Relación del origen, descendencia, política y gobierno de los Incas por el licenciado Fernando de Santillán
Excelentísimo Señor:
Aquel varón insigne y verdaderamente
amicísimo, Platón, sostiene que no hay en la tierra claridad mayor ni cosa de
más valor que aquel impulso que lleva a los hombres virtuosos a amar y desear
el engrandecimiento de la república y patria donde han nacido y sido criados. Y
esto parece ser muy cierto, como lo demuestran los innumerables ejemplos que
nos ofrecen las antiguas historias, en las cuales se narra cómo muchos hombres
antepusieron el bien de su república al suyo propio, renunciando no solo a la
gloria y recompensa que por sus hechos les correspondía, sino incluso a sus
propias vidas, ofreciéndose con voluntad firme a diversos tormentos.
Tal decisión no fue sin razón, pues la
propia naturaleza inclina y obliga a los hombres a agradecer todo lo que
reciben de su república: en ella nacen, son alimentados, instruidos en buenas
disciplinas y, gracias a ello, acrecentados en bienes y dignidades. Por ello,
quienes se distinguieron en este amor y gratitud merecieron nombres ilustres y
memoria loable; en cambio, aquellos que despreciaron tal deber son dignos de
severa reprensión y escarnio.
Y si es justo alabar los grandes hechos de
quienes buscaron aumentar y engrandecer sus repúblicas, y reprochar a quienes
descuidaron esa responsabilidad, ¡cuánto más ha de considerarse cruel y carente
de toda virtud y caridad aquel que, viendo su república caída y necesitada, no
se esfuerza en levantarla!
Deseando yo no incurrir en tal vituperio
ni en justa reprensión, y queriendo —dentro de mi limitado ingenio y talento—
seguir el ejemplo de quienes se distinguieron en esta virtud, no puedo sino
afligirme profundamente ante la grave decadencia y extrema necesidad en que se
encuentra la república de ese nuevo mundo y reino tan afamado del Perú. A ese
reino he servido a Su Majestad y de él he recibido sustento; he contribuido a
su edificación y consolidación, conforme al recto gobierno que Su Majestad allí
mandó establecer. Por ello me siento obligado a padecer su ruina como si fuera
la de mi propia patria y naturaleza.
Tal es su miseria, por estar tan distante
de la fuente de donde podría venir el remedio a sus males, que bien podría
aplicársele lo que dijo Isaías:
«¿Cómo se ha convertido en ramera la
ciudad fiel, llena de juicio? La justicia habitaba en ella, pero ahora hay
asesinos. Tu plata se ha vuelto escoria, tu vino está mezclado con agua. Tus
príncipes son rebeldes, compañeros de ladrones: todos aman el soborno y van
tras recompensas. No hacen justicia al huérfano, ni llega a ellos la causa de
la viuda».
Y también puede lamentarse con Jeremías:
«Nuestra heredad ha pasado a extraños,
nuestras casas a forasteros. Somos huérfanos sin padre, nuestras madres son como
viudas. El agua la bebemos por dinero, la leña la compramos. Con el yugo al
cuello somos perseguidos, y no se da descanso a los fatigados. Los siervos
dominan sobre nosotros, y no hay quien nos libre de su mano».
Porque aquellos que deberían haber sido espejo
de vida virtuosa, ejemplo de corrección para los soberbios y poderosos, y
consuelo y amparo de los pobres y oprimidos, han obrado todo lo contrario.
Tanto es así, que con justa razón puede quejarse esa república diciendo con
Job:
«Torcieron el camino de los pobres y
oprimieron también a los mansos de la tierra. Siegan campos ajenos y vendimian
viñas que arrebataron por la fuerza. Oprimieron a los huérfanos y despojaron a
los pobres. Entre sus montones trabajan al mediodía los sedientos que pisan los
lagares. Hicieron gemir a los hombres de las ciudades y el alma de los heridos
clamó».
Todas las veces que la compasión por
tantas miserias y calamidades me mueve a desear y procurar su remedio, halla
descanso mi ánimo al considerar que Vuestra Señoría Ilustrísima representa la
autoridad y poder de Su Majestad para remediarlas. En aquellas tierras y en
estas se tiene la confianza —bien fundada en su gran bondad y cristiana piedad—
de que así lo hará.
Siempre me ha parecido que el remedio
radicaba en poner estas necesidades en conocimiento y acatamiento de Vuestra
Señoría, y cuán cierta es esta esperanza se confirma en que, con tanta
prontitud y diligencia, Vuestra Señoría, en nombre de Su Majestad, ha aplicado
el más acertado y eficaz remedio que se podía esperar.
Y como para que Vuestra Señoría pueda
disponer con firmeza lo que conviene en muchos asuntos, es necesario que los
conozca a fondo, he determinado dar cuenta de ellos en esta relación, en
respuesta a ciertos capítulos sobre los cuales Su Majestad, por Real Cédula,
ordenó a la Real Audiencia de la Ciudad de los Reyes que le informase y enviase
su parecer. A mi juicio, dichos capítulos comprenden todo cuanto conviene
entender para que el gobierno de esa tierra logre estabilidad.
Responderé, pues, a cada uno de ellos
según la medida de mis fuerzas, confiado en el generoso ánimo de Vuestra
Señoría Ilustrísima, por el cual este pequeño servicio será admitido y
favorecido.
De Vuestra Señoría Ilustrísima, menor
siervo, que besa sus manos ilustrísimas,
El licenciado Fernando de Santillán. (Autógrafo)
RELACIÓN:
En el primer capítulo de la real cédula de
Su Majestad se solicita información sobre los señores que gobernaban a los
indios de aquellas provincias en tiempos de su infidelidad. Para entender mejor
lo que Su Majestad manda informar, es necesario conocer el origen de estos
señores y con qué títulos y forma ejercieron su señorío en esa tierra.
La única fuente disponible sobre este
asunto son las relaciones tomadas de indios ancianos, recopiladas por personas
que conocen su lengua, han convivido con ellos y poseen experiencia entre los
naturales. A estos se presume veraces. Tal es, pues, la autoridad de la que
puede valerse esta relación y las demás que versan sobre el asunto, tratándose
de hechos muy antiguos, y considerando que estos pueblos no tienen escritura ni
caracteres, y que son diversos en sus costumbres y relatos, los cuales a veces
difieren entre sí.
La memoria que conservan sobre lo antiguo
se transmite principalmente a través de cantares que relatan hechos pasados,
aprendidos de generación en generación. También se apoyan en sus quipus, que
son cuerdas de lana de diversos colores, donde, por medio de nudos y su
disposición, registran y recuerdan lo que quieren conservar en la memoria.
El origen de los señores Ingas (Incas),
que gobernaron y conquistaron las provincias del Perú, dejando de lado ciertas
ficciones e invenciones que algunos indios refieren —como la historia de los
tres hermanos que salieron de una cueva en la provincia de Pacaritambo—, lo que
parece más verosímil y razonable es que los primeros Incas fueron naturales de
dicho Pacaritambo, situado a unas siete leguas del Cusco, lugar al que también
los indios llaman Cajatambo, que en nuestra lengua significa “principio”. Esto
parece confirmarse porque la lengua que hablaban los Incas —el quechua—, y que
hicieron común en toda la tierra conquistada, es precisamente la lengua propia
de los naturales de Pacaritambo, de donde afirman haber procedido.
Uno de estos Incas se trasladó a vivir al
valle donde hoy está fundada la ciudad del Cusco, en un antiguo poblado que
ocupaba parte de lo que hoy es dicha ciudad y que se llamaba Cayaucache (nombre
que ha quedado incorporado en el Cusco actual). Allí convivió algún tiempo con
los naturales del valle, hasta que sus descendientes se multiplicaron, siendo
estos de mejor disposición, naturaleza más hábil y ánimo valeroso. Con el
tiempo llegaron a dominar el mencionado poblado de Cayaucache y, desde allí,
nació el Cusco. Los Incas fueron expandiendo su señorío y embelleciendo la
ciudad con orden y buen gobierno.
Los soberanos Incas centraban todos sus
esfuerzos en hacer creer a sus súbditos y a los pueblos que querían conquistar
que no eran simples hombres, sino seres superiores, con conocimiento de cosas
sobrenaturales, que hablaban con el Hacedor de todo lo creado, y que tenían
mayor comunicación con Él que el resto de los mortales. Decían ser hijos del
Sol.
Sustentaban esta creencia bajo una
estructura religiosa, en la cual fundamentaban la fuerza de su imperio en la
estricta observancia del culto y veneración a sus divinidades. Imponían gran
rigor en los sacrificios y ceremonias, con lo cual no solo conseguían
obediencia de los conquistados, sino que estos los adoraban en vida y aun
después de muertos.
Y como los pueblos que sometían eran de
entendimiento limitado y de espíritu sencillo, todo aquello les cuadraba bien,
y lo tenían —y aún lo tienen— tan arraigado en su juicio, que no sé cuán pronto
se les podrá hacer comprender el engaño que encierra.
3. Los señores que, según la memoria
existente, parecen haber sido descendientes de los incas son los siguientes:
Pachacútec, Viracocha, Yupanqui o Cápac Yupanqui, Inca Yupanqui, Túpac Inca
Yupanqui, Huayna Cápac, Huáscar Inca y Atahualpa. Y, hasta donde se puede
entender, comenzaron a ejercer su señorío hace poco más de doscientos años. Se
cree que estos fueron los señores porque, al conquistar una provincia o valle,
los naturales les edificaban una casa, les asignaban tierras de cultivo
(chácaras) e indígenas para trabajarlas, y les entregaban mujeres como señal de
vasallaje y sujeción. Aún hoy son conocidas las casas y chacras que fueron
construidas y otorgadas a cada uno de esos señores, y por ello se sabe cuántos
hubo y quiénes fueron.
4. Antes de que comenzaran a gobernar, no
existía tal orden ni organización política; más bien, cada valle o provincia
tenía su propio curaca o señor principal, y este a su vez tenía a otros
mandones subordinados. Cada uno de estos valles vivía en guerra con sus
vecinos, por lo que no había comercio ni comunicación entre ellos. Cada valle
tenía además una lengua distinta. Se hacían la guerra unos a otros, y era
costumbre que el vencedor obligara a los vencidos a sembrarle maíz, coca y ají,
y a entregarle ovejas y otros bienes en señal de sometimiento. De esta manera,
algunos curacas lograron someter ciertos valles y provincias de forma aislada,
como fue el caso del señor del valle que hoy se conoce como Trujillo, llamado
Chimo Cápac, quien dominó gran parte de las Yungas; y otro llamado Hasto Cápac,
que gobernó algunas provincias vecinas en la región de los Chocorvos. Pero
estas conquistas fueron locales y particulares. Nunca antes se había logrado un
dominio general ni una reducción de toda la tierra a modo de reino o imperio, hasta
que comenzaron a reinar los incas. Su señorío y gobierno fue el más amplio,
político y ordenado que se haya conocido en esa tierra, y aun fuera de ella.
Para pueblos más capaces, en muchos aspectos su forma de gobernar fue tan buena
que merece ser alabada e incluso imitada.
5. El primer señor de los incas del que se
tiene noticia como conquistador se llamó Cápac Yupanqui. Este sometió
territorios desde el Cusco hasta Pisco, tanto por los llanos como por la
sierra, hasta llegar a los Lucanas. Desde allí regresó al Cusco, dejando bajo
su dominio a toda la tierra conquistada, que continuó sirviéndole.
El segundo en conquistar y gobernar fue
Túpac Inca Yupanqui, hijo de Cápac Yupanqui o de Inca Yupanqui. Este príncipe
sometió a los Chachapoyas y gobernó dichas tierras hasta su muerte, del mismo
modo que lo hiciera su padre. Túpac Inca Yupanqui envió capitanes y tropas
hacia las provincias de Chile, logrando conquistar hasta el río Cachapoal. Sin
embargo, regresaron al encontrarse con una provincia llamada de los Pormacaes,
cuyo pueblo era considerado poco laborioso y de escasa capacidad, por lo que
fue dejado de lado como territorio sin provecho. Durante esta expedición se
descubrieron muchos yacimientos mineros, de los cuales se extrajo gran cantidad
de oro. Asimismo, se construyeron caminos, se abrieron acequias y se instauró
buena parte del orden y organización que aún hoy se observa entre los indígenas
de Chile.
A Túpac Inca Yupanqui le sucedió su hijo
Huayna Cápac, quien completó la conquista de aquellas regiones hasta llegar a Quito
y sus alrededores, donde finalmente murió. Su fallecimiento provocó una crisis
sucesoria entre sus partidarios: en el Cusco fue proclamado como soberano
Huáscar, hijo del mismo Huayna Cápac, mientras que en Quito se alzó Atahualpa.
Entre ambos bandos estallaron guerras y enfrentamientos entre sus respectivos
capitanes. Fue en medio de esta división que los españoles, encabezados por
Francisco Pizarro, ingresaron al territorio incaico.
El método de conquista empleado por los
incas consistía en que, al llegar a una provincia, enviaban emisarios al curaca
o señor local para comunicarle que su intención era mantener el orden, impartir
justicia y proteger a los pueblos contra cualquier agresor. Se les decía que el
inca era hijo del Sol y que venía a otorgarles favores. Si aceptaban su
autoridad, recibían presentes como vasos de oro y vestimentas del Cusco, y como
símbolo de su obediencia se les ordenaba edificar una casa para el curaca junto
a la que se construía para el propio inca. Por el contrario, si se resistían,
eran sometidos con rigor y crueldad, obligándolos a rendirse y a tributar con
los bienes mencionados.
Una vez que Túpac Inca Yupanqui concluyó
la conquista de la mayor parte del reino y regresó al Cusco, convocó a todos
los señores del territorio, con quienes celebró fiestas, para luego iniciar una
reorganización general del gobierno. Lo primero que hizo fue dividir todo su
dominio en cuatro grandes regiones o suyos:
El primero fue el Chinchaysuyo, que se
extendía desde Vilcaconga, por los llanos, hasta Quito.
El segundo, el Collasuyo, desde Urcos
hasta la región de los Charcas.
El tercero, el Antisuyo, desde Avisca por
toda la zona despoblada de la cordillera de los Andes.
El cuarto, el Contisuyo, que abarcaba
desde el Cusco hasta Arequipa e incluía toda la sierra del lado occidental.
Cada región fue claramente delimitada y se
asignó a su gobierno un Cápac (término que significa “señor” o “rey”),
encargado de los asuntos políticos y administrativos de su jurisdicción. Todos
los asuntos de su región debían pasar por él, y luego este informaba al inca
para que se resolviera en consulta. Esta misma organización se mantuvo durante
el gobierno de Huayna Cápac, y los funcionarios encargados de estos suyos
llevaban nombres como Cápac Achachic, Cápac Larico, Cápac Yochi y Cápac
Gualcaya.
Además de los cuatro Cápac, el inca
contaba con un secretario, quien debía informarse previamente sobre cualquier
asunto antes de que este llegara al conocimiento del soberano. Posteriormente,
lo exponía al inca y a cada Cápac en su respectiva región. Una vez que el inca
y el Cápac trataban el asunto, el secretario comunicaba la decisión a las
partes implicadas en presencia de ambos. En tiempos de este inca, el secretario
se llamó Aquí Túpac Inca.
Asimismo, el Inca hizo otra división de su
reino para llevar mejor control. De cada cuarenta mil vecinos formó una guaman,
que quiere decir provincia, y en cada una colocó un gobernador residente al que
llamaban Tocricoc, es decir, “el que lo mira todo”. Además, dividió cada valle
o provincia en dos parcialidades: una llamada hanan (arriba) y otra hurin
(abajo), distribuyendo equitativamente a la población entre ambas.
Para tener aún mayor conocimiento del
pueblo, estableció otra división: asignó a cada cien indios un jefe, al que llamaban
curaca de pachaca, es decir, “señor de cien”. Entre cada diez curacas elegía al
más capaz y valeroso para que los gobernara a ellos y a su gente, y este
recibía el título de curaca de guaranga, o sea, “señor de mil indios”. Cada
curaca de pachaca nombraba un asistente que lo reemplazara en su ausencia. Y
para la administración general de un valle que contenía varias guarangas, se
nombraba un jefe superior llamado Huño, quien gobernaba sobre los curacas de
pachaca y guaranga, y todos le obedecían como a su señor.
En lo referente al tributo y al
cumplimiento de las órdenes reales, estaba por encima de todos el Tocricoc.
Así, cada indio obedecía al curaca de pachaca, este al de guaranga, el de
guaranga al Huño, y todos al Tocricoc. Este último tenía también la tarea de
seleccionar a las personas de cada provincia que el Inca requería para la
guerra, así como a las mujeres que se ofrecían en tributo al Inca y al Sol.
Algunas de estas mujeres eran repartidas entre los curacas, otras entre los
atunlunas (gente del común), y algunas quedaban para él mismo, con permiso del
Inca.
El Tocricoc también distribuía las tierras
de cada valle entre los curacas e indios, excepto las tierras destinadas al
Inca y al Sol, indicando cada año a cada uno dónde sembrar sus chacras para su
sustento, las cuales eran rotadas anualmente. A los curacas se les asignaban
tierras que los indios debían sembrarles. Además, el Tocricoc conocía y
resolvía todos los casos relacionados con el Inca: si alguna mujer del Sol, del
Inca o de los huacas hacía algún hechizo contra él, si se hablaba mal de su
persona, si algún indio huía de donde había sido asignado, si había
negligencias en los tambos o entre los chasquis, todo esto era de su
competencia. Si el asunto era leve, él mismo lo castigaba; si era grave, lo
remitía al Inca, quien mandaba comparecer a los implicados. En otros asuntos,
los curacas de pachaca y guaranga también administraban justicia, incluso con
penas de muerte, aunque muchas veces consultaban con el Tocricoc.
Para conocer con mayor detalle la
población bajo su dominio y organizar el trabajo y los tributos, el Inca mandó
contar a todos los indios, niños y adultos, dividiéndolos en doce edades:
Puñucloco: los mayores de 60 años,
considerados inútiles para el trabajo y llamados así por “solo sirven para
dormir”. Estos no tributaban ni servían; el Inca mandaba mantenerlos con bienes
del Estado, y eran tenidos por consejeros sabios.
Chaupiloco: de 50 a 60 años, también
exentos de tributo; se ocupaban solo de cuidar chácaras de coca, ají y otras
legumbres.
Pouc: de 25 a 50 años, eran los que
trabajaban en todo. De ellos se reclutaba para la guerra, pagaban tributos,
transportaban productos al Cusco y cultivaban las tierras del Inca y de los
curacas.
Imanguayna: desde los 20 años. No tributaban,
pero ayudaban a sus parientes en labores pesadas.
Cocapalla: de 16 a 20 años, con funciones
similares a los anteriores y encargados de recoger la coca del Inca y de los
curacas.
Pucllagamara: de 8 a 16 años.
Tatanrezi: un poco mayores de 8 años.
Machapori: menores de 6 años.
La décima edad (nombre omitido): menores
de 4 años.
Sayoguamarac: menores de 2 años.
Moxocapari: recién nacidos.
Los curacas de pachaca estaban encargados
de cuidar a todos los individuos de su grupo, que consistía en cien indios
casados de entre 25 y 50 años con sus esposas e hijos, es decir, los
tributarios, además de los demás habitantes según su edad. El Inca les daba la
responsabilidad de criar, alimentar y llevar registro de nacimientos y muertes,
pues se preciaba de saber con exactitud cuántas almas vivían bajo su dominio,
cuántos pertenecían a cada edad, y cómo crecía la población.
Cuando la población aumentaba y más
personas entraban en edad de tributar, se nombraban nuevos curacas, pues ningún
curaca debía tener más de cien tributarios, salvo por merced especial del Inca,
quien podía conceder indios adicionales como yanaconas (sirvientes personales),
los cuales no tributaban, sino que servían directamente a quien recibía el
favor.
Los indios de la tercera edad (los
atunlunas o aucapuric) tributaban según su oficio y conforme a lo que se les
asignaba.
No parece que los incas tuvieran leyes
escritas o fijadas para cada situación, sino que ponían gran énfasis en que
todos cumplieran con el orden establecido. Quienes ocupaban cargos debían
cumplirlos diligentemente, y nadie debía estar ocioso. De hecho, la ociosidad
era el vicio más duramente castigado, mientras que el mayor honor era ser buen
trabajador y labrador, lo cual era muy estimado entre ellos.
13. Las penas para quienes infringían las
disposiciones que el Inca había establecido para el gobierno, así como para
quienes cometían cualquier delito, parecen haber sido en gran parte
arbitrarias. Existían horcas y diversos tipos de castigos, aplicados con
excesiva severidad en algunos casos y con indulgencia en otros. El que tenía
acceso carnal con una mujer del Inca o del Sol era condenado a muerte, al igual
que el holgazán, el que huía con la carga o la abandonaba, el que escapaba de
un pueblo a otro, o aquel que desobedecía al curaca. Sin embargo, los curacas
podían dispensar estas penas cuando lo consideraban oportuno. En general, los
vicios eran castigados con rigor, y el pueblo se mantenía bien sujeto y
obediente. Aunque en algunas penas se cometían excesos, todo ello redundaba en
un buen gobierno y policía, lo que contribuía al crecimiento del reino.
14. Para asegurar que todo lo
anteriormente dispuesto se cumpliera y que cada quien velase por obedecer las
órdenes del Inca, este enviaba anualmente visitadores a recorrer toda la
tierra. Su misión era informarse de los excesos cometidos por los habitantes y
verificar si los delitos eran castigados con el debido rigor, como lo hacía el
Tocricoc. Informaban al Inca con absoluta fidelidad y sin aceptar soborno
alguno, pues si este se enteraba de que alguien había dado o recibido soborno,
ambos eran condenados a muerte.
15. El Inca enviaba también numerosos
visitadores con distintos encargos, según el nombre que se les asignaba.
Algunos eran enviados a contar a la población por edades y calcular el
crecimiento demográfico; a estos se les llamaba Runaypachacac, que significa
“el que iguala”, pues su labor consistía en ajustar las pachacas y guarangas
conforme a la población multiplicada. Otros eran enviados a verificar el
reparto de tributos y el cumplimiento de las disposiciones dadas al respecto.
Algunos eran enviados para castigar delitos específicos; a estos se les llamaba
Taripasac, es decir, “el que declara”, y su tarea consistía en investigar lo
denunciado con gran astucia y recursos para llegar a la verdad, sobre todo si
el caso afectaba al Inca o a sus mujeres, o a las del Sol. Si no lograban
esclarecer el caso, el último recurso era consultar a las huacas y realizar
sacrificios para obtener una revelación. Otros visitadores se encargaban del
reparto de mujeres y de la inspección de las mamaconas y de las mujeres del
Inca y del Sol, para verificar su comportamiento. Si se encontraba alguna
falta, se imponían castigos muy severos, llegando incluso a darles muertes
crueles, como cortarles los miembros en vida y otras penas semejantes.
