Felipillo: el intérprete decisivo de la conquista del Perú

Felipillo fue el principal intérprete indígena —“lengua” o “lenguaraz”— de Francisco Pizarro y Diego de Almagro durante la conquista del Tawantinsuyo. Su figura es esencial y controvertida: estuvo en los contactos iniciales, en el encuentro de Cajamarca y en el proceso contra Atahualpa, pero casi todo lo que sabemos de él procede de cronistas españoles y coloniales, muchos de los cuales lo presentan como traidor o traductor incompetente. 

Identidad y orígenes 

No se conoce con certeza ni su fecha de nacimiento ni su pueblo de origen. La historiografía suele situarlo en el norte del antiguo imperio incaico, en la zona costera entre Tumbes y Piura; las hipótesis más repetidas lo hacen tallán, yunga o huancavilca. 

Las fuentes divergen notablemente: 

Cronista

 Origen atribuido

Guamán Poma de Ayala y Buenaventura de Salinas y Córdoba 

 Indio huancavilca

Inca Garcilaso de la Vega

 Isla de Puna

Agustín de Zárate

 Poechos

Tradición moderna frecuente

 Zona de Tumbes / pueblo tallán

Esta disparidad importa: Felipillo no era necesariamente un “inca” ni un miembro de la élite cuzqueña. Probablemente provenía de un pueblo periférico frente al poder inca, lo que pudo influir en su posición ante Atahualpa y el Cuzco. 

Cómo se convirtió en intérprete 

Felipillo se incorporó a las expediciones de Pizarro hacia 1526, durante los contactos previos a la conquista definitiva.  Junto con otros jóvenes —entre ellos Martinillo, Francisquillo y Juan— aprendió castellano para servir de intérprete a los españoles. 

Fue bautizado como Felipe, probablemente en honor al príncipe español Felipe, y de ahí el diminutivo “Felipillo”. Según los cronistas Pedro Pizarro y Antonio de Herrera, viajó con Pizarro a España entre 1528 y 1530, cuando el conquistador negoció con la Corona la autorización y las mercedes para la empresa del Perú. 

Su función real 

Felipillo no fue solo un traductor literal. Actuó como mediador lingüística y culturalmente entre dos mundos que apenas comenzaban a entenderse: el castellano y el quechua, pero también dos sistemas políticos, religiosos y diplomáticos radicalmente distintos. 

Su trabajo incluía: 

Traducir requerimientos, demandas, amenazas y negociaciones entre españoles y autoridades indígenas.

Informar a los conquistadores sobre costumbres, jerarquías, rumores y reacciones locales.

Transmitir las palabras de Atahualpa y de sus principales hacia los españoles, y viceversa.

Operar en situaciones de extrema tensión, donde un error o una ambigüedad podía derivar en violencia inmediata.

Los cronistas coinciden en que las “lenguas” fueron indispensables en los momentos decisivos de la conquista; sin mediadores como Felipillo, la comunicación entre Pizarro y Atahualpa habría sido mucho más difícil. 

Cajamarca y Atahualpa. 

Felipillo estuvo presente en los episodios que condujeron a la captura de Atahualpa en Cajamarca, el 16 de noviembre de 1532. La noche anterior, acompañó a Hernando de Soto y Hernando Pizarro ante el Inca; allí tradujo demandas, reproches y advertencias entre ambas partes. 

Al día siguiente intervino en el célebre diálogo entre Atahualpa y el fraile dominico Vicente de Valverde. Valverde le exigió aceptar la fe cristiana y someterse al papa y al rey de España; Atahualpa rechazó el planteamiento y, según las versiones más difundidas, arrojó o hizo caer el breviario o Biblia que le fue presentado. Ese rechazo sirvió de pretexto para la señal de ataque y la emboscada española. 

El problema de la traducción. 

La acusación clásica contra Felipillo es que tradujo mal a Valverde. Según Juan de Betanzos y otros, habría dicho a Atahualpa que Pizarro y el fraile eran también “hijos del Sol”, adaptando el mensaje cristiano a categorías andinas para hacerlo comprensible. 

El Inca Garcilaso de la Vega fue especialmente duro: sostuvo que Felipillo dominaba mal ambas lenguas y que su origen plebeyo le impedía comprender conceptos religiosos complejos, como la Trinidad. Sin embargo, esta crítica debe leerse con cautela: Garcilaso escribió décadas después y tenía un proyecto propio de reivindicación cultural inca. 

La investigación moderna señala que el problema no era solo la competencia de Felipillo. No existía todavía un vocabulario quechua consolidado para conceptos como “Trinidad”, “papa”, “Escritura” o “vasallaje”; además, Atahualpa pertenecía a una cultura oral y administrativa basada en quipus, no en el libro escrito. 

