Relación del origen, descendencia, política y gobierno de los Incas por el licenciado Fernando de Santillán

 Excelentísimo Señor:

Aquel varón insigne y verdaderamente amicísimo, Platón, sostiene que no hay en la tierra claridad mayor ni cosa de más valor que aquel impulso que lleva a los hombres virtuosos a amar y desear el engrandecimiento de la república y patria donde han nacido y sido criados. Y esto parece ser muy cierto, como lo demuestran los innumerables ejemplos que nos ofrecen las antiguas historias, en las cuales se narra cómo muchos hombres antepusieron el bien de su república al suyo propio, renunciando no solo a la gloria y recompensa que por sus hechos les correspondía, sino incluso a sus propias vidas, ofreciéndose con voluntad firme a diversos tormentos.

Tal decisión no fue sin razón, pues la propia naturaleza inclina y obliga a los hombres a agradecer todo lo que reciben de su república: en ella nacen, son alimentados, instruidos en buenas disciplinas y, gracias a ello, acrecentados en bienes y dignidades. Por ello, quienes se distinguieron en este amor y gratitud merecieron nombres ilustres y memoria loable; en cambio, aquellos que despreciaron tal deber son dignos de severa reprensión y escarnio.

Y si es justo alabar los grandes hechos de quienes buscaron aumentar y engrandecer sus repúblicas, y reprochar a quienes descuidaron esa responsabilidad, ¡cuánto más ha de considerarse cruel y carente de toda virtud y caridad aquel que, viendo su república caída y necesitada, no se esfuerza en levantarla!

Deseando yo no incurrir en tal vituperio ni en justa reprensión, y queriendo —dentro de mi limitado ingenio y talento— seguir el ejemplo de quienes se distinguieron en esta virtud, no puedo sino afligirme profundamente ante la grave decadencia y extrema necesidad en que se encuentra la república de ese nuevo mundo y reino tan afamado del Perú. A ese reino he servido a Su Majestad y de él he recibido sustento; he contribuido a su edificación y consolidación, conforme al recto gobierno que Su Majestad allí mandó establecer. Por ello me siento obligado a padecer su ruina como si fuera la de mi propia patria y naturaleza.

Tal es su miseria, por estar tan distante de la fuente de donde podría venir el remedio a sus males, que bien podría aplicársele lo que dijo Isaías:

«¿Cómo se ha convertido en ramera la ciudad fiel, llena de juicio? La justicia habitaba en ella, pero ahora hay asesinos. Tu plata se ha vuelto escoria, tu vino está mezclado con agua. Tus príncipes son rebeldes, compañeros de ladrones: todos aman el soborno y van tras recompensas. No hacen justicia al huérfano, ni llega a ellos la causa de la viuda».

Y también puede lamentarse con Jeremías:

«Nuestra heredad ha pasado a extraños, nuestras casas a forasteros. Somos huérfanos sin padre, nuestras madres son como viudas. El agua la bebemos por dinero, la leña la compramos. Con el yugo al cuello somos perseguidos, y no se da descanso a los fatigados. Los siervos dominan sobre nosotros, y no hay quien nos libre de su mano».

Porque aquellos que deberían haber sido espejo de vida virtuosa, ejemplo de corrección para los soberbios y poderosos, y consuelo y amparo de los pobres y oprimidos, han obrado todo lo contrario. Tanto es así, que con justa razón puede quejarse esa república diciendo con Job:

«Torcieron el camino de los pobres y oprimieron también a los mansos de la tierra. Siegan campos ajenos y vendimian viñas que arrebataron por la fuerza. Oprimieron a los huérfanos y despojaron a los pobres. Entre sus montones trabajan al mediodía los sedientos que pisan los lagares. Hicieron gemir a los hombres de las ciudades y el alma de los heridos clamó».

Todas las veces que la compasión por tantas miserias y calamidades me mueve a desear y procurar su remedio, halla descanso mi ánimo al considerar que Vuestra Señoría Ilustrísima representa la autoridad y poder de Su Majestad para remediarlas. En aquellas tierras y en estas se tiene la confianza —bien fundada en su gran bondad y cristiana piedad— de que así lo hará.

Siempre me ha parecido que el remedio radicaba en poner estas necesidades en conocimiento y acatamiento de Vuestra Señoría, y cuán cierta es esta esperanza se confirma en que, con tanta prontitud y diligencia, Vuestra Señoría, en nombre de Su Majestad, ha aplicado el más acertado y eficaz remedio que se podía esperar.

Y como para que Vuestra Señoría pueda disponer con firmeza lo que conviene en muchos asuntos, es necesario que los conozca a fondo, he determinado dar cuenta de ellos en esta relación, en respuesta a ciertos capítulos sobre los cuales Su Majestad, por Real Cédula, ordenó a la Real Audiencia de la Ciudad de los Reyes que le informase y enviase su parecer. A mi juicio, dichos capítulos comprenden todo cuanto conviene entender para que el gobierno de esa tierra logre estabilidad.

Responderé, pues, a cada uno de ellos según la medida de mis fuerzas, confiado en el generoso ánimo de Vuestra Señoría Ilustrísima, por el cual este pequeño servicio será admitido y favorecido.

De Vuestra Señoría Ilustrísima, menor siervo, que besa sus manos ilustrísimas,
El licenciado Fernando de Santillán. (Autógrafo)
 

RELACIÓN:

En el primer capítulo de la real cédula de Su Majestad se solicita información sobre los señores que gobernaban a los indios de aquellas provincias en tiempos de su infidelidad. Para entender mejor lo que Su Majestad manda informar, es necesario conocer el origen de estos señores y con qué títulos y forma ejercieron su señorío en esa tierra.

La única fuente disponible sobre este asunto son las relaciones tomadas de indios ancianos, recopiladas por personas que conocen su lengua, han convivido con ellos y poseen experiencia entre los naturales. A estos se presume veraces. Tal es, pues, la autoridad de la que puede valerse esta relación y las demás que versan sobre el asunto, tratándose de hechos muy antiguos, y considerando que estos pueblos no tienen escritura ni caracteres, y que son diversos en sus costumbres y relatos, los cuales a veces difieren entre sí.

La memoria que conservan sobre lo antiguo se transmite principalmente a través de cantares que relatan hechos pasados, aprendidos de generación en generación. También se apoyan en sus quipus, que son cuerdas de lana de diversos colores, donde, por medio de nudos y su disposición, registran y recuerdan lo que quieren conservar en la memoria.

El origen de los señores Ingas (Incas), que gobernaron y conquistaron las provincias del Perú, dejando de lado ciertas ficciones e invenciones que algunos indios refieren —como la historia de los tres hermanos que salieron de una cueva en la provincia de Pacaritambo—, lo que parece más verosímil y razonable es que los primeros Incas fueron naturales de dicho Pacaritambo, situado a unas siete leguas del Cusco, lugar al que también los indios llaman Cajatambo, que en nuestra lengua significa “principio”. Esto parece confirmarse porque la lengua que hablaban los Incas —el quechua—, y que hicieron común en toda la tierra conquistada, es precisamente la lengua propia de los naturales de Pacaritambo, de donde afirman haber procedido.

Uno de estos Incas se trasladó a vivir al valle donde hoy está fundada la ciudad del Cusco, en un antiguo poblado que ocupaba parte de lo que hoy es dicha ciudad y que se llamaba Cayaucache (nombre que ha quedado incorporado en el Cusco actual). Allí convivió algún tiempo con los naturales del valle, hasta que sus descendientes se multiplicaron, siendo estos de mejor disposición, naturaleza más hábil y ánimo valeroso. Con el tiempo llegaron a dominar el mencionado poblado de Cayaucache y, desde allí, nació el Cusco. Los Incas fueron expandiendo su señorío y embelleciendo la ciudad con orden y buen gobierno.

Los soberanos Incas centraban todos sus esfuerzos en hacer creer a sus súbditos y a los pueblos que querían conquistar que no eran simples hombres, sino seres superiores, con conocimiento de cosas sobrenaturales, que hablaban con el Hacedor de todo lo creado, y que tenían mayor comunicación con Él que el resto de los mortales. Decían ser hijos del Sol.

Sustentaban esta creencia bajo una estructura religiosa, en la cual fundamentaban la fuerza de su imperio en la estricta observancia del culto y veneración a sus divinidades. Imponían gran rigor en los sacrificios y ceremonias, con lo cual no solo conseguían obediencia de los conquistados, sino que estos los adoraban en vida y aun después de muertos.

Y como los pueblos que sometían eran de entendimiento limitado y de espíritu sencillo, todo aquello les cuadraba bien, y lo tenían —y aún lo tienen— tan arraigado en su juicio, que no sé cuán pronto se les podrá hacer comprender el engaño que encierra.

3. Los señores que, según la memoria existente, parecen haber sido descendientes de los incas son los siguientes: Pachacútec, Viracocha, Yupanqui o Cápac Yupanqui, Inca Yupanqui, Túpac Inca Yupanqui, Huayna Cápac, Huáscar Inca y Atahualpa. Y, hasta donde se puede entender, comenzaron a ejercer su señorío hace poco más de doscientos años. Se cree que estos fueron los señores porque, al conquistar una provincia o valle, los naturales les edificaban una casa, les asignaban tierras de cultivo (chácaras) e indígenas para trabajarlas, y les entregaban mujeres como señal de vasallaje y sujeción. Aún hoy son conocidas las casas y chacras que fueron construidas y otorgadas a cada uno de esos señores, y por ello se sabe cuántos hubo y quiénes fueron.

4. Antes de que comenzaran a gobernar, no existía tal orden ni organización política; más bien, cada valle o provincia tenía su propio curaca o señor principal, y este a su vez tenía a otros mandones subordinados. Cada uno de estos valles vivía en guerra con sus vecinos, por lo que no había comercio ni comunicación entre ellos. Cada valle tenía además una lengua distinta. Se hacían la guerra unos a otros, y era costumbre que el vencedor obligara a los vencidos a sembrarle maíz, coca y ají, y a entregarle ovejas y otros bienes en señal de sometimiento. De esta manera, algunos curacas lograron someter ciertos valles y provincias de forma aislada, como fue el caso del señor del valle que hoy se conoce como Trujillo, llamado Chimo Cápac, quien dominó gran parte de las Yungas; y otro llamado Hasto Cápac, que gobernó algunas provincias vecinas en la región de los Chocorvos. Pero estas conquistas fueron locales y particulares. Nunca antes se había logrado un dominio general ni una reducción de toda la tierra a modo de reino o imperio, hasta que comenzaron a reinar los incas. Su señorío y gobierno fue el más amplio, político y ordenado que se haya conocido en esa tierra, y aun fuera de ella. Para pueblos más capaces, en muchos aspectos su forma de gobernar fue tan buena que merece ser alabada e incluso imitada.

5. El primer señor de los incas del que se tiene noticia como conquistador se llamó Cápac Yupanqui. Este sometió territorios desde el Cusco hasta Pisco, tanto por los llanos como por la sierra, hasta llegar a los Lucanas. Desde allí regresó al Cusco, dejando bajo su dominio a toda la tierra conquistada, que continuó sirviéndole.

El segundo en conquistar y gobernar fue Túpac Inca Yupanqui, hijo de Cápac Yupanqui o de Inca Yupanqui. Este príncipe sometió a los Chachapoyas y gobernó dichas tierras hasta su muerte, del mismo modo que lo hiciera su padre. Túpac Inca Yupanqui envió capitanes y tropas hacia las provincias de Chile, logrando conquistar hasta el río Cachapoal. Sin embargo, regresaron al encontrarse con una provincia llamada de los Pormacaes, cuyo pueblo era considerado poco laborioso y de escasa capacidad, por lo que fue dejado de lado como territorio sin provecho. Durante esta expedición se descubrieron muchos yacimientos mineros, de los cuales se extrajo gran cantidad de oro. Asimismo, se construyeron caminos, se abrieron acequias y se instauró buena parte del orden y organización que aún hoy se observa entre los indígenas de Chile.

A Túpac Inca Yupanqui le sucedió su hijo Huayna Cápac, quien completó la conquista de aquellas regiones hasta llegar a Quito y sus alrededores, donde finalmente murió. Su fallecimiento provocó una crisis sucesoria entre sus partidarios: en el Cusco fue proclamado como soberano Huáscar, hijo del mismo Huayna Cápac, mientras que en Quito se alzó Atahualpa. Entre ambos bandos estallaron guerras y enfrentamientos entre sus respectivos capitanes. Fue en medio de esta división que los españoles, encabezados por Francisco Pizarro, ingresaron al territorio incaico.

El método de conquista empleado por los incas consistía en que, al llegar a una provincia, enviaban emisarios al curaca o señor local para comunicarle que su intención era mantener el orden, impartir justicia y proteger a los pueblos contra cualquier agresor. Se les decía que el inca era hijo del Sol y que venía a otorgarles favores. Si aceptaban su autoridad, recibían presentes como vasos de oro y vestimentas del Cusco, y como símbolo de su obediencia se les ordenaba edificar una casa para el curaca junto a la que se construía para el propio inca. Por el contrario, si se resistían, eran sometidos con rigor y crueldad, obligándolos a rendirse y a tributar con los bienes mencionados.

Una vez que Túpac Inca Yupanqui concluyó la conquista de la mayor parte del reino y regresó al Cusco, convocó a todos los señores del territorio, con quienes celebró fiestas, para luego iniciar una reorganización general del gobierno. Lo primero que hizo fue dividir todo su dominio en cuatro grandes regiones o suyos:

El primero fue el Chinchaysuyo, que se extendía desde Vilcaconga, por los llanos, hasta Quito.

El segundo, el Collasuyo, desde Urcos hasta la región de los Charcas.

El tercero, el Antisuyo, desde Avisca por toda la zona despoblada de la cordillera de los Andes.

El cuarto, el Contisuyo, que abarcaba desde el Cusco hasta Arequipa e incluía toda la sierra del lado occidental.

Cada región fue claramente delimitada y se asignó a su gobierno un Cápac (término que significa “señor” o “rey”), encargado de los asuntos políticos y administrativos de su jurisdicción. Todos los asuntos de su región debían pasar por él, y luego este informaba al inca para que se resolviera en consulta. Esta misma organización se mantuvo durante el gobierno de Huayna Cápac, y los funcionarios encargados de estos suyos llevaban nombres como Cápac Achachic, Cápac Larico, Cápac Yochi y Cápac Gualcaya.

Además de los cuatro Cápac, el inca contaba con un secretario, quien debía informarse previamente sobre cualquier asunto antes de que este llegara al conocimiento del soberano. Posteriormente, lo exponía al inca y a cada Cápac en su respectiva región. Una vez que el inca y el Cápac trataban el asunto, el secretario comunicaba la decisión a las partes implicadas en presencia de ambos. En tiempos de este inca, el secretario se llamó Aquí Túpac Inca.

Asimismo, el Inca hizo otra división de su reino para llevar mejor control. De cada cuarenta mil vecinos formó una guaman, que quiere decir provincia, y en cada una colocó un gobernador residente al que llamaban Tocricoc, es decir, “el que lo mira todo”. Además, dividió cada valle o provincia en dos parcialidades: una llamada hanan (arriba) y otra hurin (abajo), distribuyendo equitativamente a la población entre ambas.

Para tener aún mayor conocimiento del pueblo, estableció otra división: asignó a cada cien indios un jefe, al que llamaban curaca de pachaca, es decir, “señor de cien”. Entre cada diez curacas elegía al más capaz y valeroso para que los gobernara a ellos y a su gente, y este recibía el título de curaca de guaranga, o sea, “señor de mil indios”. Cada curaca de pachaca nombraba un asistente que lo reemplazara en su ausencia. Y para la administración general de un valle que contenía varias guarangas, se nombraba un jefe superior llamado Huño, quien gobernaba sobre los curacas de pachaca y guaranga, y todos le obedecían como a su señor.

En lo referente al tributo y al cumplimiento de las órdenes reales, estaba por encima de todos el Tocricoc. Así, cada indio obedecía al curaca de pachaca, este al de guaranga, el de guaranga al Huño, y todos al Tocricoc. Este último tenía también la tarea de seleccionar a las personas de cada provincia que el Inca requería para la guerra, así como a las mujeres que se ofrecían en tributo al Inca y al Sol. Algunas de estas mujeres eran repartidas entre los curacas, otras entre los atunlunas (gente del común), y algunas quedaban para él mismo, con permiso del Inca.

El Tocricoc también distribuía las tierras de cada valle entre los curacas e indios, excepto las tierras destinadas al Inca y al Sol, indicando cada año a cada uno dónde sembrar sus chacras para su sustento, las cuales eran rotadas anualmente. A los curacas se les asignaban tierras que los indios debían sembrarles. Además, el Tocricoc conocía y resolvía todos los casos relacionados con el Inca: si alguna mujer del Sol, del Inca o de los huacas hacía algún hechizo contra él, si se hablaba mal de su persona, si algún indio huía de donde había sido asignado, si había negligencias en los tambos o entre los chasquis, todo esto era de su competencia. Si el asunto era leve, él mismo lo castigaba; si era grave, lo remitía al Inca, quien mandaba comparecer a los implicados. En otros asuntos, los curacas de pachaca y guaranga también administraban justicia, incluso con penas de muerte, aunque muchas veces consultaban con el Tocricoc.

Para conocer con mayor detalle la población bajo su dominio y organizar el trabajo y los tributos, el Inca mandó contar a todos los indios, niños y adultos, dividiéndolos en doce edades:

Puñucloco: los mayores de 60 años, considerados inútiles para el trabajo y llamados así por “solo sirven para dormir”. Estos no tributaban ni servían; el Inca mandaba mantenerlos con bienes del Estado, y eran tenidos por consejeros sabios.

Chaupiloco: de 50 a 60 años, también exentos de tributo; se ocupaban solo de cuidar chácaras de coca, ají y otras legumbres.

Pouc: de 25 a 50 años, eran los que trabajaban en todo. De ellos se reclutaba para la guerra, pagaban tributos, transportaban productos al Cusco y cultivaban las tierras del Inca y de los curacas.

Imanguayna: desde los 20 años. No tributaban, pero ayudaban a sus parientes en labores pesadas.

Cocapalla: de 16 a 20 años, con funciones similares a los anteriores y encargados de recoger la coca del Inca y de los curacas.

Pucllagamara: de 8 a 16 años.

Tatanrezi: un poco mayores de 8 años.

Machapori: menores de 6 años.

La décima edad (nombre omitido): menores de 4 años.

Sayoguamarac: menores de 2 años.

Moxocapari: recién nacidos.

Los curacas de pachaca estaban encargados de cuidar a todos los individuos de su grupo, que consistía en cien indios casados de entre 25 y 50 años con sus esposas e hijos, es decir, los tributarios, además de los demás habitantes según su edad. El Inca les daba la responsabilidad de criar, alimentar y llevar registro de nacimientos y muertes, pues se preciaba de saber con exactitud cuántas almas vivían bajo su dominio, cuántos pertenecían a cada edad, y cómo crecía la población.

Cuando la población aumentaba y más personas entraban en edad de tributar, se nombraban nuevos curacas, pues ningún curaca debía tener más de cien tributarios, salvo por merced especial del Inca, quien podía conceder indios adicionales como yanaconas (sirvientes personales), los cuales no tributaban, sino que servían directamente a quien recibía el favor.

Los indios de la tercera edad (los atunlunas o aucapuric) tributaban según su oficio y conforme a lo que se les asignaba.

No parece que los incas tuvieran leyes escritas o fijadas para cada situación, sino que ponían gran énfasis en que todos cumplieran con el orden establecido. Quienes ocupaban cargos debían cumplirlos diligentemente, y nadie debía estar ocioso. De hecho, la ociosidad era el vicio más duramente castigado, mientras que el mayor honor era ser buen trabajador y labrador, lo cual era muy estimado entre ellos.

13. Las penas para quienes infringían las disposiciones que el Inca había establecido para el gobierno, así como para quienes cometían cualquier delito, parecen haber sido en gran parte arbitrarias. Existían horcas y diversos tipos de castigos, aplicados con excesiva severidad en algunos casos y con indulgencia en otros. El que tenía acceso carnal con una mujer del Inca o del Sol era condenado a muerte, al igual que el holgazán, el que huía con la carga o la abandonaba, el que escapaba de un pueblo a otro, o aquel que desobedecía al curaca. Sin embargo, los curacas podían dispensar estas penas cuando lo consideraban oportuno. En general, los vicios eran castigados con rigor, y el pueblo se mantenía bien sujeto y obediente. Aunque en algunas penas se cometían excesos, todo ello redundaba en un buen gobierno y policía, lo que contribuía al crecimiento del reino.

14. Para asegurar que todo lo anteriormente dispuesto se cumpliera y que cada quien velase por obedecer las órdenes del Inca, este enviaba anualmente visitadores a recorrer toda la tierra. Su misión era informarse de los excesos cometidos por los habitantes y verificar si los delitos eran castigados con el debido rigor, como lo hacía el Tocricoc. Informaban al Inca con absoluta fidelidad y sin aceptar soborno alguno, pues si este se enteraba de que alguien había dado o recibido soborno, ambos eran condenados a muerte.

15. El Inca enviaba también numerosos visitadores con distintos encargos, según el nombre que se les asignaba. Algunos eran enviados a contar a la población por edades y calcular el crecimiento demográfico; a estos se les llamaba Runaypachacac, que significa “el que iguala”, pues su labor consistía en ajustar las pachacas y guarangas conforme a la población multiplicada. Otros eran enviados a verificar el reparto de tributos y el cumplimiento de las disposiciones dadas al respecto. Algunos eran enviados para castigar delitos específicos; a estos se les llamaba Taripasac, es decir, “el que declara”, y su tarea consistía en investigar lo denunciado con gran astucia y recursos para llegar a la verdad, sobre todo si el caso afectaba al Inca o a sus mujeres, o a las del Sol. Si no lograban esclarecer el caso, el último recurso era consultar a las huacas y realizar sacrificios para obtener una revelación. Otros visitadores se encargaban del reparto de mujeres y de la inspección de las mamaconas y de las mujeres del Inca y del Sol, para verificar su comportamiento. Si se encontraba alguna falta, se imponían castigos muy severos, llegando incluso a darles muertes crueles, como cortarles los miembros en vida y otras penas semejantes.

