Pedro Arias Dávila

El descubrimiento del Mar del Sur, que llevaría el nombre de Vasco Núñez de Balboa a los confines del mundo conocido, y la fundación de las ciudades de León y Granada en Nicaragua por Francisco Hernández de Córdoba, están tejidos en el mismo hilo de acontecimientos que sacudieron Panamá. En esa maraña de conquistas, intrigas y codicia, surge imponente la figura de Pedrarias Dávila, aquel hombre que las crónicas coloniales no pudieron sino bautizar como El Gran Justador y Furor Domini. Su sombra se proyecta sobre cada puerto, cada fortaleza y cada camino que los españoles comenzaron a abrir en la Tierra Firme.

Los cronistas del siglo XVI lo observaron con ojos de asombro y horror. Gonzalo Fernández de Oviedo, en su magna Historia General y Natural de las Indias, Bartolomé de las Casas, con la pluma de la indignación en la Historia de las Indias y la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, o Pedro Mártir de Anglería, en su De Orbo Novo, coincidieron en retratarlo bajo un halo oscuro, una fuerza implacable y despiadada que arrasaba con todo a su paso. Solo Pascual de Andagoya se atrevió a ofrecer un retrato distinto: un Pedrarias justiciero, severo pero necesario, justificando incluso las muertes de Balboa y Hernández de Córdoba. Su parcialidad era comprensible; había servido al conquistador de la más férrea voluntad y, en recompensa, recibió un caballo y seis mil maravedís en el primer testamento de su patrón.

A medida que el siglo avanzaba, otros historiadores se sumergieron en las sombras y luces de este personaje. Francisco López de Gómara, armado de los volúmenes enviados al Consejo de Indias y de relatos de cronistas, reconstruyó las conquistas y la administración de Pedrarias con el rigor de la documentación. Más tarde, en 1596, Felipe II nombró Cronista Mayor de las Indias a Antonio de Herrera y Tordesillas, confiándole la colosal tarea de escribir la Historia General de los Hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano. Cuando en 1602 se publicaron las primeras cuatro Décadas de su obra, la descendencia de Pedrarias, encarnada en el quinto conde de Puñonrostro, Francisco Arias Dávila y Bobadilla, alzó la voz: denunció falsedad y exigió la revisión de ciertos pasajes. Pero Herrera, implacable y sólido como la piedra de las fortificaciones, sostuvo con documentos y cartas la veracidad de su relato. La historia, como la memoria de Pedrarias, no se doblegó.

En el siglo XIX, la sombra de Pedrarias Dávila volvió a alargarse sobre la historia como un espectro que nadie podía ignorar. Entre 1833 y 1841, el presbítero Francisco de Paula García Peláez, encargado por el gobernador de Guatemala, Mariano Gálvez, escribió las Memorias para la Historia del Antiguo Reyno de Guatemala, publicadas por entregas desde 1851, cuando ya ostentaba el rango de arzobispo. En sus páginas, los relatos de tormento y muerte que Pedrarias desató en Nicaragua cobraban vida con crudeza: provincias enteras asoladas, pueblos indígenas esclavizados y enviados a Panamá y al Perú, y expediciones cuyo eco de gritos y cadenas parecía no extinguirse nunca.

No pasó mucho tiempo antes de que José Milla y Vidaurre, literato guatemalteco, retomara estas memorias en 1879 para tejer una historia más amplia de Castilla del Oro y Nicaragua. A través de los testimonios de Fernández de Oviedo, Bernal Díaz del Castillo y Herrera y Tordesillas, Pedrarias emergía como un gigante sombrío, cuyo paso dejaba cicatrices profundas: “Tan ingratos recuerdos dejó en la historia de los primeros años de la dominación española en Nicaragua, como los había dejado en la provincia que antes gobernaba”, escribió Milla, como si el viento mismo arrastrara sus palabras por las calles de León y Granada.

En 1882, Tomás Ayón reforzó esa visión con su Historia de Nicaragua desde los Tiempos más Remotos hasta el Año de 1852, encargo del presidente Joaquín Zavala. Allí, Pedrarias ya no era solo un nombre en los documentos; era un hombre de carne y sombra: ambicioso, mezquino, vengativo, capaz de ordenar que cincuenta castellanos arrasaran provincias enteras por el mínimo gesto de desobediencia, dejando tras de sí un rastro de cuerpos inertes, niños y mujeres incluidas. Su genio militar se mezclaba con un orgullo irascible que convertía la obediencia en terror y la lealtad en sangre.

Una década después, Hubert Howe Bancroft lo describió con la precisión de un cirujano de la historia: el “Timur de las Indias”, anciano, irascible y vengativo, cuya vida fue un catálogo de horrores. Pocos hombres llegaron a estas tierras dejando tanto mal y tan poco bien. Bancroft no podía ignorar la magnitud de su infamia; la historia parecía conjurarse para que Pedrarias no se borrara de la memoria de los pueblos que sufrió.

En el siglo XX, los relatos sobre Vasco Núñez de Balboa y el descubrimiento del Océano Pacífico reforzaron la imagen de Pedrarias como el verdugo que ordenó su ejecución. Ángel de Altolaguirre y Duvale y José Toribio Medina ensalzaron al descubridor y retrataron al gobernador como un hombre cuya ambición superaba a cualquier principio de justicia o piedad. Más tarde, Pablo Álvarez Rubiano intentó suavizar su figura, pero la condena histórica, tejida siglo tras siglo, pesaba demasiado.

Hacia finales del siglo XX, nuevas investigaciones resucitaron la figura de Pedrarias con documentos, cartas y decretos que permitían reconstruir la maquinaria de la conquista nicaragüense. Enrique Vega Bolaños, con el respaldo de Somoza, publicó la Colección Somoza, que ofrecía un archivo vivo del descubrimiento, la colonización y la crueldad sistemática de aquellos años. La historia ya no podía ignorar los detalles: el saqueo, las guerras, las traiciones, los gritos de los pueblos sometidos.

En 1972, sobre la isla de Solentiname, en las aguas inmóviles del Lago de Cocibolca, Ernesto Cardenal convirtió la historia en poesía. En El estrecho dudoso, los versos resonaban como tambores lejanos, recordando la ambición desenfrenada de los conquistadores, y entre ellos destacaba Pedrarias Dávila. Sus crímenes eclipsaban incluso los de Pedro de Alvarado en México y Guatemala, los de Francisco de las Casas y Gil González Dávila en Honduras, los de Vasco Núñez de Balboa en Panamá, los de Francisco Hernández de Córdoba en Nicaragua, y los de Diego López de Salcedo en Honduras. Cada verso de Cardenal parecía preguntarle a la memoria de América: ¿cómo un solo hombre pudo concentrar tanta violencia, tanta mezquindad y tanta desesperación sobre la tierra y sus pueblos?

Pedrarias Dávila no era un nombre olvidado ni una sombra lejana: era un testimonio vivo de la brutalidad de la conquista, un recordatorio de que la historia de Centroamérica se escribió entre el acero, la sangre y la ambición desmedida de un hombre que quiso ser juez, dueño y verdugo a la vez.

En 1973, la historia volvió a girar su mirada hacia los oscuros senderos de la conquista con la publicación de Spanish Central America: A Socioeconomic History (1520–1720), obra de Murdo MacLeod. Con rigor casi quirúrgico, MacLeod reveló el devastador impacto que la dominación española tuvo sobre la antigua Mesoamérica, arrasando legados culturales milenarios de mayas, quichés, pipiles, chorotegas y nicaraos. Sus descripciones de los conquistadores, y en particular de Pedrarias Dávila, resonaban con autoridad, cimentando un relato que, como subrayó el historiador Charles Gibson, era “una obra de honestidad escrupulosa e inusual, en la que nada se afirma que exceda la evidencia”. Cada palabra parecía tallada en piedra, inmutable ante la controversia.

Al mismo tiempo, la historiadora María del Carmen Mena García emprendió su propia cruzada investigativa, reconstruyendo la figura de Pedrarias a través de un prisma más reivindicatorio. Desde Pedrarias Dávila o “La Ira de Dios”. Una historia olvidada hasta Un linaje de conversos en tierras americanas. Los testamentos de Pedrarias Dávila, Mena García ofreció un cuerpo de trabajo que reexaminaba la ambición, la crueldad y el poder del gobernador con una mirada atenta a las fuentes, los documentos notariales y las cartas privadas. Incluso incluyó estudios sobre Doña Isabel de Bobadilla, cuyo temple y carácter varonil la convirtieron en pieza clave en la maquinaria de la conquista de Tierra Firme.

No obstante, las voces condenatorias no se apagaron. En 1996, el costarricense Óscar Castro Vega publicó Pedrarias Dávila: La ira de Dios, describiéndolo como “el funcionario más cruel y ruin que de España pasó a Indias en el siglo XVI”. La sombra del Furor Domini seguía proyectándose sobre los siglos, y parecía imposible limpiar su memoria de la sangre derramada en Castilla del Oro y Nicaragua.

En 2008, Bethany Aram, historiadora norteamericana, dio un nuevo giro al debate con Leyenda negra y leyendas doradas en la conquista de América: Pedrarias y Balboa. Con un trabajo minucioso, casi detectivesco, Aram desplegó ante el lector un mosaico de documentos hasta entonces olvidados o dispersos: declaraciones, codicilos, cartas a emperadores y a nobles, registros judiciales y testamentos de Pedrarias y su entorno familiar. Entre ellos estaban la declaración de Pedrarias sobre el proceso contra Balboa, los codicilos que rubricó entre 1530 y 1531, y el testamento de Doña Isabel de Bobadilla, que abría una ventana al mundo íntimo de aquellos hombres y mujeres cuya vida y ambición moldearon la colonización del istmo centroamericano.

Gracias a esta meticulosa labor, los estudiosos del pasado colonial de Panamá, Costa Rica, Nicaragua y El Salvador pudieron acceder a fuentes que permitían tanto sostener como refutar la imagen de Pedrarias Dávila. La doctora Aram propuso un retrato menos despótico, más matizado, donde se vislumbraban los motivos, temores y decisiones de un hombre que había gobernado con hierro y papel, con codicia y cálculo, pero también con una visión política que algunos consideran imprescindible para entender la consolidación de Castilla del Oro.

Algunos investigadores coincidieron con ella, como el conde de Puñonrostro, autor del prólogo de su obra, o el nicaragüense José Mejía Lacayo, quien en su reseña destacó la importancia de volver a leer la historia con los ojos de quien examina documentos, no solo crónicas. Así, Pedrarias Dávila, el Gran Justador y Furor Domini, volvió a la vida en los siglos XX y XXI, no solo como verdugo de los pueblos indígenas, sino como un protagonista humano y complejo de la historia de Centroamérica, cuya figura todavía genera debates y despierta pasiones entre los historiadores.

Si la conquista española de América hubiera sido justa —según los rígidos parámetros filosóficos, teológicos y jurídicos que imperaban en la primera mitad del siglo XVI—, quizá la doctora Aram tendría razón: Pedrarias Dávila habría sido un súbdito obediente, diligente en el cumplimiento de los mandatos de sus monarcas. Pero la historia nunca se escribió en términos de justicia. La realidad fue otra: la conquista se desplegó entre la ambición, la violencia y la arbitrariedad, y sus líderes, incluyendo al propio Pedrarias, pisotearon sin escrúpulo el ius gentium y los preceptos evangélicos que decían profesar.

Basta mirar el caso de Carlos V, un monarca tanto ambicioso como pragmático, que revocó en dos ocasiones su decisión de destituir a Pedrarias y lo restituyó en su cargo, ignorando por completo los derechos naturales de los indígenas, cuya vida y bienes quedaban a merced de las armas y la codicia. Aquellos vaivenes del poder obedecían menos a la ley que al constante flujo de sobornos en la Corte y a la sed de riqueza que arrastraba a los funcionarios hacia los intereses coloniales.

Otro ejemplo de la arbitrariedad fue la contradicción flagrante entre Carlos V y Juana la Loca: prohibieron la esclavitud de los indígenas, para volver a autorizarla poco tiempo después. Esta decisión, cargada de intereses ocultos, favorecía a los consejeros más influyentes, Francisco de los Cobos y Beltrán de la Cueva y Toledo, quienes, aliados con el implacable Pedro de Alvarado, crearon una compañía destinada al tráfico de esclavos con el objetivo de financiar una expedición por el Mar del Sur que, sin autorización real, se desvió hacia el Perú.

Pedrarias, con la rapidez y el oportunismo que lo caracterizaban, aprovechó este cambio de leyes y circunstancias para instaurar desde Nicaragua un comercio de esclavos indígenas hacia Panamá, consolidando así una de las prácticas más infames y duraderas de la dominación española en el istmo. Su acción no fue un desvío incidental: fue el cálculo deliberado de un hombre que entendía la colonización como un tablero donde la ambición personal y el poder se imponían sobre la justicia, la moral y la misericordia.

El Linaje y los Orígenes de Pedrarias Dávila

Pedro Arias Dávila —apodado "El Galán Dávila" y también conocido como "El Justador"—, y generalmente llamado Pedrarias por sus contemporáneos, nació en Segovia (Castilla) a mediados del siglo XV (ca. 1440-1460). Su familia, de origen judío converso y adinerado, fue fundamental en la administración real castellana.

El Abuelo: Diego Arias Dávila, Primer Señor de Puñonrostro

El abuelo de Pedrarias fue Diego Arias Dávila (originalmente conocido por el nombre judío de Isaque Abenacar), quien se destacó en la corte de Castilla. Se casó en tres ocasiones: primero con Juana Rodríguez; en segundas nupcias, con Elvira González; y finalmente con María Palomeque.

Como Contador Mayor de Hacienda del rey Enrique IV de Castilla (r. 1454-1474), a partir de 1457, Diego Arias Dávila tuvo importantes responsabilidades, incluyendo la recaudación de los ingresos del Maestrazgo de Santiago y las limosnas de la indulgencia de cruzada. Estas últimas, autorizadas por bula pontificia, estaban destinadas a financiar la Guerra de Granada contra los musulmanes.

En su ciudad natal, Segovia, Diego Arias Dávila erigió su casa señorial (decorada con una torre albarrana de estilo mudéjar), fundó el Mayorazgo de Puñonrostro en 1460, y al año siguiente (1461), el Hospital de San Antonio de los Peregrinos. Su influencia es notable, ya que también contribuyó a la construcción de la Sinagoga Mayor de Segovia (actualmente la Iglesia del Corpus Christi).

El Padre: Pedro Arias Dávila "El Valiente", Segundo Señor de Puñonrostro

Los padres de Pedrarias fueron Pedro Arias Dávila "El Valiente" (ca. 1430-1476), Segundo Señor de Puñonrostro, y María Ortiz de Cota. Su padre era el hijo primogénito de Diego Arias Dávila y Elvira González.

Pedro Arias Dávila "El Valiente" se destacó por su carrera militar y política:

En 1457, se le atribuye una notable victoria sobre ochenta jinetes musulmanes en Jaén.

Entre 1461 y 1462 sirvió como Capitán General en la guerra contra Navarra.

En 1462, sucedió a su padre en el cargo de Contador Mayor.

Su lealtad a la nobleza castellana lo llevó a participar en la Farsa de Ávila (1465), un acto simbólico de destitución de Enrique IV, y a desconocer la legitimidad de Juana la Beltraneja como hija del rey. Esta postura le valió ser encarcelado brevemente, aunque el rey lo liberó a petición de los alcaldes de la Santa Hermandad. No obstante, en 1468, Enrique IV lo destituyó de su cargo de Contador Mayor, nombrando en su lugar a Andrés Cabrera, quien más tarde se casaría con la influyente Beatriz de Bobadilla (popularmente conocida como "La Bobadilla").

Tras la muerte del Rey en 1474, Pedro Arias Dávila se alineó con el bando de los Reyes Católicos (Isabel y Fernando) en la Guerra de Sucesión Castellana. Cayó en combate el 21 de marzo de 1476 durante el asedio al Alcázar de Madrid, en un enfrentamiento crucial de ese conflicto.

El Tío: Juan Arias Dávila, Obispo, Mecenas y Humanista

El tío paterno de Pedrarias, Juan Arias Dávila (1436-1497), fue una figura de inmensa relevancia eclesiástica y cultural. Tras cursar Derecho Canónico en la Universidad de Salamanca, su ascenso en la jerarquía fue vertiginoso: fue nombrado Capellán del rey Enrique IV (1455), Protonotario Apostólico (1458) y Deán de Segovia (1460).

Al año siguiente, el papa Pío II lo designó Obispo de Segovia. Sin embargo, dado que solo contaba con unos veinticuatro años, ejerció primero como Administrador Apostólico durante cuatro años, hasta que la presentación de las bulas pontificias oficializó su cargo.

Pionero de la Cultura y las Artes

·         Como pionero de las Escuelas Catedralicias en Castilla, el obispo Arias Dávila:

·         Fundó en 1466 en Segovia un Estudio Mayor con cátedras de gramática, lógica y filosofía moral.

·         Donó su biblioteca personal a esta institución, que incluía obras fundamentales de autores como Aristóteles, Tomás de Aquino, Gregorio Magno y Pedro de Osma.

·         Como mecenas de las letras, en 1472 introdujo la primera imprenta en España, que se instaló y funcionó en Segovia bajo la dirección del impresor Juan Parix de Heidelberg.

·         El primer libro impreso allí fue el Sinodal de Aguilafuente (1472).

·         Otras obras notables que salieron de esta imprenta entre 1472 y 1474 incluyen textos legales y teológicos, como el Commentaria in Symbolum Athanasii y el Repertorium Iuris.

·         Como promotor de las artes, en 1472 encargó al arquitecto Juan Guas la construcción del claustro de la Catedral de Santa María de Segovia.

·         Fundó una capilla musical y recopiló el Cancionero de la Catedral de Segovia, una colección de 204 piezas de música sacra y profana.

·         Promovió la defensa militar, colaborando en la construcción del Castillo de Turégano.

·         Participó activamente en la reforma de las órdenes religiosas, concentrando dos conventos franciscanos de Segovia por orden expresa de la reina Isabel la Católica.

Persecución y la Cuestión Conversa

La fuerte ascendencia judía conversa de la familia se hizo patente con el Edicto de Expulsión de 1492. En ese año, mientras los Reyes Católicos ejecutaban el edicto que resultó en la persecución y expulsión de miles de judíos, Juan Arias Dávila tomó la significativa medida de trasladar los restos de sus padres, Diego Arias Dávila y Elvira González, así como los de su abuela materna, de sus sepulturas en el Convento de la Merced. El objetivo era protegerlos de la profanación o la quema por parte de la Inquisición, un trágico indicio del riesgo que enfrentaban incluso las familias conversas de alta nobleza.

La limpieza de sangre y el linaje judío de la familia fueron objeto de mofa y ataque, como lo demuestra la satírica copla insertada por el cardenal Francisco de Mendoza y Bobadilla en su famoso "Tizón de la nobleza":

A ti Don Arias el puto,

que eres y fuiste judío,

contigo no me disputo

que tienes gran señorío:

Águila, castillo y cruz,

judío, ¿dónde lo hubiste?

El águila es de rapiña,

el castillo de Emaús,

y la cruz donde pusiste

a mi redentor Jesús.

Monseñor Arias Dávila falleció el 20 de octubre de 1497 en Roma. Años después, sus restos fueron repatriados a Segovia y sepultados en la Catedral, junto al Altar del Crucifijo.

Juventud y Matrimonio de Pedrarias Dávila

Pedrarias Dávila, conocido en su juventud como "El Galán" y "El Gran Justador" por su destreza en los torneos, sirvió como paje tanto en la corte de Juan II como en la de la futura Isabel la Católica. Su habilidad con las armas le valió ser seleccionado el 3 de agosto de 1484 por la Reina Isabel como contino, es decir, miembro de su guardia personal, con un sueldo de 30.000 maravedíes.

Alianza Matrimonial con los Bobadilla

Pedrarias Dávila contrajo matrimonio en Alcalá de Henares con Isabel de Bobadilla y Peñalosa (1465-1531). Ella era hija de Francisco de Bobadilla, Comendador de Calatrava, y de María de Peñalosa, y, crucialmente, sobrina de Beatriz de Bobadilla, Marquesa de Moya, dama de la Corte, confidente de Isabel la Católica y protectora de Cristóbal Colón. Esta influencia dio origen al popular refrán: "Después de la reina de Castilla, la Bobadilla".

El matrimonio representó una importante alianza política destinada a mitigar las históricas tensiones entre la familia Arias Dávila y el Marqués de Moya, Andrés Cabrera (esposo de Beatriz de Bobadilla).

Las capitulaciones matrimoniales, suscritas el 16 de febrero de 1490, confirman esta trascendencia, al requerir la conformidad de la Reina Isabel la Católica y de Beatriz de Bobadilla. En estas capitulaciones, el obispo Juan Arias Dávila (tío del novio) estipuló que legaría sus posesiones a su sobrino Pedrarias en mayorazgo. Por su parte, la novia, Isabel de Bobadilla, aportó una dote de un millón de maravedíes. Además, en 1487, Monseñor Juan Arias Dávila ya había designado a su sobrino Pedrarias como su único heredero en su testamento.

Descendencia y Anécdotas Familiares

Antes de su matrimonio formal, Pedrarias Dávila había reconocido a un hijo natural, a quien también nombró Pedro Arias Dávila y al que concedió importantes rentas para asegurar su posición.

Junto a su esposa, Isabel de Bobadilla, procrearon una numerosa descendencia, que incluyó a: Diego (nombrado así en honor a su abuelo, Diego Arias Dávila), María, Juan (en honor a su tío, el obispo Juan Arias Dávila), Isabel (también llamada Inés), Elvira, Pedro, Rodrigo, Francisco, Gonzalo, Beatriz y Arias Gonzalo.

Las vidas de sus hijas, María e Isabel, están ligadas a dos de los episodios más dramáticos y románticos de la Conquista de América:

María Dávila: Su vida, digna de una tragedia cortesana, está marcada por la fatalidad de su matrimonio por poder con el explorador Vasco Núñez de Balboa. El matrimonio jamás pudo consumarse, pues su propio padre, Pedrarias, ordenó la decapitación de Núñez de Balboa en Panamá, frustrando violentamente la alianza.

Isabel de Bobadilla (hija): Su historia tiene un cariz romántico y épico. Durante varios años, mientras ejercía como Gobernadora interina de La Fernandina (Cuba), Isabel pasaba largas jornadas en el Castillo de la Real Fuerza, aguardando el retorno de su esposo, el conquistador Hernando de Soto, de su ambiciosa y fracasada expedición a La Florida.

El Homenaje a Isabel de Bobadilla: La Giraldilla

El recuerdo de Isabel de Bobadilla (esposa de Hernando de Soto) como la gobernadora que esperó el retorno de su marido en la atalaya del Castillo de la Real Fuerza inspiró un famoso monumento habanero. Entre 1630 y 1634, el entonces Gobernador de Cuba, Juan de Bitrián y Viamonte, encargó al escultor la creación de La Giraldilla. Esta estilizada figura de dama española, de 110 centímetros de alto, se colocó en la atalaya del Castillo en su honor. Con el paso del tiempo, La Giraldilla se convirtió en uno de los principales iconos de la ciudad de La Habana, cuyo original se conserva hoy en el Museo de la ciudad.

Conflictos Matrimoniales y Políticos

A pesar de que el matrimonio de Pedrarias e Isabel de Bobadilla fue concebido como una alianza para limar asperezas, la relación conyugal y política tuvo sus momentos difíciles.

Los antiguos antagonismos entre los Arias Dávila y los Marqueses de Moya (Andrés de Cabrera y Beatriz de Bobadilla, tíos de Isabel) resurgieron, provocando fricciones. La tensión escaló hasta el punto de que Pedrarias retiró los poderes que había otorgado a su esposa. Como represalia y señal de protesta, Isabel se marchó a la casa de sus tíos, manteniéndose separada de su marido durante algún tiempo.

Comparando estilos

Era el año del Señor de 1527, y la ciudad de Santiago de los Caballeros —hoy Antigua Guatemala— se vestía de fiesta. El sol de las Indias brillaba sobre los techos de teja, y el aire olía a madera de cedro, a especias recién llegadas de Castilla y al sudor de los caballos que pisoteaban nerviosos la tierra de la plaza mayor. Pedro de Alvarado, el Adelantado de hierro, había regresado victorioso de sus campañas, y el pueblo, ávido de espectáculo, clamaba por un torneo que recordara a los viejos tiempos de la caballería.

No eran estos los torneos de la Mancha que don Miguel de Cervantes evocaría después en sus páginas, donde caballeros como Juan de Merlo, Mosén Pierres o el temible Gutierre Quijada —de cuyo linaje, decía el hidalgo, descendía el mismo Quijote— se cubrían de gloria con lanzas y espadas. Pero en las Indias, la sangre ardía igual, y la imaginación de los cronistas, como la de José Milla y Vidaurre siglos después, tejería leyendas con hilos de oro y de traición.

La víspera del torneo, mientras los escuderos pulían armaduras y las damas bordaban divisas en sus estandartes, Diego de Portocarrero se arrodillaba en la capilla mayor del templo. Era la vela de armas: una noche de vigilia, oración y silencio antes del combate. Su yelmo, negro como la pechina de un cuervo, descansaba sobre el altar, iluminado por el tembloroso resplandor de los cirios. Pero entre las sombras, manos alevosas se movieron. Alguien —un enemigo oculto, un sirviente sobornado— dañó la bisagra de la visera. Un pequeño acto de cobardía que cambiaría el destino de la justa.

Al día siguiente, la plaza mayor era un mar de colores. Los pendones de los Alvarado ondeaban junto a los de los Portocarrero, y en el estrado principal, Pedro de Alvarado, ceñudo y con su armadura de conquista, presidía el espectáculo. A su lado, los Jueces de Campo ajustaban sus pergaminos, y las autoridades de la ciudad sudaban bajo sus togas de paño. Pero todos los ojos se volvían hacia Leonor de Alvarado Xicoténcatl, la dama del torneo. Hija de dos mundos —su madre, la princesa indígena Xicoténcatl—, llevaba un vestido de terciopelo granate y un collar de esmeraldas que brillaban como los ojos de una serpiente. Era ella quien, al final, coronaría al vencedor.

Los primeros combates fueron limpios: lanzas rotas, escudos astillados, caballos que relinchaban de dolor. Pero el destino guardaba su carta más cruel para el final. Cuando Diego de Portocarrero se enfrentó a Gonzalo de Ronquillo, Veedor del Rey y hombre de fama dudosa, el aire se espesó. Los tambores callaron.

Ronquillo, violando las sagradas reglas del torneo, dirigió su lanza no al escudo, sino al yelmo de Portocarrero. El golpe resonó como un trueno. La visera, malherida desde la noche anterior, se desprendió, y la punta de acero surcó el rostro del caballero. La sangre brotó, roja y caliente, sobre el acero.

El grito de los espectadores se ahogó en sus propias gargantas. Portocarrero, ciego de ira, arrojó su lanza al suelo, tomó su lanzón con ambas manos y lo descargó sobre el casco de Ronquillo con fuerza de gigante. El metal crujió. El Veedor se desplomó, sin sentido, como un saco de grano.

El escándalo fue mayúsculo. Francisco de la Cueva, capitán de los Alvarado, se levantó del estrado exigiendo justicia. Pero Portocarrero, con la sangre aún fresca en su mejilla, miró a todos con desdén:

—Así se castiga a un villano —dijo, y su voz cortó el aire como una cuchilla.

Nadie osó replicar. Ni siquiera Leonor, cuya mano tembló al entregar el premio simbólico: una pluma de quetzal —símbolo de honor entre los guerreros indígenas— a ambos contendientes. No hubo vencedor aquel día. Solo el eco de un torneo manchado por la traición, y la sombra de un yelmo que guardó, para siempre, el secreto de su venganza.

Años después, cuando Milla y Vidaurre escribió “La Hija del Adelantado”, su pluma revivió aquel día con el brillo de la ficción. ¿Hubo realmente una encamisada bajo la luna? ¿Bailaron los nobles un sarao hasta el amanecer? ¿O acaso la historia, como el yelmo de Portocarrero, oculta más de lo que muestra?

Lo cierto es que, en las Indias, la caballería no murió con los torneos de Castilla. Se transformó: en sangre, en honor robado, y en el eco de una lanza que, un día, se atrevió a romper las reglas.

De "El Galán Dávila" a "El Gran Justador"

Durante su juventud, Pedrarias Dávila ganó fama siguiendo la tradición de los caballeros medievales al vencer sistemáticamente a sus adversarios en justas y torneos. Su porte era imponente; no solo era reconocido como el más alto y fornido entre sus compañeros de armas, sino también como el más diestro en el manejo de la lanza y la espada. Esta habilidad le valió el apodo de "El Gran Justador".

Su atractivo y carisma lo hicieron popular entre las damas, que lo conocían cariñosamente como "El Galán". Cronistas de la época, como Bartolomé de las Casas y Pedro Mártir de Anglería, certificaron su fama como justador. Anglería, de hecho, se refirió a él explícitamente cuando fue elegido para su futura expedición a Tierra Firme:

"Pedro Arias de Ávila, un ciudadano de Segovia, fue el escogido para emprender esta provincia. Por antonomasia, entre los españoles le fue dado el nombre de Justador, porque desde su juventud sobresalió como un egregio manejador de la lanza."

Incluso su nieto, Francisco Arias Dávila, dejó constancia de las proezas de su antepasado. Un ejemplo notable de su generosidad y éxito en el torneo ocurrió durante unas justas en Portugal, en las que, al ser galardonado con dos fuentes llenas de cruzados de oro y joyas, envió todos los premios a las damas de la Reina, demostrando un gesto de galantería propio de su apodo, "El Galán". Estos célebres torneos, donde Pedrarias usó el emblema de una serpiente, se celebraron en Sevilla y Portugal en la primavera de 1490, con motivo del matrimonio de la infanta Isabel, hija de los Reyes Católicos, con el príncipe Alfonso.

Servicio en la Reconquista y las Campañas de África

La Guerra de Granada (1482-1492)

Pedrarias Dávila sirvió activamente en la Guerra de Granada contra el reino nazarí. Como contino o guardia pretoriana, formó parte del destacamento que acompañó a la reina Isabel la Católica el 2 de enero de 1492, día histórico de la Toma de Granada

Nota Histórica: La campaña de Granada fue un esfuerzo militar masivo, sostenido financieramente en parte por comerciantes judíos que aportaron alrededor de 50 millones de maravedíes antes del Edicto de Expulsión. Tras la rendición, los Reyes Católicos incumplieron parcialmente las Capitulaciones de Granada, obligando a los musulmanes a elegir entre la conversión al cristianismo o el exilio.

Las Conquistas en el Norte de África

Después del fallecimiento de la Reina Isabel, Pedrarias participó en las expediciones de la Guerra Santa en África, impulsadas y financiadas por el Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros.

Toma de Orán (1509): Cisneros, que actuó como financiador y Capitán General, comandó las tropas, entre las que se encontraban soldados experimentados como Pedrarias, pero también poetas y, según la costumbre de la época, un número de presidiarios. La victoria en Orán se consumó el 18 de mayo de 1509. La ciudad fue saqueada, resultando en la muerte de unos 4.000 musulmanes, la captura de 5.000 prisioneros y la liberación de 300 cautivos cristianos. Pedrarias se distinguió especialmente al capturar el alcázar con ayuda del veneciano Gerónimo Vianello e izar la bandera cristiana. Como recompensa por su valentía, se le concedió el derecho a cobrar arbitrios en la Judería, los mercados y la Almedina (incluyendo la mancebía).

Toma de Bugía (1510): Pedrarias participó activamente en esta campaña, bajo el mando del Gran Capitán Pedro Navarro.

El Privilegio de Armas de 1512: Su Mayor Reconocimiento

El cénit de la carrera militar de Pedrarias se recoge en el Privilegio de Armas otorgado por la reina Juana I de Castilla (Juana la Loca), hija de los Reyes Católicos, en Burgos el 12 de agosto de 1512. Este documento es la prueba fehaciente de sus extraordinarias hazañas militares en África, y lo nombra "nuestro coronel".

En el privilegio, la Reina detalla sus méritos y la distinción de Pedrarias en el combate:

"Y de allí fuisteis a la toma de Bugía en la cual entrasteis por encima del muro con vuestra bandera y alguna parte de la gente de vuestra compañía combatiendo la dicha ciudad, donde matasteis al alférez de los moros y les tomasteis su bandera. Y asimismo ganasteis el castillo de la dicha ciudad... y después, teniéndole en guarda, os cercaron gran muchedumbre de moros y combatieron con tan gran braveza desde casi hora del mediodía hasta parte de la noche, estando vos con 14 hombres, los 9 muy enfermos de pestilencia, y vos con los otros 5 defendisteis el dicho castillo con tanta industria y ánimo que les tomasteis siete escalas por donde subían los dichos moros."

Como remuneración perpetua por estos servicios, la Reina le concedió añadir a sus armas antiguas una orla de honor, que debía incluir la figura de la bandera tomada, el castillo que defendió, y las siete escalas que tomó. Además, se le permitió multiplicar la figura del castillo por ocho veces en la orla, en memoria de las ocho horas que duró el combate en Bugía, durante las cuales fue juzgado por cristianos y moros "por muerto y tomado el dicho castillo."

Este reconocimiento subraya la valentía extrema de Pedrarias y el prestigio militar que atesoraba antes de embarcarse hacia las Indias.

El Obispo Fonseca Promociona a Pedrarias Dávila como Gobernador de Castilla del Oro

Los viajes de Cristóbal Colón a las Indias, especialmente su cuarto viaje, despertaron gran interés en la Corona, particularmente en la región que Colón denominó Veragua o Tierra Firme (que él creía rica en oro y habitada por culturas superiores a las antillanas).

La Corona autorizó múltiples expediciones a estos nuevos territorios. Las principales, dirigidas por Diego de Nicuesa y Martín Fernández de Enciso, fueron promovidas por el influyente Obispo Juan Rodríguez de Fonseca, el de facto jefe de la política colonial de la época. Estas autorizaciones se dieron en detrimento de los privilegios que las Capitulaciones de Santa Fe habían otorgado originalmente a Colón y que su familia ahora reclamaba.

Primeros Asentamientos y la Ascensión de Núñez de Balboa

Diego de Nicuesa, nombrado Gobernador de Veragua en 1508, fundó Nombre de Dios en 1510.

Ese mismo año, Martín Fernández de Enciso zarpó para auxiliar a Alonso de Ojeda en San Sebastián de Urabá, cuya fortaleza había sido incendiada por los indígenas.

En alta mar, surgió la figura clave de Vasco Núñez de Balboa (nacido en Jerez de los Caballeros, España, ca. 1475). Balboa iba a bordo como polizón, huyendo de sus acreedores en la isla La Española (Santo Domingo). Viajaba con su perro, Leoncico, escondido—según las fuentes—, en una pipa vacía o envuelto en la vela de la nao. Núñez de Balboa había llegado a La Española en 1500 con la expedición de Rodrigo de Bastidas y se le había adjudicado una encomienda tras su participación en la Masacre de Xaragua.

El cronista Bartolomé de las Casas describió a Balboa como un hombre de unos treinta y cinco años, "bien alto y dispuesto de cuerpo, y buenos miembros y fuerzas y gentil gesto de hombre, muy entendido y para sufrir mucho trabajo."

La Fundación de Santa María de la Antigua del Darién

Núñez de Balboa demostró su liderazgo al sugerir a Fernández de Enciso trasladar el fuerte a la orilla occidental del Golfo de Urabá para escapar de los indígenas locales. En ese nuevo emplazamiento, Balboa fundó Santa María de la Antigua del Darién (situada en la actual Colombia).

Acto seguido, Balboa se insubordinó, depuso a Enciso, se autonombró alcalde junto a Benito de Palazuelos, y envió a Enciso de regreso a España.

Cuando Diego de Nicuesa viajó al nuevo asentamiento a solicitud de algunos pobladores, fue recibido con hostilidad. Balboa le aconsejó partir. Nicuesa se hizo a la mar con diecisiete hombres el 1 de marzo de 1511, desapareciendo para siempre. Bartolomé de las Casas supuso que, dado el mal estado de su navío y la bravura de los mares, Nicuesa y sus hombres fueron tragados por el mar, o murieron de pura sed y hambre.

