El Legado de la Conquista: Exploraciones, Encuentros y Conflictos en el Nuevo Mundo

Las fuentes históricas nos confirman que los castellanos ya habían llegado a las costas caribeñas cercanas en 1502, durante el cuarto viaje de Cristóbal Colón, y posteriormente en 1508, en la expedición de exploración liderada por Juan Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón. Desde 1511, ya se registra una presencia permanente de castellanos en tierras de Yucatán, aunque de manera fortuita, como en los casos de Gerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero.

Colón, como es sabido, sostenía que había alcanzado tierras asiáticas, el objetivo principal de su empresa comercial. Para justificar esta afirmación ante los Reyes Católicos, utilizaba los argumentos más variados. Llegó incluso a formular una nueva concepción geodésica del mundo, conocida como la teoría "pezonoidal", con la cual intentó demostrar su hipótesis ante la falta de pruebas concluyentes, como se menciona en el Itinerario de Cristóbal Colón (Varela y Guerrero, 2003). Sin embargo, en 1499, tras su tercer viaje, los Reyes, al percatarse de las inconsistencias de sus teorías, decidieron poner fin a los privilegios exclusivos concedidos a Colón mediante las Capitulaciones de Santa Fe, abriendo el camino a nuevas expediciones, decisión que ya había sido contemplada en 1494 (León, 2006: 177-180).

Con la clara evidencia de que las tierras descubiertas por Colón no eran las ansiadas tierras asiáticas, las nuevas tierras quedaron a disposición de aquellos particulares que, comprometiéndose a financiar las expediciones, obtuvieran capitulaciones con el obispo Juan Rodríguez de Fonseca en representación de la corona. Estas expediciones, bajo la supervisión del obispo Fonseca, se dirigieron hacia el norte y sur de la actual Venezuela, con el objetivo de encontrar el paso hacia Asia que Colón había intentado descubrir en su cuarto viaje en 1502, un plan que formaba parte de la estrategia general diseñada por Fonseca.

Los llamados "Viajes de Descubrimiento y Rescate", como los nombra la historiografía tradicional, pueden enmarcarse dentro del Plan descubridor de Juan Rodríguez de Fonseca (León, 2011: 141-181). Estas expediciones, que se multiplicaron entre 1499 y 1500, incluyen a navegantes como Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa, Américo Vespucio, Juan Guerra, Peralonso Niño, Vicente Yáñez Pinzón y Diego de Lepe. Sus descubrimientos fueron plasmados en el mapamundi de Juan de la Cosa (1500), una de las primeras representaciones cartográficas de las tierras recién exploradas (Varela, 1999: 40-50; 2001; 2011a: 61-140).

Los descubrimientos de estos años revelaron la existencia de una vasta masa continental que impedía el acceso directo por el Atlántico a las especierías de Asia, un continente que resultó ser el cuarto conocido. Siguiendo el plan de Fonseca, se organizaron más expediciones en busca de rutas hacia el oeste, incrementando el ritmo de exploraciones hacia las nuevas tierras. Entre ellas se encuentran las expediciones de Alonso Vélez de Mendoza en 1500-1501, la de Rodrigo de Bastidas y Juan de la Cosa en 1501-1502, y el cuarto viaje de Colón en 1502, realizado bajo licencia real.

El creciente volumen y complejidad de la administración y economía vinculadas a estas expediciones dio lugar a la creación de la Casa de la Contratación en Sevilla en 1503, una institución encargada de centralizar todos los asuntos relacionados con las Indias, tanto económicos como marítimos (León, 2003: 163-186). Los Reyes Católicos utilizaron esta entidad para gestionar de manera más eficiente los temas relacionados con los territorios recién descubiertos.

El 9 de mayo de 1502, Cristóbal Colón partió de Cádiz en su cuarto y último viaje hacia las nuevas tierras, comandando cuatro naves. Este viaje, enmarcado dentro del plan general del obispo Juan Rodríguez de Fonseca (Varela y León, 2003), tenía como principal objetivo llegar a tierras asiáticas y documentarlo, para así mantener sus títulos y privilegios como Virrey, Almirante y Gobernador.

El 15 de junio, la expedición ya había llegado a la isla de Martininó y se dirigió hacia Santo Domingo, a pesar de la prohibición expresa de tomar puerto allí. El 2 de julio, se encontraban frente al río Ozama, con la intención de adquirir una nueva nave, pero el gobernador Nicolás de Ovando no permitió que desembarcaran, a pesar de que Colón advirtió sobre la proximidad de una tormenta. Evitando detenerse en los detalles de este incidente, la expedición continuó su viaje y, tras sobrevivir a la tormenta anclados frente al puerto de Yaquimo, llegaron a la vista de Jamaica el 16 de julio. Navegando hacia el oeste con dificultades debido a la falta de viento y las corrientes, permanecieron en el sur de Cuba hasta el 27 de julio y luego partieron hacia el sur, con la esperanza de alcanzar Catay y Zipango.

El 30 de julio, tras cruzar un estrecho de unas 90 leguas, Colón y sus hombres avistaron tierra firme. Al intentar orientarse, los castellanos se dieron cuenta de que se encontraban en una pequeña isla cercana a la costa, la cual bautizaron como Guanaja. El 11 de agosto, la expedición se encontraba frente a Punta Caxinas, en lo que hoy es Puerto Limón. Durante un mes, recorrieron y cartografiaron la Costa de la Oreja. Hernando Colón anotó que el 12 de septiembre descubrieron el Cabo Gracias a Dios. A pesar de encontrarse en una región con una cultura avanzada, la falta de una lengua común y el deseo de Colón de demostrar que había llegado a Catay y Cipango impidieron que profundizaran en el conocimiento de las civilizaciones locales.

El 25 de septiembre, la expedición alcanzó el río Cariay, donde desembarcaron. Allí, encontraron un templo funerario que contenía una momia. Pasaron ocho días reconociendo los pueblos indígenas de la zona y, el 4 de octubre, partieron hacia Cerambaró, donde vieron por primera vez señales de oro fino. Continuaron costeando, pero el cansancio y la falta de hospitalidad de los indígenas dificultaron el viaje. El 30 de octubre, descubrieron construcciones de cal y canto, y avanzaron hacia Cobrava, Portobelo, Puerto de Bastimentos y Retrete, hasta que Colón decidió retroceder.

El 4 de enero de 1503, continuaron hacia Veragua, llegando al río Belén, donde entraron en contacto con los indígenas e intentaron establecer un asentamiento. Sin embargo, debido a los problemas con los lugareños, el proyecto no prosperó. El 24 de abril de 1503, los españoles abandonaron definitivamente la costa de Veragua, dejando atrás dos naves inservibles, y partieron hacia la isla de La Española en busca de ayuda. Antes de partir, Colón registró a los hombres, incluyendo al joven Antón de Alaminos, quien años más tarde sería un importante piloto en el descubrimiento “oficial” de Yucatán (Varela, 1992; León, 2005: 19-32).

Cristóbal Colón, tras su cuarto viaje, seguía convencido de haber llegado a nuevas regiones de Tierra Firme, aunque no estaba seguro de haber alcanzado el Catay. Para mantener su prestigio, maquilló los informes de su viaje, lo que retrasó la conciencia plena en Europa de haber descubierto un nuevo continente. En su Carta de Jamaica, Colón presentó su viaje como un éxito total, afirmando que había alcanzado el Catay. Sin embargo, tras su regreso, se sintió desamparado al perder su exclusividad en la política de las nuevas tierras, además de que la muerte de su valedora, la reina Isabel, el 26 de noviembre de 1504, lo dejó sin protección. Aunque el rey Fernando intentó continuar con las exploraciones siguiendo el plan de Fonseca, eventos políticos como la llegada de los nuevos monarcas, Juana y Felipe, retrasaron los proyectos de expansión hasta la muerte de Felipe.

En 1508, el rey Fernando convocó una Junta en Burgos para revitalizar los descubrimientos y confirmar que las tierras encontradas no eran asiáticas, sino un nuevo continente. Se trazó un plan para seguir explorando la región del Caribe y buscar un posible paso hacia Asia. El objetivo principal era encontrar una ruta hacia las islas de la Especiería y sus riquezas.

En este contexto, Vicente Yáñez Pinzón participó en varias expediciones. En 1505, fue parte de la Junta de Toro, donde se discutió la búsqueda de un paso hacia las islas de las Especias. Aunque se planeó una expedición, esta no se llevó a cabo. Pinzón fue nombrado Capitán General de Puerto Rico, con la misión de poblar y fortificar la isla, aunque solo logró reconocer la costa y poblarla con ganado. En 1508, fue convocado de nuevo a la Junta de Burgos, en la que se decidió organizar una expedición liderada por Juan Díaz de Solís y el propio Vicente Yáñez Pinzón.

Esta expedición partió de Sevilla en junio de 1508, compuesta por una nao y una carabela, y exploró las costas de Darién, Veragua y Paria, recorriendo territorios que hoy pertenecen a Venezuela, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala. Durante el trayecto, exploraron por primera vez la costa oriental de la Península de Yucatán y se adentraron en el Golfo de México, llegando hasta los 23º30’ de latitud norte. Allí, tuvieron el primer contacto con la civilización azteca, aunque no lograron encontrar el ansiado paso hacia las islas de las Especias. La expedición regresó a España en agosto de 1509.

De las tres determinaciones clave de la Junta de Burgos, nos enfocaremos en la expedición enviada a Centroamérica, al norte de Veragua, con la esperanza de encontrar un paso hacia el oeste. Este viaje fue resultado de los acuerdos políticos tomados en Burgos para reactivar la estancada política descubridora española. Juan Rodríguez de Fonseca estaba al tanto de la teoría de Colón, quien había afirmado que Catay y Zipango estaban ubicados cerca de la costa de Veragua.

La capitulación para esta expedición se firmó el 23 de marzo de 1508. Vicente Yáñez Pinzón aportaba su experiencia y lealtad, mientras que Juan Díaz de Solís debía demostrar su capacidad de liderazgo, tal como se establece en el documento de capitulación. Este acuerdo incluía la tarea de encontrar un paso hacia Oriente a través de Occidente, específicamente por el fondo del futuro seno mexicano, aún por descubrir. El 25 de marzo, Pinzón y Solís partieron de Burgos hacia Sevilla para organizar la expedición. Tres días después, el 28 de marzo, se designó a Pedro de Ledesma como piloto acompañante, quien había navegado con Colón en su cuarto viaje y, por lo tanto, poseía conocimientos sobre las tierras descubiertas en la costa centroamericana. Sin embargo, Colón había confiscado las anotaciones cartográficas de los miembros de la expedición en su regreso a Jamaica.

La armadilla se preparó rápidamente, compuesta por una nao y una carabela, y todo estaba listo para zarpar en mayo de 1508. Sin embargo, la partida del puerto de Sanlúcar de Barrameda se retrasó hasta el 29 de junio, aunque no se puede confirmar esta fecha a partir de la fuente que lo menciona, Navarrete.

Respecto al itinerario de Vicente Yáñez y Juan Díaz en aguas americanas, la información es escasa y contradictoria, en parte debido a errores en las crónicas de Antonio de Herrera, que han sido corregidos en trabajos de investigación anteriores, como los del Dr. Varela.

A pesar de esto, varias crónicas aluden al primer contacto con tierras mexicanas. Hernando Colón, en su Historia del Almirante, menciona que durante el cuarto viaje de su padre (1502-1504), se descubrió el cabo Gracias a Dios. En este contexto, señala que Juan Díaz de Solís, a quien se debe el nombre del Río de la Plata por su trágico final a manos de los indígenas, y Vicente Yáñez, quien había sido capitán en el primer viaje del almirante, se unieron en 1508 para explorar el territorio descubierto por Colón en su viaje a Veragua.

Según Hernando Colón, ambos exploradores siguieron un trayecto similar y llegaron a la costa de Caray, pasando cerca del cabo Gracias a Dios hasta la punta de Caxinas, que ellos llamaron Honduras. También designaron a las islas encontradas como las Guanajas, nombrando a la principal en honor a todas. Sin embargo, intentaron ocultar la presencia anterior del almirante en la región para atribuirse el descubrimiento, a pesar de que Pedro de Ledesma les advirtió que conocía aquellas tierras, ya que había sido parte del descubrimiento junto con Colón.

Don Hernando no desacredita a su padre, sino que señala que Pinzón, Solís y Ledesma recorrieron nuevamente las tierras exploradas por Cristóbal Colón en América Central. Al observar el mapa que trajeron, Hernando consideraba que la costa del Yucatán era una duplicación de las costas de Honduras y Nicaragua.

Fray Bartolomé de las Casas, aunque sin especificar fechas, menciona que el viaje realizado por Yáñez Pinzón y Solís puede reconstruirse a partir de los testimonios presentados por el fiscal en el pleito con el almirante segundo, Diego Colón. Según estos testimonios, navegaron hacia el poniente desde las Guanajas, llegando a un lugar en el Golfo Dulce que no pudieron ver porque estaba oculto, pero sí observaron la entrada de la mar entre las tierras que rodean el Golfo Dulce y el Yucatán, lo que describen como una gran ensenada o bahía.

Al ver esa gran bahía, Vicente Yáñez, en su deposición juramentada durante el mencionado proceso, afirmó que al navegar desde la isla de las Guanajas y seguir la costa, descubrieron una gran bahía a la que denominaron Gran Bahía de la Navidad. Desde allí, también avistaron las sierras de Carya y otras tierras más adelante. Según los testimonios, luego regresaron al norte. Esto sugiere que, sin duda, descubrieron gran parte del reino de Yucatán. Sin embargo, debido a que nadie continuó con el descubrimiento, se desconocieron los edificios y riquezas de esa región, que de haberse explorado adecuadamente, podrían haber revelado las vastedades de los reinos de la Nueva España.

Ambos relatos indican que en 1508, Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís descubrieron las costas del Yucatán. No obstante, no se conocen ni el Diario de este viaje ni los mapas que se produjeron. A pesar de esto, basándonos en el trabajo del Dr. Varela, podemos interpretar las cartas a la luz de los comentarios de los cronistas, sugiriendo que la cartografía podría ayudarnos a reconstruir, al menos de manera somera, el recorrido de la expedición.

El piloto Pedro de Ledesma elaboró una carta náutica del viaje, que Hernando Colón tuvo la oportunidad de ver y que consideraba una copia del cuarto viaje de su padre. Este testimonio es significativo, ya que tanto Hernando como Ledesma habían participado en el último viaje de Colón. En su descripción cartográfica, Ledesma aportó detalles sobre el recorrido realizado alrededor del Yucatán, pero evitó detallar el bojeo de la isla de Cuba. Al juntar la información disponible, consideramos que el itinerario del viaje coincide con lo que Ledesma declaró en el contexto de los pleitos colombinos, donde indicó que habían descubierto, en las tierras de Veragua, una parte de la vía del norte que había sido ganada desde la isla de Guanaja hasta el norte, nombrando a estas tierras como Chavañin y Pintigua, alcanzando hasta veintitrés grados y medio de latitud norte.

La declaración de Pinzón sobre este viaje es similar, aunque menos precisa, ya que no era un piloto cartógrafo tan preparado como Ledesma. Siguiendo las observaciones de Jesús Varela, consideramos más confiables las opiniones de los profesionales y testigos directos, dejando de lado las de los cronistas posteriores, que suelen ser menos precisas.

 

En sus probanzas de 1513 en Santo Domingo, Vicente Yáñez Pinzón también habló sobre el recorrido, afirmando que desde la isla de Guanaja hasta la provincia de Camarona, navegando la costa hacia el oriente, se encuentra otra provincia llamada Chabañin y Pintigua, que él y Juan Solís habían descubierto. Asimismo, describió la gran bahía que llamaron Gran Bahía de la Navidad, y desde allí, se dieron cuenta de las sierras de Carya y otras tierras más adelante, enfatizando que ni Colón ni nadie a su mando había llegado a estas provincias.

Creemos que, al llegar a La Española con los dos navíos, San Benito y Magdalena, enviaron un mensaje al gobernador Ovando. Pocos días después, tras reabastecerse, zarparon rumbo a las islas Guanajas, bajo la dirección del piloto Ledesma, quien había estado con Colón en su cuarto viaje. Continuaron su travesía en dirección a Cuba, luego a las costas de Costa Rica, Nicaragua y Honduras. Al norte, descubrieron el Golfo Dulce, el Cabo de las Hibueras y la costa oriental de Yucatán, adentrándose en el golfo de México hasta alcanzar los 23° 30' de latitud norte. Según las palabras del piloto de la expedición, Pedro de Ledesma, protagonizaron uno de los primeros contactos con la civilización azteca en el Cabo Catoche. Exploraron la costa oriental del Yucatán, siendo sus primeros descubridores; sin embargo, no podemos asegurar con certeza los lugares costeros que recorrieron ni las fechas exactas de estos avistamientos.

