Pedro Arias Dávila
El descubrimiento del
Mar del Sur, que llevaría el nombre de Vasco Núñez de Balboa a los confines del
mundo conocido, y la fundación de las ciudades de León y Granada en Nicaragua
por Francisco Hernández de Córdoba, están tejidos en el mismo hilo de acontecimientos
que sacudieron Panamá. En esa maraña de conquistas, intrigas y codicia, surge
imponente la figura de Pedrarias Dávila, aquel hombre que las crónicas
coloniales no pudieron sino bautizar como El Gran Justador y Furor
Domini. Su sombra se proyecta sobre cada puerto, cada fortaleza y cada
camino que los españoles comenzaron a abrir en la Tierra Firme.
Los cronistas del siglo
XVI lo observaron con ojos de asombro y horror. Gonzalo Fernández de Oviedo, en
su magna Historia General y Natural de las Indias, Bartolomé de las
Casas, con la pluma de la indignación en la Historia de las Indias y
la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, o Pedro
Mártir de Anglería, en su De Orbo Novo, coincidieron en retratarlo
bajo un halo oscuro, una fuerza implacable y despiadada que arrasaba con todo a
su paso. Solo Pascual de Andagoya se atrevió a ofrecer un retrato distinto: un
Pedrarias justiciero, severo pero necesario, justificando incluso las muertes
de Balboa y Hernández de Córdoba. Su parcialidad era comprensible; había
servido al conquistador de la más férrea voluntad y, en recompensa, recibió un
caballo y seis mil maravedís en el primer testamento de su patrón.
A medida que el siglo
avanzaba, otros historiadores se sumergieron en las sombras y luces de este
personaje. Francisco López de Gómara, armado de los volúmenes enviados al
Consejo de Indias y de relatos de cronistas, reconstruyó las conquistas y la
administración de Pedrarias con el rigor de la documentación. Más tarde, en
1596, Felipe II nombró Cronista Mayor de las Indias a Antonio de Herrera y
Tordesillas, confiándole la colosal tarea de escribir la Historia
General de los Hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar
Océano. Cuando en 1602 se publicaron las primeras cuatro Décadas de su
obra, la descendencia de Pedrarias, encarnada en el quinto conde de
Puñonrostro, Francisco Arias Dávila y Bobadilla, alzó la voz: denunció falsedad
y exigió la revisión de ciertos pasajes. Pero Herrera, implacable y sólido como
la piedra de las fortificaciones, sostuvo con documentos y cartas la veracidad
de su relato. La historia, como la memoria de Pedrarias, no se doblegó.
En el siglo XIX, la
sombra de Pedrarias Dávila volvió a alargarse sobre la historia como un
espectro que nadie podía ignorar. Entre 1833 y 1841, el presbítero Francisco de
Paula García Peláez, encargado por el gobernador de Guatemala, Mariano Gálvez,
escribió las Memorias para la Historia del Antiguo Reyno de Guatemala,
publicadas por entregas desde 1851, cuando ya ostentaba el rango de arzobispo.
En sus páginas, los relatos de tormento y muerte que Pedrarias desató en
Nicaragua cobraban vida con crudeza: provincias enteras asoladas, pueblos
indígenas esclavizados y enviados a Panamá y al Perú, y expediciones cuyo eco
de gritos y cadenas parecía no extinguirse nunca.
No pasó mucho tiempo
antes de que José Milla y Vidaurre, literato guatemalteco, retomara estas
memorias en 1879 para tejer una historia más amplia de Castilla del Oro y
Nicaragua. A través de los testimonios de Fernández de Oviedo, Bernal Díaz del
Castillo y Herrera y Tordesillas, Pedrarias emergía como un gigante sombrío,
cuyo paso dejaba cicatrices profundas: “Tan ingratos recuerdos dejó en la
historia de los primeros años de la dominación española en Nicaragua, como los
había dejado en la provincia que antes gobernaba”, escribió Milla, como si el
viento mismo arrastrara sus palabras por las calles de León y Granada.
En 1882, Tomás Ayón
reforzó esa visión con su Historia de Nicaragua desde los Tiempos más
Remotos hasta el Año de 1852, encargo del presidente Joaquín Zavala. Allí,
Pedrarias ya no era solo un nombre en los documentos; era un hombre de carne y
sombra: ambicioso, mezquino, vengativo, capaz de ordenar que cincuenta
castellanos arrasaran provincias enteras por el mínimo gesto de desobediencia,
dejando tras de sí un rastro de cuerpos inertes, niños y mujeres incluidas. Su
genio militar se mezclaba con un orgullo irascible que convertía la obediencia
en terror y la lealtad en sangre.
Una década después,
Hubert Howe Bancroft lo describió con la precisión de un cirujano de la
historia: el “Timur de las Indias”, anciano, irascible y vengativo, cuya vida
fue un catálogo de horrores. Pocos hombres llegaron a estas tierras dejando
tanto mal y tan poco bien. Bancroft no podía ignorar la magnitud de su infamia;
la historia parecía conjurarse para que Pedrarias no se borrara de la memoria
de los pueblos que sufrió.
En el siglo XX, los
relatos sobre Vasco Núñez de Balboa y el descubrimiento del Océano Pacífico
reforzaron la imagen de Pedrarias como el verdugo que ordenó su ejecución.
Ángel de Altolaguirre y Duvale y José Toribio Medina ensalzaron al descubridor
y retrataron al gobernador como un hombre cuya ambición superaba a cualquier
principio de justicia o piedad. Más tarde, Pablo Álvarez Rubiano intentó
suavizar su figura, pero la condena histórica, tejida siglo tras siglo, pesaba
demasiado.
Hacia finales del siglo
XX, nuevas investigaciones resucitaron la figura de Pedrarias con documentos,
cartas y decretos que permitían reconstruir la maquinaria de la conquista
nicaragüense. Enrique Vega Bolaños, con el respaldo de Somoza, publicó la Colección
Somoza, que ofrecía un archivo vivo del descubrimiento, la colonización y
la crueldad sistemática de aquellos años. La historia ya no podía ignorar los
detalles: el saqueo, las guerras, las traiciones, los gritos de los pueblos
sometidos.
En 1972, sobre la isla
de Solentiname, en las aguas inmóviles del Lago de Cocibolca, Ernesto Cardenal
convirtió la historia en poesía. En El estrecho dudoso, los versos
resonaban como tambores lejanos, recordando la ambición desenfrenada de los
conquistadores, y entre ellos destacaba Pedrarias Dávila. Sus crímenes
eclipsaban incluso los de Pedro de Alvarado en México y Guatemala, los de
Francisco de las Casas y Gil González Dávila en Honduras, los de Vasco Núñez de
Balboa en Panamá, los de Francisco Hernández de Córdoba en Nicaragua, y los de
Diego López de Salcedo en Honduras. Cada verso de Cardenal parecía preguntarle
a la memoria de América: ¿cómo un solo hombre pudo concentrar tanta violencia,
tanta mezquindad y tanta desesperación sobre la tierra y sus pueblos?
Pedrarias Dávila no era
un nombre olvidado ni una sombra lejana: era un testimonio vivo de la
brutalidad de la conquista, un recordatorio de que la historia de Centroamérica
se escribió entre el acero, la sangre y la ambición desmedida de un hombre que
quiso ser juez, dueño y verdugo a la vez.
En 1973, la historia
volvió a girar su mirada hacia los oscuros senderos de la conquista con la
publicación de Spanish Central America: A Socioeconomic History
(1520–1720), obra de Murdo MacLeod. Con rigor casi quirúrgico, MacLeod
reveló el devastador impacto que la dominación española tuvo sobre la antigua
Mesoamérica, arrasando legados culturales milenarios de mayas, quichés,
pipiles, chorotegas y nicaraos. Sus descripciones de los conquistadores, y en
particular de Pedrarias Dávila, resonaban con autoridad, cimentando un relato
que, como subrayó el historiador Charles Gibson, era “una obra de honestidad
escrupulosa e inusual, en la que nada se afirma que exceda la evidencia”. Cada
palabra parecía tallada en piedra, inmutable ante la controversia.
Al mismo tiempo, la
historiadora María del Carmen Mena García emprendió su propia cruzada
investigativa, reconstruyendo la figura de Pedrarias a través de un prisma más
reivindicatorio. Desde Pedrarias Dávila o “La Ira de Dios”. Una
historia olvidada hasta Un linaje de conversos en tierras
americanas. Los testamentos de Pedrarias Dávila, Mena García ofreció un
cuerpo de trabajo que reexaminaba la ambición, la crueldad y el poder del
gobernador con una mirada atenta a las fuentes, los documentos notariales y las
cartas privadas. Incluso incluyó estudios sobre Doña Isabel de Bobadilla, cuyo
temple y carácter varonil la convirtieron en pieza clave en la maquinaria de la
conquista de Tierra Firme.
No obstante, las voces
condenatorias no se apagaron. En 1996, el costarricense Óscar Castro Vega
publicó Pedrarias Dávila: La ira de Dios, describiéndolo como “el
funcionario más cruel y ruin que de España pasó a Indias en el siglo XVI”. La
sombra del Furor Domini seguía proyectándose sobre los siglos, y parecía
imposible limpiar su memoria de la sangre derramada en Castilla del Oro y
Nicaragua.
En 2008, Bethany Aram,
historiadora norteamericana, dio un nuevo giro al debate con Leyenda
negra y leyendas doradas en la conquista de América: Pedrarias y Balboa.
Con un trabajo minucioso, casi detectivesco, Aram desplegó ante el lector un
mosaico de documentos hasta entonces olvidados o dispersos: declaraciones,
codicilos, cartas a emperadores y a nobles, registros judiciales y testamentos
de Pedrarias y su entorno familiar. Entre ellos estaban la declaración de
Pedrarias sobre el proceso contra Balboa, los codicilos que rubricó entre 1530
y 1531, y el testamento de Doña Isabel de Bobadilla, que abría una ventana al
mundo íntimo de aquellos hombres y mujeres cuya vida y ambición moldearon la
colonización del istmo centroamericano.
Gracias a esta
meticulosa labor, los estudiosos del pasado colonial de Panamá, Costa Rica,
Nicaragua y El Salvador pudieron acceder a fuentes que permitían tanto sostener
como refutar la imagen de Pedrarias Dávila. La doctora Aram propuso un retrato
menos despótico, más matizado, donde se vislumbraban los motivos, temores y
decisiones de un hombre que había gobernado con hierro y papel, con codicia y
cálculo, pero también con una visión política que algunos consideran
imprescindible para entender la consolidación de Castilla del Oro.
Algunos investigadores
coincidieron con ella, como el conde de Puñonrostro, autor del prólogo de su
obra, o el nicaragüense José Mejía Lacayo, quien en su reseña destacó la
importancia de volver a leer la historia con los ojos de quien examina
documentos, no solo crónicas. Así, Pedrarias Dávila, el Gran Justador y Furor
Domini, volvió a la vida en los siglos XX y XXI, no solo como verdugo de los pueblos
indígenas, sino como un protagonista humano y complejo de la historia de
Centroamérica, cuya figura todavía genera debates y despierta pasiones entre
los historiadores.
Si la conquista española
de América hubiera sido justa —según los rígidos parámetros filosóficos,
teológicos y jurídicos que imperaban en la primera mitad del siglo XVI—, quizá
la doctora Aram tendría razón: Pedrarias Dávila habría sido un súbdito
obediente, diligente en el cumplimiento de los mandatos de sus monarcas. Pero
la historia nunca se escribió en términos de justicia. La realidad fue otra: la
conquista se desplegó entre la ambición, la violencia y la arbitrariedad, y sus
líderes, incluyendo al propio Pedrarias, pisotearon sin escrúpulo el ius
gentium y los preceptos evangélicos que decían profesar.
Basta mirar el caso de
Carlos V, un monarca tanto ambicioso como pragmático, que revocó en dos
ocasiones su decisión de destituir a Pedrarias y lo restituyó en su cargo,
ignorando por completo los derechos naturales de los indígenas, cuya vida y
bienes quedaban a merced de las armas y la codicia. Aquellos vaivenes del poder
obedecían menos a la ley que al constante flujo de sobornos en la Corte y a la
sed de riqueza que arrastraba a los funcionarios hacia los intereses
coloniales.
Otro ejemplo de la
arbitrariedad fue la contradicción flagrante entre Carlos V y Juana la Loca:
prohibieron la esclavitud de los indígenas, para volver a autorizarla poco
tiempo después. Esta decisión, cargada de intereses ocultos, favorecía a los
consejeros más influyentes, Francisco de los Cobos y Beltrán de la Cueva y
Toledo, quienes, aliados con el implacable Pedro de Alvarado, crearon una
compañía destinada al tráfico de esclavos con el objetivo de financiar una
expedición por el Mar del Sur que, sin autorización real, se desvió hacia el
Perú.
Pedrarias, con la
rapidez y el oportunismo que lo caracterizaban, aprovechó este cambio de leyes
y circunstancias para instaurar desde Nicaragua un comercio de esclavos
indígenas hacia Panamá, consolidando así una de las prácticas más infames y
duraderas de la dominación española en el istmo. Su acción no fue un desvío
incidental: fue el cálculo deliberado de un hombre que entendía la colonización
como un tablero donde la ambición personal y el poder se imponían sobre la
justicia, la moral y la misericordia.
El Linaje y los Orígenes
de Pedrarias Dávila
Pedro Arias Dávila
—apodado "El Galán Dávila" y también conocido como "El
Justador"—, y generalmente llamado Pedrarias por sus contemporáneos, nació
en Segovia (Castilla) a mediados del siglo XV (ca. 1440-1460). Su familia, de
origen judío converso y adinerado, fue fundamental en la administración real
castellana.
El Abuelo: Diego Arias
Dávila, Primer Señor de Puñonrostro
El abuelo de Pedrarias
fue Diego Arias Dávila (originalmente conocido por el nombre judío de Isaque
Abenacar), quien se destacó en la corte de Castilla. Se casó en tres ocasiones:
primero con Juana Rodríguez; en segundas nupcias, con Elvira González; y
finalmente con María Palomeque.
Como Contador Mayor de Hacienda
del rey Enrique IV de Castilla (r. 1454-1474), a partir de 1457, Diego Arias
Dávila tuvo importantes responsabilidades, incluyendo la recaudación de los
ingresos del Maestrazgo de Santiago y las limosnas de la indulgencia de
cruzada. Estas últimas, autorizadas por bula pontificia, estaban destinadas a
financiar la Guerra de Granada contra los musulmanes.
En su ciudad natal,
Segovia, Diego Arias Dávila erigió su casa señorial (decorada con una torre
albarrana de estilo mudéjar), fundó el Mayorazgo de Puñonrostro en 1460, y al
año siguiente (1461), el Hospital de San Antonio de los Peregrinos. Su
influencia es notable, ya que también contribuyó a la construcción de la
Sinagoga Mayor de Segovia (actualmente la Iglesia del Corpus Christi).
El Padre: Pedro Arias
Dávila "El Valiente", Segundo Señor de Puñonrostro
Los padres de Pedrarias
fueron Pedro Arias Dávila "El Valiente" (ca. 1430-1476), Segundo
Señor de Puñonrostro, y María Ortiz de Cota. Su padre era el hijo primogénito
de Diego Arias Dávila y Elvira González.
Pedro Arias Dávila
"El Valiente" se destacó por su carrera militar y política:
En 1457, se le atribuye
una notable victoria sobre ochenta jinetes musulmanes en Jaén.
Entre 1461 y 1462 sirvió
como Capitán General en la guerra contra Navarra.
En 1462, sucedió a su
padre en el cargo de Contador Mayor.
Su lealtad a la nobleza
castellana lo llevó a participar en la Farsa de Ávila (1465), un acto simbólico
de destitución de Enrique IV, y a desconocer la legitimidad de Juana la
Beltraneja como hija del rey. Esta postura le valió ser encarcelado brevemente,
aunque el rey lo liberó a petición de los alcaldes de la Santa Hermandad. No
obstante, en 1468, Enrique IV lo destituyó de su cargo de Contador Mayor,
nombrando en su lugar a Andrés Cabrera, quien más tarde se casaría con la
influyente Beatriz de Bobadilla (popularmente conocida como "La
Bobadilla").
Tras la muerte del Rey
en 1474, Pedro Arias Dávila se alineó con el bando de los Reyes Católicos
(Isabel y Fernando) en la Guerra de Sucesión Castellana. Cayó en combate el 21
de marzo de 1476 durante el asedio al Alcázar de Madrid, en un enfrentamiento
crucial de ese conflicto.
El Tío: Juan Arias
Dávila, Obispo, Mecenas y Humanista
El tío paterno de
Pedrarias, Juan Arias Dávila (1436-1497), fue una figura de inmensa relevancia
eclesiástica y cultural. Tras cursar Derecho Canónico en la Universidad de
Salamanca, su ascenso en la jerarquía fue vertiginoso: fue nombrado Capellán
del rey Enrique IV (1455), Protonotario Apostólico (1458) y Deán de Segovia
(1460).
Al año siguiente, el
papa Pío II lo designó Obispo de Segovia. Sin embargo, dado que solo contaba
con unos veinticuatro años, ejerció primero como Administrador Apostólico
durante cuatro años, hasta que la presentación de las bulas pontificias
oficializó su cargo.
Pionero de la Cultura y
las Artes
· Como
pionero de las Escuelas Catedralicias en Castilla, el obispo Arias Dávila:
· Fundó
en 1466 en Segovia un Estudio Mayor con cátedras de gramática, lógica y
filosofía moral.
· Donó
su biblioteca personal a esta institución, que incluía obras fundamentales de
autores como Aristóteles, Tomás de Aquino, Gregorio Magno y Pedro de Osma.
· Como
mecenas de las letras, en 1472 introdujo la primera imprenta en España, que se
instaló y funcionó en Segovia bajo la dirección del impresor Juan Parix de
Heidelberg.
· El
primer libro impreso allí fue el Sinodal de Aguilafuente (1472).
· Otras
obras notables que salieron de esta imprenta entre 1472 y 1474 incluyen textos
legales y teológicos, como el Commentaria in Symbolum Athanasii y el
Repertorium Iuris.
· Como
promotor de las artes, en 1472 encargó al arquitecto Juan Guas la construcción
del claustro de la Catedral de Santa María de Segovia.
· Fundó
una capilla musical y recopiló el Cancionero de la Catedral de Segovia, una
colección de 204 piezas de música sacra y profana.
· Promovió
la defensa militar, colaborando en la construcción del Castillo de Turégano.
· Participó
activamente en la reforma de las órdenes religiosas, concentrando dos conventos
franciscanos de Segovia por orden expresa de la reina Isabel la Católica.
Persecución y la
Cuestión Conversa
La fuerte ascendencia
judía conversa de la familia se hizo patente con el Edicto de Expulsión de
1492. En ese año, mientras los Reyes Católicos ejecutaban el edicto que resultó
en la persecución y expulsión de miles de judíos, Juan Arias Dávila tomó la
significativa medida de trasladar los restos de sus padres, Diego Arias Dávila
y Elvira González, así como los de su abuela materna, de sus sepulturas en el
Convento de la Merced. El objetivo era protegerlos de la profanación o la quema
por parte de la Inquisición, un trágico indicio del riesgo que enfrentaban
incluso las familias conversas de alta nobleza.
La limpieza de sangre y
el linaje judío de la familia fueron objeto de mofa y ataque, como lo demuestra
la satírica copla insertada por el cardenal Francisco de Mendoza y Bobadilla en
su famoso "Tizón de la nobleza":
A ti Don Arias el puto,
que eres y fuiste judío,
contigo no me disputo
que tienes gran señorío:
Águila, castillo y cruz,
judío, ¿dónde lo
hubiste?
El águila es de rapiña,
el castillo de Emaús,
y la cruz donde pusiste
a mi redentor Jesús.
Monseñor Arias Dávila
falleció el 20 de octubre de 1497 en Roma. Años después, sus restos fueron
repatriados a Segovia y sepultados en la Catedral, junto al Altar del
Crucifijo.
Juventud y Matrimonio de
Pedrarias Dávila
Pedrarias Dávila,
conocido en su juventud como "El Galán" y "El Gran
Justador" por su destreza en los torneos, sirvió como paje tanto en la
corte de Juan II como en la de la futura Isabel la Católica. Su habilidad con
las armas le valió ser seleccionado el 3 de agosto de 1484 por la Reina Isabel
como contino, es decir, miembro de su guardia personal, con un sueldo de 30.000
maravedíes.
Alianza Matrimonial con
los Bobadilla
Pedrarias Dávila
contrajo matrimonio en Alcalá de Henares con Isabel de Bobadilla y Peñalosa
(1465-1531). Ella era hija de Francisco de Bobadilla, Comendador de Calatrava,
y de María de Peñalosa, y, crucialmente, sobrina de Beatriz de Bobadilla,
Marquesa de Moya, dama de la Corte, confidente de Isabel la Católica y
protectora de Cristóbal Colón. Esta influencia dio origen al popular refrán:
"Después de la reina de Castilla, la Bobadilla".
El matrimonio representó
una importante alianza política destinada a mitigar las históricas tensiones
entre la familia Arias Dávila y el Marqués de Moya, Andrés Cabrera (esposo de
Beatriz de Bobadilla).
Las capitulaciones
matrimoniales, suscritas el 16 de febrero de 1490, confirman esta
trascendencia, al requerir la conformidad de la Reina Isabel la Católica y de
Beatriz de Bobadilla. En estas capitulaciones, el obispo Juan Arias Dávila (tío
del novio) estipuló que legaría sus posesiones a su sobrino Pedrarias en
mayorazgo. Por su parte, la novia, Isabel de Bobadilla, aportó una dote de un
millón de maravedíes. Además, en 1487, Monseñor Juan Arias Dávila ya había
designado a su sobrino Pedrarias como su único heredero en su testamento.
Descendencia y Anécdotas
Familiares
Antes de su matrimonio
formal, Pedrarias Dávila había reconocido a un hijo natural, a quien también
nombró Pedro Arias Dávila y al que concedió importantes rentas para asegurar su
posición.
Junto a su esposa,
Isabel de Bobadilla, procrearon una numerosa descendencia, que incluyó a: Diego
(nombrado así en honor a su abuelo, Diego Arias Dávila), María, Juan (en honor
a su tío, el obispo Juan Arias Dávila), Isabel (también llamada Inés), Elvira,
Pedro, Rodrigo, Francisco, Gonzalo, Beatriz y Arias Gonzalo.
Las vidas de sus hijas,
María e Isabel, están ligadas a dos de los episodios más dramáticos y
románticos de la Conquista de América:
María Dávila: Su vida,
digna de una tragedia cortesana, está marcada por la fatalidad de su matrimonio
por poder con el explorador Vasco Núñez de Balboa. El matrimonio jamás pudo
consumarse, pues su propio padre, Pedrarias, ordenó la decapitación de Núñez de
Balboa en Panamá, frustrando violentamente la alianza.
Isabel de Bobadilla
(hija): Su historia tiene un cariz romántico y épico. Durante varios años,
mientras ejercía como Gobernadora interina de La Fernandina (Cuba), Isabel
pasaba largas jornadas en el Castillo de la Real Fuerza, aguardando el retorno
de su esposo, el conquistador Hernando de Soto, de su ambiciosa y fracasada
expedición a La Florida.
El Homenaje a Isabel de
Bobadilla: La Giraldilla
El recuerdo de Isabel de
Bobadilla (esposa de Hernando de Soto) como la gobernadora que esperó el
retorno de su marido en la atalaya del Castillo de la Real Fuerza inspiró un
famoso monumento habanero. Entre 1630 y 1634, el entonces Gobernador de Cuba,
Juan de Bitrián y Viamonte, encargó al escultor la creación de La Giraldilla.
Esta estilizada figura de dama española, de 110 centímetros de alto, se colocó
en la atalaya del Castillo en su honor. Con el paso del tiempo, La Giraldilla
se convirtió en uno de los principales iconos de la ciudad de La Habana, cuyo
original se conserva hoy en el Museo de la ciudad.
Conflictos Matrimoniales
y Políticos
A pesar de que el
matrimonio de Pedrarias e Isabel de Bobadilla fue concebido como una alianza
para limar asperezas, la relación conyugal y política tuvo sus momentos
difíciles.
Los antiguos
antagonismos entre los Arias Dávila y los Marqueses de Moya (Andrés de Cabrera
y Beatriz de Bobadilla, tíos de Isabel) resurgieron, provocando fricciones. La
tensión escaló hasta el punto de que Pedrarias retiró los poderes que había
otorgado a su esposa. Como represalia y señal de protesta, Isabel se marchó a
la casa de sus tíos, manteniéndose separada de su marido durante algún tiempo.
Comparando estilos
Era el año del Señor de
1527, y la ciudad de Santiago de los Caballeros —hoy Antigua Guatemala— se
vestía de fiesta. El sol de las Indias brillaba sobre los techos de teja, y el
aire olía a madera de cedro, a especias recién llegadas de Castilla y al sudor
de los caballos que pisoteaban nerviosos la tierra de la plaza mayor. Pedro de
Alvarado, el Adelantado de hierro, había regresado victorioso de sus campañas,
y el pueblo, ávido de espectáculo, clamaba por un torneo que recordara a los
viejos tiempos de la caballería.
No eran estos los
torneos de la Mancha que don Miguel de Cervantes evocaría después en sus
páginas, donde caballeros como Juan de Merlo, Mosén Pierres o el temible
Gutierre Quijada —de cuyo linaje, decía el hidalgo, descendía el mismo Quijote—
se cubrían de gloria con lanzas y espadas. Pero en las Indias, la sangre ardía
igual, y la imaginación de los cronistas, como la de José Milla y Vidaurre
siglos después, tejería leyendas con hilos de oro y de traición.
La víspera del torneo,
mientras los escuderos pulían armaduras y las damas bordaban divisas en sus
estandartes, Diego de Portocarrero se arrodillaba en la capilla mayor del
templo. Era la vela de armas: una noche de vigilia, oración y silencio antes
del combate. Su yelmo, negro como la pechina de un cuervo, descansaba sobre el
altar, iluminado por el tembloroso resplandor de los cirios. Pero entre las
sombras, manos alevosas se movieron. Alguien —un enemigo oculto, un sirviente
sobornado— dañó la bisagra de la visera. Un pequeño acto de cobardía que cambiaría
el destino de la justa.
Al día siguiente, la
plaza mayor era un mar de colores. Los pendones de los Alvarado ondeaban junto
a los de los Portocarrero, y en el estrado principal, Pedro de Alvarado, ceñudo
y con su armadura de conquista, presidía el espectáculo. A su lado, los Jueces
de Campo ajustaban sus pergaminos, y las autoridades de la ciudad sudaban bajo
sus togas de paño. Pero todos los ojos se volvían hacia Leonor de Alvarado
Xicoténcatl, la dama del torneo. Hija de dos mundos —su madre, la princesa
indígena Xicoténcatl—, llevaba un vestido de terciopelo granate y un collar de
esmeraldas que brillaban como los ojos de una serpiente. Era ella quien, al
final, coronaría al vencedor.
Los primeros combates
fueron limpios: lanzas rotas, escudos astillados, caballos que relinchaban de
dolor. Pero el destino guardaba su carta más cruel para el final. Cuando Diego
de Portocarrero se enfrentó a Gonzalo de Ronquillo, Veedor del Rey y hombre de
fama dudosa, el aire se espesó. Los tambores callaron.
Ronquillo, violando las
sagradas reglas del torneo, dirigió su lanza no al escudo, sino al yelmo de
Portocarrero. El golpe resonó como un trueno. La visera, malherida desde la
noche anterior, se desprendió, y la punta de acero surcó el rostro del
caballero. La sangre brotó, roja y caliente, sobre el acero.
El grito de los
espectadores se ahogó en sus propias gargantas. Portocarrero, ciego de ira,
arrojó su lanza al suelo, tomó su lanzón con ambas manos y lo descargó sobre el
casco de Ronquillo con fuerza de gigante. El metal crujió. El Veedor se
desplomó, sin sentido, como un saco de grano.
El escándalo fue
mayúsculo. Francisco de la Cueva, capitán de los Alvarado, se levantó del
estrado exigiendo justicia. Pero Portocarrero, con la sangre aún fresca en su
mejilla, miró a todos con desdén:
—Así se castiga a un
villano —dijo, y su voz cortó el aire como una cuchilla.
Nadie osó replicar. Ni
siquiera Leonor, cuya mano tembló al entregar el premio simbólico: una pluma de
quetzal —símbolo de honor entre los guerreros indígenas— a ambos contendientes.
No hubo vencedor aquel día. Solo el eco de un torneo manchado por la traición,
y la sombra de un yelmo que guardó, para siempre, el secreto de su venganza.
Años después, cuando
Milla y Vidaurre escribió “La Hija del Adelantado”, su pluma revivió aquel día
con el brillo de la ficción. ¿Hubo realmente una encamisada bajo la luna?
¿Bailaron los nobles un sarao hasta el amanecer? ¿O acaso la historia, como el
yelmo de Portocarrero, oculta más de lo que muestra?
Lo cierto es que, en las
Indias, la caballería no murió con los torneos de Castilla. Se transformó: en
sangre, en honor robado, y en el eco de una lanza que, un día, se atrevió a
romper las reglas.
De "El Galán
Dávila" a "El Gran Justador"
Durante su juventud,
Pedrarias Dávila ganó fama siguiendo la tradición de los caballeros medievales
al vencer sistemáticamente a sus adversarios en justas y torneos. Su porte era
imponente; no solo era reconocido como el más alto y fornido entre sus
compañeros de armas, sino también como el más diestro en el manejo de la lanza
y la espada. Esta habilidad le valió el apodo de "El Gran Justador".
Su atractivo y carisma
lo hicieron popular entre las damas, que lo conocían cariñosamente como
"El Galán". Cronistas de la época, como Bartolomé de las Casas y
Pedro Mártir de Anglería, certificaron su fama como justador. Anglería, de
hecho, se refirió a él explícitamente cuando fue elegido para su futura
expedición a Tierra Firme:
"Pedro Arias de
Ávila, un ciudadano de Segovia, fue el escogido para emprender esta provincia.
Por antonomasia, entre los españoles le fue dado el nombre de Justador, porque
desde su juventud sobresalió como un egregio manejador de la lanza."
Incluso su nieto,
Francisco Arias Dávila, dejó constancia de las proezas de su antepasado. Un
ejemplo notable de su generosidad y éxito en el torneo ocurrió durante unas
justas en Portugal, en las que, al ser galardonado con dos fuentes llenas de
cruzados de oro y joyas, envió todos los premios a las damas de la Reina,
demostrando un gesto de galantería propio de su apodo, "El Galán".
Estos célebres torneos, donde Pedrarias usó el emblema de una serpiente, se
celebraron en Sevilla y Portugal en la primavera de 1490, con motivo del
matrimonio de la infanta Isabel, hija de los Reyes Católicos, con el príncipe
Alfonso.
Servicio en la Reconquista y las Campañas
de África
La Guerra de Granada
(1482-1492)
Pedrarias Dávila sirvió
activamente en la Guerra de Granada contra el reino nazarí. Como contino o
guardia pretoriana, formó parte del destacamento que acompañó a la reina Isabel
la Católica el 2 de enero de 1492, día histórico de la Toma de Granada
Nota Histórica: La
campaña de Granada fue un esfuerzo militar masivo, sostenido financieramente en
parte por comerciantes judíos que aportaron alrededor de 50 millones de
maravedíes antes del Edicto de Expulsión. Tras la rendición, los Reyes
Católicos incumplieron parcialmente las Capitulaciones de Granada, obligando a
los musulmanes a elegir entre la conversión al cristianismo o el exilio.
Las Conquistas en el
Norte de África
Después del
fallecimiento de la Reina Isabel, Pedrarias participó en las expediciones de la
Guerra Santa en África, impulsadas y financiadas por el Cardenal Francisco
Jiménez de Cisneros.
Toma de Orán (1509):
Cisneros, que actuó como financiador y Capitán General, comandó las tropas,
entre las que se encontraban soldados experimentados como Pedrarias, pero
también poetas y, según la costumbre de la época, un número de presidiarios. La
victoria en Orán se consumó el 18 de mayo de 1509. La ciudad fue saqueada,
resultando en la muerte de unos 4.000 musulmanes, la captura de 5.000
prisioneros y la liberación de 300 cautivos cristianos. Pedrarias se distinguió
especialmente al capturar el alcázar con ayuda del veneciano Gerónimo Vianello
e izar la bandera cristiana. Como recompensa por su valentía, se le concedió el
derecho a cobrar arbitrios en la Judería, los mercados y la Almedina
(incluyendo la mancebía).
Toma de Bugía (1510):
Pedrarias participó activamente en esta campaña, bajo el mando del Gran Capitán
Pedro Navarro.
El Privilegio de Armas
de 1512: Su Mayor Reconocimiento
El cénit de la carrera
militar de Pedrarias se recoge en el Privilegio de Armas otorgado por la reina
Juana I de Castilla (Juana la Loca), hija de los Reyes Católicos, en Burgos el
12 de agosto de 1512. Este documento es la prueba fehaciente de sus
extraordinarias hazañas militares en África, y lo nombra "nuestro
coronel".
En el privilegio, la
Reina detalla sus méritos y la distinción de Pedrarias en el combate:
"Y de allí fuisteis
a la toma de Bugía en la cual entrasteis por encima del muro con vuestra
bandera y alguna parte de la gente de vuestra compañía combatiendo la dicha
ciudad, donde matasteis al alférez de los moros y les tomasteis su bandera. Y
asimismo ganasteis el castillo de la dicha ciudad... y después, teniéndole en
guarda, os cercaron gran muchedumbre de moros y combatieron con tan gran
braveza desde casi hora del mediodía hasta parte de la noche, estando vos con
14 hombres, los 9 muy enfermos de pestilencia, y vos con los otros 5
defendisteis el dicho castillo con tanta industria y ánimo que les tomasteis
siete escalas por donde subían los dichos moros."
Como remuneración perpetua
por estos servicios, la Reina le concedió añadir a sus armas antiguas una orla
de honor, que debía incluir la figura de la bandera tomada, el castillo que
defendió, y las siete escalas que tomó. Además, se le permitió multiplicar la
figura del castillo por ocho veces en la orla, en memoria de las ocho horas que
duró el combate en Bugía, durante las cuales fue juzgado por cristianos y moros
"por muerto y tomado el dicho castillo."
Este reconocimiento
subraya la valentía extrema de Pedrarias y el prestigio militar que atesoraba
antes de embarcarse hacia las Indias.
El Obispo Fonseca
Promociona a Pedrarias Dávila como Gobernador de Castilla del Oro
Los viajes de Cristóbal
Colón a las Indias, especialmente su cuarto viaje, despertaron gran interés en
la Corona, particularmente en la región que Colón denominó Veragua o Tierra
Firme (que él creía rica en oro y habitada por culturas superiores a las
antillanas).
La Corona autorizó
múltiples expediciones a estos nuevos territorios. Las principales, dirigidas por
Diego de Nicuesa y Martín Fernández de Enciso, fueron promovidas por el
influyente Obispo Juan Rodríguez de Fonseca, el de facto jefe de la política
colonial de la época. Estas autorizaciones se dieron en detrimento de los
privilegios que las Capitulaciones de Santa Fe habían otorgado originalmente a
Colón y que su familia ahora reclamaba.
Primeros Asentamientos y
la Ascensión de Núñez de Balboa
Diego de Nicuesa,
nombrado Gobernador de Veragua en 1508, fundó Nombre de Dios en 1510.
Ese mismo año, Martín
Fernández de Enciso zarpó para auxiliar a Alonso de Ojeda en San Sebastián de
Urabá, cuya fortaleza había sido incendiada por los indígenas.
En alta mar, surgió la
figura clave de Vasco Núñez de Balboa (nacido en Jerez de los Caballeros,
España, ca. 1475). Balboa iba a bordo como polizón, huyendo de sus acreedores
en la isla La Española (Santo Domingo). Viajaba con su perro, Leoncico,
escondido—según las fuentes—, en una pipa vacía o envuelto en la vela de la
nao. Núñez de Balboa había llegado a La Española en 1500 con la expedición de
Rodrigo de Bastidas y se le había adjudicado una encomienda tras su
participación en la Masacre de Xaragua.
El cronista Bartolomé de
las Casas describió a Balboa como un hombre de unos treinta y cinco años,
"bien alto y dispuesto de cuerpo, y buenos miembros y fuerzas y gentil
gesto de hombre, muy entendido y para sufrir mucho trabajo."
La Fundación de Santa
María de la Antigua del Darién
Núñez de Balboa demostró
su liderazgo al sugerir a Fernández de Enciso trasladar el fuerte a la orilla
occidental del Golfo de Urabá para escapar de los indígenas locales. En ese
nuevo emplazamiento, Balboa fundó Santa María de la Antigua del Darién (situada
en la actual Colombia).
Acto seguido, Balboa se
insubordinó, depuso a Enciso, se autonombró alcalde junto a Benito de
Palazuelos, y envió a Enciso de regreso a España.
Cuando Diego de Nicuesa
viajó al nuevo asentamiento a solicitud de algunos pobladores, fue recibido con
hostilidad. Balboa le aconsejó partir. Nicuesa se hizo a la mar con diecisiete
hombres el 1 de marzo de 1511, desapareciendo para siempre. Bartolomé de las
Casas supuso que, dado el mal estado de su navío y la bravura de los mares,
Nicuesa y sus hombres fueron tragados por el mar, o murieron de pura sed y
hambre.
Balboa, Gobernador
Interino y los Náufragos del Yucatán
Balboa consolidó su
poder. Envió a Juan de Zamudio y al regidor Juan de Valdivia a La Española con
el quinto real (la parte del botín correspondiente a la Corona) y solicitó al
Almirante Diego Colón refuerzos y suministros.
