gallinas, pescado salado y pan, mientras que se les enseñaba a rezar el Ave María completo, para demostrar reverencia y respeto.

Tras estas gestiones, Anciso partió hacia la corte en España con Quincedo, llevando el relato de todas estas experiencias y quejas. En consecuencia, el Rey, informado de los sucesos en el Darién, dictó sentencia contra Vasco Núñez, considerándolo rebelde a la Corona.

Colmenar y Quincedo expusieron nuevamente al nuevo Almirante y luego al Rey Católico lo que habían presenciado en las Indias y las riquezas que habían encontrado sobre el mar del mediodía. El Rey nombró a Pietro Aría gobernador de toda la tierra firme de las Indias, con mil hombres a su mando.

Volviendo a Colmenar y Quincedo, los emisarios del Darién informaron que el viaje, con todas sus vicisitudes, había durado tres meses y medio. Al llegar a la Isla Española, relataron al nuevo Almirante, hijo de Colón, y a otros consejeros reales, las misiones que habían recibido en el Darién. Posteriormente, embarcaron sobre varias naves mercantes que regularmente viajaban de España a la isla y llegaron a la corte del Rey Católico en mayo de 1513, narrando minuciosamente todos los sucesos de la expedición y, especialmente, lo que habían oído sobre las riquezas localizadas en el mar del mediodía.

El Rey, tras recibir estos informes y con pleno conocimiento de la muerte de los primeros capitanes Fojeda y Niquesta, y sabiendo que todos los que habían quedado en el Darién estaban bajo la autoridad de Pietro Aría —quien en toda España era conocido como “el Gobernador”—, decidió actuar. Pietro Aría ya había demostrado su valor y astucia en las guerras de Berbería. Por orden real, se le asignaron 1.200 hombres y se prepararon las naves con provisiones para cruzar a las Indias.

El obispo de Burgos, responsable de la organización, se aseguró de que todo estuviera en orden en Sevilla, desde donde el Capitán Aría, a principios de 1514, reunió a una multitud increíble de personas dispuestas a acompañarlo, no solo jóvenes, sino también ancianos y personas débiles, todos impulsados por la codicia del oro que se esperaba encontrar. A cada participante se le otorgó licencia para partir, limitando solo a 1.200 la cantidad de hombres para no sobrecargar las naves, y se garantizaron suficientes provisiones para el viaje. Además, se prohibió públicamente que los jóvenes indígenas enemigos fueran llevados a bordo.

Pietro Aría contaba con su esposa, la gentil dama Isabel Boadiglia, sobrina de la marquesa de Amoía, a quien había criado con esmero y con quien tenía ocho hijos. La señora, lejos de temer al mar o al amor de sus hijos, insistió en acompañar a su esposo, demostrando un gran valor.

Partieron desde Sevilla y, al entrar en el Océano Atlántico, enfrentaron tantas tormentas que algunas naves se rompieron y otras se vieron obligadas a arrojar gran parte de sus provisiones al mar, regresando al punto de partida. Sin embargo, los oficiales reales reorganizaron rápidamente las embarcaciones, y la expedición continuó con buen viento.

El capitán Giovanni Vespucci, un florentino muy experimentado en navegación, comandaba la flota según instrucciones reales. Vespucci sabía medir la declinación del Sol con el cuadrante y calcular los grados desde el ecuador hasta el polo, conocimientos que había aprendido de Amerigo Vespucci, quien había participado en expediciones anteriores. Por orden del rey de Portugal, Vespucci ya había navegado hacia el sur del ecuador, descubriendo tierras infinitas, tal como él mismo lo relata en sus escritos.

Vicenziano comprobó que la isla de Cuba no era tierra firme, y encontró en ella abundantes territorios revelados por el Almirante. Allí fueron recibidos por los señores de las tierras vecinas, llamados Chiaconi, quienes los atendieron con gran honor. Trajeron consigo una notable variedad de papagayos de aquel territorio.

Se preparó al gobernador Pietro Aría para su viaje, del cual se hablará más adelante, así como del segundo viaje que realizó el capitán Vincenziano, quien había acompañado al primer Almirante en múltiples expediciones. Ese año, tras la partida de Fojeda y Nicuesta desde la Isla Española, Pietro Aría, con licencia del Rey, se dedicó a explorar toda la costa del mediodía de la Isla de Cuba. Descubrió que efectivamente se trataba de una isla y no de tierra firme, como muchos creían.

Tras explorar la isla, decidió avanzar hacia el poniente más allá de Cuba y encontró muchas tierras que ya habían sido visitadas por el primer Almirante. Navegando varios días, observó estas tierras y, doblando hacia la izquierda, continuó por levante, pasando por los littorales y golfos de Beragua, luego Uraba y Cuchibachoa, hasta llegar a la tierra firme llamada Paría, donde desemboca el río Dragón, con un gran golfo de agua dulce e infinitas islas, famosas por la pesca de perlas, a cien y treinta millas al levante de la provincia de Curiana. En esta región se encuentran Cumana y Manacapana.

Los señores de estas tierras vecinas, los Chiaconi, enviaron algunas embarcaciones pequeñas llamadas Chicos, con hombres armados de arcos y flechas. Al verlas acercarse con las velas izadas, todos quedaron muy admirados. Al poco tiempo, los Chiaconi dispararon flechas, intentando matar o espantar a los visitantes, pero fueron defendidos por las tablas de la nave y no resultaron heridos. Acto seguido, los exploradores descargaron algunos cañones, sorprendiendo completamente a los Chiaconi, quienes no supieron cómo escapar. Los nuestros abordaron las embarcaciones, mataron a algunos, tomaron prisioneros y arrojaron otros al mar.

Al escuchar la artillería, los Chiaconi, temiendo que los nuestros hubieran desembarcado, destruyeron algunos de sus pueblos, llevándose consigo esposas e hijos, y comenzaron a hacer señales de paz, aunque no pronunciaron palabra alguna. A nuestros exploradores les ofrecieron oro, y al descender, les presentaron numerosos objetos de valor: oro trabajado por un valor de tres mil castellanos, un vaso grande como un tonel lleno de incienso (aproximadamente 2.600 libras a razón de 18 por libra), y muchas variedades de pavos de distintos colores y tamaños. Además, algunos paños de algodón trabajado con hilos de oro y diferentes colores, que fueron enviados a España y vistos por el Rey.

Los hombres locales vestían hasta las rodillas con paños de algodón, y las mujeres hasta el cuello y los pies, aunque el de ellas era más sencillo; a veces se duplicaba o se mezclaba con otros paños de algodón. Vincenziano observó la humanidad de estos pueblos y decidió quedarse algunos días en la región, donde admiraron una gran cantidad de papagayos de variados colores, algunos completamente blancos o rojos, otros más pequeños, que cantaban de manera diversa.

Cada año, en la provincia de Paría, los Chiaconi nombran a un nuevo gobernador, al que obedecen en todo. Si hay guerra o paz, lo siguen con atención; quien desobedece es castigado. Cinco de estos Chiaconi visitaron a Vincenziano y le ofrecieron diversas dádivas, incluyendo algo de oro y muchos frutos y aves para alimentarse. Vincenziano los aceptó y les dio vasijas de vidrio, hilos de algodón y otros objetos de colores que fueron muy apreciados, colocándoselos al cuello.

Algunos marineros dijeron que Cristóbal Colón había descubierto aquel golfo, llamado desde entonces el golfo de la Natividad. Tras establecer una gran amistad con los Chiaconi, Vincenziano partió y continuó navegando hacia levante, encontrando un extenso espacio de tierras formado por aguas provenientes de las montañas, que parecía una especie de pantano y por ello estaba deshabitado.

Tras cruzar estos pantanos y lugares desérticos, llegó a un punto de tierra que se orienta hacia levante, donde constató haber pasado el ecuador rumbo al otro polo, sin descubrir más tierras. Sin embargo, obtuvo información de algunos indígenas de una provincia vecina llamada Ciamba, quienes le mostraron montañas altas y pueblos ricos en oro. Por ello, Vincenziano, con gestos amistosos, llevó algunos indígenas a las naves, hacia la Isla Española y el Almirante, para que aprendieran nuestra lengua y pudieran actuar como intérpretes en futuras exploraciones de estas regiones.

Partió de la Isla Española y se dirigió a España, donde logró ser nombrado gobernador de la isla uricena, llamada por los españoles San Juan, situada a veinticinco leguas de la Isla Española, la cual Vincenziano había explorado y en la que había hallado abundante oro.

Surgió una gran diferencia entre castellanos y portugueses respecto a la navegación y a los derechos sobre los territorios descubiertos, cuestión que incluso el Papa Alejandro resolvió por juicio. Vincenziano obtuvo el nombramiento de gobernador de la Isla de San Juan, donde los caníbales habían matado a Cristóforo, hijo del conde de Carmigna, junto con otros cristianos, en un conflicto con el cacique de la isla.

Debido a que Vincenziano no quiso avanzar más allá de ciertos grados del ecuador rumbo al otro polo, es necesario relatar esta circunstancia. Durante el reinado de Juan de Portugal, pariente y predecesor del rey Manuel, surgió una gran disputa entre portugueses y castellanos sobre estas navegaciones. Los portugueses argumentaban que las rutas y territorios les pertenecían, pues fueron los primeros en navegar por el océano Atlántico y no había memoria de disputa alguna. Por su parte, los castellanos sostenían que Dios había creado todas las cosas en común para los hombres, y que por tanto era legítimo que los cristianos pudieran habitar y reclamar aquellas tierras. Tras un largo debate, acordaron que el Papa fuera juez, prometiendo cumplir los pactos y aceptar lo que Su Santidad determinase.

En ese tiempo, el Reino de Castilla estaba gobernado por la Reina Isabel, junto con su esposo Fernando. Gracias a la prudencia y virtudes de Isabel, prima de Juan de Portugal, el acuerdo pudo llevarse a cabo más fácilmente. Alejandro Sexto, entonces Papa, decidió dividir el mundo en dos partes mediante una línea trazada de norte a sur, pasando por un punto de las islas llamadas de Cabo Verde. Desde esta línea, se estableció que hacia poniente se encontrarían las tierras del oeste de la India, cerca del río Maragnon, y que estas serían para los castellanos; mientras que hacia levante, hasta 180 grados de longitud, quedarían las de los portugueses.

Vincenziano, sin embargo, no quiso pasar esos límites y regresó a España, donde obtuvo del Rey el cargo de gobernador de la Isla de San Juan, que empezaba a ser habitada por cristianos, aunque estaba cercana a otras islas. En dicha isla había un gobernador, Cristóforo, hijo del conde de Carmigna, persona de buen ingenio y gran ánimo, quien se dedicó a construir un puerto seguro y una fortaleza, así como a preparar la población para la defensa.

Los caníbales de islas vecinas, molestos por la presencia de los cristianos, planearon atacarlos con numerosas canoas armadas de arcos y flechas. En un día determinado, asaltaron a Cristóforo y a los cristianos, matando a muchos. Sin embargo, algunos lograron escapar al bosque con sus familias, incluyendo al obispo, que no fue visto nuevamente.

En la isla, ya existían varias misiones y conventos establecidos por órdenes religiosas: en Santo Domingo un fraile de San Francisco y otro de San Domingo, en Cuba un fraile de San Domingo de Toledo, y en Darién un predicador de San Francisco. En San Juan estaba el licenciado Alfonso Manso.

Tras el ataque de los caníbales, un cacique amigo de los cristianos ayudó a algunos a llegar a la Isla Española. Algunos caníbales de la isla cercana, llamada por nosotros Santa Cruz, vinieron también con otros habitantes hacia la isla de San Juan, donde atraparon al cacique amigo y a su familia, matándolos y destruyendo la villa en venganza, porque el cacique había hecho ejecutar a otros caníbales por su oro. Mostraron a los nuestros un gran montón de huesos de los asesinados, como prueba de su venganza, dejando asombrados a los españoles. Por temor a enfrentamientos tan fuertes, los exploradores no realizaron más represalias y continuaron su viaje.

Sobre la riqueza del Darién en árboles y la abundancia de frutos, así como de animales fuertes y singulares, se relata la empresa de Vasco Núñez para explorar las tierras de oro.

Como se dijo anteriormente, el Almirante Colón había aconsejado a los Reyes Católicos que de todas las regiones de tierra firme de las Indias, dos provincias fueran habitadas primero: Beragua y Urabá, donde se establecieron los principales puertos de dicha tierra firme. Beragua fue llamada “Castilla del Oro” y Urabá “Andalucía Nueva”, y en estos lugares se construyeron asentamientos con el fin de comodidad y ornamento. Allí se designó un obispo, encargado de instruir a los indígenas en la fe cristiana. Los españoles llevaron semillas de hierbas y plantas de la península, que crecieron abundantemente; en pocos días los melones, pepinos, calabazas, lechugas, borrajas, remolachas y coles estaban listos para cosecha.

Las vides y otros árboles traídos de España produjeron frutos de inmediato, igual que en la península. En la región de Urabá y Darién crecían además frutos naturales locales, muchos de excelente sabor y aptos para el consumo humano. Entre ellos se encontraba el árbol llamado guayánaba, con frutos similares a manzanas y limones, dulces y aromáticos. Había también palmas cuyas frutas no eran comestibles, pero aportaban gran utilidad. Otro árbol llamado guarabana, mayor que un naranjo, daba frutos grandes, parecidos a melones, muy sabrosos. Algunos árboles producían frutos llamados mirabolanos, traídos de la India oriental, secos y usados con fines medicinales.

Estos frutos abundaban tanto que los cerdos los buscaban en los montes, y se decía que los cerdos que los comían eran más sabrosos. El propio Rey Católico probó uno de estos frutos de guarabana, de tamaño comparable a un gran cedro, con pulpa tierna como un melón, y afirmó que superaba cualquier otro fruto que hubiera probado.

En la región también se cultivaban batatas, de piel negra y pulpa blanca, buenas tanto crudas como cocidas, comparables en sabor a las castañas. En cuanto a la fauna, se encontraban leones, tigres, zorros, ciervos y animales monstruosos, como uno del tamaño de un buey, con trompa semejante a la de un elefante, pelaje similar al de un buey y orejas grandes. También había animales cuadrúpedos que cargaban a sus crías en la panza mientras recorrían los árboles en busca de frutos. Los ríos de Urabá y Darién eran abundantes; en sus riberas se construyó la ciudad de Santa María la Antigua. El Río Grande, explorado por Vasco Núñez, tenía más de cuatro millas de ancho y gran profundidad, navegable y rico en especies de aves y peces.

Vasco Núñez, conocedor de la gran riqueza y oro de la región, no pensaba en otra cosa más que en explorar y reclamar estas tierras. Hombre de gran valor, participaba frecuentemente en combates cuerpo a cuerpo, obteniendo victorias, aunque con el tiempo se volvió prudente y considerado. Su ánimo estaba siempre dirigido a grandes empresas, y con su generosidad se ganó el respeto y liderazgo de los habitantes del Darién.

Al enterarse de que el Rey Católico enviaba a Pedro Aría con numerosa expedición hacia estas nuevas Indias, Vasco quiso adelantarse, temiendo que le quitaran el mérito del descubrimiento. Reunió a algunos de los más experimentados de Santa María la Antigua y a otros que recién llegaban de la isla Española atraídos por la fama del oro, y partió el 1 de septiembre de 1513 con noventa hombres armados, un pequeño barco y veinte canoas. Los indígenas locales ayudaron con hachas y herramientas para abrir camino por los bosques.

