Los secretarios del gobernador Francisco Pizarro

El gobierno de Francisco Pizarro en el Perú fue mucho más breve de lo que su fama posterior haría suponer. Apenas diez años transcurrieron entre el inicio de la conquista y su asesinato, pero ese breve lapso fue suficiente para cambiar radicalmente el destino del territorio. Durante ese tiempo, Pizarro y sus hombres invadieron la tierra, derrotaron a los ejércitos indígenas y establecieron, de manera definitiva, el gobierno colonial. Al mismo tiempo, se consolidaba la base del poder pizarrista: aquellos hombres que ocuparon los cabildos de las ciudades españolas fueron los que disfrutaron del fruto de la conquista, recibiendo las mejores encomiendas, minas y riquezas que el Perú podía ofrecer.

Lamentablemente, la documentación contemporánea del período 1532-1533 es particularmente escasa. Muchas fuentes se perdieron, y los cronistas sobrevivientes a menudo se vieron eclipsados por la prioridad de los conquistadores: la guerra y la expansión territorial consumían su tiempo y sus esfuerzos. No obstante, los testimonios que se conservan permiten reconstruir, aunque sea de manera parcial, la escena de tensiones y ambiciones que marcó aquellos años. Se aprecia con claridad cómo Diego de Almagro y otros conquistadores, alejados del círculo íntimo de los Pizarro, fueron paulatinamente marginados, mientras el territorio peruano era explorado, cartografiado y sometido al control de los nuevos dueños.

A pesar de la escasez de documentos, algunas investigaciones de la época sobresalieron por su rigor y por ofrecer un marco que serviría de fundamento para estudios posteriores. Estas obras tempranas, aunque limitadas, iluminaron los complejos entramados de poder, conquista y colonización que dieron forma al Perú del siglo XVI, revelando que tras la breve década de Pizarro se ocultaba un mundo en construcción, tejido de ambición, violencia y oportunidades sin paralelo.

La sociedad cuidadosamente tejida por Francisco Pizarro en Panamá, donde sus negocios y alianzas con Diego de Almagro habían prosperado, comenzó a resquebrajarse en cuanto se formó la hueste conquistadora que atravesaría el territorio peruano. En su interior, las fuerzas de ambos socios estaban desequilibradas y, aunque al principio parecía un conflicto latente, no tardaría en transformarse en uno de los ejes trágicos de la temprana historia colonial del Perú. La preponderancia de trujillanos y extremeños en la expedición, sumada a la presencia de los hermanos y parientes de Pizarro, elevó al conquistador a la condición de artífice absoluto del éxito militar y político de la empresa. Almagro, en cambio, carecía de contrapartida real: su ausencia en la expedición que ascendió desde la costa hasta Cajamarca debilitó su posición, aun cuando su pericia en el abastecimiento y la comunicación había sido vital para el éxito de la empresa.

El momento crítico llegó en abril de 1533, cuando Almagro desembarcó en el Perú con doscientos hombres de refuerzo procedentes de Panamá. La sorpresa los sacudió: el tesoro reunido del rescate de Atahualpa no les correspondía, sino solo a quienes habían estado presentes el día de la captura del Inca. El descontento de los recién llegados, combinado con la urgencia de los captores por cobrar su parte del botín y la presión de los oficiales reales para enviar el quinto al rey, precipitó la repartición del oro y la ejecución de Atahualpa. En esa misma época se organizaron dos expediciones hacia el interior del imperio: una, dirigida por Hernando Pizarro, partió hacia Pachacámac, y la otra se dirigió al Cusco, ambas con el objetivo de apresurar el envío de los metales ofrecidos por el soberano cautivo.

Hernando Pizarro, en su primera salida de reconocimiento, llegó hasta Huamachuco. Su relato, el más confiable de los conservados, muestra ante todo la fascinación ante un mundo completamente nuevo. Describe cómo hallaron oro y plata, y cómo lo enviaron a Cajamarca; luego recibió licencia de su hermano para dirigirse a una mezquita a cien leguas de la costa, en Pachacámac, acompañado de un pequeño grupo de jinetes. La travesía duró veintidós días, atravesando sierra y costa, con el propósito de acelerar el envío del oro, que no tributaba al Cusco sino a la mezquita local. Hernando incluso consiguió que los señores comarcanos ingresaran al recinto más sagrado del templo, para que “perdieran el miedo”. Aunque el oro de Pachacámac fue escaso, en el camino de regreso tuvo más fortuna: en Bombón encontró cinco mil pesos de oro que se dirigían a Cajamarca.

