Ritos y tradiciones de Huarochirí - Manuscrito quechua de comienzos del siglo XVII

Huarochirí: Cuentos de dioses, hombres y cerros sagrados.

Hace mucho tiempo, cuando los valles de Huarochirí aún no conocían las ciudades ni los caminos de piedra de los Incas, el mundo estaba lleno de misterio y peligro. La tierra, fértil y abundante, era gobernada por dioses y héroes cuya fuerza se percibía en cada río, en cada peña y en cada nevado que se alzaba como guardián eterno.

En ese tiempo vivía Cuniraya Huiracocha, un ser ligero y veloz, que no necesitaba huesos para moverse. Con solo pronunciar palabras, aplanaba sierras, abría valles y hacía brotar el maíz y las legumbres en la tierra. Los hombres lo miraban con respeto y temor, sabiendo que su favor garantizaba la prosperidad, y su enojo traía sequías y calamidades.

Un día, Cuniraya se encontró con el cóndor, majestuoso y vigilante de las alturas. “Tú vivirás siempre —le dijo—. Te doy poder para recorrer las punas y los valles, para anidar donde nadie te moleste. Pero escucha: si alguien te mata, su destino será sellado con su propia muerte”. El cóndor, alzando sus alas, se convirtió en mensajero y guardián de la justicia de los dioses, recordando a los hombres la importancia del respeto y la armonía con la naturaleza.

No menos impresionante era el encuentro con el puma, al que Cuniraya designó ejecutor y castigador de los malos. “Tú serás temido —le dijo—. Después de muerto, tu piel será honrada y usada en fiestas y rituales, tus ojos colocados en las cuencas de ceremonias, y tu memoria celebrada por siempre”. Así, las llamas y los habitantes de los valles aprendieron a convivir con la fuerza de los dioses, temiendo y respetando a la vez, conscientes de que su destino dependía de la armonía con los seres sagrados.

Los relatos también cuentan de Pariacaca, el dios de los nevados, que vigilaba las tierras altas y castigaba a los humanos que olvidaban los sacrificios. Los habitantes de Huarochirí, Yauyos y Huancayo le ofrecían chicha, mollo, conejos y alimentos, confiando en que su favor asegurara lluvia, fertilidad y abundancia. Otros dioses, como Huallallo Carhuincho, rivalizaban con Pariacaca, y juntos moldeaban la vida de los hombres, enseñándoles el arte de cultivar terrazas y sobrevivir en las punas inhóspitas.

Entre estos hombres y dioses se tejía la historia de los Yanañamca y Tutañamca, espíritus primordiales que habitaban la oscuridad y la noche. Los pobladores debían aprender a respetarlos y a vivir en equilibrio, enfrentando la sobrepoblación en los valles fértiles y buscando sustento en los cerros, antes de dominar técnicas de irrigación y andenes enseñadas por los héroes divinos.

Estas historias, que viajaban de boca en boca, fueron recogidas siglos después por Francisco de Ávila, un devoto y estudioso, que comprendió la importancia de registrar la memoria de los pueblos y sus cultos. Con la ayuda de intérpretes indígenas como Cristóbal Choquecaxa, transcribió relatos, rituales y genealogías, describiendo con detalle la ubicación de los huacas y santuarios. No solo buscaba preservar estas tradiciones, sino también guiar la predicación para erradicar idolatrías, siguiendo los lineamientos del Concilio de Lima: conocer las supersticiones de los pueblos para poder predicar con eficacia.

El resultado de su trabajo fue doble: por un lado, el Manuscrito Quechua de Huarochirí, escrito en lengua indígena, que recoge con fidelidad las historias, mitos y prácticas de la región; por otro, el Tratado de Ávila, redactado en castellano, donde organiza y estandariza los relatos, seleccionando detalles y explicando la secuencia de los capítulos, con notas al margen y glosas sobre los rituales. Ambos textos se complementan: uno conserva la voz viva de los informantes, el otro refleja la intención de Ávila de instruir, corregir y documentar.

Los capítulos del Manuscrito no son solo historias de dioses y héroes. Son un mapa de la memoria cultural de Huarochirí, donde se señala con precisión cada huaca, cada cerro sagrado, cada altar que los hombres levantaban para rendir culto y pedir protección. Entre las páginas, se percibe la preocupación de Ávila: documentar antes de que desaparecieran estas tradiciones, mientras los indígenas ladinos ayudaban a revelar secretos que de otro modo hubieran permanecido ocultos.

Así, el Manuscrito Quechua de Huarochirí es más que un registro histórico: es un puente entre mundos. A través de sus líneas, podemos escuchar la voz de los dioses, sentir la fuerza de los nevados y los cerros, y entender cómo hombres y mujeres vivían en constante diálogo con lo sagrado. Cada ritual, cada sacrificio, cada historia de héroes como Cuniraya y Pariacaca nos recuerda que el tiempo de Huarochirí no es solo pasado: es un universo vivo, donde la tierra, los hombres y los dioses compartían un mismo destino.

 

Introducción.

Si en tiempos antiguos los antepasados de los hombres llamados indios hubieran conocido la escritura, todas sus tradiciones no se habrían ido perdiendo como ha ocurrido hasta hoy.

Más bien se habrían conservado, así como se conservan las tradiciones y el recuerdo de la antigua valentía de los huiracochas, que aún hoy permanecen visibles.

Pero como no fue así y hasta ahora no se las había puesto por escrito, relataré aquí las tradiciones de los antiguos hombres de Huarochirí, todos protegidos por un mismo padre, la fe que profesan y las costumbres que siguen hasta nuestros días.

Enseguida, en cada comunidad serán transcritas las tradiciones que se conservan desde sus orígenes.

Capítulo I

Dicen que en tiempos muy antiguos existían unos huacas llamados Yanañamca y Tutañamca.

Más adelante, ambos fueron vencidos por otro huaca llamado Huallallo Carhuincho.

Tras derrotarlos, fue Huallallo quien empezó a proteger y dirigir a los hombres, pero no les permitía engendrar más de dos hijos.

De esos dos, uno era devorado por él.

El otro —el preferido— era criado por sus padres.

En aquella época, los hombres resucitaban sólo cinco días después de morir

y los cultivos también maduraban cinco días después de haber sido sembrados.

Todas estas comunidades estaban habitadas por yuncas.

Los hombres se multiplicaban tanto que, al faltarles tierra para sus sembríos, vivían en gran estrechez. Por eso subieron a los cerros donde, para hacer sus chacras, sólo escarbaban y raspaban las crestas y laderas.

Dicen que aún hoy pueden verse esas chacras, grandes y pequeñas, en todos los cerros.

En aquel tiempo, las aves eran muy hermosas: los loros y los caquis lucían un amarillo y un rojo deslumbrantes.

Cuando más tarde apareció otro huaca llamado Pariacaca, esas aves fueron expulsadas, junto con todas las demás obras de Huallallo Carhuincho, hacia la región de los antis.

Más adelante narraremos la lucha que hubo entre ambos y el origen de Pariacaca.

Había también otro huaca llamado Cuniraya.

No sabemos con certeza si existió antes o después de Huallallo y de Pariacaca.

Sin embargo, sabemos que su culto está estrechamente asociado al de Huiracocha,

pues cuando los hombres adoraban a Cuniraya le dirigían esta oración:
“Cuniraya Huiracocha, animador de la tierra y del hombre, todas las cosas son tuyas; tuyas son las chacras, tuyos son los hombres”.

En tiempos muy antiguos, antes de comenzar cualquier tarea difícil, los hombres de antaño arrojaban su coca al suelo y, sin ver a Huiracocha, rezaban así:
“Haz que me acuerde de cómo realizar esta tarea y que sea hábil en su ejecución, oh Cuniraya Huiracocha”.

En especial los tejedores de ropa fina, cuando tenían que tejer algo muy difícil, lo adoraban e invocaban.

Por eso, primero vamos a escribir sobre Cuniraya y luego sobre Pariacaca.

Capítulo 2

Una tradición sobre Cuniraya Huiracocha

Dicen que, en tiempos muy antiguos, Cuniraya Huiracocha, convertido en un hombre muy pobre, andaba de un lugar a otro con su capa y su cusma hechas harapos.

Como no lo reconocían, algunos hombres lo trataban de mendigo piojoso.

Sin embargo, este hombre era quien daba fuerza y vida a todas las comunidades.

Con solo su palabra preparaba el terreno para las chacras y consolidaba los andenes.

Bastaba que arrojara una flor de cañaveral llamada pupuna para abrir una acequia desde su fuente.

Así, realizando toda clase de prodigios, iba humillando a los demás huacas locales con su sabiduría.

Había una vez una mujer llamada Cahuillaca, que también era huaca.

Cahuillaca era todavía doncella.

Como era muy hermosa, todos los huacas y huillcas deseaban acostarse con ella.

Pero ella siempre los rechazaba.

Sucedió que esta mujer, que nunca se había dejado tocar por un hombre, estaba tejiendo bajo la sombra de un lúcumo.

Entonces Cuniraya, aprovechando su astucia, se convirtió en pájaro y subió al árbol.

Como allí había una lúcuma madura, introdujo su semen en el fruto y lo hizo caer cerca de la mujer.

Ella, muy contenta, se comió la lúcuma.

Así quedó encinta sin que ningún hombre hubiera llegado hasta ella.

Nueve meses más tarde, como hacen las mujeres, Cahuillaca dio a luz, aunque seguía siendo doncella.

Durante aproximadamente un año crio sola a su hijo, amamantándolo, siempre preguntándose de quién podría ser.

Al cumplirse el año —cuando el niño ya gateaba— hizo llamar a todos los huacas y huillcas para saber quién era el padre.

Cuando escucharon el mensaje, todos los huacas se alegraron y acudieron vestidos con sus ropas más finas, cada uno convencido de ser aquel a quien Cahuillaca iba a amar.

La reunión tuvo lugar en Anchicocha.

Cuando llegaron al lugar donde vivía la mujer, todos los huacas y huillcas se sentaron, y ella les habló así:

“¡Mirad, varones, señores! ¡Reconoced a este niño! ¿Quién de vosotros es su padre?”.
Uno por uno les preguntó si había sido él.

Pero ninguno dijo que el niño fuera su hijo.

Cuniraya Huiracocha, como hacen los muy pobres, se había sentado aparte; Cahuillaca, despreciándolo, no le preguntó nada, pues le parecía imposible que su hijo hubiera sido engendrado por un hombre tan pobre, estando allí tantos varones hermosos.

Como nadie admitía ser el padre, ella dijo a su hijo que fuera él mismo a reconocerlo; antes explicó a los huacas que, si el padre estaba presente, el niño se le subiría encima.

El niño comenzó a gatear de un lado a otro de la asamblea, pero no se subió sobre ninguno hasta llegar al lugar donde estaba sentado su padre.

Enseguida, muy alegre, trepó por sus piernas.

Cuando la madre lo vio, se llenó de ira y exclamó:

“¡Ay de mí! ¿Cómo he podido dar a luz al hijo de un hombre tan miserable?”
Y, diciendo esto, cargó a su hijito y se encaminó hacia el mar.

Entonces Cuniraya Huiracocha dijo: “¡Ahora sí me va a amar!” y se vistió con un traje de oro para seguirla. Al verlo, todos los huacas locales se llenaron de temor.
“¡Hermana Cahuillaca —la llamó—, mírame! Ahora soy muy hermoso”, y se irguió iluminando la tierra.

Pero Cahuillaca no volvió el rostro hacia él; siguió su camino hacia el mar con la intención de desaparecer para siempre, avergonzada por haber dado a luz el hijo de un hombre tan horrible y sarnoso. Llegó al lugar donde aún hoy se ven dos piedras semejantes a seres humanos, mar adentro frente a Pachacamac.

En el mismo momento en que llegó allí, se convirtió en piedra.

Cuniraya Huiracocha, convencido de que Cahuillaca se volvería a mirarlo, la seguía a distancia gritándole y llamándola sin cesar.

Entonces se encontró con un cóndor.

“Hermano, ¿dónde te encontraste con esa mujer?”, le preguntó.

“Está aquí cerca, ya casi la alcanzas”, respondió el cóndor.

Entonces Cuniraya le dijo: “Siempre vivirás alimentándote de todos los animales de la puna; cuando mueran huanacos, vicuñas o cualquier otro animal, tú solo te los comerás; y, si alguien te mata, él también morirá a su vez”.

Enseguida se encontró con una zorrina.

“Hermana —le preguntó—, ¿dónde te encontraste con esa mujer?”

Ella respondió: “Ya no la alcanzarás; está muy lejos”.

“Por lo que me has dicho —la maldijo Cuniraya—, no caminarás de día, sino de noche, odiada por los hombres y apestando horriblemente”.

Después se encontró con un puma.

Este le dijo: “Ella todavía anda por aquí, ya te estás acercando”.

“Serás muy querido —le prometió Cuniraya—, y las llamas, sobre todo las llamas del hombre culpable, serán para ti; y si alguien te mata, primero te hará bailar en una gran fiesta, poniéndote sobre su cabeza; todos los años te sacará y, después de sacrificar una llama, te hará bailar”.

Luego se encontró con un zorro.

El zorro le dijo que Cahuillaca ya iba muy lejos y que no iba a alcanzarla.
Entonces le respondió Cuniraya: “Aunque andes a distancia, los hombres llenos de odio te llamarán zorro malvado y desgraciado; cuando te maten, a ti y a tu piel os arrojarán como algo sin valor”.

También se encontró con un halcón.

Cuando el halcón le aseguró que Cahuillaca aún estaba muy cerca y que casi iba a alcanzarla, Cuniraya le prometió: “Tendrás mucha suerte; cuando comas, primero almorzarás picaflores y luego otros pájaros; el hombre que te mate llorará tu muerte, sacrificará una llama y bailará llevándote sobre su cabeza para que resplandezcas allí”.

Más adelante se encontró con unos loros.

Los loros le dijeron que Cahuillaca iba ya muy lejos y que no podría alcanzarla.
“Viviréis gritando muy fuerte —les anunció— y, cuando los hombres oigan vuestro grito y sepan que queréis destruir sus cultivos, os ahuyentarán de inmediato; así viviréis con mucho sufrimiento, odiados por ellos”.

Así, cada vez que se encontraba con alguien que le daba buenas noticias, le auguraba un porvenir dichoso y seguía su camino.

En cambio, si alguien le daba malas noticias, lleno de ira lo maldecía.

De esta manera llegó hasta la orilla del mar; desde allí regresó hacia Pachacamac.

Llegó al sitio donde se encontraban dos hijas de Pachacamac bajo la custodia de una serpiente.

Poco antes, la madre de las dos jóvenes, llamada Urpayhuachac, había entrado en el mar para visitar a Cahuillaca.

Aprovechando su ausencia, Cuniraya Huiracocha violó a la hija mayor.

Cuando quiso hacer lo mismo con la otra, ésta se transformó en paloma y alzó el vuelo.

Por eso su madre se llamaba Urpayhuachac, “la que pare palomas”.

En aquella época no había ni un solo pez en el mar.

Sólo Urpayhuachac los criaba en un pequeño estanque dentro de su casa.

Cuniraya, encolerizado porque Urpayhuachac había ido a visitar a Cahuillaca, los arrojó a todos al mar.

Por esto, ahora el mar también está lleno de peces.

Después, Cuniraya Huiracocha huyó hacia la orilla del mar.

Cuando sus hijas le contaron cómo las había violado Cuniraya, Urpayhuachac, furiosa, lo persiguió.

Llamándolo continuamente, fue siguiéndolo. Entonces Cuniraya aceptó esperarla.

“Sólo quiero quitarte las pulgas, Cuni”, le dijo, y empezó a espulgarlo.

Al mismo tiempo hizo crecer una gran peña para que le cayera encima.

Pero Cuniraya, gracias a su astucia, adivinó su intención y, diciéndole que quería retirarse unos momentos para defecar, huyó de nuevo hacia estas tierras.

Así anduvo mucho tiempo por estos parajes, engañando a numerosos huacas locales y a muchos hombres.

Capítulo 3

Aquí vamos a volver a lo que se contaba sobre los hombres muy antiguos.

He aquí este relato.

Se dice que, en los tiempos antiguos, este mundo estaba por acabarse.

Entonces, una llama, sabiendo que el mar iba a desbordar, no comía y se lamentaba como si sufriera mucho, aunque su dueño la hacía pastar en un lugar donde la hierba era muy buena.

El dueño, muy enojado, le arrojó la tusa del choclo que estaba comiendo y le dijo: “¡Come, perro! Hay tanta hierba aquí donde te he puesto a pastar”.

Entonces la llama se puso a hablar como un ser humano:

“¡Imbécil! ¿Dónde está tu juicio? Dentro de cinco días el mar va a desbordar; entonces el mundo entero se va a acabar”, le dijo.

El hombre se espantó. “¿Qué será de nosotros? ¿A dónde iremos a salvarnos?”, dijo.
La llama respondió: “Vayamos al cerro de Huillcacoto; allí nos salvaremos. Lleva suficiente comida para cinco días”.

Entonces, sin tardar, el hombre se fue llevando consigo a la llama y su carga.

Cuando llegó al cerro de Huillcacoto, todos los animales —el puma, el zorro, el huanaco, el cóndor, todos sin excepción— ya lo habían ocupado.

Apenas llegó, el mar desbordó.

Estaban allí, apretujados unos contra otros.

Cuando todos los cerros ya estaban inundados, sólo la puntita misma del cerro de Huillcacoto no fue cubierta por el agua.

Entonces el agua mojó la cola del zorro,

que se ennegreció.

Después de cinco días, las aguas empezaron a bajar de nuevo y a secarse.

Así el mar se retiró hacia abajo, exterminando a todos los hombres.

Entonces el hombre que se había salvado en Huillcacoto comenzó a multiplicarse de nuevo.

Por eso existen todavía los hombres.

Nosotros, los cristianos, consideramos que este relato se refiere al tiempo del diluvio.

Ellos atribuyen su salvación a Huillcacoto.

Capítulo 4

Ahora vamos a contar una historia sobre la muerte del sol.

Se dice que, en los tiempos antiguos, el sol murió.

La oscuridad duró cinco días.

Entonces las piedras empezaron a golpearse unas contra otras

y los morteros, así como los batanes, comenzaron a comerse a la gente.

Del mismo modo, las llamas empezaron a perseguir a los hombres.

Nosotros, los cristianos, consideramos que se trata de la oscuridad que acompañó la muerte de nuestro Señor Jesucristo.

Ellos dicen que también creen posible esto.

Capítulo 5

Aquí empieza el relato del origen de Pariacaca.

Ya hemos hablado, en los primeros capítulos, de las tradiciones que se refieren a los tiempos antiguos.

Sin embargo, no sabemos cuál fue el origen de los hombres de aquella época ni de dónde provenían.

Los hombres que vivían en aquellos tiempos no hacían otra cosa que guerrear y luchar entre sí,

y reconocían como sus curacas sólo a los valientes y a los ricos.

A estos los llamamos los purum runa.

Sabemos que, en aquella época, Pariacaca nació de cinco huevos en el cerro de Condorcoto.

Un solo hombre, un pobre llamado Huatiacuri, quien, según se dice, era también hijo de Pariacaca, fue el primero en ver y conocer este nacimiento.

Vamos a contar cómo llegó a saberlo y los muchos prodigios que realizó.

Se dice que la gente de aquella época lo llamaba Huatiacuri porque, siendo muy pobre, se sustentaba sólo con papas huatiadas.

Había entonces un hombre llamado Tamtañamca, un señor muy poderoso y principal.

Su casa entera estaba cubierta de alas de pájaros de las especies llamadas casa y cancho.

Poseía llamas amarillas, rojas y azules, es decir, de todas las variedades imaginables.

Cuando la gente veía la excelente vida de este hombre, llegaba desde todas las comunidades para honrarlo y venerarlo.

Y él, fingiendo ser un gran sabio, aunque sus conocimientos eran limitados, vivía engañando a muchísima gente.

Sucedió que este hombre, Tamtañamca, que se fingía adivino y dios, contrajo una enfermedad muy grave.

Pasaron muchos años y la gente se preguntaba cómo era posible que un sabio tan capaz, que animaba a la gente y a las cosas, estuviese enfermo.

Entonces, así como los huiracochas recurren a sus adivinos y a sus doctores, este hombre, que deseaba curarse, hizo llamar a todos los sabios.

Sin embargo, ninguno supo la causa de su enfermedad.

Huatiacuri, que en aquel tiempo venía del mar, subió al cerro que bajamos cuando vamos a Cieneguilla. Allí se adormeció.

Este cerro lleva hoy el nombre de Latausaco.

Mientras dormía, un zorro que subía se encontró a mitad del camino con otro que bajaba. El primero preguntó al otro:

“Hermano, ¿cómo está la situación en la huillca de arriba?”.

“Lo que está bien, está bien”, respondió el otro, “aunque un señor, un huillca de Anchicocha, que finge ser un gran sabio, un dios, se ha enfermado. Por eso todos los adivinos hacen sortilegios para descubrir el origen de una enfermedad tan grave, pero nadie llega a saberlo.

He aquí por qué se enfermó: un grano de maíz de varios colores saltó del tiesto donde su mujer estaba tostando y tocó sus vergüenzas; después, ella lo recogió y se lo dio de comer a otro hombre. Este acto ha establecido una relación culpable entre ella y el hombre que comió el maíz; por eso, ahora se la considera adúltera.

Por esta culpa, una serpiente vive encima de aquella casa tan hermosa y se los está comiendo. Hay también un sapo con dos cabezas debajo de su batán. Y nadie sospecha ahora que son éstos quienes se los están comiendo”.

Después de haber contado esto al zorro que venía de abajo, el de arriba le preguntó sobre los hombres de la huillca de abajo.

Entonces el otro, a su vez, le respondió:

“Hay una mujer —la hija de ese gran señor— que, a causa de un pene, casi se muere”.

(Este cuento, hasta el restablecimiento de la mujer, es muy largo. Lo transcribiremos después. Ahora vamos a volver al relato anterior).

Mientras conversaban, Huatiacuri escuchaba todo lo que estaban diciendo.

Este gran señor, enfermo por haber fingido ser dios, tenía dos hijas.

Había casado a la mayor con un hombre muy rico de su ayllu.

Entonces Huatiacuri llegó al lugar donde se encontraba el señor enfermo.

Cuando estaba cerca de la casa, empezó a preguntar a todos si no había alguien en aquella comunidad que estuviera enfermo.

La hija menor de Tamtañamca le respondió que era su padre el enfermo.

“Quédate conmigo —le dijo Huatiacuri—. Por ti voy a sanar a tu padre”.

(Comentario añadido al texto: No sabemos el nombre de esta mujer, pero se dice que, más tarde, la llamaban Chaupiñamca).

La mujer no aceptó enseguida su propuesta.

Le contó a su padre que un pobre le había dicho que iba a sanarlo.

Los sabios que estaban allí, cuando escucharon sus palabras, se echaron a reír y dijeron:
“¿Estaríamos nosotros aquí curándolo, si un pobre como éste fuera capaz de hacerlo?”

El señor enfermo, sin embargo, deseaba ante todo librarse de su enfermedad y mandó llamar a Huatiacuri.

