Las Desventuras de la Conquista-La Historia de San Sebastián y el Ascenso de Balboa en el Darién
Hacía
ya doce años que Colón había descubierto América, pero los españoles aún no
habían establecido ningún asentamiento permanente en sus tierras. Aquel gran
navegante, que en 1498 recorrió las costas de Paria y Cumaná, intentó en 1502
fundar una colonia en Veragua. Sin embargo, la imprudencia de sus compañeros y
la feroz resistencia de los indígenas frustraron sus planes. Los colonos,
abandonando el asentamiento apenas iniciado, dejaron la empresa a otros
aventureros más afortunados.
En
1501, Rodrigo de Bastidas había explorado las costas de Cumaná y Cartagena con
la intención de comerciar pacíficamente con los habitantes locales, sin
intención de poblar. Luego, Alonso de Ojeda, un aventurero célebre por su
audacia y tenacidad y compañero de Colón, recorrió las mismas regiones,
intercambiando bienes con los indígenas e intentando, sin éxito, establecerse
en el golfo de Urabá, descubierto por Bastidas. A pesar de sus reveses, Ojeda
no abandonó su propósito. En una tercera expedición, él y Diego de Nicuesa
obtuvieron la autorización de Fernando el Católico para poblar y gobernar en la
costa firme de América, asignándose a Ojeda el territorio desde el cabo de la
Vela hasta la mitad del golfo de Urabá, y a Nicuesa desde allí hasta el cabo de
Gracias a Dios. Ambos expedicionarios zarparon de España y luego de Santo
Domingo casi al mismo tiempo. Ojeda partió primero, pero al llegar a Cartagena
perdió varios compañeros en enfrentamientos con los indígenas y se vio obligado
a dirigirse al golfo de Urabá, atraído por la fama de las riquezas del río
Darién. Sin poder hallarlo, decidió fundar un pueblo en las colinas orientales
de la ensenada, al que llamó San Sebastián en 1510, el segundo asentamiento
europeo en tierra continental americana.
El
destino de San Sebastián, sin embargo, sería tan sombrío como el del primer
asentamiento. Sin provisiones duraderas, sin paciencia ni habilidades para
cultivar, los españoles dependían de incursiones para sobrevivir, un recurso
incierto y peligroso. Los indígenas, feroces y combativos, no solo se defendían
con éxito, sino que atacaban a los colonos constantemente, usando flechas
envenenadas que infundían terror. Pronto los víveres escasearon, la fatiga y el
hambre redujeron las fuerzas, y el desánimo se apoderó de todos, quienes solo
veían en la muerte o la huida una salida a su miseria. La única esperanza de
Ojeda era la llegada de Martín Fernández de Enciso, un socio que había quedado
en La Española preparando un navío para llevarles refuerzos. Pero Enciso no
llegaba, y los descontentos, casi al borde de un motín, presionaron a Ojeda
para que tomara una decisión. Decidió entonces partir él mismo en busca de
ayuda, dejando el mando a Francisco Pizarro hasta el arribo de Enciso, y
prometiendo regresar en cincuenta días. Les advirtió que, si no volvía en ese
plazo, abandonaran el asentamiento y buscaran refugio donde mejor les
pareciera.
Ojeda
partió hacia La Española, pero perdió el rumbo y terminó en Cuba. Tras una
serie de desventuras que lo llevaron finalmente a Santo Domingo, murió años
después, pobre y olvidado.
Mientras
tanto, en San Sebastián, los españoles, al ver que habían pasado los cincuenta
días prometidos sin recibir auxilio alguno, decidieron embarcarse en dos
bergantines y regresar a La Española. De los más de doscientos que habían
llegado con Ojeda, quedaban apenas sesenta; sin embargo, esos sesenta no cabían
en las pequeñas embarcaciones, por lo que tuvieron que esperar a que el hambre
y la miseria redujeran aún más su número. Pronto esto sucedió, y entonces
pudieron zarpar. Pero uno de los bergantines fue tragado de inmediato por el
mar. Pizarro, atemorizado, se refugió en Cartagena, donde, al entrar al puerto,
divisó a lo lejos la nave de Enciso, quien venía acompañado de un bergantín.
Pizarro decidió esperarlo, y Enciso, investido por Ojeda como alcalde mayor,
asumió el mando y ordenó el regreso a Urabá.
Los
hombres, agotados y temerosos, se resistían a enfrentar de nuevo las penurias y
miserias de aquel lugar, pero Enciso, valiéndose de su autoridad y de
persuasiones, logró finalmente que cedieran. Enciso traía consigo ciento
cincuenta hombres, doce yeguas, algunos caballos, armas y abundantes
provisiones. Sin embargo, al llegar a Urabá, nuevos infortunios los aguardaban:
la nave de Enciso encalló en un bajío y se hizo pedazos, perdiéndose casi todo
lo que transportaban, salvo los hombres, quienes lograron salvarse, aunque
desnudos. La fortaleza y las casas que habían construido estaban reducidas a
cenizas. Los indígenas, conscientes ya de su ventaja y de la debilidad de sus
enemigos, los esperaban y los atacaban con una audacia y determinación que no
dejaban lugar ni para la paz ni para la sumisión. Nuevamente surgieron las
voces de regresar a La Española: “Dejemos estas costas mortíferas, donde el mar,
la tierra, el cielo y los hombres nos rechazan”, decían. No se escuchaban sino
palabras de desaliento y consejos de huida. Parecía que la colonia sería
abandonada por segunda vez y quizás para siempre, de no ser por la intervención
de un hombre que, en medio de la desesperación general, devolvió a todos el
ánimo y la esperanza y que, con su valentía y talento, daría estabilidad y
brillo a la tambaleante colonia.
“Recuerdo,”
dijo Vasco Núñez de Balboa, “que años atrás, navegando con Rodrigo de Bastidas
para explorar estas costas, entramos en este golfo, y hacia el oeste
desembarcamos en una tierra fértil y abundante, habitada por gente que no
envenenaba sus flechas.” Estas palabras, como un soplo de vida, devolvieron el
ánimo a todos. Siguiendo a Enciso y a Balboa, alrededor de un centenar de
hombres embarcaron en los bergantines, cruzaron el golfo y buscaron en la costa
opuesta esa tierra amiga que Balboa les había descrito. Encontraron el río, el
lugar y el entorno tal como él los había pintado, y estaban listos para ocupar
el poblado, pero fueron recibidos por los indígenas, quienes, tras poner a
salvo a sus familias y pertenencias, se situaron en un cerro y se prepararon
para enfrentar a los recién llegados con valentía.
Los
indígenas, liderados por su cacique Cemaco, eran hasta quinientos guerreros
decididos a defender su tierra contra la invasión. Los españoles, temerosos del
resultado de la batalla, se encomendaron al cielo, haciendo un voto de nombrar
el primer pueblo que fundaran en esas tierras como Santa María de la Antigua,
en honor a una imagen venerada en Sevilla, si obtenían la victoria. Enciso, en
un intento de asegurar la lealtad de sus hombres, hizo que todos juraran
mantener sus puestos hasta la muerte y no retroceder. Con estas promesas, dio
la señal para el combate. Los españoles avanzaron con un grito feroz y atacaron
con fuerza; los indígenas los enfrentaron con valentía, pero la superioridad de
las armas españolas y su desesperación decidieron la batalla, obligando a los
nativos a huir.
Tras
la victoria, los conquistadores entraron en el poblado, encontrando oro, lino,
ropas de algodón y provisiones. Exploraron los alrededores y descubrieron en
los cañaverales del río más tesoros que los indígenas habían ocultado. Aquellos
pocos que no lograron escapar fueron capturados, y los españoles establecieron
su dominio en la región. Enciso mandó a buscar a los hombres que había dejado
en la banda oriental del golfo, y, con la esperanza renovada, todos se
dedicaron a fundar la villa, cumpliendo su promesa al nombrarla Santa María de
la Antigua del Darién.
Al
inicio, la conducta de Enciso parecía digna del cargo y la autoridad que
ostentaba. Sin embargo, los doce mil pesos en oro que habían acumulado
despertaron la codicia entre sus compañeros, y su decisión de prohibir el
comercio con los indígenas, bajo pena de muerte, comenzó a crear tensiones. Los
colonos, resentidos, lo acusaban de querer monopolizar las ganancias. Además,
argumentaban que, al estar fuera de la jurisdicción de Ojeda, el poder de Enciso
carecía de validez, y, por lo tanto, no estaban obligados a obedecerle.
Vasco
Núñez de Balboa, quien había ganado prestigio por su liderazgo durante la
reubicación de la colonia, se destacó entre los descontentos. La mayoría acordó
entonces destituir a Enciso y establecer un gobierno local. Formaron un cabildo
y eligieron regidores y alcaldes, siendo nombrados Martín Zamudio y Balboa para
llevar las varas de justicia.
Aun
así, las disputas no se calmaron del todo. Los seguidores de Enciso insistían
en que necesitaban un líder único, y algunos proponían que fuera él; otros
consideraban que, estando en territorio bajo la jurisdicción de Diego de
Nicuesa, debían someterse a su autoridad. Pero la facción mayoritaria apoyaba
el nuevo gobierno local y, en caso de elegir a un líder único, preferían a
Balboa, confiando en que él los guiaría mejor que cualquier otro.
Mientras
discutían estas cuestiones, los colonos escucharon de repente el estruendo de
disparos en el golfo y vieron señales de humo provenientes del este. En
respuesta, enviaron sus propias señales. Poco después llegó Diego Enríquez de
Colmenares, quien había partido de La Española en busca de Diego de Nicuesa,
acompañado de dos navíos cargados de provisiones, armas, municiones y sesenta
hombres. Las tormentas lo habían desviado hacia la costa de Santa Marta, donde
los indígenas atacaron, causando la muerte de muchos de sus hombres. Con los
sobrevivientes, Colmenares bajó al golfo de Urabá en busca de información sobre
Nicuesa. Al no encontrar a los hombres de Ojeda en el lugar esperado, optó por
disparar la artillería y hacer señales de humo, esperando recibir alguna
respuesta. Las señales del Darién guiaron su camino hasta la villa de Santa
María de la Antigua, donde al preguntar por Nicuesa, nadie supo darle razón de
su paradero. Colmenares entonces decidió repartir las provisiones y armas entre
los colonos, gesto que le ganó su favor e hizo que su opinión prevaleciera: era
necesario llamar a Nicuesa para que asumiera el gobierno de la colonia.
El cabildo
aprobó la decisión, y Colmenares, junto con Diego de Albítez y Diego del
Corral, fue designado para entregar el mensaje a Nicuesa. Los emisarios
zarparon de inmediato hacia la costa de Veragua en su búsqueda.
Nicuesa,
quien había partido de Santo Domingo con cinco navíos, dos bergantines y
alrededor de ochocientos hombres poco después de Ojeda, había enfrentado una
serie de adversidades. Ambos exploradores coincidieron en Cartagena, donde
Nicuesa asistió a Ojeda en combates contra los indígenas, y luego cada uno tomó
rumbo a su propia gobernación. Sin embargo, la expedición de Nicuesa resultó
ser un desastre, marcado por calamidades que hicieron de su travesía una
advertencia contra la codicia y la falta de previsión. A los pocos meses, de
aquella fuerza inicial sólo quedaban sesenta hombres, asentados miserablemente
en Nombre de Dios, a seis leguas de Portobelo, esperando la muerte, débiles y
sin esperanza alguna.
En ese
estado de desesperación, la llegada de Colmenares parecía una intervención del
cielo, como si el destino le diera a Nicuesa una última oportunidad para salir
de su miseria. Sin embargo, fuera por desgracia o imprudencia, Nicuesa no
aprovechó este salvavidas, y la invitación que le llegó desde el Darién terminó
siendo la trampa que lo empujó al abismo de su infortunio.
Las
desgracias que Nicuesa había enfrentado, en lugar de hacerlo prudente como a la
mayoría, trastornaron su carácter, antes conocido por ser generoso y mesurado.
De alegre y magnánimo, se transformó en un hombre temerario, amargado e incluso
cruel. Apenas aceptó la autoridad ofrecida por los colonos de Darién, comenzó a
lanzar amenazas sin siquiera haber salido de Nombre de Dios, prometiendo
castigos y advirtiendo que les quitaría el oro que habían extraído sin su
permiso. Estas bravatas disgustaron a Colmenares y ofendieron aún más a Albítez
y Corral, quienes, como habitantes de Darién, recibieron las advertencias de
Nicuesa como un ataque directo. Cometió además el error de dejarlos partir
antes que él hacia el Darién, permitiendo que le precediera una fama siniestra.
Al
llegar al Darién, los colonos, inflamados por las noticias que trajeron Albítez
y Corral y por el resentimiento de Juan de Caicedo, el veedor de Nicuesa, se
rebelaron aún más al escuchar su discurso. Caicedo, también dolido con Nicuesa,
avivó la discordia recordándoles que estaban entregando su libertad a un
forastero. Esto fortaleció la alianza entre los partidarios de Enciso y Balboa,
quienes unieron fuerzas en contra del infortunado Nicuesa. Cuando este finalmente
llegó a Darién, fue recibido por el pueblo con gritos y amenazas, exigiéndole
que no desembarcase y que se dirigiera a su propia gobernación. Zamudio, el
alcalde, encabezaba esta oposición, mientras que Balboa, quien en secreto había
instigado la rebelión, adoptaba en público una postura de moderación y
serenidad.
Nicuesa,
abatido, intentó apelar a la compasión de los colonos, rogándoles que, si no lo
aceptaban como gobernador, al menos lo admitieran como igual o compañero.
Incluso, les suplicó que lo mantuvieran prisionero dentro de la colonia,
considerando esa suerte menos amarga que regresar a Nombre de Dios, donde la
muerte lo esperaba por hambre o flechas indígenas. Les recordó las enormes
inversiones y los padecimientos que había soportado, pero sus ruegos cayeron en
oídos sordos; la política y la codicia no se conmueven.
