Los secretarios del gobernador Francisco Pizarro
El gobierno de Francisco Pizarro en
el Perú fue mucho más breve de lo que su fama posterior haría suponer. Apenas
diez años transcurrieron entre el inicio de la conquista y su asesinato, pero
ese breve lapso fue suficiente para cambiar radicalmente el destino del
territorio. Durante ese tiempo, Pizarro y sus hombres invadieron la tierra,
derrotaron a los ejércitos indígenas y establecieron, de manera definitiva, el
gobierno colonial. Al mismo tiempo, se consolidaba la base del poder
pizarrista: aquellos hombres que ocuparon los cabildos de las ciudades
españolas fueron los que disfrutaron del fruto de la conquista, recibiendo las
mejores encomiendas, minas y riquezas que el Perú podía ofrecer.
Lamentablemente, la documentación
contemporánea del período 1532-1533 es particularmente escasa. Muchas fuentes
se perdieron, y los cronistas sobrevivientes a menudo se vieron eclipsados por
la prioridad de los conquistadores: la guerra y la expansión territorial
consumían su tiempo y sus esfuerzos. No obstante, los testimonios que se
conservan permiten reconstruir, aunque sea de manera parcial, la escena de
tensiones y ambiciones que marcó aquellos años. Se aprecia con claridad cómo
Diego de Almagro y otros conquistadores, alejados del círculo íntimo de los
Pizarro, fueron paulatinamente marginados, mientras el territorio peruano era
explorado, cartografiado y sometido al control de los nuevos dueños.
A pesar de la escasez de documentos,
algunas investigaciones de la época sobresalieron por su rigor y por ofrecer un
marco que serviría de fundamento para estudios posteriores. Estas obras
tempranas, aunque limitadas, iluminaron los complejos entramados de poder,
conquista y colonización que dieron forma al Perú del siglo XVI, revelando que
tras la breve década de Pizarro se ocultaba un mundo en construcción, tejido de
ambición, violencia y oportunidades sin paralelo.
La sociedad cuidadosamente tejida por
Francisco Pizarro en Panamá, donde sus negocios y alianzas con Diego de Almagro
habían prosperado, comenzó a resquebrajarse en cuanto se formó la hueste
conquistadora que atravesaría el territorio peruano. En su interior, las
fuerzas de ambos socios estaban desequilibradas y, aunque al principio parecía
un conflicto latente, no tardaría en transformarse en uno de los ejes trágicos
de la temprana historia colonial del Perú. La preponderancia de trujillanos y
extremeños en la expedición, sumada a la presencia de los hermanos y parientes
de Pizarro, elevó al conquistador a la condición de artífice absoluto del éxito
militar y político de la empresa. Almagro, en cambio, carecía de contrapartida
real: su ausencia en la expedición que ascendió desde la costa hasta Cajamarca
debilitó su posición, aun cuando su pericia en el abastecimiento y la
comunicación había sido vital para el éxito de la empresa.
El momento crítico llegó en abril de
1533, cuando Almagro desembarcó en el Perú con doscientos hombres de refuerzo
procedentes de Panamá. La sorpresa los sacudió: el tesoro reunido del rescate
de Atahualpa no les correspondía, sino solo a quienes habían estado presentes
el día de la captura del Inca. El descontento de los recién llegados, combinado
con la urgencia de los captores por cobrar su parte del botín y la presión de
los oficiales reales para enviar el quinto al rey, precipitó la repartición del
oro y la ejecución de Atahualpa. En esa misma época se organizaron dos
expediciones hacia el interior del imperio: una, dirigida por Hernando Pizarro,
partió hacia Pachacámac, y la otra se dirigió al Cusco, ambas con el objetivo
de apresurar el envío de los metales ofrecidos por el soberano cautivo.
Hernando Pizarro, en su primera
salida de reconocimiento, llegó hasta Huamachuco. Su relato, el más confiable
de los conservados, muestra ante todo la fascinación ante un mundo
completamente nuevo. Describe cómo hallaron oro y plata, y cómo lo enviaron a
Cajamarca; luego recibió licencia de su hermano para dirigirse a una mezquita a
cien leguas de la costa, en Pachacámac, acompañado de un pequeño grupo de
jinetes. La travesía duró veintidós días, atravesando sierra y costa, con el
propósito de acelerar el envío del oro, que no tributaba al Cusco sino a la
mezquita local. Hernando incluso consiguió que los señores comarcanos
ingresaran al recinto más sagrado del templo, para que “perdieran el miedo”.