Vasco avanzó por mar hasta Coiba, territorio del cacique Caretta, amigo suyo, donde dejó algunos barcos bajo su custodia. Luego, siguiendo los caminos guiados por los indígenas de Poncha, atravesó montañas escarpadas y valles, cruzando ríos y puentes de madera largos y precarios. Gracias a la colaboración de los indígenas y sus guías, pudo avanzar con seguridad, sorteando terrenos casi inaccesibles, hasta alcanzar las tierras donde se encontraba el cacique Poncha. Tras algunos encuentros y presentes, el cacique ofreció oro por valor de doce castellanos, como compensación por un robo ocurrido el año anterior.

Vasco, a su vez, entregó cuentas de vidrio de colores, espejos y cascabeles, objetos muy valorados por los indígenas. También llevaron consigo hachas de hierro, que les permitieron talar árboles, construir refugios y fabricar canoas, pues los habitantes locales desconocían el uso de otro metal que no fuera el oro. Con la ayuda de sus guías y familiares del cacique, avanzó con seguridad por los montes y valles del Darién, atravesando ríos y bosques, y pudo conducir a toda su gente con comodidad por estos terrenos extremadamente difíciles.

Cuando Vasco Núñez llegó a la provincia llamada Esquaragua, se encontró con una gran resistencia: muchos de los indígenas, aproximadamente cien, murieron en los enfrentamientos, incluido el cacique de la región. Los habitantes se encontraban organizados en torno a fortalezas naturales y practicaban ritos que horrorizaban a los españoles.

No quiero relatar aquí todas las penurias sufridas durante el camino, que fueron muchas debido al esfuerzo de atravesar montañas y bosques densos. Me limitaré a señalar algunos hechos memorables que ocurrieron con los caciques que encontraron en esta expedición.

Antes de subir a las alturas de los montes, entraron en la provincia de Esquaragua, donde el cacique homónimo les salió al encuentro con gran multitud de indígenas armados con arcos, flechas y algunas espadas de madera reforzada. Disparaban dardos con la punta encendida que rara vez fallaban. Cuando se toparon con nuestros hombres que querían avanzar, intentaron detenerlos, advirtiéndoles mediante un intérprete que retrocedieran, o serían muertos. Vestidos con túnicas de algodón, comenzaron a herir a quienes intentaban pasar. Los españoles respondieron con arcabuces y ballestas, cuyo estruendo causó tal miedo en los indígenas que muchos cayeron al suelo y otros quedaron paralizados, sin saber cómo huir. Como resultado, más de cien murieron, incluido el propio cacique de Esquaragua.

Vasco Núñez y sus hombres continuaron hacia la casa del cacique, donde encontraron a su hermano y otros indígenas vestidos como mujeres, según la costumbre local. Esta práctica les maravilló, ya que los pobladores de montañas y selvas tan remotas vivían casi exclusivamente de la caza y la recolección. Vasco quedó sorprendido al escuchar que aquellos pueblos carecían de placeres que eran comunes en otras partes de las Indias y que su conducta se consideraba pecado según la moral española. Algunos de los indígenas capturados, aproximadamente cuarenta, fueron atados y castigados para mostrar al resto la autoridad de los españoles.

El territorio era muy estéril y montañoso, con pocos valles cultivables, y el oro no se encontraba en estos lugares. Los habitantes usaban ropas de algodón muy escasas o, en ausencia de ellas, hojas duras de árboles para cubrirse del frío, sujetándolas con ligaduras que las mantenían unidas como un paño protector. En la región también existían grupos extremadamente feroces y belicosos, que se mataban entre sí constantemente y mantenían antiguas enemistades.

Debido a la dificultad del terreno y la fatiga de la expedición, Vasco Núñez decidió dejar algunos hombres en esta provincia mientras él continuaba. Con la guía de los indígenas de Esquaragua, avanzó por montañas y bosques espeso, atravesando ríos y valles difíciles. Tras varios días de esfuerzo, el 26 de septiembre logró alcanzar la cima de un monte desde donde pudo divisar el mar.

Allí, ordenó que todas las personas se detuvieran y él subió primero. Al llegar a la cima, se arrodilló, levantó las manos al cielo y dio gracias a Dios, seguido por todos sus hombres, reconociendo la grandeza de la empresa y la protección divina. Desde esa altura, pudieron contemplar el Mar del Sur y la riqueza prometida de sus habitantes. La alegría y la admiración fueron enormes: los montes y colinas cercanas resonaron con sus voces de júbilo.

Vasco se dirigió a sus compañeros: “Aquí está el mar que nuestros ancestros y los relatos indígenas nos habían predicho. Aquí podremos enriquecernos y satisfacer nuestros deseos”. Para dejar constancia del hecho, erigieron en dos cimas grandes una cruz sobre un árbol altísimo y, descendiendo de las montañas, marcaban cada árbol que encontraban con el nombre de Castilla, dejando memoria de su presencia en cada colina y monte que conquistaban.

Superado el primer encuentro con los indígenas, el cacique Chiappe ofreció a Vasco Núñez una gran demostración de amistad. Vasco, por su parte, asumió posesión del Mar del Sur, de parte de las tierras y provincias adyacentes, en nombre del Rey Católico y con la asistencia de San Miguel.

Al salir de este lugar, llegaron a un poblado gobernado por el cacique Chiappe, quien, armado con gran multitud de guerreros, se mostraba dispuesto a impedir no solo que Vasco avanzara, sino incluso que se acercara. Aunque los españoles eran pocos, lograron imponerse mediante el uso combinado de arcabuces y perros. El estruendo de los disparos resonó en las montañas y causó gran temor entre los indígenas, que huyeron pensando que eran hechizos enviados desde el cielo. Vasco, sin embargo, procuró no matar innecesariamente, sino ganar su amistad y conocer mejor estas tierras.

Al entrar en la casa principal del cacique, construida en forma circular con árboles rectos a modo de pabellón y cubierta de grandes hojas, Vasco liberó a muchos indígenas capturados y les ordenó que comunicaran a su señor que venían en paz y con intención de amistad, trayendo presentes. Aunque algunos se mostraron obstinados y amenazaban con incendiar el poblado, Vasco logró que obedecieran, mostrando su autoridad y benevolencia. Tras el encuentro, se hizo un fuerte vínculo de amistad: el cacique ofreció oro en diversas piezas y cadenas valoradas en cuatrocientos castellanos, mientras que Vasco correspondió entregando algunas rosarios de gran valor personal, que apreciaron más que el oro.

Después de varios días de estancia con Chiappe y sus familiares, Vasco partió hacia el mar deseado, donde se celebró una solemne ceremonia en presencia de numerosos testigos indígenas y españoles. Allí tomó posesión de todas las tierras y provincias que llegaban hasta el mar, en nombre del Rey Católico, izando banderas del reino de Castilla en cuatro lugares estratégicos. Parte de la compañía quedó en casa del cacique para explorar más fácilmente las tierras cercanas. También prepararon nueve pequeñas embarcaciones llamadas “Culche”, hechas de un tipo de madera local.

Vasco y ochenta hombres atravesaron un gran río y se dirigieron hacia un señor llamado Coquera, quien inicialmente resistió pero finalmente aceptó la paz. Se le ofreció oro en diversas piezas valoradas en doscientos cincuenta castellanos y Vasco recibió de él regalos de aves. Tras este acuerdo, regresaron a la casa de Chiappe, donde descansaron y recibieron información sobre un gran golfo cercano, conocido hoy como el golfo de San Miguel. Este golfo, desde su boca hasta el extremo opuesto, tiene aproximadamente sesenta leguas de longitud y está salpicado de islas habitadas y desiertas.

Vasco decidió explorarlo, pese a que Chiappe desaconsejaba navegarlo debido a los riesgos de la temporada, cuando ocurren grandes tempestades y se han visto naufragios. Sin embargo, confiando en la protección de Dios y con la intención de descubrir nuevos pueblos y propagar la fe cristiana, los españoles se embarcaron en las nueve Culche.

El mar comenzó a agitarse, con olas que parecían montañas, y las pequeñas embarcaciones sufrieron mucho; no podían avanzar ni retroceder y todos miraban con miedo a los demás. Vasco, pese a no conocer la costa, mantuvo la calma y, con esfuerzo, lograron llegar a un islote donde pasaron la noche. Allí ataron las embarcaciones lo mejor posible, usando cuerdas, troncos y hierbas marinas resistentes, protegiéndolas del oleaje. La tormenta había dejado algunas embarcaciones semi hundidas y llenas de arena, y la tripulación sufrió hambre, salvándose solo gracias a la comida arrojada al mar previamente.

Los indígenas locales explicaron que el rugido del mar se debía al choque de corrientes y rocas sumergidas, especialmente intenso durante los meses de octubre, noviembre y diciembre, que ellos medían por la luna. Este conocimiento tradicional permitió a los españoles comprender mejor las fuerzas naturales del golfo y continuar con su exploración.

Después de la visita a Tumacco, señor del lugar, quien había sido herido y derrotado en combates previos, se estableció de inmediato una relación de amistad con Vasco Núñez. Tumacco ofreció oro y numerosas perlas a su regreso a Darién, obtenidas de algunas islas riquísimas donde se practicaba la pesca de perlas.

Al cabo de algunos días, Vasco decidió visitar a otro señor llamado Tu-Yasco, que habitaba al otro lado del golfo. Al llegar, lo encontró armado al igual que los demás, pero derrotado y herido en el combate. Siguiendo el consejo recibido del cacique Chiappe y sin mostrar temor, ordenó que se presentara su hijo, a quien trató con gran afecto y le regaló varias cuentas de vidrio de su propiedad, indicándole que debía llevarlas a su padre y comunicarle la fortaleza de los españoles, quienes portaban objetos del cielo en sus manos, mostrando así su benevolencia hacia quienes los recibían con respeto.

Tumacco, al ver a su hijo vestido y escuchar las palabras de Vasco, decidió acercarse acompañado de numerosos familiares. Tras tres días de viaje llegaron, y Tumacco presentó gran cantidad de oro y perlas, doce libras en total, algunas grandes. Aunque en ese momento no llevaba nada para regalarle, la gran amistad establecida con Vasco motivó que enviara a sus familiares con más obsequios de oro por un valor de seiscientos catorce castellanos, 240 perlas grandes y un número infinito de perlas pequeñas.

Vasco y su comitiva quedaron muy contentos con las perlas, aunque observaron que no eran tan ricas como deberían, porque no habían sido calentadas al fuego, método necesario para que las ostras se abrieran y se pudiera consumir su carne, considerado un manjar de gran valor.

Tumacco, al ver la estima que los españoles tenían por las perlas, ordenó a algunos indígenas presentes que se dedicaran a su pesca. Cuatro días después regresaron con doce libras de perlas grandes y pequeñas, blancas por haberse obtenido sin calentarlas al fuego, lo que aumentaba su valor y las hacía muy apreciadas por los españoles. De esta manera, los indígenas demostraban afecto hacia Vasco y su compañía, mientras que Tumacco se alegraba por la amistad consolidada y se sentía satisfecho.

Vasco, por su parte, se impresionó con la gran riqueza que le mostraban. El cacique Chiappe, al ver que los españoles estaban complacidos, se mostró altivo y orgulloso, no solo por la admiración que le profesaban, sino porque Tumacco, más poderoso que él y no demasiado amigo, reconocía la benevolencia que los españoles le ofrecían. Aunque estos señores vivían modestamente y gran parte del año desnudos, no estaban libres de ambición y deseo de riqueza; sin embargo, procuraban mantener la armonía.

Para ganarse la amistad de Vasco, Tumacco le informó sobre una isla mayor en el golfo de San Miguel, gobernada por un rey poderoso. Durante ciertas temporadas, cuando el mar estaba tranquilo, ese rey organizaba un gran número de Culche, pequeñas embarcaciones, para explorar la isla y sus alrededores, matando a quien encontrara y tomando control de la región. Allí se encontraban ostras enormes, del tamaño de un sombrero, que contenían perlas tan grandes como una haba u oliva. Vasco, demostrando ingenio, hizo una pequeña bola de barro para mostrar las perlas a los españoles, y Chiappe confirmó la veracidad del hallazgo. Esto alegró mucho a Vasco y fortaleció la relación con Tumacco.

Vasco comenzó entonces a organizar una expedición con la intención de dominar la isla y repartir sus riquezas, planeando coordinar el mayor número posible de Culche y convocar a los subordinados de Chiappe y Tumacco para esta empresa. Sin embargo, ambos caciques, con gran afecto hacia él, le suplicaron que no realizara la travesía en ese momento y que la aplazara, ya que el mar, siendo cinco de noviembre, estaba demasiado agitado y peligroso, con grandes olas que ponían en riesgo la vida de cualquiera que intentara navegarlo.

Los habitantes de la región confirmaban la veracidad de los fenómenos que observaban, explicando que, cuando soplaba el viento de Scirocco y Levante, junto con el Ostro, el mar se hinchaba desmesuradamente y generaba olas enormes. Al chocar las aguas contra los escollos y las islas, se producía un estruendo continuo y un ruido aterrador.

Durante varios días que Vasco permaneció cerca del mar, se presentaron grandes tempestades acompañadas de viento y lluvia, con rayos y truenos que caían desde el cielo. Desde las montañas descendían torrentes de tamaño formidable que arrasaban árboles y raíces, llevando consigo objetos secos de increíble tamaño. Los habitantes comentaban secretamente que parecía que el mar del Sur se mostraba indignado por la llegada de los cristianos, aunque el aire permanecía sereno. Vasco comprendió que Tumacco y Chiappe estaban observando todo cuidadosamente y, al comprobar que estas islas se encontraban alejadas de la boca del golfo, decidieron enviar a algunos de sus hombres a recoger perlas.

Estos pescadores indígenas de perlas eran expertos en internarse en el mar cuando estaba calmado, descendiendo hasta el fondo. Las ostras más grandes se encontraban en profundidades considerables, mientras que las medianas estaban cerca de la costa y contenían perlas de menor valor, y las pequeñas se encontraban muy cerca del litoral, donde golpea el mar. Para cumplir el deseo de Vasco, Chiappe ordenó que treinta de sus hombres fueran al lugar indicado, acompañados de seis compañeros españoles, para observar cómo se extraían las perlas.

El vivero de perlas se encontraba a cierta distancia de la casa de Chiappe, aproximadamente diez millas, y debido a la agitación del mar, no se animaron a internarse demasiado, limitándose a recoger las perlas cercanas a la costa. En cuatro días, los seis indígenas lograron recolectar una gran cantidad de perlas, abriendo las ostras con sumo cuidado y consumiendo su carne, que era considerada exquisita, probablemente porque habían soportado hambre durante mucho tiempo. Las perlas, aunque no muy grandes —del tamaño de un diente o una pequeña haba— eran extremadamente blancas y brillantes.

Habiendo conocido y comprendido todas estas particularidades del mar, Vasco Núñez decidió regresar a Darién con sus compañeros. No obstante, quiso explorar un camino distinto al de su llegada, solicitando a Chiappe y Tumacco, con palabras afectuosas, que le permitieran partir y prometiendo regresar pronto para continuar con la empresa de la isla. Durante esos días, la relación con los caciques se fortaleció; ambos lo abrazaban emocionados y algunos de los indígenas, muy débiles, no podían caminar, por lo que Chiappe los mantuvo en su casa hasta que estuvieran en condiciones de seguir con seguridad, prometiendo luego acompañarlos con buena escolta.