Durante el cautiverio de Atahualpa. 

Tras la captura, Felipillo siguió actuando como intérprete durante el cautiverio de Atahualpa. Fue consultado por los españoles y por el entorno inca, y participó en las conversaciones que precedieron al juicio sumario y a la ejecución del Inca, el 26 de julio de 1533. 

Varios cronistas afirman que mantuvo una relación —consensual o forzada, según la fuente— con Sancta o Cuxirimay Ocllo, una de las mujeres de Atahualpa. Guamán Poma llegó a afirmar que Felipillo tradujo mal la sentencia porque estaba enamorado de ella y quería eliminar a Atahualpa. 

Esa acusación es muy dudosa como hecho probado. Refleja más bien la necesidad colonial de explicar una ejecución políticamente conveniente mediante la culpa de un intermediario indígena. 

La imagen construida por los cronistas. 

La tradición historiográfica temprana fue mayoritariamente hostil a Felipillo. Fernández de Oviedo lo llamó traidor; Betanzos lo acusó de tergiversar el requerimiento de Valverde; Guamán Poma lo culpó de la muerte de Atahualpa. 

Pero esa unanimidad es sospechosa. Los cronistas escribían desde la perspectiva de los vencedores, y el intérprete era una figura útil para trasladar a un indígena la responsabilidad de decisiones tomadas por Pizarro, Almagro, Valverde y sus hombres. 

Hay que distinguir dos grupos de fuentes: 

Cronistas conquistadores o cercanos a ellos: suelen presentar a Felipillo como ambicioso, mentiroso o traidor.

Cronistas más críticos de la conquista, como Juan de Betanzos y Pedro Cieza de León: conocían mejor las lenguas y sociedades andinas, y aunque también critican a Felipillo, dejan entrever la codicia y violencia de los propios españoles. 

Después de Cajamarca. 

Tras la muerte de Atahualpa, las noticias sobre Felipillo se vuelven más escasas y confusas. Volvió a servir como intérprete en la expedición de Diego de Almagro hacia Chile, iniciada en 1535. 

En los valles de Copiapó y Aconcagua se le atribuye haber instigado una rebelión indígena contra los españoles, diciéndoles que los cristianos eran “perros descreídos, sin fe, ni ley, ni verdad”. Almagro habría descubierto el plan y ordenado su captura. 

Fue ejecutado en 1536, probablemente en Chile, como castigo por esa supuesta conspiración. Juan de Betanzos y Alonso Borregán mencionan su muerte en ese contexto. 

¿Fue traidor, incompetente o víctima? 

La respuesta históricamente más sólida es: fue las tres cosas solo en parte, y ninguna de manera simple. 

No fue un “traidor” en el sentido moderno. No existía una identidad nacional peruana ni una lealtad política única a la que pudiera traicionar; el Tawantinsuyo estaba además fracturado por la guerra entre Atahualpa y Huáscar.

Probablemente cometió errores y adaptaciones. Traducir conceptos cristianos y jurídicos castellanos al quechua de 1532 era casi imposible sin distorsiones; adaptar el discurso a categorías andinas era una estrategia comprensible, no necesariamente una traición.

Fue un actor con intereses propios. No era un mero instrumento: pudo buscar favor, seguridad, poder o ventaja personal en un entorno donde los dos bandos lo consideraban prescindible y peligroso.

Fue también una víctima estructural. Los intérpretes indígenas trabajaban bajo amenaza, entre poderes armados y desiguales, y solían ser los primeros en ser culpabilizados cuando la comunicación o la conquista fracasaban. 

Su importancia histórica. 

Felipillo importa porque demuestra que la conquista del Perú no fue solo un choque militar, sino también una guerra de interpretación. Quien controlaba la traducción controlaba, en parte, la definición de la realidad: qué era una orden, qué era una amenaza, qué era una religión, quién tenía autoridad y quién podía ser sometido. 

Su caso anticipa un problema permanente de la historia: en contextos de conquista, colonización y conflicto, el intérprete es indispensable, pero también vulnerable. Puede ser acusado de traición por ambos lados, y la historia escrita por los vencedores suele convertirlo en chivo expiatorio. 

Lo que no debemos afirmar como seguro. 

Que Felipillo causó deliberadamente la muerte de Atahualpa mediante una mala traducción: es una acusación de cronistas posteriores, no un hecho documentalmente demostrado.

Que era inepto en castellano y quechua: la afirmación proviene sobre todo de Garcilaso y debe contrastarse con el hecho de que los cronistas reconocen el papel central de las “lenguas” en las negociaciones.

Que su origen fue exactamente Tumbes, Puna, Poechos o Huancavilca: las fuentes se contradicen.

Que fue el único intérprete: también actuaron Martinillo, Francisquillo y otros, aunque Felipillo aparece con mucha mayor frecuencia en las escenas clave.

