Francisco Pizarro: De la Humildad al Imperio

Con cariño para mis amigos de siempre: Juan Carlos, Joe y Marco

 

Francisco Pizarro Gonzales: De la Humildad al Imperio

 

Fuentes:

1. Cronistas que presenciaron el Imperio Incaico: como Jerez, Estete, Sámano, Molina, Betanzos, Sancho, Pedro Pizarro y Marcos de Niza.  

2. Cronistas que llegaron cuando el Imperio ya estaba destruido, pero aún vieron sus últimos vestigios: como Cieza de León, el Palentino, Gutiérrez de Santa Clara y Benzoni.

3. Cronistas que, sin haber estado en el Perú, recopilaron relatos de los primeros conquistadores: como Las Casas, Gómara, Oviedo y Herrera.

4. Cronistas de la época de la colonización, quienes documentaron y sintetizaron los hechos en el lugar de los acontecimientos: como Garcilaso de la Vega, Sarmiento de Gamboa, Cabello Balboa, Molina el cusqueño, Acosta, Santillán, Ondegardo, Falcón y Matienzo.

5. Historiadores españoles del siglo XVII, muchos de ellos eclesiásticos: como Lizárraga, Morúa, Calancha, Arriaga, Anello Oliva, Montesinos, Cabo, y el cronista indígena Santa Cruz Pachacuti.

 

Preámbulo

Empecemos con esta historia sobre Francisco Pizarro Gonzales, una narración que parece más sacada de una novela que de un relato histórico, contada por diversos cronistas ya mencionados. Algunos de estos relatos contradicen documentos de la época, y otros incluso se contradicen entre sí. Pero es lo que tenemos, y con eso he armado este mejunje o cóctel para ser más preciso.

En lo que sí coinciden los cronistas es que Panchito fue el fruto de discretos encuentros entre la campesina Francisca González Mateos, apodada "la Ropera", y el capitán de infantería Gonzalo Pizarro y Rodríguez de Aguilar, conocido como "el Largo" o "el Romano". De él, Francisco heredó una mezcla de nobleza y origen plebeyo.

Francisco Pizarro nació en Trujillo, Extremadura, probablemente un viernes 26 de abril de 1478, según el cronista Cieza de León. Este historiador señala que Pizarro tenía sesenta y tres años y dos meses al momento de su trágica muerte, el jueves 26 de junio de 1541. Esta fecha es la más confiable, ya que Cieza de León estuvo en Perú poco después del asesinato y formaba parte del ejército realista bajo el mando del obispo de Palencia, Pedro de La Gasca, quien capturó a Gonzalo Pizarro, el hermano menor de Francisco y rebelde contra la Corona. Es probable que personas cercanas a su hermano le proporcionaran información precisa sobre los orígenes y vida de Francisco Pizarro.

Su educación, sin duda, fue muy descuidada, y muchos creen que nunca aprendió a leer ni a escribir; aunque algunos sostienen que, ya en su madurez, obligado por sus responsabilidades, llegó a aprender a leer. Sin embargo, es indiscutible que nunca supo escribir, ni siquiera firmar. El resto de la historia debe tomarse con la cautela que exige la verdad, aunque, para Panchito, como para cualquier persona que asciende por sus propios méritos a la cima del poder y la fortuna, su elevación resulta tanto más admirable cuanto más humilde fue su origen.

Lo cierto es que, a pesar de la falta de educación formal, algo común entre las personas de origen humilde en aquella época, Francisco se dedicó a las labores agrícolas y al comercio de ropa, siguiendo los pasos de su madre. Nunca tuvo la oportunidad de asistir a la escuela, pero encontró su camino en las tareas cotidianas que le ofrecía su entorno.

Sin embargo, a pesar de su educación humilde, Francisco pronto se dio cuenta de que su destino no estaba en los campos ni en el comercio de ropa, como sus abuelos maternos. Su espíritu inquieto y la fuerte influencia de los genes de su padre biológico, a quien nunca conoció personalmente pero siempre reconoció como su progenitor, lo llevaron a desear imitar las hazañas guerreras de su padre desde una edad temprana.

A los siete u ocho años, según relata José Antonio del Busto, su abuelo paterno Hernando Alonso Pizarro, regidor del Cabildo de Trujillo por el linaje de los Altamirano, al percatarse del gran parecido físico y temperamental entre Panchito y su hijo Gonzalo "el Largo", decidió aceptarlo secretamente y lo llevó a su hogar. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos del abuelo por lograr que Gonzalo reconociera a Panchito como su hijo, no fue hasta 1492, cuando Pancho tenía catorce años, que el hidalgo finalmente le otorgó su apellido. Aun así, nunca mostró interés en él.

Hay otra hipótesis, tirados de los pelos, la del historiador Jorge Barletta. Esta alternativa es intrigante, pues sugiere que Francisco podría ser el fruto de una relación clandestina entre su presunto abuelo y Francisca González, cuando este último tenía alrededor de cuarenta años. Si esta teoría fuera cierta, el distanciamiento de Gonzalo hacia Francisco sería más comprensible, ya que siempre mostró interés por sus otros hijos. Sin embargo, hasta el momento, no existen pruebas que respalden esta especulación. Quizás en el futuro, nuevos documentos puedan arrojar luz sobre los motivos detrás de este comportamiento aparentemente inusual.

Dejando de lado estas controversias propias de una telenovela peruana, y centrándonos en los hechos, es importante destacar un elemento crucial que influyó en el curso posterior de la vida del conquistador y arroja luz sobre su posición dentro de la familia y la naturaleza de sus lazos con la rama paterna.

En 1503, su padre contrajo matrimonio con una de sus primas, doña Isabel de Vargas y Rodríguez de Aguilar, con quien tuvo tres hijos legítimos: dos niñas, Inés Rodríguez de Aguilar e Isabel de Vargas, y un niño, Hernando. Además, se conocen otros hijos ilegítimos de su padre: Juan y Gonzalo, nacidos de María Alonso, la hija de un molinero de Trujillo; Francisca Rodríguez Pizarro y María Pizarro, de madre desconocida; y Graciana y Catalina Pizarro, hijas de una de sus criadas, María de Biedma.

Aunque Francisco fue reconocido por su padre entre dos campañas militares y era el mayor de todos, con una considerable diferencia de edad, sorprendentemente, no fue mencionado en el testamento redactado en Pamplona por Gonzalo Pizarro y Rodríguez de Aguilar. Esta omisión podría interpretarse como otra prueba de su marginalidad dentro de la familia. Sin embargo, existe un hecho fundamental que contradice esta suposición.

De hecho, tres de los hermanos o medios hermanos mencionados anteriormente desempeñaron, cada uno a su manera, un papel crucial junto a Francisco durante la conquista del Perú. Este hecho demuestra las estrechas relaciones que, incluso en el ocaso de la vida, estableció con ellos, a pesar de las diferencias de legitimidad, edad e incluso de los años transcurridos desde su partida a Sevilla.

Juan, el menos prominente de los tres hermanos, sufrió un golpe en la cabeza durante un ataque a una fortaleza inca. Trágicamente, el 16 de mayo de 1536, debido a las heridas sufridas, Juan Pizarro falleció, apenas cuatro años después de la llegada de los españoles al Cusco.

Mientras tanto, Hernando, el hijo legítimo, y Gonzalo, también bastardo, desempeñaron roles fundamentales dentro del clan Pizarro en el Perú. Hernando se encargaba frecuentemente de las delicadas negociaciones políticas y económicas con el poder metropolitano, cruzando el Atlántico en varias ocasiones para ello. Después de enfrentar numerosas adversidades, fue Hernando quien, al regresar a Trujillo, asumió la responsabilidad de preservar lo que quedaba de la herencia dejada por Francisco.

En cuanto a su padre, Gonzalo Pizarro y Rodríguez de Aguilar, quien estuvo muy presente durante las fases militares de la conquista del Perú y permaneció en la región después de la muerte de Francisco, fue destinado por el azar a liderar una gran revuelta contra las nuevas directrices que la Corona planeaba implementar en su política colonial. Pagó con su vida este acto de desafío a la autoridad real a finales de la década de 1540.

Esta narrativa sobre la fraternidad que rodeó a Francisco Pizarro en su empresa estaría incompleta sin mencionar a Francisco Martín de Alcántara, su hermano uterino, quien siempre estuvo cerca de él y lo acompañó hasta la muerte, empuñando una espada, un día jueves 26 de junio de 1541.

Más allá de los lazos familiares, es importante destacar un aspecto que será explorado más adelante: en el caso de la conquista del Perú y de los Pizarro, al igual que en otras empresas similares de la misma época, se observa un reclutamiento con un fuerte carácter regional, e incluso local. La naturaleza peculiar de los vínculos entre el líder y sus hombres puede explicarse en gran medida por esto, como veremos más adelante. Por tanto, no es sorprendente que durante las campañas decisivas de Francisco Pizarro estuviera rodeado mayormente de amigos, conocidos y parientes cercanos o lejanos, la mayoría de ellos provenientes de Trujillo o, en general, de Extremadura.

En los tiempos de adolescencia de Pancho, se extendió por Trujillo la noticia del ascenso de su padre, Gonzalo, como abanderado y coronel en el ejército de los Reyes Católicos, debido a su participación en las guerras de Granada contra los musulmanes. Esta noticia seguramente convirtió a Pancho en un admirador ferviente de su padre, alimentando aún más su deseo de emularlo. Los poderosos motivos para este sentimiento eran evidentes: pertenecía a una estirpe noble y físicamente se parecía mucho a él, con su altura, fortaleza y mirada penetrante. Aunque estas características y las hazañas bélicas fueron la única herencia que recibió de su padre, fueron suficientes para determinar su trayectoria: la carrera militar. A los diecisiete años, se enlistó en los tercios de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, que luchaban en Nápoles, convirtiéndose desde entonces en un soldado que aspiraba a igualar las gestas de su padre.

Es importante señalar que, al igual que muchos españoles de su época, Francisco Pizarro estaba profundamente arraigado en su fe católica. Este fervor religioso se asemeja, en cierto sentido, al que se observa en los talibanes de hoy en día, quienes son instruidos en una interpretación estricta del islam sunita. Este sentimiento religioso fue inculcado en Francisco tanto por su familia materna como por el ambiente religioso que lo rodeaba durante su infancia. Este vínculo con la fe católica persistió a lo largo de su vida, algo que era común en la España de finales del siglo XV.

En lugares como Trujillo, donde Francisco creció, se vivía una intensa efervescencia cristiana. Las hermandades surgidas de las órdenes militares que contribuyeron a la liberación de la ciudad del dominio musulmán, junto con la política de los Reyes Católicos, que se caracterizaba por su fuerte apoyo al cristianismo, influyeron en la formación de esta atmósfera religiosa intensa. Este contexto religioso marcó profundamente la vida y las acciones de Francisco Pizarro, quien, al igual que muchos de sus contemporáneos, se vio impulsado por un profundo sentido de deber religioso y una ferviente devoción a su fe.

Es muy probable que Francisco Pizarro regresara de Italia a Sevilla hacia finales del siglo XV. El joven Pizarro, que por entonces tenía casi 24 años, zarpó del puerto de Sanlúcar de Barrameda rumbo a América el jueves 13 de febrero de 1502, mucho antes de que Hernán Cortés emprendiera un viaje similar.

Pizarro se enroló como soldado raso en la mayor flota jamás enviada al Nuevo Mundo, bajo el mando de Nicolás de Ovando, un cacereño y comendador de la Orden de Alcántara que gozaba de la confianza de los monarcas castellanos. La principal misión de Ovando era dirigir y administrar las posesiones coloniales españolas, teniendo a La Española como eje central. Esta isla era el primer asentamiento europeo en el Nuevo Mundo.

La imponente expedición, compuesta por unos treinta y dos navíos y unos dos mil quinientos pasajeros, transportaba una heterogénea muchedumbre: desde soldados ávidos de aventuras y halagados por lo desconocido, hasta funcionarios reales encargados de afianzar la autoridad de la Corona en esas incipientes colonias, pasando por religiosos movidos por fervor misionero, artesanos e incluso algunas de las primeras familias con intenciones de establecerse al otro lado del océano.

Inmerso en el anonimato de la multitud viajaba también un joven sevillano de unos veinte años, proveniente de una familia de mercaderes. Atraído por el espejismo de riquezas de las Antillas, el joven, que según el historiador Marcel Bataillon no tenía rango militar aparente, pero sí esperanzas de hallar en el Nuevo Mundo beneficios eclesiásticos a la par de ganancias comerciales, se embarcó en esta expedición en busca de fortuna.

Años más tarde, aquel viajero dejaría un sorprendente testimonio de esta expedición fundacional, a la vez que se labraría un lugar destacado en la Historia por otras muchas razones. Su nombre era Bartolomé de Las Casas.

 

***

 

Darién se erigió como la primera colonia establecida en el continente americano, siendo la capital de un vasto territorio aun parcialmente definido. Albergó una sede episcopal con un cabildo completo y, durante un tiempo, antes de ser diezmada por la peste, llegó a contar con 3,000 habitantes españoles. Desde 1509 hasta 1524, esta colonia perduró, con un costo anual para la Corona de 15,000 ducados en sueldos. Fue el punto de partida de todas las exploraciones y asentamientos, desde México hasta Tierra del Fuego, condensando en su historia, a pequeña escala, la totalidad de la conquista del Nuevo Mundo por parte de los españoles.

Los eventos ocurridos en Darién pueden reconstruirse con cierta precisión al referirse lo más fielmente posible a las fuentes originales. Sin embargo, su historia no se ajusta a los estándares del realismo. En ella, nos encontramos con auténticos villanos y más de un héroe genuino, envueltos en aventuras, desastres, conspiraciones y difíciles triunfos, con escasos momentos de calma entre las crisis. Allí convivían compañeros toscos, acumuladores de botín (llamado correctamente "ganancia"), en montañas de oro y almudes de perlas, junto a caballeros novatos, demacrados pero altivos, vestidos con la decadente elegancia de la seda y el terciopelo. También había damas procedentes de la corte o de los burdeles de Sevilla, y hábiles burócratas expertos en dilaciones, corrupciones y burocracia, pero nunca hombres de medias tintas. Todo esto conforma un cuadro de personajes y eventos reales, a pesar de su sabor novelístico, que poblaron las páginas de la historia de aquel tiempo.

El protagonista central de la historia de este eslabón fue Vasco Núñez de Balboa, un joven y valiente espadachín que se erigió como una de las grandes figuras del Descubrimiento. La relación entre el territorio y el hombre es tan estrecha que resulta imposible contemplar uno sin el otro. La mayor parte de lo que conocemos sobre Balboa está ligado estrechamente a Darién, y sin él, tal vez esta región nunca habría ocupado un lugar destacado en los anales de la historia. Balboa formaba parte de la pequeña flota que descubrió este territorio, y nueve años después, se encontraba entre sus conquistadores.

Fue él quien propuso la fundación del asentamiento, lo gobernó durante sus primeros años y partió desde allí en las exploraciones que llevaron al descubrimiento del Pacífico. Aunque otros personajes influyeron en los acontecimientos decisivos de la colonia, como el gobernador Pedrarias, apodado "Furor Dómine", el obstinado obispo y una multitud de oficiales y colonizadores, Balboa siempre se encontraba en el trasfondo de estos eventos. A pesar de las humillaciones que sufrió, su presencia nunca dejó de ser una fuerza determinante debido a las emociones que despertaba. Cuando fue destruido, el enclave no pudo sobrevivir sin él. El gobierno se trasladó a Acla y posteriormente a Panamá, donde continúa hasta hoy.

La antigua capital volvió a ser reclamada por la selva y hasta se le cambió el nombre de Darién para asignárselo a otras provincias.

Todo este extraordinario ciclo, que abarca desde el descubrimiento hasta el abandono, se desarrolló en menos de veinte años. Lo más significativo de la vida de la colonia y de su héroe se concentra en tan solo diez de ellos, lo que hace de este periodo algo notable. Darién fue "el principio y la base de todos los descubrimientos y asentamientos de los cristianos en tierra firme...", y de la escuela de Vasco Núñez de Balboa surgieron los capitanes y hombres ilustres que participaron en las grandes empresas posteriores. Uno de los alumnos más destacados de esta escuela fue Francisco Pizarro.

Por ello, al examinar los relatos de los cronistas, podemos concluir que la primera vez que Francisco Pizarro es mencionado con relevancia en la historia fue en 1510, durante la última expedición de Alonso de Ojeda a Tierra Firme. Para ese entonces, Pizarro ya había pasado los treinta años. Se embarcó con Ojeda y, en medio de las adversidades, trabajos y peligros que enfrentaron los españoles en esa difícil empresa, comenzó a forjar la carrera que más tarde lo llenaría de gloria. Es evidente que destacó rápidamente entre sus compañeros, ya que, tras fundar la villa de San Sebastián en Urabá y verse obligado a regresar a Santo Domingo en busca de refuerzos, Ojeda lo nombró su teniente, confiándole el gobierno y la supervivencia de la colonia.

Los terribles contratiempos que sufrieron los españoles en Urabá están bien documentados, sobre todo si seguimos la vida de Vasco Núñez de Balboa, aunque no es este el foco actual. Sabemos cómo los colonos, desmoralizados y desalentados, tuvieron que abandonar la villa y fueron obligados a regresar por la autoridad de Martín Fernández de Enciso, quien los encontró en el camino. No obstante, estos eventos, así como las disputas que surgieron entre los colonos del Darién, no forman parte relevante de la vida de Pizarro, quien, en esa etapa, no jugó un papel destacado.

Lo que sí es significativo es su constante lealtad y capacidad para cumplir diligentemente las tareas que se le asignaban, lo que le permitió ganarse la confianza de figuras clave. Primero Ojeda, luego Balboa, y más tarde Pedrarias Dávila, todos lo incluyeron en sus expediciones más importantes. Vasco Núñez de Balboa lo llevó en la exploración del Mar del Sur, y Pedrarias en la fundación de Panamá. También destacó en la expedición que el capitán Gaspar de Morales realizó, bajo orden del gobernador, desde el Darién hacia las islas de las Perlas, donde su espada y sus consejos fueron cruciales. Asimismo, participó en las campañas militares del licenciado Espinosa contra las tribus belicosas del este de Panamá.

Sin embargo, como la mayoría de estas incursiones no resultaron en grandes descubrimientos, y Pizarro no tuvo un mando principal, estos eventos no merecen más que una mención. Su importancia radica en que le proporcionaron valiosa experiencia y contribuyeron a consolidar su reputación entre los soldados. De hecho, en varias ocasiones, los soldados pidieron a Pedrarias que les asignara a Pizarro como líder, ya que marchaban con más confianza y ánimo bajo su mando que bajo el de otros capitanes.

A pesar de ello, su ambición seguía dormida. Mientras muchos de esos aventureros acumulaban tesoros y esclavos en sus incursiones, Pizarro no contaba con tales riquezas. Después de catorce años de servicio y arduo trabajo, seguía siendo uno de los colonos menos acaudalados de Panamá. Así que cuando llegó el momento de la famosa empresa de exploración hacia el sur, mientras que el clérigo Hernando de Luque aportó 20,000 pesos de oro, Pizarro y Diego de Almagro, sus socios en la expedición, solo pudieron contribuir con su ingenio y su experiencia.

Antes de la formación de la famosa compañía de Pizarro, Almagro y Luque, ya se habían realizado otras tentativas de exploración, menos conocidas pero importantes, que aportaron información sobre las regiones que se pretendían descubrir. En 1522, Pascual de Andagoya, con permiso de Pedrarias Dávila, zarpó desde Panamá en un barco grande para explorar la costa del sur. Llegó a la desembocadura de un ancho río en una tierra que se llamó Biruquete. Durante su expedición, alternando entre combates con los indígenas y conversaciones pacíficas, Andagoya obtuvo algunas noticias sobre el Perú, sobre el poder de sus monarcas y las guerras que se libraban en regiones muy lejanas. Parece que la fama de las expediciones de los Incas había llegado, aunque vagamente, a esas tierras, incluyendo rumores sobre la campaña del Inca en Quito y las luchas por la dominación de esa región. Sin embargo, los indígenas informaron a Andagoya que, para llegar a la zona de guerra, era necesario atravesar caminos escarpados y sierras difíciles. Estas dificultades, sumadas al deterioro de la salud de Andagoya, lo llevaron a abandonar la empresa temporalmente y regresar a Panamá.

Poco después, falleció el capitán Juan Basurto, quien también había recibido autorización de Pedrarias para emprender una exploración similar. Aunque muchos de los habitantes de Panamá tenían interés en participar en estas empresas y compartir las posibles riquezas, se desanimaban por las dificultades del terreno y no se atrevían a lanzarse a la aventura. Solo Francisco Pizarro y Diego de Almagro, amigos desde sus días en el Darién y socios en varios negocios locales, decidieron emprender esta arriesgada empresa. Motivados por ambiciones mayores, compraron uno de los barcos pequeños que Vasco Núñez de Balboa había construido con el mismo objetivo de explorar el sur. Con la licencia de Pedrarias, equiparon el barco con ochenta hombres y cuatro caballos, la única fuerza que pudieron reunir en ese momento. Pizarro asumió el liderazgo de la expedición y zarpó del puerto de Panamá a mediados de noviembre de 1524, con la expectativa de que Almagro lo siguiera más tarde con refuerzos y provisiones. El barco navegó hacia el Ecuador, hizo una escala en las islas de las Perlas y luego llegó al puerto de Piñas, el límite de las exploraciones previas.

En ese punto, Pizarro decidió remontar el río Birú en busca de suministros, explorando la misma zona que Pascual de Andagoya había recorrido antes. Antes de partir, Andagoya le había proporcionado a Pizarro valiosos consejos y advertencias sobre cómo proceder una vez que llegara a esas tierras.

A pesar de los consejos de Andagoya y la experiencia de Pizarro en expediciones similares, los nuevos descubridores no pudieron evitar las dificultades que se les presentaron de inmediato. La región era inhóspita y desolada: los pocos bohíos que encontraban estaban abandonados, y el clima no daba tregua, con lluvias constantes. El terreno era áspero en algunas áreas y denso de árboles y maleza en otras, por lo que solo podían avanzar siguiendo los desfiladeros creados por los arroyos. No había caza, frutas ni alimento alguno. Los hombres, cargados con armas y pertrechos, caminaban descalzos, hambrientos y sin esperanza. Después de tres días infructuosos de exploración, agotados, regresaron al mar y se embarcaron de nuevo.

Tras avanzar unas diez leguas, encontraron un puerto donde pudieron hacer acopio de agua y leña, pero luego de recorrer unas pocas leguas más, regresaron al puerto debido a la extrema necesidad en la que se encontraban. Carecían de agua y carne, y las dos mazorcas de maíz que se les asignaba diariamente no eran suficiente sustento para sus cuerpos debilitados. Según se cuenta, al llegar al puerto estaban tan desfigurados y miserables que apenas se reconocían entre ellos. El paisaje que les rodeaba no ofrecía más que montañas, peñascos, pantanos y lluvias interminables, en un lugar tan estéril que ni animales ni aves aparecían. Desesperados, muchos de ellos maldecían el momento en que habían decidido embarcarse en esta expedición y ansiaban regresar a Panamá.

Pizarro intentaba consolarlos, instándolos a mantener la esperanza, asegurándoles que pronto llegarían a tierras donde serían recompensados por sus sufrimientos. Sin embargo, mientras algunos se aferraban a sus palabras, otros veían sus promesas como los últimos intentos de un hombre desesperado que, al enfrentarse a su mala fortuna, no tenía reparos en arrastrar a los demás hacia la ruina.

Finalmente, al ver que los víveres se agotaban, decidieron dividirse. Un grupo partiría en el navío hacia las islas de las Perlas en busca de provisiones, mientras que el resto se quedaría en el puerto, sobreviviendo como pudieran hasta el regreso de los primeros. El viaje recayó en un tal Montenegro y algunos otros españoles, quienes solo recibieron un cuero de vaca seco y algunos palmitos amargos que apenas podían encontrar en la playa. Mientras ellos se dirigían a las islas, Pizarro y los que permanecieron continuaban luchando contra la agonía del hambre y los horrores del clima, aferrándose a la poca esperanza que les quedaba.

Las difíciles circunstancias exigieron que Pizarro recurriera a todas las habilidades y estrategias que había aprendido tiempo atrás con Vasco Núñez de Balboa. No solo alentaba a sus hombres con palabras amables y persuasivas, que sabía emplear magistralmente cuando era necesario, sino que también ganaba su confianza y afecto mediante un cuidado constante y atento. Personalmente se encargaba de buscar alimentos y refrescos adecuados para los enfermos y debilitados, los repartía con sus propias manos, construía refugios para protegerlos de la lluvia y la intemperie, y actuaba más como un camarada y amigo que como un caudillo o capitán.

Sin embargo, estos esfuerzos no fueron suficientes para contrarrestar las graves dificultades de la región y la escasez de recursos. Los hombres, alimentándose solo de las pocas y dañinas raíces que encontraban, comenzaron a hincharse, y ya veintisiete habían muerto debido a la falta de alimentos y al agotamiento extremo. El destino de todo el grupo hubiera sido fatal si no hubiera sido por la oportuna llegada de Montenegro, quien regresó con el navío cargado de carne, frutas y maíz.

Durante la ausencia de Pizarro del puerto, un gran resplandor había sido avistado a lo lejos, lo que él interpretó como una señal de los fuegos de los indios. Con un grupo de los más valientes, se dirigió hacia el lugar y efectivamente hallaron una ranchería. Al notar la presencia de los españoles, los indios huyeron, salvo dos que no lograron escapar con la misma rapidez que los demás. Además de capturar a estos dos indígenas, los españoles encontraron una cantidad significativa de cocos y cerca de una fanega de maíz, que repartieron entre todos los hombres.

Los prisioneros indígenas, con una mezcla de sorpresa e incomprensión, hicieron las mismas preguntas que muchos otros nativos del Nuevo Mundo habían hecho al ver a los europeos: «¿Por qué no sembráis, por qué no cogéis, por qué andáis pasando tantos trabajos por robar los bastimentos ajenos?» Estas simples pero profundas observaciones, basadas en el sentido común y la equidad, fueron desoídas por los conquistadores, quienes continuaron actuando bajo la lógica de la fuerza y la necesidad. Trágicamente, uno de los prisioneros no tardó en morir, alcanzado por una flecha envenenada, cuyo potente veneno acabó con su vida en cuestión de cuatro horas.

Al regresar al puerto, Pizarro fue informado por un mensajero de la llegada de Montenegro. Ansioso por encontrarse con él y recibir las tan esperadas provisiones, apresuró su marcha para abrazarlo y agradecerle por haber salvado a los hombres de la muerte segura.

Tras deliberar sobre la situación, el grupo decidió abandonar el puerto, que bautizaron como "Puerto de la Hambre" debido a las penurias sufridas allí, y volver al mar para seguir explorando la costa. Navegaron durante algunos días hasta desembarcar en un puerto al que llamaron "Puerto de la Candelaria", ya que arribaron en esa festividad. Sin embargo, el panorama seguía siendo desolador: el clima era húmedo hasta el punto de que sus ropas se descomponían, el cielo tronaba constantemente, y no había señales de los habitantes, quienes probablemente se habían escondido en las profundidades de la selva.

A pesar de este sombrío entorno, encontraron unas sendas que los guiaron hasta un pequeño pueblo deshabitado, donde hallaron provisiones de maíz, raíces, carne de cerdo y, para su sorpresa, algunas joyas de oro con un valor aproximado de seiscientos pesos. Pero su alegría se transformó en horror al descubrir manos y pies humanos cocinándose en unas ollas, lo que les reveló que aquellos habitantes eran caribes, conocidos por su canibalismo. Llenos de repugnancia, regresaron al navío y continuaron su viaje.

Más adelante, llegaron a otro lugar de la costa que llamaron "Pueblo Quemado", a unas veinticinco leguas del puerto de Piñas. Aunque las fatigas acumuladas eran muchas, apenas habían avanzado. Desembarcaron nuevamente y, al encontrar huellas que indicaban la presencia de habitantes, comenzaron a explorar la tierra. Pronto encontraron un nuevo asentamiento, también abandonado, pero con abundantes provisiones. Pizarro, al ver que el lugar estaba mejor situado y menos estéril que los anteriores, decidió asentarse allí. Además, el lugar estaba en la cima de una montaña, lo que lo hacía fácilmente defendible. Mientras el navío partía hacia Panamá para ser reparado, Pizarro ordenó a Montenegro que explorara la zona en busca de indios que pudieran ser utilizados para ayudar a los marineros en sus labores.

Los indígenas, vigilando de cerca a los españoles, planeaban cómo expulsar a esos invasores que habían llegado con tanta insolencia para despojarlos de sus tierras. Aprovecharon el momento en que los españoles se dividieron para atacar a Montenegro con gran alboroto, lanzando sus armas y gritando. Aunque los españoles los enfrentaron con valor y las armas que los protegían, la batalla fue encarnizada, y los indios no les dieron respiro, atacando a los más destacados. En el combate, murieron tres castellanos y muchos otros resultaron heridos.

Al ver la resistencia de los españoles, los indígenas se retiraron momentáneamente, pero decidieron atacar el campamento principal, donde suponían que solo quedarían enfermos y cobardes. Al llegar, Pizarro intuyó que Montenegro podría haber sido derrotado, pero sin perder el ánimo, salió a enfrentarlos. La batalla fue tan feroz como la anterior, y Pizarro destacaba por su valor, animando a los suyos con palabras y ejemplo. Los indígenas, al percibir su presencia, lo rodearon y lo hicieron caer por una ladera, creyéndolo muerto. Sin embargo, Pizarro se levantó de inmediato con la espada en mano, mató a dos atacantes y contuvo a los demás hasta que sus compañeros llegaron para socorrerlo.

El combate continuaba con desenlace incierto hasta que la llegada de Montenegro y sus hombres desmoralizó completamente a los indígenas, quienes finalmente se retiraron, dejando a Pizarro y a muchos otros españoles gravemente heridos.

Después de los enfrentamientos y de recibir graves heridas, los españoles se curaron con el remedio que solían usar en tales situaciones: aceite hirviendo aplicado sobre las heridas. Dado el peligro que representaban los numerosos y feroces indígenas, y considerando lo reducida que era su propia fuerza, Pizarro y los suyos decidieron retirarse de aquel lugar para dirigirse hacia las cercanías de Panamá. Llegaron a Chocama, desde donde Pizarro envió a Nicolás de Rivera, el tesorero de la expedición, a bordo del navío con el oro recolectado. Rivera debía dar cuenta de lo sucedido y exponer las expectativas de encontrar tierras más prósperas.

Mientras Pizarro exploraba con gran esfuerzo esos inhóspitos lugares, su compañero Almagro, quien apresuraba los preparativos para reunirse con él, partió en otro pequeño navío con sesenta y cuatro españoles, pocos días antes de la llegada de Nicolás de Rivera a Panamá. Almagro siguió el mismo rumbo que Pizarro, guiándose por las señales dejadas en montes y playas. Desembarcó en Pueblo Quemado, donde los mismos indígenas que habían causado tantos problemas a Pizarro y Montenegro lo resistieron con valentía, hiriéndolo gravemente en un ojo, lo que le dejó ciego de ese lado para siempre. A pesar de que finalmente conquistó el lugar, Almagro decidió no quedarse allí y continuó en busca de su compañero, explorando cada cala y puerto en su camino.

En su trayecto, Almagro reconoció varios puntos, como el valle de Baeza, nombrado así por un soldado del mismo apellido que murió allí, el río del Melón, al que llamaron así por ver un melón flotando en sus aguas, y el río de las Fortalezas, bautizado así por las casas indígenas que desde lejos parecían fuertes. Finalmente, llegó al río de San Juan, nombrado en honor al día en que lo descubrieron. Aunque encontraron algunas señales de buenas tierras y recogieron una cantidad de oro, la preocupación por sus compañeros, a quienes creían perdidos, llenó de tristeza a Almagro y sus hombres. Desanimados, decidieron regresar a Panamá.

No obstante, al llegar a las islas de las Perlas, recibieron noticias dejadas por Nicolás de Rivera que indicaban la ubicación de Pizarro. Inmediatamente dieron la vuelta y se dirigieron a Chocama, donde efectivamente encontraron a Pizarro. Los dos compañeros se abrazaron, compartieron sus respectivas aventuras, peligros y fatigas, y después de discutir cuidadosamente los próximos pasos, acordaron que Almagro regresaría a Panamá para reclutar más hombres y reparar los navíos.

Al llegar Almagro a Panamá, se encontró con nuevas dificultades que frustraban los planes de los dos descubridores. Pedrarias, quien inicialmente les había concedido la licencia para llevar a cabo su expedición, ahora se oponía firmemente a la empresa. En ese momento, Pedrarias planeaba personalmente castigar a su teniente, Francisco Hernández, que se había rebelado en Nicaragua, y no quería que su fuerza se viera reducida por la partida de hombres hacia la expedición al Perú. Aunque esta era la verdadera razón de su cambio de actitud, Pedrarias argumentaba que las malas noticias traídas por Nicolás de Rivera, y lo que él consideraba la obstinación de Pizarro, eran las causas de la pérdida de tantos hombres. Según él, la falta de habilidad e ignorancia de Pizarro eran los culpables.

Pedrarias, conocido por su tenacidad y desconfianza, anunciaba que revocaría la autorización y prohibiría que más hombres se unieran a la expedición. Ni siquiera la llegada de Almagro, que traía noticias esperanzadoras, suavizó su dureza. Parecía que todo estaba perdido, hasta que el maestre escuela Hernando de Luque, amigo cercano y apoyo fundamental de los dos exploradores, intervino. Luque estaba fuertemente involucrado en el proyecto y utilizó todas sus influencias para convencer a Pedrarias.

A pesar de sus esfuerzos, es probable que las gestiones de Luque no hubieran sido suficientes si no hubieran ofrecido a Pedrarias una participación en las ganancias del descubrimiento sin que él tuviera que aportar nada. Esto despertó su codicia, lo que lo hizo ceder en su obstinación y levantar la prohibición de embarque. Sin embargo, Pedrarias impuso una condición: Pizarro debía llevar un adjunto que lo acompañara y, en cierto modo, lo vigilara y dirigiera. Luque logró que ese adjunto fuera Almagro, quien fue nombrado capitán para darle mayor autoridad.

A pesar de que este acuerdo se hizo con buena fe, cuando Pizarro se enteró del nombramiento, se sintió ofendido, interpretándolo como un desprecio hacia su liderazgo. Aunque se le dieron explicaciones, Pizarro no quedó satisfecho, y el resentimiento por esta decisión se arraigó en su corazón. Este episodio marcó el comienzo de las tensiones y conflictos que más tarde desembocarían en graves desastres entre los dos compañeros.

Pizarro probablemente evitó regresar a Panamá hasta que Pedrarias partió hacia Nicaragua en enero de 1526. Durante ese tiempo, la preocupación principal de los dos exploradores era reunir fondos para continuar con la expedición, ya que los gastos iniciales los habían dejado sin recursos. Afortunadamente, Hernando de Luque, incansable en su apoyo, logró proporcionar el dinero necesario. Fue entonces cuando se formalizó la famosa contrata en la que Luque aportó 20,000 pesos de oro para financiar la expedición, mientras que Pizarro y Almagro ofrecieron la licencia del gobernador y su compromiso personal para llevar a cabo la empresa. Según este acuerdo, las tierras, los indígenas, las joyas, el oro y cualquier otro producto que se obtuviera se dividirían en partes iguales entre los tres.

Para darle mayor solemnidad a la asociación, Luque, quien era canónigo, celebró una misa especial. Durante la ceremonia, dividió la Hostia consagrada en tres partes: una para él y las otras dos para Pizarro y Almagro, quienes comulgaron. Este acto sagrado conmovió a los presentes, quienes, llenos de respeto, lloraban ante un rito tan solemne, nunca antes visto en esa región para un propósito similar. Sin embargo, algunos observadores consideraban que este gesto religioso no era suficiente para salvar a los tres de lo que consideraban un acto de locura, dada la peligrosidad y la ambición del proyecto.

Con el paso del tiempo, la ceremonia ha sido criticada por considerarse impía, ya que invocaba el nombre de un Dios de paz para validar una expedición que terminaría en matanza y saqueo. No obstante, es importante no juzgar este acto solo por los desastres y violencias que siguieron al descubrimiento, sin entender el contexto de la época y las motivaciones de los aventureros. Para los castellanos, extender la fe cristiana y ganar nuevas tierras para su rey eran deberes sagrados y heroicos. Así, no es sorprendente que implorasen la intervención divina antes de emprender una empresa de tal magnitud.

Aunque es necesario condenar los crímenes de la codicia y la ambición, debemos también ser justos y no juzgar a estos individuos con criterios modernos sin tener en cuenta las ideas predominantes de su tiempo. Incluso en la actualidad, las naciones modernas aún invocan a Dios en sus conflictos, a menudo guerras innecesarias e injustas, lo que muestra que, en muchos sentidos, no estamos tan lejos de las contradicciones de nuestros antepasados.

Con dos navíos y dos canoas cargados de víveres y armas, y acompañados por el experimentado piloto Bartolomé Ruiz, Pizarro y Almagro volvieron a zarpar, siguiendo el rumbo que ya habían tomado en expediciones anteriores. Llegaron cerca del río de San Juan, que Almagro había explorado previamente. Decidieron detenerse allí, ya que la tierra parecía más habitada y rica en recursos que los lugares anteriores. Asaltaron un pueblo donde encontraron algo de oro, provisiones y capturaron algunos indígenas, lo cual les dio esperanzas, a pesar de que el terreno circundante consistía principalmente en montañas, ciénagas y ríos, lo que hacía que el movimiento por tierra fuera casi imposible.

Pizarro se quedó en la zona con la mayor parte de la tripulación y las dos canoas, mientras que Almagro regresó a Panamá en uno de los navíos para reclutar más hombres con el oro obtenido. Bartolomé Ruiz, por su parte, zarpó en el otro navío para continuar explorando la costa. El viaje de Ruiz marcó un avance significativo en la búsqueda del Perú. Durante su exploración, descubrió la isla del Gallo, la bahía de San Mateo, la región de Coaque y llegó hasta la punta de Pasaos, situada en la línea ecuatorial.

En el camino, se topó con una balsa construida hábilmente con cañas, en la que viajaban hasta veinte indígenas. Al acercarse el navío español, once de ellos se lanzaron al agua, pero los otros fueron capturados. Tras examinar a los prisioneros y los objetos que llevaban, Ruiz decidió liberar a la mayoría, quedándose solo con tres de los que consideró más útiles para servir de intérpretes y para obtener información sobre la tierra.

Estos indígenas parecían dirigirse a comerciar con otros pueblos de la costa, y entre sus pertenencias destacaban pesos pequeños para medir oro, construidos de manera similar a las balanzas romanas, lo cual sorprendió a los castellanos. También llevaban diversas joyas de oro y plata trabajadas con cierto esmero, esmeraldas pequeñas, cuentas de calcedonia, mantas, ropa de algodón y lana, y lana hilada y por hilar, obtenida de los animales de la región. Estos hallazgos asombraron a los españoles, pero lo que más les impresionó fue la información que los indígenas compartieron sobre su rey Huayna Cápac y la opulencia de su corte en el Cusco.

Aunque los españoles desconfiaban de las historias sobre las riquezas y el poder del Inca, Bartolomé Ruiz trató a los indígenas con respeto y decidió llevarlos consigo de regreso a Pizarro. Estaba convencido de que las noticias que estos indígenas traían alegrarían a su compañero y alimentarían sus esperanzas de continuar la expedición.

Casi al mismo tiempo que Bartolomé Ruiz regresaba, Almagro llegó con el socorro que había traído de Panamá, compuesto de armas, caballos, ropa, víveres y medicinas, así como de cincuenta soldados que se aventuraron a seguirle desde Castilla. Almagro recordó las precauciones que tuvo que tomar para entrar en la ciudad, donde ahora mandaba el nuevo gobernador, Pedro de los Ríos. A pesar de que el maestre de escuela Hernando de Luque había hecho representaciones para asegurar el apoyo del Gobierno en la empresa conjunta de los tres socios, el descrédito en que había caído la expedición en Panamá lo hizo dudar de su recibimiento, lo que lo llevó a detenerse hasta conocer la actitud del Gobernador. Este, aunque lamentaba la pérdida de tantos castellanos, aseguró a Luque que haría lo posible por ayudarles.

Almagro finalmente entró al puerto de Panamá, donde el Gobernador salió a recibirlo, honrándolo y confirmando los cargos que su predecesor, Pedrarias, había dado tanto a él como a su compañero Pizarro. El Gobernador les permitió alistar más hombres y realizar las provisiones necesarias. Estas noticias, junto con las de los indígenas tumbesinos, lograron elevar un poco los ánimos decaídos de los hombres. Aprovechando esta buena disposición, Almagro y Pizarro se hicieron al mar nuevamente, siguiendo la ruta que había tomado Bartolomé Ruiz.

Primero llegaron a la isla del Gallo, donde permanecieron quince días recuperándose de las privaciones sufridas. Luego continuaron su viaje hasta la bahía de San Mateo, donde decidieron desembarcar y establecerse para aprender el idioma de las tierras que tenían por delante. Los indios de Tumbes les ofrecieron confianza en este objetivo, y Pizarro se dedicó a enseñarles algunas palabras en castellano. Además, la tierra parecía rica en maíz y hierbas nutritivas, lo que les invitaba a permanecer allí. Sin embargo, los nativos eran tan hostiles y difíciles como los que habían encontrado antes, lo que les hizo dudar de su capacidad para sostenerse en ese lugar sin más refuerzos.

Se entabló una deliberación sobre lo que convenía hacer. Muchos sugirieron regresar a Panamá y emprender el descubrimiento con más hombres y fuerza. Almagro se opuso a esta idea, argumentando que sería vergonzoso volver sin haber logrado algo significativo, expuestos a las risas de sus adversarios y a las reclamaciones de sus acreedores. Su propuesta fue buscar un lugar abundante en víveres para establecerse y enviar los navíos de vuelta a Panamá en busca de más hombres. Sin embargo, las razones de Almagro no parecían tan bien fundadas como la situación exigía.

Pizarro, ya sea movido por un sentimiento de flaqueza o por una impaciencia difícil de justificar, le respondió con aspereza, señalando que no le sorprendía que alguien que había estado yendo y viniendo de Panamá, con la excusa de traer socorros y víveres, no pudiera comprender las angustias y fatigas que sufrían quienes llevaban tantos meses en aquellas costas inhóspitas y desiertas, ya sin fuerzas para resistir. Almagro replicó que estaría dispuesto a quedarse, mientras Pizarro fuese a buscar ayuda, si eso era lo que prefería. La tensión entre ellos se intensificó, y de un intercambio de palabras hirientes pasaron a amenazas y, finalmente, a desenfundar armas para herirse mutuamente.

Fue entonces cuando intervinieron el piloto Ruiz, el tesorero Rivera y otros oficiales presentes, quienes lograron calmar los ánimos y detener aquel escandaloso enfrentamiento, haciendo que ambos olvidaran su ira y se abrazaran como amigos. ¡Ojalá aquel abrazo hubiera cerrado la puerta para siempre a los resentimientos tristes y crueles que más tarde habrían de consumirlos!

Establecida así la paz, Pizarro se ofreció gustosamente a quedarse con los hombres, mientras Almagro, como era habitual, se dirigía a Panamá en busca de socorros. Antes de partir, ambos reconocieron los alrededores de la bahía en la que se encontraban, y al darse cuenta de que ninguno de esos lugares les era conveniente, decidieron retroceder y fijarse en la isla del Gallo, que ofrecía mejores condiciones para sus fines. Así, Almagro zarpó hacia Panamá, mientras Pizarro, con ochenta y cinco hombres —el único resto que quedaba tras tantos refuerzos—, se dirigió a la isla. Desde allí, pocos días después, envió el navío que le quedaba para que regresara a Panamá y volviera con Almagro.

Este acuerdo y las decisiones de los dos capitanes alteraron significativamente los ánimos de los soldados, quienes ya no se quejaban en secreto, sino en grupos y alzando la voz, criticando la inhumanidad y dureza de la situación. Se preguntaban si acaso no eran suficientes tantos meses de desengaños, en los que solo habían experimentado hambre, enfermedad, sufrimiento y muerte. Habían recorrido palmo a palmo aquella costa cruel, enfrentándose a rechazos y pérdidas en cada intento. Se cuestionaban qué peligros dignos del nombre español habían encontrado allí, qué riquezas se correspondían con las grandiosas esperanzas que habían alimentado al partir. El escaso oro que recogían en los asaltos, que hacían de vez en cuando, se enviaba a Panamá más como una ostentación que como un verdadero incentivo para atraer a más hombres al sacrificio. Mientras tanto, ellos continuaban perdidos entre los manglares, alimentándose de la fruta insípida de aquellos árboles tristes o de raíces poco saludables, expuestos constantemente a los aguaceros, desnudos, hambrientos y enfermos, arrastrando penosamente su existencia, martirizados por los mosquitos, atacados por los indios y devorados por los caimanes.

Originalmente habían salido ochenta, y después de tantos refuerzos traídos por Almagro, solo quedaban ochenta y cinco. Esa elevada mortandad debería haberles convencido de no sacrificar ese miserable resto a su terquedad inhumana y a sus insensatas esperanzas. La rica tierra que siempre habían pregonado se alejaba más de su vista y de sus esfuerzos, y el continente americano se defendía con más tenacidad y rigor que el que habían enfrentado en el lado opuesto ante los obstinados y valientes esfuerzos de Ojeda y Nicuesa. Tanto tiempo perdido, tantas tentativas inútiles, tantas fatigas y desastres debían ya convencerles de que la empresa era imposible, o al menos temerario querer llevarla a cabo con medios tan desiguales.

No era fácil responder, ni mucho menos silenciar las amargas quejas del desaliento. Los jefes, temiendo que las noticias enviadas a Panamá fueran aún más negativas y que así la empresa se desacreditara por completo, decidieron que Almagro debía recoger todas las cartas que se enviaran en los navíos. Sin embargo, este abuso de confianza generó, como siempre, más perjuicios que beneficios. La necesidad, más astuta que la sospecha, logró abrirse paso de manera segura, a pesar de los intentos de los dos capitanes de evitarlo, y se redactó un largo memorial que contenía los desastres pasados, el elevado número de castellanos que habían muerto, la opresión y cautiverio que sufrían los que quedaban, y concluía con una súplica vehemente y lastimera para que se enviara ayuda y se les liberara de la muerte inminente.

Este memorial se escondió en el centro de un gran ovillo de algodón que un soldado enviaba con el pretexto de solicitar que le tejieran una manta. De este modo, llegó a Panamá con Almagro. Se encontró la manera de que la esposa del Gobernador pidiera el ovillo para verlo, y al desenrollarlo y descubrir el escrito, el Gobernador, al enterarse por su contenido de la crítica situación en que se hallaban, decidió enviar ayuda para evitar más desgracias en el futuro, ya que las pasadas no se podían remediar. Esta decisión se vio favorecida por la corroboración de las noticias del memorial que daban algunos de los que regresaban con Almagro, quienes no coincidían en este aspecto con las intenciones de su capitán.

Así, a pesar de los ruegos, reclamaciones e incluso amenazas que hicieron los dos asociados en la empresa, el Gobernador, sordo a todo, encargó a un tal Juan Tafur, dependiente suyo y natural de Córdoba, que fuera con dos navíos a recoger a esos miserables y traerlos a Panamá.