Aunque el oro de Pachacámac fue escaso, en el camino de regreso tuvo más
fortuna: en Bombón encontró cinco mil pesos de oro que se dirigían a Cajamarca.
Al llegar a Cajamarca, se decidió
que Hernando partiría a España para rendir cuentas a Su Majestad. Del tesoro
acumulado se separaron cien mil castellanos destinados al rey, el primer
indicio del enorme impacto que la riqueza del Perú tendría sobre la corte de
Carlos V. Las negociaciones que Hernando entabló revitalizaron la estructura
política en el momento crucial en que se consolidaba la colonización española
del país.
El 15 de febrero de 1533 partieron
tres emisarios hacia el Cusco, conscientes de que quizás no volverían con vida.
Contaron con la protección de Quisquis, general de Atahualpa, quien permitió su
entrada a la ciudad imperial y al Coricancha, el templo del Sol, aunque
prohibió tocar las áreas vinculadas a la momia de Huayna Cápac. Los españoles
hallaron el Coricancha intacto y comenzaron a extraer el oro, sin la
colaboración de los indígenas, que temían por sus vidas. Parte del botín se
depositó en dos edificios, uno para el rey y otro para Pizarro, sellados y bajo
custodia indígena. Aun así, la tensión entre la fuerza conquistadora y la
prudencia de Quisquis hizo que ciertas áreas de la ciudad permanecieran
vedadas, y los informes de los emisarios convencieron a Pizarro de que la
invasión debía avanzar hacia la capital.
El tesoro acumulado por la hueste
conquistadora, fruto de saqueos, rescates y conquistas, alcanzaba cifras que
desbordaban la imaginación: más de un millón y medio de pesos, una suma jamás
vista en las Indias hasta ese momento. El 16 de julio de 1533, tras arduas
jornadas de fundición, se dispuso el reparto del botín. Ante el escribano,
Pizarro pronunció palabras que sellaban la ceremonia: el oro recogido hasta ese
día y lo entregado por Atahualpa había sido fundido, numerado y descontado el
quinto real y los derechos de fundidor y compañía; el resto quedaba listo para
repartirse entre los conquistadores.
Cieza de León relata cómo, a continuación, se
separaron cien mil ducados para los hombres de Almagro y se ajustaron los pagos
de la compañía. El resto, “sin lo que se hurtó”, fue distribuido entre los
conquistadores, y según Oviedo, el reparto concluyó el 25 de julio, incluyendo
a quienes permanecían en San Miguel, a los mercaderes y a los marineros: todos
recibieron su parte, conforme a la tradición de los hombres que habían
compartido peligro y riesgo.
El 15 de noviembre de 1533, el grupo
conquistador llegó al Cusco. No tardaron en iniciar la fundición, marcaje y
reparto de los tesoros extraídos de la ciudad, siguiendo la experiencia de
Cajamarca. El 15 de diciembre, Pizarro y el contador real Antonio Navarro
levantaron acta ante Pedro Sánchez, justificando la urgencia: la plata y el oro
eran en su mayoría piezas menudas, laboriosas, o de gran volumen, por lo que se
procedería a fundir lo pequeño y a registrar el resto a medida que apareciera.
En ausencia del veedor real García
de Salcedo, Jerónimo de Aliaga asumió el papel provisional, y se improvisó un
taller de fundición en un gran galpón dentro de la posada del gobernador. A
diferencia de Cajamarca, donde se hablaba del “montón”, aquí se detallaba el
botín individual de cada invasor. Pronto se fundió la primera plata y, tras
ello, se hicieron los pregones acostumbrados para el oro.
El 22 de febrero de 1534 se decidió
el reparto, con premura: los indígenas de Quito, que habían huido del Cusco, avanzaban
hacia Jauja para enfrentar a los españoles. Según documentos parcialmente
conservados, la distribución en Cusco se efectuó respetando el valor de los
esfuerzos individuales y los riesgos asumidos por cada conquistador,
iniciándose el 5 de marzo y concluyendo el 19. Apenas cuatro días después, el
23 de marzo de 1534, se fundó la ciudad española del Cusco.
Años más tarde, doña Francisca
Pizarro aportaría información sobre la cuestionada honestidad de su hermano: el
fiscal acusaba al gobernador de apropiarse ilícitamente del oro y la plata
hallados por sus yanaconas, sin incluirlo en el “montón”. Sin embargo, los
testigos, entre ellos Martín Pizarro, Pedro de Alconchel y García de Salcedo,
aseguraron que las partes se entregaban conforme al esfuerzo y la jerarquía de
cada hombre, y que el marqués seguía las costumbres establecidas.
