El Legado de la Conquista: Exploraciones, Encuentros y Conflictos en el Nuevo Mundo
Las
fuentes históricas nos confirman que los castellanos ya habían llegado a las
costas caribeñas cercanas en 1502, durante el cuarto viaje de Cristóbal Colón,
y posteriormente en 1508, en la expedición de exploración liderada por Juan
Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón. Desde 1511, ya se registra una presencia
permanente de castellanos en tierras de Yucatán, aunque de manera fortuita,
como en los casos de Gerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero.
Colón,
como es sabido, sostenía que había alcanzado tierras asiáticas, el objetivo
principal de su empresa comercial. Para justificar esta afirmación ante los
Reyes Católicos, utilizaba los argumentos más variados. Llegó incluso a
formular una nueva concepción geodésica del mundo, conocida como la teoría "pezonoidal",
con la cual intentó demostrar su hipótesis ante la falta de pruebas
concluyentes, como se menciona en el Itinerario de Cristóbal Colón (Varela y
Guerrero, 2003). Sin embargo, en 1499, tras su tercer viaje, los Reyes, al
percatarse de las inconsistencias de sus teorías, decidieron poner fin a los
privilegios exclusivos concedidos a Colón mediante las Capitulaciones de Santa
Fe, abriendo el camino a nuevas expediciones, decisión que ya había sido
contemplada en 1494 (León, 2006: 177-180).
Con la
clara evidencia de que las tierras descubiertas por Colón no eran las ansiadas
tierras asiáticas, las nuevas tierras quedaron a disposición de aquellos
particulares que, comprometiéndose a financiar las expediciones, obtuvieran
capitulaciones con el obispo Juan Rodríguez de Fonseca en representación de la
corona. Estas expediciones, bajo la supervisión del obispo Fonseca, se
dirigieron hacia el norte y sur de la actual Venezuela, con el objetivo de
encontrar el paso hacia Asia que Colón había intentado descubrir en su cuarto
viaje en 1502, un plan que formaba parte de la estrategia general diseñada por
Fonseca.
Los
llamados "Viajes de Descubrimiento y Rescate", como los nombra la
historiografía tradicional, pueden enmarcarse dentro del Plan descubridor de
Juan Rodríguez de Fonseca (León, 2011: 141-181). Estas expediciones, que se
multiplicaron entre 1499 y 1500, incluyen a navegantes como Alonso de Ojeda,
Juan de la Cosa, Américo Vespucio, Juan Guerra, Peralonso Niño, Vicente Yáñez
Pinzón y Diego de Lepe. Sus descubrimientos fueron plasmados en el mapamundi de
Juan de la Cosa (1500), una de las primeras representaciones cartográficas de
las tierras recién exploradas (Varela, 1999: 40-50; 2001; 2011a: 61-140).
Los
descubrimientos de estos años revelaron la existencia de una vasta masa
continental que impedía el acceso directo por el Atlántico a las especierías de
Asia, un continente que resultó ser el cuarto conocido. Siguiendo el plan de
Fonseca, se organizaron más expediciones en busca de rutas hacia el oeste,
incrementando el ritmo de exploraciones hacia las nuevas tierras. Entre ellas
se encuentran las expediciones de Alonso Vélez de Mendoza en 1500-1501, la de
Rodrigo de Bastidas y Juan de la Cosa en 1501-1502, y el cuarto viaje de Colón
en 1502, realizado bajo licencia real.
El
creciente volumen y complejidad de la administración y economía vinculadas a
estas expediciones dio lugar a la creación de la Casa de la Contratación en
Sevilla en 1503, una institución encargada de centralizar todos los asuntos relacionados
con las Indias, tanto económicos como marítimos (León, 2003: 163-186). Los
Reyes Católicos utilizaron esta entidad para gestionar de manera más eficiente
los temas relacionados con los territorios recién descubiertos.
El 9
de mayo de 1502, Cristóbal Colón partió de Cádiz en su cuarto y último viaje
hacia las nuevas tierras, comandando cuatro naves. Este viaje, enmarcado dentro
del plan general del obispo Juan Rodríguez de Fonseca (Varela y León, 2003),
tenía como principal objetivo llegar a tierras asiáticas y documentarlo, para
así mantener sus títulos y privilegios como Virrey, Almirante y Gobernador.
El 15
de junio, la expedición ya había llegado a la isla de Martininó y se dirigió
hacia Santo Domingo, a pesar de la prohibición expresa de tomar puerto allí. El
2 de julio, se encontraban frente al río Ozama, con la intención de adquirir
una nueva nave, pero el gobernador Nicolás de Ovando no permitió que
desembarcaran, a pesar de que Colón advirtió sobre la proximidad de una
tormenta. Evitando detenerse en los detalles de este incidente, la expedición
continuó su viaje y, tras sobrevivir a la tormenta anclados frente al puerto de
Yaquimo, llegaron a la vista de Jamaica el 16 de julio. Navegando hacia el
oeste con dificultades debido a la falta de viento y las corrientes,
permanecieron en el sur de Cuba hasta el 27 de julio y luego partieron hacia el
sur, con la esperanza de alcanzar Catay y Zipango.
El 30
de julio, tras cruzar un estrecho de unas 90 leguas, Colón y sus hombres
avistaron tierra firme. Al intentar orientarse, los castellanos se dieron
cuenta de que se encontraban en una pequeña isla cercana a la costa, la cual
bautizaron como Guanaja. El 11 de agosto, la expedición se encontraba frente a
Punta Caxinas, en lo que hoy es Puerto Limón. Durante un mes, recorrieron y
cartografiaron la Costa de la Oreja. Hernando Colón anotó que el 12 de
septiembre descubrieron el Cabo Gracias a Dios. A pesar de encontrarse en una
región con una cultura avanzada, la falta de una lengua común y el deseo de Colón
de demostrar que había llegado a Catay y Cipango impidieron que profundizaran
en el conocimiento de las civilizaciones locales.
El 25
de septiembre, la expedición alcanzó el río Cariay, donde desembarcaron. Allí,
encontraron un templo funerario que contenía una momia. Pasaron ocho días
reconociendo los pueblos indígenas de la zona y, el 4 de octubre, partieron
hacia Cerambaró, donde vieron por primera vez señales de oro fino. Continuaron
costeando, pero el cansancio y la falta de hospitalidad de los indígenas
dificultaron el viaje. El 30 de octubre, descubrieron construcciones de cal y
canto, y avanzaron hacia Cobrava, Portobelo, Puerto de Bastimentos y Retrete,
hasta que Colón decidió retroceder.
El 4
de enero de 1503, continuaron hacia Veragua, llegando al río Belén, donde
entraron en contacto con los indígenas e intentaron establecer un asentamiento.
Sin embargo, debido a los problemas con los lugareños, el proyecto no prosperó.
El 24 de abril de 1503, los españoles abandonaron definitivamente la costa de
Veragua, dejando atrás dos naves inservibles, y partieron hacia la isla de La
Española en busca de ayuda. Antes de partir, Colón registró a los hombres,
incluyendo al joven Antón de Alaminos, quien años más tarde sería un importante
piloto en el descubrimiento “oficial” de Yucatán (Varela, 1992; León, 2005:
19-32).
Cristóbal
Colón, tras su cuarto viaje, seguía convencido de haber llegado a nuevas
regiones de Tierra Firme, aunque no estaba seguro de haber alcanzado el Catay.
Para mantener su prestigio, maquilló los informes de su viaje, lo que retrasó
la conciencia plena en Europa de haber descubierto un nuevo continente. En su Carta
de Jamaica, Colón presentó su viaje como un éxito total, afirmando que había
alcanzado el Catay. Sin embargo, tras su regreso, se sintió desamparado al
perder su exclusividad en la política de las nuevas tierras, además de que la
muerte de su valedora, la reina Isabel, el 26 de noviembre de 1504, lo dejó sin
protección. Aunque el rey Fernando intentó continuar con las exploraciones
siguiendo el plan de Fonseca, eventos políticos como la llegada de los nuevos
monarcas, Juana y Felipe, retrasaron los proyectos de expansión hasta la muerte
de Felipe.
En
1508, el rey Fernando convocó una Junta en Burgos para revitalizar los descubrimientos
y confirmar que las tierras encontradas no eran asiáticas, sino un nuevo
continente. Se trazó un plan para seguir explorando la región del Caribe y
buscar un posible paso hacia Asia. El objetivo principal era encontrar una ruta
hacia las islas de la Especiería y sus riquezas.
En
este contexto, Vicente Yáñez Pinzón participó en varias expediciones. En 1505,
fue parte de la Junta de Toro, donde se discutió la búsqueda de un paso hacia
las islas de las Especias. Aunque se planeó una expedición, esta no se llevó a
cabo. Pinzón fue nombrado Capitán General de Puerto Rico, con la misión de
poblar y fortificar la isla, aunque solo logró reconocer la costa y poblarla
con ganado. En 1508, fue convocado de nuevo a la Junta de Burgos, en la que se
decidió organizar una expedición liderada por Juan Díaz de Solís y el propio
Vicente Yáñez Pinzón.
Esta
expedición partió de Sevilla en junio de 1508, compuesta por una nao y una
carabela, y exploró las costas de Darién, Veragua y Paria, recorriendo
territorios que hoy pertenecen a Venezuela, Colombia, Panamá, Costa Rica,
Nicaragua, Honduras y Guatemala. Durante el trayecto, exploraron por primera
vez la costa oriental de la Península de Yucatán y se adentraron en el Golfo de
México, llegando hasta los 23º30’ de latitud norte. Allí, tuvieron el primer
contacto con la civilización azteca, aunque no lograron encontrar el ansiado
paso hacia las islas de las Especias. La expedición regresó a España en agosto
de 1509.
De las
tres determinaciones clave de la Junta de Burgos, nos enfocaremos en la
expedición enviada a Centroamérica, al norte de Veragua, con la esperanza de
encontrar un paso hacia el oeste. Este viaje fue resultado de los acuerdos
políticos tomados en Burgos para reactivar la estancada política descubridora
española. Juan Rodríguez de Fonseca estaba al tanto de la teoría de Colón,
quien había afirmado que Catay y Zipango estaban ubicados cerca de la costa de
Veragua.
La
capitulación para esta expedición se firmó el 23 de marzo de 1508. Vicente
Yáñez Pinzón aportaba su experiencia y lealtad, mientras que Juan Díaz de Solís
debía demostrar su capacidad de liderazgo, tal como se establece en el
documento de capitulación. Este acuerdo incluía la tarea de encontrar un paso
hacia Oriente a través de Occidente, específicamente por el fondo del futuro
seno mexicano, aún por descubrir. El 25 de marzo, Pinzón y Solís partieron de
Burgos hacia Sevilla para organizar la expedición. Tres días después, el 28 de
marzo, se designó a Pedro de Ledesma como piloto acompañante, quien había
navegado con Colón en su cuarto viaje y, por lo tanto, poseía conocimientos
sobre las tierras descubiertas en la costa centroamericana. Sin embargo, Colón
había confiscado las anotaciones cartográficas de los miembros de la expedición
en su regreso a Jamaica.
La
armadilla se preparó rápidamente, compuesta por una nao y una carabela, y todo
estaba listo para zarpar en mayo de 1508. Sin embargo, la partida del puerto de
Sanlúcar de Barrameda se retrasó hasta el 29 de junio, aunque no se puede confirmar
esta fecha a partir de la fuente que lo menciona, Navarrete.
Respecto
al itinerario de Vicente Yáñez y Juan Díaz en aguas americanas, la información
es escasa y contradictoria, en parte debido a errores en las crónicas de
Antonio de Herrera, que han sido corregidos en trabajos de investigación
anteriores, como los del Dr. Varela.
A
pesar de esto, varias crónicas aluden al primer contacto con tierras mexicanas.
Hernando Colón, en su Historia del Almirante, menciona que durante el cuarto
viaje de su padre (1502-1504), se descubrió el cabo Gracias a Dios. En este
contexto, señala que Juan Díaz de Solís, a quien se debe el nombre del Río de
la Plata por su trágico final a manos de los indígenas, y Vicente Yáñez, quien
había sido capitán en el primer viaje del almirante, se unieron en 1508 para
explorar el territorio descubierto por Colón en su viaje a Veragua.
Según
Hernando Colón, ambos exploradores siguieron un trayecto similar y llegaron a
la costa de Caray, pasando cerca del cabo Gracias a Dios hasta la punta de
Caxinas, que ellos llamaron Honduras. También designaron a las islas
encontradas como las Guanajas, nombrando a la principal en honor a todas. Sin
embargo, intentaron ocultar la presencia anterior del almirante en la región
para atribuirse el descubrimiento, a pesar de que Pedro de Ledesma les advirtió
que conocía aquellas tierras, ya que había sido parte del descubrimiento junto
con Colón.
Don
Hernando no desacredita a su padre, sino que señala que Pinzón, Solís y Ledesma
recorrieron nuevamente las tierras exploradas por Cristóbal Colón en América
Central. Al observar el mapa que trajeron, Hernando consideraba que la costa
del Yucatán era una duplicación de las costas de Honduras y Nicaragua.
Fray
Bartolomé de las Casas, aunque sin especificar fechas, menciona que el viaje
realizado por Yáñez Pinzón y Solís puede reconstruirse a partir de los
testimonios presentados por el fiscal en el pleito con el almirante segundo,
Diego Colón. Según estos testimonios, navegaron hacia el poniente desde las Guanajas,
llegando a un lugar en el Golfo Dulce que no pudieron ver porque estaba oculto,
pero sí observaron la entrada de la mar entre las tierras que rodean el Golfo
Dulce y el Yucatán, lo que describen como una gran ensenada o bahía.
Al ver
esa gran bahía, Vicente Yáñez, en su deposición juramentada durante el
mencionado proceso, afirmó que al navegar desde la isla de las Guanajas y
seguir la costa, descubrieron una gran bahía a la que denominaron Gran Bahía de
la Navidad. Desde allí, también avistaron las sierras de Carya y otras tierras
más adelante. Según los testimonios, luego regresaron al norte. Esto sugiere
que, sin duda, descubrieron gran parte del reino de Yucatán. Sin embargo,
debido a que nadie continuó con el descubrimiento, se desconocieron los edificios
y riquezas de esa región, que de haberse explorado adecuadamente, podrían haber
revelado las vastedades de los reinos de la Nueva España.
Ambos
relatos indican que en 1508, Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís
descubrieron las costas del Yucatán. No obstante, no se conocen ni el Diario de
este viaje ni los mapas que se produjeron. A pesar de esto, basándonos en el
trabajo del Dr. Varela, podemos interpretar las cartas a la luz de los
comentarios de los cronistas, sugiriendo que la cartografía podría ayudarnos a
reconstruir, al menos de manera somera, el recorrido de la expedición.
El
piloto Pedro de Ledesma elaboró una carta náutica del viaje, que Hernando Colón
tuvo la oportunidad de ver y que consideraba una copia del cuarto viaje de su
padre. Este testimonio es significativo, ya que tanto Hernando como Ledesma
habían participado en el último viaje de Colón. En su descripción cartográfica,
Ledesma aportó detalles sobre el recorrido realizado alrededor del Yucatán,
pero evitó detallar el bojeo de la isla de Cuba. Al juntar la información
disponible, consideramos que el itinerario del viaje coincide con lo que
Ledesma declaró en el contexto de los pleitos colombinos, donde indicó que
habían descubierto, en las tierras de Veragua, una parte de la vía del norte
que había sido ganada desde la isla de Guanaja hasta el norte, nombrando a
estas tierras como Chavañin y Pintigua, alcanzando hasta veintitrés grados y
medio de latitud norte.
La
declaración de Pinzón sobre este viaje es similar, aunque menos precisa, ya que
no era un piloto cartógrafo tan preparado como Ledesma. Siguiendo las
observaciones de Jesús Varela, consideramos más confiables las opiniones de los
profesionales y testigos directos, dejando de lado las de los cronistas posteriores,
que suelen ser menos precisas.
En sus
probanzas de 1513 en Santo Domingo, Vicente Yáñez Pinzón también habló sobre el
recorrido, afirmando que desde la isla de Guanaja hasta la provincia de
Camarona, navegando la costa hacia el oriente, se encuentra otra provincia
llamada Chabañin y Pintigua, que él y Juan Solís habían descubierto. Asimismo,
describió la gran bahía que llamaron Gran Bahía de la Navidad, y desde allí, se
dieron cuenta de las sierras de Carya y otras tierras más adelante, enfatizando
que ni Colón ni nadie a su mando había llegado a estas provincias.
Creemos
que, al llegar a La Española con los dos navíos, San Benito y Magdalena,
enviaron un mensaje al gobernador Ovando. Pocos días después, tras
reabastecerse, zarparon rumbo a las islas Guanajas, bajo la dirección del
piloto Ledesma, quien había estado con Colón en su cuarto viaje. Continuaron su
travesía en dirección a Cuba, luego a las costas de Costa Rica, Nicaragua y
Honduras. Al norte, descubrieron el Golfo Dulce, el Cabo de las Hibueras y la
costa oriental de Yucatán, adentrándose en el golfo de México hasta alcanzar
los 23° 30' de latitud norte. Según las palabras del piloto de la expedición,
Pedro de Ledesma, protagonizaron uno de los primeros contactos con la
civilización azteca en el Cabo Catoche. Exploraron la costa oriental del
Yucatán, siendo sus primeros descubridores; sin embargo, no podemos asegurar
con certeza los lugares costeros que recorrieron ni las fechas exactas de estos
avistamientos.