16. Asimismo, una vez concluida la
conquista, el Inca hizo, entre otras cosas, un registro del ganado encontrado
en toda la tierra. De este, destinó una parte para el culto al Sol y otra para
ciertas huacas y para sí mismo. El resto lo distribuyó entre los caciques,
favoreciendo especialmente a quienes lo acompañaron en la conquista, otorgando
a algunos mil cabezas de ganado, a otros quinientas, y así sucesivamente hasta
llegar a diez. A cada indio le dio dos cabezas para que las criase. El ganado
sobrante lo reservó para sí, y lo repartió en las provincias con mejores
pastos, donde se le daba el debido cuidado y se velaba por su reproducción.
17. En cuanto al matrimonio, cuando
llegaba el visitador a cada pueblo, se reunía en la plaza a todos los hombres
solteros, ordenados por edad, y a las mujeres solteras en otro grupo. Desde
allí se procedía a emparejarlos, comenzando por los caciques y luego por los
demás, según su jerarquía. Cada persona aceptaba la pareja asignada sin ofrecer
resistencia, y no podía tener otra pareja ni ella conocer a otro, bajo pena de
muerte, salvo en el caso de los principales caciques, quienes podían tener
varias esposas con licencia del Inca. Tras la llegada de los españoles, esta
costumbre se vio pervertida por el ejemplo que ellos dieron. Cuando moría un
cacique, era costumbre que su hermano heredara sus mujeres, y el hijo las del
padre, teniendo acceso carnal con ellas.
18. En cuanto a la sucesión de los Incas o
reyes, el hijo sucedía al padre, pero no siempre recaía en el mayor, sino en
aquel que el Inca más estimaba y deseaba dejar como heredero. En vida le entregaba
la borla, insignia de los reyes, y con ello quedaba elegido para gobernar tras
la muerte del padre. Así fue elegido Huayna Cápac en vida de Túpac Inca, y
Huáscar en vida de Huayna Cápac, cuando este partió a conquistar Pasto y le
hizo entregar la borla. Siempre elegía el Inca entre sus hijos al que
consideraba más apto o al que era fruto de alguna hermana suya o mujer de su
linaje.
Cuando moría el Inca, sus hijos, junto con
los orejones (nobles) y otras personas principales, elegían a uno de sus hermanos
para sucederlo. Le colocaban la borla real y lo proclamaban nuevo soberano,
como ocurrió con Manco Inca tras la muerte de Huáscar. De manera similar,
cuando falleció Sayri Túpac, los orejones que vivían más allá de la cordillera
eligieron a su hermano Amaro Inca y lo reconocieron como señor conforme a sus
leyes y costumbres.
19. La sucesión entre los señores y
curacas no seguía el mismo modelo que el de los incas. Cuando moría el señor de
una pachaca, se elegía como sucesor a la persona más capaz y virtuosa de esa
misma pachaca, sin importar si era hijo o hermano del difunto. Esta persona
debía destacar por su carácter recto, a quien llamaban ochamanchay, es decir,
temeroso de pecar. La elección recaía en el señor principal del valle o
provincia.
En el caso de los señores de una guaranga,
el mando pasaba a uno de los nueve curacas subordinados, el más apto para
gobernar, también elegido por el señor principal del valle. Y si este moría, el
Inca nombraba sucesor a quien le parecía más adecuado, considerando su
habilidad para gobernar y los servicios prestados, siempre que perteneciera a
la nobleza del valle.
Los señores se preocupaban mucho porque
sus sucesores fueran personas capaces de mantener el orden y el prestigio del
señorío. Por ello, en vida elegían entre los principales de su provincia a
quien consideraban más hábil y virtuoso, lo presentaban al Inca e informaban
sobre su linaje y cualidades. El Inca confirmaba la elección. De igual forma
procedían los señores de guaranga y pachaca, y así ya se sabía con antelación
quién sucedería a cada uno. Una vez fallecido el antecesor, el sucesor acudía
al Inca para ser confirmado y recibía el dúo (asiento de los señores), junto
con vestimentas, vasos y otros objetos que simbolizaban su nueva autoridad.
20. Existen también versiones distintas
sobre la sucesión, según las cuales los curacas y señores principales eran
sucedidos por sus hermanos, siempre el más apto, aun si dejaban hijos. Tras la
muerte del hermano, el señorío pasaba a los hijos del primer hermano difunto, y
luego a los hermanos de estos, en un orden establecido. Esta práctica parece
confirmarse por numerosas pruebas y testimonios recogidos en la Audiencia.
Aunque, como se ha dicho, el señor elegía
en vida a su sucesor, generalmente escogía a uno de sus hermanos si lo
consideraba apto. Luego, el siguiente escogía a un hijo del hermano del que
había heredado. Así se ha mantenido la sucesión de estos señoríos y cacicazgos.
Cuando moría un señor, recomendaba su hacienda y sus hijos al sucesor.
21. Respecto a los bienes, al morir un
curaca, el sucesor tomaba posesión de las chácaras, vasijas y demás
pertenencias, y los conservaba como mayorazgo. Con estos recursos sostenía y
proveía a la viuda e hijos del difunto. Si el fallecido era el señor principal
de la provincia, el sucesor heredaba sólo el señorío, y los bienes pasaban a
los hijos, si eran mayores; si no, se les asignaba un tenedor que administrara
los bienes y los mantuviera. Si el sucesor pertenecía a la familia del difunto,
él mismo ejercía ese rol.
La forma de testamento consistía en que,
al acercarse la muerte, el señor llamaba a su pariente más cercano o al curaca
sucesor, y le comunicaba su voluntad respecto a sus bienes. El otro aceptaba y
cumplía fielmente sus deseos. Esta costumbre aún se mantiene, salvo cuando
interviene la justicia española, algún escribano, encomendero o incluso el
padre doctrinero —si no es un buen religioso—, quienes alteran el
procedimiento, forzando a los indígenas a hacer testamento a la manera
española. Muchas veces no comprenden lo que firman, y terminan dejando la
herencia a quienes se les indica, incumpliéndose su verdadera voluntad.
22. Hoy en día, la sucesión está
gravemente alterada. Algunos curacas se han vuelto tan astutos que imitan las
artimañas y pleitos de los cristianos, y ya no actúan con la sencillez y
rectitud que tenían bajo el gobierno de los incas. Ahora, cuando un curaca
sucede a otro, se apropia de todos los bienes que puede, sin rendir cuentas a
los hijos del difunto. Si estos reclaman y el asunto llega a juicio, todo se
gasta en pleitos, abogados y procuradores, de modo que al final, tanto el
heredero como los hijos quedan sin nada y muy bien enseñados en trampas y
mentiras, como se observa a diario en la Audiencia.
Muchos de estos problemas se solucionarían
si se permitiera que los propios naturales gobernasen sus repúblicas y
resolvieran sus pleitos, sin intervención de letrados ni procuradores, que son
una verdadera plaga para ellos. Además, el tribunal que resolviera sus
apelaciones o agravios debería estar dedicado exclusivamente a estos asuntos,
pues actualmente se consideran de menor importancia y rara vez se atienden
adecuadamente. Por lo general, se les ordena que acudan al juez español más
cercano, quien realiza una información sobre las demandas y la remite a la
Audiencia.
Pero en estos procesos, cada parte prueba
todo lo que puede a su favor, y la otra parte lo contrario, generando
confusión. Esto no ocurriría si los casos fueran tratados por jueces indígenas,
quienes podrían determinar quién dice la verdad. El que no la dijera, sabiendo
que su caso sería juzgado por alguien que comprende su idioma y costumbres, no
se atrevería a mentir. Sin embargo, como muchos jueces no entienden a los
indígenas, algunos curacas astutos se atreven a cometer todo tipo de engaños,
alentados por españoles que los incitan y enseñan cómo proceder para
aprovecharse de ellos.
23. La antigua organización instaurada por
los incas también se ha visto corrompida por la injerencia de los encomenderos,
quienes designan curacas en sus repartimientos no conforme a los usos y
costumbres tradicionales, sino a su conveniencia e intereses personales.
Nombran a quienes les son afines, sin considerar si son personas capaces o
legítimas. Esto ha traído múltiples perjuicios, pues los designados —al no ser
verdaderos señores, sino favorecidos por los encomenderos— abusan de los pobres
y los agobian en exceso, buscando así legitimarse y recompensar al encomendero
que los hizo señores.
Además, como no se escoge a personas de
buenas costumbres y calidades, como antes solía hacerse, sino por el contrario,
a hombres viciosos y profanos, estos derrochan en excesos, y todo ello recae
sobre los hombros de los pobres indios. La única enseñanza cristiana que han
recibido hasta ahora consiste en hacer fiestas, gastar sin medida, poseer
caballos y comportarse como señores, sin tener respeto alguno por el religioso
que intenta adoctrinarlos y apartarlos de los vicios.
Para el gobierno y conservación de su
gente y tierras, estos curacas carecen de autoridad, desconocen el arte de administrar
y gobernar. Por ello, sería de gran provecho restituir la antigua costumbre en
la sucesión de curacas, pues desde que se dejó de respetar ese orden y se
impuso la voluntad de los encomenderos, la tierra ha caído en decadencia. La
situación se agravó tras la desaparición de los verdaderos señores del tiempo
incaico, siendo reemplazados por otros impuestos arbitrariamente.
24. Sería también muy provechoso y un gran
remedio para los naturales reducir el número de curacas, de manera que no
hubiese señor de menos de cien indios. Hoy en día, casi hay tantos curacas como
súbditos, debido a la disminución de las pachacas y guarangas. Para los
naturales, resulta una gran carga soportar a tantos jefes, cuando antes uno
solo bastaba para mil.
25. En tiempos de los incas, cuando se
trataba de esclarecer un delito o disputa, se llevaba al acusado ante el juez
junto con todos los testigos posibles del caso. Allí mismo se determinaba su
culpabilidad o inocencia de forma clara e inmediata, sin posibilidad de negar
los hechos si era culpable, o de demostrar su inocencia si lo era.
Si el acusado era conocido por su mala
conducta, se le aplicaba tormento. Si confesaba, se le castigaba; si no, y
reincidía en otro delito, quedaba automáticamente condenado por ambos, siendo
sentenciado a muerte en los casos graves como homicidio, robo o violación. Una
de las principales razones por las que los indios elogiaban el gobierno del
Inca —y aún algunos españoles lo reconocen— era que todo este proceso se
realizaba sin costo alguno para las partes.
26. Para comprender mejor los servicios y
tributos que los naturales rendían a determinadas personas o lugares, es
necesario entender la religión y las prácticas de adoración que profesaban, así
como los sacrificios y ofrendas que realizaban en ese contexto.
Desde tiempos muy antiguos, los indios
adoraban al Sol, la Luna y la Tierra. Posteriormente incorporaron la veneración
a las huacas, como se explicará más adelante. El principal objeto de culto era
el Sol, al que consideraban un varón, por lo que era adorado principalmente por
los hombres. A la Luna la tenían por mujer y la veneraban especialmente las
mujeres. También adoraban a la Tierra —su madre—, al día y a las estrellas.
Cada uno de estos elementos recibía
sacrificios específicos. El Sol, como principal divinidad, tenía dedicados
valles enteros con tierras de cultivo de maíz, coca y otras legumbres, además
de mujeres principales consagradas a su servicio en la Casa del Sol, donde
residían también sacerdotes y personal dedicado a su culto. Todo lo que se
producía era para el sustento de estas personas y para los sacrificios.
Las mujeres tejían constantemente ropas de
lana y algodón de gran calidad para quemarlas en honor al Sol, y también
ofrecían grandes cantidades de chicha. Se sacrificaban numerosas llamas, y
ciertas provincias estaban consagradas enteramente al Sol, remitiendo sus
tributos al Cusco, donde se encontraba su templo principal. Allí se hacían las
ofrendas y sacrificios más solemnes. Existían muchas supersticiones sobre el
Sol, como la creencia de que descendía a dormir con las mujeres consagradas a
él, y que en los eclipses de Sol y Luna ambos se unían.
27. El sacrificio a la Tierra no era tan
frecuente ni abundante. Cuando ocurrían enfermedades o desgracias en un lugar,
se decía que la Tierra estaba enojada; entonces se derramaba chicha y se
quemaba ropa para aplacarla. La Tierra era considerada protectora especial de
las mujeres en el parto, y en tales ocasiones se le ofrecían sacrificios.
La principal ofrenda común a todos los
objetos de adoración era la quema de ropas y llamas. Con el corazón de las
llamas se rociaban las casas del Sol o de las huacas. Otras veces, se
enterraban llamas vivas como ofrenda. En el Cusco y en Pachacámac, en ocasiones
muy excepcionales, se ofrecían doncellas que eran enterradas vivas.
28. La adoración de las huacas, según la
versión que parece más confiable, fue una práctica introducida en tiempos
recientes por Túpac Inca. Se dice que el origen de esta veneración
—considerarlas dioses y rendirles culto— surgió cuando, estando la madre de
dicho Túpac Inca embarazada de él, el niño habló desde su vientre y dijo que el
Hacedor del mundo se encontraba en los yungas, en el valle de Irma.
Mucho tiempo después, ya siendo adulto y
gobernante, su madre le contó lo ocurrido. Túpac Inca decidió entonces ir en
busca del Hacedor de la Tierra a ese valle de Irma, que hoy se conoce como
Pachacámac. Allí permaneció varios días en oración y ayuno. Al cabo de cuarenta
días, el Pachacámac —a quien llamaban el hacedor de la tierra— se le manifestó
y le dijo que era afortunado por haberlo encontrado. Le explicó que él era
quien daba ser a todas las cosas del mundo, y que el Sol era su hermano,
encargado de dar ser a lo que estaba en lo alto.
En agradecimiento, el Inca y los que lo
acompañaban ofrecieron grandes sacrificios: quemaron ropa y sacrificaron
ovejas, dándole gracias por tal merced. Le preguntaron qué clase de sacrificios
deseaba, y la huaca les respondió —a través de la piedra desde la cual hablaba—
que tenía esposa e hijos, y que quería que en ese lugar se le edificara una
casa.
Así lo hizo el Inca, construyendo allí
mismo un edificio que aún permanece en pie, de gran altura y suntuosidad, al
que se llama la gran huaca de Pachacámac. Se encuentra sobre un enorme
montículo de tierra, aparentemente hecho por mano humana, y sobre él se alza el
templo. En ese lugar, la huaca reveló al Inca su nombre: Pachacámac, que
significa "el que da ser a la tierra". Desde entonces, el valle dejó
de llamarse Irma y adoptó el nombre de Pachacámac.
También le dijo la huaca que tenía cuatro hijos.
Ordenó que a uno se le construyera una casa en el valle de Mala (a ocho leguas
de Pachacámac), a otro en Chincha (a veinticinco leguas), a otro más en
Andahuaylas (cerca del Cusco), y que el cuarto hijo sería entregado a Túpac
Inca, para que lo custodiara y pudiera hablar con él.
El Inca obedeció, y mandó edificar esas
casas. De estas huacas comenzaron a multiplicarse muchas otras, ya que el
Demonio, que les hablaba por medio de ellas, les hacía creer que las huacas se
reproducían. Esto llevó a que construyeran nuevos templos y rindieran culto a
nuevos dioses surgidos de esas huacas. Algunos eran adorados como hombres,
otros como mujeres, y a cada uno se le atribuía un poder específico: unos para
hacer llover, otros para el crecimiento de las cosechas, otros para que las
mujeres quedaran embarazadas, y así sucesivamente.
Tanto se extendió esta práctica, que llegó
a haber una huaca para casi cada necesidad. Por medio de estas creencias, el
Demonio mantenía engañados a los naturales, lo cual constituye el mayor
obstáculo para inculcarles nuestra santa fe.
Recientemente, gracias a la diligencia del
licenciado Polo, se descubrió en el Cusco una gran cantidad de estas huacas que
eran adoradas como dioses. Este hallazgo ha sido un buen comienzo para
mostrarles el engaño y la vanidad de tales prácticas, como se podrá ver en la
relación que el mencionado licenciado Polo escribió sobre el asunto, por lo que
aquí no se entra en más detalles.
29. Tenían además otra forma de religión e
idolatría: rendían gran veneración a los cuerpos momificados de los señores
fallecidos. Los conservaban en sus casas y los atendían como si aún vivieran.
No se tocaba nada de sus pertenencias, y seguían teniendo sus tierras,
sirvientes, ganado y mujeres, quienes continuaban atendiéndolos, dándoles
comida y chicha. Incluso los llevaban en andas a diferentes lugares.
30. Cada año el Inca organizaba una gran
fiesta en honor al Sol, la más solemne y devota de todas. Se celebraba en el
Cusco, y allí se llevaban todas las huacas del territorio —que eran piedras por
medio de las cuales el Demonio hablaba— con todos sus objetos de culto, como
vasos y utensilios de oro. Se colocaban junto al Sol y la Luna, cuyas imágenes
estaban allí representadas.
También se exhibían los cuerpos de los
Incas muertos, junto con sus joyas y sirvientes. Las celebraciones duraban un
mes entero. Bebían, ofrecían sacrificios y ofrendas, y luego el Inca entregaba
vestidos y joyas al Sol y a las huacas. Al final, cada comunidad retornaba a su
tierra con su respectiva huaca.
Todas las ofrendas y frutos que se
presentaban al Sol y a las huacas eran consumidos por sus sirvientes, quemados
o sacrificados, excepto el oro, que se conservaba intacto en los templos. Esto
fue así hasta la llegada de los españoles, quienes buscaron apoderarse de ese
oro. De ahí provienen las riquezas halladas en Cajamarca, el Cusco y otros
lugares.
31. Entre los diversos servicios que se
ofrecían al sol y a las huacas, uno consistía en que, en ciertos momentos, los
señores y sacerdotes ayunaban. Esto sucedía especialmente cuando se atravesaban
tiempos de necesidad, como la espera de lluvias o durante pestes. Ayunaban
durante cinco días, en los cuales se recogían con gran recogimiento: no dormían
con sus mujeres, no bebían chicha, comían poco y sin ají, derramaban chicha en
ofrenda al sol y a las huacas, y realizaban otros sacrificios.
El pueblo común no acudía directamente al
sol ni a las huacas, pues les tenían gran temor. En caso de necesidad, se
dirigían a un hechicero —de los cuales había muchos—, que se comunicaba con las
huacas y hacía las veces de sacerdote. A estos les entregaban lo necesario para
los sacrificios. Dicen que las huacas hablaban a través de estos hechiceros y
respondían a sus preguntas sobre lo que iba a suceder. Y si no ocurría lo
predicho, les decían que se había cometido alguna falta en lo que la huaca
había ordenado. De este modo el Demonio los mantenía engañados, y aun hoy en
día queda bastante daño por causa de ello.
32. Lo que comúnmente todos creían y
aceptaban como verdad era que, al morir, los buenos regresaban al lugar de
donde habían venido —que situaban debajo de la tierra—, donde vivían en
descanso. Por el contrario, aquellos que morían por castigo de la justicia, o
que robaban u obraban mal, al morir iban al cielo, donde creían que había
fuego, y allí pagaban por sus culpas.
También creían que los muertos
resucitarían con sus cuerpos y volverían a poseer lo que habían dejado. Por eso
les enterraban con lo mejor que tenían, convencidos de que, así como salían de
aquí, así aparecerían sus almas allá donde iban. Incluso mataban indios e
indias para que fuesen a servir a los difuntos en el más allá.
33. Tenían muchas supersticiones y creían
en una infinidad de agüeros, como gente de entendimiento limitado. Algunos
dicen que entre ellos se practicaba la confesión y que había confesores para
ello. En esto hay opiniones diversas, pues no se tiene noticia de que los
propios incas se confesaran. Si hubiera sido una ley general, también ellos la
habrían seguido, y tampoco era una práctica común entre el resto del pueblo.
Lo que yo he oído, y parece verosímil, es
que, como tenían tantas supersticiones y señales, cuando tardaba en llover o
llegaba una helada que arruinaba las chacras, alguna persona que se creía
religiosa, o que sospechaba de otro, decía al curaca y a los hechiceros: “Esta
india tiene hocha (pecado), y por eso no llueve”. Entonces tomaban a la persona
y la llevaban ante los confesores —que eran los hechiceros—, y allí se
confesaban. A veces, aunque no tuviera hocha, decía que sí por miedo. Otras
veces, sin que nadie los acusara, cuando había escasez o algún mal, algunos
indios —sobre todo mujeres— confesaban por temor que tenían hocha. También lo
hacían aun sin que hubiese necesidad urgente, pues creían que si no se confesaban,
no llovería o se helarían las sementeras. De esta forma, por medio de estas
confesiones, oraciones y supersticiones, se mantenía aquella religión.
Era una religión muy observada y llena de
ceremonias y sacrificios, porque eran muy dados a ellas. Especialmente los
señores y los incas eran los que más se relacionaban con las huacas y las casas
religiosas, y hacían creer al pueblo que estaban más cerca de los dioses que
los demás y que conocían el porvenir. Con este pretexto religioso mantenían sometido
al pueblo, pues era el principal fundamento de su autoridad y dominio.
Presuponiendo lo ya dicho sobre el origen
de los incas, su gobierno y adoración, en respuesta al primer capítulo de la
cédula anteriormente incorporada, debe saberse que, como ya se mencionó, tan
pronto como el Inca conquistaba una provincia, tomaba posesión de todo lo que
había en ella, y todo quedaba bajo su dominio, siendo él quien lo distribuía.
Lo primero que hacía era reservar para sí tierras de cultivo —chácaras— de
maíz, coca y ají; también destinaba otras al servicio del Sol, cultivadas por
mitimaes, y asignaba ganado con sus respectivos cuidadores. Mandaba asimismo
construir casas para sí en cada uno de los valles conquistados, como se ha
dicho.
Además, tomaba para sí mujeres de entre
las principales, hijas de señores, así como de sus propios hermanos y hermanas.
Algunas de ellas eran destinadas al servicio del Sol, según su parecer; a estas
se les llamaba Intihuarmi. Les mandaba construir una casa especial donde vivían
con gran recogimiento, bajo la vigilancia de porteros. Allí se dedicaban a
tejer ropa y a otros servicios religiosos. También destinaba otras mujeres a
las huacas siguiendo el mismo orden.
A las que tomaba para sí, el Inca les
hacía construir casas, les asignaba sirvientes y ordenaba que tejieran ropa
para su uso personal y a su medida. A estas se les conocía como mamaconas.
