El Darién: Crónicas de la Primera Tierra Firme (1508-1519)
Las
fuentes históricas nos confirman que los castellanos ya habían llegado a las
costas caribeñas cercanas en 1502, durante el cuarto viaje de Cristóbal Colón,
y posteriormente en 1508, en la expedición de exploración liderada por Juan
Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón. Desde 1511, ya se registra una presencia
permanente de castellanos en tierras de Yucatán, aunque de manera fortuita,
como en los casos de Gerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero.
Colón,
como es sabido, sostenía que había alcanzado tierras asiáticas, el objetivo
principal de su empresa comercial. Para justificar esta afirmación ante los
Reyes Católicos, utilizaba los argumentos más variados. Llegó incluso a
formular una nueva concepción geodésica del mundo, conocida como la teoría
"pezonoidal", con la cual intentó demostrar su hipótesis ante la
falta de pruebas concluyentes, como se menciona en el Itinerario de Cristóbal
Colón (Varela y Guerrero, 2003). Sin embargo, en 1499, tras su tercer viaje,
los Reyes, al percatarse de las inconsistencias de sus teorías, decidieron
poner fin a los privilegios exclusivos concedidos a Colón mediante las
Capitulaciones de Santa Fe, abriendo el camino a nuevas expediciones, decisión
que ya había sido contemplada en 1494 (León, 2006: 177-180).
Con la
clara evidencia de que las tierras descubiertas por Colón no eran las ansiadas
tierras asiáticas, las nuevas tierras quedaron a disposición de aquellos
particulares que, comprometiéndose a financiar las expediciones, obtuvieran
capitulaciones con el obispo Juan Rodríguez de Fonseca en representación de la
corona. Estas expediciones, bajo la supervisión del obispo Fonseca, se
dirigieron hacia el norte y sur de la actual Venezuela, con el objetivo de encontrar
el paso hacia Asia que Colón había intentado descubrir en su cuarto viaje en
1502, un plan que formaba parte de la estrategia general diseñada por Fonseca.
Los
llamados "Viajes de Descubrimiento y Rescate", como los nombra la
historiografía tradicional, pueden enmarcarse dentro del Plan descubridor de
Juan Rodríguez de Fonseca (León, 2011: 141-181). Estas expediciones, que se
multiplicaron entre 1499 y 1500, incluyen a navegantes como Alonso de Ojeda,
Juan de la Cosa, Américo Vespucio, Juan Guerra, Peralonso Niño, Vicente Yáñez
Pinzón y Diego de Lepe. Sus descubrimientos fueron plasmados en el mapamundi de
Juan de la Cosa (1500), una de las primeras representaciones cartográficas de
las tierras recién exploradas (Varela, 1999: 40-50; 2001; 2011a: 61-140).
Los
descubrimientos de estos años revelaron la existencia de una vasta masa
continental que impedía el acceso directo por el Atlántico a las especierías de
Asia, un continente que resultó ser el cuarto conocido. Siguiendo el plan de
Fonseca, se organizaron más expediciones en busca de rutas hacia el oeste,
incrementando el ritmo de exploraciones hacia las nuevas tierras. Entre ellas
se encuentran las expediciones de Alonso Vélez de Mendoza en 1500-1501, la de
Rodrigo de Bastidas y Juan de la Cosa en 1501-1502, y el cuarto viaje de Colón
en 1502, realizado bajo licencia real.
El
creciente volumen y complejidad de la administración y economía vinculadas a
estas expediciones dio lugar a la creación de la Casa de la Contratación en
Sevilla en 1503, una institución encargada de centralizar todos los asuntos
relacionados con las Indias, tanto económicos como marítimos (León, 2003:
163-186). Los Reyes Católicos utilizaron esta entidad para gestionar de manera
más eficiente los temas relacionados con los territorios recién descubiertos.
El 9
de mayo de 1502, Cristóbal Colón partió de Cádiz en su cuarto y último viaje
hacia las nuevas tierras, comandando cuatro naves. Este viaje, enmarcado dentro
del plan general del obispo Juan Rodríguez de Fonseca (Varela y León, 2003),
tenía como principal objetivo llegar a tierras asiáticas y documentarlo, para
así mantener sus títulos y privilegios como Virrey, Almirante y Gobernador.
El 15
de junio, la expedición ya había llegado a la isla de Martininó y se dirigió
hacia Santo Domingo, a pesar de la prohibición expresa de tomar puerto allí. El
2 de julio, se encontraban frente al río Ozama, con la intención de adquirir
una nueva nave, pero el gobernador Nicolás de Ovando no permitió que
desembarcaran, a pesar de que Colón advirtió sobre la proximidad de una
tormenta. Evitando detenerse en los detalles de este incidente, la expedición
continuó su viaje y, tras sobrevivir a la tormenta anclados frente al puerto de
Yaquimo, llegaron a la vista de Jamaica el 16 de julio. Navegando hacia el
oeste con dificultades debido a la falta de viento y las corrientes,
permanecieron en el sur de Cuba hasta el 27 de julio y luego partieron hacia el
sur, con la esperanza de alcanzar Catay y Zipango.