Al llegar a Cajamarca, se decidió que Hernando partiría a España para rendir cuentas a Su Majestad. Del tesoro acumulado se separaron cien mil castellanos destinados al rey, el primer indicio del enorme impacto que la riqueza del Perú tendría sobre la corte de Carlos V. Las negociaciones que Hernando entabló revitalizaron la estructura política en el momento crucial en que se consolidaba la colonización española del país.

El 15 de febrero de 1533 partieron tres emisarios hacia el Cusco, conscientes de que quizás no volverían con vida. Contaron con la protección de Quisquis, general de Atahualpa, quien permitió su entrada a la ciudad imperial y al Coricancha, el templo del Sol, aunque prohibió tocar las áreas vinculadas a la momia de Huayna Cápac. Los españoles hallaron el Coricancha intacto y comenzaron a extraer el oro, sin la colaboración de los indígenas, que temían por sus vidas. Parte del botín se depositó en dos edificios, uno para el rey y otro para Pizarro, sellados y bajo custodia indígena. Aun así, la tensión entre la fuerza conquistadora y la prudencia de Quisquis hizo que ciertas áreas de la ciudad permanecieran vedadas, y los informes de los emisarios convencieron a Pizarro de que la invasión debía avanzar hacia la capital.

El tesoro acumulado por la hueste conquistadora, fruto de saqueos, rescates y conquistas, alcanzaba cifras que desbordaban la imaginación: más de un millón y medio de pesos, una suma jamás vista en las Indias hasta ese momento. El 16 de julio de 1533, tras arduas jornadas de fundición, se dispuso el reparto del botín. Ante el escribano, Pizarro pronunció palabras que sellaban la ceremonia: el oro recogido hasta ese día y lo entregado por Atahualpa había sido fundido, numerado y descontado el quinto real y los derechos de fundidor y compañía; el resto quedaba listo para repartirse entre los conquistadores.

Cieza de León relata cómo, a continuación, se separaron cien mil ducados para los hombres de Almagro y se ajustaron los pagos de la compañía. El resto, “sin lo que se hurtó”, fue distribuido entre los conquistadores, y según Oviedo, el reparto concluyó el 25 de julio, incluyendo a quienes permanecían en San Miguel, a los mercaderes y a los marineros: todos recibieron su parte, conforme a la tradición de los hombres que habían compartido peligro y riesgo.

El 15 de noviembre de 1533, el grupo conquistador llegó al Cusco. No tardaron en iniciar la fundición, marcaje y reparto de los tesoros extraídos de la ciudad, siguiendo la experiencia de Cajamarca. El 15 de diciembre, Pizarro y el contador real Antonio Navarro levantaron acta ante Pedro Sánchez, justificando la urgencia: la plata y el oro eran en su mayoría piezas menudas, laboriosas, o de gran volumen, por lo que se procedería a fundir lo pequeño y a registrar el resto a medida que apareciera.

En ausencia del veedor real García de Salcedo, Jerónimo de Aliaga asumió el papel provisional, y se improvisó un taller de fundición en un gran galpón dentro de la posada del gobernador. A diferencia de Cajamarca, donde se hablaba del “montón”, aquí se detallaba el botín individual de cada invasor. Pronto se fundió la primera plata y, tras ello, se hicieron los pregones acostumbrados para el oro.

El 22 de febrero de 1534 se decidió el reparto, con premura: los indígenas de Quito, que habían huido del Cusco, avanzaban hacia Jauja para enfrentar a los españoles. Según documentos parcialmente conservados, la distribución en Cusco se efectuó respetando el valor de los esfuerzos individuales y los riesgos asumidos por cada conquistador, iniciándose el 5 de marzo y concluyendo el 19. Apenas cuatro días después, el 23 de marzo de 1534, se fundó la ciudad española del Cusco.

Años más tarde, doña Francisca Pizarro aportaría información sobre la cuestionada honestidad de su hermano: el fiscal acusaba al gobernador de apropiarse ilícitamente del oro y la plata hallados por sus yanaconas, sin incluirlo en el “montón”. Sin embargo, los testigos, entre ellos Martín Pizarro, Pedro de Alconchel y García de Salcedo, aseguraron que las partes se entregaban conforme al esfuerzo y la jerarquía de cada hombre, y que el marqués seguía las costumbres establecidas.