Balboa, Gobernador Interino y los Náufragos del Yucatán

Balboa consolidó su poder. Envió a Juan de Zamudio y al regidor Juan de Valdivia a La Española con el quinto real (la parte del botín correspondiente a la Corona) y solicitó al Almirante Diego Colón refuerzos y suministros.

·         El 10 de septiembre de 1511, Diego Colón reconoció a Núñez de Balboa como Gobernador interino.

·         El 23 de diciembre de 1511, la Corona lo confirmó en el cargo.

Zamudio continuó el viaje a la Península para informar directamente al Rey. Valdivia, en su viaje de retorno a Tierra Firme, naufragó en los arrecifes de Las Víboras (actualmente conocido como Arrecife Víbora, cerca de Jamaica). Los sobrevivientes, incluidos dos mujeres, se hicieron a la mar en un batel que los arrastró hasta las costas del Yucatán. Allí, Valdivia y otros tres fueron sacrificados por los nativos. Otros, como Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero, se salvaron, siendo asimilados por tribus locales (personajes clave para la posterior expedición de Cortés).

El Secreto del "Otro Mar"

Mientras tanto, Balboa organizaba "entradas" (incursiones militares) para capturar indígenas y obtener riquezas. Uno de los primeros líderes nativos que lo recibió fue el cacique Comogre, quien le entregó joyas y setenta esclavos.

Cuando los españoles riñeron por el reparto del botín, el hijo mayor de Comogre, Panquiaco, los reprendió con una arenga trascendental:

“¿Qué es esto, cristianos? ¿Por tan poca cosa disputáis? Si tanto anhelo tenéis de oro, que por conseguirlo perturbáis estas tierras y atormentáis a sus gentes pacíficas, mientras vosotros mismos sufrís fatigas y os desterráis de vuestras patrias, yo os mostraré una provincia donde podréis saciar vuestro deseo. Pero para ello es necesario que seáis más numerosos, pues habréis de enfrentaros a grandes reyes que defienden con valentía y rigor sus dominios.

Entre ellos toparéis primero con el rey Tubanamá, que posee abundancia de ese oro que tanto codiciáis. Su tierra dista de la nuestra unas seis jornadas de camino hacia el Mediodía, hacia la Mar del Sur —y al decirlo señalaba con el dedo en esa dirección—. Afirmaba que, tras atravesar ciertas sierras, veríais navegar otras gentes en navíos y barcos no muy distintos de los nuestros, provistos también de velas y remos. Más allá de ese mar, añadía, hallaríais aún mayores riquezas de oro, y pueblos que comían y bebían en grandes vasos de ese metal.

Y como había oído decir a los nuestros que en España abundaba el hierro, del cual se forjaban las espadas, concluyó señalando que en aquellas tierras había más oro que hierro en toda Vizcaya.”

Decidido a descubrir el nuevo mar y sus abundantes riquezas, en octubre de 1512 Vasco Núñez de Balboa envió a Juan de Caicedo y Rodrigo de Colmenares como procuradores ante la Corte, con el encargo de solicitar al rey Fernando el Católico hasta mil hombres y armas para organizar la expedición. En compañía de ambos viajó también un indio que afirmaba haber visto un río donde el oro se pescaba con redes. El viaje fue más largo de lo previsto, y no fue sino hasta mayo de 1513 que arribaron a la Península Ibérica.

En España coincidieron entonces personajes movidos por intereses muy distintos: Martín Fernández de Enciso reclamaba justicia por los agravios que, según él, Balboa le había infligido; los partidarios de Diego de Nicuesa —de quien nada se sabía— acusaban a Balboa de su desgracia; mientras que Zamudio, Caicedo y Colmenares defendían con ahínco los intereses de su jefe, que eran también los suyos.

Aprovechando aquella coyuntura, intervino el obispo Juan Rodríguez de Fonseca —hombre taimado, intrigante, ambicioso y siempre atento a su provecho—, quien promovió un proyecto que beneficiaría tanto a la Corona como a sus propios intereses económicos. En carta al rey Fernando el Católico, le expresó lo siguiente:

Vuestra Alteza ya tiene grande noticia del esfuerzo y valor de Pedrarias, y de las hazañas que, tanto como capitán vuestro como en persona propia, siempre realizó en las guerras de África, donde Vuestra Alteza le envió. En todas se distinguió muchas veces, y tiene gran experiencia en las cosas de la guerra; y para las de paz, está dotado de muy buen entendimiento. Además, se ha criado en vuestra casa real desde su niñez, por lo cual procurará más que otro vuestro servicio y guardará toda fidelidad. No sería justo ni conveniente para el servicio de Vuestra Alteza que, por codicia de otros menos dignos, se le niegue el cargo, pues ya en la corte se da por hecho que para esta empresa ha sido nombrado. En ninguna manera conviene que a este negocio vaya otro sino Pedrarias Dávila, y esto juzgo —según mi parecer— lo más provechoso al servicio de Vuestra Alteza y para alcanzar la prosperidad que todos deseamos.

Con estas palabras, Fonseca inclinó decisivamente la voluntad del monarca a favor de Pedrarias Dávila, sellando así el destino de Balboa y de la expedición al Mar del Sur.

El 27 de julio de 1513, el rey Fernando el Católico nombró a Pedrarias Dávila capitán general y gobernador de Castilla del Oro, territorio que comprendía lo que hasta entonces se conocía como Tierra Firme, con excepción de Veragua y Paria. En la real cédula que oficializaba su nombramiento se establecía:

Por cuanto a Nuestro Señor ha placido que, por mandato de la Serenísima Reina, mi muy cara y amada hija, y mío, se hayan descubierto algunas islas y tierras hasta ahora ignotas, y entre ellas una muy gran parte de tierra llamada Tierra Firme, que de ahora en adelante mandamos se llame Castilla del Oro...

El documento destacaba que en aquella región se había fundado un asentamiento en el golfo de Urabá, en la provincia del Darién —entonces renombrada como Andalucía la Nueva—, y que su población se conocía como Santa María la Antigua del Darién. El texto expresaba además el deseo del monarca de que en aquellas tierras se sirviera a Dios, se diera a conocer su santo nombre y se convirtiera a la fe católica a los naturales de la región. Para tal fin, solicitaba al Papa el envío de prelados ejemplares y eruditos, y ordenaba la organización de una armada bien provista, que asegurara tanto la defensa de los religiosos como el poblamiento de la zona.

Confiando en la prudencia, fidelidad y experiencia de Pedrarias Dávila, el rey le encomendaba la gobernación y capitanía general de toda la gente y navíos de la armada, así como la administración de la nueva provincia, exceptuando expresamente las de Veragua —bajo el dominio del Almirante don Diego Colón—, Paria y las tierras descubiertas por Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís.

Mientras en la Península Ibérica el obispo Rodríguez de Fonseca se ocupaba de organizar la poderosa armada de Pedrarias, las noticias llegaron a Tierra Firme. Allí, Vasco Núñez de Balboa supo que el rey se había mostrado indignado con su proceder y ordenado hacer justicia conforme al derecho. Fue condenado a resarcir a Martín Fernández de Enciso por los daños y perjuicios ocasionados —en lo civil—, reservándose el monarca el fallo sobre lo criminal. Zamudio le informó de ello, y desde entonces Balboa vivió con el temor constante de perder su posición o incluso su vida, esperando en cualquier momento la llegada de un emisario real que lo destituyera.

Decidido a redimirse y ganar el perdón del monarca, Balboa emprendió una hazaña sin precedentes. El 1 de septiembre de 1513 partió en busca del misterioso mar del que tanto había oído hablar. Lo acompañaban 190 españoles, 800 indígenas, un bergantín, diez grandes cayucos, lanzas, espadas, ballestas, rodelas, algunas escopetas y varios perros mastines, entre ellos Leoncico, hijo del célebre Becerrillo. Gonzalo Fernández de Oviedo lo describió como un animal de pelaje bermejo, con el hocico oscuro, de talla mediana, pero de gran entendimiento y valentía.

Balboa se internó por las montañas, y con ayuda del cacique Ponca combatió y dio muerte al cacique Quarequa. A su hermano y a otros prisioneros, que vestían ropas femeninas, los mandó aperrear y descuartizar, pues los acusó de practicar el “pecado nefando”.

En sus célebres Décadas del Nuevo Mundo (1530), el cronista Pedro Mártir de Anglería describió con crudeza la supuesta “naturaleza maligna” de los amerindios, a partir de un suceso ocurrido en octubre de 1513. En un poblado de Panamá, tras la muerte del cacique Quarequa y de muchos de sus guerreros, Vasco Núñez de Balboa ordenó alimentar a sus perros de guerra con la carne y los huesos de cuarenta indígenas acusados de practicar actos de sodomía, idolatría y otros “crímenes abominables”. Este tipo de episodios, tristemente frecuentes durante la expansión colonial europea, sirvió para justificar la pretendida superioridad moral de los conquistadores frente a aquellos comportamientos que consideraban bárbaros y contrarios a la fe.

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿qué clase de razonamiento pudo justificar semejante atrocidad? ¿Qué lógica se ocultaba tras una ejecución tan brutal? Según el propio Pedro Mártir, los hechos ocurrieron del siguiente modo:

“La casa de éste (cacique) encontró Vasco llena de nefanda voluptuosidad: halló al hermano del cacique en traje de mujer, y a otros muchos acicalados y, según testimonio de los vecinos, dispuestos a usos licenciosos. Entonces mandó echarles los perros, que destrozaron a unos cuarenta. Se sirven los nuestros de los perros en la guerra contra aquellas gentes desnudas, a las cuales se tiran con rabia, cual si fuesen fieros jabalíes a fugitivos ciervos…”

El texto revela cómo los conquistadores hicieron del castigo físico un instrumento sistemático durante los primeros años de la conquista. Más allá de cualquier norma o jurisdicción, estos escarmientos no respondían a un ejercicio legítimo de justicia, sino a una práctica disciplinaria sostenida por la violencia. Los actos de crueldad no fueron hechos aislados ni excepcionales: la brutalidad de las masacres y la destrucción de pueblos enteros evidencian una cultura de agresión que se manifestaba en su forma más pura y deshumanizada. En este contexto, los oficiales de la Corona y sus mastines de guerra se ensañaban periódicamente con los indígenas, no solo porque éstos carecían de medios para organizar una resistencia efectiva, sino porque, a los ojos de sus verdugos, nunca podrían ser suficientemente humillados.

Más allá de las observaciones superficiales de Cristóbal Colón entre 1492 y 1504, la naturaleza del Nuevo Mundo fue para el primer cronista oficial de las Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (1478-1557), una fuente inagotable de conocimiento y un principio organizador en los primeros libros de su Historia general y natural de las Indias (1535). No obstante, la imagen idealizada del “paraíso terrenal” que promovió entre 1535 y 1540 pronto dio paso a una visión sombría, marcada por la corrupción y la maldad. En sus descripciones posteriores, los indígenas aparecían como enemigos hostiles, diestros con dardos y flechas ponzoñosas, inclinados al desenfreno y al canibalismo.

Sin embargo, durante la década de 1540, Oviedo experimentó un viraje moral y político. Su creciente indignación ante la conducta inmoral y despiadada de sus compatriotas lo llevó a adoptar una postura más crítica y, a la vez, más comprensiva hacia los amerindios.

La Historia general y natural de las Indias no fue un panfleto propagandístico, sino un texto profundamente ambivalente, reflejo del oportunismo político de su autor. Mientras la violencia mimética de los españoles sugería una equivalencia entre la barbarie de los nativos y la de los conquistadores, Oviedo utilizó sus críticas a los abusos de sus compatriotas con un propósito moralizador: reforzar la legitimidad del proyecto imperial y cristiano que, pese a todo, seguía considerando justo y necesario.

Volvamos a lo nuestro.

Finalmente, el 25 de septiembre de 1513, desde la cima de una montaña, Vasco Núñez de Balboa divisó el Mar del Sur. Al descender hacia la costa aún tuvo que enfrentarse a los guerreros del cacique Chiapes.

Fray Bartolomé de las Casas narró la escena de la toma de posesión con sobriedad:

Llega Vasco Núñez y Chiapes, con ochenta españoles y muchos indios, a la mar; y métese hasta los muslos en ella, con una espada y una rodela. Luego toma testigos y pide testimonio de cómo ve y toca con su persona el Mar del Sur, y toma posesión de él y de todo lo que le pertenece en nombre de los Reyes de Castilla, declarando que defenderá esa posesión contra todo aquel que la contradiga, y hace para ello muchos actos y diligencias.

Así, el descubrimiento del Mar del Sur —posteriormente llamado océano Pacífico— marcó uno de los episodios más trascendentales de la exploración española en América.

La versión de Gonzalo Fernández de Oviedo55 resulta mucho más amplia y rica, pues se basó en los papeles del Escribano Real Andrés de Valderrábano, a quien conoció personalmente y de quien heredó sus escritos. De ellos extrajo el Acta de toma de posesión del Mar del Sur, redactada por el propio Valderrábano, en la que se narra:

“Y como el agua llegó, el capitán Vasco Núñez, en nombre del Serenísimo y muy Católico Rey don Fernando, quinto de tal nombre, y de la Reina Serenísima y Católica doña Juana, su hija, y por la corona y cetro real de Castilla, tomó en la mano una bandera y pendón real de Sus Altezas, en el que estaba pintada una imagen de la Virgen Santa María, Nuestra Señora, con su precioso Hijo, Nuestro Redentor Jesucristo, en brazos, y al pie de la imagen las armas reales de Castilla y de León.

Con una espada desnuda y una rodela en las manos entró en el agua de la mar salada hasta las rodillas y comenzó a pasearse diciendo:

‘¡Vivan los muy altos y poderosos Reyes don Fernando y doña Juana, Reyes de Castilla y de León!, en cuyo nombre y por la real corona de Castilla tomo y aprehendo la posesión real, corporal y actualmente de estos mares, tierras, costas, puertos e islas australes, con todos sus anexos, reinos y provincias que les pertenecen o puedan pertenecer por cualquier razón o título, antiguo o moderno, pasado, presente o por venir, sin contradicción alguna.

Y si algún otro príncipe o capitán, cristiano o infiel, de cualquier ley o condición, pretendiera algún derecho sobre estas tierras y mares, estoy presto a contradecirlo y defenderlo en nombre de los Reyes de Castilla, presentes o futuros, a quienes pertenece este imperio y señorío de las Indias, islas y Tierra Firme, septentrional y austral, con sus mares, así en el polo ártico como en el antártico, a uno y otro lado de la línea equinoccial, dentro o fuera de los trópicos de Cáncer y Capricornio.
Todo ello, y cada parte, compete y pertenece a Sus Majestades y a sus sucesores, como más largamente protesto por escrito en favor de su real patrimonio, ahora y por todo el tiempo que el mundo durare, hasta el juicio final de los mortales.’”

Fernández de Oviedo incluyó también en su crónica la lista completa de los españoles que estuvieron presentes en aquel acto, encabezada por Vasco Núñez de Balboa, el clérigo Andrés de Vera y Francisco Pizarro, el futuro conquistador del Perú.

De vuelta en la Península Ibérica, los preparativos de la Armada avanzaban. La noticia que Caicedo y Colmenares llevaron sobre el Darién —donde el oro, decían, se recogía con redes— y la existencia de otro mar repleto de riquezas inagotables, despertaron tal entusiasmo que numerosos jóvenes acudieron a Sevilla a ofrecerse como voluntarios, incluso sin paga.

Sin embargo, el obispo Rodríguez de Fonseca determinó que solo se seleccionarían 1,200 hombres; pero Pedrarias Dávila, incapaz de resistir ruegos, recomendaciones y favores, terminó embarcando 1,500.57

Entre los integrantes de la expedición se encontraba el propio Fernández de Oviedo (ilustración 7), de unos 36 años, con experiencia militar y sólida formación literaria adquirida en los reinos de Italia. Viajó como veedor de las fundiciones del oro de la Tierra Firme y escribano general, cargo este último que asumió tras la muerte de Juan de Quincedo, a quien sustituyó. Otro integrante fue Bernal Díaz del Castillo, natural de Medina del Campo (Valladolid), que entonces apenas contaba con 18 años y que muchos años después se convertiría en un destacado cronista.

El 19 de marzo de 1514, antes de zarpar, Pedrarias Dávila otorgó testamento, siendo Fernández de Oviedo uno de los testigos. En él dejó constancia de sus propiedades en Segovia, Bernuy de Palacios, Cristobalejos, Juarros de Boltoya, Chinchón, Buenaventura, Olmedo, Alcazarén y Mojados.

La armada, compuesta por 22 navíos, zarpó de Sanlúcar de Barrameda el 11 de abril de 1514. Su primera escala fue en la isla de La Gomera, donde los aguardaban 50 nadadores que Pedrarias había mandado reclutar, convencido aún de que en Castilla del Oro hallarían un lugar donde el oro se recogía, literalmente, con redes.

Durante la travesía, el temperamento de Pedrarias no tardó en manifestarse. En Dominica, sin mediar juicio alguno, mandó ahorcar a su sirviente San Martín por haberse demorado en subir a bordo y responder con enojo al capitán Juan de Ayora.

Al día siguiente, por mandado del general, todos se embarcaron en el puerto de la Dominica, o Aguada, como se dice. Faltaban algunos compañeros, y Pedrarias ordenó disparar algunas lombardas para que los rezagados se acercaran. El teniente Juan de Ayora quedó aquella noche en tierra con cierta guardia, tocando las trompetas de cuando en cuando.

Así, algunos mancebos regresaron, y entre los últimos llegó uno llamado San Martín, criado del Gobernador desde hacía años. Como llegó tarde, Ayora lo reprendió duramente; ofendido, San Martín respondió con insolencia que no pensaba embarcarse, aunque no parecía tener tal intención, sino solo enojo. Ayora informó del incidente al Gobernador, quien, enfurecido, sin más atención ni juicio, envió al capitán Gaspar de Morales, su primo y criado, con orden de ahorcarlo de inmediato. Así se cumplió lo mandado, y el desdichado fue colgado de un árbol.
Cierto es que, cinco o seis meses después, ya en Darién, se le formó proceso por desobediencia; pero muchos sospecharon que aquella ejecución tan apresurada escondía viejos rencores o desagrados entre el Gobernador y su servidor.”

El 12 de junio de 1514, al arribar al Puerto de Santa Marta y en cumplimiento de las Instrucciones que Fernando el Católico le había entregado, Pedrarias Dávila ordenó a su escribano, Gonzalo Fernández de Oviedo, descender a tierra y leer el Requerimiento a los indígenas que, con penachos de plumas, arcos y flechas, se habían acercado con recelo a contemplar la armada recién llegada.

Sin embargo, Oviedo no pudo cumplir la orden, pues los nativos, tras lanzar una lluvia de flechas, huyeron precipitadamente. Poco después, el propio Pedrarias descendió de la nave, tomó posesión del lugar y mandó registrar lo sucedido.

Dos días más tarde, volvió a enviar a Oviedo, esta vez con trescientos hombres, con la orden de buscar a los indígenas y leerles nuevamente el Requerimiento. El escribano intentó cumplir el mandato, pero en cuanto comenzó a hacerlo, fue recibido con una nueva descarga de flechas enarboladas, es decir, envenenadas. Una de ellas alcanzó en la pierna a su sirviente Hernando de Arroyo, quien moriría dos días después.

Durante el enfrentamiento murieron tres indígenas y fueron capturadas diez mujeres. Horas más tarde, Pedrarias se les unió con mil trescientos hombres, dos cañones pequeños y numerosos lebreles, con los que arremetió contra los nativos. Desde entonces, renunció a insistir en que el Requerimiento fuese proclamado.61

Las Instrucciones que llevaba Pedrarias se basaban en las Leyes de Burgos, dictadas como respuesta al famoso Sermón de Antonio de Montesinos de 1511, pronunciado en La Española (Santo Domingo). En aquel sermón, el fraile dominico denunció la crueldad y la tiranía ejercidas por los conquistadores, responsables de la despoblación de las islas y de la caza de indígenas para reemplazar la mano de obra perdida. Aquellas incursiones, a su vez, habían propiciado el descubrimiento de culturas avanzadas en las costas de Yucatán y del litoral comprendido entre la Bahía de Honduras y Darién, donde Cristóbal Colón ya había observado la riqueza de joyas y piezas de oro entre sus pobladores.

En su prédica, Montesinos increpó con severidad a los colonizadores:

“Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid: ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes, que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido?
¿Cómo los tenéis tan oprimidos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais se os mueren, y —por mejor decir— los matáis por sacar y adquirir oro cada día?

¿Y qué cuidado tenéis de que los doctrinen, conozcan a su Dios y creador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y los domingos? ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos?

¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo podéis permanecer en tan profundo sueño letárgico? Sabed con certeza que, en el estado en que estáis, no podéis salvaros más que los moros o turcos que carecen de la fe de Jesucristo.”

Ante el impacto de esta denuncia, Fernando el Católico convocó la Junta de Burgos, presidida por Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos y superintendente de la Casa de Contratación. Participaron los teólogos dominicos Matías de Paz, Pedro de Covarrubias y Tomás Durán, así como los jurisconsultos Gregorio (predicador del Rey), Sosa, Santiago y Juan López de Palacios Rubios.63

El resultado de dicha reunión fueron las Leyes de Burgos u Ordenanzas para el tratamiento de los indios, en cuya redacción se tomaron en cuenta las opiniones de Martín Fernández de Enciso, del franciscano Alonso de Espinar y del mercader burgalés Pedro García Carrión.64

Rubricadas por el rey el 27 de diciembre de 1512, las ordenanzas establecían:

·         La supremacía del derecho divino sobre el derecho natural;

·         La legitimidad del dominio del rey de España sobre las Indias;

·         Que los indios eran seres libres, con derecho a poseer casas y haciendas, aunque como súbditos de Castilla debían trabajar moderadamente en favor de la Corona;

·         El mantenimiento del repartimiento, pero en forma vitalicia;

·         El reconocimiento de los caciques y sus señoríos; y

·         La justificación de la guerra de conquista, en caso de que los indios se negasen a aceptar la evangelización.

Concluido el evento, el monarca solicitó a Matías de Paz y a Palacios Rubios proponer un modo de institucionalizar tales principios. Su respuesta dio origen a dos mecanismos:

·         La transformación del repartimiento —antiguo disfraz del sistema esclavista rechazado por Isabel la Católica— en encomienda, es decir, en un sistema tributario; y

·         La creación del Requerimiento, procedimiento jurídico destinado a justificar la guerra contra los indígenas.

El teólogo Matías de Paz, catedrático de la Universidad de Salamanca, fue el autor intelectual del De dominio regum Hispaniae super indos, donde sostenía que debía informarse a los indígenas de los derechos que la Santa Sede había otorgado a los reyes de Castilla sobre las Indias. Sin embargo, según Bartolomé de las Casas,65 fue Juan López de Palacios Rubios quien dio forma definitiva al documento conocido como Requerimiento:

“Este Requerimiento ordenó el venerable doctor Palacios Rubios, bien mi amigo —según él mismo me dijo—, el cual, fuera de esto, se compadecía mucho de las angustias y daños de los indios. Bien parece ser suyo este Requerimiento y amasado de su harina, porque lo funda todo en los errores de Hostiensis, cuyo secuaz fue, como largamente dijimos en nuestro primer libro, cuyo título es De unico vocationis modo omnium gentium ad veram religionem, en latín escrito.”

Juan López de Palacios Rubios (1450–1524) (ilustración 8) fue catedrático de las universidades de Salamanca y Valladolid, uno de los redactores de las Leyes de Toro (1505) y miembro del Consejo de Indias desde ese mismo año. En su Libellus de insulis oceanis defendió la legitimidad de la concesión papal de las tierras descubiertas mediante las Bulas Alejandrinas, y en su tratado De Justitia et Jure obtentionis ac retentionis regni Navarrae escribió una apología de la conquista de Navarra emprendida por Fernando el Católico.

Exceptuando a Las Casas, muchos historiadores lo han considerado responsable intelectual de las atrocidades cometidas durante la conquista, al atribuirle la formulación del Requerimiento que justificó la esclavización y el sometimiento indígena.

El propio Las Casas, quien en varias ocasiones reconoció su amistad con él, escribió:

“Fue el doctor Palacios Rubios doctísimo en su facultad de jurista, estimado en ella más que todos, y por buen cristiano también tenido. [...] Hombre muy letrado e inclinado a escribir en derecho, comenzó entonces a redactar cierto libro titulado De Insulis Oceanis, que prosiguió y concluyó siguiendo el error de Hostiensis, fundando sobre él el título de los reyes de Castilla a las Indias. Y, cierto es, si sobre aquella errónea y aun herética opinión se basara solo el derecho de los reyes a las Indias, harto poco les cupiera jurídicamente de lo que en ellas hay.

Mucho parece que se extendió en su escrito buscando agradar al Rey más que contrariarlo; quizá por eso Dios permitió que el monarca le hiciera pocas mercedes, aunque lo apreciaba mucho. Con todo, siempre, por su naturaleza bondadosa, en cuanto pudo favoreció a los indios, como abajo se verá.”

El Hostiensis al que se refiere fray Bartolomé de las Casas no es otro que Enrique de Susa (¿? - 1271), natural de Segusia (actual Turín), quien fue Prior de Antibes, Obispo de Sisteron y, más tarde, arzobispo de Embrun. En su célebre Summa Aurea, sostuvo que las leyes y la autoridad política provenían de Dios; que el Derecho Civil era inferior al Derecho Canónico; y que las decisiones del Papa, como vicario de Cristo, emanaban directamente de la voluntad divina. Según esta doctrina, era obligación de todos los fieles cumplir con los mandatos papales, puesto que el Papa poseía la potestad de las dos espadas, es decir, tanto el poder espiritual como el temporal, extendiéndose dicha autoridad incluso sobre los reinos no cristianos.

El contenido del Requerimiento, redactado por Juan López de Palacios Rubios, se hallaba impregnado de falacias teológicas y argumentos sofísticos desde su mismo inicio. Baste recordar cómo en su preámbulo se califica a Fernando el Católico y a Juana la Loca como “domadores de las gentes bárbaras”. Una ironía histórica si se considera que fueron los árabes quienes, durante siglos, habían introducido en la Península Ibérica el valioso legado cultural del mundo helénico y del Oriente Medio: la filosofía, la astronomía, la medicina, las matemáticas, la arquitectura y la ingeniería hidráulica.

El texto del Requerimiento —una de las piezas más reveladoras del pensamiento jurídico y teológico que sustentó la conquista— decía lo siguiente:

«De parte del rey don Fernando y de la reina doña Juana, su hija, reina de Castilla y León, etc., domadores de las gentes bárbaras, nos, sus criados, os notificamos y hacemos saber como mejor podemos, que Dios Nuestro Señor, uno y eterno, creó el cielo y la tierra, y un hombre y una mujer, de quienes nosotros, vosotros y todos los hombres del mundo descendemos y fuimos procreados (...).»

A partir de esa premisa, el documento desarrollaba un razonamiento teocrático que legitimaba la autoridad universal del Papa y, por extensión, el dominio de los reyes españoles sobre los pueblos del Nuevo Mundo. Según el texto, Dios había concedido a San Pedro el señorío sobre toda la humanidad, y sus sucesores, los Papas, mantenían esa potestad en nombre de Cristo. Uno de ellos —se afirmaba— había hecho donación de las tierras descubiertas en el océano a los Reyes Católicos y a sus herederos, otorgándoles así la jurisdicción espiritual y temporal sobre sus habitantes.

El Requerimiento concluía con una advertencia solemne dirigida a los indígenas: si aceptaban reconocer la autoridad de la Iglesia y de los monarcas de Castilla, serían tratados con amor y caridad, conservando sus bienes, familias y libertad. Pero si se negaban, los conquistadores procederían, “con la ayuda de Dios”, a someterlos por la fuerza, esclavizarlos, apoderarse de sus propiedades y castigar su desobediencia con la guerra, dejando constancia de que toda la culpa recaería sobre ellos y no sobre Sus Altezas.

Este documento, leído —o fingidamente leído— en latín ante pueblos que desconocían la lengua y la fe de los invasores, constituía una ficción jurídica destinada a justificar la violencia colonial bajo el amparo de una autoridad divina mal interpretada. Su redacción resume, con claridad implacable, la mentalidad imperial de la época: un orden del mundo en el que la fe, la espada y la ley eran instrumentos de un mismo propósito.

Gonzalo Fernández de Oviedo anotó en su Historia General y Natural de las Indias que, durante una expedición en Santa Marta, se le encomendó leer el Requerimiento a los pueblos indígenas, conforme a la orden de Pedrarias Dávila, quien había dispuesto que no se les maltratara sin antes cumplir con dicho trámite legal y esperar que los indios rompieran las hostilidades. Oviedo, sin embargo, calificó aquel texto como un “intrincado y estéril formulario”, que tuvo que leerles “no sin grave riesgo de su persona”.

Ante la indiferencia de los indígenas, Fernández de Oviedo comentó con ironía a Pedrarias:

“Señor, parésceme que estos indios no quieren escuchar la teología de este Requerimiento, ni vos tenéis quien se lo dé a entender. Mande Vuestra Merced guardarlo hasta que tengamos algún indio en una jaula, para que despacio lo aprenda y el señor obispo se lo dé a entender.”

Cuando en 1516 Oviedo regresó a España, tras su ruptura con Pedrarias, describió con crudeza el modo en que se aplicaba aquel procedimiento:

“Pareció que habían sido salteados, y que primero fueron atados que les dijesen ni supiesen que había Papa, ni Iglesia, ni cosa de cuantas el Requerimiento decía. Y después de estar metidos en cadena, uno les leía aquel Requerimiento, sin lenguas o intérprete, y sin entender el lector ni los indios; y ya que se lo dijeran con quien entendiera su lengua, estaban sin libertad para responder (...). Y al momento tiraban con ellos aprisionados adelante, no dejando de dar palos a quien poco andaba, y haciéndoles muchos otros ultrajes, fuerzas y adulterios con mujeres extrañas y apartadas de la fe. Tampoco hubo castigo ni reprensión en esto, sino tan larga disimulación, que fue principio de tantos males que nunca se acabarían de escribir.”

Oviedo también relató su conversación con Juan López de Palacios Rubios, autor del Requerimiento, acerca del sentido moral de aquel texto:

“Yo pregunté después, el año de 1516, al doctor Palacios Rubios (...) si quedaba satisfecha la conciencia de los cristianos con aquel Requerimiento, y díjome que sí, si se hiciese como el Requerimiento dice. Mas paréceme que se reía muchas veces cuando yo le contaba lo de esta jornada y otras que algunos capitanes después habían hecho. (...) Y pues en el capítulo VII se les da lugar o se les promete en aquel Requerimiento que tomen el tiempo que fuere justo para entender aquellos capítulos y que puedan deliberar sobre ellos, qué tanto ha de ser este tiempo quisiera yo que allí se expresara; pero si se les guardara o no, no me determino en eso. (...) Adelante se dirá el tiempo que los capitanes les daban, atando los indios después de salteados, y en tanto leyéndoles toda aquella capitulación del Requerimiento.”

En síntesis, el Requerimiento no fue más que una autojustificación teológica diseñada por la Corona española para legitimar la esclavización de los indígenas y el despojo de sus tierras. Bajo el pretexto de que los naturales no habían obedecido el mandato divino —emanado del Sumo Pontífice, quien había “donado” aquellas regiones al Reino de Castilla—, se construyó una ficción legal sustentada en una interpretación oportunista del Evangelio, destinada a justificar la conquista y el dominio absoluto sobre los pueblos del Nuevo Mundo.

Mientras Pedrarias Dávila se internaba por las aguas del océano Atlántico con su poderosa armada rumbo a Castilla de Oro, el naviero y comerciante Pedro de Arbolancha regresaba desde Darién a Castilla. A su llegada, fue recibido por el obispo Juan Rodríguez de Fonseca y por el secretario real Lope de Conchillos, quienes lo acompañaron a Valladolid para entregar al Rey una carta enviada por Vasco Núñez de Balboa. En ella, Balboa informaba del descubrimiento del Mar del Sur, adjuntando además un mapa o figura de lo recorrido, así como un valioso presente de perlas.

Ante tan buenas nuevas y el espléndido obsequio, Fernando el Católico decidió pasar por alto el juicio que, meses antes, había ordenado iniciar contra Núñez de Balboa por los agravios cometidos contra Martín Fernández de Enciso y la desaparición de Diego de Nicuesa. En efecto, mediante una real cédula del 28 de julio de 1513, el monarca había instruido a Pedrarias que, al llegar a Castilla de Oro, abriera proceso contra Balboa:

“Os ordeno que, en cuanto lleguéis a la provincia de Urabá y a la villa de Santa María la Antigua del Darién, asumáis las funciones de justicia, alcaldía y alguacil que actualmente ejerce Vasco Núñez de Balboa, y que se las hagáis entregar de inmediato. Una vez asumidas, practicad las pesquisas e investigaciones por todos los medios que consideréis oportunos para esclarecer todo lo referido; en particular, averiguad qué oro se tomó al bachiller Enciso, cuánto de ese oro pertenecía a la Corona, cuánto entregaron después los interesados, qué se redujo, sustrajo o perdió, en manos de quién estuvo y qué se hizo con él, y todo cuanto sea necesario para conocer la verdad y reunir la información completa sobre lo sucedido.

Conocidos los hechos, investigad las causas y motivos por los que se requisaron los bergantines y la embarcación al referido bachiller, y por qué se le detuvo y se le incautaron sus bienes; y aclarad todo lo demás que proceda para determinar la verdad. Si en la investigación halláis culpables de todo lo referido —incluido Vasco Núñez de Balboa—, arrestadlos, mantenedlos presos y bajo buena custodia, y proceded contra ellos y contra sus bienes con las penas civiles y criminales más severas que correspondan conforme a la ley y a la justicia. Al referido Vasco Núñez de Balboa enviadlo preso a nuestra Corte junto con la investigación realizada, e incautad sus bienes —tanto los suyos como los de todos los demás que resulten culpables—. Entregad dichos bienes a una persona honesta y solvente para su custodia, dejando inventario y registro ante escribano público.”

Para remediar lo convenido, el 23 de septiembre de 1514 le hicimos merced a Vasco Núñez de Balboa de nombrarlo Adelantado del Mar del Sur y gobernador de Coiba y de Panamá, aunque siempre subordinado a la gobernación de Castilla del Oro, es decir, a Pedrarias Dávila:

“Atendiendo al servicio que Vasco Núñez de Balboa nos ha prestado y al deseo que tiene de seguir sirviéndonos, y con el fin de que otros, al ver la merced que le concedemos, se animen a trabajar y a servirnos como él lo ha hecho, le hemos hecho la merced de nombrarlo nuestro adelantado de la costa del Sur que él descubrió y gobernador de las provincias de Panamá y Coiba. Y porque mi voluntad es que en esas tierras exista una sola autoridad y una sola cabeza, de manera que todos obedezcan lo que él ordene y mande como si yo en persona lo ordenara, mandé que en la provisión de la gobernación que corresponde a Pedro Arias de Ávila, nuestro lugarteniente general en Castilla del Oro, quede incluida dicha gobernación.”

Además, el rey escribió a Pedrarias ordenándole que tratara muy bien a Vasco Núñez de Balboa, que lo favoreciera y aceptara sus consejos, por la gran experiencia que tenía en los asuntos de Indias. Tan radical cambio en la voluntad del monarca solo puede explicarse por su desmedida ambición y su insaciable sed de oro, que lo llevaban a dictar y revocar órdenes contradictorias. Bien razón tuvo Cristóbal Colón cuando dijo: “Del oro se hace tesoro, y con él quien lo posee hace cuanto quiere en el mundo, y aun consigue echar las almas al Paraíso”.

Pedrarias Dávila llegó a Santa María la Antigua del Darién el 30 de agosto de 1514, acompañado de su esposa Isabel de Bobadilla y Peñalosa —a quien Bartolomé de las Casas describe como una matrona de carácter varonil—, del obispo Juan de Quevedo, célebre predicador del rey, de varios frailes franciscanos y de los oficiales reales, además de otros personajes con cargos importantes dentro del gobierno.