“¡Que venga cualquiera que se diga capaz de curarme!”, dijo.

Huatiacuri entró y dijo al enfermo:

“Padre, si lo deseas, voy a curarte. Pero tienes que darme a tu hija”.
El otro, muy contento, aceptó.

El marido de la hija mayor, al oír dicha propuesta, se puso furioso:

“¿Cómo podría aceptar que la cuñada de un hombre tan poderoso como yo se una a un miserable como ése?”, dijo.

Vamos a contar más adelante la lucha entre este hombre y Huatiacuri. Por ahora, volvamos a cómo Huatiacuri curó al enfermo.

Huatiacuri empezó a curar a Tamtañamca.

“Padre —le dijo—, tu mujer es adúltera.

Su culpa te ha hecho enfermar. Encima de tu casa tan espléndida hay dos serpientes que te están comiendo, y hay también un sapo de dos cabezas debajo de tu batán. Tenemos que matarlos a todos para que te cures.

Cuando ya te hayas curado, tendrás que adorar a mi padre por encima de todos. Sólo pasado mañana nacerá.

En cuanto a ti, tú no eres un auténtico animador de hombres; si lo fueras, no te habrías enfermado de esta manera”.

Al oír sus palabras, Tamtañamca se espantó.

Le dio mucha pena que Huatiacuri fuera a destruir su casa tan hermosa.

A su vez, la mujer gritó:

“Este miserable me insultó sin motivo. No soy adúltera”.

Pero como el enfermo tenía muchas ganas de curarse, mandó destruir su casa.

Entonces sacaron a las dos serpientes

y enseguida las mataron.

Pues era verdad lo que Huatiacuri había contado sobre la mujer de Tamtañamca: cuando el grano de maíz de varios colores saltó del tiesto y tocó sus vergüenzas, ella lo recogió y se lo dio de comer a otro hombre.

Entonces la mujer también reconoció que era culpable.

“Todo lo que ha contado es la pura verdad”, confesó.

Enseguida mandó levantar el batán.

Un sapo con dos cabezas salió y echó a volar hacia la quebrada de Anchicocha.

Se dice que aún se encuentra allí, en un manantial.

Cuando los hombres llegan a este lugar, a veces los hace desaparecer, a veces los enloquece.

Después que Huatiacuri hubo cumplido todo esto, el enfermo sanó.

Entonces, llegado el día señalado, Huatiacuri fue a Condorcoto.

Allí estaba Pariacaca en forma de cinco huevos.

Cerca de él, el viento empezó a soplar.

En los tiempos antiguos, el viento no había aparecido.

El día en que Huatiacuri iba a salir hacia Condorcoto, el hombre ya sano le dio a su hija.

Mientras los dos caminaban solos por el paraje donde se encuentra este cerro, pecaron.

Cuando el primer cuñado se enteró de este hecho, empezó a desafiar a Huatiacuri con el propósito de cubrirlo de vergüenza.

Así, un día, ese hombre le dijo a Huatiacuri:

“Hermano, vamos a competir en distintas pruebas. ¿Cómo te atreviste tú, un miserable, a casarte con la cuñada de un hombre tan poderoso como yo?”

El pobre aceptó el desafío y fue a contarle a su padre lo que el otro le había dicho.

“Muy bien —le respondió su padre—. Cualquier cosa que te proponga, ven enseguida a verme”.

He aquí la primera prueba.

Un día, su cuñado le dijo:

“Vamos a medir nuestras fuerzas bebiendo y bailando”.

Huatiacuri, el pobre, fue a contárselo a su padre.

[…]

Entonces el hombre pobre hizo todo conforme a sus instrucciones.

Al comenzar la competición, el hombre rico fue el primero en bailar.

Aproximadamente doscientas mujeres bailaron para él; cuando acabó, Huatiacuri, el pobre, entró solo con su mujer, los dos solitos.

Cruzaron el umbral y bailaron acompañados por el tambor de la zorrina; entonces, en toda la región, la tierra tembló.

De esta manera, Huatiacuri venció en todo.

Después empezaron a beber.

Como suelen hacer aún los huéspedes que, en las asambleas, se sientan en el sitio más alto, también Huatiacuri y su mujer fueron a sentarse solos en el puesto de honor.

Entonces todos los hombres que estaban sentados allí vinieron a servirle chicha sin dejarlo respirar.

Huatiacuri bebió tranquilamente todo lo que le sirvieron.

Enseguida le tocó a él; empezó a servirles la chicha que había traído en su poronguito. Los demás, cuando vieron lo pequeño que era el porongo para saciar a tanta gente, se rieron a carcajadas.

Pero apenas comenzó a servirles, yendo de un extremo al otro de la asamblea, cayeron todos sin sentido.

Como Huatiacuri había vencido en esta prueba, al día siguiente el otro quiso desafiarlo de nuevo.

Esta vez, la competición consistía en ataviarse con las más finas plumas de casa y cancho.

Nuevamente, Huatiacuri fue a consultar a su padre.

Este le dio un traje de nieve.

Así venció a su rival, deslumbrándolos a todos.

El otro lo desafió a traer pumas.

Quiso vencer mostrando los que poseía.

Según las instrucciones de su padre, el hombre pobre fue muy temprano a un manantial, de donde trajo un puma rojo.

(Cuando se puso a bailar con el puma rojo, apareció en el cielo un arco iris semejante a los que vemos en nuestros días).

Entonces, su rival quiso competir con él en la construcción de una casa.

Como ese hombre tenía mucha gente a su servicio, casi terminó en un solo día la construcción de una casa grande.

El pobre no colocó más que los cimientos y pasó todo el día paseando solo con su mujer.

Pero, por la noche, todos los pájaros y todas las serpientes, todas las que había en el mundo, construyeron su casa.

Cuando, al día siguiente, su rival la vio ya acabada, se asustó mucho.

Desafió a Huatiacuri a una nueva competición: esta vez debían techar las casas.

Todos los huanacos y todas las vicuñas traían la paja para el techo del hombre rico.

Huatiacuri esperó encima de una peña el paso de las llamas que llegaban cargadas con la paja. Contrató la ayuda de un gato montés y, asustándolas, destruyó e hizo caer todo.

Así también venció en esta prueba.

Después de haberle ganado en todo, el pobre, siguiendo el consejo de su padre, dijo a su rival:

“Hermano, tantas veces ya he aceptado tus desafíos; ahora te toca a ti aceptar el desafío que voy a hacerte yo”.

El hombre rico aceptó.

Entonces Huatiacuri le dijo:

“Ahora vamos a bailar vestidos con una cusma azul y huara de algodón blanco”.
El otro aceptó.

El hombre rico bailó primero, como siempre solía hacer.

Mientras bailaba, Huatiacuri entró corriendo y gritando. El hombre rico se asustó, se convirtió en venado y huyó.

Entonces su mujer se fue tras él.

“Voy a morir al lado de mi marido”, dijo.

El hombre pobre se enojó mucho.

“Vete, imbécil; vosotros me perseguisteis tanto que también a ti te voy a matar”, le dijo, y se fue tras ella.

La alcanzó en el camino de Anchicocha.

“Todos los que bajan o suben por este camino verán tus vergüenzas”, le dijo, y la colocó boca abajo en el suelo.

Enseguida se convirtió en piedra.

Esta piedra, parecida a una pierna humana completa con muslo y vagina, aún existe.

Hasta hoy, por cualquier motivo, la gente pone coca encima de ella.

Entonces el hombre que se había convertido en venado subió al cerro y desapareció.

Antiguamente, el venado comía carne humana.

Después, cuando los venados ya eran muchos, un día, mientras bailaban una cachua diciendo:

“¿Cómo haremos para comer hombres?”,

una criatura se equivocó y dijo:

“¿Cómo van a hacer los hombres para comernos?”

Al oír estas palabras, los venados se dispersaron.

A partir de entonces, los venados habrían de ser comida para los hombres.

Cuando Huatiacuri hubo terminado todas estas hazañas, Pariacaca y sus hermanos salieron de los cinco huevos en forma de cinco halcones.

Estos se convirtieron en hombres y se pusieron a pasear.

Entonces, cuando se enteraron de cómo se había comportado la gente de aquella época y de cómo ese hombre llamado Tamtañamca, fingiendo ser dios, se había hecho adorar, se enojaron mucho a causa de esos pecados y, convirtiéndose en lluvia, los arrastraron con todas sus casas y sus llamas hasta el mar, sin dejar que uno solo se salvara.

Había también en aquella época un pullao que crecía en el cerro Llantapa y llegaba hasta el cerro de Huichoca formando un arco.

Este pullao era un árbol muy grande.

Encima se encontraban monos, caquis y todas las variedades de pájaros.

También todos estos fueron arrastrados hasta el mar.

Cumplido su castigo, Pariacaca subió al cerro que hoy llamamos Pariacaca.

De esto hablaremos en el capítulo siguiente.

Capítulo 6

Se dice que Pariacaca, convertido en hombre y ya grande, se puso a buscar a su enemigo.

El nombre de éste era Huallallo Carhuincho.

Solía comerse a los hombres y beber su sangre.

Vamos a hablar de estos hechos más adelante, cuando narremos la lucha que hubo entre los dos.

Ya hemos hablado en el primer capítulo de las tradiciones acerca de Huallallo Carhuincho, de cómo se comía a la gente y de todo lo que hacía.

Ahora vamos a contar lo que Pariacaca hizo en Huarochirí y en sus alrededores.

He aquí este relato.

Cuando ya era un hombre grande, se encaminó hacia Pariacaca de Arriba, donde se hallaba la morada de Huallallo Carhuincho.

En la quebrada, más abajo de Huarochirí, había una comunidad de yuncas llamada Huayquihusa.

En esa época, los miembros de esa comunidad celebraban una fiesta importante con una gran borrachera.

Mientras bebían, llegó Pariacaca.

Se sentó a un lado, como suelen hacer los pobres.

Ninguno de los huayquihusa le sirvió de beber.

Pasó así todo el día. Finalmente, una mujer que también era miembro de esa comunidad exclamó:
“¡Añañi! ¿Cómo es posible que no le hayan convidado nada a este pobrecito?”
Y llevándole un gran poto blanco de chicha, se lo ofreció.

Entonces él le dijo:

“Hermana, te alegrarás de haberme brindado esta chicha. Dentro de cinco días verás que algo muy grave sucederá a esta comunidad. Por eso no debes estar aquí ese día; tendrás que irte lejos de aquí. Si no, podría equivocarme y matarte también a ti y a tus hijos. Mucho me ha enojado esta gente”.

Y enseguida añadió:

“No hagas saber ni una palabra de lo que te he dicho a esta gente, o te voy a matar a ti también”.

Cinco días más tarde, la mujer, sus hijos y sus hermanos se retiraron de aquel lugar.

Los demás miembros de la comunidad seguían bebiendo tranquilamente.

Pariacaca subió al cerro que está arriba de Huarochirí.

Este cerro se llama hoy día Mataocoto.

Más abajo hay otro cerro llamado Puypuhuana, por donde bajamos cuando vamos a Huarochirí. Así se llaman los dos cerros.

En ese cerro —el de Mataocoto— Pariacaca se transformó en tempestad de lluvia

y, bajo la forma de granizo amarillo y rojo, arrastró a toda aquella gente hasta el mar, sin perdonar a nadie.

Entonces esa gran cantidad de agua, convertida en torrentes, cavó las quebradas de las alturas de Huarochirí.

Cumplido su castigo, Pariacaca atravesó el río y se fue hacia las chacras de los cupara, sin visitar a las otras comunidades yuncas ni hablar con sus habitantes, los cuales, aunque habían visto lo que pasó, no lo comprendieron ni supieron su causa.

Los miembros de la comunidad de los cupara sufrían mucho por la falta de agua, que hacían llegar a sus chacras a partir de un solo manantial.

Sabemos que dicho manantial brotaba en un cerro grande que domina el pueblo actual de San Lorenzo.

Este cerro se llama hoy Sunacaca.

Se dice que allí no había más que una laguna grande.

Conducían el agua de esta laguna para que llenara una serie de estanques más abajo que les servían para regar las chacras.

Había entonces en esta comunidad una mujer muy hermosa de nombre Chuquisuso.

Como el agua era muy poca y su maíz se estaba secando, esta mujer regaba su chacra llorando.

Cuando Pariacaca vio esto, cubrió la bocatoma de la pequeña laguna con su manta.

Al darse cuenta de que el agua seguía disminuyendo, la mujer lloraba todavía más fuerte.

“Hermana, ¿por qué lloras tanto?”, le preguntó Pariacaca.

“Mi maicito se está secando por falta de agua”, le contestó.

“No te aflijas —le dijo Pariacaca—. Voy a hacer salir una gran cantidad de agua de tu laguna; pero antes, vamos a acostarnos juntos”.

“Primero tienes que hacer salir el agua y, cuando mi chacra ya esté regada, aceptaré acostarme contigo”.

Pariacaca aceptó e hizo salir una cantidad enorme de agua.

Muy feliz, la mujer regó todas sus chacras.

Cuando terminó, Pariacaca volvió a insistir en acostarse con ella,

pero ella aún se negaba:

“Ahora no. Uno de estos días”.

Pariacaca deseaba mucho a esa mujer y, para que se entregase a él, le prometió todo lo que deseara.

“Voy a hacer llegar el agua del río a tu chacra”, le dijo.

“Hazlo primero —le contestó— y sólo entonces dormiremos juntos”.

Pariacaca aceptó y agrandó la acequia de los yuncas —que antes había sido sólo una acequia muy pequeña que procedía de la quebrada de Cocochalla y llegaba hasta un cerrito más arriba de San Lorenzo— y la hizo llegar hasta las chacras de los cupara de abajo.

Pumas, zorros, serpientes y todas las variedades de pájaros limpiaron y arreglaron la acequia.

Sabemos que, para realizar esto, los pumas, los otorongos y los demás discutieron entre ellos quién iba a ser el primero en trazar el curso de la acequia.

Se dice que todos querían asumir esa carga.

Venció el zorro:

“Soy yo el jefe; yo voy a ir adelante”, dijo.

Así se adelantó el zorro.

Había llegado a medio camino cuando, allí en el cerro arriba de San Lorenzo, inesperadamente alzó el vuelo una perdiz cuchicheando.

El zorro se asustó y, dando un ladrido, cayó cerro abajo.

Entonces los otros animales, muy encolerizados, escogieron a la serpiente para seguir trazando la acequia.

Si no hubiera caído el zorro, la acequia pasaría por más arriba.

Ahora va un poco más abajo.

En efecto, las huellas de la caída del zorro se pueden ver aún hoy,

y el agua baja por el camino abierto por su caída.

Cuando acabó todo eso, Pariacaca pidió de nuevo a Chuquisuso que se acostara con él.

Ella le contestó:

“Vamos a la peña allí arriba; allí estaremos juntos”.

Esa peña se llama hoy Yanacaca.

Se dice que allí se unieron.

“Vayamos los dos a algún lado”, dijo la mujer.

Y Pariacaca: “¡Vamos!”, y se la llevó a la bocatoma de la acequia de Cocochalla.

Cuando llegaron, la mujer llamada Chuquisuso le dijo:

“Aquí, en mi acequia, me voy a quedar”, y se transformó en piedra.

Pariacaca la dejó allí y siguió subiendo.

Vamos a hablar de eso más adelante.

La mujer llamada Chuquisuso aún se encuentra, petrificada, en la bocatoma de esta acequia de Cocochalla.

Cuniraya también se había convertido en piedra y se encuentra más arriba, en otra acequia de nombre Huincompa.

Fue allí donde Cuniraya acabó;

hemos de contar todo lo que hizo en los capítulos que siguen.

Capítulo 7
Cómo, hasta hoy, los cupara honran a Chuquisuso

Sabemos que estos cupara forman un ayllu llamado cupara

y que, hasta hoy, siguen viviendo reducidos en San Lorenzo.

Uno de los linajes de este ayllu se llama chahuincho.

Chuquisuso era miembro del ayllu de los chahuincho.

Antiguamente, cuando llegaba la época de limpiar la acequia —lo que hoy se hace en el mes de mayo— todos iban juntos al santuario de Chuquisuso con ofrendas de chicha, ticti, cuyes y llamas, y allí adoraban a esta mujer-demonio.

Para observar su culto, levantaban una cerca de quisuar alrededor de su santuario y permanecían allí cinco días, durante los cuales no dejaban pasear a la gente.

Se dice que, cumplido este rito, continuaban con la limpieza de la acequia; y sabemos que, cuando habían terminado todo, regresaban bailando. Conducían en medio de ellos a una mujer que representaba a Chuquisuso; la trataban con gran veneración como si fuera ella misma.

Cuando esa mujer llegaba a su comunidad, los demás la estaban esperando y le ofrecían chicha y otras cosas.

Luego celebraban una fiesta muy grande, bailando y bebiendo durante una noche entera.

Antes, cuando don Sebastián vivía todavía y era señor de esta provincia, en la época del Corpus Christi y de las otras grandes pascuas, una mujer que representaba a Chuquisuso llevaba chicha en una gran quilla y en un gran poto y la distribuía entre todos los presentes.

“Esta es la chicha de nuestra madre”, decía.

Después repartía maíz tostado que llevaba en un mate grande.

Cuando terminaban la limpieza de la acequia, solían convidar con mucha generosidad a la gente, ofreciéndole maíz, frijoles y todos los demás alimentos.

Como siempre se acostumbraba hacer así, los otros hombres decían:
“Han terminado de limpiar la acequia de Chuquisuso; vamos a participar”,
y llegaban desde Huarochirí y desde todas las demás comunidades.

Y sabemos que, hasta hoy, cuando se trata de limpiar la acequia, confundidos por el demonio, siguen realizando los mismos actos y ritos.

Y ni el alcalde ni el resto de la gente les impiden estas prácticas, ni les preguntan por qué las hacen;

más bien, bailan y beben con ellos hasta emborracharse y engañan al padre diciéndole que van a bailar y a beber porque han terminado de limpiar la acequia.

Todos observan estos ritos:

unos ya no los practican porque tienen un padre bueno;

los demás mantienen todavía estas costumbres a escondidas.

Capítulo 8

Cómo Pariacaca subió al cerro, cómo un hombre siguió sus instrucciones y regresó con su hijo a su tierra, y cómo Pariacaca luchó con Huallallo Carhuincho

Es verdad que ya hemos hablado de las tradiciones que se refieren a Huallallo Carhuincho;

sin embargo, no hemos contado ni dónde residía ni cómo había establecido allí su dominio.

Se dice que, antiguamente, Huallallo residía en Pariacaca de Arriba.

No sabemos muy bien cómo se llamaba este lugar, pero hoy es conocido con el nombre de Mullococha.

Cuando Pariacaca, en el curso de su lucha contra Huallallo Carhuincho, quiso extinguir el fuego en que éste se había convertido, transformó ese sitio en laguna.

La morada de Huallallo se encontraba en el territorio que hoy ocupa la laguna de Mullococha.

Se dice que, en esa época, toda esa tierra estaba densamente poblada por yuncas

y que, como ya contamos en el primer capítulo —donde dijimos que Huallallo solía comer carne humana—, abundaban las grandes serpientes, los caquis y toda clase de animales.

Los cinco Pariacaca fueron a dar batalla a Huallallo Carhuincho. Por el camino, en Ocsapata, se pusieron a arrojar sus rihuis.

El tiempo se volvió muy frío

y, mientras jugaban, cayó una granizada.

Entonces llegó un hombre llorando. Llevaba en brazos a uno de sus hijos y traía ofrendas de mullo, de coca y de ticti que iba a sacrificar a Huallallo.

Uno de los hermanos de Pariacaca le preguntó:

“Hijo, ¿a dónde vas llorando así?”.

El hombre respondió:

“Padre, llevo a mi hijito querido para dárselo de comer a Huallallo”.

“No lo hagas —le dijo el otro—. Lleva de vuelta a tu hijo a tu comunidad. Dame a mí ese mullo, esa coca y ese ticti, y después regresa a tu casa llevándote a tu hijo”.

“Dentro de cinco días volverás aquí para ser testigo de mi lucha contra Huallallo. Si lo venzo, gracias a la gran cantidad de agua de que dispongo, dirás: ‘Es nuestro padre el que triunfa’. Si él es quien me vence por la fuerza de su fuego, dirás: ‘Ya se ha acabado la lucha’”.

Al oír estas instrucciones, el hombre, asustado, preguntó:

“Padre, ¿no se enojará Huallallo Carhuincho conmigo?”.

“¡Que se enoje! —respondió Pariacaca—. No podrá hacerte nada; al contrario, seré yo quien anime a la humanidad: a los que están protegidos por Ami y por Llata, y a las mujeres protegidas por Añasi; a unos los animaré como hombres y a las otras como mujeres”.

Mientras hablaba, el aliento salía de su boca como un humo azul claro.

Cuando el hombre vio esto, tuvo miedo y le entregó todo lo que había traído.

Entonces los cinco hombres consumieron el mullo, que crujía mientras lo masticaban, y todas las demás ofrendas.

El hombre volvió a su casa llevando a su hijo.

Así, después de cinco días, siguiendo las instrucciones de Pariacaca, regresó para asistir a la lucha.

Cinco días más tarde, conforme a su palabra, Pariacaca empezó a luchar contra Huallallo Carhuincho.

He aquí este relato.

Como Pariacaca y sus hermanos eran cinco hombres, cayeron en forma de lluvia desde cinco lugares diferentes.

Esa lluvia era amarilla y roja.

Después, convertidos en relámpagos, se lanzaron también desde cinco lugares distintos.

Desde la mañana temprano hasta la puesta del sol, Huallallo Carhuincho, convertido en un fuego gigantesco cuyas llamas casi alcanzaban el cielo, ardió sin dejarse extinguir.

Toda el agua producida por las lluvias de Pariacaca bajó hacia el mar.

Antes de que llegara al mar, uno de los hermanos de Pariacaca hizo caer un cerro más abajo, en el camino que iba a seguir el agua, y la detuvo.

Entonces esa agua formó una laguna.

Esa laguna hoy se llama Mullococha.

Se dice que, cuando la laguna ya estaba llena, el agua casi llegó a cubrir el fuego que todavía ardía.

Pariacaca seguía arrojando sus rayos sin darle tregua a su enemigo.

Entonces Huallallo Carhuincho huyó en dirección a la tierra de los anti.

Uno de los que estaban allí, hijo de Pariacaca, lo persiguió.

Se encuentra todavía en la entrada de la región de los anti para impedir el regreso de Huallallo.

Sabemos que su nombre era Pariacarco.

La mujer-demonio llamada Manañamca había sido compañera de Huallallo Carhuincho.

Esta mujer residía en la parte baja de Mama.

Cuando Pariacaca venció a Huallallo, ella, por su parte, vino también a luchar contra él.

Manañamca combatía igualmente en forma de fuego.

Pariacaca, entrando por la parte baja de Tumna, se enfrentó con ella.

Manañamca, arrojando sus llamas desde abajo, alcanzó en el pie a uno de los hijos de Pariacaca, llamado Chuquihuampo.