La complejidad del reparto aumentaba debido a la diversidad de quilates de los metales: plata blanca de bronce y cántaros, plata intermedia, y la chafalonía considerada de menor valor; el oro también variaba en pureza, desde el fino hasta ocho quilates o más. Así, se realizaron tres repartos principales: Cajamarca, Cusco y Jauja. Posteriormente, el saqueo ya no sería colectivo, sino individual, autorizado por el gobernador y pagando el quinto real. Los yanaconas de Pizarro, que hallaron oro y plata en Cusco, ya no compartieron su botín con la compañía.

Mientras tanto, Almagro comenzaba a percibir que había sido desplazado por los Pizarro: la Nueva Castilla, que había soñado como recompensa por la conquista, se le escapaba. Aunque había recibido parte del tesoro de Cajamarca como socio de la compañía, quedaba relegado en el acceso al poder político. En busca de nuevas oportunidades, organizó expediciones hacia Chile y los Chiriguanaes, gestionando ante la corte la autorización para nuevas conquistas, que, de manera irónica, beneficiarían tanto a él como a los Pizarro, quienes seguían controlando la riqueza y el destino del Perú recién conquistado.

El 21 de mayo de 1534, en Toledo, Hernando Pizarro firmó en nombre de Almagro el “asiento y capitulación” que le otorgaba el derecho a explorar doscientas leguas más allá de las asignadas a Pizarro. La corona se comprometía a apoyarlo con sueldo, artillería, caballos y mercedes; además, Pizarro recibiría quinientos ducados anuales de las rentas de la tierra por su colaboración. Dos años más tarde, Lope de Idiáquez obtuvo de la reina, por solicitud conjunta de Pizarro y Almagro, la concesión para descubrir y conquistar las islas bajo sus gobernaciones. De todos modos, los intentos de Almagro fracasaron: el Perú no tendría un equivalente y sus sueños quedaron truncos.

Almagro, sin un clan ni aliados fuertes como los Pizarro, carecía de la capacidad organizativa y de la confianza mutua que daban profundidad y agilidad a los intereses de su socio. Lockhart señala que la presencia de los hermanos de Pizarro reforzó enormemente el poder de Francisco, aunque también complicó su gobierno, ya que amplificaba las tensiones dentro de la expedición. Sin ellos, sin embargo, Pizarro habría tenido dificultades mayores para consolidar su base de poder.

A pesar de los conflictos, la diplomacia y las apariencias seguían siendo importantes. En una carta fechada en San Miguel el 8 de mayo de 1534, Almagro informaba al rey que los españoles habían sometido a los indígenas y restituido en el gobierno a quienes correspondía, denunciando la tiranía de otro señor. Señalaba la fundación de San Miguel, Cusco y Jauja, con planes para Chincha y Condesuyos, y alertaba sobre la intromisión de Pedro de Alvarado, que venía de Guatemala con indios autorizados —supuestamente— a canibalizar y saquear en Puerto Viejo y Punta Santa Elena. Almagro, en esas negociaciones, demostró su pericia para proteger la compañía que compartía con Pizarro.

En la misma época, se redactó una minuta —sin fecha— sugiriendo que Su Majestad podría recibir un préstamo de Pizarro, su hermano, Almagro y otros con grandes caudales de oro y plata, asegurando para ellos lo justo y honesto. Aunque probablemente nunca se envió, la intención era reforzar la apariencia de cohesión de la compañía, incluso ante el enfrentamiento latente entre los socios.

De manera similar, los hombres que habían estado en Cajamarca y podían interferir con los Pizarro fueron desplazados paulatinamente. El botín elevado facilitó que los descontentos persiguieran sus objetivos fuera del Perú: Mena y Salcedo regresaron a España, mientras Soto y Benalcázar emprendieron nuevas conquistas.

El primer ordenamiento colonial, 1533-1541

Tras el reparto de Cajamarca, la mayoría de los expedicionarios continuó avanzando. En agosto de 1533 partieron hacia Jauja, donde llegaron dos meses después y fundaron una ciudad española que se constituyó provisionalmente como capital de la gobernación de la Nueva Castilla, antes de la fundación de Lima. Lockhart destaca que los Pizarro se esforzaron por colmar los cabildos con sus paisanos y criados. En 1537, el Cusco contaba con once miembros en su cabildo: Hernando Pizarro como teniente de gobernador, al menos dos regidores criados de Pizarro y solo tres miembros ajenos a su entorno. Ocho habían participado en la captura de Atahualpa y cinco eran originarios de Trujillo o Cáceres.

