Francisco Pizarro: De la Humildad al Imperio
Con
cariño para mis amigos de siempre: Juan Carlos, Joe y Marco
Francisco
Pizarro Gonzales: De la Humildad al Imperio
Fuentes:
1. Cronistas que presenciaron el Imperio Incaico: como
Jerez, Estete, Sámano, Molina, Betanzos, Sancho, Pedro Pizarro y Marcos de
Niza.
2. Cronistas que llegaron cuando el Imperio ya estaba
destruido, pero aún vieron sus últimos vestigios: como Cieza de León, el
Palentino, Gutiérrez de Santa Clara y Benzoni.
3. Cronistas que, sin haber estado en el Perú, recopilaron
relatos de los primeros conquistadores: como Las Casas, Gómara, Oviedo y
Herrera.
4. Cronistas de la época de la colonización, quienes
documentaron y sintetizaron los hechos en el lugar de los acontecimientos:
como Garcilaso de la Vega, Sarmiento de Gamboa, Cabello Balboa, Molina el
cusqueño, Acosta, Santillán, Ondegardo, Falcón y Matienzo.
5. Historiadores españoles del siglo XVII, muchos de ellos
eclesiásticos: como Lizárraga, Morúa, Calancha, Arriaga, Anello Oliva,
Montesinos, Cabo, y el cronista indígena Santa Cruz Pachacuti.
Preámbulo
Empecemos
con esta historia sobre Francisco Pizarro Gonzales, una narración que parece
más sacada de una novela que de un relato histórico, contada por diversos
cronistas ya mencionados. Algunos de estos relatos contradicen documentos de la
época, y otros incluso se contradicen entre sí. Pero es lo que tenemos, y con
eso he armado este mejunje o cóctel para ser más preciso.
En lo
que sí coinciden los cronistas es que Panchito fue el fruto de discretos
encuentros entre la campesina Francisca González Mateos, apodada "la
Ropera", y el capitán de infantería Gonzalo Pizarro y Rodríguez de
Aguilar, conocido como "el Largo" o "el Romano". De él,
Francisco heredó una mezcla de nobleza y origen plebeyo.
Francisco
Pizarro nació en Trujillo, Extremadura, probablemente un viernes 26 de abril de
1478, según el cronista Cieza de León. Este historiador señala que Pizarro
tenía sesenta y tres años y dos meses al momento de su trágica muerte, el
jueves 26 de junio de 1541. Esta fecha es la más confiable, ya que Cieza de
León estuvo en Perú poco después del asesinato y formaba parte del ejército
realista bajo el mando del obispo de Palencia, Pedro de La Gasca, quien capturó
a Gonzalo Pizarro, el hermano menor de Francisco y rebelde contra la Corona. Es
probable que personas cercanas a su hermano le proporcionaran información
precisa sobre los orígenes y vida de Francisco Pizarro.
Su
educación, sin duda, fue muy descuidada, y muchos creen que nunca aprendió a
leer ni a escribir; aunque algunos sostienen que, ya en su madurez, obligado
por sus responsabilidades, llegó a aprender a leer. Sin embargo, es
indiscutible que nunca supo escribir, ni siquiera firmar. El resto de la
historia debe tomarse con la cautela que exige la verdad, aunque, para Panchito,
como para cualquier persona que asciende por sus propios méritos a la cima del
poder y la fortuna, su elevación resulta tanto más admirable cuanto más humilde
fue su origen.
Lo
cierto es que, a pesar de la falta de educación formal, algo común entre las
personas de origen humilde en aquella época, Francisco se dedicó a las labores
agrícolas y al comercio de ropa, siguiendo los pasos de su madre. Nunca tuvo la
oportunidad de asistir a la escuela, pero encontró su camino en las tareas
cotidianas que le ofrecía su entorno.
Sin
embargo, a pesar de su educación humilde, Francisco pronto se dio cuenta de que
su destino no estaba en los campos ni en el comercio de ropa, como sus abuelos
maternos. Su espíritu inquieto y la fuerte influencia de los genes de su padre
biológico, a quien nunca conoció personalmente pero siempre reconoció como su
progenitor, lo llevaron a desear imitar las hazañas guerreras de su padre desde
una edad temprana.
A los
siete u ocho años, según relata José Antonio del Busto, su abuelo paterno
Hernando Alonso Pizarro, regidor del Cabildo de Trujillo por el linaje de los
Altamirano, al percatarse del gran parecido físico y temperamental entre Panchito
y su hijo Gonzalo "el Largo", decidió aceptarlo secretamente y lo
llevó a su hogar. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos del abuelo por lograr
que Gonzalo reconociera a Panchito como su hijo, no fue hasta 1492, cuando Pancho
tenía catorce años, que el hidalgo finalmente le otorgó su apellido. Aun así,
nunca mostró interés en él.
Hay
otra hipótesis, tirados de los pelos, la del historiador Jorge Barletta. Esta
alternativa es intrigante, pues sugiere que Francisco podría ser el fruto de
una relación clandestina entre su presunto abuelo y Francisca González, cuando
este último tenía alrededor de cuarenta años. Si esta teoría fuera cierta, el
distanciamiento de Gonzalo hacia Francisco sería más comprensible, ya que
siempre mostró interés por sus otros hijos. Sin embargo, hasta el momento, no
existen pruebas que respalden esta especulación. Quizás en el futuro, nuevos
documentos puedan arrojar luz sobre los motivos detrás de este comportamiento
aparentemente inusual.
Dejando
de lado estas controversias propias de una telenovela peruana, y centrándonos
en los hechos, es importante destacar un elemento crucial que influyó en el
curso posterior de la vida del conquistador y arroja luz sobre su posición
dentro de la familia y la naturaleza de sus lazos con la rama paterna.
En
1503, su padre contrajo matrimonio con una de sus primas, doña Isabel de Vargas
y Rodríguez de Aguilar, con quien tuvo tres hijos legítimos: dos niñas, Inés
Rodríguez de Aguilar e Isabel de Vargas, y un niño, Hernando. Además, se
conocen otros hijos ilegítimos de su padre: Juan y Gonzalo, nacidos de María
Alonso, la hija de un molinero de Trujillo; Francisca Rodríguez Pizarro y María
Pizarro, de madre desconocida; y Graciana y Catalina Pizarro, hijas de una de
sus criadas, María de Biedma.
Aunque
Francisco fue reconocido por su padre entre dos campañas militares y era el
mayor de todos, con una considerable diferencia de edad, sorprendentemente, no
fue mencionado en el testamento redactado en Pamplona por Gonzalo Pizarro y
Rodríguez de Aguilar. Esta omisión podría interpretarse como otra prueba de su
marginalidad dentro de la familia. Sin embargo, existe un hecho fundamental que
contradice esta suposición.
De
hecho, tres de los hermanos o medios hermanos mencionados anteriormente
desempeñaron, cada uno a su manera, un papel crucial junto a Francisco durante
la conquista del Perú. Este hecho demuestra las estrechas relaciones que,
incluso en el ocaso de la vida, estableció con ellos, a pesar de las
diferencias de legitimidad, edad e incluso de los años transcurridos desde su
partida a Sevilla.
Juan,
el menos prominente de los tres hermanos, sufrió un golpe en la cabeza durante
un ataque a una fortaleza inca. Trágicamente, el 16 de mayo de 1536, debido a
las heridas sufridas, Juan Pizarro falleció, apenas cuatro años después de la
llegada de los españoles al Cusco.
Mientras
tanto, Hernando, el hijo legítimo, y Gonzalo, también bastardo, desempeñaron
roles fundamentales dentro del clan Pizarro en el Perú. Hernando se encargaba
frecuentemente de las delicadas negociaciones políticas y económicas con el poder
metropolitano, cruzando el Atlántico en varias ocasiones para ello. Después de
enfrentar numerosas adversidades, fue Hernando quien, al regresar a Trujillo,
asumió la responsabilidad de preservar lo que quedaba de la herencia dejada por
Francisco.
En
cuanto a su padre, Gonzalo Pizarro y Rodríguez de Aguilar, quien estuvo muy
presente durante las fases militares de la conquista del Perú y permaneció en
la región después de la muerte de Francisco, fue destinado por el azar a
liderar una gran revuelta contra las nuevas directrices que la Corona planeaba
implementar en su política colonial. Pagó con su vida este acto de desafío a la
autoridad real a finales de la década de 1540.
Esta
narrativa sobre la fraternidad que rodeó a Francisco Pizarro en su empresa
estaría incompleta sin mencionar a Francisco Martín de Alcántara, su hermano
uterino, quien siempre estuvo cerca de él y lo acompañó hasta la muerte,
empuñando una espada, un día jueves 26 de junio de 1541.
Más
allá de los lazos familiares, es importante destacar un aspecto que será
explorado más adelante: en el caso de la conquista del Perú y de los Pizarro,
al igual que en otras empresas similares de la misma época, se observa un
reclutamiento con un fuerte carácter regional, e incluso local. La naturaleza
peculiar de los vínculos entre el líder y sus hombres puede explicarse en gran
medida por esto, como veremos más adelante. Por tanto, no es sorprendente que
durante las campañas decisivas de Francisco Pizarro estuviera rodeado
mayormente de amigos, conocidos y parientes cercanos o lejanos, la mayoría de
ellos provenientes de Trujillo o, en general, de Extremadura.
En los
tiempos de adolescencia de Pancho, se extendió por Trujillo la noticia del
ascenso de su padre, Gonzalo, como abanderado y coronel en el ejército de los
Reyes Católicos, debido a su participación en las guerras de Granada contra los
musulmanes. Esta noticia seguramente convirtió a Pancho en un admirador
ferviente de su padre, alimentando aún más su deseo de emularlo. Los poderosos
motivos para este sentimiento eran evidentes: pertenecía a una estirpe noble y
físicamente se parecía mucho a él, con su altura, fortaleza y mirada penetrante.
Aunque estas características y las hazañas bélicas fueron la única herencia que
recibió de su padre, fueron suficientes para determinar su trayectoria: la
carrera militar. A los diecisiete años, se enlistó en los tercios de Gonzalo
Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, que luchaban en Nápoles, convirtiéndose
desde entonces en un soldado que aspiraba a igualar las gestas de su padre.
Es
importante señalar que, al igual que muchos españoles de su época, Francisco
Pizarro estaba profundamente arraigado en su fe católica. Este fervor religioso
se asemeja, en cierto sentido, al que se observa en los talibanes de hoy en
día, quienes son instruidos en una interpretación estricta del islam sunita.
Este sentimiento religioso fue inculcado en Francisco tanto por su familia
materna como por el ambiente religioso que lo rodeaba durante su infancia. Este
vínculo con la fe católica persistió a lo largo de su vida, algo que era común
en la España de finales del siglo XV.
En
lugares como Trujillo, donde Francisco creció, se vivía una intensa
efervescencia cristiana. Las hermandades surgidas de las órdenes militares que
contribuyeron a la liberación de la ciudad del dominio musulmán, junto con la
política de los Reyes Católicos, que se caracterizaba por su fuerte apoyo al cristianismo,
influyeron en la formación de esta atmósfera religiosa intensa. Este contexto
religioso marcó profundamente la vida y las acciones de Francisco Pizarro,
quien, al igual que muchos de sus contemporáneos, se vio impulsado por un
profundo sentido de deber religioso y una ferviente devoción a su fe.
Es muy
probable que Francisco Pizarro regresara de Italia a Sevilla hacia finales del
siglo XV. El joven Pizarro, que por entonces tenía casi 24 años, zarpó del
puerto de Sanlúcar de Barrameda rumbo a América el jueves 13 de febrero de
1502, mucho antes de que Hernán Cortés emprendiera un viaje similar.
Pizarro
se enroló como soldado raso en la mayor flota jamás enviada al Nuevo Mundo,
bajo el mando de Nicolás de Ovando, un cacereño y comendador de la Orden de
Alcántara que gozaba de la confianza de los monarcas castellanos. La principal
misión de Ovando era dirigir y administrar las posesiones coloniales españolas,
teniendo a La Española como eje central. Esta isla era el primer asentamiento
europeo en el Nuevo Mundo.
La
imponente expedición, compuesta por unos treinta y dos navíos y unos dos mil
quinientos pasajeros, transportaba una heterogénea muchedumbre: desde soldados
ávidos de aventuras y halagados por lo desconocido, hasta funcionarios reales
encargados de afianzar la autoridad de la Corona en esas incipientes colonias,
pasando por religiosos movidos por fervor misionero, artesanos e incluso
algunas de las primeras familias con intenciones de establecerse al otro lado
del océano.
Inmerso
en el anonimato de la multitud viajaba también un joven sevillano de unos
veinte años, proveniente de una familia de mercaderes. Atraído por el espejismo
de riquezas de las Antillas, el joven, que según el historiador Marcel
Bataillon no tenía rango militar aparente, pero sí esperanzas de hallar en el
Nuevo Mundo beneficios eclesiásticos a la par de ganancias comerciales, se
embarcó en esta expedición en busca de fortuna.
Años
más tarde, aquel viajero dejaría un sorprendente testimonio de esta expedición
fundacional, a la vez que se labraría un lugar destacado en la Historia por
otras muchas razones. Su nombre era Bartolomé de Las Casas.
***
Darién
se erigió como la primera colonia establecida en el continente americano,
siendo la capital de un vasto territorio aun parcialmente definido. Albergó una
sede episcopal con un cabildo completo y, durante un tiempo, antes de ser
diezmada por la peste, llegó a contar con 3,000 habitantes españoles. Desde
1509 hasta 1524, esta colonia perduró, con un costo anual para la Corona de
15,000 ducados en sueldos. Fue el punto de partida de todas las exploraciones y
asentamientos, desde México hasta Tierra del Fuego, condensando en su historia,
a pequeña escala, la totalidad de la conquista del Nuevo Mundo por parte de los
españoles.
Los
eventos ocurridos en Darién pueden reconstruirse con cierta precisión al
referirse lo más fielmente posible a las fuentes originales. Sin embargo, su
historia no se ajusta a los estándares del realismo. En ella, nos encontramos
con auténticos villanos y más de un héroe genuino, envueltos en aventuras,
desastres, conspiraciones y difíciles triunfos, con escasos momentos de calma
entre las crisis. Allí convivían compañeros toscos, acumuladores de botín
(llamado correctamente "ganancia"), en montañas de oro y almudes de
perlas, junto a caballeros novatos, demacrados pero altivos, vestidos con la
decadente elegancia de la seda y el terciopelo. También había damas procedentes
de la corte o de los burdeles de Sevilla, y hábiles burócratas expertos en
dilaciones, corrupciones y burocracia, pero nunca hombres de medias tintas.
Todo esto conforma un cuadro de personajes y eventos reales, a pesar de su
sabor novelístico, que poblaron las páginas de la historia de aquel tiempo.
El
protagonista central de la historia de este eslabón fue Vasco Núñez de Balboa,
un joven y valiente espadachín que se erigió como una de las grandes figuras
del Descubrimiento. La relación entre el territorio y el hombre es tan estrecha
que resulta imposible contemplar uno sin el otro. La mayor parte de lo que
conocemos sobre Balboa está ligado estrechamente a Darién, y sin él, tal vez
esta región nunca habría ocupado un lugar destacado en los anales de la
historia. Balboa formaba parte de la pequeña flota que descubrió este
territorio, y nueve años después, se encontraba entre sus conquistadores.
Fue él
quien propuso la fundación del asentamiento, lo gobernó durante sus primeros
años y partió desde allí en las exploraciones que llevaron al descubrimiento
del Pacífico. Aunque otros personajes influyeron en los acontecimientos
decisivos de la colonia, como el gobernador Pedrarias, apodado "Furor
Dómine", el obstinado obispo y una multitud de oficiales y colonizadores,
Balboa siempre se encontraba en el trasfondo de estos eventos. A pesar de las humillaciones
que sufrió, su presencia nunca dejó de ser una fuerza determinante debido a las
emociones que despertaba. Cuando fue destruido, el enclave no pudo sobrevivir
sin él. El gobierno se trasladó a Acla y posteriormente a Panamá, donde
continúa hasta hoy.
La
antigua capital volvió a ser reclamada por la selva y hasta se le cambió el
nombre de Darién para asignárselo a otras provincias.
Todo
este extraordinario ciclo, que abarca desde el descubrimiento hasta el
abandono, se desarrolló en menos de veinte años. Lo más significativo de la
vida de la colonia y de su héroe se concentra en tan solo diez de ellos, lo que
hace de este periodo algo notable. Darién fue "el principio y la base de
todos los descubrimientos y asentamientos de los cristianos en tierra
firme...", y de la escuela de Vasco Núñez de Balboa surgieron los
capitanes y hombres ilustres que participaron en las grandes empresas
posteriores. Uno de los alumnos más destacados de esta escuela fue Francisco
Pizarro.
Por
ello, al examinar los relatos de los cronistas, podemos concluir que la primera
vez que Francisco Pizarro es mencionado con relevancia en la historia fue en
1510, durante la última expedición de Alonso de Ojeda a Tierra Firme. Para ese
entonces, Pizarro ya había pasado los treinta años. Se embarcó con Ojeda y, en
medio de las adversidades, trabajos y peligros que enfrentaron los españoles en
esa difícil empresa, comenzó a forjar la carrera que más tarde lo llenaría de
gloria. Es evidente que destacó rápidamente entre sus compañeros, ya que, tras
fundar la villa de San Sebastián en Urabá y verse obligado a regresar a Santo
Domingo en busca de refuerzos, Ojeda lo nombró su teniente, confiándole el
gobierno y la supervivencia de la colonia.
Los
terribles contratiempos que sufrieron los españoles en Urabá están bien
documentados, sobre todo si seguimos la vida de Vasco Núñez de Balboa, aunque
no es este el foco actual. Sabemos cómo los colonos, desmoralizados y
desalentados, tuvieron que abandonar la villa y fueron obligados a regresar por
la autoridad de Martín Fernández de Enciso, quien los encontró en el camino. No
obstante, estos eventos, así como las disputas que surgieron entre los colonos
del Darién, no forman parte relevante de la vida de Pizarro, quien, en esa
etapa, no jugó un papel destacado.
Lo que
sí es significativo es su constante lealtad y capacidad para cumplir
diligentemente las tareas que se le asignaban, lo que le permitió ganarse la
confianza de figuras clave. Primero Ojeda, luego Balboa, y más tarde Pedrarias
Dávila, todos lo incluyeron en sus expediciones más importantes. Vasco Núñez de
Balboa lo llevó en la exploración del Mar del Sur, y Pedrarias en la fundación
de Panamá. También destacó en la expedición que el capitán Gaspar de Morales
realizó, bajo orden del gobernador, desde el Darién hacia las islas de las
Perlas, donde su espada y sus consejos fueron cruciales. Asimismo, participó en
las campañas militares del licenciado Espinosa contra las tribus belicosas del
este de Panamá.
Sin
embargo, como la mayoría de estas incursiones no resultaron en grandes
descubrimientos, y Pizarro no tuvo un mando principal, estos eventos no merecen
más que una mención. Su importancia radica en que le proporcionaron valiosa
experiencia y contribuyeron a consolidar su reputación entre los soldados. De
hecho, en varias ocasiones, los soldados pidieron a Pedrarias que les asignara
a Pizarro como líder, ya que marchaban con más confianza y ánimo bajo su mando
que bajo el de otros capitanes.
A
pesar de ello, su ambición seguía dormida. Mientras muchos de esos aventureros
acumulaban tesoros y esclavos en sus incursiones, Pizarro no contaba con tales
riquezas. Después de catorce años de servicio y arduo trabajo, seguía siendo
uno de los colonos menos acaudalados de Panamá. Así que cuando llegó el momento
de la famosa empresa de exploración hacia el sur, mientras que el clérigo
Hernando de Luque aportó 20,000 pesos de oro, Pizarro y Diego de Almagro, sus
socios en la expedición, solo pudieron contribuir con su ingenio y su
experiencia.
Antes
de la formación de la famosa compañía de Pizarro, Almagro y Luque, ya se habían
realizado otras tentativas de exploración, menos conocidas pero importantes,
que aportaron información sobre las regiones que se pretendían descubrir. En
1522, Pascual de Andagoya, con permiso de Pedrarias Dávila, zarpó desde Panamá
en un barco grande para explorar la costa del sur. Llegó a la desembocadura de
un ancho río en una tierra que se llamó Biruquete. Durante su expedición,
alternando entre combates con los indígenas y conversaciones pacíficas,
Andagoya obtuvo algunas noticias sobre el Perú, sobre el poder de sus monarcas
y las guerras que se libraban en regiones muy lejanas. Parece que la fama de
las expediciones de los Incas había llegado, aunque vagamente, a esas tierras,
incluyendo rumores sobre la campaña del Inca en Quito y las luchas por la
dominación de esa región. Sin embargo, los indígenas informaron a Andagoya que,
para llegar a la zona de guerra, era necesario atravesar caminos escarpados y
sierras difíciles. Estas dificultades, sumadas al deterioro de la salud de
Andagoya, lo llevaron a abandonar la empresa temporalmente y regresar a Panamá.
Poco
después, falleció el capitán Juan Basurto, quien también había recibido
autorización de Pedrarias para emprender una exploración similar. Aunque muchos
de los habitantes de Panamá tenían interés en participar en estas empresas y
compartir las posibles riquezas, se desanimaban por las dificultades del
terreno y no se atrevían a lanzarse a la aventura. Solo Francisco Pizarro y
Diego de Almagro, amigos desde sus días en el Darién y socios en varios
negocios locales, decidieron emprender esta arriesgada empresa. Motivados por
ambiciones mayores, compraron uno de los barcos pequeños que Vasco Núñez de
Balboa había construido con el mismo objetivo de explorar el sur. Con la
licencia de Pedrarias, equiparon el barco con ochenta hombres y cuatro
caballos, la única fuerza que pudieron reunir en ese momento. Pizarro asumió el
liderazgo de la expedición y zarpó del puerto de Panamá a mediados de noviembre
de 1524, con la expectativa de que Almagro lo siguiera más tarde con refuerzos
y provisiones. El barco navegó hacia el Ecuador, hizo una escala en las islas
de las Perlas y luego llegó al puerto de Piñas, el límite de las exploraciones
previas.
En ese
punto, Pizarro decidió remontar el río Birú en busca de suministros, explorando
la misma zona que Pascual de Andagoya había recorrido antes. Antes de partir,
Andagoya le había proporcionado a Pizarro valiosos consejos y advertencias
sobre cómo proceder una vez que llegara a esas tierras.
A
pesar de los consejos de Andagoya y la experiencia de Pizarro en expediciones
similares, los nuevos descubridores no pudieron evitar las dificultades que se
les presentaron de inmediato. La región era inhóspita y desolada: los pocos
bohíos que encontraban estaban abandonados, y el clima no daba tregua, con
lluvias constantes. El terreno era áspero en algunas áreas y denso de árboles y
maleza en otras, por lo que solo podían avanzar siguiendo los desfiladeros
creados por los arroyos. No había caza, frutas ni alimento alguno. Los hombres,
cargados con armas y pertrechos, caminaban descalzos, hambrientos y sin
esperanza. Después de tres días infructuosos de exploración, agotados,
regresaron al mar y se embarcaron de nuevo.
Tras
avanzar unas diez leguas, encontraron un puerto donde pudieron hacer acopio de
agua y leña, pero luego de recorrer unas pocas leguas más, regresaron al puerto
debido a la extrema necesidad en la que se encontraban. Carecían de agua y
carne, y las dos mazorcas de maíz que se les asignaba diariamente no eran
suficiente sustento para sus cuerpos debilitados. Según se cuenta, al llegar al
puerto estaban tan desfigurados y miserables que apenas se reconocían entre
ellos. El paisaje que les rodeaba no ofrecía más que montañas, peñascos,
pantanos y lluvias interminables, en un lugar tan estéril que ni animales ni
aves aparecían. Desesperados, muchos de ellos maldecían el momento en que
habían decidido embarcarse en esta expedición y ansiaban regresar a Panamá.
Pizarro
intentaba consolarlos, instándolos a mantener la esperanza, asegurándoles que
pronto llegarían a tierras donde serían recompensados por sus sufrimientos. Sin
embargo, mientras algunos se aferraban a sus palabras, otros veían sus promesas
como los últimos intentos de un hombre desesperado que, al enfrentarse a su
mala fortuna, no tenía reparos en arrastrar a los demás hacia la ruina.
Finalmente,
al ver que los víveres se agotaban, decidieron dividirse. Un grupo partiría en
el navío hacia las islas de las Perlas en busca de provisiones, mientras que el
resto se quedaría en el puerto, sobreviviendo como pudieran hasta el regreso de
los primeros. El viaje recayó en un tal Montenegro y algunos otros españoles,
quienes solo recibieron un cuero de vaca seco y algunos palmitos amargos que
apenas podían encontrar en la playa. Mientras ellos se dirigían a las islas,
Pizarro y los que permanecieron continuaban luchando contra la agonía del
hambre y los horrores del clima, aferrándose a la poca esperanza que les
quedaba.
Las
difíciles circunstancias exigieron que Pizarro recurriera a todas las
habilidades y estrategias que había aprendido tiempo atrás con Vasco Núñez de
Balboa. No solo alentaba a sus hombres con palabras amables y persuasivas, que
sabía emplear magistralmente cuando era necesario, sino que también ganaba su
confianza y afecto mediante un cuidado constante y atento. Personalmente se
encargaba de buscar alimentos y refrescos adecuados para los enfermos y
debilitados, los repartía con sus propias manos, construía refugios para
protegerlos de la lluvia y la intemperie, y actuaba más como un camarada y
amigo que como un caudillo o capitán.
Sin
embargo, estos esfuerzos no fueron suficientes para contrarrestar las graves dificultades
de la región y la escasez de recursos. Los hombres, alimentándose solo de las
pocas y dañinas raíces que encontraban, comenzaron a hincharse, y ya
veintisiete habían muerto debido a la falta de alimentos y al agotamiento
extremo. El destino de todo el grupo hubiera sido fatal si no hubiera sido por
la oportuna llegada de Montenegro, quien regresó con el navío cargado de carne,
frutas y maíz.
Durante
la ausencia de Pizarro del puerto, un gran resplandor había sido avistado a lo
lejos, lo que él interpretó como una señal de los fuegos de los indios. Con un
grupo de los más valientes, se dirigió hacia el lugar y efectivamente hallaron
una ranchería. Al notar la presencia de los españoles, los indios huyeron,
salvo dos que no lograron escapar con la misma rapidez que los demás. Además de
capturar a estos dos indígenas, los españoles encontraron una cantidad
significativa de cocos y cerca de una fanega de maíz, que repartieron entre
todos los hombres.
Los
prisioneros indígenas, con una mezcla de sorpresa e incomprensión, hicieron las
mismas preguntas que muchos otros nativos del Nuevo Mundo habían hecho al ver a
los europeos: «¿Por qué no sembráis, por qué no cogéis, por qué andáis pasando
tantos trabajos por robar los bastimentos ajenos?» Estas simples pero profundas
observaciones, basadas en el sentido común y la equidad, fueron desoídas por
los conquistadores, quienes continuaron actuando bajo la lógica de la fuerza y
la necesidad. Trágicamente, uno de los prisioneros no tardó en morir, alcanzado
por una flecha envenenada, cuyo potente veneno acabó con su vida en cuestión de
cuatro horas.
Al
regresar al puerto, Pizarro fue informado por un mensajero de la llegada de
Montenegro. Ansioso por encontrarse con él y recibir las tan esperadas
provisiones, apresuró su marcha para abrazarlo y agradecerle por haber salvado
a los hombres de la muerte segura.
Tras
deliberar sobre la situación, el grupo decidió abandonar el puerto, que
bautizaron como "Puerto de la Hambre" debido a las penurias sufridas
allí, y volver al mar para seguir explorando la costa. Navegaron durante
algunos días hasta desembarcar en un puerto al que llamaron "Puerto de la
Candelaria", ya que arribaron en esa festividad. Sin embargo, el panorama
seguía siendo desolador: el clima era húmedo hasta el punto de que sus ropas se
descomponían, el cielo tronaba constantemente, y no había señales de los
habitantes, quienes probablemente se habían escondido en las profundidades de
la selva.
A
pesar de este sombrío entorno, encontraron unas sendas que los guiaron hasta un
pequeño pueblo deshabitado, donde hallaron provisiones de maíz, raíces, carne
de cerdo y, para su sorpresa, algunas joyas de oro con un valor aproximado de
seiscientos pesos. Pero su alegría se transformó en horror al descubrir manos y
pies humanos cocinándose en unas ollas, lo que les reveló que aquellos
habitantes eran caribes, conocidos por su canibalismo. Llenos de repugnancia,
regresaron al navío y continuaron su viaje.
Más
adelante, llegaron a otro lugar de la costa que llamaron "Pueblo
Quemado", a unas veinticinco leguas del puerto de Piñas. Aunque las
fatigas acumuladas eran muchas, apenas habían avanzado. Desembarcaron
nuevamente y, al encontrar huellas que indicaban la presencia de habitantes,
comenzaron a explorar la tierra. Pronto encontraron un nuevo asentamiento,
también abandonado, pero con abundantes provisiones. Pizarro, al ver que el
lugar estaba mejor situado y menos estéril que los anteriores, decidió
asentarse allí. Además, el lugar estaba en la cima de una montaña, lo que lo
hacía fácilmente defendible. Mientras el navío partía hacia Panamá para ser
reparado, Pizarro ordenó a Montenegro que explorara la zona en busca de indios
que pudieran ser utilizados para ayudar a los marineros en sus labores.
Los
indígenas, vigilando de cerca a los españoles, planeaban cómo expulsar a esos
invasores que habían llegado con tanta insolencia para despojarlos de sus
tierras. Aprovecharon el momento en que los españoles se dividieron para atacar
a Montenegro con gran alboroto, lanzando sus armas y gritando. Aunque los
españoles los enfrentaron con valor y las armas que los protegían, la batalla
fue encarnizada, y los indios no les dieron respiro, atacando a los más
destacados. En el combate, murieron tres castellanos y muchos otros resultaron
heridos.
Al ver
la resistencia de los españoles, los indígenas se retiraron momentáneamente,
pero decidieron atacar el campamento principal, donde suponían que solo
quedarían enfermos y cobardes. Al llegar, Pizarro intuyó que Montenegro podría
haber sido derrotado, pero sin perder el ánimo, salió a enfrentarlos. La
batalla fue tan feroz como la anterior, y Pizarro destacaba por su valor,
animando a los suyos con palabras y ejemplo. Los indígenas, al percibir su
presencia, lo rodearon y lo hicieron caer por una ladera, creyéndolo muerto.
Sin embargo, Pizarro se levantó de inmediato con la espada en mano, mató a dos
atacantes y contuvo a los demás hasta que sus compañeros llegaron para
socorrerlo.
El
combate continuaba con desenlace incierto hasta que la llegada de Montenegro y
sus hombres desmoralizó completamente a los indígenas, quienes finalmente se
retiraron, dejando a Pizarro y a muchos otros españoles gravemente heridos.
Después
de los enfrentamientos y de recibir graves heridas, los españoles se curaron
con el remedio que solían usar en tales situaciones: aceite hirviendo aplicado
sobre las heridas. Dado el peligro que representaban los numerosos y feroces
indígenas, y considerando lo reducida que era su propia fuerza, Pizarro y los
suyos decidieron retirarse de aquel lugar para dirigirse hacia las cercanías de
Panamá. Llegaron a Chocama, desde donde Pizarro envió a Nicolás de Rivera, el
tesorero de la expedición, a bordo del navío con el oro recolectado. Rivera
debía dar cuenta de lo sucedido y exponer las expectativas de encontrar tierras
más prósperas.
Mientras
Pizarro exploraba con gran esfuerzo esos inhóspitos lugares, su compañero
Almagro, quien apresuraba los preparativos para reunirse con él, partió en otro
pequeño navío con sesenta y cuatro españoles, pocos días antes de la llegada de
Nicolás de Rivera a Panamá. Almagro siguió el mismo rumbo que Pizarro,
guiándose por las señales dejadas en montes y playas. Desembarcó en Pueblo
Quemado, donde los mismos indígenas que habían causado tantos problemas a
Pizarro y Montenegro lo resistieron con valentía, hiriéndolo gravemente en un
ojo, lo que le dejó ciego de ese lado para siempre. A pesar de que finalmente
conquistó el lugar, Almagro decidió no quedarse allí y continuó en busca de su
compañero, explorando cada cala y puerto en su camino.
En su
trayecto, Almagro reconoció varios puntos, como el valle de Baeza, nombrado así
por un soldado del mismo apellido que murió allí, el río del Melón, al que
llamaron así por ver un melón flotando en sus aguas, y el río de las
Fortalezas, bautizado así por las casas indígenas que desde lejos parecían fuertes.
Finalmente, llegó al río de San Juan, nombrado en honor al día en que lo
descubrieron. Aunque encontraron algunas señales de buenas tierras y recogieron
una cantidad de oro, la preocupación por sus compañeros, a quienes creían
perdidos, llenó de tristeza a Almagro y sus hombres. Desanimados, decidieron
regresar a Panamá.
No
obstante, al llegar a las islas de las Perlas, recibieron noticias dejadas por
Nicolás de Rivera que indicaban la ubicación de Pizarro. Inmediatamente dieron
la vuelta y se dirigieron a Chocama, donde efectivamente encontraron a Pizarro.
Los dos compañeros se abrazaron, compartieron sus respectivas aventuras,
peligros y fatigas, y después de discutir cuidadosamente los próximos pasos,
acordaron que Almagro regresaría a Panamá para reclutar más hombres y reparar
los navíos.
Al
llegar Almagro a Panamá, se encontró con nuevas dificultades que frustraban los
planes de los dos descubridores. Pedrarias, quien inicialmente les había
concedido la licencia para llevar a cabo su expedición, ahora se oponía
firmemente a la empresa. En ese momento, Pedrarias planeaba personalmente
castigar a su teniente, Francisco Hernández, que se había rebelado en
Nicaragua, y no quería que su fuerza se viera reducida por la partida de
hombres hacia la expedición al Perú. Aunque esta era la verdadera razón de su
cambio de actitud, Pedrarias argumentaba que las malas noticias traídas por
Nicolás de Rivera, y lo que él consideraba la obstinación de Pizarro, eran las
causas de la pérdida de tantos hombres. Según él, la falta de habilidad e
ignorancia de Pizarro eran los culpables.
Pedrarias,
conocido por su tenacidad y desconfianza, anunciaba que revocaría la
autorización y prohibiría que más hombres se unieran a la expedición. Ni
siquiera la llegada de Almagro, que traía noticias esperanzadoras, suavizó su
dureza. Parecía que todo estaba perdido, hasta que el maestre escuela Hernando
de Luque, amigo cercano y apoyo fundamental de los dos exploradores, intervino.
Luque estaba fuertemente involucrado en el proyecto y utilizó todas sus
influencias para convencer a Pedrarias.
A
pesar de sus esfuerzos, es probable que las gestiones de Luque no hubieran sido
suficientes si no hubieran ofrecido a Pedrarias una participación en las
ganancias del descubrimiento sin que él tuviera que aportar nada. Esto despertó
su codicia, lo que lo hizo ceder en su obstinación y levantar la prohibición de
embarque. Sin embargo, Pedrarias impuso una condición: Pizarro debía llevar un
adjunto que lo acompañara y, en cierto modo, lo vigilara y dirigiera. Luque
logró que ese adjunto fuera Almagro, quien fue nombrado capitán para darle
mayor autoridad.
A
pesar de que este acuerdo se hizo con buena fe, cuando Pizarro se enteró del
nombramiento, se sintió ofendido, interpretándolo como un desprecio hacia su
liderazgo. Aunque se le dieron explicaciones, Pizarro no quedó satisfecho, y el
resentimiento por esta decisión se arraigó en su corazón. Este episodio marcó
el comienzo de las tensiones y conflictos que más tarde desembocarían en graves
desastres entre los dos compañeros.
Pizarro
probablemente evitó regresar a Panamá hasta que Pedrarias partió hacia
Nicaragua en enero de 1526. Durante ese tiempo, la preocupación principal de
los dos exploradores era reunir fondos para continuar con la expedición, ya que
los gastos iniciales los habían dejado sin recursos. Afortunadamente, Hernando
de Luque, incansable en su apoyo, logró proporcionar el dinero necesario. Fue
entonces cuando se formalizó la famosa contrata en la que Luque aportó 20,000
pesos de oro para financiar la expedición, mientras que Pizarro y Almagro
ofrecieron la licencia del gobernador y su compromiso personal para llevar a
cabo la empresa. Según este acuerdo, las tierras, los indígenas, las joyas, el
oro y cualquier otro producto que se obtuviera se dividirían en partes iguales
entre los tres.
Para
darle mayor solemnidad a la asociación, Luque, quien era canónigo, celebró una
misa especial. Durante la ceremonia, dividió la Hostia consagrada en tres
partes: una para él y las otras dos para Pizarro y Almagro, quienes comulgaron.
Este acto sagrado conmovió a los presentes, quienes, llenos de respeto,
lloraban ante un rito tan solemne, nunca antes visto en esa región para un
propósito similar. Sin embargo, algunos observadores consideraban que este
gesto religioso no era suficiente para salvar a los tres de lo que consideraban
un acto de locura, dada la peligrosidad y la ambición del proyecto.
Con el
paso del tiempo, la ceremonia ha sido criticada por considerarse impía, ya que
invocaba el nombre de un Dios de paz para validar una expedición que terminaría
en matanza y saqueo. No obstante, es importante no juzgar este acto solo por
los desastres y violencias que siguieron al descubrimiento, sin entender el
contexto de la época y las motivaciones de los aventureros. Para los
castellanos, extender la fe cristiana y ganar nuevas tierras para su rey eran
deberes sagrados y heroicos. Así, no es sorprendente que implorasen la
intervención divina antes de emprender una empresa de tal magnitud.
Aunque
es necesario condenar los crímenes de la codicia y la ambición, debemos también
ser justos y no juzgar a estos individuos con criterios modernos sin tener en
cuenta las ideas predominantes de su tiempo. Incluso en la actualidad, las
naciones modernas aún invocan a Dios en sus conflictos, a menudo guerras
innecesarias e injustas, lo que muestra que, en muchos sentidos, no estamos tan
lejos de las contradicciones de nuestros antepasados.
Con
dos navíos y dos canoas cargados de víveres y armas, y acompañados por el experimentado
piloto Bartolomé Ruiz, Pizarro y Almagro volvieron a zarpar, siguiendo el rumbo
que ya habían tomado en expediciones anteriores. Llegaron cerca del río de San
Juan, que Almagro había explorado previamente. Decidieron detenerse allí, ya
que la tierra parecía más habitada y rica en recursos que los lugares
anteriores. Asaltaron un pueblo donde encontraron algo de oro, provisiones y
capturaron algunos indígenas, lo cual les dio esperanzas, a pesar de que el
terreno circundante consistía principalmente en montañas, ciénagas y ríos, lo
que hacía que el movimiento por tierra fuera casi imposible.
Pizarro
se quedó en la zona con la mayor parte de la tripulación y las dos canoas,
mientras que Almagro regresó a Panamá en uno de los navíos para reclutar más
hombres con el oro obtenido. Bartolomé Ruiz, por su parte, zarpó en el otro
navío para continuar explorando la costa. El viaje de Ruiz marcó un avance
significativo en la búsqueda del Perú. Durante su exploración, descubrió la
isla del Gallo, la bahía de San Mateo, la región de Coaque y llegó hasta la
punta de Pasaos, situada en la línea ecuatorial.
En el
camino, se topó con una balsa construida hábilmente con cañas, en la que
viajaban hasta veinte indígenas. Al acercarse el navío español, once de ellos se
lanzaron al agua, pero los otros fueron capturados. Tras examinar a los
prisioneros y los objetos que llevaban, Ruiz decidió liberar a la mayoría,
quedándose solo con tres de los que consideró más útiles para servir de
intérpretes y para obtener información sobre la tierra.
Estos
indígenas parecían dirigirse a comerciar con otros pueblos de la costa, y entre
sus pertenencias destacaban pesos pequeños para medir oro, construidos de
manera similar a las balanzas romanas, lo cual sorprendió a los castellanos.
También llevaban diversas joyas de oro y plata trabajadas con cierto esmero,
esmeraldas pequeñas, cuentas de calcedonia, mantas, ropa de algodón y lana, y
lana hilada y por hilar, obtenida de los animales de la región. Estos hallazgos
asombraron a los españoles, pero lo que más les impresionó fue la información
que los indígenas compartieron sobre su rey Huayna Cápac y la opulencia de su
corte en el Cusco.
Aunque
los españoles desconfiaban de las historias sobre las riquezas y el poder del
Inca, Bartolomé Ruiz trató a los indígenas con respeto y decidió llevarlos
consigo de regreso a Pizarro. Estaba convencido de que las noticias que estos
indígenas traían alegrarían a su compañero y alimentarían sus esperanzas de
continuar la expedición.
Casi
al mismo tiempo que Bartolomé Ruiz regresaba, Almagro llegó con el socorro que
había traído de Panamá, compuesto de armas, caballos, ropa, víveres y
medicinas, así como de cincuenta soldados que se aventuraron a seguirle desde
Castilla. Almagro recordó las precauciones que tuvo que tomar para entrar en la
ciudad, donde ahora mandaba el nuevo gobernador, Pedro de los Ríos. A pesar de
que el maestre de escuela Hernando de Luque había hecho representaciones para
asegurar el apoyo del Gobierno en la empresa conjunta de los tres socios, el
descrédito en que había caído la expedición en Panamá lo hizo dudar de su
recibimiento, lo que lo llevó a detenerse hasta conocer la actitud del
Gobernador. Este, aunque lamentaba la pérdida de tantos castellanos, aseguró a
Luque que haría lo posible por ayudarles.
Almagro
finalmente entró al puerto de Panamá, donde el Gobernador salió a recibirlo,
honrándolo y confirmando los cargos que su predecesor, Pedrarias, había dado
tanto a él como a su compañero Pizarro. El Gobernador les permitió alistar más
hombres y realizar las provisiones necesarias. Estas noticias, junto con las de
los indígenas tumbesinos, lograron elevar un poco los ánimos decaídos de los
hombres. Aprovechando esta buena disposición, Almagro y Pizarro se hicieron al
mar nuevamente, siguiendo la ruta que había tomado Bartolomé Ruiz.
Primero
llegaron a la isla del Gallo, donde permanecieron quince días recuperándose de
las privaciones sufridas. Luego continuaron su viaje hasta la bahía de San
Mateo, donde decidieron desembarcar y establecerse para aprender el idioma de
las tierras que tenían por delante. Los indios de Tumbes les ofrecieron
confianza en este objetivo, y Pizarro se dedicó a enseñarles algunas palabras
en castellano. Además, la tierra parecía rica en maíz y hierbas nutritivas, lo
que les invitaba a permanecer allí. Sin embargo, los nativos eran tan hostiles
y difíciles como los que habían encontrado antes, lo que les hizo dudar de su
capacidad para sostenerse en ese lugar sin más refuerzos.
Se
entabló una deliberación sobre lo que convenía hacer. Muchos sugirieron
regresar a Panamá y emprender el descubrimiento con más hombres y fuerza.
Almagro se opuso a esta idea, argumentando que sería vergonzoso volver sin
haber logrado algo significativo, expuestos a las risas de sus adversarios y a
las reclamaciones de sus acreedores. Su propuesta fue buscar un lugar abundante
en víveres para establecerse y enviar los navíos de vuelta a Panamá en busca de
más hombres. Sin embargo, las razones de Almagro no parecían tan bien fundadas
como la situación exigía.
Pizarro,
ya sea movido por un sentimiento de flaqueza o por una impaciencia difícil de
justificar, le respondió con aspereza, señalando que no le sorprendía que
alguien que había estado yendo y viniendo de Panamá, con la excusa de traer
socorros y víveres, no pudiera comprender las angustias y fatigas que sufrían
quienes llevaban tantos meses en aquellas costas inhóspitas y desiertas, ya sin
fuerzas para resistir. Almagro replicó que estaría dispuesto a quedarse,
mientras Pizarro fuese a buscar ayuda, si eso era lo que prefería. La tensión
entre ellos se intensificó, y de un intercambio de palabras hirientes pasaron a
amenazas y, finalmente, a desenfundar armas para herirse mutuamente.
Fue
entonces cuando intervinieron el piloto Ruiz, el tesorero Rivera y otros
oficiales presentes, quienes lograron calmar los ánimos y detener aquel
escandaloso enfrentamiento, haciendo que ambos olvidaran su ira y se abrazaran
como amigos. ¡Ojalá aquel abrazo hubiera cerrado la puerta para siempre a los
resentimientos tristes y crueles que más tarde habrían de consumirlos!
Establecida
así la paz, Pizarro se ofreció gustosamente a quedarse con los hombres,
mientras Almagro, como era habitual, se dirigía a Panamá en busca de socorros.
Antes de partir, ambos reconocieron los alrededores de la bahía en la que se
encontraban, y al darse cuenta de que ninguno de esos lugares les era
conveniente, decidieron retroceder y fijarse en la isla del Gallo, que ofrecía
mejores condiciones para sus fines. Así, Almagro zarpó hacia Panamá, mientras
Pizarro, con ochenta y cinco hombres —el único resto que quedaba tras tantos
refuerzos—, se dirigió a la isla. Desde allí, pocos días después, envió el
navío que le quedaba para que regresara a Panamá y volviera con Almagro.
Este
acuerdo y las decisiones de los dos capitanes alteraron significativamente los
ánimos de los soldados, quienes ya no se quejaban en secreto, sino en grupos y
alzando la voz, criticando la inhumanidad y dureza de la situación. Se
preguntaban si acaso no eran suficientes tantos meses de desengaños, en los que
solo habían experimentado hambre, enfermedad, sufrimiento y muerte. Habían
recorrido palmo a palmo aquella costa cruel, enfrentándose a rechazos y
pérdidas en cada intento. Se cuestionaban qué peligros dignos del nombre
español habían encontrado allí, qué riquezas se correspondían con las
grandiosas esperanzas que habían alimentado al partir. El escaso oro que
recogían en los asaltos, que hacían de vez en cuando, se enviaba a Panamá más
como una ostentación que como un verdadero incentivo para atraer a más hombres
al sacrificio. Mientras tanto, ellos continuaban perdidos entre los manglares,
alimentándose de la fruta insípida de aquellos árboles tristes o de raíces poco
saludables, expuestos constantemente a los aguaceros, desnudos, hambrientos y
enfermos, arrastrando penosamente su existencia, martirizados por los
mosquitos, atacados por los indios y devorados por los caimanes.
Originalmente
habían salido ochenta, y después de tantos refuerzos traídos por Almagro, solo
quedaban ochenta y cinco. Esa elevada mortandad debería haberles convencido de
no sacrificar ese miserable resto a su terquedad inhumana y a sus insensatas
esperanzas. La rica tierra que siempre habían pregonado se alejaba más de su
vista y de sus esfuerzos, y el continente americano se defendía con más
tenacidad y rigor que el que habían enfrentado en el lado opuesto ante los
obstinados y valientes esfuerzos de Ojeda y Nicuesa. Tanto tiempo perdido,
tantas tentativas inútiles, tantas fatigas y desastres debían ya convencerles
de que la empresa era imposible, o al menos temerario querer llevarla a cabo
con medios tan desiguales.
No era
fácil responder, ni mucho menos silenciar las amargas quejas del desaliento.
Los jefes, temiendo que las noticias enviadas a Panamá fueran aún más negativas
y que así la empresa se desacreditara por completo, decidieron que Almagro
debía recoger todas las cartas que se enviaran en los navíos. Sin embargo, este
abuso de confianza generó, como siempre, más perjuicios que beneficios. La
necesidad, más astuta que la sospecha, logró abrirse paso de manera segura, a
pesar de los intentos de los dos capitanes de evitarlo, y se redactó un largo
memorial que contenía los desastres pasados, el elevado número de castellanos
que habían muerto, la opresión y cautiverio que sufrían los que quedaban, y
concluía con una súplica vehemente y lastimera para que se enviara ayuda y se
les liberara de la muerte inminente.
Este
memorial se escondió en el centro de un gran ovillo de algodón que un soldado
enviaba con el pretexto de solicitar que le tejieran una manta. De este modo,
llegó a Panamá con Almagro. Se encontró la manera de que la esposa del
Gobernador pidiera el ovillo para verlo, y al desenrollarlo y descubrir el
escrito, el Gobernador, al enterarse por su contenido de la crítica situación
en que se hallaban, decidió enviar ayuda para evitar más desgracias en el
futuro, ya que las pasadas no se podían remediar. Esta decisión se vio
favorecida por la corroboración de las noticias del memorial que daban algunos
de los que regresaban con Almagro, quienes no coincidían en este aspecto con
las intenciones de su capitán.
Así, a
pesar de los ruegos, reclamaciones e incluso amenazas que hicieron los dos asociados
en la empresa, el Gobernador, sordo a todo, encargó a un tal Juan Tafur,
dependiente suyo y natural de Córdoba, que fuera con dos navíos a recoger a
esos miserables y traerlos a Panamá.
