Alonso de Borregán - Crónica de la conquista del Perú
I. De
Cajamarca al sitio del Cusco
Una vez obtenido y
repartido el tesoro que hallaron en Cajamarca entre toda su gente y caballeros
durante la captura y muerte de Atahualpa, emprendieron el camino real hacia
Jauja. Diego de Agüero, que había ido a reconocer la tierra, había escrito
sobre el tesoro que había visto en el adoratorio de los indios en Jauja. Al
llegar allí, el gobernador tomó para sí una parte de cuanto encontró, y quiso
fundar en ese lugar un pueblo. Luego continuó hacia el Cusco, donde encontró
más tesoros, los repartió y recibió otros de los señores del lugar. Se acordó entonces
que Hernando Pizarro fuera a España, y se llevó consigo a muchos
conquistadores; con él viajó también un fraile de nombre Juan de Soza. Por
todas las Indias se difundió la gran riqueza de este reino del Perú: fue algo
increíble.
Don Pedro de Alvarado
llegó con su armada, que había preparado movido por la fama de estas tierras, y
desembarcó en Puerto Viejo, donde estaba Pedro Pacheco. Ya don Diego de Almagro
había venido de Panamá y siguió al gobernador hasta el Cusco. Pero Pacheco
avisó tanto al gobernador como a don Diego de Almagro que don Pedro de Alvarado
subía a Quito por la retaguardia, atravesando las tierras de los huancavelicas.
Cuando la noticia llegó al Cusco, Almagro bajó con Benalcázar con intención de
tomar Quito por delante y poblarlo antes de que llegara Alvarado. Lo consiguió
porque don Pedro tardó más de siete meses en salir. Y cuando se supo que por
fin avanzaba, Almagro fue avisado por posta y marchó hacia Quito.
Venía un indio señor que
se llamaba Quisquis, uno de los que se habían desbandado del Cusco llevando
preso al Huáscar. Salió a su encuentro don Diego de Almagro, dándole alcance; y
cuentan los mismos indios que fueron ellos quienes lo mataron.
Llegó al río Bamba don
Diego de Almagro cuando ya don Pedro [de Alvarado] y su gente estaban en la
provincia de Luisa, tierra de los Puruháes. Tal maña se dio Almagro, que le fue
sonsacando toda la gente, y al final vinieron a un concierto: le dieron a don
Pedro cien mil pesos por los gastos de la armada y de aquella gente.
Con parte de esos
soldados poblaron Quito, dejando allí a Benalcázar con algunos de ellos; la
mayor parte y los caballeros se los llevó Almagro consigo a San Miguel de
Piura, y lo pobló. Luego despobló Tangarará y pasó a Trujillo, que también
pobló, dejando allí a Martín Estete como corregidor.
De allí se vino a esta
ciudad de los Reyes, porque ya el gobernador Pizarro había enviado a Nicolás de
Ribera el Viejo a visitar Pachacámac, con intención de fundar allí. Pero los
naturales lo llevaron al valle de Lima y le mostraron el puerto del Callao;
desde allí subió al tambo real del Inca, y en aquel asiento fundó la ciudad de
los Reyes.
En el Cusco habían
quedado para poblarla Hernando Ponce de León, Hernando de Soto y otros muchos
caballeros y vecinos.
Cumplido el pago de los
cien mil pesos acordados con don Pedro de Alvarado —según lo convenido por
Almagro y el virrey—, se enviaron a Guatemala, su provincia. Los llevó Juan
Fernández, piloto, acompañado de otros marineros. Don Diego de Almagro subió
luego al Cusco y llevó consigo a Diego de Alvarado y Gómez de Alvarado,
hermanos del Adelantado. En el Cusco estaban Juan Pizarro y Gonzalo Pizarro,
hermanos del gobernador Pizarro, bastardos como él y, según dicen, de una misma
madre.
Por cuestión de llevar
gente —pues no se lo permitían— se enfrentaron de palabra. Subió entonces el
gobernador, y los caballeros que allí estaban los habían puesto presos. Cuando
el gobernador llegó, Almagro y él volvieron a entenderse, y repartieron de
nuevo la hueste, retomando la misma compañía de antes conforme a la
capitulación que habían hecho con Su Majestad.
Almagro había enviado a
España a un Espinosa para que le trajera la gobernación, pues había expirado el
término que el gobernador Pizarro había capitulado con Su Majestad. Y como
Hernando Pizarro hubiese ido también a España, pidió a Su Majestad —de gloriosa
memoria— que se le añadieran otras cien leguas más de gobernación. Su Majestad
no quiso conceder más, y dispuso que aquellas trescientas leguas se entendiesen
por altura y meridiano, y no por extensión de tierra.
Su Majestad el Rey había
otorgado a Diego de Almagro su propia gobernación llamada Nueva Toledo.
Por aquellos días, el
clérigo Rico de Sosa había viajado a España y, al entender que Su Majestad
consideraba permitir el regreso al Perú de Hernando Pizarro, advirtió al
monarca que no lo autorizase, pues era un hombre de malas entrañas y su retorno
podría causar un gran daño a estos reinos.
Cuando el Marqués
Francisco Pizarro se desplazó desde el Cusco hasta la Ciudad de los Reyes
(Lima), halló allí un gran número de gente y caballeros. A todos aquellos que
eran originarios de su tierra (Extremadura) los favorecía con mercedes y
expediciones. Por ejemplo, al capitán Sebastián Garcilaso de la Vega le
encomendó una entrada por la bahía de Jaba Teus, y a Zahera (Zárate) le asignó
la Culata. A Francisco de Chaves lo envió a San Miguel para que reuniese
soldados y se internase en la tierra de los Bracamoros. Asimismo, a Alonso de
Alvarado lo mandó a la provincia de los Chachapoyas.
Al resto de los
capitanes y soldados que quedaron, les concedió licencia para ir al Cusco y
marchar con Almagro a Chile. De esta manera, el Marqués mantenía la tierra en
aparente paz y sosiego.
Posteriormente, cuando
Hernando Pizarro regresó de Castilla, trajo consigo a muchos hombres de su
región, entre ellos a un Gómez de Tordoya y a Lorenzo de Aldana.
Almagro salió del Cusco
con toda su gente, y el Inca quiso irse con él. Dejó dos hombres de a caballo
para que lo condujeran, y una noche lo sacaron y lo llevaron hasta la angostura
de Muyna. Cuando Juan Pizarro lo supo, salió tras ellos con diez jinetes y lo
devolvió al Cusco. Al enterarse Almagro, mandó detener la gente y envió un
requerimiento a Hernando de Soto —que era corregidor— diciendo que quería ir a
España y dejar la vara de justicia a Hernando de Pozo, su compañero.
Cuando Juan Pizarro lo
supo, despachó por posta al gobernador, su hermano, para que le enviase el
nombramiento de corregidor y así impedir que Almagro se llevase al Inca a
Chile. Pensaba que el Inca había prometido a Almagro más oro del que Atahualpa
había dado en Cajamarca, todo en tejos de oro y en polvo fino; por envidia
envió con el mandamiento de corregidor a Verdugo, vecino de Trujillo, para que
lo entregara a Juan Pizarro. Al saber Almagro que Verdugo había llegado con ese
mensaje al Cusco, le escribió una carta enviada por un comendador de la Orden
de San Juan, acompañado de otro llamado Santiago, y mandó que molieran a palos
a Verdugo. La carta decía: “Yo os di de comer, y no el gobernador Pizarro, ¿por
qué estáis ahora contra mí?”.
Así se fue Almagro a
Chile, dejando a su mayordomo Juan de Rada para que encaminase toda la gente
que pudiera, y que si Espinosa llegaba con recaudo de España, lo condujera
también.
Hernando de Soto partió
para España y se llevó consigo a muchos conquistadores. Hernando Pizarro, al
regresar, subió al Cusco con Gómez de Tordoya y otros muchos, y encontró al
Inca preso. Para congraciarse con él, lo soltó, aunque le dejó guardia, y dio
la vara de corregidor a Gómez de Tordoya.
Viendo el gobernador
Pizarro que Su Majestad no le concedía más gobernación que la establecida en la
capitulación, y que las leguas se contaban “por altura”, mientras que Espinosa
traía el título para lo que seguía más al sur, y sabiendo además que Almagro se
había ido a Chile —mal aconsejado por hombres maliciosos en Perené—, decidió
enviar procuradores a España. Su petición fue que Su Majestad expidiera una
provisión declarando que, dado que don Pedro de Mendoza entraba por el Río de
la Plata y que las gobernaciones de Chile y del Perú eran contiguas, se
ordenase que ninguno de los dos gobernadores se entrometiese en lo ya poblado y
pacificado por el otro, bajo pena de cien mil pesos para la Cámara de Su
Majestad.
Cuando Almagro llegó a
Chile, envió a sus capitanes a reconocer y explorar toda la tierra, mientras él
permanecía en los pueblos ya pacificados.
Estando Hernando Pizarro
en el Cusco, pidió oro y plata a Manco Inca. Según los que allí se hallaban, el
Inca le entregó grandes cantidades. Pero, cuando Hernando le pidió el tesoro de
su padre, Huayna Cápac, Manco respondió que no sabía de él, porque en ese
tiempo era aún muchacho, y que, si su hermano Huáscar estuviera vivo, él sí
tendría cuenta de ese tesoro.
Hernando Pizarro replicó
que, antes de morir, Huayna Cápac había dicho que, si se le daba el señorío y
la borla de la tierra, entregaría más oro del que Atahualpa había dado, con tal
de que no se quebraran las vajillas de oro y plata. El Inca respondió que
entonces él era un niño y no tenía noticia de nada de eso, y que sus tíos,
Ylaoma Quiso y Upangue, señores principales, lo habían escondido y ya habían
muerto.
Por esto lo maltrataron
algunos de sus familiares y amigos, lo cual recibió el señor con dolor y
decidió rebelarse y levantar la tierra. Para que Su Excelencia fuese informado,
Juan Julio de Ojeda, Altamirano y Pañolfo, vecinos del Cusco, pueden dar
testimonio.
Viendo el pobre señor lo
poco que podía esperar y no tener ante quién quejarse, viendo saqueada su casa y
forzadas sus mujeres, huyó al valle de Tambo, convocó todo el reino y puso
cerco al Cusco.
II. Del sitio del Cusco
a la llegada de Alvarado
Viendo Hernando Pizarro
que el Cusco estaba ya cercado y que toda la tierra andaba alborotada, avisó de
inmediato a su hermano, el gobernador. Como este se hallaba con poca gente,
envió en su ayuda al capitán Mogrovejo con refuerzos y, poco después, despachó
tras él a Gonzalo de Tapia con más hombres. Con ellos mandó también a Diego de
Agüero, vecino, y a otros soldados.
Cuando llegaron a la
provincia de Jauja, encontraron a los indios ya sublevados y, como los tomaron
divididos, los mataron en Jauja, Picoy y Angaraes. En aquellas acciones
mataron, junto con esa gente, a un Juan de Espinosa, hijo del licenciado
Espinosa. Diego de Agüero escapó con otros soldados por el valle de Lurigancho,
que era su repartimiento.
Mientras tanto, como el
Inca tenía cercado el Cusco, envió también gente a sitiar esta Ciudad de los
Reyes (Lima) y la pusieron en tal aprieto que estuvo a punto de perderse, si no
hubiera sido por Pedro de Lerma, que había llegado poco antes con mucha gente.
Como era un capitán muy honrado y diestro en la guerra contra los indios,
conseguía desalojarlos del cerco y alejarlos de los alrededores de la ciudad.
Los indios tuvieron
entonces una astucia de guerra: desviaron el agua del río y la hicieron correr
por una acequia grande que atravesaba toda la ciudad. Como Lima se abastecía de
agua por canales para el servicio de las casas, huertas y heredades,
repartieron el agua por todos esos conductos y comenzaron a inundarla.
Pedro de Lerma, actuando
como buen capitán, dispuso una contraofensiva: envió gente río arriba, mientras
él salía por otra parte hacia un cerro que está sobre la ciudad, donde ahora se
encuentra la calera. Allí toparon los indios con ciertos soldados, pero fueron
desbaratados y huyeron sierra arriba.
Se adelantó entonces un
sobrino de Juan de Panes, vecino de Panamá, que iba en un buen caballo. Los
indios le hirieron el caballo, le ataron las manos y los pies, lo bajaron de la
silla y se lo llevaron prisionero. Pedro de Lerma acudió con gente para
socorrerlo, y con él iba también Diego de Agüero. Pero como los indios eran
muchos, tiraban tal cantidad de piedras con hondas y a mano, desde lo alto, que
dieron a Pedro de Lerma una pedrada en la boca que le quebró los dientes.
También alcanzaron a Diego de Agüero y a su caballo.
Se vieron aquel día en
tan grave aprieto que pasaron grandes trabajos. Lograron rescatar a Diego de
Agüero y a su caballo, pero no pudieron salvar a aquel joven, sobrino de Juan
de Panes: a él y a su caballo, delante de todos, los hicieron pedazos.
Pedro de Lerma se
replegó entonces a la ciudad y dispuso guardias y centinelas alrededor de toda
la Ciudad de los Reyes.
Viendo el gobernador la
tierra en tan grave peligro de perderse, envió a su hermano Francisco Martín a
Trujillo y San Miguel para ordenar a los vecinos, y a Alonso de Alvarado, que
andaba conquistando a los chachapoyas, que se vinieran. Avisó también a los
vecinos de Trujillo que despoblaran el pueblo y se fueran a Lima, porque la
tierra estaba a punto de perderse.
Desde San Miguel envió
al capitán Zárate a La Culata, con orden de salir de allí con toda su gente.
Despachó también a la bahía de San Mateo a Garcilaso para que viniera con todos
sus hombres, y mandó a Juan de Berrío que fuese a Panamá, reclutara gente y
regresara cuanto antes.
Escribió a Nicaragua
para que enviaran toda la gente que pudieran, pues la tierra estaba al borde de
perderse. Y él mismo, con la gente que pudo reunir en San Miguel y Trujillo, se
vino a la Ciudad de los Reyes.
En Trujillo estaba
García Holguín como corregidor y, visto el mandato del gobernador, se tuvo
consejo. Con el parecer de todos los vecinos se acordó que no se despoblara el
pueblo, sino que se enviaran fuera de la tierra únicamente a las mujeres. Así
fue que las mandamos a Panamá, y algunas se quedaron en Paita, porque por
entonces había allí dos navíos: uno del marqués del Valle y otro de don Pedro
de Alvarado. Se quedaron la mujer de Alcántara, la de Juan de Osorno, la
portuguesa y mi mujer, y las demás pasaron a Tierra Firme, a Panamá.
El gobernador Pizarro
había dado a Pedro de Lerma la capitanía general de la tierra, viendo que era
hombre y capitán muy honrado para gobernar a la gente, y que había puesto su
vida en defender la ciudad junto con sus amigos.
Salió Alonso de Alvarado
de su entrada de los chachapoyas y se vino a Trujillo, y de Trujillo pasó a
Lima. Cuando llegó con su gente, se acordó que fuese al Cusco a socorrerlo con
todas las fuerzas que el gobernador le pudiera dar, porque se había sabido que
venían Zárate y Garcilaso, y Pedro de los Ríos, y Lope de Ayala, y el
licenciado Espinosa con mucha gente. Le ordenó que se detuviese en Jauja, donde
le enviaría todas las tropas que fuesen llegando, y que mientras tanto castigara
a los indios que habían dado muerte a Mogrovejo y su gente, y a Gonzalo de
Tapia y los suyos.
Entonces el gobernador
quitó a Pedro de Lerma el cargo de capitán general y se lo dio a Alonso de
Alvarado. Con ello le hizo el mayor agravio que en las Indias se ha hecho a un
hombre, porque, habiendo servido y sostenido aquella ciudad, y trabajado tanto,
y puesto su vida por mantenerla, antes debió aumentársele las mercedes y no
quitárselas. Pues no solo agravio recibió aquel capitán, sino también sus
soldados y amigos, ya que los obligó a ir con el capitán Alonso de Alvarado, él
y toda su gente, lo que fue aún mayor injusticia.
Los que se encontraban
cercados en el Cusco se defendieron valerosamente y, en el fragor de la
defensa, los indios dieron muerte a Juan Pizarro.
Los vecinos de Trujillo, al saber que
venía toda aquella gente y capitanes, me ordenaron a mí, Alonso Borregán, que
fuera al valle de Túcume a proveer de todo lo necesario a las fuerzas que
llegaban con el licenciado Espinosa, con Zárate, con Garcilaso y con otros
capitanes. Los abastecí de cuanto hicieron menester, con la ayuda de unos
señores de aquel valle de Túcume, del repartimiento de Juan Roldán, de Juan de
Osorno —mi suegro— y mío.
Cuando llegó Juan de
Espinosa con las provisiones de Su Majestad para nombrar gobernador al
adelantado Almagro, las tomó Juan de Herrada, su mayordomo, y se las llevó a
Chile. Al ver Almagro que Su Majestad le otorgaba la gobernación por delante de
la de Pizarro, gobernador, consultó el asunto con sus capitanes, y hubo entre
ellos grandes diferencias por esta causa.
Cuando llegó a Chile la
noticia de la rebelión de Manco Inca en el Perú, los indios mostraron la cabeza
de un hombre muerto, canoso, que les pareció la del gobernador Pizarro. Un
indio lenguaraz, llamado Felipillo, propuso entonces levantarse con la tierra y
matar a Almagro y a toda su gente. Cuando se supo tal bellaquería, se hizo
justicia de él y de otros bribones como él.
