De las costumbres antiguas de los naturales del Perú acerca de la religión.

 Creyeron que el cielo, la tierra, el sol y la luna habían sido creados por un ser superior al que llamaron Illa Tecce, que significa Luz Eterna. Con el tiempo, los pueblos más recientes añadieron otro nombre: Viracocha, que se traduce como Dios inmenso de Pirua, es decir, aquel a quien Pirua —el primer poblador de estas regiones— adoró. De este personaje derivó el nombre de toda la tierra y del imperio, conocido como Pirua, que los españoles pronunciaron de forma corrompida como Perú o Pirú.

El Demonio les inculcó la idea de que este Dios inmenso y verdadero había compartido su divinidad y poder con distintas criaturas, asignándoles funciones específicas. Estas criaturas fueron entonces considerados dioses compañeros y consejeros del gran Dios, situados principalmente en el cielo: el sol, la luna, las estrellas y los planetas.

Durante muchos siglos, los pueblos del Pirú no adoraron ídolos, estatuas ni imágenes. Su devoción estaba dirigida únicamente a los astros y luminarias celestes. Decían que el sol era hijo del gran Illa Tecce, y que la luz que emitía era una porción de la divinidad transmitida por su padre, para que gobernara los días, el tiempo, las estaciones, a los reyes, los reinos y todo cuanto existiera. La luna era su hermana y esposa, y también había recibido parte de la divinidad de Illa Tecce. Era la señora del mar, de los vientos, de las reinas, de las princesas y del parto de las mujeres. La llamaban Coya, que significa reina del cielo.

La aurora, por su parte, era considerada diosa de las doncellas y princesas, autora de las flores del campo y señora de la madrugada, del crepúsculo y de los celajes. Se creía que esparcía el rocío al sacudir sus cabellos, y por eso la llamaban Chasca.

Júpiter lo llamaban Pinta, y decían que el gran Illa Tecce le había encomendado el cuidado del imperio del Pirú, de sus provincias y de su república. Por ello, le ofrecían las primicias de sus cosechas y lo más notable de la naturaleza, como las mazorcas de maíz excepcionales o los frutos más hermosos. Este dios era el protector de los almacenes, trojes y tesoros. Por eso, las mazorcas especiales, los depósitos de provisiones y los bienes domésticos eran llamados Pirua. También creían que Pirua Pacaric Manco Inca, primer poblador de estas tierras, tras su muerte fue llevado al cielo a la morada de este dios Pirua, donde fue recibido con honores.

Marte, al que llamaban Aucayoc, le atribuían el dominio sobre la guerra y los soldados. A Mercurio, llamado Catuilla, se le encargaban los caminos, el comercio y los mensajeros. A Saturno, conocido como Haucha, se le vinculaban las pestes, la muerte, el hambre, los rayos y truenos. Lo representaban con una porra, arco y flechas, como ejecutor del castigo divino por las maldades humanas.

A las estrellas y signos del Zodiaco les asignaban diversas funciones: unas cuidaban del ganado, otras de los leones, serpientes, plantas y demás elementos de la naturaleza. Más adelante, algunas naciones afirmaron que en cada uno de estos dioses o astros residían las ideas o modelos de las cosas que gobernaban. Así, tal estrella tenía forma de cordero porque protegía a las ovejas; otra, forma de león; otra, de serpiente. Y consideraban necesario fabricar imágenes o estatuas que representaran esas ideas, según la función de cada divinidad. Así comenzaron los ídolos de piedra, madera, oro y plata, que decían representar a los dioses del cielo, aunque más tarde aseguraron que eran las mismas ideas hechas materia.

También sostenían que el gran Illa Tecce Viracocha tenía criados invisibles, pues al ser un Dios invisible, debían servirle seres igualmente invisibles. Estos fueron creados de la nada por su mano poderosa. Algunos permanecieron fieles y constantes en su servicio, y los llamaban Huaminca, es decir, soldados leales, ángeles buenos, miles celestis, resplandecientes. Otros, en cambio, se rebelaron y se volvieron enemigos, a quienes denominaban Çupay, palabra que significa adversario maligno. A los Huaminca les rendían culto e incluso fabricaban ídolos en su honor, pero jamás adoraban al enemigo, al Çupay, al que consideraban una figura maligna. Por ello, el Demonio ideó otros modos para ser adorado entre estos pueblos.

Los ídolos eran llamados Villcas, no Huacas, diferenciando así entre los objetos sagrados de culto y los lugares de respeto ancestral.

Sacrificios

Los sacrificios entre los antiguos pobladores del Perú se realizaban comúnmente con animales domésticos que ellos criaban, como la huacayhua, la llama, el urcu, el huanaco y el paco —todos ellos conocidos por los españoles como carneros u ovejas de la tierra. También ofrecían en sacrificio perros, tanto negros como blancos, y en ocasiones incluso leones y serpientes, especialmente al dios de la guerra, a quien se le ofrecía el corazón o la cabeza de estas fieras.

El anta, un animal semejante a una vaca silvestre pero sin cuernos, era también sacrificado al dios protector de los animales.

Asimismo, se ofrecían productos agrícolas como mieses, raíces, y hierbas medicinales, siendo especialmente apreciadas la coca y el sayre —este último, conocido también como tabaco. También se incluían plumas de aves, conchas marinas y granos hechos con ellas, denominados mollo; además de prendas de lana, metales preciosos como oro y plata, y madera olorosa. Esta madera no se ofrecía como sacrificio en sí, sino que se empleaba como leña para quemar las demás ofrendas, aunque era parte de la superstición que dicha leña debía ser aromática. Igualmente, era supersticioso el cuidado con que se escogían las cabezas de ganado, según su edad y color, para asegurar que cumplieran con ciertas características consideradas apropiadas para el rito.

También se sacrificaban pequeños animales como el cuy, así como diversas aves y pájaros, según la necesidad o la intención del sacrificio. El método para matar a las reses y aves seguía un ritual similar al descrito por poetas como Homero y Virgilio respecto a los sacrificios de los antiguos griegos y romanos. En cambio, no se trataba de una ceremonia similar a la de los moros, como erróneamente supuso Polo de Ondegardo, quien atribuyó a los peruanos rituales islámicos que nunca llegaron a estas tierras. Ningún precepto ni mandamiento del Corán fue conocido por los naturales del Perú.

Otro error de Polo fue afirmar que los indígenas del Perú se hartaban y hechizaban al aparecer una estrella, imitando las prácticas de los moros. Por el contrario, lo que en realidad sucedía es que ayunaban desde el día anterior hasta la aparición del lucero de la mañana, llamado Chasca, cuya salida con el sol marcaba el momento en que podían romper el ayuno y consumir su comida habitual. Esta no consistía en carne de perro, como pretendía dicho autor, sino en venados, aves o corderos. Jamás existió entre ellos ceremonia o rito alguno que incluyera el zahorarse, salvo que, como suele ocurrir, se pretende interpretar todo lo relativo a los gentiles romanos con categorías musulmanas, dándoles nombres y significados que les son ajenos, como hace el mismo Polo.

Que no hubo sacrificios humanos ni de niños entre los peruanos

El mayor desacierto —o, si se quiere, falso testimonio— que cometió Polo de Ondegardo respecto a los antiguos peruanos fue afirmar que éstos practicaban sacrificios humanos, tanto de adultos como de niños, en distintas circunstancias. Esta acusación carece de fundamento, pues Polo llevó a cabo sus averiguaciones en el Cusco hacia el año 1554, cuando apenas se conocía la lengua nativa, no existían intérpretes adecuados y, en general, no se daban las condiciones necesarias para comprender con profundidad las antiguas costumbres.

Por ello, muchas de las cosas que escribió no reflejan fielmente la realidad, sino que se basan en conjeturas personales, como si fueran comentarios interpretativos. A menudo, a partir de una sola palabra que le decía un indígena, Polo añadía cien más, atribuyéndole significados que no le correspondían. Hay pruebas más que suficientes de este proceder, al punto que es difícil encontrar en sus escritos algo que no esté impregnado de esas especulaciones. Sin embargo, al ser un hombre docto y haber sido el primero en escribir sobre estos temas, muchos otros autores igualmente instruidos lo siguieron sin cuestionar sus afirmaciones, repitiéndolas en sus propios libros.

Uno de esos errores fue replicado por quien redactó el compendio de sus obras, donde se dice que en la coronación de los reyes incas se sacrificaban doscientos niños, como aparece en el opúsculo De ritibus Indorum (parte 2, capítulo 9, número 3).

La falsedad de tal afirmación se demuestra, en primer lugar, porque existía una antigua ley del reino, promulgada por los propios reyes incas, que prohibía expresamente el sacrificio de seres humanos o el derramamiento de sangre, por considerarlo un acto de extrema crueldad, propio de los caribes. Esta ley fue observada con tanto rigor, que no se conoce caso alguno en que se haya atrevido a quebrantarla —ni siquiera el propio Inca. La tradición atribuye esta norma al legendario Pirúa, el primer poblador del territorio.

En segundo lugar, cada vez que los incas conquistaban provincias de la región andina donde se practicaba el canibalismo, lo primero que ordenaban, bajo pena de muerte, era la abolición de tales costumbres. Si alguna de esas naciones tenía leyes que permitían sacrificios humanos o antropofagia, eran inmediatamente revocadas. Queda claro, entonces, que si el Inca no toleraba el sacrificio de hombres en su propio reino, menos aún lo permitiría en tierras recién conquistadas.

Así lo demuestra el caso de los caribes sometidos por Túpac Inca Yupanqui —los quijos, motilones, moiopampas, rupa-rupas, vilcabambas y otros pueblos—, quienes fueron apartados de estas prácticas. Y cuando llegaron los españoles, encontraron que ya se habían civilizado en ese aspecto, a pesar de que antes de ser incorporados al Imperio, hubieran recurrido al canibalismo.

Sobre la falsedad de los supuestos sacrificios humanos en tiempos de los incas

En tercer lugar, los incas siempre se preciaron de ser gobernantes clementes. El día de su coronación, como símbolo de magnanimidad, ordenaban la liberación de todos los prisioneros, incluso de aquellos condenados a muerte por delitos graves. ¿Cómo conciliar esa muestra de humanidad con la idea de que permitieran la muerte de cientos de niños? Sería una contradicción flagrante: conceder la vida a salteadores y delincuentes, y al mismo tiempo cometer semejante crueldad con criaturas inocentes. Matar a un salteador podía considerarse justicia; asesinar niños, en cambio, habría sido una atrocidad contraria a sus propias leyes y principios.

En cuarto lugar, las leyes incas imponían castigos más severos a quien matase o sacrificase a un niño que a quien hiciera lo mismo con un adulto. Por tanto, es falso afirmar que los antiguos peruanos quebrantaban sus leyes tan fácilmente, cuando, como el mismo Polo admite, las cumplían con extremo rigor, incluso aquellas de menor importancia o pena.

En quinto lugar, ni siquiera durante los triunfos militares —cuando los generales victoriosos entraban en el Cusco con sus prisioneros, entre ellos capitanes y soldados enemigos— se permitía la ejecución de estos cautivos, ni por justicia ni como sacrificio ritual. Y eso, a pesar de que existía una ley que, al igual que entre los romanos, exigía la muerte de los enemigos derrotados en estas celebraciones. Sin embargo, en lugar de sacrificar a los prisioneros, se ofrecían cabezas de ganado, designadas para el sacrificio. A estos animales se les llamaba runa, que en quechua significa literalmente “hombre”, y en este contexto se interpretaba como “carnero que muere en lugar del hombre”.

Esta práctica —que simbolizaba el sacrificio sustitutivo— fue malinterpretada por Polo, quien no comprendió el sentido real ni la terminología indígena. Por tanto, con mayor razón se puede afirmar que durante las ceremonias de coronación de los reyes incas —festividades aún más solemnes y marcadas por la clemencia— no se derramaba sangre humana, como efectivamente sucedía.

Respecto a la afirmación de que en la coronación de Huayna Cápac murieron doscientos niños y en su entierro mil adultos, puede concederse que fueron sacrificados “huahuas” y “yuyac”, o como otros los llamaban, runa. Pero estos huahuas no deben entenderse como niños humanos, sino como corderos, pues así se los denomina también en la lengua quechua. Del mismo modo, yuyac alude a animales adultos —no a personas— que eran ofrecidos en sacrificio en lugar de seres humanos.

Templos y lugares sagrados

Los antiguos peruanos distinguían dos tipos de templos: los naturales y los artificiales.

Los templos naturales comprendían el cielo, los elementos, el mar, la tierra, los montes, quebradas, ríos caudalosos, manantiales, lagos profundos, cuevas, peñas vivas cortadas y las cumbres de las montañas. Todos estos lugares eran reverenciados, no porque se creyera que albergaban una divinidad o una fuerza celestial propia, ni porque se les atribuyera vida, sino porque consideraban que el gran dios Illa Tecce los había creado y señalado especialmente —con una característica única y singular— para que sirvieran como espacios sagrados o santuarios donde él y los demás dioses pudieran ser adorados.

Esto se confirma por las oraciones que los fieles pronunciaban al arrodillarse, postrarse o simplemente detenerse en esos sitios: no hablaban con el monte, la fuente, el río o la cueva, sino con el gran Illa Tecce Viracocha, a quien creían presente invisiblemente en el cielo y en ese lugar señalado.

Este tipo de culto fue muy común entre los antiguos peruanos. En su lengua, los distintos lugares sagrados naturales recibían nombres específicos: las cumbres eran llamadas apachitas; las cuevas, huaca; los montes, orcos; los manantiales, pucyu; y los cielos, huahua pacha. No se veneraban todos los montes, fuentes o ríos, sino únicamente aquellos que presentaban alguna singularidad que los hacía dignos de especial respeto, por lo que eran considerados lugares santos.

Con el tiempo, surgió también la creencia de que los dioses menores, al ser enviados por el gran Dios a la Tierra, solían descansar en esos lugares antes de continuar su camino, dejándolos consagrados con su paso. Es muy probable que en algunos de estos sitios se manifestara el Demonio, presentándose a ciertos gentiles bajo las figuras de los dioses que ellos imaginaban —como Pirua (Júpiter) o Haucha (Saturno)—, para hacerse adorar y prometer favores y protección, aun cuando no estuviera allí realmente presente.

Durante mucho tiempo, los peruanos practicaron su religión exclusivamente en estos templos naturales, sin levantar ningún edificio. A lo sumo, colocaban un altar de piedra, llamado osno, en el que realizaban sus sacrificios.

Sin embargo, con el paso de los años, comenzaron a construir templos de poca altura en lugares elevados. Gradualmente, estas edificaciones se trasladaron a los pueblos y ciudades, donde alcanzaron gran esplendor, como lo demuestran las reliquias y ruinas que aún hoy se conservan y todos hemos podido contemplar.

Los templos y su disposición

Los templos indígenas solían tener una sola nave, amplia y despejada, con una estructura semejante a lo que hoy llamaríamos capilla mayor. En la pared principal se levantaba un altar de piedra donde se colocaba el ídolo, ya fuera de oro o de plata, y el ornamento del templo variaba en función del valor y la importancia de dicha imagen.

El templo dedicado al gran Illa Tecce Viracocha en el Cusco —ubicado en el mismo lugar donde hoy se levanta la catedral consagrada a Nuestra Señora— tenía un único altar, situado exactamente donde ahora se encuentra el altar mayor. En aquel altar reposaba un ídolo de mármol blanco, esculpido con forma humana, cuyas facciones, cabellera, vestimenta y calzado recordaban la iconografía cristiana del apóstol San Bartolomé. Este ídolo fue posteriormente destruido en los Canchis, donde había sido escondido por los indígenas, por orden de un visitador español y corregidor de ese distrito.

El altar, tallado en la misma piedra, estaba decorado con tejidos finísimos de lana. En su interior se ofrecían productos olorosos y espigas de maíz, mientras que en el atrio —una especie de gradería más ancha— se realizaban las ceremonias de quema de sacrificios.

Otro templo importante era el del Sol, que hoy corresponde a la iglesia de Santo Domingo. Allí se encontraba otro altar, y en una cavidad de la pared se había colocado un ídolo de oro representando al sol, con sus rayos extendidos. Debido a ello, tanto el altar como las paredes del templo estaban revestidos de planchas de oro, e incluso el betún utilizado en la construcción se mezclaba con oro fundido. En este lugar ardía perpetuamente un fuego sagrado, similar al de las vestales romanas, el cual era custodiado día y noche por las vírgenes consagradas, encargadas de mantenerlo encendido sin interrupción.

El templo del planeta llamado Pinta estaba decorado con flores, espigas y luces, en alusión al ídolo que allí se veneraba, el cual sostenía siempre en sus manos ramos frescos o haces de mieses.

En cambio, el templo consagrado al signo de Escorpión era de construcción baja, con un ídolo metálico en forma de serpiente o dragón que llevaba un escorpión en la boca. A este lugar sólo tenían acceso los hechiceros, y contaba con amplios atrios destinados a los sacrificios. Este recinto, junto con sus atrios, era conocido como Amaro Cancha, y en ese mismo lugar se encuentra actualmente el colegio de la Compañía de Jesús. Precisamente donde antes estaba el ídolo de la serpiente, hoy se alza el altar mayor con el tabernáculo del Santísimo Sacramento.