La complejidad del reparto aumentaba
debido a la diversidad de quilates de los metales: plata blanca de bronce y
cántaros, plata intermedia, y la chafalonía considerada de menor valor; el oro
también variaba en pureza, desde el fino hasta ocho quilates o más. Así, se
realizaron tres repartos principales: Cajamarca, Cusco y Jauja. Posteriormente,
el saqueo ya no sería colectivo, sino individual, autorizado por el gobernador
y pagando el quinto real. Los yanaconas de Pizarro, que hallaron oro y plata en
Cusco, ya no compartieron su botín con la compañía.
Mientras tanto, Almagro comenzaba a
percibir que había sido desplazado por los Pizarro: la Nueva Castilla, que
había soñado como recompensa por la conquista, se le escapaba. Aunque había
recibido parte del tesoro de Cajamarca como socio de la compañía, quedaba
relegado en el acceso al poder político. En busca de nuevas oportunidades,
organizó expediciones hacia Chile y los Chiriguanaes, gestionando ante la corte
la autorización para nuevas conquistas, que, de manera irónica, beneficiarían
tanto a él como a los Pizarro, quienes seguían controlando la riqueza y el
destino del Perú recién conquistado.
El 21 de mayo de 1534, en Toledo,
Hernando Pizarro firmó en nombre de Almagro el “asiento y capitulación” que le
otorgaba el derecho a explorar doscientas leguas más allá de las asignadas a
Pizarro. La corona se comprometía a apoyarlo con sueldo, artillería, caballos y
mercedes; además, Pizarro recibiría quinientos ducados anuales de las rentas de
la tierra por su colaboración. Dos años más tarde, Lope de Idiáquez obtuvo de
la reina, por solicitud conjunta de Pizarro y Almagro, la concesión para
descubrir y conquistar las islas bajo sus gobernaciones. De todos modos, los
intentos de Almagro fracasaron: el Perú no tendría un equivalente y sus sueños
quedaron truncos.
Almagro, sin un clan ni aliados
fuertes como los Pizarro, carecía de la capacidad organizativa y de la
confianza mutua que daban profundidad y agilidad a los intereses de su socio.
Lockhart señala que la presencia de los hermanos de Pizarro reforzó enormemente
el poder de Francisco, aunque también complicó su gobierno, ya que amplificaba
las tensiones dentro de la expedición. Sin ellos, sin embargo, Pizarro habría
tenido dificultades mayores para consolidar su base de poder.
A pesar de los conflictos, la
diplomacia y las apariencias seguían siendo importantes. En una carta fechada
en San Miguel el 8 de mayo de 1534, Almagro informaba al rey que los españoles
habían sometido a los indígenas y restituido en el gobierno a quienes
correspondía, denunciando la tiranía de otro señor. Señalaba la fundación de
San Miguel, Cusco y Jauja, con planes para Chincha y Condesuyos, y alertaba
sobre la intromisión de Pedro de Alvarado, que venía de Guatemala con indios
autorizados —supuestamente— a canibalizar y saquear en Puerto Viejo y Punta
Santa Elena. Almagro, en esas negociaciones, demostró su pericia para proteger
la compañía que compartía con Pizarro.
En la misma época, se redactó una
minuta —sin fecha— sugiriendo que Su Majestad podría recibir un préstamo de
Pizarro, su hermano, Almagro y otros con grandes caudales de oro y plata,
asegurando para ellos lo justo y honesto. Aunque probablemente nunca se envió,
la intención era reforzar la apariencia de cohesión de la compañía, incluso
ante el enfrentamiento latente entre los socios.
De manera similar, los hombres que
habían estado en Cajamarca y podían interferir con los Pizarro fueron
desplazados paulatinamente. El botín elevado facilitó que los descontentos
persiguieran sus objetivos fuera del Perú: Mena y Salcedo regresaron a España,
mientras Soto y Benalcázar emprendieron nuevas conquistas.
El primer ordenamiento colonial,
1533-1541
Tras el reparto de Cajamarca, la
mayoría de los expedicionarios continuó avanzando. En agosto de 1533 partieron
hacia Jauja, donde llegaron dos meses después y fundaron una ciudad española
que se constituyó provisionalmente como capital de la gobernación de la Nueva
Castilla, antes de la fundación de Lima. Lockhart destaca que los Pizarro se
esforzaron por colmar los cabildos con sus paisanos y criados. En 1537, el Cusco
contaba con once miembros en su cabildo: Hernando Pizarro como teniente de
gobernador, al menos dos regidores criados de Pizarro y solo tres miembros
ajenos a su entorno. Ocho habían participado en la captura de Atahualpa y cinco
eran originarios de Trujillo o Cáceres.