Sin embargo, fue de nuevo Pariacaca quien venció y la ahuyentó hacia la laguna.

Cuando ya los hubo vencido, volvió al sitio donde se encontraba su hijo Chuquihuampo, que se había quedado cojo al quebrarse el pie.

Este le dijo:

“No regresaré; voy a quedarme aquí para custodiar de cerca a esta mujer, Manañamca, e impedir que vuelva”.

Su padre estuvo de acuerdo y estableció todo lo que iba a recibir como ofrendas:

“Toda la población de estos dos valles te traerá las primicias de sus cosechas de coca, antes de que nadie las haya probado. Sólo cuando tú las hayas probado, la gente podrá mascar la coca de sus plantaciones. Después te sacrificarán una llama estéril, que nunca haya parido; tú siempre comerás primero las orejas cortadas de las llamas sacrificadas”, le dijo.

Respetando sus instrucciones, todos los dueños de cocales de Sacicaya, Chontay, Chichima, Mama, Huayocalla y Suquiacancha le llevaban las primicias de sus cosechas.

Y aún hoy, a escondidas, mantienen esa costumbre.

Capítulo 9

Cómo Pariacaca, tras vencer a todos sus rivales, comenzó a organizar su culto

Ya hemos terminado el relato de todas las luchas entre Pariacaca y Huallallo;

pero aún no hemos hablado del culto que Huallallo recibía, según la sentencia que le impuso Pariacaca.

Se dice que, después de la victoria de Pariacaca, Huallallo huyó hasta la tierra de los anti. Entonces Pariacaca lo sentenció así:

«Por haberte comido a los hombres, que comas ahora perros y que los huanca te adoren».

Los huanca, cuando lo adoraban, le sacrificaban perros

y ellos mismos, puesto que su dios comía perros, también los comían.

Hasta hoy los llamamos “huancas, comedores de perros”.

Como ya contamos en el primer capítulo y en los siguientes, en todas las comunidades de la provincia de Huarochirí, así como en las de Chaclla y de Mama, vivía una población muy densa de yuncas.

Entonces Pariacaca decidió que sus hijos poblarían ese territorio y expulsó a todos los yuncas hacia las tierras bajas.

A cada uno de los que derrotaron a esos yuncas se le dio el título de hijo de Pariacaca.

Es verdad que, en cada comunidad, se reconoce como hijo de Pariacaca a un héroe distinto.

Otros dicen que no es cierto y que, según la tradición, los vencedores de los yuncas nacieron del fruto de un árbol.

Los nombres de estos, empezando por el mayor, eran: Chucpayco, Chancharuna, Huariruma, Utcochuco, Tutayquire; otro se llamaba Sasenmale.

Ellos bastaron para derrotar a los yuncas.

Otro hijo de Pariacaca surgió de la tierra, conforme a la voluntad de su padre.

Su nombre era Pachachuyro.

En todos los capítulos anteriores, hemos olvidado narrar una victoria de Pachachuyro;

lo haremos más adelante.

Todos los que acabamos de nombrar vencieron y desterraron a los yuncas.

Y estos yuncas, olvidando a su antiguo dios, comenzaron a adorar a Pariacaca, todos los yuncas,

y esos mismos yuncas eran los colli que vivían en estas tierras de los checa, poblando toda la región con sus asentamientos.

Sería muy difícil mencionarlos a todos.

Por eso, para señalar al menos a algunos, lo haremos enseguida narrando todas sus tradiciones,

pues las costumbres de todos los yuncas eran exactamente las mismas.

Cada vez que Pariacaca conquistaba una comunidad de las alturas y se instalaba allí como huaca local, establecía las normas de su culto.

Estas instrucciones eran idénticas para todas las comunidades.

He aquí lo que prescribía.

Todos nosotros pertenecemos a distintos linajes.

Se dice que Pariacaca escogió a un miembro de cada linaje y le dio las siguientes instrucciones:
«Tú serás quien, cada año, organice las pascuas según las tradiciones que yo he establecido».

A este hombre le dio el nombre de huacsa

y le ordenó celebrar bailes tres veces al año, llevándole coca en grandes bolsas de cuero.

Antes de que estos huacsas comenzaran sus funciones, se realizaba otro rito.

Así es como se llevaba a cabo.

Desde tiempos muy antiguos, uno o varios hombres del ayllu de los cacasica eran los maestros de estas costumbres.

Estos maestros eran uno o dos y se llamaban yanca.

Es el único nombre con que se los conocía en todas las comunidades.

Se dice que estos hombres observaban el recorrido del sol desde un muro construido según reglas muy precisas.

Cuando el sol alcanzaba ese muro, anunciaban a la gente que el día de la fiesta había llegado, o que sería al día siguiente.

Y, según lo que decían, la gente partía hacia el santuario de Pariacaca para adorarlo.

Antiguamente, la gente llegaba hasta el santuario mismo.

Hoy los checa van a un cerro llamado Incacaya; desde allí lo adoran.

Sabemos que este cerro es el que se encuentra encima del antiguo purum huasi.

Es la continuación de otro cerro llamado Huallquire.

Y todos, hombres y mujeres, suben a ese cerro para adorar a Pariacaca.

Se dice que, según las instrucciones del yanca, cuando ya están cerca del cerro, compiten para ver quién llega primero a la cumbre y, persiguiendo a sus llamas, hombres muy fuertes con sus llamas pequeñas corren a toda prisa.

La llama que llega primero al cerro es muy estimada por Pariacaca.

En tiempos antiguos, era el mismo Pariacaca quien le daba el nombre que debía llevar.

El yanca afirmaba, a propósito de la pequeña llama que había llegado la primera, que su dueño tenía mucha suerte y que Pariacaca lo quería; lo elogiaba y lo mostraba a todos.

Sabemos que la época en que se realiza este rito se llama Auquisna

y que el rito dedicado a Chaupiñamca se llama Chaycasna.

Hablaremos del culto de Chaupiñamca en el capítulo siguiente.

La época en que se celebra la Auquisna corresponde aproximadamente al mes de junio.

A veces casi coincide con la gran Pascua,

y, a veces, coincide completamente.

En esta fecha, los huacsas que bailan son de diez a veinte.

Se dice que lo hacen sin que sus patrones se den cuenta y que, por nada del mundo, faltarían a esa ceremonia.

Si faltan y luego mueren, se dice que su muerte fue causada por esa falta.

Por eso encargan a un niño o a cualquier indio que baile en su lugar.

Los surco prefieren que sean los huayllas quienes bailen para ellos.

Si estos huayllas se han casado con mujeres de la comunidad de Surco y si observan estos ritos, los surco no les quitan sus chacras ni otra cosa por ser forasteros;

más bien los estiman y los ayudan.

Y es cierto que cualquier huaylla que reside en Surco, cuando viene a comprar coca a Suquiacancha, pide a la vendedora que le aumente la ración, alegando que él es huacsa.

Hoy, aprovechando alguna pascua importante de los cristianos, celebran también esta pascua y ejecutan esos bailes; y la gente de Surco supera a todas las demás comunidades en su fervor.

Si, con ocasión de estos bailes, el padre les pide algún aguinaldo —pollos, maíz o cualquier otra cosa—, se lo dan con gran alegría.

Del mismo modo, los huacsas bailan en la pascua de Chaupiñamca.

Esa pascua casi coincide con el Corpus Christi

y, a veces, coincide exactamente.

En el capítulo siguiente hablaremos de Chaupiñamca, de su santuario y del culto que la gente le dedicaba.

Ahora volvamos a narrar el culto de Pariacaca y todo lo que la gente hacía en aquella época durante su pascua.

He aquí el relato de estos ritos.

Se dice que, la víspera de su llegada al santuario de Pariacaca, donde iban a adorarlo, todos los que habían perdido parientes, hombres o mujeres, durante el año, los lloraban aquella noche diciendo:

«Mañana veremos a nuestros muertos junto a Pariacaca».

Y, refiriéndose a esos difuntos, decían:

«Mañana los llevaremos ante Pariacaca para que él los reciba».

Aquella noche les dejaban ofrendas de comida y de todo lo que prescribía el ritual. Decían entonces:
«Ahora los llevaremos a Pariacaca para siempre; nunca más volverán».

Adoraban a Pariacaca sacrificándole una llama pequeña o, si no tenían llamas, coca que ponían en grandes bolsas de cuero.

Entonces el yanca miraba el corazón de la llama sacrificada.

Si los augurios eran buenos, decía a los parientes del difunto:

«Está bien».

Si eran malos, les decía:

«No está bien: estáis manchados por la culpa de vuestro muerto; vuestro muerto ha provocado la ira de Pariacaca; pedid perdón por esta culpa, de lo contrario se extenderá a vosotros».

Cuando concluían todos estos ritos, los yanca se llevaban las cabezas y los lomos de las llamas —fuesen miles o no— como pago por sus servicios.

Sabemos que los huacsa que cumplían estos ritos tres veces al año veían terminar su mandato precisamente ese día.

Después, esperaban a que otros nuevos asumieran la función.

Cuando el baile estaba por concluir, todos —incluso los concha— entraban en Llacsatampo y llevaban huaytas hechas con plumas de guacamayo o de las aves llamadas puypu hasta el centro de la pampa,

donde las colocaban sobre la piedra llamada Llacsatambo.

Luego todos pasaban la noche en el lugar donde hoy se ha levantado una cruz, y allí preguntaban si el año iba a ser bueno para ellos. Al día siguiente iniciaban una peregrinación a todas las huacas locales: el cerro Macadlo, Chaucalla, Quimquilla, hasta cumplir cinco días.

Después, todos los huacsa preparaban bolsas de coca y bailaban.

Ese día, desde muy temprano, adoraban al demonio en Llacsatambo, ofreciéndole llamas y otras cosas.

Confundidos por el demonio realizan estas prácticas en todas las comunidades,

aunque ahora ya van olvidándolas.

Es posible que, como sólo desde hace pocos años cuentan con un buen predicador y maestro como el doctor Francisco de Ávila, todavía no crean de verdad en su corazón.

A la llegada de otro padre, podrían volver a esas antiguas prácticas.

Algunos se hacen cristianos sólo por miedo, pensando que el padre u otra persona podría enterarse de su mala conducta.

Al mismo tiempo que rezan el rosario, llevan consigo por todas partes sus hermosas illas.

Ellos mismos ya no realizan esos ritos: contratan a algunos ancianos y les mandan que los hagan en su lugar. Muchos viven así.

De la misma manera, los concha también adoran a Pariacaca en el tiempo de su fiesta, subiendo a un cerro llamado Huaycho,

y son los checa quienes les sirven de huacsa.

Celebran los mismos ritos y ejecutan los mismos bailes.

Y los sunicancha observan el mismo culto en la época de la fiesta de Pariacaca, subiendo a un cerro llamado […].

Del mismo modo, los santa ana y todos los chaucaricma que viven en San Juan guardan ese mismo culto durante la fiesta de Pariacaca, subiendo a un cerro llamado Acusica, por el que se baja hacia el río Aparhuayqui.

De ninguna manera faltarían a estos ritos.

Algunos los hacen coincidir con la Pascua grande, otros casi con Pentecostés.

¡Cuán grande sería la alegría en esta comunidad si, en esas fechas, el padre estuviera ausente y se hubiera ido a Lima!

Esto es la pura verdad.

La costumbre de adorar a Pariacaca en todos estos cerros que acabamos de nombrar se estableció después de la llegada y manifestación de los huiracochas.

Sin embargo, dicen que, en tiempos antiguos, toda la gente acudía al santuario mismo de Pariacaca.

Todos los yuncas de Colli, Carhuayllo, Ruricancho, Latim, Huanchohuaylla, Pariacha, Yañac, Chichima y Mama, todos los yuncas de ese río, así como los sacicaya; y también todos los del otro río, y los de Pachacamac, los caringa, los chilca, y la gente que vivía en el curso inferior del río Huarochirí, todos los caranco, todos los yuncas sin excepción, todos los yuncas de esos ríos iban al santuario de Pariacaca llevando ticti, coca y todas las demás ofrendas rituales.

Cuando regresaban de su peregrinación a Pariacaca, todos los que se habían quedado en sus comunidades, sabiendo que estaban por llegar, se reunían para esperarlos y saber cómo estaba su padre Pariacaca: si todo andaba bien, si no se había enojado.

Entonces, llenos de alegría, celebraban sus bailes durante cinco días, o el número de días que mandaba su costumbre.

Es posible que los yuncas ya no observen públicamente este culto;

sin embargo, todos los yuncas siguen practicándolo, cada uno por su cuenta.

Cuando no lo hacen, la gente dice que, por esa falta, los yuncas se extinguen.

Y ellos, los yuncas, dicen:

«Los habitantes de las punas siguen manteniendo fielmente nuestras antiguas costumbres; por eso la gente se multiplica».

Capítulo 10

Cómo era Chaupiñamca; dónde moraba; cómo se hacía adorar.

Ya hemos terminado el relato de las tradiciones sobre Pariacaca.

En los capítulos siguientes contaremos las que se refieren a sus hijos, mencionados en el capítulo noveno; hablaremos de las hazañas de cada uno y de sus victorias sobre los yuncas, a quienes expulsaron de estas tierras.

Ahora vamos a describir a Chaupiñamca.

Se dice que Chaupiñamca era hija de un hombre llamado Tamtañamca, señor de Anchicocha, y esposa del hombre pobre Huatiacuri.

Esta historia ya la contamos en el quinto capítulo.

Según se cuenta, esta mujer tenía cinco hermanas.

La primera de ellas, Chaupiñamca, siguiendo las instrucciones de Pariacaca, fue a establecer su morada en Mama de Abajo.

La mujer llamada Manañamca andaba diciendo que ella era quien animaba a los hombres.

Algunos dicen que, según la tradición, Chaupiñamca era hermana de Pariacaca.

Ella misma afirmaba que Pariacaca era su hermano.

Chaupiñamca era una piedra con cinco brazos.

Para rendirle culto, organizaban carreras idénticas a las que hacían cuando iban a adorar a Pariacaca, persiguiendo a sus llamas u otros animales.

También llevaban al santuario de Chaupiñamca la misma llama que había ido al santuario de Pariacaca.

Se dice que, después, cuando aparecieron los huiracochas, la piedra de cinco brazos, Chaupiñamca, se ocultó bajo tierra en las inmediaciones del corral de la casa del padre en Mama,

y que aún hoy se encuentra allí, bajo la tierra.

Todos la llamaban “madre”.

Por eso el pueblo de San Pedro también se llama Mama (“madre”).

Cuentan que, en los tiempos antiguos, esa mujer andaba en forma humana y solía pecar con todas las huacas.

Entonces no encontraba ningún varón que la satisficiera.

Había un varón, una huaca llamada Rucanacoto, cuyo santuario estaba en el cerro que domina Mama.

Los hombres que tenían el pene pequeño le pedían a Rucanacoto que se lo agrandara.

Y él, por tener el pene grande, consiguió una vez satisfacer por completo a Chaupiñamca.

Por eso, pensando que sólo él era un varón verdadero, y que sólo con él, de entre todos los huacas, quería quedarse para siempre, se transformó en piedra y fijó su morada en Mama.

Ahora hablaremos de las que se consideran hermanas de Chaupiñamca.

Se dice que Chaupiñamca era la mayor de todas.

Luego venía su hermana Llacsahuato.

Después había nacido Mirahuato.

Luego, la que se llamaba Urpayhuachac.

No sabemos cómo se llamaba la otra.

Según se cuenta, en total eran cinco.

Cuando los hombres, angustiados por alguna preocupación, iban a pedir consejo, ella solía decir: “Primero voy a consultar a mis hermanas”.

La gente celebraba la fiesta de Chaupiñamca en el mes de junio, cerca del Corpus Christi.

De acuerdo con las observaciones del sol que hacía el yanca, la gente calculaba cuántos días faltaban para el inicio de la fiesta.

En el noveno capítulo ya hemos hablado de los bailes que celebraban los huacsa cada año,

pero no habíamos explicado cuál era la naturaleza de esos bailes que ejecutaban tres veces al año.

Sabemos que, el primer día de la Auquisna, celebraban la pascua de Pariacaca.

Bailaban de la misma manera en la época de la fiesta de Chaupiñamca.

Y, de nuevo, en el mes de noviembre, organizaban otro baile llamado Chanco, que hacían casi coincidir con la fiesta de San Andrés.

Más adelante describiremos con detalle este baile.

Ahora volvamos a la pascua de Chaupiñamca.

Sabemos que, durante su pascua, los llamados huacsa, preparando bolsas de coca, celebraban bailes que duraban cinco días.

Algunos hombres, dueños de llamas, bailaban llevando pieles de puma; los que no tenían llamas bailaban sin ellas.

De los que llevaban pieles de puma se decía: “Ellos son prósperos”.

A este baile lo llamaban Huantaycocha.

También ejecutaban otro baile llamado Ayño.

Y bailaban otro más llamado Casayaco.

Se dice que, cuando bailaban el Casayaco, Chaupiñamca se alegraba mucho,

porque lo bailaban desnudos.

Sólo se colocaban parte de sus adornos y cubrían sus partes íntimas con un simple taparrabo de algodón, y así bailaban.

Y es cierto que, al bailarlo desnudos, creían que Chaupiñamca, al ver sus vergüenzas, se regocijaba mucho.

Según cuentan, la época en que lo bailaban era de gran fertilidad.

Éstas eran las ceremonias que realizaban durante su pascua.

Capítulo 11

Al describir cómo celebraban el rito del Chanco, hablaremos también de Tutayquire, hijo de Pariacaca. He aquí el relato.

Ya en el noveno capítulo mencionamos los nombres de los hijos de Pariacaca,

pero todavía no hemos contado las tradiciones relacionadas con cada uno de ellos.

Aquí lo haremos de inmediato, al mismo tiempo que narraremos las victorias de uno de ellos: Tutayquire.

El baile que se celebraba en la época de su fiesta se llamaba Chanco.

Sabemos que Tutayquire era hijo de Pariacaca.

Se dice que, en los tiempos antiguos, los checa también eran quinti, es decir, hermanos menores de los quinti.

Los quinti despreciaban mucho a los checa por haber nacido después que ellos.

Un día, Tutayquire dijo a los checa: “No estén tristes, hijos; digan lo que digan, que sigan despreciándolos. En el futuro vuestro nombre será Checahuillca, y a esos que hoy los desprecian los hombres los llamarán con burla: ‘¡Quinticitos zancuditos!’”.

Pocos días después, Tutayquire, de acuerdo con sus hermanos, inició la conquista de los yuncas de Llacsatambo.

Cuando estos yuncas se enteraron, muy asustados empezaron a huir hacia las tierras bajas de Colli.

Sabemos que hoy estos colli viven junto a los carhuayllo

y que, hasta ahora, sus muertos siguen sepultados arriba, en el cementerio de sus antiguas tierras.

Se dice que Tutayquire bajó por las quebradas de Sisicaya y de Mama convertido en lluvia amarilla y roja.

Entonces los demás hombres lo esperaban en sus propias comunidades para adorarlo,

y él nunca los despreció.

Al contrario, les dijo: “Quédense, pero reconocerán a mi padre; desde hoy vivirán tratando a los checa como ‘hermanos’ y se considerarán sus hermanos menores”.

Sabemos que, conforme a sus palabras, hasta hoy los hombres que viven en San Pedro de Mama dicen: “Somos vuestros Amicha, somos vuestros Llatacha”.

Los allaucamari y los huichocamari también acostumbraban considerar a los checa como hermanos.

Sabemos que, todos los años, en el mes de noviembre, todos los varones de la comunidad de los checa salían de sus tierras para realizar un chaco;

seguían el mismo camino que había recorrido Tutayquire y decían que, al caminar sobre sus pasos, recibían su fuerza.

Y era en ese tiempo cuando solían pedir la lluvia.

La gente decía que, en la época del Chanco, iba a llover.

Cuando, celebrando la fuerza de Tutayquire, realizaban el chaco, todos los huacsa y también quienes no lo eran salían de allí y se iban a dormir sobre Tupicocha, en un lugar llamado Mayani.

Y si ese día alguien capturaba un huanaco, un venado o cualquier otro animal, sin importar quién lo hubiera cazado, si en su ayllu había un huacsa, se le ofrecía la presa para que bailara el baile llamado Ayño, llevando las colas de los animales como huayta.

Los que no cazaban nada también bailaban, participando únicamente en la ceremonia del Chanco.

Al día siguiente volvían a salir de Mayani y se dirigían a Tumna.

Allí, todos, hombres y mujeres, reunidos en Huasuctambo, esperaban la llegada de Tutayquire.

Lo que llaman Huasuctambo son unas pocas piedras colocadas en medio de la plaza de Tumna.

Se dice que, en tiempos antiguos, cuando llegaban allí, las adoraban,

y que era en ese lugar donde los chauti y los huanri llevaban sus ofrendas de chicha.

Sabemos que, al día siguiente, los huacsa, si habían tenido buena suerte en la caza, sin importar cuántas presas tuvieran, se alegraban mucho diciendo: “Este año tendremos abundancia de macas”. Entonces regresaban a Pacota, donde dormían.

Al día siguiente llegaban a Llacsatambo.

Cuando estaban a punto de llegar, todos los que se habían quedado en el pueblo —hombres y mujeres mayores, cualquiera que fuera— los esperaban con chicha.

Al ver llegar a los que habían participado en el chaco, decían: “Vienen muy cansados” y derramaban grandes cantidades de chicha sobre los hombres y sobre el suelo.

Derramaban esta chicha en la misma puerta de entrada de Llacsatambo.

Los que llegaban desde abajo colocaban un pequeño trozo de carne sobre la boca de sus cántaros.

Cuando terminaba esta ceremonia, todos se dirigían a la pampa, donde se sentaban y comenzaban el baile del Ayño.

A veces, cuando celebraban el rito llamado Chanco, llovía.

Se dice que, en la época del Chanco, de algo parecido a un árbol que había en la casa del yanca, llamado Isquicaya, caía agua en abundancia.

Cuando veían esto, decían: “Este año será muy fértil”.

Si el “árbol” permanecía seco, no iba a llover.

Entonces decían: “Habrá mucho sufrimiento”.

Capítulo 12

Cómo estos hijos de Pariacaca empezaron a conquistar a todos los yuncas

Ya hemos mencionado en el décimo capítulo los relatos sobre las luchas de los hijos de Pariacaca.

También hemos contado cómo, en todas estas tierras, abundaban los yuncas.
Ahora vamos a hablar de las andanzas de Chucpaico, Chancharuna, Huariruma, Utcochuco, Tutayquire, Sasinmale y Pachachuyro.

Se dice que, en los tiempos antiguos, como todos ellos tenían numerosos hermanos, solían ir juntos a combatir a sus enemigos.

Chucpaico, por ser el mayor, era muy estimado y lo llevaban en andas, en una litera.
Tutayquire era el más valiente de todos.

Justamente por su valentía, fue él quien primero conquistó a los yuncas de estos dos ríos.
Colocó una vara de oro en un lugar llamado Uncatupi, un cerro negro que se encuentra en la frontera de las tierras de los pariacha. Al realizar este gesto dijo: “Si alguien, como maldiciendo a los yuncas, derriba esta vara y muestra así su desprecio por mi voluntad, los yuncas volverán a conquistar este territorio”.