Ninguna de ellas podía casarse; el Inca las proveía de todo lo necesario con
recursos provenientes de los tributos.
De entre las mujeres de menor rango,
escogía a las de mejor parecer y las alojaba en otra casa construida
especialmente para ellas. Estas se llamaban acllas, que significa “escogidas”.
También recibían sirvientes, vivían recogidas y tejían ropa para el Inca.
Algunas de ellas eran dadas como esposas a quienes el Inca deseaba premiar,
generalmente a sus criados o yanaconas, aunque estos ya tuviesen otras mujeres.
No se pedía consentimiento ni de las mujeres ni de sus padres; el Inca las
distribuía según su voluntad, incluso a personas de otras provincias, muy
distintas en clima y distancia, lo cual causaba gran agravio. Aquellas que se
negaban a ir voluntariamente eran ejecutadas, pues esa era la pena por desobedecer
al Inca.
Cuando se repartían esas mujeres, otras
tantas eran inmediatamente ingresadas en su lugar, y desde ese momento sus
padres ya no volvían a tener contacto con ellas, pues durante su reclusión
nadie las veía, y después eran llevadas a otras tierras. Esta práctica
constituía una de las tiranías ejercidas por los incas. No obstante, si el
esposo al que habían sido entregadas moría, quedaban en libertad para casarse
nuevamente sin requerir licencia del Inca, pues ya se las consideraba como
dadas.
Las demás jóvenes, consideradas desechadas
y llamadas huasipas, quedaban al cargo de los curacas, quienes las hacían
trabajar y las casaban cuando llegaba su momento, sin que el Inca interviniera,
a menos que él quisiera tomar alguna para sí. En tal caso, lo hacía saber al
curaca y se le concedía licencia para hacerlo. También se entregaban algunas de
estas al Tocricoc, y las demás se casaban con los hatun runas, es decir, los
tributarios. Estos matrimonios se realizaban con mayor libertad: cuando un
indio deseaba casarse con alguna, ofrecía un presente al padre y al curaca. Al
momento de distribuirlas, se tomaba en cuenta la voluntad que previamente se
conocía tanto de los padres como de las jóvenes.
36. Asimismo, el Inca tomaba para sí el
número de yanaconas que le parecía de cada valle o provincia. Los escogía entre
la mejor gente, preferentemente hijos de curacas, hombres fuertes y bien
dispuestos. Estos yanaconas, considerados como criados del Inca, quedaban
exentos de la autoridad de los curacas, quienes no tenían poder sobre ellos.
Solo el gobernador del Inca podía disponer de sus servicios. Algunos eran
llevados al Cusco para servir directamente al soberano, y a veces incluso eran
designados como curacas en sus provincias de origen. Otros eran colocados en
las casas de los señores fallecidos para mantener siempre activo el servicio, y
cuando faltaban servidores, el Inca los suplía con yanaconas seleccionados por
él en cada región.
También tomaba de las provincias, según su
voluntad, ciertos indígenas para enviarlos como mitimaes a otras tierras,
conforme al sistema que se explicará más adelante. Ninguno de estos individuos
estaba sujeto a tributos ni servicios exigidos por los curacas, ya que estaban
exclusivamente al servicio del Inca.
37. Como señal de reconocimiento y
vasallaje, todos los hijos de los señores eran llevados ante el Inca al
alcanzar la edad adecuada para presentarse y servir en lo que él mandara.
Muchos de ellos llegaban a ocupar cargos como capitanes, visitadores u otras
funciones dentro de la administración imperial. Los mismos señores solían pasar
la mayor parte del tiempo donde se hallaba el Inca, atentos a sus órdenes y
disposiciones.
38. El Inca también ordenó construir
caminos reales por todo el territorio, destinados exclusivamente a su tránsito.
Estos caminos, en su mayoría cercados, se dividían por tramos asignados a cada
valle o provincia, que debían encargarse de su mantenimiento. A lo largo de las
rutas mandó edificar tambos, que funcionaban como mesones o albergues, y ordenó
que la población de cada región donde se hallaban prestara servicio en ellos.
También estableció relevos de chasquis —mensajeros— cada cuarto de legua (un
topo), quienes habitaban permanentemente en sus puestos para llevar los
mensajes del Inca de una región a otra con gran celeridad.
39. Asimismo, ordenó la creación de
depósitos en diversas provincias según su criterio. Estos almacenes debían
estar provistos de alimentos, ropa, sandalias (hojotas) y todos los demás
bienes necesarios para las campañas militares. Para su abastecimiento, mandó
que existieran oficiales especializados en todos los oficios requeridos.
40. En cuanto al tributo y servicio al
Inca, se seguía una organización específica: cada provincia debía entregar una
parte de sus productos —frutos, manufacturas, etc.— según lo que allí se
producía, sin exigir a los habitantes tributar con cosas que no existiesen en
su tierra o que tuvieran que buscar en otra región. Solo se permitía el
intercambio con provincias vecinas si era necesario para cumplir con su oficio;
por ejemplo, si un tejedor de cumbi carecía de lana, podía obtenerla de otra
zona a cambio de algodón o ají. Además, cada uno tributaba únicamente con
aquello que producía en su oficio: los labradores cultivaban las tierras
asignadas para el tributo, los pescadores daban pescado, los tejedores
entregaban ropa, los fabricantes de esteras, esteras, y así sucesivamente.
41. Todos los productos tributados eran
llevados al Cusco, donde residía el Inca, a menos que él ordenara que fueran
depositados en otros lugares, como almacenes especiales en ciertas provincias.
No existía una regla general al respecto, pues se actuaba según la voluntad del
Inca. Tampoco se exigía una cantidad fija de tributo, sino únicamente lo que se
producía en las tierras asignadas a tal fin. En los lugares donde no se
cultivaba maíz, el Inca lo proveía de sus propias reservas. Lo mismo ocurría
con la ropa: no había una cuota específica, pero como había abundancia de lana,
algodón, y de mano de obra tanto masculina como femenina, se podía tributar en
grandes cantidades.
42. Además, los pueblos servían al Inca
con trabajo personal en la guerra, proveyéndole guerreros de cada provincia y
también para otros servicios, según su voluntad. Aunque no se tributaba con oro
ni plata, salvo en las regiones donde el Inca tenía minas, él enviaba a los
indígenas que consideraba necesarios para que extrajeran esos metales y los
usaba para fabricar vasos y otros objetos de su servicio. En las provincias
donde había plateros, se le entregaban pequeñas cantidades de piezas llamadas
chipanas —se decía que una guaranga (mil familias) daba solo una—. Por lo
general, en las regiones con minas o cercanas a ellas, el Inca exigía un
tributo de un indio por cada cien para la extracción de oro.
43. Todos los tributos y servicios que el
Inca imponía y recogía se justificaban como parte del gobierno y del bienestar
común. Así, lo que se almacenaba en los depósitos era luego distribuido entre
los propios naturales del reino.
44. Parte del tributo también se destinaba
con pretexto religioso: para el culto al sol, a las huacas y otras prácticas
supersticiosas, así como para mantener las casas donde se encerraban doncellas.
Todo ello se consumía en sostener el aparato religioso y estatal del Inca,
excepto los objetos destinados al sacrificio, que no beneficiaban a nadie y
constituían una gran cantidad. El Inca recaudaba todo esto con gran autoridad,
como símbolo del vasallaje que se le debía, sin que hubiera límites a su
voluntad. De lo entregado al Inca y a los diversos destinos mencionados, se
llevaba una contabilidad fiel mediante los quipus. Además, también se exigía
tributo y servicio para los hermanos y hermanas del Inca, quienes tenían casas
y dominio propio.
45. Para facilitar y controlar mejor la
recaudación de tributos, el Inca emparejaba las provincias de dos en dos. Así,
si una de ellas fallaba en sus obligaciones —por ejemplo, entregando ropa de
mala calidad o demorándose en los tributos—, la otra lo sabría y el señor de
esa provincia podía castigar al responsable, según su criterio.
46. Cuando se entregaban los tributos, el
Inca recibía personalmente a los señores encargados de llevarlos, los acogía
con agrado, les ofrecía festejos y se sentaba en una explanada para ver todo lo
que le traían. Solía recompensar a algunos de los suyos con parte de estos
tributos, así como también a los que los llevaban. Incluso destinaba una
porción a los pobres, a quienes cuidaba con especial esmero. Por ello, los
indígenas lo llamaban Guachacoyac, que significa “amador de pobres”.
47. La magnitud y valor de los tributos y
servicios personales que se entregaban al Inca eran tan grandes que resultaban
imposibles de calcular en pesos de oro anuales, ya que no había una cantidad
fija, sino que todo dependía de su voluntad.
48. Además del tributo al Inca, los
súbditos también servían a sus curacas y señores locales. El curaca organizaba
a sus indios para cumplir con el tributo destinado al Inca, y luego ellos lo
ayudaban en el cultivo de sus tierras y en la confección de ropa. También se
señala que a cada curaca se le asignaban uno o dos indios por cada pachaca
(grupo de cien familias) para su servicio personal. Aparte de eso, él
gestionaba el trabajo de sus vasallos en labores y oficios propios. Todos le
obedecían, aunque no abusaba de ellos ni los oprimía, como sucede en la
actualidad, donde ya no hay quien controle estos abusos como lo hacía el Inca.
Este cuidaba tanto del curaca como del común, con justicia. Por esta razón, tampoco
puede establecerse una cantidad fija para estos servicios, ya que variaban. Con
esto, queda respondido lo tratado en los capítulos primero, segundo y tercero,
ya que todo forma parte de un mismo tema.
49. Del cuarto capítulo se puede inferir
lo que ya se mencionó anteriormente: el Inca dividió a la población de su
señorío en doce grupos o edades. De estos, sólo los pertenecientes a uno de los
grupos —llamados atunlunas o, en otras regiones, maceguales—, que comprendían a
las personas de entre 25 y 50 años, estaban obligados a pagar tributo. Cada uno
tributaba según el oficio o actividad que desempeñaba, ya fueran agricultores,
artesanos o comerciantes. Las mujeres viudas de estos atunlunas, si tenían
hijos en edad de trabajar, también tributaban en función de los bienes
heredados de sus maridos, según algunos testimonios indígenas.
50. Estaban exentos de estos tributos
únicamente los curacas, sus hermanos e hijos, así como quienes el Inca
destinaba como yanaconas. Estos últimos no debían tributar dinero ni bienes,
sino que su única obligación era servir directamente al Inca o a la persona a
quien él los asignaba. Sin embargo, existía la costumbre de que cuando se
iniciaba alguna obra o trabajo, el curaca era el primero en involucrarse para
motivar al resto de la población.
51. Respecto al quinto capítulo, los
tributos se pagaban anualmente al Inca. La orden era que toda la producción
agrícola —maíz, papas, ajíes, otras verduras y hojas de coca— que se
recolectaba en las chacras del Inca debía ser enviada al Cusco en las
cantidades que sus gobernadores indicaban cada año. Lo restante se almacenaba
en depósitos custodios a cargo de mitayos. La ropa fina y seleccionada se
enviaba al Cusco, mientras que la ropa común se guardaba en estos depósitos y
se usaba para vestir a quienes trabajaban en los servicios del Inca,
convirtiéndose así en un bien común. También se tributaban objetos de plumas,
según las aves criadas en cada región, y metales preciosos como oro y plata
extraídos de las minas, junto con chipanas y brazaletes, que eran llevados
íntegramente al Cusco. Los curacas no podían conservar ninguno de estos bienes
a menos que el Inca se los autorizara expresamente. El Inca establecía cuotas
de oro y plata que cada provincia debía entregar, medidas con pesas que se
consideraban pequeñas. Además, cada provincia debía enviar bailarines para las
ceremonias en los taquies y, en tiempos de guerra, se tributaban también
numerosas armas.
52. En cuanto al sistema de repartimiento,
cobro y pago de tributos, dada la división clara y organizada que el Inca había
hecho de su pueblo y el orden establecido en su gobierno, era sencillo
determinar las contribuciones correspondientes. Cada grupo o comunidad (pachaca
o guaranga) tenía igual número de personas, por lo que los tributos asignados
eran equivalentes, sin desigualdades ni engaños. Entre ellos mismos se
encargaban de repartir las cargas de forma justa, evitando que alguien fuera
perjudicado. En cuanto a la ropa, todos tributaban porque las confeccionaban
sus mujeres; y en los demás bienes, cada uno contribuía según su oficio. Según
se dice, el Inca siempre fijaba el tributo proporcionalmente al número de
habitantes en cada provincia para que los aportes fueran equilibrados. Así, a
cada indígena le correspondía entregar anualmente una prenda de ropa, así como
otros tributos según su ocupación.
53. De no mantenerse en la actualidad esta
ordenanza, se genera la confusión y los agravios que sufren los naturales en la
distribución y cobro de tributos y servicios. Esto ocurre porque los curacas
insisten en aplicar la misma organización vigente en tiempos del Inca, sin
considerar la disminución significativa que han sufrido las pachacas y
guarangas. Siguen asignando tributos a una pachaca como se hacía en aquel
entonces, sin tomar en cuenta que el número de indígenas hoy es mucho menor, ni
siquiera alcanza la mitad. Por ello, algunos grupos quedan muy sobrecargados y
otros apenas contribuyen.
En una misma provincia sucede que, debido
a las guerras, a las entradas en las que han sido llevados encadenados y a las
epidemias que han azotado tras la llegada de los españoles, en algunas pachacas
no queda ni una cuarta parte de los indígenas que había en tiempos del Inca.
Mientras tanto, otras pachacas han logrado conservar más población. Sin
embargo, al repartir los tributos se exige la misma carga a las pachacas
reducidas, que a veces no cuentan ni con diez indígenas, que a las que
conservan cincuenta o incluso cien.
Para lograr una distribución equitativa,
la solución más justa sería restaurar la organización original del Inca. Esto
implicaría realizar una visita minuciosa y reformar las pachacas,
redistribuyendo la población para que aquellas con más de cien indígenas cedan
parte de su gente a las que tienen menos, y eliminando las pachacas con muy
pocos habitantes para que todas cuenten con un número aproximado de cien
indígenas. Así, el reparto de tributos sería justo y equilibrado. La visita
para realizar esta revisión debería ser imparcial, con la participación de
todos los curacas para evitar que alguno oculte indígenas y se perjudique a la
comunidad en la distribución de los tributos.
54. En cuanto al sexto capítulo, se
responde que todas las tierras, chacras y heredades destinadas al Inca, al Sol
y a los demás fines mencionados en cada provincia, pertenecían originalmente a
los naturales de esa provincia. Cuando el Inca conquistaba y subyugaba un
territorio, se apropiaba de todo lo que había en él —tanto tierras como ganado—
en señal de señorío y vasallaje, pues era costumbre que el dominado realizara
algún servicio al señor que lo sometía. Por ello, los indígenas ofrecían al
Inca todas sus tierras y ganados, y el Inca procedía a la división mencionada:
una parte para él, otra para el Sol, y el resto para el sustento de los naturales.
Para hacer esta entrega al Inca y al Sol,
el curaca o principal de la provincia retiraba las tierras y ganados a los
naturales, que eran sus dueños legítimos, y los ofrecía al Inca sin que nadie
se opusiera. Además, señalaban servicios para cultivar y aprovechar esas
tierras, recolectando los frutos para el Inca, el Sol, y llevándolos al Cusco o
a los depósitos establecidos. Esto parece confirmado por muchos indígenas
antiguos, ya que hoy se conoce claramente la procedencia de cada chacra
destinada al Inca antes de ser entregada.
Tras la muerte del Inca y la pérdida del
señorío, aquellos que sobrevivieron o sus descendientes reconocían y cultivaban
las tierras destinadas al Sol y al Inca como propias. Lo mismo ocurrió con el
ganado: aún hoy se identifican por sus marcas cuáles pertenecían al Inca, y
muchos los recuperaron. No obstante, la mayoría perdió esos bienes porque los
españoles, al llegar, se apoderaron y destruyeron gran cantidad de ganado.
Además, los gobernadores y cabildos de los pueblos de cristianos que se
establecieron en la región repartieron muchas tierras y chacras del Inca y del
Sol entre españoles que se asentaron allí, aunque existieran dueños legítimos.
También hubo tierras cuya propiedad se perdió en la memoria, porque sus
antiguos dueños murieron o las comunidades se despoblaron.
Donde aún viven indígenas de la provincia,
las tierras y chacras son conocidas y cultivadas por sus legítimos dueños para
su sustento y para el pago de los tributos que se deben.
55. En cuanto a si las tierras y ganados
que se ofrecían al Inca eran entregados por voluntad propia de los naturales o
por fuerza y consentimiento impuesto, parece que dicho ofrecimiento fue
mayormente forzado y en contra de la voluntad de los propietarios de esas
tierras y ganados. Si bien en algunas provincias, donde no hubo guerra y donde
el Inca era obedecido en paz, esto sucedía porque el Inca los atraía con un
trato justo: les hacía dádivas, no les expropiaba sus casas ni ranchos, los
defendía de sus enemigos y mantenía un buen gobierno. En esos lugares, los
naturales aceptaban al Inca como señor. Sin embargo, la aparente voluntad de
ofrecer estas tierras era solo la del curaca o señor principal de la provincia,
y no la de los indígenas a quienes realmente les eran quitadas sus tierras para
entregarlas al Inca.
Además, estas provincias donde el Inca fue
aceptado sin guerra eran las menos; la mayoría fueron sometidas mediante la
guerra, con muchas muertes y actos crueles, y forzadas a hacer estas ofrendas
por temor y coacción. Por tanto, parece que, aunque las tierras y haciendas que
poseían los naturales eran suyas propias y hereditarias, los tributos que
pagaban a sus señores por dichas tierras, que antes eran libres, les fueron
impuestos por los Ingas y señores como parte de la sujeción y vasallaje. En
reconocimiento del señorío que los Ingas tenían sobre ellos, la distribución de
esos tributos, como se explicó en el capítulo anterior, se hacía por cabeza,
tanto para hombres como para mujeres, según los oficios que cada uno
desempeñaba. Siempre el Inca asignaba los tributos de manera proporcional para
que el total fuera equitativo entre las provincias. Asimismo, los servicios que
prestaban se repartían por medio de las mitas, de modo que el trabajo se
distribuía igualmente entre todos los tributarios.
56. Respecto al séptimo capítulo, su
respuesta ya está incluida en el anterior, pues ambos están relacionados. En
conclusión, las tierras y heredades que los naturales tenían y tienen no eran
ni son solariegos ni estaban sujetos a ninguna carga que les obligara a pagar
contribuciones específicas. Los tributos que pagaban en tiempos de su
“infidelidad” les fueron impuestos bajo la autoridad de la religión y el
señorío universal, del cual dependía cada particular según el señor de su
provincia, a quien también debían tributo, tal como se indicó anteriormente.
57. En cuanto al octavo capítulo, parece
claro que actualmente los caciques se aprovechan mucho más de sus indios que en
tiempos del Inca. En aquella época, todos tributaban de manera ordenada y
reglada, sin que ninguno excediera lo debido, y los señores tenían especial
cuidado en conservar a su gente y en no agraviar a nadie. No les exigían oro ni
plata, solo les proporcionaban alguna ropa y les fabricaban sus chácaras.
Además, el Inca tenía la responsabilidad de proveer para aquellos que no podían
trabajar, como los ancianos, niños y personas similares. Así, todo el trabajo y
las labores realizadas beneficiaban a la comunidad y en ese tiempo no existían
excesos ni quienes se atrevieran a cometerlos.
Hoy en día, la situación es muy diferente.
Los curacas, sean señores de muchos o pocos indios, buscan mantener lujos y
ostentación, y para ello explotan sin medida a sus indios en sus labores
agrícolas y en sus haciendas, sin ninguna regulación más que su propia
voluntad, la cual en la mayoría de los caciques es desordenada, viciosa y casi
bestial. Esto perjudica gravemente a los indios pobres.
Dado que los caciques tienen la
responsabilidad de cobrar y recolectar los tributos para pagar a los
encomenderos, suelen agraviar y robar a sus indios en gran medida, tanto en
plata como en otros bienes tributarios. Por ejemplo, si la tasa establece que a
cada indio le corresponde entregar dos pesos, el cacique puede exigirle ocho o
diez, lo cual es una práctica conocida en la mayoría de ellos. Lo mismo ocurre
con la ropa y otros tributos, ya que, al no conocerse con exactitud el número
de indios tributarios como en tiempos del Inca, los caciques arbitrariamente
determinan lo que cada uno debe pagar, quedándose ellos con lo mejor.
Para el pago de la plata, aquellos indios
que están en la comarca de Potosí envían un principal con un grupo de indios a
trabajar en las minas o a obtener la plata con su trabajo. Cada indio debe
entregar semanalmente a dicho principal dos pesos y medio de plata carilla, y permanecen
allí el tiempo que el cacique decida, hasta recolectar la cantidad de plata que
él ordena, la cual suele ser mucho mayor que el tributo real que corresponde;
la diferencia queda para el cacique. Lo mismo ocurre en las minas de oro y
plata donde hay oportunidad. En lugares sin minas, la plata u oro que tributan
proviene de los jornales que los indios ganan trabajando, para lo cual el
cacique envía a los pueblos cristianos más cercanos con un principal, para que
los indios se alquilen en las labores de los españoles y entreguen sus jornales
al principal, quien, a su vez, entrega todo al cacique, sin que exista otra
cuenta o control, y siempre queda para él, además de cubrir el tributo, al
menos otra cantidad equivalente.
Esta situación es evidente y conocida, y
los religiosos encargados de las doctrinas, quienes mejor conocen estos abusos,
no se atreven a denunciarlo a los gobernantes para evitar que se impongan
mayores tributos, pues esto dejaría sin posibilidad a los indios pobres de
poder suplirlos.
Pese a que este agravio por parte de los
curacas es notorio y cierto, y necesita urgente remedio, al tratarlo con el
licenciado Birviesca de Muñatones, quien estaba más atento a otros intereses
que al bienestar de los naturales, y que estaba informado por los encomenderos,
concluyó erróneamente que ningún cacique agraviaba a sus indios en el tributo.
Esta conclusión demuestra su falta de diligencia para entender lo que conviene
al buen gobierno de la tierra. Además, por su propia obstinación y la influencia
de personas que le lisonjeaban para aprobar su error, no pudo ser corregido.
Sin embargo, es indudablemente cierto que
la mayor necesidad y agravio que sufren hoy los naturales es la explotación
abierta y descarada que reciben de sus caciques. Sería un gran servicio a Dios
y a Su Majestad poner remedio a esta situación, estableciendo tasas y límites
claros sobre lo que los caciques pueden exigir a sus indios para sí mismos, y
fijar con precisión el tributo que cada indio debe dar, para que no quede a la
voluntad arbitraria del cacique. Porque con el poder y señorío que han
usurpado, heredado de los antiguos Ingas, los caciques agravan a sus indios sin
que éstos puedan quejarse o resistir, contando con el apoyo de los
encomenderos, quienes también obtienen beneficio de esta situación.