· El
10 de septiembre de 1511, Diego Colón reconoció a Núñez de Balboa como
Gobernador interino.
· El
23 de diciembre de 1511, la Corona lo confirmó en el cargo.
Zamudio continuó el
viaje a la Península para informar directamente al Rey. Valdivia, en su viaje
de retorno a Tierra Firme, naufragó en los arrecifes de Las Víboras
(actualmente conocido como Arrecife Víbora, cerca de Jamaica). Los
sobrevivientes, incluidos dos mujeres, se hicieron a la mar en un batel que los
arrastró hasta las costas del Yucatán. Allí, Valdivia y otros tres fueron
sacrificados por los nativos. Otros, como Jerónimo de Aguilar y Gonzalo
Guerrero, se salvaron, siendo asimilados por tribus locales (personajes clave
para la posterior expedición de Cortés).
El Secreto del
"Otro Mar"
Mientras tanto, Balboa
organizaba "entradas" (incursiones militares) para capturar indígenas
y obtener riquezas. Uno de los primeros líderes nativos que lo recibió fue el
cacique Comogre, quien le entregó joyas y setenta esclavos.
Cuando los españoles
riñeron por el reparto del botín, el hijo mayor de Comogre, Panquiaco, los
reprendió con una arenga trascendental:
“¿Qué es esto,
cristianos? ¿Por tan poca cosa disputáis? Si tanto anhelo tenéis de oro, que
por conseguirlo perturbáis estas tierras y atormentáis a sus gentes pacíficas,
mientras vosotros mismos sufrís fatigas y os desterráis de vuestras patrias, yo
os mostraré una provincia donde podréis saciar vuestro deseo. Pero para ello es
necesario que seáis más numerosos, pues habréis de enfrentaros a grandes reyes
que defienden con valentía y rigor sus dominios.
Entre ellos toparéis
primero con el rey Tubanamá, que posee abundancia de ese oro que tanto
codiciáis. Su tierra dista de la nuestra unas seis jornadas de camino hacia el
Mediodía, hacia la Mar del Sur —y al decirlo señalaba con el dedo en esa
dirección—. Afirmaba que, tras atravesar ciertas sierras, veríais navegar otras
gentes en navíos y barcos no muy distintos de los nuestros, provistos también
de velas y remos. Más allá de ese mar, añadía, hallaríais aún mayores riquezas
de oro, y pueblos que comían y bebían en grandes vasos de ese metal.
Y como había oído decir
a los nuestros que en España abundaba el hierro, del cual se forjaban las
espadas, concluyó señalando que en aquellas tierras había más oro que hierro en
toda Vizcaya.”
Decidido a descubrir el
nuevo mar y sus abundantes riquezas, en octubre de 1512 Vasco Núñez de Balboa
envió a Juan de Caicedo y Rodrigo de Colmenares como procuradores ante la
Corte, con el encargo de solicitar al rey Fernando el Católico hasta mil
hombres y armas para organizar la expedición. En compañía de ambos viajó
también un indio que afirmaba haber visto un río donde el oro se pescaba con
redes. El viaje fue más largo de lo previsto, y no fue sino hasta mayo de 1513
que arribaron a la Península Ibérica.
En España coincidieron
entonces personajes movidos por intereses muy distintos: Martín Fernández de
Enciso reclamaba justicia por los agravios que, según él, Balboa le había
infligido; los partidarios de Diego de Nicuesa —de quien nada se sabía—
acusaban a Balboa de su desgracia; mientras que Zamudio, Caicedo y Colmenares
defendían con ahínco los intereses de su jefe, que eran también los suyos.
Aprovechando aquella
coyuntura, intervino el obispo Juan Rodríguez de Fonseca —hombre taimado,
intrigante, ambicioso y siempre atento a su provecho—, quien promovió un
proyecto que beneficiaría tanto a la Corona como a sus propios intereses
económicos. En carta al rey Fernando el Católico, le expresó lo siguiente:
Vuestra Alteza ya tiene
grande noticia del esfuerzo y valor de Pedrarias, y de las hazañas que, tanto
como capitán vuestro como en persona propia, siempre realizó en las guerras de
África, donde Vuestra Alteza le envió. En todas se distinguió muchas veces, y
tiene gran experiencia en las cosas de la guerra; y para las de paz, está
dotado de muy buen entendimiento. Además, se ha criado en vuestra casa real
desde su niñez, por lo cual procurará más que otro vuestro servicio y guardará
toda fidelidad. No sería justo ni conveniente para el servicio de Vuestra
Alteza que, por codicia de otros menos dignos, se le niegue el cargo, pues ya
en la corte se da por hecho que para esta empresa ha sido nombrado. En ninguna
manera conviene que a este negocio vaya otro sino Pedrarias Dávila, y esto
juzgo —según mi parecer— lo más provechoso al servicio de Vuestra Alteza y para
alcanzar la prosperidad que todos deseamos.
Con estas palabras,
Fonseca inclinó decisivamente la voluntad del monarca a favor de Pedrarias
Dávila, sellando así el destino de Balboa y de la expedición al Mar del Sur.
El 27 de julio de 1513,
el rey Fernando el Católico nombró a Pedrarias Dávila capitán general y
gobernador de Castilla del Oro, territorio que comprendía lo que hasta entonces
se conocía como Tierra Firme, con excepción de Veragua y Paria. En la real
cédula que oficializaba su nombramiento se establecía:
Por cuanto a Nuestro
Señor ha placido que, por mandato de la Serenísima Reina, mi muy cara y amada
hija, y mío, se hayan descubierto algunas islas y tierras hasta ahora ignotas,
y entre ellas una muy gran parte de tierra llamada Tierra Firme, que de ahora
en adelante mandamos se llame Castilla del Oro...
El documento destacaba
que en aquella región se había fundado un asentamiento en el golfo de Urabá, en
la provincia del Darién —entonces renombrada como Andalucía la Nueva—, y que su
población se conocía como Santa María la Antigua del Darién. El texto expresaba
además el deseo del monarca de que en aquellas tierras se sirviera a Dios, se
diera a conocer su santo nombre y se convirtiera a la fe católica a los
naturales de la región. Para tal fin, solicitaba al Papa el envío de prelados
ejemplares y eruditos, y ordenaba la organización de una armada bien provista,
que asegurara tanto la defensa de los religiosos como el poblamiento de la
zona.
Confiando en la
prudencia, fidelidad y experiencia de Pedrarias Dávila, el rey le encomendaba
la gobernación y capitanía general de toda la gente y navíos de la armada, así
como la administración de la nueva provincia, exceptuando expresamente las de
Veragua —bajo el dominio del Almirante don Diego Colón—, Paria y las tierras
descubiertas por Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís.
Mientras en la Península
Ibérica el obispo Rodríguez de Fonseca se ocupaba de organizar la poderosa
armada de Pedrarias, las noticias llegaron a Tierra Firme. Allí, Vasco Núñez de
Balboa supo que el rey se había mostrado indignado con su proceder y ordenado
hacer justicia conforme al derecho. Fue condenado a resarcir a Martín Fernández
de Enciso por los daños y perjuicios ocasionados —en lo civil—, reservándose el
monarca el fallo sobre lo criminal. Zamudio le informó de ello, y desde
entonces Balboa vivió con el temor constante de perder su posición o incluso su
vida, esperando en cualquier momento la llegada de un emisario real que lo
destituyera.
Decidido a redimirse y
ganar el perdón del monarca, Balboa emprendió una hazaña sin precedentes. El 1
de septiembre de 1513 partió en busca del misterioso mar del que tanto había
oído hablar. Lo acompañaban 190 españoles, 800 indígenas, un bergantín, diez
grandes cayucos, lanzas, espadas, ballestas, rodelas, algunas escopetas y
varios perros mastines, entre ellos Leoncico, hijo del célebre Becerrillo.
Gonzalo Fernández de Oviedo lo describió como un animal de pelaje bermejo, con
el hocico oscuro, de talla mediana, pero de gran entendimiento y valentía.
Balboa se internó por
las montañas, y con ayuda del cacique Ponca combatió y dio muerte al cacique
Quarequa. A su hermano y a otros prisioneros, que vestían ropas femeninas, los
mandó aperrear y descuartizar, pues los acusó de practicar el “pecado nefando”.
En sus célebres Décadas
del Nuevo Mundo (1530), el cronista Pedro Mártir de Anglería describió con
crudeza la supuesta “naturaleza maligna” de los amerindios, a partir de un
suceso ocurrido en octubre de 1513. En un poblado de Panamá, tras la muerte del
cacique Quarequa y de muchos de sus guerreros, Vasco Núñez de Balboa ordenó
alimentar a sus perros de guerra con la carne y los huesos de cuarenta indígenas
acusados de practicar actos de sodomía, idolatría y otros “crímenes
abominables”. Este tipo de episodios, tristemente frecuentes durante la
expansión colonial europea, sirvió para justificar la pretendida superioridad
moral de los conquistadores frente a aquellos comportamientos que consideraban
bárbaros y contrarios a la fe.
Sin embargo, cabe
preguntarse: ¿qué clase de razonamiento pudo justificar semejante atrocidad?
¿Qué lógica se ocultaba tras una ejecución tan brutal? Según el propio Pedro
Mártir, los hechos ocurrieron del siguiente modo:
“La casa de éste
(cacique) encontró Vasco llena de nefanda voluptuosidad: halló al hermano del
cacique en traje de mujer, y a otros muchos acicalados y, según testimonio de
los vecinos, dispuestos a usos licenciosos. Entonces mandó echarles los perros,
que destrozaron a unos cuarenta. Se sirven los nuestros de los perros en la
guerra contra aquellas gentes desnudas, a las cuales se tiran con rabia, cual
si fuesen fieros jabalíes a fugitivos ciervos…”
El texto revela cómo los
conquistadores hicieron del castigo físico un instrumento sistemático durante
los primeros años de la conquista. Más allá de cualquier norma o jurisdicción,
estos escarmientos no respondían a un ejercicio legítimo de justicia, sino a
una práctica disciplinaria sostenida por la violencia. Los actos de crueldad no
fueron hechos aislados ni excepcionales: la brutalidad de las masacres y la
destrucción de pueblos enteros evidencian una cultura de agresión que se
manifestaba en su forma más pura y deshumanizada. En este contexto, los
oficiales de la Corona y sus mastines de guerra se ensañaban periódicamente con
los indígenas, no solo porque éstos carecían de medios para organizar una
resistencia efectiva, sino porque, a los ojos de sus verdugos, nunca podrían
ser suficientemente humillados.
Más allá de las
observaciones superficiales de Cristóbal Colón entre 1492 y 1504, la naturaleza
del Nuevo Mundo fue para el primer cronista oficial de las Indias, Gonzalo
Fernández de Oviedo y Valdés (1478-1557), una fuente inagotable de conocimiento
y un principio organizador en los primeros libros de su Historia general y
natural de las Indias (1535). No obstante, la imagen idealizada del “paraíso
terrenal” que promovió entre 1535 y 1540 pronto dio paso a una visión sombría,
marcada por la corrupción y la maldad. En sus descripciones posteriores, los
indígenas aparecían como enemigos hostiles, diestros con dardos y flechas
ponzoñosas, inclinados al desenfreno y al canibalismo.
Sin embargo, durante la
década de 1540, Oviedo experimentó un viraje moral y político. Su creciente
indignación ante la conducta inmoral y despiadada de sus compatriotas lo llevó
a adoptar una postura más crítica y, a la vez, más comprensiva hacia los
amerindios.
La Historia general y
natural de las Indias no fue un panfleto propagandístico, sino un texto
profundamente ambivalente, reflejo del oportunismo político de su autor.
Mientras la violencia mimética de los españoles sugería una equivalencia entre
la barbarie de los nativos y la de los conquistadores, Oviedo utilizó sus
críticas a los abusos de sus compatriotas con un propósito moralizador:
reforzar la legitimidad del proyecto imperial y cristiano que, pese a todo,
seguía considerando justo y necesario.
Volvamos a lo nuestro.
Finalmente, el 25 de
septiembre de 1513, desde la cima de una montaña, Vasco Núñez de Balboa divisó
el Mar del Sur. Al descender hacia la costa aún tuvo que enfrentarse a los
guerreros del cacique Chiapes.
Fray Bartolomé de las
Casas narró la escena de la toma de posesión con sobriedad:
Llega Vasco Núñez y
Chiapes, con ochenta españoles y muchos indios, a la mar; y métese hasta los
muslos en ella, con una espada y una rodela. Luego toma testigos y pide testimonio
de cómo ve y toca con su persona el Mar del Sur, y toma posesión de él y de
todo lo que le pertenece en nombre de los Reyes de Castilla, declarando que
defenderá esa posesión contra todo aquel que la contradiga, y hace para ello
muchos actos y diligencias.
Así, el descubrimiento
del Mar del Sur —posteriormente llamado océano Pacífico— marcó uno de los
episodios más trascendentales de la exploración española en América.
La versión de Gonzalo
Fernández de Oviedo55 resulta mucho más amplia y rica, pues se basó en los
papeles del Escribano Real Andrés de Valderrábano, a quien conoció
personalmente y de quien heredó sus escritos. De ellos extrajo el Acta de toma
de posesión del Mar del Sur, redactada por el propio Valderrábano, en la que se
narra:
“Y como el agua llegó,
el capitán Vasco Núñez, en nombre del Serenísimo y muy Católico Rey don
Fernando, quinto de tal nombre, y de la Reina Serenísima y Católica doña Juana,
su hija, y por la corona y cetro real de Castilla, tomó en la mano una bandera
y pendón real de Sus Altezas, en el que estaba pintada una imagen de la Virgen
Santa María, Nuestra Señora, con su precioso Hijo, Nuestro Redentor Jesucristo,
en brazos, y al pie de la imagen las armas reales de Castilla y de León.
Con una espada desnuda y
una rodela en las manos entró en el agua de la mar salada hasta las rodillas y
comenzó a pasearse diciendo:
‘¡Vivan los muy altos y
poderosos Reyes don Fernando y doña Juana, Reyes de Castilla y de León!, en
cuyo nombre y por la real corona de Castilla tomo y aprehendo la posesión real,
corporal y actualmente de estos mares, tierras, costas, puertos e islas
australes, con todos sus anexos, reinos y provincias que les pertenecen o
puedan pertenecer por cualquier razón o título, antiguo o moderno, pasado,
presente o por venir, sin contradicción alguna.
Y si algún otro príncipe
o capitán, cristiano o infiel, de cualquier ley o condición, pretendiera algún
derecho sobre estas tierras y mares, estoy presto a contradecirlo y defenderlo
en nombre de los Reyes de Castilla, presentes o futuros, a quienes pertenece
este imperio y señorío de las Indias, islas y Tierra Firme, septentrional y
austral, con sus mares, así en el polo ártico como en el antártico, a uno y
otro lado de la línea equinoccial, dentro o fuera de los trópicos de Cáncer y
Capricornio.
Todo ello, y cada parte, compete y pertenece a Sus Majestades y a sus
sucesores, como más largamente protesto por escrito en favor de su real
patrimonio, ahora y por todo el tiempo que el mundo durare, hasta el juicio
final de los mortales.’”
Fernández de Oviedo
incluyó también en su crónica la lista completa de los españoles que estuvieron
presentes en aquel acto, encabezada por Vasco Núñez de Balboa, el clérigo
Andrés de Vera y Francisco Pizarro, el futuro conquistador del Perú.
De vuelta en la
Península Ibérica, los preparativos de la Armada avanzaban. La noticia que
Caicedo y Colmenares llevaron sobre el Darién —donde el oro, decían, se recogía
con redes— y la existencia de otro mar repleto de riquezas inagotables,
despertaron tal entusiasmo que numerosos jóvenes acudieron a Sevilla a
ofrecerse como voluntarios, incluso sin paga.
Sin embargo, el obispo
Rodríguez de Fonseca determinó que solo se seleccionarían 1,200 hombres; pero
Pedrarias Dávila, incapaz de resistir ruegos, recomendaciones y favores,
terminó embarcando 1,500.57
Entre los integrantes de
la expedición se encontraba el propio Fernández de Oviedo (ilustración 7), de
unos 36 años, con experiencia militar y sólida formación literaria adquirida en
los reinos de Italia. Viajó como veedor de las fundiciones del oro de la Tierra
Firme y escribano general, cargo este último que asumió tras la muerte de Juan
de Quincedo, a quien sustituyó. Otro integrante fue Bernal Díaz del Castillo,
natural de Medina del Campo (Valladolid), que entonces apenas contaba con 18
años y que muchos años después se convertiría en un destacado cronista.
El 19 de marzo de 1514,
antes de zarpar, Pedrarias Dávila otorgó testamento, siendo Fernández de Oviedo
uno de los testigos. En él dejó constancia de sus propiedades en Segovia,
Bernuy de Palacios, Cristobalejos, Juarros de Boltoya, Chinchón, Buenaventura,
Olmedo, Alcazarén y Mojados.
La armada, compuesta por
22 navíos, zarpó de Sanlúcar de Barrameda el 11 de abril de 1514. Su primera
escala fue en la isla de La Gomera, donde los aguardaban 50 nadadores que
Pedrarias había mandado reclutar, convencido aún de que en Castilla del Oro
hallarían un lugar donde el oro se recogía, literalmente, con redes.
Durante la travesía, el
temperamento de Pedrarias no tardó en manifestarse. En Dominica, sin mediar
juicio alguno, mandó ahorcar a su sirviente San Martín por haberse demorado en
subir a bordo y responder con enojo al capitán Juan de Ayora.
Al día siguiente, por
mandado del general, todos se embarcaron en el puerto de la Dominica, o Aguada,
como se dice. Faltaban algunos compañeros, y Pedrarias ordenó disparar algunas
lombardas para que los rezagados se acercaran. El teniente Juan de Ayora quedó
aquella noche en tierra con cierta guardia, tocando las trompetas de cuando en
cuando.
Así, algunos mancebos
regresaron, y entre los últimos llegó uno llamado San Martín, criado del
Gobernador desde hacía años. Como llegó tarde, Ayora lo reprendió duramente;
ofendido, San Martín respondió con insolencia que no pensaba embarcarse, aunque
no parecía tener tal intención, sino solo enojo. Ayora informó del incidente al
Gobernador, quien, enfurecido, sin más atención ni juicio, envió al capitán
Gaspar de Morales, su primo y criado, con orden de ahorcarlo de inmediato. Así
se cumplió lo mandado, y el desdichado fue colgado de un árbol.
Cierto es que, cinco o seis meses después, ya en Darién, se le formó proceso
por desobediencia; pero muchos sospecharon que aquella ejecución tan apresurada
escondía viejos rencores o desagrados entre el Gobernador y su servidor.”
El 12 de junio de 1514,
al arribar al Puerto de Santa Marta y en cumplimiento de las Instrucciones que
Fernando el Católico le había entregado, Pedrarias Dávila ordenó a su
escribano, Gonzalo Fernández de Oviedo, descender a tierra y leer el
Requerimiento a los indígenas que, con penachos de plumas, arcos y flechas, se
habían acercado con recelo a contemplar la armada recién llegada.
Sin embargo, Oviedo no
pudo cumplir la orden, pues los nativos, tras lanzar una lluvia de flechas,
huyeron precipitadamente. Poco después, el propio Pedrarias descendió de la
nave, tomó posesión del lugar y mandó registrar lo sucedido.
Dos días más tarde,
volvió a enviar a Oviedo, esta vez con trescientos hombres, con la orden de
buscar a los indígenas y leerles nuevamente el Requerimiento. El escribano
intentó cumplir el mandato, pero en cuanto comenzó a hacerlo, fue recibido con
una nueva descarga de flechas enarboladas, es decir, envenenadas. Una de ellas
alcanzó en la pierna a su sirviente Hernando de Arroyo, quien moriría dos días
después.
Durante el
enfrentamiento murieron tres indígenas y fueron capturadas diez mujeres. Horas
más tarde, Pedrarias se les unió con mil trescientos hombres, dos cañones
pequeños y numerosos lebreles, con los que arremetió contra los nativos. Desde
entonces, renunció a insistir en que el Requerimiento fuese proclamado.61
Las Instrucciones que
llevaba Pedrarias se basaban en las Leyes de Burgos, dictadas como respuesta al
famoso Sermón de Antonio de Montesinos de 1511, pronunciado en La Española
(Santo Domingo). En aquel sermón, el fraile dominico denunció la crueldad y la
tiranía ejercidas por los conquistadores, responsables de la despoblación de
las islas y de la caza de indígenas para reemplazar la mano de obra perdida.
Aquellas incursiones, a su vez, habían propiciado el descubrimiento de culturas
avanzadas en las costas de Yucatán y del litoral comprendido entre la Bahía de
Honduras y Darién, donde Cristóbal Colón ya había observado la riqueza de joyas
y piezas de oro entre sus pobladores.
En su prédica,
Montesinos increpó con severidad a los colonizadores:
“Todos estáis en pecado
mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas
inocentes gentes. Decid: ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan
cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho
tan detestables guerras a estas gentes, que estaban en sus tierras mansas y
pacíficas, donde infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis
consumido?
¿Cómo los tenéis tan oprimidos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en
sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais se os mueren, y
—por mejor decir— los matáis por sacar y adquirir oro cada día?
¿Y qué cuidado tenéis de
que los doctrinen, conozcan a su Dios y creador, sean bautizados, oigan misa,
guarden las fiestas y los domingos? ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas
racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos?
¿Esto no entendéis?
¿Esto no sentís? ¿Cómo podéis permanecer en tan profundo sueño letárgico? Sabed
con certeza que, en el estado en que estáis, no podéis salvaros más que los
moros o turcos que carecen de la fe de Jesucristo.”
Ante el impacto de esta
denuncia, Fernando el Católico convocó la Junta de Burgos, presidida por Juan
Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos y superintendente de la Casa de
Contratación. Participaron los teólogos dominicos Matías de Paz, Pedro de
Covarrubias y Tomás Durán, así como los jurisconsultos Gregorio (predicador del
Rey), Sosa, Santiago y Juan López de Palacios Rubios.63
El resultado de dicha
reunión fueron las Leyes de Burgos u Ordenanzas para el tratamiento de los
indios, en cuya redacción se tomaron en cuenta las opiniones de Martín
Fernández de Enciso, del franciscano Alonso de Espinar y del mercader burgalés
Pedro García Carrión.64
Rubricadas por el rey el 27 de diciembre
de 1512, las ordenanzas establecían:
· La
supremacía del derecho divino sobre el derecho natural;
· La
legitimidad del dominio del rey de España sobre las Indias;
· Que
los indios eran seres libres, con derecho a poseer casas y haciendas, aunque
como súbditos de Castilla debían trabajar moderadamente en favor de la Corona;
· El
mantenimiento del repartimiento, pero en forma vitalicia;
· El
reconocimiento de los caciques y sus señoríos; y
· La
justificación de la guerra de conquista, en caso de que los indios se negasen a
aceptar la evangelización.
Concluido el evento, el
monarca solicitó a Matías de Paz y a Palacios Rubios proponer un modo de
institucionalizar tales principios. Su respuesta dio origen a dos mecanismos:
· La
transformación del repartimiento —antiguo disfraz del sistema esclavista
rechazado por Isabel la Católica— en encomienda, es decir, en un sistema
tributario; y
· La
creación del Requerimiento, procedimiento jurídico destinado a justificar la
guerra contra los indígenas.
El teólogo Matías de
Paz, catedrático de la Universidad de Salamanca, fue el autor intelectual del
De dominio regum Hispaniae super indos, donde sostenía que debía informarse a
los indígenas de los derechos que la Santa Sede había otorgado a los reyes de
Castilla sobre las Indias. Sin embargo, según Bartolomé de las Casas,65 fue
Juan López de Palacios Rubios quien dio forma definitiva al documento conocido
como Requerimiento:
“Este Requerimiento
ordenó el venerable doctor Palacios Rubios, bien mi amigo —según él mismo me
dijo—, el cual, fuera de esto, se compadecía mucho de las angustias y daños de
los indios. Bien parece ser suyo este Requerimiento y amasado de su harina,
porque lo funda todo en los errores de Hostiensis, cuyo secuaz fue, como
largamente dijimos en nuestro primer libro, cuyo título es De unico vocationis
modo omnium gentium ad veram religionem, en latín escrito.”
Juan López de Palacios
Rubios (1450–1524) (ilustración 8) fue catedrático de las universidades de
Salamanca y Valladolid, uno de los redactores de las Leyes de Toro (1505) y
miembro del Consejo de Indias desde ese mismo año. En su Libellus de insulis
oceanis defendió la legitimidad de la concesión papal de las tierras
descubiertas mediante las Bulas Alejandrinas, y en su tratado De Justitia et
Jure obtentionis ac retentionis regni Navarrae escribió una apología de la
conquista de Navarra emprendida por Fernando el Católico.
Exceptuando a Las Casas,
muchos historiadores lo han considerado responsable intelectual de las
atrocidades cometidas durante la conquista, al atribuirle la formulación del
Requerimiento que justificó la esclavización y el sometimiento indígena.
El propio Las Casas, quien
en varias ocasiones reconoció su amistad con él, escribió:
“Fue el doctor Palacios
Rubios doctísimo en su facultad de jurista, estimado en ella más que todos, y
por buen cristiano también tenido. [...] Hombre muy letrado e inclinado a
escribir en derecho, comenzó entonces a redactar cierto libro titulado De
Insulis Oceanis, que prosiguió y concluyó siguiendo el error de Hostiensis,
fundando sobre él el título de los reyes de Castilla a las Indias. Y, cierto
es, si sobre aquella errónea y aun herética opinión se basara solo el derecho
de los reyes a las Indias, harto poco les cupiera jurídicamente de lo que en
ellas hay.
Mucho parece que se
extendió en su escrito buscando agradar al Rey más que contrariarlo; quizá por
eso Dios permitió que el monarca le hiciera pocas mercedes, aunque lo apreciaba
mucho. Con todo, siempre, por su naturaleza bondadosa, en cuanto pudo favoreció
a los indios, como abajo se verá.”
El Hostiensis al que se
refiere fray Bartolomé de las Casas no es otro que Enrique de Susa (¿? - 1271),
natural de Segusia (actual Turín), quien fue Prior de Antibes, Obispo de
Sisteron y, más tarde, arzobispo de Embrun. En su célebre Summa Aurea, sostuvo
que las leyes y la autoridad política provenían de Dios; que el Derecho Civil
era inferior al Derecho Canónico; y que las decisiones del Papa, como vicario
de Cristo, emanaban directamente de la voluntad divina. Según esta doctrina,
era obligación de todos los fieles cumplir con los mandatos papales, puesto que
el Papa poseía la potestad de las dos espadas, es decir, tanto el poder
espiritual como el temporal, extendiéndose dicha autoridad incluso sobre los
reinos no cristianos.
El contenido del
Requerimiento, redactado por Juan López de Palacios Rubios, se hallaba
impregnado de falacias teológicas y argumentos sofísticos desde su mismo
inicio. Baste recordar cómo en su preámbulo se califica a Fernando el Católico
y a Juana la Loca como “domadores de las gentes bárbaras”. Una ironía histórica
si se considera que fueron los árabes quienes, durante siglos, habían
introducido en la Península Ibérica el valioso legado cultural del mundo
helénico y del Oriente Medio: la filosofía, la astronomía, la medicina, las
matemáticas, la arquitectura y la ingeniería hidráulica.
El texto del
Requerimiento —una de las piezas más reveladoras del pensamiento jurídico y
teológico que sustentó la conquista— decía lo siguiente:
«De parte del rey don
Fernando y de la reina doña Juana, su hija, reina de Castilla y León, etc.,
domadores de las gentes bárbaras, nos, sus criados, os notificamos y hacemos
saber como mejor podemos, que Dios Nuestro Señor, uno y eterno, creó el cielo y
la tierra, y un hombre y una mujer, de quienes nosotros, vosotros y todos los
hombres del mundo descendemos y fuimos procreados (...).»
A partir de esa premisa,
el documento desarrollaba un razonamiento teocrático que legitimaba la
autoridad universal del Papa y, por extensión, el dominio de los reyes
españoles sobre los pueblos del Nuevo Mundo. Según el texto, Dios había
concedido a San Pedro el señorío sobre toda la humanidad, y sus sucesores, los
Papas, mantenían esa potestad en nombre de Cristo. Uno de ellos —se afirmaba—
había hecho donación de las tierras descubiertas en el océano a los Reyes
Católicos y a sus herederos, otorgándoles así la jurisdicción espiritual y
temporal sobre sus habitantes.
El Requerimiento
concluía con una advertencia solemne dirigida a los indígenas: si aceptaban
reconocer la autoridad de la Iglesia y de los monarcas de Castilla, serían
tratados con amor y caridad, conservando sus bienes, familias y libertad. Pero
si se negaban, los conquistadores procederían, “con la ayuda de Dios”, a
someterlos por la fuerza, esclavizarlos, apoderarse de sus propiedades y
castigar su desobediencia con la guerra, dejando constancia de que toda la
culpa recaería sobre ellos y no sobre Sus Altezas.
Este documento, leído —o
fingidamente leído— en latín ante pueblos que desconocían la lengua y la fe de
los invasores, constituía una ficción jurídica destinada a justificar la
violencia colonial bajo el amparo de una autoridad divina mal interpretada. Su
redacción resume, con claridad implacable, la mentalidad imperial de la época:
un orden del mundo en el que la fe, la espada y la ley eran instrumentos de un
mismo propósito.
Gonzalo Fernández de
Oviedo anotó en su Historia General y Natural de las Indias que, durante una
expedición en Santa Marta, se le encomendó leer el Requerimiento a los pueblos
indígenas, conforme a la orden de Pedrarias Dávila, quien había dispuesto que no
se les maltratara sin antes cumplir con dicho trámite legal y esperar que los
indios rompieran las hostilidades. Oviedo, sin embargo, calificó aquel texto
como un “intrincado y estéril formulario”, que tuvo que leerles “no sin grave
riesgo de su persona”.
Ante la indiferencia de
los indígenas, Fernández de Oviedo comentó con ironía a Pedrarias:
“Señor, parésceme que
estos indios no quieren escuchar la teología de este Requerimiento, ni vos
tenéis quien se lo dé a entender. Mande Vuestra Merced guardarlo hasta que
tengamos algún indio en una jaula, para que despacio lo aprenda y el señor
obispo se lo dé a entender.”
Cuando en 1516 Oviedo
regresó a España, tras su ruptura con Pedrarias, describió con crudeza el modo
en que se aplicaba aquel procedimiento:
“Pareció que habían sido
salteados, y que primero fueron atados que les dijesen ni supiesen que había
Papa, ni Iglesia, ni cosa de cuantas el Requerimiento decía. Y después de estar
metidos en cadena, uno les leía aquel Requerimiento, sin lenguas o intérprete,
y sin entender el lector ni los indios; y ya que se lo dijeran con quien
entendiera su lengua, estaban sin libertad para responder (...). Y al momento
tiraban con ellos aprisionados adelante, no dejando de dar palos a quien poco
andaba, y haciéndoles muchos otros ultrajes, fuerzas y adulterios con mujeres
extrañas y apartadas de la fe. Tampoco hubo castigo ni reprensión en esto, sino
tan larga disimulación, que fue principio de tantos males que nunca se
acabarían de escribir.”
Oviedo también relató su
conversación con Juan López de Palacios Rubios, autor del Requerimiento, acerca
del sentido moral de aquel texto:
“Yo pregunté después, el
año de 1516, al doctor Palacios Rubios (...) si quedaba satisfecha la
conciencia de los cristianos con aquel Requerimiento, y díjome que sí, si se
hiciese como el Requerimiento dice. Mas paréceme que se reía muchas veces
cuando yo le contaba lo de esta jornada y otras que algunos capitanes después
habían hecho. (...) Y pues en el capítulo VII se les da lugar o se les promete
en aquel Requerimiento que tomen el tiempo que fuere justo para entender
aquellos capítulos y que puedan deliberar sobre ellos, qué tanto ha de ser este
tiempo quisiera yo que allí se expresara; pero si se les guardara o no, no me
determino en eso. (...) Adelante se dirá el tiempo que los capitanes les daban,
atando los indios después de salteados, y en tanto leyéndoles toda aquella
capitulación del Requerimiento.”
En síntesis, el
Requerimiento no fue más que una autojustificación teológica diseñada por la
Corona española para legitimar la esclavización de los indígenas y el despojo
de sus tierras. Bajo el pretexto de que los naturales no habían obedecido el
mandato divino —emanado del Sumo Pontífice, quien había “donado” aquellas
regiones al Reino de Castilla—, se construyó una ficción legal sustentada en
una interpretación oportunista del Evangelio, destinada a justificar la
conquista y el dominio absoluto sobre los pueblos del Nuevo Mundo.
Mientras Pedrarias
Dávila se internaba por las aguas del océano Atlántico con su poderosa armada
rumbo a Castilla de Oro, el naviero y comerciante Pedro de Arbolancha regresaba
desde Darién a Castilla. A su llegada, fue recibido por el obispo Juan
Rodríguez de Fonseca y por el secretario real Lope de Conchillos, quienes lo
acompañaron a Valladolid para entregar al Rey una carta enviada por Vasco Núñez
de Balboa. En ella, Balboa informaba del descubrimiento del Mar del Sur,
adjuntando además un mapa o figura de lo recorrido, así como un valioso
presente de perlas.
Ante tan buenas nuevas y
el espléndido obsequio, Fernando el Católico decidió pasar por alto el juicio
que, meses antes, había ordenado iniciar contra Núñez de Balboa por los
agravios cometidos contra Martín Fernández de Enciso y la desaparición de Diego
de Nicuesa. En efecto, mediante una real cédula del 28 de julio de 1513, el
monarca había instruido a Pedrarias que, al llegar a Castilla de Oro, abriera
proceso contra Balboa:
“Os ordeno que, en
cuanto lleguéis a la provincia de Urabá y a la villa de Santa María la Antigua
del Darién, asumáis las funciones de justicia, alcaldía y alguacil que
actualmente ejerce Vasco Núñez de Balboa, y que se las hagáis entregar de
inmediato. Una vez asumidas, practicad las pesquisas e investigaciones por
todos los medios que consideréis oportunos para esclarecer todo lo referido; en
particular, averiguad qué oro se tomó al bachiller Enciso, cuánto de ese oro
pertenecía a la Corona, cuánto entregaron después los interesados, qué se
redujo, sustrajo o perdió, en manos de quién estuvo y qué se hizo con él, y
todo cuanto sea necesario para conocer la verdad y reunir la información
completa sobre lo sucedido.
Conocidos los hechos,
investigad las causas y motivos por los que se requisaron los bergantines y la
embarcación al referido bachiller, y por qué se le detuvo y se le incautaron
sus bienes; y aclarad todo lo demás que proceda para determinar la verdad. Si
en la investigación halláis culpables de todo lo referido —incluido Vasco Núñez
de Balboa—, arrestadlos, mantenedlos presos y bajo buena custodia, y proceded
contra ellos y contra sus bienes con las penas civiles y criminales más severas
que correspondan conforme a la ley y a la justicia. Al referido Vasco Núñez de
Balboa enviadlo preso a nuestra Corte junto con la investigación realizada, e
incautad sus bienes —tanto los suyos como los de todos los demás que resulten
culpables—. Entregad dichos bienes a una persona honesta y solvente para su
custodia, dejando inventario y registro ante escribano público.”
Para remediar lo convenido,
el 23 de septiembre de 1514 le hicimos merced a Vasco Núñez de Balboa de
nombrarlo Adelantado del Mar del Sur y gobernador de Coiba y de Panamá, aunque
siempre subordinado a la gobernación de Castilla del Oro, es decir, a Pedrarias
Dávila:
“Atendiendo al servicio
que Vasco Núñez de Balboa nos ha prestado y al deseo que tiene de seguir
sirviéndonos, y con el fin de que otros, al ver la merced que le concedemos, se
animen a trabajar y a servirnos como él lo ha hecho, le hemos hecho la merced
de nombrarlo nuestro adelantado de la costa del Sur que él descubrió y
gobernador de las provincias de Panamá y Coiba. Y porque mi voluntad es que en
esas tierras exista una sola autoridad y una sola cabeza, de manera que todos
obedezcan lo que él ordene y mande como si yo en persona lo ordenara, mandé que
en la provisión de la gobernación que corresponde a Pedro Arias de Ávila,
nuestro lugarteniente general en Castilla del Oro, quede incluida dicha
gobernación.”
Además, el rey escribió
a Pedrarias ordenándole que tratara muy bien a Vasco Núñez de Balboa, que lo
favoreciera y aceptara sus consejos, por la gran experiencia que tenía en los
asuntos de Indias. Tan radical cambio en la voluntad del monarca solo puede
explicarse por su desmedida ambición y su insaciable sed de oro, que lo
llevaban a dictar y revocar órdenes contradictorias. Bien razón tuvo Cristóbal
Colón cuando dijo: “Del oro se hace tesoro, y con él quien lo posee hace cuanto
quiere en el mundo, y aun consigue echar las almas al Paraíso”.
Pedrarias Dávila llegó a
Santa María la Antigua del Darién el 30 de agosto de 1514, acompañado de su
esposa Isabel de Bobadilla y Peñalosa —a quien Bartolomé de las Casas describe
como una matrona de carácter varonil—, del obispo Juan de Quevedo, célebre
predicador del rey, de varios frailes franciscanos y de los oficiales reales,
además de otros personajes con cargos importantes dentro del gobierno.
