Pedro Gutiérrez de Santa Clara: Historia de las guerras más que civiles que hubo en el Reino del Perú "Quinquenarios"

CAPÍTULO PRIMERO

DE LAS MUY GRANDES ALTERACIONES QUE HUBO EN LOS REINOS Y PROVINCIAS DEL PERÚ, SOBRE LAS NUEVAS LEYES Y ORDENANZAS QUE SU MAJESTAD MANDÓ HACER PARA LA BUENA GOBERNACIÓN DE TODAS LAS INDIAS OCCIDENTALES.

En las partes del mediodía, que son los reinos y provincias del Perú (que por otro nombre llaman la Nueva Castilla), hallándose en ellas el licenciado Cristóbal Vaca de Castro como Gobernador de la Sacra, Cesárea y Católica Real Majestad del invictísimo emperador Don Carlos Quinto, de este nombre, tuvo noticia de que a aquellas tierras venía un Virrey con cuatro Oidores. Estos tenían por misión fundar e instalar una nueva Audiencia y Chancillería Real en la ciudad de Los Reyes, provincia de Lima, y tomarle residencia a él.

Habiendo el gobernador Vaca de Castro apaciguado toda la tierra de muchos debates y contiendas que días atrás se habían levantado, en gran deservicio de Dios nuestro Señor y de Su Sacra Majestad, se partió de la ciudad del Cusco y se dirigió a la de Lima, para establecer allí su residencia y esperar al Virrey y a los cuatro Oidores que de España habían de venir, por ser Lima puerto marítimo y muy cercano.

Estando el Gobernador en estas provincias, en mucha paz y quietud, por ese tiempo se mudaron en España los Reales Consejos de Indias por ciertos motivos. Se hicieron y ordenaron algunas disposiciones que fueron muy convenientes y necesarias para todas las Indias Occidentales, con el fin de procurar su buen gobierno. Entre otras cosas que se dictaron y despacharon, se ordenaron cuarenta leyes y nuevas ordenanzas para ser enviadas a los Virreyes, Gobernadores y Capitanes que residían en todas las Indias de Tierra Firme del Mar Océano, a fin de que, conforme a ellas, rigiesen y gobernasen las provincias y regiones a su cargo.

Pues cuando nuestro invictísimo César y monarca universal de toda la Cristiandad tuvo noticia de que en los reinos y provincias del Perú, sometidos a su vasallaje y a la Corona Real, se habían levantado graves disturbios y se cometían excesivos males entre los vecinos y moradores de aquellas tierras, sintió profundo pesar por todo ello.

Y para obviar y apartar estos males, con otros muchos inconvenientes que podrían recrudecerse en adelante, y para evitar estas cosas y poner algún remedio en los rencores, envidias y malas voluntades que entre los vecinos y moradores se tenían los unos a los otros (de donde habían resultado muchas muertes, robos y escándalos), junto con otros infinitos males y malos tratamientos que contra los indios naturales se habían hecho; por todo lo cual determinó con buen celo y santo propósito, como católico y cristianísimo Rey, apaciguar y remediar estas guerras hostiles y evitar otros mayores inconvenientes, males y escándalos que de ahí en adelante se podrían recrudecer entre sus vasallos. Para este fin, se ordenaron las cosas siguientes:

Primeramente, mandó Su Majestad al doctor Don Juan de Figueroa, que era Regente de la Chancillería y Consejo Real, sobre otras cosas buenas que ya había provisto, que se informase de tal manera de los dichos y pareceres de todos aquellos que habían estado y gobernado en las Indias, islas y Tierra Firme del Mar Océano, pues había muchos de ellos en la corte. Es decir, los conquistadores del Perú y de las provincias de la Nueva España, y de Galicia, y de las islas de Santo Domingo y Santiago de Cuba, y de otras partes de las Indias; que se informase de todos ellos y supiese la calidad y cantidad de los indios, y de los malos tratamientos que los españoles les hacían, y quiénes habían sido los que lo habían cometido; y asimismo de otras cosas que convenían saberse. Todo esto se hizo a fin de dar y establecer otro orden y manera de gobernación, tanto para el bien de los españoles que en las Indias habitaban como para el aprovechamiento de los naturales, para que fuesen adoctrinados en nuestra santa fe católica, y asimismo para otras muchas cosas muy importantes a la salvación de sus almas y a la conservación y perpetuidad de ellos.

Además de las cosas ya ordenadas, hubo frailes que, con celo de caridad, dijeron a Su Majestad que no debía mandar ni consentir que los españoles fuesen a conquistar tierras nuevas, pues en ellas se volvían muy crueles y mataban a los indios y a los inocentes muchachos, cometiendo otros muchos males y daños intolerables, tomándoles por la fuerza lo que poseían.

Asimismo, hubo otros frailes, dominicos y franciscanos, que manifestaron su disposición de ir a las Indias, descubiertas y por descubrir, aunque estuviesen en guerra, para predicarles y convertirlos a nuestra santa fe católica, que era lo que Su Majestad en este caso pretendía.

Por consiguiente, estos mismos frailes dijeron a Su Majestad que no era necesario que capitanes ni soldados furiosos y crueles fuesen a tierras de Indias a matar a los indios inocentes, derramando sangre humana sin haberles requerido o llamado primero en nombre de Dios ni del Rey, como se había visto claramente en muchas y diversas partes. Afirmaban que ninguno de los españoles que habían pasado y pasaban a las Indias del Mar Océano pretendía predicarles la doctrina cristiana ni enseñarles nuestra santa fe católica para que, siendo bautizados, se salvasen, sino que a diestro y siniestro los mataban, buscando todos ellos, desde el más chico hasta el más grande, su propio interés, cautivándolos y haciéndolos esclavos.

El que más insistió en este asunto, y con gran intimación y porfía lo defendió, fue Fray Bartolomé de las Casas, de la Orden de Santo Domingo, el cual había viajado desde las Indias a España solamente para hablar con Su Majestad, pues a la verdad era un gran protector y favorecedor de los indios naturales.

Cuando llegó a España, la Corte Real estaba en la villa de Madrid, y por ausencia del invicto emperador Don Carlos, que en ese tiempo se encontraba en los estados de Flandes, presidía en ella el Serenísimo Príncipe Don Felipe de Austria, nuestro verdadero Señor.

Y después que Su Majestad regresó dichosamente a España, dio larga audiencia al dicho Fray Bartolomé de las Casas sobre muchas y diversas cosas que él quiso y supo exponer acerca de lo que más convenía a los indios naturales, poniéndole por delante y ante los ojos muchos cargos de conciencia, tanto en sus palabras como en los sermones que hacía. A todas estas cosas el Rey, nuestro Señor, dio entero crédito.

Por lo cual, mandó Su Majestad, como ya hemos dicho, al Doctor Juan de Figueroa, que buscase en su Corte Real a algunos hombres de ciencia y conciencia, de entre los muchos que había en la corte, y que estos fuesen de gran experiencia, para que viesen y determinasen lo que más conviniese al bien de los indios que había en todas las Indias del Mar Océano, y que sirviese al servicio de Dios y al de su Corona Real.

El Doctor Juan de Figueroa convocó a algunos letrados, científicos y de gran experiencia, tanto de los del Real Consejo como a prelados y religiosos, los cuales fueron los siguientes:

El Cardenal Don García de Loaysa; Don Sebastián Ramírez de Fuenleal, Obispo de Cuenca y Presidente de la Audiencia de Valladolid, que había sido Presidente en Santo Domingo y en México; Don Juan de Zúñiga, Ayo del Príncipe Don Felipe y Comendador Mayor de Castilla; Don García Manrique, Conde de Osorno y Presidente de Órdenes, que había entendido en negocios de Indias mucho tiempo en ausencia del Cardenal; El Secretario Don Francisco de los Cobos, Comendador Mayor de León; El Doctor Don Hernando de Guevara, que era de la Cámara del Rey; El Licenciado Pedro de Salmerón; El Doctor Gregorio López, que eran Oidores de las Indias, y el Doctor Jacobo González de Arteaga, que a la sazón estaba en el Consejo de Órdenes; El Licenciado Juan de Mercado, Oidor del Consejo Real; El Doctor Bernardo de Lugo; El Licenciado Gutierre Velásquez, con otros.

Se juntaban a tratar y disponer estas cosas con el Cardenal, que se hospedaba en casa de Pedro González de León, donde se hicieron muchas informaciones.

El Emperador, después de haber visto las deliberaciones, removió de la Audiencia al Doctor Beltrán y al Obispo de Lugo, el cual, sin embargo, perseveró en la Corte, y de ahí a cuatro o cinco años el Rey lo nombró Comisario General de la Cruzada.

El Doctor Beltrán se retiró a Nuestra Señora de Gracia, en Medina del Campo, donde tenía su casa; daba muchas gracias a Dios por dejarlo morir sin negocios, juegos ni trapazas. Había gozado de muchos y grandes salarios siendo abogado y lamentaba haber dejado la abogacía por el Consejo Real, de donde fue removido. Se quejaba mucho de sí mismo por haber dejado la abogacía por la Audiencia. Era muy tahúr, y su mujer jugaba mucho más que él, al igual que sus hijos.

Estas cosas, con otras muchas, se discutieron con el Cardenal, quien fue del parecer de no conceder lo que Fray Bartolomé de las Casas pedía, por ciertos respetos, porque él [el Cardenal] manejaba la masa de todos los negocios indianos, y los entendía mejor que nadie, aunque no había estado por acá [en Indias].

Mas, en fin, el Obispo de Lugo, Don Juan Suárez de Carvajal, el Comendador Mayor de León y otros grandes letrados fueron de opinión contraria. Al final, las leyes se hubieron de concluir y terminar, y luego se presentaron ante Su Sacra Majestad, quien las examinó, las dio por buenas y las confirmó estando en las Cortes de Barcelona, lo cual fue a veinte de noviembre de 1542 años.

No bien fueron hechas y ordenadas estas ordenanzas y nuevas leyes, cuando los conquistadores, vecinos y moradores de estos reinos del Perú que estaban al presente en la corte en sus propios negocios, lo escribieron a sus amigos y conocidos que vivían en estas partes, enviándoles los traslados de lo que se había hecho en la corte, para que viesen lo que más les convenía para su cumplimiento.

Una vez que llegaron aquí allende el mar, vistas y leídas por los ciudadanos y la vecindad de cada lugar, inmediatamente comenzaron a escandalizarse y azorarse con grandes desabrimientos. Por esto, muchos de ellos, que eran de mala y perversa intención, determinaron no consentirlas, ni obedecerlas, ni recibirlas en cuanto les fuese posible, porque decían que eran muy severas y perjudiciales para todos los habitantes y moradores de toda la tierra.

Algunos desvergonzados y malintencionados, al tener en sus manos los traslados y leer las nuevas leyes, hacían mil gestos y contorsiones, moviendo todo el cuerpo como si fueran matachines, comportándose como hombres furiosos y desatinados. Unos renegaban de la paciencia; otros se entristecían, temiendo su cumplimiento. Algunos, con soberbia y altivez de corazón, se burlaban abiertamente de quienes habían participado en dictarlas, y así murmuraban y se mofaban de las ordenanzas, mostrando la malicia de su ánimo y la dureza de su corazón.

De tal manera se decían estas cosas, junto con otras muchas, que todos juntos y cada uno por sí, en sus casas y fuera de ellas, en público y en secreto, maldecían a Fray Bartolomé de las Casas, porque las había solicitado, y a los demás porque las habían ordenado y dado noticia a Su Majestad y a los Señores de su Real Consejo. Por estas cosas y otras muchas, los hombres andaban hablando maliciosamente, porque unos se mostraban muy bravos y furiosos, y otros se mostraban tristes y pensativos, a causa de que algunas de aquellas leyes venían contra ellos, pues tenían repartimientos de indios, y se mandaba que se los quitasen por haberlos maltratado, y a otros porque se habían hallado en la batalla contra Don Diego de Almagro el Viejo, en Las Salinas.

Hubo algunos vecinos que se mostraron más blandos y mansos, y que comenzaron a cartearse con los amigos y conocidos que tenían en diversas partes y lugares, con el fin de suplicar de las leyes ante Su Majestad, para que, siendo mejor informado, tuviese a bien desagraviarlos, revocando algunas de ellas y dándolas por nulas.

Y para que el Rey les hiciese esta señalada merced con mejor y más buena voluntad, propusieron que se le presentase una gran suma de oro y plata para suplir los grandes y excesivos gastos que había hecho y consumido en las guerras de Perpiñán y en el naufragio de Argel, que fue en el año de 1541.

Pero, como ya eran muchos los enfermos y pocos los sanos y de buena voluntad, comenzaron, cual tigres y serpientes de Hircania, a decir con ánimo indómito que no se le enviase cosa alguna, por cuanto las ordenanzas estaban confirmadas y el cargo para ejecutarlas había sido dado a Blasco Núñez Vela, hombre furioso y obstinado, al cual se le había mandado que las ejecutase sin admitir apelación.

Casi todos los vecinos tomaron este consejo tan mal considerado como último recurso, y se determinaron a no recibir al Virrey ni a los cuatro Oidores que con él habían de venir, para que no se cumpliese lo que Su Majestad mandaba hacer en servicio de Dios y de su Corona Real.

Otros, desatinados y de malas entrañas, tomaron un acuerdo peor: escribir cada uno por su cuenta a Gonzalo Pizarro, que estaba entonces en sus haciendas que tenía en las minas de Porco, en el asiento que llaman de Chasquis, en la gran provincia de los Charcas. Le hicieron saber la venida del Virrey y todo lo que de él se decía entre las gentes de la tierra.

Otros, imprudentes y vanilocuos, escribieron al licenciado Vaca de Castro, natural de Mayorga, que había sido Oidor de Valladolid y Comendador de Santiago, y que se encontraba en la ciudad del Cusco (adonde se había ido días atrás por ciertos negocios), para que él mismo se opusiera a las ordenanzas que traía el Virrey. Le pedían que les diese favor y ayuda, y consejo sobre lo que habían de hacer para el cumplimiento de su resistencia.

En este intermedio, muchos vecinos de los más principales que había en cada lugar se pusieron en las plazas y calles de las ciudades, villas y lugares donde eran vecinos, a platicar y decir que las nuevas leyes venían ensangrentadas y con gran rigor y fuerza; que no sabían qué medio tomar para recibirlas, si no era tomar las armas y defender sus vidas y haciendas para que no se las quitasen.

No solamente platicaban estas cosas entre los que tenían algo que perder, sino que también se entremetieron muchos letrados de tres al cuarto, los cuales se pusieron del lado de los valerosos que había en cada lugar, por el interés que pretendían sacar de ellos; y así, ellos como los otros, contrariaban las leyes.

Hubo un letrado, el licenciado Rodrigo Niño de Toledo, que dijo públicamente en la plaza de Lima que no incurrían en ninguna deslealtad ni cometían crimen de lesa majestad al defender sus haciendas y esclavos que tenían. Cuánto más que ellos no querían hacer cosa indebida, sino tan solamente que no se publicasen las leyes, o suplicar de ellas.

Además de esto, decían que tales ordenanzas no se quebrantaban, pues no estaban publicadas ni obedecidas en la tierra, y que no eran leyes, ni obligarían a nada aquellas que hacen los reyes sin consentimiento de sus vasallos, quienes daban la autoridad a todas estas cosas, y que Su Majestad no las pudo mandar hacer de derecho sin darles a ellos parte. Y así, este letrado y los demás que había decían otras muchas cosas hablando de forma atrevida y al viento, los cuales traían a los vecinos de poco entendimiento y menos saber, atontados y fuera de juicio, por lo cual muchos de ellos se arrimaban a los letrados como defensores suyos y de sus bienes y haciendas, creyendo que por ellos les iría muy bien.

CAPÍTULO SEGUNDO

EN DONDE SE CUENTA BREVEMENTE QUIÉN FUE FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS, Y DE LAS COSAS QUE PASARON POR ÉL, Y DE LOS CAMINOS QUE HIZO POR MAR Y POR LA TIERRA HASTA VENIR A CONSEGUIR LO QUE TANTO DESEABA, QUE FUE LA LIBERTAD DE LOS ESCLAVOS.

Antes de que pasemos más adelante con nuestra obra, para dar claridad a toda ella, será bueno decir quién fue este Fray Bartolomé de las Casas, por quien se hicieron y ordenaron las cuarenta leyes y nuevas ordenanzas para la buena gobernación que había de haber de ahí en adelante en todas las Indias, islas y Tierra Firme del Mar Océano; y aquí se verán sus grandes trabajos y peligros, y las cosas que por él pasaron.

Primeramente, se ha de saber que este Bartolomé de las Casas fue natural de Sevilla, y su padre se llamó Pedro de las Casas, el cual vino a la isla de Santo Domingo con el Almirante Don Cristóbal Colón para poblar la tierra de aquellas partes, lo que fue en el año de 1493.

Y por ciertas causas y razones, Pedro de las Casas volvió a España, y a la vuelta que hizo a la isla, trajo consigo a su hijo Bartolomé de las Casas, sacándolo de los estudios de Salamanca, pues ya era hombre bien entendido y muy estudioso. El Almirante, por el afecto a su padre, le dio un repartimiento de indios para que le sirviesen como a uno de los pobladores.

Con el tiempo, mudó de estado y se hizo clérigo, recibiendo las órdenes sacerdotales del primer Obispo que allí hubo, de manera que fue el primer clérigo que cantó misa nueva en aquella isla.

En este tiempo, los indios naturales, que estaban de paz y en servicio, eran muy vejados y maltratados por los españoles, que los trataban no solamente como a esclavos, sino aun como a bestias, cargándolos con excesivas cargas y haciéndoles otras molestias y vejaciones de grande y perversa inhumanidad.

Mas, como en ese tiempo no se entendía bien la injusticia que en este caso se hacía a los indios, el Padre Bartolomé de las Casas, con otros sacerdotes que había al presente en la isla, confesaban a los españoles y los absolvían liberalmente de sus pecados, sin mirar ni advertir en cosa alguna acerca de los malos tratamientos que hacían a los indios.

Después de todas estas cosas pasadas, andando el tiempo, el Padre Bartolomé de las Casas se fue con los españoles que pasaron a poblar la isla de Santiago de Cuba, en donde los indios naturales fueron también muy maltratados por los españoles, como lo hacían en Santo Domingo.

En ese tiempo llegó a la isla fray Pedro de Córdoba, acompañado de otros frailes de la Orden de Santo Domingo, con el propósito de fundar allí un monasterio. Al presenciar los grandes y excesivos males, así como las crueles injusticias que los españoles cometían contra los indios, sintió profundo pesar. De inmediato comenzó a predicar con valentía contra quienes obraban tales atrocidades, advirtiéndoles que estaban condenados eternamente si no se arrepentían. Todo esto provocó entre ellos disputas y enojos, especialmente cuando los españoles escuchaban decir que los indios que poseían eran libres y no esclavos.

Oyendo esto el Padre Bartolomé de las Casas, le dio un pesar y remordimiento en el corazón sobre ello, especialmente cuando se confesó con un fraile que no lo quiso absolver si no dejaba primero a los indios esclavos y el repartimiento que tenía en encomienda; y así lo hizo.

Y como era gran letrado y bien entendido, queriendo predicar un día, y leyendo en el libro del profeta Isaías, halló en él lo mucho que desagradaba a Dios los sacrificios hechos por los hombres homicidas, injustos y crueles. Finalmente, conociendo el grande engaño en que había estado hasta allí, tanto en lo que tocaba a sí mismo y a su conciencia, como a los que con él se confesaban, determinó dejar, como dejó, a los indios esclavos y el repartimiento que tenía, por libres de todo enajenamiento, y para seguir lo que el Santo Evangelio manda.

Hecho esto, luego predicó un día de fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, en el cual reprendió esforzadamente a todos aquellos que maltrataban a los indios naturales, y la manera de poseerlos, que era injusta y tiránicamente. En esto, se ayudó de los muy reverendos frailes de la Orden Dominical.

No solamente hizo esto, sino que, con buen celo y firme propósito, posponiendo su descanso y quietud, arriesgándose a muchos peligros y trabajos de su persona y vida, y tomando en mano el ayudar fervorosamente a los indios, se fue a España y dio aviso de todo ello largamente al Rey Don Fernando el Católico, príncipe cristianísimo.

El Rey le respondió que él lo remediaría desde Sevilla, a donde iba para poder pasar allí mejor su vejez en tierra caliente; pero la muerte le atajó el camino, en Madrigalejo, cerca de Guadalupe.

Viendo el Padre Bartolomé de las Casas esto, determinó con firme voluntad ir con la misma demanda al Serenísimo Príncipe Don Carlos, su nieto, que a la sazón estaba en Flandes; pero lo detuvieron los Gobernadores de España, a saber: el Cardenal Don Francisco Jiménez de Cisneros y el Cardenal Adriano de Tortosa (que después fue Papa Adriano Sexto de este nombre). Estos Señores Gobernadores de Castilla y de todos los estados de España, como supremos Señores, prometieron poner luego en todo el remedio que fuese posible, por lo cual enviaron allá a ciertos frailes jerónimos de vida ejemplar y de buena conciencia, como principales gobernadores y jueces de apelaciones de todas aquellas islas, y el dicho Padre se fue con ellos.

Llegados a La Española y viendo que, aun de esta manera, no se remediaban los males y daños que se hacían a los indios, ni cesaba la ofensa que a Dios se hacía, perseverando en su buen celo y propósito, se volvió otra vez a España. Esto ocurrió cuando el Serenísimo Rey Don Carlos ya había regresado de Flandes, al cual le dio también cuenta muy larga de lo que los españoles hacían en las islas contra los miserables indios.

El Serenísimo Rey lo oyó benignamente y le mostró gran favor y buen semblante; pero viendo que no se ponía en esto el remedio completo que él tanto deseaba, debido a los diversos pareceres y a los allegados de quienes estaban a su lado y en su Real Consejo, se volvió a las Indias. Y no a las islas, sino a Tierra Firme, que fue a la provincia de Cumaná, en donde estuvo algunos días.

Al ver el padre Bartolomé de las Casas los males que los españoles causaban a los indios, partió de allí rumbo a España y pidió a Su Majestad, como merced, que le concediera aquellas tierras en tenencia. Prometió que traería a los indios en paz y les predicaría nuestra Santa Fe Católica, sin recurrir a guerras ni derramamiento de sangre. Para ello, iría acompañado de gente humilde y pacífica, mientras que el capitán y sus hombres abandonarían la región. Declaró además que los hombres que llevaría debían ser casados, y que los distinguiría con privilegios y mercedes especiales, de modo que fueran honrados, añadiendo que él mismo iría con ellos, pues solo así podría descargar su conciencia.

Y así le dijo otras muchas y diversas cosas, de que fue bien oído, y le dio a todo crédito. Puesto en consulta, a unos les pareció bien, aunque otros fueron de opinión contraria. De manera que Su Majestad le dio doscientos (aunque otros dicen que fueron cuatrocientos) labradores, los cuales todos fueron señalados con unas cruces rojas en los pechos y ordenados caballeros conocidos. A todos ellos les dio dineros y mucho matalotaje y navíos para proseguir su viaje, y así luego se mostraron briosos y alentados, comportándose como caballeros.

Los que se mostraron más altivos y entonados fueron Pedro Mingo, Juan Martín, con otros, sin acordarse de la aguijada, ni de los bueyes y corderitos, ni del brinco ni respingo que daban al tiempo que tiraban la aguijada, sino que andaban muy erguidos los domingos y fiestas, con muchas plumas en las gorras coloradas, y el Padre reverendo en medio de ellos.

Y al fin se embarcaron todos en Sevilla, llevando por delante a sus mujeres, y muchos víveres que les convenía llevar: mucho bizcocho, vino y jamones, con otras muchas cosas de regalo, que todo fue a costa de Su Majestad. Con esto se hicieron a la vela hasta que llegaron a Cumaná.

Los primeros que saltaron en tierra fueron Pedro Pascual, Alonso García, Pedro Cejudo, Juan Manojo y Hernán Bezos, con otros; y luego salieron María Menga, Teresa Díaz, Sancha García, Juana Luenga y María López, con otras.

Así como llegaron, el Capitán Gonzalo de Ocampo y los que con él estaban los recibieron muy bien, aunque se burlaban de ellos y de su manera de vestir, y de cómo venían a poblar ciegamente entre gente bruta, comedora de carne humana. A los cuales dijo:

—Señores primos, no penséis que habéis de haber ganancia en cosa alguna por vía de hidalguía y caballería, sino a muy buenas lanzadas y porrazos, porque no se quieren rendir de paz, sino con las espadas en las manos, y así no quieren amistad sino por vía de guerra, porque todos son mudables y de varias condiciones; velad bien sobre vosotros.

Y así dijo otras cosas, y vuelto al Padre le dijo:

—Señor Licenciado, todas estas cosas que he dicho os las digo para que os desengañéis, y digo más, que no podréis hacer amigos de ellos, que por cierto yo los conozco muy bien, que son todos traidores.

Y con esto le dijo muchas cosas que convenían a su propósito y a su salud y a la de todos los labradores.

El Licenciado, viendo esto, que era muy contrario a su opinión y a la buena intención que llevaba, y siendo ya molesta la estadía de Gonzalo de Ocampo, le notificó las provisiones de Su Majestad para que se fuese de la tierra. Y así, Ocampo, oyendo el mando del Rey, se salió de ella con todos los suyos y se fueron a la isla de Cubagua.

Habiéndose ya ido el capitán, luego el Licenciado Casas habló al cacique y a sus vasallos, con muchas caricias, diciéndoles que todos venían con limpios corazones para ser sus amigos y parientes, y a defenderles la tierra de todos aquellos que les quisiesen hacer mal y daño. Y el cacique y los suyos mostraron mucho contento.

Y con esto, el cacique mandó luego a los suyos hacer una gran casa pajiza, en donde todos se aposentaron y descargaron todo lo que traían, que fue un gran número de rescate y de preseas, que todo montaba más de siete mil ducados de Castilla.

Hecho esto, pocos días después, el licenciado Casas partió hacia la Real Audiencia de la isla La Española para presentar a los oidores el mandato que traía del Rey, sin imaginar que los indios pudieran causar algún daño. Pero aquella gente, movida por la codicia al ver las ropas que llevaban, decidió asaltar el lugar. Así, una noche incendiaron la casa y dieron muerte a los desdichados cruzados y a sus mujeres, que huían entre las llamas invocando a Dios y a Nuestra Señora. Durante el ataque, los indios gritaban: «¡Santiago, Santiago!»

Los pocos que lograron escapar corrieron hacia el mar y, al divisar un navío en el puerto, se arrojaron al agua para alcanzarlo a nado y dar aviso de lo sucedido. Huyeron luego a la isla de Cubagua, donde la noticia causó gran pesar, y muchos partieron a vengarlos; sin embargo, fueron rechazados y regresaron a sus hogares.

Cuando el licenciado supo de la destrucción y muerte de los cruzados, se dirigió nuevamente a La Española, donde ingresó en la Orden de los Predicadores, siguiendo el consejo de fray Domingo de Betanzos.

Con el tiempo, viajó al puerto de Plata junto al mismo fray Betanzos para predicar y adoctrinar a los indios de aquella región. Años más tarde, recorrió las provincias de Nicaragua, Guatemala y Nueva España, donde, en cada pueblo que atravesaba, predicaba y discutía con quienes poseían esclavos o maltrataban a los encomendados, valiéndose de sólidas razones teológicas y de grandes autoridades de la Sagrada y la humana Escritura.

Mas no sosegando su indomable corazón para acabar lo que tenía comenzado y tanto deseaba, volvió a España con la intención de que, si no pudiese lograr lo que tanto aspiraba, se iría a la India de Portugal, o a la China, para predicar por allá nuestra Santa Fe Católica.

Apenas llegó a España, el padre Las Casas comenzó a tratar su causa ante el rey don Carlos, sosteniendo numerosos debates con personas de gran valor y erudición, quienes discutían su buena intención. Finalmente, el Rey le otorgó pleno crédito y, a instancias suyas, se le concedió audiencia en el Consejo, donde durante varios días expuso detalladamente cuanto tenía escrito sobre la materia. Fundamentó su posición con sólidas razones teológicas y jurídicas, demostrando que el Rey no se perjudicaba con ello ni se menoscababa su señorío, sino que, por el contrario, se engrandecía aún más siguiendo el camino que él proponía.

Por esta causa, y por otras razones que entonces se presentaron en España, se produjeron grandes cambios en los Consejos Reales. Y debido al alto concepto en que el Rey tenía al fraile, así como al buen celo y santo propósito que reconocía en él, mandó promulgar las cuarenta leyes y nuevas ordenanzas que más adelante referiremos.

En reconocimiento de los grandes trabajos y peligros que había afrontado en esta empresa, el Rey le ofreció el obispado de la ciudad del Cusco, con toda su jurisdicción, cuyas rentas eran muy considerables; pero él rehusó aceptarlo. Más tarde, dicho obispado fue conferido a fray Juan Solano, de la Orden de Santo Domingo, quien sí lo aceptó.

También le ofrecieron otros buenos obispados en las Indias; tampoco los quiso aceptar, sino que escogió el de la provincia de Chiapa. Con esto se fue a su obispado, lo que fue en el año de mil y quinientos y cuarenta y cuatro años.

Llevó consigo cuando se fue cuarenta y seis frailes de su orden, y llegado al puerto, dividió a los frailes y mandó meterlos en unos bateles grandes, por causa de los bajíos que había, por cuanto el navío no podía llegar a tierra. A diez de estos frailes hizo embarcar en una carabela, mandando al piloto que los llevase a otro puerto que estaba más adelante, de donde los frailes debían salir. Al saltar en tierra, la carabela se trastornó por la gran inadvertencia y descuido que hubo en los marineros, y perecieron ahogados algunos de los legos que iban con ellos, y se ahogaron todos los frailes, de manera que solamente escapó uno de ellos.

Cosa maravillosa y de gran misterio fue que, hallándose los cuerpos de los seglares muertos y muchas de sus pertenencias, no se pudo hallar cuerpo de ningún fraile, ni cosa alguna de las que ellos llevaban. Con los treinta y seis frailes que quedaron, se fue a su iglesia y los juntó en un convento que hizo donde viviesen religiosamente en vida monástica.

Antes de entrar por la ciudad, le salieron a recibir la clerecía que había, junto con las justicias, Regimiento y ciudadanos que allí se hallaron, al cual metieron con gran demostración de alegría en su iglesia, donde tomó actualmente la posesión de ella como Su Majestad lo mandaba en sus Reales provisiones, y después, sin hacer cosa alguna, descansó por algunos días.

Hecho esto, luego por otra parte, hizo con las justicias del Rey pregonar las cuarenta leyes que de España había traído para poner en libertad a los indios esclavos, los cuales se libertaron muchos de ellos, a cuya causa muchos españoles quedaron totalmente perdidos y destruidos, porque la hacienda que ellos tenían estaba en estos esclavos.

Mas viendo el Obispo que al principio de su pretensión y con la predicación de los frailes no podía remediar totalmente los agravios que se hacían a los indios de los repartimientos y a los esclavos, porque las mismas justicias le iban a la mano y le impedían la libertad de los esclavos, y por otra parte le quitaban la comida; y pareciéndole al Obispo que de ninguna manera hacía ningún fruto ni provecho en lo que tocaba a su negociación y a su buena pretensión en aquella tierra, determinó irse otra vez a España y renunciar el obispado que tenía, para que Su Majestad lo encomendase a la persona que mejor lo mereciese.

En fin, él se partió de Chiapa con mucha paciencia, aunque con mucha alegría de los vecinos, que le echaron mil maldiciones al tiempo que se iba, el cual salió con un compañero que tenía ya muy viejo y se fue por tierra a la Nueva España con ciertos criados que llevó consigo.

Llegado que fue a la ciudad de México, halló que se celebraba un Sínodo, donde se habían reunido cinco obispos de las comarcas. Aconsejó y amonestó a estos obispos que debían oponerse y resistir a la tiranía que se hacía a los indios esclavos en aquellas partes, y que, si no lo querían hacer, pues era servicio de Dios, que dejasen los obispados que tenían.

Y así les dijo y persuadió otras muchas cosas para que lo predicasen en sus obispados, y les habló de las ordenanzas y nuevas leyes, para que las hiciesen cumplir y guardar como en ellas se contenía. Pero no hubo efecto de cosa alguna.

Se partió de la ciudad de México y tornó a España, y llegado allá dio a Su Majestad entera cuenta de lo que le había sucedido en Chiapa, y luego hizo dejación y renunció el obispado ante el Rey por muchas y muy bastantes causas y razones que para ello dio, y porque se vio muy trabajado y bien cansado en las peregrinaciones que hizo al andar tantas y tan extrañas tierras, pasando el Mar Océano de las Indias más de doce veces yendo y viniendo.

Por tanto, suplicó a Su Majestad que proveyese en el obispado a Fray Tomás de Casillas, que era de buena y santa vida, de gran doctrina y de la misma orden, lo cual se hizo como él lo demandó. El obispo [Las Casas] vivió después sin ningún fausto de Obispo, en su monasterio.

Llevó consigo un compañero que tuvo, llamado Fray Rodrigo del Adrada, que era de la misma orden y edad del obispo, y a quien nunca apartó de sí en los veinticinco años que anduvo con él peregrinando por tierras extrañas. Considerando todos los que veían y conocían la mucha edad y vejez que ambos tenían, los llamaban graciosamente Elías y Enoc.

De manera que este obispo tuvo gran celo en contradecir y reprender a todos los que tenían esclavos, y en llevar más adelante la sana y buena doctrina que predicaba, defendiendo por escrito y de palabra la libertad y piadoso tratamiento que se debía hacer a los miserables indios.

Estas cosas y otras muchas se platicaron en presencia del Rey nuestro Señor y de los de su Consejo Real estando en la Corte, y delante del Virrey Don Antonio de Mendoza, y de los Gobernadores, Capitanes y Obispos que había en todas las ciudades, villas y lugares de las Indias por donde había pasado. Y esto lo hizo sin temor ni recelo alguno que tuviese, porque decía que lo hacía por servir en ello a Dios nuestro Señor y a la Sacra Majestad.

De manera que este fue el principio y el comienzo que se tuvo en ordenar y hacer las ordenanzas y nuevas leyes, por las cuales se causaron los grandes males y daños que hubo en la tierra, por causa de los interesados, como se verá en la obra siguiente.

CAPÍTULO TERCERO

EN DONDE SE CUENTAN LAS CUARENTA LEYES Y NUEVAS ORDENANZAS QUE SE HICIERON EN ESPAÑA PARA LAS INDIAS DEL MAR OCÉANO, Y DE LO QUE DIJERON LOS CIUDADANOS Y VECINOS DEL PERÚ, ABROQUELÁNDOSE CON DOS CÉDULAS DE MERCED QUE TENÍAN DE SU MAJESTAD.

Se ha de saber que, de las cuarenta leyes y nuevas ordenanzas que se hicieron en España a pedimento de Fray Bartolomé de las Casas, los traslados de ellas se llevaron luego a los reinos y provincias del Perú.

Y como ya hemos dicho, los letrados alegaron y afirmaron que algunas de ellas eran muy severas y perjudiciales contra todos los que tenían esclavos y repartimientos de indios, y que no se habían de guardar ni publicar como leyes, sino como instrucciones para corregidores.

No obstante, sí aceptaron (como en efecto aceptaron) las siguientes leyes:

1.    La ley en que se mandaba y vedaba que de ahí en adelante no se cargasen los indios y las indias, de cosa alguna, aunque ellos y ellas se quisiesen cargar.

2.    Otra ley que mandaba que se tasasen y moderasen los indios que estuviesen cargados con demasiados tributos, por cuanto los indios de todos los pueblos se quejaban en gran manera porque se hallaban muy necesitados y bien agraviados.

3.    Asimismo, que se guardase la ley en que se mandaba que de ahí en adelante castigasen a cualquiera, ya fuese vecino, residente o habitante, que hubiere delinquido o de ahí en adelante hiciese malos tratamientos a los indios naturales, porque Su Majestad estaba informado de que los maltrataban y mataban con gran crueldad. Y es verdad que a los principios que se conquistaron estas tierras lo hacían, y en las guerras hostiles y más que civiles que hubo entre los gobernadores y tiranos, se usaba esta crueldad en estas partes, y las justicias no castigaban a los homicidas y delincuentes, sino que disimulaban con ellos como si no hubiesen hecho cosa alguna.

4.    Otra ley muy justa y santa en que se mandaba que los indios naturales fuesen enseñados y adoctrinados en nuestra santa fe católica, porque todavía estaban en su primera gentilidad; y los frailes no habían tenido lugar de adoctrinarlos, por los grandes embarazos y por las guerras que luego se habían levantado en la tierra.

5.    Otra ley en que se mandaba que no se echasen de ahí en adelante a los indios a pescar perlas, porque muchos de ellos se ahogaban en el agua al faltarles allá debajo el aliento, o se los comían tiburones y otros pescados grandes.

Estas leyes decían que se habían de guardar, pero las otras no.

Las demás leyes que los letrados decían que no eran leyes, ni se habían de guardar, son las siguientes:

·         La ley que ordenaba liberar a todos los esclavos existentes en la tierra, aunque hubiesen sido tomados en buena guerra o comprados a los oficiales de Su Majestad, quienes los poseían como parte de sus reales quintos y derechos. Y que, en caso de serles quitados, debía ante todo devolvérseles el dinero que por ellos habían pagado, o bien que los oficiales los diesen por buenos.

·         Otra ley mandaba que los oidores y oficiales del Rey dedicasen un día de la semana a examinar por qué medios y de qué manera podrían aumentarse y aprovecharse las rentas de Su Majestad, tanto en los tributos como en cualquier otro ingreso perteneciente a su Real Corona.

·         Que tampoco debía considerarse ley aquella que nombraba presidente al licenciado Maldonado, ni la que ordenaba quitar los repartimientos a los gobernadores y oficiales de Su Majestad, aun cuando estos ofrecieran renunciar a sus cargos para conservar a los indios; y que, si no querían renunciar, se les quitasen tanto los oficios como las encomiendas.

·         Que no debía tenerse por ley la disposición que mandaba despojar de sus repartimientos a todos los que participaron en la batalla de las Salinas contra don Diego de Almagro el Viejo, en favor del marqués don Francisco Pizarro y de Hernando Pizarro, pues aquellos actuaron por mandato del gobernador que regía entonces la tierra, y por tanto no tenían culpa alguna.

·         Tampoco debía contarse como ley aquella que disponía que, tras la muerte de los conquistadores, los repartimientos que poseían en nombre de Su Majestad pasasen a la Real Corona y no fueran heredados por sus hijos o esposas, a quienes solo se les daría algún sustento de la Real Hacienda. Las demás disposiciones —añadían— no eran leyes, sino simples instrucciones para los corregidores.

Dejado esto a una parte, digo que fue también provisto en estas juntas que allá se hicieron en España, que fuese una persona a la Nueva España, la que conviniese, con las mismas ordenanzas y nuevas leyes, para visitar todas aquellas tierras y tomar cuenta y residencia a todos los Oficiales de aquel reino. Asimismo, fue provisto para hacer estas cosas el licenciado Don Francisco Tello de Sandoval, canónigo de la santa iglesia de la ciudad de Sevilla.

El cual fue a la Nueva España con poder de Inquisidor, por Don Juan Tavera, Cardenal de la Santa Iglesia de Roma, Primado de las Españas, arzobispo de Toledo, Canciller mayor de Castilla, Inquisidor apostólico y general contra la herética pravedad y apostasía en todos los reinos y señoríos de Su Majestad; y de lo que hizo, adelante se dirá cuando vengamos a tratar de lo de México.

Y también proveyeron de un Contador general, que fue Agustín de Zárate, para que tomase cuentas a los cuatro Oficiales de Su Majestad que estaban en la ciudad de Lima, y a todos los demás que estaban en todas las demás ciudades, villas y lugares, que habían tratado la Contaduría.

Vistos, en fin, por los vecinos, moradores y letrados los traslados de las ordenanzas que de España les habían enviado, decían que más bien parecían ser hechas de frailes apasionados, que de hombres expertos en las cosas que tocaban a los negocios de las Indias.

Con estas cosas, unos se animaban para suplicar de ellas, si había lugar, y otros, altivos y malintencionados, por la insolencia de los malos y escandalosos, decían que las habían de contradecir en cuanto les fuese posible. Y con esto se comenzó a hervir la mala olla que tenían encerrada en sus pechos, con leña verde y humosa.

Unos decían que tenían dos Cédulas de Su Majestad, firmadas de su Real nombre.

Por la una de ellas, les hacía merced de los repartimientos de indios que tenían, para ellos y para sus hijos y sus mujeres, que eran por tres vidas y no más. En esta misma Cédula, mandaba Su Majestad, a lo que ellos decían, que todos se casasen si querían gozar de los repartimientos que les habían encomendado. Y así lo hicieron: muchos de ellos se casaron con sus mancebas, que eran indias principales, y otros se casaron con muchas españolas que habían acudido y venido de España y de Nicaragua y de otras partes, a la fama de la mucha riqueza que había en la tierra.

Otros se escudaban con la otra Cédula, en la cual se mandaba que ningún gobernador que hubiese en la tierra, o de ahí en adelante fuese, no quitase ni desposeyese los indios que tenían los vecinos y conquistadores de los reinos del Perú, sin que primero, y ante todas cosas, fuesen oídos de su derecho y convencidos por trámites de juicio y por sentencia definitiva.

Y también decían con furia y braveza que el Virrey y los cuatro Oidores les habían de guardar, aunque no quisiesen, las franquezas, libertades, privilegios, inmunidades, exenciones y mercedes que de Su Majestad tenían, como a conquistadores de la tierra.

Decían además que, si la tierra no hubiera sido conquistada a costa suya, el Rey jamás les habría quitado nada ni habría gozado de beneficio alguno, pues no se habrían llevado, como se llevó, tantas riquezas de oro, plata y esmeraldas. Alegaban también que España nunca se habría visto tan colmada de tesoros como los que llenaron la Casa de la Contratación.

Con estas dos Cédulas y con otras mercedes que ellos decían tener, pensaban eximirse de lo que Su Majestad mandaba, por lo cual se abroquelaban valientemente con ellas para defenderse del Virrey y de los cuatro Oidores, o de otra cualquiera persona que a la tierra viniera con la misma demanda.

Otros declararon públicamente, sin vergüenza y con ánimo sedicioso, que las verdaderas leyes de la tierra eran las armas —arcabuces y caballos—, y que los dineros destinados a Su Majestad deberían entregarse a los soldados que allí servían. Afirmaban que, si el virrey Blasco Núñez Vela y los cuatro oidores no admitían sus súplicas ni hacían cosa alguna en su favor, llamarían a los soldados que vagaban por toda la tierra para, con su auxilio, expulsarlos y echarlos fuera aunque les pesase.

Estas bravuconadas, con otros desatinos, se permitían decir estos hombres inconsiderados y bravucones, contra Su Majestad y contra el Virrey y los cuatro Oidores, aunque en este tiempo no estaban embarcados, sino que aún estaban en España. Y en lo que pararon estos devaneos y desvergüenzas y azoramientos, adelante se dirá más largamente en la prosecución de esta nuestra obra.

CAPÍTULO CUARTO

DE CÓMO SU MAJESTAD ENVIÓ A LOS REINOS DEL PERÚ A BLASCO NÚÑEZ VELA POR VIRREY, CON CUATRO OIDORES, PARA QUE EJECUTASEN LAS NUEVAS LEYES SIN EMBARGO DE APELACIÓN, Y ASENTASEN LA REAL AUDIENCIA EN LIMA.

Después que fueron hechas y confirmadas las cuarenta leyes, como arriba queda dicho, Su Majestad determinó enviarlas a todas las Indias del Mar Océano que estaban bajo su Real Corona. Algunas personas en la Corte Real, que habían residido por estas partes, viendo que las habían de traer acá al Perú, dijeron a Su Majestad que para su publicación y ejecución convenía mucho que enviase a un hombre de carácter y rigor (un hombre "de barba y de sangre en el ojo").

Algunos de estos eran vecinos de las provincias del Perú, y como tenían émulos y contrarios en ellas, dijeron a Su Majestad que la mayoría de los hombres que había en la tierra eran riquísimos y, por esto, eran sediciosos, bandoleros y revoltosos, estando en gran soberbia y altivez, y que no tenían señorío ni mando sobre sí. Y que muchos de ellos andaban como moros sin señor. Por esta causa, los Gobernadores que habían estado en la tierra disimulaban con ellos los delitos que cometían y no los castigaban conforme a los males tan atroces que habían hecho, por no atreverse, al ser hombres muy valerosos.

Su Majestad, que bien lo había entendido, tanto por relaciones de frailes como por informaciones de las justicias y de otras personas, escogió para este gran negocio a Blasco Núñez Vela, natural de la ciudad de Ávila, que era entonces Veedor General de las Guardas, al cual envió por su Virrey de los reinos del Perú, con un salario de dieciocho mil ducados de buen oro.

Asimismo, hizo y formó una Real Audiencia y Chancillería para que se asentase en la Ciudad de los Reyes, que es Lima, porque hasta entonces no la había en la tierra, sino que los litigantes y pleiteantes se iban con las apelaciones a Tierra Firme, a la ciudad de Panamá, lo cual implicaba pasar muy grandes trabajos y peligros por mar y por tierra.

Nombró por Oidores a:

  1. El licenciado Diego Velázquez de Cepeda, natural de Tordesillas, que había sido Oidor en la Gran Canaria.
  2. El licenciado Pedro Ortiz de Zárate, natural de Orduña, que había sido alcalde mayor en Segovia.
  3. El Doctor Alonso de Tejada, natural de Logroño, que había sido alcalde de los hijosdalgo en la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid.
  4. El licenciado Juan Álvarez, natural de Valladolid, que había sido abogado en la misma Chancillería Real.

Los cuales cuatro Oidores eran grandes letrados y de gran experiencia, si no se distrajeran en sus propios intereses y negociaciones.

Y porque en estas partes no se habían tomado ningunas cuentas a los Oficiales de la Contaduría de Su Majestad, se proveyó que viniese por acá Agustín de Zárate, hombre docto y científico, que era entonces secretario del Consejo Real, para que tomase cuenta a todos aquellos que se habían entremetido en las haciendas de Su Majestad en estas partes y en Tierra Firme.

Despachado ya el Virrey con los cuatro Oidores y el Contador general para los reinos del Perú, y el Visitador Don Francisco Tello de Sandoval para México, se partieron todos juntos de Sanlúcar de Barrameda el sábado, tres de noviembre de 1543 años, y se vinieron por su mar adelante con cincuenta y dos navíos de armada y mercancía.

El visitador don Francisco Tello de Sandoval se separó a medio camino del virrey Blasco Núñez Vela, de los cuatro oidores y del contador general, en la isla de Gran Canaria, donde arribaron al cabo de doce días y tomaron todo lo necesario para proseguir la jornada. El 29 de noviembre se embarcaron todos, y el visitador general, como ya se ha dicho, partió hacia la Nueva España en ciertos navíos de guerra y de carga. Lo que allí aconteció más adelante lo referiremos en la continuación de esta obra.

El Virrey y los cuatro Oidores con el Visitador general se fueron por su viaje adelante, hasta que llegaron a salvo al Nombre de Dios, que fue a diez días del mes de enero de 1544 años. En este puerto y en la ciudad se les hizo a todos un buen recibimiento, por ser las personas que eran de gran merecimiento y valor, aunque hubo algunos de mal miramiento que no se quisieron hallar presentes a ver la entrada del Virrey, sino que se fueron a otras partes por no verle entrar, porque le querían mal.

Unos porque ya lo tenían conocido desde días atrás, como ellos decían, cuando anduvo por estos puertos recogiendo el tesoro que Su Majestad tenía por acá rezagado de sus Reales quintos y derechos, y según fama, mandaba castigar a los soldados y marineros; a la verdad, ellos hacían por qué, y él los castigaba conforme a lo que hallaba.

Llegados estos señores a este pueblo, descansaron por algunos días para dar orden y manera en el regimiento de la ciudad y en lo que convenía a la Real Justicia, y el Virrey mandó pregonar las provisiones y recaudos que traía y puso en libertad a todos los esclavos que había en aquel territorio.

Estando ocupado en esto el Virrey, le dijeron cómo estarían allí ciertos peruleros (gente que venía del Perú), que eran Cristóbal de Barrientos con otros hombres sus compañeros, que de allá habían venido con gran cantidad de pesos de plata y de oro fino, y que se iban a vivir a España.

El virrey ordenó de inmediato a los alcaldes ordinarios que embargaran el oro que poseían aquellos hombres y lo depositaran en persona honrada y de confianza, o lo ingresaran en la caja real, hasta que se averiguase el origen y modo en que lo habían obtenido. Había sido informado por diversas personas de que estos hombres habían vendido muchos indios libres como esclavos y, además, habían forzado a otros tantos a trabajar en las minas de oro y plata, donde murieron muchos de ellos. Por tales delitos, eran dignos de severo castigo. Así se hizo: se les confiscó y embargó todo cuanto poseían.

Con estas cosas y otras que comenzó a hacer para cumplir enteramente lo que Su Majestad le había mandado, dio ocasión a todos de hablar contra él, y así hubo algunos que comenzaron a azorarse, principalmente Cristóbal de Barrientos y sus compañeros.

Los cuales todos se quejaron grandemente ante los alcaldes y regimiento, del agravio muy grande que el Virrey les había hecho, no siendo aquella ciudad de su distrito y jurisdicción. Y estos tales, como ignorantes, no entendían ni sabían lo que se decían, porque, en fin, aquella tierra y todas las demás de las Indias son de Su Majestad.

De manera que muchos del pueblo comenzaron por su parte a decir lo mismo, acriminando la cosa más de lo que era, diciendo que el Virrey no debía ni podía hacer estas cosas, pues no estaba recibido por tal en la ciudad de Lima. Y así se comenzó poco a poco a haber grandes murmuraciones y quejas contra él.

Estas cosas vinieron a entender los Oidores, y ellos hicieron que el tesoro se devolviese a sus dueños, por ciertos respetos, y luego se puso por obra, de consentimiento del Virrey, para no oír las cosas que se decían contra él, por causa de los peruleros que estaban en Lima, para que no se azorasen ni menos se resabiasen como estos otros lo hacían.

El Virrey les pudiera confiscar y quitar muy bien este tesoro, conforme a una instrucción y cédula que traía de Su Majestad, en que se contenía que todos aquellos que hubiesen traído indios libres a las minas de oro y plata, o los hubiesen vendido por esclavos, fuesen por ello castigados y les confiscasen sus haciendas para la Cámara de Su Majestad. Y estos hombres lo habían hecho, según dijeron las gentes; mas en fin, se les fue devuelto todo el dinero.

Habiendo hecho estas cosas, con otras muchas, se salió de aquella población y se fue a la ciudad de Panamá con algunos pocos de sus caballeros que le quisieron acompañar, porque no quiso llevar consigo a los cuatro Oidores, por ciertos respetos.

Entrando en la ciudad, fue muy bien recibido por todo el pueblo panameño, así por los chicos como por los grandes, aunque también hubo algunos de los malintencionados que se salieron fuera de la ciudad por no verle entrar. Aquella noche se recitó una comedia en su posada, para darle contento y placer.

Otro día, por la mañana, le fue a visitar el Obispo, Don Fray Pablo de Torres, que era de la Orden de Santo Domingo, y el gobernador Pedro de Casaos, con ciertos clérigos y vecinos, porque la Real Audiencia que aquí residía se había pasado días atrás a los confines de Guatemala, por mandado de Su Majestad, con nuevos Oidores.

Después de haber descansado, hizo luego pregonar las ordenanzas y nuevas leyes, y más las provisiones y recaudos que traía, delante de todo el pueblo, y comenzó luego otro día a poner en libertad a todos cuantos esclavos se pudieron hallar en aquel territorio y de toda la comarca, los cuales eran de Nicaragua, del Perú y de otras partes. A todos los cuales envió en navíos a sus tierras, a costa de sus amos. Aunque los tales esclavos no se querían ir, los hacían salir del pueblo por fuerza, con hombres de guarda, y los marineros los recibían y los embarcaban en los navíos, tanto indios como indias.

Algunos de estos esclavos que habían estado mucho tiempo con españoles, por no ir a sus tierras y por el amor que tenían a sus amos, se escondieron fuera de la ciudad, por las estancias y por otras partes, hasta que el Virrey se fue al Perú. Los que se fueron a sus tierras, principalmente al Perú, se quedaron en el pueblo de Manta, que a diez leguas de allí está un pueblo de españoles llamado Puerto Viejo, que es muy frecuentado por mercaderes y tratantes españoles. En esta provincia se quedaron algunos de ellos, y en la Isla de la Puná, por ser naturales de estas partes, los cuales después se tornaron a su primera gentilidad, usando de diabólicos ritos y ceremonias, y hablando con el demonio. Y en este pueblo de Manta y en toda su provincia se usa mucho entre los indios el pecado nefando.

Con lo que más se escandalizaron los de poco saber y entendimiento fue en quitar, como quitó, una india ladina que era de Santiago de Cuba, a un español viejo, carpintero, el cual queriéndose casar con la dicha india, por los hijos que tenía en ella, y la moza queriéndolo también hacer, no lo consintió el Virrey. De algunos ciudadanos principales fue importunado y suplicado que tuviese a bien no enviar la moza a su tierra, para que este matrimonio se efectuase, pues en ello se hacía gran servicio a Dios y a Su Majestad, y al español y a la india y a los hijos de ellos se les haría mucho bien y merced.

El Virrey respondió que por qué el español no se había casado antes con ella, pues que la había tenido tantos años por manceba, sino ahora que se la quitaban, y ella estaba ya embarcada con las demás que llevaban a sus tierras. Y allende esto, que también podría ser que el español estuviese casado en su tierra, por lo cual el viejo dio muy bastante información con hombres de su tierra, de no ser casado, y con todo no aprovechó nada, que al fin se la llevaron a su tierra.

Todas las disposiciones que el virrey hizo y mandó ejecutar en aquellas dos ciudades fueron siempre con rigor y aspereza de palabra, acompañadas de grandes temores y amenazas, pues todo lo imponía bajo pena de muerte, de traición y de confiscación de bienes. Aquellos temores y amedrentamientos los aplicaba propter formam (es decir, conforme a la ley), cumpliendo estrictamente lo que Su Majestad le había ordenado, sin admitir apelación ni súplica alguna. Decía que no podía proceder de otro modo, pues no era juez en aquel asunto, sino mero ejecutor, y que quienes quisieran reclamar lo hicieran directamente ante el Rey, quien, como buen señor, escucharía con justicia las razones y derechos que tuvieran.

Como los vecinos de Panamá viesen hacer estas cosas, en gran manera se maravillaban de ellas, y así no había hombre que osase parecer ante él, ni aun estar en la ciudad, por no ver ni oír lo que el Virrey decía, ni lo que adelante había de hacer.

Algunos vecinos comenzaron a escribir estas cosas a los amigos que tenían en el Perú, haciéndoles saber todo lo que pasaba con el Virrey, y de la recia condición que tenía, y de cómo decía que había de reformar la tierra, que estaba muy perdida, y que había de castigar muy bien a los que en ella vivían si no cumplían lo que el Rey mandaba. Y así escribían otras cosas, agravándolas todo lo que les era posible, más de lo que eran.

En este intermedio, llegaron los Oidores a Panamá, con todos los caballeros que de España habían venido, y que se habían quedado en la ciudad del Nombre de Dios. Los cuales fueron bien recibidos del Virrey, y mucho mejor de la poca vecindad que había, porque entendieron que por ellos serían desagraviados y mejor tratados.

Excepto el Oidor Juan Álvarez, que fue mal recibido por el Virrey porque trajo consigo una mujer que, según las gentes dijeron, era su amiga, en una hamaca, en hombros de indios y negros, desde el Nombre de Dios. A él le dijo palabras muy recias y ásperas por el mal ejemplo que daba a todos. Al Oidor no le importó esta reprensión en absoluto, antes se la llevó secretamente consigo hasta la ciudad de Lima, sin saberlo el Virrey, diciendo a todos que era ama de su casa y de su servicio. Y por estas cosas y otras muchas, concibió desde entonces el Oidor un gran odio y mortal enemiga al Virrey, porque le decía las verdades.

Después que los Oidores llegaron a la ciudad, comenzaron a contentar lo mejor que pudieron a muchos que dijeron estar agraviados del Virrey, a unos de palabra y a otros de obra, por lo cual fueron queridos y amados por todos, y así se allegaban a ellos y los acompañaban más que al Virrey.

Como los Oidores vieron que el Virrey mandaba hacer muchas cosas sin darles a ellos parte de lo que hacía y mandaba, y sin tomar con ellos parecer ni consejo, sino que de su propio motivo y voluntad y a su albedrío, les pesaba de ello en gran manera. Y para esto, determinaron hablarle para que juntamente con ellos, como con Audiencia Real, mandase lo que se había de hacer en todas las cosas, o en parte de ellas, para que de ahí en adelante no se escandalizase alguno contra él, sino contra todos ellos. Y así, el Oidor Diego Velázquez de Cepeda, como más allegado al Virrey, le habló con buen comedimiento en la forma y manera siguiente.

CAPÍTULO QUINTO

DE CÓMO EL OIDOR DIEGO VELÁZQUEZ DE CEPEDA HABLÓ AL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA, Y DE LO QUE ÉL RESPONDIÓ, Y LO QUE DESPUÉS LE DIJO EL OIDOR PEDRO ORTIZ DE ZÁRATE, PORQUE SE QUERÍA EMBARCAR SIN ELLOS PARA LAS PROVINCIAS DEL PERÚ.

[Discurso del Oidor Diego Velázquez de Cepeda al Virrey Blasco Núñez Vela:]

—Los vecinos y pobladores de esta ciudad, Ilustrísimo Señor, han venido a nosotros y nos han dicho muchas y diversas cosas que vuestra Señoría ha mandado hacer, las cuales dicen ser en su desfavor y perjuicio, y de cómo vuestra Señoría les ha quitado los esclavos que tenían, que habían tomado de buena guerra, pagando primero los quintos de ellos a Su Majestad, y otros habiéndolos comprado de sus mismos Oficiales y Factores.

Dicen ahora que de ello reciben notorio agravio, no porque no esté bien hecho, pues Su Majestad lo manda, sino que por ello quedan totalmente perdidos, porque todos los bienes y haciendas que tenían estaban en estos indios esclavos, con los cuales labraban y cultivaban sus heredades y labranzas, y ganaban con ellos de comer con que sustentaban y mantenían a sus hijos y mujeres.

De manera que todos dicen a una que ahora determinan, como hombres miserables y desheredados, dejar y despoblar toda esta tierra para irse a otras partes a buscar su remedio y quien les dé por allá de comer, pues vuestra Señoría les ha quitado el comer y el beber y lo que tenían.

A vuestra Señoría suplicamos cuanto podemos se les haga muy señalada merced de sobreseer las nuevas leyes y ordenanzas; si se puede hacer, les devuelva los indios de servicio que tenían, para poder tolerar un poco su pobreza, porque estando sin ellos comenzarán desde ahora a sentir lo mucho que después han de pasar y el gran daño que se les ha de resultar por la falta que les harán los servicios. Como muchos de ellos están adeudados, hacían sus labores y trabajaban en sus heredades con estos indios y pagaban lo que debían, y ahora como se ven sin ellos no podrán pagar lo que así deben, y no pudiendo pagar se irán a la cárcel, o por mejor decir los llevarán presos a la cárcel sus acreedores, y los pondrán en fuertes prisiones donde lamentarán su fortuna y malos hados, o se irán huyendo.

Así que no solamente se pierden estos, sino que aun redundará el mal y daño en los acreedores y mercaderes a quienes se debe el dinero, y considerando esto bien, cesará la contratación y comercio de este pueblo, y se perderá totalmente lo que en él hay, y en ello se hará muy gran deservicio a Dios y a Su Majestad, y muy gran mal a los pobladores de esta tierra.

Así que, consideradas bien estas cosas, con otras que adelante se podrían acrecentar, venimos ahora a suplicar a vuestra Señoría que, por reverencia de Dios y de Nuestra Señora, y por quien vuestra Señoría es, se les conceda esta merced que piden y han pedido hasta ahora. Porque para ellos será muy señalada, por la virtud y gran nobleza de vuestra Señoría, y se pondrá remedio al mal tan grande y pesado que sobre los miserables viene, pues vuestra Señoría lo puede remediar mejor que otro alguno.

Bien sabe vuestra Señoría, y según que nosotros lo hemos visto en los pocos días que aquí hemos estado, que las ordenanzas que vuestra Señoría trae, según nos parece, no se podrán guardar ni cumplir tan enteramente como Su Majestad lo manda, ni vuestra Señoría lo desea, y nosotros lo queremos, por ser estas tierras nuevamente ganadas y recién pobladas. Porque ahora comienzan ellos a vivir y a descansar de los trabajos que tuvieron en conquistar y poblar estas tierras y quitarlas del poder de los bárbaros indios que eran idólatras.

Asimismo, los indios que vinieron a poder de estos hombres los han adoctrinado y enseñado nuestra Santa Fe Católica, y muchos de ellos tienen ya conocimiento de Dios verdadero, lo cual no hicieran si los españoles no vinieran de sus tierras a estas partes y a su costa. Y pues tan buenos servicios han hecho a Dios y a Su Majestad, razón será, si a vuestra Señoría le parece, que no reciban este tan gran agravio, sino que con ellos y con los demás se temple en algo el rigor de las ordenanzas, y los vecinos se queden quietos y sosegados en sus casas y granjerías, gozando de lo que es suyo.

Y para hacer y ordenar algunas cosas que convengan de hacerse, si vuestra Señoría es servido y en ello no recibe pesadumbre ni enojo, seamos de aquí adelante llamados, aunque en estos negocios tan intrincados no estemos experimentados, tenemos creído, mediante el divino favor, que no erraremos en aquello en que pusiéremos la mano.

Haciéndose estas cosas con orden y concierto, se quedarán los vecinos como de antes lo estaban, quietos y pacíficos, y de cada día se irán aumentando estas dos ciudades, y de ellas saldrán los unos a una parte, y los otros a otra; los cuales descubrirán muchas tierras nuevas y se verán sus secretos. Allende esto, traerán a los indios de paz y los pondrán en policía y razón, y se descubrirán minas de oro y plata, con otras cosas convenientes al uso de los españoles; principalmente se dilatará y ensanchará nuestra religión cristiana, y se bautizarán los indios, que es lo que más Su Majestad pretende y quiere, y vuestra Señoría será parte para que se salven algunos de ellos, o los más.

De manera que, haciéndoles estas tan aventajadas mercedes, con otras que esperan recibir, tendrán a vuestra Señoría en todas estas tierras y en las demás por Padre de la Patria y Conservador de ella, y servirán de aquí adelante a Su Majestad y a vuestra Señoría mucho mejor que hasta aquí lo han hecho.

Por tanto, tornamos a suplicar a vuestra Señoría los deje por ahora sosegar en sus casas y haciendas, pues con tanto trabajo y sudor lo han buscado y adquirido, y haciéndolo vuestra Señoría así se podrá ir cuando quisiere, y juntamente iremos sirviendo a vuestra Señoría a la ciudad de Lima, donde se pondrá y asentará la Real Audiencia y se formará la Chancillería que Su Majestad manda poner. Y desde aquella ciudad se podrá tomar el intento de toda la tierra, y se descubrirán muchos secretos en ella, y conforme a ellos y al tiempo que viéremos se hará poco a poco lo que se debe hacer acerca de las ordenanzas, o se dejarán y dilatarán para otro tiempo que más conveniente sea.

Este parecer nuestro, aunque no se nos haya pedido, lo hemos dicho como hombres que deseamos servir a vuestra Señoría, y por acertar en todo aquello en que pusiéremos la mano, pues estamos ya en esta tierra; y para que no digan de nosotros que como necios y en nada experimentados no nos supimos regir ni gobernar en lo que el Rey nuestro Señor nos tiene mandado hacer en su servicio.

Esto es lo que dijo el Oidor Cepeda al Virrey, al cual respondió diciéndole que todo aquello que Su Majestad mandaba hacer era su servicio, pues le mandaba que lo hiciese así, y que no poniéndolo por obra no haría su deber, ni cumpliría con su honra, y que en aquel caso no le hablasen más, porque le darían disgusto y gran pesar, por cuanto no estaba en su mano dejar de ejecutar las ordenanzas.

Allende esto, que él no había venido a la tierra por Virrey, sino por mero ejecutor y a dar orden y concierto en todas las cosas que estaban turbadas, y a reformar las repúblicas, que estaban todas dañadas, perdidas y arruinadas por hombres soberbios y bandoleros. Y así dijo otras cosas a este tono, de lo cual los Oidores quedaron muy descontentos porque no les había concedido cosa alguna de lo que le habían suplicado.

En este intermedio fueron a ver al Virrey el Obispo Don Fray Pablo de Torres y el Gobernador Pedro de Casaos, que también le hablaron sobre el negocio que los Oidores le habían tratado, para que sobreseyese las ordenanzas que traía, hasta en tanto que se diese noticia de ello a Su Majestad.

El Virrey tornó a replicar lo que había dicho a los Oidores, diciéndoles que él era mero ejecutor de lo que Su Majestad le había mandado cumplir, y que no podía hacer otra cosa sin caer en su desgracia por no cumplir sus Reales mandamientos. Mas si ellos querían escribir a Su Majestad sobre este negocio, que bien lo podían hacer, que él mismo lo escribiría para que desagraviase a los vecinos, pues decían estar muy agraviados; y con esto no se habló más en ello.

Habiendo oído esto el Obispo y el Gobernador y otros vecinos que presentes habían estado a ver lo que se negociaba, callaron, y habiéndose detenido allí un poco con el Virrey se despidieron de él con mucha reverencia y se fue cada uno a su posada con gran pesar por no haber acabado con él este negocio.

Luego se publicó en toda la ciudad lo que el Virrey había respondido, a cuya causa comenzaron muchos ciudadanos a tenerle gran odio y mala voluntad, y el Virrey sintió bien esto, que no faltó quien se lo dijese. Y así, entre el Virrey y los Oidores se comenzó a haber grandes diferencias y debates en la manera del mandar y proveer en todos los negocios. Mas después el Virrey, por conformarse en algo con los Oidores, les dijo que de ahí adelante los llamaría y trataría con ellos lo que se había de hacer que fuese al servicio de Dios y al de Su Majestad y al bien de los españoles y a la conservación de los indios naturales de toda la tierra. Y que tan solamente quería tomar residencia y estrecha cuenta al licenciado Cristóbal Vaca de Castro, porque Su Majestad lo mandaba hacer así, por haber traído muchos indios libres a las minas de oro y plata, donde se habían muerto muchos de ellos, por la vejación y fuerza que les había hecho; y con esto se aplacaron un poco.

Después que el Virrey hubo estado por veinte días en esta ciudad, y habiendo hecho muchas cosas en ella, determinó de irse a los reinos del Perú, desde donde le habían enviado a llamar ciertos servidores de Su Majestad informándole cómo los ciudadanos de toda la tierra estaban alborotados con su venida, y por las cosas que hacía. Y para ir a pacificarlos, como él decía, se dio prisa a partirse, y así se lo dijo a los Oidores.

Ellos le suplicaron que los llevase consigo para que todos fuesen juntos y en buena compañía, y él puso muchas excusas para no llevarlos, y para que no le fuesen a la mano en lo que pretendía hacer en el camino y en toda la tierra del Perú. Y así les dijo que se despachasen en otro navío, porque él se quería adelantar, y se fuesen luego tras él, que él los iría aguardando por el camino.

Cuando el virrey se disponía a embarcarse en un navío, el oidor Pedro Ortiz de Zárate —hombre ya muy anciano y enfermo— le dijo que, puesto que Su Señoría iba adelante hacia las provincias del Perú sin ellos, debía considerar cuidadosamente lo que haría en aquellas tierras y procurar entrar en ellas con mansedumbre. Además, le aconsejó que no pusiera en ejecución tan pronto las ordenanzas y nuevas leyes que llevaba, hasta conocer bien la situación y descubrir los secretos que en aquellas provincias se ocultaban, pues sabían que en ellas había muchos hombres de malas miras y peor intención.

Le recomendó también que, una vez estuviesen todos asentados y afianzados en la tierra, entonces podrían aplicar poco a poco las ordenanzas que conviniesen, y respecto de aquellas que parecieran demasiado rigurosas, dar noticia de ellas a Su Majestad, para que, como buen señor y cristianísimo rey, las revocase o suspendiese por algún tiempo. Y si el Rey, por nuevo mandato o provisión, ordenaba que todas se cumplieran y observaran, entonces se ejecutarían plenamente. Mientras tanto —añadió—, ya estarían más firmes en la tierra, conocerían mejor las voluntades de la gente y el valor de las cosas que en ella había. Le dijo, además, otras advertencias muy necesarias.

El virrey se irritó profundamente ante tales consejos y respondió al oidor Zárate con aspereza, dominado por la ira, jurando que ejecutaría las ordenanzas sin esperar plazos ni admitir dilaciones. Afirmó que, para cuando ellos llegasen al Perú, él ya habría resuelto todo el trabajo y el afán, pues deseaba hacerlo por sí solo para ganar las gracias de Su Majestad.

Al día siguiente, por la mañana —24 de enero, víspera de la conversión de San Pablo apóstol, del año 1544—, el virrey se embarcó en un gran navío. Le acompañaban su hermano Juan Velázquez Vela Núñez; su cuñado Diego Álvarez Cueto; Agustín de Zárate, contador general; el factor Guillén Juárez de Carvajal; el contador Alonso de Cáceres; Diego de Agüero; Antonio de Solar, y otros vecinos del Perú que habían ido a España a tratar sus asuntos ante Su Majestad. Así, embarcados todos, pusieron rumbo hacia el Perú.

CAPÍTULO SEXTO

DE CÓMO EL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA YENDO POR SU MAR ADELANTE LLEGÓ AL PUERTO DE TUMBES, Y DE ALLÍ SE FUE A LA VILLA DE SAN MIGUEL, Y DE LAS COSAS QUE HIZO EN ESTOS DOS LUGARES Y DE LA GRITA QUE LE DIERON UNAS MUJERES.

Embarcado que se hubo el Virrey, como habéis oído, llevaba muy gran deseo de llegar pronto a los reinos y provincias del Perú, y como le corriesen y fuesen favorables los vientos, mandó al piloto mayor meter bonetas a las velas infladas, pues tan buen viento les corría. El piloto y marineros, por complacerle, lo hicieron luego, y así navegaron con próspero viento sin que les acaeciera cosa alguna.

Al cabo de cuarenta días llegó al puerto de Tumbes, que fue a dar de lleno en él, lo que fue cosa extraña por ser la navegación de aquella costa muy mala, como adelante diremos. Llegó aquí a cuatro días del mes de marzo del dicho año, donde fue muy bien recibido por muchos españoles que de continuo están poblados en este pueblo, por el comercio que hay en él.

Así como saltó en tierra, la primera cosa que hizo fue despachar al licenciado Cristóbal Vaca de Castro los traslados de las provisiones y poderes, con los otros recaudos que traía de Su Majestad, para que en viéndolos y notificándoselos, se desistiese y apartase luego del Real cargo que tenía de la gobernación, pues él estaba ya en la tierra por Virrey y gobernador en nombre de Su Majestad.

De estas provisiones y poderes, con todo lo demás que el Virrey traía, ya Vaca de Castro sabía días había, porque desde España se lo habían escrito ciertos amigos suyos enviándole los traslados de las ordenanzas y todo lo demás, que Diego de Aller, su criado, se las había traído, y que se adelantó con ellas desde la ciudad del Nombre de Dios.

El Virrey tomó luego en este pueblo noticia de lo que hacía Vaca de Castro y los del Perú, y supo de las muchas y grandes revoluciones que había en toda la tierra, de lo cual le pesó en gran manera. Y para saber la verdad de todas estas cosas que se publicaban, tornó a escribir por la posta al licenciado Vaca de Castro que le avisase ciertamente y por entero lo que por allá pasaba, el cual respondió largo sobre lo que había en toda la tierra, y estas cartas recibió después en el camino.

Aunque el virrey conocía ya las malas intenciones que muchos albergaban contra él, no le dio importancia alguna, pues se atenía firmemente a lo que Su Majestad le había ordenado y confiaba en que nadie se opondría a ello. Y, queriendo empezar a cumplir su deber sin mirar las consecuencias que pudieran sobrevenir, quitó la vara de alcalde mayor a quien la tenía por nombramiento de Vaca de Castro, y la entregó a otro vecino para que la ejerciera en su nombre y en el de Su Majestad.

Permaneció algunos días en aquel pueblo para reponerse, pues venía muy fatigado del mar. Durante ese tiempo, realizó varias acciones que disgustaron a los españoles, aunque todas en servicio de Su Majestad. Allí mismo declaró públicamente que haría muchas otras por toda la tierra, y de todo ello se dio pronto noticia a la ciudad de Lima.

Al cabo de ciertos días determinó no ir por la mar, sino por tierra, con dos fines: lo uno, por ver de camino las ciudades, villas y lugares que en el camino estaban poblados por los españoles y por los naturales de la tierra, hasta llegar a la ciudad de Lima. Y llevó consigo a los caballeros que hemos dicho que habían venido con él de España, y otros que se le allegaron en el camino que eran aficionados al servicio de Su Majestad, que procuraron de servir al Virrey toda la vida porque no les tocaba ni afectaba en cosa alguna acerca de las ordenanzas que traía.

Yendo por la costa de Tumbes, llegó al puerto de Paita y fue muy bien recibido por los españoles, y luego quitó la vara de Corregidor a Baltasar de la Palma, que la tenía por Vaca de Castro, y la dio a otro vecino de allí para que la tuviese de su mano y en nombre del Rey, y también hizo y dijo aquí otras muchas cosas que había de hacer adelante, que por evitar prolijidad no se dicen aquí.

Desde este puerto se metió un poco hacia la tierra adentro y se fue de pueblo en pueblo, por sus jornadas contadas, a la Villa de San Miguel, que es en el valle que llaman de Piura, donde el cabildo y vecindad le hicieron un buen recibimiento con muchos arcos triunfales y rosales que se pusieron por los caminos y carreras y calles por donde pasó, y le metieron debajo de un palio muy rico.

Entrando por la villa fue derechamente llevado a aposentarse a las casas del capitán Juan Alonso Palomino, porque eran muy grandes, las cuales se habían aderezado para su persona y para sus parientes y paniaguados, excepto el Factor y el Contador y los otros caballeros, que se fueron a aposentar a otras casas.

A poco de haber llegado a la villa, al día siguiente por la mañana, el virrey mandó llamar a los alcaldes ordinarios y al regimiento del pueblo. De cada uno de ellos se informó acerca de los asuntos relativos a la Real Justicia, la paz y el bien común, así como de la calidad y número de los indios naturales de toda aquella comarca, los tributos que pagaban a los encomenderos y lo que se decía sobre su llegada. Preguntó también cuántos esclavos indios había en el territorio, quiénes maltrataban a los de su encomienda y quién había ejercido allí el cargo de gobernador o de su teniente. De este modo obtuvo la información que deseaba y que aquellos estuvieron dispuestos a revelarle.

Sabidas por él estas cosas, mandó luego pregonar el poder que traía de su Virreinato, en medio de la plaza y por las calles, y luego las ordenanzas y los otros recaudos que traía, para que todos las guardasen y cumpliesen como en ellas se contenía, so pena de muerte natural y de traidores, y que les fuesen confiscados los bienes para la Cámara de Su Majestad.

Los vecinos y moradores que había sintieron esto en gran manera, y dijeron algunos entre los unos y los otros que aquellas ordenanzas no se debieran de pregonar hasta en tanto que fuera recibido por Virrey en la ciudad de Lima, y hasta que se asentase la Real Audiencia.

Y venido esto a su noticia, mandó pregonar un mandamiento suyo para que se guardasen, como en ellas se contenía, so la dicha pena. Los vecinos no supieron qué hacer sobre este negocio que tan duro les parecía que era, sino fue apelar o suplicar de ellas, y así lo hicieron por escrito, y el Virrey les mandó que sin embargo de la apelación por ellos interpuesta guardasen y cumpliesen lo que Su Majestad mandaba, so la dicha pena, y así callaron todos, que ninguno de ellos osó replicar sobre ello.

Asimismo, puso en libertad todos los indios esclavos que halló en este territorio, así de los de la Nueva España como de las islas de Santo Domingo y de Santiago de Cuba, a los cuales envió a sus tierras a costa de sus amos.

Mandó que todos cuantos tambos había poblados por los caminos Reales, y fuera de ellos, se despoblasen, a causa de que muchos españoles se detenían en ellos, de donde salían a ranchear y a maltratar a los indios circunvecinos, tomándoles por fuerza lo que tenían.

También mandó que todos los españoles que andaban por los pueblos de los indios, hechos vagabundos, saliesen de ellos, y se recogiesen todos a las ciudades, villas y lugares, y sirviesen a otros o se asentasen a oficios, si los tenían, o se saliesen fuera de toda la tierra, y que si no lo hacían los mandaría bien castigar.

Conviene entender que los tambos eran aposentos y casas muy amplias, mandadas construir por los Incas, reyes y señores de estas provincias. Existían tanto en los pueblos de indios como en los parajes despoblados. Hoy en día, estos antiguos tambos sirven como mesones o ventas, donde se hospedan los caminantes que van y vienen. En ellos se les daba de comer y de beber vino de la tierra, así como todo lo necesario para el viaje, sin pagar cosa alguna.