58. En el noveno capítulo se expone y
responde lo relativo a la sucesión y elección de los caciques y señores
particulares, donde se detalló la estricta orden que existía en tiempo de los
incas para la sucesión de estos cargos en las provincias. Asimismo, se explicó
qué tipo de jurisdicción ejercían sobre sus indios, la cual era muy moderada y
justa, ya que ningún cacique se atrevía a imponer castigos sin templanza,
justicia y razones evidentes, dado que el Inca vigilaba estrictamente que no se
cometieran excesos. Aunque los caciques tenían potestad para imponer penas y
castigar, no podían excederse, pues ellos mismos recibían castigos si así lo
hacían, al igual que los indios comunes.
Actualmente, sin embargo, la situación es muy
distinta. Tras la desaparición del gobierno de los incas, cada cacique se
convirtió en un Inca dentro de su provincia y usurpó todo el poder que
correspondía al Inca, no con la moderación ni el orden que este ejercía, sino
para imponerse en sus vicios y robos, y mantener a los indios tan sometidos que
no se atreven a hablar ni contradecirlos. Hoy en día, los caciques aplican
castigos a los indios con o sin razón, incluyendo la muerte, azotes y otros
castigos crueles, como cargar piedras en la espalda, lo que es casi una
sentencia de muerte.
Los indios, siendo una gente naturalmente
pusilánime, no se atreven a quejarse ante ninguna autoridad que pueda remediar
su situación, porque temen la venganza del cacique al regresar a su comunidad.
Este castigo se ejecuta sin que haya justicia alguna que lo investigue, dado el
temor generalizado hacia los caciques. Más aún, después de haber visto que los
españoles solo castigan a los caciques en casos muy graves y que algunos de
estos caciques vuelven a ejercer su señorío, estos caciques se sienten con el
privilegio de hacer cuanto quieren sin que ningún indio ose denunciarlos, por
miedo a que en el futuro el cacique regrese para vengarse de quienes se quejen
o hablen en su contra.
59. En cuanto al beneficio que reciben los
naturales bajo el señorío y gobernación de los caciques, se debe reconocer que
la mayoría de los indios de estas provincias tienden a la ociosidad y a los
vicios, especialmente a la bebida excesiva. Debido a estas características, el
gobierno impuesto por los incas fue adecuado, pues casi no les dejaba libertad
para actuar a su antojo y colocaba una gran cantidad de superiores y mandones
para vigilarles, hacerles trabajar en las chacras, sementeras, confeccionar
ropa y realizar otros oficios necesarios para cumplir con sus tributos.
Si se dejara todo a la discreción de los
indios, y sin la supervisión de los caciques, caerían en la ociosidad y no
trabajarían ni para pagar tributos ni para sustentarse. Por tanto, el señorío
de los caciques es importante para ese aspecto, aunque en otros resulta
perjudicial, como ya se ha dicho.
Para que este señorío fuera útil y dejara
de ser perjudicial, podría implementarse un sistema en el que los naturales se
organizaran en pueblos y repúblicas, con justicias internas, como alcaldes
ordinarios que atendieran sus pleitos y resolvieran agravios causados por los
caciques. Además, las audiencias podrían enviar visitadores cristianos para
supervisar el desempeño de cada cacique y corregir los errores, siguiendo así
el modelo de gobierno y orden impuesto por los incas, que es el más adecuado
para esta gente.
60. En cuanto al décimo capítulo, se
responde que cuando los primeros españoles llegaron al Perú —es decir, cuando
don Francisco Pizarro, don Diego de Almagro y sus acompañantes entraron tras
haber capturado a Atahualpa en Cajamarca— lo primero que hicieron fue despojar
a los incas de su señorío y matar al principal señor, que era Atahualpa.
Después de esto, saquearon la tierra por
completo, robando todo el oro y la plata que encontraron en poder de los
señores y particulares, así como en las casas del sol y en las guacas,
llevándose la mayor cantidad posible. De ello hicieron las divisiones conocidas
en Cajamarca. Este fue el primer tributo y expolio que extrajeron del territorio.
Asimismo, destruyeron todos los depósitos
de ropa y otros víveres que el Inca tenía, como ya se mencionó, sin dejar nada,
a pesar de la gran cantidad que existía. También se apoderaron de todo el
ganado, ya fuera del sol, del Inca, de otros señores o comunidades. Lo que no
podían aprovechar, lo destruían. Se dice que mataban gran cantidad de ovejas
sólo para comer los sesos, dejando el resto desperdiciado, y que para encontrar
una oveja gorda sacrificaban diez o doce. Algunos se dedicaban a proveer
carnicerías; otros llevaban grandes hatos de ganado hacia las entradas, y así
acabaron casi con todo el ganado de la región. Lo hicieron con tal rigor, como
si Dios mismo les hubiera ordenado hacer en esa tierra lo que mandó el rey Saúl
contra los amalecitas. Así, habiendo en esa tierra más ganado que hierba, la
dejaron prácticamente sin ninguno.
Luego, el gobernador Francisco Pizarro
repartió la tierra por encomiendas entre los españoles, otorgando a cada uno un
valle o provincia con sus respectivos señores. Los encomenderos se convirtieron
en una suerte de “incas” en sus territorios, usurpando por virtud de esas
encomiendas todos los derechos, tributos y servicios que antes correspondían al
Inca, y además sumándoles otros, como se detallará más adelante.
Ordenaron construir grandes casas en los
pueblos que fundaron y, al igual que el Inca, sometían a una provincia
completa, exigiendo servicios de ganado, chacras, mujeres y demás, tal como ya
se ha dicho. Así, los encomenderos obligaban a sus caciques a cumplir esos
servicios, aunque no reclamaban tierras para cultivar como lo hacía el Inca,
sino que más bien las destruían.
Además, exigían todo el oro, plata,
piedras preciosas, esmeraldas, ropa fina, ganado y mujeres hermosas —incluyendo
a las hijas y esposas del sol y del Inca, que estaban en los encerramientos—
que también heredaban. Con este primer golpe dejaban arrasados los valles o
repartimientos que les habían sido asignados.
Esto no se consideraba parte del tributo,
pues desde entonces enseñaron a los indígenas a pagar un tributo anual
ordinario. Para ello, se informaban minuciosamente a través de los quipus y
otros métodos, como los azotes y chamuscaduras, sobre los tipos y cantidades de
tributos que antes se daban al Inca. Con base en esa información, negociaban
con los caciques exigiendo cantidades arbitrarias de cada producto. En cuanto
al oro y la plata, les imponían la entrega de piedras grandes con la promesa de
que equivaldrían en peso al oro y plata que debían entregar cada año, algo
imposible de cumplir. Lo mismo ocurría con la ropa y demás bienes.
Los caciques, al ver que no podían cumplir
con esas exigencias, se desesperaban y los encomenderos, mediante amenazas
feroces, los hacían temblar. Para atemorizarlos, mataban y quemaban a muchos, y
encarcelaban a otros en oscuras prisiones donde algunos terminaban suicidándose
por la desesperación.
Finalmente, a fuerza de esas presiones,
los caciques quedaban equiparados con los encomenderos, en obligaciones
imposibles de cumplir para hasta diez repartimientos. Para cumplir con lo
exigido, los indígenas debían trabajar en las minas y juntar todo lo que
pudieran, aunque siempre faltaba, debido a la excesiva cantidad demandada.
Luego venían los azotes para los caciques,
seguidos de su encarcelamiento, donde los mantenían ayunando hasta que enviaran
lo que faltaba. También enviaban a sus indios a buscar más tributos, y a otros
los ponían al fuego para chamuscarlos; algunos eran dejados asarse por
completo.
Muchos señores, viéndose abrumados ante la
imposibilidad de cumplir con el tributo, preferían morir antes que sufrir
aquella tiranía.
Lo principal que exigían era el oro y la
plata, y sobre esto aplicaban todo el rigor. Sin embargo, para no violar
completamente la ley, les impusieron que tributasen también todos los demás
géneros de productos que anteriormente daban al Inca y que les resultaban
útiles, pues las cosas sin valor, como plumajes y otras curiosidades, no les
interesaban tanto.
También se les impuso pagar todos los
servicios personales que antes prestaban al Inca, y además, tributos por todas
las cosas necesarias para sus haciendas y granjas, aunque no supieran ni
hubiesen visto esas cosas, pues les enseñaban a hacerlas y proveerlas para
satisfacer esas demandas.
Aunque posteriormente se tasaron esos
tributos conforme a sus especies, aún así quedó mucho más de lo que sería justo
y razonable.
En resumen, impusieron tributos sobre todo
lo que los indígenas tenían en la tierra y todo lo que podían conseguir con su
trabajo personal, incluso mucho más de lo que podían obtener con honestidad.
Hoy en día apenas les queda una mísera subsistencia, a pesar de estar sometidos
a esas tasas.
No se tuvo consideración ni se guardó
proporción alguna al imponer estos tributos, ni se reguló en función de lo que
pagaban antes al Inca o a los señores naturales. Sólo se buscó satisfacer la
codicia desmedida de los españoles, con destrucción total de los naturales. Fue
una imposición nueva y excesiva en cuanto a cantidad y especies.
61. Sobre el onceno capítulo, la orden que
se estableció para realizar las tasaciones de los tributos que los naturales de
aquellas provincias debían entregar a sus encomenderos fue visitar primero
todos los repartimientos y provincias mediante personas designadas para ello.
Las primeras visitas para este propósito
fueron ordenadas por el obispo de Sigüenza, quien ejercía como presidente en
aquel reino. Para organizar la tarea, dividió el territorio de cada ciudad en
sectores y asignó a cada sector dos vecinos del mismo pueblo para realizar las
visitas, dándoles instrucciones claras, precisas y solemnes, incluyendo
juramentos y otras formalidades para asegurar la fidelidad del proceso.
Se les mandó, en esencia, que visitaran
personalmente todos los pueblos, observando la disposición de la tierra, sus
frutos, ganados y demás recursos, y que averiguaran el número de indios
tributarios, la cantidad de tributo que entregaban al Inga, los que habían dado
a los encomenderos anteriores, y lo que razonablemente podrían dar en la
actualidad. Además de recopilar esta información, debían emitir su parecer al
respecto.
Con estas instrucciones, se realizaron las
visitas, y algunos visitadores, hombres diligentes y meticulosos, hicieron
informes detallados y rigurosos, mientras que otros, que se limitaron a
transitar por los caminos reales, hicieron visitas poco fiables y
superficiales. Gracias a estas inspecciones se elaboró la primera tasa general.
Tras esta, algunos indios presentaron quejas ante la audiencia; si, tras revisar
la visita, se constataba la injusticia, se anulaba la tasa, y de lo contrario
se ordenaba una nueva visita. En esta segunda instancia, el encomendero
designaba a un representante, y la audiencia nombraba otro por los indios, y
ambos visitaban nuevamente el repartimiento para aclarar el agravio. Así se
efectuaron muchas visitas.
El licenciado Pedro de la Gasea, por
encargo de Fernando de Santillán, llevó a cabo estas visitas en el reino bajo
mandato de la audiencia real a petición de los indios, así como por orden de Su
Majestad para que la audiencia se encargara de las retasas, procurando que el
proceso estuviera completo, aunque fue interrumpido por la rebelión de
Francisco Hernández.
Tras estas visitas, el presidente
encomendó la realización de las tasaciones al arzobispo de los Reyes, al
maestro Fr. Tomás de San Martín, obispo de Charcas, y al maestro Fr. Domingo de
Santo Tomás, actual obispo de dicho obispado. Luego, por ausencia de algunos,
el licenciado Cianea y el licenciado Santillán, oidores, continuaron con las
tasas de todo el reino.
En aquel tiempo, prevalecía un desorden
extremo y abusos en la exacción de tributos por parte de los encomenderos,
quienes llevaban a los indios hasta el límite sin ningún tipo de control ni
tasa oficial, guiados únicamente por su codicia. Los tributos estaban tan
elevados que no existía repartimiento, por pobre que fuera, que no entregase
grandes sumas en oro, extraídas con el esfuerzo y sufrimiento de los indios,
quienes eran enviados a las minas, obligados a transportar cargas en la coca o
a trasladar alimentos desde la costa y los llanos hasta Potosí y otras
regiones, muriendo muchos en el proceso. No se consideraba el esfuerzo, el
exceso ni el riesgo, solo el lucro.
Además, ningún gobernador había impuesto
límites o tasas para contener este abuso, y con la guerra causada por Diego de
Almagro el Mozo y Gonzalo Pizarro, la explotación aumentó, utilizando como
pretexto la necesidad de recursos para el conflicto, ya fuera para servir a Su
Majestad o a los tiranos, descargando toda la carga sobre los indios. Tras la
derrota de Gonzalo Pizarro, la tierra quedó sin conflictos, y los españoles
vencedores, orgullosos, consideraban poco dar a los indios por tributarios y
querían esclavizarlos, alegando que estos estaban ya agotados y endeudados por
sus servicios a Su Majestad, y que todo debía pagarlo el indígena.
La situación de libertad abusiva con que
se explotaba la tierra era tan grave que se vivía con temor y se prefería no
apretar demasiado en ese momento. Fue en esta coyuntura que se realizaron las
primeras tasas. Los comisarios consideraron que, si de entrada se aplicaban las
tasas justas y razonables, la diferencia con lo que los encomenderos extraían a
los indios sería tan grande que les resultaría insoportable. El descontento,
junto con la costumbre de libertad absoluta, presagiaba un mayor daño que todo
recayese sobre los naturales.
Por esta razón, decidieron no ajustar las
tasas completamente a la justicia desde el principio, sino reducirlas
parcialmente con respecto a lo que se extraía, aunque sin llegar a lo justo,
estableciendo así un límite para impedir que los tributos se incrementaran. De
este modo, aunque las tasas eran mayores que lo justo, se incluía una cláusula
para que la audiencia o las personas autorizadas pudieran bajarlas y aliviar a
los indígenas cada vez que fuera necesario.
No se concedió a los encomenderos título
ni propiedad definitiva sobre estos tributos, sino un derecho provisional para
cobrarlos hasta que se regularizara la tasa justa. Sin embargo, el licenciado
Birbiesca de Muñatones advirtió y alentó a los encomenderos a considerar que
estas tasas eran sentencia firme, cosa juzgada, que les otorgaba un derecho
adquirido que impedía reducir los tributos sin proceso legal ordinario. Así sostuvo
esta postura, reprendiéndole a la audiencia y acusando a los oidores en su
residencia de haber rebajado injustamente los tributos sin el debido proceso.
Esta situación animó a los encomenderos a
actuar con arrogancia, creyendo que no solo una vez, sino cada vez que
apareciera un agravio, debían retasar los tributos. Para evitar
enfrentamientos, muchos dejaron de cobrar tributo a sus indios y simplemente
los sobrellevaron, lo que llevó a un empeoramiento general del sistema.
62. Al tasarse los tributos mencionados,
la visita únicamente consideraba el memorial de las cosas que los encomenderos
hacían tributar a los indígenas y los servicios personales que les imponían. De
cada concepto se descontaba una parte, tomando en cuenta el número de indios,
pero sin eliminar ninguna de las especies que les exigían. Muchas de estas
cosas eran tales que ni los propios indígenas poseían ni podían entregar, ni
siquiera en tiempos de los incas se daban ni tributaban, salvo por excepción de
lo consignado por Fernando de Santillán. Sin embargo, estas cosas se mantenían
porque ya se entregaban antes y porque los encomenderos las necesitaban, aunque
no se atrevieran a quitarlas por completo. También se moderaban algo los
servicios personales, aunque estos eran considerados contrarios a todo derecho
y justicia.
63. Por la misma razón, aunque no se
ordenó explícitamente dar indios para trabajar en las minas como se hacía
antes, indirectamente fueron necesarios para cumplir con las tasas
establecidas. En las provincias donde los indígenas tenían minas en sus propias
tierras o en territorios vecinos de veinte, treinta o hasta cincuenta leguas,
se les mandó entregar oro y plata como tributo. La cantidad se ajustaba al
número de indígenas de cada repartimiento, no al que los caciques confesaban ni
al que los visitadores estimaban a simple vista, sino al número que en opinión
de los visitadores parecía adecuado. Se consideró que por cada cien indígenas
podrían enviar ocho a las minas de Potosí en las zonas más alejadas, y diez en
las más cercanas, esperando que cada uno extraería semanalmente dos pesos y
medio de metal fundido y marcado. Antes entregaban de cada marco una onza y
media semanal, y los más privilegiados hasta tres pesos. Este cálculo servía
para determinar la cantidad total anual, descontando las fiestas, y ese monto
se estableció como tributo en lugar de enviar tantos indios a las minas, cuyo
número dependía del encomendero.
En las demás minas se regulaba esta
contribución según su riqueza o pobreza, controlando la cantidad diaria que
podía extraer cada batea. En las zonas donde no había minas cercanas, también
se exigía tributo en oro y plata, basándose en los rescates que tenían con
otros indígenas que sí tenían minas; y en otros lugares sin rescates, se les
imponía tributo simplemente para no dejar sin plata a los encomenderos. Por
ello, los indígenas eran obligados a otro tipo de trabajo, más pesado y
perjudicial para su salud, como ir a los pueblos españoles para alquilarse en
labores agrícolas y otros servicios donde ganaban lo suficiente para pagar el
tributo. Como la mayoría de estos pueblos se ubicaban en tierras bajas y
cálidas, los indígenas serranos sufrían graves consecuencias por bajar a esas
tierras, muriendo muchos por ello.
64. Mandar a los indígenas tributar cosas
que no tenían ni podían conseguir en sus tierras causó un daño considerable,
pues los encomenderos conmutaban esos tributos por otros de mayor valor o
servicios personales. A veces, si esas cosas eran útiles para el encomendero,
obligaban a los indígenas a buscarlas con gran esfuerzo y costo propio. En
varias provincias sin ganado alguno, se les exigía tributar ganado y ropa de
lana, mientras los propios indígenas vestían con cabuya, una especie de red,
aún en tierras muy frías donde no había otra vestimenta. Para pagar el ganado y
la ropa de lana, tenían que rescatar ovejas, e incluso llegaban a dar en
trueque a sus propias hijas, valorándolas igual que una oveja. Por este motivo
muchos sufrieron graves daños hasta que Su Majestad, informado de la situación,
ordenó en 1551 una provisión real para que la Audiencia de los Reyes revisara y
corrigiera las tasas excesivas, asegurando que los indígenas conservaran lo
necesario para su sustento, crianza y otras necesidades, pues las primeras
tasas no consideraron estas atenciones y exigieron más de lo posible.
En cumplimiento de esta provisión, muchas
tasas fueron revisadas, repartimientos retasados y los indígenas desagraviados,
medidas que los encomenderos acataron y usaron durante cinco o seis años. Sin embargo,
cuando se pensó en establecer las tasas justas y razonables con la llegada de
los perpetuadores designados por Su Majestad para el reino, el licenciado
Birviesca y otros, priorizando los intereses y complacencias de los
encomenderos y sus propios beneficios, permitieron que muchos volvieran a las
tasas originales. Esto provocó una gran crisis y desorden, dificultando
regresar al estado anterior. Actualmente, el asunto de las tasas sigue en
disputa.
Los comisarios encargados pusieron todo su
empeño en encontrar maneras de cargar más tributos a los indígenas, usando para
ello a muchos informantes viles, hombres sin virtud ni crédito, que buscaban
satisfacerlos con denuncias infundadas para ganar su favor. Estos informantes
eran integrados en sus consejos con sus memoriales, como fue el caso de
Quesada, Toledo, Rodríguez y otros similares, personas bajas y poco confiables.
Cuando las personas sensatas se burlaban de tales acusaciones, los avisos se
abandonaban causando confusión y vergüenza. Así, se dictaron más disposiciones
que días tuvo el consejo, todas dañinas para el reino, el servicio de Su
Majestad y la conservación de los indígenas. Muchas veces se deshacían en un
consejo las decisiones tomadas en otro, a veces sin siquiera informar a las
autoridades competentes y responsables, que tenían conocimiento y voluntad de
encaminar lo mejor para el servicio real.
Por lo dicho, se comprende que los
indígenas hoy están en gran necesidad de ser desagraviados, y que la tierra
requiere de alguien con recta intención que la gobierne bien, pues esta
necesidad es extrema.
65. En cuanto al propósito de este
capítulo, que trata sobre si los tributos establecidos por las tasas son
mayores o menores que los que antes pagaban a sus señores naturales, se dice
—como se ha visto en los capítulos precedentes— que, dado que las cosas que
tributaban a los incas eran tan numerosas y variadas, en su mayoría servicios
personales, no pueden reducirse a una cantidad exacta en pesos de oro para
compararlas con lo que ahora se les exige; sin embargo, expondré algunas
razones que muestran que, aunque los tributos y servicios que los indígenas
daban a sus señores naturales eran en gran cantidad y exceso, lo que se les
impone actualmente es más pesado, dañino y perjudicial que lo que daban a los
incas.
66. Primero, porque en tiempo del Inca no
tributaban oro ni plata, salvo las mencionadas chipanas y brazaletes, que eran
cantidades muy pequeñas; mientras que ahora todos tributan oro y plata en gran
cantidad. Es algo cierto y notorio que lo más pesado para ellos es dar plata y
oro, pues se esfuerzan mucho para obtenerlas, a menos que en sus tierras tengan
minas ricas, como las cercanas a Potosí. Aunque el Inca hacía extraer algo de
plata y oro de sus minas, era en muy poca cantidad, como puede verse claramente
por la enorme cantidad de metales preciosos que se ha extraído de la tierra
desde la llegada de los cristianos en tan poco tiempo, cantidad
incomparablemente mayor que la que se sacó en miles de años anteriores. Además,
la minería actual ha alcanzado profundidades de hasta doscientos estadios o
más, algo que no se trabajó en tiempos del Inca durante milenios, según lo
hallado en las minas. Por otro lado, para cobrar tributo de oro y plata a
todos, los naturales tienen que trabajar en las minas, lo cual es el servicio
más pesado que sufren, mientras que el Inca sólo imponía este trabajo a
quienes, por tener minas en sus tierras, eran mineros oficiales, y estos eran
muy pocos; ahora, en cambio, se obliga a todo tipo de personas a cumplir con
este tributo.