Un mensajero fue el
primero en descender del barco para anunciar a Vasco Núñez de Balboa la llegada
de Pedrarias. Según relata Las Casas, al encontrarlo ocurrió lo siguiente:
El criado, llegado al
pueblo, preguntó por Vasco Núñez, y le respondieron: “Ahí lo tienes”. Lo halló
ayudando a los esclavos que le cubrían con paja una casa, vestido con una
simple camisa de algodón sobre otra de lienzo, calzado con alpargates y con
unas calzas anchas de tela. El mensajero quedó sorprendido al ver que aquel
hombre sencillo era el mismo Vasco Núñez de Balboa de quien tanto se hablaba en
Castilla, imaginando que lo encontraría sentado en un trono de majestad. Se
acercó y le dijo: “Señor, Pedrarias ha llegado al puerto con su flota; viene
como gobernador de esta tierra”. Vasco Núñez respondió que le dijera de su
parte que era muy bienvenido, y que se alegraba sinceramente de su llegada —“y
Dios lo sabe”—, añadiendo que él y todos los vecinos del pueblo, al servicio
del rey, estaban dispuestos a recibirlo y obedecerle.
Balboa, acompañado de
cerca de medio centenar de hombres, recibió a Pedrarias con muestras de alegría
y le entregó la gobernación, acatando la decisión real. Meses después, sin
embargo, Pedrarias le sometió a un juicio de residencia, condenándolo al pago
de varios miles de castellanos por los agravios cometidos contra el bachiller
Fernández de Enciso, aunque lo declaró libre de toda culpa respecto a lo
sucedido con Nicuesa. Tampoco se incluyeron en el juicio los robos, matanzas,
cautiverios ni escándalos perpetrados contra los caciques y pueblos indígenas:
de ello no se hizo memoria alguna, ni hubo fiscal del rey que lo acusara.
Poco después, la
expedición se vio azotada por el hambre y las enfermedades. Se habían agotado
las provisiones enviadas por la Corona, y parte de ellas se echó a perder
porque la broma —gusano marino que perfora la madera— había carcomido el fondo
de los barcos. El resto fue acaparado por el factor Juan de Tavira, quien, en
lugar de distribuirlo en los primeros treinta días como se le había ordenado,
lo retuvo para venderlo después a precios exorbitantes.
Bernal Díaz del
Castillo, testigo de aquellos hechos, relató:
“En el año de 1514 salí
de Castilla con el gobernador Pedro Arias de Ávila, a quien entonces se le dio
la gobernación de Tierra Firme. Navegamos con buen tiempo y también con
adverso, hasta llegar a Nombre de Dios. En aquel tiempo hubo pestilencia, de la
que murieron muchos soldados; y además, casi todos enfermamos, llenándose
nuestras piernas de llagas terribles”.
Por su parte, Pascual de
Andagoya, otro miembro de la armada, añadió detalles sobre la hambruna y la
mortandad:
“Al desembarcar los
víveres que se repartieron entre todos, se halló que las harinas y demás
mantenimientos estaban ya corrompidos por el mar. A esto se sumaba la mala
disposición de la tierra, montuosa y pantanosa, habitada por pocos indios. La
gente empezó a caer enferma de tal modo que unos no podían cuidar de otros, y
así, en un mes murieron setecientos hombres de hambre y modorra”.
En apenas seis u ocho
meses, buena parte de los recién llegados había muerto o emigrado a La
Española, Cuba, Jamaica o San Juan, como fue el caso del propio Bernal Díaz del
Castillo.
El poder de Pedrarias
como gobernador no era absoluto, sino compartido. En las Instrucciones que el
rey Fernando el Católico le dio para su estricto cumplimiento, la número 24
establecía:
“En todos los asuntos
arduos que conciernan a la buena gobernación de la tierra y al bien común de
sus vecinos, debéis consultar con el reverendo padre fray Juan de Quevedo,
obispo del Darién, y con nuestros oficiales —tesorero, contador y factor—, para
que, con acuerdo de todos, se tomen las decisiones. Y cuando estuviereis juntos
en un mismo lugar, además de los informes particulares de cada uno, debéis
escribirnos en conjunto sobre los asuntos generales, para que, conociendo el
parecer de todos, se provea lo que más convenga al bien común.”
El primero en discrepar
con Pedrarias y su forma de gobernar fue el veedor Gonzalo Fernández de Oviedo,
quien en octubre de 1515 prefirió regresar a España para presentar sus quejas.
Antes de partir fue sometido a un juicio de residencia del que salió sin culpa
alguna, recibiendo incluso halagos y promesas para que no abandonara el Darién.
¿Qué había ocurrido?
Andagoya lo atribuye al clima de injusticia que siguió a la hambruna y la
mortandad:
“Los que tenían voto en
la gobernación —el obispo y los oficiales—, al ver que la gente moría,
comenzaron a enviar capitanes a diversas partes del Darién. Pero estos no iban
a poblar, sino a asaltar y capturar indios para traerlos al asentamiento. Pocas
veces lograban su propósito: muchos morían a manos de los nativos o por falta
de disciplina. Los que regresaban lo hacían desbaratados o con alguna presa.
Como cada uno obraba según su interés, no había orden ni castigo alguno. Los
capitanes repartían los indios entre los soldados, el oro lo llevaban al
Darién, donde se fundía y se distribuía entre todos, incluyendo al obispo, a
los oficiales y al propio gobernador. Se nombraban capitanes por favoritismo, y
aunque cometieran graves abusos, nadie los castigaba. Este daño se extendió a
más de cien leguas del Darién. Los indios capturados eran enviados a las minas
de oro, y como llegaban exhaustos del largo camino, en tierras malsanas y
ajenas, morían todos. En todas estas expediciones nunca se intentó hacer paces
ni fundar poblaciones; todo se reducía a traer indios y oro al Darién, hasta
acabar con ambos.”
Fernández de Oviedo, a
pesar de haber sido parte interesada en la denuncia contra Pedrarias, no dejó
por ello de mostrar objetividad en su crónica al describir las expediciones o
entradas que el gobernador autorizaba. Señala que las participaciones que el
propio Pedrarias y los oficiales reales tomaban en las ganancias de esas
incursiones los tenían, literalmente, “cebados” en ellas.
El tesorero Alonso de la
Puente redactaba las instrucciones y capítulos que debía llevar cada capitán, y
entre las primeras cláusulas establecía que se entregaran al gobernador dos
partes del oro y de los indígenas capturados, y una parte a cada uno de los
oficiales —contador, tesorero y factor—, aunque solo en el reparto de indios.
Así se cumplía y ejecutaba sistemáticamente. En efecto, los oficiales no
participaban en el oro, pero sí en los indios, y cada uno procuraba que el
capitán designado fuera su amigo o quien le llevara sus mozos a “ganar partes”.
De este modo se nombraban muchos capitanes, que al regresar, aunque hubiesen
cometido atrocidades y crueldades sin cuento, eran defendidos con el favor de
los mismos oficiales.
Uno de los más
sanguinarios fue el capitán Juan de Ayora, quien, pese a sus atrocidades, no
solo no fue castigado, sino que pudo embarcarse rumbo a España sin cargo
alguno, gracias a los sobornos en oro y esclavos que ofreció tanto al bando del
gobernador Pedrarias Dávila como al del obispo. Fernández de Oviedo relata:
“En este camino, Juan de
Ayora no solo dejó de hacer los requerimientos y amonestaciones que se debían
pronunciar antes de iniciar la guerra contra los indios, sino que los asaltaba
de noche; torturaba a los caciques y principales, exigiéndoles oro; a unos los
asaban, a otros los echaban a los perros para que los devoraran vivos, a otros
los colgaban, y en otros inventaron nuevas formas de tormento. Además, les
tomaban las mujeres y las hijas, las convertían en esclavas y se las repartían
entre sí, según la voluntad de Ayora y de los demás capitanes.”
Fernández de Oviedo
presentó, además, una serie de acusaciones concretas contra Pedrarias Dávila:
· No
haber enviado los quintos reales, pretextando gastos extraordinarios.
· Aplicar
el Requerimiento de forma violenta y engañosa.
· No
respetar las disposiciones reales sobre el reparto y trato de los indígenas.
· Consentir
que los oficiales reales maltrataran a los nativos, alterando a su antojo el
número de indios que los caciques debían entregar.
· Tolerar
que su primo, el capitán Gaspar Morales, pasara a cuchillo a trescientos
indígenas, sin perdonar edad ni sexo.
· Dejar
impune la traición de Benito Hurtado, quien vendió como esclavos a los indios
de carga que el cacique de Careta le había confiado.
· No
castigar la crueldad de Pedro de Cárdenas, que por mero placer asó vivas a dos
mujeres indígenas.
· Proteger
al capitán Francisco de Medina, que además de hacer despedazar indios por
perros (aperreamiento), vendió públicamente a indígenas ya bautizados.
· Usurpar
para sí las islas de Otoque y Terarequi, pertenecientes a la Corona.
· Obligar
a Vasco Núñez de Balboa a venderle su casa por un precio inferior a su valor
real.
Como resultado de las
incursiones autorizadas por Pedrarias, el obispo Quevedo y los oficiales reales
—no solo contra comunidades en resistencia, sino también contra aquellas que
habían sido aliadas o tributarias de los españoles—, el descontento indígena se
transformó en una rebelión generalizada. Balboa informó a la Corona:
“Donde antes los
caciques y sus gentes eran mansos como ovejas, ahora se han tornado leones
bravos. Antes salían a los caminos con presentes para los cristianos; ahora
salen a asaltarlos y los matan sin piedad. Esto ha sucedido por el maltrato que
los capitanes les han dado en las entradas, por las muertes injustas de muchos
caciques e indios, y por los robos cometidos, pues no les ha bastado tomarles
las haciendas, sino también a sus hijos y mujeres, chicos y grandes.”
A pesar del
resentimiento que Balboa podía guardar por el juicio de residencia al que fue
sometido, sus cartas muestran una notable objetividad. En una misiva del 16 de
febrero de 1515 pidió expresamente que se investigaran sus denuncias sobre el
desgobierno instaurado por Pedrarias:
“Ya he escrito antes a
Vuestra Alteza advirtiendo que habría gran confusión si los oficiales de
Vuestra Real Alteza se entrometiesen en los asuntos del gobierno, pues en estas
tierras no conviene que haya muchos pareceres, especialmente siendo tan distintos.
De verdad, si contara todo lo que ocurre, Vuestra Alteza se espantaría: unos
hablan mal de otros, y entre ellos hay muy poca constancia y mil mudanzas
diarias. Cada cual procura lo que más le conviene, y si no fuera por la
mediación del obispo, habrían sucedido daños aún mayores. Él procura sin
descanso que se cumpla el servicio de Vuestra Alteza; los aconseja desde el
púlpito y los reprende mil veces, pero ni así basta.”
En esa misma carta,
Balboa ofreció una caracterización implacable del gobernador:
“En cuanto a la persona
del gobernador, aunque es hombre honrado, Vuestra Alteza debe saber que es
demasiado viejo para estas tierras y está enfermo desde el día en que llegó. Es
un hombre demasiado arrebatado, y no le duele perder la mitad de su gente en
las entradas. Jamás ha castigado los daños ni las muertes de caciques o indios;
ha dejado impunes los robos de oro y perlas cometidos por sus capitanes, que
todos conocen. Un capitán entregó seiscientos pesos de oro hurtado, y no se
habló más del asunto. A esos mismos los ha dejado marchar a Castilla sin
castigo. Cuando algunos hombres se quejan de los capitanes, los amedrentan para
que callen. Todo anda fuera de razón y sin orden alguna. Es persona que se
complace en sembrar discordia entre unos y otros, y si no la hay, la provoca.
Este vicio lo tiene arraigado: metido en sus negocios y codicia, se olvida de
que es gobernador y no le importa si se pierde o se gana todo el mundo.”
Una de las principales
acusaciones contra Pedrarias fue la de nepotismo, pues colocó en cargos
públicos a sus familiares y allegados. Sin embargo, otros también contribuyeron
a la anarquía, como lo denunciaron el tesorero Alonso de la Puente y el contador
Diego Márquez en una carta dirigida a la Corona el 28 de enero de 1516. En ella
acusaban al obispo Juan de Quevedo de haber insultado al alcalde mayor Gaspar
de Espinosa durante un sermón —antes de que la armada partiese hacia Castilla
del Oro—, llamándolo “judío hereje”, y de haber dado un trato semejante, tiempo
después, a uno de los cirujanos conversos.
Las desavenencias entre
Pedrarias y los oficiales reales con el obispo Quevedo se debieron a que este
último tomó partido por Vasco Núñez de Balboa, con el propósito de que se le
concediera parte de sus beneficios, encomiendas e indios, asunto que será
desarrollado en el capítulo siguiente.
El 23 de septiembre de
1514, la Corona nombró a Vasco Núñez de Balboa Adelantado del Mar del Sur y
Gobernador de Panamá y Coiba (Cueva). Sin embargo, el 20 de marzo de 1515,
cuando las credenciales llegaron a Santa María la Antigua, Pedrarias Dávila se
apoderó de la correspondencia e impidió su distribución. A pesar de ello, la
tripulación divulgó extraoficialmente la noticia del nombramiento, y el obispo
Juan de Quevedo, indignado por el abuso de autoridad, censuró durante la misa
dominical la tiranía que sufrían los vasallos del rey al serles arrebatadas sus
cartas.
Ante esta crítica,
Pedrarias convocó una junta en la que, contra el parecer de la mayoría de los
oficiales reales, se acordó no reconocer oficialmente el nombramiento de Balboa
hasta la conclusión del Juicio de Residencia. El obispo los acusó entonces de
desobediencia y deslealtad, y logró que, pasada la medianoche, se votara a
favor de entregar la real cédula a Balboa, no sin antes obligarlo a prometer
sumisión total a Pedrarias. De hecho, cuando le entregaron las provisiones y
títulos, le hicieron jurar que no haría uso de su gobernación sin la expresa
autorización del gobernador, además de negarle hombres o recursos para armar
expediciones.
Aun así, el obispo y
Balboa, satisfechos con haber arrebatado las provisiones de las manos de
Pedrarias y sus oficiales, consideraron que por el momento aquello bastaba,
confiando en que el tiempo les permitiría hacer valer sus derechos. Sin
embargo, Pedrarias y los oficiales, resentidos por haber sido forzados a ceder,
comenzaron a urdir la manera de eliminar políticamente a Balboa.
En carta fechada el 30
de abril de 1515, Balboa agradeció al Rey la merced recibida y solicitó
autorización para reclutar 150 hombres en Santa María la Antigua y 200 en La
Española (Santo Domingo) con el propósito de explorar las nuevas tierras
descubiertas. A fines de junio del mismo año, envió en secreto a Andrés
Garavito a La Española para reunir hombres, trasladarlos a Nombre de Dios y,
desde allí, conducirlos al Mar del Sur.
Mientras tanto, Balboa
emprendió una expedición hacia Dabaibe, confiando en hallar riquezas, pero
regresó sin más recompensa que las heridas recibidas. Cuando Garavito volvió a
fines de enero de 1516 con sesenta hombres, Pedrarias, al enterarse de su regreso,
montó en cólera, apresó a Balboa y lo encerró en una jaula de madera. Más tarde
justificó su acción alegando que el adelantado había actuado a escondidas, sin
licencia suya ni de la Corona, enviando hombres a las islas y causando con ello
un gran escándalo en la ciudad, hasta el punto de temer un levantamiento.
Gracias a la
intervención del obispo Quevedo y de Isabel de Bobadilla y Peñalosa, esposa de
Pedrarias, el gobernador reconoció su error y simuló reconciliarse con Balboa,
ofreciéndole en matrimonio a su hija María, que se hallaba en un convento en
España. Desde entonces —como sugiere el cronista— Garavito habría empezado a
actuar como agente encubierto de Pedrarias.
Bartolomé de las Casas,
en su Historia de las Indias, describe los argumentos que Quevedo usó para
persuadir a Pedrarias: razonamientos carentes de base jurídica, pues apelaban
más a la conveniencia personal que al derecho. El obispo lo exhortó a
reconciliarse con Balboa, destacando su experiencia, su valor y los grandes
servicios prestados al rey en el descubrimiento y población de aquellas
tierras. Convencido, o fingiendo estarlo, Pedrarias accedió, desposando por
poder a su hija María con Balboa, ceremonia que se celebró con la autoridad del
obispo y todas las formalidades requeridas.
Gonzalo Fernández de
Oviedo narra que Pedrarias trató públicamente a Balboa como hijo y yerno, lo
honró y favoreció, y notificó al Rey y al Consejo de Indias sobre el
casamiento, alegando que con ello servirían mejor a Dios y a sus Majestades.
No obstante, Oviedo
advierte que Balboa creyó erróneamente que aquel matrimonio lo protegería de
las intrigas de su suegro y de los odios del tesorero Alonso de la Puente. Por
su parte, Ángel de Altolaguirre y Duvale, en su biografía Vasco Núñez de
Balboa, sostiene que Pedrarias jamás tuvo intención real de casar a su hija, y
que todo fue una farsa urdida para distraer al adelantado, disuadirlo de
ejercer su gobierno y ganar tiempo hasta recibir las provisiones reales que
permitirían a Diego Albítez encargarse de la expedición al Mar del Sur.
El 2 de noviembre de
1516, Pedrarias Dávila y los oficiales reales encargaron a Vasco Núñez de
Balboa —recién casado por poder, según refiere Fernández de Oviedo— la tarea de
concluir el poblamiento de Acla y, desde allí, construir dos bergantines en el
Río de la Balsa para explorar el Mar del Sur. Se le concedió un plazo de año y
medio para completar la empresa.
Balboa emprendió la
titánica labor utilizando gran cantidad de indígenas, a quienes obligó a
transportar, a través del istmo, maderas aserradas, maromas, jarcias, velas,
clavos, anclas y cables desde el Atlántico hasta las costas del Pacífico.
Aquella travesía fue devastadora: unos quinientos indígenas murieron por
agotamiento o hambre.
Cumplido el plazo, en
enero de 1518, Balboa pidió una prórroga mediante su enviado Hernando de
Argüello. Aunque Pedrarias, el tesorero Alonso de la Puente y el contador Diego
Márquez se oponían, la insistencia del obispo Quevedo logró que, el 13 de ese
mes, se le concedieran cuatro meses adicionales. Sin embargo, la carta en la
que Argüello comunicaba la decisión fue interceptada por Pedrarias, y Balboa
jamás la recibió. Parte de su contenido decía:
“[...] no le querían dar
más término ni prorrogación, y que le aconsejaba que no curase de ello, ni
dejase de hacer su viaje; y que hiciese lo que los padres jerónimos [...] le
habían escrito, que era que hiciese el viaje, pues tanto convenía al servicio
de Dios y del rey; [...] pues había gastado en la empresa y navíos su hacienda,
y la de sus amigos, con tanto tiempo y trabajos.”
Se desconoce el
contenido exacto de la carta que los frailes jerónimos enviaron a Balboa,
probablemente también requisada por Pedrarias. No obstante, existen referencias
que confirman la autorización jerónima. En la Probanza de Méritos y Servicios
de Diego Fernández, se menciona que éste viajó a La Española por orden de
Balboa, con licencia de los frailes, y llevó cuarenta hombres armados y
abastecidos a su costa, quienes ayudaron en la construcción de los navíos y en
la población del Mar del Sur.
Mientras tanto, en
Castilla de Oro, se presionaba a Balboa para que concluyera los navíos; en
Castilla, Bartolomé de las Casas y Fernández de Oviedo inundaban la Corte con
denuncias contra Pedrarias y sus oficiales. Las acusaciones surtieron efecto:
Juan Rodríguez de Fonseca, quien había favorecido el nombramiento de Pedrarias,
terminó por admitir que era mejor destituirlo:
“Ya yo le he dicho que
será bien que echemos aquel hombre de allí.”
A esto se sumó la
influencia del obispo Quevedo, recién llegado a España, y así, el 2 de
septiembre de 1518, se expidió una real cédula que ordenaba sustituir a
Pedrarias por Lope de Sosa.
Pascual de Andagoya,
testigo directo de aquellos hechos, atribuyó más tarde la detención y juicio de
Balboa a las intrigas de los oficiales reales, resentidos porque el adelantado
no les había compartido los esclavos capturados en sus campañas:
“Y como pasó el término
del año y medio, y el Vasco Núñez siempre había hecho poco caso de los
oficiales, ni de los indios que se habían tomado [...] les había enviado
ningunos [...]; teníanle enemistad, y dicen al gobernador que se había alzado.”
Ignorando las
maquinaciones en su contra, Balboa terminó los navíos y se trasladó a Pequeo,
en el Golfo de San Miguel, donde permaneció unos dos meses realizando
expediciones en busca de oro y esclavos.
A fines de 1518,
marineros del navío del maestre Juan Vizcaíno difundieron el rumor de que Lope
de Sosa llegaría pronto como nuevo gobernador. Balboa, alarmado, envió una
expedición a Acla para traer jarcias y pez, y para confirmar si el nuevo
gobernador había desembarcado. Según Andagoya:
“El Vasco Núñez hizo
juntar ciertos amigos [...] y en secreto les dijo que enviaba a Acla a [Andrés
de] Valderrábano con cierta gente [...] para que, si hubiese nuevo gobernador,
se volviesen con toda la gente, y que poblarían en Chepabar, seis leguas más
allá de Panamá.”
Sin embargo, los
enviados —Andrés Garavito, Andrés de Valderrábano, Luis Botello y Fernán Muñoz—
fueron descubiertos por el escribano Francisco Benítez, quien alertó de
inmediato a Pedrarias. Éste los encarceló e interrogó bajo sospecha de
conspiración.
Entre los implicados
también figuró el arcediano Rodrigo Pérez, quien fue arrestado por orden de
Pedrarias y Gaspar de Espinosa, y enviado preso a Castilla. No obstante, allí
fue absuelto y se ordenó la restitución de sus bienes, lo que le permitió
regresar al Darién el 1 de julio de 1522.
Fue entonces cuando
Andrés Garavito pidió misericordia y clemencia por su vida, y juró que Vasco
Núñez de Balboa se había concertado para huir con los bergantines. ¿Qué motivo
pudo tener para semejante acusación? Balboa lo consideraba uno de sus hombres
más cercanos y de mayor confianza; años atrás incluso lo había enviado a la
Isla La Española (Santo Domingo) para reclutar gente con la que emprender la
exploración del Mar del Sur de manera independiente.
Bartolomé de las Casas
atribuye su traición a un antiguo resentimiento, pues en cierta ocasión Balboa
se habría burlado de él al mostrarle a la indígena que el cacique Tamahe le
había entregado como esposa. Sin embargo, cabe pensar que la verdadera razón
fue otra: Garavito habría sido un topo encubierto que, llegado el momento, se
vio obligado a desenmascararse y ofrecer a Pedrarias una excusa conveniente
para condenar a Balboa.
Los oficiales reales
aprovecharon la oportunidad y exigieron una vez más a Pedrarias la detención de
Vasco Núñez de Balboa, a lo que el gobernador finalmente accedió. Para evitar
movilizar un destacamento numeroso —pues Balboa contaba con unos trescientos hombres
armados—, le envió una invitación para reunirse en Acla. Pero, apenas partió el
mensajero, ordenó a Francisco Pizarro marchar con un destacamento de soldados
para prenderlo dondequiera que se hallase.
Según Las Casas, Balboa,
“como hijo obediente”, acudió sin recelo a entrevistarse con el gobernador,
convencido de hallarse aún en su gracia. En el camino se cruzó con Pizarro y,
al saber que venía a prenderlo, le dijo sorprendido:
"¿Qué es esto,
Francisco Pizarro? No solías recibirme así."
Al llegar a Acla, Balboa
fue encarcelado por orden de Pedrarias Dávila, quien además envió a Bartolomé
de Hurtado al Mar del Sur para apoderarse de las embarcaciones construidas por
el descubridor, y encargó al Licenciado Gaspar de Espinosa, alcalde Mayor, que
le iniciara juicio por rebelión. Luego, con fingida cordialidad, fue a
visitarlo en su prisión y le dijo hipócritamente:
“No tengáis, hijo, pena
por vuestra prisión y proceso que yo he mandado hacer, porque para satisfacer
al tesorero Alonso de la Puente, y por sacar vuestra fidelidad en limpio lo he
hecho.”
El 12 de enero de 1519,
Espinosa dio por concluido el proceso y solicitó a Pedrarias resolver de manera
definitiva, especialmente en lo tocante al principal acusado:
“Ya sea enviándolo al
Consejo de Indias, atenta la calidad, título y dignidad de su persona, o
mandando que el dicho Señor alcalde Mayor lo vea y determine en todo lo que
hallare por justicia.”
La respuesta de
Pedrarias fue inmediata. Espinosa sustentó la acusación con hechos ya juzgados
y absueltos en el Juicio de Residencia de Balboa, como los incidentes con
Martín Fernández de Enciso y la desaparición de Diego de Nicuesa. A estos
añadió la supuesta rebelión en el Mar del Sur, sin aportar pruebas
concluyentes. Como Poncio Pilato, Pedrarias delegó la sentencia final en Gaspar
de Espinosa, otorgándole poder absoluto:
"Porque conviene al
servicio de Sus Altezas que quienes se atrevan a idear, cometer y ejecutar
tales delitos sean castigados con todo el rigor de la justicia, [...] ordeno
que procedáis sin demora ni indulgencia alguna, [...] y decidáis lo que
consideréis justo, aplicando la máxima severidad tanto a las personas como a
los bienes de los culpables. Esto incluye al Adelantado Vasco Núñez de Balboa,
a Andrés de Valderrábano y al resto de los acusados, [...] sin esperar ninguna
orden adicional, pues así lo exige la paz y la pacificación de estos
reinos."
La orden fue firmada en
la Villa de Acla, el 12 de enero de 1519, por Pedrarias Dávila, y refrendada
por su escribano, Antonio Quadrado.
Espinosa ordenó de
inmediato que Vasco Núñez de Balboa, Andrés Valderrábano, Luis Botello, Fernán
Muñoz y Hernando de Argüello fueran decapitados, y que sus bienes fueran
confiscados para la corona y el fisco de Sus Majestades. En cambio, a Andrés de
Garavito, por su confesión, se le perdonó la culpa.
Al momento de la
ejecución, el pregonero avanzó anunciando:
"Esta es la
justicia que ordena el rey, nuestro señor, y Pedrarias, su teniente en su
nombre, contra este hombre, por traidor y usurpador de las tierras sometidas a
su corona."
Al escuchar estas
acusaciones, Núñez de Balboa respondió:
"Es mentira y una
falsedad lo que se me atribuye. Jamás, ni siquiera en pensamiento, pasé por
algo así, ni imaginé que se pudiera sospechar de mí. Al contrario, mi deseo siempre
fue servir al rey como un vasallo leal y ampliar sus dominios con todo mi
esfuerzo y fuerza."
Según Bartolomé de las
Casas, antes de que el verdugo ejecutara la sentencia, Balboa se confesó y
comulgó. Fernández de Oviedo añade:
"Se clavó un poste
donde la cabeza del Adelantado permaneció expuesta durante varios días. Desde
una casa situada a unos 10 o 12 pasos del lugar de la ejecución —donde los
decapitaban uno al lado del otro, como corderos—, Pedrarias los observaba entre
las cañas de la pared."
Así terminó la vida del
descubridor del Mar del Sur, a quien Bartolomé de las Casas describió como
"de gran inteligencia, astuto, valiente, de excelente disposición, hermoso
en su porte y presencia."
En 1519, la Corona
española nombró gobernador de Castilla del Oro a Lope de Sosa; sin embargo,
este falleció el 8 de mayo de 1520, apenas un día después de arribar a Santa
María la Antigua del Darién, sin alcanzar a tomar posesión del cargo. Poco
después, el 17 de septiembre de ese mismo año, Carlos V firmó una real cédula
por la que ordenaba que Pedrarias Dávila continuara en el gobierno.
La prórroga del mandato
fue obra de su esposa, Isabel de Bobadilla y Peñalosa, recién retornada a
España. Gracias a su habilidad política —y a las generosas dádivas que
distribuyó entre la realeza—, logró atenuar las graves acusaciones que pesaban
sobre su marido. Su éxito también se debió a la influencia que su familia aún
conservaba en la corte, prestigio que había cimentado años atrás su poderosa
tía, Beatriz de Bobadilla.
Durante su regreso a
Castilla, Isabel de Bobadilla llevó consigo una gran cantidad de perlas, oro y
piedras preciosas, entre las que destacaba una perla célebre, mencionada por
Vasco Núñez de Balboa en su carta a la Corona del 26 de octubre de 1515:
“Sepa Vuestra Majestad
que se trajo de esta isla rica una perla entre las otras, que pesaba diez
tomines, muy perfecta, sin raza ni mácula, de lindo color y lustre y hechura;
joya digna de Vuestra Majestad, y más por ser de estas partes. [...] Anduvo en
almoneda y rematóse en 1,200 pesos de oro, y sacóla un mercader, y luego la
tornó a haber el gobernador. [...] La hechura de la perla y su tamaño es ésta
(aquí hay un dibujo de la perla en su tamaño), horadada por lo alto en el pezón
de ella.”¹³⁶
El capitán Gaspar de
Morales, primo de Pedrarias, fue quien obtuvo la joya durante su sangrienta
expedición a las Islas de las Perlas. Tras cometer crueles matanzas, los
indígenas le entregaron un puñado de gemas, entre las que se encontraba aquella
singular perla que, según Gonzalo Fernández de Oviedo, tenía forma de pera y
pesaba treinta y un quilates. De regreso en Santa María la Antigua, Pedro del
Puerto la compró por 1,200 pesos de oro, aunque pocos días después la revendió
a Pedrarias por el mismo precio.
En su testamento del 20
de marzo de 1514, Pedrarias declaró que la regalaba a su esposa “para que
viéndola pueda haber más continua memoria del amor que a su merced siempre
tuvo, y para que siempre se acuerde que ha de morir y que la espero en el otro
siglo.” Años más tarde, en 1531, Isabel de Bobadilla y Peñalosa vendió la perla
por 2,000 pesos de oro a su amiga la emperatriz Isabel de Portugal, quien la
luciría en el célebre retrato que Tiziano pintó de ella.
La corte consideró
injusta la muerte de Vasco Núñez de Balboa, y el 11 de abril de 1521 ordenó a
Pedrarias Dávila restituir a Gonzalo Núñez de Balboa, hermano del ajusticiado,
las naborías que habían pertenecido al descubridor:
Gonzalo Núñez de Balboa,
hermano del ya fallecido adelantado Vasco Núñez de Balboa, me ha informado que,
al momento de la muerte de su hermano, este poseía ciertas naborías de servicio
doméstico. Según él, vosotros los repartisteis entre varias personas, lo que ha
causado un perjuicio tanto al difunto Adelantado como a él, en su calidad de
heredero.
Por lo tanto, os ordeno
que retiréis y devolváis todas las naborías que pertenecían al mencionado
Adelantado en el momento de su muerte, y que las restituyáis a su hermano
Gonzalo Núñez de Balboa, conforme a nuestras ordenanzas.
Un fraile dominico
recordaría en un memorial:
“Cuando mató a Vasco
Núñez repartió sus naborías y dio a doña Isabel su mujer, a sus criados y a
quien él quiso las mejores; y por no los dar con la hacienda, perdió el Rey más
de dos mil castellanos.”
De los procesados,
Andrés Garavito salvó la vida por haber acusado a Balboa de rebelión; y el
arcediano Rodrigo Pérez fue absuelto en España. Además, la Corona ordenó que se
devolvieran las naborías a Gonzalo Núñez de Balboa y que se hiciera justicia a
Ana Ruiz, esposa de Hernando de Argüello, quien reclamaba la mitad de los
bienes del ajusticiado.
Tanto Bartolomé de las
Casas como Gonzalo Fernández de Oviedo, quienes conocieron personalmente a
Pedrarias Dávila, calificaron de injusta y arbitraria la ejecución de Balboa.
Si bien pudieron exagerar su juicio por el profundo antagonismo que ambos
sentían hacia el gobernador, incluso Francisco López de Gómara —que nunca
estuvo en América y escribió solo con base en documentos de los archivos
españoles— coincidió con ellos. En su Historia General de las Indias, expresó:
“La culpa y acusación
fue, según testigos juraron, que había dicho a sus trescientos soldados que se
apartasen de la obediencia y soberbia del gobernador, y se fuesen donde
viviesen libres y señores; y si alguno los quisiese enojar, que se defendiesen.
Balboa lo negó y lo juró, y es de creer, que si temiera, no se dejara prender
ni pareciera delante del gobernador, aunque más su suegro fuera.
Se le juntó con esto la
muerte de Diego de Nicuesa y sus sesenta compañeros, la prisión del bachiller
Enciso, y que era bandolero, revoltoso, cruel y malo para indios.
Por cierto, si no hubo
otras causas en secreto, a sin razón le mató. Así acabó Vasco Núñez de Balboa,
descubridor de la Mar del Sur, de donde tantas perlas, oro, plata y otras
riquezas se han traído a España; hombre que hizo muy grandes servicios a su
rey. Era de Badajoz y, a lo que dicen, rufián o esgrimidor.”
Girolamo Benzoni, en su
Historia del Mondo Nuovo, al comentar el alegato de Núñez de Balboa, asumió una
postura semejante:
“Balboa, bajo juramento,
negó, diciendo que era un error lo que tocaba a la información en su contra,
hecha de soliviantar la gente; que había sido acusado falsamente, y que
considerase bien lo que hacía —refiriéndose a Pedrarias—, porque si él hubiese
intentado tal cosa, no habría acudido a su presencia; e igualmente se defendió
del resto lo mejor que pudo. Pero donde reina la fuerza, poco ayuda defenderse
con la razón.”
En 1602, el quinto conde
de Puñonrostro, Francisco Arias Dávila y Bobadilla, nieto de Pedrarias Dávila y
miembro del Consejo de Guerra, hizo cuanto estuvo a su alcance para impedir que
el primer libro de la Historia General de los Hechos de los Castellanos en las
Islas y Tierra Firme del Mar Océano, del cronista mayor de Indias Antonio de
Herrera y Tordesillas (ilustración 13), que ya estaba impreso, llegara a
circular. Con tal fin, mandó publicar Pro defensione Veritatis, en el que acusó
a Herrera de falso y mentiroso, y exigió que reescribiera ciertas partes.
Sin embargo, el cronista mayor de Indias
se mantuvo firme, respondió a todas las acusaciones, rechazó toda censura y
declaró que su Historia estaba escrita “para honra y gloria de estos católicos
reyes y de esta nación, contra los libelos e invectivas de los extranjeros, que
la tachaban de avarienta y cruel; y para que supiesen las naciones foráneas que
estos católicos reyes y sus Consejos han cumplido con la bula del Pontífice”.
Añadió además que así se lo había ordenado Felipe II: “que fuese siempre salva
la verdad”.
Tras varios meses de
alegatos, el Consejo de Indias dio la razón a Herrera y Tordesillas. Su primer
libro comenzó finalmente a circular y su contenido se hizo conocido, pues nada
en él carecía de respaldo documental.
Retomando la figura de Pedrarias Dávila
(Pedro Arias de Ávila): Pocos días después de ordenar la ejecución de Vasco
Núñez de Balboa en Acla (enero de 1519), Pedrarias se movilizó hacia la costa
del Pacífico. El 27 de enero de 1519, en la región indígena de Paque (en el
actual territorio panameño), procedió a tomar posesión formal del Océano
Pacífico, al que Balboa había llamado el Mar del Sur. Este acto simbólico de
reafirmación de soberanía buscaba, quizá, eclipsar y dejar en el olvido la
hazaña del verdadero descubridor.
El Acto de Posesión y
Sus Testigos
En la ceremonia de posesión,
Pedrarias Dávila estuvo acompañado por figuras clave, entre ellas Andrés
Garabito y Francisco Pizarro, quienes habían desempeñado un papel directo en la
detención de Balboa. También estuvieron presentes el cronista y explorador
Pascual de Andagoya, y los escribanos reales Luis Ponce y Cristóbal de Mozolay,
encargados de formalizar el evento mediante un acta.
La solemne ceremonia se
desarrolló al son de trompetas. Pedrarias, portando un estandarte con la imagen
de la Virgen María, se arrodilló y elevó una plegaria:
“¡Oh madre de Dios!
Amansa la mar y haznos dignos de estar y andar bajo tu amparo; bajo el cual te
plega descubramos estas mares y tierras de la Mar del Sur, y convirtamos las
gentes de ellas a nuestra santa fe católica.”
Acto seguido, se puso de
pie, y sosteniendo el estandarte real, proclamó vivas a los monarcas de
Castilla: Juana la Loca y su hijo, el rey Carlos I (futuro Carlos V del Sacro
Imperio Romano Germánico).
Para manifestar su
dominio y potestad sobre el nuevo territorio y el mar, cortó ramas, rozó la
hierba del lugar y penetró en las aguas del océano. Ordenó que las trompetas
resonaran de nuevo, y se procedió al pregón con el que se oficializó, una vez
más, el nombre de "Mar del Sur". La formalización culminó con el grito
ritual de lealtad a la Corona:
“¡Viva la muy alta y muy
poderosa reina doña Juana, y el muy alto y poderoso católico rey don Carlos su
hijo, nuestros señores y reyes, y señores naturales de todos estos reinos y de
la Tierra Firme y Mar del Sur, descubierta y por descubrir, y poseedores de
ellos!”
La Fundación de la
Ciudad de Panamá
Meses después de este
acto, Pedrarias (en ocasiones junto a Gaspar de Espinosa), emprendió diversas
incursiones a lo largo del litoral del Mar del Sur. Estas exploraciones
alcanzaron importantes cacicazgos como los de París, Natá y Cherú. Un detalle
histórico notable es que estas navegaciones se realizaron utilizando los mismos
navíos cuya construcción había sido ordenada y supervisada por el propio Vasco
Núñez de Balboa antes de su trágico final.