Probablemente, al llegar a la altura de Tampico, y ante el fracaso de la expedición, decidieron dar por concluida la exploración y regresaron a España. Esta expedición tuvo resultados cartográficos significativos al extender en 300 leguas más al norte el territorio conocido. Sin embargo, resultó desastrosa desde el punto de vista geopolítico, ya que buscaban un paso que los condujera al Catay y al Zipango, siguiendo la costa que Colón no exploró en su cuarto viaje, pero no lograron hallarlo. Se creía que, si existía un paso, debía estar en esta área, dado que el sur había sido descubierto hasta los 20° de latitud sur, sin que apareciera el estrecho.

A pesar de que Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís fueron los descubridores de la península de Yucatán, su hallazgo fue olvidado y el descubrimiento realizado por Hernández de Córdoba en 1517 fue considerado como el primero. Creemos que la región recorrida en este viaje está reflejada en el primer mapa impreso de América, publicado por Pedro Mártir de Anglería en sus Décadas, cuya autoría corresponde a Juan Rodríguez de Fonseca y cuya fecha es 1514. De este mapa, reproducimos el contorno reconstruido de la travesía, tal como lo planteó Jesús Varela.

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Tras acompañar a Cristóbal Colón en su segundo viaje en 1493, donde participó en la exploración y sometimiento de los caciques de La Española (actual Haití y República Dominicana), el capitán Alonso de Ojeda regresó a la península en 1496, respondiendo al llamado de los Reyes Católicos. Tres años después, la noticia de la llegada de Colón a la costa firme del continente en 1498 motivó a Ojeda a organizar su propia expedición rumbo a las Indias, respaldado por los monarcas que desconfiaban de los relatos y la gobernanza de los territorios recién descubiertos.

Ojeda contó con la ayuda de su protector, Luis de la Cerda, duque de Medinaceli, bajo cuyo servicio había ganado fama como soldado en la Guerra de Granada (1482-1492). También recibió el apoyo de Juan Rodríguez de Fonseca, capellán real y presidente de la Junta de Indias, quien reunió los fondos necesarios para la expedición.

El 18 de mayo de 1499, cuatro naves zarparon bajo el mando de Ojeda, acompañado por Juan de la Cosa como piloto mayor y Américo Vespucio, navegante y cartógrafo florentino. Tras más de 20 días de navegación, siguiendo una ruta sur por Cabo Verde, llegaron a la costa del continente, en el norte del actual Brasil. Desde allí, navegaron hacia las Guayanas, alcanzaron la desembocadura del río Orinoco y, posteriormente, el lago de Maracaibo.

En su ruta hacia el noroeste, tras pasar la península de Paraguaná, encontraron poblados indígenas construidos sobre pilares de madera, que les recordaron a Venecia, lo que inspiró el nombre de “Venezuela” para la región. Después de explorar el lago de Maracaibo, al que llamaron San Bartolomé, continuaron hasta el cabo de la Vela, en la actual costa colombiana, donde concluyeron su exploración continental a finales de agosto de 1499.

Desde allí, se dirigieron a Santo Domingo, en La Española, para organizar su regreso a Castilla. Fueron mal recibidos por los partidarios de Colón, quienes afirmaban que el Gran Almirante había sido el primero en llegar a esas tierras, un año antes. El regreso de la expedición a Castilla, entre noviembre de 1499 y junio de 1500, fue modesto en lo material, pues traían poco más que perlas y esclavos.

Así finalizó el primero de los “viajes menores” o “viajes andaluces” hacia las Indias entre 1499 y 1500. Estos viajes de exploración incluyeron también las expediciones de Vicente Yáñez Pinzón, Diego de Lepe y Cristóbal Guerra.

En los años siguientes, Ojeda emprendió nuevos viajes, menos exitosos en la exploración de nuevos territorios, pero cargados de episodios dramáticos. Con la intención de regresar rápidamente a la costa venezolana, se asoció con los mercaderes Juan de Vergara y García de Campos, obteniendo el nombramiento real como gobernador de Coquibacoa. Partieron del Puerto de Santa María en enero de 1502 con cuatro naves y siguieron la misma ruta que en el viaje anterior. Llegaron a la isla de Margarita y luego a la costa del continente, evitando el golfo de Paria para no entrar en conflicto con Colón.

El 3 de mayo de 1502, Ojeda y sus hombres desembarcaron en la bahía de Honda, en la península de La Guajira, y fundaron el poblado de Santa Cruz, la primera fundación europea oficial en la costa continental del Nuevo Mundo. Sin embargo, los conflictos internos entre Ojeda y sus socios derivaron en su encarcelamiento por parte de Juan de Vergara y García de Campos. Pasó dos años prisionero en La Española, hasta que fue liberado tras pagar una elevada compensación, lo que lo dejó en una difícil situación económica.

Entre 1504 y 1508 se pierde el rastro de Ojeda, aunque algunos relatos indican que pudo haber liderado una modesta expedición financiada con fondos reales en agradecimiento por sus servicios pasados.

El destino de Alonso de Ojeda, al mando de la gobernación de Nueva Andalucía, estuvo lleno de desafíos y desgracias desde el inicio. Tras haber sido seleccionado por Fernando el Católico para afianzar esta región del nuevo "Reino de Tierra Firme", Ojeda partió en noviembre de 1509 con el experimentado navegante Juan de la Cosa y con naves compartidas con Martín Fernández de Enciso.

Lamentablemente, al llegar a Nueva Andalucía en diciembre, Ojeda tomó una decisión desacertada al desembarcar en la bahía de Calamar, desoyendo los sabios consejos de Juan de la Cosa, quien había advertido sobre el peligro de enfrentarse a los indígenas locales, conocidos por usar flechas envenenadas. La Cosa sugería dirigir la expedición hacia las orillas del golfo de Urabá, habitado por indígenas más pacíficos, a quienes conocía desde una expedición anterior junto a Rodrigo de Bastidas entre 1499 y 1500. Sin embargo, Ojeda insistió en su plan de capturar esclavos, llevándolos a Cartagena, donde se permitía la captura de indígenas.

Tras desembarcar, Ojeda envió misioneros para proclamar un largo discurso, asistidos por intérpretes que hablaban la lengua nativa. Los indígenas reaccionaron con disgusto ante la proclama, y aunque Ojeda intentó aplacarlos con baratijas, solo logró enfurecerlos, desatando un violento conflicto entre ellos y los españoles. A pesar de la fuerte resistencia de los nativos, que ya habían sido hostigados por expediciones anteriores, los españoles lograron destruir un primer poblado llamado Ollas y avanzaron hacia otro llamado Matarap, donde capturaron más de cien prisioneros y un botín valuado en más de ocho mil castellanos en oro.

Sin embargo, tras la batalla y agobiados por el calor, los hombres decidieron descansar sin tomar precauciones, lo que fue observado por los caribes, quienes aprovecharon la oportunidad para atacar sorpresivamente y en gran número. Los españoles se vieron envueltos en un violento enfrentamiento con los nativos, del cual emergieron victoriosos. Este éxito solo sirvió para inflamar la temeridad de Ojeda, quien decidió adentrarse aún más en la selva persiguiendo a los indígenas que huían, hasta llegar al poblado de Turbaco.

Al llegar allí, Ojeda, La Cosa, algunos hombres y el resto de la tropa fueron emboscados por los indígenas, quienes lanzaron una letal lluvia de flechas envenenadas. Desafortunadamente, La Cosa cayó muerto en el acto, al igual que la mayoría de sus compañeros. Por un verdadero milagro, Ojeda, tres hombres más y unos pocos lograron escapar con vida. Al regresar a la bahía de Calamar, se encontraron con la expedición rival de Ojeda, liderada por Diego de Nicuesa. Conocedores de los acontecimientos en Turbaco, ambas partes dejaron de lado sus disputas y los hombres de ambas expediciones se unieron para vengarse. Así, atacaron al jefe local y arrasaron el poblado de Turbaco, acabando con la vida de casi todos sus habitantes.

Para su desgracia, encontraron el cuerpo de La Cosa cubierto de flechas, como un erizo, y sin brazos ni piernas, que supusieron habían sido devorados por los indígenas. Posteriormente, Nicuesa continuó hacia su gobernación en Veragua, y los que quedaban junto a Ojeda prosiguieron el viaje a lo largo de la costa hasta Urabá con el propósito de fundar un asentamiento. La tarea asignada a Ojeda consistía en explorar y conquistar la región de Nueva Andalucía.

A principios de 1510, Ojeda y sus hombres construyeron un fuerte de madera cerca de Punta Caribana, en la orilla oriental del golfo de Urabá, en el que alojaron alrededor de treinta viviendas. Lo nombraron en honor a San Sebastián, el mártir cristiano que, al igual que ellos temían, murió atravesado por flechas en el año 288. Este nombre representaba una especie de amuleto, una protección simbólica ante la posibilidad de sufrir la misma suerte que en la masacre de Turbaco.

Desde allí, Ojeda lideró incursiones sorpresa para obtener oro y esclavos, los dos grandes objetivos de su expedición. Pronto envió un barco lleno de botines a Santo Domingo, como prueba de su "éxito". Sin embargo, las provisiones se agotaron rápidamente, y dependían completamente de lo que pudieran arrebatar a los pueblos indígenas.

La situación comenzó a complicarse. Los hombres, debilitados, ya no se atrevían a salir del fuerte. Una noche, uno de los soldados, al vigilar, enloqueció repentinamente, y otros cayeron muertos de hambre. La suerte pareció sonreírles cuando un barco, robado por Bernardino de Talavera en Santo Domingo, apareció en el golfo con víveres. Traían pan de mandioca y tocino, lo justo para que pudieran resistir. En ese momento, Ojeda consideró regresar a La Española, pero finalmente decidió convencer a sus hombres de aguantar a la espera de refuerzos.

Una mañana, los gritos de los indígenas los llamaron desde el exterior del fuerte. Decidieron salir al encuentro, pero fueron emboscados. En el fragor del combate, una flecha envenenada atravesó el muslo de Ojeda. El veneno de los indígenas era letal, y el pánico se apoderó de todos. De inmediato, pidieron al cirujano de la expedición que cauterizara la herida con hierro al rojo vivo. Aunque al principio se negó por temor a las consecuencias, Ojeda lo amenazó con ahorcarlo si no cumplía su orden. Finalmente, el cirujano accedió. Le quemaron la carne con planchas ardientes y, milagrosamente, Ojeda sobrevivió, aunque quedó gravemente herido.

Días después, al no divisar refuerzos en el horizonte, Ojeda decidió ir en persona a La Española en busca de ayuda. Aprovechó el barco proporcionado por Bernardino de Talavera y dejó el mando del fuerte de San Sebastián a un joven Francisco Pizarro, quien demostró ser un líder capaz y decidido.

Mientras tanto, en su intento de buscar ayuda, Ojeda zarpó rumbo a Santo Domingo a bordo del bergantín de Talavera, acompañado de 70 hombres. Sin embargo, Talavera, quien resultó ser un pirata, lo tomó prisionero y exigió un rescate. La situación se complicó cuando un violento huracán azotó la embarcación, dejándola a merced de la tormenta. Fue en ese momento cuando Talavera, desesperado, tuvo que pedir ayuda al propio Ojeda, quien demostró su pericia como navegante y logró maniobrar en medio del temporal.

El huracán finalmente hizo naufragar la nave en Jagua, Sancti Spíritus, al sur de Cuba. Ojeda, Talavera y los sobrevivientes decidieron emprender un agotador viaje a pie por la costa sur de la isla, con la intención de llegar a punta Maisí y de allí cruzar a La Española. El trayecto estuvo plagado de dificultades; la mitad de los hombres pereció a causa del hambre, las enfermedades y las penurias del camino. Durante todo el viaje, Ojeda llevaba consigo una imagen de la Virgen María, a quien había prometido construirle un templo en el primer asentamiento indígena que los recibiera con hospitalidad.

Finalmente, con solo una docena de hombres y Talavera, llegaron a la comarca de Cueybá, donde fueron acogidos por el cacique Cacicaná, quien les brindó cuidados y ayuda para recuperarse. Ojeda cumplió su promesa y construyó una pequeña ermita en el poblado, que pronto fue venerada por los aborígenes.

Al mismo tiempo, Pizarro, enfrentando también circunstancias extremas, cumplía con la misión encomendada por Ojeda. A pesar de las dificultades, él y sus hombres lograron sobrevivir a base de sacrificios, como matar a sus propios caballos, y tras seis meses de penurias en San Sebastián, decidieron regresar a Santo Domingo. Sin embargo, se encontraron con un dilema: los dos bergantines disponibles no podían transportar a los 70 hombres que aún quedaban con vida. Pizarro optó por esperar a que las enfermedades, el hambre y los ataques indígenas redujeran el número de sobrevivientes.

Cuando finalmente partieron, una violenta tormenta desató el caos en el mar. Según relatan, un enorme pez, posiblemente una ballena, golpeó el timón de uno de los bergantines, dejándolo fuera de control. Mientras el barco de Pizarro logró llegar a Cartagena, el otro, con 28 hombres y dos mujeres a bordo, naufragó en la costa cubana. Los indígenas mataron a los hombres y capturaron a las dos mujeres, quienes permanecieron cautivas hasta que fueron rescatadas por Diego Velázquez, el conquistador de la isla. Velázquez no solo las rescató, sino que también las casó con dos de sus hombres.

Finalmente, después de padecer sed y debilidad, los 35 sobrevivientes que acompañaban a Pizarro avistaron Cartagena. Allí, un barco español al mando del bachiller Martín Fernández de Enciso se dirigía hacia el golfo de Urabá con 150 hombres, 15 caballos, cerdos y provisiones. Al relatarle los acontecimientos, Enciso, receloso, sospechó de Pizarro y lo consideró un desertor, hasta que este le mostró las órdenes escritas de Ojeda, confirmando así la veracidad de su relato.

Con la confirmación de las instrucciones, Enciso ordenó navegar hacia San Sebastián, lo que causó terror entre los hombres de Pizarro. Recién salidos de aquel infierno, le rogaron que les permitiera regresar a La Española. Desesperados, ofrecieron todo el oro que habían reunido como argumento. Sin embargo, la terquedad de Enciso prevaleció y sus súplicas resultaron inútiles.

El bachiller Enciso no cedió y ordenó navegar hacia Urabá. La flotilla siguió rumbo al golfo, donde encalló la nave capitana y se perdieron las credenciales de Enciso. Cuando los españoles llegaron a San Sebastián, se encontraron con un panorama desolador. Los indios lo habían quemado todo: las chozas edificadas e incluso el fuerte. A pesar de ello, Enciso, sin saber muy bien qué hacer, ordenó desembarcar y permanecer allí algunos días. El bachiller era incapaz de tomar determinaciones firmes. Persona culta —fue autor de la célebre Summa de Geografía—, había amasado una pequeña fortuna en La Española aprovechando los infinitos pleitos de aquel momento fundacional, pero carecía de dotes de mando.

Después de decidir finalmente convocar una reunión para estudiar la situación, estando los españoles deliberando sobre qué hacer, Balboa se puso en pie y les dijo que, viniendo por esa costa con la expedición de Bastidas y Juan de La Cosa, habían entrado en este golfo y, en la orilla derecha de un gran río al occidente, vieron un pueblo con abundante tierra cultivable y cuya gente no envenenaba sus flechas. Todos decidieron ir a buscarlo, y Enciso fue el primero. Setenta y cinco españoles quedaron en San Sebastián, mientras que el resto embarcó en los bergantines para dirigirse al sitio indicado por Balboa. Cruzaron al otro lado del golfo de Urabá (donde comenzaba la gobernación de Veragua, concedida a Nicuesa) y navegaron unas 14 millas náuticas hasta llegar a un pequeño puerto.

En ese lugar descubrieron el río serpenteante, la tierra fértil y el asentamiento indígena. Más de quinientos guerreros, bajo el liderazgo de su cacique Cémaco, se prepararon para resistir a los invasores. Ante esta situación, los españoles optaron por implorar la protección de la Virgen de la Antigua, una figura venerada por los Hurtados de Sevilla. Le prometieron que, si los guiaba de manera segura a través de ese desafío, nombrarían la ciudad que fundaran en su honor, erigiendo además una iglesia dedicada a su devoción. También se comprometieron a enviar a Sevilla a un peregrino con una ofrenda de oro y joyas. La Virgen pareció atender a sus súplicas, ya que el enfrentamiento se limitó a una demostración de fuerza, tras la cual los indígenas huyeron dejando atrás sus pertenencias. Se encontraron algunas flechas, pero se confirmó que no estaban envenenadas. Una vez superado el conflicto, los expedicionarios ingresaron al poblado indígena, donde llevaron a cabo una exhaustiva búsqueda de todo lo que tuviera valor: oro, algodón, provisiones, hamacas, utensilios de cocina, entre otros objetos.