Cuando los viajeros partían, los personeros españoles encargados de los tambos les proporcionaban los indios necesarios para cargar sus pertenencias y algo de comida para el camino hasta el siguiente pueblo, donde se relevaban los cargadores; todo esto también sin costo alguno. De esta forma se solía viajar por los pueblos y tambos en aquel tiempo, antes de que el virrey Blasco Núñez Vela llegara a estas provincias, pues tal disposición había sido establecida por los gobernadores anteriores para evitar que los españoles maltrataran a los indios.

Durante su estancia en esta villa, el virrey retiró la vara de alcalde ordinario a Juan Rubio, vecino del lugar, y la entregó al regidor más antiguo. Se dice que lo hizo porque Juan Rubio no sabía leer ni escribir y porque había maltratado a los indios que tenía en encomienda.

A su huésped, Juan Alonso Palomino, le quitó el repartimiento de indios que tenía en encomienda, por haber ejercido durante algún tiempo el cargo de teniente de gobernador y porque se le informó que había maltratado gravemente a los indios bajo su cargo.

No le faltaron a Juan Alonso Palomino razones para defenderse de la privación de su encomienda. Alegó que los indios no se los habían concedido por el breve tiempo en que ocupó el oficio real, sino por los muchos servicios que había prestado a Su Majestad durante la conquista de la tierra, gastando todo lo que poseía y derramando su propia sangre.

Añadió que, si Su Majestad le mandaba quitar los indios precisamente por los muchos servicios que le había hecho, bien estaba que se los quitase; pero que confiaba en que otro día recibiría de su señor mercedes más grandes y ventajosas, y que no sentía pesar alguno, pues esperaba que, como buen príncipe, sabría recompensar sus méritos. Dijo, además, otras cosas en su descargo; y, en efecto, tiempo después le fueron restituidos los indios, como más adelante se contará.

Considerando los vecinos estas cosas, no sintieron qué remedio tomar sino apelar de sus mandamientos y suplicar de las ordenanzas ante Su Majestad, y viniendo esto a su noticia recibía gran pasión y enojo, a cuya causa decía que azotaría y ahorcaría al que suplicase de ellas y de sus mandamientos, sino las guardaban y cumplían, so pena de muerte y perdimiento de bienes.

Los mandamientos que daba eran refrendados por un criado suyo que era muy hábil, al cual había nombrado por su escribano por ser suficiente, no siéndolo de Su Majestad, y a esta causa decían todos que los mandamientos que así mandaba proveer no eran válidos, ni de ningún efecto, ni valor, pues no se hacían con maduro consejo, ni con el parecer y acuerdo de los cuatro Oidores, y que por esto no se habían de obedecer.

Sobre todas estas cosas y otras muchas que hizo no se escandalizaron tanto los vecinos de ellas cuanto de las palabras recias y sacudidas que el Virrey les decía, las cuales sentían mucho en las entrañas y en el corazón, y así las publicaban en todas partes, mas no había quien los remediase, sino quejarse al viento, y de todo, el Virrey, después que lo supo, no le importó nada.

Antes, de ahí a dos días, quitó los repartimientos de indios a ciertos vecinos y los puso en cabeza de Su Majestad, diciéndoles que el Rey lo mandaba porque se habían hallado con el comendador Hernando Pizarro en la batalla de las Salinas contra Don Diego de Almagro el Viejo, y porque habían llevado demasiados tributos y maltratado a los indios de sus encomiendas.

Por estas razones, creyendo los vecinos que el Virrey cometería aún mayores excesos si permanecía más tiempo en aquella villa, acordaron todos, de común consentimiento, no volver a visitarlo ni a rendirle el acostumbrado homenaje de palacio. Además, le retiraron la comida y la bebida, pues tanto él como los suyos se alimentaban a costa de los vecinos; y desde entonces no hubo quien le ofreciera siquiera un jarro de agua, porque los indios de servicio que traían los víveres huyeron al monte por orden de sus amos.

Al notar esto, y viendo que todos los vecinos y moradores le habían negado el saludo y el sustento, el Virrey decidió marcharse de aquella villa y dirigirse a la ciudad de Trujillo, distante unas sesenta leguas, en el valle llamado de Chimo.

Cuando salía del pueblo con su comitiva, algunas mujeres de los vecinos, que habían quedado sin sus indios y esclavos, movidas por la rabia y con ánimo descompuesto, se asomaron a las ventanas y puertas de sus casas, lanzándole grandes gritos e injurias, maldiciéndolo a voz en cuello y encomendándolo al demonio, como si fuese el mayor enemigo del mundo.

Con esta vocería y mala música se salió el Virrey de la villa con mucha paciencia, sin hablar palabra, aunque envuelta con rencor, y se fue hacia la ciudad de Trujillo, el cual iba después jurando al hábito de Santiago que tenía en los pechos que había de castigar a los vecinos por el gran desacato que contra él se había tenido, y por la grita y gran vocería que las mujeres le habían dado tan desvergonzadamente, siendo la persona que él era, y así iba diciendo otras muchas cosas.

CAPÍTULO SÉPTIMO

DE CÓMO EL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA SE FUE A LA CIUDAD DE TRUJILLO, Y DE LAS COSAS QUE EN ELLA HIZO, Y DE LO QUE LOS CIUDADANOS HICIERON Y DIJERON SOBRE LO TOCANTE A LAS ORDENANZAS Y NUEVAS LEYES QUE TRAJO A LA TIERRA.

Después de partido el Virrey de la villa de San Miguel, se fue derechamente a la ciudad de Trujillo, que está en el valle de Chimo, y en cada pueblo de indios al que llegaba proveía de muchas cosas con provisiones y mandamientos que daba, que estaban refrendados del dicho su escribano, hasta que llegó a la ciudad de Trujillo.

No se le hizo aquel recibimiento que merecía su persona, por traer como traía las ordenanzas y nuevas leyes, y así entró con gran silencio y "a cencerros tapados", y fue aposentado en las casas que fueron del Marqués Don Francisco Pizarro, que caen en la plaza.

Luego, otro día, envió a llamar a las justicias, alcaldes ordinarios y regimiento, con algunos vecinos de los más principales que había en la ciudad, los cuales, venidos, les habló largo de parte de Su Majestad, y les mostró originalmente todos los recaudos, poderes y comisiones que traía, y lo que el Rey le había mandado que hiciese en su Real servicio por todas las tierras del Perú.

Habiendo visto los trujillanos todos los recaudos que traía no supieron qué decir ni qué responder, sino que con rostros serenos callaron por entonces, para no darle enojo, por las nuevas que de él habían oído decir. Y luego, otro día, sin entrar en acuerdo de lo que había de hacer, sino por servir a Su Majestad, mandó pregonar la provisión Real con las ordenanzas y nuevas leyes.

Y por otra parte mandó a los alcaldes ordinarios y a todo el regimiento que visitasen todos los pueblos de los indios y les tasasen los tributos que de ahí adelante habían de dar a los encomenderos. A cuatro vecinos de esta ciudad les quitó los repartimientos de indios que tenían en encomienda, porque los habían tratado muy mal y porque se habían hallado en la batalla de las Salinas contra Don Diego de Almagro el Viejo en favor de los Pizarros, a los cuales llamaban pizarristas o pachacamos.

Asimismo, otorgó libertad a todos los esclavos indios que halló en aquel territorio, y retiró los pueblos que poseían los monasterios de Nuestra Señora de la Merced y de Santo Domingo, así como los de los oficiales de Su Majestad, del mismo modo que lo había hecho en la villa de San Miguel. Estos pueblos les habían sido concedidos por los gobernadores anteriores para que los indios sirvieran en las labores de los monasterios y en su construcción; pero el Virrey los puso bajo la jurisdicción directa del Rey.

También, mandó que no hubiese hamacas en toda la tierra, y para esto mandó a todos los caciques y principales indios de toda la comarca que a su llamado habían venido, que de ahí en adelante no diesen a los españoles indios ningunos para llevarlos en hamacas, o para cargar otra cosa cualquiera, aunque fuese a los encomenderos, so pena que los mandaría muy bien castigar.

Otro sí, mandó a las justicias de Su Majestad que tuviesen cuidado de inquirir y saber si se guardaban y cumplían todas las cosas que él había mandado ejecutar en nombre de Su Majestad, y que ellos mismos las hiciesen guardar y cumplir, so pena de muerte y perdimiento de bienes.

A causa de todo esto, los vecinos comenzaron a inquietarse y a murmurar; muchos se reunieron en la plaza, en las calles y en los cruces, comentando la severidad con que el Virrey los trataba. Decían que en todo los agraviaba, pues no quería escucharlos en ninguna petición ni admitir la súplica que habían presentado ante Su Majestad.

En esta forma y manera los vecinos comenzaron a hablar y murmurar mucho contra él, como si de suyo lo hiciera; no miraban ellos que lo hacía por mandado de Su Majestad, por lo cual, viniendo a su noticia, los envió a llamar; los cuales venidos les habló y dijo así: De cómo ellos no tenían razón de azorarse, ni de quejarse de él, porque todo lo que hacía no era de su propia voluntad, sino que Su Majestad le había mandado que ejecutase las ordenanzas y las hiciese guardar y cumplir sin embargo de apelación, pues en ello se hacía gran servicio a Dios, al obviar las vejaciones en que estaban puestos los indios de toda la tierra.

Y pues que se fatigaban tanto y tan gran sentimiento hacían por estas cosas, escribiesen a Su Majestad, que él como buen señor y cristianísimo rey los desagraviaría, y que él dejaría de hacer lo que hacía y se conformaría entonces con todos ellos, de que quedasen contentos. Mas, en fin, por complacerles, dijo que él escribiría también a Su Majestad dándole noticia y verdadera relación de todo cuanto pasaba en la tierra, y que en el entretanto tuviesen paciencia y sufrimiento, porque las ordenanzas una por una se habían de guardar y cumplir hasta que Su Majestad mandase otra cosa.

Viendo los vecinos que el Virrey no les quería conceder ni admitir la súplica por ellos interpuesta, tuvieron creído que con buenas palabras los quería aplacar, y comenzaron de renegar de la paciencia y aun de su venida. Unos dijeron que dejarían a sus mujeres, hijos y casas y se irían vagabundos y desesperados de toda la tierra, pues tan mal se usaba con ellos al quitarles los indios de encomienda, pues que con tanto sudor y gran trabajo los habían conquistado y adquirido con pérdida de sus haciendas.

Algunos, a mi creer (si fas dicere, si es lícito decirlo), dejaran a sus mujeres si les valiera, porque muchos de ellos se habían casado con sus amigas, y lo habían hecho a causa de que el Rey les había mandado por una su Real Cédula que todos se casasen y tomasen orden de vivir; si no, les quitaría los indios y los daría a los casados; y por esto se casaron muchos de ellos con sus amigas.

En estos tumultos y devaneos hubo algunos que dijeron que más les valiera no haberse casado, por no tener que mantener a sus mujeres, ni a sus hijos, pues les quitaban el comer y el beber y los indios y esclavos que tenían, pues los sustentaban trabajando en las minas, labranzas y heredades y en otras granjerías que tenían.

Otros dijeron al Virrey, pidiéndole justicia, que su señoría les mandase pagar y restituir los dineros que ellos habían dado a los Oficiales del Rey por los esclavos que habían comprado de Su Majestad que le habían cabido de sus Reales quintos, y tenían su hierro y señal, que era una R en la cara.

No fue menester más de que uno se comenzase a quejar del Virrey para que todos hiciesen lo mismo, porque unos daban por mal empleados sus trabajos y los servicios que habían hecho a Su Majestad. Decían todos a una que si al cabo del tiempo no habían de medrar, ni tener con qué sustentarse, que tomarían por mejor partido no servir a Su Majestad, sino buscar otro señor a quien servir para que les hiciese muchas mercedes y que no les quitase con tanto rigor lo que tenían, sin ser oídos.

Otros mostraban las heridas que tenían en el cuerpo, que habían recibido de los bárbaros indios en las batallas, conquistando la tierra, y otros mostraban los dientes caídos de comer maíz tostado y otras malas comidas y no conocidas. En fin, al fin todos, como hombres desesperados y melancólicos, se quejaban con grandes clamores, diciendo que habían gastado sus haciendas y cuanto tenían, empeñándose en las tiendas, por conquistar estas tierras, donde habían derramado mucha parte de su sangre y la de sus hermanos y parientes, y puesto que no habían de gozar de la tierra por ellos ganada, ni de los frutos de ella, que la querían dejar para que solo el Virrey la gozase.

Por otra parte, decían algunos soldados malintencionados, que también se entremetían como gente, que más querían no tener ni poseer nada y estar pobres en tierra de cristianos que ir a conquistar nuevas tierras, puesto que al cabo y a la postre no habían de gozar los pueblos que les diesen, porque Su Majestad les había luego de quitar lo que así ganasen, como lo hacían ahora con los conquistadores. Esto dijeron a ejemplo de lo que oían decir a los ciudadanos trujillanos, porque a unos les quitaban los esclavos indios, y a otros los pueblos de sus repartimientos. Y decían que más querían irse de ciudad en ciudad, y de villa en villa, y por los pueblos de los indios, tomando y robando todo cuanto en ellos hallasen a diestro y siniestro, que ir a conquistar tierras nuevas donde pasasen grandes trabajos y necesidades sin ningún agradecimiento ni dádiva del Rey, puesto que les habían de quitar luego lo que así ganasen.

Pues ¿qué diremos de los que habían sido tenientes de gobernador, y los oficiales de Su Majestad, sino que se agraviaban en gran manera, diciendo que no era razón ni justicia que les quitasen los repartimientos de indios, por cuanto ellos no los habían obtenido con el Real oficio, sino por los muchos servicios que hicieron a Su Majestad en la conquista de la tierra?

El que más desvergonzada y osadamente habló, y el que más bravo se mostró contra el Virrey, fue fray Pedro Muñoz, a quien comúnmente llamaban El Arcabucero, que era de la Orden de Nuestra Señora de la Merced, el cual dijo descaradamente muchas veces en público, que Su Majestad daba muy mal galardón a todos aquellos que le habían servido en la conquista de la tierra con tantos trabajos de sus personas y vidas, pues les quitaba lo que con tantos peligros y afanes habían ganado. Y además de esto, que las ordenanzas y nuevas leyes que el Virrey traía olían más a puro interés que a cristiandad, ni a buena gobernación, puesto que quitaban y libertaban primero los esclavos que los factores de Su Majestad habían vendido en su Real nombre, sin hacer ninguna restitución de los pesos de oro que por ellos habían dado.

Asimismo, decían que parecía muy mal y que no era de cristianos quitar los repartimientos de indios que las iglesias y monasterios tenían, para ponerlos en cabeza de Su Majestad, y que tenían creído que el Emperador no lo habría mandado, sino que el Virrey, por hacerles mal y daño, quitaba de su propio motivo los pueblos, y que era mejor quitarlos del Rey para darlos a los monasterios, especialmente que se repartiesen todos los pueblos de indios que Su Majestad tenía, entre los conquistadores que no tenían de comer, que andaban pobres y muy necesitados y se morían de hambre. Y así se dejaron decir otras cosas de gran insolencia, y a muchos insistían en que se las dijesen.

A esta causa había en el monasterio cada día grandes corrillos solamente para decir mal del Virrey y de sus palabras y de sus hechos, y como todos se allegasen a él parecía que se había hecho capitán y cabeza de bando, por lo cual el fraile no se recelaba de cosa alguna viéndose rodeado de los más principales vecinos y de algunos soldados que había en la ciudad.

Quieren decir muchos que conocieron a este fraile siendo lego, que estaba mal con el Virrey porque lo acuchilló una noche en Málaga, siendo allí Corregidor, y el fraile por vengarse de él decía muchas palabras feas y desacertadas en su ausencia. Bien sea verdad que muchos caballeros celosos del servicio de Su Majestad afeaban estas cosas a Fray Pedro Muñoz y a los que andaban con él cizañeando al pueblo, y a los soldados reñían y amenazaban, increpándoles los corrillos que hacían y las palabras tan desacatadas que decían contra el Virrey. Estos tales buenos hombres disculpaban al Virrey en todo y por todo, diciendo a todos que lo que él venía haciendo era por mandado de Su Majestad, y que como su buen servidor cumplía en sí lo que era obligado, pues convenía y era provechoso a las conciencias de todos ellos guardar las ordenanzas.

En verdad, al Virrey le pesaban todas estas cosas, pues veía y comprendía que toda la tierra estaba alborotada y a punto de cometer algún desatino o locura. Sin embargo, como había prometido a Su Majestad cumplir fielmente su mandato, y el Rey así se lo había ordenado, no le quedaba más opción que perseverar.

No debe extrañar a nadie lo que el Virrey hacía, ni el ímpetu con que ordenaba y volvía a ordenar, porque creía que, si no se ejecutaban sus mandatos en nombre de Su Majestad, o no se guardaban las nuevas leyes y ordenanzas, faltaba a su deber.

Por ello, y por muchas otras advertencias que recibía, andaba con gran vehemencia, amenazando a todos para que cumplieran las ordenanzas según su contenido. No obstante, hasta entonces no había mandado ahorcar a nadie ni encarcelado a persona alguna, sino que se limitaba a fanfarronear y amenazar, con el fin de infundir temor entre los vecinos y moradores. En esta porfía, finalmente, halló su muerte, como adelante se dirá.

CAPÍTULO OCTAVO

DE CÓMO EL LICENCIADO CRISTÓBAL VACA DE CASTRO SE PARTIÓ DEL CUSCO Y SE VINO A LA CIUDAD DE LIMA, Y LLEGADO A ELLA HALLÓ EN LOS VECINOS MUCHAS Y DIVERSAS VOLUNTADES Y OPINIONES CONTRARIAS LAS UNAS DE LAS OTRAS.

Mientras el Virrey estuvo en Tumbes y en Paita, y mientras se detuvo en San Miguel y en la ciudad de Trujillo y en otras partes del camino entendiendo en diversas cosas que convenían al servicio de Su Majestad, no faltaron vecinos de estos lugares y de otras partes que luego escribieron al licenciado Cristóbal Vaca de Castro, el cual estaba todavía en reputación de Gobernador, en el Cusco, adonde había ido días atrás a negocios que convenían al servicio del Rey.

Estos vecinos le hicieron saber de cómo el Virrey venía muy mal indignado contra él, y que le trataba mal de palabra, y más lo que decía que había de hacer en la reformación de todas las repúblicas de las ciudades, villas y lugares, porque estaba informado de que estaban muy dañadas y estragadas por su causa.

Teniendo Vaca de Castro estos avisos y otros muchos, escribió luego a los cabildos de las Charcas y de Arequipa, con Tomás Vázquez, vecino del Cusco, y les envió a decir que viesen los traslados de las nuevas ordenanzas que Diego de Aller, su criado, había traído; los cuales habiéndolas visto se recelaron todos con temor de la ejecución de ellas. Entre otras muchas cosas que les escribió les envió a decir que no tuviesen ningún recelo de la ejecución de ellas, porque él les prometía de poner su persona y vida para el remedio que conviniese en todo aquello que a él fuese posible, que también había por acá muchos quejosos contra el Virrey, el cual venía a la tierra a destruirlos.

Despachado, pues, Tomás Vázquez, luego determinó de irse a la ciudad de Lima antes que el Virrey entrase en ella, porque le convenía mucho entrar primero para saber y tantear las voluntades que había en los ciudadanos, para ver si tenía en ella muchos amigos o enemigos.

Partido del Cusco, llevó en su compañía algunos hombres de sus más allegados y conocidos que tenía, los cuales fueron Don Alonso de Montemayor; Lorenzo de Aldana; el licenciado Benito Juárez de Carvajal; Hernando Bachicao; Jerónimo de la Serna; Gaspar Rodríguez de Camporredondo; Pedro de los Ríos y Pedro Alonso de Carrasco, con otros muchos hombres principales de la ciudad del Cusco. También llevó consigo muchos soldados puestos en orden de guerra, con muchos indios flecheros.

Y como los vecinos de Lima supieron de su venida y de la orden que traía, dio gran sospecha a muchos de que venía con mala intención y con dañadas entrañas. Especialmente cuando supieron lo que había escrito con Tomás Vázquez a los pueblos de Arequipa y a las Charcas, porque el padre Baltasar de Loaysa, natural de Madrid, viniendo de Arequipa a la ciudad de Lima, lo había dicho y publicado, porque se halló presente al dar y leer las cartas al regimiento, por lo cual sus émulos y enemigos dieron principio a decir mucho mal de él.

Pues con la venida del licenciado Vaca de Castro, que ya venía de camino, se mostraron luego las muchas parcialidades, bandos y opiniones que había, porque unos deseaban que Vaca de Castro llegase pronto a la ciudad, porque le tenían buena voluntad, y le eran aficionados. Otros deseaban que entrase primero el Virrey en la ciudad antes que Vaca de Castro la ocupase, y a esta causa escribieron cartas presurosas a cada uno de ellos de por sí, pretendiendo cada cual su propio interés, y otros el servicio de Su Majestad.

Los vecinos que se mostraban afectos al Virrey escribieron al licenciado Vaca de Castro para advertirle que no viniese con mano armada, como se decía que lo hacía, pues el Virrey entraría muy pronto en la ciudad y su llegada de aquella manera podría acarrearle algún mal o perjuicio. Le aconsejaban que, si deseaba entrar en la ciudad, lo hiciera como hombre particular y no como Gobernador, ya que el Real cargo que ostentaba había expirado. Asimismo, le rogaron que no viniese acompañado de tantos soldados e indios armados, porque a todos les parecía muy impropio y provocador, y los fieles y leales vasallos de Su Majestad que había en la ciudad no le permitirían la entrada si venía con intención de causar alguna novedad o alteración.

Quienes escribieron a Vaca de Castro temían que este les hiciera algún daño, pues tiempo atrás se habían negado a recibir a un teniente suyo enviado desde el Cusco en nombre de Su Majestad para que actuase por él en la ciudad de Lima. Por esta causa y por otros motivos, desconfiaban de sus intenciones.

Esos mismos hombres, por otra parte, escribieron también al Virrey para instarle a que apresurase su llegada a Lima antes de que Vaca de Castro entrase, a fin de librarlos del temor y recelo que les causaba su venida, ya que sabían que marchaba con mano armada, acompañado de numerosos soldados e indios. Le advirtieron además que, si Vaca de Castro lograba entrar primero en la ciudad, sería difícil recibir al Virrey como correspondía a su dignidad. Todo esto disgustó profundamente a Blasco Núñez Vela, aunque procuró disimularlo lo mejor que pudo, y por ello aceleró su marcha, dejando para más adelante los asuntos que tenía entre manos.

Por su parte, los amigos de Vaca de Castro le escribieron con premura, informándole de que habían sabido que sus enemigos habían dirigido al Virrey cartas llenas de acusaciones contra él, y que en todo caso debía apresurarse en llegar y entrar antes que el Virrey en la ciudad, para que, con su consejo y parecer, se determinase lo que convenía hacer respecto al recibimiento del Virrey y la ejecución de las nuevas ordenanzas.

También le advirtieron de que muchos de sus partidarios lo esperaban en Lima con la firme resolución de no admitir a Blasco Núñez Vela como Virrey, pues este venía con ánimo de despojarlos de lo que poseían, sino de reconocer a Vaca de Castro como Gobernador, al menos hasta que Su Majestad dispusiera otra cosa, dado que bajo su autoridad habían gozado de paz, quietud y justicia.

Recibidas estas letras por Vaca de Castro, y viendo lo en ellas contenido, conoció clara y abiertamente lo que había dentro en la ciudad, porque unos le llamaban y otros le desechaban, por lo cual le pesó en gran manera por tan diversas opiniones que había, y luego entendió que no podía entrar en la ciudad como él lo deseaba.

Sabiendo el Padre Baltasar de Loaysa que Vaca de Castro venía de la manera que hemos dicho, se fue al camino a encontrarse con él y le avisó todo lo que de él se decía en la ciudad, que a todos los leales servidores de Su Majestad les parecía muy mal que viniese con tanta gente armada y de guerra. Y que dejadas las armas hiciese luego mensajero al Virrey, dándole la enhorabuena de su venida, y le avisase de las cosas que por acá pasaban, y él entrase en la ciudad como hombre particular. Y así le dijo otras muchas cosas muy convenientes a su persona y honra, que oídas las buenas razones le cuadraron muy bien.

Vaca de Castro, como hombre prudente y sagaz, mirándolo bien y parando mientes en lo que adelante le podría suceder si entraba en la ciudad con la gente que traía, donde había tantas contrariedades y diversas opiniones y pareceres, determinó por entonces, con maduro consejo, dejar las armas y la guarda que traía para su persona. Y estando en el pueblo de Picoy envió luego al Virrey a Jerónimo de la Serna, su mayordomo mayor, y a Pedro López de Cazalla, su secretario, a darle el beneplácito de su venida, escribiendo largo de muchas cosas que pasaban en la tierra; y así mandó a los mensajeros que fuesen doblando las jornadas y le diesen la embajada dondequiera que le topasen.

Pues, dejadas las armas y la mucha parte de los soldados que traía, se vino por su camino adelante con muy pocos hombres, los cuales vinieron secretamente bien armados, trayendo solamente los arcabuces en los arzones de las sillas, aunque cargados con dos balas, y las mechas encendidas.

Ya que estaba a una jornada de la ciudad le salieron a recibir sus amigos, y en el camino le aconsejaron, y aun se lo requirieron por escrito de parte de Su Majestad, a que se volviese a la ciudad del Cusco y la tuviese por el Rey nuestro Señor, hasta ver en lo que paraban los designios y amenazas del Virrey. Otros dijeron que era mejor enviase luego a llamar a la gente que había despedido, y que con ella se metiese en la ciudad, que ellos se ofrecían de darle todo el favor y ayuda que fuese menester para que se apoderase de ella y la tuviese debajo de su gobierno hasta en tanto que Su Majestad proveyese otra cosa. Y que puesto que había ahora buena coyuntura, que todos estaban alborotados con la venida del Virrey, que al primer toque de tambor ("repique de broquel") se le allegaría toda la tierra a servirle, y que fácilmente lo prendería antes que los cuatro Oidores llegasen, que se habían quedado atrás, y que lo enviarían al Rey con sus nuevas ordenanzas y leyes.

De todas estas cosas vanas y livianas y bien locas y desatinadas no quiso Vaca de Castro hacer cosa alguna, antes determinó entrar en la ciudad pacíficamente y de allí salir a recibir al Virrey como hombre particular, que no volverse al Cusco como los interesados se lo aconsejaban, porque estos intentaban con mano ajena hacer algunas novedades como hombres sediciosos.

Así pues, tras oír todas estas habladurías y teniéndolas por vanas y ligeras, Vaca de Castro entró en la ciudad una noche y se hospedó en las casas del Comendador Hernando Pizarro, hermano del Marqués don Francisco Pizarro, pues no quiso alojarse en las del propio Marqués, ya que estaban siendo preparadas para recibir al Virrey y a sus parientes.

Apenas hubo entrado, al día siguiente comenzó a ejercer como Gobernador, conociendo causas civiles y criminales, celebrando audiencia pública y despachando diversos negocios. También repartió entre sus amigos y servidores varios repartimientos de indios que se hallaban vacantes, y procedió en la administración de justicia con toda autoridad.

Estando ya en la ciudad, advirtió con claridad las múltiples y encontradas voluntades que dividían a los vecinos: unos se inclinaban por servir al Virrey, y otros al licenciado Vaca de Castro. Comprendió, entonces, el enredo de intereses y pasiones que dominaban la ciudad, aunque al final resolvió aguardar la llegada del Virrey y salir a recibirlo como correspondía.

Gaspar Rodríguez de Camporredondo, vecino del Cusco y antiguo compañero de Vaca de Castro, al saber que el Virrey se hallaba cerca, abandonó Lima y regresó al Cusco con varios de sus amigos, partidarios del mismo Vaca de Castro. Al pasar por el pueblo de Picoy, tomó consigo toda la gente y las armas que allí había, con el propósito —según se decía— de alzar la tierra en favor de quien más poder alcanzase.

En la ciudad corrió el rumor, aunque sin fundamento, de que Vaca de Castro estaba al tanto de todo esto, o incluso que él mismo había enviado a Gaspar Rodríguez de Camporredondo para que levantase la tierra, y que lo hacía con dos propósitos. El primero, para que Su Majestad viese cuán buen republicano había sido durante su gobierno, pues había mantenido la tierra quieta y pacífica, habiéndola recibido revuelta y oprimida por los tiranos. El segundo —según afirmaban, aunque falsamente—, porque temía la manera en que el Virrey podría tratarlo si lo apresaba, ya que desde lejos lo venía amenazando; y que, en caso de verse maltratado o en peligro, pensaba refugiarse en el Cusco, uniéndose al ejército que Gaspar Rodríguez ya habría formado.

Todo esto, sin embargo, fue pura invención de sus émulos, pues tuvo tiempo de sobra para volver al Cusco si hubiera querido, sin que nadie se lo impidiera. Pero como era fiel servidor del Rey y muy leal vasallo, desmintió con sus hechos todas aquellas calumnias. Sus enemigos quedaron así burlados y confundidos, como los hombres livianos y maliciosos que eran.

CAPÍTULO NOVENO

DE LAS RAZONES QUE LOS DEL CABILDO Y REGIMIENTO TUVIERON SOBRE LA ENTRADA DEL VIRREY EN LA CIUDAD DE LIMA, Y DE CÓMO ENTRÓ EN ELLA, Y DEL JURAMENTO QUE LE TOMÓ EL FACTOR GUILLÉN JUÁREZ DE CARVAJAL, Y LO QUE RESPONDIÓ, Y AL CABO SE PREGONARON LAS NUEVAS LEYES.

Estaba el Virrey muy ocupado, como dijimos, en las cosas que Su Majestad le mandó hiciese en la ciudad de Trujillo en su servicio, y así como recibió las cartas mensajeras que de Lima le habían escrito se partió luego con presteza, como el caso lo requería, yendo con su hermano Juan Velázquez Vela Núñez y su cuñado y algunos caballeros que seguirle quisieron, aunque no tenían que negociar con él, sino por ver lo que hacía o decía.

Yendo por sus jornadas contadas y de pueblo en pueblo, encontró con los mensajeros de Vaca de Castro, y recibiendo las cartas se holgó con ellas, y preguntándoles algunas cosas le respondieron lo que sabían, y de allí los despachó con cartas de congratulación para Vaca de Castro.

Pasando más adelante no hallaba qué comer, a causa de que días atrás él mismo había mandado despoblar los mesones, o si se quiere los tambos que en cada pueblo había, de lo cual el Virrey recibía grande pesar y enojo. Por lo cual mandó luego a los hombres que iban con él, que eran baquianos y antiguos en la tierra, que fuesen a los pueblos comarcanos a buscar de comer; los cuales fueron y trajeron algunos carneros y gallinas de Castilla, y maíz, con otras muchas cosas de comer, y trajeron muchos indios para cargar la ropa del Virrey y de sus allegados.

Caminando de esta manera llegó un día a los aposentos que llaman de La Barranca, donde tampoco no se halló qué comer, sino fue un letrero de letras gruesas y mal hechas que estaban escritas en un pedazo de papel pegado en la pared, que decían de esta manera: "El que me quisiere quitar los esclavos y pueblos que tengo en encomienda por Su Majestad, mire lo que hace; quizás podrá ser que primero lo eche de la tierra, o le quite la vida."

El Virrey se maravilló al ver aquel letrero, y enfurecido preguntó a los que estaban con él quién podría ser el desvergonzado que se hubiera atrevido a escribir semejante insolencia. Los presentes, discurriendo sin mucho tino, sospecharon que el autor podía ser el factor Guillén Juárez de Carvajal o Antonio de Solar —vecino de Lima y dueño de aquel pueblo—, quienes poco antes habían pasado por allí camino de sus casas con licencia del propio Virrey.

Convencido de que el responsable era el Factor, el Virrey concibió desde entonces una profunda enemistad contra él y, por añadidura, contra Antonio de Solar. Dijo airadamente que aquella osadía no quedaría sin castigo, pues constituía un grave desacato a la Real Majestad, con palabras propias de traidores y sediciosos. Más adelante, sin embargo, se supo quién había sido realmente el autor del escrito, como se contará después.

Mientras permanecía en el pueblo de la Barranca, llegó ante el Virrey un mensajero llamado Gómez Pérez, antiguo criado de don Diego de Almagro el Mozo, quien venía de parte del rey Manco Inca Yupanqui, señor de todas las provincias y reinos del Perú, para besarle las manos. Este Manco Inca se hallaba retirado, fuera del Camino Real, en unas sierras ásperas y fragosas, junto al capitán Diego Méndez de Sotomayor y seis españoles que habían seguido siempre la causa de Almagro el Mozo. Estos hombres habían logrado escapar de la batalla de Chupas y se refugiaron en los Andes.

La embajada tenía por objeto solicitar del Virrey licencia y salvoconducto para que el Inca y aquellos españoles pudieran salir de su retiro y presentarse ante él, ofreciendo ponerse al servicio de Su Majestad con el rey Inca y con gran número de sus vasallos. Pedían, además, que se les asegurase protección contra Vaca de Castro y los pizarristas, que los perseguían y les tenían mala voluntad.

El Virrey recibió la embajada con gran agrado, convencido de que, si lograba la paz con aquel poderoso rey, también los demás caciques y principales indios alzados se someterían y bajarían a poblar los llanos. Consideraba que ello sería un notable servicio a Dios y a Su Majestad. Por tanto, accedió a su petición y les otorgó, por escrito y firmadas de su propia mano, todas las seguridades que solicitaron.

Gómez Pérez regresó satisfecho con los recaudos, lo que causó gran alegría al Manco Inca, a Diego Méndez y a los demás españoles. Pero cuando estaban a punto de salir de las sierras, el Inca y Méndez, como solían, se pusieron a jugar a los bolos. Como el Inca acostumbraba a hacer trampas y Méndez no podía soportarlo, se enzarzaron en una disputa de palabras que pronto se tornó violenta. Fuera de sí, Méndez arremetió contra el Inca y lo mató a puñaladas ante toda su corte y su guardia.

Los soldados indios, al ver morir tan súbitamente a su señor, se lanzaron sobre el agresor con picas, porras y otras armas, haciéndolo pedazos. Los pocos españoles que lo acompañaban intentaron defenderlo con valentía, pero finalmente fueron también muertos y destrozados por los indios. Así se frustró aquella salida que todos esperaban con esperanza, pues de haber logrado bajar, la tierra hubiera quedado en gran paz y prosperidad.

Tornando a nuestro propósito, digo que entre los caballeros que vinieron con el Virrey desde España fueron, como hemos dicho, el Factor Carvajal; el Contador Cáceres; Diego de Agüero; Antonio Solar y otros vecinos de Lima y del Cusco que habían ido a España a negociar con el Rey cosas tocantes a ellos y a lo que más convenía a toda la tierra. Pues como estos hombres habían venido gran parte del camino con el Virrey, vieron y notaron mucho de sus cosas y de lo que decía que había de hacer en la tierra, y les pareció que si las ordenanzas y nuevas leyes se ejecutaban había de ser gran perdición para muchos, y así por no verlo ni oírlo le dejaron en la ciudad de Trujillo, y con su licencia se fueron a sus casas.

Venidos estos hombres a Lima y entrando un día en cabildo con los alcaldes ordinarios y con todo el regimiento y los oficiales de Su Majestad, dijeron la intención que el Virrey traía, y de lo que decía que había de hacer en la tierra, y así de otras cosas ridículas, y de tal manera se platicó esto que todo el regimiento se indignó contra él. Por tanto, todos los del cabildo y otros hombres principales y ricos de hacienda que para ello fueron llamados, hablándose los unos a los otros vinieron a decir y concertar lo que habían de hacer, puesto que era en pro y utilidad universal de toda la tierra y para todos los que en ella vivían y habían de venir después a avecindarse en ella.

El acuerdo general entre todos fue que Blasco Núñez Vela no fuese recibido como Virrey de los reinos del Perú sin que antes y sobre todas las cosas jurase guardar los privilegios, franquezas, libertades, mercedes y cédulas concedidos por Su Majestad. Además, debía otorgar la súplica de las ordenanzas y nuevas leyes, y, una vez aceptadas, firmar con su nombre la cédula y el documento preparados para tal fin.

Tratadas estas cuestiones y otras muchas, se divulgaron pronto por toda la ciudad, de modo que no fue necesario que uno solo se alterase para que todos se alborotasen. Así, muchos comenzaron a jurar con furia y sin discreción que no permitirían bajo ningún concepto que Blasco Núñez Vela hiciera nada contrario al bien y provecho de los ciudadanos. Y si acaso intentaba hacerlo, pondrían sus vidas, personas y haciendas en defensa de ello, o lo enviarían preso a España junto con las leyes, tomando otro gobernador en nombre de Su Majestad, mientras él dispusiera lo contrario.

No faltaron, sin embargo, servidores del rey que dieron aviso al Virrey de aquellas pláticas, lo que le pesó sobremanera, no tanto por lo que de él se decía, sino porque comprendió que no habría modo de que las nuevas ordenanzas se cumpliesen ni guardasen. Para desviar con astucia esta conspiración tan perjudicial, envió por delante a Diego de Agüero, quien había vuelto a su favor, para que hablase con los regidores y con todo el pueblo, a fin de aplacar la ira, enojo y furia que contra él sentían. Le encargó, además, que si surgía alguna novedad, velase para que no fuese en su perjuicio, ni firmase nada que fuese contra el servicio de Su Majestad, ni consintiese juramento alguno sobre la suspensión de las ordenanzas.

Conviene saber que el Virrey estaba plenamente informado de cuanto se trató en el Cabildo, así como de los requerimientos y protestas que le tenían preparados. Por ello se hallaba muy desabrido y melancólico, tanto por esto como por temor al juicio de los Oidores, quienes podrían reprocharle el incumplimiento de las ordenanzas que él mismo había prometido hacer valer; todo lo cual disimulaba prudentemente, esperando su momento.

Diego de Agüero, hombre muy valeroso, conquistador de la tierra, rico y hacendado, prometió al Virrey cumplir cuanto le ordenaba. Así, regresó a la ciudad, y entrando en Cabildo, expuso ante el regimiento, los Oficiales Reales y varios ciudadanos notables, que Blasco Núñez Vela había mudado su aspereza en mansedumbre y benignidad, al comprender el gran disgusto que su venida había causado por el temor a la ejecución de las nuevas leyes. Añadió que dichas leyes no serían publicadas por consideración a los vecinos y habitantes de la tierra, hasta que Su Majestad mandase otra cosa en adelante.

Con estas cosas y otras muchas que Diego de Agüero dijo, y con el favor que le dio el factor Guillén Juárez de Carvajal, a quien respetaban mucho, y por las razones que les puso por delante en favor del Virrey, el cual porfiadamente trabajó para que fuese recibido, se aplacaron todos algún tanto. Mas no por eso dejaron de decir algunos malintencionados que harían del Virrey lo que quisiesen, si mucho tiempo estuviese en la tierra, aunque fuese mucho más bravo y furioso; que por ello perderían las personas, vidas y haciendas, si intentaba hacer otra cosa de lo que ellos querían.

Pues continuando el Virrey su camino y estando ya a tres leguas de la ciudad, le salieron a recibir algunos leales servidores del Rey, el cual los recibió con mucho amor y buena voluntad. Y estando a una legua de la ciudad salió el licenciado Cristóbal Vaca de Castro a recibirlo, con algunos de sus aficionados y allegados, y emparejando con él hizo demostración de quererse apear del caballo. El Virrey no lo consintió hacer, antes como estaba a caballo se hablaron, mostrando el Virrey holgarse de haberlo visto, y así pasaron entre ellos palabras muy corteses y de gran comedimiento, y hecho esto habló luego a todos aquellos que habían ido con él, y ellos le dieron la bienvenida a su señoría. Luego llegó allí el reverendísimo obispo de la ciudad, Don Fray Gerónimo de Loaysa, con muchos clérigos y algunos caballeros, a recibirlo, y ambos le hicieron acatamiento, y no se dejaron apear, antes con gran presteza, quitados los sombreros, se allegaron tan juntos que se abrazaron cordialmente, y de allí se tornaron a la ciudad.

Llegado que fue al río, ya que estaba junto a la ciudad, el obispo electo de la ciudad de Quito, Don García Ramírez Arias, que era clérigo, que iban con él, le salieron al encuentro juntamente todo el Cabildo y regimiento, y muchos vecinos bien valerosos lo recibieron con demostración de gran contento y alegría, llevando muchos de ellos los ánimos emponzoñados y melancólicos.

Ya que el Virrey quería entrar por la ciudad, el factor Guillén Juárez de Carvajal se puso ante él, estando presentes el obispo y el electo y Vaca de Castro, con todo el regimiento y otros muchos caballeros y vecinos de diversos lugares de la tierra, y le tomó juramento en nombre de todos los cabildos de todo el Perú, en esta forma y manera: Que su señoría ilustrísima les guardaría todas las mercedes, privilegios, franquezas, cédulas que tenían del Rey los conquistadores y nuevos pobladores de los reinos poblados del Perú, y que no se las quebrantaría ahora ni en ningún tiempo, y que les otorgaría la apelación y súplica de las nuevas leyes ante Su Majestad.

El Virrey mostró gran disgusto al prestar aquel juramento, pero finalmente lo hizo, declarando que cumpliría todo cuanto fuese en servicio de Dios, de Su Majestad, en beneficio de los vecinos y en provecho de los indios naturales de toda la tierra.

Sin embargo, los malintencionados y los interesados que se hallaban presentes al acto dijeron que aquel juramento había sido hecho con cautela y doblez de ánimo, pues entendían que, bajo la apariencia de obrar en favor y utilidad de los indios, el Virrey cumpliría lo que el Rey mandaba, lo cual, según ellos, sería en perjuicio de todos los vecinos de la tierra.

Después de esto metieron al Virrey debajo de un palio muy rico que los regidores llevaban, y fue recibido con gran acatamiento, y fue aposentado en las casas del Marqués Pizarro, que caen en la plaza, a 15 de mayo de 1544 años.

Después que se hubo aposentado, y antes que comiese, presentó ante los alcaldes ordinarios y regimiento y ante los oficiales del Rey y ante muchos vecinos, todos los recaudos y provisiones que traía, originalmente, estando presentes los Reverendísimos obispos de Lima y de Quito, y Vaca de Castro; Jerónimo de Aliaga, escribano mayor y secretario mayor del reino, las leyó todas, y luego fue allí recibido por Virrey, y después se asentó en el libro de los Oficiales de Su Majestad, y asimismo en el libro del Cabildo.

Otro día, de mañana, mandó pregonar públicamente las nuevas ordenanzas en la plaza, y por toda la ciudad, y cuando los vecinos interesados oyeron esta publicación se fueron al Virrey los más principales hombres que entonces allí había. Al cual suplicaron por escrito y de palabra que sobreseyese las nuevas leyes y la ejecución de ellas hasta en tanto que lo hiciesen saber al Rey, y que no permitiese que toda la tierra se perdiese, puesto que estaba ya toda muy escandalizada.

El Virrey dijo que pues estaban ya pregonadas que no había remedio, ni era en su mano de revocarlas, ni les conceder tal merced; que no tenía poder para hacerlo, sino que todas ellas se habían de guardar y cumplir como en ellas se contenían, y que no había lugar de les otorgar la apelación, porque Su Majestad así lo mandaba. Y con esto los despidió a todos, y ellos se fueron a sus casas con gran pesar y rabiando, que no sabían qué remedio tener para eximirse de ellas, en especial los que tenían repartimientos de indios y esclavos, y los que se habían hallado en la batalla de las Salinas contra Almagro.

CAPÍTULO DÉCIMO

DE CÓMO EL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA HIZO TOMAR RESIDENCIA AL LICENCIADO CRISTÓBAL VACA DE CASTRO Y LO MANDÓ PRENDER Y ECHAR EN LA CÁRCEL PÚBLICA DE LA CIUDAD Y DE ALLÍ LO HIZO PASAR A CASA DE MARÍA D'ESCOBAR Y DESPUÉS A UN NAVÍO.

Después que se pregonaron las ordenanzas, y habiendo el Virrey hecho otras cosas que convenían al servicio de Su Majestad, luego procuró de saber secretamente lo que el licenciado Vaca de Castro hacía o decía acerca de su venida, porque ciertos émulos y contrarios suyos le iban cada día con novelas y en su ausencia decía muchos males de él. Y por el crédito que el Virrey les daba, mandó luego pregonar la residencia contra Vaca de Castro, y que los que tenían que pedirle viniesen ante él, porque los oiría y haría cumplida justicia; y esto hizo por la prisa que le daban sus émulos, que eran de los almagristas, que él los había vencido, y que esta residencia se hiciese antes que los Oidores llegasen.

Y para hacer esto mandó prender al dicho Vaca de Castro y detenerlo en la cárcel pública, de lo cual pesó mucho en gran manera a muchos vecinos de los que había en la ciudad, que eran sus verdaderos amigos y hacían mucho por él. Ellos, no pudiendo disimular este caso, se fueron al Virrey y le suplicaron no permitiese que una persona de tanta calidad como era la de Vaca de Castro, siendo uno de los del Real Consejo de Su Majestad, y criado, y habiendo sido Gobernador de aquellos reinos y provincias, estuviese en la cárcel pública como si fuera un hombre particular y de bajo estado. Y que su señoría les hiciese muy señalada merced, si fuese servido, de mandarlo sacar de la prisión en que estaba y ponerlo en otra parte que fuese más honrosa y decente, y que mirase que el Rey nuestro señor lo había enviado a la tierra siendo Oidor a la sazón en Valladolid.

El Virrey, por cumplir con tantos caballeros como allí estaban, les otorgó lo que pedían y lo mandó llevar a las casas de Doña María d'Escobar, una generosa y muy honrada viuda, con seguridad que le dieron de cien mil ducados de buen oro, de que no se iría ni ausentaría de aquella casa, y también le tenían secuestrados los bienes que le hallaron, aunque pocos.

Luego los litigantes y contrarios de Vaca de Castro le comenzaron a poner muchas y diversas cosas por vía de acusación y querella, acriminándolas mucho más de lo que eran. Unos dijeron en sus dichos de los que habían tomado por testigos en las informaciones que se hicieron contra él, que Vaca de Castro había traído por fuerza muchos indios en las minas de oro y de plata sin pagarles cosa alguna, donde se habían muerto mucha cantidad de ellos. También, que los tales indios que así había traído en las dichas minas, habían sido de los pueblos de Su Majestad, los cuales tributaban gran cantidad de pesos de oro y de plata que se metía en la caja del Rey nuestro Señor, de que había sido defraudado en todo y por todo. Además, que trayendo los dichos indios en las minas en su servicio, no dieron lo que eran obligados a dar a Su Majestad, por donde la dicha Real Caja se había disminuido y faltaba gran cantidad de oro y plata, y que el dicho Vaca de Castro era obligado a pagarlo todo, pues había ocupado los dichos indios en su servicio.

Y además de esto dijeron otros de sus émulos que Vaca de Castro había consentido vender muchos indios libres por esclavos, y a los libres había hecho cargar con demasiadas cargas, de que habían peligrado muchos de ellos, y que de todo esto no había hecho ninguna inquisición para castigarlos, antes disimulaba con los delincuentes y se acompañaba con ellos por ser ricos.

Otros dijeron que Vaca de Castro se había llamado Gobernador después que el Virrey había llegado a la tierra, y de muchos agravios y fuerzas que había hecho a los españoles y a los indios; y así dijeron otras muchas contra él y contra todos los tenientes, corregidores, alcaldes mayores y oficiales que había tenido en muchas y diversas partes.

Después de hechos y fulminados los procesos de la residencia pública y secreta, y haciéndole cargo de muchas cosas, los amigos de Vaca de Castro, y a su pedimento, comenzaron por su parte a abonarle y a descargar cuanto pudieron decir con verdad, poniendo en parangón los males que decían haber hecho, a la buena gobernación que siempre había tenido en toda la tierra. Y que el Real cargo que había tenido lo había administrado muy bien y fielmente, como buen cristiano y temeroso de Dios, y de los muchos y grandes servicios que había hecho a Su Majestad, poniendo su persona y vida en grandes trabajos y peligros en la prosecución de las cosas en que se había puesto en servicio del Rey nuestro Señor.

Finalmente, dijeron en sus dichos cómo el licenciado Vaca de Castro había apaciguado toda la tierra de muchas guerras y debates que se habían levantado en ella contra el servicio de Dios y de Su Majestad, y que con su discreción y prudencia había hecho cesar muchos insultos y debates, males y daños que querían cometer muchos sediciosos y bandoleros de la parte de los almagristas y pizarristas. Y que si no fuera por su prudencia y sagacidad, que toda la tierra estuviera ya perdida, y aun despoblada de los cristianos, y los indios naturales se tornaran a su primera gentilidad; y como después había tenido toda la tierra en mucha paz y quietud, manteniéndola con mucha justicia y equidad; y así dijeron otras muchas cosas para su descargo.

El Virrey, como vio el proceso de abono que Vaca de Castro había hecho, y que no eran tan bastantes los cargos y capítulos que sus émulos le habían puesto, ni lo que los testigos habían dicho en la información, dicen que le puso por cargo y le acumuló muchas y diversas cosas, y entre ellas lo siguiente: Primeramente que después que él llegó a la tierra había firmado muchas cédulas de repartimientos de indios, dándolos a sus amigos y criados, no lo pudiendo hacer por haber expirado el Real cargo que había tenido, desde la hora que le envió a decir que estaba en el pueblo de Tumbes. También, que había hecho audiencia pública oyendo de pleitos y causas civiles y criminales entre los litigantes, y había dado por libres a ciertos hombres delincuentes que habían cometido crímenes de lesa majestad contra Su Majestad, solamente por ser sus amigos y por estar cohechado de ellos. Además, que había indignado a los españoles y a los indios naturales para que se alzasen con toda la tierra y la revolviesen toda, y que a esta causa había venido de la ciudad del Cusco con mucha gente, y que si no fuera por algunos servidores de Su Majestad se alzara con la tierra. También, que había enviado al Cusco a Gaspar Rodríguez de Camporredondo con muchos españoles armados para que levantasen la tierra contra Su Majestad y contra su Virrey y contra la Real Audiencia que ya venía a la tierra. Además, que había escrito con Tomás Vázquez a los cabildos de la ciudad de Arequipa y a la villa de las Charcas, donde en sus cartas iban palabras escandalosas y preñadas, dando en ellas a entender que él remediaría la tierra de tal manera que no se cumplirían ni se guardarían las ordenanzas de Su Majestad; y con estos se le acumularon otros.

Los amigos de Vaca de Castro, cuando sintieron que el Virrey quería llevar esta cosa por vía de rigor y pasión, como ellos decían, y no por razón y justicia, determinaron con ánimo diabólico y con desvergonzada osadía de darle favor y ayuda con sus haciendas y personas, o morir en la demanda. Los que pretendían hacer estos devaneos y desatinos procuraron de sacarle de la torre donde estaba detenido, porque el Virrey le tenía ya puesta guarda de gente a su costa, porque había oído decir de este rumor, y también porque no se fuese, como malos terceros le decían que se quería ir.

Los que con mayor empeño mostraron su favor a Vaca de Castro fueron don Pedro Luis de Cabrera y su yerno Hernán Mejía de Guzmán, junto con algunos otros. Finalmente, no faltó quien informase de todo ello al Virrey para que tomase las medidas necesarias.

El Virrey, convencido de que así debía hacerse, mandó sacar a Vaca de Castro de la casa de doña María d’Escobar y lo envió preso al mar, junto con los mencionados don Pedro Luis de Cabrera y su yerno. Los tres fueron encerrados en un navío al que se le habían quitado las velas, los mástiles y las antenas, que se guardaban en tierra, y se les puso una guardia de gran confianza, todo ello costeado por los propios prisioneros.

Esto hizo el Virrey porque como recién venido a la tierra no la quiso alborotar más de lo que estaba, ni hacer castigo alguno en los delincuentes y facinerosos, puesto que querían hacer este tan escandaloso motín, hasta que viniesen los cuatro Oidores; que entonces pondría las manos muy de veras en estos negocios tan pestíferos. Mas, en fin, el Virrey como prudente quiso por entonces disimular con estas cosas hasta su tiempo y lugar que la Real Audiencia viniese y se asentase; a lo cual dejaremos un poco, por decir la venida de los cuatro Oidores que dejamos en Tierra Firme, en la ciudad de Panamá, aprestándose.

CAPÍTULO ONCE

DE CÓMO LOS CUATRO OIDORES SE VINIERON A LOS REINOS DEL PERÚ, Y DE LAS COSAS QUE HICIERON POR EL CAMINO HASTA QUE LLEGARON A LA CIUDAD DE LIMA, DONDE SE LES HIZO UN MUY SOLEMNE RECIBIMIENTO.

Habiéndose quedado los cuatro Oidores en Tierra Firme después que el Virrey salió de allá, comenzaron a revocar algunas cosas, por Audiencia, que eran de poca importancia, que él había mandado hacer, dándolas por ningunas; por lo cual los vecinos y moradores, estantes y habitantes del Nombre de Dios y de Panamá, les tomaron grande amor, ofreciéndoles sus personas y sus bienes.

Hechas estas cosas con otras muchas en pro y utilidad de los dos pueblos, determinaron de partirse para ir en seguimiento del Virrey, y así se embarcaron en sendos navíos con todas sus casas y familias, y viniendo por su mar adelante llegaron al puerto de Tumbes, donde fueron muy bien recibidos de los españoles que allí estaban.

En este pueblo supieron lo que el Virrey iba haciendo por donde pasaba, de lo cual recibían gran pesar, no por lo que hacía, sino porque decían mucho mal de él, que no lo podían remediar, y les pesaba porque no los había querido llevar consigo, ni aguardarlos para que fueran juntos, ni menos tomar el parecer de alguno de ellos. Mas, en fin, no sintieron otro remedio para aplacar a tantos querellosos sino de consolarlos y de revocar algunas cosas que no eran de tanta importancia, y otras dejaron para determinarlas en estando asentada la Real Audiencia en la ciudad de Lima.

De aquí se fueron por tierra al puerto de Paita, no todos juntos, sino cada uno de por sí, con sus casas y familias, y esto por la falta que había de indios y de comida, porque el Virrey había hecho despoblar los tambos, como atrás queda dicho. De esta manera caminaron hasta que llegaban a alguna ciudad, villa o lugar de españoles, donde se tornaban a juntar, y en Paita supieron más de lo que el Virrey iba haciendo, y también revocaron aquí algunas cosillas, de que daba gran contento a todos los españoles.

Hechas estas cosas se fue cada uno por sí a la villa de San Miguel, donde fueron muy bien recibidos de la vecindad, y las mujeres de los vecinos fueron a visitar a las mujeres de los Oidores, dándoles el parabién de sus venidas, a las cuales regalaron mucho.

Mientras los Oidores se hallaban ocupados en asuntos relacionados con el servicio de Su Majestad, el bien público de la villa y el cuidado de los indios naturales, ocurrió un incidente entre el Oidor Juan Álvarez y Juan Alonso Palomino.

Sucedió que el Oidor, yendo a oír misa en la iglesia mayor, caminaba a pie acompañado de algunos criados, cuando por la misma calle apareció Juan Alonso Palomino, que venía a caballo. Este, siendo alcalde ordinario aquel año, pasó de largo sin hacer al Oidor la más mínima cortesía ni muestra de respeto, sino que, con aire arrogante y descomedido, continuó su camino.

El Oidor, al notar aquel desaire, lo tomó a ofensa y falta de respeto, entendiendo que Palomino lo había hecho por menosprecio y soberbia. Por ello lo mandó llamar, le ordenó apearse y le quitó la vara de alcalde, reprendiéndolo con severidad por su mala crianza y el desacato cometido contra un ministro de Su Majestad. Le dijo que, al menos, debió haberse quitado la gorra o mostrar alguna señal de cortesía, y que, de haberlo hecho, él mismo le habría permitido continuar su camino.

Finalmente, le amonestó para que en adelante mostrase respeto a los Oidores y los acompañase cuando los encontrase, pues eran servidores y oficiales del Rey, y con ello ganaría honra. Le advirtió también que no se dejase llevar por la soberbia ni por vana presunción por tener una vara en la mano, porque podría ser justamente castigado si persistía en tal conducta. Tras esto, Juan Alonso Palomino se retiró a su casa sin decir palabra, muy corrido y con gran pesar.

Estando aquí los Oidores hicieron lo mismo que habían hecho en los demás pueblos que atrás quedaban, y volvieron los indios a Juan Rubio y a Juan Alonso Palomino, y más la vara de alcalde Ordinario, y a los demás vecinos, por lo consiguiente, les volvieron los pueblos que tenían que el Virrey les había quitado. Asimismo, mandaron poblar de nuevo los tambos que estaban despoblados por mandado del Virrey, y aquí hicieron otras cosas que fueron muy agradables a los vecinos, y otras se dejaron para determinarlas en Audiencia allá en Lima.

Después que descansaron en esta villa los días que les pareció, se fueron a la ciudad de Trujillo, y llegados allá, el Regimiento y vecindad los salieron a recibir fuera de la ciudad gran trecho, por la buena fama que de ellos ya se publicaba, y los llevaron con mucha alegría y contento.

Fueron aposentados en las casas de los vecinos, y luego fueron visitados de todos y de la gente popular, dándoles el parabién de sus venidas, y luego otro día se hizo una manera de Audiencia, donde los Oidores desagraviaron a algunos de cosas de poca importancia y los consolaron.

Supieron cómo en el monasterio de Nuestra Señora de la Merced se hacían grandes corrillos contra las cosas que el Virrey hacía, y por tanto fueron allá los Oidores Diego Vázquez de Cepeda y Juan Álvarez, por ver a fray Pedro Muñoz, y después de dicha y oída misa entraron en el claustro y hablaron con él increpándole en gran manera sus palabras y gran soberbia. Fray Pedro Muñoz, como prior de aquella casa, respondió sin recelo a los Oidores muchas cosas, y dijo otras contra el Virrey, que sería gran prolijidad relatarlas aquí por escrito, de lo cual los Oidores quedaron maravillados de su atrevimiento y desvergüenza, y después de bien amenazado lo dejaron y se fueron a sus posadas.

En este intermedio, el Oidor Juan Álvarez tuvo un hombre encima de una bestia de albarda para hacerle dar doscientos azotes, y si no fuera por ruego de hombres buenos, sin duda pasara la pena ("carrera"), con razón y justicia, porque nadie se atreva a tomarse con los Oidores, que son ministros de la Real justicia y son criados de Su Majestad.

Dicen que este hombre había dicho mucho mal del Rey y del Virrey y del Oidor Juan Álvarez, sin tener para ello ocasión ni razón, sino que como deslenguado le decía que era un bellaco, amancebado, hijo de un converso, y que no merecía ser Oidor, por el mal ejemplo que daba, y que por esta razón lo mandaba castigar.

El soldado, como era atrevido, estuvo muchas veces de día y de noche para matar al Oidor, porque andaba unas veces en hábito de indio, muy vilmente vestido, y otras en hábito de negro, y viendo que no podía efectuar su mal propósito, por los muchos estorbos que siempre había, de temor se fue de la ciudad antes que fuese descubierto, el cual nunca más pareció.

En este intermedio enfermó mucho en esta ciudad el Oidor Pedro Ortiz de Zárate, y no pudiendo pasar adelante se quedó con toda su casa y familia a curarse en ella.

Los tres Oidores salieron de la ciudad muy acompañados de toda la vecindad, y con ellos iba Juan de León, vecino de Lima, que era Chanciller Mayor por el Marqués de Camarasa, el cual llevaba consigo el Real Sello de Su Majestad.

Yendo por sus jornadas contadas y de pueblo en pueblo, se fueron a poner a media legua de la ciudad de Lima, en una heredad de Francisco de Ampuero, para que otro día entrasen en ella, porque los alcaldes ordinarios y el Regimiento y vecindad les habían suplicado que no entrasen tan pronto hasta otro día.

Otro día por la mañana fueron los oficiales de Su Majestad, y Justicia, y Regimiento, fuera de la ciudad, un cuarto de legua, donde encontraron a los Oidores que venían caminando poco a poco, con muchos caballeros, los cuales fueron recibidos con gran aplauso de todos, y de allí se tornaron a la ciudad hasta junto al río que pasa cerca de ella.

Así como pasaron el río se apearon los alcaldes y Regimiento, y tomaron un cofre dorado, de mano de Juan de León, con gran acatamiento, porque en él venía el Real Sello, y lo pusieron encima de un caballo blanco que estaba ensillado y enfrenado muy ricamente y cubierto con un paño de tela de oro. Los más ancianos y antiguos regidores desplegaron un palio de brocado muy rico, y cada uno de ellos tomó su vara, que tenían los cabos de oro fino, y lo levantaron en alto encima del cofre y del Sello Real, y todos iban descubiertos ("destocados"), y vestidos con ropas rozagantes de terciopelo carmesí, y con cadenas de oro fino a los cuellos, y el Contador General y los Oficiales de Su Majestad, con otros hombres de gran valía, iban detrás del Real Sello.

En esto salió el Virrey con su hermano Juan Velázquez Vela Núñez, y Diego Álvarez Cueto, con otra mucha caballería y gente ciudadana. El Obispo Don fray Gerónimo de Loaysa salió por su parte con muchos clérigos, y encontrándose con el Virrey en una calle se fueron juntos, y a medio camino encontraron con el Real Sello, al cual hicieron su debido acatamiento, como si allí viniera la persona real de Su Majestad.

Los Oidores y Oficiales del Rey que venían detrás del Real Sello no hicieron ninguna mesura ni acatamiento al Virrey, ni al Obispo, ni ellos la hicieron a los Oidores por el acato y reverencia que se debía al Real Sello. Mas cuando el Virrey y el Obispo pasaron adelante y emparejaron con los tres Oidores y Oficiales, entonces se recibieron muy cortésmente los unos y los otros, abrazándose muy cordialmente según la demostración muy alegre que hicieron.

Después que se hubieron recibido, luego comenzaron todos a caminar su poco a poco, llevando los Oidores en medio al Virrey y al Obispo, y los demás caballeros se pusieron unos en retaguardia y otros en vanguardia, llevando todos en medio el Sello Real, y de esta manera entraron en la ciudad.

Al tiempo que todos entraban por la ciudad luego se tocaron bravamente las campanas de la iglesia mayor y de los monasterios de Nuestra Señora de la Merced y de Santo Domingo, repicándolas todas, y las trompetas y chirimías sonaron dulcemente, y con este aparato se fueron a palacio, donde se apearon todos.

Subieron a lo alto, llevando Juan de León, como Chanciller, en los brazos, el cofre con el Sello Real, que todavía iba debajo del palio, hasta que llegaron a una gran sala que estaba muy entapizada de sedas y de ricos paños, en donde se había de hacer la Real Audiencia.

En continente el Virrey, el Obispo y los Oidores se asentaron en sus sillas, que estaban puestas en los estrados más altos, y un poco más abajo se asentaron los Oficiales de Su Majestad con algunos letrados y caballeros de gran valía. Entonces Juan de León, como Chanciller subió el Real Sello adonde estaban el Virrey y el Obispo y los Oidores que lo aguardaban en pie, con los sombreros en las manos, y tomando el cofre sacaron el Real Sello con gran acatamiento, besándolo todos, y lo pusieron sobre sus cabezas. De aquí fue puesto sobre una muy rica silla, que estaba cubierta con un paño de brocado, que estaba en medio del Virrey y del Obispo y de los Oidores, y con esto se abrió la Real Audiencia y se comenzó a proveer de negocios de gobernación y de la real justicia, hasta que era ya tarde y hora de comer; y todo esto se tomó por fe y testimonio ante escribano de Su Majestad.

Hechas estas cosas, con otras, se despidieron todos los caballeros del Virrey y se fueron a comer a sus posadas, y de ahí a un rato se fue el Obispo Don Fray Gerónimo de Loaysa, el cual era natural de Trujillo y primer Obispo de Cartagena y después del Perú.

Los Oidores fueron hospedados muy honradamente en las casas de los vecinos que para ellos estaban señaladas, en el entretanto que tomaban casas, y así el Oidor Diego Vázquez de Cepeda fue aposentado en casa de Doña María d'Escobar. El Oidor Pedro Ortiz de Zárate se aposentó en casa de Alonso Palomino cuando vino de Trujillo. El Doctor Tejada se aposentó en casa del Tesorero Alonso Riquelme. El Oidor Juan Álvarez se aposentó en casa de Pedro Sánchez de Valenzuela, que era muy rico mercader y de su tierra. El Chanciller Juan de León fue aposentado en palacio; aunque tenía casa en la ciudad no quiso ir a ella, por estar muy ocupada de muchos soldados. Agustín de Zárate, Contador General, fue aposentado con el Factor Guillén Juárez de Carvajal. Juan Velázquez Vela Núñez y Diego Álvarez Cueto, hermano y cuñado del Virrey, fueron aposentados en palacio con su Señoría, y los otros caballeros se aposentaron en diversas partes.

De esta suerte se comenzó a hacer Audiencia con un Virrey y con cuatro Oidores, que de ahí a pocos días llegó el Oidor Zárate, y con un secretario, un Chanciller, dos Relatores y un portero, con otros Oficiales que convenían; a los cuales dejaremos ahora hasta llegar su tiempo, por decir otras cosas que pasaron en otras partes.

CAPÍTULO DOCE

DE CÓMO LOS VECINOS DE MUCHAS CIUDADES, VILLAS Y LUGARES, AMEDRENTADOS CON LA RIGUROSIDAD DE LAS ORDENANZAS, FUERON A LLAMAR A GONZALO PIZARRO EN NOMBRE DE SUS CABILDOS, Y DE LA RESPUESTA QUE LES DIO.

Con la prisión del licenciado Cristóbal Vaca de Castro y la de don Pedro Luis de Cabrera, junto con su yerno Mejía de Guzmán, los amigos y partidarios de estos comenzaron a murmurar y hablar con dureza contra el Virrey. Al ver, sin embargo, que no había remedio ni esperanza alguna de liberarlos, desistieron por entonces de sus intentos, esperando que los Oidores, que ya venían cerca, intercedieran por ellos. Pero su vana esperanza resultó del todo frustrada.

El afecto y buena voluntad que muchos vecinos profesaban a Vaca de Castro se trasladó entonces a Gonzalo Pizarro, uno de los hombres más notables del Perú en aquel tiempo. Era hermano del marqués don Francisco Pizarro y uno de los capitanes que participaron en la conquista de varias provincias.

Recién regresado de la expedición de la Canela —empresa a la que lo había enviado su hermano como Capitán General en nombre de Su Majestad—, Gonzalo halló a su regreso muerto al Marqués, víctima de la traición de don Diego de Almagro el Mozo, y al licenciado Vaca de Castro ejerciendo el gobierno. Deseoso de vivir en paz, se retiró a sus haciendas en Chaqui, en la provincia de las Charcas, pues, según se decía, Vaca de Castro le guardaba envidia por el prestigio y el acompañamiento con que solía andar en Lima, como si fuera un gran señor. Allí se hallaba cuando lo fueron a buscar los descontentos y los emisarios.

Al ver algunos vecinos que las cosas iban de mal en peor y que nada resultaba como esperaban, abandonaron la ciudad. Unos se fueron a sus encomiendas con los indios, otros a sus labranzas o a distintos lugares, todo con el fin de no ver al Virrey, que les había quitado sus indios y libertado los esclavos. Así, muchos huyeron y pocos permanecieron en la ciudad, sin saber adónde ir. Los que se marchaban eran, en general, los que más tenían que perder y los que habían estado en la batalla de las Salinas, pues conocían bien las leyes contenidas en las ordenanzas.

Otros, de ánimo más resuelto, no quisieron ocultarse ni escribir a nadie, sino que personalmente fueron a las Charcas a buscar a Gonzalo Pizarro, el cual ya estaba al tanto de las pláticas y rumores que en diversas partes corrían acerca de la severidad de las nuevas ordenanzas.

Una vez llegados a su presencia, los vecinos y mensajeros le expusieron con detalle la situación de la tierra, las causas de su descontento y lo que pretendían que él hiciese. Gonzalo Pizarro les respondió con pocas palabras, aunque llenas de prudencia y reflexión. Les dio alguna esperanza de que accedería a sus ruegos, pero declaró que antes quería examinar bien el asunto y tomar consejo de sus amigos para obrar con deliberación. Prometió que, una vez decidido, les daría respuesta definitiva.

Quedó, pues, el asunto en suspenso, sin que él quisiera precipitarse en un negocio tan arduo y grave, ignorando aún cómo podrían desarrollarse los acontecimientos.

Ya solo, comenzó a ponderar los muchos caminos que podía seguir y las consecuencias de cada uno. Pasó varios días perplejo, sin saber si debía aceptar la empresa o rehusarla, procurando hallar una salida que satisficiera a todos. Se veía acosado por las instancias de los cabildos y por las cartas que cada día le llegaban de los vecinos, y así permanecía dividido entre dos decisiones: o lanzarse al incierto juego de la fortuna, o apartarse de él del todo.

Parte de los ciudadanos del Cusco, Guamanga, Trujillo, San Miguel y Huánuco, con otras ciudades, villas y lugares, y muchos vecinos de ellas, como malintencionados, queriendo ver novedades y escándalos, le enviaron a llamar con grandes importunaciones, requiriendo y protestándole y suplicándole fuese parte en tomar la demanda y defensa, para sacarlos de tanto trabajo y afán en que estaban ya metidos, oponiéndose a las ordenanzas que el Virrey había traído que tan peligrosas eran.

De manera que viéndose tan combatido de tantas partes, y alzando sus pensamientos a cosas muy altas, concibió en su ánimo de hacer la cosa más horrenda y cruel que jamás hombre imaginó en esta tierra, para conseguir cierta pretensión que de largo tiempo atrás tenía encerrado en su pecho. Y fue que vista la ocasión y oportunidad que había, y como todos le importunaban para que se opusiese a las ordenanzas, determinó con ánimo terrible que en lugar de hacer lo que a todos convenía, si hubiese efecto, en el negocio que se había de tratar, de alzarse después con toda la tierra y mandar en ella como señor absoluto. Porque vio claramente la ocasión y coyuntura que para ello había, a causa que el Virrey estaba muy odiado y malquisto, para que con el favor de los que le llamaban prenderlo y enviarlo preso a España, y quedando solo y sin compañía gobernar la tierra.

Determinado esto en su furioso pecho, sin dar parte a nadie de lo que hacer quería se puso en camino con los que le habían ido a llamar, y con ciertos vecinos de la villa de la Plata que eran sus amigos, que también pretendían hacer estos devaneos, como amotinadores y tumultuarios, y sin responder a las cartas se fue al Cusco, donde fue bien recibido de sus amigos tumultuarios y malintencionados, y fue aposentado en sus propias casas.

Así como llegó a la ciudad luego se le ofrecieron muchos de servirle, los unos por el recelo que tenían del Virrey que les quitaría los pueblos que tenían en encomienda, y los otros por los esclavos que habían tomado de buena guerra, y más los que habían comprado de los Oficiales de Su Majestad que le habían cabido de sus quintos y derechos Reales. Otros se fueron a él porque deseaban que hubiese guerras en estos tumultos y debates que adivinaban que había de haber, solamente por enriquecer y engrandecer sus personas; y de esta manera se le allegaban muchos de cada día con mala intención.

Congregados estos sediciosos, suplicaron a Gonzalo Pizarro que se opusiese a las ordenanzas antes que todos se perdiesen, y antes que más mal y daño cundiese en la tierra, y así le dijeron otras cosas para que lo hiciese a nombre de procurador y defensor general.

Gonzalo Pizarro, haciendo demostración que no le placían las razones que le habían dicho, respondió que no le importunasen ni le dijesen más sobre este negocio, porque él no quería aceptar el cargo, porque si ellos lo miraban muy bien más parecería que iban contra las ordenanzas de Su Majestad que a suplicar de ellas, principalmente si iban con mano armada. Y que mirasen bien lo que querían o intentaban hacer, porque era cosa ligera comenzar las cosas, pero eran muy dificultosas, porque sus medios eran trabajosos y sus fines muy dañosos. Así que por muchas causas y razones que él se callaba, no le estaba bien aceptar el cargo, ni quería hacer a nadie guerra, porque más quería estarse quieto y pacífico en sus haciendas que estar rodeado de soldados; que ya estaba cansado de verlos, principalmente que no quería estar malquisto con Su Majestad, a quien había hecho muchos y grandes servicios en la tierra y fuera de ella. Y puesto que él había dicho su intención, que perdonasen por no aceptar el cargo que le cometían, sino que buscasen en la ciudad otro caballero de los más principales que había y le encargasen el tal negocio, porque lo haría mejor que él.

Viendo los interesados y malintencionados cómo les era denegado el favor y ayuda que pedían y demandaban, y teniendo creído que tenían cabeza, para acabar su pretensión vieron que eran pies, y aquellos no buenos, puesto que no podían huir de la ejecución de las ordenanzas, por lo cual desesperaban con grande ira y enojo.

Mas con todo esto no perdieron punto de esperanza de alcanzar lo que pedían a Gonzalo Pizarro, y así comenzaron muy de veras y con gran vehemencia a persuadirle que tuviese a bien hiciese por ellos lo que tanto caballero le demandaba y suplicaba.

Unos le decían que siendo tan justa la guerra y conquista hecha contra los indios infieles, que lícitamente los podían tener por esclavos, pues eran habidos de buena guerra, especialmente que todos ellos comían carne humana. Otros dijeron que Su Majestad no podía, ni debía con justicia, quitarles los pueblos que una vez les había dado como en dote, con sus mujeres, para que con ellas se casasen, y que durante la donación no los podía quitar ningún Gobernador, pues en ello no le habían errado en cosa alguna, ni cometido traición a su Real Corona.

Algunos llegaron a decir, con gran atrevimiento, que tenían justo derecho a defender con las armas sus franquezas, libertades, esclavos y pueblos encomendados, tal como lo habían hecho en su tiempo los caballeros hidalgos en los reinos de Castilla. Afirmaban, además, sin recato alguno, que si algún rey intentaba quebrantar los privilegios y mercedes concedidos por los monarcas anteriores a los españoles, los Grandes de Castilla no lo consentían, y que con ese mismo ejemplo debían ellos obrar hasta morir, pues habían conquistado aquellas tierras con grandes trabajos, gastando sus haciendas y derramando su sangre.

En resumen, sostenían que no cometían falta ni deslealtad alguna por suplicar contra las ordenanzas, ni siquiera por oponérseles con las armas, ya que no se obligaban a aceptarlas antes de consentirlas, y que su defensa era principalmente en resguardo de sus haciendas.

Llegó el desvarío a tal extremo que no solo hablaban así los ricos, que eran los que más tenían que perder, sino también muchos otros sediciosos y descontentos, que sin tener nada, se desmandaban en palabras contra el Virrey, creyendo —como suele decirse— que podrían amedrentarlo con amenazas y bravatas, o forzarlo a ceder.

Toda esta agitación y las voces de los soldados no tenían otro fin que persuadir a Gonzalo Pizarro para que accediese a lo que con tanta insistencia le pedían los vecinos de diversos lugares. El deseo de todos era grande de que él tomase una decisión. También los pobres lo instaban a hacerlo, movidos por el favor que mostraban a los ricos, con la esperanza de recibir alguna ayuda o beneficio de ellos, o bien de aprovecharse de la confusión y el alboroto que esperaban provocar en todas partes.

CAPÍTULO TRECE

DE OTRAS MUCHAS COSAS QUE LOS VECINOS Y SOLDADOS DIJERON A GONZALO PIZARRO HASTA QUE GASPAR RODRÍGUEZ DE CAMPORREDONDO LLEGÓ AL CUSCO, POR EL CUAL TOMÓ EL CARGO POR COMPLACER A LOS TUMULTUARIOS Y A LOS CIUDADANOS.

No estaban tan contentos los inconsiderados vecinos del Cusco, ni los otros malintencionados, de ver la dureza y perplejidad que Gonzalo Pizarro mostraba al no querer aceptar el cargo que le daban, y para más indignarle y provocarle a ira y enojo le comenzaron todos a decir con palabras furiosas y maliciosas que el Virrey Blasco Núñez Vela, a quien otros llamaban por escarnio "Juan Blas", era un hombre muy cruel y de recia y terrible condición, ejecutivo en todas las cosas que mandaba hacer, y que era mortal enemigo de los pobres, y sobre todo era muy amigo de los almagristas, que eran mortales enemigos de los pizarristas.

Afirmaban también que el Virrey traía muchas provisiones con intención de causar daño en toda la tierra, y mandamientos de Su Majestad para hacer justicia contra Gonzalo Pizarro. Decían que había mandado ahorcar en el pueblo de Tumbes a un clérigo que, en su presencia, había defendido la honra de los Pizarros y hablado mal de los Almagros; y que, del mismo modo, había hecho ejecutar a un criado del Comendador Hernando Pizarro por haber acompañado a su amo en la batalla de las Salinas contra Don Diego de Almagro el Viejo.

En resumen, divulgaron muchas otras cosas que jamás habían pasado por la mente del Virrey; pero todo se creía sin dudar, pues ya era aborrecido por todos. Para dar más fuerza a sus calumnias, inventaban mentiras absurdas y evidentemente falsas, asegurando, por ejemplo, que el Virrey prohibía beber vino, comer especias y azúcar, andar a mula o a caballo, tener criados españoles, vestir de seda o grana, y aun llevar oro sobre sí.