En el Cusco también existía un templo que funcionaba como un verdadero panteón indígena, semejante al de Roma, en el que se reunían los ídolos de todas las naciones y pueblos sometidos al Inca. Cada ídolo tenía su propio altar e insignia distintiva, pero todos estaban sujetos por una cadena al pie, como símbolo de su sujeción y vasallaje.

Además de estos, había muchos otros templos en el Cusco, y cada provincia o pueblo del reino contaba con los suyos, ricamente decorados y dotados de ministros encargados del culto. A estos templos se les llamaba, en su lengua, huaca.

Existía otro tipo de templos, que eran en realidad los sepulcros de los difuntos, construidos en los campos. De modo semejante a como hoy en día un cristiano elige un lugar para su sepultura y la de los suyos, y la adorna según sus posibilidades, así también lo hacían los antiguos peruanos, levantando sepulcros en los campos o en los arenales.

Los sepulcros de los reyes y grandes señores se edificaban a manera de casa de habitación, con sala, cámara, recámara y demás espacios necesarios: despensa, cocina, patios, corredores y portadas, entre otros. Al morir el rey o señor, se le extraían los intestinos y el cuerpo era embalsamado con bálsamos traídos de Tolú y otras preparaciones especiales, de tal forma que el cuerpo podía conservarse durante más de cuatrocientos o quinientos años.

El entierro se realizaba con gran solemnidad y cánticos propios de su tradición. El difunto era llevado en una litera, sentado y ricamente vestido. Luego de las exequias y lamentos realizados en los atrios, lo colocaban en la recámara o aposento preparado para tal fin, lo sentaban allí y tapiaban puertas y ventanas. En la antecámara depositaban sus tesoros, vajilla, ropa y abundante comida, como pan y vino hecho a base de maíz.

Tras esto, se proclamaba un bando o pregón invitando a todos sus criados, criadas, amigos y aliados que quisieran acompañarlo y servirle en la otra vida, a hacerlo voluntariamente. Las razones eran tres: en primer lugar, el gran Illa Tecce Viracocha —creador del sol, la luna, las estrellas, el cielo y la tierra, y señor de todos los dioses— sabría recompensarlos generosamente; en segundo lugar, el dios tutelar de la familia y nación del difunto les sería favorable en la otra vida y les daría abundancia de bienes; y en tercer lugar, los hijos y herederos de quienes eligieran acompañar al difunto recibirían en esta vida tierras y bienes en abundancia, tanto los heredados como otros otorgados por gracia. Y si alguien no deseaba morir, podía comprometerse en vida a socorrer al difunto con ofrendas necesarias.

A este llamado respondían muchos, eligiendo una de tres maneras de entrega: algunos se quitaban la vida voluntariamente, con su propia mano o por medio de otra persona de su elección, y escogían el tipo de muerte que preferían. Se ofrecían para ello cuchillos, cuerdas, despeñaderos, fieras salvajes, bebidas venenosas y otros medios. La muerte se realizaba con solemnidad y acompañamiento. Los métodos más comunes eran beber veneno o desangrarse con pedernales; el ahorcamiento con cuerdas era raro, y los despeñaderos o fieras apenas se empleaban, salvo en uno o dos casos fuera del Cusco.

Una vez muertos, los cuerpos eran embalsamados y colocados en la antecámara si eran varones, o en la sala del tesoro si eran mujeres. Luego, el sucesor del rey o señor concedía a los herederos privilegios especiales, eximiéndolos de tributos y obligaciones.

La segunda forma consistía en que, al tratarse de una muerte tan voluntaria, incluso después de haberse ofrecido ante los magistrados, el individuo podía conmutarla por otro tipo de servicio, como un sacrificio de ganado. Esta ceremonia se realizaba junto al sepulcro, en presencia de algunos magistrados, y allí se efectuaba públicamente la conmutación de la muerte. El oferente explicaba las razones que justificaban el cambio, y en su lugar ofrecía cierto número de cabezas de ganado, ropa y otros bienes: tantas ovejas por él mismo, tantas por su esposa, y otras tantas por sus hijos.

Dado que estos animales iban a morir en lugar de los seres humanos, no solo los consideraban runa (hombres), huarmi (mujeres) o huahua (niños), sino que incluso les asignaban nombres propios. Así, al carnero lo llamaban Quispi, a la oveja Chimpu, y al cordero Pasña. El sacrificio se realizaba con gran solemnidad, y una vez concluido, organizaban un banquete para celebrar que el muerto había sido honrado y ellos habían salvado la vida.

Esta práctica fue tan común entre los peruanos, que en muchas ocasiones no murió persona alguna en los funerales de príncipes o grandes señores, siendo el ganado quien ocupaba su lugar. Así ocurrió con la muerte del emperador Huayna Cápac, fallecido en Quito: no llegaron a morir ni diez personas, mientras que el número de animales sacrificados superó el millar, pues fueron muchos los que se ofrecieron y conmutaron su muerte. Este ganado quedó registrado en las crónicas con nombre y título de persona, como ya se ha mencionado al hablar de Huayna Cápac.

La veracidad de esto se confirma, en primer lugar, porque cuando los españoles desmantelaron diversas huacas y sepulcros en todo el reino en busca de tesoros, no encontraron indios enterrados en los aposentos donde yacían los señores, sino solo sus vestiduras y riquezas. Y si hallaron huesos o calaveras, no eran de personas que se hubieran inmolado por superstición, sino de individuos que fallecieron por enfermedad o peste, pues sus restos estaban fuera de las huacas y carecían de las señales rituales que debían acompañar a los que se ofrecían voluntariamente. En segundo lugar, esta conmutación mediante sacrificios y ofrendas era tenida entre ellos como suficientemente válida, y los reyes la aceptaban con agrado, pues preferían evitar muertes humanas que causaban horror, llanto y dolor.

La tercera forma de ofrecerse al servicio del difunto consistía en comprometerse a acudir periódicamente al sepulcro para llevarle comida y bebida, que se derramaban como ofrenda, y a servir como ministro del culto. Por ello, muchas personas asistían regularmente a los sepulcros, no solo de reyes y grandes señores, sino también de personas particulares.

Estos sepulcros o huacas permanecieron abiertos por largo tiempo, salvo los aposentos donde reposaban los cuerpos y se guardaban los tesoros, cuyas puertas y ventanas estaban tapiadas. Sin embargo, los atrios, portales, salas y otras estancias permanecían accesibles, para que los fieles pudieran ingresar a rogar por las almas de los difuntos y velar por ellos conforme a turnos y deberes establecidos. Fue notable el cuidado y vigilancia con que honraban, custodiaban y preservaban a sus muertos.

La razón principal de esta devoción radicaba en la creencia, sostenida especialmente por los incas y sus amautas (sabios), de que las almas regresarían algún día a sus cuerpos y resucitarían. Afirmaban que esto no sería posible si los cuerpos no permanecían incorruptos y completos, al menos en sus huesos, aun si la carne se descomponía. Por ello, ponían gran empeño en embalsamar o cubrir a sus difuntos con una preparación que, aunque no era bálsamo, lograba preservar el cuerpo notablemente. Polo menciona esta creencia en la resurrección al decir que los peruanos pensaban que sus reyes y señores volverían a la vida, aunque en otro pasaje contradice esta idea.

Después de varias guerras cruentas y grandes inundaciones, los pueblos comenzaron a sellar completamente los sepulcros: no solo tapiaron puertas y ventanas, sino que cubrieron los mausoleos con tierra, formando túmulos y terraplenes que asemejaban cerros. Algunos sepulcros quedaron abiertos a modo de recuerdo, pero cuando se difundió la noticia de que los españoles habían ingresado al territorio armados, saqueando templos y oratorios, robando y matando sin distinción, y que su mayor afán era la plata y el oro, se tomó la decisión de ocultar todos los sepulcros. Los tesoros que no pudieron esconderse fueron arrojados al mar o a las lagunas.

Por las oraciones que los antiguos peruanos ofrecían a sus difuntos, se entiende que no los adoraban, ni siquiera cuando se trataba de los cuerpos de reyes, ni rendían culto a los objetos depositados en los sepulcros o huacas. Tampoco creían que en esos cuerpos o tumbas habitase alguna divinidad o fuerza celestial. En sus plegarias, se dirigían primero al gran Illa Tecce, rogándole que protegiera el cuerpo del difunto, que no permitiera su corrupción ni su pérdida en la tierra, y que recogiera su alma para colocarla en algún lugar de descanso y bienestar. También pedían que aceptara la ofrenda o sacrificio que le presentaban, y que permitiera al difunto disfrutar de lo ofrecido. Finalmente, invocaban a los dioses para que intercedieran tanto por el difunto como por el que oraba, de modo que Illa Tecce Viracocha concediera todo lo solicitado.

Respecto a lo que señala Polo, acerca de que hubo incas que pretendieron ser adorados como dioses y que ordenaron ser venerados como tales, es evidente que se trata de una conjetura suya. Como lo afirman el licenciado Falcón en su Apología pro Indis y fray Melchor Hernández en su Interpretación y Exposición de las oraciones del inca, ni las historias ni las memorias de los antiguos y modernos indígenas respaldan esa afirmación; más bien, se desprende lo contrario. Así lo demuestra una extensa disputa que tuvo lugar en el Cusco durante el tiempo de los incas, protagonizada por el sabio Amaro Toco. En ella argumentó que ningún hombre nacido de hombre y mujer podía ser considerado dios, ya que, de ser así, todos los hombres lo serían, lo que llevaría a una confusión de divinidades innecesarias.

Esta disputa fue tan bien recibida por el inca gobernante que, a raíz de ella, promulgó una ley severa: ningún mortal debía ser adorado en vida ni tras su muerte, bajo pena de muerte. Asimismo, se prohibió incluso hablar del asunto, y si algún rey, cegado por la soberbia, llegaba a proclamarse dios o mandaba que se le rindiera culto a él o a su imagen, sería declarado indigno del reino y podía ser depuesto.

Esta ley fue promulgada mucho tiempo antes del reinado de Huayna Cápac, sobre quien Polo afirma que intentó hacerse adorar como un dios. Sin embargo, la verdad es que Huayna Cápac fue uno de los más estrictos en hacer cumplir las leyes heredadas de sus antecesores. No solo no promovió su propia divinización, sino que reafirmó y renovó expresamente aquella ley que prohibía adorar a un hombre como si fuera dios. Esta norma fue reiterada posteriormente por su hijo, el rey Atahualpa, durante una asamblea celebrada en Cajamarca, a manera de Cortes.

Es cierto, no obstante, que algunos incas mandaron hacer estatuas, a las que llamaban huaoque —es decir, “hermanos”—, y a las cuales asignaban sacrificios, servidores y tributos. Pero estas imágenes no representaban al inca mismo ni llevaban su nombre, sino que eran dedicadas al dios particular de la familia, del linaje, o a una divinidad que él creía le había mostrado favor o protección —lo que en su lengua se expresa con la palabra huaoque.

Esta interpretación se confirma en las prácticas rituales: cuando, después de la muerte del inca, se sacaba su estatua en procesión por alguna necesidad de la familia, las súplicas no se dirigían al difunto, sino primero al gran Illa Tecce, y luego a aquel dios particular, invocado como intercesor. Se rogaba a ambos por el alma del inca fallecido.

Ministros mayores

En el antiguo Perú existían tres categorías de ministros dedicados al culto de los ídolos, templos y sacrificios.

La primera agrupaba a quienes se ocupaban de la interpretación de su religión, considerados maestros de ceremonias y ritos. Estos enseñaban al pueblo el número y nombres de sus dioses, así como las leyes y estatutos religiosos establecidos por los reyes, la república o el sumo sacerdote, quien actuaba como un verdadero pontífice máximo. También les correspondía promulgar las nuevas normas, interpretarlas y resolver cualquier duda que surgiera entre los demás ministros o el pueblo.

De este grupo se elegían ciertos jueces encargados de conocer y castigar los delitos, excesos y negligencias cometidos contra su religión. Estos jueces eran presididos por uno de mayor rango. Entre ellos se designaba al gran Villac Umu (también escrito Vilahoma), considerado el sumo sacerdote o pontífice supremo, quien en tiempos antiguos tenía incluso jurisdicción sobre los reyes. Sin embargo, a partir del reinado de Túpac Inca Yupanqui, la autoridad de este cargo —y la de los ministros en general— decayó notablemente, tanto en poder como en linaje y rentas, por razones que se explicarán más adelante.

El gran Villac Umu era árbitro supremo y juez en todos los asuntos religiosos y relacionados con los templos. Era reverenciado por reyes, nobles, ministros y el pueblo en general. Su vida era austera y religiosa: no comía carne, sino hierbas, raíces y su pan de maíz; vivía en el campo, lejos de las poblaciones, para entregarse a la contemplación de los astros, a los que veneraba como dioses. Hablaba poco, vestía con sencillez: una túnica de lana hasta los tobillos, similar a una loba, y una manta larga, por lo general parda, negra o morada. No bebía vino, sólo agua.

Acudía a los templos principales —como el del sol o el del gran Illapa Teqse— en las fiestas más solemnes. En esas ocasiones, vestía de manera especial: sobre la cabeza llevaba una gran tiara en forma de capirote, llamada Vila Chucu, hecha de oro y decorada con pedrería. Sobre ella, una diadema dorada; bajo la barba, una media luna de oro; en la parte superior, plumas largas de guacamayo. Todo el conjunto era conocido como Huampar Chucu.

Llevaba además una túnica larga sin mangas, suelta y sin cinturón, y sobre ella un huapil —una especie de sobrepelliz de lana blanca con adornos de lana roja y chapas de oro—. En lugar de mangas, portaba brazaletes y ajorcas de oro y piedras preciosas, y su calzado era de lana fina. Terminado el sacrificio o la ceremonia, se despojaba de estos atavíos y volvía a su hábito cotidiano. No podía estar casado ni tener relación con mujer alguna, y debía guardar continencia de por vida, ya que el cargo era vitalicio.

Disponía de abundantes rentas en todas las provincias, que distribuía entre los pobres, especialmente ciegos, cojos, viudas y huérfanos, quedándose solo con lo necesario para su sustento y el decoro de su oficio. Era él quien nombraba a los vicarios en cada provincia, asignándoles jurisdicción según correspondiera, y confirmaba la elección de jueces y del presidente encargado de los asuntos religiosos.

Debía ser un amauta (sabio) de linaje ilustre y libre de toda carga tributaria. Si se detectaba alguna falta en este requisito, la elección se consideraba nula, aunque en caso de tratarse de un sabio excepcional, se podía pasar por alto la pureza de linaje, siempre que tuviera algún parentesco noble por parte del padre.

En ciertos períodos, designaba visitadores para inspeccionar a todos los ministros de templos e ídolos sin excepción. Otros enviados visitaban los monasterios de hombres y mujeres consagrados a la vida religiosa, que eran numerosos en el Cusco y otras regiones. También establecía visitadores específicos para vigilar al pueblo, con el fin de castigar las faltas cometidas contra su religión.

Además, realizaba una acción aún más rigurosa: enviaba en secreto a personas de su confianza para vigilar a los propios visitadores, con el fin de detectar si cometían abusos, aceptaban sobornos o robaban al pueblo. Si se les hallaba culpables de tales actos, el castigo era severísimo: eran destituidos de manera permanente y condenados a trabajos forzados en las minas o al servicio doméstico en los templos, barriendo o trayendo leña.

Confesores, cronistas y prelados: atribuciones del gran Villac Umu

Una práctica que ha causado gran admiración —por no hallarse nada similar en ninguna gentilidad antigua ni moderna— es que el gran Villac Umu (también llamado Vilahoma) elegía y designaba confesores encargados de escuchar en secreto a todas las personas, hombres y mujeres, tanto en el Cusco como en las demás provincias y pueblos. Estos confesores oían los pecados y asignaban penitencias correspondientes. Tenían la obligación de guardar absoluto secreto sobre lo que escuchaban, bajo pena de muerte.

El Villac Umu tenía la facultad de ampliar o restringir la potestad de estos confesores, y reservaba para sí mismo o para sus vicarios ciertos casos especiales. En cuanto a las vírgenes recluidas en los templos, sus confesores debían ser eunucos o varones que hubiesen prometido castidad perpetua, y por lo general eran hombres ancianos.

Ningún nuevo dios podía ser recibido ni adorado sin su decreto. Asimismo, él designaba a los historiadores del reino, quienes debían registrar en sus memoriales todos los hechos del Villac Umu, de los sacerdotes, reyes y señores. También nombraba a quienes examinaban dichas historias, con el propósito de asegurar su veracidad.

No se podía construir un templo nuevo sin su autorización ni sin garantizar previamente una renta adecuada para su ornato y mantenimiento.

Cuando el Villac Umu moría, el pueblo entero se reunía para lamentar su fallecimiento durante todo un día. Su cuerpo era embalsamado y enterrado con gran pompa en alguna sierra elevada. Luego de su entierro, los sacerdotes y ministros mayores de todas las categorías, junto con los representantes del rey, los procuradores del pueblo y los amautas —no todos, sino aquellos previamente señalados— se congregaban en el templo para elegir a su sucesor.