En Lima, el primer cabildo incluyó
al tesorero Alonso Riquelme, al veedor García de Salcedo y a un grupo cercano a
Pizarro: Rodrigo de Mazuelas, Alonso Palomino, Nicolás de Ribera El Mozo,
Cristóbal de Peralta, Diego de Agüero y Sandoval, y Diego Gavilán, además del
alcalde Nicolás de Ribera El Viejo. Mazuelas, representante de Pizarro ante la
corte, obtuvo mercedes para ejercer un regimiento perpetuo sobre el pueblo
donde residían gobernador y oficiales. A fines de 1535, tres regidores eran
perpetuos; otros tres los designaba Pizarro; los dos restantes debían elegirse
por el pleno, pero la función se delegó nuevamente al gobernador.
En la primera sesión de 1536,
Pizarro amplió el número de regidores a doce, incluyendo perpetuos y a su
secretario de confianza, Antonio Picado. Más tarde, incorporó a Crisóstomo de Hontivéros
y a Francisco Martín de Alcántara, hermano materno y criado suyo. Esta
hegemonía de los primeros conquistadores sobre los cabildos de Lima duró poco,
mientras que en el Cusco se mantuvo algo más, y en Huamanga hasta fines de la
década de 1550.
Los cargos que representaban al
gobernador Pizarro ante las distintas ciudades de su jurisdicción quedaron
prácticamente monopolizados por sus hermanos o por personas de absoluta
confianza. Así, el 25 de agosto de 1534, el cabildo del Cusco recibió a
Hernando de Soto como teniente de gobernador, revocándose el nombramiento
previo de Beltrán de Castro. Tan solo tres días después, el mismo cabildo
acataba una provisión de Pizarro que relevaba a Soto del cargo y nombraba teniente
de capitán general a Juan Pizarro. En sus instrucciones, Francisco le otorgaba
amplias facultades y directrices precisas para modificar las encomiendas de
indios de los vecinos de la ciudad. En ejercicio de estas atribuciones, Juan
Pizarro concedió un repartimiento de indios a Pedro Alonso Carrasco.
En 1535, apenas cuatro días antes de
la fundación de Lima, Pedro de Añasco fue nombrado alguacil mayor de Quito.
Martín de Estete, quien había servido a Pedrarias en Nicaragua y llegado al
Perú en 1534 junto a Pedro de Alvarado, se mantuvo hasta su muerte como
teniente de gobernador en Trujillo y, probablemente, como socio de Pizarro en
la explotación de oro en huacas. Por su parte, el licenciado Antonio de la Gama
fue comisionado por Pizarro como teniente de gobernador del Cusco, evidenciando
un cambio notable en su actitud, pues años antes, cuando ejercía como juez de
residencia y gobernador en Panamá, había manifestado un marcado antipizarrismo.
En 1540, desde su cargo, otorgó la encomienda de un “principal orejón y yanaconas”
y las estancias de “Managuañuncabamba e Canascoro, camino a Condesuyos” a la
orden de la Merced.
Las empresas y unidades productivas
que Pizarro explotó durante su vida se organizaron gradualmente. En ocasiones,
transfería propiedades previamente adquiridas a otros conquistadores para
hacerse con encomiendas de mayor valor. Entre sus principales posesiones
destacaron las encomiendas del valle de Yucay, administradas por Francisco,
Hernando y Gonzalo, que incluían la zona cocalera de la ceja de selva. Además,
Francisco tomó para sí o para sus hijos, en distintos momentos, las encomiendas
de Chuquiabo, Puna, Huaylas, Chimú, Conchucos, Lima y Chuquitanta. Es muy
probable que la explotación de estas encomiendas se centrara en la exacción de
tributos mediante autoridades indígenas, el empleo de mano de obra en minas y
ganaderías, y la participación forzada de los encomendados en actividades
militares.
Pizarro se volcó también a otros
negocios. Aunque se carece de información precisa sobre la explotación inicial
de las minas de Porco, existen evidencias del uso de tecnología europea. En
otra empresa, la llamada compañía de la Nasca, establecida junto a su socio, el
veedor García de Salcedo, Pizarro delegó aparentemente la administración a este
último, quien tras la muerte del marqués se convirtió en socio de su hija, doña
Francisca.