Durante una de estas
expediciones, en el sitio conocido por los indígenas como Panamá—un vocablo que
en la lengua local significaba "lugar donde se toma mucho pescado"—,
Pedrarias fundó una villa. La tradición histórica, especialmente sustentada por
el testimonio de Pascual de Andagoya, sitúa la fundación de la Ciudad de Panamá
en 1519, específicamente el día de Nuestra Señora de Agosto. Por esta razón, se
considera que el acta de fundación se levantó el 15 de agosto, fecha en que la
Iglesia Católica celebra la festividad de la Asunción de la Virgen María.
En nombre de la reina
Juana y de su hijo, el emperador Carlos, se estableció la nueva villa, en la
que se avecindaron unos cuatrocientos españoles. Pedrarias les repartió
indígenas, aunque el más favorecido recibió solo noventa, y el resto entre
cincuenta y cuarenta, pues las guerras, las enfermedades y el traslado de los
indios del repartimiento hacia el litoral caribeño habían diezmado
considerablemente la población.
La Supervivencia
Política de Pedrarias: La Muerte de Lope de Sosa y el Juicio de Residencia
Pocos días después de la
fundación de Panamá, Pedrarias Dávila recibió la noticia de que el Emperador
Carlos V había ordenado su sustitución como gobernador de Castilla del Oro. El
nuevo titular era Lope de Sosa, y se esperaba su pronta llegada a Santa María
de la Antigua del Darién. Este cambio lo obligó a retornar a la antigua capital
para someterse al preceptivo juicio de residencia, un proceso de fiscalización
de la gestión de un funcionario al finalizar su mandato.
La Solicitud Rechazada
Al llegar a Santa María
de la Antigua, Pedrarias se encontró con que Lope de Sosa aún no había
arribado. Ante el vacío de poder y previendo el juicio, Dávila consideró viajar
a Castilla. Por esta razón, solicitó a las autoridades municipales (edilicias)
y a los oficiales reales que lo nombraran su Procurador (representante oficial)
ante la Corte.
Esta solicitud fue
rechazada. El Capitán Martín de Estete fue el encargado de comunicarle la
negativa, argumentando que, si bien valoraban el esfuerzo que deseaba asumir,
su ausencia generaría "muchos inconvenientes". Los principales
motivos esgrimidos fueron:
Falta en la
pacificación: Su partida dejaría sin líder la crucial tarea de pacificar a los
indígenas de la región.
Riesgo de conflictos
internos: Se temía que su ausencia provocara disputas y pendencias entre los
colonos, especialmente porque el Licenciado Gaspar de Espinosa quedaba en el
Mar del Sur al mando de "mucha Gente de Guerra". Se presumía que Espinosa
intentaría ejercer un mando "con mayor imperio" del acostumbrado,
algo que sus rivales no tolerarían, augurando graves daños.
Liderazgo militar
insustituible: Además, Pedrarias era el responsable de la dirección de los
asuntos bélicos y de otorgar las comisiones a los Capitanes; sin él, la empresa
de la conquista quedaría "como cuerpo sin espíritu".
Obras y Peticiones Reales
Dado que Lope de Sosa
seguía sin aparecer, Pedrarias aprovechó el tiempo para impulsar la apertura de
un camino terrestre que conectara Nombre de Dios (en la costa del Mar Caribe o
Atlántico) con la recién fundada Panamá (en el Mar del Sur o Pacífico).
También redactó cartas
al rey solicitando licencia para trasladar la Ciudad del Darién y su Iglesia
Catedral a Panamá. Alegaba que el sitio del Darién era extremadamente insalubre
(malsano), donde la gente enfermaba y moría con frecuencia, y los niños no
lograban desarrollarse.
La Muerte del Sucesor y
la Manipulación del Juicio
Finalmente, se produjo
el arribo de la flota: cuatro navíos que transportaban alrededor de 300
hombres. En ella venían el nuevo Gobernador Lope de Sosa, su hijo Alonso de
Sosa, y el alcalde Mayor, el Licenciado Juan Rodríguez de Alarconcillo.
Pedrarias fue informado
de un giro inesperado: en el preciso momento en que la flota fondeaba en el
puerto, el nuevo Gobernador Lope de Sosa fallecía.
Pedrarias Dávila actuó
con presteza. Ordenó y costeó las honras fúnebres para su sucesor y se encargó
de su sepultura. Además, mostró un gesto de cortesía política al acoger en su
propia casa a Juan Alonso de Sosa, hijo del difunto, y a sus criados.
A pesar de haber
finalizado su mandato de jure (legalmente), la muerte de su reemplazo le
permitió mantener el control de facto (en la práctica). Pedrarias se reunió en
secreto con el Licenciado Gaspar de Espinosa para idear un plan. Su objetivo
era manipular el inminente juicio de residencia y la pesquisa secreta que lo
acompañaba, para que los colonos se abstuvieran de presentar quejas en su
contra.
El plan consistió en
hacer correr el rumor de que las nuevas autoridades planeaban una reforma
radical en los repartimientos de indios. Esto, al generar temor entre los
vecinos por perder sus encomiendas, hizo que se abstuvieran de criticar a
Pedrarias.
Finalmente, Pedrarias y
Espinosa se presentaron ante el Licenciado Rodríguez de Alarconcillo. Le
argumentaron que, debido a la muerte repentina del Gobernador, el mandato de
Pedrarias aún no había concluido formalmente, pero que, a pesar de ello, podía
tomarle la residencia. Cínicamente, añadieron que, si el Rey consideraba la
residencia inválida, "no se habría perdido sino la tinta y el papel".
El alcalde Mayor, intimidado o influenciado, terminó por tomar la residencia en
los términos en que Pedrarias y Espinosa quisieron dársela, permitiéndole así
evadir las responsabilidades de su turbulento gobierno.
Gil González Dávila: La
Armada y la Resistencia de Pedrarias
Tras el encarcelamiento
y ejecución de Vasco Núñez de Balboa, el influyente Juan Rodríguez de Fonseca,
Obispo de Palencia, Capellán Mayor y presidente del Consejo de Indias, vio una
oportunidad para controlar las expediciones al Mar del Sur. Su objetivo era
encontrar un estrecho que conectara el Atlántico (Mar del Norte) y el Pacífico
(Mar del Sur). Para esta empresa, designó como capitán a Gil González Dávila,
Caballero de la Orden de Santiago, Contino del Rey (sirviente personal de la
casa real) y Contador Real en la Isla La Española, que previamente había sido
su criado.
La Génesis y
Financiamiento de la Armada
Paralelamente, Alonso de
la Puente y Martel, Tesorero en Castilla de Oro y oficial real de gran poder
bajo el gobierno de Pedrarias, también buscaba explorar el Mar del Sur. Este
influyente noble —paje en las cortes de Don Juan y los Reyes Católicos, y
Tesorero General de Carlos V— encargó a su criado, Andrés de Cereceda, que
contratara un piloto experimentado.
Cereceda escogió a
Andrés Niño. No obstante, la burocracia obstaculizó la obtención de una
autorización real directa. Esto obligó a Niño a buscar la protección de
Rodríguez de Fonseca y el mercader y prestamista Cristóbal de Haro. Fonseca
consiguió que la Corte aprobara una Capitulación con Andrés Niño y que, además,
la Corona aportara la mitad del capital requerido.
Puntos Clave de la
Capitulación
· Armada:
Consistiría en tres navíos, uno de ellos una fusta o bergantín.
· Objetivo:
El principal era la búsqueda de especias, oro, plata, perlas, pedrería y otros
metales preciosos.
· Regulaciones:
Debían seguir las Instrucciones dadas previamente a Pedrarias, incluyendo la
lectura del Requerimiento a los indígenas.
· Reparto
de Ganancias: Tras restar el costo de la Armada y el quinto real (para la
Corona), el remanente se dividiría en partes iguales entre la Corona y Andrés
Niño.
· Aportes
Reales: La Corona prestó 12 tiros de artillería, obsequió 10 esclavos negros,
proveyó 10 esclavos para ser usados como intérpretes en Tierra Firme, y
suministró 2,000 cargas de cazabe (pan de yuca) y 500 puercos.
· Liderazgo:
Se nombró a Gil González Dávila como Capitán de la Armada.
El costo total de la
preparación de la Armada ascendió a 3,795,833 maravedíes. La Corona aportó
cerca de la mitad. Cristóbal de Haro puso 551,814 maravedíes. El resto fue
cubierto por Alonso de la Puente y Martel, Francisco de Valenzuela, y
notablemente, el Obispo Rodríguez de Fonseca, quien utilizó sin reparo fondos
de las arcas eclesiásticas.
Esta expedición,
enfocada en buscar un paso hacia las Molucas navegando hacia el norte desde el
Mar del Sur, constituyó un proyecto paralelo a la gran expedición de 1518 de
Fernando de Magallanes, también financiada parcialmente por Haro y Fonseca.
La Entrega de los Barcos
de Balboa y la Negativa de Pedrarias
Los responsables de la
Armada eran Gil González Dávila (Capitán y garante de los intereses de Haro y
Fonseca), Andrés Niño (Piloto Mayor) y Juan de Velandia (Tesorero y encargado
de los intereses de Alonso de la Puente y Martel).
El 28 de junio de 1519,
la Corona emitió una real cédula dirigida al Gobernador de Castilla del Oro,
Pedrarias Dávila (aunque inicialmente estaba dirigida a su sucesor, Lope de
Sosa, que había muerto). La cédula ordenaba explícitamente a Pedrarias la
entrega inmediata de los navíos que Vasco Núñez de Balboa había construido en
el Mar del Sur:
“Yo vos mando que, en
recibiendo ésta, proveáis cómo se entreguen al dicho Gil González todos los
navíos y fustas que el dicho Vasco Núñez llevaba e quedaron de su armada para
que con ellos, además de los que de acá llevan, puedan hacer el dicho descubrimiento
e viaje.”
El costo de las tres
naves traídas desde la Península —Victoria, Santa María de la Merced y Santa
María de Consolación— fue de 490,894 maravedíes. Además, la expedición
transportaba un vasto arsenal de herramientas para la construcción naval en
Tierra Firme (sierras, barrenas, hachas, brea, etc.), armamento (ballestas,
escopetas, pólvora) y mercancías destinadas al rescate de oro entre los
indígenas.
La Armada zarpó de
Sanlúcar de Barrameda el 13 de septiembre de 1519, llegando al puerto de Acla
en enero de 1520.
El Conflicto con
Pedrarias
El Capitán Gil González
Dávila envió a Juan del Sanz a Santa María de la Antigua del Darién para
entregar la real cédula a Pedrarias Dávila.
El 4 de febrero de 1520,
Pedrarias obedeció formalmente el mandato real, besando la cédula y poniéndola
sobre su cabeza, pero se reservó la respuesta sobre su cumplimiento.
Al día siguiente,
Pedrarias respondió con una negativa sutil pero firme. Argumentó que él había
terminado y costeado la construcción de los barcos de Balboa (en lo que
supuestamente invirtió más de 50,000 ducados) y que, desde entonces, los había
utilizado para descubrir tierras, pacificar el litoral y aprovisionar la nueva
ciudad de Panamá. Sostuvo que el Rey no podía haber dado la orden de transferir
los navíos a un nuevo Capitán sin estar "informado de la verdad", ya
que esto iría en "perjuicio de los Capitanes e hidalgos" que habían
servido a Su Majestad.
Juan del Sanz insistió,
apelando a la importancia del proyecto para el servicio y hacienda del Rey.
Pedrarias apeló entonces a los oficiales reales de Castilla del Oro (el
Tesorero Alonso de la Puente y Martel, el Contador Diego Márquez y Miguel Juan
de Rivas).
Los oficiales, a pesar
de que La Puente y Martel era un interesado en el proyecto, resolvieron a favor
de la Corona, indicando que Pedrarias debía cumplir con la cédula sin dilación,
pues el retraso causaría enfermedades, muertes y gastos. Sugirieron que se
dejara un navío para el sostenimiento de Panamá y el resto se entregara a González
Dávila en venta, flete o a partes.
Pedrarias no acató la
resolución. El 9 de febrero, exigió que González Dávila le presentara todas las
Provisiones Reales, apercibiéndole que cualquier retraso o deservicio al Rey
sería culpa de Gil González y no suya.
El cronista Gonzalo
Fernández de Oviedo juzgó que la obstinación de Pedrarias no era solo
financiera, sino profundamente personal: "le pesaba de esta armada"
porque era una vergüenza que otro viniera a armar en su gobernación con
licencia real, y temía que se "apocaba su crédito" si un tercero
descubría algo en el Mar del Sur.
Gil González Dávila: De
la Oposición a la Construcción de la Armada
Consciente de que
Pedrarias Dávila no acataría la Real Cédula para entregarle los navíos de
Balboa, Gil González Dávila cambió su estrategia. Optó por concentrarse en
construir nuevos barcos e intentar mitigar la hostilidad del Gobernador de
Castilla del Oro.
Una Estrategia de
Inversión y Soborno
Lo único que Pedrarias
autorizó a favor de la Armada, a pesar de la orden real, fue que el Tesorero
Alonso de la Puente y Martel liberara de los fondos de la Hacienda Real 4,000
pesos de oro (equivalentes a 1,000,000 de maravedíes). Este capital fue vital para
la construcción de la nueva flota en el Mar del Sur.
Decidido a ganarse la
cooperación, o al menos a disminuir la oposición, de Pedrarias, González Dávila
ideó un plan para inducir al Gobernador a invertir en la empresa sin un gran
desembolso de su parte. El plan consistió en un negocio sumamente lucrativo para
Pedrarias:
Compra Inflada: González
Dávila le compró a Pedrarias un "negrillo volteador" (posiblemente un
esclavo joven con habilidades acrobáticas o de entretenimiento) por 300
castellanos. Según el relato, el valor real del esclavo no superaba los 100
castellanos.
Reconocimiento de
Inversión: Además de la compra, González Dávila le reconoció otros 300
castellanos a Pedrarias como si fueran una inversión de capital en la Armada.
Este "pingüe
negocio" —doblemente ventajoso para Pedrarias— tuvo el efecto deseado,
pues la oposición del Gobernador "cayó" (derribó la oposición).
Pedrarias no solo cesó en su hostilidad, sino que autorizó a González Dávila a
reclutar más gente de la que ya estaba en Tierra Firme, superando incluso la
licencia que el Capitán traía de Castilla.
Conclusión de la
Construcción y Denuncia de Hostigamiento
Mientras tanto, en un
astillero improvisado a orillas del Río de la Balsa (cerca del Golfo de San
Miguel), los equipos de carpinteros, aserradores y calafateros trabajaban
arduamente. Para julio de 1520, ya habían finalizado la construcción de tres
nuevos navíos, listos para ser botados al agua en cuanto recibieran el
equipamiento esencial (la jarcia, que incluía cabos, cuerdas y cables, y las
anclas) que había sido transportado desde España.
En una carta del 12 de
julio de 1520 dirigida a la Corona, González Dávila informó sobre los avances.
Con mucha cautela, mencionó que Pedrarias le había brindado cierto apoyo al
proveer indígenas para las tareas de tala y traslado de madera, y sugirió que
la Corona le reconociera este gesto.
También informó que
Pedrarias había mantenido en suspenso la Real Cédula de entrega de los barcos
de Balboa, repitiendo el argumento de que los navíos no eran de Balboa sino de
"la otra gente y pobladores de la tierra", y que el Rey había sido
"mal informado".
Denuncia Contra Gabriel
de Rojas
En la misma misiva,
González Dávila comunicó el nombramiento de Andrés de Cereceda como Tesorero de
la Armada, tras la muerte de Juan de Velandia.
Además, denunció al Capitán Gabriel de
Rojas por llevar a cabo acciones de hostigamiento diseñadas para entorpecer la
construcción naval. Las acciones de Rojas incluían:
Encarcelar a Andrés
Garavito por haber ayudado a González Dávila a encontrar el camino hacia el
astillero.
Intentar apropiarse de
los bienes de los miembros de la Armada que hubiesen fallecido en la región.
Arrestar constantemente
a los hombres de González Dávila "sin causa ninguna".
El Capitán Dávila
insinuó que toleraba este comportamiento porque "sospechaba que lo hacía
con voluntad, o por mandado del Gobernador" (Pedrarias). Concluyó su queja
al Rey solicitando el castigo de Rojas, argumentando que si tales
"desvergüenzas" quedaban impunes, llevarían a "otros desacatos
mayores," siendo la justicia más necesaria "cuanto más lejos"
estaban de la autoridad central.
Expediciones al Mar del
Sur: Espinosa, Gil González Dávila y el Diálogo de Cosmovisiones
El relato se centra en
dos expediciones clave en el Pacífico centroamericano a principios del siglo
XVI: la incursión inicial de Gaspar de Espinosa y la fundamental exploración de
Gil González Dávila y Andrés Niño, que culminó en los primeros contactos con
los cacicazgos de Nicoya y Nicaragua.
La Exploración de Gaspar
de Espinosa (1519)
En 1519, poco después de
la fundación de Panamá, el alcalde Mayor Gaspar de Espinosa, acompañado por
Hernán Ponce de León (Capitán) y el Piloto Mayor Juan de Castañeda, zarpó de la
nueva villa en dirección norte a bordo de barcos originalmente construidos por
Vasco Núñez de Balboa. El objetivo era explorar el Mar del Sur.
Espinosa desembarcó en
la desembocadura del Río Grande de Tárcoles, en la Península de Burica
(frontera actual entre Panamá y Costa Rica), donde realizó una "cruenta
entrada" contra los indígenas, de quienes obtuvo una considerable cantidad
de oro.
Los otros dos navíos
continuaron navegando hacia el norte hasta alcanzar un golfo que nombraron San
Lúcar, antes de regresar. Bartolomé de las Casas relata que Espinosa ordenó a
Hernán Ponce que continuara la exploración con 40 hombres. Ponce navegó más de
50 leguas (aproximadamente 278 km) más allá del Golfo de Osa, llegando a la
tierra de los indígenas llamados "Cuchires", donde no se atrevieron a
desembarcar debido a la fuerte oposición armada. Finalmente, descubrieron un golfo
extenso y bien protegido, lleno de islas, que los indígenas llamaban
"Chira" y los españoles denominaron San Lúcar. Este puerto
corresponde al que hoy se conoce como el Golfo de Nicoya, una provincia fértil
de la actual Nicaragua. A pesar de los enfrentamientos y la huida de los
indígenas ante los disparos, Ponce no logró avanzar más y regresó, encontrando
a Espinosa en Panamá.
En esta travesía,
capturaron a cuatro indígenas que hablaban náhuatl. Estos prisioneros, tras
aprender español en Panamá, servirían crucialmente como intérpretes
(naguatlatos) en futuras expediciones.
El Viaje de Gil González
Dávila (1522) y el Golfo de Fonseca
El 21 de enero de 1522,
el Capitán Gil González Dávila y el Piloto Mayor Andrés Niño iniciaron su gran
expedición hacia el norte del Mar del Sur. Zarparon con una tripulación de 100
españoles y 400 indígenas auxiliares, utilizando tres navíos y un bergantín que
habían sido construidos en las Islas de las Perlas. Los barcos que habían
fabricado en el Río de la Balsa no pudieron usarse debido a que la broma
(molusco que carcome la madera) los había inutilizado.
Tras unas 100 leguas de
navegación, los barcos comenzaron a tener fugas de agua y ser afectados por la
broma. Se vieron obligados a desembarcar en el Golfo de Culebras (actual Costa
Rica) para enviar el bergantín de regreso a Panamá en busca de pez para la
reparación.
Mientras esperaban,
González Dávila se internó con 100 hombres tierra adentro. Aunque oficialmente
buscaba víveres, su verdadero propósito era el rescate de oro.
El Descubrimiento del
Mar Dulce y el Golfo de Fonseca
Durante este avance
terrestre, González Dávila llegó a una región donde, según los relatos (que
Fernández de Oviedo consideró exagerados en distancia y fantasiosos), sufrió la
inundación y derrumbe de su refugio. Tras la odisea, regresó a la costa en el Golfete
de San Vicente (actual Puerto Caldera), donde se reunió con Andrés Niño, que ya
había reparado los barcos.
En este punto, González
Dávila tomó dos decisiones cruciales:
Continuar la exploración
por tierra con 100 hombres y 4 caballos.
Permitir que Andrés Niño
continuara la travesía por mar con dos embarcaciones.
Fue Andrés Niño quien,
navegando hacia el norte, descubrió y tomó posesión de un gran cuerpo de agua
dulce (el Lago de Nicaragua o Mar Dulce) y un extenso golfo al norte, al que
bautizó como Golfo de Fonseca, en honor a su protector, el Obispo Juan
Rodríguez de Fonseca.
Contactos y Bautizos:
Nicoya
El primer señorío
indígena importante contactado por González Dávila en su avance terrestre fue
Nicoya, en la península homónima (actual Costa Rica). Allí permaneció diez
días, consiguiendo 13,442 pesos de oro y seis estatuas de oro de un palmo de
altura. Más significativamente, logró el bautizo de 6,063 indígenas.
El Señorío de Nicaragua
y el Diálogo de Cosmovisiones
En Nicoya, González
Dávila fue advertido sobre el poderío del Señorío de Nicaragua (cuyo territorio
era, en realidad, un asentamiento de la migración militar tolteca del siglo
XIII). Desoyendo las advertencias, González Dávila se dirigió hacia el
territorio nicarao (cercano al puerto lacustre de San Jorge, según Incer
Barquero).
Un día antes de su
llegada, envió intérpretes para leer el Requerimiento al jefe (calachuni): una
mezcla de teología cristiana básica y amenaza militar, instándolo a reconocer a
un solo Señor en el cielo ("mucho más alto del sol") y a someterse al
Rey de Castilla.
El calachuni de
Nicaragua recibió a González Dávila, le entregó 18,506 pesos de oro, y a cambio
recibió objetos de Castilla.
El Debate
Filosófico-Científico
El cronista Pedro Mártir
de Anglería, basándose en los informes de González Dávila y su tesorero Andrés
de Cereceda, recogió el diálogo de cosmovisiones entre el Capitán y el
calachuni.
El líder indígena,
versado en el legado científico mesoamericano (conocedor de ciclos de Venus,
eclipses, meridianos y correcciones calendáricas), planteó profundas preguntas:
Cataclismo Universal:
Preguntó sobre el diluvio que, según su tradición, había destruido la primera
generación de hombres. González Dávila respondió con el mito bíblico y añadió
el vaticinio de una futura destrucción del mundo por fuego venido del cielo, lo
que atemorizó a la audiencia.
Cosmología y Física: En
preguntas sobre la luz y movimiento del sol y astros, el origen del viento, los
cambios climáticos, y la duración del día y la noche, González Dávila falló.
Sus respuestas fueron "redundantes", recurriendo únicamente al
providencialismo y los "juicios inefables de Dios", demostrando su
desconocimiento de la avanzada astronomía nicarao.
González Dávila
aprovechó para exponer la moral cristiana y condenar los sacrificios humanos,
enfatizando el sacrificio de Cristo en la Cruz.
Bautizos y Ceremonias
Fernández de Oviedo
criticó con dureza a los españoles por la contradicción entre el mensaje
evangélico que predicaban y su avaricia: "Es de suponer que quienes
difundían nuestra fe católica entre los indígenas no les hablaban de la pobreza
que Cristo y sus apóstoles practicaron, ni del desprecio que mostraban por el
oro... Sin embargo, nuestros 'convertidores' les arrebataban el oro, e incluso
a las mujeres, los hijos y el resto de sus bienes. Los dejaban con el nombre de
bautizados, pero sin preocuparse por el verdadero valor de tan sagrado
sacramento."
A pesar de lo
superficial de esta conversión, tres días después del diálogo, se bautizó a
9.018 personas. Se colocaron dos cruces: una en lo alto del templo principal y
otra en la plaza. La ceremonia fue solemne: Gil González Dávila, el calachuni
(cacique) y sus súbditos se arrodillaron para besar el pie de la cruz,
acompañados por el sonido de trompetas y tambores.
El descubrimiento del
Gran Lago de Nicaragua
En Nicaragua, Gil
González Dávila recibió noticias sobre la existencia de un Mar Dulce cercano.
El camino hacia él estaba flanqueado por bosques tan densos que impedían ver
más allá. El 12 de abril de 1523, partió hacia el lugar acompañado de 15
soldados y 3 jinetes. El Escribano Público, Juan de Salinas, certificó la toma
de posesión del Mar Dulce —conocido entonces como Cocibolca y Ayagualo, y hoy
como Gran Lago de Nicaragua— con un acto simbólico y solemne:
González Dávila, montado
a caballo y con la espada en la mano, entró en las aguas del lago. Delante de
él, el alférez llevaba la bandera real. Una vez dentro del agua, el capitán
pidió a un hidalgo que le diera un poco de agua del lago en un sombrero. Bebió
de ella, al igual que sus acompañantes, y declaró en voz alta:
"En nombre de Sus
Majestades y sus sucesores, y como representante de la Corona de Castilla, tomo
posesión de este Mar Dulce, pues se encuentra dentro de los límites de sus
dominios. Si alguien osara contradecirlo, estoy dispuesto a defender esta
verdad con las armas."
Ordenó al alférez que
alzara la bandera real tres veces, gritando:
"¡Viva la muy
católica, cesárea Majestad del emperador y rey nuestro señor, rey natural de
toda esta costa y del Mar Dulce, descubierto y por descubrir!"
Tras salir del agua,
González Dávila cortó ramas de un árbol cercano y hierbas de la orilla,
simbolizando también la toma de posesión de la tierra. Entre los testigos del
acto estaban Gil González Dávila, el tesorero Andrés de Cereceda, el clérigo
Diego de Agüero, los capitanes Juan del Saz, Ruy Díaz, Martín de Lacalle y
Diego de Castañeda, así como el propio escribano Juan de Salinas.
Fernández de Oviedo
coincide con el relato de Salinas y añade detalles sobre la isla de Ometepe
(con los volcanes Concepción y Madero), visible a dos leguas de la costa.
González Dávila sospechaba que el lago podía estar conectado con el Mar del
Norte (Océano Atlántico), aunque no pudo confirmarlo por falta de tiempo.
El Señorío de Nochari y
la expansión hacia el sur
En la capital de los
nicaraos, González Dávila supo que, a seis leguas de distancia, comenzaba el
territorio del Señorío de Nochari, compuesto por pueblos como Ochomogo,
Nandapia, Mombacho, Nandaime, Morati y Zoatega, cada uno con unos 2.000
habitantes. Los señores locales lo recibieron con regalos de oro y esclavos, y
expresaron su deseo de convertirse al cristianismo. 12.607 indígenas fueron
bautizados, y se rescataron 33.434 pesos de oro bajo.
El Río Ochomogo marcaba
la frontera entre los nicaraos y el Señorío de Nochari. Esta región controlaba
históricamente la ruta del cacao y el acceso al santuario chorotega en la Isla
de Zapatera, en el lago Cocibolca.
La visita de Diriangén y
su pueblo
En Nochari, González
Dávila recibió la visita de Diriangén, cacique de los dirianes, acompañado por
500 hombres. Cada uno llevaba pavos o pavas en las manos, y detrás de ellos, 10
estandartes blancos y 17 mujeres cubiertas de placas de oro, junto con 200
hachuelas de oro bajo (que pesaban más de 18.000 pesos). También los acompañaban
músicos con pífanos, que tocaron antes de entrar a ver al capitán.
Diriangén explicó que su
visita buscaba conocer a los "barbudos en alimañas" (los españoles).
González Dávila les leyó el Requerimiento y les preguntó si deseaban
bautizarse. Diriangén respondió que lo decidirían en tres días. El oro y las
hachuelas que trajeron fueron valuados en 18.818 pesos.
El ataque de los
dirianes y la retirada de González Dávila
El 17 de abril de 1523,
al mediodía, mientras los españoles descansaban durante la siesta, fueron
sorprendidos por un ataque de entre 3.000 y 4.000 indígenas. Gracias a la
advertencia de un nativo del pueblo, González Dávila logró atrincherar a sus
hombres en la plaza y organizar una contraofensiva. Al darse cuenta de que 6 o
7 soldados habían resultado heridos y de que los indígenas se habían llevado a
uno de los suyos, el capitán cargó con dos jinetes, lo que provocó la huida de
los atacantes.
Rápidamente, reorganizó
a sus tropas para proteger el ranchón donde guardaban el oro rescatado y sus
pertenencias. Fue entonces cuando recordó que un sacerdote, montado en el mejor
caballo y acompañado por dos soldados, había partido hacia un pueblo cercano.
Temiendo por sus vidas, envió una carta urgente ordenándoles regresar, lo que
hicieron sin sufrir ningún percance.
La retirada hacia la
costa
Con solo 60 hombres —lo
que sugiere que 40 cristianos habían caído en combate—, González Dávila
emprendió el regreso a la costa. Para proteger a los heridos, el oro y las
provisiones, colocó en el centro a los hombres más débiles y las cargas,
mientras que en las cuatro esquinas situó a los 4 jinetes y 4 escopeteros
disponibles.
Alrededor de las 11 de
la mañana, mientras atravesaban Nicaragua, algunos indígenas del pueblo
comenzaron a incitar a los cargadores a abandonar las cargas o huir con ellas.
Para evitarlo, González Dávila ordenó a los ballesteros que dispararan al aire,
hiriendo a algunos nativos. Esto provocó que más indígenas armados acudieran al
lugar.
Ante la crítica
situación, el capitán dividió sus fuerzas: ordenó al tesorero Andrés de
Cereceda que avanzara con el oro, mientras él, junto a los 3 jinetes restantes,
los ballesteros, los rodeleros y los 4 escopeteros, se quedó en la retaguardia
para contener a los atacantes. El combate se prolongó hasta el atardecer,
cuando tres caciques pidieron negociar la paz. Estos explicaron que los
agresores eran del pueblo de Zoatega, parte del Señorío de Nochari. González
Dávila, sin embargo, desconfió de sus palabras, pues reconoció entre los
atacantes a guerreros de otros pueblos.
Fernández de Oviedo
añade que González Dávila aceptó la paz, pero advirtió:
"Si desean otra
cosa, les haré la guerra de otra manera, porque los cristianos no nos cansamos,
ni necesitamos 'yaat' [coca], esa hierba que ustedes mastican para no
fatigarse."
A excepción de un
caballo herido por una flecha, no hubo más bajas ni pérdida del oro, aunque
algunos soldados quedaron sin ropa ni comida, ya que muchos cargadores habían
huido. Esa misma noche, aprovechando la luz de la luna, emprendieron una marcha
forzada que duró varios días, hasta llegar al Golfo de San Vicente, donde
encontraron a Andrés Niño, quien llevaba 8 o 10 días esperando su regreso.
La travesía del Piloto
Mayor Andrés Niño
El 27 de febrero de
1523, Andrés Niño tomó posesión de una pequeña isla en la desembocadura de un
río (posiblemente El Cardón), en presencia de los tenientes García Gansino y
Juanes de Harvolancha. El escribano Juan de Almanza certificó el acto, y Niño
nombró al lugar Puerto de la Posesión. La zona estaba delimitada por Punta de
Icacos, Isla de Aserradores y Punta de Castañones, donde más tarde operaría el
Puerto de El Realejo.
El 5 de marzo de 1523,
Niño descubrió un golfo al que llamó Fonseca, en honor a su patrocinador, el
obispo Juan Rodríguez de Fonseca. Desembarcó en una isla que nombró Petronila
(en honor a una sobrina del obispo) y tomó posesión del lugar. El escribano
Juan de Almanza registró el acto, con testigos como Juanes de Arvolancha, Tomé
Quintero, Juan Rodríguez y Juan Martín Calafate. Aunque no hay consenso sobre
la ubicación exacta de la isla Petronila, algunos la identifican con Meanguera
(El Salvador) y otros con la Isla del Tigre (Honduras).
El 30 de marzo de 1523,
Andrés Niño llegó a Punta de Santo Tomé, donde el escribano Juan de Almanza
certificó una nueva toma de posesión, con testigos como Juan de Arvolancha,
Tomé Quintero, el contramaestre Juan de la Mora, Diego de Murcia y Gómez
Hernández. Se cree que este lugar podría haber sido parte del Istmo de
Tehuantepec, en México.
El cronista Francisco
López de Gómara relata que, durante un viaje de dos españoles a las cortes de
los quichés y cakchiqueles, los nativos les preguntaron si su capitán traía
consigo "grandes monstruos marinos" que habían pasado por la costa el
año anterior. Se referían a las naves de Andrés Niño. Uno de los españoles, un
carpintero de barcos llamado Treviño, dibujó en el suelo una carraca con seis
mástiles, lo que dejó maravillados a los indígenas por el tamaño, las velas y
la complejidad del navío.
El regreso a Panamá y el
conflicto con Pedrarias
El 5 de junio de 1523,
Gil González Dávila y Andrés Niño regresaron a Nuestra Señora de la Asunción de
Panamá a bordo de tres barcos y canoas indígenas, ya que el navío principal no
podía mantenerse a flote. Como resultado de la expedición, trajeron consigo:
· 112,024
pesos y 3 tostones de oro bajo.
· 145
pesos en perlas.
· Del
total, el quinto real (la parte correspondiente a la Corona) ascendió a:
· 17,000
pesos de oro de ley de 18 y 12 quilates.
· 15,363
pesos de oro de hachas (con un valor de 200 maravedíes por peso).
· 6,182
pesos de cascabeles, sin ley específica.
La reacción de Pedrarias
y los oficiales reales
El regreso de González
Dávila molestó a los oficiales reales y, especialmente, a Pedrarias Dávila.
Cuando González Dávila solicitó apoyo al tesorero Alonso de la Puente para
castigar a los caciques diriangénes y nicaraos por su traición, este le
respondió que solo lo ayudaría si la expedición se realizaba en nombre de
Pedrarias. Sin embargo, Pedrarias se negó a asociarse, ya que estaba
organizando su propia armada para continuar la conquista de Nicaragua. Para
ello, compró los barcos de Andrés Niño con el apoyo de los oficiales reales.
La formación de la
compañía para la conquista de Nicaragua
El 22 de septiembre de
1523, Pedrarias, junto con el tesorero Alonso de la Puente, el contador Diego
Márquez, el licenciado Juan Rodríguez de Alarconcillo y el capitán Francisco
Fernández, formaron una compañía para conquistar Nicaragua. Pedrarias aportó
navíos, jarcia, negros y caballos que había comprado en una subasta a Andrés
Niño por 2,000 pesos, lo que le daba derecho a 2/6 partes del botín, mientras
que los otros cuatro socios recibirían 1/6 parte cada uno.
Sin embargo, el
verdadero financista de la empresa fue Juan Téllez, quien prestó dinero a
Pedrarias y a otros socios para la compra de los barcos. Gracias a su
inversión, Téllez se autonombró encargado de la contabilidad de la armada, lo
que fue aceptado por todos los accionistas. La compañía ofreció a quienes se
unieran a la expedición 3 o 4 navíos completamente equipados por un plazo de
año y medio.
González Dávila busca
apoyo en La Española
Ante esta situación,
González Dávila compró un navío en Nombre de Dios y zarpó hacia La Española
(Santo Domingo). Desde allí, envió a Andrés de Cereceda a Castilla con el
quinto real, algo que Pedrarias no pudo evitar porque no llegó a tiempo. En La
Española, González Dávila elaboró un informe detallado titulado:
"Itinerario y
cuentas de Gil González Dávila por el tesorero Andrés de Cereceda. Relación de
las leguas que el capitán Gil González Dávila anduvo a pie, por tierra, por la
costa de la Mar del Sur, y de los caciques e indios que descubrió y se
bautizaron y del oro que dieron para sus majestades."
En el informe, Cereceda
destacó que 32,264 indígenas habían sido bautizados durante las expediciones.
Además, González Dávila solicitó al rey que le concediera:
La gobernación de los
territorios que había descubierto y descubriera, con el título de Almirante del
Mar Dulce.
La décima parte de los
derechos de oro, rentas y otros beneficios que correspondieran a la Corona.
Que estos privilegios
fueran perpetuos para él y sus herederos, incluyendo el derecho a seleccionar 3
islas del Mar Dulce para su familia.
González Dávila explicó
que, debido a las restricciones de Pedrarias, no pudo enviar a más personas a
Castilla para respaldar su solicitud, aparte de un paje y dos mozos.
Preparativos para una
nueva expedición
Mientras tanto, en La
Española, González Dávila preparaba una nueva expedición hacia el Golfo de
Hibueras (Honduras), con el objetivo de:
Buscar el Mar Dulce.
Investigar si este
estaba conectado con el Mar del Norte (Océano Atlántico).
La expedición estaría
compuesta por:
· 50
soldados a caballo.
· 300
infantes.
La exploración del Estrecho Dudoso y la
fundación de León, Granada y Bruselas
El contexto de la expedición
A finales de 1523, la Armada Córdoba,
comandada por Francisco Hernández de Córdoba, partió de Panamá con un objetivo
claro: rescatar oro. A diferencia de la expedición de Gil González Dávila, esta
no contaba con autorización real, sino que fue el resultado de una decisión
apresurada y envidiosa de Pedrarias Dávila. Este último buscaba anticiparse a
que González Dávila informara a la Corona sobre sus logros en Nicaragua,
evitando así que fuera recompensado con el mando exclusivo de la región recién
descubierta.