16. Asimismo, una vez concluida la conquista, el Inca hizo, entre otras cosas, un registro del ganado encontrado en toda la tierra. De este, destinó una parte para el culto al Sol y otra para ciertas huacas y para sí mismo. El resto lo distribuyó entre los caciques, favoreciendo especialmente a quienes lo acompañaron en la conquista, otorgando a algunos mil cabezas de ganado, a otros quinientas, y así sucesivamente hasta llegar a diez. A cada indio le dio dos cabezas para que las criase. El ganado sobrante lo reservó para sí, y lo repartió en las provincias con mejores pastos, donde se le daba el debido cuidado y se velaba por su reproducción.

17. En cuanto al matrimonio, cuando llegaba el visitador a cada pueblo, se reunía en la plaza a todos los hombres solteros, ordenados por edad, y a las mujeres solteras en otro grupo. Desde allí se procedía a emparejarlos, comenzando por los caciques y luego por los demás, según su jerarquía. Cada persona aceptaba la pareja asignada sin ofrecer resistencia, y no podía tener otra pareja ni ella conocer a otro, bajo pena de muerte, salvo en el caso de los principales caciques, quienes podían tener varias esposas con licencia del Inca. Tras la llegada de los españoles, esta costumbre se vio pervertida por el ejemplo que ellos dieron. Cuando moría un cacique, era costumbre que su hermano heredara sus mujeres, y el hijo las del padre, teniendo acceso carnal con ellas.

18. En cuanto a la sucesión de los Incas o reyes, el hijo sucedía al padre, pero no siempre recaía en el mayor, sino en aquel que el Inca más estimaba y deseaba dejar como heredero. En vida le entregaba la borla, insignia de los reyes, y con ello quedaba elegido para gobernar tras la muerte del padre. Así fue elegido Huayna Cápac en vida de Túpac Inca, y Huáscar en vida de Huayna Cápac, cuando este partió a conquistar Pasto y le hizo entregar la borla. Siempre elegía el Inca entre sus hijos al que consideraba más apto o al que era fruto de alguna hermana suya o mujer de su linaje.

Cuando moría el Inca, sus hijos, junto con los orejones (nobles) y otras personas principales, elegían a uno de sus hermanos para sucederlo. Le colocaban la borla real y lo proclamaban nuevo soberano, como ocurrió con Manco Inca tras la muerte de Huáscar. De manera similar, cuando falleció Sayri Túpac, los orejones que vivían más allá de la cordillera eligieron a su hermano Amaro Inca y lo reconocieron como señor conforme a sus leyes y costumbres.

19. La sucesión entre los señores y curacas no seguía el mismo modelo que el de los incas. Cuando moría el señor de una pachaca, se elegía como sucesor a la persona más capaz y virtuosa de esa misma pachaca, sin importar si era hijo o hermano del difunto. Esta persona debía destacar por su carácter recto, a quien llamaban ochamanchay, es decir, temeroso de pecar. La elección recaía en el señor principal del valle o provincia.

En el caso de los señores de una guaranga, el mando pasaba a uno de los nueve curacas subordinados, el más apto para gobernar, también elegido por el señor principal del valle. Y si este moría, el Inca nombraba sucesor a quien le parecía más adecuado, considerando su habilidad para gobernar y los servicios prestados, siempre que perteneciera a la nobleza del valle.

Los señores se preocupaban mucho porque sus sucesores fueran personas capaces de mantener el orden y el prestigio del señorío. Por ello, en vida elegían entre los principales de su provincia a quien consideraban más hábil y virtuoso, lo presentaban al Inca e informaban sobre su linaje y cualidades. El Inca confirmaba la elección. De igual forma procedían los señores de guaranga y pachaca, y así ya se sabía con antelación quién sucedería a cada uno. Una vez fallecido el antecesor, el sucesor acudía al Inca para ser confirmado y recibía el dúo (asiento de los señores), junto con vestimentas, vasos y otros objetos que simbolizaban su nueva autoridad.

20. Existen también versiones distintas sobre la sucesión, según las cuales los curacas y señores principales eran sucedidos por sus hermanos, siempre el más apto, aun si dejaban hijos. Tras la muerte del hermano, el señorío pasaba a los hijos del primer hermano difunto, y luego a los hermanos de estos, en un orden establecido. Esta práctica parece confirmarse por numerosas pruebas y testimonios recogidos en la Audiencia.

Aunque, como se ha dicho, el señor elegía en vida a su sucesor, generalmente escogía a uno de sus hermanos si lo consideraba apto. Luego, el siguiente escogía a un hijo del hermano del que había heredado. Así se ha mantenido la sucesión de estos señoríos y cacicazgos. Cuando moría un señor, recomendaba su hacienda y sus hijos al sucesor.

21. Respecto a los bienes, al morir un curaca, el sucesor tomaba posesión de las chácaras, vasijas y demás pertenencias, y los conservaba como mayorazgo. Con estos recursos sostenía y proveía a la viuda e hijos del difunto. Si el fallecido era el señor principal de la provincia, el sucesor heredaba sólo el señorío, y los bienes pasaban a los hijos, si eran mayores; si no, se les asignaba un tenedor que administrara los bienes y los mantuviera. Si el sucesor pertenecía a la familia del difunto, él mismo ejercía ese rol.

La forma de testamento consistía en que, al acercarse la muerte, el señor llamaba a su pariente más cercano o al curaca sucesor, y le comunicaba su voluntad respecto a sus bienes. El otro aceptaba y cumplía fielmente sus deseos. Esta costumbre aún se mantiene, salvo cuando interviene la justicia española, algún escribano, encomendero o incluso el padre doctrinero —si no es un buen religioso—, quienes alteran el procedimiento, forzando a los indígenas a hacer testamento a la manera española. Muchas veces no comprenden lo que firman, y terminan dejando la herencia a quienes se les indica, incumpliéndose su verdadera voluntad.

22. Hoy en día, la sucesión está gravemente alterada. Algunos curacas se han vuelto tan astutos que imitan las artimañas y pleitos de los cristianos, y ya no actúan con la sencillez y rectitud que tenían bajo el gobierno de los incas. Ahora, cuando un curaca sucede a otro, se apropia de todos los bienes que puede, sin rendir cuentas a los hijos del difunto. Si estos reclaman y el asunto llega a juicio, todo se gasta en pleitos, abogados y procuradores, de modo que al final, tanto el heredero como los hijos quedan sin nada y muy bien enseñados en trampas y mentiras, como se observa a diario en la Audiencia.

Muchos de estos problemas se solucionarían si se permitiera que los propios naturales gobernasen sus repúblicas y resolvieran sus pleitos, sin intervención de letrados ni procuradores, que son una verdadera plaga para ellos. Además, el tribunal que resolviera sus apelaciones o agravios debería estar dedicado exclusivamente a estos asuntos, pues actualmente se consideran de menor importancia y rara vez se atienden adecuadamente. Por lo general, se les ordena que acudan al juez español más cercano, quien realiza una información sobre las demandas y la remite a la Audiencia.

Pero en estos procesos, cada parte prueba todo lo que puede a su favor, y la otra parte lo contrario, generando confusión. Esto no ocurriría si los casos fueran tratados por jueces indígenas, quienes podrían determinar quién dice la verdad. El que no la dijera, sabiendo que su caso sería juzgado por alguien que comprende su idioma y costumbres, no se atrevería a mentir. Sin embargo, como muchos jueces no entienden a los indígenas, algunos curacas astutos se atreven a cometer todo tipo de engaños, alentados por españoles que los incitan y enseñan cómo proceder para aprovecharse de ellos.

23. La antigua organización instaurada por los incas también se ha visto corrompida por la injerencia de los encomenderos, quienes designan curacas en sus repartimientos no conforme a los usos y costumbres tradicionales, sino a su conveniencia e intereses personales. Nombran a quienes les son afines, sin considerar si son personas capaces o legítimas. Esto ha traído múltiples perjuicios, pues los designados —al no ser verdaderos señores, sino favorecidos por los encomenderos— abusan de los pobres y los agobian en exceso, buscando así legitimarse y recompensar al encomendero que los hizo señores.

Además, como no se escoge a personas de buenas costumbres y calidades, como antes solía hacerse, sino por el contrario, a hombres viciosos y profanos, estos derrochan en excesos, y todo ello recae sobre los hombros de los pobres indios. La única enseñanza cristiana que han recibido hasta ahora consiste en hacer fiestas, gastar sin medida, poseer caballos y comportarse como señores, sin tener respeto alguno por el religioso que intenta adoctrinarlos y apartarlos de los vicios.

Para el gobierno y conservación de su gente y tierras, estos curacas carecen de autoridad, desconocen el arte de administrar y gobernar. Por ello, sería de gran provecho restituir la antigua costumbre en la sucesión de curacas, pues desde que se dejó de respetar ese orden y se impuso la voluntad de los encomenderos, la tierra ha caído en decadencia. La situación se agravó tras la desaparición de los verdaderos señores del tiempo incaico, siendo reemplazados por otros impuestos arbitrariamente.

24. Sería también muy provechoso y un gran remedio para los naturales reducir el número de curacas, de manera que no hubiese señor de menos de cien indios. Hoy en día, casi hay tantos curacas como súbditos, debido a la disminución de las pachacas y guarangas. Para los naturales, resulta una gran carga soportar a tantos jefes, cuando antes uno solo bastaba para mil.

25. En tiempos de los incas, cuando se trataba de esclarecer un delito o disputa, se llevaba al acusado ante el juez junto con todos los testigos posibles del caso. Allí mismo se determinaba su culpabilidad o inocencia de forma clara e inmediata, sin posibilidad de negar los hechos si era culpable, o de demostrar su inocencia si lo era.

Si el acusado era conocido por su mala conducta, se le aplicaba tormento. Si confesaba, se le castigaba; si no, y reincidía en otro delito, quedaba automáticamente condenado por ambos, siendo sentenciado a muerte en los casos graves como homicidio, robo o violación. Una de las principales razones por las que los indios elogiaban el gobierno del Inca —y aún algunos españoles lo reconocen— era que todo este proceso se realizaba sin costo alguno para las partes.

26. Para comprender mejor los servicios y tributos que los naturales rendían a determinadas personas o lugares, es necesario entender la religión y las prácticas de adoración que profesaban, así como los sacrificios y ofrendas que realizaban en ese contexto.

Desde tiempos muy antiguos, los indios adoraban al Sol, la Luna y la Tierra. Posteriormente incorporaron la veneración a las huacas, como se explicará más adelante. El principal objeto de culto era el Sol, al que consideraban un varón, por lo que era adorado principalmente por los hombres. A la Luna la tenían por mujer y la veneraban especialmente las mujeres. También adoraban a la Tierra —su madre—, al día y a las estrellas.

Cada uno de estos elementos recibía sacrificios específicos. El Sol, como principal divinidad, tenía dedicados valles enteros con tierras de cultivo de maíz, coca y otras legumbres, además de mujeres principales consagradas a su servicio en la Casa del Sol, donde residían también sacerdotes y personal dedicado a su culto. Todo lo que se producía era para el sustento de estas personas y para los sacrificios.

Las mujeres tejían constantemente ropas de lana y algodón de gran calidad para quemarlas en honor al Sol, y también ofrecían grandes cantidades de chicha. Se sacrificaban numerosas llamas, y ciertas provincias estaban consagradas enteramente al Sol, remitiendo sus tributos al Cusco, donde se encontraba su templo principal. Allí se hacían las ofrendas y sacrificios más solemnes. Existían muchas supersticiones sobre el Sol, como la creencia de que descendía a dormir con las mujeres consagradas a él, y que en los eclipses de Sol y Luna ambos se unían.

27. El sacrificio a la Tierra no era tan frecuente ni abundante. Cuando ocurrían enfermedades o desgracias en un lugar, se decía que la Tierra estaba enojada; entonces se derramaba chicha y se quemaba ropa para aplacarla. La Tierra era considerada protectora especial de las mujeres en el parto, y en tales ocasiones se le ofrecían sacrificios.

La principal ofrenda común a todos los objetos de adoración era la quema de ropas y llamas. Con el corazón de las llamas se rociaban las casas del Sol o de las huacas. Otras veces, se enterraban llamas vivas como ofrenda. En el Cusco y en Pachacámac, en ocasiones muy excepcionales, se ofrecían doncellas que eran enterradas vivas.

28. La adoración de las huacas, según la versión que parece más confiable, fue una práctica introducida en tiempos recientes por Túpac Inca. Se dice que el origen de esta veneración —considerarlas dioses y rendirles culto— surgió cuando, estando la madre de dicho Túpac Inca embarazada de él, el niño habló desde su vientre y dijo que el Hacedor del mundo se encontraba en los yungas, en el valle de Irma.

Mucho tiempo después, ya siendo adulto y gobernante, su madre le contó lo ocurrido. Túpac Inca decidió entonces ir en busca del Hacedor de la Tierra a ese valle de Irma, que hoy se conoce como Pachacámac. Allí permaneció varios días en oración y ayuno. Al cabo de cuarenta días, el Pachacámac —a quien llamaban el hacedor de la tierra— se le manifestó y le dijo que era afortunado por haberlo encontrado. Le explicó que él era quien daba ser a todas las cosas del mundo, y que el Sol era su hermano, encargado de dar ser a lo que estaba en lo alto.

En agradecimiento, el Inca y los que lo acompañaban ofrecieron grandes sacrificios: quemaron ropa y sacrificaron ovejas, dándole gracias por tal merced. Le preguntaron qué clase de sacrificios deseaba, y la huaca les respondió —a través de la piedra desde la cual hablaba— que tenía esposa e hijos, y que quería que en ese lugar se le edificara una casa.

Así lo hizo el Inca, construyendo allí mismo un edificio que aún permanece en pie, de gran altura y suntuosidad, al que se llama la gran huaca de Pachacámac. Se encuentra sobre un enorme montículo de tierra, aparentemente hecho por mano humana, y sobre él se alza el templo. En ese lugar, la huaca reveló al Inca su nombre: Pachacámac, que significa "el que da ser a la tierra". Desde entonces, el valle dejó de llamarse Irma y adoptó el nombre de Pachacámac.

También le dijo la huaca que tenía cuatro hijos. Ordenó que a uno se le construyera una casa en el valle de Mala (a ocho leguas de Pachacámac), a otro en Chincha (a veinticinco leguas), a otro más en Andahuaylas (cerca del Cusco), y que el cuarto hijo sería entregado a Túpac Inca, para que lo custodiara y pudiera hablar con él.

El Inca obedeció, y mandó edificar esas casas. De estas huacas comenzaron a multiplicarse muchas otras, ya que el Demonio, que les hablaba por medio de ellas, les hacía creer que las huacas se reproducían. Esto llevó a que construyeran nuevos templos y rindieran culto a nuevos dioses surgidos de esas huacas. Algunos eran adorados como hombres, otros como mujeres, y a cada uno se le atribuía un poder específico: unos para hacer llover, otros para el crecimiento de las cosechas, otros para que las mujeres quedaran embarazadas, y así sucesivamente.

Tanto se extendió esta práctica, que llegó a haber una huaca para casi cada necesidad. Por medio de estas creencias, el Demonio mantenía engañados a los naturales, lo cual constituye el mayor obstáculo para inculcarles nuestra santa fe.

Recientemente, gracias a la diligencia del licenciado Polo, se descubrió en el Cusco una gran cantidad de estas huacas que eran adoradas como dioses. Este hallazgo ha sido un buen comienzo para mostrarles el engaño y la vanidad de tales prácticas, como se podrá ver en la relación que el mencionado licenciado Polo escribió sobre el asunto, por lo que aquí no se entra en más detalles.

29. Tenían además otra forma de religión e idolatría: rendían gran veneración a los cuerpos momificados de los señores fallecidos. Los conservaban en sus casas y los atendían como si aún vivieran. No se tocaba nada de sus pertenencias, y seguían teniendo sus tierras, sirvientes, ganado y mujeres, quienes continuaban atendiéndolos, dándoles comida y chicha. Incluso los llevaban en andas a diferentes lugares.

30. Cada año el Inca organizaba una gran fiesta en honor al Sol, la más solemne y devota de todas. Se celebraba en el Cusco, y allí se llevaban todas las huacas del territorio —que eran piedras por medio de las cuales el Demonio hablaba— con todos sus objetos de culto, como vasos y utensilios de oro. Se colocaban junto al Sol y la Luna, cuyas imágenes estaban allí representadas.

También se exhibían los cuerpos de los Incas muertos, junto con sus joyas y sirvientes. Las celebraciones duraban un mes entero. Bebían, ofrecían sacrificios y ofrendas, y luego el Inca entregaba vestidos y joyas al Sol y a las huacas. Al final, cada comunidad retornaba a su tierra con su respectiva huaca.

Todas las ofrendas y frutos que se presentaban al Sol y a las huacas eran consumidos por sus sirvientes, quemados o sacrificados, excepto el oro, que se conservaba intacto en los templos. Esto fue así hasta la llegada de los españoles, quienes buscaron apoderarse de ese oro. De ahí provienen las riquezas halladas en Cajamarca, el Cusco y otros lugares.

31. Entre los diversos servicios que se ofrecían al sol y a las huacas, uno consistía en que, en ciertos momentos, los señores y sacerdotes ayunaban. Esto sucedía especialmente cuando se atravesaban tiempos de necesidad, como la espera de lluvias o durante pestes. Ayunaban durante cinco días, en los cuales se recogían con gran recogimiento: no dormían con sus mujeres, no bebían chicha, comían poco y sin ají, derramaban chicha en ofrenda al sol y a las huacas, y realizaban otros sacrificios.

El pueblo común no acudía directamente al sol ni a las huacas, pues les tenían gran temor. En caso de necesidad, se dirigían a un hechicero —de los cuales había muchos—, que se comunicaba con las huacas y hacía las veces de sacerdote. A estos les entregaban lo necesario para los sacrificios. Dicen que las huacas hablaban a través de estos hechiceros y respondían a sus preguntas sobre lo que iba a suceder. Y si no ocurría lo predicho, les decían que se había cometido alguna falta en lo que la huaca había ordenado. De este modo el Demonio los mantenía engañados, y aun hoy en día queda bastante daño por causa de ello.

32. Lo que comúnmente todos creían y aceptaban como verdad era que, al morir, los buenos regresaban al lugar de donde habían venido —que situaban debajo de la tierra—, donde vivían en descanso. Por el contrario, aquellos que morían por castigo de la justicia, o que robaban u obraban mal, al morir iban al cielo, donde creían que había fuego, y allí pagaban por sus culpas.

También creían que los muertos resucitarían con sus cuerpos y volverían a poseer lo que habían dejado. Por eso les enterraban con lo mejor que tenían, convencidos de que, así como salían de aquí, así aparecerían sus almas allá donde iban. Incluso mataban indios e indias para que fuesen a servir a los difuntos en el más allá.

33. Tenían muchas supersticiones y creían en una infinidad de agüeros, como gente de entendimiento limitado. Algunos dicen que entre ellos se practicaba la confesión y que había confesores para ello. En esto hay opiniones diversas, pues no se tiene noticia de que los propios incas se confesaran. Si hubiera sido una ley general, también ellos la habrían seguido, y tampoco era una práctica común entre el resto del pueblo.

Lo que yo he oído, y parece verosímil, es que, como tenían tantas supersticiones y señales, cuando tardaba en llover o llegaba una helada que arruinaba las chacras, alguna persona que se creía religiosa, o que sospechaba de otro, decía al curaca y a los hechiceros: “Esta india tiene hocha (pecado), y por eso no llueve”. Entonces tomaban a la persona y la llevaban ante los confesores —que eran los hechiceros—, y allí se confesaban. A veces, aunque no tuviera hocha, decía que sí por miedo. Otras veces, sin que nadie los acusara, cuando había escasez o algún mal, algunos indios —sobre todo mujeres— confesaban por temor que tenían hocha. También lo hacían aun sin que hubiese necesidad urgente, pues creían que si no se confesaban, no llovería o se helarían las sementeras. De esta forma, por medio de estas confesiones, oraciones y supersticiones, se mantenía aquella religión.

Era una religión muy observada y llena de ceremonias y sacrificios, porque eran muy dados a ellas. Especialmente los señores y los incas eran los que más se relacionaban con las huacas y las casas religiosas, y hacían creer al pueblo que estaban más cerca de los dioses que los demás y que conocían el porvenir. Con este pretexto religioso mantenían sometido al pueblo, pues era el principal fundamento de su autoridad y dominio.

Presuponiendo lo ya dicho sobre el origen de los incas, su gobierno y adoración, en respuesta al primer capítulo de la cédula anteriormente incorporada, debe saberse que, como ya se mencionó, tan pronto como el Inca conquistaba una provincia, tomaba posesión de todo lo que había en ella, y todo quedaba bajo su dominio, siendo él quien lo distribuía. Lo primero que hacía era reservar para sí tierras de cultivo —chácaras— de maíz, coca y ají; también destinaba otras al servicio del Sol, cultivadas por mitimaes, y asignaba ganado con sus respectivos cuidadores. Mandaba asimismo construir casas para sí en cada uno de los valles conquistados, como se ha dicho.

Además, tomaba para sí mujeres de entre las principales, hijas de señores, así como de sus propios hermanos y hermanas. Algunas de ellas eran destinadas al servicio del Sol, según su parecer; a estas se les llamaba Intihuarmi. Les mandaba construir una casa especial donde vivían con gran recogimiento, bajo la vigilancia de porteros. Allí se dedicaban a tejer ropa y a otros servicios religiosos. También destinaba otras mujeres a las huacas siguiendo el mismo orden.

A las que tomaba para sí, el Inca les hacía construir casas, les asignaba sirvientes y ordenaba que tejieran ropa para su uso personal y a su medida. A estas se les conocía como mamaconas. Ninguna de ellas podía casarse; el Inca las proveía de todo lo necesario con recursos provenientes de los tributos.