A veces esta elección suscitaba competencias y rivalidades; otras veces se realizaba en paz, sin altercados. Una vez anunciado el nombre del elegido, se tocaban todas las trompetas, bocinas y demás instrumentos sagrados usados en los sacrificios. Ese mismo día era coronado en el templo, recibiendo el Imampar Chucu (la mitra) y las vestiduras ceremoniales, realizándose diversos sacrificios. Seguidamente, reyes, reinas, príncipes, caciques y demás señores le juraban obediencia. Todos los ministros venían a besarle la mano derecha y lo acompañaban hasta su casa. Allí, el nuevo Villac Umu renovaba públicamente su promesa de castidad y continencia perpetuas, y comenzaba oficialmente su oficio, como ya se ha descrito anteriormente.

De esta primera categoría de ministros salían también los que habrían de actuar como prelados en los pueblos y provincias: vicarios y visitadores. Los prelados cumplían funciones semejantes a las de obispos y eran pocos: apenas había diez en todo el reino.

En el Collao había uno; en los Collasuyos, otro; en los Contisuyos, otro; en Chincha, uno más; en Huaylas, otro; en la región mayor de Cajamarca, otro; en Ayahuaca, uno; en Quito, otro más; y para los Mochicas, uno cuyo asiento se encontraba en la gran huaca ubicada en Trujillo, conocida por los naturales como Chimo. Así, se contaban nueve en total, y entre ellos se distribuían todas las provincias, cada cual con un territorio claramente definido.

Algunos sostienen que en la región de los Canas y Canchis, cerca del Cusco, existía otro Villca (nombre que también recibían estos prelados), lo que elevaría el número a diez. Todos ellos reconocían la autoridad del gran Villac Umu. Y aunque hubiesen sido elegidos y designados por su antecesor, igualmente debían solicitar confirmación y recibir nueva autoridad del recién electo.

Estos eran los encargados de designar a los demás ministros menores para el sacrificio. Al momento de ser elegidos y confirmados en su cargo, hacían un solemne juramento ante el gran Vilahoma, prometiendo guardar continencia y castidad perpetua hasta la muerte, ya que su oficio era vitalicio. Esta promesa, en realidad, ya la habían hecho anteriormente, cuando fueron consagrados como ministros y sacerdotes de los ídolos; sin embargo, en esta ocasión la renovaban con mayor solemnidad, y además se comprometían a obedecer al Vilahoma en funciones o a cualquier sucesor futuro.

De ello se deduce que todos los ministros y sacerdotes de esta primera categoría, tanto mayores como menores, estaban obligados por ley a vivir célibes y no podían contraer matrimonio. Si eran sorprendidos en adulterio o estupro, eran castigados con la pena máxima: una muerte corporal violenta y extremadamente severa. En caso de mantener relaciones con mujeres solteras o no doncellas, se les suspendía del oficio por un tiempo determinado en la primera infracción, y de por vida si reincidían por tercera vez.

Vivían en clausura, como se explicará más adelante al tratar el tema de los religiosos. Los sacerdotes que posteriormente se convertían en villcas eran conocidos como Yanavillcas.

Adivinos

La segunda clase de ministros estaba compuesta por aquellos encargados de predecir los acontecimientos futuros o de conocer hechos presentes, aunque muy lejanos del lugar donde se encontraban. Comúnmente se les llamaba huatuc, es decir, adivinos. Dentro de este grupo se incluían los agoreros y quienes recibían los oráculos en los templos.

Estos ministros llevaban una vida rigurosa. Eran célibes, no se les permitía contraer matrimonio en ningún momento, o al menos mientras ejercieran su oficio. Vestían túnicas pardas, y su dieta era sumamente restringida: solo podían consumir carne ciertos días del año, durante festividades solemnes. Su alimentación habitual consistía en hierbas, raíces y granos de maíz. Pasaban la mayor parte del tiempo en los atrios de los templos, dedicados a la contemplación y al rito.

Sus métodos de adivinación eran variados: interpretaban el vuelo de las aves, examinaban las entrañas de los animales sacrificados, consultaban las suertes que echaban, observaban los astros y constelaciones, o bien interpretaban las respuestas de los oráculos. Se creía que estos adivinos mantenían un pacto con el Demonio, quien les respondía a través de ciertos ídolos especialmente venerados, no por todos, sino por aquellos considerados más poderosos y sagrados. Entre los oráculos más célebres se encontraban el de Mullipampa en Quito, el de Pacasmayo en los valles de Trujillo, el del Rímac en Lima, el de Pachacámac y el de Titicaca —también llamado Inti caca por algunos—.

Durante las sesiones oraculares, el adivino caía en una especie de trance demoníaco llamado utirayay, tras lo cual transmitía al pueblo el mensaje recibido del oráculo.

A estos ministros se les llamaba propiamente huatuc. En cambio, los que se dedicaban exclusivamente a los agüeros, como la interpretación del vuelo de aves o las entrañas de animales, eran conocidos como hamurpa. Estos últimos no sacrificaban a los animales ni los abrían; tal tarea correspondía a otros ministros. Su función era simplemente observar las vísceras, la sangre y su disposición para predecir, a partir de ello, buenos o malos augurios.

De entre todos estos ministros se escogía a quienes serían los ichuris, es decir, confesores encargados de escuchar los pecados del pueblo. Para ejercer esta función, debían estar tan bien instruidos en los asuntos de los dioses y en la religión como los ministros de la primera clase. De otro modo, no podían desempeñar tal oficio.

Para ser admitidos como ichuris, eran examinados por cuatro amautas sabios y por un hatun villca, equivalente a un prelado u obispo. Esta evaluación comprendía el conocimiento del número de dioses, los ritos y ceremonias establecidos por los vilahomas (sacerdotes mayores) y los reyes incas, su interpretación, las clases de pecados y las penitencias correspondientes. Si demostraban dominio en todos estos aspectos, se les autorizaba como confesores, aunque algunos pecados graves quedaban reservados para el gran Vilahoma.

La confesión

El rito de la confesión se realizaba junto a un río. El confesor, sentado, sostenía en su mano derecha un gran manojo de heno o esparto, y en la izquierda una piedra pequeña y dura, atada a un cordel o encajada en la cavidad tallada de un palo especialmente preparado para tal fin. Entonces llamaba al penitente, quien se acercaba tembloroso y se postraba ante él con el rostro en tierra. El confesor le ordenaba levantarse y sentarse frente a él. Acto seguido, lo exhortaba a decir toda la verdad y no ocultar nada, pues como adivino —según afirmaba— ya conocía, más o menos, las faltas que el penitente podía haber cometido. Ante esto, el confeso no se atrevía a callar ningún pecado.

La confesión debía ser auricular y secreta. El ichuri o confesor guardaba con absoluto rigor el secreto natural de su oficio. Si se descubría que había revelado los pecados de algún penitente o que había divulgado lo que este le confesó, se le condenaba a muerte sin posibilidad de perdón.

Los pecados que los súbditos confesaban eran diversos. Entre los principales figuraban: haber adorado a un dios distinto de los reconocidos oficialmente por toda la república; hablar mal de alguna deidad; maldecirse a sí mismo o a otros (pues no empleaban juramentos asertivos como “juro a Dios”, “voto a Dios” o similares, ya que no los conocían ni sabían lo que significaban); pronunciar maldiciones falsas ante el juez, como decir: “que la tierra me trague” o “que el rayo me parta”, fórmulas que representaban su forma de juramento ante los tribunales.

También se confesaban faltas religiosas como no celebrar las fiestas sagradas, no acudir a los sacrificios cuando estaban obligados, o sustraer ofrendas o animales destinados a dichos sacrificios. Del ámbito familiar y social, se consideraban pecados hablar con desprecio del padre, la madre, los abuelos o los tíos; desobedecerlos o no socorrerlos en sus necesidades; desobedecer los mandatos del Vilahoma, del Hatun villca, o de otros ministros mayores o menores; deshonrarlos; no obedecer al rey; conspirar contra él; o murmurar en su contra. Entre estos, el intento de motín y la adoración de dioses ajenos eran casos especialmente graves, reservados para ser juzgados por el gran Vilahoma.

Otros pecados incluían matar a un niño o a un hombre fuera del contexto de una guerra justa, asesinar a alguien por venganza —incluso si el homicida era un juez—, provocar un aborto, especialmente si la mujer tenía más de tres meses de embarazo, o cometer estupro con una virgen, delito reservado al Hatun villca. Si el estupro se cometía contra una virgen vestal o dentro de un templo, el caso era aún más grave y quedaba bajo la jurisdicción del Vilahoma.

Asimismo, se confesaban delitos como el adulterio —ya fuera del hombre casado con otra mujer, o de un hombre cualquiera con una mujer casada—, la violación de cualquier mujer, incluso si era prostituta, y las relaciones sexuales ilícitas con solteras, viudas o mujeres mundanas. También se confesaban actos de sodomía o bestialismo; el robo, incluso si era del valor equivalente a una hanega de maíz o papas (medida de tierra cultivable); el asalto en caminos; el saqueo en campaña sin autorización del capitán; la murmuración grave; la mentira con daño a terceros; haber pasado tiempo ocioso durante el año sin razón válida; y el incumplimiento de los turnos de trabajo o tandas a los que estaban asignados.

Estos eran los pecados que solían confesar. Si bien algunos hombres rudos no mencionaban sus malos deseos —ya fuera por ignorancia o porque no se les preguntaba directamente—, los bien instruidos sí los declaraban abiertamente. Entre estos deseos se incluían el odio, el aborrecimiento, la intención de provocar algún motín o rebelión, o el deseo de pecar con una virgen, una mujer casada o incluso con mujeres comunes. Con mayor gravedad confesaban si tales deseos involucraban a la reina, a alguna princesa o dama de la corte —conocidas como mistas—, o a una virgen vestal. También confesaban pensamientos o intenciones de robo. Por tanto, cuando algunos afirman que no se confesaban los pecados interiores, tal afirmación debe entenderse únicamente en el caso de los ignorantes o de los muchachos, no de los indios instruidos, quienes sí los manifestaban.

Una vez concluida la confesión, si el confesor consideraba que el penitente había abierto por completo su conciencia, no le forzaba a decir más. En su lugar, lo exhortaba a la enmienda, a la adoración de sus dioses, y a la obediencia del gran Vilahoma o del Inca. Tanto si el penitente era rico como si era pobre, se le imponía una penitencia proporcional a la gravedad de sus faltas, sin hacer distinción de persona.

Respecto a lo que afirma Polo sobre las penitencias especialmente rigurosas que se imponían a los pobres por su condición, hay que entender que esto no se hacía por codicia —como el propio Polo reconoce en distintos pasajes, pues los confesores estaban muy alejados de todo interés material— ni por favoritismo hacia los poderosos. Sucedía, más bien, que el rico y el principal podían cumplir su penitencia dentro de la comunidad mediante la restitución de lo mal adquirido, o mediante ofrendas a los templos, a los ciegos, cojos, mudos, tullidos o huérfanos, según se les ordenara. Enviar a un hombre importante al desierto como penitencia podía resultar escandaloso, pues su prolongada ausencia sería notoria y se deduciría que había cometido gravísimos pecados. Aun así, si algún rico o poderoso deseaba retirarse al monte a hacer penitencia con ayuno y soledad, podía hacerlo, y de hecho, algunos lo hacían.

En cuanto a los pobres y plebeyos, como eran innumerables, no llamaba la atención que se les impusiera retirarse al yermo durante algún tiempo. Por un lado, esa práctica estaba ampliamente aceptada; por otro, no causaba escándalo alguno. Además, al no tener bienes, no podían satisfacer su penitencia dentro del poblado. El retiro al monte o al desierto no era tan solitario como pudiera pensarse, pues allí habitaban miles de indios que, por voluntad propia, llevaban una vida de penitencia rigurosa, alimentándose sólo de raíces y agua. Muchos vivían así toda su existencia, como verdaderos anacoretas. Por eso, no resultaba gravoso para los penitentes ir a cumplir su penitencia en tales lugares, ya que necesariamente convivían con otros que seguían ese mismo camino de purificación.

Una vez impuesta la penitencia, y tras recibir ciertos golpes suaves en la espalda con una piedra pequeña, ambos —penitente y confesor— escupían sobre un manojo de heno o esparto, comenzando el penitente. Luego, el confesor pronunciaba ciertas oraciones, invocando a sus dioses y maldiciendo los pecados. Finalmente, arrojaban el manojo al río, pidiendo a los dioses que lo arrastraran hasta el abismo y allí lo ocultaran para siempre.

Si el confesor sospechaba que el penitente no había revelado todos sus pecados, realizaba de inmediato un sacrificio, generalmente de un cuy —animal semejante a un conejo o un gran roedor—, aunque podía usar también otro animal pequeño o sabandija. Una vez abierto el cuerpo del animal, y tras efectuar conjuros y hechicerías, el confesor afirmaba que había adivinado la existencia de pecados ocultos. Entonces, golpeaba al penitente con la piedra, obligándolo a confesar todo cuanto había callado. En lo demás, seguía el mismo procedimiento ya descrito.

El Inca y el Vilahoma, por su parte, no solían confesarse con nadie. El Inca acudía solo al río o a algún arroyo, llevando consigo un nuevo manojo de heno o esparto. Allí hablaba con el Sol, le pedía perdón por sus faltas y prometía enmendarse, implorando que aquel río o arroyo llevase sus culpas al abismo. Luego escupía en el manojo y lo arrojaba al agua, dando así por concluida su confesión.

Es erróneo afirmar que en estas confesiones existía algún lavatorio ritual llamado opacuna, ni tampoco que se practicaran lavatorios semejantes a los de los moros —conocidos como guadoi. El error proviene de Polo, quien, movido por sus propias conjeturas, creyó ver en estas prácticas analogías con las de los árabes, y lo que imaginó lo dio por hecho histórico. En realidad, ni el Inca ni los particulares usaban lavatorios en sus confesiones; en esto, más bien, imitaban al Vilahoma.

Este último se confesaba ante el gran Illa Tecce en su templo, sosteniendo en las manos un manojo de heno, flores y hierbas olorosas. Escupía en el manojo, lo sacrificaba arrojándolo al fuego, y pedía que el humo ascendiera llevando consigo sus pecados. Luego recogía las cenizas, las llevaba a un río o arroyo, pronunciaba sus oraciones, y las arrojaba al agua para que se hundieran. Sin embargo, no se lavaba ni practicaba el opacuna, y regresaba así a su casa.

Se sabe, no obstante, que en ciertas ocasiones los Incas y aun los Vilahomas se confesaban con ministros principales considerados sus confesores oficiales, quienes gozaban de gran autoridad y recibían rentas por esta función.

Se dice que los ichuris, quienes ejercían como confesores, eran principalmente huaíuc, es decir, adivinos, y debían ser hombres, al menos en el Cusco y entre los pueblos de Chinchaysuyo, e incluso entre los Collas. Más adelante, debido a la decadencia de los ministros y al desorden que esto ocasionó, se estableció que las mujeres confesasen a mujeres y los hombres a hombres; sin embargo, esta norma apenas se mantuvo, siendo respetada solo en algunas comunidades Collas.

Sacrificios. Huma.

La tercera categoría de ministros eran los llamados huma — hechiceros, nacac, carniceros o desolladores de animales destinados al sacrificio. Estos actuaban como siervos y asistentes de los ministros de la primera y segunda categoría.

Su función principal consistía en preparar y mantener los templos, asegurándose de que contaran con todo lo necesario para los sacrificios: leña, flores, ramos, animales, ropa, coca, sebo, conchas, pan, vino, mieses, frutas, ollas, asadores, platos y tazas de oro o plata.

Ellos eran los encargados de sacrificar las reses, desollarlas y abrirlas para examinar las entrañas y asaduras, interpretando los signos que de ellas se desprendían. Según estas señales, lavaban la carne tantas veces como era necesario, la asaban o cocían, o realizaban las acciones prescritas para cada caso. Cuando se sacrificaba carne con sangre, se llamaba harpay; si era carne sin sangre, haspay; y si la ofrenda consistía en pan o mieses, se denominaba cocuy.

Durante el sacrificio, los cantores entonaban numerosos cantos mientras se tocaban trompetas, flautas, bocinas hechas con grandes caracoles y cornetas. En las procesiones, llamadas huacáylla o tomarii, los ministros de la tercera categoría llevaban las andas que transportaban al ídolo, acompañados por los demás ministros y por las yana villcas como huatus.

Estos huma y laicas, cuando formaban parte de los sacrificadores, debían permanecer solteros mientras ejercían el oficio. Si, tras dejarlo, se casaban, no podían volver a ejercer como sacrificadores. Por otro lado, quienes se encargaban del mantenimiento de los templos — como barrer, cuidar y transportar lo necesario — sí podían estar casados, y sus esposas se ocupaban de regar, barrer e hilar para confeccionar los tejidos destinados al templo.

Los ministros que custodiaban los santuarios o cueus — similares a ermitas — así como los observadores del calendario, que residían en lugares altos para estudiar las sombras del sol y las estrellas, también eran casados.

Todos estos ministros, tanto los de mayor rango como los de menor, aparte de sus responsabilidades en los sacrificios y ofrendas, recibían rentas en tierras y en telares de ropa. Además, estaban exentos del pago de tributos y de la jurisdicción real. En caso de incurrir en un delito grave contra la autoridad — crimen lesae maiestatis — el gran Vilahoma o algún hatun villca les retiraba el oficio y la hacienda, enviándolos a las minas, que en aquel tiempo era un castigo severísimo, comparable a las galeras. Si el delito era especialmente grave, podían ser sometidos a tormentos o entregados a los ministros del rey para su ejecución.