El 30
de julio, tras cruzar un estrecho de unas 90 leguas, Colón y sus hombres
avistaron tierra firme. Al intentar orientarse, los castellanos se dieron
cuenta de que se encontraban en una pequeña isla cercana a la costa, la cual
bautizaron como Guanaja. El 11 de agosto, la expedición se encontraba frente a
Punta Caxinas, en lo que hoy es Puerto Limón. Durante un mes, recorrieron y
cartografiaron la Costa de la Oreja. Hernando Colón anotó que el 12 de
septiembre descubrieron el Cabo Gracias a Dios. A pesar de encontrarse en una
región con una cultura avanzada, la falta de una lengua común y el deseo de
Colón de demostrar que había llegado a Catay y Cipango impidieron que
profundizaran en el conocimiento de las civilizaciones locales.
El 25
de septiembre, la expedición alcanzó el río Cariay, donde desembarcaron. Allí,
encontraron un templo funerario que contenía una momia. Pasaron ocho días
reconociendo los pueblos indígenas de la zona y, el 4 de octubre, partieron
hacia Cerambaró, donde vieron por primera vez señales de oro fino. Continuaron
costeando, pero el cansancio y la falta de hospitalidad de los indígenas
dificultaron el viaje. El 30 de octubre, descubrieron construcciones de cal y
canto, y avanzaron hacia Cobrava, Portobelo, Puerto de Bastimentos y Retrete,
hasta que Colón decidió retroceder.
El 4
de enero de 1503, continuaron hacia Veragua, llegando al río Belén, donde
entraron en contacto con los indígenas e intentaron establecer un asentamiento.
Sin embargo, debido a los problemas con los lugareños, el proyecto no prosperó.
El 24 de abril de 1503, los españoles abandonaron definitivamente la costa de
Veragua, dejando atrás dos naves inservibles, y partieron hacia la isla de La
Española en busca de ayuda. Antes de partir, Colón registró a los hombres,
incluyendo al joven Antón de Alaminos, quien años más tarde sería un importante
piloto en el descubrimiento “oficial” de Yucatán (Varela, 1992; León, 2005:
19-32).
Cristóbal
Colón, tras su cuarto viaje, seguía convencido de haber llegado a nuevas
regiones de Tierra Firme, aunque no estaba seguro de haber alcanzado el Catay.
Para mantener su prestigio, maquilló los informes de su viaje, lo que retrasó
la conciencia plena en Europa de haber descubierto un nuevo continente. En su
**Carta de Jamaica**, Colón presentó su viaje como un éxito total, afirmando
que había alcanzado el Catay. Sin embargo, tras su regreso, se sintió
desamparado al perder su exclusividad en la política de las nuevas tierras,
además de que la muerte de su valedora, la reina Isabel, el 26 de noviembre de
1504, lo dejó sin protección. Aunque el rey Fernando intentó continuar con las
exploraciones siguiendo el plan de Fonseca, eventos políticos como la llegada
de los nuevos monarcas, Juana y Felipe, retrasaron los proyectos de expansión
hasta la muerte de Felipe.
En
1508, el rey Fernando convocó una Junta en Burgos para revitalizar los
descubrimientos y confirmar que las tierras encontradas no eran asiáticas, sino
un nuevo continente. Se trazó un plan para seguir explorando la región del
Caribe y buscar un posible paso hacia Asia. El objetivo principal era encontrar
una ruta hacia las islas de la Especiería y sus riquezas.
En
este contexto, Vicente Yáñez Pinzón participó en varias expediciones. En 1505,
fue parte de la Junta de Toro, donde se discutió la búsqueda de un paso hacia las
islas de las Especias. Aunque se planeó una expedición, esta no se llevó a
cabo. Pinzón fue nombrado Capitán General de Puerto Rico, con la misión de
poblar y fortificar la isla, aunque solo logró reconocer la costa y poblarla
con ganado. En 1508, fue convocado de nuevo a la Junta de Burgos, en la que se
decidió organizar una expedición liderada por Juan Díaz de Solís y el propio
Vicente Yáñez Pinzón.
Esta
expedición partió de Sevilla en junio de 1508, compuesta por una nao y una
carabela, y exploró las costas de Darién, Veragua y Paria, recorriendo
territorios que hoy pertenecen a Venezuela, Colombia, Panamá, Costa Rica,
Nicaragua, Honduras y Guatemala. Durante el trayecto, exploraron por primera
vez la costa oriental de la Península de Yucatán y se adentraron en el Golfo de
México, llegando hasta los 23º30’ de latitud norte. Allí, tuvieron el primer
contacto con la civilización azteca, aunque no lograron encontrar el ansiado
paso hacia las islas de las Especias. La expedición regresó a España en agosto
de 1509.