Tras esto, los capitanes
del adelantado Almagro acordaron que se volviesen con toda su gente, pues
tenían noticias de que el gobernador Pizarro había muerto y que los naturales
habían tomado toda la tierra. Tomaron intérpretes indios para guiar el regreso
por los llanos, para no volver por los puertos de nieve y sierras por donde habían
ido. En el camino padecieron grandes trabajos, porque, sabiendo que había poca
agua en las rutas de regreso, el adelantado envió indios con españoles para
abrir pozos y asegurar el agua. Organizó la marcha de su gente en grupos de
doce en doce, con sus respectivos servidores, para que todos fuesen abastecidos
de agua.
Almagro quiso quedarse
en Chile con alguna gente y enviar a Pedro de Herrada, su mayordomo, y a Diego
de Alvarado con sus poderes, para repartir la gobernación con su compañero, el
gobernador Pizarro, conforme a la capitulación que este había hecho con Su
Majestad sobre las trescientas leguas por altura y meridiano.
La gente se quejaba de
las deudas que tenía con el adelantado, diciendo que no tendría con qué
pagarles las yeguas, caballos y armas que les había dado. Al verlo, el
adelantado mandó quemar todas las obligaciones y escrituras que tenía contra
ellos. Con este acto ganó por completo la voluntad de sus hombres; difícilmente
habrá señor en el mundo que haya mostrado semejante liberalidad.
Así, marchando su gente
en grupos de doce en doce —como he dicho— llegaron bien provistos de todo lo
necesario, mientras el adelantado quedó atrás con algunos capitanes. Apenas se
supo de su venida, el Inca, que estaba sitiando el Cusco, levantó el cerco y se
retiró al valle de Tampu para entrevistarse con Almagro. Le envió mensajeros
para hacerle saber el agravio, la injusticia y el maltrato que había recibido,
y el adelantado lo esperó en el valle de Urco.
Cuando Hernando Pizarro
se enteró de esto, le envió un español con una carta en la que le decía al Inca
que, si se presentaba, lo llevaría a España. El Inca, temiendo alguna traición,
no se atrevió a salir a verlo, pero sí envió quejas contra Hernando Pizarro y
sus hermanos por los robos y malos tratos que le habían hecho.
Almagro se dirigió
entonces al Cusco con intención de entrar en la ciudad, pero le avisaron que
Hernando Pizarro estaba muy airado contra él y que tuviera cuidado para que no
le hiciera alguna traición. Envió entonces las provisiones y documentos al
Cabildo del Cusco, requiriéndoles que obedecieran la provisión real de Su
Majestad que le otorgaba la gobernación después de las trescientas leguas
concedidas al gobernador Pizarro, su compañero y hermano.
No le respondieron nada.
Solo recibió un mensaje de Hernando Pizarro diciéndole que entrara en el Cusco
y se alojara en la mitad de la ciudad. Tomó esta respuesta como reconocimiento
y se proclamó gobernador, entrando en la ciudad. Allí encontró a Hernando
Pizarro ya puesto en armas.
Al saberlo, Almagro
mandó cercar la casa donde Hernando estaba —un galpón de indios— y ordenó
prenderlo. No faltó algún malintencionado entre la gente del adelantado que
provocó un fuego por el cual el galpón se quemó, y así lograron apresarlo.
El adelantado mandó
tomar información en su contra por los malos tratos al Inca y los robos
cometidos. Hallaron tantas faltas que muchos quedaron espantados. Hernando
Pizarro tenía en su poder varias joyas de oro y plata claramente reconocidas,
así como las ropas del Inca. El adelantado mandó entregarlas a Diego Maldonado,
alcalde, para que las tuviera en depósito y fuesen presentadas en el juicio de
residencia cuando llegara su momento.
III. De la llegada de Alvarado a la
entrevista de Mala
En este tiempo llegó
Alonso de Alvarado con toda su gente y se enteró de la prisión de Hernando
Pizarro y de Gómez de Tordoya, su corregidor.
Cuando el adelantado
supo de la llegada de Alonso de Alvarado, le envió unas cartas rogándole que
fuese al Cusco con su gente para que, juntos, se dirigieran a la Ciudad de los
Reyes a entrevistarse con el gobernador; pero Alonso no quiso hacerlo: mandó
guardar el puente de Abancay y se puso en armas.
Almagro, al saberlo,
encomendó a su capitán general Diego de Ordóñez que le ganase la voluntad,
prometiéndole un repartimiento honrado donde tuviese qué comer y, si deseaba
emprender alguna entrada, le favorecería con dinero para él y su gente. Rui
Barba se hallaba allí por entonces; consta que es vecino de la Ciudad de los
Reyes.
Visto por Ordóñez que
Alonso no quería ir al Cusco, le requirió que volviese a la Ciudad de los Reyes
con su gente; tampoco permitió el gobernador que pasase el puente, sino que lo
defendió, y puso allí a un Juan Pérez de Guevara, vecino de los Chachapoyas, en
el Perú. Entonces Ordóñez pasó a nado con sus cuarenta hombres, prendió a
Alvarado y lo envió al adelantado en el Cusco.
Pedro de Lerma y todos
sus amigos fueron con el adelantado. El adelantado se vino luego con Hernando
Pizarro y Gonzalo Pizarro, su hermano, hacia la Ciudad de los Reyes; dejó por
corregidor en el Cusco a Gabriel de Rojas, y con él a Alonso de Alvarado y a
Gómez de Tordoya, rogándoles que se hicieran amigos suyos.
Don Francisco Pizarro,
en la Ciudad de los Reyes, al llegar el licenciado Espinosa, Fuenmayor, Zárate
y Garcilaso de la Vega, y los capitanes Francisco de Chaves y Pedro de los Ríos
con mucha gente, les ordenó que fuesen hacia la Nazca por los llanos; él se
quedó en Lima y envió alguna gente a Montenegro vecino, que fue a los Atavillos
y Huánuco, para que diese guerra a un Illatopa Inca que andaba por allí
perturbando el servicio de los indios. El gobernador fue tras el licenciado
Espinosa y los demás capitanes, y alcanzó a algunos en el valle de Chincha;
todos se dirigieron luego hacia la Nazca.
Allí supieron que el
adelantado Almagro estaba en los Lucanas y tenía presos a Hernando Pizarro y a
Gonzalo, su hermano. El gobernador Pizarro envió al licenciado Espinosa a verse
con Almagro junto con Fuenmayor para concertar la paz. Almagro, según se dice,
respondió que se vería con el gobernador, que presentase las provisiones y que
se dirimiría lo suyo y lo del gobernador Pizarro conforme a lo que Su Majestad
mandase, y que ello se cumpliría. El licenciado Espinosa intentó concertarlo
por otra vía, lo que, según se cuenta, irritó a Almagro; el licenciado volvió
al gobernador Pizarro y le dijo que Almagro quería que se cumpliera lo que Su
Majestad mandaba y que tomase sus trescientas leguas, y que de allí adelante
gobernaría. Dijeron que con esto mucho se estorbaban, pues conociendo Espinosa
los corazones de unos y otros, dijo: “Pues si el rey os envía paz y vosotros
queréis guerra, ambos os perderéis y el rey mandará la tierra.”
El gobernador Pizarro
volvió a la Ciudad de los Reyes con toda su gente y capitanes, e hizo
llamamiento a Trujillo, San Miguel, Quito y Puerto Viejo; vinieron algunos
vecinos a verse con él, los que eran sus amigos. Cuentan que el licenciado
Espinosa, enfermo de enojo, murió a consecuencia de la enfermedad.
Venimos de Trujillo a
vernos con el gobernador Pizarro los vecinos Francisco de Fuentes, Rodrigo
Lozano, Alonso Borregán, Melchor Verdugo y Francisco Luis de Alcántara.
Por consejo de ciertas
personas, y porque aquellos capitanes extremeños lo habían propuesto, el
gobernador don Francisco Pizarro hizo capitanes de gente de a pie y de a
caballo —arcabuceros, ballesteros, piqueros y un capitán de artillería— pues
había venido un tal Juan Pérez de Vergara, ni vizcaíno ni flamenco claro de qué
generación, que trajo arcabuces, pólvora y algunos tiros de campaña. El
gobernador le dio diez mil pesos por todo, pero no quiso solo eso, sino la
capitanía de los arcabuceros; se la concedió el gobernador. Tomó también gente
de a caballo para sí y nombró alférez al tuerto Orellana.
Dio a Diego de Agüero
otra capitanía de a caballo, y puso por su alférez a un Orihuela. Dio a
Francisco de Chaves otra compañía de caballería y nombró como su alférez a Jerónimo
de Aliaga.
Hizo capitán de
infantería de piqueros a Diego de Orgoña, y al capitán Castro lo puso al mando
de arcabuceros. A aquel Vergara que mencioné arriba también le asignó
arcabuceros y piqueros.
A Juan Pérez lo hizo
capitán de ballesteros, y dio la artillería a Mesa, un mulato.
Cuando el adelantado
Almagro llegó al valle de Chincha con su gente, envió a requerir al gobernador
para que se ocuparan en dividir las gobernaciones, y que se pusiesen pilotos
para determinar por la altura hasta dónde alcanzaba la gobernación de Pizarro;
también lo requirió al Cabildo.
Don Francisco Pizarro,
cuando Almagro se había marchado a Chile, maliciosamente —al ver que Su
Majestad no le daba más gobernación que aquellas trescientas leguas por altura—
envió a un Peranzules a España para pedir a Su Majestad que, como tenía noticias
de que don Pedro de Mendoza entraba por el Río de la Plata y Almagro estaba en
Chile, y como la gobernación del Perú y la del Río de la Plata confinaban
juntas, mandase Su Majestad que ninguno de ellos se entremetiese ni tomase nada
de lo que en aquellas tierras cada gobernador hubiese poblado o conquistado por
su cuenta, so pena de cien mil castellanos para la Cámara y fisco de Su
Majestad.
Cuando los vecinos que
salimos de Trujillo llegamos a la Ciudad de los Reyes y vimos tanta gente junta
puesta en armas en la tierra, acordamos meter paz. Una noche fuimos a hablar
con el gobernador Pizarro, rogándole que advirtiera que había partido la hueste
con Almagro, y que toda la tierra estaba dividida por medio; y que, pues Su
Majestad también daba gobernación a Almagro, se concertasen y tomase cada uno
lo suyo; que aquella gente que allí estaba la enviase a descubrir, pues había
noticia de buena tierra y rica alrededor del Perú; y que, si algunos caballeros
quedaban, se mezclaran entre los vecinos presentes y esperasen vacantes, tanto
de los de Almagro como de sus amigos.
Pero como la gente que
había estado con Alvarado en Abancay, y los vecinos del Cusco, se viniesen cada
día a la Ciudad de los Reyes, algunos llegaban lastimados por las palabras que
habían tenido con la gente de Almagro, y estos estorbaron que hubiese paz entre
los dos gobernadores. Y como Alonso de Alvarado y Gómez de Tordoya se viniesen
también, incitaron a todos sus amigos a destruir a aquel gobernador, pues
tenían tanta gente y tan buenas armas.
Visto por Almagro que
Pizarro no quería entender en repartir la gobernación, pidió un navío para
informar a Su Majestad del suceso de Chile, del oro que había traído de allá, y
de lo que halló con el tesorero Riquelme en el Cusco y que tenía en Chincha. No
quisieron darle el navío, y Almagro intentó hacer una balsa de enea y echarla a
la mar con algunos marineros y con un Luis García Samamés, para que fuese a
buscar navíos y se los enviase a Chincha.
Apenas hubo salido Luis
García del puerto, avisaron a don Francisco Pizarro, el gobernador, por parte
de Hernando Pizarro. Entonces despachó un navío y envió en él a su hermano
Francisco Martín y a Rodrigo Lozano, mi vecino en Trujillo, con mucha gente,
para que recorrieran toda la costa, tomasen la embarcación, la destruyesen y
prendiesen a Luis García y a los marineros, porque supo que llevaban muchas
informaciones contra Hernando Pizarro para entregarlas a Su Majestad.
La tomaron, y las
informaciones las trajeron a la Ciudad de los Reyes. Y cuando el gobernador
Pizarro las vio, y le advirtieron que, si Su Majestad supiese de aquello,
castigaría a todos los que se habían hallado en los malos tratos hechos al
señor Mango Inca —robos en su casa, plata y oro, fuerza hecha a sus mujeres, y
muertes de hombres y capitanes que los naturales mataron en Jauja, Picoy y
Angaraes con el capitán Mogrovejo y Gonzalo de Tapia—.
Visto el gobernador
Pizarro la gran cantidad de gente que tenía de Extremadura, acordaron entre los
suyos no darle audiencia a lo que Almagro pedía, sino destruirlo y matarlo;
pues si aquellas informaciones llegaban a conocimiento de Su Majestad, no podía
dejar de castigar a Gonzalo Pizarro, a él y a todos los que hubiesen delinquido
en aquel asunto.
Incitado por aquellos
que no tenían indios en encomienda, el gobernador don Francisco Pizarro ordenó
salir de la Ciudad de los Reyes con las banderas desplegadas, al son de
tambores y pífaros, alborotando toda la tierra. Partió con toda la gente de la
ciudad: un día marchó al valle de Pachacámac, otro día a una fuente que los
indios llaman Jagüey, y otro a Chilca, donde tenía gente apostada como espías
para saber los movimientos de Almagro.
Por medio de estos
espías supo que don Diego de Almagro se hallaba en el valle de Chincha.
Allí aconsejamos todos
los vecinos de la tierra que allí estábamos que se viese con Almagro y que se
concertasen de manera que hubiese paz.
IV. De la entrevista de Mala a la
batalla de Chupas
Almagro vino a verse con
el gobernador Pizarro al valle de Mala y trajo consigo a Diego de Alvarado y
otros caballeros. El gobernador Pizarro fue a verlo con Rodrigo de Chaves, su
primo, un tal Godoy y otros caballeros. Por industria —o por mandato del propio
gobernador sin su saber— se ocultaron treinta o cuarenta soldados arcabuceros
en emboscada, y estando ambos gobernadores juntos salieron presto y quisieron
prender a Almagro.
Avisaron a Almagro que
los que estaban con Pizarro querían prenderlo; dicen que fue obra de Godoy. Le
mostraron la gente escondida para hacerlo, y Almagro montó en su caballo
llamado Motilla, que hacía treinta leguas en un día, y volvió al valle de
Chincha muy escandalizado por la traición; no se hizo otra cosa.
Fuimos al valle de Mala
con toda la gente del gobernador Pizarro, y un día después al Tendillo de
Navarro, donde descansamos dos días, y de allí nos fuimos hacia el valle de
Lunahuaná.
En el camino por la
costa, en un arenal, ocurrió un desastre: murió un desdichado llamado
Montenegro. Sobre una galga se trabaron en palabras con un Nuño de Chaves —uno
decía que la galga era suya y el otro la defendía—; oyó Rodrigo de Chaves,
primo del Nuño, y arremetió a caballo, tomó la espada y asestó por la espalda
una cuchillada a Montenegro, que cayó muerto y le cortaron la cabeza. Todo el
Real se volvió contra ellos; el gobernador desterró a los culpables para que
salieran del Real y fuesen a la Ciudad de los Reyes.
No faltaron muchos
parientes de aquellos Chaves extremeños que dijeron que no volvieran, que ellos
bastaban para todo el Real y para toda la tierra.
Se había quitado el
cargo de corregidor de la Ciudad de los Reyes a Diego de Godoy, y se lo había
dado al licenciado Carvajal, hermano de Illán Suárez de Carvajal, factor de Su
Majestad, que también estaba allí. Se encendió tanto la gente del Real que
todos hablaban de la muerte del hombre; dormimos entre unos cerros de arena a
la vista del Huarco, y para infundir ánimo a los que iban tristes por lo
ocurrido, se dio noticia de que Almagro venía sobre nosotros intencionadamente.
De allí nos fuimos al
valle, pasamos de largo y cruzamos el río de Lunahuaná; en la desembocadura del
arenal hacia Chincha asentamos el Real en unas fuentes que allí hay. Allí
acordaron y aconsejaron al gobernador Pizarro que se concertase con Almagro y
que se buscase modo de soltar a Hernando Pizarro.
Intervinieron en el
concierto Fuenmayor, el licenciado de la Gama y un padre Bobadilla, provincial
de la Merced. El acuerdo fue que se soltase a Hernando Pizarro y que se fuese a
España con poderes de ambos gobernadores; que el oro y la plata que estaba en
Chincha —el tesorero Riquelme lo había traído de Chile y lo había hallado en el
Cusco— se diera a Almagro; que se le diese navío para que enviase a España sus
recaudos; que se pusiese en el Cusco un corregidor por Su Majestad que no
acudiese a ninguno de los dos gobernadores, sino que residiese en esa audiencia
hasta que Su Majestad proveyese a una persona caballero que partiese las
gobernaciones; y que Almagro fuese a los Charcas y Pizarro volviese a la Ciudad
de los Reyes.
Se impuso la pena de
cien mil pesos para la Cámara de Su Majestad si el concierto se rompiese, para
quien no lo sustentase o lo quebrantase; quedaron por fiadores los capitanes de
Pizarro por Pizarro y los de Almagro por Almagro, si no se mantenía lo
concertado.
Se tuvo noticia de que
venía Peranzules con la provisión que el gobernador Pizarro había enviado a
pedir a Su Majestad, la cual se contenía en lo referido y ponía la pena de cien
mil pesos impuesta por Su Majestad a los gobernadores Pizarro, Almagro y a don
Pedro de Mendoza, de que ninguno se entremetiese en la tierra que cualquiera de
ellos tuviese poblada y pacificada hasta que Su Majestad fuese informado y
proveyese justicia.