Los soldados también capturaron a varios lugareños, algunos de los cuales estaban vestidos con prendas femeninas. Al preguntar al respecto, descubrieron que, en efecto, eran hombres que adoptaban roles femeninos. Estos individuos eran conocidos como bardajes (sodomitas pasivos), una práctica cultural ampliamente aceptada en la región del istmo. Sin embargo, los españoles de esa época, fundamentalistas y dogmáticos, los etiquetaron simplemente como "sodomitas". Dado que la homosexualidad era castigada con la pena de muerte en Castilla, decidieron ejecutar la sentencia de manera inmediata y brutal, quemando vivos a los prisioneros. Posteriormente, Enciso comentaría con satisfacción: "Cuando tomé el Darién, capturamos a los sodomitas y los quemamos. Y cuando las mujeres los vieron, se alegraron mucho". Esta observación es bastante discutible, ya que se sabe que las mujeres mostraban respeto hacia los bardajes, quienes a menudo ejercían roles de liderazgo dirigiendo el trabajo femenino. Sin embargo, los españoles no estaban interesados en matices antropológicos sutiles.

Después de ese trágico suceso, se ordenó que se unieran aquellos que se habían quedado en San Sebastián de Urabá, ya que el lugar recién descubierto parecía propicio para establecer un asentamiento. Una vez que todos estuvieron reunidos, en noviembre de 1510, se procedió a la fundación formal de la población. Inicialmente se llamó La Guardia, pero luego, por sugerencia de Balboa, se le cambió el nombre a Santa María la Antigua del Darién. Esta fue la primera ciudad establecida en América y estaba estratégicamente ubicada. Estaba atravesada por el río Tanela, un afluente del Darién (actualmente el Atrato), que desembocaba en el mar a unas cuatro millas de distancia. El valle donde se erigía la ciudad estaba protegido por montañas al este y al oeste, que la resguardaban del sol, un peligro real en la región. Desde la ciudad se construyeron dos caminos hacia la costa: uno que llegaba hasta la desembocadura del río y otro que conducía al puerto, situado a unas ocho millas de distancia.

Sin embargo, Enciso demostró nuevamente su incapacidad para liderar la tropa al cometer el grave error de prohibir el comercio de oro y negarse a repartir el botín capturado a los indígenas, argumentando que eso era competencia de Ojeda, de quien no se tenía información. Esta decisión lo enfrentó con la mayoría de los pobladores, situación que Balboa aprovechó para socavar su autoridad y buscar quitarle el mando de la ciudad para entregárselo a un cabildo.

Balboa logró su objetivo y, efectivamente, se estableció un cabildo o regimiento para la ciudad, el cual fue elegido por la asamblea o reunión de todos los habitantes. De manera curiosa, los seleccionados resultaron ser los enemigos de Enciso: Balboa y Benito Palazuelos (posteriormente reemplazado por Zamudio) como alcaldes; el doctor Alberto, médico de Ojeda, como tesorero; Bartolomé Hurtado, amigo de Balboa, como alguacil. Los regidores elegidos fueron Diego Albítez, Martín Zamudio, Esteban Barrantes y Juan de Valdivia.

Balboa gobernó Santa María la Antigua del Darién desde 1510 hasta 1514. Su ascenso al poder fue tumultuoso, marcado por la desaparición de varios candidatos a gobernador. Sin embargo, después de esta fase inicial, se inició un período de descubrimientos y consolidación de la colonia que culminaría en 1513 con el descubrimiento del "otro mar", que luego se revelaría como el océano Pacífico.

Balboa se destacó como un líder expedicionario que seguía una estrategia colonizadora peculiar, empleando la violencia con moderación. Si bien ninguna conquista puede ser considerada pacífica, ya que nadie acepta fácilmente el dominio extranjero, Balboa demostró una notable clemencia en comparación con otros conquistadores que llevaron a cabo empresas similares con extrema brutalidad.

Tras la instalación del cabildo (ayuntamiento, concejo, consistorio), la ciudad comenzó a florecer. Apenas había transcurrido el año 1510 cuando los habitantes se sorprendieron con la llegada de la flotilla de Rodrigo de Colmenares, lugarteniente de Nicuesa, quien había zarpo de La Española con el objetivo de reforzar la gobernación de Veragua y buscar a su jefe.

La llegada de Colmenares fue recibida con gran entusiasmo por parte de los habitantes de Santa María, quienes, además de alegrarse por ver a compatriotas españoles, aprovecharon la ocasión para recibir alimentos y vino. Colmenares informó sobre las novedades de Santo Domingo, destacando la falta de noticias sobre Ojeda, lo que sugirió que había perecido durante la travesía. También mencionó la emisión de una real cédula desde la Península, que colocaba todo el golfo de Urabá bajo el mando de Ojeda, estableciendo que la gobernación de Veragua comenzaba a partir de ese límite.

Esta última noticia fue recibida con alegría por los habitantes de Santa María, ya que significaba que su ciudad se encontraba en territorio bajo el control de Ojeda y no de Nicuesa, como muchos temían.

Los habitantes de la ciudad se encontraron divididos en tres facciones respecto a la futura administración del gobierno local. Un grupo, liderado por Balboa, abogaba por otorgar al cabildo toda la responsabilidad. Otros, bajo la dirección de Enciso, sostenían que el gobierno debería recaer en el bachiller, como lugarteniente de Ojeda, quien había desaparecido. El tercer grupo proponía entregar el gobierno a Nicuesa, un hombre adinerado y de influencia, que se presumía estar cerca del territorio. Además, consideraban que al estar Santa María fuera de su jurisdicción, podrían obtener concesiones a cambio de cederle el control sobre la villa.

Curiosamente, Balboa y Enciso coincidieron en oponerse a los partidarios de esta última opción, que, sin embargo, ganó más seguidores. Esto se debió en parte a la generosidad del lugarteniente de Nicuesa, quien no escatimó en promesas a los colonos, además de proveerles generosamente con alimentos.

En consecuencia, cuando Colmenares anunció su partida en busca de su jefe, llevó consigo una delegación de la ciudad, integrada por el bachiller Diego del Corral, Francisco Agüeros y Diego Albítez, para ofrecerle su gobierno. Aunque Balboa se sintió apesadumbrado por esta decisión, comprendió que, además de ser la opción mayoritaria, era la más sensata. Reconocía que enfrentarse a los hombres de Nicuesa sería una acción suicida, considerando su gran número, y que unirse a ellos era la decisión más prudente. Sabía que Nicuesa había partido a su gobernación en Veragua, tierra de abundancia de oro mencionada por Colón, con alrededor de setecientos hombres, que ahora se verían reforzados con los de Colmenares. En estas circunstancias, unirse a ellos era la opción más razonable.

La ironía de la historia se manifestó rápidamente. A finales de enero o principios de febrero de 1511, uno de los bergantines de Colmenares retornó a Santa María con el bachiller Del Corral y Albítez, portando noticias impactantes: Nicuesa, en una situación precaria y con escasa tropa, planeaba llegar a la ciudad para exigirles el oro que habían tomado de los indígenas. Así, aquel que se esperaba que viniera a su rescate, ahora necesitaba ayuda, y los habitantes de la villa, quienes se presumían pasivos receptores de ayuda, debían ahora adoptar un rol activo.

Los embajadores que precedieron a Nicuesa relataron tales atrocidades sobre su conducta que predispusieron a los vecinos de Santa María en su contra. Balboa y el otro alcalde, Zamudio, aprovecharon esta oportunidad para movilizar a los residentes en contra de Nicuesa, quienes se juramentaron solemnemente a rechazarlo como gobernador.

Cuando Diego Nicuesa llegó a Santa María, se encontró con la mayor sorpresa de su vida. Si bien esperaba ser recibido por el cabildo de la ciudad como había previsto, la realidad fue muy diferente. En lugar de darle la bienvenida, se le instó a que no desembarcara y que se marchara por donde había venido. A pesar de que finalmente se le permitió desembarcar, no logró convencer a los habitantes para que lo aceptaran como gobernador. Como resultado, fue enviado de vuelta en una nave de condiciones moderadas, a bordo de la cual terminó naufragando en un lugar desconocido.

*

Al comenzar el nuevo siglo, los navegantes españoles ya habían reunido pruebas suficientes para demostrar lo que el Gran Almirante, Cristóbal Colón, se había negado a aceptar: la existencia de un nuevo continente. Tras el fracaso de los proyectos discutidos en la Junta celebrada en Toro en 1505, y una vez superadas las dificultades surgidas en Castilla a raíz de las muertes de la reina Isabel y Felipe de Habsburgo, el rey Fernando, fortalecido por esta crisis, se dispuso a retomar los asuntos de las Indias. A fines de 1507, convocó en Burgos a los hombres más expertos en la materia, comenzando con su principal consejero, el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, y varios destacados navegantes, entre ellos Américo Vespucio, quien sería nombrado Piloto Mayor.

También participaron Vicente Yáñez Pinzón, originario de Palos, y dos pilotos experimentados: Juan Díaz de Solís, de Lepe, quien había viajado al servicio de los portugueses hasta aguas desconocidas para los españoles, y el cántabro Juan de la Cosa, quien ya había explorado el golfo de Urabá en 1500 junto a Rodrigo de Bastidas. Cuatro años más tarde, De la Cosa regresó al mismo lugar, esta vez como capitán general y piloto, acompañado por Alonso de Ojeda.

Uno de los principales acuerdos de la Junta de Burgos fue la búsqueda de un estrecho o canal en las Indias que pudiera acortar la ruta hacia las Islas de las Especias. Díaz de Solís y Yáñez Pinzón recibieron instrucciones de navegar desde el Golfo de Honduras, descubierto por Colón, hacia el norte y el oeste, y es posible que llegaran a explorar la costa del golfo de México, alcanzando incluso más allá de Tampico. Otra decisión importante de la Junta fue la ocupación de Tierra Firme por Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa, cuyos preparativos en Sevilla serán abordados más adelante.

Tradicionalmente se ha creído que esta nueva expedición, dirigida hacia las tierras visitadas por Rodrigo de Bastidas y Colón en su cuarto y último viaje al Nuevo Mundo, tenía como objetivo principal la búsqueda de un estrecho o ruta marítima hacia el Oriente. Sin embargo, las instrucciones emitidas por la Corona a los nuevos gobernadores no reflejan tal propósito. Como acertadamente señala Carl Sauer, "el plan consistía simplemente en retomar las actividades que desde hacía diez años se llevaban a cabo en estas costas, pero ahora con una organización formal". Además, Giménez Fernández sugiere que detrás de esta iniciativa podría haber un objetivo de mayor envergadura: debilitar el virreinato colombino, lo que sería "la última meta de la política de Fernando el Católico en las Indias".

La noticia de que la Junta de Burgos había aconsejado al rey emprender una expedición para explorar y colonizar las tierras continentales se propagó rápidamente, llegando pronto a oídos de Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa. En ese momento, Ojeda residía en Santo Domingo y fue informado por su amigo y confidente, Juan de la Cosa, quien había participado activamente en las negociaciones para el liderazgo de la expedición. Por su parte, Nicuesa tenía una posición más favorable, ya que había llegado recientemente a la corte acompañado del bachiller Antonio Serrano, como procurador de los vecinos de La Española.

Ante la noticia de la nueva empresa que la Corona preparaba en tierras americanas, surgieron varios aspirantes a la jefatura. Finalmente, la Corona tomó una decisión salomónica, eligiendo no a uno, sino a dos de los candidatos más cualificados: Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa, ambos con el respaldo de Juan Rodríguez de Fonseca, "el gran hacedor de los asuntos indianos", y Lope de Conchillos, el influyente secretario del rey Fernando.

Alonso de Ojeda, aún vigoroso y enérgico, era un rostro familiar en la corte y un veterano explorador de las Indias. Había participado, con suerte dispar, en numerosas expediciones a las costas americanas y mantenía relaciones cercanas con algunos de los navegantes más expertos de su tiempo, especialmente con Juan de la Cosa, a quien le unía una sincera amistad. Provenía de una familia hidalga venida a menos y había nacido en Cuenca. En su juventud, fue paje del poderoso duque de Medinaceli, don Luis de la Cerda, pero en 1493 decidió embarcarse hacia el Nuevo Mundo junto a Colón en su segundo viaje, lo que marcaría el inicio de su aventura constante en busca de fortuna. Establecido en Santo Domingo, Ojeda se ganó el respeto de sus vecinos por sus campañas militares contra los indígenas, destacando en la captura del cacique Caonabó y en la sangrienta batalla de Jáquimo. Con el tiempo, se convirtió en un avezado navegante y explorador, con más experiencia en fracasos que en éxitos, pero siempre imperturbable frente a la adversidad. Su destreza con la espada, su valentía casi temeraria y su vida llena de duelos y desafíos le otorgaron cierta fama. Sin embargo, la fortuna seguía sin favorecerle: valiente, pero empobrecido, era un aventurero sin éxito esperando su momento de gloria.

Por otro lado, Diego de Nicuesa era un hombre de origen noble, culto y refinado, natural de Torredonjimeno (Jaén). Al igual que Ojeda, había prestado servicios a una poderosa casa nobiliaria, en su caso la de don Enrique Enríquez, tío del rey Fernando el Católico. Nicuesa llegó más tarde a las Indias, en 1502, como parte de la gran expedición del gobernador fray Nicolás de Ovando. En pocos años, se avecindó en Concepción de la Vega y logró lo que Ojeda nunca alcanzaría: una considerable fortuna de alrededor de 6.000 pesos de oro, siendo uno de los encomenderos más ricos e influyentes de la isla La Española. Además, poseía una pequeña flotilla que utilizaba en el lucrativo comercio de esclavos indígenas, capturados en las llamadas "islas inútiles" y vendidos en La Española al mejor postor. Nicuesa también mantenía prósperos contactos comerciales en Sevilla con renombrados mercaderes genoveses como los Doria, los Spínola y los Centurión. En resumen, era un hombre de éxito, en contraste con el azaroso destino de Ojeda.

La capitulación entre Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa para la anexión de la Tierra Firme fue firmada por el rey Fernando y refrendada por Lope de Conchillos en Burgos, el 9 de junio de 1508. Esta expedición, aunque de carácter privado, estaría bajo la estricta supervisión de la Corona y tendría una duración inicial de cuatro años. Se establecieron dos demarcaciones separadas para cada uno de los capitanes: Ojeda se encargaría de los territorios al este del golfo de Urabá, mientras que Nicuesa gobernaría los del oeste.

A Ojeda le fue adjudicada la parte oriental, que abarcaba desde el cabo de la Vela hasta la mitad del golfo de Urabá, territorio que más tarde sería conocido como Nueva Andalucía. Esta concesión, como bien señala el historiador Carl Sauer, confirmaba y ampliaba el título que Ojeda ya poseía como gobernador de Coquibacoa (en la actual Venezuela), duplicando su jurisdicción hasta alcanzar el golfo de Urabá. Su socio, Juan de la Cosa, fue nombrado segundo al mando en la expedición, recibiendo el cargo de lugarteniente. Esto le permitía actuar como capitán en ausencia de Ojeda, y como su teniente cuando estuviese presente. Según el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, el rey quiso recompensar a Juan de la Cosa por su experiencia y habilidad como piloto, además de su conocimiento de esas tierras, motivo por el cual obligó a Ojeda a llevarlo en esta nueva aventura.

Juan de la Cosa, quien ya había representado a Ojeda en la negociación de la capitulación, también recibió la confirmación de su título de alguacil mayor del gobernador de Urabá, cargo que ostentaba desde el 3 de abril de 1503 y que se extendería a lo largo de su vida y la de su heredero. Por último, el bachiller Martín Fernández de Enciso, un próspero encomendero de La Española dispuesto a invertir en la empresa, fue designado alcalde mayor por Ojeda, consolidando el liderazgo del grupo.

Diego de Nicuesa recibió la gobernación de Veragua, la concesión más occidental, que abarcaba desde el otro lado del golfo de Urabá hasta el cabo de Gracias a Dios. Este territorio, visitado anteriormente por Colón y con una reputación de abundancia aurífera, era considerado "el premio mayor". Sin embargo, Nicuesa no podía prever las enormes dificultades que encontraría en aquel territorio, que se convertiría en un "infierno dorado". Veragua era una región con límites imprecisos que fue otorgada sin tener en cuenta los descubrimientos ni los derechos previos de Colón.

Otro territorio de importancia era la isla de Jamaica, también descubierta por Colón, pero que aún no había sido colonizada. Curiosamente, la capitulación firmada por Ojeda y Nicuesa incluía una cláusula que les concedía la gobernación conjunta de Jamaica, aunque bajo la supervisión de la autoridad de La Española, donde pronto asumiría el control Diego Colón, hijo del Almirante.