De entre las mujeres de menor rango, escogía a las de mejor parecer y las alojaba en otra casa construida especialmente para ellas. Estas se llamaban acllas, que significa “escogidas”. También recibían sirvientes, vivían recogidas y tejían ropa para el Inca. Algunas de ellas eran dadas como esposas a quienes el Inca deseaba premiar, generalmente a sus criados o yanaconas, aunque estos ya tuviesen otras mujeres. No se pedía consentimiento ni de las mujeres ni de sus padres; el Inca las distribuía según su voluntad, incluso a personas de otras provincias, muy distintas en clima y distancia, lo cual causaba gran agravio. Aquellas que se negaban a ir voluntariamente eran ejecutadas, pues esa era la pena por desobedecer al Inca.

Cuando se repartían esas mujeres, otras tantas eran inmediatamente ingresadas en su lugar, y desde ese momento sus padres ya no volvían a tener contacto con ellas, pues durante su reclusión nadie las veía, y después eran llevadas a otras tierras. Esta práctica constituía una de las tiranías ejercidas por los incas. No obstante, si el esposo al que habían sido entregadas moría, quedaban en libertad para casarse nuevamente sin requerir licencia del Inca, pues ya se las consideraba como dadas.

Las demás jóvenes, consideradas desechadas y llamadas huasipas, quedaban al cargo de los curacas, quienes las hacían trabajar y las casaban cuando llegaba su momento, sin que el Inca interviniera, a menos que él quisiera tomar alguna para sí. En tal caso, lo hacía saber al curaca y se le concedía licencia para hacerlo. También se entregaban algunas de estas al Tocricoc, y las demás se casaban con los hatun runas, es decir, los tributarios. Estos matrimonios se realizaban con mayor libertad: cuando un indio deseaba casarse con alguna, ofrecía un presente al padre y al curaca. Al momento de distribuirlas, se tomaba en cuenta la voluntad que previamente se conocía tanto de los padres como de las jóvenes.

36. Asimismo, el Inca tomaba para sí el número de yanaconas que le parecía de cada valle o provincia. Los escogía entre la mejor gente, preferentemente hijos de curacas, hombres fuertes y bien dispuestos. Estos yanaconas, considerados como criados del Inca, quedaban exentos de la autoridad de los curacas, quienes no tenían poder sobre ellos. Solo el gobernador del Inca podía disponer de sus servicios. Algunos eran llevados al Cusco para servir directamente al soberano, y a veces incluso eran designados como curacas en sus provincias de origen. Otros eran colocados en las casas de los señores fallecidos para mantener siempre activo el servicio, y cuando faltaban servidores, el Inca los suplía con yanaconas seleccionados por él en cada región.

También tomaba de las provincias, según su voluntad, ciertos indígenas para enviarlos como mitimaes a otras tierras, conforme al sistema que se explicará más adelante. Ninguno de estos individuos estaba sujeto a tributos ni servicios exigidos por los curacas, ya que estaban exclusivamente al servicio del Inca.

37. Como señal de reconocimiento y vasallaje, todos los hijos de los señores eran llevados ante el Inca al alcanzar la edad adecuada para presentarse y servir en lo que él mandara. Muchos de ellos llegaban a ocupar cargos como capitanes, visitadores u otras funciones dentro de la administración imperial. Los mismos señores solían pasar la mayor parte del tiempo donde se hallaba el Inca, atentos a sus órdenes y disposiciones.

38. El Inca también ordenó construir caminos reales por todo el territorio, destinados exclusivamente a su tránsito. Estos caminos, en su mayoría cercados, se dividían por tramos asignados a cada valle o provincia, que debían encargarse de su mantenimiento. A lo largo de las rutas mandó edificar tambos, que funcionaban como mesones o albergues, y ordenó que la población de cada región donde se hallaban prestara servicio en ellos. También estableció relevos de chasquis —mensajeros— cada cuarto de legua (un topo), quienes habitaban permanentemente en sus puestos para llevar los mensajes del Inca de una región a otra con gran celeridad.

39. Asimismo, ordenó la creación de depósitos en diversas provincias según su criterio. Estos almacenes debían estar provistos de alimentos, ropa, sandalias (hojotas) y todos los demás bienes necesarios para las campañas militares. Para su abastecimiento, mandó que existieran oficiales especializados en todos los oficios requeridos.

40. En cuanto al tributo y servicio al Inca, se seguía una organización específica: cada provincia debía entregar una parte de sus productos —frutos, manufacturas, etc.— según lo que allí se producía, sin exigir a los habitantes tributar con cosas que no existiesen en su tierra o que tuvieran que buscar en otra región. Solo se permitía el intercambio con provincias vecinas si era necesario para cumplir con su oficio; por ejemplo, si un tejedor de cumbi carecía de lana, podía obtenerla de otra zona a cambio de algodón o ají. Además, cada uno tributaba únicamente con aquello que producía en su oficio: los labradores cultivaban las tierras asignadas para el tributo, los pescadores daban pescado, los tejedores entregaban ropa, los fabricantes de esteras, esteras, y así sucesivamente.

41. Todos los productos tributados eran llevados al Cusco, donde residía el Inca, a menos que él ordenara que fueran depositados en otros lugares, como almacenes especiales en ciertas provincias. No existía una regla general al respecto, pues se actuaba según la voluntad del Inca. Tampoco se exigía una cantidad fija de tributo, sino únicamente lo que se producía en las tierras asignadas a tal fin. En los lugares donde no se cultivaba maíz, el Inca lo proveía de sus propias reservas. Lo mismo ocurría con la ropa: no había una cuota específica, pero como había abundancia de lana, algodón, y de mano de obra tanto masculina como femenina, se podía tributar en grandes cantidades.

42. Además, los pueblos servían al Inca con trabajo personal en la guerra, proveyéndole guerreros de cada provincia y también para otros servicios, según su voluntad. Aunque no se tributaba con oro ni plata, salvo en las regiones donde el Inca tenía minas, él enviaba a los indígenas que consideraba necesarios para que extrajeran esos metales y los usaba para fabricar vasos y otros objetos de su servicio. En las provincias donde había plateros, se le entregaban pequeñas cantidades de piezas llamadas chipanas —se decía que una guaranga (mil familias) daba solo una—. Por lo general, en las regiones con minas o cercanas a ellas, el Inca exigía un tributo de un indio por cada cien para la extracción de oro.

43. Todos los tributos y servicios que el Inca imponía y recogía se justificaban como parte del gobierno y del bienestar común. Así, lo que se almacenaba en los depósitos era luego distribuido entre los propios naturales del reino.

44. Parte del tributo también se destinaba con pretexto religioso: para el culto al sol, a las huacas y otras prácticas supersticiosas, así como para mantener las casas donde se encerraban doncellas. Todo ello se consumía en sostener el aparato religioso y estatal del Inca, excepto los objetos destinados al sacrificio, que no beneficiaban a nadie y constituían una gran cantidad. El Inca recaudaba todo esto con gran autoridad, como símbolo del vasallaje que se le debía, sin que hubiera límites a su voluntad. De lo entregado al Inca y a los diversos destinos mencionados, se llevaba una contabilidad fiel mediante los quipus. Además, también se exigía tributo y servicio para los hermanos y hermanas del Inca, quienes tenían casas y dominio propio.

45. Para facilitar y controlar mejor la recaudación de tributos, el Inca emparejaba las provincias de dos en dos. Así, si una de ellas fallaba en sus obligaciones —por ejemplo, entregando ropa de mala calidad o demorándose en los tributos—, la otra lo sabría y el señor de esa provincia podía castigar al responsable, según su criterio.

46. Cuando se entregaban los tributos, el Inca recibía personalmente a los señores encargados de llevarlos, los acogía con agrado, les ofrecía festejos y se sentaba en una explanada para ver todo lo que le traían. Solía recompensar a algunos de los suyos con parte de estos tributos, así como también a los que los llevaban. Incluso destinaba una porción a los pobres, a quienes cuidaba con especial esmero. Por ello, los indígenas lo llamaban Guachacoyac, que significa “amador de pobres”.

47. La magnitud y valor de los tributos y servicios personales que se entregaban al Inca eran tan grandes que resultaban imposibles de calcular en pesos de oro anuales, ya que no había una cantidad fija, sino que todo dependía de su voluntad.

48. Además del tributo al Inca, los súbditos también servían a sus curacas y señores locales. El curaca organizaba a sus indios para cumplir con el tributo destinado al Inca, y luego ellos lo ayudaban en el cultivo de sus tierras y en la confección de ropa. También se señala que a cada curaca se le asignaban uno o dos indios por cada pachaca (grupo de cien familias) para su servicio personal. Aparte de eso, él gestionaba el trabajo de sus vasallos en labores y oficios propios. Todos le obedecían, aunque no abusaba de ellos ni los oprimía, como sucede en la actualidad, donde ya no hay quien controle estos abusos como lo hacía el Inca. Este cuidaba tanto del curaca como del común, con justicia. Por esta razón, tampoco puede establecerse una cantidad fija para estos servicios, ya que variaban. Con esto, queda respondido lo tratado en los capítulos primero, segundo y tercero, ya que todo forma parte de un mismo tema.

49. Del cuarto capítulo se puede inferir lo que ya se mencionó anteriormente: el Inca dividió a la población de su señorío en doce grupos o edades. De estos, sólo los pertenecientes a uno de los grupos —llamados atunlunas o, en otras regiones, maceguales—, que comprendían a las personas de entre 25 y 50 años, estaban obligados a pagar tributo. Cada uno tributaba según el oficio o actividad que desempeñaba, ya fueran agricultores, artesanos o comerciantes. Las mujeres viudas de estos atunlunas, si tenían hijos en edad de trabajar, también tributaban en función de los bienes heredados de sus maridos, según algunos testimonios indígenas.

50. Estaban exentos de estos tributos únicamente los curacas, sus hermanos e hijos, así como quienes el Inca destinaba como yanaconas. Estos últimos no debían tributar dinero ni bienes, sino que su única obligación era servir directamente al Inca o a la persona a quien él los asignaba. Sin embargo, existía la costumbre de que cuando se iniciaba alguna obra o trabajo, el curaca era el primero en involucrarse para motivar al resto de la población.

51. Respecto al quinto capítulo, los tributos se pagaban anualmente al Inca. La orden era que toda la producción agrícola —maíz, papas, ajíes, otras verduras y hojas de coca— que se recolectaba en las chacras del Inca debía ser enviada al Cusco en las cantidades que sus gobernadores indicaban cada año. Lo restante se almacenaba en depósitos custodios a cargo de mitayos. La ropa fina y seleccionada se enviaba al Cusco, mientras que la ropa común se guardaba en estos depósitos y se usaba para vestir a quienes trabajaban en los servicios del Inca, convirtiéndose así en un bien común. También se tributaban objetos de plumas, según las aves criadas en cada región, y metales preciosos como oro y plata extraídos de las minas, junto con chipanas y brazaletes, que eran llevados íntegramente al Cusco. Los curacas no podían conservar ninguno de estos bienes a menos que el Inca se los autorizara expresamente. El Inca establecía cuotas de oro y plata que cada provincia debía entregar, medidas con pesas que se consideraban pequeñas. Además, cada provincia debía enviar bailarines para las ceremonias en los taquies y, en tiempos de guerra, se tributaban también numerosas armas.

52. En cuanto al sistema de repartimiento, cobro y pago de tributos, dada la división clara y organizada que el Inca había hecho de su pueblo y el orden establecido en su gobierno, era sencillo determinar las contribuciones correspondientes. Cada grupo o comunidad (pachaca o guaranga) tenía igual número de personas, por lo que los tributos asignados eran equivalentes, sin desigualdades ni engaños. Entre ellos mismos se encargaban de repartir las cargas de forma justa, evitando que alguien fuera perjudicado. En cuanto a la ropa, todos tributaban porque las confeccionaban sus mujeres; y en los demás bienes, cada uno contribuía según su oficio. Según se dice, el Inca siempre fijaba el tributo proporcionalmente al número de habitantes en cada provincia para que los aportes fueran equilibrados. Así, a cada indígena le correspondía entregar anualmente una prenda de ropa, así como otros tributos según su ocupación.

53. De no mantenerse en la actualidad esta ordenanza, se genera la confusión y los agravios que sufren los naturales en la distribución y cobro de tributos y servicios. Esto ocurre porque los curacas insisten en aplicar la misma organización vigente en tiempos del Inca, sin considerar la disminución significativa que han sufrido las pachacas y guarangas. Siguen asignando tributos a una pachaca como se hacía en aquel entonces, sin tomar en cuenta que el número de indígenas hoy es mucho menor, ni siquiera alcanza la mitad. Por ello, algunos grupos quedan muy sobrecargados y otros apenas contribuyen.

En una misma provincia sucede que, debido a las guerras, a las entradas en las que han sido llevados encadenados y a las epidemias que han azotado tras la llegada de los españoles, en algunas pachacas no queda ni una cuarta parte de los indígenas que había en tiempos del Inca. Mientras tanto, otras pachacas han logrado conservar más población. Sin embargo, al repartir los tributos se exige la misma carga a las pachacas reducidas, que a veces no cuentan ni con diez indígenas, que a las que conservan cincuenta o incluso cien.

Para lograr una distribución equitativa, la solución más justa sería restaurar la organización original del Inca. Esto implicaría realizar una visita minuciosa y reformar las pachacas, redistribuyendo la población para que aquellas con más de cien indígenas cedan parte de su gente a las que tienen menos, y eliminando las pachacas con muy pocos habitantes para que todas cuenten con un número aproximado de cien indígenas. Así, el reparto de tributos sería justo y equilibrado. La visita para realizar esta revisión debería ser imparcial, con la participación de todos los curacas para evitar que alguno oculte indígenas y se perjudique a la comunidad en la distribución de los tributos.

54. En cuanto al sexto capítulo, se responde que todas las tierras, chacras y heredades destinadas al Inca, al Sol y a los demás fines mencionados en cada provincia, pertenecían originalmente a los naturales de esa provincia. Cuando el Inca conquistaba y subyugaba un territorio, se apropiaba de todo lo que había en él —tanto tierras como ganado— en señal de señorío y vasallaje, pues era costumbre que el dominado realizara algún servicio al señor que lo sometía. Por ello, los indígenas ofrecían al Inca todas sus tierras y ganados, y el Inca procedía a la división mencionada: una parte para él, otra para el Sol, y el resto para el sustento de los naturales.

Para hacer esta entrega al Inca y al Sol, el curaca o principal de la provincia retiraba las tierras y ganados a los naturales, que eran sus dueños legítimos, y los ofrecía al Inca sin que nadie se opusiera. Además, señalaban servicios para cultivar y aprovechar esas tierras, recolectando los frutos para el Inca, el Sol, y llevándolos al Cusco o a los depósitos establecidos. Esto parece confirmado por muchos indígenas antiguos, ya que hoy se conoce claramente la procedencia de cada chacra destinada al Inca antes de ser entregada.

Tras la muerte del Inca y la pérdida del señorío, aquellos que sobrevivieron o sus descendientes reconocían y cultivaban las tierras destinadas al Sol y al Inca como propias. Lo mismo ocurrió con el ganado: aún hoy se identifican por sus marcas cuáles pertenecían al Inca, y muchos los recuperaron. No obstante, la mayoría perdió esos bienes porque los españoles, al llegar, se apoderaron y destruyeron gran cantidad de ganado. Además, los gobernadores y cabildos de los pueblos de cristianos que se establecieron en la región repartieron muchas tierras y chacras del Inca y del Sol entre españoles que se asentaron allí, aunque existieran dueños legítimos. También hubo tierras cuya propiedad se perdió en la memoria, porque sus antiguos dueños murieron o las comunidades se despoblaron.

Donde aún viven indígenas de la provincia, las tierras y chacras son conocidas y cultivadas por sus legítimos dueños para su sustento y para el pago de los tributos que se deben.

55. En cuanto a si las tierras y ganados que se ofrecían al Inca eran entregados por voluntad propia de los naturales o por fuerza y consentimiento impuesto, parece que dicho ofrecimiento fue mayormente forzado y en contra de la voluntad de los propietarios de esas tierras y ganados. Si bien en algunas provincias, donde no hubo guerra y donde el Inca era obedecido en paz, esto sucedía porque el Inca los atraía con un trato justo: les hacía dádivas, no les expropiaba sus casas ni ranchos, los defendía de sus enemigos y mantenía un buen gobierno. En esos lugares, los naturales aceptaban al Inca como señor. Sin embargo, la aparente voluntad de ofrecer estas tierras era solo la del curaca o señor principal de la provincia, y no la de los indígenas a quienes realmente les eran quitadas sus tierras para entregarlas al Inca.

Además, estas provincias donde el Inca fue aceptado sin guerra eran las menos; la mayoría fueron sometidas mediante la guerra, con muchas muertes y actos crueles, y forzadas a hacer estas ofrendas por temor y coacción. Por tanto, parece que, aunque las tierras y haciendas que poseían los naturales eran suyas propias y hereditarias, los tributos que pagaban a sus señores por dichas tierras, que antes eran libres, les fueron impuestos por los Ingas y señores como parte de la sujeción y vasallaje. En reconocimiento del señorío que los Ingas tenían sobre ellos, la distribución de esos tributos, como se explicó en el capítulo anterior, se hacía por cabeza, tanto para hombres como para mujeres, según los oficios que cada uno desempeñaba. Siempre el Inca asignaba los tributos de manera proporcional para que el total fuera equitativo entre las provincias. Asimismo, los servicios que prestaban se repartían por medio de las mitas, de modo que el trabajo se distribuía igualmente entre todos los tributarios.

56. Respecto al séptimo capítulo, su respuesta ya está incluida en el anterior, pues ambos están relacionados. En conclusión, las tierras y heredades que los naturales tenían y tienen no eran ni son solariegos ni estaban sujetos a ninguna carga que les obligara a pagar contribuciones específicas. Los tributos que pagaban en tiempos de su “infidelidad” les fueron impuestos bajo la autoridad de la religión y el señorío universal, del cual dependía cada particular según el señor de su provincia, a quien también debían tributo, tal como se indicó anteriormente.

57. En cuanto al octavo capítulo, parece claro que actualmente los caciques se aprovechan mucho más de sus indios que en tiempos del Inca. En aquella época, todos tributaban de manera ordenada y reglada, sin que ninguno excediera lo debido, y los señores tenían especial cuidado en conservar a su gente y en no agraviar a nadie. No les exigían oro ni plata, solo les proporcionaban alguna ropa y les fabricaban sus chácaras. Además, el Inca tenía la responsabilidad de proveer para aquellos que no podían trabajar, como los ancianos, niños y personas similares. Así, todo el trabajo y las labores realizadas beneficiaban a la comunidad y en ese tiempo no existían excesos ni quienes se atrevieran a cometerlos.

Hoy en día, la situación es muy diferente. Los curacas, sean señores de muchos o pocos indios, buscan mantener lujos y ostentación, y para ello explotan sin medida a sus indios en sus labores agrícolas y en sus haciendas, sin ninguna regulación más que su propia voluntad, la cual en la mayoría de los caciques es desordenada, viciosa y casi bestial. Esto perjudica gravemente a los indios pobres.

Dado que los caciques tienen la responsabilidad de cobrar y recolectar los tributos para pagar a los encomenderos, suelen agraviar y robar a sus indios en gran medida, tanto en plata como en otros bienes tributarios. Por ejemplo, si la tasa establece que a cada indio le corresponde entregar dos pesos, el cacique puede exigirle ocho o diez, lo cual es una práctica conocida en la mayoría de ellos. Lo mismo ocurre con la ropa y otros tributos, ya que, al no conocerse con exactitud el número de indios tributarios como en tiempos del Inca, los caciques arbitrariamente determinan lo que cada uno debe pagar, quedándose ellos con lo mejor.

Para el pago de la plata, aquellos indios que están en la comarca de Potosí envían un principal con un grupo de indios a trabajar en las minas o a obtener la plata con su trabajo. Cada indio debe entregar semanalmente a dicho principal dos pesos y medio de plata carilla, y permanecen allí el tiempo que el cacique decida, hasta recolectar la cantidad de plata que él ordena, la cual suele ser mucho mayor que el tributo real que corresponde; la diferencia queda para el cacique. Lo mismo ocurre en las minas de oro y plata donde hay oportunidad. En lugares sin minas, la plata u oro que tributan proviene de los jornales que los indios ganan trabajando, para lo cual el cacique envía a los pueblos cristianos más cercanos con un principal, para que los indios se alquilen en las labores de los españoles y entreguen sus jornales al principal, quien, a su vez, entrega todo al cacique, sin que exista otra cuenta o control, y siempre queda para él, además de cubrir el tributo, al menos otra cantidad equivalente.

Esta situación es evidente y conocida, y los religiosos encargados de las doctrinas, quienes mejor conocen estos abusos, no se atreven a denunciarlo a los gobernantes para evitar que se impongan mayores tributos, pues esto dejaría sin posibilidad a los indios pobres de poder suplirlos.

Pese a que este agravio por parte de los curacas es notorio y cierto, y necesita urgente remedio, al tratarlo con el licenciado Birviesca de Muñatones, quien estaba más atento a otros intereses que al bienestar de los naturales, y que estaba informado por los encomenderos, concluyó erróneamente que ningún cacique agraviaba a sus indios en el tributo. Esta conclusión demuestra su falta de diligencia para entender lo que conviene al buen gobierno de la tierra. Además, por su propia obstinación y la influencia de personas que le lisonjeaban para aprobar su error, no pudo ser corregido.

Sin embargo, es indudablemente cierto que la mayor necesidad y agravio que sufren hoy los naturales es la explotación abierta y descarada que reciben de sus caciques. Sería un gran servicio a Dios y a Su Majestad poner remedio a esta situación, estableciendo tasas y límites claros sobre lo que los caciques pueden exigir a sus indios para sí mismos, y fijar con precisión el tributo que cada indio debe dar, para que no quede a la voluntad arbitraria del cacique. Porque con el poder y señorío que han usurpado, heredado de los antiguos Ingas, los caciques agravan a sus indios sin que éstos puedan quejarse o resistir, contando con el apoyo de los encomenderos, quienes también obtienen beneficio de esta situación.