No se cumplió ni se guardó cosa alguna de
la provisión, ni se sostuvo el concierto; no fue por falta de Almagro, que
llegó a llamar a Peranzules ofreciéndole diez mil pesos para sus gastos y para
que le trajese la provisión para pregonarla, publicarla y hacerla obedecer.
Sueltan a Hernando
Pizarro y, viendo tanta gente —la mayoría de su patria— y tan buen aparejo,
acordaron otra cosa: enviaron a Fuenmayor a la Ciudad de los Reyes y al padre
Bobadilla, y dieron a cada uno más de quince mil pesos para que no descubriesen
nada del concierto. Todos los vecinos que allí estaban, de la Ciudad de los
Reyes, Trujillo, San Miguel, Puerto Viejo y Quito, se pesarían de no haber
sostenido el concierto ni obedecido la provisión.
¡Cesárea Majestad!, si
allí hubiese caballeros temerosos de Dios y de sus conciencias que favoreciesen
a los vecinos, hubieran impuesto la paz, hubieran detenido a Hernando Pizarro,
lo hubieran traído a la Ciudad de los Reyes y al gobernador su hermano, y los
habrían obligado a sostener el concierto y obedecer la Real Provisión; así
mismo habrían apresado a Almagro y lo habrían traído preso, y la gente se
habría enviado a donde estaba concertado, a los Charcas. Esto habría sido gran
servicio a Dios y a Su Majestad, y no habría habido muertes de hombres ni robos
a pobres, ni rebeliones de tiranos ni alborotos ni destrucción de aquel reino
—todo porque a Vuestra Majestad le engañan sus ministros y no le dicen la
verdad, sino que le presentan otras cosas y le cuentan mentiras. De todo esto yo
doy por escrito suficiente información para que Vuestra Majestad castigue y
remedie todos estos males pasados y ponga remedio para el porvenir.
Que no vengan a pedir de
comer a Vuestra Majestad, pues han deservido y no han servido a Dios ni a
Vuestra Majestad; y porque Vuestra Majestad vea que Dios no consiente que los
ministros que al Perú Vuestra Majestad envía no quieran castigar ni enmendar
todos estos males, sino deshagan y ultrajen y maltraten a quien les dice la
verdad —miren la muerte del marqués de Cañete, que murió de un tóxico que le
dieron; Diego de Vargas, extremeño y enemigo mortal mío, murió en la Cámara y
se descubrieron sus latrocinios; el conde de Nieva, acusado conmigo de
suciedades y maldades por consejo de un obispo, murió sin testamento y sin
confesión —mala muerte. Por lo cual ruego a Vuestra Majestad, por la conciencia
y la corona imperial, que se investigue toda la verdad sobre mis negocios, y
que a los que contra mí han depuesto, Su Majestad mande castigar severamente
por justicia, hallando si juraron en falso contra mí; y si yo hubiere
delinquido o ofendido, que se proceda conforme a derecho. Porque, si Vuestra
Majestad permite que no se investigue y me niega justicia —que no me maten a
quienes tocan este negocio y que se me auxilie para mis gastos—, pues me han
quitado el favor que Vuestra Majestad me daba de lo que estaba encubierto de
los latrocinios de Munatones.
Vinimos al valle de
Chincha; Almagro se fue de allí al valle de Uymay, donde había fundado un
pueblo, y subió a un asiento y casa de Inca que se dice Limaycasca.
Allí, en Chincha, hallamos al tesorero Riquelme con el tesoro de Su Majestad
referido. En términos de los robos que los soldados cometieron, el tesorero
pidió socorro al gobernador Pizarro; y quien tomó aquel oro a su cargo fue el
gobernador Pizarro, que lo entregó a Blas Atencia y a Francisco de Fuentes,
vecino de Trujillo, quienes lo tomaron a su cargo. Enviábamos, cada noche, a
diez vecinos de Trujillo con un escribano a guardarlo.
Acordaron todos los
vecinos de la Ciudad de los Reyes, Trujillo, San Miguel, Quito y Puerto Viejo
hacer un requerimiento a Hernando Pizarro para que se mantuviese en el
concierto hecho y obedeciese la Real Provisión de Su Majestad. Pero Peranzules
llevó a España la protesta de los males, daños y alborotos de la tierra, y la
protesta de los doscientos mil pesos arriba dichos. Entonces el gobernador
Pizarro mandó apartar a todos los soldados que allí estaban, de modo que no
viesen este requerimiento, sino solamente nosotros, los vecinos de la tierra
citados. Hernando Pizarro respondió: “Véngome yo y lléveme el diablo”; y
prometieron al licenciado de la Gama buenos indios para que disimulase el
concierto.
Salimos de Chincha y
fuimos al valle de Limaycasca —que llaman Sangallay—, donde Almagro tenía
poblado un pueblo y colocado allí una picota. Hallamos a un pobre viejo llamado
Peña y otros dos ancianos con él; es verdad, Excelentísimo señor, que un tal
Machicao y otros les dieron palos y les hicieron cortar la picota. Yo estuve
presente en todo aquello; vi lo ocurrido, quité a Machicao el palo de la mano y
le dije que tuviese respeto a las canas de aquellos viejos.
Nos fuimos al Tambo Pintado, porque el adelantado don Diego de Almagro había
subido por el valle arriba hacia Guáytara; allí asentamos el real y tuvimos
necesidad de víveres. Se envió a un Felipe Voscan al valle de Ica con gente
para que los trajese; iba con él un Villacastín, vecino de Conozco [sic]. Los
hombres de Almagro que estaban buscando comida dieron a Villacastín un jarrazo
dejándolo por muerto, y toda la gente volvió huyendo.
Juan Pérez, capitán de
ballesteros, salió a reconocer el campo y trajo presos a dos hidalgos: uno
pariente de Alonso Martín de Don Benito y el otro cuyo nombre no recuerdo.
Al ver los vecinos la
mala intención de Hernando Pizarro y que iba contra Almagro, le dijeron al
Marqués que querían volver; ello pesó mucho a Pizarro, que los detuvo con
palabras. Visto Hernando Pizarro que todos los vecinos desde la Ciudad de los
Reyes hacia abajo marchaban de mala voluntad, les mandó volver a sus casas,
porque a los que habían venido antes del Cusco incitando a Hernando Pizarro a
romper y destruir, luego les pesaría su retorno y no quiso darles licencia. Al
fin les permitió volver a sus casas. Envió por corregidor a la Ciudad de los
Reyes a Francisco de Chaves; a mí, cuando pedí licencia, me pesó mucho y no
quiso que me volviera; propuso quitarme los indios que tenía.
Se envió gente desde
abajo hacia Guáytara tras Almagro: Alonso de Alvarado halló allí un encuentro
con un Chaves chileno de los de Almagro; y como Almagro se fue retirando hacia
el Cusco para no incurrir en pena ni enemistar a Su Majestad, se dirigió al
Cusco.
Hernando Pizarro pasó
por los llanos y mudó su orden: nombró nuevos capitanes, usando esta cautela
para que Su Majestad no pudiera imponerles la pena del concierto, de la
provisión ni de todo lo demás en que hubiesen incurrido por el alboroto del
reino y los daños y pérdidas que a Su Majestad se habían causado en las
pasiones de los gobernadores y en cuanto sucedió en el Perú.
V. De Chupas al asesinato de Pizarro
Llegado yo, Alonso
Borregán, a mi casa de Trujillo, vinieron cartas del obispo fray Vicente de
Valverde, de España, por obispo del Cusco y del Perú. Los vecinos me rogaron
que llevase aquellas cartas y que ellos escribirían al gobernador a mi favor; y
para que las cartas fuesen con brevedad las llevé desde Trujillo a Lima en
cinco días y se las di al gobernador Pizarro. Me ofrecí a llevarlas al Cusco y
dárselas a Hernando Pizarro para evitar un rompimiento con el adelantado
Almagro, y al gobernador le alegró que volviese yo a mi casa con el obispo. Me
prometió que me ayudaría y mejoraría en los indios, porque sabía que yo tenía
pocos y distantes del pueblo. Volví con el obispo fray Vicente de Valverde y
llegamos a la Ciudad de los Reyes por marzo del año treinta y siete y
quinientos del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Salimos luego de Lima en
marzo y fuimos hacia el Cusco por Jauja. Tuvimos noticias de Hernando Pizarro
de que había dado la batalla a Almagro en las Salinas del Cusco, que habían
muerto al capitán Diego de Ordóñez, herido al capitán Pedro de Lerma y preso al
adelantado don Diego de Almagro.
Cuando en el Cusco el
capitán Pedro de Lerma, que había ido a curarse, entró en su posada, un
Samaniego que había tenido palabras con él cuando venían con Alonso de Alvarado
desde la Ciudad de los Reyes, junto con otros dos chachapoyas —que aún viven—
fueron a su posada y le mataron a estocadas, estando Hernando Pizarro en el
Cusco con todos sus capitanes.
Hernando Pizarro enviaba
mandamiento al gobernador su hermano para matar a Almagro; el gobernador lo
mandó, como él lo pidió. Al fin le cortaron la cabeza, porque vieron que Mesa,
el mulato capitán de artillería, Juan Pérez, capitán de ballesteros, y muchos
otros capitanes decían que se había procedido muy mal con aquel gobernador y
que contra razón y justicia se había obrado. Los frailes de la Merced excavaron
una mina por debajo de la cárcel para sacarlo; mató aquel capitán mulato de
artillería a Hernando Pizarro porque lo había denunciado. Visto el alboroto que
hubo en el Cusco por la muerte de Almagro, Gonzalo Pizarro —su hermano— dijo de
Hernando Pizarro y del gobernador: “Si el rey no aprueba la muerte de Almagro,
buenas lanzas tenemos”, y después alzóse con el reino, y mató a vuestro virrey
Blasco Núñez Vela y a su hermano Núñez, salió Hernando Pizarro del Cusco y fue
a los Charcas, donde dio de comer a sus amigos y tomó para sí la mina de Porco,
y afirmó que los señores chichas decían tener más de quince mil indios; dejó a
su hermano el gobernador y dio información contra Almagro, y dijo ser joven y
relajado porque, antes de que le matasen, hizo mostrar sus vergüenzas a los que
juraron falso contra él.
Envió sus capitanes y
repartió la tierra: mandó a Alonso de Alvarado a los Chachapoyas para su
conquista; a Hurbina a La Culata; a Pero Peranzules envió a los Moxos, junto
con mucha gente de la facción de don Diego de Almagro; a Vergara lo destinó a
los Bracamoros; a Mercadillo, a los Chupachos. A todos les encargó a los
soldados que le habían servido en aquella batalla, y a ese Mercadillo le
trajeron presos sus propios hombres porque los maltrataba.
Viendo los soldados que
habían servido al adelantado Almagro correr y ser perseguidos, sin saber adónde
ir, andaban escondiéndose por la tierra como ganado sin pastor.
Llegado el gobernador
Pizarro al Cusco, y visto que el Inca quería acudir en son de paz, le envió un
cuartago morcillo con la guarnición de carmesí para que acudiese; el Inca, sin
embargo, quiso coger al gobernador Pizarro y matarlo en venganza por la muerte
de Almagro, por lo que le mandó rogar que fuese a entrevistarse con él.
Diego de Alvarado,
viendo la crueldad que se había cometido contra Almagro y contra toda su gente,
quiso hacer información contra Hernando Pizarro y traer testimonio de todo;
pero no pudo hallar escribanos dispuestos a hacerlo ni testigos que juraran
contra los pícaros que, tomando la gobernación de Almagro, la habían repartido
entre sus enemigos, apropiándose de la mina de Porco y de los indios chichas
para sí. Viendo a todos sus amigos corridos y perseguidos, y sin hallarse
testigos ni escribano que diese fe, como hombre desamparado —y teniendo en
cuenta el testamento del adelantado, que dejaba por hijo y heredero una gran
suma de oro—, y por los agravios cometidos contra el Inca y la muerte de su
gobernador, fue a pedir justicia a Su Majestad. Mas como Su Majestad lo remitiese
a sus oidores y no obtuvo justicia —pues Hernando Pizarro presentaba tantas
informaciones y con los sobornos y dádivas que él y su hermano enviaban—, Diego
de Alvarado, al no poder hacer nada, pidió al Emperador que se enviasen
diligencias al Reino del Perú, porque no faltarían buenos cristianos que
dijesen la verdad y Su Majestad conociese la gran injusticia cometida contra
Almagro. Propuso que se nombrase a Vaca de Castro para que hiciese dichas
informaciones, dándole una provisión en blanco para que, si hallase muerto al
gobernador Pizarro, gobernase la tierra. Dijo que esta provisión podría haber
evitado la destrucción de aquellos reinos si se hubiera mandado expresamente
hacer las diligencias y enviarlas a Su Majestad para informarle de la verdad y
restablecer la justicia; así no se habría dado la batalla de Chupas ni se
habría destruido la tierra. Se habría remediado el gran daño que ha venido a
aquellos reinos. Roces que Cesárea Majestad no permita que de aquí del consejo
se provean jueces con tales provisiones solo para favorecer a los más culpados:
el gobernador Pizarro pobló el Cusco y los Charcas con muchos de sus amigos;
Hernando Pizarro pobló Arequipa, Guamanga, Chachapoyas, La Culata, Quito y
Trujillo; e introdujo a sus amigos en San Miguel, los que habían estado con él
en la batalla.
Como el gobernador
Pizarro vio que no había quien le contradijese en la tierra, y que recibía
cartas de favor de Cobos, del doctor Beltrán y de los demás oidores del Consejo
de Indias que cada día le enviaban desde España, y que sus criados le llevaban
dinero y comer, no dudó en despojar de indios y de alimentos a los que le
habían servido, entregándolos a aquellos que secundaron su opinión contra
Almagro.
Envió a Chile a un
Valdivia, a quien había hecho maese de campo en el valle de Chincha, cuando
Hernando Pizarro mudó a todos los capitanes. Y porque había ahorcado a un
soldado que se había adelantado hasta el valle de Limaycasca —como dije
arriba—, pues hasta allí había tenido el cargo de maese de campo Cristóbal de
Burgos, vecino de la ciudad de los Reyes, llevó consigo este Valdivia a algunos
de los que con Almagro habían ido primero, y pobló en Chile.
Como el gobernador
Pizarro había enviado al Inca aquel cuartago ya dicho, y el Inca lo había
mandado llamar, fuimos allá con él a un tambo que está tras Viticos, arriba de
Tambo, entre unas sierras. Enviamos mensajeros al Inca para que viniese a verse
con él, y el Inca había preparado una celada para tomar un paso y matar al
gobernador Pizarro. Fue Dios servido que algunos soldados andábamos por un
pueblo de indios y vimos pasar unos indios por la sierra a tomar el paso.
Fuimos a avisar al gobernador y salimos huyendo, y el Inca ahorcó el cuartago desde
una peña.
Cuando lo supo el
gobernador Pizarro, envió a su hermano Gonzalo Pizarro tras el Inca, y le
prendió la mujer, que era una señora Coya, y la mandó ahorcar y quemar. Decía
tantas lástimas aquella señora que a todos causó gran pena.
Envió el gobernador
Pizarro a su hermano Gonzalo Pizarro a la Canela por gobernador, y se amotinó
Orellana, que llevaba consigo.
Llegado el gobernador
Pizarro a la ciudad de los Reyes, vino un doctor Velázquez de Castilla y lo
hizo corregidor de la ciudad. Este cometía tantos agravios contra todos —tanto
a los que no lo habían querido seguir como a los amigos de Almagro— que no se
podían soportar. Y como se supiese que venía Vaca de Castro por juez, que había
tomado residencia al doctor Robles en Panamá, despacharon un navío para que lo
sacasen del navío en que venía y lo echasen en la buena ventura, para que
muriese mala muerte.
Bajó don Diego de
Almagro el Mozo con todos sus amigos a esperar a Vaca de Castro cuando llegase
a la ciudad de los Reyes, y se alojó en unas casas que le debía un conquistador
llamado Domingo de la Presa. El gobernador Pizarro le había quitado una
estancia a Domingo de donde le traían yerba y maíz para su casa y caballos, y
se la había dado a dos vecinos llamados uno Palomino y el otro Juan de Barrios.
VI. Asesinato de Pizarro y llegada
del virrey Blasco Núñez
Bajaron Juan Balsa, don
Alonso de Montemayor y otros amigos de don Diego a Trujillo a esperar a Vaca de
Castro, y como no se supiese de él en más de dos meses que estuvo esperando,
escribió a Juan de Herrada y a don Diego que no tenía noticias de su venida. Y
como vieron que el día de Corpus Christi habían salido dos o tres bellacos
delante de la procesión, hechos moharraches y cantando: “¡Mueran, mueran los
enemigos del gobernador Pizarro, y viva él y sus amigos, que embarrancada es la
Vaca!”, salió Picado ese día vestido con ropas de seda y a la estradiota, en un
caballo alazán y con higas de oro en la gorra. Dieron crédito a que Vaca de
Castro había muerto embarrancado, como decían; y como se decía públicamente que
los querían matar, porque los muertos no hablan ni piden justicia, salió Juan
de Herrada un domingo con once hombres armados y mató al gobernador Pizarro, y
a Francisco de Chávez, su corregidor, y a Francisco Martín, su hermano, y a
otros criados suyos. No hubo quien los llevase a enterrar sino un negro y una
negra y una india y un indio, sin clérigo ni fraile ni cruz ni quien rezase un
Ave María por ellos.