Mientras
tanto, ellos se encontraban en la isla del Gallo, donde sufrían las mismas
angustias de siempre, salvo las que provenían de la hostilidad de los
indígenas, ya que estos, al no estar cerca, habían abandonado la isla y se
habían retirado a tierra firme. Cuando llegaron los dos navíos y Tafur mostró
la orden del Gobernador, la alegría de los soldados fue tal que se abrazaban
como si volvieran de la muerte a la vida, bendiciendo a Pedro de los Ríos como
su libertador y padre. Pizarro, por otro lado, se encontraba descontento. Sus
dos asociados le escribieron instándole a que, a toda costa, se mantuviera
firme y no malograra la expedición regresando a Panamá, asegurándole que lo
socorrerían de inmediato con armas y hombres.
Al ver
el alboroto de los soldados y su decidida intención de abandonar la empresa,
Pizarro les dijo: «Volveos en buena hora, los que tanto afán tenéis de ir a
buscar allí los trabajos, la pobreza y los desaires que os esperan. Lamento que
queráis perder el fruto de tan heroicas fatigas, cuando ya la tierra que os
anuncian los indios de Tumbes os espera para colmaros de gloria y riquezas.
Idos, pues, y no diréis jamás que vuestro capitán no os ha acompañado el
primero en todos vuestros trabajos y peligros, cuidando siempre más de vosotros
que de sí mismo.»
No se
dejaban convencer por tales razones, cuando él, sacando la espada y haciendo
con ella una gran línea en el suelo de oriente a poniente, señalando el
mediodía como su rumbo, dijo: «Por aquí se va al Perú a hacerse ricos; por acá
se va a Panamá a hacerse pobres: escoja el que sea buen castellano lo que más
le convenga.» Dicho esto, cruzó la línea, siendo seguido solo por trece de
todos los que allí se hallaban. Este acto fue de un arrojo magnánimo, y las
circunstancias que lo rodeaban lo convierten en algo verdaderamente
maravilloso. La historia menciona los nombres de todos estos valientes
españoles, entre los que se destacan el piloto Bartolomé Ruiz, por sus
conocimientos y servicios; un Pedro de Candía, griego de nacionalidad, natural
de la isla de su nombre, que posteriormente tuvo un papel relevante en los
acontecimientos que siguieron; y un Pedro Alcón, quien poco después perdió el
juicio y se sumió en disparates que serán relatados.
El
resto de la multitud regresó con Tafur a Panamá, quien se negó a dejarle a
Pizarro uno de los navíos, a pesar de que este se lo rogaba encarecidamente, y
solo consintió, con gran dificultad, en dejarle algunos indios de Tumbes y una
escasa provisión de maíz. Viéndose solo con tan poca gente, Pizarro decidió
abandonar la isla del Gallo, donde los indígenas podían regresar y
exterminarlos, y se trasladó a otra isla situada a seis leguas de la costa y a
tres grados de la línea, que, por estar despoblada, no presentaba el mismo
peligro.
Esta
ventaja era lo único que podía compensar los demás inconvenientes de aquella
morada infernal. La isla fue nombrada Gorgona, en honor a las muchas fuentes,
ríos y quebradas que manan en ella. Allí jamás se ve el sol, nunca deja de
llover, y las altas montañas, los bosques densos, la inclemencia del cielo y la
esterilidad de la tierra le conferían un aspecto salvaje y horrible: un lugar
solo apto para desesperados como ellos. Construyeron barracas para protegerse,
fabricaron una canoa para salir a pescar en el mar abierto, y con los peces que
lograban atrapar y la caza que conseguían, sumados al maíz que les dejó Tafur,
se fueron sustentando con gran dificultad durante el tiempo que tardó el
socorro, que fue de cinco meses. Pizarro, como siempre, era el principal
proveedor; sin embargo, toda su diligencia y esfuerzos no podían evitar las
enfermedades que, inevitablemente, debían contraer en aquel país insalubre, ni
el consiguiente desaliento, ya que, a pesar de su apariencia de hierro, sus
corazones eran de hombres.
Los
días pasaban, y el socorro no llegaba: cualquier remolino de olas o cualquier
nube en el horizonte les hacía imaginar que era el navío. La esperanza, que
había sido engañada tantas veces, se convertía en impaciencia, y finalmente en
desesperación. Ya estaban considerando construir una balsa para navegar a la
costa de Panamá cuando divisaron el navío. Su vela, al principio, aunque
visible a los ojos, no era creída por el alma, que había aprendido a desconfiar
de tantos engaños. Cuando el barco se acercó al río y no quedó ya duda, se
abandonaron a toda la alegría que debía inspirarles la felicidad de verse
socorridos y la satisfacción de no perder el fruto de tantos sufrimientos.
Pero
el socorro no fue tan grande como esperaban y merecían. El navío llegó solo con
la marinería necesaria para la maniobra, conducido por Bartolomé Ruiz, a quien
Pizarro había enviado con Tafur para que respaldara con su reputación y
experiencia lo que él había escrito al Gobernador y a sus asociados. Sus
argumentos y esperanzas no pudieron contrarrestar las quejas de los demás. Al
escuchar estas noticias, toda la gente que Almagro tenía lista para enviar a su
compañero se dispersó. El Gobernador, apenado por la pérdida de tantos
castellanos y ofendido por la tenacidad del descubridor, amenazó con
abandonarlo a su mal destino. Sin embargo, finalmente, vencido por los ruegos y
quejas de los dos asociados, permitió que el navío partiera, aunque con la
estricta y severa advertencia de que Pizarro, dentro de seis meses, debía
regresar para rendir cuentas de lo que hubiese descubierto.
Al
enterarse de estas noticias, Pizarro tomó de inmediato la decisión que más le
convenía a su situación. Dejó en la isla a dos de sus compañeros que, por
enfermos y débiles, no podían seguirle, junto con todos los indios de servicio
que allí tenían. Con los once españoles restantes y los indios tumbesinos, se
embarcó en el navío y dirigió su rumbo por donde anteriormente lo había llevado
el piloto Bartolomé Ruiz. A los veinte días, halló y reconoció la isla que
después se llamó Santa Clara, situada entre Puna y Tumbes: un lugar desierto,
pero consagrado a la religión local, donde encontraron un adoratorio y diversas
alhajas de oro y plata, construidas en figuras de pies y manos, semejantes a
nuestras ofrendas votivas en altares milagrosos. Esto ya les presentaba una muestra
de la industria y riqueza del país que buscaban.
Al día
siguiente, continuando su navegación, se encontraron con balsas cargadas de
indios, vestidos con camisetas y mantas, y armados a su modo. Eran de Tumbes y
se dirigían a guerrear con los de Puna. Pizarro los hizo venir con él,
asegurándoles que no pretendía hacerles daño, sino que deseaba que lo
acompañaran hasta Tumbes. En medio de la extrañeza y maravilla que unos a otros
se provocaban, se acercaban a la costa, la cual, baja y llana, sin manglares ni
mosquitos, parecía a los castellanos una tierra de promisión en comparación con
las que habían visto hasta entonces. Finalmente, el navío arribó a la playa de
Tumbes; los de las balsas tuvieron libertad para ir a tierra, y el capitán
español les encargó que dijeran a sus señores que él no iba a aquellas tierras
a causarles molestia, sino a ser amigo de todos.
Cuando
llegaron a la orilla, se encontraron con una multitud de indígenas que
contemplaban asombrados aquella máquina nunca antes vista. Se maravillaban al
ver llegar en ella y saltar a las balsas a gente de su mismo país. La
curiosidad y el asombro crecieron cuando los indios se acercaron al curaca, o
cacique, del pueblo para informarle sobre lo que habían visto y lo que les
habían contado los indios intérpretes que los acompañaban.
Movido
por estas noticias, el deseo del curaca por conocerlos mejor aumentó. Así que
envió al navío, en diez o doce balsas, todo el bastimento que pudieron reunir.
En ese
momento, se encontraba en el barco uno de aquellos nobles peruanos, a quienes,
por la deformidad de sus orejas y por el adorno que en ellas llevaban, nuestros
compatriotas luego denominaron "orejones". Este noble quiso unirse al
viaje, proponiéndose observarlo todo con el mayor cuidado para poder informar
al rey del país. Pizarro, que recibió el presente y a quienes lo llevaban con
gran agrado y cortesía, no pudo evitar admirarse del reposo y la sensatez del
orejón, así como de las preguntas atinadas y prudentes que le hacía. Así que,
le ofreció información sobre el objetivo de su viaje, la grandeza y poder de
los reyes de Castilla, y los puntos esenciales de la religión católica. El
peruano escuchaba con atención y sorpresa, entretenido con las novedades que
veía y oía; permaneció en el navío desde la mañana hasta la tarde. Comió con
los castellanos, alabando su vino, que le pareció mejor que el de su tierra. Al
despedirse, Pizarro le regaló unas cuentas de perlas, tres calcedonias, y lo
que fue de mayor valor para él: un hacha de hierro. Al curaca, le envió dos
puercos, uno macho y uno hembra, cuatro gallinas y un gallo. Así se despidieron
amigablemente, y el orejón rogó a Pizarro que dejara ir con él a algunos
castellanos para que el curaca los viese. El capitán accedió, enviando a tierra
a Alonso de Molina y a un negro.
Al
llegar al pueblo, la maravilla y sorpresa de los indios alcanzaron su punto
máximo al ver con sus propios ojos lo que les habían contado los de las balsas.
Todo les parecía desatinado: la extrañeza de aquellos animales, el canto petulante
y chillador del gallo, aquellos dos hombres tan diferentes a ellos y entre sí.
Algunos, al escuchar cantar al gallo, preguntaban qué pedía; otros hacían lavar
al negro para ver si se le quitaba la tinta que, a su parecer, lo cubría; y
algunos tentaban la barba de Alonso de Molina, desnudándolo en parte para
considerar la blancura de su piel. Todos se agolpaban sobre ellos —hombres,
ancianos, niños y mujeres— regocijándose con los gestos, risas y movimientos
del negro, mientras Molina respondía a sus preguntas mediante señas, según
podía. Las mujeres, especialmente curiosas y expresivas, no cesaban de
acariciarlo y agasajarlo, incluso sugiriéndole que se quedara allí y le
ofrecerían una hermosa moza por esposa. Pero si los indios estaban admirados
por la apariencia de los extranjeros, no lo estaba menos Alonso de Molina por
lo que veía en la tierra. Acostumbrado durante meses a no ver más que
manglares, sierras ásperas, pantanos eternos, salvajes desnudos y feroces, y
miserables bohíos, sin duda le causó tanto asombro como alegría encontrarse de
repente con un pueblo organizado y gobernado con cierta clase de policía, con
hombres vestidos, casas construidas de forma regular, un templo, una fortaleza,
sementeras a lo lejos, acequias, rebaños de ganado, y dentro, abundancia de oro
y plata en adornos y utensilios.
Él lo
relataba al regresar al navío con tal énfasis que Pizarro, dudando de su
veracidad, decidió enviar a Pedro de Candía a tierra para obtener más
información. Candía contaba con una mente aguda y una mayor experiencia que
Molina; además, era alto y robusto, de porte gentil. Las armas brillantes con
las que estaba ataviado reflejaban los rayos del sol, lo que lo presentaba ante
los simples peruanos como un objeto de respeto y veneración, tal vez como un
ser favorecido por su deidad tutelar.
Llevaba
al hombro un arcabuz, y, siguiendo las solicitudes de los indios que venían en
las balsas, le pidieron que disparara. Candía apuntó a un tablón cercano y lo
atravesó de parte a parte. El estruendo provocó que algunos indios cayeran al
suelo, mientras que otros gritaban despavoridos de asombro.
Al
igual que Molina, Candía fue agasajado y acariciado con afecto, aunque no con
la misma sorpresa ni confianza. Reconoció la fortaleza y visitó el templo, a
petición de las mamaconas, las vírgenes consagradas al sol, cuya ocupación,
después de cumplir con las ceremonias del culto, era tejer finísimos productos
de lana. Sin embargo, el entusiasmo y la afectuosa atención de aquellas
criaturas simples e inocentes resultaban menos interesantes para el curioso
extranjero que las planchas de oro y plata que adornaban las paredes del
santuario, prometiendo un suculento premio para él y sus compañeros.
Finalmente,
se despidió del curaca y, colmado de provisiones diversas, entre las que se
destacaban un carnero y un cordero del país, regresó al navío. Allí, refirió
todo lo que había visto con palabras mucho más ponderadas y grandiosas que las
de Alonso de Molina.
De
este modo, el capitán español no albergó más dudas sobre la grandeza y
opulencia de la tierra que se le presentaba. Sin embargo, su pensamiento se
tornó melancólico al recordar a los compañeros que lo habían abandonado, cuya
deserción le impedía emprender cualquier acción de relevancia. A pesar del buen
acogimiento que recibía, sentía que sus escasas fuerzas no le permitían tomar
el pueblo por la fuerza, hacerse fuerte en su alcázar y despojar a los
habitantes y a su templo de aquellas tan codiciadas riquezas. La buena fortuna
lo salvó de caer en ese mal pensamiento, ya que las divisiones en el imperio
incaico aún no habían comenzado. Huayna-Capac seguía vivo, y las fuerzas de
aquel gran estado, dirigidas por un príncipe tan hábil como firme, podrían haber
aniquilado a esos pocos advenedizos o, al menos, haber evitado que destruyeran
una monarquía que aún se encontraba a salvo.
Las
noticias adquiridas en Tumbes no satisfacían del todo los deseos de Pizarro,
quien decidió continuar su viaje y explorar más territorio. Su anhelo era
descubrir o tener noticias de Chincha, una ciudad de la que los indios le
hablaban maravillas. Así, siguió su rumbo por la costa, tocando y reconociendo
puertos célebres como Paita, Tangarala, la punta de la Aguja, Santa Cruz, y la
tierra de Colaque, donde más tarde se fundarían las ciudades de Trujillo y San
Miguel, así como el puerto de Santa, situado a nueve grados de latitud austral.
Después de haber navegado y explorado más de doscientas leguas de costa, sus
compañeros le pidieron regresar a Panamá, argumentando que el objetivo de
tantas fatigas y penalidades se había cumplido con el descubrimiento innegable
de un país tan vasto y rico. Pizarro coincidió con esta opinión, y el navío
volvió la proa hacia el oeste, siguiendo el mismo camino que habían recorrido
hasta entonces.
Durante
la ida y la vuelta, los indios, atraídos por la fama, salieron a su encuentro
en todas partes con una curiosidad inocente y confiada. Admiraban la extrañeza
del navío en el que viajaban, su forma, sus armas, y la inmensa ventaja que les
llevaban en fuerza e industria. Según la candorosa expresión de Herrera, “los
juzgaban por lo que habían visto en Tumbes”; así, la liberalidad, el agasajo,
las fiestas y el regocijo con que los trataban eran un reflejo de la idea que
tenían de su humanidad y cortesía. Algunos indios les guardaron objetos y les
presentaron un jarro de plata y una espada que se habían perdido en un vuelco
de balsa durante la ida. Llenos de provisiones, los indígenas ofrecían lo que
podían; muchos les entregaban mantas y collares de chaquira. Sin embargo, no
les ofrecían oro, ya que, conforme a las prudentes disposiciones de su capitán,
los castellanos ni lo solicitaban, ni lo aceptaban, ni mostraban ansias por
obtenerlo.
Observando
esta disposición amigable de los naturales y la abundancia de la tierra, Alonso
de Molina y un marinero llamado Ginés solicitaron permiso para quedarse, y
Pizarro se lo concedió, recomendándoles encarecidamente la confianza en los
indios. Molina se quedó en Tumbes y Ginés en un lugar más al sur.
Anteriormente, otro marinero, Bocanegra, se había escapado del navío en la
costa de Coaque, atraído por la amabilidad de la gente y la belleza del país,
sin que las gestiones de su capitán para persuadirlo a regresar tuvieran éxito.
Finalmente, para fortalecer los vínculos entre ambos grupos y facilitar la
comunicación futura, Pizarro solicitó que le entregaran algunos muchachos que
aprendieran la lengua castellana y pudieran actuar como intérpretes en su
regreso. Le proporcionaron dos: uno que más tarde fue bautizado como don
Martín, y el otro Felipillo, quien ganaría cierta notoriedad por su papel en la
muerte del inca Atahualpa.
De
todas las conferencias que tuvieron con los indios y de los agasajos y
obsequios que recibieron, ninguno igualó en gala y cortesía al trato que les
ofreció una india principal en un puerto cercano a Santa Cruz. Esta india
ansiaba conocer y tratar a aquellos extranjeros que la fama describía como tan
extraños, valientes y amables. Pizarro, consciente de sus deseos y buena
voluntad, no había podido complacerla en su viaje de ida, prometiendo visitarla
en su regreso.
Así,
cuando finalmente regresó, se propuso cumplir con su palabra, especialmente
porque Alonso de Molina, que había permanecido en la tierra todo ese tiempo,
había sido tratado por aquella señora con una atención y un agasajo
excepcionales, lo que él no cesaba de elogiar. Pizarro señaló el punto donde el
navío anclaría para el encuentro, y tan pronto como llegaron, se acercaron
numerosas balsas con cinco reses y otros víveres enviados por la india, que los
españoles entendieron se llamaba Capullana. Ella envió un mensaje diciendo que,
para dar más confianza a los extranjeros, deseaba fiarse del capitán primero, y
que iría al navío a conocerlos a todos. Después, dejaría en el barco
suficientes prendas para que estuviesen seguros en tierra todo el tiempo que
quisieran.
Para
corresponder a esta delicada atención, Pizarro ordenó que salieran del navío de
inmediato el tesorero Nicolás de Rivera, Pedro Alcón y otros dos españoles para
saludarla. Capullana los recibió con la misma cortesía que había mostrado al
principio. Los hizo sentar y comer junto a ella, sirviéndoles de beber y
explicando que así era la costumbre en su tierra con los huéspedes. Luego,
expresó su deseo de ir al navío para invitar al capitán a desembarcar, ya que
él podría estar fatigado por la travesía. Ellos le respondieron que viniese en
buen momento, y al instante se puso en camino.
Al
llegar al navío, Pizarro la recibió con toda urbanidad y respeto, y le ofreció
regalos acordes a su estado y posición. Los castellanos se esforzaron en
comportarse con la mejor crianza y cortesía. Entonces, la india manifestó que,
siendo mujer, se había atrevido a entrar en el navío, así que el capitán,
siendo hombre, podría mejor desembarcar, dejando allí a cinco de sus
principales indios para que lo hiciese con toda confianza. Pizarro respondió
que, al haber enviado a su gente antes de sí y venir con tan poca compañía, no
lo había hecho; pero, reconociendo el afecto con que los favorecía, saltaría
gustosamente en tierra sin que fueran necesarias prendas de seguridad. Con
esto, la india regresó a su albergue para preparar la solemnidad con que
recibirían y agasajarían a aquellos huéspedes que tanto deseaba conocer.
Al
amanecer, alrededor del navío ya había más de cincuenta balsas listas para
conducir al capitán. Entre los indios principales, doce se quedaron a bordo
como garantía de la seguridad de los españoles, a pesar de los intentos de Pizarro
para que desembarcaran con él. Finalmente, descendió a la playa, acompañado de
sus compañeros, y fue recibido por la india junto a una gran multitud, todos
portando ramos verdes y espigas de maíz en las manos.
Los
condujeron a una enramada especialmente preparada, donde los asientos
principales estaban destinados a los huéspedes y otros, un poco más alejados,
para los indios. El banquete consistió en una variedad de alimentos del país,
servidos de diversas formas. Después de la comida, los indios, junto con sus
mujeres, realizaron una danza, lo que dejó a los españoles cada vez más
admirados por la atención y comprensión de aquellos pueblos.
Luego,
Pizarro tomó la palabra y, mediante intérpretes, expresó su agradecimiento por
las honras que le estaban haciendo y la obligación que sentía hacia ellos. Para
reforzar su mensaje, les habló sobre la errada religión en la que vivían, la
inhumanidad y barbarie de sus sacrificios, así como la nulidad y repugnancia de
sus dioses. Les expuso algunos fundamentos de la religión cristiana y les
prometió que, a su regreso, llevaría personas que los instruyeran en ella.
Concluyó su discurso haciéndoles entender que debían obedecer al rey de
Castilla, un monarca poderosísimo entre los cristianos, y les pidió que, como señal
de obediencia, levantaran la bandera que les ofrecía.
A la
luz de nuestras ideas actuales, el momento no parecía el más adecuado para
plantearles tal propuesta. Sin embargo, los indios, demostrando gran cortesía y
mesura, no discutieron sobre la preferencia de religión o rey. Tomaron la
bandera y, en un gesto de buena voluntad hacia su huésped, la alzaron tres
veces. Lo hicieron con una mezcla de burla y diversión, sin creer que se
comprometían en nada, seguros de que no existía en el mundo un rey más poderoso
que su propio inca, Huayna Cápac.
Tras
ser agasajados y honrados de tal manera, los españoles regresaron al navío.
Allí, Pedro Alcón, al ver que se preparaban para partir, le rogó a Pizarro que
lo dejara en tierra. Alcón era uno de esos hombres que adoraban su propia
imagen, y su obsesión por ataviarse y engalanarse era tal que sus compañeros
solían burlarse de él, afirmando que parecía más un galán de Italia que un
miserable descubridor de manglares.
Cuando,
por orden de Pizarro, Alcón bajó del navío para saludar a la india, vio en ello
la oportunidad perfecta para lucirse. Se vistió con su jubón de terciopelo,
calzas negras, un escofión de oro, su gorra con medalla y se armó con espada y
daga. Así salió pavoneándose, convencido de que podría rendir a toda la tierra
con su apariencia. La presencia de Capullana lo embelesó aún más, y ya fuera
por su belleza, ya por su dignidad y cortesía, Alcón comenzó a mirarla,
suspirar y manifestar su interés con las pueriles muestras de un amor tan
imprudente como insensato.
Capullana,
sin embargo, no pareció notar sus atenciones. Alcón, que ya la había tomado
como conquista, decidió quedarse en la tierra y solicitó a Pizarro su permiso
para hacerlo. Pizarro, reconociendo la falta de juicio de Alcón, se lo negó rotundamente.
Ante esta negativa, Alcón, desilusionado y viendo cómo se desmoronaban sus
vanos sueños, perdió el control y comenzó a insultar a sus compañeros,
mostrando intenciones de herirles con una espada rota que casualmente encontró.
Aunque
su comportamiento parecía el resultado de un amor desmedido, no era amor lo que
lo consumía; sus improperios se dirigían a acusar a sus compañeros de ser
"bellacos usurpadores de aquella tierra, que era suya y del rey su
hermano". Esto evidenció que en su mente habían fermentado tanto las ideas
de ambición y poder como las de galantería y vanidad. Para evitar cualquier
inconveniente causado por sus amenazas e insultos, decidieron amarrarlo con una
cadena y llevarlo debajo de cubierta, donde su locura no representó peligro ni
enojo para los demás.
No se
sabe si Alcón logró recuperarse de su frenesí en el futuro, aunque se inclina a
pensar que, más tarde, fue reconocido por los honores y gracias que el
Emperador concedió a los valientes habitantes de la Gorgona.
Sin
este desagradable incidente, el viaje habría sido una verdadera bonanza.
Pizarro, ya impaciente por concluir su travesía, decidió no detenerse más en la
costa desde que partió de Tumbes. Se dirigió a la Gorgona, donde recogió a uno
de los dos soldados que había dejado; el otro ya había muerto. Con este soldado
y los indios que lo acompañaban, continuó su rumbo hacia Panamá, a finales de
1527. Finalmente, tras más de un año de arduo viaje, recorriendo doscientas
leguas de costa, había descubierto un vasto y rico imperio, superando tanto los
elementos adversos como la resistencia de los hombres.
Al
llegar a Panamá, es probable que los tres asociados se abrazaran con alegría y
satisfacción, vislumbrando la gran perspectiva de gloria y riqueza que se les
presentaba. Sin embargo, aunque habían logrado el descubrimiento de nuevas
tierras, la conquista de las mismas era una tarea mucho más ardua y costosa.
Carecían de medios y de gente; el gobernador Pedro de los Ríos les negaba
rotundamente ambos. Con Pedrarias no podían confiar, y depender de una mano
ajena en una empresa de tal magnitud implicaba correr los mismos riesgos que
acababan de experimentar.
Ante
esta situación, decidieron acudir a la corte para informar de sus logros y
solicitar los títulos y la autorización necesaria para llevar a cabo la
conquista por su cuenta. Pero surgió una nueva dificultad: ¿quién asumiría esta
importante misión? Pizarro, quizás deseoso de descansar o sintiéndose poco
confiado en su capacidad para negociar en la corte, se mostraba reacio a asumir
la responsabilidad. Luque, al conocer bien el carácter de sus dos compañeros,
proponía que la comisión recaiga en un tercero, o al menos que ambos viajaran
juntos a negociar.
Almagro,
sin embargo, más franco y confiado, argumentó que solo Pizarro debía ir.
Consideraba que sería una deshonra que quien había soportado tanto sufrimiento
en los manglares perdiera la oportunidad de representar su causa ante el Rey
para solicitar la gobernación. Sostenía que quien había visto y explorado el
país podría hablar con mayor autoridad y disposición sobre él, lo que
facilitaría la concesión que buscaban. La razón estaba evidentemente de su
lado, y finalmente Pizarro se rindió a este argumento. Luque, aunque aceptó la
decisión, no dejó de hacer una advertencia que sonaba a profecía: "¡Plegue
a Dios, hijos, que no os hurtéis uno al otro la bendición, como Jacob a Esaú!
Yo aún preferiría que al menos fuerais ambos."
Se
decidió, por tanto, que la negociación tendría como objetivo solicitar para
Pizarro la gobernación de la nueva tierra, el adelantamiento para Almagro, el
obispado para Luque, el alguacilazgo mayor para Bartolomé Ruiz, y otras
mercedes para los demás miembros de la expedición. Con gran esfuerzo, lograron
reunir mil quinientos pesos para esta misión. Pizarro se despidió de sus dos
compañeros, prometiéndoles que negociaría en su favor, y partió hacia
Nombre-de-Dios, acompañado de Pedro Candía y algunos indios vestidos a la
usanza local, llevando consigo muestras de oro, plata y tejidos del país. A mediados
de 1528, llegó a Sevilla.
Sin
embargo, apenas pisó tierra fue arrestado por orden del bachiller Enciso, quien
tenía una antigua sentencia contra los primeros colonos del Darién por deudas y
cuentas atrasadas. Así, su patria lo recibió, a pesar de las esperanzas que
traía, encarcelándolo vergonzosamente como un tramposo y embargándole el dinero
y bienes que había traído. Afortunadamente, la prisión no duró mucho; al
enterarse el Gobierno de sus descubrimientos y planes, se ordenó su liberación
inmediata y que se le devolviera su dinero para que pudiera presentarse en
Toledo, donde la corte se encontraba en ese momento.
La
presencia y discreción de Pizarro no desentonaron en este nuevo escenario. Era
un hombre alto, robusto y bien proporcionado. Aunque, según Oviedo, solía ser
taciturno y de pocas palabras, cuando se decidía a hablar, lo hacía con gran
elocuencia y lograba captar la atención de quienes lo escuchaban. Así se
presentó ante el Emperador; al relatar las dificultades que había enfrentado durante
esos años de penurias, mientras luchaba por expandir la fe cristiana y la
monarquía, describió con tal desahogo y elocuencia natural y persuasiva, que
logró conmover a Carlos V. Este, recibiendo sus memoriales con la gracia y
benevolencia que lo caracterizaban, ordenó que se pasaran al consejo de Indias
para que se le prestara el favor y se le despachara.
La
ocasión no podría haber sido más propicia. Carlos V, en la cúspide de su
gloria, estaba eufórico tras las victorias recientes: había humillado a Francia
con la derrota de Pavía y la captura de su rey, mantenía a Italia en respeto
tras el escarmiento de Roma, y se preparaba para recibir de manos del Pontífice
la corona imperial en Bolonia. En este contexto, se presentaban ante él dos
españoles: uno, que acababa de ofrecerle un vasto y rico imperio, y el otro,
dispuesto a ofrecerle otro aún más grande y opulento.
En esa
ocasión, Hernán Cortés y Pizarro se encontraron, recordando su amistad desde la
época en que ambos residían en Santo Domingo. Cortés llegó con la intención de
disipar las dudas sobre su lealtad, y su presencia, cargada de esplendor,
valentía y una sorprendente discreción, logró desvanecer cualquier sospecha que
pudiera haber existido. Los honores que recibió del Emperador y la corte no
solo reflejaron su estatus, sino que también sirvieron de poderoso estímulo
para Pizarro, impulsándolo a aspirar a logros igualmente grandes. Aunque se
dice que Cortés contribuyó financieramente a la causa de Pizarro, su mayor
aportación fue, sin duda, la sabiduría y la habilidad de sus consejos.
Además,
Pizarro fue muy consciente de la ingratitud que había recibido Cortés, quien, a
pesar de las distinciones y recompensas otorgadas, no logró obtener el mando
político de un reino cuya conquista había llevado a cabo con tanto valor y
talento. Este hecho influyó en Pizarro al momento de redactar su contrato para
la pacificación de las tierras que había descubierto, ya que se negó a permitir
que hubiera un superior o incluso un igual en su dominio.
La ambición
de Pizarro, que había permanecido latente, despertó de manera violenta,
llevándolo a romper todos los lazos de fe, amistad y gratitud. No solo se
autoproclamó gobernador y capitán general de doscientas leguas de costa en la
Nueva Castilla (el nombre que se daba entonces al Perú), sino que también
procuró los títulos de adelantado y alguacil mayor de la tierra, dignidades que
originalmente debían ser negociadas para Almagro y Bartolomé Ruiz,
respectivamente.
La
alcaldía de la fortaleza de Tumbes, el gobierno futuro en caso de su ausencia y
la declaración de hidalguía, así como la legitimación de su hijo natural,
resultaron ser honores insuficientes para Almagro, ya que la distancia y
superioridad que Pizarro se otorgaba era abrumadora. Bartolomé Ruiz, por otro
lado, se sintió menos descontento, pues recibió el título de piloto mayor de la
mar del Sur y el de escribano de número para su hijo en el futuro, logros que
eran más acordes a su mérito y servicio. Pedro de Candía fue designado capitán
de la artillería para la expedición, y todos los hombres destacados de la
Gorgona fueron elevados a la categoría de fidalgos y caballeros de la espuela
dorada.
Afortunadamente,
Fernando de Luque pudo estar satisfecho con la consecuencia y buena fe de su
asociado. Los títulos y dignidades eclesiásticas que él deseaba no podían
competir con la preeminencia y prerrogativas del nuevo gobernador, y así fue
elegido para el obispado que se establecería en Tumbes. Mientras las bulas se
gestionaban en Roma, fue nombrado protector general de los indios en aquellos
territorios, con una renta anual de mil ducados.
Pizarro
logró también para sí la merced del hábito de Santiago y, no satisfecho con las
armas tradicionales de su familia, consiguió que se añadieran nuevos timbres
que representaban sus descubrimientos. Entre estos blasones se destacaba un
águila negra con dos columnas abrazadas, símbolo del Emperador, así como una
representación de la ciudad de Tumbes, fortificada con un león y un tigre a sus
puertas. De un lado se mostraba el mar con las balsas utilizadas en la región,
y del otro, la tierra con hatos de ganado y otros animales autóctonos. La orla
de su escudo llevaba la inscripción: Caroli Caesaris auspicio, et labore,
ingenio, ac impensa ducis Pizarro inventa et pacata. Esta leyenda podría
ofender por su soberbia y extrañar por la ingratitud que encerraba, aunque
quizás todo se perdía en la jactancia, que podría considerarse una verdadera
bizarría española, ya que proclamaba como logrados lo que aún no se había
emprendido y como conquistados lo que apenas comenzaba a descubrirse.
Por la
capitulación acordada con el Gobierno, Pizarro se vio obligado a salir de
España para su expedición en un plazo de seis meses y, al llegar a Panamá,
debía emprender el viaje hacia las tierras recién descubiertas en un plazo
igual. Por ello, era esencial ganar tiempo y aprovechar al máximo los escasos
recursos que le quedaban. Para que los despachos que iba a llevar se conocieran
rápidamente en Indias y no se interrumpiera la conquista, envió de inmediato a
unos veinte hombres que, a finales de ese mismo año, llegaron a Nombre-de-Dios.
Esta diligencia resultó ser oportuna, ya que Pedrarias, en Nicaragua, fingiendo
quejas por haber sido separado de la compañía que inicialmente lo aceptó, trataba
de tomar la empresa por sí mismo junto a otros asociados. Nicolás de Rivera y
Bartolomé Ruiz, que habían ido en un navío de parte de Almagro para publicar
las grandezas del Perú y alentar a la gente a prepararse para la empresa,
apenas lograron escapar de la ira de Pedrarias.
Mientras
tanto, Pizarro se encontraba en Sevilla, continuando los preparativos de su
viaje. Había pasado previamente por Trujillo, seguramente con el objetivo de
reunirse con sus parientes y disfrutar de la satisfacción natural de
presentarse como un hombre exitoso ante su familia, que tal vez no le había
prestado atención en los años que habían pasado desde su partida. Su familia,
que quizás no había considerado su vida en aquel largo tiempo, lo recibió con
el respeto y la deferencia debidos a quien se iba a convertir en el soporte y
principal honor de todos ellos. Cuatro de sus hermanos, tres de padre y uno de
madre, decidieron seguirle y ser sus compañeros en trabajos y fortuna. Juntos,
se presentaron en Sevilla, y tras adelantar algo en los preparativos de la
expedición, se embarcó con ellos en los cinco navíos que conformaban su
armamento.
Faltaba
mucho para que Pizarro pudiera cumplir con lo acordado con el Gobierno. Sus
recursos eran escasos, y la empresa carecía de credibilidad, a pesar de sus
esperanzas deslumbrantes. No logró reunir los ciento cincuenta hombres que
debía llevarse de España. El plazo se acortaba y el consejo de Indias, receloso
por la falta de cumplimiento y posiblemente instigado por algún enemigo de
Pizarro, comenzó a examinar si los navíos estaban equipados con la gente y los
pertrechos estipulados en la contrata. Se ordenó que fueran inspeccionados y,
si encontraban deficiencias, no se les permitiría partir.
Temeroso
de esta pesquisa y ansioso por evitar retrasos, Pizarro decidió zarpar el 19 de
enero de 1530 en el navío que él montaba, a pesar de las malas condiciones del
tiempo. Dejó encargado el resto de la escuadrilla a su hermano Hernando Pizarro
y a Pedro de Candía, advirtiéndoles que, en caso de que los navíos fueran
revisados y se descubriera la falta de hombres, debían alegar que el número
convenido iba en su barco. Así, quien había llegado a Indias como prisionero en
Sevilla por deudas y por no poder afrontar los gastos en que se había
comprometido, debía abandonar España como un miserable fugitivo.
Los
navíos fueron efectivamente inspeccionados, y los religiosos dominicos que
formaban parte de la expedición, así como Hernando Pizarro, Pedro de Candía y
otros pasajeros, fueron interrogados judicialmente. La respuesta fue tal que,
satisfechos los encargados de la revisión, se permitió la salida, y los barcos
continuaron su rumbo hacia la Gomera, donde se reunirían con la capitana. Allí,
prosiguieron felizmente su navegación hacia Santa Marta, donde Pizarro permitió
a su gente descansar, a pesar de que el desánimo comenzaba a cundir entre ellos
debido a las tristes y desesperadas noticias que corrían sobre los lugares a
los que se dirigían. Así, huyó de aquel lugar como si fuera una tierra enemiga
y se apresuró a llegar a Nombre de Dios, donde desembarcó finalmente con tan
solo ciento veinticinco soldados.
A la
noticia de su llegada, sus dos compañeros corrieron a saludar a Pizarro, y el
recibimiento que se dieron no desmereció la antigua amistad ni los lazos que
los unían. Sin embargo, Almagro no dejó de expresarle sus quejas en privado:
“Es extraño —le decía— que, siendo todos una misma cosa, yo me sienta excluido
de los grandes favores de la corte, limitado a la alcaidía de Tumbes. Esta es,
en verdad, una gracia muy poco acorde con la antigua amistad que compartimos,
con la fe jurada y los sufrimientos que he padecido, así como con la
considerable suma de dinero que he invertido en esta empresa. Lo más doloroso
para un hombre tan ansioso de ser honrado por su rey es ver cómo, a los ojos
del mundo, se me niegan las esperanzas que legítimamente esperaba, recibiendo
en cambio tan escasa consideración, o más bien, tanto desprecio.”
A esto
respondió Pizarro que no había olvidado hacer por él lo que le correspondía;
que la gobernación solo podía concederse a uno; que no era poco lo que se había
logrado al iniciar las negociaciones, y que lo demás vendría con el tiempo,
especialmente considerando que la tierra del Perú era tan vasta que habría
espacio suficiente para ambos. Por último, le aseguró que su intención siempre
había sido que Almagro mandara como si todo fuera propio, por lo que eran
innecesarias sus dudas y quejas, y que debía quedar satisfecho.
La
defensa de Pizarro era, en verdad, poco convincente. Sin embargo, la sencilla y
apacible naturaleza de Almagro podría haber sido suficiente para calmar sus
inquietudes, si no fuera porque Pizarro había traído consigo a sus cuatro
hermanos. ¿Cómo podría presumir Almagro que el Gobernador antepusiera los intereses
de su amigo a los de su propia familia? Y, aun en el caso de que así lo
hiciera, ¿cómo podría soportar la arrogancia y soberbia de esos hombres nuevos
que despreciaban todo lo que no fuera de su agrado? No cabe duda de que el
valor y las cualidades que demostraron posteriormente fueron en gran parte
responsables de las grandes hazañas logradas en la conquista. Sin embargo,
también es cierto que su orgullo, ambición y pasiones fueron en gran medida la
causa de las guerras civiles que sobrevinieron, así como del torbellino de
desastres, escándalos y crímenes que finalmente los devoró a todos.
Eran
tres los hermanos de padre, como ya se ha mencionado: Hernando, legítimo, y los
otros dos, Juan y Gonzalo, bastardos como el Gobernador. El cuarto, Francisco
Martín de Alcántara, era hermano de Pizarro por parte de madre. Entre ellos, el
más destacado y el que más influyó en los acontecimientos fue Hernando, no
tanto por la legitimidad que le confería su condición, sino por las notables y
diversas cualidades que poseía. Desagradable en su apariencia, gentil y ágil en
la disposición de su cuerpo, de modales finos y urbanos, con un hablar amable y
encantador; su valor era incuestionable y su actividad, infatigable. Ante
cualquier evento, por inesperado que fuese, su mirada de águila le permitía
identificar rápidamente lo que convenía hacer, y con la misma rapidez lo
llevaba a cabo.
Cuando
estaba en España, no había cortesano más flexible, astuto y generoso; mientras
que, en América, no había español más altivo, soberbio ni ambicioso. La corte
era para él solo un instrumento para alcanzar sus metas; los hombres, meros
siervos de su interés o víctimas de sus rencores. Era templado y humano con los
indios, pero odioso y temible para los castellanos; astuto, disimulado y traicionero,
incierto en sus amistades y implacable en sus venganzas. Eclipsaba las
cualidades de su hermano el Gobernador, sacrificando todo a su elevación y
dignidad, y parecía ser el mal genio destinado a viciar la empresa con el
veneno de su malicia y la impetuosidad de sus pasiones.
Era
imposible que un hombre de tal temple se sometiera a Almagro, que, feo de
rostro y desfigurado además por la pérdida de un ojo, era de modesta estatura y
simple en su manera de hablar. Su ansia desmedida de honores, a pesar de tardar
en conseguirlos, lo hacían más objeto de desprecio que de admiración, cuando se
lo consideraba solo por su apariencia. Hernando Pizarro y sus hermanos, recién
llegados, no esperaban que se les viera de otro modo, especialmente al
experimentar la escasez de recursos que les ofrecía Almagro, quien ya se
hallaba desgastado por los muchos gastos que había realizado. El desprecio que
sentían a menudo se reflejaba en sus gestos y palabras.
Almagro,
resentido, se comportaba con creciente indiferencia y desinterés, como si no
quisiera esforzarse por aquellos ingratos. Esta tristeza y amargura se
intensificaba con los rumores, sospechas y sugerencias que circulaban a diario
entre amigos, enemigos y partidarios. Finalmente, los sentimientos de ambas partes
llegaron a tal punto que Almagro estuvo dispuesto a permitir la entrada en su
compañía de otros dos sujetos para hacer frente a los Pizarros. El Gobernador,
por su parte, comenzó a negociar con Hernando Ponce y Hernando de Soto, ricos
vecinos de León, en Nicaragua, quienes, propietarios de dos navíos y soldados
experimentados en las Indias, podrían contribuir con sus personas y bienes a la
expedición y suplir la falta de Diego de Almagro.
El
inminente rompimiento que estaba a punto de estallar logró ser contenido
gracias a las advertencias y mediaciones de Hernando de Luque y del licenciado
Espinosa. Este último se encontraba en Panamá y, además de ser amigo de todos
los implicados, tenía en la empresa una participación considerablemente mayor
que la de Hernando de Luque. Ambos intervinieron y las diferencias se
resolvieron mediante un convenio, cuyas condiciones principales estipulaban que
Pizarro no solicitaría ni para sí ni para sus hermanos ninguna merced del Rey
hasta que a Almagro se le otorgara una gobernación que comenzara donde
terminara la suya. Además, se acordó que todos los efectos de oro, plata,
joyas, esclavos, naborías y cualquier otro bien obtenido en la conquista se
dividirían en partes iguales entre los tres primeros socios.
Con
los ánimos algo conciliados gracias a este acuerdo, se intensificaron los
preparativos y la expedición pudo comenzar. Almagro, como en la ocasión
anterior, se quedó en Panamá para completar las provisiones y pertrechos
necesarios y para recibir a las personas que llegaban de Nicaragua y otras
partes atraídas por la fama de la conquista. Pizarro, por su parte, zarpó en
tres navíos provistos de suficiente munición y guerra, llevando consigo a
ciento ochenta y tres hombres. Con este miserable armamento, más adecuado para
piratas que para conquistadores, se lanzó a la conquista del imperio más grande
y civilizado del Nuevo Mundo. Sin duda, en esta empresa hubo mucha constancia,
gran valor y, en ocasiones, no poca capacidad y prudencia; sin embargo, es
necesario reconocer que hubo más de fortuna y oportunidad que de otro mérito.
Si hubieran tenido información más precisa sobre la extensión y la fortaleza
del país, es probable que no se hubieran aventurado tanto con fuerzas tan
desiguales. Pero los españoles de aquel entonces solo se fijaban en las
riquezas de una región y no en su resistencia; su arrojo era, en ese sentido,
nulo: se lanzaban hacia adelante, y allá se perdían si la fortuna no les
favorecía, o se coronaban con poder y riquezas si tenían suerte; en un caso, héroes;
en el otro, insensatos.
El
primer lugar en el que la expedición tomó tierra fue la bahía de San Mateo.
Allí se decidió que la mayoría de los hombres y los caballos tomarían el camino
por la costa, mientras los barcos se mantendrían cerca, casi a la vista unos de
otros. Superaron, con su habitual constancia, las dificultades que el país les
presentaba en esa dirección, cruzando ríos y esteros, hasta llegar al pueblo de
Coaque, rodeado de montañas y situado cerca de la línea ecuatorial. Los indios,
al verlos acercarse, los esperaron sin desconfianza, creyendo que no tendrían
motivos para temer a aquella gente extranjera. Sin embargo, su marcha era
enteramente hostil; el pueblo fue tomado por la fuerza, y las casas y
habitantes despojados de cuanto tenían. Los indígenas, aterrorizados, se
dispersaron por los valles y montañas.
El
Cacique fue encontrado escondido en su propia casa, y al ser llevado ante el
Capitán, explicó que no se había atrevido a presentarse, temeroso de ser
asesinado, al ver que los españoles entraban en el lugar contra su voluntad y
la de su pueblo. Pizarro le aseguró que su intención no era hacerle daño y que,
si hubiera salido a recibirlo en son de paz, no les habrían quitado nada.
Amonestó al Cacique para que hiciera venir a su gente, y efectivamente, la
mayoría regresó bajo su mandato, proveyendo durante algún tiempo de víveres a
los castellanos. Sin embargo, al sentir el poco respeto con el que eran
tratados, se dispersaron y desaparecieron nuevamente, sin que los españoles
pudieran, a pesar de sus esfuerzos, volver a encontrarlos.
El
botín obtenido fue considerable, ya que solo en piezas de oro y plata se
reunieron hasta veinte mil pesos, sin contar las numerosas esmeraldas que
también se encontraron y que valían una fortuna. Se formó un gran montón con
todo, del cual se extrajo el quinto para el Rey, y lo demás se repartió según
lo que a cada uno correspondía proporcionalmente. La regla que se seguía
rigurosamente en estos asaltos y saqueos era que cada uno debía manifestar lo que
había recogido para sumarlo a la masa, que luego se distribuiría. Era necesario
hacerlo así, pues la infracción de esta regla estaba penada con la muerte, y la
codicia, que todo lo vigila, no perdonaba nada.
Los
tres navíos salieron de allí, dos con destino a Panamá y uno a Nicaragua, para
mostrar las ricas y vistosas piezas de oro obtenidas en el saqueo y animar a
otros a unirse a la expedición. Pizarro informaba a sus amigos sobre su buena
fortuna y les pedía que le enviaran hombres y caballos en los navíos. Mientras
tanto, él permaneció a la espera de su regreso en la tierra de Coaque, donde
los españoles volvieron a enfrentar todos los males y trabajos de sus
anteriores peregrinaciones. Este parecía ser el último esfuerzo de la
naturaleza para defender el Perú de los conquistadores, y hay que confesar que
fue sumamente doloroso y cruel. Se acostaban sanos y se despertaban con
hinchazones, lisiados o incluso muertos. Y como si esto no fuera suficiente, la
mayoría de ellos sufrió una enfermedad tan penosa como horrible, que llenaba
sus cuerpos y rostros de grandes, blandas y dolorosas verrugas, que les
incomodaban y desfiguraban, sin saber cómo curarlas. Aquellos que intentaban
cortarlas se desangraban, y a veces incluso morían; los demás tenían que soportar
durante mucho tiempo esta peste, que se contagiaba de unos a otros y se volvía
cada vez más cruel. Los veteranos revivían sus antiguas aflicciones y agonías,
mientras que los hombres de Nicaragua lloraban por las delicias de su país
natal y maldecían la hora en que se marcharon, seducidos por esperanzas tan
engañosas. Pizarro trataba de consolarlos lo mejor que podía, pero el tiempo
pasaba, los navíos no llegaban y, desalentados y afligidos, pedían, entre
quejas y gritos, la posibilidad de trasladarse a tierras menos adversas y
crueles.
Finalmente,
después de siete meses de espera, apareció un navío que traía víveres y
refrescos. En él venían Alonso de Riquelme, tesorero de la expedición, y los
demás oficiales reales que no habían podido salir de Sevilla al mismo tiempo
que Pizarro, debido a la prisa y cautela con que emprendió su viaje. Por fin
habían llegado a Indias y venían con algunos voluntarios para unirse a él.
Animados por este socorro, y más aún por la promesa de Almagro de acudir pronto
con un mayor refuerzo, decidieron continuar adelante. Pasando por Pasao, los
Caraques y otras comarcas habitadas por indios, finalmente llegaron a Puerto
Viejo, donde, en las proximidades de la isla de Puna y cerca de Tumbes, se
consideraron a las puertas del Perú. En algunas áreas fueron recibidos
pacíficamente, ya sea por temor a sus armas o por el deseo de deshacerse de
esos incómodos huéspedes; en otras, encontraron hostilidades que a menudo
resultaron en un mayor daño para los nativos. No eran los obstáculos que los
hombres podían presentar los que podían detener la marcha de aquellos audaces
extranjeros; los desafíos que la naturaleza les imponía eran mucho más arduos,
y ya los habían vencido.
La
confianza de Pizarro aumentó considerablemente con la llegada de treinta
voluntarios de Nicaragua, entre ellos Sebastián de Belalcázar, quien más tarde
se destacaría como uno de los capitanes en el Perú. Algunos, cansados del
viaje, propusieron establecerse en Puerto Viejo, pero el Gobernador tenía otros
planes. Su intención era trasladarse a la isla de Puna, pacificándola de forma
amistosa o, si era necesario, por la fuerza, para luego dirigirse a Tumbes y
someter a su pueblo con la ayuda de los isleños, en caso de que se resistieran.
Entre los indígenas perduraba una antigua animosidad, y sobre esta base el
conquistador diseñó su estrategia. Sin embargo, a pesar de sus razones para
preferirla, esta estrategia no tuvo el éxito esperado, ya que la situación se
complicó al tener que enfrentar a ambos grupos como enemigos, lo que derivó en
dos guerras en lugar de una.
La
guerra en la isla podría haberse evitado si los españoles hubieran actuado con
más confianza o paciencia. Sin embargo, las sospechas que los intérpretes,
según los relatos antiguos, infundieron en Pizarro sobre la lealtad de los
isleños lo hicieron imposible. Los castellanos, transportados a Puna en balsas
proporcionadas por los indios y asegurados por Tomalá, su principal cacique,
quien vino a Tierra Firme para disipar las dudas de Pizarro, fueron agasajados
con muestras de amistad. No obstante, nada lograba calmar sus temores, y
consideraban aquellas muestras de benevolencia como trampas astutas que los
indios habían tendido para exterminarlos.