58. En el noveno capítulo se expone y responde lo relativo a la sucesión y elección de los caciques y señores particulares, donde se detalló la estricta orden que existía en tiempo de los incas para la sucesión de estos cargos en las provincias. Asimismo, se explicó qué tipo de jurisdicción ejercían sobre sus indios, la cual era muy moderada y justa, ya que ningún cacique se atrevía a imponer castigos sin templanza, justicia y razones evidentes, dado que el Inca vigilaba estrictamente que no se cometieran excesos. Aunque los caciques tenían potestad para imponer penas y castigar, no podían excederse, pues ellos mismos recibían castigos si así lo hacían, al igual que los indios comunes.

Actualmente, sin embargo, la situación es muy distinta. Tras la desaparición del gobierno de los incas, cada cacique se convirtió en un Inca dentro de su provincia y usurpó todo el poder que correspondía al Inca, no con la moderación ni el orden que este ejercía, sino para imponerse en sus vicios y robos, y mantener a los indios tan sometidos que no se atreven a hablar ni contradecirlos. Hoy en día, los caciques aplican castigos a los indios con o sin razón, incluyendo la muerte, azotes y otros castigos crueles, como cargar piedras en la espalda, lo que es casi una sentencia de muerte.

Los indios, siendo una gente naturalmente pusilánime, no se atreven a quejarse ante ninguna autoridad que pueda remediar su situación, porque temen la venganza del cacique al regresar a su comunidad. Este castigo se ejecuta sin que haya justicia alguna que lo investigue, dado el temor generalizado hacia los caciques. Más aún, después de haber visto que los españoles solo castigan a los caciques en casos muy graves y que algunos de estos caciques vuelven a ejercer su señorío, estos caciques se sienten con el privilegio de hacer cuanto quieren sin que ningún indio ose denunciarlos, por miedo a que en el futuro el cacique regrese para vengarse de quienes se quejen o hablen en su contra.

59. En cuanto al beneficio que reciben los naturales bajo el señorío y gobernación de los caciques, se debe reconocer que la mayoría de los indios de estas provincias tienden a la ociosidad y a los vicios, especialmente a la bebida excesiva. Debido a estas características, el gobierno impuesto por los incas fue adecuado, pues casi no les dejaba libertad para actuar a su antojo y colocaba una gran cantidad de superiores y mandones para vigilarles, hacerles trabajar en las chacras, sementeras, confeccionar ropa y realizar otros oficios necesarios para cumplir con sus tributos.

Si se dejara todo a la discreción de los indios, y sin la supervisión de los caciques, caerían en la ociosidad y no trabajarían ni para pagar tributos ni para sustentarse. Por tanto, el señorío de los caciques es importante para ese aspecto, aunque en otros resulta perjudicial, como ya se ha dicho.

Para que este señorío fuera útil y dejara de ser perjudicial, podría implementarse un sistema en el que los naturales se organizaran en pueblos y repúblicas, con justicias internas, como alcaldes ordinarios que atendieran sus pleitos y resolvieran agravios causados por los caciques. Además, las audiencias podrían enviar visitadores cristianos para supervisar el desempeño de cada cacique y corregir los errores, siguiendo así el modelo de gobierno y orden impuesto por los incas, que es el más adecuado para esta gente.

60. En cuanto al décimo capítulo, se responde que cuando los primeros españoles llegaron al Perú —es decir, cuando don Francisco Pizarro, don Diego de Almagro y sus acompañantes entraron tras haber capturado a Atahualpa en Cajamarca— lo primero que hicieron fue despojar a los incas de su señorío y matar al principal señor, que era Atahualpa.

Después de esto, saquearon la tierra por completo, robando todo el oro y la plata que encontraron en poder de los señores y particulares, así como en las casas del sol y en las guacas, llevándose la mayor cantidad posible. De ello hicieron las divisiones conocidas en Cajamarca. Este fue el primer tributo y expolio que extrajeron del territorio.

Asimismo, destruyeron todos los depósitos de ropa y otros víveres que el Inca tenía, como ya se mencionó, sin dejar nada, a pesar de la gran cantidad que existía. También se apoderaron de todo el ganado, ya fuera del sol, del Inca, de otros señores o comunidades. Lo que no podían aprovechar, lo destruían. Se dice que mataban gran cantidad de ovejas sólo para comer los sesos, dejando el resto desperdiciado, y que para encontrar una oveja gorda sacrificaban diez o doce. Algunos se dedicaban a proveer carnicerías; otros llevaban grandes hatos de ganado hacia las entradas, y así acabaron casi con todo el ganado de la región. Lo hicieron con tal rigor, como si Dios mismo les hubiera ordenado hacer en esa tierra lo que mandó el rey Saúl contra los amalecitas. Así, habiendo en esa tierra más ganado que hierba, la dejaron prácticamente sin ninguno.

Luego, el gobernador Francisco Pizarro repartió la tierra por encomiendas entre los españoles, otorgando a cada uno un valle o provincia con sus respectivos señores. Los encomenderos se convirtieron en una suerte de “incas” en sus territorios, usurpando por virtud de esas encomiendas todos los derechos, tributos y servicios que antes correspondían al Inca, y además sumándoles otros, como se detallará más adelante.

Ordenaron construir grandes casas en los pueblos que fundaron y, al igual que el Inca, sometían a una provincia completa, exigiendo servicios de ganado, chacras, mujeres y demás, tal como ya se ha dicho. Así, los encomenderos obligaban a sus caciques a cumplir esos servicios, aunque no reclamaban tierras para cultivar como lo hacía el Inca, sino que más bien las destruían.

Además, exigían todo el oro, plata, piedras preciosas, esmeraldas, ropa fina, ganado y mujeres hermosas —incluyendo a las hijas y esposas del sol y del Inca, que estaban en los encerramientos— que también heredaban. Con este primer golpe dejaban arrasados los valles o repartimientos que les habían sido asignados.

Esto no se consideraba parte del tributo, pues desde entonces enseñaron a los indígenas a pagar un tributo anual ordinario. Para ello, se informaban minuciosamente a través de los quipus y otros métodos, como los azotes y chamuscaduras, sobre los tipos y cantidades de tributos que antes se daban al Inca. Con base en esa información, negociaban con los caciques exigiendo cantidades arbitrarias de cada producto. En cuanto al oro y la plata, les imponían la entrega de piedras grandes con la promesa de que equivaldrían en peso al oro y plata que debían entregar cada año, algo imposible de cumplir. Lo mismo ocurría con la ropa y demás bienes.

Los caciques, al ver que no podían cumplir con esas exigencias, se desesperaban y los encomenderos, mediante amenazas feroces, los hacían temblar. Para atemorizarlos, mataban y quemaban a muchos, y encarcelaban a otros en oscuras prisiones donde algunos terminaban suicidándose por la desesperación.

Finalmente, a fuerza de esas presiones, los caciques quedaban equiparados con los encomenderos, en obligaciones imposibles de cumplir para hasta diez repartimientos. Para cumplir con lo exigido, los indígenas debían trabajar en las minas y juntar todo lo que pudieran, aunque siempre faltaba, debido a la excesiva cantidad demandada.

Luego venían los azotes para los caciques, seguidos de su encarcelamiento, donde los mantenían ayunando hasta que enviaran lo que faltaba. También enviaban a sus indios a buscar más tributos, y a otros los ponían al fuego para chamuscarlos; algunos eran dejados asarse por completo.

Muchos señores, viéndose abrumados ante la imposibilidad de cumplir con el tributo, preferían morir antes que sufrir aquella tiranía.

Lo principal que exigían era el oro y la plata, y sobre esto aplicaban todo el rigor. Sin embargo, para no violar completamente la ley, les impusieron que tributasen también todos los demás géneros de productos que anteriormente daban al Inca y que les resultaban útiles, pues las cosas sin valor, como plumajes y otras curiosidades, no les interesaban tanto.

También se les impuso pagar todos los servicios personales que antes prestaban al Inca, y además, tributos por todas las cosas necesarias para sus haciendas y granjas, aunque no supieran ni hubiesen visto esas cosas, pues les enseñaban a hacerlas y proveerlas para satisfacer esas demandas.

Aunque posteriormente se tasaron esos tributos conforme a sus especies, aún así quedó mucho más de lo que sería justo y razonable.

En resumen, impusieron tributos sobre todo lo que los indígenas tenían en la tierra y todo lo que podían conseguir con su trabajo personal, incluso mucho más de lo que podían obtener con honestidad. Hoy en día apenas les queda una mísera subsistencia, a pesar de estar sometidos a esas tasas.

No se tuvo consideración ni se guardó proporción alguna al imponer estos tributos, ni se reguló en función de lo que pagaban antes al Inca o a los señores naturales. Sólo se buscó satisfacer la codicia desmedida de los españoles, con destrucción total de los naturales. Fue una imposición nueva y excesiva en cuanto a cantidad y especies.

61. Sobre el onceno capítulo, la orden que se estableció para realizar las tasaciones de los tributos que los naturales de aquellas provincias debían entregar a sus encomenderos fue visitar primero todos los repartimientos y provincias mediante personas designadas para ello.

Las primeras visitas para este propósito fueron ordenadas por el obispo de Sigüenza, quien ejercía como presidente en aquel reino. Para organizar la tarea, dividió el territorio de cada ciudad en sectores y asignó a cada sector dos vecinos del mismo pueblo para realizar las visitas, dándoles instrucciones claras, precisas y solemnes, incluyendo juramentos y otras formalidades para asegurar la fidelidad del proceso.

Se les mandó, en esencia, que visitaran personalmente todos los pueblos, observando la disposición de la tierra, sus frutos, ganados y demás recursos, y que averiguaran el número de indios tributarios, la cantidad de tributo que entregaban al Inga, los que habían dado a los encomenderos anteriores, y lo que razonablemente podrían dar en la actualidad. Además de recopilar esta información, debían emitir su parecer al respecto.

Con estas instrucciones, se realizaron las visitas, y algunos visitadores, hombres diligentes y meticulosos, hicieron informes detallados y rigurosos, mientras que otros, que se limitaron a transitar por los caminos reales, hicieron visitas poco fiables y superficiales. Gracias a estas inspecciones se elaboró la primera tasa general. Tras esta, algunos indios presentaron quejas ante la audiencia; si, tras revisar la visita, se constataba la injusticia, se anulaba la tasa, y de lo contrario se ordenaba una nueva visita. En esta segunda instancia, el encomendero designaba a un representante, y la audiencia nombraba otro por los indios, y ambos visitaban nuevamente el repartimiento para aclarar el agravio. Así se efectuaron muchas visitas.

El licenciado Pedro de la Gasea, por encargo de Fernando de Santillán, llevó a cabo estas visitas en el reino bajo mandato de la audiencia real a petición de los indios, así como por orden de Su Majestad para que la audiencia se encargara de las retasas, procurando que el proceso estuviera completo, aunque fue interrumpido por la rebelión de Francisco Hernández.

Tras estas visitas, el presidente encomendó la realización de las tasaciones al arzobispo de los Reyes, al maestro Fr. Tomás de San Martín, obispo de Charcas, y al maestro Fr. Domingo de Santo Tomás, actual obispo de dicho obispado. Luego, por ausencia de algunos, el licenciado Cianea y el licenciado Santillán, oidores, continuaron con las tasas de todo el reino.

En aquel tiempo, prevalecía un desorden extremo y abusos en la exacción de tributos por parte de los encomenderos, quienes llevaban a los indios hasta el límite sin ningún tipo de control ni tasa oficial, guiados únicamente por su codicia. Los tributos estaban tan elevados que no existía repartimiento, por pobre que fuera, que no entregase grandes sumas en oro, extraídas con el esfuerzo y sufrimiento de los indios, quienes eran enviados a las minas, obligados a transportar cargas en la coca o a trasladar alimentos desde la costa y los llanos hasta Potosí y otras regiones, muriendo muchos en el proceso. No se consideraba el esfuerzo, el exceso ni el riesgo, solo el lucro.

Además, ningún gobernador había impuesto límites o tasas para contener este abuso, y con la guerra causada por Diego de Almagro el Mozo y Gonzalo Pizarro, la explotación aumentó, utilizando como pretexto la necesidad de recursos para el conflicto, ya fuera para servir a Su Majestad o a los tiranos, descargando toda la carga sobre los indios. Tras la derrota de Gonzalo Pizarro, la tierra quedó sin conflictos, y los españoles vencedores, orgullosos, consideraban poco dar a los indios por tributarios y querían esclavizarlos, alegando que estos estaban ya agotados y endeudados por sus servicios a Su Majestad, y que todo debía pagarlo el indígena.

La situación de libertad abusiva con que se explotaba la tierra era tan grave que se vivía con temor y se prefería no apretar demasiado en ese momento. Fue en esta coyuntura que se realizaron las primeras tasas. Los comisarios consideraron que, si de entrada se aplicaban las tasas justas y razonables, la diferencia con lo que los encomenderos extraían a los indios sería tan grande que les resultaría insoportable. El descontento, junto con la costumbre de libertad absoluta, presagiaba un mayor daño que todo recayese sobre los naturales.

Por esta razón, decidieron no ajustar las tasas completamente a la justicia desde el principio, sino reducirlas parcialmente con respecto a lo que se extraía, aunque sin llegar a lo justo, estableciendo así un límite para impedir que los tributos se incrementaran. De este modo, aunque las tasas eran mayores que lo justo, se incluía una cláusula para que la audiencia o las personas autorizadas pudieran bajarlas y aliviar a los indígenas cada vez que fuera necesario.

No se concedió a los encomenderos título ni propiedad definitiva sobre estos tributos, sino un derecho provisional para cobrarlos hasta que se regularizara la tasa justa. Sin embargo, el licenciado Birbiesca de Muñatones advirtió y alentó a los encomenderos a considerar que estas tasas eran sentencia firme, cosa juzgada, que les otorgaba un derecho adquirido que impedía reducir los tributos sin proceso legal ordinario. Así sostuvo esta postura, reprendiéndole a la audiencia y acusando a los oidores en su residencia de haber rebajado injustamente los tributos sin el debido proceso.

Esta situación animó a los encomenderos a actuar con arrogancia, creyendo que no solo una vez, sino cada vez que apareciera un agravio, debían retasar los tributos. Para evitar enfrentamientos, muchos dejaron de cobrar tributo a sus indios y simplemente los sobrellevaron, lo que llevó a un empeoramiento general del sistema.

62. Al tasarse los tributos mencionados, la visita únicamente consideraba el memorial de las cosas que los encomenderos hacían tributar a los indígenas y los servicios personales que les imponían. De cada concepto se descontaba una parte, tomando en cuenta el número de indios, pero sin eliminar ninguna de las especies que les exigían. Muchas de estas cosas eran tales que ni los propios indígenas poseían ni podían entregar, ni siquiera en tiempos de los incas se daban ni tributaban, salvo por excepción de lo consignado por Fernando de Santillán. Sin embargo, estas cosas se mantenían porque ya se entregaban antes y porque los encomenderos las necesitaban, aunque no se atrevieran a quitarlas por completo. También se moderaban algo los servicios personales, aunque estos eran considerados contrarios a todo derecho y justicia.

63. Por la misma razón, aunque no se ordenó explícitamente dar indios para trabajar en las minas como se hacía antes, indirectamente fueron necesarios para cumplir con las tasas establecidas. En las provincias donde los indígenas tenían minas en sus propias tierras o en territorios vecinos de veinte, treinta o hasta cincuenta leguas, se les mandó entregar oro y plata como tributo. La cantidad se ajustaba al número de indígenas de cada repartimiento, no al que los caciques confesaban ni al que los visitadores estimaban a simple vista, sino al número que en opinión de los visitadores parecía adecuado. Se consideró que por cada cien indígenas podrían enviar ocho a las minas de Potosí en las zonas más alejadas, y diez en las más cercanas, esperando que cada uno extraería semanalmente dos pesos y medio de metal fundido y marcado. Antes entregaban de cada marco una onza y media semanal, y los más privilegiados hasta tres pesos. Este cálculo servía para determinar la cantidad total anual, descontando las fiestas, y ese monto se estableció como tributo en lugar de enviar tantos indios a las minas, cuyo número dependía del encomendero.

En las demás minas se regulaba esta contribución según su riqueza o pobreza, controlando la cantidad diaria que podía extraer cada batea. En las zonas donde no había minas cercanas, también se exigía tributo en oro y plata, basándose en los rescates que tenían con otros indígenas que sí tenían minas; y en otros lugares sin rescates, se les imponía tributo simplemente para no dejar sin plata a los encomenderos. Por ello, los indígenas eran obligados a otro tipo de trabajo, más pesado y perjudicial para su salud, como ir a los pueblos españoles para alquilarse en labores agrícolas y otros servicios donde ganaban lo suficiente para pagar el tributo. Como la mayoría de estos pueblos se ubicaban en tierras bajas y cálidas, los indígenas serranos sufrían graves consecuencias por bajar a esas tierras, muriendo muchos por ello.

64. Mandar a los indígenas tributar cosas que no tenían ni podían conseguir en sus tierras causó un daño considerable, pues los encomenderos conmutaban esos tributos por otros de mayor valor o servicios personales. A veces, si esas cosas eran útiles para el encomendero, obligaban a los indígenas a buscarlas con gran esfuerzo y costo propio. En varias provincias sin ganado alguno, se les exigía tributar ganado y ropa de lana, mientras los propios indígenas vestían con cabuya, una especie de red, aún en tierras muy frías donde no había otra vestimenta. Para pagar el ganado y la ropa de lana, tenían que rescatar ovejas, e incluso llegaban a dar en trueque a sus propias hijas, valorándolas igual que una oveja. Por este motivo muchos sufrieron graves daños hasta que Su Majestad, informado de la situación, ordenó en 1551 una provisión real para que la Audiencia de los Reyes revisara y corrigiera las tasas excesivas, asegurando que los indígenas conservaran lo necesario para su sustento, crianza y otras necesidades, pues las primeras tasas no consideraron estas atenciones y exigieron más de lo posible.

En cumplimiento de esta provisión, muchas tasas fueron revisadas, repartimientos retasados y los indígenas desagraviados, medidas que los encomenderos acataron y usaron durante cinco o seis años. Sin embargo, cuando se pensó en establecer las tasas justas y razonables con la llegada de los perpetuadores designados por Su Majestad para el reino, el licenciado Birviesca y otros, priorizando los intereses y complacencias de los encomenderos y sus propios beneficios, permitieron que muchos volvieran a las tasas originales. Esto provocó una gran crisis y desorden, dificultando regresar al estado anterior. Actualmente, el asunto de las tasas sigue en disputa.

Los comisarios encargados pusieron todo su empeño en encontrar maneras de cargar más tributos a los indígenas, usando para ello a muchos informantes viles, hombres sin virtud ni crédito, que buscaban satisfacerlos con denuncias infundadas para ganar su favor. Estos informantes eran integrados en sus consejos con sus memoriales, como fue el caso de Quesada, Toledo, Rodríguez y otros similares, personas bajas y poco confiables. Cuando las personas sensatas se burlaban de tales acusaciones, los avisos se abandonaban causando confusión y vergüenza. Así, se dictaron más disposiciones que días tuvo el consejo, todas dañinas para el reino, el servicio de Su Majestad y la conservación de los indígenas. Muchas veces se deshacían en un consejo las decisiones tomadas en otro, a veces sin siquiera informar a las autoridades competentes y responsables, que tenían conocimiento y voluntad de encaminar lo mejor para el servicio real.

Por lo dicho, se comprende que los indígenas hoy están en gran necesidad de ser desagraviados, y que la tierra requiere de alguien con recta intención que la gobierne bien, pues esta necesidad es extrema.

65. En cuanto al propósito de este capítulo, que trata sobre si los tributos establecidos por las tasas son mayores o menores que los que antes pagaban a sus señores naturales, se dice —como se ha visto en los capítulos precedentes— que, dado que las cosas que tributaban a los incas eran tan numerosas y variadas, en su mayoría servicios personales, no pueden reducirse a una cantidad exacta en pesos de oro para compararlas con lo que ahora se les exige; sin embargo, expondré algunas razones que muestran que, aunque los tributos y servicios que los indígenas daban a sus señores naturales eran en gran cantidad y exceso, lo que se les impone actualmente es más pesado, dañino y perjudicial que lo que daban a los incas.

66. Primero, porque en tiempo del Inca no tributaban oro ni plata, salvo las mencionadas chipanas y brazaletes, que eran cantidades muy pequeñas; mientras que ahora todos tributan oro y plata en gran cantidad. Es algo cierto y notorio que lo más pesado para ellos es dar plata y oro, pues se esfuerzan mucho para obtenerlas, a menos que en sus tierras tengan minas ricas, como las cercanas a Potosí. Aunque el Inca hacía extraer algo de plata y oro de sus minas, era en muy poca cantidad, como puede verse claramente por la enorme cantidad de metales preciosos que se ha extraído de la tierra desde la llegada de los cristianos en tan poco tiempo, cantidad incomparablemente mayor que la que se sacó en miles de años anteriores. Además, la minería actual ha alcanzado profundidades de hasta doscientos estadios o más, algo que no se trabajó en tiempos del Inca durante milenios, según lo hallado en las minas. Por otro lado, para cobrar tributo de oro y plata a todos, los naturales tienen que trabajar en las minas, lo cual es el servicio más pesado que sufren, mientras que el Inca sólo imponía este trabajo a quienes, por tener minas en sus tierras, eran mineros oficiales, y estos eran muy pocos; ahora, en cambio, se obliga a todo tipo de personas a cumplir con este tributo.