Siguiendo su camino, Vasco tomó a algunos indígenas de Chiappe como guía y, con sus Culche, navegó por un gran río hasta llegar al territorio de un cacique llamado Teaocha. Al recibir noticias de la llegada de los españoles y de sus acciones previas en la región, Teaocha los recibió con gran alegría y palabras cordiales, invitándolos a alojarse en su casa. Allí se preparó comida y Teaocha hizo un regalo de oro valorado en mil castellanos y 200 perlas grandes, aunque no tan claras, porque habían sido extraídas mediante fuego.

Vasco, en correspondencia, le entregó dos espejos de vidrio y otros objetos que fueron muy apreciados por Teaocha. Este, deseando conocer mejor a Vasco y valorar su amistad, decidió enviar de regreso a los indígenas de Chiappe, acompañándolos y señalándoles el camino para que no se perdieran. Asimismo, Teaocha asignó a algunos de sus hombres para escoltar la expedición, llevando provisiones de pan, maíz y pescado salado, ya que en estas tierras no conocían el vino y bebían únicamente agua.

El cacique Pacra, después de haber huido en un primer momento, cayó finalmente en manos de Vasco, quien lo castigó severamente por sus crímenes. Posteriormente, Bononama expresó su agradecimiento a Vasco por la aplicación de aquella justicia, según la respuesta que él le dio.

Teaocha había previsto esta situación, ya que sabía que los españoles debían atravesar montañas y lugares estériles, habitados por numerosas fieras, como tigres y leones, que resultaban muy peligrosos para los indígenas desnudos. Nuestros hombres prefirieron tomar aquel camino, aunque guiados por un enemigo cruel, conocido como Pacra, un cacique de los alrededores, considerado más poderoso que cualquier hombre de la región. Consciente de sus atrocidades y temeroso de que los españoles quisieran castigarlo, Pacra huyó de inmediato.

En aquel recorrido, que tuvo lugar a mediados de noviembre, durante dos días ascendieron y descendieron por montañas desnudas, sin hierba ni árboles, enfrentándose a un grave peligro de muerte. El sol castigaba las valles y montañas con su calor intenso, y el agua que llevaban los indígenas se había agotado. Afortunadamente, Dios los ayudó, pues al acercarse a un alto monte encontraron una enorme cueva, cubierta de vegetación, con aguas claras que caían desde lo alto y se recogían en un receptáculo natural, dando origen a un pequeño río que descendía por la montaña. Todos se acercaron con gran alegría y, usando vasijas hechas con calabazas, bebieron y llenaron los recipientes de los indígenas.

Quisieron pasar la noche allí, pero los indígenas los desanimaron por el peligro, alegando que leones y otras fieras aterradoras merodeaban de noche por ese lugar. Por ello, siguieron su camino hasta llegar a la casa del cacique Pacra, encontrándola desierta. Sin embargo, los indígenas vecinos acudieron a recibirlos, llevándoles comida y bebida, y relataron numerosas maldades de Pacra, quien disfrutaba del mal y ejercía violencia sobre quienes no le complacían. Incluso había forzado a cuatro jóvenes hijas de señores vecinos, haciendo lo que le parecía placer.

Vasco decidió, para ganarse la benevolencia de todos los pueblos y señores de la región, enfrentar a Pacra. Con palabras persuasivas y amenazas, logró que Pacra acudiera a encontrarse con él, acompañado de tres de sus principales. Aunque los indígenas habían visto a Pacra varias veces, nunca habían observado la ferocidad con que miraba; su semblante parecía más propio de un animal salvaje que de un ser humano. Al llegar, Vasco lo hizo atar junto con sus tres acompañantes, declarando que deseaba resolver las querellas de aquellos que habían sufrido por él y hacer justicia.

Se congregó una multitud enorme para acusarlo, incluyendo tanto a señores como a indígenas, quienes relataron con detalle sus crímenes: las jóvenes forzadas, los abusos y la violencia ejercida por Pacra. Algunos incluso habían sido devorados por los perros, tal como había mencionado Vasco en sus relatos de campañas previas. Pacra, ante la severidad de la justicia, confesó que no había tomado en cuenta el oro que tenía y que algunas joyas y cadenas que mostraron los españoles, valoradas en 1,500 castellanos, las había recibido de sus antecesores y no había sentido placer alguno por ellas.

Por esta severidad, Vasco logró ganarse la amistad y la benevolencia de todos los caciques vecinos, quienes a partir de entonces lo llamaron Bononama. Chiappe, junto a otros que permanecieron enfermos, envió escolta para acompañar a Vasco, ofreciéndole alojamiento y alimentos abundantes, así como un regalo de oro valorado en 1,000 castellanos. Luego, lo acompañaron hasta el lugar donde se encontraba Pacra, presentándole sus compañeros y expresándole gratitud por haber liberado a los pueblos de un cruel tirano.

Vasco comprendió muchos secretos de estas regiones y observó que en cada casa indígena podía encontrar algún objeto de valor: una espada, una cadena, una joya sobre el cuello, los brazos o el pecho. Sin embargo, no pudo realizar experimentos ni recolectar más, pues varios hombres que habían llegado desde Darién no podían soportar las duras condiciones del viaje, y otros, provenientes de la Isla Española, tampoco toleraban la alimentación austera basada en maíz, yuca y agua, acostumbrados como estaban a comidas más delicadas. A pesar de todo, soportaron valientemente la dureza de este viaje.

Vasco encontró gran dificultad al atravesar ciertos bosques y pantanos. Por ello, el Cacique Bucchebua, en señal de agradecimiento, entregó un obsequio a Vasco, como compensación por la justicia que éste había ejercido contra él.

En el territorio de Pacra, Vasco permaneció tres días, con el fin de observar a todos los pueblos vecinos y conocer sus costumbres, así como para reunir a sus propios compañeros. Posteriormente, siguiendo las indicaciones de Teaocha, se dirigió hacia el poblado de Comogro, atravesando montañas hasta descender a dicho lugar, donde no halló más alimento que hierbas y frutos silvestres.

El poblado estaba gobernado por dos indios emparentados, llamados Catocho y Ciuriza, quienes recibieron a Vasco y sus hombres con una escasa provisión de pan y les ofrecieron acompañarlos. Vasco, entonces, envió a los indios del Cacique Teaocha para escoltar al grupo, asegurando así un viaje seguro hasta aquel Cacique.

Durante estos tres días, enfrentaron un camino extremadamente difícil: espesos bosques que requerían abrirse paso con machetes, y valles pantanosos en los que se hundían frecuentemente incluso los indígenas. Para facilitar el tránsito, extendían ramas y troncos sobre el fango. A pesar de estas penurias, lograron avanzar, aunque casi muriendo de hambre.

La dificultad del trayecto impedía el comercio entre los caciques, quienes eran enemigos constantes y se atacaban mutuamente. Finalmente, llegaron al poblado del Cacique Bucchebua, quien había huido hacia los bosques dejando su casa vacía, junto con algunos de sus hombres.

Vasco envió a decir al cacique que podía regresar sin temor a represalias. El indio respondió que había huido únicamente por vergüenza, pues no podía aceptar de buena manera el honor que le ofrecían, y en señal de aprecio envió algunos pequeños vasos de oro, explicando que si no hubiera sido despojado por otro cacique en una guerra anterior, habría podido enviar mucho más.

Vasco y sus hombres se alimentaron con algunas hierbas y agua, y continuaron su camino. Encontraron kilómetros más adelante a algunos indígenas desnudos que saludaban al grupo y se detuvieron, siguiendo las instrucciones de Vasco, para escuchar sus mensajes a través de los intérpretes.

Vasco les expresó su deseo por la salud y felicidad de todos ellos, destacando la justicia de sus acciones contra los enemigos crueles y señalando que los cristianos serían liberados de aquellos tiranos. Los indios mostraron con gestos su gratitud y disposición a colaborar en futuras campañas contra sus enemigos. Vasco, por su parte, les agradeció y prometió enviar ayuda pronto, de modo que podrían enfrentar a sus enemigos y recibir el oro que correspondiera.

Los indígenas mostraron gran alegría, ya que valoraban más las herramientas y utensilios que el oro mismo, pues su uso práctico satisfacía sus necesidades diarias y deseos, a diferencia de las delicadezas y comodidades de la vida española. Comían maíz, yuca, pescado asado u otros alimentos sencillos, que les servían para saciar el hambre, y se bañaban frecuentemente en los ríos para mantener su higiene.

Al llegar al Cacique Pocchorrofa, los hombres de Vasco dejaron a los enfermos bajo su cuidado. En aquel lugar se encontraba también el Cacique Tumanama, quien había hecho prisioneras a ochenta mujeres que habían sido tomadas por la fuerza de varios señores. Tumanama, arrepentido, liberó a los prisioneros y entregó a Vasco, en su presencia, 45 000 castellanos.

Los hombres de Vasco continuaron su avance, pero en condiciones muy precarias por la hambre, hasta llegar nuevamente al Cacique Pocchorrofa, donde permanecieron treinta días comiendo únicamente pan de maíz y sintiendo gran hambre. Pocchorrofa se mostró inicialmente renuente a recibirlos, y no se dejó convencer por las palabras ni promesas de Vasco. Sin embargo, tras su regreso, ambos intercambiaron presentes: Vasco le entregó algunos objetos que poseía, mientras que Pocchorrofa dio a Vasco tanto oro que su valor ascendía a 45 000 castellanos, acompañado de algunos esclavos.

Al querer continuar su viaje, Vasco indicó que debían pasar por el territorio de un Cacique llamado Tumanama. Este cacique, anteriormente muy poderoso y temido por los hijos del poblado de Comogro, había perdido parte de su influencia y no contaba con tanto oro como se decía. Además, era enemigo de Pocchorrofa, por lo que le agradó la idea de Vasco de atacarlo.

Vasco dejó a los enfermos al cuidado de Pocchorrofa y, al amanecer, sus hombres, muy animosos, emprendieron el camino para ejecutar el plan: al principio de la noche, junto con los indios aliados de Pocchorrofa, asaltaron el poblado de Tumanama. Encontraron y tomaron a las mujeres y provisiones que había en su poder, distribuyéndolas entre varios caciques aliados. Los demás habitantes del lugar, confiados y despreocupados, no esperaban ningún ataque. Las casas, separadas entre sí, eran de madera con techos de paja o hierba, muy resistentes. La casa de Tumanama estaba unida a otra de similar tamaño, formando un conjunto de gran extensión para alojar a los indios durante sus campañas de guerra, que Tumanama a veces emprendía.

Cuando Tumanama fue apresado con todas sus mujeres, las maltrataron según las costumbres de la región, causando gran temor entre él, que pensaba que todo estaba perdido. Arrodillado, suplicó perdón a Vasco, asegurando que nunca había cometido tales crímenes y que quizá algún cortesano ebrio había pronunciado palabras semejantes. Además, afirmó que los señores indígenas lo habían acusado por envidia y prometió entregar a Vasco una gran cantidad de oro.

Al mostrar respeto a Vasco, Tumanama reconoció la superioridad de los cristianos y la habilidad de sus armas, particularmente de las espadas, más agudas que las de sus propios hombres. Vasco, simulando compasión, le permitió conservar la vida y le dio instrucciones de quedarse tranquilo.

Mientras tanto, Tumanama entregó a Vasco oro por valor de 15 000 castellanos, adornado con cadenas que llevaban sus mujeres. Al día siguiente, sus cortesanos aportaron otros 3 000 castellanos como compensación por los daños causados contra los cristianos. Vasco, queriendo conocer el origen de aquel oro, no logró que Tumanama confesara que provenía de su propio territorio, insistiendo siempre que había sido traído por sus antecesores desde el río Comogro. Algunos hombres de Pocchorrofa afirmaban que no querían revelar la verdad, y que el país estaba abundantemente provisto de oro, mientras que Tumanama aseguraba que en su tierra no había minas y que, aunque alguna vez se hallara algún grano, no le había dado importancia ni aprovechamiento, pues requería mucho tiempo, esfuerzo y poco resultado.

Después de que Vasco extrajo algo de oro de algunas tierras de Tumanama, y encontrándose enfermo, regresó al palacio del viejo Comogro, que ya había fallecido, dejando el lugar a su hijo. Allí presentó a unos a otros y, desde Darien, se encargó de organizar a toda la gente bajo el mandato del Recatólico.

Mientras Vasco arreglaba sus asuntos, llegaron aquellos que habían permanecido enfermos en Pocchorrofa, el 24 de diciembre de 1513, trayendo consigo instrumentos para extraer oro. Como al día siguiente se celebraba la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, Vasco quiso conmemorarla sin realizar trabajos; sin embargo, el día de San Esteban se dirigió a un montículo cercano a la casa de Tumanama y, encontrando que la tierra contenía oro, hizo excavar un hoyo de un palmo y medio de profundidad, hallando granos de oro no muy grandes. Esto confirmó que lo que los vecinos le habían dicho a Vasco era cierto: el territorio de Tumanama efectivamente contenía oro, aunque Tumanama apenas le daba importancia. Algunos opinaban que el cacique se mostraba indiferente porque no quería que los españoles se apropiaran de aquel oro, obligándolo a permanecer en su provincia.

Poco le importó a Vasco, quien decidió ocupar tanto la provincia de Tumanama como la de Pocchorrofa, planeando construir nuevas fortificaciones en ambas, sirviendo como refugio para los cristianos y, al mismo tiempo, aprovechando la tierra fértil para producir cereales y árboles. Antes de partir, Vasco quiso probar otro terreno, el cual también resultó muy rico en oro, hallando rápidamente una cantidad considerable. Animado por este hallazgo, confió en poder mantener la amistad de Tumanama, siempre que este no molestara a sus hombres, y lo persuadió para que continuara cooperando en la extracción del oro.

Tumanama se mantuvo en buena relación con Vasco, mostrando respeto y entregándole voluntariamente a su hijo, para que los españoles pudieran enseñarles su lengua, costumbres y religión. Durante este tiempo, Vasco cayó gravemente enfermo de fiebre debido al esfuerzo realizado, pero soportó la enfermedad. Por ello, se hizo transportar algunos objetos de madera, llamados hamacas, por sus hombres esclavizados, mientras otros acompañantes se trasladaron con dificultad, asistidos por los indígenas debido a su debilidad, hasta llegar nuevamente al palacio del viejo Comogro. Allí encontraron que el anciano había fallecido y que su hijo, llamado Carlo, había sucedido en el cargo.

El palacio de este cacique estaba al pie de montes muy cultivados, con una extensa llanura de unas 25 leguas de extensión, habitada por personas llamadas Zauana. Desde esos montes descendía el río Comogro, que atravesaba la llanura y los valles hasta desembocar en el mar del Sur, a unas siete leguas al oeste de Darien. Cuando Carlo supo de la llegada de los españoles, salió a su encuentro con numerosos indígenas, recibiéndolos con gran alegría y llevándolos al palacio, donde les ofreció abundante comida y oro por valor de 2 000 castellanos. Vasco, en reciprocidad, le entregó varios objetos, entre ellos un saco de pan, una camisa de tela fina y algunas hachas para cortar árboles y construir casas, que Carlo valoró mucho.