A
pesar de que Balboa le había advertido en privado que no desembarcase sin su
presencia, Nicuesa confió en las promesas de algunos colonos y bajó a tierra,
quedando a merced de la muchedumbre furiosa. Lo apresaron y lo forzaron a
embarcarse en un ruinoso bergantín, con la orden de partir de inmediato y
presentarse ante la corte. Nicuesa protestó por el cruel trato que recibía,
reivindicó la legitimidad de su autoridad y los amenazó con quejarse ante el
tribunal de Dios, pero todo fue inútil. El 1 de marzo de 1511, lo embarcaron en
una frágil nave, apenas provista de víveres y acompañada por solo dieciocho
hombres fieles que decidieron seguir su destino. Zarpó entonces hacia un
incierto destino en el mar, y ni él ni ninguno de sus acompañantes, ni la
embarcación misma, volvieron a ser vistos.
Con
Nicuesa fuera del camino, solo Enciso permanecía como el único que podía
desafiar la autoridad de Vasco Núñez de Balboa en Darién. Sin embargo, el
respaldo de Enciso en la colonia era demasiado débil para resistir. Balboa lo
acusó de haber usurpado la jurisdicción, ya que su única legitimidad derivaba
de su relación con Alonso de Ojeda y no de un título oficial. Procedió a
enjuiciarlo, lo encarceló, confiscó sus bienes y, finalmente, cediendo ante la
prudencia y las súplicas, le permitió recobrar la libertad con la condición de
que abandonara el Darién en el primer navío rumbo a Santo Domingo o Europa.
Tras
esto, decidieron enviar delegados a ambos destinos para informar de los sucesos
en la colonia, describir las características de la tierra y las costumbres de
los nativos, y solicitar suministros de alimentos y hombres. Designaron para
esta misión al alcalde Zamudio y al regidor Valdivia, ambos amigos de Balboa.
Su tarea incluía ganarse, mediante regalos, la protección de Miguel de
Pasamonte, tesorero de Santo Domingo y figura de gran influencia en asuntos de
América, debido a su relación con el Rey Católico y su secretario Conchillos.
Sin
embargo, los presentes enviados no llegaron a manos de Pasamonte, o, de haber
llegado, no fueron suficientes para satisfacer su codicia. Pronto, los primeros
informes de Pasamonte al gobierno fueron favorables a Enciso y desfavorables a
Balboa. Este error en el trato fue el inicio de las desgracias que culminarían
en la trágica caída de Balboa. Valdivia permaneció en la isla para gestionar y
agilizar los refuerzos que Darién necesitaba, mientras que Zamudio y Enciso
viajaron a España. Allí, uno se dedicó a exaltar a Balboa y el otro a presentar
quejas en su contra.
¿Quién
era entonces este hombre que, sin título, comisión o facultades, supo influir
en sus compañeros y desplazar a quienes poseían una autoridad legítima y
derechos indiscutibles al mando? Vasco Núñez de Balboa, tan audaz, codicioso y
ambicioso como ellos, lograba guiar a hombres igualmente ansiosos de poder.
Pero ¿cómo un hombre oscuro y necesitado lograba tal influencia?
Vasco
Núñez de Balboa, originario de Jerez de los Caballeros, provenía de una familia
de hidalgos venida a menos. En su juventud, sirvió a don Pedro Puertocarrero,
señor de Moguer, y más tarde se unió a Rodrigo de Bastidas en una expedición
mercantil. Para cuando Alonso de Ojeda emprendió sus expediciones, Balboa ya
estaba asentado en La Española, en la villa de Salvatierra, donde tenía una
pequeña encomienda de indios y cultivaba una modesta parcela de tierra.
Agobiado por las deudas y deseoso de gloria y fortuna, decidió unirse a la
expedición de Martín Fernández de Enciso, a pesar de que un edicto del
Almirante le prohibía abandonar la isla debido a su situación financiera.
Ingenioso
y decidido, Balboa se embarcó en secreto, acompañado por su perro Leoncico.
Según algunas versiones, se ocultó dentro de una pipa, mientras que otras
afirman que se envolvió en una vela. No se dio a conocer hasta que la
expedición ya estaba en alta mar. Enciso, al descubrirlo, se enfureció y
amenazó con dejarlo abandonado en la primera isla desierta que encontraran. Sin
embargo, tras las súplicas de varios tripulantes y la humillación de Balboa,
Enciso finalmente accedió a llevarlo con ellos.
Quiero
mencionar a este perro que tenía Vasco Núñez de Balboa, llamado Leoncico, hijo
del perro Becerrico de la isla de San Juan. No fue menos famoso que su padre.
Este perro le hizo ganar a Vasco Núñez, en esta y otras expediciones, más de
dos mil pesos de oro, ya que recibía la misma parte que un compañero en la
repartición de oro y esclavos. Y bien merecido lo tenía, más que muchos
compañeros adormilados. Leoncico poseía un instinto asombroso: distinguía entre
el indio rebelde y el sumiso tan bien como cualquiera de los que participaban
en la guerra. Una vez capturados los indios, si alguno escapaba, de día o de
noche, solo bastaba decirle al perro "se ha ido, búscalo", y él lo
encontraba sin falta. Era un rastreador tan hábil que rara vez se le escapaba
alguien. Si alcanzaba al fugitivo y este se quedaba quieto, lo agarraba
suavemente por la muñeca o la mano, trayéndolo sin morderlo ni herirlo, como lo
haría un hombre. Pero si el indio se defendía, lo destrozaba. Los indios le
temían tanto que, si diez cristianos iban acompañados por el perro, se sentían
más seguros que si fueran veinte sin él.
Vi a
este perro con mis propios ojos cuando Pedrarias llegó a la región en 1514; aún
estaba vivo, y Vasco Núñez lo prestó para algunas expediciones posteriores,
donde seguía ganando su parte, como he mencionado. Leoncico era de color
rojizo, con el hocico negro y de tamaño mediano, sin ser particularmente
hermoso, pero era fuerte y robusto, con múltiples cicatrices de las heridas que
recibió en las batallas contra los indios. Lamentablemente, murió envenenado
por alguien envidioso. Aunque quedaron algunos descendientes, ninguno igualó
jamás su grandeza. (Oviedo, Historia general, libro 29, cap. 3)
Balboa
era alto, fuerte, y de porte atractivo; a sus treinta y cinco años, su fortaleza
física le hacía incansable y capaz de soportar cualquier dificultad. Su
destreza en el combate era notable: su brazo, el más firme; su lanza, la más
poderosa; y su flecha, la más precisa. Incluso su lebrel de batalla destacaba
como el más inteligente y poderoso. Estas cualidades físicas eran acompañadas
de una mente activa, vigilante, perspicaz y tenaz. La decisión de trasladar la
colonia de San Sebastián al Darién, que fue idea suya, le ganó el respeto de
sus compañeros. Y cuando asumió el mando, se hizo notar por ser el primero en
asumir los trabajos y peligros, sin desanimarse jamás. Aplicaba la disciplina
con severidad, pero era franco y afable, repartía los botines con equidad y
trataba a cada soldado como si fuera su hijo o hermano. Su capacidad para
equilibrar la autoridad de gobernador y capitán con el trato cercano de un
camarada y amigo generó en sus compañeros una lealtad y confianza sin límites.
En sus
primeros tiempos, su ascenso al poder pudo parecer el resultado de artimañas y
audacia, un faccioso que se valía de su popularidad para eliminar a quienes
podían competir legítimamente con él. Sin embargo, una vez expulsado Enciso y
ya sin rivales, Balboa dedicó su ambición a consolidar y hacer prosperar la
colonia. Sus servicios, su visión elevada y la grandeza de sus descubrimientos
le dieron una reputación que lo colocó, a los ojos de muchos, casi al nivel de
Colón.
El
nuevo asentamiento estaba rodeado de varias tribus, similares en costumbres,
pero separadas por continuas guerras y un terreno accidentado y desigual.
Aunque estas tribus eran tan valientes y belicosas como los indígenas de la
costa oriental, los del Darién mostraban menos ferocidad y crueldad. Los
guerreros de la costa oriental utilizaban flechas envenenadas, no daban cuartel
y practicaban el canibalismo con sus enemigos rendidos. En cambio, los del
Darién preferían la lucha cuerpo a cuerpo con mazas, macanas y dardos, y no
empleaban veneno en sus flechas. A los cautivos, en lugar de ejecutarlos, les
marcaban con una señal en la frente o les quitaban un diente, destinándolos a
la servidumbre en lugar de la muerte.
La
nobleza entre ellos se otorgaba a los que resultaban heridos en combate; estos
guerreros recibían tierras, una esposa distinguida y autoridad militar, lo que
les confería un estatus superior, que podían heredar sus hijos si continuaban
en la profesión de las armas. Las tribus obedecían a caciques que, según
relatos antiguos, ejercían una autoridad considerable, mayor de la que se
esperaría en una sociedad de naturaleza salvaje. Los tequinas, que
actuaban como médicos y adivinos, también servían de consejeros en asuntos de
salud, guerra y otros proyectos importantes. Adoraban a una deidad llamada
Tuira, a la cual ofrecían ofrendas de pan, frutas, flores y aromas en un culto
que combinaba elementos pacíficos y dulces con otros crueles y sangrientos,
llegando a incluir sacrificios humanos.
Sus
asentamientos se encontraban a orillas del mar y de los ríos, aprovechando las
condiciones para la pesca, su principal fuente de alimentación, aunque también
cazaban y cultivaban algo de tierra. Sus viviendas estaban hechas de madera y
cañas atadas con bejucos, cubiertas de hierba para protegerse de la lluvia. Las
casas que se construían sobre el suelo se llamaban *bohíos*, mientras que las
elevadas sobre los árboles o el agua eran conocidas como *barbacoas*. Algunos de
los principales vivían en barbacoas tan elaboradas que, en medio de la
austeridad de la región, podían ser comparadas con palacios. Sus asentamientos
eran pequeños y se trasladaban con frecuencia en respuesta a la necesidad o al
peligro.
Los
hombres de estas tribus solían andar desnudos, cubriendo sus genitales
únicamente con un caracol o, en algunos casos, con un estuche de oro. Las
mujeres llevaban una especie de taparrabo de algodón que cubría desde la
cintura hasta la rodilla, aunque en algunas zonas ni hombres ni mujeres
llevaban nada. Los caciques y principales exhibían su estatus usando mantos de
algodón sobre los hombros. Todos se pintaban el cuerpo con el jugo de la bija o
con pigmentos de tierras de colores, especialmente al prepararse para la batalla.
Adornaban sus cabezas con plumas y llevaban colgantes en nariz y orejas, así
como brazaletes de oro en brazos y piernas. El cabello lo dejaban crecer suelto
hasta la espalda y, con pedernales, lo cortaban en la frente, justo por encima
de las cejas. Las mujeres valoraban mucho la firmeza y belleza de sus pechos,
y, cuando notaban que empezaban a decaer con la edad o los partos, los
sostenían con varillas de oro atadas a los hombros mediante cordones de
algodón. Tanto hombres como mujeres eran excelentes nadadores y disfrutaban
enormemente de pasar tiempo en el agua.
Sus
costumbres eran muy liberales en cuanto a la sexualidad, o, según una visión
occidental de la época, corrompidas. Los caciques y nobles podían tener tantas
esposas como desearan, mientras que los demás hombres solo se casaban con una.
El divorcio se obtenía fácilmente, bastando la voluntad de uno o ambos esposos,
especialmente si la mujer era estéril, en cuyo caso el esposo podía abandonarla
o incluso venderla. La prostitución no era vista como algo deshonroso. Las
mujeres nobles consideraban vulgar negar cualquier solicitud y se entregaban
voluntariamente, en especial si el pretendiente era un hombre de alto rango.
Este ambiente de permisividad llevaba a algunas mujeres a consumir hierbas
abortivas para no perder la belleza de sus pechos ni interrumpir su estilo de
vida, argumentando que el parto era cosa de mujeres mayores, mientras que las
jóvenes debían disfrutar.
Sin
embargo, estas mismas mujeres libertinas y sensuales acompañaban a sus maridos
en la guerra, donde peleaban a su lado, lanzaban flechas y morían con valentía
junto a ellos. Otra práctica abominable a ojos occidentales era la prostitución
masculina: los caciques mantenían serrallos de jóvenes destinados a sus
placeres, quienes, al ser elegidos para este rol, se vestían de mujer,
realizaban labores femeninas y quedaban exentos de las tareas de guerra y otras
fatigas.
En
cuanto a sus diversiones, estas tribus practicaban el areito, una danza
similar a algunas del norte de América. Un líder guiaba el baile cantando y
marcando los pasos, y los demás le seguían imitando sus movimientos. Mientras
tanto, otros bebían fermentados de dátiles y maíz, compartiendo las bebidas con
los bailarines. Estas celebraciones duraban horas y, a veces, varios días,
hasta que los participantes, agotados y ebrios, caían sin sentido.
Cuando
un cacique fallecía, era costumbre que sus esposas y los sirvientes más
cercanos se quitaran la vida para seguir sirviéndole en la otra vida, creyendo
que las almas de quienes no lo hicieran perecerían junto con sus cuerpos o se
transformarían en aire. Enterraban a los muertos, aunque en algunas regiones,
una vez que el cacique expiraba, lo colocaban en una piedra, encendían fuego a
su alrededor y lo secaban hasta dejar solo la piel y los huesos. Luego, lo
colgaban en una habitación destinada a este propósito o lo colocaban apoyado en
la pared, adornado con plumas, joyas de oro, ropa, y en compañía de sus
antecesores. Así, su cadáver mantenía viva su memoria en la familia, y si
perecía o se perdía en la guerra, sus hazañas quedaban registradas para la
posteridad en los cantos de sus areitos.
Este
breve panorama de las costumbres y organización social de estas tribus muestra
la limitada resistencia que podrían ofrecer a la conquista o al exterminio si
la colonia europea lograba afianzarse y prosperar. La villa se había
establecido a orillas de un río que los españoles identificaron como el Darién,
aunque en realidad era solo una de sus bocas más importantes. Al este, el golfo
los separaba por siete leguas de la costa y de las feroces tribus caribes; al
norte, tenían el mar; al oeste, el istmo; y al sur, una llanura surcada por
diferentes brazos del Darién, repleta de pantanos y lagunas.
