Paullu Inca: La reescritura de un legado en el Perú colonial

En la historiografía moderna, Paullu Topa Inca suele aparecer como un traidor a su pueblo. Sin embargo, este juicio ofrece una visión distorsionada de las circunstancias de su vida tal como las entendieron sus contemporáneos. En su tiempo, muchos españoles lo respetaron, y tanto los incas como otros pueblos andinos lo reconocieron como un hombre de gran autoridad y prestigio. Tras su muerte, los complejos acontecimientos de la invasión y la conquista, en los que Paullu Topa Inca tuvo un papel destacado, fueron reducidos a una narrativa simplificada, elaborada desde la perspectiva del bando vencedor en las guerras civiles. Con la consolidación del Estado virreinal, esa versión terminó por volverse canónica. No obstante, quienes lo recordaban en vida lo evocaban dentro del marco de sus propias memorias de niñez y juventud.

En octubre de 1596, don Melchor Carlos Inca obtuvo del virrey don Luis de Velasco una cédula que ordenaba realizar en el Cusco una probanza sobre el linaje y los servicios prestados a la Corona por su abuelo, Cristóbal Paullu Topa Inca. El objetivo de dicha pesquisa era recuperar el repartimiento de Hatuncana, que —según alegaba Melchor Carlos— había sido concedido a Paullu no solo por dos vidas, como pensó erróneamente un antecesor de Velasco al otorgarlo a otro Hatuncana, sino en perpetuidad.

Aunque la justicia solía avanzar lentamente, apenas dos años y medio más tarde, entre mayo y octubre de 1599, Antonio Pereira, regidor del Cusco, llevó a cabo la probanza, recogiendo el testimonio de 15 españoles y 10 andinos. La parte referente al linaje de Paullu no suscitó controversias: era hijo del Inca Huayna Cápac y de Añas Collque, hija del señor de Guaillas. Contrajo matrimonio con Tocto Ussica, descendiente de Inca Roca y miembro de su panaca. De esta unión nació un solo hijo, Carlos Inca, quien se casó con María Desquivel, una extremeña de Trujillo. El único descendiente de ambos fue Melchor Carlos Inca, quien entonces reclamaba la posesión de Hatuncana. Para 1599, ser descendiente de un soberano inca aún era un honor considerable, pero ya no implicaba sospechas políticas: nadie contemplaba seriamente la restauración del incario.

Muy distinto fue el caso de la vida política de Paullu. Varios cronistas, como Agustín de Zárate y Francisco López de Gómara, lo describieron como un aliado leal de los españoles casi desde el inicio. El sumario de la probanza solicitada por Melchor Carlos respaldaba ampliamente esa imagen: se consignaba que Paullu acompañó a Diego de Almagro en su expedición a Chile y que, junto con él, socorrió a los hermanos Pizarro cuando estos fueron sitiados en el Cusco por su propio hermano mayor, Manco Inca, reconocido como soberano por Francisco Pizarro.

El documento omitía toda referencia a las guerras civiles entre pizarristas y almagristas, limitándose a resaltar el apoyo de Paullu a la facción vencedora, al acompañar a Hernando y Gonzalo Pizarro en sus campañas en el Alto Perú. Tampoco mencionaba la tentativa de Gonzalo de proclamarse rey del Perú. En cambio, registraba la participación de Paullu en las filas realistas durante la batalla de Xaquixaguana. Para entonces ya se había convertido al cristianismo y adoptado la vestimenta española. Su muerte, en 1549, fue llorada por muchos.

La vida de Paullu fue notable, aunque en tiempos modernos le ha valido calificativos como «Inca claudicante y entreguista» o «artífice del oportunismo político». Sin embargo, en su época fue reconocido como Inca por los miles de hombres andinos que lo siguieron a la guerra, por las multitudes que lo lloraron en su funeral y por los testigos indígenas que declararon en la probanza de Melchor Carlos. Las dicotomías entre inca y español, tan nítidas en la historiografía posterior, resultaban mucho menos claras en el siglo XVI.