Un mensajero fue el primero en descender del barco para anunciar a Vasco Núñez de Balboa la llegada de Pedrarias. Según relata Las Casas, al encontrarlo ocurrió lo siguiente:

El criado, llegado al pueblo, preguntó por Vasco Núñez, y le respondieron: “Ahí lo tienes”. Lo halló ayudando a los esclavos que le cubrían con paja una casa, vestido con una simple camisa de algodón sobre otra de lienzo, calzado con alpargates y con unas calzas anchas de tela. El mensajero quedó sorprendido al ver que aquel hombre sencillo era el mismo Vasco Núñez de Balboa de quien tanto se hablaba en Castilla, imaginando que lo encontraría sentado en un trono de majestad. Se acercó y le dijo: “Señor, Pedrarias ha llegado al puerto con su flota; viene como gobernador de esta tierra”. Vasco Núñez respondió que le dijera de su parte que era muy bienvenido, y que se alegraba sinceramente de su llegada —“y Dios lo sabe”—, añadiendo que él y todos los vecinos del pueblo, al servicio del rey, estaban dispuestos a recibirlo y obedecerle.

Balboa, acompañado de cerca de medio centenar de hombres, recibió a Pedrarias con muestras de alegría y le entregó la gobernación, acatando la decisión real. Meses después, sin embargo, Pedrarias le sometió a un juicio de residencia, condenándolo al pago de varios miles de castellanos por los agravios cometidos contra el bachiller Fernández de Enciso, aunque lo declaró libre de toda culpa respecto a lo sucedido con Nicuesa. Tampoco se incluyeron en el juicio los robos, matanzas, cautiverios ni escándalos perpetrados contra los caciques y pueblos indígenas: de ello no se hizo memoria alguna, ni hubo fiscal del rey que lo acusara.

Poco después, la expedición se vio azotada por el hambre y las enfermedades. Se habían agotado las provisiones enviadas por la Corona, y parte de ellas se echó a perder porque la broma —gusano marino que perfora la madera— había carcomido el fondo de los barcos. El resto fue acaparado por el factor Juan de Tavira, quien, en lugar de distribuirlo en los primeros treinta días como se le había ordenado, lo retuvo para venderlo después a precios exorbitantes.

Bernal Díaz del Castillo, testigo de aquellos hechos, relató:

“En el año de 1514 salí de Castilla con el gobernador Pedro Arias de Ávila, a quien entonces se le dio la gobernación de Tierra Firme. Navegamos con buen tiempo y también con adverso, hasta llegar a Nombre de Dios. En aquel tiempo hubo pestilencia, de la que murieron muchos soldados; y además, casi todos enfermamos, llenándose nuestras piernas de llagas terribles”.

Por su parte, Pascual de Andagoya, otro miembro de la armada, añadió detalles sobre la hambruna y la mortandad:

“Al desembarcar los víveres que se repartieron entre todos, se halló que las harinas y demás mantenimientos estaban ya corrompidos por el mar. A esto se sumaba la mala disposición de la tierra, montuosa y pantanosa, habitada por pocos indios. La gente empezó a caer enferma de tal modo que unos no podían cuidar de otros, y así, en un mes murieron setecientos hombres de hambre y modorra”.

En apenas seis u ocho meses, buena parte de los recién llegados había muerto o emigrado a La Española, Cuba, Jamaica o San Juan, como fue el caso del propio Bernal Díaz del Castillo.

El poder de Pedrarias como gobernador no era absoluto, sino compartido. En las Instrucciones que el rey Fernando el Católico le dio para su estricto cumplimiento, la número 24 establecía:

“En todos los asuntos arduos que conciernan a la buena gobernación de la tierra y al bien común de sus vecinos, debéis consultar con el reverendo padre fray Juan de Quevedo, obispo del Darién, y con nuestros oficiales —tesorero, contador y factor—, para que, con acuerdo de todos, se tomen las decisiones. Y cuando estuviereis juntos en un mismo lugar, además de los informes particulares de cada uno, debéis escribirnos en conjunto sobre los asuntos generales, para que, conociendo el parecer de todos, se provea lo que más convenga al bien común.”

El primero en discrepar con Pedrarias y su forma de gobernar fue el veedor Gonzalo Fernández de Oviedo, quien en octubre de 1515 prefirió regresar a España para presentar sus quejas. Antes de partir fue sometido a un juicio de residencia del que salió sin culpa alguna, recibiendo incluso halagos y promesas para que no abandonara el Darién.

¿Qué había ocurrido? Andagoya lo atribuye al clima de injusticia que siguió a la hambruna y la mortandad:

“Los que tenían voto en la gobernación —el obispo y los oficiales—, al ver que la gente moría, comenzaron a enviar capitanes a diversas partes del Darién. Pero estos no iban a poblar, sino a asaltar y capturar indios para traerlos al asentamiento. Pocas veces lograban su propósito: muchos morían a manos de los nativos o por falta de disciplina. Los que regresaban lo hacían desbaratados o con alguna presa. Como cada uno obraba según su interés, no había orden ni castigo alguno. Los capitanes repartían los indios entre los soldados, el oro lo llevaban al Darién, donde se fundía y se distribuía entre todos, incluyendo al obispo, a los oficiales y al propio gobernador. Se nombraban capitanes por favoritismo, y aunque cometieran graves abusos, nadie los castigaba. Este daño se extendió a más de cien leguas del Darién. Los indios capturados eran enviados a las minas de oro, y como llegaban exhaustos del largo camino, en tierras malsanas y ajenas, morían todos. En todas estas expediciones nunca se intentó hacer paces ni fundar poblaciones; todo se reducía a traer indios y oro al Darién, hasta acabar con ambos.”

Fernández de Oviedo, a pesar de haber sido parte interesada en la denuncia contra Pedrarias, no dejó por ello de mostrar objetividad en su crónica al describir las expediciones o entradas que el gobernador autorizaba. Señala que las participaciones que el propio Pedrarias y los oficiales reales tomaban en las ganancias de esas incursiones los tenían, literalmente, “cebados” en ellas.

El tesorero Alonso de la Puente redactaba las instrucciones y capítulos que debía llevar cada capitán, y entre las primeras cláusulas establecía que se entregaran al gobernador dos partes del oro y de los indígenas capturados, y una parte a cada uno de los oficiales —contador, tesorero y factor—, aunque solo en el reparto de indios. Así se cumplía y ejecutaba sistemáticamente. En efecto, los oficiales no participaban en el oro, pero sí en los indios, y cada uno procuraba que el capitán designado fuera su amigo o quien le llevara sus mozos a “ganar partes”. De este modo se nombraban muchos capitanes, que al regresar, aunque hubiesen cometido atrocidades y crueldades sin cuento, eran defendidos con el favor de los mismos oficiales.

Uno de los más sanguinarios fue el capitán Juan de Ayora, quien, pese a sus atrocidades, no solo no fue castigado, sino que pudo embarcarse rumbo a España sin cargo alguno, gracias a los sobornos en oro y esclavos que ofreció tanto al bando del gobernador Pedrarias Dávila como al del obispo. Fernández de Oviedo relata:

“En este camino, Juan de Ayora no solo dejó de hacer los requerimientos y amonestaciones que se debían pronunciar antes de iniciar la guerra contra los indios, sino que los asaltaba de noche; torturaba a los caciques y principales, exigiéndoles oro; a unos los asaban, a otros los echaban a los perros para que los devoraran vivos, a otros los colgaban, y en otros inventaron nuevas formas de tormento. Además, les tomaban las mujeres y las hijas, las convertían en esclavas y se las repartían entre sí, según la voluntad de Ayora y de los demás capitanes.”

Fernández de Oviedo presentó, además, una serie de acusaciones concretas contra Pedrarias Dávila:

·         No haber enviado los quintos reales, pretextando gastos extraordinarios.

·         Aplicar el Requerimiento de forma violenta y engañosa.

·         No respetar las disposiciones reales sobre el reparto y trato de los indígenas.

·         Consentir que los oficiales reales maltrataran a los nativos, alterando a su antojo el número de indios que los caciques debían entregar.

·         Tolerar que su primo, el capitán Gaspar Morales, pasara a cuchillo a trescientos indígenas, sin perdonar edad ni sexo.

·         Dejar impune la traición de Benito Hurtado, quien vendió como esclavos a los indios de carga que el cacique de Careta le había confiado.

·         No castigar la crueldad de Pedro de Cárdenas, que por mero placer asó vivas a dos mujeres indígenas.

·         Proteger al capitán Francisco de Medina, que además de hacer despedazar indios por perros (aperreamiento), vendió públicamente a indígenas ya bautizados.

·         Usurpar para sí las islas de Otoque y Terarequi, pertenecientes a la Corona.

·         Obligar a Vasco Núñez de Balboa a venderle su casa por un precio inferior a su valor real.

Como resultado de las incursiones autorizadas por Pedrarias, el obispo Quevedo y los oficiales reales —no solo contra comunidades en resistencia, sino también contra aquellas que habían sido aliadas o tributarias de los españoles—, el descontento indígena se transformó en una rebelión generalizada. Balboa informó a la Corona:

“Donde antes los caciques y sus gentes eran mansos como ovejas, ahora se han tornado leones bravos. Antes salían a los caminos con presentes para los cristianos; ahora salen a asaltarlos y los matan sin piedad. Esto ha sucedido por el maltrato que los capitanes les han dado en las entradas, por las muertes injustas de muchos caciques e indios, y por los robos cometidos, pues no les ha bastado tomarles las haciendas, sino también a sus hijos y mujeres, chicos y grandes.”

A pesar del resentimiento que Balboa podía guardar por el juicio de residencia al que fue sometido, sus cartas muestran una notable objetividad. En una misiva del 16 de febrero de 1515 pidió expresamente que se investigaran sus denuncias sobre el desgobierno instaurado por Pedrarias:

“Ya he escrito antes a Vuestra Alteza advirtiendo que habría gran confusión si los oficiales de Vuestra Real Alteza se entrometiesen en los asuntos del gobierno, pues en estas tierras no conviene que haya muchos pareceres, especialmente siendo tan distintos. De verdad, si contara todo lo que ocurre, Vuestra Alteza se espantaría: unos hablan mal de otros, y entre ellos hay muy poca constancia y mil mudanzas diarias. Cada cual procura lo que más le conviene, y si no fuera por la mediación del obispo, habrían sucedido daños aún mayores. Él procura sin descanso que se cumpla el servicio de Vuestra Alteza; los aconseja desde el púlpito y los reprende mil veces, pero ni así basta.”

En esa misma carta, Balboa ofreció una caracterización implacable del gobernador:

“En cuanto a la persona del gobernador, aunque es hombre honrado, Vuestra Alteza debe saber que es demasiado viejo para estas tierras y está enfermo desde el día en que llegó. Es un hombre demasiado arrebatado, y no le duele perder la mitad de su gente en las entradas. Jamás ha castigado los daños ni las muertes de caciques o indios; ha dejado impunes los robos de oro y perlas cometidos por sus capitanes, que todos conocen. Un capitán entregó seiscientos pesos de oro hurtado, y no se habló más del asunto. A esos mismos los ha dejado marchar a Castilla sin castigo. Cuando algunos hombres se quejan de los capitanes, los amedrentan para que callen. Todo anda fuera de razón y sin orden alguna. Es persona que se complace en sembrar discordia entre unos y otros, y si no la hay, la provoca. Este vicio lo tiene arraigado: metido en sus negocios y codicia, se olvida de que es gobernador y no le importa si se pierde o se gana todo el mundo.”

Una de las principales acusaciones contra Pedrarias fue la de nepotismo, pues colocó en cargos públicos a sus familiares y allegados. Sin embargo, otros también contribuyeron a la anarquía, como lo denunciaron el tesorero Alonso de la Puente y el contador Diego Márquez en una carta dirigida a la Corona el 28 de enero de 1516. En ella acusaban al obispo Juan de Quevedo de haber insultado al alcalde mayor Gaspar de Espinosa durante un sermón —antes de que la armada partiese hacia Castilla del Oro—, llamándolo “judío hereje”, y de haber dado un trato semejante, tiempo después, a uno de los cirujanos conversos.

Las desavenencias entre Pedrarias y los oficiales reales con el obispo Quevedo se debieron a que este último tomó partido por Vasco Núñez de Balboa, con el propósito de que se le concediera parte de sus beneficios, encomiendas e indios, asunto que será desarrollado en el capítulo siguiente.

El 23 de septiembre de 1514, la Corona nombró a Vasco Núñez de Balboa Adelantado del Mar del Sur y Gobernador de Panamá y Coiba (Cueva). Sin embargo, el 20 de marzo de 1515, cuando las credenciales llegaron a Santa María la Antigua, Pedrarias Dávila se apoderó de la correspondencia e impidió su distribución. A pesar de ello, la tripulación divulgó extraoficialmente la noticia del nombramiento, y el obispo Juan de Quevedo, indignado por el abuso de autoridad, censuró durante la misa dominical la tiranía que sufrían los vasallos del rey al serles arrebatadas sus cartas.

Ante esta crítica, Pedrarias convocó una junta en la que, contra el parecer de la mayoría de los oficiales reales, se acordó no reconocer oficialmente el nombramiento de Balboa hasta la conclusión del Juicio de Residencia. El obispo los acusó entonces de desobediencia y deslealtad, y logró que, pasada la medianoche, se votara a favor de entregar la real cédula a Balboa, no sin antes obligarlo a prometer sumisión total a Pedrarias. De hecho, cuando le entregaron las provisiones y títulos, le hicieron jurar que no haría uso de su gobernación sin la expresa autorización del gobernador, además de negarle hombres o recursos para armar expediciones.

Aun así, el obispo y Balboa, satisfechos con haber arrebatado las provisiones de las manos de Pedrarias y sus oficiales, consideraron que por el momento aquello bastaba, confiando en que el tiempo les permitiría hacer valer sus derechos. Sin embargo, Pedrarias y los oficiales, resentidos por haber sido forzados a ceder, comenzaron a urdir la manera de eliminar políticamente a Balboa.

En carta fechada el 30 de abril de 1515, Balboa agradeció al Rey la merced recibida y solicitó autorización para reclutar 150 hombres en Santa María la Antigua y 200 en La Española (Santo Domingo) con el propósito de explorar las nuevas tierras descubiertas. A fines de junio del mismo año, envió en secreto a Andrés Garavito a La Española para reunir hombres, trasladarlos a Nombre de Dios y, desde allí, conducirlos al Mar del Sur.

Mientras tanto, Balboa emprendió una expedición hacia Dabaibe, confiando en hallar riquezas, pero regresó sin más recompensa que las heridas recibidas. Cuando Garavito volvió a fines de enero de 1516 con sesenta hombres, Pedrarias, al enterarse de su regreso, montó en cólera, apresó a Balboa y lo encerró en una jaula de madera. Más tarde justificó su acción alegando que el adelantado había actuado a escondidas, sin licencia suya ni de la Corona, enviando hombres a las islas y causando con ello un gran escándalo en la ciudad, hasta el punto de temer un levantamiento.

Gracias a la intervención del obispo Quevedo y de Isabel de Bobadilla y Peñalosa, esposa de Pedrarias, el gobernador reconoció su error y simuló reconciliarse con Balboa, ofreciéndole en matrimonio a su hija María, que se hallaba en un convento en España. Desde entonces —como sugiere el cronista— Garavito habría empezado a actuar como agente encubierto de Pedrarias.

Bartolomé de las Casas, en su Historia de las Indias, describe los argumentos que Quevedo usó para persuadir a Pedrarias: razonamientos carentes de base jurídica, pues apelaban más a la conveniencia personal que al derecho. El obispo lo exhortó a reconciliarse con Balboa, destacando su experiencia, su valor y los grandes servicios prestados al rey en el descubrimiento y población de aquellas tierras. Convencido, o fingiendo estarlo, Pedrarias accedió, desposando por poder a su hija María con Balboa, ceremonia que se celebró con la autoridad del obispo y todas las formalidades requeridas.

Gonzalo Fernández de Oviedo narra que Pedrarias trató públicamente a Balboa como hijo y yerno, lo honró y favoreció, y notificó al Rey y al Consejo de Indias sobre el casamiento, alegando que con ello servirían mejor a Dios y a sus Majestades.

No obstante, Oviedo advierte que Balboa creyó erróneamente que aquel matrimonio lo protegería de las intrigas de su suegro y de los odios del tesorero Alonso de la Puente. Por su parte, Ángel de Altolaguirre y Duvale, en su biografía Vasco Núñez de Balboa, sostiene que Pedrarias jamás tuvo intención real de casar a su hija, y que todo fue una farsa urdida para distraer al adelantado, disuadirlo de ejercer su gobierno y ganar tiempo hasta recibir las provisiones reales que permitirían a Diego Albítez encargarse de la expedición al Mar del Sur.

El 2 de noviembre de 1516, Pedrarias Dávila y los oficiales reales encargaron a Vasco Núñez de Balboa —recién casado por poder, según refiere Fernández de Oviedo— la tarea de concluir el poblamiento de Acla y, desde allí, construir dos bergantines en el Río de la Balsa para explorar el Mar del Sur. Se le concedió un plazo de año y medio para completar la empresa.

Balboa emprendió la titánica labor utilizando gran cantidad de indígenas, a quienes obligó a transportar, a través del istmo, maderas aserradas, maromas, jarcias, velas, clavos, anclas y cables desde el Atlántico hasta las costas del Pacífico. Aquella travesía fue devastadora: unos quinientos indígenas murieron por agotamiento o hambre.

Cumplido el plazo, en enero de 1518, Balboa pidió una prórroga mediante su enviado Hernando de Argüello. Aunque Pedrarias, el tesorero Alonso de la Puente y el contador Diego Márquez se oponían, la insistencia del obispo Quevedo logró que, el 13 de ese mes, se le concedieran cuatro meses adicionales. Sin embargo, la carta en la que Argüello comunicaba la decisión fue interceptada por Pedrarias, y Balboa jamás la recibió. Parte de su contenido decía:

“[...] no le querían dar más término ni prorrogación, y que le aconsejaba que no curase de ello, ni dejase de hacer su viaje; y que hiciese lo que los padres jerónimos [...] le habían escrito, que era que hiciese el viaje, pues tanto convenía al servicio de Dios y del rey; [...] pues había gastado en la empresa y navíos su hacienda, y la de sus amigos, con tanto tiempo y trabajos.”

Se desconoce el contenido exacto de la carta que los frailes jerónimos enviaron a Balboa, probablemente también requisada por Pedrarias. No obstante, existen referencias que confirman la autorización jerónima. En la Probanza de Méritos y Servicios de Diego Fernández, se menciona que éste viajó a La Española por orden de Balboa, con licencia de los frailes, y llevó cuarenta hombres armados y abastecidos a su costa, quienes ayudaron en la construcción de los navíos y en la población del Mar del Sur.

Mientras tanto, en Castilla de Oro, se presionaba a Balboa para que concluyera los navíos; en Castilla, Bartolomé de las Casas y Fernández de Oviedo inundaban la Corte con denuncias contra Pedrarias y sus oficiales. Las acusaciones surtieron efecto: Juan Rodríguez de Fonseca, quien había favorecido el nombramiento de Pedrarias, terminó por admitir que era mejor destituirlo:

“Ya yo le he dicho que será bien que echemos aquel hombre de allí.”

A esto se sumó la influencia del obispo Quevedo, recién llegado a España, y así, el 2 de septiembre de 1518, se expidió una real cédula que ordenaba sustituir a Pedrarias por Lope de Sosa.

Pascual de Andagoya, testigo directo de aquellos hechos, atribuyó más tarde la detención y juicio de Balboa a las intrigas de los oficiales reales, resentidos porque el adelantado no les había compartido los esclavos capturados en sus campañas:

“Y como pasó el término del año y medio, y el Vasco Núñez siempre había hecho poco caso de los oficiales, ni de los indios que se habían tomado [...] les había enviado ningunos [...]; teníanle enemistad, y dicen al gobernador que se había alzado.”

Ignorando las maquinaciones en su contra, Balboa terminó los navíos y se trasladó a Pequeo, en el Golfo de San Miguel, donde permaneció unos dos meses realizando expediciones en busca de oro y esclavos.

A fines de 1518, marineros del navío del maestre Juan Vizcaíno difundieron el rumor de que Lope de Sosa llegaría pronto como nuevo gobernador. Balboa, alarmado, envió una expedición a Acla para traer jarcias y pez, y para confirmar si el nuevo gobernador había desembarcado. Según Andagoya:

“El Vasco Núñez hizo juntar ciertos amigos [...] y en secreto les dijo que enviaba a Acla a [Andrés de] Valderrábano con cierta gente [...] para que, si hubiese nuevo gobernador, se volviesen con toda la gente, y que poblarían en Chepabar, seis leguas más allá de Panamá.”

Sin embargo, los enviados —Andrés Garavito, Andrés de Valderrábano, Luis Botello y Fernán Muñoz— fueron descubiertos por el escribano Francisco Benítez, quien alertó de inmediato a Pedrarias. Éste los encarceló e interrogó bajo sospecha de conspiración.

Entre los implicados también figuró el arcediano Rodrigo Pérez, quien fue arrestado por orden de Pedrarias y Gaspar de Espinosa, y enviado preso a Castilla. No obstante, allí fue absuelto y se ordenó la restitución de sus bienes, lo que le permitió regresar al Darién el 1 de julio de 1522.

Fue entonces cuando Andrés Garavito pidió misericordia y clemencia por su vida, y juró que Vasco Núñez de Balboa se había concertado para huir con los bergantines. ¿Qué motivo pudo tener para semejante acusación? Balboa lo consideraba uno de sus hombres más cercanos y de mayor confianza; años atrás incluso lo había enviado a la Isla La Española (Santo Domingo) para reclutar gente con la que emprender la exploración del Mar del Sur de manera independiente.

Bartolomé de las Casas atribuye su traición a un antiguo resentimiento, pues en cierta ocasión Balboa se habría burlado de él al mostrarle a la indígena que el cacique Tamahe le había entregado como esposa. Sin embargo, cabe pensar que la verdadera razón fue otra: Garavito habría sido un topo encubierto que, llegado el momento, se vio obligado a desenmascararse y ofrecer a Pedrarias una excusa conveniente para condenar a Balboa.

Los oficiales reales aprovecharon la oportunidad y exigieron una vez más a Pedrarias la detención de Vasco Núñez de Balboa, a lo que el gobernador finalmente accedió. Para evitar movilizar un destacamento numeroso —pues Balboa contaba con unos trescientos hombres armados—, le envió una invitación para reunirse en Acla. Pero, apenas partió el mensajero, ordenó a Francisco Pizarro marchar con un destacamento de soldados para prenderlo dondequiera que se hallase.

Según Las Casas, Balboa, “como hijo obediente”, acudió sin recelo a entrevistarse con el gobernador, convencido de hallarse aún en su gracia. En el camino se cruzó con Pizarro y, al saber que venía a prenderlo, le dijo sorprendido:

"¿Qué es esto, Francisco Pizarro? No solías recibirme así."

Al llegar a Acla, Balboa fue encarcelado por orden de Pedrarias Dávila, quien además envió a Bartolomé de Hurtado al Mar del Sur para apoderarse de las embarcaciones construidas por el descubridor, y encargó al Licenciado Gaspar de Espinosa, alcalde Mayor, que le iniciara juicio por rebelión. Luego, con fingida cordialidad, fue a visitarlo en su prisión y le dijo hipócritamente:

“No tengáis, hijo, pena por vuestra prisión y proceso que yo he mandado hacer, porque para satisfacer al tesorero Alonso de la Puente, y por sacar vuestra fidelidad en limpio lo he hecho.”

El 12 de enero de 1519, Espinosa dio por concluido el proceso y solicitó a Pedrarias resolver de manera definitiva, especialmente en lo tocante al principal acusado:

“Ya sea enviándolo al Consejo de Indias, atenta la calidad, título y dignidad de su persona, o mandando que el dicho Señor alcalde Mayor lo vea y determine en todo lo que hallare por justicia.”

La respuesta de Pedrarias fue inmediata. Espinosa sustentó la acusación con hechos ya juzgados y absueltos en el Juicio de Residencia de Balboa, como los incidentes con Martín Fernández de Enciso y la desaparición de Diego de Nicuesa. A estos añadió la supuesta rebelión en el Mar del Sur, sin aportar pruebas concluyentes. Como Poncio Pilato, Pedrarias delegó la sentencia final en Gaspar de Espinosa, otorgándole poder absoluto:

"Porque conviene al servicio de Sus Altezas que quienes se atrevan a idear, cometer y ejecutar tales delitos sean castigados con todo el rigor de la justicia, [...] ordeno que procedáis sin demora ni indulgencia alguna, [...] y decidáis lo que consideréis justo, aplicando la máxima severidad tanto a las personas como a los bienes de los culpables. Esto incluye al Adelantado Vasco Núñez de Balboa, a Andrés de Valderrábano y al resto de los acusados, [...] sin esperar ninguna orden adicional, pues así lo exige la paz y la pacificación de estos reinos."

La orden fue firmada en la Villa de Acla, el 12 de enero de 1519, por Pedrarias Dávila, y refrendada por su escribano, Antonio Quadrado.

Espinosa ordenó de inmediato que Vasco Núñez de Balboa, Andrés Valderrábano, Luis Botello, Fernán Muñoz y Hernando de Argüello fueran decapitados, y que sus bienes fueran confiscados para la corona y el fisco de Sus Majestades. En cambio, a Andrés de Garavito, por su confesión, se le perdonó la culpa.

Al momento de la ejecución, el pregonero avanzó anunciando:

"Esta es la justicia que ordena el rey, nuestro señor, y Pedrarias, su teniente en su nombre, contra este hombre, por traidor y usurpador de las tierras sometidas a su corona."

Al escuchar estas acusaciones, Núñez de Balboa respondió:

"Es mentira y una falsedad lo que se me atribuye. Jamás, ni siquiera en pensamiento, pasé por algo así, ni imaginé que se pudiera sospechar de mí. Al contrario, mi deseo siempre fue servir al rey como un vasallo leal y ampliar sus dominios con todo mi esfuerzo y fuerza."

Según Bartolomé de las Casas, antes de que el verdugo ejecutara la sentencia, Balboa se confesó y comulgó. Fernández de Oviedo añade:

"Se clavó un poste donde la cabeza del Adelantado permaneció expuesta durante varios días. Desde una casa situada a unos 10 o 12 pasos del lugar de la ejecución —donde los decapitaban uno al lado del otro, como corderos—, Pedrarias los observaba entre las cañas de la pared."

Así terminó la vida del descubridor del Mar del Sur, a quien Bartolomé de las Casas describió como "de gran inteligencia, astuto, valiente, de excelente disposición, hermoso en su porte y presencia."

En 1519, la Corona española nombró gobernador de Castilla del Oro a Lope de Sosa; sin embargo, este falleció el 8 de mayo de 1520, apenas un día después de arribar a Santa María la Antigua del Darién, sin alcanzar a tomar posesión del cargo. Poco después, el 17 de septiembre de ese mismo año, Carlos V firmó una real cédula por la que ordenaba que Pedrarias Dávila continuara en el gobierno.

La prórroga del mandato fue obra de su esposa, Isabel de Bobadilla y Peñalosa, recién retornada a España. Gracias a su habilidad política —y a las generosas dádivas que distribuyó entre la realeza—, logró atenuar las graves acusaciones que pesaban sobre su marido. Su éxito también se debió a la influencia que su familia aún conservaba en la corte, prestigio que había cimentado años atrás su poderosa tía, Beatriz de Bobadilla.

Durante su regreso a Castilla, Isabel de Bobadilla llevó consigo una gran cantidad de perlas, oro y piedras preciosas, entre las que destacaba una perla célebre, mencionada por Vasco Núñez de Balboa en su carta a la Corona del 26 de octubre de 1515:

“Sepa Vuestra Majestad que se trajo de esta isla rica una perla entre las otras, que pesaba diez tomines, muy perfecta, sin raza ni mácula, de lindo color y lustre y hechura; joya digna de Vuestra Majestad, y más por ser de estas partes. [...] Anduvo en almoneda y rematóse en 1,200 pesos de oro, y sacóla un mercader, y luego la tornó a haber el gobernador. [...] La hechura de la perla y su tamaño es ésta (aquí hay un dibujo de la perla en su tamaño), horadada por lo alto en el pezón de ella.”¹³⁶

El capitán Gaspar de Morales, primo de Pedrarias, fue quien obtuvo la joya durante su sangrienta expedición a las Islas de las Perlas. Tras cometer crueles matanzas, los indígenas le entregaron un puñado de gemas, entre las que se encontraba aquella singular perla que, según Gonzalo Fernández de Oviedo, tenía forma de pera y pesaba treinta y un quilates. De regreso en Santa María la Antigua, Pedro del Puerto la compró por 1,200 pesos de oro, aunque pocos días después la revendió a Pedrarias por el mismo precio.

En su testamento del 20 de marzo de 1514, Pedrarias declaró que la regalaba a su esposa “para que viéndola pueda haber más continua memoria del amor que a su merced siempre tuvo, y para que siempre se acuerde que ha de morir y que la espero en el otro siglo.” Años más tarde, en 1531, Isabel de Bobadilla y Peñalosa vendió la perla por 2,000 pesos de oro a su amiga la emperatriz Isabel de Portugal, quien la luciría en el célebre retrato que Tiziano pintó de ella.

La corte consideró injusta la muerte de Vasco Núñez de Balboa, y el 11 de abril de 1521 ordenó a Pedrarias Dávila restituir a Gonzalo Núñez de Balboa, hermano del ajusticiado, las naborías que habían pertenecido al descubridor:

Gonzalo Núñez de Balboa, hermano del ya fallecido adelantado Vasco Núñez de Balboa, me ha informado que, al momento de la muerte de su hermano, este poseía ciertas naborías de servicio doméstico. Según él, vosotros los repartisteis entre varias personas, lo que ha causado un perjuicio tanto al difunto Adelantado como a él, en su calidad de heredero.

Por lo tanto, os ordeno que retiréis y devolváis todas las naborías que pertenecían al mencionado Adelantado en el momento de su muerte, y que las restituyáis a su hermano Gonzalo Núñez de Balboa, conforme a nuestras ordenanzas.

Un fraile dominico recordaría en un memorial:

“Cuando mató a Vasco Núñez repartió sus naborías y dio a doña Isabel su mujer, a sus criados y a quien él quiso las mejores; y por no los dar con la hacienda, perdió el Rey más de dos mil castellanos.”

De los procesados, Andrés Garavito salvó la vida por haber acusado a Balboa de rebelión; y el arcediano Rodrigo Pérez fue absuelto en España. Además, la Corona ordenó que se devolvieran las naborías a Gonzalo Núñez de Balboa y que se hiciera justicia a Ana Ruiz, esposa de Hernando de Argüello, quien reclamaba la mitad de los bienes del ajusticiado.

Tanto Bartolomé de las Casas como Gonzalo Fernández de Oviedo, quienes conocieron personalmente a Pedrarias Dávila, calificaron de injusta y arbitraria la ejecución de Balboa. Si bien pudieron exagerar su juicio por el profundo antagonismo que ambos sentían hacia el gobernador, incluso Francisco López de Gómara —que nunca estuvo en América y escribió solo con base en documentos de los archivos españoles— coincidió con ellos. En su Historia General de las Indias, expresó:

“La culpa y acusación fue, según testigos juraron, que había dicho a sus trescientos soldados que se apartasen de la obediencia y soberbia del gobernador, y se fuesen donde viviesen libres y señores; y si alguno los quisiese enojar, que se defendiesen. Balboa lo negó y lo juró, y es de creer, que si temiera, no se dejara prender ni pareciera delante del gobernador, aunque más su suegro fuera.

Se le juntó con esto la muerte de Diego de Nicuesa y sus sesenta compañeros, la prisión del bachiller Enciso, y que era bandolero, revoltoso, cruel y malo para indios.

Por cierto, si no hubo otras causas en secreto, a sin razón le mató. Así acabó Vasco Núñez de Balboa, descubridor de la Mar del Sur, de donde tantas perlas, oro, plata y otras riquezas se han traído a España; hombre que hizo muy grandes servicios a su rey. Era de Badajoz y, a lo que dicen, rufián o esgrimidor.”

Girolamo Benzoni, en su Historia del Mondo Nuovo, al comentar el alegato de Núñez de Balboa, asumió una postura semejante:

“Balboa, bajo juramento, negó, diciendo que era un error lo que tocaba a la información en su contra, hecha de soliviantar la gente; que había sido acusado falsamente, y que considerase bien lo que hacía —refiriéndose a Pedrarias—, porque si él hubiese intentado tal cosa, no habría acudido a su presencia; e igualmente se defendió del resto lo mejor que pudo. Pero donde reina la fuerza, poco ayuda defenderse con la razón.”

En 1602, el quinto conde de Puñonrostro, Francisco Arias Dávila y Bobadilla, nieto de Pedrarias Dávila y miembro del Consejo de Guerra, hizo cuanto estuvo a su alcance para impedir que el primer libro de la Historia General de los Hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, del cronista mayor de Indias Antonio de Herrera y Tordesillas (ilustración 13), que ya estaba impreso, llegara a circular. Con tal fin, mandó publicar Pro defensione Veritatis, en el que acusó a Herrera de falso y mentiroso, y exigió que reescribiera ciertas partes.

Sin embargo, el cronista mayor de Indias se mantuvo firme, respondió a todas las acusaciones, rechazó toda censura y declaró que su Historia estaba escrita “para honra y gloria de estos católicos reyes y de esta nación, contra los libelos e invectivas de los extranjeros, que la tachaban de avarienta y cruel; y para que supiesen las naciones foráneas que estos católicos reyes y sus Consejos han cumplido con la bula del Pontífice”. Añadió además que así se lo había ordenado Felipe II: “que fuese siempre salva la verdad”.

Tras varios meses de alegatos, el Consejo de Indias dio la razón a Herrera y Tordesillas. Su primer libro comenzó finalmente a circular y su contenido se hizo conocido, pues nada en él carecía de respaldo documental.

Retomando la figura de Pedrarias Dávila (Pedro Arias de Ávila): Pocos días después de ordenar la ejecución de Vasco Núñez de Balboa en Acla (enero de 1519), Pedrarias se movilizó hacia la costa del Pacífico. El 27 de enero de 1519, en la región indígena de Paque (en el actual territorio panameño), procedió a tomar posesión formal del Océano Pacífico, al que Balboa había llamado el Mar del Sur. Este acto simbólico de reafirmación de soberanía buscaba, quizá, eclipsar y dejar en el olvido la hazaña del verdadero descubridor.

El Acto de Posesión y Sus Testigos

En la ceremonia de posesión, Pedrarias Dávila estuvo acompañado por figuras clave, entre ellas Andrés Garabito y Francisco Pizarro, quienes habían desempeñado un papel directo en la detención de Balboa. También estuvieron presentes el cronista y explorador Pascual de Andagoya, y los escribanos reales Luis Ponce y Cristóbal de Mozolay, encargados de formalizar el evento mediante un acta.

La solemne ceremonia se desarrolló al son de trompetas. Pedrarias, portando un estandarte con la imagen de la Virgen María, se arrodilló y elevó una plegaria:

“¡Oh madre de Dios! Amansa la mar y haznos dignos de estar y andar bajo tu amparo; bajo el cual te plega descubramos estas mares y tierras de la Mar del Sur, y convirtamos las gentes de ellas a nuestra santa fe católica.”

Acto seguido, se puso de pie, y sosteniendo el estandarte real, proclamó vivas a los monarcas de Castilla: Juana la Loca y su hijo, el rey Carlos I (futuro Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico).

Para manifestar su dominio y potestad sobre el nuevo territorio y el mar, cortó ramas, rozó la hierba del lugar y penetró en las aguas del océano. Ordenó que las trompetas resonaran de nuevo, y se procedió al pregón con el que se oficializó, una vez más, el nombre de "Mar del Sur". La formalización culminó con el grito ritual de lealtad a la Corona:

“¡Viva la muy alta y muy poderosa reina doña Juana, y el muy alto y poderoso católico rey don Carlos su hijo, nuestros señores y reyes, y señores naturales de todos estos reinos y de la Tierra Firme y Mar del Sur, descubierta y por descubrir, y poseedores de ellos!”

La Fundación de la Ciudad de Panamá

Meses después de este acto, Pedrarias (en ocasiones junto a Gaspar de Espinosa), emprendió diversas incursiones a lo largo del litoral del Mar del Sur. Estas exploraciones alcanzaron importantes cacicazgos como los de París, Natá y Cherú. Un detalle histórico notable es que estas navegaciones se realizaron utilizando los mismos navíos cuya construcción había sido ordenada y supervisada por el propio Vasco Núñez de Balboa antes de su trágico final.