En Lima, el primer cabildo incluyó al tesorero Alonso Riquelme, al veedor García de Salcedo y a un grupo cercano a Pizarro: Rodrigo de Mazuelas, Alonso Palomino, Nicolás de Ribera El Mozo, Cristóbal de Peralta, Diego de Agüero y Sandoval, y Diego Gavilán, además del alcalde Nicolás de Ribera El Viejo. Mazuelas, representante de Pizarro ante la corte, obtuvo mercedes para ejercer un regimiento perpetuo sobre el pueblo donde residían gobernador y oficiales. A fines de 1535, tres regidores eran perpetuos; otros tres los designaba Pizarro; los dos restantes debían elegirse por el pleno, pero la función se delegó nuevamente al gobernador.

En la primera sesión de 1536, Pizarro amplió el número de regidores a doce, incluyendo perpetuos y a su secretario de confianza, Antonio Picado. Más tarde, incorporó a Crisóstomo de Hontivéros y a Francisco Martín de Alcántara, hermano materno y criado suyo. Esta hegemonía de los primeros conquistadores sobre los cabildos de Lima duró poco, mientras que en el Cusco se mantuvo algo más, y en Huamanga hasta fines de la década de 1550.

Los cargos que representaban al gobernador Pizarro ante las distintas ciudades de su jurisdicción quedaron prácticamente monopolizados por sus hermanos o por personas de absoluta confianza. Así, el 25 de agosto de 1534, el cabildo del Cusco recibió a Hernando de Soto como teniente de gobernador, revocándose el nombramiento previo de Beltrán de Castro. Tan solo tres días después, el mismo cabildo acataba una provisión de Pizarro que relevaba a Soto del cargo y nombraba teniente de capitán general a Juan Pizarro. En sus instrucciones, Francisco le otorgaba amplias facultades y directrices precisas para modificar las encomiendas de indios de los vecinos de la ciudad. En ejercicio de estas atribuciones, Juan Pizarro concedió un repartimiento de indios a Pedro Alonso Carrasco.

En 1535, apenas cuatro días antes de la fundación de Lima, Pedro de Añasco fue nombrado alguacil mayor de Quito. Martín de Estete, quien había servido a Pedrarias en Nicaragua y llegado al Perú en 1534 junto a Pedro de Alvarado, se mantuvo hasta su muerte como teniente de gobernador en Trujillo y, probablemente, como socio de Pizarro en la explotación de oro en huacas. Por su parte, el licenciado Antonio de la Gama fue comisionado por Pizarro como teniente de gobernador del Cusco, evidenciando un cambio notable en su actitud, pues años antes, cuando ejercía como juez de residencia y gobernador en Panamá, había manifestado un marcado antipizarrismo. En 1540, desde su cargo, otorgó la encomienda de un “principal orejón y yanaconas” y las estancias de “Managuañuncabamba e Canascoro, camino a Condesuyos” a la orden de la Merced.

Las empresas y unidades productivas que Pizarro explotó durante su vida se organizaron gradualmente. En ocasiones, transfería propiedades previamente adquiridas a otros conquistadores para hacerse con encomiendas de mayor valor. Entre sus principales posesiones destacaron las encomiendas del valle de Yucay, administradas por Francisco, Hernando y Gonzalo, que incluían la zona cocalera de la ceja de selva. Además, Francisco tomó para sí o para sus hijos, en distintos momentos, las encomiendas de Chuquiabo, Puna, Huaylas, Chimú, Conchucos, Lima y Chuquitanta. Es muy probable que la explotación de estas encomiendas se centrara en la exacción de tributos mediante autoridades indígenas, el empleo de mano de obra en minas y ganaderías, y la participación forzada de los encomendados en actividades militares.

Pizarro se volcó también a otros negocios. Aunque se carece de información precisa sobre la explotación inicial de las minas de Porco, existen evidencias del uso de tecnología europea. En otra empresa, la llamada compañía de la Nasca, establecida junto a su socio, el veedor García de Salcedo, Pizarro delegó aparentemente la administración a este último, quien tras la muerte del marqués se convirtió en socio de su hija, doña Francisca.