¿Eran
fundadas estas sospechas? La respuesta es difícil de determinar, ya que solo
contamos con las versiones de los vencedores, las cuales son necesariamente
parciales y tienden a justificar sus acciones. En este caso, hay más motivos
para dudar, puesto que los intérpretes que alarmaban a los castellanos eran
tumbesinos, enemigos naturales de los isleños, y estaban, por tanto, inclinados
a procurarles todo el mal posible a aquellos poderosos huéspedes.
Independientemente
de las circunstancias, Pizarro recibió un informe de que el principal cacique
se había reunido con otros dieciséis, y temiendo que esta conferencia
comprometiera la seguridad de los españoles, decidió buscarlos. Al traerlos
ante él, los reprendió severamente por el mal trato que habían tenido hacia su
persona. Luego ordenó que se reservase a Tomalá y que los demás fueran
entregados a los indios tumbesinos. Estos, al ver a sus víctimas en su poder,
se lanzaron sobre ellas como bestias feroces, cortándoles las cabezas como si
fueran reses en un matadero.
Los
habitantes de Puna, al verse atropellados por los extraños, insultados por sus
enemigos naturales, con su señor preso y sus caciques decapitados, decidieron
tomar las armas. En número de quinientos, atacaron a los españoles no solo en
su campamento, sino también en los navíos, que, al parecer más desprotegidos,
eran un blanco más fácil. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de la abismal
diferencia entre las armas de ambos bandos. ¿Qué podían hacer aquellos
infelices, medio desnudos y armados únicamente con armas arrojadizas de palma,
frente a cuerpos de hierro, espadas de acero, la fuerza de los caballos y el
estruendo de los arcabuces?
A
pesar de ser rechazados con pérdidas, no perdieron el ánimo; continuaron
atacando una y otra vez con renovada furia, solo para dispersarse después y
ocultarse en los pantanos y manglares de la región. Esta guerra, si se le puede
llamar así, se prolongó durante varios días, con los españoles obteniendo
apenas algunos despojos al principio, y enfrentándose a sobresaltos, cansancio
y, en ocasiones, heridas. Pizarro, al darse cuenta de que no le convenía
continuar con esta situación, hizo traer ante sí a Tomalá y le advirtió que ya
veía los males que su pueblo había atraído sobre sí con su doblez y alevosía.
Como su cacique, le instó a que mandara a su gente dejar las armas y regresar
pacíficamente a sus hogares; prometió que, si esto sucedía, los castellanos
cesarían en su ataque.
Tomalá
respondió que no había dado motivo para la guerra, desmintiendo las acusaciones
en su contra. Lamentaba profundamente ver su tierra invadida, a su gente muerta
y todo destruido. Aunque estaba dispuesto a complacer a Pizarro y dar órdenes
para que los indios depusieran las armas, en realidad no pudo lograrlo. Los
suyos, llenos de enojo y furia, gritaban que nunca tendrían paz con quienes les
habían hecho tanto daño.
En
medio de esta situación, llegó de Nicaragua Hernando de Soto con dos navíos,
que traían algunos infantes y caballos. Este capitán fue considerado desde
entonces como la segunda persona del ejército, aunque Hernando Pizarro ya había
asumido el cargo de teniente general que a Soto le había sido ofrecido en
conferencias previas en Panamá. A pesar de este desaire, Soto supo disimular
con la templanza y cordura que siempre lo caracterizaron. Su destreza,
capacidad y valor, demostrados en diversas situaciones importantes, le
granjearon de inmediato un lugar destacado en la estima de indios y españoles.
El
refuerzo que trajo pareció suficiente a Pizarro para emprender acciones más
audaces, especialmente porque los soldados estaban cansados de una guerra
infructuosa, muchos de ellos enfermos por contagios, y todos deseaban
establecerse en otro lugar. Estas consideraciones llevaron a Pizarro a decidir
dejar la isla y pasar a tierra firme.
Si
bien la guerra de Puna pudo justificarse con cierta facilidad, la de Tumbes no
solo no pudo esperarse, sino que tampoco se pudo prevenir. Todo parecía alejar
la idea de un conflicto por parte de aquel pueblo: la relación anterior desde
el primer reconocimiento, la favorable impresión que los castellanos dejaron
allí, y la buena acogida que dieron a los que se unieron a ellos. Juntos habían
cruzado a Puna, donde los tumbesinos habían devastado a su antojo la tierra
enemiga. En ese lugar, experimentaron la feroz satisfacción de sacrificar a los
caciques y liberar a seiscientos cautivos que los de Puna mantenían destinados,
algunos al sacrificio y otros a labores del campo; Pizarro los envió de vuelta
al continente con todo lo que les pertenecía. Estos beneficios deberían haber
asegurado la buena voluntad y acogida amistosa de aquellos naturales, sin
embargo, no lograron este propósito.
Los
españoles fueron recibidos por los tumbesinos con la misma alevosía y perfidia
que se podría temer de los enemigos más encarnizados. Al verse asaltados de
este modo, debieron sentir tanta sorpresa como indignación, y denunciar la
perversidad de aquellos bárbaros sin fe. Pero la causa no residía en los
indios, sino en ellos mismos. La primera vez que llegaron, se presentaron con
la novedad de su llegada, actuando con mesura, cortesía y generosidad,
agradecidos por cualquier atención recibida, y mostrando indiferencia hacia las
riquezas. En contraste, ahora se presentaban armados y feroces, maltratando a
los pueblos más pobres, saqueando a los más ricos y llevando todo al extremo de
la violencia. Para los indios, que conocían por fama lo sucedido en Coaque, los
españoles aparecían como bandoleros pérfidos y crueles, indignos de respeto y
merecedores de toda doblez y alevosía. Por tanto, no tenían los castellanos
razón para quejarse de los tumbesinos, ya que el instinto de conservación de
estos últimos les instigaba a repeler de cualquier forma a sus odiosos
agresores.
El
paso de la isla a la tierra firme se realizó en parte en navíos y en parte en
balsas, donde se transportaron los caballos y el bagaje. Los que iban en balsas
llegaron primero, pero tres de ellos, que iban por delante, fueron capturados
por los indios, quienes les ayudaron cortésmente a salir a tierra. En cuanto
llegaron, se lanzaron sobre ellos, les sacaron los ojos, les cortaron los
miembros y, aún vivos y palpitantes, los arrojaron a grandes ollas que tenían
puestas al fuego, donde tristemente perecieron. Las restantes balsas arribaron
con más o menos cautela, siendo atacadas por los indios, quienes robaban el
herraje y la ropa que llevaban, lo que causó que gran parte del equipaje del
Gobernador, que iba en una de ellas, se perdiera. Al ver que carecían de
capitán y guía, los hombres que salían a tierra, mojados y llenos de
sobresalto, comenzaron a gritar pidiendo ayuda. Ante el bullicio y el desorden,
Hernando Pizarro, quien había desembarcado algo más lejos con los caballos, se
apresuró a socorrerlos a través de un estero que separaba a ambos grupos. Lo
siguieron aquellos que estaban con él, y al ver su arremetida, los indios no
tuvieron aliento para resistir y abandonaron el campo. De este modo, la gente
de las balsas pudo completar su desembarco, y poco después llegó Pizarro con
los navíos.
El
pueblo se encontraba no solo yermo, sino completamente arruinado. La guerra con
los de Puna, avivada por las divisiones del imperio, lo había dejado en un
estado muy diferente al que los españoles habían encontrado en su primera
visita. Los conquistadores se desalentaban al ver aquellas ruinas, especialmente
los de Nicaragua, quienes comparaban las penurias que sufrían en su viaje con
la devastación que observaban, en contraste con las delicias de su paraíso,
nombre que daban a su hermosa provincia.
En
medio de esta desolación, un indio se acercó y rogó a Pizarro que no saqueasen
su casa, una de las pocas que aún permanecía en pie, prometiendo quedarse a
servirles. “He estado en el Cusco”, añadía, “conozco la guerra, y no dudo que
toda la tierra será vuestra.” El Gobernador ordenó de inmediato marcar la
habitación con una cruz para que fuera respetada, y continuó escuchando al
indio mientras relataba sobre el Cusco, Vilcas, Pachacamac y otras poblaciones
de la región; hablaba de las grandezas de su rey y de la abundancia de oro y
plata, que no solo se utilizaban en utensilios y objetos cotidianos, sino
también para revestir las paredes de palacios y templos.
Pizarro
se preocupaba por que estas noticias llegaran a los demás españoles, pero
ellos, escarmentados e incrédulos, no les dieron acogida, considerándolas como
invenciones del indio para animarlos con esperanzas y motivarles en la empresa.
Habían formado tal opinión después de haber encontrado en la isla de Puna un
papel en la ropa de un indio que había servido al marinero Bocanegra, el cual
contenía la frase: “Los que a esta tierra viniereis, sabed que hay más oro y
plata en ella que hierro en Vizcaya.” Era un artificio bastante burdo, que solo
sirvió para cerrarles la mente y los oídos a las grandes cosas que aquel indio
relataba, y que otros también corroboraban a su llegada.
Pizarro
también quiso saber del paradero de los dos españoles que habían quedado en
Tumbes durante su primer viaje. El indio respondió que, poco antes de la
llegada del ejército, ambos habían sido asesinados; uno en Tumbes y el otro en
Cinto. No había duda de su muerte, pues jamás aparecieron, pero las razones de
su desgracia y los lugares en que sucedió variaban según las pasiones o
intereses de quienes las narraban. Algunos decían que fueron muertos por su
insolencia y libertades con las mujeres del país; otros, que habían sido
capturados y alanceados por los insulares al ir con los de Tumbes a un combate
contra los de Puna; y, finalmente, había quienes afirmaban que fueron llevados
ante el inca Huayna-Capac, y que, sabiendo sus conductores que estaban
condenados, los mataron en el camino.
De
cualquier modo, en que sucediera esta desgracia, y a pesar de la perfidia y
crueldad que los tumbesinos mostraron hacia los castellanos durante su travesía
desde Puna, Pizarro consideró conveniente otorgarles la paz que pedían y
permitirles regresar a poblar su lugar desamparado. Ya revolvía en su mente la
idea de fundar un pueblo en aquellos contornos donde dejar a los soldados
enfermos y cansados; un lugar que, además de ser una entrada cómoda para los
socorros que pudieran venir de otras partes de América, funcionara como un
refugio seguro para su retirada en caso de descalabro. Era, por tanto, esencial
pacificar la comarca y no dejar enemigos a sus espaldas.
Con
este objetivo, no solo se reconcilió con los indios de Tumbes, sino que también
decidió salir de allí para realizar un reconocimiento en los llanos con el
grueso del ejército (16 de mayo de 1532), mientras enviaba a Hernando de Soto
con una parte de sus tropas a explorar la sierra. Los indios de los valles se
sometieron sin dificultad, ya que la fama del poder y valor de los españoles
había llegado hasta ellos, además de los castigos infligidos a aquellos que,
con razón o sin ella, se sospechaba que se opondrían.
En
cuanto a Soto, encontró cierta resistencia por parte de los serranos, quienes
menospreciaban su número. Sin embargo, una vez que comprobaron la fuerza de los
castellanos, se pusieron en fuga, y los españoles continuaron su marcha hasta
descubrir parte del camino real que había sido construido por el inca
Huayna-Capac en aquellas alturas. Los despojos obtenidos de la refriega con los
indios, junto con las muestras de oro y plata que la tierra les presentaba en
abundancia, elevaron la alegría y las esperanzas de sus compañeros cuando
regresaron al campamento. De esta manera, el Gobernador, al ver esta buena
disposición, decidió aprovecharse de ella para llevar a cabo sus planes.
Inmediatamente
se procedió a la fundación del nuevo asentamiento, que recibió el nombre de
ciudad de San Miguel. Esta se ubicó en los valles de Tangarala, a treinta
leguas de Tumbes, veinticinco del puerto de Paita y ciento veinte de Quito.
Esta fue la primera población española establecida en aquellas regiones.
Sin
embargo, debido a la insalubridad del lugar inicial, la ciudad se trasladó más
tarde a las orillas del río Piura, de donde le quedó el nombre. Pizarro
organizó con esmero la administración y el gobierno de la nueva ciudad, de
acuerdo a las instrucciones que traía. Estableció las reglas más adecuadas para
su conservación y defensa, ya que debía ser el fundamento y apoyo de sus
futuras operaciones en un entorno hostil.
Simultáneamente,
realizó la distribución del territorio por vía de depósito, siguiendo la
costumbre de los españoles en otras partes de Indias. En esta repartición,
Tumbes fue asignado a Hernando de Soto, ya sea como forma de compensarle por el
cargo de su segundo, que había conferido a su hermano, o como una manera de
manifestarle su aprecio por su persona y sus servicios. También se llevó a cabo
la repartición del oro obtenido en los últimos acontecimientos, y con el quinto
del Rey, el General despachó a Panamá los navíos que se encontraban en Paita,
escribiendo a su compañero Almagro que se apresurara a venir con toda la gente que
pudiera reunir.
Sospechándose
que Almagro trataba de reunir una armada y hombres para salir a descubrir y
poblar por su cuenta, Pizarro le rogaba en sus cartas, por todo lo que había
mediado entre ellos, que no diera lugar a sospechas ni a antiguos resentimientos
y que viniera a unirse a él. Dispuestas, así las cosas, aún se detuvo un tiempo
en partir con su gente. Necesitaba obtener información más amplia sobre las
fuerzas, recursos y costumbres del pueblo que iba a someter, y, además, la
dilación le daba la oportunidad de recibir nuevos refuerzos, imprescindibles
para la consecución de su empresa, considerando la escasa cantidad de hombres
que tenía consigo.
Sin
embargo, estos refuerzos no llegaban; y no queriendo perder prestigio ante los
indios por una demora mayor, ni desaprovechar la ocasión que ofrecían las
divisiones de los dos incas para sojuzgarlos a ambos, finalmente se decidió a
abandonar los valles donde se encontraba. Con solo ciento setenta y siete
hombres de guerra, de los cuales sesenta y siete iban a caballo, tomó su camino
por las cumbres, dirigiéndose a Cajamarca el 24 de septiembre de 1532.
La
monarquía que los españoles estaban a punto de destruir se extendía de norte a
sur a lo largo de la costa del nuevo continente por más de setecientas leguas,
y según la tradición indígena, su origen se remontaba a cerca de cuatro siglos.
Desde tiempos inmemoriales, diversas tribus dispersas, rudas y salvajes
habitaron esa tierra, pero la civilización comenzó en las regiones australes,
entre las gentes que vivían alrededor de la gran laguna de Titicaca, en la
tierra del Collao. Estos indios eran probablemente más activos, belicosos e
inteligentes que otros, y como ocurre con muchas naciones que, ya sea por
superstición o por orgullo, buscan poner sus orígenes en lo divino, los
peruanos también contaban que un día, entre su gente, aparecieron de improviso
un hombre y una mujer cuya apariencia, vestimenta y palabras les infundieron
veneración y asombro. Él se llamaba Manco Cápac y ella, Mama Ocllo; se presentaron
como hijos del sol, predicando su culto y adoración, y fueron enviados por este
para enseñar a la humanidad todas las artes de buena administración y virtud.
Con
este prestigio, Manco Cápac logró reunir a su alrededor algunas tribus
errantes, enseñando a los hombres el cultivo de los campos y a las mujeres a
hilar, tejer y realizar otras labores propias de su género. La sumisión y
obediencia que cosecharon de estas tribus era proporcional a los beneficios que
les proporcionaban. Una vez que aseguraron su dominio e influencia, llevaron a
estas tribus a fundar una ciudad en un valle montañoso, a ochenta leguas de la
laguna, que fue el Cusco, que se convertiría en la sede y capital del imperio
incaico. Allí construyeron su palacio, elevaron un templo al sol y dieron a su
culto más pompa y solemnidad, así como mayor autoridad y majestuosidad a sus
leyes. El reino quedó vinculado a su descendencia, que siempre fue considerada
de sangre pura del sol, ya que aquellos príncipes se casaban con sus hermanas y
heredaban el trono a sus hijos.
Desde
Manco hasta Huayna Cápac, se contabilizaba una sucesión de doce príncipes que,
mediante la persuasión y la fuerza, extendieron su culto, dominio y leyes por
la vasta región que se extiende desde Chile hasta Ecuador, atrayendo o
sometiendo a los pueblos que encontraron en las montañas y en las llanuras
costeras. El monarca que más dilató el imperio fue el Inca Tupac Yupanqui,
quien llevó sus conquistas hacia el sur hasta Chile y hacia el norte hasta
Quito; aunque, según la mayoría de los autores, no fue él quien conquistó esta
última provincia, sino su hijo Huayna Cápac, el más poderoso, rico y hábil de
todos los príncipes peruanos. Huayna Cápac desvaneció con su valor los intentos
de sus rivales que quisieron disputarle el imperio tras la muerte de su padre;
contuvo y sofocó la rebelión de algunas provincias, sometió a otras nuevas a su
dominio, y visitó todas ellas para mantener el orden, promulgando leyes sabias
y corrigiendo abusos en las costumbres. Rodeó su trono de grandeza y esplendor
sin precedentes y ganó más veneración y respeto de sus pueblos que cualquier
otro monarca de sus antepasados.
Durante
su mandato, se establecieron o perfeccionaron tres grandes medios de
comunicación, imprescindibles para provincias tan distantes y diversas: el uso
de un dialecto común, el establecimiento de postas para la pronta transmisión
de avisos y noticias, y dos grandes caminos que conectaban el Cusco con Quito,
con una extensión de más de quinientas leguas. Uno de estos caminos se
adentraba por las montañas y el otro por las llanuras; ambos estaban dotados de
paradas o hospedajes, conocidos como tambos, donde el monarca, su corte y el
ejército, incluso con contingentes de veinte a treinta mil hombres, podían
descansar, refrescarse y, si era necesario, renovar sus armas y vestimenta.
Estas obras, verdaderamente reales, fueron emprendidas y ejecutadas por los
peruanos en honor a su inca, y aunque al principio resultaron de gran utilidad,
más tarde se convirtieron en una desventaja por la facilidad que ofrecieron a
los españoles para avanzar en la conquista del país.
Huayna-Capac
falleció en Quito, legando el imperio a Huáscar, su hijo mayor, fruto de su
matrimonio con la Coya o emperatriz, quien era también su hermana. Sin embargo,
Huayna-Capac también había tenido un hijo con la hija del cacique principal de
Quito, a quien quería mucho: Atahualpa. Este joven, de grandes cualidades y no
menores esperanzas, recibió como herencia la provincia de Quito, que pertenecía
a sus abuelos maternos, sin prever los trágicos efectos que tal división
provocaría. Otros sostienen que esta separación no fue decisión de
Huayna-Capac, sino de Atahualpa, quien, bien querido por el ejército de su
padre y ganándose con promesas y lisonjas a los dos generales principales,
Quizquiz y Chalcochima, buscó el apoyo de ellos para convertirse en señor del
territorio que había pertenecido a sus antepasados.
Esta
divergencia en las tradiciones acerca de hechos tan recientes muestra cuán
desinformados estaban los españoles o cómo las pasiones influían en sus
relatos, dependiendo de si querían disculpar o culpabilizar la resistencia de
Atahualpa frente a la voluntad de su hermano. Huáscar, deseando mantener la
integridad del imperio, ordenó al ejército que regresara al Cusco y que
Atahualpa, bajo pena de ser tratado como enemigo, se presentara ante él para
rendirle obediencia y restituir las mujeres, alhajas y tesoros del difunto
inca.
Las
amenazas de este mandato, lejos de intimidar a Atahualpa, lo incitaron a
sostener por la fuerza sus pretensiones y derechos. Así, dando inicio a la
guerra civil, salió con su ejército de Quito en dirección a la capital,
ocupando militarmente las provincias y ganando a los naturales para su causa,
aumentando sus fuerzas a medida que avanzaba. Atahualpa esperaba que su
hermano, más joven y de carácter más manso y pacífico, se rindiera al ver su
determinación y temiendo su poderío, optando por confederarse con él. Sin
embargo, Huáscar envió un ejército para enfrentarlo, cuyas tropas, reforzadas por
gente de algunos valles que habían desertado de la causa de Atahualpa, le
dieron batalla junto al tambo de Tomebamba. Después de tres días de un combate
encarnizado, Huáscar venció a Atahualpa, quien fue hecho prisionero.
Aunque
fue llevado al tambo y vigilado estrechamente, Atahualpa no perdió el ánimo.
Aprovechando la distracción de los vencedores, entregados a la celebración y
borracheras de la victoria, logró escapar. Con la ayuda de una barra de cobre
que le dio una mujer, rompió la pared de su prisión. Para alentar a sus
seguidores a que lo siguieran y volvieran a la lucha, les hizo creer que el
sol, su padre, le había liberado, transformándolo en culebra para que pudiera
salir por un pequeño agujero, y que le prometía la victoria sobre sus enemigos
si reiniciaban el combate. Esta astucia, sumada a su diligencia y valor, y
respaldada por su popularidad, le proporcionó la fuerza suficiente para atacar
nuevamente a sus vencedores y cambiar el rumbo de la guerra. Atahualpa los
atacó, los derrotó y los estragos de ambos bandos fueron tales que, muchos años
después, aún se podían ver con asombro en el campo de batalla las miserables
reliquias de la multitud que pereció en ella.
Una
vez vencedor, Atahualpa se aprovechó de la ventaja lograda con su habilidad y
coraje, y no puso límite a sus ambiciones. La roja borla, insignia real de los
incas, que se ciñó en Tomebamba, anunció al agitado Perú que la contienda entre
los dos hermanos era ya capital, y que el destino del imperio estaba
comprometido en su enemistad. Como bastardo, Atahualpa no podía ocupar el
trono, herencia sagrada y exclusiva de los hijos legítimos del sol. Sin
embargo, su falta de título se suplía con su atrevimiento y arrogancia; sus
acciones y palabras reflejaban más a un monarca ofendido que a un usurpador.
Su
victoria y fortuna se vieron empañadas por la severidad y crueldad que mostró a
medida que avanzaba. Asoló Tomebamba y castigó a las tribus que habían
abandonado su causa. Una de ellas, la de los cañaris, no pudo aplacar su ira a
pesar de sus humillaciones y arrepentimientos. Mandó matar a miles de ellos,
esparciendo sus corazones por las sementeras, afirmando que quería ver el fruto
que daban "corazones fingidos y traidores". Con esto, continuó su
camino hacia el Cusco, estableciéndose en Cajamarca, desde donde podía vigilar
los movimientos de su competidor y las intenciones de los castellanos, cuya
llegada ya le preocupaba.
Ante
esta situación, Huáscar se vio obligado a reunir un nuevo ejército y salir
personalmente a defender su trono. Las fuerzas de ambos hermanos eran casi
iguales en ese momento, aunque las de Huáscar no podían compararse en
experiencia, calidad ni confianza con las del Quito. Atahualpa envió a la
mayoría de sus tropas bajo el mando de los generales Quizquiz y Chalcochima,
quienes, más hábiles o afortunados que sus rivales, sorprendieron un
destacamento de Huáscar y lo hicieron prisionero. Esta desgracia causó la
dispersión y descomposición de su ejército; los vencedores se apresuraron a
ocupar la capital, y Atahualpa, al enterarse de su fortuna, ordenó que su
hermano fuera llevado vivo ante él.
Mientras
tanto, Pizarro avanzaba al frente de su pequeño escuadrón para encontrar a
Atahualpa. Su marcha era lenta, debido a la dificultad de los caminos y la
necesidad de proceder con cautela por pueblos desconocidos, a los que era
preciso ganar y asegurar. A pesar de que la distancia de San Miguel a Cajamarca
era de solo doce grandes jornadas, los españoles tardaron cerca de dos meses en
recorrerla, lo cual no era sorprendente, considerando los obstáculos que debían
superar. A medida que avanzaban, recibían más noticias sobre el poder y las
fuerzas del monarca que buscaban. Estas noticias, si bien aumentaban la
ambición y la esperanza en algunos, también generaban recelo en otros, dada la
escasez de su número y recursos.
Para
atajar el desaliento, Pizarro, con una resolución propia de su carácter,
comunicó a sus soldados que aquellos que desearan regresar a San Miguel podían
hacerlo sin problema; allí se les asignarían indios con los que sustentarse,
como a los demás que ya se habían quedado. Pizarro no quería que nadie lo
siguiese con flojedad y tibieza, confiando más en el valor de unos pocos que en
la cantidad de muchos desalentados. Solo cinco de a caballo y cuatro infantes aprovecharon
esta oportunidad, lo cual, al ser considerado, parecerá más una temeridad que
una valentía, teniendo en cuenta el valor de cada hombre en aquellas
expediciones y lo difícil que era suplir la ausencia de cualquiera de ellos.
Purgado
así el ejército de los pocos cobardes, los demás soldados continuaron alegres y
animosos tras su capitán. Por fortuna, en todos los pueblos fueron recibidos en
son de paz. Aunque en algunos lugares circulaban noticias equivocadas o
interpretaciones siniestras que podrían haberles infundido recelo, este temor
se disipaba al llegar, gracias a la cordialidad de los indios y al buen
hospedaje que les ofrecían.
Se
informó a Pizarro que en un pueblo llamado Caxas había tropas de Atahualpa
esperando a los castellanos. En respuesta, envió a un capitán con algunos
soldados para que lo reconociera con cautela. Al día siguiente, tras marchar,
estableció su campamento en el pueblo de Zarán, donde esperó los resultados del
reconocimiento. El capitán que fue a Cajas encontró a un recaudador de
tributos, quien lo recibió con franqueza y amistad, proporcionándole
información valiosa sobre el avance de su rey, el método de cobranza de
contribuciones y otras costumbres del país.
El
capitán no solo reconoció Caxas, sino también Huancabamba, un pueblo cercano y
más grande. Regresó maravillado por las grandes calzadas, los puentes sobre los
ríos, las acequias, las fortalezas construidas y los almacenes de vestuario y
provisiones para el ejército. También relató sobre una fábrica de ropa en Caxas,
donde muchas mujeres hilaban y tejían vestidos para los soldados del Inca. A la
entrada del pueblo, observó a ciertos indios ahorcados por los pies, castigados
por haber permitido que uno de ellos entrara en el lugar para disfrutar de una
mujer. Esta severidad en la justicia, esta autoridad y poder ejercidos desde la
distancia con tal puntualidad, junto con los preparativos de guerra hechos con
previsión e inteligencia, debieron impresionar a los españoles, dejándoles
claro que se enfrentarían a un pueblo muy diferente y digno de respeto y
recelo.
Simultáneamente,
llegó al ejército un indio que se presentó como enviado de Atahualpa, trayendo
como regalo para el general español dos vasos de piedra artísticamente labrados
y una carga de patos secos, que se usaban en los sahumerios según la costumbre
de los principales del país. El indio le transmitió a Pizarro que el Inca
deseaba ser su amigo y que le aguardaba en Cajamarca en son de paz. La calidad
y modestia del presente de un monarca tan poderoso podrían haber suscitado
sospechas en cualquier persona, incluso en alguien menos cauteloso que Pizarro.
Sin embargo, él aparentó recibir el regalo con gratitud y aprecio, expresando
al indio su agradecimiento por la amistad de un príncipe tan grande. También le
encomendó que le comunicara a Atahualpa que, enterado de las guerras que
sostenía contra sus enemigos, había movilizado a sus compañeros y hermanos para
servirle en ellas, y que además traía un mensaje del vicario de Dios en la
tierra y del rey de Castilla, un príncipe muy poderoso.
Pizarro
ordenó que el indio y su comitiva fueran bien tratados y agasajados, y ofreció
al mensajero la opción de descansar con ellos durante algunos días si así lo
deseaba. El indio optó por regresar de inmediato a su señor, por lo que Pizarro
le obsequió una camisa de lino, un bonete rojo, cuchillos, tijeras y otras
baratijas de Castilla, con las que el emisario se marchó contento. Los vasos
del presente, junto con mucha ropa de algodón y lana intercalada con oro y
plata que habían obtenido en los diferentes pueblos por los que habían
transitado, fueron enviados a San Miguel, donde el Gobernador escribió
informando sobre la situación con el Inca y encargando a los españoles que
mantuvieran la paz con los indios de la comarca.
Siguiendo
su camino por diferentes pueblos, donde fueron recibidos en son de paz, los
españoles se encontraron a orillas de un caudaloso río, muy poblado en la otra
orilla. Ante la posibilidad de algún impedimento, Pizarro envió a su hermano
Hernando a que lo cruzara a nado con algunos soldados, para distraer a los
indios, mientras él cruzaba con el resto del contingente. Los moradores de
aquellos pueblos huyeron al ver a los españoles atravesar el río; solo algunos
pocos se quedaron atrás, a quienes Hernando Pizarro trataba de aquietar. Al no
recibir respuesta sobre Atahualpa, se decidió aplicar tormento a uno de ellos,
quien finalmente declaró que el Inca, muy enojado con los castellanos y
decidido a acabar con ellos, los aguardaba con tropas dispuestas en tres
puntos: uno al pie de la sierra, otro en la cima y el último en Cajamarca.
Afirmó que tenía razones para saberlo, siendo un hombre principal.
Esta
información fue comunicada al Gobernador, quien ordenó de inmediato cortar
árboles en las riberas del río y, con tres pontones, pasó a su gente y los
equipajes, llevando a los caballos a nado. Se alojó en la fortaleza de uno de
esos lugares y envió a llamar a un cacique de las cercanías. Este vino y le
informó que Atahualpa se encontraba más adelante de Cajamarca, en Huamachuco,
con más de cincuenta mil hombres de guerra. Esta revelación resultó ser cierta,
por lo que la tortura infligida al indio que había sido apremiado anteriormente
fue una crueldad innecesaria, ya que su declaración era falsa.
La
variedad de avisos y noticias generó perplejidad en el ánimo del Gobernador,
quien decidió averiguar directamente la verdad. Enviando a un indio de su
confianza para espiar la situación, fuerzas y movimientos de Atahualpa, eligió
a uno de la provincia de San Miguel. Este no quiso ir como espía, sino como
mensajero, creyendo que así podría hablar con el Inca y traer una mejor
relación de todo lo que averiguara. Pizarro aprobó su decisión y le ordenó que
fuera a saludar a Atahualpa de su parte, informándole que marchaba sin hacer
violencia a nadie, con el objetivo de rendirle homenaje, entregarle la embajada
que llevaba y ofrecerle su ayuda en las guerras que sostenía, si aceptaba su
amistad y servicio. El indio partió con su embajada, encargado también de
averiguar si había en la tierra gente de guerra, como se les había dicho
anteriormente.
Después
de tres días de camino por tierras fáciles y apacibles, los españoles llegaron
cerca de las sierras que se interponían entre ellos y Cajamarca. Estas sierras
eran ásperas y escarpadas, de difícil acceso y, tal vez, imposibles de
conquistar si un ejército las defendiera. A la derecha, tenían un gran camino
llano y recto que los llevaba a Chincha, sin obstáculos ni peligros. Por esta
razón, muchos sugerían que tomaran esa dirección y abandonaran la idea de
ascender por las alturas. Sin embargo, el General, convencido de que el éxito
de su expedición dependía de avistarse lo antes posible con el Inca, les hizo
entender lo inapropiado que sería para los españoles huir de las dificultades y
perder su reputación. ¿Qué pensaría Atahualpa si supiera que estaban
desviándose del camino, después de haber anunciado que iban a buscarlo?
Pensaría que actuaban por miedo y, en ese desprecio, residía el verdadero
peligro; no podrían vivir tranquilos en medio de aquellos pueblos sin
mantenerlos admirados por su valor y atemorizados por su audacia. Era, por
tanto, necesario marchar por la sierra, pues lo más arduo no solo era lo más
glorioso, sino también lo más seguro.
Así,
todos, a una voz, le respondieron que lo llevara por el camino que deseara,
prometiendo seguirlo con alegría y ánimo a donde él quisiese, y cumplir su
deber cuando la ocasión se lo mandase.
Llegaron
entonces al pie de la sierra. Pizarro, tomando consigo a cuarenta caballos y
sesenta infantes, comenzó a ascender el primero, dejando atrás al resto de los
soldados con el bagaje, encargándoles que lo siguieran poco a poco, según las
órdenes y avisos que él les daría. La subida, como se ha mencionado, era
abrupta y difícil; los caballos avanzaban con cautela, pues montar era casi
imposible, y a veces los pasos eran tan escarpados que subían como si fueran
escalones.
Una
fortaleza situada en un cerro empinado les sirvió de punto de referencia, y allí
llegaron a media jornada. Era de piedra y estaba situada en un lugar de peñas
cortadas, salvo el paso por donde habían ascendido. Se sorprendieron mucho al
ver que Atahualpa había dejado desprotegido aquel punto, donde cien hombres
decididos podían desbaratar un ejército con solo arrojar piedras desde arriba.
Sin embargo, no había razón para asombrarse de que el Inca, que a todas luces
los esperaba en son de paz, no guardara aquel lugar ni intentara obstaculizar
su camino.
Desde
la fortaleza, se avisó a la retaguardia que podía continuar su marcha sin
recelo, y el Gobernador avanzó por la tarde hacia otra fortaleza que se
encontraba más adelante, situada en un lugar casi completamente desamparado.
Allí pasó la noche; sin embargo, antes de que amaneciera, llegó a su presencia
un indio enviado por el mensajero que había despachado anteriormente para el
Inca. Este indio le informó que en todo el camino recorrido no había visto
ninguna gente de guerra ni obstáculos, y que él iba adelante a cumplir con su
comisión. Le comunicó que al día siguiente se presentarían ante él dos enviados
de Atahualpa. Al enterarse de esto, Pizarro no quiso que los embajadores lo
hallaran con tan escasa compañía, así que dio aviso a los que quedaban atrás
para que se apresuraran a reunirse con él.
Mientras
tanto, continuó su camino, ascendió a lo alto de la sierra y mandó plantar allí
sus tiendas para esperar a sus compañeros. Estos llegaron y, poco tiempo
después, aparecieron los mensajeros del Inca, quienes presentaron a Pizarro
diez reses en nombre de Atahualpa, y le comunicaron que iban a averiguar el día
en que pensaba llegar a Cajamarca para enviarle provisiones en el camino.
Pizarro respondió cortésmente que iría con la mayor brevedad posible, ordenando
que se les agasajara adecuadamente y preguntando por las noticias del país y la
guerra que sostenía el Inca. Según los mensajeros, Atahualpa se encontraba en
Cajamarca sin gente de guerra, ya que había enviado a todos sus soldados contra
el Cusco. Relataron las disputas entre los dos hermanos y las glorias de su
rey, incluyendo su victoria sobre Huáscar, a quien había hecho prisionero
gracias a sus capitanes, quienes ya traían consigo grandes riquezas.
Ante
esta narración, y por si acaso su intención era amedrentarlo, Pizarro respondió
con arrogancia que el rey de España tenía a su servicio a señores más
importantes que Atahualpa y capitanes que habían vencido en grandes batallas y
capturado a reyes aún más poderosos. Explicó que él venía a dar al Inca y a sus
vasallos noticias sobre el verdadero Dios, que deseaba ser su amigo y servirle
en las guerras que tenía, si así lo deseaba, y que se quedaría en sus tierras,
aunque su intención original era buscar el otro mar. En resumen, manifestó que
venía en son de paz, aunque si se le declaraba la guerra, no rehuiría el
combate.
Despedidos
esos mensajeros, a la noche siguiente llegó el primer indio que había buscado a
Pizarro en la estancia de Zarán, cerca de Cajas y Huancabamba, llevando consigo
un presente de vasos de piedra. Ahora venía con mayor autoridad: lo acompañaban
muchos criados y traía vasos de oro, en los que bebía su vino y con los cuales
brindaba a los castellanos, afirmando que deseaba ir con ellos hasta Cajamarca.
Presentó otras diez reses de regalo, hizo algunas preguntas y hablaba más
desenvuelto que antes, ensalzando las grandezas de su señor.
A
pocos días de estar este indio con los castellanos, regresó el mensajero que
Pizarro había enviado al Inca antes de emprender la ascensión de la sierra. No
bien entró en el campamento y avistó al otro indio, se enojó y comenzó a
maltratarlo. El Gobernador, al ver la situación, los separó inmediatamente y
preguntó al recién llegado la causa de su furia. Este respondió: "¿Cómo
queréis que soporte ver aquí honrado y agasajado a este perverso, que no ha
venido sino a espiar y a mentir, mientras que yo, embajador vuestro, ni he
podido ver al Inca, ni me han dado de comer, y apenas he podido escapar con la
vida tras el maltrato que he sufrido?" Relató que había encontrado a Cajamarca
sin gente y a Atahualpa con su ejército en el campo; que no se le había dejado
ver bajo el pretexto de que estaba ayunando y entregado a sus devociones. Había
hablado con un pariente del Inca, a quien le había referido la grandeza, valor
y armas de los españoles, pero que el otro indio había menospreciado a los
extranjeros por su escaso número.
El
otro indio replicó que, si en Cajamarca no había gente, era porque habían
dejado sus casas desocupadas para recibir a los nuevos huéspedes, y que, si el
Inca estaba en el campo, era porque acostumbraba hacerlo durante la guerra.
"No has podido verle", añadió, dirigiéndose a su adversario,
"porque estaba ayunando, y en tal tiempo nadie lo ve ni le habla; si
hubieras esperado y le hubieras dicho de parte de quién ibas, él te habría
recibido y escuchado, y te habría mandado agasajar, pues no hay duda de que sus
intenciones son pacíficas."
¿A
quién creer? El Gobernador, por su naturaleza cautelosa y desconfiada, se
inclinaba más hacia lo que decía el indio amigo que hacia las palabras del
mensajero. Sin embargo, disimuló su desconfianza con gran maestría, reprimió a
su emisario y continuó honrando y tratando bien al representante del monarca
peruano. Sin perder más tiempo, apresuró su viaje hacia Cajamarca, a donde ya
no se encontraba distante. En ese momento, llegaron otros mensajeros de
Atahualpa con provisiones, los cuales recibió con agradecimiento y, a su vez,
envió a pedir al Inca su amistad, rogándole que actuara de buena fe y
asegurándole que también respondería con la misma sinceridad.
Poco
después, se avistó Cajamarca, con sus campos bien labrados y abundantes,
rebaños pastando a lo lejos y, aún más lejos, el ejército del Inca acampado a
la falda de una sierra bajo toldos de algodón, un espectáculo desconocido para
los españoles. A una legua de llegar, el Gobernador hizo alto para reunir a su
gente, la dividió en tres grupos y asignó un capitán a cada uno. Luego, reanudó
su marcha y entró en Cajamarca al atardecer del 15 de noviembre de 1532.
Sin
embargo, el pueblo se encontraba desierto, salvo por unas pocas mujeres en la
plaza que, según se decía, mostraban su lástima por la evidente perdición de
aquellos extranjeros. Pizarro, tras explorar la localidad y evaluar los
diferentes puntos de seguridad, concluyó que la plaza era la mejor posición
militar. Rodeada por una alta y sólida muralla, con solo dos puertas que daban
a las calles de la ciudad, y casas adecuadas para su alojamiento, le ofrecía la
mejor defensa contra posibles sorpresas y una posición estratégica para
resistir un ataque de la multitud.
Si
Pizarro, como es evidente, ideó rápidamente un plan para atraer al Inca y
apoderarse de él, es innegable que su talento militar era tan ágil para
concebir estrategias como su carácter era decidido y resoluto al ejecutarlas.
Al ver
que Cajamarca estaba desierta y que el Inca no daba señales de presentarse,
decidió enviar a Fernando de Soto con quince caballos y el intérprete Felipillo
para que hiciera un acto de acatamiento en su nombre. Soto fue a solicitar al
Inca que dispusiera lo necesario para que pudiera ir a besarle las manos y
explicarle la misión que llevaba de parte del rey de Castilla. Antes de partir,
el General, observando la multitud de indios que acompañaban al Inca, envió
otros veinte caballos bajo el mando de su hermano Hernando para brindar apoyo,
ya que él había advertido sobre el peligro que corrían si las intenciones de
Atahualpa no eran sinceras. Ambos llevaban la orden de conducirse con la mayor
circunspección y respeto, evitando inquietar o molestar a nadie en su camino.
Hernando
de Soto se acercó al campamento ante la atenta mirada de los indios, quienes
admiraban la ferocidad y docilidad del caballo que montaba. Al llegar, y
preguntado sobre el motivo de su visita, respondió que traía una embajada de
parte de su servidor y amigo, el gobernador de los cristianos. En ese momento,
el Inca apareció acompañado de un gran séquito, exhibiendo majestad y gravedad.
Se sentó en un lujoso asiento y ordenó que se le preguntara al embajador qué
deseaba.
Soto
se apeó de su caballo, hizo una reverencia y le comunicó respetuosamente que
don Francisco Pizarro, su capitán, deseaba mucho besarle las manos, conocerle
personalmente y explicarle las razones de su llegada a aquellas tierras, así
como otros asuntos de interés. Por eso, le enviaba a saludarle y le suplicaba
que se dignara a cenar aquella noche con él en Cajamarca, o a comer al día
siguiente, prometiendo que, aunque era extranjero, le honraría y obsequiaría
con el respeto que correspondía a un príncipe de su grandeza.
El
Inca, sin hablar directamente, se expresó a través de un indio principal que
estaba a su lado, agradeciendo la buena voluntad de su capitán. Sin embargo,
como ya era tarde, decidió que al día siguiente iría a verse con él en Cajamarca.
Soto ofreció transmitir lo que se le mandaba y preguntó si había otras
instrucciones que llevar. El Inca respondió: “Iré con mi ejército en orden y
armado, mas no tengáis pena ni miedo por ello”.
En ese
momento, llegó Hernando Pizarro, quien expuso a Atahualpa las mismas razones
que Soto. Al darse cuenta de que quien hablaba era el hermano del Gobernador,
el Inca alzó la mirada, que hasta entonces había mantenido baja en señal de
gravedad, y comentó que Mayzabelica, un capitán suyo en el río Turicara, le
había informado sobre la muerte de tres castellanos y un caballo, debido al
maltrato a los caciques de la región. No obstante, el Inca manifestó su deseo
de ser amigo de los españoles y que al día siguiente se encontraría con su
hermano el General.
A esto,
el español replicó con arrogancia, asegurando que Mayzabelica mentía, ya que
todos los indios de aquel valle eran como mujeres, y bastaba un solo caballo
para someter toda la tierra, lo cual se comprobaría en el combate. “Cuatro
jornadas de aquí”, respondió el Inca, “hay unos indios muy bravos con quienes
no puedo lidiar, y allí podéis ir a ayudar a los míos”. Hernando replicó que el
Gobernador enviaría diez caballos, asegurando que serían suficientes, y que los
indios solo eran necesarios para buscar a los que se escondieran.
Atahualpa
sonrió, pues, aún ignorante de la potencia y las armas de los castellanos, las
palabras que escuchaba le parecieron vanas y presuntuosas.
En ese
momento, unas cuantas mujeres se presentaron con vasos de oro en las manos, en
los que llevaban la chicha, o vino elaborado a partir del maíz, y por orden del
Inca les ofrecieron beber. Los castellanos, repugnados por aquel brebaje,
inicialmente se negaron, pero finalmente, importunados y deseando no parecer
descorteses, aceptaron. Como si quisieran devolver el agasajo, y observando que
el Inca no apartaba la vista del caballo de Hernando de Soto, este capitán
decidió montar, comenzando a escaramucear, revolotear y corvetear de un lado a
otro, provocando que el caballo echara mucha espuma. Atahualpa lo miraba con
atención y asombro, sin mostrar ni miedo ni recelo, a pesar de que Soto acercó
en varias ocasiones tanto el caballo que el resuello del animal movió los hilos
de la borla del Inca. Se dice que incluso reprendió a algunos de sus hombres
por dejarse vencer por el temor y huir ante la cercanía del animal.
Finalmente,
los embajadores se despidieron con el encargo de informar a su general que el
Inca iría a visitarle al día siguiente, sugiriendo que se acomodara con su
gente en tres de los grandes salones de la plaza, dejando el del medio para él.
Al regresar a Cajamarca, dieron cuenta de su misión, elogiando la majestad y
dignidad del Inca, así como las fuerzas de su ejército, que estimaban en más de
treinta mil hombres de guerra. Esto comenzó a preocupar a muchos de los
soldados, que consideraban que eran casi doscientos para cada castellano. Sin
embargo, su general, menos receloso de aquella fuerza aparente y más satisfecho
por la imprudencia del Inca al presentarse así, les dijo que no temieran a esa
multitud, la cual, en lugar de ser provechosa para los indios, sería su
perdición. Aseguró que, si continuaban actuando como hasta entonces, lograrían
una victoria formidable.
Al día
siguiente, Atahualpa, tras avisar al general español que iba a realizar su
visita y recordándole que, al igual que los castellanos que habían ido armados
a su real, él también llevaría armada a su gente, dio la señal de marcha y su
ejército se puso en movimiento hacia Cajamarca. Estaba organizado en tres
cuerpos, según las diferentes armas que portaban. El primero, de
aproximadamente doce mil hombres, avanzaba al frente, armados con ondas y
pequeñas mazas de cobre con puntas afiladas. Detrás de ellos, otro cuerpo de
cinco mil hombres portaba largas astas, conocidas como aillos, armadas con
lazos corredizos, útiles para atrapar tanto hombres como animales. La
retaguardia estaba compuesta por los lanceros, acompañados por indios de
servicio y un sinfín de mujeres que seguían al ejército.
En el
centro, se encontraba el Inca, sentado en sus andas adornadas con oro y
vistosas plumas, llevado en hombros por los indios más nobles. Su asiento era
un tablón de oro, sobre el cual reposaba un cojín de exquisita lana adornado
con piedras preciosas. Sin embargo, a pesar de toda esta riqueza y pompa, nada
otorgaba tanto dignidad y decoro a su figura como la borla encarnada que le
caía sobre la frente, cubriendo sus cejas y sienes: un símbolo venerado de los
sucesores del sol, objeto de adoración por el inmenso gentío que lo acompañaba.
Trescientos hombres marchaban delante de las andas, limpiando el camino de
piedras, pajas y cualquier obstáculo. Los orejones formaban a los lados del
Monarca, acompañados de algunos indios principales, que también eran llevados
en andas y hamacas para resaltar su grandeza. La marcha tenía un orden
meticuloso al son de bocinas y tambores, asemejándose a una procesión
religiosa, y avanzaba con tanta lentitud que tardó cuatro horas en recorrer la
legua que separaba el real de Cajamarca.
Ya
caía la tarde cuando Pizarro observó que los indios se detenían a un cuarto de
legua del pueblo y comenzaban a plantar sus toldos, como si se prepararan para
acampar. Temiendo perder la oportunidad que había planeado, envió a solicitar
al Inca que apurara su marcha y lo visitara antes de que cayera la noche.
Atahualpa accedió a su ruego y respondió que iba en camino, asegurando que
acudiría desarmado. Efectivamente, dejó en ese punto a la mayor parte de su
gente y continuó con unos cinco o seis mil indios de la vanguardia, seguido
también por algunos de los señores principales que lo habían acompañado.
Mientras
tanto, el caudillo español daba las últimas órdenes a sus capitanes y ajustaba
las disposiciones necesarias para llevar a cabo sus planes con el menor riesgo
posible. Ordenó que los infantes y caballos permanecieran ocultos en los
alojamientos del centro, colocó los mosquetes en una eminencia, bajo el mando
de Pedro de Candía, y algunos arcabuceros en una torre de una de las casas que
dominaba el terreno. Los caballos, equipados con pretales de cascabeles para
que hicieran más ruido, se dividieron en tres grupos de veinte cada uno, al
mando de los capitanes Hernando de Soto, Hernando Pizarro y Sebastián de
Belalcázar. Pizarro se llevó consigo a veinte rodeleros, hombres robustos y
valientes, para que lo siguieran y lo ayudaran en cualquier situación. A todos
les ordenó mantener silencio y tranquilidad hasta que él diera la señal a la
artillería.
Finalmente,
los indios comenzaron a entrar en la plaza, organizándose de acuerdo con su
costumbre. En medio de ellos, el Inca se puso de pie sobre sus andas, como
buscando con la vista a los extranjeros que venía a encontrar. En ese momento,
se le presentó el dominicano Valverde, enviado por el Gobernador, con un intérprete,
para hacerle las intimaciones y requerimientos de rigor. Llevaba en una mano
una cruz y en la otra la Biblia. Al situarse frente al monarca peruano, le hizo
una reverencia, lo santiguó con la cruz y le explicó que era sacerdote de Dios,
cuya misión era predicar y enseñar las verdades contenidas en aquel libro.
Mostró la Biblia y añadió, según se dice, algunas palabras sobre los misterios
de la fe cristiana, la donación de aquellas tierras hecha por el Papa a los
reyes de Castilla, y la obligación del Inca de someterse a su autoridad.
Concluyó ofreciendo la paz en nombre del Gobernador y aconsejándole que no
incurriera en la guerra, que ofendía a Dios, y que entrara a ver al Gobernador
en su aposento, donde lo esperaba para discutir estos asuntos.
Al recibir
la Biblia, el Inca la hojeó brevemente antes de arrojarla al suelo,
manifestando su impaciencia y enojo. No comprendía ni el libro ni, en gran
medida, las palabras del religioso, por bien interpretadas que fuesen. Sin
embargo, entendió claramente las intenciones pacíficas de los extranjeros, y al
arrojar el libro exclamó: "Bien sé lo que habéis hecho por ese camino y
cómo habéis tratado a mis caciques y tomado la ropa de los bohíos".