Para
un asentamiento cuya subsistencia dependiera de la agricultura, el valle
situado entre la sierra de los Andes y las cordilleras más bajas que bordean la
costa, desde la desembocadura principal del río hasta el Cabo Tiburón, hubiera
sido más que suficiente. Este valle, excelente para el cultivo, junto con la
abundancia de pesca y caza en el golfo, los ríos y los montes cercanos, podría
haber satisfecho a colonos menos ambiciosos. Sin embargo, la avidez española
por explorar tierras, obtener oro y someter pueblos los impulsaba a enfrentar
no solo a los pueblos indómitos y nómadas del istmo, sino también las duras
condiciones del país, mucho más agrestes y hostiles. Y si a esto se suman el
calor y la humedad constante del clima, junto con las intensas y frecuentes
lluvias, se comprende que solo una voluntad inquebrantable y una resistencia
física formidable podían permitirles superar tantas dificultades.
Mientras
persistían las disputas por el control de la región, los indígenas iban y
venían del Darién, llevando provisiones que intercambiaban por cuentas,
cuchillos y otras baratijas castellanas. No solo los movía la codicia del
trueque; también acudían para espiar, deseando que los recién llegados
abandonaran sus tierras. Con frecuencia les hablaban de la abundancia y
riquezas de la provincia de Coiba, a unas treinta leguas al oeste. Vasco Núñez
envió primero a Francisco Pizarro a explorar la región, pero este regresó tras
una breve escaramuza con un grupo de indígenas liderados por Cemaco. Más tarde,
Vasco Núñez lideró personalmente una expedición de cien hombres hacia Coiba.
Sin embargo, después de recorrer muchas leguas sin encontrar ningún indígena,
ni hostil ni amistoso, y al ver que el miedo había despoblado la región, no
tuvo más opción que regresar a La Antigua sin obtener ningún beneficio de esta
segunda expedición.
Posteriormente,
envió dos bergantines a los españoles que permanecían en Nombre de Dios. En su
regreso, tocaron en la costa de Coiba, donde avistaron a dos castellanos
desnudos y pintados con bija, al estilo indígena. Estos hombres eran marineros
de la armada de Nicuesa, quienes el año anterior se habían escapado de la nave
de aquel desafortunado comandante durante su búsqueda de Veragua. Alojados y
agasajados por el cacique local, habían permanecido en la isla todo ese tiempo,
aprendiendo la lengua y examinando las circunstancias y recursos de la región.
Informaron a los navegantes sobre la riqueza del lugar, lleno de oro y todo
tipo de provisiones. Decidieron que uno de ellos se quedaría con el cacique
para servirle más adelante, mientras que el otro regresaría con ellos al Darién
para informar al Gobernador.
Balboa
comprendió rápidamente el valor de contar con un intérprete como este, así que,
después de informarse sobre lo que necesitaba saber para conocer a las gentes
que pretendía atacar, ordenó que se prepararan para la expedición ciento
treinta hombres, los más fuertes y dispuestos. Proveyó las mejores armas
disponibles en la colonia, así como instrumentos para abrirse paso entre la
maleza y mercancías útiles para el intercambio. Embarcándose en los dos
bergantines, zarpó hacia Coiba. Al llegar, desembarcó y buscó la residencia del
cacique Careta. Este le esperaba, consciente de que Balboa iba en su busca, y
cuando se le solicitó provisiones para la tropa y los colonos del Darién,
respondió tranquilamente que, cada vez que los extranjeros habían pasado por su
tierra, siempre habían provisto los suministros necesarios; sin embargo, en ese
momento no podía ofrecer nada debido a la guerra en la que estaba inmerso con Ponca,
un cacique vecino. Explicó que no habían sembrado nada, no habían cosechado, y
por lo tanto estaban tan necesitados como los españoles.
A
pesar de la respuesta del cacique, Balboa, guiado por sus intérpretes, mostró
satisfacción, aunque no confiaba plenamente en su sinceridad. Careta tenía a su
mando dos mil guerreros, y Balboa consideró que era más seguro vencerle por
sorpresa que atacarle de frente. Por ello, aparentó regresar por donde había
venido; sin embargo, a media noche se volvió hacia el pueblo, arrasó todo lo
que se encontró a su paso, capturó al cacique y a su familia, y cargó en los
bergantines todas las provisiones que encontró en el lugar, llevándolas de
regreso al Darién. Careta, así sometido, aceptó su destino y se humilló ante su
vencedor. Le suplicó que lo dejara libre, que aceptara su amistad y ofreció
proporcionar abundantes suministros a la colonia si los españoles lo defendían
contra Ponca. Estas condiciones fueron bien recibidas por el caudillo
castellano, quien selló la paz y la alianza con la tribu, asegurando como
prenda de esta alianza a una hermosa hija del cacique, que le fue presentada a
Balboa como esposa, y él la aceptó y le profesó siempre gran cariño.
Así,
los dos aliados se prepararon para enfrentarse a Ponca, quien, al no atreverse
a esperar su llegada, se refugió en las montañas, dejando su tierra desierta,
la cual fue saqueada y destruida tanto por indios como por españoles. Sin
embargo, Balboa, aplazando la conquista —o, como se decía entonces, la
pacificación del interior—, decidió regresar a la costa, donde le convenía más
tener amigos o esclavos para la seguridad y subsistencia de la Colonia.
Cerca
de Careta vivía otro cacique, conocido por algunos como Comogre y por otros
como Panquiaco, quien lideraba a hasta diez mil indios, de los cuales tres mil
eran guerreros. Atraído por la fama de valentía de los castellanos, deseaba
conocerlos y forjar amistad con ellos. Vasco Núñez, aprovechando la oportunidad
de ganar un nuevo aliado, fue a visitarle con sus hombres, presentado por un
indio principal, pariente de Careta. Al enterarse de su llegada, el cacique
salió a recibirles, acompañado por sus vasallos más destacados y sus siete
hijos, nacidos de diversas mujeres, todos ya jóvenes.
El
recibimiento fue de gran cortesía, y los huéspedes fueron alojados en distintas
casas del pueblo, provistos de abundantes víveres y sirvientes. Lo que más
impresionó a los españoles fue la morada de Comogre, que, según los relatos de
la época, medía ciento cincuenta pasos de largo por ochenta de ancho, edificada
sobre gruesos postes y rodeada por un muro de piedra. En la parte superior,
había un zaquizamí de madera bien labrado y vistoso. La construcción se dividía
en varios compartimentos, que incluían despensas, bodegas y un panteón para los
muertos, donde los españoles vieron por primera vez los cuerpos secos y
colgados de los ancestros del cacique.
El
hijo mayor de Comogre, el más astuto y discreto de sus hermanos, hacía los
honores del hospedaje. Un día, presentó a Vasco Núñez y a Colmenares, a quienes
reconoció como los líderes, setenta esclavos y hasta cuatro mil pesos en
diversas preseas de oro. El oro fue fundido al instante y comenzada la
repartición, separando el quinto para el Rey. Sin embargo, esta repartición
generó una disputa, provocando gritos y amenazas entre los presentes. Al ver
esto, el indio, arremetiendo contra las balanzas donde se pesaba el oro y
arrojando las monedas al suelo, exclamó: “¿Por qué pelearse por tan poco? Si su
deseo por el oro es tan grande que por él abandonan su tierra y vienen a
inquietar a los demás, yo les mostraré una provincia donde podrán satisfacer
ese deseo a manos llenas. Pero necesitarán ser más numerosos que los que
vienen, pues tendrán que enfrentarse a reyes poderosos que defenderán vigorosamente
sus dominios. Encontrarán primero un cacique muy rico en oro, que reside a seis
soles de distancia; luego verán el mar hacia esa dirección” —y señalaba hacia
el mediodía— “donde hallarán gentes que navegan en barcas de remo y vela, poco
menores que las vuestras, y esta gente es tan rica que come y bebe en vasos de
ese metal que tanto codician”.
Estas
célebres palabras, que se conservaron en los relatos de la época y se
repitieron por historiadores posteriores, fueron el primer aviso que los
españoles recibieron sobre el Perú. Maravillados, comenzaron a indagar más
sobre los países que mencionaba. El joven insistió en que necesitarían al menos
mil hombres para subyugar a esos pueblos, se ofreció a servirles de guía y a
ayudarles con la gente de su padre, arriesgando su propia vida para respaldar
la veracidad de sus palabras.
Al
escuchar tales noticias, Balboa se sintió exaltado ante la perspectiva de
gloria y fortuna que se le presentaba. Convencido de estar a las puertas de la
India Oriental —el anhelo del Gobierno y de los descubridores de su época—,
decidió regresar lo antes posible al Darién para alegrar a sus compañeros con
esas grandes esperanzas y hacer los preparativos necesarios para llevarlas a
cabo. No obstante, permaneció algunos días con los caciques, fortaleciendo
tanto su amistad que tanto Careta como Comogre se bautizaron junto a sus
familias. En el bautismo, Careta adoptó el nombre de Fernando y Comogre el de
Carlos.
Pronto,
Balboa regresó al Darién, rico no solo con los despojos de Ponca y los regalos
de sus amigos, sino también con las esperanzas que le ofrecía el futuro. En ese
momento, después de seis meses de ausencia, llegó el regidor Valdivia con una
carabela cargada de provisiones. Traía consigo grandes promesas del Almirante,
quien se comprometió a socorrerles abundantemente con víveres y hombres en
cuanto llegaran navíos desde Castilla. Sin embargo, los suministros que trajo
Valdivia se agotaron rápidamente; las siembras se ahogaron debido a tormentas e
inundaciones, y el hambre volvió a apoderarse de la colonia.
Ante
esta situación, Balboa decidió realizar incursiones en tierras más alejadas, ya
que los alrededores de la Antigua estaban agotados. Enviaría a Valdivia a La
Española para informar al Almirante sobre las riquezas del mar del Sur y las
noticias de aquellas regiones. Valdivia llevó consigo quince mil pesos, que
pertenecían al Rey como parte de su quinto, y el encargo de solicitar los mil
hombres que necesitaba, tanto para la expedición como para poder sostenerse sin
necesidad de exterminar a las tribus y caciques enemigos. Si no lograban esto,
se verían obligados, al ser tan pocos, a arrasar y matar a todo aquel que no se
sometiera. Sin embargo, el encargo de Valdivia, junto con los ricos presentes
de oro que los principales del Darién le ofrecieron para sus amigos, se perdió
en el mar, donde sin duda la embarcación y su comisionado se hundieron, pues
nunca más se supo de él.
A la
partida de Valdivia en 1512, Balboa organizó una expedición hacia el golfo y
exploró la tierra en su extremo interior. Allí se encontraba el dominio de
Dabaibe, famoso por sus riquezas, especialmente por un ídolo y un templo que se
creía estaban hechos de oro. Cemaco, que había encontrado refugio allí con sus
indios, no había perdido la esperanza de expulsar a los intrusos que habían
usurpado su país. Balboa entonces embarcó a ciento setenta hombres bien armados
en dos bergantines, bajo su mando y el de Colmenares, y ascendió por el golfo
hasta llegar a las bocas del río.
El
escaso conocimiento que los españoles tenían del terreno y las características
de aquel gran caudal de agua los llevó a creer que era distinto del Darién, por
lo que le dieron el nombre de río grande de San Juan, debido a su magnitud y al
día de su descubrimiento. Sin embargo, en realidad, el río que bañaba la
población de la Antigua y este nuevo descubrimiento eran el mismo, pues nacía a
trescientas leguas de distancia, detrás de la cordillera de Anserma, en la
vertiente sur, fluyendo casi directamente hacia el norte con gran ímpetu y
arrastrando todo lo que encontraba a su paso. Este río se unía con el Cauca y,
al llegar a las escarpadas sierras de Antioquía, el Cauca perdía su nombre en
el de Magdalena, al unirse sus aguas, mientras que el Darién, flanqueado por
las cordilleras de Abaibe más cercanas y enriquecido por sus afluentes de la
zona de Panamá, continuaba su curso hacia las cercanías del golfo. Allí se
extendía por las llanuras, formando anegadizos y pantanos, y dividiéndose en
diferentes bocas que, aunque variaban en tamaño, todas eran navegables para
embarcaciones menores, desaguando en el mar y endulzando sus aguas durante
algunas leguas. Sus aguas eran cristalinas, con abundante y saludable pesca.
Inicialmente,
se le conocía como Darién, tal vez en honor a algún cacique encontrado por
Bastidas u Ojeda durante su primer descubrimiento; los ingleses y holandeses le
han dado en tiempos recientes el nombre de Atrato. Así, la historia y la
geografía han adoptado indistintamente las tres denominaciones: Darién, Atrato
y San Juan.
Al
adentrarse en el territorio, Vasco Núñez de Balboa y Colmenares reconocieron
algunos de sus afluentes y las diferentes poblaciones que encontraban a sus
orillas. Al verlos acercarse, los indígenas abandonaban rápidamente sus hogares
o eran fácilmente superados en su frágil resistencia. Sin embargo, las
expectativas de que la codicia española se alimentara de riquezas no se
materializaron en aquel momento; solo lograron obtener unas pocas piezas de oro
y algunos suministros durante su agotadora incursión. Lo más singular que
observaron fue la construcción de las barbacoas de la tribu de Abebeiba. En ese
lugar, donde el terreno estaba cubierto de aguas, no era posible construir
viviendas sobre la tierra, por lo que los indígenas levantaron sus moradas
sobre las palmas altas que allí crecían. Este tipo de edificaciones sorprendió
a los castellanos; algunas de ellas ocupaban entre cincuenta y sesenta palmas,
albergando hasta doscientos hombres. Estas estructuras estaban divididas en
compartimentos para dormir, comer y almacenar alimentos. Los vinos se mantenían
enterrados al pie de los troncos para evitar que se agitaran. Para acceder a
las casas, se utilizaban escaleras colgantes de los árboles, y los indígenas
estaban tan acostumbrados a este sistema que hombres, mujeres y niños podían
desplazarse por ellas con cargas, mostrando una agilidad y destreza
sorprendentes. A pie de las barbacoas tenían sus canoas, que utilizaban para
pescar en los ríos; cuando la familia se reunía, levantaban las escaleras y dormían
tranquilos, protegidos de las fieras y de posibles enemigos.