Los secretarios del gobernador

La expedición al Perú contó con la presencia de oficiales reales encargados de llevar el registro y control del cumplimiento de los compromisos adquiridos por los conquistadores con la corona, especialmente en materia económica. El gobernador, por su parte, requería un equipo de asistentes que se encargaran de las labores burocráticas propias del cargo: redactar provisiones, llevar la correspondencia y leerle los documentos. Ya en la Isla de Santiago, el 3 de febrero de 1532, Pizarro designó a Rodrigo de Mazuelas como su secretario, otorgándole un poder que lo acreditaba ante el rey y el Consejo de Indias para presentar peticiones, solicitar mercedes y exponer “cualquier relación de lo que me ha sucedido en estos reinos andando en su real servicio”.

Entre los encargados de recoger el dictado del gobernador se encontraban López de Jerez, Pedro Sancho de Hoz, Antonio Picado, Pero López de Cazalla y Cristóbal García de Segura. Además, desempeñaba esta función Bernardino de Valderrama, mayordomo y escribano público. Todos ellos contaban con un séquito de amanuenses; entre ellos, Antonio de Miranda se incorporó al equipo de Picado tras la batalla de las Salinas. Según su Información de servicios, Miranda defendió a Pizarro a cuchilladas el día del asesinato del gobernador. Diversos documentos rubricados por Pizarro fueron escritos por Sancho, quien empleaba la fórmula tradicional: “por mandado de su Señoría, Pedro Sancho”. En algún momento, sin embargo, Pizarro debió distanciarse de Sancho: un documento menciona la revocación de una provisión por incumplimiento del acuerdo con el capitán Pedro de Valdivia sobre exploraciones en la Nueva Extremadura (Chile).

El secretario más destacado fue, sin duda, Antonio Picado. Había servido previamente a Pedrarias en Nicaragua y gozaba de la plena confianza de Pizarro. Era habitual que Pizarro pusiera su rúbrica y Picado escribiera en ella el nombre del gobernador, llegando incluso a explicitarlo: “puse mi señal y Antonio Picado, mi secretario, puso mi nombre”, se lee en algunos documentos. Diego Moreno, vecino de Trujillo y residente en La Zarza en 1566, quien había sido “mayordomo y proveedor” de la casa de Hernando Pizarro, declaró que se encontraba en una “expedición a los Andes” cuando ocurrió el asesinato de Pizarro. Más tarde se enteró de que, tras la muerte del marqués, los asesinos habían saqueado su casa y habían torturado a Picado para conocer el destino de sus bienes, acabando con su vida.

Pedro Pizarro relata en su crónica que, en particular, los conquistadores chilenos sentían un odio exacerbado hacia el marqués a causa de Picado, y por ello lo sometieron a tormentos y le cortaron la cabeza en el rollo de la ciudad de Los Reyes.

Los primeros criados y mayordomos

La incipiente organización de la sociedad de Pizarro y Almagro debió adaptarse rápidamente a la inmensidad del territorio peruano y a las posibilidades de explotación que ofrecía. Aunque las noticias sobre los detalles de las negociaciones panameñas de los socios son escasas, es razonable suponer que varios de los criados continuaron a su servicio tras la conquista del Perú. Tal es el caso de Juan de Vallejo, hombre de confianza de ambos socios y administrador de los bienes de Pizarro. En 1537, Pizarro reconoció como propias dos deudas contraídas, respectivamente, por Antonio Pérez de la Serna y por él mismo con Vallejo, quien residía en Panamá. De manera similar, Diego de Porras también se ocupó de los asuntos panameños y gozaba de la confianza de Pizarro y Almagro. Por ello, Almagro obtuvo una real cédula que le permitía delegar a Porras el oficio de contador de Tierra Firme mientras él se encontraba cumpliendo sus compromisos con Pizarro en el Perú. Por esos mismos días, Porras logró la ejecución de una Información contra Pedro de Alvarado por apropiarse de tierras y embarcaciones destinadas a socorrer a Pizarro, actuando en nombre de los socios como “estante en Panamá para la administración de la hacienda e navíos” de ambos.