Muerto el gobernador
Pizarro, tomaron los de Chile todas las armas y caballos de la ciudad a los
vecinos. Los del Cabildo recibieron a don Diego por gobernador, como vieron que
no tenía culpa en la muerte del gobernador Pizarro, por virtud de la provisión
que su padre le dejó de Su Majestad, donde lo nombraba heredero, y a Diego de
Alvarado por su tutor hasta que Su Majestad otra cosa proveyese. Hallaron
tantas cartas de favor de los oidores de acá de España —del doctor Beltrán, de
Cobos, de Samano— que les enviaban dineros, y todas las tomaron. Y prendieron a
Picado, su secretario, para saber de él muchas cosas, y lo tuvieron preso.
Luego que se supo por
toda la tierra la muerte de aquel gobernador, don Diego fue recibido y envió a
los Chachapoyas a Alonso de Alvarado un mensajero, y otro al Cusco, para hacer
saber que no quería enojar a ningún vecino de la tierra, sino que todo
estuviese en paz.
El gobernador Pizarro,
poco antes de morir, había nombrado capitán a un Pero Álvarez Holguín —que
había sido amigo del Adelantado Almagro— para que entrase a los Moxos y los
poblase con alguna gente. Los vecinos del Cusco enviaron por él, para que
volviese por ellos y fuese su capitán, ofreciéndole dinero, armas, caballos y
todo lo que pidiese, y que levantase bandera y los favoreciese en nombre de Su
Majestad. Juntaron la gente que pudieron y bajaron hacia Jauja. Alonso de
Alvarado y sus chachapoyanos, aunque habían sido tan culpados en las pasiones
pasadas, y todos los demás capitanes que habían ido a poblar por toda la
tierra, se pusieron en armas porque don Diego de Almagro el Mozo no los había
de tener por amigos. Determinaron todos juntarse con el dicho Alonso de
Alvarado y con el dicho Pero Álvarez Holguín, y se vinieron todos a Huaraz, que
es en la provincia de Huaylas.
Juan de Herrada había
enviado a García de Alvarado, hermano de Diego de Alvarado, a Trujillo y San
Miguel, para que tomase yeguas, caballos, armas y algunos amigos, e hiciese
obligaciones por ellos, y tomase cuenta a los mayordomos del gobernador Pizarro
de la hacienda de ambos gobernadores. Porque no se había tomado cuenta ni se
había partido la hacienda que entre los dos tenían en común, conforme a la
carta de compañía que entre los gobernadores había. En todo este tiempo no se
habían tenido nuevas de Vaca de Castro, si estaba vivo o muerto.
García de Alvarado vino
a la ciudad de los Reyes, y subió al Cusco don Diego para que no pareciese que
había muerto al marqués ni a los criados de su padre por interés de la
gobernación.
Habían enviado un
escribano acá a España con las cartas que encontraron en casa de Picado —que
era secretario del gobernador Pizarro—, y otra de Cobos que pedía treinta mil
pesos para casar una hija, y a pedir la gobernación de su padre a Su Majestad,
informando también a Su Majestad de los malos tratamientos que le hacían a él y
a los criados de su padre.
Estaba muy malo Juan de
Herrada de un veneno que le habían dado, y aconsejó a don Diego que no rompiese
con Pero Álvarez Holguín ni lo viese, sino que lo dejase pasar con Dios. Murió
Juan de Herrada en Jauja.
Se alzaron los vecinos
de esta ciudad por el rey porque se tuvo noticia de que venía Vaca de Castro
por la vía de Popayán y Quito. Fueron a recibirlo los vecinos de Trujillo, y
Alonso de Alvarado también fue a recibirlo.
Estaba un Lorenzo de
Aldana en Popayán, que lo había enviado el gobernador Pizarro cuando las
pasiones con Almagro, para que fuese tras Benalcázar —que era amigo de Almagro—
y no volviese contra él. Este Lorenzo de Aldana incitó a Vaca de Castro,
diciéndole que aquellos traidores habían matado al gobernador y que se querían
alzar con la tierra.
Habíase huido de la
ciudad de los Reyes el obispo fray Vicente de Valverde, y el doctor Velázquez,
su cuñado, y un Ordás y otros. Fueron a dar a la isla de la Puná, y allí los
mataron los indios y se los comieron con ají.
Cuando todos los
capitanes que habían seguido a Pizarro estuvieron juntos con Pero Álvarez
Holguín en Huaraz, Vaca de Castro los tuvo engañados con palabras hasta
atraerlo entre ellos. Y como viesen la provisión que traía, que le permitía
gobernar si hallase muerto a Pizarro y tomar la gobernación, lo recibieron por
gobernador y le hicieron tomar la tierra. Y se fueron con él, incitándolo y
haciéndole creer lo que ellos querían, porque veían claramente que, si venía
con el propósito de hacer informaciones de las cosas de la tierra y enviarlas a
Su Majestad, los hallaría tan culpados que los había de echar fuera del reino.
Porque estaba fresco el negocio y se sabría todo cómo había pasado, y Su
Majestad les pediría cuenta por la provisión y el concierto.
Como Juan de Herrada
había muerto, quedó el desdichado don Diego sin un tal ayo que lo gobernase y
rigiese, y los que quedaron no tuvieron la prudencia para saberse regir. Así
fue que García de Alvarado mató a Sotelo en el Cusco, y luego Juan Balsa lo
mató a él. Y es verdad de Dios que don Diego se quiso ir con el Inca, viendo
las cosas que sus capitanes hacían.
Antes que muriese Juan
de Herrada, había enviado a aquel Sotelo a los Charcas, y allí había matado a
un corregidor llamado Diego de Almendras, y puso otro en nombre de don Diego, y
luego se volvió al Cusco.
También habían enviado
desde Guamanga que se fuese por Arequipa a García de Alvarado y que regresase
rumbo al Cusco. A donde llegaron estos dos, fue justamente en el momento en que
se mataron ambos bandos, como dije arriba. Se tuvo noticia de que Vaca de Castro
estaba en Jauja y que venía con toda la gente que se había pregonado, como
gobernador.
Desde el Cusco envió don
Diego al jurado Gonzalo Hernández y al licenciado De la Gama para que
negociaran con Vaca de Castro. Le mandaba decir que no quería tener enemistad,
que se apartase de aquellas gentes, y que él —don Diego— daría a los que habían
matado a Pizarro el gobierno, y que informase a Su Majestad de la verdad.
Visto por Alvarado lo
que enviaba a pedir don Diego, él y los capitanes se dispusieron a estorbarlo
bravamente, aunque Pero Álvarez Holguín quiso que se concertasen, y hubo malas
palabras. Pero Álvarez y Alonso de Alvarado se escribieron cartas el uno al
otro: la de Pero Álvarez no apareció, y la que escribió Alvarado se entregó a
Vaca de Castro.
Dijo Alvarado a Vaca de
Castro que, si él no quería ir contra don Diego, ellos irían, lo desbaratarían
y lo matarían. Y así se fueron hacia Guamanga con toda su gente, y se pusieron
a dos leguas, al otro lado del pueblo. Asentaron real en un paraje que se llama
Chupas.
Salió don Diego del
Cusco con toda su gente, y se hizo capitán general Juan Balsa. Tardaron mucho
en el camino, porque se habían hecho unos cuatro o cinco tiros que hoy en día
están en el Cusco, y llegaron hasta Vilcas.
Se tuvo noticia de que
venía Urbano de acá, de España, con las provisiones de gobernador para don
Diego. Estaba don Diego a nueve leguas de Chupas, donde estaba Vaca de Castro,
y desde allí le envió sus provisiones y a requerirlo. No sé lo que le mandó
decir.
A pocos días se dio una
batalla allí, en Chupas, donde murieron tantas gentes, sin culpa y sin justicia
—que Dios nuestro Señor les perdone a ellos y a quienes fueron causa de que los
matasen— que no era menester más información que decir a cualquier soldado de
los de Vaca de Castro: “maten aquel y aquel otro”.
Y por un sermón que
predicó el regente, que después fue obispo de los Charcas, en el que dijo que
matasen a todos y no quedase ninguno, se hizo un rastro de cuerpos muertos
mayor que el que se hace de puercos y carneros en una ciudad.
Y eso sin contar los que
mataron los naturales por los campos, por un mandamiento que Vaca de Castro dio
a los indios para que los matasen. Y ellos no miraban si eran de los de Chile o
de los suyos, hasta que se hallaron algunos muertos que eran de los suyos.
Avisaron entonces, y mandó a los indios que no matasen más, sino que los
trajesen presos. Pero aun así no dejaban de matar de unos y de otros, porque no
conocían quiénes eran.
Huyó el desdichado don
Diego hacia el Cusco con un Diego Méndez, vecino del Cusco, su capitán. Y como
tuviese judíos y casa en el Cusco, tenía por amiga a una mujer que se llamaba
la Ximénez. Díjole el majadero a aquella mujer —que el narrador llama “puta”—
que don Diego lo estaba esperando para meterse donde estaba el Inca, y ella
descubrió el secreto.
Había quedado acaso por
corregidor en el Cusco un Juan Rodríguez Barragán. Prendiéronle y quitáronle la
vara cuando supieron el desbarate de don Diego y que éste estaba cerca de allí.
Fueron a prenderlo un
alcalde que se llamaba Blas (o Vlano) de Guevara y algunos soldados, y lo
trajeron preso al Cusco. Huyóse Diego Méndez al yunga con otros soldados.
Subió Vaca de Castro al
Cusco. Incitaron a que matase a don Diego, y él, no queriendo hacerlo, pidió
que se llamase a un menor de edad para juzgarlo; pero no lo quiso hacer,
diciendo que no quería cometer tal bajeza. Luego empezaron a difamar a Vaca de
Castro, diciendo que robaba la tierra y la cosechaba. Yo no diré tal, porque no
lo vi ni lo sé.
Lo que yo vi fue que permitió
venderse a los indios y darlos a hombres que no lo merecían; porque, ya que se
hubiera de hacer tal traspaso, había de ser a quien lo mereciese. A mí solo me
agravió, porque me quitó los pocos indios que tenía, por haberme hallado con
don Diego.
VII. De la llegada del virrey a su
única victoria
Se tuvo noticia de que
venía el virrey Blasco Núñez Vela, y muchos agraviados determinaron, en cuanto
se asentase la Audiencia, quejarse de sus males. Y como aquel desdichado
caballero quisiera ejecutar las provisiones de Su Cesárea Majestad y de
gloriosa memoria el Emperador, y cumplir estrictamente sus mandamientos, luego
se conoció que era hombre ejecutivo, y que quería saber por sí mismo todas las
cosas de la tierra.
En sabiendo su
intención, todos los apasionados comenzaron a avisarse con cartas de lo que
veían y oían. Y como el virrey enviase a llamar al gobernador Vaca de Castro
para que viniese a Lima —y con él vinieron muchos vecinos del Cusco, como
Machicao y Gaspar Rodríguez, hermano de Pero Ánzules—, el gobernador Vaca de
Castro se presentó ante el virrey con solo sus criados.
Alonso de Alvarado y
Pero Ánzules se habían ido a Castilla; y el virrey había traído a Cristóbal
Barrientos, vecino de Trujillo, que sabía de haber sido alcalde, para que le diese
consejo en materia de presidencias y gobierno.
Cuando llegó Vaca de
Castro a la ciudad de los Reyes, el virrey lo mandó embarcar en un navío. Y
como esto se supo luego en toda la tierra por cartas, los que habían venido con
él desde el Cusco, al verse sin apoyo, le habían ya propuesto que se alzase por
gobernador de la tierra; pero, pareciéndoles no tener buen aparejo, se
volvieron al Cusco y se llevaron la artillería que había hecho fundir don
Diego.
En el Cusco hicieron
llamamiento a Gonzalo Pizarro, que estaba en los Charcas con sus indios, pues
había salido desbaratado de la entrada de la Canela. Le dijeron que querían
enviarlo al virrey por procurador, para suplicar contra las provisiones que
traía de Su Majestad, y que, bajo ese pretexto, podrían prender al virrey y a
sus oidores, quedando él en la tierra como gobernador. Con esto, Gonzalo vino
con toda la gente que pudo reunir al Cusco.
Algunos vecinos, viendo
que aquél no era buen camino, no quisieron consentir ni tomar parte en cosa
semejante. El virrey, por su parte, había empezado a tomar residencia a Vaca de
Castro, y fue avisado de lo que en el Cusco se tramaba. Como era hombre de poco
sufrir, los enemigos le engañaron y buscaron su perdición.
Le aconsejaron que
nombrase por capitán general a un Martín Robles y a un Orduña, que habían
venido a ver lo que sucedía; ambos eran viejos amigos de Pizarro. Vinieron a
hablarle Pedro de Puelles, corregidor de Huánuco, y un Gonzalo Díaz, vecino de
Quito; y todos ellos sabían lo que Su Majestad mandaba.
Pedro de Puelles se
volvió a Huánuco y envió por capitán a Gonzalo Díaz, que él mismo había
nombrado, para que fuese a Huaylas (Guadacheri) a saber de las cosas de
Pizarro; pero éste no volvió, sino que se pasó al tirano Gonzalo Pizarro. Pedro
de Puelles, en Huánuco, hizo lo mismo con algunos vecinos, y envió delante a un
Argama y a un Grado, vecinos, para hacerles saber que él iba en camino.
Tomó consejo el virrey
con el factor Illán Suárez de Carbajal, y lo que entre ellos se trató, luego lo
descubrió el factor. Los sobrinos del factor, los Carbajales, se le fueron de
casa. También se le escapó un Salazar, corcovado, y Baltasar, hijo del conde de
la Gomera, cuando el virrey hizo capitán general a Robles. Éstos fueron los
primeros que alborotaron la tierra y desampararon vuestro estandarte, habiendo
recibido sueldo de vuestro virrey.
Proveyó entonces el
virrey a Hernando de Alvarado por capitán en Trujillo y Chachapoyas, mandándole
que tomase dinero de la caja de Vuestra Majestad, hiciese gente, y con brevedad
viniese donde él estaba; y que enviase todos los vecinos de Trujillo, San
Miguel, La Culata, Quito y Puerto Viejo, so pena de traidores a la Corona Real.
Todos se hicieron
sordos, y ninguno acudió, ni Hernando de Alvarado tampoco.
Ordenóse en Lima una
bellaquería contra el desdichado virrey: indujeron a Cepeda y a los oidores
Tejada y Ramírez a que lo prendiesen, ofreciéndoles grandes dádivas para que lo
echasen de la tierra. Para ello, el virrey había nombrado alguacil mayor a un Cepeda,
que hoy está en Salamanca.
El virrey envió a llamar
al factor Illán Suárez y le preguntó por qué se habían ido sus sobrinos. Al
tratarse de palabra con el virrey, Illán le respondió que él era tan servidor
de Su Majestad en su oficio como el virrey en el suyo. Entonces, los de la
guarda lo mataron allí mismo y lo arrojaron desde los corredores abajo.
Cepeda y los otros dos
oidores, Tejada y Álvarez, mandaron a Robles que prendiese al virrey. Fue a
prenderlo aquel mismo Barrientos de quien hablé, llevando la vara de alguacil
mayor. Este Barrientos escribió una carta a Hernando de Alvarado para que se
detuviese por allá, y otras muchas cosas más; y Cepeda escribió también,
mandando que se diese crédito a lo que él enviaba a decir.
Al virrey le hicieron tan
malos tratamientos como si hubiese sido hombre de poca calidad. Robles, su
capitán, le reprendió por lo que había hecho, porque le había negado
obediencia, y dijo con desvergüenza que había jurado servir a Gonzalo Pizarro y
no ir contra él.
Llevaron preso al virrey
a la isla que está frente al puerto del Callao, y allí lo tuvieron hasta que
Cepeda acordó enviarlo preso a España, bajo custodia del licenciado Álvarez.
Cepeda había enviado ya a Su Majestad al oidor Tejada, no sé con qué
informaciones; pero Tejada murió en la mar, de pesadumbre, y no llegó jamás a
tierra.
Desde Lima, los criados
de Vaca de Castro escribieron con un indio una carta contando que Vaca de
Castro había sido enviado a España (a “espada”) y que ya no había aparejo para
hacer lo que se había concertado, de modo que convenía que ellos se viniesen
hacia Lima.
Gonzalo Pizarro venía
caminando hacia Lima, y traía por su maestre de campo a un Toro, vecino del
Cusco. Lo volvió a enviar al Cusco porque estaba casado, e hizo maestre de
campo a Carvajal.
Iba Gonzalo marchando
hacia la ciudad de los Reyes cuando Cepeda, teniendo preso al virrey, lo mandó
a Su Majestad con el licenciado Álvarez. Mas, cuando el licenciado vio el yerro
que se cometía, saltó en tierra en el puerto de Tumbes con el virrey, y éste
escribió desde allí a La Culata, a Puerto Viejo y a Quito, para que los vecinos
le acudiesen con toda la gente que pudiesen.
Gonzalo Pizarro llegó a
Guamanga y avanzó hasta un puente y la cuesta de Parcos. Envió por delante a su
maestre de campo Carvajal, y éste topó al indio que llevaba la carta de los
criados de Vaca de Castro. Le quitó la carta del tocado de la cabeza donde la
traía atada. Yo no sé lo que en ella iba escrito, salvo que, a consecuencia de
ello, ahorcó a Gaspar Rodríguez, a un Felipe Gutiérrez y a otros vecinos del
Cusco.