Mientras tanto, ellos se encontraban en la isla del Gallo, donde sufrían las mismas angustias de siempre, salvo las que provenían de la hostilidad de los indígenas, ya que estos, al no estar cerca, habían abandonado la isla y se habían retirado a tierra firme. Cuando llegaron los dos navíos y Tafur mostró la orden del Gobernador, la alegría de los soldados fue tal que se abrazaban como si volvieran de la muerte a la vida, bendiciendo a Pedro de los Ríos como su libertador y padre. Pizarro, por otro lado, se encontraba descontento. Sus dos asociados le escribieron instándole a que, a toda costa, se mantuviera firme y no malograra la expedición regresando a Panamá, asegurándole que lo socorrerían de inmediato con armas y hombres.

Al ver el alboroto de los soldados y su decidida intención de abandonar la empresa, Pizarro les dijo: «Volveos en buena hora, los que tanto afán tenéis de ir a buscar allí los trabajos, la pobreza y los desaires que os esperan. Lamento que queráis perder el fruto de tan heroicas fatigas, cuando ya la tierra que os anuncian los indios de Tumbes os espera para colmaros de gloria y riquezas. Idos, pues, y no diréis jamás que vuestro capitán no os ha acompañado el primero en todos vuestros trabajos y peligros, cuidando siempre más de vosotros que de sí mismo.»

No se dejaban convencer por tales razones, cuando él, sacando la espada y haciendo con ella una gran línea en el suelo de oriente a poniente, señalando el mediodía como su rumbo, dijo: «Por aquí se va al Perú a hacerse ricos; por acá se va a Panamá a hacerse pobres: escoja el que sea buen castellano lo que más le convenga.» Dicho esto, cruzó la línea, siendo seguido solo por trece de todos los que allí se hallaban. Este acto fue de un arrojo magnánimo, y las circunstancias que lo rodeaban lo convierten en algo verdaderamente maravilloso. La historia menciona los nombres de todos estos valientes españoles, entre los que se destacan el piloto Bartolomé Ruiz, por sus conocimientos y servicios; un Pedro de Candía, griego de nacionalidad, natural de la isla de su nombre, que posteriormente tuvo un papel relevante en los acontecimientos que siguieron; y un Pedro Alcón, quien poco después perdió el juicio y se sumió en disparates que serán relatados.

El resto de la multitud regresó con Tafur a Panamá, quien se negó a dejarle a Pizarro uno de los navíos, a pesar de que este se lo rogaba encarecidamente, y solo consintió, con gran dificultad, en dejarle algunos indios de Tumbes y una escasa provisión de maíz. Viéndose solo con tan poca gente, Pizarro decidió abandonar la isla del Gallo, donde los indígenas podían regresar y exterminarlos, y se trasladó a otra isla situada a seis leguas de la costa y a tres grados de la línea, que, por estar despoblada, no presentaba el mismo peligro.

Esta ventaja era lo único que podía compensar los demás inconvenientes de aquella morada infernal. La isla fue nombrada Gorgona, en honor a las muchas fuentes, ríos y quebradas que manan en ella. Allí jamás se ve el sol, nunca deja de llover, y las altas montañas, los bosques densos, la inclemencia del cielo y la esterilidad de la tierra le conferían un aspecto salvaje y horrible: un lugar solo apto para desesperados como ellos. Construyeron barracas para protegerse, fabricaron una canoa para salir a pescar en el mar abierto, y con los peces que lograban atrapar y la caza que conseguían, sumados al maíz que les dejó Tafur, se fueron sustentando con gran dificultad durante el tiempo que tardó el socorro, que fue de cinco meses. Pizarro, como siempre, era el principal proveedor; sin embargo, toda su diligencia y esfuerzos no podían evitar las enfermedades que, inevitablemente, debían contraer en aquel país insalubre, ni el consiguiente desaliento, ya que, a pesar de su apariencia de hierro, sus corazones eran de hombres.

Los días pasaban, y el socorro no llegaba: cualquier remolino de olas o cualquier nube en el horizonte les hacía imaginar que era el navío. La esperanza, que había sido engañada tantas veces, se convertía en impaciencia, y finalmente en desesperación. Ya estaban considerando construir una balsa para navegar a la costa de Panamá cuando divisaron el navío. Su vela, al principio, aunque visible a los ojos, no era creída por el alma, que había aprendido a desconfiar de tantos engaños. Cuando el barco se acercó al río y no quedó ya duda, se abandonaron a toda la alegría que debía inspirarles la felicidad de verse socorridos y la satisfacción de no perder el fruto de tantos sufrimientos.

Pero el socorro no fue tan grande como esperaban y merecían. El navío llegó solo con la marinería necesaria para la maniobra, conducido por Bartolomé Ruiz, a quien Pizarro había enviado con Tafur para que respaldara con su reputación y experiencia lo que él había escrito al Gobernador y a sus asociados. Sus argumentos y esperanzas no pudieron contrarrestar las quejas de los demás. Al escuchar estas noticias, toda la gente que Almagro tenía lista para enviar a su compañero se dispersó. El Gobernador, apenado por la pérdida de tantos castellanos y ofendido por la tenacidad del descubridor, amenazó con abandonarlo a su mal destino. Sin embargo, finalmente, vencido por los ruegos y quejas de los dos asociados, permitió que el navío partiera, aunque con la estricta y severa advertencia de que Pizarro, dentro de seis meses, debía regresar para rendir cuentas de lo que hubiese descubierto.

Al enterarse de estas noticias, Pizarro tomó de inmediato la decisión que más le convenía a su situación. Dejó en la isla a dos de sus compañeros que, por enfermos y débiles, no podían seguirle, junto con todos los indios de servicio que allí tenían. Con los once españoles restantes y los indios tumbesinos, se embarcó en el navío y dirigió su rumbo por donde anteriormente lo había llevado el piloto Bartolomé Ruiz. A los veinte días, halló y reconoció la isla que después se llamó Santa Clara, situada entre Puna y Tumbes: un lugar desierto, pero consagrado a la religión local, donde encontraron un adoratorio y diversas alhajas de oro y plata, construidas en figuras de pies y manos, semejantes a nuestras ofrendas votivas en altares milagrosos. Esto ya les presentaba una muestra de la industria y riqueza del país que buscaban.

Al día siguiente, continuando su navegación, se encontraron con balsas cargadas de indios, vestidos con camisetas y mantas, y armados a su modo. Eran de Tumbes y se dirigían a guerrear con los de Puna. Pizarro los hizo venir con él, asegurándoles que no pretendía hacerles daño, sino que deseaba que lo acompañaran hasta Tumbes. En medio de la extrañeza y maravilla que unos a otros se provocaban, se acercaban a la costa, la cual, baja y llana, sin manglares ni mosquitos, parecía a los castellanos una tierra de promisión en comparación con las que habían visto hasta entonces. Finalmente, el navío arribó a la playa de Tumbes; los de las balsas tuvieron libertad para ir a tierra, y el capitán español les encargó que dijeran a sus señores que él no iba a aquellas tierras a causarles molestia, sino a ser amigo de todos.

Cuando llegaron a la orilla, se encontraron con una multitud de indígenas que contemplaban asombrados aquella máquina nunca antes vista. Se maravillaban al ver llegar en ella y saltar a las balsas a gente de su mismo país. La curiosidad y el asombro crecieron cuando los indios se acercaron al curaca, o cacique, del pueblo para informarle sobre lo que habían visto y lo que les habían contado los indios intérpretes que los acompañaban.

Movido por estas noticias, el deseo del curaca por conocerlos mejor aumentó. Así que envió al navío, en diez o doce balsas, todo el bastimento que pudieron reunir.

En ese momento, se encontraba en el barco uno de aquellos nobles peruanos, a quienes, por la deformidad de sus orejas y por el adorno que en ellas llevaban, nuestros compatriotas luego denominaron "orejones". Este noble quiso unirse al viaje, proponiéndose observarlo todo con el mayor cuidado para poder informar al rey del país. Pizarro, que recibió el presente y a quienes lo llevaban con gran agrado y cortesía, no pudo evitar admirarse del reposo y la sensatez del orejón, así como de las preguntas atinadas y prudentes que le hacía. Así que, le ofreció información sobre el objetivo de su viaje, la grandeza y poder de los reyes de Castilla, y los puntos esenciales de la religión católica. El peruano escuchaba con atención y sorpresa, entretenido con las novedades que veía y oía; permaneció en el navío desde la mañana hasta la tarde. Comió con los castellanos, alabando su vino, que le pareció mejor que el de su tierra. Al despedirse, Pizarro le regaló unas cuentas de perlas, tres calcedonias, y lo que fue de mayor valor para él: un hacha de hierro. Al curaca, le envió dos puercos, uno macho y uno hembra, cuatro gallinas y un gallo. Así se despidieron amigablemente, y el orejón rogó a Pizarro que dejara ir con él a algunos castellanos para que el curaca los viese. El capitán accedió, enviando a tierra a Alonso de Molina y a un negro.

Al llegar al pueblo, la maravilla y sorpresa de los indios alcanzaron su punto máximo al ver con sus propios ojos lo que les habían contado los de las balsas. Todo les parecía desatinado: la extrañeza de aquellos animales, el canto petulante y chillador del gallo, aquellos dos hombres tan diferentes a ellos y entre sí. Algunos, al escuchar cantar al gallo, preguntaban qué pedía; otros hacían lavar al negro para ver si se le quitaba la tinta que, a su parecer, lo cubría; y algunos tentaban la barba de Alonso de Molina, desnudándolo en parte para considerar la blancura de su piel. Todos se agolpaban sobre ellos —hombres, ancianos, niños y mujeres— regocijándose con los gestos, risas y movimientos del negro, mientras Molina respondía a sus preguntas mediante señas, según podía. Las mujeres, especialmente curiosas y expresivas, no cesaban de acariciarlo y agasajarlo, incluso sugiriéndole que se quedara allí y le ofrecerían una hermosa moza por esposa. Pero si los indios estaban admirados por la apariencia de los extranjeros, no lo estaba menos Alonso de Molina por lo que veía en la tierra. Acostumbrado durante meses a no ver más que manglares, sierras ásperas, pantanos eternos, salvajes desnudos y feroces, y miserables bohíos, sin duda le causó tanto asombro como alegría encontrarse de repente con un pueblo organizado y gobernado con cierta clase de policía, con hombres vestidos, casas construidas de forma regular, un templo, una fortaleza, sementeras a lo lejos, acequias, rebaños de ganado, y dentro, abundancia de oro y plata en adornos y utensilios.

Él lo relataba al regresar al navío con tal énfasis que Pizarro, dudando de su veracidad, decidió enviar a Pedro de Candía a tierra para obtener más información. Candía contaba con una mente aguda y una mayor experiencia que Molina; además, era alto y robusto, de porte gentil. Las armas brillantes con las que estaba ataviado reflejaban los rayos del sol, lo que lo presentaba ante los simples peruanos como un objeto de respeto y veneración, tal vez como un ser favorecido por su deidad tutelar.

Llevaba al hombro un arcabuz, y, siguiendo las solicitudes de los indios que venían en las balsas, le pidieron que disparara. Candía apuntó a un tablón cercano y lo atravesó de parte a parte. El estruendo provocó que algunos indios cayeran al suelo, mientras que otros gritaban despavoridos de asombro.

Al igual que Molina, Candía fue agasajado y acariciado con afecto, aunque no con la misma sorpresa ni confianza. Reconoció la fortaleza y visitó el templo, a petición de las mamaconas, las vírgenes consagradas al sol, cuya ocupación, después de cumplir con las ceremonias del culto, era tejer finísimos productos de lana. Sin embargo, el entusiasmo y la afectuosa atención de aquellas criaturas simples e inocentes resultaban menos interesantes para el curioso extranjero que las planchas de oro y plata que adornaban las paredes del santuario, prometiendo un suculento premio para él y sus compañeros.

Finalmente, se despidió del curaca y, colmado de provisiones diversas, entre las que se destacaban un carnero y un cordero del país, regresó al navío. Allí, refirió todo lo que había visto con palabras mucho más ponderadas y grandiosas que las de Alonso de Molina.

De este modo, el capitán español no albergó más dudas sobre la grandeza y opulencia de la tierra que se le presentaba. Sin embargo, su pensamiento se tornó melancólico al recordar a los compañeros que lo habían abandonado, cuya deserción le impedía emprender cualquier acción de relevancia. A pesar del buen acogimiento que recibía, sentía que sus escasas fuerzas no le permitían tomar el pueblo por la fuerza, hacerse fuerte en su alcázar y despojar a los habitantes y a su templo de aquellas tan codiciadas riquezas. La buena fortuna lo salvó de caer en ese mal pensamiento, ya que las divisiones en el imperio incaico aún no habían comenzado. Huayna-Capac seguía vivo, y las fuerzas de aquel gran estado, dirigidas por un príncipe tan hábil como firme, podrían haber aniquilado a esos pocos advenedizos o, al menos, haber evitado que destruyeran una monarquía que aún se encontraba a salvo.

Las noticias adquiridas en Tumbes no satisfacían del todo los deseos de Pizarro, quien decidió continuar su viaje y explorar más territorio. Su anhelo era descubrir o tener noticias de Chincha, una ciudad de la que los indios le hablaban maravillas. Así, siguió su rumbo por la costa, tocando y reconociendo puertos célebres como Paita, Tangarala, la punta de la Aguja, Santa Cruz, y la tierra de Colaque, donde más tarde se fundarían las ciudades de Trujillo y San Miguel, así como el puerto de Santa, situado a nueve grados de latitud austral. Después de haber navegado y explorado más de doscientas leguas de costa, sus compañeros le pidieron regresar a Panamá, argumentando que el objetivo de tantas fatigas y penalidades se había cumplido con el descubrimiento innegable de un país tan vasto y rico. Pizarro coincidió con esta opinión, y el navío volvió la proa hacia el oeste, siguiendo el mismo camino que habían recorrido hasta entonces.

Durante la ida y la vuelta, los indios, atraídos por la fama, salieron a su encuentro en todas partes con una curiosidad inocente y confiada. Admiraban la extrañeza del navío en el que viajaban, su forma, sus armas, y la inmensa ventaja que les llevaban en fuerza e industria. Según la candorosa expresión de Herrera, “los juzgaban por lo que habían visto en Tumbes”; así, la liberalidad, el agasajo, las fiestas y el regocijo con que los trataban eran un reflejo de la idea que tenían de su humanidad y cortesía. Algunos indios les guardaron objetos y les presentaron un jarro de plata y una espada que se habían perdido en un vuelco de balsa durante la ida. Llenos de provisiones, los indígenas ofrecían lo que podían; muchos les entregaban mantas y collares de chaquira. Sin embargo, no les ofrecían oro, ya que, conforme a las prudentes disposiciones de su capitán, los castellanos ni lo solicitaban, ni lo aceptaban, ni mostraban ansias por obtenerlo.

Observando esta disposición amigable de los naturales y la abundancia de la tierra, Alonso de Molina y un marinero llamado Ginés solicitaron permiso para quedarse, y Pizarro se lo concedió, recomendándoles encarecidamente la confianza en los indios. Molina se quedó en Tumbes y Ginés en un lugar más al sur. Anteriormente, otro marinero, Bocanegra, se había escapado del navío en la costa de Coaque, atraído por la amabilidad de la gente y la belleza del país, sin que las gestiones de su capitán para persuadirlo a regresar tuvieran éxito. Finalmente, para fortalecer los vínculos entre ambos grupos y facilitar la comunicación futura, Pizarro solicitó que le entregaran algunos muchachos que aprendieran la lengua castellana y pudieran actuar como intérpretes en su regreso. Le proporcionaron dos: uno que más tarde fue bautizado como don Martín, y el otro Felipillo, quien ganaría cierta notoriedad por su papel en la muerte del inca Atahualpa.

De todas las conferencias que tuvieron con los indios y de los agasajos y obsequios que recibieron, ninguno igualó en gala y cortesía al trato que les ofreció una india principal en un puerto cercano a Santa Cruz. Esta india ansiaba conocer y tratar a aquellos extranjeros que la fama describía como tan extraños, valientes y amables. Pizarro, consciente de sus deseos y buena voluntad, no había podido complacerla en su viaje de ida, prometiendo visitarla en su regreso.

Así, cuando finalmente regresó, se propuso cumplir con su palabra, especialmente porque Alonso de Molina, que había permanecido en la tierra todo ese tiempo, había sido tratado por aquella señora con una atención y un agasajo excepcionales, lo que él no cesaba de elogiar. Pizarro señaló el punto donde el navío anclaría para el encuentro, y tan pronto como llegaron, se acercaron numerosas balsas con cinco reses y otros víveres enviados por la india, que los españoles entendieron se llamaba Capullana. Ella envió un mensaje diciendo que, para dar más confianza a los extranjeros, deseaba fiarse del capitán primero, y que iría al navío a conocerlos a todos. Después, dejaría en el barco suficientes prendas para que estuviesen seguros en tierra todo el tiempo que quisieran.

Para corresponder a esta delicada atención, Pizarro ordenó que salieran del navío de inmediato el tesorero Nicolás de Rivera, Pedro Alcón y otros dos españoles para saludarla. Capullana los recibió con la misma cortesía que había mostrado al principio. Los hizo sentar y comer junto a ella, sirviéndoles de beber y explicando que así era la costumbre en su tierra con los huéspedes. Luego, expresó su deseo de ir al navío para invitar al capitán a desembarcar, ya que él podría estar fatigado por la travesía. Ellos le respondieron que viniese en buen momento, y al instante se puso en camino.

Al llegar al navío, Pizarro la recibió con toda urbanidad y respeto, y le ofreció regalos acordes a su estado y posición. Los castellanos se esforzaron en comportarse con la mejor crianza y cortesía. Entonces, la india manifestó que, siendo mujer, se había atrevido a entrar en el navío, así que el capitán, siendo hombre, podría mejor desembarcar, dejando allí a cinco de sus principales indios para que lo hiciese con toda confianza. Pizarro respondió que, al haber enviado a su gente antes de sí y venir con tan poca compañía, no lo había hecho; pero, reconociendo el afecto con que los favorecía, saltaría gustosamente en tierra sin que fueran necesarias prendas de seguridad. Con esto, la india regresó a su albergue para preparar la solemnidad con que recibirían y agasajarían a aquellos huéspedes que tanto deseaba conocer.

Al amanecer, alrededor del navío ya había más de cincuenta balsas listas para conducir al capitán. Entre los indios principales, doce se quedaron a bordo como garantía de la seguridad de los españoles, a pesar de los intentos de Pizarro para que desembarcaran con él. Finalmente, descendió a la playa, acompañado de sus compañeros, y fue recibido por la india junto a una gran multitud, todos portando ramos verdes y espigas de maíz en las manos.

Los condujeron a una enramada especialmente preparada, donde los asientos principales estaban destinados a los huéspedes y otros, un poco más alejados, para los indios. El banquete consistió en una variedad de alimentos del país, servidos de diversas formas. Después de la comida, los indios, junto con sus mujeres, realizaron una danza, lo que dejó a los españoles cada vez más admirados por la atención y comprensión de aquellos pueblos.

Luego, Pizarro tomó la palabra y, mediante intérpretes, expresó su agradecimiento por las honras que le estaban haciendo y la obligación que sentía hacia ellos. Para reforzar su mensaje, les habló sobre la errada religión en la que vivían, la inhumanidad y barbarie de sus sacrificios, así como la nulidad y repugnancia de sus dioses. Les expuso algunos fundamentos de la religión cristiana y les prometió que, a su regreso, llevaría personas que los instruyeran en ella. Concluyó su discurso haciéndoles entender que debían obedecer al rey de Castilla, un monarca poderosísimo entre los cristianos, y les pidió que, como señal de obediencia, levantaran la bandera que les ofrecía.

A la luz de nuestras ideas actuales, el momento no parecía el más adecuado para plantearles tal propuesta. Sin embargo, los indios, demostrando gran cortesía y mesura, no discutieron sobre la preferencia de religión o rey. Tomaron la bandera y, en un gesto de buena voluntad hacia su huésped, la alzaron tres veces. Lo hicieron con una mezcla de burla y diversión, sin creer que se comprometían en nada, seguros de que no existía en el mundo un rey más poderoso que su propio inca, Huayna Cápac.

Tras ser agasajados y honrados de tal manera, los españoles regresaron al navío. Allí, Pedro Alcón, al ver que se preparaban para partir, le rogó a Pizarro que lo dejara en tierra. Alcón era uno de esos hombres que adoraban su propia imagen, y su obsesión por ataviarse y engalanarse era tal que sus compañeros solían burlarse de él, afirmando que parecía más un galán de Italia que un miserable descubridor de manglares.

Cuando, por orden de Pizarro, Alcón bajó del navío para saludar a la india, vio en ello la oportunidad perfecta para lucirse. Se vistió con su jubón de terciopelo, calzas negras, un escofión de oro, su gorra con medalla y se armó con espada y daga. Así salió pavoneándose, convencido de que podría rendir a toda la tierra con su apariencia. La presencia de Capullana lo embelesó aún más, y ya fuera por su belleza, ya por su dignidad y cortesía, Alcón comenzó a mirarla, suspirar y manifestar su interés con las pueriles muestras de un amor tan imprudente como insensato.

Capullana, sin embargo, no pareció notar sus atenciones. Alcón, que ya la había tomado como conquista, decidió quedarse en la tierra y solicitó a Pizarro su permiso para hacerlo. Pizarro, reconociendo la falta de juicio de Alcón, se lo negó rotundamente. Ante esta negativa, Alcón, desilusionado y viendo cómo se desmoronaban sus vanos sueños, perdió el control y comenzó a insultar a sus compañeros, mostrando intenciones de herirles con una espada rota que casualmente encontró.

Aunque su comportamiento parecía el resultado de un amor desmedido, no era amor lo que lo consumía; sus improperios se dirigían a acusar a sus compañeros de ser "bellacos usurpadores de aquella tierra, que era suya y del rey su hermano". Esto evidenció que en su mente habían fermentado tanto las ideas de ambición y poder como las de galantería y vanidad. Para evitar cualquier inconveniente causado por sus amenazas e insultos, decidieron amarrarlo con una cadena y llevarlo debajo de cubierta, donde su locura no representó peligro ni enojo para los demás.

No se sabe si Alcón logró recuperarse de su frenesí en el futuro, aunque se inclina a pensar que, más tarde, fue reconocido por los honores y gracias que el Emperador concedió a los valientes habitantes de la Gorgona.

Sin este desagradable incidente, el viaje habría sido una verdadera bonanza. Pizarro, ya impaciente por concluir su travesía, decidió no detenerse más en la costa desde que partió de Tumbes. Se dirigió a la Gorgona, donde recogió a uno de los dos soldados que había dejado; el otro ya había muerto. Con este soldado y los indios que lo acompañaban, continuó su rumbo hacia Panamá, a finales de 1527. Finalmente, tras más de un año de arduo viaje, recorriendo doscientas leguas de costa, había descubierto un vasto y rico imperio, superando tanto los elementos adversos como la resistencia de los hombres.

Al llegar a Panamá, es probable que los tres asociados se abrazaran con alegría y satisfacción, vislumbrando la gran perspectiva de gloria y riqueza que se les presentaba. Sin embargo, aunque habían logrado el descubrimiento de nuevas tierras, la conquista de las mismas era una tarea mucho más ardua y costosa. Carecían de medios y de gente; el gobernador Pedro de los Ríos les negaba rotundamente ambos. Con Pedrarias no podían confiar, y depender de una mano ajena en una empresa de tal magnitud implicaba correr los mismos riesgos que acababan de experimentar.

Ante esta situación, decidieron acudir a la corte para informar de sus logros y solicitar los títulos y la autorización necesaria para llevar a cabo la conquista por su cuenta. Pero surgió una nueva dificultad: ¿quién asumiría esta importante misión? Pizarro, quizás deseoso de descansar o sintiéndose poco confiado en su capacidad para negociar en la corte, se mostraba reacio a asumir la responsabilidad. Luque, al conocer bien el carácter de sus dos compañeros, proponía que la comisión recaiga en un tercero, o al menos que ambos viajaran juntos a negociar.

Almagro, sin embargo, más franco y confiado, argumentó que solo Pizarro debía ir. Consideraba que sería una deshonra que quien había soportado tanto sufrimiento en los manglares perdiera la oportunidad de representar su causa ante el Rey para solicitar la gobernación. Sostenía que quien había visto y explorado el país podría hablar con mayor autoridad y disposición sobre él, lo que facilitaría la concesión que buscaban. La razón estaba evidentemente de su lado, y finalmente Pizarro se rindió a este argumento. Luque, aunque aceptó la decisión, no dejó de hacer una advertencia que sonaba a profecía: "¡Plegue a Dios, hijos, que no os hurtéis uno al otro la bendición, como Jacob a Esaú! Yo aún preferiría que al menos fuerais ambos."

Se decidió, por tanto, que la negociación tendría como objetivo solicitar para Pizarro la gobernación de la nueva tierra, el adelantamiento para Almagro, el obispado para Luque, el alguacilazgo mayor para Bartolomé Ruiz, y otras mercedes para los demás miembros de la expedición. Con gran esfuerzo, lograron reunir mil quinientos pesos para esta misión. Pizarro se despidió de sus dos compañeros, prometiéndoles que negociaría en su favor, y partió hacia Nombre-de-Dios, acompañado de Pedro Candía y algunos indios vestidos a la usanza local, llevando consigo muestras de oro, plata y tejidos del país. A mediados de 1528, llegó a Sevilla.

Sin embargo, apenas pisó tierra fue arrestado por orden del bachiller Enciso, quien tenía una antigua sentencia contra los primeros colonos del Darién por deudas y cuentas atrasadas. Así, su patria lo recibió, a pesar de las esperanzas que traía, encarcelándolo vergonzosamente como un tramposo y embargándole el dinero y bienes que había traído. Afortunadamente, la prisión no duró mucho; al enterarse el Gobierno de sus descubrimientos y planes, se ordenó su liberación inmediata y que se le devolviera su dinero para que pudiera presentarse en Toledo, donde la corte se encontraba en ese momento.

La presencia y discreción de Pizarro no desentonaron en este nuevo escenario. Era un hombre alto, robusto y bien proporcionado. Aunque, según Oviedo, solía ser taciturno y de pocas palabras, cuando se decidía a hablar, lo hacía con gran elocuencia y lograba captar la atención de quienes lo escuchaban. Así se presentó ante el Emperador; al relatar las dificultades que había enfrentado durante esos años de penurias, mientras luchaba por expandir la fe cristiana y la monarquía, describió con tal desahogo y elocuencia natural y persuasiva, que logró conmover a Carlos V. Este, recibiendo sus memoriales con la gracia y benevolencia que lo caracterizaban, ordenó que se pasaran al consejo de Indias para que se le prestara el favor y se le despachara.

La ocasión no podría haber sido más propicia. Carlos V, en la cúspide de su gloria, estaba eufórico tras las victorias recientes: había humillado a Francia con la derrota de Pavía y la captura de su rey, mantenía a Italia en respeto tras el escarmiento de Roma, y se preparaba para recibir de manos del Pontífice la corona imperial en Bolonia. En este contexto, se presentaban ante él dos españoles: uno, que acababa de ofrecerle un vasto y rico imperio, y el otro, dispuesto a ofrecerle otro aún más grande y opulento.

En esa ocasión, Hernán Cortés y Pizarro se encontraron, recordando su amistad desde la época en que ambos residían en Santo Domingo. Cortés llegó con la intención de disipar las dudas sobre su lealtad, y su presencia, cargada de esplendor, valentía y una sorprendente discreción, logró desvanecer cualquier sospecha que pudiera haber existido. Los honores que recibió del Emperador y la corte no solo reflejaron su estatus, sino que también sirvieron de poderoso estímulo para Pizarro, impulsándolo a aspirar a logros igualmente grandes. Aunque se dice que Cortés contribuyó financieramente a la causa de Pizarro, su mayor aportación fue, sin duda, la sabiduría y la habilidad de sus consejos.

Además, Pizarro fue muy consciente de la ingratitud que había recibido Cortés, quien, a pesar de las distinciones y recompensas otorgadas, no logró obtener el mando político de un reino cuya conquista había llevado a cabo con tanto valor y talento. Este hecho influyó en Pizarro al momento de redactar su contrato para la pacificación de las tierras que había descubierto, ya que se negó a permitir que hubiera un superior o incluso un igual en su dominio.

La ambición de Pizarro, que había permanecido latente, despertó de manera violenta, llevándolo a romper todos los lazos de fe, amistad y gratitud. No solo se autoproclamó gobernador y capitán general de doscientas leguas de costa en la Nueva Castilla (el nombre que se daba entonces al Perú), sino que también procuró los títulos de adelantado y alguacil mayor de la tierra, dignidades que originalmente debían ser negociadas para Almagro y Bartolomé Ruiz, respectivamente.

La alcaldía de la fortaleza de Tumbes, el gobierno futuro en caso de su ausencia y la declaración de hidalguía, así como la legitimación de su hijo natural, resultaron ser honores insuficientes para Almagro, ya que la distancia y superioridad que Pizarro se otorgaba era abrumadora. Bartolomé Ruiz, por otro lado, se sintió menos descontento, pues recibió el título de piloto mayor de la mar del Sur y el de escribano de número para su hijo en el futuro, logros que eran más acordes a su mérito y servicio. Pedro de Candía fue designado capitán de la artillería para la expedición, y todos los hombres destacados de la Gorgona fueron elevados a la categoría de fidalgos y caballeros de la espuela dorada.

Afortunadamente, Fernando de Luque pudo estar satisfecho con la consecuencia y buena fe de su asociado. Los títulos y dignidades eclesiásticas que él deseaba no podían competir con la preeminencia y prerrogativas del nuevo gobernador, y así fue elegido para el obispado que se establecería en Tumbes. Mientras las bulas se gestionaban en Roma, fue nombrado protector general de los indios en aquellos territorios, con una renta anual de mil ducados.

Pizarro logró también para sí la merced del hábito de Santiago y, no satisfecho con las armas tradicionales de su familia, consiguió que se añadieran nuevos timbres que representaban sus descubrimientos. Entre estos blasones se destacaba un águila negra con dos columnas abrazadas, símbolo del Emperador, así como una representación de la ciudad de Tumbes, fortificada con un león y un tigre a sus puertas. De un lado se mostraba el mar con las balsas utilizadas en la región, y del otro, la tierra con hatos de ganado y otros animales autóctonos. La orla de su escudo llevaba la inscripción: Caroli Caesaris auspicio, et labore, ingenio, ac impensa ducis Pizarro inventa et pacata. Esta leyenda podría ofender por su soberbia y extrañar por la ingratitud que encerraba, aunque quizás todo se perdía en la jactancia, que podría considerarse una verdadera bizarría española, ya que proclamaba como logrados lo que aún no se había emprendido y como conquistados lo que apenas comenzaba a descubrirse.

Por la capitulación acordada con el Gobierno, Pizarro se vio obligado a salir de España para su expedición en un plazo de seis meses y, al llegar a Panamá, debía emprender el viaje hacia las tierras recién descubiertas en un plazo igual. Por ello, era esencial ganar tiempo y aprovechar al máximo los escasos recursos que le quedaban. Para que los despachos que iba a llevar se conocieran rápidamente en Indias y no se interrumpiera la conquista, envió de inmediato a unos veinte hombres que, a finales de ese mismo año, llegaron a Nombre-de-Dios. Esta diligencia resultó ser oportuna, ya que Pedrarias, en Nicaragua, fingiendo quejas por haber sido separado de la compañía que inicialmente lo aceptó, trataba de tomar la empresa por sí mismo junto a otros asociados. Nicolás de Rivera y Bartolomé Ruiz, que habían ido en un navío de parte de Almagro para publicar las grandezas del Perú y alentar a la gente a prepararse para la empresa, apenas lograron escapar de la ira de Pedrarias.

Mientras tanto, Pizarro se encontraba en Sevilla, continuando los preparativos de su viaje. Había pasado previamente por Trujillo, seguramente con el objetivo de reunirse con sus parientes y disfrutar de la satisfacción natural de presentarse como un hombre exitoso ante su familia, que tal vez no le había prestado atención en los años que habían pasado desde su partida. Su familia, que quizás no había considerado su vida en aquel largo tiempo, lo recibió con el respeto y la deferencia debidos a quien se iba a convertir en el soporte y principal honor de todos ellos. Cuatro de sus hermanos, tres de padre y uno de madre, decidieron seguirle y ser sus compañeros en trabajos y fortuna. Juntos, se presentaron en Sevilla, y tras adelantar algo en los preparativos de la expedición, se embarcó con ellos en los cinco navíos que conformaban su armamento.

Faltaba mucho para que Pizarro pudiera cumplir con lo acordado con el Gobierno. Sus recursos eran escasos, y la empresa carecía de credibilidad, a pesar de sus esperanzas deslumbrantes. No logró reunir los ciento cincuenta hombres que debía llevarse de España. El plazo se acortaba y el consejo de Indias, receloso por la falta de cumplimiento y posiblemente instigado por algún enemigo de Pizarro, comenzó a examinar si los navíos estaban equipados con la gente y los pertrechos estipulados en la contrata. Se ordenó que fueran inspeccionados y, si encontraban deficiencias, no se les permitiría partir.

Temeroso de esta pesquisa y ansioso por evitar retrasos, Pizarro decidió zarpar el 19 de enero de 1530 en el navío que él montaba, a pesar de las malas condiciones del tiempo. Dejó encargado el resto de la escuadrilla a su hermano Hernando Pizarro y a Pedro de Candía, advirtiéndoles que, en caso de que los navíos fueran revisados y se descubriera la falta de hombres, debían alegar que el número convenido iba en su barco. Así, quien había llegado a Indias como prisionero en Sevilla por deudas y por no poder afrontar los gastos en que se había comprometido, debía abandonar España como un miserable fugitivo.

Los navíos fueron efectivamente inspeccionados, y los religiosos dominicos que formaban parte de la expedición, así como Hernando Pizarro, Pedro de Candía y otros pasajeros, fueron interrogados judicialmente. La respuesta fue tal que, satisfechos los encargados de la revisión, se permitió la salida, y los barcos continuaron su rumbo hacia la Gomera, donde se reunirían con la capitana. Allí, prosiguieron felizmente su navegación hacia Santa Marta, donde Pizarro permitió a su gente descansar, a pesar de que el desánimo comenzaba a cundir entre ellos debido a las tristes y desesperadas noticias que corrían sobre los lugares a los que se dirigían. Así, huyó de aquel lugar como si fuera una tierra enemiga y se apresuró a llegar a Nombre de Dios, donde desembarcó finalmente con tan solo ciento veinticinco soldados.

A la noticia de su llegada, sus dos compañeros corrieron a saludar a Pizarro, y el recibimiento que se dieron no desmereció la antigua amistad ni los lazos que los unían. Sin embargo, Almagro no dejó de expresarle sus quejas en privado: “Es extraño —le decía— que, siendo todos una misma cosa, yo me sienta excluido de los grandes favores de la corte, limitado a la alcaidía de Tumbes. Esta es, en verdad, una gracia muy poco acorde con la antigua amistad que compartimos, con la fe jurada y los sufrimientos que he padecido, así como con la considerable suma de dinero que he invertido en esta empresa. Lo más doloroso para un hombre tan ansioso de ser honrado por su rey es ver cómo, a los ojos del mundo, se me niegan las esperanzas que legítimamente esperaba, recibiendo en cambio tan escasa consideración, o más bien, tanto desprecio.”

A esto respondió Pizarro que no había olvidado hacer por él lo que le correspondía; que la gobernación solo podía concederse a uno; que no era poco lo que se había logrado al iniciar las negociaciones, y que lo demás vendría con el tiempo, especialmente considerando que la tierra del Perú era tan vasta que habría espacio suficiente para ambos. Por último, le aseguró que su intención siempre había sido que Almagro mandara como si todo fuera propio, por lo que eran innecesarias sus dudas y quejas, y que debía quedar satisfecho.

La defensa de Pizarro era, en verdad, poco convincente. Sin embargo, la sencilla y apacible naturaleza de Almagro podría haber sido suficiente para calmar sus inquietudes, si no fuera porque Pizarro había traído consigo a sus cuatro hermanos. ¿Cómo podría presumir Almagro que el Gobernador antepusiera los intereses de su amigo a los de su propia familia? Y, aun en el caso de que así lo hiciera, ¿cómo podría soportar la arrogancia y soberbia de esos hombres nuevos que despreciaban todo lo que no fuera de su agrado? No cabe duda de que el valor y las cualidades que demostraron posteriormente fueron en gran parte responsables de las grandes hazañas logradas en la conquista. Sin embargo, también es cierto que su orgullo, ambición y pasiones fueron en gran medida la causa de las guerras civiles que sobrevinieron, así como del torbellino de desastres, escándalos y crímenes que finalmente los devoró a todos.

Eran tres los hermanos de padre, como ya se ha mencionado: Hernando, legítimo, y los otros dos, Juan y Gonzalo, bastardos como el Gobernador. El cuarto, Francisco Martín de Alcántara, era hermano de Pizarro por parte de madre. Entre ellos, el más destacado y el que más influyó en los acontecimientos fue Hernando, no tanto por la legitimidad que le confería su condición, sino por las notables y diversas cualidades que poseía. Desagradable en su apariencia, gentil y ágil en la disposición de su cuerpo, de modales finos y urbanos, con un hablar amable y encantador; su valor era incuestionable y su actividad, infatigable. Ante cualquier evento, por inesperado que fuese, su mirada de águila le permitía identificar rápidamente lo que convenía hacer, y con la misma rapidez lo llevaba a cabo.

Cuando estaba en España, no había cortesano más flexible, astuto y generoso; mientras que, en América, no había español más altivo, soberbio ni ambicioso. La corte era para él solo un instrumento para alcanzar sus metas; los hombres, meros siervos de su interés o víctimas de sus rencores. Era templado y humano con los indios, pero odioso y temible para los castellanos; astuto, disimulado y traicionero, incierto en sus amistades y implacable en sus venganzas. Eclipsaba las cualidades de su hermano el Gobernador, sacrificando todo a su elevación y dignidad, y parecía ser el mal genio destinado a viciar la empresa con el veneno de su malicia y la impetuosidad de sus pasiones.

Era imposible que un hombre de tal temple se sometiera a Almagro, que, feo de rostro y desfigurado además por la pérdida de un ojo, era de modesta estatura y simple en su manera de hablar. Su ansia desmedida de honores, a pesar de tardar en conseguirlos, lo hacían más objeto de desprecio que de admiración, cuando se lo consideraba solo por su apariencia. Hernando Pizarro y sus hermanos, recién llegados, no esperaban que se les viera de otro modo, especialmente al experimentar la escasez de recursos que les ofrecía Almagro, quien ya se hallaba desgastado por los muchos gastos que había realizado. El desprecio que sentían a menudo se reflejaba en sus gestos y palabras.

Almagro, resentido, se comportaba con creciente indiferencia y desinterés, como si no quisiera esforzarse por aquellos ingratos. Esta tristeza y amargura se intensificaba con los rumores, sospechas y sugerencias que circulaban a diario entre amigos, enemigos y partidarios. Finalmente, los sentimientos de ambas partes llegaron a tal punto que Almagro estuvo dispuesto a permitir la entrada en su compañía de otros dos sujetos para hacer frente a los Pizarros. El Gobernador, por su parte, comenzó a negociar con Hernando Ponce y Hernando de Soto, ricos vecinos de León, en Nicaragua, quienes, propietarios de dos navíos y soldados experimentados en las Indias, podrían contribuir con sus personas y bienes a la expedición y suplir la falta de Diego de Almagro.

El inminente rompimiento que estaba a punto de estallar logró ser contenido gracias a las advertencias y mediaciones de Hernando de Luque y del licenciado Espinosa. Este último se encontraba en Panamá y, además de ser amigo de todos los implicados, tenía en la empresa una participación considerablemente mayor que la de Hernando de Luque. Ambos intervinieron y las diferencias se resolvieron mediante un convenio, cuyas condiciones principales estipulaban que Pizarro no solicitaría ni para sí ni para sus hermanos ninguna merced del Rey hasta que a Almagro se le otorgara una gobernación que comenzara donde terminara la suya. Además, se acordó que todos los efectos de oro, plata, joyas, esclavos, naborías y cualquier otro bien obtenido en la conquista se dividirían en partes iguales entre los tres primeros socios.

Con los ánimos algo conciliados gracias a este acuerdo, se intensificaron los preparativos y la expedición pudo comenzar. Almagro, como en la ocasión anterior, se quedó en Panamá para completar las provisiones y pertrechos necesarios y para recibir a las personas que llegaban de Nicaragua y otras partes atraídas por la fama de la conquista. Pizarro, por su parte, zarpó en tres navíos provistos de suficiente munición y guerra, llevando consigo a ciento ochenta y tres hombres. Con este miserable armamento, más adecuado para piratas que para conquistadores, se lanzó a la conquista del imperio más grande y civilizado del Nuevo Mundo. Sin duda, en esta empresa hubo mucha constancia, gran valor y, en ocasiones, no poca capacidad y prudencia; sin embargo, es necesario reconocer que hubo más de fortuna y oportunidad que de otro mérito. Si hubieran tenido información más precisa sobre la extensión y la fortaleza del país, es probable que no se hubieran aventurado tanto con fuerzas tan desiguales. Pero los españoles de aquel entonces solo se fijaban en las riquezas de una región y no en su resistencia; su arrojo era, en ese sentido, nulo: se lanzaban hacia adelante, y allá se perdían si la fortuna no les favorecía, o se coronaban con poder y riquezas si tenían suerte; en un caso, héroes; en el otro, insensatos.

El primer lugar en el que la expedición tomó tierra fue la bahía de San Mateo. Allí se decidió que la mayoría de los hombres y los caballos tomarían el camino por la costa, mientras los barcos se mantendrían cerca, casi a la vista unos de otros. Superaron, con su habitual constancia, las dificultades que el país les presentaba en esa dirección, cruzando ríos y esteros, hasta llegar al pueblo de Coaque, rodeado de montañas y situado cerca de la línea ecuatorial. Los indios, al verlos acercarse, los esperaron sin desconfianza, creyendo que no tendrían motivos para temer a aquella gente extranjera. Sin embargo, su marcha era enteramente hostil; el pueblo fue tomado por la fuerza, y las casas y habitantes despojados de cuanto tenían. Los indígenas, aterrorizados, se dispersaron por los valles y montañas.

El Cacique fue encontrado escondido en su propia casa, y al ser llevado ante el Capitán, explicó que no se había atrevido a presentarse, temeroso de ser asesinado, al ver que los españoles entraban en el lugar contra su voluntad y la de su pueblo. Pizarro le aseguró que su intención no era hacerle daño y que, si hubiera salido a recibirlo en son de paz, no les habrían quitado nada. Amonestó al Cacique para que hiciera venir a su gente, y efectivamente, la mayoría regresó bajo su mandato, proveyendo durante algún tiempo de víveres a los castellanos. Sin embargo, al sentir el poco respeto con el que eran tratados, se dispersaron y desaparecieron nuevamente, sin que los españoles pudieran, a pesar de sus esfuerzos, volver a encontrarlos.

El botín obtenido fue considerable, ya que solo en piezas de oro y plata se reunieron hasta veinte mil pesos, sin contar las numerosas esmeraldas que también se encontraron y que valían una fortuna. Se formó un gran montón con todo, del cual se extrajo el quinto para el Rey, y lo demás se repartió según lo que a cada uno correspondía proporcionalmente. La regla que se seguía rigurosamente en estos asaltos y saqueos era que cada uno debía manifestar lo que había recogido para sumarlo a la masa, que luego se distribuiría. Era necesario hacerlo así, pues la infracción de esta regla estaba penada con la muerte, y la codicia, que todo lo vigila, no perdonaba nada.

Los tres navíos salieron de allí, dos con destino a Panamá y uno a Nicaragua, para mostrar las ricas y vistosas piezas de oro obtenidas en el saqueo y animar a otros a unirse a la expedición. Pizarro informaba a sus amigos sobre su buena fortuna y les pedía que le enviaran hombres y caballos en los navíos. Mientras tanto, él permaneció a la espera de su regreso en la tierra de Coaque, donde los españoles volvieron a enfrentar todos los males y trabajos de sus anteriores peregrinaciones. Este parecía ser el último esfuerzo de la naturaleza para defender el Perú de los conquistadores, y hay que confesar que fue sumamente doloroso y cruel. Se acostaban sanos y se despertaban con hinchazones, lisiados o incluso muertos. Y como si esto no fuera suficiente, la mayoría de ellos sufrió una enfermedad tan penosa como horrible, que llenaba sus cuerpos y rostros de grandes, blandas y dolorosas verrugas, que les incomodaban y desfiguraban, sin saber cómo curarlas. Aquellos que intentaban cortarlas se desangraban, y a veces incluso morían; los demás tenían que soportar durante mucho tiempo esta peste, que se contagiaba de unos a otros y se volvía cada vez más cruel. Los veteranos revivían sus antiguas aflicciones y agonías, mientras que los hombres de Nicaragua lloraban por las delicias de su país natal y maldecían la hora en que se marcharon, seducidos por esperanzas tan engañosas. Pizarro trataba de consolarlos lo mejor que podía, pero el tiempo pasaba, los navíos no llegaban y, desalentados y afligidos, pedían, entre quejas y gritos, la posibilidad de trasladarse a tierras menos adversas y crueles.

Finalmente, después de siete meses de espera, apareció un navío que traía víveres y refrescos. En él venían Alonso de Riquelme, tesorero de la expedición, y los demás oficiales reales que no habían podido salir de Sevilla al mismo tiempo que Pizarro, debido a la prisa y cautela con que emprendió su viaje. Por fin habían llegado a Indias y venían con algunos voluntarios para unirse a él. Animados por este socorro, y más aún por la promesa de Almagro de acudir pronto con un mayor refuerzo, decidieron continuar adelante. Pasando por Pasao, los Caraques y otras comarcas habitadas por indios, finalmente llegaron a Puerto Viejo, donde, en las proximidades de la isla de Puna y cerca de Tumbes, se consideraron a las puertas del Perú. En algunas áreas fueron recibidos pacíficamente, ya sea por temor a sus armas o por el deseo de deshacerse de esos incómodos huéspedes; en otras, encontraron hostilidades que a menudo resultaron en un mayor daño para los nativos. No eran los obstáculos que los hombres podían presentar los que podían detener la marcha de aquellos audaces extranjeros; los desafíos que la naturaleza les imponía eran mucho más arduos, y ya los habían vencido.

La confianza de Pizarro aumentó considerablemente con la llegada de treinta voluntarios de Nicaragua, entre ellos Sebastián de Belalcázar, quien más tarde se destacaría como uno de los capitanes en el Perú. Algunos, cansados del viaje, propusieron establecerse en Puerto Viejo, pero el Gobernador tenía otros planes. Su intención era trasladarse a la isla de Puna, pacificándola de forma amistosa o, si era necesario, por la fuerza, para luego dirigirse a Tumbes y someter a su pueblo con la ayuda de los isleños, en caso de que se resistieran. Entre los indígenas perduraba una antigua animosidad, y sobre esta base el conquistador diseñó su estrategia. Sin embargo, a pesar de sus razones para preferirla, esta estrategia no tuvo el éxito esperado, ya que la situación se complicó al tener que enfrentar a ambos grupos como enemigos, lo que derivó en dos guerras en lugar de una.

La guerra en la isla podría haberse evitado si los españoles hubieran actuado con más confianza o paciencia. Sin embargo, las sospechas que los intérpretes, según los relatos antiguos, infundieron en Pizarro sobre la lealtad de los isleños lo hicieron imposible. Los castellanos, transportados a Puna en balsas proporcionadas por los indios y asegurados por Tomalá, su principal cacique, quien vino a Tierra Firme para disipar las dudas de Pizarro, fueron agasajados con muestras de amistad. No obstante, nada lograba calmar sus temores, y consideraban aquellas muestras de benevolencia como trampas astutas que los indios habían tendido para exterminarlos.