Aún en el siglo XVI coexistieron dos visiones distintas sobre la vida de Paullu: una elaborada durante su propia existencia y otra que se consolidó en los años menos convulsos posteriores a su muerte. La expedición de Diego de Almagro a Chile, realizada con el apoyo de Paullu, ilustra bien esta dualidad. El testimonio de sus contemporáneos resulta mucho más complejo e incierto que el recogido en la probanza de Melchor Carlos o en documentos posteriores.

Según los testigos de dicha probanza, Paullu acompañó a Almagro a petición de su hermano, Manco Inca, y de Francisco Pizarro, con el fin de conquistar Chile. Sin embargo, hacia la década de 1550, cronistas como Cieza de León y Betanzos sostenían otra versión: Manco habría enviado a Paullu con la intención de guiar a Almagro por un camino desolado, carente de víveres, para condenarlo a perecer junto con sus hombres «de hambre y de frío». A los españoles, mientras tanto, se les prometía que en Chile abundaban el oro y las riquezas, algo que Manco y otros incas sabían que no era cierto. La estrategia consistía en que, durante la ausencia de Almagro, Manco sitiara el Cusco y expulsara a los españoles, recuperando así el imperio.

Pero el plan fracasó. Paullu no condujo a Almagro a una muerte segura. Tal vez muchos de sus seguidores habían perecido, haciendo inviable la empresa. También es posible que, contrariamente a lo afirmado en la probanza de 1599, Paullu no hubiese roto todavía sus lazos con Manco. Lo cierto es que, según Gonzalo Fernández de Oviedo, Almagro mantuvo comunicación desde Chile con Manco, tratando de persuadirlo para esperar su regreso y buscar juntos una fórmula de coexistencia pacífica bajo la Corona. Para Oviedo, el verdadero obstáculo eran los Pizarro. De hecho, aseguraba que Paullu transmitió a Almagro que, si derrotaba a los hermanos, Manco estaría dispuesto a negociar la paz.

Finalmente, Paullu se inclinó por apoyar a Almagro. Sin embargo, la historia dio un giro inesperado: el asedio del Cusco fracasó no solo porque Almagro, en momentos decisivos, sacrificó sus propios intereses para auxiliar a los Pizarro, sino también porque Paullu convenció a varios de los guerreros de Manco para que regresaran a sus hogares o se pasaran al bando contrario.

Mientras los españoles se dividían entre pizarristas y almagristas, Manco, sin poder recuperar el terreno perdido, se replegó a Vilcabamba, convencido de que los españoles contaban con la ayuda de Viracocha. Poco antes, según Cieza, Paullu había llegado a una conclusión semejante, aunque expresada de forma más pragmática: durante el sitio del Cusco, afirmó a un capitán de Manco que, aunque se habían reunido más de doscientos mil hombres para destruir a los españoles, el resultado había sido únicamente la muerte de decenas de miles de indígenas —más de cincuenta mil, según le informaron—, dejando huérfanos y viudas en incontables familias. Por ello, aconsejaba a los mensajeros e indios que se acercaban a su campamento que no continuaran luchando contra los españoles.

Paullu pareció aplicar esta misma lección a su propia vida tras la derrota de Almagro frente a los Pizarro en la batalla de Las Salinas de 1538. Aunque combatió inicialmente en el bando de Almagro, pronto se incorporó a las filas pizarristas, decisión que Cieza de León celebró, pese a su simpatía hacia la causa almagrista. Para ambos —Cieza y Paullu— lo esencial era poner fin al derramamiento de sangre.