El cerro donde puso la vara se llama hoy Uncatupi Caparicaya.

Los otros hermanos salieron de Tupicocha y subieron por nuestro antiguo camino —el llamado Quisquitambo; el otro, más reciente, se llama Tumnacha—. Cuando llegaron al lugar desde donde se divisa Lima, oyeron que Tutayquire ya había terminado de conquistar todo ese territorio, y entonces regresaron.

Ellos mismos sentían un gran temor por Tutayquire, porque era muy valiente.

Así, bajaron en dirección a Huarochirí, hacia Caranco de Abajo.

De nuevo, fue Tutayquire quien se adelantó.

Una de las hermanas de la llamada Chuquisuso lo estaba esperando en su chacra con la intención de seducirlo: mostrándole sus partes íntimas y sus senos, le dijo: “Padre, descansa un poco; antes de seguir tu camino, toma esta chichita, este ticticito”.

Entonces él se quedó allí.

Al verlo, sus otros hermanos también se detuvieron, de modo que sólo alcanzaron a conquistar hasta Pachamama de Alloca de Abajo.

Si aquella mujer no los hubiera seducido, hoy las chacras de los huarochirí y de los quinti llegarían hasta Caranco de Abajo y Chilca.

A continuación vamos a relatar los hechos de cada uno de ellos, junto con todas sus hazañas.

Capítulo 13

Mama

Respondiendo a la pregunta sobre la huaca Chaupiñamca, la gente de Mama cuenta otra tradición.

He aquí su relato.

Se dice que, en tiempos muy antiguos, existía una huaca llamada Maclla de Arriba.
Su esposo era el Sol.

Los hijos de ambos eran Pariacaca y Chaupiñamca.

Chaupiñamca tenía grandes poderes para animar a los seres humanos: ella animaba a las mujeres y Pariacaca a los hombres.

Para celebrar su fiesta, los habitantes de Mama lavaban a Chaupiñamca con un poco de chicha en la víspera del Corpus Christi.

Luego todos, hombres y mujeres, con el curaca y el alcalde presentes, se reunían en su santuario. Algunos ofrecían sacrificios de todo tipo: cuyes y otras cosas en su honor.

Esa noche bebían y se emborrachaban hasta el amanecer; permanecían allí toda la noche celebrando el baile de la Ayllihua, bailando y bebiendo con gran regocijo.

Después salían a la pampa, donde no hacían otra cosa que beber y emborracharse diciendo: “Es la fiesta de nuestra madre”.

Cuando se les preguntó: “Antes de la aparición de los huiracochas, ¿cómo la adoraban?”, respondieron: “Se dice que, en el mes de junio, la gente solía beber durante cinco días, vestidos con sus mejores galas”.

Más tarde, por miedo a los huiracochas, trasladaron su culto a la víspera del Corpus.

En cuanto a las hermanas de Chaupiñamca, cuentan que, siendo ella la mayor, una segunda hermana se llamaba Cassallacsa.

También a ella la lavaban en la misma víspera del Corpus, igual que a otras hermanas llamadas Urpayhuachac y Huichicmaclla.

Sabemos que, según los checa, Chaupiñamca y sus hermanas son cinco.
La mayor, llamada Cotocha o Paltacha, es Chaupiñamca.

Una segunda hermana, a la que llaman Copadla, lleva el nombre de Llacsahuato.

Se dice que Llacsahuato se encuentra en Chillaco.

Mientras vivió el recién fallecido curaca de Sasicaya, don Diego Chaucaguamán, los chillaco y otra gente también celebraban su fiesta, y esto se mantuvo hasta la llegada de don Martín.

No se sabe bien en qué mes la realizaban.

La que llaman Ampuche o Ampuxi se llamaba Mirahuato.

No se sabe con certeza dónde está el santuario de Mirahuato.

Pero ellos dicen: “Hemos oído que Mirahuato está junto con su hermana Llacsahuato”.

Se cuenta que la gente de esta región o de Huarochirí, si se les enfermaba un hijo, un hermano, un padre, o si algo suyo sufría un daño, solía ir en peregrinaje a estas dos huacas para preguntarles la causa y el remedio de sus males.

Dicen que aún se recuerda a la sacerdotisa de estas huacas de hace unos sesenta años; se llamaba Chumpiticlla y era una mujer muy anciana.

En tiempos del recién difunto don Diego, la sacerdotisa se llamaba Lucía.

Cuando las adoraban, solían rezar así: “Ah, Llacsahuato, Mirahuato, vosotras sois quienes animáis a los seres humanos; mejor que Chaupiñamca sabéis en qué consiste mi culpa. Decidme: ¿cómo provoqué la enfermedad que me aqueja? ¿Por qué falta estoy sufriendo?”.

Por haberlas invocado de este modo, creían que la cura estaba en manos de las dos hermanas.

Eran las dos huacas más estimadas por los hombres.

Porque Chaupiñamca, en lugar de decir la verdad, solía dar cualquier respuesta.
Más bien los engañaba.

Por eso, la gente iba a ver a Llacsahuato y Mirahuato diciendo: “Vamos a consultar a nuestras madres Llacsahuato y Mirahuato; vamos a cumplir todo lo que digan sobre nuestra culpa”.

Sin embargo, aunque rendían estos cultos, es cierto que no celebraban la fiesta de Chaupiñamca una vez al año como hoy.

Iban a adorarla sólo cuando les daba la gana, diciendo “iré” o “no iré”, según su voluntad.

Ahora hablaremos de la huaca llamada Lluncuhuachac, la que también llaman Sullcacha o Xullcapaya.

Estas son cuatro hermanas.

Se dice que esta huaca se encuentra hacia el lado de Canta.

No se sabe si los de Canta la veneran o no.

Según cuentan, su santuario está a poca distancia de Canta.

Dicen que Añasi o Añapaya está dentro del mar.

Es verdad que algunos identifican a Añasi con Cahuillaca.

Otros dicen: “Esa es otra; Añasi está en la orilla del mar”.

Según se cuenta, se encuentra dentro de un acantilado.

No tiene sacerdote.

Cuando iban a hablar con la huaca Urpayhuachac, solían prepararse muy bien de antemano.
Como ella no tenía huacsa, la consultaban cara a cara.

Al volver, por haberla consultado, se imponían un año de abstinencia, sin pecar con sus mujeres.

En los nombres de cada una de estas huacas abundaba el término ñamca.
Como todas tenían hermanas, cuando la gente acudía a cualquiera de ellas para quejarse de sus problemas, solía saludarlas diciendo: “Ah, cinco Ñamca”.

Eso es todo lo que sabemos sobre Chaupiñamca, Llacsahuato, Mirahuato, Lluncuhuachac y Urpayhuachac.

En los tiempos antiguos, según dicen, estas huacas solían preguntar a quienes las visitaban si venían siguiendo las instrucciones de su conchuri, de su padre o de su antepasado.
Si respondían que no, les ordenaban volver a sus comunidades y consultar primero a sus conchuris. Y la gente lo hacía así.

Sólo entonces les daban una respuesta cualquiera: “Has enojado a tal” o “has ofendido a cual”, o “eres adúltera”, o “pecaste con tu mujer durante la fiesta de Pariacaca”. Les daban todo tipo de consejos, indicándoles que se lavaran en el cruce de dos ríos o que sacrificaran una de sus llamas.

Muy contentos, los hombres iban a cumplir estas instrucciones.

Pero, de todos modos, según se cuenta, ocurría que unos sanaban y otros morían.

Acabamos de escuchar lo que se dice sobre las otras hermanas de Chaupiñamca.
Sin embargo, las versiones difieren de ayllu en ayllu y de comunidad en comunidad.
Hasta los nombres varían: los de Mama los pronuncian de una manera; los checa, de otra.

Unos dicen que Chaupiñamca era hermana de Pariacaca.

Otros que era hija de Tamtañamca.

De este Tamtañamca, en verdad, ya hemos hablado antes, en el quinto capítulo.
Otros sostienen que era hija del Sol.

De modo que nada puede afirmarse con seguridad.

Capítulo 14

En el primer capítulo ya se planteó la duda de si Cuniraya existió antes o después de Pariacaca.

El que llamamos Cuniraya Huiracocha existía desde tiempos muy antiguos.
Pariacaca y los demás huacas lo estimaban más que a cualquier otro.

Algunos dicen que, según la tradición, Pariacaca también era hijo de Cuniraya.

Ahora vamos a relatar el final de Cuniraya Huiracocha.

Se dice que, poco antes de la llegada de los huiracochas, Cuniraya se encaminó al Cusco.
Al llegar, habló con el Inga Huayna Cápac:

—Vamos, hijo, a Titicaca —le dijo—. Allí voy a contarte acerca de mi existencia.

Entonces le añadió:

—Inga, ordena a tus hombres que enviemos a los brujos, a todos los sabios, a las tierras de abajo.

El Inga lo hizo de inmediato.

Algunos hombres dijeron que eran animados por el Cóndor.

Otros afirmaron estar animados por el Halcón.

Uno dijo que solía volar por el aire con forma de golondrina.

Entonces Cuniraya les dio estas instrucciones:

—Id a las tierras de abajo; allí diréis a mi padre que su hijo os envía para que os entregue a una de sus hermanas.

Así, el hombre animado por la golondrina partió con los otros camascas, con la orden de estar de regreso en solo cinco días.

El camasca de la golondrina llegó el primero.

Cuando transmitió el mensaje que se le había encargado, el padre de Cuniraya le entregó lo pedido dentro de una pequeña taquilla, advirtiéndole que no la abriera antes de que el propio señor Huayna Cápac lo hiciera.

Cuando ya estaba cerca del Cusco, el hombre que la transportaba pensó:
“Voy a ver qué puede ser” y la abrió.

Dentro apareció una señora muy elegante y hermosa.

Tenía el cabello como oro crespo, vestía telas finísimas y su tamaño era diminuto.

En el mismo instante en que la vio, la señora desapareció.

Así, muy abatido llegó a Titicaca, en la región del Cusco.

—Si no fuera porque te anima la Golondrina, mandaría matarte ahora mismo. Vete; vuelve tú solo —le dijeron.

Con esas palabras lo enviaron otra vez a las tierras bajas.

El camasca de la Golondrina regresó a las tierras bajas y, tras recibir de nuevo el mismo encargo, lo llevó otra vez a Titicaca.

En el camino de vuelta, cada vez que sentía hambre o sed, apenas lo expresaba, la mesa quedaba tendida ante él; y cuando tenía sueño, bastaba que lo dijera para que pudiera descansar.

De este modo, llegó con su encargo en solo cinco días.

Cuniraya y el Inga lo recibieron con gran alegría.

Antes de abrir la caja, Cuniraya dijo:

—Inga, tracemos aquí una línea en el suelo. Yo entraré en la tierra por este lado; por el otro lado, tú entrarás en la tierra con mi hermana; tú y yo no volveremos a vernos.

Dicho esto, trazó una raya en el suelo.

Entonces abrió el cofre.

Enseguida, aquel lugar se llenó de luz.

Entonces el Inga Huayna Cápac dijo:

—Ya no he de volver de aquí; en este mismo lugar me quedaré con mi ñusta, con mi coya.

Luego dio órdenes a un hombre de su ayllu:

—Tú ve; vuelve al Cusco y di que tú eres Huayna Cápac en mi lugar.

En ese instante desapareció con su señora; Cuniraya hizo lo mismo.

Así, cuando ese Huayna Cápac del que acabamos de hablar murió, unos y otros, proclamando cada cual la prioridad de sus derechos, provocaron el derrumbe de su señorío.

Así estaban las cosas cuando los huiracochas aparecieron en Cajamarca.

Hasta ahora, éstas son las únicas historias que conocemos sobre Cuniraya Huiracocha.
Todavía no hemos terminado de narrar el resto de lo que hizo cuando andaba por esta región.

Lo contaremos a continuación.

Capítulo 15

Aquí vamos a retomar lo que mencionamos en el segundo capítulo: si Cuniraya existió antes o después de Pariacaca.

Dicen que Cuniraya Huiracocha existía desde tiempos muy antiguos.
Antes de que él existiera, no había nada en este mundo.

Fue él quien primero creó los cerros, los árboles, los ríos y todas las clases de animales para que el hombre pudiera vivir.

Por ese motivo se dice que, según la tradición, Cuniraya era el padre de Pariacaca; fue él quien lo creó.

Y toda la gente sostiene que, de no haber sido Pariacaca su hijo, es probable que Cuniraya lo hubiera humillado.

Se cuenta que, gracias a su astucia, Cuniraya humillaba con frecuencia a los demás huacas locales, llevando a cabo toda clase de prodigios.

Vamos a relatar esos hechos a continuación.

Capítulo 16

Aquí vamos a explicar si Pariacaca, que nació de cinco huevos, tenía hermanos, o si él era el padre de los demás.

En el octavo capítulo ya mencionamos la duda de si quienes nacieron junto con Pariacaca de esos cinco huevos eran todos sus hermanos, o si los otros eran hijos suyos.

Ahora vamos a anotar los nombres de cada uno.

Como contamos en el capítulo catorce, se dice que Pariacaca y los demás que nacieron de los cinco huevos eran hijos de Cuniraya, y que todos ellos, a su vez, tenían numerosos hermanos.

Empezando por el mayor, sus nombres eran: Pariacaca, Churapa, Puncho y Pariacarco.
Se desconoce el nombre de uno de ellos; dejaremos ese espacio en blanco hasta que se sepa.

Se dice que Pariacarco permanece hasta hoy en la entrada de la región de los antis para impedir el regreso de Huallallo Carhuincho.

También señalamos que Huallallo Carhuincho, según cuentan, no huyó de inmediato.
Cuando uno de los nacidos con Pariacaca, Churapa, entró en el lugar que hoy se llama Mullococha y lo convirtió en laguna, Huallallo, transformado en pájaro, alzó el vuelo y escapó.

Luego entró en un cerro llamado Caquiyoca.

Se dice que este cerro era una gran peña.

Huallallo Carhuincho se escondió allí.

Entonces Pariacaca y sus cinco hermanos casi deshicieron la peña con sus rayos y volvieron a ahuyentar a Huallallo Carhuincho.

Este hizo surgir una enorme serpiente llamada amara, una amara de dos cabezas, para que fuera funesta a Pariacaca.

Al verla, Pariacaca se enfureció y clavó un bastón de oro en medio de su lomo.
En ese mismo instante, la amara se convirtió en piedra.

Se dice que aún hoy puede verse esa amara petrificada en el camino llamado Caquiyoca de Arriba.

La gente del Cusco, y todos los que conocen esa historia, golpean la piedra de la amara con otra piedra y se llevan los fragmentos, creyendo que los protegerán de las enfermedades.

Huallallo Carhuincho, huyendo de la peña de Caquiyoca, entró en una quebrada llamada Caquiyocahuayqui.

Luego subió a un cerro llamado Pumarauca; allí hizo aparecer un loro llamado caque y lo puso a amenazar a Pariacaca, con las alas alzadas como lanzas, pensando levantar así una barrera que le impidiera avanzar.

Sin dificultad, Pariacaca le quebró un ala al caque y lo convirtió en piedra; de ese modo venció a Huallallo.

Como Huallallo Carhuincho quedó completamente sin fuerzas, huyó hacia la región de los antis.

Pariacaca, junto con todos sus hermanos, lo persiguió.

Cuando Huallallo ya había entrado en el territorio de los antis, Pariacaca dejó a uno de sus hermanos, llamado Pariacarco, en la entrada de los antis para impedirle regresar.

Dicen que ese Pariacarco aún permanece allí, convertido en un gran nevado.

No sabemos quiénes adoran hoy a Huallallo Carhuincho, pero en el capítulo noveno ya contamos las palabras de Pariacaca:

“Por haber comido a los hombres, ¡que coma ahora perros, y que los huancas lo alimenten!”.

Capítulo 17

Ahora vamos a contar cómo, después de dejar a su hermano Pariacarco en la puerta de la región de los antis, Pariacaca regresó a estas tierras.

He aquí el relato.

Ya hemos narrado otras historias sobre él, incluso cómo comenzó a establecer su culto.
Pero hay un episodio que habíamos olvidado contar.

Se dice que, cuando terminó de luchar contra sus enemigos, volvió con sus demás hermanos a este cerro que llamamos Pariacaca.

Allí hay un nevado llamado Huamayaco, al que nadie puede escalar.
Sabemos que algunas personas afirman que ese cerro es el santuario de Pariacaca.

Después de la llegada de los huiracochas, al mirar ese nevado desde el cerro de Incacaya, del que ya hablamos, la gente decía: “Allí está Pariacaca”.

Pero, según la tradición, el propio Pariacaca se encuentra más abajo, en el interior de una peña.

Cuando entró con sus hermanos en esa peña, dijo: “Me quedaré aquí; desde aquí me adoraréis”, y en esa peña se estableció como huaca local.

Por ser un nevado alto y hermoso, en su camino de regreso desde la región de los antis descansó sobre el cerro que acabamos de mencionar, llamado Huamayaco.

Allí, en los tiempos muy antiguos, antes del nacimiento del Inca, reunió a todos los habitantes del Tahuantinsuyo.

Cuando estuvieron todos congregados, dio instrucciones a sus huacsas sobre cómo debían adorarlo.

Después de la aparición del Inca, éste, al conocer el culto de Pariacaca, también se hizo su huacsa y lo tuvo en gran estima.

En aquella época, cuando —como dijimos— la gente del Tahuantinsuyo se había reunido por orden de Pariacaca, Huallallo Carhuincho, que no olvidaba la traición de antes, hizo aparecer un animal llamado hugi en ese mismo cerro donde todos estaban. Creía que el hugi sería nefasto para Pariacaca.

Apenas apareció, el hugi se hundió bajo la tierra.

Si el hugi hubiera sobrevivido, podría haber acortado la vida de Pariacaca.

Por eso, Pariacaca ordenó a los hombres del Tahuantinsuyo que lo capturaran.
Todos lo persiguieron.

Pero de ningún modo lograban atraparlo.

En vano lo atacó Pariacaca con sus rayos y su lluvia: el hugi no moría.

Por fin, en un lugar muy distante, un hombre de los checa, del ayllu de los cacasica, consiguió capturarlo.

Entonces, un quinti le dijo:

—Hermano, ya lo atrapaste. Eres muy afortunado. Quédate sólo con la cola para hacerte una huayta; yo me llevaré la carne.

El checa aceptó.

Ese quinti tomó otro camino.

—Fui yo quien lo capturó, padre —le dijo a Pariacaca.

Pariacaca, muy complacido, le demostró su estima.

Sabemos que el nombre de ese quinti era Chucpaico.

Más tarde, cuando llegó el checa llevando únicamente la cola, Pariacaca reprendió a Chucpaico con gran enojo:

—Por esa mentira que me dijiste, a ti y a tus descendientes os llamarán “quintihuanca”; ¡pelead entre vosotros, pestilentes!

El mismo Pariacaca dijo entonces a los del ayllu cacasica, a los huarcancha y a los llichiccancha:

—Ustedes, por haber capturado al hugi, serán yancas. Sólo a ustedes escucharé; atenderé todo lo que me digan. Los demás hombres les comunicarán a ustedes todo lo que quieran decirme.

Y les dio el nombre de Ñamcacanca Ñamcaparia.

Así, ellos también se convirtieron en yancas.

El nombre de yanca de los concha también les fue dado por el propio Pariacaca.
Su yanca se llamaba Huatusi.

Del mismo modo, los yancas de todas las comunidades recibieron sus nombres de Pariacaca.

Éstos son los detalles que recordamos de aquello que habíamos olvidado narrar sobre Pariacaca.

Capítulo 18

Ya contamos cómo el Inca estimó a Pariacaca y cómo llegó a ser su huacsa.

Se dice que fue también el Inca quien ordenó que treinta hombres de Hanan Yauyo y de Rurin Yauyo sirvieran a Pariacaca en la época de luna llena.

Según esas disposiciones, treinta hombres lo servían desde el día quince de cada mes, ofreciéndole comida.

Un día lo estaban adorando sacrificando una llama llamada Yaurihuanaca.

Mientras los treinta hombres observaban el hígado y el corazón de la llama, uno de ellos, un llacuas llamado Quita Pariasca, dijo:

—Ay de nosotros. La suerte no es buena, hermanos; en el futuro, nuestro padre Pariacaca será abandonado.

Entonces los demás respondieron:

—No es cierto. Dices tonterías. Todo está bien. ¿Qué sabes tú?

Uno de los presentes le dijo:

—Oye, Quita Pariasca, ¿cómo justificas esa interpretación? Nuestro padre Pariacaca nos está mostrando cosas muy buenas en este corazón.

Al oír esto, Quita Pariasca ni siquiera se acercó para examinarlo de cerca.
Mirándolo desde lejos, lo interpretó y respondió contradiciendo a los otros:

—Es el mismo Pariacaca quien nos lo anuncia, hermanos.

Llenos de odio y de ira, le gritaron:

—¿Qué puede saber un llacuas, hombre hediondo? Nuestro padre Pariacaca tiene servidores en todos los confines del Chinchaysuyo. ¿Cómo podría ser abandonado? ¿Qué va a saber ese hombre malvado?

Pocos días después, escucharon la noticia de que los huiracochas habían aparecido en Cajamarca.

Sabemos que había un checa del ayllu de los cacasica llamado Tamalliuya Caxalliuya, que era yana de Pariacaca.

En esa época, según se dice, Tamalliuya Caxalliuya era el más anciano de los treinta sacerdotes que atendían el santuario de Pariacaca.

Cuando llegaron los huiracochas, preguntaron dónde estaban la plata y las vestiduras de ese huaca.

Ellos se negaron a responder.

Por eso, los huiracochas, enfurecidos, apilaron paja y quemaron a Caxalliuya.

Cuando la mitad de la paja se había consumido, empezó a soplar el viento.

Así, aunque sufrió enormemente, ese hombre logró sobrevivir.

Entonces, finalmente entregaron a los huiracochas las vestiduras y todas las demás pertenencias del huaca.

En ese momento, todos dijeron:

—Lo que nos anunció el llacuas Quita Pariasca era verdad, hermanos. Dispersémonos; la suerte ya no nos favorece.

Y así, cada uno se dispersó hacia su comunidad.

Cuando sanó el hombre de los checa que había sido quemado, se marchó llevando consigo a un hijo de Pariacaca llamado Macahuisa. Llegó a una comunidad llamada Limca, en el territorio de los quinti.

De estos hechos hablaremos en el siguiente capítulo.

Capítulo 19

Se dice que, antiguamente, en tiempos del Inca, este Macahuisa, hijo de Pariacaca, fue llevado a la guerra para ayudarlo a vencer a sus enemigos.

Las comunidades de los amaya y los xihuaya no querían someterse.

Por eso, el Inca pidió a Pariacaca que le diera uno de sus hijos para derrotar a los amaya y a los xihuaya.

Entonces Pariacaca le entregó a Macahuisa.

Llevándolo con él, el Inca venció de inmediato.

Después de eso, los incas apreciaron aún más a Pariacaca.