67. Segundo, porque en tiempos del Inca
cada uno tributaba sólo con lo que tenía en su tierra o lo que producía en su
oficio, sin que se le exigiera dar cosas que tuviera que buscar fuera de su
territorio. Actualmente, en cambio, las tasas exigen cosas que no poseen ni
alcanzan, y algunas incluso que no conocen, lo cual resulta muy gravoso para
ellos, mientras que son de poco valor para el encomendero.
68. Tercero, porque en época del Inca a
nadie se le mandaba tributar más que una sola cosa, la que tenía o producía en
su oficio: el pescador daba pescado, el cazador aves y plumas, el husero daba
husos y el cumbico (tejedor de fino) ropa, y así sucesivamente con todos los
oficios. Ahora, en cambio, a todos se les obliga a tributar por las tasas todas
las cosas que los primeros conquistadores inventaron y exigieron a los
indígenas con una conciencia tan larga como arbitraria. Lo que no podían dar
por sí mismos, se lo hacían conseguir, y por esa razón se establecieron las
tasas como se ha explicado. Así, al pescador se le manda dar plata, pescado,
trigo, sillas, sogas y otras mil menudencias; al labrador, pescado y demás
productos; y a quienes no tienen ganado ni lo han visto, se les exige ovejas y
ropa de lana, salvo que se les permita pagar un monto en plata por cada una.
Además, a todos, tengan o no las cosas, se les exige plata, ropa, trigo, maíz,
pescado, aves, jáquimas, cabestros, carbón, sal, bateas, sillas y otras muchas
menudencias, lo que los carga mucho más que en tiempos del Inca y les aumenta
considerablemente los trabajos, daños y muertes.
Para quienes no tienen minas ni han sido
mineros, el tener que dar oro y plata los obliga a buscarlo en minas muy
lejanas o a alquilarse en lugares de clima adverso, lo que provoca numerosas
muertes por la dureza del trabajo y las condiciones climáticas. Esta situación
se observa cada día y es considerada muy injusta y digna de remedio, aunque
nunca se corrige. La mayor causa de deterioro y muerte entre los indígenas es
esta necesidad de bajar a los llanos y alquilarse para ganar plata, debido a
las diferencias climáticas y porque se emplean en trabajos a los que no están
acostumbrados. Muchas personas mueren en la demanda, otras quedan inválidas, y
quienes sobreviven no pueden recuperarse durante meses. Sería mucho más
provechoso para todos que tributaran sólo con lo que pueden producir sin salir
de sus tierras, como ropa de algodón y lana donde la haya, y otras cosas de
valor que ellos posean, sin necesidad de ir a buscarlas fuera.
69. Otra razón es que, en tiempo de los
ingas, los indígenas tributaban y servían únicamente a un señor, que era el
inga; pero ahora deben hacerlo a muchos: al encomendero, al cacique o curaca, a
quienes deben ayudar en la construcción y ornato de las iglesias, entregar el
dinero que les solicitan los obispos, sostener y servir a los religiosos y
sacerdotes en las doctrinas, atender los tambos y a los corregidores que en
ellos se establecen. Cada uno de estos se considera con derecho a exigir
tributo, como si no existiera otro a quien rendir tributo.
70. Además, en tiempo de los ingas, aunque
los indios trabajaban, algo de su trabajo les beneficiaba directamente, pues el
inga proveía a quienes trabajaban con los mantenimientos y vestimentas que les
entregaba y guardaba en depósitos. Todo esto se quedaba en la misma tierra, se
consumía localmente y se distribuía para socorrer sus necesidades y beneficiar
a todos. Pero ahora no disfrutan de nada, salvo trabajar continuamente y servir
peor que esclavos. Aun llevan cargas para sus encomenderos y ni siquiera se
atreven a consumirlas, aunque mueran de hambre, para no faltar al tributo.
71. En tiempo del inga, no se obligaba a
tributar algo que no se tuviera; por ejemplo, si un indio no tenía mujer, no se
le exigía tributar ropa, y si no poseía chacra de coca, tampoco se le mandaba
tributarla. Ahora no se considera nada de eso; se les exige buscar lo que no
tienen ni saben cómo obtener, sin darles medios para ello.
72. Nunca el inga mandaba tributar a nadie
algo que no fuera conforme a la costumbre, lo que tenían y sabían producir o
conseguir. En tiempo de los cristianos no ha habido regla ni se ha respetado
ley o costumbre; solo se aprovechan de ellos según la codicia de cada
encomendero. Esto se evidencia claramente en la gran cantidad de gente que
había en tiempo de los ingas, gracias a la buena policía y buen gobierno que
tenían, y en la gran disminución que ha habido desde que llegaron los
cristianos, debido a los excesivos tributos y servicios que les han impuesto y
los malos tratos que les han dado. Así, muchos se han dejado morir de fatiga y
aflicción, y otros, por la prisa con que les obligan a cargar en minas y en
trabajos penosos, han disminuido en número, tanto que de los treinta mil indios
que había en un repartimiento, no quedan ni dos mil. Esto muestra claramente
cuán sobrecargados estaban antes y cuánto han sido vejados y destruidos bajo el
dominio cristiano.
En tiempo de los ingas, todos se
consideraban buenos trabajadores y no excedían en nada, pues los vicios se
castigaban; no había ladrones ni mujeres de mala conducta. Ahora, con el mal
ejemplo que dan los cristianos, no hay ninguna buena costumbre; todo está
corrompido, lleno de codicia, lujuria y otros vicios que les han enseñado, y
que ellos no solían tener. En aquel tiempo había leyes y sacrificios con gran
observancia, porque la ley la daba quien la practicaba primero. Ahora ni tienen
ni guardan su ley ni la nuestra, ni sirven al que antes adoraban como su Dios,
ni tampoco al verdadero Dios. Aunque se les ha predicado y predica el
Evangelio, han visto y ven en quienes enseñan malos ejemplos, contrarios a lo
que predican, y apenas les ha impresionado internamente, como se observa. Por
eso se desaniman y creen que el camino actual no puede durar mucho y que pronto
se extinguirán. No tienen interés en adquirir bienes ni toman en serio la
doctrina ni las enseñanzas de nuestra santa fe, y solo lo aceptan como un
título para apoderarse de lo que tienen y servirse de ello. Así están todos
pobres y miserables; incluso los curacas, a pesar de que les roban, no aumentan
en riqueza ni en estatus, sino en vicios y malas conductas. Y si alguno llega a
tener alguna riqueza, no se atreve a usar sus vasos de oro y plata, sino que
los entierra o esconde para evitar que se le cobre más tributo.
73. Otra cuestión es que, en tiempo de los
ingas, había —como se ha dicho— mucha más gente y más tributarios que ahora, y
a pesar de ello, los indios tributan hoy no solo por todo lo que entonces
daban, sino también por muchas cosas más y en mayor cantidad. Además, pagan
tributo de oro y plata en gran exceso, más que en aquella época, aunque antes
no tributaban ganados y ahora sí. Cuando los ingas los gobernaban, ellos les
ofrecían lo que tenían y el inga lo repartía, como se ha mencionado, quedándose
todo en la tierra y la provincia, conservándose y convirtiéndose en beneficio
de su propio pueblo.
En cuanto a la ropa, parece que la
cantidad que daban entonces era mayor que la actual, pero solo se perdía la que
se quemaba en sacrificios, porque el resto se repartía y distribuía entre los
mismos indios, y se guardaba en depósitos para ellos. Ahora, en cambio, lo que
una vez entregan, nunca les vuelve a beneficiar. Aunque dieran mucha ropa,
dicen que solo bastaba un vestido por año para un atunluna (un jefe local), y
ese no pagaba otro tributo. Si se trataba de ropa fina, una guaranga —que
equivale a mil indios— daba cien vestidos, y siendo tan numerosa la población
indígena, la cantidad era considerable.
Estos ingas eran señores sabios que se
servían de sus súbditos en lo que podían con moderación, de modo que los indios
se mantuvieran ocupados, evitaran los vicios y se conservaran sanos, pues ese
era su principal propósito.
74. Finalmente, todo lo que tributaban los
indios en tiempo de los ingas se consumía y utilizaba dentro de su propio
reino, sin que nada saliera hacia otras tierras o pueblos, ya que no tenían
comercio exterior, pues contaban en su territorio con todo lo que necesitaban.
Pero después que los cristianos tomaron el
control, con lo que los indios tributan se sostienen veinte o treinta mil españoles
y muchas otras personas que han muerto o emigrado de la tierra. Estos no viven
ni según la pobreza de los indígenas ni conforme al Evangelio, sino que comen y
beben manjares delicados y costosos, beben vino de Castilla, usan paños finos,
sedas, holandas y otras cosas ricas, consumiendo una gran cantidad de
mercancías que cada año llegan a esas tierras.
Todo esto sale del tributo y del trabajo
de los indios, sin que ellos disfruten nada de lo que se trae de acá, ni
siquiera lo necesitan. Además, la enorme cantidad de oro y plata que, desde la
conquista, se ha extraído y traído aquí, y que se sigue trayendo diariamente,
representa sin comparación un tributo mucho mayor, así como un trabajo,
servicio y carga mucho más pesados que los de antes.
75. En el duodécimo capítulo de la
mencionada cédula, se señala que las personas designadas para realizar las
visitas, como se dijo arriba, al llegar al pueblo de indios hacían comparecer
ante sí a los caciques y principales, y les preguntaban cuántos indios había en
su provincia, así como las demás cuestiones contenidas en la instrucción. Luego
les consultaban qué tributos estarían dispuestos a dar en adelante por voluntad
propia y sin sufrir vejación. A lo que los caciques respondían que no podían
dar lo mismo que hasta entonces habían entregado a los encomenderos, pues lo
hacían contra su voluntad, y que de ese momento en adelante darían una cantidad
menor. Reducían un poco lo que antes pagaban, creyendo que con ello quedarían
satisfechos y aliviados, pues entendían que debido a la servidumbre y opresión
en que habían estado tanto tiempo, era imposible que la carga no aumentara.
Así, ese consentimiento fue otorgado por los caciques, quienes no sufrían ni se
veían afectados por el trabajo de los pobres tributarios que eran quienes
realmente pagaban; el verdadero consentimiento debiera haber sido el de estos
últimos, que nunca se obtuvo ni se dio. Además, el acuerdo de los caciques no
fue un consentimiento libre, sino una reacción a la injusticia de lo que antes
les exigían, y para aparentar que se tenía su libre voluntad y capacidad, no se
hicieron las diligencias necesarias ni se tuvo en cuenta su verdadera opinión.
Por tanto, no debe considerarse válido ni importante ese supuesto
consentimiento para fijar los tributos, porque en realidad no existió.
76. Tras establecerse las diversas tasas,
se enviaba una copia a los caciques y otra se entregaba al encomendero
encargado de cobrar. En este proceso tampoco puede afirmarse que hubo
aceptación o consentimiento de los indios, pues sólo aceptaron recibir menos
tributos que antes, y con eso se mostraron contentos momentáneamente. Sin
embargo, una vez comprendieron la intención de Su Majestad de no imponer
tributos excesivos, salvo lo que pudieran pagar, comenzaron a quejarse y a
expresar su agravio, manifestando que la cantidad era excesiva o que no
disponían de lo necesario en sus tierras. Los encomenderos se beneficiaban con
conmutaciones de tributo en su provecho y en perjuicio de los indios, quienes
aún no sabían cómo quejarse ni se atrevían, aunque ya estaban muy agraviados; y
aún hoy apenas lo hacen, por el desdén que sienten en quienes gobiernan. Así,
por los agravios sufridos a causa de esas primeras tasas, siempre han reclamado
y protestado, sin que nunca hayan dado consentimiento ni aceptación espontánea,
sino que han sido forzados y obligados a pagar, sin un momento de alivio ni
descanso. Aunque fuera necesario sacarles la sangre, deben pagar puntualmente,
y los encomenderos y autoridades les imponen continuas molestias, estando más a
favor de los encomenderos que de los indios. Si se les hielan o se pierden los
panes u otros alimentos, deben pagar el tributo completo; y sólo cuando el
encomendero se apiada y les concede algo encuentran algún alivio, pues en la
justicia rara vez hallan apoyo, especialmente en las actuales autoridades, que
parecen más interesadas en aumentar los tributos que en aliviarlos.
77. En respuesta al decimotercer capítulo,
se confirma que es verdad que, al pagar los tributos ordenados a los indios, no
les queda nada para socorrer las necesidades que allí se mencionan. Tampoco les
queda nada de lo que poseen, pueden obtener o trabajar, y viven una existencia
miserable y desgraciada. Mientras están sanos, sólo piensan en trabajar para
pagar el tributo; y aun estando enfermos, no tienen descanso ni osan disfrutar
de un ave, pues deben entregar miles como tributo. Por ello, pocos sobreviven a
la primera enfermedad, por leve que sea, debido a la mala vida y privaciones
que llevan. Duermen en el suelo; sus casas, si están en los llanos, son
simplemente cañizos sin cobertura, y en la sierra las cubren con paja. Se
mantienen con maíz, ají y legumbres, y nunca comen carne o alimentos
nutritivos, salvo algunos pescados los que viven cerca de la costa. Por eso son
tan afines a beber chicha, que les hincha la barriga y les da alimento; si no
se intoxicaran con ella, sería muy nutritiva, excepto una variedad llamada
sora, que es muy fuerte y les hace perder el juicio. Sus hogares sólo cuentan
con algunos cántaros, ollas, husos, telares y herramientas para trabajar; con
la ropa que llevan durante el día duermen por la noche, y quien tiene otra
prenda de respeto es considerado rico. Apenas pueden vestir a sus hijos, muchos
de los cuales andan casi desnudos. La dote y herencia que dejan al morir es el
fruto de su trabajo manual, porque no tienen más ni pueden más. No son gente
perdida ni de mal carácter; por el contrario, son la gente más humilde y
miserable del mundo, que lloran más por perder una olla vieja o un huso roto
que otras personas por una joya valiosa. Si consiguen un tomín de plata, lo
guardan dividido en veinte partes para pagar el tributo, y su único descanso es
cuando reúnen el dinero o terminan la manta que deben entregar. Los que no los
han tratado y juzgan estos asuntos de manera superficial piensan que no son
capaces de nada y que no valoran la riqueza, lo cual es un gran error, porque
sucede todo lo contrario. Yo lo he visto y entendido bien: desean tener su casa
provista de maíz, otras comidas y buenos vestidos para ellos y sus hijos tanto
como nosotros; quien lo logra es para ellos rico y respetado, y el que no, no.
Cuando consiguen algo de carne para comer, sienten profundamente la miseria y
servidumbre en que viven, y por eso suelen estar llorando, incluso en fiestas y
celebraciones, donde sus cantos son siempre de duelo. Pero por los tributos y
trabajos que les imponen los españoles, se han vuelto incapaces y desanimados,
pues saben que toda su vida y la de sus descendientes se irá en trabajar para
los españoles sin obtener beneficio alguno. Por eso no aspiran a más que a
vivir el día a día, ya que saben que no disfrutarán de nada. Es común oír,
incluso de algunos virreyes y gobernadores, que los indios no tienen otro
oficio ni pretenden más que descansar; sin embargo, no ven que cuando llegan a
eso es por el cansancio y la desesperación, no por elección. No hay pueblo en
el mundo más trabajoso, humilde y obediente, y es una gran lástima que no
disfruten de ningún beneficio temporal ni siquiera en lo espiritual, porque no
se les presta atención para su provecho, sino sólo para aprovecharse de ellos,
sin ofrecerles enseñanza ni ejemplo alguno.
78. Los curacas, al aprovecharse también
del trabajo de los indios, tienen más posibilidades y se enorgullecen de tener
sus casas bien arregladas, vasos de oro y plata, ganado, otras labores y
granjerías; muchos de ellos están acomodados. Sin embargo, pocos hacen buen uso
de estas riquezas, ya que casi todo se les va en profanidades: en vestirse con
sedas, en tener caballos, en beber mucho vino de Castilla, y en relacionarse
con españoles que les ayudan a beber y fomentan sus vicios. No obstante, hay
otros con mejores intenciones, que administran bien lo que poseen, haciendo
depósitos de comida para proveer a los pobres, y pagan el tributo cuando
carecen de recursos propios. De estos últimos deberían elegirse los señores; y
a quien sea profano y vicioso, se le debe quitar el señorío.
79. El capítulo decimocuarto queda
respondido y satisfecho en el capítulo cuarto, ya que ambos tratan la misma
materia.
80. En cuanto al capítulo decimoquinto,
para responder con mayor claridad a lo que se manda en él, parece necesario
presuponer en qué aspectos sería justo y beneficioso para los naturales
tributar la cantidad que se les modere, ya sea en productos que poseen en sus
tierras o en su equivalente en plata. Como se ha dicho, los naturales
tributaban a sus señores según ciertos bienes, y actualmente tributan en otros;
sin duda, es mejor y sin agravio para ellos la orden que tenía el Inca, que
cada uno tributase según lo que tuviera o pudiera obtener en su tierra o en su
oficio. Así, donde no hay oro ni plata sino algodón, deberían labrar y elaborar
ropa de algodón para tributar; donde hay ganado, tributar ropa de lana; y en las
zonas con minas, tributar en oro o plata. De este modo, no serían obligados a
buscar la plata fuera de sus tierras ni exponerse a los trabajos y riesgos ya
mencionados.
Además, hay repartimientos con mucha gente
donde no se consigue algodón por estar en la sierra, ni lana porque el ganado,
que en tiempos del Inca proveía esta materia, ha disminuido por la acción de
los españoles. Allí hay muchos oficiales dedicados a hacer ropa, y según las
tasas actuales, se les manda dar plata, teniendo en cuenta a la gente y no que
en sus tierras no haya mitas. Para conseguirlas, deben bajar a los llanos a
alquilarse, como sucede en las provincias de Guailas, Guadacheri, Yauyos y
otras.
Parece que podría darse una mejor orden,
menos perjudicial para ellos y más provechosa para los encomenderos: donde haya
oficiales que hagan ropa y no se consiga lana, el encomendero debería
proporcionar la lana, pues ya hay gran cantidad de ovejas de Castilla. Ellos
tributarían la ropa, valuada según el tributo que les corresponda, descontando
el valor de la lana que les entregue el encomendero.
En las provincias con minas en sus tierras
o cercanías, cuyos indios ya están habituados a trabajar en ellas —como en las
provincias de los Charcas, que tienen costumbre de acudir a Potosí para esos
trabajos y granjerías— sería beneficioso reducirles el tributo a plata,
eliminando las demás cosas y menudencias que por las tasas se les exigen. Lo
mismo debería aplicarse a los indios del Collao, Chocuito y otras provincias,
por ser naturales mercaderes diestros y acostumbrados a llevar sus productos a
Potosí. También a muchos de la provincia de Cusco, que están en las cercanías
de Potosí y pueden tributar en plata, y muchos incluso en oro, porque en sus
tierras tienen minas.
Pero donde no hay minas ni mercaderes,
sino oficiales artesanos, es mejor que tributen en ropa según la modalidad
antes indicada.
Además, las tasas mandan que los indios
den a los encomenderos trigo y maíz, parte en sus tierras y parte llevada a
casa del encomendero, lo cual es muy costoso, pues el trabajo de llevar una
hanega muchas veces supera el valor de seis hanegas. Antes se respetaba la
sustentación de los pueblos, pero ahora las labranzas de los españoles son
muchas y suficientes para el sustento de los pueblos y aún sobran. Por ello,
sería justo eliminar de los indios la carga de transportar dicha comida,
reduciendo este tributo a otro género, y que si deben dar algo, sea en sus
propias tierras, para que los labradores se mantengan ejercitados en sus
cultivos y no los abandonen.
81. Asimismo, es necesario considerar si
la forma de distribuir los tributos que se deban imponer a los naturales debe
hacerse por cabeza o mediante una tasa fija para cada pueblo o provincia. Para
que dicha tasación sea equitativa, que no perjudique a nadie, y el tributo
quede establecido de manera definitiva, de modo que cada uno sepa cuánto debe
pagar, la mejor opción es repartir los tributos por cabeza, asignando una
cantidad fija a cada indio tributario. De hacerse de otro modo, al final muchos
tributos quedarían asignados al curaca, lo cual abriría la puerta a abusos y
robos, como ocurre actualmente. Esto no sucedería si el tributo fuera cierto y
conocido para cada indio.
Para lograr esto, es necesario solucionar
un inconveniente importante: la dificultad de la tasación debido a la gran
división de los naturales en numerosos curacas, que casi son tantos como
tributarios, y la incertidumbre en el número exacto de indios que cada uno
controla. Esta situación causaría confusión al repartir y cobrar los tributos,
ya que cada curaca alegaría tener menos o más indios, imposibilitando la
certeza del tributo.
Por ello, para que esta distribución por
cabeza sea viable y confiable, primero debe realizarse una visita general a las
provincias y pueblos, para lo cual se deben nombrar personas de buen celo y
honradez, en quienes los indios confíen, que actúen con el propósito de
beneficiar y no perjudicar. Estas personas, con instrucciones claras, visitarán
personalmente cada lugar y harán una minuciosa investigación para conocer el
número exacto de indios de todas las edades, especialmente aquellos aptos para
tributar, estimando como tales a los de veinte a cincuenta años.
De esta lista de tributarios, se
reformarán los curacas, agrupándolos en “pachacas” de aproximadamente cien
indios cada una, como se hacía en tiempos de los ingas, de modo que ningún
curaca tenga más ni menos de cien tributarios. Se seleccionarán para estos
cargos hombres capaces y aptos para gobernar, dándoles autoridad sobre sus
indios y las ordenanzas para su administración, además de la tasa proporcional
de tributo correspondiente, asegurando así igualdad en la contribución por
cabeza.
Para aquellos curacas que tienen grupos
pequeños de diez o veinte indios, estos se incorporarán como segundos a las
pachacas, para que puedan gobernar en ausencia del principal, sin que esto les
cause perjuicio alguno, sino que se considere un honor.
82. Una vez que los repartimientos y
provincias estén organizados bajo esta orden para evitar los problemas
mencionados, conviene también establecer, conforme a la costumbre incaica, que
todos los indios permanezcan en sus tierras de origen, sin cambiarse de una
provincia o pueblo a otro. Como se mencionó, los curacas llevaban un control
estricto y empadronamiento de los indios, sabiendo cuántos morían o
desaparecían. Uno de los mayores excesos y más castigados era que un indio se
mudase de su provincia o curaca original.
Nadie osaba cambiarse de lugar, ni
siquiera por matrimonio, ya que las mujeres se daban preferentemente de la
misma tierra, y en caso de provenir de otro pueblo, debían trasladarse donde
vivía el marido. Aunque esta regla parezca dura, era necesaria porque los ingas
conocían bien la naturaleza de los indios, quienes no tienen la capacidad para
escoger lo que les conviene y no se mudaban por beneficio económico, sino a
veces por pereza, para evitar el pago del tributo, o por influencia negativa,
como el beber alcohol o recibir dádivas que fomentaban la holgazanería.