De las
tres determinaciones clave de la Junta de Burgos, nos enfocaremos en la
expedición enviada a Centroamérica, al norte de Veragua, con la esperanza de
encontrar un paso hacia el oeste. Este viaje fue resultado de los acuerdos
políticos tomados en Burgos para reactivar la estancada política descubridora
española. Juan Rodríguez de Fonseca estaba al tanto de la teoría de Colón,
quien había afirmado que Catay y Zipango estaban ubicados cerca de la costa de
Veragua.
La
capitulación para esta expedición se firmó el 23 de marzo de 1508. Vicente
Yáñez Pinzón aportaba su experiencia y lealtad, mientras que Juan Díaz de Solís
debía demostrar su capacidad de liderazgo, tal como se establece en el
documento de capitulación. Este acuerdo incluía la tarea de encontrar un paso
hacia Oriente a través de Occidente, específicamente por el fondo del futuro
seno mexicano, aún por descubrir. El 25 de marzo, Pinzón y Solís partieron de
Burgos hacia Sevilla para organizar la expedición. Tres días después, el 28 de
marzo, se designó a Pedro de Ledesma como piloto acompañante, quien había
navegado con Colón en su cuarto viaje y, por lo tanto, poseía conocimientos
sobre las tierras descubiertas en la costa centroamericana. Sin embargo, Colón
había confiscado las anotaciones cartográficas de los miembros de la expedición
en su regreso a Jamaica.
La
armadilla se preparó rápidamente, compuesta por una nao y una carabela, y todo
estaba listo para zarpar en mayo de 1508. Sin embargo, la partida del puerto de
Sanlúcar de Barrameda se retrasó hasta el 29 de junio, aunque no se puede
confirmar esta fecha a partir de la fuente que lo menciona, Navarrete.
Respecto
al itinerario de Vicente Yáñez y Juan Díaz en aguas americanas, la información
es escasa y contradictoria, en parte debido a errores en las crónicas de
Antonio de Herrera, que han sido corregidos en trabajos de investigación
anteriores, como los del Dr. Varela.
A
pesar de esto, varias crónicas aluden al primer contacto con tierras mexicanas.
Hernando Colón, en su Historia del Almirante, menciona que durante el cuarto
viaje de su padre (1502-1504), se descubrió el cabo Gracias a Dios. En este
contexto, señala que Juan Díaz de Solís, a quien se debe el nombre del Río de
la Plata por su trágico final a manos de los indígenas, y Vicente Yáñez, quien
había sido capitán en el primer viaje del almirante, se unieron en 1508 para
explorar el territorio descubierto por Colón en su viaje a Veragua.
Según
Hernando Colón, ambos exploradores siguieron un trayecto similar y llegaron a
la costa de Caray, pasando cerca del cabo Gracias a Dios hasta la punta de
Caxinas, que ellos llamaron Honduras. También designaron a las islas
encontradas como las Guanajas, nombrando a la principal en honor a todas. Sin
embargo, intentaron ocultar la presencia anterior del almirante en la región
para atribuirse el descubrimiento, a pesar de que Pedro de Ledesma les advirtió
que conocía aquellas tierras, ya que había sido parte del descubrimiento junto
con Colón.
Don
Hernando no desacredita a su padre, sino que señala que Pinzón, Solís y Ledesma
recorrieron nuevamente las tierras exploradas por Cristóbal Colón en América
Central. Al observar el mapa que trajeron, Hernando consideraba que la costa
del Yucatán era una duplicación de las costas de Honduras y Nicaragua.
Fray Bartolomé
de las Casas, aunque sin especificar fechas, menciona que el viaje realizado
por Yáñez Pinzón y Solís puede reconstruirse a partir de los testimonios
presentados por el fiscal en el pleito con el almirante segundo, Diego Colón.
Según estos testimonios, navegaron hacia el poniente desde las Guanajas,
llegando a un lugar en el Golfo Dulce que no pudieron ver porque estaba oculto,
pero sí observaron la entrada de la mar entre las tierras que rodean el Golfo
Dulce y el Yucatán, lo que describen como una gran ensenada o bahía.
Al ver
esa gran bahía, Vicente Yáñez, en su deposición juramentada durante el
mencionado proceso, afirmó que al navegar desde la isla de las Guanajas y
seguir la costa, descubrieron una gran bahía a la que denominaron Gran Bahía de
la Navidad. Desde allí, también avistaron las sierras de Carya y otras tierras
más adelante. Según los testimonios, luego regresaron al norte. Esto sugiere
que, sin duda, descubrieron gran parte del reino de Yucatán. Sin embargo,
debido a que nadie continuó con el descubrimiento, se desconocieron los
edificios y riquezas de esa región, que de haberse explorado adecuadamente,
podrían haber revelado las vastedades de los reinos de la Nueva España.