Los secretarios del gobernador
La expedición al Perú contó con la
presencia de oficiales reales encargados de llevar el registro y control del
cumplimiento de los compromisos adquiridos por los conquistadores con la
corona, especialmente en materia económica. El gobernador, por su parte,
requería un equipo de asistentes que se encargaran de las labores burocráticas
propias del cargo: redactar provisiones, llevar la correspondencia y leerle los
documentos. Ya en la Isla de Santiago, el 3 de febrero de 1532, Pizarro designó
a Rodrigo de Mazuelas como su secretario, otorgándole un poder que lo
acreditaba ante el rey y el Consejo de Indias para presentar peticiones,
solicitar mercedes y exponer “cualquier relación de lo que me ha sucedido en
estos reinos andando en su real servicio”.
Entre los encargados de recoger el
dictado del gobernador se encontraban López de Jerez, Pedro Sancho de Hoz,
Antonio Picado, Pero López de Cazalla y Cristóbal García de Segura. Además,
desempeñaba esta función Bernardino de Valderrama, mayordomo y escribano
público. Todos ellos contaban con un séquito de amanuenses; entre ellos, Antonio
de Miranda se incorporó al equipo de Picado tras la batalla de las Salinas.
Según su Información de servicios, Miranda defendió a Pizarro a cuchilladas el
día del asesinato del gobernador. Diversos documentos rubricados por Pizarro
fueron escritos por Sancho, quien empleaba la fórmula tradicional: “por mandado
de su Señoría, Pedro Sancho”. En algún momento, sin embargo, Pizarro debió
distanciarse de Sancho: un documento menciona la revocación de una provisión
por incumplimiento del acuerdo con el capitán Pedro de Valdivia sobre
exploraciones en la Nueva Extremadura (Chile).
El secretario más destacado fue, sin
duda, Antonio Picado. Había servido previamente a Pedrarias en Nicaragua y
gozaba de la plena confianza de Pizarro. Era habitual que Pizarro pusiera su
rúbrica y Picado escribiera en ella el nombre del gobernador, llegando incluso
a explicitarlo: “puse mi señal y Antonio Picado, mi secretario, puso mi
nombre”, se lee en algunos documentos. Diego Moreno, vecino de Trujillo y
residente en La Zarza en 1566, quien había sido “mayordomo y proveedor” de la
casa de Hernando Pizarro, declaró que se encontraba en una “expedición a los
Andes” cuando ocurrió el asesinato de Pizarro. Más tarde se enteró de que, tras
la muerte del marqués, los asesinos habían saqueado su casa y habían torturado
a Picado para conocer el destino de sus bienes, acabando con su vida.
Pedro Pizarro relata en su crónica
que, en particular, los conquistadores chilenos sentían un odio exacerbado
hacia el marqués a causa de Picado, y por ello lo sometieron a tormentos y le
cortaron la cabeza en el rollo de la ciudad de Los Reyes.
Los primeros criados y mayordomos
La incipiente organización de la
sociedad de Pizarro y Almagro debió adaptarse rápidamente a la inmensidad del
territorio peruano y a las posibilidades de explotación que ofrecía. Aunque las
noticias sobre los detalles de las negociaciones panameñas de los socios son escasas,
es razonable suponer que varios de los criados continuaron a su servicio tras
la conquista del Perú. Tal es el caso de Juan de Vallejo, hombre de confianza
de ambos socios y administrador de los bienes de Pizarro. En 1537, Pizarro
reconoció como propias dos deudas contraídas, respectivamente, por Antonio
Pérez de la Serna y por él mismo con Vallejo, quien residía en Panamá. De
manera similar, Diego de Porras también se ocupó de los asuntos panameños y
gozaba de la confianza de Pizarro y Almagro. Por ello, Almagro obtuvo una real
cédula que le permitía delegar a Porras el oficio de contador de Tierra Firme
mientras él se encontraba cumpliendo sus compromisos con Pizarro en el Perú.
Por esos mismos días, Porras logró la ejecución de una Información contra Pedro
de Alvarado por apropiarse de tierras y embarcaciones destinadas a socorrer a
Pizarro, actuando en nombre de los socios como “estante en Panamá para la
administración de la hacienda e navíos” de ambos.