En 1540, dos años después, Paullu presentó una probanza solicitando recompensa por los servicios prestados a la Corona. Almagro ya había muerto, y Paullu omitió toda referencia a Las Salinas, aunque uno de los testigos se permitió un escueto recuerdo al afirmar sobre el conquistador «que gloria haya». En muchos sentidos, aquella probanza fue una primera versión de la que, décadas más tarde, promovería su nieto Melchor Carlos, en la que el episodio de Las Salinas aparecía igualmente relegado, aunque recordado por algunos testigos andinos. Para entonces, el destino de Almagro importaba poco: la victoria pizarrista había sido absoluta y consolidada por más de cuarenta años de gobierno y práctica administrativa. En ese contexto, la identidad de Paullu fue presentándose de manera más uniforme, no solo respecto al conflicto entre pizarristas y almagristas, sino también en relación con la construcción de memorias adaptadas a los vaivenes de la política colonial.

Las probanzas, en efecto, no se limitaban a establecer hechos concretos: eran también instrumentos para modelar la identidad de las personas según las circunstancias del momento. No extraña entonces que un médico declarara a Gonzalo Fernández de Oviedo que los consejeros reales tenían razón en desconfiar de las probanzas hechas en Indias, pues había visto muchas que relataban servicios y méritos que nunca se habían realizado.

En la probanza de 1540 y en otras ocasiones, Paullu subrayó su deseo de convertirse al cristianismo. Un año después recibió el bautismo, tomando el nombre de Cristóbal en honor a su padrino, el licenciado Cristóbal Vaca de Castro. Al mismo tiempo, renunció oficialmente —aunque quizá no en la esfera privada— a sus múltiples consortes, conservando solo una, con la que contrajo matrimonio eclesiástico. Los nombres cristianos adoptados por él y su familia narraban por sí solos una estrategia simbólica: su madre pasó a llamarse Juana Añas Collque, probablemente en homenaje a la reina Juana, madre y cogobernante de Carlos V; su hijo primogénito recibió el nombre de Carlos Inca, en honor al propio emperador; y su esposa, descendiente de Inca Roca, fue bautizada como Catalina Tocto Ussica, en alusión a Catalina de Austria, reina de Portugal y hermana de Carlos V. La única excepción era el propio nombre de Paullu: «Cristóbal», que no encajaba en esta nomenclatura dinástica. Sin embargo, manifestó su preferencia por «Paulo», en referencia al apóstol San Pablo, mucho más cercano a su nombre original.

Aunque las fuentes no lo dicen explícitamente, es posible suponer que detrás de estos nombres se ocultaba una pretensión política andina, reforzada por la majestuosidad con la que Paullu continuó presentándose en público. Según testigos españoles y andinos de la probanza de 1599, acudía a misa llevado en litera por nobles incas, y, siguiendo el protocolo real, todos debían bajar la vista al pasar frente a él. Más allá de estas ceremonias, que medio siglo después podían evocarse con simpatía, lo decisivo fue la magnitud de las exequias de Paullu en 1549: toda la ciudad del Cusco lamentó su muerte, y entre 400 y 500 soldados incas ocuparon su casa hasta la conclusión del entierro. Según la costumbre, ese gesto aseguraba que ningún usurpador se adueñara de la familia del difunto ni del gobierno de la ciudad, y que el hijo legítimo fuese reconocido como señor universal del imperio.

Como señala Betanzos, era «costumbre de Cusco» que, a la muerte del soberano inca, su casa fuese ocupada para garantizar una sucesión pacífica. Sin embargo, información de este tipo, que evidenciaba la vigencia real del poder inca, no podía aparecer en una probanza, ni siquiera en la más tardía de 1599.

De acuerdo con los testimonios —tanto españoles como andinos— recogidos en esa probanza, Paullu vivió y murió como un cristiano ejemplar. Francisco Unapaucar, por ejemplo, lo describió de manera pintoresca: «siendo catequizados [...] Paullu Topa Inca y Tocto Ussica su mujer [...] por un fraile franco tuerto de un ojo [...] recibieron el agua del santo bautismo y se casaron y velaron según orden de la santa madre iglesia. Este testigo los vio hacer vida marital, viviendo juntos bajo un mismo techo, comiendo en una mesa y durmiendo en una cama». Además de llevar una vida conyugal al estilo cristiano, la pareja asistía regularmente a misa en la iglesia mayor del Cusco, practicaba la caridad con los pobres y, tras la muerte de Paullu, recibió solemnes exequias en el monasterio de San Francisco. A ese entierro acudieron españoles e incas, orejones y caciques principales, junto con numerosos habitantes de la comarca, quienes lloraron su pérdida.