Durante una de estas expediciones, en el sitio conocido por los indígenas como Panamá—un vocablo que en la lengua local significaba "lugar donde se toma mucho pescado"—, Pedrarias fundó una villa. La tradición histórica, especialmente sustentada por el testimonio de Pascual de Andagoya, sitúa la fundación de la Ciudad de Panamá en 1519, específicamente el día de Nuestra Señora de Agosto. Por esta razón, se considera que el acta de fundación se levantó el 15 de agosto, fecha en que la Iglesia Católica celebra la festividad de la Asunción de la Virgen María.

En nombre de la reina Juana y de su hijo, el emperador Carlos, se estableció la nueva villa, en la que se avecindaron unos cuatrocientos españoles. Pedrarias les repartió indígenas, aunque el más favorecido recibió solo noventa, y el resto entre cincuenta y cuarenta, pues las guerras, las enfermedades y el traslado de los indios del repartimiento hacia el litoral caribeño habían diezmado considerablemente la población.

La Supervivencia Política de Pedrarias: La Muerte de Lope de Sosa y el Juicio de Residencia

Pocos días después de la fundación de Panamá, Pedrarias Dávila recibió la noticia de que el Emperador Carlos V había ordenado su sustitución como gobernador de Castilla del Oro. El nuevo titular era Lope de Sosa, y se esperaba su pronta llegada a Santa María de la Antigua del Darién. Este cambio lo obligó a retornar a la antigua capital para someterse al preceptivo juicio de residencia, un proceso de fiscalización de la gestión de un funcionario al finalizar su mandato.

La Solicitud Rechazada

Al llegar a Santa María de la Antigua, Pedrarias se encontró con que Lope de Sosa aún no había arribado. Ante el vacío de poder y previendo el juicio, Dávila consideró viajar a Castilla. Por esta razón, solicitó a las autoridades municipales (edilicias) y a los oficiales reales que lo nombraran su Procurador (representante oficial) ante la Corte.

Esta solicitud fue rechazada. El Capitán Martín de Estete fue el encargado de comunicarle la negativa, argumentando que, si bien valoraban el esfuerzo que deseaba asumir, su ausencia generaría "muchos inconvenientes". Los principales motivos esgrimidos fueron:

Falta en la pacificación: Su partida dejaría sin líder la crucial tarea de pacificar a los indígenas de la región.

Riesgo de conflictos internos: Se temía que su ausencia provocara disputas y pendencias entre los colonos, especialmente porque el Licenciado Gaspar de Espinosa quedaba en el Mar del Sur al mando de "mucha Gente de Guerra". Se presumía que Espinosa intentaría ejercer un mando "con mayor imperio" del acostumbrado, algo que sus rivales no tolerarían, augurando graves daños.

Liderazgo militar insustituible: Además, Pedrarias era el responsable de la dirección de los asuntos bélicos y de otorgar las comisiones a los Capitanes; sin él, la empresa de la conquista quedaría "como cuerpo sin espíritu".

Obras y Peticiones Reales

Dado que Lope de Sosa seguía sin aparecer, Pedrarias aprovechó el tiempo para impulsar la apertura de un camino terrestre que conectara Nombre de Dios (en la costa del Mar Caribe o Atlántico) con la recién fundada Panamá (en el Mar del Sur o Pacífico).

También redactó cartas al rey solicitando licencia para trasladar la Ciudad del Darién y su Iglesia Catedral a Panamá. Alegaba que el sitio del Darién era extremadamente insalubre (malsano), donde la gente enfermaba y moría con frecuencia, y los niños no lograban desarrollarse.

La Muerte del Sucesor y la Manipulación del Juicio

Finalmente, se produjo el arribo de la flota: cuatro navíos que transportaban alrededor de 300 hombres. En ella venían el nuevo Gobernador Lope de Sosa, su hijo Alonso de Sosa, y el alcalde Mayor, el Licenciado Juan Rodríguez de Alarconcillo.

Pedrarias fue informado de un giro inesperado: en el preciso momento en que la flota fondeaba en el puerto, el nuevo Gobernador Lope de Sosa fallecía.

Pedrarias Dávila actuó con presteza. Ordenó y costeó las honras fúnebres para su sucesor y se encargó de su sepultura. Además, mostró un gesto de cortesía política al acoger en su propia casa a Juan Alonso de Sosa, hijo del difunto, y a sus criados.

A pesar de haber finalizado su mandato de jure (legalmente), la muerte de su reemplazo le permitió mantener el control de facto (en la práctica). Pedrarias se reunió en secreto con el Licenciado Gaspar de Espinosa para idear un plan. Su objetivo era manipular el inminente juicio de residencia y la pesquisa secreta que lo acompañaba, para que los colonos se abstuvieran de presentar quejas en su contra.

El plan consistió en hacer correr el rumor de que las nuevas autoridades planeaban una reforma radical en los repartimientos de indios. Esto, al generar temor entre los vecinos por perder sus encomiendas, hizo que se abstuvieran de criticar a Pedrarias.

Finalmente, Pedrarias y Espinosa se presentaron ante el Licenciado Rodríguez de Alarconcillo. Le argumentaron que, debido a la muerte repentina del Gobernador, el mandato de Pedrarias aún no había concluido formalmente, pero que, a pesar de ello, podía tomarle la residencia. Cínicamente, añadieron que, si el Rey consideraba la residencia inválida, "no se habría perdido sino la tinta y el papel". El alcalde Mayor, intimidado o influenciado, terminó por tomar la residencia en los términos en que Pedrarias y Espinosa quisieron dársela, permitiéndole así evadir las responsabilidades de su turbulento gobierno.

Gil González Dávila: La Armada y la Resistencia de Pedrarias

Tras el encarcelamiento y ejecución de Vasco Núñez de Balboa, el influyente Juan Rodríguez de Fonseca, Obispo de Palencia, Capellán Mayor y presidente del Consejo de Indias, vio una oportunidad para controlar las expediciones al Mar del Sur. Su objetivo era encontrar un estrecho que conectara el Atlántico (Mar del Norte) y el Pacífico (Mar del Sur). Para esta empresa, designó como capitán a Gil González Dávila, Caballero de la Orden de Santiago, Contino del Rey (sirviente personal de la casa real) y Contador Real en la Isla La Española, que previamente había sido su criado.

La Génesis y Financiamiento de la Armada

Paralelamente, Alonso de la Puente y Martel, Tesorero en Castilla de Oro y oficial real de gran poder bajo el gobierno de Pedrarias, también buscaba explorar el Mar del Sur. Este influyente noble —paje en las cortes de Don Juan y los Reyes Católicos, y Tesorero General de Carlos V— encargó a su criado, Andrés de Cereceda, que contratara un piloto experimentado.

Cereceda escogió a Andrés Niño. No obstante, la burocracia obstaculizó la obtención de una autorización real directa. Esto obligó a Niño a buscar la protección de Rodríguez de Fonseca y el mercader y prestamista Cristóbal de Haro. Fonseca consiguió que la Corte aprobara una Capitulación con Andrés Niño y que, además, la Corona aportara la mitad del capital requerido.

Puntos Clave de la Capitulación

·         Armada: Consistiría en tres navíos, uno de ellos una fusta o bergantín.

·         Objetivo: El principal era la búsqueda de especias, oro, plata, perlas, pedrería y otros metales preciosos.

·         Regulaciones: Debían seguir las Instrucciones dadas previamente a Pedrarias, incluyendo la lectura del Requerimiento a los indígenas.

·         Reparto de Ganancias: Tras restar el costo de la Armada y el quinto real (para la Corona), el remanente se dividiría en partes iguales entre la Corona y Andrés Niño.

·         Aportes Reales: La Corona prestó 12 tiros de artillería, obsequió 10 esclavos negros, proveyó 10 esclavos para ser usados como intérpretes en Tierra Firme, y suministró 2,000 cargas de cazabe (pan de yuca) y 500 puercos.

·         Liderazgo: Se nombró a Gil González Dávila como Capitán de la Armada.

El costo total de la preparación de la Armada ascendió a 3,795,833 maravedíes. La Corona aportó cerca de la mitad. Cristóbal de Haro puso 551,814 maravedíes. El resto fue cubierto por Alonso de la Puente y Martel, Francisco de Valenzuela, y notablemente, el Obispo Rodríguez de Fonseca, quien utilizó sin reparo fondos de las arcas eclesiásticas.

Esta expedición, enfocada en buscar un paso hacia las Molucas navegando hacia el norte desde el Mar del Sur, constituyó un proyecto paralelo a la gran expedición de 1518 de Fernando de Magallanes, también financiada parcialmente por Haro y Fonseca.

La Entrega de los Barcos de Balboa y la Negativa de Pedrarias

Los responsables de la Armada eran Gil González Dávila (Capitán y garante de los intereses de Haro y Fonseca), Andrés Niño (Piloto Mayor) y Juan de Velandia (Tesorero y encargado de los intereses de Alonso de la Puente y Martel).

El 28 de junio de 1519, la Corona emitió una real cédula dirigida al Gobernador de Castilla del Oro, Pedrarias Dávila (aunque inicialmente estaba dirigida a su sucesor, Lope de Sosa, que había muerto). La cédula ordenaba explícitamente a Pedrarias la entrega inmediata de los navíos que Vasco Núñez de Balboa había construido en el Mar del Sur:

“Yo vos mando que, en recibiendo ésta, proveáis cómo se entreguen al dicho Gil González todos los navíos y fustas que el dicho Vasco Núñez llevaba e quedaron de su armada para que con ellos, además de los que de acá llevan, puedan hacer el dicho descubrimiento e viaje.”

El costo de las tres naves traídas desde la Península —Victoria, Santa María de la Merced y Santa María de Consolación— fue de 490,894 maravedíes. Además, la expedición transportaba un vasto arsenal de herramientas para la construcción naval en Tierra Firme (sierras, barrenas, hachas, brea, etc.), armamento (ballestas, escopetas, pólvora) y mercancías destinadas al rescate de oro entre los indígenas.

La Armada zarpó de Sanlúcar de Barrameda el 13 de septiembre de 1519, llegando al puerto de Acla en enero de 1520.

El Conflicto con Pedrarias

El Capitán Gil González Dávila envió a Juan del Sanz a Santa María de la Antigua del Darién para entregar la real cédula a Pedrarias Dávila.

El 4 de febrero de 1520, Pedrarias obedeció formalmente el mandato real, besando la cédula y poniéndola sobre su cabeza, pero se reservó la respuesta sobre su cumplimiento.

Al día siguiente, Pedrarias respondió con una negativa sutil pero firme. Argumentó que él había terminado y costeado la construcción de los barcos de Balboa (en lo que supuestamente invirtió más de 50,000 ducados) y que, desde entonces, los había utilizado para descubrir tierras, pacificar el litoral y aprovisionar la nueva ciudad de Panamá. Sostuvo que el Rey no podía haber dado la orden de transferir los navíos a un nuevo Capitán sin estar "informado de la verdad", ya que esto iría en "perjuicio de los Capitanes e hidalgos" que habían servido a Su Majestad.

Juan del Sanz insistió, apelando a la importancia del proyecto para el servicio y hacienda del Rey. Pedrarias apeló entonces a los oficiales reales de Castilla del Oro (el Tesorero Alonso de la Puente y Martel, el Contador Diego Márquez y Miguel Juan de Rivas).

Los oficiales, a pesar de que La Puente y Martel era un interesado en el proyecto, resolvieron a favor de la Corona, indicando que Pedrarias debía cumplir con la cédula sin dilación, pues el retraso causaría enfermedades, muertes y gastos. Sugirieron que se dejara un navío para el sostenimiento de Panamá y el resto se entregara a González Dávila en venta, flete o a partes.

Pedrarias no acató la resolución. El 9 de febrero, exigió que González Dávila le presentara todas las Provisiones Reales, apercibiéndole que cualquier retraso o deservicio al Rey sería culpa de Gil González y no suya.

El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo juzgó que la obstinación de Pedrarias no era solo financiera, sino profundamente personal: "le pesaba de esta armada" porque era una vergüenza que otro viniera a armar en su gobernación con licencia real, y temía que se "apocaba su crédito" si un tercero descubría algo en el Mar del Sur.

Gil González Dávila: De la Oposición a la Construcción de la Armada

Consciente de que Pedrarias Dávila no acataría la Real Cédula para entregarle los navíos de Balboa, Gil González Dávila cambió su estrategia. Optó por concentrarse en construir nuevos barcos e intentar mitigar la hostilidad del Gobernador de Castilla del Oro.

Una Estrategia de Inversión y Soborno

Lo único que Pedrarias autorizó a favor de la Armada, a pesar de la orden real, fue que el Tesorero Alonso de la Puente y Martel liberara de los fondos de la Hacienda Real 4,000 pesos de oro (equivalentes a 1,000,000 de maravedíes). Este capital fue vital para la construcción de la nueva flota en el Mar del Sur.

Decidido a ganarse la cooperación, o al menos a disminuir la oposición, de Pedrarias, González Dávila ideó un plan para inducir al Gobernador a invertir en la empresa sin un gran desembolso de su parte. El plan consistió en un negocio sumamente lucrativo para Pedrarias:

Compra Inflada: González Dávila le compró a Pedrarias un "negrillo volteador" (posiblemente un esclavo joven con habilidades acrobáticas o de entretenimiento) por 300 castellanos. Según el relato, el valor real del esclavo no superaba los 100 castellanos.

Reconocimiento de Inversión: Además de la compra, González Dávila le reconoció otros 300 castellanos a Pedrarias como si fueran una inversión de capital en la Armada.

Este "pingüe negocio" —doblemente ventajoso para Pedrarias— tuvo el efecto deseado, pues la oposición del Gobernador "cayó" (derribó la oposición). Pedrarias no solo cesó en su hostilidad, sino que autorizó a González Dávila a reclutar más gente de la que ya estaba en Tierra Firme, superando incluso la licencia que el Capitán traía de Castilla.

Conclusión de la Construcción y Denuncia de Hostigamiento

Mientras tanto, en un astillero improvisado a orillas del Río de la Balsa (cerca del Golfo de San Miguel), los equipos de carpinteros, aserradores y calafateros trabajaban arduamente. Para julio de 1520, ya habían finalizado la construcción de tres nuevos navíos, listos para ser botados al agua en cuanto recibieran el equipamiento esencial (la jarcia, que incluía cabos, cuerdas y cables, y las anclas) que había sido transportado desde España.

En una carta del 12 de julio de 1520 dirigida a la Corona, González Dávila informó sobre los avances. Con mucha cautela, mencionó que Pedrarias le había brindado cierto apoyo al proveer indígenas para las tareas de tala y traslado de madera, y sugirió que la Corona le reconociera este gesto.

También informó que Pedrarias había mantenido en suspenso la Real Cédula de entrega de los barcos de Balboa, repitiendo el argumento de que los navíos no eran de Balboa sino de "la otra gente y pobladores de la tierra", y que el Rey había sido "mal informado".

Denuncia Contra Gabriel de Rojas

En la misma misiva, González Dávila comunicó el nombramiento de Andrés de Cereceda como Tesorero de la Armada, tras la muerte de Juan de Velandia.

Además, denunció al Capitán Gabriel de Rojas por llevar a cabo acciones de hostigamiento diseñadas para entorpecer la construcción naval. Las acciones de Rojas incluían:

Encarcelar a Andrés Garavito por haber ayudado a González Dávila a encontrar el camino hacia el astillero.

Intentar apropiarse de los bienes de los miembros de la Armada que hubiesen fallecido en la región.

Arrestar constantemente a los hombres de González Dávila "sin causa ninguna".

El Capitán Dávila insinuó que toleraba este comportamiento porque "sospechaba que lo hacía con voluntad, o por mandado del Gobernador" (Pedrarias). Concluyó su queja al Rey solicitando el castigo de Rojas, argumentando que si tales "desvergüenzas" quedaban impunes, llevarían a "otros desacatos mayores," siendo la justicia más necesaria "cuanto más lejos" estaban de la autoridad central.

Expediciones al Mar del Sur: Espinosa, Gil González Dávila y el Diálogo de Cosmovisiones

El relato se centra en dos expediciones clave en el Pacífico centroamericano a principios del siglo XVI: la incursión inicial de Gaspar de Espinosa y la fundamental exploración de Gil González Dávila y Andrés Niño, que culminó en los primeros contactos con los cacicazgos de Nicoya y Nicaragua.

La Exploración de Gaspar de Espinosa (1519)

En 1519, poco después de la fundación de Panamá, el alcalde Mayor Gaspar de Espinosa, acompañado por Hernán Ponce de León (Capitán) y el Piloto Mayor Juan de Castañeda, zarpó de la nueva villa en dirección norte a bordo de barcos originalmente construidos por Vasco Núñez de Balboa. El objetivo era explorar el Mar del Sur.

Espinosa desembarcó en la desembocadura del Río Grande de Tárcoles, en la Península de Burica (frontera actual entre Panamá y Costa Rica), donde realizó una "cruenta entrada" contra los indígenas, de quienes obtuvo una considerable cantidad de oro.

Los otros dos navíos continuaron navegando hacia el norte hasta alcanzar un golfo que nombraron San Lúcar, antes de regresar. Bartolomé de las Casas relata que Espinosa ordenó a Hernán Ponce que continuara la exploración con 40 hombres. Ponce navegó más de 50 leguas (aproximadamente 278 km) más allá del Golfo de Osa, llegando a la tierra de los indígenas llamados "Cuchires", donde no se atrevieron a desembarcar debido a la fuerte oposición armada. Finalmente, descubrieron un golfo extenso y bien protegido, lleno de islas, que los indígenas llamaban "Chira" y los españoles denominaron San Lúcar. Este puerto corresponde al que hoy se conoce como el Golfo de Nicoya, una provincia fértil de la actual Nicaragua. A pesar de los enfrentamientos y la huida de los indígenas ante los disparos, Ponce no logró avanzar más y regresó, encontrando a Espinosa en Panamá.

En esta travesía, capturaron a cuatro indígenas que hablaban náhuatl. Estos prisioneros, tras aprender español en Panamá, servirían crucialmente como intérpretes (naguatlatos) en futuras expediciones.

El Viaje de Gil González Dávila (1522) y el Golfo de Fonseca

El 21 de enero de 1522, el Capitán Gil González Dávila y el Piloto Mayor Andrés Niño iniciaron su gran expedición hacia el norte del Mar del Sur. Zarparon con una tripulación de 100 españoles y 400 indígenas auxiliares, utilizando tres navíos y un bergantín que habían sido construidos en las Islas de las Perlas. Los barcos que habían fabricado en el Río de la Balsa no pudieron usarse debido a que la broma (molusco que carcome la madera) los había inutilizado.

Tras unas 100 leguas de navegación, los barcos comenzaron a tener fugas de agua y ser afectados por la broma. Se vieron obligados a desembarcar en el Golfo de Culebras (actual Costa Rica) para enviar el bergantín de regreso a Panamá en busca de pez para la reparación.

Mientras esperaban, González Dávila se internó con 100 hombres tierra adentro. Aunque oficialmente buscaba víveres, su verdadero propósito era el rescate de oro.

El Descubrimiento del Mar Dulce y el Golfo de Fonseca

Durante este avance terrestre, González Dávila llegó a una región donde, según los relatos (que Fernández de Oviedo consideró exagerados en distancia y fantasiosos), sufrió la inundación y derrumbe de su refugio. Tras la odisea, regresó a la costa en el Golfete de San Vicente (actual Puerto Caldera), donde se reunió con Andrés Niño, que ya había reparado los barcos.

En este punto, González Dávila tomó dos decisiones cruciales:

Continuar la exploración por tierra con 100 hombres y 4 caballos.

Permitir que Andrés Niño continuara la travesía por mar con dos embarcaciones.

Fue Andrés Niño quien, navegando hacia el norte, descubrió y tomó posesión de un gran cuerpo de agua dulce (el Lago de Nicaragua o Mar Dulce) y un extenso golfo al norte, al que bautizó como Golfo de Fonseca, en honor a su protector, el Obispo Juan Rodríguez de Fonseca.

Contactos y Bautizos: Nicoya

El primer señorío indígena importante contactado por González Dávila en su avance terrestre fue Nicoya, en la península homónima (actual Costa Rica). Allí permaneció diez días, consiguiendo 13,442 pesos de oro y seis estatuas de oro de un palmo de altura. Más significativamente, logró el bautizo de 6,063 indígenas.

El Señorío de Nicaragua y el Diálogo de Cosmovisiones

En Nicoya, González Dávila fue advertido sobre el poderío del Señorío de Nicaragua (cuyo territorio era, en realidad, un asentamiento de la migración militar tolteca del siglo XIII). Desoyendo las advertencias, González Dávila se dirigió hacia el territorio nicarao (cercano al puerto lacustre de San Jorge, según Incer Barquero).

Un día antes de su llegada, envió intérpretes para leer el Requerimiento al jefe (calachuni): una mezcla de teología cristiana básica y amenaza militar, instándolo a reconocer a un solo Señor en el cielo ("mucho más alto del sol") y a someterse al Rey de Castilla.

El calachuni de Nicaragua recibió a González Dávila, le entregó 18,506 pesos de oro, y a cambio recibió objetos de Castilla.

El Debate Filosófico-Científico

El cronista Pedro Mártir de Anglería, basándose en los informes de González Dávila y su tesorero Andrés de Cereceda, recogió el diálogo de cosmovisiones entre el Capitán y el calachuni.

El líder indígena, versado en el legado científico mesoamericano (conocedor de ciclos de Venus, eclipses, meridianos y correcciones calendáricas), planteó profundas preguntas:

Cataclismo Universal: Preguntó sobre el diluvio que, según su tradición, había destruido la primera generación de hombres. González Dávila respondió con el mito bíblico y añadió el vaticinio de una futura destrucción del mundo por fuego venido del cielo, lo que atemorizó a la audiencia.

Cosmología y Física: En preguntas sobre la luz y movimiento del sol y astros, el origen del viento, los cambios climáticos, y la duración del día y la noche, González Dávila falló. Sus respuestas fueron "redundantes", recurriendo únicamente al providencialismo y los "juicios inefables de Dios", demostrando su desconocimiento de la avanzada astronomía nicarao.

González Dávila aprovechó para exponer la moral cristiana y condenar los sacrificios humanos, enfatizando el sacrificio de Cristo en la Cruz.

Bautizos y Ceremonias

Fernández de Oviedo criticó con dureza a los españoles por la contradicción entre el mensaje evangélico que predicaban y su avaricia: "Es de suponer que quienes difundían nuestra fe católica entre los indígenas no les hablaban de la pobreza que Cristo y sus apóstoles practicaron, ni del desprecio que mostraban por el oro... Sin embargo, nuestros 'convertidores' les arrebataban el oro, e incluso a las mujeres, los hijos y el resto de sus bienes. Los dejaban con el nombre de bautizados, pero sin preocuparse por el verdadero valor de tan sagrado sacramento."

A pesar de lo superficial de esta conversión, tres días después del diálogo, se bautizó a 9.018 personas. Se colocaron dos cruces: una en lo alto del templo principal y otra en la plaza. La ceremonia fue solemne: Gil González Dávila, el calachuni (cacique) y sus súbditos se arrodillaron para besar el pie de la cruz, acompañados por el sonido de trompetas y tambores.

El descubrimiento del Gran Lago de Nicaragua

En Nicaragua, Gil González Dávila recibió noticias sobre la existencia de un Mar Dulce cercano. El camino hacia él estaba flanqueado por bosques tan densos que impedían ver más allá. El 12 de abril de 1523, partió hacia el lugar acompañado de 15 soldados y 3 jinetes. El Escribano Público, Juan de Salinas, certificó la toma de posesión del Mar Dulce —conocido entonces como Cocibolca y Ayagualo, y hoy como Gran Lago de Nicaragua— con un acto simbólico y solemne:

González Dávila, montado a caballo y con la espada en la mano, entró en las aguas del lago. Delante de él, el alférez llevaba la bandera real. Una vez dentro del agua, el capitán pidió a un hidalgo que le diera un poco de agua del lago en un sombrero. Bebió de ella, al igual que sus acompañantes, y declaró en voz alta:

"En nombre de Sus Majestades y sus sucesores, y como representante de la Corona de Castilla, tomo posesión de este Mar Dulce, pues se encuentra dentro de los límites de sus dominios. Si alguien osara contradecirlo, estoy dispuesto a defender esta verdad con las armas."

Ordenó al alférez que alzara la bandera real tres veces, gritando:

"¡Viva la muy católica, cesárea Majestad del emperador y rey nuestro señor, rey natural de toda esta costa y del Mar Dulce, descubierto y por descubrir!"

Tras salir del agua, González Dávila cortó ramas de un árbol cercano y hierbas de la orilla, simbolizando también la toma de posesión de la tierra. Entre los testigos del acto estaban Gil González Dávila, el tesorero Andrés de Cereceda, el clérigo Diego de Agüero, los capitanes Juan del Saz, Ruy Díaz, Martín de Lacalle y Diego de Castañeda, así como el propio escribano Juan de Salinas.

Fernández de Oviedo coincide con el relato de Salinas y añade detalles sobre la isla de Ometepe (con los volcanes Concepción y Madero), visible a dos leguas de la costa. González Dávila sospechaba que el lago podía estar conectado con el Mar del Norte (Océano Atlántico), aunque no pudo confirmarlo por falta de tiempo.

El Señorío de Nochari y la expansión hacia el sur

En la capital de los nicaraos, González Dávila supo que, a seis leguas de distancia, comenzaba el territorio del Señorío de Nochari, compuesto por pueblos como Ochomogo, Nandapia, Mombacho, Nandaime, Morati y Zoatega, cada uno con unos 2.000 habitantes. Los señores locales lo recibieron con regalos de oro y esclavos, y expresaron su deseo de convertirse al cristianismo. 12.607 indígenas fueron bautizados, y se rescataron 33.434 pesos de oro bajo.

El Río Ochomogo marcaba la frontera entre los nicaraos y el Señorío de Nochari. Esta región controlaba históricamente la ruta del cacao y el acceso al santuario chorotega en la Isla de Zapatera, en el lago Cocibolca.

La visita de Diriangén y su pueblo

En Nochari, González Dávila recibió la visita de Diriangén, cacique de los dirianes, acompañado por 500 hombres. Cada uno llevaba pavos o pavas en las manos, y detrás de ellos, 10 estandartes blancos y 17 mujeres cubiertas de placas de oro, junto con 200 hachuelas de oro bajo (que pesaban más de 18.000 pesos). También los acompañaban músicos con pífanos, que tocaron antes de entrar a ver al capitán.

Diriangén explicó que su visita buscaba conocer a los "barbudos en alimañas" (los españoles). González Dávila les leyó el Requerimiento y les preguntó si deseaban bautizarse. Diriangén respondió que lo decidirían en tres días. El oro y las hachuelas que trajeron fueron valuados en 18.818 pesos.

El ataque de los dirianes y la retirada de González Dávila

El 17 de abril de 1523, al mediodía, mientras los españoles descansaban durante la siesta, fueron sorprendidos por un ataque de entre 3.000 y 4.000 indígenas. Gracias a la advertencia de un nativo del pueblo, González Dávila logró atrincherar a sus hombres en la plaza y organizar una contraofensiva. Al darse cuenta de que 6 o 7 soldados habían resultado heridos y de que los indígenas se habían llevado a uno de los suyos, el capitán cargó con dos jinetes, lo que provocó la huida de los atacantes.

Rápidamente, reorganizó a sus tropas para proteger el ranchón donde guardaban el oro rescatado y sus pertenencias. Fue entonces cuando recordó que un sacerdote, montado en el mejor caballo y acompañado por dos soldados, había partido hacia un pueblo cercano. Temiendo por sus vidas, envió una carta urgente ordenándoles regresar, lo que hicieron sin sufrir ningún percance.

La retirada hacia la costa

Con solo 60 hombres —lo que sugiere que 40 cristianos habían caído en combate—, González Dávila emprendió el regreso a la costa. Para proteger a los heridos, el oro y las provisiones, colocó en el centro a los hombres más débiles y las cargas, mientras que en las cuatro esquinas situó a los 4 jinetes y 4 escopeteros disponibles.

Alrededor de las 11 de la mañana, mientras atravesaban Nicaragua, algunos indígenas del pueblo comenzaron a incitar a los cargadores a abandonar las cargas o huir con ellas. Para evitarlo, González Dávila ordenó a los ballesteros que dispararan al aire, hiriendo a algunos nativos. Esto provocó que más indígenas armados acudieran al lugar.

Ante la crítica situación, el capitán dividió sus fuerzas: ordenó al tesorero Andrés de Cereceda que avanzara con el oro, mientras él, junto a los 3 jinetes restantes, los ballesteros, los rodeleros y los 4 escopeteros, se quedó en la retaguardia para contener a los atacantes. El combate se prolongó hasta el atardecer, cuando tres caciques pidieron negociar la paz. Estos explicaron que los agresores eran del pueblo de Zoatega, parte del Señorío de Nochari. González Dávila, sin embargo, desconfió de sus palabras, pues reconoció entre los atacantes a guerreros de otros pueblos.

Fernández de Oviedo añade que González Dávila aceptó la paz, pero advirtió:

"Si desean otra cosa, les haré la guerra de otra manera, porque los cristianos no nos cansamos, ni necesitamos 'yaat' [coca], esa hierba que ustedes mastican para no fatigarse."

A excepción de un caballo herido por una flecha, no hubo más bajas ni pérdida del oro, aunque algunos soldados quedaron sin ropa ni comida, ya que muchos cargadores habían huido. Esa misma noche, aprovechando la luz de la luna, emprendieron una marcha forzada que duró varios días, hasta llegar al Golfo de San Vicente, donde encontraron a Andrés Niño, quien llevaba 8 o 10 días esperando su regreso.

La travesía del Piloto Mayor Andrés Niño

El 27 de febrero de 1523, Andrés Niño tomó posesión de una pequeña isla en la desembocadura de un río (posiblemente El Cardón), en presencia de los tenientes García Gansino y Juanes de Harvolancha. El escribano Juan de Almanza certificó el acto, y Niño nombró al lugar Puerto de la Posesión. La zona estaba delimitada por Punta de Icacos, Isla de Aserradores y Punta de Castañones, donde más tarde operaría el Puerto de El Realejo.

El 5 de marzo de 1523, Niño descubrió un golfo al que llamó Fonseca, en honor a su patrocinador, el obispo Juan Rodríguez de Fonseca. Desembarcó en una isla que nombró Petronila (en honor a una sobrina del obispo) y tomó posesión del lugar. El escribano Juan de Almanza registró el acto, con testigos como Juanes de Arvolancha, Tomé Quintero, Juan Rodríguez y Juan Martín Calafate. Aunque no hay consenso sobre la ubicación exacta de la isla Petronila, algunos la identifican con Meanguera (El Salvador) y otros con la Isla del Tigre (Honduras).

El 30 de marzo de 1523, Andrés Niño llegó a Punta de Santo Tomé, donde el escribano Juan de Almanza certificó una nueva toma de posesión, con testigos como Juan de Arvolancha, Tomé Quintero, el contramaestre Juan de la Mora, Diego de Murcia y Gómez Hernández. Se cree que este lugar podría haber sido parte del Istmo de Tehuantepec, en México.

El cronista Francisco López de Gómara relata que, durante un viaje de dos españoles a las cortes de los quichés y cakchiqueles, los nativos les preguntaron si su capitán traía consigo "grandes monstruos marinos" que habían pasado por la costa el año anterior. Se referían a las naves de Andrés Niño. Uno de los españoles, un carpintero de barcos llamado Treviño, dibujó en el suelo una carraca con seis mástiles, lo que dejó maravillados a los indígenas por el tamaño, las velas y la complejidad del navío.

El regreso a Panamá y el conflicto con Pedrarias

El 5 de junio de 1523, Gil González Dávila y Andrés Niño regresaron a Nuestra Señora de la Asunción de Panamá a bordo de tres barcos y canoas indígenas, ya que el navío principal no podía mantenerse a flote. Como resultado de la expedición, trajeron consigo:

·         112,024 pesos y 3 tostones de oro bajo.

·         145 pesos en perlas.

·         Del total, el quinto real (la parte correspondiente a la Corona) ascendió a:

·         17,000 pesos de oro de ley de 18 y 12 quilates.

·         15,363 pesos de oro de hachas (con un valor de 200 maravedíes por peso).

·         6,182 pesos de cascabeles, sin ley específica.

La reacción de Pedrarias y los oficiales reales

El regreso de González Dávila molestó a los oficiales reales y, especialmente, a Pedrarias Dávila. Cuando González Dávila solicitó apoyo al tesorero Alonso de la Puente para castigar a los caciques diriangénes y nicaraos por su traición, este le respondió que solo lo ayudaría si la expedición se realizaba en nombre de Pedrarias. Sin embargo, Pedrarias se negó a asociarse, ya que estaba organizando su propia armada para continuar la conquista de Nicaragua. Para ello, compró los barcos de Andrés Niño con el apoyo de los oficiales reales.

La formación de la compañía para la conquista de Nicaragua

El 22 de septiembre de 1523, Pedrarias, junto con el tesorero Alonso de la Puente, el contador Diego Márquez, el licenciado Juan Rodríguez de Alarconcillo y el capitán Francisco Fernández, formaron una compañía para conquistar Nicaragua. Pedrarias aportó navíos, jarcia, negros y caballos que había comprado en una subasta a Andrés Niño por 2,000 pesos, lo que le daba derecho a 2/6 partes del botín, mientras que los otros cuatro socios recibirían 1/6 parte cada uno.

Sin embargo, el verdadero financista de la empresa fue Juan Téllez, quien prestó dinero a Pedrarias y a otros socios para la compra de los barcos. Gracias a su inversión, Téllez se autonombró encargado de la contabilidad de la armada, lo que fue aceptado por todos los accionistas. La compañía ofreció a quienes se unieran a la expedición 3 o 4 navíos completamente equipados por un plazo de año y medio.

González Dávila busca apoyo en La Española

Ante esta situación, González Dávila compró un navío en Nombre de Dios y zarpó hacia La Española (Santo Domingo). Desde allí, envió a Andrés de Cereceda a Castilla con el quinto real, algo que Pedrarias no pudo evitar porque no llegó a tiempo. En La Española, González Dávila elaboró un informe detallado titulado:

"Itinerario y cuentas de Gil González Dávila por el tesorero Andrés de Cereceda. Relación de las leguas que el capitán Gil González Dávila anduvo a pie, por tierra, por la costa de la Mar del Sur, y de los caciques e indios que descubrió y se bautizaron y del oro que dieron para sus majestades."

En el informe, Cereceda destacó que 32,264 indígenas habían sido bautizados durante las expediciones. Además, González Dávila solicitó al rey que le concediera:

La gobernación de los territorios que había descubierto y descubriera, con el título de Almirante del Mar Dulce.

La décima parte de los derechos de oro, rentas y otros beneficios que correspondieran a la Corona.

Que estos privilegios fueran perpetuos para él y sus herederos, incluyendo el derecho a seleccionar 3 islas del Mar Dulce para su familia.

González Dávila explicó que, debido a las restricciones de Pedrarias, no pudo enviar a más personas a Castilla para respaldar su solicitud, aparte de un paje y dos mozos.

Preparativos para una nueva expedición

Mientras tanto, en La Española, González Dávila preparaba una nueva expedición hacia el Golfo de Hibueras (Honduras), con el objetivo de:

Buscar el Mar Dulce.

Investigar si este estaba conectado con el Mar del Norte (Océano Atlántico).

La expedición estaría compuesta por:

·         50 soldados a caballo.

·         300 infantes.

La exploración del Estrecho Dudoso y la fundación de León, Granada y Bruselas

El contexto de la expedición

A finales de 1523, la Armada Córdoba, comandada por Francisco Hernández de Córdoba, partió de Panamá con un objetivo claro: rescatar oro. A diferencia de la expedición de Gil González Dávila, esta no contaba con autorización real, sino que fue el resultado de una decisión apresurada y envidiosa de Pedrarias Dávila. Este último buscaba anticiparse a que González Dávila informara a la Corona sobre sus logros en Nicaragua, evitando así que fuera recompensado con el mando exclusivo de la región recién descubierta.

Pedrarias justificó su decisión argumentando que, entre 1519 y 1520, la expedición del alcalde Mayor Gaspar de Espinosa —bajo sus órdenes— había sido la primera en explorar el Mar del Sur y sus costas, llegando hasta el Golfo de Chira (Nicoya). Por esta razón, pospuso la autorización de la expedición de Francisco Pizarro y Diego de Almagro hacia el sur, para concentrar los esfuerzos en la ruta hacia el norte.