Con estas nuevas que muchos le decían tuvo Gonzalo Pizarro creído que todo ello era verdad, por lo cual determinó de no porfiar tanto con su disimulación, porque, en fin, era muy viejo el deseo que tenía de gobernar y mandar en la tierra como absoluto señor, o por mejor decir, disoluto tirano. Y sin aguardar más dilación y antes que a todos se les enfriase aquel incentivo fuego y rabioso deseo que tenían los que le deseaban ver entronizado en el cargo que le daban, procuró de agradarlos en tomar la defensa de la causa y ser procurador de esta inconsiderada empresa, pensando, como dicen, entrar por la manga y salir por el cabezón; mas fue para su mal, como adelante diremos.

La causa y razón porque Gonzalo Pizarro no quiso entrar tan pronto en esta mala negociación y empresa, aunque era por él bien deseada, fue por ver y tantear y aun conocer primero clara y abiertamente las voluntades y las intenciones de aquellos que le incitaban a que la acometiese, y así andaba con disimulación, diciendo que no quería entremeterse en esta negociación que tan peligrosa era de acabar; por él se puede decir lo del refrán: «no lo quiero, no lo quiero, mas flechádmelo en esta capilla».

Había muchos leales servidores de Su Majestad que contraminaban los designios y propósitos de Gonzalo Pizarro, y por eso le aconsejaban que no se pusiese en aquellas cosas que intentaba acometer, porque le sería mal contado, que iba contra su honor y reputación, queriendo degenerar y aniquilar todo su linaje. Y que si alguna cosa acometía, por la menor que fuese, erraría en gran manera y no llevaría buen camino como él quería llevar, porque los que le aconsejaban y adulaban lo hacían por su propio interés y no por el provecho del bien común; y así le dijeron otras cosas de las cuales no hizo mucho caso.

En este intermedio que todas estas cosas pasaban llegó a la ciudad Gaspar Rodríguez de Camporredondo con más de sesenta hombres que en el camino había recogido de los que se habían quedado en la ciudad de San Juan de la Frontera, que es en la provincia de Guamanga, los cuales se habían quedado cuando pasó por allí Vaca de Castro, que iba a la ciudad de Lima.

Pues llegado que hubo, se fue luego a casa de Gonzalo Pizarro, porque supo en el camino lo que el Regimiento y el pueblo andaban ordenando, y cómo procuraban hacer los devaneos que dicho tenemos, para favorecer y ayudarse todos de él, y él lo recibió muy bien, y a todos cuantos venían con él.

Gaspar Rodríguez y los que vinieron con él echaron fama de cómo el Virrey había venido tan solamente a cortar la cabeza a Gonzalo Pizarro y a otros muchos hombres porque se habían hallado en la batalla de las Salinas, y así dijeron otras cosas de gran falsedad, y de todo esto daban entero crédito. Los soldados, oyendo estas cosas, como ya estaban inficionados con esta pestilencial obra, comenzaron a decir contra Gonzalo Pizarro que lo erraba en no tomar y aceptar luego el cargo que le daban de procurador general y defensor de la tierra, pues era muy justa y honrosa la empresa. Además de esto decían que ¿cómo no caminaba ya para la ciudad de Lima, a prender o a matar al que le venía a quitar la vida?; y que no parecía en él el ánimo y esfuerzo de su hermano el comendador Hernando Pizarro, y que en todo era para poco y cobarde.

Sabiendo Gonzalo Pizarro las grandes murmuraciones que había contra él, propuso de complacer a todos aquellos que le importunaban, para lo cual hizo primeramente a ciertos regidores y de los vecinos más principales que había de diversos lugares, que todos jurasen en unos Evangelios que un clérigo en las manos tenía, lo siguiente: Que todos los que estaban presentes le seguirían con mucha fidelidad hasta donde él fuese, y que ninguno le dejaría, ni menos le faltaría, hasta ser acabada y concluida la empresa que tomaban entre manos. En fin, ellos lo juraron solemnemente y aun dijeron que pondrían sus vidas y haciendas en el proseguimiento de la causa.

Y para que hubiese mayor firmeza en su pretensión, o por mejor decir, en su tiranía, hizo con los regidores que habían llegado de otras partes con poderes de sus cabildos, y con otros hombres principales que habían venido de otras partes, que firmasen de sus propios nombres un escrito que les dio, donde se contenía la elección y nombramiento que le hacían, y ellos lo firmaron luego ante un escribano del Rey.

Hechas estas cosas con otras muchas, luego Gonzalo Pizarro juró en los mismos Evangelios de ser con ellos todo el tiempo que durase la demanda, y de no apartarse ni desistirse del cargo que le habían dado, hasta acabarlo, haciendo en ello todas sus diligencias con todo su poder, y si menester fuese, iría a España ante Su Majestad, y ante el Virrey, sobre lo tocante a las ordenanzas, y suplicar de ellas, y que en la prosecución de la causa pondría toda su hacienda y la vida.

Hechos estos juramentos de una parte y de la otra, les pareció a todos que con este devaneo estaban libres del temor y recelo que tenían del Virrey y de la ejecución de las ordenanzas; por tanto andaban ya muy contentos y alegres, por llevar, como llevaban, tan buen procurador y defensor que adondequiera pudiera parecer, como ellos decían.

Y porque ante el Virrey no hubiese alguna contradicción de lo que le habían de pedir y demandar, si ante él pareciese, recibió de todos ellos y en nombre de sus ciudades, villas y lugares, poderes cumplidos, llanos y muy bastantes para que pudiese parecer en juicio y fuera de él ante Su Majestad, a pedir y demandar, protestar y suplicar y apelar de todo aquello que conviniese al bien de todas las repúblicas, y así de otras cosas que fuesen al provecho y utilidad de todos los vivientes de la tierra.

CAPÍTULO CATORCE

DE CÓMO GONZALO PIZARRO SE ADEREZÓ PARA IRSE A LA CIUDAD DE LIMA EN NOMBRE DE PROCURADOR Y DEFENSOR DE TODA LA TIERRA, Y DE LA PLÁTICA QUE HIZO A LOS SUYOS PORQUE SE QUERÍAN AMOTINAR ALGUNOS DE ELLOS.

Habiendo Gonzalo Pizarro determinado de hacer todo aquello que le habían rogado, lo puso por obra, como tenemos dicho, porque pretendía tener derecho y acción a la gobernación de toda la tierra, por la muerte del Marqués Pizarro, su hermano, como si fuera cosa hereditaria, por razón de una cédula de Su Majestad que el Marqués tenía, que se la había dado y concedido para su hermano. Porque al tiempo que lo mataron los de Almagro, que fue día de San Juan, a veinticuatro de junio de 1541 años, se acordó de esta cédula y por virtud de ella hizo dejación de la gobernación en Gonzalo Pizarro, aunque él no estaba en este tiempo en la tierra, que había ido a conquistar las nuevas provincias que llamaron de la Canela, por la mucha abundancia de canela que hay en ellas, aunque no es tan buena como la otra. Y cuando Gonzalo Pizarro tornó de la conquista a las tierras del Perú, halló que su hermano era muerto y los reinos del Perú eran gobernados por Vaca de Castro en nombre de Su Majestad, y aunque se platicó acerca de la merced que le había hecho el Rey de la gobernación, no hubo efecto, antes sus amigos le apartaron de su pretensión, y se fue a las Charcas, por ciertas cosquillas que Vaca de Castro tuvo con él.

Después que Gonzalo Pizarro tomó la mano de proseguir su comenzada obra, luego muchos de los malintencionados, arrepentidos de lo que habían hecho acerca del nombramiento y poderes que le habían dado, comenzaron a decir secretamente mal de él; que envidiosos de su prosperidad, o por mejor decir, temeridad y osadía, procuraron de hacerle todo el mal y daño que pudiesen por derribarle del mando que ya tenía.

Pues viéndose Gonzalo Pizarro metido en esta pelea, comenzó a pensar por qué vía y modo podría llevar guiadas sus pretensiones, con otras muchas cosas que en estos devaneos se le podrían recrecer, para que no decayesen los que le habían de seguir con pérdida de sus vidas, honras y haciendas. Y para mejor edificar su "torre de viento" (expresión que denota un proyecto ambicioso pero vano) escogió algunos de los regidores y hombres principales, para que le fuesen coadjutores, que a su parecer eran expertos y sabios para su consejo y para lo que conviniese a la guerra si la había de haber, y los que fueron escogidos son los siguientes: Alonso de Toro (nombrado por Pizarro como Teniente de Gobernador en el Cusco); Gaspar Rodríguez de Camporredondo; el licenciado Benito Suárez de Carvajal (hermano de Francisco de Carvajal); Pedro de Hinojosa; Diego Gumiel; Juan Cermeño; Don Pedro Puerto Carrero; Francisco Maldonado; Don Baltasar de Castilla; Gabriel de Rojas; Martín de Florencia; Pedro del Barco; Alonso de Manjarres, y Juan de Saavedra, con otros.

En el entretanto que andaban en estos tumultos y devaneos en la ciudad, Francisco de Carvajal (quien sería su Maestre de Campo), vecino de ella, viendo las locuras que los vecinos hacían y de cómo acriminaban mucho lo que el Virrey (Blasco Núñez Vela) cumplía en servicio de Su Majestad, le pareció todo ello muy mal. Y por no hallarse en estos trances tan pesados, tomó el dinero que tenía, que era rico, y se salió secretamente del Cusco sin su mujer, y se fue a buscar un navío a los puertos de Lima, de Acarí, de Ica y de Arequipa, con propósito de salirse de la tierra y embarcarse para Castilla o para la Nueva España (México), y después volverse a su casa, acabados los devaneos; y como no halló recaudo se quedó en Arequipa.

Como Pizarro lo conociese antes de ahora que era hombre de gran consejo, así en la paz como en la guerra, lo mandó buscar, porque no parecía en la ciudad, y de ahí a ciertos días supo cómo se había salido huyendo la vía del pueblo de Condesuyos, y luego lo envió a buscar con ciertos hombres determinados, al cual hallaron en Arequipa, desde donde le hicieron volver por fuerza, porque no quería ir a donde Gonzalo Pizarro estaba, por no seguirle.

Al verse obligado a volver contra su voluntad, alzó los ojos al cielo con airado semblante y la mirada encendida, y pronunciando palabras furiosas y soberbias dijo: «Pues ni la mar ni los elementos me quieren recibir, ni me consienten salir de esta tierra, y las gentes me devuelven al Cusco desde aquí, hago voto solemne a Dios de destruir toda la tierra y de matar a cuantos hombres vivieren en ella y se pongan contra mi voluntad, si algún cargo me confieren. Y prometo y juro a Dios hacer tales cosas para que, de aquí en adelante y para siempre jamás, hasta el fin del mundo, quede memoria de Francisco de Carvajal en toda esta tierra, y aun en todo el mundo, ¡voto a Dios!»

Dichas estas palabras se volvió a los hombres que le habían ido a prender, a los cuales dijo: "pues vuestras mercedes me llevan contra toda mi voluntad, vamos donde mandaren; quizá alguno que está descuidado le pesará de mi tornada"; y dichas estas palabras tomó su hato y fuese al Cusco con los prendedores.

Era Francisco de Carvajal, según algunos dijeron, natural de Rámaga, aldea de Arévalo; otros dijeron que era gascón, o italiano; otros dijeron que era francés, natural de San Juan de Luz, y que se crio en España desde muchacho, y que de allí se fue a Italia, donde estuvo sirviendo a un capitán y residió mucho tiempo en las guerras que allá hubo, como adelante diremos.

Después que Gonzalo Pizarro nombró capitanes y hombres de su Consejo, sintió luego que algunos de los suyos le comenzaban a malear y a tenerle en poco, porque le querían dejar y desamparar; mandó congregar a todos los regidores, capitanes, ciudadanos y soldados para que viniesen a su posada, porque les quería hablar y decirles ciertas cosas que a todos eran convenientes. Y así se hizo, que todos concurrieron a su posada, al cual hallaron asentado en una silla, y así como los vio juntos les habló en esta forma y manera, haciendo primero su debido acatamiento a todos, cual convenía, estando en pie y con el sombrero en la mano.

"Caballeros y señores míos. Así los que habéis determinado de ir conmigo a la ciudad de Lima, como los que tenéis cargo del regimiento de esta ciudad y de otros lugares, que aquí estáis juntos por mi ruego, bien será que en pocas palabras diga a qué propósito lo he hecho.

En primer lugar, quisiera que todos y cada uno de vosotros conocieseis mi intención y la voluntad con que afronto estos asuntos tan dificultosos que tenemos entre manos, para que con mayor firmeza nos pongamos de acuerdo en lo que conviene a la sustentación y conservación de toda esta tierra.

Bien sabéis que, por voluntad de la mayoría de los aquí presentes y de muchos ausentes, me nombrasteis y elegisteis defensor de la tierra, otorgándome vuestros poderes y urgiéndome insistentemente para que fuese ante el Virrey a suplicarle que no ejecute las ordenanzas que trae contra nosotros, pues, según habéis dicho, resultan sumamente perjudiciales.

Acepté el cargo para serviros a todos —no por inclinación propia, sino porque me lo rogaron y compelisteis— con el fin de que, unidos, fuésemos ante el Virrey a exponerle y advertirle sobre lo que atañe al bien de la tierra y de sus moradores. También para suplicarle que impida que en estos reinos se levanten escándalos, enemistades y, sobre todo, muertes de españoles e indios por la ejecución estricta de las ordenanzas que trae.

Sabiendo todo ello y yendo yo con esta demanda como todos deseáis, ahora quiero conocer con claridad y franqueza cuáles son vuestras intenciones, para obrar en consecuencia. Pues, si hemos de emprender esta gestión, pido que cada uno de vosotros me siga sin doblez ni engaño alguno.

Esto es, señores, lo que he querido decir, y para esto os hice juntar aquí, para que cada uno me declare su intención y lo que pretende hacer en este caso, y sabido de él conoceré abiertamente a quien tengo de tener por amigo verdadero, y de quien me podré fiar para las cosas que convinieren a la demanda que todos pretendemos hacer.

Y declarándome más, digo que el que no me quisiere seguir quede enhorabuena en su casa y en su propia libertad, que yo le suelto desde aquí la palabra que me tiene dada, y despídase luego aquí delante de todos en público, y nadie se vaya en escondido ni secretamente, porque haciéndolo así, y no como debe, no me engaña a mí, sino a sí mismo.

Todo esto he dicho a fin de que yo he oído decir, y por cierta relación que me han dado, que algunos caballeros que pretendieron que yo hiciese esta jornada se han arrepentido y se quieren eximir de ella; yo no sé cuál sea la causa de tan poco ánimo, por qué pretenden dejarme tan pronto con la masa en la mano.

Vosotros lo ordenasteis; vosotros lo hicisteis; vosotros me llamasteis y vosotros me compelisteis a que yo en esto me pusiese, y para esto me nombrasteis y elegisteis por vuestro defensor y procurador, diciendo ser justa y buena la causa que queréis seguir; y pues vosotros en ello me pusisteis, vosotros lo pagaréis si hay algo contra vosotros.

Si queréis dejar esta empresa y no ir más adelante con ella, cierto yo me holgaría mucho por eximirme de este tan pesado cargo, y desde aquí digo que se quede la cosa, que yo haré y hago dejación del cargo que me habéis dado, y me aparto y desisto de esta empresa; quédense y quedémonos todos, porque no quiero que nadie vaya conmigo contra su voluntad, como algunos dicen que van. El Virrey podrá hacer lo que quisiere; quite o no quite, mate o no mate; que yo me iré a mis haciendas y allí aguardaré el bien o el mal que me pudiere venir, o haré lo que se me antojare; y si me mataren y Su Majestad lo manda, yo seré contento de ello, y vengan luego y quítenme la vida, pues la tengo ofrecida días ha a su servicio."

Con esto acabó su plática, y no hubo dado a ella fin cuando todos comenzaron a jurar que no eran ellos a los que pesaba de ir a esta empresa, sino que deseaban de la proseguir hasta darle cabo y fin, pues a ellos les iba las vidas, honras y haciendas, y que si mil vidas tuvieran que tantas pusieran por su servicio y por lo que a ellos tocaba.

De manera que todos dijeron a Gonzalo Pizarro que no tuviese recelo de cosa alguna, porque ninguno de ellos le faltaría, antes le seguirían hasta la muerte, y que sin recelo hiciese todo aquello que a un buen republicano convenía hacer, pues lo habían dejado ya en sus manos.

De todo esto se holgó mucho Gonzalo Pizarro y luego entendió que por esta vía alcanzaría la gobernación que tanto deseaba, y que Su Majestad se la confirmaría, pues ya otra vez le había hecho la merced de ella en vida del Marqués su hermano. Y como el tirano era de poco entendimiento y saber, y nada leído, tuvo creído que Su Majestad hacía mercedes a tiranos, y que no los castigaba conforme a sus delitos, si eran pertinaces, y esto pensaba él que apoderándose de la tierra se la daría luego.

CAPÍTULO QUINCE

DE CÓMO GONZALO PIZARRO HIZO GENTE PARA IR A LA CIUDAD DE LIMA EN PROSEGUIMIENTO DE LA DEMANDA QUE LLEVABA CONTRA EL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA, Y DE OTRAS MUCHAS COSAS QUE PASARON EN LA CIUDAD DEL CUSCO.

Conociendo Gonzalo Pizarro las voluntades de sus gentes y las grandes muestras de placer y alegría que tenían para ir adelante con la mala empresa, mandó luego alzar banderas y estandartes y tocar atambores y pífanos, y todo esto se hizo en nombre de Su Majestad y de las repúblicas de las ciudades, villas y lugares que le habían elegido.

Luego de presente se hizo un estandarte muy grande, de damasco carmesí, con las armas de Su Majestad de una parte, y de la otra las armas de la ciudad del Cusco, como cabeza del imperio antiguo de los Incas, y lo entregó a un Antonio Altamirano, nombrándole por su alférez general, por ser hombre muy rico y uno de los interesados, porque le habían de quitar los indios.

Comenzó a hacer por otra parte grandes pagas, socorriendo a los soldados, de los tesoros de Su Majestad que tomó de la Real Caja, y viendo que no había tantos dineros como convenía, a causa que Vaca de Castro los había gastado en las guerras pasadas que tuvo contra Don Diego de Almagro el Mozo, mandó abrir los tesoros de sus sobrinos hijos del Marqués Pizarro, y asimismo los que tenían los mayordomos del Comendador Hernando Pizarro, y los suyos, que en este intermedio le trajeron muchos de sus haciendas que tiene en las Charcas, los cuales se distribuyeron entre sus gentes.

A los capitanes y a otros muchos interesados no se les dio nada, porque eran muy ricos, y por ser ellos mismos los que insistieron a Gonzalo Pizarro para que fuese a Lima, antes contribuyeron con dineros para esta "chirinola" o "quimera" que se armaba con tan horrendo y pernicioso hecho.

Hizo alarde para ver qué gente había, y se hallaron de presente hasta trescientos hombres, sin la vecindad, a los cuales dio muchas armas ofensivas y defensivas que habían sobrado de la peligrosa batalla de Chupas.

Andando Gonzalo Pizarro ordenando estas cosas, de ahí a ciertos días le vinieron nuevas gentes que había enviado a llamar a las minas de Carabaya, Guallaripa y Moraes, Condesuyos y Desimaco, los cuales fueron hasta ciento y veinte hombres, que con los de la ciudad fueron cuatrocientos y cincuenta soldados.

Nombró por capitán de a caballo a Don Pedro Puerto Carrero, que era hombre muy rico, y capitanes de la infantería, Juan Vélez de Guevara y Diego de Gumiel; capitán de arcabuceros, Pedro Cermeño; Maestro de Campo, Alonso de Toro; sargento mayor, Francisco Sánchez Vertadillo; coronel, Gaspar Rodríguez de Camporredondo; todos los cuales eran vecinos de la ciudad, y de los interesados. Ellos, como eran asaz bien ricos y valerosos en la tierra, aceptaron los cargos, y luego nombraron alféreces, sargentos menores y otros oficiales cuales parecieron que eran suficientes y aptos para los cargos que convenían a un ejército.

Luego, al principio de estas cosas, envió Gonzalo Pizarro al pueblo de Andahuaylas al capitán Francisco de Almendras, su gran amigo, con cierta gente para guardar los caminos y pasos que hay desde Lima a la ciudad del Cusco, porque en la ciudad de Lima no se supiese lo que se hacía en el Cusco. Y para que nadie de los que venían de Lima pudiese pasar al Cusco o a otras partes sin su consentimiento, mandó quebrar los muy grandes puentes que estaban en los ríos muy poderosos, porque no pasasen por ellas, porque quería saber primero lo que se hacía en las ciudades y villas y lugares que no estaban a su devoción, o qué se decía de él. Y lo mismo mandó hacer en los Caminos Reales y senderos que salen de esta ciudad para la ciudad de Arequipa y villa de la Plata y a las minas que hemos dicho de oro y de plata, y a otras diversas partes; que en ellas puso sus espías y guardas de españoles y de indios para saber quién entraba o salía de la ciudad por aquella parte.

Hechas y ordenadas estas cosas, de ahí a pocos días mandó que todos saliesen de la ciudad a ponerse a cuatro leguas de allí, a un pueblo llamado Jauja (o Mayo), que todo es uno, para que desde allí proseguir su comenzada jornada, y esto se hizo a fin de no perder ya más tiempo con dilaciones.

Cuando la gente comenzaba a salir poco a poco hacia el pueblo señalado, un soldado llamado Francisco Ortiz se fugó. El maestre de campo Alonso de Toro puso gran diligencia en buscarlo, y al día siguiente lo hallaron gracias a la ayuda de numerosos indios enviados en su persecución. Una vez capturado, lo sometieron a crueles tormentos para que confesara quién le había ayudado o aconsejado huir, y con qué propósito lo había hecho; mas él no acusó a nadie, limitándose a decir que se había escapado por amor de una india hermosa que tenía en la ciudad, la cual no quiso acompañarlo a Lima por ser largo el camino, por lo que se había ocultado. A pesar de ello, fue ahorcado sin confesión.

Surgieron entonces sospechas hacia algunos vecinos de la ciudad —los mismos que lo habían alzado por defensor y procurador—, pues se creía que querían abandonarlo. Por ello todos partieron hacia el pueblo de Jauja, como se les había ordenado. Pronto corrió el rumor de que muchos en la jornada murmuraban contra Gonzalo Pizarro por haber mandado ahorcar a Ortiz, considerando que no tenía culpa y que, además, él carecía de poder o comisión para ejercer justicia, dado que solo había sido designado para representar y defender ante el Virrey.

Otros comentaban que, habiéndole dado el pie, ya se había tomado la mano, y que lo mejor sería dejarlo solo, pues mostraba crueldad y soberbia; que era preferible ir a Lima a servir a Su Majestad antes que dejarse matar por un hombre cuyos malos comienzos auguraban peores fines.

En verdad, no les faltaba razón, pues, aunque solo se le había nombrado defensor de sus propios intereses, se mostraba altivo y airado con quienes lo habían elegido, amenazando con cortar cabezas a todo aquel que no lo siguiera, alegando que lo habían sacado de su sosiego. Unas veces decía que abandonaría la empresa —para que los malintencionados se lo rogasen—, y otras que no lo haría, pues se complacía con el mando. Así se fue afianzando tanto en su autoridad que nadie después pudo apartarlo de ella. Por esto muchos estaban ya disgustados, y clamaban por el Virrey, fieles servidores de Su Majestad.

Varios de los principales, arrepentidos del error cometido, quisieron apartarse, pero no se atrevieron, pues eran pocos frente a los muchos que seguían al tirano, quien tenía gran dominio sobre el ejército y el favor de los regidores y soldados. Algunos, sin embargo, revocaron secretamente los poderes que le habían otorgado, alegando haberlo hecho por miedo a perder la vida, como le sucedió a Francisco Ortiz.

Otros buscaron quedar bien con ambos bandos, razonando que si el Virrey vencía, podrían excusarse diciendo que actuaron forzados y que luego revocaron sus poderes por temor a la muerte; y que si el tirano triunfaba, él sabría bien que ellos habían contribuido a elevarlo. Estos miraban más por su provecho que por el bien común, y entre ellos se contaban: Antonio Maldonado; Juan de Mesa, el Mozo; Antonio Altamirano; Diego Maldonado, el Rico; Diego de Gumiel; Benito Juárez de Carvajal; Martín de Florencia; Don Pedro Puerto Carrero; Pedro Estete; Diego de Argote; Garcilaso de la Vega; Pedro Manjarres; Luis de León; Alonso de Toro; Tomás Vásquez; Juan Julio de Ojeda; Alonso de Villacastín; Hernando Bachicao; Hernando de Aldana; Felipe Gutiérrez; Arias Maldonado; Diego Narváez; Francisco Maldonado y Gregorio Setiel, entre otros interesados.

Algunos de estos, que al principio se mostraron neutrales, luego sirvieron con celo al tirano tras la prisión del Virrey por los oidores, buscando beneficio en la guerra y mejores repartimientos de indios.

Así comenzó la rebelión y alzamiento de Gonzalo Pizarro, quien, siendo alzado primero como procurador, acabó poco a poco afianzando su tiranía, usurpando la dignidad de gobernador, el generalato y las funciones de la Real Justicia, sin tener poder ni autoridad legítima. Mandaba y prohibía a su antojo, como si fuera juez supremo.

Y aunque al principio fue entronizado por insistencia ajena, no hubo después fuerza humana que lo hiciera desistir: ni cartas de Su Majestad, ni las del presidente Gasca, ni los temores que le pusieron ante los ojos los leales, ni las amonestaciones del obispo de Lima y del regente fray Tomás de San Martín. Antes bien, se tornó pertinaz y sordo a todo consejo, hasta el extremo de que su aparente mansedumbre se volvió soberbia, y el que huía del mando acabó gozando del señorío hasta morir por él, violando toda ley de humanidad y lealtad, solo por gobernar.

Durante este tiempo trajeron a Francisco de Carvajal al pueblo de Jauja. Gonzalo Pizarro lo recibió con grandes muestras de afecto y quiso darle cargo en el ejército, pero él lo rehusó, prefiriendo servir como simple soldado. Sin embargo, cuando más tarde fue nombrado maestre de campo, se convirtió en uno de los hombres más soberbios y despiadados que hubo en toda la tierra, como más adelante se verá.

 

CAPÍTULO DIECISÉIS

DE CÓMO LOS REGIDORES DE LA VILLA DE LA PLATA NOMBRARON POR PROCURADORES A DIEGO CENTENO Y A PEDRO ALONSO DE HINOJOSA, Y DIEGO CENTENO SE FUE A LIMA Y HABLÓ CON EL VIRREY, Y LO DEMÁS QUE PASÓ EN LA DICHA VILLA.

Mientras ocurrían estos sucesos en la ciudad del Cusco, como se ha dicho, llegaron a la villa de La Plata (actual Sucre, en Bolivia), situada en la gran provincia de las Charcas —fundada por el capitán Pedro Anzúrez de Camporredondo, o Peranzules, por mandato del marqués Pizarro— las noticias de la llegada del virrey Blasco Núñez Vela y de las Ordenanzas (Leyes Nuevas) que traía. Algunos vecinos de aquel pueblo se alborotaron, diciendo que tales disposiciones eran muy perjudiciales y demasiado rigurosas para todos los que vivían en la tierra, pues buscaban suprimir las encomiendas hereditarias. Así, varios de ellos, movidos por mala y perversa intención, parecían estar poseídos por un espíritu de discordia y contradicción que se había infiltrado en sus ánimos para provocar disturbios.

Los vecinos de buena voluntad y leales servidores de Su Majestad, junto con el Regimiento de la villa, deseosos de apartarse de tales tratos y conversaciones, enviaron a Lima, como procuradores de la villa, a Diego Centeno y a Pedro Alonso de Hinojosa, ambos valerosos conquistadores de la tierra y hombres de notable riqueza.

Estos dos procuradores habían de tratar y negociar con Vaca de Castro, que ya se había partido del Cusco a Lima, sobre [las cosas] tocantes al bien y pro y utilidad y aumento de la villa de la Plata y de los naturales de aquellas provincias, y sobre lo demás que al Consejo y Cabildo les pareciese ser muy conveniente. Porque estaban informados de cómo Vaca de Castro era ido a Lima con la venida del Virrey, [y] de fuerza había de salir de la tierra después de dada su residencia, y querían los del Cabildo que los procuradores negociasen con él algunas cosas convenientes a su pueblo, para que él las tratase con Su Majestad allá en España.

Para hacer estas cosas, con otras muchas, se les dieron a los dos procuradores poderes bastantes y plenarios, y las instrucciones y memorias de las cosas que habían de hacer, pedir y demandar, y con esto los despacharon a Lima, donde ya tenían noticia que Vaca de Castro estaba aguardando al Virrey que ya venía de camino.

Yendo estos dos procuradores por sus jornadas contadas por la costa de la mar, habiendo llegado a la ciudad de Arequipa bajaron al pueblo de Ica, donde se quedó Pedro Alonso de Hinojosa, que no pasó adelante, y no se supo la causa, porque unos dijeron que por estar enfermo; otros dijeron que porque supo que Gonzalo Pizarro estaba haciendo gente para ir a Lima por defensor y procurador de toda la tierra, y por ser, como era, su primo hermano, y por no darle enojo no quiso pasar adelante hasta saber en qué paraban estos negocios; mas después se fue al Cusco, que lo envió a llamar Pizarro, y lo recibió alegremente y lo hizo después uno de los de su Consejo.

Diego Centeno pasó adelante y supo en el camino de la llegada del Virrey a Lima, y de cómo lo habían recibido por tal, y por esto determinó mudar propósito y no negociar cosa alguna con Vaca de Castro, porque estaba ya preso y detenido en un navío, sino con el Virrey, al cual fue a besar las manos para darse a conocer con él y negociar algunas cosas para su pueblo. El Virrey lo recibió muy bien teniendo ya noticia de cuán principal hombre era en la tierra, y cómo era muy aficionado a las cosas de Su Majestad y así le habló en diversas veces de que el Virrey recibía contento con él.

Después que Diego Centeno estuvo algunos días en la ciudad, y habiendo negociado con el Virrey algunas cosas, le pidió licencia para volverse a su casa, y él se la concedió, y queriendo hacer de él entera confianza le encargó ciertos despachos que llevase a las ciudades de Guamanga, y Cusco, Arequipa y Charcas, y le dio unos nombramientos de justicias que nuevamente hacía, en ciertas personas conocidas.

Despachado Diego Centeno se partió de la ciudad, quedando muy adelante en gracia y voluntad del Virrey por el buen celo que en él conocía, lo cual mostró después con muchos servicios que hizo a Su Majestad con obras de lealtad que siempre tuvo con él.

Siguiendo su camino, Diego Centeno llegó a la ciudad de Guamanga, también llamada San Juan de la Frontera, donde entregó los despachos y recaudos que llevaba al Cabildo y a Vasco de Guevara, quien ejercía como justicia mayor en nombre de Su Majestad en aquella ciudad.

Prosiguiendo luego hacia el Cusco, se encontró en el puente de Abancay —sobre el río Apurímac— con Francisco de Almendras y algunos soldados que allí estaban apostados como guardias de parte del tirano Gonzalo Pizarro, quien los había colocado tras su levantamiento. Sospechando Francisco de Almendras que Diego Centeno llevaba secretamente despachos del virrey en perjuicio de Gonzalo Pizarro y de la ciudad del Cusco, procuró saber de él, con aparente amistad, el propósito de su viaje. Al enterarse de que Centeno iba como procurador ante el virrey para defender los derechos de los encomenderos de Charcas, lo dejó continuar su camino, aunque dio aviso inmediato de todo al tirano.

Al llegar Diego Centeno al Cusco, Gonzalo Pizarro lo recibió con gran cortesía, tomó los despachos y le impidió seguir adelante, aunque lo hizo con tanta astucia que no pareciera que lo forzaba, sino atrayéndolo con halagos, palabras amables, muestras de confianza y fingido afecto, acompañados de generosos ofrecimientos. Todo esto bastó para que Diego Centeno, creyéndose honrado y estimado, aceptara su amistad y prometiera seguirlo en aquella empresa hasta su conclusión. Pocos días después, ratificó en nombre de la villa de La Plata la elección de Gonzalo Pizarro como defensor de la tierra, y en virtud del poder que llevaba del Regimiento, le confirió el título de procurador general de toda ella, sustituyéndose a sí mismo en dicho cargo.

Este mismo nombramiento que Diego Centeno hizo en nombre de su Cabildo, el tirano envió a la dicha villa para que allá lo recibiesen por tal procurador, como los del Cusco y los de las otras partes y lugares lo habían hecho, y el mismo Cabildo del Cusco lo escribió al Regimiento de la villa, a instancia y por ruegos de Gonzalo Pizarro, para que fuese nombrado por ellos por defensor y procurador de toda la tierra.

Los del Cabildo no quisieron admitir, ni aceptarlo, ni hacer cosa alguna de lo que les rogaban, porque ya entonces habían llegado a esta villa las provisiones de Blasco Núñez Vela para que lo recibiesen por Virrey, y ellos lo hicieron así, nombrando las justicias por él por Su Majestad.

Algunos regidores y vecinos de esta villa habían prometido a Gonzalo Pizarro a los principios, de favorecerle, mas fue con intención de ayudarle debajo de la obligación de fidelidad que eran obligados a tener a su Rey y Señor natural, que era lo que más ellos pretendían. Porque llegados los recaudos del tirano a la villa, luego los del Cabildo vieron que la embajada era muy desvergonzada, y por esto se mandó que en ello no se hablase, y así se le mostraron después muy contrarios en todo y por todo.

Por esta misma embajada los regidores entraron en su cabildo y en él se platicó porfiadamente lo que se había de hacer en este caso, porque había algunos que eran aficionados a Gonzalo Pizarro, y otros no. Mas, en fin, todos se concordaron de obedecer las provisiones del Rey y los mandamientos del Virrey, y para esto hicieron pleito y homenaje, como leales vasallos de Su Majestad, de servirle toda la vida y de perseguir al tirano y a los suyos, como después lo hicieron y cumplieron.

Los principales autores de esta acción leal —la sublevación en favor del Rey— fueron Luis de Ribera, teniente en la villa por mandato del virrey; Antonio Álvarez, alcalde ordinario; Lope de Mendoza; Francisco Retamoso; Lope de Mendieta; Alonso Pérez de Esquivel; Alonso Camargo; Alonso Pérez de Castillejo; Luis Perdomo; Francisco de Tapia; Francisco Negral, y otros. Todos ellos, al tener noticia de lo sucedido en la ciudad del Cusco, levantaron bandera contra el tirano Gonzalo Pizarro.

Tras ello, revocaron mediante auto el poder que habían otorgado a Diego Centeno y a Pedro Alonso de Hinojosa, y escribieron al Cabildo del Cusco declarando que, aunque Su Majestad ordenase cumplir las ordenanzas y ello les costase la vida y los bienes, lo darían por bien empleado con tal de obedecer su mandato. Añadían, además, que el poder concedido a Diego Centeno se le había dado únicamente para que actuara conforme al servicio de Su Majestad, al buen gobierno de la villa y a la conservación de los naturales; por tanto, al haber sido la elección de Gonzalo Pizarro contraria a lo expresado en dicho poder, la sustitución hecha por Centeno carecía de validez y fuerza alguna.

Después de todo esto y de otras muchas cosas que ocurrieron, partieron de la villa de La Plata veintiocho hombres de a caballo, todos vecinos principales y bien armados, habiendo elegido por su general al teniente Luis de Ribera.

Estos valerosos hombres emprendieron el viaje hacia la ciudad de Lima para servir a Su Majestad y, en su nombre, al virrey Blasco Núñez Vela. Marcharon por rutas desconocidas y despobladas, temiendo que el tirano enviase gente a cortarles el paso y capturarlos para llevarlos al Cusco. Pero el camino era largo —más de doscientas cuarenta leguas—, y su marcha se hizo penosa, atravesando las sierras de Condesuyos, las cercanías de Arequipa y los pueblos de Ica y Acarí, donde supieron la triste nueva de la prisión del virrey, lo que les causó gran pesar. Por ello no llegaron a Lima: la pequeña, aunque fiel, compañía se deshizo y sus miembros se dispersaron por diversas partes; algunos regresaron a la villa, y más tarde fueron perdonados por el tirano, ya firmemente asentado en el gobierno que los oidores le habían entregado por fuerza, como más adelante se contará.

CAPÍTULO DIECISIETE

DE CÓMO EL VIRREY TUVO NOTICIA DE LO QUE SE HACÍA EN EL CUSCO, POR LO CUAL HIZO GRAN LLAMAMIENTO DE GENTE PARA IR CONTRA GONZALO PIZARRO, Y EN EL ENTRETANTO ENVIÓ ALLÁ AL OBISPO DE LIMA Y AL REGENTE.

Después que Diego Centeno fue despachado, llegó a la ciudad de Guamanga —llamada también San Juan de la Frontera—, donde presentó los despachos ante el Cabildo, como ya se dijo. Vistos los recaudos, los recibieron de buen grado, reconociendo al virrey Blasco Núñez Vela y a Vasco de Guevara como Justicia Mayor en nombre de Su Majestad. Hecho esto, despidieron a Centeno y enviaron, por otra parte, los autos levantados en el Cabildo al propio virrey, informándole de que Vasco de Guevara quedaba constituido en su cargo y felicitándole por su buena llegada, lo cual le causó gran satisfacción.

Recibidos estos despachos, el virrey comenzó a inquietarse, pues no tenía respuesta alguna de la ciudad del Cusco, ni carta de Diego Centeno que le informase sobre lo actuado, sin saber la causa de tan larga demora. No pasaron muchos días cuando, por vías secretas, ciertos servidores fieles a Su Majestad que se hallaban en el Cusco le escribieron notificándole la rebelión y alzamiento de Gonzalo Pizarro, los nombres de los conjurados y cuántos eran, dándole relación de todo lo que allí ocurría.

Al saberlo, el virrey sintió gran enojo e indignación, y comenzó a lamentarse ante los caballeros que lo acompañaban, preguntándoles cómo podía soportarse una traición tan vil y una cobardía tan grande tramada contra Su Majestad en aquella ciudad. Decía que los verdaderos leales debían tomar las armas para castigar al tirano y a sus secuaces, quienes con su proceder impedirían la ejecución de las ordenanzas y de las Leyes Nuevas. Añadía con furia:

—¿Qué puede haber más abominable que lo que han cometido estos hombres? ¿Que vengan, sin vergüenza ni temor de Dios ni del Rey, a hacerme fuerza con mano armada, fingiendo venir como procuradores, para que yo no cumpla las órdenes de Su Majestad? Cuando tales cosas se han de pedir, ha de hacerse de otro modo: con humildad y llaneza, suplicando ante la Real Audiencia que suspenda las ordenanzas, y no con amenazas de acero.

Estas y otras muchas palabras pronunció el virrey con gran cólera. Y aunque tenía razón en lo que decía, cuando al fin se aplacó su ira y quiso mostrarse benigno y templado, confesó ante los presentes que él mismo era la causa de tales rebeliones, pues no había querido admitir la súplica interpuesta por los encomenderos.

Como en aquellos días percibiera que en la ciudad había muchos malintencionados, receló de ellos y, por esta y otras razones, mandó reunir hasta cien hombres de a caballo y arcabuceros, además de los alabarderos que siempre custodiaban su persona. Dio de socorro a los de a caballo cuatrocientos pesos y a los arcabuceros trescientos, dinero que ordenó sacar de la caja de Su Majestad. Asimismo, los proveyó de armas, caballos, arcabuces, pólvora y mecha, compradas todas con dinero real —hasta unos ocho mil pesos de buen oro—, y nombró por capitán a Diego de Urbina, sobrino de Juan de Urbina, el italiano, hombre principal y vecino del Cusco.

Asegurada su guardia, el virrey quiso poner remedio a lo demás. Envió, pues, al regente Fray Tomás de San Martín, provincial de los dominicos, con cartas e instrucciones dirigidas a Gonzalo Pizarro, encargándole que, con prudentes amonestaciones, lo atrajera al servicio del Rey.

No contento con esto, el virrey despachó tras él al obispo de Lima, fray Jerónimo de Loaysa, para que también hablara con Gonzalo Pizarro y lo persuadiera a desistir de su empresa, confiando en que, por respeto a su autoridad, le atendería. Le envió asimismo razones para desengañarlo, asegurándole que no traía mandato alguno de Su Majestad que le causara perjuicio en su persona, honra o bienes, como falsamente le habían hecho creer. Antes bien, venía con poder para hacerle mercedes en nombre del Rey, en reconocimiento de los servicios que había prestado en la tierra. Le advertía, además, que no se dejara engañar por los suyos, pues al cabo del tiempo vería cuán burlado resultaría, ya que los que lo instigaban a aquella jornada no buscaban su bien, sino el propio interés.

Partidos ambos religiosos, uno tras otro, llegó primero el regente al campo del tirano, cuando este aún se hallaba en el Cusco antes de salir con su gente. Fue recibido con respeto por sus frailes, y Francisco de Almendras le permitió pasar el puente por la amistad que los unía. Enseguida trató con Gonzalo Pizarro sobre el encargo que llevaba, amonestándolo prudentemente. Gonzalo lo escuchó con fingida atención, mas, armado de malicia, respondió con palabras ambiguas y vacías.

El regente, hombre sabio y perspicaz, comprendió bien sus evasivas, aunque disimuló su entender, mostrándose llano y sencillo. No obstante, perseveró con firme ánimo, exhortándolo y advirtiéndole de los peligros en que incurría; pero, al fin, no pudo obtener de él respuesta provechosa ni acuerdo alguno que lo apartara de su propósito.

Los partidos que el regente hacía con Pizarro en nombre del Rey y del Virrey, eran los más principales dos:

  1. El uno, que el Virrey les otorgaría la suplicación de las ordenanzas, como ellos la pedían para que toda la tierra se sosegase; con tal condición que todos ellos hiciesen un rico presente a Su Majestad, de oro y de plata, porque estaba en gran necesidad, por las muy grandes y prolijas guerras que entre manos tenía contra los luteranos y rebeldes al Imperio.
  2. El otro partido era que Gonzalo Pizarro y los demás que con él estaban, pagasen por cabezas los gastos que él había hecho en Lima, en trescientos soldados, puesto que para pagar lo uno y lo otro no les cabía a todos ellos sino a muy poco en comparación de los muchos tesoros que tenían.

A estos partidos respondió Gonzalo Pizarro que él no tenía poder ni facultad de los ciudadanos para hacerlo, y que si diese algunos dineros, que más parecería que pechaban o que de miedo compraban la paz, o siquiera alguna concordia. Y que si el Virrey les quisiese conceder la suplicación, sin interés, que los vecinos y moradores de la tierra lo recibirían por muy señalada merced; donde no queriendo que él iría a España a suplicar de ellas ante Su Majestad.

De manera que en esto y en lo demás no hubo efecto ni concierto alguno para el bien de toda la tierra, y así se quedó comenzada la plática y no concluida, y algunos vecinos y soldados de poco saber y entendimiento cuando supieron estas pláticas comenzaron a decir: "piensa el Virrey que no lo entendemos, que con nuestra propia moneda nos quiere hacer guerra".

Pasadas estas cosas con otras, de ahí a ciertos días supo Gonzalo Pizarro cómo el Obispo venía a tratar con él de buenos medios y conciertos, por lo cual envió a mandar a Francisco de Almendras, que estaba por guarda en el puente de Abancay (Apurímac), que lo detuviese allí y no lo dejase pasar adelante. Tuvo entendido Pizarro que por ventura que con la venida del obispo no fuese causa de estorbar el aparejo que la incierta y dudosa fortuna le comenzaba a dar para alcanzar lo que tanto él deseaba haber, que era la gobernación de los reinos y provincias del Perú; por esta causa no le consintió entrar en la ciudad, por no verle hasta que él saliese de ella, y porque sus gentes no le viesen, de lo cual el Obispo lo sintió muy bien sentido, aunque lo disimuló con su cordura y prudencia.

Mas, en fin, por importunaciones del regente y por ruegos de ciertos capitanes suyos que le tenían buena amistad, lo dejó entrar en el ejército, estando ya en el valle de Jauja (o Mayo), a cuatro leguas de la ciudad, y lo salió a recibir lejos de allí con demostración que le placía de su venida, y se tornaron al real.

El Obispo y el regente se metieron con Pizarro dentro de una gran tienda, donde le propusieron largamente su embajada y a lo que venían de parte del Virrey, desengañándole de todo lo que de él se decía, y así de otras cosas que importaban a su honor, vida y hacienda, con más la revocación de las ordenanzas. Gonzalo Pizarro respondió lo que al regente había dicho, que no quiso concluir en cosa alguna, aunque muchos de los que estaban presentes quisieran que estos negocios se dieran fin, que fuera saludable a todos, con una buena paz y concordia. Porque con esto hubiera una universal quietud y sosiego en la tierra, que ya estaba puesta en bandos y rencillas con las alteraciones que se comenzaban a encender; y con esto se salieron de la tienda con gran pesar de algunos de ellos.

De ahí a seis días se despidieron el Obispo y el regente, de Gonzalo Pizarro y de sus capitanes, porque mientras estuvieron con él jamás les quiso oír cosa; y al tiempo que se iban les dijo Pizarro que tratasen con el Virrey que se fuese a España, y que le daría gran suma de dineros en oro para que negociase con Su Majestad le diese la gobernación de las tierras del Perú. Y que también lo tratasen con los cuatro Oidores, para que le entronizasen en el gobierno, que él les daba gran cantidad de dineros, y les prometía dar muy bien de comer en la tierra, de que quedasen muy contentos y satisfechos. El tirano tuvo entendido cohechar con esto al Virrey y a los cuatro Oidores, que pensó que con cada viento se movían como codiciosos y de poca conciencia, como lo era él, especialmente el Virrey, que tenía el ánimo muy constante y magnánimo, que no hiciera vileza por cuanto tesoro había en el mundo; y con esto se fueron, y los que le acompañaron buen trecho se volvieron al ejército.

Estas y otras cosas que Gonzalo Pizarro dijo al obispo y al regente fueron fruto del consejo de ciertos capitanes suyos, y las pronunció en su presencia para complacerlos, pues unos deseaban la guerra con la esperanza de enriquecerse participando en ella, y otros temían perder los indios, esclavos y repartimientos que poseían.

Vuelto el obispo a la ciudad de Lima —pues el regente quedó fatigado y enfermo en el pueblo de Jauja, acompañado de Luis García Santamames y de Procello—, refirió al virrey todo lo sucedido con el tirano, las respuestas resueltas que le había dado y el ánimo perverso que mostró, según lo que pudo colegir de sus palabras. Añadió que había hallado muy pocos dispuestos a servir a Su Majestad, y que estos vendrían pronto a su lado; pero que los demás, con quienes también había tratado el regente, eran muchos y mostraban un abierto deseo de expulsarlo del reino, de modo que eran más los enfermos de tiranía que los sanos de lealtad.

Al comprender el virrey la mala voluntad de Gonzalo Pizarro, se apesadumbró grandemente, pues ningún medio razonable podía hallarse para la paz que tanto deseaba. Por ello, y por otras causas, mandó publicar guerra a fuego y sangre contra Gonzalo Pizarro y todos sus secuaces, declarando su rebelión y tiranía. Este acuerdo se tomó con el parecer y consentimiento de los cuatro oidores, de los oficiales reales y del regimiento de la ciudad, quienes lo firmaron en el libro de acuerdos del cabildo.

Al día siguiente se dio pregón público por toda la ciudad, ordenando por edicto real que todos los vecinos, moradores y habitantes de las ciudades, villas y lugares de los reinos y provincias del Perú acudiesen con sus armas y caballos a servir a Su Majestad en la campaña contra Gonzalo Pizarro, so pena de muerte, pérdida de bienes y ser tenidos por traidores.

Dada esta proclamación, se difundió en pocos días por diversas partes. El virrey envió también provisiones y mandamientos a todos los tenientes, justicias y vecinos de las distintas regiones, llamándolos a su servicio; y así comenzaron a llegar muchos hombres de armas y fieles servidores del Rey.

Entre los primeros que acudieron a Lima estuvo el capitán Diego Díaz de Piñera, quien vino desde Quito con cinco vecinos y veinte soldados bien armados y montados. También llegó desde la ciudad de León de Huánuco el capitán Pedro de Luelles, corregidor de aquella jurisdicción, con dos o tres hombres más. El virrey los recibió con agrado y les agradeció su fidelidad. Ambos traían poderes plenarios otorgados por los cabildos de sus ciudades para tratar ciertos asuntos con el virrey; sin embargo, al ver el estado de las cosas, no se atrevieron a presentar petición alguna, temerosos de irritarlo, pues su ánimo estaba por entonces muy alterado.

Mientras esto ocurría, y poco después del regreso del obispo, envió el virrey al campamento de Gonzalo Pizarro a Pedro López de Cazalla y a Simón de Alzate, escribanos de gobernación, con el encargo de notificarle una real provisión emanada del acuerdo. En ella se le ordenaba que, sin demora alguna, disolviese el ejército que mantenía, bajo pena de muerte, confiscación de bienes y ser tenido por traidor. Se le advertía además que, de persistir, se procedería contra él como contra rebelde e inobediente a su Rey y Señor natural. Si, en cambio, deseaba comparecer ante la Real Audiencia, podría hacerlo en forma pacífica, acompañado de no más de diez o doce hombres, y sería oído con la debida cortesía, concediéndosele el derecho de presentar su súplica respecto a las ordenanzas.

Partieron los mensajeros con estos despachos, acompañados de Francisco de Ampuero, don Antonio de Ribera y otros amigos y conocidos de Gonzalo Pizarro y de sus capitanes. Pero al llegar al puente de Abancay, sobre el río Apurímac, fueron apresados por Francisco de Almendras y sus soldados, quienes les confiscaron los despachos y los hicieron volver a Lima, para que no prosiguieran ni presenciasen los actos del tirano. Los documentos fueron enviados de inmediato a Gonzalo Pizarro, quien los recibió y supo así de todo lo que el virrey le mandaba.

CAPÍTULO DIECIOCHO

DE CÓMO EL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA DIO GRANDÍSIMAS Y AVENTAJADAS PAGAS Y SOCORROS A SUS CAPITANES Y SOLDADOS PARA IR CONTRA GONZALO PIZARRO Y SUS SECUACES, Y DE OTRAS MUCHAS COSAS QUE PASARON EN EL INTER.

No había día que no acudiesen de muchas y diversas partes muchos vecinos valerosos y muy ricos y otros hombres y soldados, al llamado del Virrey Blasco Núñez Vela, por el pregón Real que se había dado; por lo cual estaba la gran ciudad de Lima llena de mucha gente de muchas naciones y de diversas condiciones.

Al ver el virrey que cada día acudía más gente, dispuso de inmediato que todos fuesen inscritos en la nómina de la soldadesca, repartiéndolos por capitanías, como se dirá más adelante. Al mismo tiempo comenzó a distribuir entre sus capitanes y soldados generosas pagas y socorros, empleando en ello los reales quintos, derechos y tributos de Su Majestad que los oficiales tenían destinados para enviar a España.

Como la moneda disponible no bastaba para sufragar los gastos de la guerra, el virrey tomó prestadas grandes sumas de oro y plata de los vecinos, mercaderes y tratantes más acaudalados de la ciudad. Todo aquel tesoro se repartió entre capitanes y soldados para que pudiesen adquirir armas, caballos y cuanto más necesitaran, pues muchos habían llegado sin vestido, montura ni equipo.

A los jinetes se les dio de socorro entre quinientos y seiscientos pesos, y a algunos de mayor calidad hasta setecientos u ochocientos, especialmente a ciertos caballeros avecindados en la ciudad que eran recién llegados a la tierra. A los arcabuceros se les asignó entre cuatrocientos y quinientos pesos, y a los piqueros entre trescientos y cuatrocientos. A los alféreces, sargentos menores y demás mandos de la infantería se les otorgó setecientos pesos. Todo ello era oro de minas, cuyo valor era de diez pesos por dieciséis pesos y medio y cuatro granos de la moneda corriente en la Nueva España, llamada oro común o de Tepuzque.

A los capitanes de infantería se les dio paga doble, de modo que se gastó un número inmenso de dineros, sin contar lo que el licenciado Cristóbal Vaca de Castro había consumido en la batalla de Chupas. Por ello los soldados andaban muy satisfechos y ufanos con las ricas y abundantes pagas y socorros que les habían concedido.

Nombró por capitán general a su hermano Juan Velázquez Vela Núñez, y alférez mayor a Francisco Martín de Alcántara; capitanes de a caballo fueron Diego Álvarez Cueto, cuñado del Virrey, que era alguacil mayor de Corte y de todos los reinos del Perú, y Don Alonso de Montemayor; capitanes de piqueros fueron Pablo de Meneses y Martín de Robles; capitán de arcabuceros fue tan solamente Diego Díaz de Pinera, yerno de Pedro de Luelles; Maestro de Campo Diego de Urbina, sobrino de Juan de Urbina, el famoso de Italia, que siendo capitán de la guardia del Virrey, se lo quitó y le dio este cargo por ser diestro en las cosas de la guerra. Sargento mayor fue Juan de Saavedra el Tuerto, y los otros oficiales y mandones del Real ejército fueron muchos, que por evitar prolijidad no se cuentan.

Hechos y nombrados estos capitanes, luego ellos nombraron sus alféreces y sargentos y cabos de escuadras a los más suficientes soldados que les parecieron, y luego se comenzaron a resonar los atambores y pífanos por toda la ciudad, que los hacían retumbar bravamente.

Confiscaron los caballos de quienes no podían tomar armas y los repartieron entre la caballería que había de combatir. Asimismo fabricaron numerosos petos de cobre y picas, que entregaron a los soldados que carecían de ellos. Como los arcabuceros eran pocos, descolgaron una campana de la iglesia mayor y otra del convento de Santo Domingo; con aquel bronce hicieron alrededor de ochenta arcabuces de vaciado, de tres y cuatro palmos de longitud, aptos para disparar sólo tres o cuatro veces antes de partirse o hendirse, y los distribuyeron entre los piqueros.

La extracción de las campanas fue muy mal vista por los malintencionados, que la denunciaron con acritud: decían que el virrey no era cristiano y que debía ser castigado, e incluso propusieron proceder contra él por vía eclesiástica, pues había descolgado campanas consagradas para convertirlas en armas con que matar a hombres. Llegaron a afirmar, con hipérbole y escándalo, que sería mejor deshacer aquellos arcabuces para volver a fundir campanas y devolverlas a las iglesias y templos de Dios.

Dejado esto aparte se echó bando por toda la ciudad que su Señoría mandaba que todos los vecinos se pusiesen debajo de banderas, so pena de muerte y perdimiento de bienes, y con esto se comenzó a avivar la cosa, que todo iba de buena arte, porque se allegaron muchos a ponerse debajo de banderas bajo la disciplina militar.

Querer contar en particular las invenciones y trajes que los capitanes y soldados sacaron en sus vestidos, sería nunca acabar con tan largo cuento; baste decir que fue mucha la seda y los recamados que se sacaron, de que todos ellos andaban muy ufanos y muy ricamente vestidos, que sería gran prolijidad contarlo todo. Pues ¿qué diremos de los capitanes, alféreces, sargentos menores, oficiales y mandones del Real ejército, sino que todos andaban tan costosos como si cada uno tuviera diez mil ducados de renta por año? En este intermedio ganaron los mercaderes mucho dinero, porque vendieron sus mercaderías a como quisieron, y todo de contado, y los soldados por mostrarse magníficos y largos dieron cuanto les pidieron, porque tuvieron en poco el oro y la plata.

Algunos hubo que jugaron el dinero, que por ganar más de lo que tenían salieron en blanco, de suerte que andaban después desarrapados; mas, en fin, andaban muchos dineros en el juego, que los jugaban a la primera de Alemaña, o a la dobladilla, que es juego sin rencilla, y a los dados.

Tuvo el Virrey en este intermedio noticia de cómo en la ciudad de Guamanga había ciertos tiros de bronce grandes y buenos, los cuales había dejado allí Vaca de Castro después que venció a Don Diego de Almagro el Mozo en la batalla de Chupas. Envió luego a mandar a Vasco de Guevara y a los del cabildo y vecindad que luego le enviasen los tiros de artillería que tenían guardados, con todos sus aderezos, y que con muy buena guarda de hombres fieles se los trajesen antes que el tirano enviase por ellos.

Francisco de Almendras se hallaba entonces en la ciudad de Guamanga por orden de Gonzalo Pizarro. Hacía ya cuatro días que se había apoderado de ella con numerosa gente cuando supo que el virrey enviaba por la artillería; de inmediato se adelantó y la hizo llevar con gran prisa al Cusco, auxiliado por muchos indios que mandó llamar y bajo la custodia de diez arcabuceros. Luego partió tras ellos.

Muchos vecinos leales hubieran querido que la artillería fuese enviada al virrey; pero, siendo más numerosos los partidarios del tirano, insistieron en que era mejor entregársela a quien venía a libertarlos, y no al virrey, que —según decían— les venía a quitar sus haciendas, vidas y libertades.

Cuando el virrey supo que algunos vecinos de aquella ciudad lo habían traicionado, prestando ayuda y favor a Francisco de Almendras para llevarse la artillería, le pesó en extremo. Todo esto se lo comunicaron por carta Vasco de Guevara y los del cabildo, que no habían podido impedirlo y procuraban mantenerse leales a su causa.

Al saberlo, el virrey comprendió claramente que muchos de los vecinos de aquellas tierras no le hablaban con verdad, ni le eran fieles en lo que decían o prometían. Sin embargo, disimuló cuanto pudo, pues no podía castigarlos: estaban a sesenta leguas de distancia, y si los mandaba prender o castigar, no habrían de obedecerle, por ser hombres ricos y poderosos en aquella ciudad. Temía, además, que se alzaran con ella o se pasaran al tirano, con lo cual solo reforzarían su campo rebelde. Por ello juzgó prudente disimular hasta que llegara el tiempo y la ocasión propicia.

El virrey tenía fundadas esperanzas, por varios indicios y avisos, de que el ejército del tirano se desharía en pocos días, pues algunos le habían escrito desde el pueblo de Jauja —donde estaba Gonzalo Pizarro— que los suyos acabarían por matarlo, abandonarlo o prenderlo en el momento más oportuno. Confiado en esto, esperaba que los sucesos se le tornasen favorables y que todo marcharía de bien en mejor; pero, con todo, no dejó de atender con diligencia a lo que más le convenía, mostrándose siempre cuidadoso y solícito en reunir gente para marchar contra Gonzalo Pizarro y sus secuaces.

CAPÍTULO DIECINUEVE

DE CÓMO EL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA HIZO RESEÑA DE LA GENTE QUE TENÍA, Y DEL ESFUERZO QUE HIZO PARA CONSEGUIR MÁS HOMBRES PARA IR CONTRA GONZALO PIZARRO Y SUS SECUACES.

En alguna manera mostraba tener el Virrey gran contento y placer al ver que cada día le acudía mucha gente, tanto vecinos como soldados, que se hallaban en todos los lugares de la parte de abajo, es decir, hacia el Norte, que son los pueblos marítimos y de los llanos. Esto contrastaba con la zona de arriba, hacia el Sur, donde el tirano [Pizarro] tenía el control, y cuyas ciudades estaban todas a su favor y ayuda, excepto la villa de La Plata.

Para que el Virrey supiera el número de la gente que había acudido, tanto los recién llegados como los de la vecindad, mandó al General Juan Velázquez Vela Núñez y a los demás capitanes que el domingo venidero saliesen todos con sus soldados a hacer reseña y alarde con las armas y caballos que tenían, porque los quería ver y contar.

Llegado el día señalado para el efecto, los capitanes comenzaron a apercibir a sus soldados, y estos aderezaron las armas y vestidos que tenían, y a pulirse muy bien para que fuesen vistos y señalados, y así vinieron a la plaza con muy gentil y buena ordenanza. El Virrey y los Oidores estaban puestos en unos corredores que caen a la plaza, para verlos entrar. Asimismo estaban con él el obispo Don Fray Gerónimo de Loaysa, y el regente, Fray Tomás de San Martín, con algunos clérigos, a quienes había enviado a llamar para que viniesen a ver la reseña. También estaban muchos caballeros de valía que no salieron a la revista por hacerle compañía, aunque estaba rodeado de muchos alabarderos con el capitán de la guarda, que era Juan Velázquez Vela Núñez el Mozo, su sobrino, un mancebo de veinticinco años, a quien le dieron el cargo luego de quitárselo a Diego de Urbina.

El primero que entró por la plaza fue el capitán Pablo de Meneses con su alférez Pedro de Heredia y el sargento Pedro de Aguirre, vizcaíno, al mando de ciento veinte piqueros. Tras él entró el capitán Martín de Robles con cien piqueros. Todos pasaron por debajo de los corredores haciendo su debido acatamiento al Virrey, bajando las banderas con muy gentil gracia hasta el suelo.

Luego entró el capitán Diego Díaz de Pinera con ciento ochenta arcabuceros muy bien y galanamente vestidos, los cuales iban disparando de cuando en cuando sus arcabuces, y haciendo su acatamiento al Virrey con la bandera pasaron adelante.

En consecuente, entró el capitán Don Alonso de Montemayor con ciento veinte hombres de a caballo, los cuales iban muy galanos, y pocos armados (pues por entonces no quisieron mostrar las armas que tenían escondidas). Tras él entró Diego Álvarez Cueto con otros ciento veinte hombres de a caballo. A la postre entró el General Juan Velázquez Vela Núñez con ciento cuarenta hombres de a caballo, los cuales iban casi todos armados de cotas y corazas, y los demás iban muy galanamente vestidos. El alférez mayor Francisco Martín de Alcántara bajó un poco el estandarte Real, donde iban las armas imperiales y las de Castilla, y entonces se quitó el Virrey el sombrero de la cabeza, lo que no hizo con los demás.

Cuando los alféreces de la infantería pasaron por debajo de los corredores, campearon las banderas con muy gentil gracia y buen aire, y así lo hicieron en todas las encrucijadas de las calles que atravesaron. Los arcabuceros dispararon sus arcabuces con muy buena orden, de lo que el Virrey recibió gran contento. Baste decir que todos los de a caballo y la infantería salieron muy vistosos y aún muy costosos, con muchos vestidos de seda, tela de oro y brocados.

El Obispo, el regente y los cuatro Oidores, con más los caballeros que con él estaban, alabaron mucho a los capitanes y soldados por el buen concierto y orden que llevaron, y la muestra de grande ánimo y esfuerzo. Por cuenta que se hizo, se hallaron en esta caballería y en la infantería setecientos veinte soldados, todos los cuales recibieron socorro del haber de Su Majestad. Por mandato del Virrey, los capitanes los aposentaron en casa de los vecinos, donde les daban de comer a costa de estos.

Viendo el Virrey que eran pocos los soldados que tenía, en comparación de los muchos que le decían que traía el tirano en su ejército (aunque falsamente dicho), volvió de nuevo a enviar por más gente, armas y caballos, de los que había gran falta en la ciudad. Para lo cual envió luego a muchos hombres con grandes poderes y comisiones a todas las ciudades, villas y lugares, para que los tenientes, justicias mayores y regimientos enviasen luego a todos los hombres estantes y habitantes que había en sus distritos y jurisdicciones, so pena de muerte y perdimiento de bienes y de que serían habidos por traidores si no cumplían sus mandamientos. Viendo las justicias de los pueblos las provisiones y mandamientos del Virrey, los obedecieron todos, y así luego en cada pueblo apercibieron a todos los que había para esta jornada, y ellos mismos, dejadas las varas y sus casas, tomadas las cosas para el camino, se vinieron a servir a Su Majestad como sus leales vasallos.

No quedó casi hombre ninguno, si no fueron los viejos y enfermos, que no vinieron a la ciudad de Lima al llamado del Virrey; que las ciudades de Quito, Puerto Viejo, Guayaquil, San Miguel y Trujillo casi quedaron despobladas de hombres, que no parecían sino que eran pueblos de Amazonas, que no se vieran sino mujeres.

También vinieron muchos hombres que estaban sirviendo por las estancias y por los pueblos de indios, por personeros de los encomenderos, dejando perder lo que estaban ganando, creyendo medrar más en la guerra que en la paz, y así se pusieron debajo del yugo militar.

De esta manera se iba poblando de cada día la ciudad de muchos caballeros y soldados, todos los cuales se aposentaron en los campos, en tiendas que pusieron, y otros en las huertas de los vecinos, y a todos ellos se les dio todo recaudo.

Teniendo noticia el Virrey que de la ciudad de León, en Huánuco, no había venido ningún vecino a servir a Su Majestad, sospechó mal y tuvo entendido que eran de la parcialidad del tirano, o que se querían estar a la mira, y para saber esto envió allá a Pedro de Puelles para que recogiese a todos los vecinos y soldados que en aquella ciudad hallase y los enviase para cuando fuese tiempo.

Tuvo entendido el Virrey que como Pedro de Puelles había sido un poco de tiempo allí teniente del licenciado Vaca de Castro, que los conocería a todos y los tendría por amigos, y que por esto vendrían con él mejor que con otro alguno, y a esta causa lo envió allá con poderes bastantes; mas no volvió a la ciudad de Lima, como en el capítulo [siguiente] lo diremos.

CAPÍTULO VEINTE

DE CÓMO PEDRO DE PUELLES SE Huyó DE LA CIUDAD DE LEÓN DE HUÁNUCO CON LA GENTE QUE TENÍA HECHA Y SE FUE A LA CIUDAD DEL CUSCO, A GONZALO PIZARRO, QUE VENÍA CON EJÉRCITO FORMADO CONTRA EL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA.

Una vez que Pedro de Puelles partió hacia la ciudad de León de Huánuco para reunir la gente disponible, como antes se ha dicho, el virrey, pasados unos veinte días, envió allá a Gerónimo de Villegas para que ejerciese el cargo de Justicia Mayor y juez de residencia. Le encomendó que tomase residencia a Pedro de Puelles, a los alcaldes ordinarios, a los tenientes y a los oficiales de Su Majestad, y que, además, despachase la gente que estuviese ya levantada.

El virrey tomó esta determinación a instancias de cuatro vecinos de aquella misma ciudad, quienes presentaron querella contra Pedro de Puelles, solicitando justicia en su contra. Estos cuatro vecinos, por ser ricos y principales en su pueblo, le tenían gran enemistad y deseaban apartarlo del cargo, promoviendo que se le tomara residencia, pues no había procedido conforme a sus intereses. Movidos por el odio, acusaron al dicho Pedro de Puelles de haberles quitado sus haciendas y de haber cometido otros agravios y violencias, no solo contra ellos, sino también contra otros vecinos y mercaderes. Decían que, cuando estos le reclamaban los dineros que les debía, los hacía encarcelar y, aun así, no les pagaba nada; que muchos, por librarse de prisión, le perdonaban las deudas, y añadieron aún peores cosas sobre su persona y proceder.

El virrey, hombre crédulo, dio por ciertas tales acusaciones, pues aún no conocía bien a las gentes del Perú ni la poca constancia y lealtad que en algunos reinaba. Por ello envió a Gerónimo de Villegas como Justicia Mayor contra Pedro de Puelles, dándole los recaudos de la Real Audiencia que el caso requería.

Llevaba Villegas la instrucción de que, si hallaba a Pedro de Puelles culpable según la información recibida, lo prendiese y lo enviase, a su costa, a la cárcel pública de la ciudad de Lima; mas si no hallaba culpa en él, lo dejase en libertad y le mandase enviar sin dilación la gente prometida. Por acompañamiento, le dio el virrey a los cuatro querellantes, para que lo asesorasen en cuanto debía hacer, de modo que iban en compañía y con poder para influir.

Pero tales cosas no se hicieron con el sigilo que convenía, ni pudieron ocultarse a los muchos amigos que Pedro de Puelles tenía en la ciudad, los cuales, al saberlo, le avisaron por la posta para que se pusiera a salvo o no se dejara prender de la justicia enviada, pues si llegaba preso a Lima, le iría muy mal.

Cuando el mensajero arribó a León de Huánuco, Pedro de Puelles ya había reunido unos veinticinco hombres de a caballo y arcabuceros, junto con varios vecinos ricos y amigos suyos, entre ellos algunos de los agraviados por la querella. Al recibir las cartas y ver lo que contenían, temió que el virrey quisiera hacerle mal, conociendo como conocía su condición áspera y recia. Por ello resolvió tomar consejo de sus amigos y aliados, especialmente de Juan de Piedrahíta, vecino del Cusco, que entonces se hallaba en aquel pueblo.

Bien sabía Pedro de Puelles cómo Gonzalo Pizarro estaba alzado en el Cusco con mucha gente para venir contra el Virrey; determinó de ir a él, porque eran entrambos muy grandes amigos. Y así considerando esto y teniendo entendido que si él iba a la ciudad de Lima no podía escapar de ser preso, o muerto, porque fue uno de los que escribieron a Gonzalo Pizarro que viniese contra el Virrey con mano armada, y tuvo creído que su Señoría lo tendría ya sabido.

Para hacer a salvo su mal hecho ganó primero las voluntades de sus amigos, que eran Francisco de Espinosa; Juan de la Serna; Pedro de Retamales; Juan Fernández; Enrique de Ovalle, y Juan de Cabañillas, con otros, que eran de los más principales interesados que había en la ciudad, a los cuales descubrió su determinada voluntad, y ellos le salieron a la parada con pronta voluntad, porque lo tenían en gana.

Ganadas estas voluntades y el sí de sus amigos, comenzaron todos a la par a ganar las demás voluntades que faltaban, con dulces y amorosas palabras y con obras, porque repartió entre ellos mucha cantidad de dineros que tomó de la caja de Su Majestad, a pagar tarde, mal y nunca, o cuando lo tuviese.

Para hacerse más familiar con otros y con todos ellos, los convidó un día a comer y a beber en su casa, a fin de provocarlos a ira y enojo contra el Virrey, los cuales venidos les dio de comer y beber espléndidamente, donde se regocijaron muy bien, y después de comer les dijo lo siguiente:

“Bien sé, señores míos, que ya os será notorio cómo el virrey ha traído de España ciertas ordenanzas contra nosotros, con las cuales viene a arruinar toda esta tierra, de modo que después no habrá hombre que en ella viva ni permanezca, desde el menor hasta el mayor, pues son leyes duras y de todo punto insufribles. Y si su ejecución sigue adelante, como creo que sucederá, ya que están publicadas y divulgadas, será menester buscar pronto el remedio de tan grave mal, atajándolo por alguna vía o manera.

Blasco Núñez Vela, que viene a ponerlas en ejecución, es hombre de condición terrible: bravo, furioso, cruel y nada pacífico ni templado. Como hombre arrebatado, hace cuanto quiere sin consejo ni medida alguna. Así quita los repartimientos de indios y esclavos que los vecinos poseen, sin oírlos ni darles audiencia, movido solo por su antojo. Y con ello comete otros muchos y diversos excesos que no quiero detallar por no ser prolijo, pues no hay quien en esta tierra los ignore.

Por todo esto, será justo y razonable que defendamos nuestras personas y haciendas de tan furioso hombre y de todo el daño que pretenda hacernos, ya que las leyes, en todos los reinos, lo permiten y lo mandan: que cada cual pueda poner su vida y su honra en defensa de lo que es suyo, cuando otro se las quiere quitar.

Comencemos, pues, señores míos, desde ahora, antes que el daño se arraigue más y más, a buscar el remedio que a todos conviene, poniéndonos en libertad para poder vivir en paz y quietud entre nuestros amigos y parientes, que nos ayudan a sustentar esta tierra.

Y no solo toca esto a los que tienen haciendas y bienes, sino también a todos los hombres de bien que viven por acá, pues lo mismo les atañe que a los demás. Blasco Núñez Vela ha dicho que a los bien vestidos los hará cavar la tierra como labradores en Castilla, y que los caballeros hijosdalgo paguen pecho y alcabala; y aún dice otras cosas peores. No viene, pues, a guardar nuestras libertades y franquezas, sino a quebrantarlas y destruirlas.

Y ya que sabéis lo que pasa en la tierra, razón será que os diga a qué propósito he hablado así: como la mayor parte de los aquí presentes me habéis prometido hacer todo cuanto os pidiere y de seguirme donde fuere, declaro —si no os es enojo— que mi voluntad es irme a Gonzalo Pizarro, que viene a darnos remedio y alivio, pues ya ninguno tenemos, y a librarnos de tantos males como nos afligen. Mas no he querido hacerlo sin antes tomar vuestro parecer y consejo.

Si fuéremos, como yo y algunos de vosotros deseamos, nos uniremos con el defensor de nuestros males y procurador de nuestro bien, y junto con él pediremos al virrey Blasco Núñez Vela lo que sea justo; y si no quisiere conceder lo que pedimos con razón, haremos entonces lo que más nos convenga, como hombres de bien debemos hacerlo.

No resta ya sino que cada uno diga su parecer: si lo haremos o no. Porque, si quisiereis seguirme, iremos todos juntos en amor y buena compañía; y si no, yo me iré solo y haré lo que mejor me pareciere, aunque sepa que me cueste la vida en la demanda.”

Dijo aquellas palabras a los vecinos y soldados, entre otras muchas, para incitarlos a la ira y al enojo contra el Virrey. Ellos respondieron que hiciese cuanto le pareciese, que todo lo darían por bien hecho y se alegrarían de ello, pues ya le habían prometido seguirlo hasta la muerte, y que por sus actos lo vería.

A esto replicó Pedro de Puelles, diciendo:

“Señores, pues tanto nos concierne a todos, y ya que lo hemos tratado, razón será que luego lo pongamos por obra. Propongo que mañana, antes del amanecer, partamos de aquí, porque sabed que Blasco Núñez Vela envía a esta ciudad a su teniente con nuevas provisiones y mandamientos para hacernos todo el mal y daño que pudiere. Aquí tengo las cartas donde me lo escriben, aunque vienen sin firmas.”

Y al decir esto, extendió la mano y las mostró. Ellos respondieron que así se hiciese, que para luego era tarde. Con esto, se fueron todos a sus casas a preparar lo que habían de llevar para el camino.

Tan repentinamente se concertó esta partida, que al amanecer del día siguiente salieron de la ciudad treinta y ocho hombres, entre caballeros y arcabuceros, bien armados, que se fueron a encontrar con el tirano por el mismo camino que traía. A estos dejaremos por un momento, para referir lo que hizo el teniente Gerónimo de Villegas.

Sabed que, como el teniente se despachase con mucha calma, se fue a la ciudad de León, en Huánuco, poco a poco, pensando hallar allí a Pedro de Puelles. Pero cuando llegó, supo por los que habían quedado en el lugar que ya se había ido al Cusco y de la junta que se había celebrado. De todo esto se afligió en gran manera por amor del Virrey, temiendo que este pensase que, por su descuido y negligencia, se le había escapado aquel hombre. Quiso ir tras él, pero le dijeron que no lo hiciera, porque hacía ya dos días que se habían marchado y no podría alcanzarlos.

El teniente, oyendo esto, se salió de la ciudad de ahí a dos días, sin hacer cosa alguna, y se fue por la posta, a Lima, con cartas de los del cabildo y con más recelo que con vergüenza, acompañado de los cuatro vecinos querellosos, porque tuvieron creído que Pedro de Puelles y los suyos estarían por allí cerca, y que sabiendo la estada de ellos se volverían todos a la ciudad para prenderlos por dar mayor enojo al Virrey, y por esta causa se volvieron más de prisa que despacio, y llegados a la ciudad de Lima dieron noticia de ello al Virrey.

Cuando él supo todo lo acaecido, fue grandísimo el pesar y enojo que recibió y comenzó a decir con ira muchas y diversas cosas contra Pedro de Puelles, y luego lo mandó a pregonar por traidor y mandó que le fuesen buscados los bienes que tenía, los cuales fueron hallados, aunque pocos, y confiscados a la Cámara de Su Majestad.

También se fueron en este medio tiempo al tirano, desde la villa de la Zarza, en Chachapoyas, que hay cerca de doscientas leguas de la una parte a la otra, Gómez de Solís, Diego Bonifacio y Hernando de Villalobos, con veinte arcabuceros. Estos alcanzaron a Pedro de Puelles junto a los llanos de la laguna de Tarama y Bombón, y como se conocían antes de ahora se recibieron muy bien, y así todos juntos se fueron a Pizarro y él los recibió con mucho amor y buena voluntad.

CAPÍTULO VEINTIUNO

DE CÓMO EL VIRREY ENVIÓ A SU HERMANO VELA NÚÑEZ Y AL CAPITÁN DIEGO DÍAZ DE PINERA CON MUCHA GENTE TRAS PEDRO DE PUELLES, Y DEL MOTÍN QUE SE HIZO EN EL PUEBLO DE JAUJA PARA MATAR AL GENERAL, Y LO QUE PASÓ EN ELLO.

Después que el Virrey se enteró de que Pedro de Puelles se dirigía al campo de Gonzalo Pizarro con tan numerosa compañía, mandó inmediatamente al General Juan Velázquez Vela Núñez que siguiese con presteza a aquellos hombres que huían, y al capitán Diego Díaz de Pinera que fuese con su hermano, sacando de su compañía a los arcabuceros de mayor confianza. Cada uno tomó veinte y cinco hombres de a caballo y el mismo número de arcabuceros, sumando en total cincuenta hombres, entre los cuales se encontraba Gerónimo de Villegas, apodado el astrólogo, junto con otros hombres destacados.