Cepeda mandó decir a
Gonzalo Pizarro que no entrase en Lima con toda la gente que traía, sino solo
con diez hombres, y que, si quería pedir algo, él le oiría y guardaría la
justicia. Respondió Pizarro que para qué tenía preso al virrey; que él lo
prendería y lo enviaría a Castilla, pues a él le pertenecía la gobernación de
la tierra.
Entendiendo Cepeda las
voluntades de los de la tierra, disimuló hasta verse con Gonzalo y con su
maestre de campo, Carvajal. Al entrar al valle, Carvajal ahorcó a dos o tres
vecinos del Cusco, entre ellos a Pedro del Vareo, que era uno de los
principales.
Viéndose Cepeda que su
intento había salido al revés, determinó hacerse con Gonzalo y ganarse las
voluntades de los de la tierra. Venía con Pizarro Diego Centeno, vecino de los
Charcas; pidió licencia a Gonzalo para volver a su casa con sus amigos, y en su
tierra lo recibieron por gobernador, pidiéndole fianzas de que no haría
agravios a nadie, y así las dio.
Llegaron entonces nuevas
de que el licenciado Álvarez y el virrey habían desembarcado en Tumbes. Cepeda
y Pizarro acordaron enviar a Tejada con las informaciones a Su Majestad, y
luego proveyeron que fuese Machicao a Panamá a hacer gente y guardar aquel
paso.
Como el virrey supiese
que Machicao venía, se encaminó hacia Quito. Machicao llegó a Tumbes, y como
allí hubiera un pobre viejo en el pueblo que había hecho regalos al desdichado
virrey, le hizo dar cien azotes alrededor del pueblo por los indios.
Cuando el traidor
Machicao llegó a Panamá, se encontró con Juan de Yllanes, quien se hallaba en
el istmo levantando tropas de refuerzo para el Virrey Blasco Núñez Vela. Sin
embargo, los soldados abandonaron a Juan de Yllanes y se pasaron al bando de
Machicao. Ante esta deserción, Juan de Yllanes se vio obligado a retirarse a
Nombre de Dios.
Mientras tanto, en el
territorio del Perú, los vecinos de Quito y Guayaquil salieron al encuentro del
Virrey para ofrecerle su lealtad y apoyo. Entre ellos destacaban Gómez de
Estacio y Rodrigo de Ocampo, junto a muchos otros, que le mostraron su adhesión
llegando hasta Tumbes para darle la bienvenida.
Como el virrey marchase
luego a Quito, levantó allí cuanta gente pudo. Machicao, por su parte, en
Panamá levantó mucha más gente e hizo grandísimos agravios a los mercaderes y
vecinos. Cuando el virrey tuvo seiscientos hombres en Quito, bajó con ellos
camino de San Miguel.
Cepeda y el tirano
Gonzalo Pizarro, cuando supieron que el virrey venía hacia San Miguel con
gente, despacharon cuatro o cinco capitanes para que fuesen levantando tropas
camino de Trujillo y San Miguel. Entre ellos iban un Villegas, un Manuel de
Estacio —hermano de Gómez de Estacio, el que salió al encuentro del virrey en
Tumbes— y el traidor Gonzalo Díaz, que se había huido desde Huaylas
(Guadachiri).
Escribieron también a
Hernando de Alvarado —aquel que el virrey había enviado a Trujillo y
Chachapoyas a hacer gente—, mandándole decir, de parte del tirano y de Cepeda,
que con toda la gente que tuviese levantada saliese a juntarse con esos
capitanes, y que todos fuesen juntos hacia San Miguel.
Por acaso, el desdichado
virrey había enviado un mensajero con una provisión, avisando a todos los
vecinos que no pidiesen justicia ante Cepeda, porque nada valía lo que él
proveyese, ya que hacía Audiencia con el oidor Álvarez. Llegó el pobre
mensajero justamente en el momento en que aquellos capitanes —Villegas, Gonzalo
Díaz, Manuel de Estacio y el traidor Hernando de Alvarado, rebelado contra Su
Majestad— estaban en Trujillo.
Arrebataron al desdichado
mensajero, y le dieron trescientos azotes. Una mujer viuda, compadecida de él,
logró quitárselo de las manos y ampararlo.
Cepeda y el tirano
proveyeron que Enojosa y Palomino fuesen a Panamá, pues les habían avisado que
Machicao había robado a mercaderes y vecinos; mandáronles que corriesen toda la
costa.
De allí se fueron los
capitanes a San Miguel. Se habían ofrecido al virrey un soldado llamado Mesa y
otro compañero suyo, para sacarle toda la gente que Vergara tenía en los
Bracamoros, y lo pusieron en efecto. Estando la gente saliendo del lugar,
llegaron Gonzalo Díaz, Hernando de Alvarado y Manuel de Estacio por donde
salían las tropas, y se las tomaron todas.
Mesa huyó de ellos con
Pedro de Arcos y fue a dar aviso al virrey, que se encaminaba hacia Quito; el
virrey lo recibió y se dio prisa en su marcha.
Los capitanes de Pizarro
ahorcaron después a aquel Mesa y a su compañero, que habían sacado la gente
para el virrey.
VIII. De Chinchincharra
a la campaña contra Centeno
El virrey se dio tanta
prisa y avanzó con tanto secreto —porque los naturales lo encubrían, viendo que
los favorecía, mientras que los otros los robaban— que cayó sobre ellos sin que
lo sintiesen. Huyeron los capitanes; a Hernando de Alvarado lo alcanzaron unos
soldados y allí lo hicieron pedazos.
El tirano Gonzalo Díaz
murió en unos arenales, mala muerte, y pagaron así la traición que habían hecho
a Vuestra Majestad. Manuel de Estacio llegó a San Miguel, y como Villegas se
hubiese quedado allí y se hubiese casado con una mujer vecina, se fue con su
mujer hacia la ciudad de los Reyes y llevó aviso a Pizarro y a Cepeda.
Acordó Pizarro bajar
hacia Trujillo, y se embarcó en unos navíos con mucha gente; los caballos
fueron enviados por tierra. Supo entonces de la muerte de aquellos capitanes, y
mandó a ese Villegas que fuese al Cusco con su mujer.
El tirano Gonzalo
Pizarro tomó armas y caballos, y llevó consigo casi todos los vecinos; a los
que no quisieron ir con él, sólo les dieron tres soldados. Asentó el tirano su
real en Jayanca, y desde allí envió, con una traición muy malvada, a un Ojeda,
en una celada tramada por un corcovado Salazar, grandísimo tirano.
Como este Ojeda era muy
conocido del virrey, llevaba este traidor cartas para todos los capitanes del
virrey y para su maestre de campo, suscritas por todos los amigos del virrey
que iban ya con el tirano. En ellas les decían que detuviesen al virrey, o lo
matasen o lo prendiesen, o dejasen que ese Ojeda hiciese lo que iba a hacer,
porque se había ofrecido a matar al virrey.
Cuando el virrey supo de
este traidor, y que el tirano quedaba en Jayanca con toda la tierra muy bien
apercibida, quiso saber la fuerza real que tenía. Halló que su gente era poca,
flaca y mal apercibida. Entonces envió a llamar a su hermano Vela Núñez, que
andaba hacia Paita recogiendo alguna gente; avisóle que subiese hacia los
Paltas, que él subiría por Caxas, y que se juntarían allá en la sierra.
Cuando Vela Núñez lo
supo, se fue hacia los Paltas, y el virrey salió de San Miguel con toda su
gente y se fue hacia Quito. Cuando el tirano lo supo, le fue dando alcance, y
en su seguimiento le fue tomando soldados, yeguas, caballos y armas.
Desde allí proveyó el
tirano por justicia mayor de la tierra a don Antonio de Ribera, encargándole
que recogiese cuanto del virrey hallase y lo tomase a sus soldados. Entonces se
supo que Vela Núñez había ahorcado a un vizcaíno llamado Zorruco, y le había
degollado por la nuca, porque decía: “¡Al rey, al rey! ¡Juras a Dios qué has
hecho! ¡Al rey has conquistado esta tierra, y por qué nos quieres maltratar!”.
Reíanse todos de las necedades que decía en su lengua vizcaína.
Envió el tirano a
socorrer la costa hacia Paita a don Baltasar, hijo del conde de la Gomera, y
éste robó muchas yeguas y caballos. Allí me robó a mí un caballo y tres yeguas
que me traían de Nicaragua un Juan Griego, y nunca pude hallar rastro de ellos
ni supe quién se los llevó. Cuando supieron que eran míos, borraron el hierro.
Pues, volviendo a lo de
Diego Centeno: como éste se volviese a los Charcas, donde era vecino, y hubiese
dejado Pizarro por corregidor a un Almendras, matólo Diego Centeno y alzó
bandera por Su Majestad. En el Cusco había quedado Toro por corregidor, y
cuando supo que Centeno se había alzado y había muerto a Almendras, hizo gente
y fue sobre él.
Se habían juntado con
Diego Centeno algunos soldados de los que habían ido a Chile con Almagro, que
después de la batalla de Chupas entraron con Diego de Rojas por una provincia
que se llama Tucumán, que confina con el Río de la Plata, porque el gobernador
Vaca de Castro lo había proveído por capitán. Rojas murió allí, y toda su gente
salió desbaratada y mal abastecida.
Cuando Toro llegó desde
el Cusco, los de Centeno se fueron retirando hacia el repartimiento de Diego
Centeno, que se llama La Tutora, y Toro se volvió al Cusco.
Pues como Machicao, a
quien el tirano Gonzalo Pizarro había enviado a Panamá, hubiera levantado mucha
gente e hecho muchos agravios, se embarcó con ella y vino hacia Tumbes.
Desembarcó allí y subió río arriba hacia Chinpo, que es camino de Quito; allí
volvió a desembarcar y se fue a la sierra, y tomó rumbo hacia Loxa, justo
cuando el virrey se retiraba hacia Quito y el tirano Carvajal, maestre de
campo, le iba dando alcance.
Cuando el virrey supo
que venía Machicao con tanta gente, le envió a llamar y le ofreció que, si se
venía con él, lo haría su capitán general.
Llegó esta nueva a
noticia del tirano Gonzalo Pizarro, que envió las cartas a Carvajal, mandándole
que estorbase, a toda costa, que Machicao se juntase con el virrey, porque lo
tenía por muy gran bellaco.
Diose prisa Carvajal y
lo alcanzó en un pueblo que se llama Latacunga, y allí le dijo lo que Pizarro
le había mandado: que venía temiendo no se pasase al virrey con toda aquella
gente.
Mientras iban dando
alcance al desdichado caballero, se le unieron algunos vecinos de Quito. Iba
también con él el traidor Ojeda, de quien arriba dije que se había ofrecido a
matarlo. Como los capitanes y su maestre de campo fuesen de mala condición, por
las cosas que el traidor Ojeda les decía, andaban dudosos y vacilantes, y no se
atrevían a prender al virrey, pero lo iban deteniendo y entreteniendo.
Cuando esto llegó a
noticia del virrey, mandó prender a todos ellos, con el maestre de campo, al
capitán Serna, a Manuel de Estacio y al traidor Ojeda, y tomó el camino de
Popayán.
Salióle a recibir el
gobernador Benalcázar, y el capitán Juan Cabrera, y el capitán Francisco
Hernández —que después se rebelaron en el Perú como tiranos—, y ofrecieron al
virrey sus personas y su dinero para levantar cuanta gente pudiesen y darle
todo el recaudo necesario para el servicio de Su Majestad.
Acordó entonces el
desdichado virrey enviar a su hermano Vela Núñez a España para informar a Su
Majestad de todo lo sucedido en aquellos reinos.
Vela Núñez llegó a
tiempo a La Buenaventura —que está en la costa del mar del Sur, antes de llegar
a Panamá— donde halló al tirano Hinojosa y a Palomino, que eran enviados por el
tirano Gonzalo Pizarro para remediar el daño y agravios que Machicao había
hecho. Allí prendieron a Vela Núñez y lo enviaron preso al tirano Gonzalo
Pizarro, que estaba en Trujillo, verdugo y mi vecino.
Hinojosa prendió también
a algunos vecinos que habían quedado allí y que no habían ido con el tirano;
luego se embarcó y se fue a Nicaragua sin hacer cosa buena alguna, y de allí se
vino a Castilla.
También Diego Centeno,
en los Charcas, estorbaba que no llevasen al tirano Gonzalo Pizarro dineros de
Potosí.
El desdichado virrey,
desde Popayán, junto con el gobernador Benalcázar, Juan Cabrera y Francisco
Hernández, hizo cuanta gente pudo y se vino con ella hacia Quito.
En la ciudad de los
Reyes estaba por corregidor del tirano Gonzalo Pizarro un Alonso Lorenzo de
Aldana; como alcalde, un Pedro Martín; y como secretario de la Audiencia, un
Amendaño. Estos tres se juntaron y cometían grandes agravios e injusticias,
porque algunos hidalgos que habían quedado allí, puestos en prisión cuando se
prendió al virrey, quisieron alzarse por Su Majestad y no quisieron acudir al
tirano.
Cuando el corregidor
Aldana lo supo, mandó ahorcar a uno, y Pedro Martín mató a otro a palos. Todos
los demás huyeron: algunos de ellos se fueron donde Diego Centeno, aunque un
Silva —extremeño— guardaba el paso para que nadie subiese arriba y no se fuesen
con Centeno.
El virrey, viniéndose
hacia Quito, fue sabido del tirano, que supo también que Benalcázar y los demás
capitanes venían con él. Le avisaron que el virrey traía poca gente y mal
proveída, y el tirano salió a encontrarse con él.
Sin embargo, como los
vecinos conocían la tierra, trajeron al virrey hasta Quito sin que el tirano le
alcanzase.
Avisó entonces al virrey
un fraile llamado Jodoco, flamenco, provincial de San Francisco y fundador de
aquel convento, de cómo el tirano traía mucha gente, y que todos los vecinos de
la parte de arriba venían con él, muy apercibidos de armas, caballos y pólvora;
y también venían los vecinos de Trujillo, de San Miguel y de La Culata.
Compadeciéndose del
desdichado caballero, y teniendo por cierto que lo habían de matar y hacer
grandes fealdades en deservicio de Dios y de Su Majestad —pues conocía bien los
corazones de aquellos tiranos—, le dijo: que dejase aquella gente y se
recogiese en el monasterio, y que el gobernador Benalcázar se volviese a
Popayán.
Parecióle al virrey poquedad
y cobardía, y no quiso hacerlo, porque ya le habían avisado que el tirano venía
hacia Añaquito, a una legua de allí.
Salió el virrey a
recibirlo, y en la altura de Añaquito, cuando todos se vieron unos a otros, el
tirano le presentó la batalla en un llano. Allí lo desbarató, de manera que los
del desdichado virrey no tuvieron resistencia posible.
Huyó Juan Cabrera,
capitán en servicio de Vuestra Majestad; hirieron al gobernador Benalcázar y
también al desdichado caballero virrey. De las heridas que recibió, fue a caer
junto al camino real de Guayllabamba, cerca de un charco de agua.
Buscándolo el licenciado
Carvajal, lo halló allí, y mandó cortarle la cabeza y llevarla al rollo de
Quito y ponerla en alto, menospreciando a Su Majestad y su real nombre.
Allí fueron afeitadas
sus barbas por un hermano del tirano, Martín de Robles, y llevadas a la ciudad
de los Reyes, en afrenta de la corona de Su Majestad, por no haber vuelto por
su honra.
Allí mismo trajeron al
desdichado Vela Núñez, a quien el tirano Hinojosa enviaba preso.
Mire Su Majestad qué
sentiría el desdichado caballero al contarle tan nefando caso y cruel muerte de
su hermano, y ver tan grande afrenta; lloraba de manera que se arrancaba el
alma, y clamaba principalmente a Dios y pedía justicia a Su Majestad. Creyeron
que moriría de pesar de verse preso, por no poder venir a pedir a Su Majestad
ni enviar el aviso.
Estuvo el tirano en
Quito haciendo “justicia” con algunos vecinos que habían servido a Vuestra
Majestad en aquella jornada: mandó matar a un Diego de Torres, a otro su
cuñado, a un sobrino de Martín de la Calle y a otros muchos, mudados y
perseguidos; porque los demás que quedaron vivos huyeron a Popayán.
Repartía los indios
entre los tiranos, secuaces de sus soldados, tanto de los vivos como de los
muertos; y desterró hacia Chile a muchos otros, cuyos indios repartía, como
digo. Hizo matar a un Pedro de Frutos y se echó con su mujer, dando cuatro mil
pesos al que lo mató. A las mujeres viudas, cuyos maridos él mismo había
mandado matar, las hizo casar con soldados de los que habían andado con él.
Forzaban sus soldados a mujeres casadas y viudas, que los hombres no osaban
alzar los ojos del suelo.
Envió el tirano a
Carvajal hacia el Cusco para que fuese levantando gente por los llanos. Hizo tantos
agravios aquel tirano por los caminos, robando yeguas y caballos a muchos
soldados, y a los que no querían dárselos los mataba.
Llegado este tirano al
Cusco, mató a un Herváez, vecino; a un Cetiel; a un Aldana; y a otro criado del
adelantado Almagro. Reclutó gente en el Cusco y, con los bienes de aquellos a
quienes había quitado y robado, pagó los soldados que levantó. Después se fue
hacia el Collao con toda aquella gente, y por el camino envió unas cartas,
fingidas, con firmas de Diego Centeno, fingiendo que había desbaratado a
Carvajal y que venía al Cusco, sólo para saber el tirano la inclinación de los
del Cusco: éste fue su ardid y engaño.