Carlo se mostró muy orgulloso al vestirse con los presentes de Vasco, especialmente frente a otros caciques vecinos que habían partido días antes. Convencido de la prudencia y amistad de Vasco, le pidió que mantuviera su buen trato y que nunca se apartara de la obediencia al Católico. Para proteger a su gente de posibles enemigos, se comprometió a ayudar a los cristianos en la defensa de sus casas, mujeres e hijos, y a presentar al Tiba —el gran rey local— el respeto debido al Rey Católico.

Tras esto, Vasco continuó su camino hacia la casa del Cacique Poncha, donde se encontraron con cuatro jóvenes enviados desde Darién para recibir instrucciones y llevar suministros desde España. Posteriormente, Vasco regresó a Darién, llegando el 19 de enero de 1514, y escribió al Rey Católico detallando sus acciones en estas regiones. Las cartas fueron muy bien recibidas, y Vasco, antes considerado rebelde, fue inmediatamente reconocido y nombrado capitán de todas las gentes en Darién, recibiendo honor y reconocimiento por su ardua labor, valor y empresa destacada.

Cuando Vasco se internó más allá del río Dabaiba, encontró oro en abundancia en ciertos montes. Con trescientos hombres, avanzó hacia esa región, donde se enfrentaron a cuatro mil indígenas fuertemente armados. En la primera embestida, los indios fueron rechazados, pero reforzaron la lucha, y Vasco resultó gravemente herido, viéndose obligado a regresar a Darien.

Tras descansar varios días y recuperar fuerzas, muchos de los principales hombres de Darien fueron a visitarlo y le contaron que habían escuchado de otros indígenas sobre extensas tierras más allá del río Dabaiba. Estas tierras estaban al final del golfo de Urabá, con múltiples bocas de río y grandes pantanos, donde algunos indígenas recolectaban cantidades inmensas de oro, que luego intercambiaban por bienes necesarios para su sustento y vivienda. Vasco decidió partir hacia esas regiones con la esperanza de encontrar el oro mencionado.

A su llegada, encontró grandes copias de marinos y lagartos. Formó una expedición de trescientos hombres, algunos transportados en canoas y otros en pequeñas embarcaciones llamadas brigantines, navegando contra la corriente del río, que desembocaba en el golfo citado cerca del ecuador. Durante cuatro o cinco millas se encontraron con extensos pantanos de cañas y juncos gruesos, plagados de mosquitos y murciélagos, así como con árboles semejantes a palmeras altísimas.

En el camino, se toparon con muchas canoas llenas de indígenas armados con arcos y flechas. Al verlos, los españoles dispararon sus armas, obligando a los indígenas a huir hacia pequeños canales entre los pantanos, tan estrechos que era imposible avanzar con facilidad. Después de recorrer aproximadamente seis millas, llegaron a una gran llanura donde el río formaba un lago, con una isla cubierta de palmeras altísimas. Sobre esta isla y la planicie circundante se encontraban las viviendas de los indígenas, construidas con madera unida y cubiertas con hojas, formando plataformas elevadas conectadas unas con otras, de manera que desde lejos parecían estructuras continuas y densas.

En estos palafitos se habían reunido cerca de cuatro mil indígenas, todos armados con arcos, flechas envenenadas y dardos. Las viviendas estaban conectadas mediante canales y cuerdas que dividían a la población en varias secciones, donde también amarraban sus canoas. Vasco, al entrar en uno de estos canales con sus compañeros, fue atacado por todos lados con flechas envenenadas. No fue posible cubrirse completamente con los escudos, y muchos resultaron heridos o murieron en el primer enfrentamiento. Vasco sufrió dos heridas: una en la cara, recibida de un pedazo de madera que cortaba como si fuera espada, y otra en el brazo derecho, causada por un dardo.

Los hombres que habían quedado en las brigantines, en el otro lado del canal, también fueron heridos en su mayoría. Finalmente, Vasco, gravemente herido junto con sus compañeros, logró retirarse hasta las embarcaciones y regresar a Darién siguiendo el curso del río, después de un combate tan intenso como desesperado.

Petraria, gobernador de la tierra firme de las Indias Occidentales tras descubrir algunos montes, ríos y puertos, entró en el puerto de Santa María, donde habitaban hombres muy feroces, y allí fueron repelidos con daño. Se encontraron también con Gonzalo Hernández y una amplia y poblada valle con diversas cosechas.

Volviendo a Petraria, como se dijo, partió con una flota de 17 naves y 1.200 hombres a comienzos del año 1514. Ocho días después arribaron a la isla de las Canarias, llamada Gomera, donde permanecieron 16 días para aprovisionarse de leña y reparar la nave capitana, que se había roto. Luego pusieron rumbo al oeste, y el 3 de junio llegaron a la isla de los Caníbales, llamada “Domingo”, situada a 14 grados sobre el ecuador. Allí pasaron cuatro días recolectando leña y agua, sin encontrar hombres, pero hallando rastros de asentamientos indígenas en las islas Matína, Guadalupe y Galante.

Navegaron en un mar lleno de arrecifes, rocas y bancos sumergidos, donde otras expediciones habían informado sobre grandes dificultades de navegación. Cuatro días después de partir de la isla “Domingo” descubrieron altos montes en la tierra firme, cargados de nieve, donde se formaban rápidos torrentes y corría el río Gaíra a 11 grados sobre el ecuador. Allí se encontraron con Rodorico Colmenar y otros ríos de la provincia de Caramairí, donde había dos puertos bellísimos: Cartagena, a 10,5 grados, y Santa María, a 11 grados sobre el ecuador. El puerto de Santa María estaba más cerca de los montes, casi al pie de sus raíces, mientras que Cartagena se hallaba unas cinco leguas más hacia el oeste.

En el puerto de Santa María encontraron habitantes feroces y numerosos arqueros, hombres y mujeres, que atacaron con flechas envenenadas. Los españoles, disparando su artillería, lograron repelerlos temporalmente, aunque los indígenas continuaban atacando desde los montes cercanos, lanzando flechas que parecían caer del cielo. Petraria envió nueve hombres a explorar el puerto, que tenía una circunferencia de unas tres leguas, con agua tan clara que se veía el fondo. En ese puerto desembocaban dos pequeños ríos navegables en canoa, donde se halló gran cantidad de peces de agua dulce y salada, barcas, casas de pescadores y redes de algodón con diversas técnicas y piedras para mantenerlas sumergidas. También se encontraron piezas de cerámica, urnas para conservar agua, pintadas con animales y flores, y pan de algodón tejido con los mismos motivos.

Gonzalo Hernández, acompañado de Petraria, exploró algunos montes y encontró zafiros, calcedonios, jaspe y ámbar amarillo, así como piedras preciosas dispuestas en las casas sobre paños de algodón. Los bosques cercanos estaban poblados de árboles de verdín. Los indígenas de Caramairí y Saturma, provincias cercanas al mar, eran grandes pescadores que intercambiaban pescado salado por bienes de otros pueblos.

En la extensa y habitada valle, las casas eran separadas y dispersas, situadas al pie de colinas verdes con árboles frutales y fuentes de agua cristalina. Allí hallaron numerosos huertos, trabajados por hombres y mujeres, cultivando ajíes, maíz, batatas y otras frutas naturales del país. Gonzalo Hernández escribió detalladamente sobre la naturaleza de estas Indias Occidentales, asegurando que el clima era benigno y templado, y que durante las noches que durmieron explorando los ríos nunca sintieron dolor de cabeza. Las calles eran rectas y bien trazadas, y los indígenas, al ver las naves, se acercaban, y tras recibir vestimenta, comida y vino de los españoles, se mostraban amistosos, aunque continuaban atacando con flechas envenenadas cada vez que los veían.

En algunas casas encontraron provisiones, carne de venado, jabalí y aves de corral que criaban allí, así como objetos de algodón, cerámica pintada y láminas de oro, aunque de baja calidad. También hallaron piezas de mármol blanco de gran dureza, que parecía haber sido transportado desde lejos y trabajado por maestros canteros, lo que maravilló a los exploradores, ya que los indígenas no poseían herramientas de hierro.

Mediante algunos indígenas prisioneros, supieron que el río R descendía de montes altos cargados de nieve y desembocaba en el mar después de recorrer numerosos pueblos y recibir afluentes. Con esta información y cargadas de botín las casas de los indígenas, las naves partieron el 15 de junio hacia el puerto de Cartagena y algunas islas vecinas habitadas por caníbales. Sin embargo, la fuerte corriente del mar hacia el oeste engañó a los pilotos de la flota, transportándolos hasta cuatro leguas más lejos de lo esperado, de manera que el viaje se volvió especialmente arduo.

Existen diversas opiniones acerca de la corriente del mar que continuamente recorre las costas de las Indias Occidentales y hacia dónde fluye día tras día. Sobre esta corriente no se había hablado con detalle hasta ahora, ya que se desconocía su causa. Algunos atribuyen el flujo y reflujo a los movimientos de la Luna, otros al Sol o al viento, y otros más a características particulares de la tierra, como si respirara como un animal grande; según estas teorías, se explicaría por qué a veces el reflujo es mayor y a veces menor.

Sea cual fuere la causa, se observa que esta corriente recorre constantemente las costas occidentales de las Indias, moviéndose ligeramente hacia el poniente. Algunos opinan que el agua mayor siempre sale por la boca de la mar cercana a Constantinopla, argumentando que cuando el agua sube por el norte, proviene de la parte más alta de la tierra, y por ello baja hacia los lugares más bajos. Otros sostienen que la corriente se origina en los grandes ríos que desembocan en el mar, arrastrando arena y tierra, lo que genera la fuerte circulación de las aguas por esa boca.

Esta misma corriente puede observarse en el Mediterráneo, donde numerosos ríos desembocan y no tienen otra salida que un estrecho; allí el agua se mezcla con el océano, girando hacia la costa de Berbería y recorriendo hasta Alejandría, desde el poniente hasta el levante. Algunos expertos antiguos opinan que, por ser el océano más profundo que el Mediterráneo y carecer de vientos regulares como los de otros mares, las aguas fluyen hacia dicho estrecho en busca de un nivel más bajo. Cerca de Córcega y Cerdeña, por ejemplo, el mar es especialmente profundo, lo que favorece este flujo.

Quienes han navegado la costa de la tierra firme de las Indias Occidentales creen que en ciertas regiones, donde la tierra se estrecha entre el mar del Norte y el mar del Sur, como entre la ciudad del Nombre de Dios y Panamá, a siete grados sobre el ecuador, existen cavernas enormes por las que las aguas de un mar pasan a otro, girando hacia el levante. Algunos atribuyen este giro al movimiento del Sol, otros a que las aguas fluyen desde un punto central de la tierra según la opinión de un sabio antiguo, y así continúan circulando sucesivamente.

Otros afirman que estas aguas corren hacia el poniente porque se ven estrechadas por innumerables islas que emergen continuamente, no muy alejadas de la costa. Estas islas, al formar cabos y golfo, obligan al agua a girar, tal como se observa en algunos grandes ríos. Según estas opiniones, se puede tocar con la mano cómo las corrientes se mueven entre las islas. Por ello, quienes parten desde La Española y regresan por el levante no perciben corriente alguna, lo que lleva a pensar que las aguas fluyen siempre junto a las costas de la tierra firme, hacia el poniente, y luego vuelven hacia el norte.

No hay certeza sobre dónde termina la tierra; algunos creen que sigue unida a Europa, pero esto no ha sido comprobado.

Sebastián Gabotto, veneciano, partió de Inglaterra con el propósito de descubrir nuevas tierras. En cierto lugar alcanzó la latitud de 55 grados sobre el Trópico del Norte, donde la noche no se parecía en nada a las nuestras. Allí observó cómo los osos marinos cazaban grandes peces de bacalao, especie que localmente llamaban “baccalái”.

Sin embargo, esta última opinión contradice la navegación que realizó el prudente Gabotto, quien, tras heredar una gran fortuna por la muerte de su padre, decidió, al igual que Cristóbal Colón, intentar descubrir nuevas partes del mundo. Se equipó con dos navíos y, en el mes de julio, partió navegando entre vientos de maestro y tramontana. Avanzó tanto que, mediante el cuadrante, constató que la tramontana se elevaba hasta los 55 grados, encontrando un mar lleno de grandes bloques de hielo que se movían a un lado y otro, poniendo en gran peligro a sus naves.

En aquel lugar, la noche era distinta a la que conocemos, pues el espacio entre la puesta del Sol y el levantarse era iluminado, como si fuera verano durante las 24 horas. Debido al hielo, se vio obligado a regresar y retomar el camino por la costa, que primero corre hacia el levante, luego se dirige al poniente. En esa región descubrió una gran cantidad de peces enormes que se acercaban a las playas; los habitantes locales los pescaban para obtener bacalao, por lo que esta tierra pasó a conocerse como la “tierra del bacalao”.

Los indígenas, aunque tenían poco comercio, mostraban gran inteligencia y se cubrían el cuerpo con pieles de diversos animales. Gabotto y sus compañeros observaron que, al navegar hacia el poniente por la costa, siempre encontraban que las aguas corrían en esa dirección, especialmente en el golfo que se abría frente a la tierra firme.

Los exploradores quedaron maravillados al ver la cantidad de bacalaos y cómo los osos marinos los cazaban. Estos animales se apostaban en las playas y, al ver que los cardúmenes de peces se acercaban, los atrapaban con sus fuertes mandíbulas y los arrastraban al mar. Una vez en la orilla, devoraban los peces, mostrando una destreza sorprendente. Por esta razón se piensa que la abundancia de osos marinos no causaba perjuicio a los hombres de la región, sino que era parte del equilibrio natural de aquel ecosistema.

Regresemos al gobernador Pedrarias. Transportado por la corriente del mar desde el puerto de Cartagena, recorrió algunas islas de caníbales, la isla de San Bernardo y toda la costa de Caramairí, hasta llegar a la isla llamada La Fuerte, situada a 9 grados al norte del Ecuador. Allí, al desembarcar, los habitantes huyeron a los bosques abandonando sus casas, en las cuales los españoles encontraron, entre otras cosas, canastos de caña marina tejidos con tanta destreza que no podían compararse a otros, y que estaban llenos de sal blanca y purísima. Esa sal era llevada por los isleños a tierra firme, donde la cambiaban por productos de necesidad. La isla contaba con numerosos lugares donde la sal se producía de manera natural.

Mientras las naves permanecían fondeadas, los exploradores divisaron, no muy lejos sobre unos peñascos, innumerables aves de gran tamaño que llevaban un buche rojo tan grande que podía contener un celemín de grano. Una de ellas, de extraordinaria belleza, voló sobre la nave capitana y se dejó capturar; fue mostrada como curiosidad por toda la armada, pero murió a los pocos días.

Desde esta isla, a unas tres millas, encontraron a Vasco Núñez de Balboa con todo su pueblo, quienes los recibieron con gran alegría y los alojaron en las casas más cómodas que fue posible. La primera noche cenaron maíz, yuca, pescados salados y abundantes frutas del país. Al día siguiente, tras descargar harina, bizcocho y carne salada, fueron distribuidos entre las casas según el número de habitantes.

Posteriormente, se celebró un consejo con el nuevo gobernador y más de 400 habitantes del Darién. Allí Vasco Núñez narró detalladamente el viaje en que había descubierto el Mar del Sur y las grandes riquezas que, según se decía, existían en aquellas islas, así como el modo en que debía organizarse el tránsito hacia esa parte. El gobernador lo escuchó con atención y lo alabó grandemente, afirmando que merecía la gracia del rey Católico y que debía contarse entre sus capitanes más queridos. Le hizo, además, grandes demostraciones de afecto.