Los ministros mayores siempre llegaban a su cargo por elección y méritos personales; mientras que los de segunda y tercera categoría accedían a sus oficios por una de tres vías: herencia, elección o por haber nacido con alguna señal extraordinaria — como seis dedos en las manos, brazos más largos de lo común, haber nacido en el momento en que cayó un rayo cerca del lugar, haber nacido de pies o con otras marcas singulares. Sin embargo, la vía hereditaria fue abolida posteriormente por la misma república y su rey.

En tiempos antiguos, todos estos ministros gozaban de gran autoridad y reverencia entre los peruanos, no solo por su riqueza y poder, sino también por su nobleza y los estrechos vínculos familiares que mantenían. Sin embargo, durante el gobierno de Viracocha Inca, muchos de estos ministros fueron la causa principal de un motín y rebelión popular, especialmente Hanta Huaylla junto con los Chinchas, lo que desencadenó grandes guerras que casi pusieron en peligro la estabilidad del reino.

Ante esta crisis, Tito Yupanqui, hijo y heredero del rey, asumió la responsabilidad, derrotó a sus enemigos y capturó a numerosos sacerdotes idolátricos, a quienes llevó al Cusco. Tras su victoria, les privó para siempre de sus oficios religiosos. Cuando se convirtió en rey absoluto, reformó el sistema sacerdotal y ordenó que los ministros fueran siempre de origen plebeyo y humilde. Además, estableció que en casos de traición o rebelión, estos debían someterse a la pena capital, mediante una muerte cruel.

Estas reformas fueron tan profundas que Tito Yupanqui recibió el sobrenombre de Pachacuti, que significa “reformador del mundo”, siendo el noveno inca con ese nombre. Más tarde, su hijo, Topa Inca Yupanqui, renovó estas leyes y permitió incluso que mujeres ayudaran en los sacrificios, y que las mujeres confesaran a otras mujeres. Fue a partir de entonces que las mujeres de Collasuyo comenzaron a ejercer estos oficios, examinando las entrañas de los animales sacrificados y realizando diversas prácticas de hechicería. Antes de estos dos reyes, nunca se había permitido que mujeres, ya sean casadas, solteras o viudas, desempeñaran tales funciones, excepto las vírgenes vestales, sobre las cuales hablaremos más adelante.

Estas leyes también afectaron al gran Vilahoma de la época, quien, a causa de las guerras y el saqueo de sus tierras por los soldados, perdió gran parte de sus propiedades y rentas. Lo mismo sucedió con los hatun villcas y los yana villcas.

En cuanto a la obediencia que estos ministros — tanto antiguos como modernos — tenían hacia sus superiores, no hay mucho que destacar, pues entre ninguna otra etnia se ha visto una subordinación tan estricta y efectiva como la de los peruanos. Entre los religiosos se usaba el proverbio “obediencia de indio” para referirse a una obediencia perfecta y pronta.

La organización jerárquica era rigurosa: cada ministro tenía un decurión a quien debía obedecer inmediatamente; estos, a su vez, respondían a sus quincuagenarios y centuriones; luego venían los pente y chiliarchas — responsables de quinientos y mil hombres respectivamente — y, finalmente, el millenario, jefe de mil.

La puntualidad y el orden eran tan estrictos que no se toleraba ni un atisbo de ocio. Los ministros casados podían retirarse a sus hogares en los días sin servicio, pero aquellos que habían prometido continencia perpetua permanecían siempre en los templos, durmiendo en barrios contiguos a ellos, sin mezclarse con otras personas.

Los religiosos indios

La desmesurada codicia de oro y plata con la que entraron los españoles en el Pirú fue causa principal de que, ni al principio ni en los años venideros, se pudieran conocer muchas cosas antiguas sobre la religión falsa de los piruanos. Contribuyeron a ello las guerras civiles que, por más de treinta años, sostuvieron los mismos españoles entre sí, movidos por esa avidez. Y si algo supieron, no fue por verdadero interés en el saber, sino porque, buscando tesoros, entierros y sepulcros donde hubiese oro y plata, al tener noticia de algunos, preguntaron quién los puso allí, cómo y por qué, con todo lo que de ello se derivaba, por si así hallaban más riquezas.

Este fue el principal motivo por el cual Polo descubrió los sepulcros de los reyes y grandes señores del Cusco, pues creyó que estaban llenos de tesoros. Con esa ocasión interrogó a ministros y ancianos sobre muchas cosas que hoy vemos recogidas en sus libros y papeles: acerca de los Vilahomas, de los templos, de las estatuas, de las aellas vírgenes (acllas), por ver si quedaba algún rastro de más riquezas o comodidad. Pero todo lo que no olía a oro o plata nunca le interesó saber ni preguntar, como fue lo relativo a los religiosos indios, cuya vida, por retirarse estos a los yermos, ni Polo conoció ni imaginó que tal género de vida existiese. Lo de las acllas sí lo supo, porque vivían en poblado y custodiaban los tesoros de los templos del Sol; y eso era justamente lo que él y los demás buscaban.

Así pues, hubo en el Pirú dos maneras de religiosos: unos que servían al gran Illa Tecce Viracocha —a quien confesaban como creador del universo, del sol, la luna, las estrellas y los hombres—, y otros dedicados a los cultos del Sol y otros dioses.

Los primeros, al iniciar su formación para ser hitancaquilli o uscavillullu (nombres que recibían), vivían en comunidad para aprender lo necesario, como en un noviciado que llamaban huamac —nombre que también daban al novicio. Su principal ocupación era orar al gran Illa Tecce y a los demás dioses por el rey, el pueblo, el reino y los ministros, y por todas las necesidades del mundo. Vivían del sustento común de la casa donde residían.

Practicaban frecuentes lavatorios, se sacaban sangre de las venas con pedernales afilados, ayunaban durante muchos días del año, y hasta tenían su propia forma de Cuaresma. Ayunaban comiendo sólo raíces, hierbas, grano de maíz, y se abstenían de carne, pescado, grasa, pimienta y todo aquello que consideraban regalo o deleite.

Obedecían a un superior, no podían casarse una vez determinada su vocación religiosa, y prometían fidelidad al gran Vilahoma y a sus vicarios, así como obediencia a sus mayores y lealtad al rey. Muchos se consagraban desde niños y no sólo guardaban continencia hasta la vejez, sino también virginidad.

Andaban macilentos, vestidos de pardo o de negro, con mantas largas y los cabellos cortados hasta las orejas, como melenas. No bebían vino y, cuando estaban en poblado, caminaban en grupos de dos o tres, pero nunca uno al lado del otro, sino en fila, uno tras otro. Muchos de ellos eran corasca, es decir, eunucos, pues o se castraban ellos mismos en reverencia a sus dioses, o eran castrados desde niños para ese propósito.

Al pasar por calles y plazas, la gente los seguía, teniéndolos por santos. Y ellos, con cierta soberbia farisaica, oraban públicamente por el Inca y por el pueblo, para ser estimados. Se golpeaban con piedras, se postraban en tierra, y muchas veces —según se cuenta— se les aparecía el Demonio en diversas figuras de hombres o animales, persuadiéndoles mil desatinos: a veces hasta el extremo de hacerse sangre con lancetas o pedernales, o incluso de matarse a sí mismos o despeñarse.

Cuando estos religiosos mostraban ya firmeza en su propósito y aprovechamiento en el modo de vida y las penitencias, partían —con la licencia de su Tocrico, que hacía las veces de prelado— al monte o al yermo, donde se entregaban a una vida de soledad y rigurosa penitencia. Allí, además del tito y el Imñicui —castidad y obediencia, que ya habían prometido— añadían un nuevo voto: el de uscacuy, es decir, la mendiguez o pobreza, o también villulluy, que era vivir en miseria y desprecio, como pobres mendigos. Cumplían estos votos con la mayor exactitud.

Por ello, no era raro hallar muchos de estos solitarios en los montes y quebradas, alejados de los caminos y del trato humano. El pueblo los llamaba comúnmente huancaquilli, es decir, desheredados, desechados de toda riqueza y desterrados del mundo. Hubo un tiempo incluso en que los viejos hechiceros también se retiraban a esa misma soledad en los montes.

Allí contemplaban el sol, la luna y las estrellas, y los adoraban sin cesar. No les faltaban sus idolillos; hacían de los montes, las riberas de los ríos y las peñas, sus templos, oratorios y santuarios. ¿Quién puede dudar que el Demonio se les aparecía con mayor frecuencia allí que en las poblaciones? ¡Con cuánto esmero se esfuerza en mantener al idólatra y al sacerdote de los ídolos vigilantes día y noche, adorando con fervor! Pero, ¡ay!, cuando estos se convierten a la fe católica, el Demonio les infunde tal tibieza que apenas si se acuerdan de Dios una vez por semana.

Dormían en el suelo, comían raíces, bebían agua fría, se disciplinaban con cordeles bien anudados. Así como los antiguos anacoretas eran visitados por los fieles, también estos lo eran por los infieles. Quien había perdido algo valioso, acudía a ellos para que lo adivinasen; la mujer cuyo esposo estaba ausente en la guerra o en la mar, les preguntaba si regresaría con bien o si moriría en tierras extrañas; la que estaba de parto les rogaba interceder ante la “reina del cielo” —nombre con que veneraban a la luna— para que la alumbrase y socorriese. En suma, acudían a ellos en toda necesidad.

Y cuando alguno de estos solitarios moría, eran sus propios vecinos quienes lo enterraban, entre grandes llantos y muchas supersticiones.

Las acllas y vírgenes religiosas

Pachacútec Inca, séptimo con ese nombre y señor de Pacaritampu, restauró el Imperio del Cusco, que había decaído por antiguas guerras y pestilencias. Al reedificar la ciudad y devolverle su antiguo esplendor, estableció una ley que ordenaba adorar, primero, al gran Illa Tecce Viracocha, y luego al sol, así como también a la luna —que decían era hermana y esposa del sol—, y al lucero, considerado hijo de ambos y su mensajero.

Para perpetuar este culto, mandó edificar un templo magnífico en el Cusco en honor al sol, y adornó su gran atrio en reverencia a la luna. Este templo fue enriquecido y embellecido por los reyes sucesores, quienes añadieron cada uno su parte. El que más se destacó fue Pachacútec IX, último de ese linaje, pues según afirmaban religiosos dominicos y franciscanos de gran autoridad, todas las paredes y el techo estaban revestidos con planchas y láminas de oro, sin que quedara parte alguna del interior que no resplandeciera con este metal precioso.

Pachacútec VII estableció también dos órdenes de ministros para el servicio del templo, dotándolos de suficientes rentas para su sustento y para asegurar que nunca cesara el culto al sol y a la luna. La primera orden estaba compuesta por hombres escogidos entre las tres categorías de ministros ya mencionadas: unos enseñaban públicamente, otros interpretaban oráculos o realizaban sacrificios.

La segunda orden era formada por vírgenes escogidas, bellas y de sangre noble, llamadas acllas, es decir, "elegidas" o "consagradas al sol". Estas eran conocidas como intip chinan o punchao chinan —criadas del sol o siervas de la luz del día—, pero nunca se las denominaba intip huarmin o punchaopa huarmin, es decir, mujeres del sol, pues no se consideraban esposas divinas, sino siervas.

Tenían su propio período de noviciado, durante el cual eran llamadas huamac aclla, esto es, "recién escogida" o "nueva elegida". En determinado tiempo del año, ciertos magistrados encargados de velar por que no faltasen doncellas en el templo acudían a los pueblos, donde mandaban pregonar que toda virgen que, por voluntad propia, quisiera ingresar al templo del sol como aclla, podía hacerlo inscribiéndose. Si los padres deseaban ofrecer a sus hijas a los dioses, podían entregarlas también voluntariamente. Así, las jóvenes eran confiadas al magistrado responsable de llevarlas al templo.

Para muchos indígenas con numerosas hijas, esto era un gran alivio. Además, las acllas eran allí tratadas con gran estima, adornadas y servidas, lo que hacía que muchas se ofrecieran gustosas. No se elegían por sorteo, como algunos supusieron, ni se las tomaba por la fuerza, como creyó Polo. Muy al contrario, tanto las jóvenes como sus padres lo deseaban, y llegó a haber tal aprecio por esta vocación que los padres rogaban para que sus hijas fuesen aceptadas, e incluso recurrían a intercesores que los ayudasen a lograrlo.

Esto no habría sido así si la admisión se hubiera hecho a la fuerza o contra la voluntad de las familias. Las mamaconas que las regían repetían siempre que las doncellas llevadas por obligación no servían bien, ni hacían nada con esmero, ni siquiera perseveraban.

Una vez reunidas en cada provincia o pueblo, se elegían las más hermosas para ser enviadas al Cusco a costa del rey y del reino, acompañadas de ancianos y eunucos, y servidas por criados. Las demás eran destinadas al templo de su propia provincia o comunidad, asignándoseles funciones según su nobleza y capacidad.

Así, en cada provincia donde había templo del sol, se colocaban doncellas de la misma nación o de los pueblos sujetos a ella. Sin embargo, en el templo del Cusco residían jóvenes de todas las naciones, aunque principalmente de tres regiones: del Cusco y sus alrededores, de los Chachapoyas, y de Pilleo —hoy llamado Huánuco—. No consta que hubiese vírgenes del Collao ni de su provincia.

Contaremos ahora el modo en que se procedía en el Cusco, pues a partir de él se puede comprender cómo se actuaba en las demás provincias.

Cuando las doncellas llegaban a la ciudad para ser recibidas en el templo, salía a recibirlas la nobleza local, que las conducía ante el rey; y si este se hallaba ausente, ante los miembros del consejo real, conocido como Hunu, cuyo presidente era llamado Cápac Hunu. Allí se realizaba un cuidadoso examen. En primer lugar, se verificaba que hubiesen superado la pubertad, por lo que debían tener al menos doce años. En segundo lugar, debían ser legítimas; con las hijas naturales se hacía cierta excepción, pero nunca con las bastardas. En tercer lugar, se observaba si tenían manchas u otras imperfecciones que afectasen su aspecto. Y por último, se indagaba si venían de buen grado o si habían sido forzadas, o si preferían casarse en su tierra o permanecer con sus padres hasta encontrar esposo. Si alguna confesaba tristeza o descontento, se le permitía retirarse libremente, e incluso se castigaba a quien la hubiera traído contra su voluntad.

La comprobación de su virginidad correspondía a las mamaconas, matronas y superioras del templo. Una vez aprobado todo el proceso, el rey o el presidente del consejo asignaba a cada doncella una ración, una renta y una criada —llamada china— para su servicio. Luego, todas eran remitidas al Villac Umu (sumo sacerdote), o en su ausencia, al Hatun Villca, su sustituto, quien volvía a examinarlas casi en los mismos aspectos. También se aseguraba de que hubiesen cumplido con el quicuchicuy, una ceremonia ritual propia de la pubertad. Si no lo habían hecho, se esperaba a que sus padres, tutores o parientes la realizasen.

Cumplido este rito, se las esquilaba, dejándoles algunos mechones de cabello en la frente y las sienes. Se las cubría con un velo de color morado o pardo y se las vestía con hábitos sencillos y recatados de novicias. El Villac Umu les daba entonces una larga exhortación, explicándoles el significado de su consagración: que debían servir con pureza al sol, a la luna y al lucero, ya que, siendo hermosas como estos astros, estaban llamadas a honrarlos. Durante el tiempo de huamac (noviciado), cada una debía meditar si deseaba permanecer en el templo toda la vida o no. Según lo que dictase su corazón, así debía decidir.

Después eran entregadas al cuidado de sus gobernantas. Como eran numerosas —más de tres mil en el Cusco—, se asignaba una maestra de novicias por cada diez jóvenes. Estas respondían ante una maestra mayor, quien a su vez lo hacía ante la abadesa o superiora del monasterio. Esta última respondía directamente al Villac Umu o Hatun Villca. También se designaban yana villcas, ancianos sabios encargados de proveerles todo lo necesario, como medicinas y otros bienes esenciales.

El noviciado duraba tres años, durante los cuales las jóvenes aprendían a hilar, tejer, bordar, preparar vinos finos, elaborar pan y manjares delicados, así como a gobernar la casa y la familia, además de todo lo relacionado con su religión: el cuidado del templo, la conservación del fuego sagrado —llamado nina villca—, y otras muchas labores. Durante este tiempo, las novicias estaban separadas de las mujeres mayores. Aunque no había cerraduras ni puertas, ya que se usaban solamente cortinas de paño o lienzo, la obediencia era tal que ninguna pasaba del área de las antiguas a la de las novicias ni viceversa sin el permiso expreso de la abadesa o de la maestra mayor.

La abadesa solía ser hija del rey o de algún gran señor de linaje real, y las demás superioras también eran de sangre noble. Hay quipus que relatan cómo algunas reinas viudas y princesas vírgenes ingresaban voluntariamente a este monasterio para vivir allí de por vida, sometiéndose con humildad y obediencia a las mamaconas —nombre que recibían las superioras—, del mismo modo que las mujeres de origen más común.