Las cartas llegaron a
manos de un vecino llamado Bautista “el Galán”, y de otros muchos, y de un
Hernando Díaz; levantaron bandera por Su Majestad.
Pues como el tirano
Pizarro hubiese quedado en Quito, bajó hacia San Miguel, y en un pueblo que se
puso por nombre La Zarza dejó por capitán a Mercadillo, y le mandó que poblase
allí, y que de aquellos indios del contorno diese de comer a los que más se
habían señalado contra Su Majestad en aquella batalla.
Llegó el tirano a San
Miguel y envió a poblar a los Bracamoros con aquellos mismos soldados tiranos.
Toro huyó hacia Puruña
cuando supo de aquellas cartas; y, como después pareció ser mentira, le
avisaron y volvió al Cusco. Entonces mató a Martín de Salas y a Bautista, y
cortó la mano a un Hernando Díaz, y afrentó a no sé cuántos más.
Estaba yo allí, Alonso
Borregán, esperando a Cepeda para que me hiciese tornar doscientos pesos que un
tirano corregidor, Bartolomé de Villalobos, que allí estaba, me había quitado;
fui a pedírselos al tirano Gonzalo Pizarro y nunca pude alcanzar justicia,
antes bien, cada día me pelaban y robaban lo que tenía, por no querer seguir su
opinión ni sus injusticias por reverencia de Dios y de Su Majestad.
Vínose el tirano a la
ciudad de los Reyes, y como se tuvo noticia de que Verdugo, en Nicaragua, hacía
gente y se había ido a Nombre de Dios y allí mató a un Carvajal y a otros,
creyendo que daría aviso a Su Majestad, armaron contra el desdichado Vela Núñez
una calumnia.
Echaron sobre él a un
tirano Juan de la Torre, para que supiese su intención y le arguyese alguna
traición. Este tirano se le ofreció para sacarlo de la tierra, diciendo que tenía
un barco en que podía salir secretamente. El desdichado caballero, sin
recatarse de tan mala traición, le dijo que le pagaría tan gran merced como le
quería hacer. Y aquel tirano dio luego aviso a su caudillo, y cortaron la
cabeza a Vela Núñez.
Fue tan gran dolor para
quienes entendieron aquella malvada traición, que de pesar querían reventar,
por ver muertos a aquellos dos caballeros, caudillos y capitanes, y a todos los
demás sus soldados corridos y perseguidos, porque andaban tantas traiciones.
Temiéndome yo, Alonso
Borregán, de tales cosas, avisé al marqués de Cañete que se guardase y que
hiciese sus informaciones secretas con los testigos que yo le había dado y
declarado, y que avisase a Su Majestad, y que no se confiase de ninguno de su
casa si era de los que en el Perú habían andado. Y que avisase a todos sus
criados que había traído de España que tuviesen secreto, y que diésemos orden
en otra cosa que convenía al servicio de Su Majestad y al suyo: que sacásemos
ciertos entierros y adoratorios donde había gran suma de dineros y piedras de
gran valor, y pusiésemos a Su Majestad por tercero; y que me diese audiencia
personalmente, fuera de juicio.
Todo esto me denegó, y
no quiso dejarme entrar en su cámara.
Los vecinos que el tirano de Quito desterró
a Chile, a quienes llevaba un capitán Ulloa, cuando quisieron embarcarse con
ellos en un barco, costa arriba de Lima, se concertaron con los del barco y se
fueron a la Nueva España, dejando al tirano Ulloa en tierra. Iba entre ellos
don Alonso de Montemayor, a quien Su Majestad podrá enviar a llamar e
informarse de él de todas las cosas de aquel tirano y de aquella tierra.
IX. De la campaña contra
Centeno al vencimiento de Gonzalo Pizarro
El tirano Carvajal cayó
sobre Centeno y lo desbarató, y los suyos se retiraron hacia la costa de
Arequipa. Centeno estuvo escondido mucho tiempo.
En Quito, Pedro de
Puelles había nombrado sus capitanes para guardar aquel paso: hizo capitán a
Diego de Urbina —el que arriba va dicho—, a un Obando, a un Alarcón, y él mismo
por su capitán de todos ellos, y también a Rodrigo de Salazar, aquel astuto
tirano de los ardides.
Este tirano Pedro de
Puelles hacía tantos agravios y molestaba tanto a todos los que habían servido
al virrey Blasco Núñez Vela, que un Diego de Ocampo, sobrino del maese de campo
al que el virrey mandó matar por tirano —y que este mozo había servido muy lealmente
a Su Majestad—, se huyó por miedo hacia Popayán.
El tirano Pedro de
Puelles prendió a ciertos soldados del virrey, y entre ellos a un Valverde,
escribano, y quiso saber de ellos si querían hacer alguna traición. Para esto
enviaba a ese astuto Salazar, para que cautelosamente, como más malvado, les
sacase su intención.
Como yo, Alonso
Borregán, entendí la traición y el argumento con que los querían acusar, me
adelanté un poco y tomé a ese Valverde por la mano, apretándosela en secreto.
Le dije al oído que se guardase de aquel tirano Salazar, que si éste quería
saber su intención, le respondiese fuera del propósito de lo que le preguntase.
Luego seguí de largo y me hice el desentendido.
Cuando llegó el tirano
Salazar, comenzó a lisonjear a Valverde y a los demás. Yo le hacía señas con
los ojos a Valverde para que callase. Entendiéndome bien, Valverde se reía de
lo que el tirano le estaba diciendo, y por poco el tirano se corre de aquella
risa.
El tirano Pedro de
Puelles mató a una mujer para contentar a otra, su manceba, y tuvo el cuerpo en
el rollo dos horas, mientras hacían almoneda de las cosas de aquella mujer.
Andaba pregonando un telarito, que allí los indios llaman ordineras.
Llegó este tirano
Salazar a mirar aquella almoneda; acaso estaba un mozo arriba en una ventana,
llamado Morales, y le dijo al pregonero: “¡Ahí, ahí, a Salazar se la remata,
que la sabe urdir bien!”, porque todos conocían que era un gran traidor y muy
astuto tirano.
Por este tiempo se supo
que venía el presidente Pedro de la Gasca.
Salió de Quito el tirano
Pedro de Puelles con mucha gente hacia Loxa, y envió a un soldado que se había
casado allí con una mujer de un vecino al que había muerto un tirano llamado
Marmolejo. Lo mandó a Guayaquil para saber, de Gómez de Estacio —que estaba por
corregidor—, si tenía nuevas de Panamá.
Acaso Francisco de Olmos
había muerto a aquel corregidor Manuel de Estacio y a otro su compañero, y
había matado a aquel Marmolejo y prendido a un Lope de Ávala, que estaba por
corregidor en Puerto Viejo.
Sabidas por Pedro de
Puelles todas estas muertes, envió al astuto Salazar hacia Quito para que
matase a un cuñado de ese Marmolejo, que se llamaba Ramírez “el Galán”, porque
quería levantar bandera por Su Majestad. Y le dio garrote una tarde.
Hinojosa, desde Panamá,
había enviado a Palomino a Nicaragua, y allí Palomino quemó dos o tres navíos y
robó el puerto, y se volvió a Panamá. Llegó a tiempo cuando el presidente Gasca
también había arribado, y, como éste supiese de las provisiones que traía de Su
Majestad, le entregaron la armada. Hizo a Hinojosa general de Su Majestad y
envió a este reino a un Paniagua para mostrar el recaudo y las provisiones que
traía del rey, mandando que todos se redujesen a su real servicio, pues Su
Majestad los perdonaba.
Requerido Pizarro con
aquellas provisiones, Cepeda estorbó que se viniesen al rey, porque dijo
Carvajal: “Buenas bulas son éstas, tomémoslas”. Y respondió Cepeda: “Ya os
cagáis, Carvajal, pues que no queréis; tan buen pescuezo tengo como vos”.
Envió entonces el tirano
a Lorenzo de Aldana a Panamá; fue con él el obispo, y un Pedro López, escribano
de Jerónimo de Aliaga, secretario; también fue con ellos un Gómez de Solís, por
ver si podrían prender al presidente y volverlo a enviar a España.
Visto, sin embargo, que
toda la gente estaba ya por el rey y con la voluntad inclinada a él, no osaron
intentar tal traición.
Enviaron a Lorenzo de
Aldana a que corriese la costa con cuatro navíos hasta la ciudad de los Reyes.
Pues visto por todos los
tiranos que habían favorecido al tirano Gonzalo Pizarro, alzáronse todos por Su
Majestad: en La Zarza se alzó Mercadillo, aunque dicen que con dos voluntades;
y Diego de Mora en Trujillo, y Gómez de Alvarado en Chachapoyas, y los vecinos
de Huánuco se alzaron también y se vinieron a juntar a Cajamarca con los
chachapoyanos de Gómez de Alvarado y con los de Trujillo.
Proveyeron los vecinos
de Trujillo a Lorenzo de Aldana de bastimentos para los navíos que traía. Diego
de Mora subió a Cajamarca para verse con Gómez de Alvarado.
Salió Diego Centeno y se
fue a Arequipa; se juntaron con él todos los vecinos, y un Villegas que estaba
por corregidor. Vinieron de los Charcas vecinos y soldados, y del Cusco y de
Guamanga mucha gente, y se juntaron con Centeno, porque Toro, el corregidor del
Cusco, lo había muerto su suegro sobre cierta pasión que entre ellos había.
Viendo Gonzalo Pizarro
que todos aquellos que lo habían sacado de su casa y eran más culpados que no
él, ahora lo habían dejado desamparado y se habían alzado por Su Majestad, se
alzó también por el rey, por consejo de su maese de campo.
Fue por los llanos hasta
Arequipa y luego subió al Collao.
En Quito, el astuto
Salazar ordenó otra traición mayor, para hacerse ahora leal: trazó matar a
Pedro de Puelles y alzarse por Su Majestad. Mató a un Diego de Obando, capitán
de arcabuceros, y desde entonces se mostró muy leal, habiendo sido antes el
mayor tirano que hubo entre los tiranos.
Vino el presidente a
Tumbes con su armada, y allí supo de la muerte de Pedro de Puelles; allí le
llegaron nuevas de que toda la tierra estaba ya por Su Majestad, porque cada
uno de aquellos capitanes que se habían alzado, por tierra y por mar, enviaban
aviso.
Se decía en la ciudad de
los Reyes que se habían quedado don Antonio de Ribera, Martín de Robles y otros
muchos, para ver si podrían hacer alguna traición contra el presidente.
Lorenzo de Aldana, en la
mar, iba echando soldados en tierra para que le diesen aviso de las cosas de
Pizarro y, siendo avisado de que Pizarro se había ido tierra adentro, se vino
al puerto del Callao.
Salido el presidente de
Tumbes, se vino hacia San Miguel y, de allí, avanzó hasta los términos de
Trujillo; por el camino de Saña encaminó toda la gente —yo y algunos que
venían— hasta el pueblo de Trujillo.
Y yo, como venía mal
dispuesto de salud, le pedí licencia para venirme a la ciudad de los Reyes, y
él se subió por Santa a Huaylas, adonde se le juntó toda la gente de
Chachapoyas, Huánuco y Trujillo, con la que él traía de Panamá.
Allí supo del desbarate
de Diego Centeno en Huarina y de la gran matanza que había hecho Carvajal con
la arcabucería, siendo tan pocos los del tirano —que serían hasta trescientos—
y los de Centeno más de mil doscientos. Dicen que allí murieron más de
cuatrocientos hombres.
Bajó Alonso de Alvarado
a hacer gente a la ciudad de los Reyes, e hizo cuanta pudo juntar. A mí me
había dado un caballo para que fuese a la guerra, y llegando a un pueblo que se
llama Guadacheri me dio tan gran enfermedad en la cabeza que se me cegó este
ojo con esta nube, y hube de devolverle el caballo, visto que no podía andar.
Proveyó entonces de un
mensajero para la gente que traía Salazar, avisándoles que no esperasen
banderas de Salazar, sino que viniesen como mejor pudiesen, y que los que se
quisiesen volver a Quito, se volviesen. Así lo dejaron solo, porque habían
avisado al presidente que era mal hombre y que no fuese a usar alguna traición
con aquella gente.
Pues yéndose Pizarro, el
tirano, hacia el Cusco, iba buscando a los que se habían escapado de la
batalla, y así tomó a Luis García de Samamés y lo ahorcó; y a Machicao y a Olea
los llevó a ahorcar al Cusco.
Fue Dios así servido,
que aquel tirano Machicao no quiso acudir al virrey, cuando éste lo hacía su
capitán general y le daba tanta honra.
Llegó Diego Centeno
donde el presidente, y cada día se le iba allegando gente de la suya que había
quedado desbaratada.
Suplico a Vuestra
Majestad, atendiendo a mi sabia prudencia, mire este gran misterio que allí
aconteció con aquellos traidores, que no habían querido acudir al desdichado
virrey antes que lo prendiesen, sino más bien irse con el tirano e incurrir en
crimen de lesa majestad contra Vuestra Majestad, dejando su estandarte real
para seguir al tirano, traer corrido al desdichado virrey y poner su cabeza en
el rollo.
Permitió Dios Nuestro
Señor darles tan mala muerte y tan fea afrenta, siendo ellos tantos y el tirano
con tan poca gente, a quien ellos mismos habían metido en las bellaquerías
pasadas, siendo más culpados aún que él, así los vivos como los que allí
murieron.
Que el día de hoy muchos
de ellos están en España, adonde Su Cesárea Majestad los puede conocer a todos;
y, sabido y verificado quiénes son, si otra vez entendieren en alguna rebelión
o alteración, o juraren falso contra alguno, conociendo sus maldades, los mande
castigar y tenga cuenta con ellos.
Fuese el presidente
hacia el Cusco, y se le iba llegando gente de la desbaratada de Centeno;
recogíasele mucha, de una parte y de otra.
Allegado al valle de
Xaquixaguana, vio las banderas del tirano, y allí se pasó el licenciado Cepeda,
a vista de todos, con alguna gente. Hizo tirar el presidente un tiro hacia las
tiendas del tirano, y junto a donde estaba Gonzalo Pizarro mató, con una
pelota, a un paje suyo.
Sin más ocasión, muchos
desampararon al tirano, y fue preso él y sus capitanes.
Trajéronse las cabezas
de todos ellos al Cusco, y de allí a la ciudad de los Reyes, donde estarán
hasta que se consuman.
Repartió el presidente
lo que estaba vaco, y dio indios no por méritos, sino por consejo del obispo y
de un Pedro López. Dícenle tantas desvergüenzas, sin tenerle respeto ni mirar
que era un honrado eclesiástico, sino que cada uno, según se le antojaba, decía
lo que le parecía delante de todos.
El presidente todo lo
sufría, porque veía que estaban todos como traidores, que no sabían de qué
echar mano, pues veía estar a todos tan culpados, así a los que se habían
venido por el perdón que les había dado, como a los demás.
Visto que no había razón ni palabras con
que contentarlos, tuvo por mejor disimular.
Pedíle yo un mandamiento
para buscar mis yeguas y caballos, y nunca pude hallar rastro de ellos.
Cesárea Majestad, Su
Majestad mire mi antigüedad y servicios de cuarenta y tantos años, y cómo tengo
pobres a mis hijos y nietos, y viendo que sus ministros han usado tantas
crueldades conmigo, me dé licencia para imprimir esta crónica —pues fui el primero
que a Su Majestad se la di, y al marqués de Cañete avisé de todas las cosas
acontecidas en el Perú— y me conceda las mercedes que pido, que son pocas.
Y porque declararé
quiénes son los naturales y de dónde se fundaron aquellos reinos, con legítima
autoridad y evidente claridad.
X. Cosas de indios
Cesárea Majestad, pues
ya se ha tratado de las guerras y maldades que los españoles han tenido por
gobernar un reino tan sin igual como el del Perú, será bien declarar ahora la
virtud que tuvieron los señores naturales que aquellos reinos poblaron y ocuparon,
y de dónde pudieron venir, y desde cuánto tiempo a esta parte, con legítima
verdad y razón.
Porque no será justo,
Cesárea Majestad, que a mí se me quite esta gloria y merced de aquellos reinos
por la malicia de dos o tres ladrones que Vuestra Majestad envió al reino del
Perú, usando contra mí mil maldades y crueldades, y atestiguándose con aquellos
que, contra Dios y contra Vuestra Majestad, se han rebelado muchas veces para
aniquilarme y difamarme.
Por tanto, aquí, por
suma, declararé por dónde vinieron aquellas gentes a aquella tierra y desde
cuánto tiempo a esta parte, con autoridad evidente; porque no es justo que se
trate mentira, sino toda verdad y auténtica claridad.
Cesárea Majestad, en la
Sagrada Escritura leemos —y se nos declara con autoridad evidente— que, por
disposición divina, fueron proveídas y repartidas las tierras entre los hijos y
nietos del patriarca Noé. Un ángel, por mandato del sumo Bien y Criador del cielo
y de la tierra, les declaró que poblasen todas las tierras inhabitadas y
fundasen en ellas gentes que las llenasen.
Para ello proveyó
nuestro inmenso Dios, Cristo, hijo de la Virgen sagrada María, nuestra Señora,
que aquel soberbio Nemrod quisiera saber y alcanzar los secretos del cielo con
la edificación de su torre de Babilonia. Mas, como Dios Nuestro Señor no
consintiese en su malicia, permitió que hubiese la división de las lenguas que
en ellos hubo, para que las gentes que se habían juntado para aquel edificio no
se entendiesen entre sí; porque lo ordenó el inmenso Criador para otro efecto
mejor.