La empresa de la Tierra Firme ofrecía la posibilidad de colonizar de manera definitiva tanto Urabá como Veragua, pero en ese momento no parecía ser una prioridad inmediata. La capitulación de Burgos contemplaba el establecimiento de poblaciones en esas tierras, pero más como una opción que como un objetivo inmediato. Además, no se establecieron detalles sobre la organización económica o gubernamental de estos nuevos territorios, lo que dejaba en evidencia la falta de un plan claro para la gestión a largo plazo de las nuevas colonias.

Lo que sí quedaba claro en las capitulaciones eran las provisiones para la captura de esclavos y el rescate de metales preciosos y otros productos valiosos de los indígenas. Se mencionaba específicamente la recolección de oro, plata, piedras preciosas, perlas, y hasta "seres monstruosos" y animales de todo tipo, incluyendo serpientes y especias. En cuanto al oro y la plata, la Corona inicialmente se reservaba una décima parte de los hallazgos, porcentaje que aumentaría hasta alcanzar el tradicional quinto real, demostrando que la minería era la principal motivación detrás de la expedición.

Ambos concesionarios, Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa, fueron distinguidos en la capitulación con el título de capitán de sus respectivos territorios, aunque inicialmente no se les otorgó ningún cargo gubernativo. Esta precaución respondía a la situación delicada que se vivía en la Corte. Mientras que Ovando veía denegada su solicitud de relevo, Diego Colón presionaba por reclamar los derechos heredados de su padre, el Gran Almirante Cristóbal Colón, sobre los territorios descubiertos. A pesar de estas tensiones, se crearon dos nuevas gobernaciones en las Indias. La política de la Corona, claramente inclinada a debilitar los privilegios colombinos, fue ratificada por la reina Juana en Burgos, el 9 de junio de 1508, cuando otorgó a Ojeda y Nicuesa el título de gobernador y capitán, con plena jurisdicción civil y criminal. No obstante, solo dos meses después, Diego Colón fue nombrado gobernador de las Indias por un decreto fechado en Arévalo, el 9 de agosto de 1508.

Dado que la empresa de colonización era privada, Ojeda y Nicuesa debían cubrir la mayor parte de los gastos de la expedición. La Corona, sin embargo, proporcionó apoyo en forma de armas, alimentos y franquicias, aunque el costo final para la Hacienda Real ascendió a más de dos millones de maravedís. Ambos capitanes recibieron permiso para reclutar hasta 800 hombres cada uno: 200 en la península ibérica y 600 en La Española. Además, se les concedió pasaje gratuito, alimentos y piezas de armadura como escudos de madera, coseletes o corazas ligeras y baberas para protegerse.

También se permitió que llevaran 40 indígenas experimentados en minería aurífera para instruir a los nativos de Tierra Firme, y 400 más de las islas vecinas para servir a los colonizadores, siguiendo el modelo de Santo Domingo. Las islas de La Española y Jamaica fueron designadas como los centros nodrizas que sostendrían las nuevas colonias en sus primeros años. Tanto Ojeda como Nicuesa se comprometieron a construir dos fortines de piedra en sus respectivos territorios y otros dos en Jamaica en un plazo de dos años y medio, lo que destacaba la importancia de establecer defensas permanentes en las nuevas posesiones.

La Corona designó a Silvestre Pérez como alcalde de las fortalezas de Urabá y a Alonso de Quiroga para las de Veragua, sin tomar decisiones sobre Jamaica. Estos nombramientos, junto con el uso de Jamaica como centro de operaciones, enfurecieron a Diego Colón, ya que lo consideraba una violación de los derechos heredados de su padre. Colón mostró una clara falta de cooperación con los expedicionarios y el nuevo asentamiento en Tierra Firme, ofreciendo solo un apoyo limitado y con evidente desdén a los colonos desesperados del Darién.

Diego de Nicuesa y Juan de la Cosa, tras dejar Burgos, se dirigieron a Sevilla para organizar la expedición. Necesitaban reclutar hombres, obtener barcos, alimentos, armas y otros suministros esenciales. Anunciaron la expedición con tambores y trompetas, mientras abrían listas de inscripción. La Cosa, consciente de la pobreza de Ojeda, prometió aportar lo poco que pudiera de su propio patrimonio, y el resto lo consiguió a duras penas mediante préstamos y favores. Nicuesa, en cambio, contaba con una posición económica mucho más sólida, lo que le facilitó obtener créditos de importantes mercaderes sevillanos para organizar su expedición.

Los registros de Sancho de Matienzo, primer tesorero de la Casa de la Contratación, son una fuente invaluable para conocer los detalles de estas expediciones a las Indias. Matienzo mantuvo tres tipos de libros: la Cuenta General, el Manual y el Mayor, todos ellos con datos meticulosamente entrelazados, proporcionando una visión detallada del proceso. Estos libros, según la historiadora M. Antonia Colomar, lo convierten en una suerte de "cronista económico" de esta primera etapa en las Indias. Gracias a estos registros, se puede documentar el viaje que entre 1508 y 1509 preparó Nicuesa en conjunto con Ojeda hacia Tierra Firme, del cual antes solo se conocían fragmentos a través de las crónicas y algunos documentos oficiales.

Como señala el profesor Ladero, la expedición de Nicuesa y Ojeda en 1509, descrita como "el principal empeño del año 1509, aparte de la flota que llevó el almirante Diego Colón a La Española", fue la última registrada en las cuentas del tesorero Sancho de Matienzo. Este experimentado funcionario, por su habilidad en gestionar tales operaciones, se consolidó como la figura clave para organizar y contabilizar futuras armadas, independientemente de su tamaño o relevancia. Matienzo desempeñó un papel fundamental, en especial entre 1513 y 1514, durante la organización de la imponente flota que Pedrarias Dávila llevó a Castilla del Oro, una operación gestionada magistralmente por él y su equipo en la Casa de la Contratación.

Los preparativos de la expedición comenzaron en la primavera de 1508, un año antes de que la flota zarpase. El 30 de abril, el rey Fernando envió una carta a Nicolás de Ovando concediendo las mercedes solicitadas por los vecinos de Santo Domingo, representados por Antón Serrano y Diego de Nicuesa, quienes habían viajado a España. Nicuesa tenía dos objetivos claros: actuar como procurador de los colonos y asegurar su posición como gobernador de la Tierra Firme. Después de largas gestiones en la corte, y con la ayuda de su protector Conchillos, Nicuesa finalmente logró lo que tanto había deseado. Sus habilidades cortesanas y su capacidad para navegar en los círculos de poder lo llevaron al éxito, como lo confirma Las Casas, quien lo describió como "una persona muy cuerda y palanciana y graciosa en decir".

El 9 de junio de 1508, el monarca ordenó a los oficiales de la Casa de la Contratación que proporcionaran suministros y todo lo necesario para la expedición de Nicuesa. También dispuso que se respetaran los acuerdos establecidos con Nicuesa, Ojeda y Juan de la Cosa. Los funcionarios rápidamente se pusieron a trabajar, enfrentando la difícil tarea de reclutar barcos para transportar los envíos solicitados por los colonos de La Española. En estos primeros años, la escasez de barcos y marineros era un problema común, incluso en naciones con una fuerte tradición marítima. Ante la disyuntiva de alquilar o comprar embarcaciones, los oficiales optaron por la compra, una decisión que marcó el inicio de los preparativos logísticos.

Se decidió encargar a Juan de la Cosa la adquisición de embarcaciones necesarias, aprovechando sus buenos contactos en la costa del reino portugués. A principios de enero de 1509, con una carta de recomendación del monarca, se dirigió a Lisboa. Tres meses después, el 15 de abril, regresó a Sevilla con dos carabelas latinas que había conseguido en Lisboa. La mayor, *La Concepción de Nuestra Señora*, fue adquirida a Andrés González por 90,000 maravedís, y la menor, *Santa Ana Rosa*, fue comprada a Juan Castaño por 47,000 maravedís.

Ambas carabelas fueron adaptadas para la larga travesía atlántica, sustituyéndose las velas latinas por redondas y realizándose trabajos de carpintería para ponerlas a punto. Diego Delgado, de Palos, fue nombrado maestre y piloto de *La Concepción*, mientras que Alonso Enríquez, también de Palos, comandaba *Santa Ana Rosa*. Cada embarcación contaba con una tripulación de diez hombres, lo que indica que eran naves pequeñas, probablemente con una capacidad no mayor a cincuenta toneles.

Para la expedición, se adquirieron alimentos como bizcocho, vino, tocino y aceite, así como mesas y manteles para los oficiales. En Sanlúcar, el alguacil de la Casa de la Contratación, Lorenzo de Pinelo, entregó refuerzos adicionales: dos barriles de vino, bastina, carne, aceite y candelas. Según los registros del tesorero Sancho de Matienzo, el costo total de las carabelas, su equipamiento, suministros y sueldos de los marineros, ascendió a 1,310,485 maravedís.

Mientras se preparaban las carabelas en Sevilla, también se realizaban las compras necesarias para el viaje de Diego de Nicuesa a la Tierra Firme, en colaboración con Alonso de Ojeda, gobernadores de Veragua y Urabá respectivamente. Aunque la capitulación indicaba que la expedición debía ser costeada por ellos, la Corona proporcionó una significativa cobertura estatal, financiando alimentos, armas, y el pasaje de hasta 800 hombres, asegurando así la viabilidad de la empresa.

El 4 de septiembre de 1509, zarpó desde Sanlúcar de Barrameda la flotilla de Tierra Firme junto con dos barcos que llevaban remesas a Santo Domingo. A bordo viajaban 200 hombres que habían recibido licencia del soberano para embarcarse, entre ellos un grupo significativo de la localidad sevillana de Écija. Diego Nicuesa, quien lideraba la expedición, probablemente enfrentó dificultades para reclutar a su hueste, ya que poco antes el virrey Diego Colón había partido hacia La Española con una flota de nueve naves y un contingente numeroso.

En julio de ese año, los preparativos se intensificaron. Nicuesa contrató a Juan García, un herrero de Sanlúcar la Mayor, quien se comprometió a servirle durante tres años en Veragua, llevando consigo su fragua y herramientas. Posteriormente, el gobernador firmó un contrato con varios hombres que se comprometieron a acompañarlo a Tierra Firme: Marcos Rabal, Pedro de Cospedal, Rodrigo de Torres, Gonzalo Martínez, Sebastián Báez y Juan Sierra, de distintas partes de España.

A finales de agosto, Nicuesa, al no haber reunido suficiente personal en Sevilla, comisionó a Juan Carmona, un labrador de Écija, para reclutar hasta 50 personas dispuestas a unirse a la expedición. Écija ya había visto partir a numerosos vecinos, pues meses antes, Marcos de Aguilar, alcalde mayor del virrey Colón, también había reclutado a varios de ellos, incluido su pariente Jerónimo de Aguilar, quien desconocía el destino que le aguardaba.

En el viaje, Nicuesa llevaba consigo a un paje negro, un muchacho que fue arrebatado a su llegada a Santo Domingo por no estar registrado. Juan de la Cosa también participaba, acompañado de su esposa Teresa, sus hijos y dos esclavas cristianas. Pensaba dejarlos instalados en Santo Domingo mientras emprendía la aventura. La Corona, en reconocimiento a los servicios de De la Cosa, había ordenado al virrey Colón que le proporcionara una vivienda y una encomienda de indios en La Española.

Junto con Nicuesa también viajaban cinco frailes de la Orden de Santo Domingo y un seglar. Según una anotación del tesorero Sancho de Matienzo del 24 de marzo de 1511, se le pagó al maestre Juan de Farfán y al mercader genovés Jácome Grimaldo 6,750 maravedís por el pasaje y mantenimiento del grupo. Entre los religiosos se encontraban el presbítero Pedro Sánchez, vecino de Sevilla, y otro sevillano, Diego Fernández, quien más tarde se convertiría en conquistador del Darién.

Como se mencionó anteriormente, los nuevos alcaides de las fortalezas de la Tierra Firme también fueron nombrados veedores de los rescates en sus respectivos territorios. Ambos retrasaron su partida y no se unieron a la flotilla que llevaba a Nicuesa a Santo Domingo. Alonso de Quiroga, designado para la gobernación de Urabá, fue el primero en zarpar, probablemente en diciembre de 1509. Viajaba con su yegua, acompañado de un esclavo negro y de su criado Lorenzo, originario de Zalamea la Real, en Huelva.

El nombramiento de Silvestre Pérez como alcaide de las fortalezas de Veragua no se realizó hasta 1510, lo que le impidió dejar Sevilla antes de la primavera de ese año. Embarcó en la nave del maestre Juan de Camargo, acompañado de varios criados, entre ellos Antonio de Gamboa, natural de Hita. Juan de Caicedo, nombrado veedor de las fundiciones de la Tierra Firme en octubre de 1508, residía en Sevilla, en la collación de San Salvador, y viajó a las Indias con su esposa, Inés de Escobar. Además, como teniente de Lope de Conchillos, el influyente secretario del rey, fue designado un Pedro Mir anónimo, de quien no se conserva más información relacionada con el Darién. En total, la expedición destinada a la población de la Tierra Firme costó a la Corona más de dos millones de maravedís.

Para el nuevo gobernador de Veragua, la aventura que emprendía supuso un considerable desembolso. Abandonó el muelle de las Muelas agobiado por las exigencias de sus acreedores y una serie de deudas, muchas de las cuales nunca pudo saldar, ya que la muerte lo esperaba poco después en medio del océano. Mientras se dirigía a Santo Domingo, a unas doce leguas de la isla de San Juan, los barcos de Nicuesa recibieron órdenes de hacer escala en la isla de Santa Cruz y luego en San Juan para capturar indígenas. Es probable que el gobernador pensara resarcirse con las ganancias de este tráfico inhumano y así afrontar parte de sus deudas contraídas en España. La incursión resultó devastadora: doscientos indígenas fueron capturados y vendidos como esclavos en Santo Domingo.

El fraile Bartolomé de Las Casas relata que la llegada a La Española de este nuevo cargamento humano provocó un gran escándalo entre los vecinos. Aunque Nicuesa justificó sus acciones alegando tener licencia del rey para ello, cuando estos hechos llegaron a oídos de la Corona, fueron severamente reprobados, ordenándose la restitución de todos los indígenas a sus tierras.

Desde que se conocieron las capitulaciones para la conquista de Veragua y Urabá, la actitud del virrey Diego Colón fue abiertamente opuesta, ya que consideraba que se habían violado los privilegios de su padre sobre esas tierras que él mismo había descubierto. Colón no podía consentir que un intruso se beneficiara de aquella gesta. Además de Veragua, la isla de Jamaica, descubierta por el Gran Almirante, también había sido concedida a dos intrusos. En respuesta, Diego Colón intentó oponerse primero en la corte y, al no lograrlo, continuó su resistencia en Santo Domingo. Según Luis Arranz, el virrey advertía que “sea Dios testigo que si no va por mano de Su Alteza y de quien en La Española reside, que nunca harán fruto”.

Colón se dedicó a obstaculizar el apresto de la flota de Tierra Firme y, por medio de su alcalde mayor, retrasó cuanto pudo la salida de Nicuesa hacia Veragua, incitando a los acreedores para que embargaran sus bienes e impidieran su partida. Además, ordenó desposeer a Nicuesa de su encomienda de indios, contraviniendo abiertamente lo dispuesto por la Corona. Al mismo tiempo, decidió emprender por su cuenta la conquista de Jamaica, enviando al hidalgo sevillano Juan de Esquivel al frente de una expedición pobladora de 60 hombres, bien equipados y en contacto continuo con Santo Domingo.

La situación tampoco fue fácil para Alonso de Ojeda. Según Las Casas, el nuevo gobernador de Urabá, agotado por sus deudas y frustrado por la obstinación del Almirante, se llenó de cólera. Aunque no podía impedir que Esquivel y sus hombres cumplieran las órdenes del virrey, se dirigió al puerto y, levantando el puño, miró a Esquivel a los ojos y le juró que si entraba en la isla de Jamaica, le cortaría la cabeza. Sin embargo, la amenaza no surtió efecto, y pronto Juan de Esquivel se dirigía a Jamaica con su pequeña flotilla, decidido a conquistarla y poblarla.

El Almirante se opuso firmemente a acatar las órdenes de la Corona y evitó la recluta de otros seiscientos hombres, avecindados en Santo Domingo, que contemplaba el asiento de Burgos. Solo permitió la salida de doscientos vecinos, alegando que si consentía un éxodo masivo, la isla quedaría despoblada y su economía en ruinas. Una Real Cédula de la reina Juana, fechada en Madrid el 28 de febrero de 1510, autorizaba al virrey a proceder como había dispuesto. La cédula confirmaba que, según el acuerdo entre el rey y Nicuesa y Ojeda sobre la población de la Tierra Firme, se les había dado la facultad de llevarse hasta seiscientos hombres de La Española. Sin embargo, la reina consideró que esto podría causar un gran daño a la isla, por lo que ordenó que el número se redujera a doscientas personas.