Ninguna princesa, infanta ni hija de gran señor que hubiese ingresado al monasterio con el voto de consagración al Sol salía luego para casarse, pues consideraban una gran afrenta que quien había sido dedicada al dios solar se sometiera a varón alguno. Muchas familias principales también enviaban a sus hijas desde niñas, para que aprendieran a hilar, tejer, coser, guisar, preparar vinos y gobernar la casa. Estas niñas compartían vida con las novicias, aunque no todas estaban destinadas a ser acllas. Al llegar a los dieciocho años, o cuando se consideraban en edad de casarse, los padres podían retirarlas con permiso de la superiora encargada de las niñas, que solía ser una viuda anciana. Si alguna de ellas deseaba quedarse y ser aclla, era admitida, y el tiempo que había pasado allí se consideraba su noviciado.

Al completar los tres años, se celebraba una ceremonia solemne. El gran Vilahoma, acompañado del rey o de su representante, se sentaba en el atrio del templo, en uno de sus corredores, y allí comparecían todas las novicias —llamadas huamac— que habían culminado su formación. Iban con sus maestras y los prefectos que las supervisaban, y eran interrogadas sobre su experiencia en esa vida recogida: si deseaban permanecer como acllas electas, es decir, consagradas al Sol, sirviéndole como esposas simbólicas y también como damas de la Luna, o si preferían casarse. Se les advertía con claridad que, en caso de elegir el matrimonio, debían vivir con fidelidad, pues si caían en adulterio, serían castigadas con la muerte según la ley. Y si optaban por ser acllas y luego quebrantaban sus votos, también serían condenadas a una muerte cruel. La ley era rigurosa: quien una vez fuera hecha aclla y consagrada, no podía casarse ni en secreto ni en público, so pena de muerte tanto para ella como para el hombre involucrado.

Las maestras solían responder por ellas, según el conocimiento que tenían de sus inclinaciones. A las que deseaban casarse se las separaba; a las que querían quedarse, se las vestía de blanco, se les colocaba una guirnalda de oro llamada coriuincha, unos calzados preciosos y un velo blanco llamado pampacuna. Tras realizar sacrificios y oraciones al Sol, y otras ceremonias rituales, se las entregaba a los eunucos encargados del monasterio, quienes a su vez las confiaban a la abadesa. Si era doncella, se le llamaba mama aclla o aclla mamanchic si era viuda. En plural, las viudas superioras se denominaban mamanchic mamacona y las vírgenes aclla mamacona.

Estas mujeres permanecían en el templo toda su vida, tejiendo telas finísimas para los dioses, para el Vilahoma, para el rey, la reina y también para sus propios padres, hermanos o tutores, si los tenían. Visitaban los templos y santuarios del pueblo para limpiarlos y embellecerlos, pero jamás salían solas: siempre lo hacían de dos en dos, acompañadas por mujeres ancianas, sus criadas y dos lictores —guardianes del templo—, que portaban una lanza, arco y flechas. No podían salir sin esta escolta, tanto por la alta estima que se les tenía en toda la tierra como por el profundo cuidado que se ponía en preservar su pureza, creyendo que mientras conservaran su virginidad, los dioses serían más propicios.

Su principal oficio era custodiar y mantener el fuego sagrado de los sacrificios, el nina villca, símbolo vivo de la presencia divina.

No se tiene noticia de otra religión gentil que haya prometido y conservado la virginidad perpetua, salvo la peruana, mediante sus vírgenes acllas. No porque el Demonio —quien introdujo esta forma de monasterios— se deleitara en la castidad y pureza corporal que ellas guardaban, sino porque por medio de esa vía introdujo, como en efecto hizo, múltiples supersticiones y engaños, además de diversos abusos relacionados con la idolatría.

No hay historia ni quipo alguno que registre que alguna de estas acllas hubiera caído en flaqueza carnal. Cuando los españoles llegaron a estas tierras, encontraron monasterios cerca de Cajamarca y Huaylas. Al principio pensaron que se trataba de hechiceras, pero más tarde descubrieron su verdadera condición. Muchas de estas mujeres, al recibir el santo bautismo, renovaron su voto de virginidad en nombre de Jesucristo Nuestro Señor. Algunas huyeron al monte. Las monjas del Cusco hicieron lo mismo: más de dos mil se convirtieron al Señor, y la mayoría permaneció virgen hasta la muerte. Otras contrajeron matrimonio con indios recién bautizados, y algunas se dispersaron a diferentes lugares. Sin embargo, todas o la mayoría llegaron a abrazar el cristianismo, y entre ellas florecieron las más devotas y virtuosas.

Cada año, después de la cosecha, celebraban en el Cusco un banquete fastuosísimo; quienes estaban lejos lo hacían en el lugar más representativo de su provincia. En estas ocasiones renovaban su homenaje y juramento de obediencia: primero a sus dioses y a sus ministros, y luego al Inca y a sus gobernantes. El rey asistía personalmente a esta ceremonia, o en su defecto lo hacía su virrey o tocrico, sentado en un lugar eminente bajo un palio, con las insignias reales y la borla del reino.

En torno suyo se hallaban los ídolos Illa Tecce Viracocha, el del Sol, la Luna, el Lucero y el Rayo, cada uno en su respectivo altar adornado con oro, plata, piedras preciosas y flores. También estaban presentes sus ministros, agoreros y adivinos, junto con el ejército, la guardia real, el consejo, el presidente, los magistrados, grandes señores y principales, todos dispuestos según su orden y antigüedad. Asistía también una multitud de pueblo, venido de diferentes regiones, atraído tanto por las festividades y la presencia del rey como por el deseo de ver a las vírgenes acllas, reconocidas por su extraordinaria hermosura.

Tras los discursos rituales, los sacrificios de animales y el juramento de fidelidad, el pueblo besaba la mano del rey, y las mujeres, la de la reina, quien también se hallaba bajo el mismo palio. Luego se disponían las mesas al modo tradicional: para el rey, una elevada más de media vara, hecha de flores y cubierta con blancos manteles de algodón; para la reina, una mesa más baja, igualmente adornada.

Entonces salían las acllas, vestidas de blanco y rojo, acompañadas de numerosos señores, y comenzando por servir al rey, la reina y el príncipe, ofrecían abundante comida. Al ser muchas, se organizaban por grupos de cincuenta, cada uno con sus preceptoras y damas, sirviendo también el vino elaborado con grano de maíz.

Finalmente, como cierre del banquete, se distribuía una pequeña porción de pan, de forma redonda y algo gruesa, semejante a una hostia. Cada persona recibía una de estas porciones, y el acto de comerla, ya sea en parte o entera, acompañado de la reverencia a los ídolos, constituía un acto de devoción y culto idolátrico. Consideraban este pan como un gran obsequio, lo guardaban como reliquia y lo llamaban illai tanta, es decir, pan divino, pan sagrado. En otras ocasiones, la festividad comenzaba precisamente con este pan, según el ritual establecido.

Luego, las vírgenes sacaban la ropa fina que habían tejido durante todo el año y ofrecían lo mejor y más delicado —de variados colores y labores— al rey, a la reina, al príncipe y a los infantes e infantas, si los había. Después entregaban también prendas preciosas a los señores y principales, así como a sus esposas e hijos: vestiduras suntuosas, tocados y calzados tanto de varones como de mujeres, además de fajas, guirnaldas, joyas, prendederos, garnieles y muchas otras cosas. Toda esta ropa estaba confeccionada con lana de vicuña, tan fina que rivaliza con la seda. Para el resto del pueblo, distribuían vestiduras de lana común o de algodón, según la región de origen de quienes las recibían. Con ello, las vírgenes obtenían aún más recompensas, pues los señores y el pueblo les hacían valiosos presentes: ganado, tierras, oro, plata, lana, mieses, y otros bienes.

Al día siguiente se realizaba la ceremonia de admisión de las nuevas vírgenes, quienes eran sacadas del noviciado e incorporadas al monasterio junto a las antiguas. A su vez, aquellas que no deseaban permanecer allí, sino casarse, también salían ese día. Según su calidad y nobleza, se las desposaba con hijos de señores, y a las plebeyas con varones de su misma condición. Las que habían ingresado como criadas de las novicias también eran casadas con hombres adecuados a su clase, en cumplimiento de un célebre y muy respetado refrán entre los peruanos: «Cásate con tu igual», que incluso tenía fuerza de ley.

El rey también tomaba a algunas, no como concubinas ni criadas, sino como damas de compañía de la reina. Y si cometía alguna flaqueza, no era con todas ni de forma frecuente, ni todos los reyes actuaban así. Lo mismo ocurría cuando el inca entregaba a algunos señores ciertas doncellas, no como mujeres para su disfrute, sino para que las custodiaran como tutores y las casaran a su debido tiempo. Algunos pocos las deshonraban, pero muchos las protegían con tanto esmero como si fueran sus propias hijas. A muchas se les devolvía a sus padres para que ellos decidieran sobre su matrimonio.

Jamás he encontrado en ningún quipo, ni en historia antigua ni moderna, que alguna de estas vírgenes novicias que no deseaban permanecer en el templo fuese sacrificada o condenada a muerte por el bien del pueblo o por alguna necesidad. Siempre fue lo contrario. Ignoro cómo pudo Polo suponer tal cosa, a menos que haya oído que se sacrificaban pasñasñustasacllas y huahuas, sin comprender bien el idioma de los indios. A las corderas y ovejas sacrificadas en nombre de estas doncellas se las llamaba pasñachusña y ñusta, y al corderito, huahua, es decir, niño. Quien no presta atención a los tropos y figuras del idioma indígena, fácilmente confundirá unas cosas con otras, y hará errar también a quienes lo sigan.

Las acllas eran consideradas sagradas e inviolables. Cuando transitaban por las calles acompañadas de sus criados y guardias, ningún delincuente que se refugiara en su presencia podía ser detenido por la justicia, pues la protección de las acllas era tan poderosa como la de los templos para aquellos que se acogían a ellos.

Además, según sus leyes, estaba terminantemente prohibido que se casaran, tal como se mencionó anteriormente; y si alguna lo hacía, además de enfrentar una pena severísima, el matrimonio no era reconocido como válido. Cualquier persona que las maltratara, ya sea con violencia física o con palabras, debía ser castigada con rigor extremo.

En el banquete que mencionamos antes no se hizo referencia al gran Vilahoma, porque él nunca asistía personalmente; sin embargo, siempre recibía sus presentes. En el acto de repartir las novicias sí estaba presente él o su lugarteniente, el hatun villca, conocido también —aunque de forma corrupta— como appopanaca, término derivado de aponaca en aymara o apocuna en quechua, que significa “señores”.

Costumbre de los antiguos peruanos en lo civil

Las costumbres y hábitos de una nación o pueblo no deben juzgarse por las acciones aisladas de algunos individuos o por conductas viciosas, sino por lo que en conjunto mantiene y considera correcto toda la comunidad, así como por las leyes que promulgan y cumplen. Porque, aunque conozcamos a cinco o seis ladrones o homicidas, o se diga que algún particular cometió actos atroces, como sacrificar a su hijo, no es justo condenar a toda la nación ni tomar esas excepciones como regla general, especialmente si la sociedad en su conjunto rechaza tales prácticas y las castiga rigurosamente.

Así, examinaremos cuáles vicios estuvieron realmente aceptados y difundidos en toda la nación peruana, cuáles fueron cometidos sólo por unos pocos o en épocas determinadas, y cuáles fueron sus costumbres y leyes más dignas de elogio.

En primer lugar, la embriaguez y la falta de moderación al beber fueron una pasión muy común entre esta gente, el origen de muchos de sus males, e incluso un factor que contribuyó a su idolatría. Este vicio no distinguía rangos ni estatus. Al principio, cuando recién comenzaron a poblar la tierra, durante mucho tiempo no tuvieron ningún tipo de vino, sino solo agua fresca, y se dice que en esa época no existían esos vicios ni estaban entregados a la idolatría.

Luego buscaron formas de elaborar alguna bebida que fuera menos dañina que el agua local, pues en algunas provincias el agua era tan ligera que resultaba corrupta, y en otras tan dura que provocaba la formación de cálculos y piedras. En los llanos, por ejemplo, la mayoría del agua que se bebe es salobre y, aunque varía, suele ser tibia, como han comprobado los españoles, quienes, a menos que sean poderosos y acaudalados, sufren bastante por ello.

Para remediar estos problemas y evitar enfermedades, inventaron un vino hecho a base de grano de maíz, que, si bien en su forma simple refresca el estómago y el hígado, no elimina por completo las impurezas del agua dura. Por indicación de sus médicos, para que esta bebida tuviera mejores efectos, se mezclaba el maíz con la saliva humana, considerada muy medicinal. Así surgió la costumbre de que niños y doncellas mascaban el grano de maíz, y luego depositaban lo mascado en recipientes para cocerlo y filtrarlo varias veces a través de lienzos de algodón con agua limpia. El líquido resultante era el vino que usaron durante mucho tiempo.

Por ser medicinal, no les importaba el posible rechazo que causaba el uso de maíz mascado, pues en aras de la salud los hombres aceptan cosas mucho más repugnantes, como beber orina o consumir sustancias desagradables, y en comparación, la saliva humana era algo limpio. De hecho, cuando nos sirven vino en la mesa, raramente pensamos que pudo haber sido exprimido y pisado con pies sucios y polvorientos.

Este vino, elaborado en el Perú desde tiempos muy antiguos con fines medicinales, terminó por convertirse en una bebida apreciada y un regalo para celebrar sus festividades. Su consumo llegó a alcanzar tal nivel de gula, que se instituyeron fiestas especiales en las que se permitía beber sin restricciones, mientras que en la vida cotidiana su consumo estaba prohibido salvo en cantidades moderadas y con fines terapéuticos.

Así, durante los días de triunfo tras las victorias, en las jornadas de barbecho, siembra, siega y cosecha, y en las ocasiones de almacenar el grano en las trojes, se abrían las puertas para que cualquiera pudiera beber a voluntad, exceptuando a los jóvenes, a las muchachas, a los ministros del templo, a las vírgenes vestales, a la guardia del rey, a los soldados de presidio, a los magistrados, a los semaneros, a las mujeres encargadas del servicio doméstico, y a los plebeyos y prefectos de los oficios mecánicos.

La bebida se consumía durante todo un día, y una vez digerida, quienes no habían bebido el día anterior podían solicitar permiso para participar al siguiente. Sin embargo, los religiosos, las vírgenes sagradas y los sacerdotes de los ídolos nunca tenían dispensa para beber en estas fiestas. Para garantizar la seguridad, cuando la guardia o los soldados de presidio debían abstenerse, eran reemplazados por otros que ya habían bebido el día anterior.

Esta era la costumbre común en las celebraciones relacionadas con las labores agrícolas. Primero se completaba todo el trabajo necesario, y solo entonces comenzaban los convites y banquetes, en los cuales la comida era escasa —tanto que apenas la cantidad que comían cinco de ellos bastaba para mantener a uno de nosotros—, pero el consumo de bebida era excesivo. La chicha, por ejemplo, no solo es una verdadera poción, sino que también aporta nutrición casi al nivel de la comida, similar al papel que tiene el chocolate en la Nueva España.

Los indígenas dejaron el uso del chocolate, y junto con su pozol —el vino hecho de maíz—, los españoles adoptaron estas bebidas con tanta seriedad que, en provincias como Yucatán, Guatemala, Honduras y gran parte de México, su consumo se volvió casi un vicio. De hecho, muchos que abusan del chocolate en exceso llegan a parecerse a los antiguos y modernos peruanos, conocidos por su excesiva afición a su vino de maíz.

Los días de triunfo, conocidos como el hailli, se convertían en ocasiones desenfrenadas. Poco a poco, estas celebraciones fueron cayendo en una corrupción tal que el beber y la borrachera podían prolongarse durante treinta días o más. Sin embargo, siempre con cierta moderación en el sentido de que unos bebían mientras otros velaban por la seguridad del pueblo, alternándose en turnos.

Durante estas festividades se realizaban grandes bailes y danzas, representaciones de batallas, comedias, tragedias y otros espectáculos similares. Pero lo que más predominaba eran los rituales de sacrificios, agüeros y hechicerías. Esta disolución moral provocaba inevitablemente una gran corrupción de vicios, en especial la lujuria, ya que hombres y mujeres, padres e hijos, hermanos y hermanas, convivían y se mezclaban sin reparos.

De aquí proviene lo que han escrito autores serios, quienes aseguran que no se respetaban los lazos de parentesco directo, ni de consanguinidad ni afinidad. Afirman que la situación llegó al extremo de que incluso se practicaban actos nefandos, y que los niños ni siquiera alcanzaban la pubertad antes de ser involucrados en tales excesos.

Esto es en parte cierto si consideramos el período en que a los peruanos les faltó el gobierno de los incas, cuando no hubo quien los controlara frente a los vicios de la lujuria que la embriaguez trae consigo, sino más bien quien los incitaba a mayor libertad en esos excesos. Se dice que los sucesores en el poder, aunque profesaban la ley cristiana, por un lado, por otro caían en graves conductas licenciosas. Según cuentan los indígenas ancianos y muchos españoles, con lágrimas en los ojos, nunca vieron tanta corrupción entre soldados como en esos tiempos, como más adelante detallaremos.

Pero esta visión no es del todo justa si consideramos los tiempos en que los incas gobernaron con autoridad y firmeza. Quienes compararon esos tiempos con los actuales y afirmaron que incluso los primeros eran peores, erraron profundamente. Es importante entender que el inca, siendo gentil, cometió muchos errores y llevó al pueblo tras sí en ellos; pero como hombre racional acertó en muchas cosas, sobre todo en el arte del gobierno. En este sentido, en la administración civil de los peruanos, superó incluso a los españoles.