Cuando
los castellanos llegaron a la barbacoa de Abebeiba, el cacique se encontraba en
su interior y había levantado las escaleras. Lo llamaron para que bajara sin
temor, pero él se negó, alegando que no les había hecho ningún daño y que
deseaba permanecer en paz. Le amenazaron con derribar los árboles de su casa o
prenderle fuego, y para reforzar sus amenazas, comenzaron a hacer saltar
astillas de los troncos. Ante esto, el cacique bajó con su mujer y dos hijos,
dejando el resto de su familia en la parte superior. Cuando le preguntaron si
poseía oro, respondió que no lo necesitaba. Sin embargo, presionado por la
insistencia de los castellanos, les dijo que iría en busca de unas sierras que
se veían a lo lejos para encontrarlo y traerlo. Lo dejaron partir, reteniendo
como rehenes a su mujer y sus hijos, pero él nunca volvió. Después de explorar
muchas otras poblaciones, todas abandonadas, Balboa regresó en busca de
Colmenares, a quien había dejado atrás. Juntos, se dirigieron de regreso hacia
el Darién, dejando un destacamento de treinta soldados en la población de
Abenamaguey, uno de los caciques vencidos, para proteger la tierra y evitar que
los indígenas se reorganizaran.
Sin
embargo, esto no fue suficiente para contener a los indígenas. Los cinco
régulos cuyas tierras habían sido asaltadas formaron una confederación y se
prepararon para atacar con todas sus fuerzas la colonia en el momento en que
los españoles estuvieran más desprotegidos. La conspiración se gestó con gran
sigilo, y los habitantes de la Antigua habrían perecido de no haberse
descubierto el peligro por una de esas incidencias más propias de las novelas
que de la historia, aunque frecuentemente ocurren en los acontecimientos del
Nuevo Mundo. Balboa tenía una india a quien amaba más que a sus otras
concubinas, atraído tanto por su belleza como por su carácter. Un hermano de
ella, disfrazado con el hábito de otros indígenas pacíficos que llevaban
prisioneros a los suyos, iba y venía para visitarla y tratar de lograr su
libertad. Con la certeza de la inminente destrucción de los europeos, le
advirtió un día que estuviera atenta y que cuidara de sí misma, ya que los
príncipes del país no podían soportar más la arrogancia de los forasteros y
estaban decididos a atacar por mar y tierra. Tenían preparadas cien canoas, con
cinco mil guerreros y abundantes provisiones acumuladas en el pueblo de
Tichirí, lo que constituía un plan más que suficiente para llevar a cabo su asalto.
En esta seguridad, los despojos estaban ya repartidos y los cautivos marcados.
Le indicó cuál sería el día del ataque y se marchó, aconsejándole que se
retirara a un lugar seguro para no ser atrapada en la devastación general.
No
bien se vio sola, la mujer, ya fuera por amor o por miedo, reveló a Balboa todo
lo que había oído. Este hizo llamar a su hermano bajo el pretexto de que
deseaba irse con él. Al llegar, el hermano fue apresado y sometido a tormento
para que declarara lo que sabía. El desgraciado repitió lo que le había contado
a su hermana, añadiendo que Cemaco ya había intentado asesinar a Vasco Núñez,
apostando guerreros disfrazados de trabajadores en una de sus labranzas. Sin
embargo, intimidados por la yegua que montaba el Gobernador y por la lanza que
llevaba, no se habían atrevido a llevar a cabo su plan. Al enterarse de esto,
Cemaco buscó un medio más eficaz de venganza a través de una liga y
conspiración con los otros caciques ofendidos.
Con
esta información revelada, Balboa marchó por tierra con setenta hombres,
mientras que Colmenares se dirigió por agua con un número similar de hombres,
con la intención de sorprender a sus enemigos. Balboa no encontró a Cemaco
donde esperaba, solo a un pariente de este y a unos pocos indígenas, a quienes
llevó prisioneros al Darién. Colmenares, en cambio, tuvo más éxito al
sorprender a los salvajes en Tichirí, donde capturó al caudillo encargado de la
empresa, así como a otros indígenas principales y a numerosos guerreros. Aunque
perdonó a la multitud, ordenó que se asaeteara al general y que se ahorcaran a
los señores, lo que dejó a los indígenas tan intimidados que no se atrevieron a
pensar en la independencia en el futuro.
Se
decidió entonces enviar nuevos representantes a España para informar al Rey
sobre el estado de la colonia y solicitar ayuda en La Española, en caso de que
Valdivia no hubiera podido llegar, como efectivamente había sucedido. Se decía
que Balboa deseaba esta misión para sí, ya sea por ambición de ganarse la
gracia de la corte o por temor a enfrentar el castigo por su usurpación al
permanecer en el Darién. Sin embargo, sus compañeros se opusieron, argumentando
que sin él quedarían desamparados y sin gobierno; solo a él respetaban y
seguían con agrado los soldados, y solo a él temían los indígenas. También
sospechaban que, al salir de allí, podría no querer regresar para enfrentar las
dificultades que continuamente sufrían, como ya había ocurrido con otros.
Por lo
tanto, eligieron a Juan de Caicedo, veedor de la armada de Nicuesa, y a Rodrigo
Enríquez de Colmenares, ambos hombres serios, experimentados en asuntos de
gobierno y bien considerados en la comunidad. Creían que cumplirían bien su
misión y volverían, ya que uno de ellos dejaba a su mujer en el Darién,
mientras que Colmenares había adquirido numerosas propiedades y tierras en la
región, lo que representaba lazos de confianza y compromiso con el lugar.
No
pudiendo Balboa ausentarse del Darién para atender sus propios intereses, trató
al menos de ganarse la benevolencia del tesorero Pasamonte. Es probable que en
esta ocasión le enviara un valioso presente de esclavos, piezas de oro y otras
alhajas, de las que el licenciado Zuazo hizo mención en su carta al señor de
Chievres. Los nuevos procuradores también llevaron consigo el quinto que
pertenecía al Rey y un donativo de la colonia, y, más afortunados que los
enviados anteriores, partieron del Darién a fines de octubre, llegando a España
en mayo del año siguiente.
Sucedió
a su partida un ligero disturbio que, aunque al principio pareció que iba a
socavar la autoridad de Vasco Núñez, terminó por consolidarla aún más. Bajo el
pretexto del abuso que Bartolomé Hurtado hacía de la confianza del Gobernador,
Alonso Pérez de la Rúa y otros facciosos se alborotaron. Su verdadero objetivo era
apoderarse de diez mil pesos que permanecían intactos y repartirlos a su
antojo. Tras algunas confrontaciones que resultaron en arrestos y animosidad
considerable, los descontentos intentaron sorprender a Vasco Núñez y
encarcelarlo. Él se enteró de sus planes y abandonó el pueblo bajo la excusa de
ir de caza, previendo que si aquellos turbulentos lograban apoderarse de la
autoridad y del oro, abusarían de ambos y lo llamarían de inmediato para
restablecer el orden. Así sucedió: Rúa y sus cómplices, al hacerse con el
caudal, se comportaron con tal desatino en el reparto que los colonos
principales, avergonzados al notar la inmensa distancia que había entre ellos y
Vasco Núñez, alzaron la voz, se lanzaron contra los sediciosos, los apresaron y
llamaron a Balboa, a quien reconocieron nuevamente como su autoridad y
gobernante.
En ese
momento, llegaron desde Santo Domingo dos navíos cargados de víveres y
doscientos hombres al mando de Cristóbal Serrano, entre los cuales había ciento
cincuenta soldados. Todo ello enviado por el Almirante. Balboa, en particular,
recibió el título de gobernador de aquella tierra, otorgado por el tesorero
Pasamonte, quien se suponía autorizado para hacer tales provisiones, y ahora
era tan favorable hacia él como antes había sido contrario. Lleno de gozo por
el título y el apoyo recibido, y confiado en la obediencia de todos, Balboa
decidió liberar a los prisioneros y se propuso salir a la comarca para ocupar a
la gente en expediciones y descubrimientos.
Sin
embargo, mientras hacía los preparativos, recibió una carta de su amigo y
compañero Zamudio que empañó su satisfacción. En ella, le advertía de la
indignación que las quejas de Enciso y los primeros informes del tesorero
habían provocado contra él en la corte. En lugar de agradecerle por sus
servicios, se le acusaba de usurpador e intruso, y se le hacía responsable de
los daños reclamados por su acusador. El fundador y pacificador del Darién
estaba siendo mandado a procesar por los cargos criminales que se le imputaban.
No
obstante, estas malas noticias, lejos de desanimarlo, le infundieron nueva
audacia y le impulsaron a emprender empresas mayores. ¿Dejaría que otro,
aprovechándose de sus esfuerzos, descubriera el mar del Sur y le robara la
gloria y las riquezas que anhelaba? Aunque le faltaban los mil hombres
necesarios para aquella expedición, su arrojo, pericia y constancia le daban el
ánimo para llevarla a cabo. Así podría borrar con un servicio tan notable los
defectos de su primera usurpación; y si la muerte le sorprendía en el camino,
moriría trabajando por el bien y la gloria de su patria, libre de la
persecución que se cernía sobre él.
Con
estos pensamientos en mente y decidido a seguirlos, Balboa animó a sus
compañeros, seleccionó a ciento noventa de los más bien armados y dispuestos, y
con mil indígenas de carga, algunos perros de pelea y suficientes provisiones,
se hizo a la vela en un bergantín y diez canoas, partiendo el 1 de septiembre
de 1513.
Vasco
Núñez arribó primero al puerto y tierra de Careta, donde fue recibido con
muestras de amistad y los agasajos correspondientes a sus relaciones con aquel
cacique. Tras dejar allí su escuadrilla, tomó el camino hacia las sierras en
dirección al dominio de Ponca. Este régulo había huido nuevamente, como en la
ocasión anterior, pero Vasco Núñez, ya con una política más conveniente,
deseaba restablecer una relación amistosa. Con ese propósito, envió algunos
indios de paz que le aconsejaron regresar a su pueblo y no temer a los
españoles. Ponca efectivamente volvió, fue bien recibido, presentó como don
algo de oro y, a cambio, recibió cuentas de vidrio, cascabeles y otras pequeñas
cosas. Además, el capitán español le pidió guías y hombres de carga para su
viaje por las sierras, lo que el cacique proporcionó gustosamente, añadiendo abundantes
provisiones. Así, se separaron como amigos.
Sin
embargo, el paso hacia la tierra de Cuarecuá fue menos pacífico. Su señor,
Torecha, receloso de la invasión y escarmentado por lo que había sucedido a sus
vecinos, estaba preparado para recibir hostilmente a los castellanos. Un
enjambre de indios, feroces y armados a su manera, salió al camino e inició una
serie de interrogantes a los extranjeros, preguntándoles a qué iban y qué
buscaban, amenazándolos con su perdición si intentaban avanzar. Los españoles
decidieron ignorar las amenazas y continuar su camino. En ese momento, el
régulo se mostró al frente de la tribu, vestido con un manto de algodón y
acompañado por sus principales cabos, dando la señal de combate con más audacia
que fortuna.
Los
indios acometieron con gran ímpetu y gritos, pero pronto se aterraron con el
estruendo de las ballestas y escopetas, y fueron fácilmente destrozados y
ahuyentados por los hombres y los lebreles que se lanzaron contra ellos. El
régulo cayó muerto en la refriega, junto con otros seiscientos guerreros. Tras
superar ese obstáculo, los españoles entraron en el pueblo, que fue despojado
de todo el oro y las prendas de valor que allí había. En ese lugar, encontraron
a un hermano del cacique y a otros indios vestidos de mujeres, involucrados en
la práctica indecorosa mencionada anteriormente. Cincuenta de ellos, debido a
esta circunstancia, fueron abandonados a los alanos, quienes los despedazaron
de inmediato, satisfaciendo así a los salvajes, que, según se dice, llevaban
desde lejos a otros muchos miserables de esa especie para someterlos al mismo
destino.
Con
estos ejemplares, la tierra quedó tan pacífica y sumisa que Balboa decidió
dejar en ella a los enfermos de su expedición, despidió a los guías que le
había proporcionado Ponca y tomó otros nuevos para continuar su camino hacia
las cumbres. La lengua de tierra que divide las dos Américas no tiene en su
mayor anchura más de dieciocho leguas, y en algunos tramos se estrecha hasta
siete. A pesar de que desde el puerto de Careta hasta el punto al que se
dirigían los españoles no hay más que seis días de viaje, ellos gastaron
veinte. Esto no es sorprendente, dado que la gran cordillera que atraviesa de
norte a sur todo el continente, actuando como un muro contra los embates del
Océano Pacífico, también compone el istmo del Darién con sus fragosas cimas,
que han sobrevivido al naufragio de las tierras circundantes.
Los
descubridores tuvieron que abrirse camino a través de dificultades y peligros
que solo aquellos hombres de hierro podían enfrentar y superar. Debían
atravesar espesos y enmarañados bosques, pantanos agotadores donde tanto cargas
como hombres se hundían miserablemente; enfrentarse a pendientes escarpadas y a
precipicios profundos; cruzar ríos rápidos y profundos, accesibles solo
mediante balsas precarias o puentes endebles; lidiar de vez en cuando con la
oposición de salvajes siempre vencidos, pero siempre temibles; y, sobre todo,
afrontar la falta de provisiones, que, sumada al cansancio y a la preocupación,
debilitaba sus cuerpos y desalentaba sus ánimos.
Finalmente,
los cuarecuanos que guiaban a Balboa le mostraron desde lejos la altura desde
donde se descubría el ansiado mar. Al instante, Balboa ordenó hacer alto al
escuadrón y se adelantó solo hacia la cima de la montaña (25 de septiembre de
1513). Al llegar, dirigió ansiosamente su mirada hacia el mediodía; el mar
Austral se presentó ante sus ojos. Conmovido por el gozo y la maravilla, cayó
de rodillas en la tierra, extendió los brazos hacia el mar y, con los ojos
llenos de lágrimas, agradeció al cielo por haberle destinado a aquel insigne
descubrimiento. Luego hizo señas a sus compañeros para que subieran, y al
mostrarles el magnífico espectáculo que tenían ante sí, volvió a arrodillarse
para agradecer fervorosamente el beneficio recibido. Los demás hicieron lo
mismo, mientras que los indios, atónitos, no sabían a qué atribuir aquellas
demostraciones de admiración y alegría.