Acostumbraban ofrecerle oro y todo tipo de vestiduras, y ordenaron que todas las comunidades sujetas a su culto enviasen cada año maíz, coca y todas las demás ofrendas rituales destinadas a los treinta yanas encargados de su servicio.

Así estaban las cosas cuando, como dijimos antes, llegaron los huiracochas y le arrebataron todo lo que poseía.

Más tarde, el difunto don Sebastián mandó quemar lo que quedaba de las pertenencias del huaca.

Entonces, como ya mencionamos, residiendo Caxalliuya en la comunidad de Limca, puso bajo su custodia a Macahuisa, y este permaneció allí muchos años, gozado de gran estima.

Mucho tiempo después, cuando el difunto don Juan Puyputacma era curaca, los checa, al enterarse de la prosperidad de Limca, enviaron mensajeros para que llevaran a Macahuisa de regreso a su tierra.

Entonces Caxalliuya, el anciano que había sido quemado, vino hasta aquí con un grupo de seis hombres, cada uno acompañado por sus respectivos hijos.

Cuando llegó —es decir, a Llacsatambo— volvió a preguntarle al huaca:

—Padre Macahuisa, ¿protegerás bien a los checa de esta comunidad?

Y le sacrificó una llama; el sacrificio se realizó de la misma forma que en Huayacancha, donde el llacuas Quita Pariasca había visto el presagio sobre Pariacaca.

Cuando los hijos de Caxalliuya ya habían muerto y él mismo estaba por fallecer, recordando aquel presagio, dijo:

—Eso fue exactamente lo que sucedió en el momento de mi llegada.

Porque, en esa ocasión, el huaca había dicho:

—La suerte es muy favorable; nada ocurrirá; no habrá hechicería ni enfermedad.

A partir de entonces, guardaron a Macahuisa en este pueblo y, en época de luna llena, todos los checa le servían, ayllu por ayllu, por turnos.

Durante una sola noche, hombres y mujeres velaban juntos hasta el amanecer.

Sabemos que, al amanecer, cada uno le ofrecía cuyes y otras cosas, y le rezaba así:

—Ayúdame; tú eres quien protege esta comunidad; tú eres quien nos cura de toda clase de enfermedades.

Se dice que, cuando Macahuisa se encontraba en la comunidad de Limca, estaba muy bien atendido.

Una huaranga de los quinti cultivaba una chacra llamada Yamlaca para que Macahuisa tuviera chicha para beber.

Entonces, quienes vivían allí se hicieron extraordinariamente ricos y no les faltaba nada.

Por eso los checa los envidiaban y, como el difunto don Juan Puyputacma pertenecía al mismo ayllu que Caxalliuya, enviaron emisarios para traer a Macahuisa aquí.

—¿Por qué conservar un huaca de tanto valor en un pueblo de gente común? —decían.

Y se dice que, desde entonces, el huaca se quedó aquí.

Eso es todo lo que sabemos sobre Macahuisa.

Capítulo 20

Aquí comienza la descripción de las costumbres asociadas al culto de Llocllayhuancupa; luego relataremos cómo se celebraba este culto y cómo llegó a su fin.

Se dice que el huaca llamado Llocllayhuancupa era hijo de Pachacamac.

Cuando este huaca apareció, lo encontró una mujer llamada Lantichumpi, del ayllu Alaysatpa, mientras trabajaba en su chacra.

La primera vez que lo desenterró, se preguntó: “¿Qué puede ser esto?” y lo arrojó al suelo, en el mismo lugar donde lo había encontrado.

Luego, al cavar en otro sitio, volvió a encontrar el mismo objeto que había desenterrado antes.

“Quizás sea algún huaca”, dijo, y decidió llevárselo para mostrárselo a sus padres y a los demás miembros de su ayllu.

En esa época, en la comunidad de Llacsatambo, había otro huaca llamado Cataquillay que les había sido entregado por el Inca.

Cataquillay tenía la facultad de hacer hablar, sin esfuerzo, a cualquier huaca que no supiera hablar.

Así hizo hablar también al huaca llamado Llocllayhuancupa, preguntándole:

—¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Para qué has venido?

Entonces Llocllayhuancupa respondió:

—Soy hijo de Pachacamac, de aquel que hace temblar la tierra, y mi nombre es Llocllayhuancupa. Mi padre me ha enviado para proteger a esta comunidad de los checa.

La gente se alegró mucho y dijo:

—¡Que permanezca bien en este pueblo mientras nos proteja!

En la casa de la misma mujer que lo había encontrado había una pequeña cancha. Todos los checa, junto con los huanri y los chauti, ampliaron esa cancha y prepararon el lugar para que fuera digna casa y cancha de Llocllayhuancupa, a quien veneraban con gran devoción.

Para servirle, se organizaban de modo que cada ayllu, empezando por los allauca, fuese por turno, durante la luna llena, a su santuario y le sacrificase una llama.

Sabemos que llaman a esta fiesta de la luna llena la Chayana, “la Llegada”.

Dicen: “Es él quien llega”.

Según la tradición, antiguamente, en la fiesta de la Llegada de Llocllayhuancupa se vestían con el chumpruco y el huaychau ahua, como también lo hacían durante la fiesta de Pariacaca, y celebraban un baile.

Lo sirvieron de este modo durante muchos años.

Una vez, quizás porque no lo servían bien, Llocllayhuancupa desapareció y regresó junto a su padre Pachacamac.

Al darse cuenta, la gente, muy apenada, empezó a buscarlo y, embelleciendo el lugar donde Lantichumpi lo había hallado por primera vez, construyó allí un usno.

Como no lograban encontrarlo, todos los hombres adultos fueron al santuario de Pachacamac después de prepararle llamas, cuyes y toda clase de vestiduras como ofrenda.

Así, reanudando el culto a su padre, consiguieron que Llocllayhuancupa volviera a su comunidad.

Y, con nuevo fervor, lo adoraron aún más; dieron órdenes a sus pastores de llamas para que cuidasen los rebaños consagrados a su culto.

Estas llamas eran pastoreadas en Suquiahuillca, pues las consideraban llamas de Pachacamac.

Fue el Inca quien les ordenó hacerlo.

Desde entonces, todos los años cada ayllu servía a este huaca celebrando por turno la Llegada.

Si surgía alguna enfermedad, le consultaban y le rogaban que los sanara. Si estaban afligidos o preocupados por cualquier suceso, si se acercaba el enemigo o la tierra temblaba, pensaban que su padre estaba enojado; por eso lo veneraban con temor y respeto.

Le ofrecían maíz, maíz del Inca, cultivado en las tierras comunales, para que tuviera chicha que beber.

Cuando un cierto padre Cristóbal de Castilla se encontraba en esta reducción, y el curaca era don Gerónimo Canchoguamán, como ambos aborrecían estos cultos, la gente dejó de celebrarlos.

Pero, tiempo después, cuando estalló una gran epidemia de sarampión, volvieron a practicar todas estas formas de culto.

El curaca, como si creyera que la epidemia había sido enviada por Llocllayhuancupa, dejó de reprenderlos cuando bebían en el purum huasi.

Fue también entonces cuando la casa de este huaca se quemó, según él, porque era la voluntad de Dios.

Sabemos que, más tarde, cuando murió don Gerónimo y don Juan Sacsalliuya asumió el curacazgo, como el nuevo curaca era huacsa, toda la gente empezó a retomar sus antiguas costumbres, asistiendo de nuevo a los santuarios de Llocllayhuancupa y de Macahuisa, velando hasta el amanecer y bebiendo.

Ahora, gracias a la predicación del señor doctor de Avila, una parte de la gente, al volver a Dios, impide estas prácticas.

Si un hombre no hubiese vuelto a Dios con un corazón sincero, diciéndoles que este Llocllayhuancupa era el demonio, es posible que hubieran continuado con estas costumbres por mucho más tiempo.

Relataremos ahora su historia.

Había un hombre llamado don Cristóbal Choquecaxa, cuyo padre era el difunto don Gerónimo Canchoguamán, ya mencionado. Desde joven, don Cristóbal vivió con rectitud, pues su padre también detestaba profundamente a estos huacas.

Sin embargo, al momento de su muerte, engañado por el demonio, cayó en el pecado de la idolatría.

Engañado por varios ancianos malvados y diabólicos, cuando estaba a punto de morir se “confesó” según los antiguos ritos gentílicos.

Nuestro Señor Dios sabrá dónde se encuentra ahora.

El hijo de este difunto, el don Cristóbal de quien hablamos, todavía vive.

Una vez, él mismo vio al demonio Llocllayhuancupa con sus propios ojos, cuando, tras la muerte de su padre, también fue engañado por esos mismos ancianos diabólicos.

El relato es el siguiente.

Antes de contarlo, don Cristóbal juró sobre la cruz.

Según lo que narró, una noche fue a la casa de Llocllayhuancupa, donde vivía su enamorada; ya había abandonado el culto de este huaca y ni siquiera se acordaba de él.

Cuando llegó a la casa de la muchacha, como tenía ganas de orinar, entró en una casita en ruinas que había sido el santuario del huaca.

Entonces, desde el interior de ese lugar —donde hoy se ha colocado una cruz— el demonio hizo aparecer ante sus ojos una luz deslumbrante, semejante al reflejo de un plato de plata que, al ser tocado por los rayos del sol, ciega los ojos humanos.

Al verla, don Cristóbal casi cayó al suelo.

Entonces, rezando el Padrenuestro y el Ave María, huyó hacia el pequeño aposento donde vivía la mujer.

Nuevamente, Llocllayhuancupa hizo brillar aquella luz tres veces mientras don Cristóbal iba a medio camino entre la casa en ruinas y la casa de la joven.

Cuando llegó al aposento de la mujer, de nuevo el huaca-demonio hizo brillar la misma luz tres veces; y también cuando don Cristóbal ya estaba dentro, la hizo brillar tres veces frente a la casa misma. En total, la luz resplandeció nueve veces.

El miedo que sintió al ver a ese demonio hacer brillar tantas veces aquella luz deslumbrante fue enorme; llegó hasta donde dormía la mujer y la despertó de inmediato.

Había allí dos niños que también dormían.

Como el demonio silbaba muy fuerte, los niños decían: “Se parece a nuestro padre” y estaban llenos de terror.

Se dice que esos niños y la muchacha eran hijos del sacerdote de este demonio.

Cuando, del mismo modo que, al anochecer, la entrada de un hombre oscurece aún más el interior de una casa, aquella noche Llocllayhuancupa se movía como una sombra, entrando y saliendo sin cesar.

Haciendo zumbar los oídos, parecía que, en su intento de vencer a don Cristóbal, iba también a destruir la casa.

Entonces él, gritando en voz muy alta todas las oraciones que conocía, adoró a Dios nuestro Señor y recitó una y otra vez la doctrina, desde el principio hasta el final.

Convencido de que no se salvaría de ninguna manera, y como ya había pasado la medianoche y el demonio seguía persiguiéndolo sin darle tregua, clamó a nuestra Madre Santa María:

—Madre, tú eres mi única madre. ¿Permitirá que este demonio me venza? Tú, que eres mi madre, ayúdame como a un hermano, aunque soy un gran pecador, pues también yo serví a este mismo demonio. Ahora sí sé que es un demonio; no puede ser dios ni hacer nada bueno. Tú, que eres mi única reina, sálvame de este peligro; ruega a tu hijo, mi Jesús, que me libre de las manos de este demonio maligno.

Así le suplicó, llorando y sudando, a nuestra Madre la Virgen, nuestra única reina.

Cuando terminó, rezó en latín el Salve Regina, mater misericordiae.

Ya iba por la mitad del rezo cuando ese demonio nefasto y malvado, haciendo temblar la casa, lanzó un graznido estridente y salió en forma de lechuza.

En ese mismo momento fue como si amaneciera.

Ya no había nada espantoso que, con apariencia humana, entrara y saliera.

Desde entonces, don Cristóbal adoró con renovado fervor a Dios y a la Virgen Santa María, pidiéndoles que acudieran siempre en su auxilio.

Y al día siguiente dijo a todos:

—Hermanos, padres, ese malvado Llocllayhuancupa, al que hemos venerado tanto, no es más que un demonio en forma de lechuza. Anoche, con la ayuda de nuestra Madre, la Virgen Santa María, logré vencerlo. Desde hoy, ¡que ninguno de ustedes entre en esa casa! Si viera a alguien entrar o acercarse, se lo diré al padre. Reciban con todo su corazón la buena nueva que les traigo.

Así habló a todo el pueblo.

Algunos quizá estuvieron de acuerdo; los demás, que seguían venerando a ese demonio, permanecieron en silencio.

Según cuentan, es cierto que desde entonces dejaron de celebrar la fiesta de la Llegada de Llocllayhuancupa.

La noche siguiente, Llocllayhuancupa volvió a manifestarse en sueños a don Cristóbal, mientras éste dormía en su casa.

Ese relato lo contaremos a continuación.

Capítulo 21

Aquí vamos a contar cómo, sin parecerle un sueño, ese demonio maligno atemorizó a don Cristóbal y cómo este logró vencerlo.

Ya hemos visto cómo Llocllayhuancupa era un demonio malo y cómo don Cristóbal lo derrotó.

Pero se dice que ese demonio quiso a su vez vencerlo en sueños.

La noche del día siguiente, envió a un hombre a la casa de don Cristóbal para decirle que fuera a su santuario.

Don Cristóbal no respondió si pensaba ir o no.

En el momento mismo de entrar en su casa, sintió un presentimiento funesto.

Lleno de miedo, se acercó a la morada de una anciana yunca que vivía en el mismo patio.

Esa anciana era yunca.

—Hijo —le dijo—, ¿por qué no veneras a Llocllayhuancupa, el hijo de aquel que hace temblar la tierra? Para eso te ha mandado llamar ahora.

Don Cristóbal respondió:

—Es un demonio malo, madre. ¿Por qué habría de venerarlo?

Tenía en la mano una moneda de cuatro reales.

Se le cayó la moneda.

Mientras la buscaba, Francisco Trompetero gritó desde afuera:

—¡Oye! ¿Qué estás haciendo? Tu padre, allá, muy enojado, te llama para que vayas en seguida.

—Espérame un momento, hermano; ya voy —le contestó don Cristóbal, mientras apurado seguía buscando la moneda.

Cuando por fin la encontró y estaba a punto de salir, desde el interior de la casa donde hoy se ha puesto una cruz, Llocllayhuancupa volvió a amedrentarlo del mismo modo que con el resplandor de la plata del que se habló antes, haciéndola brillar en su rostro.

Quedó aterrorizado y no sabía cómo podría salvarse. Entonces alguien lo llamó desde dentro de la casa y le dijo:

—Nuestro padre te está llamando.

Por fin dijo:

—Está bien —y, con el corazón lleno de rabia, entró.

Se sentó en el mismo umbral de la puerta.

Astohuamán ofrecía comida y bebida al huaca, y mientras lo hacía, con gran devoción oraba así:

—Padre Llocllayhuancupa, tú eres el hijo del que hace temblar el mundo; tú también eres quien dio ánimo a los hombres.

El demonio, incapaz de hablar, respondía sólo con un “Huhu”, como en señal de aprobación.

Cuando se le ofrecía coca, se oía un crujido como si estuviera mascándola.

Las ofrendas duraron un buen rato. Entonces, don Cristóbal vio en el interior de la casa algo semejante a una imagen giratoria, pintada por ambos lados en un lienzo que se movía como si estuviera colgado de una romana.

En una de esas pinturas aparecía un pequeño demonio muy negro, con ojos semejantes a monedas de plata. En su mano tenía un bastón rematado en un garabato; sobre este garabato se veía la cabeza de una llama; sobre la cabeza de la llama, de nuevo aparecía el pequeño demonio y, encima de él, otra vez la cabeza de la llama.

Así giraba por toda la casa aquella imagen pintada en las dos caras del lienzo.

Al ver esto, don Cristóbal sintió un gran miedo y se concentró sólo en preparar lo que iba a decir.

Cuando el demonio terminó de recibir sus ofrendas de comida, Astohuamán encendió un fuego

y quemó toda la comida que se le había presentado.

Cuando terminó, todo quedó en silencio. Entonces don Cristóbal comenzó a hablar:

—Oh, Llocllayhuancupa —dijo—, éste te reconoce como quien anima a los hombres y hace temblar la tierra, y todos te veneran porque piensan que tú lo haces todo. ¿Para qué me llamaste ahora? Me pregunto: ¿no será Jesucristo, hijo de Dios, el verdadero Dios? ¿No debo más bien respetar siempre su palabra? ¿Estoy equivocado? Dime tú ahora: “Él no es Dios; soy yo quien lo hace todo”, y entonces podré venerarte.

Pero el demonio guardó silencio.

No dijo una sola palabra.

Entonces don Cristóbal, alzando la voz, lo increpó:

—Mira, ¿no eres tú el demonio? ¿Serías capaz de vencer a mi Señor Jesucristo, en quien yo creo? Mira, en esta casa estás rodeado de demonios. ¿En ti debería yo creer?

En ese momento alguien lanzó lo que llaman un llaullaya.

Don Cristóbal no sabía si lo había lanzado el demonio o si venía de parte de Dios.

Sin otra defensa que el llaullaya, retrocedió desde aquella casa hasta la esquina donde está la casa del conde, y así logró huir.

Fue entonces cuando despertó.

Desde aquella época hasta hoy, don Cristóbal siguió venciendo a los demás huacas en sus sueños, de la misma manera; muchísimas veces venció también a Pariacaca y a Chaupiñamca. Y continuó diciendo a la gente que todos ellos eran demonios.

Esto es todo lo que sabemos sobre ese demonio malo y las luchas victoriosas que sostuvo don Cristóbal contra él.

En los tiempos antiguos, cuando se celebraba la Llegada de Llocllayhuancupa, los participantes bailaban hasta la puesta del sol.

Cuando se acercaba la noche, su sacerdote decía:

—Nuestro padre ya está borracho; ¡que baile!

Entonces bailaba en su lugar la danza llamada Ina.

—Nuestro padre os convida —decía, y servía chicha en un quero diminuto.

Ponía otro quero en una olla que estaba dentro del santuario, diciendo:

—Es él quien bebe.

Sabemos que hacía beber a todos los presentes, empezando por los más ancianos.

(Adición al margen: se dice que, al terminar de servirles la chicha, llevaba el mate en el que había bebido el demonio hacia afuera, para que lo adoraran quienes habían sido invitados).

A la mañana siguiente, hacía llevar lo que quedaba de las ofrendas de comida a Suquiahuillca.

Se dice que, en los tiempos antiguos, quienes participaban en la ceremonia de la Llegada llevaban esas ofrendas al propio santuario de Suquiahuillca.

Sabemos que, después, cuando terminaban de ofrecer comida a Llocllayhuancupa, cada uno, por su lado, la ofrecía también a Suquiahuillca.

A continuación escribiremos sobre las ofrendas de comida que se hacían a Suquiahuillca, por qué se hacían y, al mismo tiempo, hablaremos de Pachacamac.

Capítulo 22

No sabemos con certeza si los incas tuvieron en grandísima estima a Pachacamac.

Sólo conocemos algunos detalles.

Se dice que, cuando los incas estaban en las tierras altas, rendían culto al Sol y lo adoraban en su santuario de Titicaca diciendo: “Él es quien nos ha dado aliento a nosotros, los incas”.

Cuando estaban en las tierras bajas, adoraban a Pachacamac diciendo: “Él es quien nos ha dado aliento a nosotros, los incas”.

Sólo a estos dos huacas veneraban por encima de todos los demás, enriqueciéndolos y embelleciéndolos con ofrendas de oro y plata. Les asignaban varios centenares de hombres como yanas y distribuían las llamas dedicadas a su culto en las tierras de todas las comunidades.

En Suquiahuillca también se criaban llamas consagradas al culto de Pachacamac, cuidadas por hombres de la comunidad de los checa.

Pensamos que los incas creían que los límites de la tierra estaban, por un lado, en Titicaca y, por el lado del mar, en las tierras de Pachacamac; más allá ya no había otras tierras ni nada más.

Quizás por esa creencia adoraban a estos dos huacas más que a ningún otro, y levantaron una imagen del Sol cerca de Pachacamac de Abajo.

Hasta hoy, aquel lugar se llama Punchaucancha, “la cancha del Sol”.

Cada año le ofrecían un capac hucha, sacrificando hombres y mujeres venidos de todas las provincias del Tahuantinsuyo.

Cuando llegaban a Pachacamac, enterraban vivas a las víctimas de ese capac hucha, diciendo: “Aquí los tienes; te los ofrecemos, padre”.

Del mismo modo le entregaban oro y plata, y no dejaban de sacrificarle llamas ni de ofrecerle comida y bebida en la época de la luna llena.

Cuando no llovía en las tierras de los checa, según las instrucciones del Inca, los yuncas enviaban su tributo anual de oro y plata, junto con chicha y ticti, a Suquiahuillca.

Los yuncas hacían entonces su sacrificio a Suquiahuillca diciendo: “Es nuestro padre Pachacamac quien nos envía; haz que llueva sobre la tierra. Si no brota el agua de esta laguna, todos los hombres sufriremos por falta de agua; haz llover, por eso venimos”.

Todos los años enterraban cerca de Suquiahuillca el oro y la plata que habían traído.

Sus yanas eran del ayllu de los yasapa, y los pastores de las llamas pertenecían al ayllu de los allauca.

Respecto de estos yasapa, se dice que, más tarde, ya presentes los huiracochas, un hombre llamado Paicocasa los vio enterrar oro y plata.

De la misma manera, los incas mandaban ofrecer, conforme a sus quipus, oro y plata a todos los huacas de gran prestigio, a todo el conjunto de los huacas.

Según sus quipus, ordenaban ofrendar chuqui auqui y cullqui auqui —por chuqui entendemos “oro”—, así como chuqui urpu y cullqui urpu, y chuqui tipsi y cullqui tipsi.

No olvidaban ni a uno solo de los grandes huacas.

Teniendo esto en cuenta, los que participaban en la Llegada de Llocllayhuancupa, al día siguiente ofrecían comida a Suquiahuillca, ya que éste era muy venerado por sus señores, los incas.

Esto es todo lo que sabemos sobre Pachacamac.

La gente decía del que hace temblar la tierra: “Cuando se enoja, la tierra tiembla; a veces, cuando vuelve el rostro hacia un lado, tiembla; por eso, no mueve su cara en absoluto. Si moviera todo su cuerpo, el mundo se acabaría”.

Capítulo 23

Aquí vamos a relatar cómo el Inca mandó llamar a todos los huacas y hablaremos también de las hazañas de Macahuisa.

Se dice que, cuando Túpac Inca Yupanqui reinaba y ya había conquistado todos los reinos, descansó varios años con gran regocijo.

Entonces algunas comunidades se sublevaron.

Los alancumarca, los calancomarca y los choquemarca no querían ser súbditos del Inca.

Lograron atraer a su causa a varias guarangas de hombres y juntos guerrearon durante unos doce años.

Como destruían a todas las fuerzas que el Inca enviaba contra ellos, éste se encontraba muy afligido y, lamentándose, se preguntaba: “¿Qué va a ser de nosotros?”.