Así, el inca permitía ciertos vicios públicamente y no se escandalizaba siquiera con los secretos que llegaban a su conocimiento, para evitar males mayores que pudieran dañar a la república. Permitía convites y banquetes públicos, para que los necesitados disfrutaran de alimento barato y se les evitara caer en el hurto. También autorizaba beber en público hasta cierto punto, para impedir que se hicieran borracheras ocultas, que frecuentemente daban lugar a homicidios, estupros y adulterios.

En estas reuniones de bebida y festejo, era común la presencia de mujeres rameras o solteras que no fueran vírgenes ni viudas, las mancebas y las esposas legítimas de cada hombre. Estas mujeres, en casas o escondrijos dispersos, cometían sus actos ilícitos, con el fin de prevenir incestos, adulterios, estupros y actos nefandos.

Digo “permitir” y no que existiera una ley, pregón o bando que ordenase que en ese tiempo y lugar acudieran esas mujeres, que no eran pocas. Más bien, aunque se sabía que venían y que se cometían muchas torpezas y suciedades, no se castigaba ni se ordenaba a los ministros que arrestaran o persiguieran a tales mujeres, ni a los hombres que se juntaban con ellas.

Porque, aunque la simple fornicación siempre fue considerada un grave pecado desde tiempos antiguos en todo el Perú, y aún existían leyes contra los amancebados, no se castigaba ni lo uno ni lo otro, sino que se toleraba en gran medida, con el único fin de evitar y prevenir los pecados mencionados, según su interpretación.

Esta excesiva permisividad pudo ser la causa de que el vicio de la lujuria creciera desmesuradamente entre los indígenas, y aún más entre las mujeres. El cuidado principal del inca fue que no hubiera rapto o estupro de doncellas del pueblo ni vírgenes, ni adulterios, ni incestos, ni pecados contra la naturaleza; porque estos cuatro tipos de pecados los castigaba con todo el rigor de la ley, sin perdonar ni siquiera a su propio hijo.

Así que, durante las borracheras que duraban uno, dos, tres o hasta treinta días, tenía orden de que hubiera numerosos ministros reales, e incluso capitanes y jefes de escuadra, atentos para evitar que ocurriera algo de esto y prevenir todos los peligros. Estos cuidaban que las casadas no estuvieran entre varones que no fueran sus maridos, ni que los jóvenes se juntaran, y que no se permitiera la presencia de vírgenes ni muchachos ni muchachas.

De este modo, aquellos funcionarios veían lo que sucedía con las mujeres mundanas y lo disimulaban, pero vigilaban con atención y buscaban lugares secretos para descubrir adulterios, incestos u otros males; porque, si hallaban algo de esto, la ley se aplicaba sin excepción, castigando con la muerte a los adúlteros, incestuosos, nefandos o quienes cometieran estupro con doncellas, aunque fueran novicias.

Sin embargo, el estupro cometido sin rapto ni violencia con una doncella del pueblo no se castigaba con pena de muerte, sino con azotes, prisión, destierro, trabajo en minas o esclavitud en tierras de templos o comunidades, a menos que el ofensor quisiera casarse con la víctima, en cuyo caso la pena era leve, siempre que el matrimonio se realizara conforme a sus ritos y leyes.

No es de extrañar que, donde se bebía tanto, ocurrieran desórdenes y pecados graves, a pesar de la vigilancia. Pero el inca tenía su propio remedio, y cuando se descubrían estos delitos, no los toleraba.

Beber mucho y tener cabeza fuerte para no perder el juicio se consideraba una gran valentía, por lo que muchos querían demostrar esa fortaleza. Sin embargo, el vino era más poderoso que ellos. Se han encontrado hombres capaces de beber una arroba o más de vino en una sola tarde, y mantenerse en juicio como si no hubieran bebido, aunque no podían vivir sin enfermarse gravemente.

Con el tiempo, sus sucesores inventaron un método para hacer el vino aún más fuerte y potente: remojaban granos de maíz hasta que reverdecieran y echaban raíces y ramitas dentro de agua en una artesa o vaso grande. Molían y tamizaban esta mezcla y añadían una porción a sus vasos de vino, haciendo que el licor picara más y embriagara más rápido. Algunos incluso fabricaban su vino únicamente con esta mezcla germinada, y al agregar el zumo de una hierba medicinal, el efecto era tan fuerte que causaba embriaguez inmediata.

Este vino lo llaman viñapu y a otra sora, y quienes lo han probado dicen que es pestilencial y causa muchas enfermedades. No es que produzca enfermedades físicas, pues no se ve a ningún indígena del reino atacado de enfermedades como el mal de hijada o la piedra, sino que la verdadera causa son los pecados de embriaguez, lujuria e idolatría, que son males mayores y peores que cualquier enfermedad.

Superstición

No creo que haya existido gentilidad tan inclinada a la superstición como la peruana. Es cierto que en algunas provincias fue mayor y en otra menor, pero en general, todo el reino parecía regirse por la misma vara. Dejando de lado lo relacionado con su religión —sus falsos dioses, sacrificios, templos, sepulcros, oratorios, sacerdotes y hechiceros—, lo que propiamente se entiende por superstición lo aprendían desde niños. Observaban con atención todos sus actos y movimientos, y en casi todos encontraban algún presagio, ya fuera de bien o de mal.

Al temblar los ojos, zumbar los oídos, estremecerse el cuerpo, toser, estornudar o bostezar; al sacar primero el pie derecho o el izquierdo; al tropezar más con un pie que con el otro; al escupir y ver hacia dónde salía la saliva, si con fuerza o sin ella; al encontrarse con alguien al amanecer —según fuera hombre o mujer, y según quién lo viera primero—; al ver ciertos animales, serpientes o sabandijas pelear o entrelazarse: en todas estas cosas veían signos, buenos o malos.

Si ladraban o aullaban los perros, decían que significaba pendencias o muertes. Si cantaba la lechuza sobre alguna casa, era señal de que alguien de ella moriría. Ver el arco iris presagiaba fiebres, y apuntarlo con el dedo traía como castigo apostemas o cáncer.

Para interpretar estos signos, hasta las niñas usaban diversos métodos de adivinación: observaban el grano de maíz, el grosor de la mazorca, la saliva lanzada sobre la palma de la mano, y mil cosas más. En los celajes del cielo no solo veían señales del tiempo —si sería ventoso, lluvioso o sereno—, sino también augurios y profecías.

En suma, estaban tan entregados a estas supersticiones, que en todos sus actos corporales y en cuanto los rodeaba encontraban siempre algo que observar y en lo que reparar.

Leyes

Si en algo destacaron los antiguos peruanos, fue en el orden legal que supieron establecer y en la obediencia con que acataban sus normas. Existían, sin embargo, dos tipos de leyes: unas vinculadas a su religión —a la adoración de sus dioses, a sus ceremonias y sacrificios— y otras de índole civil y moral.

Respecto a las primeras, poco valor tienen para nosotros, pues derivaban de una religión falsa, nacida —según se creía— de la influencia del Demonio, y por tanto, sus preceptos eran considerados igualmente errados.

En cambio, las leyes civiles y morales fueron dignas de alabanza. Muchas de ellas incluso siguen vigentes hoy, no por respeto a su origen, sino porque convienen a los intereses de quienes ostentan el poder. Bien harían los gobiernos en restituirlas todas, para que al menos los naturales pudieran disfrutar de las migajas que dejan los advenedizos.

I. Todos los súbditos del imperio debían hablar una sola lengua general: el quechua del Cusco. Esta debía ser aprendida, al menos, por los señores, sus hijos y parientes, así como por quienes ejercieran cargos de gobierno, justicia, oficios públicos o comercio.

II. En cada pueblo debía haber representantes de todos los oficios: tejedores de lana, de algodón, plateros, carpinteros, zapateros, salineros, carboneros, canteros, albañiles, entre otros. Si no era posible en un solo pueblo, al menos cada provincia debía garantizar, dentro de su territorio, todos los servicios necesarios para sus habitantes.

III. En tiempos de arado, siembra, cosecha y riego —tanto de tierras comunales como privadas— nadie estaba exento del trabajo. Desde el Inca hasta el más humilde ciudadano debían participar en las labores agrícolas cuando correspondía.

IV. Las tierras se destinaban según su fertilidad y tipo de cultivo más adecuado: trigo en un lugar, frijoles en otro, algodón aquí, pimientos allá, raíces o frutas más allá. Y así, cada terreno debía usarse racionalmente, sin mezclar cultivos que no prosperaran bien juntos.

V. Se observaban cuidadosamente las inclinaciones y habilidades de los jóvenes, y se les destinaba a las labores más acordes: los valientes y decididos se convertían en soldados; quienes mostraban destreza manual, en artesanos. Aunque, por lo general, cada quien heredaba el oficio de su padre.

VI. En todas las provincias debían existir depósitos y almacenes donde se conservará, en abundancia, todo lo necesario para tiempos de escasez, hambre, guerras o catástrofes. Estos bienes servían para socorrer a cojos, ciegos, viudas, huérfanos y demás necesitados. Ni el rey ni los señores podían beneficiarse de estos recursos.

VII. También se mantenían depósitos de ganado —llamas y alpacas— con fines religiosos, de servicio público y de ayuda a los pobres, lisiados y huérfanos.

VIII. Las tierras debían distribuirse equitativamente: a cada vecino se le asignaba una medida fija, y a las comunidades y propiedades colectivas otra cantidad. El rey o los señores no podían apropiarse de estas tierras. Si por alguna causa justa el monarca intervenía, debía hacerlo en beneficio directo de la provincia, y una vez pasada la necesidad, devolverlas a sus legítimos poseedores.

IX. Cada persona debía vestirse según su condición: el plebeyo como plebeyo y el noble como noble. Nadie podía usar vestimentas propias de la realeza, salvo los hijos o parientes del Inca, o aquellos que tuvieran privilegio especial para ello.

X. En la alimentación se exigía moderación, y aún más en el consumo de bebidas alcohólicas. Si alguien se embriagaba hasta perder el juicio, era castigado según la severidad del caso: a la primera vez, según el criterio del juez; a la segunda, desterrado; a la tercera, si tenía un cargo público, destituido y enviado a trabajar a las minas.
Esta ley fue aplicada con rigor en sus inicios, pero con el tiempo su ejecución se relajó. Los jueces y funcionarios eran, irónicamente, quienes más se emborrachaban. Los amantas —sabios y letrados— interpretaron la norma haciendo distinción entre cenca (calentarse ligeramente con la bebida) y hatun machay (embriaguez que lleva a la pérdida de juicio), alegando que lo primero era común y no implicaba actos de locura, y que lo segundo rara vez ocurría. Así fue como se fue perdiendo el orden que una vez rigió con firmeza.

XI. Todo homicidio cometido fuera del contexto de guerra debía castigarse con la pena de muerte. Si alguien mataba a su padre o madre, debía ser ejecutado y su cuerpo descuartizado; lo mismo si la víctima era un abuelo, abuela o un hijo. Quien diera muerte a un niño o niña debía ser despeñado o apedreado. El que matase a su señor debía morir cuarteado. Si la víctima era un ciudadano común, el castigo era la horca.

XII. El que matase a un ministro del rey, sabiendo que lo era, o a un sacerdote o a una virgen aclla, debía ser arrastrado y asaeteado. Si un hombre mataba a su esposa por odio, sin culpa comprobada de ella —es decir, sin pruebas de adulterio—, debía morir ahorcado y descuartizado; y la misma pena se aplicaba a la mujer que asesinara a su esposo.

XIII. Si alguien sorprendía a su mujer en adulterio y la mataba en ese momento, debía ser desterrado por un periodo determinado. Lo mismo se aplicaba si mataba al adúltero con el que yacía su esposa. El tiempo de destierro no debía exceder un año.

XIV. Aquel que causara la muerte o aborto de una mujer embarazada de tres meses en adelante, sea mediante hierbas, golpes o cualquier otro medio, debía ser castigado con la horca o la lapidación.

XV. Quien atentara contra la vida del rey, la reina o el príncipe heredero debía ser arrastrado, asaeteado y descuartizado. Su casa sería destruida y convertida en muladar. Sus hijos, marcados de infamia, no podrían ejercer cargos ni en la administración ni en la guerra, y esta condición se extendería hasta la cuarta generación. Lo mismo se aplicaba a los traidores, salvo que, antes de la batalla, se arrepintieran, pidieran perdón y se pusieran bajo el estandarte del Inca. En tal caso, serían perdonados y rehabilitados por gracia real.

XVI. El adúltero y la adúltera debían ser condenados a muerte. Si el esposo sorprendía a su mujer en el acto, debía denunciarla de inmediato para que se hiciera justicia. Lo mismo debía hacer la mujer si sorprendía a su esposo cometiendo adulterio.

XVII. Quien violara a una doncella debía morir apedreado. Si la joven accedía a casarse con él, se le perdonaría la vida, pero debía celebrarse el matrimonio de inmediato. Si el agresor forzaba a una mujer casada, debía ser ahorcado. En caso de relaciones sexuales consentidas con una doncella, ambos debían ser azotados, rapados y expuestos a la vergüenza pública; él sería desterrado y enviado a las minas, y ella destinada al servicio de un templo. Si ambos deseaban casarse, bastaba con el castigo de azotes y podían contraer matrimonio. Pero si el varón era casado y con hijos, debía servir con su familia a la comunidad, y la doncella, al templo o a las acllas.

XVIII. Quien tuviera relaciones incestuosas con su propia hija debía ser despeñado junto con ella, con mayor razón si la joven era doncella y consintió. Si fue violada, solo el padre debía ser ejecutado, y ella destinada al servicio de las acllas, salvo que alguien la pidiera en matrimonio, en cuyo caso podía casarse. Si una madre fornicaba con su hijo, ambos debían morir despeñados. El que se acostara con su hermana —de padre y madre, o de madre solamente— debía ser ahorcado o apedreado junto con ella, especialmente si era doncella y consintió; si fue forzada, solo él sería ejecutado, y ella enviada al servicio de las acllas. Si la hermana era hija del mismo padre, y consentía siendo doncella o mujer casada, ambos debían morir apedreados; si fue forzada, el varón debía morir y ella servir en los templos.

XIX. Los incestos cometidos entre tíos y sobrinos, o entre primos y primas en segundo grado, así como entre personas afines en primer grado, serán castigados con pena de muerte por horca o lapidación si ambas partes son vírgenes o casadas y consintieron en el acto. Si no lo fuesen, ambos serán azotados, trasquilados y enviados: ellos a trabajar en las minas, y ellas a servir en los templos.

XX. Quien cometiere el pecado de sodomía, será condenado a muerte por arrastre y horca, y su cuerpo será quemado junto con sus vestiduras. Lo mismo se aplicará a quien tuviera acceso carnal con una bestia.

XXI. Si algún gran señor incurriera en alguno de los delitos anteriormente mencionados, cuya pena sea la muerte, los gobernadores y los consejos deberán realizar la investigación correspondiente, pero la sentencia quedará a criterio del rey. Si finalmente el reo fuere ajusticiado, será degollado públicamente en la plaza o en el lugar que el monarca determine. En el caso de damas ilustres o de sus hijas, si merecieran pena de muerte, serán ejecutadas dentro de la cárcel.

XXII. Aquel que sirviere de alcahuete para la comisión de estupros o incestos y tales hechos se hubieran consumado, será condenado a la horca. Lo mismo se dictará para la hechicera que, mediante brebajes o hierbas, incite al deseo carnal o propicie tales uniones. Si el alcahuete facilitara adulterios consumados, será condenado a prisión perpetua o enviado a las minas o a las tierras comunales como castigo.

XXIII. Quien robare alimentos, ropa, oro o plata, será examinado para determinar si el hurto fue causado por la necesidad y la pobreza. Si así se comprobase, el ladrón no será castigado, sino el responsable del abastecimiento, quien perderá su cargo por no haber atendido a los necesitados. Al ladrón necesitado se le proveerá de lo indispensable para vivir: ropa, alimentos, tierras y vivienda, bajo apercibimiento de que si vuelve a delinquir, será castigado con la pena de muerte. Si se comprobase que el robo fue por codicia, pereza o vicio, y no por necesidad, será ahorcado; y si fuese hijo de un señor, será degollado en la cárcel.

XXIV. En cada pueblo deberá existir un juez encargado de vigilar y castigar a los ociosos y holgazanes, y de obligarlos al trabajo.

En efecto, existían leyes relativas al gobierno de las familias, los pastos, montes, leña, pesca, caza y minas; así como normas sobre correos, embajadas, comunidades, depósitos de grano, salud pública, médicos, ejército y guerra; leyes sobre el gobierno de la república, los magistrados, el juicio de causas, testigos, testamentos, matrimonios, escuelas para la enseñanza de niños y niñas, entre muchas otras materias. En todas estas disposiciones —y especialmente en las ya mencionadas— se mostraban tan meticulosos en su cumplimiento y ejecución, que era motivo de admiración.