Al salir, se dieron mucha prisa en avanzar. Diego Díaz de Pinera, desde que partió de la ciudad, iba pensativo, imaginando la marcha de su suegro Pedro de Puelles hacia Pizarro, y meditando sobre las órdenes del Virrey y lo que podría suceder si se ejecutaban estrictamente las ordenanzas. Reflexionaba sobre la ira del Virrey contra los que vestían ropas de grana con terciopelo carmesí, los manteos negros de fino paño forrados de seda, y las calzas de terciopelo ostentosas, algunas con tafetán y terciopelo carmesí o negro, que costaban entonces doce pesos de oro de minas por vara.

Asimismo, pensaba en los juramentos que el Virrey hacía a Dios y a Santa María, y por vida de Doña Brianda, su esposa, asegurando que los bien vestidos serían obligados a cavar y arar como labradores en España, y que aquellos que recibían alimentos de los Pizarros no los tendrían. Se decía que no era necesario tantos Guzmanes en la tierra, pues ellos la estropeaban, y que los hombres que se preciaban de caballeros hidalgos serían puestos a trabajar, pues la mayoría eran zapateros, sastres o remendones, y los demás villanos de Sayago. Además, consideraba que no era justo que un vecino diese a su criado un salario anual de trescientos o cuatrocientos pesos de oro de minas, cuando bastaban cuarenta ducados, aunque más la comida.

Por todas estas cosas y otras muchas que el Virrey había dicho algunas veces, iba Diego Díaz de Pinera acriminándolas en su pecho, y lo que en el pecho tenía lo rebosó, porque luego dio parte de ello a Gerónimo de Villegas y a otros amigos suyos, y allá secretamente lo murmuraban y decían mil males del Virrey porque había venido a la tierra.

De esta manera iban hablando estos malintencionados, de las ordenanzas, y del mal muy grande que por ellas se había de causar, y con esto llegaron al pueblo de Huarochirí, en dos alojamientos, que está quince leguas de Lima hacia la sierra. Estando en este pueblo se declaró por entero con sus amigos lo que pretendía hacer, a los cuales halló de su misma opinión, porque son por la mayor parte los hombres de esta tierra muy amigos de novedades y de disensiones, que parece que la tierra lo lleva de suelo y criar hombres tumultuarios y bandoleros.

Caminando el General más adelante y estando ya cerca del pueblo de Jauja, que era donde se habían de poner para prender a Pedro de Puelles y a Gómez de Solís con los demás huidos, que está a distancia de Lima treinta leguas, ya tenía ganadas las voluntades de la mayor parte de ellos, con juramento que le hicieron de seguirle en todo y por todo.

Cuando llegaron al dicho pueblo supieron de cómo los huidos eran pasados adelante, dos días hacía, diciéndoles que no los podían alcanzar, que caminaban noches y días, los cuales iban bien armados y en buenos caballos; y esto les dijeron Juan Procello y Luis García Santamames, que estaban puestos aquí por espías de parte del Virrey.

Oído esto por el General dijo al capitán Diego Díaz de Pinera y a Gerónimo de Villegas y a otros: "¿Qué os parece, señores, que hagamos?"; respondió el capitán, diciendo: "Señor, mucho nos hemos tardado, y es por demás seguir a hombres que tanto vuelan; mejor será que los dejemos ir con el demonio. Y vuestra merced se podrá volver a Lima con todos los caballeros que aquí están, porque su Señoría nos habrá menester más allá, que estando por acá"; y esto dijeron Gerónimo de Villegas y Rodrigo de Salazar, con los demás, porque se volviesen todos y no fuesen tras Pedro de Puelles, su suegro, y le había dicho se fuese a Gonzalo Pizarro cuando pudiese, con alguna gente.

A esto dijo Hernando Niño que era mejor ir tras ellos hasta el real del tirano, y prenderlos, porque si volvían sin ellos animaría mucho a los que tenían intención de huirse, si había algunos en el Real ejército; que llevándolos y viéndolos castigar no habría ninguno después que se osase huir, ni intentaría menearse; y así dijo otras cosas.

El capitán Diego Díaz de Pinera y Gerónimo de Villegas, junto con otros, discutieron sobre la conveniencia de no perseguirlos de inmediato, argumentando que no lograrían ningún efecto más que cansarse, y que según tenían entendido, los hombres ya estarían con Pizarro. Propusieron que era mejor descansar en aquel pueblo un par de días, pues los caballos estaban muy fatigados. Los soldados, al escuchar esto, aprobaron la sugerencia del capitán, y así se hizo, aunque hubo opiniones contrarias entre algunos.

Estando el General descansando, fue avisado del regente Fray Tomás de San Martín, que venía del campo tiránico, como atrás queda dicho, de que algunos de los suyos le querían prender o matar, y por esto si pudiese escapar se fuese con presteza del pueblo. El General le dio crédito por muchos indicios y señales que había visto y sentido en el camino en el capitán y en los soldados, y el mismo regente dio aviso de esto a otros que le pareció que eran amigos del Virrey y servidores de Su Majestad.

En fin, Vela Núñez recelándose mucho de esto, porque cuando reposaba un poco de noche, o caminaba, o hacía algo, ninguno le acompañaba sino hasta cuatro o cinco hombres, que los demás se apartaban de él, y si le ponían la guarda de noche ninguno le quería velar, antes se enojarían los soldados, diciendo que no había de qué temer, pues los enemigos estarían muy lejos, y si él mandaba hacer alguna cosa no querían hacerlo, sino era lo que mandaría el capitán inferior; certificado, pues, el General, de este motín, sin decir nada sino al regente, para que hiciese salir luego a sus aficionados, se fue a boca de noche hacia el río, con el caballo de diestro, como que le iba a dar de beber, que criado no tenía, para desde allí echándole el freno que en la mano llevaba, escaparse a uña de caballo.

El capitán y los tumultuarios lo sintieron luego, que lo espiaban ya, y se fueron tras él al río, al cual hallaron que estaba ya echando el freno al caballo, y en continente le cercaron todos, y el primero que echó mano de él fue Juan de la Torre Villegas, y luego Rodrigo de Salazar y Gerónimo de Villegas, y así lo prendieron con otros cuatro leales que también iban al río para huirse, y fueron traídos a los aposentos, donde fueron desarmados.

Algunos de los malintencionados propusieron de matar al General, y el capitán Diego Díaz y Gerónimo de Villegas y otros no consintieron en ello, diciendo que no era bien se hiciese tan gran crueldad en hombre que había sido muy bueno para con ellos, ni era razón de tratarle mal, sino que lo dejasen volver a Lima, si ya no se quisiese ir con ellos a Gonzalo Pizarro. ¡Oh qué vale la bondad y virtud en uno que es bueno, que hasta aun los enemigos le aman y quieren bien y vuelven por él!; y los soldados hicieron lo que el capitán dijo, que no se le hizo ningún mal por ser bueno.

Mas, en fin, hubo algunos tan desvergonzados que le tomaron el caballo y las armas, y él las dio luego de buena gana; y a los demás leales quitaron las armas y caballos y los dejaron a pie, y no hallaron a los otros leales, que se escondieron mientras prendían al General.

Hechas estas cosas por los amotinadores, se fueron derechos al tirano, muy alegres, como si hubieran hecho alguna cosa buena, habiendo cometido, como cometieron, tan gran alevosía y traición contra Dios y Su Majestad, por ir a servir a un tirano conocido.

El General se fue a la ciudad de Lima en un caballo que le dio Luis García Santamames, y los otros leales, que serían hasta diez hombres, se fueron a pie poco a poco, en cuerpo, como gentiles mancebos, que no llevaban sino calzas y jubones, y sin zapatos ni botas, que los descarados les habían quitado la ropa de encima.

Llegó Vela Núñez un día a palacio, bien destrozado y en cuerpo, que vino muchas veces a pie por el camino, que daba el caballo a los compañeros porque se cansaban de venir a pie; y Hernando Niño y los demás que con él vinieron, llegaron a palacio con sendos bordones de caña en las manos, como romeros.

De todo lo cual el Virrey recibió grandísimo pesar y enojo, y se alteró en tanta manera que daba voces como hombre desatinado, al ver venir de aquella suerte a su hermano y a los demás leales, y con rostro muy triste les habló y consoló. Y les dijo que a él le parecía muy bien de la manera que venían descalzos y con los bordones en las manos, en servicio de Su Majestad, que no bien vestidos y armados de oro y plata y de seda en servicio de los traidores y tiranos.

Otro día, por la mañana, se arrastró en la plaza pública la bandera de Diego Díaz de Pinera y se hizo pedazos, y a él lo proclamaron traidor y alevoso. De este modo, la compañía quedó sin capitán por varios días, aunque el alférez Gómez Destacio dirigía a los soldados en lo que debían hacer. Por este acto de destrozar la bandera, Gómez Destacio sufrió gran afrenta, pues el Virrey lo obligó a que él mismo la arrastrase y la rompiese, y desde entonces le guardó enemistad profunda y mortal, como diremos más adelante.

CAPÍTULO VEINTIDÓS

DE CÓMO EL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA QUISO AHORCAR A ANTONIO SOLAR, VECINO DE LIMA, POR CIERTAS PALABRAS QUE DIJO EN SU PRESENCIA, Y PORQUE LE DIJERON QUE ÉL HABÍA PUESTO EL BILLETE QUE SE HALLÓ EN EL TAMBO BLANCO.

El virrey solía colocarse a veces en los corredores que dan a la plaza, después de comer y por las tardes, para contemplar lo que allí se hacía. Al ver a tantos hombres y soldados paseando ostentosamente —cubiertos con manteos de grana y abundante terciopelo carmesí— se amohinaba y solía decir a sus capitanes y a los que le acompañaban:

«Juro a Dios y a Santa María su madre, y por vida de doña Brianda, mi mujer, que reformaré las repúblicas de esta tierra y pondré orden y concierto en la manera como han de vivir estos hombrecillos, que parecen hinchados como odres de viento con sus vestidos de grana y seda.»

Estas y otras palabras repetía desde su llegada a Lima, sin reparar en el enemigo que tenía en el Cusco ni en los muchos que, en secreto, dentro de Lima le deseaban la peor suerte. El virrey creyó que, pronunciándolas, las cosas habrían de sucederle prósperamente y que, al obrar en servicio de Su Majestad, cada día le iría mejor; mas, como diremos adelante, sucedió de otro modo.

En ese ínterin llegó el general —como hemos dicho— y, al conocer lo acaecido en el pueblo de Jauja, estalló en ira, maldiciendo la tierra y a cuantos en ella vivían, desde el menor hasta el mayor; afirmó que en ella no había fidelidad, que eran hombres doblados y de dos caras, acostumbrados a traiciones y maldades, y añadió otras cosas en igual tono.

Nadie allí presente osó replicarle, pues le vieron extremadamente airado y temieron que los mandase echar del palacio; todos callaban y lo miraban con recelo. Solo Antonio Solar, natural de Medina del Campo y regidor principal de Lima, se adelantó y, poniéndose ante él, dijo:

«A vuestra Señoría suplico, con el acatamiento debido, se me haga la merced de oír dos razones, por las cuales entenderá lo que ahora acontece y podrá poner remedio a tanto mal que podría venir a toda esta tierra, si vuestra Señoría lo quisiera remediar.»

El virrey le dio permiso para hablar, y Antonio comenzó:

«En primer lugar, suplicamos a vuestra Señoría que aplacase en algo el enojo que hoy siente contra los vecinos y los bien vestidos, porque de las palabras que vuestra Señoría ha pronunciado y pronuncia cada día ha nacido la rebelión y el alboroto que bien conoce, al haberse sentido agraviados. Todos los que por aquí pasean son de buena cuna y no podrán soportar las leyes que ahora vuestra Señoría pretende imponer; antes se dejarán morir que sufrirlas. Más se honran en llevar una lanza y una adarga peleando contra infieles al servicio de Dios y de Su Majestad, que en tomar un arado y labrar la tierra, pues no están habituados a ello. Si vuestra Señoría dijese que los enviara a conquistar nuevas tierras o a combatir al tirano, no dudo que dejarían sin demora los manteos y capotes de grana y seda; entonces veríase lo que saben hacer en servicio de Dios, de Su Majestad y de vuestra Señoría.

 

Lo otro es que vuestra Señoría nos trate con amor y benevolencia, porque en esta tierra no hay ningún traidor, que yo sepa, antes hay muchos hombres de bien que son muy leales a Su Majestad, que siempre han procurado de servirle, como ahora le sirven, con sus personas y haciendas. Porque tratando vuestra Señoría muy bien a los soldados, yo tengo creído que todos se vendrán a servir a Su Majestad, y en su real nombre a vuestra Señoría, y aun oso afirmar que los vecinos y soldados que están con el tirano de Gonzalo Pizarro se vendrán también, sino que tienen gran recelo y miedo, según se dice, de las ordenanzas y palabras de vuestra Señoría.»

Queriendo Antonio Solar proseguir con su plática, el Virrey no le dejó, antes arremetió a él con gran furia y le tomó por los cabezones, dándole de vaivenes, diciéndole a grandes voces con el enojo que tenía:

"¡Oh traidor, enemigo de Dios y de Su Majestad! ¿Qué es posible que os atrevisteis a decir en mi presencia tan desvergonzadamente tales traiciones y bellaquerías? Veamos quién será el traidor que sea tan osado a tomar armas para acometer tan gran maldad contra su Rey y Señor natural. ¿Sois por ventura vos? ¿O hay alguno en esta ciudad que lo quiera hacer? Decidme nombradamente quién son, y los que no quieren obedecer lo que Su Majestad manda, ni a mis mandamientos. Decid por qué causa habéis alabado en mi presencia a los vagabundos que destruyen la tierra, que si estos no hubiera en ella nunca el traidor de Gonzalo Pizarro se alzara contra Su Majestad, sino que él y los demás se vinieran a mí atadas las manos, y se hiciera lo que soy obligado a cumplir."

Antonio Solar, queriendo responder, no le dejó el Virrey, antes desenvainó la daga para darle de puñaladas; los caballeros que estaban presentes se fueron a él y con presteza se pusieron de por medio para que no lo matase.

Juan Velázquez Vela Núñez y Diego Álvarez Cueto, con otros caballeros que presentes se hallaron, le suplicaron con gran vehemencia se reportase, y que no mirase a las necedades y desatinos que Antonio Solar había dicho, y que perdiese el rencor que contra él tenía y lo perdonase con clemencia.

El Virrey, viendo a la par de sí a su hermano y a su cuñado y a tanto caballero, templó un poco el enojo que tenía y mandó a Pedro de Castro, teniente de Alguacil Mayor de Corte, que lo sacase de allí y en continente lo ahorcase "en el rollo que está en medio de la plaza".

Pedro de Castro lo sacó de palacio para ahorcarlo, como le era mandado, y antes que lo sacase a la plaza fue muy rogado y bien importunado de muchos caballeros, amigos de Solar, que lo llevase a la cárcel mientras alcanzaban perdón y la vida de este hombre, y él lo hizo así.

Antonio Solar, como se vio aprisionado y en tan gran peligro, envió luego a llamar a un clérigo, con el cual se confesó, y no hizo testamento porque no había de qué, porque el repartimiento de los indios que tenía y todos sus bienes fueron confiscados a la Cámara de Su Majestad y puestos en su Real cabeza.

Acudieron luego a esto el Reverendísimo Obispo Don Fray Gerónimo de Loaysa y el Regente Fray Tomás de San Martín y muchos caballeros de valor a rogar por Antonio Solar, y como el Virrey se vio tan importunado, y por no conceder el perdón que le pedían, se salió de la ciudad y se fue al campo a cazar con sus perdigueros y neblís (halcones).

Tuvo creído el Virrey que Pedro de Castro lo tendría ahorcado para cuando él volviese, porque lo dejó bien amenazado ¿por qué no le ahorcó luego y lo había llevado a la cárcel pública sin su mandado?

Vuelto ya el Virrey a la ciudad, que sería a las Ave Marías, supo que no lo habían ahorcado, por lo cual se enojó bravamente y tomó a amenazar a Pedro de Castro, que lo había de ahorcar, pues no cumplía lo que le mandaba; mas tornaron a cargar de él el Obispo, el Regente, su hermano y cuñado, con otros, para que lo perdonase. El Obispo le dijo que su Señoría no mirase a las locuras y desatinos que Antonio Solar había dicho en su presencia, sino que usando de su benignidad y clemencia, y por amor de Dios, lo perdonase y mandase soltarlo de la prisión en que estaba, libremente, sano, salvo y sin lesión alguna.

El Virrey respondió que no lo podía hacer, porque Antonio Solar se le había atrevido mucho en decirle muchas desvergüenzas, y que trataba contra su persona y vida, como ya estaba de ello certificado días había. Y que él mismo había puesto el letrero en el tambo Blanco de la Barranca, como atrás queda apuntado, y que había dicho otras muchas cosas contra él, con las cuales ya no podía disimular tanto, sino era mandarle castigar muy bien castigado.

Sobre esto hubo el Virrey y el Obispo muchas réplicas y respuestas, mas al fin a duras penas pudieron acabar con él que lo perdonase, y así lo hubo de dejar, y mandó que fuese vuelto a la cárcel hasta que él mandase otra cosa, y así fue llevado.

Cuando fueron a decir a Antonio Solar que lo mandaban volver a la cárcel y que tuviese esperanza en Dios que luego lo soltarían, ya él iba subiendo por la escalera arriba; que Pedro de Castro, de miedo que tuvo, lo había sacado de la cárcel con furia y presteza para ahorcar, y el verdugo iba delante, que llevaba el cabestro en la mano, y así lo tornaron a la cárcel y le echaron en fuertes prisiones.

Otro día, los Oidores visitaron la cárcel y ordenaron que Antonio Solar fuese puesto en libertad, pues no había información alguna contra él. El alcaide, sin embargo, no se atrevió a ejecutarlo y avisó al virrey, quien dispuso que no se liberase a Solar, sino que permaneciera bien custodiado y aprisionado. Se llegó a creer que el virrey, cuando todos estuvieran descuidados, lo haría ahorcar durante la noche, para que al amanecer ya estuviese en el rollo.

Un sábado, los Oidores volvieron a visitar la cárcel y mandaron que se exhibiera la información que se había levantado contra Antonio Solar; al no hallarla, ordenaron que se notificase al virrey para que, si tenía alguna reclamación, la presentase o mostrase, y que de no ser así, se procedería a liberarlo.

El virrey respondió que había mandado prender y ahorcar a Solar por el billete que éste había dejado en el tambo de la Barranca, por las desvergüenzas que había dicho en su presencia y por la traición que tramaba contra su persona y su vida. Añadió que los Guzmanes, hinchados como odres de viento, le daban su favor en la ciudad. Así, argumentó, y por vía de gobernación, siendo él Virrey y Capitán General, podía prenderlo y hacer justicia de derecho sin dar parte de la causa a los Oidores, pues no incumbía a ellos. Los Oidores dijeron que no había más gobernación de cuanto fuese conforme a justicia y leyes del reino, y no a la milicia de la guerra, por cuanto aquel hombre no era soldado, sino uno de los conquistadores de la tierra, vecino y regidor de la ciudad de Lima, a quien se le habían de guardar las preeminencias y libertades que tenía de Su Majestad.

Mas, en fin y al cabo, como no hubo información de cosa alguna, ni quien pidiese contra Antonio Solar, mandaron los Oidores, por audiencia y acuerdo que lo soltasen libremente de la prisión en que estaba, y condenaron al Virrey en costas, de donde resultó que entre él y los Oidores se encendió de veras más la enemistad que entre ellos había de antes.

Podemos decir, entonces, que gracias a Dios nuestro Señor primeramente, y luego por los ruegos del Obispo y de los amigos que tuvo, Antonio Solar no fue ahorcado. Se vio en gran aprieto al ser llevado a la picota con la soga al cuello, las manos atadas y portando una imagen de Nuestra Señora.

De todo esto, y de la afrenta que sufrió por las palabras que había pronunciado, este hombre de valor recibió gran dolor y pesar, hasta enfermar gravemente, llegando a estar a punto de morir. Mas cuando recobró algo de salud, se convirtió en un gran perseguidor del virrey y se dedicó a convidar a muchos para que estuviesen en su contra.

Que los hombres que presumen de valor y honra reflexionen sobre lo que hacen y dicen, porque hay tiempo de callar y tiempo de hablar. No les ocurra como a este hombre, que habló sin tiempo ni discreción; y cuando vean a un señor airado, con razón o sin ella, no le hablen ni lo provoquen a mayor ira, pues caerá sobre ellos su indignación y enojo, tal como aconteció con él. Tomad ejemplo de esta historia, y os será provechoso. Al personaje lo dejaremos por ahora, para contar otras cosas.

CAPÍTULO VEINTITRÉS

EN DONDE SE DA CUENTA DE UN DIABÓLICO CONCIERTO QUE ENTRE DOS HOMBRES PASÓ: EL UNO EN MATAR AL VIRREY, Y EL OTRO A GONZALO PIZARRO, Y ALZAR AL LICENCIADO CRISTÓBAL VACA DE CASTRO POR GOBERNADOR DE TODA LA TIERRA.

En el campo del tirano estaban dos hombres muy valerosos y conocidos, que el uno se decía Gaspar Rodríguez de Camporedondo, y el otro Gerónimo de la Serna, que eran de los más principales de la tierra y habían servido mucho tiempo al licenciado Cristóbal Vaca de Castro siendo Gobernador, y les había dado muy buenos repartimientos de indios en la provincia del Cusco.

Estos hombres, como eran muy grandes amigos, andaban siempre juntos, y entre ellos no había cosa partida, y los secretos del uno y del otro, aunque fuesen de calidad, entre ellos no había cosa encubierta, porque se trataban por más que hermanos y se tenían grandísima fidelidad. Pues estos dos hombres tenían, otrosí, muy grande y estrecha amistad con el licenciado Vaca de Castro, y él los quería mucho porque siempre los había hallado por muy fieles y a su propósito, y a esta causa les había dado muy bien de comer en la tierra.

El día que Vaca de Castro fue preso por el Virrey, luego lo hizo saber a todos sus amigos, principalmente a estos dos nombrados, que estaban en el Cusco, en el campo tiránico, para que le diesen favor y ayuda, porque no sabía de la manera y cómo el Virrey lo había de tratar, ni menos la Real Audiencia. Además de esto les envió a decir con Diego de Oller, su criado, de cómo el Virrey le había quitado todo cuanto tenía, y que lo quería enviar a España, y que si le querían socorrer en algo se viniesen entrambos a la ciudad de Lima con demostración que venían a servir a Su Majestad, y que entonces podrían negociar su libertad; y así les envió a decir otras cosas, de las cuales los dos recibieron gran pesar.

No había el Virrey enviado a Vaca de Castro a España, a causa de haber hallado la tierra alborotada con su venida, y la gente de ella muy escandalizada y llena de muchas y varias opiniones y de malas intenciones y de peores voluntades; y por estar también ocupado en otros negocios muy arduos, no había hecho pliego para Su Majestad. Allende de esto, por no deshacer la flota que estaba en el puerto, por amor de la guerra que se levantaba, y hasta ver en lo que paraba, no tuvo memoria de las cosas de Vaca de Castro, y si la tuvo lo dejaba para hacerlo después, y esta es la razón porque no lo había enviado a España. Antes había mandado a los pilotos y maestres de los navíos que ninguno se partiese del puerto, so pena de muerte, pues los había menester; y porque no tuviesen ocasión de irse mandó quitar todas las velas y los timones de los navíos, y se trajeron a tierra a la aduana, en donde se puso gente de guarda porque no las hurtasen.

Pues como dijimos, habiendo estos dos hombres recibido las letras de Vaca de Castro, les pesó en el alma de sus trabajos y fatigas, y más de su prisión, y decían en público y en secreto muchas cosas en su favor, y esto hacíanlo a fin para conmover y atraer a sí a las gentes para hacer sus malos negocios y devaneos. Decían que Vaca de Castro, que antes tenían por padre y señor, estaba preso en un navío como si fuera algún malhechor, y el que antes estaba rodeado de caballeros de gran valía, estuviese ahora rodeado de marineros y de gente baja y vil. Y que no había quien se condoleciese de él, ni quien le visitase, y maldecían a la adversa fortuna que tanto le perseguía; y así dijeron otras muchas cosas en su favor.

Determinaron, pues, de poner en el caso todo el calor que pudiesen con todas sus fuerzas, poniendo sus personas y haciendas por su deliberación, y decían muchas veces públicamente que el Virrey no tenía razón en tratar tan mal a un hombre de tan calificada persona, siendo criado de Su Majestad y de su Real Consejo. Y más decían que era muy mal hecho, que habiendo sido Gobernador de toda la tierra no era bien tenerle preso en un navío, y que merecía ser bien galardonado por los muchos y buenos servicios que a Su Majestad había hecho, más que ser afrontado de aquella suerte.

Y con estos enojos y vanos pensamientos comenzaron por muchas vías y modos de buscar el mejor camino que pudiesen hallar para darle libertad, lo cual pasó en esta forma y manera:

Se concertó entre los dos que Gerónimo de la Serna fuese a la ciudad de Arequipa y hablase con el teniente Alonso de Cáceres para que fuesen entrambos a la ciudad de Lima a servir a Su Majestad, y que le aconsejase dejase la opinión falsa de Gonzalo Pizarro, porque iba ya vendido entre sus capitanes, y que no podía permanecer mucho tiempo con su mala y dañada intención.

Y además de esto le advirtió que si por ventura acababa con él lo que tanto deseaban, que se fuesen derechos a Los Reyes (Lima), por la mar, que era el mejor y más seguro camino que había a la sazón, que por tierra no podrían por haber en ella muchos de la voz y opinión de Gonzalo Pizarro, y por la mar irían con más brevedad.

Y que si por dicha Alonso de Cáceres no quisiese irse al Virrey, sino seguir el partido de Pizarro, que él hiciese tanto y tuviese tales formas y maneras de ir a Los Reyes con alguna gente en algún navío que estuviese en el puerto de Quilca, tomándolo por fuerza o de grado al piloto y marineros que estuviesen en él.

Y después, estando en Los Reyes, hiciese todo su poder para tener alguna cabida y entrada con el Virrey, para que después, ya señalado día, lo prendiese o matase con favor y ayuda de los amigos secretos que en la ciudad tenían.

Y que después de muerto el Virrey, o estuviese preso, que luego se sabría en el real de Pizarro, y que para entonces él tendría ya convocados muchos amigos de secreto, y que con favor de ellos prenderían o matarían a Gonzalo Pizarro y a todos aquellos que se mostraban de su falsa opinión.

Y que quitados estos de por medio, que les era estorbo, que luego entronizarían y colocarían en el gobierno de toda la tierra al licenciado Vaca de Castro, por ser hombre de tanta calidad y de tantos méritos. Y que no había en toda ella quien mereciese mejor gobernarla como él, porque la había tenido después de la batalla de Chupas en mucha paz y quietud y con equidad. Y que la había mantenido y sustentado en mucha justicia, y de cómo había puesto muy buenas ordenanzas de buen gobierno y regimiento, y que había hecho poblar los tambos, o si quiere mesones o ventas Reales que estaban por los caminos porque los indios de los pueblos no fuesen maltratados de los españoles viandantes, que les tomaban lo que tenían, por fuerza.

Estas cosas se platicaron entre los dos, con otras muchas, y como fue allá entre ellos secretamente consultado, no se saben todas tan particularmente, y las que se saben salieron a luz después, como adelante se dirá, porque no hay cosa en este mundo tan encubierta y hecha en oculto que no sea revelada y se descubra con el tiempo.

También se trató entre ellos que si por dicha Gerónimo de la Serna no pudiese prender al Virrey, ni hacer otra cosa, le pidiese salvoconducto para el dicho Gaspar Rodríguez de Camporedondo, y un mandamiento para prender o matar a Gonzalo Pizarro si no se quisiese dar al servicio de Su Majestad.

Y que si todas estas cosas no pudiese hacer, que se huiría al mejor tiempo y se llevaría consigo la gente que tendría apercibida, y más sus amigos, pues tenían hartos en el ejército.

Platicadas y concertadas estas cosas entre los dos, se partió Gerónimo de la Serna con esta mala y perversa demanda, a prima noche, que hizo grandísima oscuridad, y se llevó consigo hasta diez arcabuceros amigos suyos, y cuando amaneció se supo luego por todo el campo.

Cuando vino a noticia de Gonzalo Pizarro recibió grandísimo pesar y enojo, y luego envió muchos arcabuceros para volverlos, porque se halló el rastro por donde iban, y no los alcanzaron porque habían caminado mucho.

CAPÍTULO VEINTICUATRO

DEL GRAN ALBOROTO QUE SE CAUSÓ EN LA CIUDAD DE LIMA CON LA VENIDA DE LOS DOS CAPITANES ALONSO DE CÁCERES Y GERÓNIMO DE LA SERNA, QUE VINIERON DE LA CIUDAD DE AREQUIPA, POR LA MAR, EN UN BUEN NAVÍO Y UNA CHALUPA.

Así como el capitán Gerónimo de la Serna salió del campo tiránico, como era hombre experto no se durmió en el camino, porque él y los que iban con él se dieron tal maña y tanta prisa en caminar aquella noche, que fueron por caminos y atajos de pocos sabidos, en donde pasaron grandes trabajos de hambre y frío por unos despoblados que atravesaron, y sin les acaecer cosa alguna llegaron salvos a la ciudad de Arequipa, y sin ir a otra parte se fueron derechamente a las casas del marqués Don Francisco Pizarro, en donde el teniente Alonso de Cáceres posaba.

Cuando el teniente vio a Gerónimo de la Serna, como se conocían de atrás y se tenían por amigos por haber sido paniaguados de Vaca de Castro, le salió a recibir con los brazos abiertos, y dándole el parabién de su venida trataron en cosas generales y particulares con caricias de buena amistad.

Venida la noche y retraídos solos en un aposento, después de haber hablado y hecho aposentar a los diez arcabuceros, se puso en plática con él, y Gerónimo de la Serna le trajo a la memoria las muchas y grandes mercedes que de Vaca de Castro habían recibido, y cómo por él eran conocidos en la tierra y valían mucho en ella. Y luego le dijo muchas cosas tocantes a Vaca de Castro, y de cuán trabajado estaba en un navío, en donde el Virrey lo tenía preso con guarda de gente, que era gran lástima de oírlo de la manera que estaba. Y de allí le trajo a la memoria lo que convenía al servicio de Su Majestad, y esto le dijo con tan buenas y lindas razones que aquella noche lo convirtió a todo lo que quiso, y así determinó de seguir el partido de Su Majestad y del Virrey, y dejar la opinión del tirano; mas con todo esto, Gerónimo de la Serna no descubrió la mala intención que llevaba tramada sobre lo del concierto que tenía hecho con Gaspar Rodríguez de Camporedondo.

Aquella misma noche se concertó entre ellos de la manera y cómo se habían de partir, porque no fuesen sentidos de algunos vecinos que eran muy aficionados a Gonzalo Pizarro, que si el caso lo supieran lo pudieran estorbar, y que no saldrían con el efecto que pretendían. Y con esto lo disimularon lo mejor que pudieron, y Gerónimo de la Serna dijo después a los que le vinieron a ver y le preguntaron cortésmente a lo que era venido, respondía que a ver tan solamente al teniente, que era su grande amigo, y a tratar con él de cosas tocantes al servicio de Su Majestad.

De ahí a dos días que esto pasó, Alonso de Cáceres y Gerónimo de la Serna se salieron de la ciudad con hasta veinte arcabuceros a los cuales habían dado parte del negocio, y se fueron derechos al puerto de Quilca, con achaque que iban a ver y a registrar un navío de mercancías que allí estaba, en donde lo hallaron, y más una chalupa, que estaban ya de partida para irse a la ciudad de Lima.

El teniente y el Capitán y los suyos se embarcaron en ellos y dieron velas al viento, y al cabo de ocho días llegaron a vista del puerto de Los Reyes (Lima), en donde vieron seis navíos surtos que estaban en servicio de Su Majestad: en el uno estaban presos Vaca de Castro, Don Pedro Luis de Cabrera y Hernán Mejía de Guzmán.

Pues un día, jueves, casi a las diez de la mañana, asomaron los dos, bergantín y chalupa, por alta mar, con las velas tendidas, los cuales luego fueron vistos desde la ciudad y de los corredores de palacio, de que se causó grande alboroto y escándalo, que comenzaron muchos a dar grandes voces apellidando a las armas, creyendo todos que era el tirano.

Por otra parte vierais a los vecinos atravesar y azotar las calles de una parte a otra, corriendo sin saber lo que era; pues ¿qué diremos de los mercaderes y tratantes, sino que a tontas y a locas atrancaban las puertas, creyendo que Gonzalo Pizarro venía con gran poder, y que darían saco y mano a sus casas y les robarían lo que tenían?; las campanas de la iglesia mayor se hacían pedazos tocando al arma; las trompetas y atambores resonaban por toda la ciudad; de manera que no se oía otra cosa en esta hora sino voces muy grandes, apellidando a las armas y al nombre de Su Majestad.

El Virrey, después que vio los navíos que venían por alta mar, de hacia la ciudad de arriba, y el gran movimiento que se hacía en la ciudad por los vecinos y gente popular, se armó prestamente y salió a caballo a las puertas de palacio, en donde halló a los capitanes de a caballo y de la infantería aguardando con toda la gente lo que les mandarían.

En el entretanto que se juntaba la demás gente comenzaron muchos a decir porfiadamente que los navíos que parecían eran de Gonzalo Pizarro, y que en ellos enviaba mucha gente con el capitán Hernando Bachicao, con toda la artillería que los días atrás habían llevado al Cusco desde Guamanga, y que por falta de indios no se podían traer por tierra, por ser los tiros muy grandes. Otros dijeron que no era así, sino que el mismo Pizarro y sus gentes venían en aquellos navíos para tomar los que estaban en el puerto y apoderarse de ellos y de toda la mar, y que después se podría apoderar de toda la tierra y ser señor de toda ella, y así dijeron otras cosas adivinando lo que podía ser.

Vino a oídos del Virrey todo esto, y creyendo que el tirano venía en aquellos navíos a tomarle la flota, que estaba desapercibida de gente y artillería, salió de la ciudad con gran presteza con doscientos de a caballo y arcabuceros, para meterse en los navíos antes que los enemigos llegasen. Dejó mandado al General y al Maestro de Campo y a los demás capitanes, saliesen luego en su seguimiento, y así se fue a medio galope de los caballos, que en pocas horas se pusieron en el puerto, que son dos leguas pequeñas, y al tiempo que llegaron estaban ya amainando las velas el bergantín y la chalupa.

Estando así el Virrey parado con todos los suyos, vieron que no combatían los navíos, ni hablaban con los de la flota, más de hacer su salva como es uso y costumbre entre navegantes, y al cabo sacaron un batel chico en el cual saltaron hasta seis hombres y se vinieron a tierra. Como los del barco vieron tanto caballero puesto a la orilla del agua, luego entendieron lo que podía ser, porque los vieron a todos armados y los arcabuces a punto, y así llegados saltaron en tierra sin ningún recelo que tuviesen.

Así como saltaron, luego el Virrey se adelantó a les preguntar quiénes eran, y de dónde venían, y luego respondió Gerónimo de la Serna y dijo con palabras de comedimiento: "Alonso de Cáceres y yo venimos de la ciudad de Arequipa con algunos hombres de bien a servir a Su Majestad con nuestras personas, y a besar las manos de su Señoría Ilustrísima y a hacer todo aquello que nos mandare."

El Virrey se holgó mucho con la venida de estos hombres, que los que estaban con él le dijeron quiénes eran, y estando a caballo les dijo: "Yo soy el Virrey por quien venís demandando"; y entonces se allegaron a él a besarle las manos, y él los recibió muy graciosamente y los abrazó dándoles el parabién de sus llegadas.

Vueltos los marineros que salieron del bergantín, sacaron en tres barcadas a los veinte arcabuceros y fueron a besar las manos de su Señoría, y él los recibió muy bien, dándoles el pláceme de sus venidas, agradeciéndoles a todos la buena voluntad que traían para el servicio de Su Majestad.

Habiendo pasado estas cosas, con otras muchas, el Virrey puso algunos arcabuceros de los que había llevado de la ciudad, en los navíos, dándoles los caballos en que habían ido, a los recién venidos, en que fuesen, y a los demás los trajeron a las ancas de los caballos.

Yendo todos caminando muy alegres y contentos, ya que emparejaban con las huertas de los vecinos encontraron con el General y Maestro de Campo y capitanes, que iban a paso tendido en su favor con toda la caballería y arcabucería, y el Virrey se holgó mucho de verlos, y con tanto se volvieron todos.

Llegados a la ciudad, el Virrey llamó aparte en un aposento a Gerónimo de la Serna, por ser el postrero que había venido de donde Gonzalo Pizarro estaba, y le preguntó muchas cosas que deseaba saber, diciéndole que en todo le dijese verdad en lo que le preguntase. Gerónimo de la Serna dijo lo que había en el campo de Gonzalo Pizarro, y de cómo en la ciudad del Cusco quedaría el padre Baltasar de Loaysa, que los días atrás había vuelto allá, persuadiendo a muchos para que se viniesen al servicio de Su Majestad, y que tenía ya de su parte muchas personas principales y de mucha calidad, y que vendrían a servirle antes de muchos días.

El Virrey recibió gran placer con estas nuevas, y luego salió fuera del aposento y lo publicó todo delante de muchos, por dar ánimo a los suyos, creyendo que en ello no hacía daño en publicar este secreto, y como fue sabido por algunos malintencionados lo escribieron al tirano luego para que guardase bien su campo.

El Virrey mandó a su Maestro de Campo que alojase a los recién llegados en buenas casas, proveyéndolos de todo lo que necesitaban, y así se hizo: se les otorgó del Virrey un buen socorro en dineros para atender sus necesidades. Pasados algunos días, entregó a Gerónimo de la Serna la compañía que había pertenecido a Diego Díaz de Pinera, pues tuvo noticia de que era hombre valeroso en la tierra, con muchos amigos, y especialmente diestro en las artes de la guerra, además de que le había venido a servir.

En fin, toda la ciudad permaneció tranquila conociendo estas disposiciones, y los ciudadanos entendieron, e incluso creyeron, que los asuntos podían desarrollarse de otra manera.

CAPÍTULO VEINTICINCO

DE CÓMO CIERTOS HOMBRES DEL CAMPO DE GONZALO PIZARRO SE AUSENTARON DE ÉL PARA VENIRSE A LIMA, Y DEL ALBOROTO QUE HUBO SOBRE ELLO, Y DE CÓMO DIERON TORMENTO A ALONSO DE ORIHUELA, MENSAJERO QUE ERA DEL VIRREY.

El pregón y mando Real que el Virrey hizo dar en la ciudad de Los Reyes, en que se hizo llamamiento general para que viniesen todos a servir a Su Majestad, y como las penas que se pusieron fueron tales y tan grandes, dio a muchos gran temor y recelo, especialmente en aquellos que tenían repartimientos de indios y esclavos y haciendas que perder.

Volando la fama de todas estas cosas vino a oídos de todos los que andaban con Pizarro, que muchos de ellos se habían arrepentido de haberlo alzado por defensor y procurador general, por lo cual comenzaron a apartarse de este mal negocio que habían hecho. Y así procuraron de dejarlo y desampararlo, por el pregón, y por lo que desde Lima les habían escrito sus amigos acerca de lo que el Virrey había mandado, y porque también Gonzalo Pizarro los miraba ya de mal ojo, que había oído decir de ellos ciertas cosas, que le daban gran pesadumbre y enojo.

Decían estos hombres que todo cuanto habían hecho había sido en gran detrimento de sus honras, porque los podían notar de alevosos, y con esto y con otras causas legítimas se dispusieron de ir a servir a Su Majestad a la ciudad de Los Reyes, donde estaba su Audiencia Real y su Virrey. También les movió venirse al Virrey, por lo que eran obligados y por los buenos partidos que les había hecho los días atrás el regente Fray Tomás de San Martín, cuando les habló de su parte, porque eran en pro y utilidad de los vecinos y moradores de toda la tierra, como atrás queda dicho.

Pues habiéndose hablado estos caballeros muy largo, aunque secretamente, de todo lo que habían de hacer, se salieron a medianoche del pueblo de Jauja sin que fuesen sentidos de las centinelas, y cuando otro día amaneció se hallaron idos los siguientes: Gabriel de Rojas; Pedro del Barco; Rodrigo Núñez de Bonilla; Martín de Florencia; Garcilaso de la Vega; Gómez de Rojas; Pedro Pizarro; Juan Ramírez; Gerónimo de Soria; Juan de Saavedra; Pedro Manjarrés; Luis de León; Diego de Guzmán; Gómez de León y Gerónimo de Costilla, con otros caballeros que eran de los más principales que había en el ejército, y de los autores, que habían metido en la plaza al tirano.

Grande fue el desmayo que hubo en el campo por la acelerada ida de estos hombres, y el mismo Gonzalo Pizarro recibió grandísimo pesar y enojo de ello, especialmente cuando vio el gran alboroto y descontento que había, que tuvo gran recelo que antes de llegar a Los Reyes lo habían de matar los suyos, pues los más principales que habían metido prenda le desamparaban, creyendo que había más mal de lo que parecía.

El padre Baltasar de Loaysa también fue causa de la partida de estos caballeros, porque les dijo tantas y tales cosas que les movió de veras a irse, porque se carteaban con el Virrey, y porque ellos lo deseaban también desde el principio para irse todos a servir a Su Majestad. Habiéndose ya ido los que se habían de ir, fue luego avisado que el padre Baltasar de Loaysa había sido el muñidor de la partida de estos hombres, por lo cual Gonzalo Pizarro se fue a la ciudad del Cusco muy indignado contra él, para matarlo o prender.

El padre Loaysa, cuando supo que Gonzalo Pizarro venía mal enojado contra él, sin tener ningún recelo salió del Cusco en compañía de Diego Centeno y de Gaspar Rodríguez de Camporedondo y de Villacastín, con otros hombres que lo salieron a recibir, y a medio camino encontraron con él y con su Maestro de Campo; Gonzalo Pizarro reprendió terriblemente al Padre Loaysa, y el Maestro de Campo Alonso de Toro le dijo muchas palabras feas e injuriosas, cargándole la culpa de los que se habían huido, y que estaba por darle garrote porque no anduviese más entre los soldados amotinándolos.

Baltasar de Loaysa se disculpó con muy buenas y concluyentes razones y dio sus muy agudas respuestas y descargos, ayudándole a ello los que le acompañaban, por lo cual el tirano mostró estar satisfecho de ello, aunque se recelaba de él; así procuró de ahí adelante mirar más por su ejército y por lo que le habían escrito desde la ciudad de Lima.

Con todo esto no perdió la esperanza de alcanzar la gobernación que tanto deseaba, aunque su ejército estaba a punto de deshacerse. Regresó a la ciudad, de donde sacó más gente, y reunió todos los caballos, acémilas, armas y dinero que pudo hallar, además de congregar a los vecinos que aún quedaban.

Dejó como su teniente a Diego Maldonado, el Rico, hombre valeroso y vecino de la ciudad, y le dio cierta tropa para la guarda de su persona, cuyo salario se pagaría a costa de Su Majestad.

Todas estas cosas se hicieron por consejo de ciertos capitanes suyos, por ciertas pretensiones que intentaban hacer, unos en servicio de Su Majestad, y otros en su deservicio, como adelante diremos; y hecho esto se volvió a su ejército, adonde los suyos le estaban aguardando.

Después que se fueron los caballeros arriba nombrados, el Padre Loaysa reiteró en hablar a Gaspar Rodríguez de Camporedondo, declarándole la verdad de cómo él había dado la orden y modo de cómo aquellos caballeros se habían ido a Lima, y que si hasta allí no se lo había dicho, había sido la causa de verle tan metido en los negocios de Gonzalo Pizarro. Y así le comenzó a persuadir hiciese lo mismo, pues tenía entendido que a Pizarro le iban ya faltando las fuerzas con la ida de tanto caballero, y que iba ya desanimado por todo ello, y sobre todo le dio a entender que tenía convertidos a otros muchos para hacer otro tanto.

Gaspar Rodríguez de Camporedondo se declaró con él abiertamente acerca de la ida de Gerónimo de la Serna, para que el Virrey le enviase perdón de lo pasado y provisión para prender a Gonzalo Pizarro, que él se ofrecía de hacerlo, y que después no habría necesidad de hacer gente, ni menos de quien recelarse.

Y para concertar esto mejor se fueron a casa de Diego Maldonado, el rico, en donde se juntaron el padre Baltasar de Loaysa; Gaspar Rodríguez de Camporedondo; Juan Julio de Hojeda; Pedro de Estete; Gregorio Setiel y Pedro de Pineda, con otras personas de valor; y tratándose del negocio se resumió que el Padre Loaysa se partiese luego a Lima para traer el perdón y salvoconducto que todos pedían.

Y que en sabiendo que él había negociado bien con el Virrey, y Gonzalo Pizarro se hubiese alejado del Cusco, que Diego Maldonado, Teniente del tirano, alzaría luego bandera en nombre de Su Majestad y mandaría quemar las puentes de los ríos que hay del Cusco a Lima, porque Pizarro no pudiese huir, y allí donde les tomase la voz le prenderían o matarían; y así se trataron de otras muchas cosas, todo lo cual así concertado, tomando el Padre Loaysa cartas de Diego Maldonado y de los otros caballeros, para el Virrey, se partió del Cusco escondidamente.

Al tener noticia de esto, el tirano envió tras él a Gaspar Rodríguez de Camporedondo con algunos hombres de confianza. Sin embargo, dado que el otro se dio mucha prisa en avanzar y los perseguidores tardaron en alcanzarlo, no lo lograron y se vieron obligados a regresar al campo.

En el camino de retorno encontraron a Alonso de Orihuela, natural de Salamanca y vecino del Cusco, que viajaba desprevenido por otra ruta rumbo a la ciudad de Arequipa, con mandado del Virrey y acompañado por la gente de allí. Lo prendieron y lo llevaron ante Pizarro para que dispusiera de él a su voluntad.

Cuando Pizarro lo vio, le preguntó qué llevaba o cuál era su destino en Arequipa; Alonso no quiso revelar nada, y se cuenta que, por miedo al tirano, se comió los recaudos que llevaba. Por esto, Gonzalo Pizarro ordenó a Gaspar Rodríguez que lo ahorcara; pero, dado que Alonso ya estaba decidido a dirigirse al Virrey y no había motivo real para matarlo, la orden no se cumplió. No obstante, lo retuvieron en duras prisiones, creyendo que con ello satisfarían a Pizarro y podrían después dejarlo continuar su camino.

Así como supo el tirano que Gaspar Rodríguez de Camporedondo no había ahorcado a Orihuela, se enojó mucho contra él, y luego el Maestro de Campo, Alonso de Toro, tomó la mano y le hizo dar bravísimos tormentos para que declarase lo que le preguntaba, y él no dijo nada de cuantas cosas le preguntaron, por lo cual le trataron muy mal en los tormentos, de que quedó tullido de pies y manos para toda su vida, y así lo dejaron.

Hecho esto tornó Gonzalo Pizarro a su comenzado camino con más alegría y contento, y porque no le acaeciese alguna cosa de mal infortunio llevaba grandísima orden en el caminar, y mucha vigilancia y cuidado en su ejército porque no se le huyese alguno, y de esta manera yendo por su camino llegó al pueblo de Jauja, en donde estuvo algunos días.

Estando en este pueblo llegaron a él Pedro de Puelles, Gómez de Solís y Diego Bonifacio, con los demás que salieron de la ciudad de León en Huánuco, y Pizarro los recibió con gran placer y alegría, y ellos le dieron ánimo y esperanza que sus cosas irían de bien en mejor, y que conseguiría lo que tanto deseaba, y que prosiguiese su comenzada jornada.

Asimismo llegaron a este pueblo el capitán Diego Díaz de Pinera y Gerónimo de Villegas, con los demás soldados que se huyeron al General Vela Núñez en el pueblo de Jauja, con los cuales Gonzalo Pizarro y los de su ejército se holgaron mucho.

En este intermedio llegó a Lima el padre Baltasar de Loaysa, y el Virrey lo recibió muy bien, y con su venida fue certificado que los que se habían huido del tirano venían poco a poco por la costa de la mar, que es el camino de los llanos que va y viene de Arequipa. Y también le dijo que los caballeros que se querían huir del campo de Pizarro, como por las cartas lo vería, no aguardaban otra cosa sino salvoconducto y perdón del Rey, y más un mandamiento suyo para prender o matar al tirano, por lo cual el Virrey determinó de lo enviar al ejército de Pizarro con recaudos de la Real Audiencia; y todo lo que pasó, adelante lo diremos más largamente.

CAPÍTULO VEINTISÉIS

DE CÓMO LOS CABALLEROS QUE SE HUYERON Y AUSENTARON EN EL PUEBLO DE JAUJAGUANA, A GONZALO PIZARRO, LLEGARON A LA CIUDAD DE LIMA Y SE PRESENTARON ANTE EL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA, EL CUAL LOS RECIBIÓ MUY AMOROSAMENTE.

Como arriba queda apuntado, los caballeros que se huyeron del campo del tirano se dieron mucha prisa en caminar por el camino de la sierra, que vinieron cortando las puentes de los ríos grandes de Apurímac y Abancay porque no fuesen tras ellos alguna gente de Gonzalo Pizarro para prenderlos, y como llegaron todos a este paraje, dejando la serranía se abajaron por los pueblos de Condesuyo y Marcosuyo al camino de los llanos, que es en la costa de la mar, y llegados aquí se fueron derechos poco a poco a la ciudad de Los Reyes (Lima), sin faltar uno, y todos llegaron a palacio.

Subidos arriba se presentaron ante el Virrey, al cual besaron las manos y le dijeron quiénes eran, aunque ya él lo sabía, y cómo venían a servir a Su Majestad, como sus fieles vasallos, para ir contra el tirano que sin ninguna vergüenza y con dañado ánimo venía contra él con mano armada, y que les mandase lo que habían de hacer, que como sus obedientes servidores lo harían.

Muy grande fue el placer y alegría que el Virrey recibió con la venida de estos caballeros, y con esto tuvo entendido que se desharía el campo de Pizarro en breves días, y que después no serían menester muchas fuerzas para desbaratar los designios que el tirano traía. Y así le hizo mucho al caso saber que estos hombres eran de los más principales del ejército de Gonzalo Pizarro, y los primeros inventores de la rebelión que en el Cusco se había tramado, en los cuales tenía el tirano puesta la esperanza de alcanzar lo que tanto deseaba, y así, como digo, los recibió con gran contento y alegría.

Luego el Virrey los metió en su retraimiento, en donde les preguntó muchas y diversas cosas de la intención y propósito que el tirano traería, y de los capitanes y soldados que con él venían, y qué armas y artillería había en el ejército contrario, y cuántos quedaban allá que se quisiesen venir al servicio de Su Majestad, y así les preguntó otras muchas cosas que quiso saber. Gabriel de Rojas le dijo lo que había entendido y conocido del tirano, y todo lo que había alcanzado a saber de los capitanes que con él venían, y cómo estaban muchos hablados para venir a servir a Su Majestad. De manera que le dijo parte de los secretos que había sabido de Gonzalo Pizarro y de los otros que con él venían, y al fin le dio particular cuenta de todo lo que alcanzaba; y asimismo hicieron los demás caballeros, que dieron razón de todo aquello que el Virrey les preguntó, y él quedó muy contento y alegre de todo ello.

Después de todo lo sucedido, salió del aposento hacia la sala, donde se habían reunido muchos caballeros deseosos de ver a los recién llegados. Allí se saludaron y conversaron, y los recién venidos dieron a entender a los presentes la ruina del tirano y cómo no habría de prevalecer con su malvada y dañina intención, pues creían firmemente que, antes de mucho, su ejército se desharía y no llegaría a darse batalla.

Poco después, el Virrey ordenó a su hermano Vela Núñez que alojara a los recién llegados en buenas posadas y les proporcionara todo cuanto necesitaran. Vela Núñez cumplió la orden, y los socorrió y proveyó de dinero, con lo cual todos quedaron muy satisfechos.

A la mañana siguiente, que era domingo, mandó el Virrey que todos los capitanes salieran a la plaza, después de comer, con todos los soldados que tuvieran, para hacer recuento de las fuerzas disponibles. Así se hizo: tras recorrer las calles y la plaza, al final se formaron todos en medio de ella, en escuadrón, con las banderas desplegadas y los soldados muy bien ataviados.

Por el conteo, se halló que, entre la caballería y la infantería, había en esa ocasión más de setecientos cincuenta hombres. Sin embargo, no se mostraron muchas armas defensivas, pues quienes las poseían no quisieron sacarlas ni exhibirlas, ya que muchos estaban descontentos con el Virrey. De hecho, cuando acudían a las reseñas, lo hacían más por complacer a sus capitanes que por verdadera voluntad propia.

El Virrey preguntó a los recién venidos ¿qué les había parecido de la gente y reseña que se había hecho?; respondieron que toda a una mano era muy buena, y que la reseña había sido bien hecha con el caracol que se hizo. Y que bien parecía que todos los soldados eran prácticos en el uso de la guerra, y que no faltaba otra cosa sino verse con los enemigos para confrontarse con ellos, y que de su parte se alcanzaría victoria si la batalla se diese, cuanto más que siempre dijeron que no se daría.

Porque la gente que el tirano traía eran quinientos hombres, como era verdad; dado caso que algunos de ellos, aunque pocos eran buenos soldados, que los demás eran estancieros que no sabían tomar armas en las manos, y que todos venían descontentos y mal avenidos, por venir, como venían, contra las cosas de Su Majestad. También dijeron allí públicamente que muchos de los que se habían mostrado de la parte del tirano estaban de otro temple y arrepentidos de lo hecho, y deseaban pasarse al servicio de Su Majestad, y que muchos de ellos no aguardaban otra cosa sino en estando cerca los que tenían y no tenían culpa, pasarse a la ciudad a servir a su señoría.

Por estas y otras muchas razones que los recién llegados expusieron al Virrey, éste resolvió enviar secretamente a ciertos hombres del tirano los perdones y salvoconductos necesarios para que acudiesen sin temor alguno. Para cumplir con esta tarea encomendaron al padre Baltasar de Loaysa, natural de Madrid, quien aceptó la misión de buena voluntad, considerando que así servía a Su Majestad, aunque arriesgase su vida en la jornada, ya que había comenzado a prestarle servicio en los hechos anteriormente relatados. Pensaba que, por ser clérigo, no sufriría daño alguno, dado que en su anterior viaje al Cusco no le habían hecho mal; pero, como se relatará más adelante, la experiencia fue distinta.

Cabe señalar que los perdones que se enviaban no mencionaban a Gonzalo Pizarro, ni a Alonso de Toro, ni al licenciado Benito Juárez de Carvajal, ni a Pedro de Puelles, Diego Díaz de Pinera, Gerónimo de Villegas, Juan de Piedrahita, Gómez de Solís, Juan de la Torre Villegas, Rodrigo de Salazar—conocido como el Corcovado—ni a los demás capitanes y hombres que formaban parte del ejército; todos ellos fueron expresamente exceptuados.

La causa y razón porque el Virrey exceptuaba a estos hombres era porque había sabido claramente que parte de estos hombres gobernaban al tirano, y que ellos lo mandaban todo, y por voluntad de algunos de ellos no habían dejado entrar al obispo Don Fray Gerónimo de Loaysa en aquel campo tiránico cuando lo envió allá. Y la otra parte de estos exceptuados era porque se habían huido del ejército Real, que habían sido traidores a Su Majestad habiéndose ido al campo contrario, como arriba queda dicho, y por esto estaba muy mal enojado contra ellos.

El factor Guillén Juárez de Carvajal supo de esta excepción de su hermano, porque el Virrey estaba mal con él a causa que venía con el tirano, y luego le escribió una carta en cifra en la cual le rogaba afincadamente se viniese luego a Lima a servir a Su Majestad, y que dejadas todas las cosas pareciese ante el Virrey como bueno y leal vasallo del Rey. Y que no consintiese que de él se dijese que era traidor a Su Majestad, porque en ello deshonraba a todo su linaje y parentela, pues en toda su generación no había habido ningún traidor, y no consintiese que ahora se dijese que él lo había sido; y así le escribió otras muchas y diversas cosas.

Recibidas estas cartas por el licenciado Benito Juárez de Carvajal y viendo el buen consejo que su hermano le daba y la razón que para ello había, determinó de eximirse y apartarse de Gonzalo Pizarro, y así se vino a la ciudad de Los Reyes, aunque tarde, porque ya estaba su hermano muerto y el Virrey preso por los Oidores, como adelante diremos.

CAPÍTULO VEINTISIETE

DE CÓMO EL VIRREY ENVIÓ AL PADRE BALTASAR DE LOAYSA AL CAMPO DEL TIRANO, Y DE CÓMO LE QUISIERON MATAR LOS PIZARRISTAS, Y AL FIN, DESNUDO Y DESCALZO LO ENVIARON A PIE A LA CIUDAD DE LIMA, Y DE LO QUE POR ELLO DIJO EL VIRREY.

Después que llegaron los dos caballeros de Arequipa y los que vinieron del Cusco, y después que el Virrey se hubo de ellos bien informado de lo que quiso saber, les dijo de ahí a dos días de cómo él estaba despachando al padre Baltasar de Loaysa al ejército del tirano con ciertos recaudos muy convenientes para ellos y a la negociación que entre las manos tenían, y así se los mostró, pidiéndoles sus pareceres de lo que haría en el caso.

Ellos respondieron que era bien acertado lo que tenía acordado, y que con ello prosiguiese adelante, y por otra parte le pidieron licencia para escribir a los amigos que allá tenían para que viniesen a servir a Su Majestad, y él la concedió, porque tuvo entendido que haría efecto lo que estos hombres escribiesen.

El Virrey escribió a los que les pareció y les envió los perdones y otros recaudos que el padre Baltasar de Loaysa pidió, que comenzaban por: "Don Carlos, por la divina clemencia, etc.", para que seguramente se viniesen a servir a Su Majestad.

Gerónimo de la Serna escribió una carta con muchos entendimientos, como enigmas, y cifradas, a Gaspar Rodríguez de Camporedondo, dándole cuenta de todo lo que hasta allí le había sucedido, y del cargo que ya tenía y cómo era cabido con el Virrey; y esto estaba claro, que lo demás estaba oscuro, que nadie lo pudiera entender sino ellos dos que lo habían platicado y cifrado.

El Virrey y varios caballeros entregaron al padre Baltasar de Loaysa numerosas cartas y recaudos para que los llevase al campamento de Gonzalo Pizarro. Con el fin de que emprendiera el viaje con rapidez, pidió al factor Guillén Juárez de Carvajal una mula andadora que este poseía, pero Carvajal se excusó diciendo que su criado la había llevado al campo a pastar y que no sabía dónde se hallaba. El Virrey no le creyó y, molesto por la excusa, mandó buscar otra mula, la cual fue entregada al padre Loaysa. Así despachado, partió hacia el campamento del tirano, acompañado por Hernando de Cevallos, llamado el Cojo.

Algunos malintencionados, enterados de los despachos que llevaba el padre Loaysa, avisaron por posta a Gonzalo Pizarro, enviando mensajeros indígenas.

Pasados algunos días, el padre Loaysa llegó al campamento del tirano y entró de noche, para no ser visto ni sentido, pese a la vigilancia existente. Lo primero que hizo fue entregar las cartas y perdones, en secreto, a quienes iban dirigidos.

Luego habló con ellos y con otros muchos, con palabras suaves y convincentes, pues era hábil en el trato, exhortándolos a que, siendo tan leales servidores de Su Majestad, cumpliesen lo que habían acordado días atrás respecto a los perdones y salvoconductos. Les dijo que, puesto que ya los había traído, era aquel el momento oportuno para aprovechar tan gran merced.

Les advirtió además que, si no acudían al llamado de Su Majestad y se habían enfriado en su buena voluntad de pasarse al bando del Rey, debían saber que el Virrey y la Real Audiencia les quitarían sus indios, esclavos, repartimientos y haciendas, y que, por añadidura, les arrebatarían la vida con deshonra. Los que escaparan serían convertidos en pecheros y, lo peor de todo, tenidos por traidores, desterrados de aquellas tierras o condenados a remar en galeras por el resto de sus días, pues serían vencidos por los leales y por la numerosa gente valerosa del ejército real.

En cambio —les dijo—, quienes sirvieran a Su Majestad serían recompensados con grandes honores como fieles vasallos; se repartirían los indios entre los que no los tuviesen, gozarían de los frutos de la tierra y vivirían en ella con sosiego y descanso, conservando las libertades y privilegios que Su Majestad les había concedido. Y así, durante toda la noche, el padre Loaysa no cesó de hablar con los más principales del campamento.

Todos los que recibieron las cartas y los recaudos reconocieron que su contenido era favorable, pero, al pensar en su cumplimiento, no supieron qué resolver ni qué responder; quedaron perplejos y dubitativos, pues a muchos se les había enfriado ya la voluntad de huir que habían mostrado días atrás.

Viendo aquellos hombres inconsiderados y malintencionados que no era tiempo ni lugar —como afirmaban— para ejecutar lo consignado en los perdones ni para dar respuesta al virrey, y temiendo que el secreto pronto se descubriera, se pasaron al bando del tirano; algunos, además, ya le eran sinceramente afines, y entregaron de inmediato los recaudos que se les habían enviado, para acreditar ante él la fidelidad y el cariño que le profesaban.

Gaspar Rodríguez de Camporredondo, el licenciado Benito Juárez de Carvajal, Felipe Gutiérrez y Arias Maldonado no mostraron las cartas del virrey ni las misivas de Gerónimo de la Serna, del factor ni de otros emisarios; juzgaron que todo debía guardarse en extremo secreto y que no llegaría noticia al tirano, por lo que optaron por el silencio.

Al ver Gonzalo Pizarro las cartas y los recaudos que el virrey enviaba a los suyos, se enfureció con violencia y profirió palabras de gran pasión contra él. Preguntó enseguida quién había sido el atrevido que traía semejantes despachos y qué sentían aquellos hombres, qué pensaban hacer. Le respondieron que el padre Baltasar de Loaysa había sido el mensajero, aunque ya había habido aviso de su llegada desde Lima; por ello, Pizarro, lleno de ira, mandó a su maestre de campo, Alonso de Toro, que lo trajese ante su presencia, pues deseaba verlo.

Alonso de Toro condujo al padre Loaysa y lo introdujo en una tienda donde Pizarro le aguardaba. Entonces le espetó: «A ver, Padre Loaysa, ¿le parece aceptable la traición que ha cometido al desertar de mi ejército para unirse a Blasco Núñez Vela y sublevar a gente honrada, como hizo en el Cusco? ¿Y ahora viene, sin ninguna vergüenza, a entregar mensajes tan reprochables a mis capitanes y soldados? ¿Acaso cree que yo ignoraba su venida? ¡Juro por Nuestra Señora que si no fuera por su condición de sacerdote, ordenaría que lo hicieran pedazos! Y aun así, estoy dispuesto a hacerlo, porque esto es un acto de demonios y canallas.

Pero dejemos eso: dígame ahora a quién trajo cartas y despachos de Blasco Núñez Vela, a quién se los entregó y con cuántas personas habló. Y tenga cuidado de decirme la verdad antes de que me enoje de veras, porque lo obligaré a confesar por la fuerza lo que no quiera decir por su voluntad.»

Viéndose el padre Loaysa tan apretado y delante del más bravo tirano que había en la tierra, tuvo entendido que lo habían de matar, porque sintió que el Maestro de Campo andaba buscando cabestros para ahorcarle, o darle tormento, y con esto temió con gran temor y dijo a Gonzalo Pizarro todo lo que quería saber; por lo cual declaró a quién había dado las cartas y con cuántos había hablado, y entre ellos nombró a los cuatro que no las mostraron.

Sabiendo el tirano (Gonzalo Pizarro) que Gaspar Rodríguez de Camporredondo y el licenciado Carvajal y sus compañeros habían recibido cartas del Virrey, con las demás cosas que sus amigos les habían escrito desde Lima, se enojó bravamente contra ellos. Sin embargo, no se atrevió a prenderlos porque eran valerosos en la tierra y tenían en el ejército muchos amigos que los bandeauan (apoyaban o seguían en un bando), y por eso lo disimuló por entonces lo mejor que pudo. Mas con todo esto, mandó secretamente al Maestro de Campo Alonso de Toro y ciertos soldados de gran confianza y amigos suyos, que de día y de noche los espiasen y mirasen por ellos y los guardasen de tal suerte que no supiesen ellos cosa alguna, y así se hizo.

Al Padre Loaysa, porque otro día no fuese ni anduviese con otros mensajes, y porque otros escarmentasen en cabeza ajena, le quisieron matar; mas, en fin, por ser sacerdote de misa lo dejaron, y porque el tirano lo mandó. El Maestro de Campo, como ministro malvado lo sacó fuera del ejército y lo llevó a una cueva, en donde le tuvo algunos días para darle tormento, mas, al fin, los soldados le desnudaron los vestidos que traía y las botas que tenía, y esto hicieron con gran furia. Y le dijeron que cuando San Pedro apóstol estaba en este mundo, que anduvo descalzo y sin sombrero, y a pie, predicando a las gentes para que fuesen buenas, y que a su imitación anduviese así predicando a los capitanes y soldados de Juan Blas para que se viniesen al servicio de Gonzalo Pizarro, que venía a libertar toda la tierra.

Cuando el Padre Loaysa se vio tratar de aquella suerte, temió con gran temor, teniendo creído que lo desnudaban para matarlo, y así se comenzó a quejar en vano a Dios del cielo y a Santa María su madre, pidiendo favor al Papa y a Su Majestad, y a protestar y a requerir al Maestro de Campo y a los soldados que no le desnudasen, ni allegasen a él para matarlo, que caerían en gran excomunión y que no los podría absolver nadie sino el Papa, haciendo gran satisfacción. ¿Mas qué aprovecha?; que era dar voces al desierto, porque los soldados se reían de todo lo que decía, y mofaban de él, diciéndole mil donaires y desvergüenzas; y con esto lo enviaron hacia Lima, en calzas y en jubón, y sin zapatos ni sombrero, y de ahí a algunos días llegó a la ciudad de Lima y se presentó ante el Virrey de la suerte que venía.

Hernando Cevallos se quedó con el tirano, más de miedo que de voluntad, y dijo que no había salido de Lima sino con propósito de servir a Gonzalo Pizarro, y de esta manera y por ruego de hombres buenos escapó de ser ahorcado, porque sospecharon que traía algunos papeles del Virrey.

Cuando el Virrey vio al padre Baltasar de Loaysa tan maltratado de los tiranos, fue muy grande el enojo que recibió, que no sé cómo lo diga, ni con qué palabras lo encarezca, porque él bramaba, gruñía y daba voces, diciendo con grandísima rabia que todos los hombres que había en la tierra eran traidores y fementidos. En especial maldecía grandemente a Gonzalo Pizarro y a todos cuantos con él venían, a los cuales llamaba a grandes voces de traidores, excomulgados, cismáticos y herejes, y con esto decía otras muchas cosas; que cuando así se enojaba no había hombre que osase estar delante de él, por lo cual se iban a sus casas. Por otra parte alababa a todos aquellos que habían seguido el partido de Almagro el viejo, a los cuales llamaban chilenos o almagristas, y que estos eran los verdaderos servidores de Su Majestad y que merecían ser remunerados por los muchos servicios que habían hecho a la Real corona de Castilla.

De los pizarristas decía que eran todos a una mano traidores y perjuros, mas que él haría de tal manera que no quedase en toda la tierra piedra, ni pizarra, que todo lo había de allanar por el suelo. Y que la injuria que ahora habían hecho al Padre Loaysa tocaba a él y aun a Su Majestad, pues lo había enviado por mensajero en su Real nombre; y así decía otras muchas cosas contra ellos.

Asimismo le pesó de ello al Obispo de Lima, porque así hubiesen tratado tan mal al Padre Loaysa, que lo quería mucho, y desde entonces mandó y vedó que de ahí adelante ningún clérigo, ni fraile, fuese al campo de Gonzalo Pizarro con ningunos recaudos, por el gran peligro que había en ello, so pena de excomunión. Y esto mandó porque como los tiranos eran desvergonzados y malintencionados, podrían matar algún religioso, y quedar todos excomulgados; que más quería que se salvase un alma que todo el haber que había en el mundo; y esto se mandó a los clérigos y frailes so pena que incurrirían en las penas y censuras que tenía puestas contra los que lo contrario hiciesen.

CAPÍTULO VEINTIOCHO

DE CÓMO EL MAESTRO DE CAMPO ALONSO DE TORO HIZO CORTAR LAS CABEZAS A GASPAR RODRÍGUEZ DE CAMPOREDONDO Y A FELIPE GUTIÉRREZ Y A ARIAS MALDONADO, PORQUE SE DIJO QUE QUERÍAN MATAR A GONZALO PIZARRO.

Conviene saber que el capitán Gerónimo de la Serna mantenía correspondencia con el licenciado Cristóbal Vaca de Castro, todavía preso en el navío. Para que no recayese sobre él sospecha abierta, no lo visitaba en persona como exigía la amistad, pero le remitía cartas cotidianas que luego se destruían; por esos mensajes se conocían las intenciones y voluntades de ambos.

Así Vaca de Castro llegó a saber para qué había venido Gerónimo, y con gran agradecimiento le envió a dar las gracias por medio de su criado Diego de Aller, manifestándole que se mostraban verdaderos y leales amigos él y Gaspar Rodríguez de Camporredondo al favorecerlo en tiempos tan peligrosos; que por su intercesión esperaba recobrar la libertad que tanto deseaba y salir de la prisión; y que todo debía hacerse con prudencia y secreto para no ser advertidos, pues en breve le devolverían la vida.

Gerónimo de la Serna no dejó de buscar vías para prender o matar al Virrey, aunque por prudencia no divulgó sus planes entre los muchos amigos que Vaca de Castro tenía en la ciudad, pues temían la recia condición del Virrey y que, al saberlo, ordenase su muerte. Observó además que el Virrey andaba siempre armado, muy vigilado por caballeros fieles y hombres de su guardia, y estimó que, por cuanto lo había nombrado capitán, lo primordial sería dar muerte o prender al tirano; lo demás el tiempo lo diría.

Al ver que entonces no podía consumar tan cruel empresa, desistió momentáneamente y propuso que Gaspar Rodríguez de Camporredondo adelantase gestiones. Con tal fin habló al Virrey para que enviase otro salvoconducto a Gaspar —y un mandamiento que le permitiera prender al tirano—, lo cual se le concedió; asimismo escribió largamente a Gaspar, indicándole con detalle lo que debía hacerse primero para que sus pretensiones tuviesen efecto.

Despachó después estos recaudos confiándolos a un indio ladino al servicio de Gaspar Rodríguez, traído del campo del tirano. Para mayor secreto, ocultó los papeles dentro de las dos suelas de unas ojotas viejas del indio —calzado indígena de doble suela— y le ordenó no calzarse aquellas ojotas hasta entrar en el campo de Pizarro, usando las de repuesto que llevaba, para evitar que los despachos se rompiesen o fuesen descubiertos. Así lo puso en camino y le previno de todo cuanto había de decir y hacer para que no fuera sentido y no le dieran muerte.

Aconteció que el tirano había mandado, antes y después de que desnudaran al padre Loaysa, que todos los corredores que patrullasen el campo trajeran ante él o ante su Maestro de Campo a cualquiera que hallasen en el camino o fuera de él, ya fuera indio o negro, para averiguar de dónde venía, de quién era y qué buscaba; y que además lo interrogasen y lo desnudasen para ver si llevaba cartas o cédulas ocultas. Todas estas disposiciones las dio Pizarro para asegurar su campo, pues sabía que cada noche se dejaban cartas y cédulas junto a las tiendas de sus capitanes, sin saber quién las colocaba, pero entendía que procedían de la ciudad de Lima.

Deseosos de cumplir su cometido, los corredores se aplicaron con diligencia. Cada vez que recorrían el campo traían indios extraviados, en quienes nunca hallaban cosa alguna.

Un día, corriendo algunos ministros del tirano, vieron acercarse a un indio que venía fuera del camino. Lo capturaron y, amenazándole con la muerte, le preguntaron de dónde venía y de quién era. El indio respondió que venía de un pueblo en busca de maíz para su amo Gaspar Rodríguez y que, al no hallarlo, regresaba.

No conformes con la respuesta, los corredores, desconfiados y observando el temor y la demudación del indio, concluyeron que venía de fuera y que no pertenecía al ejército. Con intención de hacerle daño, dos de ellos se apearon y comenzaron a registrar si llevaba cartas escondidas.

El otro le tomó las ojotas, o zapatos viejos, porque pareciese que había andado mucho con ellos, y como los vio recién cosidos con correa nueva, los descosió con un cuchillo y luego vieron los recaudos dentro de las ojotas en la oquedad que estaba hecha, y tomando al indio lo llevaron secretamente al ejército para que el tirano lo viese.

Cuando Gonzalo Pizarro vio los recaudos, y sabiendo del indio quién lo enviaba, y para quién venía, abrió las cartas y los recaudos y los hizo secretamente leer y vio lo en ellas contenido, de lo cual recibió gran pesar y enojo, diciendo que "conocida la culpa no hay disculpa que disculpe; sino que por la culpa culpe cualquier modo de disculpa," y no había más que disimular.

Mandó luego a su Maestro de Campo que prendiese a Gaspar Rodríguez de Camporedondo, porque convenía así, y luego Alonso de Toro lo puso por la obra, que tomando doce arcabuceros se fue a donde estaba, al cual halló dentro de su tienda en la cama, que estaba ya durmiendo, y lo prendió sin bullicio y lo echó en fuertes prisiones.

Hecha la prisión, luego fue el tirano a la tienda donde estaba y le preguntó con mucha ira y enojo ¿qué era la causa porque le quería prender o matar?; increpándole su poca fidelidad, pues él mismo le había aconsejado que tomase las armas y fuese contra el Virrey, pues le venía a quitar la vida y las haciendas, de lo cual él había siempre rehusado hacer; y así le preguntó otras cosas.

Gaspar Rodríguez de Camporedondo negó todo lo que era en su perjuicio, diciendo que él no sabía cosa alguna de lo que se le preguntaba, ni menos tenía tratos ni contratos con nadie en la ciudad de Lima, y de lo que se le preguntaba estaba inocente de ello, y que si le habían dicho algo contra él, que sería de envidia que tendrían de él algunos que le querían mal de verlo en tanta prosperidad.

El tirano no le dejó más hablar, ni le admitió cosa alguna de disculpa, antes tomando al indio que trajo los recaudos se lo puso delante diciéndole palabras recias y de gran enojo, dándole en cara con las cartas que delante tenía, porque no podía negar la verdad, que por lo escrito se veía claramente. También le trajo a la memoria de no haber querido ahorcar a Alonso de Orihuela los días atrás cuando lo prendió, que traía cartas para los de su ejército para saber de él otras cosas, las cuales no quiso declarar, como atrás queda dicho. Asimismo le trajo a la memoria lo de las cartas que le había dado el Padre Loaysa, que no se las quiso mostrar como los demás capitanes lo habían hecho; a estas cosas, con otras que le fueron dichas y preguntadas, no respondió nada, antes estuvo con la cabeza baja como hombre pensativo y arrepentido.

Gonzalo Pizarro mandó a su Maestro de Campo que le hiciese cortar la cabeza, pues le había sido rebelde, porque viendo los capitanes y los demás la justicia que se hacía en este hombre tan principal en su ejército, escarmentarían todos en cabeza ajena y no habría después ninguno que se osase menear contra él.

Quedando en el Maestro de Campo el cargo de hacer justicia, lo primero que hizo, sin aguardarle términos, ni hidalguías, fue darle muy recios tormentos dentro de una tienda, y Pizarro lo estaba escuchando fuera de ella, que estuvo allí parado gran rato con toda su guarda, y lo que dijo, según las gentes dijeron, fue lo siguiente:

Cómo él y Felipe Gutiérrez y Arias Maldonado habían buscado vías y maneras de cómo prender a Gonzalo Pizarro para llevarlo ante el Virrey, y para hacer esto habían quedado los dos arriba nombrados, en la ciudad de Huamanga, para venir de noche dando al arma, y que entonces tenían pensado hacer su hecho. También dijo de cómo él y Felipe Gutiérrez y Arias Maldonado y el licenciado Carvajal (que ya en este tiempo era huido había días), que se carteaban con el Virrey y con el factor Guillén Juárez de Carvajal y con Gerónimo de la Serna.

De manera que no quedó cosa alguna que de secreto fuese que no la descubriese y aclarase, y del concierto que los dos hicieron para prender o matar al Virrey y a Gonzalo Pizarro, con todo lo que arriba queda dicho.

El Maestro de Campo mandó a un escribano del Rey, que delante estaba, asentase toda esta confesión y declaración de Gaspar Rodríguez, el cual lo hizo, y luego le mandó confesar con un clérigo, y después le cortaron la cabeza, cerca del alba, en la cuesta de Parcos en un despobladillo que allí se hace.

Descabezado a este hombre, envió luego el Maestro de Campo a la ciudad de Huamanga, al capitán Pedro de Puelles, con veinte arcabuceros de la compañía de Pedro Cermeño, para que hiciese justicia de los dos que habían quedado allá; y así partieron aquella hora a la ligera en buenas mulas y caballos por llegar más aína antes que los dos supiesen alguna cosa.