¿Eran fundadas estas sospechas? La respuesta es difícil de determinar, ya que solo contamos con las versiones de los vencedores, las cuales son necesariamente parciales y tienden a justificar sus acciones. En este caso, hay más motivos para dudar, puesto que los intérpretes que alarmaban a los castellanos eran tumbesinos, enemigos naturales de los isleños, y estaban, por tanto, inclinados a procurarles todo el mal posible a aquellos poderosos huéspedes.

Independientemente de las circunstancias, Pizarro recibió un informe de que el principal cacique se había reunido con otros dieciséis, y temiendo que esta conferencia comprometiera la seguridad de los españoles, decidió buscarlos. Al traerlos ante él, los reprendió severamente por el mal trato que habían tenido hacia su persona. Luego ordenó que se reservase a Tomalá y que los demás fueran entregados a los indios tumbesinos. Estos, al ver a sus víctimas en su poder, se lanzaron sobre ellas como bestias feroces, cortándoles las cabezas como si fueran reses en un matadero.

Los habitantes de Puna, al verse atropellados por los extraños, insultados por sus enemigos naturales, con su señor preso y sus caciques decapitados, decidieron tomar las armas. En número de quinientos, atacaron a los españoles no solo en su campamento, sino también en los navíos, que, al parecer más desprotegidos, eran un blanco más fácil. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de la abismal diferencia entre las armas de ambos bandos. ¿Qué podían hacer aquellos infelices, medio desnudos y armados únicamente con armas arrojadizas de palma, frente a cuerpos de hierro, espadas de acero, la fuerza de los caballos y el estruendo de los arcabuces?

A pesar de ser rechazados con pérdidas, no perdieron el ánimo; continuaron atacando una y otra vez con renovada furia, solo para dispersarse después y ocultarse en los pantanos y manglares de la región. Esta guerra, si se le puede llamar así, se prolongó durante varios días, con los españoles obteniendo apenas algunos despojos al principio, y enfrentándose a sobresaltos, cansancio y, en ocasiones, heridas. Pizarro, al darse cuenta de que no le convenía continuar con esta situación, hizo traer ante sí a Tomalá y le advirtió que ya veía los males que su pueblo había atraído sobre sí con su doblez y alevosía. Como su cacique, le instó a que mandara a su gente dejar las armas y regresar pacíficamente a sus hogares; prometió que, si esto sucedía, los castellanos cesarían en su ataque.

Tomalá respondió que no había dado motivo para la guerra, desmintiendo las acusaciones en su contra. Lamentaba profundamente ver su tierra invadida, a su gente muerta y todo destruido. Aunque estaba dispuesto a complacer a Pizarro y dar órdenes para que los indios depusieran las armas, en realidad no pudo lograrlo. Los suyos, llenos de enojo y furia, gritaban que nunca tendrían paz con quienes les habían hecho tanto daño.

En medio de esta situación, llegó de Nicaragua Hernando de Soto con dos navíos, que traían algunos infantes y caballos. Este capitán fue considerado desde entonces como la segunda persona del ejército, aunque Hernando Pizarro ya había asumido el cargo de teniente general que a Soto le había sido ofrecido en conferencias previas en Panamá. A pesar de este desaire, Soto supo disimular con la templanza y cordura que siempre lo caracterizaron. Su destreza, capacidad y valor, demostrados en diversas situaciones importantes, le granjearon de inmediato un lugar destacado en la estima de indios y españoles.

El refuerzo que trajo pareció suficiente a Pizarro para emprender acciones más audaces, especialmente porque los soldados estaban cansados de una guerra infructuosa, muchos de ellos enfermos por contagios, y todos deseaban establecerse en otro lugar. Estas consideraciones llevaron a Pizarro a decidir dejar la isla y pasar a tierra firme.

Si bien la guerra de Puna pudo justificarse con cierta facilidad, la de Tumbes no solo no pudo esperarse, sino que tampoco se pudo prevenir. Todo parecía alejar la idea de un conflicto por parte de aquel pueblo: la relación anterior desde el primer reconocimiento, la favorable impresión que los castellanos dejaron allí, y la buena acogida que dieron a los que se unieron a ellos. Juntos habían cruzado a Puna, donde los tumbesinos habían devastado a su antojo la tierra enemiga. En ese lugar, experimentaron la feroz satisfacción de sacrificar a los caciques y liberar a seiscientos cautivos que los de Puna mantenían destinados, algunos al sacrificio y otros a labores del campo; Pizarro los envió de vuelta al continente con todo lo que les pertenecía. Estos beneficios deberían haber asegurado la buena voluntad y acogida amistosa de aquellos naturales, sin embargo, no lograron este propósito.

Los españoles fueron recibidos por los tumbesinos con la misma alevosía y perfidia que se podría temer de los enemigos más encarnizados. Al verse asaltados de este modo, debieron sentir tanta sorpresa como indignación, y denunciar la perversidad de aquellos bárbaros sin fe. Pero la causa no residía en los indios, sino en ellos mismos. La primera vez que llegaron, se presentaron con la novedad de su llegada, actuando con mesura, cortesía y generosidad, agradecidos por cualquier atención recibida, y mostrando indiferencia hacia las riquezas. En contraste, ahora se presentaban armados y feroces, maltratando a los pueblos más pobres, saqueando a los más ricos y llevando todo al extremo de la violencia. Para los indios, que conocían por fama lo sucedido en Coaque, los españoles aparecían como bandoleros pérfidos y crueles, indignos de respeto y merecedores de toda doblez y alevosía. Por tanto, no tenían los castellanos razón para quejarse de los tumbesinos, ya que el instinto de conservación de estos últimos les instigaba a repeler de cualquier forma a sus odiosos agresores.

El paso de la isla a la tierra firme se realizó en parte en navíos y en parte en balsas, donde se transportaron los caballos y el bagaje. Los que iban en balsas llegaron primero, pero tres de ellos, que iban por delante, fueron capturados por los indios, quienes les ayudaron cortésmente a salir a tierra. En cuanto llegaron, se lanzaron sobre ellos, les sacaron los ojos, les cortaron los miembros y, aún vivos y palpitantes, los arrojaron a grandes ollas que tenían puestas al fuego, donde tristemente perecieron. Las restantes balsas arribaron con más o menos cautela, siendo atacadas por los indios, quienes robaban el herraje y la ropa que llevaban, lo que causó que gran parte del equipaje del Gobernador, que iba en una de ellas, se perdiera. Al ver que carecían de capitán y guía, los hombres que salían a tierra, mojados y llenos de sobresalto, comenzaron a gritar pidiendo ayuda. Ante el bullicio y el desorden, Hernando Pizarro, quien había desembarcado algo más lejos con los caballos, se apresuró a socorrerlos a través de un estero que separaba a ambos grupos. Lo siguieron aquellos que estaban con él, y al ver su arremetida, los indios no tuvieron aliento para resistir y abandonaron el campo. De este modo, la gente de las balsas pudo completar su desembarco, y poco después llegó Pizarro con los navíos.

El pueblo se encontraba no solo yermo, sino completamente arruinado. La guerra con los de Puna, avivada por las divisiones del imperio, lo había dejado en un estado muy diferente al que los españoles habían encontrado en su primera visita. Los conquistadores se desalentaban al ver aquellas ruinas, especialmente los de Nicaragua, quienes comparaban las penurias que sufrían en su viaje con la devastación que observaban, en contraste con las delicias de su paraíso, nombre que daban a su hermosa provincia.

En medio de esta desolación, un indio se acercó y rogó a Pizarro que no saqueasen su casa, una de las pocas que aún permanecía en pie, prometiendo quedarse a servirles. “He estado en el Cusco”, añadía, “conozco la guerra, y no dudo que toda la tierra será vuestra.” El Gobernador ordenó de inmediato marcar la habitación con una cruz para que fuera respetada, y continuó escuchando al indio mientras relataba sobre el Cusco, Vilcas, Pachacamac y otras poblaciones de la región; hablaba de las grandezas de su rey y de la abundancia de oro y plata, que no solo se utilizaban en utensilios y objetos cotidianos, sino también para revestir las paredes de palacios y templos.

Pizarro se preocupaba por que estas noticias llegaran a los demás españoles, pero ellos, escarmentados e incrédulos, no les dieron acogida, considerándolas como invenciones del indio para animarlos con esperanzas y motivarles en la empresa. Habían formado tal opinión después de haber encontrado en la isla de Puna un papel en la ropa de un indio que había servido al marinero Bocanegra, el cual contenía la frase: “Los que a esta tierra viniereis, sabed que hay más oro y plata en ella que hierro en Vizcaya.” Era un artificio bastante burdo, que solo sirvió para cerrarles la mente y los oídos a las grandes cosas que aquel indio relataba, y que otros también corroboraban a su llegada.

Pizarro también quiso saber del paradero de los dos españoles que habían quedado en Tumbes durante su primer viaje. El indio respondió que, poco antes de la llegada del ejército, ambos habían sido asesinados; uno en Tumbes y el otro en Cinto. No había duda de su muerte, pues jamás aparecieron, pero las razones de su desgracia y los lugares en que sucedió variaban según las pasiones o intereses de quienes las narraban. Algunos decían que fueron muertos por su insolencia y libertades con las mujeres del país; otros, que habían sido capturados y alanceados por los insulares al ir con los de Tumbes a un combate contra los de Puna; y, finalmente, había quienes afirmaban que fueron llevados ante el inca Huayna-Capac, y que, sabiendo sus conductores que estaban condenados, los mataron en el camino.

De cualquier modo, en que sucediera esta desgracia, y a pesar de la perfidia y crueldad que los tumbesinos mostraron hacia los castellanos durante su travesía desde Puna, Pizarro consideró conveniente otorgarles la paz que pedían y permitirles regresar a poblar su lugar desamparado. Ya revolvía en su mente la idea de fundar un pueblo en aquellos contornos donde dejar a los soldados enfermos y cansados; un lugar que, además de ser una entrada cómoda para los socorros que pudieran venir de otras partes de América, funcionara como un refugio seguro para su retirada en caso de descalabro. Era, por tanto, esencial pacificar la comarca y no dejar enemigos a sus espaldas.

Con este objetivo, no solo se reconcilió con los indios de Tumbes, sino que también decidió salir de allí para realizar un reconocimiento en los llanos con el grueso del ejército (16 de mayo de 1532), mientras enviaba a Hernando de Soto con una parte de sus tropas a explorar la sierra. Los indios de los valles se sometieron sin dificultad, ya que la fama del poder y valor de los españoles había llegado hasta ellos, además de los castigos infligidos a aquellos que, con razón o sin ella, se sospechaba que se opondrían.

En cuanto a Soto, encontró cierta resistencia por parte de los serranos, quienes menospreciaban su número. Sin embargo, una vez que comprobaron la fuerza de los castellanos, se pusieron en fuga, y los españoles continuaron su marcha hasta descubrir parte del camino real que había sido construido por el inca Huayna-Capac en aquellas alturas. Los despojos obtenidos de la refriega con los indios, junto con las muestras de oro y plata que la tierra les presentaba en abundancia, elevaron la alegría y las esperanzas de sus compañeros cuando regresaron al campamento. De esta manera, el Gobernador, al ver esta buena disposición, decidió aprovecharse de ella para llevar a cabo sus planes.

Inmediatamente se procedió a la fundación del nuevo asentamiento, que recibió el nombre de ciudad de San Miguel. Esta se ubicó en los valles de Tangarala, a treinta leguas de Tumbes, veinticinco del puerto de Paita y ciento veinte de Quito. Esta fue la primera población española establecida en aquellas regiones.

Sin embargo, debido a la insalubridad del lugar inicial, la ciudad se trasladó más tarde a las orillas del río Piura, de donde le quedó el nombre. Pizarro organizó con esmero la administración y el gobierno de la nueva ciudad, de acuerdo a las instrucciones que traía. Estableció las reglas más adecuadas para su conservación y defensa, ya que debía ser el fundamento y apoyo de sus futuras operaciones en un entorno hostil.

Simultáneamente, realizó la distribución del territorio por vía de depósito, siguiendo la costumbre de los españoles en otras partes de Indias. En esta repartición, Tumbes fue asignado a Hernando de Soto, ya sea como forma de compensarle por el cargo de su segundo, que había conferido a su hermano, o como una manera de manifestarle su aprecio por su persona y sus servicios. También se llevó a cabo la repartición del oro obtenido en los últimos acontecimientos, y con el quinto del Rey, el General despachó a Panamá los navíos que se encontraban en Paita, escribiendo a su compañero Almagro que se apresurara a venir con toda la gente que pudiera reunir.

Sospechándose que Almagro trataba de reunir una armada y hombres para salir a descubrir y poblar por su cuenta, Pizarro le rogaba en sus cartas, por todo lo que había mediado entre ellos, que no diera lugar a sospechas ni a antiguos resentimientos y que viniera a unirse a él. Dispuestas, así las cosas, aún se detuvo un tiempo en partir con su gente. Necesitaba obtener información más amplia sobre las fuerzas, recursos y costumbres del pueblo que iba a someter, y, además, la dilación le daba la oportunidad de recibir nuevos refuerzos, imprescindibles para la consecución de su empresa, considerando la escasa cantidad de hombres que tenía consigo.

Sin embargo, estos refuerzos no llegaban; y no queriendo perder prestigio ante los indios por una demora mayor, ni desaprovechar la ocasión que ofrecían las divisiones de los dos incas para sojuzgarlos a ambos, finalmente se decidió a abandonar los valles donde se encontraba. Con solo ciento setenta y siete hombres de guerra, de los cuales sesenta y siete iban a caballo, tomó su camino por las cumbres, dirigiéndose a Cajamarca el 24 de septiembre de 1532.

La monarquía que los españoles estaban a punto de destruir se extendía de norte a sur a lo largo de la costa del nuevo continente por más de setecientas leguas, y según la tradición indígena, su origen se remontaba a cerca de cuatro siglos. Desde tiempos inmemoriales, diversas tribus dispersas, rudas y salvajes habitaron esa tierra, pero la civilización comenzó en las regiones australes, entre las gentes que vivían alrededor de la gran laguna de Titicaca, en la tierra del Collao. Estos indios eran probablemente más activos, belicosos e inteligentes que otros, y como ocurre con muchas naciones que, ya sea por superstición o por orgullo, buscan poner sus orígenes en lo divino, los peruanos también contaban que un día, entre su gente, aparecieron de improviso un hombre y una mujer cuya apariencia, vestimenta y palabras les infundieron veneración y asombro. Él se llamaba Manco Cápac y ella, Mama Ocllo; se presentaron como hijos del sol, predicando su culto y adoración, y fueron enviados por este para enseñar a la humanidad todas las artes de buena administración y virtud.

Con este prestigio, Manco Cápac logró reunir a su alrededor algunas tribus errantes, enseñando a los hombres el cultivo de los campos y a las mujeres a hilar, tejer y realizar otras labores propias de su género. La sumisión y obediencia que cosecharon de estas tribus era proporcional a los beneficios que les proporcionaban. Una vez que aseguraron su dominio e influencia, llevaron a estas tribus a fundar una ciudad en un valle montañoso, a ochenta leguas de la laguna, que fue el Cusco, que se convertiría en la sede y capital del imperio incaico. Allí construyeron su palacio, elevaron un templo al sol y dieron a su culto más pompa y solemnidad, así como mayor autoridad y majestuosidad a sus leyes. El reino quedó vinculado a su descendencia, que siempre fue considerada de sangre pura del sol, ya que aquellos príncipes se casaban con sus hermanas y heredaban el trono a sus hijos.

Desde Manco hasta Huayna Cápac, se contabilizaba una sucesión de doce príncipes que, mediante la persuasión y la fuerza, extendieron su culto, dominio y leyes por la vasta región que se extiende desde Chile hasta Ecuador, atrayendo o sometiendo a los pueblos que encontraron en las montañas y en las llanuras costeras. El monarca que más dilató el imperio fue el Inca Tupac Yupanqui, quien llevó sus conquistas hacia el sur hasta Chile y hacia el norte hasta Quito; aunque, según la mayoría de los autores, no fue él quien conquistó esta última provincia, sino su hijo Huayna Cápac, el más poderoso, rico y hábil de todos los príncipes peruanos. Huayna Cápac desvaneció con su valor los intentos de sus rivales que quisieron disputarle el imperio tras la muerte de su padre; contuvo y sofocó la rebelión de algunas provincias, sometió a otras nuevas a su dominio, y visitó todas ellas para mantener el orden, promulgando leyes sabias y corrigiendo abusos en las costumbres. Rodeó su trono de grandeza y esplendor sin precedentes y ganó más veneración y respeto de sus pueblos que cualquier otro monarca de sus antepasados.

Durante su mandato, se establecieron o perfeccionaron tres grandes medios de comunicación, imprescindibles para provincias tan distantes y diversas: el uso de un dialecto común, el establecimiento de postas para la pronta transmisión de avisos y noticias, y dos grandes caminos que conectaban el Cusco con Quito, con una extensión de más de quinientas leguas. Uno de estos caminos se adentraba por las montañas y el otro por las llanuras; ambos estaban dotados de paradas o hospedajes, conocidos como tambos, donde el monarca, su corte y el ejército, incluso con contingentes de veinte a treinta mil hombres, podían descansar, refrescarse y, si era necesario, renovar sus armas y vestimenta. Estas obras, verdaderamente reales, fueron emprendidas y ejecutadas por los peruanos en honor a su inca, y aunque al principio resultaron de gran utilidad, más tarde se convirtieron en una desventaja por la facilidad que ofrecieron a los españoles para avanzar en la conquista del país.

Huayna-Capac falleció en Quito, legando el imperio a Huáscar, su hijo mayor, fruto de su matrimonio con la Coya o emperatriz, quien era también su hermana. Sin embargo, Huayna-Capac también había tenido un hijo con la hija del cacique principal de Quito, a quien quería mucho: Atahualpa. Este joven, de grandes cualidades y no menores esperanzas, recibió como herencia la provincia de Quito, que pertenecía a sus abuelos maternos, sin prever los trágicos efectos que tal división provocaría. Otros sostienen que esta separación no fue decisión de Huayna-Capac, sino de Atahualpa, quien, bien querido por el ejército de su padre y ganándose con promesas y lisonjas a los dos generales principales, Quizquiz y Chalcochima, buscó el apoyo de ellos para convertirse en señor del territorio que había pertenecido a sus antepasados.

Esta divergencia en las tradiciones acerca de hechos tan recientes muestra cuán desinformados estaban los españoles o cómo las pasiones influían en sus relatos, dependiendo de si querían disculpar o culpabilizar la resistencia de Atahualpa frente a la voluntad de su hermano. Huáscar, deseando mantener la integridad del imperio, ordenó al ejército que regresara al Cusco y que Atahualpa, bajo pena de ser tratado como enemigo, se presentara ante él para rendirle obediencia y restituir las mujeres, alhajas y tesoros del difunto inca.

Las amenazas de este mandato, lejos de intimidar a Atahualpa, lo incitaron a sostener por la fuerza sus pretensiones y derechos. Así, dando inicio a la guerra civil, salió con su ejército de Quito en dirección a la capital, ocupando militarmente las provincias y ganando a los naturales para su causa, aumentando sus fuerzas a medida que avanzaba. Atahualpa esperaba que su hermano, más joven y de carácter más manso y pacífico, se rindiera al ver su determinación y temiendo su poderío, optando por confederarse con él. Sin embargo, Huáscar envió un ejército para enfrentarlo, cuyas tropas, reforzadas por gente de algunos valles que habían desertado de la causa de Atahualpa, le dieron batalla junto al tambo de Tomebamba. Después de tres días de un combate encarnizado, Huáscar venció a Atahualpa, quien fue hecho prisionero.

Aunque fue llevado al tambo y vigilado estrechamente, Atahualpa no perdió el ánimo. Aprovechando la distracción de los vencedores, entregados a la celebración y borracheras de la victoria, logró escapar. Con la ayuda de una barra de cobre que le dio una mujer, rompió la pared de su prisión. Para alentar a sus seguidores a que lo siguieran y volvieran a la lucha, les hizo creer que el sol, su padre, le había liberado, transformándolo en culebra para que pudiera salir por un pequeño agujero, y que le prometía la victoria sobre sus enemigos si reiniciaban el combate. Esta astucia, sumada a su diligencia y valor, y respaldada por su popularidad, le proporcionó la fuerza suficiente para atacar nuevamente a sus vencedores y cambiar el rumbo de la guerra. Atahualpa los atacó, los derrotó y los estragos de ambos bandos fueron tales que, muchos años después, aún se podían ver con asombro en el campo de batalla las miserables reliquias de la multitud que pereció en ella.

Una vez vencedor, Atahualpa se aprovechó de la ventaja lograda con su habilidad y coraje, y no puso límite a sus ambiciones. La roja borla, insignia real de los incas, que se ciñó en Tomebamba, anunció al agitado Perú que la contienda entre los dos hermanos era ya capital, y que el destino del imperio estaba comprometido en su enemistad. Como bastardo, Atahualpa no podía ocupar el trono, herencia sagrada y exclusiva de los hijos legítimos del sol. Sin embargo, su falta de título se suplía con su atrevimiento y arrogancia; sus acciones y palabras reflejaban más a un monarca ofendido que a un usurpador.

Su victoria y fortuna se vieron empañadas por la severidad y crueldad que mostró a medida que avanzaba. Asoló Tomebamba y castigó a las tribus que habían abandonado su causa. Una de ellas, la de los cañaris, no pudo aplacar su ira a pesar de sus humillaciones y arrepentimientos. Mandó matar a miles de ellos, esparciendo sus corazones por las sementeras, afirmando que quería ver el fruto que daban "corazones fingidos y traidores". Con esto, continuó su camino hacia el Cusco, estableciéndose en Cajamarca, desde donde podía vigilar los movimientos de su competidor y las intenciones de los castellanos, cuya llegada ya le preocupaba.

Ante esta situación, Huáscar se vio obligado a reunir un nuevo ejército y salir personalmente a defender su trono. Las fuerzas de ambos hermanos eran casi iguales en ese momento, aunque las de Huáscar no podían compararse en experiencia, calidad ni confianza con las del Quito. Atahualpa envió a la mayoría de sus tropas bajo el mando de los generales Quizquiz y Chalcochima, quienes, más hábiles o afortunados que sus rivales, sorprendieron un destacamento de Huáscar y lo hicieron prisionero. Esta desgracia causó la dispersión y descomposición de su ejército; los vencedores se apresuraron a ocupar la capital, y Atahualpa, al enterarse de su fortuna, ordenó que su hermano fuera llevado vivo ante él.

Mientras tanto, Pizarro avanzaba al frente de su pequeño escuadrón para encontrar a Atahualpa. Su marcha era lenta, debido a la dificultad de los caminos y la necesidad de proceder con cautela por pueblos desconocidos, a los que era preciso ganar y asegurar. A pesar de que la distancia de San Miguel a Cajamarca era de solo doce grandes jornadas, los españoles tardaron cerca de dos meses en recorrerla, lo cual no era sorprendente, considerando los obstáculos que debían superar. A medida que avanzaban, recibían más noticias sobre el poder y las fuerzas del monarca que buscaban. Estas noticias, si bien aumentaban la ambición y la esperanza en algunos, también generaban recelo en otros, dada la escasez de su número y recursos.

Para atajar el desaliento, Pizarro, con una resolución propia de su carácter, comunicó a sus soldados que aquellos que desearan regresar a San Miguel podían hacerlo sin problema; allí se les asignarían indios con los que sustentarse, como a los demás que ya se habían quedado. Pizarro no quería que nadie lo siguiese con flojedad y tibieza, confiando más en el valor de unos pocos que en la cantidad de muchos desalentados. Solo cinco de a caballo y cuatro infantes aprovecharon esta oportunidad, lo cual, al ser considerado, parecerá más una temeridad que una valentía, teniendo en cuenta el valor de cada hombre en aquellas expediciones y lo difícil que era suplir la ausencia de cualquiera de ellos.

Purgado así el ejército de los pocos cobardes, los demás soldados continuaron alegres y animosos tras su capitán. Por fortuna, en todos los pueblos fueron recibidos en son de paz. Aunque en algunos lugares circulaban noticias equivocadas o interpretaciones siniestras que podrían haberles infundido recelo, este temor se disipaba al llegar, gracias a la cordialidad de los indios y al buen hospedaje que les ofrecían.

Se informó a Pizarro que en un pueblo llamado Caxas había tropas de Atahualpa esperando a los castellanos. En respuesta, envió a un capitán con algunos soldados para que lo reconociera con cautela. Al día siguiente, tras marchar, estableció su campamento en el pueblo de Zarán, donde esperó los resultados del reconocimiento. El capitán que fue a Cajas encontró a un recaudador de tributos, quien lo recibió con franqueza y amistad, proporcionándole información valiosa sobre el avance de su rey, el método de cobranza de contribuciones y otras costumbres del país.

El capitán no solo reconoció Caxas, sino también Huancabamba, un pueblo cercano y más grande. Regresó maravillado por las grandes calzadas, los puentes sobre los ríos, las acequias, las fortalezas construidas y los almacenes de vestuario y provisiones para el ejército. También relató sobre una fábrica de ropa en Caxas, donde muchas mujeres hilaban y tejían vestidos para los soldados del Inca. A la entrada del pueblo, observó a ciertos indios ahorcados por los pies, castigados por haber permitido que uno de ellos entrara en el lugar para disfrutar de una mujer. Esta severidad en la justicia, esta autoridad y poder ejercidos desde la distancia con tal puntualidad, junto con los preparativos de guerra hechos con previsión e inteligencia, debieron impresionar a los españoles, dejándoles claro que se enfrentarían a un pueblo muy diferente y digno de respeto y recelo.

Simultáneamente, llegó al ejército un indio que se presentó como enviado de Atahualpa, trayendo como regalo para el general español dos vasos de piedra artísticamente labrados y una carga de patos secos, que se usaban en los sahumerios según la costumbre de los principales del país. El indio le transmitió a Pizarro que el Inca deseaba ser su amigo y que le aguardaba en Cajamarca en son de paz. La calidad y modestia del presente de un monarca tan poderoso podrían haber suscitado sospechas en cualquier persona, incluso en alguien menos cauteloso que Pizarro. Sin embargo, él aparentó recibir el regalo con gratitud y aprecio, expresando al indio su agradecimiento por la amistad de un príncipe tan grande. También le encomendó que le comunicara a Atahualpa que, enterado de las guerras que sostenía contra sus enemigos, había movilizado a sus compañeros y hermanos para servirle en ellas, y que además traía un mensaje del vicario de Dios en la tierra y del rey de Castilla, un príncipe muy poderoso.

Pizarro ordenó que el indio y su comitiva fueran bien tratados y agasajados, y ofreció al mensajero la opción de descansar con ellos durante algunos días si así lo deseaba. El indio optó por regresar de inmediato a su señor, por lo que Pizarro le obsequió una camisa de lino, un bonete rojo, cuchillos, tijeras y otras baratijas de Castilla, con las que el emisario se marchó contento. Los vasos del presente, junto con mucha ropa de algodón y lana intercalada con oro y plata que habían obtenido en los diferentes pueblos por los que habían transitado, fueron enviados a San Miguel, donde el Gobernador escribió informando sobre la situación con el Inca y encargando a los españoles que mantuvieran la paz con los indios de la comarca.

Siguiendo su camino por diferentes pueblos, donde fueron recibidos en son de paz, los españoles se encontraron a orillas de un caudaloso río, muy poblado en la otra orilla. Ante la posibilidad de algún impedimento, Pizarro envió a su hermano Hernando a que lo cruzara a nado con algunos soldados, para distraer a los indios, mientras él cruzaba con el resto del contingente. Los moradores de aquellos pueblos huyeron al ver a los españoles atravesar el río; solo algunos pocos se quedaron atrás, a quienes Hernando Pizarro trataba de aquietar. Al no recibir respuesta sobre Atahualpa, se decidió aplicar tormento a uno de ellos, quien finalmente declaró que el Inca, muy enojado con los castellanos y decidido a acabar con ellos, los aguardaba con tropas dispuestas en tres puntos: uno al pie de la sierra, otro en la cima y el último en Cajamarca. Afirmó que tenía razones para saberlo, siendo un hombre principal.

Esta información fue comunicada al Gobernador, quien ordenó de inmediato cortar árboles en las riberas del río y, con tres pontones, pasó a su gente y los equipajes, llevando a los caballos a nado. Se alojó en la fortaleza de uno de esos lugares y envió a llamar a un cacique de las cercanías. Este vino y le informó que Atahualpa se encontraba más adelante de Cajamarca, en Huamachuco, con más de cincuenta mil hombres de guerra. Esta revelación resultó ser cierta, por lo que la tortura infligida al indio que había sido apremiado anteriormente fue una crueldad innecesaria, ya que su declaración era falsa.

La variedad de avisos y noticias generó perplejidad en el ánimo del Gobernador, quien decidió averiguar directamente la verdad. Enviando a un indio de su confianza para espiar la situación, fuerzas y movimientos de Atahualpa, eligió a uno de la provincia de San Miguel. Este no quiso ir como espía, sino como mensajero, creyendo que así podría hablar con el Inca y traer una mejor relación de todo lo que averiguara. Pizarro aprobó su decisión y le ordenó que fuera a saludar a Atahualpa de su parte, informándole que marchaba sin hacer violencia a nadie, con el objetivo de rendirle homenaje, entregarle la embajada que llevaba y ofrecerle su ayuda en las guerras que sostenía, si aceptaba su amistad y servicio. El indio partió con su embajada, encargado también de averiguar si había en la tierra gente de guerra, como se les había dicho anteriormente.

Después de tres días de camino por tierras fáciles y apacibles, los españoles llegaron cerca de las sierras que se interponían entre ellos y Cajamarca. Estas sierras eran ásperas y escarpadas, de difícil acceso y, tal vez, imposibles de conquistar si un ejército las defendiera. A la derecha, tenían un gran camino llano y recto que los llevaba a Chincha, sin obstáculos ni peligros. Por esta razón, muchos sugerían que tomaran esa dirección y abandonaran la idea de ascender por las alturas. Sin embargo, el General, convencido de que el éxito de su expedición dependía de avistarse lo antes posible con el Inca, les hizo entender lo inapropiado que sería para los españoles huir de las dificultades y perder su reputación. ¿Qué pensaría Atahualpa si supiera que estaban desviándose del camino, después de haber anunciado que iban a buscarlo? Pensaría que actuaban por miedo y, en ese desprecio, residía el verdadero peligro; no podrían vivir tranquilos en medio de aquellos pueblos sin mantenerlos admirados por su valor y atemorizados por su audacia. Era, por tanto, necesario marchar por la sierra, pues lo más arduo no solo era lo más glorioso, sino también lo más seguro.

Así, todos, a una voz, le respondieron que lo llevara por el camino que deseara, prometiendo seguirlo con alegría y ánimo a donde él quisiese, y cumplir su deber cuando la ocasión se lo mandase.

Llegaron entonces al pie de la sierra. Pizarro, tomando consigo a cuarenta caballos y sesenta infantes, comenzó a ascender el primero, dejando atrás al resto de los soldados con el bagaje, encargándoles que lo siguieran poco a poco, según las órdenes y avisos que él les daría. La subida, como se ha mencionado, era abrupta y difícil; los caballos avanzaban con cautela, pues montar era casi imposible, y a veces los pasos eran tan escarpados que subían como si fueran escalones.

Una fortaleza situada en un cerro empinado les sirvió de punto de referencia, y allí llegaron a media jornada. Era de piedra y estaba situada en un lugar de peñas cortadas, salvo el paso por donde habían ascendido. Se sorprendieron mucho al ver que Atahualpa había dejado desprotegido aquel punto, donde cien hombres decididos podían desbaratar un ejército con solo arrojar piedras desde arriba. Sin embargo, no había razón para asombrarse de que el Inca, que a todas luces los esperaba en son de paz, no guardara aquel lugar ni intentara obstaculizar su camino.

Desde la fortaleza, se avisó a la retaguardia que podía continuar su marcha sin recelo, y el Gobernador avanzó por la tarde hacia otra fortaleza que se encontraba más adelante, situada en un lugar casi completamente desamparado. Allí pasó la noche; sin embargo, antes de que amaneciera, llegó a su presencia un indio enviado por el mensajero que había despachado anteriormente para el Inca. Este indio le informó que en todo el camino recorrido no había visto ninguna gente de guerra ni obstáculos, y que él iba adelante a cumplir con su comisión. Le comunicó que al día siguiente se presentarían ante él dos enviados de Atahualpa. Al enterarse de esto, Pizarro no quiso que los embajadores lo hallaran con tan escasa compañía, así que dio aviso a los que quedaban atrás para que se apresuraran a reunirse con él.

Mientras tanto, continuó su camino, ascendió a lo alto de la sierra y mandó plantar allí sus tiendas para esperar a sus compañeros. Estos llegaron y, poco tiempo después, aparecieron los mensajeros del Inca, quienes presentaron a Pizarro diez reses en nombre de Atahualpa, y le comunicaron que iban a averiguar el día en que pensaba llegar a Cajamarca para enviarle provisiones en el camino. Pizarro respondió cortésmente que iría con la mayor brevedad posible, ordenando que se les agasajara adecuadamente y preguntando por las noticias del país y la guerra que sostenía el Inca. Según los mensajeros, Atahualpa se encontraba en Cajamarca sin gente de guerra, ya que había enviado a todos sus soldados contra el Cusco. Relataron las disputas entre los dos hermanos y las glorias de su rey, incluyendo su victoria sobre Huáscar, a quien había hecho prisionero gracias a sus capitanes, quienes ya traían consigo grandes riquezas.

Ante esta narración, y por si acaso su intención era amedrentarlo, Pizarro respondió con arrogancia que el rey de España tenía a su servicio a señores más importantes que Atahualpa y capitanes que habían vencido en grandes batallas y capturado a reyes aún más poderosos. Explicó que él venía a dar al Inca y a sus vasallos noticias sobre el verdadero Dios, que deseaba ser su amigo y servirle en las guerras que tenía, si así lo deseaba, y que se quedaría en sus tierras, aunque su intención original era buscar el otro mar. En resumen, manifestó que venía en son de paz, aunque si se le declaraba la guerra, no rehuiría el combate.

Despedidos esos mensajeros, a la noche siguiente llegó el primer indio que había buscado a Pizarro en la estancia de Zarán, cerca de Cajas y Huancabamba, llevando consigo un presente de vasos de piedra. Ahora venía con mayor autoridad: lo acompañaban muchos criados y traía vasos de oro, en los que bebía su vino y con los cuales brindaba a los castellanos, afirmando que deseaba ir con ellos hasta Cajamarca. Presentó otras diez reses de regalo, hizo algunas preguntas y hablaba más desenvuelto que antes, ensalzando las grandezas de su señor.

A pocos días de estar este indio con los castellanos, regresó el mensajero que Pizarro había enviado al Inca antes de emprender la ascensión de la sierra. No bien entró en el campamento y avistó al otro indio, se enojó y comenzó a maltratarlo. El Gobernador, al ver la situación, los separó inmediatamente y preguntó al recién llegado la causa de su furia. Este respondió: "¿Cómo queréis que soporte ver aquí honrado y agasajado a este perverso, que no ha venido sino a espiar y a mentir, mientras que yo, embajador vuestro, ni he podido ver al Inca, ni me han dado de comer, y apenas he podido escapar con la vida tras el maltrato que he sufrido?" Relató que había encontrado a Cajamarca sin gente y a Atahualpa con su ejército en el campo; que no se le había dejado ver bajo el pretexto de que estaba ayunando y entregado a sus devociones. Había hablado con un pariente del Inca, a quien le había referido la grandeza, valor y armas de los españoles, pero que el otro indio había menospreciado a los extranjeros por su escaso número.

El otro indio replicó que, si en Cajamarca no había gente, era porque habían dejado sus casas desocupadas para recibir a los nuevos huéspedes, y que, si el Inca estaba en el campo, era porque acostumbraba hacerlo durante la guerra. "No has podido verle", añadió, dirigiéndose a su adversario, "porque estaba ayunando, y en tal tiempo nadie lo ve ni le habla; si hubieras esperado y le hubieras dicho de parte de quién ibas, él te habría recibido y escuchado, y te habría mandado agasajar, pues no hay duda de que sus intenciones son pacíficas."

¿A quién creer? El Gobernador, por su naturaleza cautelosa y desconfiada, se inclinaba más hacia lo que decía el indio amigo que hacia las palabras del mensajero. Sin embargo, disimuló su desconfianza con gran maestría, reprimió a su emisario y continuó honrando y tratando bien al representante del monarca peruano. Sin perder más tiempo, apresuró su viaje hacia Cajamarca, a donde ya no se encontraba distante. En ese momento, llegaron otros mensajeros de Atahualpa con provisiones, los cuales recibió con agradecimiento y, a su vez, envió a pedir al Inca su amistad, rogándole que actuara de buena fe y asegurándole que también respondería con la misma sinceridad.

Poco después, se avistó Cajamarca, con sus campos bien labrados y abundantes, rebaños pastando a lo lejos y, aún más lejos, el ejército del Inca acampado a la falda de una sierra bajo toldos de algodón, un espectáculo desconocido para los españoles. A una legua de llegar, el Gobernador hizo alto para reunir a su gente, la dividió en tres grupos y asignó un capitán a cada uno. Luego, reanudó su marcha y entró en Cajamarca al atardecer del 15 de noviembre de 1532.

Sin embargo, el pueblo se encontraba desierto, salvo por unas pocas mujeres en la plaza que, según se decía, mostraban su lástima por la evidente perdición de aquellos extranjeros. Pizarro, tras explorar la localidad y evaluar los diferentes puntos de seguridad, concluyó que la plaza era la mejor posición militar. Rodeada por una alta y sólida muralla, con solo dos puertas que daban a las calles de la ciudad, y casas adecuadas para su alojamiento, le ofrecía la mejor defensa contra posibles sorpresas y una posición estratégica para resistir un ataque de la multitud.

Si Pizarro, como es evidente, ideó rápidamente un plan para atraer al Inca y apoderarse de él, es innegable que su talento militar era tan ágil para concebir estrategias como su carácter era decidido y resoluto al ejecutarlas.

Al ver que Cajamarca estaba desierta y que el Inca no daba señales de presentarse, decidió enviar a Fernando de Soto con quince caballos y el intérprete Felipillo para que hiciera un acto de acatamiento en su nombre. Soto fue a solicitar al Inca que dispusiera lo necesario para que pudiera ir a besarle las manos y explicarle la misión que llevaba de parte del rey de Castilla. Antes de partir, el General, observando la multitud de indios que acompañaban al Inca, envió otros veinte caballos bajo el mando de su hermano Hernando para brindar apoyo, ya que él había advertido sobre el peligro que corrían si las intenciones de Atahualpa no eran sinceras. Ambos llevaban la orden de conducirse con la mayor circunspección y respeto, evitando inquietar o molestar a nadie en su camino.

Hernando de Soto se acercó al campamento ante la atenta mirada de los indios, quienes admiraban la ferocidad y docilidad del caballo que montaba. Al llegar, y preguntado sobre el motivo de su visita, respondió que traía una embajada de parte de su servidor y amigo, el gobernador de los cristianos. En ese momento, el Inca apareció acompañado de un gran séquito, exhibiendo majestad y gravedad. Se sentó en un lujoso asiento y ordenó que se le preguntara al embajador qué deseaba.

Soto se apeó de su caballo, hizo una reverencia y le comunicó respetuosamente que don Francisco Pizarro, su capitán, deseaba mucho besarle las manos, conocerle personalmente y explicarle las razones de su llegada a aquellas tierras, así como otros asuntos de interés. Por eso, le enviaba a saludarle y le suplicaba que se dignara a cenar aquella noche con él en Cajamarca, o a comer al día siguiente, prometiendo que, aunque era extranjero, le honraría y obsequiaría con el respeto que correspondía a un príncipe de su grandeza.

 

El Inca, sin hablar directamente, se expresó a través de un indio principal que estaba a su lado, agradeciendo la buena voluntad de su capitán. Sin embargo, como ya era tarde, decidió que al día siguiente iría a verse con él en Cajamarca. Soto ofreció transmitir lo que se le mandaba y preguntó si había otras instrucciones que llevar. El Inca respondió: “Iré con mi ejército en orden y armado, mas no tengáis pena ni miedo por ello”.

En ese momento, llegó Hernando Pizarro, quien expuso a Atahualpa las mismas razones que Soto. Al darse cuenta de que quien hablaba era el hermano del Gobernador, el Inca alzó la mirada, que hasta entonces había mantenido baja en señal de gravedad, y comentó que Mayzabelica, un capitán suyo en el río Turicara, le había informado sobre la muerte de tres castellanos y un caballo, debido al maltrato a los caciques de la región. No obstante, el Inca manifestó su deseo de ser amigo de los españoles y que al día siguiente se encontraría con su hermano el General.

A esto, el español replicó con arrogancia, asegurando que Mayzabelica mentía, ya que todos los indios de aquel valle eran como mujeres, y bastaba un solo caballo para someter toda la tierra, lo cual se comprobaría en el combate. “Cuatro jornadas de aquí”, respondió el Inca, “hay unos indios muy bravos con quienes no puedo lidiar, y allí podéis ir a ayudar a los míos”. Hernando replicó que el Gobernador enviaría diez caballos, asegurando que serían suficientes, y que los indios solo eran necesarios para buscar a los que se escondieran.

Atahualpa sonrió, pues, aún ignorante de la potencia y las armas de los castellanos, las palabras que escuchaba le parecieron vanas y presuntuosas.

En ese momento, unas cuantas mujeres se presentaron con vasos de oro en las manos, en los que llevaban la chicha, o vino elaborado a partir del maíz, y por orden del Inca les ofrecieron beber. Los castellanos, repugnados por aquel brebaje, inicialmente se negaron, pero finalmente, importunados y deseando no parecer descorteses, aceptaron. Como si quisieran devolver el agasajo, y observando que el Inca no apartaba la vista del caballo de Hernando de Soto, este capitán decidió montar, comenzando a escaramucear, revolotear y corvetear de un lado a otro, provocando que el caballo echara mucha espuma. Atahualpa lo miraba con atención y asombro, sin mostrar ni miedo ni recelo, a pesar de que Soto acercó en varias ocasiones tanto el caballo que el resuello del animal movió los hilos de la borla del Inca. Se dice que incluso reprendió a algunos de sus hombres por dejarse vencer por el temor y huir ante la cercanía del animal.

Finalmente, los embajadores se despidieron con el encargo de informar a su general que el Inca iría a visitarle al día siguiente, sugiriendo que se acomodara con su gente en tres de los grandes salones de la plaza, dejando el del medio para él. Al regresar a Cajamarca, dieron cuenta de su misión, elogiando la majestad y dignidad del Inca, así como las fuerzas de su ejército, que estimaban en más de treinta mil hombres de guerra. Esto comenzó a preocupar a muchos de los soldados, que consideraban que eran casi doscientos para cada castellano. Sin embargo, su general, menos receloso de aquella fuerza aparente y más satisfecho por la imprudencia del Inca al presentarse así, les dijo que no temieran a esa multitud, la cual, en lugar de ser provechosa para los indios, sería su perdición. Aseguró que, si continuaban actuando como hasta entonces, lograrían una victoria formidable.

Al día siguiente, Atahualpa, tras avisar al general español que iba a realizar su visita y recordándole que, al igual que los castellanos que habían ido armados a su real, él también llevaría armada a su gente, dio la señal de marcha y su ejército se puso en movimiento hacia Cajamarca. Estaba organizado en tres cuerpos, según las diferentes armas que portaban. El primero, de aproximadamente doce mil hombres, avanzaba al frente, armados con ondas y pequeñas mazas de cobre con puntas afiladas. Detrás de ellos, otro cuerpo de cinco mil hombres portaba largas astas, conocidas como aillos, armadas con lazos corredizos, útiles para atrapar tanto hombres como animales. La retaguardia estaba compuesta por los lanceros, acompañados por indios de servicio y un sinfín de mujeres que seguían al ejército.

En el centro, se encontraba el Inca, sentado en sus andas adornadas con oro y vistosas plumas, llevado en hombros por los indios más nobles. Su asiento era un tablón de oro, sobre el cual reposaba un cojín de exquisita lana adornado con piedras preciosas. Sin embargo, a pesar de toda esta riqueza y pompa, nada otorgaba tanto dignidad y decoro a su figura como la borla encarnada que le caía sobre la frente, cubriendo sus cejas y sienes: un símbolo venerado de los sucesores del sol, objeto de adoración por el inmenso gentío que lo acompañaba. Trescientos hombres marchaban delante de las andas, limpiando el camino de piedras, pajas y cualquier obstáculo. Los orejones formaban a los lados del Monarca, acompañados de algunos indios principales, que también eran llevados en andas y hamacas para resaltar su grandeza. La marcha tenía un orden meticuloso al son de bocinas y tambores, asemejándose a una procesión religiosa, y avanzaba con tanta lentitud que tardó cuatro horas en recorrer la legua que separaba el real de Cajamarca.

Ya caía la tarde cuando Pizarro observó que los indios se detenían a un cuarto de legua del pueblo y comenzaban a plantar sus toldos, como si se prepararan para acampar. Temiendo perder la oportunidad que había planeado, envió a solicitar al Inca que apurara su marcha y lo visitara antes de que cayera la noche. Atahualpa accedió a su ruego y respondió que iba en camino, asegurando que acudiría desarmado. Efectivamente, dejó en ese punto a la mayor parte de su gente y continuó con unos cinco o seis mil indios de la vanguardia, seguido también por algunos de los señores principales que lo habían acompañado.

Mientras tanto, el caudillo español daba las últimas órdenes a sus capitanes y ajustaba las disposiciones necesarias para llevar a cabo sus planes con el menor riesgo posible. Ordenó que los infantes y caballos permanecieran ocultos en los alojamientos del centro, colocó los mosquetes en una eminencia, bajo el mando de Pedro de Candía, y algunos arcabuceros en una torre de una de las casas que dominaba el terreno. Los caballos, equipados con pretales de cascabeles para que hicieran más ruido, se dividieron en tres grupos de veinte cada uno, al mando de los capitanes Hernando de Soto, Hernando Pizarro y Sebastián de Belalcázar. Pizarro se llevó consigo a veinte rodeleros, hombres robustos y valientes, para que lo siguieran y lo ayudaran en cualquier situación. A todos les ordenó mantener silencio y tranquilidad hasta que él diera la señal a la artillería.

Finalmente, los indios comenzaron a entrar en la plaza, organizándose de acuerdo con su costumbre. En medio de ellos, el Inca se puso de pie sobre sus andas, como buscando con la vista a los extranjeros que venía a encontrar. En ese momento, se le presentó el dominicano Valverde, enviado por el Gobernador, con un intérprete, para hacerle las intimaciones y requerimientos de rigor. Llevaba en una mano una cruz y en la otra la Biblia. Al situarse frente al monarca peruano, le hizo una reverencia, lo santiguó con la cruz y le explicó que era sacerdote de Dios, cuya misión era predicar y enseñar las verdades contenidas en aquel libro. Mostró la Biblia y añadió, según se dice, algunas palabras sobre los misterios de la fe cristiana, la donación de aquellas tierras hecha por el Papa a los reyes de Castilla, y la obligación del Inca de someterse a su autoridad. Concluyó ofreciendo la paz en nombre del Gobernador y aconsejándole que no incurriera en la guerra, que ofendía a Dios, y que entrara a ver al Gobernador en su aposento, donde lo esperaba para discutir estos asuntos.