La documentación de la época identifica a numerosas personas como “mayordomos” o “criados” de Francisco Pizarro, y en ocasiones también de alguno de sus hermanos. El mayordomo desempeñaba un papel central en la administración de los bienes y gozaba de la plena confianza de su señor. Bernardino de Valderrama, mayordomo y escribano público de Pizarro, se encuentra mencionado en diversos documentos de relevancia. El 29 de diciembre de 1534, en Pachacámac, Pizarro y Almagro otorgaron poder a Lope de Idiáquez para representarlos en pleitos y causas en la metrópoli, con Valderrama como testigo, junto al capitán Ruy Díaz y Juan de Espinosa, este último en representación de Almagro. En otro documento de esos mismos días, Pizarro autorizó a Almagro a cobrar deudas, rendir cuentas y realizar juicios mediante un poder general atestiguado por Domingo de la Presa, Picado y Valderrama. En su rol de escribano, Valderrama dejó constancia de la escritura de revalidación de la compañía entre Pizarro y Almagro, firmada en Pachacámac el 14 de enero de 1535, uno de los documentos más importantes en la búsqueda de acuerdo entre los socios. Una semana después, el 20 de enero, en “el pueblo de Lima”, ambos otorgaron a Valderrama la facultad de cobrar deudas, recibir joyas, mercaderías, ropas, caballos, negros e indios, tomar cuentas a los maestres de sus navíos y realizar numerosas transacciones más.

Dos años después, en 1537, Pizarro suscribió un poder general para que Valderrama lo representara en todas sus operaciones comerciales y legales. Al mes siguiente, el 21 de junio, otorgó otro poder en el asiento del Guarco (Cañete) para que cobrara los fletes de sus navíos. Durante las semanas siguientes, Pizarro contrató al maestre Diego García para que actuara como maestre de la nao grande Santiago, surta en el puerto de Sangallán, con facultad exclusiva de recibir cuentas solo de Pizarro o Valderrama. De igual manera, el maestre Lorenzo Román fue designado al navío Santiaguillo, también en Sangallán, para navegar a Panamá. Incluso Valderrama se escudó en la figura del gobernador para protegerse de la justicia: una real cédula de Valladolid, fechada el 13 de noviembre de 1537, afirmaba que una deuda de 2,000 ducados con Jerónimo de Zurbano, vecino de Lima, correspondía al marqués y no a Valderrama, por lo que sus bienes no podían ser embargados.

Otro servidor destacado fue Juan Pérez de Vicuña, contratado por Pizarro en Lima el 12 de diciembre de 1535 con una remuneración de 300 pesos al año,

“para que seáis mi mayordomo en las haciendas, casas, ganados, navíos y en todas las otras haciendas y granjerías que yo y el adelantado don Diego de Almagro, mi compañero, tenemos en la ciudad de Panamá y en los otros pueblos de la Tierra Firme llamada Castilla del Oro; y para que lo tengáis a cargo y en administración todo ello, así como la Isla de las Perlas que tenemos arrendada a Su Majestad… y en todo lo demás que en cualquier manera nos corresponda en la dicha ciudad de Panamá, por tiempo de dos años.”

Al día siguiente, Pizarro otorgó un poder a Francisco de Zavala, residente en Sevilla, para cobrar el oro o la plata que enviase desde el Perú, recibir su correspondencia, adquirir mercaderías y ropa, y negociar la licencia real que le había sido concedida, incluyendo el envío de cien esclavos negros a su gobernación. Todo lo requerido debía ser remitido a Nombre de Dios y entregado a su mayordomo Juan Pérez de Vicuña, a riesgo de Pizarro. Dos años más tarde, el 27 de septiembre de 1537, Pizarro extendió una carta de pago en Lima a Pedro García de Jerez, presente al momento de firmar, y a su cuñado Juan de Alfaro, vecino de la colación de Santa María de Sevilla y ausente, por un valor de 1,600 pesos de oro “por razón de una fusta y otras mercaderías que de vos compré”, que Pérez de Vicuña debía pagar en Panamá “dentro de ocho días de mostrársele esta carta”.

Francisco Hurtado también perteneció al grupo de mayordomos de Pizarro. En una declaración judicial, afirmó que se encontraba en Lima a la llegada del virrey Núñez Vela, pero que cuando fue apresado “estaba en la mar con los hijos del marqués”. Por ese mismo periodo, Alonso de la Cueba desempeñaba funciones de mayordomo, efectuando diversos pagos según constan en los “papeles antiguos” que años después recibieron los herederos del marqués.