Pedrarias justificó su decisión
argumentando que, entre 1519 y 1520, la expedición del alcalde Mayor Gaspar de
Espinosa —bajo sus órdenes— había sido la primera en explorar el Mar del Sur y
sus costas, llegando hasta el Golfo de Chira (Nicoya). Por esta razón, pospuso
la autorización de la expedición de Francisco Pizarro y Diego de Almagro hacia
el sur, para concentrar los esfuerzos en la ruta hacia el norte.
El financiamiento de la expedición
El cronista Antonio de Herrera y
Tordesillas señaló que Pedrarias compró los barcos con fondos proporcionados
por el Maestrescuela de la Iglesia de Santa María del Darién, Hernando de
Luque, así como por Francisco Pizarro y Diego de Almagro. Sin embargo, el
historiador Mario Góngora demostró que esto no fue así. De los navíos
utilizados, solo se conoce el nombre de la galeota "Santiago", que
realizó alrededor de 5 viajes entre Nicaragua y Panamá, transportando oro,
guanín y esclavos indígenas.
Francisco Hernández de Córdoba: El líder
de la expedición
Francisco Hernández de Córdoba era natural
de Cabra (Córdoba, Andalucía), hijo de Alonso Hernández y Elvira Díaz. Llegó a
América el 10 de enero de 1517 y participó bajo las órdenes de Vasco Núñez de
Balboa en la entrada a Comogre. El 25 de octubre de 1519, como alcalde Ordinario
de Panamá y Capitán de Guarda de Pedrarias, participó en el alarde (desfile
militar) de la Armada que él mismo lideraría hacia el Mar del Sur, con 229
hombres.
Durante el alarde, la armada se organizó
en tres cuerpos:
· Cuerpo
de Guarda de Hernández de Córdoba, con lugartenientes como Alonso de Peralta,
Gabriel de Rojas y Juan Alonso Palomino.
· Cuerpo
comandado por el Capitán Hernando de Soto.
· Cuerpo
liderado por el Capitán Francisco de la Puente.
Esta estructura se reorganizaría según las
necesidades de la campaña.
Hernando de Soto: El estratega
Uno de los capitanes más destacados de la
expedición fue Hernando de Soto, nacido hacia 1500 en Extremadura, posiblemente
en Jerez de los Caballeros. En 1514, con solo un escudo y su espada, se unió a
la expedición de Pedrarias Dávila a Castilla de Oro. En 1520, participó en las
campañas de Gaspar de Espinosa contra los caciques París y Urraca.
Tras su paso por Nicaragua y Honduras, se
unió a las huestes de Francisco Pizarro y Diego de Almagro en la conquista del
Imperio Inca. Más tarde, como Gobernador de Cuba y casado con Isabel, hija de
Pedrarias, exploró las riberas del Misisipi, donde murió el 21 de mayo de 1542.
Andrés de Garavito: El traidor
recompensado
Otro capitán destacado fue Andrés de
Garavito, quien, tras ser un hombre de confianza de Vasco Núñez de Balboa, lo
traicionó. Sus declaraciones fueron clave para la condena a muerte de Balboa.
Como recompensa, Pedrarias lo propuso como Capitán General y teniente de
Gobernador de la Armada hacia Nicaragua, pero no logró el cargo debido a la
oposición de los financistas, liderados por Juan Téllez, quienes impusieron a
Francisco Hernández de Córdoba como capitán.
Gabriel de Rojas: El veterano de noble
cuna
Gabriel de Rojas, nacido hacia 1480 en
Cuéllar (Segovia), era hijo de Gómez de Rojas y María de Torres-Córdoba. Estaba
emparentado con el Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba y, por línea paterna,
con Beltrán de la Cueva, padre de La Beltraneja.
Fernández de Oviedo lo describió como:
"Conquistador y buen soldado,
veterano en la Tierra-Firme, hombre de honor y experiencia, valeroso, de buena
casta, gentil y conversable, buen compañero y liberal."
Tras participar en la conquista de
Nicaragua y Honduras, se unió a la del Perú, donde murió en Catamarca en 1549,
víctima de un flechazo envenenado.
La tripulación y su composición
La mayoría de la tripulación pertenecía a
la Gobernación de Castilla de Oro, pero también incluía a veteranos de la
Armada de Gil González Dávila, como el cura Diego de Agüero, los capitanes Ruy
Díaz y Antón Mayor, y algunos esclavos negros y pajes indígenas.
Además, uno de los navíos transportó las
piezas desarmadas de un bergantín, destinado a explorar el Estrecho Dudoso,
junto con bestias de carga. Se sabe que 14 caballos pertenecían a distintos
propietarios, pero también hubo otros de Pedrarias Dávila y oficiales reales,
quienes luego reclamarían el pago por 10 caballos muertos en combate.
La expedición de
Francisco Hernández de Córdoba y la resistencia indígena
El desembarco y la
logística inicial
Francisco Hernández de
Córdoba partió con su armada en los últimos meses de 1524, siguiendo la misma
ruta que Gil González Dávila. Desembarcó en el Golfo de San Lúcar (Nicoya),
donde logró reclutar a un buen número de indígenas para transportar el matalotaje
(provisiones) y, especialmente, las piezas del bergantín hasta el Lago
Cocibolca (Mar Dulce).
Según una declaración de
Francisco de Castañeda (quien fue Alcalde Mayor de León), el cacique de Nicoya
fue clave en este proceso:
"Este cacique, por
ser muy amigo de los cristianos, nunca permitió levantamientos en su
territorio. Todos los que desembarcan en la isla de Chira [Golfo de Nicoya]
para llegar a Nicaragua por tierra pasan en canoas y barcas hasta este cacique.
Allí se proveen de comida para las 35 leguas que hay hasta Nicaragua, y los
indígenas les ayudan a transportar las provisiones. Cerca de Nicoya,
desembarcan los caballos y bestias que traen desde Castilla del Oro, porque los
navíos no se atreven a cruzar el Golfo de Nicaragua hacia el Puerto de la
Posesión debido a las fuertes olas."
Las cabalgadas y la
violencia contra los indígenas
Mientras se armaba el
bergantín, las tropas de Hernández de Córdoba emprendieron cruentas cabalgadas
contra los nicaraos, nocharis (nequecheris) y dirianes, con el objetivo de
rescatar oro y esclavizar a los indígenas. Estas acciones fueron extremadamente
violentas, como lo describió en 1543 el cacique Don Gonzalo al cronista
Girólamo Benzoni:
"Cuando supimos que
los cristianos venían a nuestras tierras y conocimos las crueldades que
cometían —matando, incendiando y robando—, convocamos a nuestros aliados. En
consejo, decidimos luchar y morir con valentía antes que ser sojuzgados.
Preparamos lanzas, piedras, flechas y otras armas. Cuando los cristianos
llegaron, los atacamos y combatimos durante gran parte del día. Pero al final,
la mayoría de los nuestros, asustados por los caballos, huyeron."
Los indígenas enviaron
dos embajadores a pedir la paz al capitán cristiano, pero solo para
reorganizarse. Fingiendo amistad, visitaron a los españoles con cantos, bailes
y regalos de oro. Sin embargo, tras tres días, volvieron a atacar. Tras
repetidos intentos, los indígenas decidieron que preferían morir antes que
someterse. Las mujeres, al enterarse de esta decisión, les suplicaron que se
rindieran para evitar la muerte de sus hijos y familias. Ante sus lágrimas, los
guerreros depusieron las armas y se sometieron.
La sumisión y sus
consecuencias
Aunque inicialmente se
sometieron, los malos tratos continuos llevaron a que algunos pueblos se
sublevaran. Los españoles respondieron con una brutal represión:
"Castigaban a los
rebeldes de manera tan cruel que incluso mataban a los niños con sus espadas.
Bajo el pretexto de que querían rebelarse, los capturaban, torturaban y vendían
como esclavos. Ya no éramos dueños de nuestras esposas, hijos ni bienes.
Muchos, desesperados, mataban a sus hijos, se ahorcaban o dejaban morir de
hambre."
Finalmente, tras
innumerables sufrimientos, llegó una provisión real que les devolvió la
libertad.
La exploración del Estrecho Dudoso y el
caso de los Desollados
El Volcán de Masaya y las correrías
españolas
Durante las correrías contra los
habitantes de Masaya, Nindirí y Managua, los españoles observaron con asombro
el fuerte resplandor del Volcán de Masaya (Popogatepe), cuyas erupciones
iluminaban el cielo. Pedrarias Dávila lo describió en una carta a Carlos V:
"Cerca de la provincia de Masaya hay
una gran boca de fuego que nunca deja de arder. De noche, parece que toca el
cielo, y su luz se ve a 15 leguas de distancia, como si fuera de día."
El descubrimiento del sistema lacustre
El Capitán Ruy Díaz, veterano de la
expedición de Gil González Dávila, exploró el Estrecho Dudoso y descubrió que
el Mar Dulce estaba compuesto por dos lagos (el Xolotlán al norte y el
Cocibolca al sur), unidos por el río Tipitapa y una laguneta (Tisma). También
identificó islas pobladas como Zapatera, Ometepe y Solentiname, así como un
desaguadero (Río San Juan) con dos raudales (uno en la confluencia del río
Sábalo y otro cerca de donde luego se construiría el Castillo de la
Inmaculada). En su informe, Ruy Díaz señaló:
"El Mar Dulce tiene dos bocas: una de
30 leguas de ancho. Entre ambas hay un estrecho por donde se 'sangra' el agua,
y en medio, una laguna pequeña. Hay muchas islas pobladas. Lanzamos un
bergantín al agua, pero no pudo avanzar por el río San Juan debido a las
piedras y la corriente. Creemos que este río desemboca en el Mar del
Norte."
Distribución del botín y traición a los
conquistadores
Tras las campañas, el 1 de mayo de 1524,
Francisco Hernández de Córdoba decidió en Tezoatega (actual El Viejo) cómo
repartir el oro rescatado (21,908 pesos) entre financistas, monasterios y
conquistadores. Sin embargo, los accionistas, liderados por Juan Téllez, se
quedaron con casi todo el oro, excepto el quinto real (185,000 pesos). El
Maestre naviero Cristóbal Quintero transportó el botín desde el Puerto de la
Posesión hasta Panamá, llegando el 10 de mayo de 1524.
Los principales beneficiados fueron:
· Alonso
de la Puente — 2,300
· Juan
Téllez — 2,000
· Hernando
de Soto — 1,500
· Francisco
Hernández — 1,300
· Francisco
de la Puente — 1,000
· Presbítero
Diego de Agüero — 510
El caso de los Desollados: Una estrategia
de guerra indígena
En Imabite (Nagarando), los indígenas
idearon una táctica para asustar a los españoles y sus caballos. Según
Fernández de Oviedo, mataron a ancianos y ancianas, los desollaron, se
vistieron con sus pieles (con la carne hacia afuera) y los usaron como escudos
en la batalla. Los españoles, aunque inicialmente sorprendidos, derrotaron a
los indígenas y bautizaron la zona como "Provincia de los
Desollados".
Esta práctica, conocida como
tlacaxipehualiztli, era un ritual mesoamericano en honor a Xipe Tótec, dios de
la agricultura. Los prisioneros de guerra eran sacrificados, desollados, y sus
pieles eran usadas por sacerdotes y penitentes en procesiones y danzas para
asegurar buenas cosechas. Este ritual se mantenía vivo entre teotihuacanos,
toltecas, chorotegas y nicaraos.
El descenso demográfico
en Nicaragua: Esclavitud, enfermedades y violencia colonial
El comercio de esclavos
y su impacto
Además del envío de oro
y guanín a Panamá en mayo de 1524, Francisco Hernández de Córdoba organizó dos
remesas adicionales de esclavos indígenas en noviembre y diciembre del mismo
año. Esta práctica convirtió a Hernández de Córdoba en uno de los principales
responsables del despoblamiento de Nicaragua, ya que, al no encontrar el oro
esperado, compensó la falta de riqueza con la captura y venta de indígenas como
esclavos. En Panamá, donde la demanda de mano de obra era alta, los esclavos
eran vendidos rápidamente, lo que aceleró la disminución drástica de la
población nativa.
Las enfermedades: Un
factor devastador
Sin embargo, el
principal motor del descenso demográfico no fue solo la esclavitud, sino
también las enfermedades traídas por los conquistadores. Los indígenas, al no
tener inmunidad contra patógenos europeos, sufrieron epidemias catastróficas.
Según Linda Newson en su tesis Indian Survival in Colonial Nicaragua, el
comercio de esclavos y las enfermedades fueron igualmente responsables de una
tercera parte del descenso demográfico. El tercio restante se atribuye al
maltrato, el trabajo forzado y la destrucción de las comunidades indígenas como
consecuencia directa de la conquista y colonización.
Aunque no se sabe con
certeza cuál fue la primera epidemia que azotó Nicaragua en 1524, es probable
que fuera la viruela, como ocurrió en México y Guatemala. Los españoles
interpretaron estas pestilencias como un castigo divino por la resistencia
indígena a la imposición de la nueva religión. Esta narrativa fue difundida por
curas como Diego de Agüero, Rodrigo Pérez y Diego de Escobar, quienes, tras las
cabalgadas y correrías, bautizaban a los indígenas que habían sobrevivido al
terror.
La justificación
religiosa de la conquista
El Cronista General de
Indias, Antonio de Herrera y Tordesillas, recogió relatos de los conquistadores
que presentaban estos eventos como milagros divinos, en la tradición de los
cantares de gesta y novelas de caballería:
"Francisco
Hernández llevó consigo a algunos religiosos, quienes, con gran fervor, se
dedicaron a predicar y realizar ejercicios católicos. Los indígenas, al
intentar derribar una cruz, no lo lograron, y poco después, una pestilencia
comenzó a diezmarlos. Este y otros 'milagros' asombraron tanto a los nativos
que infinidad de ellos acudieron a pedir cruces y bautizarse. Incluso en
templos donde no se había colocado la cruz ni imágenes, cayeron rayos que los
quemaron, lo que llevó a los pueblos a solicitar el bautismo y las imágenes de
Nuestro Señor. Como había pocos clérigos, los propios indígenas comenzaron a
bautizarse unos a otros, imitando a los sacerdotes."
Fundación de Santiago de
los Caballeros de León: Estrategia, geografía y desafíos
El contexto político y
la urgencia de fundar ciudades
La compañía organizada
por Pedrarias Dávila para explorar Nicaragua tenía un plazo de dos años antes
de extinguirse, ya que la Corona no había autorizado su existencia. Francisco
Hernández de Córdoba, buscando consolidar su autonomía frente a Pedrarias y los
accionistas, decidió fundar ciudades, construir fortalezas y nombrar cabildos.
Esta estrategia no era nueva: en Europa, la fundación de ciudades y la creación
de ayuntamientos habían servido para limitar el poder de los señores feudales.
Para agosto de 1524,
existía el temor de que fuerzas militares provenientes del Golfo de Honduras
(ya fueran de Gil González Dávila o Hernán Cortés) pudieran invadir Nicaragua.
Por ello, era urgente contar con ciudades fortificadas que pudieran resistir un
ataque.
La fundación de León:
Tradición y controversias
Según Sofonías
Salvatierra, en su obra Contribución a la historia de Centroamérica, la primera
ciudad fundada en Nicaragua fue Santiago de los Caballeros de León, el día de
la Santísima Trinidad. Esta fecha se celebraba con misa, sermón y procesión,
donde se llevaba el estandarte real entre la imagen de la Trinidad y las armas
reales.
El historiador Carlos
Meléndez Chaverri, basándose en documentos coloniales, confirmó que León fue la
primera ciudad fundada en Nicaragua. Sin embargo, no hay consenso sobre la
fecha exacta: mientras el obispo Dionisio de Villavicencio (en 1732) mencionó
la fiesta de la Santísima Trinidad, Meléndez Chaverri sugirió que pudo haber
sido en noviembre de 1524.
El sitio de fundación:
Entre volcanes y lagunas
León fue fundada en una
ensenada de la costa noroeste del Lago Xolotlán, frente al Volcán Momotombo,
cuya actividad impresionó a los conquistadores. Pedrarias Dávila describió así
el volcán al informar a la Corona:
"Cerca de la ciudad
de León hay un cerro muy alto, del que sale fuego por cinco bocas, visible de
día y de noche. Alrededor hay gran cantidad de piedra azufre, y algunos ríos
están tan calientes que apenas se pueden cruzar. Hay una fuente que hierve
constantemente: si se mete un ave o algo crudo, sale cocido al instante."
El cronista Gonzalo
Fernández de Oviedo, testigo presencial, añadió detalles sobre los riesgos
sísmicos y la actividad volcánica:
"A una legua y
media de León está el volcán Momotombo, con muchos agujeros que emiten humo sin
cesar. Hay fuentes de agua hirviendo, como en Pozzuoli (Nápoles), y el volcán
es una mina de azufre. A veces, el viento caliente que sale de sus grietas es
insoportable. También hay agujeros que emiten un ruido ensordecedor, como si
fueran fraguas de herreros. La tierra tiembla con frecuencia, y en un solo día
conté más de 60 temblores. Los rayos caen y matan gente, queman casas."
La estructura urbana y
las autoridades
Según el historiador del
arte Antonio Bonet Correa, quien participó en las excavaciones de León Viejo,
la plaza de armas estaba rodeada por:
· 4
manzanas al norte.
· 6
manzanas al sur.
· 4
manzanas al occidente.
· 5
manzanas al oriente, donde se ubicaba la fortaleza, junto a la ribera del Lago
Xolotlán, con vista al volcán.
Las ruinas de León Viejo
se encuentran entre las coordenadas:
· Latitud
norte: 12°23’6” y 12°24’1”.
· Longitud
oeste: 86°36’6” y 86°37’2”.
La distribución de
tierras y mano de obra
En el acto de fundación,
Francisco Hernández de Córdoba otorgó a los primeros colonos:
Solares para construir
viviendas y huertas.
· Tierras
de cultivo.
· Indígenas
de repartimiento (esclavos), según su rango:
· Caballeros
(soldados a caballo) recibían caballerías de tierra.
· Infantes
(peones) recibían peonías.
La ciudad se fundó en
una región densamente poblada por indígenas, lo que garantizó mano de obra
suficiente para su construcción. Según documentos de la época:
"En la provincia de
Imabite, donde se fundó León, había 15,000 vecinos indígenas. Se construyó el
mejor templo de la región, y la ciudad estaba rodeada de huertas y árboles,
junto a la ribera del Mar Dulce."
Las primeras autoridades
El primer alcalde
Ordinario fue Sebastián de Benalcázar, aunque solo permaneció unos meses en el
cargo. En 1525, se nombraron nuevas autoridades:
· Alcaldes
Ordinarios: Alonso Cansino y Pedro de Miranda.
· Regidores:
Gómez Arias y Gabriel Pie de Hierro.
· Escribano
de Cabildo: Nicolás Núñez.
· El
clérigo Pedro Bravo, quien había llegado desde Honduras, se hizo cargo del
templo.
Fundación de Granada:
Estrategia y supervivencia en tierras conflictivas
Contexto y fecha de
fundación
La ciudad de Granada fue
fundada por Francisco Hernández de Córdoba como la segunda ciudad en Nicaragua,
después de León y antes de Bruselas. Aunque no se conoce la fecha exacta, se
estima que ocurrió entre finales de 1524 y los primeros meses de 1525.
Ubicación estratégica
Hernández de Córdoba
eligió un llano entre el Lago Cocibolca (Mar Dulce) y el pueblo indígena de
Jalteva para fundar Granada. Evitó deliberadamente el lugar donde Gil González
Dávila había tomado posesión del Mar Dulce, alegando que estaba demasiado
poblado y, por lo tanto, era un riesgo de sublevación. Sin embargo, la
verdadera razón era que los nicaraos, nequecheris y dirianes ya habían
demostrado su resistencia y capacidad para expulsar a los españoles.
Además, esta ubicación
tenía un propósito militar: servir como baluarte para proteger el acceso a León
y evitar que González Dávila, en caso de regresar con nuevos privilegios
reales, reclamara el territorio.
Estructura y defensas
No se conserva el Acta
de Fundación de Granada, ni se conoce con exactitud su traza urbana. Sin
embargo, se sabe que, además de una iglesia, se construyó una fortaleza,
posiblemente ubicada al poniente de la ciudad (en la zona conocida hoy como La
Pólvora). Esta ubicación era estratégica, ya que controlaba el camino hacia los
territorios de los dirianes (como Diriomo, Diriá y Catarina) y los nequecheris
(Ochomogo, Nandapia, Mombacho, Nandaime, Morati y Zoatega).
Recursos y población
Hernández de Córdoba
describió la región como fértil y abundante en provisiones:
"En la provincia de
Nequecheri, donde se fundó Granada, hay más de 3 leguas de territorio poblado,
con 8,000 vecinos indígenas. La ciudad está junto al Mar Dulce, con buenos
ríos, huertas, pesquerías y materiales de construcción. Se edificó un templo
suntuoso, bien servido y adornado."
Al igual que en otras
fundaciones, los primeros colonos recibieron:
· Solares
para construir sus viviendas.
· Tierras
de cultivo.
· Indígenas
de repartimiento (esclavos), según su rango.
Autoridades en 1525
Si Granada fue fundada en 1525, sus
primeras autoridades fueron:
· Teniente
de Justicia Mayor: Gabriel de Rojas
· Alcalde
Ordinario: Ruy Díaz
· Regidores:
Luis de Guevara, Antón Velasco y Juan de Porras
· Escribano
de Cabildo: Gonzalo de Ribera
Fundación de Bruselas:
Un enclave en el Golfo de San Lúcar
Contexto y ubicación
A principios de 1525, el
Capitán Ruy Díaz, en nombre de Francisco Hernández de Córdoba, fundó la Villa
de Bruselas en Orotina, frente a la Isla de Chira, en el Golfo de San Lúcar
(Nicoya).
Descripción y recursos
Pedrarias Dávila, en una
carta a la Corona, describió Bruselas como:
"En el Estrecho
Dudoso se fundó la villa de Bruselas, en el sitio de Brutina. Tiene llanos por
un lado, el mar por otro, y la sierra con minas a 3 leguas de distancia. Los
indígenas están pacificados, y la villa está en el centro de las provincias de
la región. Es una comarca con buenas aguas, aire puro, caza, pesca y tierras
fértiles, ideales para el cultivo de maíz y otras cosechas."
Autoridades en 1525
Las primeras autoridades
de Bruselas fueron:
Alcalde Ordinario: Johan
de Barrientos
· Regidores:
Alonso Quintero, Nicolás de Triana, Martín de la Calle, Juanes de Arbolancha y
Luis Dávila
· Procurador:
Francisco Díaz
· Alguacil
Mayor: Francisco Flores
· Escribano
de Cabildo: Sebastián de Saavedra
Antes de regresar a
Granada, los fundadores dejaron a Andrés de Garavito como teniente de Justicia
Mayor.
Estrecho dudoso,
cruentos enfrentamientos y decapitación de Cristóbal de Olid
En 1502, durante su
cuarto viaje, Cristóbal Colón descubrió el golfo de Honduras, en el mar Caribe,
y recorrió el litoral centroamericano habitado por poblaciones con una cultura
superior a la de las Antillas. Bartolomé de las Casas lo registró así en su
Historia General de las Indias, al relatar un episodio singular:
“Habiendo saltado el
Adelantado [Cristóbal Colón] en esta isla de los Guanajes o Guanaja, llegó una
canoa llena de indios, tan luenga como una galera y de ocho pies de ancho;
traían en medio un toldo de esteras hechas de palma, que en la Nueva España
llaman petates, debajo del cual venían sus mujeres e hijos, hacendejas y
mercaderías, sin que el agua del cielo ni del mar les mojara cosa alguna.
Las mercaderías eran
muchas mantas de algodón, muy pintadas y labradas, camisetas sin mangas,
almaizares de vistosos colores, espadas de palo con filos de pedernal,
hachuelas de cobre, cascabeles, crisoles para fundir el metal, almendras de
cacao y pan de maíz, además de un vino hecho del mismo maíz que parecía
cerveza. Venían en la canoa unos veinticinco hombres, que no se atrevieron a
huir ni a defenderse al ver la barca de los cristianos.”
Después de aquel viaje,
Colón cayó en desgracia ante la Corona. Al regresar a Castilla, ya no contó con
la protección de Isabel la Católica, enferma de gravedad. Temeroso de perder
sus descubrimientos, decidió no revelar las coordenadas de las nuevas tierras y
las guardó celosamente, como expresó en su Carta de Jamaica (1503):
“Respondan, si saben,
dónde está el sitio de Veragua. Digo que no pueden dar otra razón, salvo que
fueron a unas tierras donde hay mucho oro. Pero para volver a ellas, el camino
lo tienen ignorado. Sería necesario descubrirlas como la primera vez. Solo la
astrología lo sabe; quien la entienda, eso le basta. A visión profética se
asemeja esto.”
En busca de resolver
aquel enigma, en 1508 Juan Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón exploraron el
mar al sur de las Antillas Mayores, tratando de hallar las tierras del oro y un
canal que conectara con las Indias Orientales. Llegaron nuevamente al golfo de
Honduras y encontraron islas densamente pobladas, lo que causó admiración y
motivó nuevas expediciones. Los gobernadores de La Española y Cuba autorizaron
viajes con el pretexto de explorar, pero en realidad su propósito era “saltear
indios”, es decir, capturarlos como esclavos en Guanaja, Roatán, Guaymoreta,
Guayama y Utila, para reemplazar con ellos la mano de obra indígena de las
Antillas, diezmada por las enfermedades traídas por los europeos.
Aquellos salteamientos
causaron una devastación demográfica semejante a la de las pestes. Hernán
Cortés lo confirmaría dos décadas después en su Quinta carta de relación a la
Corona, al señalar que los españoles:
“Les hacían mucho daño,
porque además de quemarles muchos pueblos y matarles alguna gente, por donde
muchos se habían despoblado y huido a los montes, recibían otro mayor daño los
mercaderes tratantes [indígenas], porque con esto se perdió toda la
contratación de aquella costa, que era mucha.”
Esto demuestra no solo
que la actividad comercial observada por Colón era cierta, sino también que el
litoral caribeño era recorrido desde Yucatán hasta el istmo de Panamá, donde
existían factorías y centros de intercambio.
Entre las incursiones
realizadas en las Islas de la Bahía de Honduras, destacó una en febrero de
1517, integrada mayormente por hombres que habían formado parte de la armada de
Pedrarias Dávila. Fue dirigida por Francisco Hernández de Córdoba “el Viejo”
(1475?-1518), homónimo del conquistador de Nicaragua, quien partió con tres
embarcaciones, una de ellas propiedad del gobernador Diego de Velázquez, que
impuso una condición:
“Primero habíamos de ir
con aquellos tres navíos a unas isletas entre Cuba y Honduras —las actuales
Islas de los Guanaxes—, y habíamos de ir de guerra y cargar los navíos de
indios de aquellas islas, para pagar con ellos el barco, sirviéndose de ellos
como esclavos.”
Entre los tripulantes
iban el piloto Antón de Alaminos y el futuro cronista Bernal Díaz del Castillo.
Pero la expedición no logró su objetivo: los vientos desviaron las naves hasta
una gran isla, Cozumel, que bautizaron como Santa María de los Remedios. Desde
allí organizaron incursiones hacia Catoche, Campeche y Champotón, ciudades con
templos de piedra y cal, calzadas empedradas, esculturas monumentales, tejidos
coloridos, abundantes alimentos, miel, joyas de oro y, sobre todo, una forma de
escritura trazada sobre pliegos de henequén.
En uno de aquellos
lugares, los españoles capturaron a dos indígenas a quienes bautizaron con los
nombres de Melchor y Julián, quienes más tarde resultarían de gran ayuda como
intérpretes y guías.
Informado el gobernador
de Cuba, Diego de Velázquez, de los descubrimientos realizados por Francisco
Hernández de Córdoba (el Viejo), en 1518 organizó por su cuenta una nueva
expedición compuesta por tres navíos, un bergantín y doscientos tripulantes,
entre ellos Francisco de Montejo, Pedro de Alvarado y Bernal Díaz del Castillo.
Nombró como capitán de la empresa a su sobrino Juan de Grijalva, y como piloto
mayor a Antón de Alaminos. Le instruyó además:
“Que por ninguna manera
poblase en parte alguna de la tierra descubierta por Francisco Hernández, ni en
la que más descubriere, sino que solamente rescatase y dejase las gentes por
donde anduviese pacíficas y en amor de los cristianos.”
El 3 de mayo de 1518,
Grijalva y sus acompañantes desembarcaron en la isla de Cozumel, donde hallaron
poco oro, motivo por el cual continuaron su travesía hacia Campeche, Champotón,
Puerto Deseado y Río Tabasco. En este último sitio fueron recibidos pacíficamente:
los nativos les ofrecieron alimentos y algunos objetos de oro y cobre. Sin
embargo, por medio de los intérpretes Melchor y Julián, los españoles exigieron
que se sometieran al rey de España, se reconocieran como vasallos y
tributarios, y entregaran sus objetos de oro a cambio de las baratijas que
llevaban para el rescate.
Según narra Bernal Díaz
del Castillo, la respuesta de los señores de Tabasco fue:
“Darían el bastimento
que decíamos y trocarían de sus cosas a las nuestras, y en lo demás que señor
tienen, y que ahora veníamos y sin conocerlos, y ya les queríamos dar señor, y
que mirásemos no les diésemos guerra como en Potonchán, porque tenían
aparejados dos jiquipiles (dieciséis mil) de gentes de guerra de aquellas
provincias contra nosotros.”
A pesar de la tensión,
los señores de Tabasco obsequiaron a los españoles algunas piezas de oro,
explicando que no daban más porque no tenían. Añadieron, sin embargo, que
“adelante, donde se pone el sol, hay mucho oro”, y repetían: “Culúa, Culúa,
México, México.”
Impulsados por la
codicia, los hombres de la expedición intentaron convencer a Grijalva para que
fundara una población en aquel lugar y autorizara entradas y correrías, pero él
se mantuvo fiel a las órdenes de su tío y se limitó al rescate de oro. Temiendo
un amotinamiento, envió de regreso a Cuba a los más revoltosos, entre ellos a
Pedro de Alvarado, quien aprovechó el viaje para intrigar contra su primo y
lograr que Velázquez perdiera la confianza en él. Así, el gobernador preparó
una nueva armada, esta vez al mando de Hernán Cortés, con la orden de buscar y
conquistar la región denominada Culúa, Culúa, México, México.
De este modo se
emprendió la conquista del Imperio azteca, y en 1522, gracias a los cuantiosos
dones que Cortés hizo llegar a la Corona, no solo fue perdonado por su
insubordinación contra Velázquez, sino también nombrado gobernador de los
territorios conquistados.
Por esos mismos años, al
enterarse Cortés de que en Castilla de Oro Pedrarias Dávila había organizado
una expedición hacia Nicaragua, bajo el mando de Francisco Hernández de Córdoba
(homónimo del explorador de Yucatán), decidió extender sus dominios hacia el
sur del Altiplano mexicano y adelantarse en la búsqueda del Estrecho Dudoso,
que se creía unía el Mar del Sur con el Mar del Norte.
Con ese propósito, en
1523 organizó dos expediciones: una marítima, al mando de Cristóbal de Olid,
con destino al Golfo de Honduras; y otra terrestre, dirigida por Pedro de
Alvarado, que debía internarse en los señoríos quichés, cakchiqueles y tzutujiles,
en la actual Guatemala. Según Díaz del Castillo, el encargo de Cortés a Olid
fue:
“Mandó que buenamente,
sin haber muertes de indios, cuando hubiese desembarcado procurase poblar una
villa en algún buen puerto, y que a los naturales los trajese de paz, y buscase
oro y plata; y que inquiriese si había estrecho o qué puertos había por la
banda del sur. Le dio dos clérigos, uno de los cuales sabía la lengua mexicana,
encargándoles predicar con diligencia nuestra santa fe, prohibir las sodomías y
sacrificios, y liberar a los cautivos destinados al sacrificio. Mandó también
que en todas partes se pusiesen cruces e imágenes de Nuestra Señora la Virgen
Santa María. Y le dijo: ‘Mira, hermano Cristóbal de Olid, de la manera que
habéis visto que lo hemos hecho en esta Nueva España, de esa manera procurad de
hacerlo.”
Olid, quien había
recibido por esposa a una princesa mexica, hermana de Moctezuma Xocoyotzin,
zarpó en enero de 1524 rumbo a Honduras con cinco navíos, un bergantín,
cuatrocientos hombres, treinta caballos y algunos cañones.
Sin embargo, poco
después Cortés supo que, al pasar por Cuba, Olid lo había traicionado, seducido
por los ofrecimientos del gobernador Diego de Velázquez. Decidido a castigarlo,
organizó una nueva expedición de cien soldados y cinco navíos, al mando de su
pariente Francisco de las Casas, con la orden de dirigirse al Golfo de Honduras
y capturar a Olid.
No obstante, al poco
tiempo Cortés consideró que esas fuerzas serían insuficientes, pues había
recibido noticias de que también había arribado al golfo la armada de Gil
González Dávila. Esto lo llevó a emprender personalmente una marcha terrestre
con lo mejor de sus huestes, con el doble propósito de castigar la traición de
Olid y contener las ambiciones de Pedrarias Dávila y Gil González Dávila.
Resulta llamativo que
parte de la comitiva de Cortés estuviera formada por Cuauhtémoc, Guanacasín,
Tetepanquetzal y Tacatelz, señores de Tenochtitlan, Texcoco, Tacuba y
Tlatelolco, respectivamente, además de tres mil mexicas.
Más sorprendente aún fue
el boato con que el conquistador emprendió su marcha: lo acompañaban un
mayordomo, dos maestresalas, un botiller, un repostero, un despensero, un
camarero, un médico, un cirujano, un encargado de las vajillas, un caballerizo,
dos pajes de lanza, ocho mozos de espuelas, dos cazadores halconeros, cinco
músicos —tañedores de chirimías, sacabuches y dulzainas—, un maromero, un
titiritero y Francisco de Montejo (el Mozo) como jefe de los pajes de servicio.
También integraban la expedición Juan de Barillas, fraile mercedario, dos
frailes franciscanos y un clérigo secular.
Después de nombrar como
encargado de justicia y gobernación de México a Alonso de Estrada, Hernán
Cortés partió de Tenochtitlan en octubre de 1524 rumbo al Puerto de Veracruz,
siempre acompañado de la Malinche, su principal intérprete. Para orientarse y
guiarse en el trayecto, los señores de Tabasco y Xicalango le entregaron un
mapa pintado en un lienzo, del que él mismo diría:
“Por la cual me pareció
que yo podía andar mucha parte de ella, en especial hasta allí donde me
señalaban que estaban los españoles.”
La travesía por las
selvas tropicales de Yucatán y Petén se convirtió en una auténtica odisea, en
la que el hambre fue el menor de los males. Los nativos de los pueblos por
donde transitaba Cortés no podían orientarlo, pues estaban acostumbrados a
desplazarse en canoas y no por tierra. Además, en la mayoría de los casos, los
indígenas preferían incendiar sus viviendas y huir a la espesura de la selva
antes que sufrir los atropellos de aquellos barbudos que, además de despojarlos
de sus alimentos, los obligaban a cargar sus pertenencias y servirles de guías.
Durante el trayecto,
Cortés ordenó dos actos de crueldad. El primero fue la quema de un indígena
mexica, sorprendido mientras devoraba el cuerpo de un hombre muerto durante un
ataque. Poco después, en la provincia de Acalán, mandó ahorcar al emperador azteca
Cuauhtémoc (Guatimotzín) y al señor de Tacuba, temeroso de que se sublevaran.
El propio Bernal Díaz del Castillo, testigo de los hechos, lo relató con
indignación:
“Y sin haber más
probanzas, Cortés mandó ahorcar al Guatemuz y al Señor de Tacuba, que era su
primo. Y antes que los ahorcasen, los frailes franciscanos y el mercedario los
fueron esforzando y encomendando a Dios, con la lengua Doña Marina. Y cuando lo
ahorcaron dijo el Guatemuz:
‘¡Oh Capitán Malinche!
Días había que yo tenía entendido y conocido tus falsas palabras, que esta
muerte me habías de dar. Pues no me la di cuando te entregaste en mi ciudad de
México, ¿por qué me matas sin justicia? Dios te lo demande.
El Señor de Tacuba dijo
que daba por bien empleada su muerte por morir junto a su señor Guatemuz. Y
antes que los ahorcasen, los fue confesando fray Juan de Barillas, el
mercedario, que sabía algo de la lengua. Los caciques les rogaban que los
encomendasen a Dios, pues eran buenos cristianos y creían de corazón. Y yo tuve
gran lástima del Guatemuz y de su primo por haberlos conocido tan grandes
señores. Ellos me hacían honra en el camino, especialmente dándome indios para
traer yerba a mi caballo. Y fue esta muerte muy injustamente dada, y pareció
mal a todos los que íbamos en aquella jornada.”
En su carta a la Corona,
Cortés justificó así la ejecución:
“Y averiguado que estos
dos eran los más culpados, los mandé ahorcar; y así fueron ahorcados, y a los
otros solté porque no parecía que tenían más culpa que de haberlo oído, aunque
aquello bastaba para merecer la muerte. Pero quedaron sus procesos abiertos
para que, cada vez que se revuelvan, puedan ser castigados.”
Dejemos por un momento a
Hernán Cortés, abriéndose paso entre selvas y ciénagas, y volvamos a Gil
González Dávila, quien el 8 de marzo de 1524, desde La Española (Santo
Domingo), informó a su protector, el arzobispo Juan Rodríguez de Fonseca, que
partiría pronto hacia la Bahía de Honduras con cincuenta hombres de a caballo y
doscientos infantes, desembarcando en el Mar del Norte con el propósito de
explorar los pueblos que había descubierto tiempo atrás, cerca del Mar Dulce,
durante su expedición por el Mar del Sur. Ese mismo año, antes de zarpar,
solicitó a la Corona varias mercedes, entre ellas:
La gobernación de las
tierras y provincias del Mar del Sur que había descubierto —y que aún
descubriera—, junto con las islas, tierras y costas del Mar Dulce, con derecho
hereditario para sus descendientes.