Probablemente,
al llegar a la altura de Tampico, y ante el fracaso de la expedición,
decidieron dar por concluida la exploración y regresaron a España. Esta
expedición tuvo resultados cartográficos significativos al extender en 300
leguas más al norte el territorio conocido. Sin embargo, resultó desastrosa
desde el punto de vista geopolítico, ya que buscaban un paso que los condujera
al Catay y al Zipango, siguiendo la costa que Colón no exploró en su cuarto
viaje, pero no lograron hallarlo. Se creía que, si existía un paso, debía estar
en esta área, dado que el sur había sido descubierto hasta los 20° de latitud
sur, sin que apareciera el estrecho.
A
pesar de que Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís fueron los descubridores
de la península de Yucatán, su hallazgo fue olvidado y el descubrimiento
realizado por Hernández de Córdoba en 1517 fue considerado como el primero.
Creemos que la región recorrida en este viaje está reflejada en el primer mapa
impreso de América, publicado por Pedro Mártir de Anglería en sus Décadas, cuya
autoría corresponde a Juan Rodríguez de Fonseca y cuya fecha es 1514. De este
mapa, reproducimos el contorno reconstruido de la travesía, tal como lo planteó
Jesús Varela.
*
Tras
acompañar a Cristóbal Colón en su segundo viaje en 1493, donde participó en la
exploración y sometimiento de los caciques de La Española (actual Haití y
República Dominicana), el capitán Alonso de Ojeda regresó a la península en
1496, respondiendo al llamado de los Reyes Católicos. Tres años después, la
noticia de la llegada de Colón a la costa firme del continente en 1498 motivó a
Ojeda a organizar su propia expedición rumbo a las Indias, respaldado por los
monarcas que desconfiaban de los relatos y la gobernanza de los territorios
recién descubiertos.
Ojeda
contó con la ayuda de su protector, Luis de la Cerda, duque de Medinaceli, bajo
cuyo servicio había ganado fama como soldado en la Guerra de Granada
(1482-1492). También recibió el apoyo de Juan Rodríguez de Fonseca, capellán
real y presidente de la Junta de Indias, quien reunió los fondos necesarios
para la expedición.
El 18
de mayo de 1499, cuatro naves zarparon bajo el mando de Ojeda, acompañado por
Juan de la Cosa como piloto mayor y Américo Vespucio, navegante y cartógrafo
florentino. Tras más de 20 días de navegación, siguiendo una ruta sur por Cabo
Verde, llegaron a la costa del continente, en el norte del actual Brasil. Desde
allí, navegaron hacia las Guayanas, alcanzaron la desembocadura del río Orinoco
y, posteriormente, el lago de Maracaibo.
En su
ruta hacia el noroeste, tras pasar la península de Paraguaná, encontraron
poblados indígenas construidos sobre pilares de madera, que les recordaron a
Venecia, lo que inspiró el nombre de “Venezuela” para la región. Después de
explorar el lago de Maracaibo, al que llamaron San Bartolomé, continuaron hasta
el cabo de la Vela, en la actual costa colombiana, donde concluyeron su
exploración continental a finales de agosto de 1499.
Desde
allí, se dirigieron a Santo Domingo, en La Española, para organizar su regreso
a Castilla. Fueron mal recibidos por los partidarios de Colón, quienes
afirmaban que el Gran Almirante había sido el primero en llegar a esas tierras,
un año antes. El regreso de la expedición a Castilla, entre noviembre de 1499 y
junio de 1500, fue modesto en lo material, pues traían poco más que perlas y
esclavos.
Así
finalizó el primero de los “viajes menores” o “viajes andaluces” hacia las
Indias entre 1499 y 1500. Estos viajes de exploración incluyeron también las
expediciones de Vicente Yáñez Pinzón, Diego de Lepe y Cristóbal Guerra.
En los
años siguientes, Ojeda emprendió nuevos viajes, menos exitosos en la
exploración de nuevos territorios, pero cargados de episodios dramáticos. Con
la intención de regresar rápidamente a la costa venezolana, se asoció con los
mercaderes Juan de Vergara y García de Campos, obteniendo el nombramiento real
como gobernador de Coquibacoa. Partieron del Puerto de Santa María en enero de
1502 con cuatro naves y siguieron la misma ruta que en el viaje anterior.
Llegaron a la isla de Margarita y luego a la costa del continente, evitando el
golfo de Paria para no entrar en conflicto con Colón.
El 3
de mayo de 1502, Ojeda y sus hombres desembarcaron en la bahía de Honda, en la
península de La Guajira, y fundaron el poblado de Santa Cruz, la primera
fundación europea oficial en la costa continental del Nuevo Mundo. Sin embargo,
los conflictos internos entre Ojeda y sus socios derivaron en su
encarcelamiento por parte de Juan de Vergara y García de Campos. Pasó dos años
prisionero en La Española, hasta que fue liberado tras pagar una elevada
compensación, lo que lo dejó en una difícil situación económica.
Entre
1504 y 1508 se pierde el rastro de Ojeda, aunque algunos relatos indican que
pudo haber liderado una modesta expedición financiada con fondos reales en agradecimiento
por sus servicios pasados.
El
destino de Alonso de Ojeda, al mando de la gobernación de Nueva Andalucía,
estuvo lleno de desafíos y desgracias desde el inicio. Tras haber sido
seleccionado por Fernando el Católico para afianzar esta región del nuevo
"Reino de Tierra Firme", Ojeda partió en noviembre de 1509 con el
experimentado navegante Juan de la Cosa y con naves compartidas con Martín
Fernández de Enciso.
Lamentablemente,
al llegar a Nueva Andalucía en diciembre, Ojeda tomó una decisión desacertada
al desembarcar en la bahía de Calamar, desoyendo los sabios consejos de Juan de
la Cosa, quien había advertido sobre el peligro de enfrentarse a los indígenas
locales, conocidos por usar flechas envenenadas. La Cosa sugería dirigir la
expedición hacia las orillas del golfo de Urabá, habitado por indígenas más
pacíficos, a quienes conocía desde una expedición anterior junto a Rodrigo de
Bastidas entre 1499 y 1500. Sin embargo, Ojeda insistió en su plan de capturar
esclavos, llevándolos a Cartagena, donde se permitía la captura de indígenas.
Tras
desembarcar, Ojeda envió misioneros para proclamar un largo discurso, asistidos
por intérpretes que hablaban la lengua nativa. Los indígenas reaccionaron con
disgusto ante la proclama, y aunque Ojeda intentó aplacarlos con baratijas,
solo logró enfurecerlos, desatando un violento conflicto entre ellos y los
españoles. A pesar de la fuerte resistencia de los nativos, que ya habían sido
hostigados por expediciones anteriores, los españoles lograron destruir un
primer poblado llamado Ollas y avanzaron hacia otro llamado Matarap, donde
capturaron más de cien prisioneros y un botín valuado en más de ocho mil
castellanos en oro.
Sin
embargo, tras la batalla y agobiados por el calor, los hombres decidieron
descansar sin tomar precauciones, lo que fue observado por los caribes, quienes
aprovecharon la oportunidad para atacar sorpresivamente y en gran número. Los
españoles se vieron envueltos en un violento enfrentamiento con los nativos,
del cual emergieron victoriosos. Este éxito solo sirvió para inflamar la
temeridad de Ojeda, quien decidió adentrarse aún más en la selva persiguiendo a
los indígenas que huían, hasta llegar al poblado de Turbaco.
Al
llegar allí, Ojeda, La Cosa, algunos hombres y el resto de la tropa fueron
emboscados por los indígenas, quienes lanzaron una letal lluvia de flechas
envenenadas. Desafortunadamente, La Cosa cayó muerto en el acto, al igual que
la mayoría de sus compañeros. Por un verdadero milagro, Ojeda, tres hombres más
y unos pocos lograron escapar con vida. Al regresar a la bahía de Calamar, se
encontraron con la expedición rival de Ojeda, liderada por Diego de Nicuesa.
Conocedores de los acontecimientos en Turbaco, ambas partes dejaron de lado sus
disputas y los hombres de ambas expediciones se unieron para vengarse. Así,
atacaron al jefe local y arrasaron el poblado de Turbaco, acabando con la vida
de casi todos sus habitantes.
Para
su desgracia, encontraron el cuerpo de La Cosa cubierto de flechas, como un
erizo, y sin brazos ni piernas, que supusieron habían sido devorados por los
indígenas. Posteriormente, Nicuesa continuó hacia su gobernación en Veragua, y
los que quedaban junto a Ojeda prosiguieron el viaje a lo largo de la costa
hasta Urabá con el propósito de fundar un asentamiento. La tarea asignada a
Ojeda consistía en explorar y conquistar la región de Nueva Andalucía.
A
principios de 1510, Ojeda y sus hombres construyeron un fuerte de madera cerca
de Punta Caribana, en la orilla oriental del golfo de Urabá, en el que alojaron
alrededor de treinta viviendas. Lo nombraron en honor a San Sebastián, el
mártir cristiano que, al igual que ellos temían, murió atravesado por flechas
en el año 288. Este nombre representaba una especie de amuleto, una protección
simbólica ante la posibilidad de sufrir la misma suerte que en la masacre de
Turbaco.
Desde
allí, Ojeda lideró incursiones sorpresa para obtener oro y esclavos, los dos
grandes objetivos de su expedición. Pronto envió un barco lleno de botines a
Santo Domingo, como prueba de su "éxito". Sin embargo, las
provisiones se agotaron rápidamente, y dependían completamente de lo que
pudieran arrebatar a los pueblos indígenas.
La
situación comenzó a complicarse. Los hombres, debilitados, ya no se atrevían a
salir del fuerte. Una noche, uno de los soldados, al vigilar, enloqueció
repentinamente, y otros cayeron muertos de hambre. La suerte pareció sonreírles
cuando un barco, robado por Bernardino de Talavera en Santo Domingo, apareció
en el golfo con víveres. Traían pan de mandioca y tocino, lo justo para que
pudieran resistir. En ese momento, Ojeda consideró regresar a La Española, pero
finalmente decidió convencer a sus hombres de aguantar a la espera de
refuerzos.
Una
mañana, los gritos de los indígenas los llamaron desde el exterior del fuerte.
Decidieron salir al encuentro, pero fueron emboscados. En el fragor del
combate, una flecha envenenada atravesó el muslo de Ojeda. El veneno de los
indígenas era letal, y el pánico se apoderó de todos. De inmediato, pidieron al
cirujano de la expedición que cauterizara la herida con hierro al rojo vivo.
Aunque al principio se negó por temor a las consecuencias, Ojeda lo amenazó con
ahorcarlo si no cumplía su orden. Finalmente, el cirujano accedió. Le quemaron
la carne con planchas ardientes y, milagrosamente, Ojeda sobrevivió, aunque
quedó gravemente herido.
Días
después, al no divisar refuerzos en el horizonte, Ojeda decidió ir en persona a
La Española en busca de ayuda. Aprovechó el barco proporcionado por Bernardino
de Talavera y dejó el mando del fuerte de San Sebastián a un joven Francisco
Pizarro, quien demostró ser un líder capaz y decidido.
Mientras
tanto, en su intento de buscar ayuda, Ojeda zarpó rumbo a Santo Domingo a bordo
del bergantín de Talavera, acompañado de 70 hombres. Sin embargo, Talavera,
quien resultó ser un pirata, lo tomó prisionero y exigió un rescate. La
situación se complicó cuando un violento huracán azotó la embarcación,
dejándola a merced de la tormenta. Fue en ese momento cuando Talavera,
desesperado, tuvo que pedir ayuda al propio Ojeda, quien demostró su pericia
como navegante y logró maniobrar en medio del temporal.
El huracán
finalmente hizo naufragar la nave en Jagua, Sancti Spíritus, al sur de Cuba.
Ojeda, Talavera y los sobrevivientes decidieron emprender un agotador viaje a
pie por la costa sur de la isla, con la intención de llegar a punta Maisí y de
allí cruzar a La Española. El trayecto estuvo plagado de dificultades; la mitad
de los hombres pereció a causa del hambre, las enfermedades y las penurias del
camino. Durante todo el viaje, Ojeda llevaba consigo una imagen de la Virgen
María, a quien había prometido construirle un templo en el primer asentamiento
indígena que los recibiera con hospitalidad.
Finalmente,
con solo una docena de hombres y Talavera, llegaron a la comarca de Cueybá,
donde fueron acogidos por el cacique Cacicaná, quien les brindó cuidados y ayuda
para recuperarse. Ojeda cumplió su promesa y construyó una pequeña ermita en el
poblado, que pronto fue venerada por los aborígenes.
Al
mismo tiempo, Pizarro, enfrentando también circunstancias extremas, cumplía con
la misión encomendada por Ojeda. A pesar de las dificultades, él y sus hombres
lograron sobrevivir a base de sacrificios, como matar a sus propios caballos, y
tras seis meses de penurias en San Sebastián, decidieron regresar a Santo
Domingo. Sin embargo, se encontraron con un dilema: los dos bergantines
disponibles no podían transportar a los 70 hombres que aún quedaban con vida.
Pizarro optó por esperar a que las enfermedades, el hambre y los ataques
indígenas redujeran el número de sobrevivientes.
Cuando
finalmente partieron, una violenta tormenta desató el caos en el mar. Según
relatan, un enorme pez, posiblemente una ballena, golpeó el timón de uno de los
bergantines, dejándolo fuera de control. Mientras el barco de Pizarro logró
llegar a Cartagena, el otro, con 28 hombres y dos mujeres a bordo, naufragó en
la costa cubana. Los indígenas mataron a los hombres y capturaron a las dos
mujeres, quienes permanecieron cautivas hasta que fueron rescatadas por Diego
Velázquez, el conquistador de la isla. Velázquez no solo las rescató, sino que
también las casó con dos de sus hombres.
Finalmente,
después de padecer sed y debilidad, los 35 sobrevivientes que acompañaban a
Pizarro avistaron Cartagena. Allí, un barco español al mando del bachiller
Martín Fernández de Enciso se dirigía hacia el golfo de Urabá con 150 hombres,
15 caballos, cerdos y provisiones. Al relatarle los acontecimientos, Enciso,
receloso, sospechó de Pizarro y lo consideró un desertor, hasta que este le
mostró las órdenes escritas de Ojeda, confirmando así la veracidad de su
relato.
Con la
confirmación de las instrucciones, Enciso ordenó navegar hacia San Sebastián,
lo que causó terror entre los hombres de Pizarro. Recién salidos de aquel
infierno, le rogaron que les permitiera regresar a La Española. Desesperados,
ofrecieron todo el oro que habían reunido como argumento. Sin embargo, la
terquedad de Enciso prevaleció y sus súplicas resultaron inútiles.
El
bachiller Enciso no cedió y ordenó navegar hacia Urabá. La flotilla siguió
rumbo al golfo, donde encalló la nave capitana y se perdieron las credenciales
de Enciso. Cuando los españoles llegaron a San Sebastián, se encontraron con un
panorama desolador. Los indios lo habían quemado todo: las chozas edificadas e
incluso el fuerte. A pesar de ello, Enciso, sin saber muy bien qué hacer, ordenó
desembarcar y permanecer allí algunos días. El bachiller era incapaz de tomar
determinaciones firmes. Persona culta —fue autor de la célebre Summa de
Geografía—, había amasado una pequeña fortuna en La Española aprovechando los
infinitos pleitos de aquel momento fundacional, pero carecía de dotes de mando.
Después
de decidir finalmente convocar una reunión para estudiar la situación, estando
los españoles deliberando sobre qué hacer, Balboa se puso en pie y les dijo
que, viniendo por esa costa con la expedición de Bastidas y Juan de La Cosa,
habían entrado en este golfo y, en la orilla derecha de un gran río al
occidente, vieron un pueblo con abundante tierra cultivable y cuya gente no
envenenaba sus flechas. Todos decidieron ir a buscarlo, y Enciso fue el
primero. Setenta y cinco españoles quedaron en San Sebastián, mientras que el
resto embarcó en los bergantines para dirigirse al sitio indicado por Balboa.
Cruzaron al otro lado del golfo de Urabá (donde comenzaba la gobernación de
Veragua, concedida a Nicuesa) y navegaron unas 14 millas náuticas hasta llegar
a un pequeño puerto.
En ese
lugar descubrieron el río serpenteante, la tierra fértil y el asentamiento
indígena. Más de quinientos guerreros, bajo el liderazgo de su cacique Cémaco,
se prepararon para resistir a los invasores. Ante esta situación, los españoles
optaron por implorar la protección de la Virgen de la Antigua, una figura
venerada por los Hurtados de Sevilla. Le prometieron que, si los guiaba de
manera segura a través de ese desafío, nombrarían la ciudad que fundaran en su
honor, erigiendo además una iglesia dedicada a su devoción. También se
comprometieron a enviar a Sevilla a un peregrino con una ofrenda de oro y
joyas. La Virgen pareció atender a sus súplicas, ya que el enfrentamiento se
limitó a una demostración de fuerza, tras la cual los indígenas huyeron dejando
atrás sus pertenencias. Se encontraron algunas flechas, pero se confirmó que no
estaban envenenadas. Una vez superado el conflicto, los expedicionarios
ingresaron al poblado indígena, donde llevaron a cabo una exhaustiva búsqueda
de todo lo que tuviera valor: oro, algodón, provisiones, hamacas, utensilios de
cocina, entre otros objetos.