Por entonces, el cacique Careta, señor de Coiba, al enterarse de la llegada del gobernador, acudió a visitarlo trayendo numerosos presentes, entre los que destacaba una túnica de mangas no muy largas, primorosamente trabajada con plumas de aves de diversos colores que semejaban seda. El gobernador, en retribución, le obsequió dos colchas de plumas, vestiduras de raso y una gorra de terciopelo, presentes que Careta estimó mucho.

El cacique permaneció tres días con el gobernador, compartiendo siempre su mesa. Fue servido con comida preparada al modo español, de la cual prefirió el pan y el vino, que confesó no haber probado jamás algo mejor. Después de cada comida, el gobernador mandaba tocar diversos instrumentos de música, lo que impresionaba sobremanera a Careta, quien llegó a pensar que los cristianos recibían dones especiales del Sol, pues así como ellos, los indios, tenían en sus manos las flechas del cielo para matar a sus enemigos, también los cristianos poseían el poder de resucitar a sus amigos muertos mediante tales sones y armonías.

Para honrarlo aún más, el gobernador ordenó una exhibición de caballería: un escuadrón de hombres a caballo, armados con lanzas y espadas, y los caballos cubiertos con bardas. Careta quedó asombrado al contemplar la belleza y destreza con que aquellos hombres manejaban a sus caballos.

Después fue conducido a las naves, que admiró con gran asombro. Comentó entonces que en su provincia existían árboles enormes cuyo madero, por su extrema amargura, impedía que los gusanos marinos lo corroyeran, como lo habían comprobado en sus canoas. También dijo que había otros árboles tan venenosos que el simple humo al quemarlos podía matar a un hombre.

Tras pasar tres días con los españoles, Careta partió satisfecho. El gobernador Pedrarias, deseoso de facilitar el tránsito hacia el Mar del Sur, ordenó con el consejo de Vasco Núñez construir tres reductos donde los cristianos pudieran alojarse con seguridad en su camino: el primero en el territorio de Comogre, el segundo en la provincia de Pocchorrosa y el tercero en Tumanama, dejando guarniciones suficientes en cada uno.

Envió asimismo a distintos capitanes a diversas regiones. Entre ellos, mandó a Juan de Ayora, caballero cordobés de gran reputación, con numerosos hombres y dos carabelas hacia la costa que limitaba con el territorio de Comogre, con el fin de abrir paso al mar del mediodía. Ayora desembarcó y visitó al cacique Carlos, quien había sido bautizado por los españoles, pero en lugar de tratarlo con justicia lo despojó de su oro y de todos los bienes que pudo hallar. No contento con ello, mandó a despojar también a hombres y mujeres de sus vestidos de algodón, con los que cubrían sus partes vergonzosas.

No se detuvo allí, sino que saqueó otros pueblos de diversos caciques, sin respeto alguno, de modo que dondequiera que se supiera de su llegada todos huían. Tras cometer innumerables robos y temiendo el castigo del gobernador, Ayora se embarcó en secreto con algunos de sus hombres en una carabela y huyó con el oro y los bienes robados. De él no se volvió a tener noticia alguna.

Gaspar Morales, enviado por el gobernador, llegó a la isla de las Perlas. Tras una larga batalla logró someter al cacique de aquella tierra, quien, una vez vencido, trabó gran amistad con él y le entregó un canasto lleno de perlas. Fue bautizado junto con toda su familia y se comprometió a tributar cada año al rey Católico cien libras de perlas.

El gobernador envió luego nuevamente a Gaspar Morales a atravesar las montañas hacia el Mar del Sur, dándole la empresa de pasar a una isla situada en el golfo de San Miguel, la misma que desde la costa podía divisarse y de la cual Vasco Núñez había oído decir que producía perlas de gran tamaño. Morales partió con cien hombres, entre ellos algunos que habían acompañado a Vasco en el descubrimiento de aquel mar. Tras cruzar las montañas llegaron a los territorios de los caciques Tumaco y Chiape, quienes los recibieron con regalos y les informaron que se disponían a someter al rey de la isla de las Perlas, llamada así entonces, aunque en otros tiempos se la había denominado isla del Oro.

Estos caciques, complacidos, proveyeron a Morales de alimentos y de embarcaciones llamadas culche, con las cuales pudieron cruzar hasta la isla, aunque sólo sesenta de los españoles lograron hacerlo por falta de naves. El cacique de la isla, al enterarse de la llegada de los cristianos, salió a su encuentro con multitud de indios armados con lanzas y espadas de madera, gritando con gran furia guazzauara, guazzauara, que en su lengua significa “a la guerra con los enemigos”. Tres veces acometieron con gran ferocidad, y tres veces fueron rechazados con muchas muertes causadas por los arcabuces, hasta que, finalmente, se retiraron.

Sin embargo, el cacique procuraba reunir nuevamente más gente, aunque fue persuadido por los pueblos vecinos de que desistiera, pues le mostraban cómo la ruina de su estado seguiría si persistía en combatir. Así, optó por la amistad de los cristianos y se reconcilió con ellos. Recibió a Morales en su palacio, maravillosamente edificado, y le entregó un canasto muy bien trabajado lleno de perlas que pesaba unas 110 libras y 8 onzas. A cambio, recibió algunos collares de cuentas de vidrio, espejos, cascabeles y hachas de hierro, las cuales estimaban más que montañas de oro, pues las hallaban mucho más útiles.

El cacique llevó a Morales a lo alto de una torre desde donde se veía todo el mar y, señalando a la distancia, le dijo:
—He aquí este gran mar, y todas esas tierras e islas llenas de oro y perlas. Si me tenéis por amigo, todo lo que en ellas haya será vuestro.

Finalmente se convino que cada año aquel cacique enviaría al rey Católico cien libras de perlas. Él aceptó tal condición, aunque no se consideraba tributario, pues lo estimaba más como muestra de amistad que de obligación. Fue bautizado junto con su familia, tomando el nombre del gobernador, Pedro Arias, y selló así una firme alianza. Para facilitar el regreso de los españoles, puso a su disposición muchas culche y los acompañó personalmente hasta la costa.

La quinta parte de las perlas se entregó a los tesoreros reales, dividiéndose el resto entre los compañeros. Entre ellas hubo una tan grande como una nuez mediana, que se subastó en el Darién y alcanzó el precio de mil doscientos castellanos, siendo adjudicada por el propio gobernador a su esposa, doña Isabel de Bobadilla.

Respecto al origen de las perlas, se supo que las ostras más grandes se encontraban en los fondos más hondos, y que eran las que producían las perlas mayores, mientras que las más pequeñas, cercanas a la costa, producían perlas menores. A estas ostras las comparaban con las gallinas, pues, así como ellas ponen los huevos ya formados, las ostras maduras expulsan las perlas, mientras que las jóvenes las retienen hasta que crecen. Se creía también que las perlas que permanecían en el fondo eran a menudo comidas por los peces al ser todavía tiernas.

Gaspar Morales había ya protagonizado sus empresas, pero no se puede omitir lo sucedido con el infortunado capitán Gonzalo Badaghiozzo. En marzo de 1515, con ochenta hombres, fue enviado por Pedrarias hacia poniente, al paraje llamado Gracia de Dios, situado a 14 grados sobre la línea equinoccial. Una vez allí, no logró atraer a ningún cacique vecino —todos habían huido— pese a enviarles presentes por medio de muchos indios. Mientras trataba estas negociaciones, llegó otro capitán, Ludovico Mercado, con su compañía. Tras conferenciar, decidieron atravesar las montañas y alcanzar el Mar del Sur.

En lo alto hallaron las tierras de un cacique llamado Juana, cerca de cuyas riberas se decía que había mucho oro, sobre todo en los ríos que desembocaban en aquel mar. Pero, sabedor de su llegada, el cacique huyó llevándose consigo el tesoro. Los españoles, en represalia, saquearon el pueblo, apresaron algunos esclavos y se percataron de que éstos llevaban en el rostro señales indelebles hechas con cortes y polvos de hierbas. Cargaron a estos indios con el botín y continuaron su marcha.

A diez millas encontraron a un cacique anciano que los recibió amistosamente, aunque sin oro, pues había sido despojado en guerra por un vecino. Los españoles advirtieron que la tierra era fértil, abundante en árboles, frutos y flores. Más adelante, toparon con dos indios cargados de pan de maíz, quienes confesaron venir de un cacique llamado Totonoga, a orillas del mar, que les enviaba pescado en trueque de pan a otro cacique de tierra adentro. Conducidos por ellos, los españoles llegaron a Totonoga, quien, tras gran insistencia y amenazas, entregó oro por valor de seis mil castellanos, además de un grano hallado en los ríos que valía por sí solo dos castellanos.

Luego marcharon hacia Taracura, de quien obtuvieron oro valorado en ocho mil castellanos. Intentaron hacer lo mismo con su hermano Panome, pero éste huyó con sus tesoros. Tras saquear la región, avanzaron hacia Cheru, cacique que, temeroso de la violencia de los españoles, entregó oro por cuatro mil castellanos. En sus tierras había lugares donde los indios fabricaban sal blanca que luego comerciaban con otras provincias.

Continuando su marcha y saqueando sin miramientos, reunieron tanto oro que precisaron de cuatrocientos indios esclavos para transportarlo. Llegaron entonces a las tierras del cacique Pariza, quien, indignado por los excesos cometidos, preparó una emboscada con cinco mil guerreros armados de arcos y flechas. El ataque se produjo en un estrecho desfiladero cubierto de espesos bosques, donde los españoles, sorprendidos y sin posibilidad de formar en orden, fueron alcanzados por una lluvia de proyectiles. Setenta murieron de inmediato. Los demás, acorralados, apenas lograron escapar, abandonando todo el oro y los esclavos conquistados.

Desmoralizados y sufriendo hambre y penalidades en el camino, llegaron a Gracia de Dios, donde tenían sus naves, y desde allí regresaron al Darién. Relatado todo lo sucedido, el gobernador Pedro Arias decidió vengar la afrenta y castigar al cacique Pariza, pero, enfermando, hubo de postergar su expedición para otro tiempo.

Por orden del Rey Católico, el capitán Giovanni Solís partió con tres naves hacia las costas del Nuevo Mundo. Tras doblar el cabo de San Agustín —situado siete grados al sur del Ecuador— prosiguió navegando junto a la tierra firme, hasta que el polo antártico se le elevaba a treinta grados. En su ruta divisaron montañas, ríos caudalosos y, en cierta ocasión, algunas aldeas de indios próximas al litoral. Los naturales, con mujeres y niños, acudieron curiosos a la playa para ver las embarcaciones. Solís, deseoso de establecer contacto, hizo preparar una barca con cuantos hombres cupieron y desembarcó.

Los indios, que no aguardaban otra cosa sino la ocasión de devorarlos, habían dispuesto una emboscada con numerosos arqueros tras una colina cercana. Apenas los españoles se apartaron un poco de la orilla, fueron rodeados por una lluvia de flechas y dardos, que los mató a todos en un instante. Los compañeros que quedaron en las naves dispararon su artillería, pero desde la distancia nada pudieron hacer. Los indios, tras recoger los cuerpos, les cortaron cabezas, brazos y piernas, asándolos en grandes parrillas. Con avidez tal, los comieron aún medio crudos y ensangrentados, a la vista de los horrorizados tripulantes, quienes dieron la vuelta apresuradamente y, tras cargar brasil en el cabo de San Agustín, regresaron a España con profundo desconsuelo.

La misma desgracia sufrió, aquel mismo año de 1515, Giovanni Pontio, también enviado por el Rey Católico contra los caníbales. Hallándose en la corte, se ofreció con arrogancia a acabar con ellos en pocos días si se le daba navío y armamento, y así se le concedieron dos carabelas. Partió entonces hacia la isla de Guadalupe. Los caníbales, al verle llegar, permanecieron ocultos hasta que Pontio desembarcó con parte de sus hombres, en compañía de algunas mujeres que llevaban consigo para lavar ropa en un río. Los isleños, viéndolos apartados de la playa, atacaron de improviso: mataron primero a las mujeres y a muchos de los españoles, devorándolos después.

El capitán, herido de una flecha, logró escapar con solo dos hombres a bordo de su carabela. De la otra nave no se volvió a tener noticia alguna; únicamente una consiguió retornar a España.

El conflicto entre Vasco Núñez de Balboa y Pedrarias Dávila

Debido a la hostilidad con el gobernador Pedrarias DávilaVasco Núñez de Balboa se marchó con trescientos hombres para establecerse cerca del mar del Sur (océano Pacífico). Tras construir a toda prisa cuatro embarcaciones, el gobernador lo mandó llamar y lo mandó ejecutar de forma miserable.

Pocos meses después de que Pedrarias enviara a varios capitanes a explorar nuevas tierras, llegaron al Darién cartas del Rey católico. En ellas, el monarca expresaba su gran satisfacción con las acciones de Vasco Núñez por el descubrimiento del mar del Sur. Las cartas también incluían patentes de nombramiento, en las que lo designaba capitán de las tropas de la ciudad de Santa María la Antigua del Darién. Al ser leídas en público, estas cartas llenas de elogios para Vasco Núñez hicieron que este, al verse de nuevo en gracia con el rey y con un cargo militar, y al tener suficiente oro y muchos seguidores en la ciudad, comenzara a menospreciar a Pedrarias, a quien antes respetaba. De igual manera, Pedrarias, dándose cuenta de la mala intención de Vasco Núñez, le demostró que no lo toleraría.

Temiendo que la enemistad entre ambos provocara disturbios, los principales ciudadanos del Darién persuadieron a un fraile de San Francisco, un gran predicador que se encontraba en el lugar, para que mediara entre ellos. El fraile habló varias veces con ambos, proponiéndoles diversas soluciones. Entre ellas, le ofreció a Vasco Núñez concertar su matrimonio con una de las hijas del gobernador, pero la altivez de ambos impidió que llegaran a un acuerdo.

Con el fin de evitar cualquier escándalo, Vasco Núñez decidió marcharse y establecerse junto al mar del Sur. Reunió todo su oro y pertenencias, y se llevó a trescientos de sus fieles hombres del Darién, quienes lo siguieron con gusto, tanto para no vivir bajo el mando del gobernador como por la esperanza de hacerse ricos. Acompañados de numerosos esclavos indígenas que cargaban sus bienes y provisiones, llegaron en pocos días a las tierras de los caciques Chiapes y Tumaco, donde fueron recibidos con gran alegría.

A pesar de que Vasco Núñez había llevado a sus hombres con la intención de fundar una ciudad en algún lugar hermoso y conveniente en la costa, también quiso construir cuatro carabelas para navegar el mar hasta llegar a las islas donde crecen las especias. Con este viaje, pretendía beneficiar enormemente al Rey católico. Con la ayuda de los caciques, que les mostraron bosques de árboles enormes y abundante brea de pinos, se fabricaron las carabelas. Los maestros que Balboa había traído, con la ayuda de los indígenas de Chiapes y Tumaco, trabajaron con tal diligencia que las cuatro embarcaciones estuvieron listas en poco tiempo. Estaban unidas con clavos de madera tan resistentes como si fueran de hierro. Mientras se construían, Vasco Núñez hizo traer de Darién telas de algodón para las velas y usaron esparto y raíces de hierbas muy flexibles, que los indígenas utilizaban para las cuerdas.