Ambos
relatos indican que en 1508, Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís
descubrieron las costas del Yucatán. No obstante, no se conocen ni el Diario de
este viaje ni los mapas que se produjeron. A pesar de esto, basándonos en el
trabajo del Dr. Varela, podemos interpretar las cartas a la luz de los
comentarios de los cronistas, sugiriendo que la cartografía podría ayudarnos a
reconstruir, al menos de manera somera, el recorrido de la expedición.
El
piloto Pedro de Ledesma elaboró una carta náutica del viaje, que Don Hernando
Colón tuvo la oportunidad de ver y que consideraba una copia del cuarto viaje
de su padre. Este testimonio es significativo, ya que tanto Hernando como
Ledesma habían participado en el último viaje de Colón. En su descripción
cartográfica, Ledesma aportó detalles sobre el recorrido realizado alrededor
del Yucatán, pero evitó detallar el bojeo de la isla de Cuba. Al juntar la
información disponible, consideramos que el itinerario del viaje coincide con
lo que Ledesma declaró en el contexto de los pleitos colombinos, donde indicó
que habían descubierto, en las tierras de Veragua, una parte de la vía del
norte que había sido ganada desde la isla de Guanaja hasta el norte, nombrando
a estas tierras como Chavañin y Pintigua, alcanzando hasta veintitrés grados y
medio de latitud norte.
La
declaración de Pinzón sobre este viaje es similar, aunque menos precisa, ya que
no era un piloto cartógrafo tan preparado como Ledesma. Siguiendo las
observaciones de Jesús Varela, consideramos más confiables las opiniones de los
profesionales y testigos directos, dejando de lado las de los cronistas
posteriores, que suelen ser menos precisas.
En sus
probanzas de 1513 en Santo Domingo, Vicente Yáñez Pinzón también habló sobre el
recorrido, afirmando que desde la isla de Guanaja hasta la provincia de Camarona,
navegando la costa hacia el oriente, se encuentra otra provincia llamada Chabañin
y Pintigua, que él y Juan Solís habían descubierto. Asimismo, describió la gran
bahía que llamaron Gran Bahía de la Navidad, y desde allí, se dieron cuenta de
las sierras de Carya y otras tierras más adelante, enfatizando que ni Colón ni
nadie a su mando había llegado a estas provincias.
Creemos
que, al llegar a La Española con los dos navíos, San Benito y Magdalena,
enviaron un mensaje al gobernador Ovando. Pocos días después, tras
reabastecerse, zarparon rumbo a las islas Guanajas, bajo la dirección del
piloto Ledesma, quien había estado con Colón en su cuarto viaje. Continuaron su
travesía en dirección a Cuba, luego a las costas de Costa Rica, Nicaragua y Honduras.
Al norte, descubrieron el Golfo Dulce, el Cabo de las Hibueras y la costa
oriental de Yucatán, adentrándose en el golfo de México hasta alcanzar los 23°
30' de latitud norte. Según las palabras del piloto de la expedición, Pedro de
Ledesma, protagonizaron uno de los primeros contactos con la civilización
azteca en el Cabo Catoche. Exploraron la costa oriental del Yucatán, siendo sus
primeros descubridores; sin embargo, no podemos asegurar con certeza los
lugares costeros que recorrieron ni las fechas exactas de estos avistamientos.
Probablemente,
al llegar a la altura de Tampico, y ante el fracaso de la expedición,
decidieron dar por concluida la exploración y regresaron a España. Esta
expedición tuvo resultados cartográficos significativos al extender en 300
leguas más al norte el territorio conocido. Sin embargo, resultó desastrosa
desde el punto de vista geopolítico, ya que buscaban un paso que los condujera
al Catay y al Zipango, siguiendo la costa que Colón no exploró en su cuarto
viaje, pero no lograron hallarlo. Se creía que, si existía un paso, debía estar
en esta área, dado que el sur había sido descubierto hasta los 20° de latitud
sur, sin que apareciera el estrecho.
A
pesar de que Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís fueron los descubridores
de la península de Yucatán, su hallazgo fue olvidado y el descubrimiento
realizado por Hernández de Córdoba en 1517 fue considerado como el primero.
Creemos que la región recorrida en este viaje está reflejada en el primer mapa
impreso de América, publicado por Pedro Mártir de Anglería en sus Décadas, cuya
autoría corresponde a Juan Rodríguez de Fonseca y cuya fecha es 1514. De este
mapa, reproducimos el contorno reconstruido de la travesía, tal como lo planteó
Jesús Varela.