67. Segundo, porque en tiempos del Inca cada uno tributaba sólo con lo que tenía en su tierra o lo que producía en su oficio, sin que se le exigiera dar cosas que tuviera que buscar fuera de su territorio. Actualmente, en cambio, las tasas exigen cosas que no poseen ni alcanzan, y algunas incluso que no conocen, lo cual resulta muy gravoso para ellos, mientras que son de poco valor para el encomendero.

68. Tercero, porque en época del Inca a nadie se le mandaba tributar más que una sola cosa, la que tenía o producía en su oficio: el pescador daba pescado, el cazador aves y plumas, el husero daba husos y el cumbico (tejedor de fino) ropa, y así sucesivamente con todos los oficios. Ahora, en cambio, a todos se les obliga a tributar por las tasas todas las cosas que los primeros conquistadores inventaron y exigieron a los indígenas con una conciencia tan larga como arbitraria. Lo que no podían dar por sí mismos, se lo hacían conseguir, y por esa razón se establecieron las tasas como se ha explicado. Así, al pescador se le manda dar plata, pescado, trigo, sillas, sogas y otras mil menudencias; al labrador, pescado y demás productos; y a quienes no tienen ganado ni lo han visto, se les exige ovejas y ropa de lana, salvo que se les permita pagar un monto en plata por cada una. Además, a todos, tengan o no las cosas, se les exige plata, ropa, trigo, maíz, pescado, aves, jáquimas, cabestros, carbón, sal, bateas, sillas y otras muchas menudencias, lo que los carga mucho más que en tiempos del Inca y les aumenta considerablemente los trabajos, daños y muertes.

Para quienes no tienen minas ni han sido mineros, el tener que dar oro y plata los obliga a buscarlo en minas muy lejanas o a alquilarse en lugares de clima adverso, lo que provoca numerosas muertes por la dureza del trabajo y las condiciones climáticas. Esta situación se observa cada día y es considerada muy injusta y digna de remedio, aunque nunca se corrige. La mayor causa de deterioro y muerte entre los indígenas es esta necesidad de bajar a los llanos y alquilarse para ganar plata, debido a las diferencias climáticas y porque se emplean en trabajos a los que no están acostumbrados. Muchas personas mueren en la demanda, otras quedan inválidas, y quienes sobreviven no pueden recuperarse durante meses. Sería mucho más provechoso para todos que tributaran sólo con lo que pueden producir sin salir de sus tierras, como ropa de algodón y lana donde la haya, y otras cosas de valor que ellos posean, sin necesidad de ir a buscarlas fuera.

69. Otra razón es que, en tiempo de los ingas, los indígenas tributaban y servían únicamente a un señor, que era el inga; pero ahora deben hacerlo a muchos: al encomendero, al cacique o curaca, a quienes deben ayudar en la construcción y ornato de las iglesias, entregar el dinero que les solicitan los obispos, sostener y servir a los religiosos y sacerdotes en las doctrinas, atender los tambos y a los corregidores que en ellos se establecen. Cada uno de estos se considera con derecho a exigir tributo, como si no existiera otro a quien rendir tributo.

70. Además, en tiempo de los ingas, aunque los indios trabajaban, algo de su trabajo les beneficiaba directamente, pues el inga proveía a quienes trabajaban con los mantenimientos y vestimentas que les entregaba y guardaba en depósitos. Todo esto se quedaba en la misma tierra, se consumía localmente y se distribuía para socorrer sus necesidades y beneficiar a todos. Pero ahora no disfrutan de nada, salvo trabajar continuamente y servir peor que esclavos. Aun llevan cargas para sus encomenderos y ni siquiera se atreven a consumirlas, aunque mueran de hambre, para no faltar al tributo.

71. En tiempo del inga, no se obligaba a tributar algo que no se tuviera; por ejemplo, si un indio no tenía mujer, no se le exigía tributar ropa, y si no poseía chacra de coca, tampoco se le mandaba tributarla. Ahora no se considera nada de eso; se les exige buscar lo que no tienen ni saben cómo obtener, sin darles medios para ello.

72. Nunca el inga mandaba tributar a nadie algo que no fuera conforme a la costumbre, lo que tenían y sabían producir o conseguir. En tiempo de los cristianos no ha habido regla ni se ha respetado ley o costumbre; solo se aprovechan de ellos según la codicia de cada encomendero. Esto se evidencia claramente en la gran cantidad de gente que había en tiempo de los ingas, gracias a la buena policía y buen gobierno que tenían, y en la gran disminución que ha habido desde que llegaron los cristianos, debido a los excesivos tributos y servicios que les han impuesto y los malos tratos que les han dado. Así, muchos se han dejado morir de fatiga y aflicción, y otros, por la prisa con que les obligan a cargar en minas y en trabajos penosos, han disminuido en número, tanto que de los treinta mil indios que había en un repartimiento, no quedan ni dos mil. Esto muestra claramente cuán sobrecargados estaban antes y cuánto han sido vejados y destruidos bajo el dominio cristiano.

En tiempo de los ingas, todos se consideraban buenos trabajadores y no excedían en nada, pues los vicios se castigaban; no había ladrones ni mujeres de mala conducta. Ahora, con el mal ejemplo que dan los cristianos, no hay ninguna buena costumbre; todo está corrompido, lleno de codicia, lujuria y otros vicios que les han enseñado, y que ellos no solían tener. En aquel tiempo había leyes y sacrificios con gran observancia, porque la ley la daba quien la practicaba primero. Ahora ni tienen ni guardan su ley ni la nuestra, ni sirven al que antes adoraban como su Dios, ni tampoco al verdadero Dios. Aunque se les ha predicado y predica el Evangelio, han visto y ven en quienes enseñan malos ejemplos, contrarios a lo que predican, y apenas les ha impresionado internamente, como se observa. Por eso se desaniman y creen que el camino actual no puede durar mucho y que pronto se extinguirán. No tienen interés en adquirir bienes ni toman en serio la doctrina ni las enseñanzas de nuestra santa fe, y solo lo aceptan como un título para apoderarse de lo que tienen y servirse de ello. Así están todos pobres y miserables; incluso los curacas, a pesar de que les roban, no aumentan en riqueza ni en estatus, sino en vicios y malas conductas. Y si alguno llega a tener alguna riqueza, no se atreve a usar sus vasos de oro y plata, sino que los entierra o esconde para evitar que se le cobre más tributo.

73. Otra cuestión es que, en tiempo de los ingas, había —como se ha dicho— mucha más gente y más tributarios que ahora, y a pesar de ello, los indios tributan hoy no solo por todo lo que entonces daban, sino también por muchas cosas más y en mayor cantidad. Además, pagan tributo de oro y plata en gran exceso, más que en aquella época, aunque antes no tributaban ganados y ahora sí. Cuando los ingas los gobernaban, ellos les ofrecían lo que tenían y el inga lo repartía, como se ha mencionado, quedándose todo en la tierra y la provincia, conservándose y convirtiéndose en beneficio de su propio pueblo.

En cuanto a la ropa, parece que la cantidad que daban entonces era mayor que la actual, pero solo se perdía la que se quemaba en sacrificios, porque el resto se repartía y distribuía entre los mismos indios, y se guardaba en depósitos para ellos. Ahora, en cambio, lo que una vez entregan, nunca les vuelve a beneficiar. Aunque dieran mucha ropa, dicen que solo bastaba un vestido por año para un atunluna (un jefe local), y ese no pagaba otro tributo. Si se trataba de ropa fina, una guaranga —que equivale a mil indios— daba cien vestidos, y siendo tan numerosa la población indígena, la cantidad era considerable.

Estos ingas eran señores sabios que se servían de sus súbditos en lo que podían con moderación, de modo que los indios se mantuvieran ocupados, evitaran los vicios y se conservaran sanos, pues ese era su principal propósito.

74. Finalmente, todo lo que tributaban los indios en tiempo de los ingas se consumía y utilizaba dentro de su propio reino, sin que nada saliera hacia otras tierras o pueblos, ya que no tenían comercio exterior, pues contaban en su territorio con todo lo que necesitaban.

Pero después que los cristianos tomaron el control, con lo que los indios tributan se sostienen veinte o treinta mil españoles y muchas otras personas que han muerto o emigrado de la tierra. Estos no viven ni según la pobreza de los indígenas ni conforme al Evangelio, sino que comen y beben manjares delicados y costosos, beben vino de Castilla, usan paños finos, sedas, holandas y otras cosas ricas, consumiendo una gran cantidad de mercancías que cada año llegan a esas tierras.

Todo esto sale del tributo y del trabajo de los indios, sin que ellos disfruten nada de lo que se trae de acá, ni siquiera lo necesitan. Además, la enorme cantidad de oro y plata que, desde la conquista, se ha extraído y traído aquí, y que se sigue trayendo diariamente, representa sin comparación un tributo mucho mayor, así como un trabajo, servicio y carga mucho más pesados que los de antes.

75. En el duodécimo capítulo de la mencionada cédula, se señala que las personas designadas para realizar las visitas, como se dijo arriba, al llegar al pueblo de indios hacían comparecer ante sí a los caciques y principales, y les preguntaban cuántos indios había en su provincia, así como las demás cuestiones contenidas en la instrucción. Luego les consultaban qué tributos estarían dispuestos a dar en adelante por voluntad propia y sin sufrir vejación. A lo que los caciques respondían que no podían dar lo mismo que hasta entonces habían entregado a los encomenderos, pues lo hacían contra su voluntad, y que de ese momento en adelante darían una cantidad menor. Reducían un poco lo que antes pagaban, creyendo que con ello quedarían satisfechos y aliviados, pues entendían que debido a la servidumbre y opresión en que habían estado tanto tiempo, era imposible que la carga no aumentara. Así, ese consentimiento fue otorgado por los caciques, quienes no sufrían ni se veían afectados por el trabajo de los pobres tributarios que eran quienes realmente pagaban; el verdadero consentimiento debiera haber sido el de estos últimos, que nunca se obtuvo ni se dio. Además, el acuerdo de los caciques no fue un consentimiento libre, sino una reacción a la injusticia de lo que antes les exigían, y para aparentar que se tenía su libre voluntad y capacidad, no se hicieron las diligencias necesarias ni se tuvo en cuenta su verdadera opinión. Por tanto, no debe considerarse válido ni importante ese supuesto consentimiento para fijar los tributos, porque en realidad no existió.

76. Tras establecerse las diversas tasas, se enviaba una copia a los caciques y otra se entregaba al encomendero encargado de cobrar. En este proceso tampoco puede afirmarse que hubo aceptación o consentimiento de los indios, pues sólo aceptaron recibir menos tributos que antes, y con eso se mostraron contentos momentáneamente. Sin embargo, una vez comprendieron la intención de Su Majestad de no imponer tributos excesivos, salvo lo que pudieran pagar, comenzaron a quejarse y a expresar su agravio, manifestando que la cantidad era excesiva o que no disponían de lo necesario en sus tierras. Los encomenderos se beneficiaban con conmutaciones de tributo en su provecho y en perjuicio de los indios, quienes aún no sabían cómo quejarse ni se atrevían, aunque ya estaban muy agraviados; y aún hoy apenas lo hacen, por el desdén que sienten en quienes gobiernan. Así, por los agravios sufridos a causa de esas primeras tasas, siempre han reclamado y protestado, sin que nunca hayan dado consentimiento ni aceptación espontánea, sino que han sido forzados y obligados a pagar, sin un momento de alivio ni descanso. Aunque fuera necesario sacarles la sangre, deben pagar puntualmente, y los encomenderos y autoridades les imponen continuas molestias, estando más a favor de los encomenderos que de los indios. Si se les hielan o se pierden los panes u otros alimentos, deben pagar el tributo completo; y sólo cuando el encomendero se apiada y les concede algo encuentran algún alivio, pues en la justicia rara vez hallan apoyo, especialmente en las actuales autoridades, que parecen más interesadas en aumentar los tributos que en aliviarlos.

77. En respuesta al decimotercer capítulo, se confirma que es verdad que, al pagar los tributos ordenados a los indios, no les queda nada para socorrer las necesidades que allí se mencionan. Tampoco les queda nada de lo que poseen, pueden obtener o trabajar, y viven una existencia miserable y desgraciada. Mientras están sanos, sólo piensan en trabajar para pagar el tributo; y aun estando enfermos, no tienen descanso ni osan disfrutar de un ave, pues deben entregar miles como tributo. Por ello, pocos sobreviven a la primera enfermedad, por leve que sea, debido a la mala vida y privaciones que llevan. Duermen en el suelo; sus casas, si están en los llanos, son simplemente cañizos sin cobertura, y en la sierra las cubren con paja. Se mantienen con maíz, ají y legumbres, y nunca comen carne o alimentos nutritivos, salvo algunos pescados los que viven cerca de la costa. Por eso son tan afines a beber chicha, que les hincha la barriga y les da alimento; si no se intoxicaran con ella, sería muy nutritiva, excepto una variedad llamada sora, que es muy fuerte y les hace perder el juicio. Sus hogares sólo cuentan con algunos cántaros, ollas, husos, telares y herramientas para trabajar; con la ropa que llevan durante el día duermen por la noche, y quien tiene otra prenda de respeto es considerado rico. Apenas pueden vestir a sus hijos, muchos de los cuales andan casi desnudos. La dote y herencia que dejan al morir es el fruto de su trabajo manual, porque no tienen más ni pueden más. No son gente perdida ni de mal carácter; por el contrario, son la gente más humilde y miserable del mundo, que lloran más por perder una olla vieja o un huso roto que otras personas por una joya valiosa. Si consiguen un tomín de plata, lo guardan dividido en veinte partes para pagar el tributo, y su único descanso es cuando reúnen el dinero o terminan la manta que deben entregar. Los que no los han tratado y juzgan estos asuntos de manera superficial piensan que no son capaces de nada y que no valoran la riqueza, lo cual es un gran error, porque sucede todo lo contrario. Yo lo he visto y entendido bien: desean tener su casa provista de maíz, otras comidas y buenos vestidos para ellos y sus hijos tanto como nosotros; quien lo logra es para ellos rico y respetado, y el que no, no. Cuando consiguen algo de carne para comer, sienten profundamente la miseria y servidumbre en que viven, y por eso suelen estar llorando, incluso en fiestas y celebraciones, donde sus cantos son siempre de duelo. Pero por los tributos y trabajos que les imponen los españoles, se han vuelto incapaces y desanimados, pues saben que toda su vida y la de sus descendientes se irá en trabajar para los españoles sin obtener beneficio alguno. Por eso no aspiran a más que a vivir el día a día, ya que saben que no disfrutarán de nada. Es común oír, incluso de algunos virreyes y gobernadores, que los indios no tienen otro oficio ni pretenden más que descansar; sin embargo, no ven que cuando llegan a eso es por el cansancio y la desesperación, no por elección. No hay pueblo en el mundo más trabajoso, humilde y obediente, y es una gran lástima que no disfruten de ningún beneficio temporal ni siquiera en lo espiritual, porque no se les presta atención para su provecho, sino sólo para aprovecharse de ellos, sin ofrecerles enseñanza ni ejemplo alguno.

78. Los curacas, al aprovecharse también del trabajo de los indios, tienen más posibilidades y se enorgullecen de tener sus casas bien arregladas, vasos de oro y plata, ganado, otras labores y granjerías; muchos de ellos están acomodados. Sin embargo, pocos hacen buen uso de estas riquezas, ya que casi todo se les va en profanidades: en vestirse con sedas, en tener caballos, en beber mucho vino de Castilla, y en relacionarse con españoles que les ayudan a beber y fomentan sus vicios. No obstante, hay otros con mejores intenciones, que administran bien lo que poseen, haciendo depósitos de comida para proveer a los pobres, y pagan el tributo cuando carecen de recursos propios. De estos últimos deberían elegirse los señores; y a quien sea profano y vicioso, se le debe quitar el señorío.

79. El capítulo decimocuarto queda respondido y satisfecho en el capítulo cuarto, ya que ambos tratan la misma materia.

80. En cuanto al capítulo decimoquinto, para responder con mayor claridad a lo que se manda en él, parece necesario presuponer en qué aspectos sería justo y beneficioso para los naturales tributar la cantidad que se les modere, ya sea en productos que poseen en sus tierras o en su equivalente en plata. Como se ha dicho, los naturales tributaban a sus señores según ciertos bienes, y actualmente tributan en otros; sin duda, es mejor y sin agravio para ellos la orden que tenía el Inca, que cada uno tributase según lo que tuviera o pudiera obtener en su tierra o en su oficio. Así, donde no hay oro ni plata sino algodón, deberían labrar y elaborar ropa de algodón para tributar; donde hay ganado, tributar ropa de lana; y en las zonas con minas, tributar en oro o plata. De este modo, no serían obligados a buscar la plata fuera de sus tierras ni exponerse a los trabajos y riesgos ya mencionados.

Además, hay repartimientos con mucha gente donde no se consigue algodón por estar en la sierra, ni lana porque el ganado, que en tiempos del Inca proveía esta materia, ha disminuido por la acción de los españoles. Allí hay muchos oficiales dedicados a hacer ropa, y según las tasas actuales, se les manda dar plata, teniendo en cuenta a la gente y no que en sus tierras no haya mitas. Para conseguirlas, deben bajar a los llanos a alquilarse, como sucede en las provincias de Guailas, Guadacheri, Yauyos y otras.

Parece que podría darse una mejor orden, menos perjudicial para ellos y más provechosa para los encomenderos: donde haya oficiales que hagan ropa y no se consiga lana, el encomendero debería proporcionar la lana, pues ya hay gran cantidad de ovejas de Castilla. Ellos tributarían la ropa, valuada según el tributo que les corresponda, descontando el valor de la lana que les entregue el encomendero.

En las provincias con minas en sus tierras o cercanías, cuyos indios ya están habituados a trabajar en ellas —como en las provincias de los Charcas, que tienen costumbre de acudir a Potosí para esos trabajos y granjerías— sería beneficioso reducirles el tributo a plata, eliminando las demás cosas y menudencias que por las tasas se les exigen. Lo mismo debería aplicarse a los indios del Collao, Chocuito y otras provincias, por ser naturales mercaderes diestros y acostumbrados a llevar sus productos a Potosí. También a muchos de la provincia de Cusco, que están en las cercanías de Potosí y pueden tributar en plata, y muchos incluso en oro, porque en sus tierras tienen minas.

Pero donde no hay minas ni mercaderes, sino oficiales artesanos, es mejor que tributen en ropa según la modalidad antes indicada.

Además, las tasas mandan que los indios den a los encomenderos trigo y maíz, parte en sus tierras y parte llevada a casa del encomendero, lo cual es muy costoso, pues el trabajo de llevar una hanega muchas veces supera el valor de seis hanegas. Antes se respetaba la sustentación de los pueblos, pero ahora las labranzas de los españoles son muchas y suficientes para el sustento de los pueblos y aún sobran. Por ello, sería justo eliminar de los indios la carga de transportar dicha comida, reduciendo este tributo a otro género, y que si deben dar algo, sea en sus propias tierras, para que los labradores se mantengan ejercitados en sus cultivos y no los abandonen.

81. Asimismo, es necesario considerar si la forma de distribuir los tributos que se deban imponer a los naturales debe hacerse por cabeza o mediante una tasa fija para cada pueblo o provincia. Para que dicha tasación sea equitativa, que no perjudique a nadie, y el tributo quede establecido de manera definitiva, de modo que cada uno sepa cuánto debe pagar, la mejor opción es repartir los tributos por cabeza, asignando una cantidad fija a cada indio tributario. De hacerse de otro modo, al final muchos tributos quedarían asignados al curaca, lo cual abriría la puerta a abusos y robos, como ocurre actualmente. Esto no sucedería si el tributo fuera cierto y conocido para cada indio.

Para lograr esto, es necesario solucionar un inconveniente importante: la dificultad de la tasación debido a la gran división de los naturales en numerosos curacas, que casi son tantos como tributarios, y la incertidumbre en el número exacto de indios que cada uno controla. Esta situación causaría confusión al repartir y cobrar los tributos, ya que cada curaca alegaría tener menos o más indios, imposibilitando la certeza del tributo.

Por ello, para que esta distribución por cabeza sea viable y confiable, primero debe realizarse una visita general a las provincias y pueblos, para lo cual se deben nombrar personas de buen celo y honradez, en quienes los indios confíen, que actúen con el propósito de beneficiar y no perjudicar. Estas personas, con instrucciones claras, visitarán personalmente cada lugar y harán una minuciosa investigación para conocer el número exacto de indios de todas las edades, especialmente aquellos aptos para tributar, estimando como tales a los de veinte a cincuenta años.

De esta lista de tributarios, se reformarán los curacas, agrupándolos en “pachacas” de aproximadamente cien indios cada una, como se hacía en tiempos de los ingas, de modo que ningún curaca tenga más ni menos de cien tributarios. Se seleccionarán para estos cargos hombres capaces y aptos para gobernar, dándoles autoridad sobre sus indios y las ordenanzas para su administración, además de la tasa proporcional de tributo correspondiente, asegurando así igualdad en la contribución por cabeza.

Para aquellos curacas que tienen grupos pequeños de diez o veinte indios, estos se incorporarán como segundos a las pachacas, para que puedan gobernar en ausencia del principal, sin que esto les cause perjuicio alguno, sino que se considere un honor.

82. Una vez que los repartimientos y provincias estén organizados bajo esta orden para evitar los problemas mencionados, conviene también establecer, conforme a la costumbre incaica, que todos los indios permanezcan en sus tierras de origen, sin cambiarse de una provincia o pueblo a otro. Como se mencionó, los curacas llevaban un control estricto y empadronamiento de los indios, sabiendo cuántos morían o desaparecían. Uno de los mayores excesos y más castigados era que un indio se mudase de su provincia o curaca original.

Nadie osaba cambiarse de lugar, ni siquiera por matrimonio, ya que las mujeres se daban preferentemente de la misma tierra, y en caso de provenir de otro pueblo, debían trasladarse donde vivía el marido. Aunque esta regla parezca dura, era necesaria porque los ingas conocían bien la naturaleza de los indios, quienes no tienen la capacidad para escoger lo que les conviene y no se mudaban por beneficio económico, sino a veces por pereza, para evitar el pago del tributo, o por influencia negativa, como el beber alcohol o recibir dádivas que fomentaban la holgazanería.