Aníbal,
en la cima de los Alpes, al mostrar a sus soldados los deleitosos campos de
Italia, no pareció, según la ingeniosa comparación de un escritor
contemporáneo, ni más exaltado ni más arrogante que el caudillo español, ya en
pie, recuperando el uso de la palabra, que el gozo le había embargado. Habló
así a sus castellanos: «Allí veis, amigos, el objeto de vuestros deseos y el
premio de tantas fatigas. Ya tenéis delante el mar que se nos anunció, y en él
sin duda se encierran las inmensas riquezas que se nos prometieron. Vosotros
sois los primeros que habéis visto esas playas y esas olas; sus tesoros son
vuestros, y es vuestra la gloria de reducir esas inmensas e ignotas regiones al
dominio de vuestro rey y a la luz de la verdadera religión. Sedme fieles como
hasta aquí, y yo os prometo que nadie en el mundo os igualará en gloria ni en riquezas.»
Todos, alegres, le abrazaron y prometieron seguirle hasta donde quisiera
llevarlos.
A
continuación, cortaron un gran árbol, despojándolo de sus ramas, y formaron de
él una cruz, que fijaron en un túmulo de piedras en el mismo lugar donde se
descubría el mar. Los nombres de los reyes de Castilla fueron grabados en los
troncos de los árboles, y, en medio de aplausos y gritos de alegría,
descendieron de la sierra y se encaminaron a la playa.
Llegaron
a unos bohíos que se descubrían cerca, pertenecientes a un cacique llamado
Chiapes, quien intentó defender el paso con armas. Sin embargo, el ruido de las
escopetas y la ferocidad de los lebreles dispersaron rápidamente a su tropa,
capturando a muchos de ellos. Algunos de estos cautivos y de los guías cuarecuanos
fueron enviados a ofrecer a Chiapes una paz y amistad seguras si acudía, o
exterminio y ruina para su pueblo y sembrados. Convencido, el cacique vino y se
puso en manos de Balboa, quien lo recibió con gran agasajo. Chiapes trajo oro,
presentó más oro, y recibió en cambio vidrios y cascabeles, con lo cual se
mostró amansado y contento, dedicándose a agasajar y obsequiar a los
extranjeros.
En ese
lugar, Vasco Núñez despidió a los cuarecuanos y dio orden para que los enfermos
que se habían quedado en la tierra viniesen a encontrarse con él. Mientras
tanto, envió a Francisco Pizarro, a Juan de Ezcaray y a Alonso Martín a
explorar la comarca y buscar los caminos más breves para llegar al mar. Fue el
último quien llegó primero a la playa, y, al entrar en unas canoas que
casualmente estaban allí en seco, dejó que la marca flotara un poco sobre las
olas. Con la satisfacción de haber sido el primer español en entrar en el mar
del Sur, se volvió para informar a Balboa.
Finalmente,
Balboa descendió al mar acompañado de veintiséis hombres y llegó a la orilla al
caer la tarde del 29 de aquel mes. Todos se sentaron en la playa, aguardando a
que el agua creciera, pues en ese momento estaba en menguante. Cuando las olas
regresaron con fuerza a la orilla y alcanzaron el lugar donde estaban, Balboa,
armado de pies a cabeza, con la espada en una mano y en la otra una bandera que
llevaba la imagen de la Virgen con las armas de Castilla a sus pies, se levantó
y comenzó a avanzar por las aguas, que le llegaban a la rodilla. En voz alta
proclamó: «¡Vivan los altos y poderosos reyes de Castilla! En su nombre tomo
posesión de estos mares y regiones; y si algún otro príncipe, ya sea cristiano
o infiel, reclama algún derecho sobre ellos, estoy dispuesto a contradecirle y
defenderlos.»
Los
presentes respondieron con vítores al juramento de su capitán, dispuestos a
luchar hasta la muerte para proteger esa adquisición frente a todos los reyes y
príncipes del mundo. El escribano de la expedición, Andrés de Valderrábano,
dejó constancia del acto, que tuvo lugar en un lugar llamado golfo de San
Miguel, por coincidir con la fecha. Balboa, en un acto de posesión, probó el
agua del mar, derribó y cortó árboles, y grabó la señal de la cruz en otros,
convencidos de que eran los legítimos dueños de aquellas tierras. Luego, se
retiraron al pueblo de Chiapes.
Posteriormente,
Balboa se dedicó a explorar la región circundante y a establecer relaciones con
los caciques locales. Atravesó en canoas un gran río que desembocaba allí y se
dirigió a las tierras de un indígena llamado Cuquera. Este intentó resistirse,
pero, tras haber sufrido daños en el primer encuentro, huyó al principio,
aunque finalmente se acercó a Balboa en busca de amistad y paz, persuadido por
algunos chiapeses que el español había enviado con ese fin. Cuquera trajo
consigo algo de oro, pero lo que más sorprendió a los españoles fue una notable
cantidad de perlas que también les mostró. Al preguntarle dónde se
recolectaban, indicó una de las islas visibles en el golfo. Intrigado, Balboa
decidió reconocerla de inmediato y ordenó preparar las canoas para la travesía.
Sin embargo, los indígenas, más experimentados en las condiciones del mar,
comenzaron a disuadirlo de su intención, aconsejándole que esperara a un
momento más propicio. Era finales de octubre y la naturaleza en esa región
mostraba su cara más feroz y temible. La furia de los vientos y las tempestades
retumbaba en el aire, derribando bohíos, mientras los ríos, crecidos por las
lluvias, arrastraban rocas y árboles. El mar, tempestuoso y bramante entre las
islas, peñascos y arrecifes que colmaban el golfo, amenazaba con naufragios y
muerte inevitable a quienes se aventuraran a navegar.
Sin
embargo, el intrépido ánimo de Balboa ignoraba los peligros, y su impaciencia
no le permitía dilatar la acción. Con sesenta valientes castellanos, se lanzó
al mar en canoas, acompañado por Chiapes, quien se negó a abandonarlo. Apenas
entraron en el golfo, la mar, enfurecida, les hizo lamentar su temerario
arrojo. Se refugiaron en una isleta, saltaron a tierra y, siguiendo el consejo
de los indígenas, ataron las canoas entre sí. La subida del mar cubrió la isla,
y pasaron la noche con el agua hasta la cintura. Al amanecer, encontraron las
barcas destrozadas, algunas abiertas y otras llenas de agua y arena, sin
provisiones ni pertenencias. Hicieron lo posible por reparar las canoas dañadas
con hierbas y cortezas de árboles y, así, regresaron a tierra, hambrientos y
despojados.
El
rincón del golfo donde arribaron estaba bajo el dominio de Tumaco, un cacique
que, al igual que los demás, intentó resistir y tuvo el mismo desengaño. Al
huir, fue alcanzado por los chiapeses que Balboa había enviado para convencerlo
de que se acercara en son de paz. Tumaco, desconfiado de las promesas de sus
emisarios, envió a su hijo, quien, tras ser agasajado por Vasco Núñez con una
camisa y otras pequeñas ofrendas, fue devuelto a su padre. A raíz de esto,
Tumaco decidió unirse a los españoles; movido ya sea por el buen trato recibido
o por los consejos de Chiapes, envió a un sirviente a su bohío, quien trajo
como regalo hasta seiscientos pesos en diversas joyas de oro y doscientas
cuarenta perlas grandes, además de muchas más pequeñas. Este tesoro elevó las
esperanzas de los codiciosos aventureros, quienes creyeron que pronto se
cumplirían las promesas que el hijo de Comogre les había hecho. La única
preocupación era que el color de las perlas, al haber sido sometidas al fuego,
no era del todo puro. Sin embargo, eso tenía solución, y el Cacique, agradecido
por la generosidad de Balboa, envió a sus indígenas a pescar más, quienes, en
pocos días, regresaron con hasta doce marcos de perlas.
En
aquel lugar, admiraron las cabezas de los remos de las canoas, adornadas con
perlas y aljófar engastados en la madera, lo que causó gran asombro. A
solicitud de Balboa, se documentó este hecho, seguramente para dar fe de la
opulencia del país al gobierno de España, que, al igual que los descubridores,
estaba ansioso por el oro. Sin embargo, los indígenas Tumaco y Chiapes le
comentaron que esa belleza era insignificante en comparación con la abundancia
y el tamaño de las perlas que se encontraban en una isla visible a lo lejos, a
unas cinco leguas de distancia en el golfo. Los nativos la llamaban Tre o
Terarequi, mientras que los castellanos la bautizaron como Isla Rica. Balboa
deseaba explorar y conquistar la isla, pero el temor a enfrentar un nuevo temporal
lo disuadió, dejando la empresa para más adelante.
Así,
se despidió de Tumaco, quien le señaló hacia el oriente, indicando que la costa
se extendía sin fin y era muy rica, y que sus habitantes utilizaban ciertas
bestias para cargar y transportar. Para ilustrar mejor su punto, hizo una
figura rudimentaria en el suelo de aquellos animales. Los castellanos,
sorprendidos, especulaban que se trataba de dantas o ciervos, pero lo que el
indio intentaba representar era la llama, tan común en Perú.
Tras
realizar los actos de posesión en aquella costa, y al nombrar a la tierra de
Tumaco como provincia de San Lucas, en conmemoración del día de su llegada,
Balboa decidió regresar al Darién y se despidió de los dos caciques. Se dice
que Chiapes lloró al separarse de él. En señal de confianza, Vasco Núñez dejó a
los castellanos enfermos de su tropa al cuidado de Chiapes, instándole a que
los atendiera hasta que se recuperaran y pudieran seguirlo. Con el resto de su
grupo y muchos indios de carga, Balboa tomó un rumbo distinto al de su llegada,
con el objetivo de explorar más territorio.
La
primera población que encontraron fue Techoan, que Oviedo llama Thevaca. Este
les ofreció un cálido recibimiento, proporcionándoles abundantes provisiones,
oro, perlas y los indios necesarios para cargar sus cosas, además de su propio
hijo para que guiara a los castellanos. Los condujo hasta la tierra de su
enemigo, Poncra, un señor poderoso y, según los nuevos aliados, un tirano
insoportable en toda la comarca. Poncra huyó a los montes con su gente, pero
los tres mil pesos de oro encontrados en su pueblo fueron un cebo suficiente
para obligar a Balboa a intentar hacerle comparecer y revelar el origen de su
riqueza.
Finalmente,
vencido por amenazas y el miedo, Poncra se entregó a sus enemigos, quienes no
tardaron en llevar a cabo su ruina. Cuando le preguntaron sobre el origen del
oro que poseía, respondió que se lo habían dejado sus abuelos y que él no sabía
más. Le aplicaron tormento, pero él se mantuvo en silencio. Al final, fue lanzado
a los perros, junto con tres indios principales que decidieron seguir su triste
destino. Se dice que Poncra era deforme, de rostro repulsivo, sanguinario en
sus acciones y de costumbres inmundas. Si bien la culpa de su muerte recae más
sobre los indios que sobre los castellanos, estos últimos, al fin y al cabo, no
eran los jueces de Poncra.
Mientras
tanto, los españoles que habían quedado con Chiapes, ya recuperados de sus
fatigas, decidieron regresar con su capitán. Pasaron por la tierra del cacique
Bonouvamá, quien, no satisfecho con haberles ofrecido regalos y un descanso de
dos días en su pueblo, decidió acompañarlos para ver a Vasco Núñez. Al llegar
ante él, le dijo: “Aquí tienes, valiente hombre, a tus compañeros, sanos y
salvos, tal como entraron en mi casa. Que quien nos brinda los frutos de la
tierra y provoca los relámpagos y truenos te conserve a ti y a ellos.” Mientras
decía esto, miraba al cielo y pronunciaba otras palabras que no se entendieron
del todo, aunque parecían expresar cariño. Balboa lo agasajó en respuesta,
estableciendo una alianza y amistad perpetua con él. Después de descansar
treinta días en aquel lugar, continuaron su camino.
El
trayecto se volvía cada vez más penoso y difícil, pues marchaban por tierras
estériles y fangosas, donde se hundían hasta la rodilla. El país estaba casi
completamente despoblado, y si encontraban alguna tribu, esta era tan pobre que
no podían ofrecerles ayuda. Tal era la dificultad y el sufrimiento que algunos
indios teochaneses murieron de hambre en el camino. En medio de esta
desesperación, un día divisaron en un cerro a unos indígenas que les hacían
señales para que esperaran. Los españoles detuvieron su marcha, y los indígenas
se acercaron a Balboa, informándole que su señor Chioriso los había enviado
para saludarlo y manifestarle su deseo de mostrarles su amistad y respeto.
Los
invitaron a su pueblo y les pidieron ayuda para castigar a un poderoso enemigo
que poseía gran cantidad de oro, del cual podrían apoderarse. Para convencerlo
aún más, le presentaron, en nombre de Chioriso, diferentes piezas de oro que
pesaban hasta mil cuatrocientos pesos. Balboa recibió con gusto el mensaje,
ofreciendo a los indios cuentas, cascabeles y camisas, y prometió que en un
próximo viaje iría a saludar a Chioriso. Los indígenas partieron contentos con
sus regalos, mientras los españoles, cargados de oro, pero faltos de alimento,
continuaron su camino melancólicamente, maldiciendo las riquezas que los
oprimían y no los sustentaban.
Posteriormente,
entraron en el dominio del cacique Pocorosa, con quien forjaron una amistad.
Luego se dirigieron al territorio de Tubanamá, un poderoso régulo temido en
toda la comarca y enemigo de la tribu de Comogre. Este cacique se encontraba en
guerra, lo que hacía necesario subyugarlo; sin embargo, la gente de Balboa,
agotada por el largo viaje, no estaba en condiciones de enfrentar una batalla.
Por ello, Balboa optó por una estrategia de sorpresa en lugar de un ataque
frontal.
Seleccionó
a sesenta de sus hombres más capacitados, y en un solo día recorrieron dos
jornadas. Sin que nadie lo advirtiera, se acercaron de noche a la aldea de
Tubanamá, logrando capturarlo junto con toda su familia, que incluía hasta
ochenta mujeres. Al enterarse de su prisión, los caciques vecinos acudieron en masa
para presentar quejas y pedir justicia, como había ocurrido con Poncra. Balboa
les respondió que mentían y que solo lo acusaban por envidia de su poder y
fortuna. Ante la amenaza de ser echado a los perros o atado de pies y manos en
un río cercano, Tubanamá se mostró desesperado. Llorando y acercándose a
Balboa, señaló su espada y dijo: “¿Quién podría prevalecer contra esta macana,
que con un solo golpe puede partir a un hombre? ¿Quién no preferiría amar antes
que aborrecer a tales hombres? No me mates, te lo ruego, y te traeré todo el
oro que poseo y que pueda conseguir.” Sus palabras, cargadas de dolor,
conmovieron a Balboa, quien nunca tuvo intención de quitarle la vida y le
ordenó que fuera liberado.