La documentación de la época
identifica a numerosas personas como “mayordomos” o “criados” de Francisco
Pizarro, y en ocasiones también de alguno de sus hermanos. El mayordomo
desempeñaba un papel central en la administración de los bienes y gozaba de la
plena confianza de su señor. Bernardino de Valderrama, mayordomo y escribano
público de Pizarro, se encuentra mencionado en diversos documentos de
relevancia. El 29 de diciembre de 1534, en Pachacámac, Pizarro y Almagro
otorgaron poder a Lope de Idiáquez para representarlos en pleitos y causas en
la metrópoli, con Valderrama como testigo, junto al capitán Ruy Díaz y Juan de
Espinosa, este último en representación de Almagro. En otro documento de esos
mismos días, Pizarro autorizó a Almagro a cobrar deudas, rendir cuentas y
realizar juicios mediante un poder general atestiguado por Domingo de la Presa,
Picado y Valderrama. En su rol de escribano, Valderrama dejó constancia de la
escritura de revalidación de la compañía entre Pizarro y Almagro, firmada en
Pachacámac el 14 de enero de 1535, uno de los documentos más importantes en la
búsqueda de acuerdo entre los socios. Una semana después, el 20 de enero, en
“el pueblo de Lima”, ambos otorgaron a Valderrama la facultad de cobrar deudas,
recibir joyas, mercaderías, ropas, caballos, negros e indios, tomar cuentas a
los maestres de sus navíos y realizar numerosas transacciones más.
Dos años después, en 1537, Pizarro
suscribió un poder general para que Valderrama lo representara en todas sus
operaciones comerciales y legales. Al mes siguiente, el 21 de junio, otorgó
otro poder en el asiento del Guarco (Cañete) para que cobrara los fletes de sus
navíos. Durante las semanas siguientes, Pizarro contrató al maestre Diego
García para que actuara como maestre de la nao grande Santiago, surta en el
puerto de Sangallán, con facultad exclusiva de recibir cuentas solo de Pizarro
o Valderrama. De igual manera, el maestre Lorenzo Román fue designado al navío
Santiaguillo, también en Sangallán, para navegar a Panamá. Incluso Valderrama
se escudó en la figura del gobernador para protegerse de la justicia: una real
cédula de Valladolid, fechada el 13 de noviembre de 1537, afirmaba que una
deuda de 2,000 ducados con Jerónimo de Zurbano, vecino de Lima, correspondía al
marqués y no a Valderrama, por lo que sus bienes no podían ser embargados.
Otro servidor destacado fue Juan
Pérez de Vicuña, contratado por Pizarro en Lima el 12 de diciembre de 1535 con
una remuneración de 300 pesos al año,
“para que seáis mi mayordomo en las haciendas, casas,
ganados, navíos y en todas las otras haciendas y granjerías que yo y el
adelantado don Diego de Almagro, mi compañero, tenemos en la ciudad de Panamá y
en los otros pueblos de la Tierra Firme llamada Castilla del Oro; y para que lo
tengáis a cargo y en administración todo ello, así como la Isla de las Perlas
que tenemos arrendada a Su Majestad… y en todo lo demás que en cualquier manera
nos corresponda en la dicha ciudad de Panamá, por tiempo de dos años.”
Al día siguiente, Pizarro otorgó un
poder a Francisco de Zavala, residente en Sevilla, para cobrar el oro o la
plata que enviase desde el Perú, recibir su correspondencia, adquirir
mercaderías y ropa, y negociar la licencia real que le había sido concedida,
incluyendo el envío de cien esclavos negros a su gobernación. Todo lo requerido
debía ser remitido a Nombre de Dios y entregado a su mayordomo Juan Pérez de
Vicuña, a riesgo de Pizarro. Dos años más tarde, el 27 de septiembre de 1537,
Pizarro extendió una carta de pago en Lima a Pedro García de Jerez, presente al
momento de firmar, y a su cuñado Juan de Alfaro, vecino de la colación de Santa
María de Sevilla y ausente, por un valor de 1,600 pesos de oro “por razón de
una fusta y otras mercaderías que de vos compré”, que Pérez de Vicuña debía
pagar en Panamá “dentro de ocho días de mostrársele esta carta”.
Francisco Hurtado también perteneció
al grupo de mayordomos de Pizarro. En una declaración judicial, afirmó que se
encontraba en Lima a la llegada del virrey Núñez Vela, pero que cuando fue
apresado “estaba en la mar con los hijos del marqués”. Por ese mismo periodo,
Alonso de la Cueba desempeñaba funciones de mayordomo, efectuando diversos
pagos según constan en los “papeles antiguos” que años después recibieron los
herederos del marqués.