***
Por
otro lado, Alonso de Ojeda, vecino de La Española y amigo íntimo de Juan
Rodríguez de Fonseca, director de Negocios de Ultramar, obtuvo gracias a su
apoyo el título de Adelantado de la región de Maracaibo (entonces conocida como
Coquibacoa). Sin embargo, esta expedición fracasó, al igual que su intento en
La Guajira. A pesar de sus tropiezos, sus influencias le permitieron en 1508 (y
no en 1503) obtener la gobernación de Castilla de Oro, que abarcaba Urabá.
Según las leyes de la época, Juan de la Cosa fue nombrado su lugarteniente,
mientras que a Diego de Nicuesa se le otorgó la gobernación de Veragua.
Trágicamente,
Juan de la Cosa, destacado cartógrafo, murió a causa de las heridas infligidas
por flechas envenenadas. Ojeda fundó la ciudad de San Sebastián de Urabá, la
primera villa en esa región, pero tuvo una existencia breve, similar a la de
Santa María de la Antigua, ambas abandonadas tras pocos años de historia. Tras
varios naufragios y desdichas, Ojeda delegó la administración de la villa en
Francisco Pizarro y se retiró a La Española, donde vivió en el olvido.
En
aquellos tiempos, los descubridores, tras el hallazgo del Mar del Sur, buscaban
una rápida conexión entre los dos océanos. Diego de Nicuesa, mientras exploraba
las costas del Atlántico, fundó el puerto de Gracias a Dios. Según la leyenda,
al llegar a una bahía segura con provisiones tras muchas penurias, Nicuesa
exclamó: “Gracias a Dios que hemos encontrado la salvación”, dando nombre al
puerto.
La
villa de San Sebastián finalmente sucumbió, y sus habitantes fueron rescatados
por Martín Fernández de Enciso, quien estaba acompañado por Vasco Núñez de
Balboa, un aventurero que años antes había llegado escondido en un barril,
según su biografía y la de Rodrigo de Bastidas. Balboa aconsejó a Fernández
fundar una nueva ciudad en las selvas del Darién, que fue bautizada como Santa
María de la Antigua. Esta nueva ciudad fue poblada por los supervivientes de
San Sebastián y más tarde por los hombres de Nicuesa, quien había sido depuesto
por su tripulación. Sin embargo, en un oscuro episodio, Balboa embarcó a
Nicuesa y sus hombres en un frágil barco y los desterró hacia un destino
incierto.
Una
tempestad hundió la nave en la que viajaba Nicuesa, y todos sus ocupantes
perecieron. La historia de Santa María de la Antigua merece más de un capítulo,
pero basta con mencionar la obra de Fernández de Oviedo en su Historia General
y Natural de las Indias para entender su relevancia.
El
emperador Carlos V, a pesar de haber recibido informes de las hazañas de Vasco
Núñez de Balboa en el Darién, decidió enviar a Pedrarias Dávila, figura de la
que se ha escrito una extensa biografía. Según documentos auténticos, en 1509
comenzaron las primeras colonizaciones en tierra firme, coincidiendo con la llegada
de Diego Colón a La Española, hijo del descubridor de las Indias Occidentales.
En esta época se extendieron las exploraciones y conquistas: Jamaica bajo el
mando de Juan de Esquivel, Puerto Rico con Juan Ponce de León, y Cuba con Diego
Velásquez.
Es conocido
que Balboa, en su histórica expedición, avistó el océano Pacífico el 25 de
septiembre de 1513 gracias a su emisario, Alfonso Martín de Don Benito. El 29
de ese mismo mes, Balboa tomó posesión formal del nuevo océano en nombre de los
Reyes de Castilla y León. Cabe mencionar que ya desde finales de 1512, Balboa
estaba al tanto del posible descubrimiento, como lo confirma una carta fechada
el 20 de enero de 1513 en Santa María del Darién, publicada por Fernández de
Navarrete en su Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar
los españoles desde fines del siglo XV, Tomo III.
La
biografía de Pedrarias Dávila, escrita por Pablo Álvarez Rubiano, cita a
Toribio Medina, ilustre historiador chileno, en su obra El descubrimiento del
Océano Pacífico: Vasco Núñez de Balboa, Hernando de Magallanes y sus compañeros,
Tomo II, que detalla los hechos de este importante descubrimiento.
Con la
noticia del hallazgo de Balboa, el interés en España, que había disminuido,
renació con fuerza, impulsado por la imaginación de la época, que aún
conservaba el espíritu de las novelas de caballería que Cervantes satirizó en Don
Quijote de la Mancha. Este espíritu aventurero seguía vivo en el pueblo
español, que jugó un papel crucial en los descubrimientos que cambiarían el
curso de la historia mundial. Un vistazo a las crónicas de Las Casas, Navarrete
o Herrera, nos recuerda el fervor con el que se hablaba de Tierra Firme, donde
se decía que el oro se podía pescar con redes. Las Casas, en su Historia de las
Indias, relata cómo esta fama atrajo a gran parte de Castilla, lo que llevó al
propio rey a nombrar a esa tierra "Castilla del Oro".