Al recibir la Biblia, el Inca la hojeó brevemente antes de arrojarla al suelo, manifestando su impaciencia y enojo. No comprendía ni el libro ni, en gran medida, las palabras del religioso, por bien interpretadas que fuesen. Sin embargo, entendió claramente las intenciones pacíficas de los extranjeros, y al arrojar el libro exclamó: "Bien sé lo que habéis hecho por ese camino y cómo habéis tratado a mis caciques y tomado la ropa de los bohíos". Valverde, intentando excusar a los suyos, culpó a los indios, pero Atahualpa insistió en su reclamación, afirmando que debían restituir lo que habían tomado.

El religioso, tras recuperar su libro, regresó ante el Gobernador para informarle del mal resultado de su encuentro. Las antiguas memorias varían sobre cómo comunicó el incidente, pero todas coinciden en que no había espacio para la tregua ni para el disimulo. Al mismo tiempo, el Inca se puso de pie y habló a su gente, lo que provocó un murmullo y movimiento entre ellos, lo que probablemente precipitaría la acción y le daría un aspecto atroz y espantoso que perduraría en la memoria histórica.

Entonces, Pizarro hizo la señal, y al instante Pedro de Candía disparó sus mosquetes. Los arcabuces respondieron, las cajas y trompetas comenzaron a sonar, y los caballos se lanzaron furiosos, embistiendo por tres flancos a aquel murallón de hombres desnudos. Los infantes los siguieron, causando el mayor estrago posible con lanzas, ballestas y espadas. El estruendo, tan espantoso y terrible como imprevisto y repentino, resonó con fuerza; parecía que el cielo se venía abajo, la tierra temblaba, y entre los indios no quedó un solo hombre seguro ni un valor en pie. Todos, despavoridos y atónitos, o recibían la muerte paralizados, sin atreverse a moverse, o buscaban, azorados, una salida para huir, sin encontrar por dónde escapar.

Con las puertas tomadas y la muralla alta, se encontraban confusos y perdidos, estorbándose entre ellos, mientras los castellanos les herían y mataban a su antojo. Esta carnicería cruel no puede, de ninguna manera, ser considerada una batalla. Ovejas alanceadas en un redil tal vez habrían ofrecido más resistencia que aquellos infelices ante sus encarnizados enemigos. Tal fue la agonía, tal la fuerza con que unos se apiñaron sobre los otros, que la pared no pudo soportar el empuje y se reventó por un lado abriendo un portillo que les concedió una salida amplia. Por allí huyeron, seguidos por los castellanos hasta que la noche y una lluvia que sobrevino pusieron fin a la persecución.

La confusión y el estrago fueron mayores hacia la parte donde se encontraba el Inca. Pizarro, con sus veinte rodeleros, acometió por aquel lado con el firme propósito de apoderarse a toda costa de la persona del Príncipe, convencido de que su captura aseguraría el éxito de aquel asalto. Allí, los indios no pensaron en huir, sino en proteger al Inca en sus andas. Herían y mataban; pero al derribar a uno, otro entraba al instante a ocupar su lugar, mostrando un ánimo y denuedo que asombraban y cansaban a los españoles. Es asombroso, en verdad, que aquellos infelices supieran morir con tal bravura, sin atinar a defenderse ni a herir a sus enemigos.

Cuando Pizarro vio que algunos de sus compañeros se acercaban a las andas en lugar de seguir atacando a los indios, gritó que no lo mataran, sino que lo apresaran. Él mismo hizo un esfuerzo para apoderarse de su presa; al llegar a las andas, agarró con fuerza la ropa del Inca y lo hizo descender al suelo. Esto puso fin a la acción, pues los indios, al no tener a quien proteger ni respetar, se dispersaron y desaparecieron por completo. Se estima que dos mil de ellos fueron muertos, sin que pereciera ninguno de los castellanos, ni siquiera resultara herido alguno, salvo Pizarro, quien recibió una ligera herida en la mano, causada accidentalmente por un compañero al extender el brazo para atrapar a Atahualpa.

El príncipe prisionero fue tratado inicialmente por sus vencedores con el respeto y la consideración que merecía su dignidad. A la noticia de que estaba vivo y sin lesiones, esparcida intencionadamente por los españoles, acudieron muchos indios, se dice que hasta cinco mil, para consolarle y servirle. En el reconocimiento que se realizó en el campamento indio al día siguiente de la acción, entre el rico despojo de alhajas de oro y plata y finísimos tejidos de lana y algodón, se hallaron también muchas mujeres principales, varias de sangre real y algunas mamaconas, es decir, Vírgenes consagradas al sol. Estas fueron llevadas a Cajamarca, donde asistieron a su príncipe, formando una especie de corte que, en la medida en que se podía conciliar con su cautiverio, no desmerecía en absoluto su majestad y dignidad antiguas.

La cortesía y el respeto con que el Gobernador lo trataba también contribuían a ello. Pizarro le alentó y consoló, haciendo reflexiones adecuadas a su desgracia y situación. Se ofreció a servirle conforme a su grandeza, asegurándole que si sabía que alguna de sus mujeres estaba en poder de algún español, se la mandaría buscar y restituir. Además, le pidió que le informara de lo que fuera su voluntad, ya que en todo se cumpliría conforme a su deseo. El Inca agradeció estos ofrecimientos de Pizarro y, desde que se vio en poder de los españoles, mantuvo siempre un comportamiento que reflejaba aquel trato reverente y respetuoso, sin desmerecer la gravedad y el decoro que su carácter le imponía. Decía frecuentemente, cuando se hablaba de su desgracia y veía a los suyos gemir y sollozar, que no debían extrañar lo que le sucedía, "pues era uso de guerra vencer y ser vencido".

La codicia, tan poco disimulada de los españoles en aquellas tierras, le dio al instante esperanzas de libertad. A pocos días de estar preso, comenzó a tratar de su rescate con sus vencedores. Al principio, les ofreció que cubriría con alhajas de oro y plata el piso del aposento en que se encontraba, que era bastante espacioso. Sin embargo, al recibir burlas y risas de los españoles, que consideraban su oferta como algo imposible, se levantó y, alzando la mano lo más que pudo, hizo una señal en la pared y afirmó resueltamente que no solo cubriría el suelo, sino que también lo llenaría hasta la altura que había marcado. El aposento medía veinte y dos pies de largo y dieciséis de ancho, y la altura a la que el Inca hizo su señal era de más de tres varas.

Entonces, el Gobernador, viendo que no era de despreciar el inmenso tesoro que se le ofrecía, creyendo que era necesario satisfacer, aunque solo fuera en apariencia, las esperanzas del Inca para apoderarse de aquella riqueza, le dio su palabra de que le dejaría libre en el momento en que cumpliera lo que había ofrecido. Tras acordar esta fe, se trazó una raya roja en toda la pared del aposento a la altura que el Inca había señalado. Inmediatamente, se enviaron mensajeros a los principales pueblos de sus estados, ordenando que todo el oro y la plata que hubiese en los templos y palacios se enviara al instante a Cajamarca para el rescate de su príncipe. A este mandato se añadió otro no menos esencial: que no se tratara de mover guerra contra los castellanos, con quienes no le convenía más que la paz, y que en todas partes se les obedeciera y respetara, tal como a él mismo.

Se puede apreciar el estado de subordinación y orden en el país, así como la forma en que se cumplían las órdenes de los Incas, a partir del caso de los tres españoles que, a solicitud del Inca, fueron enviados al Cusco para organizar y acelerar la remisión de los tesoros. Pizarro accedió a esta solicitud con el doble propósito de avanzar en ese asunto particular y de obtener información precisa sobre la situación en la capital. Para ello, nombró a tres soldados: Pedro Moguer, Francisco Martínez de Zárate y Martín Bueno, quienes fueron transportados en hombros de indios, reclinados en hamacas, recorriendo las doscientas leguas que separan Cajamarca del Cusco. No solo lo hicieron sin peligro, sino que también fueron recibidos con respeto y reverencia en todo el país, siendo obsequiados con lo más rico y lujoso de la tierra. Se dice que estaban asombrados por la buena disposición de los indios, el orden que mantenían en sus casas, así como por la limpieza, comodidad y abundancia de sus caminos.

Al llegar a la ciudad, su admiración debió aumentar al ver el orden y la riqueza de sus templos y la destreza de sus artes. Los agasajos, aplausos y respetos fueron aún mayores allí; los indios creían que eran seres superiores, hijos de la divinidad, venidos para remediar los males que sufría el Estado. Las Vírgenes del templo los servían, los sacerdotes se humillaban ante ellos y todos los demás los adoraban. ¿Y cómo respondieron estos insensatos a tal buena fe, benevolencia y alta estima? Mofándose de las reverencias que les brindaba esa gente sencilla, sacrificando la modestia de las Vírgenes que los atendían a su desenfrenada lujuria, se apoderaron de cuanto su codicia anhelaba, cometiendo toda clase de sacrilegios en los templos, indecencias y groserías delante de los hombres. De este modo, dejaron en claro a los indios que, en lugar de ser hijos de Dios, eran una nueva plaga enviada por el cielo para su daño.

Dudaron si debían matarlos; el respeto que les tenía Atahualpa los detuvo, pero se apresuraron a remitir el oro que se les había pedido y así se deshicieron de ellos. Ante un ejemplar tan insigne, posiblemente singular en la historia, donde no se sabe qué admirar más —si la temeridad, la insolencia o la grosería— se podría cuestionar quiénes eran los verdaderos bárbaros, si los europeos o los indios, y la respuesta es evidente. Pizarro es muy criticado por esta desatinada elección, que comprometía gravemente los intereses y el honor de la nación castellana en aquellas regiones. A menos que lo hiciera por la confianza que tenía en esos hombres para la misión que llevaban, por su mayor destreza en el idioma del país, o por alguna otra razón que ahora se nos oculta, esta acusación queda sin réplica y se suma a las críticas que la posteridad tiene que hacerle.

Fuera como fuera que se hubiera cometido aquel error, el resultado inmediato fue que los indígenas en el Cusco y Pachacamac ocultaron todo el oro que pudieron, en rechazo a los castellanos.

Pachacamac era el templo más rico de todo el Perú, y la codicia por adquirirlo, sumada al temor de que se disipara por las disputas civiles en el imperio, llevó a Pizarro a solicitarlo a Atahualpa. El Inca accedió, pero con la condición de que el tesoro que se trajera se utilizara para completar su rescate.

En general, el texto ahora fluye de manera más natural y es más fácil de comprender para el lector.

Tomada esta decisión, el Gobernador nombró a su hermano Hernando, quien, acompañado de veinte hombres a caballo y doce escopeteros, debía ir a obtenerlo y, al mismo tiempo, reconocer la tierra para verificar la veracidad de las reuniones y asonadas de guerra que se decían sobre los indios. Hernando Pizarro partió a principios de 1533 (5 de enero) y, durante el recorrido de cien leguas desde Cajamarca a Pachacamac, solo encontró indios pacíficos y tranquilos, o aquellos que, cumpliendo las órdenes del Inca, transportaban oro y plata hacia Cajamarca. Sin embargo, antes de que estos españoles llegaran a Pachacamac, ya había llegado la noticia de los excesos y escándalos cometidos en el Cusco. Los sacerdotes del templo, temiendo desórdenes y el despojo de las riquezas de aquel antiguo y venerado santuario, ocultaron todo el oro y plata que pudieron. No conformes con esto, también retiraron a las Vírgenes del Sol para protegerlas de la desenfrenada lujuria de aquellos insolentes extranjeros. Así, cuando Hernando Pizarro llegó, el templo ya había sido despojado de sus mejores riquezas. No obstante, lograron traer consigo, junto con los presentes que le hicieron los caciques de la región, veintisiete cargas de oro y dos mil marcos de plata.

Tanta riqueza podría satisfacer la codicia, pero los castellanos se complacieron aún más al ver llegar con él al guerrero Chalcochima, el principal general de Atahualpa, quien, por su valor, capacidad, crédito y servicios, era la segunda persona más importante del imperio. Se encontraba en Jauja al mando de unos veinticinco mil hombres de guerra cuando Hernando Pizarro llegó a Pachacamac. Sus intenciones eran inciertas, y el capitán español comprendió de inmediato la importancia de someter a un hombre de tal autoridad y la necesidad de mantenerlo siempre a la vista para evitar inquietudes y novedades.

Confiando en las disposiciones pacíficas tomadas por el Inca, y aún más en su arrojo y valor, avanzó con su pequeño escuadrón otras cuarenta leguas para encontrarse y conferenciar con él. Al principio, Chalcochima se mostró receloso y se tomó su tiempo durante algunos días. Sin embargo, las hábiles palabras y seguridades que le ofreció Hernando Pizarro lo convencieron al final, y se unió a él, trayendo consigo algunas cargas de oro que había recolectado para llevar a Cajamarca.

Llevado en andas y seguido de indios principales atentos a sus órdenes, su cortejo y la ostentación de riquezas que traía eran una clara muestra del honor y la dignidad que poseía en aquella monarquía. No obstante, este arrogante sátrapa, al llegar a las puertas donde estaba preso el Inca, se descalzó antes de entrar y se echó sobre los hombros una carga mediana que tomó de un indio, costumbre utilizada en el país como señal de sumisión y respeto. Cuando finalmente estuvo ante Atahualpa, alzó las manos al sol en acción de gracias por poder ver a su príncipe. Se acercó a él con todo acatamiento, besó su rostro, manos y pies, y lloró lamentando aquel desastre y afrenta, exclamando que su señor no hubiera tenido que soportar tal deshonra si él hubiera estado presente en Cajamarca.

Los españoles, extrañados y maravillados por tales muestras de lealtad y sentimiento en un personaje de tan alta jerarquía y en una situación como aquella, se admiraban aún más al ver a Atahualpa, quien, sin perder un momento su entereza y gravedad acostumbradas, recibía majestuosamente esos respetos, dejándose acatar y reverenciar como un dios, sin pronunciar palabra alguna.

Antes de que Hernando Pizarro llegara, ocurrieron dos sucesos que alteraron considerablemente la situación del Inca y de los castellanos, contribuyendo de manera significativa al desenlace trágico que se avecinaba. El primero fue la muerte del Inca Huáscar, quien fue enviado vivo a su hermano Atahualpa por los generales que lo habían vencido. Al enterarse de esta noticia, Atahualpa no pudo evitar reírse de las caprichosas vueltas de la fortuna, que lo hacían, en un mismo día, tanto vencido como vencedor, prisionero y prisionero. Sin embargo, al reflexionar sobre las implicaciones de este acontecimiento, Atahualpa temió que Huáscar, al ser presentado ante los españoles, pudiera hacerles ofertas más atractivas que las suyas, lo que podría contribuir a su propia destrucción, dada su legitimidad, juventud e inexperiencia. Por ello, decidió eliminar a este obstáculo y sacrificar la naturaleza a la política, ordenando su muerte.

Antes de llevar a cabo esta orden, Atahualpa, según se dice, quiso comprobar la reacción de Pizarro ante la muerte de su hermano. Fingiendo tristeza, le preguntó la causa de su pesar, y Pizarro le respondió que sus capitanes, tras vencer y apresar a Huáscar, lo habían matado sin su conocimiento, lo que le causaba gran pesar, ya que, a pesar de ser enemigos y rivales, eran hermanos. El Gobernador lo consoló, afirmando que tales eran las vicisitudes de la guerra, sin mostrar ninguna intención de responsabilizarlo. Tal vez, en su interior, Pizarro agradeció a la fortuna que le libraba de un enemigo, pues la muerte de Huáscar era un golpe a su rivalidad.

Al ver la aparente indiferencia de Pizarro, Atahualpa dio la cruel orden, y Huáscar, implorando justicia divina y la fe de los hombres, clamando contra la iniquidad de su hermano, fue ahogado en el río Andamarca por los esbirros de Atahualpa. Su cuerpo fue arrastrado por la corriente para que no fuera encontrado ni sepultado, una muerte cruel, ya que, según la superstición indígena, los ahogados y los quemados que no recibían sepultura estaban condenados a penas eternas. Este príncipe, que contaba apenas veinticinco años al morir, era bondadoso, clemente y generoso, lo que le valía el cariño de sus seguidores; sin embargo, carecía de experiencia en la guerra y en los asuntos políticos, lo que le impedía sostenerse contra un rival más astuto, valiente y capacitado, respaldado por los mejores soldados y generales del imperio.

La victoria fue para Atahualpa, aunque no es fácil decidir quién tenía razón o justicia en este conflicto. Los españoles, poco después, se la atribuyeron al príncipe de Cusco, como era natural, dado que poco tiempo después la muerte de Huáscar fue utilizada como un cargo capital en el proceso contra su desdichado vencedor. Sin insistir más en esta cuestión, que ahora resulta inútil, es indudable que tanto Huáscar como Atahualpa pagaron cara su sangrienta discordia, y que el trágico final que ambos encontraron, así como la ruina total del imperio y de la religión peruana, fueron el fruto amargo de sus desdichadas disputas y del error de su padre al dividir la monarquía.

La otra novedad que tuvo lugar en este periodo fue la llegada del capitán Almagro al Perú y su pronta llegada a Cajamarca. Almagro venía ya condecorado por el Rey con el título de mariscal, acompañado de cuatro navíos y doscientos hombres, entre los cuales había varios oficiales de renombre que, procedentes de Nicaragua con Francisco de Godoy, se pusieron a sus órdenes en el camino. Sin embargo, parecía que la historia de estos dos antiguos compañeros y descubridores estaba destinada a repetirse, con rencillas y desconfianzas entre ellos.

Apenas Almagro llegó a San Miguel y estableció comunicación con el Gobernador, este recibió noticias de que su amigo, con mayor fuerza y poder, tenía la intención de actuar por su cuenta, buscando otros descubrimientos y conquistas. Almagro, por su parte, fue persuadido de que Pizarro planeaba deshacerse de él, y le aconsejaron que se mantuviera alerta ante posibles traiciones.

A pesar de las circunstancias, ambos supieron comportarse con la dignidad y responsabilidad que sus posiciones exigían. Pizarro envió mensajeros a Almagro para felicitarlo por su llegada, rogándole que se uniera a él con los caballeros que lo acompañaban y compartiera su buena fortuna. Al enterarse de que los rumores eran originados por una falsa información enviada por Rodrigo Pérez, un escribano que le servía de secretario, Almagro tomó acciones y lo procesó por abuso de su cargo, ordenando su ahorcamiento por su mala fe y deslealtad.

¡Dichosos los dos si hubieran actuado siempre con igual franqueza y determinación! Tras este incidente, Almagro y sus soldados marcharon hacia Cajamarca, donde llegaron sin encontrar ningún obstáculo en el camino (14 de mayo de 1533). En cambio, fueron recibidos con hospitalidad y atención por parte de los indígenas. El Gobernador salió a recibirlo, y ambos intercambiaron las muestras de gusto y cariño propias de su antigua amistad, entrando juntos en la ciudad. Al instante, el mariscal se presentó ante el Inca, rindiéndole homenaje y poniéndose a sus órdenes. Aunque probablemente Atahualpa se sentía angustiado por el aumento de sus enemigos, lo recibió con la misma cordialidad que a los demás castellanos.

La atmósfera en Cajamarca era tranquila y placentera para los españoles y el príncipe prisionero: reinaba la confianza y la alegría. Atahualpa albergaba la esperanza de recuperar pronto su libertad, mientras que los conquistadores visualizaban un futuro de poder y opulencia.

Poco después, el 25 de mayo de 1533, llegó Hernando Pizarro con las riquezas del templo de Pachacamac y con el general peruano. A su llegada, el Gobernador y los principales capitanes del ejército salieron a recibirlo, pero la inesperada presencia de Almagro provocó en el orgulloso Hernando un desdén que no pudo contener; su aversión antigua era tan evidente que ni siquiera le ofreció un saludo. Esta grosería pesó en todos, especialmente en el Gobernador, quien reprendió a Hernando cuando se encontraron a solas. Posteriormente, se dirigieron a la estancia del Mariscal, y aunque el recién llegado intentó disculparse por su descuido, Almagro aceptó las disculpas con su habitual buena fe y facilidad natural. Así, aquel malestar se disipó, al menos en apariencia. Estos incidentes, aunque menores, son esenciales para comprender el carácter moral de estos personajes históricos. En esta narración, son aún más relevantes, pues tales rencillas, aunque leves, serán las chispas que desatarán el gran incendio que consumirá a todos los actores de este trágico y sangriento drama.

Conforme las cargas del rescate iban llegando a Cajamarca, se colocaban en un sitio designado y resguardado por una buena guardia. Las distancias eran largas, las cargas pequeñas y el espacio amplio, lo que hacía que el tesoro apenas destacara ante los ojos codiciosos de los castellanos. Estos se impacientaban al ver que la reunión del tesoro prometido se retrasaba, temiendo que sus esperanzas de oro se desvanecieran como humo. A veces culpaban al Inca de la demora, sospechando que lo hacía para incitar a una revuelta en las provincias y que los castellanos fueran destruidos antes de recibir su rescate. Algunos proponían que se le diera muerte al Inca para liberarse de las preocupaciones que les causaba; sin embargo, Hernando Pizarro se opuso firmemente a que se le ofendiese, lo que en ese momento salvó a Atahualpa.

En medio de esta impaciencia, los hombres de Almagro se sentían con derecho a una parte del rico botín. También los oficiales reales, que habían sido dejados prudentemente por Pizarro en San Miguel, llegaron con Almagro a Cajamarca para atender sus respectivos encargos y estar presentes en la repartición de los despojos. Sin embargo, cuando los castellanos vieron llegar a una multitud de indígenas cargados con los tesoros del Cusco, el monto acumulado creció de tal manera que superó su codicia. Así, la impaciencia que antes tenían por reunir el tesoro se transformó en una más viva urgencia por disfrutarlo. Aunque, a simple vista, el cupo prometido por el Inca aún no estaba completo, comenzaron a exigir a voces que se repartiera al instante.

Pizarro quiso satisfacer este deseo, que era igualmente compartido por jefes y soldados. Sin embargo, antes debía resolver las pretensiones de los hombres de Almagro, quienes reclamaban participar en la distribución como los que habían llegado primero y desbaratado al Inca en Cajamarca. Aunque no había razón para una igualdad en la partición, tampoco sería cortés ni prudente dejarles sin nada. Tras consultar, ambos generales acordaron destinar cien mil ducados del tesoro a los hombres de Almagro, quienes, satisfechos, permitieron que la distribución prosiguiera sin más obstáculos.

La repartición se llevó a cabo con la mayor solemnidad el 17 de junio de 1533. Pizarro hizo constar judicialmente su autoridad y las facultades que le otorgaban las provisiones reales para que estos repartos se hicieran según los servicios y méritos de cada uno, a juicio del Gobernador. Iniciando la operación, pidió formalmente la ayuda divina para poder administrar justicia.

Se pesaron el oro y la plata resultantes después de ser fundidos y aquilatados. En primer lugar, se dedujeron los quintos reales, el importe de un donativo al Rey, la joya conocida como "del escaño", así como otras piezas que, por su diseño o singularidad, se deseaba presentar en la corte. Luego, se apartaron los cien mil ducados para los almagristas y los derechos del quilatador, fundidor y marcador, junto con los costos de estas diversas labores. El resto se distribuyó entre el General, los capitanes y los soldados, según sus méritos y la graduación respectiva, o conforme a las condiciones que cada uno había acordado en su contrato. Por esta razón, las porciones no reflejaron la igualdad que algunos historiadores mencionan al abordar este reparto, y además, hay diferencias significativas entre sus relatos.

Sin embargo, del acta judicial de repartimiento, que se incluye íntegramente en el apéndice, se puede deducir que la parte de cada soldado de a caballo fue, en términos generales, de cerca de nueve mil pesos en oro y más de trescientos marcos en plata, mientras que la parte de cada infante, con ligera diferencia, fue la mitad. Los capitanes y soldados distinguidos recibieron en proporción a su rango. La parte de Pizarro ascendió a cincuenta y siete mil doscientos veinte pesos en oro y dos mil trescientos cincuenta marcos en plata, sin contar el tablón de oro de las andas del Inca, que como general le correspondió, tasado en veinticinco mil pesos. Este botín fue prodigioso, y, si se considera el escaso número de soldados entre quienes se distribuyó, no tiene parangón en la historia de estas correrías o latrocinios que se conocen como guerras y conquistas.

Si tal recompensa es digna del esfuerzo, la constancia, la actividad y la audacia, sin duda los castellanos la merecían, pues mostraron todas estas cualidades en su máxima expresión, no solo contra hombres que poco o ninguna resistencia podían oponer, sino también frente a la tierra y los elementos, que en numerosas ocasiones pusieron a prueba su valor y resistencia de las maneras más crueles. Sin embargo, la opinión pública, guiada por la razón y el sentido de conveniencia, honra y respeta la opulencia cuando es fruto del trabajo, el talento y la industria, pero ha marcado con el sello de su reprobación eterna estos frutos tempranos y sangrientos de la violencia y la rapiña.

Pizarro había cumplido con sus compañeros la promesa de hacerlos más ricos de lo que jamás pudieran desear. Sin embargo, aún debía hacerlo evidente en América y en España. Para ello, decidió enviar a su hermano Hernando Pizarro con los quintos del Rey y el donativo que el ejército había acordado, junto con un informe de todo lo sucedido y del estado actual de las cosas. Hernando también tenía la tarea de solicitar para el Gobernador y sus hermanos honores, dignidades y mercedes.

Por cortesía y consideración, se confió a Hernando la gestión de este asunto. No obstante, como no confiaba plenamente en su eficacia ni en su buena voluntad, le otorgó al mismo tiempo poder secreto a sus amigos Cristóbal de Mena y Juan de Sosa, quienes también viajaban a España, para que apoyaran sus pretensiones en caso de que Hernando no las atendiera con la debida atención.

Hernando Pizarro partió acompañado de algunos capitanes y soldados que, con sensatez, decidieron regresar a su patria a disfrutar en paz de las riquezas que la fortuna les había proporcionado. Llegaron a Panamá y, desde allí, la noticia sobre los tesoros del Perú se esparció por todas las Indias. Al cruzar el océano, arribaron a Sevilla, y dado lo altos que eran los quintos del Rey y las grandes sumas que traían consigo, así como las cuantiosas remesas que enviaban a sus familias los que se quedaban, se generó, como señala Gomara, una gran actividad comercial en Sevilla. Todos hablaban de estas riquezas y deseaban obtenerlas.

Una vez distribuidos los tesoros del Inca, se planteó la cuestión sobre su destino. Atahualpa pedía que lo liberaran, argumentando que ya había cumplido con su parte. Sin embargo, los pensamientos de su astuto y duro vencedor eran otros. La situación de los españoles era complicada; si se decidía la destrucción irrevocable de aquel imperio, cualquier acción respecto a Atahualpa podría acarrear serios inconvenientes. Liberarlo era una opción imprudente, mantenerlo preso era embarazoso, y quitarle la vida resultaba cruel y profundamente injusto. En estos atolladeros, los ambiciosos a menudo encuentran la manera de salir adelante, aunque eso signifique transgredir la humanidad y la justicia. Pizarro tomó esa decisión, y aunque tal vez no había condenado al Inca desde un principio, es probable que lo hiciera una vez que satisficiera su ambición inicial, que era la de enriquecerse.

Desafortunadamente, Atahualpa le había dado el ejemplo y allanado el camino, dejando a Pizarro con una única víctima tras el sacrificio de Huáscar, lo que facilitó su empresa. Esta decisión fue en un principio secreta, y nadie la comprendió hasta mucho después. Mientras tanto, comenzaron a surgir rumores sobre sediciones, movimientos de indígenas y planes de sus generales para salvar al prisionero. Estos rumores eran alimentados por los indios de servicio o yanaconas, que, siendo la clase más perjudicada en el Estado, abrigaban rencor hacia los demás y solo veían su futura restauración en el desmantelamiento del imperio y la destrucción de sus jerarquías.

Las guardias del Inca se reforzaron, y el general Chalcochima fue apresado como supuesto instigador de estas inquietudes; a pesar de su firmeza y sinceridad al negar los cargos y demostrar su falsedad, probablemente habría sido quemado por orden del Gobernador si no hubiera sido por la intervención de Hernando Pizarro, que aún no había partido hacia España. Las sospechas de guerra y los rumores de alborotos crecían; los soldados de Almagro alentaban la pérdida del príncipe peruano, ya que creían que mientras él viviera, no estarían en la igualdad que deseaban con los hombres de Pizarro. Además, anhelaban ir en busca de nuevas tierras y tesoros.

Los oficiales reales también fomentaban estas ideas por puro miedo, convencidos de que la muerte de Atahualpa sembraría temor entre los indígenas y facilitaría todo. Entre ellos, el más astuto, inquieto y cruel era Alonso Riquelme, el tesorero, quien, con sus constantes y vehementes gestiones, apoyadas por la autoridad de su cargo, no parecía simplemente pedir, sino que daba órdenes.

El Gobernador anhelaba, más que nada, convencerse de que estaba obligado a actuar en consonancia con lo que era de su interés y deseo. Al igual que los agresores suelen buscar una fachada de justicia incluso hacia aquellos a quienes ofenden, Pizarro, en medio de rumores y recelos, se presentó ante el Inca y le expresó su sorpresa ante la actitud de Atahualpa. Le recordó que, habiendo sido tratado con respeto y estando bajo la confianza de los castellanos, se dedicaba a planear su destrucción enviando ejércitos, como se rumoraba en Cajamarca. Al principio, Atahualpa pensó que se trataba de una burla y le pidió que no se riera de él. Sin embargo, al percibir la seriedad y el enfado en el rostro de Pizarro, la situación comenzó a tornarse más grave. “No comprendo”, decía a los españoles, “cómo pensáis que, siendo prisionero y encadenado, podría traicionaros y enviar a mis hombres contra vosotros. Si así fuese, podríais cortarme la cabeza en el instante en que los veáis venir. Estáis muy mal informados sobre mi poder si creéis que alguien se moverá sin mi consentimiento. En mi tierra, ni siquiera las aves vuelan ni las hojas de los árboles se mueven sin mi voluntad.” Sin embargo, estas reflexiones, tan claras y sensatas, no bastaron para protegerlo de aquellos que ya lo consideraban culpable. Después de esta triste conversación y de experimentar un trato tan inusual y riguroso por parte de Pizarro, el miserable Inca debió presentir el fatídico destino que le aguardaba. Así, quejándose de Pizarro y los castellanos, afirmaba que, tras haberle sido arrebatado su tesoro bajo juramento, se planeaba darle muerte de manera injusta.

El Gobernador, aun deseando actuar con precaución en un asunto tan delicado, envió a Hernando de Soto y a otro capitán con algunos caballos para explorar la región donde se decía que se encontraban los enemigos y, con base en su informe, decidir los pasos a seguir. Sin embargo, al atravesar el país, solo encontraron indígenas pacíficos que se dirigían a Cajamarca. Tal vez esta misión sirvió para alejar a Soto, el único defensor que le quedaba al Inca tras la partida de Hernando Pizarro, quien había sido uno de los capitanes que mejor había sabido ganarse su confianza y con quien Atahualpa disfrutaba conversar y jugar.

Una vez que Soto se marchó, surgió un gran alboroto entre los castellanos, como si el peligro se incrementara por la cercanía de los enemigos. En ese momento, todo parecía estar preparado para actuar contra aquel a quien solo podían condenar con la fuerza. Se le imputó la muerte de Huáscar y las supuestas conspiraciones contra la seguridad de los españoles. Tras presentar estas acusaciones, la causa fue entregada a fray Vicente Valverde, quien, poco versado en las formalidades judiciales y más en la predicación, dictaminó que había pruebas suficientes para condenar al Inca, ofreciendo incluso firmar el veredicto si fuera necesario. Con su apoyo, los dos generales pronunciaron su sentencia: el desdichado Atahualpa debía ser quemado vivo.

Al conocerse en el ejército un fallo tan atroz, muchos españoles se manifestaron enérgicamente en contra de la decisión, reclamando justicia, equidad y gratitud en favor del príncipe cautivo. Se indignaban al pensar que sus hazañas se verían empañadas por un acto tan inhumano y no deseaban que se perpetuara tal mancha sobre el honor español. A tal efecto, nombraron un protector para el Inca y apelaron formalmente la sentencia al Emperador, solicitando que el proceso de Atahualpa fuera enviado a España. Eran muchos quienes respaldaban esta postura, incluyendo a los hombres más distinguidos del ejército. Sin embargo, todo fue en vano. La amenaza de ser llamados traidores los condujo finalmente al silencio. Así, la sentencia fue notificada al Inca, quien se preparó para enfrentar su destino.

Al principio, el Inca se quejó vehemente de la perfidia que se estaba ejerciendo contra él. Recordando a su familia, preguntaba entre lágrimas: “¿En qué he pecado yo, mis mujeres o mis hijos?”. Tras expresar este dolor, se resignó noble y valientemente a su destino, decidiendo que quería ser enterrado en Quito, donde reposaban sus antepasados maternos. Los ejecutores, temerosos de la luz, dejaron que se consumiera el día antes de llevar a cabo su crimen. Dos horas después del anochecer, lo sacaron al suplicio, mientras el padre Valverde lo consolaba en el camino, como si quisiese asistir piadosamente al desenlace de la tragedia que él mismo había contribuido a iniciar. Le persuadió para que se convirtiera al cristianismo y solicitara el bautismo, sugiriendo, tal vez para convencerlo mejor, que de este modo no sería entregado al fuego. Comprendiendo lo que le convenía, el pobre moribundo pidió el bautismo, que le fue administrado según lo permitían el tiempo y el lugar. Con esto hecho, el sucesor de Manco-Cápac fue entregado a los verdugos, quienes, atándolo a un madero, lo ahogaron inmediatamente.

En ese momento, Atahualpa contaba con treinta años. Según Gomara, un contemporáneo que pudo conocerlo a través de quienes lo trataron, era un hombre de buena disposición, sabio, valiente, sincero, muy limpio y bien educado. La imagen que han dejado las crónicas antiguas de él es, en verdad, favorable, a pesar de los intentos de atribuirle rasgos de artificio, crueldad, injusticia y tiranía. Estas características odiosas contrastan con las virtudes que demostró durante su prolongada prisión, las cuales le valieron el interés y afecto de muchos castellanos, quienes abiertamente consideraban inicua e inhumana la sentencia dictada contra él. Asimismo, esta imagen positiva se encuentra en contradicción con los elogios que recibió en las mismas crónicas, donde, tras su muerte, raramente se le nombra con otros títulos que no sean los de "gran Monarca" o "buen Rey". Finalmente, sus cualidades también chocan con el amor y el deseo que dejó impresos en la nación peruana, que, tal vez al reflejar en él las virtudes del gran inca Huayna Cápac, lloraba su trágica muerte como un símbolo de la catástrofe de su imperio.

Una vez que se divulgó la noticia en Cajamarca, las esposas del Inca, las indígenas que le servían y toda su familia comenzaron a llenar el aire con sus lamentos, invocando al cielo entre gritos desesperados. Las más queridas, en un arranque de desesperación, intentaron enterrarse con él. Cuando los españoles se lo impidieron, se dispersaron por los alrededores, y algunas, utilizando cuerdas o sus propios cabellos, se ahorcaron para seguirlo en la muerte. Así, algunas lograron satisfacer su amor y deseo por él, y muchas más lo habrían hecho si Pizarro no hubiera puesto freno a aquel furor, ordenando a sus soldados que las siguiesen y detuviesen.

El cadáver, enterrado con decoro entre otros cristianos, fue desenterrado en secreto por los indios pocos días después. Según algunos, lo llevaron a Quito, mientras que otros afirmaban que fue llevado al Cusco. Nunca se supo su paradero definitivo, a pesar de que muchos españoles, impulsados por la codicia de los tesoros que se creía estaban en su sepulcro, realizaron intensas búsquedas en ambos lugares. Cuando la noticia llegó a otras provincias del Perú, se manifestaron las mismas muestras de lealtad y devoción; hombres y mujeres se suicidaron para ir a servir en el más allá a su idolatrado inca. Este sentimiento fue general en todo el imperio, y se conocía la constancia y buena fe con que él había actuado durante su prisión, así como sus órdenes claras y eficaces prohibiendo tomar las armas en su defensa y hacer guerra a los castellanos. Esta conducta se contrastaba con la crueldad de los españoles, lo que provocó que no solo sus amigos y partidarios, sino también aquellos que no lo eran, levantaran la voz contra los castellanos y envidiaran la suerte de los incas anteriores, quienes no habían vivido tiempos tan desastrosos y crueles.

Este fue el último acto que consumó la destrucción de aquella gran monarquía. Desde la prisión del Inca y la dispersión de su ejército, los capitanes que lo rodeaban se dispersaron, y se dice que cometieron mil tiranías y violencias. Con el temor a la autoridad perdido y la armonía del Estado rota, los vínculos que unían a la sociedad se desataron de golpe, lo que provocó un desconcierto general. Sin frenos a su ambición ni controles sobre su licencia, los almacenes y propiedades públicas comenzaron a ser saqueados, mientras que las posesiones privadas eran invadidas. Todo se tornó en confusión y desorden, y la obra de civilización, que había costado siglos de sabiduría y perseverancia, se veía amenazada en cada instante. La religión se perturbó, las costumbres se corrompieron, y hasta las Vírgenes del Sol, antes tan recogidas y veneradas, abandonaron sus clausuras, entregándose a su propio albedrío y convirtiéndose en objeto de burla y desprecio, tanto por parte de sus devotos como de los extraños.

Tal transformación y tumulto en aquella organizada sociedad y en el conjunto de leyes divinas y humanas llenaban de tristeza el corazón de todos los hombres de bien, así como de temor por el futuro, ya que recelaban que sus males no cesarían en ese punto. Y efectivamente, así fue, pues tras la muerte del Inca, los desórdenes, escándalos y usurpaciones crecieron hasta alcanzar un punto lamentable. Las clases, que habían estado comprimidas durante tanto tiempo, se levantaron contra las superiores, ejerciendo sus desquites y venganzas; ninguna provincia se entendió con otra, ni apenas hombre con hombre. Con la clave de la cúpula que sostenía el edificio social falseada, todo se desplomó en una ruina espantosa.

La pronta disolución del imperio favoreció los planes del conquistador, quien vio en ella una vía más fácil para establecer la nueva monarquía que se proponía fundar. Sin embargo, si la muerte de Atahualpa eliminó las dificultades que podían oponerse a su capacidad, valor y poder, también surgieron otros problemas que debieron inquietar a los castellanos. De inmediato, se detuvo el flujo de plata y oro que llegaba a Cajamarca para el rescate del Inca, el servicio de los indios comenzó a dificultarse, los suministros empezaron a escasear, se eludieron las órdenes y se gestaron levantamientos y hostilidades. Si bien el desprecio de los españoles hacia aquellas gentes, a quienes habían desbaratado con tan poco riesgo, era grande, el odio de los naturales hacia ellos era infinitamente mayor. La tierra era extensa, los indios numerosos y los castellanos escasísimos.

Ante esta situación, Pizarro consideró necesario crear un nuevo inca que sirviera como instrumento de obediencia para los indios y como punto central de sus intereses. Esto le permitiría evitar las disensiones y guerras que, de otro modo, se habrían intensificado. Convocó a los orejones presentes y les hizo saber que no era su intención deshacer su monarquía; les pidió consejo sobre quién consideraban más digno de recibir la borla del imperio. Como fieles seguidores de Atahualpa, ellos propusieron a un hijo de este príncipe llamado Toparpa. Su juventud e inexperiencia lo hacían muy adecuado para los fines del general español, quien aprobó la elección. Así, el hijo de Atahualpa fue reconocido como rey y coronado con todas las ceremonias habituales en el Cusco, aunque sin la misma pompa y majestad. De este modo, los bárbaros que ocuparon Italia en los últimos tiempos del Imperio Romano solían crear estos césares de farsa; Toparpa, al lado de Pizarro, recuerda a Avito y Antemio junto a Ricimer, así como a Julio Népos y Augústulo junto a Orestes.

A continuación, se resolvió marchar hacia la capital. Sin embargo, era necesario asegurar previamente San Miguel de Piura y su distrito, considerados como la llave del Perú. Para ello, se eligió al capitán Sebastián de Belalcázar, quien recibió sus instrucciones y partió de inmediato hacia su destino. Esta elección honra el discernimiento y la perspicacia del general castellano; Belalcázar, ya sea por su participación en las sangrientas guerras contra los indios de Quito, por sus atrevidos descubrimientos en las regiones ecuatoriales, o por su participación en los acontecimientos del Perú, demostró una capacidad excepcional, un juicio certero y un carácter audaz y belicoso, alcanzando en gloria y esfuerzo la misma grandeza que los más destacados descubridores de su época.

Finalmente, tras siete meses en Cajamarca, los españoles partieron hacia el Cusco por el camino real de los Incas. Eran ya cuatrocientos ochenta hombres, un número que, para lo que era habitual en las Indias, podía considerarse un ejército mediano. Entre ellos se encontraba el nuevo inca, llevado en andas y acompañado por los orejones presentes en ese momento. Destacaba en esta comitiva el general Chalcochima, también transportado en andas para demostrar su autoridad y grandeza. El Gobernador, sin razones suficientes para mantenerlo preso, le había otorgado la libertad, aconsejándole que permaneciera tranquilo.

En esta buena armonía, indios y españoles marchaban por los hermosos valles que se forman en las sierras, sin encontrar, en los primeros días, nada que temer en su camino. Todo estaba en paz: los indios de las diversas poblaciones que atravesaban salían a recibir y agasajar a los castellanos con sumisión y respeto. Los españoles, ricos y satisfechos con su pasado, avanzaban alegres y animados por las esperanzas de mayores venturas en el futuro.

Sin embargo, al pasar por la provincia de Huamachuco y llegar a la de Andamarca, recibieron la noticia de que más adelante había un grupo de indios con intenciones aparentemente hostiles. El general español consideró conveniente enviar a un hijo del inca Huayna-Capac para calmar a los indios, pero los que fueron con él regresaron tristes, informando que, sin respetar su linaje, los enemigos lo habían matado como traidor a su país. Esto dejó a los castellanos con la certeza de que se les preparaba una guerra dura, y que a pesar de sus precauciones, tendrían que abrirse paso a la fuerza hacia la capital.

El primer efecto de esta noticia fue la prisión del general Chalcochima, a quien Pizarro volvió a encadenar, ya fuera por seguridad o por venganza. El ejército comenzó a marchar con más cautela y en mejor orden, con Almagro y Hernando de Soto al frente, mientras Pizarro seguía con el resto de las tropas y el bagaje. Sin embargo, los indios no se dejaron ver armados hasta que los castellanos entraron en el valle de Jauja, a sesenta leguas de Cajamarca. Allí, creyéndose seguros en la otra orilla del río que cruzaba el valle, comenzaron a insultar y provocar a sus enemigos: «¿Qué buscan en tierras ajenas? ¿Por qué no regresan a las suyas? Deberían estar contentos con los males que han causado y con la muerte de Atahualpa.»

El río, ya de por sí caudaloso y crecido entonces por el deshielo, parecía un valladar seguro que les permitía lanzar injurias sin temor. Pero al ver a los castellanos entrar resueltamente en el río, desafiando tanto la fuerza de la corriente como los gritos y amenazas que les lanzaban, los indios no tuvieron valor para esperar el embiste de los caballos y comenzaron a huir, algunos hacia el norte y otros hacia el poniente, aunque quedaron suficientes en el campo para probar y cansar las espadas castellanas.

Con este triste escarmiento y el éxito en otros encuentros, los indios del valle se rindieron, cayendo en manos de los castellanos los tesoros del templo, un buen número de tejidos de lana y algodón, y muchas mujeres hermosas, entre ellas dos hijas de Huayna-Capac. Fue entonces cuando Pizarro decidió fundar un pueblo, atraído por la belleza y fertilidad del terreno, su gran población y la adecuada distancia que tenía respecto a otras áreas. Mientras se ocupaba de esta tarea, envió a Hernando de Soto con sesenta caballos para que explorara el camino hacia el Cusco.

Al avanzar, Soto descubrió a lo lejos, en Curibayo, un grupo de indios fortificados, dispuestos a defender el paso. Envió aviso al Gobernador, solicitando que enviara al nuevo inca para ver si su presencia podía calmarlos. Sin embargo, Toparpa enfermó gravemente y falleció poco después, dejando a Pizarro con el sentimiento de su pérdida y sin saber cómo reemplazarlo. Era consciente de cuán útil había sido la presencia de aquel rey, aunque fuera en burla, para evitar tropiezos y dificultades en su marcha.

Soto no necesitó el auxilio solicitado; al llegar con sus caballos, dispersó fácilmente a los indios con solo acercarse a su posición. El terror que les causaban los caballos era inmenso. Sin embargo, no desanimados por esta derrota, decidieron esperar a Soto en un paso áspero y difícil en la sierra de Vilcaconga, a siete leguas del Cusco. Allí reunieron más gente, se abastecieron de víveres, se fortificaron a su manera y, para complicar aún más el terreno, hicieron hoyos ocultos con estacas puntiagudas para lastimar a los caballos.

Los castellanos, creyendo que los indios huían, continuaron su avance, pasaron por Curambo, cruzaron el río de Abancay y, siguiendo el camino real de Chinchaysuyo, llegaron al lugar ocupado por los indios. Al verlos empeñados en un paso tan peligroso, los bárbaros, creyendo que habían sido destruidos, levantaron el grito de guerra. Con sus hondas, macanas, dardos y flechas, se mostraban por toda la sierra decididos a morir o vencer. Ante esta gran muchedumbre y su fuerte posición, los soldados españoles dudaron en atacar.

Observando la incertidumbre de sus hombres, Soto les dijo: «Ni detenernos aquí nos conviene, ni dejar de vencer. Cuanto más nos retrasemos, mayores serán las dificultades y peligros, ya que los enemigos aumentarán en número y osadía. Por el contrario, todo será más sencillo si vencemos aquí: ¡seguidme!» Con estas palabras, arremetió primero contra los enemigos, quienes lo recibieron con la misma determinación y valentía. La lucha fue muy reñida. Aquellos que vieron a los indios dejarse alancear y acuchillar como corderos en Cajamarca, ahora los veían combatir como leones. Si bien muchos indios caían, también lo hacían caballos y españoles; en la inmensa desproporción de fuerzas, cada gota de sangre castellana vertida representaba una pérdida irreparable.

La noche separó a ambos bandos: los indios, cansados, se agruparon cerca de una fuente, mientras los castellanos lo hicieron en un arroyo; sin embargo, estaban a tiro de bala unos de otros, y los peruanos estaban listos para embestir al amanecer. Hernando de Soto, al hacer el recuento de su gente, se encontró con cinco españoles muertos y once heridos, además de dos caballos muertos y catorce heridos. Al considerar cuán pocos víveres llevaba y cuántos hombres le quedaban, comenzó a preocuparse por la dificultad de su situación y a arrepentirse de su temeridad.

En medio de estos temores, que aumentaban con la oscuridad de la noche, se oyó la trompeta castellana al pie de la sierra, anunciando en sus ecos auxilio y esperanza. La trompeta de los combatientes respondió desde arriba, y al son de su llamada llegó apresuradamente el socorro liderado por el mariscal Almagro, quien se unió al escuadrón de Hernando de Soto. Ambos grupos se abrazaron con el contento que se puede imaginar y esperaron a la mañana para reanudar el combate. La sorpresa y el desánimo de los indios al ver que, con el amanecer, su número de enemigos se había duplicado y que la victoria se les escapaba de las manos fueron enormes; no obstante, no perdieron el ánimo y aguardaron el ataque de los castellanos.

Siendo ya más numerosos y combatiendo con más ardor y confianza, los españoles lograron desbaratar y ahuyentar a los indios con relativa facilidad. Tras ganar el campo, los vencedores decidieron esperar allí al resto del ejército, que venía avanzando a pasos largos para reunirse con ellos.