No obstante, lo que los testigos de la probanza apenas mencionaron fue que al funeral cristiano lo acompañó un complejo ceremonial propio de las exequias incaicas. Betanzos, que residía entonces en el Cusco, observó el ritual, aunque sin comprender su significado. Un año después, siguiendo la costumbre inca, el aniversario de la muerte de Paullu fue conmemorado con otro gran rito. Cieza de León, presente en esa ocasión, confesó que la ceremonia le evocaba a «los reyes del pasado», pero se negó a describirla, calificándola de «gentilidades» aún demasiado visibles como para resultar aceptables.

A pesar de estos elementos tradicionales, nadie —ni entonces ni más tarde— puso en duda la sinceridad de la fe cristiana de Paullu. Para algunos indígenas de su tiempo, la conversión fue un trauma desgarrador que implicaba abandonar hogar y familia. Sin embargo, ese no fue el recuerdo que dejaron los testigos andinos de 1599 sobre su «señor natural». En su memoria, el cristianismo de Paullu se reducía a tres pilares fundamentales, de los cuales solo uno era estrictamente religioso: saber la oración cristiana, aprender a leer y escribir, y adoptar la vestimenta española.

Don Juan Pichota, descendiente del Inca Viracocha, describió con detalle este proceso de evangelización: Paullu y varios de sus deudos fueron catequizados por clérigos, frailes y ermitaños en una ermita construida junto a su casa de Colcampata —donde más tarde se erigiría la parroquia de San Cristóbal— y en otros lugares señalados. Allí, además, se enseñaba a leer y escribir a quienes lo deseaban. Una vez bautizado, Paullu adoptó el hábito español, ejemplo que pronto siguieron sus parientes y caciques allegados.

En suma, para Paullu y su séquito la conversión no fue un acto individual, sino una experiencia comunal y, al mismo tiempo, un medio para acceder al mundo político de los invasores. La ermita que fundó junto a su residencia en Colcampata —convertida posteriormente en la parroquia de San Cristóbal— revela un proyecto de evangelización concebido, al parecer, por el propio Paullu. Esa ermita funcionaba como sustituto de la piedra sagrada del cerro de Huanacauri, que él había apropiado cuando los españoles destruyeron el adoratorio allí existente. Para dicha piedra Paullu había construido una «casa, junto a la suya, y desde entonces se hacía allí la fiesta del Raymi, hasta que los cristianos la descubrieron y la sacaron de su poder». Así, tanto la “casa” de Huanacauri como la ermita de Colcampata podían interpretarse como espacios sagrados incas, reconfigurados ahora bajo una apariencia española o cristiana.

Los testigos de 1599 recordaban con insistencia que Colcampata había sido otorgada a Añas Collque, madre de Paullu, por el Inca Huayna Cápac al desposarla, y que Paullu consiguió conservarla a lo largo de los años turbulentos de la invasión, legándola después a sus descendientes. En el nuevo orden legal y social impuesto por los españoles, poseer Colcampata equivalía a reclamar un lugar en el sistema nobiliario hispánico. Esa fue una de las motivaciones de la probanza de 1540, que obtuvo respuesta de Carlos V mediante dos cédulas confirmando el derecho exclusivo de Paullu sobre la propiedad. En ese contexto, la capacidad de leer y escribir, así como el manejo de documentos, se volvieron herramientas esenciales para sostener una posición en la sociedad colonial. De hecho, algunos testigos españoles destacaron que el emperador había concedido a Paullu un privilegio con armas heráldicas para él y su descendencia, documento solemne en pergamino con sello real, que aún en 1599 se conservaba en poder de Melchor Carlos Inca, bisnieto de Huayna Cápac.