Navarrete
aborda de manera detallada las expediciones al interior del continente, cuyo
objetivo principal era encontrar rutas que conectaran los dos océanos, una de
las mayores preocupaciones del Imperio y de las gobernaciones en América del
Sur. El primer intento de colonización sistemática fue realizado por Fernando
el Católico en 1514 con el nombramiento de Pedrarias Dávila, cuyo mandato daría
lugar a las Leyes de Indias. Como señala Antonio Ballesteros y Beretta en su Historia
de España, estas leyes fueron un ejemplo imperecedero de legislación colonial.
Humboldt, en su Ensayo Político sobre el Reino de Nueva España, también destaca
que España no veía a sus posesiones ultramarinas como colonias, sino como parte
integral de su monarquía, lo que resultó en una legislación más justa que la de
otras potencias coloniales.
La
legislación española de la época colonial, especialmente tras las quejas del
obispo de Chiapas, Fray Bartolomé de las Casas, fue avanzada y justa para su
tiempo. Sin embargo, los conquistadores a menudo la eludían bajo la famosa
máxima: "se obedece, pero no se cumple". Pedrarias Dávila, conocido
simplemente como Pedrarias, fue nombrado gobernador y capitán general de Tierra
Firme y Castilla del Oro el 27 de julio de 1513, en reemplazo de Diego de
Nicuesa.
Según
el señor Serrano Sáenz en su obra Preliminares del gobierno de Pedro Arias
Dávila en Castilla del Oro, citada por Pablo Álvarez Rubiano, el 4 de agosto de
1513 el rey Fernando el Católico dio a Pedrarias instrucciones detalladas.
Estas incluían la fundación de villas y ciudades, la repartición de tierras
entre los colonos, la reglamentación de la explotación de minas y la facultad
para expulsar a aquellos individuos cuya presencia fuera perjudicial. Esta
última medida probablemente se otorgó en relación con Núñez de Balboa, visto
como una amenaza para el poder público.
Lo que
Sáenz no menciona, pero es relevante para el contexto histórico, es que estas
instrucciones también ordenaban realizar exploraciones para encontrar una ruta
que conectara el Mar del Sur (Océano Pacífico). Entre 1515 y 1516, se llevaron
a cabo exploraciones legendarias a cargo de Gonzalo de Badajoz y Luis de
Mercado, quienes seguían las indicaciones del cacique Pariza.
Con el
fin de organizar las colonias y que estas pudieran sostenerse económicamente,
se crearon varios cargos administrativos: tesorero, contador, factor y veedor.
Este último puesto fue ocupado por Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, futuro
cronista y autor de la Historia General y Natural de las Indias.
Pedrarias
también nombró a Gaspar de Espinosa como alcalde mayor de su expedición.
Espinosa jugaría un papel clave en la futura conquista del Imperio del
"Birú" (Perú), junto a Francisco Pizarro, Diego de Almagro, Hernando
de Luque y el piloto Bartolomé Ruiz, conocido como el "torero del
mar".
En
cuanto a los asuntos religiosos, el emperador Carlos V se preocupó por estos
temas y pidió al Papa León X la creación de un Patriarca de las Indias. El rey
propuso al arzobispo Juan Rodríguez de Fonseca para dicho cargo, y a Fray Juan
de Quevedo, de la Orden de San Francisco, como obispo de la nueva diócesis de
"Bética Aurea", con sede en Santa María de la Antigua y jurisdicción
en Castilla del Oro.
La
expedición liderada por Pedrarias Dávila a Tierra Firme fue notable por su
tamaño y el prestigio de sus participantes, muchos de los cuales eran oficiales
veteranos de las guerras de Italia, desocupados tras la paz. Diversos cronistas
de la época relataron los detalles de esta aventura, entre ellos Gonzalo
Fernández de Oviedo y Valdés, Francisco de Jerez en su Verdadera relación de la
conquista del Perú, Pedro Cieza de León en su Crónica del Perú, Antonio de
Herrera en sus Décadas, Fray Bartolomé de las Casas en su Historia de las
Indias, y especialmente Pedro Mártir de Anglería en su Década II.
Una de
las historias más conmovedoras de este viaje es la de Isabel de Bobadilla, la
esposa de Pedrarias. Isabel, de noble linaje, insistió en acompañar a su esposo
a pesar de los peligros del desconocido continente americano. Según cuenta
Pedro Mártir de Anglería, Pedrarias no quería que ella lo acompañara debido a
los riesgos, pero Isabel le escribió una carta decidida, en la que expresaba
que prefería enfrentar cualquier peligro o incluso la muerte antes que vivir
separada de él:
“Amado
esposo: Me parece que nos unimos desde jóvenes con el yugo marital para vivir
juntos, no separados. A donde quiera que te lleve la suerte... sábete que te he
de acompañar yo. Ningún peligro puede amenazarme tan atroz... Es preferible
morir una vez... que consumirme en luto perpetuo y continua tristeza, esperando
no al marido sino sus cartas. Esta es mi resolución...”.