Mientras tanto, Pizarro, tras haber establecido en Jauja las disposiciones para la nueva población que planeaba fundar, dejó al tesorero Riquelme como su teniente, buscando así deshacerse de aquel hombre díscolo y bullicioso. Al mismo tiempo, envió un destacamento a la costa de Pachacamac para explorar la posibilidad de fundar otro pueblo en la marina. Luego, se dirigió a Vilcas, un punto central del imperio incaico, ubicado a igual distancia entre Quito y Chile. Allí pudo admirar la magnificencia de los antiguos monarcas, ya que Vilcas, junto con el Cusco y Pachacamac, era uno de los tres lugares donde habían derrochado su grandeza y poderío, tanto en templos y adoratorios como en los aposentos reales y sitios de recreo que habían construido en aquel hermoso paraje.

Desde allí, avanzó sin contratiempos hacia su vanguardia, que lo esperaba. Sin embargo, aunque desde Cajamarca había marchado con la dignidad y el decoro propios de un conquistador civilizado —pacificando pueblos, proyectando fundaciones y absteniéndose de toda acción bárbara e indigna—, al llegar a Vilcaconga demostró cuán poco valoraba la humanidad y la justicia cuando estaban en conflicto con su seguridad o su resentimiento. Los movimientos hostiles de los indígenas en los distintos encuentros que habían tenido con ellos mostraban una apariencia de orden y concertación, indicando que estaban dirigidos por una figura capaz y experta en el arte de la guerra. Se sabía en el campo español que al frente de aquella multitud se encontraba Quizquiz, uno de los generales más hábiles de Atahualpa y compañero de Chalcochima en las guerras contra Huáscar.

Comenzaron a susurrar sobre posibles comunicaciones entre los dos capitanes, e incluso se dijo que Chalcochima había enviado mensajes a su amigo, informándole de la división de los castellanos y sugiriendo cómo aprovechar aquella favorable ocasión. Sin embargo, estas sospechas no estaban suficientemente probadas para justificar el rigor que posteriormente se aplicó al general prisionero. La reciente situación en la que se habían encontrado los sesenta caballos de Hernando de Soto había llenado el ánimo de los españoles de tal ira como de preocupación. Además, la fama de haber ganado cinco batallas en nombre de su rey, junto a la seguridad con la que los indios afirmaban que, de haber estado él presente durante el suceso de Cajamarca, las cosas no habrían sucedido de ese modo, aumentaba las tensiones. Su capacidad, reconocida quizás por sus opresores en el largo trato que habían tenido con él, les hacía temer las dificultades que podría generar su posible libertad; incluso se decía que una gran multitud de enemigos se dirigía hacia ellos para ayudarlo a conseguirla.

Todo esto era más que suficiente para que el conquistador receloso lo considerara culpable. Para no tener que enfrentarse a su posible venganza, Pizarro decidió inmediatamente hacer que lo quemaran. Así concluyó la triste serie de injusticias cometidas contra este guerrero, cuya reputación probablemente contribuyó a su trágico destino. Desde la estaca en la que fue colocado para ser ejecutado, Chalcochima pudo triunfar sobre su verdugo, echándole en cara su falta de fe, sus injusticias y, en última instancia, su inhumanidad hacia un hombre que no le había dado motivo alguno para tal trato, reconociendo con este acto que él valía más que Pizarro.

Dado este riguroso ejemplo, el ejército se puso al instante en marcha hacia el Cusco. Los indígenas, antes de ver perdida su capital, decidieron probar fortuna en un paso estrecho del valle de Jaquijahuana, flanqueado por una sierra al oriente. Allí aguardaron la llegada de la vanguardia castellana, compuesta por Almagro, Soto y Juan Pizarro, que comenzaron a escaramuzar con ellos, embistiéndolos y hiriéndolos con lanzas. Los indígenas, animados por su valor y protegidos por el terreno, se mantuvieron firmes. Sin embargo, Mango Inca, uno de los hijos de Huayna-Capac, salió de la ciudad con un grupo de seguidores para unirse a los combatientes. Desesperado por la fortuna de su patria, decidió pasarse al bando español y se presentó ante el Gobernador, quien lo recibió con honores y agasajos.

Desalentados y furiosos, los indios abandonaron el combate y corrieron hacia el Cusco con la intención de quemar aquel emporio y esconder los tesoros que allí se encontraban. Hernando de Soto y Juan Pizarro fueron enviados para impedirlo, pero no lograron evitar que el templo del Sol fuera casi totalmente saqueado. Sus riquezas fueron escondidas, las sagradas Vírgenes que habitaban en el templo fueron llevadas a otro lugar, y algunos puntos de la población fueron incendiados. En su apresurado escape, los indígenas se llevaron consigo a todos los jóvenes, sin dejar más que a los ancianos y a los incapacitados. Así fue como los españoles encontraron la capital del imperio al entrar Pizarro en ella a fines de noviembre de 1533, tomando posesión en nombre del rey de Castilla.

Aprovechándose de la escasa resistencia, el primer anhelo de los españoles, tras controlar el fuego que los indios habían encendido, fue buscar las riquezas que atesoraba la ciudad. Aunque muchas habían sido distraídas y ocultadas por los indígenas, aún quedaban numerosas más. Los templos fueron despojados de las planchas que los adornaban, y la fortaleza y los palacios fueron saqueados. Se revolvió cada rincón de las casas particulares en busca de tesoros. La avaricia se extendió incluso a los sepulcros, donde los huesos de los muertos tuvieron que salir a la luz nuevamente para ceder sus alhajas y preseas a las manos codiciosas de los conquistadores. Lo que más se ansiaba encontrar eran las tumbas de Huayna-Capac, Atahualpa y otros incas, cuyas riquezas, amplificadas por la fama, avivaban la impaciencia y los deseos de los españoles. Preguntaban a los indígenas sobre su ubicación, pero ellos, astutos y reservados, respondían con evasivas o se negaban a hacerlo. De ahí surgieron los insultos, las amenazas, los golpes, y finalmente, el tormento. Sin embargo, ni la arrogancia ni la crueldad lograron arrancarles nada; algunos ignoraban la ubicación de los tesoros, mientras que otros se mostraron más fuertes que sus verdugos. Así, aquellos venerables monumentos se salvaron de la rapacidad de los vencedores.

El producto de este saqueo, combinado con los despojos obtenidos en el camino y repartido entre la tropa según la costumbre, fue aún mayor que el botín de Cajamarca. Sin embargo, al ser muchos más, la porción que les correspondió fue menor. Se dice que, tras extraer el quinto del rey, se distribuyó el resto en cuatrocientas ochenta partes, correspondiendo a cada una cuatro mil pesos. Esta inmensa cantidad de metales preciosos, introducida repentinamente en un solo punto y en un contexto carente de bienes y comodidades con los que intercambiarlos, tuvo un efecto natural: la devaluación de esos tesoros. La plata dejó de ser valorada por su peso y volumen, y las piedras preciosas se abandonaron a quien quisiera recogerlas. Así, aquellos hombres, que antes anhelaban oro y plata, al ver rebosar el vaso de su codicia con un torrente inmenso de riquezas, comprendieron que aquel tesoro tan ansiado se convertía más en una carga y pesadumbre que en una fuente de satisfacción y provecho.

A pesar de sus preocupaciones como capitán y aventurero, Pizarro no descuidó las obligaciones políticas y religiosas que le imponía su cargo de gobernador. De inmediato, estableció en la ciudad una organización administrativa al estilo castellano, fundando un ayuntamiento y nombrando alcaldes. Además, derribó y destruyó los ídolos del país, designando el lugar donde debía erigirse un templo para predicar el Evangelio y celebrar dignamente los oficios divinos. Sin embargo, en medio de la aparente prosperidad que caracterizaba estos acontecimientos, una noticia amarga vino a empañar su alegría: se preparaba un armamento en Guatemala con la intención de venir al Perú, lo que suscitaba la inquietante sospecha de que eran sus propios compatriotas los que venían a desafiar lo que él ya había conquistado.

En aquel momento, el adelantado y gobernador de Guatemala era Pedro de Alvarado, uno de los principales conquistadores de Nueva España, y posiblemente el más querido por Hernán Cortés. Pocos podían disputarle la palma del valor y del esfuerzo; ninguno su gentileza y bizarra presencia. Los indígenas mexicanos lo llamaban "Tonatio", comparándolo con el sol por su atractivo físico. Entre los españoles, Alvarado se destacaba por su elegancia y porte. Su trato y modales eran acordes a su atractivo: si bien hablaba a veces en exceso, sus palabras eran suaves y encantadoras, brindaba generosamente y prometía aún más. Sin embargo, su corazón no reflejaba esta apariencia seductora: era vano, ingrato e incluso falso, lo que causaba el desagrado de los españoles y el sufrimiento de los indígenas bajo sus vejaciones. Con el tiempo, la edad y las circunstancias comenzaron a revelar estos vicios, que al principio pasaban desapercibidos.

Alvarado había allanado y pacificado la provincia de Guatemala, donde Cortés lo envió tras concluir la guerra en la capital. Conocido y poderoso por su fama y riquezas obtenidas en esa conquista, viajó a la corte en el año 1527 para exhibir sus servicios y reclamar el reconocimiento que merecía. La buena fortuna que había tenido en las Indias también lo acompañó en España. Su simpatía, tal vez acompañada de valiosos presentes, le valió el favor del comendador Cobas, secretario del Emperador. Así, al regresar a Nueva España, se presentó condecorado con el hábito de Santiago, designado adelantado y capitán general de Guatemala, y casado con una dama de alta posición, conocida por su idolatría hacia él. Lo acompañaba una multitud de caballeros y hombres distinguidos que depositaban sus esperanzas en su favor y fortuna. Todo esto alimentó en Alvarado una vanidad y arrogancia que no encontraban parangón en el Nuevo Mundo. Sus pretensiones eran altas, sus proyectos magníficos, y sus preparativos y armamentos eclipsaban incluso la ostentación y grandeza de los de Hernán Cortés.

Había prometido en España preparar una armada para realizar descubrimientos en el mar del Sur y abrir nuevos rumbos en la navegación hacia las islas de la Especiería, un proyecto que agradaba mucho a la corte. Efectivamente, al llegar a su provincia en 1530, comenzó a buscar los medios para cumplir con esta promesa con el ímpetu que correspondía a su palabra, a las expectativas de la corte, y a su propia vanidad y ambición, que ya estaban en su punto álgido. No hubo gasto, esfuerzo ni abuso que le detuviera en su empeño; en menos tiempo del que se podría imaginar, logró reunir ocho velas de diferentes tamaños, entre ellas un galeón de trescientas toneladas, que, en comparación con los demás barcos que surcaban aquellos mares, parecía colosal y fue nombrado San Cristóbal. Los preparativos de armas, caballos, víveres y otros materiales de guerra fueron proporcional a la magnitud de esta armada, la mayor que hasta entonces se había construido y enviado desde los puertos de las Indias. Asimismo, había una gran demanda de personas de todas clases y oficios para unirse a la expedición. El gran Cortés, ya marqués del Valle, mostró interés en participar en la empresa; sin embargo, Alvarado se negó rotundamente a permitirlo, y el mismo que en España lo había desestimado por ser pariente, tampoco quiso tenerlo como compañero en las Indias.

Cuando ya estaban a punto de completar los preparativos, comenzó a esparcirse por América la fama de las riquezas del Perú. Entonces, el Adelantado, al verse dueño de unas fuerzas tan superiores que a su juicio le permitirían imponer su autoridad en cualquier lugar, cambió de rumbo y propósito, abandonando los inciertos descubrimientos en el mar del Mediodía, y proclamó decididamente su expedición hacia el Perú. Esta declaración provocó un aluvión de aventureros que volaban a unirse a las ricas expectativas que se pregonaban. En vano los oficiales reales se opusieron a su intento, argumentando los inconvenientes que derivarían de una demanda tan injusta, contraria a las órdenes del Gobierno y a las obligaciones que él había contraído. En vano, la audiencia de Méjico le envió numerosas órdenes instándole a que se abstuviera de perturbar las conquistas y la pacificación del Perú. En última instancia, la ciudad de Guatemala le representó el desamparo en que quedaría la provincia sin armas, soldados y su liderazgo, abandonada a la merced de tribus belicosas que la amenazaban desde dentro y fuera. Sordo a todas estas reclamaciones, continuó sin detenerse en los preparativos de su armamento. A los oficiales les respondió que su comisión para el mar del Sur no especificaba rumbo ni límites, y que podía ir donde mejor le conviniese; a la audiencia, que don Francisco Pizarro no contaba con fuerzas suficientes para completar la empresa que había comenzado y que él iba a ayudarle con las suyas; al ayuntamiento de Guatemala, que para la seguridad de su provincia ya llevaba consigo a los principales caciques y señores que tenía prisioneros; y, finalmente, a aquellos a quienes podía hablar con más franqueza, les expresó que se iba a buscar tierras más ricas y grandes, pues Guatemala le parecía insuficiente.

En ese momento llegó del Perú el piloto Juan Fernández, quien había estado presente en los acontecimientos de Cajamarca. Fernández informó al Adelantado sobre los enormes tesoros que se habían repartido allí, el viaje de Pizarro con su ejército hacia el Cusco y que el Quilo, donde estaban los tesoros de Huayna-Capac y Atahualpa, se encontraba fuera de los límites asignados a aquel gobernador y aún por ocupar. Esta noticia avivó el deseo del Adelantado, quien, incorporando a Fernández a su servicio, zarpó de inmediato con su armada, compuesta por doce buques de diferentes tamaños. En total, embarcaron quinientos soldados bien armados, doscientos veintisiete caballos y un gran número de indios, algunos como rehenes, otros como auxiliares, y la mayoría para servicio. Esto contravenía claramente las ordenanzas que prohibían el traslado de indígenas, pero el Adelantado no se dejó intimidar por el respeto, la conveniencia ni las leyes.

Acompañaban al Adelantado muchos caballeros y personas distinguidas, principalmente aquellos que habían viajado con él desde España en busca de fortuna en las Indias. Se destacaban entre ellos sus dos hermanos, Gómez y Diego de Alvarado, Juan de Rada, quien posteriormente se haría famoso por las sangrientas tragedias que siguieron, y Garcilaso de la Vega, padre del historiador. Más de doscientos hombres se quedaron sin embarcar por falta de navíos.

Al llegar al puerto de la Posesión el 23 de enero de 1554, el capitán García Holguín, a quien había enviado previamente para obtener información sobre la situación en la costa del Perú, lo encontró allí. Holguín confirmó las noticias proporcionadas por Juan Fernández. La armada volvió a zarpar y, de paso, entró en el puerto de Nicaragua, donde el Adelantado, para suplir la falta de buques, tomó por la fuerza dos navíos que se encontraban en el puerto. Estos estaban bajo el mando del capitán Gabriel de Rojas, antiguo amigo de Pizarro, quien había preparado los barcos para llevar a doscientos soldados a su gobernador, que le había llamado insistentemente para que lo acompañara y participara de su fortuna. Ni el respeto que se le debía a Rojas, que sin duda lo merecía, ni sus protestas fueron suficientes para evitar aquel despojo; él no tuvo más remedio que partir de inmediato con algunos pocos españoles que le siguieron, con el propósito de buscar a su amigo en el Perú y darle cuenta del indigno robo y la violencia sufrida.

Alvarado continuó su viaje, llegó a los Caraques, cerca de Puerto Viejo, y allí desembarcó su tropa. Se dice que en ese punto, incluso antes de llegar, mostró intención de avanzar por la costa (marzo de 1531), y no empezar sus descubrimientos hasta después de cruzar la Chincha, donde sabía que terminaba la gobernación de don Francisco Pizarro. Sin embargo, ya fuese por precaución y para salvar las apariencias, o de buena fe, el ejército, cansado de navegar y soñando con las grandezas y opulencias que prometía el Quito, exigió a gritos a su general que los llevara allí, y la marcha se dirigió hacia el Quito.

No tardaron mucho en arrepentirse. Durante los primeros días, todo salió según sus deseos y, en algunos pueblos indígenas que encontraron en el camino, pudieron adquirir cierta riqueza, suficiente, quizás, para satisfacer a aquellos con menos ambición y codicia. Sin embargo, cuando se vieron atrapados en esos inmensos desiertos, sin guía ni intérprete, enfrentándose únicamente a sierras, ciénagas y ríos, y a vastas extensiones cubiertas de malezas y espesuras que solo podían atravesar a fuerza de hierro y esfuerzo, comenzaron a lamentar su decisión. Exhaustos por el hambre, abrasados por la sed y asediados por fiebres que les quitaban la vida al día siguiente de aparecer o los dejaban sin razón durante días, maldecían la hora y la ocasión que los había llevado a agonizar y perecer en un país tan inhóspito.

El propio General, afectado por estas fiebres, luchó durante diez días por su vida, logrando escapar gracias a su tenacidad. Luego, llegaron a lugares menos hostiles, donde encontraron algunas tribus y rancherías de indígenas, divididas y dispersas, sin contacto ni noticia entre ellas, diversas en lengua, costumbres y rituales, si es que tenían alguno. Encontraron algo de oro y lo recogieron; pero tras cinco meses de este andar, la tierra, el clima y el cielo se tornaron de nuevo implacables, castigando su temeridad con rigor. El país se volvió a cerrar, tuvieron que cruzar ríos caudalosos y, finalmente, se toparon con sierras nevadas que debían atravesar.

El ejército se organizó en tres cuerpos: la vanguardia, liderada por Diego de Alvarado para explorar el camino; detrás, el Adelantado con el segundo grupo; y, por último, el grueso del contingente, con el equipaje a cargo del licenciado Caldera, un letrado de gran aprecio y confianza del General. Al internarse en las sierras, el viento soplaba con fuerza y la nieve caía en grandes y espesas copos. Los primeros castellanos que acompañaban a Diego de Alvarado, al ir más ligeros y veloces, lograron, aunque con gran esfuerzo, atravesar las seis leguas de puertos y llegar a un pueblo situado en los llanos, donde pudieron descansar un poco del arduo viaje. Desde allí, Diego de Alvarado envió a informar a su hermano, el General, sobre los peligros del paso y la necesidad de atravesarlo para reunirse con la vanguardia en el buen lugar donde se encontraban.

Recibido este aviso y, al no poder evitar el peligro y la dureza del trayecto, el Adelantado decidió continuar su marcha. La ventisca continuaba y su furia aumentaba; la mortandad entre las tropas, que ya era considerable por las dificultades y fatigas previas, se incrementó con el frío intenso. Los españoles, más robustos, mejor vestidos y acostumbrados a climas variados, resistían mejor; sin embargo, los miserables indígenas, desprovistos de abrigo, faltos de vigor y acostumbrados al clima apacible de Guatemala y Nicaragua, sufrían mucho más ante la inclemencia del tiempo. Algunos perdieron la vista, otros los dedos, las manos o los pies; todos, al final, padecían horriblemente. Se arrimaban a los peñascos, clamando a sus amos por ayuda, y esos lamentos lastimeros persistían hasta que sus voces se helaban y su vida se apagaba.

La noche los sorprendió en esa situación, y el tormento y el desmayo aumentaron, pues, a excepción de algunas pocas tiendas que los más acomodados y ricos habían levantado para su abrigo, la mayoría pasó la noche sin fuego ni defensa, escuchándose solo alaridos, quejas y maldiciones. El Adelantado oyó con congoja esos lamentos y, ya arrepentido de la temeraria empresa que su ambición le había impulsado a intentar, temía la llegada del día, temiendo ver el triste estrago que su imaginación le anticipaba.

Cuando amaneció, el espectáculo de la multitud de indígenas y negros, helados y desordenados, como si fueran gente derrotada en batalla, los llevó a regresar ciegamente al lugar de donde habían salido. Alvarado, desalentado y confundido al ver en este rumbo su propia perdición, corría de un lado a otro, insistiendo en que era forzoso atravesar aquella sierra; que sufrirían el mismo frío marchando hacia adelante que volviendo atrás; que no fueran pusilánimes y avanzaran hasta donde los esperaba la vanguardia. Para infundirles más ánimo, hizo proclamar que quienes desearan oro podían tomarlo de las cargas públicas, con la condición de pagar el quinto al Rey. Sin embargo, aquellos que ya habían arrojado los metales preciosos que llevaban para avanzar más ligeros se burlaban del anuncio, sin interés por aprovechar aquella oferta tan forzada como inoportuna.

En ese momento, llegó la retaguardia liderada por Caldera, quien no había sufrido menores trabajos en su tránsito. Finalmente, todos, animados unos por otros, decidieron retomar el camino original en busca de la salida de las sierras. Pero el día era más áspero que el anterior, y, por lo tanto, las agonías y desastres también se multiplicaron. El frío comenzó a entorpecer a los caballos y los españoles comenzaron a morir. Un soldado robusto se bajó a apretar las cinchas de su yegua, y ambos quedaron helados. Gómez, el ensayador, murió junto a su caballo, ambos atrapados por el peso de las muchas esmeraldas que había recogido, las cuales su codicia no le permitió arrojar. Así, pagó el precio de su locura. Pero la piedad de Huelmo merecía otro destino: al escuchar los gritos de su mujer y sus dos hijas doncellas, corrió a socorrerlas, prefiriendo quedarse con ellas y perecer juntos, lo que efectivamente sucedió.

Mientras tanto, la nieve y el viento arreciaban cada vez más; el que se distraía o se detenía estaba perdido, mientras que el que más avanzaba lograba salvarse mejor. Todos arrojaban sus pertenencias para quedar más libres: oro, armas, ropa y preseas quedaban esparcidas por la nieve. Lo que había costado tantos sacrificios, e incluso, tal vez, delitos, aquello por lo que se habían aventurado a afrontar los peligros y las fatigas de aquel temerario viaje, se despreciaba y aborrecía como si fuera una cosa vil y perniciosa. Tan imperiosas son la ocasión y la necesidad del momento en el hombre.

Al final, flacos, abatidos y casi muertos, lograron salir de aquellas nieves y llegaron al pueblo de Pasipe, cerca de Riobamba, dejando en el camino a ochenta y cinco castellanos, seis mujeres españolas, muchos negros, dos mil indios, y el resto casi todo fuera de servicio, además de los caballos muertos, las armas abandonadas y los tesoros desechados. Fue una pérdida inmensa, de la cual solo podían consolarse con la esperanza de encontrar un país rico y accesible. Sin embargo, estas esperanzas se desvanecieron rápidamente, pues apenas se recuperaron un poco y retomaron la marcha, al llegar al camino principal de los Incas que atravesaba el país, encontraron frescas huellas de caballos que les indicaron que ya había otros españoles en la zona. Fue el golpe final para el ambicioso Alvarado, que, tras tan grandes desastres, comenzó a temer con fundamento que, al haber sido descubierto antes y recorrido el país por otros castellanos, le sería forzoso abandonarlo o enfrentarse a la conquista por la fuerza.

No se engañaba, por cierto, en su siniestra conjetura. El mariscal Almagro, al enterarse en Vilcas, a través de Gabriel de Rojas, de los intentos y la marcha de Alvarado, partió tan rápido como un rayo para contenerlo. Reforzó la escasa tropa que llevaba con algunos hombres de San Miguel de Piura y con el destacamento que tenía Belalcázar, a quien hizo venir de inmediato a su lado. Se situó en Riobamba y envió ocho caballos a reconocer la comarca.

Estos exploradores se encontraron con Diego de Alvarado, quien también había sido enviado con un buen contingente de hombres para conocer la tierra y tomar información. Diego de Alvarado tomó el mismo camino que Almagro. Eran pocos los hombres de Almagro y, al final, se rindieron prisioneros. Sin embargo, fueron tratados con la mayor urbanidad y cortesía por Diego de Alvarado, quien los condujo ante su hermano. Este los recibió con amabilidad, explicándoles que su intención no era causar escándalos, sino descubrir nuevas tierras y servir al Rey, lo cual era un deber de todos. Tras expresar estos sentimientos, los agasajó generosamente y los envió al Mariscal con una carta en la que manifestaba los mismos sentimientos moderados, informándole que se acercaba a Riobamba, donde todo se resolvería de manera amistosa y satisfactoria.

Almagro respondió a esta carta enviando a tres comisionados para darle la bienvenida. En su mensaje, expresaron su pesar por los trabajos sufridos en los puertos nevados y aseguraron que no dudaban de su buena voluntad, como un leal caballero. Agregaron que la mayor parte de aquellos reinos caía bajo la jurisdicción de don Francisco Pizarro, y que él mismo estaba a la espera de recibir los despachos para gobernar toda aquella región que caía fuera de los límites asignados a su amigo. Con esta insinuación, que dejó caer casi al descuido, Almagro cerraba a Alvarado las puertas de aquella zona al mismo tiempo que las de su propia posición, dándole a entender que, así como defendía la gobernación de su compañero, también protegería la que esperaba obtener para sí.

Incierto y dudoso sobre qué partido convenía tomar, Alvarado respondió que cuando estuviera cerca de Riobamba enviaría sus propios mensajeros con la respuesta, y continuó su camino hacia allí.

Hasta ese momento, las comunicaciones habían sido más corteses que hostiles. Sin embargo, a medida que los campos comenzaron a acercarse, ambos bandos se entregaron a la guerra de intriga, una constante en las discordias civiles cuando los ánimos no están encendidos. Los recién llegados ponderaban su fuerza; los hombres de Almagro, con más cautela y eficacia, insinuaban que las ricas provincias de aquella gobernación aún estaban por repartirse y que les convenía unirse a ellos pacíficamente en la distribución, en lugar de seguir a su general en busca de tierras inciertas, quizás en otros puertos de nieve donde acabarían pereciendo.

La deserción también comenzó: el intérprete Felipillo se pasó al lado de Alvarado, y Antonio Picado, secretario del general de Guatemala, se unió a Almagro. Este último no pudo soportar la traición y mandó salir a la mayor parte de su gente; desplegó las banderas y, con un ambiente bélico, se acercó a Riobamba, decidido a no mostrar ningún miramiento y romper hostilidades si no le entregaban a su secretario. A pesar de tener solo ciento ochenta hombres contra los cuatrocientos que se dirigían hacia él, Almagro no se desanimó. Confiando en el valor y la resolución de su gente, así como en los manejos secretos que tenía en el campo enemigo, aguardaba a su adversario sin temor, animando a los suyos con palabras de aliento y confianza.

Todavía, para tratar de excusar en lo posible el escándalo que amenazaba, el Mariscal Almagro, con la autoridad y entereza de un hombre que manda en el país, envió a decir a Diego de Alvarado, que se acercaba con la vanguardia, que hiciese alto. Así lo hizo. Entonces, el Adelantado volvió a solicitar la entrega de su secretario Picado, quien era su criado. “Picado es libre”, respondió Almagro, “y puede irse o quedarse, sin que nadie le obligue a ello.” Para formalizar su postura, y dado que la justicia estaba de su lado, envió de inmediato al alcalde y al escribano de la nueva población de Riobamba, que había decidido fundar en esos días, para alegar en caso de ser necesario la primacía de posesión.

Estos comisionados intimaron judicialmente al Adelantado, exigiéndole que regresara a su gobernación de Guatemala y que no usurpara la ajena; de lo contrario, le protestaban por todos los daños y perjuicios que pudieran derivarse de la contienda. “Yo soy gobernador y capitán general por el Rey”, replicó enérgicamente Alvarado, “y puedo entrar y moverme en el Perú donde quiera, siempre que no se haya dado la gobernación a otro. Si el Mariscal tiene poblado en Riobamba, no tengo intención de causarle perjuicio, ni pretendo otra cosa que tomar lo que necesite para mi ejército a cambio de mi dinero.”

Alvarado se encontraba en una posición difícil: ni su orgullo ni su vanidad podían protegerlo del desaliento que le causaba su propia irracionalidad. Había salido de Guatemala en contra del parecer de todos y ahora se hallaba en el Perú también en contra de las opiniones ajenas. Observaba a sus hombres inciertos, divididos en sus opiniones y poco dispuestos a pelear, mientras que sus oponentes se mostraban animosos e inflexibles, sin dar la más mínima señal de debilidad. Así que decidió ceder y, junto a los comisionados de Almagro, envió a dos de sus capitanes para que conferenciaran con él y trataran de llegar a un acuerdo.

De esta manera, se concertó una reunión entre los dos generales para el día siguiente, que se llevaría a cabo en Riobamba, adonde el Adelantado se presentó acompañado de unos pocos caballos.

Almagro lo recibió con toda clase de honores y cortesías. Tras el saludo inicial, fue Alvarado quien tomó la palabra: “Son públicos, dijo, los grandes servicios que he prestado a la corona en las Indias, así como las mercedes y honores que he recibido del Rey. Gobernador y capitán general de un pueblo tan grande y rico como Guatemala, podría estar satisfecho con esto y descansar en tan alta dignidad y confianza. Sin embargo, el ocio no es propio de un soldado que ha trabajado y servido toda su vida y aún está en edad de luchar. He querido, por tanto, merecer mayor honra ante mi Rey y más reconocimiento en el mundo. Habilitado por su majestad para descubrir por mar, abandoné el plan que tenía de dirigirme a las islas del poniente, atraído por la fama de las riquezas de estas tierras del sur. Arribé y me interné en ellas, sin pensar que estaban bajo los límites del gobernador don Francisco Pizarro. Pero Dios lo ha dispuesto de otro modo y, según veo, la tierra ya está ocupada. Por mi parte, señor Mariscal, no se dará escándalo alguno en ella, ni el Rey será deservido.”

Almagro, con pocas palabras, acorde a su índole y costumbre, alabó su propósito, afirmando “que nunca había creído que un caballero tan honorable tomara otra resolución.” En ese momento, llegaron Belalcázar y otros capitanes principales de Almagro, quienes besaron las manos al Adelantado; los hombres de Alvarado hicieron lo mismo con Almagro, y todo se convirtió en cortesías, amistades y ofrecimientos caballerosos. También apareció Antonio Picado, a quien su general le perdonó, y el intérprete Felipillo fue restablecido en la gracia del Mariscal.

Se discutió entonces el acuerdo necesario para que todo quedara en orden. Mediante la intervención del licenciado Caldera, Lope Idiáquez y otros caballeros importantes de ambos bandos, se resolvió que el Adelantado se retirara del descubrimiento y conquista, dejando a su gente y sus navíos en el Perú y regresando a Guatemala. Se le abonaría cien mil pesos de oro como compensación por los gastos incurridos y como pago por la armada. Este acuerdo fue formalizado en una escritura pública el 26 de agosto de 1534. Aunque algunos jefes del ejército de Alvarado pudieron sentir descontento al perder su grado, la mayoría de los soldados se sintieron aliviados, ya que se evitaba una guerra civil y permanecían en tierras ricas. Así se lo expresó su general al despedirse, añadiendo con gracia y cortesía que solo perdían su persona, mientras que ganaban mucho al tener como caudillo al señor Mariscal, de cuyo valor y generosidad estaba seguro que siempre estarían satisfechos. Esta noble confianza fue no solo cumplida, sino superada por el generoso carácter de Almagro.

Los oficiales del Adelantado se acercaron a ofrecerle sus respetos y obediencia. Almagro los recibió con gran afabilidad y consideración, integrándolos en su estima y confianza de tal manera que se convirtieron en sus aliados no solo en vida, sino incluso después de su muerte. Cabe destacar que este séquito de tantos caballeros, que Almagro comenzó a reunir, fue en gran medida causa de los problemas que más tarde surgirían y que finalmente condujeron a la perdición de líderes y capitanes.

Ambos generales enviaron un aviso sobre este acuerdo al Gobernador, quien recibió a los mensajeros con gran alegría y les obsequió ricas recompensas. Antes de regresar a las provincias del norte, Almagro nombró a Sebastián de Belalcázar como gobernador interino en su lugar, dejando con él a buena parte de la gente de Alvarado, y le ordenó que trasladara la población que se había iniciado en Riobamba a los aposentos que los Incas tenían en Quito. También envió a un capitán para establecer una nueva población en Puerto Viejo, con el fin de prevenir los desastres que solían ocasionar los recién llegados al Perú. Luego, Almagro, junto con Alvarado, se dirigieron a San Miguel de Piura y de allí al valle de Chimo, donde dejó a Miguel Estete encargado de fundar la población que más tarde se conocería como Trujillo.

Una vez organizadas estas cuestiones, el Mariscal y el Adelantado continuaron su camino hasta Pachacamac, donde se encontraba Pizarro. Entre los tres se intercambiaron muchas cortesías y atenciones, aunque no faltaron los malintencionados que intentaron sembrar la desconfianza en el Gobernador, advirtiéndole que debía cuidarse, ya que Almagro y Alvarado parecían estar en conjura para despojarlo del poder. Sin embargo, Pizarro supo responder a tales insinuaciones con dignidad y honor, aceptando las disculpas de Alvarado y prometiendo hacer lo posible para que tanto él como sus hombres quedaran completamente satisfechos.

Posteriormente, los tres fueron a admirar el gran templo de aquel valle, donde Alvarado pudo apreciar la riqueza que lo había adornado en tiempos pasados a través de los clavos y vestigios que aún quedaban en las paredes. Poco después, llegó Hernando de Soto, quien traía los cien mil pesos para Alvarado. Este se despidió del Perú, realmente enriquecido por aquel oro y por los magníficos presentes que el Gobernador y el Mariscal le hicieron, pero solo, sin ejército, sin armada y, podría decirse, sin honra. Aunque la expedición no tuvo un desenlace tan desastroso como su discordia y temeridad prometían, Alvarado había salido de Guatemala con la apariencia y el orgullo de un gran conquistador, y regresaba cargado de oro y plata como un mercader.

Esto sucedía a finales del año 1534 y principios del siguiente, cuando Pizarro se dedicaba a explorar los diferentes puntos de la región, buscando un lugar adecuado para establecer una ciudad que se convirtiera en la capital del nuevo imperio. El valle de Linac o de Rímac, como lo denominan los escritores, le ofrecía todas las comodidades deseadas para este propósito: su posición central en las provincias, la cercanía al mar, un clima suave, un terreno fértil y agradable, así como un buen puerto. Por lo tanto, decidió fijar allí el gran asentamiento que había proyectado, eligiendo un sitio a dos leguas del mar y a cuatro de Pachacamac, junto a un río, aunque no muy grande, sí fresco y delicioso.

Hizo venir a los pobladores de Jauja, repartió los solares y celebró la solemnidad de la fundación con todas las ceremonias acostumbradas el 18 de enero de 1535. Le dio el nombre de Los Reyes, quizás porque durante esa festividad encontró finalmente el lugar en el que debería fundarla. Sin embargo, el nombre del valle y del río donde se estableció prevaleció sobre el original, y la capital del Perú español pasó a ser conocida simplemente como Lima.

Inmediatamente después, se dirigió al valle de Chimo para examinar la población que había proyectado el mariscal Almagro tras su última expedición, la cual había sido encargada a Miguel Estete. Al encontrar el sitio elegido de su agrado, aprobó y confirmó lo que se había realizado, honrando a su patria al nombrarlo Trujillo. Allí también se dedicó a organizar el estado de aquellas provincias: confirmó a Sebastián de Belalcázar en su cargo, repartió las tierras, se ganó la simpatía de los vecinos y buscó, mediante medios pacíficos, atraer a los indígenas. Pizarro sabía bien cómo utilizar estas estrategias cuando lo deseaba, y, siendo un hombre mayor y menos apto para trabajos activos e impetuosos, prefería dedicarse a fundar pueblos, hacer reparticiones, establecer leyes y otorgar mercedes; en resumen, llevar una vida de príncipe, objetivo que había guiado todos sus esfuerzos desde que despertó su ambición.

Esta época podría considerarse una de las más afortunadas de su vida, si se mide la fortuna por la ambición satisfecha; tal vez también la más gloriosa en términos reales, ya que es cierto que es más valiosa la fama que se gana al conservar y edificar que la que se adquiere al destruir. Sin embargo, este período fue breve, y las semillas de la discordia civil ya comenzaban a sembrarse en los ánimos, produciendo la ponzoña que más tarde causaría tantos estragos.

Permanecía aún en Trujillo cuando apareció un joven desconocido que afirmó traer las provisiones reales para que don Diego de Almagro asumiera el gobierno desde Chincha en adelante. Al enterarse de esta noticia, Diego de Agüero, uno de los capitanes que había servido con Almagro en la expedición al Quito, se apresuró a buscar las recompensas por la información y alcanzó a Almagro junto al puente de Abancay, cerca del Cusco. Sin tener orden ni comisión para ello, le transmitió la noticia y las felicitaciones de parte de don Francisco Pizarro.

A esto, Almagro respondió con su habitual buena fe, manifestando que agradecía el esfuerzo que había hecho y valoraba mucho la merced que el Rey le otorgaba. Se alegraba de ella, ya que aseguraba que nadie podría ingresar a la tierra que él y su compañero habían ganado. Sin embargo, también afirmó que él era tan gobernador como don Francisco Pizarro, pues ambos tenían el mando sobre lo que deseaban. A continuación, le otorgó a Agüero en albricias la suma de siete mil pesos y continuó su viaje al Cusco, donde iba a residir con amplios poderes otorgados por su compañero para asumir el mando de aquellas tierras. Además, tenía la facultad de explorar por sí mismo o a través de otros hacia lo que llamaban Chiriguana, compartiendo los gastos a la mitad.

Lo acompañaban los dos hermanos de Alvarado y otros altos oficiales del ejército que habían puesto su fortuna en sus manos, por lo que la noticia de los poderes era igualmente gratificante para ellos, ya que lo veían con la autoridad necesaria para cumplir sus promesas. Al llegar al Cusco, fue recibido con honores y respeto por Hernando de Soto, los hermanos Pizarro, Juan y Gonzalo, y otros miembros importantes de la comunidad. Sin embargo, poco tiempo después, se presentó un joven con un solo traslado de las provisiones, mientras las originales eran traídas por Hernando Pizarro. El mal aconsejado Mariscal se desvaneció, decidiendo no hacer uso de los poderes que llevaba de su compañero, ya que consideraba que el Cusco no formaba parte de su primera gobernación, sino de la segunda que se le había conferido a él, lo que habría menoscabado su autoridad, pues sus poderes emanaban del Rey mismo.

El Gobernador no dudaba de que el Cusco quedaba fuera de los límites de su mando, aunque le dolía perder de ese modo la joya más rica de su conquista. Le molestaba aún más no haber repartido la tierra y ver que otro se llevaría la gloria y las ventajas de tal beneficio. Aconsejado por amigos más interesados en él que en el Mariscal, y aún más impulsado por su ambición y deseo de mando, revocó los poderes que había otorgado a su compañero. En las cartas que escribió a Almagro y a la ciudad, argumentó que lo hacía para que el Mariscal quedara más libre para sus descubrimientos y que, en caso de que llegaran las provisiones del Rey como se esperaba, no sería apropiado que lo encontraran gobernando con poderes ajenos.

Los poderes para gobernar se enviaron a Juan Pizarro, con la expresa orden de que sólo debían usarse en el caso de que Almagro decidiera aprovechar los poderes que llevaba consigo; de lo contrario, Hernando de Soto debía continuar en el mando, puesto que en ese momento era quien lo ejercía. Con este despecho, envió a toda prisa a un mensajero, Melchor Verdugo, quien se dirigió a Lima. Verdugo llegó al Cusco mucho después que el Mariscal, a quien no hubo necesidad de notificar nada, ya que no prestaba atención a los poderes que el Gobernador le había conferido; él ya actuaba, hablaba y prometía como si realmente fuera el dueño de esa tierra.

Los hermanos Pizarro se ofendieron por esta actitud, y la ciudad se dividió en facciones; la mayoría seguía a los dos hermanos, pero los principales y mejores, cansados de su orgullo y soberbia, se inclinaban hacia el Mariscal. Se intercambiaron quejas y rumores entre los bandos, las pasiones se inflamaron, y llegó un día en que ambos grupos salieron a la plaza, casi listos para usar las armas y dispuestos a derramar sangre española. La prudencia y entereza de Soto, unidas a la moderación de Almagro, lograron contener el escándalo, estableciendo que los Pizarros y sus principales aliados permanecieran en sus casas como una forma de prisión, mientras el Mariscal guardaba la suya para asegurar que los otros obedecieran mejor.

La noticia de los alborotos llegó a Lima, acompañada de la exageración que suelen tener las malas nuevas, especialmente cuando son narradas por quienes se dejan llevar por sus pasiones. Al enterarse del peligro que corrían sus hermanos, Pizarro decidió partir hacia el Cusco de inmediato, llevándose consigo al licenciado Caldera y a Antonio Picado, a quien había nombrado su secretario. Durante el trayecto, recibió varias noticias. Primero, un mensaje de Luis Moscoso, enviado por Almagro, en el que le informaba sobre los acontecimientos recientes; luego, una carta de un tal Carrasco, que le advertía que debía apresurarse si quería ver a sus hermanos con vida. Alterado, Pizarro confrontó a Moscoso, reprochándole la falta de veracidad de la carta. Sin embargo, tras insistir Moscoso en que el contenido era falso, Pizarro envió a Antonio Picado para que se informara con precisión sobre la situación. Al saber que todo estaba tranquilo, continuó su viaje y llegó al Cusco.

Una vez allí, rechazó cualquier tipo de recibimiento y se dirigió directamente a la iglesia, donde lo aguardaba el Mariscal. Al verse, se abrazaron entre lágrimas, y Pizarro expresó su descontento: “¿Cómo es posible que me hagan venir por estos caminos, sin cama ni tienda, alimentándome solo de maíz? ¿Dónde estaba vuestro juicio, que, con lo que está en juego, os enzarzáis en tales reyertas con mis hermanos? ¿Acaso no les he mandado que os respeten como a mí mismo?” Almagro le respondió: “No era necesario que vinieras con tanta prisa, pues ya te he informado de lo sucedido. Aún estáis a tiempo, y pronto lo sabréis. Vuestros hermanos han cometido un error y no han podido ocultar su descontento por los honores que el Rey me ha concedido.”

En ese momento, Hernando de Soto llegó, acompañado de muchos caballeros, para darle la bienvenida. Tras asentarse en su alojamiento, Pizarro reprendió severamente a sus hermanos, quienes se defendieron explicando que el Mariscal ya se consideraba gobernador del Cusco y estaba intentando repartir la tierra entre sus amigos. Afirmaron que, en tal circunstancia, solo habían actuado en defensa de su honra y servicio.

El porte del Gobernador no desentonaba con la antigua amistad ni con el respeto que se debía a sí mismo y a su viejo compañero; en cambio, el comportamiento del Mariscal fue, sin duda, inconsiderado y ligero, y sobre todo, carente del respeto que debía a su gobernador y amigo. Sin embargo, como aún no existían agravios directos entre ellos, y quizás confiando en que la riqueza en disputa llegaría a sus manos sin nuevos escándalos ni complicaciones, aceptaron con relativa facilidad los esfuerzos de conciliación propuestos por el licenciado Caldera y otros mediadores (21 de junio de 1555). Así, la amistad y compañía entre los dos capitanes fueron renovadas y confirmadas en los altares. Se celebró una misa en su presencia, se partió la hostia entre ambos y se realizaron todos los juramentos y solemnidades pertinentes al acto religioso. Ambos se comprometieron, bajo pena de perdición de bienes, honra, vida y alma, a mantener la sinceridad y buena fe en su trato, así como una distribución equitativa de los beneficios.

A pesar de las sospechas que han surgido en torno a este pacto, yo me inclinaría a creer, por el honor de la religión que ambos profesaban, que procedieron de buena fe y tenían la intención de cumplir lo que prometieron en ese momento. Es lamentable que promesas tan sagradas y amistades tantas veces reafirmadas y juradas se rompieran de manera tan cruel y sangrienta. No obstante, estos actos religiosos, aunque infunden respeto y veneración en el instante de su celebración, no acaban con los intereses ni las pasiones; el corazón sigue siendo el mismo, y ante la más mínima oportunidad, vuelve a desbordarse, sin que se le pueda acusar de falso o sacrílego, aunque sí se le puede tildar de perjuro.

Posteriormente, se publicó la jornada del Mariscal hacia Chile. Él eligió esta ruta no solo por las riquezas que le aseguraban existían en esas provincias, sino también porque se encontraba en los límites de la gobernación que aguardaba. Se alistaron para seguirle todos los aventureros que aún no habían hecho fortuna, así como algunos que ya la poseían, con la esperanza de mejorarla a su lado. Su trato amable y su generosidad desbordante le ganaban los corazones de todos, de modo que apenas había quien no quisiera unirse a su causa.

Ciento ochenta cargas de plata y veinte de oro salieron de su casa, destinadas a repartir entre los capitanes que carecían de recursos para equiparse, sin exigirles más obligación que reembolsar lo que ganaran en las tierras que iban a explorar; y esto solo para aquellos que decidieran hacerlo de manera voluntaria, ya que muchos ni siquiera así se sintieron obligados. Esta generosidad más que real, sin embargo, limitó sus medios para llevar a cabo sus planes en Castilla. Tenía la intención de casar a su hijo, don Diego, con la hija de un consejero de Indias y de adquirir alguna renta en España. Para ello, solicitó a su compañero que le enviara cien mil pesos de su tesorería, y Pizarro, encantado, se lo ofreció. Liberado de esta preocupación, apresuró la expedición, nombrando a Rodrigo Orgóñez como teniente general. Envió por delante a Paullo Topa, un indio principal de quien hablaremos más adelante, hermano de Manco Inca, y al Huillac Umu (Vilaoma), o sumo sacerdote, acompañados de tres castellanos, para preparar y suavizar los ánimos de los naturales. Después, dio instrucciones a los capitanes que dejaba en el Cusco y en Lima para que continuaran reuniendo hombres y los condujeran, y se puso en marcha hacia sus descubrimientos.

Al despedirse, Almagro expresó a Pizarro su cariño como a un verdadero hermano y su deseo de mantener su amistad y buena armonía, pidiéndole que enviara a sus hermanos a Castilla y que les diera de su hacienda el tesoro que desearan. "De este modo —le dijo—, aseguraréis la satisfacción en la tierra, pues nadie hay aquí que no reconozca en ellos la confianza de ser vuestros hermanos." El Gobernador respondió que ya le tenía un cariño paternal y que nunca darían pie a ningún escándalo. Este consejo, sin duda áspero para un hermano, era difícil de seguir, dada la naturaleza del Gobernador, pero resultaba honorable y sabio, como inspirado por un instinto que ya preveía las desgracias que pronto les sobrevendrían.

No bien partió Almagro en su expedición, el Gobernador procedió a repartir las tierras del Cusco, dejando a su hermano Juan como teniente en la ciudad y regresando a Lima para supervisar las obras que allí se estaban construyendo. Este era entonces su pensamiento favorito y, aparentemente, su principal preocupación. En esos días, el Perú disfrutaba de tranquilidad: los indios estaban en paz, los españoles se mostraban satisfechos, y la voluntad del General se respetaba y obedecía como si fuese ley suprema. Y, puesto que esta voluntad, como sucedía siempre en tiempos de calma, no era dura ni molesta, puede afirmarse que esta fue una época de su vida marcada por el honor y la fortuna, en la que disfrutó de la alta posición que había sabido granjearse, sin pesares ni sinsabores.

Era un espectáculo curioso ver a aquel hombre, de educación descuidada y escaso conocimiento, discutir con los artesanos sobre la dimensión de las calles, la altura de los edificios, la ubicación de templos y casas públicas; defender, con argumentos de política, comercio y salubridad, la ubicación que había elegido para el emporio que estaba levantando y enseñar a sus compañeros y a los recién llegados a apreciar y disfrutar de aquel paraíso que había encontrado. También se dedicaba a repartir dádivas para ganar estima y aliados; y aunque su compañero lo superaba en este aspecto, Pizarro no era considerado menos generoso, y sabía ofrecer con gracia y magnificencia lo que era necesario. A personajes como el licenciado Caldera, el clérigo Loaiza, los hermanos Henríquez, Tello y Luis de Guzmán, e incluso a Hernando de Soto, cuando este se despidió de él para regresar a España, les obsequió presentes dignos de un príncipe, sin ostentación ni violencia, como era propio de un gran conquistador.