Uno de los mayordomos mejor
remunerados fue Hernando Sánchez de Pineda, a quien Pizarro se comprometió a
pagar 5,000 pesos por tres años, a partir del 17 de julio de 1535. Sánchez de
Pineda serviría al gobernador
“de mayordomo en las minas de Collao
y en otras cualesquier donde su señoría oviere de coger e cogiere oro, e para
mirar e facer proveer e bastecer las cuadrillas que anduvieren en las dichas
minas, y entender en granjear e beneficiar los indios de repartimiento que
tiene o toviere en la dicha provincia de Collao, e facer e proveer y entender
en todo lo demás que tocare a la facienda e granjerías que su señoría tuviere
en los dichos dominios de Collao.”
Este nombramiento refleja el vínculo
explícito entre los centros mineros y las encomiendas como fuente de mano de
obra indígena, integrando todos los factores necesarios para la producción.
Pedro de Villarreal, camarero de
Pizarro, recibió en julio de 1535 la orden de entregar 100,000 pesos a los
representantes de Almagro: Juan de Espinosa, secretario; Juan de Herrada,
mayordomo; y Juan Alonso de Badajoz, camarero, para sufragar los gastos en la
corte. Tres años después, Villarreal continuaba siendo identificado como
camarero del gobernador al acudir a bautizar a su hija en la parroquia del
Sagrario.
La documentación registra a
numerosas personas como “criados” de Pizarro, un término que abarcaba diversas
jerarquías. Ser criado implicaba cercanía social con el gobernador, casi
familiar, y esta condición no se otorgaba mediante escritura pública, como
ocurría con los mayordomos. Los criados actuaban como testigos en instrumentos
notariales o judiciales y ejecutaban mandatos de su señor.
Entre los más destacados figura
Francisco de Ampuero, casado por Pizarro con doña Inés, madre de sus dos hijos
mayores, quien luego alcanzó relevancia en la política local junto a sus descendientes.
Antonio de Ribera también fue criado, casándose con Inés Muñoz tras la viudez
de Francisco Martín de Alcántara.
El conquistador trujillano Alonso de
Toro, presente en la captura de Atahualpa, fue criado tanto de Francisco como
de Hernando Pizarro. Fiel a los Pizarro, Toro, encomendero del Cusco, presidió
la ejecución de Diego de Almagro y, años después, ejerció como teniente de
gobernador por mandato de Gonzalo Pizarro. Francisco de Carbajal lo describió
como “aquél que es de Truxillo y criado del señor comendador Hernando Pizarro y
hechura del gobernador [Gonzalo Pizarro], mi señor, y servidor del marqués, que
sea en gloria, y de todos.”
Otro criado notable fue Francisco de
Chávez, también trujillano, recordado por la dureza con que reprimió a las
poblaciones de Huaylas y Conchucos tras el asesinato del encomendero Sebastián
de Torres por indígenas. A pesar de haber llegado tras la conquista, Chávez,
muerto junto a Pizarro enfrentando a los almagristas, era considerado el hombre
más importante del Perú después del gobernador y ejerció como teniente de
gobernador en Lima. En su testamento de 1537, Pizarro lo designó tutor de sus
hijos menores.
De menor rango se encuentran Joan de
Valdivieso y Pedro Navarro, quienes el 26 de octubre de 1533 recibieron en
Jauja un poder para “cobrar todas y cualesquier mercaderías y otras cosas que a
mí me trayan, así de la ciudad de Panamá como de otras cualesquier partes”.
Juan de Fuentes y Jerónimo de Añasco también se presentaron como criados de
Pizarro al atestiguar una escritura en 1537.
Criados reconocidos y la búsqueda de
tesoros
En España, algunos de los enviados
de Pizarro ante la corte fueron oficialmente reconocidos como sus criados. Así,
cuando los oficiales de la Casa de la Contratación de Sevilla anunciaron con
entusiasmo a la emperatriz Isabel la llegada de la flota con los tesoros de las
Indias, se mencionaba:
“Anoche domingo XVII del presente escribimos
a Vuestra Majestad con Francisco Maldonado, criado del gobernador Pizarro, que
vino del Cusco.”
Un año después, Francisco Zavallos,
quien también había llegado a España con tesoros del Perú y recados de Pizarro,
fue igualmente admitido como criado suyo en los más altos círculos de la corte.