El financiamiento de la expedición

El cronista Antonio de Herrera y Tordesillas señaló que Pedrarias compró los barcos con fondos proporcionados por el Maestrescuela de la Iglesia de Santa María del Darién, Hernando de Luque, así como por Francisco Pizarro y Diego de Almagro. Sin embargo, el historiador Mario Góngora demostró que esto no fue así. De los navíos utilizados, solo se conoce el nombre de la galeota "Santiago", que realizó alrededor de 5 viajes entre Nicaragua y Panamá, transportando oro, guanín y esclavos indígenas.

Francisco Hernández de Córdoba: El líder de la expedición

Francisco Hernández de Córdoba era natural de Cabra (Córdoba, Andalucía), hijo de Alonso Hernández y Elvira Díaz. Llegó a América el 10 de enero de 1517 y participó bajo las órdenes de Vasco Núñez de Balboa en la entrada a Comogre. El 25 de octubre de 1519, como alcalde Ordinario de Panamá y Capitán de Guarda de Pedrarias, participó en el alarde (desfile militar) de la Armada que él mismo lideraría hacia el Mar del Sur, con 229 hombres.

Durante el alarde, la armada se organizó en tres cuerpos:

·         Cuerpo de Guarda de Hernández de Córdoba, con lugartenientes como Alonso de Peralta, Gabriel de Rojas y Juan Alonso Palomino.

·         Cuerpo comandado por el Capitán Hernando de Soto.

·         Cuerpo liderado por el Capitán Francisco de la Puente.

Esta estructura se reorganizaría según las necesidades de la campaña.

Hernando de Soto: El estratega

Uno de los capitanes más destacados de la expedición fue Hernando de Soto, nacido hacia 1500 en Extremadura, posiblemente en Jerez de los Caballeros. En 1514, con solo un escudo y su espada, se unió a la expedición de Pedrarias Dávila a Castilla de Oro. En 1520, participó en las campañas de Gaspar de Espinosa contra los caciques París y Urraca.

Tras su paso por Nicaragua y Honduras, se unió a las huestes de Francisco Pizarro y Diego de Almagro en la conquista del Imperio Inca. Más tarde, como Gobernador de Cuba y casado con Isabel, hija de Pedrarias, exploró las riberas del Misisipi, donde murió el 21 de mayo de 1542.

Andrés de Garavito: El traidor recompensado

Otro capitán destacado fue Andrés de Garavito, quien, tras ser un hombre de confianza de Vasco Núñez de Balboa, lo traicionó. Sus declaraciones fueron clave para la condena a muerte de Balboa. Como recompensa, Pedrarias lo propuso como Capitán General y teniente de Gobernador de la Armada hacia Nicaragua, pero no logró el cargo debido a la oposición de los financistas, liderados por Juan Téllez, quienes impusieron a Francisco Hernández de Córdoba como capitán.

Gabriel de Rojas: El veterano de noble cuna

Gabriel de Rojas, nacido hacia 1480 en Cuéllar (Segovia), era hijo de Gómez de Rojas y María de Torres-Córdoba. Estaba emparentado con el Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba y, por línea paterna, con Beltrán de la Cueva, padre de La Beltraneja.

Fernández de Oviedo lo describió como:

"Conquistador y buen soldado, veterano en la Tierra-Firme, hombre de honor y experiencia, valeroso, de buena casta, gentil y conversable, buen compañero y liberal."

Tras participar en la conquista de Nicaragua y Honduras, se unió a la del Perú, donde murió en Catamarca en 1549, víctima de un flechazo envenenado.

La tripulación y su composición

La mayoría de la tripulación pertenecía a la Gobernación de Castilla de Oro, pero también incluía a veteranos de la Armada de Gil González Dávila, como el cura Diego de Agüero, los capitanes Ruy Díaz y Antón Mayor, y algunos esclavos negros y pajes indígenas.

Además, uno de los navíos transportó las piezas desarmadas de un bergantín, destinado a explorar el Estrecho Dudoso, junto con bestias de carga. Se sabe que 14 caballos pertenecían a distintos propietarios, pero también hubo otros de Pedrarias Dávila y oficiales reales, quienes luego reclamarían el pago por 10 caballos muertos en combate.

La expedición de Francisco Hernández de Córdoba y la resistencia indígena

El desembarco y la logística inicial

Francisco Hernández de Córdoba partió con su armada en los últimos meses de 1524, siguiendo la misma ruta que Gil González Dávila. Desembarcó en el Golfo de San Lúcar (Nicoya), donde logró reclutar a un buen número de indígenas para transportar el matalotaje (provisiones) y, especialmente, las piezas del bergantín hasta el Lago Cocibolca (Mar Dulce).

Según una declaración de Francisco de Castañeda (quien fue Alcalde Mayor de León), el cacique de Nicoya fue clave en este proceso:

"Este cacique, por ser muy amigo de los cristianos, nunca permitió levantamientos en su territorio. Todos los que desembarcan en la isla de Chira [Golfo de Nicoya] para llegar a Nicaragua por tierra pasan en canoas y barcas hasta este cacique. Allí se proveen de comida para las 35 leguas que hay hasta Nicaragua, y los indígenas les ayudan a transportar las provisiones. Cerca de Nicoya, desembarcan los caballos y bestias que traen desde Castilla del Oro, porque los navíos no se atreven a cruzar el Golfo de Nicaragua hacia el Puerto de la Posesión debido a las fuertes olas."

Las cabalgadas y la violencia contra los indígenas

Mientras se armaba el bergantín, las tropas de Hernández de Córdoba emprendieron cruentas cabalgadas contra los nicaraos, nocharis (nequecheris) y dirianes, con el objetivo de rescatar oro y esclavizar a los indígenas. Estas acciones fueron extremadamente violentas, como lo describió en 1543 el cacique Don Gonzalo al cronista Girólamo Benzoni:

"Cuando supimos que los cristianos venían a nuestras tierras y conocimos las crueldades que cometían —matando, incendiando y robando—, convocamos a nuestros aliados. En consejo, decidimos luchar y morir con valentía antes que ser sojuzgados. Preparamos lanzas, piedras, flechas y otras armas. Cuando los cristianos llegaron, los atacamos y combatimos durante gran parte del día. Pero al final, la mayoría de los nuestros, asustados por los caballos, huyeron."

Los indígenas enviaron dos embajadores a pedir la paz al capitán cristiano, pero solo para reorganizarse. Fingiendo amistad, visitaron a los españoles con cantos, bailes y regalos de oro. Sin embargo, tras tres días, volvieron a atacar. Tras repetidos intentos, los indígenas decidieron que preferían morir antes que someterse. Las mujeres, al enterarse de esta decisión, les suplicaron que se rindieran para evitar la muerte de sus hijos y familias. Ante sus lágrimas, los guerreros depusieron las armas y se sometieron.

La sumisión y sus consecuencias

Aunque inicialmente se sometieron, los malos tratos continuos llevaron a que algunos pueblos se sublevaran. Los españoles respondieron con una brutal represión:

"Castigaban a los rebeldes de manera tan cruel que incluso mataban a los niños con sus espadas. Bajo el pretexto de que querían rebelarse, los capturaban, torturaban y vendían como esclavos. Ya no éramos dueños de nuestras esposas, hijos ni bienes. Muchos, desesperados, mataban a sus hijos, se ahorcaban o dejaban morir de hambre."

Finalmente, tras innumerables sufrimientos, llegó una provisión real que les devolvió la libertad.

La exploración del Estrecho Dudoso y el caso de los Desollados

El Volcán de Masaya y las correrías españolas

Durante las correrías contra los habitantes de Masaya, Nindirí y Managua, los españoles observaron con asombro el fuerte resplandor del Volcán de Masaya (Popogatepe), cuyas erupciones iluminaban el cielo. Pedrarias Dávila lo describió en una carta a Carlos V:

"Cerca de la provincia de Masaya hay una gran boca de fuego que nunca deja de arder. De noche, parece que toca el cielo, y su luz se ve a 15 leguas de distancia, como si fuera de día."

El descubrimiento del sistema lacustre

El Capitán Ruy Díaz, veterano de la expedición de Gil González Dávila, exploró el Estrecho Dudoso y descubrió que el Mar Dulce estaba compuesto por dos lagos (el Xolotlán al norte y el Cocibolca al sur), unidos por el río Tipitapa y una laguneta (Tisma). También identificó islas pobladas como Zapatera, Ometepe y Solentiname, así como un desaguadero (Río San Juan) con dos raudales (uno en la confluencia del río Sábalo y otro cerca de donde luego se construiría el Castillo de la Inmaculada). En su informe, Ruy Díaz señaló:

"El Mar Dulce tiene dos bocas: una de 30 leguas de ancho. Entre ambas hay un estrecho por donde se 'sangra' el agua, y en medio, una laguna pequeña. Hay muchas islas pobladas. Lanzamos un bergantín al agua, pero no pudo avanzar por el río San Juan debido a las piedras y la corriente. Creemos que este río desemboca en el Mar del Norte."

Distribución del botín y traición a los conquistadores

Tras las campañas, el 1 de mayo de 1524, Francisco Hernández de Córdoba decidió en Tezoatega (actual El Viejo) cómo repartir el oro rescatado (21,908 pesos) entre financistas, monasterios y conquistadores. Sin embargo, los accionistas, liderados por Juan Téllez, se quedaron con casi todo el oro, excepto el quinto real (185,000 pesos). El Maestre naviero Cristóbal Quintero transportó el botín desde el Puerto de la Posesión hasta Panamá, llegando el 10 de mayo de 1524.

Los principales beneficiados fueron:

·         Alonso de la Puente — 2,300

·         Juan Téllez — 2,000

·         Hernando de Soto — 1,500

·         Francisco Hernández — 1,300

·         Francisco de la Puente — 1,000

·         Presbítero Diego de Agüero — 510

El caso de los Desollados: Una estrategia de guerra indígena

En Imabite (Nagarando), los indígenas idearon una táctica para asustar a los españoles y sus caballos. Según Fernández de Oviedo, mataron a ancianos y ancianas, los desollaron, se vistieron con sus pieles (con la carne hacia afuera) y los usaron como escudos en la batalla. Los españoles, aunque inicialmente sorprendidos, derrotaron a los indígenas y bautizaron la zona como "Provincia de los Desollados".

Esta práctica, conocida como tlacaxipehualiztli, era un ritual mesoamericano en honor a Xipe Tótec, dios de la agricultura. Los prisioneros de guerra eran sacrificados, desollados, y sus pieles eran usadas por sacerdotes y penitentes en procesiones y danzas para asegurar buenas cosechas. Este ritual se mantenía vivo entre teotihuacanos, toltecas, chorotegas y nicaraos.

El descenso demográfico en Nicaragua: Esclavitud, enfermedades y violencia colonial

El comercio de esclavos y su impacto

Además del envío de oro y guanín a Panamá en mayo de 1524, Francisco Hernández de Córdoba organizó dos remesas adicionales de esclavos indígenas en noviembre y diciembre del mismo año. Esta práctica convirtió a Hernández de Córdoba en uno de los principales responsables del despoblamiento de Nicaragua, ya que, al no encontrar el oro esperado, compensó la falta de riqueza con la captura y venta de indígenas como esclavos. En Panamá, donde la demanda de mano de obra era alta, los esclavos eran vendidos rápidamente, lo que aceleró la disminución drástica de la población nativa.

Las enfermedades: Un factor devastador

Sin embargo, el principal motor del descenso demográfico no fue solo la esclavitud, sino también las enfermedades traídas por los conquistadores. Los indígenas, al no tener inmunidad contra patógenos europeos, sufrieron epidemias catastróficas. Según Linda Newson en su tesis Indian Survival in Colonial Nicaragua, el comercio de esclavos y las enfermedades fueron igualmente responsables de una tercera parte del descenso demográfico. El tercio restante se atribuye al maltrato, el trabajo forzado y la destrucción de las comunidades indígenas como consecuencia directa de la conquista y colonización.

Aunque no se sabe con certeza cuál fue la primera epidemia que azotó Nicaragua en 1524, es probable que fuera la viruela, como ocurrió en México y Guatemala. Los españoles interpretaron estas pestilencias como un castigo divino por la resistencia indígena a la imposición de la nueva religión. Esta narrativa fue difundida por curas como Diego de Agüero, Rodrigo Pérez y Diego de Escobar, quienes, tras las cabalgadas y correrías, bautizaban a los indígenas que habían sobrevivido al terror.

La justificación religiosa de la conquista

El Cronista General de Indias, Antonio de Herrera y Tordesillas, recogió relatos de los conquistadores que presentaban estos eventos como milagros divinos, en la tradición de los cantares de gesta y novelas de caballería:

"Francisco Hernández llevó consigo a algunos religiosos, quienes, con gran fervor, se dedicaron a predicar y realizar ejercicios católicos. Los indígenas, al intentar derribar una cruz, no lo lograron, y poco después, una pestilencia comenzó a diezmarlos. Este y otros 'milagros' asombraron tanto a los nativos que infinidad de ellos acudieron a pedir cruces y bautizarse. Incluso en templos donde no se había colocado la cruz ni imágenes, cayeron rayos que los quemaron, lo que llevó a los pueblos a solicitar el bautismo y las imágenes de Nuestro Señor. Como había pocos clérigos, los propios indígenas comenzaron a bautizarse unos a otros, imitando a los sacerdotes."

Fundación de Santiago de los Caballeros de León: Estrategia, geografía y desafíos

El contexto político y la urgencia de fundar ciudades

La compañía organizada por Pedrarias Dávila para explorar Nicaragua tenía un plazo de dos años antes de extinguirse, ya que la Corona no había autorizado su existencia. Francisco Hernández de Córdoba, buscando consolidar su autonomía frente a Pedrarias y los accionistas, decidió fundar ciudades, construir fortalezas y nombrar cabildos. Esta estrategia no era nueva: en Europa, la fundación de ciudades y la creación de ayuntamientos habían servido para limitar el poder de los señores feudales.

Para agosto de 1524, existía el temor de que fuerzas militares provenientes del Golfo de Honduras (ya fueran de Gil González Dávila o Hernán Cortés) pudieran invadir Nicaragua. Por ello, era urgente contar con ciudades fortificadas que pudieran resistir un ataque.

La fundación de León: Tradición y controversias

Según Sofonías Salvatierra, en su obra Contribución a la historia de Centroamérica, la primera ciudad fundada en Nicaragua fue Santiago de los Caballeros de León, el día de la Santísima Trinidad. Esta fecha se celebraba con misa, sermón y procesión, donde se llevaba el estandarte real entre la imagen de la Trinidad y las armas reales.

El historiador Carlos Meléndez Chaverri, basándose en documentos coloniales, confirmó que León fue la primera ciudad fundada en Nicaragua. Sin embargo, no hay consenso sobre la fecha exacta: mientras el obispo Dionisio de Villavicencio (en 1732) mencionó la fiesta de la Santísima Trinidad, Meléndez Chaverri sugirió que pudo haber sido en noviembre de 1524.

El sitio de fundación: Entre volcanes y lagunas

León fue fundada en una ensenada de la costa noroeste del Lago Xolotlán, frente al Volcán Momotombo, cuya actividad impresionó a los conquistadores. Pedrarias Dávila describió así el volcán al informar a la Corona:

"Cerca de la ciudad de León hay un cerro muy alto, del que sale fuego por cinco bocas, visible de día y de noche. Alrededor hay gran cantidad de piedra azufre, y algunos ríos están tan calientes que apenas se pueden cruzar. Hay una fuente que hierve constantemente: si se mete un ave o algo crudo, sale cocido al instante."

El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, testigo presencial, añadió detalles sobre los riesgos sísmicos y la actividad volcánica:

"A una legua y media de León está el volcán Momotombo, con muchos agujeros que emiten humo sin cesar. Hay fuentes de agua hirviendo, como en Pozzuoli (Nápoles), y el volcán es una mina de azufre. A veces, el viento caliente que sale de sus grietas es insoportable. También hay agujeros que emiten un ruido ensordecedor, como si fueran fraguas de herreros. La tierra tiembla con frecuencia, y en un solo día conté más de 60 temblores. Los rayos caen y matan gente, queman casas."

La estructura urbana y las autoridades

Según el historiador del arte Antonio Bonet Correa, quien participó en las excavaciones de León Viejo, la plaza de armas estaba rodeada por:

·         4 manzanas al norte.

·         6 manzanas al sur.

·         4 manzanas al occidente.

·         5 manzanas al oriente, donde se ubicaba la fortaleza, junto a la ribera del Lago Xolotlán, con vista al volcán.

Las ruinas de León Viejo se encuentran entre las coordenadas:

·         Latitud norte: 12°23’6” y 12°24’1”.

·         Longitud oeste: 86°36’6” y 86°37’2”.

La distribución de tierras y mano de obra

En el acto de fundación, Francisco Hernández de Córdoba otorgó a los primeros colonos:

Solares para construir viviendas y huertas.

·         Tierras de cultivo.

·         Indígenas de repartimiento (esclavos), según su rango:

·         Caballeros (soldados a caballo) recibían caballerías de tierra.

·         Infantes (peones) recibían peonías.

La ciudad se fundó en una región densamente poblada por indígenas, lo que garantizó mano de obra suficiente para su construcción. Según documentos de la época:

"En la provincia de Imabite, donde se fundó León, había 15,000 vecinos indígenas. Se construyó el mejor templo de la región, y la ciudad estaba rodeada de huertas y árboles, junto a la ribera del Mar Dulce."

Las primeras autoridades

El primer alcalde Ordinario fue Sebastián de Benalcázar, aunque solo permaneció unos meses en el cargo. En 1525, se nombraron nuevas autoridades:

·         Alcaldes Ordinarios: Alonso Cansino y Pedro de Miranda.

·         Regidores: Gómez Arias y Gabriel Pie de Hierro.

·         Escribano de Cabildo: Nicolás Núñez.

·         El clérigo Pedro Bravo, quien había llegado desde Honduras, se hizo cargo del templo.

Fundación de Granada: Estrategia y supervivencia en tierras conflictivas

Contexto y fecha de fundación

La ciudad de Granada fue fundada por Francisco Hernández de Córdoba como la segunda ciudad en Nicaragua, después de León y antes de Bruselas. Aunque no se conoce la fecha exacta, se estima que ocurrió entre finales de 1524 y los primeros meses de 1525.

Ubicación estratégica

Hernández de Córdoba eligió un llano entre el Lago Cocibolca (Mar Dulce) y el pueblo indígena de Jalteva para fundar Granada. Evitó deliberadamente el lugar donde Gil González Dávila había tomado posesión del Mar Dulce, alegando que estaba demasiado poblado y, por lo tanto, era un riesgo de sublevación. Sin embargo, la verdadera razón era que los nicaraos, nequecheris y dirianes ya habían demostrado su resistencia y capacidad para expulsar a los españoles.

Además, esta ubicación tenía un propósito militar: servir como baluarte para proteger el acceso a León y evitar que González Dávila, en caso de regresar con nuevos privilegios reales, reclamara el territorio.

Estructura y defensas

No se conserva el Acta de Fundación de Granada, ni se conoce con exactitud su traza urbana. Sin embargo, se sabe que, además de una iglesia, se construyó una fortaleza, posiblemente ubicada al poniente de la ciudad (en la zona conocida hoy como La Pólvora). Esta ubicación era estratégica, ya que controlaba el camino hacia los territorios de los dirianes (como Diriomo, Diriá y Catarina) y los nequecheris (Ochomogo, Nandapia, Mombacho, Nandaime, Morati y Zoatega).

Recursos y población

Hernández de Córdoba describió la región como fértil y abundante en provisiones:

"En la provincia de Nequecheri, donde se fundó Granada, hay más de 3 leguas de territorio poblado, con 8,000 vecinos indígenas. La ciudad está junto al Mar Dulce, con buenos ríos, huertas, pesquerías y materiales de construcción. Se edificó un templo suntuoso, bien servido y adornado."

Al igual que en otras fundaciones, los primeros colonos recibieron:

·         Solares para construir sus viviendas.

·         Tierras de cultivo.

·         Indígenas de repartimiento (esclavos), según su rango.

Autoridades en 1525

Si Granada fue fundada en 1525, sus primeras autoridades fueron:

·         Teniente de Justicia Mayor: Gabriel de Rojas

·         Alcalde Ordinario: Ruy Díaz

·         Regidores: Luis de Guevara, Antón Velasco y Juan de Porras

·         Escribano de Cabildo: Gonzalo de Ribera

Fundación de Bruselas: Un enclave en el Golfo de San Lúcar

Contexto y ubicación

A principios de 1525, el Capitán Ruy Díaz, en nombre de Francisco Hernández de Córdoba, fundó la Villa de Bruselas en Orotina, frente a la Isla de Chira, en el Golfo de San Lúcar (Nicoya).

Descripción y recursos

Pedrarias Dávila, en una carta a la Corona, describió Bruselas como:

"En el Estrecho Dudoso se fundó la villa de Bruselas, en el sitio de Brutina. Tiene llanos por un lado, el mar por otro, y la sierra con minas a 3 leguas de distancia. Los indígenas están pacificados, y la villa está en el centro de las provincias de la región. Es una comarca con buenas aguas, aire puro, caza, pesca y tierras fértiles, ideales para el cultivo de maíz y otras cosechas."

Autoridades en 1525

Las primeras autoridades de Bruselas fueron:

Alcalde Ordinario: Johan de Barrientos

·         Regidores: Alonso Quintero, Nicolás de Triana, Martín de la Calle, Juanes de Arbolancha y Luis Dávila

·         Procurador: Francisco Díaz

·         Alguacil Mayor: Francisco Flores

·         Escribano de Cabildo: Sebastián de Saavedra

Antes de regresar a Granada, los fundadores dejaron a Andrés de Garavito como teniente de Justicia Mayor.

Estrecho dudoso, cruentos enfrentamientos y decapitación de Cristóbal de Olid

En 1502, durante su cuarto viaje, Cristóbal Colón descubrió el golfo de Honduras, en el mar Caribe, y recorrió el litoral centroamericano habitado por poblaciones con una cultura superior a la de las Antillas. Bartolomé de las Casas lo registró así en su Historia General de las Indias, al relatar un episodio singular:

“Habiendo saltado el Adelantado [Cristóbal Colón] en esta isla de los Guanajes o Guanaja, llegó una canoa llena de indios, tan luenga como una galera y de ocho pies de ancho; traían en medio un toldo de esteras hechas de palma, que en la Nueva España llaman petates, debajo del cual venían sus mujeres e hijos, hacendejas y mercaderías, sin que el agua del cielo ni del mar les mojara cosa alguna.

Las mercaderías eran muchas mantas de algodón, muy pintadas y labradas, camisetas sin mangas, almaizares de vistosos colores, espadas de palo con filos de pedernal, hachuelas de cobre, cascabeles, crisoles para fundir el metal, almendras de cacao y pan de maíz, además de un vino hecho del mismo maíz que parecía cerveza. Venían en la canoa unos veinticinco hombres, que no se atrevieron a huir ni a defenderse al ver la barca de los cristianos.”

Después de aquel viaje, Colón cayó en desgracia ante la Corona. Al regresar a Castilla, ya no contó con la protección de Isabel la Católica, enferma de gravedad. Temeroso de perder sus descubrimientos, decidió no revelar las coordenadas de las nuevas tierras y las guardó celosamente, como expresó en su Carta de Jamaica (1503):

“Respondan, si saben, dónde está el sitio de Veragua. Digo que no pueden dar otra razón, salvo que fueron a unas tierras donde hay mucho oro. Pero para volver a ellas, el camino lo tienen ignorado. Sería necesario descubrirlas como la primera vez. Solo la astrología lo sabe; quien la entienda, eso le basta. A visión profética se asemeja esto.”

En busca de resolver aquel enigma, en 1508 Juan Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón exploraron el mar al sur de las Antillas Mayores, tratando de hallar las tierras del oro y un canal que conectara con las Indias Orientales. Llegaron nuevamente al golfo de Honduras y encontraron islas densamente pobladas, lo que causó admiración y motivó nuevas expediciones. Los gobernadores de La Española y Cuba autorizaron viajes con el pretexto de explorar, pero en realidad su propósito era “saltear indios”, es decir, capturarlos como esclavos en Guanaja, Roatán, Guaymoreta, Guayama y Utila, para reemplazar con ellos la mano de obra indígena de las Antillas, diezmada por las enfermedades traídas por los europeos.

Aquellos salteamientos causaron una devastación demográfica semejante a la de las pestes. Hernán Cortés lo confirmaría dos décadas después en su Quinta carta de relación a la Corona, al señalar que los españoles:

“Les hacían mucho daño, porque además de quemarles muchos pueblos y matarles alguna gente, por donde muchos se habían despoblado y huido a los montes, recibían otro mayor daño los mercaderes tratantes [indígenas], porque con esto se perdió toda la contratación de aquella costa, que era mucha.”

Esto demuestra no solo que la actividad comercial observada por Colón era cierta, sino también que el litoral caribeño era recorrido desde Yucatán hasta el istmo de Panamá, donde existían factorías y centros de intercambio.

Entre las incursiones realizadas en las Islas de la Bahía de Honduras, destacó una en febrero de 1517, integrada mayormente por hombres que habían formado parte de la armada de Pedrarias Dávila. Fue dirigida por Francisco Hernández de Córdoba “el Viejo” (1475?-1518), homónimo del conquistador de Nicaragua, quien partió con tres embarcaciones, una de ellas propiedad del gobernador Diego de Velázquez, que impuso una condición:

“Primero habíamos de ir con aquellos tres navíos a unas isletas entre Cuba y Honduras —las actuales Islas de los Guanaxes—, y habíamos de ir de guerra y cargar los navíos de indios de aquellas islas, para pagar con ellos el barco, sirviéndose de ellos como esclavos.”

Entre los tripulantes iban el piloto Antón de Alaminos y el futuro cronista Bernal Díaz del Castillo. Pero la expedición no logró su objetivo: los vientos desviaron las naves hasta una gran isla, Cozumel, que bautizaron como Santa María de los Remedios. Desde allí organizaron incursiones hacia Catoche, Campeche y Champotón, ciudades con templos de piedra y cal, calzadas empedradas, esculturas monumentales, tejidos coloridos, abundantes alimentos, miel, joyas de oro y, sobre todo, una forma de escritura trazada sobre pliegos de henequén.

En uno de aquellos lugares, los españoles capturaron a dos indígenas a quienes bautizaron con los nombres de Melchor y Julián, quienes más tarde resultarían de gran ayuda como intérpretes y guías.

Informado el gobernador de Cuba, Diego de Velázquez, de los descubrimientos realizados por Francisco Hernández de Córdoba (el Viejo), en 1518 organizó por su cuenta una nueva expedición compuesta por tres navíos, un bergantín y doscientos tripulantes, entre ellos Francisco de Montejo, Pedro de Alvarado y Bernal Díaz del Castillo. Nombró como capitán de la empresa a su sobrino Juan de Grijalva, y como piloto mayor a Antón de Alaminos. Le instruyó además:

“Que por ninguna manera poblase en parte alguna de la tierra descubierta por Francisco Hernández, ni en la que más descubriere, sino que solamente rescatase y dejase las gentes por donde anduviese pacíficas y en amor de los cristianos.”

El 3 de mayo de 1518, Grijalva y sus acompañantes desembarcaron en la isla de Cozumel, donde hallaron poco oro, motivo por el cual continuaron su travesía hacia Campeche, Champotón, Puerto Deseado y Río Tabasco. En este último sitio fueron recibidos pacíficamente: los nativos les ofrecieron alimentos y algunos objetos de oro y cobre. Sin embargo, por medio de los intérpretes Melchor y Julián, los españoles exigieron que se sometieran al rey de España, se reconocieran como vasallos y tributarios, y entregaran sus objetos de oro a cambio de las baratijas que llevaban para el rescate.

Según narra Bernal Díaz del Castillo, la respuesta de los señores de Tabasco fue:

“Darían el bastimento que decíamos y trocarían de sus cosas a las nuestras, y en lo demás que señor tienen, y que ahora veníamos y sin conocerlos, y ya les queríamos dar señor, y que mirásemos no les diésemos guerra como en Potonchán, porque tenían aparejados dos jiquipiles (dieciséis mil) de gentes de guerra de aquellas provincias contra nosotros.”

A pesar de la tensión, los señores de Tabasco obsequiaron a los españoles algunas piezas de oro, explicando que no daban más porque no tenían. Añadieron, sin embargo, que “adelante, donde se pone el sol, hay mucho oro”, y repetían: “Culúa, Culúa, México, México.”

Impulsados por la codicia, los hombres de la expedición intentaron convencer a Grijalva para que fundara una población en aquel lugar y autorizara entradas y correrías, pero él se mantuvo fiel a las órdenes de su tío y se limitó al rescate de oro. Temiendo un amotinamiento, envió de regreso a Cuba a los más revoltosos, entre ellos a Pedro de Alvarado, quien aprovechó el viaje para intrigar contra su primo y lograr que Velázquez perdiera la confianza en él. Así, el gobernador preparó una nueva armada, esta vez al mando de Hernán Cortés, con la orden de buscar y conquistar la región denominada Culúa, Culúa, México, México.

De este modo se emprendió la conquista del Imperio azteca, y en 1522, gracias a los cuantiosos dones que Cortés hizo llegar a la Corona, no solo fue perdonado por su insubordinación contra Velázquez, sino también nombrado gobernador de los territorios conquistados.

Por esos mismos años, al enterarse Cortés de que en Castilla de Oro Pedrarias Dávila había organizado una expedición hacia Nicaragua, bajo el mando de Francisco Hernández de Córdoba (homónimo del explorador de Yucatán), decidió extender sus dominios hacia el sur del Altiplano mexicano y adelantarse en la búsqueda del Estrecho Dudoso, que se creía unía el Mar del Sur con el Mar del Norte.

Con ese propósito, en 1523 organizó dos expediciones: una marítima, al mando de Cristóbal de Olid, con destino al Golfo de Honduras; y otra terrestre, dirigida por Pedro de Alvarado, que debía internarse en los señoríos quichés, cakchiqueles y tzutujiles, en la actual Guatemala. Según Díaz del Castillo, el encargo de Cortés a Olid fue:

“Mandó que buenamente, sin haber muertes de indios, cuando hubiese desembarcado procurase poblar una villa en algún buen puerto, y que a los naturales los trajese de paz, y buscase oro y plata; y que inquiriese si había estrecho o qué puertos había por la banda del sur. Le dio dos clérigos, uno de los cuales sabía la lengua mexicana, encargándoles predicar con diligencia nuestra santa fe, prohibir las sodomías y sacrificios, y liberar a los cautivos destinados al sacrificio. Mandó también que en todas partes se pusiesen cruces e imágenes de Nuestra Señora la Virgen Santa María. Y le dijo: ‘Mira, hermano Cristóbal de Olid, de la manera que habéis visto que lo hemos hecho en esta Nueva España, de esa manera procurad de hacerlo.”

Olid, quien había recibido por esposa a una princesa mexica, hermana de Moctezuma Xocoyotzin, zarpó en enero de 1524 rumbo a Honduras con cinco navíos, un bergantín, cuatrocientos hombres, treinta caballos y algunos cañones.

Sin embargo, poco después Cortés supo que, al pasar por Cuba, Olid lo había traicionado, seducido por los ofrecimientos del gobernador Diego de Velázquez. Decidido a castigarlo, organizó una nueva expedición de cien soldados y cinco navíos, al mando de su pariente Francisco de las Casas, con la orden de dirigirse al Golfo de Honduras y capturar a Olid.

No obstante, al poco tiempo Cortés consideró que esas fuerzas serían insuficientes, pues había recibido noticias de que también había arribado al golfo la armada de Gil González Dávila. Esto lo llevó a emprender personalmente una marcha terrestre con lo mejor de sus huestes, con el doble propósito de castigar la traición de Olid y contener las ambiciones de Pedrarias Dávila y Gil González Dávila.

Resulta llamativo que parte de la comitiva de Cortés estuviera formada por Cuauhtémoc, Guanacasín, Tetepanquetzal y Tacatelz, señores de Tenochtitlan, Texcoco, Tacuba y Tlatelolco, respectivamente, además de tres mil mexicas.

Más sorprendente aún fue el boato con que el conquistador emprendió su marcha: lo acompañaban un mayordomo, dos maestresalas, un botiller, un repostero, un despensero, un camarero, un médico, un cirujano, un encargado de las vajillas, un caballerizo, dos pajes de lanza, ocho mozos de espuelas, dos cazadores halconeros, cinco músicos —tañedores de chirimías, sacabuches y dulzainas—, un maromero, un titiritero y Francisco de Montejo (el Mozo) como jefe de los pajes de servicio. También integraban la expedición Juan de Barillas, fraile mercedario, dos frailes franciscanos y un clérigo secular.

Después de nombrar como encargado de justicia y gobernación de México a Alonso de Estrada, Hernán Cortés partió de Tenochtitlan en octubre de 1524 rumbo al Puerto de Veracruz, siempre acompañado de la Malinche, su principal intérprete. Para orientarse y guiarse en el trayecto, los señores de Tabasco y Xicalango le entregaron un mapa pintado en un lienzo, del que él mismo diría:

“Por la cual me pareció que yo podía andar mucha parte de ella, en especial hasta allí donde me señalaban que estaban los españoles.”

La travesía por las selvas tropicales de Yucatán y Petén se convirtió en una auténtica odisea, en la que el hambre fue el menor de los males. Los nativos de los pueblos por donde transitaba Cortés no podían orientarlo, pues estaban acostumbrados a desplazarse en canoas y no por tierra. Además, en la mayoría de los casos, los indígenas preferían incendiar sus viviendas y huir a la espesura de la selva antes que sufrir los atropellos de aquellos barbudos que, además de despojarlos de sus alimentos, los obligaban a cargar sus pertenencias y servirles de guías.

Durante el trayecto, Cortés ordenó dos actos de crueldad. El primero fue la quema de un indígena mexica, sorprendido mientras devoraba el cuerpo de un hombre muerto durante un ataque. Poco después, en la provincia de Acalán, mandó ahorcar al emperador azteca Cuauhtémoc (Guatimotzín) y al señor de Tacuba, temeroso de que se sublevaran. El propio Bernal Díaz del Castillo, testigo de los hechos, lo relató con indignación:

“Y sin haber más probanzas, Cortés mandó ahorcar al Guatemuz y al Señor de Tacuba, que era su primo. Y antes que los ahorcasen, los frailes franciscanos y el mercedario los fueron esforzando y encomendando a Dios, con la lengua Doña Marina. Y cuando lo ahorcaron dijo el Guatemuz:

‘¡Oh Capitán Malinche! Días había que yo tenía entendido y conocido tus falsas palabras, que esta muerte me habías de dar. Pues no me la di cuando te entregaste en mi ciudad de México, ¿por qué me matas sin justicia? Dios te lo demande.

El Señor de Tacuba dijo que daba por bien empleada su muerte por morir junto a su señor Guatemuz. Y antes que los ahorcasen, los fue confesando fray Juan de Barillas, el mercedario, que sabía algo de la lengua. Los caciques les rogaban que los encomendasen a Dios, pues eran buenos cristianos y creían de corazón. Y yo tuve gran lástima del Guatemuz y de su primo por haberlos conocido tan grandes señores. Ellos me hacían honra en el camino, especialmente dándome indios para traer yerba a mi caballo. Y fue esta muerte muy injustamente dada, y pareció mal a todos los que íbamos en aquella jornada.”

En su carta a la Corona, Cortés justificó así la ejecución:

“Y averiguado que estos dos eran los más culpados, los mandé ahorcar; y así fueron ahorcados, y a los otros solté porque no parecía que tenían más culpa que de haberlo oído, aunque aquello bastaba para merecer la muerte. Pero quedaron sus procesos abiertos para que, cada vez que se revuelvan, puedan ser castigados.”

Dejemos por un momento a Hernán Cortés, abriéndose paso entre selvas y ciénagas, y volvamos a Gil González Dávila, quien el 8 de marzo de 1524, desde La Española (Santo Domingo), informó a su protector, el arzobispo Juan Rodríguez de Fonseca, que partiría pronto hacia la Bahía de Honduras con cincuenta hombres de a caballo y doscientos infantes, desembarcando en el Mar del Norte con el propósito de explorar los pueblos que había descubierto tiempo atrás, cerca del Mar Dulce, durante su expedición por el Mar del Sur. Ese mismo año, antes de zarpar, solicitó a la Corona varias mercedes, entre ellas:

La gobernación de las tierras y provincias del Mar del Sur que había descubierto —y que aún descubriera—, junto con las islas, tierras y costas del Mar Dulce, con derecho hereditario para sus descendientes.