A pesar de esto, admitía que si Nicuesa y Ojeda querían completar los seiscientos con otros que no tuvieran vecindad ni indios, debían recibirlos. El cronista Anglería, con una imaginación desbordada, afirmaba que abandonaron La Española en compañía de Ojeda y Nicuesa un total de 1.085 hombres. Las Casas, presente en la isla en ese momento, mencionaba que Nicuesa logró embarcar a 700 hombres en cinco barcos y dos bergantines, mientras que Ojeda, con dos navíos y dos bergantines, solo reclutó a 300. Es evidente que ambos exageraban.

Luis Arranz, confiando en los relatos de los cronistas, afirma que, a pesar de las dificultades y obstáculos, más de mil españoles salieron de La Española entre finales de 1509 y 1510 en las armadas de Ojeda, Nicuesa y en las que Enciso y Colmenares llevaron meses más tarde para socorrer a dichos capitanes. Rodrigo de Colmenares, el teniente de Nicuesa, resulta ser el informante más veraz. En una carta a la Corona, relataba que, al llegar a la Tierra Firme, casi toda la expedición había desaparecido: “pues de 800 que pasaron con ambos gobernadores (Nicuesa y Ojeda) no había 300 vivos”. En el mismo informe, Colmenares aseguraba que Nicuesa llevaba 580 hombres, lo que implicaba que el grupo de Ojeda se compondría de solo 220.

El contexto migratorio hacia la Tierra Firme durante la época de Nicuesa y Ojeda revela un entramado complicado de tensiones, ambiciones y contradicciones. Desde un principio, la oposición del virrey Diego Colón a las capitulaciones que beneficiaron a Nicuesa y Ojeda marcó el inicio de un conflicto que se acentuó con la llegada de las noticias sobre los despliegues migratorios. Colón se sintió agraviado por la violación de los privilegios de su padre, el Gran Almirante, y actuó con decisión para sabotear los esfuerzos de sus rivales.

La falta de recursos humanos y bélicos para acometer la conquista de esas tierras fue una queja recurrente entre los testigos de la época. A pesar de las promesas de apoyo, tanto Colón como el rey se enfrentaron a la resistencia de los hombres a trasladarse a la Tierra Firme, debido al desagrado que generaba la figura del almirante. La llegada de informes contradictorios complicó aún más la situación, con los cronistas exagerando la magnitud de los desplazamientos y la realidad mostrando una disminución dramática en la cantidad de hombres disponibles para la conquista.

En este contexto, el envío de "malhechores desterrados" por parte de Ojeda en 1511 se volvió una medida desesperada, reflejando la angustia por la escasez de fuerzas para sostener las operaciones. La migración masiva de colonos a la Tierra Firme se produjo en un momento crítico para La Española, que comenzaba a estabilizarse después de años de desastres. El virrey Colón, en su intento de asegurar el control de la isla, obstaculizó el éxodo y buscó mantener una población fuerte en la región, mientras que a la vez apoyaba otras expediciones, como la conquista de Cuba.

El contraste entre los esfuerzos del virrey por afianzar su control y la resistencia de figuras como Balboa, quien emergía como un líder clave en la región, pone de manifiesto las dinámicas de poder en juego. La última estrategia de Colón para consolidar su autoridad fue reconocer a Balboa como gobernador, lo que, aunque parecía un gesto de pragmatismo, también reflejaba su necesidad de adaptarse a un panorama cambiante, donde las lealtades y alianzas eran fluidas y a menudo conflictivas.

En resumen, el flujo migratorio a la Tierra Firme durante estos años fue un fenómeno marcado por la competencia política, las tensiones personales y la búsqueda de poder, en un contexto donde las necesidades económicas y sociales de La Española se entrelazaban con las ambiciones de conquista en el continente.

El fracaso de la empresa de Diego de Nicuesa en las tierras de Veragua marcó un hito significativo en la historia de la colonización española en América. La armada que partió de Santo Domingo con grandes expectativas se redujo drásticamente, y las pérdidas humanas y materiales fueron devastadoras. A finales de 1510, los sobrevivientes se encontraban en condiciones deplorables, hambrientos y enfermos, lo que reflejaba no solo la fragilidad de la empresa colonial, sino también las difíciles circunstancias a las que se enfrentaban los conquistadores en su búsqueda de riquezas y territorios.

La retirada hacia el golfo de Urabá y el establecimiento en Santa María de la Antigua del Darién simbolizaban la pérdida de control sobre una zona que, aunque rica en potencial, se había convertido en un espacio inhóspito y lleno de peligros. Con el fracaso de Nicuesa, la frontera entre los territorios españoles y las tierras indígenas quedó abierta, creando una especie de vacío en el que las reclamaciones de los herederos de Colón siguieron resonando.

La decisión de la corona de conceder a Bartolomé Colón el permiso para poblar Veragua, en un intento por apaciguar a la familia del Gran Almirante, demuestra cómo las tensiones y rivalidades por el control de los territorios coloniales estaban lejos de resolverse. Sin embargo, estas concesiones llegaron demasiado tarde para satisfacer las ambiciones de la familia colombina, que veía sus derechos sobre la Tierra Firme como algo mucho más amplio.

La reclamación presentada por Juan de la Peña en nombre de Diego Colón ante el Consejo de Indias, el 3 de enero de 1512, marcó el inicio de un proceso judicial que se conocería como el "Pleito del Darién". Este conflicto legal se convertiría en un episodio emblemático de la lucha por el poder y los privilegios en el Nuevo Mundo, donde la herencia de los derechos conquistados se entrelazaba con la realidad de las expediciones fallidas y la incertidumbre inherente a la colonización. El "Pleito del Darién" no solo reflejó la ambición personal de los Colón por afianzar su influencia, sino también las complejidades administrativas y jurídicas que rodeaban la expansión territorial de la Corona española. En un contexto donde los derechos de descubrimiento y conquista eran objeto de interpretaciones contradictorias, este pleito se transformaría en un símbolo de las luchas internas y las dinámicas de poder en la nueva España, así como de las tensiones entre la familia Colón y las autoridades de la Corona.

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En aquellos tiempos, los descubridores, tras el hallazgo del Mar del Sur, buscaban una rápida conexión entre los dos océanos. Diego de Nicuesa, mientras exploraba las costas del Atlántico, fundó el puerto de Gracias a Dios. Según la leyenda, al llegar a una bahía segura con provisiones tras muchas penurias, Nicuesa exclamó: “Gracias a Dios que hemos encontrado la salvación”, dando nombre al puerto.

Y como ya dijimos, la villa de San Sebastián finalmente sucumbió, y sus habitantes fueron rescatados por Martín Fernández de Enciso, quien estaba acompañado por Vasco Núñez de Balboa, un aventurero que años antes había llegado escondido en un barril, según su biografía y la de Rodrigo de Bastidas. Balboa aconsejó a Fernández fundar una nueva ciudad en las selvas del Darién, que fue bautizada como Santa María de la Antigua. Esta nueva ciudad fue poblada por los supervivientes de San Sebastián y más tarde por los hombres de Nicuesa, quien había sido depuesto por su tripulación. Sin embargo, en un oscuro episodio, Balboa embarcó a Nicuesa y sus hombres en un frágil barco y los desterró hacia un destino incierto.

Una tempestad hundió la nave en la que viajaba Nicuesa, y todos sus ocupantes perecieron. La historia de Santa María de la Antigua merece más de un capítulo, pero basta con mencionar la obra de Fernández de Oviedo en su Historia General y Natural de las Indias para entender su relevancia.

El emperador Carlos V, a pesar de haber recibido informes de las hazañas de Vasco Núñez de Balboa en el Darién, decidió enviar a Pedrarias Dávila, figura de la que se ha escrito una extensa biografía. Según documentos auténticos, en 1509 comenzaron las primeras colonizaciones en tierra firme, coincidiendo con la llegada de Diego Colón a La Española, hijo del descubridor de las Indias Occidentales. En esta época se extendieron las exploraciones y conquistas: Jamaica bajo el mando de Juan de Esquivel, Puerto Rico con Juan Ponce de León, y Cuba con Diego Velásquez.

Es conocido que Balboa, en su histórica expedición, avistó el océano Pacífico el 25 de septiembre de 1513 gracias a su emisario, Alfonso Martín de Don Benito. El 29 de ese mismo mes, Balboa tomó posesión formal del nuevo océano en nombre de los Reyes de Castilla y León. Cabe mencionar que ya desde finales de 1512, Balboa estaba al tanto del posible descubrimiento, como lo confirma una carta fechada el 20 de enero de 1513 en Santa María del Darién, publicada por Fernández de Navarrete en su Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV, Tomo III.

La biografía de Pedrarias Dávila, escrita por Pablo Álvarez Rubiano, cita a Toribio Medina, ilustre historiador chileno, en su obra “El descubrimiento del Océano Pacífico: Vasco Núñez de Balboa, Hernando de Magallanes y sus compañeros, Tomo II”, que detalla los hechos de este importante descubrimiento.

Con la noticia del hallazgo de Balboa, el interés en España, que había disminuido, renació con fuerza, impulsado por la imaginación de la época, que aún conservaba el espíritu de las novelas de caballería que Cervantes satirizó en Don Quijote de la Mancha. Este espíritu aventurero seguía vivo en el pueblo español, que jugó un papel crucial en los descubrimientos que cambiarían el curso de la historia mundial. Un vistazo a las crónicas de Las Casas, Navarrete o Herrera, nos recuerda el fervor con el que se hablaba de Tierra Firme, donde se decía que el oro se podía pescar con redes. Las Casas, en su Historia de las Indias, relata cómo esta fama atrajo a gran parte de Castilla, lo que llevó al propio rey a nombrar a esa tierra "Castilla del Oro".

Navarrete aborda de manera detallada las expediciones al interior del continente, cuyo objetivo principal era encontrar rutas que conectaran los dos océanos, una de las mayores preocupaciones del Imperio y de las gobernaciones en América del Sur. El primer intento de colonización sistemática fue realizado por Fernando el Católico en 1514 con el nombramiento de Pedrarias Dávila, cuyo mandato daría lugar a las Leyes de Indias. Como señala Antonio Ballesteros y Beretta en su Historia de España, estas leyes fueron un ejemplo imperecedero de legislación colonial. Humboldt, en su Ensayo Político sobre el Reino de Nueva España, también destaca que España no veía a sus posesiones ultramarinas como colonias, sino como parte integral de su monarquía, lo que resultó en una legislación más justa que la de otras potencias coloniales.

La legislación española de la época colonial, especialmente tras las quejas del obispo de Chiapas, Fray Bartolomé de las Casas, fue avanzada y justa para su tiempo. Sin embargo, los conquistadores a menudo la eludían bajo la famosa máxima: "se obedece, pero no se cumple". Pedrarias Dávila, conocido simplemente como Pedrarias, fue nombrado gobernador y capitán general de Tierra Firme y Castilla del Oro el 27 de julio de 1513, en reemplazo de Diego de Nicuesa.

Según el señor Serrano Sáenz en su obra Preliminares del gobierno de Pedro Arias Dávila en Castilla del Oro, citada por Pablo Álvarez Rubiano, el 4 de agosto de 1513 el rey Fernando el Católico dio a Pedrarias instrucciones detalladas. Estas incluían la fundación de villas y ciudades, la repartición de tierras entre los colonos, la reglamentación de la explotación de minas y la facultad para expulsar a aquellos individuos cuya presencia fuera perjudicial. Esta última medida probablemente se otorgó en relación con Núñez de Balboa, visto como una amenaza para el poder público.

Lo que Sáenz no menciona, pero es relevante para el contexto histórico, es que estas instrucciones también ordenaban realizar exploraciones para encontrar una ruta que conectara el Mar del Sur (Océano Pacífico). Entre 1515 y 1516, se llevaron a cabo exploraciones legendarias a cargo de Gonzalo de Badajoz y Luis de Mercado, quienes seguían las indicaciones del cacique Pariza.

Con el fin de organizar las colonias y que estas pudieran sostenerse económicamente, se crearon varios cargos administrativos: tesorero, contador, factor y veedor. Este último puesto fue ocupado por Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, futuro cronista y autor de la Historia General y Natural de las Indias.

Pedrarias también nombró a Gaspar de Espinosa como alcalde mayor de su expedición. Espinosa jugaría un papel clave en la futura conquista del Imperio del "Birú" (Perú), junto a Francisco Pizarro, Diego de Almagro, Hernando de Luque y el piloto Bartolomé Ruiz, conocido como el "torero del mar".

En cuanto a los asuntos religiosos, el emperador Carlos V se preocupó por estos temas y pidió al Papa León X la creación de un Patriarca de las Indias. El rey propuso al arzobispo Juan Rodríguez de Fonseca para dicho cargo, y a Fray Juan de Quevedo, de la Orden de San Francisco, como obispo de la nueva diócesis de "Bética Aurea", con sede en Santa María de la Antigua y jurisdicción en Castilla del Oro.

La expedición liderada por Pedrarias Dávila a Tierra Firme fue notable por su tamaño y el prestigio de sus participantes, muchos de los cuales eran oficiales veteranos de las guerras de Italia, desocupados tras la paz. Diversos cronistas de la época relataron los detalles de esta aventura, entre ellos Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, Francisco de Jerez en su Verdadera relación de la conquista del Perú, Pedro Cieza de León en su Crónica del Perú, Antonio de Herrera en sus Décadas, Fray Bartolomé de las Casas en su Historia de las Indias, y especialmente Pedro Mártir de Anglería en su Década II.

Una de las historias más conmovedoras de este viaje es la de Isabel de Bobadilla, la esposa de Pedrarias. Isabel, de noble linaje, insistió en acompañar a su esposo a pesar de los peligros del desconocido continente americano. Según cuenta Pedro Mártir de Anglería, Pedrarias no quería que ella lo acompañara debido a los riesgos, pero Isabel le escribió una carta decidida, en la que expresaba que prefería enfrentar cualquier peligro o incluso la muerte antes que vivir separada de él:

“Amado esposo: Me parece que nos unimos desde jóvenes con el yugo marital para vivir juntos, no separados. A donde quiera que te lleve la suerte... sábete que te he de acompañar yo. Ningún peligro puede amenazarme tan atroz... Es preferible morir una vez... que consumirme en luto perpetuo y continua tristeza, esperando no al marido sino sus cartas. Esta es mi resolución...”.

Isabel demostró un espíritu inquebrantable y una valentía admirable, que contrastaba con los peligros inherentes a las expediciones coloniales de la época.

Por otro lado, Antonio de Herrera, en su Década Primera, describe el lujo y la magnitud de la expedición. Según él, más de dos mil jóvenes, junto con algunos ancianos codiciosos, se ofrecieron a acompañar a Pedrarias, algunos costeándose sus propios gastos. Herrera menciona que la cantidad de personas que deseaban participar en la expedición era tan grande que, si se hubiera permitido a diez mil personas embarcarse, todas lo habrían hecho de buena gana. Esta gran afluencia de voluntarios incrementó aún más el entusiasmo por la expedición a Tierra Firme en el Darién, que ya de por sí despertaba grandes expectativas.

La determinación de figuras como Isabel de Bobadilla y el interés masivo en la expedición reflejan el espíritu de aventura y codicia que predominaba en la conquista de América, junto con los grandes riesgos y sacrificios que implicaba.

La expedición de Pedrarias Dávila a Tierra Firme no solo fue notable por su tamaño, sino también por el lujo y la suntuosidad que la rodearon desde su inicio. Inicialmente, el rey Fernando el Católico había ordenado que el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, regresara a Nápoles con un ejército espléndido. Sin embargo, por razones desconocidas, el monarca cambió de opinión en el último momento, dejando a muchos nobles que habían hecho grandes preparativos desilusionados y defraudados. Ante la noticia del despacho de Pedrarias hacia las Américas y las promesas de riquezas en el Darién, muchos de estos nobles decidieron ofrecerse a la expedición, esperanzados en las oportunidades que creían que encontrarían, similares a las que habrían tenido en Italia.

El teniente general de la expedición fue Juan de Ayora, mientras que otros capitanes importantes fueron Juan de Zurita, Gaspar de Morales, Pedrarias el Mancebo (hijo de Pedrarias), Hernando de Soto, Diego de Almagro y Sebastián de Belalcázar. Además de los soldados y capitanes, también hubo una notable participación de clérigos, como se menciona en la Colección Muñoz, y personajes de gran relevancia como Bernal Díaz del Castillo y el piloto florentino Juan Vespucio, sobrino de Américo Vespucio, quien era un experto en navegación.