Uno de los mayordomos mejor remunerados fue Hernando Sánchez de Pineda, a quien Pizarro se comprometió a pagar 5,000 pesos por tres años, a partir del 17 de julio de 1535. Sánchez de Pineda serviría al gobernador

“de mayordomo en las minas de Collao y en otras cualesquier donde su señoría oviere de coger e cogiere oro, e para mirar e facer proveer e bastecer las cuadrillas que anduvieren en las dichas minas, y entender en granjear e beneficiar los indios de repartimiento que tiene o toviere en la dicha provincia de Collao, e facer e proveer y entender en todo lo demás que tocare a la facienda e granjerías que su señoría tuviere en los dichos dominios de Collao.”

Este nombramiento refleja el vínculo explícito entre los centros mineros y las encomiendas como fuente de mano de obra indígena, integrando todos los factores necesarios para la producción.

Pedro de Villarreal, camarero de Pizarro, recibió en julio de 1535 la orden de entregar 100,000 pesos a los representantes de Almagro: Juan de Espinosa, secretario; Juan de Herrada, mayordomo; y Juan Alonso de Badajoz, camarero, para sufragar los gastos en la corte. Tres años después, Villarreal continuaba siendo identificado como camarero del gobernador al acudir a bautizar a su hija en la parroquia del Sagrario.

La documentación registra a numerosas personas como “criados” de Pizarro, un término que abarcaba diversas jerarquías. Ser criado implicaba cercanía social con el gobernador, casi familiar, y esta condición no se otorgaba mediante escritura pública, como ocurría con los mayordomos. Los criados actuaban como testigos en instrumentos notariales o judiciales y ejecutaban mandatos de su señor.

Entre los más destacados figura Francisco de Ampuero, casado por Pizarro con doña Inés, madre de sus dos hijos mayores, quien luego alcanzó relevancia en la política local junto a sus descendientes. Antonio de Ribera también fue criado, casándose con Inés Muñoz tras la viudez de Francisco Martín de Alcántara.

El conquistador trujillano Alonso de Toro, presente en la captura de Atahualpa, fue criado tanto de Francisco como de Hernando Pizarro. Fiel a los Pizarro, Toro, encomendero del Cusco, presidió la ejecución de Diego de Almagro y, años después, ejerció como teniente de gobernador por mandato de Gonzalo Pizarro. Francisco de Carbajal lo describió como “aquél que es de Truxillo y criado del señor comendador Hernando Pizarro y hechura del gobernador [Gonzalo Pizarro], mi señor, y servidor del marqués, que sea en gloria, y de todos.”

Otro criado notable fue Francisco de Chávez, también trujillano, recordado por la dureza con que reprimió a las poblaciones de Huaylas y Conchucos tras el asesinato del encomendero Sebastián de Torres por indígenas. A pesar de haber llegado tras la conquista, Chávez, muerto junto a Pizarro enfrentando a los almagristas, era considerado el hombre más importante del Perú después del gobernador y ejerció como teniente de gobernador en Lima. En su testamento de 1537, Pizarro lo designó tutor de sus hijos menores.

De menor rango se encuentran Joan de Valdivieso y Pedro Navarro, quienes el 26 de octubre de 1533 recibieron en Jauja un poder para “cobrar todas y cualesquier mercaderías y otras cosas que a mí me trayan, así de la ciudad de Panamá como de otras cualesquier partes”. Juan de Fuentes y Jerónimo de Añasco también se presentaron como criados de Pizarro al atestiguar una escritura en 1537.

Criados reconocidos y la búsqueda de tesoros

En España, algunos de los enviados de Pizarro ante la corte fueron oficialmente reconocidos como sus criados. Así, cuando los oficiales de la Casa de la Contratación de Sevilla anunciaron con entusiasmo a la emperatriz Isabel la llegada de la flota con los tesoros de las Indias, se mencionaba:

“Anoche domingo XVII del presente escribimos a Vuestra Majestad con Francisco Maldonado, criado del gobernador Pizarro, que vino del Cusco.”

Un año después, Francisco Zavallos, quien también había llegado a España con tesoros del Perú y recados de Pizarro, fue igualmente admitido como criado suyo en los más altos círculos de la corte. El consejero real, don Francisco de los Cobos, envió una carta al emperador por medio de Zavallos, indicando que

“porque Zavallos vino con todo esto y ha deseado ir a besar las manos a Vuestra Majestad y darle razón de todo, lleva este despacho; yo le he dicho que hasta que hable a Vuestra Majestad no diga a nadie nada.”