La décima parte de los derechos pertenecientes a Su Majestad en los descubrimientos y rescates.

El almirantazgo del Mar Dulce, tres islas y diez leguas de tierra en la salida del Mar Dulce hacia el Mar del Norte, así como otras diez en el Mar del Sur, en el lugar que él designara.

La décima parte de las especies y mercancías que transportara desde el Mar del Sur al Golfo de las Hibueras, en caso de hallar el paso hacia las Islas de las Especias.

Autorización para construir una fortaleza en el Mar del Sur y otra en el Mar del Norte, con derecho a escoger una para sí y sus descendientes, dotada de un salario de mil pesos de oro y la potestad de nombrar al capitán de la otra.

Potestad para nombrar y destituir cinco capitanes, con sus respectivas asignaciones.

Licencia para reclutar hombres en La Española y en Tierra Firme.

A fines de marzo de 1524, González Dávila llegó al Golfo de Honduras. Antes de desembarcar, perdió varios caballos a causa del mal tiempo y debió arrojarlos al mar, por lo que aquel lugar pasó a conocerse como Puerto Caballos. Al explorar la región, alcanzó Punta Manabique o Cabo de las Tres Puntas, y descubrió la desembocadura del Río Dulce, donde fundó San Gil de Buenavista, “obra de una legua del puerto que ahora llaman Golfo Dulce”, según escribió Bernal Díaz del Castillo. La zona estaba muy próxima a Nito, antiguo centro comercial indígena donde se intercambiaban jade, obsidiana, cacao, sal, algodón, oro y tintes por cerámica suntuaria, plumas y pieles traídas desde las tierras bajas mayas.

Después de nombrar como lugarteniente a Francisco Riquelme, González Dávila y Andrés Niño continuaron la exploración del litoral caribeño en busca del Estrecho Dudoso. Al llegar a la altura de lo que hoy es Trujillo, decidió internarse tierra adentro, mientras Niño proseguía por mar. En la región de Olancho se enteró de que otros castellanos realizaban incursiones y cabalgadas. Según Fernández de Oviedo, su primer encuentro fue con fuerzas al mando de Gabriel de Rojas, aunque no se produjo combate alguno. González Dávila le advirtió:

“Que él no tenía qué hacer en aquella tierra, ni Pedrarias tampoco; que se tornase en buena hora a Francisco Hernández, y que por su persona del capitán Rojas allí tendría toda la parte que quisiese; pero que, como capitán de Pedrarias, a él ni a otro había de consentir que anduviese por aquella tierra.”

Con algunas palabras corteses, Rojas se retiró, pues no contaba con suficiente gente para enfrentarlo, y —según se dijo— prometió no volver.

Al recibir tales noticias, Francisco Hernández de Córdoba envió al capitán Hernando de Soto hacia la región del Golfo de Fonseca para impedir la penetración de González Dávila. Con base en la carta que su lugarteniente en Nicaragua le envió, Pedrarias informó a la Corona lo sucedido a Hernando de Soto:

De esta Ciudad de León se fue descubriendo y pacificando hasta la grande Ciudad de Nequepio, que decían que era Melaca, a donde había llegado Pedro de Alvarado con su gente de Hernán Cortés. Allí se vio el lugar donde tuvo el real que levantó y se hallaron algunas cosas que había dejado, en especial una lombarda y algo de calzado. De allí regresó la gente, y estando aposentados en una ciudad llamada Toreba, llegó Gil González con cierta gente de a caballo y escopeteros y ballesteros de a pie, al cuarto tercio de la noche, gritando: “¡San Gil! ¡Mueran, mueran los traidores!”. Ante el alboroto, salió el capitán Soto con su gente, y pelearon sin saber quiénes eran, muriendo algunos caballos. En medio del combate, Gil González, tras ver muertos a varios de sus hombres y caballos, gritó con fuerza: “¡Ah, señor capitán, paz, paz por el Rey!”. A lo que respondió Soto: “¡Paz por el Emperador!”. Creyendo que la paz era sincera y no fingida, Soto hizo retirar a los suyos, aunque algunos compañeros le advirtieron que Gil González obraba con astucia, esperando refuerzos. Sin embargo, se retiró con su gente, y cuando fue sorprendido bajo palabra de paz, Gil González volvió a atacar, tomándole 130 mil pesos de oro y varios despojos, como si fueran enemigos. Viendo su error y que no podía sostenerse, Gil González abandonó a su gente, dejó la bandera, algunas alabardas, una silla de caderas y otros pertrechos, y huyó con diez hombres de a caballo y veinte peones.

Según Antonio de Herrera y Tordesillas, fue en Toreba, cerca del Golfo de Fonseca —lugar que González Dávila conocía bien porque allí había estado Andrés Niño— donde sorprendió al capitán Soto, le mató algunos hombres, le arrebató 130 mil pesos de oro, los desarmó y los mantuvo prisioneros. Sin embargo, al enterarse de que Soto había logrado enviar aviso a Francisco Hernández de Córdoba, y de que en Puerto Caballos había desembarcado el capitán Cristóbal de Olid —quien fundó la villa de Triunfo de la Cruz el 3 de mayo de 1524, nombró alcaldes y regidores afines a Hernán Cortés y conquistó los pueblos de Naco, Cerinmoa, Enca, Aguachapan, Trimistán, Tipetuco, Calimonga y Cali— decidió soltar a los prisioneros y regresar al Golfo de Honduras.

Los cronistas e historiadores no han podido precisar el derrotero que, a su retorno de Toreba, siguió González Dávila hacia el Golfo de Honduras ni las acciones que allí emprendió. El cronista mayor Antonio de Herrera y Tordesillas sugiere que primero propuso a Olid unir fuerzas para enfrentar a las de Francisco Hernández de Córdoba —que en Nicaragua velaba por los intereses de Pedrarias Dávila y de otros financistas—, pero pronto cambió de parecer y prefirió marchar a Nito, donde dejó parte de sus fuerzas y nombró lugarteniente a Diego de Armenta. Luego se trasladó a San Gil de Buenavista para reagrupar a sus soldados, y especialmente para ahorcar a Francisco Riquelme y a un cura por haberse insubordinado.

Mientras tanto, estando Olid tierra adentro, en el Real de la Armada —es decir, en el puesto de mando de su ejército—, recibió noticias sobre la llegada a la costa de dos carabelas de comerciantes procedentes de Cuba, una al mando de Diego de Aguilar y otra de Francisco Camacho y Diego Pascual. Interesado en adquirir las mercancías que traían y venderles esclavos indígenas, partió con diez o doce hombres de a caballo hacia el litoral.

Por esos mismos días, en el Puerto de la Sal, a cuatro leguas de Triunfo de la Cruz, arribó de noche la armada del capitán Francisco de las Casas, quien desembarcó a unos pocos hombres para reconocer el terreno y averiguar qué tipo de defensa había. Estos apresaron a dos soldados de Olid, quienes, al ser interrogados, revelaron detalles sobre la situación defensiva, la distribución y la ubicación de las tropas. Con esta información, Las Casas trasladó su armada frente a Triunfo de la Cruz, desde donde bombardeó las carabelas y la villa, recibiendo una respuesta inmediata que se prolongó todo un día, hasta que consiguió apoderarse de los dos navíos, aunque uno de ellos quedó seriamente dañado. Temeroso de que Las Casas desembarcara sus tropas —pues carecía de suficiente gente para resistir—, Olid enarboló bandera de paz para ganar tiempo, confiando en que el grueso de sus fuerzas acudiría pronto. Las negociaciones entre ambos bandos se prolongaron por una semana, encabezadas por el escribano Francisco de Orduña y el bachiller Ortega.

Mientras las pláticas no se concretaban, Rodrigo de Vargas, otro testigo, relató que los enviados de Las Casas insistían en que Olid debía entregar la tierra a Hernán Cortés, a lo que este respondió que estaba poblado por el Emperador. Dijo que había recibido aviso de que todo era una treta para prenderlo, por lo que rompió las conversaciones. Poco después, Las Casas, dueño de los navíos capturados, afirmó que permanecería allí, tomaría cuantos barcos llegaran y no permitiría el ingreso de gente ni bastimentos, enviando aviso a Hernán Cortés para que proveyera refuerzos.

Mientras las conversaciones continuaban, la armada de Las Casas y las dos carabelas apresadas permanecían una legua mar adentro. Pero una noche, una violenta tormenta cambió la suerte de ambos bandos. Un fuerte viento norte arrojó los navíos de Las Casas contra la costa, causando la pérdida total de las embarcaciones y la muerte de una treintena de soldados; los sobrevivientes fueron capturados tras dos días sin comer, empapados por la lluvia y el agua salada. Olid, exultante, celebró la captura de Las Casas y obligó a los prisioneros a jurarle fidelidad, prometiendo luchar contra Cortés si llegaba a aquellas tierras. Luego los liberó, excepto a Las Casas, que permaneció cautivo.

Versiones semejantes aparecen en las declaraciones de varios testigos durante la pesquisa realizada en 1525 por el fiscal Pedro Moreno en Santo Domingo. Diego de Dueñas relató que, tras la tormenta, los hombres de Las Casas llegaron despojados y agotados a la costa, donde Olid los recibió con cortesía, les dio ropa y alimento, y trató con especial atención a Las Casas y a sus principales, quienes comían a su mesa.

Días después, Olid partió hacia el pueblo indígena de Naco, llevando consigo como prisionero a Francisco de las Casas y dejando en Triunfo de la Cruz a la mayoría de los sobrevivientes del naufragio. Pronto se enteraría de que su Maestre de Campo, Pedro Briones, tras capturar a 56 hombres de Gil González Dávila y a un alcalde mayor, los había dejado en libertad y huido con un buen número de soldados, aparentemente rumbo a Nueva España, lo que permitió a González Dávila marcharse hacia Choloma. Según la crónica de Díaz del Castillo, una noche González Dávila fue atacado por fuerzas de Olid, perdiendo ocho soldados y a su sobrino Gil de Ávila, mientras el resto de sus tropas fue hecho prisionero.

Sin embargo, los testimonios recabados durante la pesquisa hecha por el Bachiller Pedro Moreno sobre el asesinato de Cristóbal de Olid ofrecen una versión diferente. Por ejemplo, Francisco de la Muñana, procurador de Trujillo, relató que Olid, llevando consigo a Francisco de las Casas, se internó en la tierra hacia Naco, donde había dejado a su Maestre de Campo. En el camino supo que Pedro Briones se había sublevado y enviado a parte de sus hombres hacia González Dávila. Olid envió a dos capitanes con cuarenta o cincuenta hombres a reconocer a la gente, y descubrieron que se trataba de Gil González Dávila, con quien Olid se reunió.

Olid no le permitió marcharse, pues quería retener a Briones y a sus hombres hasta recibir órdenes de capturarlos. Durante más de un mes, Olid, Gil González y Francisco de las Casas convivieron en Naco, compartiendo comida y bebida como si fueran huéspedes. No obstante, entre sus soldados había descontento: unos por no apoyar la traición contra Hernán Cortés, otros, como Pedro de Briones, aprovecharon la confusión para rebelarse y marchar hacia Nueva España.

Este desorden fue aprovechado por Francisco de las Casas y Gil González Dávila, quienes se concertaron con Juan Núñez de Mercado y planearon la muerte de Olid. Bernal Díaz del Castillo relata que, al percibir la oportunidad, los prisioneros se organizaron en secreto con soldados leales a Cortés, escondiendo cuchillos afilados mientras cenaban con Olid. Mientras conversaban sobre las conquistas de México y los logros de Cortés, Francisco de las Casas le agarró la barba a Olid y lo atacó con el cuchillo, mientras Gil González y los soldados de Cortés le infligieron múltiples heridas. Olid, fuerte y musculoso, logró escapar momentáneamente, pero sus hombres, al escuchar el nombre de su Majestad y de Cortés, no se atrevieron a defenderlo. Fue finalmente capturado, llevado a la plaza del pueblo y degollado por sentencia de Francisco de las Casas y Gil González Dávila. Su cabeza fue colocada sobre un palo como advertencia.

Bernal Díaz del Castillo también describe la figura de Cristóbal de Olid: un hombre valiente y fuerte, de aproximadamente 36 años, originario de cerca de Baeza o Linares, con un cuerpo bien proporcionado, espalda ancha y rostro agradable, aunque con un pequeño hendimiento en la barbilla. Había sido un gran servidor de Cortés, pero su ambición de mandar y no ser mandado, junto con malos consejeros, lo llevó a la traición y a la muerte.

Días después de la decapitación de Olid, Francisco de las Casas reunió a los soldados de las distintas facciones, proclamó libertad para que cada uno se retirase donde quisiera, e informó que junto a Gil González Dávila regresaría a Nueva España, por tierra, a través de la provincia de Guatemala. Además, nombró un nuevo teniente de Gobernador y renovó las autoridades edilicias de Trujillo.

Por último, Francisco de las Casas ordenó poblar la villa de Trujillo, ya fuese cerca de Honduras o en el lugar que considerasen más adecuado en el Golfo de las Higueras.

Al llegar a la ciudad de México, Gil González Dávila y Francisco de las Casas fueron arrestados por el Alguacil Mayor Pedro Salazar de la Pedrada y enviados, engrilletados, a España bajo la acusación de haber asesinado a Cristóbal de Olid en Honduras.

Poco tiempo después, en España, González Dávila falleció en su casa natal. Por su parte, Francisco de las Casas fue absuelto, regresó rehabilitado a México y fue nombrado teniente de Gobernador y alcalde Mayor, recuperando así su prestigio y autoridad.

Pedrarias ordena la muerte de Francisco Hernández de Córdoba

El intento de Francisco Hernández de Córdoba de obtener apoyo de los cabildos de León y Granada, así como de explorar algún tipo de concertación con el Fiscal de la Audiencia de Santo Domingo, Bachiller Pedro Moreno —quien así se lo había recomendado— provocó graves fisuras en su entorno. Sus capitanes Hernando de Soto y Francisco Compañón se vieron afectados, al igual que Juan de Téllez, principal financista y Contador de la Armada, quien, en defensa de sus intereses económicos y los de otros colegas —Pedrarias Dávila y los oficiales reales de Castilla de Oro—, abandonó Nicaragua a finales de diciembre de 1525 y se dirigió a Panamá.

Antes del 15 de febrero de 1526, Pedrarias ya estaba al tanto de los acontecimientos en Nicaragua, como lo confirmó en una carta al fraile mercedario Francisco de Bobadilla, primo de su esposa, informándole que Hernández de Córdoba se había rebelado contra él y contra Su Majestad.

Hernando de Soto y otros nueve hombres viajaron a pie hasta Panamá para informar a Pedrarias. Les mostraron cartas que confirmaban la rebelión de Hernández de Córdoba. Pedrarias preparó de inmediato los navíos y aconsejó a Córdoba que huyera, recordándole la suerte de Balboa. Pero Hernández de Córdoba, confiado en su inocencia, se negó: decidió esperar a Pedrarias. Fue entonces arrestado en la fortaleza de León.

Atravesó tristemente la plaza que él mismo había trazado, contempló por última vez su lago —el Lago de León— y fue degollado. Su cuerpo fue enterrado en la iglesia que él había levantado, en la ciudad que fundó, entre el lago y el volcán Momotombo, del cual salía fuego día y noche.

Mientras tanto, el Capitán Francisco Compañón sacó a Hernando de Soto del fuerte de Granada y, a caballo, comenzaron un trayecto de saqueo por los pueblos indígenas que encontraron en el camino hasta Bruselas y luego hacia la villa de Fonseca, en Chiriquí, donde el Capitán Benito Hurtado los proveyó de alimentos y les facilitó una canoa para llegar a Natá, en busca de Pedrarias.

A pesar de contar con 60 hombres, Hernández de Córdoba evitó enfrentarse en el campo a Compañón, Soto y sus hombres, dejando que huyeran bordeando el volcán Mombacho. Posteriormente envió tropas en persecución, logrando apresar a algunos hombres armados del Capitán Hurtado, lo que provocó el despoblamiento de la villa de Fonseca. También trasladó a la mayoría de vecinos de Bruselas a Granada para reforzar la defensa ante un posible ataque de Pedrarias, aunque Andrés de Garavito, antiguo traidor a Balboa y ahora aliado de Pedrarias, presentó resistencia.

En Natá, Pedrarias Dávila se hizo a la mar con rumbo al Golfo de San Lúcar, desembarcando el 16 de marzo de 1526 en la isla de Chira con un ejército compuesto por 112 hombres de a caballo y 188 de a pie, acompañado por su alcalde Mayor Diego de Molina, el Factor Miguel Juan de Rivas, el Veedor Martín de Estete y los capitanes Diego Albítez, Gonzalo de Badajoz, Cristóbal Serrano y Francisco Compañón.

Para calmar los temores de sus soldados, que temían resistencia en Granada, Pedrarias organizó una procesión y un Tedeum a cargo del cura Diego de Escobar. Ese mismo día, encargó a Estete viajar a Granada para apresar a Hernández de Córdoba sin escándalo ni alboroto. Mientras Pedrarias continuaba hacia Nicoya, recibió confirmación de que Hernández de Córdoba ya estaba detenido en la fortaleza de Granada.

Una posible razón de la detención fue la confianza de Hernández de Córdoba en su inocencia: sus expediciones a Honduras habían sido para buscar al Fiscal Pedro Moreno, conforme a las instrucciones recibidas, y cualquier contacto con Cortés había estado condicionado a la obediencia a Pedrarias, como éste mismo lo informó a la Corona en su Quinta Carta de Relación, del 3 de septiembre de 1526.

Otra razón pudo ser la falta de apoyo militar entre sus capitanes. Pedro de Garro, al enterarse de un inminente ataque de Pedrarias, decidió huir y refugiarse con las tropas de Cortés que marchaban hacia México, mientras que el Capitán Garavito se había distanciado de Hernández de Córdoba tras el despoblamiento de Bruselas. La participación de Gabriel de Rojas es incierta, aunque pudo haberse alineado con Pedrarias, quien luego le encomendó, junto a Francisco Compañón, la búsqueda de minas de metales preciosos en León y la fundación de Santa María de la Esperanza.

Decapitación de Francisco Hernández de Córdoba

La razón de fondo del viaje de Pedrarias Dávila a Nicaragua estaba vinculada a su inversión económica y a la seguridad de la gobernación. Si Nicaragua dejaba de depender de Castilla de Oro, corría el riesgo de perderse, así como los recursos que él, otros oficiales reales y la mayor parte de sus tropas habían invertido. Esto se refleja en la Real Cédula del 17 de noviembre de 1526, respuesta de la Corona a la Relación enviada por Pedrarias a través de su procurador, Juan de Perea. En ella, Pedrarias explicaba que su teniente Francisco Hernández de Córdoba había organizado una armada para conquistar, pacificar y poblar Nicaragua, gastando todos sus recursos y solicitando préstamos a amigos, quedando muy endeudado:

"Conquistó la dicha tierra con la dicha armada y hubo mucho oro y otras cosas en mucha cantidad, con lo cual todos diz que se alzaron y no volvieron más al dicho Pedrarias y se andan ausentados por otras provincias con otros capitanes sus amigos, porque les favorezcan y no alcancen justicia de ellos."

Pedrarias solicitaba que Hernández de Córdoba y sus hombres fueran apresados y que se aseguraran sus bienes hasta que rindieran cuentas, pagaran lo gastado y fueran castigados conforme a justicia. Sin embargo, la respuesta de la Corona llegó meses después del asesinato de Hernández de Córdoba, lo que demuestra que la sentencia de Pedrarias fue apresurada. Ordenó su degollamiento el 6 de julio de 1526, mientras su queja aún apenas llegaba a Castilla.

A su llegada a Granada, Pedrarias fue recibido festivamente, posiblemente por vecinos de las antiguas villas de Fonseca y Bruselas, trasladados previamente por Hernández de Córdoba. Ese mismo día, ordenó al Licenciado Diego de Molina, alcalde Mayor de Castilla de Oro, iniciar el juicio de residencia contra Hernández de Córdoba. Aunque muchos cronistas posteriores desconocieron el juicio de residencia y no tuvieron acceso a las pesquisas secretas ni a la defensa del acusado, la Doctora Bethany Aram localizó en el Archivo de los Condes de Puñonrostro un documento titulado Traslado de una sentencia de Pedrarias Dávila y el Licenciado Molina contra el Capitán Francisco Hernández, fechado el 6 de julio de 1526, siendo la primera en publicarlo.

El juicio concluyó con la sentencia de Pedrarias en la ciudad de León, Nicaragua:

"Por las culpas y delitos que de este proceso resultan contra el dicho capitán Francisco Hernández, así por los testigos, escrituras y cartas mensajeras presentadas como por sus confesiones, fallo que debo condenar y condeno al dicho capitán Francisco Hernández a que caballero en una bestia y una soga a la garganta, atadas las manos, lo traigan por las calles acostumbradas de esta ciudad, y en la plaza pública de ella lo degüellen de manera que naturalmente muera. Y mando que del lugar donde le degollaren nadie lo quite sin mi licencia y mandado. Y condeno más al dicho capitán en perdimiento de todos sus bienes para la cámara y fisco de Sus Majestades."

La sentencia se basó en 24 cargos. Entre los principales destacan:

·         Haber dicho y publicado que pacificó y pobló estas tierras a su costa y lo escribió a Su Majestad.

·         Repartir los indios de la isla de Cébaco y permitir sacarlos de Natá.

·         No haber dado a conocer el Requerimiento ni informar a los indígenas que serían vasallos de Sus Majestades.

·         Despoblar la villa de Fonseca, gobernada por el Capitán Benito Hurtado.

·         Afirmar que era Gobernador desde el Golfo de San Lúcar hasta la provincia de Nequepio.

·         Estorbar el tráfico marítimo y requisar el correo hacia Panamá, encarcelando y ahorcando a ciertas personas.

·         Construir fortalezas y despoblar la villa de Bruselas.

·         Exigencias de señoreamiento, como el toque de trompetas antes de comer y besamanos.

·         Quitar indios de repartimiento y sustituir autoridades locales.

·         Fundar pueblos, nombrar autoridades edilicias y otorgar poderes.

·         Ordenar a los indígenas matar y flechar a cristianos.

·         Retener oro ajeno y no pagar el quinto real.

·         Crear un cuño de marcar oro sin la divisa real.

·         Organizar fundiciones con personas no oficiales.

·         Obligar al escribano Alonso Muñoz a modificar provisiones reales.

·         Manipular al cabildo de León respecto a la provisión real.

·         Declarar ante los vecinos que no se había alzado.

·         Impedir al cabildo y vecinos recibir jueces enviados por Pedrarias.

·         Confiar más en gente recién llegada para la pacificación.

·         Prometer oro y mercedes a personas para obstaculizar a Pedrarias.

·         Conseguir cartas con firmas falsas del Gobernador Pedrarias.

Entre estos cargos, algunos, como la conquista y reparto de indios, constituyen delitos graves según estándares modernos de derechos humanos, aunque en el contexto de la época eran considerados parte de la expansión colonial española. Sobre el tercer cargo, la omisión del Requerimiento, existe cierta duda, ya que Hernández de Córdoba informó a Pedrarias que los indígenas acudían a pedir bautismos e imágenes para protegerse de pestes y rayos, lo que indicaría que en algunos lugares sí se había leído y explicado el Requerimiento.

Análisis de los cargos contra Francisco Hernández de Córdoba

El despoblamiento de la villa de Fonseca, realizado por fuerzas de Hernández de Córdoba durante la persecución de Hernando de Soto y Francisco Compañón (Cargo 4º), pierde fuerza como acusación, dado que Pedrarias no se preocupó en restablecer la villa. Prefirió que el Capitán Benito Hurtado y sus hombres se dirigieran a la región de Olancho, en Honduras, rica en yacimientos auríferos, donde fundaron el pueblo de Villahermosa y disputaron el control con el lugarteniente de Hernán Cortés, Hernando de Saavedra.

Una versión distinta proviene del Gobernador Diego López de Salcedo, quien en diciembre de 1526 señaló que gente de Cortés había fundado el pueblo de Frontera de Cáceres. Según sus relatos, cuando Pedrarias llegó a Nicaragua tras la ejecución de Hernández de Córdoba, despachó al Capitán Benito Hurtado con tropas a pie y a caballo para restablecer el orden en la zona, reprimiendo a quienes habían ocupado el lugar y obligándolos a regresar bajo amenaza de muerte.

El quinto cargo, haber declarado que era Gobernador desde el Golfo de San Lúcar hasta la provincia de Nequepio, carece de fundamento. En abril de 1525, el mismo Pedrarias reconoció ante la Corona que Hernández de Córdoba había fundado León, Granada y la villa de Bruselas, y que Hernando de Soto había realizado una entrada hasta Nequepio (pueblo pipil de Cuscatlán). Posteriormente, Pedrarias utilizó estos logros para reclamar ante la Corona que toda la región formara parte de la Gobernación de Nicaragua, incluyendo Puerto Caballos en Honduras, aunque los expedicionarios fueron rechazados por Cortés, quien pretendía controlar la zona del Estrecho Dudoso.

El sexto cargo acusa a Hernández de Córdoba de haber ahorcado al regidor Bartolomé Monje y encarcelado al cura Diego de Agüero, a Juan Padilla y su mujer, y a Diego de Tapia, por haber enviado cartas a Pedrarias informándole sobre los sucesos en Nicaragua. También prohibió a los vecinos visitar a Agüero bajo pena de muerte, demostrando un comportamiento despótico que atemorizó a vecinos y autoridades eclesiásticas.

El séptimo cargo incluye dos aspectos: la construcción de dos fortalezas (en Granada y León) y el despoblamiento de la villa de Bruselas. Las fortalezas fueron una medida defensiva para impedir el regreso y asentamiento de Gil González Dávila en el litoral del Mar Dulce. Si el traslado de Bruselas se hizo sin consentimiento del cabildo y vecinos, constituyó un acto dictatorial. Por esos mismos días, Pedro de Alvarado intentó una medida similar en Santiago de Guatemala, pero el cabildo se lo impidió.

El octavo cargo acusa a Hernández de Córdoba de enseñorearse, ordenando el toque de trompetas antes de comer y exigiendo besamanos. Este comportamiento, histriónico para la época, era parte del teatro social de los conquistadores que buscaban mostrar un ascenso de estatus. Según Gonzalo Fernández de Oviedo, un fraile franciscano incluso le aconsejó asumir un sitial a la hora de oír misa, como si el Emperador le hubiera conferido títulos inexistentes.

El noveno cargo lo acusa de quitar indios de repartimiento para asignárselos a sus allegados y de sustituir autoridades, práctica común durante la colonización, utilizada por gobernadores para favorecer a sus protegidos, aunque después debían pagar multas en el juicio de residencia.

El décimo cargo, fundar pueblos, nombrar autoridades y otorgar poderes, carece de valor condenatorio, ya que Pedrarias mismo reconoció estos actos como positivos ante la Corona.

El undécimo cargo, haber ordenado a los indios matar y flechar cristianos como a venados, resulta absurdo y difamatorio. La realidad de las cabalgadas y correrías ordenadas por Hernández de Córdoba indica que su objetivo era obligar a los indígenas a entregar metales preciosos, no ejecutar ataques indiscriminados contra españoles.

Cargo 12: Hernández de Córdoba fue acusado de quedarse con oro ajeno, no pagar el quinto real —como ocurrió con el oro del mayordomo de la iglesia— y enviarlo fuera de los reinos. Sin embargo, esta práctica no era excepcional, sino alentada por la Corona y el Consejo de Indias, que frecuentemente perdonaban tales incumplimientos y aceptaban donaciones irregulares, recompensando con altos cargos a quienes las enviaban. Ejemplos notables incluyen a Hernán Cortés, quien utilizó metales mal habidos para sobornar a la Corte y ser nombrado Gobernador de Nueva España, y a Pedro de Alvarado, que desobedeció su capitulación para obtener la gobernación de Guatemala mediante sobornos con oro y esclavos. Un desenlace similar habría ocurrido si Cazalla, procurador de Hernández de Córdoba, hubiera llegado a la Corte con su envío de oro, que fue perdido en La Española tras una emboscada indígena. Pedrarias mismo relató este hecho en carta a Fray Francisco de Bobadilla el 15 de febrero de 1526.

Cargo 13: Haber hecho un cuño para marcar oro sin la divisa real. Este acto no constituye una falta grave, pues Hernández de Córdoba actuó ante la inacción de Pedrarias, quien había prometido resolver la fundición y nunca lo hizo.

Cargo 14: Haber hecho pregón en León y Granada para realizar la fundición y nombrar a personas que no eran oficiales reales. Esta acción se explica como una solución práctica ante la negativa o inacción de los oficiales reales y el clamor de los vecinos, quienes exigían un responsable para el marcado del oro.

Cargo 15: Haber obligado al Escribano Alonso Muñoz a no leer partes de una provisión real enviada por Pedro de Garro y a elaborar traslados modificados para enviar a Granada y Bruselas. Esta acusación refleja la prepotencia de Hernández de Córdoba, quien evitó cumplir literalmente la documentación oficial y optó por una solución coercitiva, en lugar de los métodos habituales de dilación.

Cargo 16: Haber obligado dos veces al Cabildo de León a responder a la provisión real —primero a la original y luego al traslado falseado— y, al mostrar extrañeza, amenazar con palos. Esto evidencia un comportamiento autoritario y despótico, propio de un tirano, que podría haber justificado incluso su destitución.

Cargo 17: Haber declarado ante los vecinos de León que no se había alzado contra Su Majestad. Este cargo carece de fundamento, ya que las expediciones a Honduras se realizaron cumpliendo instrucciones del Fiscal de la Audiencia de Santo Domingo, Pedro Moreno, y contaron con la aprobación de los cabildos de León y Granada.

Cargo 18: Haber obligado al cabildo y a vecinos de León a no recibir a un juez enviado por Pedrarias. Es plausible que ocurriera, dado el temor generado por la ejecución del Regidor Bartolomé Monje.

Cargo 19: Haber confiado más en gente recién llegada para las entradas y poblamientos. Este hecho no constituye culpa, pues los recién llegados estaban motivados para participar activamente en expediciones, cabalgadas y correrías, buscando méritos y enriquecerse rápidamente.

Cargo 20: Haber ofrecido oro y mercedes a personas que se dirigían a Panamá si lograban impedir el viaje de Pedrarias a Nicaragua. Esta acusación resulta frívola y más cercana al chisme, ya que el único capaz de influir en Pedrarias era Juan Téllez, principal inversor de la Armada.

Cargo 21: Se acusó a Hernández de Córdoba de haber inducido a algunos a escribir cartas falsificando la firma del Gobernador Pedrarias. La existencia de testaferros y falsificadores era común en la sociedad colonial y en todas las instancias administrativas. Si el hecho se comprobaba, podía ameritar una sanción disciplinaria menor.

Cargo 22: Haber instigado al cabildo de Granada a defender su autonomía. Lejos de ser un motivo de condena, este acto demuestra la hidalguía de Hernández de Córdoba al fortalecer la autoridad municipal frente a las imposiciones externas.

Cargo 23: Haber intentado quitarse los grillos y prisiones para escapar. Este cargo refleja un impulso humano natural por preservar la vida, más aún cuando la acusación en su contra por alzamiento y traición era claramente falsa.

Cargo 24: Haber exclamado “Alabado sea Dios que es venido Cortés o su gente a la tierra”, al enterarse de la llegada de mensajeros enviados por Pedro de Alvarado a León. Los emisarios —Gaspar Arias Dávila y Jorge de Bocanegra— no llegaron con fines bélicos, sino para llevar un encargo matrimonial en nombre de Alvarado. Bernal Díaz del Castillo confirma que estos encuentros fueron pacíficos y relacionados con casamientos, no con guerras.

Disposición de los bienes y motivaciones reales de Pedrarias

Según el Juicio de Residencia, los bienes de Hernández de Córdoba fueron entregados al Factor Miguel Juan de Ribas, oficial de la Real Hacienda, a la espera de que Alonso de la Puente, tesorero de Su Majestad, asumiera su custodia. Sin embargo, un año después, Rodrigo del Castillo, Contador de la Gobernación de Honduras, informó a Carlos V que Pedrarias Dávila y Juan Téllez se habían apropiado de los bienes de Hernández de Córdoba para recuperar las inversiones realizadas en la Armada. Se mencionan envíos secretos de oro a Castilla que superaban los 70,000 pesos, mostrando que la verdadera intención de Pedrarias no era castigar a Hernández de Córdoba por sedición, sino asegurar recursos económicos propios.

Evaluación de los cargos y del juicio

De los 24 cargos por los que se condenó a Hernández de Córdoba:

De gran gravedad: el 6º, por haber ahorcado al Regidor Bartolomé Monje.

Graves, pero habituales: los cargos 2, 12, 15 y 16, que usualmente se resolvían con fuertes multas y podían ser perdonados apelando a la Corona, como sucedió con Pedro de Alvarado en su Segundo Juicio de Residencia.

Banales o frívolos: los restantes, que fueron utilizados como pretexto para dar apariencia de legalidad al proceso.

El juicio tuvo como único propósito real apropiarse de los bienes de Hernández de Córdoba tras condenarlo al degollamiento, mientras que la supuesta defensa de la autoridad real fue solo una excusa.

Descubrimiento arqueológico y legado histórico

Los restos de Francisco Hernández de Córdoba fueron hallados el 2 de mayo de 2000 durante excavaciones en León Viejo, en las costas del Lago Xolotlán, frente al Volcán Momotombo, bajo el baptisterio del Convento de Nuestra Señora de la Merced, a mano derecha del altar mayor. El hallazgo fue realizado por los arqueólogos Ramiro García Vásquez y Édgar Espinoza Pérez.

Gonzalo Fernández de Oviedo, pocos años después de su muerte, narraba la cruenta ejecución del fundador de León, Granada y Bruselas, señalando que, pese a la enemistad con algunos capitanes y la arbitrariedad de Pedrarias, Hernández de Córdoba era ampliamente respetado y valorado como poblador, mientras que sus enemigos y el propio Pedrarias fueron criticados por su malicia e injusticia.

Reconocimiento de Diego López de Salcedo como Gobernador de Nicaragua

En 1525, y en cumplimiento de una orden real, la Audiencia de Santo Domingo envió a su Fiscal, el Bachiller Pedro Moreno, a Nicaragua con la misión de terminar con la anarquía política que imperaba en la región. Moreno, como Juez de Comisión de Las Hibueras, tuvo escasa capacidad de acción en Honduras, donde los capitanes Francisco de las Casas y Gil González Dávila habían degollado al Capitán Cristóbal de Olid.

En Nicaragua, las instrucciones enviadas al Capitán Francisco Hernández de Córdoba, teniente de Gobernador, provocaron la ira de Pedrarias Dávila, quien viajó con la mayor parte de su ejército desde Castilla de Oro, decapitando a Hernández de Córdoba y organizando dos expediciones a Honduras con el fin de apoderarse de la provincia.

Cuando la noticia del asesinato de Olid llegó a Castilla, la Corona nombró Gobernador de Las Hibueras y Cabo de Honduras a Diego López de Salcedo, mediante cédula del 20 de noviembre de 1525, ampliada el 30 de agosto de 1526, en la que se especificaba su jurisdicción y se ordenaba su reconocimiento por:

·         Hernán Cortés, Gobernador de Nueva España.

·         Pedro de los Ríos, Gobernador de Castilla de Oro.

·         Los capitanes Pedro de Alvarado y Francisco Hernández de Córdoba (aunque este último ya había sido ejecutado el 6 de julio de 1526, y la Corte desconocía su muerte).

El mandato real indicaba que todos debían acatar y obedecer a Diego López de Salcedo como Gobernador de la región, sin interferir en su autoridad directa ni indirectamente.

Expediciones y conflictos en Nicaragua y Honduras

Meses antes, Hernández de Córdoba fue hecho prisionero en Granada antes de la llegada de Pedrarias. Sus seguidores no ofrecieron resistencia, y el Gobernador de Castilla de Oro empleó sus tropas en varias expediciones comandadas por distintos capitanes:

·         Benito Hurtado: Fundación de Villahermosa, en el Valle de Olancho.

·         Francisco de Compañón y Gabriel de Rojas: Búsqueda de minas en León y fundación de Santa María de la Esperanza.