Para los testigos andinos, en cambio, aquel privilegio carecía de interés. Era un método ajeno, español, para certificar la nobleza, mientras que ellos recordaban haber compartido con Paullu la catequesis y el bautismo. Leer, escribir o valorar un documento sellado por el rey eran prácticas que desconocían, lo cual se reflejaba en que ninguno firmó su testimonio. Su memoria y su identidad se expresaban en otros registros, distintos de los hispánicos.

La contribución de estos testigos andinos al recuerdo de Paullu fue, por tanto, esencialmente inca y andina. Aunque la prudencia los llevó a evitar referencias directas a las solemnes exequias incaicas celebradas en 1549 y 1550, sí hablaron con amplitud de las expediciones militares en las que habían acompañado a Paullu, al igual que lo hicieron los testigos españoles. Su testimonio más vívido, sin embargo, giró en torno a su linaje, a su crianza y al Cusco que habían conocido en su juventud. Para 1599, buena parte de esas evocaciones era considerada por algunos cronistas, como Cieza de León, simples «gentilidades». Pero, dado que se referían a tiempos anteriores a la llegada de los españoles —cuando aún no era posible ser cristiano—, podían mencionarse sin reparos. En consecuencia, estas «gentilidades» se entrelazaron con los datos genealógicos exigidos por la probanza y pasaron a formar parte inseparable de la identidad de Paullu.

Martín Llanu Yupanqui, descendiente del Inca Viracocha, recordaba haber sido apenas un niño en edad de empuñar las armas cuando presenció, en la plaza de Huacaypata, el matrimonio entre Huayna Cápac y Añas Collque, madre de Paullu. Allí, sentado junto a su padre y otros hanan Cuscos, vio cómo el Inca recibía a Añas Collque como esposa legítima, entregada por su padre, Lliuya Tacaychin, quien llegó a la ciudad acompañado de más de mil súbditos ricamente ataviados. La ceremonia estuvo marcada por la solemnidad y el boato: diademas de oro, trajes de tocapu, danzas y banquetes en los que Huayna Cápac compartió la bebida con su suegro y con los principales de aquella nación.

Tras la ceremonia pública, siguió otra en las casas reales de Casana Cancha, y, finalmente, Tacaychin se despidió, no sin antes besar las manos y los pies del Inca y exhortar a su hija a ser una esposa obediente. En testimonios posteriores, Martín Llanu Yupanqui y otros declararon que Huayna Cápac mostró siempre gran afecto hacia Añas Collque: la agasajaba, la colmaba de atenciones y la llevaba repetidamente a su residencia de Ucchullu, donde hoy se levanta la catedral del Cusco, y que entonces funcionaba como palacio dormitorio.

La «casa real» de Ucchullu era también escenario de ceremonias de iniciación de los jóvenes incas, tras las cuales Huayna Cápac solía yacer con su panaguarme o con Añas Collque. Esta, por su parte, gozaba de un estatus destacado: disponía de litera propia (chicchi rampa), caminaba bajo quitasol y recibía los títulos de coya o reina, así como el de «Mama Pacssa», es decir, Luna y Señora.

Los testigos explicaron también que Paullu recibió su nombre de un lugar del valle de Yucay y que, según la costumbre, fue criado junto a su madre y educado por nobles para aprender «todo lo que debía saber el hijo del rey de esta tierra». Durante las campañas de Huayna Cápac en Quito, Añas Collque permaneció en Colcampata, donde era visitada por parientes y recibía mensajes del Inca a través de chasquis. Todos recordaban cómo, al año de conocerse en el Cusco la muerte de Huayna Cápac, su cuerpo momificado llegó a la ciudad y fue recibido con honores «como si estuviera vivo». Añas Collque, ya viuda, continuó residiendo en Colcampata, donde era visitada con frecuencia por parientes, mamaconas y principales, incluido el propio Huáscar, quien la llamaba madre y reconocía a Paullu como hermano.