No sería sorprendente que el emisario se hubiese entrevistado personalmente con el emperador.

Aun cuando los Pizarro contaban con importantes negocios mineros y agropecuarios, no abandonaron la práctica del enriquecimiento rápido mediante el saqueo de enterramientos indígenas o la extorsión a nobles incaicos y curacas regionales. Francisco participó, junto con Miguel de Estete, en la excavación de tumbas en territorio Chimú y también recibió los tesoros reunidos por Lorenzo de Aldana “de las sepulturas de los indios del señor Marqués en Quito”, a quien envió un documento detallando lo obtenido. Sin embargo, el más entusiasta en esta modalidad de búsqueda de tesoros fue Hernando. Son famosas sus excavaciones en Chincha, donde aún se conserva el enorme pozo que cavó en la huaca La Centinela, así como su persecución implacable a Manco Inca y a los curacas de sus encomiendas para extraer los secretos que celosamente guardaban.

Empresas frustradas hacia el Perú

Era habitual que conquistadores que ya controlaban regiones europeizadas intentaran invadir territorios aún no plenamente incorporados al dominio español. En el Perú, diversas expediciones fueron neutralizadas o absorbidas gracias a la astucia de Almagro, como las organizadas por Soto, Mena, Benalcázar y Alvarado. Tras la captura del Inca, quedó claro que Pizarro contaba con la fuerza suficiente para repeler estas incursiones, que se redujeron drásticamente.

Hernando Cortés, gran empresario-conquistador, intentó extender su influencia hasta el Perú. En Acapulco, el 17 de abril de 1536, tras su fallida expedición a la Baja California, firmó un contrato con Juan Domingo de Espinosa para que actuase en el Perú como su agente mercantil durante al menos un año. Cuatro o cinco meses después, Cortés recibió un pedido de ayuda de Pizarro, transmitido por el virrey de México, don Antonio de Mendoza, a modo de “traslado” de la carta que Pizarro había enviado a Pedro de Alvarado. Según un cronista, Pizarro incluso ofreció abandonar la tierra y regresar a Panamá y España si se le prestaba socorro.

Cortés envió dos barcos comandados por Hernando de Grijalva, que arribaron al Perú cuando el peligro ya había pasado: uno continuó su ruta en secreto hacia el oriente y el otro regresó a Acapulco. Fue en esta expedición que llegó al Perú Francisco de Carbajal, el famoso “Demonio de los Andes” y maestre de campo de Gonzalo Pizarro. A comienzos de 1538, Cortés envió al menos un navío cargado de mercadería, especialmente armas, recibido en Lima por Juan Domingo de Espinosa el 10 de abril de ese año. El envío, a cargo del capitán Palacios Ruiz, incluía cascos de hierro, mosquetes, ballestas, piezas de artillería, espadas, pólvora y otros implementos bélicos. Cortés se mantenía informado del conflicto entre Almagro y Pizarro a través de su agente en Panamá, quien le reportaba los acontecimientos más recientes.

La muerte de Francisco Pizarro cerró la fase inicial de invasión y conquista del Perú y dio paso a un período de convulsiones, en el que se hicieron evidentes las formas de violencia latentes en el grupo colonizador. La corona, de manera natural, actuó sobre Pizarro como lo había hecho con otros conquistadores en distintas regiones americanas desde la época de Colón, recuperando la autoridad política que se había delegado. Sin embargo, en el Perú, el enfrentamiento sangriento entre Pizarro y Almagro precipitó la pérdida del poder por parte del grupo encomendero inicial, que sería recuperado por representantes del estado imperial. Este proceso coincidió con la presencia del licenciado Cristóbal Vaca de Castro, cuyas Instrucciones de gobierno se basaban en los “muchos malos tratamientos” infligidos a los indios, pero también enfatizaban la necesidad de efectuar “la tasación de los indios que están encomendados al dicho marqués [Pizarro] y a sus hermanos, parientes, criados y familiares.” De esta manera, las autoridades metropolitanas dotaron a Vaca de Castro de la autoridad necesaria para la misión que debía cumplir, anticipando los hechos que estaban por desarrollarse.

Hecho y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez

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