·         Gonzalo de Badajoz: Repoblación de Villa de Bruselas.

·         Diego Albítez y Sebastián de Benalcázar: Intento de exigir la entrega de Puerto Caballos al Capitán Hernando de Saavedra, bajo el argumento de que pertenecía a Castilla de Oro.

Antes de la partida de Benito Hurtado hacia Las Hibueras, Bartolomé de Celada había fundado, el 6 de junio de 1526, la Villa de Frontera de Cáceres, siguiendo instrucciones de Hernán Cortés, lo que evidencia que los argumentos de Pedrarias para invadir la región eran falaces. A pesar de ello, Hurtado despobló la villa, obligó a los vecinos a abandonar el lugar bajo amenaza de muerte y fundó Villahermosa, a 60 leguas de León, junto al río Guayape, como resguardo de las minas de Santa María de la Buena Esperanza, descubiertas por Francisco de Compañón.

Conflictos con las autoridades locales

Además de despoblar Frontera de Cáceres, Hurtado intentó apoderarse de Puerto Caballos en dos ocasiones, incursionando en el Valle de Agalta rumbo al Mar del Norte. En la segunda entrada, aunque mató a dos hombres, fue derrotado por las fuerzas de Saavedra y expulsado.

El 21 de enero de 1527, según Gonzalo Fernández de Oviedo, los indígenas de Villahermosa, cansados de las vejaciones, se alzaron y mataron a Benito Hurtado y 19 cristianos, así como a 25 caballos. Los caciques del Valle de Olancho mataron a otros 16 cristianos, incluyendo al Capitán Juan de Grijalva, descubridor de Yucatán y Nueva España.

Pedrarias no abandonó su empeño expansionista y envió escritos a las autoridades de Honduras, alegando que la provincia pertenecía a Castilla de Oro. Primero lo hizo mediante Cristóbal de la Torre, para que Hernando de Saavedra y las autoridades de Trujillo firmaran su aceptación. Una semana después, reiteró su petición mediante Diego de Albítez, Sebastián Benalcázar, el Escribano Juan de Espinosa y varios hombres más.

Sin embargo, para entonces ya gobernaba Diego López de Salcedo, quien había enviado a La Española al teniente Saavedra, a los regidores Gaspar de Garnica y Pero Laso, y a los vecinos Martín Cortés y Cristóbal de Morales por intentar impedir su desembarco y toma de posesión. López de Salcedo encarceló a Albítez, Benalcázar y Espinosa, considerando finalmente enviarlos a La Española para juicio, aunque luego decidió retenerlos temporalmente para aprovecharlos en su viaje a Nicaragua.

Benalcázar fue liberado y regresó a Nicaragua a finales de 1527.

Albítez permaneció detenido varios meses, pese a sus alegatos defendiendo la paz y prosperidad de los indígenas y el buen asentamiento de los pueblos españoles en la región, donde se dedicaban a extraer oro de las minas descubiertas.

La llegada de Diego López de Salcedo a Nicaragua y su reconocimiento como Gobernador

Diego López de Salcedo llegó a Nicaragua con un contingente considerable: más de 100 hombres de a caballo, un buen número de soldados a pie, 22 caciques de Honduras encadenados y más de 300 indígenas igualmente atados, quienes además transportaban su cama, cajas ensayaladas, sillas de caderas y diversas mercaderías. Durante su paso por la provincia de Aguategua, ordenó torturar a más de 200 indígenas de Olancho, acusados de haber participado en la muerte del Capitán Benito Hurtado, obligándolos a cargarlo en andas hasta León.

Mientras López de Salcedo avanzaba hacia León, Pedro de los Ríos desembarcó el 30 de julio de 1526 en Nombre de Dios como nuevo Gobernador de Castilla de Oro.

A finales de ese año, Pedrarias Dávila, tras nombrar a Martín de Estete como su teniente General durante su ausencia, partió hacia Panamá para estar presente en su Juicio de Residencia y reclamar la devolución de las encomiendas que le habían sido retiradas y redistribuidas entre nuevos oficiales reales. En Panamá, Pedrarias logró que Pedro de los Ríos postergara sus obligaciones y viajara a Nicaragua, no solo para vender sus mercaderías, sino para impedir que la provincia quedara fuera del control de Castilla de Oro —algo que la Corona aclararía el 1 de marzo de 1527 mediante cédula, ratificando que Nicaragua no formaba parte de Castilla de Oro. En realidad, la conquista de los señoríos indígenas de Nicoya y Nicaragua había sido obra de Gil González Dávila.

Conflicto de gobernadores en León y Granada

A principios de mayo de 1527, Pedro de los Ríos y Diego López de Salcedo llegaron casi simultáneamente a Granada y León, cada uno reclamando sus ciudades bajo los títulos que traían de la Corona. Las autoridades locales se reunieron con López de Salcedo, quien presentó sus títulos y fue recibido como Gobernador con todo el acatamiento debido. La ciudad de Granada hizo lo mismo con Pedro de los Ríos, basándose en sus respectivas provisiones.

Sin embargo, al encontrarse ambos gobernadores en León, el Teniente General Martín de Estete, junto con la Justicia y el Regimiento, les pidió presentar nuevamente los títulos. Tras leerlos y discutirlos en público, en presencia de autoridades religiosas, militares y vecinos principales, se acordó reconocer a Diego López de Salcedo como Gobernador, argumentando que la región no podía subsistir bajo dos gobernadores: se habían producido muchos alborotos y muertes, y era necesario asegurar la administración, el cobro de frutos, la conversión de los indígenas y el cumplimiento de la voluntad real.

Se dispuso que Pedro de los Ríos regresara a su gobernación en Castilla de Oro, cumpliendo la voluntad de la Corona.

Provisiones otorgadas por León y Granada a los Procuradores de Salcedo

A finales de mayo y principios de junio de 1527, las ciudades de León y Granada designaron a Garci López de Cabrera (sobrino de López de Salcedo) y Francisco de Lizaur como sus procuradores en la Corte. Entre las principales instrucciones que entregaron se encontraban:

·         Agradecer el envío de Diego López de Salcedo como Gobernador.

·         Pagar únicamente el diezmo del oro extraído durante 10 años.

·         Poder exportar indígenas esclavos hacia Panamá y Honduras.

·         Garantizar la perpetuidad de las encomiendas recibidas.

·         No pagar impuestos por mercaderías traídas de los Puertos del Norte durante 10 años.

·         No ejecutar durante dos años las deudas contraídas.

·         Incorporar la Provincia de Guatemala a la Gobernación de Nicaragua.

·         Confirmar como Gobernador a Diego López de Salcedo.

·         Permitir que los naborías recibidos pudieran ser dados en herencia.

·         Perpetuar los cargos de Regidores y facultar al Gobernador para nombrarlos.

·         Licencia a cada vecino de traer de España 12 esclavos negros y 12 marcos de plata labrada para uso doméstico.

·         Permitir llevar a España a las indias esclavas y naborías con sus hijos, más dos piezas adicionales.

·         Concesión de las salinas descubiertas y por descubrir.

·         Reconocimiento de los hijos bastardos como herederos si no había hijos legítimos.

·         Supresión de las deudas con la Corona derivadas de la conquista y pacificación.

 

López de Salcedo y el conflicto con Pedro de los Ríos

Una vez reconocido como Gobernador, Diego López de Salcedo dio un plazo perentorio de tres días a Pedro de los Ríos para embarcarse, bajo pena de 3,000 pesos de oro. A pesar de padecer una grave llaga en la pierna, Ríos vendió las mercaderías que había traído de España por alrededor de 5,000 castellanos y partió hacia Bruselas, donde fue acogido por sus vecinos.

Al enterarse de la desobediencia, López de Salcedo ordenó al Capitán Andrés de Garavito, acompañado de 60 hombres de a caballo y algunos peones, despoblar la Villa de Bruselas.

Sin embargo, las pesquisas realizadas en julio de 1528 durante los Juicios de Residencia aportan versiones más matizadas:

Pedro Solano de Quiñones señaló que López de Salcedo reaccionó porque el teniente de Gobernador de Bruselas, Gonzalo de Badajoz, no lo había querido recibir como Gobernador. Esto motivó que Garavito instruyera a los caciques de Nicoya para que no suministraran provisiones a los vecinos de Bruselas. Además, López de Salcedo envió a ciertos caciques y principales de Nicaragua a mandar a los indígenas de Bruselas que no sirvieran a los cristianos bajo amenaza de muerte.

El Tesorero Rodrigo del Castillo indicó que Badajoz y los vecinos no aceptaron a López de Salcedo porque sus títulos únicamente lo autorizaban como Gobernador de Cabo de Honduras y Golfo de Higueras. Añadió que el despoblamiento de Bruselas respondía a varios motivos: impedir que Pedro de los Ríos recibiera apoyo armado, vengarse de Badajoz y los regidores, la lejanía de la villa y su escaso provecho, y adelantarse a posibles represalias de Pedrarias Dávila ante la Corte, ya que Bruselas era originaria de Flandes y algunos caballeros flamencos podrían objetarlo.

Modificaciones de repartimientos y abusos

Mientras Garavito despoblaba Bruselas, López de Salcedo, autodenominado Gobernador del Nuevo Reino de León, se dedicó a modificar los repartimientos de indios para favorecer a sus seguidores y mozos de espuelas, incluyendo a su cocinero negro. Entre sus medidas:

Quitó a Diego de Albítez la encomienda de Mateare de 5,000 indígenas y los marcó como esclavos para venderlos en Panamá.

Aterrorizó a sus críticos, como Alonso Dorado, a quien se le aplicaron 100 azotes por advertir que López de Salcedo destruiría Nicaragua como había hecho con Honduras.

Se asoció con clérigos inescrupulosos para violar correspondencia y consolidar su poder.

Proyecto de exploración del Mar Dulce

Entre sus iniciativas, López de Salcedo planeó la exploración del Mar Dulce (Lago Cocibolca) y encomendó la misión al Capitán Gabriel de Rojas, con instrucciones detalladas:

·         Investigar el desaguadero de la laguna hacia el Mar del Norte, para determinar si podía acortar la ruta hacia España y facilitar el comercio de especias.

·         Fundar y trazar una villa siguiendo el estadal de Sevilla, incluyendo plaza, iglesia, hospital, casa de contratación, carnicería y horca-picota.

·         Dar a conocer a los indígenas, en su lengua, el Requerimiento, acompañado de una extensa síntesis.

·         Castigar blasfemias e impedir juegos de dados y naipes.

·         Construir la iglesia con buena proporción y cubierta, incluyendo altar y sacristía.

·         Repartir a los caciques y sus indígenas entre los españoles.

·         Construir caminos y garantizar la infraestructura de la nueva villa.

Fin de la gobernación de López de Salcedo

El proyecto de López de Salcedo no se concretó. El 11 de abril de 1528, Pedrarias Dávila llegó a Nicaragua y tomó posesión como Gobernador, por decisión de Carlos V del 16 de marzo de 1527. Esta designación respondió a la influencia de Francisco de los Cobos, Comendador Mayor de Castilla, Privado de Carlos V, Caballero de Santiago y principal impulsor del tráfico de esclavos y la comercialización de indígenas.

Muerte del Furor Domini, Gobernador de Nicaragua

Ya contaba noventa años y parecía no morir jamás, ni siquiera pensaba en regresar a Castilla. Estaba tullido, enfermo y gobernaba con mano de hierro, imponiendo monopolios, robos, sobornos, prisiones, espionaje y elecciones fraudulentas. Según Ernesto Cardenal, se metía cada año en un ataúd y mandaba cantar el Oficio de Réquiem. Finalmente, murió a los noventa años.

Debido a múltiples acusaciones, Pedrarias Dávila fue destituido como Gobernador de Castilla del Oro por Bobadilla y Peñalosa, quienes compartieron con los consejeros reales parte de lo que la Corona había retirado. Sin embargo, su esposa Isabel conservó la fortuna que había llevado de Panamá, así como la que le entregó el fraile mercedario Francisco de Bobadilla. Gracias a su habilidad política, consiguió que la Corona creara la Gobernación de Nicaragua, otorgada nuevamente a su marido. Esto convirtió el Segundo Juicio de Residencia en una suerte de pantomima más que en una tragedia.

Al asumir nuevamente el gobierno de Nicaragua, Pedrarias retomó sus roles de Gran Justador y Furor Domini, y dictatorialmente obligó a Diego López de Salcedo a cederle parte del territorio de la Provincia de Honduras. Este fue apenas el inicio de su proyecto expansionista, que pretendía llegar hasta Nequepio (Cuscatlán).

Entre los hechos más destacados de su gobierno se encuentran:

·         Obtener autorización real para trasladar desde Panamá a Nicaragua ganado vacuno y equino, así como ovejas, puercos y otros animales.

·         Obligar a los indígenas de Imabite a construir un convento y templo de Nuestra Señora de la Merced.

·         Autorizar entradas y correrías por toda Nicaragua para capturar indígenas y convertirlos en esclavos.

·         Explotación de los indígenas en minas y en el lavado de oro en ríos.

·         Intento fallido de incorporar a Nicaragua el territorio comprendido entre Chorotega-Malalaca (Golfo de Fonseca) y Nequepio (Cuscatlán).

·         Castigos a los indígenas mediante el aperreamiento.

·         Participación activa en el tráfico de indígenas hacia Panamá, donde eran vendidos como esclavos.

·         Permitir al fraile mercedario Francisco Bobadilla la realización del primer Auto de Fe en Nicaragua.

Intento de ampliación del territorio de la Gobernación de Nicaragua

Diego López de Salcedo, Gobernador de Castilla del Oro, mandó despoblar la villa de Bruselas en un acto de fuerza contra Pedro de los Ríos, cuyos vecinos habían colaborado en su expulsión de la Provincia de Nicaragua. Poco después, el Gobernador se retiró temporalmente para recuperarse de una llaga en la pierna. Además, ordenó que un piquete de soldados permaneciera en el Puerto de Chira (Nicoya), para evitar incursiones militares desde Panamá y, especialmente, el regreso de Pedrarias Dávila. Este puesto de vigilancia fracasó, pues no impidió que los vecinos de Nicaragua se enteraran de que, el 16 de marzo de 1527, Carlos V había nombrado a Pedrarias Gobernador de la provincia y había emitido una orden real que prohibía a López de Salcedo inmiscuirse en la nueva Gobernación, que era independiente de Honduras y de Castilla del Oro.

En una carta a la Corona, Andrés de Cereceda informó que estas noticias despertaron celos e intereses revanchistas entre los partidarios de Pedrarias y aquellos que buscaban provecho personal. Según el documento, el líder del alzamiento fue Martín de Estete, quien:

“…hizo de tal manera que él, los alcaldes ordinarios y algunos regidores de León, junto con los amigos y criados de Pedrarias, se alzaron contra Diego López con mano armada, le retiraron la justicia y obediencia, prendieron a su alguacil mayor, a sus criados y escribanos, y se apoderaron de la fortaleza de León, donde confinaron a los presos…”.

Ante el desacato y la amenaza contra su vida, López de Salcedo se refugió en la iglesia, donde permaneció desde el jueves de la Semana de Ramos hasta el Sábado Santo de 1528, protegido por hombres armados a pie y a caballo, hasta la llegada de Pedrarias Dávila, quien fue recibido como Gobernador por provisiones reales presentadas la víspera de Pascua. Durante este tiempo, López de Salcedo se resistía a obedecer las disposiciones de Pedrarias y, al mismo tiempo, quería regresar a su gobernación en el Mar del Norte, dos intenciones contradictorias.

Antes del arribo de Pedrarias, los alzados intentaron convencer al Capitán Gabriel de Rojas de unirse al movimiento; al negarse, lo encarcelaron en la fortaleza de León y nombraron a Andrés Garabito como Alcaide.

El 11 de abril de 1528, Pedrarias tomó oficialmente posesión como Gobernador de Nicaragua y permitió que López de Salcedo regresara a su casa en León. Sin embargo, los disturbios persistían, especialmente en relación con fianzas, deudas, compensaciones por la destrucción de Bruselas y la indemnización a Diego de Albítez por haber sido enviado preso a La Española. Reconociendo la justicia de tales demandas, Pedrarias ordenó encarcelar a López de Salcedo en la fortaleza de León el 14 de junio de 1528, a la espera de la llegada del nuevo alcalde Mayor, Francisco de Castañeda, que debía iniciar su juicio. Mientras este tardaba en arribar desde España, Pedrarias buscó sacar ventaja del prisionero, lo que queda evidente en un documento redactado por Fernández de Oviedo el 30 de agosto de 1528, en el que López de Salcedo declaraba que no daría validez a ningún acuerdo para obtener su libertad.

El prisionero intentó enviar una carta a la Corona para informar sobre su situación, pero Pedrarias la requisó, restringiéndole comunicación con sus aliados; solo permitió que hablara en su presencia con Diego Álvarez de Osorio (Protector de Indios), Diego de la Tobilla (Tesorero) y Alonso Núñez de Rojas (Archidiácono), quienes intercedieron hasta lograr su liberación el 24 de diciembre de 1528, tras aceptar negociar ciertos acuerdos.

El 7 de enero de 1529, López de Salcedo se comprometió a someterse a un nuevo juicio de residencia si así lo ordenaba el Rey, y a cumplir con deudas e indemnizaciones acordadas en dicho juicio. Sin embargo, el principal acuerdo consistió en su renuncia a jurisdicción sobre la región comprendida entre Malalaca y Nequepio (Cuscatlán), estableciéndose que el límite occidental de Nicaragua sería desde el Golfo de Fonseca hasta Puerto Caballos, otorgándole a la provincia 100 leguas de costa, tanto en el Mar del Norte como en el Mar del Sur.

Probablemente a principios de febrero, López de Salcedo partió hacia Honduras acompañado de unos 30 hombres. Sin embargo, al sentirse seguro en Trujillo, denunció el acuerdo alcanzado con Pedrarias. Esto refleja claramente su desprecio por los límites establecidos por otros españoles y su disposición a emprender conquistas y usurpaciones territoriales sin autorización real, actuando conforme a la escuela de los Reyes Católicos.

Aperreamiento

La llegada de Pedrarias Dávila a León en 1528 incrementó el malestar de los indígenas, pues sus primeras órdenes fueron realizar entradas y correrías a las comunidades indígenas, conceder permisos para la exportación a Panamá de los indígenas capturados y confiscar el maíz de las familias locales, en un contexto de prolongada sequía y hambruna. Las crueldades cometidas durante estas incursiones eran rápidamente conocidas, obligando a las comunidades indígenas a permanecer vigilantes y a emprender acciones defensivas para evitar ser apresadas y que les arrebataran sus provisiones.

Uno de los episodios más sangrientos fue cometido por el Capitán Martín de Estete durante su entrada al Desaguadero, donde decapitó a un indígena encadenado bajo el pretexto de que cojeaba y no tenía tiempo para que le quitaran la argolla. Estete no solo ejecutaba estas acciones, sino que también consentía y se vanagloriaba de otras crueldades similares.

En este clima de hostilidad, las comunidades indígenas de Olocotón —cerca del actual Malpaisillo, en el camino a las minas de Olancho— reaccionaron ante la presencia de algunos españoles, aprisionándolos y sacrificándolos junto con sus caballos, en un ritual que concluía con el consumo de los cuerpos, práctica habitual en sus festividades religiosas de guerra.

Al enterarse de estos hechos, Pedrarias ordenó una corrida de represalia. Durante la operación fueron capturados 18 indígenas, entre caciques y principales, y sin mediar juicio alguno, fueron aperreados en la Plaza de Armas de León, dejándolos que los animales los devoraran.

El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, presente en el acto, describió:

“Salieron de la ciudad de León el Tesorero Alonso de Peralta, un hidalgo llamado Zúñiga y los hermanos Baezas, hasta 6 o 7 personas, cada uno a sus plazas e indios. Ninguno de ellos escapó a la violencia de los perros, incluso sus caballos. Pedrarias envió un capitán a capturar a los malhechores; apresaron a 17 o 18 indios de Olocotón y sus alrededores y los aperrearon en la plaza de León, un martes, 16 de junio. Se les entregaba un palo para defenderse de los perros, y cuando parecía que los dominaban, se soltaban otros perros que los derribaban, desollaban y destripaban, comiendo lo que querían. Tras hartarse los perros, los cuerpos quedaron en la plaza hasta que, por el hedor, se permitió que los indios se los llevaran a sus casas, sin dejar resto alguno, considerándolo un manjar divino.”

De esta manera, Pedrarias pretendió implantar el cristianismo y cumplir los mandamientos bíblicos, especialmente los de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” y “no matarás”, en una ironía histórica que refleja la brutalidad de su gobierno.

Muerte vence al Gran Justador

Los últimos tres años de la vida de Pedrarias Dávila, aquel temido Furor Domini que en su juventud se destacó como Gran Justador, estuvieron marcados por constantes enfrentamientos con oficiales reales y autoridades edilicias de Granada y León. Durante este período, mantuvo profundas rivalidades políticas, especialmente con el recién llegado alcalde Mayor Francisco de Castañeda, hasta el punto de que, el 1 de marzo de 1530, solicitó a su esposa que intercediera ante la Corte para que Castañeda fuera trasladado:

“De la manera que estoy ahora ni puedo cumplir con el servicio de Dios ni de Su Majestad ni con mi honra. Vuestra merced trabaje para que muden al licenciado Castañeda a otra parte, pues donde esté un hombre tan doblado y obstinado no puede lograrse cosa buena; más quisiera ser pastor que estar bajo su influencia. Y si se me quitara la gobernación, haga vuestra merced que este hombre salga primero de la tierra, porque como ambiciona ser gobernador, no hay cosa en que me pueda dañar que no lo haga.”562

Por su parte, Castañeda también solicitó la destitución de Pedrarias ante sus protectores en Castilla y ante Carlos V, argumentando el 5 de octubre de 1529 que:

“Tener a Pedrarias en la justicia es cosa de perdición, pues es viejo y enfermo; en la gobernación y justicia no hace más que lo que le dictan sus allegados y sirvientes. Vuestra Majestad sabe que no lo digo por tener yo la justicia, pues he solicitado por años la Contaduría con salario conveniente, la cual se me prometió; de no haber sido por esa esperanza, no hubiera venido a servir a Su Majestad. Conviene enviar un alcalde Mayor letrado, porque si se hace otra cosa, la tierra se perderá totalmente.”

El antagonismo se vio agravado por varios hechos: el proyecto expansionista hasta Nequepio y el fraude durante el nombramiento de los alcaldes ordinarios de León el 31 de diciembre de 1529. A pesar de contar con cuatro regidores perpetuos designados por Carlos V (Pérez de Valer, Francisco Hurtado, Francisco de Porras y Diego de la Tobilla), Pedrarias incorporó otros cinco regidores bajo el argumento de que los perpetuos carecían de experiencia.

Si la elección se hubiera realizado conforme al voto de los oficiales nombrados oficialmente, los ganadores habrían sido Hernán Ponce de León y Hernando de Soto, propuestos por Castañeda; sin embargo, con la ampliación del número de regidores, los elegidos fueron Benito del Prado y Diego de Mercado. Castañeda impugnó el resultado, y Pedrarias, para no contradecir una autoridad nombrada directamente por la Corona, elevó el caso al Consejo de Indias, justificando sus actos:

“Estoy aquí para servir a Su Majestad y he dispuesto lo que me parece conveniente para su real servicio. No soy letrado, sino caballero, y lo que tengo es poco para gastar en el servicio de Su Majestad; si errara, que no me cause perjuicio, pues mi instrucción ha sido siempre servir a Su Majestad. Lo que he hecho me parece adecuado a su real servicio y así mando.”

Este periodo final refleja a un Pedrarias desgastado por la edad y la enfermedad, pero aún firme en su carácter de Gran Justador, dispuesto a imponer su autoridad aun ante la oposición de funcionarios letrados y la Corona misma, manteniendo su particular concepción de la justicia y del poder.

Últimos días y muerte de Pedrarias Dávila

El 23 de noviembre de 1530, Pedrarias Dávila testó ante el escribano Francisco Hurtado. Lo más destacado de su testamento se refería a la disposición de una parte importante de su fortuna: encargó honras fúnebres, el pago de 630 misas y legados para 30 criados. Además, instruyó a su hijo mayor a cumplir con prácticas religiosas diarias: asistir a misa, rezar un Ave María al escuchar el nombre de Cristo o de la Virgen, rezar al ver pasar a un franciscano y realizar un acto de caridad todos los días.

Asimismo, Pedrarias recomendó la educación de sus hijos: durante los primeros 15 años debían estudiar gramática, lógica, retórica y catecismo; pasada esa edad, aprender artes militares, cabalgar y luchar, pero también estudiar historia, filosofía y teología, honrando a los sabios.565

Quam mutatus ab illo… Ya no era aquel hombre que no se inmutaba ni sentía remordimiento al ordenar la horca y el cuchillo, esclavizar indígenas inocentes, obligarlos a trabajar en las minas y robarles el maíz de sus trojes. Su conducta senil refleja el papel de la religión a través de algunos frailes, quienes justificaban y perdonaban las atrocidades de los conquistadores, asegurando una bienaventuranza eterna mediante misas por su alma.

Entre el 26 de noviembre de 1530 y el 8 de febrero de 1531, Pedrarias rubricó siete codicilos complementarios, reforzando las disposiciones de su testamento.567 Consciente de que sus días se acababan, buscó fundar una capellanía que asegurara la celebración perpetua de misas y responsos. Los mercedarios recibieron el fondo, pero pronto dejaron de cumplir lo establecido.

A pesar de los esfuerzos de Castañeda por destituirlo, las circunstancias cambiaron. Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, tomó la defensa de Pedrarias tras los pedidos de Isabel de Bobadilla y Peñalosa, sobrina de La Bobadilla y amiga cercana de la familia. Gracias a la intervención de la emperatriz, Pedrarias y su esposa obtuvieron diversas concesiones (ver cuadro 10), que incluían tierras, indígenas vasallos, cargos y ayudas de costa.

Pedrarias falleció el 6 de marzo de 1531, pero no fue hasta el 30 de mayo que Francisco de Castañeda, como Gobernador interino, informó a la Corona que su muerte se debía a la vejez, pasiones y enfermedades. Fue enterrado en el Monasterio de Nuestra Señora de la Merced de León, con todos los honores correspondientes a su rango de teniente gobernador: participaron clérigos y frailes de los conventos de San Francisco, Santo Domingo y Nuestra Señora de la Merced, y se colocaron banderas y emblemas en la capilla mayor donde fue sepultado.

Uno de los que no olvidó a Pedrarias fue el sacerdote, maestrescuela y provisor de Panamá, Hernando de Luque, quien en una carta dirigida a Isabel de Bobadilla y Peñalosa escribió:

"Falleció como Católico Cristiano y murió mártir. Se cree que, según su contrición y las obras que realizó, se encuentra en vía de salvación y en su gloria."

Mayor hipocresía no podía esperarse de este personaje, siempre implicado en negocios turbios, en el tráfico de esclavos indígenas y en el repartimiento de indios. Además, fue el principal financista de la conquista del Perú, invirtiendo 20,000 pesos de oro, dinero que había acumulado mediante actividades contrarias a la misión de predicar el Evangelio.

Algunos de sus criados aseguraban que Pedrarias murió pobre, pero esto no es cierto. Además de su salario anual de 1,500 ducados y una ayuda de costa de 500 ducados, poseía ganado vacuno y caballar en Imabite; era encomendero de Nicoya, Chira, Chinandega y Tezuatega (El Viejo); explotaba una mina de oro en la región de Olancho; participaba en el comercio de esclavos indígenas hacia Panamá, transportados en dos barcos de su propiedad, que posteriormente adquiriría Pedro de Alvarado; y en otros dos barcos comerciaba mercancías en la ruta trasatlántica entre Sevilla y Nombre de Dios en Panamá.

A esto se sumaban propiedades en Segovia y Córdoba. Su hija María de Peñalosa llevó al matrimonio con Rodrigo de Contreras una dote de 4,000 ducados, mientras que Isabel de Bobadilla aportó 7,000 castellanos en su matrimonio con Hernando de Soto. También se desconoce con precisión la dote que habría entregado a Beatriz y Catalina al ingresar a los monasterios de Santa María de las Dueñas de Sevilla y San Antonio el Real de Segovia, respectivamente. Por otro lado, invirtió sin éxito para que su hijo Francisco Bobadilla, fraile dominico, fuera nombrado obispo. Finalmente, a su hija Elvira, su madre le dejó un juro perpetuo por 20,000 maravedís.

Siguiendo su última voluntad, Pedrarias fue sepultado en León, actualmente León Viejo, debajo de la Capilla Mayor del Templo del Convento de Nuestra Señora de la Merced. Sus restos fueron descubiertos en el año 2000 por los arqueólogos Édgar Espinoza y Ramiro García. El análisis de los huesos reveló que padecía osteoporosis y periostitis. Actualmente, se conservan en una urna metálica en el Memorial de los Fundadores.

Tras su muerte, sus seguidores, después de llorar sobre su tumba, abandonaron rápidamente León, Granada y Bruselas, acompañados de sus familiares, pero sobre todo de sus esclavos indígenas. Se dirigieron hacia Perú, donde los primeros se unieron a las huestes de Francisco Pizarro y Diego de Almagro, mientras que algunos que se habían retrasado se enrolarían en el puerto de La Posesión, conocido como El Realejo, para participar en la expedición de Pedro de Alvarado.

Para Bartolomé de las Casas, Pedrarias fue una llama de fuego que abrasó y consumió muchas provincias, razón por la cual lo llamábamos Furor Domini. Hubert Howe Bancroft, el historiador estadounidense, sintetizó su vida con la siguiente semblanza:

En medio de los conflictos que se gestaban, en el año 1530, este “Timur de las Indias” murió en León, cerca de los noventa años. Su cuerpo fue enterrado en la misma iglesia que su víctima Hernández de Córdoba, y su espíritu se encontró con el de Vasco Núñez y con los espíritus de cientos de miles de indígenas masacrados, cuyas almas había enviado antes que él. No es que sintiera miedo ante la idea de la muerte; para entonces, su mente se había fijado en un molde lógico incomprensible que nada podía perturbar.

Durante dieciséis años, en la etapa más importante de la historia del Darién, un anciano irascible, cruel y vengativo desempeñó un papel protagónico. Su nombre es infame, y así lo merece. Algunas de sus fechorías pueden atribuirse a su maldad innata, otras a sus debilidades de carácter, pero muchas más a las condiciones peculiares de la colonización de un país nuevo y a las enseñanzas de la época. Los colonos españoles del siglo XVI, formados bajo influencias de lealtad excesiva y repentinamente alejados de la presencia de su augusto soberano hacia tierras lejanas, eran como niños liberados por primera vez de la autoridad arbitraria de padres mal aconsejados.

Aunque las garantías de la sociedad desaparecían y se daba rienda suelta a las pasiones, permanecía su creencia religiosa, fruto de la educación temprana. Ese extraño fanatismo, que mezclaba la avaricia y los actos diabólicos con un pretendido celo por la gloria de Dios, no solo permitía, sino que exigía sangre y venganza. Por ello, la verdadera sorpresa no es encontrar tanta maldad en estos aventureros españoles, sino que hombres así educados y condicionados mostraran también tantas cualidades nobles y magnánimas.

¡Adiós, Pedrarias! Pocos llegaron a estas tierras de los que se pueda decir con verdad tanto de maldad y tan poco de bien. Y tú, Muerte, niveladora todopoderosa, que con tu pronta compensación has traído a este viejo oxidado y endurecido, durante siglos y por todos los siglos que el tiempo contará, a ser nada mejor que Vasco Núñez, que Córdoba y que los más humildes de la multitud de indígenas que cruelmente asesinó, ¡te alabamos!

RESUMEN

Pedrarias Dávila, nacido en Segovia alrededor de 1440 y fallecido en León, Nicaragua, el 6 de marzo de 1531, desempeñó el cargo de gobernador de Castilla del Oro y de Nicaragua. Aunque figura entre los conquistadores de América, su legado está marcado por actos que lo han convertido en uno de los personajes más controversiales de la historia.

Pedrarias es recordado negativamente por ordenar la decapitación de dos figuras notables, Vasco Núñez de Balboa y Gil González Dávila, descubridores de la Mar del Sur y de Nicaragua, respectivamente. Su imagen no encuentra defensores, ya que la mayoría de los cronistas de la época, salvo Pedro Mártir, relataron sus ambiciones desmedidas, actos de hurto, maquinaciones y crueldades.

Incluso Gonzalo Fernández de Oviedo, quien tuvo tratos extensos con Pedrarias, lo consideró un modelo de vicios y una verdadera maldición para quienes estaban bajo su gobierno. Las Casas lo calificó como uno de los conquistadores más crueles de todos los tiempos, lamentando los estragos causados por sus acciones en las provincias que gobernó.

Pedrarias, gobernador de Castilla del Oro desde 1514 hasta 1526 y de Nicaragua desde 1526 a 1531, dejó un legado cuestionable. Su biografía es atípica, ya que narra la historia de un individuo con escasas virtudes y numerosos vicios. Durante su vida, se destacó por su violencia, encarcelando a enemigos, esclavizando indígenas y abusando del poder en su propio beneficio, acumulando así una vasta fortuna.

A pesar de sus acciones condenables, Pedrarias contribuyó a la historia de América fundando diversas ciudades, entre las que se incluyen Acla, Panamá, Nombre de Dios, Natá, Bruselas, León la Vieja, Granada, Santa María de la Buena Esperanza, Villahermosa y Las Minas, marcando así su paso por la joven América.

Pedro Arias Dávila, más conocido como Pedrarias Dávila, vio la luz en Segovia alrededor del año 1440. Era el tercer hijo de su homónimo, Pedrarias Dávila, también conocido como "el Valiente", segundo señor de las villas de Puñoenrostro, Alcobendas y Torrejón de Velasco. Su madre era María Ortiz de Valdivieso.

Los Arias Dávila provenían de una familia noble de ascendencia peculiar. El primero en ostentar el título nobiliario de Arias fue su abuelo, Diego Arias, un personaje intrigante con un pasado que suscitaba la curiosidad de la gente. Nacido en Ávila, se decía que era un judío converso humilde casado con una tabernera de Madrid. Llegó a Segovia en la época de Juan II y se dedicó a la venta ambulante de especias. Con el favor de Juan Pacheco, ascendió a recaudador de alcabalas y rentas del príncipe don Enrique, aunque su carrera sufrió un revés debido a un crimen que cometió. A pesar de ser condenado a la pena capital, el príncipe Enrique IV le salvó la vida, impresionado por sus habilidades (que no han sido debidamente registradas). Lo nombró su secretario y le otorgó el apellido Arias. Con la ascensión al trono como Enrique IV, Diego Arias se convirtió en el contador mayor de Castilla, desempeñando este cargo durante muchos años.

El matrimonio entre Diego Arias y la posiblemente real tabernera de Madrid resultó en tres hijos: Juan, Pedro y Gerónimo. Juan, el primogénito, destacó en la familia, entablando amistades con personajes influyentes como los Borgia, convirtiéndose en obispo de Segovia y amasando una considerable fortuna que heredaría su sobrino Pedrarias, el futuro protagonista en tierras americanas. Pedro, el segundo hijo, nació en Segovia y ganó el sobrenombre de "el Valiente", un apelativo que parecía reflejar su verdadero carácter. Contrajo matrimonio primero con María Ortiz Cota y después con María Ortiz Valdivieso. Su vida estuvo marcada por sus logros como capitán general en las guerras de Navarra, su participación en el Consejo de Enrique IV, y su papel en la toma de Torrejón de Velasco.

Fue el segundo señor de las villas de Puñoenrostro, Alcobendas y Torrejón de Velasco. De su unión con María Ortiz Valdivieso nacieron ocho hijos: Diego, Juan, Pedro, Catalina, Elvira, Alonso, Francisco y Hernán. Destacando entre ellos, el tercero, quien fue llamado Pedrarias Dávila.

Este personaje multifacético inició su trayectoria como paje en la Corte de Juan II y luego se dedicó a la carrera militar. Durante el reinado de Enrique IV, se destacó en la Guerra de Sucesión de la Corona de Castilla, ganándose la reputación de ser uno de los caballeros más apuestos de la Corte, lo que le valió el apodo de "El Galán". Su valentía también lo hizo conocido como "El Bravo".