Los
soldados también capturaron a varios lugareños, algunos de los cuales estaban
vestidos con prendas femeninas. Al preguntar al respecto, descubrieron que, en
efecto, eran hombres que adoptaban roles femeninos. Estos individuos eran
conocidos como bardajes (sodomitas pasivos), una práctica cultural ampliamente
aceptada en la región del istmo. Sin embargo, los españoles de esa época, fundamentalistas
y dogmáticos, los etiquetaron simplemente como "sodomitas". Dado que
la homosexualidad era castigada con la pena de muerte en Castilla, decidieron
ejecutar la sentencia de manera inmediata y brutal, quemando vivos a los
prisioneros. Posteriormente, Enciso comentaría con satisfacción: "Cuando
tomé el Darién, capturamos a los sodomitas y los quemamos. Y cuando las mujeres
los vieron, se alegraron mucho". Esta observación es bastante discutible,
ya que se sabe que las mujeres mostraban respeto hacia los bardajes, quienes a
menudo ejercían roles de liderazgo dirigiendo el trabajo femenino. Sin embargo,
los españoles no estaban interesados en matices antropológicos sutiles.
Después
de ese trágico suceso, se ordenó que se unieran aquellos que se habían quedado
en San Sebastián de Urabá, ya que el lugar recién descubierto parecía propicio
para establecer un asentamiento. Una vez que todos estuvieron reunidos, en
noviembre de 1510, se procedió a la fundación formal de la población.
Inicialmente se llamó La Guardia, pero luego, por sugerencia de Balboa, se le
cambió el nombre a Santa María la Antigua del Darién. Esta fue la primera
ciudad establecida en América y estaba estratégicamente ubicada. Estaba
atravesada por el río Tanela, un afluente del Darién (actualmente el Atrato),
que desembocaba en el mar a unas cuatro millas de distancia. El valle donde se
erigía la ciudad estaba protegido por montañas al este y al oeste, que la
resguardaban del sol, un peligro real en la región. Desde la ciudad se
construyeron dos caminos hacia la costa: uno que llegaba hasta la desembocadura
del río y otro que conducía al puerto, situado a unas ocho millas de distancia.
Sin
embargo, Enciso demostró nuevamente su incapacidad para liderar la tropa al
cometer el grave error de prohibir el comercio de oro y negarse a repartir el
botín capturado a los indígenas, argumentando que eso era competencia de Ojeda,
de quien no se tenía información. Esta decisión lo enfrentó con la mayoría de
los pobladores, situación que Balboa aprovechó para socavar su autoridad y
buscar quitarle el mando de la ciudad para entregárselo a un cabildo.
Balboa
logró su objetivo y, efectivamente, se estableció un cabildo o regimiento para
la ciudad, el cual fue elegido por la asamblea o reunión de todos los
habitantes. De manera curiosa, los seleccionados resultaron ser los enemigos de
Enciso: Balboa y Benito Palazuelos (posteriormente reemplazado por Zamudio)
como alcaldes; el doctor Alberto, médico de Ojeda, como tesorero; Bartolomé
Hurtado, amigo de Balboa, como alguacil. Los regidores elegidos fueron Diego
Albítez, Martín Zamudio, Esteban Barrantes y Juan de Valdivia.
Balboa
gobernó Santa María la Antigua del Darién desde 1510 hasta 1514. Su ascenso al
poder fue tumultuoso, marcado por la desaparición de varios candidatos a
gobernador. Sin embargo, después de esta fase inicial, se inició un período de
descubrimientos y consolidación de la colonia que culminaría en 1513 con el
descubrimiento del "otro mar", que luego se revelaría como el océano
Pacífico.
Balboa
se destacó como un líder expedicionario que seguía una estrategia colonizadora
peculiar, empleando la violencia con moderación. Si bien ninguna conquista
puede ser considerada pacífica, ya que nadie acepta fácilmente el dominio
extranjero, Balboa demostró una notable clemencia en comparación con otros
conquistadores que llevaron a cabo empresas similares con extrema brutalidad.
Tras
la instalación del cabildo (ayuntamiento, concejo, consistorio), la ciudad
comenzó a florecer. Apenas había transcurrido el año 1510 cuando los habitantes
se sorprendieron con la llegada de la flotilla de Rodrigo de Colmenares,
lugarteniente de Nicuesa, quien había zarpo de La Española con el objetivo de
reforzar la gobernación de Veragua y buscar a su jefe.
La
llegada de Colmenares fue recibida con gran entusiasmo por parte de los
habitantes de Santa María, quienes, además de alegrarse por ver a compatriotas
españoles, aprovecharon la ocasión para recibir alimentos y vino. Colmenares
informó sobre las novedades de Santo Domingo, destacando la falta de noticias
sobre Ojeda, lo que sugirió que había perecido durante la travesía. También
mencionó la emisión de una real cédula desde la Península, que colocaba todo el
golfo de Urabá bajo el mando de Ojeda, estableciendo que la gobernación de
Veragua comenzaba a partir de ese límite.
Esta
última noticia fue recibida con alegría por los habitantes de Santa María, ya
que significaba que su ciudad se encontraba en territorio bajo el control de
Ojeda y no de Nicuesa, como muchos temían.
Los
habitantes de la ciudad se encontraron divididos en tres facciones respecto a
la futura administración del gobierno local. Un grupo, liderado por Balboa,
abogaba por otorgar al cabildo toda la responsabilidad. Otros, bajo la
dirección de Enciso, sostenían que el gobierno debería recaer en el bachiller,
como lugarteniente de Ojeda, quien había desaparecido. El tercer grupo proponía
entregar el gobierno a Nicuesa, un hombre adinerado y de influencia, que se
presumía estar cerca del territorio. Además, consideraban que al estar Santa
María fuera de su jurisdicción, podrían obtener concesiones a cambio de cederle
el control sobre la villa.
Curiosamente,
Balboa y Enciso coincidieron en oponerse a los partidarios de esta última
opción, que, sin embargo, ganó más seguidores. Esto se debió en parte a la
generosidad del lugarteniente de Nicuesa, quien no escatimó en promesas a los
colonos, además de proveerles generosamente con alimentos.
En
consecuencia, cuando Colmenares anunció su partida en busca de su jefe, llevó
consigo una delegación de la ciudad, integrada por el bachiller Diego del
Corral, Francisco Agüeros y Diego Albítez, para ofrecerle su gobierno. Aunque
Balboa se sintió apesadumbrado por esta decisión, comprendió que, además de ser
la opción mayoritaria, era la más sensata. Reconocía que enfrentarse a los
hombres de Nicuesa sería una acción suicida, considerando su gran número, y que
unirse a ellos era la decisión más prudente. Sabía que Nicuesa había partido a
su gobernación en Veragua, tierra de abundancia de oro mencionada por Colón,
con alrededor de setecientos hombres, que ahora se verían reforzados con los de
Colmenares. En estas circunstancias, unirse a ellos era la opción más razonable.
La
ironía de la historia se manifestó rápidamente. A finales de enero o principios
de febrero de 1511, uno de los bergantines de Colmenares retornó a Santa María
con el bachiller Del Corral y Albítez, portando noticias impactantes: Nicuesa,
en una situación precaria y con escasa tropa, planeaba llegar a la ciudad para
exigirles el oro que habían tomado de los indígenas. Así, aquel que se esperaba
que viniera a su rescate, ahora necesitaba ayuda, y los habitantes de la villa,
quienes se presumían pasivos receptores de ayuda, debían ahora adoptar un rol
activo.
Los
embajadores que precedieron a Nicuesa relataron tales atrocidades sobre su
conducta que predispusieron a los vecinos de Santa María en su contra. Balboa y
el otro alcalde, Zamudio, aprovecharon esta oportunidad para movilizar a los
residentes en contra de Nicuesa, quienes se juramentaron solemnemente a
rechazarlo como gobernador.
Cuando
Diego Nicuesa llegó a Santa María, se encontró con la mayor sorpresa de su
vida. Si bien esperaba ser recibido por el cabildo de la ciudad como había
previsto, la realidad fue muy diferente. En lugar de darle la bienvenida, se le
instó a que no desembarcara y que se marchara por donde había venido. A pesar
de que finalmente se le permitió desembarcar, no logró convencer a los
habitantes para que lo aceptaran como gobernador. Como resultado, fue enviado
de vuelta en una nave de condiciones moderadas, a bordo de la cual terminó
naufragando en un lugar desconocido.
*
Al
comenzar el nuevo siglo, los navegantes españoles ya habían reunido pruebas
suficientes para demostrar lo que el Gran Almirante, Cristóbal Colón, se había
negado a aceptar: la existencia de un nuevo continente. Tras el fracaso de los
proyectos discutidos en la Junta celebrada en Toro en 1505, y una vez superadas
las dificultades surgidas en Castilla a raíz de las muertes de la reina Isabel
y Felipe de Habsburgo, el rey Fernando, fortalecido por esta crisis, se dispuso
a retomar los asuntos de las Indias. A fines de 1507, convocó en Burgos a los
hombres más expertos en la materia, comenzando con su principal consejero, el
obispo Juan Rodríguez de Fonseca, y varios destacados navegantes, entre ellos
Américo Vespucio, quien sería nombrado Piloto Mayor.
También
participaron Vicente Yáñez Pinzón, originario de Palos, y dos pilotos
experimentados: Juan Díaz de Solís, de Lepe, quien había viajado al servicio de
los portugueses hasta aguas desconocidas para los españoles, y el cántabro Juan
de la Cosa, quien ya había explorado el golfo de Urabá en 1500 junto a Rodrigo
de Bastidas. Cuatro años más tarde, De la Cosa regresó al mismo lugar, esta vez
como capitán general y piloto, acompañado por Alonso de Ojeda.
Uno de
los principales acuerdos de la Junta de Burgos fue la búsqueda de un estrecho o
canal en las Indias que pudiera acortar la ruta hacia las Islas de las
Especias. Díaz de Solís y Yáñez Pinzón recibieron instrucciones de navegar
desde el Golfo de Honduras, descubierto por Colón, hacia el norte y el oeste, y
es posible que llegaran a explorar la costa del golfo de México, alcanzando
incluso más allá de Tampico. Otra decisión importante de la Junta fue la
ocupación de Tierra Firme por Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa, cuyos
preparativos en Sevilla serán abordados más adelante.
Tradicionalmente
se ha creído que esta nueva expedición, dirigida hacia las tierras visitadas
por Rodrigo de Bastidas y Colón en su cuarto y último viaje al Nuevo Mundo,
tenía como objetivo principal la búsqueda de un estrecho o ruta marítima hacia
el Oriente. Sin embargo, las instrucciones emitidas por la Corona a los nuevos
gobernadores no reflejan tal propósito. Como acertadamente señala Carl Sauer,
"el plan consistía simplemente en retomar las actividades que desde hacía
diez años se llevaban a cabo en estas costas, pero ahora con una organización
formal". Además, Giménez Fernández sugiere que detrás de esta iniciativa
podría haber un objetivo de mayor envergadura: debilitar el virreinato colombino,
lo que sería "la última meta de la política de Fernando el Católico en las
Indias".
La
noticia de que la Junta de Burgos había aconsejado al rey emprender una
expedición para explorar y colonizar las tierras continentales se propagó
rápidamente, llegando pronto a oídos de Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa. En
ese momento, Ojeda residía en Santo Domingo y fue informado por su amigo y
confidente, Juan de la Cosa, quien había participado activamente en las
negociaciones para el liderazgo de la expedición. Por su parte, Nicuesa tenía
una posición más favorable, ya que había llegado recientemente a la corte
acompañado del bachiller Antonio Serrano, como procurador de los vecinos de La
Española.
Ante
la noticia de la nueva empresa que la Corona preparaba en tierras americanas,
surgieron varios aspirantes a la jefatura. Finalmente, la Corona tomó una
decisión salomónica, eligiendo no a uno, sino a dos de los candidatos más
cualificados: Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa, ambos con el respaldo de Juan
Rodríguez de Fonseca, "el gran hacedor de los asuntos indianos", y
Lope de Conchillos, el influyente secretario del rey Fernando.
Alonso
de Ojeda, aún vigoroso y enérgico, era un rostro familiar en la corte y un
veterano explorador de las Indias. Había participado, con suerte dispar, en
numerosas expediciones a las costas americanas y mantenía relaciones cercanas
con algunos de los navegantes más expertos de su tiempo, especialmente con Juan
de la Cosa, a quien le unía una sincera amistad. Provenía de una familia hidalga
venida a menos y había nacido en Cuenca. En su juventud, fue paje del poderoso
duque de Medinaceli, don Luis de la Cerda, pero en 1493 decidió embarcarse
hacia el Nuevo Mundo junto a Colón en su segundo viaje, lo que marcaría el
inicio de su aventura constante en busca de fortuna. Establecido en Santo
Domingo, Ojeda se ganó el respeto de sus vecinos por sus campañas militares
contra los indígenas, destacando en la captura del cacique Caonabó y en la
sangrienta batalla de Jáquimo. Con el tiempo, se convirtió en un avezado
navegante y explorador, con más experiencia en fracasos que en éxitos, pero
siempre imperturbable frente a la adversidad. Su destreza con la espada, su
valentía casi temeraria y su vida llena de duelos y desafíos le otorgaron
cierta fama. Sin embargo, la fortuna seguía sin favorecerle: valiente, pero
empobrecido, era un aventurero sin éxito esperando su momento de gloria.
Por
otro lado, Diego de Nicuesa era un hombre de origen noble, culto y refinado,
natural de Torredonjimeno (Jaén). Al igual que Ojeda, había prestado servicios
a una poderosa casa nobiliaria, en su caso la de don Enrique Enríquez, tío del
rey Fernando el Católico. Nicuesa llegó más tarde a las Indias, en 1502, como
parte de la gran expedición del gobernador fray Nicolás de Ovando. En pocos
años, se avecindó en Concepción de la Vega y logró lo que Ojeda nunca
alcanzaría: una considerable fortuna de alrededor de 6.000 pesos de oro, siendo
uno de los encomenderos más ricos e influyentes de la isla La Española. Además,
poseía una pequeña flotilla que utilizaba en el lucrativo comercio de esclavos
indígenas, capturados en las llamadas "islas inútiles" y vendidos en
La Española al mejor postor. Nicuesa también mantenía prósperos contactos
comerciales en Sevilla con renombrados mercaderes genoveses como los Doria, los
Spínola y los Centurión. En resumen, era un hombre de éxito, en contraste con
el azaroso destino de Ojeda.
La
capitulación entre Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa para la anexión de la
Tierra Firme fue firmada por el rey Fernando y refrendada por Lope de
Conchillos en Burgos, el 9 de junio de 1508. Esta expedición, aunque de
carácter privado, estaría bajo la estricta supervisión de la Corona y tendría
una duración inicial de cuatro años. Se establecieron dos demarcaciones
separadas para cada uno de los capitanes: Ojeda se encargaría de los
territorios al este del golfo de Urabá, mientras que Nicuesa gobernaría los del
oeste.
A
Ojeda le fue adjudicada la parte oriental, que abarcaba desde el cabo de la
Vela hasta la mitad del golfo de Urabá, territorio que más tarde sería conocido
como Nueva Andalucía. Esta concesión, como bien señala el historiador Carl
Sauer, confirmaba y ampliaba el título que Ojeda ya poseía como gobernador de
Coquibacoa (en la actual Venezuela), duplicando su jurisdicción hasta alcanzar
el golfo de Urabá. Su socio, Juan de la Cosa, fue nombrado segundo al mando en
la expedición, recibiendo el cargo de lugarteniente. Esto le permitía actuar
como capitán en ausencia de Ojeda, y como su teniente cuando estuviese
presente. Según el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, el rey quiso
recompensar a Juan de la Cosa por su experiencia y habilidad como piloto,
además de su conocimiento de esas tierras, motivo por el cual obligó a Ojeda a
llevarlo en esta nueva aventura.
Juan
de la Cosa, quien ya había representado a Ojeda en la negociación de la
capitulación, también recibió la confirmación de su título de alguacil mayor
del gobernador de Urabá, cargo que ostentaba desde el 3 de abril de 1503 y que
se extendería a lo largo de su vida y la de su heredero. Por último, el
bachiller Martín Fernández de Enciso, un próspero encomendero de La Española
dispuesto a invertir en la empresa, fue designado alcalde mayor por Ojeda,
consolidando el liderazgo del grupo.
Diego
de Nicuesa recibió la gobernación de Veragua, la concesión más occidental, que
abarcaba desde el otro lado del golfo de Urabá hasta el cabo de Gracias a Dios.
Este territorio, visitado anteriormente por Colón y con una reputación de
abundancia aurífera, era considerado "el premio mayor". Sin embargo,
Nicuesa no podía prever las enormes dificultades que encontraría en aquel
territorio, que se convertiría en un "infierno dorado". Veragua era
una región con límites imprecisos que fue otorgada sin tener en cuenta los
descubrimientos ni los derechos previos de Colón.
Otro
territorio de importancia era la isla de Jamaica, también descubierta por
Colón, pero que aún no había sido colonizada. Curiosamente, la capitulación
firmada por Ojeda y Nicuesa incluía una cláusula que les concedía la
gobernación conjunta de Jamaica, aunque bajo la supervisión de la autoridad de
La Española, donde pronto asumiría el control Diego Colón, hijo del Almirante.