El consejero real, don Francisco de los Cobos, envió una carta al emperador por
medio de Zavallos, indicando que
“porque Zavallos vino con todo esto
y ha deseado ir a besar las manos a Vuestra Majestad y darle razón de todo,
lleva este despacho; yo le he dicho que hasta que hable a Vuestra Majestad no
diga a nadie nada.”
No sería sorprendente que el
emisario se hubiese entrevistado personalmente con el emperador.
Aun cuando los Pizarro contaban con
importantes negocios mineros y agropecuarios, no abandonaron la práctica del
enriquecimiento rápido mediante el saqueo de enterramientos indígenas o la
extorsión a nobles incaicos y curacas regionales. Francisco participó, junto
con Miguel de Estete, en la excavación de tumbas en territorio Chimú y también
recibió los tesoros reunidos por Lorenzo de Aldana “de las sepulturas de los indios
del señor Marqués en Quito”, a quien envió un documento detallando lo obtenido.
Sin embargo, el más entusiasta en esta modalidad de búsqueda de tesoros fue
Hernando. Son famosas sus excavaciones en Chincha, donde aún se conserva el
enorme pozo que cavó en la huaca La Centinela, así como su persecución
implacable a Manco Inca y a los curacas de sus encomiendas para extraer los
secretos que celosamente guardaban.
Empresas frustradas hacia el Perú
Era habitual que conquistadores que
ya controlaban regiones europeizadas intentaran invadir territorios aún no
plenamente incorporados al dominio español. En el Perú, diversas expediciones
fueron neutralizadas o absorbidas gracias a la astucia de Almagro, como las
organizadas por Soto, Mena, Benalcázar y Alvarado. Tras la captura del Inca,
quedó claro que Pizarro contaba con la fuerza suficiente para repeler estas
incursiones, que se redujeron drásticamente.
Hernando Cortés, gran
empresario-conquistador, intentó extender su influencia hasta el Perú. En
Acapulco, el 17 de abril de 1536, tras su fallida expedición a la Baja
California, firmó un contrato con Juan Domingo de Espinosa para que actuase en el
Perú como su agente mercantil durante al menos un año. Cuatro o cinco meses
después, Cortés recibió un pedido de ayuda de Pizarro, transmitido por el
virrey de México, don Antonio de Mendoza, a modo de “traslado” de la carta que
Pizarro había enviado a Pedro de Alvarado. Según un cronista, Pizarro incluso
ofreció abandonar la tierra y regresar a Panamá y España si se le prestaba
socorro.
Cortés envió dos barcos comandados
por Hernando de Grijalva, que arribaron al Perú cuando el peligro ya había
pasado: uno continuó su ruta en secreto hacia el oriente y el otro regresó a
Acapulco. Fue en esta expedición que llegó al Perú Francisco de Carbajal, el
famoso “Demonio de los Andes” y maestre de campo de Gonzalo Pizarro. A
comienzos de 1538, Cortés envió al menos un navío cargado de mercadería,
especialmente armas, recibido en Lima por Juan Domingo de Espinosa el 10 de
abril de ese año. El envío, a cargo del capitán Palacios Ruiz, incluía cascos
de hierro, mosquetes, ballestas, piezas de artillería, espadas, pólvora y otros
implementos bélicos. Cortés se mantenía informado del conflicto entre Almagro y
Pizarro a través de su agente en Panamá, quien le reportaba los acontecimientos
más recientes.
La muerte de Francisco Pizarro cerró
la fase inicial de invasión y conquista del Perú y dio paso a un período de
convulsiones, en el que se hicieron evidentes las formas de violencia latentes
en el grupo colonizador. La corona, de manera natural, actuó sobre Pizarro como
lo había hecho con otros conquistadores en distintas regiones americanas desde
la época de Colón, recuperando la autoridad política que se había delegado. Sin
embargo, en el Perú, el enfrentamiento sangriento entre Pizarro y Almagro
precipitó la pérdida del poder por parte del grupo encomendero inicial, que sería
recuperado por representantes del estado imperial. Este proceso coincidió con
la presencia del licenciado Cristóbal Vaca de Castro, cuyas Instrucciones de
gobierno se basaban en los “muchos malos tratamientos” infligidos a los indios,
pero también enfatizaban la necesidad de efectuar “la tasación de los indios
que están encomendados al dicho marqués [Pizarro] y a sus hermanos, parientes,
criados y familiares.” De esta manera, las autoridades metropolitanas dotaron a
Vaca de Castro de la autoridad necesaria para la misión que debía cumplir,
anticipando los hechos que estaban por desarrollarse.
Hecho y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez
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