Un día pensó: “¿De qué me sirve atender a estos huacas con mi oro, mi plata, mi ropa, mi comida y todo lo que poseo? Voy a mandar llamar a todos para que me ayuden contra los enemigos”. Y ordenó convocar a todos los huacas de las comunidades que recibían oro y plata, para que vinieran al Cusco.

Los huacas aceptaron y se pusieron en camino.

Pachacamac vino llevado en andas; del mismo modo, todos los huacas locales de todo el Tahuantinsuyo llegaron transportados en literas.

Cuando todos los huacas locales hubieron llegado al Haucaypata, Pariacaca todavía no aparecía.

Respondía como si no lograra decidir si iría o no.

Finalmente, Pariacaca envió a su hijo Macahuisa diciéndole: “Ve tú, escucha lo que dicen y regresa”.

Cuando Macahuisa llegó, hizo dejar sus andas, del tipo llamado chicsirampa, y se sentó a un lado.

El Inca empezó a hablar: “Padres huacas y huillcas —les dijo—, ya sabéis cómo os sirvo de todo corazón con oro y plata. ¿Es posible que no me ayudéis a mí, que os sirvo con tanta generosidad, ahora que estoy perdiendo tantas guarangas de mis hombres? Por eso os he mandado llamar”.

Ninguno respondió.

Al contrario, permanecieron en silencio.

Entonces, nuevamente el Inca les dijo: “¡Hablad! ¿Vais a permitir que los hombres a quienes vosotros mismos habéis dado aliento y creado sean aniquilados en la guerra? Si no queréis ayudarme, ¡en este mismo instante haré que todos seáis quemados! ¿Para qué os sirvo y embellezco enviándoos cada año mi oro, mi plata, mi comida, mi bebida, mis llamas y todo lo que poseo? ¿No vais a socorrerme después de oír todas estas quejas? Si rehusáis ayudarme, ahora mismo arderéis”.

Entonces Pachacamac tomó la palabra: “Oh Inca, Sol, yo no propongo nada, porque cuando hago temblar la tierra entera, lo hago junto con todos vosotros. En verdad, no sólo destruiría al enemigo, sino que acabaría también con todos vosotros y con el mundo entero. Por eso guardo silencio”.

Como todos los demás huacas continuaron callados, Macahuisa habló: “Oh Inca, Sol, yo iré. Tú quédate cerca, en una tienda bien instalada y señalada; en poco tiempo los conquistaré para ti”.

Mientras Macahuisa hablaba, de su boca salía algo como un humo espeso, llacsa llacsa.

En aquel tiempo llevaba una antara de oro.

Su pincullu también era de oro.

Llevaba un chumpruco en la cabeza; su pusuca era de oro y su cusma, negra.

Le dieron para el viaje una litera chicsirampa que pertenecía al propio Inca.

El Inca escogió unos callahuaya, todos muy fornidos.

Estos hombres lo llevaron y lograron hacerlo llegar en pocos días por un camino que normalmente requeriría muchos más.

Ellos fueron quienes transportaron a Macahuisa en andas hasta el territorio enemigo.

Lo llevaron hasta la cima de un cerro, y allí Macahuisa, hijo de Pariacaca, comenzó poco a poco a caer convertido en lluvia.

Los hombres de las comunidades rebeldes empezaron a organizarse, preguntándose qué significaría aquel fenómeno.

Atacándolos con sus rayos, Macahuisa hizo crecer la lluvia y abrió quebradas por todas partes, arrastrando a los miembros de esas comunidades en las aguas torrenciales.

Aniquiló con sus rayos a los curacas principales y a los guerreros valientes.

Sólo una parte de la gente común se salvó.

Si así lo hubiera querido, habría exterminado a todos.

Después de vencer a los demás, los persiguió hasta el Cusco.

Desde entonces, el Inca apreció aún más a Pariacaca y le otorgó cincuenta yanas.

“Padre Macahuisa —le dijo al huaca victorioso—, ¿qué voy a darte? Pide lo que quieras; no seré avaro”. Macahuisa respondió: “No deseo nada, salvo que tú también te hagas huacsa y celebres mi culto como lo hacen nuestros hijos de Yauyos”. El Inca aceptó, aunque lo temía mucho, y quiso ofrecerle todo cuanto pudiera para que no lo destruyera a él también.

Mandó que le ofrecieran comida, pero Macahuisa dijo: “Yo no suelo comer estas cosas” y pidió que le trajeran mullo.

Apenas lo recibió, lo comió haciéndolo crujir.

Como no deseaba nada más, el Inca ordenó que le entregaran algunas de sus ñustas, escogidas entre las más nobles. Tampoco aceptó eso.

Así, otra vez, Macahuisa regresó para contárselo todo a su padre Pariacaca.

Desde entonces, y durante mucho tiempo, los incas también fueron sus huacsas en Jauja, donde bailaban en su honor y lo tenían en gran estima.

Hace poco contábamos cómo todos estos huacas se reunieron en el Cusco, en la plaza del Haucaypata.

Entre todos, el más hermoso era Sihuacaña Huillcacoto.

De todos los huacas, ninguno podía igualarlo en belleza.

Eso es todo lo que sabemos sobre ellos.

Capítulo 24

Vamos a describir aquí las tradiciones de los checa, la fiesta llamada Macuayunca y sus danzas; a continuación hablaremos del origen de los hombres.

En los capítulos anteriores, cuando mencionamos a los hijos de Pariacaca, hicimos también una breve referencia a su nacimiento.

Ahora contaremos la historia de su origen.

Algunos dicen hoy que, según la tradición, en la región de Pariacaca de Arriba existe un árbol llamado quiñua; hasta hoy conserva ese mismo nombre.

Según estos, los hombres tuvieron su origen en los frutos de ese árbol.

Otros afirman que, conforme a otra tradición, cayó sangre del cielo.

Dicha sangre llegó al suelo en un lugar llamado Huichicancha, en el mismo territorio donde crece el árbol quiñua.

Entonces Coñasancha de los allauca, Yurinaya de los satpasca, Chupayacu de los sulcpachca, Pacomasa de los yasapa y Chaucachimpita de los muxica formaron allí sus comunidades.

Sabemos que los huarcancha y los llichiccancha eran los yañca de los cacasica.

Se dice que ellos, los verdaderos fundadores de esta comunidad, eran yuncas.

Los demás cacasica y morales, así como los antepasados de los canchapaycu, eran yauyos.

Su lugar de origen se llama Maurura y se halla en dirección a Ayahuire.

Aquellos yauyos, que vagaban como nómadas, se casaron con las hermanas de los huarcancha y, como querían asentarse en las tierras de sus cuñados y vivir en paz con ellos, se quedaron en esta región.

Cuando iban a adorar a Pariacaca —porque sus cuñados y todos los checa los despreciaban llamándolos “yauyos vagabundos”— siempre seguían a los demás desde muy atrás.

Sufrieron durante muchos años por ese desprecio y, cada vez, se quedaban al final del grupo.

En una ocasión se quejaron ante Pariacaca: “Padre, estos nuestros cuñados y los checa nos tratan con gran desprecio, aunque también nosotros hemos sido animados por ti, aunque seamos yauyos”. Y, al contárselo, lloraron mucho.

Entonces él les dijo: “Hijos, no os entristezcáis. Llevad este chunculla de oro; lo tomaréis en las manos y bailaréis en el lugar llamado Pococaya, en Llacsatambo. Cualquier hombre que vea esto os venerará, porque seréis considerados muy queridos por Pariacaca. Entonces ya no os despreciarán”. Con estas palabras fijó su destino.

Cuando estos yauyos llegaron, como siempre, detrás de todos los checa, llevando el chunculla de oro con gran alegría, los demás hombres empezaron a venerarlos.

Al día siguiente, bailaron en la pampa llevando el chunculla de oro, admirados por todos.

Otros cuentan que, según la tradición, en tiempos muy antiguos la gente solía conversar de noche con Pariacaca, ofreciéndole llamas y otras cosas.

Cada ayllu iba a rendirle culto por turno.

En una de esas ocasiones, hablando todavía con desprecio, acordaron que incluso los yauyos nómadas debían llevarle también sus ofrendas.

Los yauyos llegaron al santuario de Pariacaca al salir el sol.

Allí se lamentaron amargamente, y Pariacaca les preguntó: “¿Por qué estáis tan tristes, oh Antacapsi?”.

Su antiguo nombre había sido Pacuyri.

Entonces les entregó el chunculla de oro y les dijo: “Llevad este chunculla de oro; cuando la gente lo vea, dejará de despreciaros”.

En otra ocasión, cuando volvían a adorar a Pariacaca, llevaban de nuevo el chunculla de oro.

Al cruzar un río llamado Pariayri, se les cayó.

Lo buscaron por arriba y por abajo, sin escatimar esfuerzos.

Como no lo encontraron, continuaron el camino hacia el santuario de Pariacaca sin él.

Al día siguiente, cuando llegaron, vieron que el chunculla de oro estaba erguido al lado de Pariacaca.

Entonces, llorando, se lo pidieron una vez más, pero esta vez él no quiso entregárselo. Los reprendió duramente: “No era un trofeo de guerra para exhibirlo por todas partes y ni siquiera deberíais haberlo traído aquí para mostrarlo a quien os animó y os creó”.

Entre lágrimas le suplicaron: “Padre, ¿hemos de sufrir semejante vergüenza? Te rogamos que nos lo devuelvas o que nos des algo en su lugar”. Por fin les respondió: “Hijos, regresad; os lo daré en la fiesta de mi hermana Chaupiñamca. Esperad ese momento”.

Así volvieron a sus hogares.

Cumplió su promesa y, en la fiesta de Chaupiñamca, apareció un gato montés, hermosamente pintado, sobre la pared de su cancha.

Al verlo, dijeron: “Esto es lo que nos anunció Pariacaca”, y, llenos de alegría, lo tomaron en sus manos y bailaron con él.

Sabemos que Hernando Canchohuillca, que vive en Tumna, lo conservaba.

Pero se dice que ya estaba totalmente podrido.

Ya hemos hablado del origen de los hombres.

Sin embargo, cuentan que aquellos de los que acabamos de hablar eran hijos de Tutayquire.

Lo cierto es que los demás salieron de los frutos de un árbol.

Respecto a Tutayquire, se dice que nació en Huichicancha.

Sabemos que también él vino a guerrear contra las comunidades de estas tierras con la intención de establecer aquí a sus hijos.

Como dijimos en otros capítulos, en estas regiones abundaban los yuncas; los hijos de Tutayquire, expulsando a los yuncas, empezaron a asignar a cada ayllu sus chacras, sus casas, sus huacas locales y los nombres que iban a llevar.

Los nombres de cada ayllu eran: allauca, satpasca, posaquine, muxica, cacasica y sulcpachca yasapa.

Por yasapa entienden “platero”.

Eran plateros.

Cada uno de ellos tenía un nombre propio correspondiente a su ayllu, lo mismo que los demás.

Luego distribuyeron entre sí los huacas locales, empezando por los allauca.

Los allauca recibieron a Macacalla.

Sabemos que los satpasca recibieron a Quimquilla.

Se dice que Quimquilla, curaca y huaca, era el más estimado de todos.

Los sulcpachca yasapa recibieron al huaca llamado Ricrahuanca.

Sabemos que los muxica recibieron a Quiraraya.

Los cacasica recibieron al huaca Llucmasuni.

En cuanto a los huanri y los chauti, ellos mismos pertenecían a estas comunidades desde tiempos antiguos.

Ya hemos contado en otro capítulo cómo veneraban a Tutayquire.

Se dice que, cuando Tutayquire concluyó sus conquistas —como ya relatamos—, sus hijos vinieron aquí. Aquí también celebraban el baile llamado Masoma, que, según la tradición, recordaba su origen, de la misma manera que antes lo hacían en Huichicancha.

Aquel al que llamaban Ñamsapa había sido un hombre.

Más tarde, el Inca se llevó al propio huaca.

Entonces hicieron otro huaca para que fuera su teniente.

Sabemos que este último fue llevado por el Señor Doctor.

Se cuenta que, cuando Ñamsapa era hombre, llevaba quinsayrinri en las orejas y canachyauri en las manos.

En tiempos antiguos, todos éstos estaban ricamente adornados con oro.

Fue también el Inca quien se llevó ese oro.

Lo que llaman quillcascaxo era su vara.

Y el caracol llamado coricaquia llegó con él.

De él decían: “Ése es nuestro origen; fue él quien vino primero a estas tierras y se adueñó de ellas”. Por eso le recortaron el rostro y, transformándolo en máscara, se la ponían sobre la cara y bailaban disfrazados así.

Más tarde, cuando capturaban a alguien en la guerra, le recortaban el rostro y, convertido en máscara, bailaban llevándolo. Decían que de ahí provenía su valentía.

Y los propios hombres capturados en la guerra solían decir: “Hermano, ahora me matarás. Yo he sido un hombre animado con grandes poderes. Me convertirás en un huayo y, cuando salga a la pampa, me ofrecerás abundante comida y bebida”.

Respetando estas palabras, la gente ofrecía comida y bebida a los demás huayos diciéndoles: “Hoy bailarás conmigo en la pampa”.

Sabemos que transportaban a estos huayos —o a los hombres que llevaban las máscaras— en andas durante dos días.

Al día siguiente colgaban maíz, papas y otras ofrendas en esas andas.

Se dice que creían que Omapacha regresaría al lugar de su nacimiento llevando las ofrendas que habían colgado allí.

También se contaban otras variantes de esta tradición, ampliando el relato de diversas maneras.

Sabemos que, en su fiesta, los allauca celebraban una danza que duraba cinco días, y lo mismo hacían los demás.

Se cuenta de este Chutacara —llamado también Omapacha— que vino con los demás hombres desde Huichicancha.

Él también había sido un hombre; después se convirtió en piedra.

Cuando era hombre llevaba una huaraca.

Y esa honda suya —y otras huaracas que tienen forma de pájaro— son sus huissas.

Cuando Chutacara sopló el huanapaya, los huacas locales repartieron las llamas.

Así fue su origen.

Por el origen de estas llamas, la gente conservaba con cuidado los demás huanapayas.

Sabemos que estos eran los ritos que los allauca celebraban en la fiesta de Chutacara.

También es cierto que todo checa o concha que lleva en sus manos uno de estos caracoles, los huanapayas, es propietario de llamas.

Las danzas que acabamos de mencionar se celebraban una sola vez al año durante dos años.

Es decir, según cuentan, durante esos dos años bailaban sólo dos veces.

Durante los dos años siguientes se celebraba una danza llamada Macua.

Ésta, de la cual ya hablamos, tiene un nombre yunca.

En la época del Macua también se bailaba durante dos años seguidos.

Trenzaban una variedad de ichu llamada chupa y luego ataban una gran cantidad de palos y allí colocaban dos figuras.

Cada una medía siete brazos y medio de alto

y casi dos brazos de ancho.

Ponían sobre su cabeza paja de una variedad llamada casira —cuya raíz es de un rojo muy vivo— para representar la cabellera.

Cuando terminaban de prepararlas, a una de las figuras le ponían la señal del varón, llamada yomca.

A la otra le ponían la señal de la mujer, llamada huasca.

Sabemos que, enseguida, todos se vestían con ropa fina y con lo que llaman tamtas y empezaban a competir arrojando… (el relato continúa).

[Un objeto] llamado huichco.

El día anterior todos iban a sus caullamas.

Llevaban sus llamas adornadas con campanillas y zarcillos, como cuando las conducían a Pariacaca.

Se dice que todos iban a Chaucalla y al cerro de los Tambosica, llamado Curi, cada uno hacia sus propias caullamas.

Cuando se dirigían a sus caullamas, hacían sonar sus caracoles soplándolos.

Sabemos que, por ese motivo, cada uno de estos hombres —y también quienes se cruzaban con ellos en el camino— llevaba estos caracoles en las manos.

Entonces, se dice que levantaban las dos estatuas llamadas chutas y empezaban a lanzar el huichco.

Mientras arrojaban el huichco —cada ayllu por turno—, las mujeres bailaban para ellos sin tambores y recitaban esta súplica dirigida al yomca: “¡Recibe esto de parte de tus pobres hijos!”. Después repetían las mismas palabras al huasca: “¡Recibe esto de parte de tus pobres hijos!”.

Cuando quienes arrojaban el huichco lograban alcanzar la cabellera del chuta, a cualquiera que lo hubiera conseguido lo hacían subir al lugar más alto de la asamblea, por encima de los demás ayllus.

Entonces entregaban un ala de guacamayo, u otro objeto, al yañca del ayllu vencedor.

Sabemos que, tiempo después, el yañca de los checa se llamó Martín Misayauri y el de los allauca fue el difunto Juan Chumpiyauri.

Se cuenta que estos yañcas, cuando un ayllu terminaba su turno, subían al chuta llevando el ala de guacamayo llamada puypu.

Retiraban el huichco del lugar donde hubiese llegado y marcaban ese punto con el puypu.

Cuando le tocaba el turno a otro ayllu hacían lo mismo, y así sucesivamente con todos los demás.

Luego arrojaban el huichco contra el huasca para obtener hijas y toda clase de alimentos; después lo lanzaban contra el yomca para conseguir hijos, chahuar y todo lo necesario para su sustento.

Al terminar de lanzar el huichco contra los dos chutas, quienes habían acertado en los ojos o en el cabello ofrecían llamas al yañca, pidiéndole que intercediera ante Omapacha por ellos.

Los dueños de las llamas no se quedaban con gran número de esos animales.

Sólo los yañcas se llevaban todas las llamas y se las comían, sin importar cuántas fueran.

Sabemos que, al día siguiente, muy temprano, todos se dirigían al santuario de Quimquilla.

Cuentan que este huaca llamado Quimquilla poseía una gran cantidad de llamas y todo lo necesario para la subsistencia de los hombres.

Para ganarse su favor, todos —incluso los allauca— peregrinaban a su santuario. “Allí pediremos nuestras llamas”, decían.

Para hacerlo, llevaban una pequeña cantidad de ticti, chicha y coca, y hacían sonar sus huanapayas durante todo el camino.

El primer día, los huichucmari, todos los satpasca y los sulcpachca yasapa bailaban dentro del santuario mismo de Quimquilla, sacrificándole sus llamas con la esperanza de prosperar.

Luego bajaban nuevamente a la pampa situada por encima del santuario de Quiraraya.

Esta pampa se llama Huaracaya.

Allí levantaban el yomca y el huasca, como lo habían hecho en Llacsatambo.

Hacían lo mismo con el chuta.

Competían arrojando el huichco para obtener llamas, tanto machos como hembras.

Cuando terminaban, igual que en Llacsatambo, entregaban sus llamas a los yañcas, rogándoles que intercedieran por ellos en la adoración; así creían asegurarse una buena fortuna.

Después regresaban; volvían todos juntos, tirando de sus llamas adornadas con campanillas, exactamente igual que cuando habían partido hacia el santuario de Quimquilla.

Llaman a esta procesión Carcocaya.

Según la tradición, decían que esta forma lenta de andar, casi sin moverse, representaba el rodeo de un huaroca.

Caminaban rodeando el huaroca y soplando sus huanapayas.

Esto es todo lo que sabemos.

En cuanto a la Macua, sabemos que una parte de la gente —apelando a la tradición— sostiene que los yuncas que vivían en Llacsatambo eran mutucayas; otros, citando otra tradición, afirman que eran collis.

Sin embargo, los colli de los que hemos hablado residían en Yarutine.

A continuación escribiremos sobre su pasado.

Capítulo 25

Vamos a describir aquí cómo el viento se llevó a los hombres llamados colli desde Yarutine hacia las tierras yuncas de abajo.

Se dice que los miembros de la comunidad llamada colli vivían en Yarutine.

Un día, Pariacaca llegó a su pueblo mientras celebraban una gran borrachera.

Se sentó aparte, como suelen hacerlo los hombres muy pobres, y permaneció allí.

Nadie quiso ofrecerle de beber.

Sólo un hombre lo convidó.

Pariacaca le pidió que le sirviera otra vez, y él volvió a hacerlo.

Luego le pidió coca para mascar, y también cumplió con ese pedido.

Entonces Pariacaca le dijo:

“Hermano, la próxima vez que yo venga aquí, te agarrarás de ese árbol. Pero no digas nada a esta gente. ¡Que sigan divirtiéndose así!”.

Con estas palabras, se fue.

Cinco días después, se levantó un viento muy fuerte.

A todos los colli, sin excepción, el viento los arremolinó dos o tres veces y se los llevó muy lejos.

Algunos, perdiendo el sentido, murieron.

A otros, los únicos que sobrevivieron, el viento los transportó hasta un cerro en dirección a Carhuayllo.

Ese cerro se llama Colli hasta hoy.

Se dice que la gente que llegó a ese cerro terminó por desaparecer.

Hoy no queda ni uno.

En cambio, el hombre que había ofrecido de beber a Pariacaca obedeció sus instrucciones y, agarrándose al árbol, se salvó.

Cuando el viento hubo terminado de llevárselos a todos, Pariacaca le dijo:

“Hermano, ahora estás completamente solo; aquí te quedarás para siempre. Cuando mis hijos vengan a adorarme, los huacsas de los Chusco Corpaya siempre te ofrendarán coca para mascar”.

Entonces lo convirtió en piedra y le dijo:

“Y tu nombre será Capac Huanca”.

Cuando el Señor Doctor de Ávila llegó al lugar donde se encontraba este huaca, lo hizo quebrar junto con otros hombres.

Después lo derribó.

Esto es todo lo que sabemos sobre los colli.

Siguiendo las instrucciones de Pariacaca, todos los años los huacsas ofrecían coca a Capac Huanca.

Capítulo 26

Cómo Pariacaca venció a Macacalla y después asentó a sus hijos en su lugar.

Sabemos bien que el huaca llamado Macacalla estaba en un cerro, en las alturas de San Damián.

Se dice que la comunidad establecida en el cerro de Macacalla y protegida por este huaca se llamaba Pichcamarca (las cinco comunidades o los cinco asentamientos).

Sabemos también que allí residían miembros del ayllu de los sutca.

Un día, mientras los miembros de esta comunidad celebraban una borrachera, Pariacaca llegó a su pueblo.

Se quedó sentado aparte.

Durante todo ese tiempo, nadie quiso convidarle de beber.

Entonces se encolerizó y, cinco días después, aniquiló a aquella comunidad levantándose bajo la forma de un temporal de lluvia roja y amarilla.

Sabemos que otros cuentan una historia distinta. Dicen que, cierto día, algunos miembros de esta comunidad jugaban al rihui y otros bebían.

Mientras estaban ocupados en eso, apareció una pequeña nube sobre el cerro que domina Canlli.

Poco a poco comenzó a caer lluvia, una lluvia roja.

Además cayeron rayos.

Toda la gente sintió miedo y, como no estaban acostumbrados a ver cosas semejantes, se preguntaban qué podría ser.

Algunos, pensando que se trataba de enemigos, se prepararon para defenderse.

Otros huyeron.

Había un hombre llamado Armicu.

Tenía muchos hijos; corrió tras ellos diciendo: “¡Vámonos! Vamos a morir en nuestra chacra”, y así huyeron hacia sus tierras.