En llegando Pedro de Puelles a la ciudad supo luego dónde estaban aposentados, y como era noche fue allá, a los cuales hallaron en sus camas durmiendo, y echando mano de ellos fueron luego justiciados sin ser oídos, aunque habían negado reciamente la tal acusación. A Felipe Gutiérrez, porque era hijodalgo le cortaron la cabeza en un repostero en medio de la plaza, y Arias Maldonado fue ahorcado; que el cuerpo y la cabeza de su compañero estuvieron muchos días en el rollo de la plaza, mas después fueron enterradas.

Concluidas con estas cosas en Huamanga, Pedro de Puelles dio luego la vuelta con los suyos en seguimiento de Gonzalo Pizarro, al cual hallaron en el pueblo de Parcos, que había dos días que era allí llegado. El cuerpo de Gaspar Rodríguez fue llevado a la ciudad de Huamanga, en donde está enterrado en la iglesia, y su cabeza fue puesta en el rollo de la plaza con la de Felipe Gutiérrez, y las tripas quedaron enterradas en donde fue degollado, que allí estuvo mucho tiempo puesta una cruz de palo muy alta.

En el campo se dijo y publicó que todo lo que Gaspar Rodríguez había dicho y declarado en su confesión, y del concierto que había hecho con Gerónimo de la Serna, que el tirano lo había enviado al Virrey, solamente porque hiciese justicia de él, porque era doblado traidor, que se le había huido de su campo siendo su soldado, pues iba a matar al Virrey. Otros dicen que no envió tal cosa, lo cual yo más creo, porque si él enviara la declaración sin duda ninguna lo hiciera luego matar, o él mismo le diera de puñaladas sin aguardar cosa alguna, sabiendo la certinidad del caso, y así no le envió cosa alguna.

Otros dijeron que no le envió la dicha declaración, a causa que el Virrey estuviese descuidado del caso, y porque no tuviese sospecha de Gerónimo de la Serna, sino que tuviera lugar de matarlo, porque de su muerte no le achacaran cosa alguna. Y que después de él muerto se efectuaría mejor la pretensión que tenía de la gobernación, y que los cuatro Oidores le colocarían y admitieran luego en ella aunque no quisieran, como después lo hicieron cuando prendieron a Blasco Núñez Vela, como diremos largamente adelante.

CAPÍTULO VEINTINUEVE

DE CÓMO GONZALO PIZARRO QUITÓ EL CARGO DE MAESTRO DE CAMPO AL CAPITÁN ALONSO DE TORO, PORQUE SE LE QUERÍAN AMOTINAR LOS SOLDADOS, Y LO DIO A FRANCISCO DE CARVAJAL, VECINO DE LA CIUDAD DEL CUSCO, Y POR QUÉ, Y QUIÉN FUE ESTE CARVAJAL.

Así como el tirano llegó al pueblo de Parcos, queriendo pasar adelante pidió a los caciques y principales indios le diesen diez mil indios para llevar su ropa y la de sus capitanes y soldados, y más la artillería y otras municiones que había, y no pudiendo cumplir con el número de los indios que les pedían, se huyeron de allí una noche, por lo cual mandó el tirano quemar a dos principales que habían quedado, los cuales estaban medio vivos, porque no apretaron los cordeles cuando les dieron garrote.

Por esto, los otros caciques indios de la comarca, como eran pacíficos, se temieron que irían por ellos y que también los quemarían, y dieron hasta seis mil indios e indias, que eran sus hijas y mujeres, que recogieron de muchos pueblos de veinte leguas a la redonda, y las indias que dieron fue para suplir la falta de los indios, que no los tenían.

Los indios llevaron la artillería a cuestas, atadas en unas varas largas, y llevaron la ropa del tirano y la de sus capitanes, y las tristes indias se repartieron entre los soldados, a las cuales cargaron con demasiadas cargas, que la carga que llevaban dos indios se hizo una para que la llevase la miserable india.

Para mí tengo creído que escaparon pocos de estos indios, principalmente las indias, que muchas de ellas estaban preñadas, con el gran trabajo y peso de las cargas y cansancio del largo camino, porque las llevaron hasta la provincia de Jauja, que es tierra muy caliente y muy contraria a sus complexiones y cualidades. Muchas de estas indias malparieron en el camino, y así como iban enfermas y paridas las llevaron cargadas, sin mirar el mal que tenían, y así murieron algunas de ellas y las dejaron allí sin sepultarlas, que muchas de ellas aun no eran cristianas. ¡Oh crueldad tan grande y tan terrible!; remédielo Dios nuestro Señor, y el Rey, pues que pueden.

Mientras se recogían los indios se detuvo en este pueblo el tirano más de doce días, y en este intermedio llegó allí el capitán Lorenzo de Aldana con cierto mensaje de los cuatro Oidores de la Real Audiencia de la ciudad de Lima. También llegaron a esta sazón, tras Lorenzo de Aldana, Don Antonio de Ribera y el Contador general Agustín de Zárate, los cuales fueron enviados por los Oidores, que clérigo ninguno quiso ir allá porque no les aconteciese lo que al Padre Loaysa, y lo que pasaron los mensajeros con el tirano, y de lo que el Maestro de Campo Francisco de Carvajal les dijo, adelante se dirá.

Pues hemos dicho que Francisco de Carvajal era Maestro de Campo de los rebeldes, bien será que digamos primero cómo lo fue, y por qué quitaron este cargo al capitán Alonso de Toro y lo dieron a este ferocísimo hombre.

Habéis de saber que ciertos capitanes y hombres principales y muchos soldados del campo comenzaron de quejarse bravamente de Alonso de Toro, de cuán bravo y áspero de condición era, y que trataba muy mal de palabra a los soldados, llamándolos de bellacos y traidores, y que si los cogía los mandaría cruelmente azotar, y así les decía otras palabras injuriosas y muy feas, y esto por livianas cosas.

Y de aquí procedió que comenzaron a decir todos que si el General no quitaba el cargo al capitán Alonso de Toro, que se amotinarían y se irían al Virrey a servir a Su Majestad. No faltó quien de todas estas cosas avisase al tirano, de lo cual le pesó en gran manera en saber que algunos de sus capitanes y muchos soldados que se preciaban de honrosos hablaban libremente contra él, porque del hablar suelen venir a la obra y a descomedirse, en especial en un ejército de tiranos, porque los capitanes son más obligados de rogar a los soldados, que a mandarlos.

El tirano, por evitar que ninguno de los suyos se quejase de él, y por apartar de sí muchos inconvenientes que se podrían recrudecer con estos azoramientos, y para haberlos de castigar a todos, que eran muchos, no se atrevió por entonces. Y por aplacarlos y dar contento determinó de quitar el cargo al dicho Alonso de Toro, aunque de la quitada le pesaba mucho, porque le tenía por verdadero amigo y le quería mucho por haber sido de los primeros que le dieron ánimo a proseguir su comenzada jornada.

Mas, en fin, viendo que si él no aseguraba su campo, en donde dependía su vida y honra y la de todos los suyos, como él decía que se perderían totalmente todos, y así lo envió a llamar y le habló en secreto, diciéndole lo que todos decían de él y de su brava y áspera condición, y cómo se mostraba muy soberbio con todos los del ejército, y que mirase que habían de ser más rogados, que mandados, por ser la gente de diversas naciones y aun de varias condiciones. Y además de esto que algunos capitanes y soldados estaban movidos para amotinarse e irse al Virrey, porque los trataba mal de palabra, y que tuviese por bien que en su lugar se eligiese un otro Maestro de Campo y que de ello no recibiese pesadumbre ni enojo, porque todos lo querían así, y que si dejase el cargo le daría la compañía que había sido de Gaspar Rodríguez de Camporedondo. Y que si esto no le estaba bien y le pesaba de ello, le prometía de no le quitar el cargo, antes se dejaría matar que darle tal enojo, y que primero consentiría que se perdiese todo, y no su amistad, que era muy grande, y que si él dejaba el cargo sin pesadumbre, que restaurarían las vidas y honras que estaban a canto de perderse. Y que mirase en ello muy bien, y que lo que él quisiese hacer lo haría y consentiría muy de buena voluntad, y que no querría que dijese después que por quererle mal le había quitado el cargo para darlo a otro, y que todo lo dejaba en su mano para que hiciese lo que él más quisiese.

Así le dijo estas cosas, con otras muchas de gran amor y comedimiento, para ganarle la voluntad y el beneplácito, pues no le quería enojar por ser su grande amigo y porque no se fuese ni ausentase del ejército, porque si él se iba luego le habían de seguir muchos de los que no se quejaban de él, por ser hombre rico y valeroso en la tierra, que tenía muchos amigos en ella.

Alonso de Toro, como era bien entendido, aunque bravo y cruel, no recibió ninguna pesadumbre ni alteración, antes, como bien comedido, respondió muy a propósito de lo que Gonzalo Pizarro le había dicho, considerando en todo cuanto le había propuesto que tenía mucha razón, por lo cual determinó de contentarle, y dijo lo siguiente:

"Señor General, a mí me pesa verdaderamente de todo lo que de mí se dice, que cierto, yo no había mirado en ello, porque tenía entendido que en todo lo que yo hacía para servir a vuestra merced acertaba, y paréceme que ha sido todo al revés; pues por mi causa y respeto se quieren amotinar los que vuestra merced dice, para irse al Virrey, razón es y justo que deje el cargo, pues en ello hago servicio a vuestra merced y placer a los caballeros que de mí se quejan. No es bien que por solo un hombre como yo se pierda vuestra merced y tanto caballero como están en este ejército, antes suplico a vuestra merced muy encarecidamente cuanto puedo se me quite este cargo, y en ello recibiré muy señalada merced, y cierto es tal, pues vuestra merced manda que lo deje. Enojo, ni pesadumbre, no la recibo, ni la tengo, antes muy gran contento y placer que se me quite este trabajoso cargo, que cierto lo es, que aunque no quiera he de tener, como tengo, muchos émulos; aunque fuera más humilde dijeran que era bravo y de mala condición, como ahora lo dicen. Holgarme ya por cierto que se diese este cargo a persona tal cual en él estuviese muy bien empleado, y que lo entendiese mejor que yo y que fuese a voluntad de vuestra merced y a contento de todos, porque todos le obedezcamos en todo lo que nos mandare que fuese en pro y utilidad de todo el ejército. En lo de la compañía que se me da, yo lo tengo en gran merced, mas por ahora sea yo reservado de tener cargo alguno, sino que como hombre particular quiero servir a vuestra merced como soy obligado, con mi persona y bienes, pues lo debo bien debido. Y esto no solamente por la gran amistad y amor que siempre me ha tenido, mas aun por otras causas y razones que al servicio de vuestra merced me obligan, y así se puede dar el cargo a otro que lo sepa ejercer, que yo desde ahora hago dejación y me aparto y desisto de tal cargo para siempre, y con muy entera y buena voluntad lo pongo en manos de vuestra merced."

Gonzalo Pizarro se holgó grandemente con lo que Alonso de Toro le respondió, por lo cual se lo agradeció mucho, y con esto se salieron fuera de la tienda donde habían estado, y luego envió a llamar a sus capitanes y soldados principales, y ellos venidos, les habló y dijo lo que con Alonso de Toro había pasado acerca del cargo de Maestro de Campo que había tenido, del cual había ya hecho dejación. Y pues que había hecho esto, que buscasen entre sí tal persona cual conviniese, que fuese hábil y suficiente para darle el cargo de Maestro de Campo, que él se lo encomendaría, pues el capitán Alonso de Toro se había apartado de él con muy entera y buena voluntad.

Los capitanes y soldados le dieron por esta merced muchas gracias, y apartándose de allí luego comenzaron con diligencia a buscar alguna persona entre cuantos capitanes había y hombres valerosos y soldados de los más prácticos y principales del ejército, que fuese tal cual concurriese en el saber, destreza y experiencia en las cosas que convenían y tocaban a la guerra, al cual hallaron como ellos lo deseaban.

Hallado el tal hombre lo dijeron a Gonzalo Pizarro, informándole de sus habilidades, astucias, sutilezas, ardides y experiencia que tenía, y sobre todo que entendía muy bien todas las cosas que a la guerra convenían, y que por ser tal, el Gobernador Vaca de Castro le había nombrado por Sargento Mayor del campo de Su Majestad, como a todos constaba, al tiempo que dio batalla a Don Diego de Almagro el Mozo, en los campos de Chupas. Y para que supiese por entero quién era, le dijeron que era Francisco de Carvajal, vecino de la ciudad del Cusco, su grande amigo, que los días atrás había enviado por él, que se iba a España, y este tenía en su vecindad un buen repartimiento que Vaca de Castro le había dado por lo que había servido en la tierra a Su Majestad.

Oídas por el tirano las destrezas y maneras de este hombre, que lo conocía bien, lo envió a llamar, el cual venido, después de haberle hablado en algunas cosas, le encargó muy de veras que tuviese por bien de tomar el oficio y cargo de Maestro de Campo, para que por su parecer e industria se rigiese todo el ejército, porque en ello le daría gran contento y grandísimo placer a todos los capitanes y hombres principales que le pedían.

Francisco de Carvajal comenzó con palabras de gran comedimiento de no querer tomar ni aceptar el cargo, excusándose de todo ello en gran manera, diciendo que era viejo, podrido, cojo y enfermo y muy pesado, y que no lo sabría usar ni ejercer con la pesadumbre de su vejez. Y que era mucho mejor que lo tuviese el capitán Alonso de Toro, o si no que se diese el cargo a un caballero de los que allí estaban presentes, que lo sabría hacer y regir mejor que no él; y así dijo otras cosas de buena crianza, teniendo siempre el sombrero en la mano y pidiendo perdón.

De nada le sirvieron todas aquellas excusas y dilaciones, pues Gonzalo Pizarro, Alonso de Toro y los demás capitanes y hombres principales que allí se encontraban lo presionaron mucho para que aceptara el cargo. A pesar de sus muchas objeciones, finalmente accedió, aunque hizo la demostración de que le molestaba tener que asumir esa responsabilidad.

Una vez aceptado el cargo, se le tomó el juramento formal de que desempeñaría el oficio de Maestro de Campo con rectitud y fidelidad, que protegería al ejército y que no lo entregaría en manos del enemigo. Juró también que haría todo lo posible para obtener la victoria contra el Virrey si este decidía presentar batalla. Tras prestar juramento, fue inmediatamente proclamado Maestro de Campo a viva voz para que todos lo supieran, algo que muchos celebraron en ese momento, aunque más tarde, con el tiempo, todos se arrepintieron profundamente.

Al principio que Francisco de Carvajal tomó este cargo mostró con todos gran familiaridad y llaneza y hablaba a todos con muy buena crianza, y con la buena conversación que comenzó a tener con los soldados, principalmente con los capitanes y hombres principales, le comenzaron a tomar amor y a obedecer sus mandamientos cuando así mandaba alguna cosa. Mas después, como digo, andando el tiempo se mostró muy cruel; que su llaneza paró en bravosidad, porque se hizo muy carnicero, que cuando los hombres le veían, o cuando le nombraban, se santiguaban de él como del enemigo malo, y así se escondían y huían de él como del demonio.

Estuvo este hombre, según las gentes dicen que lo conocían, mucho tiempo en Italia, y dicen que fue soldado del Gran Capitán, y que fue alférez en la rota de Rávena, y criado después del Cardenal de Santa Cruz Don Bernardino de Carvajal, y que fue clérigo de Evangelio. Y más dijeron que por respeto del dicho Cardenal alcanzó del Papa Julio Segundo, cuando se reconciliaron y se hicieron amigos, que se pudiese casar, pues no podía, siendo clérigo, por ciertas muertes que había hecho en Italia, y así se casó después con una viuda honrada, llamada Doña Catalina de Leyton. Y los casó el ilustrísimo Virrey Don Antonio de Mendoza, de buena memoria, cuando pasó a la Nueva España, que hasta allí la tuvo por amiga, y de México la pasó a estas partes del Perú. También dicen que este mismo Francisco de Carvajal sirvió mucho tiempo al dicho Cardenal cuando tuvo aquellas muy grandes competencias con el Papa Julio Segundo, cuando hizo aquel conciliábulo con favor del rey de Francia, como lo refiere Pero Mejía en el libro de la Crónica Imperial que compuso.

De manera que este hombre se mostró en Italia por algo, y en el Perú por mucho más; que si por allá en Italia permaneciera en servicio del Rey nuestro Señor, fuera señalado hombre; aunque por acá fue muy nombrado, no por los servicios que hizo a Su Majestad, sino por las crueldades y grandes tiranías que usó contra todo género de hombres, como adelante diremos.

CAPÍTULO TREINTA

DE CÓMO EL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA, RECELÁNDOSE DE LA DIABÓLICA FURIA DEL TIRANO, MANDÓ CERCAR LA CIUDAD, A LA REDONDA A PIEDRA Y LODO, PARA DEFENDERSE EN ELLA Y OFENDER AL ENEMIGO QUE VENÍA MUY BRAVO.

La mayor parte de los hombres principales y de los soldados malintencionados que estaban con el Virrey en Lima ya mostraban hartazgo ante sus palabras y actos; muchos le aborrecían de todo corazón y deseaban verlo fuera de la tierra.

Para sembrar inquietud en su ánimo, le dijeron repetidas veces que tenían noticias de que Gonzalo Pizarro traía consigo mucha gente brava y feroz, «como perros rabiosos», dispuesta a dar batalla y a saquear la ciudad, llena de ira, soberbia y arrogancia. Afirmaban además que venía provisto de veintidós bocas de bronce de grueso calibre y de abundante arcabucería; por ello le aconsejaron no dar batalla en llano, sino escoger valles y pasos angostos, donde sería más fácil vencerlos y donde la artillería enemiga podría aprovecharse menos.

Añadieron que el encargado de la artillería era un hombre endiablado y soberbio, gran enemigo de los almagristas, y que al disparar sobre los escuadrones causaría estragos. Por eso estimaron que lo más acertado sería que, si iba a enfrentarse al tirano y a sus rebeldes, lo hiciera dentro de la ciudad, donde los alzados no se atreverían a entrar.

Propusieron también que se mandase aviso a los pueblos comarcanos de indios para que, en caso de que el tirano intentara enviar por vituallas, no se las entregasen, sino que se levantasen contra él. Para llevar a cabo esto recomendaron enviar cincuenta o sesenta arcabuceros con un capitán que les diese bandera y orden, a fin de ejecutar la medida de forma eficaz.

Los caballeros leales al servicio de Su Majestad se mostraron de una opinión contraria. Ellos, actuando con lealtad, procuraban proteger el honor del Virrey, y a pesar de ser pocos, le aconsejaron que cuidara mucho su reputación. Le dijeron que no era correcto encerrarse en la ciudad ni huir por las sierras como un fugitivo, pues eso era un pésimo consejo. Por el contrario, debía salir al campo con gran ánimo y valor en busca del enemigo. Si el enemigo quería presentar batalla, que se la diera inmediatamente dondequiera que lo encontrara, y que él mismo estuviera presente en todo lo que hicieran sus capitanes y soldados.

Le ofrecieron razones suficientes para actuar así. Le explicaron que con el prestigio y el nombre de Su Majestad por delante, sumado a su presencia, sus capitanes y soldados cobrarían gran valor y determinación para alcanzar la victoria. Por el contrario, esto desmoralizaría a los enemigos y rebeldes, ya que, al verse atacados con audacia y llevando el estandarte real al frente, huirían de inmediato.

Además de todo esto, al mostrarse en campo abierto contra un enemigo que tenía la conciencia intranquila por su rebelión, los hombres que secretamente deseaban pasarse al bando del Rey lo harían enseguida. Con su deserción, el enemigo se debilitaría, y los leales cobrarían aún más valor para vencer a los que persistieran en su malvado propósito.

Así que no tendrían qué decir los que mal le querían en la ciudad, principalmente los enemigos que venían, que dirían que se encerraba en la ciudad sin ver por qué, y que en esto los rebeldes tomarían mayor osadía y ánimo de venir a buscarlo. Y los leales tendrían sospecha y recelo de su grande ánimo y valor, y dirían que lo hacía más de miedo de Gonzalo Pizarro que por otras causas convenientes a la prosecución de la guerra. Y que valía más para todos los leales, y mucho mejor para su Señoría, salir al campo contra el enemigo rebelde a morir con honra, que vivir después sin ella por no haber acometido al enemigo, y que si habían de morir encerrados que valía más morir peleando en el campo por la justicia del Rey, y que Dios les daría cumplida victoria y no les dejaría caer en manos de tales crueles y soberbios tiranos; y así le dijeron otras muchas cosas.

El Virrey, oyendo estos dos pareceres, determinó de tomar el primero, y aunque tenía gran deseo de dar batalla al enemigo en campo llano, no le dejaron los enfermos y mal intencionados, y así ordenó de aguardar al enemigo rebelde dentro de la ciudad, la cual mandó cercar de esta suerte y manera.

Primeramente, que todas las calles que estaban cercanas a la plaza se atajasen de una gruesa y ancha pared de adobes y lodo, y encima de cada pared se hizo un antepecho alto y fuerte, con sus troneras, para donde los arcabuceros estuviesen puestos y desde allí tirasen. Ítem, en algunas de estas cercas dejó unos portillos angostos cuanto pudiese caber un hombre de a caballo, para que saliesen o entrasen los que estaban aposentados fuera de estos atajos y cercas; y la calle que sale para la ciudad de Trujillo mandó cerrar fuertemente a piedra y lodo, dejando un repecho encima de la pared, para los arcabuceros, y en todas estas cercas hizo hacer unas escaleras de adobes por donde subiesen los arcabuceros.

Y por las casas y esquinas que se contenían las cercas, como fueron las del factor Guillén Juárez de Carvajal, las del Obispo Don fray Gerónimo de Loaysa, las de Doña María de Escobar, Francisco de León, Alonso Palomino, Francisco de Ampuero, Juan de Montenegro y las del Contador Alonso de Cáceres, con otras que había a la redonda, mandó hacer muchas troneras para dañar por allí a los enemigos que anduviesen por las calles corriendo.

Se comentaba abiertamente por toda la ciudad que el tirano tenía la intención de sitiarla, y que si lo hacía, la perdería. Esto se debía a que, desde esa posición y a través de las troneras, los arcabuceros del Virrey podrían disparar a placer contra los enemigos que anduvieran dispersos o desorganizados por las calles. Se aseguraba que incluso podrían asaltar al ejército del tirano a plena luz del día, dado que él se quedaría con pocos hombres en la guardia.

Viendo el Virrey que no había tantos arcabuces cuantos eran menester para servir a las troneras, determinó de hacer más arcabuces, y por no quitar las campanas de las iglesias por lo que de él se decía, mandó otra vez buscar por toda la ciudad todo el hierro que había, mandando premios a los que lo descubriesen, y como ya en este tiempo estuviese muy odiado de muchos no halló ninguno, porque los mercaderes y herreros que lo tenían lo escondieron, y si hallaron alguno no lo quisieron descubrir.

En este tiempo, aquellos que le deseaban mal al Virrey comenzaron a murmurar contra él diciendo: "No entendemos por qué este hombre se atrinchera, sin motivo aparente, y parece que no es tan valiente como muchos afirman y como él mismo se mostraba. Si Gonzalo Pizarro quiere destruirnos a todos, podría fácilmente desviar el río de su cauce para inundarnos, arrasar toda la ciudad en un solo día, y quemar las casas y haciendas que tenemos fuera de la muralla." Estas y otras muchas cosas perjudiciales decían los malintencionados.

La mayoría de las casas de la ciudad de Lima están construidas con adobes y tapiales. Si se lograra desviar el agua del río por alguna de las calles, algo que sería fácil de hacer, el torrente se detendría obligatoriamente en la muralla. Al estancarse el agua en la calle sin poder avanzar, las defensas y las casas se derrumbarían, causando un gran perjuicio y pérdida para los vecinos.

Mientras tanto, el Virrey recibió unas cartas cifradas enviadas desde el pueblo de Jauja. Esas cartas, que venían dirigidas al factor Guillén Juárez de Carvajal —quien se encontraba en Lima—, fueron interceptadas por Juan Procel y Luis García Santamés, ciudadano del Cusco, quienes estaban allí como espías. Las misivas fueron tomadas de un indígena que, según se supo, servía al licenciado Benito Juárez de Carvajal, que en ese momento estaba junto a Pizarro.

Como las cartas venían en cifra no las pudo el Virrey leer, por lo cual sospechó mal, no teniendo buen concepto del factor, y luego envió a llamar a los Oidores, los cuales venidos les mostró las cartas, preguntándoles si podría por ello hacer justicia del factor, pues venían a él enderezadas; ellos dijeron que no, hasta saber por entero lo que en ellas se contenía, porque mal podrían juzgar lo que ciertamente no sabían.

Para saberse enteramente estas cosas envió a llamar al factor, el cual venido le dijo palabras enojosas, y él como estaba sin culpa de la culpa que le imputaban no se turbó ni alteró, antes tomando las cartas las leyó delante de los Oidores. Lo que en las cartas se contenía era avisar al factor de la mala intención que el tirano traía contra el Virrey, y la gente, armas y artillería que había en el ejército, y quiénes y cuántos eran los que estaban mal con él, y cómo se querían huir. Y que en pudiéndose escabullir de Gonzalo Pizarro, se vendría a servir a Su Majestad y al Señor Virrey, como el factor se lo había enviado a mandar por sus cartas, y que sobre todo le cobrase un salvoconducto para venirse al Rey.

Con todo esto el Virrey se estimó incrédulo, que no quiso creer lo que el factor había leído, y mandó traer el abecedario de las cifras para ver si era así, el cual traído, los Oidores Diego Vázquez de Cepeda y Juan Álvarez vieron que en todo era verdad, y así lo dijeron al Virrey, el cual hizo demostración que se holgaba de ello.

Vuelto el Virrey al factor le dijo: "De buena os me habéis escapado; yo tuve creído que era otra cosa"; y con esto se despartió la plática; mas después el licenciado Carvajal se huyó del campo del tirano, como atrás queda dicho, sin saber de la prisión del Virrey ni de la muerte de su hermano, que mientras venía caminando para la ciudad de Los Reyes sucedieron estos males.

También escribió en este comedio Hernando Bachicao, capitán rebelde, al Virrey, una carta con muchas necedades y malas razones, y en el sobrescrito decía de esta manera: "Al Ilustrísimo señor Juan Blas, Virrey que quiere ser de estos reinos del Perú"; con la cual se enojó grandemente, y con quien se la envió.

El Virrey, para valerse de alguna artimaña o estrategia con la carta, borró la parte donde decía "que quiere ser" y procedió a mostrarla a todos sus capitanes y caballeros principales. Les dirigía estas palabras, a veces con risa y otras con seriedad:

"Sabed que los capitanes y algunos hombres de bien del ejército del tirano quieren volver a la obediencia de Su Majestad, como leales vasallos. Me han escrito esta carta para informarme de que están dispuestos a pasarse a nuestro bando, y que solo esperan que estemos cerca de esta ciudad para hacerlo efectivamente. Me alegra mucho esta noticia. ¡Y fijaos si me tienen por Virrey, pues me escriben con ese título los capitanes y caballeros que vienen con él!"

Aunque ellos sabían cuál era el engaño, disimulaban y le decían que le creían y que la noticia era excelente. Sin embargo, por otra parte, algunos malintencionados se burlaban de él. De hecho, a partir de ese momento, lo llamaron y continuaron llamándolo a cada instante "Juan Blas, comendador", ya que él lo era de la orden y caballería del Señor Santiago. Al final, los malintencionados, al hacer este escarnio, en realidad se lo hacían a Su Majestad.

CAPÍTULO TREINTA Y UNO

DE CÓMO CIERTOS HOMBRES SE HUYERON DE LA CIUDAD DE LOS REYES Y SE FUERON AL EJÉRCITO DE GONZALO PIZARRO, A CUYA CAUSA EL VIRREY MATÓ A PUÑALADAS A GUILLÉN JUÁREZ DE CARVAJAL, FACTOR DE SU MAJESTAD.

Estaba en la ciudad de Lima un vecino llamado Pedro Martín de Sicilia, natural de Don Benito, el cual en lo exterior se mostraba ser gran servidor de Su Majestad y del Virrey; en lo secreto le era mortal enemigo cuanto él podía, y por otra parte era gran servidor de Gonzalo Pizarro, como se vio por lo que adelante hicieron él y otros mal intencionados que fueron causa de la muerte del factor Guillén Juárez de Carvajal.

Pues este Pedro Martín de Sicilia, todas las veces que podía enviaba siempre muchos avisos al tirano de lo que por acá el Virrey hacía o decía, y por no ver estas cosas determinó de irse para él, al cual le nombraban, de secreto, los mal intencionados, padre de la patria y defensor y libertador de toda la tierra.

Un día antes que Pedro Martín de Sicilia se huyese con los demás, hubo reseña general, y toda la gente soldadesca se vino a poner a la plaza, debajo de los corredores de palacio donde el Virrey la estaba mirando, y los de a caballo escaramuzaron un buen rato con la infantería y arcabucería que los soldados estaban puestos en escuadrón. Como Pedro Martín de Sicilia era de a caballo, arremetía muchas veces al escuadrón y a grandes voces decía, amagando con la lanza a los soldados: "De esta manera tengo de alancear a los bellacos que no quisieren servir a Su Majestad," y esto hacía hasta que se acababa la escaramuza y se iban a sus casas.

Lunes era cuando Pedro Martín de Sicilia amaneció huido y todos los que posaban en su casa, que estaba fuera de la cerca que tenemos ya referido, y los que se fueron son los siguientes: Don Baltasar de Castilla, hijo del Conde de la Gomera; Gaspar Mexía, natural de Mérida; Diego de Carvajal, el galán, de Plasencia; Juan de Rojas, de Antequera; Gerónimo de Carvajal; Diego Juárez de Carvajal; Francisco Juárez de Escobedo; todos tres sobrinos del Factor; y Perucho de Aguilar o Aguirre, vizcaíno, con otros hombres que de ellos posaban en casa del Factor, que serían hasta treinta.

Desque el Virrey supo esta fuga, de puro coraje y enojo quería reventar, mayormente cuando entendió que los más eran de casa del Factor, y los tres sobrinos suyos, que los tenía por muy sospechosos, y los otros habían sido de casa de Pedro Martín de Sicilia, a quien también tenía por sospechoso; y muchos de estos huidos vivían fuera de la cerca, como queda dicho.

No había hombre tan osado en esta hora que se atreviese a ponerse delante del Virrey, que no hacía otra cosa sino bravear de puro coraje, porque ya no sabía de quién fiarse, ni menos se atrevía a enviar a nadie tras ellos, acordándose de lo que a su hermano le había sucedido; y se supo la ida de estos hombres en esta manera.

Como el Virrey se velase siempre en palacio, mandaba velar también la ciudad desde el principio que se alzó Gonzalo Pizarro, y los que habían velado la prima, habiendo ya rendido su cuarto, fueron a llamar a los que habían de velar la modorra, y no los hallaron, que los unos posaban en casa del Factor, y los otros en casa de Pedro Martín de Sicilia. Cuando los veladores entraron en la posada de Pedro Martín de Sicilia, la hallaron toda despoblada, y la caballeriza sin caballos, y sin detenerse, adivinando lo que podía ser, lo fueron prestamente a decir al Virrey, cómo hombres de casa del Factor y de Pedro Martín de Sicilia eran idos al campo de Gonzalo Pizarro.

Bien puede el lector considerar el gran enojo y pesar que de esto recibiría el Virrey, porque sin duda fue muy grande, como arriba queda dicho, y luego mandó a uno de los de la guarda que fuese a la iglesia mayor y tocase bravamente al arma con la campana que para el tal caso estaba ya señalada, y mandó soltar algunos arcabuces a los veladores.

Tocada al arma, luego acudieron todos los capitanes y soldados que posaban dentro de las cercas y fuera de ellas, los cuales se pusieron delante de las puertas de palacio, sin saber muchos de ellos lo que era, y a qué fin se tocaba al arma, mas de que entre los soldados había grandes sospechas y muchas adivinanzas, que unos decían una cosa y otros decían otra.

En cuanto el Virrey supo que toda la caballería e infantería estaban a las puertas, bajó de inmediato. Iba armado de pies a cabeza y montado en un buen caballo que le habían traído al pie de la escalera. Salió a inspeccionar a la gente que se había reunido. Como la noche era muy oscura, preguntó a ciegas si el Factor se encontraba allí. Al no obtener respuesta, le informaron que no había llegado. Este hecho lo disgustó profundamente, por lo que ordenó de inmediato al Maestro de Campo, Diego de Urbina, que fuera a buscarlo. Mientras tanto, el Virrey permaneció un rato hablando con los capitanes, lamentándose de los que habían desertado, y después subió de nuevo.

Al volver a subir, fue seguido por los capitanes Juan Velásquez Vela Núñez, Pablo de Meneses, Diego Álvarez Cueto, Gerónimo de la Serna, Martín de Robles, Pedro de Castro, Alonso Pérez de Esquivel, Nicolás de Heredia y Alonso de Cáceres, junto con otros caballeros.

Una vez en su aposento, comenzó a quejarse airadamente del Factor Guillén Juárez de Carvajal, diciendo que era completamente opuesto a él en todo lo que concernía al servicio de Su Majestad, y que era un traidor. Prueba de ello era que había enviado a sus tres sobrinos, los Carvajales, al tirano Gonzalo Pizarro con avisos y otros despachos sobre lo que él estaba haciendo en la zona. No solo eso, también se lamentó de muchos hombres que siempre le habían sido adversos y contrarios, en quienes no había ninguna fidelidad, sino que estaban llenos de maldad y traición. A muchos de ellos los había encontrado con opiniones e intenciones muy diversas, y ya no sabía con quién hablar o compartir sus asuntos ni los de Su Majestad.

Todas estas cosas y otras muchas dijo con mucha pasión y enojo, y a todas ellas no hubo ninguno que le quisiese responder porque no les aconteciese alguna desgracia como le había acontecido los días atrás a Antonio Solar, y así callaban todos por no le indignar más y estaban suspensos oyéndole lo que quería decir.

Diego de Urbina, que fue a llamar al Factor (aunque otros dicen que el General Vela Núñez, y otros que fue Juan de Urbina, sobrino de Diego de Urbina, pudo ser que fuese el uno tras el otro, porque se tardaba en venir), los cuales le hallaron que se estaba vistiendo a gran prisa para irse a palacio. Y como le dieron prisa no se calzó los borceguíes que siempre solía traer, como viejo y anciano, sino que tomó unos pantuflos, y así se fue abrochando el sayo por la calle.

Iba preguntando a Diego Urbina ¿para qué lo quería su señoría, pues lo llamaba con tanta prisa? Y él le contó la huida de los tres Carvajales, sus sobrinos, y de Pedro Martín de Sicilia y de los demás hombres que se habían ido a Gonzalo Pizarro, que la mayor parte de ellos eran de su casa. Y de su llamada que no sabía a qué efecto, mas de que el Virrey había salido a las puertas de palacio a caballo, y que había preguntado por él y le fue respondido que no estaba allí, por lo cual lo envió a llamar con gran prisa; mas que no sabía para qué.

Todo aquello le pesó enormemente al Factor, en especial la repentina huida de sus tres sobrinos. Él juraba y perjuraba que no lo sabía ni se había dado cuenta, a pesar de que se alojaban en su casa. En ese momento llegaron al escuadrón, donde les comunicaron la orden del Virrey de que subieran a su encuentro.

Como el Factor subió sin temor ni precaución, se presentó ante el Virrey con el sombrero en la mano. El Virrey, con la gran cólera que sentía, le dijo: "¡En mala hora venís, traidor!". El Factor respondió, visiblemente alterado: "No sé por qué me dice eso, Señor. Soy tan buen servidor de Su Majestad como vuestra señoría." El Virrey, furioso, replicó: "¿Qué bajeza y traición es esta que habéis urdido y tramado contra el servicio de Su Majestad, enviando a vuestros sobrinos con tantos desleales al traidor de Gonzalo Pizarro?" El Factor respondió: "¡Dios nunca quiera ni permita que yo sea traidor a mi Rey y Señor natural, pues soy un vasallo tan bueno y un leal criado como vuestra señoría! En lo que respecta a los Carvajales, yo no los envié; ellos y los demás malintencionados se habrán ido al tirano."

El Virrey volvió a replicar: "¡Oh, traidor, traidor! ¡Sí, sé muy bien que vos los enviasteis al tirano con información, pues en todo me sois contrario! Por esta razón, usted y el traidor de Antonio Solar escribieron hace días aquellas palabras tan infames y desvergonzadas en el tambo de la Barranca. Además, en días pasados se negó a prestarnos su mula de paso para que el padre Loaysa fuera al campamento de los traidores, a pesar de que sabía que iba en servicio de Su Majestad a entregar ciertos despachos míos. ¡Y más aún! Delante de mí justificasteis hace poco a vuestro hermano, el traidor que viene contra mí con ese Gonzalo Pizarro. Y aun por estas cosas y otras muchas —en especial por lo que vuestro hermano, el obispo de Lugo, hizo en España en deservicio de Su Majestad, por lo que lo echaron del Consejo Real—, ustedes andan urdiendo estas traiciones, pensando vengarse del Rey."

A esto, el Factor, con cólera, dijo: "¡No me maltrate más, Vuestra Señoría! No soy traidor, ni mis hermanos lo son, ni hubo traidores en todo mi linaje, sino solo leales y grandes servidores del Rey nuestro Señor."

Cuando el Factor intentó continuar con su defensa, el Virrey no lo permitió. Al contrario, se abalanzó sobre él con la daga en la mano, ¡qué ceguera! Le asestó rápidamente dos puñaladas en el hueco del hombro izquierdo, heridas por las que el Factor cayó inmediatamente al suelo derramando mucha sangre. Acto seguido, el Factor comenzó a gritar pidiendo ayuda a Dios nuestro Señor y a Santa María su madre, y suplicando confesión y misericordia una y otra vez, pero nadie le escuchó.

Apenas había caído el Factor, el Virrey ordenó a su hermano, Vela Núñez, que lo rematara. El General se negó a hacerlo, diciendo que no se atrevía, pues Su Majestad lo consideraría un deservicio. Argumentó que ellos no habían venido de España a matar a los servidores del Rey, sino a mantenerlos en paz y tranquilidad.

El Virrey se sintió muy ofendido por la negativa y se giró furioso hacia los que le acompañaban, ordenándoles a gritos: "¡Matadlo, caballeros, matadlo! ¡Es un traidor y enemigo de Su Majestad que se ha aliado con el traidor de Gonzalo Pizarro!". Pero ellos tampoco quisieron hacerlo.

Visto por el Virrey que ninguno se atrevía, ni quería poner manos en el Factor, mandó a su paje Juan de Urbina y a los alabarderos, con amenazas de que los haría ahorcar sino lo acababan ellos de matar, y que no tuviesen miedo de ninguno, pues estaba él delante y lo mandaba. Juan de Urbina y los alabarderos, creyendo que el Virrey, con la furia que tenía, los haría matar si no hacían lo que les mandaba, le obedecieron más de miedo que de voluntad, y así Juan de Urbina con una espada, y los alabarderos con las alabardas, le comenzaron a herir estando el Factor caído en un rincón de la cámara, pidiendo a Dios del cielo misericordia y perdón de sus pecados.

Parte de los caballeros que allí estaban dieron voces a los alabarderos y al paje, que no hiciesen tan gran crueldad, ni tocasen al Factor; no aprovechó nada, porque el Virrey los amenazaba mucho para que lo acabasen de matar. Otros, como vieron caído al Factor y que el Virrey mandaba a los alabarderos que lo acabasen de matar, se pusieron delante de él de rodillas suplicándole humildemente perdonase al Factor, por amor de Dios y de Nuestra Señora; y como él estaba en aquel punto ciego y sordo y distraído de la razón, y con el enojo y pasión que tenía, no oyó cosa alguna de lo que le decían.

Otros hubo que con la gran lástima que tuvieron del Factor echaron sus capas y manteos de grana encima de él, por defenderle de las heridas que los alabarderos le daban; mas ¿qué aprovecha, que las estocadas y alabardazos pasaban de parte a parte?

De esta manera fue muerto el malaventurado Factor Guillén Juárez de Carvajal (la muerte del Factor fue, domingo, 14 de diciembre de 1544 años), en aquel rincón, en donde estuvo su sangre apegada en la pared mucho tiempo, dando testimonio de su repentina caída y acelerada muerte.

Y después de hechas estas cosas mandó el Virrey a los alabarderos que el cuerpo del difunto lo echasen por los corredores abajo hacia la plaza, donde estaba el escuadrón puesto, para que allá lo hiciesen pedazos. Y llamando a dos negros que eran del Virrey lo sacaron arrastrando por los pies, y lo llevaron en brazos los dos negros hasta abajo hasta el patio, y lo metieron en una cámara de un alabardero, sin que el Virrey lo supiese.

Pedro de Castro, teniente de Alguacil Mayor por Diego Álvarez Cueto, Alguacil Mayor de los reinos del Perú por Su Majestad, teniendo lástima del Factor le puso una imagen de Nuestra Señora, encima, y una candela de cera a la cabecera, sin le amortajar, sino fue con la capa que llevaba puesta, que era larga, y dieron a entender al Virrey que lo habían echado por los corredores abajo.

Ya que quería amanecer le sacaron de palacio cuatro negros en una tabla y lo llevaron a la iglesia mayor, y como las puertas estaban cerradas lo enterraron así vestido como estaba, en el cementerio, junto a la puerta mayor, con doce heridas de muerte, que las dos que el Virrey le había dado bastaban para acabarle la vida.

Este fue el fin y acabamiento del Factor, el cual fue un hombre el más cabal que había entonces en la tierra, y valeroso en ella, y tenido en gran reputación y por padre de la patria, que su casa era hospital de los pobres; sería de edad de sesenta y cinco años, poco más o menos, cuando lo mataron.

Dijeron después algunas gentes que la causa por que el Virrey mató al Factor fue cuando le oyó decir que en todo su linaje no hubo ningún traidor, y que por esto se afrentó mucho de ello, y a lo que se dijo venía de aquellos Velas que mataron a Don García, Infante de Castilla, en León, que fue hijo de Don Sancho el Mayor y de Doña Elvira, que fueron reyes de Aragón y de Navarra; si era de aquel linaje, o no, Dios lo sabe.

CAPÍTULO TREINTA Y DOS

DE LO QUE EL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA HIZO DESPUÉS DE LA MUERTE DEL FACTOR GUILLÉN JUÁREZ DE CARVAJAL, Y DE DIVERSAS COSAS QUE LOS VECINOS Y MORADORES DE TODA LA TIERRA DIJERON DE ESTA REPENTINA MUERTE.

Después que el Virrey hubo muerto al Factor Guillén Juárez de Carvajal, como queda dicho, se fue abajo a las puertas de palacio, tres horas después de medianoche, y despidió a toda la caballería y la infantería que allí estaban aguardando a ver lo que les mandarían sus capitanes.

Excepto que mandó a los capitanes Juan Velásquez Vela Núñez, Don Alonso de Montemayor, Diego Álvarez Cueto y a Gerónimo de la Serna, que no se fuesen, porque los había menester, y así lo hicieron ellos no sabiendo lo que les mandarían o para qué los querían. Cuando los soldados entendieron que el Virrey mandaba quedar a estos capitanes, sospecharon algunas cosas de controversia para ellos, y por esto se quedaron muchos de ellos a ver en lo que paraba la quedada, y en el intermedio se fueron al segundo patio del palacio, en donde hicieron grandísimo fuego para calentarse, porque aquella noche hizo mucho frío, que lo causó más de miedo que vergüenza.

De manera que unos se fueron a sus casas a dormir lo que les quedaba de la noche; otros, como queda dicho, se quedaron en palacio, sin los que mandó quedar, que algunos de ellos estaban recelosos de sus vidas, y allí se dijo públicamente de cómo el Virrey quería aquella noche cortar las cabezas a los capitanes Diego de Urbina, Martín de Robles y al Tesorero Alonso Riquelme, porque dijeron y hubo fama que estos le maleaban y que escribían al tirano.

Salió vana esta nueva, porque aquella misma hora y punto estuvo el Tesorero Alonso Riquelme, que era muy viejo, gordo y gotoso, que siempre le traían en una silla, en el primer patio, con una pica en las manos, y de allí no se mudó ni se fue hasta el día, aguardando lo que su señoría le mandaba. Bien supo el Virrey que el Tesorero estaba en el patio con muchos caballeros, que si lo quisiera matar lo hiciera luego, antes que se le enfriara el encendido enojo y furia que tenía; antes le envió a mandar se fuese a su casa a reposar, y él lo hizo así. Pues Diego de Urbina y Martín de Robles nunca se apartaron de la presencia del Virrey en toda la noche, porque si los quisiera matar bien los había visto, y estuvieron muy cerca de él; así que la nueva fue falsa y hechiza, y no se supo después por quién.

Una hora antes del amanecer, el Virrey mandó comparecer ante él a los capitanes Don Alonso de Montemayor y a Gerónimo de la Serna, y les ordenó que cada uno escogiera veinticinco hombres de sus compañías, que fueran de su absoluta confianza, para enviarlos a perseguir a Pedro Martín de Sicilia, a los Carvajales y a todos los demás fugitivos. Los dos capitanes cumplieron la orden de inmediato. Una vez reunidos los soldados escogidos, se presentaron ante el Virrey, quien los puso bajo el mando del capitán Don Alonso de Montemayor. Este debía cabalgar día y noche a toda prisa hasta alcanzar a los huidos, incluso si eso significaba llegar al campamento del tirano, y traerlos vivos ante él, o al menos las cabezas de los más importantes. El resultado de esta persecución lo contaremos más adelante.

La muerte tan inesperada y acelerada del Factor, que era un hombre tan principal en la región, causó un enorme escándalo y gran consternación entre los vecinos y habitantes, tanto entre capitanes y soldados como entre las mujeres de la ciudad. En general, la noticia fue recibida con gran tristeza, pesar y lástima.

Otros decían: "Ciertamente, este hombre no merece el Virreinato que ostenta, pues se muestra tan cruel y soberbio con todos bajo el cargo que tiene, que ya no hay quien pueda soportar tanta insolencia y tiranía, al haberse convertido en un asesino." Todos los malintencionados y los que poco sabían decían, y cada uno en particular, que el Virrey había cometido una gran crueldad al asesinar tan despiadadamente al Factor de Su Majestad, quien había sido padre de todos los pobres, amigo de sus amigos, protector de toda la tierra y un gran benefactor de los más necesitados.

"De verdad que si este hombre no cambia de actitud y persiste en sus crueldades, esta ciudad se despoblará por completo, y los vecinos de todas las ciudades, villas y lugares se perderán, quedando los indígenas en sus ritos y ceremonias diabólicas, como antes solían estar."

Otros decían, en tono de burla: "Fijaos bien, si no fuera por el Factor, Blasco Núñez Vela nunca habría sido recibido ni admitido como Virrey de toda la región. Y mirad qué pago le ha dado: ¡un mal galardón tras un buen servicio!"

De este modo, como eran muchos los descontentos, repetían estas u otras palabras injuriosas en cada corrillo. Así fue como todos comenzaron a aborrecerlo de tal manera que, chicos y grandes, hombres y mujeres que le querían mal, como ya se ha dicho, le deseaban la muerte y decían en público y en secreto, a modo de lamento y con gran anhelo: "¡Oh, Gonzalo Pizarro, padre de la patria y libertador de toda la tierra! ¿Qué hacéis? ¿Dónde estáis? ¿Por qué no os dais prisa en avanzar para defendernos de la gran crueldad y soberbia de este hombre diabólico? Si estuvierais cerca, pasaríamos inmediatamente a vuestro ejército para serviros, en agradecimiento por la gran merced que venís a hacernos."

Los chilenos (también llamados almagristas) que estaban presentes en la ciudad, al ver y considerar estas cosas y el temor de muchos malintencionados (que eran más numerosos) de que todos se pasaran al tirano y ellos resultaran perdedores, no perdieron el ánimo por ello. Como hombres valerosos, le decían al Virrey que no le importara lo que había hecho al matar al Factor ni por los que habían huido; que, si era necesario, ellos pondrían sus vidas, personas y haciendas a su servicio. Además, tenían la esperanza en Dios de que les daría la victoria, y que los tiranos serían los perdedores, cayendo en deshonra y perdiendo sus vidas, haciendas y todo cuanto poseían.

Por estas cosas y por otras muchas que se dijeron, y como había dentro en la ciudad aquellas dos tan diabólicas parcialidades y bandos de almagristas y pizarristas, adivinaron los muchos males y grandes insultos que habían de venir sobre ella, y en toda la tierra, como después vinieron.

Y por esto se introdujo en muchos un recelo, miedo y espanto, que era cosa extraña de ver de la manera que todos andaban, porque muchos vecinos y moradores, capitanes y soldados, andaban ciscados de miedo y sospechosos de algún mal, y por eso se quitaban de la presencia del Virrey, y no iban ya a palacio tan a menudo como lo solían hacer, por no le ver.

Muchos de estos hombres que la conciencia les acusaba, se ausentaban de sus casas, de noche y aun de día, y se iban fuera de ellas a dormir a otras partes, creyendo que el Virrey los enviaría a llamar para matarlos. Y esto adelante lo diremos, cuando mandó el Virrey a los alabarderos de su guarda que haciéndoles ciertas señales con los dedos matasen al Maestro de Campo Diego de Urbina y al capitán Martín de Robles.

Los amigos del Factor se salieron de la ciudad al campo a llorar y plañir su muerte tan desdichada, y muchos de ellos se fueron secretamente al tirano por caminos de pocos sabidos, que sin duda fue muy querido y amado de los pizarristas en este comedio que duraba este gran terror, que era cosa extraña lo que les pesaba de lo hecho.

De manera que temores, recelos y grandes sospechas no faltaban en esta hora en toda la ciudad, porque todos andaban muy atemorizados; que no hallaban otro remedio para tolerar sus recelos sino era ausentarse del Virrey porque no tuviese tanta cuenta ni memoria de ellos, porque con su olvido escapasen de peligro, que cierto le tenían mucho miedo, principalmente los pizarristas.

CAPÍTULO TREINTA Y TRES

EN QUE SE CUENTA DE UNA PLÁTICA REPREHENSORIA QUE HIZO EL GENERAL JUAN VELÁSQUEZ VELA NÚÑEZ AL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA, SU HERMANO, POR LA MUERTE DEL FACTOR GUILLÉN JUÁREZ DE CARVAJAL, Y DE LA RESPUESTA QUE DIO.

El Virrey comenzó a preocuparse profundamente por la muerte que le había dado al Factor Guillén Juárez de Carvajal, y por ello dijo muchas veces a los cuatro Oidores, a sus capitanes y a ciertos caballeros que iban a verlo (aunque eran muy pocos) que la muerte del Factor sería su ruina total y la causa del final prematuro de sus días, y que no sabía qué medida tomar ante un caso tan peligroso.

Como un hombre aturdido que despierta de un profundo sueño, decía que le parecía estar ya sitiado por todas partes, presagiando que vendrían grandes males y daños a toda la región, que serían causados por los parientes y amigos del Factor, muy influyentes y valerosos en la zona, en venganza por su muerte.

Sin embargo, cambiando de parecer, afirmaba que no le importaba nada de lo que se decía sobre él entre los capitanes, soldados y vecinos que se quejaban por la muerte del Factor. Aseguraba que si lo había matado, él se lo había merecido por muchas causas y razones que existían, tal como se demostraría ampliamente en la información (sumario) que ya tenía preparada contra él desde hacía tiempo.

Al General Vela Núñez le molestaba enormemente que su hermano presentara quejas tan graves contra los capitanes, sin excepción. Por otra parte, sentía en el alma el profundo pesar que debía sentir por las muchas cosas que los vecinos decían contra el Virrey. Todos hablaban con atrevimiento, osadía y libertad, profiriéndole mil injurias que él mismo escuchaba, sin que hubiera posibilidad de reprenderlos, y mucho menos de castigarlos.

Debido a estas y otras muchas cosas que Vela Núñez oía decir por todas partes, decidió hablar con su hermano sobre la situación. De entre todos los habitantes de la ciudad, no se encontraba a nadie lo suficientemente osado para hacerlo, dado lo áspero y enojado que el Virrey se mostraba con todos. Así, él asumió la responsabilidad de hablarle.

Un día por la mañana, el Virrey convocó a todos los capitanes, a los tres oficiales de Su Majestad y a otros ciudadanos para determinar ciertas cuestiones muy necesarias para el servicio del Rey y relativas a la guerra que tenían en curso contra los tiranos.

Venidos todos y entrados en consulta, después que se hubieron platicado muchas y diversas cosas, y habiéndose resumido en algunas de ellas para ponerlas por la obra, ya que no había más que tratar comenzaron todos de callar. Como todos estuviesen suspensos aguardando que el Virrey les diese licencia para irse, y al cabo la dio, y se fueron todos a sus casas, excepto Diego de Urbina y Diego Álvarez Cueto y el General Juan Velásquez Vela Núñez, que les mandó quedar, a los cuales se tornó a quejar de las cosas que se trataban de él, y de la muerte del Factor, y de aquí tomó ocasión el General de hablarle, y levantándose en pie, con el sombrero en la mano, le dijo:

"Mucho quisiera, Ilustrísimo Señor, que vuestra señoría me quitara de un trabajo que siento en mi pecho, y preguntara a sí mismo lo que ahora quiero decir, porque a mí me sacara de vergüenza y recelo en decirlo, y a vuestra señoría se le quitara el enojo y pesar que de ello podría recibir. Mas con todo esto, diré lo que de ello siento, no como quien reprende, que no es mi intención tal, sino como hombre que desea más su servicio, y a quien más en extremo pesa; y así diré con aquel acatamiento que debo lo que muchos servidores de vuestra señoría han dejado de decir con recelo.

"No sé qué arrebatada ira y enojo fue aquel que no dio lugar a que con maduro consejo se mirara para haber de castigar y matar al Factor, siendo en esta tierra tan valeroso y tan emparentado, y siendo tan querido y amado de todos los habitantes en esta ciudad, al cual llamaban padre de la patria y refugio de los pobres. Puesto caso que esta pena él la mereciera, como la merecía, mejor fuera el sufrimiento que la venganza de tan acelerada muerte, porque aguardando tiempo se hiciera mucho mejor de lo que se ha hecho, porque en ello, según me parece, no se ha ganado nada, antes se ha perdido mucho.

"¿Cuál ponzoña, o cuál accidente fue aquel, tan grande, que cegó a vuestra señoría, que no le dejó ver lo que hacía? sino que con sus propias manos, como verdugo, haya muerto al Factor, el cual siempre se mostró en todo por verdadero criado y vasallo de Su Majestad, y gran servidor de vuestra señoría, según fama y voz de todos. Pues que esto se ha hecho sin consideración ni consejo, y vuestra señoría ha determinado que todos nos perdamos, bien será que se abroquele con ánimo de varón constante a todo el mal y daño que le pudiere venir de aquí adelante, porque descubriendo el secreto de lo que pasa y de lo que se dice en esta ciudad entre muchos vecinos y moradores de ella y entre ciertos soldados mal mirados, es lo que brevemente podré decir.

"Sabrá vuestra señoría que dicen los mal intencionados de esta ciudad, pues que vuestra señoría mata a los hombres con crueldad, que tienen ellos determinado de no servirle, sino dejarlo y desampararlo al mejor tiempo cuando esté enfrente del enemigo, e irse a parte donde gentes no los vean, para asegurar allí sus personas y vidas, pues acá los maltratan. ¿No tuviera vuestra señoría atención que los enemigos tenemos cerca, que ya están dando aldabadas a nuestras puertas, amenazándonos con la batalla? ¿No se reportara un poco en las cosas que dice que ha de hacer después de la batalla, que no sabemos a qué parte dependerá la victoria, porque veo con tales ojos a los soldados que ninguno de ellos querrá servir a Su Majestad como son obligados, por las grandes amenazas y temores que siempre pone en ellos?

"Una cosa he visto y notado: que muchos hombres que había en este Real ejército se han ido a servir al tirano, y parece, si no me engaño, que de aquí adelante se irán más, porque los veo atemorizados del temor y recelo que en ellos se ha introducido, que en viendo atravesar a vuestra señoría por alguna calle se esconden y se meten por las casas que hallan abiertas. No veo otra peor señal para alcanzar la victoria contra el enemigo, que es esta, en que de cada día se van muchos soldados al campo del tirano, y ninguno de cuantos vienen con el enemigo no he visto venir algunos de ellos a servir a Su Majestad, ni a vuestra señoría, sino fueron los pocos que el otro día vinieron del Cusco.

"¡Oh señor! ¿Qué ha hecho? ¿Por qué mató al Factor?; esto me duele, y de esto me pesa, porque tengo entendido que me ha de caber y tocar mucha parte de los peligros que ya vienen sobre nosotros, por ser hermano de vuestra señoría, y así todos los que deseamos el servicio de vuestra señoría nos parece que viene a esta miserable ciudad grandísimo fuego y grandes calamidades y muchos trabajos."

Por ninguna vía hallamos agua que mate esta pequeña centella que vuestra señoría comenzó a encender, sino que por ello aguardamos todos el mal que nos ha de acarrear, y parece que Dios nuestro Señor lo quiere así para que vuestra señoría fuese enviado de Su Majestad a esta tierra para que en ella purgásemos nuestros pecados, y paguemos con las vidas por lo que contra su divina majestad hemos cometido.

"Mas, con todo, vuestra señoría tenga gran ánimo, y sobre todo mucha paciencia, y gran esperanza en Dios que le librará de todas estas cosas y de otras muchas que sobrevinieren, y encomiéndese de todo corazón, y tras esto mude sus costumbres, enojos, rencores, pasiones, bravosidad y aspereza, en piedad, mansedumbre y amor para con todos. Y haciendo esto, sé de cierta ciencia que todos aquellos que están atemorizados perderán el mal talante y querella que contra vuestra señoría tienen, y entonces pondrán sus haciendas y vidas al tablero por seguir y servir a vuestra señoría.

"Y si no quisiere mudar costumbre y condición, yo adivino que han de venir sobre vuestra señoría y sobre nosotros los que seguimos vuestro servicio, gran tempestad de males y daños, y paréceme que se me traslucen, y que ya nos persiguen desde ahora cruelmente los amigos y parientes del Factor, con asechanzas y traiciones y maldades. Asimismo tengo lástima y gran compasión de esta miserable tierra y de los vecinos y naturales de ella, que me parece que lo veo todo abrasado y perdido con las contenciones y revueltas que en ella se habrán de levantar entre los dos bandos que hay de almagristas y pizarristas, en donde se vengarán de los odios que se tienen los unos y los otros desde el principio que se conquistaron estas provincias.

"Por tanto a vuestra señoría torno a suplicar, cuanto yo puedo y con aquel amor y acatamiento que debo, que mude costumbre y condición y llame a todos los vecinos y moradores de esta ciudad con amor y benevolencia, y deje ya de amenazar a los soldados y vagamundos, y en lugar de esto les haga muchas mercedes y otras buenas obras. Y sobre todo les otorgue de veras la suplicación por ellos interpuesta acerca de las ordenanzas y nuevas leyes, y de esta manera vendrán todos a servir a vuestra señoría de muy buena gana y con pronta y aparejada voluntad, sin recelo que en ello teman, y ninguno habrá que se quiera después irse al enemigo, antes los que allá están se vendrán acá, como de allá lo tienen escrito. Y con todo esto que he dicho suplico a vuestra señoría humildemente sea yo perdonado, que a ello no me ha movido pasión alguna, sino por la salud de vuestra señoría, que Dios nuestro Señor la guarde y conserve muchos años como vuestra señoría lo desea y nosotros sus servidores se la deseamos, para que con ella todas las cosas vayan de bien en mejor."

Dichas estas palabras por el General, el Virrey con mansedumbre respondió, diciendo: "Bien tengo entendido que todo lo que me habéis dicho no ha sido con ánimo de mala voluntad, ni de quererme mal, sino de grande amor y celo que tenéis a todas mis cosas, como buen hermano. Y en lo que toca a la muerte del Factor, a mí me pesa de ello mucho, mas, en fin, si yo lo maté, mátelo con gran razón, porque me dijeron y me informaron antes de ahora que trataba grandes asechanzas contra mi persona y vida, y después acá haber él mismo enviado a sus tres sobrinos al tirano con avisos de lo que por acá hacemos. Además de esto, él andaba siempre contra las cosas de Su Majestad, y en ninguna cosa me era favorable, y a la continua rechazaba mis dichos y aniquilaba mis hechos: y días ha que lo hubiera mandado castigar por justicia, muy rigurosamente, sino tuviera respeto a que era criado de Su Majestad, y por esto lo he dejado de hacer, y por otros respetos que me callo. Mas dejado esto aparte, dadme remedio de lo que tengo de hacer de aquí adelante, que todo lo al será aire, con el ayuda de Dios."

Esto es lo que dijo el Virrey en pocas palabras, y después, oí decir de personas de su recámara, que habiendo muerto el Factor, de ahí a pocas horas, habiéndosele quitado el enojo y la ira que tenía, y habiéndole señoreado la razón, le pesó en gran manera de ello, y dicen que le lloró muy de veras, y que así lo hizo también cuando su hermano le habló, y le dijo después que cada noche le veía sobre sí con la imaginación, de que le daba gran pesadumbre.

De esta tan inconsiderada muerte que dio el Virrey al Factor, vino a ser que el mismo a sí mismo se hizo mal y daño, porque andando el tiempo vino a ser descabezado en la batalla de Iñaquito por el licenciado Benito Juárez de Carvajal, hermano del Factor, como adelante diremos.

No solamente se le acarreó al Virrey para sí el mal que le vino, mas aun redundó también en su hermano Juan Velásquez Vela Núñez, y en su sobrino y parientes y amigos que tenía en la tierra, y en el Oidor Juan Álvarez, con otros muchos que murieron muertes desastradas. Y también se causaron en toda ella de cabo a cabo muchas muertes, grandes insultos y daños, y excesivos trabajos y escándalos, y diversos motines, males y robos, de donde procedió matarse los unos y los otros con diversos apellidos y nombres.

Si el Virrey no matara al Factor, nunca el licenciado Carvajal le cortara la cabeza, antes anduviera en su servicio, que con este intento vino a la ciudad de Lima; ni tampoco los parientes y amigos del Factor se mostraran tan crueles enemigos del Virrey, ni de sus parientes, porque fueron perseguidos de ellos hasta la muerte, por asechanzas y por otras muchas vías y modos diversos.

Por todo lo cual están hasta el día de hoy muy frescas las lástimas y llagas en estos hombres, del mal que los unos a los otros y entre sí mismos se hicieron y se cometieron, porque todos ellos eran muy valerosos, y asaz muy ricos, que tenían que dar; mas dejado todo aparte, diremos la orden que en este comedio daba el Virrey para irse de la ciudad de Los Reyes.

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

DE CÓMO EL VIRREY, RECELÁNDOSE DE LOS ENEMIGOS OCULTOS QUE TENÍA EN LA CIUDAD Y DE LOS QUE VENÍAN DE FUERA, ORDENÓ IRSE CON LA AUDIENCIA Y CONTADURÍA DE SU MAJESTAD A LA ISLA DE LA PUNA, DESPOBLANDO LA CIUDAD.

Sabiendo el Virrey que casi la mayor parte de los ciudadanos y de sus capitanes y soldados murmuraban reciamente contra él y contra las cosas que hacía en servicio de Su Majestad, le pesaba en gran manera, por lo cual determinó, con consejo de su hermano y de su cuñado y de otros que le querían bien, de ganar las voluntades de todos aquellos que le eran contrarios.

Por tanto, hizo demostración de ablandar su condición, mostrándose amoroso, blando, benigno y manso para con todos, y así hizo luego algunas cosas agradables a sus émulos y enemigos encubiertos, que hartos había en la ciudad; y todo esto se hacía a fin de que todos le cobrasen amor y perdiesen el mal talante y el rencor muy grande que contra él tenían, para que después le siguiesen de buena voluntad.

Lo primero que hizo fue suspender las ordenanzas y nuevas leyes, por dos años, hasta que otra cosa mandase Su Majestad. Ítem, luego proveyó que todo aquello que él había mandado en desprecio de todas las repúblicas de la tierra, con sus mandamientos y provisiones, que todo lo revocaba para que no se guardasen ni se cumpliesen; y para contentarlos y agradarlos más, dijo que él mismo escribiría a Su Majestad, que como buen Señor luego los desagraviaría.

Como era hombre de muchos acuerdos y pareceres se arrepintió de lo que había hecho en pro y utilidad de los vecinos, y esto lo causó por lo que le dijeron sus mismos consejeros y aduladores, que pretendían su propio interés más que el bien de toda la tierra, ni de los naturales de ella. Y por esto de ahí a ciertos días mudó propósito, y así, estando en acuerdo con los cuatro Oidores y otros letrados, hizo protestación de todo cuanto había hecho y dicho acerca de la suspensión de las ordenanzas, y así lo mandó poner en el libro de acuerdo, delante de los dichos Oidores y de los tres oficiales de Su Majestad y de otros que presentes se hallaron a ello, diciendo que la suspensión hecha y otorgada por él, que no valiese en sí cosa ninguna, porque había sido hecha contra toda su voluntad, por recelo que tuvo de muchos émulos solapados que había en la ciudad y de los enemigos que venían de fuera con el tirano, que todos le querían mal y le andaban por matar; mas que él las ejecutaría en estando pacífica la tierra de los alborotos y levantamientos que al presente había.

No se hubo hecho este protesto, cuando otro día se supo por toda la ciudad, de que procedió que luego los interesados y sus enemigos le tuvieron mayor odio y rencor, que de día en día le iban aborreciendo mucho más, y así le deseaban ver ya salido de los reinos del Perú.

Como él andaba muy receloso y sospechoso, mandó a sus alabarderos y a dos pajes suyos que a la continua andaban con él, que en viniendo ante él su Maestro de Campo Diego de Urbina y el capitán Martín de Robles, que los matasen a puñaladas en haciéndoles ciertas señas con el dedo, porque estos le maleaban, según él había sentido. No faltó quien lo dijo a los dos, y así Martín de Robles vino allí primero, más con miedo que con vergüenza, y como era hombre mañoso y un poco gracioso habló al Virrey con una risa graciosa y con gran humildad y mansedumbre, alzando los hombros hacia la cabeza, y como le cayó en gracia al Virrey perdió el mal talante que contra él tenía concebido.

Por esto y por otros respetos el Virrey no hizo la señal que había de hacer con el dedo a los alabarderos, que le estaban mirando de hito en hito a la cara y a las manos cuando vieron entrar a Martín de Robles, y así no hubo efecto a su muerte, ni a la de Diego de Urbina, que vino allí en aquel punto. Como él no guardaba ningún secreto en su pecho, dijo a estos dos capitanes lo que tenía concertado con sus alabarderos, acerca de sus muertes que les había de dar, y ellos quedaron maravillados de esto y de haber escapado de un peligro tan grande, que aunque lo habían sabido de otro no le habían dado crédito a ello.

Los capitanes y caballeros que allí estaban presentes cuando el Virrey descubrió este secreto, quedaron asaz escandalizados, por lo cual muchos de ellos no se atrevían a estar en sus casas, con recelo que tenían de él, ni menos le iban a ver los que tenían las intenciones malas y conciencias dañadas, sino eran de él llamados, pues tenían recelo que los mandaría matar.

Un día de la semana mandó a los cuatro Oidores y a los oficiales de Su Majestad y a los capitanes y caballeros, que otro día viniesen todos ante él, para tomar resolución y consejo de lo que se había de hacer para lo adelante. Como todos habían de parecer en su presencia, tuvieron creído que quería prender algunos hombres señalados, y así vinieron con más recelo que con voluntad y gana que tuviesen, y casi todos ellos vinieron armados secretamente.

Pues venidos y congregados en consulta, entre otras cosas que allí se habló les dijo que determinada intención y voluntad era irse a Trujillo, que era ciudad muy apacible, y llevar consigo a todos los vecinos y moradores que había en la ciudad, y embarcarlos con sus mujeres en los navíos que en el puerto estaban. Y que para esto había mandado proveer muy bien los navíos de muchos bastimentos, y había nombrado por General de la flota a su cuñado Diego Álvarez Cueto, y por capitanes a Gerónimo de Zurbano y a Melchor Verdugo y a otros que estaban en los navíos, porque él tenía determinado, como dicho tenía, de irse a la ciudad de Trujillo, y más verdaderamente a la isla de la Puna, o de Taboga, con la Real Audiencia y Contaduría de Su Majestad, y no estar donde todos le querían muy mal y en donde todos deseaban ver al tirano su mortal enemigo.

Los cuatro Oidores se lo contradijeron, diciendo que no podían ni debían salir de aquella ciudad, en donde Su Majestad les había mandado formar y asentar la Real Audiencia para que allí residiesen todos juntos administrando justicia, y que no tenían poder ni facultad de Su Majestad para despoblar la ciudad. Y además de esto que no se había de recelar del tirano, ni de sus capitanes y soldados, porque entonces estaban muy lejos, y que no sabían clara y abiertamente que traían tan dañadas las entrañas, cuanto más que su Señoría tenía muy buenos capitanes y caballeros y animosos soldados para echar de toda la tierra a los rebeldes y traidores, y que mejor era darles batalla, si en algo se pusiesen, que no desamparar la ciudad, pues no habían visto por qué.

Esto respondieron los Oidores por dar ánimo a los oficiales de Su Majestad y a los capitanes y caballeros que estaban allí presentes, porque no se fuesen de la ciudad, como se platicaba; y el Virrey dijo que aquel era buen consejo, y así, con disimulación prometió de no irse, sino esperar al tirano para darle batalla si no se quisiese reducir al servicio de Su Majestad.

Y con esto dijo a los Oidores que se fuesen a sus casas a comer, porque era muy tarde, y a los capitanes y a los demás caballeros se quedasen allí, porque quería tratar con ellos lo que convenía a lo de la guerra y batalla que se había de dar al tirano.

Aún no habían bien salido los cuatro Oidores del ayuntamiento, cuando el Virrey comenzó a reiterar en su propósito para irse de la ciudad, y así lo dijo al tesorero Alonso Riquelme y al contador Alonso de Cáceres y al veedor García de Saucedo, que eran oficiales de Su Majestad. Estaban presentes los capitanes Juan Velásquez Vela Núñez, Diego de Urbina, Pablo de Meneses, Martín de Robles, Gerónimo de la Serna, Juan de Saavedra, Francisco Martín de Alcántara, Gerónimo de Aliaga, Pedro de Vergara (que había sido capitán en Italia), Don Antonio de Ribera y Nicolás de Ribera, con otros caballeros del ejército, a los cuales dijo cómo su intención y voluntad, y era por servir en ello a Su Majestad, determinaba despoblar la ciudad para ir a la ciudad de Trujillo, o a la isla de la Puná; y para esto les dio muchas causas y razones que le movían para hacer esto, y les mandó que todos ellos se aprestasen lo más presto que ser pudiese para que se fuesen con él, porque sin duda se había de ir muy presto a embarcar.

Y mandó que cada capitán hablase con los soldados que tenían, para que se embarcasen, y que les diesen allá a entender otra cosa de lo que se había platicado en secreto, porque no entendiesen por alguna vía sus conceptos y designios, porque sin duda, como tenía dicho, se partiría muy en breve.

Él iría por la mar con todas las mujeres y haciendas de todos los vecinos y moradores, y más la Real Audiencia y Contaduría de Su Majestad; y el General Vela Núñez había de ir con todos los capitanes y soldados, con los ciudadanos, por tierra; y esto quería hacer por ciertos respetos que para ello le movían. Y por desbaratar con ciertos ardides de guerra los designios de los tiranos, que venían con gran furia contra él; y que si él llevaba toda la gente y bastimentos que había en la ciudad era porque Gonzalo Pizarro y los suyos no se aprovechasen de ella, ni de otra cosa alguna, y que después de desbaratado el tirano les prometía en fe de caballero hidalgo, de volverse a la ciudad, donde estarían en paz y quietud sirviendo en todo a Su Majestad.

Ninguno de cuantos allí se hallaron con él no se atrevió a contradecirle cosa alguna, antes concedieron todos en lo que él quería hacer; o fue que tuvieron miedo, o que se mostraron entonces por muy grandes servidores de Su Majestad; y así le respondieron que le seguirían hasta la muerte.

Paréceme que si los oficiales de Su Majestad, y algunos de sus capitanes, le contradijeran en algo y le defendieran su partida, como lo habían hecho los cuatro Oidores, que nunca él se determinara de irse de veras de la ciudad, y sus hechos fueran de bien en mejor. Asimismo, si Martín de Robles no le prendiera entonces por mandado de los Oidores que le tenían mortal enemiga, por su pretensión, porque se quería ir fuera de la tierra, y por otras causas y razones, ninguno, por muy valeroso ni osado que fuera, no se atreviera a prenderlo. Porque en viendo al Virrey temblaban todos de él, y así tengo entendido que se diera la batalla en la ciudad, o en campaña rasa, y Dios sabe quién fuera el afortunado y alcanzara la victoria tan deseada de entrambas partes.

Gonzalo Pizarro contaba con mucha gente hábil y valiente, veintidós cañones gruesos de bronce y numerosos arcabuceros. Sus capitanes y soldados estaban muy bien armados, si bien cargaban con intenciones y demandas perversas, pues tenían la conciencia y el alma corrompidas. Por su parte, el Virrey, dejando de lado a los malintencionados, disponía de muy buena gente para enfrentar cualquier peligro, por grave que fuese, aunque tenía pocos arcabuceros.

No obstante, sus hombres eran en su mayoría caballeros hidalgos y honrados, que, una vez formados en batalla, harían su deber (ellos como buenos, y los demás) para no perder sus vidas y haciendas con deshonra. Además, el Virrey tenía de su lado la razón y la justicia, con el Rey de por medio, lo cual valía más que toda la fuerza que traían los tiranos, pues ante el Real nombre de Su Majestad, los enemigos se doblegarían.

Ya que venían ciegos y desviados de la razón, muchos de los principales hombres de Gonzalo Pizarro se sumarían inmediatamente al bando de Su Majestad. A pesar de que se consideró y se debatió todo esto, al final no tuvo ningún resultado.

Una vez que el Virrey llegó a un acuerdo con sus capitanes y caballeros sobre todo lo que se debía hacer y la forma en que debían embarcar a los soldados, y para dar inicio a sus planes, envió esa misma tarde a los hijos de Don Francisco Pizarro, el Marqués de los Atavillos, a los navíos. Dijo que allí estarían más seguros de los almagristas, enemigos mortales de los pizarristas. Los jóvenes eran Don Gonzalo, Don Francisco y Doña Francisca Pizarro, hijos naturales del Marqués y de una indígena del Perú.

Fueron con ellos Don Antonio de Ribera, Doña Inés su esposa, y otra mujer anciana, encargada de cuidar y servir a Doña Francisca, que era una doncella de unos doce años de edad. Este Don Antonio de Ribera, un hombre valeroso en la región, tenía a su cargo la guarda de estos dos muchachos desde hacía tiempo, por orden del Marqués Don Francisco Pizarro antes de que fuera asesinado por Don Diego de Almagro el Mozo y sus aliados.

Para que sus detractores no sospecharan que él mismo planeaba huir, el Virrey hizo creer a muchos ciudadanos que si mandaba embarcar a los muchachos, lo hacía para enviarlos a España, con el fin de que allí sirvieran al Serenísimo Príncipe Don Felipe, nuestro Señor. Añadió que quería darles ese honor, aunque fuesen de baja extracción y linaje oscuro por ser mestizos.

Después de que el Virrey, los oficiales de Su Majestad y los capitanes deliberaron sobre la ruta y la forma en que debían marcharse —unos por mar y otros por tierra—, se retiraron a sus casas, ya que era muy tarde. Iban a prepararse, aderezar lo que llevarían para el viaje y, sobre todo, a ejecutar lo que tanto se les había encomendado: hablar con los soldados, pues con ello servían a Su Majestad.

Tan pronto como los capitanes hubieron comido, convocaron a sus soldados para reunirlos y hablarles sobre la inminente partida. Querían evaluar qué apoyo tenían, y qué voluntad y ánimo mostraban con respecto al servicio de Su Majestad y del Virrey. Si se encontraban conformes con lo que él tanto deseaba, todo se haría muy bien; de lo contrario, le darían aviso para que él tomara o diera una orden distinta que conviniera más a la partida de todos.

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO

DE CÓMO EL CAPITÁN PABLO DE MENESES HABLÓ A SUS SOLDADOS EN NOMBRE DEL VIRREY PARA QUE SE EMBARCASEN EN LOS NAVÍOS QUE ESTABAN EN EL PUERTO, Y DE LA FURIOSA RESPUESTA QUE UN SOLDADO LE DIO EN NOMBRE DE SUS COMPAÑEROS.

Queriendo los capitanes cumplir en todo lo que el Virrey les había mandado, determinaron cada uno en su parte y lugar de hablar a sus soldados declarándoles la intención y voluntad que el Virrey tenía, dándoles a entender allá, en cierta forma y manera, que esta partida tan repentina había de ser muy provechosa y bien honrosa para todos los que fuesen, donde alcanzarían eterna fama y gran reputación de valientes y animosos soldados.