Valverde, intentando excusar a los suyos, culpó a los indios, pero Atahualpa
insistió en su reclamación, afirmando que debían restituir lo que habían
tomado.
El
religioso, tras recuperar su libro, regresó ante el Gobernador para informarle
del mal resultado de su encuentro. Las antiguas memorias varían sobre cómo comunicó
el incidente, pero todas coinciden en que no había espacio para la tregua ni
para el disimulo. Al mismo tiempo, el Inca se puso de pie y habló a su gente,
lo que provocó un murmullo y movimiento entre ellos, lo que probablemente
precipitaría la acción y le daría un aspecto atroz y espantoso que perduraría
en la memoria histórica.
Entonces,
Pizarro hizo la señal, y al instante Pedro de Candía disparó sus mosquetes. Los
arcabuces respondieron, las cajas y trompetas comenzaron a sonar, y los
caballos se lanzaron furiosos, embistiendo por tres flancos a aquel murallón de
hombres desnudos. Los infantes los siguieron, causando el mayor estrago posible
con lanzas, ballestas y espadas. El estruendo, tan espantoso y terrible como
imprevisto y repentino, resonó con fuerza; parecía que el cielo se venía abajo,
la tierra temblaba, y entre los indios no quedó un solo hombre seguro ni un
valor en pie. Todos, despavoridos y atónitos, o recibían la muerte paralizados,
sin atreverse a moverse, o buscaban, azorados, una salida para huir, sin
encontrar por dónde escapar.
Con
las puertas tomadas y la muralla alta, se encontraban confusos y perdidos,
estorbándose entre ellos, mientras los castellanos les herían y mataban a su
antojo. Esta carnicería cruel no puede, de ninguna manera, ser considerada una
batalla. Ovejas alanceadas en un redil tal vez habrían ofrecido más resistencia
que aquellos infelices ante sus encarnizados enemigos. Tal fue la agonía, tal
la fuerza con que unos se apiñaron sobre los otros, que la pared no pudo
soportar el empuje y se reventó por un lado abriendo un portillo que les
concedió una salida amplia. Por allí huyeron, seguidos por los castellanos
hasta que la noche y una lluvia que sobrevino pusieron fin a la persecución.
La
confusión y el estrago fueron mayores hacia la parte donde se encontraba el
Inca. Pizarro, con sus veinte rodeleros, acometió por aquel lado con el firme
propósito de apoderarse a toda costa de la persona del Príncipe, convencido de
que su captura aseguraría el éxito de aquel asalto. Allí, los indios no
pensaron en huir, sino en proteger al Inca en sus andas. Herían y mataban; pero
al derribar a uno, otro entraba al instante a ocupar su lugar, mostrando un
ánimo y denuedo que asombraban y cansaban a los españoles. Es asombroso, en
verdad, que aquellos infelices supieran morir con tal bravura, sin atinar a
defenderse ni a herir a sus enemigos.
Cuando
Pizarro vio que algunos de sus compañeros se acercaban a las andas en lugar de
seguir atacando a los indios, gritó que no lo mataran, sino que lo apresaran.
Él mismo hizo un esfuerzo para apoderarse de su presa; al llegar a las andas,
agarró con fuerza la ropa del Inca y lo hizo descender al suelo. Esto puso fin
a la acción, pues los indios, al no tener a quien proteger ni respetar, se
dispersaron y desaparecieron por completo. Se estima que dos mil de ellos
fueron muertos, sin que pereciera ninguno de los castellanos, ni siquiera
resultara herido alguno, salvo Pizarro, quien recibió una ligera herida en la
mano, causada accidentalmente por un compañero al extender el brazo para
atrapar a Atahualpa.
El
príncipe prisionero fue tratado inicialmente por sus vencedores con el respeto
y la consideración que merecía su dignidad. A la noticia de que estaba vivo y
sin lesiones, esparcida intencionadamente por los españoles, acudieron muchos
indios, se dice que hasta cinco mil, para consolarle y servirle. En el
reconocimiento que se realizó en el campamento indio al día siguiente de la
acción, entre el rico despojo de alhajas de oro y plata y finísimos tejidos de
lana y algodón, se hallaron también muchas mujeres principales, varias de
sangre real y algunas mamaconas, es decir, Vírgenes consagradas al sol. Estas
fueron llevadas a Cajamarca, donde asistieron a su príncipe, formando una
especie de corte que, en la medida en que se podía conciliar con su cautiverio,
no desmerecía en absoluto su majestad y dignidad antiguas.
La
cortesía y el respeto con que el Gobernador lo trataba también contribuían a
ello. Pizarro le alentó y consoló, haciendo reflexiones adecuadas a su
desgracia y situación. Se ofreció a servirle conforme a su grandeza,
asegurándole que si sabía que alguna de sus mujeres estaba en poder de algún
español, se la mandaría buscar y restituir. Además, le pidió que le informara
de lo que fuera su voluntad, ya que en todo se cumpliría conforme a su deseo.
El Inca agradeció estos ofrecimientos de Pizarro y, desde que se vio en poder
de los españoles, mantuvo siempre un comportamiento que reflejaba aquel trato
reverente y respetuoso, sin desmerecer la gravedad y el decoro que su carácter
le imponía. Decía frecuentemente, cuando se hablaba de su desgracia y veía a
los suyos gemir y sollozar, que no debían extrañar lo que le sucedía,
"pues era uso de guerra vencer y ser vencido".
La
codicia, tan poco disimulada de los españoles en aquellas tierras, le dio al
instante esperanzas de libertad. A pocos días de estar preso, comenzó a tratar
de su rescate con sus vencedores. Al principio, les ofreció que cubriría con
alhajas de oro y plata el piso del aposento en que se encontraba, que era
bastante espacioso. Sin embargo, al recibir burlas y risas de los españoles,
que consideraban su oferta como algo imposible, se levantó y, alzando la mano
lo más que pudo, hizo una señal en la pared y afirmó resueltamente que no solo
cubriría el suelo, sino que también lo llenaría hasta la altura que había
marcado. El aposento medía veinte y dos pies de largo y dieciséis de ancho, y
la altura a la que el Inca hizo su señal era de más de tres varas.
Entonces,
el Gobernador, viendo que no era de despreciar el inmenso tesoro que se le
ofrecía, creyendo que era necesario satisfacer, aunque solo fuera en
apariencia, las esperanzas del Inca para apoderarse de aquella riqueza, le dio
su palabra de que le dejaría libre en el momento en que cumpliera lo que había
ofrecido. Tras acordar esta fe, se trazó una raya roja en toda la pared del
aposento a la altura que el Inca había señalado. Inmediatamente, se enviaron
mensajeros a los principales pueblos de sus estados, ordenando que todo el oro
y la plata que hubiese en los templos y palacios se enviara al instante a Cajamarca
para el rescate de su príncipe. A este mandato se añadió otro no menos
esencial: que no se tratara de mover guerra contra los castellanos, con quienes
no le convenía más que la paz, y que en todas partes se les obedeciera y
respetara, tal como a él mismo.
Se
puede apreciar el estado de subordinación y orden en el país, así como la forma
en que se cumplían las órdenes de los Incas, a partir del caso de los tres
españoles que, a solicitud del Inca, fueron enviados al Cusco para organizar y
acelerar la remisión de los tesoros. Pizarro accedió a esta solicitud con el
doble propósito de avanzar en ese asunto particular y de obtener información precisa
sobre la situación en la capital. Para ello, nombró a tres soldados: Pedro
Moguer, Francisco Martínez de Zárate y Martín Bueno, quienes fueron
transportados en hombros de indios, reclinados en hamacas, recorriendo las
doscientas leguas que separan Cajamarca del Cusco. No solo lo hicieron sin
peligro, sino que también fueron recibidos con respeto y reverencia en todo el
país, siendo obsequiados con lo más rico y lujoso de la tierra. Se dice que
estaban asombrados por la buena disposición de los indios, el orden que
mantenían en sus casas, así como por la limpieza, comodidad y abundancia de sus
caminos.
Al
llegar a la ciudad, su admiración debió aumentar al ver el orden y la riqueza
de sus templos y la destreza de sus artes. Los agasajos, aplausos y respetos
fueron aún mayores allí; los indios creían que eran seres superiores, hijos de
la divinidad, venidos para remediar los males que sufría el Estado. Las
Vírgenes del templo los servían, los sacerdotes se humillaban ante ellos y
todos los demás los adoraban. ¿Y cómo respondieron estos insensatos a tal buena
fe, benevolencia y alta estima? Mofándose de las reverencias que les brindaba
esa gente sencilla, sacrificando la modestia de las Vírgenes que los atendían a
su desenfrenada lujuria, se apoderaron de cuanto su codicia anhelaba,
cometiendo toda clase de sacrilegios en los templos, indecencias y groserías
delante de los hombres. De este modo, dejaron en claro a los indios que, en
lugar de ser hijos de Dios, eran una nueva plaga enviada por el cielo para su
daño.
Dudaron
si debían matarlos; el respeto que les tenía Atahualpa los detuvo, pero se
apresuraron a remitir el oro que se les había pedido y así se deshicieron de
ellos. Ante un ejemplar tan insigne, posiblemente singular en la historia,
donde no se sabe qué admirar más —si la temeridad, la insolencia o la grosería—
se podría cuestionar quiénes eran los verdaderos bárbaros, si los europeos o
los indios, y la respuesta es evidente. Pizarro es muy criticado por esta
desatinada elección, que comprometía gravemente los intereses y el honor de la
nación castellana en aquellas regiones. A menos que lo hiciera por la confianza
que tenía en esos hombres para la misión que llevaban, por su mayor destreza en
el idioma del país, o por alguna otra razón que ahora se nos oculta, esta
acusación queda sin réplica y se suma a las críticas que la posteridad tiene
que hacerle.
Fuera
como fuera que se hubiera cometido aquel error, el resultado inmediato fue que
los indígenas en el Cusco y Pachacamac ocultaron todo el oro que pudieron, en
rechazo a los castellanos.
Pachacamac
era el templo más rico de todo el Perú, y la codicia por adquirirlo, sumada al
temor de que se disipara por las disputas civiles en el imperio, llevó a
Pizarro a solicitarlo a Atahualpa. El Inca accedió, pero con la condición de
que el tesoro que se trajera se utilizara para completar su rescate.
En
general, el texto ahora fluye de manera más natural y es más fácil de
comprender para el lector.
Tomada
esta decisión, el Gobernador nombró a su hermano Hernando, quien, acompañado de
veinte hombres a caballo y doce escopeteros, debía ir a obtenerlo y, al mismo
tiempo, reconocer la tierra para verificar la veracidad de las reuniones y
asonadas de guerra que se decían sobre los indios. Hernando Pizarro partió a
principios de 1533 (5 de enero) y, durante el recorrido de cien leguas desde Cajamarca
a Pachacamac, solo encontró indios pacíficos y tranquilos, o aquellos que,
cumpliendo las órdenes del Inca, transportaban oro y plata hacia Cajamarca. Sin
embargo, antes de que estos españoles llegaran a Pachacamac, ya había llegado
la noticia de los excesos y escándalos cometidos en el Cusco. Los sacerdotes
del templo, temiendo desórdenes y el despojo de las riquezas de aquel antiguo y
venerado santuario, ocultaron todo el oro y plata que pudieron. No conformes
con esto, también retiraron a las Vírgenes del Sol para protegerlas de la
desenfrenada lujuria de aquellos insolentes extranjeros. Así, cuando Hernando
Pizarro llegó, el templo ya había sido despojado de sus mejores riquezas. No
obstante, lograron traer consigo, junto con los presentes que le hicieron los
caciques de la región, veintisiete cargas de oro y dos mil marcos de plata.
Tanta
riqueza podría satisfacer la codicia, pero los castellanos se complacieron aún
más al ver llegar con él al guerrero Chalcochima, el principal general de
Atahualpa, quien, por su valor, capacidad, crédito y servicios, era la segunda
persona más importante del imperio. Se encontraba en Jauja al mando de unos
veinticinco mil hombres de guerra cuando Hernando Pizarro llegó a Pachacamac.
Sus intenciones eran inciertas, y el capitán español comprendió de inmediato la
importancia de someter a un hombre de tal autoridad y la necesidad de
mantenerlo siempre a la vista para evitar inquietudes y novedades.
Confiando
en las disposiciones pacíficas tomadas por el Inca, y aún más en su arrojo y
valor, avanzó con su pequeño escuadrón otras cuarenta leguas para encontrarse y
conferenciar con él. Al principio, Chalcochima se mostró receloso y se tomó su
tiempo durante algunos días. Sin embargo, las hábiles palabras y seguridades
que le ofreció Hernando Pizarro lo convencieron al final, y se unió a él,
trayendo consigo algunas cargas de oro que había recolectado para llevar a Cajamarca.
Llevado
en andas y seguido de indios principales atentos a sus órdenes, su cortejo y la
ostentación de riquezas que traía eran una clara muestra del honor y la
dignidad que poseía en aquella monarquía. No obstante, este arrogante sátrapa,
al llegar a las puertas donde estaba preso el Inca, se descalzó antes de entrar
y se echó sobre los hombros una carga mediana que tomó de un indio, costumbre
utilizada en el país como señal de sumisión y respeto. Cuando finalmente estuvo
ante Atahualpa, alzó las manos al sol en acción de gracias por poder ver a su
príncipe. Se acercó a él con todo acatamiento, besó su rostro, manos y pies, y
lloró lamentando aquel desastre y afrenta, exclamando que su señor no hubiera
tenido que soportar tal deshonra si él hubiera estado presente en Cajamarca.
Los
españoles, extrañados y maravillados por tales muestras de lealtad y
sentimiento en un personaje de tan alta jerarquía y en una situación como
aquella, se admiraban aún más al ver a Atahualpa, quien, sin perder un momento
su entereza y gravedad acostumbradas, recibía majestuosamente esos respetos,
dejándose acatar y reverenciar como un dios, sin pronunciar palabra alguna.
Antes
de que Hernando Pizarro llegara, ocurrieron dos sucesos que alteraron
considerablemente la situación del Inca y de los castellanos, contribuyendo de
manera significativa al desenlace trágico que se avecinaba. El primero fue la
muerte del Inca Huáscar, quien fue enviado vivo a su hermano Atahualpa por los
generales que lo habían vencido. Al enterarse de esta noticia, Atahualpa no
pudo evitar reírse de las caprichosas vueltas de la fortuna, que lo hacían, en
un mismo día, tanto vencido como vencedor, prisionero y prisionero. Sin
embargo, al reflexionar sobre las implicaciones de este acontecimiento,
Atahualpa temió que Huáscar, al ser presentado ante los españoles, pudiera
hacerles ofertas más atractivas que las suyas, lo que podría contribuir a su
propia destrucción, dada su legitimidad, juventud e inexperiencia. Por ello,
decidió eliminar a este obstáculo y sacrificar la naturaleza a la política,
ordenando su muerte.
Antes
de llevar a cabo esta orden, Atahualpa, según se dice, quiso comprobar la
reacción de Pizarro ante la muerte de su hermano. Fingiendo tristeza, le
preguntó la causa de su pesar, y Pizarro le respondió que sus capitanes, tras
vencer y apresar a Huáscar, lo habían matado sin su conocimiento, lo que le
causaba gran pesar, ya que, a pesar de ser enemigos y rivales, eran hermanos.
El Gobernador lo consoló, afirmando que tales eran las vicisitudes de la guerra,
sin mostrar ninguna intención de responsabilizarlo. Tal vez, en su interior,
Pizarro agradeció a la fortuna que le libraba de un enemigo, pues la muerte de
Huáscar era un golpe a su rivalidad.
Al ver
la aparente indiferencia de Pizarro, Atahualpa dio la cruel orden, y Huáscar,
implorando justicia divina y la fe de los hombres, clamando contra la iniquidad
de su hermano, fue ahogado en el río Andamarca por los esbirros de Atahualpa.
Su cuerpo fue arrastrado por la corriente para que no fuera encontrado ni
sepultado, una muerte cruel, ya que, según la superstición indígena, los
ahogados y los quemados que no recibían sepultura estaban condenados a penas
eternas. Este príncipe, que contaba apenas veinticinco años al morir, era
bondadoso, clemente y generoso, lo que le valía el cariño de sus seguidores;
sin embargo, carecía de experiencia en la guerra y en los asuntos políticos, lo
que le impedía sostenerse contra un rival más astuto, valiente y capacitado,
respaldado por los mejores soldados y generales del imperio.
La
victoria fue para Atahualpa, aunque no es fácil decidir quién tenía razón o
justicia en este conflicto. Los españoles, poco después, se la atribuyeron al
príncipe de Cusco, como era natural, dado que poco tiempo después la muerte de
Huáscar fue utilizada como un cargo capital en el proceso contra su desdichado
vencedor. Sin insistir más en esta cuestión, que ahora resulta inútil, es
indudable que tanto Huáscar como Atahualpa pagaron cara su sangrienta
discordia, y que el trágico final que ambos encontraron, así como la ruina
total del imperio y de la religión peruana, fueron el fruto amargo de sus
desdichadas disputas y del error de su padre al dividir la monarquía.
La
otra novedad que tuvo lugar en este periodo fue la llegada del capitán Almagro
al Perú y su pronta llegada a Cajamarca. Almagro venía ya condecorado por el
Rey con el título de mariscal, acompañado de cuatro navíos y doscientos
hombres, entre los cuales había varios oficiales de renombre que, procedentes
de Nicaragua con Francisco de Godoy, se pusieron a sus órdenes en el camino.
Sin embargo, parecía que la historia de estos dos antiguos compañeros y
descubridores estaba destinada a repetirse, con rencillas y desconfianzas entre
ellos.
Apenas
Almagro llegó a San Miguel y estableció comunicación con el Gobernador, este
recibió noticias de que su amigo, con mayor fuerza y poder, tenía la intención
de actuar por su cuenta, buscando otros descubrimientos y conquistas. Almagro,
por su parte, fue persuadido de que Pizarro planeaba deshacerse de él, y le
aconsejaron que se mantuviera alerta ante posibles traiciones.
A
pesar de las circunstancias, ambos supieron comportarse con la dignidad y
responsabilidad que sus posiciones exigían. Pizarro envió mensajeros a Almagro
para felicitarlo por su llegada, rogándole que se uniera a él con los
caballeros que lo acompañaban y compartiera su buena fortuna. Al enterarse de
que los rumores eran originados por una falsa información enviada por Rodrigo
Pérez, un escribano que le servía de secretario, Almagro tomó acciones y lo
procesó por abuso de su cargo, ordenando su ahorcamiento por su mala fe y
deslealtad.
¡Dichosos
los dos si hubieran actuado siempre con igual franqueza y determinación! Tras
este incidente, Almagro y sus soldados marcharon hacia Cajamarca, donde
llegaron sin encontrar ningún obstáculo en el camino (14 de mayo de 1533). En
cambio, fueron recibidos con hospitalidad y atención por parte de los
indígenas. El Gobernador salió a recibirlo, y ambos intercambiaron las muestras
de gusto y cariño propias de su antigua amistad, entrando juntos en la ciudad.
Al instante, el mariscal se presentó ante el Inca, rindiéndole homenaje y
poniéndose a sus órdenes. Aunque probablemente Atahualpa se sentía angustiado
por el aumento de sus enemigos, lo recibió con la misma cordialidad que a los
demás castellanos.
La
atmósfera en Cajamarca era tranquila y placentera para los españoles y el
príncipe prisionero: reinaba la confianza y la alegría. Atahualpa albergaba la
esperanza de recuperar pronto su libertad, mientras que los conquistadores
visualizaban un futuro de poder y opulencia.
Poco
después, el 25 de mayo de 1533, llegó Hernando Pizarro con las riquezas del
templo de Pachacamac y con el general peruano. A su llegada, el Gobernador y
los principales capitanes del ejército salieron a recibirlo, pero la inesperada
presencia de Almagro provocó en el orgulloso Hernando un desdén que no pudo
contener; su aversión antigua era tan evidente que ni siquiera le ofreció un
saludo. Esta grosería pesó en todos, especialmente en el Gobernador, quien
reprendió a Hernando cuando se encontraron a solas. Posteriormente, se
dirigieron a la estancia del Mariscal, y aunque el recién llegado intentó disculparse
por su descuido, Almagro aceptó las disculpas con su habitual buena fe y
facilidad natural. Así, aquel malestar se disipó, al menos en apariencia. Estos
incidentes, aunque menores, son esenciales para comprender el carácter moral de
estos personajes históricos. En esta narración, son aún más relevantes, pues
tales rencillas, aunque leves, serán las chispas que desatarán el gran incendio
que consumirá a todos los actores de este trágico y sangriento drama.
Conforme
las cargas del rescate iban llegando a Cajamarca, se colocaban en un sitio
designado y resguardado por una buena guardia. Las distancias eran largas, las
cargas pequeñas y el espacio amplio, lo que hacía que el tesoro apenas
destacara ante los ojos codiciosos de los castellanos. Estos se impacientaban
al ver que la reunión del tesoro prometido se retrasaba, temiendo que sus
esperanzas de oro se desvanecieran como humo. A veces culpaban al Inca de la
demora, sospechando que lo hacía para incitar a una revuelta en las provincias
y que los castellanos fueran destruidos antes de recibir su rescate. Algunos
proponían que se le diera muerte al Inca para liberarse de las preocupaciones
que les causaba; sin embargo, Hernando Pizarro se opuso firmemente a que se le
ofendiese, lo que en ese momento salvó a Atahualpa.
En
medio de esta impaciencia, los hombres de Almagro se sentían con derecho a una
parte del rico botín. También los oficiales reales, que habían sido dejados
prudentemente por Pizarro en San Miguel, llegaron con Almagro a Cajamarca para
atender sus respectivos encargos y estar presentes en la repartición de los
despojos. Sin embargo, cuando los castellanos vieron llegar a una multitud de
indígenas cargados con los tesoros del Cusco, el monto acumulado creció de tal
manera que superó su codicia. Así, la impaciencia que antes tenían por reunir
el tesoro se transformó en una más viva urgencia por disfrutarlo. Aunque, a
simple vista, el cupo prometido por el Inca aún no estaba completo, comenzaron
a exigir a voces que se repartiera al instante.
Pizarro
quiso satisfacer este deseo, que era igualmente compartido por jefes y
soldados. Sin embargo, antes debía resolver las pretensiones de los hombres de
Almagro, quienes reclamaban participar en la distribución como los que habían
llegado primero y desbaratado al Inca en Cajamarca. Aunque no había razón para
una igualdad en la partición, tampoco sería cortés ni prudente dejarles sin
nada. Tras consultar, ambos generales acordaron destinar cien mil ducados del
tesoro a los hombres de Almagro, quienes, satisfechos, permitieron que la
distribución prosiguiera sin más obstáculos.
La
repartición se llevó a cabo con la mayor solemnidad el 17 de junio de 1533.
Pizarro hizo constar judicialmente su autoridad y las facultades que le
otorgaban las provisiones reales para que estos repartos se hicieran según los
servicios y méritos de cada uno, a juicio del Gobernador. Iniciando la
operación, pidió formalmente la ayuda divina para poder administrar justicia.
Se
pesaron el oro y la plata resultantes después de ser fundidos y aquilatados. En
primer lugar, se dedujeron los quintos reales, el importe de un donativo al
Rey, la joya conocida como "del escaño", así como otras piezas que,
por su diseño o singularidad, se deseaba presentar en la corte. Luego, se
apartaron los cien mil ducados para los almagristas y los derechos del
quilatador, fundidor y marcador, junto con los costos de estas diversas
labores. El resto se distribuyó entre el General, los capitanes y los soldados,
según sus méritos y la graduación respectiva, o conforme a las condiciones que
cada uno había acordado en su contrato. Por esta razón, las porciones no
reflejaron la igualdad que algunos historiadores mencionan al abordar este
reparto, y además, hay diferencias significativas entre sus relatos.
Sin
embargo, del acta judicial de repartimiento, que se incluye íntegramente en el
apéndice, se puede deducir que la parte de cada soldado de a caballo fue, en
términos generales, de cerca de nueve mil pesos en oro y más de trescientos
marcos en plata, mientras que la parte de cada infante, con ligera diferencia,
fue la mitad. Los capitanes y soldados distinguidos recibieron en proporción a
su rango. La parte de Pizarro ascendió a cincuenta y siete mil doscientos
veinte pesos en oro y dos mil trescientos cincuenta marcos en plata, sin contar
el tablón de oro de las andas del Inca, que como general le correspondió,
tasado en veinticinco mil pesos. Este botín fue prodigioso, y, si se considera
el escaso número de soldados entre quienes se distribuyó, no tiene parangón en
la historia de estas correrías o latrocinios que se conocen como guerras y
conquistas.
Si tal
recompensa es digna del esfuerzo, la constancia, la actividad y la audacia, sin
duda los castellanos la merecían, pues mostraron todas estas cualidades en su
máxima expresión, no solo contra hombres que poco o ninguna resistencia podían
oponer, sino también frente a la tierra y los elementos, que en numerosas
ocasiones pusieron a prueba su valor y resistencia de las maneras más crueles.
Sin embargo, la opinión pública, guiada por la razón y el sentido de
conveniencia, honra y respeta la opulencia cuando es fruto del trabajo, el
talento y la industria, pero ha marcado con el sello de su reprobación eterna
estos frutos tempranos y sangrientos de la violencia y la rapiña.
Pizarro
había cumplido con sus compañeros la promesa de hacerlos más ricos de lo que
jamás pudieran desear. Sin embargo, aún debía hacerlo evidente en América y en
España. Para ello, decidió enviar a su hermano Hernando Pizarro con los quintos
del Rey y el donativo que el ejército había acordado, junto con un informe de
todo lo sucedido y del estado actual de las cosas. Hernando también tenía la
tarea de solicitar para el Gobernador y sus hermanos honores, dignidades y
mercedes.
Por
cortesía y consideración, se confió a Hernando la gestión de este asunto. No
obstante, como no confiaba plenamente en su eficacia ni en su buena voluntad,
le otorgó al mismo tiempo poder secreto a sus amigos Cristóbal de Mena y Juan
de Sosa, quienes también viajaban a España, para que apoyaran sus pretensiones
en caso de que Hernando no las atendiera con la debida atención.
Hernando
Pizarro partió acompañado de algunos capitanes y soldados que, con sensatez,
decidieron regresar a su patria a disfrutar en paz de las riquezas que la
fortuna les había proporcionado. Llegaron a Panamá y, desde allí, la noticia
sobre los tesoros del Perú se esparció por todas las Indias. Al cruzar el
océano, arribaron a Sevilla, y dado lo altos que eran los quintos del Rey y las
grandes sumas que traían consigo, así como las cuantiosas remesas que enviaban
a sus familias los que se quedaban, se generó, como señala Gomara, una gran
actividad comercial en Sevilla. Todos hablaban de estas riquezas y deseaban
obtenerlas.
Una
vez distribuidos los tesoros del Inca, se planteó la cuestión sobre su destino.
Atahualpa pedía que lo liberaran, argumentando que ya había cumplido con su
parte. Sin embargo, los pensamientos de su astuto y duro vencedor eran otros.
La situación de los españoles era complicada; si se decidía la destrucción
irrevocable de aquel imperio, cualquier acción respecto a Atahualpa podría
acarrear serios inconvenientes. Liberarlo era una opción imprudente, mantenerlo
preso era embarazoso, y quitarle la vida resultaba cruel y profundamente
injusto. En estos atolladeros, los ambiciosos a menudo encuentran la manera de
salir adelante, aunque eso signifique transgredir la humanidad y la justicia.
Pizarro tomó esa decisión, y aunque tal vez no había condenado al Inca desde un
principio, es probable que lo hiciera una vez que satisficiera su ambición
inicial, que era la de enriquecerse.
Desafortunadamente,
Atahualpa le había dado el ejemplo y allanado el camino, dejando a Pizarro con
una única víctima tras el sacrificio de Huáscar, lo que facilitó su empresa.
Esta decisión fue en un principio secreta, y nadie la comprendió hasta mucho
después. Mientras tanto, comenzaron a surgir rumores sobre sediciones,
movimientos de indígenas y planes de sus generales para salvar al prisionero.
Estos rumores eran alimentados por los indios de servicio o yanaconas, que,
siendo la clase más perjudicada en el Estado, abrigaban rencor hacia los demás
y solo veían su futura restauración en el desmantelamiento del imperio y la
destrucción de sus jerarquías.
Las
guardias del Inca se reforzaron, y el general Chalcochima fue apresado como
supuesto instigador de estas inquietudes; a pesar de su firmeza y sinceridad al
negar los cargos y demostrar su falsedad, probablemente habría sido quemado por
orden del Gobernador si no hubiera sido por la intervención de Hernando
Pizarro, que aún no había partido hacia España. Las sospechas de guerra y los
rumores de alborotos crecían; los soldados de Almagro alentaban la pérdida del
príncipe peruano, ya que creían que mientras él viviera, no estarían en la
igualdad que deseaban con los hombres de Pizarro. Además, anhelaban ir en busca
de nuevas tierras y tesoros.
Los
oficiales reales también fomentaban estas ideas por puro miedo, convencidos de
que la muerte de Atahualpa sembraría temor entre los indígenas y facilitaría
todo. Entre ellos, el más astuto, inquieto y cruel era Alonso Riquelme, el
tesorero, quien, con sus constantes y vehementes gestiones, apoyadas por la
autoridad de su cargo, no parecía simplemente pedir, sino que daba órdenes.
El
Gobernador anhelaba, más que nada, convencerse de que estaba obligado a actuar
en consonancia con lo que era de su interés y deseo. Al igual que los agresores
suelen buscar una fachada de justicia incluso hacia aquellos a quienes ofenden,
Pizarro, en medio de rumores y recelos, se presentó ante el Inca y le expresó
su sorpresa ante la actitud de Atahualpa. Le recordó que, habiendo sido tratado
con respeto y estando bajo la confianza de los castellanos, se dedicaba a
planear su destrucción enviando ejércitos, como se rumoraba en Cajamarca. Al
principio, Atahualpa pensó que se trataba de una burla y le pidió que no se
riera de él. Sin embargo, al percibir la seriedad y el enfado en el rostro de
Pizarro, la situación comenzó a tornarse más grave. “No comprendo”, decía a los
españoles, “cómo pensáis que, siendo prisionero y encadenado, podría
traicionaros y enviar a mis hombres contra vosotros. Si así fuese, podríais
cortarme la cabeza en el instante en que los veáis venir. Estáis muy mal informados
sobre mi poder si creéis que alguien se moverá sin mi consentimiento. En mi
tierra, ni siquiera las aves vuelan ni las hojas de los árboles se mueven sin
mi voluntad.” Sin embargo, estas reflexiones, tan claras y sensatas, no
bastaron para protegerlo de aquellos que ya lo consideraban culpable. Después
de esta triste conversación y de experimentar un trato tan inusual y riguroso
por parte de Pizarro, el miserable Inca debió presentir el fatídico destino que
le aguardaba. Así, quejándose de Pizarro y los castellanos, afirmaba que, tras
haberle sido arrebatado su tesoro bajo juramento, se planeaba darle muerte de
manera injusta.
El
Gobernador, aun deseando actuar con precaución en un asunto tan delicado, envió
a Hernando de Soto y a otro capitán con algunos caballos para explorar la
región donde se decía que se encontraban los enemigos y, con base en su
informe, decidir los pasos a seguir. Sin embargo, al atravesar el país, solo
encontraron indígenas pacíficos que se dirigían a Cajamarca. Tal vez esta misión
sirvió para alejar a Soto, el único defensor que le quedaba al Inca tras la
partida de Hernando Pizarro, quien había sido uno de los capitanes que mejor
había sabido ganarse su confianza y con quien Atahualpa disfrutaba conversar y
jugar.
Una
vez que Soto se marchó, surgió un gran alboroto entre los castellanos, como si
el peligro se incrementara por la cercanía de los enemigos. En ese momento,
todo parecía estar preparado para actuar contra aquel a quien solo podían
condenar con la fuerza. Se le imputó la muerte de Huáscar y las supuestas
conspiraciones contra la seguridad de los españoles. Tras presentar estas
acusaciones, la causa fue entregada a fray Vicente Valverde, quien, poco
versado en las formalidades judiciales y más en la predicación, dictaminó que
había pruebas suficientes para condenar al Inca, ofreciendo incluso firmar el
veredicto si fuera necesario. Con su apoyo, los dos generales pronunciaron su
sentencia: el desdichado Atahualpa debía ser quemado vivo.
Al
conocerse en el ejército un fallo tan atroz, muchos españoles se manifestaron
enérgicamente en contra de la decisión, reclamando justicia, equidad y gratitud
en favor del príncipe cautivo. Se indignaban al pensar que sus hazañas se
verían empañadas por un acto tan inhumano y no deseaban que se perpetuara tal
mancha sobre el honor español. A tal efecto, nombraron un protector para el
Inca y apelaron formalmente la sentencia al Emperador, solicitando que el
proceso de Atahualpa fuera enviado a España. Eran muchos quienes respaldaban esta
postura, incluyendo a los hombres más distinguidos del ejército. Sin embargo,
todo fue en vano. La amenaza de ser llamados traidores los condujo finalmente
al silencio. Así, la sentencia fue notificada al Inca, quien se preparó para
enfrentar su destino.
Al
principio, el Inca se quejó vehemente de la perfidia que se estaba ejerciendo
contra él. Recordando a su familia, preguntaba entre lágrimas: “¿En qué he
pecado yo, mis mujeres o mis hijos?”. Tras expresar este dolor, se resignó
noble y valientemente a su destino, decidiendo que quería ser enterrado en
Quito, donde reposaban sus antepasados maternos. Los ejecutores, temerosos de
la luz, dejaron que se consumiera el día antes de llevar a cabo su crimen. Dos
horas después del anochecer, lo sacaron al suplicio, mientras el padre Valverde
lo consolaba en el camino, como si quisiese asistir piadosamente al desenlace
de la tragedia que él mismo había contribuido a iniciar. Le persuadió para que
se convirtiera al cristianismo y solicitara el bautismo, sugiriendo, tal vez
para convencerlo mejor, que de este modo no sería entregado al fuego.
Comprendiendo lo que le convenía, el pobre moribundo pidió el bautismo, que le
fue administrado según lo permitían el tiempo y el lugar. Con esto hecho, el
sucesor de Manco-Cápac fue entregado a los verdugos, quienes, atándolo a un
madero, lo ahogaron inmediatamente.
En ese
momento, Atahualpa contaba con treinta años. Según Gomara, un contemporáneo que
pudo conocerlo a través de quienes lo trataron, era un hombre de buena disposición,
sabio, valiente, sincero, muy limpio y bien educado. La imagen que han dejado
las crónicas antiguas de él es, en verdad, favorable, a pesar de los intentos
de atribuirle rasgos de artificio, crueldad, injusticia y tiranía. Estas
características odiosas contrastan con las virtudes que demostró durante su
prolongada prisión, las cuales le valieron el interés y afecto de muchos
castellanos, quienes abiertamente consideraban inicua e inhumana la sentencia
dictada contra él. Asimismo, esta imagen positiva se encuentra en contradicción
con los elogios que recibió en las mismas crónicas, donde, tras su muerte,
raramente se le nombra con otros títulos que no sean los de "gran
Monarca" o "buen Rey". Finalmente, sus cualidades también chocan
con el amor y el deseo que dejó impresos en la nación peruana, que, tal vez al
reflejar en él las virtudes del gran inca Huayna Cápac, lloraba su trágica
muerte como un símbolo de la catástrofe de su imperio.
Una
vez que se divulgó la noticia en Cajamarca, las esposas del Inca, las indígenas
que le servían y toda su familia comenzaron a llenar el aire con sus lamentos,
invocando al cielo entre gritos desesperados. Las más queridas, en un arranque
de desesperación, intentaron enterrarse con él. Cuando los españoles se lo impidieron,
se dispersaron por los alrededores, y algunas, utilizando cuerdas o sus propios
cabellos, se ahorcaron para seguirlo en la muerte. Así, algunas lograron
satisfacer su amor y deseo por él, y muchas más lo habrían hecho si Pizarro no
hubiera puesto freno a aquel furor, ordenando a sus soldados que las siguiesen
y detuviesen.
El
cadáver, enterrado con decoro entre otros cristianos, fue desenterrado en
secreto por los indios pocos días después. Según algunos, lo llevaron a Quito,
mientras que otros afirmaban que fue llevado al Cusco. Nunca se supo su
paradero definitivo, a pesar de que muchos españoles, impulsados por la codicia
de los tesoros que se creía estaban en su sepulcro, realizaron intensas
búsquedas en ambos lugares. Cuando la noticia llegó a otras provincias del
Perú, se manifestaron las mismas muestras de lealtad y devoción; hombres y
mujeres se suicidaron para ir a servir en el más allá a su idolatrado inca.
Este sentimiento fue general en todo el imperio, y se conocía la constancia y
buena fe con que él había actuado durante su prisión, así como sus órdenes
claras y eficaces prohibiendo tomar las armas en su defensa y hacer guerra a
los castellanos. Esta conducta se contrastaba con la crueldad de los españoles,
lo que provocó que no solo sus amigos y partidarios, sino también aquellos que
no lo eran, levantaran la voz contra los castellanos y envidiaran la suerte de
los incas anteriores, quienes no habían vivido tiempos tan desastrosos y
crueles.
Este
fue el último acto que consumó la destrucción de aquella gran monarquía. Desde
la prisión del Inca y la dispersión de su ejército, los capitanes que lo
rodeaban se dispersaron, y se dice que cometieron mil tiranías y violencias.
Con el temor a la autoridad perdido y la armonía del Estado rota, los vínculos
que unían a la sociedad se desataron de golpe, lo que provocó un desconcierto
general. Sin frenos a su ambición ni controles sobre su licencia, los almacenes
y propiedades públicas comenzaron a ser saqueados, mientras que las posesiones
privadas eran invadidas. Todo se tornó en confusión y desorden, y la obra de
civilización, que había costado siglos de sabiduría y perseverancia, se veía
amenazada en cada instante. La religión se perturbó, las costumbres se
corrompieron, y hasta las Vírgenes del Sol, antes tan recogidas y veneradas,
abandonaron sus clausuras, entregándose a su propio albedrío y convirtiéndose
en objeto de burla y desprecio, tanto por parte de sus devotos como de los
extraños.
Tal
transformación y tumulto en aquella organizada sociedad y en el conjunto de
leyes divinas y humanas llenaban de tristeza el corazón de todos los hombres de
bien, así como de temor por el futuro, ya que recelaban que sus males no
cesarían en ese punto. Y efectivamente, así fue, pues tras la muerte del Inca, los
desórdenes, escándalos y usurpaciones crecieron hasta alcanzar un punto
lamentable. Las clases, que habían estado comprimidas durante tanto tiempo, se
levantaron contra las superiores, ejerciendo sus desquites y venganzas; ninguna
provincia se entendió con otra, ni apenas hombre con hombre. Con la clave de la
cúpula que sostenía el edificio social falseada, todo se desplomó en una ruina
espantosa.
La
pronta disolución del imperio favoreció los planes del conquistador, quien vio
en ella una vía más fácil para establecer la nueva monarquía que se proponía
fundar. Sin embargo, si la muerte de Atahualpa eliminó las dificultades que
podían oponerse a su capacidad, valor y poder, también surgieron otros
problemas que debieron inquietar a los castellanos. De inmediato, se detuvo el
flujo de plata y oro que llegaba a Cajamarca para el rescate del Inca, el
servicio de los indios comenzó a dificultarse, los suministros empezaron a
escasear, se eludieron las órdenes y se gestaron levantamientos y hostilidades.
Si bien el desprecio de los españoles hacia aquellas gentes, a quienes habían
desbaratado con tan poco riesgo, era grande, el odio de los naturales hacia
ellos era infinitamente mayor. La tierra era extensa, los indios numerosos y
los castellanos escasísimos.
Ante
esta situación, Pizarro consideró necesario crear un nuevo inca que sirviera
como instrumento de obediencia para los indios y como punto central de sus
intereses. Esto le permitiría evitar las disensiones y guerras que, de otro
modo, se habrían intensificado. Convocó a los orejones presentes y les hizo
saber que no era su intención deshacer su monarquía; les pidió consejo sobre
quién consideraban más digno de recibir la borla del imperio. Como fieles
seguidores de Atahualpa, ellos propusieron a un hijo de este príncipe llamado
Toparpa. Su juventud e inexperiencia lo hacían muy adecuado para los fines del
general español, quien aprobó la elección. Así, el hijo de Atahualpa fue
reconocido como rey y coronado con todas las ceremonias habituales en el Cusco,
aunque sin la misma pompa y majestad. De este modo, los bárbaros que ocuparon
Italia en los últimos tiempos del Imperio Romano solían crear estos césares de
farsa; Toparpa, al lado de Pizarro, recuerda a Avito y Antemio junto a Ricimer,
así como a Julio Népos y Augústulo junto a Orestes.
A
continuación, se resolvió marchar hacia la capital. Sin embargo, era necesario
asegurar previamente San Miguel de Piura y su distrito, considerados como la
llave del Perú. Para ello, se eligió al capitán Sebastián de Belalcázar, quien
recibió sus instrucciones y partió de inmediato hacia su destino. Esta elección
honra el discernimiento y la perspicacia del general castellano; Belalcázar, ya
sea por su participación en las sangrientas guerras contra los indios de Quito,
por sus atrevidos descubrimientos en las regiones ecuatoriales, o por su
participación en los acontecimientos del Perú, demostró una capacidad
excepcional, un juicio certero y un carácter audaz y belicoso, alcanzando en
gloria y esfuerzo la misma grandeza que los más destacados descubridores de su
época.
Finalmente,
tras siete meses en Cajamarca, los españoles partieron hacia el Cusco por el
camino real de los Incas. Eran ya cuatrocientos ochenta hombres, un número que,
para lo que era habitual en las Indias, podía considerarse un ejército mediano.
Entre ellos se encontraba el nuevo inca, llevado en andas y acompañado por los
orejones presentes en ese momento. Destacaba en esta comitiva el general Chalcochima,
también transportado en andas para demostrar su autoridad y grandeza. El
Gobernador, sin razones suficientes para mantenerlo preso, le había otorgado la
libertad, aconsejándole que permaneciera tranquilo.
En
esta buena armonía, indios y españoles marchaban por los hermosos valles que se
forman en las sierras, sin encontrar, en los primeros días, nada que temer en
su camino. Todo estaba en paz: los indios de las diversas poblaciones que
atravesaban salían a recibir y agasajar a los castellanos con sumisión y
respeto. Los españoles, ricos y satisfechos con su pasado, avanzaban alegres y
animados por las esperanzas de mayores venturas en el futuro.
Sin
embargo, al pasar por la provincia de Huamachuco y llegar a la de Andamarca,
recibieron la noticia de que más adelante había un grupo de indios con
intenciones aparentemente hostiles. El general español consideró conveniente
enviar a un hijo del inca Huayna-Capac para calmar a los indios, pero los que
fueron con él regresaron tristes, informando que, sin respetar su linaje, los
enemigos lo habían matado como traidor a su país. Esto dejó a los castellanos
con la certeza de que se les preparaba una guerra dura, y que a pesar de sus
precauciones, tendrían que abrirse paso a la fuerza hacia la capital.
El
primer efecto de esta noticia fue la prisión del general Chalcochima, a quien
Pizarro volvió a encadenar, ya fuera por seguridad o por venganza. El ejército
comenzó a marchar con más cautela y en mejor orden, con Almagro y Hernando de
Soto al frente, mientras Pizarro seguía con el resto de las tropas y el bagaje.
Sin embargo, los indios no se dejaron ver armados hasta que los castellanos
entraron en el valle de Jauja, a sesenta leguas de Cajamarca. Allí, creyéndose
seguros en la otra orilla del río que cruzaba el valle, comenzaron a insultar y
provocar a sus enemigos: «¿Qué buscan en tierras ajenas? ¿Por qué no regresan a
las suyas? Deberían estar contentos con los males que han causado y con la
muerte de Atahualpa.»
El
río, ya de por sí caudaloso y crecido entonces por el deshielo, parecía un
valladar seguro que les permitía lanzar injurias sin temor. Pero al ver a los
castellanos entrar resueltamente en el río, desafiando tanto la fuerza de la
corriente como los gritos y amenazas que les lanzaban, los indios no tuvieron
valor para esperar el embiste de los caballos y comenzaron a huir, algunos
hacia el norte y otros hacia el poniente, aunque quedaron suficientes en el
campo para probar y cansar las espadas castellanas.
Con
este triste escarmiento y el éxito en otros encuentros, los indios del valle se
rindieron, cayendo en manos de los castellanos los tesoros del templo, un buen
número de tejidos de lana y algodón, y muchas mujeres hermosas, entre ellas dos
hijas de Huayna-Capac. Fue entonces cuando Pizarro decidió fundar un pueblo,
atraído por la belleza y fertilidad del terreno, su gran población y la
adecuada distancia que tenía respecto a otras áreas. Mientras se ocupaba de
esta tarea, envió a Hernando de Soto con sesenta caballos para que explorara el
camino hacia el Cusco.
Al
avanzar, Soto descubrió a lo lejos, en Curibayo, un grupo de indios
fortificados, dispuestos a defender el paso. Envió aviso al Gobernador,
solicitando que enviara al nuevo inca para ver si su presencia podía calmarlos.
Sin embargo, Toparpa enfermó gravemente y falleció poco después, dejando a Pizarro
con el sentimiento de su pérdida y sin saber cómo reemplazarlo. Era consciente
de cuán útil había sido la presencia de aquel rey, aunque fuera en burla, para
evitar tropiezos y dificultades en su marcha.
Soto
no necesitó el auxilio solicitado; al llegar con sus caballos, dispersó
fácilmente a los indios con solo acercarse a su posición. El terror que les
causaban los caballos era inmenso. Sin embargo, no desanimados por esta
derrota, decidieron esperar a Soto en un paso áspero y difícil en la sierra de Vilcaconga,
a siete leguas del Cusco. Allí reunieron más gente, se abastecieron de víveres,
se fortificaron a su manera y, para complicar aún más el terreno, hicieron
hoyos ocultos con estacas puntiagudas para lastimar a los caballos.
Los
castellanos, creyendo que los indios huían, continuaron su avance, pasaron por
Curambo, cruzaron el río de Abancay y, siguiendo el camino real de
Chinchaysuyo, llegaron al lugar ocupado por los indios. Al verlos empeñados en
un paso tan peligroso, los bárbaros, creyendo que habían sido destruidos,
levantaron el grito de guerra. Con sus hondas, macanas, dardos y flechas, se
mostraban por toda la sierra decididos a morir o vencer. Ante esta gran
muchedumbre y su fuerte posición, los soldados españoles dudaron en atacar.
Observando
la incertidumbre de sus hombres, Soto les dijo: «Ni detenernos aquí nos
conviene, ni dejar de vencer. Cuanto más nos retrasemos, mayores serán las
dificultades y peligros, ya que los enemigos aumentarán en número y osadía. Por
el contrario, todo será más sencillo si vencemos aquí: ¡seguidme!» Con estas
palabras, arremetió primero contra los enemigos, quienes lo recibieron con la
misma determinación y valentía. La lucha fue muy reñida. Aquellos que vieron a
los indios dejarse alancear y acuchillar como corderos en Cajamarca, ahora los
veían combatir como leones. Si bien muchos indios caían, también lo hacían
caballos y españoles; en la inmensa desproporción de fuerzas, cada gota de
sangre castellana vertida representaba una pérdida irreparable.
La
noche separó a ambos bandos: los indios, cansados, se agruparon cerca de una
fuente, mientras los castellanos lo hicieron en un arroyo; sin embargo, estaban
a tiro de bala unos de otros, y los peruanos estaban listos para embestir al
amanecer. Hernando de Soto, al hacer el recuento de su gente, se encontró con
cinco españoles muertos y once heridos, además de dos caballos muertos y
catorce heridos. Al considerar cuán pocos víveres llevaba y cuántos hombres le
quedaban, comenzó a preocuparse por la dificultad de su situación y a
arrepentirse de su temeridad.
En
medio de estos temores, que aumentaban con la oscuridad de la noche, se oyó la
trompeta castellana al pie de la sierra, anunciando en sus ecos auxilio y
esperanza. La trompeta de los combatientes respondió desde arriba, y al son de
su llamada llegó apresuradamente el socorro liderado por el mariscal Almagro,
quien se unió al escuadrón de Hernando de Soto. Ambos grupos se abrazaron con
el contento que se puede imaginar y esperaron a la mañana para reanudar el combate.
La sorpresa y el desánimo de los indios al ver que, con el amanecer, su número
de enemigos se había duplicado y que la victoria se les escapaba de las manos
fueron enormes; no obstante, no perdieron el ánimo y aguardaron el ataque de
los castellanos.
Siendo
ya más numerosos y combatiendo con más ardor y confianza, los españoles
lograron desbaratar y ahuyentar a los indios con relativa facilidad. Tras ganar
el campo, los vencedores decidieron esperar allí al resto del ejército, que
venía avanzando a pasos largos para reunirse con ellos.