Los recuerdos de estos testigos no eran meras evocaciones privadas, sino fragmentos vivos de la memoria colectiva del Cusco de antaño, un mundo anterior a la llegada de los españoles. Muchos de ellos traían a colación lo aprendido de sus padres y abuelos, como Francisco Vasva de Lucanas, hijo y nieto de artesanos de andas reales al servicio de los incas, que había oído relatar cómo Huáscar, Añas Collque y Paullu rindieron homenaje a la momia de Huayna Cápac. Otros narraban sus propias experiencias: habían sido niños durante el matrimonio de Huayna Cápac, jóvenes cuando partió a la guerra en Quito, o incluso combatientes en esa misma campaña.

Así, los testimonios reunidos en 1599 no solo rememoraban los grandes ritos imperiales que marcaron la vida de Huayna Cápac, Añas Collque y Paullu, sino también las batallas libradas bajo el mando de Paullu o de Manco Inca después de la llegada de los españoles. Ninguno de ellos contrastó abiertamente el pasado con la vida que llevaban en el presente. Pero todos eran conscientes de que sus palabras serían utilizadas por Melchor Carlos para legitimar sus pretensiones en la sociedad colonial, donde los papeles y documentos habían adquirido un peso determinante.

Los testigos españoles eran plenamente conscientes del propósito de la probanza. De ahí que apenas mencionaran la batalla de Las Salinas y guardaran silencio absoluto sobre la de Chupas, pues en ambas Paullu había combatido en el bando perdedor, algo inconveniente según la política vigente en 1599. Por la misma razón, se minimizó también el hecho de que en sus inicios Paullu apoyara a Gonzalo Pizarro, quien acabaría ajusticiado por traición.

Los testigos andinos, en cambio, se enfrentaron a dudas de legitimidad de otra índole. El problema no era su actuación política, sino su nacimiento. Como ocurría con todos los soberanos incas, Huayna Cápac tuvo múltiples consortes. ¿No hacía esto de Paullu, a pesar de sus servicios a la Corona, solo uno más entre los numerosos hijos naturales del Inca? Para responder a esta cuestión, los testigos recurrieron a una estrategia indirecta. Uno de ellos destacó la elevada posición de Tacaychin, padre de Añas Collque, subrayando que había sido un señor solo por debajo del Inca. Otros insistieron en la solemnidad y magnificencia de la ceremonia nupcial entre Huayna Cápac y Añas Collque, como forma de recalcar su validez pública. De manera reiterada afirmaron que ella había sido esposa legítima del Inca «en su ley» y, además, la más querida por su belleza.

Un testigo sintetizó esta idea con claridad: Huayna Cápac «hacía vida con Añas Collque por su gran hermosura y por ser hija de un apo muy principal»; y añadió que, de haber sido cristianos, «muy bien se hubieran podido casar en faz de la Santa Madre Iglesia de Roma».

Esta hipótesis —imposible en la práctica, pero poderosa en lo simbólico— marcó la vida de Paullu Topa Inca y también la de otros andinos de su generación. No es casual que, pocos años después de la probanza de Melchor Carlos Inca (1626), Guamán Poma retomara una idea semejante al afirmar que los antiguos andinos habían alcanzado «una sombrilla y luz de conocimiento del Criador y Hacedor del cielo y de la tierra y todo lo que en ella hay».

El objetivo de este estudio ha sido mostrar, primero, cómo las identidades individuales y colectivas en el Perú del siglo XVI —la de Paullu Inca y la de quienes lo conocieron— estaban profundamente entrelazadas; y segundo, cómo esas identidades dependían de las memorias del pasado preservadas por testigos andinos y españoles en la probanza de Melchor Carlos Inca. Se trataba de memorias cambiantes, moldeadas una y otra vez por las exigencias del presente.

Hecho y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez

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