Pocos días después de terminar las carabelas, Vasco Núñez se percató de que muchos de sus compañeros murmuraban. Se quejaban de que no querían ser llevados a la ventura sin saber adónde iban, deseaban descansar y disfrutar de lo que habían ganado sin trabajar continuamente. Para tranquilizarlos y motivarlos a seguirlo, los reunió y les habló de esta manera:

"Mis queridísimos compañeros, con su fuerza y paciencia, he logrado esta gloriosa hazaña de descubrir este mar. Ven ustedes la gran insolencia y las malas maneras del gobernador, que no se contenta con los títulos y la autoridad que el rey le ha concedido sobre Tierra Firme. También querría que yo, a quien Su Majestad ha nombrado capitán de las tropas del Darién gracias a mi arduo trabajo, le sirviera y me ordenara como a un esclavo indígena. Si bien esto me parece injusto, lo habría soportado pacientemente si hubiera sido en beneficio del rey. Pero su alma altiva y codiciosa no se tranquilizaría. Al enterarse de todo el oro que hemos ganado con tanto sudor y fatiga, buscaría cualquier pretexto para acusarnos de desobediencia y despojarnos de él, junto con nuestras vidas. Por eso, si queremos vivir seguros, nos vimos obligados a dejar el Darién y venir a este mar. Sepan con certeza que, si no elegimos un lugar lejano y seguro donde no pueda encontrarnos fácilmente, no estaremos a salvo de su avaricia. Pero nuestro Señor Dios nos ha preparado la manera de librarnos de esta incertidumbre con estas cuatro carabelas, listas con todas las provisiones gracias a nuestros amigos caciques. Subamos a ellas con alegría y sigamos el camino por donde la Divina Majestad nos guiará. Ven la inmensidad de este mar y han oído de las inmensas riquezas de oro y perlas que se encuentran entre los hombres que habitan sus alrededores. Nos toca a nosotros elegir una provincia con clima templado y un lugar adecuado para producir lo que necesitamos para vivir, y allí construir una ciudad donde podamos disfrutar alegremente, el resto de nuestras vidas, de las riquezas que hemos ganado. Y no duden, porque así como hasta ahora Dios no nos ha fallado en ninguna empresa, sino que siempre ha sido favorable con nosotros, así también lo será en el futuro. Así que, con el corazón alegre, síganme, porque los guiaré a un lugar donde nuestro Señor Jesucristo primero, y luego la Majestad del Rey, serán servidos".

Cuando Vasco Núñez terminó de hablar, todos sus compañeros, a una sola voz, afirmaron que nunca lo abandonarían, fuera adonde fuera.

Estas palabras fueron escritas de inmediato al gobernador por algunos de sus siervos, a quienes había enviado de incógnito entre la gente del Darién. Tras enterarse de la construcción de las cuatro carabelas, y temiendo la ambición de Vasco Núñez, Pedrarias pensó que, con el pretexto de encontrar un lugar para fundar una ciudad, descubriría alguna tierra muy rica y crecería en reputación ante el rey, robándole la gloria que él deseaba por descubrir nuevas tierras.

Al no querer que la honra de su cargo se viera manchada por la desobediencia y a sabiendas de que era inocente, Pedrarias dio la orden de que los oficiales reales levantaran un proceso contra él. Envió a cuatro de sus capitanes principales a buscar a Vasco Núñez y a informarle que él, junto con cuatro de sus principales compañeros, debía regresar al Darién y dejar las carabelas, bajo pena de caer en desgracia con el rey, ya que se había enterado de que se habían rebelado contra Su Majestad.

Cuando Vasco Núñez y sus hombres llegaron al Darién, el gobernador ordenó que le pusieran una gruesa cadena al cuello y lo llevaran a prisión. Lo mismo se hizo con sus cuatro compañeros. Vasco Núñez preguntó a gritos por qué se le hacía esta afrenta, a lo que le respondieron que era porque había querido rebelarse contra el rey, por las palabras que había dicho a sus compañeros. Vasco negó haber pronunciado esas palabras con ese fin, sino con el único propósito de que lo siguieran con más entusiasmo para descubrir nuevas tierras en beneficio de Su Majestad, pero no quisieron creerle. En su lugar, fue juzgado y condenado a que le cortaran la cabeza en la plaza. Sin embargo, se le concedió la gracia de que, antes de morir, fuera llamado a la prisión por seis de los principales oficiales reales. Ante ellos, expresó la gran pasión y el deseo que siempre había tenido de servir al Rey católico, y que esto lo había llevado a tan miserable final. Se lamentó por dos cosas: una, que se le hiciera morir sin motivo y siendo inocente; la otra, que con su muerte la Majestad del Rey se viera privada de un gran servicio que él esperaba prestarle. Afirmó que soportaría la muerte con firmeza, ya que la había enfrentado deliberadamente en muchos peligros y nunca la había temido. Rogó a Dios que en el futuro concediera a Su Majestad un servidor en estas tierras con un espíritu y una devoción tan grandes al bienestar del reino como él lo había sido.

Estas palabras tuvieron poco efecto en los oficiales, que querían ejecutar la sentencia del gobernador sin más demora. Le quitaron la cadena del cuello, lo hicieron arrodillar y le cortaron la cabeza. Luego su cuerpo fue expuesto en la plaza del Darién, como espectáculo para todo el pueblo. No hubo nadie, ni de los habitantes de la ciudad ni de los recién llegados con el gobernador, que no se lamentara por la trágica muerte de un hombre de tan infinita generosidad y que, después de tantos esfuerzos y peligros, hubiera tenido un final tan miserable.

Verdaderamente, quien lee las historias antiguas y modernas que narran la vida de capitanes excelentes y virtuosos, debe asombrarse de que pocos se han librado de una muerte cruel y miserable después de que la fortuna les ha concedido llevar a cabo alguna empresa famosa.

El gobernador Pedrarias, después de la muerte de Vasco, dejó a su mujer en la ciudad del Darién, cruzó las montañas y, al llegar al mar del Sur, se embarcó en las carabelas que había construido Vasco Núñez. Después de navegar algunos días, los sorprendió una gran tormenta, que rompió los mástiles y rasgó las velas, y los arrastró durante dos días y dos noches. Finalmente, llegaron a una playa donde había un poblado indígena llamado Panamá. Al desembarcar, Pedrarias vio que el lugar era hermoso y adecuado para construir, y entendió que era el más cercano a lo largo del estrecho de Tierra Firme, por lo que decidió edificar allí la que más tarde se convertiría en una de las ciudades más famosas de las Indias en el mar del Sur.

Descripción minuciosa de La Española, sus habitantes y provincias

Así como los buenos marineros, para no ser criticados por su navegación, deben describir los diversos países y lugares que han visto, de igual manera me parece que debo hacer yo al final de este primer libro de mi historia. Y ya que he comenzado con la isla La Española y recorrido toda la costa de Tierra Firme de las Indias, aunque ya la he descrito en parte, según lo que ha sucedido, para que se entienda mejor, la describiremos en detalle con toda la diligencia que nos sea posible.

La isla La Española está situada entre la línea del Ecuador y el trópico de Cáncer. Se extiende en una longitud de oriente a poniente de unas 200 millas y en algunas partes tiene una anchura de sur a norte de 300 millas. La parte central, donde se encuentra la ciudad principal llamada Santo Domingo, está a 19 grados sobre el Ecuador, y la parte más al norte a 20 grados y medio.

Se cuenta que los primeros habitantes llegaron de esta manera: dos facciones se enfrentaron en la cercana isla de Matinina, y la parte más débil se vio obligada a huir con sus esposas e hijos. Así, en sus canoas, se fueron a la ventura por el mar, y al ver las costas de La Española, desembarcaron en una zona que llamaron Cahonao, por donde corre un gran río llamado Bahaboní. En su desembocadura, hay una pequeña isla en la que se dice que los primeros habitantes construyeron su primera casa, la cual hasta hoy llaman Camoncía, y le tienen tanta reverencia que acuden a visitarla por devoción desde toda la isla, tanto hombres como mujeres.

Una vez en la isla, al ver su gran extensión y no saber dónde terminaba, pensaron que era el mundo entero y que el sol no calentaba ninguna otra tierra fuera de esta y de las islas cercanas. Por eso la llamaron Quisqueya, que en su lengua significa "el todo". Una vez en el interior, al ver las altísimas montañas con sus rocas escarpadas, también la llamaron Haití, que significa "áspero". Le dieron un tercer nombre, Cipango, por unas montañas que se parecen a las de la isla Matinina, las cuales se llaman Cipangi. Pero nosotros la llamamos La Española.

Esta isla tiene los días casi iguales durante todo el año, y cuando el sol está en el trópico de Cáncer, el día no varía más de una hora. Su clima es muy templado, ya que no hay calor ni frío excesivos, aunque en las partes con montañas muy altas hace frío, pero esto se debe a las propias montañas. Los árboles están siempre verdes, cargados de flores y frutos, y las hojas nunca caen a menos que nazcan nuevas. Todas las hortalizas y los árboles frutales traídos de España crecen tan bien, como se dirá en el siguiente libro, y lo mismo ocurre con los demás animales, como bueyes, caballos, etc.

El trigo, al haber sido sembrado en muchos lugares, crece mejor en las laderas y montañas, donde a veces hace frío y la tierra no es tan fértil. Al sembrarlo en el llano, la tierra es tan fértil que la planta crece mucho más larga que la caña de un sorgo y no produce tantos granos. Sin embargo, en las montañas, la espiga es tan gruesa como el brazo de un hombre y está llena de granos, que llegan a superar los dos mil. Pero quienes han ido de España a esta y a las islas cercanas opinan que, al comer pan de trigo o pan de yuca, prefieren el pan de yuca, aunque no sea tan agradable al paladar.

Pero yendo a la descripción detallada de las partes de la isla, aunque arriba hayamos dicho que está dividida en cuatro partes por cuatro grandes ríos que descienden de altísimas montañas —el Juna al este, el Altibúnico al oeste, el Neiba al sur y el Yaqui al norte—, muchos capitanes y personas de intelecto que han querido informarse más en detalle de sus habitantes la dividen en cinco provincias principales.

Comenzando por la parte oriental, dicen que se llama Caizcimu, que en la lengua de La Española significa "frente" o "principio". Esta provincia limita al sur con el río Ozama, que pasa por la ciudad de Santo Domingo, y al norte con las altísimas montañas llamadas Haití por su aspereza. La segunda se llama Hubabo, que se encuentra entre los montes de Cibaho y un río llamado Cubaho. La tercera, Caiabo, abarca todo el espacio entre el Cubaho y el río Yaqui, y se extiende hasta los montes de Cibao, donde hay tanta abundancia de oro, y de donde nace el río Neiba, que desemboca en el mar hacia el sur. La cuarta, llamada Bainoa, comienza en los confines de Caiabo y se extiende hacia el norte, donde está el río Bahaboní, donde se ha dicho que se construyó la primera casa. El resto, hacia el oeste, lo ocupa la provincia llamada Guacayarima, porque en su lengua, Cayarima significa "nalgas" y los indígenas consideran esta última parte de la isla como la más estrecha. Gua es el artículo que en esa lengua añaden a todos los nombres propios, como en Guarionex o Guacanagari.

Pero dejando de lado los nombres de las provincias, hablemos de algún lugar en particular que merezca ser conocido.

La naturaleza de la provincia de Caizcimu y el lago del manatí

En la provincia de Caizcimu, a media milla del mar, hay un monte muy alto que tiene una caverna grandísima, cuya entrada se asemeja a la puerta de un inmenso palacio. En esta caverna se oyen ríos que caen con tal estruendo que se percibe a cinco millas de distancia. Quien va a vivir cerca, al cabo de poco tiempo se vuelve sordo.

Estos ríos forman un lago grandísimo, dentro del cual hay continuos borbollones y remolinos de agua tan fuertes que quien entrara en ellos sería tragado de inmediato. Se cree que estas aguas, después de caer en ese lugar, son tragadas por otras cavernas subterráneas. En la parte superior de esta caverna, a través de la entrada, se puede ver que es muy alta y que hay continuas nieblas que se originan por la humedad de los borbollones de esas aguas.

Sobre la cima de algunas montañas muy altas, a unas sesenta millas de la ciudad de Santo Domingo, hay un lago al que es muy difícil acceder por lo escarpado del camino. Sin embargo, nuestros hombres, que no podían estar ociosos, quisieron verlo. Al llegar a principios de junio, sintieron frío y encontraron, además de otras hierbas, innumerables helechos y las espinas que hacen las moras en los setos, que no se encuentran en los llanos de la isla.

Este lago es de agua dulce, lleno de innumerables especies de peces. Nuestros hombres lograron atrapar bastantes, encerrándolos con ramas y hojas en un recodo que forma el lago en un monte cercano. El lago tiene un perímetro de unas tres millas, y ningún río sale de él, ya que las montañas que lo rodean son altísimas. Se pueden ver muchas fuentes de agua muy clara que fluyen hacia el lago, con las orillas llenas de hierbas, mientras que las otras partes de las montañas son abruptas y rocosas.

En muchas partes de esta isla hay bastantes lagos de agua dulce, algunos de agua salada y amarga, como el que se encuentra en la provincia de Bainoa. Este lago tiene una longitud de treinta millas y una anchura que varía entre quince y doce. Los indígenas lo llaman Hagueygabon, pero los nuestros lo apodaron el mar Caspio, porque aunque innumerables ríos desembocan en él, ninguno nace de él. Se cree que el mar entra en él a través de cavernas subterráneas, ya que se encuentran muchos peces marinos. Este lago provoca grandes tormentas y a menudo hunde muchas canoas con los indígenas. Cuando el lago se agita, saber nadar no sirve de nada, porque los traga junto con sus canoas y nunca se ha visto que alguien que se ahoga en él haya sido arrojado de nuevo a la orilla por las olas.

En el medio hay una isla llamada Guarizacca, donde viven muchos pescadores indígenas que atrapan y secan estos peces. Hay otros dos lagos salados, pero más pequeños, no muy lejos de estos. También hay lagos pequeños de agua dulce. Todos estos lagos se encuentran en un valle grandísimo que se extiende de este a oeste, con una longitud de más de cien millas y una anchura de hasta veinticinco, delimitado por las montañas de Daiguani a un lado y Caiguani al otro.

No muy lejos de ese lugar, hay otro valle de unas doscientas millas de largo, llamado Maguana, donde hay un hermoso lago de agua dulce, no muy grande. Cerca de él, el cacique Caranatex tiene su residencia y su palacio, con innumerables viviendas de indígenas. Como a este hombre le gustaba pescar, siempre tenía en casa las redes más grandes y fuertes que se podían encontrar en toda la región. Un día, mientras estaba en la orilla del mar, vio a sus pescadores capturar un manatí. Aunque estos peces suelen crecer mucho, este en particular era pequeño. Lo hizo llevar vivo a su casa y lo echó en un lago cercano. Todos los días le daba pan de maíz y yuca, de tal manera que el pez se volvió tan manso que venía cada vez que lo llamaban para tomar el alimento que le daban con la mano, y se dejaba tocar por completo. A veces, si alguien quería cruzar al otro lado del lago, se dejaba montar y lo llevaba adonde quería. Este pez es muy feo a la vista, tiene el cuerpo grueso como un animal de cuatro patas, pero no tiene pies, sino unos huesos duros que le sobresalen del cuerpo, que está cubierto de escamas muy duras. Tiene la cabeza de buey y es perezoso al moverse. Dicen que su carne tiene un sabor muy agradable y es mejor que la de cualquier otro pescado.