Así que cada capitán mandó tocar su atambor y echar bando para que todos se ajuntasen y se recogiesen a sus banderas y se viniesen a casa de sus capitanes; y con esto se vinieron y se juntaron, no sin grandes adivinanzas, y el primero que habló a sus soldados fue el capitán Pablo de Meneses, que puesto encima del umbral de su puerta en la calle, estando delante de ellos, con la cabeza baja, que parecía tener algún empacho y pesadumbre, les dijo y habló en esta forma y manera:

"Señores y compañeros míos: no tanto por lo que toca a mí, cuanto por la honra que quiero que ganéis en una breve jornada que habéis de hacer mañana, os quiero decir lo que el Virrey me mandó que dijese a todos, y es que conociendo vuestra lealtad y la buena voluntad que le tenéis dice que por su amor y respeto y por la buena voluntad que a todos os tiene hagáis este gran servicio a Su Majestad, para que en ello consigáis gran honra y mayor reputación más que los otros soldados de las otras compañías.

"Para que ejecutéis con mayor prontitud lo que su señoría ordena, quiero revelaros la información que manejamos actualmente. Habéis de saber, señores, que el Virrey tiene la certeza de que Gonzalo Pizarro viene por el camino de la sierra, pero con un enorme temor de encontrarse con Su Señoría.

Por esta razón, y debido a la poca gente que trae —en la que, además, tiene escasa confianza—, hemos de saber que ya se les ha enviado en varias ocasiones el perdón general en nombre de Su Majestad. Ellos, a su vez, han respondido con mensajes asegurando que, ciertamente, van a pasarse a este ejército de Su Majestad para unirse a nosotros en cuanto los dos campamentos estén cerca.

"Así mismo, os informo que a Hernando Bachicao, el capitán de la artillería del tirano, ya lo tenemos de nuestro lado. Es, como sabéis, un gran servidor del Rey nuestro Señor y de Su Señoría, y así lo ha dejado escrito.

Si por casualidad no logra desertar, bien por impedimento o por algún obstáculo, y la batalla llegara a darse, él se encargará de que las balas pasen por encima de nuestro escuadrón, por lo que nadie debe sentir temor o recelo al atacar. Con todo esto, me parece que todo nos apoya y favorece. Si no me engaño, el favor divino y humano está con nosotros. Por el contrario, a los enemigos les falta y les faltará, si Dios quiere, pues vienen contra su Rey y Señor natural y contra quien lo representa.

"Dejando esto a un lado, Su Señoría quiere ahora enviar al General Vela Núñez por mar a la ciudad de Arequipa, junto con hombres de bien, valientes y esforzados. La intención es que, desde allí, se dirijan a la ciudad del Cusco, que se mantiene leal a Su Majestad. Una vez establecidos allí, Su Señoría desea que vuelvan con gran rapidez por el mismo camino que trae el tirano, quien avanza lentamente, receloso de nosotros y desconfiando de la lealtad de sus hombres. Esto se hace con un doble propósito.

"El primero es para tomarle en medio y para cercarle de todas partes, el cual ha perdido la esperanza de conseguir y alcanzar la victoria, por la poca gente que trae, que serán hasta quinientos y cincuenta hombres que son de poca fidelidad para con él y menos experiencia. El enemigo sabe ciertamente que su Señoría tiene más de mil hombres que son de grande ánimo y muy diestros en las guerras, que desean grandemente dar la batalla, el cual deseo, ni voluntad, no la tienen los tiranos, por ser la gente baja y de poco valor.

"Lo segundo es por hacer desmayar a los enemigos de su Señoría en sabiendo que están cercados de los leales servidores de Su Majestad, porque el Virrey se les pondrá por delante, y el General a las espaldas, y al lado izquierdo está la mar, que por allí no podrán huir sino tienen barcos o navíos para irse. Pues al lado derecho está la gran serranía de los Andes y asperezas de los montes, que los detendrá hasta que los leales lleguen a ellos para prenderlos o matarlos, porque por aquella parte están puestos muchos indios de guerra alzados contra ellos, por mandado del Virrey.

"Así que su Señoría, como he dicho, quiere y manda que la mitad de los soldados que hay en este Real ejército vayan por la mar a la ciudad de Arequipa, y de allí vayan al Cusco, por ser el viaje para allá muy breve y corto."

Y la otra mitad de la gente quiere que se quede aquí, para después ir contra el tirano, hasta que el General llegue, que ha de venir del Cusco, y cercarle han en donde les tome la voz, para prenderlo o matarlo si se defendiere, pues andan él y los demás que con él vienen, revolviendo la tierra como traidores.

"Pues la gente que su Señoría quiere y manda que vaya con su hermano por la mar, es mi compañía, por ser la mejor y la más fiel, y porque en ella hay muchos caballeros hidalgos de grande ánimo y valor, y más diestra para la guerra, y de quienes se tiene más confianza que harán el deber como hombres de vergüenza y como son obligados al servicio de Su Majestad.

"Por tanto, señores y compañeros míos, os suplico muy encarecidamente que tengáis por bien de cumplir lo que su Señoría manda, y aceptar esta tan buena y breve jornada, y nos aprestemos lo más presto que ser pudiere, para que vayamos a conseguir esta tan honrosa y alta empresa con el General, al cual tenemos por señor y amigo. Y porque tengo entendido que ninguno de vosotros querrá dejar acobardadamente poner su cuerpo a este trabajo tan provechoso, no digo más sino que como hombres de grande esfuerzo y ánimo, y como amadores del servicio de Su Majestad y de su Señoría, y como compañeros y amigos míos, nos aprestemos, porque mañana en todo el día nos hemos de embarcar en los navíos que están prestos y apercibidos."

Hecha esta plática por el capitán Pablo de Meneses, calló, por lo cual los soldados estuvieron un poco suspensos pensando en las cosas que les había dicho su capitán, y así comenzaron todos ellos de murmurar entre sí y de hablarse los unos a los otros, tomando consejo de lo que habían de responder en el caso propuesto. Mas, en fin, y al cabo de poco espacio, rogaron a un soldado que estaba presente, llamado Juan Ramírez de Córdova, que era soldado viejo y experimentado en las cosas de la guerra y muy práctico en la tierra, como aquel que había estado en ella muchos años, que respondiese por todos lo que a ellos estuviese bien, porque todos pasarían por lo que él dijese, excepto en lo del embarcar, que esto no lo querían hacer.

Juan Ramírez, por cumplir las importunaciones y ruegos de sus compañeros determinó de responder osadamente, pues tanto tocaba a él como a los demás sus compañeros y amigos, y así, puesto cara a cara con el capitán, y con el sombrero en la mano, dijo desvergonzadamente lo siguiente:

"Respondiendo con aquel acatamiento que debo, señor capitán, por todos los soldados y compañeros que están presentes, y por habérmelo ellos rogado, diré en pocas palabras lo que en este caso sentimos, y si en mis razones dijere alguna cosa que no satisfaga y no cuadrare a los oídos de vuestra merced, no impute a mí la culpa, sino a mi poco saber y a la licencia y facultad que me dieron para responder.

"Y así, respondiendo a la plática a nosotros propuesta, digo que en cuanto a lo que toca a nuestra partida por la mar a la ciudad de Arequipa, a esto respondo y digo que harto ciego es el que por tela de cedazo no ve, porque antes de ahora hemos entendido medianamente lo que su señoría pretende y lo que vuestra merced nos amonesta, quiere y manda. Bien sabe vuestra merced que todos cuantos estamos debajo de su bandera, que todos prometimos de la seguir siempre muy fielmente en nombre de Su Majestad, no la desamparando hasta la muerte, cumpliendo vuestros mandamientos y sirviendo en ello a su Señoría, a quien tenemos por señor y caudillo general. Aunque esto no hubiéramos prometido, la razón que para ello hay, y poniendo nuestra fidelidad por delante, nos obligara según virtud a que fuéramos debajo de ella sirviendo a Su Majestad, a quien tenemos y reconocemos por nuestro Rey y Señor natural y nosotros sus mismos vasallos.

"Dejado esto aparte y respondiendo a lo que vuestra merced dice que nos embarquemos mañana en todo el día, y que en ello haremos gran servicio a Su Majestad, a esto respondo y digo en nombre de todos mis compañeros que todos estamos prestos y aparejados de ir de buena voluntad adonde nos mandaren, con tal que no sea por la mar, sino contra el traidor de Gonzalo Pizarro que viene con mano armada contra su señoría. Esto es, señor, lo que prometimos hacer, y lo cumpliremos cuanto en nosotros fuere posible, o morir como buenos en la demanda, y no huir sin ver al enemigo, porque sería gran mengua a la honra y reputación de su señoría y a la de vuestra merced, y aun a la nuestra, que la tenemos en mucho.

"Y así tornamos ahora de nuevo a prometer de dar la batalla a Gonzalo Pizarro y a todos cuantos traidores vienen con él, si nos dejan, y no huir de ella, y esperarlos en campaña rasa como esforzados hombres. También sabe vuestra merced que en esta compañía hay pocos hombres que sean marineros, porque todos son muy buenos y antiguos soldados que están hechos y habituados en todas aquellas cosas que tocan y atañen a las guerras y batallas. Muchos de ellos, señor, se hallaron a los principios de la conquista de esta tierra en las batallas que a los indios se dieron, principalmente que muchos de ellos han tenido Reales cargos, así en la paz, como en los ejércitos que se han formado desde el principio que los antiguos pobladores comenzaron entre sí las guerras y discordias que ha habido en esta tierra, sirviendo en ellas a Su Majestad contra los rebeldes.

"Estos tales caballeros más querrán quedar con su Señoría que ir a otra parte donde el mismo no esté presente, sino que tienen por bien de seguirle para dar la batalla, para que en su presencia y a par de él y como testigo de vista los vea morir o vencer al enemigo, y para que también sea testigo de los servicios que hicieren y de los trabajos que pasaren por Su Majestad. Y si algunos de los otros capitanes y soldados de su Señoría se quisieren embarcar, bien lo pueden cumplir, mas nosotros no lo podemos hacer, por las razones que tengo dicho; y concluyó diciendo claramente y con alta voz: Señor capitán, mis compañeros no se quieren embarcar, y torno a decir que no se quieren embarcar, ni menos quieren ir a la ciudad de Arequipa, porque ya saben todos que nos quieren llevar a la isla de Taboga o a la de la Puná a comer cangrejos y a matarnos de hambre, como se publica reciamente, y vuestra merced nos perdone, por reverencia de Dios, porque no hacemos y cumplimos lo que al presente nos manda."

Y con esto dio fin a su plática.

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

DE LAS MUCHAS Y DIVERSAS COSAS QUE LOS SOLDADOS DIJERON DESPUÉS QUE JUAN RAMÍREZ HUBO ACABADO SU PLÁTICA, Y DE CÓMO LOS DEMÁS CAPITANES HABLARON A SUS SOLDADOS, Y DE LA RESPUESTA QUE DIERON ACERCA DE ELLO.

No hubo bien acabado Juan Ramírez su plática cuando todos los soldados a una voz dijeron que así lo decían, y que aquella era la voluntad y querer de todos ellos, y que de muy buena gana querían ir con su Señoría por tierra contra el tirano, y no ir a la isla de la Puná o de Taboga sin ver por qué, pues era gran mengua y deshonra para todos ellos.

Y porque el capitán Pablo de Meneses entendiese cómo ellos sabían lo que se había platicado entre el Virrey y los oficiales de Su Majestad y con los capitanes, dijeron a grandes voces que bien sabían lo que se había consultado secretamente, y de cómo se había mandado que con maña y ardid embarcasen a los soldados sin que se sintiese a qué efecto se hacía, y que el Virrey embarcaría luego a los Oidores y Contaduría de Su Majestad y a todas las mujeres de los vecinos.

Otros, que se mostraban de más ánimo, dijeron que valía más y era mejor dar batalla a Gonzalo Pizarro y a sus secuaces, que hacer demostración de huir, porque solo en pensarlo el Virrey perdía mucha de su reputación y honor; y así se dejaron decir otras cosas de esta calidad.

El capitán Pablo de Meneses, vista y entendida la voluntad de los soldados y la osadía y atrevimiento con que Juan Ramírez habló, le pesó en gran manera, y luego entendió conocidamente que no habría lugar de cumplir la determinación y voluntad del Virrey. Pues oyendo Pablo de Meneses el gran murmullo que los soldados hacían y de cómo le maldecían, se fue luego de allí al Virrey con más pesar que con vergüenza, al cual dijo y declaró lo que había hallado en los soldados y lo que le habían respondido, de lo cual recibió grandísimo pesar y enojo viendo que en todas las cosas que ponía mano no salía con ninguna de ellas a efecto.

Después que Pablo de Meneses se fue de aquel ayuntamiento a palacio, luego se deshizo todo el corrillo de los soldados y se fueron a sus casas, de dos en dos, de cuatro en cuatro, y de diez en diez, los cuales iban hablando y desplegando las velas de sus maldicientes y venenosas lenguas, diciéndose los unos a los otros: "Mirad, por vida vuestra, cómo mañosamente nos querían embarcar para la isla de la Puná, que piensa el cordero de nuestro capitán que no sabemos todo lo que pasó en la consulta que se hizo contra nosotros; ¡por vida de tal y por cual!, que primero pierda yo la vida que ellos me embarquen, o se la quitaré al que por fuerza me quisiere embarcar; los bellacos se embarcarán, que no los buenos." Otros mal intencionados dijeron: "¿Habéis visto cómo nuestro amigo supo decir lo que nosotros queríamos, y cómo dio de hito en hito en lo que deseábamos? ¡Por vida de tal!, que le debemos mucho, pues supo defendernos y volver por nosotros con sus buenas razones, por lo cual todos somos obligados a servírselo."

Estas desvergüenzas, con otras muchas, iban maldiciendo al Virrey y a su capitán Pablo de Meneses; que los buenos y virtuosos callaban y no decían nada, porque sabed que aunque se platicó en gran secreto lo arriba contenido sobre lo del embarcamiento, no fue tan oculto que luego lo supieron todos. Que mientras los soldados se juntaban en casa de su capitán, la Fama voladora, como tiene tantos ojos y lenguas, lo publicó y esparció luego por las orejas de todos los ciudadanos y de los soldados, que en dos horas se supo por toda la ciudad, y se descubrió de esta manera:

Los oficiales de Su Majestad y los capitanes y otros que se hallaron presentes en la consulta con el Virrey, como eran algunos de ellos grandes amigos de los cuatro Oidores y les tenían gran respeto por ser criados de Su Majestad, y por merecerlo ellos, les dieron luego noticia de todo lo concertado, y también a muchos de los ciudadanos a quienes tenían por grandes amigos, y por su propio interés, que les convenía, lo descubrieron.

Pues sabiendo estas cosas los Oidores, como habían oído parte de ellas ya antes, les pareció que sería gran daño y mal si tal se hiciese, porque era echar a perder y destruir una república tan grande como era esta ciudad de Los Reyes. Por esto y por otros respetos los Oidores lo hicieron luego publicar en muchas partes de la ciudad, porque los que más contrariaban las cosas del Virrey eran los tres Oidores Diego Vásquez de Cepeda, Alonso de Tejada y Juan Álvarez; que el Oidor Pedro Ortiz de Zárate se allegaba y conformaba en todo con el Virrey, porque le era grande amigo y muy servidor de Su Majestad.

Pues estos tres Oidores avisaron a todos los vecinos y moradores de la ciudad, y también a los soldados, de todo lo que se intentaba hacer contra ellos, y que cada uno mirase por sí, porque los querían embarcar por fuerza para llevarlos a la isla de la Puná o de Taboga a comer cangrejos. De esta manera se supieron estas cosas, que avisándose los unos a los otros y de mano en mano, cundió la nueva, y así no había chico ni grande que al cabo de dos horas no la supiesen todos, y así cuando los soldados se juntaron en las casas de sus capitanes ya sabían lo que había y para qué eran llamados, porque los unos a los otros se iban amonestando con palabras furiosas, diciendo: "Mirad, no os dejéis embarcar, por los ojos que tenéis en la cara, y pues sois buenos soldados no tengáis ningún recelo, que la Real Audiencia y los capitanes y ciudadanos son todos en nuestro favor, porque si sois cobardes os llevarán a la isla de la Puná por fuerza."

Esta isla de la Puná es grande y es muy abundosa de muchos bastimentos y está muy poblada de mucha gente, y porque los soldados no tuviesen gana ni voluntad de ir allá y temiesen la jornada, decían a los que no sabían qué cosa era que era despoblada y sin comida alguna; y esta isla de la Puná está a doce leguas del pueblo de Tumbes y está en dos grados de la línea equinoccial, norte sur.

Los capitanes Juan Velásquez Vela Núñez, Gerónimo de la Serna y Martín de Robles hicieron también lo que el Virrey les había mandado, los cuales hablaron a sus soldados y los hallaron de mal temple y propósito y bien contrarios de sus pensamientos, en especial de la voluntad y querer del Virrey.

Y con esto comenzaron todos a decir que más querían morir en tierra batallando con honra contra los enemigos, que ir por la mar a morir como gallinas, y así lo dijeron a sus capitanes a grandes voces. Y más decían con gran furia: "Guárdese del diablo el que me quisiere embarcar, o el que me hablare en ello, porque quizá le quitaré la vida antes que me embarque"; y así decían otras muchas cosas de gran soberbia y locura, pensando espantar al Virrey con tales desatinos y bravatas.

Visto y entendido esto, los capitanes lo fueron también a decir a su señoría, de que recibió gran pesadumbre, mas empero él lo disimuló con prudencia y lo mejor que él pudo, que no dijo palabra de enojo, antes con razones mansas dijo que él los embarcaría sin que ellos mismos lo sintiesen ni supiesen de la manera de cómo se hacía, y con esto los despidió mandándoles que todos callasen y le guardasen secreto en lo platicado.

Otro día por la mañana mandó el Virrey al capitán Gerónimo de la Serna que luego le diese veinticinco arcabuceros de su compañía, de los mejores que tuviese, para que fuesen a guardar los navíos que estaban en el puerto, los cuales venidos los envió al alguacil mayor Diego Álvarez Cueto, su cuñado, que era capitán general de la flota. Asimismo envió para este propósito ochenta piqueros que se sacaron de las compañías de Pablo de Meneses y de Martín de Robles, con algunos vecinos de los más honrados y hacendados que había en la ciudad, a los cuales dio a entender que los enviaba a los navíos para que los guardasen de los peligros que ocurriesen. Y más les dijo que tenía noticia muy cierta que Gonzalo Pizarro intentaba por vías exquisitas de haberlos en su poder, como estaba ya de ello informado, para después señorearse con ellos de toda la mar y de toda la tierra, por hacerle todo el mal y daño que pudiese.

No salió el Virrey adelante con esta su intención, porque los tres Oidores le contraminaron sus designios y conceptos, los cuales fueron a él y le aconsejaron con muchas y buenas razones no lo hiciese, que era gran deservicio que a Dios y a Su Majestad se hacía, y a los vecinos muy grande mal y agravio, porque era echarlos a perder totalmente en dejar sus casas y haciendas. El Virrey les prometió con mucha disimulación que no lo haría, y de no irse fuera de la ciudad según y de la manera que se lo aconsejaban, y los Oidores no le dieron ningún crédito, antes, fingieron que se lo creían, y con esto y con otras cosas que le dijeron, se despidieron de él.

Y porque los tres Oidores y todos los vecinos y moradores no sospechasen de cómo él se quería ir, mandó hacer otras segundas cercas por las calles, un poco apartadas de las otras primeras, hacia más a la plaza, las cuales mandó fortificar muy bien de piedra y adobes y lodo; él mismo las iba a ver y a dar prisa a los oficiales, mandándoles de cómo se habían de hacer como las otras primeras.

Hizo luego fama cómo él quería aguardar dentro en la ciudad a Gonzalo Pizarro y a los demás traidores, para les dar batalla, porque tenía nueva que ya venía cerca, y mandó para esto venir luego diez piqueros de los que había enviado a los navíos, y dijo que luego enviaría por todos los demás que allá quedaban, que pues habían de venir presto envió a los navíos otros diez arcabuceros para que después se viniesen todos juntos con el General de la flota y la demás gente que allá estaba.

Unos tuvieron creído ser verdad lo que el Virrey decía; otros no le quisieron dar crédito porque conocían en él que era hombre mañoso y doblado y que sabía hacer sus cosas aunque con ellas después no salía a luz, y a esta causa se guardaban de él como si les fuera mortal enemigo, pues le temían mucho por lo que atrás queda dicho.

En este ínterin, envió a decir secretamente al General, aunque después se publicó, que si Melchor Verdugo fuese a él le diese un navío muy bien aderezado con los arcabuceros y piqueros que allá estaban, porque los había de enviar adelante a la ciudad de Trujillo a ciertas cosas muy cumplideras al servicio de Su Majestad. Quería el Virrey enviar a este caballero a la ciudad de Trujillo para que recogiese en todo aquel territorio y en otras diversas partes todos los hombres que por allá se andaban paseando hechos vagabundos, y que los hiciese soldados, y que para esto tomase toda la moneda que hubiese en la caja de Su Majestad y la de los encomenderos, y todas las armas que pudiese hallar, así ofensivas como defensivas. Y porque el dicho Melchor Verdugo pudiese hacer estas cosas y otras muchas, le dio grandes comisiones y bastantes y plenarios poderes, con otros recaudos, para que pudiese hacer gente en nombre de Su Majestad, y a todas estas cosas no hubo efecto por lo que adelante diremos, con más lo que este caballero hizo después.

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

DE CÓMO LOS TRES OIDORES ORDENARON DE PRENDER AL VIRREY Y ENVIARLO A SU MAJESTAD CON LA INFORMACIÓN QUE SECRETAMENTE HICIERON CONTRA ÉL PORQUE MATÓ AL FACTOR DEL REY Y POR OTRAS COSAS QUE LE INCRIMINARON.

Las cosas ocultas y secretas que el Virrey hacía o hacer quería las platicaba con los tres oficiales de Su Majestad y con sus capitanes y otros caballeros que se hallaban en las consultas, [y] luego se sabían entre los cuatro Oidores, a lo que las gentes dijeron que los mismos oficiales y el capitán Martín de Robles se las venían a decir, por tenerlos, como tenían, por amigos y señores, y les daban cuenta y razón de todo lo que pasaba en las consultas.

Parecía entonces al parecer de muchos que el Virrey daba a entender allá en cierta forma y manera que hacía poco caso de los Oidores, no porque eran criados de Su Majestad, sino porque le eran contrarios y fuera de su opinión, y así los rechazaba y apartaba, porque no los admitía en los consejos de guerra ni de otras cosas que se hacían.

Considerando todos estos hechos, el Oidor Diego Vásquez de Cepeda, y viendo cómo el Virrey empeoraba día a día en su actitud, amenazando de muerte a todos los ciudadanos por no cumplir cabalmente las ordenanzas que había traído, decidió que había que ponerle remedio, según sus propias palabras. Para llevar a cabo su propósito, envió a llamar a los tres Oidores, suplicándoles que fueran a su posada para deliberar sobre ciertas cuestiones muy necesarias para el servicio de Dios y de Su Majestad.

El licenciado Pedro Ortiz de Zárate no asistió por encontrarse enfermo en cama. Los otros dos acudieron en secreto y de noche. Una vez reunidos, el Oidor Cepeda discutió con ellos largamente los asuntos del Virrey, hablando de lo que había hecho en la región al asesinar al Factor de Su Majestad, y de otros muchos y graves agravios cometidos contra los ciudadanos. Les instó a que pensaran muy bien en cómo podrían librarse de él para que no los embarcara a ellos, ni a los ciudadanos y soldados. Si esto llegaba a ocurrir, como ya se intentaba, la ciudad quedaría totalmente perdida, destruida y asolada, causando un grandísimo daño a las esposas de los vecinos. Concluyó que esto era un acto de fuerza y coacción, y no un servicio a Su Majestad, como el Virrey pretendía justificar.

Además de esto, que viendo él las cosas que iban de mal en peor, las quería remediar con el favor y ayuda de sus mercedes, y que para esto los había enviado a suplicar se viniesen hasta su posada para tomar con ellos algún consejo que bueno fuese y de lo que harían para librarse del Virrey y para que se pusiese remedio en la gran perdición que se esperaba haber de ahí adelante.

Platicadas entre los Oidores estas cosas, con otras muchas que decían ser en pro y utilidad de los reinos y provincias del Perú, se dio orden y manera de cómo no pasasen más adelante los designios y pretensiones del Virrey y que se atajasen lo más breve que ser pudiese. Y para obviar estas cosas se hicieron dos provisiones firmadas de sus nombres y autorizadas con el Real nombre de Su Majestad y selladas con su Real sello, que comenzaban por: Don Carlos, por la divina clemencia, etc.

La una de ellas fue para el Virrey, en que se le mandaba so graves penas que no se fuese ni saliese de los reinos y provincias del Perú, ni de la ciudad en donde al presente estaba, ni llevase a los vecinos y moradores de la dicha ciudad a la isla de Taboga, o de la Puná, ni a otra parte alguna, sino que los dejase estar quietos y pacíficos en sus casas con sus hijos y mujeres.

Y la otra provisión fue para todos los del cabildo y oficiales de Su Majestad, vecinos y moradores, estantes y habitantes en la ciudad, en la cual se les mandaba so graves y gravísimas penas que no dejasen desierta ni desamparada la ciudad de Su Majestad, ni menos se dejasen embarcar de persona alguna, porque haciéndolo al contrario se deservía en ello mucho a Dios nuestro Señor y a Su Majestad.

Los dos Oidores Juan Álvarez y Alonso de Tejada, como andaban muy tristes y pensativos por las cosas que el Virrey hacía o decía, no fue menester altercar mucho entre ellos estos negocios, y así dijeron que era bien se hiciese todo lo concertado, porque se quitarían de un recelo que sobre sí a la continua tenían, en especial Juan Álvarez, que quería muy mal al Virrey.

Al tiempo que se escribía la provisión para contra el Virrey, fue de parecer del Oidor Juan Álvarez que la tal provisión no se diese sino para que lo prendiesen y lo echasen fuera de toda la tierra, pues era matador de hombres, haciendo muchos agravios y desatinos; que él se profería de llevarlo preso a España ante Su Majestad y ante su Real Consejo. Y que además de esto se fulminase y se hiciese cabeza de proceso contra él, de las crueldades y desatinos que había hecho, e intentaba hacer más, como él siempre lo decía, y que no era hombre para ser Virrey, sino para verdugo, pues con sus propias manos quiso matar a un valeroso vecino llamado Antonio Solar, y con ellas mismas mató al Factor de Su Majestad sin tener ocasión ni color para hacerlo; y así dijo otras cosas con gran enojo.

Los otros dos Oidores no quisieron hacer esto del prendimiento del Virrey, por entonces, hasta ver en qué paraban los demás negocios, y así como ellos andaban llenos de temor y con recelo de sus vidas se quejaban mucho del Virrey a los ciudadanos, de cómo los tenía en poco y los amenazaba cada día que los había de embarcar por fuerza. Y para haberse de platicar estas cosas entre los Oidores y los vecinos y amigos que tenían, se salían muchas veces a caballo al campo, a manera de que se iban a pasear por allá, en donde libremente decían y platicaban de la manera y de cómo se habían de ordenar las cosas y lo que se había de hacer acerca de la prisión del Virrey.

Dado que la situación se enconaba más cada día, se notificaron las provisiones (los autos) al Virrey. Este respondió que los Oidores, por ser gente necia e ignorante, no sabían lo que hacían, puesto que las órdenes que él dictaba eran en servicio de Su Majestad. No obstante, afirmó que ellos se arrepentirían muy pronto de la provisión que habían dictado en su contra. Y así, disimuló la rabia que sentía para poder llevar a cabo su plan con éxito.

Y otra provisión se mandó luego pregonar públicamente en la plaza de la ciudad y por todas las calles de ella, y se notificó a los tres oficiales de Su Majestad y a los alcaldes y regimiento y a los hombres valerosos de la ciudad y a los capitanes y mandones del Real ejército, los cuales respondieron que cumplirían y guardarían todo lo en ella contenido como mandado de su Rey y Señor natural.

Como los tres Oidores supieron lo que el Virrey había respondido, y que además de esto no dejaba con prisa de aderezarse para irse, ordenaron de prenderle, tomando el consejo del Oidor Juan Álvarez, y así se ordenó después una provisión para el efecto, y el escribano o secretario fue fulano de Acevedo, y el canciller fue Bernardino de San Pedro.

Tenían entendido los tres Oidores que quitado al Virrey de por medio que fácilmente apartarían de sí a Gonzalo Pizarro y a todos los ciudadanos que venían con él, con otorgarles la suplicación que venían demandando, y que con esto se concluirían y se acabarían tantas revueltas como se habían levantado en toda la tierra.

Mientras los Oidores entendían en estas cosas y en deliberar la ciudad y a los vecinos de ella, el Virrey andaba muy solícito y cuidadoso en enviar a los navíos muchos bastimentos y vituallas, y en mandar meter mucha leña seca, y en henchir las pipas de nuevo de buena agua, y así de otras cosas necesarias y muy pertenecientes para la jornada.

Por otra parte, el Virrey mandó buscar muchos caballos y mulas de carga, de los cuales había en abundancia, y proveer de monturas a quienes no las tenían. El plan era que todos los ciudadanos, habitantes, capitanes y soldados irían por tierra hasta la ciudad de Trujillo con el General Juan Velásquez Vela Núñez. Mientras tanto, todas las mujeres, grandes y chicas, que se encontraban en la ciudad, debían ir por mar junto con el Virrey y los cuatro Oidores, a quienes quería llevar consigo para establecer una Audiencia dondequiera que él se hallase, además de la Contaduría de Su Majestad.

Al saber el Oidor Diego Vásquez de Cepeda que el Virrey estaba alistando con rapidez los navíos para marcharse, y temiendo que lo embarcarían por la fuerza y contra su voluntad, fortificó un pequeño baluarte que tenía en la esquina de su casa con abundantes armas y provisiones para muchos días.

Así mismo, puso en este baluarte a doce hombres bien armados. Como eran grandes amigos suyos, permanecían siempre en su casa para que, si los necesitaba, los encontrara de inmediato y le defendieran la persona y la vida en caso de que alguien quisiera hacerle daño durante el tumulto que reinaba en la ciudad.

Una vez hechos estos preparativos, el Oidor Cepeda, un día delante de ciertos amigos y de sus dependientes (paniaguados), juró por Dios y por Santa María su madre que, si el Virrey intentaba embarcarlo por la fuerza, no se dejaría apresar, aunque ello le costase mil vidas. Había tomado la resistencia como un punto de honor.

El Oidor Alonso de Tejada se moría de miedo del Virrey, pues siempre lo veía enojado y furioso cada vez que iba a visitarlo. El Virrey, consciente de su temor, le asignó seis arcabuceros para que le custodiaran la persona y la vida. Poco después, le envió un mensaje diciéndole que no temiera a sus enemigos, si los tenía, ni a ninguna otra cosa, pues por eso le enviaba los arcabuceros: para que lo defendieran de todo mal y peligro.

Sin embargo, se los envió con el objetivo de que lo vigilaran y evitaran que huyera, para poder embarcarlo más tarde.

Al Oidor Cepeda envió otros tantos arcabuceros a fin de que le guardasen, porque no se ausentase, pues tenía pensado de embarcarlo primero a él que a otro alguno, porque se le mostraba muy claro enemigo en todo y por todo. Mas el Oidor Cepeda los convirtió en su opinión y los tuvo muy regalados en aquel espacio de tiempo que hubo, aunque les dio a entender que no entendía a lo que habían venido, sino que era para otro respecto.

El Oidor Pedro Ortiz de Zárate le pesaba en extremo porque también le querían embarcar, estando, como estaba, enfermo cotidianamente en la cama, que no sabía lo que se había de hacer, y como era viejo y podrido tenía entendido por otra parte que lo dejarían y no lo llevarían, por ser muy amigo del Virrey, mas empero no dejaba por eso de recelarse mucho.

Pues ¿qué diremos del licenciado Juan Álvarez, sino que como hombre bien temeroso y pavoroso, andaba entre dos aguas y como dicen entre la cruz y el agua bendita, porque el Virrey estaba muy mal con él desde los días atrás cuando llegaron a Panamá y por otras causas y razones que había muy legítimas? También supo que Juan Álvarez andaba secretamente urdiendo con gran solicitud su prisión, al cual envió a llamar y lo metió dentro de una cámara para saber de él la verdad de todo lo que pasaba entre los otros Oidores, y le preguntó si era verdad que lo querían prender él y sus compañeros y que le dijese la verdad. Juan Álvarez negó reciamente con juramento, diciéndole palabras de gran respeto y comedimiento, haciendo muchas salvas, y el Virrey le dio algún crédito, aunque no sin alguna sospecha, y así escapó con la vida, pues estuvo en gran peligro, porque si el Virrey le tornara en alguna palabra le diera de puñaladas; mas no por eso dejó de enviarle otros seis arcabuceros para que le guardasen, como había hecho a los otros tres.

De manera que los cuatro Oidores y los tres oficiales de Su Majestad, los vecinos y moradores y los demás que estaban en la ciudad, andaban en estos días tan aciagos muy confusos y amedrentados y ciscados de miedo, que ya no lo podían sufrir, y así no comían ni dormían con sabor, sino con sobresalto cuando los llamarían.

El Oidor Cepeda, por quitar de sobre sí estos tan grandes recelos y temores que mucho le atormentaban en el ánimo, poniendo pies en pared determinó de ejecutar con brevedad la prisión del Virrey, [y] antes que a él le sucediese alguna controversia adelantarse a hacerlo. Y para esto se fue luego a los tres Oidores, a los cuales dijo que no se dilatase más la prisión del Virrey, porque para ellos sería gran mal y daño, que podría ser que fuesen ellos los mal avenidos y presos, y que mirasen lo que más les convenía hacer, pues el Virrey ya les había enviado a cada uno de ellos ciertos arcabuceros para que fuesen guardas de sus personas. Y que era esto muy mala señal, porque cuando no se catasen serían presos de sus mismas guardas, y que los llevarían luego a los navíos como el Virrey lo deseaba y que allí se vengaría de ellos, y por esto los dos Oidores Cepeda y Tejada dieron el cargo de todo esto a Juan Álvarez para que lo prendiese, pues se había ofrecido a llevarlo a España.

El Oidor Zárate se excusó mucho de ser participante en este negocio, porque decía que no lo podían hacer sin expreso mandato de Su Majestad, y que para ello había de haber particular cédula para poder prenderlo, y que si lo hacían incurrirían en grandísima pena y menoscabo de sus honras. Porque prender así a un Virrey, que era mal caso, por ser como era la misma persona de Su Majestad y que tenía sus veces, y en fin, que era cabeza de todos ellos, y que prendiéndole siendo él la cabeza que luego todos ellos se perderían, que eran los miembros de esta cabeza, y que para esto no hiciesen tal sandez y locura. Oyendo esto los Oidores lo dejaron, no haciendo caso de él, pues no se conformaba con ellos, y porque a la continua estaba enfermo en la cama, que de allí no se podía levantar, y que para estos negocios tan arduos no les podría dar ningún favor ni ayuda aunque quisiese, ni menos les iría a la mano en lo que quisiesen hacer; y así lo dejaron por inútil y sin provecho alguno, y así determinaron por entonces de dejarlo.

CAPÍTULO XXXVIII

DE LA CONVERSACIÓN QUE EL OIDOR DIEGO VÁSQUEZ DE CEPEDA TUVO CON EL CAPITÁN MARTÍN DE ROBLES PARA QUE APRESARA AL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA, DE LO QUE ESTE LE RESPONDIÓ, Y CÓMO AL FINAL DEL CONSEJO SE LLEGÓ A CONCLUIR SU PRISIÓN.

Después de haberse discutido y deliberado estas y otras muchas cosas sobre la prisión del Virrey, sin que el asunto estuviera del todo resuelto, al Oidor Diego Vásquez de Cepeda le pareció que no era conveniente que la aprehensión la hiciera el Oidor Juan Álvarez, sino alguno de los capitanes del Real ejército. Sin embargo, no sabía a quién encomendar ni a quién confiárselo para que lo ejecutara con la determinación de un hombre resuelto.

Dado que las cosas estaban tan revueltas, nadie se atrevía a actuar, ni había persona de la cual fiarse, pues ni los capitanes ni los ciudadanos de mayor valor osaban hablar, ya que andaban muy recelosos y no sabían qué hacer. Por esta razón, el Oidor Cepeda no sabía en quién confiar, ni a quién encargar un negocio tan dudoso y peligroso, ni se atrevía a revelar su pensamiento a nadie, porque le parecía que no habría hombre tan audaz y atrevido que se atreviera siquiera a pensarlo, cuánto más a ejecutarlo.

Finalmente, al acordarse del capitán Martín de Robles, su íntimo amigo, que era uno de los hombres más orgullosos que el Virrey tenía, decidió decírselo a él antes que a ningún otro, para que llevase a efecto este negocio, pues si salía airoso, toda la tierra podría librarse de un temor tan grande que se había apoderado de los ánimos de todos.

De esta manera, sopesadas estas y otras muchas consideraciones, lo mandó a llamar, pues sabía que estaba disgustado con el Virrey. Cuando Robles llegó, Cepeda lo metió secretamente en un aposento. Después de saludarse, y tras cerrar las puertas por el gran peligro que había si los oyeran, tuvo con él, entre otras pláticas generales y particulares, la siguiente conversación:

"Señor capitán, os mandé llamar para deciros ciertas cosas secretas que atañen y convienen mucho al servicio de Dios y al de Su Majestad, y a vuestra honra y vida, así como a la mía y a la de todos los ciudadanos y habitantes de esta ciudad y de toda la tierra. Y puesto que he decidido revelároslas, será necesario que prestéis atención a lo que os diga, guardándome en todo secreto.

"En primer lugar, bien lo sabéis, y lo sabemos todos, cómo el Virrey ha decidido, sin causa ni razón alguna y contraviniendo toda justicia, embarcar a todos los moradores y vecinos de esta ciudad junto con sus esposas, hijos y familias, despoblándola por completo. Esto es un daño intolerable para todos nosotros, y representará una gran ruina para esta república.

Ni la ley divina ni la ley humana nos obligan a dejar desamparados a nuestras esposas e hijos en manos ajenas, ni a abandonar nuestras casas y propiedades, solo para seguir a un hombre desesperado e insensato, cruel e inhumano, que carece de orden o concierto para ejecutar sus actos con prudencia.

"Y pues sabéis todo esto mejor de lo que yo lo expreso, es hora de que, sin alargar más preámbulos, os hable ahora clara y abiertamente y os descubra mi corazón: y es que debéis saber que, entre nosotros los Oidores, está determinado por la Real Audiencia y por acuerdo bien meditado, prender al Virrey y enviarlo a España ante Su Majestad. Porque un hombre tan soberbio y cruel como este, será conveniente que no viva entre nosotros en esta tierra, sino que salga de ella bajo prisión, y si fuere posible con su muerte, antes que haga más daño y mal, pues como bestia fiera quiere tragarse a los hombres, o por mejor decir, matarlos.

"También os hago saber que el Virrey ha determinado, según nos han informado por relación verdadera y cierta, ejecutar muchas muertes y crueldades en muchos ciudadanos que no merecen la muerte, porque dice que siempre los ha hallado por falsos y engañosos, y sobre todo, traidores a la corona de Su Majestad. Así que no hay nadie, desde el pequeño hasta el grande, que por su boca no sea tildado de traidor, como ya lo habéis oído más extensamente cuando se enoja, que a todos maltrata sin reservas, deshonrando a las personas calificadas que hay en esta tierra, sin exceptuar a ninguno.

"Además de todo esto, dice también que ha de matar a todos aquellos que le den enojo, con sus propias manos, e incluso sin enojo, sino por cualquier antojo que le diere. Si no, miradlo por vos y por el Maestro de Campo, cuando mandó a sus criados y a los alabarderos que, al hacer cierta señal con los dedos, os dieran cruelmente de puñaladas, sin haber vosotros hecho nada para merecerlo.

"Por lo tanto, si os place y lo tenéis por bien prender al Virrey, yo os daré una provisión sellada con el Real sello y firmada de nuestros nombres, para que lo prendáis sin recelo alguno con el favor de vuestros amigos y de los soldados que están en vuestra compañía. Y por todas estas cosas que hubiereis de hacer no tengáis ningún recelo, pues estamos nosotros de por medio, y en todo os haremos espaldas con provisiones del Rey, si más fueren menester, y con ayuda de nuestros amigos, que, ¡alabado sea Dios!, tenemos en la ciudad bastantes que son de los más principales que hay en ella.

"Pues habiendo yo reconocido en vos cuán competente sois y cuán pronto para el servicio de Su Majestad, porque os he mirado con tales ojos que lo haréis mejor que cualquier otro de cuantos hay en esta ciudad, determiné, como vuestro verdadero amigo, daros y encomendaros este negocio para que consigáis esta empresa tan honrosa y ganéis gran reputación en la tierra, y seáis considerado y llamado padre de la patria y libertador de ella.

"Por tanto, os requiero y amonesto una, dos y tres veces de parte de Dios y de Su Majestad, que os dispongáis con brevedad para hacerlo, pues tenéis de vuestra parte al Rey y a su Real Audiencia, con todos los ciudadanos y moradores que verdaderamente lo quieren, y todos desean ver este día. Y puesto que tan buena coyuntura y tan buen socorro tenéis, no me digáis que no, pues ya os he descubierto el secreto que tantos días he tenido encerrado en mi pecho y dentro de mi corazón. Y porque tengo entendido que lo haréis mejor de lo que yo sabré encarecer, no digo más, sino que es justicia, y vuelvo a decir que es derecha y recta justicia la que habéis de ejecutar, y en esto y en todo lo demás haréis gran servicio a Dios y a Su Majestad. Y por el trabajo que tomareis en este negocio se os gratificará muy bien por la Real Audiencia en nombre de Su Majestad, a quien se dirige este buen servicio, librando toda esta tierra de la gran tribulación y terrible alboroto y congoja en que la tiene este cruel y endiablado hombre."

El capitán Martín de Robles, tras haber escuchado lo que el Oidor Cepeda le había expuesto, y viendo que la situación era terrible y peligrosa, no supo qué responder ni qué hacer. Consideraba la propuesta: por un lado, deseaba actuar, pero por el otro no se atrevía, poniendo muchas excusas y dificultades debido a la fidelidad que debía a su Rey. Creía, además, que no saldría victorioso porque la empresa era demasiado arriesgada.

Sin embargo, al reflexionar con mayor profundidad, pensó que si el Virrey permanecía en la región, con el tiempo podría ordenar su muerte sin motivo, tal como ya lo había intentado hacer días atrás. Y, además, como veía y entendía que las cosas iban de mal en peor, dejó de lado toda consideración sobre el éxito o el fracaso, y por ello tomó la diabólica y dañada decisión de hacer todo aquello que el Oidor Cepeda le había rogado y requerido.

Entre las muchas cosas que respondió, después de haber dado muchas excusas y expuesto largos inconvenientes, le dijo que le diera la provisión firmada por los cuatro Oidores como descargo y justificación. Solo entonces, él pondría su persona, vida y hacienda, y la de sus amigos, para apresar al Virrey.

Cepeda se alegró enormemente de oír esto, le dio las gracias y le tomó juramento y palabra de que haría lo prometido. Martín de Robles juró hacerlo aunque le costase la vida, como ya había dicho. El Oidor, contento con esto, le encargó el secreto, pues en ello les iba la vida y la honra, y le aseguró que pronto se le daría la provisión a su gusto y contento.

Después de haber platicado esto largamente y de haberse despedido el uno del otro, seis horas después Martín de Robles fue a casa de Cepeda, llamado de su parte, donde halló a los tres Oidores (Cepeda, Álvarez y Tejada), que ya sabían quién era el encargado de prender al Virrey. Estos le recibieron bien, y los tres volvieron a hablarle sobre el asunto de la prisión, y él volvió a prometerles delante de ellos que lo haría.

Tras platicar estas y otras muchas cosas, le entregaron la provisión firmada por tres Oidores, ya que el Oidor Pedro Ortiz de Zárate no quiso firmarla, excusándose mucho sobre el caso, como ya se dijo antes, aunque fueron a su casa solo para que la firmara. Allí los tres Oidores le importunaron, rogándole mucho que lo hiciera con ánimo y sin recelo, como se esperaba de él, pues sabía que era justicia y que se hacía gran servicio a Dios y a Su Majestad para evitar tantos males como se hacían cada día. Pero él no quiso hacerlo, y por eso lo dejaron, y no le hicieron caso.

Martín de Robles leyó la provisión y halló que estaba conforme a como él lo deseaba, pues así si en algún tiempo le reprochasen algo se pudiese con ella justificar, diciendo que la Real Audiencia se lo había mandado. Y con esto se deshizo la consulta y cada uno se fue a su posada a hacer lo que más le convenía.

Y como esta prisión se hubiese acordado bajo una falsa opinión y engañosa de justicia, bajo la autoridad de la Real Audiencia, atribuyeron que el Virrey había cometido muchos delitos y grandes desatinos, sin considerar que todo lo que hacía era para servir en ello a Su Majestad. Y así justificaron su causa dando a entender a Martín de Robles y a los ciudadanos y moradores de la ciudad que la justicia que hacían era recta, porque era gran servicio de Dios y de Su Majestad, y así lo publicaron, diciendo que tenían poder para prender al Virrey, lo cual creyeron algunos, y otros no, aunque otros maliciosamente lo disimularon.

Finalmente, los tres Oidores comenzaron luego a buscar favor y ayuda de los vecinos y amigos nuevos, de los más valerosos y ricos hombres que había en la ciudad, además de otros muchos que ya tenían, para favorecerse de ellos, que también lo deseaban. Los que hallaron son los siguientes: Diego de Agüero, Francisco de Ampuero, Hernando de Montenegro, Don Pedro de Oporto, Cristóbal de Burgos, Alonso Palomino, Alonso de Ribera, Martín de Isásaga, Francisco de Escobar, Ventura Beltrán, Diego de Silva, Don Antonio de Ribera, Gerónimo de Aliaga, Pedro de Vergara y Hernán González de Almazano, con otros muchos, los cuales dijeron que pondrían sus vidas y haciendas para favorecerlos.

También hubo algunos de los mandones y soldados principales del ejército a los cuales dieron parte del negocio, porque todos estos estaban mal con el Virrey y con las cosas que hacía. Pero al final, todos los interesados, sin mirar lo que decían, daban en el mil porradas (errores), creyendo que no era nada, siendo ello mucho, pues era en gran deservicio y desacato de Su Majestad.

Dada, pues, la provisión, y concluidas las pláticas, al día siguiente, cuatro horas antes de que amaneciese, el Oidor Cepeda envió a llamar prestamente a los dos Oidores, los cuales vinieron luego con los arcabuceros y con algunos amigos que tenían dentro de sus casas. Entrando en acuerdo dentro de la torrecilla que hemos dicho, la vieron aderezada de gente y armas, que más parecía casa fuerte que casa de letrado.

Mas con todo esto ellos hicieron su plática delante de muchos que habían sido llamados, y luego comenzaron en su acuerdo desacordado a tratar que no se dilatase más el negocio, porque la presteza les había de dar la vida, y la tardanza les podría causar la muerte, y que en amaneciendo se ejecutase antes que el Virrey se levantase de la cama.

El Oidor Juan Álvarez dio muchas razones, aunque impertinentes, para ejecutar este negocio, diciendo que era tiempo muy conveniente aquella hora para prender al Virrey, porque ya estarían las puertas abiertas, que las abrían muy de mañana, y que el Virrey estaría durmiendo en su cama. Además de esto, que los capitanes y soldados del ejército también estarían descuidados de este repentino suceso, y que de esta manera le podrían fácilmente prender sin estorbo de sus alabarderos, que estarían retirados en sus cámaras, y que después de preso no habría ninguno que se atreviese a menearse contra ellos, pues eran Oidores de Su Majestad.

Esto que Juan Álvarez dijo fue al contrario, porque el Virrey sabía de esta mala trama, aunque por otra parte no creía que los Oidores se atrevieran a prenderlo. Mas para quitarse de sospechas quiso ir aquella noche a casa de Cepeda con dos capitanes y ciertos soldados, para ver lo que había en ella. Y como la noche era muy oscura y para no alborotar a los vecinos más de lo que estaban, no fue allá, lo cual fue ocasión de perder esta buena coyuntura, porque si él hubiera ido a esa hora, él hubiera prendido a los tres Oidores que estaban juntos, y a los que con ellos estaban, y él no hubiera sido preso de ellos e hiciera lo que quisiera. Y por estos estorbos aguardó hasta que fuese bien de día, mas los Oidores se adelantaron en este caso con presteza.

Un arcabucero que se llamaba Francisco Cajero, que era de los que guardaban al Oidor Tejada, como entendió que se trataba de prender al Virrey, temió con gran temor, porque vio que eran muy pocos los que lo trataban y muchos a los que habían de prender, y creyendo que no saldrían con ello, determinó de salirse de casa y dar noticia de estas cosas al Virrey, y así se salió secretamente con más temor que con vergüenza. Aunque Francisco de Escobar, que llaman "el Tío", que estaba en la torrecilla con Cepeda, dice que Francisco Cajero pidió licencia y que el Oidor Cepeda no se la quiso dar, y que porfiando en ello el soldado hubo de dársela con gran pesar, porque sospechó que haría lo que después hizo, y para no matarlo, porque no se atrevió, y así lo dejó ir. Y esto lo causó para que contra él no se presumiese o se imputase alguna cosa después; porque no era tiempo de hacer mal a nadie, sino de buscar amigos, que los había menester mucho.

CAPÍTULO XXXIX

DEL GRANDÍSIMO ALBOROTO QUE SE CAUSÓ EN LA CIUDAD DE LIMA CUANDO EL CAPITÁN MARTÍN DE ROBLES Y SUS COMPINCHES Y ALIADOS IBAN A PRENDER CON MANO ARMADA AL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA, Y DE LO DEMÁS QUE PASÓ.

Tan pronto como Francisco Cajero se vio libre en la calle, no fue perezoso en mover los pies, pues se dirigió a palacio lo más rápido que pudo. Subió y entró con licencia del capitán de la guardia y del Virrey, que le mandó pasar. Una vez ante él, le dijo con voz apresurada y casi sin aliento, porque venía corriendo:

"¿Qué hace vuestra Señoría acostado en la cama a tal hora, que los Oidores y otros muchos hombres han ordenado prender o matar a vuestra Señoría de aquí a dos o tres horas, al ser de día, y están todos a punto y bien armados y encerrados en casa del Oidor Cepeda?"

El Virrey, como estaba sospechoso, siempre se acostaba a dormir vestido y armado con cota y zaragüelles de malla. Apenas oyó a Francisco Cajero, lo creyó de inmediato, y con gran presteza se levantó de la cama, aunque otros dicen que ya estaba levantado. Luego envió a un alabardero a la iglesia mayor para que tocase la campana de rebato que estaba señalada para la ocasión, y por otra parte mandó disparar algunos arcabuces a los veladores, para que los que estuvieran descansando y durmiendo en sus casas lo oyeran y acudiesen a la plaza o a la puerta de su palacio.

Tan pronto como se oyó tocar a rebato, acudieron a la puerta de palacio muchos de los ciudadanos, capitanes y soldados, entre ellos los capitanes Pablo de Meneses, Gerónimo de la Serna y Francisco Martín de Alcántara, alférez mayor del estandarte Real. De tal manera concurrieron luego muchos caballeros de la vecindad, que en breve tiempo y en poco espacio se juntaron más de cuatrocientos hombres con sus armas y caballos, a ver lo que les mandarían, porque muchos de ellos no sabían de estos acuerdos, o por mejor decir, de estos desórdenes, disparates y locuras.

El Oidor Cepeda y sus dos compañeros y los demás conjurados que estaban con ellos en la torrecilla, cuando oyeron tocar a rebato, entendieron inmediatamente lo que podía ser: que Francisco Cajero se lo habría dicho al Virrey. Por lo cual todos comenzaron a titubear y a mirarse los unos a los otros, sin saber qué decidir. En ese instante llegaron a casa de Cepeda muchos hombres de la liga y dijeron que habían visto mucha gente a la puerta de palacio, y que el Virrey había bajado a donde estaban los soldados y que venían a prenderlos.

Aquí fue el miedo muy grande, pues todos creyeron ser presos o muertos; especialmente el Oidor Cepeda, y por esto mandó rápidamente a Diego de Agüero, a Pedro de Vergara y a Martín de Isásaga y a otros, que inmediatamente fuesen a colocarse en los portillos de las cercas para que no dejasen pasar a ningún soldado, sino que los detuviesen allí hasta que llegase Martín de Robles. Y los que estaban de guardas en los portillos no los dejaron entrar, diciéndoles que fuesen a casa de Cepeda, que allí estaba el Rey y el Príncipe, y que allí les darían libertad. Y como no sabían lo que pasaba, todos se dirigían allí.

Todos aquellos que posaban fuera de las cercas, como oyeron tocar a rebato, creyeron que Gonzalo Pizarro estaba dando asalto a la ciudad, los cuales fueron prestamente a los portillos para irse con el Virrey, y como no pudieron pasar, se fueron también a casa de Cepeda.

También acudió por su parte Antonio Solar con muchos conocidos y amigos que tenía, a tomar venganza en el Virrey por lo que le había hecho, y lo mismo hizo Ventura Beltrán, porque le quitó los indios de su repartimiento. Estos se pusieron en un portillo para defender que nadie pasase por allí a dar favor al Virrey, y de allí los enviaban a casa de Cepeda. Con esta diligencia y guardia que se puso en los portillos, no todos entraron a servir al Virrey, sino hasta seiscientos hombres que habían entrado antes de que Diego de Agüero y Ventura Beltrán y Antonio Solar con los demás se pusiesen allí.

Después que el Virrey se levantó, como dijimos, se dirigió luego al patio, acompañado de su hermano y de Diego de Urbina y de otros caballeros. Al pie de la escalera le dieron un buen caballo en que subió, y de allí fue a ponerse en medio del escuadrón que estaba formado a la puerta de palacio, para ir desde allí a prender a los tres Oidores y a los de la liga.

Apenas se hubo puesto allí, a muchos de mala intención les pesó su vista, porque no le querían ver, y algunos, para mostrarse como verdaderos servidores, le aconsejaron que no tomase ninguna pena ni trabajo en querer hacer algo, sino que les mandase lo que se había de hacer, porque ellos se encargarían de prender a los Oidores y que se los traerían ante su presencia. El Virrey, creyendo esto y otras cosas que le dijeron, se volvió por donde había venido y subió arriba, lo cual no debiera haber hecho, con unos veinte caballeros de los leales y de los más principales del ejército.

A estos caballeros, porque amaban verdaderamente el servicio de Su Majestad y se preciaban de su honra, les pesó en gran manera que se hubiera apartado de sus capitanes y soldados, por más que le aconsejaron que no se quitase de allí. Verdaderamente se tiene por cierto que si el Virrey no se hubiera metido en su palacio, ni hubiera subido arriba, nunca habría sido preso, porque su presencia bastaría para dar ánimo y esfuerzo a todos los caballeros que habían acudido a su voz, para emprender esta negociación, y aun otra mayor, o morir en la demanda con honra.

Al final, como eran más los interesados y descontentos que los sanos y leales, se llegó a efecto su prisión, porque la mayor parte de la vecindad que allí estaba lo deseaba, y por esta causa se animaron los captores a hacer lo que hicieron con tanta maldad.

Solamente el capitán Pablo de Meneses y Lorenzo de Aldana, que eran amantes del servicio de Su Majestad y se preciaban de su honor, no quisieron entrar con el Virrey, aunque fueron importunados para que subiesen. Y así se quedaron a la puerta con toda la infantería y caballería, aunque algunos de ellos estaban descorazonados por ver que aquellos que les habían de dar ánimo se iban de allí.

Especialmente desanimó en gran manera a muchos soldados cuando oyeron la gran vocería de las mujeres, las cuales estaban puestas en las ventanas y puertas de sus casas, llorando y mesándose los cabellos y llamando a sus maridos para que no se pusiesen en tan peligrosos trances, sino que dejasen a los soldados prender al Virrey.

Todas las tiendas que había en la plaza y las casas de los vecinos más ricos se atrancaron y se cerraron fuertemente, creyendo que si prendían al Virrey, los soldados victoriosos inmediatamente darían asalto a la ciudad, robando cuanto hallasen a diestro y siniestro.

De verdad, fue cosa extraña de ver y oír todas estas cosas que se hicieron, que no había ánimo, por fuerte que fuese, que no se recelase y temiese de la muerte o de alguna adversidad que le pudiera sobrevenir en la persona y bienes, en aquellos negocios tan peligrosos y grandes tumultos. Y así andaban todos bien llenos de miedo por los terribles alborotos que veían en su ciudad.

CAPÍTULO XL

EN DONDE SE PROSIGUE TODAVÍA EN CONTAR LOS DEMÁS ALBOROTOS Y ESCÁNDALOS QUE HUBO EN LA CIUDAD DE LOS REYES ANTES QUE PRENDIESEN AL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA, Y DE OTRAS MUCHAS COSAS QUE PASARON.

Los tres Oidores y los demás de la liga que estaban en la torrecilla tomando consejo de lo que harían, como ya se dijo, se atemorizaron mucho cuando oyeron tocar a rebato. Como en ese momento no tenían más que unos cien hombres, pues los demás no habían acudido a la llamada, no sabían qué hacer; al contrario, creyeron que les iría muy mal, y no hacían sino mirarse los unos a los otros.

Cuando sintió esto Francisco de Escobar, a quien comúnmente llamaban "el Tío" por serlo de María de Escobar, dijo a grandes voces a los Oidores y a los de la liga: "¿Qué hacemos aquí, señores míos? ¡Salgamos, cuerpo de Dios, a la calle, y muramos como hombres de bien peleando, y no como gallinas, encerrados en esta torrecilla!"

Oyendo esto, todos salieron con más recelo que vergüenza. Estando ya en la calle vieron venir muchos hombres de a caballo y de a pie, casi todos bien organizados, y comenzaron todos juntos a marchar hacia la plaza, yendo como guías Pedro de Vergara, Francisco de Escobar y Martín de Isásaga, vizcaíno, mostrándose como cabezas de aquella liga. Y como les decían que el Príncipe Don Felipe, nuestro Señor, estaba en casa de Cepeda, que fuesen allí porque allí les dirían lo que habían de hacer, iban allá de buena gana, como hombres que iban a servir a Su Majestad, engañados con esta falsa apariencia, sin saber lo que era.

Yendo todos de esta manera, encontraron, no a muchos pasos de la cerca, a muchos hombres de a caballo y de la infantería, que iban a casa de Cepeda por la admonición de Diego de Agüero, Antonio Solar y Ventura Beltrán, que estaban puestos como guardas de los portillos de las cercas. Algunos de los que encontraban a los de la liga, como entendieron que iban a prender al Virrey, como leales dieron voces, diciendo que no era bien hecho prender así a un Virrey como era Blasco Núñez Vela, y que aquel atrevimiento y gran desacato que se le hacía se imputaría a gran deslealtad y traición a Su Majestad.

Oyendo esto los tres Oidores, que iban en medio de los de la liga, los desarmaron con gran furia y de allí los llevaron presos a casa de Cepeda, y entre ellos se llevaron al licenciado Alonso de León, hombre anciano y principal en la tierra, y si no fuera por el Oidor Tejada, que era su gran amigo, le hubieran dado de puñaladas los soldados.

En este intermedio llegó el capitán Martín de Robles con gran prisa y trajo consigo a su alférez Mateo Ramírez, el Galán, con hasta cien hombres, y cuando los vieron, todos se alegraron mucho y luego se dieron ánimo los unos a los otros para que pasasen adelante.

Marchando, pues, todos los aprehensores, iban diciendo a grandes voces para que todos lo oyesen: "¡Viva el Príncipe Don Felipe, nuestro Señor, y Libertad!" Y así, entrando por el portillo de la cerca, se fueron todos a ponerse en una esquina de la plaza, entre la casa de Diego de Agüero y la tienda de Juan Gómez, ya que sería a la hora de tercia (a media mañana).

Cuando extendieron los ojos por la plaza vieron un gran escuadrón que estaba puesto delante de la puerta de palacio, y los arcabuceros allí junto con su capitán Gerónimo de la Serna, a los cuales vieron ir hacia ellos con los arcabuces encarados y disparando con ánimo y presteza. Y desde los corredores también disparaban a esta calle doce arcabuceros que estaban allí apostados.

El capitán Martín de Robles, Pedro de Vergara, Francisco de Escobar, Diego de Agüero, Antonio Solar, Ventura Beltrán y los tres Oidores con los demás de la liga, como vieron que el capitán Gerónimo de la Serna y los suyos les disparaban desde en medio de la plaza y desde los corredores, se arrimaron a una parte de la pared hacia mano izquierda, a la tienda de Juan Gómez, y las balas dieron en la pared de Diego de Agüero, pues si no hubieran hecho esto, habrían sido los perdedores.

Después de que hubieron disparado la primera descarga, y justo cuando estaban recargando para disparar de nuevo, los arcabuceros de la liga salieron de repente y empezaron a disparar contra los leales. Mataron a un arcabucero, que cayó junto a la picota.

En ese momento, el alférez Mateo Ramírez, el Galán, irrumpió en la plaza con ánimo resuelto y comenzó a ondear la bandera. Martín de Isásaga, el vizcaíno, y Pedro de Vergara, con la espada desenvainada y una adarga por delante, se apostaron a la entrada de la plaza y gritaron a voz en cuello: "¡Viva, viva el Príncipe Don Felipe, nuestro Señor, y Libertad!"

Volviéndose hacia sus compañeros, les arengaron: "¡Ánimo, caballeros, ánimo! ¡A ellos, a ellos, que ya están desmayando y huyendo!" Acto seguido, Diego de Agüero y Antonio Solar, junto con muchos otros jinetes de la liga, arremetieron a caballo contra los arcabuceros del capitán Serna, sin dejar de gritar el lema: "¡Del Príncipe Don Felipe y Libertad!"

Oyendo los soldados de Serna [apellidar] el nombre del Príncipe y Libertad, y como el nombre de la libertad sea muy dulce en los oídos de las gentes por la mayor parte, fue muy bien oído por todos, porque había entre ellos muchos que eran amigos de novedades y disensiones, lo que les provocó a seguir la bandera de los conjurados, que en breve espacio se juntaron todos en un cuerpo y en unanimidad, desamparando a su capitán.

Los tres Oidores, viendo que la cosa iba trabada, se apartaron de los soldados de la liga y se fueron a poner en el cementerio de la iglesia mayor, donde mandaron traer luego cuatro sillas, una gran mesa y unos bancos para hacer allí Audiencia, desde donde vieron todo lo que pasaba, y de allí dieron ánimo y aliento a los conjurados para que pasasen adelante.

El capitán Gerónimo de la Serna, viendo que sus arcabuceros lo habían dejado y se habían juntado con los Oidores y con Martín de Robles, no esperó allí más, sino que de un salto, pasando por medio del leal escuadrón, se fue al Virrey, al cual le contó todo lo que le había pasado en la plaza, y de cómo los arcabuceros se habían ido al bando de los Oidores.

El Virrey, oyendo esto, fue muy grande el pesar y enojo que recibió, y sin más dilación ni consejo quiso salir con gran ánimo a pelear con ellos y a contrastarles la entrada, mas no le dejaron los descontentos, que estaban algunos con él. Y aunque los sanos y leales, que eran pocos, le aconsejaron que saliese a pelear, no sirvió de nada, y de cierto que hubiera hecho un gran efecto.

Pues como los aprehensores fuesen apelando al nombre del "¡Príncipe y Libertad!", llegaron con denuedo a las puertas de palacio, donde estaban los dos escuadrones de la leal caballería y de la infantería puestos a punto para pelear. Mas cuando los conjurados llegaron a los dos escuadrones, todos los caballeros y piqueros, teniendo las picas y las lanzas caladas para pelear, las enarbolaron en un punto, que no hubo allí ninguno que les defendiese la entrada, antes hicieron camino por donde entraron, y todos ellos se juntaron sin pelear.

No se cuál fue el motivo y la causa de tanta y de tan gran pusilanimidad como allí en aquel punto se mostró, pues de cierto no hubo ninguno que resistiese aquella fuerza en nombre de Su Majestad, ya que lo pudieron hacer, mas, al fin, pareció al parecer humano, que todos deseaban su prisión o muerte. Porque eran tantos los que le aborrecían en gran manera, y estaba tan odiado, que era cosa extraña, y por otra parte deseaban ya ver a Gonzalo Pizarro en la ciudad, porque todas las cosas nuevas placen, aunque después dan dolor, como aconteció a estos conjurados, como más largamente diremos adelante en esta nuestra obra.

CAPÍTULO XLI

DE CÓMO EL CAPITÁN MARTÍN DE ROBLES Y SUS ALIADOS Y CONSORTES PRENDIERON AL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA Y LO LLEVARON PRESO A CASA DEL OIDOR DIEGO VÁSQUEZ DE CEPEDA, Y DE LAS DEMÁS COSAS QUE ALLÍ PASARON.

Así como los de la liga llegaron a la puerta de palacio, se detuvieron todos un rato a preguntar por el Virrey y a hablar con los que estaban en los dos escuadrones. En el entretanto, los tres Oidores mandaron a Gerónimo de Aliaga, Secretario de la Real Audiencia, que fuese de parte de ellos y en nombre de Su Majestad al Virrey, y le hablara con gran comedimiento y buena crianza, diciéndole que ellos le besaban las manos como a Virrey, y que le requerían como Real Audiencia y en nombre de Su Majestad que se viniese luego ante ellos, antes que algún agravio y mal le sobreviniese, porque todo el pueblo y los soldados estaban alborotados por su causa y convenía para la pacificación de toda la tierra que su Señoría se embarcase luego y fuese a dar cuenta al Rey de todo lo que había hecho.

El Virrey se enfureció enormemente con el mensaje (la embajada). De hecho, si los suyos le hubieran permitido salir, él mismo los habría apresado y embarcado, y nadie se habría atrevido a contradecirlo; todos los que estaban en la puerta lo habrían seguido sin osar hacer nada más. Sin embargo, al ver que no podía hacerlo debido a las precauciones que le exponían, disimuló su enojo y envió a decir a los tres Oidores que se maravillaba mucho de ellos por haberle enviado tal mensaje.

Añadió: "Siendo yo la cabeza para mandaros, ¿cómo pueden los pies actuar por cuenta propia?". Les recordó que no tenían facultad, ni poder, ni especial comisión del Rey para cometer la acción que estaban llevando a cabo.

Y que él tenía tal facultad para esto y para otras muchas cosas, en que los podía mandar aprisionar, como ellos lo sabían muy bien. Y además de esto, ¿en qué sensatez cabía que él saliese fuera de palacio teniendo a la puerta a todos sus enemigos? Especialmente que estaban allí los parientes y amigos del Factor Guillén Juárez de Carvajal, que le tenían mortal enemistad y gran odio, y que, en saliendo por la puerta, lo matarían luego sin tener respeto a su persona ni al Real cargo que tenía, pues le tenían cercado dentro de sus palacios. Y que mejor era que ellos se viniesen a él, y que estando juntos y viéndolo todos, luego se amansarían los alborotadores y ninguno se atrevería a menearse. Y que esto él lo requería a ellos en nombre de Su Majestad, y por virtud del poder que de él tenía, les mandaba que compareciesen ante él para que se hiciera Audiencia en público, y no a escondidas.

Dichas estas cosas, el Virrey despidió a Gerónimo de Aliaga a los Oidores y les dio la respuesta. Entendido y visto por ellos que el Virrey no quería comparecer ante ellos, mandaron al capitán Martín de Robles que luego cumpliese lo que Su Majestad le mandaba en su Real provisión. Y para llevar a efecto esto, mandaron a Nicolás de Ribera, el Mozo, que era alcalde ordinario de aquel año, que le diera favor y ayuda, como justicia que era, con todos los demás que llamase, por virtud de la Real provisión que se le había dado.

En el entretanto que los aprehensores se detuvieron en preguntar por el Virrey, y mientras Gerónimo de Aliaga iba y venía de hablar a su Señoría, asomó por los corredores que dan a la plaza el Maestro de Campo Diego de Urbina y dijo a grandes voces: "Señores y caballeros de Su Majestad, el Virrey dice que no suba nadie aquí arriba, porque él quiere irse a embarcar en los navíos para irse a España, pues todos lo deseáis y los Señores Oidores mucho más, y os dejará toda la tierra en paz y en quietud."

Se hallaron allí abajo dos arcabuceros de los de la liga, que eran sus mortales enemigos, y sin tener respeto a que era Maestro de Campo, le dispararon a la par, mas no le acertaron porque las balas dieron en un poste de ladrillos de los corredores, donde él se había puesto detrás, arrimado a él, sospechando esto. Y lo que dijo Diego de Urbina no se sabe de cierto si el Virrey lo mandó decir así o no.

Diego de Urbina se metió con presteza y dijo al Virrey cómo los de la liga y aprehensores de su persona entraban ya, y de lo que él les dijo para moverlos a que no subiesen y de la respuesta que le habían dado con sendos arcabuzazos, por donde conocía la mala intención que todos traían.

Pues como digo, Martín de Robles, Nicolás de Ribera, Pedro de Vergara, Martín de Isásaga y los demás de la liga, oyendo el mandado de los Oidores, tomaron consigo hasta cuarenta arcabuceros y vecinos de la ciudad y subieron todos arriba, dejando ante todas cosas en la puerta a los demás de la liga para que les hicieran espaldas mientras ellos prendían al Virrey.

Cuando los tumultuarios llegaron a las puertas de la cámara donde el Virrey estaba, las hallaron bien atrancadas, las cuales empujaron fuertemente, y al no poder abrirlas, decían a voces a los de dentro que les abriesen las puertas, que no querían hacer cosa alguna sino hablar tan solamente con su Señoría de parte de los Oidores y dar luego la vuelta. Como algunos vieron que no se abrían las puertas, dijeron con ánimo dañado y perverso que se pusiese fuego a las puertas para que el Virrey y los que con él estaban se quemasen dentro y que así se acabarían de concluir tantas sospechas y recelos como tenían de él.

Al cabo de un rato, el Virrey mandó abrir las puertas para ver lo que hacían los tumultuarios, y abiertas, ellos entraron con gran furia diciendo: "¡Viva el Príncipe Don Felipe, y Libertad!" Los delanteros que entraron fueron Martín de Robles, Nicolás de Ribera, Ventura Beltrán, Pedro de Vergara, Gerónimo de Aliaga, Antonio Solar, Diego de Agüero, Francisco de Escobar, el Tío, y Martín de Isásaga, con otros.

Martín de Robles, haciéndole su debida reverencia, le dijo: "Vuestra Señoría me perdone en lo que me mandan hacer, y sea preso, que Su Majestad lo manda y su Real Audiencia."

El Virrey le respondió y dijo: "Su Majestad no manda prender así a sus Gobernadores, con traiciones y con mano armada, sino que esos necios de los Oidores lo mandan. Veamos, ¿por qué no vienen ellos a prenderme, por qué quieren sacar la culebra con mano ajena? Y decidme ahora, ¿vos no tuvisteis vergüenza en aceptar esta tan gran traición que ahora cometéis a Su Majestad, y contra mi persona, siendo vos mi capitán?"

A esto replicó Martín de Robles y dijo: "Vuestra Señoría dese por prisionero y no hable, y véngase conmigo antes que todo el ejército suba acá con los parientes del Factor, porque tienen determinado quitarle la vida en venganza de la que vuestra Señoría dio al Factor, y es cosa muy necesaria sacar de aquí a vuestra Señoría para que todo el pueblo se aplaque."

Algunos de los que estaban antes con el Virrey y los que habían entrado con Martín de Robles le suplicaron mucho, importunándole que se fuese con Robles y con Nicolás de Ribera hasta donde estaba la Real Audiencia, para que se aplacara siquiera un poco el pueblo. El Virrey respondió a todos, diciendo que no quería ir; que antes se dejaría hacer pedazos que ir a donde Cepeda estaba, ni tampoco ir con Robles, siendo un hombre tan vil y tan bajo como era. A esto no replicó nada Martín de Robles porque vio al Virrey muy encendido en ira.

Finalmente, volvieron a importunarle con insistencia para que se fuera con Martín de Robles y con los soldados y ciudadanos que habían venido a llamarlo, antes de que sucediera algún daño o desgracia, pues los soldados que se habían quedado abajo estaban muy furiosos y listos para subir. El Virrey, al ver que todos le insistían tanto, que se lo decían con tanto ahínco y que no podía hacer otra cosa, decidió entregarse.

Así, se entregó a Nicolás de Ribera, como alcalde ordinario, y a Pedro de Vergara y a Gerónimo de Aliaga, a quienes dijo: "Puesto que me acompañáis, velad por mi persona y mi vida para que no me maten, y llevadme a casa de Cepeda, que quiero hablar con él."

Dicho esto, y moderando un poco la rabia y la furia que tenía, salió de la cámara rodeado por los captores hasta llegar abajo, donde estaba el escuadrón. En cuanto todos los descontentos lo vieron, el placer que recibieron fue inmenso. Por ello, muchos de ellos comenzaron a dar voces invocando el nombre del Príncipe y pidiendo libertad.

Así como salió el Virrey, prendieron luego a su hermano Juan Velázquez Vela Núñez, Diego de Urbina, Gerónimo de la Serna y a Francisco Martín de Alcántara, con otros hombres de quien se tenía sospecha que eran grandes amigos del Virrey, a los cuales llevaron presos a diversas casas por mandato de los Oidores, aunque no tuvieron prisión alguna, sino bajo buenas fianzas que dieron.

Llevando al Virrey por la plaza, se mostraron contra él algunos de la liga muy descomedidos, que sin ninguna vergüenza le dijeron que era un otro Nerón o Calígula, que era lobo cruel carnicero y matador de hombres, con otros improperios y denuestos, a todo lo cual él callaba, salvo cuando decían "¡Viva el Rey!", y él decía: "Pues ¿quién me mata o quiere matar?"

Un criado del Factor, llamado Martín Padarve, con gran atrevimiento y maldad le encaró por detrás el arcabuz para matarle, y plugo a Dios de guardarlo, que no disparó aunque encendió el polvorín. Y este diabólico y mal soldado no fue castigado, ni le dijeron cosa alguna, antes lo apartaron de allí para que no reincidiera en su maldad. ¡Oh, infidelidad de este hombre tan alevoso!

A este tiempo venía el Oidor Zárate de su casa a juntarse con el Virrey, y viendo que no podía pasar a él por la mucha gente que lo traía cercado, se fue al cementerio de la iglesia mayor, con los otros Oidores, a donde el Virrey fue llevado.

Al llegar el Virrey ante ellos, les dijo que ¿por qué causa le habían hecho prender tan alevosamente, y qué era lo que pretendían hacer de su persona? Los tres comenzaron a justificarse, disculpándose de su prisión con palabras impertinentes, diciendo que lo que se había hecho no lo habían mandado hacer tanto por lo que a ellos tocaría, cuanto por servir en ello a Su Majestad y por el bien y provecho de toda la tierra. Y el Virrey se sonrió de esto y luego les dijo muchas y diversas cosas, reprendiéndoles furiosamente por lo que habían cometido con gran violencia.

Para evitar escucharlo, los tres Oidores —dado que el Oidor Zárate se mantenía en silencio ante todo—, ordenaron que el Virrey fuera llevado a casa de Cepeda. Esta casa era la de María de Escobar, quien había sido esposa del capitán Francisco de Chaves, asesinado por los "chilenos" (almagristas) cuando también mataron al Marqués Don Francisco Pizarro.

Los Oidores se adelantaron para establecer allí la Audiencia.

Muchas y grandes fueron las befas y escarnios que hicieron al Virrey, apartado que fue de los Oidores, yendo por la calle, que como lo llevaban tan asido y apretado parecía que no llegaba con los pies al suelo, hasta que llegaron a la posada de Cepeda, en donde se hacía Audiencia.

Así como el Virrey entró por la sala donde estaban los cuatro Oidores con muchos letrados y ciudadanos y soldados, y como él iba con enojo, les dijo: "¿Qué es esto, señores? ¿Así se prenden los Virreyes y Gobernadores de Su Majestad con mano armada, como si yo fuera el mayor corsario de todo el mundo? Mirad lo que habéis hecho, porque el día de hoy habéis cometido un yerro muy grande que redundará y caerá sobre vuestras honras y famas, y sobre todo en vuestros linajes, que no os podréis lavar con toda el agua que hay en el mar si no ponéis en ello remedio con hacerme soltar libremente."

A esto respondió Cepeda y dijo con ira: "La prisión que se ha hecho en la persona de vuestra Señoría está bien hecha, por cuanto Su Majestad no envió a vuestra Señoría a matar con crueldad a los hombres que hay en la ciudad, con sus propias manos, como cruel verdugo. Ni menos venimos a despoblar esta miserable ciudad, como vuestra Señoría intentaba hacer, sino a tenerla, y a las demás, en mucha paz y quietud, gobernándolas con razón y justicia, y no con crueldades y grandes agravios como vuestra Señoría hacía a los vasallos de Su Majestad. Viendo nosotros que las cosas iban de mal en peor y que totalmente se iba a perder la república de esta ciudad, con acuerdo bien meditado procuramos de poner el remedio que a todos convenía, pues en ello se hizo gran servicio a Dios y a Su Majestad, atajando muchos males y daños con la prisión de vuestra Señoría."

El Virrey dijo esto con enojo: "¿Decidme, señores, no os parece que tenía razón al hacer lo que hice, puesto que veía claramente que todos vosotros me contrariabais en todo lo que yo quería ejecutar en servicio de Su Majestad, pues en nada me dabais apoyo ni ayuda?