En Lima, Pizarro fue recibido por el obispo de Panamá, quien llegaba con la misión del Rey de establecer los límites entre su gobernación y la de Almagro. Sin embargo, como las provisiones necesarias para llevar a cabo esta tarea estaban en manos de Hernando Pizarro, cuya llegada se hacía esperar, no se pudo avanzar en un asunto tan crucial. El obispo también notó que su misión resultaba innecesaria, dado que ambos gobernadores ya habían alcanzado un acuerdo cordial. En realidad, ninguna de las partes deseaba la intervención del prelado, quien, decepcionado por la falta de sinceridad y la buena fe en los asuntos de ese país, utilizó este pretexto para regresar a su diócesis. Aceptó solo una limosna de mil pesos de oro que Pizarro le ofreció para los hospitales de Panamá y Nicaragua.

En este contexto, Pizarro encomendó al capitán Alonso de Alvarado la tarea de pacificar a los Chachapoyas, una nación situada al oriente, con el fin de extender la dominación española y la propagación del Evangelio. Aunque los eventos de la expedición de Alvarado no son el foco de este relato, se destacó por su prudencia, templanza y honradez, características que mantuvo incluso en medio de las convulsiones de las guerras civiles, a pesar de no tener el mismo éxito que en sus enfrentamientos con los indígenas.

Finalmente, Hernando Pizarro regresó a Lima tras su viaje a Castilla. Allí fue recibido con admiración y atención debido a las enormes riquezas que trajo consigo y a los logros de las conquistas recientes. Su llegada conmovió a toda España, evocando el mismo asombro que se sintió cuando Colón presentó el Nuevo Mundo a los Reyes Católicos. Se cumplían las esperanzas que entonces habían surgido, y la realidad parecía incluso superar las expectativas. Hernando, quien había jugado un papel crucial en estos acontecimientos, fue honrado y favorecido, recibiendo reconocimientos que se ajustaban a su estatus. Se le otorgaron prerrogativas como sirviente de la casa real, el hábito de Santiago, la capacidad de llevar consigo a ciento cincuenta soldados de Castilla, y el rango de general de la armada en su regreso a las Indias. Además, recibió la recomendación expresa de la corte para que su regreso fuera atendido con la mayor diligencia por parte de todos los gobernadores y funcionarios públicos involucrados.

A su hermano, el Gobernador, se le concedió el título de marqués y setenta leguas adicionales de gobernación a lo largo de la costa y hacia el sur. Al Mariscal, impulsado por las gestiones de los capitanes Mena y Sosa, se le otorgó la gobernación de doscientas leguas de costa con el título de adelantado, además de la facultad de nombrar a su sucesor tras su muerte. Las tierras bajo el dominio de Pizarro fueron designadas como Nueva Castilla, mientras que las de Almagro recibieron el nombre de Nueva Toledo, aunque estos nombres no perduraron. Las cartas del Rey, que respondían a ambos conquistadores, elogiaban sus servicios y prometían honrarlos. Al padre Valverde se le recompensó con el obispado del Cusco, para el cual fue presentado a su santidad. Finalmente, como Hernando Pizarro prometía montañas de oro y la corte necesitaba urgentemente de su regreso, se le encomendó que volviera pronto con todo lo que hubiese recolectado, además de los frutos de un servicio extraordinario que se comprometió a proporcionar por parte de los conquistadores. Así, emprendió el viaje de regreso al Perú, acompañado de un considerable número de caballeros y soldados deseosos de buscar honores y riquezas en las Indias, llegando a Lima poco después de que su hermano regresara del Cusco y Almagro partiera hacia Chile.

Se dice que al recibir las provisiones que enviaba la corte, el Gobernador experimentó un renovado sentimiento de emulación y envidia hacia su compañero. Temiendo que el Cusco escapara de su control, reprendió a su hermano por haber consentido en otorgar a Almagro la gobernación de Nueva Toledo. Hernando Pizarro respondió que los servicios del Mariscal eran tan notorios en la corte que incluso aquel galardón parecía insuficiente a los ojos del Rey y del Consejo. Además, argumentó que las setenta leguas adicionales que le habían concedido a su gobernación incluían el Cusco y más allá, por lo que no había motivo para preocuparse. Sin embargo, los dos hermanos tomaron precauciones para afianzar su dominio sobre esa valiosa posesión.

Primero, retrasaron la entrega de los despachos originales a Juan de Hada, capitán de Almagro, quien constantemente se los pedía para llevar consigo el refuerzo de tropas que estaba reuniendo en Lima. Hernando Pizarro se los negó con varios pretextos y finalmente le dijo que los recibiría en el Cusco. Este retraso tenía como objetivo que el Adelantado se alejara cada vez más, con la esperanza de que las provisiones lo encontraran a gran distancia y quizás enfrentara dificultades que le impidieran regresar. Además, el Gobernador consideró prudente que su hermano se trasladara al Cusco para asumir el gobierno de la ciudad, que en ese momento estaba bajo el mando de Juan Pizarro. Así, en caso de que Almagro actuara en forma hostil, el control de la situación estaría en manos más firmes y competentes.

Mientras se organizaba este viaje, Hernando Pizarro, ansioso por cumplir las promesas hechas en la corte, instaba a los conquistadores a realizar un servicio extraordinario al Rey y a contribuir en las guerras que enfrentaba en Europa. Sin embargo, los conquistadores no eran receptivos a sus insistencias. Argumentaban que ya estaban haciendo lo suficiente al enviar al Rey grandes quintos obtenidos a costa de su esfuerzo, sudor y sangre, sin recibir ayuda de su parte. Se negaban a contribuir más con sus bienes para que solo él y su hermano fueran favorecidos por el Rey. A pesar de las numerosas promesas y honores que les había hecho al partir, solo había regresado con el hábito de Santiago para sí y el título de marqués para su hermano. Hernando, con un tono arrogante y orgulloso, les amenazó con que haría restituir el rescate de Atahualpa, el cual, por ser un rey, pertenecía al Rey. Los descalificó como ingratos y hombres viles que no merecían la fortuna que disfrutaban.

La tensión era delicada, y el Gobernador decidió intervenir en la disputa, volviendo a defender a sus compañeros. Les recordó que merecían tanto como aquellos que asistieron a don Pelayo en la restauración de España. Añadió que la lealtad castellana nunca debería cuestionar sus servicios ante el príncipe y les pidió que demostraran generosidad en esa ocasión, sugiriendo que tal vez el Rey les concedería a perpetuidad los indios que hasta entonces solo tenían en depósito. Estas palabras, pronunciadas con la amabilidad que solía emplear para ganarse los ánimos, motivaron a los conquistadores más acaudalados que se encontraban en Lima. Así, reunieron una considerable cantidad de dinero para el servicio propuesto, lo que llevó a Hernando Pizarro a apresurar su partida al Cusco, con la esperanza de conseguir un donativo similar de sus vecinos y mantenerse atento a los acontecimientos.

Era necesario que un hombre de gran esfuerzo y resolución asumiera el mando en ese momento crítico. Las dificultades, peligros y desastres comenzaron a agolparse con una rapidez asombrosa. Se creía que el único desafío era defender el Cusco de las inciertas pretensiones del adelantado Almagro; sin embargo, el Cusco y todo el Perú empezaron a tambalear en manos españolas. El alzamiento general de la población y la discordia civil, que estallaron casi simultáneamente, pusieron en grave peligro lo que tanto había costado conquistar. Para esclarecer el estado de las cosas, es preciso retroceder en la narración y centrar la atención en los indios, de quienes no habíamos hablado desde hace tiempo.

A pesar de ver al Inca desbaratado y prisionero en Cajamarca, los generales no flaquearon ni abandonaron su deber hacia su rey y su patria. Aunque no lograron infundir en la multitud el fervor y la fuerza necesarios para prevalecer ante la disciplina y las armas superiores de sus enemigos, mantuvieron, en la medida de lo posible, la libertad de su tierra. Lucharon siempre que contaron con soldados para combatir y, al final, murieron todos libres e independientes, sin reconocer ni aceptar el dominio ajeno. Irruminavi, quien estaba en el ejército de Atahualpa durante aquella sorpresiva captura, logró escapar hacia Quito con los cinco mil indios que mandaba. Allí, organizó la provincia en un estado de defensa tal que, aunque fue vencedor en algunas ocasiones y vencido en otras, siempre enfrentó a Belalcázar. Finalmente, sucumbió ante la superior destreza y esfuerzo de su enemigo, pero le privó de los frutos de su victoria, frustrándolo de manera permanente en su ambición por los tesoros, y murió en medio de los tormentos, sin mostrar ninguna flaqueza.

Hemos visto también cómo pereció Chalcochima a manos de Pizarro; su ejecución revela más el temor que infundía por su crédito y valor que su verdadera culpa, y la escasa esperanza que se tenía de lograr su apoyo en favor de los invasores.

Por su parte, Quizquiz cubrió y defendió las provincias altas, llevando a sus indios al combate en múltiples ocasiones. Tras ver perdido el Cusco, se hizo aceptar como capitán de los más valientes mitimaes de las provincias cercanas, los guamanconas, oriundos de Quito. Probó nuevamente su suerte en la guerra, primero en el puente de Apurímac, cerca del Cusco, contra el Gobernador; y luego contra los castellanos de Jauja, liderados por Gabriel de Rojas, que en ese momento se encontraba en aquel valle. La lucha fue particularmente encarnizada: aunque los castellanos vencieron, todos sufrieron heridas, uno fue muerto y tres caballos también cayeron; además, capturaron a sesenta yanaconas, que Quizquiz mandó ejecutar de inmediato, considerándolos sus enemigos más implacables. Prosiguió su camino hacia Quito, donde había ofrecido llevar a sus mitimaes. Allí se enfrentó a Belalcázar, en un encuentro en el que nuevamente fueron derrotados. Los capitanes aconsejaron a Quizquiz que hiciera las paces con los españoles, reconociendo su aparente invencibilidad. Quizquiz, enfurecido, los tachó de cobardes. La discusión sobre si rendirse o no se intensificó, hasta que uno de los principales le lanzó una lanza, y los demás lo atacaron con mazas y hachas, acabando con su vida.

Estos ejemplares sangrientos y terribles debían servir de escarmiento a cualquiera que quisiera erigirse como campeón de la independencia peruana. Esto se volvía aún más evidente tras la muerte de Toparpa, ya que los españoles continuaron con la farsa de tener un inca que representara al rey, convirtiéndolo en su primer esclavo y utilizando su nombre para mandar y castigar a la población local. Sin embargo, el daño les llegó, como a menudo sucede, por su propia precaución. Don Francisco Pizarro, poco tiempo después de llegar al Cusco, hizo colocar la borla de rey, con todas las ceremonias acostumbradas, sobre aquel Mango Inca, quien se había aliado oportunamente con él en los encuentros previos a la entrada a la capital. Como todos afirmaban que, por derecho de hijo de Huayna-Capac, era quien mejor título tenía para el reino, la elección fue recibida con contento general; los indios permanecieron tranquilos bajo su mandato, y el Inca, en sus primeros actos, no desmereció por su conducta respetuosa y servicial el cargo que el Gobernador le había otorgado.

Este sosiego duró hasta que comenzaron a aflorar las pasiones entre los dos capitanes españoles en el Cusco. Los indios también se dividieron: unos siguieron un bando, otros otro. Curiosamente, el Inca Mango mostró más lealtad al partido de Almagro que al de su benefactor. En vano intentaron, una vez que llegaron a un acuerdo entre ellos, conciliar también a los naturales. A pesar de que en una reunión con los más distinguidos persuadieron, rogaron e incluso interpusieron su autoridad para que cesaran en sus divisiones, no lograron nada, y el Inca y sus parientes terminaron enemistados.

Más tarde, cuando Almagro partió hacia su expedición a Chile, pidió a Mango que le proporcionara dos señores para que lo acompañaran. Según mencionamos anteriormente, le dio a su hermano Paullo Topo y al Vilaoma, dejando entrever que alejaba a uno por celos políticos de mando y al otro por considerarlo inquieto y peligroso debido a su poder. Sin embargo, esto, al menos en lo que respecta al sacerdote, no era más que pura apariencia; antes de partir, Almagro había concertado con Mango un plan de levantamiento, y apenas supo que había comenzado, regresó apresuradamente para unirse a él y dirigirlo.

Cuando llegó el momento oportuno para el intento, el Inca convocó secretamente a los principales señores de las tres provincias vecinas. Tras realizar numerosos sacrificios y ceremonias a su usanza, les expuso el estado de las cosas y solicitó su consejo sobre cómo liberarse de la sujeción impuesta por los extranjeros. Les recordó la mansedumbre y justicia con las que sus antepasados, los Incas, habían gobernado, así como la prosperidad que disfrutaban en aquel entonces. Explicó el desorden y el caos que todo había padecido con la llegada de los castellanos: el sacrílego robo de los templos, la corrupción de las costumbres por el desenfreno de su lujuria; sus hijas y hermanas eran consideradas mancebas y sus hombres, esclavos, sin más ocupación que buscar metales y servir a sus caprichos.

Los castellanos habían hecho alianza con los yanaconas, la clase más vil de la tierra, dándoles alas y soberbia para insultar a sus señores e incluso deshonrarlo a él. Lo mismo sucedía con muchos mitimaes; de modo que ya no faltaba mucho para que le despojasen de la borla. Se preguntó qué había hecho el Perú para esos hombres insolentes, que habían entrado a mano armada y dado muerte a Atahualpa, Chalcochima y otros personajes que representaban la flor y el esplendor de aquel reino. Les advirtió del crecimiento progresivo y espantoso de sus fuerzas, y que, si no tomaban medidas, pronto sería demasiado tarde para remediarlo. La ocasión no podía ser más propicia: los más valientes y capaces se habían alejado con Almagro, y era probable que no regresaran de Chile. Los demás, divididos y situados a grandes distancias, podrían ser atacados y oprimidos al mismo tiempo, sin poderse ayudar mutuamente. Por lo tanto, era imprescindible aprovechar la coyuntura de inmediato y arriesgarlo todo para conseguir la ruina y destrucción de hombres tan injustos y crueles.

Al principio, le respondieron con llantos y gemidos; luego le dijeron que eran hijos de Huayna Cápac y que darían la vida por él, pidiéndole que los liberara de aquella dura servidumbre, asegurando que el sol y los dioses estarían a su favor. Después, comenzaron a consultar sobre las disposiciones que debían tomarse. La primera decisión en la que coincidieron, como base principal de todas, fue que el Inca debía salir del Cusco con la mayor cautela posible y que todos debían reunirse de nuevo en un lugar seguro.

No estuvieron estos tratos tan secretos que los yanaconas no pudieran rastrearlos y avisar a los españoles. Así fue que, aunque Manco Inca logró escapar del Cusco en dos ocasiones, en ambas fue devuelto, y en la última fue apresado bajo estricta vigilancia para evitar que lo intentara una tercera vez. Los indios temían una segunda catástrofe similar a la de Atahualpa, pero, por fortuna, los castellanos ni lo valoraban ni lo temían. Además, Juan Pizarro carecía de la autoridad y determinación de su hermano para arriesgarse a tanto.

En este contexto, llegó Hernando Pizarro. Ya fuera por compasión, desprecio, política o codicia —como suponían sus enemigos—, lo primero que hizo fue liberar a Manco Inca. El Inca, al principio, usó su libertad con discreción y moderación. Supo ganarse la atención del nuevo comandante mediante artificios y lisonjas, mostrando compasión a través de sus lamentaciones y confianza con un porte a la vez obsequioso y desahogado. Sin embargo, lo que más lo motivó fue la oferta de alhajas y tesoros. En particular, hablaba de una estatua de oro de su padre, del tamaño natural, cuyo paradero conocía. La codicia es tan crédula como ciega: Hernando Pizarro le dio crédito y, al pedirle el Inca permiso para ir a buscarla, se lo concedió gustoso.

Así, Mango salió del Cusco a la vista de todos, acompañado no solo de los indios que llevaba, sino también de dos castellanos y el intérprete del comandante. Sin embargo, a los ocho días, Hernando se dio cuenta del error que había cometido y salió con ochenta caballos a buscar al Inca en Calca, un lugar poco distante de la capital. Al acercarse, encontró a los dos castellanos, quienes le informaron que Mango les había despedido, indicando que ya no los necesitaba. No obstante, Hernando decidió acercarse a Calca, donde fue atacado por los indios, quienes lo acosaron durante toda la noche. Finalmente, tuvo que regresar al Cusco a la mañana siguiente, siendo hostigado y acosado hasta que lo encerraron en la ciudad.

La guerra estaba ya abiertamente declarada, y los indios la llevaron a cabo con tanto ímpetu como tenacidad. Aunque la lucha era desigual, no lo era tanto como al principio. Con el tiempo, se habían habituado a la presencia de los caballos y al estruendo de los arcabuces, lo que disminuyó su temor y sorpresa iniciales. Además, supieron compensar la inferioridad de sus armas con la multitud de combatientes y la falta de robustez con impetuosidad y tesón.

Así, inundaron las avenidas del Cusco como un diluvio, tomaron por sorpresa la gran fortaleza exterior, conquistaron una casa fuerte cercana a la plaza donde los castellanos intentaban atrincherarse, y ocuparon las casas. Barricaron las calles y, haciendo agujeros y troneras en las tapias, se comunicaban con facilidad, pareciendo aún más numerosos de lo que eran.

Los españoles, reducidos a doscientos, con mil yanaconas peleando a su lado, no tuvieron más opción que replegarse a la plaza. Allí, acuartelados en dos casas y bajo toldos, se defendían como podían de las piedras, flechas y armas arrojadizas que caían sobre ellos como un espeso granizo. A veces, hacían salidas de sus refugios, logrando desbaratar a los indios por las calles, desmantelando sus trincheras y derribando a los que alcanzaban. Sin embargo, pronto tenían que regresar a sus posiciones, y los indios, recuperados, renovaban sus ataques e insultos.

Finalmente, los castellanos lograron tomar la casa fuerte de la plaza e incluso expulsar a sus enemigos de la ciudad, pero no pudieron alejarlos mucho, ya que mientras los indios mantuvieran el control de la gran fortaleza exterior, seguirían molestándolos con ventaja. Se trató de conquistarla también, y se consiguió, pero a costa de la vida de Juan Pizarro, quien recibió un golpe mortal en la cabeza al quitarse la celada, agotado tras el largo día. Era el de los cuatro hermanos el menos orgulloso y arrogante, por lo que su pérdida fue sentida por todos sus compañeros de armas.

Mientras se luchaba por la fortaleza, también se combatía en la ciudad. Los indios, añadiendo golpe tras golpe, prendieron fuego a diferentes partes. Las casas, cubiertas de paja, típicas de la región, ardieron rápidamente; los españoles veían cómo se consumían sus moradas y pertenencias, mientras el humo les dificultaba pelear. Pasaban los días e incluso los meses; el socorro, por más que lo esperaban, no llegaba. Los bárbaros les arrojaban las cabezas de los cristianos que mataban en distintos lugares, sembrando el terror en su imaginación.

Defenderse en esas circunstancias era heroico, pero esperar se volvía insensato. Estuvieron a punto de abandonar la ciudad y regresar por los llanos a Lima. El Ayuntamiento se inclinaba a ello y lo pedía, pero Juan Pizarro, antes de su desgracia, y sus hermanos Gonzalo, Gabriel de Hojas y Hernando Ponce, todos de carácter indómito, lo contradijeron, argumentando que era una bajeza y que era mejor perecer. Este dictamen prevaleció, como era de esperar entre hombres tan valientes, y la conservación del Cusco se debió sin duda a la verdaderamente heroica resolución de aquellos capitanes.

En tal estado de cosas, Hernando Pizarro consideró conveniente atacar al Inca en el tambo del valle de Yucay, ubicado a unas seis leguas del Cusco, donde Mango había establecido su residencia debido a la fortaleza del lugar. Se encargó de la expedición y, acompañado de sesenta caballos, algunos infantes y un buen número de indios aliados, llegó cerca del tambo, donde ahuyentó a los diferentes grupos enemigos que se presentaron ante él. Sin embargo, al acercarse al muro del tambo, una intensa lluvia de piedras desordenó a los caballos, lo que lo obligó a retirarse a un llano cercano a la entrada del lugar para reagruparse.

Entonces, los indios, cobrando ánimo, salieron en su contra con tal griterío, intrepidez y número, que los castellanos comenzaron a temer. La situación se complicó aún más cuando vieron cómo el río que pasaba por el lugar se desbordaba y se precipitaba sobre ellos, atollando a los caballos. Para aumentar su confusión, oyeron disparos de mosquetes: era señal de que los indios habían logrado apoderarse de armas castellanas y sabían usarlas con eficacia.

Llegada la noche, el general español intentó retirarse, pero lo hizo con gran dificultad y fatiga. Los enemigos lo acosaban constantemente, y el suelo, cubierto de espinos y agudas púas, dificultaba la marcha de los caballos, que apenas podían avanzar. Los indios habían previsto todo, y Hernando Pizarro volvió al Cusco no solo con el fracaso de su misión, sino con la triste convicción de cuán aguerridos y temibles se estaban volviendo sus enemigos.

Esta experiencia se vio aún más acentuada en otra salida que realizó posteriormente con ochenta caballos y algunos infantes. Los indios, al haber disminuido su presencia en el lugar y retirado una gran parte de la muchedumbre, hicieron creer a Hernando Pizarro que sería fácil sorprender al Inca en el tambo. Sin embargo, la fuerza con la que salió, la discreción de su marcha y la rapidez de su avance no fueron suficientes para evitar un nuevo y triste desengaño.

De repente, se encontró sorprendido por el estruendo de bocinas y tambores, así como por el grito de guerra de más de treinta mil indios que lo aguardaban apostados junto a las tapias del tambo. Estaban defendidos en algunas partes con fosos, en otras con terraplenes y trincheras, y además habían bloqueado el vado del río con una represa. A lo lejos, se podía ver a Manco Inca montado a caballo, con su pica en la mano, dirigiendo y controlando a su gente en aquel punto inaccesible. Algunos de sus hombres, armados con espadas, rodelas y morriones robados a los españoles, salían de sus refugios, desafiaban a los caballos y atacaban furiosos con sus lanzas.

Ante esta situación, Pizarro se vio forzado a retirarse, sufriendo la pérdida de varios indios auxiliares. De regreso a la capital, pocos días después, los indios, bajo las órdenes de su inca, lanzaron un ataque tan contundente que apenas se pudo evitar su entrada, y muchos españoles quedaron heridos en la refriega. Este tesón, audacia y pericia militar, aunque imperfecta y grosera, demostraban lo que los indios podrían lograr en su defensa si contaran con caudillos dignos del espíritu que ya los animaba. Sin embargo, en ese momento, faltaban capitanes en su ejército, así como, al inicio de la conquista, faltaba ejército a los capitanes.

Al mismo tiempo que el Cusco fue atacado, Lima también fue asediada. Sin embargo, allí el impacto no fue tan devastador ni peligroso para los españoles, ya que el terreno llano favorecía a los caballos, siempre temidos por la multitud indígena. Además, la proximidad del puerto facilitaba el refuerzo con hombres y provisiones. Aun así, la preocupación y angustia del Gobernador no residía tanto en Lima ni en su propia seguridad, sino en el destino del Cusco y de sus hermanas. Nadie llegaba con noticias desde esa región, pues los indios habían interceptado no solo los caminos, sino toda la tierra. Todos los españoles dispersos eran asesinados, y los destacamentos enviados, ya fuera para obtener información o brindar auxilio, corrían la misma suerte, salvo algunos pocos que lograron regresar a Lima, fugitivos y aterrorizados, y otros que fueron capturados por el Inca para ser utilizados como esclavos.

De esta manera, ya sumaban setecientos los españoles que, en diversos puntos, habían sido sacrificados por los indios, ya fuera como parte de su defensa o en venganza. El fiero conquistador comprendió entonces la temeridad de haber extendido sus fuerzas en un territorio tan vasto, y temió que la rica presa obtenida con tanto esfuerzo se le escapara de las manos. Almagro se encontraba lejos, al igual que los demás asentamientos españoles en América, y él no se atrevía a abandonar la posición central y estratégica que ocupaba para acudir en auxilio del Cusco. Por ello, dispuso que Alonso de Alvarado, a quien hizo venir desde los Chachapoyas, marchara con quinientos hombres, entre infantería y caballería, para salvar la capital. Además, envió cartas a Panamá, Nicaragua, Guatemala, Nueva España y Santo Domingo, enfatizando el peligro que amenazaba al Perú y solicitando con urgencia refuerzos.

La fuerza de sus temores se hacía evidente en la intensidad de las expresiones que utilizaba en estas cartas. En la que escribió a Alvarado en Guatemala, le decía: «Si me socorres, te dejaré la tierra, y me iré a Panamá o a España». Los refuerzos que Pizarro solicitó llegaron a tiempo desde todas partes. Hernán Cortés le envió dos navíos cargados con armas, soldados y caballos. Además, junto a estos recursos militares, le mandó regalos de amistad: doseles, colgaduras, ornamentos para la casa, ropa blanca, vestidos, e incluso un abrigo de martas, con el cual Pizarro se engalanó en todas las ocasiones solemnes de su vida. Desde Panamá, el licenciado Gaspar de Espinosa llegó con un considerable número de españoles, entre ellos una unidad de arcabuceros. Refuerzos similares o incluso mayores también llegaron desde otras regiones.

Es cierto que todos estos refuerzos arribaron al Perú cuando sus conquistadores ya habían logrado por sí mismos sacudirse el peligro. De hecho, algunos criticaron al Gobernador por haber mostrado tanta preocupación y desconfianza en sus propias fuerzas. Sin embargo, no se puede tachar de pusilánime la decisión que tomó en los momentos más críticos: retirar todos los navíos del puerto, quebrando así la moral de los indígenas y eliminando para los suyos cualquier opción de retirada por mar. Era su deber asegurar y mantener el territorio que había conquistado y que gobernaba. Desde esta perspectiva, sus precauciones no eran inapropiadas, aunque sus palabras pudieran parecer desalentadoras. Gracias a su diligencia, en pocos días Pizarro contaba con un ejército numeroso, en su mayoría compuesto por veteranos, justo cuando más los necesitaba, no tanto contra los indígenas, sino contra los mismos españoles que pronto vendrían a disputarle el control del imperio.

Habían pasado nueve meses desde que comenzó este duro conflicto entre los indios y los españoles, cuando empezaron a correr rumores en el Cusco de que el Adelantado Almagro regresaba. Los eventos de su expedición a Chile no tienen una conexión directa con esta historia, aunque sus consecuencias afectaron el devenir de los hechos. Narrar su viaje sería entrar en la repetitiva y monótona secuencia de trabajos y fatigas que los castellanos enfrentaban constantemente en sus exploraciones y conquistas en esas tierras desconocidas. Al partir, enfrentaron caminos escarpados, sierras nevadas y crueles ventiscas, donde Almagro sufrió los mismos tormentos que su rival Alvarado en las montañas de Quito, perdiendo en el trayecto a una quinta parte de su gente, congelada por el frío. Al llegar a su destino, se encontraron con indios robustos y feroces, con quienes debían combatir constantemente. Aunque lograban vencerlos en ocasiones, someterlos era otra historia.

En el regreso, enfrentaron arenales desérticos, la falta absoluta de agua y todas las dificultades propias de un paisaje tan inhóspito, como si estuvieran atravesando los abrasadores desiertos de Arabia. Además, no lograron ningún descubrimiento significativo, ni fundaron un asentamiento útil, ni protagonizaron ningún hecho notable: Chile quedó intacto, esperando el valor de Valdivia y la pluma de Ercilla. Aquel imponente ejército que había partido del Cusco con tantas esperanzas, después de recorrer más de trescientas leguas hacia el sur, se desanimó al ver que la tierra se volvía más pobre cuanto más se adentraban en ella. No encontraron más que desolación, montañas heladas, escasos alimentos, poco oro y muchos desengaños. Agotados por una marcha tan ardua y estéril, pidieron ansiosamente regresar.

Los oficiales que comandaban la expedición estaban mal acostumbrados, pues la fácil adquisición de riquezas, poder y gloria que habían experimentado en México, Guatemala y Perú les hacía despreciar cualquier empresa que no incluyera un imperio que conquistar o templos y palacios que saquear. Almagro ya tenía en su poder las provisiones originales de su gobernación, que le había traído Juan de Rada, entregadas finalmente en el Cusco por Hernando Pizarro. Esto fue un poderoso incentivo para tomar la decisión de regresar, impulsado por su impaciencia por gobernar, y sus hombres, bajo su sombra, deseaban disfrutar y adquirir nuevas riquezas. Uno de ellos le decía que, si moría allí, su hijo no heredaría más que el nombre de "don Diego".

Algunos le aconsejaban a Almagro que, dado que ya era gobernador efectivo de la Nueva Toledo, debía dirigirse de inmediato hacia allí. Además, le recordaban que el Cusco se encontraba dentro de los límites de su gobernación y que ellos deseaban establecerse en esa ciudad para disfrutar de su abundancia y placeres. Con tales sugerencias, sumadas a otras similares, la mente de Almagro, ya influenciada por los honores y favores que recibía de la corte, se volvió más vulnerable. Era un hombre que idolatraba a su hijo y, como general, se mostraba tan condescendiente y complaciente como generoso con sus oficiales. En tales circunstancias, no le resultaba fácil resistir las tentaciones de la ambición, y finalmente decidió satisfacer tanto sus deseos como los de sus hombres, sin importar el costo.

Así, ordenó retroceder, y el ejército inició la marcha de regreso hacia el Cusco.

Al cruzar el desierto que separa el Perú del reino de Chile, Almagro se enteró del levantamiento general de los indígenas y de los peligros y penurias que enfrentaban los españoles. Este hecho le pareció una justificación perfecta para su regreso, lo que aumentó su satisfacción personal y lo llevó a acelerar su marcha para ofrecer la ayuda y los recursos que la situación demandaba. Antes de partir en su expedición, mantenía una relación estrecha con el Inca. Desde Arequipa, donde descansó algunos días, envió un mensaje a Manco Inca expresando su sorpresa por la revuelta, su deseo de conocer las causas del conflicto, y su disposición a ayudarle en lo que fuera necesario. Manco Inca le respondió con satisfacción por su regreso, culpando a la avaricia de Hernando Pizarro por el levantamiento. En honor a Almagro, prometió suspender las hostilidades hasta que pudieran verse, y cumplió con su palabra.

Esta negociación duró varios días y fue conocida por los españoles del Cusco, quienes también recibieron noticias de la llegada de Almagro al Perú y de la presencia de un ejército español en el valle de Jauja. Este ejército era el de Alvarado, enviado por el Gobernador, como se mencionó antes, en auxilio del Cusco, aunque, por diversas razones, se había detenido en el valle durante unos cinco meses.

Hernando Pizarro, al enterarse, lo primero que hizo fue romper las relaciones entre Almagro y el Inca, probablemente para arrebatarle al Adelantado el mérito de haber pacificado y reducido al soberano indígena. Envió, entonces, con un joven mulato una carta dirigida a Manco Inca, advirtiéndole que no hiciera la paz con don Diego de Almagro, pues no era el verdadero señor, sino don Francisco Pizarro.

Manco Inca entregó la carta a dos españoles de la expedición de Almagro que se encontraban con él, comentando que sabía que los del Cusco mentían, pues el verdadero señor era don Diego de Almagro. Por tanto, ordenó que al mensajero le cortaran la mano por mentiroso. Los dos españoles rogaron mucho por él, y al final Manco Inca accedió a cortarle solo un dedo. Con este castigo y respuesta, el joven regresó a quienes lo habían enviado.

La segunda medida que tomó el comandante del Cusco fue tratar de averiguar los verdaderos planes del Adelantado, quien ya se había acercado a Urcos, un lugar a seis leguas de la ciudad. Hernando Pizarro, con cierta lógica, sospechaba que si las intenciones de don Diego de Almagro fueran honestas, habría informado de su llegada al entrar en Urcos o habría marchado amigablemente hacia la ciudad para garantizar la seguridad tanto de la capital como de los españoles allí presentes. En ese lugar, habrían podido discutir de manera concordante lo que beneficiara a todos. Sin embargo, consideraba que no era una buena señal estar tan cerca y comunicarse primero con los enemigos antes que con sus compatriotas.

Por lo tanto, decidieron que Hernando Pizarro, junto con su hermano Gonzalo y otros capitanes, acompañado de la mayor parte de sus tropas, marchara hacia Urcos para intentar descubrir las verdaderas intenciones de Almagro. Estas les resultaban cada vez más sospechosas debido a la insolencia y los gritos de los guerreros indígenas, quienes les dificultaban el avance y a viva voz les decían que Almagro ya había llegado y que mataría a todos los españoles del Cusco.

Los indígenas, de hecho, creían de buena fe que el Adelantado se uniría al Inca para perjudicar a los habitantes de la capital. Almagro, a través de los continuos mensajes que intercambiaba con Manco Inca, había acordado un encuentro en el valle de Yucay. Para ello, salió de Urcos con la mitad de su ejército, dejando la otra mitad bajo el mando de Juan de Saavedra, con la instrucción de esperar allí sin provocar ningún incidente. Sin embargo, el encuentro acordado no pudo llevarse a cabo. Los indígenas, que observaban a las dos divisiones del ejército de Chile, notaron que en ocasiones los castellanos del Cusco y los recién llegados se hablaban y conferenciaban sin hacerse daño, e incluso con muestras de cortesía y buena voluntad. Este comportamiento fue interpretado como un doble juego por parte del Adelantado, y así lo informaron a Manco Inca. En lugar de acceder a la reunión, el Inca ordenó que ambos grupos fueran atacados, dando inicio a las hostilidades entre los indígenas y los españoles de Chile.

Entonces Almagro, sintiéndose en una situación más crítica que antes, pues ahora tenía dos enemigos en lugar de uno, decidió regresar al Cusco y ordenó a Juan de Saavedra que se reuniera con él. Durante ese tiempo, Saavedra había mantenido una conversación con Hernando Pizarro cuando este salió a reconocer la situación, como se mencionó anteriormente. Sin embargo, no se llegó a ningún acuerdo concreto, ya que ambos bandos evitaban resolver la disputa por las armas, a pesar del deseo que tenían de hacerlo. Saavedra se contuvo por respeto a las órdenes de su general, y Pizarro, para evitar que se dijera que ellos habían sido los agresores.

Por su parte, el Adelantado envió un mensaje a Hernando Pizarro informándole que venía con la intención de socorrer a los españoles del Perú y a su amigo, el Gobernador, en su difícil situación. También le comunicaba su deseo de tomar posesión de la gobernación que el Rey le había otorgado, asegurando que esto no iría en detrimento de los pactos y acuerdos hechos entre él y su hermano, pues no pretendía romper con ellos ni con la amistad y alianza que los unía.

Hernando Pizarro, al recibir el mensaje a través de Lorenzo de Aldana y Vasco de Guevara, los interrogó en privado, pidiéndoles que, por su paisanaje y amistad, le dijeran cuál era la verdadera intención del Adelantado. Ambos le aseguraron que no pretendía romper la relación con su hermano ni causar escándalos o sediciones. "Si esa es su intención", dijo Hernando, "tendrá el homenaje de todos, y todo se hará conforme a su voluntad".

Finalmente, los Pizarro decidieron enviar una respuesta al Adelantado en la que lo invitaban a entrar en la ciudad, asegurándole que no había nada que pudiera impedir la buena armonía entre él y el Gobernador. Le prometían que sería bien recibido y que se le desocuparía la mitad de la ciudad para su alojamiento.

Aunque esta respuesta parecía resolver todos los problemas y evitar cualquier conflicto, las cosas no resultaron tan simples. Hernando Pizarro, con su percepción de que Almagro era falso y doble, y su constante desprecio y burla hacia él, empañaba con sarcasmo cualquier palabra amable que pudiera decir, lo que minaba la confianza en sus promesas.

Por ello, Almagro ordenó a Saavedra que se reuniera con él, y para facilitar la operación, puso a su ejército en marcha hacia el campo de las Salinas, donde Saavedra lo alcanzó. Una vez reunidas las dos divisiones, marcharon hacia el Cusco en formación de guerra, con las lanzas en alto y las banderas desplegadas. Al llegar a las afueras de la ciudad, aunque sin romper la formación, el Adelantado envió al regimiento de la ciudad las provisiones reales, exigiendo que lo reconocieran como gobernador en virtud de esas órdenes.

Almagro contaba con quinientos soldados, todos hombres de probada valentía, dirigidos por capitanes experimentados y valientes. Estos hombres, deseosos tanto de gloria como de riquezas, eran fieles a su caudillo y estaban dispuestos a dar la vida por él. En cambio, en la ciudad solo había doscientos hombres de armas, divididos en su lealtad. Muchos de ellos eran partidarios de Almagro debido a su buen carácter y generosidad, y casi todos los principales habitantes estaban cansados y resentidos por la arrogancia y el orgullo de los Pizarro. Como resultado, no se sentían inclinados a participar en una guerra civil en defensa de hombres tan odiados.

Sin embargo, los dos hermanos Pizarro no perdieron el ánimo. Con diligencia y esfuerzo, alababan a los valientes de su bando, animaban a los indecisos, consolidaban a los que dudaban, invocaban la autoridad de su hermano y ofrecían recompensas a algunos, mientras que a otros les hacían regalos. No dejaban de hacer nada que, con ingenio y trabajo, pudiera contribuir a la defensa y seguridad de la plaza que se disputaban.

Cuando los comisionados de las provisiones llegaron a Hernando Pizarro, él los envió al Ayuntamiento, diciendo que allí decidirían qué hacer. Los regidores, desconcertados y sin saber cómo proceder, se encontraban entre dos fuegos: dentro, unos tiranos a quienes no querían ofender; y fuera, una fuerza superior a la que creían imposible resistir. Declararon entonces que las provisiones reales eran claras respecto a la gobernación del Adelantado, pero no mencionaban nada acerca de la ciudad del Cusco. Añadieron que ellos no eran expertos legales ni geógrafos para determinar si la ciudad estaba dentro de los límites de la gobernación. Dado lo grave de la situación, concluyeron que era necesario examinar el asunto con detenimiento, y que, para hacerlo con tranquilidad, era conveniente suspender las hostilidades durante unos días.

El Adelantado, a quien le comunicaron esta declaración mediante Gabriel de Rojas y el licenciado Prado, enviados por la ciudad para dialogar con él, inicialmente no aceptó la tregua que se le proponía, ni quiso admitir el alojamiento que se le había preparado en la ciudad. Sin embargo, finalmente, por respeto y honor hacia los comisionados, accedió a la tregua, con la condición de que él permanecería en su posición actual y que Hernando Pizarro no continuaría las fortificaciones que estaba construyendo.

Es probable que el Adelantado actuara de buena fe al aceptar el acuerdo, pero no así sus capitanes, cuyas pasiones descontroladas lo arrastraban al abismo, al igual que los Pizarro eran empujados por su propio orgullo. Los confidentes de Almagro, tal vez no sin razón, sospechaban que la tregua solo buscaba ganar tiempo, para que llegara Alonso de Alvarado, quien según los rumores ya se encontraba en el puente de Abancay. Por lo tanto, insistieron en que era necesario adelantarse y, aprovechando la oscuridad de la noche, atacar la ciudad y capturar a los dos hermanos. Este proceder no se ajustaba a las normas más estrictas del honor militar, pero trataban con un enemigo astuto y audaz, que no se detenía ante las reglas si estas no favorecían su conveniencia o su orgullo.

Así, arrastraron al general a aceptar este plan, quien tal vez contra su propia inclinación, dio la orden de embestir, pero recalcó la importancia de evitar muertes, robos y cualquier violencia que pudiera causar dolor al vecindario.

La sorpresa se llevó a cabo con facilidad, ya que la noche era oscura y lluviosa, y casi todos los soldados de la guarnición habían abandonado sus puestos, agotados por las vigilias de las noches anteriores y descontentos con las diferencias entre los bandos. Solo quedaban veinte hombres armados en la casa de los Pizarro, junto con unos mosquetes montados en la puerta.

El Adelantado, junto a la mayor parte de sus capitanes y tropas, se dirigió a la iglesia. Rodrigo Orgóñez, con suficiente contingente, marchó hacia la casa de los Pizarro, mientras que Juan de Saavedra y Vasco de Guevara bloquearon las calles que conducían a ella, para evitar que recibieran ayuda.

Al oír el alboroto, los dos hermanos Pizarro tomaron sus armas. Dividieron entre sí a los pocos soldados que tenían y comenzaron a defender con valentía las puertas y ventanas de la casa, demostrando un arrojo y una determinación dignos de una causa y una fortuna mejores.

Orgóñez llamó a Hernando Pizarro a rendirse, ofreciéndole un trato favorable. «Yo no me rindo ante tales soldados», respondió Hernando, y continuó combatiendo. Orgóñez replicó: «Tú no eres más que un teniente de gobernador en una ciudad, y yo soy general del nuevo reino de Toledo. Esta no es situación para discutir esos puntos, así que debes rendirte o prepararte para pelear». La batalla continuó con toda la furia que cabe en corazones desesperados.

Orgóñez, juzgando inapropiado que el enfrentamiento se prolongara tanto y queriendo evitar más derramamiento de sangre, ordenó prender fuego a la casa. El techo de paja ardió de inmediato. Esto afectó a los sitiados, aunque no a Hernando Pizarro, quien mostraba en su feroz semblante la satisfacción de morir así, y no a manos de sus enemigos. Él persistía en la lucha, pero el fuego se extendía rápidamente, el humo los sofocaba, y grandes vigas quemadas comenzaban a caer sobre ellos. La casa amenazaba con desplomarse, y no había esperanza de recibir ayuda.

Finalmente, todos, tanto los que querían como los que no, cubiertos con sus adargas, se lanzaron entre los enemigos, quienes de inmediato los desarmaron y capturaron. Apenas habían salido de la casa cuando, con un estruendo espantoso, esta se derrumbó.

Si bien la conducta de Almagro desde su regreso de Chile había sido en ocasiones imprudente, no cabe duda de que supo redimirse con la nobleza y moderación con que manejó su primera victoria. Evitó a los prisioneros la humillación de presentarse ante él, los mantuvo bajo custodia con decoro e incluso cierta comodidad. El 18 de abril de 1537, una vez que el Ayuntamiento cumplió las provisiones reales que Almagro portaba y lo proclamaron como gobernador, anunció que no pretendía hacer cambios ni alterar el orden. Al nombrar a Gabriel de Rojas, un caballero respetado y de gran autoridad, aunque no perteneciente a su facción, como su teniente en la ciudad, dejó claro que no gobernaría como jefe de un partido, sino como un magistrado público comprometido con el bien común.

Tras la toma y posesión del Cusco, siguió la derrota y captura de Alonso de Alvarado en el puente de Abancay. Este general, que había sido enviado cinco meses antes por el Gobernador para socorrer la capital amenazada por los indígenas, permaneció todo ese tiempo en Jauja pacificando a los naturales. Alegaba, para justificar su demora, que había recibido esa orden del Gobernador; sin embargo, sus detractores lo acusaban de haberse quedado allí por intereses particulares de su amigo Antonio Picado. Lo cierto es que su ayuda llegó tarde: el Cusco se liberó de los indios sin él, pero por su falta no pudo evitar caer en manos de sus enemigos.

 

Al enterarse de la aproximación de Alvarado, el Adelantado le envió emisarios de su total confianza para advertirle que, al encontrarse en los límites de una gobernación ajena, debía o bien someterse a la autoridad de quien la ostentaba o regresar al distrito de Francisco Pizarro. A la cabeza de esta embajada iban los hermanos Aclarados, allegados al gobernador de Guatemala, amigos cercanos y confidentes de Almagro en ese entonces. Le entregaron una carta amigable a Alonso de Alvarado, invitándolo a unirse a su causa y ofreciéndole toda clase de favores. No obstante, aunque al principio los embajadores fueron recibidos con cortesía y urbanidad, no lograron su cometido. Ya fuera porque sus insistencias molestaron a Alvarado, porque temía alguna intriga, o más probablemente porque decidió retenerlos como rehenes por la seguridad de los hermanos Pizarro, lo cierto es que ordenó desarmar y encarcelar a los emisarios, violando así la fe pública y el carácter con que habían sido enviados. Esto provocó una ruptura evidente, y el conflicto armado se volvió inevitable.

Al notar Almagro, ocho días después, que sus emisarios no regresaban, sospechó lo que había sucedido y convocó a sus capitanes para decidir el curso a seguir. Todos optaron por la guerra, siguiendo el consejo del general Orgóñez, quien propuso comenzar ejecutando a los dos Pizarros prisioneros y luego marchar contra Alonso de Alvarado. Según Orgóñez, contaban con tantos amigos en el ejército enemigo que, al ver sus banderas, se unirían a su causa. De esa forma, liberarían a los caballeros prisioneros, quienes estaban en esa situación por servir al Adelantado.

Sin embargo, Almagro, que deseaba evitar el derramamiento de sangre, aún se sentía atado por la amistad que en el pasado lo unía al Gobernador, aunque aborrecía a los dos hermanos, en especial al insolente Hernando. Por esa razón, se negó a hablar de las ejecuciones, argumentando que la grandeza se preservaba mejor con consejos sensatos y moderados que con medidas violentas y extremas. «Mostraos piadoso mientras podáis», replicó Orgóñez, «pero tened por seguro que, si Hernando Pizarro recobra su libertad, se vengará de vos sin piedad ni consideración alguna». Estas palabras presagiaban para el desafortunado Almagro la suerte que le aguardaría si llegaba a caer en manos de ese hombre implacable y cruel.

Resueltos a combatir, los castellanos salieron del Cusco para enfrentarse a Alonso de Alvarado en el puente de Abancay. Aunque ambos ejércitos eran similares en número, había una gran diferencia en su fuerza: las tropas de Alvarado estaban desunidas y poco motivadas para luchar. Pedro de Lerma, el capitán de mayor reputación entre ellos, mantenía comunicaciones secretas con Orgóñez. Alvarado, sospechándolo, ordenó apresarlo; pero Lerma logró escapar, cruzar el río y unirse al Adelantado. Esto aumentó la confianza del ejército de Almagro, que ya gozaba de gran moral, tanto por su prestigio militar como por estar bien pertrechado.

 

Alvarado organizó cuidadosamente sus fuerzas, tomando en cuenta la naturaleza del terreno: tenía el río delante y distribuyó a su gente en el puente y en los dos vados conocidos, dejando a Gómez de Tordoya al mando del puente, a Juan Pérez de Guevara en el vado más cercano y a Garcilaso en el vado superior. Él mismo se mantuvo con una reserva lista para intervenir donde fuera necesario.

Cuando Almagro llegó al río, intentó una vez más enviar un mensaje de paz a Alvarado para recuperar a sus amigos prisioneros; sin embargo, su general Orgóñez lo impidió, argumentando que esas dilaciones solo minaban la moral y la reputación, al igual que desperdiciaban el tiempo. De inmediato, Orgóñez dio las órdenes para cruzar el río. Dirigiéndose a sus soldados, les recordó brevemente que debían luchar con valentía, pues no combatían contra indígenas, sino contra españoles tan fuertes y valientes como ellos. Les instó a redoblar sus esfuerzos, pues la guerra no admitía corazones débiles. Dicho esto, se lanzó al río con ochenta de los mejores jinetes, seguido de los capitanes más prestigiosos.