Cuando llegaron a la chacra, Pariacaca los convirtió a todos en piedra.

Ese hombre convertido en piedra sigue allí con sus hijos, también transformados en piedra, con forma de personas.

La gente lo sigue llamando Armicu.

En cuanto a los otros que huían, en el mismo momento en que la lluvia roja alcanzaba a cualquiera de ellos, se convertía en piedra.

Del mismo modo, todos los hombres que se habían quedado en Macacalla se convirtieron en piedra.

Un hombre del ayllu de los sutca, llorando amargamente, exclamó:

“¿No puedo hacer otra cosa que dejarte así, padre y protector de nuestra comunidad, Macacalla? Ya estoy a punto de marcharme. No me queda fuerza alguna para realizar este milagro”.

Mientras hablaba, la cabeza de Macacalla cayó a sus pies.

Enseguida la recogió y, muy rápido, echó a volar en forma de halcón y huyó llevándola consigo.

Este hombre era un camasca muy poderoso.

El huaca Macacalla tenía cabeza, pies y manos como un ser humano.

Después de huir llevando la cabeza, este hombre se multiplicó y se estableció en Llantapa, sobre cinco cerros.

A estos cerros donde asentó su comunidad los llamamos Pichcamarca.

Se dice que la cabeza de Macacalla permanece hasta hoy en Pichcamarca.

Como su comunidad estaba protegida por Macacalla, dan a sus hijos primogénitos el nombre de Canricha.

Y los allauca, otra comunidad protegida por Macacalla, también llaman Canricha a sus hijos primogénitos, igual que los de Pichcamarca.

Más tarde vino Tutayquire y los conquistó.

Entonces, los ayllus llamados sutca regresaron a esta región.

Volvieron con la intención de quedarse allí, donde estaban sus chacras, su tierra y su huaca protector, venerando y honrando a Pariacaca y a Tutayquire.

Ahora bien, sabemos que todos los sutca que vivían en este pueblo de San Damián se extinguieron.

Los únicos que sobreviven están en Sucsacancha y Tumna.

Capítulo 27

Vamos a describir cómo, en los tiempos antiguos, los hombres decían, al morir, que iban a volver al cabo de cinco días.

Se dice que, en los tiempos muy antiguos, cuando un hombre moría, velaban su cadáver durante cinco días.

Entonces, su ánima, no más grande que una mosca, salía de su cuerpo y echaba a volar produciendo un ruido sibilante.

“Va a ver a Pariacaca, al que nos animó, al que nos hizo”, decían.

Según otros, se decía que en aquella época Pariacaca todavía no existía,

y que las ánimas sólo volaban hacia arriba, a Yaurillancha.

(Adición al margen) Antes de la aparición de Pariacaca y de Carhuincho, los hombres tuvieron su origen en Yaurillancha y en Huichicancha.

Después de cinco días solían volver a sus casas.

Sus familiares los esperaban preparándoles comida y bebida.

Al llegar, no decían más que: “Ya he vuelto”, y se regocijaban mucho con sus padres y sus hermanos, añadiendo: “No voy a morir todavía para siempre”.

En aquella época la gente se multiplicó mucho.

Con grandes esfuerzos encontraban lo necesario para sustentarse y trabajaban las crestas y las laderas de los cerros para hacer sus chacras, viviendo con gran sufrimiento.

Ocurrió que, en ese tiempo, murió un hombre.

Sus padres, sus hermanos y su esposa lo esperaban el día en que debía llegar, cinco días después.

Pero este hombre no llegó.

Sólo al día siguiente, es decir, al sexto día, apareció.

Sus padres, sus hermanos y su mujer lo esperaban muy encolerizados.

Cuando llegó, su mujer, enfadada, le dijo:

“¿Por qué eres tan perezoso? Los otros hombres llegan sin faltar a la costumbre. ¿Quién te crees para habernos hecho esperar ayer en vano?” Y lo regañó sin cesar.

Enojada, arrojó una tusa de maíz contra el ánima que llegaba.

El ánima produjo un ruido sibilante y se alejó.

Desde entonces, ningún hombre volvió después de morir.

Capítulo 28

Cómo daban de comer a las ánimas en la fiesta de Pariacaca y cómo interpretaban la fiesta de Todos los Santos en los tiempos antiguos

Ya hemos contado en otros capítulos cómo, al ir a adorar a Pariacaca, la gente lloraba y daba de comer a sus muertos.

Sin duda, por acordarse de estos ritos, los hombres que aún no se habían vuelto buenos cristianos decían, a propósito de la fiesta de Todos los Santos, que los huiracochas también ofrecían comida de la misma manera que ellos solían hacerlo a sus cadáveres y a sus huesos. Por eso, en los tiempos antiguos llevaban toda clase de comida, muy bien preparada, diciendo: “¡Vamos a la iglesia! ¡Demos de comer a nuestros muertos!”.

Así, recordando cómo había sido en los tiempos antiguos cuando un hombre moría, decían: “Nuestro muerto volverá después de cinco días; ¡esperémoslo!”, y así lo esperaban.

Al morir alguien, lo velaban todas las noches durante cinco días.

Al quinto día, una mujer, poniéndose ropa muy fina, iba a Yarutine con la intención de conducir al muerto desde allí a su casa o de volver después de haberlo esperado.

Esta mujer llevaba ofrendas de comida y de chicha.

Al salir el sol, el ánima solía llegar a Yarutine.

En los tiempos muy antiguos, dos o tres grandes moscas que la gente llama llacsa anapalla se posaban sobre la ropa que la mujer había llevado.

Cuando habían permanecido allí bastante tiempo y el resto de las abejas se había ido, la mujer decía: “¡Vamos al pueblo!”, y volvía llevando solo una piedrecita, como si dijera que esa piedra representaba al muerto.

Apenas llegaba, se limpiaba por completo la casa; entonces empezaban a darle de comer al ánima.

Al terminar, le ofrecían bebida.

Cuando el cadáver había comido, ellos también comían.

Al acercarse la noche, todos los ayllus bailaban cinco veces, llorando.

Al finalizar este rito, arrojaban la piedra que la mujer había traído a la calle, diciendo: “Ahora vuelve; nosotros todavía no vamos a morir”.

Ese mismo día hacían sortilegios con una araña para saber por qué su pariente había muerto.

Según la respuesta —si habían ofendido a Pariacaca o a cualquier otro huaca—, sacrificaban cuyes u otra cosa hasta cumplir la penitencia.

Esto es todo lo que sabemos sobre esos muertos.

Ahora, en Huarochirí o en Quiniti, en la época de Todos los Santos, suelen decir: “Vamos a la iglesia a colocar solo comida caliente para nuestros muertos”. Cocinan papas, así como charqui muy bien sazonado con ají, como si fuera destinado a seres humanos, y dejan estas ofrendas junto con cancha, carne cocida y un cantarillo de chicha por persona.

Cuando dejan estas cosas, quizás piensan que, si ellos las señalan, los muertos las comerán; será por eso que colocan en la iglesia toda clase de comida, toda bien caliente.

Capítulo 29

Cómo la constelación llamada Yacana baja del cielo para beber agua y nombres de otras constelaciones

La constelación que llamamos Yacana, el camac de las llamas, camina por el medio del cielo.

Nosotros, los hombres, la vemos cuando aparece toda negra.

Se dice que la Yacana anda en medio de un río. Es realmente muy grande.

Avanza por el cielo haciéndose cada vez más negra. Tiene dos ojos y un cuello muy largo.

Ésta es la constelación que los hombres llaman Yacana.

Se dice que la Yacana solía beber el agua de cualquier manantial y que, si un hombre tenía buena fortuna, caía sobre él.

Mientras, con su enorme cantidad de lana, lo aplastaba, los demás hombres le arrancaban esa lana.

Este acontecimiento tenía lugar de noche.

Al amanecer del día siguiente, veían la lana que habían arrancado.

Esta lana era azul, blanca, negra, parda: toda clase de lana mezclada.

Si el hombre afortunado no tenía llamas, compraba unas enseguida y adoraba esta lana de la Yacana en el mismo lugar donde la habían visto y arrancado.

Compraba una llama hembra y un macho.

Sólo a partir de estas dos, sus llamas llegaban a ser casi dos o tres mil.

En los tiempos antiguos, esto sucedió a muchísimos hombres de todas estas provincias.

A medianoche, sin que nadie lo sepa, la Yacana bebe toda el agua del mar.

Si no lo hiciera, de inmediato el mar inundaría nuestro mundo entero.

Sabemos que dan el nombre de Yutu (Perdiz) a una pequeña mancha negra que precede a la Yacana.

Según la tradición, la Yacana tiene un hijo.

Cuando este hijo mama, la Yacana se despierta.

También hay tres estrellas que caminan en línea recta.

A éstas les dan el nombre de Cóndor; de la misma manera, a otras constelaciones las llaman Suyuntuy (Gallinazo) y Huaman (Halcón).

La gente cuenta que, cuando las estrellas que llamamos las Cabrillas aparecen todas muy grandes, será un año fértil.

Cuando aparecen todas pequeñas, habrá mucho sufrimiento.

A otra constelación que aparece en forma de círculo le dan el nombre de Pichcaconqui.

Hay otras estrellas que aparecen todas muy grandes.

A éstas les dan el nombre de Pocohuarac, Hulllcahuarac y Canchohuarac.

Se dice que, en los tiempos antiguos, sólo una parte de los hombres adoraba estas estrellas, porque creían que animaban y formaban a los hombres y las cosas.

Los demás decían, según la tradición, que el hecho de adorarlas les haría prosperar. Y así veneraban estas estrellas, permaneciendo sin dormir la noche en que aparecían.

Esto es todo lo que sabemos.

Capítulo 30

Cómo dos huacas, un hombre y una mujer, se encuentran en la laguna de los allauca en Porui y cómo se les rendía culto

Se dice que, en los tiempos muy antiguos, existió un hombre llamado Anchicara.

Anchicara vino a sentarse en un manantial llamado Porui, desde donde se distribuía el agua destinada a las chacras de los allauca.

Mientras estaba allí, un día llegó una mujer —una mujer del ayllu de los picoy— desde la dirección de Surco.

Sabemos que el nombre de esta mujer era Huayllama.

Se dice que, cuando Huayllama llegó a Porui, dijo a Anchicara:

“Hermano, es muy poca el agua que llega a mi chacra. ¿Sólo tú vas a conducir el agua desde aquí? Si es así, ¿de qué vamos a vivir nosotros?”.
Y se sentó en el mismo manantial.

Como era una mujer muy hermosa, Anchicara se enamoró de ella de inmediato y la saludó con palabras muy amables.

Pero la mujer no quiso en absoluto dejar correr el agua hacia allí.

Entonces, de nuevo Anchicara le habló con suavidad:

“Hermana, no hagas eso. ¿Cómo van a vivir mis hijos?”.

Entonces vinieron los hijos de Anchicara y comenzaron a desviar el agua del manantial hacia Lliuyacocha.

Sabemos que, un poco más abajo, desde este mismo manantial hay dos pequeñas lagunas llamadas Lliuyacocha y Tutacocha.

Dentro de Lliuyacocha se yerguen tres o cuatro pequeñas piedras alargadas.

A esas piedras se las conoce como “los hijos de Anchicara”.

Se dice que, si sus hijos no hubieran seguido desviando el agua hacia estas lagunas, saldría todavía menos agua para irrigar nuestras chacras.

Y es cierto que, aun así, el agua que sale es poca.

Según cuentan, cuando terminaron de reñir por el agua del manantial, Anchicara y la mujer Huayllama pecaron.

Luego, decididos a quedarse allí para siempre, se transformaron en piedra.

Esas piedras permanecen allí hasta hoy.

Y sus hijos se encuentran en el interior de Lliuyacocha.

Esto es todo lo que sabemos de ellos.

Cuentan que, más tarde, cuando los huacsas del ayllu de los allauca habían establecido sus costumbres en estas tierras, al terminar la época de lluvias iban hasta Porui para limpiar la acequia.

Entonces, esos huacsas —sin importar cuántos fueran—, al llegar a Lliuyacocha soplaban sus antaras y agitaban la superficie de la laguna.

Después iban a saludar a Anchicara, el distribuidor de las aguas.

Le dirigían algunas breves oraciones y le arrojaban sólo una pequeña cantidad de coca; luego regresaban otra vez a la orilla de la laguna.

Desde allí volvían a adorar a Anchicara y, a continuación, a sus hijos, estos mismos Lliuyacocha y Tutacocha. En los tiempos antiguos lo hacían sacrificándoles llamas; más tarde, al no tener llamas, les ofrecían cuyes, ticti y cualquier otra cosa.

Al terminar este rito, todos comenzaban a limpiar la acequia.

Con estas pocas noticias se concluye lo que sabemos de ellos.

Capítulo 31

La laguna de Yansa del ayllu de los Concha

Así como en el capítulo precedente hablamos de una laguna, aquí vamos a ocuparnos de la laguna llamada Yansa, del ayllu de los Concha. Este es su relato.

Ya hemos contado en otros capítulos lo que sucedió en los tiempos antiguos y, entre otras cosas, cómo en todas estas tierras abundaban los yuncas.

Se dice que en el territorio de los concha también residían yuncas.

Del mismo modo que en otros capítulos referimos que algunos dicen que los hombres tuvieron su origen en Yaurillancha y en Huichicancha, mientras otros afirman que nacieron del árbol llamado quiñhua, según la tradición, los concha también tuvieron su origen en Yaurillancha, donde cinco hombres nacieron emergiendo de debajo de la tierra.

Sabemos que sus nombres, empezando por el primero, eran Llacsamisa —según cuentan, su hermana Cunocuyo vino con él—; luego seguía Pauquirbuxi y después Llamatanya.

Estos tres hombres fueron los primeros en vencer a las comunidades yuncas de esta región.

Había otros dos hermanos: uno se llamaba Hualla y el otro Calla. Se dice que, como los otros hermanos se adelantaron, estos dos tardaron un poco en seguirlos.

Así, equivocándose de camino, se fueron hacia Yauyos, creyendo que quizá sus hermanos habían ido por aquellas partes.

Mucho tiempo después, cuando sus tres hermanos ya se habían repartido entre sí todas las chacras y demás bienes de los yuncas, regresaron.

La familia de Lázaro Puypurocsi desciende de Hualla.

Cuando el mayor de los hermanos, Llacsamisa, estaba por morir, dejó al abuelo de Lázaro, llamado Cassachauca, la laguna de Yansa. Como era su sobrino, Llacsamisa dijo: “Él heredará mi cargo. Yo ya estoy a punto de morir”.

Desde entonces, la jurisdicción sobre el territorio de Yansacocha también correspondió a Cassachauca y a sus descendientes.

Ahora dejaremos de lado a Hualla.

Hablaremos de la venida y llegada de estos tres hombres.

Como hemos contado, se dice que los habitantes de Conchásica eran yuncas. Vivían muy contentos por aquellos tiempos, llevando el agua desde la laguna de Yansa. Tenían agua en abundancia y la acequia llegaba hasta la base del cerro de Llantapa.

Al mismo tiempo que nació Llacsamisa, el mayor de estos tres hombres, emergiendo de debajo de la tierra en Yaurillancha, nació también una piedra con gorro.

Sabemos que esta piedra se llamaba Llacsayacolla.

Se dice que los tres hombres llegaron trayendo a Llacsayacolla.

Llegaron a un lugar que domina Yansa, llamado Yanapuquio.

Allí se quedaron bebiendo.

Cuando los yuncas oyeron decir que tres hombres de aspecto muy temible estaban allí, algunos fueron a verlos.

Entonces Llacsamisa mostró su gorro, llamado Llacsayacolla, a esos hombres.

En el mismo instante todos murieron.

Los demás, al ver que aquellos habían muerto y que cualquiera que se acercaba perecía, dijeron: “¡Vámonos de aquí! Si esos tres hombres nos encuentran, nos aniquilarán a todos”. Muy atemorizados, huyeron, abandonando sus huacas locales y sus chacras.

Uno de estos yuncas, cuyo nombre no conocemos, huyendo de noche dejó atrás a uno de sus hijos, llamado Yasali, en Conchásica.

El padre de Yasali escapó llevando consigo sólo a un huérfano que había criado.

Al amanecer, cuando ya estaba del otro lado de Caparicaya y casi alcanzaba las alturas de Yanasiri, se dio cuenta de lo ocurrido.

Sólo el huérfano al que había criado lo acompañaba.

Llorando mucho y sin saber cómo regresar, siguió su camino.

El muchacho abandonado, Yasali, se escondió en el lugar donde se levanta actualmente la cruz de Conchásica, y, por ser muy joven, tenía gran miedo.

Entonces los tres hombres llegaron a ese pueblo.

Cuando terminaron de repartirse las casas y las demás cosas, Llacsamisa encontró al muchacho.

Le dijo: “Hijo, no estés triste. Te quedarás conmigo. Si mis hermanos dicen que te van a matar, yo te protegeré. Así pastarás mis llamas”.

Los otros hermanos, al verlo, exclamaron con odio: “¡Que muera este muchacho! Sería capaz de decirnos algún día que estas chacras y estas tierras son suyas”.

Llacsamisa les respondió: “¡No! ¿Por qué lo vamos a matar? Es mejor que viva. Él podrá enseñarnos todas sus tradiciones y mostrarnos dónde están sus chacras y sus bienes”.

Pero ellos no quisieron aceptarlo. “¡Que muera!”, insistieron.

Entonces Llacsamisa se enojó: “Hermanos —les dijo—, ya les he repetido muchas veces mi voluntad. ¡Cuidado que vuestros huesos no terminen en la laguna! Yo quiero que viva”.

Esta vez, los otros se callaron.

Así, Llacsamisa crió al muchacho, enviándolo a pastar sus llamas.

Fue entonces cuando se unió a Cunocuyo, la hermana de Llacsamisa que había venido con él desde Yaurillancha.

Cuando llegó a la edad adulta, era el yanca de Omapacha cuando este vino de Yaurillancha.

Yasali fue el abuelo de Cristóbal Chaucahuamán.

Así como los checa celebraban la fiesta de Omapacha con bailes durante cinco días, poniéndose las máscaras llamadas huayos, se dice que los concha hacían lo mismo. También arrojaban el hulchco contra las chutas que alzaban para obtener hijos e hijas; de la misma manera lo hacían para conseguir llamas.

Asimismo, había huacsas en Conchásica y celebraban borracheras en honor de Pariacaca y Chaupiñamca en el tiempo de sus fiestas.

Y sólo durante un día bebían junto con los checa en pie de igualdad.

Esto es todo lo que sabemos sobre sus tradiciones.

Ahora vamos a hablar de la laguna de Yansa.

Se dice que, cuando Llacsamisa llegó con sus otros hermanos a la tierra de los concha, cada uno recibió un territorio y su huaca local, y aprendieron las costumbres asociadas a su culto.

Así, Llacsamisa recibió Yansacocha.

Pauquirbuxi recibió a Huaychucoto.

Sabemos que Llamatanya recibió a Huyosanahuasi.

Al recibirlos, cada uno empezó a servir a sus huacas para asegurarse el sustento.

Así, Llacsamisa comenzó a servir a Yansacocha.

Se dice que, en la laguna de Yansa, había un huaca llamado Collquiri.

Por servir Llacsamisa a estos huacas —Yansa y Collquiri—, todos los años los concha se esforzaban por cultivar maíz para alimentarlos.

En aquella época, Collquiri deseaba mucho tener una mujer.

Por eso fue hasta Yauyos y hasta Chaclla, buscándola por todas partes.

Pero no la encontró.

Un día, Cuniraya le dijo: “Oye, tu mujer está por aquí cerca”.

Entonces, muy contento, fue a buscarla.

Desde el cerro que domina Yampilla miró hacia esa tierra.

Vio a una mujer hermosísima que estaba bailando.

El nombre de esta mujer era Capyama.

Al verla tan hermosa, pensó en seguida, en su corazón, que ella sería su mujer.

Así, envió a uno de sus muchachos, es decir, a uno de sus sirvientes, diciéndole: “Anda, hijo; vas a decirle a esa mujer que su llama ha parido un macho. Así vendrá enseguida”.

El mensajero fue a cumplir su encargo.

Al llegar donde Capyama le dijo: “Madre, tu llama ha parido allá arriba, en el cerrito”. Ella, muy contenta, se fue de inmediato a su casa.

Colocó su tambor de oro en el centro de la casa; a su lado puso dos pequeñas bolsitas, y tomando sólo un porongo de chicha, fue con mucha prisa al lugar donde la esperaba el mensajero de Collquiri.

Los concha llaman lataca a ese porongo.

Cuando el huaca Collquiri la vio llegar, se alegró mucho y regresó enseguida hacia Yansa.

Entonces su muchacho, al conducir a la mujer, la engañaba diciéndole: “Ya casi llegamos; está muy cerca”.

Collquiri, transformado en callcallo, la esperaba en el cerro que domina Yampilla.

Cuando llegó, la mujer quiso atrapar al callcallo.

Este, revoloteando de un lado a otro, no se dejaba coger.

Finalmente, ella lo agarró

y lo posó sobre su regazo.

Al tomarlo, derramó la chicha que llevaba en su lataca.

En seguida brotó un manantial en el lugar donde se derramó la chicha.

Se dice que, aún hoy, ese manantial lleva el nombre de Ratactupi.

El callcallo que llevaba en su regazo creció y comenzó a pesar sobre su vientre, causándole un gran dolor.

Preguntándose qué podría ser, lo miró. Al caer al suelo apareció un muchacho muy hermoso.

Este la saludó con palabras agradables: “No perdiste el tiempo al ponerme en tu regazo, hermana. ¿Y ahora qué haremos? Yo fui quien mandó llamarte”.

La mujer se enamoró de él al instante.

Así se acostaron juntos.

Luego él la llevó a su tierra de Yansacocha.

Entonces su padre, su madre, sus hermanos y los demás miembros de su ayllu comenzaron a buscarla; llorando mucho se preguntaban adónde habría ido.

Después de buscarla durante mucho tiempo, un hombre de Yampilla, llamado Llucahua, les dijo: “Vuestra hija se ha convertido en una huillca poderosa. No le falta nada: tiene marido”. Entonces fueron enseguida a buscarla.

Al encontrarla, muy enojados dijeron a Collquiri: “¿Por qué motivo nos has robado a nuestra hija, a nuestra hermana? ¿Eres tú quien nos hizo recorrer todas las comunidades buscándola hasta el cansancio?”. Y añadieron: “Ahora ordenamos que vuelva con nosotros”.

Collquiri les respondió: “Padre, hermanos, con mucha razón me reprendéis por no haber hablado contigo, padre, antes de llevarme a tu hija. ¿Qué queréis que os dé: casas, chacras, llamas, servidores, chahuar, oro, plata? ¿Qué deseáis?”. Con estas palabras quiso despertar su codicia.

Pero ellos no aceptaron nada.

Al contrario, insistieron en que su hermana volviera.

Ella respondió: “No quiero volver. Ya me he casado con todo mi corazón”.