Por otra parte, los vecinos de esta ciudad, o la mayor parte de ellos, siempre me trataron con alevosía y nunca me decían la verdad. Sentía que me odiaban a muerte, y todo esto lo causasteis vosotros con vuestras quejas infundadas contra mí. Por ello, escribieron al traidor de Gonzalo Pizarro para que tiranizara esta región. Así que fuisteis vosotros la causa por no haberos unido a mí.

Además de esto, mis capitanes y soldados se mostraban muy desobedientes en todo lo que yo les ordenaba, negándose a cumplir mis mandatos; incluso me permitieron ser apresado por un capitanejo desvergonzado [Martín de Robles], al cual estoy seguro de que la justicia divina y la humana castigarán por lo que cometió contra mí siendo mi capitán. Por estas y otras muchas razones que callo, determiné irme a la isla de la Puna para alejarme de una tierra tan perniciosa como esta, llevándome conmigo la Contaduría de Su Majestad.

Mas, al final, me parece que lo habéis frustrado con mi prisión, impidiendo que se cumpliera lo que el Rey me mandó hacer en su Real nombre. Por lo cual, actuasteis muy mal, y no como se esperaba de vosotros. Tampoco pensé jamás que mis soldados y vecinos cometerían tal error contra mí."

Aquí se le acordó al Virrey lo que el Regente Fray Tomás de San Martín le había dicho días atrás, que se guardase de hombres que comían con dos carrillos y se mudaban como veletas a cada viento, que era señal de finos traidores. Y que mirase bien por su persona y vida y se guardase de ellos, porque si les tomaba la furia del demonio lo habían de prender o matar, y allí lo dijo delante de todos, y se quejaba de sí mismo porque lo había echado en olvido.

Comenzaron, pues, el Virrey y los tres Oidores a tener muchas y recias palabras, diciéndose las verdades, lo que iba de mal en peor, y solo el Oidor Zárate callaba. Y todo esto pasó delante de muchos ciudadanos y soldados, y así por esto se disolvió la Audiencia, porque los Oidores se levantaron, ya que era muy tarde.

Muchos de los leales que amaban el servicio del Virrey tuvieron por cierto, y aun se tuvo muy gran sospecha del Oidor Cepeda, que quería matar al Virrey y juntarse con Pizarro y alzarse ambos con la tierra, y como andando el tiempo lo vieron, lo tuvieron por cierto, como adelante diremos.

Mas, en fin, el Virrey tuvo por cierto que ciertamente lo matarían si hablaba mucho, porque vio claramente que todos cuantos allí estaban le querían mal de muerte y ninguno le era favorable, porque los que le querían bien estaban presos y los demás le habían desamparado, y si alguno estaba allí no se atrevía a hablar, de puro miedo. De manera que acabadas las voces y porfías, usó el Virrey de un ardid y maña con ellos, que fue encomendarse a ellos mismos, principalmente al Oidor Cepeda, que le dijo: "Mirad por mí, señor Cepeda, no me mate alguno, porque vos y vuestros dos compañeros habéis de dar cuenta de mi vida a Su Majestad."

Respondió Cepeda y dijo: "Yo la daré a Su Majestad como vuestra Señoría lo manda; por tanto, calle y no hable, que no habrá ninguno que se atreva a tocar a su persona más que a la del Rey nuestro Señor." Y así callaron todos.

Esta prisión del Virrey fue el jueves a dieciocho días de septiembre de 1544 años, el cual fue traído, como hemos dicho, a casa de Cepeda, y pasadas otras cosas se fueron los Oidores a sus casas a comer, y todos los demás. El Virrey quedó detenido en una cámara, y en todo este día no fue desarmado, antes se le puso muy buena guardia a su persona para que no le matase alguno o porque no se fugase; al cual dejaremos un poco hasta la tarde, por decir de otras cosas que pasaron en este día.

Se tuvo entendido y fue opinión de todos que si Don Alonso de Montemayor hubiera estado en la ciudad, que nunca los tumultuarios hubieran prendido al Virrey, porque era hombre valeroso y los cincuenta soldados que llevó eran sus grandes amigos, que primero que lo prendieran hubieran perdido ellos las vidas y no le hubieran dejado llevar a casa de Cepeda; mas, en fin, había muchos enfermos y no podían sanar si no era con ver en prisión al Virrey, o fuera de la tierra.

CAPÍTULO XLII

DEL GRANDÍSIMO ROBO QUE LOS SOLDADOS HICIERON EN LA ROPA DEL VIRREY Y DE SUS ALLEGADOS, EN PALACIO, Y DE CÓMO DIEGO ÁLVAREZ CUETO, GENERAL DE LA MAR, SE ALZÓ CON LOS NAVÍOS EN NOMBRE DE SU MAJESTAD Y DE BLASCO NÚÑEZ VELA.

Fueron tantas las cosas que sucedieron en un mismo tiempo y en una sola ocasión y coyuntura en diversas partes y lugares, tanto dentro de la ciudad como en el mar, después de la prisión del Virrey, que para contarlas sería necesario salirse del orden que llevamos y barajarlo todo. Mas yo las expondré y relataré de tal suerte que el benévolo lector las entienda muy bien.

Ha de saberse que tan pronto como prendieron al Virrey y lo sacaron de palacio por la fuerza, como ya se dijo, muchos soldados que se quedaron en la plaza, que no fueron a casa del Oidor Cepeda con el Virrey, se fueron derechos a palacio. Y como allí no vieron a ninguno que les estorbase lo que ellos querían hacer, comenzaron con gran furia de ladrones a tomar y robar a diestro y siniestro todo cuanto pudieron hallar, que fue cosa extraña de ver el saqueo que hicieron.

Porque unos tomaron las ropas y vestidos del Virrey y las joyas de oro que tenía, que era todo de gran precio y valor. Y para tomar todo esto, y como no tenían llaves, hicieron pedazos muchas cajas forradas de paño y cofres abombados, donde estaba guardado, que fue gran lástima verlo todo quebrado. Otros tomaron caballos y mulas que tenía el Virrey en su caballeriza, y se los llevaron a sus casas como si fueran suyos propios, o como si se tomara a los moros. Otros tomaron los negros y negras del Virrey y de sus allegados que posaban en palacio. Otros tomaron los guadamecíes y paños de corte que estaban en las paredes y en las cajas, y todas las alhajas de casa y de la cocina, ya fuese del servicio del Virrey o de sus allegados y criados, que todo lo barrieron por completo, que no perdonaron cosa alguna.

De manera que el que más tomaba y hurtaba ese era en más tenido y estimado, y le llamaban dichoso y de buena ventura, pues tan buena suerte le había cabido. Y de esta suerte dejaron los soldados bien desierto y barrido todo el palacio, porque no quedó estaca en pared ni cosa que valiese un real, sino eran las cajas forradas, cofres abombados, escritorios muy galanos, cerrojos, candados, cerraduras y puertas, que todos estaban hechos pedazos y sin provecho alguno sino era para el fuego.

Sucedió también en este día que, como prendieron al Virrey, se halló presente a todo ello un vizcaíno llamado Pedro de Aranguren, que era gran amigo del General Diego Álvarez Cueto y de Gerónimo Zurbano, vizcaíno. Este, lo más pronto que pudo, tomó un caballo ligero y se fue por la posta al puerto, que hay dos leguas llanas de andadura.

Embarcándose en un batel que había venido de los navíos a su llamado, se fue a la flota y allí contó las tristes nuevas que llevaba al General y a Zurbano y a los Ávilas, que eran parientes del Virrey, lo cual sintieron con gran sentimiento y dolor como la razón y el caso lo requerían.

El General y Zurbano, queriendo como leales poner a buen recaudo los navíos que el Virrey les había entregado, mandaron a los pilotos y marineros que aprestasen y aderezasen los mejores navíos que había, y luego izaron las velas arriba para que estuviesen todos a punto. Mandó a los soldados que allí estaban que tuviesen a punto las armas, y a los marineros mandó que subiesen muchos guijarros y arcabuces a las gavias, para defenderse y ofender a los enemigos que contra ellos viniesen a hacerles mal y daño.

Y así creyeron los caballeros de la mar que los ciudadanos, o los Oidores y sus soldados, les vendrían a tomar los navíos en algunas balsas, o en unos barcos de pescadores que estaban a dos leguas de allí. Y para que los Oidores y los tumultuarios no se aprovechasen de ningún navío, hizo el General aprestar los cinco navíos de ellos muy bien, donde metió todo lo que pudo meter, tanto de bastimentos como de otras cosas muy necesarias para ellos. Mandó barrenar un navío para que se fuese a fondo, y para abreviar con el otro navío lo mandó quemar, porque era muy viejo y hacía mucha agua y estaba comido de broma (molusco que carcome la madera), que no valían ambos cosa alguna para navegar, quitándoles primero todas las jarcias y aparejos que tenían. Todo lo cual se vio desde la plaza de la ciudad y de los corredores de palacio; y así se alzó esta flota de cinco navíos, en nombre de Su Majestad y en favor del Virrey.

Cinco horas después de que el Virrey fue tan malamente apresado, el Oidor Zárate sintió un gran pesar al verlo detenido en casa de Cepeda. Para justificar su posición y eximirse de la culpa que pudieran imputarle, fue a verlo y, con gran pesar y con palabras suaves y humildes, comenzó a decirle:

"Su Señoría bien sabe que yo no tuve parte ni arte en su arresto, ni menos lo ordené, ni fue con mi consentimiento que se efectuara su prisión. Fueron los otros tres Oidores y Martín de Robles quienes urdieron y tramaron todo, no tanto por asuntos propios, sino a causa de la muerte del Factor y por otros a quienes usted intentaba matar, según se rumoreaba."

El Virrey le admitió sus disculpas y lo abrazó amorosamente, porque siempre lo había hallado por grande amigo y buen consejero, y le dijo que bien parecía ser en todo y por todo gran servidor de Su Majestad, y que los tales caballeros hidalgos como él no podían hacer cosa mala, y más siendo criado y oficial de Su Majestad. Y que los leales caballeros como él, merecían mucho, y no como sus compañeros, que se le habían mostrado muy adversos y contrarios. Y ahora le rogaba que le diese favor y ayuda, como hasta allí lo había hecho, para poder ir con salud ante Su Majestad a darle cuenta de todo lo pasado, y él se lo prometió, mas no pudo soltarle aunque lo procuró.

El Oidor Tejada fue también al Virrey, y para congraciarse con él le dijo que teniéndole por padre y señor, y estando su Señoría preso, no sabía a quién arrimarse para que le librase de los peligros y males que le podrían ocurrir, y que no sabía qué medio tomar, pues le faltaba la cabeza y el principio de su remedio, y así le dijo otras cosas.

Estas palabras simuladas y engañosas se las dijo al Virrey para que entendiese que todo era así, mas fue al contrario de lo que él pensaba, porque el Virrey sabía por entero todo lo que pasaba, ya que a tales señores no les falta quien les diga lo que pasa, y aun poco más, y así le respondió muy secamente que lo creía.

Mas el Virrey, por ver lo que tenía en este Oidor, le dijo delante de algunos hombres que allí estaban, que, puesto que tanto le pesaba y tanto sentimiento hacía de su detención, mostrándose tan penoso y triste, que lo soltase de donde estaba, pues lo podía hacer con los demás de sus compañeros. A esto respondió Tejada y dijo que él mucho quería, mas que no lo podía hacer por el gran recelo que tenía de los capitanes y soldados del ejército, porque si él y sus compañeros le soltasen por Audiencia, se amotinarían todos ellos y los matarían, porque los capitanes decían que lo querían enviar a España al Rey, y que al hombre que lo defendiese le quitarían la vida y lo harían pedazos; y con esto el Virrey lo despidió de sí, que no le quiso oír más.

Después de estas cosas así pasadas, dijo el Oidor Cepeda al Virrey: "Juro a Dios y a esta señal de cruz que mi pensamiento y voluntad no fue prender a vuestra Señoría, sino servirle toda mi vida, como siempre lo he hecho; pero ya que vuestra Señoría está preso sepa que no le tengo de soltar, porque los soldados del ejército me matarán. Antes tengo determinado de enviar a vuestra Señoría ante Su Majestad para que vaya a dar cuenta de lo que por acá ha hecho, y en el entretanto vuestra Señoría preste paciencia, y estese quieto y no hable ni alborote a la gente del ejército y ciudadanos, porque sepa que si lo hace le haré dar de puñaladas, y venga después lo que viniere. Y si vuestra Señoría estuviere quieto y pacífico, servirle he de rodillas y le guardaré la vida y persona, y más le haré devolver toda su ropa y todo cuanto los soldados tomaron en palacio, sin que se pierda cosa alguna."

Todo esto le dijo Cepeda estando presentes los tres oficiales de Su Majestad, y Martín de Robles, Pedro de Vergara, Don Antonio de Ribera, Martín de Isásaga, Antonio de Robles, el licenciado Rodrigo Niño, Antonio Solar, Gerónimo de Aliaga y Francisco de Escobar, con otros muchos, además de los arcabuceros que le guardaban.

El Virrey, cuando oyó estas palabras tan recias que Cepeda le dijo, las sintió muy de corazón, y mirándole de pies a cabeza no supo qué responderle, por el gran peligro que había en ese momento. Mas, reportándose un poco con prudencia y teniendo gran sufrimiento y cordura, le dijo con simulación: "Por nuestro Señor, que es vuestra merced bueno a las derechas, y siempre lo he tenido por tal, y no como los otros, a lo menos Tejada y Juan Álvarez, que habiendo ellos urdido y tramado mi prisión han venido a llorar delante de mí, sin ninguna vergüenza, dándome sus disculpas tan necias y frías como si yo no los entendiera. En cuanto toca a lo de mi ropa y caballos y las otras cosas que los soldados me tomaron, agradezco mucho la buena obra que se me hace; cóbrese y mándese vender, que vale mucho dinero, y con lo que se hiciere me podré ir a España, pues todos lo desean, y yo más que nadie." Y así estuvieron buen rato, ofreciéndose el uno al otro con palabras demostrativas de buen amor y cortesía.

Tras estos sucesos, Diego de Agüero, Antonio Solar, el licenciado Rodrigo Niño y Ventura Beltrán, junto con otros vecinos, increparon al Virrey sin ninguna vergüenza, dirigiéndole muchas y duras palabras con gran ferocidad y reprochándole todas sus acciones. Era intolerable que se le dijeran tales palabras a un hombre de su eminencia, incluso sin el cargo real que ostentaba, pues su persona valía mucho; más aún cuando todo lo que hacía era por mandato de Su Majestad, de quien era ejecutor, y no podía hacer ni innovar nada sin faltar a su deber, de modo que moría por servirle.

Sin embargo, él se encontraba allí hecho un yunque ante los martillazos que cada uno quería propinarle. Fue tanto lo que le dijeron que, como hombre sensato y astuto, guardaba silencio ante todo lo que le decían. En ese momento no le convenía hablar ni amenazar a nadie. Aunque a veces respondía, lo hacía con pocas palabras y con mucho significado, porque sabía que el tiempo era muy peligroso y, por lo tanto, aguardaba cada día la muerte con la que le amenazaban.

También los tres Oidores ordenaron en este día, por Audiencia pública, muchas y diversas cosas de las que habían de hacer adelante, y entre ellas fue acordado que para despachar negocios con más brevedad, y por no estorbarse el uno al otro, repartirse entre sí los oficios de esta forma y manera, conforme al triunvirato de los romanos, como lo cuentan los historiadores:

Que el Oidor Cepeda, como hombre más hábil y entendido en las cosas que tocaban a la gobernación, y aun a lo de la guerra, que atendiese a ellas para que hiciese todo aquello que conviniese en tal caso, como Presidente, Gobernador y Capitán General, que para ello se le dio poder y facultad aquel día.

En este mismo acuerdo fue acordado que el licenciado Pedro Ortiz de Zárate y el Doctor Alonso de Tejada hiciesen Audiencia y administrasen justicia, y que el licenciado Juan Álvarez diese orden en los despachos y en las informaciones que se habían de llevar a Su Majestad, porque él fue el primer inventor de la prisión del Virrey.

 

CAPÍTULO XLIII

DE CÓMO LOS OIDORES ENVIARON AL VIRREY A LA MAR, PARA ENVIARLO EN UN NAVÍO A ESPAÑA, A QUE FUESE A DAR CUENTA A SU MAJESTAD DE LO QUE POR ACÁ HABÍA HECHO, Y NO FUE RECIBIDO EN NINGUNO DE ELLOS, Y DE LO DEMÁS QUE PASÓ.

Como el Oidor Juan Álvarez era el que ordenaba los despachos y las informaciones que se habían de llevar ante la Sacra Majestad, y como hombre que siempre había pretendido la prisión del Virrey, hizo todo aquello que convenía a su propósito, así en lo que tocaba a las informaciones como en otras cosas anexas a ellas.

Hechas, pues, y ordenadas estas cosas, y tomada la resolución de lo que se había de hacer, los Oidores entregaron al Virrey, con mandamiento, a Nicolás de Ribera, alcalde ordinario, a Ventura Beltrán y a Diego de Agüero, y a otros muchos hombres principales de los de la Liga, para que todos en buena guardia lo llevasen a embarcar en un navío para que fuese a España.

Ha de saberse que los tres Oidores, Cepeda, Tejada y Juan Álvarez, no se atrevían ni osaban tener al Virrey en la ciudad, porque habían oído decir que ciertos servidores de Su Majestad y amigos y valedores suyos pretendían soltarlo y ponerlo en libertad, y por estas cosas se recelaban mucho de él. Y también se recelaban por otra parte de Gonzalo Pizarro, no fuera que enviase alguna gente por la mar para apoderarse de los navíos que en el puerto estaban. Y a esta causa lo llevaron allá con dos fines:

  1. El primero por detener al Virrey en algún navío, para no verlo ni oírle, y porque estando en tierra se podría turbar la gente de la ciudad por su causa, porque tenía muchos amigos y valedores dentro de ella, que le pudieran dar favor y ayuda en hacerle soltar de donde estaba.
  2. El otro designio fue para que los soldados que estuviesen en guardia del Virrey guardasen también los navíos de los valedores del Virrey, y aseguraran la tierra y la mar, de Gonzalo Pizarro y de sus secuaces, que decían que venía cerca.

Llegados, pues, a la playa del mar, enviaron los dos Oidores en una balsa de cañas (que barca ninguna quiso acudir) a Juan Velázquez Vela Núñez (hermano del Virrey), con unos indios nadadores, para que en nombre de Su Majestad y del Virrey hablase al General y a Zurbano y a los parientes del Virrey para que les diesen y entregasen los navíos, porque en ello harían servicio al Rey y a él le quitarían de peligro.

Vela Núñez fue en la balsa, como ya dijimos, y llegado a la nao capitana dio su embajada a Diego Álvarez Cueto y a Gerónimo Zurbano y a sus parientes, los cuales lo recibieron tristemente y les pesó grandemente la embajada habiéndoles dado razón de todo lo que pasaba en la ciudad.

Oyendo estas cosas el General y Zurbano y los Ávilas, habiendo consultado sobre el caso, determinaron no dar ni entregar los navíos a los Oidores, aunque Vela Núñez lo importunó grandemente para que los diesen, porque dijo que ciertamente lo mandaba el Virrey. El General y los demás entendieron por indicios y conjeturas que no era por voluntad y consentimiento del Virrey decir que entregasen los navíos a los Oidores, pues sabían que venía preso y en poder de sus enemigos. Dado caso que él lo mandase, había de ser estando él en su propia libertad y dentro de los navíos para que lo pudiese mandar con más libertad, y por estas causas y razones no los quisieron dar.

Y con esto se volvió Vela Núñez a los Oidores y les dio la respuesta que traía. Los Oidores tornaron a enviar a Vela Núñez con el mismo mensaje, con protestación de que si no daban los navíos que matarían al Virrey y a cuantos amigos y servidores tenía en la ciudad, y puesto que su vida dependía de darlos, que no consintiesen quitar la vida a su Señoría, sino que tuviesen por bien entregar los navíos y al Virrey no le hicieran tan notorio agravio.

Tampoco hubo efecto en esto, porque los capitanes no los quisieron dar ni entregar, y a esta causa Vela Núñez no quiso volver con la respuesta, antes se quedó en el navío con sus parientes, muy triste y pensativo por no ver la muerte de su hermano, creyendo que los Oidores le harían dar la muerte luego.

Al ver que Vela Núñez no volvía, dieron grandes voces a los caballeros de la flota para que la diesen y entregasen, pues su Señoría lo mandaba, y que si no querían, que luego quitarían la vida al Virrey.

A estas voces acudió el capitán Gerónimo Zurbano por mandado del General. Él vino en una gran barca y bien equipada, con dos "tirillos" (piezas de artillería pequeña) y mucha arcabucería y grandes remeros, y estando un poco apartado de tierra preguntó, desde donde podía ser bien oído: "¿Qué era lo que demandaban y querían?"

Respondieron los Oidores que les entregasen libremente toda la flota si querían librar de muerte al Virrey.

Gerónimo Zurbano respondió diciendo que el General Diego Álvarez Cueto no quería dar los navíos, por cuanto los tenía en fiel y leal guarda por el Virrey y en nombre de Su Majestad, y que le sería muy mal contado si los entregaba sin licencia y facultad de alguno de ellos. Además de esto, que si tanta gana tenían de echar fuera de la tierra al Señor Virrey y a todos sus servidores y valedores, que él se obligaba a recibirlos en los navíos, sanos y libres de todo mal y daño, porque él se ofrecía a llevarlos a los reinos de Castilla, y los quitaría de delante de ellos para que más no los viesen, pues tan aborrecidos eran, para que de allí en adelante no recibiesen con ellos pesadumbre alguna.

Los Oidores no le admitieron estas razones, antes le reprendieron y amenazaron terriblemente con la muerte si no hacía dar la flota. Y Gerónimo Zurbano quedó avergonzado de esto, y de muy iracundo los reprendió también bravamente por lo que habían hecho contra el Virrey, y les dijo con gran osadía:

"Oíd, oíd lo que os quiero decir, y nadie pretenda ignorancia; Don Carlos, por la divina clemencia Emperador de Roma y Rey de Castilla, y el Virrey que está ahí presente en su nombre: yo soy enviado de parte de Diego Álvarez Cueto, General de los navíos que están en este puerto por su Señoría, y en nombre de Su Majestad.

Digo que os hago saber que yo estoy en uno de ellos como capitán por la mano de su Señoría, así como en castillo fuerte, de que el General y yo le tenemos hecho pleito homenaje, el cual no se nos puede quitar hasta que veamos su misma persona, se los devolvamos y restituyamos estando tan libre y tan señor como estaba al tiempo que nos los dio y entregó. Lo cual todo impide la disposición del tiempo, y no da lugar a ello, puesto que su Señoría lo mandase, lo que no manda, porque ya sabemos que no está en su libertad, ni de su voluntad lo manda, ni el General tiene por bien que se cumpla su mandado, pues sabe que es constreñido de los Oidores para que lo mande, sino fuere con esta condición:

Que ante todas cosas se aparten y se quiten todos los que están en su guarda, y le dejen libremente hablar conmigo, y que yo le pueda llevar a los navíos, donde le serán dados y entregados de nuestra mano a la suya, para que cumplamos aquello a que somos obligados en cuanto a la fidelidad que le debemos. Y estando su Señoría en su libertad haga después lo que fuere servido; y si esto se hiciere, luego se pondrá por la obra lo que piden, y de otra manera será excusado, porque no conviene a la honra y provecho de su Señoría, ni al servicio de Su Majestad, ni al bien del General, ni de los caballeros que están en los navíos."

Después que les hubo dicho libremente todo lo que quiso, y sin aguardar a oír más palabras, soltó los dos "tirillos" y los arcabuces, tirando por alto para no matar al Virrey, de manera que él los espantó y riñó fieramente y a su salvo. Y con esto se fue a los navíos y dijo al General y a los parientes del Virrey todo lo que le había pasado con los Oidores.

Pues como los Oidores vieron que no había remedio de obtener los navíos, enviaron allá a Fray Gaspar de Carvajal, pariente del Factor, en otra balsa grande de madera seca y de cañas que para ello se hizo, con voluntad del Virrey que le dio un anillo suyo muy conocido. Mandó al fraile que hablase de su parte a Vela Núñez, al General, a Zurbano, a los Ávilas, a los pilotos y maestres, que les mandaba diesen y entregasen los navíos a los Oidores, que él lo mandaba en nombre de Su Majestad, por señas, con aquel anillo, pues lo conocían todos ellos, y que no hiciesen otra cosa, si no querían ver su muerte, y que les agradecía la gran fidelidad que habían mostrado tenerle.

Además de esto les envió a mandar que luego sin dilación alguna echasen en tierra sanos y libres a los hijos del Marqués Don Francisco Pizarro, con Don Antonio de Ribera y Doña Inés, su mujer, y la dueña de Doña Francisca Pizarro.

Y con este mandado fue llevado Fray Gaspar de Carvajal, en la balsa, que fue llevada de unos indios nadadores, y llegado a la flota fue bien recibido del General y de los demás, aunque con los semblantes muy tristes, y allí dio su embajada, y para que fuese creído enseñó el anillo que llevaba.

Vela Núñez y los Ávilas, oyendo este mandado y adivinando lo que podría suceder al Virrey, importunaron con gran instancia al General y a Zurbano que diesen los navíos a los Oidores, pues lo mandaba el Virrey, y quedándoselos podría ser que escapase con la vida, y que se atajarían por ello muchos males y daños que se podrían recrudecer con su muerte, y que si los Oidores errasen, que ellos darían cuenta de todo a Su Majestad.

El General no lo quiso hacer, ni quiso tomar ni oír consejo alguno, porque creyó que era al contrario de la voluntad del Virrey, que estaba oprimido entre aquellos sus enemigos, y así fue de parecer que no se entregasen. Y por la gran obstinación de Gerónimo Zurbano, que fue el que más insistió y porfió en que no se dieran, así se dejaron de entregar.

Mas para agradar en algo a los Oidores, pareciéndoles un pequeño inconveniente, echaron en tierra a los hijos del Marqués y a Don Antonio de Ribera y a su mujer y a la dueña, con más los indios que habían llevado a Vela Núñez y al dominico Fray Gaspar de Carvajal, el cual dio razón de lo que había pasado en los navíos, de lo cual se enojaron mucho los Oidores.

Cuando los amigos y allegados de Gonzalo Pizarro vieron a los mozos y a los demás que salían de la mar, se holgaron mucho con ellos y los recibieron con alegría, y los Oidores los enviaron a la ciudad con ciertos soldados para que los acompañasen hasta la casa de Don Antonio de Ribera, en donde se criaban.

Así que, viendo los Oidores cuán pertinaces habían estado el General y Zurbano en no quererles dar ni entregar los navíos, se volvieron todos a la ciudad con gran pesadumbre, llevando en medio de ellos al Virrey, y muchos mofadores que le acompañaban le iban diciendo muchas palabras desacatadas y feas, haciendo mucha burla de él.

Unos decían: "¡Por Dios! Si 'Juan Blas' —como le llamaban por burla— no hubiera traído leyes tan rigurosas, ¡habría sido amado y querido por todos! Y si, ya que las trajo, se hubiera moderado y hubiera sido más templado en sus palabras, ciertamente habría sido el señor de esta tierra. Pero quien trajo tales ordenanzas, tal castigo merece."

Otros dijeron: "Pues que la mar ni la tierra no le quieren recibir, ni sus parientes ni amigos le quieren ver, ¿cómo los otros hombres se podrán valer ni averiguar con él si queda en la tierra y con el cargo que tiene? Ciertamente que es de muy fiera y brava condición, que no hay quien le pueda sufrir; váyase tal para tal y para ruin hombre, pues no quiso tomar los buenos consejos que sus amigos le daban; pues que Marina bailó, tome lo que se halló (Modismo: si te metiste en esto, aguanta las consecuencias)."

Otros hubo que dijeron: "Ya la tierra está libre y en su ser después que este tirano fue preso, que en toda ella hay ya claridad, que todos andábamos en tinieblas; y pues fue tan cabezudo en sus pretensiones, bien merece todo el mal que le vino."

Con estas necedades y befas le trajeron otra vez a casa de Cepeda a su comenzada prisión, lo que dio gran pesadumbre a todos sus amigos y grandes servidores, que habían creído que se embarcara y que después se aviniera con los que lo habían de llevar y se librara, como después lo hizo.

Viendo y considerando el Oidor Cepeda cuán importante cosa era tener aquellos navíos en su poder, envió a sobornar con mucho dinero al capitán Zurbano para que le diese los navíos, pues era el principal hombre de todos los que estaban en ellos después del General. Gerónimo Zurbano dio noticia de esto al General y a los parientes del Virrey, de lo cual recibieron por ello gran enojo, no habiendo ellos entendido que Cepeda enviara a decir tales cosas; mas, en fin, hicieron escarnio de la promesa.

Después Zurbano envió a decir a Cepeda que se maravillaba mucho de él en enviarle a sobornar para que le diese los navíos, pues sabía que estaban en poder del General, que se los había encomendado el Virrey para que los tuviese en fiel guarda en nombre de Su Majestad, y que el General y él no los darían a otra persona alguna por cuanto tesoro había en el mundo, sino era a su señoría, porque si lo hacían de otra manera podrían ser tachados de traidores y alevosos a Su Majestad. Y puesto que era criado de Su Majestad, y su Oidor, no le enviase a mandar que hiciese cosa alguna contra el servicio de su Rey y Señor natural, que no cabía en razón ni en justicia ensuciar su linaje por deservir a Su Majestad por un poco de lodo que le daba, y así le envió a decir otras cosas de que le dio gran enojo.

Viendo el General que no había ningún remedio de cobrar la persona del Virrey, determinó, con parecer de los suyos, irse del puerto para que por vías exquisitas y no sabidas no le sucediese alguna controversia, y andar barloventeando por algunos días por aquella costa, con dos fines. El primero era aguardar lo que Su Majestad mandaba hacer sobre la prisión que se había hecho de la persona del Virrey, y porque el General quería enviar luego al capitán Gerónimo Zurbano a España sobre ello, y así lo envió a decir a los Oidores. Y el otro fue por aguardar en lo que paraba el Virrey, y para ver si se soltaba de la prisión en que estaba, y en el entretanto recoger en los navíos a todos los servidores de Su Majestad y a los amigos y valedores del Virrey, que andaban descarriados y huidos de los Oidores y de los capitanes de la liga.

Determinaron los leales capitanes de la flota soltar al Virrey, por muchas vías y maneras, mientras anduviesen por aquella costa y en el entretanto que Gerónimo Zurbano iba y venía de España; por esto escribieron secretamente a los amigos del Virrey que estaban en la ciudad, lo que pretendían hacer, y que si ellos lo pudiesen soltar lo hiciesen brevemente.

Estaban los navíos, que eran cinco, medianamente provistos de cuatro "tirillos" de bronce, con algunos arcabuceros que el Virrey había metido en ellos los días atrás. Tenían más diez quintales de pólvora, que en estas partes se hace mejor que en Alemania, para artillería y arcabucería, y quinientos quintales de bizcocho y cuatrocientas y cincuenta hanegas de maíz y mucha cecina y carne salpresada, hartos tocinos y mucha agua y buen vino y gran cantidad de conservas. Todos estos bastimentos había en los cinco navíos para poder sustentar hartos días a muchos soldados; todo lo cual se hizo en la ciudad y se pagó del dinero del Rey, y más se trajeron de los pueblos de Su Majestad y de otras partes, para sustentar a los soldados y mujeres de los vecinos que habían de llevar a la isla de la Puna, como arriba queda dicho.

Como vio el General que tenía pocos soldados para defender los navíos si se los quisiesen tomar los muchos arcabuceros que los Oidores tenían, cambió de parecer, y con voluntad de los caballeros que con él estaban determinó irse de allí al puerto de Huaura. Y así lo hizo, y se llevó consigo al licenciado Cristóbal Vaca de Castro, que por mandato del Virrey estaba preso en uno de aquellos navíos.

Enviaron de secreto a dar aviso a los amigos que tenían en la ciudad, que si querían apartarse del servicio de los Oidores y venir a ellos, se fuesen al puerto de Huaura, en donde los aguardarían muchos días. Y con esto dieron velas al viento y comenzaron a navegar a popa.

Cuando los Oidores vieron desde los corredores de palacio irse los navíos, les pesó en gran manera, porque pretendieron tenerlos a las manos para hacer con ellos muchas cosas que les convenían; mas, en fin, al final se quedaron sin ellos, hasta que los prendieron los de la liga y servidores de los Oidores, como adelante diremos.

CAPÍTULO XLIV

DE CÓMO EL OIDOR DIEGO VÁSQUEZ DE CEPEDA SE HIZO NOMBRAR POR PRESIDENTE DE LOS REINOS DEL PERÚ Y CAPITÁN GENERAL DEL EJÉRCITO, CON VOLUNTAD DE LOS OIDORES Y DEL CABILDO DE LIMA, Y DE LAS PALABRAS QUE PASÓ CON EL VIRREY.

Mientras los dos Oidores llevaban al Virrey al mar, como ya se mencionó, el Oidor Diego Vásquez de Cepeda no se quedó ocioso en la ciudad. Por el contrario, en el intertanto, ordenó, en calidad de Capitán General, la sustitución de los capitanes y oficiales del ejército, nombrando otros nuevos. Esto lo hizo para asegurarse de tenerlos bajo su control cada vez que los necesitara, pues presagiaba muchos y diversos acontecimientos en la región.

En primer lugar, nombró a Martín de Robles como Capitán General, y le asignó la compañía de Vela Núñez. A Mateo Ramírez, el Galán, que había sido alférez, se le dio la compañía de Martín de Robles. La compañía de Gerónimo de la Serna se repartió entre los capitanes Pedro de Vergara y Manuel Destacio. Y la compañía de Don Alonso de Montemayor se entregó al capitán Diego de Agüero, aunque este se hallaba enfermo en cama.

La compañía de Pablo de Meneses no fue asignada a nadie porque los soldados se negaron a que les cambiaran de capitán, pidiendo ese favor al Oidor Cepeda y a Martín de Robles, lo cual les fue concedido. Por esta razón, la compañía estuvo algunos días sin capitán; no obstante, Francisco de Heredia, el alférez, y el sargento Martín de Aguirre la mandaban, siendo la guardia personal del Virrey y de los Oidores. Nombraron a Antonio de Robles, hermano del capitán Martín de Robles, como Maestro de Campo, y a Ventura Beltrán, hijo del Doctor Beltrán del Consejo Real de las Indias, como Sargento Mayor. De esta manera, algunos oficiales del ejército fueron sustituidos y otros conservaron sus cargos.

Y como la mayor parte de la gente estuviese siempre a la puerta de Cepeda, mandaron los nuevos capitanes a sus soldados que se fuesen todos a la plaza con sus armas y caballos, porque así convenía, y ellos lo hicieron.

Estando ya todos congregados y juntos esperando lo que se había de hacer, y para qué los querían, vieron venir a Gerónimo de Aliaga, escribano mayor y secretario de la Real Audiencia, el cual hizo pregonar una provisión emanada de acuerdo de los dos Oidores Juan Álvarez y Alonso de Tejada, ya que el Oidor Zárate jamás quiso firmar aquella provisión por más que porfiaron que la firmase, que comenzaba y decía: Don Carlos por la divina clemencia.

En esta provisión nombraba Su Majestad, o por mejor decir, los Oidores nombraban a Cepeda por Presidente, Gobernador y Capitán General de los reinos y provincias del Perú, por muchos y buenos servicios que le había hecho y por los merecimientos de su persona.

En el momento en que se leyó la provisión, el Oidor Cepeda, que se encontraba a caballo en la plaza, fue saludado con una estruendosa salva de arcabuzazos por los arcabuceros. Con ello demostraban el gran placer y aplauso que todos recibían por la gobernación y el generalato que los dos Oidores le otorgaban como merced. Por otra parte, comenzaron a invocar el nombre de Su Majestad y a decir a grandes voces: "¡Viva el Rey y su Presidente y Gobernador Diego Vásquez de Cepeda!"

Enseguida, muchos se acercaron a él para felicitarlo por su presidencia y gobernación, y a partir de ese instante lo llamaron 'Señoría', pidiéndole las manos para besárselas por haberlos librado de la furia del Virrey.

El Oidor les respondió con gran cortesía: "Alaben, señores, a Dios nuestro Señor, que nos ha librado de este hombre tan furioso, que ciertamente nos tenía muy atemorizados y con el ánimo fatigado. Y os suplico, señores y compañeros míos, que nadie me diga 'Señoría', porque verdaderamente me incomoda. Me enorgullezco de ser hermano y amigo verdadero de todos vosotros, y por tal me tengo y me estimo, más que por ser Gobernador."

Dicho esto, se detuvo allí un rato con los soldados hablando en diversas cosas, diciéndoles muchas palabras de buen amor y agradecimiento, con protestación de hacerles muchas mercedes si lealmente sirviesen a Su Majestad y permaneciesen en su compañía, y con esto se fue a su posada y muchos de sus allegados se fueron tras él.

Después que el Oidor Cepeda se fue a su posada envió a llamar a sus capitanes, con los cuales platicó de la forma y manera que se había de seguir la guerra si Gonzalo Pizarro la quisiese tener contra ellos y no queriendo venir a la llamada de la Real Audiencia, de manera que se platicaron muchas y diversas cosas, unas concluyentes y otras no. Y con esto se fueron a sus casas.

Venida la noche se puso temprano guardia a la persona de Cepeda como a Presidente y Gobernador, y a Blasco Núñez Vela, que ya lo habían traído del puerto, como ya se dijo, se le puso también guardia, no como a Virrey, sino como a prisionero, y el capitán de la guardia fue el licenciado Rodrigo Niño, natural de Toledo, que se mostró entonces por capital enemigo del Virrey y en favor de Diego Vásquez de Cepeda.

Venida la hora de cenar la demandó el Virrey, porque le aquejaba el hambre, que tenía la boca seca del camino que había hecho a la mar, y del peligro que en él había pasado y con el enojo y pasión que había tenido, que cierto llegó bien fatigado. Así como le dieron el primer servicio tuvo recelo que le darían algún bocado, como lo tuvo cuando comió, que entonces no dijo nada por el peligro manifiesto en que estaba, y ahora tuvo temor que lo despacharían de esta presente vida sin sentirlo, como se tiene de costumbre en esta tierra en algunos malos cristianos. Por lo cual, vuelto a Cepeda, que cenaba juntamente con él, y estando presentes Martín de Robles, Antonio de Robles, Cristóbal de Barrientos, Ventura Beltrán, Antonio Solar, el licenciado Rodrigo Niño y Francisco de Escobar, con otros muchos de la liga, le dijo: "Señor Cepeda, ¿podré cenar seguramente y sin sospecha alguna, de todo lo que se pusiere delante?"

Respondió Cepeda y dijo: "Vuestra Señoría coma de todo lo que le dieren, sin recelo ni sospecha alguna de que traición se le haga."

Tornó a replicar el Virrey, diciendo: "Señor Cepeda, mirad por mí, no sea de vos engañado ni de otra persona alguna."

Cepeda respondió: "¿Cómo, Señor? ¿Tan inútil era yo que, si hubiera querido matarle, no estaría ya muerto sin que Vuestra Señoría ni nadie más se hubiera dado cuenta de ello, como ya se habría hecho? Por lo tanto, Vuestra Señoría debe comer de todo lo que se le sirva y haga de cuenta que come con mi señora Doña Brianda. Y para que Vuestra Señoría esté más seguro y sin temor alguno, yo seré de ahora en adelante su maestresala y haré la prueba (la salva) de todo lo que se traiga a la mesa."

Con esto el Virrey se aseguró algún tanto y comió de ahí adelante de todo lo que le daban, porque Cepeda le fue siempre maestresala y le hizo la salva, y así comían juntos y dormían en una cámara.

Dos días habían pasado cuando acontecieron estas cosas arriba dichas, que entró Fray Gaspar de Carvajal, sobrino del Factor, en la cámara del Virrey, y le dijo: "Vuestra Señoría se confiese, porque los Oidores lo mandan, que antes de la noche habrá de morir."

El Virrey, oyendo esto, quedó maravillado y se turbó con tan mala nueva, creyendo sería verdad y que el mismo fraile le venía a confesar, mas no perdió esperanza de lo que le habían prometido, y así preguntó si estaba presente Cepeda cuando esto se mandó. El fraile le dijo que no, mas que los Oidores Alonso de Tejada y Juan Álvarez lo mandaban, porque en acuerdo se había determinado que debía morir porque había dado de puñaladas al Factor Guillén Juárez de Carvajal siendo criado de Su Majestad, y por otras cosas que había hecho sin razón ni justicia.

El Virrey quedó muy receloso de esto y por eso envió a llamar con presteza a Cepeda, el cual, una vez que vino, se le quejó muy tristemente, diciéndole lo que el fraile le había dicho, y que no cumplía con él lo que muchas veces le había prometido, que era guardarle la vida y enviarlo a España.

Cepeda le habló alegremente y le aseguró por entonces la vida, y que no se recelase de nadie mientras él estuviese en la tierra, porque nadie tenía poder para hacerlo; y esto dijo a propósito de la partición que habían hecho del triunvirato cuando los tres Oidores repartieron entre sí los negocios, como atrás se dijo.

Pues entonces se levantó el Virrey con demostración de mucha alegría y se fue a él con los brazos abiertos y lo abrazó y le dio la paz en el carrillo (beso en la mejilla), delante del fraile y de otros muchos, y tornó a decir a Cepeda que mirase mucho por él porque alguno no le matase con engaño, sino que lo enviase a los reinos de Castilla. El Oidor se lo tornó a prometer con juramento, y vuelto al fraile le riñó y reprendió mucho, afeándole por lo que había dicho al Virrey, y le dijo se fuese a su monasterio con el compañero que traía consigo, y así se fue.

Quieren decir que lo que dijo el fraile al Virrey lo hizo por espantarlo y atemorizarlo, y que fue de su propia cosecha, y que los Oidores no se lo mandaron, sino que lo quería mal de muerte por haber dado de puñaladas al Factor su tío.

Querer contar por extenso la muy grande alegría que tuvieron casi todos los vecinos con la prisión del Virrey, y de las muchas y diversas cosas que pasaron en la ciudad y fuera de ella, sería nunca acabar. Baste decir que no quedó vecino, capitán, soldado, mercader, estante y habitante, que todos no se holgasen de sus trabajos y calamidades; digo de los interesados, que había gran número de ellos, porque sus servidores y amigos se mostraron tan pocos que a dedo se pudieran contar, que no osaban hablar.

Pues, ¿qué diremos de las mujeres de los vecinos, que bendecían y nunca acababan de alabar a Dios del cielo por tanto bien como les había hecho en que fuese el Virrey preso, y ellas sanas de su soberbia y de andar caminos por la mar y por las islas, según y de la manera que estaba concertado, como arriba queda dicho, y por esto dieron ellas a los soldados muchas joyas y preseas, de albricias, de puro contentas?

Ciertos sacristanes que estaban puestos en el cementerio de la iglesia mayor al tiempo que iban a prender al Virrey, dieron a los soldados mucho bizcocho azucarado y rosquillas de alfajor y muchas conservas, diciéndoles que era todo bendito, y les dieron mucho vino a beber para que no desmayasen, sino que con grande ánimo prendiesen al Virrey, y así les dieron ánimo para que pasasen adelante.

El capitán Diego de Agüero hizo en su casa aquel día después de la prisión del Virrey un gran convite a todos los soldados y a cuantos quisiesen ir allá, y así fueron muchos de los que tenían por bienaventuranza el comer y brindar, porque la comida y bebida duró desde mediodía hasta cerca de la noche. En este convite se gastaron entre otras cosas muchas botijas de buen vino moscatel y de la sierra, porque unas fueron bebidas y otras derramadas por las ventanas, estando ya algunos de los soldados borrachos, y otras se llevaron a sus casas aplicándolas para sí y para sus compañeros.

De manera que según hubo las demostraciones en la ciudad, el Virrey fue preso con voluntad de los tres Oidores y a placer de los del cabildo de la ciudad y de los ciudadanos mal intencionados, sin que tuviese quien hablase por él, ni quien se lo corrigiese, ni diese favor; por manera que podemos decir: Tempore felici multi nominantur amici; dum fortuna perit nullus amicus erit (En tiempo feliz, muchos son llamados amigos; cuando la fortuna perece, nadie será amigo).

De esta manera que dicho tenemos, casi todos sus capitanes, soldados y ciudadanos le negaron y desampararon al mejor tiempo, y lo dejaron solo, detenido en casa de Diego Vásquez de Cepeda, en donde tuvo muchas veces tragada la muerte y su vida puesta a la voluntad de los que mal le querían, que eran los mal intencionados. Y los amigos y valedores que tenía, unos estaban presos, y otros se habían huido y estaban escondidos en diversas partes, que no osaban parecer en este conflicto y tan gran calamidad, y estaban muy tristes y acongojados, que no sabían qué hacer, del recelo que tenían, y así estuvieron hasta que les vino el remedio, como adelante diremos.

CAPÍTULO XLV

DE CÓMO CIERTOS CABALLEROS Y SERVIDORES DE SU MAJESTAD ORDENARON SOLTAR AL VIRREY DE LA PRISIÓN EN QUE ESTABA, Y MATAR AL OIDOR DIEGO VÁSQUEZ DE CEPEDA Y A SUS SECUACES, Y NO HUBO EFECTO PORQUE FUERON DESCUBIERTOS.

Como ya se dijo arriba, acontecieron tantas y tan diversas cosas en un tiempo y en una ocasión que será menester tratar en particular de cada una de ellas, porque son de notar y dignas de ser sabidas, y lo que ahora se dirá aquí será por la mejor vía y forma que se pudiere, para que se entienda todo ello muy bien como pasó. En cuanto a lo primero, se dirá en este capítulo parte de lo que aconteció el mismo día que prendieron a Blasco Núñez Vela, y parte de lo que sucedió después de su prisión, y así diremos de cada cosa un poco.

El caso fue que al tiempo que prendieron al Virrey tan vilmente, prendieron también a muchos caballeros de gran valor que eran muy servidores de Su Majestad y amigos suyos, y capitanes que eran del Real ejército, los cuales son los siguientes: Juan Velázquez Vela Núñez, Pablo de Meneses, Gerónimo de la Serna, Diego de Urbina, Francisco Martín de Alcántara, Juan de Saavedra, Alonso de Cáceres, Alonso de Barrionuevo y Francisco de Heredia, con otros muchos caballeros bien señalados.

Después que fueron presos, el Oidor Cepeda, como Presidente y Capitán General, los mandó traer ante sí a la cárcel pública donde estaban presos, en una cámara de ella, a los cuales habló con ellos buen rato y después de esto los mandó soltar a todos libremente, porque sabía que Gonzalo Pizarro se venía acercando cada día más a la ciudad, y como se recelaba de él y por no tener enemigos dentro en casa, se hizo amigo con ellos. Ante todas cosas les tomó sus promesas y palabras, como caballeros hidalgos, de que estarían con él en todo tiempo que los hubiese menester, y le servirían lealmente sin faltarle tan solo un punto, y ellos se lo prometieron con juramento de cumplirlo y hacerlo así. Y con esto se salió el Oidor de la cárcel, muy acompañado de los que habían sido sus prisioneros, a los cuales mandó al Maestre de Campo Antonio de Robles hospedar muy bien; y a Pablo de Meneses, por lo mucho que le quería y por dar contento a los de su compañía, le devolvió la capitanía en nombre de Su Majestad, y Pablo de Meneses le besó las manos por ello.

Habiendo el lector entendido esto, ha de saberse ahora que cuando Pedro Martín de Cecilia y los Carvajales huyeron de la ciudad y se fueron a Gonzalo Pizarro, fue tras ellos Don Alonso de Montemayor con ciertos caballeros y soldados que eran de gran confianza. Pues como él era buen caballero y hombre diligente, se dio mucha prisa a caminar, que a tres jornadas bien largas de la ciudad alcanzaron a Gerónimo de Carvajal, sobrino del Factor, y a otro soldado con él, ya que estos dos no pudieron caminar tanto como sus compañeros a falta de sus caballos, que se les cansaron, pues iban gordos y holgazanes.

Don Alonso de Montemayor supo de estos hombres que Pedro Martín de Cecilia y los demás que iban con él habían pasado muy adelante, y que no los podrían alcanzar porque caminaban de día y de noche, por lo cual no quiso pasar más adelante, porque supo que Pizarro venía cerca poco a poco. Y con esto se volvió a la ciudad trayendo consigo a los dos prisioneros para que el Virrey no les tachase de negligentes o que no cumplían lo que él mandaba, de manera que de tres días que hizo a la ida, volvió en seis. Yendo ya poco a poco, por traer los caballos fatigados, supo a cuatro leguas de la ciudad la prisión del Virrey, de lo cual recibió grandísimo dolor y pesar, y luego se quisiera ir a donde gentes no le vieran, para dolerse de tanta desventura y miseria como al Virrey le había sobrevenido.

Mas como andaban las cosas tan revueltas y había en la ciudad muchos cizañadores y grandes malsines y chismosos, no supo a dónde ir, porque Gonzalo Pizarro estaba cerca, y Cepeda estaba abajo y muy cerca. Y notando estas cosas con otras muchas, y para que no le viniese algún mal suceso y por saber lo que había en Lima, se entró en la ciudad solamente por ver al Virrey y de cómo estaba y de la manera que lo trataban. Y con este acuerdo entró con los suyos, y con demostración que le placía de lo hecho y más de la prisión del Virrey, porque luego propuso en sí de librarlo si lo veía en necesidad, que ciertamente, si él estuviera en la ciudad, según hemos dicho, no lo prendieran ni nadie se atreviera a menearse.

Con este propósito (aunque con gran disimulación), se dirigió a la posada de Cepeda. Una vez ante él, le dio la enhorabuena por su presidencia y gobernación, y le dijo que se alegraba enormemente por todo lo sucedido, y que estaba muy bien hecho. Acto seguido, le entregó los dos prisioneros que traía.

El Oidor Cepeda le dio la bienvenida y lo recibió con alegría. Habló amablemente con los que venían con él y los envió a sus casas a descansar, incluyendo especialmente a los dos presos, a quienes dejó ir libremente. Ellos le besaron las manos por tan gran merced, ya que habían creído que al llegar a la ciudad serían ajusticiados de inmediato.

El Oidor Cepeda y Don Alonso de Montemayor trabaron en aquella hora muy grande amistad, aunque lo eran ya de antes, y así los de la guarda le dejaban hablar después con el Virrey cada vez que lo iba a visitar, aunque esto no se hacía con todos, porque de muchos se tenía sospecha y se recelaban que lo soltarían. Pues yendo otro día Don Alonso de Montemayor a visitar al Virrey, se hablaron de muchas cosas delante de muchos; mas otro día, hallándose solos, el Virrey comenzó a quejarse de los Oidores y de sus capitanes y soldados, de cómo le habían negado, y de cómo le tenían preso, y sobre todo la vida en condición de perderla, y esto dijo en breves razones.

Al oír esto, Don Alonso de Montemayor sintió lástima y una gran compasión al verlo en tal estado. Esto avivó aún más la rabia y la ira mortal que ya sentía contra sus enemigos. Decidió, e incluso prometió bajo juramento, poner su persona, vida y hacienda, y la de sus amigos, a disposición del Virrey para liberarlo de la prisión en que se encontraba.

El Virrey se alegró enormemente por esto y le agradeció profundamente el favor que quería hacerle, asegurándole que con tal acción se mostraría como un gran servidor de Su Majestad. Desde ese momento, tuvo la esperanza de ser liberado, recuperar su Virreinato y volver a gobernar los reinos y provincias del Perú. No obstante, todo acabó sucediendo al revés.

Don Alonso de Montemayor se salió del aposento despidiéndose del Virrey con gran disimulación, y se fue a su posada, en donde con la gran pena que llevaba determinó de hacer secretamente gente y de hablar a los amigos que tenía, que los más eran de aquellos que habían estado presos. A los cuales envió luego a llamar secretamente, de uno en uno, y de dos en dos, con su criado, y venidos a su posada les habló muchas y diversas cosas, conmoviéndoles e incitándoles a ira y rencor contra Cepeda, y les puso por delante la fidelidad que a Su Majestad debían, y lo que más a sus honras convenía, y al cabo les pidió favor y ayuda diciéndoles que él determinaba soltar al Virrey.

No fue muy necesario altercar con ellos, porque cierto lo deseaban en gran manera, que luego quisieran salir aquel día para hacerlo, mas se aguardó para que se hiciese la noche venidera, porque otro día iban a llevar a embarcar al Virrey en una balsa para llevarlo a una isla despoblada, para en habiendo navíos enviarlo a España.

Pues juntos estos hombres, comenzaron a dar orden de la manera y cómo se había de hacer y por qué vía lo habían de llevar. Y para que se cumpliese entre ellos y se supiese a los que habían de hablar hasta la noche, y a los que habían de prender, se matricularon los más principales que había en la ciudad, y las señas que habían de tener para hacerlo, para que no fuesen sentidos.

Don Alonso de Montemayor, como era principal en este negocio, envió en aquella hora a llamar a Don Hernando de Cárdenas, por sonsacarlo de la compañía de Cepeda y por ser animoso caballero, aunque se había mostrado contra el Virrey, no tanto por quererlo hacer, cuanto por amor de su cuñado Ventura Beltrán.

Una vez que vino Don Alonso de Montemayor le dio luego parte de todo lo que tenemos dicho, encargándole encarecidamente este negocio y poniéndole por delante el servicio de Dios y el de Su Majestad, y Don Hernando de Cárdenas, como lo deseaba, dio luego su palabra de ser en ello. Habiendo ya prometido ser en ello y con juramento de que guardaría secreto, lo firmó de su nombre, y luego le mostraron las memorias de los caballeros que había para la buena empresa, y más de los que habían de prender, que habían sido muy contrarios al Virrey.

En la postrera memoria estaba puesto su cuñado Ventura Beltrán, que era uno de los que habían de prender porque se había mostrado mucha parte en la prisión del Virrey y por las palabras que él y Martín de Robles dijeron cuando le prendieron, diciendo a grandes voces: "¡Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" Don Hernando de Cárdenas rogó a Don Alonso de Montemayor que quitase a su cuñado de la memoria de los presos, y él por complacerle lo borró, y con esto se despidieron con mucha cortesía, y así se fue a su posada.

Pues Don Hernando de Cárdenas, considerando lo que había jurado y lo que había firmado, y cómo era en perjuicio de tercero y en gran daño del prójimo, porque en este caso no dejaría de haber muchas muertes, estuvo perplejo si lo descubriría, o no, o lo dejaría en manos de la dudosa fortuna. Mas, en fin, pudo más la humanidad y compasión que tuvo de los muchos que habían de prender o matar, que no se pudiera hacer menos, que grande era el deseo que tenían de tomar venganza de los enemigos del Virrey, aunque muchos de ellos que se hallaron en la prisión no tenían culpa, porque fueron forzados y lo hicieron más por temor que por interesar en ello algo.

Por esto y por otras causas y razones y por servir en ello a Dios y a Su Majestad y por obviar tanto mal y daño, determinó descubrirlo, aunque también quisiera que soltaran al Virrey, porque le pesaba de verlo detenido en casa del Oidor Cepeda.

No se detuvo mucho Don Hernando de Cárdenas en su posada, que luego se fue a la posada del Oidor Cepeda y le dijo todo cuanto pasaba en casa de Don Alonso de Montemayor, estando solo en su cámara, y Martín de Robles que fue llamado luego secretamente. Y ten, que la prisión de los unos y la soltura del Virrey había de ser la noche que venía, porque habían de salir todos juntos de casa de Don Alonso de Montemayor, y que no podía ser menos que no matasen a cuantos topasen descuidados por las calles y no respondiesen a "¡Viva el Rey y San Francisco!" porque este apellido habían de llevar los prendedores para que se conociesen los unos a los otros.

El capitán Martín de Robles dijo antes que Cepeda hablase cosa alguna: "A vuestra Señoría suplico me dé este cargo para prenderlos, porque yo entiendo tomarlos y cogerlos a todos antes que lo sientan, y llevarlos a la cárcel pública para que de ellos se haga justicia conforme a la gravedad del delito."

El Oidor Cepeda le dijo: "Hágase como lo ordenéis, y mirad no lo erréis, porque nos va la vida y honra en ello, y hacedlo con brevedad antes que se nos escapen de las manos, y puesto que no han querido tener nuestra amistad, tómese lo que hallaren, que todo ha de ser a costa de ellos."

Habiendo Robles este mandato, tomó luego cincuenta arcabuceros de la compañía de Pedro de Vergara y se fue con ellos de casa en casa donde supo que estaban los que habían de soltar al Virrey, a los cuales, antes que fuese noche, que era la hora concertada que habían de salir, los prendió sin contraste alguno.

Los que fueron presos son: Don Alonso de Montemayor, Juan de Saavedra, Pablo de Meneses, Juan de Mendoza, Alonso de Barrionuevo, Cristóbal de Barrientos y Juan de Barrionuevo, con otros muchos, los cuales fueron llevados a la cárcel pública, y de ellos a casa de Martín de Robles, y otros a diversas casas conforme a la calidad de cada uno.

Cepeda fue luego a la mañana a la cárcel pública y halló presos en ella a Juan de Guzmán, a Martín Cortés y Alonso de Barrionuevo, y traído el burro (instrumento de tortura), no habiendo querido confesar lo que se les preguntaba, les dieron bravísimos tormentos, preguntándoles quiénes y cuántos eran los conjurados y qué orden tenían para hacerlo. Juan de Guzmán y Martín Cortés negaron valientemente y no condenaron a nadie, o porque no sabían cosa alguna, o porque no lo quisieron decir, lo que se tuvo por más cierto. Y Alonso de Barrionuevo tampoco condenó a nadie, antes dijo con gran desesperación que él solo pretendía matarlo porque tenía preso al Virrey y tiranizada la ciudad de Su Majestad, y por otras muchas cosas que él se callaba.

Viendo Cepeda que este prisionero hablaba tan osadamente y que confesaba su delito, si delito se puede llamar el que quiere librar a un Virrey, lo mandó ahorcar y hacer cuartos, y lo condenó por traidor y amotinador, con el poder que tenía del generalato, y así mandó sacarlo luego a ajusticiar. Mandó a los capitanes Pedro de Vergara y Mateo Ramírez que se pusiese cada uno de ellos con cincuenta soldados de su compañía en medio de la plaza, para asegurar la ejecución de la justicia que se había de hacer.

En el entretanto que venían los dos capitanes con sus compañías, los buenos que había en la ciudad intercedieron por Alonso de Barrionuevo y rogaron mucho al Oidor Cepeda que con misericordia y piedad le perdonase, y por muchas cosas que hicieron alcanzaron de él que se le cortase la mano derecha, la cual se ejecutó en él, y lo desterró de todas las provincias del Perú.

Así mismo, desterró de la región, sin contemplaciones, a Don Alonso de Montemayor, Gerónimo de la Serna, Diego de Urbina, Juan de Saavedra, Martín Cortés, Juan de Guzmán y a otros. Tomó esta decisión al considerar que no podían serle fieles amigos, aun después de reconciliados.

En cambio, perdonó generosamente a los demás que fueron apresados y después entabló gran amistad con ellos, pues los necesitaba para la batalla que esperaba librar contra Gonzalo Pizarro. También restituyó a Pablo de Meneses la compañía que tenía, ya que los soldados se lo volvieron a pedir con insistencia.

Los que fueron desterrados se fueron al pueblo de Tumbes, en busca del Virrey, cuando se soltó, como adelante diremos, y con este recelo y temor que en muchos había, que eran ocultos servidores de Su Majestad y del Virrey, se allegaron a la parcialidad del Oidor, no porque ellos tenían ganas, sino porque no los matasen o los echasen presos y después los desterrasen. Otros hubo que aunque no fueron de la parte de los prendedores, sino porque eran muy leales servidores de Su Majestad, ellos mismos se desterraron y se juntaron con los desterrados y se fueron juntos a buscar al Virrey para servirle, entre los cuales fueron Hernán Vela y Juan Rodríguez y Sancho Sánchez Dávila, pariente del Virrey, con otros.

CAPÍTULO XLVI

DE LAS PLÁTICAS Y RAZONES QUE TUVIERON LOS CUATRO OIDORES SOBRE EL LLEVAR A ESPAÑA AL VIRREY, Y DE CÓMO FUE PUESTO EN UNA ISLA DESPOBLADA, CON GUARDA DE GENTE, DONDE LO DETUVIERON COMO A MORTAL ENEMIGO ALGUNOS DÍAS.

En estos días tan aciagos y tan turbados andaban en la ciudad las cosas muy revueltas y bien peligrosas con la prisión del Virrey y con la fresca nueva de la venida de Gonzalo Pizarro, ya que se acercaba más a ella cada día, que era cosa de ver y considerar según y de la manera que todos andaban espantados.

Dentro de la ciudad reinaban opiniones y voluntades diversas, todas contrarias entre sí, de modo que más parecía un mar embravecido y en plena tempestad. Unos deseaban con ansia que Gonzalo Pizarro llegase a la ciudad, tomase el mando de toda la tierra y se hiciese señor absoluto de ella; eran estos sus allegados y partidarios. Otros, en cambio, no querían ni verlo ni oír su nombre, y pedían que el Virrey fuese liberado de la prisión en que se hallaba. Había también quienes lo preferían muerto antes que vivo, pues su nombre era en el Perú tan aborrecido y odiado como el de los Tarquinos en Roma. Finalmente, otros querían que los Oidores fueran quienes gobernasen la tierra, pues poco a poco la iban conociendo y entendiendo. Así, lo que unos deseaban con empeño, otros lo detestaban y rechazaban con igual fervor.

Pues, ¿qué diremos del Virrey, sino que como se veía metido en tan grandes trabajos y en tan peligrosos trances, y sobre todo se viese ahora acongojado y molestado, se recelaba grandemente de la muerte, y por esto deseaba salir de la tierra para irse a España si le dejaban? Mas esto lo ponía en duda, antes tenía creído que había de dejar allí la vida. Además de esto se recelaba mucho de Gonzalo Pizarro, y más de los parientes del Factor Guillén Juárez de Carvajal, porque supo que el licenciado Carvajal era llegado a la ciudad, aunque no sabía que venía huido del ejército de Pizarro y que venía a servir a Su Majestad, y así tenía creído que este lo había de matar por algunas vías y maneras secretas.

En este tiempo los Oidores no sabían en qué determinarse, porque se veían metidos y engolfados en un mare magnum (gran mar de problemas), y cargados en tan arduos negocios que les pesaba haber mandado prender al Virrey, ya que les ponía en gran confusión su permanencia allí. Los Oidores Cepeda y Tejada no les hubiera importado que el Virrey se fuera de la tierra, en especial el Oidor Juan Álvarez, que era el que más mal lo quería; y por estas cosas y otras tales no hacían tanto en la tierra cuanto ellos lo deseaban hacer, por estar presente el Virrey.

Mas, en fin, ellos determinaron enviarlo preso a una isla que estaba junto y enfrente del puerto de Lima, cerca de una legua, según y de la manera que al principio se había platicado, hasta en tanto que hubiese algún navío para enviarlo a España.

Tuvieron los tres Oidores grandísima confianza de sí mismos, y así lo dijeron muchas veces a ciertos de sus amigos, que quitado el Virrey de por medio, ellos se darían muy buena maña y mejor industria en atraer a Gonzalo Pizarro a lo que ellos quisiesen, y en allanar la tierra y a gobernarla muy bien, de tal manera que Su Majestad se tuviese de ellos por bien servido.

Entraron un día en acuerdo los cuatro Oidores, y después de muchos y diversos pareceres que hubo entre ellos, fue muy altercado y bien porfiado sobre quién llevaría preso al Virrey ante Su Majestad, porque el uno decía que lo llevase el licenciado Rodrigo Niño; el otro decía que lo llevase el Maestre de Campo Antonio de Robles; otro porfiaba que lo llevase Gerónimo de Aliaga, que era escribano mayor del Perú y secretario de la Real Audiencia, ante quien habían pasado todos los autos y escritos y las otras cosas que se habían hecho contra el Virrey, porque este daría mejor cuenta y relación a Su Majestad que otro alguno. Otro dijo que ninguno de cuantos habían nombrado había de ir, sino Martín de Robles y Nicolás de Ribera, alcalde ordinario que era, y Francisco de Talavera y Francisco de Ampuero, que eran vecinos ricos y valerosos en la tierra, y que como hombres de bien le serían muy contrarios allá en la corte mucho mejor que otro alguno.

En fin, al final, en resumen de todo esto el Oidor Cepeda porfió en gran manera contra todos estos votos y pareceres, diciendo que no había necesidad de que los vecinos de Lima, ni los capitanes del ejército, saliesen de sus casas para llevar al Virrey a España, sino que el Oidor Juan Álvarez lo había de llevar, y a él le parecía esto mejor por las razones siguientes: "Juan Álvarez es mortal enemigo del Virrey y muy amigo nuestro, y él fue el primer inventor y movedor de su prisión, y por estas cosas es razón que él mismo lo lleve. Y además de esto es letrado y bien entendido, que él podrá dar mejor relación a Su Majestad y a su Real Consejo de todo lo pasado, y allá le darán entero crédito, con más la información y recaudos que de acá llevare."

Contra esta opinión y parecer de Cepeda fueron los Oidores Zárate y Tejada, que dijeron sus ciertas razones demostrando por ellas no convenir que el Oidor Juan Álvarez fuese a España, sino otro cualquiera que fuese del ejército y que fuese de los más principales, y Cepeda porfió que Juan Álvarez lo había de llevar.

El Oidor Zárate, como era viejo y enfermo, dijo a Cepeda delante de los oficiales de Su Majestad y de los capitanes que ya eran venidos, porque fueron llamados: "¡Por Dios! señor Cepeda, que os confiáis mucho de Juan Álvarez, y vos no le conocéis tan bien como yo, porque os hago saber, y lo tengo en mí muy creído, que este hombre nos ha de vender a todos al mismo Virrey."

Esas palabras hirieron profundamente al oidor Juan Álvarez, que, volviéndose a Zárate, le espetó airado:

—¿Sí? Vos, con vuestras hipocresías, nos habéis vendido, y aun venderéis al Virrey; yo no lo haré. Porque el otro día, para firmar una provisión, os amedrentasteis como si allí estuviese el coco que os iba a tragar; todas vuestras palabras y hechos han sido vanos y sin fruto, y en todo os habéis mostrado como cosa de nada.

A lo cual replicó Zárate, igualmente enconado:

—Sí, ¡juro a Dios!, que vos, por vuestra conducta, nos habréis de vender al Virrey; os conozco en todas vuestras obras: sois hombre doble, y por eso nos vendrá un gran mal y daño, que se extenderá por toda la tierra. Y si vos os quedáis, el señor Cepeda lo llevará adelante, pues tiene mejor disposición que nosotros y dará a Su Majestad cuenta muy buena.

Juan Álvarez comenzó a bravuconear contra Zárate, diciéndole palabras muy recias, de tal manera que la cosa se iba encendiendo y se creyó que los unos Oidores se iban allí a revolver contra los otros y a llegar a las manos; mas los oficiales de Su Majestad y los capitanes se metieron de por medio y lo apaciguaron todo.

La conclusión de todo esto fue que Juan Álvarez quedó de ir a España con todos los recaudos que estaban hechos y las cartas que se habían escrito al Rey y a los señores del Real Consejo, y se llevase preso al Virrey. Y concordado con esto se deshizo la consulta, aunque los dos Oidores salieron amordazados y con odio y rencor, y Juan Álvarez propuso vengarse, como después lo hizo, aunque le costó la vida por ello, como adelante se dirá.

En estos días de tantos nublados hubo muchos hombres de los pizarristas que aconsejaron a Cepeda que con mano ajena hiciese matar al Virrey porque los Oidores sus compañeros se quitasen de porfías sobre quién lo llevaría, y que si fuese servido, que ellos como sus servidores lo harían sin que se sintiese, y que entonces se quitaría de muchos cuidados que lo fatigaban cada día.

Cepeda no quiso oír estos desvaríos, antes se enojó mucho por lo que le habían dicho, y por esto mandó luego prender a algunos de ellos, porque con su prisión se tuviese entendido que él no pretendía matar al Virrey, sino tenerle mucha fidelidad por lo que a su honra convenía y por la cuenta que había de dar de su persona y vida. Mas después de ido el Virrey los mandó soltar de la cárcel y desterró algunos de ellos y les dio dineros para el camino, y estos se fueron al ejército de Gonzalo Pizarro y de ellos supo lo que en Lima pasaba, y por esto se sospechó que Cepeda se quería alzar con la tierra y matar al Virrey, pues no había castigado a los que matarlo querían.

Llegó en este día, en la mañana, del real de Pizarro, Perucho de Aguirre, vizcaíno, que fue criado del Factor Guillén Juárez de Carvajal, y llegado que hubo a esta ciudad fue luego a ver al licenciado Carvajal, con el cual estuvo un poco hablando de cosas pasadas y presentes. De allí fue a ver al Virrey, al cual dijo muchas y feas palabras sin ninguna vergüenza, y el Virrey creyó que puesto que aquel hombre tan bajo se atrevía a hablarle así, que debía ser amigo de los Carvajales, y que el licenciado Carvajal lo enviaría para que lo matase.

Y como vio que cada cual se le atrevía y le decía lo que quería sin ningún empacho, importunó mucho a Cepeda que lo acabase de enviar a España, que ya no podía oír tantas necedades como le decían tan desvergonzadamente los interesados cada día. El Oidor Cepeda lo deseaba en gran manera por no ver al Virrey en aquel conflicto, porque cada uno que venía le decía lo que quería, y por esto y por otras cosas determinó quitarlo de allí y enviarlo al presente, a una isla despoblada, llamada de Lobos, cerca de una legua y frontero del Callao de Lima.

Mandó al licenciado Rodrigo Niño, que era procurador de la ciudad, que con diez ciudadanos y cincuenta arcabuceros fuesen allá a guardarle hasta en tanto que hubiese navío para enviarlo a España, y con esto se fueron todos a la mar con el Virrey.

Estando el Virrey en el puerto, que era sábado, 24 de septiembre de 1544 años, Cepeda pidió por testimonio a Simón de Alcati, escribano de Su Majestad, cómo requería al licenciado Rodrigo Niño y a Nicolás de Ribera, el Viejo, y a Francisco de Ampuero, que fuesen con los demás hombres que allí estaban presentes a la isla que estaba de frente del puerto, y que llevasen al Señor Virrey, donde le tuviesen en buena y fiel guarda y le defendiesen de todo peligro y mal que sus enemigos le quisiesen hacer.

Al tiempo que el Virrey se embarcaba en una balsa, se receló de engaño y tuvo sospecha que lo querían ahogar dentro en la mar, y que el indio que lo llevase trastornaría la balsa para que se ahogase, ya que no sabía nadar, y el indio sí. Y volviéndose a Simón de Alcati le dijo: "Simón de Alcati, dadme por testimonio en manera que haga fe, de cómo los Oidores y oficiales de Su Majestad y mis capitanes y los ciudadanos de Lima, me echan por fuerza de la tierra del Rey y me envían a una isla despoblada, embarcándome en esta balsilla de juncos y cañas, como veis, para que me ahogue en esta mar."

A esto dijo Cepeda: "Poned, Alcati, más abajo de lo que su señoría pide, de cómo él mismo me ha demandado muchas veces que lo envíe a España, porque tiene recelo que lo han de matar los parientes y amigos del Factor que vienen en el ejército de Gonzalo Pizarro. Y a lo que dice de la balsa, es barca que se usa en esta tierra entre los españoles y entre los indios, cuánto más que van con su señoría en otras balsas como ella Juan de Salas, hermano de Don Hernando Valdés, arzobispo de Sevilla, y Diego Bravo, Francisco de Ampuero, Rodrigo de Paz, Nicolás de Ribera, el Mozo y el Viejo, Bernardino de Balda, Juan de Cáceres, Francisco de Talavera, Hernán Bravo de Lagunas, Hernán González Ramusgo y el licenciado Rodrigo Niño, con otros caballeros que van en su compañía; por donde verá que no lo llevan para matarlo, ni para ahogarlo, sino para apartarlo que no lo maten."

Estas y muchas otras razones se cruzaron entre el Virrey y el oidor Cepeda; y como la disputa se alargaba, Cepeda, por no seguir oyéndolo, ordenó a los cuatro indios que habían de llevar la balsa que remaran. Ya embarcado el Virrey, se acercó a la balsa Hernán González Ramusgo, conquistador de la tierra, y le dijo:

—¡Ah, señor! Muchos días ha que sospechábamos que vuestra señoría se vería en tales trabajos.

El Virrey sintió gran pesar y enojo por aquellas palabras, pero calló con prudencia. Los caballeros que lo acompañaban en las otras balsas reprendieron severamente a Ramusgo por lo que había dicho.

Otros dicen que no le dijo nada de esto, sino que el dicho Hernán González de Ramusgo, que yendo ya por la mar dio voces a los hombres que iban junto a la balsa, diciendo: "¡Ah, señores! mirad bien por él, que nada como un pez; no se nos vaya, que será peor después para nosotros." Dicen que el Virrey, vuelto a él, le dijo: "Decid, villano, ¿dónde me conocisteis o visteis nadar?" y que el villano calló, que no respondió cosa alguna.

Así fue llevado a la isla, donde permaneció algunos días bajo estricta vigilancia y cuidado para evitar que fuera rescatado por la gente de la flota. En esta Isla de Lobos, el Virrey se sintió el hombre más triste y angustiado del mundo, rodeado por sus enemigos y por el mar, sin nadie que lo consolase.

Por esta razón, comenzó a lamentar su perdición y gran desdicha, y reflexionaba sobre cómo le había ido tan mal en todo lo que había emprendido, y cómo todo había salido al revés de lo que pretendía hacer en servicio de Su Majestad.

Por otra parte, él mismo se reprendía y se echaba la culpa por la contumacia que había tenido con todos. Recordaba muy a menudo la muerte del Factor, a quien había apuñalado sin querer perdonarlo, ni siquiera permitirle confesarse.

Asimismo, comprendía que por todas estas cosas y otras muchas había perdido el mando y el poderío que había ostentado en las tierras del Perú en nombre de Su Majestad. Había fracasado por no haber querido seguir la opinión y los buenos consejos que los Oidores le daban al principio, cuando llegó a Tierra Firme.

Estos y otros muchos tormentos soportó el Virrey en la isla, con gran amargura y tristeza. Cualquier otra persona imparcial que lo hubiera visto, por más corazón de diamante que tuviera, no habría dejado de sentir una inmensa compasión y lástima por él.

No obstante, el afligido Virrey daba infinitas gracias a Dios por todas las adversidades que le sobrevenían, y recibía aquellos padecimientos con mucha paciencia, en expiación de sus culpas y pecados, como él mismo confesó muchas veces a sus amigos.

¡Mirad lo que hace el mundo! Ayer el Virrey gobernaba la región, y hoy se ve desposeído de su virreinato. Este es un ejemplo para todos los que viven en este mundo miserable.

CAPÍTULO XLVII

DE CÓMO EL OIDOR CEPEDA ENVIÓ A DIEGO GARCÍA DE ALFARO CON CIERTOS ARCABUCEROS AL PUERTO DE HUARMEY PARA TOMAR LOS NAVÍOS QUE EL GENERAL CUETO TENÍA PARA ENVIAR AL VIRREY EN UNO DE ELLOS, Y LO DEMÁS QUE PASÓ.

Como el Oidor Cepeda entendiese y conociese el gran deseo que tenía el Virrey de irse a España, estaba muy preocupado por no tener al presente ningún navío para enviarlo a España y quitarlo de la isla, y por apartarse del cuidado de guardar su persona y vida para que sus enemigos no lo matasen y le imputasen a él su muerte.

Y también, por tener para sí toda la tierra y el mar libre y desembarazado de sus enemigos, principalmente de Gonzalo Pizarro que venía acercándose a más andar, como todos le decían. Asimismo, tenía grandísimo recelo de los parientes y amigos del Virrey, que por ventura algunos de ellos podrían con atrevimiento venir a la isla y sacarlo de allí para irse a otra parte adonde después pudiese juntar alguna gente para venir contra él y destruir toda la tierra.

Mirando Cepeda bien estas cosas y para evitar estos inconvenientes con otros muchos que se podrían recrecer por la permanencia del Virrey en la tierra, dijo al capitán Pedro de Vergara que con ciertos arcabuceros de su compañía procurase tomar y hacerse con los navíos que estaban en el puerto de Huarmey, que está a dieciocho leguas de esta ciudad de Lima.

Pedro de Vergara escogió cien arcabuceros buenos para llevar consigo y comenzó a buscar en qué ir por la mar, y como era poco ingenioso y no diestro en las cosas del mar, pues no era marinero, o porque tuvo entendido que no hallaría los navíos en el puerto, se volvió al Oidor Cepeda diciendo que no hallaba medio en qué ir adonde le mandaba.

Como Cepeda oyó esto y su deseo era tomar los navíos, hizo llevar de casa de García de Saucedo, Veedor de Su Majestad, muchas tablas que tenía, muy largas y anchas, con las cuales se hicieron en pocos días aderezar unos barcos de pescadores que estaban escondidos junto al puerto, que eran de dos hermanos llamados los Camachos. Mandó al Maestre de Campo Antonio de Robles que tomase algunos arcabuceros para ir al puerto de Huarmey en los barcos que estaban hechos, para que prendiese a los que estuviesen en los navíos.