Isabel
demostró un espíritu inquebrantable y una valentía admirable, que contrastaba
con los peligros inherentes a las expediciones coloniales de la época.
Por
otro lado, Antonio de Herrera, en su Década Primera, describe el lujo y la
magnitud de la expedición. Según él, más de dos mil jóvenes, junto con algunos
ancianos codiciosos, se ofrecieron a acompañar a Pedrarias, algunos costeándose
sus propios gastos. Herrera menciona que la cantidad de personas que deseaban
participar en la expedición era tan grande que, si se hubiera permitido a diez
mil personas embarcarse, todas lo habrían hecho de buena gana. Esta gran
afluencia de voluntarios incrementó aún más el entusiasmo por la expedición a
Tierra Firme en el Darién, que ya de por sí despertaba grandes expectativas.
La
determinación de figuras como Isabel de Bobadilla y el interés masivo en la
expedición reflejan el espíritu de aventura y codicia que predominaba en la
conquista de América, junto con los grandes riesgos y sacrificios que
implicaba.
La
expedición de Pedrarias Dávila a Tierra Firme no solo fue notable por su
tamaño, sino también por el lujo y la suntuosidad que la rodearon desde su
inicio. Inicialmente, el rey Fernando el Católico había ordenado que el Gran
Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, regresara a Nápoles con un ejército
espléndido. Sin embargo, por razones desconocidas, el monarca cambió de opinión
en el último momento, dejando a muchos nobles que habían hecho grandes
preparativos desilusionados y defraudados. Ante la noticia del despacho de
Pedrarias hacia las Américas y las promesas de riquezas en el Darién, muchos de
estos nobles decidieron ofrecerse a la expedición, esperanzados en las
oportunidades que creían que encontrarían, similares a las que habrían tenido
en Italia.
El
teniente general de la expedición fue Juan de Ayora, mientras que otros
capitanes importantes fueron Juan de Zurita, Gaspar de Morales, Pedrarias el
Mancebo (hijo de Pedrarias), Hernando de Soto, Diego de Almagro y Sebastián de
Belalcázar. Además de los soldados y capitanes, también hubo una notable
participación de clérigos, como se menciona en la Colección Muñoz, y personajes
de gran relevancia como Bernal Díaz del Castillo y el piloto florentino Juan
Vespucio, sobrino de Américo Vespucio, quien era un experto en navegación.
La
expedición llegó finalmente al puerto de Santa Marta, conocido por los
indígenas como Saturma. Allí comenzaron los primeros enfrentamientos con las
tribus locales, quienes resistieron ferozmente con flechas envenenadas,
causando numerosas bajas entre los españoles. No obstante, el 29 de junio,
Pedrarias y su ejército arribaron a Santa María de la Antigua del Darién.
Pedrarias envió emisarios a Vasco Núñez de Balboa, quien gobernaba
provisionalmente en Urabá, para informarle de su llegada.
La
llegada de Pedrarias a Santa María fue todo un espectáculo de pompa y
ostentación. Según Don Ángel Altolaguirre y Duvale en su obra Vasco Núñez de
Balboa, Pedrarias hizo una entrada triunfal acompañado de su esposa, doña
Isabel de Bobadilla, el obispo don Juan de Quevedo, oficiales reales y
capitanes lujosamente vestidos, seguidos por sus tropas armadas, listas para
enfrentar cualquier resistencia que Balboa pudiera presentar. Sin embargo, en
un gesto de humildad, Balboa salió a recibir a Pedrarias desarmado y con sus
vestiduras habituales, mostrando así que en Santa María prevalecía el trabajo
sobre la ostentación, un claro contraste con la orgullosa llegada de Pedrarias
y su séquito.
Esta
escena marca el inicio de una tensa relación entre Pedrarias y Balboa, dos
figuras claves en la historia del Darién y la conquista de las Américas, cuyas
interacciones posteriores tendrían profundas consecuencias en el desarrollo de
la colonia.
La
llegada de Pedrarias y su séquito a las inhóspitas tierras del Darién generó un
fuerte impacto entre quienes se habían dejado seducir por las promesas de
riqueza y prosperidad. La cruda realidad de la selva, con sus privaciones y
peligros, rápidamente desmoronó esas ilusiones. Muchos de los alimentos traídos
por la expedición se echaron a perder debido al clima, convirtiéndose en
venenos que causaban enfermedades y la muerte. Pascual de Andagoya, futuro
gobernador de San Juan y testigo presencial de los desastres, relató en su “Relación”
que en un solo mes murieron 700 hombres a causa de la hambruna y la enfermedad,
un mal al que llamaban "modorra". La desesperación era tal que, como
menciona Andagoya, "Les peso tanto a los que allá estaban de nuestra ida
que ninguna caridad hacían a nadie", es decir, no recibieron ayuda alguna
de los colonos ya establecidos.