La décima parte de los
derechos pertenecientes a Su Majestad en los descubrimientos y rescates.
El almirantazgo del Mar
Dulce, tres islas y diez leguas de tierra en la salida del Mar Dulce hacia el
Mar del Norte, así como otras diez en el Mar del Sur, en el lugar que él
designara.
La décima parte de las
especies y mercancías que transportara desde el Mar del Sur al Golfo de las
Hibueras, en caso de hallar el paso hacia las Islas de las Especias.
Autorización para
construir una fortaleza en el Mar del Sur y otra en el Mar del Norte, con
derecho a escoger una para sí y sus descendientes, dotada de un salario de mil
pesos de oro y la potestad de nombrar al capitán de la otra.
Potestad para nombrar y
destituir cinco capitanes, con sus respectivas asignaciones.
Licencia para reclutar
hombres en La Española y en Tierra Firme.
A fines de marzo de
1524, González Dávila llegó al Golfo de Honduras. Antes de desembarcar, perdió
varios caballos a causa del mal tiempo y debió arrojarlos al mar, por lo que
aquel lugar pasó a conocerse como Puerto Caballos. Al explorar la región,
alcanzó Punta Manabique o Cabo de las Tres Puntas, y descubrió la desembocadura
del Río Dulce, donde fundó San Gil de Buenavista, “obra de una legua del puerto
que ahora llaman Golfo Dulce”, según escribió Bernal Díaz del Castillo. La zona
estaba muy próxima a Nito, antiguo centro comercial indígena donde se
intercambiaban jade, obsidiana, cacao, sal, algodón, oro y tintes por cerámica
suntuaria, plumas y pieles traídas desde las tierras bajas mayas.
Después de nombrar como
lugarteniente a Francisco Riquelme, González Dávila y Andrés Niño continuaron
la exploración del litoral caribeño en busca del Estrecho Dudoso. Al llegar a
la altura de lo que hoy es Trujillo, decidió internarse tierra adentro,
mientras Niño proseguía por mar. En la región de Olancho se enteró de que otros
castellanos realizaban incursiones y cabalgadas. Según Fernández de Oviedo, su
primer encuentro fue con fuerzas al mando de Gabriel de Rojas, aunque no se
produjo combate alguno. González Dávila le advirtió:
“Que él no tenía qué
hacer en aquella tierra, ni Pedrarias tampoco; que se tornase en buena hora a
Francisco Hernández, y que por su persona del capitán Rojas allí tendría toda
la parte que quisiese; pero que, como capitán de Pedrarias, a él ni a otro
había de consentir que anduviese por aquella tierra.”
Con algunas palabras
corteses, Rojas se retiró, pues no contaba con suficiente gente para
enfrentarlo, y —según se dijo— prometió no volver.
Al recibir tales
noticias, Francisco Hernández de Córdoba envió al capitán Hernando de Soto
hacia la región del Golfo de Fonseca para impedir la penetración de González
Dávila. Con base en la carta que su lugarteniente en Nicaragua le envió,
Pedrarias informó a la Corona lo sucedido a Hernando de Soto:
De esta Ciudad de León
se fue descubriendo y pacificando hasta la grande Ciudad de Nequepio, que
decían que era Melaca, a donde había llegado Pedro de Alvarado con su gente de
Hernán Cortés. Allí se vio el lugar donde tuvo el real que levantó y se
hallaron algunas cosas que había dejado, en especial una lombarda y algo de
calzado. De allí regresó la gente, y estando aposentados en una ciudad llamada
Toreba, llegó Gil González con cierta gente de a caballo y escopeteros y
ballesteros de a pie, al cuarto tercio de la noche, gritando: “¡San Gil!
¡Mueran, mueran los traidores!”. Ante el alboroto, salió el capitán Soto con su
gente, y pelearon sin saber quiénes eran, muriendo algunos caballos. En medio
del combate, Gil González, tras ver muertos a varios de sus hombres y caballos,
gritó con fuerza: “¡Ah, señor capitán, paz, paz por el Rey!”. A lo que
respondió Soto: “¡Paz por el Emperador!”. Creyendo que la paz era sincera y no
fingida, Soto hizo retirar a los suyos, aunque algunos compañeros le
advirtieron que Gil González obraba con astucia, esperando refuerzos. Sin
embargo, se retiró con su gente, y cuando fue sorprendido bajo palabra de paz,
Gil González volvió a atacar, tomándole 130 mil pesos de oro y varios despojos,
como si fueran enemigos. Viendo su error y que no podía sostenerse, Gil
González abandonó a su gente, dejó la bandera, algunas alabardas, una silla de
caderas y otros pertrechos, y huyó con diez hombres de a caballo y veinte
peones.
Según Antonio de Herrera
y Tordesillas, fue en Toreba, cerca del Golfo de Fonseca —lugar que González
Dávila conocía bien porque allí había estado Andrés Niño— donde sorprendió al
capitán Soto, le mató algunos hombres, le arrebató 130 mil pesos de oro, los
desarmó y los mantuvo prisioneros. Sin embargo, al enterarse de que Soto había
logrado enviar aviso a Francisco Hernández de Córdoba, y de que en Puerto
Caballos había desembarcado el capitán Cristóbal de Olid —quien fundó la villa
de Triunfo de la Cruz el 3 de mayo de 1524, nombró alcaldes y regidores afines
a Hernán Cortés y conquistó los pueblos de Naco, Cerinmoa, Enca, Aguachapan,
Trimistán, Tipetuco, Calimonga y Cali— decidió soltar a los prisioneros y
regresar al Golfo de Honduras.
Los cronistas e
historiadores no han podido precisar el derrotero que, a su retorno de Toreba,
siguió González Dávila hacia el Golfo de Honduras ni las acciones que allí
emprendió. El cronista mayor Antonio de Herrera y Tordesillas sugiere que
primero propuso a Olid unir fuerzas para enfrentar a las de Francisco Hernández
de Córdoba —que en Nicaragua velaba por los intereses de Pedrarias Dávila y de otros
financistas—, pero pronto cambió de parecer y prefirió marchar a Nito, donde
dejó parte de sus fuerzas y nombró lugarteniente a Diego de Armenta. Luego se
trasladó a San Gil de Buenavista para reagrupar a sus soldados, y especialmente
para ahorcar a Francisco Riquelme y a un cura por haberse insubordinado.
Mientras tanto, estando
Olid tierra adentro, en el Real de la Armada —es decir, en el puesto de mando
de su ejército—, recibió noticias sobre la llegada a la costa de dos carabelas
de comerciantes procedentes de Cuba, una al mando de Diego de Aguilar y otra de
Francisco Camacho y Diego Pascual. Interesado en adquirir las mercancías que
traían y venderles esclavos indígenas, partió con diez o doce hombres de a
caballo hacia el litoral.
Por esos mismos días, en
el Puerto de la Sal, a cuatro leguas de Triunfo de la Cruz, arribó de noche la
armada del capitán Francisco de las Casas, quien desembarcó a unos pocos
hombres para reconocer el terreno y averiguar qué tipo de defensa había. Estos
apresaron a dos soldados de Olid, quienes, al ser interrogados, revelaron
detalles sobre la situación defensiva, la distribución y la ubicación de las
tropas. Con esta información, Las Casas trasladó su armada frente a Triunfo de
la Cruz, desde donde bombardeó las carabelas y la villa, recibiendo una
respuesta inmediata que se prolongó todo un día, hasta que consiguió apoderarse
de los dos navíos, aunque uno de ellos quedó seriamente dañado. Temeroso de que
Las Casas desembarcara sus tropas —pues carecía de suficiente gente para
resistir—, Olid enarboló bandera de paz para ganar tiempo, confiando en que el
grueso de sus fuerzas acudiría pronto. Las negociaciones entre ambos bandos se
prolongaron por una semana, encabezadas por el escribano Francisco de Orduña y
el bachiller Ortega.
Mientras las pláticas no
se concretaban, Rodrigo de Vargas, otro testigo, relató que los enviados de Las
Casas insistían en que Olid debía entregar la tierra a Hernán Cortés, a lo que
este respondió que estaba poblado por el Emperador. Dijo que había recibido
aviso de que todo era una treta para prenderlo, por lo que rompió las
conversaciones. Poco después, Las Casas, dueño de los navíos capturados, afirmó
que permanecería allí, tomaría cuantos barcos llegaran y no permitiría el
ingreso de gente ni bastimentos, enviando aviso a Hernán Cortés para que
proveyera refuerzos.
Mientras las
conversaciones continuaban, la armada de Las Casas y las dos carabelas
apresadas permanecían una legua mar adentro. Pero una noche, una violenta
tormenta cambió la suerte de ambos bandos. Un fuerte viento norte arrojó los
navíos de Las Casas contra la costa, causando la pérdida total de las
embarcaciones y la muerte de una treintena de soldados; los sobrevivientes
fueron capturados tras dos días sin comer, empapados por la lluvia y el agua
salada. Olid, exultante, celebró la captura de Las Casas y obligó a los
prisioneros a jurarle fidelidad, prometiendo luchar contra Cortés si llegaba a
aquellas tierras. Luego los liberó, excepto a Las Casas, que permaneció
cautivo.
Versiones semejantes
aparecen en las declaraciones de varios testigos durante la pesquisa realizada
en 1525 por el fiscal Pedro Moreno en Santo Domingo. Diego de Dueñas relató
que, tras la tormenta, los hombres de Las Casas llegaron despojados y agotados
a la costa, donde Olid los recibió con cortesía, les dio ropa y alimento, y
trató con especial atención a Las Casas y a sus principales, quienes comían a
su mesa.
Días después, Olid
partió hacia el pueblo indígena de Naco, llevando consigo como prisionero a
Francisco de las Casas y dejando en Triunfo de la Cruz a la mayoría de los
sobrevivientes del naufragio. Pronto se enteraría de que su Maestre de Campo,
Pedro Briones, tras capturar a 56 hombres de Gil González Dávila y a un alcalde
mayor, los había dejado en libertad y huido con un buen número de soldados,
aparentemente rumbo a Nueva España, lo que permitió a González Dávila marcharse
hacia Choloma. Según la crónica de Díaz del Castillo, una noche González Dávila
fue atacado por fuerzas de Olid, perdiendo ocho soldados y a su sobrino Gil de
Ávila, mientras el resto de sus tropas fue hecho prisionero.
Sin embargo, los
testimonios recabados durante la pesquisa hecha por el Bachiller Pedro Moreno
sobre el asesinato de Cristóbal de Olid ofrecen una versión diferente. Por
ejemplo, Francisco de la Muñana, procurador de Trujillo, relató que Olid,
llevando consigo a Francisco de las Casas, se internó en la tierra hacia Naco,
donde había dejado a su Maestre de Campo. En el camino supo que Pedro Briones
se había sublevado y enviado a parte de sus hombres hacia González Dávila. Olid
envió a dos capitanes con cuarenta o cincuenta hombres a reconocer a la gente,
y descubrieron que se trataba de Gil González Dávila, con quien Olid se reunió.
Olid no le permitió
marcharse, pues quería retener a Briones y a sus hombres hasta recibir órdenes
de capturarlos. Durante más de un mes, Olid, Gil González y Francisco de las
Casas convivieron en Naco, compartiendo comida y bebida como si fueran
huéspedes. No obstante, entre sus soldados había descontento: unos por no
apoyar la traición contra Hernán Cortés, otros, como Pedro de Briones,
aprovecharon la confusión para rebelarse y marchar hacia Nueva España.
Este desorden fue
aprovechado por Francisco de las Casas y Gil González Dávila, quienes se
concertaron con Juan Núñez de Mercado y planearon la muerte de Olid. Bernal
Díaz del Castillo relata que, al percibir la oportunidad, los prisioneros se
organizaron en secreto con soldados leales a Cortés, escondiendo cuchillos
afilados mientras cenaban con Olid. Mientras conversaban sobre las conquistas
de México y los logros de Cortés, Francisco de las Casas le agarró la barba a
Olid y lo atacó con el cuchillo, mientras Gil González y los soldados de Cortés
le infligieron múltiples heridas. Olid, fuerte y musculoso, logró escapar
momentáneamente, pero sus hombres, al escuchar el nombre de su Majestad y de
Cortés, no se atrevieron a defenderlo. Fue finalmente capturado, llevado a la
plaza del pueblo y degollado por sentencia de Francisco de las Casas y Gil
González Dávila. Su cabeza fue colocada sobre un palo como advertencia.
Bernal Díaz del Castillo
también describe la figura de Cristóbal de Olid: un hombre valiente y fuerte,
de aproximadamente 36 años, originario de cerca de Baeza o Linares, con un
cuerpo bien proporcionado, espalda ancha y rostro agradable, aunque con un
pequeño hendimiento en la barbilla. Había sido un gran servidor de Cortés, pero
su ambición de mandar y no ser mandado, junto con malos consejeros, lo llevó a
la traición y a la muerte.
Días después de la
decapitación de Olid, Francisco de las Casas reunió a los soldados de las
distintas facciones, proclamó libertad para que cada uno se retirase donde
quisiera, e informó que junto a Gil González Dávila regresaría a Nueva España,
por tierra, a través de la provincia de Guatemala. Además, nombró un nuevo
teniente de Gobernador y renovó las autoridades edilicias de Trujillo.
Por último, Francisco de
las Casas ordenó poblar la villa de Trujillo, ya fuese cerca de Honduras o en
el lugar que considerasen más adecuado en el Golfo de las Higueras.
Al llegar a la ciudad de
México, Gil González Dávila y Francisco de las Casas fueron arrestados por el
Alguacil Mayor Pedro Salazar de la Pedrada y enviados, engrilletados, a España
bajo la acusación de haber asesinado a Cristóbal de Olid en Honduras.
Poco tiempo después, en
España, González Dávila falleció en su casa natal. Por su parte, Francisco de las
Casas fue absuelto, regresó rehabilitado a México y fue nombrado teniente de
Gobernador y alcalde Mayor, recuperando así su prestigio y autoridad.
Pedrarias ordena la
muerte de Francisco Hernández de Córdoba
El intento de Francisco
Hernández de Córdoba de obtener apoyo de los cabildos de León y Granada, así
como de explorar algún tipo de concertación con el Fiscal de la Audiencia de
Santo Domingo, Bachiller Pedro Moreno —quien así se lo había recomendado—
provocó graves fisuras en su entorno. Sus capitanes Hernando de Soto y
Francisco Compañón se vieron afectados, al igual que Juan de Téllez, principal
financista y Contador de la Armada, quien, en defensa de sus intereses
económicos y los de otros colegas —Pedrarias Dávila y los oficiales reales de
Castilla de Oro—, abandonó Nicaragua a finales de diciembre de 1525 y se
dirigió a Panamá.
Antes del 15 de febrero
de 1526, Pedrarias ya estaba al tanto de los acontecimientos en Nicaragua, como
lo confirmó en una carta al fraile mercedario Francisco de Bobadilla, primo de
su esposa, informándole que Hernández de Córdoba se había rebelado contra él y
contra Su Majestad.
Hernando de Soto y otros
nueve hombres viajaron a pie hasta Panamá para informar a Pedrarias. Les
mostraron cartas que confirmaban la rebelión de Hernández de Córdoba. Pedrarias
preparó de inmediato los navíos y aconsejó a Córdoba que huyera, recordándole
la suerte de Balboa. Pero Hernández de Córdoba, confiado en su inocencia, se
negó: decidió esperar a Pedrarias. Fue entonces arrestado en la fortaleza de
León.
Atravesó tristemente la plaza que él mismo
había trazado, contempló por última vez su lago —el Lago de León— y fue
degollado. Su cuerpo fue enterrado en la iglesia que él había levantado, en la
ciudad que fundó, entre el lago y el volcán Momotombo, del cual salía fuego día
y noche.
Mientras tanto, el
Capitán Francisco Compañón sacó a Hernando de Soto del fuerte de Granada y, a
caballo, comenzaron un trayecto de saqueo por los pueblos indígenas que
encontraron en el camino hasta Bruselas y luego hacia la villa de Fonseca, en
Chiriquí, donde el Capitán Benito Hurtado los proveyó de alimentos y les
facilitó una canoa para llegar a Natá, en busca de Pedrarias.
A pesar de contar con 60
hombres, Hernández de Córdoba evitó enfrentarse en el campo a Compañón, Soto y
sus hombres, dejando que huyeran bordeando el volcán Mombacho. Posteriormente
envió tropas en persecución, logrando apresar a algunos hombres armados del
Capitán Hurtado, lo que provocó el despoblamiento de la villa de Fonseca.
También trasladó a la mayoría de vecinos de Bruselas a Granada para reforzar la
defensa ante un posible ataque de Pedrarias, aunque Andrés de Garavito, antiguo
traidor a Balboa y ahora aliado de Pedrarias, presentó resistencia.
En Natá, Pedrarias
Dávila se hizo a la mar con rumbo al Golfo de San Lúcar, desembarcando el 16 de
marzo de 1526 en la isla de Chira con un ejército compuesto por 112 hombres de
a caballo y 188 de a pie, acompañado por su alcalde Mayor Diego de Molina, el
Factor Miguel Juan de Rivas, el Veedor Martín de Estete y los capitanes Diego
Albítez, Gonzalo de Badajoz, Cristóbal Serrano y Francisco Compañón.
Para calmar los temores
de sus soldados, que temían resistencia en Granada, Pedrarias organizó una
procesión y un Tedeum a cargo del cura Diego de Escobar. Ese mismo día, encargó
a Estete viajar a Granada para apresar a Hernández de Córdoba sin escándalo ni
alboroto. Mientras Pedrarias continuaba hacia Nicoya, recibió confirmación de
que Hernández de Córdoba ya estaba detenido en la fortaleza de Granada.
Una posible razón de la
detención fue la confianza de Hernández de Córdoba en su inocencia: sus
expediciones a Honduras habían sido para buscar al Fiscal Pedro Moreno,
conforme a las instrucciones recibidas, y cualquier contacto con Cortés había
estado condicionado a la obediencia a Pedrarias, como éste mismo lo informó a
la Corona en su Quinta Carta de Relación, del 3 de septiembre de 1526.
Otra razón pudo ser la
falta de apoyo militar entre sus capitanes. Pedro de Garro, al enterarse de un
inminente ataque de Pedrarias, decidió huir y refugiarse con las tropas de
Cortés que marchaban hacia México, mientras que el Capitán Garavito se había
distanciado de Hernández de Córdoba tras el despoblamiento de Bruselas. La
participación de Gabriel de Rojas es incierta, aunque pudo haberse alineado con
Pedrarias, quien luego le encomendó, junto a Francisco Compañón, la búsqueda de
minas de metales preciosos en León y la fundación de Santa María de la
Esperanza.
Decapitación de
Francisco Hernández de Córdoba
La razón de fondo del
viaje de Pedrarias Dávila a Nicaragua estaba vinculada a su inversión económica
y a la seguridad de la gobernación. Si Nicaragua dejaba de depender de Castilla
de Oro, corría el riesgo de perderse, así como los recursos que él, otros
oficiales reales y la mayor parte de sus tropas habían invertido. Esto se
refleja en la Real Cédula del 17 de noviembre de 1526, respuesta de la Corona a
la Relación enviada por Pedrarias a través de su procurador, Juan de Perea. En
ella, Pedrarias explicaba que su teniente Francisco Hernández de Córdoba había
organizado una armada para conquistar, pacificar y poblar Nicaragua, gastando
todos sus recursos y solicitando préstamos a amigos, quedando muy endeudado:
"Conquistó la dicha
tierra con la dicha armada y hubo mucho oro y otras cosas en mucha cantidad,
con lo cual todos diz que se alzaron y no volvieron más al dicho Pedrarias y se
andan ausentados por otras provincias con otros capitanes sus amigos, porque
les favorezcan y no alcancen justicia de ellos."
Pedrarias solicitaba que
Hernández de Córdoba y sus hombres fueran apresados y que se aseguraran sus
bienes hasta que rindieran cuentas, pagaran lo gastado y fueran castigados
conforme a justicia. Sin embargo, la respuesta de la Corona llegó meses después
del asesinato de Hernández de Córdoba, lo que demuestra que la sentencia de
Pedrarias fue apresurada. Ordenó su degollamiento el 6 de julio de 1526,
mientras su queja aún apenas llegaba a Castilla.
A su llegada a Granada,
Pedrarias fue recibido festivamente, posiblemente por vecinos de las antiguas
villas de Fonseca y Bruselas, trasladados previamente por Hernández de Córdoba.
Ese mismo día, ordenó al Licenciado Diego de Molina, alcalde Mayor de Castilla
de Oro, iniciar el juicio de residencia contra Hernández de Córdoba. Aunque
muchos cronistas posteriores desconocieron el juicio de residencia y no
tuvieron acceso a las pesquisas secretas ni a la defensa del acusado, la
Doctora Bethany Aram localizó en el Archivo de los Condes de Puñonrostro un
documento titulado Traslado de una sentencia de Pedrarias Dávila y el
Licenciado Molina contra el Capitán Francisco Hernández, fechado el 6 de julio
de 1526, siendo la primera en publicarlo.
El juicio concluyó con
la sentencia de Pedrarias en la ciudad de León, Nicaragua:
"Por las culpas y
delitos que de este proceso resultan contra el dicho capitán Francisco
Hernández, así por los testigos, escrituras y cartas mensajeras presentadas
como por sus confesiones, fallo que debo condenar y condeno al dicho capitán
Francisco Hernández a que caballero en una bestia y una soga a la garganta,
atadas las manos, lo traigan por las calles acostumbradas de esta ciudad, y en
la plaza pública de ella lo degüellen de manera que naturalmente muera. Y mando
que del lugar donde le degollaren nadie lo quite sin mi licencia y mandado. Y
condeno más al dicho capitán en perdimiento de todos sus bienes para la cámara
y fisco de Sus Majestades."
La sentencia se basó en
24 cargos. Entre los principales destacan:
· Haber
dicho y publicado que pacificó y pobló estas tierras a su costa y lo escribió a
Su Majestad.
· Repartir
los indios de la isla de Cébaco y permitir sacarlos de Natá.
· No
haber dado a conocer el Requerimiento ni informar a los indígenas que serían
vasallos de Sus Majestades.
· Despoblar
la villa de Fonseca, gobernada por el Capitán Benito Hurtado.
· Afirmar
que era Gobernador desde el Golfo de San Lúcar hasta la provincia de Nequepio.
· Estorbar
el tráfico marítimo y requisar el correo hacia Panamá, encarcelando y ahorcando
a ciertas personas.
· Construir
fortalezas y despoblar la villa de Bruselas.
· Exigencias
de señoreamiento, como el toque de trompetas antes de comer y besamanos.
· Quitar
indios de repartimiento y sustituir autoridades locales.
· Fundar
pueblos, nombrar autoridades edilicias y otorgar poderes.
· Ordenar
a los indígenas matar y flechar a cristianos.
· Retener
oro ajeno y no pagar el quinto real.
· Crear
un cuño de marcar oro sin la divisa real.
· Organizar
fundiciones con personas no oficiales.
· Obligar
al escribano Alonso Muñoz a modificar provisiones reales.
· Manipular
al cabildo de León respecto a la provisión real.
· Declarar
ante los vecinos que no se había alzado.
· Impedir
al cabildo y vecinos recibir jueces enviados por Pedrarias.
· Confiar
más en gente recién llegada para la pacificación.
· Prometer
oro y mercedes a personas para obstaculizar a Pedrarias.
· Conseguir
cartas con firmas falsas del Gobernador Pedrarias.
Entre estos cargos,
algunos, como la conquista y reparto de indios, constituyen delitos graves
según estándares modernos de derechos humanos, aunque en el contexto de la
época eran considerados parte de la expansión colonial española. Sobre el
tercer cargo, la omisión del Requerimiento, existe cierta duda, ya que
Hernández de Córdoba informó a Pedrarias que los indígenas acudían a pedir
bautismos e imágenes para protegerse de pestes y rayos, lo que indicaría que en
algunos lugares sí se había leído y explicado el Requerimiento.
Análisis de los cargos
contra Francisco Hernández de Córdoba
El despoblamiento de la
villa de Fonseca, realizado por fuerzas de Hernández de Córdoba durante la
persecución de Hernando de Soto y Francisco Compañón (Cargo 4º), pierde fuerza
como acusación, dado que Pedrarias no se preocupó en restablecer la villa.
Prefirió que el Capitán Benito Hurtado y sus hombres se dirigieran a la región
de Olancho, en Honduras, rica en yacimientos auríferos, donde fundaron el
pueblo de Villahermosa y disputaron el control con el lugarteniente de Hernán
Cortés, Hernando de Saavedra.
Una versión distinta
proviene del Gobernador Diego López de Salcedo, quien en diciembre de 1526
señaló que gente de Cortés había fundado el pueblo de Frontera de Cáceres.
Según sus relatos, cuando Pedrarias llegó a Nicaragua tras la ejecución de
Hernández de Córdoba, despachó al Capitán Benito Hurtado con tropas a pie y a
caballo para restablecer el orden en la zona, reprimiendo a quienes habían
ocupado el lugar y obligándolos a regresar bajo amenaza de muerte.
El quinto cargo, haber
declarado que era Gobernador desde el Golfo de San Lúcar hasta la provincia de
Nequepio, carece de fundamento. En abril de 1525, el mismo Pedrarias reconoció
ante la Corona que Hernández de Córdoba había fundado León, Granada y la villa
de Bruselas, y que Hernando de Soto había realizado una entrada hasta Nequepio
(pueblo pipil de Cuscatlán). Posteriormente, Pedrarias utilizó estos logros
para reclamar ante la Corona que toda la región formara parte de la Gobernación
de Nicaragua, incluyendo Puerto Caballos en Honduras, aunque los
expedicionarios fueron rechazados por Cortés, quien pretendía controlar la zona
del Estrecho Dudoso.
El sexto cargo acusa a
Hernández de Córdoba de haber ahorcado al regidor Bartolomé Monje y encarcelado
al cura Diego de Agüero, a Juan Padilla y su mujer, y a Diego de Tapia, por
haber enviado cartas a Pedrarias informándole sobre los sucesos en Nicaragua.
También prohibió a los vecinos visitar a Agüero bajo pena de muerte,
demostrando un comportamiento despótico que atemorizó a vecinos y autoridades
eclesiásticas.
El séptimo cargo incluye
dos aspectos: la construcción de dos fortalezas (en Granada y León) y el
despoblamiento de la villa de Bruselas. Las fortalezas fueron una medida
defensiva para impedir el regreso y asentamiento de Gil González Dávila en el
litoral del Mar Dulce. Si el traslado de Bruselas se hizo sin consentimiento
del cabildo y vecinos, constituyó un acto dictatorial. Por esos mismos días,
Pedro de Alvarado intentó una medida similar en Santiago de Guatemala, pero el
cabildo se lo impidió.
El octavo cargo acusa a
Hernández de Córdoba de enseñorearse, ordenando el toque de trompetas antes de
comer y exigiendo besamanos. Este comportamiento, histriónico para la época,
era parte del teatro social de los conquistadores que buscaban mostrar un
ascenso de estatus. Según Gonzalo Fernández de Oviedo, un fraile franciscano
incluso le aconsejó asumir un sitial a la hora de oír misa, como si el
Emperador le hubiera conferido títulos inexistentes.
El noveno cargo lo acusa
de quitar indios de repartimiento para asignárselos a sus allegados y de
sustituir autoridades, práctica común durante la colonización, utilizada por
gobernadores para favorecer a sus protegidos, aunque después debían pagar
multas en el juicio de residencia.
El décimo cargo, fundar
pueblos, nombrar autoridades y otorgar poderes, carece de valor condenatorio,
ya que Pedrarias mismo reconoció estos actos como positivos ante la Corona.
El undécimo cargo, haber
ordenado a los indios matar y flechar cristianos como a venados, resulta
absurdo y difamatorio. La realidad de las cabalgadas y correrías ordenadas por
Hernández de Córdoba indica que su objetivo era obligar a los indígenas a
entregar metales preciosos, no ejecutar ataques indiscriminados contra
españoles.
Cargo 12: Hernández de
Córdoba fue acusado de quedarse con oro ajeno, no pagar el quinto real —como
ocurrió con el oro del mayordomo de la iglesia— y enviarlo fuera de los reinos.
Sin embargo, esta práctica no era excepcional, sino alentada por la Corona y el
Consejo de Indias, que frecuentemente perdonaban tales incumplimientos y
aceptaban donaciones irregulares, recompensando con altos cargos a quienes las
enviaban. Ejemplos notables incluyen a Hernán Cortés, quien utilizó metales mal
habidos para sobornar a la Corte y ser nombrado Gobernador de Nueva España, y a
Pedro de Alvarado, que desobedeció su capitulación para obtener la gobernación
de Guatemala mediante sobornos con oro y esclavos. Un desenlace similar habría ocurrido
si Cazalla, procurador de Hernández de Córdoba, hubiera llegado a la Corte con
su envío de oro, que fue perdido en La Española tras una emboscada indígena.
Pedrarias mismo relató este hecho en carta a Fray Francisco de Bobadilla el 15
de febrero de 1526.
Cargo 13: Haber hecho un
cuño para marcar oro sin la divisa real. Este acto no constituye una falta
grave, pues Hernández de Córdoba actuó ante la inacción de Pedrarias, quien
había prometido resolver la fundición y nunca lo hizo.
Cargo 14: Haber hecho
pregón en León y Granada para realizar la fundición y nombrar a personas que no
eran oficiales reales. Esta acción se explica como una solución práctica ante
la negativa o inacción de los oficiales reales y el clamor de los vecinos,
quienes exigían un responsable para el marcado del oro.
Cargo 15: Haber obligado
al Escribano Alonso Muñoz a no leer partes de una provisión real enviada por
Pedro de Garro y a elaborar traslados modificados para enviar a Granada y
Bruselas. Esta acusación refleja la prepotencia de Hernández de Córdoba, quien
evitó cumplir literalmente la documentación oficial y optó por una solución
coercitiva, en lugar de los métodos habituales de dilación.
Cargo 16: Haber obligado
dos veces al Cabildo de León a responder a la provisión real —primero a la
original y luego al traslado falseado— y, al mostrar extrañeza, amenazar con
palos. Esto evidencia un comportamiento autoritario y despótico, propio de un
tirano, que podría haber justificado incluso su destitución.
Cargo 17: Haber
declarado ante los vecinos de León que no se había alzado contra Su Majestad.
Este cargo carece de fundamento, ya que las expediciones a Honduras se
realizaron cumpliendo instrucciones del Fiscal de la Audiencia de Santo
Domingo, Pedro Moreno, y contaron con la aprobación de los cabildos de León y
Granada.
Cargo 18: Haber obligado
al cabildo y a vecinos de León a no recibir a un juez enviado por Pedrarias. Es
plausible que ocurriera, dado el temor generado por la ejecución del Regidor
Bartolomé Monje.
Cargo 19: Haber confiado
más en gente recién llegada para las entradas y poblamientos. Este hecho no
constituye culpa, pues los recién llegados estaban motivados para participar
activamente en expediciones, cabalgadas y correrías, buscando méritos y
enriquecerse rápidamente.
Cargo 20: Haber ofrecido
oro y mercedes a personas que se dirigían a Panamá si lograban impedir el viaje
de Pedrarias a Nicaragua. Esta acusación resulta frívola y más cercana al
chisme, ya que el único capaz de influir en Pedrarias era Juan Téllez, principal
inversor de la Armada.
Cargo 21: Se acusó a
Hernández de Córdoba de haber inducido a algunos a escribir cartas falsificando
la firma del Gobernador Pedrarias. La existencia de testaferros y
falsificadores era común en la sociedad colonial y en todas las instancias
administrativas. Si el hecho se comprobaba, podía ameritar una sanción
disciplinaria menor.
Cargo 22: Haber
instigado al cabildo de Granada a defender su autonomía. Lejos de ser un motivo
de condena, este acto demuestra la hidalguía de Hernández de Córdoba al
fortalecer la autoridad municipal frente a las imposiciones externas.
Cargo 23: Haber
intentado quitarse los grillos y prisiones para escapar. Este cargo refleja un
impulso humano natural por preservar la vida, más aún cuando la acusación en su
contra por alzamiento y traición era claramente falsa.
Cargo 24: Haber
exclamado “Alabado sea Dios que es venido Cortés o su gente a la tierra”, al
enterarse de la llegada de mensajeros enviados por Pedro de Alvarado a León.
Los emisarios —Gaspar Arias Dávila y Jorge de Bocanegra— no llegaron con fines
bélicos, sino para llevar un encargo matrimonial en nombre de Alvarado. Bernal
Díaz del Castillo confirma que estos encuentros fueron pacíficos y relacionados
con casamientos, no con guerras.
Disposición de los
bienes y motivaciones reales de Pedrarias
Según el Juicio de Residencia, los bienes
de Hernández de Córdoba fueron entregados al Factor Miguel Juan de Ribas,
oficial de la Real Hacienda, a la espera de que Alonso de la Puente, tesorero
de Su Majestad, asumiera su custodia. Sin embargo, un año después, Rodrigo del
Castillo, Contador de la Gobernación de Honduras, informó a Carlos V que
Pedrarias Dávila y Juan Téllez se habían apropiado de los bienes de Hernández
de Córdoba para recuperar las inversiones realizadas en la Armada. Se mencionan
envíos secretos de oro a Castilla que superaban los 70,000 pesos, mostrando que
la verdadera intención de Pedrarias no era castigar a Hernández de Córdoba por
sedición, sino asegurar recursos económicos propios.
Evaluación de los cargos
y del juicio
De los 24 cargos por los
que se condenó a Hernández de Córdoba:
De gran gravedad: el 6º,
por haber ahorcado al Regidor Bartolomé Monje.
Graves, pero habituales:
los cargos 2, 12, 15 y 16, que usualmente se resolvían con fuertes multas y
podían ser perdonados apelando a la Corona, como sucedió con Pedro de Alvarado
en su Segundo Juicio de Residencia.
Banales o frívolos: los
restantes, que fueron utilizados como pretexto para dar apariencia de legalidad
al proceso.
El juicio tuvo como
único propósito real apropiarse de los bienes de Hernández de Córdoba tras
condenarlo al degollamiento, mientras que la supuesta defensa de la autoridad
real fue solo una excusa.
Descubrimiento
arqueológico y legado histórico
Los restos de Francisco
Hernández de Córdoba fueron hallados el 2 de mayo de 2000 durante excavaciones
en León Viejo, en las costas del Lago Xolotlán, frente al Volcán Momotombo,
bajo el baptisterio del Convento de Nuestra Señora de la Merced, a mano derecha
del altar mayor. El hallazgo fue realizado por los arqueólogos Ramiro García
Vásquez y Édgar Espinoza Pérez.
Gonzalo Fernández de
Oviedo, pocos años después de su muerte, narraba la cruenta ejecución del
fundador de León, Granada y Bruselas, señalando que, pese a la enemistad con
algunos capitanes y la arbitrariedad de Pedrarias, Hernández de Córdoba era
ampliamente respetado y valorado como poblador, mientras que sus enemigos y el
propio Pedrarias fueron criticados por su malicia e injusticia.
Reconocimiento de Diego
López de Salcedo como Gobernador de Nicaragua
En 1525, y en
cumplimiento de una orden real, la Audiencia de Santo Domingo envió a su
Fiscal, el Bachiller Pedro Moreno, a Nicaragua con la misión de terminar con la
anarquía política que imperaba en la región. Moreno, como Juez de Comisión de
Las Hibueras, tuvo escasa capacidad de acción en Honduras, donde los capitanes
Francisco de las Casas y Gil González Dávila habían degollado al Capitán
Cristóbal de Olid.
En Nicaragua, las
instrucciones enviadas al Capitán Francisco Hernández de Córdoba, teniente de
Gobernador, provocaron la ira de Pedrarias Dávila, quien viajó con la mayor
parte de su ejército desde Castilla de Oro, decapitando a Hernández de Córdoba
y organizando dos expediciones a Honduras con el fin de apoderarse de la
provincia.
Cuando la noticia del
asesinato de Olid llegó a Castilla, la Corona nombró Gobernador de Las Hibueras
y Cabo de Honduras a Diego López de Salcedo, mediante cédula del 20 de
noviembre de 1525, ampliada el 30 de agosto de 1526, en la que se especificaba
su jurisdicción y se ordenaba su reconocimiento por:
· Hernán
Cortés, Gobernador de Nueva España.
· Pedro
de los Ríos, Gobernador de Castilla de Oro.
· Los
capitanes Pedro de Alvarado y Francisco Hernández de Córdoba (aunque este
último ya había sido ejecutado el 6 de julio de 1526, y la Corte desconocía su
muerte).
El mandato real indicaba
que todos debían acatar y obedecer a Diego López de Salcedo como Gobernador de
la región, sin interferir en su autoridad directa ni indirectamente.
Expediciones y
conflictos en Nicaragua y Honduras
Meses antes, Hernández
de Córdoba fue hecho prisionero en Granada antes de la llegada de Pedrarias.
Sus seguidores no ofrecieron resistencia, y el Gobernador de Castilla de Oro
empleó sus tropas en varias expediciones comandadas por distintos capitanes:
· Benito
Hurtado: Fundación de Villahermosa, en el Valle de Olancho.