La
empresa de la Tierra Firme ofrecía la posibilidad de colonizar de manera
definitiva tanto Urabá como Veragua, pero en ese momento no parecía ser una
prioridad inmediata. La capitulación de Burgos contemplaba el establecimiento
de poblaciones en esas tierras, pero más como una opción que como un objetivo
inmediato. Además, no se establecieron detalles sobre la organización económica
o gubernamental de estos nuevos territorios, lo que dejaba en evidencia la
falta de un plan claro para la gestión a largo plazo de las nuevas colonias.
Lo que
sí quedaba claro en las capitulaciones eran las provisiones para la captura de
esclavos y el rescate de metales preciosos y otros productos valiosos de los
indígenas. Se mencionaba específicamente la recolección de oro, plata, piedras
preciosas, perlas, y hasta "seres monstruosos" y animales de todo
tipo, incluyendo serpientes y especias. En cuanto al oro y la plata, la Corona
inicialmente se reservaba una décima parte de los hallazgos, porcentaje que
aumentaría hasta alcanzar el tradicional quinto real, demostrando que la
minería era la principal motivación detrás de la expedición.
Ambos
concesionarios, Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa, fueron distinguidos en la
capitulación con el título de capitán de sus respectivos territorios, aunque
inicialmente no se les otorgó ningún cargo gubernativo. Esta precaución
respondía a la situación delicada que se vivía en la Corte. Mientras que Ovando
veía denegada su solicitud de relevo, Diego Colón presionaba por reclamar los
derechos heredados de su padre, el Gran Almirante Cristóbal Colón, sobre los territorios
descubiertos. A pesar de estas tensiones, se crearon dos nuevas gobernaciones
en las Indias. La política de la Corona, claramente inclinada a debilitar los
privilegios colombinos, fue ratificada por la reina Juana en Burgos, el 9 de
junio de 1508, cuando otorgó a Ojeda y Nicuesa el título de gobernador y
capitán, con plena jurisdicción civil y criminal. No obstante, solo dos meses
después, Diego Colón fue nombrado gobernador de las Indias por un decreto
fechado en Arévalo, el 9 de agosto de 1508.
Dado
que la empresa de colonización era privada, Ojeda y Nicuesa debían cubrir la
mayor parte de los gastos de la expedición. La Corona, sin embargo, proporcionó
apoyo en forma de armas, alimentos y franquicias, aunque el costo final para la
Hacienda Real ascendió a más de dos millones de maravedís. Ambos capitanes
recibieron permiso para reclutar hasta 800 hombres cada uno: 200 en la
península ibérica y 600 en La Española. Además, se les concedió pasaje
gratuito, alimentos y piezas de armadura como escudos de madera, coseletes o
corazas ligeras y baberas para protegerse.
También
se permitió que llevaran 40 indígenas experimentados en minería aurífera para
instruir a los nativos de Tierra Firme, y 400 más de las islas vecinas para
servir a los colonizadores, siguiendo el modelo de Santo Domingo. Las islas de
La Española y Jamaica fueron designadas como los centros nodrizas que
sostendrían las nuevas colonias en sus primeros años. Tanto Ojeda como Nicuesa
se comprometieron a construir dos fortines de piedra en sus respectivos
territorios y otros dos en Jamaica en un plazo de dos años y medio, lo que
destacaba la importancia de establecer defensas permanentes en las nuevas
posesiones.
La
Corona designó a Silvestre Pérez como alcalde de las fortalezas de Urabá y a
Alonso de Quiroga para las de Veragua, sin tomar decisiones sobre Jamaica.
Estos nombramientos, junto con el uso de Jamaica como centro de operaciones,
enfurecieron a Diego Colón, ya que lo consideraba una violación de los derechos
heredados de su padre. Colón mostró una clara falta de cooperación con los
expedicionarios y el nuevo asentamiento en Tierra Firme, ofreciendo solo un
apoyo limitado y con evidente desdén a los colonos desesperados del Darién.
Diego
de Nicuesa y Juan de la Cosa, tras dejar Burgos, se dirigieron a Sevilla para
organizar la expedición. Necesitaban reclutar hombres, obtener barcos,
alimentos, armas y otros suministros esenciales. Anunciaron la expedición con
tambores y trompetas, mientras abrían listas de inscripción. La Cosa, consciente
de la pobreza de Ojeda, prometió aportar lo poco que pudiera de su propio
patrimonio, y el resto lo consiguió a duras penas mediante préstamos y favores.
Nicuesa, en cambio, contaba con una posición económica mucho más sólida, lo que
le facilitó obtener créditos de importantes mercaderes sevillanos para
organizar su expedición.
Los
registros de Sancho de Matienzo, primer tesorero de la Casa de la Contratación,
son una fuente invaluable para conocer los detalles de estas expediciones a las
Indias. Matienzo mantuvo tres tipos de libros: la Cuenta General, el Manual y
el Mayor, todos ellos con datos meticulosamente entrelazados, proporcionando
una visión detallada del proceso. Estos libros, según la historiadora M.
Antonia Colomar, lo convierten en una suerte de "cronista económico"
de esta primera etapa en las Indias. Gracias a estos registros, se puede
documentar el viaje que entre 1508 y 1509 preparó Nicuesa en conjunto con Ojeda
hacia Tierra Firme, del cual antes solo se conocían fragmentos a través de las
crónicas y algunos documentos oficiales.
Como
señala el profesor Ladero, la expedición de Nicuesa y Ojeda en 1509, descrita
como "el principal empeño del año 1509, aparte de la flota que llevó el
almirante Diego Colón a La Española", fue la última registrada en las
cuentas del tesorero Sancho de Matienzo. Este experimentado funcionario, por su
habilidad en gestionar tales operaciones, se consolidó como la figura clave
para organizar y contabilizar futuras armadas, independientemente de su tamaño
o relevancia. Matienzo desempeñó un papel fundamental, en especial entre 1513 y
1514, durante la organización de la imponente flota que Pedrarias Dávila llevó
a Castilla del Oro, una operación gestionada magistralmente por él y su equipo
en la Casa de la Contratación.
Los
preparativos de la expedición comenzaron en la primavera de 1508, un año antes
de que la flota zarpase. El 30 de abril, el rey Fernando envió una carta a
Nicolás de Ovando concediendo las mercedes solicitadas por los vecinos de Santo
Domingo, representados por Antón Serrano y Diego de Nicuesa, quienes habían
viajado a España. Nicuesa tenía dos objetivos claros: actuar como procurador de
los colonos y asegurar su posición como gobernador de la Tierra Firme. Después
de largas gestiones en la corte, y con la ayuda de su protector Conchillos,
Nicuesa finalmente logró lo que tanto había deseado. Sus habilidades cortesanas
y su capacidad para navegar en los círculos de poder lo llevaron al éxito, como
lo confirma Las Casas, quien lo describió como "una persona muy cuerda y
palanciana y graciosa en decir".
El 9
de junio de 1508, el monarca ordenó a los oficiales de la Casa de la
Contratación que proporcionaran suministros y todo lo necesario para la
expedición de Nicuesa. También dispuso que se respetaran los acuerdos
establecidos con Nicuesa, Ojeda y Juan de la Cosa. Los funcionarios rápidamente
se pusieron a trabajar, enfrentando la difícil tarea de reclutar barcos para
transportar los envíos solicitados por los colonos de La Española. En estos
primeros años, la escasez de barcos y marineros era un problema común, incluso
en naciones con una fuerte tradición marítima. Ante la disyuntiva de alquilar o
comprar embarcaciones, los oficiales optaron por la compra, una decisión que
marcó el inicio de los preparativos logísticos.
Se
decidió encargar a Juan de la Cosa la adquisición de embarcaciones necesarias,
aprovechando sus buenos contactos en la costa del reino portugués. A principios
de enero de 1509, con una carta de recomendación del monarca, se dirigió a
Lisboa. Tres meses después, el 15 de abril, regresó a Sevilla con dos carabelas
latinas que había conseguido en Lisboa. La mayor, *La Concepción de Nuestra
Señora*, fue adquirida a Andrés González por 90,000 maravedís, y la menor,
*Santa Ana Rosa*, fue comprada a Juan Castaño por 47,000 maravedís.
Ambas
carabelas fueron adaptadas para la larga travesía atlántica, sustituyéndose las
velas latinas por redondas y realizándose trabajos de carpintería para ponerlas
a punto. Diego Delgado, de Palos, fue nombrado maestre y piloto de *La
Concepción*, mientras que Alonso Enríquez, también de Palos, comandaba *Santa
Ana Rosa*. Cada embarcación contaba con una tripulación de diez hombres, lo que
indica que eran naves pequeñas, probablemente con una capacidad no mayor a
cincuenta toneles.
Para
la expedición, se adquirieron alimentos como bizcocho, vino, tocino y aceite,
así como mesas y manteles para los oficiales. En Sanlúcar, el alguacil de la
Casa de la Contratación, Lorenzo de Pinelo, entregó refuerzos adicionales: dos
barriles de vino, bastina, carne, aceite y candelas. Según los registros del
tesorero Sancho de Matienzo, el costo total de las carabelas, su equipamiento,
suministros y sueldos de los marineros, ascendió a 1,310,485 maravedís.
Mientras
se preparaban las carabelas en Sevilla, también se realizaban las compras
necesarias para el viaje de Diego de Nicuesa a la Tierra Firme, en colaboración
con Alonso de Ojeda, gobernadores de Veragua y Urabá respectivamente. Aunque la
capitulación indicaba que la expedición debía ser costeada por ellos, la Corona
proporcionó una significativa cobertura estatal, financiando alimentos, armas,
y el pasaje de hasta 800 hombres, asegurando así la viabilidad de la empresa.
El 4
de septiembre de 1509, zarpó desde Sanlúcar de Barrameda la flotilla de Tierra
Firme junto con dos barcos que llevaban remesas a Santo Domingo. A bordo
viajaban 200 hombres que habían recibido licencia del soberano para embarcarse,
entre ellos un grupo significativo de la localidad sevillana de Écija. Diego
Nicuesa, quien lideraba la expedición, probablemente enfrentó dificultades para
reclutar a su hueste, ya que poco antes el virrey Diego Colón había partido
hacia La Española con una flota de nueve naves y un contingente numeroso.
En
julio de ese año, los preparativos se intensificaron. Nicuesa contrató a Juan
García, un herrero de Sanlúcar la Mayor, quien se comprometió a servirle
durante tres años en Veragua, llevando consigo su fragua y herramientas.
Posteriormente, el gobernador firmó un contrato con varios hombres que se
comprometieron a acompañarlo a Tierra Firme: Marcos Rabal, Pedro de Cospedal,
Rodrigo de Torres, Gonzalo Martínez, Sebastián Báez y Juan Sierra, de distintas
partes de España.
A
finales de agosto, Nicuesa, al no haber reunido suficiente personal en Sevilla,
comisionó a Juan Carmona, un labrador de Écija, para reclutar hasta 50 personas
dispuestas a unirse a la expedición. Écija ya había visto partir a numerosos
vecinos, pues meses antes, Marcos de Aguilar, alcalde mayor del virrey Colón,
también había reclutado a varios de ellos, incluido su pariente Jerónimo de
Aguilar, quien desconocía el destino que le aguardaba.
En el
viaje, Nicuesa llevaba consigo a un paje negro, un muchacho que fue arrebatado
a su llegada a Santo Domingo por no estar registrado. Juan de la Cosa también
participaba, acompañado de su esposa Teresa, sus hijos y dos esclavas
cristianas. Pensaba dejarlos instalados en Santo Domingo mientras emprendía la
aventura. La Corona, en reconocimiento a los servicios de De la Cosa, había
ordenado al virrey Colón que le proporcionara una vivienda y una encomienda de
indios en La Española.
Junto
con Nicuesa también viajaban cinco frailes de la Orden de Santo Domingo y un
seglar. Según una anotación del tesorero Sancho de Matienzo del 24 de marzo de
1511, se le pagó al maestre Juan de Farfán y al mercader genovés Jácome
Grimaldo 6,750 maravedís por el pasaje y mantenimiento del grupo. Entre los
religiosos se encontraban el presbítero Pedro Sánchez, vecino de Sevilla, y
otro sevillano, Diego Fernández, quien más tarde se convertiría en conquistador
del Darién.
Como
se mencionó anteriormente, los nuevos alcaides de las fortalezas de la Tierra
Firme también fueron nombrados veedores de los rescates en sus respectivos
territorios. Ambos retrasaron su partida y no se unieron a la flotilla que
llevaba a Nicuesa a Santo Domingo. Alonso de Quiroga, designado para la
gobernación de Urabá, fue el primero en zarpar, probablemente en diciembre de
1509. Viajaba con su yegua, acompañado de un esclavo negro y de su criado
Lorenzo, originario de Zalamea la Real, en Huelva.
El
nombramiento de Silvestre Pérez como alcaide de las fortalezas de Veragua no se
realizó hasta 1510, lo que le impidió dejar Sevilla antes de la primavera de
ese año. Embarcó en la nave del maestre Juan de Camargo, acompañado de varios
criados, entre ellos Antonio de Gamboa, natural de Hita. Juan de Caicedo,
nombrado veedor de las fundiciones de la Tierra Firme en octubre de 1508,
residía en Sevilla, en la collación de San Salvador, y viajó a las Indias con
su esposa, Inés de Escobar. Además, como teniente de Lope de Conchillos, el
influyente secretario del rey, fue designado un Pedro Mir anónimo, de quien no
se conserva más información relacionada con el Darién. En total, la expedición
destinada a la población de la Tierra Firme costó a la Corona más de dos
millones de maravedís.
Para
el nuevo gobernador de Veragua, la aventura que emprendía supuso un
considerable desembolso. Abandonó el muelle de las Muelas agobiado por las
exigencias de sus acreedores y una serie de deudas, muchas de las cuales nunca
pudo saldar, ya que la muerte lo esperaba poco después en medio del océano.
Mientras se dirigía a Santo Domingo, a unas doce leguas de la isla de San Juan,
los barcos de Nicuesa recibieron órdenes de hacer escala en la isla de Santa
Cruz y luego en San Juan para capturar indígenas. Es probable que el gobernador
pensara resarcirse con las ganancias de este tráfico inhumano y así afrontar
parte de sus deudas contraídas en España. La incursión resultó devastadora:
doscientos indígenas fueron capturados y vendidos como esclavos en Santo
Domingo.
El
fraile Bartolomé de Las Casas relata que la llegada a La Española de este nuevo
cargamento humano provocó un gran escándalo entre los vecinos. Aunque Nicuesa
justificó sus acciones alegando tener licencia del rey para ello, cuando estos
hechos llegaron a oídos de la Corona, fueron severamente reprobados,
ordenándose la restitución de todos los indígenas a sus tierras.
Desde
que se conocieron las capitulaciones para la conquista de Veragua y Urabá, la
actitud del virrey Diego Colón fue abiertamente opuesta, ya que consideraba que
se habían violado los privilegios de su padre sobre esas tierras que él mismo
había descubierto. Colón no podía consentir que un intruso se beneficiara de
aquella gesta. Además de Veragua, la isla de Jamaica, descubierta por el Gran
Almirante, también había sido concedida a dos intrusos. En respuesta, Diego
Colón intentó oponerse primero en la corte y, al no lograrlo, continuó su
resistencia en Santo Domingo. Según Luis Arranz, el virrey advertía que “sea
Dios testigo que si no va por mano de Su Alteza y de quien en La Española
reside, que nunca harán fruto”.
Colón
se dedicó a obstaculizar el apresto de la flota de Tierra Firme y, por medio de
su alcalde mayor, retrasó cuanto pudo la salida de Nicuesa hacia Veragua,
incitando a los acreedores para que embargaran sus bienes e impidieran su
partida. Además, ordenó desposeer a Nicuesa de su encomienda de indios,
contraviniendo abiertamente lo dispuesto por la Corona. Al mismo tiempo,
decidió emprender por su cuenta la conquista de Jamaica, enviando al hidalgo
sevillano Juan de Esquivel al frente de una expedición pobladora de 60 hombres,
bien equipados y en contacto continuo con Santo Domingo.
La
situación tampoco fue fácil para Alonso de Ojeda. Según Las Casas, el nuevo
gobernador de Urabá, agotado por sus deudas y frustrado por la obstinación del
Almirante, se llenó de cólera. Aunque no podía impedir que Esquivel y sus
hombres cumplieran las órdenes del virrey, se dirigió al puerto y, levantando
el puño, miró a Esquivel a los ojos y le juró que si entraba en la isla de
Jamaica, le cortaría la cabeza. Sin embargo, la amenaza no surtió efecto, y
pronto Juan de Esquivel se dirigía a Jamaica con su pequeña flotilla, decidido
a conquistarla y poblarla.
El
Almirante se opuso firmemente a acatar las órdenes de la Corona y evitó la
recluta de otros seiscientos hombres, avecindados en Santo Domingo, que
contemplaba el asiento de Burgos. Solo permitió la salida de doscientos
vecinos, alegando que si consentía un éxodo masivo, la isla quedaría despoblada
y su economía en ruinas. Una Real Cédula de la reina Juana, fechada en Madrid
el 28 de febrero de 1510, autorizaba al virrey a proceder como había dispuesto.