En
cuanto a las tensas relaciones entre Pedrarias Dávila y Vasco Núñez de Balboa,
estas fueron un capítulo aparte marcado por una fuerte enemistad. A pesar del
intento de Pedrarias por apaciguar las tensiones mediante un pacto matrimonial
entre su hija y Balboa, la hostilidad no cesó. Ni siquiera la intervención de
figuras influyentes como Gaspar de Espinosa, el obispo Juan de Quevedo o
incluso la propia esposa de Pedrarias, doña Isabel de Bobadilla, fue suficiente
para calmar los ánimos.
El 20
de marzo de 1515, Balboa recibió un nuevo nombramiento como gobernador de
Panamá y Coiba, y Adelantado de la Mar del Sur. Esta designación sorprendió a
muchos, especialmente a su adversario Pedrarias, aunque alegró a sus aliados
como Espinosa, Quevedo, Pasamonte y Conchillos. Sin embargo, el rey Fernando
dejó claro que, a pesar del nuevo cargo de Balboa, debía seguir sometido a la
autoridad de Pedrarias, quien ostentaba el poder supremo en la región: “Es mi
voluntad que en estas partes haya una sola persona y una cabeza y no más para
que todos sigan y hagan lo que aquel ordenare y mandare como si yo en persona
lo mandase”.
A pesar
de la tensa relación, Balboa presentó a Pedrarias un informe de gran valor, con
detalles estratégicos sobre los ríos donde se encontraba oro, los sitios ricos
en perlas y la posibilidad de trazar un camino entre los océanos Atlántico y
Pacífico, algo que ya vislumbraba la futura creación de una vía acuática. Este
informe, que fue recogido por Oviedo y Valdez, así como por el historiador
Toribio Medina, incluye una lista de caciques con los que Balboa había
negociado y hecho las paces, entre ellos Careta, Ponca, Comogre y Tubanamá.
Además, destacaba la hazaña de Balboa al haber descubierto el Mar del Sur (el
Pacífico) en 1513 y la Isla de las Perlas, y haber cruzado personalmente el
istmo de mar a mar, siguiendo rutas previamente trazadas y cartografiadas con
precisión. Balboa, en todo, había dicho la verdad, un hecho que reafirmaba su
estatus como uno de los grandes exploradores de la época.
El
odio hacia Vasco Núñez de Balboa fue intensificándose hasta alcanzar su punto
culminante con la sentencia de muerte, ejecutada entre el 14 y el 21 de enero
de 1519, aunque algunos, como Carlos Peraya, habían señalado erróneamente el
año 1517. José María de Altolaguirre, en un comentario sobre la trágica muerte
de Balboa, señaló: “No llevaron al patíbulo a Vasco Núñez por los crímenes de
los que lo acusaba la sentencia. Lo llevó la grandeza de su descubrimiento, que
concitó contra él la envidia y el odio de quienes, con su muerte, veían libre
el camino para saciar su ambición en los descubrimientos en la Mar del Sur”.
Fray
Bartolomé de las Casas también relata este episodio con una fuerte carga
emotiva. Durante el pregón que precedía a su ejecución, se proclamaba: “Esta es
la justicia que manda hacer el rey nuestro señor y Pedrarias su lugarteniente,
por traidor y usurpador de las tierras subyugadas a su real corona". Al
escuchar esto, Balboa, con la mirada alzada, respondió: "Es mentira y
falsedad que se me levanta... nunca por pensamiento me pasó tal cosa, ni pensé
que de mí tal se imaginara. Siempre fue mi deseo servir al rey como fiel
vasallo y aumentarle sus señoríos con todo mi poder". Junto a Balboa,
también fueron ejecutados Fernando de Argüello, Luis Botello, Hernando Muñoz y
Andrés de Valderrábano.
Tras
la muerte de Balboa, Pedrarias quedó libre para continuar sus planes de
expansión y exploración en busca de una ruta entre los dos océanos. Diversos
exploradores participaron en estas expediciones, como Luis Carrillo, Juan de
Ayora, Bartolomé Hurtado, Pedrarias el Mancebo, el bachiller Martín Fernández
de Enciso, Francisco de Vallejo, Gaspar de Morales, y muchos más. Cada uno de
estos episodios de exploración estaba impregnado de eventos trascendentales que
reflejaban la dualidad del carácter español: por un lado, el idealismo
quijotesco y, por otro, el pragmatismo de Sancho Panza. La ambición de hallar
un camino entre los mares o un canal que uniera las aguas del Atlántico y el
Pacífico no solo mostraba el poderío de su imaginación, sino también el
realismo de su empeño, en una mezcla de ingenio y perseverancia.
Fin
Compilado
y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez
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