La expedición llegó finalmente al puerto de Santa Marta, conocido por los indígenas como Saturma. Allí comenzaron los primeros enfrentamientos con las tribus locales, quienes resistieron ferozmente con flechas envenenadas, causando numerosas bajas entre los españoles. No obstante, el 29 de junio, Pedrarias y su ejército arribaron a Santa María de la Antigua del Darién. Pedrarias envió emisarios a Vasco Núñez de Balboa, quien gobernaba provisionalmente en Urabá, para informarle de su llegada.

La llegada de Pedrarias a Santa María fue todo un espectáculo de pompa y ostentación. Según Don Ángel Altolaguirre y Duvale en su obra Vasco Núñez de Balboa, Pedrarias hizo una entrada triunfal acompañado de su esposa, doña Isabel de Bobadilla, el obispo don Juan de Quevedo, oficiales reales y capitanes lujosamente vestidos, seguidos por sus tropas armadas, listas para enfrentar cualquier resistencia que Balboa pudiera presentar. Sin embargo, en un gesto de humildad, Balboa salió a recibir a Pedrarias desarmado y con sus vestiduras habituales, mostrando así que en Santa María prevalecía el trabajo sobre la ostentación, un claro contraste con la orgullosa llegada de Pedrarias y su séquito.

Esta escena marca el inicio de una tensa relación entre Pedrarias y Balboa, dos figuras claves en la historia del Darién y la conquista de las Américas, cuyas interacciones posteriores tendrían profundas consecuencias en el desarrollo de la colonia.

La llegada de Pedrarias y su séquito a las inhóspitas tierras del Darién generó un fuerte impacto entre quienes se habían dejado seducir por las promesas de riqueza y prosperidad. La cruda realidad de la selva, con sus privaciones y peligros, rápidamente desmoronó esas ilusiones. Muchos de los alimentos traídos por la expedición se echaron a perder debido al clima, convirtiéndose en venenos que causaban enfermedades y la muerte. Pascual de Andagoya, futuro gobernador de San Juan y testigo presencial de los desastres, relató en su “Relación” que en un solo mes murieron 700 hombres a causa de la hambruna y la enfermedad, un mal al que llamaban "modorra". La desesperación era tal que, como menciona Andagoya, "Les peso tanto a los que allá estaban de nuestra ida que ninguna caridad hacían a nadie", es decir, no recibieron ayuda alguna de los colonos ya establecidos.

En cuanto a las tensas relaciones entre Pedrarias Dávila y Vasco Núñez de Balboa, estas fueron un capítulo aparte marcado por una fuerte enemistad. A pesar del intento de Pedrarias por apaciguar las tensiones mediante un pacto matrimonial entre su hija y Balboa, la hostilidad no cesó. Ni siquiera la intervención de figuras influyentes como Gaspar de Espinosa, el obispo Juan de Quevedo o incluso la propia esposa de Pedrarias, doña Isabel de Bobadilla, fue suficiente para calmar los ánimos.

El 20 de marzo de 1515, Balboa recibió un nuevo nombramiento como gobernador de Panamá y Coiba, y Adelantado de la Mar del Sur. Esta designación sorprendió a muchos, especialmente a su adversario Pedrarias, aunque alegró a sus aliados como Espinosa, Quevedo, Pasamonte y Conchillos. Sin embargo, el rey Fernando dejó claro que, a pesar del nuevo cargo de Balboa, debía seguir sometido a la autoridad de Pedrarias, quien ostentaba el poder supremo en la región: “Es mi voluntad que en estas partes haya una sola persona y una cabeza y no más para que todos sigan y hagan lo que aquel ordenare y mandare como si yo en persona lo mandase”.

A pesar de la tensa relación, Balboa presentó a Pedrarias un informe de gran valor, con detalles estratégicos sobre los ríos donde se encontraba oro, los sitios ricos en perlas y la posibilidad de trazar un camino entre los océanos Atlántico y Pacífico, algo que ya vislumbraba la futura creación de una vía acuática. Este informe, que fue recogido por Oviedo y Valdez, así como por el historiador Toribio Medina, incluye una lista de caciques con los que Balboa había negociado y hecho las paces, entre ellos Careta, Ponca, Comogre y Tubanamá. Además, destacaba la hazaña de Balboa al haber descubierto el Mar del Sur (el Pacífico) en 1513 y la Isla de las Perlas, y haber cruzado personalmente el istmo de mar a mar, siguiendo rutas previamente trazadas y cartografiadas con precisión. Balboa, en todo, había dicho la verdad, un hecho que reafirmaba su estatus como uno de los grandes exploradores de la época.

El odio hacia Vasco Núñez de Balboa fue intensificándose hasta alcanzar su punto culminante con la sentencia de muerte, ejecutada entre el 14 y el 21 de enero de 1519, aunque algunos, como Carlos Peraya, habían señalado erróneamente el año 1517. José María de Altolaguirre, en un comentario sobre la trágica muerte de Balboa, señaló: “No llevaron al patíbulo a Vasco Núñez por los crímenes de los que lo acusaba la sentencia. Lo llevó la grandeza de su descubrimiento, que concitó contra él la envidia y el odio de quienes, con su muerte, veían libre el camino para saciar su ambición en los descubrimientos en la Mar del Sur”.

Fray Bartolomé de las Casas también relata este episodio con una fuerte carga emotiva. Durante el pregón que precedía a su ejecución, se proclamaba: “Esta es la justicia que manda hacer el rey nuestro señor y Pedrarias su lugarteniente, por traidor y usurpador de las tierras subyugadas a su real corona". Al escuchar esto, Balboa, con la mirada alzada, respondió: "Es mentira y falsedad que se me levanta... nunca por pensamiento me pasó tal cosa, ni pensé que de mí tal se imaginara. Siempre fue mi deseo servir al rey como fiel vasallo y aumentarle sus señoríos con todo mi poder". Junto a Balboa, también fueron ejecutados Fernando de Argüello, Luis Botello, Hernando Muñoz y Andrés de Valderrábano.

Tras la muerte de Balboa, Pedrarias quedó libre para continuar sus planes de expansión y exploración en busca de una ruta entre los dos océanos. Diversos exploradores participaron en estas expediciones, como Luis Carrillo, Juan de Ayora, Bartolomé Hurtado, Pedrarias el Mancebo, el bachiller Martín Fernández de Enciso, Francisco de Vallejo, Gaspar de Morales, y muchos más. Cada uno de estos episodios de exploración estaba impregnado de eventos trascendentales que reflejaban la dualidad del carácter español: por un lado, el idealismo quijotesco y, por otro, el pragmatismo de Sancho Panza. La ambición de hallar un camino entre los mares o un canal que uniera las aguas del Atlántico y el Pacífico no solo mostraba el poderío de su imaginación, sino también el realismo de su empeño, en una mezcla de ingenio y perseverancia.

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El Jerónimo de Aguilar histórico: náufrago y traductor.

En realidad, sabemos poco sobre el verdadero Jerónimo de Aguilar. Las referencias sobre él giran principalmente en torno a su rol como traductor de Hernán Cortés durante la conquista de México, su "cautiverio" entre los indígenas de Yucatán entre 1511 y 1519, y algunas noticias posteriores de menor relevancia. A partir de estas fuentes, aunque incompletas, se ha podido reconstruir en gran parte su vida y trayectoria.

Jerónimo de Aguilar nació en 1489 en Écija, hijo de Alonso Hernández “el Ronco” y Juana García. No existen registros sobre su infancia o adolescencia, pero un documento de 1520 menciona que once años antes, en 1509, Jerónimo había partido hacia La Española. En ese momento, Diego Colón había sido nombrado gobernador de las Indias y nuevas expediciones se organizaban para continuar las conquistas en Tierra Firme. Jerónimo, con unos 20 años, se alistó con Diego Nicuesa, adelantado de Veragua.

Como es bien sabido, tanto la expedición de Nicuesa como la de Alonso de Ojeda, adelantado de Urabá, fracasaron. Ninguna de las dos logró establecerse sólidamente en Tierra Firme ni someter con éxito a los indígenas. Durante esas campañas, los expedicionarios sufrieron hambre y una grave escasez de recursos. Las tropas, ya sin sus líderes, terminaron desesperadas y reducidas, acampando en la ribera oriental del río Urabá. En esta precaria situación, enviaron una carabela a La Española en busca de provisiones, armas y refuerzos.

Jerónimo fue uno de los que se embarcaron en ese viaje "de rutina", que normalmente tomaba unos ocho días. Al mando de la misión estaba Valdivia, un seguidor de Núñez de Balboa, quien ya había completado ese trayecto sin mayores problemas. Sin embargo, esta vez todo salió mal: la carabela encalló cerca de Jamaica y se hundió. Los sobrevivientes, entre ellos Jerónimo, lograron subir a un pequeño bote, que después de trece días a la deriva llegó a la costa oriental de la península de Yucatán.

En Yucatán, Jerónimo vivió durante ocho años entre los indígenas, aunque su situación exacta sigue siendo incierta. Las crónicas indican que fue esclavo o sirviente de un cacique maya de Ecab, aunque los nombres del cacique varían según las fuentes, lo que hace cuestionable la veracidad de este dato. Otra posibilidad es que Jerónimo viviera de forma más cómoda entre los indígenas, como sucedió con otros náufragos españoles que no representaban una amenaza y fueron tratados con generosidad. Esta hipótesis se refuerza con la Crónica Chac Xulub Chén, que menciona a Jerónimo como yerno de un cacique, lo que sugiere que pudo haberse casado en Yucatán e incluso haber tenido hijos. Si esto fuera cierto, Jerónimo, junto con Gonzalo Guerrero, sería uno de los primeros padres de mestizos en México.

Lo que sí es claro es que, tan pronto como pudo, Jerónimo abandonó Yucatán y se unió a las filas de Hernán Cortés. Esto indica que nunca se adaptó completamente a la vida entre los indígenas, ya que decidió no quedarse cuando tuvo la oportunidad de hacerlo.

Cortés llegó a Yucatán, entre otras razones, en busca de los náufragos cristianos que vivían "cautivos" entre los indígenas. Diego Velázquez, gobernador de Cuba, había sabido de su existencia tras interrogar a un indígena yucateco capturado dos años antes por Francisco Hernández de Córdoba. Velázquez había ordenado a Cortés que los rescatara. Para Cortés, además de cumplir con esa orden, los náufragos representaban una valiosa oportunidad, ya que sabía que necesitaría traductores y prefería confiar en los cristianos sobre los intérpretes nativos.

Cortés envió una carta con unos indígenas para convocar a los náufragos, pero no recibió respuesta a tiempo. Mientras reparaba una nave dañada en Cozumel, Jerónimo llegó en una canoa. Tras ser interceptado por Andrés de Tapia, fue llevado ante Cortés, donde relató su historia: la salida del Darién, el naufragio, y su tiempo como sirviente de un cacique maya.

Cortés, satisfecho con esta información, partió inmediatamente hacia la Nueva España, dejando atrás a otro náufrago, Gonzalo Guerrero. Aunque sabía de su existencia, decidió no detenerse en buscarlo, ya que tenía prisa por llegar a la Nueva España antes de que algún otro conquistador le ganara la ventaja. Así, Guerrero fue abandonado, sin saber que en el futuro se convertiría en una figura clave en la resistencia indígena frente a los conquistadores.

Antes de partir de Cozumel, Jerónimo asumió su nuevo rol en la expedición a la que se había unido. Según los relatos, cuando Cortés se despidió de los isleños, Jerónimo tradujo sus advertencias para que abandonaran sus ídolos y veneraran la cruz y la imagen de la Virgen María que les habían entregado. Sin embargo, el papel de traductor de Jerónimo pronto se volvió irrelevante, ya que después de Tabasco los indígenas no hablaban maya, sino náhuatl. No obstante, la aparición de Malintzin (Marina o Malinche), una de las mujeres indígenas entregadas a Cortés tras la victoria sobre los tabasqueños, restauró su función. Como es sabido, entre ambos realizaron un trabajo conjunto de traducción que fue de gran utilidad para Cortés en la conquista de México. Cortés formulaba sus preguntas en castellano, Jerónimo las traducía al maya, y Malintzin, a su vez, al náhuatl. Las respuestas seguían el proceso inverso.

No está claro cuándo este equipo dejó de ser útil para Cortés. Algunos indicios sugieren que Malintzin aprendió rápidamente español, lo que permitió a Cortés prescindir de Jerónimo. Sin embargo, también existen otras versiones que sugieren que Jerónimo pudo haber aprendido náhuatl y continuó sirviendo como traductor entre los españoles y los mexicas, aunque no necesariamente al servicio de Cortés. De cualquier forma, tras la conquista de México, Cortés lo nombró regidor de Segura de la Frontera, probablemente en recompensa por sus servicios durante la guerra.

A pesar de este nombramiento, la relación entre Jerónimo y Cortés no era buena. Existen varios documentos que, aunque breves, sugieren que tuvieron serios conflictos. Por ejemplo, durante el juicio de residencia de Cortés, Jerónimo lo demandó por "tres vacas y sus multiplitos" y más tarde por "ciertos servicios que le fizo en Honduras, e de dos mil pesos, por ochocientos puercos".

La confrontación escaló cuando, en mayo de 1529, Jerónimo testificó en contra de Cortés, revelando sus astucias para deshacerse de otros conquistadores. Declaró que Cortés había solicitado a Moctezuma que entregara muerto a un tal Pinedo, quien había desertado con Narváez. También acusó a Gonzalo de Sandoval de recibir órdenes de apresar o matar a Narváez, ofreció 500 pesos al primer hombre que capturara a Narváez, y ordenó la detención y expulsión de Cristóbal de Tapia, además de forzar a sus subordinados, bajo pena de muerte o cien azotes, a marchar contra Francisco de Garay.

Jerónimo también acusó a Cortés de mantener una doble moral: públicamente se mostraba temeroso de Dios y buen cristiano, pero en privado "se había echado carnalmente con Marina, con su sobrina Catalina, con muchas hijas de señores indígenas, con dos hijas de Moctezuma, con una tal Catalina de Castilla y con la hija de esta última". Además, afirmó haber oído rumores de que había matado a su esposa y que no había construido una iglesia.

Uno de los motivos más relevantes detrás de estas acusaciones fue que Jerónimo había sido nombrado regidor perpetuo por las autoridades coloniales, pero Cortés, que no deseaba este tipo de regidores, ocultó el nombramiento. Posteriormente, los procuradores de Cortés argumentaron, aunque sin gran solidez, que esta acusación era falsa, calificando a Jerónimo de "gente baja", "enemigo de Cortés" o al menos muy cercano a sus enemigos.

En 1534, el juicio se reabrió y Jerónimo fue citado como testigo, pero no compareció, pues ya había fallecido tres años antes, en 1531, a causa del "mal de bubas", o sífilis, como se conocía entonces.

De su vida personal se sabe poco. Quizás debido a sus desavenencias con Cortés, parece haber tenido una vida modesta. No hay evidencia de que se enriqueciera, y sólo se registran dos documentos en los que delega poderes para cobrar deudas a terceros. En Tlaxcala, se unió como concubino a Elvira Toznenitzin, hija del cacique de Topoyanco, con quien tuvo dos hijos. Una de ellas, posiblemente Luisa, solicitó en 1584 al gobierno de la ciudad de México una pensión en compensación por los servicios de su padre como conquistador y primer traductor de México, ya que vivía en condiciones precarias.

Es difícil determinar el momento exacto en que Jerónimo Aguilar se convirtió en una figura mítica, pero se pueden plantear dos posibles inicios: su propio relato ante Cortés y sus hombres tras ser rescatado, o bien una serie de confusiones y exageraciones introducidas por los cronistas de Indias al narrar su estancia en Yucatán.

En el primer caso, cuando fue rescatado en Cozumel, Aguilar había adoptado una apariencia tan similar a la de los indígenas que los españoles no lo reconocieron. Se cuenta que Cortés tuvo que preguntar a Tapia por "el español", y fue entonces cuando Jerónimo respondió: "Yo soy". Es posible que Aguilar temiera ser acusado de apostasía—de haberse "indianizado" o incluso vuelto idólatra—lo que podría haberle acarreado severos castigos. Así, pudo haber exagerado o inventado ciertos detalles que justificaran su apariencia y le protegieran de tales acusaciones. Por ejemplo, se presentó como un devoto cristiano que rezaba continuamente, que poseía "órdenes de evangelio", que nunca se había casado con una indígena y que había sido simplemente sirviente de un cacique.

Este relato fue aceptado por Cortés, a quien no le interesaba juzgarlo, sino aprovechar sus conocimientos sobre las sociedades indígenas de la región. Con Aguilar, Cortés seguramente reafirmó su creencia de que las grandes riquezas no se encontraban en Yucatán, sino en el interior de México. Así, partieron hacia la Nueva España, la cual conquistarían dos años después, en 1521.