Esta situación ha causado que gran parte
de la población ande errante y sin tierra fija, convirtiéndose en vagabundos.
Una de las mayores ventajas de la visita general será reducir este problema,
devolviendo a los indios a sus pueblos naturales para que trabajen y vivan en
orden, con severas sanciones para quienes intenten mudarse sin permiso.
Así, si los tributos están ajustados y
cada uno es empadronado en su pueblo, con su curaca responsable, será en
beneficio de todos, pues evitará que se conviertan en vagabundos y se
garantizará la estabilidad en la recaudación de tributos. De lo contrario, si
un repartimiento tiene quinientos indios y luego la mitad se muda, el sistema
colapsaría, con algunos pueblos sobrecargados y otros liberados de su deber.
Esto está en concordancia con el gobierno incaico, que acertadamente adaptó
estas medidas conforme a la capacidad de los indios.
83. Asimismo, para que lo anteriormente
mencionado tenga efecto, es necesario cerrar la puerta a que los indios se
hagan anaconas, y también reincorporar a sus pueblos a todos los que ya se han
hecho anaconas después del levantamiento general de las tierras de los
naturales. Porque, con esta medida, hay un número infinito de indios dispersos
por la tierra, convertidos en vagabundos y holgazanes. El origen de los
anaconas no fue ese; antes bien, los incas los sacaban de las provincias que
les parecían para su servicio. Aunque los eximían del tributo, los hacían trabajar
en sus haciendas y servicios, y les otorgaban chacras donde cultivaban para sí
mismos. Eran gente principal, sabia y laboriosa; tanto que el inca muchas veces
los designaba como curacas en varias provincias, por ser hombres capaces y
entendidos.
Sin embargo, esta orden fue corrompida por
los españoles, quienes permitieron que todos se hicieran anaconas sin orden ni
límite, y en gran exceso, tomando de los pueblos los indios e indias que
querían. Como no se llevaba registro de ellos, se dispersaban perdidos por
todas partes, generando más anaconas sin control. Hoy en día no hay casi nadie
que no tenga anaconas, incluso negros y negras; podría decirse que hay tantos
como lunas.
Estos son un grupo perdido, que no están
sujetos a ningún cacique, no reciben doctrina ni desean aprenderla. Se
mantienen al servicio de los españoles y no guardan respeto con nadie; no es
posible llevar cuenta con ellos ni enseñarles nuestra santa fe, porque no la
quieren aprender. Son la gente más viciosa y sin ley de todas las Indias:
grandes jugadores, ladrones, borrachos, y con otros muchos vicios. Sería de
gran servicio a Dios poner remedio para que no se formen más anaconas y para
que los que ya existen regresen a sus pueblos y caciques.
Si se considera que, por sus vicios y mal
ejemplo, pueden perjudicar a los demás indios, deberían ser reubicados en algún
lugar adecuado donde puedan ser establecidos en pueblos, y allí se les otorguen
tierras donde se vean compelidos a trabajar, al tiempo que se supervise que
reciban instrucción en la doctrina cristiana.
84. Asimismo, convendría que los
visitadores encargados de estas visitas señalasen y tasasen a cada curaca y
señor la cantidad justa de servicio que los indios les debían prestar, así como
las tierras de cultivo que debían mantener para su sustento, para que supiesen
que solo eso y no más se les debía exigir.
85. También, en las regiones donde la
disposición de la tierra lo permitiera, deberían reducirlos a pueblos y
repúblicas, y asignarles sus propias autoridades judiciales y gobernadores para
resolver sus disputas y diferencias. Este reparto por cabezas, realizado de la
manera ya descrita, es el más justo y equitativo, porque si se asigna un
tributo global a una provincia para que luego se reparta internamente, siempre
terminarán perjudicados los pobres, y beneficiados los poderosos y sus
allegados, quienes se aprovechan del trabajo de los más humildes.
Sería recomendable que las personas
encargadas de estas visitas y tasaciones de tributos fuesen elegidas por este
Real Consejo, y que rindieran cuenta con total transparencia de sus actos, para
que todo se realice con mayor cuidado y precisión.
86. Uno de los inconvenientes que suelen
oponerse a la realización de estas visitas son los ardides y cautelas que los
caciques y curacas acostumbran usar para encubrir la cantidad de indios que
tienen en sus provincias, pues entienden que dichas visitas se hacen con el fin
de cargarles tributos, y que conforme al número de indios que se les halle, se
ha de hacer la tasación. Para ocultarlo, suelen hacer cosas muy dañosas a los
dichos naturales: deshacen los pueblos, los mudan a otras partes encubiertas,
adonde transportan todos los indios que pueden, y dejan de hacer sus
sementeras, lo cual luego les causa necesidad.
Pero me parece que todas estas cosas
cesarían si vieran que las personas encargadas de la visita son de diferente
calidad que las que hasta ahora lo han hecho, y no como los cuarenta
visitadores que tenía proveídos el conde de Nieva y los demás comisarios, que
eran chapetones que había llevado consigo, y cuyo único fin, con los salarios
que se les pensaban dar a costa de Su Majestad, era favorecer a cuarenta
caballeros allegados. De esto ya estaban tan escandalizados los indios que
comenzaban a prevenirse de la manera arriba dicha.
Pero entendiendo así los caciques como los
atuntunas —porque a todos se ha de dar a entender el intento y efecto de dicha
visita— no sólo no lo ocultarán, sino que no tendrán parte los caciques para
hacerlo. Mayormente si se pone algún rigor en inquirir si usan de estos medios
para encubrir a los indios, y al que se averiguare haciéndolo, se le prive del
señorío; con esto no habrá ninguno que tenga tal atrevimiento ni resultará
daño.
87. Y una vez liquidado, por dicha visita,
el número de indios tributarios reducidos a la orden susodicha, se les podría
imponer y señalar a cada uno un tributo cierto y ordinario para siempre. La
cantidad que, sujeto a mejor juicio y la debida corrección, me parece que
podría señalarse de tributo a cada indio, debe ajustarse conforme a la calidad,
disposición, riqueza o pobreza de cada tierra o provincia, porque no son todas
iguales —antes bien, hay muchas diferencias entre unas y otras.
Y parece que el tributo más justo que se
podría echar a los indios, teniendo por presupuesto que cualquier tributo que
se les imponga ha de ser por razón del trabajo de su persona o de su industria,
trato u oficio —que en efecto todo es personal, pues no tienen haciendas ni
rentas de las que, sin el trabajo de sus manos, puedan tributar—, es el que se
modere para que lo puedan pagar trabajando treinta días en cada año, lo cual
casi equivale al diezmo. En esos treinta días, moderando según el respeto de
cada provincia, como se ha dicho, se podría situar y echar el tributo de la
siguiente manera:
En la provincia de la ciudad del Cusco,
cuatro pesos y un tomín por cada indio tributario al año.
En la ciudad de la Plata y toda la
provincia de los Charcas, cuatro pesos y dos tomines.
En la ciudad de La Paz, provincia del
Collao, cuatro pesos y un tomín.
En la ciudad de Arequipa y su
jurisdicción, tres pesos.
En la ciudad de Guamanga, tres pesos.
En la ciudad de los Reyes, tres pesos.
En la ciudad de Huánuco, tres pesos.
En la ciudad de Trujillo, dos pesos y
medio.
En las ciudades de Puerto Viejo, San Miguel
y Guayaquil, dos pesos.
En las ciudades de Loja y Zamora, dos
pesos y medio.
En la ciudad de los Chachapoyas, tres
pesos.
En el valle de Jauja, tres pesos.
En la ciudad de Jaén, dos pesos.
En la ciudad de Santiago de los Valles,
dos pesos.
88. Considero que el tributo debe fijarse
en plata en las provincias de los Charcas, del Collao y en buena parte del
Cusco. En otras regiones donde existan minas de oro o plata, los naturales
podrán tributar en uno u otro metal, según les convenga. En los lugares donde
no se disponga de estos minerales, el tributo podrá ser pagado en ropa de
algodón o lana, u otros productos de la tierra, siempre valorados en la
cantidad correspondiente, evitando que los indios se vean forzados a bajar de
la sierra a los llanos para alquilarse y cargar fardos con el fin de obtener la
plata, con el grave perjuicio que esto les ocasiona. Bastará que, en los
pueblos de españoles establecidos en los llanos, trabajen como jornaleros los
naturales de esas tierras, y que en los asentamientos serranos se ocupen los
indios locales. En ningún caso deben ser obligados a alquilarse aquellos que
sean oficiales, labradores u ocupados en sus propios oficios y haciendas.
89. La cantidad de tributo antes
mencionada parece adecuada para cubrir los gastos descritos en este capítulo,
debiendo pagarse únicamente por los indios, sin que se les imponga ningún otro
tributo, carga o servicio adicional.
90. En caso de que Su Majestad asuma la
responsabilidad de establecer las doctrinas, proveer los ornamentos y financiar
la construcción de iglesias, así como la manutención de la justicia, podrían
destinarse a estos fines dos tomines del tributo de cada indio. El resto del
tributo se reservaría para los encomenderos y españoles, quienes son necesarios
para la defensa del territorio. Esta distribución sería suficiente,
considerando que, según las tasas actuales, los tributos que los indios pagan a
sus encomenderos ascienden aproximadamente a un cuento, doscientos veinticuatro
mil quinientos pesos, repartidos —aunque sin orden— entre los aproximadamente
trescientos cincuenta mil tributarios del territorio. Dado que las visitas no
han sido muy precisas, se desconoce el número exacto de tributarios; sin embargo,
conforme a la cantidad estimada por tributo, el total se asemejaría a la cifra
actualmente tasada. Aunque en algunas regiones los naturales están
sobrecargados, esto puede compensarse aumentando la carga en otras que se
hallan aliviadas. Además, se beneficiarán al contar con una norma clara y
establecida para el tributo, sin quedar a merced de los caciques, quienes hoy
pueden imponer arbitrariamente lo que desean, lo cual equivale, en muchos
casos, a un tributo adicional.
91. En caso de que deban deducirse los
tomines mencionados del tributo de cada indio para financiar los fines
indicados, convendría que dicha suma fuese recaudada íntegramente por el
encomendero y entregada a los oficiales de la Real Hacienda, quienes se
encargarían de cubrir los gastos mencionados. Así se evitaría la multiplicidad
de manos y cobradores, que tanto perjudican a los indios. Al menos, esto
debería aplicarse a los encomenderos que ya poseen repartimientos, pues sería
mal recibido que otra autoridad interviniera en la cobranza dentro de sus
jurisdicciones, donde ejercen considerable dominio sobre los indios. Es
prudente, en asuntos de este tipo, proceder con moderación para evitar
descontentos. Para los repartimientos que se otorguen en adelante, sería
conveniente al servicio de Dios y de Su Majestad que únicamente se conceda la
renta fijada para el encomendero, hasta alcanzar la cantidad tasada. El
excedente del tributo quedaría bajo la propiedad de Su Majestad. Y si Su
Majestad desea conceder encomiendas conforme a la práctica actual, convendría
que se hiciera con la condición de que los tributarios entreguen a los
oficiales reales la suma destinada a doctrinas y otros fines, quedando el resto
para el encomendero.
92. Para establecer la orden mencionada,
debe realizarse primero la visita que anteriormente se propuso, sin considerar
ninguna de las efectuadas hasta ahora, ya que ninguna ha sido lo
suficientemente rigurosa como debería. En particular, considero importante
advertir que no se tenga en cuenta una última visita realizada por encargo del
marqués de Cañete, virrey, en la cual se registró un número de tributarios
mucho mayor que en visitas previas. Dicha visita se efectuó únicamente a través
de los caciques, sin inspeccionar directamente los pueblos ni a los
tributarios, como era debido. Se tomó el número de indios únicamente por
declaración de los caciques, quienes ahora se quejan de que se les hizo creer
que la visita tenía como fin tasar los servicios que debían recibir de sus
indios, por lo cual declararon menos de los que realmente tenían, para así
obtener mayor servicio. Algunos de los propios visitadores que participaron en
esa inspección, con quienes he conversado, tienen escrúpulos al respecto, y la
mayoría de ellos ha preferido no emitir parecer alguno sobre dicha visita. Y en
los pocos casos en que lo hacen, aunque indican haber hallado un mayor número
de indios, proponen tasas tributarias inferiores a las anteriores.
93. Asimismo, considero que, al establecer
los tributos para los naturales, estos deben ser impuestos equitativamente
dentro de un mismo valle o provincia, y también entre quienes tienen el mismo
oficio o actividad. No debe haber diferencias entre unos y otros, ya que en
cuanto a capacidad, recursos o destrezas, no existen desigualdades
significativas entre ellos. La carga, por tanto, debe ser igual para todos, tal
como se hacía en tiempos del Inca, cuando el trabajo se repartía de forma
equitativa entre todos.
94. También considero justo que ciertas
personas estén exentas de tributar, como aquellos que descienden en línea recta
de los incas, señores originarios de estas tierras, y los hijos legítimos de
los curacas o señores particulares; pero no así otras personas.
95. En cuanto a la forma de repartir y
recaudar dichos tributos, parece que la mejor disposición sería la siguiente:
una vez empadronados los tributarios y advertidos tanto ellos como sus curacas
del tributo que a cada uno corresponde, dejando claramente establecido que no
deben pagar ni más ni menos de lo asignado y que el curaca no tiene facultad
para aumentar ni disminuir dicha carga, se debe encargar a cada curaca la
responsabilidad de reunir y recaudar el tributo correspondiente a sus cien
indios. Para ello, se le debe otorgar la misma autoridad que poseía en tiempos
del Inca, pues si se encarga a otra persona ajena a la comunidad, no
comprendería a los indios ni estos a él. Se les debe advertir que, si se
descubriera que algún curaca ha cobrado más de lo establecido, se le impondrá
un castigo severo, a fin de que sirva de escarmiento para los demás. Con estas
advertencias y con el conocimiento que tendrán los indios sobre lo que deben
pagar, el curaca no tendría posibilidad de favorecer a unos ni perjudicar a
otros. Además, convendría enviar en los tiempos adecuados personas encargadas de
realizar visitas para verificar si ha habido algún abuso.
96. En el capítulo dieciséis se menciona
que, en el año pasado de mil quinientos cincuenta y nueve, fue expedida una
cédula de Su Majestad en Valladolid, el día cuatro de septiembre, dirigida a la
Real Audiencia de la ciudad de Los Reyes. En dicha cédula se ordenaba al
presidente y a los oidores de la Audiencia que expresaran su parecer sobre lo
contenido en este capítulo, y sobre si sería conveniente establecer los
tributos de los naturales por medio de las denominadas décimas. Los pareceres
fueron enviados a Su Majestad debidamente cerrados y sellados.
Y dado que, como ya se ha señalado, toda
la capacidad contributiva de los indios, y todo aquello de lo que disponen para
tributar, consiste únicamente en el trabajo de sus personas y el arte de sus
manos, parece más adecuada la disposición de distribuir el tributo en función
de cada individuo —asignando a cada uno una cantidad fija— que establecerlo
mediante el sistema de décimas.
Por tanto, en lo relativo a esta cuestión,
parece que debe seguirse la orden previamente expuesta, tanto en lo referente a
la forma de tasar el tributo como a su recolección. Y todo lo que hayan de
tributar debe fijarse en una sola tasa conjunta, sin que, una vez tasados, se les
imponga carga adicional alguna, ni bajo el nombre de diezmo ni por otro motivo.
Ello causaría un grave perjuicio y vejación a los indios, ya que la presencia
de múltiples recaudadores llevaría a que todos quisieran obtener provecho, y
todo ello recaería sobre los naturales, redundando finalmente en su ruina.
97. Al final de este capítulo se
manifiesta la santa y católica intención de Su Majestad de aliviar la carga de
los indios de estas regiones, estableciendo tributos que sean moderados y
menores que los que pagaban en tiempos de su infidelidad. Ya se han expuesto
anteriormente algunas razones por las cuales parece que los tributos que
actualmente pagan los indios resultan más gravosos y pesados que aquellos que
ofrecían antes de su conversión.
Incluso si se compararan únicamente los
servicios personales que los indios prestan hoy con los que ofrecían en tiempos
de su infidelidad, parece evidente que los actuales superan en número y
severidad a los anteriores, resultándoles más dañinos y onerosos. Esto se debe
a que los servicios que entonces prestaban estaban destinados al buen gobierno
del reino y al beneficio común, como la construcción de caminos, el
mantenimiento de los chasquis (mensajeros) y el servicio en los tambos
(posadas), actividades que hoy continúan haciendo, pero de forma más excesiva y
desordenada.
Actualmente, estos trabajos se imponen sin
respeto por sus antiguas costumbres ni por las divisiones tradicionales que los
mismos indios habían establecido para repartir estas labores. Hoy, los
corregidores asignan arbitrariamente las tareas a quienes desean, obligándolos
a mantener los chasquis sin orden, sin verdadera necesidad y sin recibir paga
alguna.
Asimismo, el servicio en los tambos se ha
vuelto mucho más pesado. En tiempos del Inca, estos eran atendidos solo
ocasionalmente, cuando el soberano enviaba algún emisario, y los caminantes
oficiales eran abastecidos con víveres de la despensa real, que estaba provista
de todo tipo de alimentos en abundancia. Si se trataba de otros viajeros, estos
obtenían lo necesario mediante el trueque, ya que llevaban productos de sus
tierras para intercambiar.
Ahora, sin embargo, los tambos nunca se
vacían de caminantes españoles, muchos de los cuales se trasladan de un pueblo
a otro sin justificación ni propósito alguno, simplemente para pasar el tiempo
y vivir de balde. Todo lo que necesitan lo obtienen de los indios, quienes
están obligados a servirlos sin compensación alguna.
La paga que reciben los indios por sus
servicios es, en muchos casos, apenas unos golpes y, en ocasiones, se les lleva
como mitayos con una carga a cuestas.
Si bien es cierto que en tiempos del Inca se entregaban indios para la guerra,
aquello no era algo habitual, pues no siempre había conflictos. Por tanto, no
debe tomarse como una carga constante. En cambio, desde la llegada de los
cristianos, cada vez que ha habido guerra, se ha exigido a los indios una
cantidad mucho mayor que la que se daba en tiempos del Inca.
Sin embargo, el trato es incomparablemente
peor. Mientras el Inca los llevaba como soldados bien vestidos, presentables y
debidamente alimentados, ahora se les lleva encadenados, hambrientos y cargados
como bestias. No hay expedición que no haya costado la vida a más de diez mil
indios llevados en estas condiciones y abandonados muertos en el camino.
Y ha habido muchas de estas campañas: la
de Diego de Rojas, la de los Chunchos, la de Felipe Gutiérrez, la de Pedro de
Candía, y la de don Diego de Almagro a Chile, donde quedó un despoblado de cien
leguas lleno de cadáveres de indios muertos por el frío. En otra expedición a
la misma provincia, llevada a cabo por Francisco de Villagrán por la cordillera
nevada, se dejó morir a otro tanto número de indios. Otros capitanes que han
pasado por esa región han hecho lo mismo, sin contar la jornada de Pedro de
Valdivia, quien arrasó todo a su paso.
También se han hecho incursiones más
recientes, no menos dañinas, como la de Juan de Salinas, la de Gómez Arias a
Rupa-Rupa, y la de Pedro de Ursúa, quien, además de los indios que ya había
reunido al partir, se llevó consigo toda una provincia y despobló un pueblo de
cristianos. En todas estas entradas, así como en otras, se ha consumido una
enorme cantidad de personas.
A ello se suma la pérdida de vidas durante
las guerras civiles entre los propios españoles, como en la contienda entre
Hernando Pizarro y don Diego de Almagro, en la de don Diego de Almagro el Mozo,
la de Gonzalo Pizarro y la de Francisco Hernández. En todas estas, tanto los
rebeldes como quienes decían actuar en nombre de Su Majestad, han utilizado el
mismo método: llevar grandes grupos de indios encadenados, arrebatándoles su
ganado, sus alimentos, sus pertenencias, y quemando sus pueblos.
En cuanto a las guerras, si se comparan
con las del tiempo del Inca, las actuales superan a aquellas en cien veces por
el daño causado.
En tiempos del Inca, si se construían
casas en las provincias, era solo una; ahora, cada encomendero tiene una casa
en su pueblo, y algunos poseen dos, tres o más. Si antes se edificaban casas
para el Sol, ahora se han levantado iglesias, e incluso donde antes había solo
una casa, hoy hay provincias con hasta cuarenta iglesias, todas con sus
respectivos mitayos que las adornan y reparan constantemente.
Del mismo modo, se han asignado indios
para cultivar y trabajar las chácaras (tierras) de los encomenderos. Si antes
se entregaban yanaconas al Inca, ahora se ha dado muchos más, con el exceso y
desorden ya descrito, pues cada conquistador tomó para sí tantos como tenía el
Inca, y los curacas hicieron lo mismo. Esta desorganización y abuso va en
aumento día tras día. A medida que llegan más españoles a estas tierras, las
provincias y pueblos de indios se ven cada vez más diezmados, a causa de este
uso desmedido de los yanaconas. Todos quieren servidumbre india porque es
barata.
No hay cacique o principal que venga a un
pueblo de españoles a traer indios por el tributo que no termine dejando una
buena parte de ellos allí. Se los arrebatan los oficiales, los mercaderes y
toda clase de personas: unos los esconden hasta que se marchan; otros los
engañan ofreciéndoles una manta, y otros los roban los viajeros, cortándoles el
cabello, lo que basta para considerarlos yanaconas.
Si el cacique acude a recogerlos para
regresarlos a su tierra, estos acuden a la justicia y se les concede la
“libertad”, que en realidad es una forma de esclavitud del cuerpo y del alma,
pues se les retiene para complacer a los españoles. Es urgente poner remedio a
esta situación, porque si no se actúa pronto, las tierras quedarán desiertas.
Ningún indio que se convierte en yanacona vuelve a preocuparse por su casa, su
esposa o sus hijos, sino que vive como un errante.
También se entregaban mujeres al Inca y al
Sol, pero en mucha mayor cantidad se han dado ahora a los cristianos —o más
bien, ellos mismos las han tomado—. Los encomenderos y demás españoles,
solteros o casados, las tienen como concubinas o sirvientas de sus mujeres, y a
veces como amantes propias o de otros. Negros, mestizos y yanaconas se
comportan como si fueran incas a la hora de tomar mujeres; pero mientras el
Inca las tenía encerradas, honestas, bien cuidadas y mantenidas, hoy se las
utiliza para toda clase de disoluciones y vicios inimaginables.