Esta situación ha causado que gran parte de la población ande errante y sin tierra fija, convirtiéndose en vagabundos. Una de las mayores ventajas de la visita general será reducir este problema, devolviendo a los indios a sus pueblos naturales para que trabajen y vivan en orden, con severas sanciones para quienes intenten mudarse sin permiso.

Así, si los tributos están ajustados y cada uno es empadronado en su pueblo, con su curaca responsable, será en beneficio de todos, pues evitará que se conviertan en vagabundos y se garantizará la estabilidad en la recaudación de tributos. De lo contrario, si un repartimiento tiene quinientos indios y luego la mitad se muda, el sistema colapsaría, con algunos pueblos sobrecargados y otros liberados de su deber. Esto está en concordancia con el gobierno incaico, que acertadamente adaptó estas medidas conforme a la capacidad de los indios.

83. Asimismo, para que lo anteriormente mencionado tenga efecto, es necesario cerrar la puerta a que los indios se hagan anaconas, y también reincorporar a sus pueblos a todos los que ya se han hecho anaconas después del levantamiento general de las tierras de los naturales. Porque, con esta medida, hay un número infinito de indios dispersos por la tierra, convertidos en vagabundos y holgazanes. El origen de los anaconas no fue ese; antes bien, los incas los sacaban de las provincias que les parecían para su servicio. Aunque los eximían del tributo, los hacían trabajar en sus haciendas y servicios, y les otorgaban chacras donde cultivaban para sí mismos. Eran gente principal, sabia y laboriosa; tanto que el inca muchas veces los designaba como curacas en varias provincias, por ser hombres capaces y entendidos.

Sin embargo, esta orden fue corrompida por los españoles, quienes permitieron que todos se hicieran anaconas sin orden ni límite, y en gran exceso, tomando de los pueblos los indios e indias que querían. Como no se llevaba registro de ellos, se dispersaban perdidos por todas partes, generando más anaconas sin control. Hoy en día no hay casi nadie que no tenga anaconas, incluso negros y negras; podría decirse que hay tantos como lunas.

Estos son un grupo perdido, que no están sujetos a ningún cacique, no reciben doctrina ni desean aprenderla. Se mantienen al servicio de los españoles y no guardan respeto con nadie; no es posible llevar cuenta con ellos ni enseñarles nuestra santa fe, porque no la quieren aprender. Son la gente más viciosa y sin ley de todas las Indias: grandes jugadores, ladrones, borrachos, y con otros muchos vicios. Sería de gran servicio a Dios poner remedio para que no se formen más anaconas y para que los que ya existen regresen a sus pueblos y caciques.

Si se considera que, por sus vicios y mal ejemplo, pueden perjudicar a los demás indios, deberían ser reubicados en algún lugar adecuado donde puedan ser establecidos en pueblos, y allí se les otorguen tierras donde se vean compelidos a trabajar, al tiempo que se supervise que reciban instrucción en la doctrina cristiana.

84. Asimismo, convendría que los visitadores encargados de estas visitas señalasen y tasasen a cada curaca y señor la cantidad justa de servicio que los indios les debían prestar, así como las tierras de cultivo que debían mantener para su sustento, para que supiesen que solo eso y no más se les debía exigir.

85. También, en las regiones donde la disposición de la tierra lo permitiera, deberían reducirlos a pueblos y repúblicas, y asignarles sus propias autoridades judiciales y gobernadores para resolver sus disputas y diferencias. Este reparto por cabezas, realizado de la manera ya descrita, es el más justo y equitativo, porque si se asigna un tributo global a una provincia para que luego se reparta internamente, siempre terminarán perjudicados los pobres, y beneficiados los poderosos y sus allegados, quienes se aprovechan del trabajo de los más humildes.

Sería recomendable que las personas encargadas de estas visitas y tasaciones de tributos fuesen elegidas por este Real Consejo, y que rindieran cuenta con total transparencia de sus actos, para que todo se realice con mayor cuidado y precisión.

86. Uno de los inconvenientes que suelen oponerse a la realización de estas visitas son los ardides y cautelas que los caciques y curacas acostumbran usar para encubrir la cantidad de indios que tienen en sus provincias, pues entienden que dichas visitas se hacen con el fin de cargarles tributos, y que conforme al número de indios que se les halle, se ha de hacer la tasación. Para ocultarlo, suelen hacer cosas muy dañosas a los dichos naturales: deshacen los pueblos, los mudan a otras partes encubiertas, adonde transportan todos los indios que pueden, y dejan de hacer sus sementeras, lo cual luego les causa necesidad.

Pero me parece que todas estas cosas cesarían si vieran que las personas encargadas de la visita son de diferente calidad que las que hasta ahora lo han hecho, y no como los cuarenta visitadores que tenía proveídos el conde de Nieva y los demás comisarios, que eran chapetones que había llevado consigo, y cuyo único fin, con los salarios que se les pensaban dar a costa de Su Majestad, era favorecer a cuarenta caballeros allegados. De esto ya estaban tan escandalizados los indios que comenzaban a prevenirse de la manera arriba dicha.

Pero entendiendo así los caciques como los atuntunas —porque a todos se ha de dar a entender el intento y efecto de dicha visita— no sólo no lo ocultarán, sino que no tendrán parte los caciques para hacerlo. Mayormente si se pone algún rigor en inquirir si usan de estos medios para encubrir a los indios, y al que se averiguare haciéndolo, se le prive del señorío; con esto no habrá ninguno que tenga tal atrevimiento ni resultará daño.

87. Y una vez liquidado, por dicha visita, el número de indios tributarios reducidos a la orden susodicha, se les podría imponer y señalar a cada uno un tributo cierto y ordinario para siempre. La cantidad que, sujeto a mejor juicio y la debida corrección, me parece que podría señalarse de tributo a cada indio, debe ajustarse conforme a la calidad, disposición, riqueza o pobreza de cada tierra o provincia, porque no son todas iguales —antes bien, hay muchas diferencias entre unas y otras.

Y parece que el tributo más justo que se podría echar a los indios, teniendo por presupuesto que cualquier tributo que se les imponga ha de ser por razón del trabajo de su persona o de su industria, trato u oficio —que en efecto todo es personal, pues no tienen haciendas ni rentas de las que, sin el trabajo de sus manos, puedan tributar—, es el que se modere para que lo puedan pagar trabajando treinta días en cada año, lo cual casi equivale al diezmo. En esos treinta días, moderando según el respeto de cada provincia, como se ha dicho, se podría situar y echar el tributo de la siguiente manera:

En la provincia de la ciudad del Cusco, cuatro pesos y un tomín por cada indio tributario al año.

En la ciudad de la Plata y toda la provincia de los Charcas, cuatro pesos y dos tomines.

En la ciudad de La Paz, provincia del Collao, cuatro pesos y un tomín.

En la ciudad de Arequipa y su jurisdicción, tres pesos.

En la ciudad de Guamanga, tres pesos.

En la ciudad de los Reyes, tres pesos.

En la ciudad de Huánuco, tres pesos.

En la ciudad de Trujillo, dos pesos y medio.

En las ciudades de Puerto Viejo, San Miguel y Guayaquil, dos pesos.

En las ciudades de Loja y Zamora, dos pesos y medio.

En la ciudad de los Chachapoyas, tres pesos.

En el valle de Jauja, tres pesos.

En la ciudad de Jaén, dos pesos.

En la ciudad de Santiago de los Valles, dos pesos.

88. Considero que el tributo debe fijarse en plata en las provincias de los Charcas, del Collao y en buena parte del Cusco. En otras regiones donde existan minas de oro o plata, los naturales podrán tributar en uno u otro metal, según les convenga. En los lugares donde no se disponga de estos minerales, el tributo podrá ser pagado en ropa de algodón o lana, u otros productos de la tierra, siempre valorados en la cantidad correspondiente, evitando que los indios se vean forzados a bajar de la sierra a los llanos para alquilarse y cargar fardos con el fin de obtener la plata, con el grave perjuicio que esto les ocasiona. Bastará que, en los pueblos de españoles establecidos en los llanos, trabajen como jornaleros los naturales de esas tierras, y que en los asentamientos serranos se ocupen los indios locales. En ningún caso deben ser obligados a alquilarse aquellos que sean oficiales, labradores u ocupados en sus propios oficios y haciendas.

89. La cantidad de tributo antes mencionada parece adecuada para cubrir los gastos descritos en este capítulo, debiendo pagarse únicamente por los indios, sin que se les imponga ningún otro tributo, carga o servicio adicional.

90. En caso de que Su Majestad asuma la responsabilidad de establecer las doctrinas, proveer los ornamentos y financiar la construcción de iglesias, así como la manutención de la justicia, podrían destinarse a estos fines dos tomines del tributo de cada indio. El resto del tributo se reservaría para los encomenderos y españoles, quienes son necesarios para la defensa del territorio. Esta distribución sería suficiente, considerando que, según las tasas actuales, los tributos que los indios pagan a sus encomenderos ascienden aproximadamente a un cuento, doscientos veinticuatro mil quinientos pesos, repartidos —aunque sin orden— entre los aproximadamente trescientos cincuenta mil tributarios del territorio. Dado que las visitas no han sido muy precisas, se desconoce el número exacto de tributarios; sin embargo, conforme a la cantidad estimada por tributo, el total se asemejaría a la cifra actualmente tasada. Aunque en algunas regiones los naturales están sobrecargados, esto puede compensarse aumentando la carga en otras que se hallan aliviadas. Además, se beneficiarán al contar con una norma clara y establecida para el tributo, sin quedar a merced de los caciques, quienes hoy pueden imponer arbitrariamente lo que desean, lo cual equivale, en muchos casos, a un tributo adicional.

91. En caso de que deban deducirse los tomines mencionados del tributo de cada indio para financiar los fines indicados, convendría que dicha suma fuese recaudada íntegramente por el encomendero y entregada a los oficiales de la Real Hacienda, quienes se encargarían de cubrir los gastos mencionados. Así se evitaría la multiplicidad de manos y cobradores, que tanto perjudican a los indios. Al menos, esto debería aplicarse a los encomenderos que ya poseen repartimientos, pues sería mal recibido que otra autoridad interviniera en la cobranza dentro de sus jurisdicciones, donde ejercen considerable dominio sobre los indios. Es prudente, en asuntos de este tipo, proceder con moderación para evitar descontentos. Para los repartimientos que se otorguen en adelante, sería conveniente al servicio de Dios y de Su Majestad que únicamente se conceda la renta fijada para el encomendero, hasta alcanzar la cantidad tasada. El excedente del tributo quedaría bajo la propiedad de Su Majestad. Y si Su Majestad desea conceder encomiendas conforme a la práctica actual, convendría que se hiciera con la condición de que los tributarios entreguen a los oficiales reales la suma destinada a doctrinas y otros fines, quedando el resto para el encomendero.

92. Para establecer la orden mencionada, debe realizarse primero la visita que anteriormente se propuso, sin considerar ninguna de las efectuadas hasta ahora, ya que ninguna ha sido lo suficientemente rigurosa como debería. En particular, considero importante advertir que no se tenga en cuenta una última visita realizada por encargo del marqués de Cañete, virrey, en la cual se registró un número de tributarios mucho mayor que en visitas previas. Dicha visita se efectuó únicamente a través de los caciques, sin inspeccionar directamente los pueblos ni a los tributarios, como era debido. Se tomó el número de indios únicamente por declaración de los caciques, quienes ahora se quejan de que se les hizo creer que la visita tenía como fin tasar los servicios que debían recibir de sus indios, por lo cual declararon menos de los que realmente tenían, para así obtener mayor servicio. Algunos de los propios visitadores que participaron en esa inspección, con quienes he conversado, tienen escrúpulos al respecto, y la mayoría de ellos ha preferido no emitir parecer alguno sobre dicha visita. Y en los pocos casos en que lo hacen, aunque indican haber hallado un mayor número de indios, proponen tasas tributarias inferiores a las anteriores.

93. Asimismo, considero que, al establecer los tributos para los naturales, estos deben ser impuestos equitativamente dentro de un mismo valle o provincia, y también entre quienes tienen el mismo oficio o actividad. No debe haber diferencias entre unos y otros, ya que en cuanto a capacidad, recursos o destrezas, no existen desigualdades significativas entre ellos. La carga, por tanto, debe ser igual para todos, tal como se hacía en tiempos del Inca, cuando el trabajo se repartía de forma equitativa entre todos.

94. También considero justo que ciertas personas estén exentas de tributar, como aquellos que descienden en línea recta de los incas, señores originarios de estas tierras, y los hijos legítimos de los curacas o señores particulares; pero no así otras personas.

95. En cuanto a la forma de repartir y recaudar dichos tributos, parece que la mejor disposición sería la siguiente: una vez empadronados los tributarios y advertidos tanto ellos como sus curacas del tributo que a cada uno corresponde, dejando claramente establecido que no deben pagar ni más ni menos de lo asignado y que el curaca no tiene facultad para aumentar ni disminuir dicha carga, se debe encargar a cada curaca la responsabilidad de reunir y recaudar el tributo correspondiente a sus cien indios. Para ello, se le debe otorgar la misma autoridad que poseía en tiempos del Inca, pues si se encarga a otra persona ajena a la comunidad, no comprendería a los indios ni estos a él. Se les debe advertir que, si se descubriera que algún curaca ha cobrado más de lo establecido, se le impondrá un castigo severo, a fin de que sirva de escarmiento para los demás. Con estas advertencias y con el conocimiento que tendrán los indios sobre lo que deben pagar, el curaca no tendría posibilidad de favorecer a unos ni perjudicar a otros. Además, convendría enviar en los tiempos adecuados personas encargadas de realizar visitas para verificar si ha habido algún abuso.

96. En el capítulo dieciséis se menciona que, en el año pasado de mil quinientos cincuenta y nueve, fue expedida una cédula de Su Majestad en Valladolid, el día cuatro de septiembre, dirigida a la Real Audiencia de la ciudad de Los Reyes. En dicha cédula se ordenaba al presidente y a los oidores de la Audiencia que expresaran su parecer sobre lo contenido en este capítulo, y sobre si sería conveniente establecer los tributos de los naturales por medio de las denominadas décimas. Los pareceres fueron enviados a Su Majestad debidamente cerrados y sellados.

Y dado que, como ya se ha señalado, toda la capacidad contributiva de los indios, y todo aquello de lo que disponen para tributar, consiste únicamente en el trabajo de sus personas y el arte de sus manos, parece más adecuada la disposición de distribuir el tributo en función de cada individuo —asignando a cada uno una cantidad fija— que establecerlo mediante el sistema de décimas.

Por tanto, en lo relativo a esta cuestión, parece que debe seguirse la orden previamente expuesta, tanto en lo referente a la forma de tasar el tributo como a su recolección. Y todo lo que hayan de tributar debe fijarse en una sola tasa conjunta, sin que, una vez tasados, se les imponga carga adicional alguna, ni bajo el nombre de diezmo ni por otro motivo. Ello causaría un grave perjuicio y vejación a los indios, ya que la presencia de múltiples recaudadores llevaría a que todos quisieran obtener provecho, y todo ello recaería sobre los naturales, redundando finalmente en su ruina.

97. Al final de este capítulo se manifiesta la santa y católica intención de Su Majestad de aliviar la carga de los indios de estas regiones, estableciendo tributos que sean moderados y menores que los que pagaban en tiempos de su infidelidad. Ya se han expuesto anteriormente algunas razones por las cuales parece que los tributos que actualmente pagan los indios resultan más gravosos y pesados que aquellos que ofrecían antes de su conversión.

Incluso si se compararan únicamente los servicios personales que los indios prestan hoy con los que ofrecían en tiempos de su infidelidad, parece evidente que los actuales superan en número y severidad a los anteriores, resultándoles más dañinos y onerosos. Esto se debe a que los servicios que entonces prestaban estaban destinados al buen gobierno del reino y al beneficio común, como la construcción de caminos, el mantenimiento de los chasquis (mensajeros) y el servicio en los tambos (posadas), actividades que hoy continúan haciendo, pero de forma más excesiva y desordenada.

Actualmente, estos trabajos se imponen sin respeto por sus antiguas costumbres ni por las divisiones tradicionales que los mismos indios habían establecido para repartir estas labores. Hoy, los corregidores asignan arbitrariamente las tareas a quienes desean, obligándolos a mantener los chasquis sin orden, sin verdadera necesidad y sin recibir paga alguna.

Asimismo, el servicio en los tambos se ha vuelto mucho más pesado. En tiempos del Inca, estos eran atendidos solo ocasionalmente, cuando el soberano enviaba algún emisario, y los caminantes oficiales eran abastecidos con víveres de la despensa real, que estaba provista de todo tipo de alimentos en abundancia. Si se trataba de otros viajeros, estos obtenían lo necesario mediante el trueque, ya que llevaban productos de sus tierras para intercambiar.

Ahora, sin embargo, los tambos nunca se vacían de caminantes españoles, muchos de los cuales se trasladan de un pueblo a otro sin justificación ni propósito alguno, simplemente para pasar el tiempo y vivir de balde. Todo lo que necesitan lo obtienen de los indios, quienes están obligados a servirlos sin compensación alguna.

La paga que reciben los indios por sus servicios es, en muchos casos, apenas unos golpes y, en ocasiones, se les lleva como mitayos con una carga a cuestas.
Si bien es cierto que en tiempos del Inca se entregaban indios para la guerra, aquello no era algo habitual, pues no siempre había conflictos. Por tanto, no debe tomarse como una carga constante. En cambio, desde la llegada de los cristianos, cada vez que ha habido guerra, se ha exigido a los indios una cantidad mucho mayor que la que se daba en tiempos del Inca.

Sin embargo, el trato es incomparablemente peor. Mientras el Inca los llevaba como soldados bien vestidos, presentables y debidamente alimentados, ahora se les lleva encadenados, hambrientos y cargados como bestias. No hay expedición que no haya costado la vida a más de diez mil indios llevados en estas condiciones y abandonados muertos en el camino.

Y ha habido muchas de estas campañas: la de Diego de Rojas, la de los Chunchos, la de Felipe Gutiérrez, la de Pedro de Candía, y la de don Diego de Almagro a Chile, donde quedó un despoblado de cien leguas lleno de cadáveres de indios muertos por el frío. En otra expedición a la misma provincia, llevada a cabo por Francisco de Villagrán por la cordillera nevada, se dejó morir a otro tanto número de indios. Otros capitanes que han pasado por esa región han hecho lo mismo, sin contar la jornada de Pedro de Valdivia, quien arrasó todo a su paso.

También se han hecho incursiones más recientes, no menos dañinas, como la de Juan de Salinas, la de Gómez Arias a Rupa-Rupa, y la de Pedro de Ursúa, quien, además de los indios que ya había reunido al partir, se llevó consigo toda una provincia y despobló un pueblo de cristianos. En todas estas entradas, así como en otras, se ha consumido una enorme cantidad de personas.

A ello se suma la pérdida de vidas durante las guerras civiles entre los propios españoles, como en la contienda entre Hernando Pizarro y don Diego de Almagro, en la de don Diego de Almagro el Mozo, la de Gonzalo Pizarro y la de Francisco Hernández. En todas estas, tanto los rebeldes como quienes decían actuar en nombre de Su Majestad, han utilizado el mismo método: llevar grandes grupos de indios encadenados, arrebatándoles su ganado, sus alimentos, sus pertenencias, y quemando sus pueblos.

En cuanto a las guerras, si se comparan con las del tiempo del Inca, las actuales superan a aquellas en cien veces por el daño causado.

En tiempos del Inca, si se construían casas en las provincias, era solo una; ahora, cada encomendero tiene una casa en su pueblo, y algunos poseen dos, tres o más. Si antes se edificaban casas para el Sol, ahora se han levantado iglesias, e incluso donde antes había solo una casa, hoy hay provincias con hasta cuarenta iglesias, todas con sus respectivos mitayos que las adornan y reparan constantemente.

Del mismo modo, se han asignado indios para cultivar y trabajar las chácaras (tierras) de los encomenderos. Si antes se entregaban yanaconas al Inca, ahora se ha dado muchos más, con el exceso y desorden ya descrito, pues cada conquistador tomó para sí tantos como tenía el Inca, y los curacas hicieron lo mismo. Esta desorganización y abuso va en aumento día tras día. A medida que llegan más españoles a estas tierras, las provincias y pueblos de indios se ven cada vez más diezmados, a causa de este uso desmedido de los yanaconas. Todos quieren servidumbre india porque es barata.

No hay cacique o principal que venga a un pueblo de españoles a traer indios por el tributo que no termine dejando una buena parte de ellos allí. Se los arrebatan los oficiales, los mercaderes y toda clase de personas: unos los esconden hasta que se marchan; otros los engañan ofreciéndoles una manta, y otros los roban los viajeros, cortándoles el cabello, lo que basta para considerarlos yanaconas.

Si el cacique acude a recogerlos para regresarlos a su tierra, estos acuden a la justicia y se les concede la “libertad”, que en realidad es una forma de esclavitud del cuerpo y del alma, pues se les retiene para complacer a los españoles. Es urgente poner remedio a esta situación, porque si no se actúa pronto, las tierras quedarán desiertas. Ningún indio que se convierte en yanacona vuelve a preocuparse por su casa, su esposa o sus hijos, sino que vive como un errante.

También se entregaban mujeres al Inca y al Sol, pero en mucha mayor cantidad se han dado ahora a los cristianos —o más bien, ellos mismos las han tomado—. Los encomenderos y demás españoles, solteros o casados, las tienen como concubinas o sirvientas de sus mujeres, y a veces como amantes propias o de otros. Negros, mestizos y yanaconas se comportan como si fueran incas a la hora de tomar mujeres; pero mientras el Inca las tenía encerradas, honestas, bien cuidadas y mantenidas, hoy se las utiliza para toda clase de disoluciones y vicios inimaginables.