En suma, Felipillo fue el hombre que hizo posible —y también más peligrosa— la conversación entre Pizarro y Atahualpa. Su biografía es breve, oscura y está escrita en gran medida por sus enemigos; por eso, el historiador debe tratarlo menos como un traidor mítico y más como un mediador indígena atrapado en una de las asimetrías de poder más violentas de la historia americana.

⁂

 

Qué dicen los cronistas sobre el fin de Felipillo

Los cronistas coinciden en lo esencial: Felipillo murió hacia 1536, durante la expedición de Diego de Almagro a Chile, tras ser acusado de instigar una rebelión indígena contra los españoles. Pero difieren en detalles importantes: quién lo delató, dónde fue capturado, cómo fue ejecutado y si Almagro fue realmente quien ordenó su muerte.

Gonzalo Fernández de Oviedo

Oviedo es la fuente más influyente para el relato tradicional. Dice que, en los valles de Copiapó y Aconcagua, Felipillo incitó a los caciques locales a matar a los españoles, llamándolos “perros descreídos, sin fe, ni ley, ni verdad”.

Según esta versión, Almagro descubrió la conspiración, Felipillo fue apresado, confesó sus “delitos” y fue condenado a morir descuartizado; sus restos habrían sido exhibidos en los caminos como escarmiento. Con su muerte, el alzamiento habría terminado y los indígenas que habían huido regresaron a sus hogares.

Juan de Betanzos

Betanzos, que conocía bien el quechua y la sociedad andina, también presenta a Felipillo como culpable de conspiración y traición. En su relato, el intérprete habría tratado de sublevar a los indios durante la marcha de Almagro y habría sido castigado por ello.

Betanzos es además una de las fuentes que conecta el fin de Felipillo con su supuesta conducta durante el cautiverio de Atahualpa: afirma que el intérprete quería la muerte del Inca porque estaba enamorado de una de sus mujeres, la coya. Esa acusación, sin embargo, fue escrita décadas después de los hechos y debe tomarse como parte de una tradición muy hostil hacia Felipillo, no como prueba judicial.

Cristóbal de Mena

Mena es especialmente relevante porque participó en la conquista y estuvo cerca de los hechos. Sin embargo, no relata que Almagro ordenara ejecutar a Felipillo, lo cual ha llevado a algunos historiadores recientes a cuestionar la versión más difundida de su muerte.

Esto no prueba que Felipillo no muriera violentamente; solo indica que la atribución directa a Almagro no está respaldada por todos los testigos contemporáneos.

Inca Garcilaso de la Vega

Garcilaso menciona a Felipillo y repite la acusación de que tradujo mal a Valverde ante Atahualpa, pero no afirma claramente que Almagro lo mandara matar. Su relato contribuyó sobre todo a fijar la imagen de Felipillo como intérprete torpe y traidor, más que a documentar con precisión las circunstancias de su ejecución.

Antonio de Herrera

Herrera, cronista oficial de Indias del siglo XVII, aunque no testigo directo, recoge la versión tradicional: Felipillo intentó fugarse hacia el norte junto con varios yanaconas, fue capturado y descuartizado con caballos frente al curaca de la región, como castigo ejemplar.

Esta es la imagen que pasó con mayor fuerza a la historiografía posterior: una muerte pública, violenta y simbólica, reservada a quienes eran considerados traidores.

Las versiones en conflicto

Aspecto

Versión más difundida

Problema histórico

Causa

Instigó una rebelión en Chile contra Almagro

La acusación procede sobre todo de cronistas    españoles o coloniales.

Lugar

Valles de Copiapó o Aconcagua

Las fuentes no precisan con certeza el sitio  exacto.

Quién ordenó la muerte

Diego de Almagro

Mena, testigo cercano, no lo dice; Garcilaso  tampoco lo afirma con claridad.

Modo de ejecución

Descuartizado, a veces “con caballos”

Oviedo habla de descuartizamiento; la variante  de los caballos aparece en otras tradiciones.

Fecha

1536

Es la datación más aceptada, aunque no hay  acta ni documento judicial conservado que la fije  con precisión.


El relato del fin de Felipillo debe leerse con la misma cautela que el de su papel en Cajamarca. Los cronistas escribieron cuando su fama de traidor ya estaba consolidada, y atribuirle una conspiración permitía explicar la resistencia indígena y justificar una ejecución ejemplar.

Por eso, lo históricamente defendible es esto: Felipillo murió probablemente en 1536, capturado durante o tras la expedición de Almagro a Chile, acusado de promover una sublevación indígena; la forma más repetida de su ejecución es el descuartizamiento, pero la responsabilidad directa de Almagro y el detalle de los caballos no son igual de seguros.

Hecho y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez

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