La cédula confirmaba que, según el acuerdo entre el rey y Nicuesa y Ojeda sobre
la población de la Tierra Firme, se les había dado la facultad de llevarse
hasta seiscientos hombres de La Española. Sin embargo, la reina consideró que
esto podría causar un gran daño a la isla, por lo que ordenó que el número se
redujera a doscientas personas.
A
pesar de esto, admitía que si Nicuesa y Ojeda querían completar los seiscientos
con otros que no tuvieran vecindad ni indios, debían recibirlos. El cronista
Anglería, con una imaginación desbordada, afirmaba que abandonaron La Española
en compañía de Ojeda y Nicuesa un total de 1.085 hombres. Las Casas, presente
en la isla en ese momento, mencionaba que Nicuesa logró embarcar a 700 hombres
en cinco barcos y dos bergantines, mientras que Ojeda, con dos navíos y dos bergantines,
solo reclutó a 300. Es evidente que ambos exageraban.
Luis
Arranz, confiando en los relatos de los cronistas, afirma que, a pesar de las
dificultades y obstáculos, más de mil españoles salieron de La Española entre
finales de 1509 y 1510 en las armadas de Ojeda, Nicuesa y en las que Enciso y
Colmenares llevaron meses más tarde para socorrer a dichos capitanes. Rodrigo
de Colmenares, el teniente de Nicuesa, resulta ser el informante más veraz. En
una carta a la Corona, relataba que, al llegar a la Tierra Firme, casi toda la
expedición había desaparecido: “pues de 800 que pasaron con ambos gobernadores
(Nicuesa y Ojeda) no había 300 vivos”. En el mismo informe, Colmenares
aseguraba que Nicuesa llevaba 580 hombres, lo que implicaba que el grupo de Ojeda
se compondría de solo 220.
El
contexto migratorio hacia la Tierra Firme durante la época de Nicuesa y Ojeda
revela un entramado complicado de tensiones, ambiciones y contradicciones.
Desde un principio, la oposición del virrey Diego Colón a las capitulaciones
que beneficiaron a Nicuesa y Ojeda marcó el inicio de un conflicto que se
acentuó con la llegada de las noticias sobre los despliegues migratorios. Colón
se sintió agraviado por la violación de los privilegios de su padre, el Gran
Almirante, y actuó con decisión para sabotear los esfuerzos de sus rivales.
La
falta de recursos humanos y bélicos para acometer la conquista de esas tierras
fue una queja recurrente entre los testigos de la época. A pesar de las
promesas de apoyo, tanto Colón como el rey se enfrentaron a la resistencia de
los hombres a trasladarse a la Tierra Firme, debido al desagrado que generaba
la figura del almirante. La llegada de informes contradictorios complicó aún
más la situación, con los cronistas exagerando la magnitud de los desplazamientos
y la realidad mostrando una disminución dramática en la cantidad de hombres
disponibles para la conquista.
En
este contexto, el envío de "malhechores desterrados" por parte de
Ojeda en 1511 se volvió una medida desesperada, reflejando la angustia por la
escasez de fuerzas para sostener las operaciones. La migración masiva de
colonos a la Tierra Firme se produjo en un momento crítico para La Española,
que comenzaba a estabilizarse después de años de desastres. El virrey Colón, en
su intento de asegurar el control de la isla, obstaculizó el éxodo y buscó
mantener una población fuerte en la región, mientras que a la vez apoyaba otras
expediciones, como la conquista de Cuba.
El
contraste entre los esfuerzos del virrey por afianzar su control y la
resistencia de figuras como Balboa, quien emergía como un líder clave en la
región, pone de manifiesto las dinámicas de poder en juego. La última
estrategia de Colón para consolidar su autoridad fue reconocer a Balboa como
gobernador, lo que, aunque parecía un gesto de pragmatismo, también reflejaba
su necesidad de adaptarse a un panorama cambiante, donde las lealtades y
alianzas eran fluidas y a menudo conflictivas.
En
resumen, el flujo migratorio a la Tierra Firme durante estos años fue un
fenómeno marcado por la competencia política, las tensiones personales y la
búsqueda de poder, en un contexto donde las necesidades económicas y sociales
de La Española se entrelazaban con las ambiciones de conquista en el
continente.
El
fracaso de la empresa de Diego de Nicuesa en las tierras de Veragua marcó un
hito significativo en la historia de la colonización española en América. La
armada que partió de Santo Domingo con grandes expectativas se redujo
drásticamente, y las pérdidas humanas y materiales fueron devastadoras. A
finales de 1510, los sobrevivientes se encontraban en condiciones deplorables,
hambrientos y enfermos, lo que reflejaba no solo la fragilidad de la empresa
colonial, sino también las difíciles circunstancias a las que se enfrentaban
los conquistadores en su búsqueda de riquezas y territorios.
La
retirada hacia el golfo de Urabá y el establecimiento en Santa María de la
Antigua del Darién simbolizaban la pérdida de control sobre una zona que,
aunque rica en potencial, se había convertido en un espacio inhóspito y lleno
de peligros. Con el fracaso de Nicuesa, la frontera entre los territorios
españoles y las tierras indígenas quedó abierta, creando una especie de vacío
en el que las reclamaciones de los herederos de Colón siguieron resonando.
La decisión
de la corona de conceder a Bartolomé Colón el permiso para poblar Veragua, en
un intento por apaciguar a la familia del Gran Almirante, demuestra cómo las
tensiones y rivalidades por el control de los territorios coloniales estaban
lejos de resolverse. Sin embargo, estas concesiones llegaron demasiado tarde
para satisfacer las ambiciones de la familia colombina, que veía sus derechos
sobre la Tierra Firme como algo mucho más amplio.
La
reclamación presentada por Juan de la Peña en nombre de Diego Colón ante el
Consejo de Indias, el 3 de enero de 1512, marcó el inicio de un proceso
judicial que se conocería como el "Pleito del Darién". Este conflicto
legal se convertiría en un episodio emblemático de la lucha por el poder y los
privilegios en el Nuevo Mundo, donde la herencia de los derechos conquistados
se entrelazaba con la realidad de las expediciones fallidas y la incertidumbre
inherente a la colonización. El "Pleito del Darién" no solo reflejó
la ambición personal de los Colón por afianzar su influencia, sino también las
complejidades administrativas y jurídicas que rodeaban la expansión territorial
de la Corona española. En un contexto donde los derechos de descubrimiento y
conquista eran objeto de interpretaciones contradictorias, este pleito se
transformaría en un símbolo de las luchas internas y las dinámicas de poder en
la nueva España, así como de las tensiones entre la familia Colón y las
autoridades de la Corona.
*
En
aquellos tiempos, los descubridores, tras el hallazgo del Mar del Sur, buscaban
una rápida conexión entre los dos océanos. Diego de Nicuesa, mientras exploraba
las costas del Atlántico, fundó el puerto de Gracias a Dios. Según la leyenda,
al llegar a una bahía segura con provisiones tras muchas penurias, Nicuesa
exclamó: “Gracias a Dios que hemos encontrado la salvación”, dando nombre al
puerto.
Y como
ya dijimos, la villa de San Sebastián finalmente sucumbió, y sus habitantes
fueron rescatados por Martín Fernández de Enciso, quien estaba acompañado por
Vasco Núñez de Balboa, un aventurero que años antes había llegado escondido en
un barril, según su biografía y la de Rodrigo de Bastidas. Balboa aconsejó a
Fernández fundar una nueva ciudad en las selvas del Darién, que fue bautizada
como Santa María de la Antigua. Esta nueva ciudad fue poblada por los
supervivientes de San Sebastián y más tarde por los hombres de Nicuesa, quien
había sido depuesto por su tripulación. Sin embargo, en un oscuro episodio,
Balboa embarcó a Nicuesa y sus hombres en un frágil barco y los desterró hacia
un destino incierto.
Una
tempestad hundió la nave en la que viajaba Nicuesa, y todos sus ocupantes
perecieron. La historia de Santa María de la Antigua merece más de un capítulo,
pero basta con mencionar la obra de Fernández de Oviedo en su Historia General
y Natural de las Indias para entender su relevancia.
El
emperador Carlos V, a pesar de haber recibido informes de las hazañas de Vasco
Núñez de Balboa en el Darién, decidió enviar a Pedrarias Dávila, figura de la
que se ha escrito una extensa biografía. Según documentos auténticos, en 1509
comenzaron las primeras colonizaciones en tierra firme, coincidiendo con la
llegada de Diego Colón a La Española, hijo del descubridor de las Indias
Occidentales. En esta época se extendieron las exploraciones y conquistas:
Jamaica bajo el mando de Juan de Esquivel, Puerto Rico con Juan Ponce de León,
y Cuba con Diego Velásquez.
Es
conocido que Balboa, en su histórica expedición, avistó el océano Pacífico el
25 de septiembre de 1513 gracias a su emisario, Alfonso Martín de Don Benito.
El 29 de ese mismo mes, Balboa tomó posesión formal del nuevo océano en nombre
de los Reyes de Castilla y León. Cabe mencionar que ya desde finales de 1512,
Balboa estaba al tanto del posible descubrimiento, como lo confirma una carta
fechada el 20 de enero de 1513 en Santa María del Darién, publicada por
Fernández de Navarrete en su Colección de los viajes y descubrimientos que
hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV, Tomo III.
La
biografía de Pedrarias Dávila, escrita por Pablo Álvarez Rubiano, cita a
Toribio Medina, ilustre historiador chileno, en su obra “El descubrimiento del
Océano Pacífico: Vasco Núñez de Balboa, Hernando de Magallanes y sus
compañeros, Tomo II”, que detalla los hechos de este importante descubrimiento.
Con la
noticia del hallazgo de Balboa, el interés en España, que había disminuido,
renació con fuerza, impulsado por la imaginación de la época, que aún
conservaba el espíritu de las novelas de caballería que Cervantes satirizó en
Don Quijote de la Mancha. Este espíritu aventurero seguía vivo en el pueblo
español, que jugó un papel crucial en los descubrimientos que cambiarían el
curso de la historia mundial. Un vistazo a las crónicas de Las Casas, Navarrete
o Herrera, nos recuerda el fervor con el que se hablaba de Tierra Firme, donde
se decía que el oro se podía pescar con redes. Las Casas, en su Historia de las
Indias, relata cómo esta fama atrajo a gran parte de Castilla, lo que llevó al
propio rey a nombrar a esa tierra "Castilla del Oro".
Navarrete
aborda de manera detallada las expediciones al interior del continente, cuyo
objetivo principal era encontrar rutas que conectaran los dos océanos, una de
las mayores preocupaciones del Imperio y de las gobernaciones en América del
Sur. El primer intento de colonización sistemática fue realizado por Fernando
el Católico en 1514 con el nombramiento de Pedrarias Dávila, cuyo mandato daría
lugar a las Leyes de Indias. Como señala Antonio Ballesteros y Beretta en su
Historia de España, estas leyes fueron un ejemplo imperecedero de legislación
colonial. Humboldt, en su Ensayo Político sobre el Reino de Nueva España,
también destaca que España no veía a sus posesiones ultramarinas como colonias,
sino como parte integral de su monarquía, lo que resultó en una legislación más
justa que la de otras potencias coloniales.
La
legislación española de la época colonial, especialmente tras las quejas del
obispo de Chiapas, Fray Bartolomé de las Casas, fue avanzada y justa para su
tiempo. Sin embargo, los conquistadores a menudo la eludían bajo la famosa
máxima: "se obedece, pero no se cumple". Pedrarias Dávila, conocido
simplemente como Pedrarias, fue nombrado gobernador y capitán general de Tierra
Firme y Castilla del Oro el 27 de julio de 1513, en reemplazo de Diego de
Nicuesa.
Según
el señor Serrano Sáenz en su obra Preliminares del gobierno de Pedro Arias
Dávila en Castilla del Oro, citada por Pablo Álvarez Rubiano, el 4 de agosto de
1513 el rey Fernando el Católico dio a Pedrarias instrucciones detalladas.
Estas incluían la fundación de villas y ciudades, la repartición de tierras
entre los colonos, la reglamentación de la explotación de minas y la facultad
para expulsar a aquellos individuos cuya presencia fuera perjudicial. Esta
última medida probablemente se otorgó en relación con Núñez de Balboa, visto
como una amenaza para el poder público.
Lo que
Sáenz no menciona, pero es relevante para el contexto histórico, es que estas
instrucciones también ordenaban realizar exploraciones para encontrar una ruta
que conectara el Mar del Sur (Océano Pacífico). Entre 1515 y 1516, se llevaron
a cabo exploraciones legendarias a cargo de Gonzalo de Badajoz y Luis de
Mercado, quienes seguían las indicaciones del cacique Pariza.
Con el
fin de organizar las colonias y que estas pudieran sostenerse económicamente,
se crearon varios cargos administrativos: tesorero, contador, factor y veedor.
Este último puesto fue ocupado por Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, futuro
cronista y autor de la Historia General y Natural de las Indias.
Pedrarias
también nombró a Gaspar de Espinosa como alcalde mayor de su expedición.
Espinosa jugaría un papel clave en la futura conquista del Imperio del
"Birú" (Perú), junto a Francisco Pizarro, Diego de Almagro, Hernando
de Luque y el piloto Bartolomé Ruiz, conocido como el "torero del
mar".
En
cuanto a los asuntos religiosos, el emperador Carlos V se preocupó por estos
temas y pidió al Papa León X la creación de un Patriarca de las Indias. El rey
propuso al arzobispo Juan Rodríguez de Fonseca para dicho cargo, y a Fray Juan
de Quevedo, de la Orden de San Francisco, como obispo de la nueva diócesis de
"Bética Aurea", con sede en Santa María de la Antigua y jurisdicción
en Castilla del Oro.
La
expedición liderada por Pedrarias Dávila a Tierra Firme fue notable por su
tamaño y el prestigio de sus participantes, muchos de los cuales eran oficiales
veteranos de las guerras de Italia, desocupados tras la paz. Diversos cronistas
de la época relataron los detalles de esta aventura, entre ellos Gonzalo
Fernández de Oviedo y Valdés, Francisco de Jerez en su Verdadera relación de la
conquista del Perú, Pedro Cieza de León en su Crónica del Perú, Antonio de
Herrera en sus Décadas, Fray Bartolomé de las Casas en su Historia de las
Indias, y especialmente Pedro Mártir de Anglería en su Década II.
Una de
las historias más conmovedoras de este viaje es la de Isabel de Bobadilla, la
esposa de Pedrarias. Isabel, de noble linaje, insistió en acompañar a su esposo
a pesar de los peligros del desconocido continente americano. Según cuenta
Pedro Mártir de Anglería, Pedrarias no quería que ella lo acompañara debido a
los riesgos, pero Isabel le escribió una carta decidida, en la que expresaba
que prefería enfrentar cualquier peligro o incluso la muerte antes que vivir
separada de él:
“Amado
esposo: Me parece que nos unimos desde jóvenes con el yugo marital para vivir
juntos, no separados. A donde quiera que te lleve la suerte... sábete que te he
de acompañar yo. Ningún peligro puede amenazarme tan atroz... Es preferible
morir una vez... que consumirme en luto perpetuo y continua tristeza, esperando
no al marido sino sus cartas. Esta es mi resolución...”.
Isabel
demostró un espíritu inquebrantable y una valentía admirable, que contrastaba
con los peligros inherentes a las expediciones coloniales de la época.
Por
otro lado, Antonio de Herrera, en su Década Primera, describe el lujo y la
magnitud de la expedición. Según él, más de dos mil jóvenes, junto con algunos
ancianos codiciosos, se ofrecieron a acompañar a Pedrarias, algunos costeándose
sus propios gastos. Herrera menciona que la cantidad de personas que deseaban
participar en la expedición era tan grande que, si se hubiera permitido a diez
mil personas embarcarse, todas lo habrían hecho de buena gana. Esta gran
afluencia de voluntarios incrementó aún más el entusiasmo por la expedición a
Tierra Firme en el Darién, que ya de por sí despertaba grandes expectativas.
La
determinación de figuras como Isabel de Bobadilla y el interés masivo en la
expedición reflejan el espíritu de aventura y codicia que predominaba en la
conquista de América, junto con los grandes riesgos y sacrificios que
implicaba.
La
expedición de Pedrarias Dávila a Tierra Firme no solo fue notable por su
tamaño, sino también por el lujo y la suntuosidad que la rodearon desde su
inicio. Inicialmente, el rey Fernando el Católico había ordenado que el Gran
Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, regresara a Nápoles con un ejército
espléndido. Sin embargo, por razones desconocidas, el monarca cambió de opinión
en el último momento, dejando a muchos nobles que habían hecho grandes
preparativos desilusionados y defraudados. Ante la noticia del despacho de
Pedrarias hacia las Américas y las promesas de riquezas en el Darién, muchos de
estos nobles decidieron ofrecerse a la expedición, esperanzados en las
oportunidades que creían que encontrarían, similares a las que habrían tenido
en Italia.
El
teniente general de la expedición fue Juan de Ayora, mientras que otros
capitanes importantes fueron Juan de Zurita, Gaspar de Morales, Pedrarias el
Mancebo (hijo de Pedrarias), Hernando de Soto, Diego de Almagro y Sebastián de
Belalcázar. Además de los soldados y capitanes, también hubo una notable
participación de clérigos, como se menciona en la Colección Muñoz, y personajes
de gran relevancia como Bernal Díaz del Castillo y el piloto florentino Juan
Vespucio, sobrino de Américo Vespucio, quien era un experto en navegación.