· Francisco
de Compañón y Gabriel de Rojas: Búsqueda de minas en León y fundación de Santa
María de la Esperanza.
· Gonzalo
de Badajoz: Repoblación de Villa de Bruselas.
· Diego
Albítez y Sebastián de Benalcázar: Intento de exigir la entrega de Puerto
Caballos al Capitán Hernando de Saavedra, bajo el argumento de que pertenecía a
Castilla de Oro.
Antes de la partida de
Benito Hurtado hacia Las Hibueras, Bartolomé de Celada había fundado, el 6 de
junio de 1526, la Villa de Frontera de Cáceres, siguiendo instrucciones de
Hernán Cortés, lo que evidencia que los argumentos de Pedrarias para invadir la
región eran falaces. A pesar de ello, Hurtado despobló la villa, obligó a los
vecinos a abandonar el lugar bajo amenaza de muerte y fundó Villahermosa, a 60
leguas de León, junto al río Guayape, como resguardo de las minas de Santa
María de la Buena Esperanza, descubiertas por Francisco de Compañón.
Conflictos con las
autoridades locales
Además de despoblar
Frontera de Cáceres, Hurtado intentó apoderarse de Puerto Caballos en dos
ocasiones, incursionando en el Valle de Agalta rumbo al Mar del Norte. En la
segunda entrada, aunque mató a dos hombres, fue derrotado por las fuerzas de
Saavedra y expulsado.
El 21 de enero de 1527,
según Gonzalo Fernández de Oviedo, los indígenas de Villahermosa, cansados de
las vejaciones, se alzaron y mataron a Benito Hurtado y 19 cristianos, así como
a 25 caballos. Los caciques del Valle de Olancho mataron a otros 16 cristianos,
incluyendo al Capitán Juan de Grijalva, descubridor de Yucatán y Nueva España.
Pedrarias no abandonó su
empeño expansionista y envió escritos a las autoridades de Honduras, alegando
que la provincia pertenecía a Castilla de Oro. Primero lo hizo mediante
Cristóbal de la Torre, para que Hernando de Saavedra y las autoridades de
Trujillo firmaran su aceptación. Una semana después, reiteró su petición
mediante Diego de Albítez, Sebastián Benalcázar, el Escribano Juan de Espinosa
y varios hombres más.
Sin embargo, para
entonces ya gobernaba Diego López de Salcedo, quien había enviado a La Española
al teniente Saavedra, a los regidores Gaspar de Garnica y Pero Laso, y a los
vecinos Martín Cortés y Cristóbal de Morales por intentar impedir su desembarco
y toma de posesión. López de Salcedo encarceló a Albítez, Benalcázar y
Espinosa, considerando finalmente enviarlos a La Española para juicio, aunque
luego decidió retenerlos temporalmente para aprovecharlos en su viaje a
Nicaragua.
Benalcázar fue liberado
y regresó a Nicaragua a finales de 1527.
Albítez permaneció
detenido varios meses, pese a sus alegatos defendiendo la paz y prosperidad de
los indígenas y el buen asentamiento de los pueblos españoles en la región,
donde se dedicaban a extraer oro de las minas descubiertas.
La llegada de Diego
López de Salcedo a Nicaragua y su reconocimiento como Gobernador
Diego López de Salcedo
llegó a Nicaragua con un contingente considerable: más de 100 hombres de a
caballo, un buen número de soldados a pie, 22 caciques de Honduras encadenados
y más de 300 indígenas igualmente atados, quienes además transportaban su cama,
cajas ensayaladas, sillas de caderas y diversas mercaderías. Durante su paso
por la provincia de Aguategua, ordenó torturar a más de 200 indígenas de
Olancho, acusados de haber participado en la muerte del Capitán Benito Hurtado,
obligándolos a cargarlo en andas hasta León.
Mientras López de
Salcedo avanzaba hacia León, Pedro de los Ríos desembarcó el 30 de julio de
1526 en Nombre de Dios como nuevo Gobernador de Castilla de Oro.
A finales de ese año,
Pedrarias Dávila, tras nombrar a Martín de Estete como su teniente General
durante su ausencia, partió hacia Panamá para estar presente en su Juicio de
Residencia y reclamar la devolución de las encomiendas que le habían sido
retiradas y redistribuidas entre nuevos oficiales reales. En Panamá, Pedrarias
logró que Pedro de los Ríos postergara sus obligaciones y viajara a Nicaragua,
no solo para vender sus mercaderías, sino para impedir que la provincia quedara
fuera del control de Castilla de Oro —algo que la Corona aclararía el 1 de
marzo de 1527 mediante cédula, ratificando que Nicaragua no formaba parte de
Castilla de Oro. En realidad, la conquista de los señoríos indígenas de Nicoya
y Nicaragua había sido obra de Gil González Dávila.
Conflicto de
gobernadores en León y Granada
A principios de mayo de
1527, Pedro de los Ríos y Diego López de Salcedo llegaron casi simultáneamente
a Granada y León, cada uno reclamando sus ciudades bajo los títulos que traían
de la Corona. Las autoridades locales se reunieron con López de Salcedo, quien
presentó sus títulos y fue recibido como Gobernador con todo el acatamiento
debido. La ciudad de Granada hizo lo mismo con Pedro de los Ríos, basándose en
sus respectivas provisiones.
Sin embargo, al
encontrarse ambos gobernadores en León, el Teniente General Martín de Estete,
junto con la Justicia y el Regimiento, les pidió presentar nuevamente los
títulos. Tras leerlos y discutirlos en público, en presencia de autoridades
religiosas, militares y vecinos principales, se acordó reconocer a Diego López
de Salcedo como Gobernador, argumentando que la región no podía subsistir bajo
dos gobernadores: se habían producido muchos alborotos y muertes, y era
necesario asegurar la administración, el cobro de frutos, la conversión de los
indígenas y el cumplimiento de la voluntad real.
Se dispuso que Pedro de
los Ríos regresara a su gobernación en Castilla de Oro, cumpliendo la voluntad
de la Corona.
Provisiones otorgadas
por León y Granada a los Procuradores de Salcedo
A finales de mayo y
principios de junio de 1527, las ciudades de León y Granada designaron a Garci
López de Cabrera (sobrino de López de Salcedo) y Francisco de Lizaur como sus
procuradores en la Corte. Entre las principales instrucciones que entregaron se
encontraban:
· Agradecer
el envío de Diego López de Salcedo como Gobernador.
· Pagar
únicamente el diezmo del oro extraído durante 10 años.
· Poder
exportar indígenas esclavos hacia Panamá y Honduras.
· Garantizar
la perpetuidad de las encomiendas recibidas.
· No
pagar impuestos por mercaderías traídas de los Puertos del Norte durante 10
años.
· No
ejecutar durante dos años las deudas contraídas.
· Incorporar
la Provincia de Guatemala a la Gobernación de Nicaragua.
· Confirmar
como Gobernador a Diego López de Salcedo.
· Permitir
que los naborías recibidos pudieran ser dados en herencia.
· Perpetuar
los cargos de Regidores y facultar al Gobernador para nombrarlos.
· Licencia
a cada vecino de traer de España 12 esclavos negros y 12 marcos de plata
labrada para uso doméstico.
· Permitir
llevar a España a las indias esclavas y naborías con sus hijos, más dos piezas
adicionales.
· Concesión
de las salinas descubiertas y por descubrir.
· Reconocimiento
de los hijos bastardos como herederos si no había hijos legítimos.
· Supresión
de las deudas con la Corona derivadas de la conquista y pacificación.
López de Salcedo y el
conflicto con Pedro de los Ríos
Una vez reconocido como
Gobernador, Diego López de Salcedo dio un plazo perentorio de tres días a Pedro
de los Ríos para embarcarse, bajo pena de 3,000 pesos de oro. A pesar de
padecer una grave llaga en la pierna, Ríos vendió las mercaderías que había
traído de España por alrededor de 5,000 castellanos y partió hacia Bruselas,
donde fue acogido por sus vecinos.
Al enterarse de la
desobediencia, López de Salcedo ordenó al Capitán Andrés de Garavito,
acompañado de 60 hombres de a caballo y algunos peones, despoblar la Villa de
Bruselas.
Sin embargo, las
pesquisas realizadas en julio de 1528 durante los Juicios de Residencia aportan
versiones más matizadas:
Pedro Solano de Quiñones señaló que López
de Salcedo reaccionó porque el teniente de Gobernador de Bruselas, Gonzalo de
Badajoz, no lo había querido recibir como Gobernador. Esto motivó que Garavito
instruyera a los caciques de Nicoya para que no suministraran provisiones a los
vecinos de Bruselas. Además, López de Salcedo envió a ciertos caciques y
principales de Nicaragua a mandar a los indígenas de Bruselas que no sirvieran
a los cristianos bajo amenaza de muerte.
El Tesorero Rodrigo del
Castillo indicó que Badajoz y los vecinos no aceptaron a López de Salcedo
porque sus títulos únicamente lo autorizaban como Gobernador de Cabo de
Honduras y Golfo de Higueras. Añadió que el despoblamiento de Bruselas
respondía a varios motivos: impedir que Pedro de los Ríos recibiera apoyo
armado, vengarse de Badajoz y los regidores, la lejanía de la villa y su escaso
provecho, y adelantarse a posibles represalias de Pedrarias Dávila ante la
Corte, ya que Bruselas era originaria de Flandes y algunos caballeros flamencos
podrían objetarlo.
Modificaciones de
repartimientos y abusos
Mientras Garavito
despoblaba Bruselas, López de Salcedo, autodenominado Gobernador del Nuevo
Reino de León, se dedicó a modificar los repartimientos de indios para
favorecer a sus seguidores y mozos de espuelas, incluyendo a su cocinero negro.
Entre sus medidas:
Quitó a Diego de Albítez
la encomienda de Mateare de 5,000 indígenas y los marcó como esclavos para
venderlos en Panamá.
Aterrorizó a sus
críticos, como Alonso Dorado, a quien se le aplicaron 100 azotes por advertir
que López de Salcedo destruiría Nicaragua como había hecho con Honduras.
Se asoció con clérigos
inescrupulosos para violar correspondencia y consolidar su poder.
Proyecto de exploración
del Mar Dulce
Entre sus iniciativas,
López de Salcedo planeó la exploración del Mar Dulce (Lago Cocibolca) y
encomendó la misión al Capitán Gabriel de Rojas, con instrucciones detalladas:
· Investigar
el desaguadero de la laguna hacia el Mar del Norte, para determinar si podía
acortar la ruta hacia España y facilitar el comercio de especias.
· Fundar
y trazar una villa siguiendo el estadal de Sevilla, incluyendo plaza, iglesia,
hospital, casa de contratación, carnicería y horca-picota.
· Dar
a conocer a los indígenas, en su lengua, el Requerimiento, acompañado de una
extensa síntesis.
· Castigar
blasfemias e impedir juegos de dados y naipes.
· Construir
la iglesia con buena proporción y cubierta, incluyendo altar y sacristía.
· Repartir
a los caciques y sus indígenas entre los españoles.
· Construir
caminos y garantizar la infraestructura de la nueva villa.
Fin de la gobernación de
López de Salcedo
El proyecto de López de
Salcedo no se concretó. El 11 de abril de 1528, Pedrarias Dávila llegó a
Nicaragua y tomó posesión como Gobernador, por decisión de Carlos V del 16 de
marzo de 1527. Esta designación respondió a la influencia de Francisco de los
Cobos, Comendador Mayor de Castilla, Privado de Carlos V, Caballero de Santiago
y principal impulsor del tráfico de esclavos y la comercialización de
indígenas.
Muerte del Furor Domini,
Gobernador de Nicaragua
Ya contaba noventa años
y parecía no morir jamás, ni siquiera pensaba en regresar a Castilla. Estaba
tullido, enfermo y gobernaba con mano de hierro, imponiendo monopolios, robos,
sobornos, prisiones, espionaje y elecciones fraudulentas. Según Ernesto
Cardenal, se metía cada año en un ataúd y mandaba cantar el Oficio de Réquiem.
Finalmente, murió a los noventa años.
Debido a múltiples
acusaciones, Pedrarias Dávila fue destituido como Gobernador de Castilla del
Oro por Bobadilla y Peñalosa, quienes compartieron con los consejeros reales
parte de lo que la Corona había retirado. Sin embargo, su esposa Isabel
conservó la fortuna que había llevado de Panamá, así como la que le entregó el
fraile mercedario Francisco de Bobadilla. Gracias a su habilidad política,
consiguió que la Corona creara la Gobernación de Nicaragua, otorgada nuevamente
a su marido. Esto convirtió el Segundo Juicio de Residencia en una suerte de
pantomima más que en una tragedia.
Al asumir nuevamente el
gobierno de Nicaragua, Pedrarias retomó sus roles de Gran Justador y Furor
Domini, y dictatorialmente obligó a Diego López de Salcedo a cederle parte del
territorio de la Provincia de Honduras. Este fue apenas el inicio de su
proyecto expansionista, que pretendía llegar hasta Nequepio (Cuscatlán).
Entre los hechos más
destacados de su gobierno se encuentran:
· Obtener
autorización real para trasladar desde Panamá a Nicaragua ganado vacuno y
equino, así como ovejas, puercos y otros animales.
· Obligar
a los indígenas de Imabite a construir un convento y templo de Nuestra Señora
de la Merced.
· Autorizar
entradas y correrías por toda Nicaragua para capturar indígenas y convertirlos
en esclavos.
· Explotación
de los indígenas en minas y en el lavado de oro en ríos.
· Intento
fallido de incorporar a Nicaragua el territorio comprendido entre
Chorotega-Malalaca (Golfo de Fonseca) y Nequepio (Cuscatlán).
· Castigos
a los indígenas mediante el aperreamiento.
· Participación
activa en el tráfico de indígenas hacia Panamá, donde eran vendidos como
esclavos.
· Permitir
al fraile mercedario Francisco Bobadilla la realización del primer Auto de Fe
en Nicaragua.
Intento de ampliación
del territorio de la Gobernación de Nicaragua
Diego López de Salcedo,
Gobernador de Castilla del Oro, mandó despoblar la villa de Bruselas en un acto
de fuerza contra Pedro de los Ríos, cuyos vecinos habían colaborado en su
expulsión de la Provincia de Nicaragua. Poco después, el Gobernador se retiró
temporalmente para recuperarse de una llaga en la pierna. Además, ordenó que un
piquete de soldados permaneciera en el Puerto de Chira (Nicoya), para evitar
incursiones militares desde Panamá y, especialmente, el regreso de Pedrarias
Dávila. Este puesto de vigilancia fracasó, pues no impidió que los vecinos de
Nicaragua se enteraran de que, el 16 de marzo de 1527, Carlos V había nombrado
a Pedrarias Gobernador de la provincia y había emitido una orden real que
prohibía a López de Salcedo inmiscuirse en la nueva Gobernación, que era
independiente de Honduras y de Castilla del Oro.
En una carta a la Corona,
Andrés de Cereceda informó que estas noticias despertaron celos e intereses
revanchistas entre los partidarios de Pedrarias y aquellos que buscaban
provecho personal. Según el documento, el líder del alzamiento fue Martín de
Estete, quien:
“…hizo de tal manera que
él, los alcaldes ordinarios y algunos regidores de León, junto con los amigos y
criados de Pedrarias, se alzaron contra Diego López con mano armada, le
retiraron la justicia y obediencia, prendieron a su alguacil mayor, a sus
criados y escribanos, y se apoderaron de la fortaleza de León, donde confinaron
a los presos…”.
Ante el desacato y la
amenaza contra su vida, López de Salcedo se refugió en la iglesia, donde
permaneció desde el jueves de la Semana de Ramos hasta el Sábado Santo de 1528,
protegido por hombres armados a pie y a caballo, hasta la llegada de Pedrarias
Dávila, quien fue recibido como Gobernador por provisiones reales presentadas
la víspera de Pascua. Durante este tiempo, López de Salcedo se resistía a
obedecer las disposiciones de Pedrarias y, al mismo tiempo, quería regresar a
su gobernación en el Mar del Norte, dos intenciones contradictorias.
Antes del arribo de
Pedrarias, los alzados intentaron convencer al Capitán Gabriel de Rojas de
unirse al movimiento; al negarse, lo encarcelaron en la fortaleza de León y
nombraron a Andrés Garabito como Alcaide.
El 11 de abril de 1528,
Pedrarias tomó oficialmente posesión como Gobernador de Nicaragua y permitió
que López de Salcedo regresara a su casa en León. Sin embargo, los disturbios
persistían, especialmente en relación con fianzas, deudas, compensaciones por
la destrucción de Bruselas y la indemnización a Diego de Albítez por haber sido
enviado preso a La Española. Reconociendo la justicia de tales demandas,
Pedrarias ordenó encarcelar a López de Salcedo en la fortaleza de León el 14 de
junio de 1528, a la espera de la llegada del nuevo alcalde Mayor, Francisco de
Castañeda, que debía iniciar su juicio. Mientras este tardaba en arribar desde
España, Pedrarias buscó sacar ventaja del prisionero, lo que queda evidente en
un documento redactado por Fernández de Oviedo el 30 de agosto de 1528, en el
que López de Salcedo declaraba que no daría validez a ningún acuerdo para
obtener su libertad.
El prisionero intentó
enviar una carta a la Corona para informar sobre su situación, pero Pedrarias
la requisó, restringiéndole comunicación con sus aliados; solo permitió que
hablara en su presencia con Diego Álvarez de Osorio (Protector de Indios),
Diego de la Tobilla (Tesorero) y Alonso Núñez de Rojas (Archidiácono), quienes
intercedieron hasta lograr su liberación el 24 de diciembre de 1528, tras
aceptar negociar ciertos acuerdos.
El 7 de enero de 1529,
López de Salcedo se comprometió a someterse a un nuevo juicio de residencia si
así lo ordenaba el Rey, y a cumplir con deudas e indemnizaciones acordadas en
dicho juicio. Sin embargo, el principal acuerdo consistió en su renuncia a jurisdicción
sobre la región comprendida entre Malalaca y Nequepio (Cuscatlán),
estableciéndose que el límite occidental de Nicaragua sería desde el Golfo de
Fonseca hasta Puerto Caballos, otorgándole a la provincia 100 leguas de costa,
tanto en el Mar del Norte como en el Mar del Sur.
Probablemente a
principios de febrero, López de Salcedo partió hacia Honduras acompañado de
unos 30 hombres. Sin embargo, al sentirse seguro en Trujillo, denunció el
acuerdo alcanzado con Pedrarias. Esto refleja claramente su desprecio por los
límites establecidos por otros españoles y su disposición a emprender
conquistas y usurpaciones territoriales sin autorización real, actuando
conforme a la escuela de los Reyes Católicos.
Aperreamiento
La llegada de Pedrarias
Dávila a León en 1528 incrementó el malestar de los indígenas, pues sus
primeras órdenes fueron realizar entradas y correrías a las comunidades
indígenas, conceder permisos para la exportación a Panamá de los indígenas
capturados y confiscar el maíz de las familias locales, en un contexto de
prolongada sequía y hambruna. Las crueldades cometidas durante estas
incursiones eran rápidamente conocidas, obligando a las comunidades indígenas a
permanecer vigilantes y a emprender acciones defensivas para evitar ser
apresadas y que les arrebataran sus provisiones.
Uno de los episodios más
sangrientos fue cometido por el Capitán Martín de Estete durante su entrada al
Desaguadero, donde decapitó a un indígena encadenado bajo el pretexto de que
cojeaba y no tenía tiempo para que le quitaran la argolla. Estete no solo
ejecutaba estas acciones, sino que también consentía y se vanagloriaba de otras
crueldades similares.
En este clima de
hostilidad, las comunidades indígenas de Olocotón —cerca del actual
Malpaisillo, en el camino a las minas de Olancho— reaccionaron ante la
presencia de algunos españoles, aprisionándolos y sacrificándolos junto con sus
caballos, en un ritual que concluía con el consumo de los cuerpos, práctica
habitual en sus festividades religiosas de guerra.
Al enterarse de estos
hechos, Pedrarias ordenó una corrida de represalia. Durante la operación fueron
capturados 18 indígenas, entre caciques y principales, y sin mediar juicio
alguno, fueron aperreados en la Plaza de Armas de León, dejándolos que los
animales los devoraran.
El cronista Gonzalo
Fernández de Oviedo, presente en el acto, describió:
“Salieron de la ciudad
de León el Tesorero Alonso de Peralta, un hidalgo llamado Zúñiga y los hermanos
Baezas, hasta 6 o 7 personas, cada uno a sus plazas e indios. Ninguno de ellos
escapó a la violencia de los perros, incluso sus caballos. Pedrarias envió un
capitán a capturar a los malhechores; apresaron a 17 o 18 indios de Olocotón y
sus alrededores y los aperrearon en la plaza de León, un martes, 16 de junio.
Se les entregaba un palo para defenderse de los perros, y cuando parecía que
los dominaban, se soltaban otros perros que los derribaban, desollaban y
destripaban, comiendo lo que querían. Tras hartarse los perros, los cuerpos
quedaron en la plaza hasta que, por el hedor, se permitió que los indios se los
llevaran a sus casas, sin dejar resto alguno, considerándolo un manjar divino.”
De esta manera,
Pedrarias pretendió implantar el cristianismo y cumplir los mandamientos
bíblicos, especialmente los de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” y “no
matarás”, en una ironía histórica que refleja la brutalidad de su gobierno.
Muerte vence al Gran Justador
Los últimos tres años de
la vida de Pedrarias Dávila, aquel temido Furor Domini que en su juventud se
destacó como Gran Justador, estuvieron marcados por constantes enfrentamientos
con oficiales reales y autoridades edilicias de Granada y León. Durante este
período, mantuvo profundas rivalidades políticas, especialmente con el recién
llegado alcalde Mayor Francisco de Castañeda, hasta el punto de que, el 1 de
marzo de 1530, solicitó a su esposa que intercediera ante la Corte para que
Castañeda fuera trasladado:
“De la manera que estoy
ahora ni puedo cumplir con el servicio de Dios ni de Su Majestad ni con mi
honra. Vuestra merced trabaje para que muden al licenciado Castañeda a otra
parte, pues donde esté un hombre tan doblado y obstinado no puede lograrse cosa
buena; más quisiera ser pastor que estar bajo su influencia. Y si se me quitara
la gobernación, haga vuestra merced que este hombre salga primero de la tierra,
porque como ambiciona ser gobernador, no hay cosa en que me pueda dañar que no
lo haga.”562
Por su parte, Castañeda
también solicitó la destitución de Pedrarias ante sus protectores en Castilla y
ante Carlos V, argumentando el 5 de octubre de 1529 que:
“Tener a Pedrarias en la
justicia es cosa de perdición, pues es viejo y enfermo; en la gobernación y
justicia no hace más que lo que le dictan sus allegados y sirvientes. Vuestra
Majestad sabe que no lo digo por tener yo la justicia, pues he solicitado por
años la Contaduría con salario conveniente, la cual se me prometió; de no haber
sido por esa esperanza, no hubiera venido a servir a Su Majestad. Conviene
enviar un alcalde Mayor letrado, porque si se hace otra cosa, la tierra se
perderá totalmente.”
El antagonismo se vio
agravado por varios hechos: el proyecto expansionista hasta Nequepio y el
fraude durante el nombramiento de los alcaldes ordinarios de León el 31 de
diciembre de 1529. A pesar de contar con cuatro regidores perpetuos designados
por Carlos V (Pérez de Valer, Francisco Hurtado, Francisco de Porras y Diego de
la Tobilla), Pedrarias incorporó otros cinco regidores bajo el argumento de que
los perpetuos carecían de experiencia.
Si la elección se
hubiera realizado conforme al voto de los oficiales nombrados oficialmente, los
ganadores habrían sido Hernán Ponce de León y Hernando de Soto, propuestos por
Castañeda; sin embargo, con la ampliación del número de regidores, los elegidos
fueron Benito del Prado y Diego de Mercado. Castañeda impugnó el resultado, y
Pedrarias, para no contradecir una autoridad nombrada directamente por la
Corona, elevó el caso al Consejo de Indias, justificando sus actos:
“Estoy aquí para servir
a Su Majestad y he dispuesto lo que me parece conveniente para su real
servicio. No soy letrado, sino caballero, y lo que tengo es poco para gastar en
el servicio de Su Majestad; si errara, que no me cause perjuicio, pues mi
instrucción ha sido siempre servir a Su Majestad. Lo que he hecho me parece
adecuado a su real servicio y así mando.”
Este periodo final
refleja a un Pedrarias desgastado por la edad y la enfermedad, pero aún firme
en su carácter de Gran Justador, dispuesto a imponer su autoridad aun ante la
oposición de funcionarios letrados y la Corona misma, manteniendo su particular
concepción de la justicia y del poder.
Últimos días y muerte de
Pedrarias Dávila
El 23 de noviembre de
1530, Pedrarias Dávila testó ante el escribano Francisco Hurtado. Lo más
destacado de su testamento se refería a la disposición de una parte importante
de su fortuna: encargó honras fúnebres, el pago de 630 misas y legados para 30
criados. Además, instruyó a su hijo mayor a cumplir con prácticas religiosas
diarias: asistir a misa, rezar un Ave María al escuchar el nombre de Cristo o
de la Virgen, rezar al ver pasar a un franciscano y realizar un acto de caridad
todos los días.
Asimismo, Pedrarias
recomendó la educación de sus hijos: durante los primeros 15 años debían
estudiar gramática, lógica, retórica y catecismo; pasada esa edad, aprender
artes militares, cabalgar y luchar, pero también estudiar historia, filosofía y
teología, honrando a los sabios.565
Quam mutatus ab illo… Ya
no era aquel hombre que no se inmutaba ni sentía remordimiento al ordenar la
horca y el cuchillo, esclavizar indígenas inocentes, obligarlos a trabajar en
las minas y robarles el maíz de sus trojes. Su conducta senil refleja el papel
de la religión a través de algunos frailes, quienes justificaban y perdonaban
las atrocidades de los conquistadores, asegurando una bienaventuranza eterna
mediante misas por su alma.
Entre el 26 de noviembre
de 1530 y el 8 de febrero de 1531, Pedrarias rubricó siete codicilos
complementarios, reforzando las disposiciones de su testamento.567 Consciente
de que sus días se acababan, buscó fundar una capellanía que asegurara la
celebración perpetua de misas y responsos. Los mercedarios recibieron el fondo,
pero pronto dejaron de cumplir lo establecido.
A pesar de los esfuerzos
de Castañeda por destituirlo, las circunstancias cambiaron. Isabel de Portugal,
esposa de Carlos V, tomó la defensa de Pedrarias tras los pedidos de Isabel de
Bobadilla y Peñalosa, sobrina de La Bobadilla y amiga cercana de la familia.
Gracias a la intervención de la emperatriz, Pedrarias y su esposa obtuvieron
diversas concesiones (ver cuadro 10), que incluían tierras, indígenas vasallos,
cargos y ayudas de costa.
Pedrarias falleció el 6
de marzo de 1531, pero no fue hasta el 30 de mayo que Francisco de Castañeda,
como Gobernador interino, informó a la Corona que su muerte se debía a la
vejez, pasiones y enfermedades. Fue enterrado en el Monasterio de Nuestra Señora
de la Merced de León, con todos los honores correspondientes a su rango de
teniente gobernador: participaron clérigos y frailes de los conventos de San
Francisco, Santo Domingo y Nuestra Señora de la Merced, y se colocaron banderas
y emblemas en la capilla mayor donde fue sepultado.
Uno de los que no olvidó
a Pedrarias fue el sacerdote, maestrescuela y provisor de Panamá, Hernando de
Luque, quien en una carta dirigida a Isabel de Bobadilla y Peñalosa escribió:
"Falleció como
Católico Cristiano y murió mártir. Se cree que, según su contrición y las obras
que realizó, se encuentra en vía de salvación y en su gloria."
Mayor hipocresía no
podía esperarse de este personaje, siempre implicado en negocios turbios, en el
tráfico de esclavos indígenas y en el repartimiento de indios. Además, fue el
principal financista de la conquista del Perú, invirtiendo 20,000 pesos de oro,
dinero que había acumulado mediante actividades contrarias a la misión de
predicar el Evangelio.
Algunos de sus criados
aseguraban que Pedrarias murió pobre, pero esto no es cierto. Además de su
salario anual de 1,500 ducados y una ayuda de costa de 500 ducados, poseía
ganado vacuno y caballar en Imabite; era encomendero de Nicoya, Chira,
Chinandega y Tezuatega (El Viejo); explotaba una mina de oro en la región de
Olancho; participaba en el comercio de esclavos indígenas hacia Panamá,
transportados en dos barcos de su propiedad, que posteriormente adquiriría
Pedro de Alvarado; y en otros dos barcos comerciaba mercancías en la ruta
trasatlántica entre Sevilla y Nombre de Dios en Panamá.
A esto se sumaban
propiedades en Segovia y Córdoba. Su hija María de Peñalosa llevó al matrimonio
con Rodrigo de Contreras una dote de 4,000 ducados, mientras que Isabel de
Bobadilla aportó 7,000 castellanos en su matrimonio con Hernando de Soto.
También se desconoce con precisión la dote que habría entregado a Beatriz y
Catalina al ingresar a los monasterios de Santa María de las Dueñas de Sevilla
y San Antonio el Real de Segovia, respectivamente. Por otro lado, invirtió sin
éxito para que su hijo Francisco Bobadilla, fraile dominico, fuera nombrado
obispo. Finalmente, a su hija Elvira, su madre le dejó un juro perpetuo por
20,000 maravedís.
Siguiendo su última
voluntad, Pedrarias fue sepultado en León, actualmente León Viejo, debajo de la
Capilla Mayor del Templo del Convento de Nuestra Señora de la Merced. Sus
restos fueron descubiertos en el año 2000 por los arqueólogos Édgar Espinoza y
Ramiro García. El análisis de los huesos reveló que padecía osteoporosis y periostitis.
Actualmente, se conservan en una urna metálica en el Memorial de los
Fundadores.
Tras su muerte, sus
seguidores, después de llorar sobre su tumba, abandonaron rápidamente León,
Granada y Bruselas, acompañados de sus familiares, pero sobre todo de sus
esclavos indígenas. Se dirigieron hacia Perú, donde los primeros se unieron a
las huestes de Francisco Pizarro y Diego de Almagro, mientras que algunos que
se habían retrasado se enrolarían en el puerto de La Posesión, conocido como El
Realejo, para participar en la expedición de Pedro de Alvarado.
Para Bartolomé de las
Casas, Pedrarias fue una llama de fuego que abrasó y consumió muchas
provincias, razón por la cual lo llamábamos Furor Domini. Hubert Howe Bancroft,
el historiador estadounidense, sintetizó su vida con la siguiente semblanza:
En medio de los
conflictos que se gestaban, en el año 1530, este “Timur de las Indias” murió en
León, cerca de los noventa años. Su cuerpo fue enterrado en la misma iglesia
que su víctima Hernández de Córdoba, y su espíritu se encontró con el de Vasco
Núñez y con los espíritus de cientos de miles de indígenas masacrados, cuyas
almas había enviado antes que él. No es que sintiera miedo ante la idea de la
muerte; para entonces, su mente se había fijado en un molde lógico
incomprensible que nada podía perturbar.
Durante dieciséis años,
en la etapa más importante de la historia del Darién, un anciano irascible,
cruel y vengativo desempeñó un papel protagónico. Su nombre es infame, y así lo
merece. Algunas de sus fechorías pueden atribuirse a su maldad innata, otras a
sus debilidades de carácter, pero muchas más a las condiciones peculiares de la
colonización de un país nuevo y a las enseñanzas de la época. Los colonos
españoles del siglo XVI, formados bajo influencias de lealtad excesiva y
repentinamente alejados de la presencia de su augusto soberano hacia tierras
lejanas, eran como niños liberados por primera vez de la autoridad arbitraria
de padres mal aconsejados.
Aunque las garantías de
la sociedad desaparecían y se daba rienda suelta a las pasiones, permanecía su
creencia religiosa, fruto de la educación temprana. Ese extraño fanatismo, que
mezclaba la avaricia y los actos diabólicos con un pretendido celo por la
gloria de Dios, no solo permitía, sino que exigía sangre y venganza. Por ello,
la verdadera sorpresa no es encontrar tanta maldad en estos aventureros
españoles, sino que hombres así educados y condicionados mostraran también
tantas cualidades nobles y magnánimas.
¡Adiós, Pedrarias! Pocos
llegaron a estas tierras de los que se pueda decir con verdad tanto de maldad y
tan poco de bien. Y tú, Muerte, niveladora todopoderosa, que con tu pronta
compensación has traído a este viejo oxidado y endurecido, durante siglos y por
todos los siglos que el tiempo contará, a ser nada mejor que Vasco Núñez, que
Córdoba y que los más humildes de la multitud de indígenas que cruelmente
asesinó, ¡te alabamos!
RESUMEN
Pedrarias Dávila, nacido
en Segovia alrededor de 1440 y fallecido en León, Nicaragua, el 6 de marzo de
1531, desempeñó el cargo de gobernador de Castilla del Oro y de Nicaragua.
Aunque figura entre los conquistadores de América, su legado está marcado por
actos que lo han convertido en uno de los personajes más controversiales de la
historia.
Pedrarias es recordado
negativamente por ordenar la decapitación de dos figuras notables, Vasco Núñez
de Balboa y Gil González Dávila, descubridores de la Mar del Sur y de
Nicaragua, respectivamente. Su imagen no encuentra defensores, ya que la
mayoría de los cronistas de la época, salvo Pedro Mártir, relataron sus
ambiciones desmedidas, actos de hurto, maquinaciones y crueldades.
Incluso Gonzalo
Fernández de Oviedo, quien tuvo tratos extensos con Pedrarias, lo consideró un
modelo de vicios y una verdadera maldición para quienes estaban bajo su
gobierno. Las Casas lo calificó como uno de los conquistadores más crueles de
todos los tiempos, lamentando los estragos causados por sus acciones en las
provincias que gobernó.
Pedrarias, gobernador de
Castilla del Oro desde 1514 hasta 1526 y de Nicaragua desde 1526 a 1531, dejó
un legado cuestionable. Su biografía es atípica, ya que narra la historia de un
individuo con escasas virtudes y numerosos vicios. Durante su vida, se destacó
por su violencia, encarcelando a enemigos, esclavizando indígenas y abusando
del poder en su propio beneficio, acumulando así una vasta fortuna.
A pesar de sus acciones
condenables, Pedrarias contribuyó a la historia de América fundando diversas
ciudades, entre las que se incluyen Acla, Panamá, Nombre de Dios, Natá,
Bruselas, León la Vieja, Granada, Santa María de la Buena Esperanza,
Villahermosa y Las Minas, marcando así su paso por la joven América.
Pedro Arias Dávila, más
conocido como Pedrarias Dávila, vio la luz en Segovia alrededor del año 1440.
Era el tercer hijo de su homónimo, Pedrarias Dávila, también conocido como
"el Valiente", segundo señor de las villas de Puñoenrostro,
Alcobendas y Torrejón de Velasco. Su madre era María Ortiz de Valdivieso.
Los Arias Dávila
provenían de una familia noble de ascendencia peculiar. El primero en ostentar
el título nobiliario de Arias fue su abuelo, Diego Arias, un personaje
intrigante con un pasado que suscitaba la curiosidad de la gente. Nacido en
Ávila, se decía que era un judío converso humilde casado con una tabernera de
Madrid. Llegó a Segovia en la época de Juan II y se dedicó a la venta ambulante
de especias. Con el favor de Juan Pacheco, ascendió a recaudador de alcabalas y
rentas del príncipe don Enrique, aunque su carrera sufrió un revés debido a un
crimen que cometió. A pesar de ser condenado a la pena capital, el príncipe
Enrique IV le salvó la vida, impresionado por sus habilidades (que no han sido
debidamente registradas). Lo nombró su secretario y le otorgó el apellido
Arias. Con la ascensión al trono como Enrique IV, Diego Arias se convirtió en
el contador mayor de Castilla, desempeñando este cargo durante muchos años.
El matrimonio entre
Diego Arias y la posiblemente real tabernera de Madrid resultó en tres hijos:
Juan, Pedro y Gerónimo. Juan, el primogénito, destacó en la familia, entablando
amistades con personajes influyentes como los Borgia, convirtiéndose en obispo
de Segovia y amasando una considerable fortuna que heredaría su sobrino
Pedrarias, el futuro protagonista en tierras americanas. Pedro, el segundo
hijo, nació en Segovia y ganó el sobrenombre de "el Valiente", un
apelativo que parecía reflejar su verdadero carácter. Contrajo matrimonio
primero con María Ortiz Cota y después con María Ortiz Valdivieso. Su vida
estuvo marcada por sus logros como capitán general en las guerras de Navarra,
su participación en el Consejo de Enrique IV, y su papel en la toma de Torrejón
de Velasco.
Fue el segundo señor de
las villas de Puñoenrostro, Alcobendas y Torrejón de Velasco. De su unión con
María Ortiz Valdivieso nacieron ocho hijos: Diego, Juan, Pedro, Catalina,
Elvira, Alonso, Francisco y Hernán. Destacando entre ellos, el tercero, quien
fue llamado Pedrarias Dávila.
Este personaje
multifacético inició su trayectoria como paje en la Corte de Juan II y luego se
dedicó a la carrera militar. Durante el reinado de Enrique IV, se destacó en la
Guerra de Sucesión de la Corona de Castilla, ganándose la reputación de ser uno
de los caballeros más apuestos de la Corte, lo que le valió el apodo de
"El Galán". Su valentía también lo hizo conocido como "El
Bravo".