Posteriormente, en la campaña para la toma de Granada (1481-1492), se distinguió en justas y torneos, siendo reconocido como el "Gran Justador". Sin embargo, su historia tomó un giro cuando, bajo el sobrenombre de "Furor domini", llevó a cabo acciones controvertidas en América, tratando de manera inhumana a los indígenas y siendo excesivamente severo con algunos españoles, según las crónicas de padre Las Casas.

Entre los años 1508 y 1511, participó en las campañas del cardenal Cisneros en el norte de África, bajo las órdenes de Pedro Navarro. Contribuyó a la conquista y defensa de Orán, así como a la toma de Bujía el 5 de enero de 1510, lo que le otorgó el rango de coronel y varias mercedes.

Su vida personal también fue notable, al casarse con Isabel de Bobadilla y Peñalosa, una mujer segoviana con ascendencia aristocrática. Isabel, sobrina de la marquesa de Moya y Peñalosa, Beatriz de Bobadilla, era conocida en la Corte, incluso se decía popularmente: "después de la Reina de Castilla, la Bobadilla". Esta "matrona varonil", según Las Casas, fue un apoyo invaluable para Pedrarias, a pesar de tener veinte años menos que él y una educación refinada.

A pesar de tener nueve hijos, Isabel no dudó en dejar a siete de ellos en Castilla, aun siendo niños, para acompañar a su esposo en la travesía al Darién.

A principios de junio de 1513, se anunció la elección de Pedrarias Dávila como gobernador del Darién, desencadenando una oleada de protestas por parte de otros candidatos. La pregunta clave es: ¿Por qué el Rey lo escogió para este cargo? Fernández de Oviedo ofrece una respuesta clara: "Don Joan Rodríguez de Fonseca, presidente del Consejo de las Indias y capellán mayor y privado del Rey, influyó para que fuera elegido como gobernador y capitán general un caballero de Segovia llamado Pedrarias Dávila, hermano de Joan Arias Dávila, quien luego se convertiría en el primer conde de Puñoenrrostro".

Inicialmente, el Rey designó a Diego del Águila como gobernador, pero este renunció al cargo. Fue entonces cuando Fonseca, utilizando su influencia, respaldó a Pedrarias para ocupar la posición. La confirmación oficial de su nombramiento tuvo lugar el 27 de julio del mismo año. Cabe destacar que Pedrarias ya contaba con sesenta y tres años y padecía varias enfermedades graves en ese momento.

En cuanto a la gobernación del Darién que se le otorgó, el rey Fernando el Católico la rebautizó como Castilla del Oro. Esta gobernación abarcaba las áreas de Tierra firme que anteriormente se habían otorgado a Ojeda y Nicuesa, extendiéndose desde el cabo de la Vela en la Guajira hasta Veragua en Panamá. Es importante mencionar que el nombramiento precedió al informe de Balboa sobre el descubrimiento de la Mar del Sur, el cual fue enviado a España en 1514.

La sorprendente cifra de alrededor de dos mil personas que se unieron a Pedrarias en su expedición no fue simplemente el resultado de la ambición desmedida, sino más bien una respuesta a los informes del hijo del cacique Comogre. Caicedo y Colmenares, procuradores que escucharon de boca del hijo de Comogre exageraciones sobre las riquezas en las tierras de la Mar del Sur, llevaron a España la idea de que "el oro se pescaba con redes". Estos relatos, que incluían la necesidad de mil hombres, resonaron en la corte, persuadiendo al Rey y al obispo de Burgos de enviar una armada más robusta de lo inicialmente planeado.

Esta expedición no se limitaba a un mero descubrimiento; era un proyecto colonizador, como se refleja en el título otorgado a Pedrarias: "enviamos a poblar". Fernando el Católico incentivó la participación ofreciendo numerosas mercedes a quienes se unieran al viaje, cubriendo los costos del pasaje, el equipo necesario para el camino y la alimentación hasta un mes después de llegar al Darién. La Corona organizó una importante empresa de colonización para la América continental, similar a la dirigida por Ovando en 1502 para las grandes Antillas.

Es importante señalar que, a diferencia de expediciones anteriores, las recomendaciones sobre el trato adecuado a los indígenas fueron fundamentales en esta empresa. Las juntas de Burgos, Valladolid y Madrid emitieron directrices, resultando en el Requerimiento que se debía leer a los indios antes de cualquier conquista. Estas precauciones y consideraciones éticas se reflejaron claramente en las Instrucciones dadas a Pedrarias el 4 de agosto de 1513.

La expedición fue grandiosa en todos los aspectos, no solo por la cantidad de barcos y hombres, que la convirtieron en la más considerable enviada a las Indias hasta ese momento, sino también por la distinguida calidad de muchos de sus participantes. Era la primera vez que se enviaba a América un obispo, fray Juan Quevedo, quien iba acompañado de un séquito completo, incluyendo un deán, un arcediano, un chantre, un maestrescuela, varios canónigos, tres sacristanes y un arcipreste. Además, se contaba con un gobernador y una nómina completa de funcionarios, como tesorero, contador, factor, alcalde, escribano, entre otros, cuyo costo superaba los cinco millones de maravedís.

La expedición atrajo a numerosas personalidades que marcarían la historia, entre ellas Diego de Almagro, Hernando de Soto, Fernández de Oviedo (quien desempeñaba el papel de veedor), Francisco de Montejo, Sebastián de Benalcázar, Bernal Díaz del Castillo, y otros más. Martín Fernández de Enciso ocupaba el cargo de alguacil mayor. La flota, que costó cincuenta y cuatro mil ducados, estaba compuesta por veintidós embarcaciones con más de dos mil hombres a bordo.

Zarpó de Sanlúcar el 11 de abril de 1514 y siguió la ruta a Canarias, la Dominica y Santa Marta, donde comenzaba la Gobernación. Pedrarias eligió este lugar para cumplir con el mandato real de presentar el Requerimiento. Este famoso documento se leía a los indios en castellano, idioma que desconocían, explicándoles conceptos incomprensibles, como la descendencia de Jesucristo del obispo de Roma, y que sus sucesores habían escrito bulas (en latín) autorizando a los reyes españoles a ocupar las Indias con el fin de expandir la religión cristiana y subordinarlas a la Iglesia. La última parte del Requerimiento amenazaba con muertes y esclavización si no aceptaban la presencia española. Los indios de Santa Marta respondieron con ataques a flechazos, obligando a los españoles a usar la fuerza y resultando en la muerte de numerosos "rebeldes".

Fernández de Oviedo aconsejó a Pedrarias que guardara el Requerimiento, mientras que Las Casas argumentó extensamente sobre la inutilidad de leer tal documento a los nativos. El resultado fue un botín disputado, con Oviedo reportando siete mil pesos y Pedrarias insistiendo en mil, en su intento constante de minimizar las contribuciones al fisco.

Después de reembarcar el 15 de junio, la expedición siguió la costa hasta llegar al puerto de Santa María la Antigua el 29 de junio de 1514. Desde allí, se dirigieron hacia la ciudad, donde el alcalde interino, Balboa, les dio la bienvenida, mostrando su respeto al besar las órdenes reales entregadas. Acompañó a los recién llegados hasta Santa María, una colección de bohíos o chozas donde vivían los quinientos quince conquistadores del Darién. Aunque sorprendente, nadie ha logrado explicar cómo acomodaron a los dos mil españoles que llegaron.

 

Al día siguiente, Pedrarias sostuvo una extensa conversación con Balboa, solicitándole una detallada relación de las conquistas. Balboa entregó un informe escrito, proporcionando detalles sobre los caciques aliados, ubicaciones donde encontró oro, la ruta de su descubrimiento de la Mar del Sur, entre otros. Lamentablemente, tanto este documento como la copia enviada al Rey han desaparecido.

Pedrarias decidió entonces iniciar un juicio de residencia contra Balboa, que sería conducido por el alcalde mayor Gaspar de Espinosa. Simultáneamente, Pedrarias comenzó una investigación secreta sobre las acciones de su predecesor, incautando sus bienes y recopilando testimonios. Aunque Pedrarias planeaba enviar a Balboa a España con el juicio de residencia, el obispo se opuso, aconsejándole que disimulara para evitar que el Rey conociera todos los detalles sobre lo que había ocurrido en el Darién. Pedrarias accedió, y aunque Balboa envió un informe al Rey a través de Pedro de Arbolancha, los pobladores quedaron divididos en dos facciones: aquellos que apoyaban a Balboa, incluyendo al obispo y los clérigos, y aquellos que respaldaban a Pedrarias.

La previamente próspera colonia del Darién se transformó rápidamente en un lugar inhóspito, ya que resultaba imposible alimentar a una población que se había multiplicado por cinco de la noche a la mañana. La hambruna trajo consigo una enfermedad conocida como la "modorra", que se manifestaba con fiebre, somnolencia profunda y complicaciones pulmonares o renales. Incluso Pedrarias, el líder recién llegado, cayó gravemente enfermo a los ocho días de su llegada, a sus sesenta y cuatro años. Los médicos aconsejaron su traslado a Caribari, donde sufrió una hemiplejía. Aunque Pedrarias sobrevivió, quedó notablemente debilitado y perdió la movilidad de su brazo izquierdo.

En tan solo un mes, alrededor de setecientos habitantes perecieron a causa del hambre y la modorra, y siete u ocho meses después, la población se había reducido a la mitad, según relata Andagoya. Las Casas proporcionó un relato dramático de esta situación, describiendo cómo "cada día, entre el hambre y las enfermedades, morían más por falta de alimentos y descanso que por las propias dolencias". La calamidad del hambre alcanzó niveles tan extremos que caballeros, antes ataviados con ricas vestiduras de seda y brocado, se desplomaban muertos de pura inanición mientras suplicaban por un pedazo de pan. Este trágico cuadro nunca antes presenciado dejó a muchos empeñando sus herencias y entregando lujosas prendas con tal de recibir una libra de pan de maíz o bizcocho de Castilla.

Se ha sugerido que esta elevada mortalidad llevó a Pedrarias a planificar incursiones conquistadoras en los territorios panameños, pero, en realidad, estas se llevaron a cabo poco después de su llegada y en paralelo a la devastadora pérdida de vidas. Pedrarias ideó cinco expediciones desde Santa María con el propósito de buscar oro, alimentos y localizar posibles asentamientos en el Pacífico, aspirando a contrarrestar la reputación de Balboa, quien se encontraba inmovilizado debido a su juicio de residencia. Sin embargo, estas expediciones se caracterizaron por el robo de oro, así como la esclavización y muerte de los indígenas. Fernández de Oviedo las etiquetó como "monterías", una descripción precisa de su verdadera naturaleza. En poco tiempo, estas incursiones desmantelaron las alianzas previas establecidas por Balboa y tornaron intransitable el istmo. Según Andagoya, estas expediciones se centraron exclusivamente en llevar indios y oro de vuelta al Darién, sin buscar acuerdos de paz o la fundación de asentamientos. Pedrarias atribuyó los desastres a las informaciones proporcionadas por Balboa.

En marzo de 1515, la notificación del nombramiento de Balboa como gobernador de Panamá y Coiba, y adelantado de la Mar del Sur, finalmente llegó a Santa María. Estas designaciones eran consecuencia de las noticias sobre el descubrimiento del Pacífico, fechadas el 23 de septiembre anterior. El documento especificaba que Panamá y Coiba quedaban subordinadas a Castilla del Oro. A pesar de la retención de los documentos por parte de Pedrarias durante varias semanas, alegando que no podía entregárselos a Balboa debido a que este aún estaba sujeto a juicio de residencia, finalmente se vio obligado a hacerlo bajo la presión del obispo Quevedo. En ese momento, Pedrarias aprovechó la oportunidad para acusar a Balboa ante el Monarca de ser ambicioso y envidioso.

Desde entonces, Pedrarias obstaculizó en todo lo posible la llegada de Balboa a su gobernación. Le prohibió reclutar hombres o almacenar alimentos en Castilla del Oro. Además, presionó a Espinosa para que concluyera el juicio de residencia de Balboa, que ya llevaba diez meses en curso. En dicho juicio, Balboa fue condenado a pagar más de un millón y medio de maravedís, una cifra que debía ser cubierta con los bienes embargados al residenciado. Esta situación prácticamente dejó a Balboa sin recursos, como expresó el obispo Quevedo, describiéndolo como el hombre más pobre de la tierra.

Resentido, Balboa escribió un informe al Rey el 26 de octubre de 1515, detallando las injusticias a las que estaba siendo sometido. En el informe, señaló que Pedrarias, debido a su avanzada edad y enfermedad, no se preocupaba por sus hombres, incluso si la mitad de ellos se perdían en las expediciones. Además, acusó a Pedrarias de no castigar los daños y muertes causados durante las incursiones, y lo describió como un hombre más interesado en sus propios beneficios que en gobernar. Las acusaciones de Balboa fueron respaldadas por Fernández de Oviedo, Las Casas e incluso Andagoya en muchos aspectos.

Pedrarias, de hecho, había transformado el Darién en un vasto terreno de caza de esclavos, utilizando el Requerimiento como una especie de patente de corso para justificar sus acciones. De cada venta de esclavo, exigía dos partes para sí mismo, una para el alcalde mayor y los oficiales de la Hacienda, y una tercera para la Iglesia como limosna. Andagoya señaló que los capitanes "traían grandes grupos de personas encadenadas, llevando consigo todo el oro que podían obtener.

Y esta práctica se mantuvo durante casi tres años". Las Casas, de manera natural, resaltó esta política esclavista con matices mucho más dramáticos.

Durante todo el año 1515, las cabalgadas continuaron con capitanes destacados como Gonzalo de Badajoz, Alonso Pérez de la Rúa, Gaspar de Morales (quien recolectó ciento diez marcos de perlas en la isla Terarequí y en el archipiélago de las Perlas) y Francisco de Becerra. Gonzalo de Badajoz saqueó los cacicazgos de Natá y Escoria, sembrando el terror a su paso. Las tribus se confederaron contra los españoles y atacaron durante su retorno, arrebatándoles un botín de ciento cincuenta mil pesos de oro y cuatrocientos esclavos.

A finales de 1515, el colapso de la colonización española era evidente, y Pedrarias decidió liderar personalmente una expedición punitiva. Reunió casi todos los efectivos que le quedaban (doscientos cincuenta hombres y doce caballos) y partió por mar en tres carabelas y un bergantín el 28 de noviembre de 1515. Desembarcó en Acla, donde planeaba establecer una población. Sin embargo, un ataque hepático lo obligó a regresar a Santa María. Pedrarias sufría del "mal de la yjada" (posiblemente cólicos renales, hepáticos o intestinales) y tenía una llaga en la región genital. Antes de su partida, dio instrucciones a Gaspar de Espinosa para que completara la expedición proyectada. Espinosa se dirigió a la península de Azuero, donde obtuvo un gran botín de oro y esclavos.

Aprovechando la ausencia de Pedrarias de Santa María, Balboa envió a su leal Andrés Garabito a Cuba y Santo Domingo para reclutar soldados y preparar su entrada a la mar del sur. Sin embargo, Garabito fue sorprendido al regresar, siendo apresado por Pedrarias, quien había vuelto de Acla debido a su enfermedad. El gobernador se sintió traicionado y ordenó la detención de Balboa, acusándolo de rebeldía y encerrándolo en una jaula de madera en su propia casa. El obispo Quevedo y los seguidores de Balboa, horrorizados, intercedieron en su favor, y el conflicto se resolvió mediante una negociación: el matrimonio de Balboa con María de Peñalosa, la hija de Pedrarias, que se encontraba en España. El obispo ofició la boda por poderes en abril de 1516, y así, Vasco Núñez salió de la jaula convertido en yerno del gobernador.

En medio de esta situación, Pedrarias permitió que Balboa liderara la expedición a la mar del Sur, bajo la condición de que la realizara en un plazo máximo de año y medio, durante su luna de miel.

Comenzó entonces el último capítulo en la vida de Balboa, un episodio que se revelará de manera fragmentada, ya que nuestro interés se centra principalmente en su desenlace, cuando volvió a cruzarse con el destino de Pedrarias. En agosto de 1517, el adelantado fundó la Compañía de la Mar del Sur junto a sus amigos, dando inicio a la preparación de su viaje. En Acla, construyó bergantines por piezas, las cuales transportó por tierra para ensamblar y botar en el Pacífico. Sin embargo, las piezas de madera llegaron en mal estado, llevando a Balboa a convocar un Consejo con los socios de la Compañía. En esta reunión, decidieron solicitar a Pedrarias una prórroga de cuatro meses para la empresa, cuya fecha límite estaba fijada para San Juan de 1518. Pedrarias accedió a la extensión del plazo, permitiendo que la Compañía finalmente construyera dos bergantines.

Balboa partió hacia la isla de las Perlas, encontrándola despojada por Morales. Allí dejó parte de su equipo para construir otras embarcaciones y navegó hacia el sur hasta llegar a Chocama o Jaqué. Aunque le informaron sobre tierras muy ricas más al sur (el Perú), tuvo que regresar a Panamá debido a la proximidad del nuevo plazo. Al llegar al golfo de San Miguel, se enteró de que Pedrarias había sido relevado por un nuevo gobernador, Lope de Sosa, quien estaba por llegar. Necesitando más tiempo para su empresa, Balboa decidió enviar a Santa María a sus leales Valderrábano, Garavito, Muñoz, el archidiácono Pérez y Luis Botello para averiguar si Sosa había llegado. Botello debía adelantarse y llegar a Acla, pero lamentablemente fue detenido por Francisco Benítez, un enemigo de Balboa, quien lo obligó a revelar todo el plan, informando de inmediato a Pedrarias.

Cuando sus compañeros llegaron a Santa María, fueron apresados, y Pedrarias concluyó que Balboa había intentado rebelarse contra él, ya que siempre lo había considerado con sospecha. Ordenó al tesorero Puente que presentara una acusación formal contra Balboa y se trasladó a Acla. Desde allí, envió una carta afectuosa a su yerno, instándolo a presentarse en la población para discutir los asuntos relacionados con la expedición que Balboa deseaba llevar a cabo. Posteriormente, ordenó a Pizarro que saliera a su encuentro con un destacamento para arrestarlo.

Balboa, sin sospechar nada, fue detenido al ingresar a Acla bajo la acusación de traición. Inicialmente, el adelantado estuvo bajo arresto domiciliario en la residencia de Juan de Castañeda. En una primera visita, su suegro le tranquilizó, asegurándole que las acusaciones en su contra eran probablemente infundadas. Sin embargo, en una segunda visita, el tono cambió, acusándolo tanto de traición al Rey como a él mismo. Pedrarias ordenó que se le asignaran guardias y que fuera trasladado a la prisión común.

Durante el proceso, todos los enemigos de Balboa, e incluso su amigo Garavito, testificaron en su contra. Pedrarias agregó a la causa su investigación secreta y múltiples cargos adicionales. Espinosa, quien llevó a cabo el proceso con sorprendente celeridad (posteriormente recibiendo su recompensa al reemplazar a Balboa), logró que el adelantado fuera condenado a muerte, junto con sus cómplices Arguello, Botello, Muñoz y Valderrábano. Pedrarias rechazó cualquier apelación.

Se erigió un cadalso en la plaza mayor de Acla, y la sentencia se cumplió en una fecha indeterminada entre el 13 y el 21 de enero de 1519. Antes de que le cortaran la cabeza, Balboa tomó la palabra, proclamando ante los presentes la falsedad de las acusaciones y jurando que nunca había traicionado al Rey. Fernández de Oviedo, testigo presencial, respaldó la inocencia de Balboa respecto al delito de traición al Rey, sosteniendo que la muerte de Balboa fue permitida por Dios como expiación por la ejecución de Nicuesa. No obstante, desestimó las alegaciones de traición formuladas por Pedrarias, subrayando que nadie las consideró verídicas.

Este cronista, tras leer detenidamente el proceso contra Balboa, afirmó que fue el motivo de Pedrarias para intentar dos veces acabar con su vida. Curiosamente, el proceso desapareció de manera misteriosa después de ser devuelto a Pedrarias.

Después de la ejecución de Balboa, Pedrarias emprendió la tarea de borrar cualquier rastro de la colonización liderada por él. Inició este proceso sustituyendo a Santa María como la capital, optando por una ubicación en el Pacífico. Consciente de la proximidad de su sucesor, Lope de Sosa (designado en septiembre de 1518), Pedrarias se apresuró a preparar una extensa expedición compuesta por trescientos hombres. Partió de Acla de inmediato, llevando consigo al licenciado Espinosa.

Siguiendo la ruta trazada por Balboa, cruzó el istmo y llegó a las islas de las Perlas. Desde allí, descendió por la costa para fundar la ciudad de Panamá el 15 de agosto de 1519. Aunque algunos soldados expresaron que el sitio no era ideal y no cumplía con las condiciones apropiadas para una fundación formal, se estableció la primera ciudad española y europea en el Pacífico, conocida como "Panamá la Antigua". Este emplazamiento, también llamado "un lugar con abundancia de peces" según su nombre indígena, resultó desfavorable debido al intenso calor, la presencia de pantanos y la falta de disposición para construir un puerto, sin mencionar la ausencia de población indígena.

En este contexto, algunos historiadores sugieren que la ciudad fue más bien "depositada", en espera de encontrar un lugar más propicio. Panamá la Antigua existió hasta 1671, cuando fue incendiada por el filibustero Morgan, llevando a los habitantes a trasladar la ciudad a su ubicación actual. En este nuevo lugar, se distribuyeron solares entre los residentes y se construyeron las primeras viviendas. El 5 de noviembre del mismo año, se repartieron encomiendas, incluyendo a indígenas de los poblados cercanos. Pedrarias envió a su leal Espinosa al norte para obtener suministros e indígenas, provenientes de los cacicazgos de París y Natá. En este último, se fundó la villa de Santiago (más tarde Natá), establecida por Pedrarias en 1522. Además, el gobernador planificó la fundación de otra población en el Atlántico en 1519, que sería Nombre de Dios. Diego Alvites la estableció en las ruinas de la antigua fortaleza construida por Nicuesa. De esta manera, quedó establecido el eje Nombre de Dios-Panamá, por el cual transitaría todo el comercio de Suramérica en los siglos subsiguientes.

Después de la fundación de Panamá, Pedrarias convocó a los vecinos con la propuesta de enviar un procurador al nuevo monarca español, y logró persuadirlos para que lo eligieran a él, buscando avanzar en su posición en la Corte. Regresó luego a Santa María con la doble intención de obtener la ratificación de los vecinos para su nombramiento como procurador y de despoblar la ciudad. Sin embargo, se encontró con una considerable oposición en ambos aspectos. Los vecinos se negaron a designarlo, lo que lo colocó en una situación delicada.

En un giro imprevisto, como era su costumbre, Pedrarias encontró una salida a esta situación. El 8 de mayo de 1520, Lope de Sosa falleció sin haber desembarcado siquiera de la nave que lo trajo de España. Dado que Sosa era mayor y llegó enfermo, Pedrarias volvió a asumir el cargo de gobernador, al menos de manera interina. Aunque disimuló su alegría, le brindó un espléndido entierro a Sosa y distribuyó beneficios entre su séquito.

Unos meses después, en julio, Fernández de Oviedo llegó con su título de regidor perpetuo de Santa María. Oviedo luchó en vano para evitar que Pedrarias arruinara la ciudad, pero al no obtener resultados favorables, decidió regresar a España en 1523. Pedrarias logró trasladar la iglesia obispal y a casi todos los vecinos a Panamá, dejando desierta la que fue la primera ciudad de la América continental, la cual fue finalmente absorbida por la selva.

En ese momento surgió la necesidad de nombrar un nuevo gobernador para Castilla del Oro, y coincidió con la presencia de Isabel de Bobadilla en España, promoviendo a su esposo. En 1520, partió de Santa María llevando consigo un gran arcón que contenía el fruto de seis años de saqueos de Pedrarias, incluyendo numerosas perlas y oro. La noble dama destinaba esa fortuna para suavizar el juicio de residencia que se llevaría a cabo a su marido. Sin embargo, con la muerte de Sosa, cambió su objetivo y buscó obtener una prórroga en el mandato de Pedrarias.

El 7 de septiembre de 1520, Pedrarias fue confirmado como gobernador de Castilla del Oro, "por la confianza que tenemos de la voluntad que, en el servicio de Dios, nuestro señor e nuestro, e bien de esas provincias e naturales de ellas tenéis". Esta confirmación parecía más bien una burla. El juicio de residencia de Pedrarias fue encomendado a Rodríguez de Alarconcillo, quien había acompañado a Sosa. Sin embargo, no pudo llevar a cabo este juicio hasta agosto y septiembre de 1522, cuando recibió las órdenes. Para entonces, Rodríguez de Alarconcillo ya estaba alineado con Pedrarias, quien lo había nombrado teniente general del Gobierno y le había otorgado numerosas mercedes. El juicio se convirtió en una farsa, ya que en las sesenta y ocho preguntas del interrogatorio no se hizo referencia a la muerte de Balboa. Pedrarias coaccionó a testigos y utilizó la promesa de un próximo reparto de indios para silenciar a muchos otros.

Pedrarias salió victorioso de su residencia y comenzó la distribución de encomiendas el 22 de octubre de 1522, beneficiando nuevamente a sus favoritos. Muchos protestaron, lo que llevó a Pedrarias a anular el reparto para evitar reclamaciones ante la Corte. Sin embargo, nunca se llevó a cabo un nuevo reparto de manera satisfactoria.

En 1522, Pedrarias Dávila, a pesar de superar los ochenta años y enfrentar varias enfermedades crónicas, se embarcó en una actividad febril que ocupó los últimos nueve años de su vida en la periferia panameña. Aunque sus motivaciones seguían siendo principalmente personales, también estaba guiado por la ambición de convertir a Panamá en el epicentro de la penetración en Centro y Suramérica.

En ese mismo año, se llevó a cabo la famosa expedición de Andagoya a Chocama, partiendo del golfo de San Miguel hacia el sur. Alcanzó un territorio en el Chocó denominado Birú, un término que más tarde utilizaría para afirmar que había descubierto el Perú. Al regresar a Panamá, compartió la noticia con Pedrarias. Dado que Pedrarias se encontraba incapacitado para cabalgar durante tres años, Andagoya afirma que Pedrarias "me rogó que diese la jornada a Pizarro y Almagro y al P. Luque, que eran compañeros, porque tan gran cosa no parase de seguirla". Agregó que luego encontró la manera de involucrarse en el negocio, señalando que "así Pedrarias y ellos tres, que fueron cuatro, hicieron cada uno compañía por su cuarta parte". La contribución de Pedrarias a esta empresa fue una ternera.

El 21 de enero de 1522, zarparon de la isla de las Perlas cuatro naves con el objetivo de explorar las tierras y encontrar un posible estrecho interoceánico en la costa norpacífica de Panamá. La expedición fue liderada por el capitán Gil González Dávila y el piloto Andrés Niño, quienes habían obtenido una capitulación de la Corona en 1518. Llegaron a Acla en 1520 con doscientos hombres decididos a continuar la empresa inconclusa de Balboa, incluso utilizando sus naves. Pedrarias, durante dos años, les puso numerosos obstáculos hasta que finalmente, por consejo de Alonso de la Puente y Diego Márquez, se convirtió en socio de su empresa. Aunque la contribución del gobernador fue simbólica, trescientos pesos, fue suficiente para superar todos los impedimentos.

La expedición siguió rumbo norte, y como resultado, se descubrieron tierras que conformarían el territorio de Nicaragua. González Dávila regresó a Panamá el 25 de junio de 1523 con las naves en mal estado y más de noventa mil pesos en oro. Pedrarias exigió su parte y comenzó a presionarle, lo que llevó a Dávila a huir a Santo Domingo, desde donde envió el oro al Emperador y solicitó el gobierno del territorio que había descubierto.

Ante esto, Pedrarias tomó medidas eficaces. Escribió una carta al Emperador reclamando el territorio descubierto y organizó una expedición para anexarse Nicaragua por la fuerza. Sin embargo, un ataque de gota y la malaria que padecía le impidieron liderar personalmente la expedición, delegando la tarea en Francisco Hernández de Córdoba. Este cumplió sus órdenes y fundó en 1524 la población de Bruselas en el golfo de Nicoya, seguida de Granada a orillas del lago de Nicaragua, León en las orillas del lago Xolotlán (el 15 de junio de 1524), y Segovia, donde construyó una fortaleza. Hernández de Córdoba repartió a los indios y exploró la región, descubriendo el río San Juan o Desaguadero, a la salida del lago de Nicaragua. Informó detalladamente a Pedrarias a través de Sebastián de Benalcázar.

Sin embargo, surgió un conflicto entre Hernández de Córdoba y González Dávila, quienes ambos buscaron. González Dávila resultó perjudicado, especialmente con la intervención de Cristóbal de Olid y Francisco de las Casas, enviados por Hernán Cortés para anexar Honduras a México. Hernández de Córdoba, al igual que González Dávila, cometió el error de intentar erigirse como gobernador del territorio que había descubierto y conquistado.

Hernández de Córdoba envió a su amigo Andrés de Cereceda a España para solicitar a Carlos I el gobierno de Nicaragua y luego viajó a Santo Domingo para reclutar tropas con las que fue a Honduras. Posteriormente, subió a Nicaragua, solicitando el respaldo de los ayuntamientos de las poblaciones que había fundado. Enfurecido, Pedrarias organizó una gran fuerza para enfrentarse al rebelde, a pesar de sus ochenta y seis años. Partió de Panamá en enero de 1526.

Hernández de Córdoba, confiado en la clemencia de Pedrarias, se entregó, pero el gobernador lo apresó y levantó un proceso por traición, encontrándolo culpable. Pedrarias ordenó su ejecución por decapitación en la plaza mayor de León la Vieja en julio de 1526.

Después de tomar posesión del gobierno de Nicaragua y ejercer durante seis meses, Pedrarias regresó a Panamá. Sin embargo, se encontró con la sorpresa del nuevo gobernador Pedro de los Ríos y enfrentó su segundo juicio de residencia, que se publicó el 9 de febrero de 1527. Mientras se preparaba para enfrentar estas nuevas circunstancias, recibió la visita de Diego de Almagro, quien venía a reclamar su contribución para el descubrimiento del Perú. Almagro, dejando a su socio Pizarro en la isla del Gallo, había llegado a Panamá en busca de refuerzos.

Durante su encuentro con Pedrarias, Almagro solicitó ayuda económica en presencia de Fernández de Oviedo, quien dejó testimonio de esta entrevista. La reacción de Pedrarias fue altiva, acusando a Almagro y Pizarro de causar desórdenes y muertes. Ante esto, Almagro respondió con firmeza: "Pagad, si queréis gozar de esta empresa, pues que no sudáis, ni trabajáis en ella, ni habéis puesto en ello sino una ternera que nos disteis al tiempo de la partida, que podría valer dos o tres pesos de oro, o alzad la mano del negocio". Pedrarias solicitó inicialmente cuatro mil pesos para retirarse del negocio, pero Almagro le ofreció quinientos. Finalmente, llegaron a un acuerdo de mil pesos para resolver la disputa.

Este incidente ilustra una de las muchas artimañas de Pedrarias, quien concedía descubrimientos y conquistas como si fueran negocios particulares. Su actitud y tácticas cuestionables eran una característica distintiva de su gobierno y relaciones con los conquistadores de la época.

En 1527, Pedrarias enfrentó su segundo juicio de residencia, que resultó similar al primero. El licenciado Juan de Salmerón, alcalde mayor de Pedro de los Ríos, fue el encargado de llevar a cabo este juicio, pero se vio incapaz de desentrañar la red de testimonios falsos e influencias en la que se vio inmerso. Muchas de estas influencias provenían directamente de la Corte, donde Isabel de Bobadilla actuaba una vez más con gran habilidad. El juicio se centró en la actuación de Pedrarias a partir de 1522, tras el primer juicio de residencia, y resultó implicado en cuarenta y siete acusaciones. Se instruyó sumario sobre veintitrés de ellas, que abarcaban delitos como extorsión, malversación de fondos, fraude, violación de correspondencia, entre otros. Sin embargo, todas estas acusaciones no tuvieron consecuencias, y Pedrarias nuevamente salió ileso de su segundo juicio de residencia, siendo además recompensado con el gobierno de Nicaragua.

La obtención de este gobierno fue otro golpe de suerte, hábilmente manipulado. La suerte se presentó con el fallecimiento de Gil González Dávila, el descubridor y gobernador de Nicaragua. La manipulación, a cargo de Isabel de Bobadilla en la Corte, consistió en convencer a la Corona de que su esposo era quien merecía dicho cargo. El 16 de marzo de 1526, se emitió el nombramiento oficial de Pedrarias Dávila como gobernador y capitán general de Nicaragua.

En 1528, Pedrarias dejó Panamá bajo la administración del nuevo gobernador Pedro de los Ríos y se trasladó a Nicaragua acompañado por un destacado séquito que incluía a Diego Álvarez Osorio, el primer obispo de la gobernación, así como a Francisco de Castañeda, alcalde mayor, Diego de la Tobilla como tesorero y Alonso Pérez de Valer como veedor. Al llegar, encontró el territorio en agitación, ya que Diego López de Salcedo, gobernador de Honduras, había ocupado ilegalmente parte del mismo, provocando un motín entre los españoles y una rebelión de los indígenas. Pedrarias halló a Salcedo refugiado en una iglesia y lo trasladó a la fortaleza de León, donde lo retuvo durante siete meses, hasta que firmó un acuerdo de límites entre Honduras y Nicaragua y pagó una multa de veinte mil pesos.

Nicaragua presentaba una evidente escasez de pobladores, y Pedrarias intentó remediarlo trayendo colonos de las grandes Antillas. Alrededor de doscientos colonos llegaron, y con ellos organizó una expedición en busca del desaguadero del lago de Nicaragua (río de San Juan). Esta expedición fue liderada por su lugarteniente Martín de Estete, acompañado por el capitán Rojas. Estete cometió diversas atrocidades durante su travesía, llegando finalmente al cabo Gracias a Dios, donde fundó el Pueblo de las Minas, dejando a Rojas allí mientras él volvía a León para informar a Pedrarias. En 1530, Pedrarias envió a Estete a Guatemala para ocupar parte de su territorio, pero la expedición fue rechazada por los hombres de Alvarado, resultando en un fracaso, aunque con la captura de dos mil indígenas esclavizados y encadenados.

La captura y venta de indígenas esclavizados se convirtió en un lucrativo negocio en Nicaragua, al igual que en Panamá en el pasado. Pedrarias no solo lo toleró, sino que también organizó su venta, principalmente hacia Panamá, donde eran necesarios para la conquista del Perú. Esto provocó una marcada disminución de la población indígena en Nicaragua, exacerbada por epidemias. En este contexto, el alcalde mayor, el licenciado Castañeda, desempeñó un papel similar al de Fernández de Oviedo en Panamá, acusando a Pedrarias de nepotismo (por colocar a amigos y familiares en cargos públicos), de reformar las encomiendas en beneficio de sus allegados, de participar en el comercio de esclavos indígenas y de no denunciar los abusos cometidos por sus capitanes contra los nativos.

El 5 de octubre de 1529, Pedrarias escribió al Monarca solicitando su relevo como gobernador debido a su avanzada edad y enfermedad. Describió su estado, indicando que estaba "muy viejo e muy enfermo" y que se encontraba "tullido, casi siempre en la cama, y no puede andar, si no es en una silla sentado". La tensión entre Pedrarias y el alcalde mayor se intensificó durante la elección del Cabildo de León en 1530, ya que ambos buscaban ocupar los cargos con sus partidarios. A pesar de la disputa, el gobernador logró evitar que la situación se saliera de control.

Las enfermedades de Pedrarias empeoraron, y aunque no pudo asegurar que su hijo Diego Arias heredara la gobernación, logró concertar el matrimonio de su hija María, prometida anteriormente a Balboa, con Rodrigo de Contreras. Este último sucedió a Pedrarias como gobernador de Nicaragua, convirtiendo la provincia en un feudo de los Contreras. Pedrarias falleció en León el 6 de marzo de 1531, a la edad de noventa y un años, y fue enterrado con gran pompa en la iglesia del monasterio de Nuestra Señora de la Merced, donde había pasado sus últimos meses. De manera irónica, en el año 2000, el Instituto de Cultura Nicaragüense descubrió los restos mortales de Francisco Hernández de Córdoba, fundador de la ciudad de León la Vieja, en la cripta de la misma iglesia. Sin embargo, la cabeza, cortada por el Furor domini cuatrocientos setenta y cuatro años antes, estaba ausente.

Fin

Recopilado y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez

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