Era de noche, el río estaba crecido y el paso resultaba peligroso. En medio de la oscuridad y el ruido del agua, se escuchaban las voces firmes de Orgóñez: «¡Caballeros, ánimo, aprisa, que este es el momento!», animando y guiando a sus soldados. Los hombres de Alvarado disparaban hacia el ruido, pero sus tiros se perdían en la oscuridad sin causar daño alguno. Los caballeros que lograban cruzar el río se apeaban y, con las lanzas en posición de picas, formaban filas y atacaban a sus enemigos, infligiendo las primeras bajas. La resistencia fue mínima, ya que el capitán Guevara, quien comandaba ese sector, fue herido en un muslo y quedó fuera de combate desde el principio.

El Adelantado, que había permanecido con sesenta caballos y algo de infantería para atacar el puente en el momento oportuno, al escuchar el estruendo de los mosquetes, supo que Orgóñez ya había cruzado el río. Con su habitual ímpetu, cargó contra todo lo que encontró a su paso, tomó el puente y se reunió con sus fuerzas. Muchos de sus hombres cruzaron, al igual que algunos de los enemigos, pero Alonso de Alvarado, con las tropas que pudo reunir, reorganizó el combate cerca del puente y, con gran valor, hizo frente a las picas y ballestas.

Todavía era de noche. En el fragor de la batalla, se mezclaban los gritos de «¡Viva el Rey!» con los de «¡Almagro!» y «¡Pizarro!», nombres que en otra circunstancia podrían haber significado paz, pero que ahora solo intensificaban la desesperación y la furia de los combatientes.

Orgóñez, herido de una pedrada en la boca que le hizo perder varios dientes y escupir sangre a borbotones, no se detuvo. Aún más feroz, alzando su espada, exclamó: «¡Aquí me han de enterrar o he de vencer!». Se lanzó contra los enemigos, ordenando a sus hombres que no mostraran piedad ni perdón. Era, dijo, una vergüenza que los "insolentes" seguidores de los Pizarros aún se resistieran ante soldados tan valientes. Inflamados por estas palabras, sus tropas lucharon con la ferocidad de leones, y pronto sus adversarios no pudieron resistir más.

Al amanecer, Alvarado, al ver el desorden en sus filas y cómo muchos de sus hombres ya estaban mezclados con los de Almagro, se desanimó completamente. Desenredándose de la refriega, logró subir con unos pocos soldados a un cerro, donde se detuvo, dudando sobre qué hacer. Finalmente, decidió reunirse con Garcilaso, que estaba en el vado superior y no había entrado en combate. Sin embargo, el incansable Orgóñez, siempre atento a todo, se lanzó con un grupo de caballos por ese camino, cortándole el paso, desbaratando a sus hombres y haciéndolo prisionero.

Mientras tanto, los campamentos de los vencidos eran tomados sin resistencia por el capitán encargado de ello. Al enterarse de lo sucedido, Garcilaso también se rindió al Adelantado. Así, al salir el sol, el campo pertenecía completamente a Almagro, confirmando sin dudas la victoria.

Esta fue la primera batalla entre esos dos bandos, que luego se enfrentarían con mayor ferocidad. Por fortuna, no se derramó mucha sangre ni entre los vencedores ni entre los vencidos; y después de la acción no hubo ejecuciones funestas, como suelen dictar la inexorable razón de estado o la venganza en estos casos. Almagro, tan humano como generoso, se negó a permitir que se cumpliera la sentencia de muerte que el feroz Orgóñez ya había decretado contra el general prisionero cuando lo llevaban al Cusco. Ordenó que se devolviera a los vencidos lo que les pertenecía, y lo que no se encontrara, que se pagara de su propia hacienda. En todo momento actuó con tal humanidad y cortesía que, en gran medida, ganó la lealtad de muchos. Y aunque algunos lo traicionaron más tarde, ya fuera por flaqueza o por inconstancia, nunca dejaron de respetar la noble y benigna naturaleza de Almagro.

Cuando Diego de Alvarado, ya liberado, llegó a abrazarlo y a felicitarlo por su victoria, le pidió también la suspensión de la terrible orden de Orgóñez. Con una satisfacción y alegría que reflejaban la bondad de su corazón, Almagro respondió: «Eso ya está hecho», dejando claro que no había nacido para aquella crisis terrible a la que lo empujaban la ambición propia y ajena.

En la conferencia que mantuvo con Alonso de Alvarado, su discurso no fue el de un vencedor envanecido y lleno de reproches, sino el de un hombre que justificaba sus acciones y explicaba las razones que lo apoyaban. Aunque expresó con moderación y discreción su molestia por el agravio hecho a sus embajadores, concluyó asegurándole que su trato sería acorde a su rango y que, en cuanto a su futuro, la decisión quedaba en manos de Alvarado. Fuera cual fuera su elección, Almagro siempre lo consideraría un amigo.

A pesar de las palabras de benevolencia y las suaves disposiciones del Adelantado, el fiero y decidido Orgóñez opinaba en el consejo de guerra que se celebró tras la batalla que era necesario cortar de inmediato las cabezas de los dos Pizarros, del general Alvarado y del capitán Gómez de Tordoya, y marchar sin dilación sobre Lima para deshacerse del Gobernador, eliminando así a las principales figuras del bando contrario. Estas decisiones, admitía él, eran ciertamente drásticas, pero las únicas que podían garantizar su seguridad. La experiencia había demostrado mil veces en América que quien se adelantaba y atacaba primero solía salir victorioso; y si ellos no actuaban ahora contra los Pizarros, estos lo harían con Almagro y sus aliados en cuanto tuvieran la oportunidad.

Los prisioneros corrieron un gran peligro: la autoridad de Orgóñez y la energía de su carácter conferían un peso considerable a sus palabras, que además de alentar el orgullo de los capitanes enfurecidos por su victoria, se sustentaban en el odio bien justificado hacia sus rivales. Así, se llegó a un acuerdo alineado con esa opinión rigurosa. Sin embargo, gracias a los ruegos y consideraciones de Diego de Alvarado y otros mediadores, Almagro decidió no poner en práctica la medida, y el ejército se retiró al Cusco quince días después de la batalla sin obtener ningún fruto de su victoria.

Mientras tanto, Hernando Pizarro se quejaba desesperado de la fortuna, considerando que, tras la derrota de su bando, sus puertas a la libertad y a la venganza estaban cerradas por mucho tiempo. Diego de Alvarado intentaba consolarlo y animarlo con su habitual atención cortesana y amable simpatía, que siempre resultaba tan genial en él. Para entretenerse, jugaban a las cartas, una costumbre común en América, más aún en aquel entonces. En diferentes ocasiones, Alvarado llegó a perder hasta ochenta mil pesos, que envió a Hernando Pizarro, quien, a su vez, se los devolvió rogándole que los utilizara. Desde entonces, Alvarado actuó por gratitud, con mucho más empeño que antes, cuando lo hacía solo por compasión y conveniencia. Se convirtió en el principal defensor del prisionero contra las feroces y constantes sugestiones de Orgóñez, y siempre se consideró que, de no haber estado él presente, el Adelantado, a pesar de su carácter blando, podría haber cedido finalmente a los consejos de su general y sacrificado a los prisioneros.

Pero ya es tiempo de volver la mirada hacia el Marqués Gobernador. En verdad, él no había intervenido ni directa ni personalmente en los acontecimientos que hemos narrado; sin embargo, su nombre, su grandeza y su fortuna estaban siempre en el centro de ellos, como el blanco principal hacia el cual se dirigían los esfuerzos de quienes luchaban en Cusco y Abancay.

La primera noticia que tuvo sobre la sorpresa del Cusco y la prisión de sus hermanos fue la que le envió Alonso de Alvarado, como resultado de sus primeras comunicaciones con Almagro, pidiéndole al mismo tiempo instrucciones sobre lo que debía hacer. Las cartas de Alvarado lo encontraron en Guarco, al frente de cuatrocientos españoles que había reunido con refuerzos llegados de diversas partes de las Indias. Esta inesperada novedad lo turbó enormemente, y no pudo disimular su pesadumbre ante quienes lo observaban. Sin embargo, tras recuperar algo de compostura y considerar que no había tenido culpa en el conflicto, expresó: "Siento, como es razón, los trabajos de mis hermanos, pero me duele mucho más que dos tan grandes amigos tengamos que incurrir en guerras civiles, con todo el servicio que debemos a Dios y al Rey, y la miseria y desventura que estas ocasionan."

Después de estas palabras, que parecían tanto un desahogo como un intento de disimulo, y tras informar al ejército sobre lo sucedido, respondió a Alvarado agradeciendo su aviso. Aunque las cosas habían llegado a un estado tan complicado, esperaba que Dios pudiera poner paz entre él y su amigo, y pidió que, mientras se unía a su gente, no se avistara con el Adelantado ni se produjera ningún enfrentamiento.

Luego, convocó a los principales de su campo y, al ponderar el deservicio que al Rey se estaba haciendo con el atropello cometido por su adversario, argumentó que a él, como lugarteniente y gobernador, le correspondía contener y castigar a quienes estaban alterando la paz de la tierra y desasosegando las ciudades. Les pidió su apoyo en esta demanda, prometiendo servirles y aventajarlos, como era su costumbre y ellos ya habían experimentado. Tras este preámbulo artificioso, les pidió que, como caballeros de honor y leales servidores del Rey, le dieran su parecer, aclarando que él estaba dispuesto a seguirlos.

La posición de la mayoría de aquellos militares era, en verdad, bastante delicada: habían sido enviados para defender el país contra el levantamiento de los indígenas, y apenas llegaron se encontraron en medio de una guerra civil, invitados a alzar sus armas contra otros españoles. Ignorantes de los sucesos y de las pasiones que agitaban a los castellanos del Perú, no podían saber con certeza a quién darían la razón. Lo habitual era que vieran las cosas como se las presentaban aquellos con quienes estaban en ese momento: el primer descubridor del país, su principal conquistador, gobernador por el Rey, quien, lejos del lugar donde se habían verificado los acontecimientos, no parecía tener parte alguna en la malicia de ellos. Se encontraban ante un grupo de castellanos sorprendido y sometido por un capitán castellano; dos figuras tan prominentes como los dos Pizarros estaban en prisión; y no había habido mensaje, propuesta ni disculpa por parte de los ejecutores de aquel atentado. Todo esto hacía difícil que no se sintieran inclinados a solidarizarse con el general presente, y era natural que se ofrecieran a servirle.

No obstante, al expresar sus opiniones, tuvieron más en cuenta lo que dictaba la razón que esta inclinación. A todos les pareció que el mejor camino era enviar mensajeros al Adelantado para reducir las cosas a paz y concordia, escribiéndole con toda consideración y cariño. Mientras tanto, decidieron enviar gente y armas a Lima, por si acaso se produjera un enfrentamiento. No faltó quien sugiriera que lo primero que debían hacer era averiguar si el Cusco estaba bajo la gobernación de don Diego de Almagro, ya que, en tal caso, todo lo demás sería innecesario. Este dictamen habría resuelto la dificultad de inmediato, pero también hirió las pasiones, y no se le prestó atención.

El Gobernador, queriendo a la vez mostrar que seguía la opinión ajena y satisfacer la suya, envió delante a Nicolás de Ribera con un mensaje pacífico al Adelantado, pidiéndole que liberara a sus hermanos y que se pusiera fin a las dos gobernaciones sin ofender a nadie. Mientras tanto, él se preparó para seguir su camino por la sierra y reunirse con Alvarado. Pero en ese momento llegó la noticia de la derrota en Abancay, de la prisión de su general y de la disolución total de su ejército. Desconcertado por este suceso tan inesperado, se vio obligado a cambiar de planes y a esperar, del tiempo y del ingenio, lo que no podía lograr con la fuerza. Temía constantemente ver venir el ejército victorioso hacia él, dispuesto a aplastar de un golpe decisivo todas sus esperanzas y designios.

Estos temores daban la razón a la opinión del general Orgóñez, quien había sugerido que desde Abancay se marchara directamente a Lima para atacar a su adversario con rapidez y sorpresa. Así, Pizarro resolvió negociar para reponerse, intentando romper con falsas esperanzas el ímpetu y la fuerza de su oponente, para después combatirlo de igual a igual. Enviando al Cusco una embajada compuesta por los hombres más distinguidos de su campo, se apresuró a regresar a Lima para reclutar gente y formar un ejército igual al de sus enemigos.

El principal negociador de aquella embajada fue el licenciado Gaspar de Espinosa, uno de los más importantes y antiguos pobladores y conquistadores de Tierra Firme, un personaje muy respetado en Panamá y antiguo amigo de los dos gobernadores rivales. Según las noticias adquiridas después, también compartió las ganancias de aquella empresa. Se pensó que su prestigio y la atención que ambos gobernadores le tenían conducirían a un resultado favorable, especialmente porque era conocido que él y los demás comisionados llevaban poderes suficientes para fijar los términos de las dos gobernaciones y, sobre todo, conseguir la libertad de los prisioneros.

Al llegar al Cusco, donde fueron recibidos con amabilidad y honores, comenzaron a ventilar el asunto, intercambiando propuestas que convenían a cada parte. El Adelantado consultaba con los suyos, mientras que los comisionados, con su permiso, hacían lo propio con Hernando Pizarro, quien de inmediato aceptó las primeras propuestas de Almagro, alegando la necesidad de salir pronto de allí y regresar a Castilla para llevar al Rey sus quintos.

Espinosa no se dejó engañar por este aparente celo y súbita conformidad. Le respondió que, si como hombre oprimido se mostraba dispuesto a aceptar cualquier cosa con tal de recuperar su libertad y luego desatar la guerra para vengar sus agravios, sería mejor buscar otros medios de concordia, aunque estos fueran más tardíos. Lo que menos convenía era dar lugar a pasiones tan perjudiciales para todos, y especialmente para los Gobernadores mismos. El prisionero se sintió herido en su dignidad; sin embargo, como era astuto y disimulado cuando le convenía, mostró gratitud hacia la buena voluntad del mediador y, poniendo el asunto en sus manos, aseguró y protestó que por su parte nunca habría alteración en lo que se acordara.

Espinosa fue aún más ingenuo y directo con el Adelantado. Almagro seguía añadiendo propuestas sobre propuestas, conforme se le iban concediendo las que había planteado inicialmente. En ese momento, Espinosa le advirtió sobre lo que diría la opinión pública al ver a dos hombres que habían estado en perfecta conformidad durante tantos años, logrando grandes cosas juntos, convertirse ahora en enemigos, causantes de sediciones y guerras civiles, manchando y oscureciendo con su ciega ambición la honra adquirida por su laudable amistad. «Dejando de lado, añadió, el vituperio que inevitablemente les seguirá, ¿dónde está su juicio al arriesgar de este modo su autoridad y su existencia? ¿Creen que el Rey mirará con indiferencia el peligro y los males que su discordia producirá, y que no tomará las medidas necesarias para evitarlos en cuanto tenga conocimiento de ello? No se engañen; tarde o temprano vendrá quien les ponga en paz y les juzgue, y quizás hasta les castigue. Aun cuando quien venga carezca de la ambición, soberbia y codicia tan comunes en los jueces que son enviados a estas tierras, siempre estarán sujetos a la investigación, persecución y aflicción por parte de hombres de otras profesiones, quienes, según su costumbre, resaltarán sus errores y los desastres públicos para aumentar su prestigio y justificar sus servicios. ¡Dios no quiera que los vea en tan miserable estado, sometidos al albedrío y voluntad ajena, expuestos a sufrir en su autoridad, en su patrimonio y, por desgracia, acaso en su vida, la dura decisión de la justicia, o la ciega y violenta determinación de las pasiones! Reflexionen bien sobre esto. ¿No son acaso suficientemente amplias estas regiones para que extiendan su autoridad y mando en ellas, sin que por unas pocas leguas más o menos vayan ahora a enojar al cielo, ofender al Rey, y llenar el mundo de escándalos y desastres?»

A estas palabras, dignas de mención por ser proferidas por un letrado, el Adelantado se limitó a responder que le habría gustado que Espinosa hubiera expresado las mismas razones a don Francisco Pizarro, cuya gobernación era muy dudosa según los límites establecidos por las provisiones reales, que podrían extenderse hasta Lima, y, cuanto menos, hasta el Cusco, que era el objeto de la presente disputa, y que indudablemente caía en la suya. Estaba dispuesto a perder la vida, si fuera necesario, por ello. «Así que, señor Adelantado, replicó Espinosa, sucederá aquí lo que dice el refrán antiguo castellano: el vencido vencido, y el vencedor perdido.»

Almagro podría haber añadido para justificar su falta de inclinación a llegar a un acuerdo que, aunque el Gobernador había dado a Espinosa y sus compañeros amplios poderes para negociar, un tal Hernán González que venía con ellos traía también instrucciones secretas para revocar cualquier decisión que tomaran. Esta precaución, tan fuera de lugar como incompatible con la honradez y franqueza que deben caracterizar a aquellos que se consideran grandes y valientes, llegó a oídos de los amigos y consejeros de Almagro. No es de extrañar que, al enterarse, esto agriara y alterara todas las disposiciones benévolas que pudiera haber tenido hacia la paz.

La diligencia y el respeto de Espinosa podrían, sin embargo, haber arreglado el asunto de manera que no estallase en un rompimiento. Pero cuando ya se trataba de redactar ciertos artículos en los que ambas partes se habían convenido, Espinosa cayó gravemente enfermo y falleció poco después. Su muerte fue sentida por todos los que deseaban sinceramente la paz, pues depositaban en él sus esperanzas de lograrla; también lo lamentaron quienes lo apreciaban por sus cualidades personales, sin duda estimables. Sin embargo, no así los soldados que habían servido con Balboa: recordaban haberlo visto como un instrumento de la iniquidad de Pedrarias. Veinte años de servicios, fatigas y descubrimientos en Tierra Firme, así como su prudencia y moderación en la conducta, no habían logrado borrar, ni lograrán jamás, la mancha que aquella injusta sentencia había dejado en su nombre.

Con la muerte de Espinosa, el Adelantado despidió a los embajadores, encargándoles que dijeran al Gobernador que, para evitar revueltas y disensiones, lo mejor sería nombrar personas de buena conciencia que, escuchando a peritos, declararan lo que a cada uno correspondía, con la obligación de restituirse recíprocamente lo que cada cual tuviese sin pertenecerle. Además, debían informarle que él se disponía a emprender el camino hacia las provincias del sur con el fin de enviar al Rey el oro de sus quintos, y que de paso intentaría pacificar la tierra.

Movió de inmediato su ejército hacia la costa, llevando consigo prisionero a Hernando Pizarro, y dejando en el Cusco a su hermano Gonzalo y al general Alvarado bajo la custodia de Gabriel de Rojas, quien quedaba como gobernador de la ciudad. Este movimiento ya debía parecer una nueva hostilidad a su adversario, y la arrogancia y soberbia de sus capitanes y soldados lo manifestaban con claridad. Ufanos por la sorpresa del Cusco y la victoria de Abancay, lo menos que decían era que iban a arrojar al Gobernador a los manglares, y que no quedaría en el Perú ni una pizarra en la que tropezar. Con estas fieras esperanzas, descendieron a los llanos, establecieron su campamento en Chincha y trataron de fundar allí una ciudad que asegurase la costa y sirviera de punto de abrigo para recibir refuerzos de hombres y armas, así como los despachos reales y otros suministros que faltaban en las provincias del norte. Este proyecto se puso en marcha de inmediato: se pobló la ciudad, a la que llamaron Almagro, y que, por su ubicación, su nombre y la ocasión, parecía destinada a servir de modelo para Lima, así como de insulto y desdén hacia Pizarro, y de orgullo y riqueza para sus fundadores.

Mientras tanto, Gonzalo Pizarro y Alonso de Alvarado lograron sobornar a sus guardias y escaparse del Cusco, llevándose consigo a unos pocos españoles que decidieron seguirles. Tomaron el camino por las sierras, y, enfrentando peligros y dificultades sumamente arduas, lograron llegar a Lima y abrazar al Gobernador, quien se alegró enormemente por su libertad. Esta noticia, llevada al campamento de Chincha, alteró tanto los ánimos que Almagro, arrepentido de no haber seguido los severos consejos de Orgóñez, comenzó a inclinarse a poner en práctica medidas en contra de Hernando Pizarro. Nunca había estado este capitán en mayor peligro; sin embargo, Diego Alvarado, constante en protegerlo, logró templar la irritación del Adelantado y contradijo las razones que su general siempre daba para despacharle. Más aún, Alvarado lo salvó de las funestas consecuencias a las que su carácter áspero y altivo frecuentemente lo arrastraba. Tal fue la tensión que un día, el alférez general de Almagro, que casualmente discutía con él, incapaz de soportarlo y perdiendo toda consideración y respeto, le puso una daga en el pecho con la intención de apuñalarlo. En ese momento, Alvarado llegó a tiempo para detener el golpe y apaciguar la contienda.

El Gobernador escuchó la propuesta de poner el asunto en tercería, y finalmente ambos contendientes acordaron someter sus diferencias al juicio del padre Francisco Bobadilla, provincial y comendador de la Merced, a quien ambos respetaban como un hombre de letras, probidad y honor. El primero en pensar en él, por desgracia, fue el Adelantado, lo que provocó la oposición de Orgóñez, quien, viendo la situación con claridad, afirmaba abiertamente que el padre Bobadilla era más aficionado a don Francisco Pizarro que a él. Según Orgóñez, este juicio, si se confiaba a alguien, no debía recaer en un hombre exento como aquel religioso, sino en personas que temieran a Dios y a los hombres. Sin embargo, siempre insistiendo en su modo de pensar resuelto y desengañado, añadía que la verdadera seguridad no consistía en frívolas convenciones, sino en prepararse de tal manera que el enemigo no pudiese dañar ni ofender. Almagro, por su parte, respondía que si no se podía esperar justicia de un hombre con las virtudes del padre Bobadilla, no había en el mundo en quien confiar. Pero los acontecimientos demostraron que Orgóñez no se equivocaba, y el buen religioso no correspondió bien a las esperanzas del Adelantado.

Es cierto que al principio mostró una gran imparcialidad, y su primera diligencia fue procurar que los dos competidores se viesen y hablaran en su presencia. Sin duda, esto era un intento de cortar el mal de raíz, si todavía quedaba en ellos algún rastro de la amistad y confianza antiguas, ya que al verse, hablarse y abrazarse, podrían disipar las sospechas y los efectos funestos de los rumores traídos y llevados por terceros. Así, se concertaron estas reuniones en Mala, donde el Provincial había fijado su residencia y establecido su juzgado. Se hicieron todos los juramentos y pleitos homenaje que se consideraron necesarios para la seguridad de ambos, obligándose no solo los Gobernadores, sino también sus respectivos generales, a que las tropas no se moviesen de los puntos que ocupaban mientras durara la conferencia. Rodrigo Orgóñez, que estaba presente, aunque siempre desconfiado, dijo a Almagro, levantando su mano derecha: «Señor Adelantado, no me convencen estas reuniones; ruego a Dios que se lleven a cabo mejor de lo que yo temo.» Su intuición en esa coyuntura era tan certera como en otras ocasiones, y sólo por un milagro el Adelantado se escapó de la trampa que le habían tendido.

El primero en presentarse en Mala fue Pizarro, seguido, según el acuerdo, de solo doce caballeros que eran sus principales amigos y confidentes. Poco después llegó el Adelantado, acompañado de otros tantos nobles. Al enterarse de su llegada, el padre Bobadilla, el Gobernador y los demás capitanes se colocaron a esperarle a la puerta de la casa. Pizarro se apeó y se dirigió al Gobernador con el sombrero en la mano, haciéndole una reverencia, a la cual Pizarro correspondió tocándose la celada que llevaba puesta y saludándole fríamente. En otros tiempos, se abrazaban al verse y lloraban, ya fuera de alegría o de sentimiento; pero la amistad siempre se reflejaba en sus agasajos o en sus quejas. En esta ocasión, sin embargo, la falsedad, el resentimiento y la desconfianza habían endurecido sus corazones, y nada de lo que pudieran decir los satisfaría ni apaciguaría sus ánimos.

Con algo más de atención, Pizarro recibió a los caballeros que le acompañaban, y al ver que no llevaban armas, les comentó que iban de paz, a lo que ellos respondieron cortésmente que era para servirle. El Provincial pidió a los Gobernadores que subieran a su casa, lo cual hicieron; y, al encontrarse algo apartados uno de otro, el primero en hablar fue Pizarro, quien preguntó al Adelantado por qué razón le había tomado la ciudad del Cusco, que él había ganado y descubierto con tanto esfuerzo; por qué le había llevado su india y sus yanaconas; y, en fin, por qué, no contento con estas tropelías, le había hecho la gran injuria de apresar a sus hermanos.

—«Mirad lo que decís —contestó el Adelantado—. En eso de afirmar que ganasteis el Cusco por vuestra persona, bien sabéis quién la ganó. Yo he ocupado el Cusco porque era ciudad de mi gobernación según las reales provisiones expedidas en mi favor. Mi intención era entrar con ellas sobre mi cabeza, y no por armas; vuestros hermanos me la defendieron, y ellos me dieron justicia para prenderlos.

—Si mis hermanos, interrumpió el Gobernador, siendo jóvenes, os la defendieron, mejor os la defenderé yo.

—Por estas razones —continuó Almagro— he entrado en el Cusco y me hice recibir como gobernador.

—No eran esas razones suficientes para justificar el desacato de apresarlos, ni para romper a Alonso de Alvarado en Abancay. Así que volved al Cusco y dad libertad a mi hermano; de lo contrario, debéis considerar que se va a producir un gran daño.

—El Cusco está bajo mi gobernación, y no lo devolveré aunque el Rey me lo mande. En cuanto a la libertad de vuestro hermano, aquí hay letrados que podrán determinar lo que sea justo, y yo lo soltaré si así lo declaran, siempre que se presente ante el Rey con el proceso.

—Estoy de acuerdo con eso —respondió Pizarro.

Así estaban en pleno altercado cuando los amigos de Almagro se enteraron de que Gonzalo Pizarro se había acercado con tropas a Mala, y se decía que tenía dispuesta una emboscada de arcabuceros en un cañaveral, aguardando la señal de las trompetas para llevar a cabo su mal hecho. En un momento, arrimaron un caballo a la casa, y Juan de Guzmán, uno de los capitanes, entró en la sala y le avisó como pudo de la situación; Almagro, sin detenerse, bajó, montó a caballo, y con él sus amigos, desapareciendo a todo galope. El Gobernador envió tras de él a Francisco de Godoy para averiguar la causa de aquella improvisa retirada y para invitarle a que viniese a Mala al día siguiente para terminar su conferencia. Pero el juego estaba descubierto, y el Adelantado, comprendiendo por las razones de Francisco de Godoy la mala fe de su adversario, le contestó secamente que para presentar las escrituras y oír la determinación bastaban los procuradores, y que no era necesaria su presencia.

A este desabrimiento le siguió el fallo del juez compromisario, que enconó aún más la situación. El Provincial, tras examinar las escrituras y escuchar a los peritos que las dos partes presentaron, pronunció su sentencia de tal manera que parecía dictada por el mismo Pizarro. Dejó para el resultado de observaciones más precisas la división de las distancias y los términos de cada gobernación, y ordenó a don Diego de Almagro que devolviera la ciudad del Cusco a don Francisco Pizarro, quien la poseía pacíficamente cuando él la tomó por la fuerza de las armas y en manifiesta contravención de la voluntad del Rey, sin ser juez ni gobernador en ese lugar. Además, se le ordenó entregar el oro y la plata pertenecientes a los quintos del Rey y que, dentro de seis días, liberara a los prisioneros junto con sus causas, para que, una vez vistas por él, hiciera justicia y enviara el oro y la plata a la corte. Este fue el artículo principal, o más bien esencial, de aquel fallo, que, una vez publicado y comunicado a las partes, fue alabado y aceptado por el Gobernador. Por el contrario, el procurador del Adelantado interpuso apelación para el Rey y su Consejo de Indias, a lo que el juez respondió, como era de esperar, que de su sentencia no había apelación, ya que era de consenso entre ambas partes interesadas.

Sin embargo, cuando la noticia de aquella decisión tan parcial llegó al ejército, fue evidente cómo se manifestaban las pasiones de los soldados, que de pronto se sentían despojados de lo que habían adquirido con tanto esfuerzo, trabajos y peligros. La nueva les turbó, y la melancolía y el silencio reflejaban su amargura y desaliento. Pero pronto recordaron que tenían en sus manos las mismas armas con las que habían conseguido esas riquezas, y entonces, furiosos, afirmaron que no debían tolerar una injusticia tan flagrante como la que había cometido aquel religioso. Volviendo su ira contra su general, clamaban en voz alta y en corrillos contra su ignorancia, su vejez y su flojedad. “Por culpa de ello —decían—, los Pizarros triunfarán y ocuparán las ricas provincias del Perú, mientras nosotros tendremos que conformarnos con los charcas y collas, que ni siquiera tienen suficiente valor para ser quemados. ¿No habría sido mejor, si íbamos a perder el Cusco, cruzar el río Maula y entrar en las provincias del estrecho de Magallanes? Al menos allí nadie nos disputaría nada.”

El alboroto y la agitación eran tales que el Adelantado, aunque lo intentara, no podía apaciguar a los hombres. Era preciso tranquilizarle primero a él, que, confundido e irritado por aquel desengaño, estaba fuera de sí y prorrumpía en expresiones que menoscababan su carácter y afectaban su dignidad. “¿Acaso se ignora en alguna parte lo que yo he hecho para descubrir este Nuevo Mundo, y los trabajos, fatigas y gastos que llevo soportando durante treinta años en servicio del Rey y en esta empresa? Me llaman despectivamente tuerto y viejo; deben saber que, si este viejo, este tuerto, no se hubiera arriesgado a ello con la eficacia y tesón de los que todo el mundo es testigo, Pizarro habría dejado esta empresa y regresado sin ningún fruto a Tierra-Firme; y ahora un fraile cauteloso y engañoso ha venido a engañarme con sus artimañas, para dejar en sus manos un juicio que solo competía a letrados y juristas, y que ha corrompido con tan inicua sentencia.”

La ira y exaltación del Adelantado no eran de extrañar. Bobadilla había declarado espontáneamente que, si él fuera juez de aquellas diferencias, dividiría los límites de las gobernaciones de tal manera que la de Almagro comenzara en la nueva ciudad de su nombre, incluyendo la mitad de la tierra que había entre esta y Lima. Juraba el fraile hacerlo por el hábito que llevaba, y el buen Almagro, creyéndole, quiso que él fuera el único en decidir el asunto. Es probable que Pizarro lo hubiera adiestrado para este caso, y el Adelantado cayó simplemente en la trampa que su rival le había tendido.

Orgóñez, al ver a su gobernador tan afligido, trató de consolarlo a su manera, diciéndole que no debía preocuparse por lo sucedido, ya que él mismo había sido culpable por no haber creído en sus advertencias. El último recurso en este asunto, según Orgóñez, era decapitar a Hernando Pizarro, retirarse al Cusco y fortificarse allí: “Así nuestro enemigo conocerá que no queremos paz ni concordia alguna con él. Puede seguirnos con su ejército, pero por poderoso que sea, los caminos no son tan fáciles ni tan seguros como para que no podamos desbaratarle en cualquier punto.”

A Almagro le repugnaba esa solución desesperada y no estaba de acuerdo con el derramamiento de sangre. Le respondió a su general que verificara si Bobadilla quería aceptar la apelación, para evitar, en la medida de lo posible, guerras y alborotos.

Mientras tanto, lo que más corría peligro era la vida de Hernando Pizarro, continuamente amenazada por la furia de los soldados y la posible ira de Almagro. Su hermano lo observaba con preocupación; así que, prescindiendo ya de la declaración de Bobadilla, propuso que se consideraran otros medios de concordia y se liberara al prisionero. Deseaba lograrlo a toda costa, con un fervor aún mayor, pues en su corazón tenía decidido no cumplir nada de lo que se acordara a cambio de ello. Y aunque el Adelantado, a pesar de su pronta ira y tenacidad en su ambición, procedía de buena fe y aborrecía todo acto violento, finalmente accedió a la negociación que se reabrió, la cual no estuvo exenta de altercados y dificultades que serían prolijas de relatar. Sin embargo, todo concluyó en unos capítulos de concordia que estipulaban que el Cusco quedaba bajo el poder de Almagro interinamente, hasta que el Rey dispusiera lo contrario, y que Hernando Pizarro sería liberado, previa la formalidad de un pleito homenaje en el que se comprometía a regresar a Castilla en cumplimiento de los encargos que traía de allí.

Orgóñez no fue convocado a las deliberaciones sobre este asunto, pero sí fue llamado cuando, en virtud de los artículos acordados, se trató de llevar a cabo la liberación de Hernando Pizarro. El Adelantado se disculpó por el recato que había tenido con él, justificando su decisión con su deseo de paz. Sin embargo, aquel hombre, tan ingenuo como leal, no pudo evitar expresar que quien no había cumplido su palabra en Castilla tampoco lo haría en las Indias; que donde no había confianza no podía haber amistad, y que ambas, basadas en la verdad y la virtud, no podían coexistir con el fraude y la malicia. Afirmó que no eran necesarias las armas, pero ya le decía que era conveniente tenerlas preparadas para el futuro, ya que siempre habría excusas para que los pérfidos incumplieran sus promesas. Haciendo un gesto enérgico con las manos como si se cortara la cabeza, exclamó: “¡Orgóñez! Orgóñez, por la amistad de don Diego de Almagro le han de cortar esta.” Otro soldado valiente dijo a voz en cuello: “Señor Adelantado, hasta ahora no he traído pica, pero de aquí en adelante la llevaré de dos hierros.” Todo el campo, alborotado al saber lo que se trataba y convencido del carácter pérfido, implacable y vengativo de Hernando Pizarro, manifestaba los mismos recelos que Orgóñez. Con cédulas, motes y escritos anónimos se daba a entender que, si se deseaba paz, no convenía descuidarse.

Pero la suerte estaba echada; Almagro estaba decidido y todos en expectación. Él mismo se dirigió al lugar donde se custodiaba al prisionero, ordenando al alcaide que lo sacase. Los dos se abrazaron. El Adelantado le dijo que olvidara las cosas del pasado y que a partir de ese momento hubiera paz y tranquilidad entre todos. Hernando Pizarro respondió que no deseaba nada más y que, por su parte, no faltaría a ello. Luego realizó el juramento y pleito homenaje acordado en las capitulaciones. Almagro lo llevó a su casa y lo obsequió espléndidamente. Allí lo visitaron y hablaron los capitanes y caballeros del ejército, y al salir, todos lo despidieron, acompañándolo durante media legua. Junto a don Diego, hijo del Adelantado, los dos Alvarados y otros caballeros, finalmente llegó al campo de su hermano. Este los recibió con demostraciones de alegría y agasajo propias de la ocasión, les hizo regalos, les dio dádivas y joyas, especialmente a don Diego, y los despidió con agrado y cortesía.

De regreso al campo, aunque la mayor parte del ejército sospechaba que la paz no duraría mucho, Almagro seguía confiado, especialmente al saber el buen recibimiento que Pizarro había brindado a su hijo. Con estos pensamientos alentadores, se trasladó al valle de Zangalla, donde movió el pueblo que había comenzado a fundar en Chincha, dedicándose a enviar los quintos del Rey a Castilla.

Las disposiciones del campo contrario eran, sin embargo, muy diferentes. Cuando los dos hermanos pudieron hablar a solas, Hernando pidió al Gobernador que se vengara de las injurias sufridas por ambos en la Loma del Cusco: el despojo de sus bienes, la larga prisión y las demás violencias de Almagro. Le decía que no era digno de su honor dejar tales agravios sin castigo y que, por ello, debían seguir y capturar al Adelantado. El Gobernador coincidía en el fundamento de su enojo y en la justicia de la venganza, pero dudaba en tomar la iniciativa. “Temo —decía— la ira del Rey.” “¿Y él no la temía cuando se atrevió a entrar por la fuerza en el Cusco y a encarcelarme?”

No era, pues, posible contener el deseo de sangre y venganza que ardía en el corazón de Hernando, aun cuando las intenciones del Gobernador fueran más propicias; lo cual no era el caso, considerando el encadenamiento de fraudes y artificios con los que había conducido la negociación hasta llevar las cosas a este punto. Juntó a sus capitanes y, en su presencia, pronunció un auto en el que, calificando de delitos todas las acciones del Adelantado desde su regreso de Chile, se constituía como vengador y castigador de esos males. Mandó que su hermano Hernando Pizarro no saliera del reino hasta que se pacificara la situación, pues su presencia era necesaria allí, pudiendo enviarse los quintos al Rey con otro sujeto de confianza. Hernando se opuso a esta parte del auto, alegando el encargo especial que había traído de la corte. Para completar esta farsa indecorosa, que a nadie podía engañar, hizo repetir el mandato dos o tres veces, incluso amenazando con castigo si no lo obedecía.

Se realizó entonces al Adelantado la intimación de estilo, para que, en cumplimiento de una provisión real que había llegado unos días antes sobre los límites de las dos gobernaciones, abandonara lo poblado y conquistado por el Gobernador; y en caso de no hacerlo, asumiera los daños y males que se derivaran de su resistencia. Aunque turbado por un golpe tan imprevisto, respondió que, en cumplimiento de aquel despacho real, no saldría del lugar donde se le notificaba; que hiciera lo mismo el Gobernador, y que, si actuaba de otra manera, los daños correrían de su parte. Esta diligencia era, en realidad, la declaración de guerra, y ambos bandos se prepararon para enfrentarse con toda la animosidad de sus recíprocos agravios y sus pasiones exaltadas.

Las fuerzas ya no eran iguales, ni la confianza era la misma. Los Pizarros contaban con el doble de hombres que Almagro, bien pertrechados y dirigidos por capitanes experimentados, todos leales a la causa que defendían: algunos por considerarla más legítima y otros seducidos por las magníficas promesas del Gobernador. Este, más firme y recio a medida que avanzaban los años, redoblaba sus esfuerzos y su tenacidad para reivindicar su autoridad desairada, de la cual se volvía cada vez más celoso. Almagro, en cambio, debilitado por la edad y por los achaques que ya empezaba a padecer, poseía un carácter infinitamente menos firme, aunque más noble. Cansado de negociar inútilmente y agotado por el tiempo, no podía transmitir a su gente la confianza y el ánimo que él mismo no poseía.

Orgóñez tenía las cualidades de alma que faltaban a su jefe, y las poseía en alto grado; sin embargo, carecía de la autoridad y del influjo propios de un líder principal, el centro de las operaciones e intereses de todos. Por una fatalidad singular, sus dictámenes, que eran los más sensatos, eran siempre combatidos por Diego de Alvarado, quien, más blando y comedido, resultaba más aceptable para Almagro y lograba que sus propuestas prevalecieran. Los demás capitanes, sin duda valientes y bizarros, tenían menos subordinación y menos unidad de intereses y objetivos que los del Marqués. En fin, los soldados, inferiores en número, estaban intimidados por el poder superior de sus enemigos; algunos, además, habían sido persuadidos por los artificios del adversario para que abandonaran sus banderas cuando llegara la ocasión, lo que los convertía en un cuerpo menos dispuesto a actuar en igualdad con el ejército contrario.

Así no es de extrañar que todas las operaciones de las tropas de Almagro, desde que estalló nuevamente la guerra hasta su conclusión con la batalla de las Salinas, se convirtieran en una serie ininterrumpida de errores y desastres. Perdieron las alturas de la sierra de Huaytará, donde, con muy pocas fuerzas, lograron deshacer a sus contrarios, pero finalmente se dejaron sorprender por ellos. También perdieron la oportunidad de desbaratarlos cuando los Pizarros, empeñados en el paso de la sierra, se encontraron atacados por el intenso y cruel frío que allí reina. Transidos y aturdidos, luchando contra vértigos y náuseas mortales, presentaron una fácil victoria a sus poco avisados enemigos.

No se atrevieron a seguir el consejo de Ordóñez, quien, al ver a los Pizarros determinados a continuar su camino hacia el Cusco, propuso que atacaran de manera impetuosa Lima, que entonces estaba desamparada de fuerzas. La idea era reponerse allí de sus tropas, escribir a España sobre el verdadero estado de las cosas y equilibrar la reputación ocupando la nueva capital del imperio, ya que el enemigo se había apoderado de la antigua. Este planteamiento, en el que Orgóñez demostraba su pericia y valentía militar, podría haber sido el único camino de salvación que les quedaba. Sin embargo, aunque algunos capitanes apoyaron su propuesta, fue contradicha por otros que, aparentando no querer perder el fruto de sus esfuerzos en la posesión del Cusco, en realidad no querían abandonar a sus contrarios las riquezas que allí poseían, ni alejarse de las delicias y regalos que disfrutaban.

Así, siguieron el mal consejo de los últimos, y no cortaron los puentes de los ríos que sus contrarios encontrarían en su marcha, ni los molestaron en ninguno de los pasos difíciles del camino. Al final, al regresar al Cusco, en vez de atrincherarse y fortificarse allí para defenderse los pocos contra los muchos, confiados en su valor o, más bien, arrastrados por su mala fortuna, presentaron la batalla en campo abierto a sus enemigos, que, aunque eran inferiores en caballería, les superaban en arcabucería y orden militar.

Pizarro, luego de que sus hombres arrojaron a los contrarios de las alturas de Huaytará, llevó a sus tropas al valle de Ica para que se recuperaran de las fatigas y trabajos pasados en la sierra. Allí decidió entregar el mando del ejército a sus hermanos para que persiguieran a Almagro, quien ya había tomado el camino de regreso al Cusco. Hernando sería el superintendente, gobernador y cabeza de la expedición, mientras que Gonzalo ostentaría el título de capitán general. El Gobernador los recomendó a los capitanes y soldados, excusándose de no liderarlos debido a sus enfermedades y su vejez. Animó a todos con la esperanza de una victoria segura sobre sus contrarios, ya vencidos y fugitivos; la cual no sería una batalla, sino un justo castigo para aquellos que se oponían a su rey. Todos respondieron con entusiasmo que estaban listos, y con esa disposición alegre se dio la señal de marcha, tomando el ejército el camino hacia el Cusco, mientras el Gobernador se dirigía a Lima.

No faltó quien, incluso ante el extremo al que ya habían llegado las cosas y entre gente tan aparentemente olvidada de todas sus obligaciones, tuviera la osadía de representar a los dos hermanos que ya era suficiente con la sangre española derramada en el levantamiento del país y en la prosecución de tantos desvaríos. Les instó a recordar lo que debían a Dios, al Rey y a la patria, y a suspender los preparativos de guerra, ofreciéndose a resolver todo por medios pacíficos. Sin embargo, ya era tarde para que este último y generoso esfuerzo por la humanidad y la razón fuera escuchado por aquellos hombres soberbios y vengativos.

Hernando Pizarro respondió que don Diego de Almagro había sido el que rompió la guerra; él estaba tranquilo y seguro en el Cusco, sin tener pensamientos de enemistad con nadie, cuando el Adelantado, con las banderas al viento y al son de los tambores, se había declarado enemigo de los Pizarros. Era necesario que entendiera a qué hombres había ofendido; así, no había que pensar en más que en ir a buscar al enemigo y dejar que las armas decidieran cuál debía prevalecer.

El Gobernador, aunque con menos violencia, resistía con igual firmeza las sugerencias de paz. Quien se atrevió a afirmar que su jurisdicción llegaba hasta el estrecho de Magallanes ya devoraba en su deseo la inmensidad de su mando, anhelando el momento de arruinar sin remedio a su adversario para verse como el único y exclusivo gobernador de aquellas vastas regiones. Los temores que pudiera causarle el desagrado de la corte le parecían inciertos y lejanos, y los seiscientos mil pesos de oro que había reunido para enviar al Rey le parecían suficiente justificación o excusa para cualquier atentado. Por tanto, no había respeto que lo frenara ni consideración que lo moviera, siendo su ambición hidrópica aún más insaciable que la venganza de su hermano.

A esta disposición tan enconada en los jefes se sumaba la que animaba a oficiales y soldados: unos deseaban lavar la afrenta recibida en Abancay, mientras que otros anhelaban apoderarse de las riquezas y disfrutar de las delicias que los de Almagro prometían a quienes se atrevían a participar en esa contienda. Así, se cerró el paso a todo buen consejo, y ambos bandos se despeñaron en los horrores de la guerra civil.

Se decidió la batalla en el campo de las Salinas, a media legua del Cusco, donde se encontraron los dos bandos el 26 de abril de 1538. Estas batallas en América, que en Europa apenas serían consideradas escaramuzas, llevaban consigo el interés de los grandes resultados que podían generar y el espectáculo de las pasiones, que a menudo se manifestaban con más energía que en nuestras astutas maniobras y grandes operaciones. Se celebró misa muy de mañana en el campo de los Pizarros, como si con esta muestra de devoción legitimaran y santificaran su causa.

A continuación, Hernando, armado de pies a cabeza, con una rica sobrevesta de damasco naranjado y un alto penacho blanco en la cimera de su yelmo, que le permitía ser distinguido por amigos y enemigos desde lejos, sacó a su gente al combate. Tras atravesar un río y una ciénaga que había frente a ellos, se dirigió a encontrar al ejército contrario. Las fuerzas no eran iguales: a pesar de que los de Almagro prevalecían en caballería y en indios auxiliares, los españoles en el campo de los Pizarros eran el doble en número, y una nueva manga de arcabuceros que acababa de llegar de Europa les daba gran ventaja en este aspecto esencial, lo que decidió la fortuna del día.

Una vez superados los obstáculos del terreno, y estando al alcance de sus armas aquellos diestros tiradores, animados por Hernando Pizarro, quien les gritaba: «¡A las astas arboladas!», lograron poner fuera de combate a más de cincuenta de los caballeros contrarios. Sin embargo, el terreno no favorecía la arremetida y la impetuosidad de los caballos, que era la ventaja que podían tener los de Almagro. Orgóñez, temeroso de ser envuelto por la superioridad de su adversario, había elegido una posición más adecuada para resistir que para atacar. En esto quizás cometió un error, proporcionando al temor y a la fuga la oportunidad que había quitado a la audacia.

Su gente, hostigada por aquel fuego certero y sostenido, empezó a flaquear pronto: algunos dejaron la formación para guarecerse tras unos paredones arruinados que había en el campo, otros huían hacia la ciudad, y algunos, sin siquiera sacar la espada, se pasaron vilmente al campo contrario, siguiendo el ejemplo de Pedro Hurtado, alférez general de Almagro. Así, perdido el orden de batalla, comenzaron a mezclarse unos con otros, destacándose solo el esfuerzo personal de los hombres más valientes.

Pedro de Lerma, al reconocer a Hernando Pizarro desde lejos, se lanzó hacia él, gritándole traidor y perjuro, y lo atacó con tal fuerza que hizo arrodillar su caballo. Allí lo habría matado si no hubiera estado tan bien armado. Otros hacían lo mismo con los contrarios que se les presentaban. Orgóñez, que no había olvidado ninguno de los deberes y atenciones de un general, hizo todo lo que se podía esperar de su arrojo y resolución. Atravesó con su lanza a dos soldados enemigos, y al oír a otro gritar victoria, se enfrentó a él y le dio una estocada en el pecho.

Al ver que algunos de sus hombres se retiraban de la batalla, se lanzó hacia ellos a caballo para intentar hacerlos volver. Sin embargo, fue herido en la frente por un arcabuzazo, su caballo murió y cayó debajo de él. Aun así, logró desembarazarse y defenderse peleando de la multitud de enemigos que lo rodeaban y le instaban a rendirse. Preguntó si había algún caballero a quien pudiera entregarse.