Este pez, tan dócil y manso, vivió en ese lago durante mucho tiempo, para el gran placer de todo el que lo veía. Desde todas partes de la isla, acudían muchos a verlo ser llamado y a ver cómo conducía a la gente de una orilla a la otra del lago. Pero un día, al llegar un huracán (es decir, una tormenta con vientos y lluvias tan fuertes que muchos ríos de los montes cercanos se desbordaron), el lago se hinchó de tal manera que sus aguas llegaron hasta el mar. Entonces, el manatí fue arrastrado de nuevo al mar y nunca más se le volvió a ver.

No me extenderé más en la enumeración de los valles, montes y ríos, ni de sus nombres, ya que sería largo y tedioso para los lectores. Solo mencionaré algunos, especialmente el río Bahuam, que pasa por el centro de una región llamada Maguana, en la provincia de Bainoa. Este río nace a los pies de una montaña altísima y fluye completamente salado por muchas millas hasta que, al llegar al mar, se le unen muchas fuentes de agua dulce. Se cree que este río pasa por debajo de los montes Daiguani, que están en la provincia de Bainoa, a doce millas del lago salado conocido como el mar Caspio.

En estas montañas, al excavar, se encuentra sal muy dura y clara como el cristal, que los indígenas del interior utilizan cuando escasea la sal que se produce cerca del mar.

En la cima de los montes Cibao, que son altísimos y donde se ha dicho que se extrae oro, casi en el centro de la isla, en la provincia de Caiabo, hay una planicie llamada Cotohílungo, de 25 millas de largo y 15 de ancho. Aunque es muy alta y desde abajo parece que las nubes se ven cerca, también está rodeada por otras montañas que parecen dominar toda la isla. De estas montañas fluyen infinitas fuentes de agua muy clara hacia la planicie, que está cultivada y tiene algunos poblados indígenas. Este lugar experimenta la variedad de las estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. Hace frío, y los árboles pierden sus hojas y la hierba se seca, algo que no suele ocurrir en ninguna otra parte de la isla, donde siempre es primavera y otoño, ya que los árboles están siempre cargados de flores y frutos. Sin embargo, el frío no es tan intenso como para que nieve o se congele, pero sí es grande en comparación con el resto de la isla.

En esta planicie crecen helechos con tallos tan gruesos como la lanza de una jabalina y muchas de las espinas que producen las moras rojas. Se dice que en las montañas que rodean esta planicie hay mucho oro, pero los habitantes de allí no se molestan en buscarlo, ya que la tierra, debido a su fertilidad, produce tanto maíz y yuca que es suficiente para su pan. Cerca de las fuentes de agua, que corren muy claras, se lavan la cara, y el resto del tiempo se sientan ociosos a la sombra, o bailan a su manera y no piensan en nada más.

Hay otra región en esta isla, entre las provincias de Hubabo y Caiabo, llamada también Cotohi, que tiene grandísimas planicies, valles y montañas, pero al ser todas estériles, no está habitada y por eso rara vez van hombres a ella. Los indígenas dicen que en este lugar se encuentra el origen de toda la minería de oro de la isla y que en esas montañas se puede ver cómo el oro brota de la tierra, como si fuera una planta que nace. Aunque parezca increíble que el oro haga esto, en nuestras regiones de Europa, en el reino de Hungría, en muchos lugares, en nuestro tiempo, se ha encontrado y se sigue encontrando oro que sale de la tierra y se adhiere a los árboles como lo hacen las vides, y es de la más alta pureza.

En la provincia de Caizcimu, en la superficie de las regiones llamadas Guianama y Guariagua, el agua es muy dulce y buena para beber. A mitad de los manantiales, el agua comienza a tener un sabor salobre, y en el fondo es muy amarga. Se cree que estos manantiales nacen de agua salada y que luego aguas dulces de las montañas fluyen sobre ellas sin mezclarse.

Cerca de estos manantiales, si alguien se tumba en el suelo y pone la oreja sobre él, oye que es hueco por debajo, porque resuena, y se puede oír a un hombre a caballo a tres millas de distancia y a uno a pie a una milla.

En la última provincia, llamada Guacayarima, hay hombres que habitan en cavernas, sobre bosques y en montañas muy altas, y solo se alimentan de frutos silvestres. Nunca han querido tener contacto con los demás habitantes de la isla, y aunque han sido capturados, no se han podido domesticar. Se cree que no tienen un lenguaje definido para comunicarse entre ellos, como lo tienen todos los demás hombres del mundo, y que no saben lo que es un señor o una ley, sino que son animales completamente salvajes, a excepción de que tienen forma humana.

A veces se les ve y van completamente desnudos. No es posible atraparlos porque son más veloces que los perros más rápidos que se han traído a la isla y nunca se les ha podido alcanzar. En una hermosa parte de esta última provincia, en un hermoso valle, algunos cristianos tenían campos cultivados. Un día de septiembre, fueron a verlos con toda su familia e hijos. Mientras estaban dispersos, de un bosque cercano apareció uno de estos hombres salvajes, de aspecto horrible y terrible. Tomó bajo el brazo a un niño pequeño que yacía sobre la hierba, no muy lejos de su padre, y huyó como el viento. El padre y los demás, al ver esto, gritaron hasta el cielo y corrieron tras él con la mayor velocidad. Pero el hombre salvaje, al verlos de lejos, se detuvo y pareció esperar hasta que llegaron un poco más cerca. Pero luego volvió a correr y no se le volvió a ver.

El padre, apenado y como muerto, pensó que su hijo había sido llevado para ser comido, pero el hombre salvaje, al darse cuenta de que ya no lo seguían, vio a unos pastores que apacentaban una manada de cerdos en un valle cercano. Se acercó despacio y dejó al niño un poco lejos, en un camino por donde los pastores tendrían que pasar. Estos, al darse cuenta del niño, lo tomaron en brazos y lo llevaron al padre por la noche.

Los lectores no deben sorprenderse de que en esta isla, tan lejos de nosotros, se encuentre esta clase de hombres salvajes, ya que incluso en la isla de Hibernia, que está bajo el rey de Inglaterra y no muy lejos de él, en la parte interior, donde no hay más que bosques y montañas muy altas, se encuentran muchísimos hombres salvajes que nunca han querido tener contacto con los que viven cerca del mar y que nunca han podido ser conquistados por las tropas de dicho rey.

En esta isla se encuentra brea en gran cantidad en los pinos que hay allí. También hay otro árbol llamado copey, que es muy grande y da un fruto parecido a las ciruelas, muy bueno para comer. Pero su hoja es asombrosa, ya que es ancha y muy redonda. Cuando los cristianos la vieron y se dieron cuenta de que era gruesa y flexible, comenzaron a escribir sobre ella con un estilete y descubrieron que las letras se veían como si hubieran sido escritas con tinta sobre papel.

Al notar esta utilidad y no tener papel, se pusieron a escribir en estas hojas todo lo que necesitaban y a enviar indígenas de un lado a otro con las cartas. Entre otras anécdotas, un capitán le envió una carta a un amigo con un esclavo, junto con cuatro de esos animales llamados hutías, parecidos a conejos, que iban cocinados. En el camino, el esclavo se comió dos, por lo que el amigo le respondió al capitán que solo había recibido dos.

Cuando el esclavo regresó y dio la respuesta a su amo, este comenzó a regañarlo y a decirle las peores ofensas, mostrándole que la hoja decía que no le había dado a su amigo más que dos hutías y que los otros dos se los había comido. El esclavo, con gran miedo, lo confesó. Esta historia se difundió por toda la isla e hizo que los indígenas solo hablaran de las hojas del árbol copey, y no querían acercarse a él cuando conversaban entre ellos, para que las hojas no le dijeran a los cristianos lo que hablaban.

Los ancianos de esta isla, que en su mayoría viven hasta los 110 o 120 años, dicen que han oído de sus padres que, en el pasado, los habitantes de la isla siempre vivieron de ciertas raíces silvestres. Algunas eran similares a las cebollas, otras a las chirivías y otras a las nueces o trufas, a las que llamaban con diferentes nombres: cibaomacaocaboie y guayero. Sin embargo, un anciano muy sabio, estando un día en la orilla de un río, vio una hierba muy grande con hojas parecidas al cáñamo, la llevó a su casa, plantó la raíz y comenzó a domesticarla, poniéndole el nombre de yuca. Como era de sabor agradable, comenzaron a hacer con ella el pan llamado cazabe, que dicen que es muy sano y fácil de digerir, y ahora es común para todos los habitantes de La Española.

Este mismo anciano también encontró las raíces llamadas ajíes y batatas, de las cuales se hablará con detalle en el siguiente libro, así que por ahora no se dirá nada más.

La vida, costumbres y creencias de los indígenas de La Española

Todos los habitantes de esta isla son personas sencillas que, en su mayoría, se dedican a vivir en el ocio, a la sombra, ya que necesitan pocas cosas. Siempre van desnudos y la tierra les produce todos los frutos que necesitan, pues los árboles están constantemente cubiertos de flores y frutos maduros. Y si quieren, tienen un método muy fácil para pescar en el mar y en los ríos de la isla, donde encuentran una gran cantidad de peces.

Sin embargo, desde la llegada de los cristianos, que los han obligado a estar todo el día bajo el sol buscando oro en la arena de los ríos, han muerto muchísimos. Esto se debe tanto a que no estaban acostumbrados a este esfuerzo como a que se han suicidado por desesperación, al verse reducidos de una vida feliz a una extrema miseria y servidumbre. Muchos de ellos incluso han evitado casarse para no tener hijos que fueran esclavos de los cristianos. Las mismas mujeres, al sentirse embarazadas, han provocado el aborto con cierta hierba. Por lo tanto, quien hubiera visto el número de habitantes que había al principio cuando los cristianos llegaron a la isla, en comparación con los que hay ahora, se quedaría muy asombrado.

Aunque por orden de la Majestad del Rey se ha declarado libres a todos los habitantes de la isla, sin que se les pueda obligar a nada, los oficiales que han estado allí a lo largo del tiempo, por su avaricia, han hecho lo que les ha parecido. Se estima que al principio había en la isla unas novecientas mil personas, y ahora son tan pocas que da vergüenza narrarlo.

Nuestros hombres, después de haber construido las fortalezas en el centro de la isla, como ya hemos dicho, han edificado en la costa lugares fortificados con sus propios muros, en los que hay muchas viviendas, como el puerto de La Platapuerto Reallares VillanuovaAzua y Salvaterra.

En algunas partes de esta isla, como la tierra del cacique Beuchío, llamada Xaragua, rara vez llueve. Por ello, donde siembran su maíz o yuca, conducen el agua de las fuentes a través de canales hechos a mano para regarlos. En muchos valles, sin embargo, llueve más de lo que necesitan, como en toda la región alrededor de la ciudad de Santo Domingo. En otras partes, llueve de manera moderada.

Se omite cómo los caciques nombran a sus herederos cuando mueren, y cómo muchos de sus allegados se suicidan para morir con ellos, ya que se hablará de esto con detalle en el siguiente libro. No quiero dejar de mencionar una particularidad: cuando murió el cacique Beuchío, hermano de Anacaona, de quien ya hemos hablado, su hermana, para honrarlo (ya que era considerado el cacique más valiente de toda la isla para componer Areytos, que son versos, como se dirá), ordenó que muchas de sus mujeres fueran enterradas vivas con él. Unos frailes de San Francisco, que por casualidad se encontraban allí y que estaban evangelizando a los indígenas en nuestra fe, con grandes súplicas lograron que solo una fuera enterrada, porque es imposible describir la gran creencia que tienen en que sus caciques, una vez muertos, van hacia el sol.

La que quiso morir voluntariamente con el cacique Beuchío se llamaba Guanahattabenechena. Era muy hermosa y quiso llevar consigo todas sus joyas, un vaso de agua y pan de maíz y yuca.

Cuando a un cacique le nace un hijo, todos los vecinos del lugar van a visitar a la mujer que ha dado a luz. Al entrar en la habitación donde ella yace, saludan al niño o a la niña, cada uno con un nombre diferente. Uno dirá: "Antorcha reluciente". Otro: "Antorcha llena de llamas". Otros: "Vencedor de los enemigos" o "Nieto de un señor muy fuerte" o "Más brillante que el oro". A las mujeres les dicen: "Más perfumada que tal flor", mencionando el nombre, "Más dulce que tal fruto", "Ojos de sol" o "de estrellas".

El cacique Beuchío, ya mencionado, tenía muchos nombres además del primero: Turehiguahobin, que significa "Rey más resplandeciente que el oro"; otro, Starei, "flameante"; y Huiho, "altitud"; y Duiheyníquen, "río rico". Cuando se ordenaba a los aldeanos que hicieran algo por su mandato, era necesario recitar todos sus nombres de principio a fin, de lo contrario se lo habría tomado muy a mal, y el que se hubiera saltado uno por negligencia habría sido castigado.

La religión y ceremonias de los indígenas de La Española

Me atrevo a decir que muchos de los que lean esta historia desearán entender qué adoraban estos pueblos de La Española, y cuáles eran sus ceremonias y religión. Aunque en muchos lugares se ha dicho que adoraban al sol y a la luna, para hacer más completa la información para los lectores, diré lo que se ha podido entender.

El almirante Cristóbal Colón, en su segundo viaje a la isla, llevó consigo a un fraile de la orden de los Ermitaños, llamado Ramón Pané, una persona erudita y de vida muy santa, para que adoctrinara a los indígenas en la fe cristiana. Este, habiendo aprendido su lengua en poco tiempo, y conversando familiarmente con ellos, entendió muchas de sus supersticiones y ceremonias. Por ello, escribió un libro en lengua castellana, del cual, dejando de lado muchas cosas irrelevantes, se dirán brevemente algunas.

Estos pueblos tienen la creencia en un primer motor, un dios eterno, invisible y todopoderoso, al que llaman Yocahu o Guamaonocon. Creen que este dios tiene una madre, a la que le dan cinco nombres: AttabeiraMamonaGuacarapitaIella y Guimazoa. Pero de este dios eterno, sin fin y todopoderoso, dicen que provienen varios mensajeros, a los que llaman cemíes o tuyra. Cada señor o cacique tiene su propio cemí particular, al que adora, y afirman que estos cemíes se les aparecen por la noche y de ellos entienden muchas cosas.

Sus representaciones las hacen de algodón teñido de negro, con la forma de demonios pequeños, que lanzan fuego por la boca y tienen cola y pies de serpiente. A veces los hacen de pie, otras sentados, y de diferentes tamaños. Cuando van a combatir contra sus enemigos, se atan algunos pequeños a la frente, y creen que, al tenerlos, saldrán victoriosos. Si necesitan lluvia o sol para sus cultivos de maíz, creen que pueden obtenerlo de estos cemíes. Y si por casualidad estos cemíes se les aparecen en los bosques, que en la isla son grandes y densos, los fabrican de madera. Si se les aparecen en alguna caverna o montaña, los hacen de piedra, y los veneran con gran devoción en los lugares donde los han visto. Otros los hacen de raíces de yuca, diciendo que los han visto sobre ellas y que estos tienen cuidado de hacerlas crecer para que puedan hacer pan con ellas.