A
cambio de su libertad, Tubanamá entregó hasta seis mil pesos de oro. Cuando
Balboa le preguntó de dónde lo había obtenido, el cacique respondió que no lo
sabía. Se sospechó que esta respuesta era un intento por parte de Tubanamá para
que los españoles abandonaran su territorio, por lo que Balboa ordenó realizar
catas y pruebas en algunos lugares, donde se encontró alguna muestra del
preciado metal. Así, Balboa salió del distrito de Tubanamá llevándose con él a
todas sus mujeres y a un hijo del cacique, con la intención de que aprendiera
la lengua española y pudiera servir como intérprete en el futuro.
Ya
pasada la Pascua, sus hombres estaban exhaustos y enfermos, y él mismo padecía
de fiebre. Decidió, entonces, apresurar su regreso. Llevado en una hamaca sobre
los hombros de indios, llegó a Comogre, donde el viejo cacique había fallecido,
siendo sucedido por su hijo mayor. Allí, los españoles fueron recibidos con la
habitual hospitalidad; intercambiaron regalos y, después de descansar unos
días, Balboa se dirigió al Darién a través de la tierra de Ponca. Durante su
camino, encontró a cuatro castellanos que venían a avisarle que habían llegado
a ese puerto dos navíos de Santo Domingo con abundantes provisiones. Esta
noticia alentadora lo llevó a apresurar aún más su marcha, y con veinte
soldados se adelantó al puerto de Careta. Allí se embarcó y navegó hacia el
Darién, donde finalmente arribó el 19 de enero de 1514, cuatro meses y medio
después de haber partido.
Todo
el pueblo salió a recibirle. Desde el puerto hasta su casa, los aplausos, los
vítores y las más exaltadas muestras de gratitud y admiración le acompañaron, y
nada parecía suficiente para honrarle. Considerado el domador de los montes,
pacificador del istmo y descubridor del mar Austral, Balboa traía consigo más
de cuarenta mil pesos en oro, un sinfín de ropas de algodón y ochocientos
indios de servicio. Conocedor de todos los secretos de la tierra y lleno de
esperanzas para el futuro, era visto por los colonos del Darién como un ser
privilegiado por el cielo y la fortuna. Al congratularse de tenerlo como
caudillo, se sentían invencibles y felices bajo su dirección y gobierno.
Comparaban
la constante prosperidad que había disfrutado la colonia y la espléndida
perspectiva que se presentaba ante ellos con los infortunados sucesos de Ojeda,
de Nicuesa e incluso del propio Colón, quien no había logrado asentar
firmemente su pie en el continente americano. Esta gloria se magnificaba aún
más al considerar las virtudes y talentos que Balboa había demostrado en su
conquista. Uno elogiaba su audacia, otro su constancia; uno destacaba su
prontitud y diligencia, mientras que otro subrayaba la invencible entereza de
ánimo que jamás flaqueaba. Se alababa su habilidad para ganarse la confianza de
los indígenas, equilibrando la severidad con la amabilidad. También se
reconocía su astucia y prudencia para descubrir los secretos del país y
preparar nuevas fuentes de prosperidad y riqueza tanto para la colonia como
para la metrópoli.
Entre
los elogios, sobresalía su dedicación y afecto hacia sus compañeros, con
quienes se relacionaba más como igual que como caudillo en lo que no concernía
a la disciplina militar. Visitaba uno por uno a los enfermos y heridos,
consolándolos como un hermano; si alguno se fatigaba o desfallecía en el
camino, en vez de abandonarlo, él mismo se acercaba para ayudarlo y animarlo.
Se le vio muchas veces salir con su ballesta en busca de caza para mitigar el
hambre de quienes no podían seguir el ritmo del grupo; él mismo les traía la
comida y les daba ánimo. Con este trato y cuidado, Balboa había ganado los
corazones de tal manera que ellos lo habrían seguido gustosos y seguros a donde
él quisiera llevarlos. La memoria de estas excelencias perduró muchos años
después, y el cronista Oviedo, que no era pródigo en alabanzas hacia los
conquistadores de Tierra Firme, escribió en 1548 que, en cuanto a conciliar el
amor de los soldados con este tipo de actos, ningún capitán de Indias lo había
logrado tan bien como Vasco Núñez.
Una
vez reunidos en la Colonia los compañeros de la expedición, se repartieron los
despojos obtenidos, habiéndose separado previamente el quinto que pertenecía al
Rey. El reparto se realizó con la más escrupulosa equidad entre quienes habían
participado en el viaje y aquellos que se habían quedado en la villa. Luego,
Balboa decidió enviar a España a Pedro de Arbolancha, un gran amigo suyo y
compañero en la expedición, para informar sobre los acontecimientos y llevar al
Rey un presente con las perlas más finas y gruesas del botín, en nombre de él y
de los demás colonos (marzo de 1514). Arbolancha partió, y Vasco Núñez se
dedicó a cuidar de la conservación y prosperidad del establecimiento,
fomentando las sementeras para evitar las hambrunas pasadas y evitar la
devastación de la tierra.
No
solo se cosechaba en abundancia el maíz y otros frutos del país, sino que
también se introdujeron semillas de Europa, traídas por aventureros que acudían
atraídos por la fama de la riqueza del Darién. Enviaron a Andrés Garabito a
descubrir un nuevo camino hacia el mar del Sur y a Diego Hurtado a reprimir las
correrías de dos caciques que se habían levantado en armas. Ambos cumplieron
con éxito sus misiones y regresaron a la Antigua dejando las provincias
pacificadas. Así, todo sucedía con prosperidad en el istmo. Los alrededores
estaban tranquilos, la Colonia prosperaba, y los ánimos, inflados por la
fortuna y los bienes adquiridos, se tornaban impacientes y ambiciosos por las
riquezas que les prometían las costas del nuevo mar descubierto.
Sin
embargo, estas grandes esperanzas estaban a punto de desvanecerse. Enciso había
llenado la corte de Castilla con quejas contra Balboa, y el triste final de
Nicuesa provocó tal compasión que el Rey Católico no prestó atención a las
disculpas de Zamudio, ordenando la prisión de Balboa si no se había escondido.
Así, Vasco Núñez fue condenado por los daños y perjuicios causados a Enciso, y
se ordenó que se le formara un proceso y se le escuchara criminalmente para
imponerle la pena que correspondiera por sus delitos. Para acabar con los
disturbios en el Darién, el Gobierno decidió enviar un jefe que ejerciera la
autoridad con mayor solemnidad y respeto que hasta entonces. Se nombró a
Pedrarias Dávila, un caballero de Segovia que en su juventud era conocido como
el Galán y el Justador, debido a su gracia y destreza en los juegos
caballerescos.
Poco
después de esta elección, llegaron Caicedo y Colmenares como representantes de
la Colonia, trayendo muestras de las riquezas del país y las grandes esperanzas
basadas en las noticias que les dieron los indios de Comogre. Sin embargo,
Caicedo murió poco después, descrito por Oviedo como "hinchado y tan
amarillo como aquel oro que vino a buscar". La relación que él y su
compañero hicieron sobre la utilidad del establecimiento fue tan convincente
que aumentó la estimación del Rey hacia la empresa, quien decidió enviar una
armada mucho mayor de lo que había planeado inicialmente. Los aventureros que
iban a América solo soñaban con oro; buscaban oro, quitaban oro a los indios,
les ofrecían oro a cambio de su complacencia, y el oro era el tema de
conversación en la corte. Así, el Darién, que parecía tan rico en aquel
codiciado metal, perdió su antiguo nombre de Nueva Andalucía y comenzó a ser
conocido en la conversación y en los despachos como Castilla del Oro.
Era
entonces la época en que el rey Fernando ordenó deshacer la armada destinada a
llevar al Gran Capitán a Italia para reparar el desastre de Ravena. Muchos
nobles, atraídos por la fama de este célebre caudillo, habían comprometido sus
bienes para seguirle en busca de gloria en Italia. Ahora, con la esperanza de
reparar el desaire de la fortuna, se apresuraron a alistarse en la expedición
de Pedrarias, creyendo que podrían alcanzar tanto gloria como riquezas en su
compañía. La creencia popular de que en el Darién se podía recoger oro con
redes avivó la codicia en todos, alejando cualquier consejo sensato y prudente.
Se
fijó en mil doscientos el número de hombres que debía llevar el nuevo
gobernador. Sin embargo, aunque tuvo que despedir a muchos por no poder
transportarlos, finalmente desembarcaron cerca de dos mil personas, la mayoría
jóvenes, de buenas familias, bien dispuestos y ansiosos por enriquecerse
rápidamente y regresar a su patria con más bienes y honores.
Fernando
gastó más de cincuenta y cuatro mil ducados en esta armada, una suma
considerable para la época, que refleja el interés y la importancia que se le
daba a la empresa. La flota estaba compuesta por quince navíos, bien provistos
de armas, municiones y víveres. El alcalde mayor era un joven que recién había
salido de las escuelas de Salamanca, llamado el licenciado Gaspar de Espinosa;
el tesorero era Alonso de la Puente; el veedor, Gonzalo Fernández de Oviedo, el
cronista; y el alguacil mayor, el bachiller Enciso, entre otros empleados
encargados del gobierno del establecimiento y la administración de la hacienda
real.
A la
villa de Santa María del Antigua se le otorgó el título de ciudad, junto con
otras gracias y prerrogativas que mostraban el aprecio y la consideración del
Monarca hacia sus pobladores. Además, para el orden y servicio del culto
divino, fue nombrado obispo del Darién fray Juan de Quevedo, un religioso
franciscano predicador del Rey, quien fue enviado acompañado de sacerdotes y
otros necesarios para el desempeño de su ministerio.
Se
proporcionó a Pedrarias una extensa instrucción para su gobierno, ordenándole
que no tomara decisiones sin el consejo del Obispo y de los oficiales
generales, que tratara bien a los indios y que no les hiciera la guerra sin ser
provocado. También se le encomendó mucho el famoso requerimiento, dispuesto
anteriormente para la expedición de Alonso de Ojeda, del que se hablará más
adelante en la vida de fray Bartolomé de las Casas, donde es más pertinente.
Salieron
de San Lúcar el 11 de abril de 1514, hicieron escala en la isla de La Dominica
y arribaron a Santa Marta. Allí, Pedrarias tuvo algunos enfrentamientos con los
indios feroces, saqueó sus pueblos y, sin realizar ningún asentamiento como se
le había indicado, finalmente descendió al golfo de Urabá, llegando al Darién
el 29 de junio del mismo año. De inmediato, envió a un criado a informar a
Balboa de su llegada. Este mensajero creía que el gobernador de Castillo del
Oro debería estar en un trono resplandeciente, dictando leyes a un enjambre de
esclavos. Sin embargo, su sorpresa fue mayúscula al encontrar a Balboa
dirigiendo a unos indios que le cubrían la casa de paja, vestido con una
camiseta de algodón sobre una de lienzo, zaragüelles en los muslos y alpargatas
en los pies. A pesar de su atuendo humilde, Balboa recibió con dignidad el
mensaje de Pedrarias, expresando su alegría por su llegada y asegurando que él
y todos en el Darién estaban listos para recibirle y servirle.
La
noticia corrió rápidamente por el pueblo, generando diversas reacciones basadas
en el miedo o las esperanzas de cada uno. Se discutió cómo recibirían al nuevo
gobernador; algunos proponían hacerlo armados, como hombres de guerra, pero
Vasco Núñez prefirió una opción que generara menos suspicacias, decidiendo
salir en cuerpo de concejo y desarmados.
No
obstante, Pedrarias, aún dudando de las intenciones de Balboa, al desembarcar
organizó su gente para no pasar desapercibido. Su esposa, doña Isabel de
Bobadilla, prima hermana de la marquesa de Moya, favorita de la Reina Católica,
le acompañaba, y tras ellos venían los dos mil hombres dispuestos para la
guerra. Poco después de desembarcar, se encontró con Balboa y los colonos,
quienes le recibieron con gran reverencia y respeto, prestándole la obediencia
que le correspondía. Los recién llegados se alojaron en las casas de los
colonos, quienes les proveían de pan, raíces, frutas y agua del país, mientras
que la armada les suministraba los víveres traídos de España. Sin embargo, esta
aparente armonía no duró mucho tiempo, y las discordias, infortunios y desdichas
comenzaron a acumularse rápidamente, resultado de los elementos opuestos que
componían el establecimiento.
Al día
siguiente de su llegada, Pedrarias llamó a Vasco Núñez y le comunicó el aprecio
que se le tenía en la corte por sus buenos servicios, así como el encargo del
Rey de tratarle de acuerdo a su mérito, honrándole y favoreciéndole. También le
pidió que le proporcionara un informe detallado sobre el estado de la tierra y
la disposición de los indios. Balboa respondió agradeciendo la merced y prometió
comunicar con verdad y sinceridad lo que supiese. A los dos días, presentó un
informe por escrito que incluía todo lo que había logrado durante su
gobernación: los ríos, quebradas y montes donde había hallado oro, los caciques
con los que había hecho paz (más de veinte en tres años), su viaje de mar a
mar, el descubrimiento del Océano Austral y de la Isla Rica de las Perlas.
Inmediatamente, se publicó su residencia, que fue asumida por el alcalde
Espinosa. Sin embargo, el Gobernador, desconfiando de su capacidad por su
juventud, comenzó a realizar una investigación secreta en su contra. Esta
situación ofendió a Espinosa y, aún más, a Vasco Núñez, quien percibió en aquel
pérfido y enconado procedimiento la persecución que Pedrarias le había
preparado. Así, se vio obligado a protegerse y decidió oponer a la autoridad
del Gobernador, que le era adversa, otra autoridad que le favoreciera y
amparase.