De allí fueron apartadas
gentes que por todo el mundo se esparcieron, cada lenguaje por su parte, juntos
con sus propincuos y vecinos.
Por esto, claro está,
Cesárea Majestad, que hacia las islas de los Malucos —por donde pasan las naos
del rey de Portugal que van a la India—, como están propincuas y conjuntas al
Sur y los vientos les son favorables, que siempre reinan en aquella costa del
Sur, piadosa y verosímilmente se puede decir que fueron aquellas gentes las que
poblaron aquel reino y toda aquella costa del Sur.
Y han venido en tanta
disminución que se han perdido sus memorias y descripción por escrito, por el
gran vicio de la tierra, porque no se les halló escritura, sino una descripción
natural por donde se gobernaban por cuentas.
También se puede colegir
y creer evidentemente que se pudo poblar de aquellas gentes que se apartaron
del gran patriarca y santo Moisés, y de Aarón, su hermano. Porque, en la
persecución que el rey Faraón les hizo, dándoles alcance, cuando el inmenso
Dios proveyó que se les abriese el mar Bermejo y les dio pasaje a ruegos del
bienaventurado patriarca Moisés, viendo el peligro en que estaban, se apartó de
aquellas gentes del real del patriarca gran número de ellos.
Hallamos en la Sagrada
Escritura que faltaron siete tribus, y otros dicen cinco, de las doce que se
contaban; y de estas opiniones se tome lo mejor y más evidente.
Porque, viéndose en tan
extremo peligro, y como los del rey Faraón viniesen sobre ellos dándoles
alcance, desconfiados de lo que Nuestro Dios había de proveer a ruegos del
patriarca Moisés y de su hermano Aarón, que era sumo sacerdote del alto y
divino culto, se apartaron aquellas gentes y se fueron a esconder detrás de la
montaña y sierra que cierra el paso del mar Bermejo.
Y allí, cortando madera
y esforzándose con sus manos, hicieron navíos, barcas y balsas de madera para
pasar aquel mar.
Y como Dios Nuestro
Señor sea hacedor de todas las cosas, y supiese mejor lo que de ellos había de
ser que ellos mismos, proveyó que los vientos no les dejasen volver adonde
ellos querían, y para evitar males mayores. Porque claro está que, si aquellas
gentes hubiesen pasado y se hubieran juntado con Moisés, habrían de murmurar de
él y, por ventura, hacer cosa aún más fea; pues vemos que aquellos mismos que
vieron el gran misterio que allí Nuestro Señor obró, abriéndoles la mar y
dándoles tan seguro pasaje, murmuraban de Moisés y de su hermano Aarón, y
estuvieron en términos de rebelarse y matarlos.
¿Qué hicieran, si los
otros hubieran aportado adonde ellos estaban, en el desierto? No dudo que
habría grandes disensiones y que el patriarca no se pudiera valer con ellos,
diciendo éstos que no le debían nada, pues ellos habían pasado con navíos que
ellos mismos hicieron, y no como los otros. De donde redundara gran trabajo
para Moisés y para Aarón, su hermano.
Y como Dios Nuestro
Señor sabe mejor y conoce lo que de ellos había de ser que ellos mismos, los
echó y sacó por aquella mar Bermeja, y nunca más se supo de ellos.
Piadosamente se puede
tener y creer que aquellos pudieron aportar a aquellas partes y poblar toda la
costa del Sur, pues —como arriba va dicho— la boca de aquel mar está cercana y
vecina al Sur, y los vientos son tan favorables.
De manera que, con
evidente razón y bastante información, se puede entender y creer que los
pobladores de una España pudieron aportar a las partes del Sur por el mar
Océano, por las razones evidentes y de autoridad.
Cesárea Majestad, estando
toda la tierra firme que comienza desde la Noruega y corre la costa a la
Florida y río de Palmas, y Nueva España, Yucatán y Honduras, Nicaragua,
desaguadero de Nicaragua, Veragua, Nombre de Dios, Cenu, Cartagena, Río Grande,
Santa Marta, Tapia Paraguaná, cabo de la Vela, golfo de Venezuela, Coquibacoa,
la isla de Aruba, Curaçao, Paguachoa, Barquisimeto, Tucuyo, Burburata,
Maracapana, la punta y cabo de Araya; y da la vuelta la costa, y Chiapas,
Marañón, los ríos que descienden del Perú y Nuevo Reino; y prosigue la costa al
Brasil y va al Estrecho de Magallanes, y va adelante la costa hasta llegar a la
Especiería, debajo del Sol, sin tener otra salida este mar Océano sino la
derrota que llevan los navíos del rey de Portugal que van a las Indias; y habiendo,
como hay, otro estorbo a la navegación, que ahora en este tiempo vemos, siendo
tan expertos en el navegar, y no pueden muchas veces pasar el cabo de Buena
Esperanza, sino que se vuelven muchas veces a las islas Terceras por los
vientos y corrientes contrarias…
¿Cómo pudieron, en aquel
tiempo, navegar ni aportar al Sur los que de nuestra España saliesen, como ese
caballero dice, que me hurtó mi historia y se la intituló a él, sabiendo que
tienen otro mejor camino y estorbo, que son las islas de Canarias, San Juan,
Santo Domingo, Cuba, Jamaica y todas las demás islas?
Por tanto, esa escritura
no lleva verdad ni autoridad, aunque se apoye en Aristóteles y otros
historiadores evidentes, porque aquéllos historiaron de estas partes de España
ya sabidas, y no de otras regiones de Indias no vistas.
Por tanto, es justo que
se repruebe aquella escritura y se me dé a mí el crédito, como primero y
principal de las cosas del reino del Perú, y como más cierto historiador de
ellas, y el que con más verdad las ha tratado y dicho.
Porque, Cesárea Majestad
—a quien encargo la conciencia— mire lo que se me debe de cuarenta años de
servicio, y se me dé lo que pido; y a los señores que gobernaron y poblaron
aquel reino del Perú, que tuvieron tanta prosperidad en él, para que este reino
de España goce, como yo declararé en una memoria puesta en esta crónica y
pediré a Vuestra Majestad.
Y no solamente a los
Incas se les debe tanto premio y galardón, sino también a los señores de las
provincias, que sean amparados y favorecidos; y ponga Su Majestad sobre ellos
un visitador, que visite también a los clérigos y frailes que están en las
doctrinas y monasterios de las provincias y por los valles; que no se les
consienta usar de rescates ni tratos ni mercadear con los indios, sino que, conforme
a razón, entiendan en las doctrinas.
Y si usaren de
granjerías, que sus salarios sean moderados: que se les den doscientos pesos,
con su comida honestamente, conforme a lo que el santo Concilio ha ordenado.
Porque, poniendo Su
Majestad sobre ellos quien los ampare y favorezca como visitador y protector,
Vuestra Majestad sabrá toda la verdad, y a éste Su Majestad le tome juramento y
avise a Su Majestad de todo; y los ampare y favorezca, y no se consienta que
los indios vivan viciosamente, sino que trabajen y se ejerciten en hacer lo que
solían en tiempo pasado, cuando el Inca los gobernaba.
Porque, si se les
consiente otra cosa, será en perjuicio de la república y de Vuestra Majestad; y
así, trabajarán y ganarán dineros para pagar sus tributos.
Porque yo no hallé más
razón ni noticia de los tiempos pasados sino hasta la edad de Topa Inca, padre
de Huayna Cápac; que éste fue el primero en gran nobleza, y los administró y
gobernó en quieta paz y sosiego, y conquistó toda la tierra hasta Chile y, del
otro cabo, hasta los Carangas, que es cabo pasado de Pasto.
Púsolos a sacar oro y
plata —aunque dicen que de mucho tiempo atrás lo sabían— y los enseñó a afinar
los metales de oro y plata, y conoció el cobre y el estaño.
Y porque será bien dar
cuenta de quién fue Huayna Cápac, y de su hijo Huáscar y Manco Inca y Marca
Chimbo, mujer de éste, hijos todos de Huayna Cápac —aunque contemos al revés y
primero digamos de Manco Inca, el que se rebeló con los reinos del Perú—
tornaremos después a decir de su padre Huayna Cápac la virtud y excelencia que
tuvo en gobernar aquellos reinos e indios en paz.
En Quito dicen que fue
alto de cuerpo y delgado, y muy bien hablado en su lengua, y amigo de los
pobres; hombre que honraba a todos los menores de muy buen grado, y al hombre
que era malo, aunque fuese señor, se le mostraba crudo; y era hombre tan templado
que nunca la ira le venció, ni por afición dejó de hacer justicia.
Y pues señoreó desde la
provincia de Chile hasta Río Caliente, que es más adelante de Pasto, que hay de
un cabo a otro más de dos mil y doscientas leguas, y la tierra adentro por los
Andes y montañas cerca de ochenta y cien leguas desde la costa hacia dentro,
debe de ser verdad que señoreó por amor y temor, y tuvo en mucha razón a todos
los naturales.
Hizo caminos por la
sierra, por los valles y por los llanos; y, si era menester, escaleras de
piedra, las hacía en todos estos términos, levantando calzadas y cortando
peñas, de manera que todo quedase igual, cosa digna de ver, entender y saber.
Y no hubo señor en el
mundo que señorease de tal manera que ninguno se le rebelase dentro de este término
arriba dicho sin que lo castigase con mucha prudencia; y, por no usar de
crueldades, ordenó de mudarlos de unos valles a otros y de unas tierras a
otras.
A estos mudados llamaban
los indios mitimaes, porque si en una provincia había un señor
cruel y desobediente a lo que mandaba, lo mudaba de aquella tierra o valle, a
él y a toda su generación y a todos los indios que le eran sujetos, y de otro
valle y provincia traía a otro señor a aquella tierra y poníalo en el mismo
lugar y con las mismas dignidades que al que mudaba, dándoles otras tantas
tierras como en su tierra propia tenían.
A estos mudados les
mandaba servir en las casas del camino real, que los indios llamaban mitayos.
Partió los términos a las provincias y a los valles, y señalóles hasta dónde
habían de aderezar el camino real; y a cada parcialidad y señor principal que
en las provincias había, por su cuenta y su quipo, como ellos lo
llamaban, se le asignaba hasta dónde había de aderezar el camino cada
parcialidad.
Tuvo especial cuenta en
saber cuántos indios había en cada provincia para tributos, y cuántos habían de
ser de servicio, y cuántos viejos había que no podían servir, y cuántos
huérfanos había por las provincias que no tenían padres que les diesen de comer
y vestir.
Porque en las sierras hay otro orden que
en los llanos: los indios que tejen y hilan y hacen ropa llaman cumbicos,
que nosotros llamamos tejedores; y a las mujeres les mandaba trabajar en hacer
comidas y sembrar sus legumbres: maíz, oca, quinua, camote —que en Santo
Domingo llaman batatas—, calabazas, que en otras partes llaman auyamas.
Proveyó asimismo que en
los llanos que llaman yungas hillasen las mujeres y tejiesen
algodón para vestir a sus maridos y para dar tributos al Inca.
Y como no tuviesen
creencia alguna ni conociesen a Dios, por no haber quien los doctrinase,
adoraron al sol y a la luna, y ordenóles que ofreciesen al sol oro y plata y
ganados de las ovejas que en sus tierras había.
Y como el demonio
anduviese entre ellos con sus apariencias y engaños, cególes el entendimiento,
y de edad en edad los fue engañando, diciéndoles que matasen niños y mujeres y
los enterrasen con los muertos, y que sacrificasen al sol niños y vertiesen la
sangre de ellos por los adoratorios que hicieron para el sol.
Y tuvieron otra
gentilidad: que al señor que los gobernaba en discreción y quieta paz lo
embalsamaban con un bálsamo de tanta virtud que nunca se les cae el cabello ni
se pierde la figura, sino que queda tan entero como si estuviese vivo.
Solo que, como aquel
bálsamo lo deshacen con una tierra colorada que llaman yzura, el
cuero queda con un ligero color cetrino. Este bálsamo lo tienen tan escondido
que nunca he podido saber de ellos qué árbol es, salvo que me dijo una india
que lo había allí en las montañas, y que los mitimaes que allí
están lo conocen.
Y, teniendo cuenta con
los indios que había para dar tributos, enviaba Incas de sus capitanes, los más
viejos, para que llevasen cuenta y razón de las heredades y tierras, y las
repartía entre cada uno de los indios. Dejó también tierras para el servicio de
los tambos reales, que son las casas que están por los caminos en cada
provincia.
Mandó hacer, junto a
aquellas casas, en lo alto de la sierra, unas como camarillas bien ordenadas
por toda la cordillera, para depositar y guardar lana, ropa, guaracas y
otras cosas que hubiese en las provincias: carne seca, que ellos llaman charque;
papas secas, que llaman chuño; oca, quinua,
maíz… De todo lo que en las provincias había, lo ponían en aquellos depósitos.
Y como le dijesen los
gobernadores que había muchas heredades que no daban fruto por falta de agua,
mándales y enséñales con gran industria que saquen agua de los ríos por
acequias —que nosotros llamamos arbanales—, y háceles ir una legua,
dos leguas, hasta que alcance el agua aquellas tierras.
Puesta así toda la
orden, manda que cada parcialidad tenga cuenta de aderezar las aguas, y que
cada uno componga lo que le cupiese; y lo mismo con los caminos reales.
Asimismo, que los depósitos estén bien reparados y cubiertos para que las aguas
no los mojen en el invierno, y los tambos reales, por consiguiente, estén
también cobijados y aderezados por aquellos principales y mitimaes mudados
que arriba va dicho.
Puso otro orden: mandó
que por los caminos reales, de trecho en trecho —como dos tiros de arcabuz— se
hiciesen unas casillas donde estuviesen uno o varios indios de la provincia,
siempre de posta, aunque fuese en despoblado, para llevar mensaje hasta el cabo
del reino de lo que él mandase y proveyese, y para saber lo que en aquellas
partes se hacía y proveía.
Y como tuviese
gobernadores por las provincias, Incas que las gobernasen, si no tenían
aderezados los caminos, o los depósitos, o las acequias, o las postas conforme
al orden que él les puso, mandaba expresamente que se matase al que no lo
tuviese en orden y hecho.
Mandó y ordenó también
que, donde hubiese minas de oro y plata, los indios que no tuviesen con qué
sustentarse en casas ajenas labrasen aquellas minas y se ejercitasen en fundir
el metal a su modo, y después los plateros lo labrasen y cincelasen.
También ordenó que, de
aquellos mismos indios más flacos y de las indias, quedasen algunos para el
servicio de llevar, desde su misma tierra, los tributos hasta el pueblo más
cercano, y de allí se volviesen a sus casas. Lo que mandaba que se llevase al
Cusco, mándolo poner en los depósitos, y mandó poner indios que lo guardasen,
reparasen las casas para que no se lloviesen ni hubiese ratones ni otra
suciedad que destruyese la comida.
Proveyó que se pusiese
guarda en los ganados, y que tuviesen cuenta y razón de cómo se multiplicaban,
para dar al sol el diezmo, y que la lana para su propia persona estuviese
aparte, como la del sol; y que hubiese indios que mirasen y guardasen todo
esto, llamados camayos del sol, camayos del Inca y camayos
de los tambos reales.
Puso mayordomos en las
minas de oro y plata; y aquella comida que en los depósitos mandaba poner, y la
ropa que no fuese de lana muy fina, fuese para servicio de los indios de guerra
y de las indias que los servían.
En las casas del sol
puso señoras que ellos llamaban pachas mamaconas, para servicio del
sol; que éstas hiciesen sus brebajes cuando fuesen a sacrificar al sol en los
tiempos señalados; y que estas señoras sirviesen también a los señores Incas
cuando fuesen allá, pues con ellas se juntaban. Y si de esos ayuntamientos
nacían hijas, quedaban allí para servir al sol; y si nacían varones, los
sacaban de allí para ser después criados para la guerra.
Tuvieron otra ceremonia
los Incas y señores: en una laguna que está en Urcos, ocho o diez leguas del
Cusco, sacaban agua de ella y, en una pila de piedra que allí estaba, se
lavaban cuando comenzaba a amanecer aquellos señores que iban al sacrificio,
porque decían que habían de entrar limpios en aquellas ceremonias y casas del
sol.
Tuvieron los señores
Incas otra ceremonia: cuando salía del Cusco a hacer alguna cosa importante y
secreta, mandaba ir delante más de cien indios que apartasen a todos los que en
el camino encontraban, de manera que, en un cuarto de legua a la redonda, nadie
se acercase donde él estaba, para que no le impidiesen ni viesen lo que hacía,
ni todos supiesen sus secretos.
Ordenó también que todos
los señores de las provincias cuidaran de los pobres y de los huérfanos: que
los mantuviesen y les diesen de vestir y de comer. Cuando estos saliesen al
llano a comer, almorzar o cenar, habían de darles allí de comer y, de tiempo en
tiempo, un vestido.
Mandó, además, que lo
guardado en los depósitos de cada provincia, si aquella tierra tuviese
necesidad, se repartiese primero entre los más necesitados; y que, si su gente
de guerra pasaba por allí, se les diese de comer de lo almacenado y vestir de
aquella ropa. Y que, al año siguiente, se volviese a llenar el depósito,
llevando cuenta y razón de a quién se daba, para que lo restituyesen.