Y Collquiri dijo: “Padre, no quieras quitarme a mi mujer. Ya te dije que te daría todo lo que deseas. ¿No aceptarías que te entregue un hucoric?”. Entonces un hombre que había llegado un poco después que los demás hermanos de Capyama, y se había sentado entre ellos, intervino: “Padre, acepta”.

“¿Quién sabe qué será ese hucoric?”, se preguntaron, y lo discutieron largamente.

Entonces el más anciano habló: “Está bien, hijo; cásate con nuestra hija, pero cumplirás lo que has prometido”. Después de decir esto, regresaron a su casa.

Collquiri les dijo: “Dentro de cinco días volveremos a vernos en tu comunidad, padre”.

Así, cinco días después, Collquiri, cumpliendo su palabra, se dirigió por debajo de la tierra hacia Yampilla.

Tras recorrer un largo trecho, preguntándose por dónde iba, quiso salir a la superficie por el lado de Aparhuayqui.

Cuando casi había conseguido sacar la cabeza, el agua subió por el hueco que había abierto y brotó como una fuente.

Entonces, después de haberlo tapado apenas con un poco de cobre, volvió a bajar por debajo de la tierra.

Así, abriéndose camino bajo el suelo, salió a la parte alta de Yampilla.

El manantial que brota en el lugar donde salió de la tierra lleva aún hoy el nombre de esa mujer: Capyama.

Una enorme cantidad de agua salió del manantial llamado Capyama y amenazaba con arrasar todas las chacras de los yampilla.

Se llevó todas sus ocas que estaban secándose, su quinua esparcida en el suelo y todo lo demás que encontraba a su paso.

Entonces los yampilla se enfurecieron y dijeron: “¿Por qué aceptaste algo así? ¡Haz que se retire en seguida! Ya estábamos acostumbrados a vivir con poca agua”.

Así, desde su propia comunidad, los padres de Capyama llamaron a Collquiri. Le gritaron: “Cuñado, todos están enojados con nosotros. ¡No sueltes tanta agua! ¡Ciérrala! Collquiri, ¡cierra esa agua!”.

Entonces Collquiri tapó el manantial con plomo y otras cosas.

Pero cada vez que lo tapaba, el agua volvía a romper el cierre y brotaba de nuevo.

Como desde abajo seguían gritándole para que la cerrara, el propio Collquiri entró en el agua y, extendiendo su capa sobre el manantial, se sentó en medio de él.

De esa manera logró que se secara un poco.

Hoy, el agua sale de ese manantial pasando a través de la capa de Collquiri, como si fuera filtrada.

Al quedar tapado, el agua empezó a brotar por otros manantiales de los alrededores.

Antes no existían.

Entonces los concha comenzaron a irritarse porque su agua se estaba secando. “¿Por qué reparte nuestra agua?” decían. “¿Con qué vamos a vivir nosotros?”.

Todos los concha se quejaron ante Llacsamisa, el camayoc del agua, diciéndole: “Oye, Llacsamisa, ¿por qué permites que nuestra agua se seque? ¿Cómo va a sobrevivir la gente?”. Y lo arrojaron a la laguna.

Al ver la situación, el huaca Collquiri dijo: “Tienen razón. ¿Con qué van a vivir?”. Y dio las siguientes instrucciones a un muchacho que estaba a su servicio, llamado Rapadla: “Haz caer una cantidad pequeña de tierra y de piedras desde esa orilla dentro de la laguna, hacia abajo. Allí vamos a fijar cuánta agua necesitan los concha para vivir”.

Entonces Rapadla abrió una pequeña brecha en la orilla de la laguna.

Enseguida, desde abajo, Collquiri levantó una gran muralla para contener sus aguas.

Se dice que esa muralla, construida sin añadirle tierra, aún existe.

Collquiri señaló al hombre llamado Llacsamisa cinco niveles en el muro que cerraba el desaguadero de la laguna. “Cuando el agua llegue a este nivel —le dijo— taparás el desaguadero; después, dentro del tiempo que te indico, volverás a conducir el agua hacia las chacras de abajo. Al salir el sol, soltarás el agua; sólo cinco veces será regado el maíz añay. Estas son las instrucciones que te doy para que todo se cumpla”. Y le indicó con cuidado las piedras que servían de señal para abrir o cerrar el agua.

Se dice que, todavía hoy, sus descendientes hacen todo conforme a esa costumbre, exactamente como Collquiri se la enseñó a Llacsamisa.

Sabemos que llaman a ese rito “el sondeo de la laguna”.

Y a la vara con la que miden su profundidad la llaman turcacayo.

Se dice que, cuando están de pie sobre el muro, encima de esas piedras, si tienen buena vista y conocen bien todo lo que hay que hacer, podrían ver el nivel del agua casi antes de tocar el fondo con el turcacayo.

Hacia el mes de marzo, todos los concha, hombres y mujeres, salen a cerrar la bocatoma de la laguna.

Llacsamisa y sus descendientes fijaban cuántos días faltaban para realizar el rito del sondeo de la laguna y daban todas las instrucciones que la gente debía seguir.

Y confiando únicamente en lo que ellos les decían, todos los concha se dirigían a la laguna.

Como ellos eran los yanca de Yansacocha, en la época de los ritos de irrigación todo se organizaba sólo conforme a sus órdenes.

Cuando llegaba el momento de regar las chacras, sólo ellos decidían si la gente debía comenzar ese mismo día o cuánto tiempo debía esperar.

Y los concha no seguían otras instrucciones que las de Llacsamisa y sus descendientes.

Incluso si la laguna desbordaba a medianoche, sacaban a los descendientes de Llacsamisa de dondequiera que estuvieran diciéndoles: “Esto es asunto de ustedes”.

Como no tenían otro oficio, la laguna de Yansa era, día y noche, el único objeto de sus cuidados. Y la gente, esforzándose en cultivar el maíz destinado a Llacsamisa y sus descendientes, decía: “Gracias a que son numerosos, nosotros sobrevivimos”, y los veneraba.

Así, Llacsamisa y sus descendientes vigilaban con gran esmero la laguna para que el agua no se desbordara.

Si por acaso se desbordaba y el agua de la laguna de Yansa entraba en el río, parecía que enseguida se abría una brecha en su orilla.

En otras ocasiones, cuando el agua entraba en el río, se abría una brecha.

Por eso la vigilaban con tanto cuidado.

Entonces, como ya hemos dicho, cuando llegaba la época de cerrar el desaguadero de Yansacocha y de soltar el agua, también los huacsas acudían a la laguna.

Y toda la gente, sin excepción, salía para cerrar el desaguadero.

Cuando llegaban las mujeres, cada una depositaba también ofrendas de coca y de chicha.

Los yañcas recibían todas estas ofrendas destinadas a Yansa.

Solían llevar también una llama.

Y además cuyes, ticti y toda clase de ofrendas rituales.

Cuando ya se habían reunido todos y se había registrado en sus quipus a los ausentes, comenzaban a adorar a Yansa diciendo: “Padre Collquiri, tuya es la laguna, tuya es también el agua; este año danos agua en abundancia”.

Al terminar este rezo, todos bebían chicha y mascaban coca.

Después, hombres y mujeres empezaban a cerrar la bocatoma de la laguna.

Cuando llegaba el tiempo de soltar el agua, iban siempre a la laguna cinco veces, acompañados por dos o tres huacsas.

Antes de hacerlo, un hombre y una mujer entraban en una chacra algo grande. Llevaban un gran cántaro de chicha, uno o dos de sus cuyes y coca.

Después de ofrecer estos sacrificios, soltaban el agua.

No sabemos nada más de Yansa que lo que hemos narrado aquí.

Sabemos lo siguiente: se dice que los antepasados de estos concha eran sólo hijos menores y poco estimados de Pariacaca y de Tutayquire.

Por eso les dieron muy poca ropa y pocas chacras.

Sabemos que sus huacsas celebran los mismos ritos que los checa durante las fiestas de Pariacaca y de Chaupiñamca y que también bailan el Chanco.

Todo eso ya lo hemos narrado en otros capítulos.

A propósito de los descendientes de estos tres hombres, sabemos lo siguiente: se dice que todos los descendientes directos de Llacsamisa se han extinguido.

Cuando él mismo estuvo a punto de morir, sus sobrinos, los hijos de Hualla —que habían regresado de Yauyos— se casaron con las hijas de Cunocuyo; el padre de ellas se llamaba Yasali.

Mucho tiempo después, Lázaro Puypurocsi y su familia eran descendientes de Hualla.

(Adición al margen: La familia de Lázaro Puypurocsi es descendiente de Hualla. Se dice que, cuando heredó la función de Llacsamisa, ya no quedaban descendientes directos —por el lado paterno— de Hualla. Sólo sobrevive una mujer, sin hijos, esposa de Anyaruri).

De los descendientes de Pauquirbuxi aún vive la familia de Ñaupaico.

Ruricancha, Casinchauca y Tacyacancha, con sus familias, son descendientes de Llamatanya.

Se dice que estos tres linajes son los descendientes de Llamatanya.

En cuanto a los hijos de Hualla, es cierto que ya hemos mencionado a Lázaro Puypurocsi.

A continuación, sabemos que Juan Paucarcasa, Lasaca y Canya son descendientes de Calla.

Ellos son todos los que forman la descendencia de los cinco hombres que vinieron de Yaurillancha.

Los descendientes directos de Llacsamisa son, pues, los únicos que se han extinguido.

Los hijos de Lázaro Hualla, que se consideran descendientes de Llacsamisa, heredan este oficio por descender de su sobrino.

Esto es todo lo que sabemos de los concha.

Fin.

 

[Primer suplemento]

Vamos a narrar lo que sucedía antiguamente en todas las comunidades, y lo que aún hoy sucede, cuando nacen dos criaturas de un mismo vientre, sean hombre y mujer, sólo hombres o sólo mujeres. Luego explicaremos lo que acontece en cada uno de los casos.

A los que nacen de esta manera los llaman curi.

Sabemos que, la misma noche del día de su nacimiento —fuera cual fuera la comunidad donde repentinamente nacieran— los llevaban al centro ritual de su propia comunidad.

En los tiempos antiguos, si nacían en Suquiacancha o en Tumna, los llevaban de inmediato al centro ritual de los checa llamado Llacsatambo.

No los llevaban de día para evitar que la tierra se helara.

Es posible que, en todas las regiones, confundidos por el demonio, mantengan aún estas prácticas.

Inmediatamente después del nacimiento de los curis, cuando ya estaba muy oscuro, el hombre y la mujer —es decir, los padres de los curis— se retiraban al interior de una casa cercada y, echados sobre un lado, permanecían sin moverse hasta que se cumplieran cinco días.

Al quinto día, se volteaban y se echaban sobre el otro lado.

Ese mismo día, todos los masas se reunían en la casa de los curis y bailaban; ellos mismos tocaban los tambores.

No eran las mujeres, como hoy, quienes los tocaban, sino los hombres.

Antes de empezar a bailar, hacían sortilegios con arañas o con charapi, preguntando al demonio la causa del nacimiento de los curis.

El primero en bailar era el que debía conducir a los demás masas reunidos allí.

Según sus instrucciones, escogían a cinco hombres y los designaban para cumplir ciertas tareas.

Una vez señalados, estos iban a buscar coca, trocando todo lo que poseían para conseguirla, sin descansar noche ni día.

Los demás masas, pensando sólo en competir unos con otros, se juntaban todos, sin que nadie faltara.

Así, desde el día en que —como dijimos arriba— los padres de los curis se echaban sobre un lado, bailaban todas las noches sin descanso hasta que se cumplieran cinco días.

El último día, antes de cumplirse el plazo, los masas se mostraban unos a otros sus pequeñas huayacas, como si quisieran indicar con este gesto que les servirían para traer coca al día siguiente.

Mientras bailaban, llevaban sólo las huayacas vacías; no contenían coca.

A partir del momento en que los padres de los curis cambiaban de lado, comenzaba otro período de cinco días.

Es decir, en total se cumplían diez días.

Antes de esto, habían capturado un venado, una taruca o cualquier otro animal de las punas; el principal de los masas lo llevaba, y así los curis salían a la pampa.

Algunos iban soplando el caracol llamado huanapaya.

Otros llevaban pupunas.

Otros, además, llevaban sacaya.

Por sacaya se entiende una pequeña cantidad de maíz molido acompañada de un poco de ticti.

Estos alimentos eran llevados por otros hombres, no por los masas, sino por los parientes cercanos de los curis.

Sólo el venado era llevado por el principal de los masas.

Inmediatamente después de capturar al venado, lo hacía pisar a los padres desde el aposento donde se encontraban los curis, diciéndoles: “Este os molestará, os reñirá”.

Sin perder tiempo, todos comían su carne sin dejar nada de sobra.

Finalmente, como dijimos hace poco, al décimo día salían a la pampa.

Cuando los curis, envueltos en cualquier tipo de paño grande, eran transportados hacia la pampa sin que pudieran ser vistos, la gente, conducida por dos o tres de los masas, iba hasta allí llorando y bailando.

Los que eran conducidos de esta manera eran miembros del ayllu de los curis.

Por el camino, quienes los guiaban prometían ofrendar una chacra u otra cosa, o una llama.

Cuando llegaban a la pampa, el principal de los masas llevaba el venado con gran solemnidad, como hoy llevamos, en cabeza de la procesión, la manga de la cruz.

También llevaban las pupunas como lanzas, apuntándolas continuamente, como si quisieran indicar con este gesto que iban a arrojarlas.

Quien iba a la cabeza de todos apuntaba su pupuna en dirección a los curis, que venían detrás.

Cuando el que llevaba el venado llegaba a la pampa, un hombre y una mujer, miembros del ayllu de los curis, ofrecían una llama o una chacra y, haciendo descansar a los curis, les decían: “Descansad con esto”.

Al llegar los curis al lugar que se les había señalado como aposento, el marido y la mujer se quedaban allí recibiendo todas las honras.

Ese día, todos los masas competían en sus ofrendas de coca; bailaban y bebían todo el día.

Al anochecer, regresaban a sus casas y al día siguiente volvían al mismo lugar donde habían permanecido antes.

De nuevo se quedaban allí cinco días.

Al cumplirse estos cinco días, apartaban otra vez a los curis en otro aposento.

Luego, los masas traían leña a un enorme depósito de troncos, como lo habían hecho al día siguiente del nacimiento de los curis.

Olvidamos mencionar este hecho al principio de este relato.

Ofrecían esta leña para que, colocándola todas las noches en la hoguera, ésta durara hasta el amanecer; así, los padres de los curis no caerían en ninguna tentación.

De este modo, el fuego no se apagaba ni una sola noche hasta el fin de los ritos.

Al concluir todo esto, preguntaban a su demonio adónde debían llevar a lavar a los curis y a sus padres de su culpa, y los conducían al lugar indicado.

Se dice que, según sus instrucciones, los llevaban heréticamente a la laguna de Yansa.

Allí, un hombre, sacerdote del demonio, llamado conchuri, hacía sortilegios.

Le preguntaba al demonio por qué habían nacido los curis y cuál había sido la culpa de sus padres.

La gente decía, a propósito de los curis, que su nacimiento reemplazaba la muerte de sus padres.

Diciendo que habían nacido por esta o aquella culpa, lavaban a los dos padres; hacían lo mismo con las dos criaturas, a quienes lavaban repetidas veces, hasta que se cumpliera la sentencia que correspondía a la gravedad de la culpa y estuvieran casi a punto de morir de frío.

Al terminar este rito, el conchuri trasquilaba al varón —a la mujer sólo le cortaba un poco de cabello—; al hombre lo trasquilaba como usted hace con los pecadores.

Luego volvían con el tocado de huachayruco.

Les ponía un collar trenzado de hilo negro y blanco, como señal de ser padres de curis, y les amonestaba así:

“Durante un año entero guardaréis ayuno. Ninguno de los dos pecará con nadie. Si pecarais, causaríais un mal muy grande. Molestaríais inútilmente a nuestros masas”.

Cuando había transcurrido medio año, ese sacerdote, junto con muchos otros hombres, preguntaba de nuevo a su demonio para saber si los padres de los curis habían observado sus instrucciones.

Si la respuesta era positiva, se regocijaban mucho.

Si respondía que se habían acostado juntos, los reprendía con dureza.

Y los masas, verdaderamente encolerizados, les decían: “¿Por qué nos causáis tanta molestia a todos?”.

Seguían vigilándolos de este modo hasta que se cumpliera el año.

Sólo entonces se les cortaba el collar.

Así terminaban estos ritos.

Ahora vamos a retomar lo que dijimos poco antes.

Si los curis nacían ambos varones o ambas mujeres, sabemos que creían que la suerte sería mala y que vendría una época de mucho sufrimiento.

Si nacían un varón y una mujer, lo consideraban algo favorable.

¡Cuán felices son hoy los masas, que ya no gastan tanto como en los tiempos antiguos!

O quizá, recordando aquellos tiempos, se lamentan de no seguir realizando estas cosas.

Tal vez, en otras comunidades, todavía engañados por el demonio, no las hayan abandonado.

Cuando nacían llamas de esta misma manera, durante la noche o a cualquier hora, su dueño preguntaba al demonio cuál sería el nombre de cada una, diciéndole: “¿Cuál curi será?”.

Los nombres que daba el demonio eran: Curiñaupa, Curiyauri, Curihuaman y Ticllacuri.

Se dice que a todos los nombres les añadían curi, tanto en el caso de hombres como de mujeres.

¡Cuántos hombres prósperos hay hoy que, en los tiempos antiguos, antes de conocer la palabra de este buen Dios, dedicaban todos sus esfuerzos, durante la fiesta de Pariacaca o cualquier otra, a trocar todo lo que poseían por coca, buscando plata sólo para ese fin!

Y aunque descansaran dos o tres años, cada año los huacachas se lamentaban diciendo: “¿Dónde encontraré coca?” o “¿Cómo no me voy a avergonzar?”, y, trocando sus chacras y su ropa, buscaban por todas partes qué ofrecer; perseguían huanacos y ayunaban mientras se procuraban venados también con ese único propósito.

De este modo confiaban todas sus preocupaciones a su demonio y, tras un ayuno muy riguroso, le preguntaban: “¿Qué voy a trocar para encontrar coca? ¿Huanacos? ¿Tendré que despilfarrar mi chacra, mi ropa? ¿Qué será de mí?”. Así erraban con gran trabajo, completamente confundidos por el demonio.

Hoy, al no estar tan atormentados por una sola preocupación ni obligados a trocar cualquier cosa que les pertenezca para conseguir coca, es posible que se regocijen mucho.

O quizá lloren al recordar otro tiempo, diciendo: “¿Por qué ya no hago estas cosas?”.

En la época de sus fiestas, de noche o en cualquier momento, cuando Macuylluncu les indicaba cuándo iba a empezar la ceremonia, es cierto que la gente —hombres y mujeres ya muy ancianos— acudía con gran alegría y regocijo, llevando su ticti y otras cosas si estaba prevista una borrachera en la casa antigua o en otro lugar.

Es posible que sólo en este pueblo se hayan enmendado un poco, aunque todavía hagan estas cosas de noche.

Creemos, y hemos oído decir, que tal vez en los pueblos de afuera aún se sigan practicando.

[Segundo suplemento]

Llaman ata a los niños que nacen con un parca en el cabello.

Cuando cumplen tres años, sus padres y parientes se reúnen en su casa o en su cancha. Ocho días antes avisan a los cacas y a los masas que tal día se va a cortar el cabello del ata, el illa de Pariacaca.

Por illa entienden exactamente lo mismo que por ata.

Después de avisar a todos, comienzan a preparar chicha.

Al enterarse de que están preparando chicha con media o una fanega de maíz, la gente se pregunta por qué lo hacen.

Cuando saben qué día se celebrará la fiesta, ese día todos se reúnen.

Entonces, los padres del ata, junto con los masas y también con todos los cacas, se quedan en la parte más baja de la asamblea y empiezan a bailar y a convidarlos a beber.

Cuando ya están bien borrachos, tienden una frazada o una tita en el suelo y, haciendo entrar al niño, lo sientan en medio de todos. Luego dicen:

“Padres, hermanos, hoy vamos a cortarle el cabello a este ata, a este illa; es el ata, es el illa de Pariacaca, así como de Tutayquire. Ellos me lo enviaron para que naciera de esta manera”.

Entonces, el caca más cercano del niño —si es varón—, o la tía paterna —si es mujer—, o a veces el abuelo o la abuela, se levantan y, ofreciendo una llama o una chacra, de las cuales sólo colocan allí la señal, apuntan las tijeras hacia el ata.

La señal de la llama es el cothuato con el que conducían la llama al santuario de Pariacaca.

Como señal de la chacra colocaban un caxo, que no es otra cosa que el bastón que usan las mujeres para escarbar.

Luego se levantan los demás parientes consanguíneos y, cada uno según sus posibilidades, ofrece sólo un poco de agua, una cuzma, una oveja o lana.

Cuando los parientes han presentado sus ofrendas, se levanta el curaca o el alcalde, según su jerarquía, y deja dos reales o uno. Los demás presentes hacen lo mismo hasta que termina la ceremonia.

Los padres les sirven de beber con generosidad hasta la puesta del sol, diciéndose:

“Mientras más se emborrachen, menos capaces serán de ser avaros con sus ofrendas”.

Cuando acaban de cortarle el cabello al ata —es el padre quien termina de cortárselo del todo, porque los demás sólo le tocan el cabello ligeramente—, empiezan enseguida a bailar y, pronunciando el nombre de su antepasado, dicen:

“Padre Anchipuma” o “Carhuachachapa”, o cualquier otro nombre, “este ata, este illa es tuyo. Ahora ya he acabado. Que a partir de hoy Pariacaca no me lo envíe más. Me portaré bien”,

y bailan y se divierten.

Se dice que, según la creencia popular, lo que llaman ata o illa es enviado por Pariacaca.

La noche anterior al corte de cabello del ata, adoran a Pariacaca y a Tutayquire y, con mucha veneración, les ofrecen cuyes, ticti y otras cosas, diciendo:

“Cúrame por medio de este ata y mañana seré muy dichoso”.

Cuando se manifiestan los atas, dicen que es una señal de curis.

Si han de venir curis, envían este ata cuando alguien está premeditando una falta grave contra Pariacaca, como aviso de que nacerán curis para reemplazar la muerte del culpable.

Dicen, en efecto, que los curis nacen para reemplazar la muerte de sus padres.

Esto es todo lo que sabemos sobre estos checa de San Damián.

Es probable que en otras comunidades cuenten tradiciones distintas.

Sin embargo, cuando nace un ata, en todo este corregimiento y en todas las demás regiones —los huanca, los yauyo, los huamantanca—, cualquiera de los hombres llamados indios opina lo mismo.

Y en Lima, muchos hombres, incluso yanacunas muy distinguidos, se reúnen de esta manera si el hijo de alguien es un ata.

Sabemos también que algunos mestizos participan en estos ritos.

Los demás, al verlos, creían que quizá estas costumbres eran buenas, y caían en el pecado.

Ya dijimos que solían cortar el cabello tres años después del nacimiento del ata.

Cada comunidad celebra esta fiesta antes o después, según sus propias costumbres.

Todo este relato es verdadero.

Hecho y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez

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