La
expedición llegó finalmente al puerto de Santa Marta, conocido por los
indígenas como Saturma. Allí comenzaron los primeros enfrentamientos con las
tribus locales, quienes resistieron ferozmente con flechas envenenadas,
causando numerosas bajas entre los españoles. No obstante, el 29 de junio,
Pedrarias y su ejército arribaron a Santa María de la Antigua del Darién.
Pedrarias envió emisarios a Vasco Núñez de Balboa, quien gobernaba
provisionalmente en Urabá, para informarle de su llegada.
La
llegada de Pedrarias a Santa María fue todo un espectáculo de pompa y
ostentación. Según Don Ángel Altolaguirre y Duvale en su obra Vasco Núñez de
Balboa, Pedrarias hizo una entrada triunfal acompañado de su esposa, doña
Isabel de Bobadilla, el obispo don Juan de Quevedo, oficiales reales y
capitanes lujosamente vestidos, seguidos por sus tropas armadas, listas para
enfrentar cualquier resistencia que Balboa pudiera presentar. Sin embargo, en
un gesto de humildad, Balboa salió a recibir a Pedrarias desarmado y con sus
vestiduras habituales, mostrando así que en Santa María prevalecía el trabajo
sobre la ostentación, un claro contraste con la orgullosa llegada de Pedrarias
y su séquito.
Esta
escena marca el inicio de una tensa relación entre Pedrarias y Balboa, dos
figuras claves en la historia del Darién y la conquista de las Américas, cuyas
interacciones posteriores tendrían profundas consecuencias en el desarrollo de
la colonia.
La
llegada de Pedrarias y su séquito a las inhóspitas tierras del Darién generó un
fuerte impacto entre quienes se habían dejado seducir por las promesas de
riqueza y prosperidad. La cruda realidad de la selva, con sus privaciones y
peligros, rápidamente desmoronó esas ilusiones. Muchos de los alimentos traídos
por la expedición se echaron a perder debido al clima, convirtiéndose en
venenos que causaban enfermedades y la muerte. Pascual de Andagoya, futuro
gobernador de San Juan y testigo presencial de los desastres, relató en su “Relación”
que en un solo mes murieron 700 hombres a causa de la hambruna y la enfermedad,
un mal al que llamaban "modorra". La desesperación era tal que, como
menciona Andagoya, "Les peso tanto a los que allá estaban de nuestra ida
que ninguna caridad hacían a nadie", es decir, no recibieron ayuda alguna
de los colonos ya establecidos.
En
cuanto a las tensas relaciones entre Pedrarias Dávila y Vasco Núñez de Balboa,
estas fueron un capítulo aparte marcado por una fuerte enemistad. A pesar del
intento de Pedrarias por apaciguar las tensiones mediante un pacto matrimonial
entre su hija y Balboa, la hostilidad no cesó. Ni siquiera la intervención de
figuras influyentes como Gaspar de Espinosa, el obispo Juan de Quevedo o
incluso la propia esposa de Pedrarias, doña Isabel de Bobadilla, fue suficiente
para calmar los ánimos.
El 20
de marzo de 1515, Balboa recibió un nuevo nombramiento como gobernador de
Panamá y Coiba, y Adelantado de la Mar del Sur. Esta designación sorprendió a
muchos, especialmente a su adversario Pedrarias, aunque alegró a sus aliados
como Espinosa, Quevedo, Pasamonte y Conchillos. Sin embargo, el rey Fernando
dejó claro que, a pesar del nuevo cargo de Balboa, debía seguir sometido a la
autoridad de Pedrarias, quien ostentaba el poder supremo en la región: “Es mi
voluntad que en estas partes haya una sola persona y una cabeza y no más para
que todos sigan y hagan lo que aquel ordenare y mandare como si yo en persona
lo mandase”.
A
pesar de la tensa relación, Balboa presentó a Pedrarias un informe de gran
valor, con detalles estratégicos sobre los ríos donde se encontraba oro, los
sitios ricos en perlas y la posibilidad de trazar un camino entre los océanos
Atlántico y Pacífico, algo que ya vislumbraba la futura creación de una vía
acuática. Este informe, que fue recogido por Oviedo y Valdez, así como por el
historiador Toribio Medina, incluye una lista de caciques con los que Balboa había
negociado y hecho las paces, entre ellos Careta, Ponca, Comogre y Tubanamá.
Además, destacaba la hazaña de Balboa al haber descubierto el Mar del Sur (el
Pacífico) en 1513 y la Isla de las Perlas, y haber cruzado personalmente el
istmo de mar a mar, siguiendo rutas previamente trazadas y cartografiadas con
precisión. Balboa, en todo, había dicho la verdad, un hecho que reafirmaba su
estatus como uno de los grandes exploradores de la época.
El
odio hacia Vasco Núñez de Balboa fue intensificándose hasta alcanzar su punto
culminante con la sentencia de muerte, ejecutada entre el 14 y el 21 de enero
de 1519, aunque algunos, como Carlos Peraya, habían señalado erróneamente el
año 1517. José María de Altolaguirre, en un comentario sobre la trágica muerte
de Balboa, señaló: “No llevaron al patíbulo a Vasco Núñez por los crímenes de
los que lo acusaba la sentencia. Lo llevó la grandeza de su descubrimiento, que
concitó contra él la envidia y el odio de quienes, con su muerte, veían libre
el camino para saciar su ambición en los descubrimientos en la Mar del Sur”.
Fray
Bartolomé de las Casas también relata este episodio con una fuerte carga
emotiva. Durante el pregón que precedía a su ejecución, se proclamaba: “Esta es
la justicia que manda hacer el rey nuestro señor y Pedrarias su lugarteniente,
por traidor y usurpador de las tierras subyugadas a su real corona". Al
escuchar esto, Balboa, con la mirada alzada, respondió: "Es mentira y
falsedad que se me levanta... nunca por pensamiento me pasó tal cosa, ni pensé que
de mí tal se imaginara. Siempre fue mi deseo servir al rey como fiel vasallo y
aumentarle sus señoríos con todo mi poder". Junto a Balboa, también fueron
ejecutados Fernando de Argüello, Luis Botello, Hernando Muñoz y Andrés de
Valderrábano.
Tras
la muerte de Balboa, Pedrarias quedó libre para continuar sus planes de
expansión y exploración en busca de una ruta entre los dos océanos. Diversos
exploradores participaron en estas expediciones, como Luis Carrillo, Juan de
Ayora, Bartolomé Hurtado, Pedrarias el Mancebo, el bachiller Martín Fernández
de Enciso, Francisco de Vallejo, Gaspar de Morales, y muchos más. Cada uno de
estos episodios de exploración estaba impregnado de eventos trascendentales que
reflejaban la dualidad del carácter español: por un lado, el idealismo
quijotesco y, por otro, el pragmatismo de Sancho Panza. La ambición de hallar
un camino entre los mares o un canal que uniera las aguas del Atlántico y el
Pacífico no solo mostraba el poderío de su imaginación, sino también el
realismo de su empeño, en una mezcla de ingenio y perseverancia.
***
El
Jerónimo de Aguilar histórico: náufrago y traductor.
En
realidad, sabemos poco sobre el verdadero Jerónimo de Aguilar. Las referencias
sobre él giran principalmente en torno a su rol como traductor de Hernán Cortés
durante la conquista de México, su "cautiverio" entre los indígenas
de Yucatán entre 1511 y 1519, y algunas noticias posteriores de menor
relevancia. A partir de estas fuentes, aunque incompletas, se ha podido
reconstruir en gran parte su vida y trayectoria.
Jerónimo
de Aguilar nació en 1489 en Écija, hijo de Alonso Hernández “el Ronco” y Juana García.
No existen registros sobre su infancia o adolescencia, pero un documento de
1520 menciona que once años antes, en 1509, Jerónimo había partido hacia La
Española. En ese momento, Diego Colón había sido nombrado gobernador de las
Indias y nuevas expediciones se organizaban para continuar las conquistas en
Tierra Firme. Jerónimo, con unos 20 años, se alistó con Diego Nicuesa,
adelantado de Veragua.
Como
es bien sabido, tanto la expedición de Nicuesa como la de Alonso de Ojeda,
adelantado de Urabá, fracasaron. Ninguna de las dos logró establecerse
sólidamente en Tierra Firme ni someter con éxito a los indígenas. Durante esas
campañas, los expedicionarios sufrieron hambre y una grave escasez de recursos.
Las tropas, ya sin sus líderes, terminaron desesperadas y reducidas, acampando
en la ribera oriental del río Urabá. En esta precaria situación, enviaron una
carabela a La Española en busca de provisiones, armas y refuerzos.
Jerónimo
fue uno de los que se embarcaron en ese viaje "de rutina", que
normalmente tomaba unos ocho días. Al mando de la misión estaba Valdivia, un
seguidor de Núñez de Balboa, quien ya había completado ese trayecto sin mayores
problemas. Sin embargo, esta vez todo salió mal: la carabela encalló cerca de
Jamaica y se hundió. Los sobrevivientes, entre ellos Jerónimo, lograron subir a
un pequeño bote, que después de trece días a la deriva llegó a la costa
oriental de la península de Yucatán.
En
Yucatán, Jerónimo vivió durante ocho años entre los indígenas, aunque su
situación exacta sigue siendo incierta. Las crónicas indican que fue esclavo o
sirviente de un cacique maya de Ecab, aunque los nombres del cacique varían
según las fuentes, lo que hace cuestionable la veracidad de este dato. Otra
posibilidad es que Jerónimo viviera de forma más cómoda entre los indígenas,
como sucedió con otros náufragos españoles que no representaban una amenaza y
fueron tratados con generosidad. Esta hipótesis se refuerza con la Crónica Chac
Xulub Chén, que menciona a Jerónimo como yerno de un cacique, lo que sugiere
que pudo haberse casado en Yucatán e incluso haber tenido hijos. Si esto fuera
cierto, Jerónimo, junto con Gonzalo Guerrero, sería uno de los primeros padres
de mestizos en México.
Lo que
sí es claro es que, tan pronto como pudo, Jerónimo abandonó Yucatán y se unió a
las filas de Hernán Cortés. Esto indica que nunca se adaptó completamente a la
vida entre los indígenas, ya que decidió no quedarse cuando tuvo la oportunidad
de hacerlo.
Cortés
llegó a Yucatán, entre otras razones, en busca de los náufragos cristianos que
vivían "cautivos" entre los indígenas. Diego Velázquez, gobernador de
Cuba, había sabido de su existencia tras interrogar a un indígena yucateco
capturado dos años antes por Francisco Hernández de Córdoba. Velázquez había
ordenado a Cortés que los rescatara. Para Cortés, además de cumplir con esa
orden, los náufragos representaban una valiosa oportunidad, ya que sabía que
necesitaría traductores y prefería confiar en los cristianos sobre los
intérpretes nativos.
Cortés
envió una carta con unos indígenas para convocar a los náufragos, pero no
recibió respuesta a tiempo. Mientras reparaba una nave dañada en Cozumel,
Jerónimo llegó en una canoa. Tras ser interceptado por Andrés de Tapia, fue
llevado ante Cortés, donde relató su historia: la salida del Darién, el
naufragio, y su tiempo como sirviente de un cacique maya.
Cortés,
satisfecho con esta información, partió inmediatamente hacia la Nueva España,
dejando atrás a otro náufrago, Gonzalo Guerrero. Aunque sabía de su existencia,
decidió no detenerse en buscarlo, ya que tenía prisa por llegar a la Nueva
España antes de que algún otro conquistador le ganara la ventaja. Así, Guerrero
fue abandonado, sin saber que en el futuro se convertiría en una figura clave
en la resistencia indígena frente a los conquistadores.
Antes
de partir de Cozumel, Jerónimo asumió su nuevo rol en la expedición a la que se
había unido. Según los relatos, cuando Cortés se despidió de los isleños,
Jerónimo tradujo sus advertencias para que abandonaran sus ídolos y veneraran
la cruz y la imagen de la Virgen María que les habían entregado. Sin embargo,
el papel de traductor de Jerónimo pronto se volvió irrelevante, ya que después
de Tabasco los indígenas no hablaban maya, sino náhuatl. No obstante, la
aparición de Malintzin (Marina o Malinche), una de las mujeres indígenas
entregadas a Cortés tras la victoria sobre los tabasqueños, restauró su
función. Como es sabido, entre ambos realizaron un trabajo conjunto de traducción
que fue de gran utilidad para Cortés en la conquista de México. Cortés
formulaba sus preguntas en castellano, Jerónimo las traducía al maya, y
Malintzin, a su vez, al náhuatl. Las respuestas seguían el proceso inverso.
No
está claro cuándo este equipo dejó de ser útil para Cortés. Algunos indicios
sugieren que Malintzin aprendió rápidamente español, lo que permitió a Cortés
prescindir de Jerónimo. Sin embargo, también existen otras versiones que
sugieren que Jerónimo pudo haber aprendido náhuatl y continuó sirviendo como
traductor entre los españoles y los mexicas, aunque no necesariamente al
servicio de Cortés. De cualquier forma, tras la conquista de México, Cortés lo
nombró regidor de Segura de la Frontera, probablemente en recompensa por sus
servicios durante la guerra.
A
pesar de este nombramiento, la relación entre Jerónimo y Cortés no era buena.
Existen varios documentos que, aunque breves, sugieren que tuvieron serios
conflictos. Por ejemplo, durante el juicio de residencia de Cortés, Jerónimo lo
demandó por "tres vacas y sus multiplitos" y más tarde por
"ciertos servicios que le fizo en Honduras, e de dos mil pesos, por
ochocientos puercos".
La
confrontación escaló cuando, en mayo de 1529, Jerónimo testificó en contra de
Cortés, revelando sus astucias para deshacerse de otros conquistadores. Declaró
que Cortés había solicitado a Moctezuma que entregara muerto a un tal Pinedo,
quien había desertado con Narváez. También acusó a Gonzalo de Sandoval de
recibir órdenes de apresar o matar a Narváez, ofreció 500 pesos al primer
hombre que capturara a Narváez, y ordenó la detención y expulsión de Cristóbal
de Tapia, además de forzar a sus subordinados, bajo pena de muerte o cien
azotes, a marchar contra Francisco de Garay.
Jerónimo
también acusó a Cortés de mantener una doble moral: públicamente se mostraba
temeroso de Dios y buen cristiano, pero en privado "se había echado
carnalmente con Marina, con su sobrina Catalina, con muchas hijas de señores
indígenas, con dos hijas de Moctezuma, con una tal Catalina de Castilla y con
la hija de esta última". Además, afirmó haber oído rumores de que había
matado a su esposa y que no había construido una iglesia.
Uno de
los motivos más relevantes detrás de estas acusaciones fue que Jerónimo había
sido nombrado regidor perpetuo por las autoridades coloniales, pero Cortés, que
no deseaba este tipo de regidores, ocultó el nombramiento. Posteriormente, los
procuradores de Cortés argumentaron, aunque sin gran solidez, que esta
acusación era falsa, calificando a Jerónimo de "gente baja",
"enemigo de Cortés" o al menos muy cercano a sus enemigos.
En
1534, el juicio se reabrió y Jerónimo fue citado como testigo, pero no
compareció, pues ya había fallecido tres años antes, en 1531, a causa del "mal
de bubas", o sífilis, como se conocía entonces.
De su
vida personal se sabe poco. Quizás debido a sus desavenencias con Cortés,
parece haber tenido una vida modesta. No hay evidencia de que se enriqueciera,
y sólo se registran dos documentos en los que delega poderes para cobrar deudas
a terceros. En Tlaxcala, se unió como concubino a Elvira Toznenitzin, hija del
cacique de Topoyanco, con quien tuvo dos hijos. Una de ellas, posiblemente
Luisa, solicitó en 1584 al gobierno de la ciudad de México una pensión en
compensación por los servicios de su padre como conquistador y primer traductor
de México, ya que vivía en condiciones precarias.
Es
difícil determinar el momento exacto en que Jerónimo Aguilar se convirtió en
una figura mítica, pero se pueden plantear dos posibles inicios: su propio
relato ante Cortés y sus hombres tras ser rescatado, o bien una serie de
confusiones y exageraciones introducidas por los cronistas de Indias al narrar
su estancia en Yucatán.
En el
primer caso, cuando fue rescatado en Cozumel, Aguilar había adoptado una
apariencia tan similar a la de los indígenas que los españoles no lo
reconocieron. Se cuenta que Cortés tuvo que preguntar a Tapia por "el
español", y fue entonces cuando Jerónimo respondió: "Yo soy". Es
posible que Aguilar temiera ser acusado de apostasía—de haberse
"indianizado" o incluso vuelto idólatra—lo que podría haberle
acarreado severos castigos. Así, pudo haber exagerado o inventado ciertos
detalles que justificaran su apariencia y le protegieran de tales acusaciones.
Por ejemplo, se presentó como un devoto cristiano que rezaba continuamente, que
poseía "órdenes de evangelio", que nunca se había casado con una
indígena y que había sido simplemente sirviente de un cacique.
Este
relato fue aceptado por Cortés, a quien no le interesaba juzgarlo, sino
aprovechar sus conocimientos sobre las sociedades indígenas de la región. Con
Aguilar, Cortés seguramente reafirmó su creencia de que las grandes riquezas no
se encontraban en Yucatán, sino en el interior de México. Así, partieron hacia
la Nueva España, la cual conquistarían dos años después, en 1521.