Para
este fin, Vasco Núñez acudió al obispo Quevedo, con quien Pedrarias debía
consultar sus providencias según las instrucciones recibidas. Le rindió toda
clase de respetos y se ofreció a servirle en lo que fuera necesario. Le informó
sobre sus labores, rescates y esclavos, y el prelado, impulsado por el espíritu
de ganancia que dominaba a muchos españoles en Indias, así como por el
reconocimiento de que ningún otro del Darién igualaba en capacidad e
inteligencia a Balboa, decidió confiarle sus asuntos más importantes. Además,
el obispo se alineó con doña Isabel de Bobadilla, a quien Balboa agasajaba con
toda la urbanidad y atención de un fino cortesano.
De
este modo, el obispo no cesaba de ensalzar a Balboa, destacando sus servicios y
proclamando en público que merecía grandes recompensas. Estas alabanzas pesaban
sobre Pedrarias, quien se ofendía ante la consideración que recibía un hombre
nuevo, surgido de la nada, que apenas se habría atrevido a aspirar a ser su
criado en Castilla. Mientras tanto, la residencia continuaba: el alcalde mayor,
ofendido por la desconfianza del gobernador, miró con equidad las acusaciones
contra Balboa y lo absolvió de los cargos criminales, aunque le condenó a
indemnizar a particulares por daños causados, según las quejas presentadas en
su contra. Esta sanción fue tan rigurosa que, al llegar Pedrarias, Balboa
poseía más de diez mil pesos, pero tras la residencia, se vio reducido casi a
la mendicidad. Sin embargo, el Gobernador, no satisfecho con esta humillación,
deseaba enviarlo a España encadenado para que el Rey lo castigara por la
pérdida de Nicuesa y otras culpas que se le atribuían en la investigación
secreta.
Los
oficiales reales en el Darién, como en otras partes de América, eran enemigos
de los capitanes y descubridores, y apoyaban esta idea. Pero el obispo,
temiendo que Balboa se marchara y con ello perdiera la fortuna que representaba,
hizo ver a Pedrarias que enviarlo a Castilla sería equivalente a enviarlo al
triunfo; que la presentación de sus servicios y hazañas, acompañada de su
presencia, atraería sin duda el favor de la corte. Le aseguró que volvería
honrado y gratificado más que nunca, y que tendría la gobernación de la parte
de Tierra-Firme que eligiera, la cual, dada su experiencia y conocimiento del
país, sería la más abundante y rica. Por lo tanto, lo más conveniente para
Pedrarias era mantener a Balboa necesitado y envuelto en pleitos,
entreteniéndolo con palabras y demostraciones externas mientras se decidía su
futuro.
El
obispo tenía razón; sin embargo, el mayor enemigo de Balboa no habría ideado un
plan más elaborado para perjudicarlo que el que su interesado protector buscó
para retenerlo en el Darién. Persuadido, Pedrarias decidió restituir a Vasco
Núñez los bienes que tenía embargados y comenzar a confiarle parte de los
negocios del gobierno a través del obispo. Se llegó a pensar que Balboa podría
recuperar la autoridad principal, ya que Pedrarias, gravemente enfermo poco
después de su llegada, se retiró del pueblo en busca de mejor aire, dejando el
poder al obispo y a los oficiales para que gobernaran en su nombre.
Sin
embargo, se recuperó y lo primero que hizo fue enviar a varios capitanes a
explorar el territorio, otorgando una misión específica a Juan de Ayora, su
segundo, para que partiera hacia el mar del Sur con cuatrocientos hombres y
poblase los sitios que considerara convenientes. Se rumoreó que esta acción
tenía como objetivo obstaculizar cualquier gracia que la corte pudiera otorgar
a Vasco Núñez como recompensa por su descubrimiento, argumentando que la tierra
ya estaba poblada por Pedrarias y que Balboa no había hecho más que verla y
maltratar a los indios que encontró.
Sin
embargo, aun sin este motivo, la necesidad de aliviar la situación en la
colonia exigía imperiosamente esta medida. Ya empezaban a escasear los
alimentos traídos por la flota. Un gran bohío construido junto al mar para
almacenarlos había sufrido un incendio, lo que causó la pérdida de gran parte
de su contenido; otra parte se había consumido y el resto estaba a punto de
agotarse. Las raciones se redujeron y la falta de alimentos, junto con la
diversidad del clima y la angustia del ánimo, comenzó a afectar a los nuevos
colonos. Cuando llegaron, preguntaban por el lugar donde se podía recoger el
oro con redes, y los habitantes del Darién les respondían que las redes para
obtener oro eran la fatiga, el trabajo y los peligros; así como ellos habían
conseguido el oro que poseían, así debían los recién llegados procurarse el que
tanto codiciaban.
A esto
se sumaron las enfermedades, se agotó la ración del Rey, y creció la calamidad.
Aquellos que habían dejado en Castilla sus propiedades y bienes en busca de la
opulencia indiana se encontraban mendigando en las calles del Darién, sin que
nadie quisiera socorrerlos. Algunos vendían sus joyas y ropas por un trozo de
pan de maíz o galleta de Castilla; otros se convertían en leñadores, vendiendo
sus cargas por un poco de pan para subsistir; y había quienes, en un estado de
desesperación, se alimentaban de las hierbas de los campos. Finalmente, un
caballero salió a la calle clamando que moría de hambre y, ante los ojos de
todo el pueblo, falleció desmayado. Morían tantos cada día que no se podía
mantener ningún orden ni ceremonial en los entierros, y se cavaron zanjas para
arrojar los cuerpos como en tiempos de epidemia.
Menos
necesidad había entre los primeros pobladores, pero se notó en ellos una dura
indiferencia al socorrer a los afligidos, lo que evidenció su descontento con
la situación en la que se encontraban. En total, murieron hasta setecientas
personas en el transcurso de un mes, y muchos de los principales, huyendo de la
calamidad, abandonaron la tierra con el permiso del Gobernador, regresando a
Castilla o refugiándose en las islas.
Los
capitanes de Pedrarias, por su parte, salieron a explorar y poblar la tierra:
Luis Carrillo se dirigió al río de los Ánades, Juan de Ayora al mar del Sur,
Enciso al Cenu, y otros a diferentes puntos en distintos momentos. No es mi
intención detallar sus expediciones ni contar uno a uno los abusos y vejaciones
que cometieron, cómo robaban, saqueaban y cautivaban hombres y mujeres sin
distinción entre tribus amigas o enemigas. Los indios, que habían estado en paz
gracias a la buena política y las artes de Balboa, decidieron vengar tantas
injurias y se alzaron en casi todas partes, embistiendo y ahuyentando a los
españoles, que tuvieron que regresar al Darién, donde, a pesar de que sus
excesos eran conocidos, ninguno fue castigado.
Incluso
Vasco Núñez, quien salió en una expedición junto a Luis Carrillo a las bocas
del río y atacó a los indios barbacoas, se vio afectado por la mala fortuna.
Sufrió un ataque repentino por parte de aquellos salvajes en el agua y fue
maltratado en la refriega, de la cual regresaron gravemente heridos Carrillo y
él al Darién, donde murió poco después el primero. El miedo y el desaliento
provocados por estos constantes reveses fueron tales que se cerró la casa de
fundición en el Darién, un claro signo de grandes apuros. Los árboles de las
sierras, las altas hierbas de los campos y las oleadas del mar les parecían
indios que venían a asolar el pueblo. Las disposiciones de Pedrarias, lejos de
brindar seguridad, aumentaban el miedo y la confusión, mientras Balboa se
burlaba de ellas, recordándoles los días en que la colonia, bajo su mando, era
tranquila en su interior, respetada en su exterior, reina del istmo y capaz de
dictar leyes a veinte naciones.
Insatisfecho
con la situación, Pedrarias envió cartas a Castilla donde culpaba a Vasco Núñez
por no haber encontrado las riquezas y comodidades que este había prometido con
tanta grandilocuencia en sus informes. Los partidarios de Balboa, por su parte,
pintaban un panorama muy distinto: según ellos, la prosperidad de la colonia se
había desvanecido bajo el gobierno negligente de Pedrarias y los abusos de sus
capitanes. En sus testimonios, recordaban cómo antes de su llegada, el asentamiento
florecía con más de doscientos bohíos construidos, y sus habitantes disfrutaban
de una vida placentera, celebrando incluso juegos de cañas durante las fiestas.
Describían una tierra bien cultivada y unas relaciones tan pacíficas con los
caciques nativos que cualquier castellano podía atravesar el istmo de mar a mar
sin temor a agresiones. Todo este progreso, alegaban, se había perdido por el
desacato a las órdenes reales y la ausencia de justicia bajo el nuevo gobierno.
Sin
embargo, en aquel tiempo, muchos españoles habían muerto; los que quedaban
estaban tristes y desalentados, la campaña estaba destruida y los indios se
habían levantado. Todo esto se debía a la residencia tomada a Balboa. “Si le
hubieran dejado descubrir,” añadían, “ya se conocería la verdad sobre los
ponderados tesoros de Dabaibe, los indios estarían en paz, la tierra sería
abundante y los castellanos estarían contentos.” Vasco Núñez también escribió
al Rey, acusando duramente y sin tapujos al gobernador y a sus oficiales por
los males de la colonia. Pudo sentir la confianza para hacerlo, gracias a la
certeza de que ya contaba con el favor de la corte, como resultado del viaje de
Pedro de Arbolancha.
Hasta
la llegada de Caicedo y Colmenares, su opinión en Castilla había sido siempre
muy baja. Se puede ver en las Décadas de Anglería el horror y el
desprecio con que se le miraba. Siempre lo calificaban de espadachín, revoltoso
e incluso rebelde, salteador y bandolero. Sin embargo, después de la llegada de
aquellos diputados, a pesar de que Colmenares no era su amigo ni lo favorecía
en sus relaciones, la descripción que hicieron del establecimiento y de la
conducta del jefe que lo dirigía comenzó a inclinar los ánimos a su favor,
dándole consideración y aprecio. Se decía que era un hombre esforzado y
necesario, un caudillo inteligente, a cuya prudencia y valor se debía la
consolidación de la primera colonia europea en el continente indio, un mérito
que había sido negado a todos los descubridores anteriores y reservado solo
para él.
Él
conocía los secretos de la tierra: ¿quién sabe el provecho que podría aportar a
su patria un hombre con tal tesón, pericia y fortuna? Este cambio de opinión
pudo ser eficazmente influido por los informes favorables de Pasamonte, quien
describió a Vasco Núñez como el mejor servidor que el Rey tenía en
Tierra-Firme, el que más había trabajado de todos los que allí habían ido. Sin
embargo, esto no fue suficiente para alterar las disposiciones de la
expedición, que ya estaban muy avanzadas, ni el mando conferido a Pedrarias.
Cuando
Arbolancha llegó, trayendo consigo las riquezas, los despojos y las esperanzas
brillantes que habían provenido de las costas del mar Austral, las percepciones
sobre Balboa comenzaron a cambiar. Informaron que con ciento noventa hombres
había logrado lo que muchos creían posible solo con mil, y que nunca había
actuado con más de sesenta o setenta a la vez; que en todos sus encuentros no
había perdido a un solo soldado, que había pacificado a numerosos caciques y
que conocía muchos secretos. Su porte religioso y moderado, junto con la
reverencia y docilidad con que tributaba a Dios y al Rey, le valieron
reconocimiento y sumisión en todas sus prosperidades. La gratitud y admiración
hacia él crecieron desmesuradamente, hasta el punto que Anglería mismo afirmó
que aquel Goliat se había convertido en Eliseo, y de un ateo sacrílego y
fugitivo, se había transformado en Hércules, domador de monstruos y vencedor de
tiranos.
Incluso
el anciano Rey, cautivado por lo que escuchaba de Arbolancha y con las perlas
en las manos, salió de su indiferencia habitual y encargó formalmente a sus
ministros que se hiciese merced a Vasco Núñez, por su excelente servicio. Así,
si Arbolancha hubiera llegado antes de que Pedrarias saliera, es posible que
Balboa hubiera podido conservar su autoridad en el Darién y que los sucesos
hubieran sido muy distintos. Sin embargo, su estrella ya lo llevaba a la ruina,
y las mercedes del Monarca llegaron al Darién en un momento en que no
resultaban útiles ni al Estado ni a Vasco Núñez, sino que solo agudizaban los
celos y la envidia del viejo y rencoroso Gobernador.
Se le
otorgó a Balboa el título de adelantado del mar del Sur y la gobernación y
capitanía general de las provincias de Coiba y Panamá. No obstante, se le
ordenó estar a las órdenes de Pedrarias, quien a su vez debía atender y
favorecer las pretensiones y empresas del Adelantado, de modo que, al
favorecerlo, Balboa pudiera conocer cuánto lo apreciaba el Rey. La corte
pensaba así conciliar los respetos que se debían al carácter y autoridad del
Gobernador con la gratitud y recompensas que se debían a Balboa; pero esto, que
era fácil en la corte, resultaba imposible en el Darién, donde las pasiones lo
complicaban todo.
Los
despachos llegaron muy entrado el año de 1515. Pedrarias, desconfiado y
receloso, solía detener las cartas que iban de Europa, incluso las de
particulares, y retuvo los despachos destinados a Balboa, con la intención de
no darles cumplimiento. No era extraño que lo hiciera: las provincias que se le
asignaban eran las más prometedoras, tanto por su riqueza como por el talento
del jefe que se les enviaba; mientras que las que quedaban bajo la autoridad de
Pedrarias eran solo las contiguas al golfo, siendo las del este indómitas y
feroces, y las del oeste, ya empobrecidas y agotadas.
La
maniobra del Gobernador, aunque pretendía ser secreta, no pasó inadvertida para
Vasco Núñez y el Obispo. Ambos alzaron su voz contra tal arbitrariedad, siendo
el prelado quien mostró la oposición más enérgica, llegando incluso a amenazar
desde el púlpito a Pedrarias con informar al Rey sobre una injusticia que tanto
contrariaba los intereses de la Corona.
Intimidado
por estas amenazas, Pedrarias convocó a un consejo extraordinario con los
oficiales reales y el propio Obispo para deliberar sobre el asunto. La opinión
inicial del consejo fue unánime: convenía suspender la ejecución de los
despachos hasta que el Rey, tras examinar tanto la residencia de Balboa como el
parecer de todos los involucrados, expresara su voluntad definitiva.