Mientras
tanto, Pizarro, tras haber establecido en Jauja las disposiciones para la nueva
población que planeaba fundar, dejó al tesorero Riquelme como su teniente,
buscando así deshacerse de aquel hombre díscolo y bullicioso. Al mismo tiempo,
envió un destacamento a la costa de Pachacamac para explorar la posibilidad de
fundar otro pueblo en la marina. Luego, se dirigió a Vilcas, un punto central
del imperio incaico, ubicado a igual distancia entre Quito y Chile. Allí pudo
admirar la magnificencia de los antiguos monarcas, ya que Vilcas, junto con el Cusco
y Pachacamac, era uno de los tres lugares donde habían derrochado su grandeza y
poderío, tanto en templos y adoratorios como en los aposentos reales y sitios
de recreo que habían construido en aquel hermoso paraje.
Desde
allí, avanzó sin contratiempos hacia su vanguardia, que lo esperaba. Sin
embargo, aunque desde Cajamarca había marchado con la dignidad y el decoro
propios de un conquistador civilizado —pacificando pueblos, proyectando
fundaciones y absteniéndose de toda acción bárbara e indigna—, al llegar a
Vilcaconga demostró cuán poco valoraba la humanidad y la justicia cuando
estaban en conflicto con su seguridad o su resentimiento. Los movimientos
hostiles de los indígenas en los distintos encuentros que habían tenido con
ellos mostraban una apariencia de orden y concertación, indicando que estaban
dirigidos por una figura capaz y experta en el arte de la guerra. Se sabía en
el campo español que al frente de aquella multitud se encontraba Quizquiz, uno
de los generales más hábiles de Atahualpa y compañero de Chalcochima en las
guerras contra Huáscar.
Comenzaron
a susurrar sobre posibles comunicaciones entre los dos capitanes, e incluso se
dijo que Chalcochima había enviado mensajes a su amigo, informándole de la
división de los castellanos y sugiriendo cómo aprovechar aquella favorable
ocasión. Sin embargo, estas sospechas no estaban suficientemente probadas para
justificar el rigor que posteriormente se aplicó al general prisionero. La
reciente situación en la que se habían encontrado los sesenta caballos de
Hernando de Soto había llenado el ánimo de los españoles de tal ira como de
preocupación. Además, la fama de haber ganado cinco batallas en nombre de su
rey, junto a la seguridad con la que los indios afirmaban que, de haber estado
él presente durante el suceso de Cajamarca, las cosas no habrían sucedido de
ese modo, aumentaba las tensiones. Su capacidad, reconocida quizás por sus
opresores en el largo trato que habían tenido con él, les hacía temer las
dificultades que podría generar su posible libertad; incluso se decía que una
gran multitud de enemigos se dirigía hacia ellos para ayudarlo a conseguirla.
Todo
esto era más que suficiente para que el conquistador receloso lo considerara
culpable. Para no tener que enfrentarse a su posible venganza, Pizarro decidió
inmediatamente hacer que lo quemaran. Así concluyó la triste serie de
injusticias cometidas contra este guerrero, cuya reputación probablemente
contribuyó a su trágico destino. Desde la estaca en la que fue colocado para
ser ejecutado, Chalcochima pudo triunfar sobre su verdugo, echándole en cara su
falta de fe, sus injusticias y, en última instancia, su inhumanidad hacia un
hombre que no le había dado motivo alguno para tal trato, reconociendo con este
acto que él valía más que Pizarro.
Dado
este riguroso ejemplo, el ejército se puso al instante en marcha hacia el Cusco.
Los indígenas, antes de ver perdida su capital, decidieron probar fortuna en un
paso estrecho del valle de Jaquijahuana, flanqueado por una sierra al oriente.
Allí aguardaron la llegada de la vanguardia castellana, compuesta por Almagro,
Soto y Juan Pizarro, que comenzaron a escaramuzar con ellos, embistiéndolos y
hiriéndolos con lanzas. Los indígenas, animados por su valor y protegidos por
el terreno, se mantuvieron firmes. Sin embargo, Mango Inca, uno de los hijos de
Huayna-Capac, salió de la ciudad con un grupo de seguidores para unirse a los
combatientes. Desesperado por la fortuna de su patria, decidió pasarse al bando
español y se presentó ante el Gobernador, quien lo recibió con honores y
agasajos.
Desalentados
y furiosos, los indios abandonaron el combate y corrieron hacia el Cusco con la
intención de quemar aquel emporio y esconder los tesoros que allí se
encontraban. Hernando de Soto y Juan Pizarro fueron enviados para impedirlo,
pero no lograron evitar que el templo del Sol fuera casi totalmente saqueado.
Sus riquezas fueron escondidas, las sagradas Vírgenes que habitaban en el
templo fueron llevadas a otro lugar, y algunos puntos de la población fueron
incendiados. En su apresurado escape, los indígenas se llevaron consigo a todos
los jóvenes, sin dejar más que a los ancianos y a los incapacitados. Así fue
como los españoles encontraron la capital del imperio al entrar Pizarro en ella
a fines de noviembre de 1533, tomando posesión en nombre del rey de Castilla.
Aprovechándose
de la escasa resistencia, el primer anhelo de los españoles, tras controlar el
fuego que los indios habían encendido, fue buscar las riquezas que atesoraba la
ciudad. Aunque muchas habían sido distraídas y ocultadas por los indígenas, aún
quedaban numerosas más. Los templos fueron despojados de las planchas que los
adornaban, y la fortaleza y los palacios fueron saqueados. Se revolvió cada
rincón de las casas particulares en busca de tesoros. La avaricia se extendió
incluso a los sepulcros, donde los huesos de los muertos tuvieron que salir a
la luz nuevamente para ceder sus alhajas y preseas a las manos codiciosas de
los conquistadores. Lo que más se ansiaba encontrar eran las tumbas de
Huayna-Capac, Atahualpa y otros incas, cuyas riquezas, amplificadas por la
fama, avivaban la impaciencia y los deseos de los españoles. Preguntaban a los
indígenas sobre su ubicación, pero ellos, astutos y reservados, respondían con
evasivas o se negaban a hacerlo. De ahí surgieron los insultos, las amenazas,
los golpes, y finalmente, el tormento. Sin embargo, ni la arrogancia ni la
crueldad lograron arrancarles nada; algunos ignoraban la ubicación de los
tesoros, mientras que otros se mostraron más fuertes que sus verdugos. Así,
aquellos venerables monumentos se salvaron de la rapacidad de los vencedores.
El
producto de este saqueo, combinado con los despojos obtenidos en el camino y
repartido entre la tropa según la costumbre, fue aún mayor que el botín de Cajamarca.
Sin embargo, al ser muchos más, la porción que les correspondió fue menor. Se
dice que, tras extraer el quinto del rey, se distribuyó el resto en
cuatrocientas ochenta partes, correspondiendo a cada una cuatro mil pesos. Esta
inmensa cantidad de metales preciosos, introducida repentinamente en un solo
punto y en un contexto carente de bienes y comodidades con los que
intercambiarlos, tuvo un efecto natural: la devaluación de esos tesoros. La
plata dejó de ser valorada por su peso y volumen, y las piedras preciosas se
abandonaron a quien quisiera recogerlas. Así, aquellos hombres, que antes
anhelaban oro y plata, al ver rebosar el vaso de su codicia con un torrente
inmenso de riquezas, comprendieron que aquel tesoro tan ansiado se convertía
más en una carga y pesadumbre que en una fuente de satisfacción y provecho.
A
pesar de sus preocupaciones como capitán y aventurero, Pizarro no descuidó las
obligaciones políticas y religiosas que le imponía su cargo de gobernador. De
inmediato, estableció en la ciudad una organización administrativa al estilo
castellano, fundando un ayuntamiento y nombrando alcaldes. Además, derribó y
destruyó los ídolos del país, designando el lugar donde debía erigirse un
templo para predicar el Evangelio y celebrar dignamente los oficios divinos.
Sin embargo, en medio de la aparente prosperidad que caracterizaba estos
acontecimientos, una noticia amarga vino a empañar su alegría: se preparaba un
armamento en Guatemala con la intención de venir al Perú, lo que suscitaba la
inquietante sospecha de que eran sus propios compatriotas los que venían a
desafiar lo que él ya había conquistado.
En
aquel momento, el adelantado y gobernador de Guatemala era Pedro de Alvarado,
uno de los principales conquistadores de Nueva España, y posiblemente el más
querido por Hernán Cortés. Pocos podían disputarle la palma del valor y del
esfuerzo; ninguno su gentileza y bizarra presencia. Los indígenas mexicanos lo
llamaban "Tonatio", comparándolo con el sol por su atractivo físico.
Entre los españoles, Alvarado se destacaba por su elegancia y porte. Su trato y
modales eran acordes a su atractivo: si bien hablaba a veces en exceso, sus
palabras eran suaves y encantadoras, brindaba generosamente y prometía aún más.
Sin embargo, su corazón no reflejaba esta apariencia seductora: era vano,
ingrato e incluso falso, lo que causaba el desagrado de los españoles y el
sufrimiento de los indígenas bajo sus vejaciones. Con el tiempo, la edad y las
circunstancias comenzaron a revelar estos vicios, que al principio pasaban desapercibidos.
Alvarado
había allanado y pacificado la provincia de Guatemala, donde Cortés lo envió
tras concluir la guerra en la capital. Conocido y poderoso por su fama y
riquezas obtenidas en esa conquista, viajó a la corte en el año 1527 para
exhibir sus servicios y reclamar el reconocimiento que merecía. La buena
fortuna que había tenido en las Indias también lo acompañó en España. Su
simpatía, tal vez acompañada de valiosos presentes, le valió el favor del
comendador Cobas, secretario del Emperador. Así, al regresar a Nueva España, se
presentó condecorado con el hábito de Santiago, designado adelantado y capitán
general de Guatemala, y casado con una dama de alta posición, conocida por su
idolatría hacia él. Lo acompañaba una multitud de caballeros y hombres
distinguidos que depositaban sus esperanzas en su favor y fortuna. Todo esto
alimentó en Alvarado una vanidad y arrogancia que no encontraban parangón en el
Nuevo Mundo. Sus pretensiones eran altas, sus proyectos magníficos, y sus
preparativos y armamentos eclipsaban incluso la ostentación y grandeza de los
de Hernán Cortés.
Había
prometido en España preparar una armada para realizar descubrimientos en el mar
del Sur y abrir nuevos rumbos en la navegación hacia las islas de la
Especiería, un proyecto que agradaba mucho a la corte. Efectivamente, al llegar
a su provincia en 1530, comenzó a buscar los medios para cumplir con esta
promesa con el ímpetu que correspondía a su palabra, a las expectativas de la
corte, y a su propia vanidad y ambición, que ya estaban en su punto álgido. No
hubo gasto, esfuerzo ni abuso que le detuviera en su empeño; en menos tiempo
del que se podría imaginar, logró reunir ocho velas de diferentes tamaños,
entre ellas un galeón de trescientas toneladas, que, en comparación con los
demás barcos que surcaban aquellos mares, parecía colosal y fue nombrado San
Cristóbal. Los preparativos de armas, caballos, víveres y otros materiales de
guerra fueron proporcional a la magnitud de esta armada, la mayor que hasta
entonces se había construido y enviado desde los puertos de las Indias.
Asimismo, había una gran demanda de personas de todas clases y oficios para
unirse a la expedición. El gran Cortés, ya marqués del Valle, mostró interés en
participar en la empresa; sin embargo, Alvarado se negó rotundamente a
permitirlo, y el mismo que en España lo había desestimado por ser pariente,
tampoco quiso tenerlo como compañero en las Indias.
Cuando
ya estaban a punto de completar los preparativos, comenzó a esparcirse por
América la fama de las riquezas del Perú. Entonces, el Adelantado, al verse
dueño de unas fuerzas tan superiores que a su juicio le permitirían imponer su
autoridad en cualquier lugar, cambió de rumbo y propósito, abandonando los
inciertos descubrimientos en el mar del Mediodía, y proclamó decididamente su
expedición hacia el Perú. Esta declaración provocó un aluvión de aventureros
que volaban a unirse a las ricas expectativas que se pregonaban. En vano los
oficiales reales se opusieron a su intento, argumentando los inconvenientes que
derivarían de una demanda tan injusta, contraria a las órdenes del Gobierno y a
las obligaciones que él había contraído. En vano, la audiencia de Méjico le
envió numerosas órdenes instándole a que se abstuviera de perturbar las
conquistas y la pacificación del Perú. En última instancia, la ciudad de
Guatemala le representó el desamparo en que quedaría la provincia sin armas,
soldados y su liderazgo, abandonada a la merced de tribus belicosas que la
amenazaban desde dentro y fuera. Sordo a todas estas reclamaciones, continuó
sin detenerse en los preparativos de su armamento. A los oficiales les
respondió que su comisión para el mar del Sur no especificaba rumbo ni límites,
y que podía ir donde mejor le conviniese; a la audiencia, que don Francisco Pizarro
no contaba con fuerzas suficientes para completar la empresa que había
comenzado y que él iba a ayudarle con las suyas; al ayuntamiento de Guatemala,
que para la seguridad de su provincia ya llevaba consigo a los principales
caciques y señores que tenía prisioneros; y, finalmente, a aquellos a quienes
podía hablar con más franqueza, les expresó que se iba a buscar tierras más
ricas y grandes, pues Guatemala le parecía insuficiente.
En ese
momento llegó del Perú el piloto Juan Fernández, quien había estado presente en
los acontecimientos de Cajamarca. Fernández informó al Adelantado sobre los
enormes tesoros que se habían repartido allí, el viaje de Pizarro con su
ejército hacia el Cusco y que el Quilo, donde estaban los tesoros de
Huayna-Capac y Atahualpa, se encontraba fuera de los límites asignados a aquel
gobernador y aún por ocupar. Esta noticia avivó el deseo del Adelantado, quien,
incorporando a Fernández a su servicio, zarpó de inmediato con su armada,
compuesta por doce buques de diferentes tamaños. En total, embarcaron
quinientos soldados bien armados, doscientos veintisiete caballos y un gran
número de indios, algunos como rehenes, otros como auxiliares, y la mayoría
para servicio. Esto contravenía claramente las ordenanzas que prohibían el traslado
de indígenas, pero el Adelantado no se dejó intimidar por el respeto, la
conveniencia ni las leyes.
Acompañaban
al Adelantado muchos caballeros y personas distinguidas, principalmente
aquellos que habían viajado con él desde España en busca de fortuna en las
Indias. Se destacaban entre ellos sus dos hermanos, Gómez y Diego de Alvarado,
Juan de Rada, quien posteriormente se haría famoso por las sangrientas
tragedias que siguieron, y Garcilaso de la Vega, padre del historiador. Más de
doscientos hombres se quedaron sin embarcar por falta de navíos.
Al
llegar al puerto de la Posesión el 23 de enero de 1554, el capitán García
Holguín, a quien había enviado previamente para obtener información sobre la
situación en la costa del Perú, lo encontró allí. Holguín confirmó las noticias
proporcionadas por Juan Fernández. La armada volvió a zarpar y, de paso, entró
en el puerto de Nicaragua, donde el Adelantado, para suplir la falta de buques,
tomó por la fuerza dos navíos que se encontraban en el puerto. Estos estaban
bajo el mando del capitán Gabriel de Rojas, antiguo amigo de Pizarro, quien
había preparado los barcos para llevar a doscientos soldados a su gobernador,
que le había llamado insistentemente para que lo acompañara y participara de su
fortuna. Ni el respeto que se le debía a Rojas, que sin duda lo merecía, ni sus
protestas fueron suficientes para evitar aquel despojo; él no tuvo más remedio
que partir de inmediato con algunos pocos españoles que le siguieron, con el
propósito de buscar a su amigo en el Perú y darle cuenta del indigno robo y la
violencia sufrida.
Alvarado
continuó su viaje, llegó a los Caraques, cerca de Puerto Viejo, y allí
desembarcó su tropa. Se dice que en ese punto, incluso antes de llegar, mostró
intención de avanzar por la costa (marzo de 1531), y no empezar sus
descubrimientos hasta después de cruzar la Chincha, donde sabía que terminaba
la gobernación de don Francisco Pizarro. Sin embargo, ya fuese por precaución y
para salvar las apariencias, o de buena fe, el ejército, cansado de navegar y
soñando con las grandezas y opulencias que prometía el Quito, exigió a gritos a
su general que los llevara allí, y la marcha se dirigió hacia el Quito.
No
tardaron mucho en arrepentirse. Durante los primeros días, todo salió según sus
deseos y, en algunos pueblos indígenas que encontraron en el camino, pudieron
adquirir cierta riqueza, suficiente, quizás, para satisfacer a aquellos con
menos ambición y codicia. Sin embargo, cuando se vieron atrapados en esos
inmensos desiertos, sin guía ni intérprete, enfrentándose únicamente a sierras,
ciénagas y ríos, y a vastas extensiones cubiertas de malezas y espesuras que
solo podían atravesar a fuerza de hierro y esfuerzo, comenzaron a lamentar su
decisión. Exhaustos por el hambre, abrasados por la sed y asediados por fiebres
que les quitaban la vida al día siguiente de aparecer o los dejaban sin razón
durante días, maldecían la hora y la ocasión que los había llevado a agonizar y
perecer en un país tan inhóspito.
El
propio General, afectado por estas fiebres, luchó durante diez días por su
vida, logrando escapar gracias a su tenacidad. Luego, llegaron a lugares menos
hostiles, donde encontraron algunas tribus y rancherías de indígenas, divididas
y dispersas, sin contacto ni noticia entre ellas, diversas en lengua,
costumbres y rituales, si es que tenían alguno. Encontraron algo de oro y lo
recogieron; pero tras cinco meses de este andar, la tierra, el clima y el cielo
se tornaron de nuevo implacables, castigando su temeridad con rigor. El país se
volvió a cerrar, tuvieron que cruzar ríos caudalosos y, finalmente, se toparon
con sierras nevadas que debían atravesar.
El
ejército se organizó en tres cuerpos: la vanguardia, liderada por Diego de
Alvarado para explorar el camino; detrás, el Adelantado con el segundo grupo;
y, por último, el grueso del contingente, con el equipaje a cargo del
licenciado Caldera, un letrado de gran aprecio y confianza del General. Al
internarse en las sierras, el viento soplaba con fuerza y la nieve caía en
grandes y espesas copos. Los primeros castellanos que acompañaban a Diego de
Alvarado, al ir más ligeros y veloces, lograron, aunque con gran esfuerzo,
atravesar las seis leguas de puertos y llegar a un pueblo situado en los
llanos, donde pudieron descansar un poco del arduo viaje. Desde allí, Diego de
Alvarado envió a informar a su hermano, el General, sobre los peligros del paso
y la necesidad de atravesarlo para reunirse con la vanguardia en el buen lugar
donde se encontraban.
Recibido
este aviso y, al no poder evitar el peligro y la dureza del trayecto, el
Adelantado decidió continuar su marcha. La ventisca continuaba y su furia
aumentaba; la mortandad entre las tropas, que ya era considerable por las
dificultades y fatigas previas, se incrementó con el frío intenso. Los españoles,
más robustos, mejor vestidos y acostumbrados a climas variados, resistían
mejor; sin embargo, los miserables indígenas, desprovistos de abrigo, faltos de
vigor y acostumbrados al clima apacible de Guatemala y Nicaragua, sufrían mucho
más ante la inclemencia del tiempo. Algunos perdieron la vista, otros los
dedos, las manos o los pies; todos, al final, padecían horriblemente. Se
arrimaban a los peñascos, clamando a sus amos por ayuda, y esos lamentos
lastimeros persistían hasta que sus voces se helaban y su vida se apagaba.
La
noche los sorprendió en esa situación, y el tormento y el desmayo aumentaron,
pues, a excepción de algunas pocas tiendas que los más acomodados y ricos
habían levantado para su abrigo, la mayoría pasó la noche sin fuego ni defensa,
escuchándose solo alaridos, quejas y maldiciones. El Adelantado oyó con congoja
esos lamentos y, ya arrepentido de la temeraria empresa que su ambición le
había impulsado a intentar, temía la llegada del día, temiendo ver el triste
estrago que su imaginación le anticipaba.
Cuando
amaneció, el espectáculo de la multitud de indígenas y negros, helados y
desordenados, como si fueran gente derrotada en batalla, los llevó a regresar
ciegamente al lugar de donde habían salido. Alvarado, desalentado y confundido
al ver en este rumbo su propia perdición, corría de un lado a otro, insistiendo
en que era forzoso atravesar aquella sierra; que sufrirían el mismo frío
marchando hacia adelante que volviendo atrás; que no fueran pusilánimes y
avanzaran hasta donde los esperaba la vanguardia. Para infundirles más ánimo,
hizo proclamar que quienes desearan oro podían tomarlo de las cargas públicas,
con la condición de pagar el quinto al Rey. Sin embargo, aquellos que ya habían
arrojado los metales preciosos que llevaban para avanzar más ligeros se
burlaban del anuncio, sin interés por aprovechar aquella oferta tan forzada
como inoportuna.
En ese
momento, llegó la retaguardia liderada por Caldera, quien no había sufrido
menores trabajos en su tránsito. Finalmente, todos, animados unos por otros,
decidieron retomar el camino original en busca de la salida de las sierras.
Pero el día era más áspero que el anterior, y, por lo tanto, las agonías y
desastres también se multiplicaron. El frío comenzó a entorpecer a los caballos
y los españoles comenzaron a morir. Un soldado robusto se bajó a apretar las
cinchas de su yegua, y ambos quedaron helados. Gómez, el ensayador, murió junto
a su caballo, ambos atrapados por el peso de las muchas esmeraldas que había
recogido, las cuales su codicia no le permitió arrojar. Así, pagó el precio de
su locura. Pero la piedad de Huelmo merecía otro destino: al escuchar los
gritos de su mujer y sus dos hijas doncellas, corrió a socorrerlas, prefiriendo
quedarse con ellas y perecer juntos, lo que efectivamente sucedió.
Mientras
tanto, la nieve y el viento arreciaban cada vez más; el que se distraía o se
detenía estaba perdido, mientras que el que más avanzaba lograba salvarse
mejor. Todos arrojaban sus pertenencias para quedar más libres: oro, armas,
ropa y preseas quedaban esparcidas por la nieve. Lo que había costado tantos
sacrificios, e incluso, tal vez, delitos, aquello por lo que se habían
aventurado a afrontar los peligros y las fatigas de aquel temerario viaje, se
despreciaba y aborrecía como si fuera una cosa vil y perniciosa. Tan imperiosas
son la ocasión y la necesidad del momento en el hombre.
Al
final, flacos, abatidos y casi muertos, lograron salir de aquellas nieves y
llegaron al pueblo de Pasipe, cerca de Riobamba, dejando en el camino a ochenta
y cinco castellanos, seis mujeres españolas, muchos negros, dos mil indios, y
el resto casi todo fuera de servicio, además de los caballos muertos, las armas
abandonadas y los tesoros desechados. Fue una pérdida inmensa, de la cual solo
podían consolarse con la esperanza de encontrar un país rico y accesible. Sin
embargo, estas esperanzas se desvanecieron rápidamente, pues apenas se
recuperaron un poco y retomaron la marcha, al llegar al camino principal de los
Incas que atravesaba el país, encontraron frescas huellas de caballos que les
indicaron que ya había otros españoles en la zona. Fue el golpe final para el
ambicioso Alvarado, que, tras tan grandes desastres, comenzó a temer con
fundamento que, al haber sido descubierto antes y recorrido el país por otros
castellanos, le sería forzoso abandonarlo o enfrentarse a la conquista por la
fuerza.
No se
engañaba, por cierto, en su siniestra conjetura. El mariscal Almagro, al
enterarse en Vilcas, a través de Gabriel de Rojas, de los intentos y la marcha
de Alvarado, partió tan rápido como un rayo para contenerlo. Reforzó la escasa
tropa que llevaba con algunos hombres de San Miguel de Piura y con el
destacamento que tenía Belalcázar, a quien hizo venir de inmediato a su lado.
Se situó en Riobamba y envió ocho caballos a reconocer la comarca.
Estos
exploradores se encontraron con Diego de Alvarado, quien también había sido
enviado con un buen contingente de hombres para conocer la tierra y tomar
información. Diego de Alvarado tomó el mismo camino que Almagro. Eran pocos los
hombres de Almagro y, al final, se rindieron prisioneros. Sin embargo, fueron
tratados con la mayor urbanidad y cortesía por Diego de Alvarado, quien los
condujo ante su hermano. Este los recibió con amabilidad, explicándoles que su
intención no era causar escándalos, sino descubrir nuevas tierras y servir al
Rey, lo cual era un deber de todos. Tras expresar estos sentimientos, los
agasajó generosamente y los envió al Mariscal con una carta en la que
manifestaba los mismos sentimientos moderados, informándole que se acercaba a
Riobamba, donde todo se resolvería de manera amistosa y satisfactoria.
Almagro
respondió a esta carta enviando a tres comisionados para darle la bienvenida.
En su mensaje, expresaron su pesar por los trabajos sufridos en los puertos
nevados y aseguraron que no dudaban de su buena voluntad, como un leal
caballero. Agregaron que la mayor parte de aquellos reinos caía bajo la
jurisdicción de don Francisco Pizarro, y que él mismo estaba a la espera de recibir
los despachos para gobernar toda aquella región que caía fuera de los límites
asignados a su amigo. Con esta insinuación, que dejó caer casi al descuido,
Almagro cerraba a Alvarado las puertas de aquella zona al mismo tiempo que las
de su propia posición, dándole a entender que, así como defendía la gobernación
de su compañero, también protegería la que esperaba obtener para sí.
Incierto
y dudoso sobre qué partido convenía tomar, Alvarado respondió que cuando
estuviera cerca de Riobamba enviaría sus propios mensajeros con la respuesta, y
continuó su camino hacia allí.
Hasta
ese momento, las comunicaciones habían sido más corteses que hostiles. Sin
embargo, a medida que los campos comenzaron a acercarse, ambos bandos se
entregaron a la guerra de intriga, una constante en las discordias civiles
cuando los ánimos no están encendidos. Los recién llegados ponderaban su
fuerza; los hombres de Almagro, con más cautela y eficacia, insinuaban que las
ricas provincias de aquella gobernación aún estaban por repartirse y que les
convenía unirse a ellos pacíficamente en la distribución, en lugar de seguir a
su general en busca de tierras inciertas, quizás en otros puertos de nieve
donde acabarían pereciendo.
La
deserción también comenzó: el intérprete Felipillo se pasó al lado de Alvarado,
y Antonio Picado, secretario del general de Guatemala, se unió a Almagro. Este
último no pudo soportar la traición y mandó salir a la mayor parte de su gente;
desplegó las banderas y, con un ambiente bélico, se acercó a Riobamba, decidido
a no mostrar ningún miramiento y romper hostilidades si no le entregaban a su
secretario. A pesar de tener solo ciento ochenta hombres contra los
cuatrocientos que se dirigían hacia él, Almagro no se desanimó. Confiando en el
valor y la resolución de su gente, así como en los manejos secretos que tenía
en el campo enemigo, aguardaba a su adversario sin temor, animando a los suyos
con palabras de aliento y confianza.
Todavía,
para tratar de excusar en lo posible el escándalo que amenazaba, el Mariscal
Almagro, con la autoridad y entereza de un hombre que manda en el país, envió a
decir a Diego de Alvarado, que se acercaba con la vanguardia, que hiciese alto.
Así lo hizo. Entonces, el Adelantado volvió a solicitar la entrega de su
secretario Picado, quien era su criado. “Picado es libre”, respondió Almagro,
“y puede irse o quedarse, sin que nadie le obligue a ello.” Para formalizar su
postura, y dado que la justicia estaba de su lado, envió de inmediato al
alcalde y al escribano de la nueva población de Riobamba, que había decidido
fundar en esos días, para alegar en caso de ser necesario la primacía de
posesión.
Estos
comisionados intimaron judicialmente al Adelantado, exigiéndole que regresara a
su gobernación de Guatemala y que no usurpara la ajena; de lo contrario, le
protestaban por todos los daños y perjuicios que pudieran derivarse de la
contienda. “Yo soy gobernador y capitán general por el Rey”, replicó
enérgicamente Alvarado, “y puedo entrar y moverme en el Perú donde quiera,
siempre que no se haya dado la gobernación a otro. Si el Mariscal tiene poblado
en Riobamba, no tengo intención de causarle perjuicio, ni pretendo otra cosa
que tomar lo que necesite para mi ejército a cambio de mi dinero.”
Alvarado
se encontraba en una posición difícil: ni su orgullo ni su vanidad podían
protegerlo del desaliento que le causaba su propia irracionalidad. Había salido
de Guatemala en contra del parecer de todos y ahora se hallaba en el Perú
también en contra de las opiniones ajenas. Observaba a sus hombres inciertos,
divididos en sus opiniones y poco dispuestos a pelear, mientras que sus
oponentes se mostraban animosos e inflexibles, sin dar la más mínima señal de
debilidad. Así que decidió ceder y, junto a los comisionados de Almagro, envió
a dos de sus capitanes para que conferenciaran con él y trataran de llegar a un
acuerdo.
De
esta manera, se concertó una reunión entre los dos generales para el día
siguiente, que se llevaría a cabo en Riobamba, adonde el Adelantado se presentó
acompañado de unos pocos caballos.
Almagro
lo recibió con toda clase de honores y cortesías. Tras el saludo inicial, fue
Alvarado quien tomó la palabra: “Son públicos, dijo, los grandes servicios que
he prestado a la corona en las Indias, así como las mercedes y honores que he
recibido del Rey. Gobernador y capitán general de un pueblo tan grande y rico
como Guatemala, podría estar satisfecho con esto y descansar en tan alta
dignidad y confianza. Sin embargo, el ocio no es propio de un soldado que ha
trabajado y servido toda su vida y aún está en edad de luchar. He querido, por
tanto, merecer mayor honra ante mi Rey y más reconocimiento en el mundo.
Habilitado por su majestad para descubrir por mar, abandoné el plan que tenía
de dirigirme a las islas del poniente, atraído por la fama de las riquezas de
estas tierras del sur. Arribé y me interné en ellas, sin pensar que estaban
bajo los límites del gobernador don Francisco Pizarro. Pero Dios lo ha
dispuesto de otro modo y, según veo, la tierra ya está ocupada. Por mi parte,
señor Mariscal, no se dará escándalo alguno en ella, ni el Rey será deservido.”
Almagro,
con pocas palabras, acorde a su índole y costumbre, alabó su propósito,
afirmando “que nunca había creído que un caballero tan honorable tomara otra
resolución.” En ese momento, llegaron Belalcázar y otros capitanes principales
de Almagro, quienes besaron las manos al Adelantado; los hombres de Alvarado
hicieron lo mismo con Almagro, y todo se convirtió en cortesías, amistades y
ofrecimientos caballerosos. También apareció Antonio Picado, a quien su general
le perdonó, y el intérprete Felipillo fue restablecido en la gracia del
Mariscal.
Se
discutió entonces el acuerdo necesario para que todo quedara en orden. Mediante
la intervención del licenciado Caldera, Lope Idiáquez y otros caballeros
importantes de ambos bandos, se resolvió que el Adelantado se retirara del
descubrimiento y conquista, dejando a su gente y sus navíos en el Perú y
regresando a Guatemala. Se le abonaría cien mil pesos de oro como compensación
por los gastos incurridos y como pago por la armada. Este acuerdo fue
formalizado en una escritura pública el 26 de agosto de 1534. Aunque algunos
jefes del ejército de Alvarado pudieron sentir descontento al perder su grado,
la mayoría de los soldados se sintieron aliviados, ya que se evitaba una guerra
civil y permanecían en tierras ricas. Así se lo expresó su general al
despedirse, añadiendo con gracia y cortesía que solo perdían su persona,
mientras que ganaban mucho al tener como caudillo al señor Mariscal, de cuyo
valor y generosidad estaba seguro que siempre estarían satisfechos. Esta noble
confianza fue no solo cumplida, sino superada por el generoso carácter de
Almagro.
Los
oficiales del Adelantado se acercaron a ofrecerle sus respetos y obediencia.
Almagro los recibió con gran afabilidad y consideración, integrándolos en su
estima y confianza de tal manera que se convirtieron en sus aliados no solo en
vida, sino incluso después de su muerte. Cabe destacar que este séquito de
tantos caballeros, que Almagro comenzó a reunir, fue en gran medida causa de
los problemas que más tarde surgirían y que finalmente condujeron a la
perdición de líderes y capitanes.
Ambos
generales enviaron un aviso sobre este acuerdo al Gobernador, quien recibió a
los mensajeros con gran alegría y les obsequió ricas recompensas. Antes de
regresar a las provincias del norte, Almagro nombró a Sebastián de Belalcázar
como gobernador interino en su lugar, dejando con él a buena parte de la gente
de Alvarado, y le ordenó que trasladara la población que se había iniciado en
Riobamba a los aposentos que los Incas tenían en Quito. También envió a un
capitán para establecer una nueva población en Puerto Viejo, con el fin de
prevenir los desastres que solían ocasionar los recién llegados al Perú. Luego,
Almagro, junto con Alvarado, se dirigieron a San Miguel de Piura y de allí al
valle de Chimo, donde dejó a Miguel Estete encargado de fundar la población que
más tarde se conocería como Trujillo.
Una
vez organizadas estas cuestiones, el Mariscal y el Adelantado continuaron su
camino hasta Pachacamac, donde se encontraba Pizarro. Entre los tres se
intercambiaron muchas cortesías y atenciones, aunque no faltaron los
malintencionados que intentaron sembrar la desconfianza en el Gobernador,
advirtiéndole que debía cuidarse, ya que Almagro y Alvarado parecían estar en
conjura para despojarlo del poder. Sin embargo, Pizarro supo responder a tales
insinuaciones con dignidad y honor, aceptando las disculpas de Alvarado y
prometiendo hacer lo posible para que tanto él como sus hombres quedaran
completamente satisfechos.
Posteriormente,
los tres fueron a admirar el gran templo de aquel valle, donde Alvarado pudo
apreciar la riqueza que lo había adornado en tiempos pasados a través de los
clavos y vestigios que aún quedaban en las paredes. Poco después, llegó
Hernando de Soto, quien traía los cien mil pesos para Alvarado. Este se
despidió del Perú, realmente enriquecido por aquel oro y por los magníficos
presentes que el Gobernador y el Mariscal le hicieron, pero solo, sin ejército,
sin armada y, podría decirse, sin honra. Aunque la expedición no tuvo un
desenlace tan desastroso como su discordia y temeridad prometían, Alvarado
había salido de Guatemala con la apariencia y el orgullo de un gran
conquistador, y regresaba cargado de oro y plata como un mercader.
Esto
sucedía a finales del año 1534 y principios del siguiente, cuando Pizarro se
dedicaba a explorar los diferentes puntos de la región, buscando un lugar
adecuado para establecer una ciudad que se convirtiera en la capital del nuevo
imperio. El valle de Linac o de Rímac, como lo denominan los escritores, le
ofrecía todas las comodidades deseadas para este propósito: su posición central
en las provincias, la cercanía al mar, un clima suave, un terreno fértil y
agradable, así como un buen puerto. Por lo tanto, decidió fijar allí el gran
asentamiento que había proyectado, eligiendo un sitio a dos leguas del mar y a
cuatro de Pachacamac, junto a un río, aunque no muy grande, sí fresco y
delicioso.
Hizo
venir a los pobladores de Jauja, repartió los solares y celebró la solemnidad
de la fundación con todas las ceremonias acostumbradas el 18 de enero de 1535.
Le dio el nombre de Los Reyes, quizás porque durante esa festividad encontró
finalmente el lugar en el que debería fundarla. Sin embargo, el nombre del
valle y del río donde se estableció prevaleció sobre el original, y la capital
del Perú español pasó a ser conocida simplemente como Lima.
Inmediatamente
después, se dirigió al valle de Chimo para examinar la población que había
proyectado el mariscal Almagro tras su última expedición, la cual había sido
encargada a Miguel Estete. Al encontrar el sitio elegido de su agrado, aprobó y
confirmó lo que se había realizado, honrando a su patria al nombrarlo Trujillo.
Allí también se dedicó a organizar el estado de aquellas provincias: confirmó a
Sebastián de Belalcázar en su cargo, repartió las tierras, se ganó la simpatía
de los vecinos y buscó, mediante medios pacíficos, atraer a los indígenas.
Pizarro sabía bien cómo utilizar estas estrategias cuando lo deseaba, y, siendo
un hombre mayor y menos apto para trabajos activos e impetuosos, prefería
dedicarse a fundar pueblos, hacer reparticiones, establecer leyes y otorgar
mercedes; en resumen, llevar una vida de príncipe, objetivo que había guiado
todos sus esfuerzos desde que despertó su ambición.
Esta
época podría considerarse una de las más afortunadas de su vida, si se mide la
fortuna por la ambición satisfecha; tal vez también la más gloriosa en términos
reales, ya que es cierto que es más valiosa la fama que se gana al conservar y
edificar que la que se adquiere al destruir. Sin embargo, este período fue
breve, y las semillas de la discordia civil ya comenzaban a sembrarse en los
ánimos, produciendo la ponzoña que más tarde causaría tantos estragos.
Permanecía
aún en Trujillo cuando apareció un joven desconocido que afirmó traer las
provisiones reales para que don Diego de Almagro asumiera el gobierno desde
Chincha en adelante. Al enterarse de esta noticia, Diego de Agüero, uno de los
capitanes que había servido con Almagro en la expedición al Quito, se apresuró
a buscar las recompensas por la información y alcanzó a Almagro junto al puente
de Abancay, cerca del Cusco. Sin tener orden ni comisión para ello, le transmitió
la noticia y las felicitaciones de parte de don Francisco Pizarro.
A
esto, Almagro respondió con su habitual buena fe, manifestando que agradecía el
esfuerzo que había hecho y valoraba mucho la merced que el Rey le otorgaba. Se
alegraba de ella, ya que aseguraba que nadie podría ingresar a la tierra que él
y su compañero habían ganado. Sin embargo, también afirmó que él era tan
gobernador como don Francisco Pizarro, pues ambos tenían el mando sobre lo que
deseaban. A continuación, le otorgó a Agüero en albricias la suma de siete mil
pesos y continuó su viaje al Cusco, donde iba a residir con amplios poderes
otorgados por su compañero para asumir el mando de aquellas tierras. Además,
tenía la facultad de explorar por sí mismo o a través de otros hacia lo que
llamaban Chiriguana, compartiendo los gastos a la mitad.
Lo
acompañaban los dos hermanos de Alvarado y otros altos oficiales del ejército
que habían puesto su fortuna en sus manos, por lo que la noticia de los poderes
era igualmente gratificante para ellos, ya que lo veían con la autoridad
necesaria para cumplir sus promesas. Al llegar al Cusco, fue recibido con
honores y respeto por Hernando de Soto, los hermanos Pizarro, Juan y Gonzalo, y
otros miembros importantes de la comunidad. Sin embargo, poco tiempo después,
se presentó un joven con un solo traslado de las provisiones, mientras las
originales eran traídas por Hernando Pizarro. El mal aconsejado Mariscal se
desvaneció, decidiendo no hacer uso de los poderes que llevaba de su compañero,
ya que consideraba que el Cusco no formaba parte de su primera gobernación,
sino de la segunda que se le había conferido a él, lo que habría menoscabado su
autoridad, pues sus poderes emanaban del Rey mismo.
El
Gobernador no dudaba de que el Cusco quedaba fuera de los límites de su mando,
aunque le dolía perder de ese modo la joya más rica de su conquista. Le
molestaba aún más no haber repartido la tierra y ver que otro se llevaría la
gloria y las ventajas de tal beneficio. Aconsejado por amigos más interesados en
él que en el Mariscal, y aún más impulsado por su ambición y deseo de mando,
revocó los poderes que había otorgado a su compañero. En las cartas que
escribió a Almagro y a la ciudad, argumentó que lo hacía para que el Mariscal
quedara más libre para sus descubrimientos y que, en caso de que llegaran las
provisiones del Rey como se esperaba, no sería apropiado que lo encontraran
gobernando con poderes ajenos.
Los
poderes para gobernar se enviaron a Juan Pizarro, con la expresa orden de que
sólo debían usarse en el caso de que Almagro decidiera aprovechar los poderes
que llevaba consigo; de lo contrario, Hernando de Soto debía continuar en el
mando, puesto que en ese momento era quien lo ejercía. Con este despecho, envió
a toda prisa a un mensajero, Melchor Verdugo, quien se dirigió a Lima. Verdugo
llegó al Cusco mucho después que el Mariscal, a quien no hubo necesidad de
notificar nada, ya que no prestaba atención a los poderes que el Gobernador le
había conferido; él ya actuaba, hablaba y prometía como si realmente fuera el
dueño de esa tierra.
Los
hermanos Pizarro se ofendieron por esta actitud, y la ciudad se dividió en
facciones; la mayoría seguía a los dos hermanos, pero los principales y
mejores, cansados de su orgullo y soberbia, se inclinaban hacia el Mariscal. Se
intercambiaron quejas y rumores entre los bandos, las pasiones se inflamaron, y
llegó un día en que ambos grupos salieron a la plaza, casi listos para usar las
armas y dispuestos a derramar sangre española. La prudencia y entereza de Soto,
unidas a la moderación de Almagro, lograron contener el escándalo,
estableciendo que los Pizarros y sus principales aliados permanecieran en sus
casas como una forma de prisión, mientras el Mariscal guardaba la suya para
asegurar que los otros obedecieran mejor.
La
noticia de los alborotos llegó a Lima, acompañada de la exageración que suelen
tener las malas nuevas, especialmente cuando son narradas por quienes se dejan
llevar por sus pasiones. Al enterarse del peligro que corrían sus hermanos,
Pizarro decidió partir hacia el Cusco de inmediato, llevándose consigo al
licenciado Caldera y a Antonio Picado, a quien había nombrado su secretario.
Durante el trayecto, recibió varias noticias. Primero, un mensaje de Luis
Moscoso, enviado por Almagro, en el que le informaba sobre los acontecimientos
recientes; luego, una carta de un tal Carrasco, que le advertía que debía
apresurarse si quería ver a sus hermanos con vida. Alterado, Pizarro confrontó
a Moscoso, reprochándole la falta de veracidad de la carta. Sin embargo, tras
insistir Moscoso en que el contenido era falso, Pizarro envió a Antonio Picado
para que se informara con precisión sobre la situación. Al saber que todo
estaba tranquilo, continuó su viaje y llegó al Cusco.
Una
vez allí, rechazó cualquier tipo de recibimiento y se dirigió directamente a la
iglesia, donde lo aguardaba el Mariscal. Al verse, se abrazaron entre lágrimas,
y Pizarro expresó su descontento: “¿Cómo es posible que me hagan venir por
estos caminos, sin cama ni tienda, alimentándome solo de maíz? ¿Dónde estaba
vuestro juicio, que, con lo que está en juego, os enzarzáis en tales reyertas
con mis hermanos? ¿Acaso no les he mandado que os respeten como a mí mismo?”
Almagro le respondió: “No era necesario que vinieras con tanta prisa, pues ya te
he informado de lo sucedido. Aún estáis a tiempo, y pronto lo sabréis. Vuestros
hermanos han cometido un error y no han podido ocultar su descontento por los
honores que el Rey me ha concedido.”
En ese
momento, Hernando de Soto llegó, acompañado de muchos caballeros, para darle la
bienvenida. Tras asentarse en su alojamiento, Pizarro reprendió severamente a
sus hermanos, quienes se defendieron explicando que el Mariscal ya se
consideraba gobernador del Cusco y estaba intentando repartir la tierra entre
sus amigos. Afirmaron que, en tal circunstancia, solo habían actuado en defensa
de su honra y servicio.
El
porte del Gobernador no desentonaba con la antigua amistad ni con el respeto
que se debía a sí mismo y a su viejo compañero; en cambio, el comportamiento
del Mariscal fue, sin duda, inconsiderado y ligero, y sobre todo, carente del
respeto que debía a su gobernador y amigo. Sin embargo, como aún no existían
agravios directos entre ellos, y quizás confiando en que la riqueza en disputa
llegaría a sus manos sin nuevos escándalos ni complicaciones, aceptaron con
relativa facilidad los esfuerzos de conciliación propuestos por el licenciado
Caldera y otros mediadores (21 de junio de 1555). Así, la amistad y compañía
entre los dos capitanes fueron renovadas y confirmadas en los altares. Se
celebró una misa en su presencia, se partió la hostia entre ambos y se
realizaron todos los juramentos y solemnidades pertinentes al acto religioso.
Ambos se comprometieron, bajo pena de perdición de bienes, honra, vida y alma, a
mantener la sinceridad y buena fe en su trato, así como una distribución
equitativa de los beneficios.
A
pesar de las sospechas que han surgido en torno a este pacto, yo me inclinaría
a creer, por el honor de la religión que ambos profesaban, que procedieron de
buena fe y tenían la intención de cumplir lo que prometieron en ese momento. Es
lamentable que promesas tan sagradas y amistades tantas veces reafirmadas y
juradas se rompieran de manera tan cruel y sangrienta. No obstante, estos actos
religiosos, aunque infunden respeto y veneración en el instante de su
celebración, no acaban con los intereses ni las pasiones; el corazón sigue
siendo el mismo, y ante la más mínima oportunidad, vuelve a desbordarse, sin
que se le pueda acusar de falso o sacrílego, aunque sí se le puede tildar de
perjuro.
Posteriormente,
se publicó la jornada del Mariscal hacia Chile. Él eligió esta ruta no solo por
las riquezas que le aseguraban existían en esas provincias, sino también porque
se encontraba en los límites de la gobernación que aguardaba. Se alistaron para
seguirle todos los aventureros que aún no habían hecho fortuna, así como
algunos que ya la poseían, con la esperanza de mejorarla a su lado. Su trato
amable y su generosidad desbordante le ganaban los corazones de todos, de modo
que apenas había quien no quisiera unirse a su causa.
Ciento
ochenta cargas de plata y veinte de oro salieron de su casa, destinadas a
repartir entre los capitanes que carecían de recursos para equiparse, sin
exigirles más obligación que reembolsar lo que ganaran en las tierras que iban
a explorar; y esto solo para aquellos que decidieran hacerlo de manera
voluntaria, ya que muchos ni siquiera así se sintieron obligados. Esta
generosidad más que real, sin embargo, limitó sus medios para llevar a cabo sus
planes en Castilla. Tenía la intención de casar a su hijo, don Diego, con la
hija de un consejero de Indias y de adquirir alguna renta en España. Para ello,
solicitó a su compañero que le enviara cien mil pesos de su tesorería, y
Pizarro, encantado, se lo ofreció. Liberado de esta preocupación, apresuró la
expedición, nombrando a Rodrigo Orgóñez como teniente general. Envió por
delante a Paullo Topa, un indio principal de quien hablaremos más adelante,
hermano de Manco Inca, y al Huillac Umu (Vilaoma), o sumo sacerdote,
acompañados de tres castellanos, para preparar y suavizar los ánimos de los
naturales. Después, dio instrucciones a los capitanes que dejaba en el Cusco y
en Lima para que continuaran reuniendo hombres y los condujeran, y se puso en
marcha hacia sus descubrimientos.
Al
despedirse, Almagro expresó a Pizarro su cariño como a un verdadero hermano y
su deseo de mantener su amistad y buena armonía, pidiéndole que enviara a sus
hermanos a Castilla y que les diera de su hacienda el tesoro que desearan.
"De este modo —le dijo—, aseguraréis la satisfacción en la tierra, pues
nadie hay aquí que no reconozca en ellos la confianza de ser vuestros hermanos."
El Gobernador respondió que ya le tenía un cariño paternal y que nunca darían
pie a ningún escándalo. Este consejo, sin duda áspero para un hermano, era
difícil de seguir, dada la naturaleza del Gobernador, pero resultaba honorable
y sabio, como inspirado por un instinto que ya preveía las desgracias que
pronto les sobrevendrían.
No
bien partió Almagro en su expedición, el Gobernador procedió a repartir las
tierras del Cusco, dejando a su hermano Juan como teniente en la ciudad y
regresando a Lima para supervisar las obras que allí se estaban construyendo.
Este era entonces su pensamiento favorito y, aparentemente, su principal
preocupación. En esos días, el Perú disfrutaba de tranquilidad: los indios
estaban en paz, los españoles se mostraban satisfechos, y la voluntad del
General se respetaba y obedecía como si fuese ley suprema. Y, puesto que esta
voluntad, como sucedía siempre en tiempos de calma, no era dura ni molesta,
puede afirmarse que esta fue una época de su vida marcada por el honor y la
fortuna, en la que disfrutó de la alta posición que había sabido granjearse,
sin pesares ni sinsabores.
Era un
espectáculo curioso ver a aquel hombre, de educación descuidada y escaso
conocimiento, discutir con los artesanos sobre la dimensión de las calles, la
altura de los edificios, la ubicación de templos y casas públicas; defender,
con argumentos de política, comercio y salubridad, la ubicación que había
elegido para el emporio que estaba levantando y enseñar a sus compañeros y a
los recién llegados a apreciar y disfrutar de aquel paraíso que había
encontrado. También se dedicaba a repartir dádivas para ganar estima y aliados;
y aunque su compañero lo superaba en este aspecto, Pizarro no era considerado
menos generoso, y sabía ofrecer con gracia y magnificencia lo que era
necesario. A personajes como el licenciado Caldera, el clérigo Loaiza, los
hermanos Henríquez, Tello y Luis de Guzmán, e incluso a Hernando de Soto,
cuando este se despidió de él para regresar a España, les obsequió presentes
dignos de un príncipe, sin ostentación ni violencia, como era propio de un gran
conquistador.