Antonio de Robles fue y vino a las cuatro horas y dijo a Cepeda, que estaba cenando delante de muchos, cómo él no hallaba ningún soldado que quisiese ir al puerto. Entonces Cepeda dijo en alta voz: "Pues yo hallaré hombres de bien que vayan a los navíos y los tomen por fuerza, y estos serán de mis amigos, porque los quiero aprovechar, y les mandaré que se tomen para sí mismos doscientos mil ducados de buen oro que allí tienen el Virrey y Vaca de Castro, y de mercaderes. No sé por qué causa tienen recelo de ir allá tantos caballeros como están aquí, o tengan recelo de veinte hombres que están en los navíos, pues todos están sin armas y con gran temor de que los hemos de ir a buscar."

A la voz de tanto ducado hubo luego más de doscientos hombres, y aun de los más principales, que se ofrecieron ir a esta empresa, por lo cual Cepeda llamó a Diego García de Alfaro, vecino de Lima, que estaba presente, y le mandó que fuese a tomar los navíos, porque tenía conocimiento de que era hombre de bien y diestro en las cosas del mar, que los tomaría. Diego García de Alfaro le besó las manos por la merced y capitanía que le daba, y aceptándola él se salió otro día en la mañana a la plaza y escogió treinta buenos arcabuceros, con los cuales se partió de la ciudad y se fueron al puerto, donde se embarcaron en dos grandes barcos y hallaron en ellos pan y vino, y dando velas al viento se fueron camino de Huarmey.

Por otra parte, Cepeda ordenó a Don Juan de Mendoza y a Ventura Beltrán —a quien estaba encomendado el pueblo de Huarmey—, que fueran por tierra con otros muchos soldados para conseguir dos propósitos. El primero, apresar a todos los parientes del Virrey y a Gerónimo Zurbano si los hallaban en el pueblo de indios, pues creía que se habrían desembarcado para tomar provisiones.

El segundo, tomar los navíos o alguno de ellos, bien por acuerdo o por cualquier otro medio. Con estas órdenes, partieron de la ciudad y llegaron al pueblo de Huarmey en día y medio, ya que viajaron por la posta, cabalgando de día y de noche en las buenas mulas que los ciudadanos les proporcionaron para este fin.

Diego García de Alfaro se fue por la costa abajo en sus barcos a popa (con el viento a favor), y como llegó al puerto de noche se escondieron todos detrás de un farallón que estaba junto a los navíos, que no fueron de ellos sentidos, y porque no fuesen vistos de los marineros no los acometieron hasta que Don Juan de Mendoza y Ventura Beltrán llegasen por tierra, para que con algunas balsas les ayudasen; mas de otra manera sucedió la cosa, como luego diremos.

Cuando Don Juan de Mendoza, Ventura Beltrán y los que los acompañaban llegaron por tierra, casi al mediodía, comenzaron con rapidez a construir balsas grandes con ayuda de los indígenas del pueblo. Mientras estas se hacían, situaron a algunos arcabuceros en un punto elevado, junto al lugar donde estaban ocultas las embarcaciones locales, y empezaron a hacer señas a la flota del Virrey para que alguna de sus barcas se acercara a la orilla.

Diego Álvarez Cueto, con los demás caballeros parientes del Virrey, creyeron que eran de los amigos y servidores de Su Majestad a quienes habían escrito, como atrás se dijo, y que se venían huyendo de los Oidores, por lo cual Vela Núñez se vino hacia tierra en un barco, y Martín de Píñiga en otro, para verlos y recogerlos y saber nuevas de su hermano, que deseaba en gran manera ver su libertad.

Aún no había llegado bien a tierra Vela Núñez, cuando Diego García de Alfaro salió de través de entre las peñas y farallón y los comenzó a seguir con gran prisa a remo y vela, y luego Vela Núñez entendió el engaño y ardid que con él se había usado, y queriéndose tornar a los navíos no pudieron, ya que los arcabuceros los atajaron de tal manera que quedaron apresados. Vela Núñez, como los vio estar a punto de guerra y bien armados y con sus arcabuces encarados, no se atrevió a pelear con ellos, por la mucha ventaja que le tenían, porque no eran más de seis hombres los que venían con él, y desarmados, aunque traían arcabuces, y por no aventurar las vidas de los suyos se dio a Diego García de Alfaro.

Martín de Píñiga que venía en el otro barco, como vizcaíno porfiado y cabezudo hizo todo lo a él posible por no dejarse prender de los contrarios, y así se defendió un rato, que no se quería dar, y después de que oyó que Vela Núñez le mandaba rendirse, se dio, que de otra manera, según él decía después, que primero que se diera a los enemigos del Virrey, su señor, que le habían de hacer pedazos.

Diego García de Alfaro le exigió a Vela Núñez que se asegurara de que los navíos se rindieran y se entregaran a la Real Audiencia, y que impidiera que huyeran, pues en ese momento estaban ya izando las velas y las anclas.

Añadió que si la flota escapaba, juraban "a tal y a cual" que lo matarían de inmediato, a él y a los que lo acompañaban. Advirtió, además, que los capitanes del ejército harían lo mismo con el Virrey, su hermano, ya que toda la región estaba escandalizada y alborotada por él y por sus acciones.

Vela Núñez, llegado a los navíos, rogó muy de veras a Diego Álvarez Cueto que diese y entregase los navíos antes que viese su muerte y la del Virrey su cuñado, porque vio lo que había pasado desde el navío y por esto se quería ir, y así Cueto por complacer a su cuñado lo hizo y mandó entregar los cuatro navíos. El otro navío, que eran cinco, se lo llevó el capitán Gerónimo Zurbano a Tierra Firme, que si él se hallara allí no se entregaran; ya que Diego Álvarez Cueto lo había enviado a Panamá para que de allí fuese a España a dar cuenta a Su Majestad de lo que había pasado, y para esto le dio una carta con muy larga relación de todo lo hecho.

Diego García de Alfaro se apoderó luego de los navíos metiendo en ellos a sus soldados, y de allí envió por Don Juan de Mendoza y Ventura Beltrán y algunos arcabuceros que estaban en tierra, los cuales venidos y embarcados fueron repartidos por los navíos. Don Juan de Mendoza y Ventura Beltrán hablaron a los parientes del Virrey consolándolos de sus trabajos y pesadumbres, y que ahora todas las cosas de su Señoría irían de bien en mejor, y ellos les devolvieron las gracias por lo que les habían dicho.

Hecha esta presa, Diego García de Alfaro envió luego en un navío a Don Juan de Mendoza y a Ventura Beltrán con ciertos arcabuceros para que llevasen al licenciado Vaca de Castro y a Vela Núñez a la ciudad de Lima, para que los Oidores hiciesen allá de ellos lo que quisiesen, y Cueto y los demás navíos se quedaron en el puerto.

Don Juan de Mendoza y Ventura Beltrán mandaron dar velas al viento, y navegando por su mar adelante llegaron al puerto de Lima, y el Oidor Cepeda se holgó con la venida de este navío, que ya sabía por tierra lo que había pasado, por aviso de Diego García de Alfaro, y el mismo Cepeda lo vio venir desde los corredores de palacio.

Después que los captores llegaron a la ciudad, Cepeda los recibió muy bien, dándoles la enhorabuena del buen suceso y el parabién de sus venidas, y comenzó a alabar a Diego García de Alfaro por la buena industria que había tenido, y mandó luego traer a Vela Núñez, al cual hizo aposentar en casa de Francisco de Ampuero, y a Vaca de Castro se mandó por la Audiencia que se quedase en el navío hasta en tanto que se viese su negocio.

En cuanto al tesoro que Cepeda dijo que había en los navíos (el cual, a pesar de ser buscado, resultó inexistente), fue solo una artimaña utilizada para conseguir gente que se sumara a esta empresa. Dejando este asunto aparte, aquellos que fueron llamados primero para ir a Huarmey sintieron envidia de Diego García de Alfaro cuando supieron del éxito de su viaje.

Para que en la ciudad no hubiera un motín o escándalo a favor del Virrey, como ya se había intentado días atrás, sin aguardar más dilación, lo sacaron de la isla y lo embarcaron en un barco grande. Lo enviaron a Huarmey, pues no se atrevieron a llevarlo a la ciudad.

Fue custodiado por el licenciado Rodrigo Niño, junto con varios arcabuceros, para entregarlo al Oidor Juan Álvarez tan pronto como llegara al puerto. De esta manera, fue embarcado en el navío donde ya se encontraban sus parientes y una gran cantidad de soldados de guardia.

Hecho esto, los Oidores hicieron a Juan Álvarez ir por tierra, que se fuese al puerto, para que se entregase del Virrey, y llevó consigo los soldados que para el efecto le dieron, y se llevó asimismo por delante diez mil ducados de buen oro que le dieron de su salario y de la ropa que trajo, que vendió, la cual trajo de España. También hicieron llevar la moneda del Virrey a los navíos, que se había hecho de la ropa y acémilas que los soldados le habían saqueado, que casi todo se recogió y se vendió muy bien entre los vecinos, y todo se le entregó y él se holgó mucho.

Cuando los parientes del Virrey lo vieron embarcado, se alegraron muchísimo de verlo sano y libre, aunque maltratado por sus emuladores y enemigos. El Virrey también se alegró de verlos y los abrazó cordialmente, uno a uno. Todos se dieron mutuamente el pésame por las desgracias que habían sufrido.

El Oidor Juan Álvarez, llegado al puerto se embarcó luego con sus soldados, y después de entregado del Virrey, de mano del licenciado Rodrigo Niño, y ante un escribano de Su Majestad, habló al Virrey y a sus parientes con demostración de mucha tristeza. Y como Juan Álvarez era el mandón del navío, hizo dar velas al viento y se fue por la costa abajo hacia el puerto de Tumbes, sin aguardar los despachos y recaudos que había de llevar a Su Majestad, que se quedaban cerrando en Lima, por donde se tuvo sospecha de lo que adelante se dirá. Diego García de Alfaro, viendo que allí no había más que hacer, se volvió al puerto de Lima con dos navíos, juntamente con el licenciado Rodrigo Niño; se volvieron al puerto de Lima con todos los demás soldados que habían ido a Huarmey, y también se vinieron los soldados que habían estado en la isla en guarda del Virrey, y el Oidor Cepeda los recibió muy bien.

CAPÍTULO XLVIII

EN DONDE SE CUENTAN OTRAS MUCHAS Y DIVERSAS COSAS QUE SUCEDIERON EN LA CIUDAD DE LIMA DESPUÉS QUE LOS OIDORES Y SUS CAPITANES ECHARON DE LA TIERRA AL VIRREY BLASCO NÚÑEZ VELA Y A SUS PARIENTES.

Después que los Oidores, capitanes y vecindad hubieron echado al Virrey de las tierras del Perú, como se dijo, y habiendo partido entre sí el triunvirato y concertado lo que cada uno había de hacer y entender acerca de los negocios de gobernación, justicia y guerra, se ordenaron las cosas siguientes:

Primeramente, el oidor Cepeda, teniéndose por presidente y gobernador de toda la tierra, mandó limpiar la ciudad y deshacer las cercas que el virrey había hecho levantar por las calles. Además, dispuso otras medidas en beneficio y provecho tanto de los vecinos como de los naturales del lugar. En este tiempo, tras la partida del virrey, pareció a todos —grandes y pequeños— que volvían a ver la luz, pues antes, como decían, vivían en tinieblas por el gran temor y recelo que le tenían. Con esto, andaban alegres y contentos, a diferencia de los fieles servidores de Su Majestad y los amigos y allegados del virrey, quienes se mostraban tristes y recelosos de los oidores.

Asimismo, comenzó el oidor Cepeda a otorgar grandes y generosas pagas y socorros a los soldados, con dinero proveniente de la caja de Su Majestad, movido por dos fines principales. El primero, porque tenía la intención y firme voluntad de salir al campo junto con sus dos compañeros oidores para dar batalla a Gonzalo Pizarro, si este no quería someterse al servicio del Rey y acudir ante ellos, en su calidad de Real Audiencia, como hombre particular y sin cargo alguno, tras recibir la suspensión y revocación de las ordenanzas. El segundo motivo fue evitar que los soldados de la ciudad se pasaran al ejército contrario, aunque muchos de ellos, incluidos los principales vecinos, ya se habían adelantado a hacerlo, movidos por la curiosidad y el atractivo de lo nuevo.

Y para granjearse el afecto y la buena voluntad de los soldados, Cepeda los aposentó nuevamente en las casas de los vecinos, repartiéndolos conforme a las rentas y posibilidades de cada uno, pues días atrás habían sido expulsados de sus viviendas por temor a Gonzalo Pizarro, y la mayoría se había alojado en casas de los indios de las afueras. Sin embargo, muchos de esos soldados mal intencionados, apenas recibieron el socorro del erario real, se marcharon al ejército de Gonzalo Pizarro, alegando que allí ofrecían mejores pagas y mayores recompensas.

Y como Cepeda se mostrase por hombre animoso que quería aguardar a su enemigo en el campo, mandó a sus capitanes que hiciesen aderezar las armas defensivas y ofensivas que los soldados tenían, y nombró de nuevo capitanes a los que antes lo eran, los cuales son los siguientes: Martín de Robles, General; Francisco Martín de Alcántara, Alférez Mayor del estandarte, que nunca se lo quitaron; Gerónimo de Aliaga, capitán de los de a caballo, porque Diego de Agüero que lo había sido era ya muerto de su enfermedad a los cuatro días que prendieron al Virrey; Pablo de Meneses y Mateo Ramírez, el Galán, fueron capitanes de la infantería; Pedro de Vergara y Manuel de Estacio fueron capitanes de los arcabuceros; Antonio de Robles fue Maestre de Campo; Sargento Mayor fue Ventura Beltrán; y así nombró otros oficiales y mandones que en el ejército se requerían. Y por estar en todo apercibido y saber qué gente había entre los soldados, los mandó contar, y halló que había cuatrocientos y cincuenta hombres de pelea, sin los vecinos, que había muchos, porque los demás que faltaban eran idos a Gonzalo Pizarro, como está dicho. Con todo esto andaba visitando siempre a sus capitanes y soldados para que no se le fuesen, y les prometía hacerles muchas y grandes mercedes en nombre de Su Majestad y darles de comer en la tierra, y así se quedaron muchos con estas vanas esperanzas y promesas, que después salieron en blanco como suerte.

Después de estas cosas así pasadas y otras que por evitar prolijidad no las cuento, ordenaron los tres Oidores, de consejo de Cepeda, enviar dos provisiones de un tenor a Gonzalo Pizarro, en que por ellas se le mandaba que vista la presente luego dejase y deshiciese la gente de guerra que tenía y había hecho contra Blasco Núñez Vela, que ya estaba fuera de la tierra. Y además de esto le mandaban que, so pena de traidor y perdimiento de bienes y la vida a merced del Rey, no entrase en la ciudad con mano armada, y que si quería entrar que viniese con diez o doce hombres, que para ello le daban licencia, y no de otra manera. Y que entonces pidiese por escrito en la Real Audiencia cosas que fuesen lícitas y convenientes al servicio de Dios y de Su Majestad, y que ella, como Señora, lo oiría y proveería conforme a justicia; y que todos los capitanes y soldados que venían con él luego se viniesen a la ciudad, y para esto les pusieron grandes y gravísimas penas si no se venían al servicio de Su Majestad.

Escritas estas dos provisiones y selladas con el Real Sello y firmadas de sus nombres, mandaron a ciertos vecinos de la ciudad que las llevasen a Gonzalo Pizarro, porque convenía mucho al servicio de Su Majestad y al bien de toda la tierra, y ellos mismos las hiciesen notificar al mismo Pizarro y a todos sus capitanes y soldados para que ninguno de ellos pretendiese ignorancia.

No hubo ningún ciudadano que se atreviese a hacerlo, así por el peligro grande que en ello había y porque tenían en la memoria lo que había acontecido al padre Baltasar de Loaysa, y porque dijeron que Gonzalo Pizarro les diría que viniendo él a defenderles las vidas y haciendas se le mostraban contrarios, y que por esta vía no se negociaría con él cosa alguna.

Visto y entendido por Cepeda que los vecinos rehusaban ir allá, mandó expresamente, y con pena impuesta, a Lorenzo de Aldana, vecino de Lima, que llevase la una provisión de las dos que se habían hecho para Gonzalo Pizarro, y él lo hizo así, mas por quedarse allá. Y la otra provisión mandaron al Contador general Agustín de Zárate, y a Don Antonio de Ribera, medio cuñado de Pizarro, que la llevasen ellos y que en todo caso la hiciesen notificar a Gonzalo Pizarro y a todos cuantos venían con él, y ellos la tomaron con más recelo que otra cosa y se partieron juntos de la ciudad, yendo tras Lorenzo de Aldana, que hacía tres días que había partido.

Pues como Lorenzo de Aldana se partió primero, dicen que a medio camino se comió la provisión, porque no se atrevió a presentarla por el gran peligro que había, y así llegó al pueblo de Parcos, como atrás se dijo.

Se presentó Lorenzo de Aldana ante Gonzalo Pizarro y le informó que los oidores lo enviaban para notificarle una provisión en la que se le ordenaban cosas terribles y ofensivas para su honra si no las cumplía y observaba. Añadió que, por considerarlas indignas, había hecho pedazos dicho documento, convencido de que con ello le servía. Pizarro se alegró con su llegada y lo recibió con agrado. Sin embargo, Francisco de Carvajal, hombre feroz y temible, se indignó contra Lorenzo de Aldana y, en su calidad de maestre de campo, quiso mandarlo decapitar, sospechando que tenía la provisión escondida y que más adelante la haría notificar. Pizarro, no obstante, lo protegió, pues eran viejos amigos y le tenía gran aprecio.

Mientras tanto, caminando juntos don Antonio de Ribera y Agustín de Zárate por el pueblo de Huarochirí, toparon con un indio natural de los Cañaris que llevaba una carta secreta oculta en un rollo de hilo que traía enredado en la cabeza, a manera de turbante, como es el uso entre los de su nación. La carta, escrita por Gonzalo Pizarro desde la cuesta de Parcos, iba dirigida al propio don Antonio de Ribera, y en ella le informaba de la muerte de Gaspar Rodríguez de Camporredondo, de Felipe Gutiérrez y de Arias Maldonado, y le decía que ya habría tenido noticia de ello por el padre Baltasar de Loaysa.

En este intermedio que estos dos mensajeros iban caminando, tuvo Gonzalo Pizarro aviso de ciertos vecinos que le escribieron desde la ciudad de Lima, de la otra provisión que llevaban Agustín de Zárate y Don Antonio de Ribera, y se receló que si el Contador la hacía notificar se le amotinarían los soldados y se irían al llamado de la Real Audiencia. Mas por otra parte sabía que todos los que venían en su compañía traían grandísima gana de dar la batalla dentro de la misma ciudad, porque pretendían hacer un solemnísimo saqueo en ella de la hacienda de los vecinos y mercaderes que eran contrarios a su opinión, y por esto tenía entendido que ninguno de ellos se le iría.

Mas entendiendo cuán variable era la fortuna, y que todas las cosas no estaban muchas veces en un ser ni permanecían en un estado, y que podría ser que los mismos principales que con él estaban se irían al servicio de los Oidores por la provisión que traían los dos mensajeros, procuró remediarlo con brevedad. Para hacer esto envió a las sierras nevadas que llaman de Pariacaca al capitán Gerónimo de Villegas, con veinte arcabuceros, para que detuviesen al Contador hasta que él allí llegase, y en el entretanto le dijese secretamente lo que había de decir estando en su presencia y delante de sus capitanes y soldados. Y que a Don Antonio de Ribera lo dejasen pasar adelante, porque se quería primero informar de él de las cosas que Agustín de Zárate traía, o que pretendía hacer con la provisión.

Partido Gerónimo de Villegas se fue a Pariacaca, donde halló a los dos mensajeros que también habían llegado en aquella hora, los cuales se recibieron los unos a los otros muy bien, y Villegas habló a Don Antonio de Ribera secretamente y le dijo que pasase adelante, avisándole que hablase primero a Gonzalo Pizarro antes que a otro alguno, porque le iría mal de ello, y al Contador lo detuvo allí con diez arcabuceros.

Después habló largo al Contador, diciéndole la causa por qué era mandado detener allí y que le convenía hablar primero a Gonzalo Pizarro que a otro alguno, avisándole de lo que había de hacer y decir acerca de la provisión que llevaba para notificar, y que no hablase en bueno ni en malo con los capitanes y soldados del ejército, y así le dijo otras cosas, amenazándole con la muerte si otra cosa hacía.

Agustín de Zárate tomó el consejo de Gerónimo de Villegas, y bien entendió él que si otra cosa hacía en contrario de lo que le decían, le iría mal, puesto que al Padre Baltasar de Loaysa, con ser clérigo, lo habían querido matar, y muerto a los cuatro nombrados arriba, que peor lo harían con él, tratándole mal, o dándole la muerte. Y de quien él más se recelaba era del cruel y bravo carnicero de Francisco de Carvajal, que era el coco o espantajo con quien ponían miedo a los servidores de Su Majestad, y así se quedó allí, aunque contra su voluntad, y a tener paciencia hasta la venida de Gonzalo Pizarro que pronto llegaría a aquel paraje.

CAPÍTULO XLIX

DE CÓMO AGUSTÍN DE ZÁRATE DIO SU EMBAJADA A GONZALO PIZARRO DE PARTE DE LA REAL AUDIENCIA, Y DE LO QUE ÉL Y SUS CAPITANES RESPONDIERON EXPRESANDO AGRAVIOS, Y DE OTRAS MUCHAS COSAS QUE PASARON.

Partido Gonzalo Pizarro del pueblo de Parcos, donde antes lo dejamos, avanzó poco a poco hacia las sierras nevadas de Pariacaca, donde tanto sus capitanes como sus soldados se vieron gravemente afectados por el apunamiento, como suele ocurrir en alta mar. En aquel paraje reina un frío intensísimo, pues la nieve lo cubre todo durante el año. La causa de este mal que aqueja a quienes atraviesan esas sierras la explicaremos más adelante, cuando tratemos de ellas con mayor detenimiento.

Llegado Pizarro a Pariacaca y estando ya instalado con todo su ejército, mandó llamar en secreto al contador general. Una vez juntos en su tienda, conversaron largamente, y Pizarro le quitó la provisión que traía, advirtiéndole que no dijera otra cosa distinta a lo que Gerónimo de Villegas le había indicado que propusiera ante los capitanes y soldados.

Agustín de Zárate, deseoso de cumplir como fiel mensajero y leal servidor de Su Majestad, habría querido notificar la provisión; pero, amenazado de muerte, no se atrevió a hacer nada fuera de lo que por la fuerza le mandaban decir. Así, resolvió complacer a Pizarro, aunque fuera contra su voluntad. Al día siguiente, Pizarro mandó llamar a sus capitanes y a los soldados más principales de su ejército, y cuando todos estuvieron reunidos en la tienda, ordenó al contador que expusiera su embajada ante ellos y repitiera lo que los oidores le habían mandado decir.

Agustín de Zárate, que ya entendía la intención y voluntad de Pizarro, transmitió de parte de los Oidores algunas propuestas generales tocantes al servicio de Su Majestad y al bien y utilidad de toda la región, tanto para los españoles como para los indígenas. En particular, señaló que, puesto que el Virrey había sido embarcado hacia España y la Audiencia había concedido la suspensión de las ordenanzas por ellos solicitada, ahora demandaban que hubiese paz, sosiego y buena concordia en toda la región, pues estaba en manos de Pizarro conseguir todo esto.

Además, exigió que pagaran a Su Majestad los gastos incurridos para la gente de guerra, tal como él y todos sus capitanes y caballeros se habían ofrecido a la Real Audiencia por escrito, según se había estipulado antes. Y que si Gonzalo Pizarro deseaba entrar en la ciudad para pedir lo que fuera conveniente para él y para todos, podía hacerlo con solo quince o veinte hombres, y que lo recibirían de buena voluntad y en paz. Agregó que lo escucharían y proveerían lo que más fuera de su agrado, con el fin de evitar contiendas y peleas que pudieran suceder en la región. Así dijo otras cosas que agradaron a la mayoría de los presentes, sin mencionar la provisión que él mismo traía.

Gonzalo Pizarro respondió al Contador que, ciertamente, él deseaba mucho que hubiera buena conformidad y paz universal en toda la región para que todos vivieran sin sospecha ni temor. Afirmó que, puesto que los señores Oidores le enviaban a ordenar que fuese a la Real Audiencia con quince o veinte hombres, así lo haría, pero que primero consultaría el asunto y luego les enviaría un mensajero propio.

Algunos capitanes y soldados principales malintencionados dijeron al Contador Zárate, con gran furia, que transmitiera a los Oidores que lo que más convenía al bien de toda la región era que nombrasen a Gonzalo Pizarro como Gobernador y Capitán General en nombre de Su Majestad. Argumentaron que lo merecía por sus méritos personales y por los muchos y grandes servicios que había hecho al Rey, y que, de hacerse esto, habría paz universal de inmediato.

El Maestre de Campo Francisco de Carvajal, como era hombre violento, dijo que lo que los Oidores mandaban, que el Señor Gonzalo Pizarro fuera con quince o veinte hombres, se entendería como quince o veinte hombres por hila (fila) de escuadrón que entraría por la ciudad, y que les complacía la orden. Añadió que si los señores Oidores no nombraban a Gonzalo Pizarro Gobernador de los reinos del Perú, él los mataría a todos. Y, sobre todo, que ordenaría saquear la ciudad y destruir totalmente a los vecinos y mercaderes que en ella estaban. Por lo tanto, les dijo que miraran lo que más convenía al bien de todos, y que si hacían lo que él y los demás capitanes les suplicaban, se atajarían muchos daños y males que se esperaba ocurrirían durante estos disturbios. Así le dijo otras muchas amenazas.

Gonzalo Pizarro habló muy largo con el Contador y le dijo que hiciese de tal manera con los señores Oidores que le diesen la gobernación de los reinos del Perú, y que si lo hacía le prometía hacerle grandes mercedes y le daría de comer en la tierra, y a los señores Oidores haría lo mismo. Y con esto se volvió sin haber notificado la provisión, ni traer otro recaudo alguno sino palabras de comedimiento envueltas con amenazas, y llegado a la ciudad dijo todo lo que pasaba y lo que había visto.

Tras recibir y entender la embajada que traía Agustín de Zárate y la mala intención con que Gonzalo Pizarro venía contra ellos, a los Oidores les pesó profundamente. Hasta ese momento habían creído que Pizarro no pretendía otra cosa sino suplicar la suspensión de las Leyes Nuevas y obedecer a la Real Audiencia como su verdadera señora, limitándose a informar a Su Majestad de todo lo que sucedía y de lo que más convenía a la región.

Estas promesas, entre otras muchas, habían sido enviadas por Gonzalo Pizarro días atrás con el regente Fray Tomás de San Martín desde Jauja (cuando el Virrey lo envió allí, como ya se mencionó). Después, el mismo Gonzalo Pizarro escribió a los Oidores desde Parcos con el padre Diego Martín, su mayordomo mayor. En aquella carta juraba y prometía, como caballero hidalgo, acatar, cumplir y obedecer a la Real Audiencia en todo lo que mandase, sometiéndose a su obediencia y mando con todos los hombres de su ejército.

Además, juraba que si Su Majestad ordenaba por sobrecarta que las ordenanzas se ejecutasen, él las obedecería como mandato de su Rey y señor natural, incluso si la región se perdía totalmente con todos los españoles y naturales, y que él mismo se encargaría de que se guardasen y cumpliesen.

Su único recelo, continuaba Pizarro, era el Virrey, porque le habían asegurado que no había venido sino tan solamente a quitarle la vida y la hacienda sin motivo. Describía al Virrey como un hombre de condición muy áspera, dura, y sobre todo, cruel, bravucón y nada afable, que mataba a los hombres caprichosamente sin oírles disculpa alguna.

Así mismo, Pizarro argumentaba que el Virrey favorecía a los almagristas, quienes tenían gran odio hacia el bando de los Pizarros. Por esta razón, el Virrey llamaba a los pizarristas traidores a cada paso, mientras que alababa a los almagristas como leales e incluso había concedido mercedes a algunos, a pesar de que habían asesinado con gran traición a su hermano, el Marqués [Francisco Pizarro], y merecían ser castigados, no agasajados. Estas y otras cosas envió a decir, aunque los Oidores les hicieron poco caso en su momento.

Dejado esto aparte, el Oidor Cepeda tornó a enviar otro mensajero a Gonzalo Pizarro, a decirle que en cuanto a lo que decían él y sus capitanes y Maestre de Campo que le diesen la gobernación de los reinos y provincias del Perú, si no que los matarían.

A esto respondieron los oidores que las mercedes debían pedirse de otra manera y no por medio de amenazas, pues tales actos en nada agradaban a Su Majestad. Añadieron que ellos no estaban facultados para otorgar gobernación a persona alguna, ya que no traían comisión para ello, y que sólo el Rey podía proveer y conceder tal cargo a sus leales servidores cuando lo mereciesen.

Y en cuanto a lo que tocaba a sus muertes, que ellos saldrían al campo a esperarlos con los capitanes y soldados que Su Majestad tenía en la ciudad, que ellos como leales defenderían sus personas y vidas, y que si allí muriesen sería visto morir en servicio de Su Majestad y no por el interés que ellos pretendían sacar en estos desvaríos.

Mas con todo esto, que por evitar muchos escándalos y daños que se podrían recrecer, se pusiese en tela de juicio, para ver si los capitanes y ciudadanos que traía consigo querían pedir alguna cosa para él. Y que esto había de ser ante la Real Audiencia y por vía ordinaria, como se suelen pedir las otras cosas por escrito, y que para ello enviasen dos o tres procuradores con poderes bastantes, y que en el caso se proveería lo que fuese justicia.

Partido este mensajero, luego el Oidor Cepeda procuró dar batalla al tirano si no le traía buena respuesta, y como vino el mensajero sin traer ninguna averiguación que fuese buena, apercibió a sus capitanes y soldados para que todos saliesen al campo a esperar al enemigo.

Los capitanes, viendo la determinación de Cepeda, le suplicaron no diese batalla a Gonzalo Pizarro, ya que tenía poca gente; principalmente que no convenía al servicio de Dios, ni al de Su Majestad, ni a la seguridad de toda la tierra. Porque si la batalla se daba y venían en rompimiento, no podría ser menos sino que ellos fuesen los perdedores, y que de esto se podrían recrecer muchos daños; y poniéndole por delante los inconvenientes que había, le dijeron que se tenía por muy cierta la victoria que la parte contraria había de alcanzar, por tener, como tenía, mucha gente y bien armada, como todos decían. Además de esto que traía mucha artillería gruesa y arcabucería con que defenderse y ofender a quien le fuese contrario o no le diese favor y ayuda, la cual a ellos les faltaba, principalmente si le impidiesen la entrada en la ciudad, y que se podría sacar el río de madre y echarlo fácilmente por toda la ciudad para derribarla por el suelo para que todos los vivientes en ella se ahogasen.

De manera que fue tanto lo que le dijeron y aconsejaron algunos de sus capitanes y ciudadanos que determinó dejarlo todo en las manos de Dios y de hacer lo que le decían, puesto que conoció en ellos que no querían dar la batalla, la cual fue muy temida en la ciudad de chicos y grandes.

Dicen los que algo saben que estos capitanes y ciudadanos que aconsejaron a los tres Oidores lo arriba contenido, que fueron sobornados del padre Diego Martín, y atemorizados de Gonzalo Pizarro; y otros dijeron que le eran muy allegados, y así determinaron no romper con él, puesto que venía tan pujante y con tanta gente.

En este paso comenzaron los Oidores a tener gran recelo de Gonzalo Pizarro porque no sabían cómo los había de tratar si lo recibían en la ciudad, en especial los vecinos de Lima, los que eran sus mortales enemigos, por las cartas que habían escrito contra él al Virrey, que no sabían tampoco lo que les había de suceder; mas, en fin, se aventuraron a esperarlo.

También los vecinos del Cusco estaban con gran recelo de lo que les podría suceder, y así lo encomendaron todo a Dios nuestro Señor para que los librase de este infortunio en que estaban por amor de Gonzalo Pizarro y de su Maestre de Campo Francisco de Carvajal, que no sabían qué intenciones traían contra ellos, por habérsele huido en el pueblo de Jauja. Así que los unos y los otros estaban con grandísimo recelo y temor de lo que les podría suceder; mas en fin y al fin creyeron que la Real Audiencia los favorecería para que no recibiesen en sus personas ningún mal ni detrimento, puesto que habían venido a servir a Su Majestad; mas los Oidores no tuvieron poder para remediarlos y salvarlos de peligro, como en el capítulo siguiente diremos.

CAPÍTULO L

DE CÓMO FRANCISCO DE CARVAJAL ENTRÓ EN LIMA UNA NOCHE CON GRAN SILENCIO Y PRENDIÓ A LOS CABALLEROS QUE SE HABÍAN HUÍDO DEL CAMPO DE GONZALO PIZARRO DESDE JAUJA Y AHORCÓ A TRES DE ELLOS EN EL ÁRBOL DEL SOL, Y DE LO DEMÁS QUE PASÓ.

Recibió Gonzalo Pizarro al mensajero que los Oidores enviaron con el cual enviaron a decir que si algo quería que lo pidiese en forma ordinaria, como queda dicho, de lo cual le pesó en gran manera, porque le pareció que eran excusas y dilaciones que le ponían para no hacer nada de lo que sus capitanes y sus allegados pedían y demandaban para él, que era lo que él más deseaba.

Principalmente sintió mucho cuando se tocó en la tecla de dar batalla, donde le dijeron que lo estaban aguardando en el campo con gente bien armada y tuvo entendido que sus cosas irían de mal en peor si lo llevaba por violencia y rigor, y así determinó por entonces llevarlo por bien para que no se dijese de él que por su parte se quebraba la paz.

Lo que hizo en este caso fue enviar los procuradores, como se lo habían escrito, los cuales fueron de los vecinos de la ciudad del Cusco, Arequipa, Charcas, Huamanga, Huánuco, Piura, Trujillo y de otros pueblos, que como hemos dicho atrás, habían acudido a él casi todos los regidores de estas ciudades, villas y lugares, por su propio interés, con poderes bastantes de los cabildos. Y así no faltaron vecinos de los más principales que venían en su ejército que dieron sus poderes plenarios para el dicho efecto, y sustituyeron después los regidores los poderes que traían de sus pueblos en los procuradores que enviaban a los Oidores para que pidiesen y demandasen muchas y diversas cosas, principalmente la gobernación para Gonzalo Pizarro, que era lo que más pretendían los tumultuarios.

Pues llegados a la ciudad los procuradores se presentaron ante la Real Audiencia y por escrito dijeron que vistos los méritos y bondades y cristiandad de Gonzalo Pizarro y los muchos y grandes servicios que él y sus hermanos habían hecho a la Real corona de Castilla en el descubrimiento de las Indias del Perú, a costa de ellos, que pedían y suplicaban a Su Majestad nombrase por Gobernador de los reinos y provincias del Perú a Gonzalo Pizarro, porque él las tendría en paz y quietud y en justicia, y de hacerlo así se serviría de ello Dios nuestro Señor y se aumentaría la corona Real, y sería gran bien de todos los españoles y de los naturales de ellas.

Lo que respondieron los oidores fue en pocas palabras, diciendo que lo verían y proveerían lo que conviniese conforme a justicia. Añadieron, además, que no querían precipitarse en resolver tan pronto, sino que era mejor esperar un poco, pues ellos ordenarían lo que debía hacerse en un asunto tan arduo.

Una vez entrados los tres Oidores en su acuerdo, consultaron lo que se había de hacer en este bravo negocio, y como estaban oprimidos no sabían a qué determinarse, porque era cosa peligrosa para ellos hacer Gobernador a un hombre tan terrible y bravo como era Gonzalo Pizarro, que venía contra ellos con mano armada. Asimismo, [consideraron] que ellos no traían poder ni comisión para hacer a ninguno Gobernador, cuánto menos a Gonzalo Pizarro, al cual venían a quitarle los pueblos que tenía en encomienda, conforme a una ley que Su Majestad había dado entre las cuarenta ordenanzas, contra todos aquellos que se hubiesen hallado en los debates y rencillas pasadas contra Don Diego de Almagro el Viejo y contra los que hubiesen tenido cargo de oficio Real. Pero, en fin y al cabo, como vieron que no tenían libertad para no dejarlo de hacer, porque entonces estaba ya Pizarro a cuatro leguas de allí, determinaron dar parte de este negocio a los más principales vecinos que había en la ciudad, para que si errasen fuese con parecer de muchos y no por el juicio de pocos como ellos eran.

Sobre todo esto hicieron otro acuerdo, en el cual dispusieron que se intimase todo lo que los procuradores de Pizarro pedían a los Reverendísimos Don Fray Gerónimo de Loaysa, Obispo de Lima; Don Fray Juan Solano, Obispo del Cusco; Don García Díaz Arias, electo Obispo de Quito, y Fray Tomás de San Martín, Regente y Provincial de la Orden de Santo Domingo. También se mandó notificar lo susodicho al Contador General Agustín de Zárate, al Tesorero Alonso Riquelme, al Veedor García de Saucedo y al Contador Alonso de Cáceres, como oficiales de Su Majestad, para que conociesen lo que los procuradores de Pizarro solicitaban y dieran también su parecer en el caso. Todo ello debía asentarse en el libro de acuerdos y ser firmado, para que constase en su tiempo y lugar ante Su Majestad.

Estos pareceres no se pidieron a fin que ellos de su voluntad hacían Gobernador a Pizarro, sino por tener más testigos de la opresión que les hacían el Maestre de Campo Francisco de Carvajal y los demás capitanes que los amenazaban terriblemente con la muerte.

Mientras los Oidores andaban tomando pareceres y consejos y haciendo acuerdos, se detuvieron los procuradores más de lo que era menester, y Gonzalo Pizarro creyó que los Oidores los tenían presos o que no le querían conceder cosa alguna de lo que pedían, sino que los detenían en dilaciones para hacerle algún mal.

Por esta ocasión envió a la ciudad a su Maestre de Campo para que atemorizase a los Oidores y para que le diesen la provisión que se pedía, sellada con el Real Sello, porque no quería entrar en ella sin la gobernación del Perú, o destruir la ciudad y a los que vivían en ella. No obstante, esto lo envió para que prendiese a todos aquellos que se le habían huido desde el pueblo de Jauja y se habían venido al Virrey, que por amor de ellos se hubiera de perder. Ítem, mandó prender a muchos vecinos que tenía por sospechosos porque habían escrito muchas cartas a los suyos para que se huyesen y se viniesen a servir a su Majestad y al Virrey, y porque habían dicho mucho mal de él y de sus cosas, los cuales son los siguientes: El licenciado Benito Juárez de Carvajal, Melchor Verdugo, Pedro del Barco, Gabriel de Rojas, Gómez de Rojas su sobrino, Garcilaso de la Vega, Martín de Florencia, Luis de León, Pedro de Manjarres, Juan de Saavedra, Gómez de Figueroa, Antón Ruiz de Guevara, Rodrigo Núñez de Bonilla, Pedro de Guzmán, con otros que eran valerosos en la tierra.

Francisco de Carvajal fue y entró en la ciudad a medianoche con cien arcabuceros muy bien armados, y en llegando fue luego a hablar al Oidor Cepeda diciéndole que convenía mucho prender a ciertos hombres que estaban dentro en la ciudad, para asegurar a los caballeros de Gonzalo Pizarro, y que su merced le diese licencia para hacerlo. El Oidor le otorgó lo que Carvajal le pedía, más de miedo que de voluntad, porque tuvo entendido que no fuera parte para negárselo, y que a los caballeros que quería prender no se les haría cosa alguna; aunque ciertamente los quisiera avisar no tuvo manera, y aunque tuviera no sabían quiénes eran, aunque sospechaba de los que se habían venido huyendo del pueblo de Jauja.

Habida esta licencia el cruel carnicero, y sin temor de la Real Audiencia y en menosprecio de la Real justicia, se fue a casa de los vecinos donde tuvo noticia de su espía que posaban, a los cuales prendió de uno en uno y los llevó a la cárcel pública y los echó en fuertes prisiones, apoderándose de la cárcel, quitando las llaves al alcaide, y nombró a otro que consigo había traído.

Supo en aquella hora que Gabriel de Rojas y Alonso de Cáceres, teniente de Arequipa, se habían retraído en la cámara del Obispo Don Fray Gerónimo de Loaysa, y él fue allá para prenderlos y mandó abrir las puertas con amenazas de que las quemaría, y abiertas sacó a los dos caballeros de la recámara, sin ningún miramiento ni respeto del Obispo, y de allí los llevó a la cárcel, quedando el Obispo bien escandalizado, que tuvo entendido que no lo hiciera.

No hubo en aquel momento hombre tan osado que se atreviese a resistirlo, ni quien se animara a defenderlos o siquiera a hablar contra aquella fuerza tan exorbitante y atrocísima. Tampoco los oidores pudieron hacer nada para impedirlo, pues carecían de medios para ello, ya que todos los soldados se habían pasado al bando contrario, que en esa hora se hallaba a cuatro leguas de la ciudad.

Cuando amaneció ya los tenía presos en la cárcel, que fueron hasta cuarenta hombres, y antes que se ocupase en otra cosa fue a ver a los Oidores que se habían juntado bien de madrugada en casa del Oidor Zárate a platicar del gran atrevimiento y desvergüenza de Carvajal, y con ellos se habían juntado los dos Obispos y el Electo y los oficiales de Su Majestad que para ello fueron llamados; Francisco de Carvajal entró en casa de Zárate con cincuenta arcabuceros y puesto ante ellos les hizo su debido acatamiento con un continente soberbio, aunque con palabras de buena crianza, y ellos lo recibieron con gran pesar, que cierto no le quisieran ver, ni menos concederle cosa alguna de todo lo que pidiese.

Luego el mal ministro propuso ante ellos a lo que había venido, sin ningún recelo ni vergüenza, para que le diesen y otorgasen la merced que los procuradores de Gonzalo Pizarro habían pedido y lo despachasen con brevedad. Ellos respondieron que lo verían y harían lo que más en el caso conviniese al servicio de Su Majestad, y que él se fuese al real de Pizarro, y le mandaron que no llevase a ninguno de los presos.

Respondió Carvajal y dijo que él haría lo que más conviniese a la paz y quietud de la tierra; y con esto se fue a la cárcel, de donde hizo sacar a Pedro del Barco y a Juan de Saavedra, escribano, y a Martín de Florencia y a Pedro Manjarres, que eran de los que se habían huido del ejército de Pizarro en Jauja. Estando ya estos en la calle los mandó maniatar y echar unas sogas a los pescuezos y poner en unas acémilas, y mandó a Juan Enríquez su verdugo que los sacase fuera de la ciudad hacia el camino por donde venía Gonzalo Pizarro.

Cuando Pedro Manjarres oyó tan terrible voz de tan cruel carnicero, temió con gran temor, y haciéndose llegar al Maestre de Campo para hablarle, le dijo cierta cosa al oído, que luego se sospechó que le había prometido darle algún dinero, ya que le conocía ser muy codicioso, y Pedro Manjarres era rico y vecino del Cusco. Carvajal lo hizo luego volver a la cárcel, y mandó a su alcaide que lo guardase y regalase muy bien, por ciertos respetos que él bien sabía, y lo metiese en una cámara por sí solo, y no lo dejase hablar con ninguno hasta en tanto que él volviese, ya que se iba a ver con Pizarro, con aquellos caballeros que lo deseaban ver.

Hecho y dicho esto, Carvajal se salió de la ciudad y se llevó cincuenta arcabuceros, que los demás dejó en guarda de los presos, hacia donde Gonzalo Pizarro venía, llevando por delante a los miserables hombres, los cuales, sabiendo ciertamente que iban a morir, se iban encomendando a Dios nuestro Señor y a Santa María su madre para que hubiese piedad y misericordia de sus almas.

Llegados que fueron legua y media de la ciudad, donde estaba un árbol que llamaban del Sol, porque estaba solo en aquel llano, allí los ahorcó a las nueve del día, haciendo mucha burla de ellos, diciéndoles muchas chufetas y grandes donaires. Después de ya muertos dijo a los suyos: "Ciertamente que estos eran muy buenos caballeros hidalgos y grandes servidores de Su Majestad y de los Oidores, y por ser tales escarmentarán ahora, y si ellos no escarmentaren se hallarán bien burlados y ahorcados."

CAPÍTULO LI

DE CÓMO LOS CUATRO OIDORES ENVIARON LA PROVISIÓN QUE LOS PROCURADORES PIDIERON, EN DONDE SE CONCEDÍA LA GOBERNACIÓN DE LA TIERRA A GONZALO PIZARRO, Y LA CAUSA POR QUÉ LA DIERON, Y DE OTRAS COSAS QUE PASARON.

Después que Francisco de Carvajal hubo ahorcado sin confesión a los tres miserables, aunque leales, hombres, tornó a la ciudad por otros para hacer lo mismo, y a medio camino se encontró con los procuradores que llevaban la provisión emanada de la Real Audiencia y sellada con el Real Sello, para que Gonzalo Pizarro fuese Gobernador de los reinos y provincias del Perú.

Debéis saber que como este cruel carnicero se fue al campo de Pizarro, los caballeros que estaban presos, sintiendo que verdaderamente serían muertos y que Francisco de Carvajal los ahorcaría a todos porque los Oidores no concluían en dar la provisión a los procuradores, les suplicaron que por amor de Dios los favoreciesen, pues habían de morir por haber venido a servir a Su Majestad, y no por otra cosa, y que enviasen a Pizarro la provisión que pedía, para que los perdonase antes que Carvajal volviese por ellos para ahorcarlos.

También intercedieron en esto los Reverendísimos obispos y el regente y los oficiales de Su Majestad con el Contador general y otros muchos caballeros amigos de los presos, los cuales todos les suplicaron con muchas importunaciones y ruegos que diesen la provisión, y aunque fue contra la voluntad de ellos, lo hicieron, para que los presos escapasen con sus vidas, pues eran muchos y de los principales que había en la tierra.

Viendo los Oidores esta tan grande y urgente necesidad que a los presos ocurría, y para que no fuesen muertos por haberse venido a servir a Su Majestad, y para que no destruyesen la ciudad, y por evitar estos daños y otros mayores que se podrían recrecer, dieron con brevedad la provisión.

El primero que firmó la provisión fue el Oidor Cepeda, y luego el Oidor Tejada, y dándola al Oidor Zárate para que la firmase, estuvo dudando si lo haría o no, mas al cabo, tomando la pluma en la mano y la provisión, hizo una cruz encima de donde había de firmar y dijo: «Yo juro a Dios y a esta señal de cruz y a las palabras de los Santos Evangelios donde más largamente están escritas, que firmo esta provisión de miedo y contra toda mi voluntad, porque no me maten, y [a] los caballeros que están presos en aquella cárcel, pues no tienen culpa»; y luego pidió a los presentes le fuesen testigos de todo lo que había dicho, y con esto la firmó.

Lo que en esta provisión se contenía era que Gonzalo Pizarro gobernase estas provincias y reinos del Perú hasta que Su Majestad mandase otra cosa, y que dejaría el cargo y gobernación luego que la Real Audiencia lo mandase, y que para esto hiciese pleito y homenaje de así guardarlo y cumplirlo.

Los procuradores, tomada la provisión, se fueron con ella al ejército, que estaba ya a esta hora alojado en un llano junto al Árbol del Sol, y le dieron la provisión por él tan deseada, y él la recibió con mucha alegría y placer, la cual besó y puso sobre su cabeza; y el principal de los procuradores fue Diego de Centeno, el cual le pidió ante todas cosas albricias y le dio la norabuena de su gobernación.

Cuando los procuradores llegaron a la tienda de Pizarro hallaron a Francisco de León que estaba con el sombrero en la mano suplicándole perdonase a su hermano Luis de León, que estaba encarcelado en Lima por el Maestre de Campo y tenía creído que iba por él para ahorcarlo. Y le estaba diciendo que si su hermano Luis de León se había ido y ausentado del ejército, no fue porque él lo quiso hacer, sino porque fue engañado y compelido de otros para que se fuese a la ciudad de Lima.

Gonzalo Pizarro cuando recibió la provisión se holgó en gran manera, como queda dicho, y para entrar en consulta de lo que se había de hacer, y por despedir a Francisco de León, le dijo medio enojado: «Señor Francisco de León, vuestro hermano me debía esta muerte muy bien debida, por haberme faltado a su palabra y por haberse ausentado en tal coyuntura, habiéndome él metido en la pelea con los demás que con él están presos, porque bien seguro me estaría yo en mi casa si no fuera por ellos que me sacaron de ella. Mas, dejado esto aparte, yo digo que le perdono por amor de Dios y por amor de vos y de los que están presentes, y mando que sean él y los demás sueltos, que están presos con él, libremente, sanos y sin lesión alguna. Y por tanto, id a la ciudad y decid al Maestre de Campo que los suelte a todos y que no les haga ningún mal ni daño, y esta es mi voluntad; y porque os crea llevadle esta mi sortija en señal, porque él la conoce muy bien.»

Francisco de León le dio muchas gracias y besamanos por esta señalada merced, y tomando la sortija se fue con celeridad y presteza en un velocísimo caballo y llegó a la ciudad a tiempo que Carvajal mandaba sacar seis de los prisioneros para que fueran a ver a Gonzalo Pizarro, como él decía, entre los cuales sacaban maniatado a Luis de León.

Pues llegado Francisco de León dijo a Carvajal cómo el General mandaba que no hiciese mal y daño a todos los que estaban presos, y que los soltase luego libres, sanos y sin lesión alguna, y que él se fuese luego al ejército, porque cumplía allá mucho su presencia, y así le dio la sortija que llevaba.

El Maestre de Campo dijo con una voz terrible y hueca y sobre todo muy hinchada y soberbia: «Señor Francisco de León, bien tengo creído que no me diréis otra cosa de lo que el señor General manda, especialmente trayéndome esta señal que trae. Cierto su merced no sabe lo que se manda, y perdóneme su ausencia, porque no lo entienden los que se lo aconsejaron, porque si a estos hombres no les quitamos las vidas ellos nos las quitarán después a nosotros; y pues él así lo quiere y manda, hágase, por cierto, aunque es contra toda mi voluntad. Mas, ¡por vida de tal y reniego de tal! que el hombre que no siguiere la bandera del señor Gonzalo Pizarro y no le recibiere por Gobernador, que yo le haga un tal juego que se acuerde de mí para toda su vida.»

Considere el piadoso lector lo que sentirían los presos, y cuál tendrían los ánimos cuando oyeron aquella tan terrible voz de Francisco de Carvajal cuando los mandaba sacar, y verse luego maniatar queriéndolos llevar a matar sin ninguna piedad, a la carnicería de carne humana.

Pasadas estas cosas mandó a su alcaide soltar a todos los que tenía presos, excepto a Pedro Manjarres, que lo mandó bien guardar y no le quiso soltar hasta que le dio la moneda que le prometió, según se dijo después y aun el mismo Manjarres lo publicó por toda la ciudad.

Hechas estas cosas, el carnicero regresó de inmediato con sus cien arcabuceros al campo de Pizarro, sin querer quedarse a comer en la ciudad, aunque muchos lo invitaron. Dejó allí a dos soldados como espías para escuchar lo que se decía contra él, y estos oyeron muchas maldiciones, encomendándolo al demonio, junto con Pizarro y todos los que venían con él. Tan escandalizados quedaron todos en la ciudad por aquel acto cruel —obispos, oficiales de Su Majestad y capitanes— que fue cosa de asombro, especialmente para los tres oidores, que no sabían cómo los tratarían los tiranos cuando entrasen.

Así, sin otro consuelo ni remedio ante su pesadumbre, se quejaron a los obispos, a los tres oficiales y a los ciudadanos más principales que solían acompañarlos, diciéndoles que lo hecho por Francisco de Carvajal había sido un gran desacato y menosprecio de la justicia real, y que algún día los tiranos pagarían con la muerte la infidelidad cometida contra Su Majestad. Dijeron aún muchas otras cosas, pero, como no había entonces medio ni fuerza para remediarlo, todo se disimuló y calló, esperando poder hacerlo más adelante, aunque ese tiempo llegó muy tarde, como se contará más adelante.

De manera que, una vez vuelto Francisco de Carvajal al ejército de Gonzalo Pizarro, habló largamente con él y le dio cuenta de lo que había hecho y observado en la ciudad, de los Oidores, y de cómo había mandado soltar a los presos, entre otras cosas. Gonzalo Pizarro aprobó todo lo realizado, como si fuese señor absoluto de toda la tierra.

Al día siguiente, por la mañana, Francisco de Carvajal hizo pregonar la provisión, tal como se había acordado el día anterior, con gran estruendo de trompetas y chirimías por todo el ejército, lo que causó gran regocijo y alegría entre su gente. Enseguida, todos los capitanes y soldados lo reconocieron como Gobernador, conforme lo establecía la provisión, y comenzaron a llamarlo “Señoría”, siendo el primero en hacerlo Juan de Piedrahíta, conquistador y vecino de la ciudad del Cusco.

Proclamada la provisión, se dispuso de inmediato la forma y el orden en que debían entrar en la ciudad, pues los ciudadanos, por temor más que por voluntad, habían mandado limpiar y adornar las calles por donde los tiranos habían de pasar. La entrada que realizaron se narrará en el capítulo siguiente.

CAPÍTULO LII

DE CÓMO GONZALO PIZARRO ENTRÓ EN LA CIUDAD DE LIMA CON MUY GENTIL ORDENANZA Y PUESTO A PUNTO DE GUERRA, CON MUCHOS SOLDADOS Y MUCHOS INDIOS, Y DE CÓMO LOS DEL CABILDO LO RECIBIERON POR GOBERNADOR DE LA TIERRA.

Aún no había bien amanecido en el ejército de Gonzalo Pizarro, cuando los capitanes y soldados se levantaron a oír la provisión de los Oidores, y por otra parte comenzaron a aderezar las armas que traían, y otros a vestirse los mejores vestidos que tenían, para entrar en la ciudad. Los soldados de poco entendimiento creyeron que se daría saqueo en ella, y los que sabían algo de lo que pasaba, no, de lo cual les pesó mucho a todos los mal intencionados y a cada uno de ellos.

Antes que los capitanes comenzasen a marchar, el Maestre de Campo [Francisco de Carvajal] envió a la ciudad cincuenta soldados de a caballo, como exploradores, bien armados, como es uso y costumbre en las guerras, para que viesen y explorasen lo que había en ella y fuera de ella y se lo viniesen a decir con presteza para poner el remedio que conviniese. Partidos estos exploradores en buenos caballos y provistos de cotas y corazas, se fueron derechos a la ciudad, la cual anduvieron y corrieron por todas las calles, y a la redonda de ella, circundándola toda, a veces juntos, a veces de cuatro en cuatro, y como mejor les parecía. Después que hubieron recorrido todo lo que les pareció, se vinieron a la plaza, donde estuvieron parados todos juntos para ver si oirían algún bullicio, y después que vieron que no había nada, ni de qué recelar, salieron todos de la ciudad hacia donde Gonzalo Pizarro venía.

Aún no habían bien salido estos hombres cuando, por orden del Maestre de Campo, entraron de improviso otros cincuenta exploradores, arcabuceros, los cuales vinieron no menos armados y en buenos caballos que los otros. Y luego, al instante, dieron sus vueltas y revueltas corriendo por toda la ciudad, atravesándola de una parte a otra con gran presteza, y de allí salieron todos juntos y se fueron corriendo hacia el camino de la ciudad de Trujillo y pasaron el río grande por el vado, cerca de un cuarto de legua, mirando y escudriñando si había por allá alguna cosa de qué guardarse. Después que vieron que no había de qué recelarse, dieron la vuelta para la ciudad, pasando todos juntos por medio de ella corriendo con gran vocerío y alarido, y así fueron a dar aviso a su General y a su Maestre de Campo, que ya venían todos marchando en buena ordenanza, y allí dijeron que a su parecer estaba todo el campo seguro.

Como todos estuviesen cerca y era aún de madrugada, Gonzalo Pizarro se dio prisa para entrar temprano en la ciudad a tomar y aprehender la posesión del cargo de la gobernación que le habían dado, y sin romper el hilo de la ordenanza llegaron hasta emparejar con las casas de Juan Fernández de Íjar, donde se mandó hacer alto. Allí el Maestre de Campo y el Sargento Mayor, con los demás sargentos menores y otros oficiales del ejército, tornaron a componer muy bien la ordenanza, así los de a pie como la caballería, porque iban todos un poco desordenados, y con esto entraron en la forma siguiente:

Primeramente, entró el capitán Hernando Bachicao con veintidós piezas de artillería, con más de cuatro mil indios soldados que tiraban la dicha artillería y los que trajeron las municiones anexas y pertenecientes a ella, la cual iban disparando por las encrucijadas de las calles, lo que ponía gran recelo y temor, porque tiraban con balas. Llevaba consigo este bravo hombre cincuenta arcabuceros para la guarda de su persona y de la artillería, y otros cincuenta hombres artilleros que a remuda hacían su oficio de cargar la artillería, y como la iban disparando fueron muy grandes los truenos y estruendos que dieron, que hicieron temblar toda la ciudad.

Luego entró el Capitán Diego de Gumiel, armado el pecho con un peto de acero y una cota de malla y unos zaragüelles de fuerte malla, y con muy gentil gracia llevaba la pica arrastrando por el suelo y el hierro en la mano a manera de disfraz, y los soldados iban tras él en buena ordenanza y llevaban a los hombros sus picas, que serían doscientos hombres armados de cotas.

Entró luego el bachiller y capitán Juan Vélez de Guevara con ciento cincuenta arcabuceros, algunos de los cuales iban armados de cotas, y los demás iban galana y costosamente vestidos. Tras este capitán entró la compañía de Pedro Cermeño, el cual iba con un continente feroz, echando los ojos a una parte y a otra, con su arcabuz en las manos, que parecía querer tirar algo, y llevaba consigo ciento ochenta arcabuceros, que la mayor parte de ellos estaban armados y los demás bien vestidos.

Después que los de la infantería hubieron pasado hasta llegar a la plaza, entraron los de a caballo, y delante de todos ellos iba Gonzalo Pizarro, armado de todas armas, excepto que en la cabeza traía un sombrero de seda muy rico con una pluma larga de diversos colores, al pie de la cual llevaba fijada una muy rica medalla de oro, y en ella llevaba la esfera puesta sobre una esmeralda muy fina que era de gran precio y valor. Llevaba puesta una cota fuerte, y encima unas corazas de terciopelo carmesí, y sobre ellas un sayo de brocado acuchillado con adornos de oro fino, de modo que las armas parecían por las cuchilladas, y en la cintura traía una espada anchicorta, con la guarnición, pomo, puño y contera de oro fino. Venía caballero en un grande y poderoso caballo español, castaño oscuro, llamado "El Villano"; traía en el arzón delantero, otra espada colgada a un lado, y al otro un hacha de armas acerada, y el caballo traía una testera de plata, y en el pescuezo y en las ancas lo traía bien armado y cubierto, y él venía a la brida.

Tras él venía un paje con una lanza de ristre y una celada borgoñona, alzada la visera, con muchas plumas de diversos colores, y alrededor con clavos de oro fino, y una esfera en ella, de oro, con muchas esmeraldas finas que en ella estaban fijadas y entretalladas. Venían detrás de Gonzalo Pizarro tres capitanes bien armados, puestos a la par con tres alféreces, con toda la caballería que los seguía puestos en hileras de doce en doce, ya que por la calle no cabían más.

Don Pedro Puertocarrero iba en medio de los dos capitanes Don Baltasar de Castilla y Pedro de Puelles, con el estandarte Real, como ellos decían, con las armas de Su Majestad señaladas por ambas partes, y cuadrado y bien grande, y era de damasco azul. A la mano derecha iba Antonio Altamirano con un estandarte: en la una parte estaba figurada la gran ciudad del Cusco, y en la otra el Señor Santiago, caballero en un caballo blanco y una espada en la mano, desenvainada y bien alta. A la mano izquierda iba otro estandarte cuadrado, y en un lado estaban las armas de los Pizarros, y si la memoria no me engaña tenía un letrero por la orla que así decía: «Por armas, armas gané en virtud de aquel que me las pudo dar». Y por la otra parte del estandarte estaba un hombre armado de punta en blanco que en los pechos tenía esta letra cifrada (p.), que quiere decir Gonzalo Pizarro, y detrás de él iba toda la caballería, que serían seiscientos cincuenta hombres, todos bien armados de cotas y corazas y en buenos caballos.

Con esta orden y concierto entraron por la ciudad todos los soldados de a pie y caballería, muy gallardos y ufanos, con muchas sobrevestas y galas y con otras invenciones nuevas y costosas, y llevaban al viento, tremolando muchas banderas y estandartes por las calles. Los cuales todos se fueron hasta ponerse en medio de la plaza, donde se mandó hacer alto, y luego se allegaron a Gonzalo Pizarro muchos vecinos de los principales de la ciudad y lo recibieron muy bien dándole el parabién de su llegada, y de allí lo llevaron con cuatro de sus capitanes y doscientos arcabuceros a casa del Oidor Zárate, donde se hacía Audiencia. Los tres Oidores hicieron esta Audiencia a fin de no ver entrar en la ciudad al tirano, ni a sus capitanes y soldados que la venían a tiranizar, y para esto se dijo públicamente que el Oidor Zárate se había hecho enfermo por no verlos.

Los que se hallaron con los Oidores en esta Real Audiencia fueron los tres Reverendísimos Obispos arriba nombrados, y el Regente y Provincial de los dominicos, y el Provincial de los mercedarios de Nuestra Señora, y los tres oficiales de Su Majestad, con otros muchos letrados y hombres de gran valía que para esto fueron llamados.

Así, como Gonzalo Pizarro entró por la sala de la Real Audiencia muy acompañado de los suyos, hizo su debido acatamiento y reverencia a los señores Oidores, y ellos lo recibieron con un continente muy grave y alteza. Antes que nadie propusiese cosa alguna, estando todos en gran silencio, Diego Centeno, como mayor y más principal procurador, presentó una petición en la cual dijo muchas y diversas cosas que cumplían al servicio de Dios y al de Su Majestad y al bien común de los pobladores y naturales de la tierra, en haber hecho merced a Pizarro de la gobernación de ella.

Los Oidores hablaron poco en este caso, y luego llamaron al dicho Gonzalo Pizarro, el cual, puesto ante ellos con el sombrero en la mano y con demostración de gran humildad, le tornaron a nombrar por Gobernador de los reinos y provincias del Perú en nombre de Su Majestad, y esto hicieron con más recelo que de voluntad.

Ante todas cosas le tomaron solemne juramento que si por ventura Su Majestad no le quisiese hacer, ni conceder la merced de confirmarle la gobernación, luego que lo tal se supiese, que la depondría y dejaría en manos de la Real Audiencia, de quien la había recibido como de su verdadera señora; y él así lo prometió de hacer y lo juró en forma. Y para el aseguramiento de esto dio bastantes fianzas para dar residencia y estar a derecho con todos aquellos que le quisiesen pedir y demandar alguna cosa, y todo esto se asentó en el libro de acuerdo por Jerónimo de Aliaga, escribano mayor del Perú y secretario de la Real Audiencia.

Hechas estas cosas, luego los alcaldes y regimiento de la ciudad que allí estaban reunidos, llevaron a Gonzalo Pizarro a las casas de cabildo, y allí lo recibieron por tal Gobernador nombrado por la Real Audiencia, con todas las solemnidades que en tal caso se requerían hacerse para que les guardase y no quebrantase sus privilegios y franquicias que de Su Majestad tenían, y él lo juró y se asentó en el libro de cabildo. También los tres oficiales de Su Majestad lo asentaron en los libros de la Contaduría, y tornó allí a dar fianzas como lo había hecho ante la Real Audiencia, y se hicieron otras cosas que en este caso convenían, hasta que se acabaron.

Con esto se salieron todos de las casas de cabildo, los alcaldes y regidores y los capitanes que con él habían entrado, y llevaron a Gonzalo Pizarro a aposentarse, con muchas trompetas y chirimías, a las casas del Marqués Don Francisco Pizarro, su hermano.

Los demás capitanes y soldados que se habían quedado en la plaza, como supieron que los negocios de Gonzalo Pizarro estaban concluidos como él lo deseaba, dispararon todos a una toda la artillería y arcabucería, de pura alegría y contento. Y también dijeron muchas veces y a grandes voces: «¡Viva el Rey, viva el Rey y Gonzalo Pizarro Gobernador de los reinos y provincias del Perú, por mar y por tierra! ¡Quien no dijera amén, que muera por ello!» Y todo esto pasó a 28 de octubre de 1544 años.

CAPÍTULO LIII

DE CÓMO GONZALO PIZARRO SE HIZO APREGOAR EN LA CIUDAD DE LOS REYES POR GOBERNADOR DE LAS PROVINCIAS Y REINOS DEL PERÚ, Y DE CÓMO FRANCISCO DE CARVAJAL AHORCÓ A DOS MANCEBOS PORQUE SE QUERÍAN IR A LA CIUDAD DEL CUSCO.

Después que los tres Oidores hubieron dado la provisión a los procuradores para Gonzalo Pizarro, se arrepintieron mucho de lo que habían hecho, y con razón, especialmente los dos Oidores Diego Vázquez de Cepeda y Pedro Ortiz de Zárate, aunque ya se había divulgado y sabido lo que Zárate había antes dicho y hecho al tiempo que firmó la provisión, y también ellos lo publicaron y dijeron a sus amigos quejándose a ellos.

Y para enmendar Cepeda y Zárate el error y desacierto que habían hecho, enviaron luego a llamar a Jerónimo de Aliaga, Secretario de la Real Audiencia, ante quien habían pasado todos los autos y escritos, como arriba queda dicho, el cual venido tomaron el libro de acuerdo y en él protestaron y dieron por nulo el nombramiento y elección que habían hecho de la gobernación en Gonzalo Pizarro, para que lo diese por fe y testimonio, diciendo que constreñidos y amedrentados de Gonzalo Pizarro y de su Maestre de Campo y de todos sus capitanes, habían hecho todo lo arriba contenido, de puro temor y recelo que tuvieron de ellos, para que no los matasen, como estaban de ello avisados, todo lo cual se puso, como lo pidieron, estando delante algunos testigos.

El Doctor Alonso de Tejada, no queriéndose mostrar neutral, dijo que él de su propia voluntad y motivo y en nombre de Su Majestad había nombrado a Gonzalo Pizarro por Gobernador porque le pareció que convenía hacerse así por amor de la tierra y a la pacificación de ella, y que no lo había nombrado de miedo, ni fue para ello constreñido ni forzado a que lo hiciese, sino que vio que era razón y justicia que así se hiciese hasta su tiempo y lugar, y que en el entretanto mandaría Su Majestad otra cosa.

Quisieron algunos sentir que lo que dijo el Oidor Tejada fue porque estaba sobornado y cohechado del padre Diego Martín, mayordomo mayor de Gonzalo Pizarro, y del Maestre de Campo Francisco de Carvajal, porque luego de ahí adelante trabaron grande amistad. Otros dijeron que todo lo que el Oidor Tejada había dicho había sido todo fingido y simulado, para después, viendo la suya, hacer lo que le pareciese en servicio de Su Majestad, porque en este tiempo ya no había lugar; de manera que sobre este caso del Oidor hubo muchos y diversos pareceres, y a lo primero se atienen muchos por lo que después pareció, como adelante diremos.

Al día siguiente, por la mañana —martes, veintinueve de octubre del año 1544—, después de la misa mayor, se congregó en la plaza una gran multitud de vecinos de diversos pueblos, junto con capitanes y soldados. En medio de aquella concurrencia se pregonó en voz alta la provisión, a cargo del pregonero Juan Enríquez. Todo se hizo con acompañamiento de trompetas y chirimías, y luego recorrieron toda la ciudad repitiendo el pregón por las calles y encrucijadas. Los soldados, llenos de júbilo, disparaban sus arcabuces en señal de contento, pues muchos acompañaban al escribano en la ceremonia.

Apenas se terminó de pregonar la provisión, comenzaron a llamarle “Señoría”; el primero en hacerlo fue Juan de Piedrahíta, quien repitió el título, y pronto todos empezaron a decirle del mismo modo. Viendo Gonzalo Pizarro que todos lo llamaban así, fingiendo modestia, dijo con disimulo, aparentando pesarle:

«Señores, suplico a vuesas mercedes que ninguno me llame ni me diga "Señoría", porque verdaderamente me pesa y no me causa placer alguno; soy amigo y compañero de todos, y así quiero que me tengáis de aquí en adelante.»

Con esto quiso dar a entender su llaneza y afabilidad, fingiendo carecer de jactancia o vanagloria por aquel tratamiento. Pero, en el fondo, dejó la humildad y tomó la vanidad de las vanidades. Y para que los vecinos y los habitantes de la tierra le mostrasen afecto y le sirviesen con fidelidad, se mostró con todos muy familiar y amistoso. Sin embargo, aquella actitud no duró mucho, pues pronto se manifestaron en él las huellas de su ambición y soberbia, como más adelante se verá en esta historia.

También se comenzó luego a servir como gran Señor, con maestresala y con el plato cubierto, y le hacían la salva; tenía su veedor en casa, su trinchante, repostero, camarero, botillero y cocinero, y tenía donde comían su maestresala y los pajes con muchos criados que ya tenía en su palacio. De manera que ya no le llamaban así a secas Gonzalo Pizarro, sino "el Gobernador mi Señor", y así se llamó Señor de los reinos y provincias del Perú, y muchos hombres ciegos se preciaban de tenerlo por Señor y se lo llamaban a boca llena, y por tal era tenido y obedecido en toda la tierra, como más largamente se dirá en el segundo libro.

La gente que Gonzalo Pizarro metió en la ciudad fueron mil y doscientos hombres, que para en tierras nuevas fueron muchísimos, aunque a la verdad, como atrás queda dicho, eran casi de los soldados del Virrey que se habían pasado a su ejército, unos de miedo y otros de voluntad. También vinieron con Pizarro más de seis mil indios de guerra, con arcos y flechas, macanas y porras en las cintas y puestas a las espaldas, y con otras armas arrojadizas, como eran hondas y varas tostadas. Otros tantos indios y más vinieron, los cuales trajeron su ropa y más el fardaje de los soldados y capitanes, porque los caminos se despoblaron de indios y de indias por donde pasaron estos hombres, que en los pueblos quedaron algunos desiertos.

Al tiempo que el tirano iba entrando por la plaza, iban todos los soldados disparando los arcabuces, por el aire, uno de los cuales tiró a una ventana de la casa del capitán Diego de Agüero y mató a un cacique y señor indio del pueblo del dicho Agüero, que estaba junto a un fraile mercedario, los cuales se habían allí puesto por ver cómo entraban los capitanes y soldados pizarristas. Algunos dijeron que le fue mandado que matase al fraile y no al cacique indio; si ello fue así, cierto fue gran maldad en querer matar a un religioso, y en lo de la muerte del indio no se habló en ello ni se dijo cosa alguna, ni los Oidores, ni la justicia del pueblo no hicieron pesquisa de quién lo mató, ni quién lo mandó matar, porque no se atrevieron, antes se disimuló con decir que fue caso fortuito y sin pensarlo.

Ese mismo día, por la tarde, cuando todos estaban ya aposentados en las casas de los vecinos o en las huertas y chacras de los ciudadanos, Francisco de Carvajal, en su calidad de Maestre de Campo, mandó pregonar por toda la ciudad que todos los vecinos, estantes y habitantes comparecieran ante él para registrarse, so pena de muerte y confiscación de bienes.

Asimismo, ordenó que ninguno de los capitanes ni soldados que habían servido al Virrey osara salir de la ciudad para dirigirse a otra parte, bajo la misma pena de muerte y pérdida de bienes, y que todos debían presentarse ante él para ser registrados. Esta disposición se dio con el propósito de saber cuánta gente había en la ciudad y también para conocerlos personalmente. Así se hizo, y quedaron todos asentados en registro y memoria.

Acaso llegaron dos mancebos recién venidos de España, que el uno se decía Pedro de Prado y el otro Rodrigo Núñez, que ambos habían estado debajo de la bandera de Martín de Robles y después de Mateo Ramírez, el Galán, que le sucedió en la capitanía, como ya queda dicho. Pues como vieron estos dos mancebos que Gonzalo Pizarro se había apoderado de la ciudad y que estaba ya entronizado en el gobierno del Perú, y como no tenían al presente a quien servir, y no habiendo oído el pregón, y creyendo que no había más que hacer y que la guerra era ya acabada, se salieron de la ciudad y se fueron camino del Cusco a buscar de comer, como pobres.

No faltó algún delator —como siempre los hay dondequiera— que avisó a Carvajal de la partida de aquellos hombres. Al instante, envió al furriel con ciertos arcabuceros para traerlos, y una vez puestos en su presencia, mandó ahorcarlos en el rollo de la plaza, sin permitirles confesión ni aceptar disculpa alguna, por muchas que dieran. A cada uno le colocaron un rótulo a los pies que decía: «Por amotinadores».

Esto causó gran consternación entre muchos caballeros, que se escandalizaron al ver tan injustas muertes, diciendo que, si aquellos habían sido ejecutados por el solo hecho de salir de la ciudad, ¿qué podrían esperar ellos, que habían irritado mucho a Gonzalo Pizarro? Por esta y otras razones comenzaron algunos a sentir simpatía por el Virrey, pues ya les parecía más intolerable la tiranía de Pizarro y la crueldad de Carvajal —que, andando el tiempo, acabarían quitándoles la vida— que las ordenanzas del Virrey, las cuales, en realidad, no perjudicaban a los pobres ni a los soldados, que nada tenían que perder, sino a los ricos y vecinos con haciendas y pueblos.

Así, a los más humildes poco les importaba quién gobernase, si el Virrey o los Oidores, pues sus enojos y rigores no iban contra ellos, sino contra los poderosos que miraban solo por su propio interés. Y como estos tales procuraban, por justos o torcidos medios, engrandecer su soberbia y aumentar sus bienes, no se inquietaban por la presencia del Virrey en la tierra.

Con todo, muchos hombres ricos amaban el servicio de Su Majestad y deseaban ver aniquilada la soberbia y tiranía de Gonzalo Pizarro. Otros, en cambio, anhelaban que el licenciado Cristóbal Vaca de Castro volviese a gobernar, pues después de la batalla de Chupas —donde derrotó a Don Diego de Almagro el Mozo— había mantenido la tierra en paz y quietud, y hecho muchas mercedes a quienes habían servido al Rey, por lo cual le guardaban gran afecto.

Pero como todos sabían que estas voluntades eran contrarias entre sí, presentían que se avecinaban muchos males. Y así fue que, en esa misma hora, muchos fieles servidores de Su Majestad cobraron profundo odio contra Gonzalo Pizarro y su Maestre de Campo, por haber mandado ahorcar a los dos miserables mancebos sin culpa alguna, acusándolos falsamente de amotinadores, cuando solo eran hombres pacíficos que iban al Cusco en busca de sustento.

Y como Francisco de Carvajal estuviese junto a la picota y viese colgados a los miserables hombres, hacía burla y escarnio de ellos y decía a los que allí estaban con él: «Ahora escarmentarán estos caballeros por ser tan buenos hidalgos. Y de aquí adelante no harán ningún desatino ni simpleza, ni se amotinarán, y los demás que lo supieren escarmentarán en cabeza ajena»; y así les dijo otras muchas chufetas y donaires, como acostumbraba decir a cuantos ahorcaba, que le parecía a él que eran donaires muy graciosos, siendo en sí crueles y muy malos.

Por estas y otras muchas cosas que los soldados veían y notaban, sin poder remediarlas, algunos comenzaron a servir a Gonzalo Pizarro de buena voluntad, como lo hacían los más principales de la ciudad. Otros, en cambio, lo siguieron largo tiempo movidos solo por el temor, pues no había a quién más servir, hasta que llegó el presidente Pedro de la Gasca. Entonces, viendo la oportunidad, se apartaron del servicio de los crueles tiranos, como más detalladamente se contará adelante en los siguientes libros.

Comenzaron, pues, los principales hombres y los pobres, a temer, porque no pudieron hacer otra cosa sino servir a los tiranos, aunque les pesaba de ello, porque vieron que ahorcaban a los hombres sin alguna razón y aun sin tener para ello ocasión, sino solo por mostrarse crueles y hacerse temer de todos los ciudadanos y aun de todos los que habían venido con ellos desde la ciudad del Cusco.

Este fue el principio, comienzo y primer escalón por donde el tirano de Gonzalo Pizarro subió a la cumbre de la tiranía para mandar, como después mandó, los reinos y provincias del Perú, con favor de sus capitanes y malos ministros. De sus crueldades y malos hechos, y de su caída y aun de su desastrada vida y muerte, y la de sus ministros, diremos adelante en el proceso de nuestra obra, y de cómo murió merecidamente descabezado en el valle de Jauja por mandato del licenciado Pedro de la Gasca, presidente, por Su Majestad, en estos reinos y provincias del Perú.


AQUÍ FENECE EL LIBRO PRIMERO DE LAS GUERRAS MÁS QUE CIVILES QUE HUBO EN LOS REINOS Y PROVINCIAS DEL PERÚ, QUE POR OTRO NOMBRE SE LLAMA LA NUEVA CASTILLA, TODO LO CUAL ESCRIBÍA PEDRO GUTIÉRREZ DE SANTA CLARA.


Compilado y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez

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