Condiciones naturales de los peruanos

Las inclinaciones, condiciones naturales y cualidades del ingenio de los indios peruanos, hablando en términos generales, eran las siguientes:

Tenían un carácter dócil, humilde, afable, pacífico, afectuoso, tierno, misericordioso y compasivo. Eran naturalmente inclinados a someterse a cualquier persona que reconocieran como superior, y obedecían sin cuestionar ni resistirse, con una disposición que bien podía compararse a la de una bestia de carga. Mostraban una fidelidad constante a sus reyes y un notable cuidado al custodiar los bienes ajenos. Cedían fácilmente la ventaja a otros, especialmente en cuestiones de saber, nobleza o mando. Olvidaban pronto las ofensas recibidas, eran dóciles, ingeniosos y dotados de gran memoria, sobre todo en su juventud y en la madurez. Se mostraban ávidos de conocimiento y dispuestos al trabajo físico. Aborrecían la venganza y amaban la templanza en todos los aspectos. Eran ajenos a la codicia y a la avaricia, pues se contentaban con lo necesario para vestirse y alimentarse, sin buscar excesos. Amaban profundamente el bien común y se esforzaban por actuar con verdad en todos sus tratos y contratos.

No obstante, como toda regla tiene su excepción, estas virtudes no se hallaban de forma igual en todas las provincias. En algunas, las gentes carecían de estas cualidades y, por el contrario, mostraban disposiciones extremas: crueles, furiosos, altivos, ruidosos, carentes de afecto y compasión, obstinadamente rebeldes y desobedientes, ingratos, ambiciosos de mando y dominación, con corazones de fieras, traidores, amigos de disturbios, desleales, rencorosos y vengativos, dados a la ociosidad y a la gula, deshonestos, inconstantes en el bien y tenaces en el mal. Gustaban de ocultar lo que debía saberse y de divulgar lo ajeno que debía callarse; enemigos de la verdad, amantes de la mentira.

En algunos individuos se hallaban incluso extremos contradictorios: sumisión y rebeldía, modestia y soberbia, timidez pusilánime junto a un atrevimiento temerario; dulzura y crueldad; mansedumbre y furor; desprecio por lo material, pero una codicia insaciable; palabras y gestos agradecidos que ocultaban un resentimiento latente; firmeza en lo que deseaban por cuenta propia, pero desgano y desinterés en lo que otro les aconsejaba; despreocupación por sí mismos y por su bienestar, pero empecinados en hacer siempre su voluntad; afectuosos y respetuosos en apariencia, pero maliciosos, interpretando en sentido torcido cuanto ven u oyen.

Decían los incas que, con hombres así, debía conducirse el gobernante como con bestias: por un lado, domadas, y por otro, llenas de malos hábitos. Afirmaban que había que quitarles los vicios con rigor, conservar sus virtudes con halagos, y, si esto no bastaba, arrojarlos al matadero o al monte.

La conversión de los indígenas peruanos a la fe católica

En el Perú hubo tres maneras de convertir a los indígenas al cristianismo. La primera fue por la fuerza, sin catequesis ni instrucción previa. Ocurrió en lugares como la isla Puná, Tumbes, Cajamarca, Pachacámac, Lima y otros, donde los “predicadores” eran soldados y los bautizadores, ignorantes. Los indígenas eran llevados al bautismo atados con sogas o cadenas, en grupo, como si se tratara de ganado, con la amenaza de que, si no obedecían, conocerían de inmediato el filo de la espada o el disparo del arcabuz.

De aquellos que fueron bautizados de esta manera, puede decirse que, en su mayoría, no recibieron la gracia del sacramento. Interiormente no deseaban convertirse; sólo aparentaban consentimiento por miedo a ser asesinados, como les ocurrió a otros que se opusieron abiertamente. Así, apenas pasada la amenaza, muchos retornaron a sus antiguas creencias, convencidos de no ser verdaderamente cristianos.

En realidad, los soldados y colonos españoles no buscaban la conversión ni la salvación de las almas indígenas. Su objetivo era servirse de ellos, haciendo pasar su dominio y explotación como actos de conciencia. Alegaban evangelizar solo para justificar su aprovechamiento de los indígenas, a quienes trataban como esclavos. Mientras tanto, permitían que continuaran con sus supersticiones y vicios, sin preocuparse por instruirlos en la fe ni dedicarle siquiera un día al año para su formación espiritual. Había demasiados intereses económicos en juego como para ocuparse de la salvación de sus almas. Esta actitud aún persiste en muchas regiones del reino, especialmente donde hay minas, haciendas, cultivos de coca, obrajes y trapiches, lugares donde se concentra hoy la mayor parte del pueblo indígena, sobre todo los más humildes.

Además, al vivir junto a los españoles o ser forzados a trasladarse a ciudades coloniales, los indígenas aprendieron de ellos muchos vicios que antes no conocían, o que si conocían, no practicaban abiertamente por el rigor de sus leyes, que se cumplían estrictamente. Dejando de lado la idolatría y las supersticiones, en cuanto a la vida moral y civil, los conquistadores españoles resultaron ser más corruptos que los propios indígenas paganos. Los robos, injurias, juramentos, blasfemias y asesinatos eran frecuentes entre los mismos españoles. En cuanto a la deshonestidad sexual, el desorden era tal que desde el capitán hasta el último soldado convivían con múltiples concubinas indígenas, a quienes quitaban de sus hogares, ya fueran vírgenes destinadas al matrimonio o mujeres casadas.

Para acallar su conciencia, las hacían bautizar sin instrucción alguna, y luego las devolvían a la vida de pecado, transformando a las mancebas gentiles en mancebas bautizadas. Incluso secuestraban niños para que sirvieran de alcahuetes y llamaran a una u otra mujer según el día. ¿Y cómo no iban a corromperse tales indígenas, criados en estos ejemplos y en tales circunstancias?

Desde la muerte de Atahualpa, el gobierno civil y moral de los incas desapareció, y con él, el freno que imponían sus leyes. Los nuevos gobernantes españoles, lejos de restablecer el orden, estaban más ocupados en sus conflictos y codicias. En vez de dar ejemplo de virtud cristiana, fueron los más débiles y desordenados, fomentando que las mujeres casadas abandonaran a sus maridos, que las hijas dejaran a sus padres y que se entregaran abiertamente a la deshonra. Nada de esto se había visto en el reino ni en los dos mil años anteriores.

¿Y cómo no iban a volverse bárbaros los indios, privados de ley, con el caos de las guerras civiles, sin que se les impusiera una norma, ni evangélica ni civil, ni siquiera las buenas leyes de sus antepasados? Al final, quedaron sin ley, sin gobierno, sin futuro.

Es a estos indígenas, formados en semejante contexto, a quienes aluden ciertos autores cuando afirman que entre ellos no se valoraba la virginidad, y que incluso rechazaban casarse con mujeres vírgenes, pues consideraban que si ningún otro las había amado, era porque no eran dignas de amor.

Que esto no puede afirmarse con verdad respecto a los tiempos antiguos, cuando los incas gobernaban, se ve claramente por lo ya expuesto sobre las vírgenes vestales del Perú. La primera y más importante condición que se exigía para su ingreso era la virginidad, sin la cual, según las leyes incas, ninguna podía ser admitida. Así lo reconocen incluso los propios cronistas, aunque se hicieran excepciones con reinas y grandes señoras que, habiendo enviudado, deseaban ingresar al monasterio.

También lo demuestra la severidad de las penas que imponían las leyes incas contra el estupro, incluyendo la pena de muerte, y la obligación del violador a casarse con la víctima, si ella lo consentía, sin poder casarse con otra. Se evidencia además en la estricta vigilancia que existía sobre las doncellas, ya que había jueces encargados de supervisar las familias y la educación de niños y niñas.

Pero esta valoración cambia respecto de los tiempos corruptos a los que ahora nos referimos. Si quienes profesaban la fe cristiana eran los mismos que cometían estos abusos, y luego entregaban a esas mujeres violadas a sus criados indígenas, diciéndoles que lo hacían para honrarlos y que debían casarse con ellas, ¿cómo no iban a entender que tomar por esposa a una mujer violada por un español era un honor? ¿Cómo no iban a imitar los señores y caciques tal ejemplo con sus propios vasallos?

¿Qué doctrina se les enseñó durante ese tiempo? ¿Quién les habló de la virginidad como un estado elevado dentro de la Iglesia? ¿Qué ejemplos de virtud y honestidad presenciaron para poder aprender lo bueno?

Así pues, cuando algunas personas sensatas, que más tarde viajaron de España a las Indias, observaron lo que ocurría, creyeron que se trataba de un vicio heredado de tiempos pasados, y así lo escribieron, aunque también conocían la corrupción de los soldados españoles, el abandono de sus deberes por parte de los magistrados, y la confusión generada por las guerras civiles entre los mismos españoles, durante las cuales no se respetaba ninguna ley ni se procuraba el bien común.

Aun así, hubo quienes excusaron a los españoles, silenciaron sus escándalos y, en cambio, señalaron duramente a los indios. De estos indios, así bautizados e instruidos, hablan algunos concilios celebrados en Lima, donde se menciona que desenterraban a los difuntos para sacarlos de las iglesias y llevarlos al monte, que continuaban practicando sus antiguas supersticiones, sacrificios y otras costumbres. Sin embargo, esto no puede decirse de los indígenas actuales, que en su mayoría han olvidado completamente aquellas antiguas prácticas.

Y si acaso hay uno o dos que han apostatado, ¿acaso debe sorprendernos? En Europa hemos visto reinos enteros apartarse de la fe, y ni siquiera en Italia o España faltan quienes la han abandonado.

La segunda forma en que se cristianó a los indios fue por aquellos que, movidos por su propia voluntad, desearon abrazar la fe cristiana. Esto ocurrió gracias al ejemplo de algún religioso virtuoso o de algún laico español piadoso (que los había, aunque eran los que menos influencia tenían). Sin embargo, estos indígenas no contaron con alguien que les enseñara la fe en su propia lengua. Se conformaban con que se les recitara el Pater Noster, el Ave María y el Credo en latín, y con que se les pusiera una cruz alta en algún lugar público para que se arrodillaran allí por las mañanas y al anochecer.

Había pocos religiosos, y los pocos que había estaban ocupados en las ciudades españolas, dedicados a fundar casas y monasterios, a los rezos del coro y otras labores similares. Por tanto, no podían atender a los indios; y si lo hacían, era a través de intérpretes que apenas entendían el castellano. Y durante las guerras civiles, ni siquiera eso fue posible.

En aquellos tiempos era costumbre que las personas enviadas a las comunidades indígenas fueran, por lo general, individuos sin preparación, sin derecho a voto en elecciones, y que eran considerados de poca valía. Eran muy pocos los que se inclinaban por ir a evangelizar a los indios, pues se consideraba algo deshonroso. Si acaso iba uno solo, se le asignaba toda una provincia, sin saber leer, escribir ni hablar la lengua local. Tenía que encargarse de cuarenta o cincuenta pueblos, cuando ni siquiera uno solo podía atenderse debidamente.

Por esta falta de clero capacitado, se nombraron seglares españoles como doctrineros en los pueblos indígenas. Pero estos ni conocían la lengua ni sabían la doctrina cristiana. Se dedicaban exclusivamente a sus negocios personales: a hacer crecer su hacienda, a ocupar a los indios como mano de obra, a cobrar los tributos de sus amos y a pelearse con ellos. Y como se sentían impunes en un campo sin vigilancia, se entregaban al libertinaje, sin respetar doncella ni mujer casada.

Con tal modo de evangelización, era difícil que los indígenas pudieran sacar provecho alguno; más bien, se enfriaban y perdían los buenos deseos que inicialmente habían tenido. Nunca escuchaban palabra divina que los animara ni veían ejemplo alguno de virtud que los guiara. Por el contrario, muchos eran empujados a abandonar cualquier inclinación religiosa y a entregarse al vicio.

Pasaron muchos años sin que vieran a un sacerdote, y si acaso lo veían, jamás llegaban a saber qué significaba confesarse sacramentalmente como cristianos católicos. El sacerdote no quería asumir tanto trabajo; le bastaba con pasar rápidamente por el pueblo, cobrar su estipendio y marcharse, lo cual sabía hacer con gran destreza.

Es digno de notar que, para todo lo que implicaba el interés, la comodidad o el placer de los españoles, nunca faltaban lenguas, intérpretes, medios ni eficacia. No faltaban para levantar suntuosos edificios, fundar monasterios, cultivar tierras, organizar oficios artesanales, realizar contratos, imponer tributos y alcabalas, todo ello bajo nombres imponentes como los del rey, la caja real, el virrey, la audiencia, o de los vecinos y demás autoridades. Para todos los placeres imaginables de señores y señoras, siempre se hallaban recursos. Tampoco les faltaban a los indios ingenio y habilidad para comprender todo eso, incluso si se les explicaba con señas, como a mudos.

¿Y cómo es posible que, para predicarles la fe católica y anunciarles la gloria de Cristo nuestro Señor, sí faltaran intérpretes? ¿Que los ministros estuvieran tibios y apenas existieran medios para lograrlo? ¿Que los indios fuesen tachados de torpes y lentos de entendimiento, cuando en realidad nunca habían oído la doctrina ni visto ejemplo alguno de virtud?

Este ha sido y es el fundamento que esgrimen quienes critican el escaso avance de los peruanos en la fe cristiana. Quieren que, con el tipo de evangelización que hemos descrito, fueran tan fervorosos como los primeros cristianos de la iglesia primitiva. Insisten en ello y se quejan de que en los indios, aún sin educación ni formación adecuada, no brille la virtud y santidad que, según ellos, tampoco resplandece en aquellos que sí han sido instruidos.

Es evidente que los indios conocerían las cosas de Cristo si fuesen instruidos, tal como conocen los asuntos del rey porque reciben formación para ello. ¿Acaso es posible que quienes memorizan todas las cédulas y pragmáticas reales sobre tributos, cajas reales, minas, comunidades, servicio personal y otras cuestiones, que se les repiten día a día, no podrían aprender siquiera el Credo y los Mandamientos con una breve explicación, si se les enseñara? ¿Quién conoce tan bien al rey y su poder y majestad, que no sabría también del Papa, su autoridad y dignidad soberana?

Por lo tanto, no debe sorprender que estos mismos, incluso entre los formados, sean débiles y poco fervorosos en la fe, inconstantes en la virtud, poco perseverantes en los buenos deseos y propósitos, y que caigan en ciertos vicios, algunos incluso excesivos y desordenados. Han retomado costumbres corruptas de sus antepasados, como la lujuria con mujeres mundanas, la embriaguez, la falta de respeto a padres, mayores y ancianos, el perjurio, el falso testimonio, el hurto, la ingratitud, el desinterés por las cosas de Dios, la codicia, el descuido del bien común, las relaciones ilícitas con mujeres casadas, la falta de perdón ante injurias, la rebeldía y la obstinación, entre otros.

Sin embargo, a pesar de todo esto, en muy pocos o ningún caso hemos visto que falte la fe que recibieron, especialmente los que fueron bautizados desde niños. No hemos visto a ninguno ser condenado por herejía, aunque sus detractores estuvieran muy atentos para atraparlos.

En los pueblos indígenas alejados de la influencia española, durante todo un año no se encontrarán dos casos de adulterio, ni robos, homicidios o enemistades graves. En cambio, los que conviven con los españoles muchas veces caen en esos males, pues tienen el mal ejemplo cerca. Si comparamos, veremos que los soldados españoles y otros que se hacen llamar soldados cometen más males en un mes que los indígenas en todo un año. Esto lo pueden atestiguar ciudades como Lima, México, La Habana y otras.

No obstante, estos indios no merecen excusa alguna por ello, sino reproche, pues podrían aprovechar lo bueno que les ofrece la ley evangélica, apartarse de la mala compañía y no unirse a los malos.

La tercera manera en que los peruanos entraron en la cristiandad fue a través de indios que no solo quisieron, por propia voluntad, ser bautizados ellos, sus hijos y sus esposas, sino que tuvieron la fortuna de encontrar quienes les enseñaran y, con buenos ejemplos, los impulsaran al fervor de la fe y al amor de Dios. Y si en algún momento les faltó quien les enseñara, ellos mismos buscaron maneras de aprender las obligaciones que tenían y de instruir a sus hijos.

Como quien hace lo que debe y puede, nunca queda desamparado, Dios les envió algunos varones eclesiásticos, clérigos y religiosos, que con gran y loable esfuerzo aprendieron la lengua nativa. Estos, dejando de lado toda honra mundana y las críticas de quienes tanto despreciaban a los indios, se dedicaron a predicar el Evangelio públicamente, recorriendo pueblo tras pueblo. No solo eliminaron la idolatría exterior, como hicieron los primeros misioneros que no conocían la lengua local, sino que atacaron la idolatría en los corazones y voluntades.

De tal modo que los indígenas no solo temían destruir los ídolos y altares antiguos, sino que ellos mismos rompían y redujeron a cenizas todos los ídolos y altares que había. Además, descubrían los que estaban ocultos y los destruían. Estos predicadores avisaron de todos los montes, fuentes y otros lugares naturales que los antiguos veneraban, para que estuvieran alertas y predicaran contra tan malas supersticiones.

Gracias a ellos conocemos todas estas cosas mencionadas y otras más, que no se dicen, porque ellos, aborreciendo tales prácticas, no solo las rechazaron por completo de sus corazones, sino que las delataron para que los sacerdotes estuviesen prevenidos.

En esta obra se destacaron grandemente los religiosos de la Orden de Santo Domingo, quienes actuaron siempre con gran prudencia, discreción, santidad y virtud. Entre ellos fue notable Fray Cristóbal López, un hombre santo y digno de eterna memoria por su ejemplar claridad; también Fray Domingo de Santo Tomás y otros.