Un criado de Hernando Pizarro, llamado Fuentes, respondió que sí y que se entregara a él. Así lo hizo, y una vez que entregó la espada y fue apresado por todos, Fuentes se lanzó sobre él y lo degolló con una daga. Así murió este hombre, digno por su valor y su marcial franqueza de una mejor guerra y de mejor fortuna. Lo mataron, de hecho, bajo la seguridad de haberse rendido, lo que hace más vil y despreciable la acción de su asesino. Sin embargo, al reflexionar con equidad, no tuvo peor suerte que la que él mismo habría destinado a sus vencedores si hubiesen caído en sus manos. Era natural de Oropesa, había servido en las guerras de Italia y había sido alférez durante el saqueo de Roma. Poco antes de su muerte, el Rey le había otorgado el título de mariscal de la Nueva Toledo.

En ese momento, los capitanes Salinas, Lerma, Guevara y otros ya habían caído, algunos heridos gravemente y otros muertos; y la gente de Almagro, debilitada y desalentada por tales desastres, se desmoronó por completo con la captura y muerte de su general. Se declaró la victoria a favor de los Pizarros; el campo quedó bajo su control y la ciudad fue ocupada de inmediato por el vencedor. Lleno de ira y soberbia, y respirando venganza, no había esperanzas de que él mostrara generosidad o clemencia. Mientras colocaban la cabeza de Orgóñez en un garfio en la plaza, apresaban a todos los capitanes y caballeros distinguidos del bando contrario. Los soldados saqueaban las casas, y algunos se desahogaban a sangre fría en los infelices prisioneros, que no podían defenderse. Así mataron traidoramente al capitán Rui Díaz, quien fue llevado a las ancas de su caballo por un amigo; así también pereció Pedro de Lerma, quien, cubierto de heridas y casi exánime, fue sacado del campo por otro amigo y llevado a su casa, donde no pudo ser defendido de un bárbaro alevoso que le asestó estocadas en la cama donde yacía moribundo.

El disgusto y horror de estos escandalosos desastres se incrementaban por la licencia y el regocijo que mostraban los indios. Se les vio acudir de todos los alrededores y acomodarse en los cerros circunvecinos para disfrutar del espectáculo sangriento que sus opresores les ofrecían; se oyeron sus alaridos de sorpresa y alegría al comenzar la batalla; y luego, cuando terminó el combate, el campo quedó abandonado y solo, bajaron como aves carroñeras a despojar a los muertos, a rematar a los heridos, y, creciendo su insolencia con la impunidad, entraron y robaron el real de los vencedores.

¿Y qué era del desafortunado Adelantado en medio de todo esto? El día anterior a la batalla, como si presintiera su dura suerte, tras la revista de su tropa, a la que asistió en andas, ya que no podía estar de pie, propuso a su general buscar medios de paz y evitar el derramamiento de sangre. Esta sugerencia fue rechazada con ferocidad por Orgóñez. Sin embargo, antes de la pelea, el Adelantado animó noblemente a sus soldados y entregó el estandarte real a Gómez de Alvarado, recordándole su amistad y obligaciones. Luego, incapaz de asistir al combate por su indisposición y debilidad, se retiró a observarlo desde un recuesto, donde vio con la angustia y el sufrimiento que uno puede imaginar a sus amigos rotos y vencidos, mientras él mismo se encontraba despojado de la fortuna y a merced de un enemigo implacable e irritado.

Se retiró huyendo hacia la fortaleza del Cusco, adonde, tras la batalla, lo buscó Alonso de Alvarado, quien lo llevó de vuelta a la ciudad para encerrarlo junto a los dos hermanos Pizarro, bajo las mismas condiciones que ellos habían sufrido. Allí, un capitán, al verlo por primera vez y al considerar su aspecto desolador y desagradable, levantó su arcabuz con la intención de matarlo, exclamando: "Mirad por quién han muerto tantos caballeros". Esta indignación de los soldados llevaba consigo una especie de generosidad, porque, de cuántas penas, congojas y humillaciones lo habría liberado aquel disparo si Alonso de Alvarado no lo hubiese detenido.

Al principio, Hernando Pizarro lo visitó a instancias del Adelantado, lo consoló, le dio esperanzas de vida y le aseguró que esperaba a su hermano, y que ambos se conformarían. Si la espera se prolongaba, habría tiempo para que se fuera a donde quisiera. Le enviaba regalos a la prisión y le aconsejaba que mantuviera el ánimo alegre; en una ocasión, le preguntó de qué manera preferiría ver a su hermano, si en silla o en andas. El prisionero, agradecido, respondió que en silla, y con estas palabras alentadoras esperaba día a día verse en disposición de tratar sus asuntos con su antiguo amigo y compañero.

Sin embargo, mientras tanto, se le estaba formando un proceso capital. Se admitieron todas las delaciones y acusaciones que pudieran agravar su situación, y fueron tantos los que acudieron a declarar en contra de él en favor de su perseguidor, que los secretarios no daban abasto para escribir, y el proceso llegó a tener más de dos mil fojas. Así, entregado a las pesquisas y cavilaciones judiciales, que son una degradación aún peor que el suplicio, el miserable prisionero se encontraba al borde del sepulcro, sin conocer el daño ni el peligro que corría. Ya habían pasado dos meses y medio desde el día de la batalla, cuando el vencedor decidió que era tiempo de concluir aquella comedia tan grosera como cruel. Cerró el proceso, lo condenó a muerte y mandó que se le comunicara la sentencia.

La tribulación y la angustia que sintió el triste Almagro ante aquella terrible noticia fueron proporcionales a la seguridad y confianza que lo habían acompañado hasta entonces. Ese hombre, que había enfrentado con tanta intrepidez la muerte en el mar, en los ríos, en los desiertos y en las batallas, no tuvo ánimo para considerarla en manos de un verdugo. Se podría atribuir su estado a la edad, a los achaques, al abatimiento que generan los infortunios, o al desaliento y la soledad de una prisión prolongada y rigurosa. Sin embargo, resulta difícil no contemplar con más indignación que lástima a aquel miserable anciano postrado ante su inexorable enemigo, suplicándole por amor de Dios que no lo matase, que considerara que no había derramado la sangre de parientes ni amigos, a pesar de haberlos tenido en su poder. Le recordó cómo había sido una de las principales razones para que su hermano, Francisco Pizarro, alcanzara la cumbre de honra y riqueza que disfrutaba. Le rogó que tuviera en cuenta su debilidad, su vejez y sus achaques, y que le permitiera vivir en la cárcel el poco tiempo que le quedaba para llorar sus pecados. El lastimero tono con que decía estas cosas podría haber ablandado hasta las piedras, pero no el corazón de bronce del verdugo, quien, con una dureza digna de sus malas entrañas, le respondió que se maravillaba de que un hombre de tal ánimo temiera tanto la muerte, que no era ni el primero ni el último en acabar así; y, suponiendo que se consideraba caballero e ilustre, debería aceptar su destino con entereza y preparar su alma, pues era algo irreversible.

Sin embargo, aquel que había mostrado tal pusilanimidad al suplicar por su vida, cuando comprendió la inutilidad de sus ruegos y se dio cuenta de que era forzoso morir, se dispuso a aceptar su destino con decoro y gravedad, actitudes más propias de su carácter que de su anterior debilidad. Ordenó su alma y dispuso su testamento, nombrando como herederos al Rey y a su hijo, declarando que tenía una considerable suma de dinero en la compañía de don Francisco Pizarro. Pidió al Rey que favoreciera a su hijo y, en virtud de la autoridad real que poseía, nombró a su fiel amigo Diego de Alvarado como gobernador de Nueva Toledo, designando a este último como administrador del encargo hasta que su hijo alcanzara la mayoría de edad, y Diego se encargó de realizar todas las gestiones que correspondían a su lealtad y cariño.

Una vez que el desdichado cumplió con estos tristes y solemnes deberes, se volvió hacia el capitán Alonso de Toro, quien sin duda era uno de los más encarnizados en su contra, y le dijo: "Ahora, Toro, os veréis harto de mis carnes." La ejecución de la muerte se llevó a cabo en la prisión, donde recibió garrote, y luego fue llevado a la plaza, donde públicamente le cortaron la cabeza. Posteriormente, su cuerpo fue llevado a casa de un amigo, el capitán Hernán Ponce de León, donde estuvo presente, y luego le enterraron en la iglesia, acompañado por Hernando Pizarro y todos los capitanes y caballeros del Cusco.

Era manchego, hijo de padres humildes y desconocidos, y tenía sesenta y tres años cuando fue asesinado. Viajó a las Indias con Pedrarias Dávila, y en el Darién se hizo amigo y socio de Francisco Pizarro, viviendo siempre en comunidad de granjerías e intereses, posiblemente porque compartían hábitos y caracteres. Su persona y sus costumbres reflejaron la serie de sucesos que se han narrado. Tanto indios como españoles lo lloraron con fervor: los primeros afirmaban que nunca recibieron de él mal trato ni pesadumbre, mientras que los segundos lamentaban la pérdida de un caudillo generoso, a quien seguían y servían más por inclinación que por interés. Algunos de ellos llamaron a su matador tirano y lo amenazaron con venganza. Incluso los del bando contrario consideraron aquella ejecución no solo rigurosa, sino también injusta, viéndola como un acto cruel y desagradecido. En ese momento, se olvidaron de su trato poco digno, su vanidad pueril, su inconsideración y su imprudencia, y solo recordaron su amable dulzura, generosidad incansable, clemencia fácil y afectuoso corazón hacia sus capitanes y soldados. Aunque simpatizamos fácilmente con el dolor y sentimiento de aquella agradecida muchedumbre, debemos reconocer que la compasión hacia su infortunio no debe cegar nuestra razón y equidad. Llorando por su trágica muerte, debemos admitir que, sin duda, él fue el agresor en aquella guerra civil. Aun si el Cusco hubiera caído dentro de su ámbito de gobernación, lo cual estaba muy lejos de ser cierto, no debió escandalizarse al tomarse la justicia por su propia mano y con las armas. Imprudentemente, puso este debate en manos de la fuerza, porque en ese momento era más fuerte; pero también fue débil, y finalmente la fuerza lo arrolló.

La odiosidad por esta ejecución recayó inicialmente sobre Hernando Pizarro, quien fue el instrumento inmediato y visible del acto; sin embargo, después se dirigió con más saña hacia el Gobernador, como principal autor de aquel desastre que ocurrió en su nombre y bajo su autoridad, sin que él hiciera el menor esfuerzo para impedirlo durante todo el tiempo que duró el proceso. Una vez que recibió la noticia de la victoria de las Salinas, decidió marcharse hacia el Cusco para disfrutar de su triunfo y mostrar su poder. Al salir de Lima, prometió a quienes le aconsejaron moderación y clemencia que no se preocuparan, asegurando que Almagro viviría y que él volvería a la antigua amistad con él. Hizo la misma promesa al joven don Diego, quien humildemente le pidió la vida de su padre cuando los capitanes que lo llevaban a prisión se presentaron en Jauja. A las amables palabras con las que le hizo esta promesa, añadió otras de consuelo, dando instrucciones para que se le proveyera de todo lo necesario y se le tratara en su casa con el mismo respeto y regalo que a su hijo don Gonzalo. Eran buenas y loables intenciones, si tan solo el efecto y la verdad hubieran correspondido a ellas, y si, en medio de todo, no se hubiera continuado el proceso con las funestas consecuencias que ya hemos relatado.

Detuvo su marcha en Jauja el tiempo que consideró necesario para deshacerse de su competidor, y la noticia de su muerte lo sorprendió ya de regreso, cerca del puente de Abancay. Sus amigos contaban que, al enterarse, estuvo un buen rato con la mirada baja, mirando al suelo y llorando; otros aseguraron que, una vez cerrado el proceso, su hermano le envió a preguntar qué debía hacerse, y que su respuesta fue que se asegurara de que el Adelantado no los involucrara en más alborotos. Ambos relatos no se contradicen, y esos grandes comediantes que se hacen llamar políticos manejan las lágrimas a su antojo, según les convenga.

Al llegar al Cusco, lo recibieron con aplausos y pompa, acorde a su poder. Allí se hizo evidente cuánto había cambiado su situación gracias a la fortuna. Los indios, que antes eran acogidos por él con indulgencia y agrado, ahora los trataba con aspereza y desdén; y a las quejas que le presentaban sobre los abusos que sufrían a manos de los castellanos, les respondía que mentían. Mostraba el mismo semblante, y una voluntad aún más hostil, hacia los soldados de Chile, como partidarios de Almagro, olvidando los grandes servicios que habían prestado al Rey y mostrando indiferencia hacia sus necesidades.

Se presentó ante él Diego de Alvarado, como testamentario del Adelantado y amigo suyo, y le pidió que lo liberara de la provincia de Nueva Toledo, para que se pudiera cumplir el nombramiento hecho por el Adelantado a su hijo. Alvarado utilizó en esta solicitud el comedimiento y la cortesía que siempre caracterizaban su comportamiento, y se tomó el cuidado de aclarar que dejaba de lado el debate sobre la ciudad del Cusco hasta que el Rey tomara una decisión al respecto. Sin embargo, ni esta precaución ni el justo y amable proceder de Alvarado lo libraron de ser recibido con aspereza y arrogancia. La respuesta que recibió fue que su gobernación no tenía término, llegando desde el estrecho de Magallanes hasta Flandes, dando a entender así que su ambición no conocía límites y que, con su excesiva fortuna, había perdido completamente aquella prudencia y compostura de ánimo que antes lo caracterizaba.

Era tan celoso de su mando y tan irritable en su orgullo, que al enterarse de que Sebastián de Belalcázar solicitaba a la corte el gobierno en propiedad de todas las provincias del sur, le declaró instantáneamente una ojeriza que lo acompañaría hasta su muerte. Ni los servicios de Belalcázar, ni el respeto y la reverencia que siempre le mostró, ni la sumisión con la que intentó disculparse por la acusación que se le hacía, fueron suficientes para disipar de su mente las sospechas y el temor a ser perturbado. No podía enviar un ejército contra él, ya que sus tropas se encontraban persiguiendo al Adelantado Almagro; sin embargo, dio órdenes a Lorenzo de Aldana, uno de sus capitanes, para que fuera a Quito y despojara cautelosamente a Belalcázar de la autoridad que este tenía delegada para gobernar aquel país, y procurara, sobre todo, apresarlo y enviarlo bien custodiado a Lima. Su anhelo era que el Rey otorgara la gobernación de las provincias del sur a Gonzalo, su hermano, y en eso consistía el delito de Belalcázar. Por fortuna, este hombre infatigable y belicoso se hallaba en ese momento ocupado en sus aventuras y descubrimientos en el otro lado de Ecuador, lo que le impedía atender al desaire que su antiguo general le hacía en Quito. Así, Aldana se estableció allí sin oposición alguna, manteniendo la provincia bajo la obediencia de su primer descubridor.

Cuando Pizarro llegó a Cusco, no encontró a sus hermanos, quienes se hallaban en la provincia del Collao, pacificando indígenas y buscando minas. Sin embargo, Hernando sentía la necesidad de regresar a Castilla para cumplir sus promesas y el encargo que la corte le había confiado, por lo que apresuró su viaje, recolectando todo el oro y la plata que pudo, utilizando todos los medios, buenos o malos, a su alcance. Sabía que un valioso tesoro sería la mejor justificación de sus acciones ante la corte. Al despedirse del Gobernador, le aconsejó que enviara a Castilla al hijo de Almagro para evitar que el bando de Chile lo tomara como cabeza y pretexto para cometer algún atentado contra él. También le advirtió que no permitiera que esos hombres feroces y belicosos coexistieran ni se establecieran en ningún lugar cercano, y que siempre se cuidara de sí mismo, manteniéndose bien acompañado. El Marqués se burló de tales advertencias y le respondió que siguiera su camino y se olvidara de esos temores, confiando en que las cabezas de esos hombres protegerían la suya.

El tiempo demostró cuán fundados eran los temores de Hernando Pizarro y que su consejo de enviar al joven don Diego de Castilla era el de un hombre con visión. Hernando partió en 1539, pero el cúmulo de oro que llevaba consigo no lo protegía de la inquietud provocada por sus acciones en la guerra civil. No se atrevió a detenerse en Panamá, temiendo que allí la Audiencia le exigiera cuentas sobre su conducta y lo arrestara, como efectivamente había sido planeado. Navegó hasta Nueva España, y al desembarcar en Huatulco, fue apresado cerca de Guajaca y llevado a México. Sin embargo, el virrey, don Antonio de Mendoza, que no tenía órdenes sobre él ni conocía sus culpas, le permitió continuar su viaje a Castilla, donde podría enfrentarse a los cargos que se consideraran justos. Embarcado en Veracruz y al llegar a las islas de los Azores, no se atrevió a avanzar sin antes consultar con sus amigos sobre la seguridad del paso. Tras recibir su confirmación, decidió entrar en España y presentarse ante la corte.

No encontró en la corte ni el castigo que merecía ni la cálida acogida que sus amigos le habían anunciado. Su fama de violencias lo precedía, y Diego de Alvarado, un antiguo defensor suyo, ya pedía justicia en su contra. Amigo íntimo del desgraciado Almagro, Alvarado había sido quien recibió sus últimos pensamientos y suspiros. A él confió Almagro a su hijo y sus esperanzas de venganza. La desesperación de Alvarado al ver inútiles sus esfuerzos por ayudar a Almagro era proporcional a la confianza que había depositado en sus relaciones con el vencedor. Se sentía culpable por haber contravenido los rigurosos consejos de Orgóñez; lloraba su ceguera y llamaba ingrato y tirano a Hernando Pizarro, afirmando que, al salvar su vida, le estaba quitando la de su amigo. Desde aquel cruel desenlace, jamás encontró consuelo. Tras intentar en vano que el Gobernador reconociera los derechos del joven Almagro, decidió venir a España a hacerlos valer ante el Rey, dejando a su paso un rastro de odio por las iniquidades de hombres tan injustos y crueles.

Al llegar Hernando a la corte, ambos iniciaron una guerra de demandas, recusaciones y maniobras legales. Esta estrategia chocaba con la impaciencia de Alvarado, quien, no queriendo arriesgar la venganza por medios tan inciertos y prolongados, decidió apelar a las armas. Así, envió a Hernando Pizarro un cartel de desafío, retándolo a salir al campo y obligándose a demostrar con su espada que había sido un ingrato y cruel en su trato con Almagro, un mal servidor del Rey y un falso caballero. No se sabe cuál fue la respuesta de Hernando, pero el valiente Alvarado falleció de una enfermedad aguda cinco días después. Su muerte, tan oportuna y teniendo en cuenta el carácter pérfido de su adversario, no se consideró libre de malicia. Así concluyó, en 1540, la vida de este hombre amable y leal, tierno y constante en sus afectos, franco y noble en sus odios, cuya rectitud contrastaba con las atrocidades y alevosías que lo rodeaban, sirviendo como un consuelo para el ánimo afligido y reivindicando el honor de una humanidad envilecida.

Su feroz y arrogante rival no disfrutó por mucho tiempo de la tranquilidad que le brindaba esta muerte. Los jueces del proceso acordaron rápidamente su detención, y fue encarcelado en el alcázar de Madrid. Posteriormente, al trasladarse la corte a Valladolid, fue llevado al castillo de la Mota de Medina, donde permaneció sepultado y olvidado por la sociedad hasta el año de 1549, a pesar de haber hecho tanto ruido en ambos mundos por sus riquezas y pasiones.

Sin embargo, la principal víctima de los rencores de Almagro y Atahualpa aún estaba por sacrificar. La imprudente confianza de Pizarro, alimentada por su soberbia y orgullo, lo llevaba cada vez más cerca del cuchillo de la venganza. Tras la muerte de su competidor, todo parecía sonreír a su ambición; en las novecientas leguas que separaban Charcas de Popayán, no había otra voluntad que la suya. La corte le trataba con la mayor deferencia, le otorgó el título de marqués de Charcas y le permitió incorporar dieciséis mil vasallos a su mayorazgo. Sus hermanos lo defendían: uno en España lo protegía de los ataques de la envidia y el odio, mientras que otro, enviado por él como gobernador a Quito, aseguraba su influencia en esa región y se preparaba para extender su dominio y su nombre por las tierras ricas de los Quixos y de la Canela.

Roto y cansado por la edad, Pizarro se entregó a su pasatiempo favorito: fundar y poblar. A estos últimos esfuerzos se deben las fundaciones de Plata, Arequipa, Pasto y León de Huánuco. Aunque la guerra del inca Mango le causaba cierto desagrado por no haberse concluido la paz en el país, no le preocupaba demasiado debido a la escasa fuerza de aquel príncipe y los escarnios sufridos en sus anteriores encuentros con los castellanos. Aun cuando ya se sabía que un ministro del Rey llegaría al Perú para investigar los acontecimientos pasados, sus amigos le escribieron que en los despachos que llevaba el comisionado se guardaba la mayor consideración hacia su persona; por lo tanto, no debía preocuparse, pues iba más para favorecerlo que para causarle problemas.

Estas noticias, tal vez propagadas por él o por sus partidarios con más vanidad que prudencia, podrían haber precipitado su desgracia, ya que intensificaron los resentimientos de los soldados y capitanes de Chile. Resultaba doloroso y frustrante ver la miseria en que, tras la muerte de su jefe, se encontraban. Los soldados vagaban hambrientos y desnudos, buscando sustento entre los pueblos indígenas. Muchos capitanes habían bajado a Lima atraídos por su devoción al joven Almagro, depositando en él sus esperanzas y anhelos de redención. Pero este joven, despojado de su herencia y desterrado de la casa del marqués, había sido acogido por dos viejos amigos de su padre, quienes se aventuraron a ayudarle a pesar de que, aunque podía subsistir con cierta decencia gracias a la generosidad ajena, carecía de los medios para recompensar la buena voluntad de quienes le asistían.

Su situación era lamentable y merece ser subrayada: sin hogar ni refugio, mantenido por la caridad ajena, y no contaba más que con una capa entre doce de los más principales, que se la prestaban alternativamente. Así se encontraban aquellos valientes conquistadores, que en otro tiempo habían sido dueños de los tesoros del Cusco, y que ahora, en su opulencia, menospreciaban las ricas tierras de Charcas y Chile.

La amarga comparación que hacían con las riquezas y placeres en los que disfrutaban otros, que les eran tan inferiores en valor y servicios, intensificaba su malestar y los llevaba al borde de la desesperación. Solo el furor de las pasiones y la ceguera de la arrogancia pueden explicar la falta de cordura y cautela en un hombre tan astuto como el Marqués. En las discordias civiles, cuando un partido cae, su líder es asesinado y faltan las cabezas visibles, es interés del vencedor calmar los ánimos, olvidar las pasiones y eliminar cualquier ocasión para descontentos y quejas. La persecución prolongada tras la victoria solo aviva las pasiones y perpetúa el espíritu de partido.

Pizarro debió enviar a España a don Diego y separar a la gente descontenta, dándoles comisiones que los mantuvieran ocupados, como le aconsejaba su hermano. De haberlo hecho, habría acabado sus días en paz, en todo el esplendor de la gloria y el poder que la fortuna le había otorgado. No lo hizo, y así perdió su vida y aquel desgraciado país, que siguió ardiendo en guerras civiles durante trece años, y todo por su culpa.

Sin embargo, en algunas ocasiones intentó enmendar la situación y acudió a aliviar los sufrimientos de aquellos hombres. Proyectó la fundación de León de Huánuco y encomendó a Gómez de Alvarado el establecimiento allí, pensando en otorgar repartimientos a los de Almagro. Pero los celos de los vecinos de Lima frustraron casi por completo este buen intento. En otra ocasión, envió mensajes a Juan de Saavedra, Cristóbal de Sotelo y Francisco de Chaves, ofreciéndoles indios de repartimiento para su sustento. Sin embargo, ellos, enfurecidos por las penurias sufridas, preferían morir antes que aceptar cualquier ayuda de su mano.

Ya se rumoraba la llegada de Vaca de Castro, el ministro enviado por el Rey, y algunos de ellos pensaban ir a recibirlo en San Miguel de Piura, presentándose ante él vestidos de luto y pidiéndole justicia por las crueldades cometidas por los Pizarros contra ellos y su antiguo capitán. Para esta misión enviaron a un noble entre ellos, llamado don Alonso de Montemayor, y parecía que, con tales intenciones, todo debería permanecer tranquilo hasta la llegada de Vaca de Castro. Pero la animosidad imprudente de ambos bandos no podía ser contenida. Aunque no se enfrentaban abiertamente con amenazas, se hacían la guerra, al menos, a través de insultos y burlas mal disimuladas.

Un día, amanecieron en la picota tres sogas tendidas, una hacia la casa del Marqués y las otras dos hacia las residencias de su secretario Picado y su alcalde mayor, el doctor Velázquez. Esta insolencia fue atribuida a los de Chile. El Marqués, instigado por sus amigos a buscar y castigar a los responsables, respondía que ya era bastante mala suerte para aquellos desdichados verse pobres, vencidos y humillados. Pero el secretario Antonio Picado no tuvo tanto aguante. A pocos días, fue visto pasar a caballo por la calle donde vivía don Diego de Almagro, vestido con una suntuosa ropa francesa bordada y adornada con higas de plata, alardeando mientras paseaba y dando saltos a su caballo. Todo eso era una burla y desprecio, mucho más irritante proviniendo de un hombre que era, en su opinión, quien más alimentaba la animosidad del Gobernador contra ellos.

Por tales actitudes y otras similares, comenzaron a sospechar que, tras los trabajos y sufrimientos que habían padecido, se tramaba en su contra un plan para matarlos o desterrarlos. Además, en ese mismo periodo comenzó a difundirse en Lima la inclinación del juez comisionado hacia las causas del Marqués, lo que, junto con el aparente contento de Pizarro y su círculo, los llevó a sentirse completamente perdidos si no tomaban cartas en el asunto. Así, apelaron a lo único que les quedaba: su desesperación y su valor.

Empezaron a proveerse de armas, cada uno según sus posibilidades, y a moverse con precaución. Se veía a don Diego y a Juan de Rada, su principal maestro y consejero, salir siempre seguidos de hombres decididos y valientes. Juan de Rada, uno de los antiguos capitanes del Adelantado, natural de Navarra, era conocido por su valor y capacidad, así como por la confianza que el joven Almagro depositaba en él, lo que le otorgaba una posición de autoridad entre aquellos hombres de hierro. Se sabía que había adquirido una cota de malla y que la llevaba siempre consigo, lo cual aumentaba las sospechas sobre sus intenciones.

Esta situación llegó a oídos de los amigos del Marqués, quienes le aconsejaron que se mantuviera alerta y siempre acompañado. El Marqués, por entonces, decidió llamar a Juan de Rada. Aunque este se mostró algo turbado por el inesperado llamado, se presentó ante él sin aceptar la compañía de otros, a pesar de que muchos se ofrecieron a acompañarlo.

Al llegar, encontró al Marqués en su huerta, observando unos naranjos. Cuando finalmente lo reconoció, el Marqués le preguntó: «¿Qué es esto, Juan de Rada, que me dicen que andáis comprando armas para matarme?». Rada respondió: «Así es verdad, señor, he comprado dos coracinas y una cota para defenderme». El Marqués, intrigado, preguntó: «¿Qué causa os mueve ahora a proveeros de armas más que en otro tiempo?». Rada explicó: «Porque nos dicen y es público que usted recoge lanzas para matarnos a todos. Acabe con nosotros ya, señor, y haga de nosotros lo que sea servido; porque habiendo comenzado por la cabeza, no entiendo por qué se respeta a los pies. También se dice que usted planea matar al juez que viene enviado por el Rey; si ese es su propósito y decide acabar con los de Chile, no lo haga con todos: destierre a don Diego en un navío, pues es inocente; yo me iré con él a donde la suerte nos quiera llevar».

Conmovido y enfurecido por las palabras de Rada, el Marqués respondió con gran agitación:

«¿Quién os ha hecho creer semejante maldad y traición? Jamás he pensado en tal cosa. Deseo más que ustedes que el juez llegue pronto; ya estaría aquí si se hubiera embarcado en el galeón que le envié. En cuanto a las armas, han de saber que el otro día salí a cazar, y entre todos los que íbamos no había quien llevara una lanza. Mandé a mis criados que compraran una, y ellos han traído cuatro. Ojalá, Juan de Rada, que venga el juez y estas cosas lleguen a su fin, ¡y que Dios ayude a la verdad!»

Rada, ya más tranquilo, replicó: «Por Dios, señor, he invertido más de quinientos pesos en comprar armas, y por eso llevo una cota para defenderme de quien intente matarme». El Marqués, sorprendido, contestó: «No le pido a Dios, Juan de Rada, que yo haga tal cosa».

Justo cuando Rada se disponía a marcharse, un loco que el Marqués tenía para su diversión, presente en la escena, interrumpió: «¿Por qué no le das de esas naranjas?». En ese momento, las naranjas eran muy apreciadas, ya que eran las primeras que se conocían. «Dices bien», respondió el Marqués, y cortando seis del árbol que tenía delante, se las dio, añadiendo en voz baja que le dijese si necesitaba algo para facilitarle las cosas. Juan de Rada, agradecido, besó las manos del Marqués y se fue a reunirse con sus amigos, quienes, al verlo, abandonaron la preocupación que su llamado les había causado.

La escena, en la que ambos se comunicaban con aparente ingenuidad y que concluyó de manera tan pacífica y amistosa, tuvo como único efecto prolongar la confianza del Gobernador y alentar a los conjurados a llevar a cabo su plan. Temían que, si el Marqués volvía a sus rencores o sospechas, serían destruidos; mientras que él, creyendo que solo se defendían y sin pensar que les haría daño, se sentía seguro respecto a ellos. Durante los dos días previos a la catástrofe, recibió numerosos avisos sobre los planes de los conjurados. Un clérigo, a quien uno de los hombres de Chile le había revelado la información, se lo advirtió en dos ocasiones: la primera fue durante una cena en casa de Francisco Martínez, su hermano. El Marqués desestimó la advertencia, considerándola infundada, como un rumor proveniente de indios o un intento de obtener un caballo, y se volvió a la mesa sin tomar más acción, aunque, en realidad, no volvió a probar bocado esa noche.

Esa misma noche, al acostarse, un paje le informó que en toda la ciudad circulaba el rumor de que al día siguiente los de Chile planeaban matarlo. Enfurecido, lo despidió despectivamente, diciendo: «Esas cosas no son para ti, rapaz». A la mañana siguiente, su último día de vida, le anunciaron lo mismo que le había dicho el paje. Se limitó a expresar fríamente a su alcalde mayor, el doctor Juan Velázquez, que arrestara a los principales de Chile. Ya lo había ordenado antes con la misma falta de energía, como si no estuviera en juego su propia seguridad. El doctor, que ya le había asegurado que mientras él sostuviera la vara del poder no tenía por qué temer, volvió a ofrecerle la misma seguridad y se comprometió a obtener información útil.

Es notable que, a pesar de su indiferencia hacia la situación, ni su hermano Martínez de Alcántara ni su secretario Picado, quienes deberían estar al tanto de los rumores, ni sus otros amigos, mostraran interés en reunirse con él, acompañarlo o formar una guardia que pudiera impedir los planes de aquellos hombres resueltos. La ciega confianza que él mostraba se transmitía a los demás, y continuó ignorando todos los avisos prudentes, como si suponer que alguien osara atreverse a atacarlo fuera una falta de valor o una deshonra a su grandeza. Así, en situaciones como esta, los hombres valientes suelen perderse por su arrogancia, al igual que los pusilánimes precipitan su ruina por el exceso de temor.

Mientras tanto, los conjurados, aunque decididos a asesinar al Gobernador, aún no estaban seguros del modo ni del momento para llevar a cabo su plan. Esa mañana, el 26 de junio de 1541, los principales se encontraban en casa de don Diego. Juan de Rada aún reposaba cuando un tal Pedro de San Millán entró y les dijo: «¿Qué hacéis? Dentro de dos horas nos van a hacer cuartos a todos. Así lo acaba de decir el tesorero Riquelme.»

Juan de Rada saltó de su lecho de inmediato, armándose, y los demás hicieron lo mismo. Con pocas palabras, los animó, explicándoles que la acción a la que se habían resuelto no solo era conveniente para su ambición y sed de venganza, sino que se había vuelto absolutamente necesaria para su salvación en el peligro en el que se encontraban. Todos respondieron afirmativamente, y se lanzaron desesperados a la calle. Desde una de las ventanas de la casa ondeaba ya el paño blanco, la señal que indicaba a los cómplices lejanos que debían armarse y acudir en su ayuda.

Entraron en la plaza, y uno de ellos, Gómez Pérez, por no mojarse los pies en un charco de agua que había quedado de una acequia, hizo un pequeño rodeo. Juan de Rada, al darse cuenta de esto, se metió en el agua, se acercó a él con enojo y le dijo: «¿Con que vamos a mancharnos en sangre humana, y rehusáis mojaros los pies con agua? No sois para el caso; ea, volveos.» Sin permitirle continuar, lo hizo retroceder, y Gómez no participó en el hecho.

Este acto era sin duda atroz y criminal, pero no se podía considerar alevoso ni vil. Al mediodía, gritando furiosos: «¡Viva el Rey! ¡Mueran los tiranos!», atravesaron la plaza y se lanzaron contra las casas de su enemigo como si asaltaran una plaza fuerte con banderas desplegadas y el eco de la guerra resonando a su alrededor. Nadie se interpuso en su camino, y, ya fuera por indiferencia o por odio hacia la dominación presente, de los más de mil que se encontraban en la plaza a esa hora, ninguno se opuso a su intento. Se miraban entre ellos y comentaban fríamente: «Estos van a matar a Picado o al Marqués.»

En ese momento, el Marqués estaba rodeado por un considerable número de sus amigos y dependientes, quienes le hacían la corte. Uno de los pajes, que estaba en la plaza, vio a los conjurados y reconoció a Juan de Rada, así que corrió a la casa del Marqués gritando: «¡Al arma, al arma! ¡Los de Chile vienen a matar al Marqués, mi señor!» Con estas alarmantes palabras, todos se alteraron y bajaron hasta el primer descanso de la escalera para ver qué sucedía, justo cuando los conjurados comenzaban a llegar al segundo patio, repitiendo sus temerosos gritos.

El Marqués, intrépido y decidido, se retiró a su recámara para armarse. Se despojó de la ropa talar de grana que llevaba puesta, se colocó una coracina y tomó un arma enastada. A su lado estaban su hermano Francisco Martínez de Alcántara, un caballero llamado don Gómez de Luna y dos pajes. Los demás presentes, por distintos motivos, habían desaparecido, quedando en la sala solo el capitán Francisco de Chaves con dos de sus criados. La puerta de la sala estaba cerrada, y de haber permanecido así, como había ordenado el Marqués, el hecho habría sido más complicado de llevar a cabo.

Los matadores, guiados por Juan de Rada, subían por la escalera, exaltados por la emoción de estar tan cerca de cumplir su deseo de venganza. Con el nombre de Almagro resonando en sus labios como un eco de feroz alegría, comenzaron a golpear la puerta. Chaves, ya aturdido o asustado, ordenó abrirla, y así, los conjurados entraron en la sala, buscando con la mirada a su víctima. Chaves, intentando calmar los ánimos, les decía: «¿Qué es esto, señores? No se entienda conmigo el enojo del Marqués; yo fui siempre amigo; mirad que os perdéis.» Sin embargo, una estocada mortal interrumpió sus palabras, y sus dos criados cayeron junto a él.

Los conjurados avanzaron hasta la puerta de la cámara del Marqués, quien ya estaba preparado para defenderse con los pocos hombres que le quedaban. La lucha era claramente desigual: por un lado, un anciano de más de sesenta años, dos hombres y dos muchachos; por el otro, diecinueve soldados robustos y valientes, cuya furia y desesperación aumentaban su fuerza y valentía. A pesar de la desventaja, el Marqués peleó con destreza y un esfuerzo digno de sus mejores tiempos, gritando: «¿Qué desvergüenza es esta? ¿Por qué me queréis matar? ¡A ellos, que son traidores!»

Mientras él clamaba, los conjurados gritaban: «¡Ea, muera! ¡Se nos pasa el tiempo!» y continuaron intercambiándose insultos y cuchilladas, sin que se pudiera discernir ventaja clara para ninguno de los lados. Ante la desesperación, los conjurados pedían a gritos armas enastadas para mejorar su ataque. Finalmente, Juan de Rada, dando un empujón a su compañero Narváez, lo empujó contra Pizarro para despejar el camino a los demás. Así, lograron abrirse paso, y en ese momento, el destino del combate ya no podía permanecer incierto por mucho tiempo.

Martínez de Alcántara cayó muerto, al igual que los dos pajes, y don Gómez fue gravemente herido. El Marqués, aunque solo y enfrentando a varios atacantes, pudo resistir unos momentos más. Sin embargo, desangrado, fatigado y sin aliento, apenas podía mover su espada, y una grave herida en la garganta lo hizo caer al suelo. Aún respiraba y pedía confesión, cuando uno de los conjurados, que en ese momento sostenía una alcarraza de agua, le propinó un fuerte golpe en la cabeza con ella. Esa agresión inhonesta acabó de rendir el alma del conquistador del Perú.

No contentos con haberlo visto muerto de esa forma deplorable, algunos de los conjurados comenzaron a tratar de arrastrar su cuerpo a la plaza, con la intención de hacerle pasar por la afrenta del patíbulo. Sin embargo, los ruegos del Obispo lograron salvarlo de este último ultraje. El cadáver, envuelto en un paño blanco, fue llevado a toda prisa y a escondidas por sus criados a la iglesia. Allí hicieron un hoyo de forma apresurada y, sin pompa ni ceremonia alguna, lo enterraron, temiendo a cada instante que llegaran para cortarle la cabeza y exhibirla en el garfio de los malhechores. Mientras tanto, sus casas y su recámara eran saqueadas, donde había riquezas por valor de más de cien mil pesos.

Sus dos hijos, aún niños y fugitivos durante la catástrofe, fueron buscados y puestos a salvo por los mismos fieles criados que le habían hecho los últimos honores a su padre. La muerte del Marqués no fue sentida ni vengada de inmediato, ya que algunos capitanes que se armaron al escuchar el alboroto llegaron a la plaza solo para enterarse de que ya estaba muerto, por lo que se retiraron a sus casas. Todo quedó entonces en silencio; sumida en el terror, Lima fue testigo de cómo Juan de Rada proclamaba solemnemente como gobernador a su joven alumno, quien pasó de inmediato a ocupar el palacio del Marqués y a ejercer su autoridad desde allí.

En ese momento, si el viejo Almagro pudiera levantar la cabeza y ver a su hijo sentado en aquella silla y bajo aquel dosel, disfrutaría por unos instantes de satisfacción y alegría en su melancólico sepulcro. Pero, ¡cuán breves y cuán amargas serían esas emociones para su corazón paternal! Vería a su hijo al frente de un partido furioso, sin talento para dirigir y sin fuerza para contener; observaría a sus feroces capitanes divididos, matándose desastrosamente entre ellos sin poder él evitarlo, y se vería arrastrado a levantar el estandarte de la rebelión y a luchar contra las banderas de su rey. Finalmente, lo vería vencer y ser apresado, pagando con su cabeza en un patíbulo por la temeridad y los errores de su mal aconsejada juventud, y, por último, sería llevado a la sepultura de su padre, donde ambos, en su común infortunio, podrían reflexionar sobre cuán peligroso es el poder que se adquiere mediante delitos.

Sobre las mujeres y los hijos de Pizarro.

Francisco Pizarro no tuvo descendencia legítima, pero la más destacada de sus concubinas fue doña Inés Huaylas Ñusta (Quespisisa), hija de Huayna Cápac y hermana de Atahualpa. Con ella tuvo dos hijos: don Gonzalo y doña Francisca, ambos mencionados como legitimados en los testamentos de su padre. Don Gonzalo falleció siendo aún niño, por lo que los derechos de sucesión del conquistador recayeron en doña Francisca. Años después, por orden del Rey, doña Francisca fue llevada a España por Ampuero, un vecino de Lima, con quien doña Inés se había casado tras la muerte del Marqués. A su llegada a la corte, fue tratada con cierto honor en reconocimiento a sus padres. Luego contrajo matrimonio con su tío Hernando Pizarro, a quien acompañó y consoló durante su prisión. De esta unión nacieron tres hijos y una hija, y a través de ellos perdura la descendencia y la casa del descubridor y conquistador del Perú, conocida hoy en Trujillo con el título de «marqueses de la Conquista».

Los autores no concuerdan en el número exacto de hijos ni en el de las madres. Aunque el testimonio de Garcilaso de la Vega, quien los conoció en su juventud, podría considerarse el más fiable, en este caso se sigue una fuente judicial citada previamente y algunos documentos inéditos de la misma familia, que, por su carácter oficial, se consideran más precisos que la autoridad de Garcilaso.

No se sabe con certeza cuándo falleció doña Inés. Se cuenta que, durante el sitio de Lima por los indios sublevados, intentó escapar con una petaca llena de esmeraldas, patenas y collares de oro que había heredado de su padre, Huayna Cápac. Avisaron al Marqués, quien la interrogó al respecto. Inés negó haber planeado tal cosa, alegando que una coya llamada Asapaesiu la instaba a unirse a su hermano, que estaba entre los sitiadores. Pizarro la perdonó, pero mandó ejecutar a la coya en su propio cuarto. (Montesinos, año de 1536.)

El destino de las mujeres que compartieron la vida de Francisco Pizarro

Asomadas a la Plaza Mayor de la Hispanidad en Trujillo, dos cabezas femeninas esculpidas en fino granito nos recuerdan el papel crucial de la mujer andina en la conquista del Perú. Estas figuras representan a la Ñusta Quispe Sisa, conocida como doña Inés Huaylas Yupanqui, y a su hija, la primera mestiza noble peruana, doña Francisca Pizarro Yupanqui, ambas vinculadas a la vida del conquistador Francisco Pizarro.

Los cronistas del siglo XVI escribieron poco sobre las mujeres del Tahuantinsuyo que convivieron con los españoles como esposas, amantes o sirvientas. En el caso del sexagenario Pizarro, nuestro conocimiento sobre las mujeres que le brindaron felicidad y ternura proviene principalmente de sus testamentos y registros judiciales.

La primera de estas mujeres fue doña Inés Huaylas Yupanqui, nacida entre 1516 y 1517. Ella no es otra que la Ñusta Quispe Sisa, hija del Inca Huayna Cápac y de una de sus esposas secundarias, la curaca y señora de Huaylas, Contarhuacho. En 1532, Quispe Sisa se encontraba en el Cusco, y desde allí viajó a Cajamarca con la corte para reunirse con su hermano Atahualpa.

Según la tradición andina, su destino era desposarse con un gran señor o jefe militar del Tahuantinsuyo, a quien Atahualpa deseaba recompensar o crear lazos de parentesco y reciprocidad. Sin embargo, la llegada de los españoles cambió la vida de la alegre Ñusta.

Los cronistas, como Pedro Pizarro, mencionan que las mujeres nobles, llamadas "payas", llevaban el cabello largo y suelto, cuidaban mucho de su apariencia y vestían con esmero, distinguiéndose de las plebeyas. Tenían numerosos sirvientes y se desplazaban en andas. No está claro si fue la belleza de Quispe Sisa lo que atrajo a Pizarro, o si fue Atahualpa quien la entregó a su hermana sin consultar su opinión, lo que parece más probable.

Varios conquistadores que la vieron en Cajamarca la llamaban cariñosamente "Pizpita" o "Pizpireta". Según Raúl Porras Barrenechea, este apodo se lo habría dado Pizarro como recuerdo nostálgico de su Extremadura, donde "pizpita" se refiere a un pajarillo pequeño y gracioso. El término "pizpireta" se usa para describir a una mujer vivaz y desenvuelta, lo que sugiere que Quispe Sisa era coqueta y vivaracha.

El veedor Salcedo relata que Atahualpa le entregó a su hermana a Francisco Pizarro diciendo: "Aquí tienes a mi hermana, hija de mi padre, a quien quiero mucho". La Ñusta fue bautizada como Inés, un nombre muy común en la familia Pizarro. Poco después de su bautismo, se trasladó con Pizarro al Cusco y luego a Jauja, la primera capital de la Gobernación, donde en 1534 dio a luz a su primera hija, doña Francisca Pizarro Yupanqui, la primera mestiza noble del Perú.

En 1537, doña Inés se casó con Francisco de Ampuero, paje de Pizarro, y se trasladó a Lima. Ese mismo año, Pizarro tuvo dos hijos más, Francisco y Juan, con otra princesa indígena, doña Angelina, prima de Atahualpa (según Juan Betanzos, quien posteriormente fue su esposo). Francisco vivió hasta 1557, mientras que Juan falleció en su niñez.

De los cuatro hijos de Pizarro, solo doña Francisca Pizarro Yupanqui sobrevivió. Educada en un ambiente cristiano y bajo la supervisión de su tía Inés Muñoz, Francisca recibió una formación de alta calidad, acorde con las nobles castellanas. A pesar de su corta vida en un hogar estable, Francisca se convirtió en la heredera universal de los bienes de su padre tras la muerte de su hermano Gonzalo en 1543.

A los siete años, Francisca quedó huérfana de padre tras el asesinato de Pizarro en 1541. Fue escondida en un convento para protegerla y luego llevada a Quito, donde se reencontró con el licenciado Vaca de Castro. En 1550, por orden de la Corona, Francisca y otros descendientes de Pizarro regresaron a España. A los 18 años, se casó con su tío Hernando Pizarro, con quien tuvo cinco hijos.

Doña Francisca, descrita como una mujer de gran carácter y habilidad para administrar su fortuna, pasó sus últimos años en Madrid, donde disfrutó de una vida lujosa y se involucró en la vida social de la corte. Fundó el Convento de la Merced en Trujillo y murió el 30 de mayo de 1598, dejando un legado perdurable.

Doña Inés Muñoz fue una figura clave en el entorno cercano de Francisco Pizarro, no solo por ser la esposa de su medio hermano, Francisco Martín de Alcántara, sino por convertirse en uno de sus más fieles aliados. Pizarro confiaba plenamente en ella, encargándole la educación y crianza de sus hijos. Su carácter valiente se manifestó tras el trágico asesinato del conquistador, cuando los almagristas irrumpieron en su casa en Lima. En medio del caos, Inés mostró un coraje admirable: tras la muerte de su esposo, quien perdió la vida defendiendo a Pizarro, se enfrentó a los conspiradores para recuperar los cuerpos de ambos y darles una sepultura digna. Su astucia y determinación fueron decisivas para proteger a sus sobrinos, a quienes escondió de los perseguidores. Vendiendo sus joyas, organizó su huida y consiguió ponerlos a salvo.

Nota:

Inés Huaylas Yupanqui, también conocida como Quespisisa, nació alrededor de 1520, según varias fuentes. Inés Muñoz, en 1533, estimaba que tenía entre 16 y 18 años en ese momento.

Existen varios documentos que arrojan luz sobre su vida y situación social. Uno de ellos es el archivo ES.41091.AGI/1.16414.67.1//JUSTICIA,1088, que contiene informaciones y probanzas realizadas en Lima y el Cusco entre 1554 y 1562. Estos registros incluyen, entre otros, detalles sobre pleitos relacionados con su hija, Francisca Pizarro, y sobre su matrimonio con Francisco de Ampuero.

Un documento de 1562, en particular, detalla cómo Ampuero justificaba que Inés Huaylas era hija legítima de Huayna Cápac (o Guainacava), conforme a las costumbres incaicas. Este tipo de documentación refleja las tensiones y adaptaciones entre las normas andinas y el sistema legal colonial español.

María Rostworowski señala que Inés Huaylas falleció en 1575, aunque otras fuentes apuntan que murió el 23 de marzo de 1558, a la edad de 42 años. Esta discrepancia en las fechas subraya las dificultades de documentar con precisión la vida de personajes indígenas importantes durante el periodo colonial.

Compilado y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez

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