Y aun, además de las mujeres que andan hoy de esta manera —y que por cada una que tuvo el Inca, hay ahora mil—, algunos encomenderos tenían, y algunos aún tienen, sus propias casas donde encerraban mujeres, al estilo de las del Inca, con toda la vigilancia y resguardo posible, únicamente para satisfacer su sensualidad. Esta práctica se ha visto algo reducida con la orden que manda casar a los encomenderos, aunque todavía no ha desaparecido del todo.

Asimismo, se solía dar al Inca oficiales que vivían en el Cusco y le servían haciendo vasos de oro y plata y otros oficios. A estos les daban tierras, con las que vivían holgadamente, sin pagar otro tributo. Pero los encomenderos han tomado también para sí todo tipo de oficiales, y con mucho más abuso que el Inca. Y aunque por provisión de Su Majestad se ordenó que dichos oficiales fueran liberados, en su lugar se mandó que pagaran como tributo todo lo que pudieran producir con sus oficios. Aun así, con la relajación y falta de cumplimiento de estas provisiones tras la partida de los comisarios, muchos de estos oficiales permanecen aún en poder de los encomenderos, quienes se sirven de ellos además de cobrarles tributos.

De manera que, en todos los tipos de servicios personales que los indios prestaban al Inca, hoy prestan mucho más, y eso que ya no queda ni la tercera parte de la población que había entonces. Por eso, parece evidente que hasta ahora no se ha logrado cumplir con la intención de Su Majestad de que los tributos y servicios exigidos a los indios sean menores que los que pagaban en tiempos de su infidelidad. Por tanto, es muy necesario remediar todos los excesos que arriba se han mencionado.

Y esto es lo que, en relación con los capítulos referidos, yo entiendo y alcanzo a decir, por lo que he visto y experimentado en aquella tierra.

98. Además de la cédula que arriba ha sido incorporada, llegó a mis manos una copia de otra que parece haber dado Su Majestad a los comisarios encargados del asunto de la perpetuidad. Por dicha copia, se advierte que fue despachada el 22 de julio de 1559. En ella se incluyen los mismos capítulos que contiene la cédula transcrita al inicio de esta relación, y además se agregan otros nuevos, a los cuales me ha parecido también responder conforme a lo que he visto y entendido. Para ello, transcribo aquí el encabezado de dicha cédula junto con los capítulos añadidos, en la forma siguiente:

99. Porque, al momento de tomar decisiones sobre los repartimientos de los indios en las provincias del Perú —sea en cuanto a la perpetuidad o en cualquier otra forma—, es necesario declarar y tasar con justicia los tributos, rentas y derechos que deben pagar los indios, para que dicha determinación se tome con mayor fundamento y legitimidad, por tanto, vos, el conde de Nieva, nuestro virrey y capitán general de dichas provincias; vos, el licenciado Birviesca de Muñatones, de nuestro Consejo; y vos, Diego de Vargas Carvajal, junto con los demás comisarios que para ello enviamos, habréis de informaros e investigar con la atención y criterio que se indica en uno de los capítulos de vuestra instrucción, lo siguiente:

Asimismo, se debe averiguar qué han de dar y pagar los indios como tributo en lugar del diezmo, destinado al culto divino, a los clérigos y religiosos, a los beneficiados y curas parroquiales, así como a la edificación de iglesias y monasterios y sus ornamentos. Para esta tasación, se deberá considerar los diezmos que actualmente pagan los españoles y también las rentas y tributos que antiguamente, en tiempos de su infidelidad, los indios solían pagar a sus dioses, al sol, a los santuarios y a cualquier otra renta destinada a sus templos. Esta información podría obtenerse preguntando a los indios ancianos o consultando antiguas pinturas. Así podrá saberse qué parte de los tributos que hoy pagan bastará para todo esto, o si será necesario añadir algo más, además de lo que ya deben entregar a los encomenderos.

100. Asimismo, la parte que deba asignarse para estos fines no debe establecerse en forma de diezmo, como se hace en Castilla, sino mediante una cantidad fija asignada a cada pueblo. Esto se debe a que, si se hiciera por medio de un diezmo, los naturales serían molestados y oprimidos en su cobranza por los ministros, y sufrirían excomuniones por parte de los prelados. Además, podrían escandalizarse, por ser ignorantes, y pensar que la ley de Cristo se les impone por dinero e intereses, ya que por causa de ella se les estarían imponiendo nuevos tributos.

Una vez que hayáis averiguado lo que los naturales deben aportar para el servicio de Dios, según lo dicho, se podrá entender cuánto les queda y cuánto pueden dar a los señores temporales.

Todo lo cual habréis de tratar y considerar, etc.

101. Para cumplir con lo dispuesto en los dos capítulos precedentes —que, en esencia, tratan de un mismo asunto—, conviene aclarar ciertas dudas que podrían suscitarse. En primer lugar, se pregunta si, además del tributo fijo y determinado que se imponga a los indios, debería añadirse alguna cantidad adicional en lugar del diezmo, destinada al culto divino y a los demás fines que se mencionan en dichos capítulos. A este respecto, considero que todo lo que los indios deban tributar —sea para el sostenimiento del culto, la doctrina cristiana, o el sustento de los españoles y encomenderos— debe estar incluido en una única suma de tributo cierto y ordinario. De esta cantidad debe asignarse la parte que se estime adecuada para el culto divino y el resto para los encomenderos. Así, el tributo será uno solo y, pagándolo, no quedarán los indios sujetos a ninguna otra carga, ya que su capacidad y posibilidad no permiten más.

102. Asimismo, cabe preguntarse si podría o debería exigírseles algún tributo en compensación por lo que ofrecían durante su tiempo de idolatría al sol y a las guacas. A esto se responde que, como ya se ha mencionado, lo que los indios ofrecían entonces al sol consistía principalmente en las chácaras que el Inca hacía señalar en cada provincia, el servicio para labrarlas y mantenerlas, y el ganado que también se dedicaba al culto solar. Muchas de esas chácaras, como se ha dicho, fueron repartidas entre los españoles al fundarse los pueblos, y estas tierras son las más extensas y fértiles. Algunas fueron recuperadas por los antiguos señores indígenas, quienes hoy las cultivan para pagar los tributos, aunque en muchas regiones ni siquiera tienen tierras suficientes. Los ganados del Inca y del sol, dedicados al culto, fueron tomados y destruidos por los españoles al entrar en la tierra, por lo que no queda ya nada que pueda ser compensado en ese aspecto. Tampoco procede compensación por el servicio dedicado al cultivo de las chácaras del sol, pues los mismos indios prestan ahora ese servicio para obtener los frutos con los que pagan el tributo. En cuanto a los sacrificios de ropa y ganado, casi todos eran ofrendas hechas por los incas, con bienes que ellos mismos proveían. Los indios particulares no realizaban estos sacrificios en cantidades relevantes. Otros servicios y ofrendas, como las de mujeres, chicha y otros elementos, no tienen un valor apreciable ni pueden ser objeto de compensación. En lo referente a las construcciones dedicadas a los antiguos santuarios, pueden considerarse compensadas con las iglesias que ahora se edifican en sus pueblos.

103. Por otro lado, puede surgir la duda de si es adecuado que los indios ya convertidos al cristianismo paguen el diezmo de sus cultivos y ganados, una vez deducidos los tributos entregados al encomendero. La respuesta es que obligarlos, por ahora, al pago del diezmo resulta muy perjudicial para su conservación, tal como se argumenta en el último capítulo de las dos cédulas mencionadas. En efecto, podría darse el caso de que los indios lleguen a pensar que nuestra santa fe católica se les enseña por mero interés económico, sobre todo si perciben que lo primero que se les exige al convertirse es pagar más tributos que los no cristianos. Verían que quien se hace cristiano es más gravado que quien no lo es. Los prelados, por su parte, parecen no darle importancia a esto, pues poco a poco imponen el diezmo a todos. No solo hacen diezmar a los encomenderos por sus cosechas y ganados, sino también por lo que reciben de tributo de los indios. En el caso de las ropas producidas en obrajes, recaudan la veintena; y por todo lo demás, el diezmo completo. Incluso en muchas partes recogen la veintena o el diezmo entero directamente de los frutos de los indios. Y según su modo de proceder, es de temer que pronto exigirán el diezmo a todos, ya que solo se preocupan por aumentar sus obispados y prebendas, sin asumir carga alguna de doctrina ni de establecer curas que administren los sacramentos, a menos que el encomendero les pague.

No sería tan inconveniente este cobro si se atrajera a los indios a pagarlo voluntariamente, haciéndoles comprender el deber de agradecer a Dios mediante el diezmo de los frutos que Él les concede. Si se les enseñara esta razón con buenas palabras y doctrina, y se les motivara a ello, sería distinto. Pero forzarlos mediante cobradores o con métodos coercitivos —como suele hacerse— lo considero nocivo para su conversión. Por tanto, estimo conveniente que se ordene que, mientras Su Majestad lo disponga, no se use ningún tipo de rigor ni coacción contra los indios en lo relativo al pago del diezmo, ni que los recaudadores tomen cuenta de ellos. Dado que prácticamente todo lo que producen lo entregan ya como tributo, del cual el encomendero paga el diezmo, es justo que se les exima de contribuir con lo poco que les queda para su precaria subsistencia.

Además de lo dispuesto en las cédulas referidas, existen otras cuestiones cuya consideración podría ser útil para la buena gobernación de aquellas tierras. A tal fin, se presentarán algunos apuntes, aunque no sean más que elementos para tener conocimiento de lo que allí sucede, dado que son tierras tan remotas que solo se sabe de ellas por relatos de oídas.

104. Lo primero que conviene entender es cuál es la costumbre o disposición de los indios de aquellas provincias respecto al cuidado de sus personas, así como su capacidad para dedicarse a labores productivas y administrar bienes propios. Como ya se ha dicho en otra parte, si bien es gente de entendimiento limitado y escasa cultura, no son tan brutales como los pintan los españoles. Lo que más contribuye a que parezcan seres toscos es la servidumbre en que se les tiene y el haber sido tratados como bestias, sin darles otro valor que el de servir. Esto ha hecho que ellos mismos se tengan en poco.

Y así, aunque tienen una marcada inclinación y deseo por llevar una vida cómoda, con buen sustento y vestido para sí mismos, sus esposas e hijos, nunca se les ha permitido alcanzarlo. No se les da oportunidad de trabajar en beneficio propio, y sus viviendas —cuando las tienen— apenas se diferencian de zahúrdas de puercos: reina en ellas una pobreza extrema que apenas se puede imaginar. Su vida entera la pasan trabajando para cumplir con los tributos, y por ello no sienten gusto ni satisfacción en ningún oficio, pues trabajan únicamente por necesidad. Ven que, aunque trabajen sin descanso, nada de lo que producen es para ellos, ni pueden disfrutarlo.

Por eso, a pesar de su codicia natural por adquirir bienes, les resulta imposible siquiera pensarlo, pues han perdido toda esperanza. Viven como quien está de paso, ocupándose solo de la necesidad inmediata, sabiendo que, aunque lograran algo más, no les pertenecería. Cuando vuelven a sus casillas o ranchos, ellos y sus mujeres están tan extenuados que no hacen más que dejarse caer al suelo para descansar. Allí comen y duermen, sin otra ambición que recobrar fuerzas. En todo el año no barren la casa, por no distraerse ni un poco de sus trabajos.

105. Sería muy importante, para facilitar su conversión y enseñanza en los principios de nuestra santa fe, establecer entre ellos cierto orden y gobierno que les permitiera ser tratados como hombres con cultura y limpieza. Para ello, en los lugares donde haya disposición, convendría reducirlos a pueblos y repúblicas bien trazadas, asignarles solares y espacios adecuados para construir sus casas, y fomentar una vida ordenada y digna. Además, habría que aliviarles en el pago de tributos, de modo que sus trabajos les dejasen algún beneficio personal, y que comprendieran que pueden tener algo propio. Así se verían motivados a adquirirlo por su cuenta.

106. Del mismo modo, para que se aficionen al trabajo y lo deseen por el beneficio que les reporte, sería necesario aumentarles el jornal. El que actualmente reciben quienes se alquilan —un tomín y un cuartillo de maíz diario— es insuficiente. Este salario fue fijado por la Audiencia cuando se abolió el servicio personal, en cumplimiento de una cédula de Su Majestad que ordenaba tasarles un jornal justo. Como hasta entonces los españoles estaban acostumbrados a servirse de ellos sin pagarles nada, incluso aquel escaso jornal pareció excesivo. Pero ahora que las cosas tienden a mejorar, parecería justo pagarles dos tomines al día, además del cuartillo de maíz y algo de carne o pescado, que son bienes de bajo costo. Muchos empleadores ya pagan ese precio, más por limpiar su conciencia que por justicia, y a un negro se le paga cuatro tomines diarios, aunque un indio rinde tanto como dos negros.

Si se les diera este trato justo y los gobernantes velaran siempre por su buen trato y progresiva incorporación a una vida ordenada, de forma que comprendieran que se les valora como personas, llegarían a dedicarse con empeño a producir y enriquecerse. Para este fin podrían ser de gran ayuda los religiosos encargados de las doctrinas, quienes tendrían un papel esencial en su guía y acompañamiento.

107. También es importante conocer el modo en que se ha tratado a los indios desde la llegada de los cristianos, particularmente en lo que respecta a su reparto y encomienda a los españoles. Esto se hizo en virtud de las comisiones y poderes que Su Majestad otorgó a los gobernadores, como se hizo con don Francisco Pizarro, el licenciado Vaca de Castro, el obispo de Sigüenza, don Antonio de Mendoza, el marqués de Cañete y el conde de Nieva. Todos ellos, ejerciendo esa facultad, encomendaron indios, y en los primeros tiempos lo hicieron de forma general, sin más instrucción que servirse de ellos conforme a las ordenanzas reales, dejando a los caciques sus mujeres e hijos y encargándoles su instrucción en la fe cristiana. Pero como los encomenderos no entendían tales ordenanzas —ni mostraron interés en comprenderlas—, creyeron que se les daban los indios como esclavos, junto con sus bienes y tierras, y así actuaron, usándolos como si fuesen propiedad suya.

Posteriormente, el obispo de Sigüenza introdujo más claridad y orden en las cédulas de encomienda. Entre otras disposiciones útiles, incluyó una cláusula que ordenaba moderar los tributos exigidos, con advertencia de que, si superaban los establecidos por la tasa general que se estaba elaborando, debían ser restituidos a los naturales. Sin embargo, todos los encomenderos excedieron esos límites y cobraron muchos más tributos, como lo reveló una visita ordenada por la Audiencia, en la que se determinó una enorme cantidad de tributos indebidos cobrados. Lamentablemente, como suele ocurrir con todo lo que favorece a los indios, esta disposición no se ejecutó, no por culpa de la Audiencia, y se perdió la oportunidad de recuperar una suma considerable de oro.

Por medio de estas encomiendas, los encomenderos adquirieron un señorío y dominio mucho mayores de lo que Su Majestad había pretendido, pues su propósito era asegurar la manutención del territorio y facilitar la predicación del Evangelio, no conceder señoríos hereditarios, como ellos alegan. Por ello, sería conveniente que, en las encomiendas futuras, se aclare con mayor precisión que no se les otorga dominio sobre los indios ni sobre sus tierras, ni se los entrega como vasallos o esclavos. Durante el tiempo que gobernó la Audiencia, con la ejecución de las provisiones reales en defensa de los naturales, se empezó a corregir este abuso, y se fue limitando ese dominio indebido. Sin embargo, con el actual gobierno, se ha vuelto al desorden anterior, pues quienes debían reformar la tierra mostraron excesiva deferencia hacia los ricos y ninguna consideración por los pobres.

108. Asimismo, dado que Su Majestad, mediante reales provisiones, ha prohibido que los naturales del reino sean utilizados como cargadores, es necesario examinar si este uso tiene origen antiguo entre ellos, en tiempos de sus señores naturales, y qué consecuencias les trae hoy. Al respecto, se afirma que el uso de cargar era costumbre antigua entre los indios, que ya lo practicaban en tiempos de los incas y aun antes. Los tributos que entregaban al Inca, en lugares donde no había carneros, se transportaban por medio de personas, y también se cargaban con alimentos y objetos necesarios para el servicio de sus casas.

Por tanto, el agravio no reside en la carga en sí, sino en el exceso con que los españoles la han impuesto. Antiguamente se hacía con gran moderación: solo una vez al año, el peso era razonable y el trabajo se repartía entre muchos, que se turnaban con orden y buena organización. Pero desde la llegada de los cristianos, todo se ha hecho sin mesura ni consideración: se ha cargado a los indios como a bestias, con fardos excesivos, obligándolos a recorrer largas jornadas sin descanso ni alimento, y empleándolos no solo para tributos y servicios domésticos, sino también en faenas lucrativas, en mercaderías y hasta para transportarse en hamacas y andas por largas distancias. De estos abusos han resultado muchas muertes y enfermedades, siendo este uno de los trabajos más pesados y nocivos para su salud.

Por ello, la prohibición de Su Majestad de que no se les cargue es santa y justa. Sin embargo, aún se les sigue cargando, ya que algunos lo hacen con la esperanza de ganar algo de dinero para pagar su tributo. Como ahora estas prácticas se hacen a escondidas, los españoles no se atreven a abusar tanto como antes, por temor al castigo. Pero es necesario que Su Majestad refuerce la ejecución de esta provisión, pues con la partida de los comisarios ha desaparecido el temor, y muchos han vuelto a cargar indios y ordenar su transporte en hamacas, incluso dando mandamientos para ello, cuando tales abusos ya estaban casi erradicados. Es preciso, por tanto, que se mande poner rigor en este asunto.

109. Asimismo, sería muy conveniente establecer alguna buena disposición respecto al servicio que los indios prestan en los tambos y como chasquis. No deberían estar obligados a servir en ellos si no es mediante un pago justo, pues, siendo que todos transitan por esos caminos para ocuparse de sus propios intereses y negocios, no es razonable que los indios los sirvan gratuitamente y les proporcionen lo necesario sin retribución alguna.

Aunque es cierto que este servicio en los tambos es antiguo y ya existía en tiempos de los incas —quienes lo instauraron para un buen gobierno y organización del territorio, de modo que hubiese abastecimiento en los caminos y facilitara el comercio y la comunicación entre regiones—, en aquel entonces no implicaba tanta carga ni fatiga como ahora. El servicio no era tan frecuente ni tan exigente, y los indios no sufrían las vejaciones y abusos que ahora se cometen. En lugar de los tambos, bien podrían establecerse ventas (posadas privadas), y así liberar a los indios de este trabajo.

110. Asimismo, dado que la riqueza y prosperidad de aquella tierra depende en gran medida de lo que se extrae de sus minas de oro y plata, siempre se ha procurado, por parte de quienes gobiernan, establecer medidas para aumentar dicha extracción. Sin embargo, en los últimos años, esta riqueza ha disminuido y el comercio ya no tiene la abundancia de antaño. Entre las propuestas discutidas está la de enviar y forzar a más indios a trabajar en las minas.

Pero ello no solo va en contra de lo que Su Majestad ha prohibido expresamente en sus reales ordenanzas y provisiones —por ser injusto y perjudicial para los naturales—, sino que además no resulta útil ni efectivo para incrementar la riqueza del reino. Las minas de las que actualmente se extrae plata, como las de Potosí y Porco, ya cuentan con todos los indios necesarios para su explotación, y aún sobran. Incluso si se añadieran muchos más, no se lograría mayor producción, sino que se ocasionaría daño a los indios al sacarlos de sus tierras y obligarlos a realizar trabajos que no conocen, sin obtener ningún beneficio adicional para las minas.

La razón por la cual la producción ha disminuido es que las minas ahora están más profundas y el trabajo para extraer el metal es mucho mayor. A esto se suma que, siendo menor la cantidad de metal, debe repartirse entre mucha más gente. En los tiempos en que la tierra era abundante en plata, trabajaban en ella cerca de cinco mil hombres; hoy hay más de diez mil, por lo que inevitablemente el rendimiento individual ha disminuido.

El problema no es la falta de indios en las minas, pues siempre hay los necesarios. Siguen extrayendo, fundiendo y pagando el quinto real con regularidad, sin que se note merma sustancial. Lo más conveniente es dejarles en libertad, para que acudan voluntariamente a trabajar en las minas, y no entorpecer la organización que ya tienen. Toda vez que se ha intentado imponer nuevas leyes o normas en ese comercio, este ha sufrido grandes pérdidas, se ha roto su funcionamiento habitual y ha tardado mucho en recuperarse.

El único buen gobierno para fomentar el aumento de la riqueza minera es asegurar la paz y la justicia, evitando autoridades abusivas que escandalicen a los indios con penas y preceptos inventados para su propio provecho. Tales abusos han hecho que muchos indios abandonen los asientos mineros.

Además, se debe procurar que haya suficientes personas que los instruyan en nuestra santa fe. Solo así crecerá esa contratación, pues continuamente viven en esos asientos más de cincuenta mil almas, la mayoría dedicadas al comercio de metales y otros suministros para las minas. Siempre hay abundancia de metales de todo tipo, y mientras haya viento, las guairas (hornos portátiles) no dejan de fundir.

De hecho, semanalmente llegan a fundición siete u ocho mil pesos de quintos, y nadie sabe con certeza de qué minas provienen ni cómo se extraen, pues esto se maneja entre los mismos indios. Por ello, no hay mejor modo de conservar dicha contratación que dejarla como está, ya que con ese sistema nunca ha dejado de producir con regularidad.

111. Pero, dado que las minas actuales están ya muy profundas y su explotación requiere mayor esfuerzo, sería conveniente que Su Majestad ordenase a las autoridades del reino que dispongan lo necesario para buscar y catear nuevas minas de plata, tanto en la provincia de los Charcas como en otras regiones. Asimismo, a quienes se dediquen a esta labor debería brindárseles todo el apoyo necesario, pues podría darse el caso de hallarse vetas más accesibles y menos trabajosas de explotar.

