Paullu Inca: El príncipe que navegó entre dos mundos
Hijo del poderoso Huayna Cápac y de
Añas Collque —una dama noble, descendiente a su vez del señor principal de la
provincia de Huaylas (Áncash)—, Paullu Inca nació en fecha y lugar inciertos.
Según los testigos en la probanza de su nieto Melchor Carlos Inca, vino al
mundo en un paraje llamado Paullo, cuando su madre se dirigía a unas casas de
recreo que Huayna Cápac poseía en Yucay; de allí habría tomado su nombre. En
cambio, el cronista Juan de Betanzos sostiene que su nacimiento tuvo lugar en
Tiahuanaco (actual Bolivia).
Como correspondía a su linaje,
Paullu recibió en el Cusco una esmerada educación. Ayos y maestros de la corte
imperial lo formaron en el arte de gobernar y en los menesteres de la guerra,
preparándolo para desempeñarse como un príncipe hábil y discreto. Alcanzada la
edad establecida, fue armado “orejón”, rango equivalente al de caballero
principal del Tahuantinsuyo. Los contemporáneos lo describieron como un joven
de carácter pacífico, “lucido y vistoso”.
Paullu Inca contrajo matrimonio con
Tocto Ussica, descendiente de Inca Roca, con quien tuvo dos hijos: Carlos
Inquill Topa Inca —conocido también como Melchor Inca— y Felipe Inquill Topa.
Sin embargo, no se limitó a esta unión. Llegó a reconocer al menos una
treintena de hijos, aunque las crónicas sugieren que fueron muchos más, nacidos
de distintas mujeres, algunas de ellas posiblemente sus medias hermanas.
Su heredero principal fue Carlos
Inquill Topa Inca, fruto de su relación con doña Catalina Tocto. Pocos días
antes de su muerte, Paullu oficializó el matrimonio con ella, y tras recibir el
bautismo pasó a ser conocida como Catalina Ussica o Catalina Tocto Ussica.
Aunque adoptó varias costumbres
hispanas —montaba un caballo blanco y vestía terciopelo de color grana y
carmesí—, nunca abandonó por completo las tradiciones de sus antepasados. En el
palacio de Colcampata continuó celebrando fiestas como el Inti Raymi, mantuvo
la ordenación de orejones y, aún después de un año de su muerte, se le
rindieron en el Cusco los purucayas, las solemnes honras fúnebres andinas.
Estas ceremonias, descritas por
cronistas como Juan de Betanzos, tenían lugar aproximadamente al cumplirse un
año del fallecimiento del soberano. Más que simples ritos funerarios, poseían
un fuerte significado político y ritual, pues buscaban honrar al Inca muerto y
reafirmar la continuidad del linaje y del orden tradicional andino.
Paradójicamente, pese a su inclinación
pacífica, el convulso escenario político y social de su tiempo lo arrastró a
continuos conflictos bélicos. Incluso llegó a enfrentarse a su propio hermano,
Manco Inca, en apoyo de los conquistadores, al mando de un ejército de entre
quince y veinte mil indígenas. Esta conducta le valió el reproche de algunos,
que lo calificaron de “títere”, aunque en realidad buscaba evitar choques
inútiles y preservar a su pueblo. Convencido de la imbatibilidad de las armas
europeas y de la inevitable permanencia de los españoles, consideró más
prudente pactar que resistir.
En 1527, siendo todavía muy joven,
murió Huayna Cápac. La sucesión derivó en una cruenta guerra civil entre dos de
sus hijos: Huáscar y Atahualpa. Paullu, que había crecido en el Cusco junto a Huáscar,
apoyó su causa, pues era el heredero legítimo. La victoria de Atahualpa desató
una feroz represión sobre la panaca de Huáscar y sus partidarios. Perseguidos y
masacrados, muchos cusqueños huyeron a montes y parajes costeros inhóspitos.
Paullu también fue blanco de esa persecución y debió refugiarse en el Collao,
ocultándose en una isla del lago Titicaca hasta la muerte de Atahualpa.
Regresó al Cusco cuando la presencia
española ya estaba consolidada en la ciudad. El 3 de julio de 1535, junto al
sumo sacerdote Vila Oma, acompañó al adelantado Diego de Almagro en la
expedición destinada a explorar y conquistar el Collasuyo. La travesía resultó
penosísima: el hambre y los fríos glaciales diezmaron al ejército indígena, con
más de diez mil muertos, y en Tupiza (Bolivia) desertó el propio Vila Oma.
Almagro, sin embargo, prosiguió hasta llegar a Coquimbo (Chile), donde recibió
la noticia de la nueva división territorial hecha por la Corona y su
nombramiento como mariscal de la Nueva Toledo. Convencido de que el Cusco
quedaba dentro de su jurisdicción, emprendió el retorno.
Durante los veintidós meses que duró
la expedición, Paullu prestó a Almagro valiosa ayuda con su prestigio,
autoridad y conocimientos militares. El mariscal, agradecido, lo proclamó Inca
de la Nueva Toledo y le otorgó la mascaipacha, la borla imperial que
simbolizaba el poder supremo en el Tahuantinsuyo. No obstante, cronistas como
Juan de Betanzos y el Inca Garcilaso de la Vega señalaron que Paullu colaboraba
con Almagro siguiendo un plan secreto acordado previamente con su hermano Manco
Inca.