Con el tiempo, la necesidad de recordar estos eventos como una historia en sí misma se hizo evidente, como lo señala el compilador de las *Cartas de Relación* de Cortés. Estos relatos servían para resaltar los méritos de los conquistadores ante la Corona (como lo hace Bernal Díaz del Castillo), para glorificar los hechos de la España del siglo XVI o para mostrar cómo los acontecimientos llevaron de forma "natural" a la expansión del imperio ultramarino. En otras palabras, y este sería el segundo caso, había varios motivos para reconstruir lo sucedido y narrarlo como una historia coherente.

Sin embargo, Jerónimo no dejó escritos, por lo que los encargados de relatar su rescate y hazañas fueron sus compañeros de campaña. De ellos, solo Cortés dejó un testimonio más detallado, mientras que otros, como Tapia, apenas mencionaron el episodio; Fray Francisco de Aguilar lo narró de manera incompleta y Bernal Díaz del Castillo lo hizo muchos años después. El primero en escribir sobre ello fue Pedro Mártir de Anglería, en 1521, basándose en la primera *Carta de Relación* de Cortés y algunas entrevistas con conquistadores. Años más tarde, en 1552, López de Gómara retomó en parte a Mártir, ampliando y dramatizando el relato. En 1565, Cervantes de Salazar continuó con la historia basándose en Gómara, y su versión fue copiada casi literalmente por Antonio de Herrera, quien la publicó en 1601. La obra de Herrera, a su vez, sirvió de fuente para Torquemada y López Cogolludo, cuyas versiones fueron publicadas en 1615 y 1688, respectivamente.

Así, a lo largo de los siglos, el episodio de Jerónimo Aguilar fue contado y recontado, cada vez con nuevos detalles y matices, hasta consolidar su imagen como un héroe mítico en la historia de la conquista de México.

El proceso que transformó a Jerónimo de Aguilar de un náufrago y traductor en un héroe mítico se dio principalmente a través de la repetición y exageración de relatos históricos que se alejaron de los hechos originales. Aunque el punto de partida de esta mitificación no es claro, hay dos posibles escenarios: uno en el que el propio Jerónimo, temeroso de ser acusado de apostasía, embelleció su relato tras su rescate por Cortés; y otro en el que los cronistas e historiadores de Indias, al recontar su historia, comenzaron a aderezar los detalles, convirtiéndolo en una figura heroica.

Cuando fue rescatado en Cozumel, Jerónimo fue descrito como casi irreconocible, al punto de que los españoles no lo identificaron como uno de los suyos. Ante el temor de ser considerado un traidor a la fe cristiana por su apariencia y estancia prolongada entre los indígenas, Aguilar pudo haber exagerado su devoción cristiana, presentándose como un hombre piadoso, célibe y fiel a sus creencias. Su relato fue aceptado por Hernán Cortés, quien no estaba interesado en juzgarlo, sino en aprovechar su conocimiento sobre la región.

Sin embargo, al no haber escrito nada por sí mismo, los cronistas posteriores construyeron su imagen a partir de testimonios indirectos y fuentes secundarias. Pedro Mártir de Anglería fue el primero en publicar sobre Aguilar en 1521, basándose en la carta-relación de Cortés. Luego, historiadores como López de Gómara, Cervantes de Salazar y Antonio de Herrera contribuyeron a transformar la figura de Aguilar, añadiendo elementos que lo idealizaban cada vez más. Cervantes de Salazar, en particular, presentó a Aguilar como un apóstol del cristianismo y un hábil guerrero, incluso añadiendo una escena en la que resistía la tentación sexual de una joven india, en una historia que recordaba a la de José en la Biblia.

Este proceso de mitificación continuó a lo largo de los siglos, con la obra de López Cogolludo influyendo en historiadores del siglo XIX, quienes, a su vez, siguieron alimentando esta versión heroica de Aguilar. Durante el siglo XIX, cuando la Guerra de Castas asolaba Yucatán, la figura de Jerónimo de Aguilar fue instrumentalizada para reforzar la narrativa de la superioridad moral de los blancos cristianos sobre los indígenas "bárbaros", convirtiéndose en un héroe cultural para la sociedad yucateca racista y antiindigenista.

Lo irónico es que, mientras se construía esta imagen idealizada, surgían contradicciones que desafiaban su veracidad. Por ejemplo, Bernal Díaz del Castillo ya había relatado en 1632 que Aguilar, el "campeón del celibato", había muerto de sífilis. Además, la Historia de Indias de Bartolomé de las Casas anotaba que las hamacas, protagonistas de la anécdota de su continencia sexual, no existían en Yucatán en la época en que Aguilar vivió allí. Esto obligó a historiadores como Molina Solís a modificar estos detalles, reemplazando la hamaca por una cama de arena para ajustar el relato a la realidad.

Así, la historia de Jerónimo de Aguilar, a través de siglos de reinterpretaciones y añadidos, refleja no solo la construcción de un héroe mítico, sino también las tensiones ideológicas y raciales de la época en que fue escrita y reescrita.

***

Gonzalo Guerrero

Gonzalo Guerrero se presenta como un personaje literario que encarna las múltiples perspectivas sobre el mestizaje que emergieron tras la conquista de México. A medida que se desarrolla su historia, el sincretismo cultural que experimenta redefine no solo su identidad, sino también el propio concepto de lo que significa ser parte de dos mundos en conflicto.

La narrativa en torno a Guerrero permite una inversión significativa en la relación de poder tradicionalmente establecida entre los conquistadores españoles y las culturas indígenas. En lugar de ser el conquistador que impone su dominio, Guerrero se convierte en el conquistado, un español que se adapta y se integra en la cultura maya. Este cambio de perspectiva es fundamental, ya que desafía los estereotipos del conquistador brutal y muestra a Guerrero como un individuo que reflexiona sobre su nueva realidad, abriendo un espacio crítico en la literatura sobre la conquista.

Además, la representación de la cultura maya va más allá de ser una mera antítesis a la civilización europea. Se nos presenta como un tejido complejo de individuos que interactúan en diversas circunstancias, dotando a los mayas de una profundidad y humanidad que a menudo se pasa por alto en las narrativas históricas. Guerrero y los mayas no son solo personajes de una historia estática; son agentes activos en un proceso de adaptación mutua que enriquece sus respectivas culturas.

Por lo tanto, la obra que explora la figura de Gonzalo Guerrero nos invita a reconsiderar las narrativas del mestizaje y a reconocer la riqueza de los intercambios culturales. Al hacerlo, se abren caminos para construir perspectivas críticas y autocríticas desde dentro de ambas culturas, mostrando que la convivencia y el mestizaje son procesos dinámicos y multifacéticos que desafían las nociones tradicionales de identidad. Esta representación matizada contribuye a una comprensión más profunda de la historia, que reconoce no solo las realidades de la conquista, sino también las complejidades de las interacciones culturales que la acompañaron.

La novela "8 años entre salvajes" de José Baltazar Pérez se destaca como una obra pionera que se adentra en la historia de los náufragos, llenando los vacíos históricos con una imaginación que privilegia la figura del español. Aunque se centra en la experiencia de un náufrago, la obra también marca el inicio de un proceso de reivindicación cultural de los mayas, planteando cuestiones sobre la identidad que serán continuadas en obras como "Nicté-Há (Lirio de Agua)" de Álvaro Gamboa Ricalde y "Mayapán" de Argentina Díaz Lozano.

"Nicté-Há" narra las peripecias de Gonzalo Guerrero entre los mayas de Chetemal, incorporando datos etnográficos y arqueológicos que enriquecen su narrativa. La novela se centra en el amor entre Guerrero y una india maya, situándolo en el vibrante contexto natural del Mayab. Este trasfondo no solo resalta la belleza del paisaje virgen, sino que también permite una conexión profunda entre los personajes y su entorno. La descripción del bosque, donde la luz solar apenas penetra y la fauna y flora se despliegan en un escenario de semiobscuridad, refleja una naturaleza exuberante y llena de vida.

La atención al entorno natural en "Nicté-Há" se convierte en un elemento fundamental que resalta no solo la belleza del Mayab, sino también el sentido de pertenencia y la conexión emocional de los personajes con su tierra. La abundancia de agua y frutos en la selva sugiere un mundo en armonía, donde la naturaleza y la cultura maya se entrelazan de manera intrínseca. Este enfoque no solo contribuye a la construcción de una identidad compartida entre los personajes, sino que también desafía las narrativas que relegan a los pueblos indígenas a un segundo plano en la historia.

Así, estas obras, aunque desde distintas perspectivas, comienzan a construir un diálogo sobre la identidad, el mestizaje y la cultura, ofreciendo una visión más matizada y rica de la historia colonial y sus protagonistas. A través de personajes como Gonzalo Guerrero y el contexto cultural y natural en el que se desenvuelven, se plantea una reflexión crítica sobre las interacciones entre las culturas y los procesos de adaptación que emergen de la conquista.

El fragmento que mencionas destaca la riqueza y diversidad de la cultura maya a través de una enumeración detallada de los frutos que admiraban los españoles, resaltando nombres en lengua maya como ya, uayam, ox, choch, uzpib, on, kumche, cat, chacuob, xaan, y tuk. Esta inclusión del léxico maya no solo enriquece la narrativa, sino que también evidencia el esfuerzo del autor por educar al lector sobre las costumbres y creencias mayas, reflejando una clara intención didáctica. El subtítulo de la novela, "Novela americana (El primer mestizo mexicano nació en el Mayab. Divulgación de costumbres mayas anteriores a la Conquista)," subraya esta misión de reivindicación cultural.

Además, la obra se sumerge en cautivadoras descripciones de la naturaleza maya, donde el escritor emplea una adjetivación precisa y rica en significados, creando una musicalidad que realza la belleza del entorno. La metáfora que compara la arena húmeda de la playa con "una enorme cinta blanca" entre el "azul marino" y el "verde esmeralda" de los bosques no solo pinta un cuadro visual impresionante, sino que también evoca una sensación de armonía entre los elementos de la naturaleza.

La descripción de la vida silvestre que palpita en este paisaje es igualmente vibrante y evocadora. La mención de los "grandes alaridos" de la chachalaca, los "cantos monótonos" de las palomas torcazas, y las diversas aves como el "x’cucutcib," que, según la leyenda, llora el engaño de la ardilla, sugiere un ecosistema dinámico y lleno de narrativas que entrelazan la cultura maya con su entorno natural. El uso de imágenes auditivas y visuales intensifica la experiencia del lector, transportándolo a un mundo donde la naturaleza y la cultura están intrínsecamente conectadas.

La prosa también sugiere la tensión y el peligro que acechan en este entorno salvaje, donde los tigres, las dantas y los venados se mueven con cautela, lo que añade una dimensión de inmediatez y realismo a la descripción. Así, "Nicté-Há" no solo se erige como un testimonio de la belleza natural del Mayab, sino que también como un reconocimiento de la complejidad cultural que caracteriza a sus habitantes, haciendo de Gonzalo Guerrero un puente entre dos mundos en un contexto de mestizaje y transformación.

El análisis que presentas sobre las novelas en cuestión pone de relieve un enfoque diferente hacia el mestizaje y la cultura maya, en contraste con la obra de José Baltazar Pérez. Aunque estas novelas tienden a centrarse más en lo antropológico que en lo literario, logran cumplir un papel importante al documentar costumbres, intercalar citas de cronistas y ofrecer una perspectiva enriquecedora sobre el mundo maya.

La incorporación de elementos intertextuales, como las citas de fray Diego de Landa y los mapas históricos, aporta una dimensión didáctica que conecta la narrativa con el contexto histórico, lo que enriquece la experiencia del lector. Este enfoque da voz a las costumbres y tradiciones mayas, resaltando la complejidad de su cultura. Al incluir láminas que ilustran monumentos y personajes históricos, como El Caracol y el Templo de Kukulcán, las obras contribuyen a visualizar un mundo que, de otro modo, podría quedar relegado al olvido.

El dinamismo de las descripciones, especialmente en relación con el Juego de Pelota, refleja no solo un aspecto de la cultura maya, sino también una conexión emocional que permite al lector comprender la importancia de estas actividades en la vida cotidiana de los mayas. Este tipo de narración, que mezcla lo etnográfico con la ficción, crea una experiencia inmersiva que lleva a reconsiderar la percepción del mestizaje y la identidad.

El tratamiento del personaje de Gonzalo Guerrero es notable, ya que su integración en la cultura maya desafía la narrativa tradicional de la conquista. La hospitalidad que experimenta, el aprendizaje de su lengua y su participación en las celebraciones son elementos que humanizan al personaje y lo alejan de la imagen del conquistador brutal. Este enfoque revisionista, que resalta su posición como un aliado de los mayas, redefine su identidad a través de una lente de reciprocidad cultural.

La representación de Nicté-Há también es un aspecto significativo en este contexto. La descripción detallada de su apariencia y vestimenta no solo celebra la belleza de la cultura maya, sino que también la coloca en un lugar central en la narrativa, subrayando la interacción y el vínculo entre las culturas. Este tipo de retrato etnográfico ayuda a contrarrestar los estereotipos asociados con los indígenas y ofrece una visión más matizada y rica de su vida y sus tradiciones.

En conclusión, estas novelas, a pesar de su prosa más llana y escueta, desempeñan un papel crucial en la reivindicación de la cultura maya y en la exploración de las identidades mestizas. Al ofrecer un enfoque antropológico, logran llenar vacíos históricos y presentar a los personajes como individuos complejos, lo que enriquece la comprensión del proceso de mestizaje en la narrativa histórica.

El relato que presentas sobre la relación entre Gonzalo Guerrero y la princesa maya destaca la importancia de la figura femenina en la narrativa del mestizaje. A través de la figura de la princesa, se logra no solo humanizar el proceso de la conquista, sino también simbolizar una reconciliación entre dos culturas que, aunque inicialmente enfrentadas, encuentran puntos de conexión a través del amor.

La elección de nombres que resalten la nobleza de la princesa, como Aixchel, Nicté-Há e Ix Chel Can, no es casual. Estos nombres, cargados de significado y tradición, evocan la riqueza de la cultura maya y permiten que el lector sienta una conexión más profunda con la protagonista. Esta elección también contrasta con la falta de un nombre específico en algunas obras, lo que resalta la invisibilidad de las mujeres indígenas en la historiografía tradicional. Al elegir nombres que evocan deidades y leyendas, los novelistas reivindican la figura de la mujer maya, dándole un papel activo en la historia.

La representación del enlace entre Guerrero y la princesa en Gonzalo Guerrero de Eugenio Aguirre añade una dimensión cómica y teatral a la narrativa. La figura del "Ah Atanzah", un casamentero profesional, introduce un elemento de humor que permite al lector acercarse a la cultura maya desde una perspectiva más ligera y entretenida. A través de diálogos ingeniosos y descripciones vívidas, Aguirre construye una escena que, aunque ficticia, refleja la riqueza de las interacciones culturales.

El diálogo entre Guerrero y el casamentero revela no solo las costumbres de la nobleza maya, sino también el proceso de integración de Guerrero en esta nueva sociedad. La burla y la risa del casamentero resaltan la diferencia entre el español y los mayas, creando un espacio donde el español puede ser visto como un forastero en un mundo que no comprende del todo. Sin embargo, este diálogo también implica un proceso de aprendizaje y adaptación que desafía la visión tradicional de la conquista.

El pasaje menciona los requerimientos que el padre de la princesa establece para el matrimonio: la entrega de arras y un periodo de trabajo. Esto subraya no solo la importancia de las tradiciones matrimoniales en la cultura maya, sino también la consideración de Guerrero como un igual en este nuevo entorno. Al aceptar estas condiciones, Guerrero no solo se convierte en el prometido de la princesa, sino que también empieza a forjar su propia identidad en este contexto multicultural.

La imagen de Guerrero, cuya identidad se transforma a través del amor, se contrapone a las narrativas históricas que a menudo presentan a los conquistadores como figuras unidimensionales. La novela, al explorar el amor entre Guerrero y la princesa, permite vislumbrar una historia de mestizaje que no es solo de conquista y dominación, sino también de alianza y creación de nuevas identidades.

En definitiva, el tratamiento del amor entre Gonzalo Guerrero y la princesa maya en estas novelas ofrece una visión más matizada y rica de la historia, uniendo aspectos antropológicos con una narrativa literaria que invita a la reflexión sobre la complejidad de las relaciones interculturales en el contexto de la conquista. Esta relación amorosa despoja al mestizaje de connotaciones peyorativas, al humanizar a sus protagonistas y mostrar la posibilidad de entendimiento y coexistencia entre culturas diferentes.