En
Lima, Pizarro fue recibido por el obispo de Panamá, quien llegaba con la misión
del Rey de establecer los límites entre su gobernación y la de Almagro. Sin
embargo, como las provisiones necesarias para llevar a cabo esta tarea estaban
en manos de Hernando Pizarro, cuya llegada se hacía esperar, no se pudo avanzar
en un asunto tan crucial. El obispo también notó que su misión resultaba
innecesaria, dado que ambos gobernadores ya habían alcanzado un acuerdo
cordial. En realidad, ninguna de las partes deseaba la intervención del
prelado, quien, decepcionado por la falta de sinceridad y la buena fe en los
asuntos de ese país, utilizó este pretexto para regresar a su diócesis. Aceptó
solo una limosna de mil pesos de oro que Pizarro le ofreció para los hospitales
de Panamá y Nicaragua.
En
este contexto, Pizarro encomendó al capitán Alonso de Alvarado la tarea de
pacificar a los Chachapoyas, una nación situada al oriente, con el fin de
extender la dominación española y la propagación del Evangelio. Aunque los
eventos de la expedición de Alvarado no son el foco de este relato, se destacó
por su prudencia, templanza y honradez, características que mantuvo incluso en
medio de las convulsiones de las guerras civiles, a pesar de no tener el mismo
éxito que en sus enfrentamientos con los indígenas.
Finalmente,
Hernando Pizarro regresó a Lima tras su viaje a Castilla. Allí fue recibido con
admiración y atención debido a las enormes riquezas que trajo consigo y a los
logros de las conquistas recientes. Su llegada conmovió a toda España, evocando
el mismo asombro que se sintió cuando Colón presentó el Nuevo Mundo a los Reyes
Católicos. Se cumplían las esperanzas que entonces habían surgido, y la
realidad parecía incluso superar las expectativas. Hernando, quien había jugado
un papel crucial en estos acontecimientos, fue honrado y favorecido, recibiendo
reconocimientos que se ajustaban a su estatus. Se le otorgaron prerrogativas
como sirviente de la casa real, el hábito de Santiago, la capacidad de llevar
consigo a ciento cincuenta soldados de Castilla, y el rango de general de la
armada en su regreso a las Indias. Además, recibió la recomendación expresa de
la corte para que su regreso fuera atendido con la mayor diligencia por parte
de todos los gobernadores y funcionarios públicos involucrados.
A su
hermano, el Gobernador, se le concedió el título de marqués y setenta leguas
adicionales de gobernación a lo largo de la costa y hacia el sur. Al Mariscal,
impulsado por las gestiones de los capitanes Mena y Sosa, se le otorgó la
gobernación de doscientas leguas de costa con el título de adelantado, además
de la facultad de nombrar a su sucesor tras su muerte. Las tierras bajo el
dominio de Pizarro fueron designadas como Nueva Castilla, mientras que las de
Almagro recibieron el nombre de Nueva Toledo, aunque estos nombres no
perduraron. Las cartas del Rey, que respondían a ambos conquistadores,
elogiaban sus servicios y prometían honrarlos. Al padre Valverde se le recompensó
con el obispado del Cusco, para el cual fue presentado a su santidad.
Finalmente, como Hernando Pizarro prometía montañas de oro y la corte
necesitaba urgentemente de su regreso, se le encomendó que volviera pronto con
todo lo que hubiese recolectado, además de los frutos de un servicio
extraordinario que se comprometió a proporcionar por parte de los
conquistadores. Así, emprendió el viaje de regreso al Perú, acompañado de un
considerable número de caballeros y soldados deseosos de buscar honores y
riquezas en las Indias, llegando a Lima poco después de que su hermano
regresara del Cusco y Almagro partiera hacia Chile.
Se
dice que al recibir las provisiones que enviaba la corte, el Gobernador
experimentó un renovado sentimiento de emulación y envidia hacia su compañero.
Temiendo que el Cusco escapara de su control, reprendió a su hermano por haber
consentido en otorgar a Almagro la gobernación de Nueva Toledo. Hernando
Pizarro respondió que los servicios del Mariscal eran tan notorios en la corte
que incluso aquel galardón parecía insuficiente a los ojos del Rey y del
Consejo. Además, argumentó que las setenta leguas adicionales que le habían
concedido a su gobernación incluían el Cusco y más allá, por lo que no había
motivo para preocuparse. Sin embargo, los dos hermanos tomaron precauciones
para afianzar su dominio sobre esa valiosa posesión.
Primero,
retrasaron la entrega de los despachos originales a Juan de Hada, capitán de
Almagro, quien constantemente se los pedía para llevar consigo el refuerzo de
tropas que estaba reuniendo en Lima. Hernando Pizarro se los negó con varios
pretextos y finalmente le dijo que los recibiría en el Cusco. Este retraso
tenía como objetivo que el Adelantado se alejara cada vez más, con la esperanza
de que las provisiones lo encontraran a gran distancia y quizás enfrentara
dificultades que le impidieran regresar. Además, el Gobernador consideró
prudente que su hermano se trasladara al Cusco para asumir el gobierno de la
ciudad, que en ese momento estaba bajo el mando de Juan Pizarro. Así, en caso
de que Almagro actuara en forma hostil, el control de la situación estaría en
manos más firmes y competentes.
Mientras
se organizaba este viaje, Hernando Pizarro, ansioso por cumplir las promesas
hechas en la corte, instaba a los conquistadores a realizar un servicio
extraordinario al Rey y a contribuir en las guerras que enfrentaba en Europa.
Sin embargo, los conquistadores no eran receptivos a sus insistencias.
Argumentaban que ya estaban haciendo lo suficiente al enviar al Rey grandes
quintos obtenidos a costa de su esfuerzo, sudor y sangre, sin recibir ayuda de
su parte. Se negaban a contribuir más con sus bienes para que solo él y su
hermano fueran favorecidos por el Rey. A pesar de las numerosas promesas y
honores que les había hecho al partir, solo había regresado con el hábito de
Santiago para sí y el título de marqués para su hermano. Hernando, con un tono
arrogante y orgulloso, les amenazó con que haría restituir el rescate de
Atahualpa, el cual, por ser un rey, pertenecía al Rey. Los descalificó como
ingratos y hombres viles que no merecían la fortuna que disfrutaban.
La
tensión era delicada, y el Gobernador decidió intervenir en la disputa,
volviendo a defender a sus compañeros. Les recordó que merecían tanto como
aquellos que asistieron a don Pelayo en la restauración de España. Añadió que
la lealtad castellana nunca debería cuestionar sus servicios ante el príncipe y
les pidió que demostraran generosidad en esa ocasión, sugiriendo que tal vez el
Rey les concedería a perpetuidad los indios que hasta entonces solo tenían en
depósito. Estas palabras, pronunciadas con la amabilidad que solía emplear para
ganarse los ánimos, motivaron a los conquistadores más acaudalados que se
encontraban en Lima. Así, reunieron una considerable cantidad de dinero para el
servicio propuesto, lo que llevó a Hernando Pizarro a apresurar su partida al Cusco,
con la esperanza de conseguir un donativo similar de sus vecinos y mantenerse
atento a los acontecimientos.
Era
necesario que un hombre de gran esfuerzo y resolución asumiera el mando en ese
momento crítico. Las dificultades, peligros y desastres comenzaron a agolparse
con una rapidez asombrosa. Se creía que el único desafío era defender el Cusco
de las inciertas pretensiones del adelantado Almagro; sin embargo, el Cusco y
todo el Perú empezaron a tambalear en manos españolas. El alzamiento general de
la población y la discordia civil, que estallaron casi simultáneamente,
pusieron en grave peligro lo que tanto había costado conquistar. Para
esclarecer el estado de las cosas, es preciso retroceder en la narración y
centrar la atención en los indios, de quienes no habíamos hablado desde hace
tiempo.
A
pesar de ver al Inca desbaratado y prisionero en Cajamarca, los generales no
flaquearon ni abandonaron su deber hacia su rey y su patria. Aunque no lograron
infundir en la multitud el fervor y la fuerza necesarios para prevalecer ante
la disciplina y las armas superiores de sus enemigos, mantuvieron, en la medida
de lo posible, la libertad de su tierra. Lucharon siempre que contaron con
soldados para combatir y, al final, murieron todos libres e independientes, sin
reconocer ni aceptar el dominio ajeno. Irruminavi, quien estaba en el ejército
de Atahualpa durante aquella sorpresiva captura, logró escapar hacia Quito con
los cinco mil indios que mandaba. Allí, organizó la provincia en un estado de defensa
tal que, aunque fue vencedor en algunas ocasiones y vencido en otras, siempre
enfrentó a Belalcázar. Finalmente, sucumbió ante la superior destreza y
esfuerzo de su enemigo, pero le privó de los frutos de su victoria,
frustrándolo de manera permanente en su ambición por los tesoros, y murió en
medio de los tormentos, sin mostrar ninguna flaqueza.
Hemos
visto también cómo pereció Chalcochima a manos de Pizarro; su ejecución revela
más el temor que infundía por su crédito y valor que su verdadera culpa, y la
escasa esperanza que se tenía de lograr su apoyo en favor de los invasores.
Por su
parte, Quizquiz cubrió y defendió las provincias altas, llevando a sus indios
al combate en múltiples ocasiones. Tras ver perdido el Cusco, se hizo aceptar
como capitán de los más valientes mitimaes de las provincias cercanas, los
guamanconas, oriundos de Quito. Probó nuevamente su suerte en la guerra,
primero en el puente de Apurímac, cerca del Cusco, contra el Gobernador; y
luego contra los castellanos de Jauja, liderados por Gabriel de Rojas, que en
ese momento se encontraba en aquel valle. La lucha fue particularmente
encarnizada: aunque los castellanos vencieron, todos sufrieron heridas, uno fue
muerto y tres caballos también cayeron; además, capturaron a sesenta yanaconas,
que Quizquiz mandó ejecutar de inmediato, considerándolos sus enemigos más
implacables. Prosiguió su camino hacia Quito, donde había ofrecido llevar a sus
mitimaes. Allí se enfrentó a Belalcázar, en un encuentro en el que nuevamente
fueron derrotados. Los capitanes aconsejaron a Quizquiz que hiciera las paces
con los españoles, reconociendo su aparente invencibilidad. Quizquiz,
enfurecido, los tachó de cobardes. La discusión sobre si rendirse o no se
intensificó, hasta que uno de los principales le lanzó una lanza, y los demás
lo atacaron con mazas y hachas, acabando con su vida.
Estos
ejemplares sangrientos y terribles debían servir de escarmiento a cualquiera
que quisiera erigirse como campeón de la independencia peruana. Esto se volvía
aún más evidente tras la muerte de Toparpa, ya que los españoles continuaron
con la farsa de tener un inca que representara al rey, convirtiéndolo en su
primer esclavo y utilizando su nombre para mandar y castigar a la población
local. Sin embargo, el daño les llegó, como a menudo sucede, por su propia
precaución. Don Francisco Pizarro, poco tiempo después de llegar al Cusco, hizo
colocar la borla de rey, con todas las ceremonias acostumbradas, sobre aquel
Mango Inca, quien se había aliado oportunamente con él en los encuentros
previos a la entrada a la capital. Como todos afirmaban que, por derecho de
hijo de Huayna-Capac, era quien mejor título tenía para el reino, la elección
fue recibida con contento general; los indios permanecieron tranquilos bajo su
mandato, y el Inca, en sus primeros actos, no desmereció por su conducta
respetuosa y servicial el cargo que el Gobernador le había otorgado.
Este
sosiego duró hasta que comenzaron a aflorar las pasiones entre los dos
capitanes españoles en el Cusco. Los indios también se dividieron: unos
siguieron un bando, otros otro. Curiosamente, el Inca Mango mostró más lealtad
al partido de Almagro que al de su benefactor. En vano intentaron, una vez que
llegaron a un acuerdo entre ellos, conciliar también a los naturales. A pesar
de que en una reunión con los más distinguidos persuadieron, rogaron e incluso
interpusieron su autoridad para que cesaran en sus divisiones, no lograron
nada, y el Inca y sus parientes terminaron enemistados.
Más
tarde, cuando Almagro partió hacia su expedición a Chile, pidió a Mango que le
proporcionara dos señores para que lo acompañaran. Según mencionamos
anteriormente, le dio a su hermano Paullo Topo y al Vilaoma, dejando entrever
que alejaba a uno por celos políticos de mando y al otro por considerarlo
inquieto y peligroso debido a su poder. Sin embargo, esto, al menos en lo que
respecta al sacerdote, no era más que pura apariencia; antes de partir, Almagro
había concertado con Mango un plan de levantamiento, y apenas supo que había
comenzado, regresó apresuradamente para unirse a él y dirigirlo.
Cuando
llegó el momento oportuno para el intento, el Inca convocó secretamente a los
principales señores de las tres provincias vecinas. Tras realizar numerosos
sacrificios y ceremonias a su usanza, les expuso el estado de las cosas y
solicitó su consejo sobre cómo liberarse de la sujeción impuesta por los
extranjeros. Les recordó la mansedumbre y justicia con las que sus antepasados,
los Incas, habían gobernado, así como la prosperidad que disfrutaban en aquel
entonces. Explicó el desorden y el caos que todo había padecido con la llegada
de los castellanos: el sacrílego robo de los templos, la corrupción de las
costumbres por el desenfreno de su lujuria; sus hijas y hermanas eran
consideradas mancebas y sus hombres, esclavos, sin más ocupación que buscar
metales y servir a sus caprichos.
Los
castellanos habían hecho alianza con los yanaconas, la clase más vil de la
tierra, dándoles alas y soberbia para insultar a sus señores e incluso
deshonrarlo a él. Lo mismo sucedía con muchos mitimaes; de modo que ya no
faltaba mucho para que le despojasen de la borla. Se preguntó qué había hecho
el Perú para esos hombres insolentes, que habían entrado a mano armada y dado
muerte a Atahualpa, Chalcochima y otros personajes que representaban la flor y
el esplendor de aquel reino. Les advirtió del crecimiento progresivo y
espantoso de sus fuerzas, y que, si no tomaban medidas, pronto sería demasiado
tarde para remediarlo. La ocasión no podía ser más propicia: los más valientes
y capaces se habían alejado con Almagro, y era probable que no regresaran de
Chile. Los demás, divididos y situados a grandes distancias, podrían ser
atacados y oprimidos al mismo tiempo, sin poderse ayudar mutuamente. Por lo
tanto, era imprescindible aprovechar la coyuntura de inmediato y arriesgarlo
todo para conseguir la ruina y destrucción de hombres tan injustos y crueles.
Al
principio, le respondieron con llantos y gemidos; luego le dijeron que eran
hijos de Huayna Cápac y que darían la vida por él, pidiéndole que los liberara
de aquella dura servidumbre, asegurando que el sol y los dioses estarían a su
favor. Después, comenzaron a consultar sobre las disposiciones que debían
tomarse. La primera decisión en la que coincidieron, como base principal de
todas, fue que el Inca debía salir del Cusco con la mayor cautela posible y que
todos debían reunirse de nuevo en un lugar seguro.
No
estuvieron estos tratos tan secretos que los yanaconas no pudieran rastrearlos
y avisar a los españoles. Así fue que, aunque Manco Inca logró escapar del Cusco
en dos ocasiones, en ambas fue devuelto, y en la última fue apresado bajo
estricta vigilancia para evitar que lo intentara una tercera vez. Los indios
temían una segunda catástrofe similar a la de Atahualpa, pero, por fortuna, los
castellanos ni lo valoraban ni lo temían. Además, Juan Pizarro carecía de la
autoridad y determinación de su hermano para arriesgarse a tanto.
En
este contexto, llegó Hernando Pizarro. Ya fuera por compasión, desprecio,
política o codicia —como suponían sus enemigos—, lo primero que hizo fue
liberar a Manco Inca. El Inca, al principio, usó su libertad con discreción y
moderación. Supo ganarse la atención del nuevo comandante mediante artificios y
lisonjas, mostrando compasión a través de sus lamentaciones y confianza con un
porte a la vez obsequioso y desahogado. Sin embargo, lo que más lo motivó fue
la oferta de alhajas y tesoros. En particular, hablaba de una estatua de oro de
su padre, del tamaño natural, cuyo paradero conocía. La codicia es tan crédula
como ciega: Hernando Pizarro le dio crédito y, al pedirle el Inca permiso para
ir a buscarla, se lo concedió gustoso.
Así,
Mango salió del Cusco a la vista de todos, acompañado no solo de los indios que
llevaba, sino también de dos castellanos y el intérprete del comandante. Sin
embargo, a los ocho días, Hernando se dio cuenta del error que había cometido y
salió con ochenta caballos a buscar al Inca en Calca, un lugar poco distante de
la capital. Al acercarse, encontró a los dos castellanos, quienes le informaron
que Mango les había despedido, indicando que ya no los necesitaba. No obstante,
Hernando decidió acercarse a Calca, donde fue atacado por los indios, quienes
lo acosaron durante toda la noche. Finalmente, tuvo que regresar al Cusco a la
mañana siguiente, siendo hostigado y acosado hasta que lo encerraron en la
ciudad.
La
guerra estaba ya abiertamente declarada, y los indios la llevaron a cabo con
tanto ímpetu como tenacidad. Aunque la lucha era desigual, no lo era tanto como
al principio. Con el tiempo, se habían habituado a la presencia de los caballos
y al estruendo de los arcabuces, lo que disminuyó su temor y sorpresa
iniciales. Además, supieron compensar la inferioridad de sus armas con la
multitud de combatientes y la falta de robustez con impetuosidad y tesón.
Así,
inundaron las avenidas del Cusco como un diluvio, tomaron por sorpresa la gran
fortaleza exterior, conquistaron una casa fuerte cercana a la plaza donde los
castellanos intentaban atrincherarse, y ocuparon las casas. Barricaron las
calles y, haciendo agujeros y troneras en las tapias, se comunicaban con
facilidad, pareciendo aún más numerosos de lo que eran.
Los
españoles, reducidos a doscientos, con mil yanaconas peleando a su lado, no
tuvieron más opción que replegarse a la plaza. Allí, acuartelados en dos casas
y bajo toldos, se defendían como podían de las piedras, flechas y armas
arrojadizas que caían sobre ellos como un espeso granizo. A veces, hacían
salidas de sus refugios, logrando desbaratar a los indios por las calles,
desmantelando sus trincheras y derribando a los que alcanzaban. Sin embargo,
pronto tenían que regresar a sus posiciones, y los indios, recuperados,
renovaban sus ataques e insultos.
Finalmente,
los castellanos lograron tomar la casa fuerte de la plaza e incluso expulsar a
sus enemigos de la ciudad, pero no pudieron alejarlos mucho, ya que mientras
los indios mantuvieran el control de la gran fortaleza exterior, seguirían
molestándolos con ventaja. Se trató de conquistarla también, y se consiguió,
pero a costa de la vida de Juan Pizarro, quien recibió un golpe mortal en la
cabeza al quitarse la celada, agotado tras el largo día. Era el de los cuatro
hermanos el menos orgulloso y arrogante, por lo que su pérdida fue sentida por
todos sus compañeros de armas.
Mientras
se luchaba por la fortaleza, también se combatía en la ciudad. Los indios,
añadiendo golpe tras golpe, prendieron fuego a diferentes partes. Las casas,
cubiertas de paja, típicas de la región, ardieron rápidamente; los españoles
veían cómo se consumían sus moradas y pertenencias, mientras el humo les
dificultaba pelear. Pasaban los días e incluso los meses; el socorro, por más
que lo esperaban, no llegaba. Los bárbaros les arrojaban las cabezas de los
cristianos que mataban en distintos lugares, sembrando el terror en su
imaginación.
Defenderse
en esas circunstancias era heroico, pero esperar se volvía insensato.
Estuvieron a punto de abandonar la ciudad y regresar por los llanos a Lima. El
Ayuntamiento se inclinaba a ello y lo pedía, pero Juan Pizarro, antes de su
desgracia, y sus hermanos Gonzalo, Gabriel de Hojas y Hernando Ponce, todos de
carácter indómito, lo contradijeron, argumentando que era una bajeza y que era
mejor perecer. Este dictamen prevaleció, como era de esperar entre hombres tan
valientes, y la conservación del Cusco se debió sin duda a la verdaderamente
heroica resolución de aquellos capitanes.
En tal
estado de cosas, Hernando Pizarro consideró conveniente atacar al Inca en el
tambo del valle de Yucay, ubicado a unas seis leguas del Cusco, donde Mango
había establecido su residencia debido a la fortaleza del lugar. Se encargó de
la expedición y, acompañado de sesenta caballos, algunos infantes y un buen
número de indios aliados, llegó cerca del tambo, donde ahuyentó a los
diferentes grupos enemigos que se presentaron ante él. Sin embargo, al
acercarse al muro del tambo, una intensa lluvia de piedras desordenó a los
caballos, lo que lo obligó a retirarse a un llano cercano a la entrada del
lugar para reagruparse.
Entonces,
los indios, cobrando ánimo, salieron en su contra con tal griterío, intrepidez
y número, que los castellanos comenzaron a temer. La situación se complicó aún
más cuando vieron cómo el río que pasaba por el lugar se desbordaba y se
precipitaba sobre ellos, atollando a los caballos. Para aumentar su confusión,
oyeron disparos de mosquetes: era señal de que los indios habían logrado
apoderarse de armas castellanas y sabían usarlas con eficacia.
Llegada
la noche, el general español intentó retirarse, pero lo hizo con gran
dificultad y fatiga. Los enemigos lo acosaban constantemente, y el suelo,
cubierto de espinos y agudas púas, dificultaba la marcha de los caballos, que
apenas podían avanzar. Los indios habían previsto todo, y Hernando Pizarro
volvió al Cusco no solo con el fracaso de su misión, sino con la triste
convicción de cuán aguerridos y temibles se estaban volviendo sus enemigos.
Esta
experiencia se vio aún más acentuada en otra salida que realizó posteriormente
con ochenta caballos y algunos infantes. Los indios, al haber disminuido su
presencia en el lugar y retirado una gran parte de la muchedumbre, hicieron creer
a Hernando Pizarro que sería fácil sorprender al Inca en el tambo. Sin embargo,
la fuerza con la que salió, la discreción de su marcha y la rapidez de su
avance no fueron suficientes para evitar un nuevo y triste desengaño.
De
repente, se encontró sorprendido por el estruendo de bocinas y tambores, así
como por el grito de guerra de más de treinta mil indios que lo aguardaban
apostados junto a las tapias del tambo. Estaban defendidos en algunas partes
con fosos, en otras con terraplenes y trincheras, y además habían bloqueado el
vado del río con una represa. A lo lejos, se podía ver a Manco Inca montado a
caballo, con su pica en la mano, dirigiendo y controlando a su gente en aquel
punto inaccesible. Algunos de sus hombres, armados con espadas, rodelas y morriones
robados a los españoles, salían de sus refugios, desafiaban a los caballos y
atacaban furiosos con sus lanzas.
Ante
esta situación, Pizarro se vio forzado a retirarse, sufriendo la pérdida de
varios indios auxiliares. De regreso a la capital, pocos días después, los
indios, bajo las órdenes de su inca, lanzaron un ataque tan contundente que
apenas se pudo evitar su entrada, y muchos españoles quedaron heridos en la
refriega. Este tesón, audacia y pericia militar, aunque imperfecta y grosera,
demostraban lo que los indios podrían lograr en su defensa si contaran con
caudillos dignos del espíritu que ya los animaba. Sin embargo, en ese momento,
faltaban capitanes en su ejército, así como, al inicio de la conquista, faltaba
ejército a los capitanes.
Al
mismo tiempo que el Cusco fue atacado, Lima también fue asediada. Sin embargo,
allí el impacto no fue tan devastador ni peligroso para los españoles, ya que
el terreno llano favorecía a los caballos, siempre temidos por la multitud
indígena. Además, la proximidad del puerto facilitaba el refuerzo con hombres y
provisiones. Aun así, la preocupación y angustia del Gobernador no residía
tanto en Lima ni en su propia seguridad, sino en el destino del Cusco y de sus
hermanas. Nadie llegaba con noticias desde esa región, pues los indios habían
interceptado no solo los caminos, sino toda la tierra. Todos los españoles
dispersos eran asesinados, y los destacamentos enviados, ya fuera para obtener
información o brindar auxilio, corrían la misma suerte, salvo algunos pocos que
lograron regresar a Lima, fugitivos y aterrorizados, y otros que fueron
capturados por el Inca para ser utilizados como esclavos.
De
esta manera, ya sumaban setecientos los españoles que, en diversos puntos,
habían sido sacrificados por los indios, ya fuera como parte de su defensa o en
venganza. El fiero conquistador comprendió entonces la temeridad de haber
extendido sus fuerzas en un territorio tan vasto, y temió que la rica presa
obtenida con tanto esfuerzo se le escapara de las manos. Almagro se encontraba
lejos, al igual que los demás asentamientos españoles en América, y él no se
atrevía a abandonar la posición central y estratégica que ocupaba para acudir
en auxilio del Cusco. Por ello, dispuso que Alonso de Alvarado, a quien hizo
venir desde los Chachapoyas, marchara con quinientos hombres, entre infantería
y caballería, para salvar la capital. Además, envió cartas a Panamá, Nicaragua,
Guatemala, Nueva España y Santo Domingo, enfatizando el peligro que amenazaba
al Perú y solicitando con urgencia refuerzos.
La
fuerza de sus temores se hacía evidente en la intensidad de las expresiones que
utilizaba en estas cartas. En la que escribió a Alvarado en Guatemala, le
decía: «Si me socorres, te dejaré la tierra, y me iré a Panamá o a España». Los
refuerzos que Pizarro solicitó llegaron a tiempo desde todas partes. Hernán
Cortés le envió dos navíos cargados con armas, soldados y caballos. Además,
junto a estos recursos militares, le mandó regalos de amistad: doseles,
colgaduras, ornamentos para la casa, ropa blanca, vestidos, e incluso un abrigo
de martas, con el cual Pizarro se engalanó en todas las ocasiones solemnes de
su vida. Desde Panamá, el licenciado Gaspar de Espinosa llegó con un
considerable número de españoles, entre ellos una unidad de arcabuceros.
Refuerzos similares o incluso mayores también llegaron desde otras regiones.
Es
cierto que todos estos refuerzos arribaron al Perú cuando sus conquistadores ya
habían logrado por sí mismos sacudirse el peligro. De hecho, algunos criticaron
al Gobernador por haber mostrado tanta preocupación y desconfianza en sus
propias fuerzas. Sin embargo, no se puede tachar de pusilánime la decisión que
tomó en los momentos más críticos: retirar todos los navíos del puerto,
quebrando así la moral de los indígenas y eliminando para los suyos cualquier
opción de retirada por mar. Era su deber asegurar y mantener el territorio que
había conquistado y que gobernaba. Desde esta perspectiva, sus precauciones no
eran inapropiadas, aunque sus palabras pudieran parecer desalentadoras. Gracias
a su diligencia, en pocos días Pizarro contaba con un ejército numeroso, en su
mayoría compuesto por veteranos, justo cuando más los necesitaba, no tanto
contra los indígenas, sino contra los mismos españoles que pronto vendrían a
disputarle el control del imperio.
Habían
pasado nueve meses desde que comenzó este duro conflicto entre los indios y los
españoles, cuando empezaron a correr rumores en el Cusco de que el Adelantado
Almagro regresaba. Los eventos de su expedición a Chile no tienen una conexión
directa con esta historia, aunque sus consecuencias afectaron el devenir de los
hechos. Narrar su viaje sería entrar en la repetitiva y monótona secuencia de
trabajos y fatigas que los castellanos enfrentaban constantemente en sus exploraciones
y conquistas en esas tierras desconocidas. Al partir, enfrentaron caminos
escarpados, sierras nevadas y crueles ventiscas, donde Almagro sufrió los
mismos tormentos que su rival Alvarado en las montañas de Quito, perdiendo en
el trayecto a una quinta parte de su gente, congelada por el frío. Al llegar a
su destino, se encontraron con indios robustos y feroces, con quienes debían
combatir constantemente. Aunque lograban vencerlos en ocasiones, someterlos era
otra historia.
En el
regreso, enfrentaron arenales desérticos, la falta absoluta de agua y todas las
dificultades propias de un paisaje tan inhóspito, como si estuvieran
atravesando los abrasadores desiertos de Arabia. Además, no lograron ningún
descubrimiento significativo, ni fundaron un asentamiento útil, ni
protagonizaron ningún hecho notable: Chile quedó intacto, esperando el valor de
Valdivia y la pluma de Ercilla. Aquel imponente ejército que había partido del Cusco
con tantas esperanzas, después de recorrer más de trescientas leguas hacia el
sur, se desanimó al ver que la tierra se volvía más pobre cuanto más se
adentraban en ella. No encontraron más que desolación, montañas heladas,
escasos alimentos, poco oro y muchos desengaños. Agotados por una marcha tan
ardua y estéril, pidieron ansiosamente regresar.
Los
oficiales que comandaban la expedición estaban mal acostumbrados, pues la fácil
adquisición de riquezas, poder y gloria que habían experimentado en México,
Guatemala y Perú les hacía despreciar cualquier empresa que no incluyera un
imperio que conquistar o templos y palacios que saquear. Almagro ya tenía en su
poder las provisiones originales de su gobernación, que le había traído Juan de
Rada, entregadas finalmente en el Cusco por Hernando Pizarro. Esto fue un
poderoso incentivo para tomar la decisión de regresar, impulsado por su
impaciencia por gobernar, y sus hombres, bajo su sombra, deseaban disfrutar y
adquirir nuevas riquezas. Uno de ellos le decía que, si moría allí, su hijo no
heredaría más que el nombre de "don Diego".
Algunos
le aconsejaban a Almagro que, dado que ya era gobernador efectivo de la Nueva
Toledo, debía dirigirse de inmediato hacia allí. Además, le recordaban que el Cusco
se encontraba dentro de los límites de su gobernación y que ellos deseaban
establecerse en esa ciudad para disfrutar de su abundancia y placeres. Con
tales sugerencias, sumadas a otras similares, la mente de Almagro, ya
influenciada por los honores y favores que recibía de la corte, se volvió más
vulnerable. Era un hombre que idolatraba a su hijo y, como general, se mostraba
tan condescendiente y complaciente como generoso con sus oficiales. En tales
circunstancias, no le resultaba fácil resistir las tentaciones de la ambición,
y finalmente decidió satisfacer tanto sus deseos como los de sus hombres, sin
importar el costo.
Así,
ordenó retroceder, y el ejército inició la marcha de regreso hacia el Cusco.
Al
cruzar el desierto que separa el Perú del reino de Chile, Almagro se enteró del
levantamiento general de los indígenas y de los peligros y penurias que
enfrentaban los españoles. Este hecho le pareció una justificación perfecta
para su regreso, lo que aumentó su satisfacción personal y lo llevó a acelerar
su marcha para ofrecer la ayuda y los recursos que la situación demandaba.
Antes de partir en su expedición, mantenía una relación estrecha con el Inca.
Desde Arequipa, donde descansó algunos días, envió un mensaje a Manco Inca
expresando su sorpresa por la revuelta, su deseo de conocer las causas del
conflicto, y su disposición a ayudarle en lo que fuera necesario. Manco Inca le
respondió con satisfacción por su regreso, culpando a la avaricia de Hernando
Pizarro por el levantamiento. En honor a Almagro, prometió suspender las
hostilidades hasta que pudieran verse, y cumplió con su palabra.
Esta
negociación duró varios días y fue conocida por los españoles del Cusco,
quienes también recibieron noticias de la llegada de Almagro al Perú y de la
presencia de un ejército español en el valle de Jauja. Este ejército era el de
Alvarado, enviado por el Gobernador, como se mencionó antes, en auxilio del Cusco,
aunque, por diversas razones, se había detenido en el valle durante unos cinco
meses.
Hernando
Pizarro, al enterarse, lo primero que hizo fue romper las relaciones entre
Almagro y el Inca, probablemente para arrebatarle al Adelantado el mérito de
haber pacificado y reducido al soberano indígena. Envió, entonces, con un joven
mulato una carta dirigida a Manco Inca, advirtiéndole que no hiciera la paz con
don Diego de Almagro, pues no era el verdadero señor, sino don Francisco
Pizarro.
Manco
Inca entregó la carta a dos españoles de la expedición de Almagro que se
encontraban con él, comentando que sabía que los del Cusco mentían, pues el
verdadero señor era don Diego de Almagro. Por tanto, ordenó que al mensajero le
cortaran la mano por mentiroso. Los dos españoles rogaron mucho por él, y al
final Manco Inca accedió a cortarle solo un dedo. Con este castigo y respuesta,
el joven regresó a quienes lo habían enviado.
La
segunda medida que tomó el comandante del Cusco fue tratar de averiguar los
verdaderos planes del Adelantado, quien ya se había acercado a Urcos, un lugar
a seis leguas de la ciudad. Hernando Pizarro, con cierta lógica, sospechaba que
si las intenciones de don Diego de Almagro fueran honestas, habría informado de
su llegada al entrar en Urcos o habría marchado amigablemente hacia la ciudad
para garantizar la seguridad tanto de la capital como de los españoles allí
presentes. En ese lugar, habrían podido discutir de manera concordante lo que beneficiara
a todos. Sin embargo, consideraba que no era una buena señal estar tan cerca y
comunicarse primero con los enemigos antes que con sus compatriotas.
Por lo
tanto, decidieron que Hernando Pizarro, junto con su hermano Gonzalo y otros
capitanes, acompañado de la mayor parte de sus tropas, marchara hacia Urcos
para intentar descubrir las verdaderas intenciones de Almagro. Estas les
resultaban cada vez más sospechosas debido a la insolencia y los gritos de los
guerreros indígenas, quienes les dificultaban el avance y a viva voz les decían
que Almagro ya había llegado y que mataría a todos los españoles del Cusco.
Los
indígenas, de hecho, creían de buena fe que el Adelantado se uniría al Inca
para perjudicar a los habitantes de la capital. Almagro, a través de los
continuos mensajes que intercambiaba con Manco Inca, había acordado un
encuentro en el valle de Yucay. Para ello, salió de Urcos con la mitad de su
ejército, dejando la otra mitad bajo el mando de Juan de Saavedra, con la
instrucción de esperar allí sin provocar ningún incidente. Sin embargo, el
encuentro acordado no pudo llevarse a cabo. Los indígenas, que observaban a las
dos divisiones del ejército de Chile, notaron que en ocasiones los castellanos
del Cusco y los recién llegados se hablaban y conferenciaban sin hacerse daño,
e incluso con muestras de cortesía y buena voluntad. Este comportamiento fue
interpretado como un doble juego por parte del Adelantado, y así lo informaron
a Manco Inca. En lugar de acceder a la reunión, el Inca ordenó que ambos grupos
fueran atacados, dando inicio a las hostilidades entre los indígenas y los
españoles de Chile.
Entonces
Almagro, sintiéndose en una situación más crítica que antes, pues ahora tenía
dos enemigos en lugar de uno, decidió regresar al Cusco y ordenó a Juan de
Saavedra que se reuniera con él. Durante ese tiempo, Saavedra había mantenido
una conversación con Hernando Pizarro cuando este salió a reconocer la
situación, como se mencionó anteriormente. Sin embargo, no se llegó a ningún
acuerdo concreto, ya que ambos bandos evitaban resolver la disputa por las
armas, a pesar del deseo que tenían de hacerlo. Saavedra se contuvo por respeto
a las órdenes de su general, y Pizarro, para evitar que se dijera que ellos
habían sido los agresores.
Por su
parte, el Adelantado envió un mensaje a Hernando Pizarro informándole que venía
con la intención de socorrer a los españoles del Perú y a su amigo, el
Gobernador, en su difícil situación. También le comunicaba su deseo de tomar
posesión de la gobernación que el Rey le había otorgado, asegurando que esto no
iría en detrimento de los pactos y acuerdos hechos entre él y su hermano, pues
no pretendía romper con ellos ni con la amistad y alianza que los unía.
Hernando
Pizarro, al recibir el mensaje a través de Lorenzo de Aldana y Vasco de
Guevara, los interrogó en privado, pidiéndoles que, por su paisanaje y amistad,
le dijeran cuál era la verdadera intención del Adelantado. Ambos le aseguraron
que no pretendía romper la relación con su hermano ni causar escándalos o
sediciones. "Si esa es su intención", dijo Hernando, "tendrá el
homenaje de todos, y todo se hará conforme a su voluntad".
Finalmente,
los Pizarro decidieron enviar una respuesta al Adelantado en la que lo
invitaban a entrar en la ciudad, asegurándole que no había nada que pudiera
impedir la buena armonía entre él y el Gobernador. Le prometían que sería bien
recibido y que se le desocuparía la mitad de la ciudad para su alojamiento.
Aunque
esta respuesta parecía resolver todos los problemas y evitar cualquier
conflicto, las cosas no resultaron tan simples. Hernando Pizarro, con su
percepción de que Almagro era falso y doble, y su constante desprecio y burla
hacia él, empañaba con sarcasmo cualquier palabra amable que pudiera decir, lo
que minaba la confianza en sus promesas.
Por
ello, Almagro ordenó a Saavedra que se reuniera con él, y para facilitar la
operación, puso a su ejército en marcha hacia el campo de las Salinas, donde
Saavedra lo alcanzó. Una vez reunidas las dos divisiones, marcharon hacia el Cusco
en formación de guerra, con las lanzas en alto y las banderas desplegadas. Al
llegar a las afueras de la ciudad, aunque sin romper la formación, el
Adelantado envió al regimiento de la ciudad las provisiones reales, exigiendo
que lo reconocieran como gobernador en virtud de esas órdenes.
Almagro
contaba con quinientos soldados, todos hombres de probada valentía, dirigidos
por capitanes experimentados y valientes. Estos hombres, deseosos tanto de
gloria como de riquezas, eran fieles a su caudillo y estaban dispuestos a dar
la vida por él. En cambio, en la ciudad solo había doscientos hombres de armas,
divididos en su lealtad. Muchos de ellos eran partidarios de Almagro debido a
su buen carácter y generosidad, y casi todos los principales habitantes estaban
cansados y resentidos por la arrogancia y el orgullo de los Pizarro. Como
resultado, no se sentían inclinados a participar en una guerra civil en defensa
de hombres tan odiados.
Sin
embargo, los dos hermanos Pizarro no perdieron el ánimo. Con diligencia y
esfuerzo, alababan a los valientes de su bando, animaban a los indecisos,
consolidaban a los que dudaban, invocaban la autoridad de su hermano y ofrecían
recompensas a algunos, mientras que a otros les hacían regalos. No dejaban de
hacer nada que, con ingenio y trabajo, pudiera contribuir a la defensa y
seguridad de la plaza que se disputaban.
Cuando
los comisionados de las provisiones llegaron a Hernando Pizarro, él los envió
al Ayuntamiento, diciendo que allí decidirían qué hacer. Los regidores,
desconcertados y sin saber cómo proceder, se encontraban entre dos fuegos:
dentro, unos tiranos a quienes no querían ofender; y fuera, una fuerza superior
a la que creían imposible resistir. Declararon entonces que las provisiones
reales eran claras respecto a la gobernación del Adelantado, pero no
mencionaban nada acerca de la ciudad del Cusco. Añadieron que ellos no eran
expertos legales ni geógrafos para determinar si la ciudad estaba dentro de los
límites de la gobernación. Dado lo grave de la situación, concluyeron que era
necesario examinar el asunto con detenimiento, y que, para hacerlo con
tranquilidad, era conveniente suspender las hostilidades durante unos días.
El
Adelantado, a quien le comunicaron esta declaración mediante Gabriel de Rojas y
el licenciado Prado, enviados por la ciudad para dialogar con él, inicialmente
no aceptó la tregua que se le proponía, ni quiso admitir el alojamiento que se
le había preparado en la ciudad. Sin embargo, finalmente, por respeto y honor
hacia los comisionados, accedió a la tregua, con la condición de que él
permanecería en su posición actual y que Hernando Pizarro no continuaría las
fortificaciones que estaba construyendo.
Es
probable que el Adelantado actuara de buena fe al aceptar el acuerdo, pero no
así sus capitanes, cuyas pasiones descontroladas lo arrastraban al abismo, al
igual que los Pizarro eran empujados por su propio orgullo. Los confidentes de
Almagro, tal vez no sin razón, sospechaban que la tregua solo buscaba ganar
tiempo, para que llegara Alonso de Alvarado, quien según los rumores ya se
encontraba en el puente de Abancay. Por lo tanto, insistieron en que era necesario
adelantarse y, aprovechando la oscuridad de la noche, atacar la ciudad y
capturar a los dos hermanos. Este proceder no se ajustaba a las normas más
estrictas del honor militar, pero trataban con un enemigo astuto y audaz, que
no se detenía ante las reglas si estas no favorecían su conveniencia o su
orgullo.
Así,
arrastraron al general a aceptar este plan, quien tal vez contra su propia
inclinación, dio la orden de embestir, pero recalcó la importancia de evitar
muertes, robos y cualquier violencia que pudiera causar dolor al vecindario.
La
sorpresa se llevó a cabo con facilidad, ya que la noche era oscura y lluviosa,
y casi todos los soldados de la guarnición habían abandonado sus puestos,
agotados por las vigilias de las noches anteriores y descontentos con las
diferencias entre los bandos. Solo quedaban veinte hombres armados en la casa
de los Pizarro, junto con unos mosquetes montados en la puerta.
El
Adelantado, junto a la mayor parte de sus capitanes y tropas, se dirigió a la
iglesia. Rodrigo Orgóñez, con suficiente contingente, marchó hacia la casa de
los Pizarro, mientras que Juan de Saavedra y Vasco de Guevara bloquearon las
calles que conducían a ella, para evitar que recibieran ayuda.
Al oír
el alboroto, los dos hermanos Pizarro tomaron sus armas. Dividieron entre sí a
los pocos soldados que tenían y comenzaron a defender con valentía las puertas
y ventanas de la casa, demostrando un arrojo y una determinación dignos de una
causa y una fortuna mejores.
Orgóñez
llamó a Hernando Pizarro a rendirse, ofreciéndole un trato favorable. «Yo no me
rindo ante tales soldados», respondió Hernando, y continuó combatiendo. Orgóñez
replicó: «Tú no eres más que un teniente de gobernador en una ciudad, y yo soy
general del nuevo reino de Toledo. Esta no es situación para discutir esos
puntos, así que debes rendirte o prepararte para pelear». La batalla continuó
con toda la furia que cabe en corazones desesperados.
Orgóñez,
juzgando inapropiado que el enfrentamiento se prolongara tanto y queriendo
evitar más derramamiento de sangre, ordenó prender fuego a la casa. El techo de
paja ardió de inmediato. Esto afectó a los sitiados, aunque no a Hernando
Pizarro, quien mostraba en su feroz semblante la satisfacción de morir así, y
no a manos de sus enemigos. Él persistía en la lucha, pero el fuego se extendía
rápidamente, el humo los sofocaba, y grandes vigas quemadas comenzaban a caer
sobre ellos. La casa amenazaba con desplomarse, y no había esperanza de recibir
ayuda.
Finalmente,
todos, tanto los que querían como los que no, cubiertos con sus adargas, se
lanzaron entre los enemigos, quienes de inmediato los desarmaron y capturaron.
Apenas habían salido de la casa cuando, con un estruendo espantoso, esta se
derrumbó.
Si
bien la conducta de Almagro desde su regreso de Chile había sido en ocasiones
imprudente, no cabe duda de que supo redimirse con la nobleza y moderación con
que manejó su primera victoria. Evitó a los prisioneros la humillación de
presentarse ante él, los mantuvo bajo custodia con decoro e incluso cierta comodidad.
El 18 de abril de 1537, una vez que el Ayuntamiento cumplió las provisiones
reales que Almagro portaba y lo proclamaron como gobernador, anunció que no
pretendía hacer cambios ni alterar el orden. Al nombrar a Gabriel de Rojas, un
caballero respetado y de gran autoridad, aunque no perteneciente a su facción,
como su teniente en la ciudad, dejó claro que no gobernaría como jefe de un
partido, sino como un magistrado público comprometido con el bien común.
Tras
la toma y posesión del Cusco, siguió la derrota y captura de Alonso de Alvarado
en el puente de Abancay. Este general, que había sido enviado cinco meses antes
por el Gobernador para socorrer la capital amenazada por los indígenas,
permaneció todo ese tiempo en Jauja pacificando a los naturales. Alegaba, para
justificar su demora, que había recibido esa orden del Gobernador; sin embargo,
sus detractores lo acusaban de haberse quedado allí por intereses particulares
de su amigo Antonio Picado. Lo cierto es que su ayuda llegó tarde: el Cusco se liberó
de los indios sin él, pero por su falta no pudo evitar caer en manos de sus
enemigos.
Al
enterarse de la aproximación de Alvarado, el Adelantado le envió emisarios de
su total confianza para advertirle que, al encontrarse en los límites de una
gobernación ajena, debía o bien someterse a la autoridad de quien la ostentaba
o regresar al distrito de Francisco Pizarro. A la cabeza de esta embajada iban
los hermanos Aclarados, allegados al gobernador de Guatemala, amigos cercanos y
confidentes de Almagro en ese entonces. Le entregaron una carta amigable a
Alonso de Alvarado, invitándolo a unirse a su causa y ofreciéndole toda clase
de favores. No obstante, aunque al principio los embajadores fueron recibidos
con cortesía y urbanidad, no lograron su cometido. Ya fuera porque sus
insistencias molestaron a Alvarado, porque temía alguna intriga, o más
probablemente porque decidió retenerlos como rehenes por la seguridad de los
hermanos Pizarro, lo cierto es que ordenó desarmar y encarcelar a los
emisarios, violando así la fe pública y el carácter con que habían sido
enviados. Esto provocó una ruptura evidente, y el conflicto armado se volvió
inevitable.
Al
notar Almagro, ocho días después, que sus emisarios no regresaban, sospechó lo
que había sucedido y convocó a sus capitanes para decidir el curso a seguir.
Todos optaron por la guerra, siguiendo el consejo del general Orgóñez, quien
propuso comenzar ejecutando a los dos Pizarros prisioneros y luego marchar
contra Alonso de Alvarado. Según Orgóñez, contaban con tantos amigos en el
ejército enemigo que, al ver sus banderas, se unirían a su causa. De esa forma,
liberarían a los caballeros prisioneros, quienes estaban en esa situación por
servir al Adelantado.
Sin
embargo, Almagro, que deseaba evitar el derramamiento de sangre, aún se sentía
atado por la amistad que en el pasado lo unía al Gobernador, aunque aborrecía a
los dos hermanos, en especial al insolente Hernando. Por esa razón, se negó a
hablar de las ejecuciones, argumentando que la grandeza se preservaba mejor con
consejos sensatos y moderados que con medidas violentas y extremas. «Mostraos
piadoso mientras podáis», replicó Orgóñez, «pero tened por seguro que, si
Hernando Pizarro recobra su libertad, se vengará de vos sin piedad ni
consideración alguna». Estas palabras presagiaban para el desafortunado Almagro
la suerte que le aguardaría si llegaba a caer en manos de ese hombre implacable
y cruel.
Resueltos
a combatir, los castellanos salieron del Cusco para enfrentarse a Alonso de
Alvarado en el puente de Abancay. Aunque ambos ejércitos eran similares en
número, había una gran diferencia en su fuerza: las tropas de Alvarado estaban
desunidas y poco motivadas para luchar. Pedro de Lerma, el capitán de mayor
reputación entre ellos, mantenía comunicaciones secretas con Orgóñez. Alvarado,
sospechándolo, ordenó apresarlo; pero Lerma logró escapar, cruzar el río y
unirse al Adelantado. Esto aumentó la confianza del ejército de Almagro, que ya
gozaba de gran moral, tanto por su prestigio militar como por estar bien
pertrechado.
Alvarado
organizó cuidadosamente sus fuerzas, tomando en cuenta la naturaleza del
terreno: tenía el río delante y distribuyó a su gente en el puente y en los dos
vados conocidos, dejando a Gómez de Tordoya al mando del puente, a Juan Pérez
de Guevara en el vado más cercano y a Garcilaso en el vado superior. Él mismo
se mantuvo con una reserva lista para intervenir donde fuera necesario.
Cuando
Almagro llegó al río, intentó una vez más enviar un mensaje de paz a Alvarado
para recuperar a sus amigos prisioneros; sin embargo, su general Orgóñez lo
impidió, argumentando que esas dilaciones solo minaban la moral y la
reputación, al igual que desperdiciaban el tiempo. De inmediato, Orgóñez dio las
órdenes para cruzar el río. Dirigiéndose a sus soldados, les recordó brevemente
que debían luchar con valentía, pues no combatían contra indígenas, sino contra
españoles tan fuertes y valientes como ellos. Les instó a redoblar sus
esfuerzos, pues la guerra no admitía corazones débiles. Dicho esto, se lanzó al
río con ochenta de los mejores jinetes, seguido de los capitanes más
prestigiosos.