Sin
embargo, el Obispo pronunció un alegato tan convincente y severo que hizo
tambalear esta resolución. Advirtió a los presentes sobre la grave
responsabilidad que asumirían si, movidos por mezquinas pasiones,
obstaculizaban unas mercedes otorgadas en reconocimiento a servicios que habían
ganado notoriedad en ambos continentes. Tal precedente, argumentó, sembraría el
temor entre todos, pero especialmente en el propio Gobernador.
Finalmente,
Pedrarias resolvió dar curso a los despachos, tal vez pensando en la forma de
inutilizarlos más adelante. Llamaron, entonces, a Vasco Núñez y le entregaron
sus títulos, exigiendo previamente que no usaría su autoridad ni ejercería su
gobernación sin la licencia y el beneplácito de Pedrarias. Él ofreció esa
palabra, sin saber que en ello estaba pronunciando su propia sentencia, y
empezó a llamarse públicamente Adelantado de la mar del Sur.
Esta
nueva y reconocida dignidad no lo salvó de un atropello que sufrió poco
después. Viéndose pobre y perseguido en el Darién, y acostumbrado como estaba a
mandar, quiso buscar un camino para salir del pupilaje y dependencia en que lo
mantenían. Antes de este episodio, había enviado a Cuba a su compañero y amigo
Andrés Garabito para que le trajese gente con la que, por Nombre-de-Dios, proyectaba
ir a poblar en la mar del Sur. Garabito regresó con sesenta hombres y
provisiones de armas y demás efectos necesarios para la expedición, cuando ya
se habían dado cumplimiento a los despachos y títulos de Balboa. Surgió a seis
leguas del Darién y avisó secretamente a su amigo, pero no fue tan secreto que
Pedrarias dejara de enterarse.
Furioso
de enojo y considerando aquel procedimiento como una criminal rebeldía, ordenó
la captura de Balboa e incluso deseó encerrarlo en una jaula de madera. Sin
embargo, esta indignidad no se llevó a cabo: el Obispo intervino y, tras sus
ruegos, el Gobernador concedió la libertad a Balboa, y aparentaron ser amigos
una vez más.
El
incansable protector de Balboa no se conformó con su victoria inicial. Consciente
de que Pedrarias era un hombre de edad avanzada y salud precaria, y sabiendo
que tenía dos hijas casaderas en Castilla, concibió un plan más ambicioso:
forjar una alianza inquebrantable entre ambos hombres. Con hábil diplomacia,
expuso ante el Gobernador lo contraproducente que resultaba mantener en la
sombra al hombre más capacitado de aquellas tierras. Le advirtió que esta
situación no solo le privaba de los beneficios que podría reportarle la amistad
de Balboa, sino que además era insostenible: tarde o temprano, este encontraría
la manera de hacer llegar al Rey sus quejas sobre la opresión y el desaliento
al que estaba sometido, lo cual no solo manchaba el honor de Pedrarias, sino
que también perjudicaba los intereses de la Corona.
Por lo
tanto, valía más hacer de Balboa un aliado incondicional, casándolo con una de
sus hijas, lo que también le permitiría descansar en su vejez y dejar en manos
de su yerno el cuidado y la responsabilidad de la guerra. Así, los servicios
que Balboa realizara serían considerados como propios de Pedrarias, y cesarían
de una vez las pasiones y contiendas tristes que mantenían dividido al Darién y
entorpecían el progreso de los descubrimientos y conquistas. Lo mismo dijo a
doña Isabel de Bobadilla, quien, más afectuosa hacia el descubridor, se dejó
persuadir más fácilmente. Finalmente, inclinó al Gobernador a permitir el
enlace (1516). Concertaron las capitulaciones, y el desposorio se celebró por
poder; así, Balboa se convirtió en yerno de Pedrarias y esposo de su hija
mayor, doña María.
El
Obispo se fue a Castilla creyendo que, con aquel acuerdo, había asegurado la
fortuna y dignidad de su amigo. Pedrarias comenzó a llamarle hijo, honrándolo
como tal, y así lo comunicó, lleno de satisfacción, al Rey y a sus ministros. Después,
para darle ocupación, lo envió al puerto de Careta, donde se estaba fundando la
ciudad de Acla, para que terminara de establecerla y desde allí tomara las
disposiciones adecuadas para los descubrimientos en la mar opuesta. Balboa
cumplió con esta misión, y una vez asentados los negocios de Acla, se dedicó a
construir bergantines para la tan ansiada expedición.
Cortó
la madera necesaria, y todo lo necesario para la construcción—áncoras, jarcia y
clavazón—fue transportado a hombros por hombres de mar a mar, atravesando las
veintidós leguas de sierras ásperas y fragosas que allí tiene el istmo. Indios,
negros y españoles trabajaban, y hasta el mismo Balboa a veces aplicaba sus
brazos hercúleos a la fatiga. Con este tesón logró finalmente ver armados los
cuatro bergantines que necesitaba, pero la madera, recién cortada, fue comida
al instante por los gusanos y resultó inútil. A pesar de ello, armó otros
barcos, pero se los inutilizó una avenida. Volvió a construirlos con nuevos
auxilios que trajo de Acla y del Darién, y una vez estuvieron listos, se lanzó
al golfo, dirigiéndose a la isla mayor de las Perlas, donde reunió una gran
cantidad de provisiones y navegó algunas leguas al oriente en busca de las
ricas regiones que los indios le habían anunciado. Sin embargo, no pasó del
puerto de Piñas; en parte por recelo hacia aquellos mares desconocidos y en
parte por el deseo de completar enteramente sus preparativos, regresó a la isla
y se dedicó a activar la construcción de los barcos que le faltaban.
Su
situación era, entonces, la más brillante y prometedora de su vida: cuatro
navíos, trescientos hombres a su mando, dominando el mar y con la senda abierta
hacia los tesoros del Perú. Entre la gente se encontraba un veneciano llamado
micer Codro, un filósofo que había llegado al Nuevo Mundo con el deseo de
escudriñar los secretos naturales de la tierra y, tal vez, también de hacer
fortuna, siguiendo la suerte del Adelantado. Se presumía astrólogo y adivino, y
había advertido a Balboa que cuando apareciera cierta estrella en un lugar
específico del cielo, correría un gran riesgo su persona; pero si lograba salir
de esa situación, sería el hombre más rico y el capitán más célebre que hubiera
pasado a Indias.
Tal
vez Vasco Núñez vio la estrella anunciadora, y mofándose de su astrólogo, dijo:
“Donoso estaría el hombre que creyese en adivinos, y más en micer Codro.” Si
esta anécdota es cierta, sería una prueba más de que donde hay poder, fortuna o
esperanza de obtenerlos, allí la charlatanería se apresura a sacar partido de
la vanidad y la ignorancia humana.
Así se
hallaba cuando, de repente, llegó una orden de Pedrarias mandándole que
acudiera a Acla para comunicarle asuntos de importancia, necesarios para su
expedición. Obedeció al instante, sin sospechar lo que iba a sucederle, y no se
desvió de su propósito a pesar de los avisos que recibió en el camino. Cerca de
Acla, se encontró con Pizarro, quien salía a prenderle, acompañado de gente
armada.
—¿Qué
es esto, Francisco Pizarro? —le preguntó, sorprendido—. No solías tú antes
salir así a recibirme.
Pizarro
no contestó. Muchos de los vecinos de Acla también salieron a presenciar
aquella novedad, y el Gobernador, ordenando que le custodiase en una casa
particular, mandó al alcalde Espinosa que le formara causa con todo el rigor de
la justicia.
¿Qué
motivo hubo para este inesperado trastorno? Lo único que resulta claro de las
diferentes versiones que nos han llegado sobre aquellas miserables incidencias
es que los enemigos de Balboa avivaron las sospechas y el rencor latente de
Pedrarias, haciéndole creer que el Adelantado tenía la intención de zarpar para
su expedición y alejarse para siempre de su obediencia. Una serie de incidentes
coincidieron para dar color a esta acusación. Se dijo que Andrés Garabito, un
gran amigo de Balboa, había tenido una discusión con él a causa de la india
hija de Careta, a quien Vasco Núñez tanto amaba. Ofendido por este disgusto y
deseando vengarse, cuando Balboa salió por última vez de Acla, Garabito
comunicó a Pedrarias que su yerno se había alzado y tenía la intención de nunca
más obedecerle.
Lo
cierto es que, entre los involucrados en la causa, solo Garabito fue absuelto.
También se interceptó una carta de Hernando de Argüello, en la que le informaba
sobre la mala voluntad que se albergaba en el Darién hacia Balboa y le
aconsejaba que emprendiera su viaje lo antes posible, sin preocuparse por lo
que dijeran o hicieran los que mandaban en la Antigua. Por último, ya se tenía
noticia de que el gobierno de Tierra-Firme había sido otorgado a Lope de Sosa;
y Vasco Núñez, temiendo recibir de él la misma persecución que de Pedrarias,
había enviado mensajeros en secreto para averiguar si Lope había llegado al
Darién. En caso afirmativo, su intención era zarpar sin que los soldados lo
supieran, y entregarse a la suerte de sus descubrimientos.
Las
noticias sobre los emisarios enviados y las medidas proyectadas por el
Adelantado también llegaron a oídos del suspicaz suegro, pero fueron
interpretadas como si todo apuntara a que Balboa intentaba escapar de su
obediencia. Esto reavivó todo su odio, alimentado por los demás funcionarios
públicos enemigos de Balboa, quienes, sin cesar, envenenaron la mente de
Pedrarias. Así, se apresuró a sorprender a su víctima y sacrificarla a su
conveniencia.
Fue a
ver a Balboa en su encierro, aun llamándole "hijo", y le consoló
diciendo que no debía preocuparse por su prisión, ya que no tenía otro fin que
satisfacer a Alonso de la Puente y limpiar su fidelidad. Sin embargo, cuando se
dio cuenta de que el proceso estaba suficientemente fundado para la ejecución
que anhelaba, volvió a ver a Balboa con un semblante airado e inflexible y le
dijo:
—Os he
tratado como a hijo porque creí que en vos había la fidelidad que al Rey y a mí
debíais. Pero ya que no es así y que procedéis como un rebelde, no esperéis de
mí obras de padre, sino de juez y de enemigo.
—Si
eso que me imputan fuera cierto —respondió el triste preso—, teniendo a mis
órdenes cuatro navíos y trescientos hombres que todos me amaban, me habría ido
mar adentro sin que nadie me estorbara. No dudé, como inocente, en venir a
vuestro mandado, y nunca pude imaginar que fuera para verme tratado con tal
rigor y tan enorme injusticia.
Pedrarias
no le escuchó más y ordenó agravar sus prisiones. Sus acusadores en el proceso
eran Alonso de la Puente y otros publicanos del Darién; su juez, Espinosa,
quien ya codiciaba el mando de la armada que quedaría sin caudillo tras la
ruina de Balboa. La causa terminó con una sentencia de muerte. Se acumularon
los cargos, incluidos la expulsión de Nicuesa y la prisión y agravios de
Enciso. A pesar de que Espinosa, reconociendo la enormidad de tal rigor hacia
un hombre como Balboa, sugirió a Pedrarias que, en atención a sus muchos
servicios, se le podría conceder la vida, el inflexible viejo respondió:
—Si
pecó, que muera por ello.
Fue,
por tanto, sentenciado a muerte sin que se le admitiera la apelación que
interpuso para el Emperador y el Consejo de Indias. Lo sacaron de la prisión y,
a voz de pregonero, se anunció que, por traidor y usurpador de las tierras de
la corona, se le imponía aquella pena. Al oírse llamar traidor, alzó los ojos
al cielo y protestó que jamás había tenido otro pensamiento que el de
acrecentar al Rey sus reinos y señoríos. No era necesaria esta protesta a los
ojos de los espectadores, que, llenos de horror y compasión, vieron cómo le
cortaban la cabeza en un repostero y colocaban después su testa en un palo
afrentoso (1517). Con él fueron también degollados Luis Botello, Andrés de
Valderrábano, Hernán Muñoz y Fernando de Argüello, todos amigos y compañeros
suyos en viajes, fatigas y destino.
Pedrarias
observaba la ejecución desde detrás de las cañas de un vallado en su casa, a
diez o doce pasos del suplicio. Cuando llegó la noche, faltaba aún Argüello por
ajusticiar, y todo el pueblo, arrodillado, le pedía llorando que perdonase a
aquél, ya que Dios no daba día para ejecutar la sentencia. “Primero moriría
yo”, respondió él, “que dejarla de cumplir en ninguno de ellos.” Así, fue el
triste sacrificado, como los otros, seguido de la compasión de quienes lo veían
y de la indignación que inspiraba aquella inhumana injusticia.
Balboa
tenía entonces cuarenta y dos años. Sus bienes fueron confiscados, y todos sus
papeles fueron entregados después en depósito al cronista Oviedo, quien tenía
la comisión para ello del Emperador. Parte de esos bienes fue restituida a su
hermano Gonzalo Núñez de Balboa; así, él, junto con Juan y Alvar Núñez,
hermanos también del Adelantado, fueron atendidos y recomendados por el
gobierno de España en el servicio de las armadas de América, “acatando, según
dicen las órdenes reales, los servicios de Vasco Núñez en el descubrimiento y
población de aquella tierra.”
Sin
embargo, respecto a Pedrarias, no se explican ni los despachos públicos ni las
relaciones particulares. En todas se le acusa de duro, avaro y cruel; en todas
se le ve incapaz de realizar cosa alguna grande; en todas se le pinta como
despoblador y destructor del país al que se le envió, en vez de conservador y
protector. Por lo tanto, ni la indulgencia ni la duda, aunque se esfuerce por
justificarle y disculparlo, podrán jamás lavar este nombre aborrecido de la
mancha de oprobio con la que se ha cubierto para siempre. En cambio, a Balboa,
una vez silenciadas las miserables pasiones que su mérito y sus talentos
provocaron en su perjuicio, los documentos oficiales, así como las memorias
particulares y la voz de la posteridad, le reconocen sin ambages como uno de
los españoles más grandes que pasaron a las regiones de América.
Compilado
y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez
Comentarios
Publicar un comentario