Cuando quieren saber qué sucederá en una guerra o con otras cosas suyas, como si habrá abundancia de maíz y yuca para su sustento, o si algún gran maestro está enfermo, si vivirá o morirá, uno de los caciques principales entra en una casa construida para los cemíes. Allí le preparan una bebida hecha de una hierba llamada Cohoba, que aspiran por la nariz. Una vez hecho esto, comienza a enfurecerse y le parece que la casa da vueltas, y que los hombres andan con los pies hacia arriba. Tan grande es la fuerza de esta bebida que le quita todo el juicio y conocimiento, y no sabe dónde está. Luego, al digerirla un poco, se sienta en el suelo con la cabeza gacha y las manos alrededor de las rodillas. Después de estar así un rato, como si se despertara de un gran sueño, levanta los ojos y mira al cielo, hablando entre dientes y el paladar unas palabras que no se entienden.

Alrededor de este cacique se encuentran los principales de su corte, y a la gente común no se le permite estar en estas ceremonias. Cuando lo ven un poco más en sí, comienzan a agradecer en voz alta al cemí por haberlo dejado volver en sí y por haber regresado con ellos, y le preguntan qué ha visto. Este, como un loco, dice que ha hablado con el cemí, quien le ha prometido que obtendrá la victoria contra los enemigos, o le ha dicho que será vencido y arruinado por alguna cosa que ellos no han querido hacer. Y así, habla de la abundancia, de la escasez, de la vida o de la muerte, según lo primero que le venga a la boca.

Y habiendo dicho arriba que cada cacique tiene su cemí particular que adora, digo que un cacique llamado Guarameto tenía un cemí de algodón llamado Corochotto, que mantenía atado sobre el poste más alto de su casa. A veces, rompiendo los lazos, se decía que se escapaba, y que se iba a buscar a alguna mujer para unirse a ella, o porque deseaba comer algún alimento que el cacique no le daba. Otras veces decían que se había escapado muy enojado porque Guarameto había omitido hacerle ciertos sacrificios en su honor. En el poblado principal de este cacique, cuando nacían niños que tenían alguna marca en la cabeza o el cuello, decían que eran hijos del cemí Corochotto.

Otro cacique tenía su cemí hecho de madera con cuatro patas, y lo llamaba Epilegumanita. A menudo decía que se marchaba del lugar donde lo adoraban y se iba a los bosques. Cuando esto se notaba, enviaba a muchos indígenas a buscarlo, y al encontrarlo, se lo ponían al hombro y lo llevaban de vuelta a su lugar con gran veneración. Pero, al llegar los cristianos a la isla, todas estas ilusiones diabólicas cesaron, y este cemí y todos los demás huyeron, y nunca más los han podido encontrar.

Los indígenas ancianos interpretaron esto como una señal de que todos los dominios de la isla se perderían y pasarían a estar bajo otro señor.

Algunos hacen su cemí de mármol, como una mujer, y junto a ella hacen dos niños, como si fueran dos ministros. De uno de ellos, dicen que, a modo de pregonero, por orden de la mujer, va haciendo saber a los otros cemíes que vengan por su mandato, con vientos, lluvias y grandes nieblas. El otro niño, por orden de ella, junta todas las aguas que caen de los montes y las desborda de tal forma que, como un mar, inundan todos los campos de maíz. Estos dos ministros hacen sus oficios cada vez que los indígenas fallan en los debidos honores a los cemíes de mármol.

Es una costumbre muy antigua entre los de La Española que todos los hijos de los caciques sean instruidos por algunos indígenas sabios, a los que llaman boitís o tequinas, quienes les enseñan de memoria muchos versos en los que les instruyen en dos cosas principales. Una es el origen y los principios de las cosas, y cómo han ido creciendo, como se dirá más adelante. La otra es sobre las cosas que hicieron sus antepasados, tanto en la guerra como en la paz. Estas cosas las han compuesto en versos en su lengua, a los que llaman areytos. Estos areytos los cantan con un tambor especial, que ellos llaman maguay, hecho de un tronco redondo y hueco que resuena mucho al ser golpeado con otro palo en el fondo, al estilo de nuestros tambores. Mientras cantan, todos bailan a la vez. En estos bailes son mucho más ágiles y hábiles que nosotros, porque van desnudos, y gran parte de su tiempo lo dedican a bailar.

Además de los areytos sobre el origen de las cosas y los hechos de sus antepasados, tienen otros sobre el amor, en los que alaban a sus enamoradas y luego cuentan las pasiones que sienten cuando las ven, o en su ausencia, cuando piensan en ellas. Tienen otros muy lamentables y con voces delicadas y quebradas, cuando quieren llorar. Otros son terribles y con voces llenas de gravedad, cuando quieren animar a los indígenas a que ataquen a los enemigos audazmente y no teman morir, porque al morir defendiendo su patria, irán a vivir junto al sol. Y acomodan la voz y los sonidos que hacen con sus maguay a la clase de areyto.

Tienen un areyto antiquísimo que ha pasado de mano en mano a lo largo de muchas edades y generaciones. Este se canta con voces piadosas y lamentables, y en él está predicha la llegada de los nuestros a esa isla. Cuando lo cantaban, siempre les caían lágrimas de los ojos y gemían, diciendo: "Guamaonocon" (es decir, el dios eterno) ha determinado que "Maguacochíos" (hombres vestidos) vengan a esa isla armados con espadas que de un solo golpe cortarán a un hombre de la cabeza a los pies, y se llevarán todos sus cemíes y sus ceremonias, y todos sus hijos y su posteridad estarán eternamente bajo su yugo.

Muchos de estos indígenas pensaban que se refería a los caribes, que vestían y se armaban con espadas de madera, y por eso cada vez que los veían venir, huían y les tenían un gran miedo. Pero es algo muy cierto y manifiesto para todos en la isla que, muchos años antes de que los españoles llegaran, a dos caciques —uno de los cuales era el padre de Guarionex, a quien ya hemos mencionado— les fue dicho por sus cemíes, después de haber ayunado cinco días seguidos con gran reverencia, que pronto llegaría una clase de gente, cubierta enteramente de ropa, que se llevaría a los cemíes y haría a todos sus hijos esclavos.

Cuando llegaron los nuestros, esta profecía se verificó, porque no mucho después los cemíes fueron retirados, y su adoración, y todos los indígenas se bautizaron. Y desde que el signo de la Santa Cruz fue puesto en la isla, los cemíes no han vuelto a aparecer.

El origen del cosmos y los humanos, según los taínos

La creación del sol, la luna y el mar

Los taínos creen que los primeros principios de las cosas se encuentran en una cueva en la tierra de un cacique llamado Machínnech. La cueva, muy grande y oscura, está a los pies de una montaña altísima y la llaman Iouanaboina. Van a visitarla con gran reverencia, y la entrada está adornada con varias pinturas donde se ven dos grandes cemíes esculpidos, de formas diferentes: uno se llama Binthaítelle y el otro Marohu. Cuando se les pregunta por qué visitan el lugar con tanta reverencia, responden con la mayor seriedad que sus areytos (cantos) cuentan que de allí salieron el sol y la luna para dar luz al mundo.

El origen de la humanidad, según ellos, sucedió de la siguiente manera: en la isla hay una provincia llamada Caunana, donde hay una montaña inmensa, a cuyos pies se encuentran dos cuevas, una grande llamada Caxibaxagua y otra menor llamada Amaiauna. Dicen que en estas cuevas vivían todos los hombres y no salían porque el sol se lo había ordenado, ya que no quería ser visto por ellos. Por esta razón, había puesto a un guardián, llamado Machochael, para que vigilara las cuevas. Este, queriendo conocer el resto de la isla, se marchó, pero no regresó a tiempo, y el sol lo alcanzó y lo convirtió en una roca, que aún hoy muestran en ese lugar.

También dicen que muchos de los hombres que estaban en las cuevas, sintiendo un gran deseo de ir a explorar más lejos, se marcharon una noche. Como no pudieron regresar tan pronto, el sol los sorprendió, y al no poder evitar que los viera, también los transformó en ciertos árboles que crecen por toda la isla y producen frutos como ciruelas, que los españoles creyeron que eran mirabolanos, como ya se ha dicho.

Cuentan también que en estas cuevas había un hombre llamado Vaguonioná, que era de los primeros y tenía muchos hijos. Él quiso enviar a uno de ellos fuera, y este fue transformado por el sol en un ruiseñor. Por esta razón, dicen que el pajarito canta su desventura durante todo el año, pidiendo ayuda a su padre, ya que en esta isla los ruiseñores y otros pajaritos similares nunca dejan de cantar. Y Vaguonioná, queriendo encontrar a su hijo, a quien amaba mucho, dejó a los demás en la cueva y se llevó a todas las mujeres que amamantaban a sus hijos. Al llegar a la orilla de un gran río, los niños, hambrientos y gritando "Toa, toa" (que significa mamá, mamá), fueron convertidos por el sol, junto con sus madres, en ranas. Por eso, las ranas emiten ese sonido continuamente.

Pero este Vaguonioná, por haber tenido una gracia especial del sol, nunca fue transformado en nada. Después de haber ido a varios lugares, se metió en una gruta subterránea donde encontró a una bellísima mujer que le regaló unas piedras redondas y pequeñas, que llamaban ciba, y unas láminas de oro. Afirman que estos objetos aún existen y son conservados por algunos caciques de la isla con gran reverencia.

Los hombres que se quedaron solos en la cueva, como se ha dicho, fueron de noche a un lugar donde había unas fosas llenas de agua de lluvia para lavarse. Vieron unos animales parecidos a mujeres que caminaban sobre los árboles como las hormigas. Por el deseo de tener mujeres, ya que no les quedaba ninguna, corrieron para atrapar a una cada uno. Pero al intentar agarrarlas, se les escapaban de las manos como si fueran anguilas. Desesperados, se reunieron para decidir qué hacer, y el más anciano propuso que eligieran entre todos a los que tuvieran las manos más calientes y ásperas, a los que llamaban Caracaracoles. Con ellos, volvieron a intentarlo, y de las muchas que atraparon, solo pudieron retener a cuatro, ya que las demás se les escaparon. Y relatan que los hijos que nacieron de estas mujeres salieron de las cuevas, y el sol no los transformó en otra cosa, sino que habitaron toda la tierra.

Sobre el origen del mar, dicen que había un hombre muy poderoso llamado Yaya, al que se le murió su único hijo. Queriendo sepultarlo, y no teniendo dónde, lo metió en una calabaza muy grande. La colocó al pie de una montaña, no muy lejos de donde vivía, y a menudo iba a verla, por el anhelo que sentía por su hijo. Y un día, al abrirla, saltaron ballenas y otros peces inmensos. Asustado, Yaya regresó a casa y contó a sus vecinos todo lo que le había pasado, diciendo que la calabaza estaba llena de agua y de infinitos peces. Al difundirse esta noticia, cuatro hermanos nacidos en un mismo parto, por el deseo de pescar, fueron adonde estaba la calabaza y, al tomarla en sus manos para abrirla, Yaya se acercó. Al verlo, los hermanos, por el miedo, la tiraron al suelo. Por el gran peso que tenía, se rompió y por sus grietas salió el mar. Y toda la llanura, que se veía sin fin ni límite por todas partes, se llenó de agua y se sumergió. Solo las montañas, por su altura, permanecieron al descubierto. Creen que estas montañas son las islas y las otras partes de la tierra que se ven en el mundo.

Creencias y rituales funerarios

Tienen una gran superstición: creen que los muertos se esconden de día y de noche andan de un lado a otro y que comen un fruto llamado guayaba, del cual ya hemos hablado y se dirá más en el siguiente libro. A veces, toman forma humana y se meten en la cama donde duermen las mujeres indígenas. Las mujeres los reconocen de esta manera: si una sospecha que un muerto ha entrado en su cama, de inmediato le pone la mano sobre el ombligo. Si no lo encuentra, el muerto desaparece, porque creen que los muertos pueden transformarse con todas las partes de un hombre, excepto con el ombligo.

Dicen que de noche, en los caminos públicos, a menudo aparecen los muertos. Si un hombre tiene buen corazón y no se asusta, el muerto desaparece de inmediato. Pero si muestra miedo, la sombra lo ataca y les causa tal daño que a menudo quedan con alguna parte del cuerpo lisiada o deformada.

La autoridad de los boitís

En esta isla hay quienes llaman boitís o tequinas, de los que hemos dicho que enseñan los areytos a los hijos de los caciques. Estos, bajo una gran sombra, en ciertos días, hacen congregar a todo el pueblo y, sentados sobre un árbol, les cuentan todas las supersticiones o fábulas antes mencionadas. Luego, les relatan cómo el cemí o tuyra les ha hablado y les ha dicho lo que tienen que hacer y lo que ha de venir.

Son personas de gran autoridad entre todos y también son médicos, porque conocen las hierbas y sus propiedades, y con el jugo de estas hacen curas maravillosas para las heridas. Cuando un cacique se enferma, llaman a uno de estos boitís. Este, para curarlo, se obliga a ayunar y a tomar la hierba llamada Cohoba, que lo hace enfurecer, le tuerce los ojos y lo hace salir de sí. Después de un rato, cuando ha hecho esto, hace que el enfermo se coloque en el centro de una habitación donde no permite que estén presentes más de dos o tres de sus parientes más cercanos. Él va alrededor del enfermo tres o cuatro veces, torciendo el rostro y la boca, y haciendo los gestos más extraños que se hayan visto, con las manos y los pies. A menudo, le sopla en la frente, el cuello o las sienes y aspira el aliento, y dice que le extrae todo el mal de las venas. Luego, le frota los hombros, los muslos y las piernas. Tras esto, junta ambas manos y corre hacia la puerta, donde, después de frotarlas bien, dice que ha expulsado el mal y que el enfermo se curará en pocos días.

Después de regresar al enfermo, le da de beber el jugo de algunas hierbas que lo purgan o le ordena que no coma hasta el día siguiente. Si ve que va a curarse, vuelve a ir alrededor de él, haciendo los mismos gestos, y fingiendo que se sopla las manos, saca de la boca un trozo de algún fruto, o de maíz, o de pescado, o algún hueso, y dice: "Mira, te habías comido esto, que no has podido digerir, y yo te lo he sacado del cuerpo". Si realmente ve que va a morir, haciendo los mismos gestos, dice que el cemí está enojado porque no se le ha construido una casa bonita o porque el cacique no le ha mostrado la debida reverencia, y que por eso quiere hacerlo morir.

Cuando el cacique muere, sus principales parientes a veces quieren saber si el cemí lo hizo morir, o si murió por negligencia del boití, que no ayunó como debía. Después de hacer algunos gestos extraños alrededor del muerto por la noche, se acuestan a dormir a su alrededor y dicen que han soñado la causa de su muerte. Por esto, a veces hacen matar al boití. Las mujeres, en cambio, si pueden conseguir uno de los huesos, o frutos, o maíz que el boití tuvo en la boca al curar a un cacique, lo guardan con gran devoción, envuelto en una tela. Dicen que está comprobado que hace parir a una mujer de inmediato.

Estas son las supersticiones, o mejor dicho, las fábulas que creen los habitantes de La Española, engañados por sus cemíes y boitís. Estas creencias, en gran parte, les han sido arrebatadas de la mente gracias al trabajo y la diligencia de muchos valientes predicadores enviados desde España con este propósito, quienes les han hecho reconocer que eran engañados por el demonio y los han instruido en la fe cristiana lo mejor posible.

Aquí termina el resumen.

Hecho, traducido y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez

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