En diciembre de 1533, Francisco
Pizarro, consciente de la dificultad de gobernar a tantas gentes diversas,
nombró Inca a Manco Inca Yupanqui, hijo de Manco Cápac. Sin embargo, según
informa Betanzos, el nuevo soberano comprendió muy pronto que aquella dignidad
era más nominal que efectiva. En consecuencia, urdió con Paullu y el sumo
sacerdote Vila Oma un plan destinado a deshacerse de los conquistadores:
dijeron a Diego de Almagro que en Chile existían fabulosas riquezas de oro,
incitándolo a emprender una expedición hacia aquellas tierras. Eligieron
deliberadamente la ruta más ardua, atravesando altas montañas desiertas y sin
recursos, confiando en que el hambre y el frío aniquilarían a la mayor parte de
los españoles. Vila Oma debía desertar tras algunas jornadas, mientras Paullu
continuaría con la comitiva hasta superar los grandes pasos de montaña; allí, los
pocos supervivientes serían fácilmente exterminados por los pueblos de Chile.
Mientras tanto, Vila Oma levantaría en armas a las etnias del Collao para
acabar con los que intentasen regresar al Cusco.
Garcilaso de la Vega refiere que el
plan comenzó a ejecutarse: Vila Oma abandonó la expedición en Tupiza, tras
concertar con Paullu que este se quedara vigilando los movimientos de los
españoles para, llegado el momento, tenderles una emboscada en el Collasuyo.
Paullu expuso esta intención a los capitanes indígenas, pero estos la
rechazaron al considerar que sus fuerzas estaban demasiado debilitadas: más de
diez mil indios habían perecido ya de hambre y frío en la travesía nevada.
Desde entonces, la posibilidad de derrotar a los españoles se redujo considerablemente.
En tal encrucijada, Paullu deseaba auxiliar a su hermano Manco, pero al mismo
tiempo buscaba evitar más matanzas inútiles. Esta convicción lo inclinó a
permanecer junto a los conquistadores.
Según fray Martín de Murúa, cuando
Paullu regresó al Cusco en 1537, halló la ciudad cercada por un ejército de
Manco Inca que, con cerca de cien mil hombres, mantenía el asedio desde hacía
un año. La llegada de las tropas de Almagro desde Chile obligó a levantar el
cerco; Manco Inca se replegó primero a Ollantaytambo y luego se internó en la
selva de Vilcabamba, desde donde continuó hostigando a las poblaciones y
caminos controlados por los españoles. El Cusco, tras tan largo asedio, se
hallaba en ruinas: casas, palacios y murallas habían sido incendiados. El
naciente gobierno hispano emprendió su reconstrucción, encargando a Paullu la
dirección de los trabajadores.
Por esas fechas, siempre según
Murúa, Paullu envió una embajada a su hermano proponiéndole que Almagro y sus
cuatrocientos soldados se unirían a él para acabar con los Pizarro. Manco
aceptó negociar cerca de Vilcabamba, pero al percatarse de la presencia de
tantos soldados, desconfió y atacó por sorpresa. Almagro y Paullu apenas
lograron salvar la vida, cruzando un río en improvisadas balsas. Sin embargo, parece
evidente que la intención de Paullu había sido mediar para alcanzar la paz
entre los vilcabambinos y el bando almagrista. De hecho, Pedro Cieza de León
confirma que tras aquel combate no se deterioraron las relaciones entre los
hermanos: al contrario, Manco reanudó gestiones para atraerlo a su causa.
Paullu, firme en su convicción, respondió que prefería detener la guerra antes
que multiplicar viudas y huérfanos.
Paradójicamente, su pacifismo no le
evitó volver a empuñar las armas. En julio de 1537 combatió en Amaybamba
(Vilcabamba), convencido de que, si lo apresaban, se pondría fin a la rebelión.
También participó en la batalla de las Salinas, el 26 de abril de 1538,
apoyando a su amigo Diego de Almagro hasta la derrota del mariscal. La
ejecución de este no cambió su postura: Paullu continuó leal a los españoles,
ahora bajo el mando de los Pizarro.
A comienzos de 1538, los pueblos del
Collasuyo, agobiados por la presión del general Tico —enviado de Manco Inca
para sumarlos a la rebelión—, pidieron socorro a los españoles y a Paullu. En
agosto, él acudió con sus tropas junto a Hernando Pizarro y el capitán Diego de
Rojas. El enfrentamiento fue desigual: sus fuerzas eran muy inferiores a las de
los capitanes de Manco. Murieron numerosos indios de Paullu y varios españoles,
entre ellos casi el propio Hernando. Acorralados en el río Desaguadero, treinta
jinetes intentaron cruzar a nado y perecieron ahogados. En medio de la
desesperación, Paullu ordenó construir balsas con palos y sogas, logrando así
salvar al resto de los combatientes.