La cuestión de la dote es un tema recurrente, que también aparece en Mayapán, aunque con una descripción más modesta. Carlos Villa Roiz, por su parte, cambia la perspectiva al utilizar una rica intertextualidad que incluye los códices Borgia, Laud y Vaticano, así como la crónica de Landa, para definir el concepto de dote desde el punto de vista europeo, encarnado en Gonzalo Guerrero:

"Lo cierto es que dos situaciones me inquietaban: enemigos y rivales aprovechaban mi ausencia para cortejar a la hija de Nachán Can. Además, carecía de bienes para corresponder con las arras que solía ofrecerse en una boda, como era costumbre en España. Según mis costumbres, las arras debían equivaler al diez por ciento de lo que aportaba el padre de la novia como un anticipo de la herencia. Entre los mayas, es común que las parejas se formen a los 12 y 13 años; las arras y la dote, en este contexto, eran muy poco, y el padre del novio las daba al consuegro y a la suegra, además de proporcionar vestidos a la nuera y al hijo".

Curiosamente, Otilia Meza presenta una visión diferente y menos heroica de esta práctica tradicional en su obra *Un amor inmortal*. En esta narrativa, Guerrero se muestra acobardado ante la inminencia de su sacrificio en el altar de los dioses; despojado de toda gloria, implora piedad con su mirada, y la princesa, airada, le dice a su padre: "Dádmelo, me quiero casar con él". Según Meza, el español "solo había aceptado casarse con ella para salvar su vida". Esta interpretación desafía la idea de un sincretismo cultural voluntario y respetuoso hacia el "otro". Con este retrato, la autora sugiere que la unión de Guerrero con la princesa es una cuestión de simple supervivencia en su complicado viaje, alineándose con la crítica de Rosa Pellicer, quien compara estas circunstancias con las vivencias que Álvar Núñez Cabeza de Vaca relata sobre Aguilar y Lope de Oviedo.

La imaginación de los escritores es fecunda a la hora de describir los ceremoniales extensos, suntuosos y diversos del matrimonio entre la princesa maya y Gonzalo Guerrero. Un contraste notable sobre la exuberancia del casamiento se encuentra en Mayapán, donde la autora hondureña Argentina Díaz Lozano opta por una prosa más económica que realza la sencillez de la ceremonia. A lo largo de estos detallados relatos, la tradición del tatuaje destaca por su simbolismo en la sociedad maya. Para Gonzalo Guerrero, según la creativa visión de Villa Roiz, el tatuaje representó mucho más que un simple ritual nupcial: marcó el clímax de su proceso de mayanización, junto con los adornos que incrustaron su cuerpo. Los tatuajes y perforaciones eran procesos irreversibles que le conferían un nuevo rango social. Era un bautizo de sangre, una iniciación estética esotérica que lo obligaba a renunciar a su cultura. Guerrero sabía lo que hacía; era una prueba de amor, y su decisión era irreversible.

Queda claro que, en las novelas, el conquistado es Gonzalo Guerrero, quien debe soportar, sin intervenir, el aplanamiento de la cabeza de su hija Ix Mo, para que la niña adquiera la belleza que sus parientes, especialmente sus abuelos, preferían: lisa y apiloncillada, como la de sus ancestros. Sin embargo, la novela de González-Blanco Garrido contradice la idea de una mayanización pasiva de Guerrero. En un fragmento revelador, se esboza un proceso de mestizaje mutuo, cuyos resultados se analizan a través de los hijos de la pareja, que simbolizan la primera generación de mestizos:

—Gonzalo, ¿puedo mandarle a alargar (deformar) la cabecita al niño mediante la colocación de dos tablitas muy bien amarradas, como acostumbramos especialmente entre los nobles mayas?

Al principio no supe qué contestar, pero después, más repuesto y con ternura, le respondí:

—Mira, no creo que sea necesario, porque Juan no es un "maya puro", sino un mestizo; su lugar entre la gente, y especialmente en la "nobleza", lo tendrá que ganar con trabajo, como yo lo he hecho. Cuando él sea grande, podrá hacer lo que desee, incluso tatuarse. Sin embargo, si algún día quiere irse al lugar de donde yo vengo, todo eso, y en especial la deformación de su cabecita, le haría la vida imposible, y no tenemos derecho como padres a "marcar" a nuestros hijos.

El diálogo intercultural que se manifiesta en el pasaje anterior se descompensa en el contraste de perspectivas presentado por *Mayapán* de Argentina Díaz Lozano y *Un amor inmortal: Gonzalo Guerrero* de Otilia Meza. Ambas novelas retratan de manera idealizada la vida conyugal de Guerrero: un esposo devoto, un padre prolífico y un hombre de carácter apacible, influenciado por la naturaleza y la ternura de su esposa.

El apoyo militar que Gonzalo Guerrero brindó a los indígenas le granjeó la simpatía de estos, pero también el resentimiento de sus compatriotas, de los cronistas y de relatos novelados como *El futuro fue ayer* de Torcuato Luca de Tena. No obstante, su figura se reivindica en *Gonzalo Guerrero: memoria olvidada* de Carlos Villa Roiz. La confesión de la hija de Guerrero, ya adulta, sobre la visión holística y religiosa de su padre, así como el sincretismo que lo define, actualiza el fragmento de la novela de González-Blanco Garrido. Las reflexiones de la joven parecen fruto de una educación donde prevalece una visión equilibrada de la identidad cultural de sus padres:

"Mi padre no había perdido la fe en Dios, en su Dios, aunque estaba confundido por la influencia cotidiana de nuevas creencias que a menudo eran contrarias a las suyas. Dios seguía presente en su corazón, y toda la naturaleza le hablaba de su existencia… Mi padre tuvo una visión más universal de Dios, pues su experiencia con los mayas le hizo comprender que el ser humano se distingue de los animales por su conciencia, gracias a la cual puede relacionarse con el creador a través de rituales que simplemente reproducen las acciones divinas."

 

Para novelistas como Otilia Meza, Guerrero gozaba de la admiración de los mayas, ya que respetaba sus dioses y contemplaba en silencio las ceremonias.

Hasta este punto, se identifican dos tendencias en relación con el mestizaje de Gonzalo Guerrero. La primera es la del "conquistador conquistado" por la fascinante cultura maya, caracterizada por un enfoque romántico y arquetípico. La segunda, más matizada, es la del "diálogo intercultural", que permite yuxtaponer posiciones, relajar estereotipos y humanizar tanto al español como a los mayas. La insistente incorporación de aspectos culturales en la trama de las novelas responde a la necesidad de presentar a los personajes como sujetos históricos cuyas vidas cotidianas, en el contexto de la conquista, pueden narrarse con verosimilitud. Además de su propósito didáctico, esta es otra razón por la que las costumbres de la cultura maya adquieren tanta relevancia en estas obras.

Un tema controvertido, aunque poco abordado, es el tratamiento del sacrificio humano en las novelas sobre los mayas. En ocasiones, se recurre a un crudo realismo que busca provocar en el lector una profunda repulsión:

"Tomáronla de las extremidades los chaces, ancianos patrones de los oráculos, y la colocaron sobre la curva superior de la piedra. Abrióse la túnica, que luego cayó como un pétalo desmayado, dejando asomar sus pequeños senos y el costillar aspirante. Ah Balam levantó el brazo y un fulgor se escapó de su mano. Un extraño ayo negro cegó a los espectadores cuando el cuchillo de obsidiana descendió veloz y atravesó el frágil cuerpecillo, que se estremeció con el golpe. Su garra penetró en la intimidad de aquella hostia de bronce y hurgó con impaciencia en busca del bocado siniestro. Pronto lo tuvo en el puño y lo arrancó de su morada, para mostrarlo palpitante a las fauces de los dioses."

Este pasaje, al igual que otros, revela la complejidad de las relaciones interculturales y los diversos enfoques que los escritores han adoptado para abordar temas delicados como el sacrificio humano, reflejando así las tensiones y conexiones entre las culturas.

En algunos pasajes, la descripción de los rituales se torna inverosímil, llegando al extremo de presentar a Gonzalo Guerrero sobre la piedra de sacrificio. En este contexto, se enfatiza la valentía y el razonamiento exacerbado del soldado español:

"Gonzalo Guerrero llega a la piedra de los sacrificios con serenidad y hombría. Nada en él revela cobardía ante la muerte; al contrario, diríase que olvida la presencia de tantos millares de seres humanos para concentrar en Itzá una mirada de despedida, la belleza maya que empezaba a adentrarse en su corazón. Luego, el marino eleva sus ojos al cielo y formula brevemente una sencilla oración, lo cual respetan los sacerdotes indios. Sigue a la oración mental un pensamiento para la mujer que el condenado ha amado más en su vida. […] Cuando Kukum, alto sacerdote de Sintla, da la señal para que el sacerdote ejecutor abra el pecho de Gonzalo Guerrero, un ruido lejano, como procedente de otro mundo, se escucha. Es el teponaxtle o tambor de guerra de los mayas, que suena como dando aviso de algo extraordinario que ocurre en la nación."

Un tercer aspecto relacionado con el sacrificio humano, que también favorece la representación de los mayas, es la discusión filosófica que tienen personajes como Jerónimo de Aguilar y un chilán. Este último recrimina al teólogo español la hipocresía de la religión católica, recordándole los excesos y las persecuciones de la Inquisición, prácticas que considera más abominables que los sacrificios mayas. Este tipo de argumentación permite a González-Blanco Garrido respaldar sus puntos de vista con notas al pie que registran documentos históricos y crónicas de la época.

A pesar de la intertextualidad con la historia y la recuperación de elementos culturales esenciales para lograr verosimilitud, las novelas adaptan estos aspectos según sus enfoques particulares. Por esta razón, descripciones de rituales como el juego de pelota no siempre coinciden entre sí, así como las reacciones de Guerrero ante situaciones similares. En la búsqueda de verosimilitud, Carlos Villa Roiz incluye en su obra imágenes de monumentos históricos, fotografías de zonas arqueológicas, documentos del Archivo de Indias y dibujos que reflejan la crueldad de los españoles, además de mapas y referencias bibliográficas.

Esta misma novela se interroga y refuta la historia con un tono crítico y desafiante. Gonzalo Guerrero, en este contexto, adquiere proporciones hiperbólicas que buscan redimirlo y acentuar su heroicidad. Esta perspectiva se alinea con la de Mario Honduras, un personaje de *Puerta de Indias*, quien retrata a Guerrero como un mexicano que defendió su grandeza: "Gonzalo Guerrero es para nosotros un símbolo de sublevación. El espíritu de la rebelión y el sueño de volver a ser grandes siempre ha habitado en nosotros."

En Gonzalo Guerrero: el primer aliado de los mayas, Salomón González-Blanco Garrido engrandece al personaje al atribuirle tolerancia y objetividad en su evaluación de los rituales mayas. Lo despoja de prejuicios y, a través de la primera persona protagonista, profundiza en su vena filosófica y su mirada de cronista ante cada experiencia nueva. Así, Gonzalo Guerrero se convierte en el primer analista cultural de la Conquista y del mestizaje, ofreciendo una perspectiva enriquecedora sobre la complejidad de las interacciones culturales en ese periodo histórico.

La novela en cuestión pone en tela de juicio obras anteriores al enumerar las imprecisiones históricas y geográficas que forman la base de la civilización maya. El autor recurre a fuentes fidedignas que desmenuza para corroborar costumbres, prácticas religiosas, flora y fauna, agricultura, farmacopea, entre otros aspectos. Destaca por ser la única novela que incluye notas al pie, anexos y una extensa bibliografía para sustentar su perspectiva. Sin embargo, ciertas afirmaciones deben ser tomadas con cautela. Por ejemplo, al describir una boda, Gonzalo Guerrero sostiene que “la música juega un papel de muy poca importancia en la vida diaria de los mayas, a quienes no podemos llamar, como un pueblo musical.” Esta afirmación es refutada por las investigaciones del guatemalteco Carlos Samayoa Chinchilla, que se basan en una amplia documentación de los cronistas españoles.

Por otro lado, *Nen, la inútil* de Ignacio Solares se presenta como una moderna expresión literaria que representa el choque entre la cultura azteca y la española, convirtiéndose en un símbolo del mestizaje a través de sus jóvenes protagonistas: Nen, una vidente azteca, y Felipe, un soldado que busca nuevas aventuras más allá del mar. La violencia inherente a la conquista se equilibra en la novela con la distancia crítica que ambos personajes adoptan hacia su propia cultura. Nen y Felipe denuncian los aspectos crueles de su entorno y experimentan una cierta extrañeza que los lleva a emprender, de maneras distintas, un camino espiritual que culmina en el encuentro forzado y esperado del mestizaje entre ellos.

La novela concluye con una potente reflexión:

“—¿quién nos lo iba a decir, Juan: era así, como el revés del pecado… Eso, el revés de todo, Juan, así es. Sus caricias cada vez más decididas, ya sonriendo abiertamente. Su mano entrándome en el pelo, tironeándome sin piedad, llamándome a lo alto, a acabar de despertar, esclavo de rodillas sobre la arena, sujeto por el pelo, obligado al primer beso profundo…”

Este fragmento destaca la intensidad del encuentro entre los protagonistas, simbolizando la unión de dos mundos. En este contexto, Felipe, en un estado febril causado por los ataques de los mosquitos del Nuevo Mundo, alucina con la escena trágica de antropofagia vivida por Jerónimo de Aguilar. Mediante el recurso a lo onírico, el novelista sintetiza en la mente del enfermo las crueldades de Hernán Cortés junto con la historia del naufragio y las peripecias de Aguilar y Guerrero entre los mayas.

El diálogo entre Guerrero y Aguilar se detiene en un momento crucial, donde Guerrero decide quedarse con su familia maya, insistiendo en la idea del mestizaje y preanunciando el final del texto. Se repite un leitmotiv que abre la novela con la voz de Felipe, cuyo significado se despliega a lo largo de la narrativa:

“Sorprendente el primer hombre español que soñó amorosamente con una india mexicana… pero es cierto, no menos sorprendente que la primera india mexicana que soñó amorosamente con un hombre español.”

Este cierre invita a reflexionar sobre la complejidad de las relaciones interculturales y la profunda conexión que se establece entre los personajes a pesar de las adversidades de su tiempo.

Así las cosas, tan pronto como los mercaderes llegaron al bohío donde se encontraba Aguilar, le hicieron entrega de la carta de Cortés, y su dueño —el cacique de la región— se dispuso a permutarlo por el rescate. Aguilar recorrió rápidamente las cinco leguas que lo separaban de su antiguo compañero, a quien no veía desde hacía varios años. Con entusiasmo, le comunicó la buena nueva, pero Guerrero respondió tajante:

—Hermano Aguilar, como verás, estoy felizmente casado y tengo estos tres boniticos hijitos, que son toda mi felicidad. Mi mujer es nativa de aquí y es la mejor mujer que pude haber soñado. Hermosa y sensual. ¿A dónde la voy a llevar? En este sitio paradisíaco me respetan y me tienen por cacique y por capitán cuando hay guerra con los poblados cercanos. ¿Qué más puedo pedir? Así que idos con Dios, que yo ya soy más de aquí que de allá. Compruébalo: tengo hasta labrada la cara y horadadas las orejas. ¿Qué dirían de mí nuestros hermanos españoles al aparecérmeles de tal manera?

Aguilar insistió, pero no logró convencerlo, salvo que la mujer de Guerrero lo pusiera de vuelta y media.

—¿A qué queréis llamar a mi marido, que ya tiene hijos y mujer? ¿A qué crearle tentaciones? ¡Idos y no le hagáis más pláticas inútiles!

Juan, observando la situación, reflexionó:

—Sorprendentemente, el primer hombre español que soñó amorosamente con una india mexicana, el primer hombre español que se supo ligado para siempre, por toda la eternidad, a una india mexicana. Pero es cierto, no menos sorprendente que la primera india mexicana que soñó amorosamente con un hombre español, que se supo ligada para siempre, por toda la eternidad, a un hombre español. Hay que imaginar el horror que podría nacer de esos sueños amorosos…

Felipe, aún convaleciente y con sombras violáceas envolviéndole los ojos, replicó:

—Todo en esta tierra lejana es locura, y en la nuestra, del otro lado del mundo, también lo es, decías, ¿no?

El debate sobre el mestizaje continúa vivo. La figura de Gonzalo Guerrero sigue provocándolo, y la narrativa lo representa como un fenómeno ineludible o con el orgullo de lo que este mestizaje simboliza. Es esencial seguir el debate cultural que las novelas plantean, enlazándolo con las perspectivas de los recientes estudios sociales, antropológicos y arqueológicos. Esta reflexión no solo invita a explorar las complejidades de las identidades en juego, sino también a considerar las implicaciones del mestizaje en la construcción de la identidad cultural en el contexto latinoamericano.

Fin

Compilado y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez

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