En la Orden de San Francisco no hubo tantos intérpretes ni conocedores de lenguas, pero quienes se consagraron al bienestar de los naturales cumplieron fielmente con su deber. No faltaron entre los agustinos, aunque llegaron más tarde, buenos operarios, en especial uno que no solo trabajó sino que escribió en la lengua indígena para beneficio de quienes vinieran después.

Los clérigos, si no recibían largos estipendios, no podían permanecer entre los indígenas; sin embargo, algunos se entregaron a la vida apostólica, como Machín de Deva, Gregorio de Montalvo, Cristóbal de Molina, Juan de Pantaleón —quien fue ahorcado por Gonzalo Pizarro por persuadir a los indígenas a servir al rey— y otros dos o tres que hicieron gran provecho.

En las circunstancias de aquellos tiempos, la dedicación de estos religiosos y clérigos a los indígenas fue un acto heroico y celestial, lleno de humildad y desprecio por el mundo, impulsado por el amor a Dios y al prójimo, y una constante mortificación. Pues se consideraba una gran afrenta y humillación acudir a predicar a los naturales, de la misma manera que hoy se ve con desdén que un noble grave converse y comparta con pícaros o marineros. Enviar a un religioso imperfecto a los indios era como condenarlo a una galera. Por tanto, fue necesario que esta obra surgiera de un corazón verdaderamente entregado a una misión celestial.

Pero fue providencia de Dios que existieran tanto operarios forzados como voluntarios, para que se pudiera apreciar la diferencia entre ellos. Durante más de treinta años, todos estos predicadores se dedicaron exclusivamente a predicar a los naturales, y en cuanto a los sacramentos, solo les administraban el bautismo y el matrimonio. Dado que los operarios eran pocos y los indios numerosos, no se podía cubrir todas las provincias y pueblos para bautizar, por lo que quienes pertenecían a la segunda forma de conversión, como vimos anteriormente, sufrieron grandes pérdidas.

Mucho tiempo no supieron ni siquiera el nombre de Jesucristo Nuestro Señor, y mucho menos los misterios de la fe; tampoco recibieron ayuda a través de los sacramentos ni fueron animados a la práctica de la virtud. Aunque observaron los buenos ejemplos de los predicadores más fervorosos, los malos ejemplos de otros los arrastraron, llevándolos a caer en vicios, como ya se ha mencionado.

También estaban en peligro quienes entraron en la cristiandad por la tercera forma de conversión, debido a la falta de confesores que los atendieran. En aquella época se consideraba casi milagroso que algún sacerdote se dedicara a escuchar confesiones de indígenas. Cuando algunos ministros menos fervorosos se veían en la necesidad de confesarlos, era preferible que no lo hicieran, porque atendían a ciento cincuenta o más personas cada día. Ni los indios recibían la confesión debida, ni el sacerdote cumplía correctamente con su oficio; esto ocurría por la prisa, por el escaso conocimiento de la lengua indígena y porque no les preparaban adecuadamente para la confesión, explicándoles cómo debían recibir ese sacramento.

Durante más de treinta y ocho años no se les predicó ni se les advirtió de la necesidad de recibir el santísimo sacramento de la Eucaristía, ni se les explicó qué era, ni se les enseñó acerca del sacrificio santo de la Misa, y mucho menos sobre los demás sacramentos.

Era una verdadera lástima ver las lágrimas de los naturales que se quejaban porque no se les enseñaba como a los españoles… etc. De modo que los indios comúnmente solo conocían el bautismo y el matrimonio, y únicamente en cuanto a la práctica y recepción de estos sacramentos; en cuanto a la doctrina, apenas había alguno que supiera algo, y esto solo porque había recibido algún beneficio de los buenos operarios que hemos mencionado.

Dios escuchó las súplicas y lágrimas de los indios y envió a la Compañía de Jesús en el año 1568. Ya en septiembre de ese mismo año, y mucho más hacia enero del año siguiente, su predicación y buen ejemplo levantaron tanta admiración, que los naturales se asombraban de sí mismos al notar la notoria transformación: un fervor y devoción nunca antes vistos, y una concurrencia de indios tan grande que jamás se había visto tanta gente en Lima. El arzobispo Don Jerónimo de Loaysa lloraba de alegría cada vez que veía, los domingos y días festivos, pasar por su calle una procesión innumerable de indios.

A esto se sumó la práctica de las confesiones que entonces comenzaron con los indígenas, y quedó claro que no había estado la culpa en el reloj, sino en el relojero: al abrirse la puerta a lo que ellos deseaban, los indios acudieron con prontitud. Al Demonio le pesó grandemente tanto bien, y pronto inventó un terrible obstáculo, que Dios permitió para poner a prueba la constancia de los nuevos ministros y la de los recién convertidos a la verdadera devoción.

Los codiciosos e inexorables quisieron aprovecharse de esta ocasión y de la buena obra de la Compañía, ordenando que, dado el número de indios, todos sirvieran y se trajeran más desde las serranías de donde aquellos habían venido. Aunque los piadosos resistieron, los impíos prevalecieron con argumentos impertinentes, entre ellos que aquella devoción que mostraban los indios era solo una excusa para volverse perezosos y no trabajar en las haciendas de los españoles; que ya tenían suficiente doctrina hasta ese momento; que no hacían falta nuevos modos de procesiones, devociones y confesiones que solo complicaban más las cosas; y que lo que realmente querían los indios era hacerse haraganes y malhechores.

De este modo, estos impíos se lamentaban de que la salvación entrara por los indios, y querían que aquello que ellos, por su malicia, no quisieron recibir, tampoco lo recibieran los indígenas. Muchos indios huyeron para no ser forzados al servicio personal, aunque jamás abandonaron la devoción, pues desde sus tierras aguardaban la llegada o el paso de la Compañía por su región. Los que quedaron en la ciudad sufrieron, pero no abandonaron lo que habían comenzado.

Finalmente, se tomó la decisión de fundar el pueblo de Santiago, conocido como el Cercado, adyacente a Lima, para que los indios estuvieran juntos y fueran instruidos por los miembros de la Compañía. Así se hizo, y muchos murieron por el cambio de lugar, mientras otros, interesados, lamentaban tanta felicidad. Al final quedó un buen número que ha permanecido hasta hoy con tanta virtud, honestidad y devoción que resulta admirable.

Con su limosna y trabajo, sin ayuda externa, construyeron la iglesia de San Blas —que después fue convertida en hospital— y la iglesia de Santiago, que en belleza, hermosura y ornato supera a muchas de Lima.

El oratorio del altar del sagrario del Santísimo Sacramento, los ornamentos de los ministros que allí sirven, la música para los oficios divinos —no solo de voces, sino también de diversos instrumentos y vihuelas de arco—, el aparato tan ilustre y suntuoso con que se saca el Santísimo Sacramento para los indios enfermos, la cofradía instituida en su honor —en la cual están incorporadas las cofradías de Nuestra Señora, de la Vera Cruz y de las Ánimas del Purgatorio—, la utilidad y comodidad de esta cofradía, la atención, medicinas, provisiones y cuidados del hospital, el socorro a los pobres y huérfanos, el sustento de los padres que allí residen para enseñarles, y las limosnas continuas que allí se ofrecen, no solo a sus padres espirituales, sino también a la casa de probación que allí está, todas estas obras proceden de los indios y no de otros; además, estos mismos indios contribuyen con sus limosnas a los hospitales, cofradías y necesidades de los pobres de la ciudad de Lima.

¿Quién podrá decir que esto es fingido o reprocharlo? ¿Qué más pueden hacer, en lo exterior, los devotos más antiguos de la cristiandad? Y en cuanto a lo más esencial, que es la frecuencia de las confesiones y la recepción del Santísimo Sacramento en las Pascuas y fiestas solemnes, ¿dónde puede verse mejor que en el Cercado? Hay pueblos de indios por los alrededores que tienen los mismos deseos, ansias e incluso preparaciones, pero no hay quien les parta el pan; antes bien, en los púlpitos han sido reprendidos por ello.

Se escucharon más de veinticuatro sermones con razones aparentes que hicieron creer a los seglares que era pura verdad, y por eso todos los clérigos seculares optaron por seguir a tales predicadores, lo que trajo como consecuencia algunas flaquezas y caídas entre los indios, como si no hubiera otras igualmente entre los mismos ministros.

Los frailes querían mantener la práctica que hasta entonces habían seguido, la de no confesar ordinariamente a los indios sino en casos excepcionales, y mucho menos darles el Santísimo Sacramento; y para que no lo pidiesen algún día, aunque supiesen que podrían recibirlo con buena disposición y preparación, acordaron nunca tratar con ellos ese asunto.

Pero la Compañía, guiada por el verdadero espíritu de la Iglesia católica, continuaba adelante en su obra con mucha prudencia y discreción; porque si en el Cercado de Lima y entre la demás gente india devota que vive en la ciudad ha realizado todo lo que se ha mencionado —y mucho más que no se dice—, en el Cusco fue aún más admirable lo que hizo y obró, ayudada por la gracia divina. Esta obra fue tanto más estimable cuanto que enfrentó mayores y más pesadas trabas y persecuciones por parte de los enemigos de la virtud, mientras que en los naturales despertó mayor fe y constancia.

Los medios que empleó la Compañía de Jesús fueron la paciencia, humildad, obediencia, caridad y fervorosa oración, y ejerció sus ministerios con un fuego de corazón que no escatimó sudores, trabajo ni hambre, ni temió persecuciones. Sus ministerios consistían en predicar, confesar y administrar la comunión, asistir a enfermos, presos, hospitales, niños y gente ruda; organizar la ayuda para las necesidades de los pobres, mediar en pendencias y enemistades y evitar los pecados públicos.

El modo de predicar era novedoso para los indios, y hasta entonces nunca había sido usado. Consistía en adornar el púlpito con sedas, hacer los saludos y exordios propios de un auditorio cristiano, haciendo que cada uno de los presentes considerase tener a su lado a un ángel soberano del cielo; traer las autoridades de la Santa Escritura en latín y luego interpretarlas fielmente en la lengua indígena para que se reverenciase la palabra divina; predicar lo ordinario de forma histórica, que es lo que más les agrada; y sacar de la narración apostrofes y exclamaciones, ya sean amorosas y tiernas, que inciten a la penitencia y reforma, o terribles y espantosas, que provoquen temor divino y el alejamiento de los vicios.

Además, hacían procesiones, honraban a cada cual conforme a su calidad y oficio, y en las conversaciones particulares contaban vidas de santos y trataban asuntos de virtud. Componían letras divinas en su lengua para que los niños las cantasen ante ellos, de modo que olvidaran los cantos antiguos y, por medio de la música, asimilaran la enseñanza de los Artículos, Mandamientos, Sacramentos y Obras de Misericordia.

El fruto y provecho fueron tan grandes que lo podrían decir las piedras del Cusco, que aunque los hombres lo callen o nieguen por malicia u olvido, lo confesarían ellas. Que lo digan las otras religiones, que gozaron de la gran liberalidad de sus limosnas y vieron palpable su reforma y perseverancia.

Aunque algunos se burlaron y rieron de la Compañía por dos razones: primero, por ser nuevos y chapetones predicando y trabajando, sin advertir que simplemente echaban agua en el arnero y que la devoción o hipocresía de los indios era como una estaca clavada tres días en la pared; y, para avergonzar aún más a la Compañía y apartarla de su propósito, con gran diligencia indagaban si alguno de los que asistían a sus pláticas había caído en pecado, y aunque fuera por un simple descuido o mirada inapropiada, lo recriminaban y hacían escarnio de ello.

De ahí que los seglares tomaran motivo no solo para inquirir sobre esto, sino también, si sabían o habían oído que algún indio —pues para ellos toda la provincia, sin excepción, había gozado de la doctrina de la Compañía— había caído en deshonestidad o embriaguez, lo censuraban y abominaban tanto que parecía querer tapar sus oídos.

«Mirad —decían— a qué han llevado los sermones de los teatinos; es inútil predicar a estos indios, más vale enviarlos a las minas para que trabajen para nosotros.»

Hubo incluso un soldado tan malicioso que solicitó a una mujer natural de la tierra, que nunca había oído ni visto a los padres de la Compañía, y habiendo cometido con ella una ofensa contra Dios, al día siguiente la afrenta públicamente diciendo que había sido mala y perversa, y denostando la predicación de los padres.

Y aunque los religiosos mencionados antes se burlaron, en segundo lugar, del modo de predicar que tenían los padres de la Compañía, según lo descrito arriba, y se mofaron grandemente, con todo, pasado algún tiempo, cayeron en cuenta y se retractaron de ambas cosas. Comenzaron a ayudar valerosamente, teniendo ya por honor el oficio que hasta entonces habían considerado una deshonra; comprendiendo que, puesto que los más distinguidos de la Compañía se enorgullecían de ello, no había razón para que ellos lo menospreciaran.

Así, comenzaron ellos también a predicar a los indios, siguiendo el estilo y modo de la Compañía, y a confesar a todos cuantos la doctrina de ésta convertía, porque eran tantos miles los que acudían y cada día llegaba gente nueva, que no podían atenderlos todos aunque contaran con veinte o treinta confesores. Se tomó la medida de que los religiosos que se animaron a ayudar lo hicieran; en este servicio destacaron grandemente los dominicos, y en nada se apartaron del espíritu y modo de proceder nuestro.

También hicieron mucho los mercedarios con sus sermones y algunas confesiones; los franciscanos no tenían entonces lenguas, ni los agustinos, pero cuando las adquirieron, ayudaron con gran fruto.

Visto el Demonio que sus artimañas habían sido destruidas, inventó otras. El obispo tomó tal odio y enojo porque la Compañía hacía en su ciudad y obispado abundantes frutos entre los indios, que incitó a su provisor, vicarios, curas y clérigos —o más bien ellos incitaron a él— para que cerrasen el paso a los padres. Corría el rumor de que, bajo el pretexto de predicar y confesar, se querían apoderar de las parroquias, los pueblos de toda la primicia e incluso quizá de todo el obispado.

Para ello impusieron, bajo pena de excomunión mayor latee sententia, que ningún clérigo ni cura los admitiera en sus iglesias ni pueblos, ni para predicar, confesar ni para ninguna otra cosa; a los caciques y señores bajo pena de cien pesos, y a los demás con cien azotes y tresquile de cabellos, que no se confesasen con dichos padres ni escuchasen palabra alguna de ellos.

Sobre esto cometieron actos terribles: azotaron a muchos, hombres y mujeres por igual, los afrentaron públicamente, y usaron todos los medios posibles de cárcel, destierro y otras penas; solo les fue negado matarlos.

Sin embargo, no lograron su propósito, porque la fe en la reforma aumentaba en tal medida que incluso ellos mismos se acusaron y reconocieron que no iban por buen camino; además, la justicia real intervino para defender a los indios y a la Compañía.

Esta devoción y reforma no se puede demostrar mejor que observando cómo perdura hasta el día de hoy con el mismo tesón y con tantos sacrificios. Casi este mismo modo, fervor y devoción han existido y existen en Arequipa, Juli, Chuquiabo, Chuquisaca, Potosí, Tucumán, Chile, y principalmente en Quito. La Compañía ha realizado dos misiones a las regiones de Chachapoyas y Huánuco, y la reforma que entonces se implementó sigue vigente con gran fruto, aunque hace más de doce años que la Compañía no ha visitado esos lugares.

No mencionaré los grandes obstáculos e impedimentos que han enfrentado y enfrentan, tales como las opresiones y trabajos cotidianos, los diversos tributos y cargas que se les han impuesto y se les imponen cada año; los agravios y vejaciones que sufren de parte de magistrados, tanto mediatos como inmediatos, y de particulares; la horrible servidumbre a la que han sido sometidos, simplemente por ser cristianos; la extrema pobreza en que viven; y la imposibilidad de atender adecuadamente la crianza de sus hijos y el cuidado de su hogar, pues carecen incluso del espacio necesario para ocuparse de su propia salvación.

A esto se suma la enemistad de los seglares hacia los eclesiásticos que se dedican a su enseñanza y defensa. No hablo más de estos temas porque sería largo de relatar, pero es notable que, a pesar de tales cargas y dificultades —que bastarían para hacer desfallecer incluso a muchos españoles, no solo en la virtud sino también en la lealtad debida a su rey— los indios permanecen firmes en su propósito. En medio de sus trabajos y dolores, se aferran a Cristo, y cuanto mayores son los inconvenientes, obstáculos y persecuciones, mayor es su firmeza y arraigo en la fe.

Porque es cierto que, cuando uno se decide sinceramente a abrazarla, ni los tormentos ni las muertes son suficientes para apartarlo de ella, como ha quedado probado en muchos casos, en los que personas, por no ofender al Señor, se han dejado matar a manos de españoles.

Así como Nuestro Señor ha permitido que en todas partes donde alguna gentilidad se convierte haya quien instruya a los recién convertidos para su mayor provecho —como se ha visto en Europa, Asia y África—, también ha permitido que los indios cristianos sean instruidos. Y como no hay gentiles ni herejes que los martiricen, ha permitido que algunos españoles los persigan, maltraten, vejen y agraven, y que los magistrados colmen la medida en este abuso junto con los numerosos tributos e imposiciones, para que así sean ejercitados y se arraiguen en la fe, buscando a Dios en sus tribulaciones y lágrimas, tal como lo hacen con gran provecho y fruto.

Hecho y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez

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