Con el
tiempo, la necesidad de recordar estos eventos como una historia en sí misma se
hizo evidente, como lo señala el compilador de las *Cartas de Relación* de
Cortés. Estos relatos servían para resaltar los méritos de los conquistadores
ante la Corona (como lo hace Bernal Díaz del Castillo), para glorificar los
hechos de la España del siglo XVI o para mostrar cómo los acontecimientos
llevaron de forma "natural" a la expansión del imperio ultramarino.
En otras palabras, y este sería el segundo caso, había varios motivos para
reconstruir lo sucedido y narrarlo como una historia coherente.
Sin
embargo, Jerónimo no dejó escritos, por lo que los encargados de relatar su
rescate y hazañas fueron sus compañeros de campaña. De ellos, solo Cortés dejó
un testimonio más detallado, mientras que otros, como Tapia, apenas mencionaron
el episodio; Fray Francisco de Aguilar lo narró de manera incompleta y Bernal
Díaz del Castillo lo hizo muchos años después. El primero en escribir sobre
ello fue Pedro Mártir de Anglería, en 1521, basándose en la primera *Carta de
Relación* de Cortés y algunas entrevistas con conquistadores. Años más tarde,
en 1552, López de Gómara retomó en parte a Mártir, ampliando y dramatizando el
relato. En 1565, Cervantes de Salazar continuó con la historia basándose en
Gómara, y su versión fue copiada casi literalmente por Antonio de Herrera,
quien la publicó en 1601. La obra de Herrera, a su vez, sirvió de fuente para
Torquemada y López Cogolludo, cuyas versiones fueron publicadas en 1615 y 1688,
respectivamente.
Así, a
lo largo de los siglos, el episodio de Jerónimo Aguilar fue contado y
recontado, cada vez con nuevos detalles y matices, hasta consolidar su imagen
como un héroe mítico en la historia de la conquista de México.
El
proceso que transformó a Jerónimo de Aguilar de un náufrago y traductor en un
héroe mítico se dio principalmente a través de la repetición y exageración de
relatos históricos que se alejaron de los hechos originales. Aunque el punto de
partida de esta mitificación no es claro, hay dos posibles escenarios: uno en
el que el propio Jerónimo, temeroso de ser acusado de apostasía, embelleció su
relato tras su rescate por Cortés; y otro en el que los cronistas e
historiadores de Indias, al recontar su historia, comenzaron a aderezar los
detalles, convirtiéndolo en una figura heroica.
Cuando
fue rescatado en Cozumel, Jerónimo fue descrito como casi irreconocible, al
punto de que los españoles no lo identificaron como uno de los suyos. Ante el
temor de ser considerado un traidor a la fe cristiana por su apariencia y
estancia prolongada entre los indígenas, Aguilar pudo haber exagerado su
devoción cristiana, presentándose como un hombre piadoso, célibe y fiel a sus
creencias. Su relato fue aceptado por Hernán Cortés, quien no estaba interesado
en juzgarlo, sino en aprovechar su conocimiento sobre la región.
Sin
embargo, al no haber escrito nada por sí mismo, los cronistas posteriores
construyeron su imagen a partir de testimonios indirectos y fuentes
secundarias. Pedro Mártir de Anglería fue el primero en publicar sobre Aguilar
en 1521, basándose en la carta-relación de Cortés. Luego, historiadores como
López de Gómara, Cervantes de Salazar y Antonio de Herrera contribuyeron a
transformar la figura de Aguilar, añadiendo elementos que lo idealizaban cada
vez más. Cervantes de Salazar, en particular, presentó a Aguilar como un
apóstol del cristianismo y un hábil guerrero, incluso añadiendo una escena en la
que resistía la tentación sexual de una joven india, en una historia que
recordaba a la de José en la Biblia.
Este
proceso de mitificación continuó a lo largo de los siglos, con la obra de López
Cogolludo influyendo en historiadores del siglo XIX, quienes, a su vez,
siguieron alimentando esta versión heroica de Aguilar. Durante el siglo XIX,
cuando la Guerra de Castas asolaba Yucatán, la figura de Jerónimo de Aguilar
fue instrumentalizada para reforzar la narrativa de la superioridad moral de
los blancos cristianos sobre los indígenas "bárbaros", convirtiéndose
en un héroe cultural para la sociedad yucateca racista y antiindigenista.
Lo
irónico es que, mientras se construía esta imagen idealizada, surgían
contradicciones que desafiaban su veracidad. Por ejemplo, Bernal Díaz del
Castillo ya había relatado en 1632 que Aguilar, el "campeón del
celibato", había muerto de sífilis. Además, la Historia de Indias de
Bartolomé de las Casas anotaba que las hamacas, protagonistas de la anécdota de
su continencia sexual, no existían en Yucatán en la época en que Aguilar vivió
allí. Esto obligó a historiadores como Molina Solís a modificar estos detalles,
reemplazando la hamaca por una cama de arena para ajustar el relato a la
realidad.
Así,
la historia de Jerónimo de Aguilar, a través de siglos de reinterpretaciones y
añadidos, refleja no solo la construcción de un héroe mítico, sino también las
tensiones ideológicas y raciales de la época en que fue escrita y reescrita.
***
Gonzalo
Guerrero
Gonzalo
Guerrero se presenta como un personaje literario que encarna las múltiples
perspectivas sobre el mestizaje que emergieron tras la conquista de México. A
medida que se desarrolla su historia, el sincretismo cultural que experimenta
redefine no solo su identidad, sino también el propio concepto de lo que
significa ser parte de dos mundos en conflicto.
La
narrativa en torno a Guerrero permite una inversión significativa en la
relación de poder tradicionalmente establecida entre los conquistadores
españoles y las culturas indígenas. En lugar de ser el conquistador que impone
su dominio, Guerrero se convierte en el conquistado, un español que se adapta y
se integra en la cultura maya. Este cambio de perspectiva es fundamental, ya
que desafía los estereotipos del conquistador brutal y muestra a Guerrero como
un individuo que reflexiona sobre su nueva realidad, abriendo un espacio
crítico en la literatura sobre la conquista.
Además,
la representación de la cultura maya va más allá de ser una mera antítesis a la
civilización europea. Se nos presenta como un tejido complejo de individuos que
interactúan en diversas circunstancias, dotando a los mayas de una profundidad
y humanidad que a menudo se pasa por alto en las narrativas históricas.
Guerrero y los mayas no son solo personajes de una historia estática; son
agentes activos en un proceso de adaptación mutua que enriquece sus respectivas
culturas.
Por lo
tanto, la obra que explora la figura de Gonzalo Guerrero nos invita a
reconsiderar las narrativas del mestizaje y a reconocer la riqueza de los
intercambios culturales. Al hacerlo, se abren caminos para construir
perspectivas críticas y autocríticas desde dentro de ambas culturas, mostrando
que la convivencia y el mestizaje son procesos dinámicos y multifacéticos que
desafían las nociones tradicionales de identidad. Esta representación matizada
contribuye a una comprensión más profunda de la historia, que reconoce no solo
las realidades de la conquista, sino también las complejidades de las
interacciones culturales que la acompañaron.
La
novela "8 años entre salvajes" de José Baltazar Pérez se destaca como
una obra pionera que se adentra en la historia de los náufragos, llenando los
vacíos históricos con una imaginación que privilegia la figura del español.
Aunque se centra en la experiencia de un náufrago, la obra también marca el
inicio de un proceso de reivindicación cultural de los mayas, planteando
cuestiones sobre la identidad que serán continuadas en obras como "Nicté-Há
(Lirio de Agua)" de Álvaro Gamboa Ricalde y "Mayapán" de
Argentina Díaz Lozano.
"Nicté-Há"
narra las peripecias de Gonzalo Guerrero entre los mayas de Chetemal,
incorporando datos etnográficos y arqueológicos que enriquecen su narrativa. La
novela se centra en el amor entre Guerrero y una india maya, situándolo en el
vibrante contexto natural del Mayab. Este trasfondo no solo resalta la belleza
del paisaje virgen, sino que también permite una conexión profunda entre los
personajes y su entorno. La descripción del bosque, donde la luz solar apenas
penetra y la fauna y flora se despliegan en un escenario de semiobscuridad,
refleja una naturaleza exuberante y llena de vida.
La
atención al entorno natural en "Nicté-Há" se convierte en un elemento
fundamental que resalta no solo la belleza del Mayab, sino también el sentido
de pertenencia y la conexión emocional de los personajes con su tierra. La
abundancia de agua y frutos en la selva sugiere un mundo en armonía, donde la
naturaleza y la cultura maya se entrelazan de manera intrínseca. Este enfoque
no solo contribuye a la construcción de una identidad compartida entre los
personajes, sino que también desafía las narrativas que relegan a los pueblos
indígenas a un segundo plano en la historia.
Así,
estas obras, aunque desde distintas perspectivas, comienzan a construir un
diálogo sobre la identidad, el mestizaje y la cultura, ofreciendo una visión
más matizada y rica de la historia colonial y sus protagonistas. A través de
personajes como Gonzalo Guerrero y el contexto cultural y natural en el que se
desenvuelven, se plantea una reflexión crítica sobre las interacciones entre
las culturas y los procesos de adaptación que emergen de la conquista.
El
fragmento que mencionas destaca la riqueza y diversidad de la cultura maya a
través de una enumeración detallada de los frutos que admiraban los españoles,
resaltando nombres en lengua maya como ya, uayam, ox, choch, uzpib, on, kumche,
cat, chacuob, xaan, y tuk. Esta inclusión del léxico maya no solo enriquece la
narrativa, sino que también evidencia el esfuerzo del autor por educar al
lector sobre las costumbres y creencias mayas, reflejando una clara intención
didáctica. El subtítulo de la novela, "Novela americana (El primer mestizo
mexicano nació en el Mayab. Divulgación de costumbres mayas anteriores a la
Conquista)," subraya esta misión de reivindicación cultural.
Además,
la obra se sumerge en cautivadoras descripciones de la naturaleza maya, donde
el escritor emplea una adjetivación precisa y rica en significados, creando una
musicalidad que realza la belleza del entorno. La metáfora que compara la arena
húmeda de la playa con "una enorme cinta blanca" entre el "azul
marino" y el "verde esmeralda" de los bosques no solo pinta un
cuadro visual impresionante, sino que también evoca una sensación de armonía
entre los elementos de la naturaleza.
La
descripción de la vida silvestre que palpita en este paisaje es igualmente
vibrante y evocadora. La mención de los "grandes alaridos" de la
chachalaca, los "cantos monótonos" de las palomas torcazas, y las
diversas aves como el "x’cucutcib," que, según la leyenda, llora el
engaño de la ardilla, sugiere un ecosistema dinámico y lleno de narrativas que
entrelazan la cultura maya con su entorno natural. El uso de imágenes auditivas
y visuales intensifica la experiencia del lector, transportándolo a un mundo
donde la naturaleza y la cultura están intrínsecamente conectadas.
La prosa
también sugiere la tensión y el peligro que acechan en este entorno salvaje,
donde los tigres, las dantas y los venados se mueven con cautela, lo que añade
una dimensión de inmediatez y realismo a la descripción. Así, "Nicté-Há"
no solo se erige como un testimonio de la belleza natural del Mayab, sino que
también como un reconocimiento de la complejidad cultural que caracteriza a sus
habitantes, haciendo de Gonzalo Guerrero un puente entre dos mundos en un
contexto de mestizaje y transformación.
El
análisis que presentas sobre las novelas en cuestión pone de relieve un enfoque
diferente hacia el mestizaje y la cultura maya, en contraste con la obra de
José Baltazar Pérez. Aunque estas novelas tienden a centrarse más en lo
antropológico que en lo literario, logran cumplir un papel importante al
documentar costumbres, intercalar citas de cronistas y ofrecer una perspectiva
enriquecedora sobre el mundo maya.
La
incorporación de elementos intertextuales, como las citas de fray Diego de
Landa y los mapas históricos, aporta una dimensión didáctica que conecta la
narrativa con el contexto histórico, lo que enriquece la experiencia del
lector. Este enfoque da voz a las costumbres y tradiciones mayas, resaltando la
complejidad de su cultura. Al incluir láminas que ilustran monumentos y
personajes históricos, como El Caracol y el Templo de Kukulcán, las obras
contribuyen a visualizar un mundo que, de otro modo, podría quedar relegado al
olvido.
El
dinamismo de las descripciones, especialmente en relación con el Juego de
Pelota, refleja no solo un aspecto de la cultura maya, sino también una
conexión emocional que permite al lector comprender la importancia de estas
actividades en la vida cotidiana de los mayas. Este tipo de narración, que
mezcla lo etnográfico con la ficción, crea una experiencia inmersiva que lleva
a reconsiderar la percepción del mestizaje y la identidad.
El
tratamiento del personaje de Gonzalo Guerrero es notable, ya que su integración
en la cultura maya desafía la narrativa tradicional de la conquista. La
hospitalidad que experimenta, el aprendizaje de su lengua y su participación en
las celebraciones son elementos que humanizan al personaje y lo alejan de la
imagen del conquistador brutal. Este enfoque revisionista, que resalta su
posición como un aliado de los mayas, redefine su identidad a través de una
lente de reciprocidad cultural.
La
representación de Nicté-Há también es un aspecto significativo en este
contexto. La descripción detallada de su apariencia y vestimenta no solo
celebra la belleza de la cultura maya, sino que también la coloca en un lugar
central en la narrativa, subrayando la interacción y el vínculo entre las
culturas. Este tipo de retrato etnográfico ayuda a contrarrestar los
estereotipos asociados con los indígenas y ofrece una visión más matizada y
rica de su vida y sus tradiciones.
En
conclusión, estas novelas, a pesar de su prosa más llana y escueta, desempeñan
un papel crucial en la reivindicación de la cultura maya y en la exploración de
las identidades mestizas. Al ofrecer un enfoque antropológico, logran llenar
vacíos históricos y presentar a los personajes como individuos complejos, lo
que enriquece la comprensión del proceso de mestizaje en la narrativa
histórica.
El
relato que presentas sobre la relación entre Gonzalo Guerrero y la princesa
maya destaca la importancia de la figura femenina en la narrativa del
mestizaje. A través de la figura de la princesa, se logra no solo humanizar el
proceso de la conquista, sino también simbolizar una reconciliación entre dos
culturas que, aunque inicialmente enfrentadas, encuentran puntos de conexión a
través del amor.
La
elección de nombres que resalten la nobleza de la princesa, como Aixchel, Nicté-Há
e Ix Chel Can, no es casual. Estos nombres, cargados de significado y
tradición, evocan la riqueza de la cultura maya y permiten que el lector sienta
una conexión más profunda con la protagonista. Esta elección también contrasta
con la falta de un nombre específico en algunas obras, lo que resalta la
invisibilidad de las mujeres indígenas en la historiografía tradicional. Al
elegir nombres que evocan deidades y leyendas, los novelistas reivindican la
figura de la mujer maya, dándole un papel activo en la historia.
La
representación del enlace entre Guerrero y la princesa en Gonzalo Guerrero de
Eugenio Aguirre añade una dimensión cómica y teatral a la narrativa. La figura
del "Ah Atanzah", un casamentero profesional, introduce un elemento
de humor que permite al lector acercarse a la cultura maya desde una
perspectiva más ligera y entretenida. A través de diálogos ingeniosos y
descripciones vívidas, Aguirre construye una escena que, aunque ficticia,
refleja la riqueza de las interacciones culturales.
El
diálogo entre Guerrero y el casamentero revela no solo las costumbres de la
nobleza maya, sino también el proceso de integración de Guerrero en esta nueva
sociedad. La burla y la risa del casamentero resaltan la diferencia entre el
español y los mayas, creando un espacio donde el español puede ser visto como
un forastero en un mundo que no comprende del todo. Sin embargo, este diálogo
también implica un proceso de aprendizaje y adaptación que desafía la visión
tradicional de la conquista.
El
pasaje menciona los requerimientos que el padre de la princesa establece para
el matrimonio: la entrega de arras y un periodo de trabajo. Esto subraya no
solo la importancia de las tradiciones matrimoniales en la cultura maya, sino
también la consideración de Guerrero como un igual en este nuevo entorno. Al
aceptar estas condiciones, Guerrero no solo se convierte en el prometido de la
princesa, sino que también empieza a forjar su propia identidad en este
contexto multicultural.
La
imagen de Guerrero, cuya identidad se transforma a través del amor, se
contrapone a las narrativas históricas que a menudo presentan a los
conquistadores como figuras unidimensionales. La novela, al explorar el amor
entre Guerrero y la princesa, permite vislumbrar una historia de mestizaje que
no es solo de conquista y dominación, sino también de alianza y creación de
nuevas identidades.
En
definitiva, el tratamiento del amor entre Gonzalo Guerrero y la princesa maya
en estas novelas ofrece una visión más matizada y rica de la historia, uniendo
aspectos antropológicos con una narrativa literaria que invita a la reflexión
sobre la complejidad de las relaciones interculturales en el contexto de la
conquista. Esta relación amorosa despoja al mestizaje de connotaciones
peyorativas, al humanizar a sus protagonistas y mostrar la posibilidad de
entendimiento y coexistencia entre culturas diferentes.