Meses después, volvió a mostrar su
lealtad al rescatar nuevamente a Hernando Pizarro en la provincia de Charcas y
Chuis (Bolivia). En marzo de 1539, gracias a sus gestiones, se alcanzó la paz
con Tico y los curacas del Collasuyo. No obstante, Manco Inca intensificaba la
guerra, arrasando Limatambo, Andahuaylas y Huamanga, llegando a situarse a
pocas jornadas del Cusco. A petición de Francisco Pizarro, Paullu participó
entre mayo y julio de 1539 en la expedición destinada a capturarlo en
Vilcabamba. Tras diez días de combates en Vitcos, los rebeldes fueron
derrotados y su esposa, Cura Ocllo, hecha prisionera; pero Manco logró escapar
cruzando un río a nado.
El prestigio de Paullu entre los
españoles creció rápidamente. Almagro lo había proclamado Inca y, poco después,
Francisco Pizarro le entregó como residencia el palacio de Colcampata —fundado
por Manco Cápac y heredado por Huáscar—, además de varias encomiendas que
producían 12.000 pesos. Todo fue confirmado en 1543 por el gobernador Cristóbal
Vaca de Castro.
El 26 de junio de 1541, los
almagristas, vengando la ejecución de su caudillo, asesinaron a Francisco
Pizarro en Lima. Para restablecer el orden, Carlos V envió al Perú al
licenciado Cristóbal Vaca de Castro, quien reunió un poderoso ejército y
derrotó a los almagristas en la batalla de Chupas (Ayacucho) el 16 de abril de
1542. Paullu colaboró en la logística y salió al encuentro del nuevo gobernador
cuando este entró en el Cusco.
Bajo la tutela de frailes y
clérigos, recibió formación cristiana durante años, pero no fue bautizado hasta
1543. La ceremonia, oficiada por el comendador fray Pérez de Arriscado, tuvo
como padrinos al padre del Inca Garcilaso de la Vega y a un hermano de Paullu,
Tito Auqui. Ese mismo día se cristianizaron también su familia y numerosos
allegados. Adoptó entonces el nombre de Cristóbal, en honor de Vaca de Castro,
y quiso vestir el hábito de ermitaño, aunque el gobernador se lo prohibió.
Con sus propios recursos, Paullu
fundó una ermita en la que un clérigo, llamado Porras, y un ermitaño oficiaban
misa diariamente, enseñaban la doctrina católica a numerosos indios y los
iniciaban en la lectura y la escritura.
En 1544 apoyó a Gonzalo Pizarro,
quien se había rebelado contra las Leyes Nuevas de Indias promulgadas
por Carlos V en 1542. Sin embargo, al advertir el carácter despótico del menor
de los Pizarro, Paullu cambió de bando en 1546 y se unió al licenciado Pedro de
La Gasca, enviado por el Emperador como presidente de la Audiencia y
pacificador del Perú. El 9 de abril de 1548, en la llanura de Jaquijahuana (Cusco),
Paullu participó en la derrota definitiva de Gonzalo Pizarro.
Ese mismo año, según refiere el
cronista Bernabé Cobo, La Gasca quiso poner fin al foco rebelde de Vilcabamba,
donde gobernaba el joven Sayri Túpac, sucesor de Manco Inca, asesinado tiempo
atrás. El presidente consultó a diversas personas sobre la mejor forma de
atraerlo fuera de la selva, y todos coincidieron en que el más indicado para
iniciar la negociación era Paullu. Antes de partir hacia Lima, La Gasca le
otorgó poderes para llevar adelante la delicada misión.
Paullu actuó de inmediato: envió una
embajada a su sobrino, cargada con presentes de oro y plata valorados en más de
cien mil pesos. Los capitanes que gobernaban en nombre del niño Inca recibieron
con agrado la misión y respondieron que saldrían de la selva al verano
siguiente, pues en invierno resultaba imposible organizar la marcha.
Acompañaron la respuesta con ricos obsequios: piezas de oro y plata, tejidos
finísimos de cumbi y animales propios de la región.
Durante el invierno, Paullu preparó
la expedición destinada a conducir a Sayri Túpac al Cusco. Pero al iniciarla, y
cuando apenas habían llegado al pueblo de Guyanacapaco (Limatambo), enfermó
gravemente. Obligado a regresar a la capital, falleció pocos días después, en
la primera quincena de junio de 1549.
Su muerte fue profundamente sentida.
Aunque había sido bautizado cristiano y recibió sepultura en la ermita que él
mismo había fundado, los indios conservaron hacia él la devoción de sus
antiguos monarcas. Según Garcilaso de la Vega, le fabricaron una pequeña
estatua, a la que incorporaron uñas y cabellos arrancados en secreto, para
venerarla como a los cuerpos momificados de sus reyes.
La desaparición de Paullu marcó un
giro en las relaciones entre los incas de Vilcabamba y los españoles: los
rebeldes, privados del único lazo de confianza que tenían con los
conquistadores, rompieron los contactos durante casi ocho años. Así, pese a sus
enfrentamientos con Manco Inca, Paullu se convirtió en un verdadero eslabón
de unión entre los indígenas que aceptaron la dominación hispana y los que
se refugiaron en la resistencia.
Hecho y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez
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