112. Del mismo modo, con el propósito ya mencionado de aumentar la riqueza de aquellos asientos, se han considerado diversos medios. Algunos, en su afán de agradar a los gobernadores, sostienen que sería útil obligar a los indios diestros que viven en Potosí a trabajar en las minas, prohibiéndoles dedicarse a otras actividades o negocios. Otros afirman que los Anaconas mineros se están empleando en cultivar chácaras y sementeras junto con los españoles, así como en traer víveres para comerciar en Potosí. Y que, por haber tantos labradores, los alimentos se abaratan; por lo tanto, si se obligase a los Anaconas a abandonar el cultivo de sementeras y volver a las minas, habría más obreros, se extraería más plata y, al encarecerse los alimentos, los indios se verían forzados a producir más metal para poder adquirirlos.

Estas y otras ideas se han discutido con vehemencia en el consejo de los comisarios, tomando muchos pareceres. Sin embargo, no son más que especulaciones de gente ociosa que no comprende la realidad: como ya se ha dicho, no falta mano de obra indígena para la extracción de metales, y obligarlos a trabajar mediante estos medios injustos y perjudiciales para la república no aumentaría la producción, sino que podría incluso reducirla. Lo más sensato es no insistir en llevar más indios a Potosí, pues los que fuesen no estarían capacitados para el trabajo minero y terminarían alquilando su trabajo o padeciendo miseria como gente sin oficio. Además, no hay necesidad de nuevos obreros, ya que de ordinario hay entre cuatro y cinco mil Anaconas mineros cuyo oficio es precisamente extraer metales y comerciar con ellos. Ellos extraen toda la plata que se puede obtener de las minas, y no sólo comercian con el metal proveniente de Potosí y Porco, sino también con el de muchas otras minas de la comarca, cuya ubicación sólo ellos conocen. Por esta razón, se tiene por seguro que dicha contratación no faltará mientras se mantenga el orden actual.

113. Además de las minas de Potosí, hay muchas otras descubiertas y actualmente en explotación, como las de Berenguela, Huamanga, los Conchucos, Huánuco, Tarapacá y otras partes. En algunas de estas, aunque el metal es más rico que el de Potosí, no se ha hallado una veta abundante, por lo que la cantidad extraída en conjunto es escasa.

114. También hay minas de oro en muchas regiones, como en Carabaya, los Aymaraes, Parinacocha, Zamora y otros lugares, donde el trabajo que realizan los indios es incomparablemente más duro, porque los climas son extremadamente perjudiciales y deben estar constantemente dentro del agua, lavando el mineral. A veces, un indio puede pasar todo el día lavando sin obtener ni un solo tomín de oro. Allí se ve la desdicha y el maltrato que sufre el minero cuando no produce lo suficiente. En Zamora, donde el oro es un poco más abundante, la tierra es tan inhóspita que no se cría nada en ella, y su clima es tan severo que mueren quienes llegan de otras regiones. Así ocurre con los indios que son llevados allí: pocos logran salir con vida. Creo que estas minas acabarán por despoblar toda la provincia de La Zarza y sus alrededores, y que dentro de poco no quedará allí ningún indio. Y dado que las minas son ricas y valdría la pena invertir en ellas, sería completamente justo que Su Majestad ordenase trabajarlas con esclavos negros antes de que se extingan los indios, pues actualmente los explotan sin medida ni orden, con una brutalidad como pocas se han visto en las Indias.

115. En ese reino hay otro tipo de actividad económica que es aún peor y más dañina para los indios: la producción de coca. Esta es una planta parecida al zumaque, que los indios acostumbran a mascar mientras trabajan, caminan o realizan otras labores. Este uso es antiquísimo, anterior incluso al dominio de los incas. La consideran muy valiosa y nutritiva, pues dicen que, mascándola, no sienten hambre, sed ni fatiga.

La coca se da en casi todos los valles y llanos, y en muchas zonas de la sierra, especialmente en quebradas profundas donde el sol reverbera mucho y el clima es cálido y húmedo, ideal para su cultivo. Su mayor producción se concentra en las cordilleras de los Andes, entre quebradas muy hondas y caudalosas, en tierras cálidas e inhabitables donde nunca vivió gente. Allí, el Inca establecía plantaciones de coca y enviaba mitimaes —llamados camayos— provenientes de tierras cálidas para cultivarla en pequeñas cantidades, exclusivamente para el Inca y algunos señores, pues no todos los indios tenían acceso a ella.

Después de la llegada de los españoles, al notar la afición que los indios tenían por esta planta, comenzaron a cultivarla en masa para comerciar con ella. Tomaron para ello chacras de los antiguos incas, y, al acabarse esas tierras, solicitaron a los cabildos nuevos terrenos en los montes y selvas. Han desmontado enormes extensiones para plantar coca, lo cual ha costado y sigue costando innumerables vidas de indios. No se ha tenido ninguna consideración por la preservación de los naturales, sino sólo por su destrucción.

Durante el tiempo de los incas, había pocas plantaciones y los mitimaes asignados a ellas eran originarios de zonas cálidas, para que el cambio de clima no afectara su salud. Los españoles, en cambio, han multiplicado las chacras sin ningún control, y para trabajar en ellas extraen indios de zonas frías como el Cuzco, La Paz y Charcas, y los trasladan a los Andes. Allí, muchos mueren por el cambio de clima, otros por una enfermedad que llaman “mal de los Andes” —similar a un cáncer fulminante— y otros de hambre y agotamiento. Así, los Andes se han convertido en un cementerio donde se ha consumido y se sigue consumiendo gran parte de la población.

Pero hay allí un mal aún mayor: la codicia desmedida de los españoles y la total falta de justicia. Si acaso se nombra a alguien con autoridad, suele ser aún más ladrón que los demás. Los encomenderos con chacras propias utilizan a sus indios; así, muchos han destruido pueblos enteros, sin que quede un alma viva. Los que no tienen encomiendas contratan cuadrillas de indios por periodos de tiempo determinados —lo que llaman mita— para cosechar, encestar y trabajar la coca. Los indios llevan su propia comida para el tiempo que dura la mita, pero si no llegan los relevos a tiempo, los patrones los retienen hasta que mueren por agotamiento y falta de alimento.

También quienes administran las chacras reales en nombre de Su Majestad cometen abusos: una vez que los indios terminan su mita oficial, los retienen para que desmonten nuevas chacras privadas para los mayordomos, lo que causa aún más muertes por trabajo excesivo, hambre y el clima.

Frente a estos excesos, algunos gobernantes han considerado eliminar el cultivo de coca. Porque, investigado a fondo, no tiene valor nutritivo alguno: sólo produce un sabor amargo y mantiene la boca húmeda, sin aportar sustancia real. Sin embargo, por el apego que los indios le tienen y porque este comercio es una de las principales fuentes de ganancia —el medio por el que se extrae la plata de manos indígenas—, nadie se atreve a prohibirla del todo. Aun así, sería completamente justo y sensato prohibir el cultivo de nuevas chacras y restringirse únicamente a las que existían en tiempos del Inca. Ya que la coca no tiene valor alimenticio real, bastaría con esa cantidad para mantener la actividad sin seguir destruyendo vidas.

116. Además, es cosa muy necesaria que se provea un juez cristiano y fiel que resida en los Andes durante los tiempos en que los indios acuden al beneficio de la coca, para que se les haga justicia y no se permitan los agravios y abusos que allí se cometen, y que se hagan cumplir las ordenanzas que ya están establecidas sobre dicho comercio de la coca. A este juez se le debería otorgar un salario adecuado, pues no tendría otro modo de aprovechamiento. Sería acertado que dicho juez fuese nombrado desde acá, porque es necesario escoger una persona de tanta cristiandad y confianza como si se tratara del más importante oficio de allá; y por lo general, ese cargo se otorga a alguien solo para que se aproveche de él, prestando más atención a la persona que al oficio.

A ese juez se le deben entregar todas las tasas fijadas para la coca, para que nadie las exceda ni se permitan conmutaciones de otros servicios o tributos en el beneficio de dicha planta. Tampoco debe permitir que ningún indio esté más de veinticuatro días en la mita. Asimismo, según lo que considere conveniente, podrá añadir ordenanzas que le parezcan necesarias, con la debida autoridad de la Audiencia Real. De esta manera cesarían muchos daños y perjuicios que hoy sufren los indios en esos Andes, donde hay gran necesidad de remedio.

117. En cuanto al servicio de los indios, es preciso corregir otro gran desorden. Cuando se abolió el servicio personal por provisión de Su Majestad, los encomenderos lo sintieron tan amargamente que, para mitigar en parte su descontento, la Audiencia dispuso un medio por el cual se permitió que dichos encomenderos pudieran servirse de algunos indios para tareas domésticas como traer leña, hierba, agua, carbón y otros servicios. Para ello, se estableció una tasa tan baja que apenas sirve como pretexto de pago.

Además, pretendieron los encomenderos que este pago se hiciera en productos que ya estaban obligados a dar en las tasas, alegando que así se compensaban los servicios; lo hacían porque no necesitaban tales productos o sabían que los indios no los tenían ni podían proporcionarlos. Así estaban las cosas cuando se levantó Francisco Hernández.

En efecto, por esta autorización, los encomenderos se apropiaron del servicio de sus indios de forma tan extensa y prolongada, aprovechando lo barato del arreglo, que hasta hoy gozan de él en gran exceso y con grave perjuicio para los naturales. De ahí se deriva un daño aún mayor: algunos, al tener más indios de los que necesitan para el servicio doméstico —pues los tomaron con ese pretexto—, los envían a los Andes para trabajar en el beneficio de la coca, que es un servicio mucho más perjudicial. Sin embargo, les siguen pagando solo lo que estaba tasado para el servicio doméstico.

Incluso hay quienes no poseen coca pero, según me han informado, toman indios para el servicio doméstico a seis tomines semanales y luego los alquilan a otros que sí tienen coca por tres pesos a la semana. Con estas prácticas —pues las conciencias son muy elásticas— se han introducido muchos abusos muy perjudiciales. Por ello, sería muy conveniente que Su Majestad ordene que cese este servicio personal encubierto, pues ya es tiempo de razón y justicia. Si alguien desea contratar indios para que les traigan leña, carbón u otras cosas, que se las compren —pues ellos las traen siempre a vender— o que les paguen a dos tomines por jornal diario, además de su comida.

118. Asimismo, en tiempos recientes se ha debatido en ese reino sobre la perpetuidad de los indios, tema encargado por comisarios enviados por Su Majestad, y se ha discutido si esta medida sería conveniente y beneficiosa para aquella tierra. Por lo que he observado y comprendido sobre la naturaleza del asunto, me ha parecido oportuno poner en conocimiento de Vuestra Señoría lo que he concluido, pues entiendo que podría contribuir al servicio de Su Majestad y al bien del reino.

Considero que dicha perpetuidad podría concederse, siempre que se establezcan condiciones justas y razonables que no perjudiquen a los naturales. De ese modo, Su Majestad obtendría algún ingreso que podría emplear en necesidades del reino. Pero si se otorgara sin tal moderación, no solo resultaría sumamente perjudicial para la tierra, sino también contrario al servicio de Su Majestad.

Son muchas las razones que sustentan esta postura, en particular la necesidad que tiene Su Majestad de ser socorrido con alguna suma de pesos de oro, que ese reino podría proporcionar mediante esta merced. Asimismo, parece que los indios serían mejor tratados si la perpetuidad se diera bajo la regulación que más adelante se propone, pues los encomenderos, al tener aseguradas sus rentas, procurarían conservarlos. En cambio, actualmente lo único que buscan es aprovecharse del presente, explotarlos cuanto puedan y regresar a Castilla con riquezas, sabiendo que su encomienda tiene un fin.

Además, se les quitaría el incentivo de volver a España y de acumular dinero con apremio y perjuicio de los indios. También se evitaría que los repartimientos pasaran de unos amos a otros, lo cual es gravemente dañino para los naturales, ya que cada nuevo encomendero se comporta como si los indios nunca hubieran servido antes, exigiéndoles nuevamente. Otro mal que se evitaría es el trato que reciben bajo la administración de los oficiales de la Real Hacienda, que es aún peor que el de los encomenderos, pues cobran el tributo diaria y rigurosamente, sin indulgencia alguna, aunque el indio no pueda cumplir con la carga, mientras que los encomenderos al menos a veces la perdonan.

Por esta causa, muchos indios que han estado bajo la administración de Su Majestad han sido gravemente perjudicados, ya que no tienen quien los defienda, y los cabildos les han quitado muchas tierras para entregarlas a españoles. Al quedar sin tierras, se han despoblado muchos pueblos. Si hubieran tenido un señor que los amparase, no les habrían arrebatado esas tierras. Por tanto, es justo que se tome providencia al respecto y que se les restituyan las tierras que les fueron quitadas tras el alzamiento general de la tierra. Existen también muchas otras razones notorias que sustentan esta restitución.

119. Las condiciones que parecerían convenientes para conceder la perpetuidad serían las siguientes:

Primero, que se realice una visita y tasación general de la tierra, en la cual se fije el tributo ordinario que los indios habrán de pagar de manera perpetua, empadronando los pueblos y asignando a cada uno y a cada indio la parte que le corresponda, de modo que el tributo sea claro y conocido. En esa tasación, se deberán corregir los agravios que sufren actualmente los indios, de modo que no haya más quejas ni necesidad de nuevas revisiones.

Establecido este orden, la perpetuidad se concedería exclusivamente sobre esa renta o tributo fijado, asignado a cada encomendero sobre su repartimiento. De esa renta únicamente disfrutaría él y sus hijos y descendientes, sin que tengan ningún otro poder ni facultad —ni señorío, ni jurisdicción civil ni criminal— sobre los pueblos, los indios, sus tierras ni haciendas. Solo podrán cobrar la renta o tributo asignado.

Y en contrapartida por esta merced, se haría a Su Majestad el servicio ofrecido y el que pudieran dar razonablemente. Conceder esta perpetuidad junto con jurisdicción o mayor señorío sería profundamente perjudicial para los naturales y conllevaría su ruina total. También derivaría en grave daño para Su Majestad.

120. Las razones por las cuales, en caso de que Su Majestad decida conceder la mencionada perpetuidad, esta deba otorgarse con las condiciones señaladas y no con jurisdicción ni propiedad, son las siguientes:

Primero, porque es bien sabido por quienes conocen aquellas tierras que la gente que las habita es tan sumisa, humilde y miserable que, aun sin que los encomenderos tengan actualmente jurisdicción ni perpetuidad sobre ellos, sufren grandes abusos y no se atreven a quejarse ni a oponerse. Para que siquiera una pequeña parte de las injusticias que padecen sea denunciada, es necesario que sientan gran protección en quienes los gobiernan, y que los religiosos que los instruyen los animen a buscar algún remedio ante las opresiones recibidas.

Ahora bien, si supiesen que son vasallos perpetuos y que su encomendero posee jurisdicción plena para imponer cualquier pena, el miedo y el sometimiento serían tales que muchos podrían morir de desesperación, como ya sucede a diario que algunos se quitan la vida por ese motivo, y otros se entregan a la fatalidad y mueren cuando se ven acosados y agotados. Por su parte, los encomenderos tendrían aún más licencia para dejarse llevar por su codicia y crear nuevas formas de explotación y abuso para esquilmar y desollar a los indígenas, pues actualmente muchos se abstienen más por temor que por voluntad.

Además, si los encomenderos gozaran de señorío y propiedad sobre los pueblos e indígenas con jurisdicción, sería sumamente difícil que se cumpliera o tuviera efecto alguna de las disposiciones santas que Su Majestad ha dictado y dictará en adelante, destinadas a aliviar su conciencia y garantizar el buen trato y conservación de los naturales. Ya se ha observado, aun cuando no tienen propiedad sino una encomienda temporal, la dureza con la que se ha manejado la situación y la dificultad que ha generado cada una de las medidas aplicadas en aquellas tierras. Por lo tanto, es fácil imaginar lo que ocurriría si tuvieran pleno dominio sobre dichos repartimientos, como saben bien quienes conocen la región.

Por otra parte, sería un grave perjuicio para el patrimonio real de Su Majestad que se produjera tal enajenación, pues el interés que Su Majestad perdería sería mucho mayor que el servicio que en la actualidad le prestan los encomenderos. Además, es sumamente inconveniente que, en una tierra tan distante de la presencia real, las propiedades de los pueblos y vasallos estén en manos particulares, pues ello les otorgaría una libertad tal que impediría que se administre la justicia y la equidad como corresponde. Quienes gobernaran en nombre de Su Majestad tendrían así una tarea mucho más difícil para mantener la paz y la justicia, situación que requiere una seria consideración, tal como se ha constatado con la experiencia de los negocios pasados.

Estos inconvenientes no solo son argumentos sólidos para no conceder la perpetuidad con jurisdicción en general, sino que incluso se aplican para no otorgarla en particular, aunque sea solo en los repartimientos que están bajo dominio directo de Su Majestad. Otorgar jurisdicción en tales casos abriría un precedente que otros querrían seguir, lo que daría lugar a reclamaciones similares que, con el tiempo, parecerían justificadas.

121. Además de los inconvenientes ya mencionados, existen muchas otras razones por las cuales no debe concederse la perpetuidad con jurisdicción. Tales motivos son tan evidentes y han sido expuestos por numerosas personas, que no se consideran necesarios repetir aquí.

Si la merced se otorgase por la vía indicada anteriormente —es decir, manteniendo en Su Majestad la propiedad, el señorío y la jurisdicción sobre los repartimientos y pueblos, y concediendo únicamente la renta y el situado que corresponda sobre ellos—, se derivarían las siguientes ventajas:

Primero, en aquellas tierras son muy pocas las personas con capacidad para comprar un repartimiento completo, si este es considerable. Tampoco sería conveniente que, disponiendo Su Majestad de algunos repartimientos bajo su dominio, estos se entregaran a muchas personas, pues ello causaría un grave perjuicio a los naturales. Si se limita la disposición únicamente a la renta, este problema desaparece y surgirían muchos más compradores para porciones pequeñas, cada uno conforme a su capacidad, lo cual aumentaría considerablemente el precio.

Además, en numerosos repartimientos, tanto los ya encomendados como aquellos bajo dominio directo de Su Majestad, existen tierras y términos disponibles donde, en un futuro, podrían fundarse pueblos españoles, ya que muchas de esas tierras están despobladas de indígenas. Si alguien que no sea Su Majestad llegara a ser señor de esos nuevos pueblos, resultaría muy inconveniente para la tranquilidad de la región, especialmente si se trata de vasallos españoles; y aún más, no conviene que otros tengan bajo su dominio a los indígenas.

Concediendo la merced con las condiciones mencionadas, los encomenderos obtienen tanto o incluso más beneficio que si se les otorgara con jurisdicción, y muchos lo entienden así, pues no pretenden más que dejar a sus descendientes una renta que los sostenga, y no vanidades que les hagan perderla. Por su parte, Su Majestad obtiene el beneficio esperado: recibir una suma adecuada para suplir sus necesidades, manteniendo la soberanía total sobre aquellas tierras, sin perder señorío ni propiedad alguna, ni ver disminuida la renta.

Lo más importante es que, al quedar la propiedad de toda aquella tierra en Su Majestad, se facilitará sobremanera la implantación de nuestra santa fe católica, así como la enseñanza y doctrina a los naturales con mayor comodidad. Los ministros y religiosos podrán actuar con más libertad, sin las grandes resistencias y dificultades que surgirían si la perpetuidad se otorgara con jurisdicción. De hecho, aún sin jurisdicción plena, ya se experimentan conflictos, porque cuando el religioso o sacerdote encargado de la doctrina no colabora con el encomendero o no tolera sus abusos hacia los indígenas, este último procura expulsarlo del repartimiento, y en la mayoría de los casos lo logra por su propia autoridad.

122. Asimismo, se ha discutido la posibilidad de que los caciques y señores indígenas sirvan a Su Majestad con alguna contribución económica, para evitar que las tierras se enajenen de la corona real. En este asunto han intervenido algunos religiosos del reino, y creo que Su Majestad ya ha recibido informes al respecto. Sin embargo, esta propuesta carece de fundamento sólido.

Como se mencionó anteriormente, una de las mayores cargas y vejaciones que sufren los naturales de estas provincias proviene precisamente de sus propios caciques. Por ello, es crucial que en ningún caso se permita que estos caciques tengan voz ni poder para introducir medidas que, bajo pretexto de aumentar los servicios a Su Majestad, terminen incrementando los abusos contra los indígenas.

Aunque aún no se haya tomado decisión alguna al respecto, ya se ha observado que, amparándose en ciertas reuniones de caciques convocadas por Fray Domingo de Santo Tomás, algunos empezaron a imponer nuevos tributos y servicios a sus comunidades, justificándolos como parte de la contribución para la perpetuidad. Alegan que, dado que no se concede la perpetuidad a los españoles, esta medida evitaría que los indígenas quedaran en condición de esclavos. Sin embargo, muchos indígenas se han quejado de que los tributos que actualmente pagan ya son difíciles de soportar, tanto en esfuerzo como en vejación, y que no podrían afrontar ninguna carga adicional.

Aunque algunos caciques son señores poderosos con grandes caudales en haciendas, oro y plata, o que fácilmente podrían obtener riqueza de guacas y enterramientos que conocen, su falta de virtud y honestidad los lleva a no aportar nada de sus propios recursos. Siempre trasladan la carga económica a los pobres indios, quedándose ellos con una parte de lo que se recauda.

Por tanto, respecto a este punto sobre los posibles tributos que se podrían obtener de los indígenas para la perpetuidad, no se espera ningún beneficio real ni aumento de ingresos, a menos que se reduzcan las cantidades que actualmente pagan por los tributos ya establecidos. Aunque quienes han tratado este asunto muestran buen celo y buscan el bienestar de los naturales, no parece que sus pretensiones produzcan algún resultado favorable; por el contrario, podrían causar más perjuicios.

Compilado y hecho por Lorenzo Basurto Rodríguez

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