Posteriormente, en la
campaña para la toma de Granada (1481-1492), se distinguió en justas y torneos,
siendo reconocido como el "Gran Justador". Sin embargo, su historia
tomó un giro cuando, bajo el sobrenombre de "Furor domini", llevó a
cabo acciones controvertidas en América, tratando de manera inhumana a los
indígenas y siendo excesivamente severo con algunos españoles, según las
crónicas de padre Las Casas.
Entre los años 1508 y
1511, participó en las campañas del cardenal Cisneros en el norte de África,
bajo las órdenes de Pedro Navarro. Contribuyó a la conquista y defensa de Orán,
así como a la toma de Bujía el 5 de enero de 1510, lo que le otorgó el rango de
coronel y varias mercedes.
Su vida personal también
fue notable, al casarse con Isabel de Bobadilla y Peñalosa, una mujer segoviana
con ascendencia aristocrática. Isabel, sobrina de la marquesa de Moya y
Peñalosa, Beatriz de Bobadilla, era conocida en la Corte, incluso se decía
popularmente: "después de la Reina de Castilla, la Bobadilla". Esta
"matrona varonil", según Las Casas, fue un apoyo invaluable para
Pedrarias, a pesar de tener veinte años menos que él y una educación refinada.
A pesar de tener nueve
hijos, Isabel no dudó en dejar a siete de ellos en Castilla, aun siendo niños,
para acompañar a su esposo en la travesía al Darién.
A principios de junio de
1513, se anunció la elección de Pedrarias Dávila como gobernador del Darién,
desencadenando una oleada de protestas por parte de otros candidatos. La
pregunta clave es: ¿Por qué el Rey lo escogió para este cargo? Fernández de
Oviedo ofrece una respuesta clara: "Don Joan Rodríguez de Fonseca,
presidente del Consejo de las Indias y capellán mayor y privado del Rey,
influyó para que fuera elegido como gobernador y capitán general un caballero
de Segovia llamado Pedrarias Dávila, hermano de Joan Arias Dávila, quien luego
se convertiría en el primer conde de Puñoenrrostro".
Inicialmente, el Rey
designó a Diego del Águila como gobernador, pero este renunció al cargo. Fue
entonces cuando Fonseca, utilizando su influencia, respaldó a Pedrarias para
ocupar la posición. La confirmación oficial de su nombramiento tuvo lugar el 27
de julio del mismo año. Cabe destacar que Pedrarias ya contaba con sesenta y
tres años y padecía varias enfermedades graves en ese momento.
En cuanto a la
gobernación del Darién que se le otorgó, el rey Fernando el Católico la
rebautizó como Castilla del Oro. Esta gobernación abarcaba las áreas de Tierra
firme que anteriormente se habían otorgado a Ojeda y Nicuesa, extendiéndose
desde el cabo de la Vela en la Guajira hasta Veragua en Panamá. Es importante
mencionar que el nombramiento precedió al informe de Balboa sobre el
descubrimiento de la Mar del Sur, el cual fue enviado a España en 1514.
La sorprendente cifra de
alrededor de dos mil personas que se unieron a Pedrarias en su expedición no
fue simplemente el resultado de la ambición desmedida, sino más bien una
respuesta a los informes del hijo del cacique Comogre. Caicedo y Colmenares,
procuradores que escucharon de boca del hijo de Comogre exageraciones sobre las
riquezas en las tierras de la Mar del Sur, llevaron a España la idea de que
"el oro se pescaba con redes". Estos relatos, que incluían la
necesidad de mil hombres, resonaron en la corte, persuadiendo al Rey y al
obispo de Burgos de enviar una armada más robusta de lo inicialmente planeado.
Esta expedición no se
limitaba a un mero descubrimiento; era un proyecto colonizador, como se refleja
en el título otorgado a Pedrarias: "enviamos a poblar". Fernando el
Católico incentivó la participación ofreciendo numerosas mercedes a quienes se
unieran al viaje, cubriendo los costos del pasaje, el equipo necesario para el
camino y la alimentación hasta un mes después de llegar al Darién. La Corona
organizó una importante empresa de colonización para la América continental,
similar a la dirigida por Ovando en 1502 para las grandes Antillas.
Es importante señalar
que, a diferencia de expediciones anteriores, las recomendaciones sobre el
trato adecuado a los indígenas fueron fundamentales en esta empresa. Las juntas
de Burgos, Valladolid y Madrid emitieron directrices, resultando en el
Requerimiento que se debía leer a los indios antes de cualquier conquista.
Estas precauciones y consideraciones éticas se reflejaron claramente en las
Instrucciones dadas a Pedrarias el 4 de agosto de 1513.
La expedición fue
grandiosa en todos los aspectos, no solo por la cantidad de barcos y hombres,
que la convirtieron en la más considerable enviada a las Indias hasta ese
momento, sino también por la distinguida calidad de muchos de sus
participantes. Era la primera vez que se enviaba a América un obispo, fray Juan
Quevedo, quien iba acompañado de un séquito completo, incluyendo un deán, un
arcediano, un chantre, un maestrescuela, varios canónigos, tres sacristanes y
un arcipreste. Además, se contaba con un gobernador y una nómina completa de
funcionarios, como tesorero, contador, factor, alcalde, escribano, entre otros,
cuyo costo superaba los cinco millones de maravedís.
La expedición atrajo a
numerosas personalidades que marcarían la historia, entre ellas Diego de
Almagro, Hernando de Soto, Fernández de Oviedo (quien desempeñaba el papel de
veedor), Francisco de Montejo, Sebastián de Benalcázar, Bernal Díaz del
Castillo, y otros más. Martín Fernández de Enciso ocupaba el cargo de alguacil
mayor. La flota, que costó cincuenta y cuatro mil ducados, estaba compuesta por
veintidós embarcaciones con más de dos mil hombres a bordo.
Zarpó de Sanlúcar el 11
de abril de 1514 y siguió la ruta a Canarias, la Dominica y Santa Marta, donde
comenzaba la Gobernación. Pedrarias eligió este lugar para cumplir con el
mandato real de presentar el Requerimiento. Este famoso documento se leía a los
indios en castellano, idioma que desconocían, explicándoles conceptos
incomprensibles, como la descendencia de Jesucristo del obispo de Roma, y que
sus sucesores habían escrito bulas (en latín) autorizando a los reyes españoles
a ocupar las Indias con el fin de expandir la religión cristiana y
subordinarlas a la Iglesia. La última parte del Requerimiento amenazaba con
muertes y esclavización si no aceptaban la presencia española. Los indios de
Santa Marta respondieron con ataques a flechazos, obligando a los españoles a
usar la fuerza y resultando en la muerte de numerosos "rebeldes".
Fernández de Oviedo
aconsejó a Pedrarias que guardara el Requerimiento, mientras que Las Casas
argumentó extensamente sobre la inutilidad de leer tal documento a los nativos.
El resultado fue un botín disputado, con Oviedo reportando siete mil pesos y
Pedrarias insistiendo en mil, en su intento constante de minimizar las
contribuciones al fisco.
Después de reembarcar el
15 de junio, la expedición siguió la costa hasta llegar al puerto de Santa
María la Antigua el 29 de junio de 1514. Desde allí, se dirigieron hacia la
ciudad, donde el alcalde interino, Balboa, les dio la bienvenida, mostrando su
respeto al besar las órdenes reales entregadas. Acompañó a los recién llegados
hasta Santa María, una colección de bohíos o chozas donde vivían los quinientos
quince conquistadores del Darién. Aunque sorprendente, nadie ha logrado
explicar cómo acomodaron a los dos mil españoles que llegaron.
Al día siguiente,
Pedrarias sostuvo una extensa conversación con Balboa, solicitándole una
detallada relación de las conquistas. Balboa entregó un informe escrito,
proporcionando detalles sobre los caciques aliados, ubicaciones donde encontró
oro, la ruta de su descubrimiento de la Mar del Sur, entre otros.
Lamentablemente, tanto este documento como la copia enviada al Rey han
desaparecido.
Pedrarias decidió
entonces iniciar un juicio de residencia contra Balboa, que sería conducido por
el alcalde mayor Gaspar de Espinosa. Simultáneamente, Pedrarias comenzó una
investigación secreta sobre las acciones de su predecesor, incautando sus
bienes y recopilando testimonios. Aunque Pedrarias planeaba enviar a Balboa a
España con el juicio de residencia, el obispo se opuso, aconsejándole que disimulara
para evitar que el Rey conociera todos los detalles sobre lo que había ocurrido
en el Darién. Pedrarias accedió, y aunque Balboa envió un informe al Rey a
través de Pedro de Arbolancha, los pobladores quedaron divididos en dos
facciones: aquellos que apoyaban a Balboa, incluyendo al obispo y los clérigos,
y aquellos que respaldaban a Pedrarias.
La previamente próspera
colonia del Darién se transformó rápidamente en un lugar inhóspito, ya que
resultaba imposible alimentar a una población que se había multiplicado por
cinco de la noche a la mañana. La hambruna trajo consigo una enfermedad conocida
como la "modorra", que se manifestaba con fiebre, somnolencia
profunda y complicaciones pulmonares o renales. Incluso Pedrarias, el líder
recién llegado, cayó gravemente enfermo a los ocho días de su llegada, a sus
sesenta y cuatro años. Los médicos aconsejaron su traslado a Caribari, donde
sufrió una hemiplejía. Aunque Pedrarias sobrevivió, quedó notablemente
debilitado y perdió la movilidad de su brazo izquierdo.
En tan solo un mes,
alrededor de setecientos habitantes perecieron a causa del hambre y la modorra,
y siete u ocho meses después, la población se había reducido a la mitad, según
relata Andagoya. Las Casas proporcionó un relato dramático de esta situación,
describiendo cómo "cada día, entre el hambre y las enfermedades, morían
más por falta de alimentos y descanso que por las propias dolencias". La
calamidad del hambre alcanzó niveles tan extremos que caballeros, antes
ataviados con ricas vestiduras de seda y brocado, se desplomaban muertos de
pura inanición mientras suplicaban por un pedazo de pan. Este trágico cuadro
nunca antes presenciado dejó a muchos empeñando sus herencias y entregando
lujosas prendas con tal de recibir una libra de pan de maíz o bizcocho de
Castilla.
Se ha sugerido que esta
elevada mortalidad llevó a Pedrarias a planificar incursiones conquistadoras en
los territorios panameños, pero, en realidad, estas se llevaron a cabo poco
después de su llegada y en paralelo a la devastadora pérdida de vidas.
Pedrarias ideó cinco expediciones desde Santa María con el propósito de buscar
oro, alimentos y localizar posibles asentamientos en el Pacífico, aspirando a
contrarrestar la reputación de Balboa, quien se encontraba inmovilizado debido
a su juicio de residencia. Sin embargo, estas expediciones se caracterizaron
por el robo de oro, así como la esclavización y muerte de los indígenas.
Fernández de Oviedo las etiquetó como "monterías", una descripción
precisa de su verdadera naturaleza. En poco tiempo, estas incursiones
desmantelaron las alianzas previas establecidas por Balboa y tornaron
intransitable el istmo. Según Andagoya, estas expediciones se centraron
exclusivamente en llevar indios y oro de vuelta al Darién, sin buscar acuerdos
de paz o la fundación de asentamientos. Pedrarias atribuyó los desastres a las
informaciones proporcionadas por Balboa.
En marzo de 1515, la
notificación del nombramiento de Balboa como gobernador de Panamá y Coiba, y
adelantado de la Mar del Sur, finalmente llegó a Santa María. Estas
designaciones eran consecuencia de las noticias sobre el descubrimiento del
Pacífico, fechadas el 23 de septiembre anterior. El documento especificaba que
Panamá y Coiba quedaban subordinadas a Castilla del Oro. A pesar de la
retención de los documentos por parte de Pedrarias durante varias semanas,
alegando que no podía entregárselos a Balboa debido a que este aún estaba
sujeto a juicio de residencia, finalmente se vio obligado a hacerlo bajo la
presión del obispo Quevedo. En ese momento, Pedrarias aprovechó la oportunidad
para acusar a Balboa ante el Monarca de ser ambicioso y envidioso.
Desde entonces,
Pedrarias obstaculizó en todo lo posible la llegada de Balboa a su gobernación.
Le prohibió reclutar hombres o almacenar alimentos en Castilla del Oro. Además,
presionó a Espinosa para que concluyera el juicio de residencia de Balboa, que
ya llevaba diez meses en curso. En dicho juicio, Balboa fue condenado a pagar
más de un millón y medio de maravedís, una cifra que debía ser cubierta con los
bienes embargados al residenciado. Esta situación prácticamente dejó a Balboa
sin recursos, como expresó el obispo Quevedo, describiéndolo como el hombre más
pobre de la tierra.
Resentido, Balboa
escribió un informe al Rey el 26 de octubre de 1515, detallando las injusticias
a las que estaba siendo sometido. En el informe, señaló que Pedrarias, debido a
su avanzada edad y enfermedad, no se preocupaba por sus hombres, incluso si la
mitad de ellos se perdían en las expediciones. Además, acusó a Pedrarias de no
castigar los daños y muertes causados durante las incursiones, y lo describió
como un hombre más interesado en sus propios beneficios que en gobernar. Las
acusaciones de Balboa fueron respaldadas por Fernández de Oviedo, Las Casas e
incluso Andagoya en muchos aspectos.
Pedrarias, de hecho,
había transformado el Darién en un vasto terreno de caza de esclavos,
utilizando el Requerimiento como una especie de patente de corso para
justificar sus acciones. De cada venta de esclavo, exigía dos partes para sí
mismo, una para el alcalde mayor y los oficiales de la Hacienda, y una tercera
para la Iglesia como limosna. Andagoya señaló que los capitanes "traían
grandes grupos de personas encadenadas, llevando consigo todo el oro que podían
obtener.
Y esta práctica se
mantuvo durante casi tres años". Las Casas, de manera natural, resaltó
esta política esclavista con matices mucho más dramáticos.
Durante todo el año
1515, las cabalgadas continuaron con capitanes destacados como Gonzalo de
Badajoz, Alonso Pérez de la Rúa, Gaspar de Morales (quien recolectó ciento diez
marcos de perlas en la isla Terarequí y en el archipiélago de las Perlas) y
Francisco de Becerra. Gonzalo de Badajoz saqueó los cacicazgos de Natá y
Escoria, sembrando el terror a su paso. Las tribus se confederaron contra los
españoles y atacaron durante su retorno, arrebatándoles un botín de ciento
cincuenta mil pesos de oro y cuatrocientos esclavos.
A finales de 1515, el
colapso de la colonización española era evidente, y Pedrarias decidió liderar
personalmente una expedición punitiva. Reunió casi todos los efectivos que le
quedaban (doscientos cincuenta hombres y doce caballos) y partió por mar en
tres carabelas y un bergantín el 28 de noviembre de 1515. Desembarcó en Acla,
donde planeaba establecer una población. Sin embargo, un ataque hepático lo
obligó a regresar a Santa María. Pedrarias sufría del "mal de la
yjada" (posiblemente cólicos renales, hepáticos o intestinales) y tenía
una llaga en la región genital. Antes de su partida, dio instrucciones a Gaspar
de Espinosa para que completara la expedición proyectada. Espinosa se dirigió a
la península de Azuero, donde obtuvo un gran botín de oro y esclavos.
Aprovechando la ausencia
de Pedrarias de Santa María, Balboa envió a su leal Andrés Garabito a Cuba y
Santo Domingo para reclutar soldados y preparar su entrada a la mar del sur.
Sin embargo, Garabito fue sorprendido al regresar, siendo apresado por Pedrarias,
quien había vuelto de Acla debido a su enfermedad. El gobernador se sintió
traicionado y ordenó la detención de Balboa, acusándolo de rebeldía y
encerrándolo en una jaula de madera en su propia casa. El obispo Quevedo y los
seguidores de Balboa, horrorizados, intercedieron en su favor, y el conflicto
se resolvió mediante una negociación: el matrimonio de Balboa con María de
Peñalosa, la hija de Pedrarias, que se encontraba en España. El obispo ofició
la boda por poderes en abril de 1516, y así, Vasco Núñez salió de la jaula
convertido en yerno del gobernador.
En medio de esta
situación, Pedrarias permitió que Balboa liderara la expedición a la mar del
Sur, bajo la condición de que la realizara en un plazo máximo de año y medio,
durante su luna de miel.
Comenzó entonces el
último capítulo en la vida de Balboa, un episodio que se revelará de manera
fragmentada, ya que nuestro interés se centra principalmente en su desenlace,
cuando volvió a cruzarse con el destino de Pedrarias. En agosto de 1517, el
adelantado fundó la Compañía de la Mar del Sur junto a sus amigos, dando inicio
a la preparación de su viaje. En Acla, construyó bergantines por piezas, las
cuales transportó por tierra para ensamblar y botar en el Pacífico. Sin
embargo, las piezas de madera llegaron en mal estado, llevando a Balboa a
convocar un Consejo con los socios de la Compañía. En esta reunión, decidieron
solicitar a Pedrarias una prórroga de cuatro meses para la empresa, cuya fecha
límite estaba fijada para San Juan de 1518. Pedrarias accedió a la extensión
del plazo, permitiendo que la Compañía finalmente construyera dos bergantines.
Balboa partió hacia la
isla de las Perlas, encontrándola despojada por Morales. Allí dejó parte de su
equipo para construir otras embarcaciones y navegó hacia el sur hasta llegar a
Chocama o Jaqué. Aunque le informaron sobre tierras muy ricas más al sur (el
Perú), tuvo que regresar a Panamá debido a la proximidad del nuevo plazo. Al
llegar al golfo de San Miguel, se enteró de que Pedrarias había sido relevado por
un nuevo gobernador, Lope de Sosa, quien estaba por llegar. Necesitando más
tiempo para su empresa, Balboa decidió enviar a Santa María a sus leales
Valderrábano, Garavito, Muñoz, el archidiácono Pérez y Luis Botello para
averiguar si Sosa había llegado. Botello debía adelantarse y llegar a Acla,
pero lamentablemente fue detenido por Francisco Benítez, un enemigo de Balboa,
quien lo obligó a revelar todo el plan, informando de inmediato a Pedrarias.
Cuando sus compañeros
llegaron a Santa María, fueron apresados, y Pedrarias concluyó que Balboa había
intentado rebelarse contra él, ya que siempre lo había considerado con
sospecha. Ordenó al tesorero Puente que presentara una acusación formal contra
Balboa y se trasladó a Acla. Desde allí, envió una carta afectuosa a su yerno,
instándolo a presentarse en la población para discutir los asuntos relacionados
con la expedición que Balboa deseaba llevar a cabo. Posteriormente, ordenó a
Pizarro que saliera a su encuentro con un destacamento para arrestarlo.
Balboa, sin sospechar
nada, fue detenido al ingresar a Acla bajo la acusación de traición.
Inicialmente, el adelantado estuvo bajo arresto domiciliario en la residencia
de Juan de Castañeda. En una primera visita, su suegro le tranquilizó,
asegurándole que las acusaciones en su contra eran probablemente infundadas.
Sin embargo, en una segunda visita, el tono cambió, acusándolo tanto de
traición al Rey como a él mismo. Pedrarias ordenó que se le asignaran guardias
y que fuera trasladado a la prisión común.
Durante el proceso,
todos los enemigos de Balboa, e incluso su amigo Garavito, testificaron en su
contra. Pedrarias agregó a la causa su investigación secreta y múltiples cargos
adicionales. Espinosa, quien llevó a cabo el proceso con sorprendente celeridad
(posteriormente recibiendo su recompensa al reemplazar a Balboa), logró que el
adelantado fuera condenado a muerte, junto con sus cómplices Arguello, Botello,
Muñoz y Valderrábano. Pedrarias rechazó cualquier apelación.
Se erigió un cadalso en
la plaza mayor de Acla, y la sentencia se cumplió en una fecha indeterminada
entre el 13 y el 21 de enero de 1519. Antes de que le cortaran la cabeza,
Balboa tomó la palabra, proclamando ante los presentes la falsedad de las
acusaciones y jurando que nunca había traicionado al Rey. Fernández de Oviedo,
testigo presencial, respaldó la inocencia de Balboa respecto al delito de
traición al Rey, sosteniendo que la muerte de Balboa fue permitida por Dios
como expiación por la ejecución de Nicuesa. No obstante, desestimó las alegaciones
de traición formuladas por Pedrarias, subrayando que nadie las consideró
verídicas.
Este cronista, tras leer
detenidamente el proceso contra Balboa, afirmó que fue el motivo de Pedrarias
para intentar dos veces acabar con su vida. Curiosamente, el proceso
desapareció de manera misteriosa después de ser devuelto a Pedrarias.
Después de la ejecución
de Balboa, Pedrarias emprendió la tarea de borrar cualquier rastro de la
colonización liderada por él. Inició este proceso sustituyendo a Santa María
como la capital, optando por una ubicación en el Pacífico. Consciente de la
proximidad de su sucesor, Lope de Sosa (designado en septiembre de 1518),
Pedrarias se apresuró a preparar una extensa expedición compuesta por
trescientos hombres. Partió de Acla de inmediato, llevando consigo al
licenciado Espinosa.
Siguiendo la ruta
trazada por Balboa, cruzó el istmo y llegó a las islas de las Perlas. Desde
allí, descendió por la costa para fundar la ciudad de Panamá el 15 de agosto de
1519. Aunque algunos soldados expresaron que el sitio no era ideal y no cumplía
con las condiciones apropiadas para una fundación formal, se estableció la
primera ciudad española y europea en el Pacífico, conocida como "Panamá la
Antigua". Este emplazamiento, también llamado "un lugar con
abundancia de peces" según su nombre indígena, resultó desfavorable debido
al intenso calor, la presencia de pantanos y la falta de disposición para
construir un puerto, sin mencionar la ausencia de población indígena.
En este contexto,
algunos historiadores sugieren que la ciudad fue más bien
"depositada", en espera de encontrar un lugar más propicio. Panamá la
Antigua existió hasta 1671, cuando fue incendiada por el filibustero Morgan,
llevando a los habitantes a trasladar la ciudad a su ubicación actual. En este
nuevo lugar, se distribuyeron solares entre los residentes y se construyeron
las primeras viviendas. El 5 de noviembre del mismo año, se repartieron
encomiendas, incluyendo a indígenas de los poblados cercanos. Pedrarias envió a
su leal Espinosa al norte para obtener suministros e indígenas, provenientes de
los cacicazgos de París y Natá. En este último, se fundó la villa de Santiago
(más tarde Natá), establecida por Pedrarias en 1522. Además, el gobernador
planificó la fundación de otra población en el Atlántico en 1519, que sería
Nombre de Dios. Diego Alvites la estableció en las ruinas de la antigua
fortaleza construida por Nicuesa. De esta manera, quedó establecido el eje
Nombre de Dios-Panamá, por el cual transitaría todo el comercio de Suramérica
en los siglos subsiguientes.
Después de la fundación
de Panamá, Pedrarias convocó a los vecinos con la propuesta de enviar un
procurador al nuevo monarca español, y logró persuadirlos para que lo eligieran
a él, buscando avanzar en su posición en la Corte. Regresó luego a Santa María
con la doble intención de obtener la ratificación de los vecinos para su
nombramiento como procurador y de despoblar la ciudad. Sin embargo, se encontró
con una considerable oposición en ambos aspectos. Los vecinos se negaron a
designarlo, lo que lo colocó en una situación delicada.
En un giro imprevisto,
como era su costumbre, Pedrarias encontró una salida a esta situación. El 8 de
mayo de 1520, Lope de Sosa falleció sin haber desembarcado siquiera de la nave
que lo trajo de España. Dado que Sosa era mayor y llegó enfermo, Pedrarias
volvió a asumir el cargo de gobernador, al menos de manera interina. Aunque
disimuló su alegría, le brindó un espléndido entierro a Sosa y distribuyó
beneficios entre su séquito.
Unos meses después, en
julio, Fernández de Oviedo llegó con su título de regidor perpetuo de Santa
María. Oviedo luchó en vano para evitar que Pedrarias arruinara la ciudad, pero
al no obtener resultados favorables, decidió regresar a España en 1523.
Pedrarias logró trasladar la iglesia obispal y a casi todos los vecinos a
Panamá, dejando desierta la que fue la primera ciudad de la América
continental, la cual fue finalmente absorbida por la selva.
En ese momento surgió la
necesidad de nombrar un nuevo gobernador para Castilla del Oro, y coincidió con
la presencia de Isabel de Bobadilla en España, promoviendo a su esposo. En
1520, partió de Santa María llevando consigo un gran arcón que contenía el
fruto de seis años de saqueos de Pedrarias, incluyendo numerosas perlas y oro.
La noble dama destinaba esa fortuna para suavizar el juicio de residencia que
se llevaría a cabo a su marido. Sin embargo, con la muerte de Sosa, cambió su
objetivo y buscó obtener una prórroga en el mandato de Pedrarias.
El 7 de septiembre de
1520, Pedrarias fue confirmado como gobernador de Castilla del Oro, "por
la confianza que tenemos de la voluntad que, en el servicio de Dios, nuestro
señor e nuestro, e bien de esas provincias e naturales de ellas tenéis".
Esta confirmación parecía más bien una burla. El juicio de residencia de
Pedrarias fue encomendado a Rodríguez de Alarconcillo, quien había acompañado a
Sosa. Sin embargo, no pudo llevar a cabo este juicio hasta agosto y septiembre
de 1522, cuando recibió las órdenes. Para entonces, Rodríguez de Alarconcillo
ya estaba alineado con Pedrarias, quien lo había nombrado teniente general del
Gobierno y le había otorgado numerosas mercedes. El juicio se convirtió en una
farsa, ya que en las sesenta y ocho preguntas del interrogatorio no se hizo
referencia a la muerte de Balboa. Pedrarias coaccionó a testigos y utilizó la
promesa de un próximo reparto de indios para silenciar a muchos otros.
Pedrarias salió
victorioso de su residencia y comenzó la distribución de encomiendas el 22 de
octubre de 1522, beneficiando nuevamente a sus favoritos. Muchos protestaron,
lo que llevó a Pedrarias a anular el reparto para evitar reclamaciones ante la
Corte. Sin embargo, nunca se llevó a cabo un nuevo reparto de manera
satisfactoria.
En 1522, Pedrarias
Dávila, a pesar de superar los ochenta años y enfrentar varias enfermedades
crónicas, se embarcó en una actividad febril que ocupó los últimos nueve años
de su vida en la periferia panameña. Aunque sus motivaciones seguían siendo
principalmente personales, también estaba guiado por la ambición de convertir a
Panamá en el epicentro de la penetración en Centro y Suramérica.
En ese mismo año, se
llevó a cabo la famosa expedición de Andagoya a Chocama, partiendo del golfo de
San Miguel hacia el sur. Alcanzó un territorio en el Chocó denominado Birú, un
término que más tarde utilizaría para afirmar que había descubierto el Perú. Al
regresar a Panamá, compartió la noticia con Pedrarias. Dado que Pedrarias se
encontraba incapacitado para cabalgar durante tres años, Andagoya afirma que
Pedrarias "me rogó que diese la jornada a Pizarro y Almagro y al P. Luque,
que eran compañeros, porque tan gran cosa no parase de seguirla". Agregó
que luego encontró la manera de involucrarse en el negocio, señalando que
"así Pedrarias y ellos tres, que fueron cuatro, hicieron cada uno compañía
por su cuarta parte". La contribución de Pedrarias a esta empresa fue una
ternera.
El 21 de enero de 1522,
zarparon de la isla de las Perlas cuatro naves con el objetivo de explorar las
tierras y encontrar un posible estrecho interoceánico en la costa norpacífica
de Panamá. La expedición fue liderada por el capitán Gil González Dávila y el
piloto Andrés Niño, quienes habían obtenido una capitulación de la Corona en
1518. Llegaron a Acla en 1520 con doscientos hombres decididos a continuar la
empresa inconclusa de Balboa, incluso utilizando sus naves. Pedrarias, durante
dos años, les puso numerosos obstáculos hasta que finalmente, por consejo de
Alonso de la Puente y Diego Márquez, se convirtió en socio de su empresa.
Aunque la contribución del gobernador fue simbólica, trescientos pesos, fue
suficiente para superar todos los impedimentos.
La expedición siguió
rumbo norte, y como resultado, se descubrieron tierras que conformarían el
territorio de Nicaragua. González Dávila regresó a Panamá el 25 de junio de
1523 con las naves en mal estado y más de noventa mil pesos en oro. Pedrarias
exigió su parte y comenzó a presionarle, lo que llevó a Dávila a huir a Santo
Domingo, desde donde envió el oro al Emperador y solicitó el gobierno del
territorio que había descubierto.
Ante esto, Pedrarias
tomó medidas eficaces. Escribió una carta al Emperador reclamando el territorio
descubierto y organizó una expedición para anexarse Nicaragua por la fuerza.
Sin embargo, un ataque de gota y la malaria que padecía le impidieron liderar
personalmente la expedición, delegando la tarea en Francisco Hernández de
Córdoba. Este cumplió sus órdenes y fundó en 1524 la población de Bruselas en
el golfo de Nicoya, seguida de Granada a orillas del lago de Nicaragua, León en
las orillas del lago Xolotlán (el 15 de junio de 1524), y Segovia, donde
construyó una fortaleza. Hernández de Córdoba repartió a los indios y exploró
la región, descubriendo el río San Juan o Desaguadero, a la salida del lago de
Nicaragua. Informó detalladamente a Pedrarias a través de Sebastián de
Benalcázar.
Sin embargo, surgió un
conflicto entre Hernández de Córdoba y González Dávila, quienes ambos buscaron.
González Dávila resultó perjudicado, especialmente con la intervención de
Cristóbal de Olid y Francisco de las Casas, enviados por Hernán Cortés para
anexar Honduras a México. Hernández de Córdoba, al igual que González Dávila,
cometió el error de intentar erigirse como gobernador del territorio que había
descubierto y conquistado.
Hernández de Córdoba
envió a su amigo Andrés de Cereceda a España para solicitar a Carlos I el
gobierno de Nicaragua y luego viajó a Santo Domingo para reclutar tropas con
las que fue a Honduras. Posteriormente, subió a Nicaragua, solicitando el
respaldo de los ayuntamientos de las poblaciones que había fundado. Enfurecido,
Pedrarias organizó una gran fuerza para enfrentarse al rebelde, a pesar de sus
ochenta y seis años. Partió de Panamá en enero de 1526.
Hernández de Córdoba,
confiado en la clemencia de Pedrarias, se entregó, pero el gobernador lo apresó
y levantó un proceso por traición, encontrándolo culpable. Pedrarias ordenó su
ejecución por decapitación en la plaza mayor de León la Vieja en julio de 1526.
Después de tomar
posesión del gobierno de Nicaragua y ejercer durante seis meses, Pedrarias
regresó a Panamá. Sin embargo, se encontró con la sorpresa del nuevo gobernador
Pedro de los Ríos y enfrentó su segundo juicio de residencia, que se publicó el
9 de febrero de 1527. Mientras se preparaba para enfrentar estas nuevas
circunstancias, recibió la visita de Diego de Almagro, quien venía a reclamar
su contribución para el descubrimiento del Perú. Almagro, dejando a su socio
Pizarro en la isla del Gallo, había llegado a Panamá en busca de refuerzos.
Durante su encuentro con
Pedrarias, Almagro solicitó ayuda económica en presencia de Fernández de
Oviedo, quien dejó testimonio de esta entrevista. La reacción de Pedrarias fue
altiva, acusando a Almagro y Pizarro de causar desórdenes y muertes. Ante esto,
Almagro respondió con firmeza: "Pagad, si queréis gozar de esta empresa,
pues que no sudáis, ni trabajáis en ella, ni habéis puesto en ello sino una
ternera que nos disteis al tiempo de la partida, que podría valer dos o tres
pesos de oro, o alzad la mano del negocio". Pedrarias solicitó
inicialmente cuatro mil pesos para retirarse del negocio, pero Almagro le
ofreció quinientos. Finalmente, llegaron a un acuerdo de mil pesos para
resolver la disputa.
Este incidente ilustra
una de las muchas artimañas de Pedrarias, quien concedía descubrimientos y
conquistas como si fueran negocios particulares. Su actitud y tácticas
cuestionables eran una característica distintiva de su gobierno y relaciones
con los conquistadores de la época.
En 1527, Pedrarias
enfrentó su segundo juicio de residencia, que resultó similar al primero. El
licenciado Juan de Salmerón, alcalde mayor de Pedro de los Ríos, fue el
encargado de llevar a cabo este juicio, pero se vio incapaz de desentrañar la
red de testimonios falsos e influencias en la que se vio inmerso. Muchas de
estas influencias provenían directamente de la Corte, donde Isabel de Bobadilla
actuaba una vez más con gran habilidad. El juicio se centró en la actuación de
Pedrarias a partir de 1522, tras el primer juicio de residencia, y resultó
implicado en cuarenta y siete acusaciones. Se instruyó sumario sobre veintitrés
de ellas, que abarcaban delitos como extorsión, malversación de fondos, fraude,
violación de correspondencia, entre otros. Sin embargo, todas estas acusaciones
no tuvieron consecuencias, y Pedrarias nuevamente salió ileso de su segundo
juicio de residencia, siendo además recompensado con el gobierno de Nicaragua.
La obtención de este
gobierno fue otro golpe de suerte, hábilmente manipulado. La suerte se presentó
con el fallecimiento de Gil González Dávila, el descubridor y gobernador de
Nicaragua. La manipulación, a cargo de Isabel de Bobadilla en la Corte,
consistió en convencer a la Corona de que su esposo era quien merecía dicho
cargo. El 16 de marzo de 1526, se emitió el nombramiento oficial de Pedrarias
Dávila como gobernador y capitán general de Nicaragua.
En 1528, Pedrarias dejó
Panamá bajo la administración del nuevo gobernador Pedro de los Ríos y se
trasladó a Nicaragua acompañado por un destacado séquito que incluía a Diego
Álvarez Osorio, el primer obispo de la gobernación, así como a Francisco de
Castañeda, alcalde mayor, Diego de la Tobilla como tesorero y Alonso Pérez de
Valer como veedor. Al llegar, encontró el territorio en agitación, ya que Diego
López de Salcedo, gobernador de Honduras, había ocupado ilegalmente parte del
mismo, provocando un motín entre los españoles y una rebelión de los indígenas.
Pedrarias halló a Salcedo refugiado en una iglesia y lo trasladó a la fortaleza
de León, donde lo retuvo durante siete meses, hasta que firmó un acuerdo de
límites entre Honduras y Nicaragua y pagó una multa de veinte mil pesos.
Nicaragua presentaba una
evidente escasez de pobladores, y Pedrarias intentó remediarlo trayendo colonos
de las grandes Antillas. Alrededor de doscientos colonos llegaron, y con ellos
organizó una expedición en busca del desaguadero del lago de Nicaragua (río de
San Juan). Esta expedición fue liderada por su lugarteniente Martín de Estete,
acompañado por el capitán Rojas. Estete cometió diversas atrocidades durante su
travesía, llegando finalmente al cabo Gracias a Dios, donde fundó el Pueblo de
las Minas, dejando a Rojas allí mientras él volvía a León para informar a
Pedrarias. En 1530, Pedrarias envió a Estete a Guatemala para ocupar parte de
su territorio, pero la expedición fue rechazada por los hombres de Alvarado,
resultando en un fracaso, aunque con la captura de dos mil indígenas
esclavizados y encadenados.
La captura y venta de
indígenas esclavizados se convirtió en un lucrativo negocio en Nicaragua, al
igual que en Panamá en el pasado. Pedrarias no solo lo toleró, sino que también
organizó su venta, principalmente hacia Panamá, donde eran necesarios para la
conquista del Perú. Esto provocó una marcada disminución de la población
indígena en Nicaragua, exacerbada por epidemias. En este contexto, el alcalde
mayor, el licenciado Castañeda, desempeñó un papel similar al de Fernández de
Oviedo en Panamá, acusando a Pedrarias de nepotismo (por colocar a amigos y
familiares en cargos públicos), de reformar las encomiendas en beneficio de sus
allegados, de participar en el comercio de esclavos indígenas y de no denunciar
los abusos cometidos por sus capitanes contra los nativos.
El 5 de octubre de 1529,
Pedrarias escribió al Monarca solicitando su relevo como gobernador debido a su
avanzada edad y enfermedad. Describió su estado, indicando que estaba "muy
viejo e muy enfermo" y que se encontraba "tullido, casi siempre en la
cama, y no puede andar, si no es en una silla sentado". La tensión entre
Pedrarias y el alcalde mayor se intensificó durante la elección del Cabildo de
León en 1530, ya que ambos buscaban ocupar los cargos con sus partidarios. A
pesar de la disputa, el gobernador logró evitar que la situación se saliera de
control.
Las enfermedades de
Pedrarias empeoraron, y aunque no pudo asegurar que su hijo Diego Arias
heredara la gobernación, logró concertar el matrimonio de su hija María,
prometida anteriormente a Balboa, con Rodrigo de Contreras. Este último sucedió
a Pedrarias como gobernador de Nicaragua, convirtiendo la provincia en un feudo
de los Contreras. Pedrarias falleció en León el 6 de marzo de 1531, a la edad
de noventa y un años, y fue enterrado con gran pompa en la iglesia del
monasterio de Nuestra Señora de la Merced, donde había pasado sus últimos
meses. De manera irónica, en el año 2000, el Instituto de Cultura Nicaragüense
descubrió los restos mortales de Francisco Hernández de Córdoba, fundador de la
ciudad de León la Vieja, en la cripta de la misma iglesia. Sin embargo, la
cabeza, cortada por el Furor domini cuatrocientos setenta y cuatro años antes,
estaba ausente.
Fin
Recopilado y hecho por
Lorenzo Basurto Rodríguez
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