En cuanto a los correos,
mandó que residiesen siempre en sus asientos, listos para llevar los mensajes
donde fuese menester: a Chile, a Quito, o a donde se requiriese. Ordenó que, si
había necesidad de enviar algún aviso a Chile, el mensajero llegase en quince
días con el recado, y en otros quince regresase; y lo mismo, por el
consiguiente, hacia Quito.
Dio también
instrucciones a los gobernadores sobre las acequias para regar las heredades:
que repartiesen el agua conforme a la tierra que cada uno tuviese; y que a
quien le tocase aderezar el tramo del camino lo tuviese bien compuesto. De
igual modo, que los tambos reales y las casas de los caminos estuviesen
reparados y abastecidos, de forma que todos recibiesen justicia y razón.
En cuanto a las huacas y
adoratorios, mandó que quienes los tuviesen a cargo cuidaran de todo lo que les
perteneciese: que guardasen y administrasen tanto los ganados como las lanas,
las comidas, las ropas y las tierras. En las tierras calientes, ordenó que se
sembrase algodón, coca —aquella hierba que ellos comen y tienen en gran estima—
y ají; porque estas tres cosas, junto con la carne seca, eran el mejor rescate
que ellos tenían.
Dispuso mercados en
todos los pueblos y provincias, para que allí saliesen a vender y rescatar todo
lo que tuviesen, y puso hombres encargados de vigilar que no se hiciera agravio
en esos tratos. Solo en el mercado del Cusco ordenó que, quien metiese oro, plata
o ropa, sacase en recompensa otra cosa distinta, y no lo mismo que introducía.
Este orden mandó que se guardase con cuidado.
Sobre las huacas,
puso por encima un señor de los más principales, como si fuera obispo, que
recogiese todo lo que a las huacas perteneciese; y que los gobernadores
cobrasen el tributo de los ganados y pusiesen buen recaudo en ellos y en lo que
se les tributaba.
A este señor, que era
como obispo, lo llamaron Ylla Orna Ttizo, que quiere decir en
nuestra lengua “cabeza del sol”.
Estando en el Cusco, en
calma y paz, le llegaron nuevas a Huayna Cápac de que los chonos y los
huancavelicas, en la Culata, se habían rebelado contra su gobernador, señor de
la Puna. Entonces apercibió toda su gente de guerra, escogió a sus capitanes y
los envió poco a poco hacia aquella parte, mientras él se quedaba en el Cusco
con su hijo el Huáscar, que era el mayorazgo.
Ordenó que quedasen como
sus ayos y gobernadores Ylla Orna Ttizo, su primo, y también su
primo Yupanqui, señor de Urcos y Moyna. Tuvo aún otro hijo mediano Huayna
Cápac, al que llamaron Manco Inca, que sería el que más adelante se rebelaría
con el reino del Perú; y una hija llamada Marcachimbo. Estos tres fueron sus
hijos legítimos.
Mandó a sus primos que
doctrinasen al Huáscar en toda razón, que lo favoreciesen y amparasen, y que
sacasen gente de guerra para socorrer las provincias si alguna se rebelaba, o
para ir a Chile si fuese menester.
Dejadas así las cosas
ordenadas, Huayna Cápac partió por su camino y alcanzó a su gente en Andahuaylas,
apremiando la marcha. Llegado a la provincia de Jauja, envió un capitán con
mucha gente para que fuese a sacrificar a la huaca de Pachacámac; le dio oro y
plata para la ofrenda y mandó que, hecho el sacrificio, siguieran por los
llanos hacia Trujillo.
Huayna Cápac, por su
parte, iba ofreciendo a las huacas y adoratorios oro, plata, sacrificios y
otros dones. Llegado a la provincia de Huamachuco y otras tierras, repartía a
sus señores ropas del Cusco, haciéndoles mercedes a todos, y encargando a los
gobernadores que sacrificasen al Sol y mantuviesen toda justicia y razón, como
queda dicho.
Así fue caminando hasta
llegar a Cajamarca. Desde allí envió ofrendas a las huacas y adoratorios de
Trujillo, y el mensajero que fue se encontró con el otro capitán que venía por
los llanos; juntos se encaminaron hacia los Huambos, Huancabamba y los Paltas.
Los capitanes que venían por los llanos se subieron por Caxas y fueron enviados
hacia Carrochambo, para luego bajar a Tumbes; y Huayna Cápac decidió descender
por los Molletudos, que están junto a los canales.
Aquellos capitanes
llegaron a Tumbes y mandaron llamar al señor de la Puna. Reunidos con él,
bajaron en balsas, mientras Huayna Cápac descendía al paso de la isla. Ya
juntos, prendieron a algunos señores de los chonos y de los huancavelicas,
mandó matarlos y puso otros en su lugar, de modo que todos le diesen
obediencia. Luego volvió a subir al camino y continuó su visita por toda la
tierra en dirección a Quito, pasando por todos los puruhaes.
Llegado a Quito, supo
que había un señor llamado Otavalo, que dominaba a los carangas y a los pastos,
y marchó contra él con toda su gente. Cerca de una laguna, frente a una
provincia llamada Mira, se dio entre ambos una batalla que, dicen, fue la más
reñida que se vio entre indios.
Como Huayna Cápac
llevaba la gente más diestra en la guerra y mejor armada, mataron tal cantidad
de enemigos que la sangre de los muertos tiñó la laguna del color de la sangre,
aunque también murieron muchos de los suyos. Allí mataron al señor de Otavalo,
y Huayna Cápac se retiró a su valle.
Aquel señor tenía una
mujer muy hermosa, de la tierra, y Huayna Cápac la tomó por esposa. A la laguna
la llamaron Yaguarcocha, que quiere decir en nuestra lengua “laguna
de sangre”. De esa señora quedó encinta y parió un hijo que se llamó Atabalipa,
tomando el nombre del valle de Otavalo.
Después, Huayna Cápac
envió gente a los carangas y a los pastos, y los redujo a paz; puso en orden
toda la tierra bajo su señorío, designó gobernadores en las provincias y valles,
y se paseó por el reino mirando sus cosas y holgándose.
Mientras tanto, allá
arriba, en el Cusco, en una provincia de Andahuaylas, se rebeló un señor contra
el Huáscar, queriéndole quitar el Cusco. Pidió ayuda a los señores guaneas de
Jauja para que guardasen aquel paso si Huayna Cápac venía o enviaba gente
contra él, y los guaneas se la ofrecieron.
Sabido esto por el
Huáscar y por sus tíos, aderezaron su gente y salieron a recibirlo en el puente
de la Apurímac; allí lo desbarataron, y el rebelde volvió huyendo. Tras él iba
el señor de Urcos y Moyna con mucha gente, dándole alcance, y el rebelde se fue
retirando hacia Jauja, confiado en que los guaneas lo favorecerían. Al cabo, se
fue replegando hacia la tierra de los chachapoyas; siendo perseguido, se internó
por aquellas sierras y se metió río abajo, pasando a la otra banda, donde luego
se supo que había poblado en una provincia.
Mientras Huayna Cápac
estaba en Quito, quiso fundar otro Cusco en la provincia de los Cañares, en el
lugar que llaman el Tambo de las Piedras, y mandaba traer allí muchas piedras
para hacer su casa, mientras él andaba holgando y paseándose. Entre tanto iba
creciendo el muchacho que había nacido, Atahualpa, haciéndose ya hombrecito.
Huayna Cápac le dio por ayo a un señor llamado Orominabi y le mandó que el
señorío de aquel mozo no pasase más allá de la provincia de los puruhaes,
siendo Tiquicangui el término; de allí adelante, los cañares debían quedar
sujetos al Cusco, y aquel mozo señorear hacia Pasto y salir a conquistar la tierra
que ahora llamamos Quito.
Murió Huayna Cápac de
una enfermedad muy recia, que debió de ser parálisis. Le sacaron las tripas y
embalsamaron el cuerpo, pues enviaron por el bálsamo al Cusco y despacharon a
sus primos para traer el cuerpo. Dicen que ese bálsamo es de un árbol del que
corre algo como aceite; cosa parece casi divina.
Cuando el muchacho
Atahualpa fue algo mayor, hizo enterrar las tripas de su padre y dijo que
quería ir al Cusco. Juntó mucha gente y se dirigió hacia la tierra de los
Cañares; pero no lo dejaron pasar, porque había en esas provincias más de
sesenta mil indios. Le dieron batalla, lo desbarataron y prendieron a él y a su
ayo.
Como el ayo era señor,
ganó la voluntad de algunos caciques y halló manera de que los soltaran y les
permitieran volver a su tierra. De regreso en Quito, el mozo reunió mucha y
buena gente y volvió sobre los cañares.
Viéndose los cañares sin
fuerza para defenderse, determinaron salir en son de paz y enviaron diez mil
niños con flores en las cabezas, sus guirnaldas, para pedir misericordia y
rogarle que no hiciese daño a la provincia ni a sus padres. Pero el malvado y
cruel Atahualpa mandó poner toda su gente de un cabo y de otro de los niños,
tomándolos en medio, y los hizo degollar a todos.
Esto fue entre dos pueblos
llamados Mocha y Ambato. Devastó toda la provincia, mató a muchos señores y no
dejó en ella diez mil indios vivos. De allí siguió conquistando los Paltas y
Carrochamba, hasta llegar a Cajamarca; desde allí envió gente a los chachapoyas
para que los conquistasen o los trajesen de paz.
Luego mandó al Cusco dos
capitanes, el uno Quizquiz y el otro Calcuchima, con orden de hallar manera de
prender al Huáscar y de echarlo de allí. Iban viendo que por sus crueldades
nadie lo quería bien, y que podrían sobornar a los señores para consumar aquella
bellaquería y traición.
Pudieron hacerlo a su
sabor, porque ya estaban muertos sus tíos. Estando Atahualpa en Cajamarca, supo
que venían los cristianos, y que llegaban montados en unas llamas —pensaron
ellos que eran ovejas, pues no conocían los caballos—.
Llegaron los cristianos
a Cajamarca y se alojaron en el tambo real; asentaron su real y la artillería
en un asiento alto, que era adoratorio. Era Pedro de Candía capitán de la
artillería, y Atahualpa estaba algo más adelante, en otras casas, con toda su
gente.
El gobernador Pizarro le
envió al padre Vicente de Valverde para requerirle que se tornase cristiano y
decirle que venían por mandato del rey de Castilla a aquella tierra, para
doctrinar y enseñar. Estaba allí también otro clérigo, llamado Sosa.
Cuando el fraile le
mostró los Evangelios y Atahualpa los tomó en las manos, como no entendía la
letra, los arrojó al suelo, sin hacer caso. Se enojó el padre y volvió a donde
estaba el gobernador.
Los cristianos acordaron
entonces prender a Atahualpa, pues veían que el tirano recogía mucha gente en
torno suyo y tenía propósito de prender y matar a los españoles.
Salió Atahualpa a la
plaza con toda su gente armada y se encaminó derecho al aposento del
gobernador. Pizarro lo entretuvo con palabras, ganando tiempo, mientras los
españoles se armaban y montaban a caballo, y Pedro de Candía apercibía la
artillería.
El gobernador, con toda
su gente de a pie, se puso a punto; y, estando ya todos prevenidos, viendo que
el tirano se acercaba, mandó con grandes voces que lo entrasen en la plaza, dio
orden a Pedro de Candía que disparase su artillería, y salieron Hernando de
Soto y Hernando Pizarro con la gente de a caballo.
El gobernador arremetió
entonces a las andas de Atahualpa, las agarró con fuerza y daba voces mientras
todo se desataba en la plaza. Pedro de Candia había soltado ya la artillería,
y, del gran temor que tuvieron los indios, volvieron huyendo y se apretaron
contra una pared del tambo, que casi derriban con la multitud. En ese tumulto
prendieron al tirano, y, del miedo, Atahualpa les ofreció y entregó tanta plata
y oro que se llenó el buhío del Sol.
Un día llegaron nuevas a
Atahualpa de que su hermano el Huáscar venía ya preso, conducido por Quizquiz y
Chalcuchima, con restos de la gente desbaratada. Supo Huáscar, a su vez, que su
hermano estaba cautivo en manos de los cristianos, que les había dado aquel
gran bohío de oro y plata y que lo tenían por traición. Temiendo que los
españoles lo matasen, dijo a los capitanes que lo llevaban que, si los cristianos
y su capitán le daban a él el señorío de la tierra, llenaría de nuevo el gran
bohío de oro y plata, con la condición de que no abollasen las vasijas.
Al oír esto los
capitanes, y siendo Quizquiz muy avisado, mandó recado a Chalcuchima para que
diese noticia de todo a Atahualpa, pero de manera que los cristianos no lo
entendiesen. Cuando el tirano supo lo que su hermano ofrecía, temiendo que lo
matasen a él y que el señorío pasase al Huáscar, tomó la peor determinación: se
hizo más cruel todavía. Mandó llamar al gobernador Pizarro y le dijo que le
habían llegado nuevas de que Huáscar, su hermano, había muerto.
Pizarro le respondió que
no se apenase, que no importaba mientras él estuviese vivo. Entonces Atahualpa,
confiando en su engaño, despachó un mensajero para que lo matasen, como antes
lo había manifestado al gobernador. Llegado el mensajero, mandó Quizquiz dar
muerte al desdichado señor, creyendo que de ese modo Atahualpa quedaría en paz
y seguro en el señorío.
¡Oh traición malvada,
digna de dejarse escrita de un tirano como aquel! Más le hubiera valido enviar
a mandar que soltasen a su hermano, levantar en su nombre toda la tierra,
juntar gran cantidad de gente, poner cerco sobre los cristianos y librarlo de
prisión, antes que mancharse con tanta crueldad. ¿Piensas, tirano, que ha de
consentir Dios nuestro Señor que tales traiciones permanezcan sin castigo?
Estaba con el gobernador
una lengua llamada Felipillo. Atahualpa tenía también consigo a una india
señora muy hermosa, que después de bautizada llamaron Angelina. De esta señora
se enamoró Felipillo, y, por ese celo, tomó ojeriza a Atahualpa. Viendo la
ocasión, acusó al tirano ante el gobernador, diciendo que quería rebelarse y
matar a los cristianos.
Pizarro, creyéndole,
mandó matar a Atahualpa, y así pagó el tirano con su vida la muerte de su
hermano. Esta misma lengua, Felipillo, fue quien después intentó rebelarse en
Chile y quiso matar al adelantado Almagro y a su gente; sabido luego que el
Perú estaba alzado, mataron al adelantado como vieron la traición.
Por esto, Cesárea
Majestad, se ve claramente que Dios nuestro Señor no consiente traiciones ni
maldades sin castigo, aunque parezca que se tardan en ser reprendidas. Y así
también vuestra majestad debe poner pronto remedio en aquellos reinos del Perú
y saber de todo lo que allí ha pasado con verdadera y segura noticia. De
nuestra parte, aclararemos el caso de la visita y muchas otras cosas tocantes
al servicio de Dios y de vuestra majestad.
Y porque me ha faltado
el mozo que me escribía, va esto ya de mi propia letra, aunque el trabajo sea
mayor y no lo supla tan airosamente como él.
Su majestad está
obligado y debe a estos señores Incas mucha honra y recompensa. Por eso,
Cesárea Majestad, es razón que se les mande llamar, y que vuestra majestad haga
merced a los principales señores, dándoles de comer y tierras donde puedan
sustentarse. A los demás se les podrán poner por amparo algunos alguaciles, que
tengan cuenta y razón de todo: de la ropa y del ganado del Inca, y así mismo
del ganado del Sol, de sus guardianes y adoratorios, que en todas las
provincias hubo, para que lo aclaren todo.
También se debe revisar
el repartimiento de las tierras, tanto las que fueron del señor Inca como las
del Sol, y las de los indios que hoy hay en cada provincia, para tasar con
justicia lo que puedan tributar a sus encomenderos. Y si Dios fuere servido que
se descubran minas de oro y plata, que sean primero los indios quienes las
labren; y si fueran tales que se puedan trabajar a la usanza de España, que
vuestra majestad mande labrarlas como suyas, restaurando a los señores en sus
señoríos y devolviéndoles sus patrimonios. Porque hay algunos desposeídos de
ellos, tanto en heredades como en sus pesquerías, y sería justo que volviesen a
sus antiguos asientos, de donde los echaron por quitarles las tierras que junto
a ellos tenían.
Sabida la cantidad de
indios que hubiere, se les deben señalar tierras suficientes para labrar: hasta
diez fanegas, o ocho, de tierra para cada indio con su mujer e hijos; y las
demás tierras que su majestad mandare poblar, se den a quienes lo merecieren.
Conviene también que
haya alguaciles en los tambos y casas del camino real, que amparen y favorezcan
a los indios para que puedan vender sus haciendas, comidas, alpargatas y otras
cosas a los que pasaren por los caminos, ya sean mercaderes o recuas; y que en
todo se les guarde justicia, sin consentir que unos hagan agravio a otros, ni
que ellos mismos agraven a persona alguna.
A los frailes o clérigos
que estuvieren en las doctrinas por las provincias no se les dé más de
doscientos pesos de salario y su comida; y a tales religiosos no se les
consienta usar de rescates ni mercaderías con los indios, sino que el que
estuviere un año en una provincia pase luego a otra. De esta manera se evitarán
muchos daños y codicias.
Por todo ello, suplico a
vuestra majestad, humildemente y como leal súbdito, que sea yo favorecido y
amparado con justicia, y que esta crónica se mande imprimir, dándoseme la
gloria de cronista principal y a ninguno más, pues cierto soy el primero que la
di y declaré. En todo pido merced.
Alonso Borregán.
Hecho y compilado por
Lorenzo Basurto Rodríguez
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