Era de
noche, el río estaba crecido y el paso resultaba peligroso. En medio de la
oscuridad y el ruido del agua, se escuchaban las voces firmes de Orgóñez:
«¡Caballeros, ánimo, aprisa, que este es el momento!», animando y guiando a sus
soldados. Los hombres de Alvarado disparaban hacia el ruido, pero sus tiros se
perdían en la oscuridad sin causar daño alguno. Los caballeros que lograban
cruzar el río se apeaban y, con las lanzas en posición de picas, formaban filas
y atacaban a sus enemigos, infligiendo las primeras bajas. La resistencia fue
mínima, ya que el capitán Guevara, quien comandaba ese sector, fue herido en un
muslo y quedó fuera de combate desde el principio.
El
Adelantado, que había permanecido con sesenta caballos y algo de infantería
para atacar el puente en el momento oportuno, al escuchar el estruendo de los
mosquetes, supo que Orgóñez ya había cruzado el río. Con su habitual ímpetu,
cargó contra todo lo que encontró a su paso, tomó el puente y se reunió con sus
fuerzas. Muchos de sus hombres cruzaron, al igual que algunos de los enemigos,
pero Alonso de Alvarado, con las tropas que pudo reunir, reorganizó el combate
cerca del puente y, con gran valor, hizo frente a las picas y ballestas.
Todavía
era de noche. En el fragor de la batalla, se mezclaban los gritos de «¡Viva el
Rey!» con los de «¡Almagro!» y «¡Pizarro!», nombres que en otra circunstancia
podrían haber significado paz, pero que ahora solo intensificaban la
desesperación y la furia de los combatientes.
Orgóñez,
herido de una pedrada en la boca que le hizo perder varios dientes y escupir
sangre a borbotones, no se detuvo. Aún más feroz, alzando su espada, exclamó:
«¡Aquí me han de enterrar o he de vencer!». Se lanzó contra los enemigos,
ordenando a sus hombres que no mostraran piedad ni perdón. Era, dijo, una
vergüenza que los "insolentes" seguidores de los Pizarros aún se
resistieran ante soldados tan valientes. Inflamados por estas palabras, sus
tropas lucharon con la ferocidad de leones, y pronto sus adversarios no
pudieron resistir más.
Al
amanecer, Alvarado, al ver el desorden en sus filas y cómo muchos de sus
hombres ya estaban mezclados con los de Almagro, se desanimó completamente.
Desenredándose de la refriega, logró subir con unos pocos soldados a un cerro,
donde se detuvo, dudando sobre qué hacer. Finalmente, decidió reunirse con
Garcilaso, que estaba en el vado superior y no había entrado en combate. Sin
embargo, el incansable Orgóñez, siempre atento a todo, se lanzó con un grupo de
caballos por ese camino, cortándole el paso, desbaratando a sus hombres y
haciéndolo prisionero.
Mientras
tanto, los campamentos de los vencidos eran tomados sin resistencia por el
capitán encargado de ello. Al enterarse de lo sucedido, Garcilaso también se
rindió al Adelantado. Así, al salir el sol, el campo pertenecía completamente a
Almagro, confirmando sin dudas la victoria.
Esta
fue la primera batalla entre esos dos bandos, que luego se enfrentarían con
mayor ferocidad. Por fortuna, no se derramó mucha sangre ni entre los
vencedores ni entre los vencidos; y después de la acción no hubo ejecuciones
funestas, como suelen dictar la inexorable razón de estado o la venganza en
estos casos. Almagro, tan humano como generoso, se negó a permitir que se
cumpliera la sentencia de muerte que el feroz Orgóñez ya había decretado contra
el general prisionero cuando lo llevaban al Cusco. Ordenó que se devolviera a
los vencidos lo que les pertenecía, y lo que no se encontrara, que se pagara de
su propia hacienda. En todo momento actuó con tal humanidad y cortesía que, en
gran medida, ganó la lealtad de muchos. Y aunque algunos lo traicionaron más
tarde, ya fuera por flaqueza o por inconstancia, nunca dejaron de respetar la
noble y benigna naturaleza de Almagro.
Cuando
Diego de Alvarado, ya liberado, llegó a abrazarlo y a felicitarlo por su
victoria, le pidió también la suspensión de la terrible orden de Orgóñez. Con
una satisfacción y alegría que reflejaban la bondad de su corazón, Almagro
respondió: «Eso ya está hecho», dejando claro que no había nacido para aquella
crisis terrible a la que lo empujaban la ambición propia y ajena.
En la
conferencia que mantuvo con Alonso de Alvarado, su discurso no fue el de un
vencedor envanecido y lleno de reproches, sino el de un hombre que justificaba
sus acciones y explicaba las razones que lo apoyaban. Aunque expresó con
moderación y discreción su molestia por el agravio hecho a sus embajadores,
concluyó asegurándole que su trato sería acorde a su rango y que, en cuanto a
su futuro, la decisión quedaba en manos de Alvarado. Fuera cual fuera su
elección, Almagro siempre lo consideraría un amigo.
A
pesar de las palabras de benevolencia y las suaves disposiciones del
Adelantado, el fiero y decidido Orgóñez opinaba en el consejo de guerra que se
celebró tras la batalla que era necesario cortar de inmediato las cabezas de
los dos Pizarros, del general Alvarado y del capitán Gómez de Tordoya, y marchar
sin dilación sobre Lima para deshacerse del Gobernador, eliminando así a las
principales figuras del bando contrario. Estas decisiones, admitía él, eran
ciertamente drásticas, pero las únicas que podían garantizar su seguridad. La
experiencia había demostrado mil veces en América que quien se adelantaba y
atacaba primero solía salir victorioso; y si ellos no actuaban ahora contra los
Pizarros, estos lo harían con Almagro y sus aliados en cuanto tuvieran la
oportunidad.
Los
prisioneros corrieron un gran peligro: la autoridad de Orgóñez y la energía de
su carácter conferían un peso considerable a sus palabras, que además de
alentar el orgullo de los capitanes enfurecidos por su victoria, se sustentaban
en el odio bien justificado hacia sus rivales. Así, se llegó a un acuerdo
alineado con esa opinión rigurosa. Sin embargo, gracias a los ruegos y
consideraciones de Diego de Alvarado y otros mediadores, Almagro decidió no
poner en práctica la medida, y el ejército se retiró al Cusco quince días
después de la batalla sin obtener ningún fruto de su victoria.
Mientras
tanto, Hernando Pizarro se quejaba desesperado de la fortuna, considerando que,
tras la derrota de su bando, sus puertas a la libertad y a la venganza estaban
cerradas por mucho tiempo. Diego de Alvarado intentaba consolarlo y animarlo
con su habitual atención cortesana y amable simpatía, que siempre resultaba tan
genial en él. Para entretenerse, jugaban a las cartas, una costumbre común en
América, más aún en aquel entonces. En diferentes ocasiones, Alvarado llegó a
perder hasta ochenta mil pesos, que envió a Hernando Pizarro, quien, a su vez,
se los devolvió rogándole que los utilizara. Desde entonces, Alvarado actuó por
gratitud, con mucho más empeño que antes, cuando lo hacía solo por compasión y
conveniencia. Se convirtió en el principal defensor del prisionero contra las
feroces y constantes sugestiones de Orgóñez, y siempre se consideró que, de no
haber estado él presente, el Adelantado, a pesar de su carácter blando, podría
haber cedido finalmente a los consejos de su general y sacrificado a los
prisioneros.
Pero
ya es tiempo de volver la mirada hacia el Marqués Gobernador. En verdad, él no
había intervenido ni directa ni personalmente en los acontecimientos que hemos
narrado; sin embargo, su nombre, su grandeza y su fortuna estaban siempre en el
centro de ellos, como el blanco principal hacia el cual se dirigían los
esfuerzos de quienes luchaban en Cusco y Abancay.
La
primera noticia que tuvo sobre la sorpresa del Cusco y la prisión de sus hermanos
fue la que le envió Alonso de Alvarado, como resultado de sus primeras
comunicaciones con Almagro, pidiéndole al mismo tiempo instrucciones sobre lo
que debía hacer. Las cartas de Alvarado lo encontraron en Guarco, al frente de
cuatrocientos españoles que había reunido con refuerzos llegados de diversas
partes de las Indias. Esta inesperada novedad lo turbó enormemente, y no pudo
disimular su pesadumbre ante quienes lo observaban. Sin embargo, tras recuperar
algo de compostura y considerar que no había tenido culpa en el conflicto,
expresó: "Siento, como es razón, los trabajos de mis hermanos, pero me
duele mucho más que dos tan grandes amigos tengamos que incurrir en guerras
civiles, con todo el servicio que debemos a Dios y al Rey, y la miseria y desventura
que estas ocasionan."
Después
de estas palabras, que parecían tanto un desahogo como un intento de disimulo,
y tras informar al ejército sobre lo sucedido, respondió a Alvarado
agradeciendo su aviso. Aunque las cosas habían llegado a un estado tan
complicado, esperaba que Dios pudiera poner paz entre él y su amigo, y pidió
que, mientras se unía a su gente, no se avistara con el Adelantado ni se
produjera ningún enfrentamiento.
Luego,
convocó a los principales de su campo y, al ponderar el deservicio que al Rey
se estaba haciendo con el atropello cometido por su adversario, argumentó que a
él, como lugarteniente y gobernador, le correspondía contener y castigar a
quienes estaban alterando la paz de la tierra y desasosegando las ciudades. Les
pidió su apoyo en esta demanda, prometiendo servirles y aventajarlos, como era
su costumbre y ellos ya habían experimentado. Tras este preámbulo artificioso,
les pidió que, como caballeros de honor y leales servidores del Rey, le dieran
su parecer, aclarando que él estaba dispuesto a seguirlos.
La
posición de la mayoría de aquellos militares era, en verdad, bastante delicada:
habían sido enviados para defender el país contra el levantamiento de los
indígenas, y apenas llegaron se encontraron en medio de una guerra civil,
invitados a alzar sus armas contra otros españoles. Ignorantes de los sucesos y
de las pasiones que agitaban a los castellanos del Perú, no podían saber con
certeza a quién darían la razón. Lo habitual era que vieran las cosas como se
las presentaban aquellos con quienes estaban en ese momento: el primer
descubridor del país, su principal conquistador, gobernador por el Rey, quien,
lejos del lugar donde se habían verificado los acontecimientos, no parecía
tener parte alguna en la malicia de ellos. Se encontraban ante un grupo de
castellanos sorprendido y sometido por un capitán castellano; dos figuras tan
prominentes como los dos Pizarros estaban en prisión; y no había habido
mensaje, propuesta ni disculpa por parte de los ejecutores de aquel atentado.
Todo esto hacía difícil que no se sintieran inclinados a solidarizarse con el
general presente, y era natural que se ofrecieran a servirle.
No
obstante, al expresar sus opiniones, tuvieron más en cuenta lo que dictaba la
razón que esta inclinación. A todos les pareció que el mejor camino era enviar
mensajeros al Adelantado para reducir las cosas a paz y concordia,
escribiéndole con toda consideración y cariño. Mientras tanto, decidieron
enviar gente y armas a Lima, por si acaso se produjera un enfrentamiento. No
faltó quien sugiriera que lo primero que debían hacer era averiguar si el Cusco
estaba bajo la gobernación de don Diego de Almagro, ya que, en tal caso, todo
lo demás sería innecesario. Este dictamen habría resuelto la dificultad de
inmediato, pero también hirió las pasiones, y no se le prestó atención.
El
Gobernador, queriendo a la vez mostrar que seguía la opinión ajena y satisfacer
la suya, envió delante a Nicolás de Ribera con un mensaje pacífico al
Adelantado, pidiéndole que liberara a sus hermanos y que se pusiera fin a las
dos gobernaciones sin ofender a nadie. Mientras tanto, él se preparó para
seguir su camino por la sierra y reunirse con Alvarado. Pero en ese momento
llegó la noticia de la derrota en Abancay, de la prisión de su general y de la
disolución total de su ejército. Desconcertado por este suceso tan inesperado,
se vio obligado a cambiar de planes y a esperar, del tiempo y del ingenio, lo
que no podía lograr con la fuerza. Temía constantemente ver venir el ejército
victorioso hacia él, dispuesto a aplastar de un golpe decisivo todas sus
esperanzas y designios.
Estos
temores daban la razón a la opinión del general Orgóñez, quien había sugerido
que desde Abancay se marchara directamente a Lima para atacar a su adversario
con rapidez y sorpresa. Así, Pizarro resolvió negociar para reponerse,
intentando romper con falsas esperanzas el ímpetu y la fuerza de su oponente,
para después combatirlo de igual a igual. Enviando al Cusco una embajada
compuesta por los hombres más distinguidos de su campo, se apresuró a regresar
a Lima para reclutar gente y formar un ejército igual al de sus enemigos.
El
principal negociador de aquella embajada fue el licenciado Gaspar de Espinosa,
uno de los más importantes y antiguos pobladores y conquistadores de Tierra
Firme, un personaje muy respetado en Panamá y antiguo amigo de los dos
gobernadores rivales. Según las noticias adquiridas después, también compartió
las ganancias de aquella empresa. Se pensó que su prestigio y la atención que
ambos gobernadores le tenían conducirían a un resultado favorable,
especialmente porque era conocido que él y los demás comisionados llevaban
poderes suficientes para fijar los términos de las dos gobernaciones y, sobre
todo, conseguir la libertad de los prisioneros.
Al llegar
al Cusco, donde fueron recibidos con amabilidad y honores, comenzaron a
ventilar el asunto, intercambiando propuestas que convenían a cada parte. El
Adelantado consultaba con los suyos, mientras que los comisionados, con su
permiso, hacían lo propio con Hernando Pizarro, quien de inmediato aceptó las
primeras propuestas de Almagro, alegando la necesidad de salir pronto de allí y
regresar a Castilla para llevar al Rey sus quintos.
Espinosa
no se dejó engañar por este aparente celo y súbita conformidad. Le respondió
que, si como hombre oprimido se mostraba dispuesto a aceptar cualquier cosa con
tal de recuperar su libertad y luego desatar la guerra para vengar sus
agravios, sería mejor buscar otros medios de concordia, aunque estos fueran más
tardíos. Lo que menos convenía era dar lugar a pasiones tan perjudiciales para
todos, y especialmente para los Gobernadores mismos. El prisionero se sintió
herido en su dignidad; sin embargo, como era astuto y disimulado cuando le
convenía, mostró gratitud hacia la buena voluntad del mediador y, poniendo el
asunto en sus manos, aseguró y protestó que por su parte nunca habría
alteración en lo que se acordara.
Espinosa
fue aún más ingenuo y directo con el Adelantado. Almagro seguía añadiendo
propuestas sobre propuestas, conforme se le iban concediendo las que había
planteado inicialmente. En ese momento, Espinosa le advirtió sobre lo que diría
la opinión pública al ver a dos hombres que habían estado en perfecta
conformidad durante tantos años, logrando grandes cosas juntos, convertirse
ahora en enemigos, causantes de sediciones y guerras civiles, manchando y
oscureciendo con su ciega ambición la honra adquirida por su laudable amistad.
«Dejando de lado, añadió, el vituperio que inevitablemente les seguirá, ¿dónde
está su juicio al arriesgar de este modo su autoridad y su existencia? ¿Creen
que el Rey mirará con indiferencia el peligro y los males que su discordia
producirá, y que no tomará las medidas necesarias para evitarlos en cuanto
tenga conocimiento de ello? No se engañen; tarde o temprano vendrá quien les
ponga en paz y les juzgue, y quizás hasta les castigue. Aun cuando quien venga
carezca de la ambición, soberbia y codicia tan comunes en los jueces que son
enviados a estas tierras, siempre estarán sujetos a la investigación,
persecución y aflicción por parte de hombres de otras profesiones, quienes,
según su costumbre, resaltarán sus errores y los desastres públicos para
aumentar su prestigio y justificar sus servicios. ¡Dios no quiera que los vea
en tan miserable estado, sometidos al albedrío y voluntad ajena, expuestos a
sufrir en su autoridad, en su patrimonio y, por desgracia, acaso en su vida, la
dura decisión de la justicia, o la ciega y violenta determinación de las
pasiones! Reflexionen bien sobre esto. ¿No son acaso suficientemente amplias
estas regiones para que extiendan su autoridad y mando en ellas, sin que por
unas pocas leguas más o menos vayan ahora a enojar al cielo, ofender al Rey, y
llenar el mundo de escándalos y desastres?»
A
estas palabras, dignas de mención por ser proferidas por un letrado, el
Adelantado se limitó a responder que le habría gustado que Espinosa hubiera
expresado las mismas razones a don Francisco Pizarro, cuya gobernación era muy
dudosa según los límites establecidos por las provisiones reales, que podrían
extenderse hasta Lima, y, cuanto menos, hasta el Cusco, que era el objeto de la
presente disputa, y que indudablemente caía en la suya. Estaba dispuesto a
perder la vida, si fuera necesario, por ello. «Así que, señor Adelantado,
replicó Espinosa, sucederá aquí lo que dice el refrán antiguo castellano: el
vencido vencido, y el vencedor perdido.»
Almagro
podría haber añadido para justificar su falta de inclinación a llegar a un
acuerdo que, aunque el Gobernador había dado a Espinosa y sus compañeros
amplios poderes para negociar, un tal Hernán González que venía con ellos traía
también instrucciones secretas para revocar cualquier decisión que tomaran.
Esta precaución, tan fuera de lugar como incompatible con la honradez y franqueza
que deben caracterizar a aquellos que se consideran grandes y valientes, llegó
a oídos de los amigos y consejeros de Almagro. No es de extrañar que, al
enterarse, esto agriara y alterara todas las disposiciones benévolas que
pudiera haber tenido hacia la paz.
La
diligencia y el respeto de Espinosa podrían, sin embargo, haber arreglado el
asunto de manera que no estallase en un rompimiento. Pero cuando ya se trataba
de redactar ciertos artículos en los que ambas partes se habían convenido,
Espinosa cayó gravemente enfermo y falleció poco después. Su muerte fue sentida
por todos los que deseaban sinceramente la paz, pues depositaban en él sus
esperanzas de lograrla; también lo lamentaron quienes lo apreciaban por sus
cualidades personales, sin duda estimables. Sin embargo, no así los soldados
que habían servido con Balboa: recordaban haberlo visto como un instrumento de
la iniquidad de Pedrarias. Veinte años de servicios, fatigas y descubrimientos
en Tierra Firme, así como su prudencia y moderación en la conducta, no habían
logrado borrar, ni lograrán jamás, la mancha que aquella injusta sentencia
había dejado en su nombre.
Con la
muerte de Espinosa, el Adelantado despidió a los embajadores, encargándoles que
dijeran al Gobernador que, para evitar revueltas y disensiones, lo mejor sería
nombrar personas de buena conciencia que, escuchando a peritos, declararan lo
que a cada uno correspondía, con la obligación de restituirse recíprocamente lo
que cada cual tuviese sin pertenecerle. Además, debían informarle que él se
disponía a emprender el camino hacia las provincias del sur con el fin de
enviar al Rey el oro de sus quintos, y que de paso intentaría pacificar la
tierra.
Movió
de inmediato su ejército hacia la costa, llevando consigo prisionero a Hernando
Pizarro, y dejando en el Cusco a su hermano Gonzalo y al general Alvarado bajo
la custodia de Gabriel de Rojas, quien quedaba como gobernador de la ciudad.
Este movimiento ya debía parecer una nueva hostilidad a su adversario, y la
arrogancia y soberbia de sus capitanes y soldados lo manifestaban con claridad.
Ufanos por la sorpresa del Cusco y la victoria de Abancay, lo menos que decían
era que iban a arrojar al Gobernador a los manglares, y que no quedaría en el
Perú ni una pizarra en la que tropezar. Con estas fieras esperanzas,
descendieron a los llanos, establecieron su campamento en Chincha y trataron de
fundar allí una ciudad que asegurase la costa y sirviera de punto de abrigo
para recibir refuerzos de hombres y armas, así como los despachos reales y
otros suministros que faltaban en las provincias del norte. Este proyecto se
puso en marcha de inmediato: se pobló la ciudad, a la que llamaron Almagro, y
que, por su ubicación, su nombre y la ocasión, parecía destinada a servir de
modelo para Lima, así como de insulto y desdén hacia Pizarro, y de orgullo y
riqueza para sus fundadores.
Mientras
tanto, Gonzalo Pizarro y Alonso de Alvarado lograron sobornar a sus guardias y
escaparse del Cusco, llevándose consigo a unos pocos españoles que decidieron
seguirles. Tomaron el camino por las sierras, y, enfrentando peligros y
dificultades sumamente arduas, lograron llegar a Lima y abrazar al Gobernador,
quien se alegró enormemente por su libertad. Esta noticia, llevada al
campamento de Chincha, alteró tanto los ánimos que Almagro, arrepentido de no
haber seguido los severos consejos de Orgóñez, comenzó a inclinarse a poner en
práctica medidas en contra de Hernando Pizarro. Nunca había estado este capitán
en mayor peligro; sin embargo, Diego Alvarado, constante en protegerlo, logró
templar la irritación del Adelantado y contradijo las razones que su general
siempre daba para despacharle. Más aún, Alvarado lo salvó de las funestas
consecuencias a las que su carácter áspero y altivo frecuentemente lo
arrastraba. Tal fue la tensión que un día, el alférez general de Almagro, que
casualmente discutía con él, incapaz de soportarlo y perdiendo toda
consideración y respeto, le puso una daga en el pecho con la intención de
apuñalarlo. En ese momento, Alvarado llegó a tiempo para detener el golpe y
apaciguar la contienda.
El
Gobernador escuchó la propuesta de poner el asunto en tercería, y finalmente
ambos contendientes acordaron someter sus diferencias al juicio del padre
Francisco Bobadilla, provincial y comendador de la Merced, a quien ambos
respetaban como un hombre de letras, probidad y honor. El primero en pensar en
él, por desgracia, fue el Adelantado, lo que provocó la oposición de Orgóñez,
quien, viendo la situación con claridad, afirmaba abiertamente que el padre
Bobadilla era más aficionado a don Francisco Pizarro que a él. Según Orgóñez,
este juicio, si se confiaba a alguien, no debía recaer en un hombre exento como
aquel religioso, sino en personas que temieran a Dios y a los hombres. Sin
embargo, siempre insistiendo en su modo de pensar resuelto y desengañado,
añadía que la verdadera seguridad no consistía en frívolas convenciones, sino
en prepararse de tal manera que el enemigo no pudiese dañar ni ofender.
Almagro, por su parte, respondía que si no se podía esperar justicia de un
hombre con las virtudes del padre Bobadilla, no había en el mundo en quien
confiar. Pero los acontecimientos demostraron que Orgóñez no se equivocaba, y
el buen religioso no correspondió bien a las esperanzas del Adelantado.
Es
cierto que al principio mostró una gran imparcialidad, y su primera diligencia
fue procurar que los dos competidores se viesen y hablaran en su presencia. Sin
duda, esto era un intento de cortar el mal de raíz, si todavía quedaba en ellos
algún rastro de la amistad y confianza antiguas, ya que al verse, hablarse y
abrazarse, podrían disipar las sospechas y los efectos funestos de los rumores
traídos y llevados por terceros. Así, se concertaron estas reuniones en Mala,
donde el Provincial había fijado su residencia y establecido su juzgado. Se
hicieron todos los juramentos y pleitos homenaje que se consideraron necesarios
para la seguridad de ambos, obligándose no solo los Gobernadores, sino también
sus respectivos generales, a que las tropas no se moviesen de los puntos que
ocupaban mientras durara la conferencia. Rodrigo Orgóñez, que estaba presente,
aunque siempre desconfiado, dijo a Almagro, levantando su mano derecha: «Señor
Adelantado, no me convencen estas reuniones; ruego a Dios que se lleven a cabo
mejor de lo que yo temo.» Su intuición en esa coyuntura era tan certera como en
otras ocasiones, y sólo por un milagro el Adelantado se escapó de la trampa que
le habían tendido.
El
primero en presentarse en Mala fue Pizarro, seguido, según el acuerdo, de solo
doce caballeros que eran sus principales amigos y confidentes. Poco después
llegó el Adelantado, acompañado de otros tantos nobles. Al enterarse de su
llegada, el padre Bobadilla, el Gobernador y los demás capitanes se colocaron a
esperarle a la puerta de la casa. Pizarro se apeó y se dirigió al Gobernador
con el sombrero en la mano, haciéndole una reverencia, a la cual Pizarro
correspondió tocándose la celada que llevaba puesta y saludándole fríamente. En
otros tiempos, se abrazaban al verse y lloraban, ya fuera de alegría o de
sentimiento; pero la amistad siempre se reflejaba en sus agasajos o en sus
quejas. En esta ocasión, sin embargo, la falsedad, el resentimiento y la
desconfianza habían endurecido sus corazones, y nada de lo que pudieran decir
los satisfaría ni apaciguaría sus ánimos.
Con
algo más de atención, Pizarro recibió a los caballeros que le acompañaban, y al
ver que no llevaban armas, les comentó que iban de paz, a lo que ellos
respondieron cortésmente que era para servirle. El Provincial pidió a los Gobernadores
que subieran a su casa, lo cual hicieron; y, al encontrarse algo apartados uno
de otro, el primero en hablar fue Pizarro, quien preguntó al Adelantado por qué
razón le había tomado la ciudad del Cusco, que él había ganado y descubierto
con tanto esfuerzo; por qué le había llevado su india y sus yanaconas; y, en
fin, por qué, no contento con estas tropelías, le había hecho la gran injuria
de apresar a sus hermanos.
—«Mirad
lo que decís —contestó el Adelantado—. En eso de afirmar que ganasteis el Cusco
por vuestra persona, bien sabéis quién la ganó. Yo he ocupado el Cusco porque
era ciudad de mi gobernación según las reales provisiones expedidas en mi
favor. Mi intención era entrar con ellas sobre mi cabeza, y no por armas;
vuestros hermanos me la defendieron, y ellos me dieron justicia para
prenderlos.
—Si
mis hermanos, interrumpió el Gobernador, siendo jóvenes, os la defendieron,
mejor os la defenderé yo.
—Por
estas razones —continuó Almagro— he entrado en el Cusco y me hice recibir como
gobernador.
—No
eran esas razones suficientes para justificar el desacato de apresarlos, ni
para romper a Alonso de Alvarado en Abancay. Así que volved al Cusco y dad
libertad a mi hermano; de lo contrario, debéis considerar que se va a producir
un gran daño.
—El Cusco
está bajo mi gobernación, y no lo devolveré aunque el Rey me lo mande. En
cuanto a la libertad de vuestro hermano, aquí hay letrados que podrán
determinar lo que sea justo, y yo lo soltaré si así lo declaran, siempre que se
presente ante el Rey con el proceso.
—Estoy
de acuerdo con eso —respondió Pizarro.
Así
estaban en pleno altercado cuando los amigos de Almagro se enteraron de que
Gonzalo Pizarro se había acercado con tropas a Mala, y se decía que tenía
dispuesta una emboscada de arcabuceros en un cañaveral, aguardando la señal de
las trompetas para llevar a cabo su mal hecho. En un momento, arrimaron un
caballo a la casa, y Juan de Guzmán, uno de los capitanes, entró en la sala y
le avisó como pudo de la situación; Almagro, sin detenerse, bajó, montó a
caballo, y con él sus amigos, desapareciendo a todo galope. El Gobernador envió
tras de él a Francisco de Godoy para averiguar la causa de aquella improvisa
retirada y para invitarle a que viniese a Mala al día siguiente para terminar
su conferencia. Pero el juego estaba descubierto, y el Adelantado,
comprendiendo por las razones de Francisco de Godoy la mala fe de su
adversario, le contestó secamente que para presentar las escrituras y oír la
determinación bastaban los procuradores, y que no era necesaria su presencia.
A este
desabrimiento le siguió el fallo del juez compromisario, que enconó aún más la
situación. El Provincial, tras examinar las escrituras y escuchar a los peritos
que las dos partes presentaron, pronunció su sentencia de tal manera que
parecía dictada por el mismo Pizarro. Dejó para el resultado de observaciones
más precisas la división de las distancias y los términos de cada gobernación,
y ordenó a don Diego de Almagro que devolviera la ciudad del Cusco a don Francisco
Pizarro, quien la poseía pacíficamente cuando él la tomó por la fuerza de las
armas y en manifiesta contravención de la voluntad del Rey, sin ser juez ni
gobernador en ese lugar. Además, se le ordenó entregar el oro y la plata
pertenecientes a los quintos del Rey y que, dentro de seis días, liberara a los
prisioneros junto con sus causas, para que, una vez vistas por él, hiciera
justicia y enviara el oro y la plata a la corte. Este fue el artículo
principal, o más bien esencial, de aquel fallo, que, una vez publicado y
comunicado a las partes, fue alabado y aceptado por el Gobernador. Por el
contrario, el procurador del Adelantado interpuso apelación para el Rey y su
Consejo de Indias, a lo que el juez respondió, como era de esperar, que de su
sentencia no había apelación, ya que era de consenso entre ambas partes
interesadas.
Sin
embargo, cuando la noticia de aquella decisión tan parcial llegó al ejército,
fue evidente cómo se manifestaban las pasiones de los soldados, que de pronto
se sentían despojados de lo que habían adquirido con tanto esfuerzo, trabajos y
peligros. La nueva les turbó, y la melancolía y el silencio reflejaban su
amargura y desaliento. Pero pronto recordaron que tenían en sus manos las
mismas armas con las que habían conseguido esas riquezas, y entonces, furiosos,
afirmaron que no debían tolerar una injusticia tan flagrante como la que había
cometido aquel religioso. Volviendo su ira contra su general, clamaban en voz
alta y en corrillos contra su ignorancia, su vejez y su flojedad. “Por culpa de
ello —decían—, los Pizarros triunfarán y ocuparán las ricas provincias del
Perú, mientras nosotros tendremos que conformarnos con los charcas y collas,
que ni siquiera tienen suficiente valor para ser quemados. ¿No habría sido
mejor, si íbamos a perder el Cusco, cruzar el río Maula y entrar en las
provincias del estrecho de Magallanes? Al menos allí nadie nos disputaría
nada.”
El
alboroto y la agitación eran tales que el Adelantado, aunque lo intentara, no
podía apaciguar a los hombres. Era preciso tranquilizarle primero a él, que,
confundido e irritado por aquel desengaño, estaba fuera de sí y prorrumpía en
expresiones que menoscababan su carácter y afectaban su dignidad. “¿Acaso se
ignora en alguna parte lo que yo he hecho para descubrir este Nuevo Mundo, y
los trabajos, fatigas y gastos que llevo soportando durante treinta años en
servicio del Rey y en esta empresa? Me llaman despectivamente tuerto y viejo;
deben saber que, si este viejo, este tuerto, no se hubiera arriesgado a ello
con la eficacia y tesón de los que todo el mundo es testigo, Pizarro habría
dejado esta empresa y regresado sin ningún fruto a Tierra-Firme; y ahora un
fraile cauteloso y engañoso ha venido a engañarme con sus artimañas, para dejar
en sus manos un juicio que solo competía a letrados y juristas, y que ha
corrompido con tan inicua sentencia.”
La ira
y exaltación del Adelantado no eran de extrañar. Bobadilla había declarado
espontáneamente que, si él fuera juez de aquellas diferencias, dividiría los
límites de las gobernaciones de tal manera que la de Almagro comenzara en la
nueva ciudad de su nombre, incluyendo la mitad de la tierra que había entre
esta y Lima. Juraba el fraile hacerlo por el hábito que llevaba, y el buen
Almagro, creyéndole, quiso que él fuera el único en decidir el asunto. Es
probable que Pizarro lo hubiera adiestrado para este caso, y el Adelantado cayó
simplemente en la trampa que su rival le había tendido.
Orgóñez,
al ver a su gobernador tan afligido, trató de consolarlo a su manera,
diciéndole que no debía preocuparse por lo sucedido, ya que él mismo había sido
culpable por no haber creído en sus advertencias. El último recurso en este
asunto, según Orgóñez, era decapitar a Hernando Pizarro, retirarse al Cusco y
fortificarse allí: “Así nuestro enemigo conocerá que no queremos paz ni
concordia alguna con él. Puede seguirnos con su ejército, pero por poderoso que
sea, los caminos no son tan fáciles ni tan seguros como para que no podamos
desbaratarle en cualquier punto.”
A
Almagro le repugnaba esa solución desesperada y no estaba de acuerdo con el
derramamiento de sangre. Le respondió a su general que verificara si Bobadilla
quería aceptar la apelación, para evitar, en la medida de lo posible, guerras y
alborotos.
Mientras
tanto, lo que más corría peligro era la vida de Hernando Pizarro, continuamente
amenazada por la furia de los soldados y la posible ira de Almagro. Su hermano
lo observaba con preocupación; así que, prescindiendo ya de la declaración de
Bobadilla, propuso que se consideraran otros medios de concordia y se liberara
al prisionero. Deseaba lograrlo a toda costa, con un fervor aún mayor, pues en
su corazón tenía decidido no cumplir nada de lo que se acordara a cambio de
ello. Y aunque el Adelantado, a pesar de su pronta ira y tenacidad en su
ambición, procedía de buena fe y aborrecía todo acto violento, finalmente
accedió a la negociación que se reabrió, la cual no estuvo exenta de altercados
y dificultades que serían prolijas de relatar. Sin embargo, todo concluyó en
unos capítulos de concordia que estipulaban que el Cusco quedaba bajo el poder
de Almagro interinamente, hasta que el Rey dispusiera lo contrario, y que
Hernando Pizarro sería liberado, previa la formalidad de un pleito homenaje en
el que se comprometía a regresar a Castilla en cumplimiento de los encargos que
traía de allí.
Orgóñez
no fue convocado a las deliberaciones sobre este asunto, pero sí fue llamado
cuando, en virtud de los artículos acordados, se trató de llevar a cabo la
liberación de Hernando Pizarro. El Adelantado se disculpó por el recato que
había tenido con él, justificando su decisión con su deseo de paz. Sin embargo,
aquel hombre, tan ingenuo como leal, no pudo evitar expresar que quien no había
cumplido su palabra en Castilla tampoco lo haría en las Indias; que donde no
había confianza no podía haber amistad, y que ambas, basadas en la verdad y la
virtud, no podían coexistir con el fraude y la malicia. Afirmó que no eran
necesarias las armas, pero ya le decía que era conveniente tenerlas preparadas
para el futuro, ya que siempre habría excusas para que los pérfidos
incumplieran sus promesas. Haciendo un gesto enérgico con las manos como si se
cortara la cabeza, exclamó: “¡Orgóñez! Orgóñez, por la amistad de don Diego de
Almagro le han de cortar esta.” Otro soldado valiente dijo a voz en cuello:
“Señor Adelantado, hasta ahora no he traído pica, pero de aquí en adelante la
llevaré de dos hierros.” Todo el campo, alborotado al saber lo que se trataba y
convencido del carácter pérfido, implacable y vengativo de Hernando Pizarro,
manifestaba los mismos recelos que Orgóñez. Con cédulas, motes y escritos
anónimos se daba a entender que, si se deseaba paz, no convenía descuidarse.
Pero
la suerte estaba echada; Almagro estaba decidido y todos en expectación. Él
mismo se dirigió al lugar donde se custodiaba al prisionero, ordenando al
alcaide que lo sacase. Los dos se abrazaron. El Adelantado le dijo que olvidara
las cosas del pasado y que a partir de ese momento hubiera paz y tranquilidad
entre todos. Hernando Pizarro respondió que no deseaba nada más y que, por su
parte, no faltaría a ello. Luego realizó el juramento y pleito homenaje
acordado en las capitulaciones. Almagro lo llevó a su casa y lo obsequió
espléndidamente. Allí lo visitaron y hablaron los capitanes y caballeros del
ejército, y al salir, todos lo despidieron, acompañándolo durante media legua.
Junto a don Diego, hijo del Adelantado, los dos Alvarados y otros caballeros,
finalmente llegó al campo de su hermano. Este los recibió con demostraciones de
alegría y agasajo propias de la ocasión, les hizo regalos, les dio dádivas y
joyas, especialmente a don Diego, y los despidió con agrado y cortesía.
De
regreso al campo, aunque la mayor parte del ejército sospechaba que la paz no
duraría mucho, Almagro seguía confiado, especialmente al saber el buen
recibimiento que Pizarro había brindado a su hijo. Con estos pensamientos
alentadores, se trasladó al valle de Zangalla, donde movió el pueblo que había
comenzado a fundar en Chincha, dedicándose a enviar los quintos del Rey a
Castilla.
Las
disposiciones del campo contrario eran, sin embargo, muy diferentes. Cuando los
dos hermanos pudieron hablar a solas, Hernando pidió al Gobernador que se
vengara de las injurias sufridas por ambos en la Loma del Cusco: el despojo de sus
bienes, la larga prisión y las demás violencias de Almagro. Le decía que no era
digno de su honor dejar tales agravios sin castigo y que, por ello, debían
seguir y capturar al Adelantado. El Gobernador coincidía en el fundamento de su
enojo y en la justicia de la venganza, pero dudaba en tomar la iniciativa.
“Temo —decía— la ira del Rey.” “¿Y él no la temía cuando se atrevió a entrar
por la fuerza en el Cusco y a encarcelarme?”
No
era, pues, posible contener el deseo de sangre y venganza que ardía en el
corazón de Hernando, aun cuando las intenciones del Gobernador fueran más
propicias; lo cual no era el caso, considerando el encadenamiento de fraudes y
artificios con los que había conducido la negociación hasta llevar las cosas a
este punto. Juntó a sus capitanes y, en su presencia, pronunció un auto en el
que, calificando de delitos todas las acciones del Adelantado desde su regreso
de Chile, se constituía como vengador y castigador de esos males. Mandó que su
hermano Hernando Pizarro no saliera del reino hasta que se pacificara la
situación, pues su presencia era necesaria allí, pudiendo enviarse los quintos
al Rey con otro sujeto de confianza. Hernando se opuso a esta parte del auto,
alegando el encargo especial que había traído de la corte. Para completar esta
farsa indecorosa, que a nadie podía engañar, hizo repetir el mandato dos o tres
veces, incluso amenazando con castigo si no lo obedecía.
Se
realizó entonces al Adelantado la intimación de estilo, para que, en
cumplimiento de una provisión real que había llegado unos días antes sobre los
límites de las dos gobernaciones, abandonara lo poblado y conquistado por el
Gobernador; y en caso de no hacerlo, asumiera los daños y males que se
derivaran de su resistencia. Aunque turbado por un golpe tan imprevisto,
respondió que, en cumplimiento de aquel despacho real, no saldría del lugar
donde se le notificaba; que hiciera lo mismo el Gobernador, y que, si actuaba
de otra manera, los daños correrían de su parte. Esta diligencia era, en
realidad, la declaración de guerra, y ambos bandos se prepararon para
enfrentarse con toda la animosidad de sus recíprocos agravios y sus pasiones
exaltadas.
Las
fuerzas ya no eran iguales, ni la confianza era la misma. Los Pizarros contaban
con el doble de hombres que Almagro, bien pertrechados y dirigidos por
capitanes experimentados, todos leales a la causa que defendían: algunos por
considerarla más legítima y otros seducidos por las magníficas promesas del
Gobernador. Este, más firme y recio a medida que avanzaban los años, redoblaba
sus esfuerzos y su tenacidad para reivindicar su autoridad desairada, de la
cual se volvía cada vez más celoso. Almagro, en cambio, debilitado por la edad
y por los achaques que ya empezaba a padecer, poseía un carácter infinitamente
menos firme, aunque más noble. Cansado de negociar inútilmente y agotado por el
tiempo, no podía transmitir a su gente la confianza y el ánimo que él mismo no
poseía.
Orgóñez
tenía las cualidades de alma que faltaban a su jefe, y las poseía en alto
grado; sin embargo, carecía de la autoridad y del influjo propios de un líder
principal, el centro de las operaciones e intereses de todos. Por una fatalidad
singular, sus dictámenes, que eran los más sensatos, eran siempre combatidos
por Diego de Alvarado, quien, más blando y comedido, resultaba más aceptable
para Almagro y lograba que sus propuestas prevalecieran. Los demás capitanes,
sin duda valientes y bizarros, tenían menos subordinación y menos unidad de
intereses y objetivos que los del Marqués. En fin, los soldados, inferiores en
número, estaban intimidados por el poder superior de sus enemigos; algunos,
además, habían sido persuadidos por los artificios del adversario para que
abandonaran sus banderas cuando llegara la ocasión, lo que los convertía en un
cuerpo menos dispuesto a actuar en igualdad con el ejército contrario.
Así no
es de extrañar que todas las operaciones de las tropas de Almagro, desde que
estalló nuevamente la guerra hasta su conclusión con la batalla de las Salinas,
se convirtieran en una serie ininterrumpida de errores y desastres. Perdieron
las alturas de la sierra de Huaytará, donde, con muy pocas fuerzas, lograron
deshacer a sus contrarios, pero finalmente se dejaron sorprender por ellos.
También perdieron la oportunidad de desbaratarlos cuando los Pizarros,
empeñados en el paso de la sierra, se encontraron atacados por el intenso y
cruel frío que allí reina. Transidos y aturdidos, luchando contra vértigos y
náuseas mortales, presentaron una fácil victoria a sus poco avisados enemigos.
No se
atrevieron a seguir el consejo de Ordóñez, quien, al ver a los Pizarros
determinados a continuar su camino hacia el Cusco, propuso que atacaran de
manera impetuosa Lima, que entonces estaba desamparada de fuerzas. La idea era
reponerse allí de sus tropas, escribir a España sobre el verdadero estado de
las cosas y equilibrar la reputación ocupando la nueva capital del imperio, ya
que el enemigo se había apoderado de la antigua. Este planteamiento, en el que
Orgóñez demostraba su pericia y valentía militar, podría haber sido el único
camino de salvación que les quedaba. Sin embargo, aunque algunos capitanes
apoyaron su propuesta, fue contradicha por otros que, aparentando no querer
perder el fruto de sus esfuerzos en la posesión del Cusco, en realidad no
querían abandonar a sus contrarios las riquezas que allí poseían, ni alejarse
de las delicias y regalos que disfrutaban.
Así,
siguieron el mal consejo de los últimos, y no cortaron los puentes de los ríos
que sus contrarios encontrarían en su marcha, ni los molestaron en ninguno de
los pasos difíciles del camino. Al final, al regresar al Cusco, en vez de
atrincherarse y fortificarse allí para defenderse los pocos contra los muchos,
confiados en su valor o, más bien, arrastrados por su mala fortuna, presentaron
la batalla en campo abierto a sus enemigos, que, aunque eran inferiores en
caballería, les superaban en arcabucería y orden militar.
Pizarro,
luego de que sus hombres arrojaron a los contrarios de las alturas de Huaytará,
llevó a sus tropas al valle de Ica para que se recuperaran de las fatigas y
trabajos pasados en la sierra. Allí decidió entregar el mando del ejército a
sus hermanos para que persiguieran a Almagro, quien ya había tomado el camino
de regreso al Cusco. Hernando sería el superintendente, gobernador y cabeza de
la expedición, mientras que Gonzalo ostentaría el título de capitán general. El
Gobernador los recomendó a los capitanes y soldados, excusándose de no
liderarlos debido a sus enfermedades y su vejez. Animó a todos con la esperanza
de una victoria segura sobre sus contrarios, ya vencidos y fugitivos; la cual
no sería una batalla, sino un justo castigo para aquellos que se oponían a su
rey. Todos respondieron con entusiasmo que estaban listos, y con esa
disposición alegre se dio la señal de marcha, tomando el ejército el camino
hacia el Cusco, mientras el Gobernador se dirigía a Lima.
No
faltó quien, incluso ante el extremo al que ya habían llegado las cosas y entre
gente tan aparentemente olvidada de todas sus obligaciones, tuviera la osadía
de representar a los dos hermanos que ya era suficiente con la sangre española
derramada en el levantamiento del país y en la prosecución de tantos desvaríos.
Les instó a recordar lo que debían a Dios, al Rey y a la patria, y a suspender
los preparativos de guerra, ofreciéndose a resolver todo por medios pacíficos.
Sin embargo, ya era tarde para que este último y generoso esfuerzo por la
humanidad y la razón fuera escuchado por aquellos hombres soberbios y
vengativos.
Hernando
Pizarro respondió que don Diego de Almagro había sido el que rompió la guerra;
él estaba tranquilo y seguro en el Cusco, sin tener pensamientos de enemistad
con nadie, cuando el Adelantado, con las banderas al viento y al son de los
tambores, se había declarado enemigo de los Pizarros. Era necesario que
entendiera a qué hombres había ofendido; así, no había que pensar en más que en
ir a buscar al enemigo y dejar que las armas decidieran cuál debía prevalecer.
El
Gobernador, aunque con menos violencia, resistía con igual firmeza las
sugerencias de paz. Quien se atrevió a afirmar que su jurisdicción llegaba
hasta el estrecho de Magallanes ya devoraba en su deseo la inmensidad de su
mando, anhelando el momento de arruinar sin remedio a su adversario para verse
como el único y exclusivo gobernador de aquellas vastas regiones. Los temores
que pudiera causarle el desagrado de la corte le parecían inciertos y lejanos,
y los seiscientos mil pesos de oro que había reunido para enviar al Rey le
parecían suficiente justificación o excusa para cualquier atentado. Por tanto,
no había respeto que lo frenara ni consideración que lo moviera, siendo su
ambición hidrópica aún más insaciable que la venganza de su hermano.
A esta
disposición tan enconada en los jefes se sumaba la que animaba a oficiales y
soldados: unos deseaban lavar la afrenta recibida en Abancay, mientras que
otros anhelaban apoderarse de las riquezas y disfrutar de las delicias que los
de Almagro prometían a quienes se atrevían a participar en esa contienda. Así,
se cerró el paso a todo buen consejo, y ambos bandos se despeñaron en los
horrores de la guerra civil.
Se
decidió la batalla en el campo de las Salinas, a media legua del Cusco, donde
se encontraron los dos bandos el 26 de abril de 1538. Estas batallas en
América, que en Europa apenas serían consideradas escaramuzas, llevaban consigo
el interés de los grandes resultados que podían generar y el espectáculo de las
pasiones, que a menudo se manifestaban con más energía que en nuestras astutas
maniobras y grandes operaciones. Se celebró misa muy de mañana en el campo de
los Pizarros, como si con esta muestra de devoción legitimaran y santificaran
su causa.
A
continuación, Hernando, armado de pies a cabeza, con una rica sobrevesta de
damasco naranjado y un alto penacho blanco en la cimera de su yelmo, que le
permitía ser distinguido por amigos y enemigos desde lejos, sacó a su gente al
combate. Tras atravesar un río y una ciénaga que había frente a ellos, se
dirigió a encontrar al ejército contrario. Las fuerzas no eran iguales: a pesar
de que los de Almagro prevalecían en caballería y en indios auxiliares, los
españoles en el campo de los Pizarros eran el doble en número, y una nueva
manga de arcabuceros que acababa de llegar de Europa les daba gran ventaja en
este aspecto esencial, lo que decidió la fortuna del día.
Una
vez superados los obstáculos del terreno, y estando al alcance de sus armas
aquellos diestros tiradores, animados por Hernando Pizarro, quien les gritaba:
«¡A las astas arboladas!», lograron poner fuera de combate a más de cincuenta
de los caballeros contrarios. Sin embargo, el terreno no favorecía la
arremetida y la impetuosidad de los caballos, que era la ventaja que podían
tener los de Almagro. Orgóñez, temeroso de ser envuelto por la superioridad de
su adversario, había elegido una posición más adecuada para resistir que para
atacar. En esto quizás cometió un error, proporcionando al temor y a la fuga la
oportunidad que había quitado a la audacia.
Su
gente, hostigada por aquel fuego certero y sostenido, empezó a flaquear pronto:
algunos dejaron la formación para guarecerse tras unos paredones arruinados que
había en el campo, otros huían hacia la ciudad, y algunos, sin siquiera sacar
la espada, se pasaron vilmente al campo contrario, siguiendo el ejemplo de
Pedro Hurtado, alférez general de Almagro. Así, perdido el orden de batalla,
comenzaron a mezclarse unos con otros, destacándose solo el esfuerzo personal
de los hombres más valientes.
Pedro
de Lerma, al reconocer a Hernando Pizarro desde lejos, se lanzó hacia él,
gritándole traidor y perjuro, y lo atacó con tal fuerza que hizo arrodillar su
caballo. Allí lo habría matado si no hubiera estado tan bien armado. Otros
hacían lo mismo con los contrarios que se les presentaban. Orgóñez, que no
había olvidado ninguno de los deberes y atenciones de un general, hizo todo lo
que se podía esperar de su arrojo y resolución. Atravesó con su lanza a dos
soldados enemigos, y al oír a otro gritar victoria, se enfrentó a él y le dio
una estocada en el pecho.
Al ver
que algunos de sus hombres se retiraban de la batalla, se lanzó hacia ellos a
caballo para intentar hacerlos volver. Sin embargo, fue herido en la frente por
un arcabuzazo, su caballo murió y cayó debajo de él. Aun así, logró
desembarazarse y defenderse peleando de la multitud de enemigos que lo rodeaban
y le instaban a rendirse. Preguntó si había algún caballero a quien pudiera
entregarse.