Y aun, además de las mujeres que andan hoy
de esta manera —y que por cada una que tuvo el Inca, hay ahora mil—, algunos
encomenderos tenían, y algunos aún tienen, sus propias casas donde encerraban
mujeres, al estilo de las del Inca, con toda la vigilancia y resguardo posible,
únicamente para satisfacer su sensualidad. Esta práctica se ha visto algo
reducida con la orden que manda casar a los encomenderos, aunque todavía no ha
desaparecido del todo.
Asimismo, se solía dar al Inca oficiales
que vivían en el Cusco y le servían haciendo vasos de oro y plata y otros
oficios. A estos les daban tierras, con las que vivían holgadamente, sin pagar
otro tributo. Pero los encomenderos han tomado también para sí todo tipo de
oficiales, y con mucho más abuso que el Inca. Y aunque por provisión de Su
Majestad se ordenó que dichos oficiales fueran liberados, en su lugar se mandó
que pagaran como tributo todo lo que pudieran producir con sus oficios. Aun
así, con la relajación y falta de cumplimiento de estas provisiones tras la
partida de los comisarios, muchos de estos oficiales permanecen aún en poder de
los encomenderos, quienes se sirven de ellos además de cobrarles tributos.
De manera que, en todos los tipos de
servicios personales que los indios prestaban al Inca, hoy prestan mucho más, y
eso que ya no queda ni la tercera parte de la población que había entonces. Por
eso, parece evidente que hasta ahora no se ha logrado cumplir con la intención
de Su Majestad de que los tributos y servicios exigidos a los indios sean
menores que los que pagaban en tiempos de su infidelidad. Por tanto, es muy
necesario remediar todos los excesos que arriba se han mencionado.
Y esto es lo que, en relación con los
capítulos referidos, yo entiendo y alcanzo a decir, por lo que he visto y
experimentado en aquella tierra.
98. Además de la cédula que arriba ha
sido incorporada, llegó a mis manos una copia de otra que parece haber dado Su
Majestad a los comisarios encargados del asunto de la perpetuidad. Por dicha
copia, se advierte que fue despachada el 22 de julio de 1559. En ella se
incluyen los mismos capítulos que contiene la cédula transcrita al inicio de
esta relación, y además se agregan otros nuevos, a los cuales me ha parecido
también responder conforme a lo que he visto y entendido. Para ello, transcribo
aquí el encabezado de dicha cédula junto con los capítulos añadidos, en la
forma siguiente:
99. Porque, al momento de tomar
decisiones sobre los repartimientos de los indios en las provincias del Perú
—sea en cuanto a la perpetuidad o en cualquier otra forma—, es necesario
declarar y tasar con justicia los tributos, rentas y derechos que deben pagar
los indios, para que dicha determinación se tome con mayor fundamento y
legitimidad, por tanto, vos, el conde de Nieva, nuestro virrey y capitán
general de dichas provincias; vos, el licenciado Birviesca de Muñatones, de
nuestro Consejo; y vos, Diego de Vargas Carvajal, junto con los demás
comisarios que para ello enviamos, habréis de informaros e investigar con la
atención y criterio que se indica en uno de los capítulos de vuestra
instrucción, lo siguiente:
Asimismo, se debe averiguar qué han de dar
y pagar los indios como tributo en lugar del diezmo, destinado al culto divino,
a los clérigos y religiosos, a los beneficiados y curas parroquiales, así como
a la edificación de iglesias y monasterios y sus ornamentos. Para esta
tasación, se deberá considerar los diezmos que actualmente pagan los españoles
y también las rentas y tributos que antiguamente, en tiempos de su infidelidad,
los indios solían pagar a sus dioses, al sol, a los santuarios y a cualquier
otra renta destinada a sus templos. Esta información podría obtenerse
preguntando a los indios ancianos o consultando antiguas pinturas. Así podrá
saberse qué parte de los tributos que hoy pagan bastará para todo esto, o si
será necesario añadir algo más, además de lo que ya deben entregar a los
encomenderos.
100. Asimismo, la parte que deba
asignarse para estos fines no debe establecerse en forma de diezmo, como se
hace en Castilla, sino mediante una cantidad fija asignada a cada pueblo. Esto
se debe a que, si se hiciera por medio de un diezmo, los naturales serían
molestados y oprimidos en su cobranza por los ministros, y sufrirían
excomuniones por parte de los prelados. Además, podrían escandalizarse, por ser
ignorantes, y pensar que la ley de Cristo se les impone por dinero e intereses,
ya que por causa de ella se les estarían imponiendo nuevos tributos.
Una vez que hayáis averiguado lo que los naturales
deben aportar para el servicio de Dios, según lo dicho, se podrá entender
cuánto les queda y cuánto pueden dar a los señores temporales.
Todo lo cual habréis de tratar y
considerar, etc.
101. Para cumplir con lo dispuesto en los
dos capítulos precedentes —que, en esencia, tratan de un mismo asunto—,
conviene aclarar ciertas dudas que podrían suscitarse. En primer lugar, se
pregunta si, además del tributo fijo y determinado que se imponga a los indios,
debería añadirse alguna cantidad adicional en lugar del diezmo, destinada al
culto divino y a los demás fines que se mencionan en dichos capítulos. A este
respecto, considero que todo lo que los indios deban tributar —sea para el
sostenimiento del culto, la doctrina cristiana, o el sustento de los españoles
y encomenderos— debe estar incluido en una única suma de tributo cierto y
ordinario. De esta cantidad debe asignarse la parte que se estime adecuada para
el culto divino y el resto para los encomenderos. Así, el tributo será uno solo
y, pagándolo, no quedarán los indios sujetos a ninguna otra carga, ya que su
capacidad y posibilidad no permiten más.
102. Asimismo, cabe preguntarse si podría
o debería exigírseles algún tributo en compensación por lo que ofrecían durante
su tiempo de idolatría al sol y a las guacas. A esto se responde que, como ya
se ha mencionado, lo que los indios ofrecían entonces al sol consistía
principalmente en las chácaras que el Inca hacía señalar en cada provincia, el
servicio para labrarlas y mantenerlas, y el ganado que también se dedicaba al
culto solar. Muchas de esas chácaras, como se ha dicho, fueron repartidas entre
los españoles al fundarse los pueblos, y estas tierras son las más extensas y
fértiles. Algunas fueron recuperadas por los antiguos señores indígenas, quienes
hoy las cultivan para pagar los tributos, aunque en muchas regiones ni siquiera
tienen tierras suficientes. Los ganados del Inca y del sol, dedicados al culto,
fueron tomados y destruidos por los españoles al entrar en la tierra, por lo
que no queda ya nada que pueda ser compensado en ese aspecto. Tampoco procede
compensación por el servicio dedicado al cultivo de las chácaras del sol, pues
los mismos indios prestan ahora ese servicio para obtener los frutos con los
que pagan el tributo. En cuanto a los sacrificios de ropa y ganado, casi todos
eran ofrendas hechas por los incas, con bienes que ellos mismos proveían. Los
indios particulares no realizaban estos sacrificios en cantidades relevantes.
Otros servicios y ofrendas, como las de mujeres, chicha y otros elementos, no
tienen un valor apreciable ni pueden ser objeto de compensación. En lo
referente a las construcciones dedicadas a los antiguos santuarios, pueden
considerarse compensadas con las iglesias que ahora se edifican en sus pueblos.
103. Por otro lado, puede surgir la duda
de si es adecuado que los indios ya convertidos al cristianismo paguen el
diezmo de sus cultivos y ganados, una vez deducidos los tributos entregados al
encomendero. La respuesta es que obligarlos, por ahora, al pago del diezmo resulta
muy perjudicial para su conservación, tal como se argumenta en el último
capítulo de las dos cédulas mencionadas. En efecto, podría darse el caso de que
los indios lleguen a pensar que nuestra santa fe católica se les enseña por
mero interés económico, sobre todo si perciben que lo primero que se les exige
al convertirse es pagar más tributos que los no cristianos. Verían que quien se
hace cristiano es más gravado que quien no lo es. Los prelados, por su parte,
parecen no darle importancia a esto, pues poco a poco imponen el diezmo a
todos. No solo hacen diezmar a los encomenderos por sus cosechas y ganados,
sino también por lo que reciben de tributo de los indios. En el caso de las
ropas producidas en obrajes, recaudan la veintena; y por todo lo demás, el
diezmo completo. Incluso en muchas partes recogen la veintena o el diezmo
entero directamente de los frutos de los indios. Y según su modo de proceder,
es de temer que pronto exigirán el diezmo a todos, ya que solo se preocupan por
aumentar sus obispados y prebendas, sin asumir carga alguna de doctrina ni de
establecer curas que administren los sacramentos, a menos que el encomendero
les pague.
No sería tan inconveniente este cobro si
se atrajera a los indios a pagarlo voluntariamente, haciéndoles comprender el
deber de agradecer a Dios mediante el diezmo de los frutos que Él les concede.
Si se les enseñara esta razón con buenas palabras y doctrina, y se les motivara
a ello, sería distinto. Pero forzarlos mediante cobradores o con métodos
coercitivos —como suele hacerse— lo considero nocivo para su conversión. Por
tanto, estimo conveniente que se ordene que, mientras Su Majestad lo disponga,
no se use ningún tipo de rigor ni coacción contra los indios en lo relativo al
pago del diezmo, ni que los recaudadores tomen cuenta de ellos. Dado que
prácticamente todo lo que producen lo entregan ya como tributo, del cual el
encomendero paga el diezmo, es justo que se les exima de contribuir con lo poco
que les queda para su precaria subsistencia.
Además de lo dispuesto en las cédulas
referidas, existen otras cuestiones cuya consideración podría ser útil para la
buena gobernación de aquellas tierras. A tal fin, se presentarán algunos
apuntes, aunque no sean más que elementos para tener conocimiento de lo que allí
sucede, dado que son tierras tan remotas que solo se sabe de ellas por relatos
de oídas.
104. Lo primero que conviene
entender es cuál es la costumbre o disposición de los indios de aquellas
provincias respecto al cuidado de sus personas, así como su capacidad para
dedicarse a labores productivas y administrar bienes propios. Como ya se ha
dicho en otra parte, si bien es gente de entendimiento limitado y escasa
cultura, no son tan brutales como los pintan los españoles. Lo que más
contribuye a que parezcan seres toscos es la servidumbre en que se les tiene y
el haber sido tratados como bestias, sin darles otro valor que el de servir.
Esto ha hecho que ellos mismos se tengan en poco.
Y así, aunque tienen una marcada
inclinación y deseo por llevar una vida cómoda, con buen sustento y vestido
para sí mismos, sus esposas e hijos, nunca se les ha permitido alcanzarlo. No
se les da oportunidad de trabajar en beneficio propio, y sus viviendas —cuando
las tienen— apenas se diferencian de zahúrdas de puercos: reina en ellas una
pobreza extrema que apenas se puede imaginar. Su vida entera la pasan
trabajando para cumplir con los tributos, y por ello no sienten gusto ni
satisfacción en ningún oficio, pues trabajan únicamente por necesidad. Ven que,
aunque trabajen sin descanso, nada de lo que producen es para ellos, ni pueden
disfrutarlo.
Por eso, a pesar de su codicia natural por
adquirir bienes, les resulta imposible siquiera pensarlo, pues han perdido toda
esperanza. Viven como quien está de paso, ocupándose solo de la necesidad
inmediata, sabiendo que, aunque lograran algo más, no les pertenecería. Cuando
vuelven a sus casillas o ranchos, ellos y sus mujeres están tan extenuados que
no hacen más que dejarse caer al suelo para descansar. Allí comen y duermen,
sin otra ambición que recobrar fuerzas. En todo el año no barren la casa, por
no distraerse ni un poco de sus trabajos.
105. Sería muy importante,
para facilitar su conversión y enseñanza en los principios de nuestra santa fe,
establecer entre ellos cierto orden y gobierno que les permitiera ser tratados
como hombres con cultura y limpieza. Para ello, en los lugares donde haya
disposición, convendría reducirlos a pueblos y repúblicas bien trazadas,
asignarles solares y espacios adecuados para construir sus casas, y fomentar
una vida ordenada y digna. Además, habría que aliviarles en el pago de
tributos, de modo que sus trabajos les dejasen algún beneficio personal, y que
comprendieran que pueden tener algo propio. Así se verían motivados a
adquirirlo por su cuenta.
106. Del mismo modo, para que
se aficionen al trabajo y lo deseen por el beneficio que les reporte, sería
necesario aumentarles el jornal. El que actualmente reciben quienes se alquilan
—un tomín y un cuartillo de maíz diario— es insuficiente. Este salario fue
fijado por la Audiencia cuando se abolió el servicio personal, en cumplimiento
de una cédula de Su Majestad que ordenaba tasarles un jornal justo. Como hasta
entonces los españoles estaban acostumbrados a servirse de ellos sin pagarles
nada, incluso aquel escaso jornal pareció excesivo. Pero ahora que las cosas
tienden a mejorar, parecería justo pagarles dos tomines al día, además del
cuartillo de maíz y algo de carne o pescado, que son bienes de bajo costo.
Muchos empleadores ya pagan ese precio, más por limpiar su conciencia que por
justicia, y a un negro se le paga cuatro tomines diarios, aunque un indio rinde
tanto como dos negros.
Si se les diera este trato justo y los
gobernantes velaran siempre por su buen trato y progresiva incorporación a una
vida ordenada, de forma que comprendieran que se les valora como personas,
llegarían a dedicarse con empeño a producir y enriquecerse. Para este fin
podrían ser de gran ayuda los religiosos encargados de las doctrinas, quienes
tendrían un papel esencial en su guía y acompañamiento.
107. También es importante conocer el
modo en que se ha tratado a los indios desde la llegada de los cristianos,
particularmente en lo que respecta a su reparto y encomienda a los españoles.
Esto se hizo en virtud de las comisiones y poderes que Su Majestad otorgó a los
gobernadores, como se hizo con don Francisco Pizarro, el licenciado Vaca de
Castro, el obispo de Sigüenza, don Antonio de Mendoza, el marqués de Cañete y
el conde de Nieva. Todos ellos, ejerciendo esa facultad, encomendaron indios, y
en los primeros tiempos lo hicieron de forma general, sin más instrucción que
servirse de ellos conforme a las ordenanzas reales, dejando a los caciques sus
mujeres e hijos y encargándoles su instrucción en la fe cristiana. Pero como
los encomenderos no entendían tales ordenanzas —ni mostraron interés en
comprenderlas—, creyeron que se les daban los indios como esclavos, junto con
sus bienes y tierras, y así actuaron, usándolos como si fuesen propiedad suya.
Posteriormente, el obispo de Sigüenza
introdujo más claridad y orden en las cédulas de encomienda. Entre otras
disposiciones útiles, incluyó una cláusula que ordenaba moderar los tributos
exigidos, con advertencia de que, si superaban los establecidos por la tasa
general que se estaba elaborando, debían ser restituidos a los naturales. Sin
embargo, todos los encomenderos excedieron esos límites y cobraron muchos más
tributos, como lo reveló una visita ordenada por la Audiencia, en la que se
determinó una enorme cantidad de tributos indebidos cobrados. Lamentablemente,
como suele ocurrir con todo lo que favorece a los indios, esta disposición no
se ejecutó, no por culpa de la Audiencia, y se perdió la oportunidad de
recuperar una suma considerable de oro.
Por medio de estas encomiendas, los
encomenderos adquirieron un señorío y dominio mucho mayores de lo que Su
Majestad había pretendido, pues su propósito era asegurar la manutención del
territorio y facilitar la predicación del Evangelio, no conceder señoríos
hereditarios, como ellos alegan. Por ello, sería conveniente que, en las
encomiendas futuras, se aclare con mayor precisión que no se les otorga dominio
sobre los indios ni sobre sus tierras, ni se los entrega como vasallos o
esclavos. Durante el tiempo que gobernó la Audiencia, con la ejecución de las
provisiones reales en defensa de los naturales, se empezó a corregir este
abuso, y se fue limitando ese dominio indebido. Sin embargo, con el actual
gobierno, se ha vuelto al desorden anterior, pues quienes debían reformar la
tierra mostraron excesiva deferencia hacia los ricos y ninguna consideración
por los pobres.
108. Asimismo, dado que Su Majestad,
mediante reales provisiones, ha prohibido que los naturales del reino sean
utilizados como cargadores, es necesario examinar si este uso tiene origen
antiguo entre ellos, en tiempos de sus señores naturales, y qué consecuencias
les trae hoy. Al respecto, se afirma que el uso de cargar era costumbre antigua
entre los indios, que ya lo practicaban en tiempos de los incas y aun antes.
Los tributos que entregaban al Inca, en lugares donde no había carneros, se
transportaban por medio de personas, y también se cargaban con alimentos y
objetos necesarios para el servicio de sus casas.
Por tanto, el agravio no reside en la
carga en sí, sino en el exceso con que los españoles la han impuesto.
Antiguamente se hacía con gran moderación: solo una vez al año, el peso era
razonable y el trabajo se repartía entre muchos, que se turnaban con orden y
buena organización. Pero desde la llegada de los cristianos, todo se ha hecho
sin mesura ni consideración: se ha cargado a los indios como a bestias, con
fardos excesivos, obligándolos a recorrer largas jornadas sin descanso ni
alimento, y empleándolos no solo para tributos y servicios domésticos, sino
también en faenas lucrativas, en mercaderías y hasta para transportarse en
hamacas y andas por largas distancias. De estos abusos han resultado muchas
muertes y enfermedades, siendo este uno de los trabajos más pesados y nocivos
para su salud.
Por ello, la prohibición de Su Majestad de
que no se les cargue es santa y justa. Sin embargo, aún se les sigue cargando,
ya que algunos lo hacen con la esperanza de ganar algo de dinero para pagar su
tributo. Como ahora estas prácticas se hacen a escondidas, los españoles no se
atreven a abusar tanto como antes, por temor al castigo. Pero es necesario que
Su Majestad refuerce la ejecución de esta provisión, pues con la partida de los
comisarios ha desaparecido el temor, y muchos han vuelto a cargar indios y
ordenar su transporte en hamacas, incluso dando mandamientos para ello, cuando
tales abusos ya estaban casi erradicados. Es preciso, por tanto, que se mande
poner rigor en este asunto.
109. Asimismo, sería muy conveniente
establecer alguna buena disposición respecto al servicio que los indios prestan
en los tambos y como chasquis. No deberían estar obligados a servir en ellos si
no es mediante un pago justo, pues, siendo que todos transitan por esos caminos
para ocuparse de sus propios intereses y negocios, no es razonable que los
indios los sirvan gratuitamente y les proporcionen lo necesario sin retribución
alguna.
Aunque es cierto que este servicio en los
tambos es antiguo y ya existía en tiempos de los incas —quienes lo instauraron
para un buen gobierno y organización del territorio, de modo que hubiese
abastecimiento en los caminos y facilitara el comercio y la comunicación entre
regiones—, en aquel entonces no implicaba tanta carga ni fatiga como ahora. El
servicio no era tan frecuente ni tan exigente, y los indios no sufrían las
vejaciones y abusos que ahora se cometen. En lugar de los tambos, bien podrían
establecerse ventas (posadas privadas), y así liberar a los indios de este
trabajo.
110. Asimismo, dado que la riqueza y
prosperidad de aquella tierra depende en gran medida de lo que se extrae de sus
minas de oro y plata, siempre se ha procurado, por parte de quienes gobiernan,
establecer medidas para aumentar dicha extracción. Sin embargo, en los últimos
años, esta riqueza ha disminuido y el comercio ya no tiene la abundancia de
antaño. Entre las propuestas discutidas está la de enviar y forzar a más indios
a trabajar en las minas.
Pero ello no solo va en contra de lo que
Su Majestad ha prohibido expresamente en sus reales ordenanzas y provisiones
—por ser injusto y perjudicial para los naturales—, sino que además no resulta
útil ni efectivo para incrementar la riqueza del reino. Las minas de las que
actualmente se extrae plata, como las de Potosí y Porco, ya cuentan con todos
los indios necesarios para su explotación, y aún sobran. Incluso si se
añadieran muchos más, no se lograría mayor producción, sino que se ocasionaría
daño a los indios al sacarlos de sus tierras y obligarlos a realizar trabajos
que no conocen, sin obtener ningún beneficio adicional para las minas.
La razón por la cual la producción ha
disminuido es que las minas ahora están más profundas y el trabajo para extraer
el metal es mucho mayor. A esto se suma que, siendo menor la cantidad de metal,
debe repartirse entre mucha más gente. En los tiempos en que la tierra era
abundante en plata, trabajaban en ella cerca de cinco mil hombres; hoy hay más
de diez mil, por lo que inevitablemente el rendimiento individual ha
disminuido.
El problema no es la falta de indios en
las minas, pues siempre hay los necesarios. Siguen extrayendo, fundiendo y
pagando el quinto real con regularidad, sin que se note merma sustancial. Lo
más conveniente es dejarles en libertad, para que acudan voluntariamente a
trabajar en las minas, y no entorpecer la organización que ya tienen. Toda vez
que se ha intentado imponer nuevas leyes o normas en ese comercio, este ha
sufrido grandes pérdidas, se ha roto su funcionamiento habitual y ha tardado
mucho en recuperarse.
El único buen gobierno para fomentar el
aumento de la riqueza minera es asegurar la paz y la justicia, evitando
autoridades abusivas que escandalicen a los indios con penas y preceptos
inventados para su propio provecho. Tales abusos han hecho que muchos indios
abandonen los asientos mineros.
Además, se debe procurar que haya
suficientes personas que los instruyan en nuestra santa fe. Solo así crecerá
esa contratación, pues continuamente viven en esos asientos más de cincuenta
mil almas, la mayoría dedicadas al comercio de metales y otros suministros para
las minas. Siempre hay abundancia de metales de todo tipo, y mientras haya
viento, las guairas (hornos portátiles) no dejan de fundir.
De hecho, semanalmente llegan a fundición
siete u ocho mil pesos de quintos, y nadie sabe con certeza de qué minas
provienen ni cómo se extraen, pues esto se maneja entre los mismos indios. Por
ello, no hay mejor modo de conservar dicha contratación que dejarla como está,
ya que con ese sistema nunca ha dejado de producir con regularidad.
111. Pero, dado que las minas actuales
están ya muy profundas y su explotación requiere mayor esfuerzo, sería
conveniente que Su Majestad ordenase a las autoridades del reino que dispongan
lo necesario para buscar y catear nuevas minas de plata, tanto en la provincia
de los Charcas como en otras regiones. Asimismo, a quienes se dediquen a esta
labor debería brindárseles todo el apoyo necesario, pues podría darse el caso
de hallarse vetas más accesibles y menos trabajosas de explotar.