La
cuestión de la dote es un tema recurrente, que también aparece en Mayapán,
aunque con una descripción más modesta. Carlos Villa Roiz, por su parte, cambia
la perspectiva al utilizar una rica intertextualidad que incluye los códices
Borgia, Laud y Vaticano, así como la crónica de Landa, para definir el concepto
de dote desde el punto de vista europeo, encarnado en Gonzalo Guerrero:
"Lo
cierto es que dos situaciones me inquietaban: enemigos y rivales aprovechaban
mi ausencia para cortejar a la hija de Nachán Can. Además, carecía de bienes
para corresponder con las arras que solía ofrecerse en una boda, como era
costumbre en España. Según mis costumbres, las arras debían equivaler al diez
por ciento de lo que aportaba el padre de la novia como un anticipo de la
herencia. Entre los mayas, es común que las parejas se formen a los 12 y 13
años; las arras y la dote, en este contexto, eran muy poco, y el padre del
novio las daba al consuegro y a la suegra, además de proporcionar vestidos a la
nuera y al hijo".
Curiosamente,
Otilia Meza presenta una visión diferente y menos heroica de esta práctica
tradicional en su obra *Un amor inmortal*. En esta narrativa, Guerrero se
muestra acobardado ante la inminencia de su sacrificio en el altar de los
dioses; despojado de toda gloria, implora piedad con su mirada, y la princesa,
airada, le dice a su padre: "Dádmelo, me quiero casar con él". Según
Meza, el español "solo había aceptado casarse con ella para salvar su
vida". Esta interpretación desafía la idea de un sincretismo cultural
voluntario y respetuoso hacia el "otro". Con este retrato, la autora
sugiere que la unión de Guerrero con la princesa es una cuestión de simple
supervivencia en su complicado viaje, alineándose con la crítica de Rosa
Pellicer, quien compara estas circunstancias con las vivencias que Álvar Núñez
Cabeza de Vaca relata sobre Aguilar y Lope de Oviedo.
La
imaginación de los escritores es fecunda a la hora de describir los
ceremoniales extensos, suntuosos y diversos del matrimonio entre la princesa
maya y Gonzalo Guerrero. Un contraste notable sobre la exuberancia del casamiento
se encuentra en Mayapán, donde la autora hondureña Argentina Díaz Lozano opta
por una prosa más económica que realza la sencillez de la ceremonia. A lo largo
de estos detallados relatos, la tradición del tatuaje destaca por su simbolismo
en la sociedad maya. Para Gonzalo Guerrero, según la creativa visión de Villa
Roiz, el tatuaje representó mucho más que un simple ritual nupcial: marcó el
clímax de su proceso de mayanización, junto con los adornos que incrustaron su
cuerpo. Los tatuajes y perforaciones eran procesos irreversibles que le
conferían un nuevo rango social. Era un bautizo de sangre, una iniciación
estética esotérica que lo obligaba a renunciar a su cultura. Guerrero sabía lo
que hacía; era una prueba de amor, y su decisión era irreversible.
Queda
claro que, en las novelas, el conquistado es Gonzalo Guerrero, quien debe
soportar, sin intervenir, el aplanamiento de la cabeza de su hija Ix Mo, para
que la niña adquiera la belleza que sus parientes, especialmente sus abuelos,
preferían: lisa y apiloncillada, como la de sus ancestros. Sin embargo, la
novela de González-Blanco Garrido contradice la idea de una mayanización pasiva
de Guerrero. En un fragmento revelador, se esboza un proceso de mestizaje
mutuo, cuyos resultados se analizan a través de los hijos de la pareja, que
simbolizan la primera generación de mestizos:
—Gonzalo,
¿puedo mandarle a alargar (deformar) la cabecita al niño mediante la colocación
de dos tablitas muy bien amarradas, como acostumbramos especialmente entre los
nobles mayas?
Al
principio no supe qué contestar, pero después, más repuesto y con ternura, le
respondí:
—Mira,
no creo que sea necesario, porque Juan no es un "maya puro", sino un
mestizo; su lugar entre la gente, y especialmente en la "nobleza", lo
tendrá que ganar con trabajo, como yo lo he hecho. Cuando él sea grande, podrá
hacer lo que desee, incluso tatuarse. Sin embargo, si algún día quiere irse al
lugar de donde yo vengo, todo eso, y en especial la deformación de su cabecita,
le haría la vida imposible, y no tenemos derecho como padres a
"marcar" a nuestros hijos.
El
diálogo intercultural que se manifiesta en el pasaje anterior se descompensa en
el contraste de perspectivas presentado por *Mayapán* de Argentina Díaz Lozano
y *Un amor inmortal: Gonzalo Guerrero* de Otilia Meza. Ambas novelas retratan
de manera idealizada la vida conyugal de Guerrero: un esposo devoto, un padre
prolífico y un hombre de carácter apacible, influenciado por la naturaleza y la
ternura de su esposa.
El
apoyo militar que Gonzalo Guerrero brindó a los indígenas le granjeó la
simpatía de estos, pero también el resentimiento de sus compatriotas, de los
cronistas y de relatos novelados como *El futuro fue ayer* de Torcuato Luca de
Tena. No obstante, su figura se reivindica en *Gonzalo Guerrero: memoria
olvidada* de Carlos Villa Roiz. La confesión de la hija de Guerrero, ya adulta,
sobre la visión holística y religiosa de su padre, así como el sincretismo que
lo define, actualiza el fragmento de la novela de González-Blanco Garrido. Las
reflexiones de la joven parecen fruto de una educación donde prevalece una
visión equilibrada de la identidad cultural de sus padres:
"Mi
padre no había perdido la fe en Dios, en su Dios, aunque estaba confundido por
la influencia cotidiana de nuevas creencias que a menudo eran contrarias a las
suyas. Dios seguía presente en su corazón, y toda la naturaleza le hablaba de
su existencia… Mi padre tuvo una visión más universal de Dios, pues su
experiencia con los mayas le hizo comprender que el ser humano se distingue de
los animales por su conciencia, gracias a la cual puede relacionarse con el
creador a través de rituales que simplemente reproducen las acciones
divinas."
Para
novelistas como Otilia Meza, Guerrero gozaba de la admiración de los mayas, ya
que respetaba sus dioses y contemplaba en silencio las ceremonias.
Hasta
este punto, se identifican dos tendencias en relación con el mestizaje de
Gonzalo Guerrero. La primera es la del "conquistador conquistado" por
la fascinante cultura maya, caracterizada por un enfoque romántico y
arquetípico. La segunda, más matizada, es la del "diálogo
intercultural", que permite yuxtaponer posiciones, relajar estereotipos y
humanizar tanto al español como a los mayas. La insistente incorporación de
aspectos culturales en la trama de las novelas responde a la necesidad de
presentar a los personajes como sujetos históricos cuyas vidas cotidianas, en
el contexto de la conquista, pueden narrarse con verosimilitud. Además de su
propósito didáctico, esta es otra razón por la que las costumbres de la cultura
maya adquieren tanta relevancia en estas obras.
Un
tema controvertido, aunque poco abordado, es el tratamiento del sacrificio
humano en las novelas sobre los mayas. En ocasiones, se recurre a un crudo
realismo que busca provocar en el lector una profunda repulsión:
"Tomáronla
de las extremidades los chaces, ancianos patrones de los oráculos, y la
colocaron sobre la curva superior de la piedra. Abrióse la túnica, que luego cayó
como un pétalo desmayado, dejando asomar sus pequeños senos y el costillar
aspirante. Ah Balam levantó el brazo y un fulgor se escapó de su mano. Un
extraño ayo negro cegó a los espectadores cuando el cuchillo de obsidiana
descendió veloz y atravesó el frágil cuerpecillo, que se estremeció con el
golpe. Su garra penetró en la intimidad de aquella hostia de bronce y hurgó con
impaciencia en busca del bocado siniestro. Pronto lo tuvo en el puño y lo
arrancó de su morada, para mostrarlo palpitante a las fauces de los
dioses."
Este
pasaje, al igual que otros, revela la complejidad de las relaciones
interculturales y los diversos enfoques que los escritores han adoptado para
abordar temas delicados como el sacrificio humano, reflejando así las tensiones
y conexiones entre las culturas.
En
algunos pasajes, la descripción de los rituales se torna inverosímil, llegando
al extremo de presentar a Gonzalo Guerrero sobre la piedra de sacrificio. En
este contexto, se enfatiza la valentía y el razonamiento exacerbado del soldado
español:
"Gonzalo
Guerrero llega a la piedra de los sacrificios con serenidad y hombría. Nada en
él revela cobardía ante la muerte; al contrario, diríase que olvida la
presencia de tantos millares de seres humanos para concentrar en Itzá una
mirada de despedida, la belleza maya que empezaba a adentrarse en su corazón.
Luego, el marino eleva sus ojos al cielo y formula brevemente una sencilla
oración, lo cual respetan los sacerdotes indios. Sigue a la oración mental un
pensamiento para la mujer que el condenado ha amado más en su vida. […] Cuando
Kukum, alto sacerdote de Sintla, da la señal para que el sacerdote ejecutor
abra el pecho de Gonzalo Guerrero, un ruido lejano, como procedente de otro
mundo, se escucha. Es el teponaxtle o tambor de guerra de los mayas, que suena
como dando aviso de algo extraordinario que ocurre en la nación."
Un
tercer aspecto relacionado con el sacrificio humano, que también favorece la
representación de los mayas, es la discusión filosófica que tienen personajes como
Jerónimo de Aguilar y un chilán. Este último recrimina al teólogo español la
hipocresía de la religión católica, recordándole los excesos y las
persecuciones de la Inquisición, prácticas que considera más abominables que
los sacrificios mayas. Este tipo de argumentación permite a González-Blanco
Garrido respaldar sus puntos de vista con notas al pie que registran documentos
históricos y crónicas de la época.
A
pesar de la intertextualidad con la historia y la recuperación de elementos
culturales esenciales para lograr verosimilitud, las novelas adaptan estos
aspectos según sus enfoques particulares. Por esta razón, descripciones de
rituales como el juego de pelota no siempre coinciden entre sí, así como las
reacciones de Guerrero ante situaciones similares. En la búsqueda de
verosimilitud, Carlos Villa Roiz incluye en su obra imágenes de monumentos
históricos, fotografías de zonas arqueológicas, documentos del Archivo de
Indias y dibujos que reflejan la crueldad de los españoles, además de mapas y
referencias bibliográficas.
Esta
misma novela se interroga y refuta la historia con un tono crítico y
desafiante. Gonzalo Guerrero, en este contexto, adquiere proporciones
hiperbólicas que buscan redimirlo y acentuar su heroicidad. Esta perspectiva se
alinea con la de Mario Honduras, un personaje de *Puerta de Indias*, quien
retrata a Guerrero como un mexicano que defendió su grandeza: "Gonzalo
Guerrero es para nosotros un símbolo de sublevación. El espíritu de la rebelión
y el sueño de volver a ser grandes siempre ha habitado en nosotros."
En Gonzalo
Guerrero: el primer aliado de los mayas, Salomón González-Blanco Garrido
engrandece al personaje al atribuirle tolerancia y objetividad en su evaluación
de los rituales mayas. Lo despoja de prejuicios y, a través de la primera
persona protagonista, profundiza en su vena filosófica y su mirada de cronista
ante cada experiencia nueva. Así, Gonzalo Guerrero se convierte en el primer
analista cultural de la Conquista y del mestizaje, ofreciendo una perspectiva
enriquecedora sobre la complejidad de las interacciones culturales en ese
periodo histórico.
La
novela en cuestión pone en tela de juicio obras anteriores al enumerar las
imprecisiones históricas y geográficas que forman la base de la civilización
maya. El autor recurre a fuentes fidedignas que desmenuza para corroborar
costumbres, prácticas religiosas, flora y fauna, agricultura, farmacopea, entre
otros aspectos. Destaca por ser la única novela que incluye notas al pie,
anexos y una extensa bibliografía para sustentar su perspectiva. Sin embargo,
ciertas afirmaciones deben ser tomadas con cautela. Por ejemplo, al describir
una boda, Gonzalo Guerrero sostiene que “la música juega un papel de muy poca
importancia en la vida diaria de los mayas, a quienes no podemos llamar, como
un pueblo musical.” Esta afirmación es refutada por las investigaciones del
guatemalteco Carlos Samayoa Chinchilla, que se basan en una amplia
documentación de los cronistas españoles.
Por
otro lado, *Nen, la inútil* de Ignacio Solares se presenta como una moderna
expresión literaria que representa el choque entre la cultura azteca y la
española, convirtiéndose en un símbolo del mestizaje a través de sus jóvenes
protagonistas: Nen, una vidente azteca, y Felipe, un soldado que busca nuevas aventuras
más allá del mar. La violencia inherente a la conquista se equilibra en la
novela con la distancia crítica que ambos personajes adoptan hacia su propia
cultura. Nen y Felipe denuncian los aspectos crueles de su entorno y
experimentan una cierta extrañeza que los lleva a emprender, de maneras
distintas, un camino espiritual que culmina en el encuentro forzado y esperado
del mestizaje entre ellos.
La
novela concluye con una potente reflexión:
“—¿quién
nos lo iba a decir, Juan: era así, como el revés del pecado… Eso, el revés de
todo, Juan, así es. Sus caricias cada vez más decididas, ya sonriendo
abiertamente. Su mano entrándome en el pelo, tironeándome sin piedad,
llamándome a lo alto, a acabar de despertar, esclavo de rodillas sobre la
arena, sujeto por el pelo, obligado al primer beso profundo…”
Este
fragmento destaca la intensidad del encuentro entre los protagonistas,
simbolizando la unión de dos mundos. En este contexto, Felipe, en un estado
febril causado por los ataques de los mosquitos del Nuevo Mundo, alucina con la
escena trágica de antropofagia vivida por Jerónimo de Aguilar. Mediante el
recurso a lo onírico, el novelista sintetiza en la mente del enfermo las
crueldades de Hernán Cortés junto con la historia del naufragio y las
peripecias de Aguilar y Guerrero entre los mayas.
El
diálogo entre Guerrero y Aguilar se detiene en un momento crucial, donde
Guerrero decide quedarse con su familia maya, insistiendo en la idea del
mestizaje y preanunciando el final del texto. Se repite un leitmotiv que abre
la novela con la voz de Felipe, cuyo significado se despliega a lo largo de la
narrativa:
“Sorprendente
el primer hombre español que soñó amorosamente con una india mexicana… pero es cierto,
no menos sorprendente que la primera india mexicana que soñó amorosamente con
un hombre español.”
Este
cierre invita a reflexionar sobre la complejidad de las relaciones
interculturales y la profunda conexión que se establece entre los personajes a
pesar de las adversidades de su tiempo.
Así
las cosas, tan pronto como los mercaderes llegaron al bohío donde se encontraba
Aguilar, le hicieron entrega de la carta de Cortés, y su dueño —el cacique de
la región— se dispuso a permutarlo por el rescate. Aguilar recorrió rápidamente
las cinco leguas que lo separaban de su antiguo compañero, a quien no veía
desde hacía varios años. Con entusiasmo, le comunicó la buena nueva, pero
Guerrero respondió tajante:
—Hermano
Aguilar, como verás, estoy felizmente casado y tengo estos tres boniticos
hijitos, que son toda mi felicidad. Mi mujer es nativa de aquí y es la mejor
mujer que pude haber soñado. Hermosa y sensual. ¿A dónde la voy a llevar? En
este sitio paradisíaco me respetan y me tienen por cacique y por capitán cuando
hay guerra con los poblados cercanos. ¿Qué más puedo pedir? Así que idos con
Dios, que yo ya soy más de aquí que de allá. Compruébalo: tengo hasta labrada
la cara y horadadas las orejas. ¿Qué dirían de mí nuestros hermanos españoles
al aparecérmeles de tal manera?
Aguilar
insistió, pero no logró convencerlo, salvo que la mujer de Guerrero lo pusiera
de vuelta y media.
—¿A
qué queréis llamar a mi marido, que ya tiene hijos y mujer? ¿A qué crearle
tentaciones? ¡Idos y no le hagáis más pláticas inútiles!
Juan,
observando la situación, reflexionó:
—Sorprendentemente,
el primer hombre español que soñó amorosamente con una india mexicana, el
primer hombre español que se supo ligado para siempre, por toda la eternidad, a
una india mexicana. Pero es cierto, no menos sorprendente que la primera india
mexicana que soñó amorosamente con un hombre español, que se supo ligada para
siempre, por toda la eternidad, a un hombre español. Hay que imaginar el horror
que podría nacer de esos sueños amorosos…
Felipe,
aún convaleciente y con sombras violáceas envolviéndole los ojos, replicó:
—Todo
en esta tierra lejana es locura, y en la nuestra, del otro lado del mundo,
también lo es, decías, ¿no?
El
debate sobre el mestizaje continúa vivo. La figura de Gonzalo Guerrero sigue
provocándolo, y la narrativa lo representa como un fenómeno ineludible o con el
orgullo de lo que este mestizaje simboliza. Es esencial seguir el debate
cultural que las novelas plantean, enlazándolo con las perspectivas de los
recientes estudios sociales, antropológicos y arqueológicos. Esta reflexión no
solo invita a explorar las complejidades de las identidades en juego, sino
también a considerar las implicaciones del mestizaje en la construcción de la
identidad cultural en el contexto latinoamericano.
Fin
Compilado
y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez
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