Un
criado de Hernando Pizarro, llamado Fuentes, respondió que sí y que se
entregara a él. Así lo hizo, y una vez que entregó la espada y fue apresado por
todos, Fuentes se lanzó sobre él y lo degolló con una daga. Así murió este
hombre, digno por su valor y su marcial franqueza de una mejor guerra y de
mejor fortuna. Lo mataron, de hecho, bajo la seguridad de haberse rendido, lo
que hace más vil y despreciable la acción de su asesino. Sin embargo, al
reflexionar con equidad, no tuvo peor suerte que la que él mismo habría
destinado a sus vencedores si hubiesen caído en sus manos. Era natural de
Oropesa, había servido en las guerras de Italia y había sido alférez durante el
saqueo de Roma. Poco antes de su muerte, el Rey le había otorgado el título de
mariscal de la Nueva Toledo.
En ese
momento, los capitanes Salinas, Lerma, Guevara y otros ya habían caído, algunos
heridos gravemente y otros muertos; y la gente de Almagro, debilitada y
desalentada por tales desastres, se desmoronó por completo con la captura y
muerte de su general. Se declaró la victoria a favor de los Pizarros; el campo
quedó bajo su control y la ciudad fue ocupada de inmediato por el vencedor.
Lleno de ira y soberbia, y respirando venganza, no había esperanzas de que él mostrara
generosidad o clemencia. Mientras colocaban la cabeza de Orgóñez en un garfio
en la plaza, apresaban a todos los capitanes y caballeros distinguidos del
bando contrario. Los soldados saqueaban las casas, y algunos se desahogaban a
sangre fría en los infelices prisioneros, que no podían defenderse. Así mataron
traidoramente al capitán Rui Díaz, quien fue llevado a las ancas de su caballo
por un amigo; así también pereció Pedro de Lerma, quien, cubierto de heridas y
casi exánime, fue sacado del campo por otro amigo y llevado a su casa, donde no
pudo ser defendido de un bárbaro alevoso que le asestó estocadas en la cama
donde yacía moribundo.
El
disgusto y horror de estos escandalosos desastres se incrementaban por la
licencia y el regocijo que mostraban los indios. Se les vio acudir de todos los
alrededores y acomodarse en los cerros circunvecinos para disfrutar del
espectáculo sangriento que sus opresores les ofrecían; se oyeron sus alaridos
de sorpresa y alegría al comenzar la batalla; y luego, cuando terminó el
combate, el campo quedó abandonado y solo, bajaron como aves carroñeras a
despojar a los muertos, a rematar a los heridos, y, creciendo su insolencia con
la impunidad, entraron y robaron el real de los vencedores.
¿Y qué
era del desafortunado Adelantado en medio de todo esto? El día anterior a la
batalla, como si presintiera su dura suerte, tras la revista de su tropa, a la
que asistió en andas, ya que no podía estar de pie, propuso a su general buscar
medios de paz y evitar el derramamiento de sangre. Esta sugerencia fue
rechazada con ferocidad por Orgóñez. Sin embargo, antes de la pelea, el
Adelantado animó noblemente a sus soldados y entregó el estandarte real a Gómez
de Alvarado, recordándole su amistad y obligaciones. Luego, incapaz de asistir
al combate por su indisposición y debilidad, se retiró a observarlo desde un
recuesto, donde vio con la angustia y el sufrimiento que uno puede imaginar a
sus amigos rotos y vencidos, mientras él mismo se encontraba despojado de la
fortuna y a merced de un enemigo implacable e irritado.
Se
retiró huyendo hacia la fortaleza del Cusco, adonde, tras la batalla, lo buscó
Alonso de Alvarado, quien lo llevó de vuelta a la ciudad para encerrarlo junto
a los dos hermanos Pizarro, bajo las mismas condiciones que ellos habían
sufrido. Allí, un capitán, al verlo por primera vez y al considerar su aspecto
desolador y desagradable, levantó su arcabuz con la intención de matarlo,
exclamando: "Mirad por quién han muerto tantos caballeros". Esta
indignación de los soldados llevaba consigo una especie de generosidad, porque,
de cuántas penas, congojas y humillaciones lo habría liberado aquel disparo si
Alonso de Alvarado no lo hubiese detenido.
Al
principio, Hernando Pizarro lo visitó a instancias del Adelantado, lo consoló,
le dio esperanzas de vida y le aseguró que esperaba a su hermano, y que ambos
se conformarían. Si la espera se prolongaba, habría tiempo para que se fuera a
donde quisiera. Le enviaba regalos a la prisión y le aconsejaba que mantuviera
el ánimo alegre; en una ocasión, le preguntó de qué manera preferiría ver a su
hermano, si en silla o en andas. El prisionero, agradecido, respondió que en
silla, y con estas palabras alentadoras esperaba día a día verse en disposición
de tratar sus asuntos con su antiguo amigo y compañero.
Sin
embargo, mientras tanto, se le estaba formando un proceso capital. Se
admitieron todas las delaciones y acusaciones que pudieran agravar su
situación, y fueron tantos los que acudieron a declarar en contra de él en
favor de su perseguidor, que los secretarios no daban abasto para escribir, y
el proceso llegó a tener más de dos mil fojas. Así, entregado a las pesquisas y
cavilaciones judiciales, que son una degradación aún peor que el suplicio, el
miserable prisionero se encontraba al borde del sepulcro, sin conocer el daño
ni el peligro que corría. Ya habían pasado dos meses y medio desde el día de la
batalla, cuando el vencedor decidió que era tiempo de concluir aquella comedia
tan grosera como cruel. Cerró el proceso, lo condenó a muerte y mandó que se le
comunicara la sentencia.
La
tribulación y la angustia que sintió el triste Almagro ante aquella terrible
noticia fueron proporcionales a la seguridad y confianza que lo habían
acompañado hasta entonces. Ese hombre, que había enfrentado con tanta
intrepidez la muerte en el mar, en los ríos, en los desiertos y en las
batallas, no tuvo ánimo para considerarla en manos de un verdugo. Se podría
atribuir su estado a la edad, a los achaques, al abatimiento que generan los
infortunios, o al desaliento y la soledad de una prisión prolongada y rigurosa.
Sin embargo, resulta difícil no contemplar con más indignación que lástima a
aquel miserable anciano postrado ante su inexorable enemigo, suplicándole por
amor de Dios que no lo matase, que considerara que no había derramado la sangre
de parientes ni amigos, a pesar de haberlos tenido en su poder. Le recordó cómo
había sido una de las principales razones para que su hermano, Francisco
Pizarro, alcanzara la cumbre de honra y riqueza que disfrutaba. Le rogó que
tuviera en cuenta su debilidad, su vejez y sus achaques, y que le permitiera
vivir en la cárcel el poco tiempo que le quedaba para llorar sus pecados. El
lastimero tono con que decía estas cosas podría haber ablandado hasta las
piedras, pero no el corazón de bronce del verdugo, quien, con una dureza digna
de sus malas entrañas, le respondió que se maravillaba de que un hombre de tal
ánimo temiera tanto la muerte, que no era ni el primero ni el último en acabar
así; y, suponiendo que se consideraba caballero e ilustre, debería aceptar su
destino con entereza y preparar su alma, pues era algo irreversible.
Sin
embargo, aquel que había mostrado tal pusilanimidad al suplicar por su vida,
cuando comprendió la inutilidad de sus ruegos y se dio cuenta de que era
forzoso morir, se dispuso a aceptar su destino con decoro y gravedad, actitudes
más propias de su carácter que de su anterior debilidad. Ordenó su alma y
dispuso su testamento, nombrando como herederos al Rey y a su hijo, declarando
que tenía una considerable suma de dinero en la compañía de don Francisco
Pizarro. Pidió al Rey que favoreciera a su hijo y, en virtud de la autoridad
real que poseía, nombró a su fiel amigo Diego de Alvarado como gobernador de
Nueva Toledo, designando a este último como administrador del encargo hasta que
su hijo alcanzara la mayoría de edad, y Diego se encargó de realizar todas las
gestiones que correspondían a su lealtad y cariño.
Una
vez que el desdichado cumplió con estos tristes y solemnes deberes, se volvió
hacia el capitán Alonso de Toro, quien sin duda era uno de los más encarnizados
en su contra, y le dijo: "Ahora, Toro, os veréis harto de mis
carnes." La ejecución de la muerte se llevó a cabo en la prisión, donde
recibió garrote, y luego fue llevado a la plaza, donde públicamente le cortaron
la cabeza. Posteriormente, su cuerpo fue llevado a casa de un amigo, el capitán
Hernán Ponce de León, donde estuvo presente, y luego le enterraron en la
iglesia, acompañado por Hernando Pizarro y todos los capitanes y caballeros del
Cusco.
Era
manchego, hijo de padres humildes y desconocidos, y tenía sesenta y tres años
cuando fue asesinado. Viajó a las Indias con Pedrarias Dávila, y en el Darién
se hizo amigo y socio de Francisco Pizarro, viviendo siempre en comunidad de granjerías
e intereses, posiblemente porque compartían hábitos y caracteres. Su persona y
sus costumbres reflejaron la serie de sucesos que se han narrado. Tanto indios
como españoles lo lloraron con fervor: los primeros afirmaban que nunca
recibieron de él mal trato ni pesadumbre, mientras que los segundos lamentaban
la pérdida de un caudillo generoso, a quien seguían y servían más por
inclinación que por interés. Algunos de ellos llamaron a su matador tirano y lo
amenazaron con venganza. Incluso los del bando contrario consideraron aquella
ejecución no solo rigurosa, sino también injusta, viéndola como un acto cruel y
desagradecido. En ese momento, se olvidaron de su trato poco digno, su vanidad
pueril, su inconsideración y su imprudencia, y solo recordaron su amable
dulzura, generosidad incansable, clemencia fácil y afectuoso corazón hacia sus
capitanes y soldados. Aunque simpatizamos fácilmente con el dolor y sentimiento
de aquella agradecida muchedumbre, debemos reconocer que la compasión hacia su
infortunio no debe cegar nuestra razón y equidad. Llorando por su trágica
muerte, debemos admitir que, sin duda, él fue el agresor en aquella guerra
civil. Aun si el Cusco hubiera caído dentro de su ámbito de gobernación, lo
cual estaba muy lejos de ser cierto, no debió escandalizarse al tomarse la
justicia por su propia mano y con las armas. Imprudentemente, puso este debate
en manos de la fuerza, porque en ese momento era más fuerte; pero también fue
débil, y finalmente la fuerza lo arrolló.
La
odiosidad por esta ejecución recayó inicialmente sobre Hernando Pizarro, quien
fue el instrumento inmediato y visible del acto; sin embargo, después se
dirigió con más saña hacia el Gobernador, como principal autor de aquel
desastre que ocurrió en su nombre y bajo su autoridad, sin que él hiciera el
menor esfuerzo para impedirlo durante todo el tiempo que duró el proceso. Una
vez que recibió la noticia de la victoria de las Salinas, decidió marcharse
hacia el Cusco para disfrutar de su triunfo y mostrar su poder. Al salir de
Lima, prometió a quienes le aconsejaron moderación y clemencia que no se
preocuparan, asegurando que Almagro viviría y que él volvería a la antigua
amistad con él. Hizo la misma promesa al joven don Diego, quien humildemente le
pidió la vida de su padre cuando los capitanes que lo llevaban a prisión se
presentaron en Jauja. A las amables palabras con las que le hizo esta promesa,
añadió otras de consuelo, dando instrucciones para que se le proveyera de todo
lo necesario y se le tratara en su casa con el mismo respeto y regalo que a su
hijo don Gonzalo. Eran buenas y loables intenciones, si tan solo el efecto y la
verdad hubieran correspondido a ellas, y si, en medio de todo, no se hubiera
continuado el proceso con las funestas consecuencias que ya hemos relatado.
Detuvo
su marcha en Jauja el tiempo que consideró necesario para deshacerse de su
competidor, y la noticia de su muerte lo sorprendió ya de regreso, cerca del
puente de Abancay. Sus amigos contaban que, al enterarse, estuvo un buen rato
con la mirada baja, mirando al suelo y llorando; otros aseguraron que, una vez
cerrado el proceso, su hermano le envió a preguntar qué debía hacerse, y que su
respuesta fue que se asegurara de que el Adelantado no los involucrara en más
alborotos. Ambos relatos no se contradicen, y esos grandes comediantes que se
hacen llamar políticos manejan las lágrimas a su antojo, según les convenga.
Al
llegar al Cusco, lo recibieron con aplausos y pompa, acorde a su poder. Allí se
hizo evidente cuánto había cambiado su situación gracias a la fortuna. Los
indios, que antes eran acogidos por él con indulgencia y agrado, ahora los
trataba con aspereza y desdén; y a las quejas que le presentaban sobre los
abusos que sufrían a manos de los castellanos, les respondía que mentían.
Mostraba el mismo semblante, y una voluntad aún más hostil, hacia los soldados
de Chile, como partidarios de Almagro, olvidando los grandes servicios que
habían prestado al Rey y mostrando indiferencia hacia sus necesidades.
Se
presentó ante él Diego de Alvarado, como testamentario del Adelantado y amigo
suyo, y le pidió que lo liberara de la provincia de Nueva Toledo, para que se
pudiera cumplir el nombramiento hecho por el Adelantado a su hijo. Alvarado
utilizó en esta solicitud el comedimiento y la cortesía que siempre
caracterizaban su comportamiento, y se tomó el cuidado de aclarar que dejaba de
lado el debate sobre la ciudad del Cusco hasta que el Rey tomara una decisión
al respecto. Sin embargo, ni esta precaución ni el justo y amable proceder de
Alvarado lo libraron de ser recibido con aspereza y arrogancia. La respuesta
que recibió fue que su gobernación no tenía término, llegando desde el estrecho
de Magallanes hasta Flandes, dando a entender así que su ambición no conocía
límites y que, con su excesiva fortuna, había perdido completamente aquella
prudencia y compostura de ánimo que antes lo caracterizaba.
Era
tan celoso de su mando y tan irritable en su orgullo, que al enterarse de que
Sebastián de Belalcázar solicitaba a la corte el gobierno en propiedad de todas
las provincias del sur, le declaró instantáneamente una ojeriza que lo
acompañaría hasta su muerte. Ni los servicios de Belalcázar, ni el respeto y la
reverencia que siempre le mostró, ni la sumisión con la que intentó disculparse
por la acusación que se le hacía, fueron suficientes para disipar de su mente
las sospechas y el temor a ser perturbado. No podía enviar un ejército contra
él, ya que sus tropas se encontraban persiguiendo al Adelantado Almagro; sin
embargo, dio órdenes a Lorenzo de Aldana, uno de sus capitanes, para que fuera
a Quito y despojara cautelosamente a Belalcázar de la autoridad que este tenía
delegada para gobernar aquel país, y procurara, sobre todo, apresarlo y
enviarlo bien custodiado a Lima. Su anhelo era que el Rey otorgara la
gobernación de las provincias del sur a Gonzalo, su hermano, y en eso consistía
el delito de Belalcázar. Por fortuna, este hombre infatigable y belicoso se
hallaba en ese momento ocupado en sus aventuras y descubrimientos en el otro
lado de Ecuador, lo que le impedía atender al desaire que su antiguo general le
hacía en Quito. Así, Aldana se estableció allí sin oposición alguna,
manteniendo la provincia bajo la obediencia de su primer descubridor.
Cuando
Pizarro llegó a Cusco, no encontró a sus hermanos, quienes se hallaban en la
provincia del Collao, pacificando indígenas y buscando minas. Sin embargo,
Hernando sentía la necesidad de regresar a Castilla para cumplir sus promesas y
el encargo que la corte le había confiado, por lo que apresuró su viaje,
recolectando todo el oro y la plata que pudo, utilizando todos los medios,
buenos o malos, a su alcance. Sabía que un valioso tesoro sería la mejor
justificación de sus acciones ante la corte. Al despedirse del Gobernador, le
aconsejó que enviara a Castilla al hijo de Almagro para evitar que el bando de
Chile lo tomara como cabeza y pretexto para cometer algún atentado contra él.
También le advirtió que no permitiera que esos hombres feroces y belicosos
coexistieran ni se establecieran en ningún lugar cercano, y que siempre se
cuidara de sí mismo, manteniéndose bien acompañado. El Marqués se burló de
tales advertencias y le respondió que siguiera su camino y se olvidara de esos
temores, confiando en que las cabezas de esos hombres protegerían la suya.
El
tiempo demostró cuán fundados eran los temores de Hernando Pizarro y que su
consejo de enviar al joven don Diego de Castilla era el de un hombre con
visión. Hernando partió en 1539, pero el cúmulo de oro que llevaba consigo no
lo protegía de la inquietud provocada por sus acciones en la guerra civil. No
se atrevió a detenerse en Panamá, temiendo que allí la Audiencia le exigiera
cuentas sobre su conducta y lo arrestara, como efectivamente había sido
planeado. Navegó hasta Nueva España, y al desembarcar en Huatulco, fue apresado
cerca de Guajaca y llevado a México. Sin embargo, el virrey, don Antonio de
Mendoza, que no tenía órdenes sobre él ni conocía sus culpas, le permitió
continuar su viaje a Castilla, donde podría enfrentarse a los cargos que se
consideraran justos. Embarcado en Veracruz y al llegar a las islas de los
Azores, no se atrevió a avanzar sin antes consultar con sus amigos sobre la
seguridad del paso. Tras recibir su confirmación, decidió entrar en España y
presentarse ante la corte.
No
encontró en la corte ni el castigo que merecía ni la cálida acogida que sus
amigos le habían anunciado. Su fama de violencias lo precedía, y Diego de
Alvarado, un antiguo defensor suyo, ya pedía justicia en su contra. Amigo
íntimo del desgraciado Almagro, Alvarado había sido quien recibió sus últimos
pensamientos y suspiros. A él confió Almagro a su hijo y sus esperanzas de
venganza. La desesperación de Alvarado al ver inútiles sus esfuerzos por ayudar
a Almagro era proporcional a la confianza que había depositado en sus
relaciones con el vencedor. Se sentía culpable por haber contravenido los
rigurosos consejos de Orgóñez; lloraba su ceguera y llamaba ingrato y tirano a
Hernando Pizarro, afirmando que, al salvar su vida, le estaba quitando la de su
amigo. Desde aquel cruel desenlace, jamás encontró consuelo. Tras intentar en
vano que el Gobernador reconociera los derechos del joven Almagro, decidió
venir a España a hacerlos valer ante el Rey, dejando a su paso un rastro de
odio por las iniquidades de hombres tan injustos y crueles.
Al
llegar Hernando a la corte, ambos iniciaron una guerra de demandas,
recusaciones y maniobras legales. Esta estrategia chocaba con la impaciencia de
Alvarado, quien, no queriendo arriesgar la venganza por medios tan inciertos y
prolongados, decidió apelar a las armas. Así, envió a Hernando Pizarro un
cartel de desafío, retándolo a salir al campo y obligándose a demostrar con su
espada que había sido un ingrato y cruel en su trato con Almagro, un mal
servidor del Rey y un falso caballero. No se sabe cuál fue la respuesta de
Hernando, pero el valiente Alvarado falleció de una enfermedad aguda cinco días
después. Su muerte, tan oportuna y teniendo en cuenta el carácter pérfido de su
adversario, no se consideró libre de malicia. Así concluyó, en 1540, la vida de
este hombre amable y leal, tierno y constante en sus afectos, franco y noble en
sus odios, cuya rectitud contrastaba con las atrocidades y alevosías que lo
rodeaban, sirviendo como un consuelo para el ánimo afligido y reivindicando el
honor de una humanidad envilecida.
Su
feroz y arrogante rival no disfrutó por mucho tiempo de la tranquilidad que le
brindaba esta muerte. Los jueces del proceso acordaron rápidamente su
detención, y fue encarcelado en el alcázar de Madrid. Posteriormente, al
trasladarse la corte a Valladolid, fue llevado al castillo de la Mota de
Medina, donde permaneció sepultado y olvidado por la sociedad hasta el año de
1549, a pesar de haber hecho tanto ruido en ambos mundos por sus riquezas y pasiones.
Sin
embargo, la principal víctima de los rencores de Almagro y Atahualpa aún estaba
por sacrificar. La imprudente confianza de Pizarro, alimentada por su soberbia
y orgullo, lo llevaba cada vez más cerca del cuchillo de la venganza. Tras la
muerte de su competidor, todo parecía sonreír a su ambición; en las novecientas
leguas que separaban Charcas de Popayán, no había otra voluntad que la suya. La
corte le trataba con la mayor deferencia, le otorgó el título de marqués de
Charcas y le permitió incorporar dieciséis mil vasallos a su mayorazgo. Sus
hermanos lo defendían: uno en España lo protegía de los ataques de la envidia y
el odio, mientras que otro, enviado por él como gobernador a Quito, aseguraba
su influencia en esa región y se preparaba para extender su dominio y su nombre
por las tierras ricas de los Quixos y de la Canela.
Roto y
cansado por la edad, Pizarro se entregó a su pasatiempo favorito: fundar y
poblar. A estos últimos esfuerzos se deben las fundaciones de Plata, Arequipa,
Pasto y León de Huánuco. Aunque la guerra del inca Mango le causaba cierto
desagrado por no haberse concluido la paz en el país, no le preocupaba
demasiado debido a la escasa fuerza de aquel príncipe y los escarnios sufridos
en sus anteriores encuentros con los castellanos. Aun cuando ya se sabía que un
ministro del Rey llegaría al Perú para investigar los acontecimientos pasados,
sus amigos le escribieron que en los despachos que llevaba el comisionado se
guardaba la mayor consideración hacia su persona; por lo tanto, no debía
preocuparse, pues iba más para favorecerlo que para causarle problemas.
Estas
noticias, tal vez propagadas por él o por sus partidarios con más vanidad que
prudencia, podrían haber precipitado su desgracia, ya que intensificaron los
resentimientos de los soldados y capitanes de Chile. Resultaba doloroso y
frustrante ver la miseria en que, tras la muerte de su jefe, se encontraban.
Los soldados vagaban hambrientos y desnudos, buscando sustento entre los
pueblos indígenas. Muchos capitanes habían bajado a Lima atraídos por su
devoción al joven Almagro, depositando en él sus esperanzas y anhelos de
redención. Pero este joven, despojado de su herencia y desterrado de la casa
del marqués, había sido acogido por dos viejos amigos de su padre, quienes se aventuraron
a ayudarle a pesar de que, aunque podía subsistir con cierta decencia gracias a
la generosidad ajena, carecía de los medios para recompensar la buena voluntad
de quienes le asistían.
Su
situación era lamentable y merece ser subrayada: sin hogar ni refugio,
mantenido por la caridad ajena, y no contaba más que con una capa entre doce de
los más principales, que se la prestaban alternativamente. Así se encontraban
aquellos valientes conquistadores, que en otro tiempo habían sido dueños de los
tesoros del Cusco, y que ahora, en su opulencia, menospreciaban las ricas
tierras de Charcas y Chile.
La
amarga comparación que hacían con las riquezas y placeres en los que
disfrutaban otros, que les eran tan inferiores en valor y servicios,
intensificaba su malestar y los llevaba al borde de la desesperación. Solo el
furor de las pasiones y la ceguera de la arrogancia pueden explicar la falta de
cordura y cautela en un hombre tan astuto como el Marqués. En las discordias
civiles, cuando un partido cae, su líder es asesinado y faltan las cabezas
visibles, es interés del vencedor calmar los ánimos, olvidar las pasiones y
eliminar cualquier ocasión para descontentos y quejas. La persecución
prolongada tras la victoria solo aviva las pasiones y perpetúa el espíritu de
partido.
Pizarro
debió enviar a España a don Diego y separar a la gente descontenta, dándoles
comisiones que los mantuvieran ocupados, como le aconsejaba su hermano. De
haberlo hecho, habría acabado sus días en paz, en todo el esplendor de la
gloria y el poder que la fortuna le había otorgado. No lo hizo, y así perdió su
vida y aquel desgraciado país, que siguió ardiendo en guerras civiles durante
trece años, y todo por su culpa.
Sin
embargo, en algunas ocasiones intentó enmendar la situación y acudió a aliviar
los sufrimientos de aquellos hombres. Proyectó la fundación de León de Huánuco
y encomendó a Gómez de Alvarado el establecimiento allí, pensando en otorgar
repartimientos a los de Almagro. Pero los celos de los vecinos de Lima
frustraron casi por completo este buen intento. En otra ocasión, envió mensajes
a Juan de Saavedra, Cristóbal de Sotelo y Francisco de Chaves, ofreciéndoles
indios de repartimiento para su sustento. Sin embargo, ellos, enfurecidos por
las penurias sufridas, preferían morir antes que aceptar cualquier ayuda de su
mano.
Ya se
rumoraba la llegada de Vaca de Castro, el ministro enviado por el Rey, y
algunos de ellos pensaban ir a recibirlo en San Miguel de Piura, presentándose
ante él vestidos de luto y pidiéndole justicia por las crueldades cometidas por
los Pizarros contra ellos y su antiguo capitán. Para esta misión enviaron a un
noble entre ellos, llamado don Alonso de Montemayor, y parecía que, con tales
intenciones, todo debería permanecer tranquilo hasta la llegada de Vaca de Castro.
Pero la animosidad imprudente de ambos bandos no podía ser contenida. Aunque no
se enfrentaban abiertamente con amenazas, se hacían la guerra, al menos, a
través de insultos y burlas mal disimuladas.
Un
día, amanecieron en la picota tres sogas tendidas, una hacia la casa del
Marqués y las otras dos hacia las residencias de su secretario Picado y su
alcalde mayor, el doctor Velázquez. Esta insolencia fue atribuida a los de
Chile. El Marqués, instigado por sus amigos a buscar y castigar a los responsables,
respondía que ya era bastante mala suerte para aquellos desdichados verse
pobres, vencidos y humillados. Pero el secretario Antonio Picado no tuvo tanto
aguante. A pocos días, fue visto pasar a caballo por la calle donde vivía don
Diego de Almagro, vestido con una suntuosa ropa francesa bordada y adornada con
higas de plata, alardeando mientras paseaba y dando saltos a su caballo. Todo
eso era una burla y desprecio, mucho más irritante proviniendo de un hombre que
era, en su opinión, quien más alimentaba la animosidad del Gobernador contra
ellos.
Por
tales actitudes y otras similares, comenzaron a sospechar que, tras los
trabajos y sufrimientos que habían padecido, se tramaba en su contra un plan
para matarlos o desterrarlos. Además, en ese mismo periodo comenzó a difundirse
en Lima la inclinación del juez comisionado hacia las causas del Marqués, lo
que, junto con el aparente contento de Pizarro y su círculo, los llevó a
sentirse completamente perdidos si no tomaban cartas en el asunto. Así, apelaron
a lo único que les quedaba: su desesperación y su valor.
Empezaron
a proveerse de armas, cada uno según sus posibilidades, y a moverse con
precaución. Se veía a don Diego y a Juan de Rada, su principal maestro y
consejero, salir siempre seguidos de hombres decididos y valientes. Juan de
Rada, uno de los antiguos capitanes del Adelantado, natural de Navarra, era
conocido por su valor y capacidad, así como por la confianza que el joven
Almagro depositaba en él, lo que le otorgaba una posición de autoridad entre
aquellos hombres de hierro. Se sabía que había adquirido una cota de malla y
que la llevaba siempre consigo, lo cual aumentaba las sospechas sobre sus
intenciones.
Esta
situación llegó a oídos de los amigos del Marqués, quienes le aconsejaron que
se mantuviera alerta y siempre acompañado. El Marqués, por entonces, decidió
llamar a Juan de Rada. Aunque este se mostró algo turbado por el inesperado
llamado, se presentó ante él sin aceptar la compañía de otros, a pesar de que
muchos se ofrecieron a acompañarlo.
Al
llegar, encontró al Marqués en su huerta, observando unos naranjos. Cuando
finalmente lo reconoció, el Marqués le preguntó: «¿Qué es esto, Juan de Rada,
que me dicen que andáis comprando armas para matarme?». Rada respondió: «Así es
verdad, señor, he comprado dos coracinas y una cota para defenderme». El
Marqués, intrigado, preguntó: «¿Qué causa os mueve ahora a proveeros de armas
más que en otro tiempo?». Rada explicó: «Porque nos dicen y es público que
usted recoge lanzas para matarnos a todos. Acabe con nosotros ya, señor, y haga
de nosotros lo que sea servido; porque habiendo comenzado por la cabeza, no
entiendo por qué se respeta a los pies. También se dice que usted planea matar
al juez que viene enviado por el Rey; si ese es su propósito y decide acabar
con los de Chile, no lo haga con todos: destierre a don Diego en un navío, pues
es inocente; yo me iré con él a donde la suerte nos quiera llevar».
Conmovido
y enfurecido por las palabras de Rada, el Marqués respondió con gran agitación:
«¿Quién
os ha hecho creer semejante maldad y traición? Jamás he pensado en tal cosa.
Deseo más que ustedes que el juez llegue pronto; ya estaría aquí si se hubiera
embarcado en el galeón que le envié. En cuanto a las armas, han de saber que el
otro día salí a cazar, y entre todos los que íbamos no había quien llevara una
lanza. Mandé a mis criados que compraran una, y ellos han traído cuatro. Ojalá,
Juan de Rada, que venga el juez y estas cosas lleguen a su fin, ¡y que Dios
ayude a la verdad!»
Rada,
ya más tranquilo, replicó: «Por Dios, señor, he invertido más de quinientos
pesos en comprar armas, y por eso llevo una cota para defenderme de quien
intente matarme». El Marqués, sorprendido, contestó: «No le pido a Dios, Juan
de Rada, que yo haga tal cosa».
Justo
cuando Rada se disponía a marcharse, un loco que el Marqués tenía para su
diversión, presente en la escena, interrumpió: «¿Por qué no le das de esas
naranjas?». En ese momento, las naranjas eran muy apreciadas, ya que eran las
primeras que se conocían. «Dices bien», respondió el Marqués, y cortando seis
del árbol que tenía delante, se las dio, añadiendo en voz baja que le dijese si
necesitaba algo para facilitarle las cosas. Juan de Rada, agradecido, besó las
manos del Marqués y se fue a reunirse con sus amigos, quienes, al verlo,
abandonaron la preocupación que su llamado les había causado.
La
escena, en la que ambos se comunicaban con aparente ingenuidad y que concluyó
de manera tan pacífica y amistosa, tuvo como único efecto prolongar la
confianza del Gobernador y alentar a los conjurados a llevar a cabo su plan.
Temían que, si el Marqués volvía a sus rencores o sospechas, serían destruidos;
mientras que él, creyendo que solo se defendían y sin pensar que les haría
daño, se sentía seguro respecto a ellos. Durante los dos días previos a la
catástrofe, recibió numerosos avisos sobre los planes de los conjurados. Un
clérigo, a quien uno de los hombres de Chile le había revelado la información,
se lo advirtió en dos ocasiones: la primera fue durante una cena en casa de
Francisco Martínez, su hermano. El Marqués desestimó la advertencia,
considerándola infundada, como un rumor proveniente de indios o un intento de
obtener un caballo, y se volvió a la mesa sin tomar más acción, aunque, en
realidad, no volvió a probar bocado esa noche.
Esa
misma noche, al acostarse, un paje le informó que en toda la ciudad circulaba
el rumor de que al día siguiente los de Chile planeaban matarlo. Enfurecido, lo
despidió despectivamente, diciendo: «Esas cosas no son para ti, rapaz». A la
mañana siguiente, su último día de vida, le anunciaron lo mismo que le había
dicho el paje. Se limitó a expresar fríamente a su alcalde mayor, el doctor
Juan Velázquez, que arrestara a los principales de Chile. Ya lo había ordenado
antes con la misma falta de energía, como si no estuviera en juego su propia
seguridad. El doctor, que ya le había asegurado que mientras él sostuviera la
vara del poder no tenía por qué temer, volvió a ofrecerle la misma seguridad y
se comprometió a obtener información útil.
Es
notable que, a pesar de su indiferencia hacia la situación, ni su hermano
Martínez de Alcántara ni su secretario Picado, quienes deberían estar al tanto
de los rumores, ni sus otros amigos, mostraran interés en reunirse con él, acompañarlo
o formar una guardia que pudiera impedir los planes de aquellos hombres
resueltos. La ciega confianza que él mostraba se transmitía a los demás, y
continuó ignorando todos los avisos prudentes, como si suponer que alguien
osara atreverse a atacarlo fuera una falta de valor o una deshonra a su
grandeza. Así, en situaciones como esta, los hombres valientes suelen perderse
por su arrogancia, al igual que los pusilánimes precipitan su ruina por el
exceso de temor.
Mientras
tanto, los conjurados, aunque decididos a asesinar al Gobernador, aún no
estaban seguros del modo ni del momento para llevar a cabo su plan. Esa mañana,
el 26 de junio de 1541, los principales se encontraban en casa de don Diego.
Juan de Rada aún reposaba cuando un tal Pedro de San Millán entró y les dijo:
«¿Qué hacéis? Dentro de dos horas nos van a hacer cuartos a todos. Así lo acaba
de decir el tesorero Riquelme.»
Juan
de Rada saltó de su lecho de inmediato, armándose, y los demás hicieron lo
mismo. Con pocas palabras, los animó, explicándoles que la acción a la que se
habían resuelto no solo era conveniente para su ambición y sed de venganza,
sino que se había vuelto absolutamente necesaria para su salvación en el
peligro en el que se encontraban. Todos respondieron afirmativamente, y se
lanzaron desesperados a la calle. Desde una de las ventanas de la casa ondeaba
ya el paño blanco, la señal que indicaba a los cómplices lejanos que debían
armarse y acudir en su ayuda.
Entraron
en la plaza, y uno de ellos, Gómez Pérez, por no mojarse los pies en un charco
de agua que había quedado de una acequia, hizo un pequeño rodeo. Juan de Rada,
al darse cuenta de esto, se metió en el agua, se acercó a él con enojo y le
dijo: «¿Con que vamos a mancharnos en sangre humana, y rehusáis mojaros los
pies con agua? No sois para el caso; ea, volveos.» Sin permitirle continuar, lo
hizo retroceder, y Gómez no participó en el hecho.
Este
acto era sin duda atroz y criminal, pero no se podía considerar alevoso ni vil.
Al mediodía, gritando furiosos: «¡Viva el Rey! ¡Mueran los tiranos!»,
atravesaron la plaza y se lanzaron contra las casas de su enemigo como si
asaltaran una plaza fuerte con banderas desplegadas y el eco de la guerra
resonando a su alrededor. Nadie se interpuso en su camino, y, ya fuera por indiferencia
o por odio hacia la dominación presente, de los más de mil que se encontraban
en la plaza a esa hora, ninguno se opuso a su intento. Se miraban entre ellos y
comentaban fríamente: «Estos van a matar a Picado o al Marqués.»
En ese
momento, el Marqués estaba rodeado por un considerable número de sus amigos y
dependientes, quienes le hacían la corte. Uno de los pajes, que estaba en la
plaza, vio a los conjurados y reconoció a Juan de Rada, así que corrió a la
casa del Marqués gritando: «¡Al arma, al arma! ¡Los de Chile vienen a matar al
Marqués, mi señor!» Con estas alarmantes palabras, todos se alteraron y bajaron
hasta el primer descanso de la escalera para ver qué sucedía, justo cuando los
conjurados comenzaban a llegar al segundo patio, repitiendo sus temerosos
gritos.
El
Marqués, intrépido y decidido, se retiró a su recámara para armarse. Se despojó
de la ropa talar de grana que llevaba puesta, se colocó una coracina y tomó un
arma enastada. A su lado estaban su hermano Francisco Martínez de Alcántara, un
caballero llamado don Gómez de Luna y dos pajes. Los demás presentes, por
distintos motivos, habían desaparecido, quedando en la sala solo el capitán
Francisco de Chaves con dos de sus criados. La puerta de la sala estaba
cerrada, y de haber permanecido así, como había ordenado el Marqués, el hecho
habría sido más complicado de llevar a cabo.
Los
matadores, guiados por Juan de Rada, subían por la escalera, exaltados por la
emoción de estar tan cerca de cumplir su deseo de venganza. Con el nombre de
Almagro resonando en sus labios como un eco de feroz alegría, comenzaron a
golpear la puerta. Chaves, ya aturdido o asustado, ordenó abrirla, y así, los
conjurados entraron en la sala, buscando con la mirada a su víctima. Chaves,
intentando calmar los ánimos, les decía: «¿Qué es esto, señores? No se entienda
conmigo el enojo del Marqués; yo fui siempre amigo; mirad que os perdéis.» Sin
embargo, una estocada mortal interrumpió sus palabras, y sus dos criados
cayeron junto a él.
Los
conjurados avanzaron hasta la puerta de la cámara del Marqués, quien ya estaba
preparado para defenderse con los pocos hombres que le quedaban. La lucha era
claramente desigual: por un lado, un anciano de más de sesenta años, dos
hombres y dos muchachos; por el otro, diecinueve soldados robustos y valientes,
cuya furia y desesperación aumentaban su fuerza y valentía. A pesar de la
desventaja, el Marqués peleó con destreza y un esfuerzo digno de sus mejores
tiempos, gritando: «¿Qué desvergüenza es esta? ¿Por qué me queréis matar? ¡A
ellos, que son traidores!»
Mientras
él clamaba, los conjurados gritaban: «¡Ea, muera! ¡Se nos pasa el tiempo!» y
continuaron intercambiándose insultos y cuchilladas, sin que se pudiera
discernir ventaja clara para ninguno de los lados. Ante la desesperación, los
conjurados pedían a gritos armas enastadas para mejorar su ataque. Finalmente,
Juan de Rada, dando un empujón a su compañero Narváez, lo empujó contra Pizarro
para despejar el camino a los demás. Así, lograron abrirse paso, y en ese
momento, el destino del combate ya no podía permanecer incierto por mucho
tiempo.
Martínez
de Alcántara cayó muerto, al igual que los dos pajes, y don Gómez fue
gravemente herido. El Marqués, aunque solo y enfrentando a varios atacantes,
pudo resistir unos momentos más. Sin embargo, desangrado, fatigado y sin
aliento, apenas podía mover su espada, y una grave herida en la garganta lo
hizo caer al suelo. Aún respiraba y pedía confesión, cuando uno de los
conjurados, que en ese momento sostenía una alcarraza de agua, le propinó un
fuerte golpe en la cabeza con ella. Esa agresión inhonesta acabó de rendir el
alma del conquistador del Perú.
No
contentos con haberlo visto muerto de esa forma deplorable, algunos de los
conjurados comenzaron a tratar de arrastrar su cuerpo a la plaza, con la
intención de hacerle pasar por la afrenta del patíbulo. Sin embargo, los ruegos
del Obispo lograron salvarlo de este último ultraje. El cadáver, envuelto en un
paño blanco, fue llevado a toda prisa y a escondidas por sus criados a la
iglesia. Allí hicieron un hoyo de forma apresurada y, sin pompa ni ceremonia
alguna, lo enterraron, temiendo a cada instante que llegaran para cortarle la
cabeza y exhibirla en el garfio de los malhechores. Mientras tanto, sus casas y
su recámara eran saqueadas, donde había riquezas por valor de más de cien mil
pesos.
Sus
dos hijos, aún niños y fugitivos durante la catástrofe, fueron buscados y
puestos a salvo por los mismos fieles criados que le habían hecho los últimos
honores a su padre. La muerte del Marqués no fue sentida ni vengada de
inmediato, ya que algunos capitanes que se armaron al escuchar el alboroto
llegaron a la plaza solo para enterarse de que ya estaba muerto, por lo que se
retiraron a sus casas. Todo quedó entonces en silencio; sumida en el terror,
Lima fue testigo de cómo Juan de Rada proclamaba solemnemente como gobernador a
su joven alumno, quien pasó de inmediato a ocupar el palacio del Marqués y a
ejercer su autoridad desde allí.
En ese
momento, si el viejo Almagro pudiera levantar la cabeza y ver a su hijo sentado
en aquella silla y bajo aquel dosel, disfrutaría por unos instantes de
satisfacción y alegría en su melancólico sepulcro. Pero, ¡cuán breves y cuán
amargas serían esas emociones para su corazón paternal! Vería a su hijo al
frente de un partido furioso, sin talento para dirigir y sin fuerza para
contener; observaría a sus feroces capitanes divididos, matándose
desastrosamente entre ellos sin poder él evitarlo, y se vería arrastrado a
levantar el estandarte de la rebelión y a luchar contra las banderas de su rey.
Finalmente, lo vería vencer y ser apresado, pagando con su cabeza en un
patíbulo por la temeridad y los errores de su mal aconsejada juventud, y, por
último, sería llevado a la sepultura de su padre, donde ambos, en su común infortunio,
podrían reflexionar sobre cuán peligroso es el poder que se adquiere mediante
delitos.
Sobre
las mujeres y los hijos de Pizarro.
Francisco
Pizarro no tuvo descendencia legítima, pero la más destacada de sus concubinas
fue doña Inés Huaylas Ñusta (Quespisisa), hija de Huayna Cápac y hermana de
Atahualpa. Con ella tuvo dos hijos: don Gonzalo y doña Francisca, ambos
mencionados como legitimados en los testamentos de su padre. Don Gonzalo
falleció siendo aún niño, por lo que los derechos de sucesión del conquistador
recayeron en doña Francisca. Años después, por orden del Rey, doña Francisca
fue llevada a España por Ampuero, un vecino de Lima, con quien doña Inés se
había casado tras la muerte del Marqués. A su llegada a la corte, fue tratada
con cierto honor en reconocimiento a sus padres. Luego contrajo matrimonio con
su tío Hernando Pizarro, a quien acompañó y consoló durante su prisión. De esta
unión nacieron tres hijos y una hija, y a través de ellos perdura la
descendencia y la casa del descubridor y conquistador del Perú, conocida hoy en
Trujillo con el título de «marqueses de la Conquista».
Los
autores no concuerdan en el número exacto de hijos ni en el de las madres.
Aunque el testimonio de Garcilaso de la Vega, quien los conoció en su juventud,
podría considerarse el más fiable, en este caso se sigue una fuente judicial
citada previamente y algunos documentos inéditos de la misma familia, que, por
su carácter oficial, se consideran más precisos que la autoridad de Garcilaso.
No se
sabe con certeza cuándo falleció doña Inés. Se cuenta que, durante el sitio de
Lima por los indios sublevados, intentó escapar con una petaca llena de
esmeraldas, patenas y collares de oro que había heredado de su padre, Huayna
Cápac. Avisaron al Marqués, quien la interrogó al respecto. Inés negó haber
planeado tal cosa, alegando que una coya llamada Asapaesiu la instaba a unirse
a su hermano, que estaba entre los sitiadores. Pizarro la perdonó, pero mandó
ejecutar a la coya en su propio cuarto. (Montesinos, año de 1536.)
El destino de las mujeres que
compartieron la vida de Francisco Pizarro
Asomadas
a la Plaza Mayor de la Hispanidad en Trujillo, dos cabezas femeninas esculpidas
en fino granito nos recuerdan el papel crucial de la mujer andina en la
conquista del Perú. Estas figuras representan a la Ñusta Quispe Sisa, conocida
como doña Inés Huaylas Yupanqui, y a su hija, la primera mestiza noble peruana,
doña Francisca Pizarro Yupanqui, ambas vinculadas a la vida del conquistador
Francisco Pizarro.
Los
cronistas del siglo XVI escribieron poco sobre las mujeres del Tahuantinsuyo
que convivieron con los españoles como esposas, amantes o sirvientas. En el
caso del sexagenario Pizarro, nuestro conocimiento sobre las mujeres que le
brindaron felicidad y ternura proviene principalmente de sus testamentos y
registros judiciales.
La
primera de estas mujeres fue doña Inés Huaylas Yupanqui, nacida entre 1516 y
1517. Ella no es otra que la Ñusta Quispe Sisa, hija del Inca Huayna Cápac y de
una de sus esposas secundarias, la curaca y señora de Huaylas, Contarhuacho. En
1532, Quispe Sisa se encontraba en el Cusco, y desde allí viajó a Cajamarca con
la corte para reunirse con su hermano Atahualpa.
Según
la tradición andina, su destino era desposarse con un gran señor o jefe militar
del Tahuantinsuyo, a quien Atahualpa deseaba recompensar o crear lazos de
parentesco y reciprocidad. Sin embargo, la llegada de los españoles cambió la
vida de la alegre Ñusta.
Los
cronistas, como Pedro Pizarro, mencionan que las mujeres nobles, llamadas
"payas", llevaban el cabello largo y suelto, cuidaban mucho de su
apariencia y vestían con esmero, distinguiéndose de las plebeyas. Tenían
numerosos sirvientes y se desplazaban en andas. No está claro si fue la belleza
de Quispe Sisa lo que atrajo a Pizarro, o si fue Atahualpa quien la entregó a
su hermana sin consultar su opinión, lo que parece más probable.
Varios
conquistadores que la vieron en Cajamarca la llamaban cariñosamente
"Pizpita" o "Pizpireta". Según Raúl Porras Barrenechea,
este apodo se lo habría dado Pizarro como recuerdo nostálgico de su
Extremadura, donde "pizpita" se refiere a un pajarillo pequeño y
gracioso. El término "pizpireta" se usa para describir a una mujer
vivaz y desenvuelta, lo que sugiere que Quispe Sisa era coqueta y vivaracha.
El
veedor Salcedo relata que Atahualpa le entregó a su hermana a Francisco Pizarro
diciendo: "Aquí tienes a mi hermana, hija de mi padre, a quien quiero
mucho". La Ñusta fue bautizada como Inés, un nombre muy común en la
familia Pizarro. Poco después de su bautismo, se trasladó con Pizarro al Cusco
y luego a Jauja, la primera capital de la Gobernación, donde en 1534 dio a luz
a su primera hija, doña Francisca Pizarro Yupanqui, la primera mestiza noble
del Perú.
En
1537, doña Inés se casó con Francisco de Ampuero, paje de Pizarro, y se
trasladó a Lima. Ese mismo año, Pizarro tuvo dos hijos más, Francisco y Juan,
con otra princesa indígena, doña Angelina, prima de Atahualpa (según Juan
Betanzos, quien posteriormente fue su esposo). Francisco vivió hasta 1557,
mientras que Juan falleció en su niñez.
De los
cuatro hijos de Pizarro, solo doña Francisca Pizarro Yupanqui sobrevivió.
Educada en un ambiente cristiano y bajo la supervisión de su tía Inés Muñoz,
Francisca recibió una formación de alta calidad, acorde con las nobles
castellanas. A pesar de su corta vida en un hogar estable, Francisca se
convirtió en la heredera universal de los bienes de su padre tras la muerte de
su hermano Gonzalo en 1543.
A los
siete años, Francisca quedó huérfana de padre tras el asesinato de Pizarro en
1541. Fue escondida en un convento para protegerla y luego llevada a Quito,
donde se reencontró con el licenciado Vaca de Castro. En 1550, por orden de la
Corona, Francisca y otros descendientes de Pizarro regresaron a España. A los
18 años, se casó con su tío Hernando Pizarro, con quien tuvo cinco hijos.
Doña
Francisca, descrita como una mujer de gran carácter y habilidad para
administrar su fortuna, pasó sus últimos años en Madrid, donde disfrutó de una
vida lujosa y se involucró en la vida social de la corte. Fundó el Convento de
la Merced en Trujillo y murió el 30 de mayo de 1598, dejando un legado
perdurable.
Doña
Inés Muñoz fue una figura clave en el entorno cercano de Francisco Pizarro, no
solo por ser la esposa de su medio hermano, Francisco Martín de Alcántara, sino
por convertirse en uno de sus más fieles aliados. Pizarro confiaba plenamente
en ella, encargándole la educación y crianza de sus hijos. Su carácter valiente
se manifestó tras el trágico asesinato del conquistador, cuando los almagristas
irrumpieron en su casa en Lima. En medio del caos, Inés mostró un coraje
admirable: tras la muerte de su esposo, quien perdió la vida defendiendo a
Pizarro, se enfrentó a los conspiradores para recuperar los cuerpos de ambos y
darles una sepultura digna. Su astucia y determinación fueron decisivas para
proteger a sus sobrinos, a quienes escondió de los perseguidores. Vendiendo sus
joyas, organizó su huida y consiguió ponerlos a salvo.
Nota:
Inés
Huaylas Yupanqui, también conocida como Quespisisa, nació alrededor de 1520,
según varias fuentes. Inés Muñoz, en 1533, estimaba que tenía entre 16 y 18
años en ese momento.
Existen
varios documentos que arrojan luz sobre su vida y situación social. Uno de
ellos es el archivo ES.41091.AGI/1.16414.67.1//JUSTICIA,1088, que
contiene informaciones y probanzas realizadas en Lima y el Cusco entre 1554 y
1562. Estos registros incluyen, entre otros, detalles sobre pleitos
relacionados con su hija, Francisca Pizarro, y sobre su matrimonio con Francisco
de Ampuero.
Un
documento de 1562, en particular, detalla cómo Ampuero justificaba que Inés
Huaylas era hija legítima de Huayna Cápac (o Guainacava), conforme a las
costumbres incaicas. Este tipo de documentación refleja las tensiones y
adaptaciones entre las normas andinas y el sistema legal colonial español.
María
Rostworowski señala que Inés Huaylas falleció en 1575, aunque otras fuentes
apuntan que murió el 23 de marzo de 1558, a la edad de 42 años. Esta
discrepancia en las fechas subraya las dificultades de documentar con precisión
la vida de personajes indígenas importantes durante el periodo colonial.
Compilado
y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez
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