112. Del mismo modo, con el propósito ya
mencionado de aumentar la riqueza de aquellos asientos, se han considerado
diversos medios. Algunos, en su afán de agradar a los gobernadores, sostienen
que sería útil obligar a los indios diestros que viven en Potosí a trabajar en
las minas, prohibiéndoles dedicarse a otras actividades o negocios. Otros
afirman que los Anaconas mineros se están empleando en cultivar chácaras y
sementeras junto con los españoles, así como en traer víveres para comerciar en
Potosí. Y que, por haber tantos labradores, los alimentos se abaratan; por lo
tanto, si se obligase a los Anaconas a abandonar el cultivo de sementeras y
volver a las minas, habría más obreros, se extraería más plata y, al
encarecerse los alimentos, los indios se verían forzados a producir más metal
para poder adquirirlos.
Estas y otras ideas se han discutido con
vehemencia en el consejo de los comisarios, tomando muchos pareceres. Sin
embargo, no son más que especulaciones de gente ociosa que no comprende la
realidad: como ya se ha dicho, no falta mano de obra indígena para la
extracción de metales, y obligarlos a trabajar mediante estos medios injustos y
perjudiciales para la república no aumentaría la producción, sino que podría
incluso reducirla. Lo más sensato es no insistir en llevar más indios a Potosí,
pues los que fuesen no estarían capacitados para el trabajo minero y
terminarían alquilando su trabajo o padeciendo miseria como gente sin oficio.
Además, no hay necesidad de nuevos obreros, ya que de ordinario hay entre
cuatro y cinco mil Anaconas mineros cuyo oficio es precisamente extraer metales
y comerciar con ellos. Ellos extraen toda la plata que se puede obtener de las
minas, y no sólo comercian con el metal proveniente de Potosí y Porco, sino
también con el de muchas otras minas de la comarca, cuya ubicación sólo ellos
conocen. Por esta razón, se tiene por seguro que dicha contratación no faltará
mientras se mantenga el orden actual.
113. Además de las minas de Potosí, hay
muchas otras descubiertas y actualmente en explotación, como las de Berenguela,
Huamanga, los Conchucos, Huánuco, Tarapacá y otras partes. En algunas de estas,
aunque el metal es más rico que el de Potosí, no se ha hallado una veta
abundante, por lo que la cantidad extraída en conjunto es escasa.
114. También hay minas de oro en muchas
regiones, como en Carabaya, los Aymaraes, Parinacocha, Zamora y otros lugares,
donde el trabajo que realizan los indios es incomparablemente más duro, porque
los climas son extremadamente perjudiciales y deben estar constantemente dentro
del agua, lavando el mineral. A veces, un indio puede pasar todo el día lavando
sin obtener ni un solo tomín de oro. Allí se ve la desdicha y el maltrato que
sufre el minero cuando no produce lo suficiente. En Zamora, donde el oro es un
poco más abundante, la tierra es tan inhóspita que no se cría nada en ella, y
su clima es tan severo que mueren quienes llegan de otras regiones. Así ocurre
con los indios que son llevados allí: pocos logran salir con vida. Creo que
estas minas acabarán por despoblar toda la provincia de La Zarza y sus
alrededores, y que dentro de poco no quedará allí ningún indio. Y dado que las
minas son ricas y valdría la pena invertir en ellas, sería completamente justo
que Su Majestad ordenase trabajarlas con esclavos negros antes de que se
extingan los indios, pues actualmente los explotan sin medida ni orden, con una
brutalidad como pocas se han visto en las Indias.
115. En ese reino hay otro tipo de
actividad económica que es aún peor y más dañina para los indios: la producción
de coca. Esta es una planta parecida al zumaque, que los indios acostumbran a
mascar mientras trabajan, caminan o realizan otras labores. Este uso es
antiquísimo, anterior incluso al dominio de los incas. La consideran muy
valiosa y nutritiva, pues dicen que, mascándola, no sienten hambre, sed ni
fatiga.
La coca se da en casi todos los valles y
llanos, y en muchas zonas de la sierra, especialmente en quebradas profundas
donde el sol reverbera mucho y el clima es cálido y húmedo, ideal para su
cultivo. Su mayor producción se concentra en las cordilleras de los Andes,
entre quebradas muy hondas y caudalosas, en tierras cálidas e inhabitables
donde nunca vivió gente. Allí, el Inca establecía plantaciones de coca y
enviaba mitimaes —llamados camayos— provenientes de tierras cálidas
para cultivarla en pequeñas cantidades, exclusivamente para el Inca y algunos
señores, pues no todos los indios tenían acceso a ella.
Después de la llegada de los españoles, al
notar la afición que los indios tenían por esta planta, comenzaron a cultivarla
en masa para comerciar con ella. Tomaron para ello chacras de los antiguos
incas, y, al acabarse esas tierras, solicitaron a los cabildos nuevos terrenos
en los montes y selvas. Han desmontado enormes extensiones para plantar coca,
lo cual ha costado y sigue costando innumerables vidas de indios. No se ha
tenido ninguna consideración por la preservación de los naturales, sino sólo
por su destrucción.
Durante el tiempo de los incas, había
pocas plantaciones y los mitimaes asignados a ellas eran originarios de zonas
cálidas, para que el cambio de clima no afectara su salud. Los españoles, en
cambio, han multiplicado las chacras sin ningún control, y para trabajar en
ellas extraen indios de zonas frías como el Cuzco, La Paz y Charcas, y los
trasladan a los Andes. Allí, muchos mueren por el cambio de clima, otros por
una enfermedad que llaman “mal de los Andes” —similar a un cáncer fulminante— y
otros de hambre y agotamiento. Así, los Andes se han convertido en un cementerio
donde se ha consumido y se sigue consumiendo gran parte de la población.
Pero hay allí un mal aún mayor: la codicia
desmedida de los españoles y la total falta de justicia. Si acaso se nombra a
alguien con autoridad, suele ser aún más ladrón que los demás. Los encomenderos
con chacras propias utilizan a sus indios; así, muchos han destruido pueblos
enteros, sin que quede un alma viva. Los que no tienen encomiendas contratan
cuadrillas de indios por periodos de tiempo determinados —lo que llaman mita—
para cosechar, encestar y trabajar la coca. Los indios llevan su propia comida
para el tiempo que dura la mita, pero si no llegan los relevos a tiempo, los
patrones los retienen hasta que mueren por agotamiento y falta de alimento.
También quienes administran las chacras
reales en nombre de Su Majestad cometen abusos: una vez que los indios terminan
su mita oficial, los retienen para que desmonten nuevas chacras privadas para
los mayordomos, lo que causa aún más muertes por trabajo excesivo, hambre y el
clima.
Frente a estos excesos, algunos
gobernantes han considerado eliminar el cultivo de coca. Porque, investigado a
fondo, no tiene valor nutritivo alguno: sólo produce un sabor amargo y mantiene
la boca húmeda, sin aportar sustancia real. Sin embargo, por el apego que los
indios le tienen y porque este comercio es una de las principales fuentes de
ganancia —el medio por el que se extrae la plata de manos indígenas—, nadie se
atreve a prohibirla del todo. Aun así, sería completamente justo y sensato
prohibir el cultivo de nuevas chacras y restringirse únicamente a las que
existían en tiempos del Inca. Ya que la coca no tiene valor alimenticio real,
bastaría con esa cantidad para mantener la actividad sin seguir destruyendo
vidas.
116. Además, es cosa muy necesaria que se
provea un juez cristiano y fiel que resida en los Andes durante los tiempos en
que los indios acuden al beneficio de la coca, para que se les haga justicia y
no se permitan los agravios y abusos que allí se cometen, y que se hagan
cumplir las ordenanzas que ya están establecidas sobre dicho comercio de la
coca. A este juez se le debería otorgar un salario adecuado, pues no tendría
otro modo de aprovechamiento. Sería acertado que dicho juez fuese nombrado
desde acá, porque es necesario escoger una persona de tanta cristiandad y
confianza como si se tratara del más importante oficio de allá; y por lo
general, ese cargo se otorga a alguien solo para que se aproveche de él,
prestando más atención a la persona que al oficio.
A ese juez se le deben entregar todas las
tasas fijadas para la coca, para que nadie las exceda ni se permitan
conmutaciones de otros servicios o tributos en el beneficio de dicha planta.
Tampoco debe permitir que ningún indio esté más de veinticuatro días en la
mita. Asimismo, según lo que considere conveniente, podrá añadir ordenanzas que
le parezcan necesarias, con la debida autoridad de la Audiencia Real. De esta
manera cesarían muchos daños y perjuicios que hoy sufren los indios en esos
Andes, donde hay gran necesidad de remedio.
117. En cuanto al servicio de los indios,
es preciso corregir otro gran desorden. Cuando se abolió el servicio personal
por provisión de Su Majestad, los encomenderos lo sintieron tan amargamente
que, para mitigar en parte su descontento, la Audiencia dispuso un medio por el
cual se permitió que dichos encomenderos pudieran servirse de algunos indios
para tareas domésticas como traer leña, hierba, agua, carbón y otros servicios.
Para ello, se estableció una tasa tan baja que apenas sirve como pretexto de pago.
Además, pretendieron los encomenderos que
este pago se hiciera en productos que ya estaban obligados a dar en las tasas,
alegando que así se compensaban los servicios; lo hacían porque no necesitaban
tales productos o sabían que los indios no los tenían ni podían
proporcionarlos. Así estaban las cosas cuando se levantó Francisco Hernández.
En efecto, por esta autorización, los
encomenderos se apropiaron del servicio de sus indios de forma tan extensa y
prolongada, aprovechando lo barato del arreglo, que hasta hoy gozan de él en
gran exceso y con grave perjuicio para los naturales. De ahí se deriva un daño
aún mayor: algunos, al tener más indios de los que necesitan para el servicio
doméstico —pues los tomaron con ese pretexto—, los envían a los Andes para
trabajar en el beneficio de la coca, que es un servicio mucho más perjudicial.
Sin embargo, les siguen pagando solo lo que estaba tasado para el servicio
doméstico.
Incluso hay quienes no poseen coca pero,
según me han informado, toman indios para el servicio doméstico a seis tomines
semanales y luego los alquilan a otros que sí tienen coca por tres pesos a la
semana. Con estas prácticas —pues las conciencias son muy elásticas— se han
introducido muchos abusos muy perjudiciales. Por ello, sería muy conveniente
que Su Majestad ordene que cese este servicio personal encubierto, pues ya es
tiempo de razón y justicia. Si alguien desea contratar indios para que les
traigan leña, carbón u otras cosas, que se las compren —pues ellos las traen
siempre a vender— o que les paguen a dos tomines por jornal diario, además de
su comida.
118. Asimismo, en tiempos recientes se ha
debatido en ese reino sobre la perpetuidad de los indios, tema encargado por
comisarios enviados por Su Majestad, y se ha discutido si esta medida sería
conveniente y beneficiosa para aquella tierra. Por lo que he observado y
comprendido sobre la naturaleza del asunto, me ha parecido oportuno poner en
conocimiento de Vuestra Señoría lo que he concluido, pues entiendo que podría
contribuir al servicio de Su Majestad y al bien del reino.
Considero que dicha perpetuidad podría
concederse, siempre que se establezcan condiciones justas y razonables que no
perjudiquen a los naturales. De ese modo, Su Majestad obtendría algún ingreso
que podría emplear en necesidades del reino. Pero si se otorgara sin tal
moderación, no solo resultaría sumamente perjudicial para la tierra, sino
también contrario al servicio de Su Majestad.
Son muchas las razones que sustentan esta
postura, en particular la necesidad que tiene Su Majestad de ser socorrido con
alguna suma de pesos de oro, que ese reino podría proporcionar mediante esta
merced. Asimismo, parece que los indios serían mejor tratados si la perpetuidad
se diera bajo la regulación que más adelante se propone, pues los encomenderos,
al tener aseguradas sus rentas, procurarían conservarlos. En cambio,
actualmente lo único que buscan es aprovecharse del presente, explotarlos
cuanto puedan y regresar a Castilla con riquezas, sabiendo que su encomienda
tiene un fin.
Además, se les quitaría el incentivo de
volver a España y de acumular dinero con apremio y perjuicio de los indios.
También se evitaría que los repartimientos pasaran de unos amos a otros, lo
cual es gravemente dañino para los naturales, ya que cada nuevo encomendero se
comporta como si los indios nunca hubieran servido antes, exigiéndoles
nuevamente. Otro mal que se evitaría es el trato que reciben bajo la
administración de los oficiales de la Real Hacienda, que es aún peor que el de
los encomenderos, pues cobran el tributo diaria y rigurosamente, sin
indulgencia alguna, aunque el indio no pueda cumplir con la carga, mientras que
los encomenderos al menos a veces la perdonan.
Por esta causa, muchos indios que han
estado bajo la administración de Su Majestad han sido gravemente perjudicados,
ya que no tienen quien los defienda, y los cabildos les han quitado muchas
tierras para entregarlas a españoles. Al quedar sin tierras, se han despoblado
muchos pueblos. Si hubieran tenido un señor que los amparase, no les habrían
arrebatado esas tierras. Por tanto, es justo que se tome providencia al
respecto y que se les restituyan las tierras que les fueron quitadas tras el
alzamiento general de la tierra. Existen también muchas otras razones notorias
que sustentan esta restitución.
119. Las condiciones que parecerían
convenientes para conceder la perpetuidad serían las siguientes:
Primero, que se realice una visita y
tasación general de la tierra, en la cual se fije el tributo ordinario que los
indios habrán de pagar de manera perpetua, empadronando los pueblos y asignando
a cada uno y a cada indio la parte que le corresponda, de modo que el tributo
sea claro y conocido. En esa tasación, se deberán corregir los agravios que
sufren actualmente los indios, de modo que no haya más quejas ni necesidad de
nuevas revisiones.
Establecido este orden, la perpetuidad se
concedería exclusivamente sobre esa renta o tributo fijado, asignado a cada
encomendero sobre su repartimiento. De esa renta únicamente disfrutaría él y
sus hijos y descendientes, sin que tengan ningún otro poder ni facultad —ni
señorío, ni jurisdicción civil ni criminal— sobre los pueblos, los indios, sus
tierras ni haciendas. Solo podrán cobrar la renta o tributo asignado.
Y en contrapartida por esta merced, se
haría a Su Majestad el servicio ofrecido y el que pudieran dar razonablemente.
Conceder esta perpetuidad junto con jurisdicción o mayor señorío sería
profundamente perjudicial para los naturales y conllevaría su ruina total.
También derivaría en grave daño para Su Majestad.
120. Las razones por las cuales, en caso
de que Su Majestad decida conceder la mencionada perpetuidad, esta deba
otorgarse con las condiciones señaladas y no con jurisdicción ni propiedad, son
las siguientes:
Primero, porque es bien sabido por quienes
conocen aquellas tierras que la gente que las habita es tan sumisa, humilde y
miserable que, aun sin que los encomenderos tengan actualmente jurisdicción ni
perpetuidad sobre ellos, sufren grandes abusos y no se atreven a quejarse ni a
oponerse. Para que siquiera una pequeña parte de las injusticias que padecen
sea denunciada, es necesario que sientan gran protección en quienes los
gobiernan, y que los religiosos que los instruyen los animen a buscar algún
remedio ante las opresiones recibidas.
Ahora bien, si supiesen que son vasallos
perpetuos y que su encomendero posee jurisdicción plena para imponer cualquier
pena, el miedo y el sometimiento serían tales que muchos podrían morir de
desesperación, como ya sucede a diario que algunos se quitan la vida por ese
motivo, y otros se entregan a la fatalidad y mueren cuando se ven acosados y
agotados. Por su parte, los encomenderos tendrían aún más licencia para dejarse
llevar por su codicia y crear nuevas formas de explotación y abuso para
esquilmar y desollar a los indígenas, pues actualmente muchos se abstienen más
por temor que por voluntad.
Además, si los encomenderos gozaran de
señorío y propiedad sobre los pueblos e indígenas con jurisdicción, sería
sumamente difícil que se cumpliera o tuviera efecto alguna de las disposiciones
santas que Su Majestad ha dictado y dictará en adelante, destinadas a aliviar
su conciencia y garantizar el buen trato y conservación de los naturales. Ya se
ha observado, aun cuando no tienen propiedad sino una encomienda temporal, la
dureza con la que se ha manejado la situación y la dificultad que ha generado
cada una de las medidas aplicadas en aquellas tierras. Por lo tanto, es fácil
imaginar lo que ocurriría si tuvieran pleno dominio sobre dichos
repartimientos, como saben bien quienes conocen la región.
Por otra parte, sería un grave perjuicio
para el patrimonio real de Su Majestad que se produjera tal enajenación, pues
el interés que Su Majestad perdería sería mucho mayor que el servicio que en la
actualidad le prestan los encomenderos. Además, es sumamente inconveniente que,
en una tierra tan distante de la presencia real, las propiedades de los pueblos
y vasallos estén en manos particulares, pues ello les otorgaría una libertad
tal que impediría que se administre la justicia y la equidad como corresponde.
Quienes gobernaran en nombre de Su Majestad tendrían así una tarea mucho más
difícil para mantener la paz y la justicia, situación que requiere una seria
consideración, tal como se ha constatado con la experiencia de los negocios
pasados.
Estos inconvenientes no solo son
argumentos sólidos para no conceder la perpetuidad con jurisdicción en general,
sino que incluso se aplican para no otorgarla en particular, aunque sea solo en
los repartimientos que están bajo dominio directo de Su Majestad. Otorgar
jurisdicción en tales casos abriría un precedente que otros querrían seguir, lo
que daría lugar a reclamaciones similares que, con el tiempo, parecerían
justificadas.
121. Además de los inconvenientes ya
mencionados, existen muchas otras razones por las cuales no debe concederse la
perpetuidad con jurisdicción. Tales motivos son tan evidentes y han sido
expuestos por numerosas personas, que no se consideran necesarios repetir aquí.
Si la merced se otorgase por la vía
indicada anteriormente —es decir, manteniendo en Su Majestad la propiedad, el
señorío y la jurisdicción sobre los repartimientos y pueblos, y concediendo
únicamente la renta y el situado que corresponda sobre ellos—, se derivarían
las siguientes ventajas:
Primero, en aquellas tierras son muy pocas
las personas con capacidad para comprar un repartimiento completo, si este es
considerable. Tampoco sería conveniente que, disponiendo Su Majestad de algunos
repartimientos bajo su dominio, estos se entregaran a muchas personas, pues
ello causaría un grave perjuicio a los naturales. Si se limita la disposición
únicamente a la renta, este problema desaparece y surgirían muchos más
compradores para porciones pequeñas, cada uno conforme a su capacidad, lo cual
aumentaría considerablemente el precio.
Además, en numerosos repartimientos, tanto
los ya encomendados como aquellos bajo dominio directo de Su Majestad, existen
tierras y términos disponibles donde, en un futuro, podrían fundarse pueblos
españoles, ya que muchas de esas tierras están despobladas de indígenas. Si alguien
que no sea Su Majestad llegara a ser señor de esos nuevos pueblos, resultaría
muy inconveniente para la tranquilidad de la región, especialmente si se trata
de vasallos españoles; y aún más, no conviene que otros tengan bajo su dominio
a los indígenas.
Concediendo la merced con las condiciones
mencionadas, los encomenderos obtienen tanto o incluso más beneficio que si se
les otorgara con jurisdicción, y muchos lo entienden así, pues no pretenden más
que dejar a sus descendientes una renta que los sostenga, y no vanidades que
les hagan perderla. Por su parte, Su Majestad obtiene el beneficio esperado:
recibir una suma adecuada para suplir sus necesidades, manteniendo la soberanía
total sobre aquellas tierras, sin perder señorío ni propiedad alguna, ni ver disminuida
la renta.
Lo más importante es que, al quedar la
propiedad de toda aquella tierra en Su Majestad, se facilitará sobremanera la
implantación de nuestra santa fe católica, así como la enseñanza y doctrina a
los naturales con mayor comodidad. Los ministros y religiosos podrán actuar con
más libertad, sin las grandes resistencias y dificultades que surgirían si la
perpetuidad se otorgara con jurisdicción. De hecho, aún sin jurisdicción plena,
ya se experimentan conflictos, porque cuando el religioso o sacerdote encargado
de la doctrina no colabora con el encomendero o no tolera sus abusos hacia los
indígenas, este último procura expulsarlo del repartimiento, y en la mayoría de
los casos lo logra por su propia autoridad.
122. Asimismo, se ha discutido la
posibilidad de que los caciques y señores indígenas sirvan a Su Majestad con
alguna contribución económica, para evitar que las tierras se enajenen de la
corona real. En este asunto han intervenido algunos religiosos del reino, y
creo que Su Majestad ya ha recibido informes al respecto. Sin embargo, esta
propuesta carece de fundamento sólido.
Como se mencionó anteriormente, una de las
mayores cargas y vejaciones que sufren los naturales de estas provincias
proviene precisamente de sus propios caciques. Por ello, es crucial que en
ningún caso se permita que estos caciques tengan voz ni poder para introducir
medidas que, bajo pretexto de aumentar los servicios a Su Majestad, terminen
incrementando los abusos contra los indígenas.
Aunque aún no se haya tomado decisión
alguna al respecto, ya se ha observado que, amparándose en ciertas reuniones de
caciques convocadas por Fray Domingo de Santo Tomás, algunos empezaron a
imponer nuevos tributos y servicios a sus comunidades, justificándolos como
parte de la contribución para la perpetuidad. Alegan que, dado que no se
concede la perpetuidad a los españoles, esta medida evitaría que los indígenas
quedaran en condición de esclavos. Sin embargo, muchos indígenas se han quejado
de que los tributos que actualmente pagan ya son difíciles de soportar, tanto
en esfuerzo como en vejación, y que no podrían afrontar ninguna carga
adicional.
Aunque algunos caciques son señores
poderosos con grandes caudales en haciendas, oro y plata, o que fácilmente
podrían obtener riqueza de guacas y enterramientos que conocen, su falta de
virtud y honestidad los lleva a no aportar nada de sus propios recursos.
Siempre trasladan la carga económica a los pobres indios, quedándose ellos con
una parte de lo que se recauda.
Por tanto, respecto a este punto sobre los
posibles tributos que se podrían obtener de los indígenas para la perpetuidad,
no se espera ningún beneficio real ni aumento de ingresos, a menos que se
reduzcan las cantidades que actualmente pagan por los tributos ya establecidos.
Aunque quienes han tratado este asunto muestran buen celo y buscan el bienestar
de los naturales, no parece que sus pretensiones produzcan algún resultado
favorable; por el contrario, podrían causar más perjuicios.
Compilado y hecho por Lorenzo Basurto
Rodríguez
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