Blas Valera y el Movimiento Neo-Inca Cristiano: La Vida, El Delito y la Utopía de un Cronista Mestizo
Mucho se ha debatido sobre cuál fue
en realidad el delito que llevó a la desgracia y encarcelamiento del jesuita Blas
Valera, pues todos los autores coinciden en que la pena impuesta resultó
desproporcionada respecto a la vaga acusación de fornicación que se le atribuía
(Durand, 1987; Fernández García, 1990; Hyland, 1998).
Dos documentos jesuíticos ofrecen
información muy valiosa para esclarecer este enigma: la Historia et
Rudimenta Linguae Piruanorum (en adelante HR) y el Exsul
Immeritus Blas Valera Populo Suo (en adelante EI). La HR fue
redactada en la primera mitad del siglo XVII por el hermano Antonio Cumis
(1537-1618) y el padre Anello Oliva (1574-1642), quien añadió tres folios donde
Blas Valera había representado el quipu literario Sumas Ñusta, junto con
un fragmento en lana del mismo quipu. Más tarde, en 1737, el jesuita Pedro de
Illanes incorporó una carta al manuscrito, lo encuadernó y le dio su título
actual (Laurencich-Minelli et al., 1995: 363-381). Por su parte, el EI
fue escrito por Blas Valera en Alcalá de Henares en 1618, incluyendo la carta
que Francisco de Chaves dirigió al rey en 1533, la cual —según Valera— obtuvo
por mediación de su tío Luis Valera.
A pesar de haber sido redactados en
épocas distintas y por autores diferentes, ambos textos se complementan, pues
relatan los mismos sucesos, aunque modificando hechos que la historiografía
colonial había dado por sentados: que Francisco Pizarro habría capturado a
Atahualpa envenenando con vino a los oficiales del Inca, y que Blas Valera fue
encarcelado y desterrado a España no por asuntos de índole sexual, como se
sostuvo, sino por un delito mucho más grave, cuya naturaleza se revela en estos
documentos. Asimismo, refieren que Valera, declarado jurídicamente muerto en
1597, regresó clandestinamente al Perú, donde continuó trabajando hasta 1618;
luego volvió a España y allí falleció realmente en 1619.
Los manuscritos sostienen además
que, durante su estancia en el Perú en calidad de “muerto legal”, Blas Valera
redactó la Nueva Corónica y Buen Gobierno (en adelante NC), obra
que firmó bajo el nombre de Guamán Poma de Ayala, con la participación del
hermano Gonzalo Ruiz y el apoyo del padre Anello Oliva. También destacan su
interés en el quipu silábico —utilizado por los incas como sistema de
escritura— y en otros métodos mnemotécnicos andinos, lo que convierte a estos
textos en fuentes fundamentales para comprender la escritura pictográfica,
ideográfica e ideográfico-silábica de los incas, además de ofrecer abundante
información sobre su cultura.
La HR ya ha sido transcrita y
publicada íntegramente, acompañada de estudios sobre su autenticidad y
contenido (Laurencich-M. et al., 1995, 1997). Tras varios análisis, se ha
confirmado su autenticidad (Laurencich-M. 1997, 1998, 1999), revelando que Blas
Valera sufrió numerosas persecuciones por haber encabezado un movimiento
indigenista de inspiración cristiana. En cuanto al EI, hasta ahora solo
se ha dado a conocer su núcleo más antiguo —la carta de Francisco de Chaves—
junto con un estudio que certifica su autenticidad (Laurencich-M. et al.,
1998), encontrándose actualmente en preparación la publicación íntegra del
manuscrito.
I. La vida de Blas Valera
La biografía de Blas Valera puede
reconstruirse principalmente a partir de la Historia et Rudimenta Linguae
Piruanorum (HR), ya publicada y considerada fuente principal,
contrastada con el Exsul Immeritus Blas Valera Populo Suo (EI) y
con otros documentos jesuíticos del ARSI.
Todas las fuentes coinciden en que
Blas Valera nació en 1545 en Chachapoyas (Engaña, 1954: 285, 446). Fue hijo de Alonso
Valera (HR: f. 5v; EI: 2r), como confirma Garcilaso de la
Vega (1960: 53), y no hijo natural de su tío Luis, como sostiene el Catalogus
Provinciae Peruanae de 1569 (Engaña, 1954: 285). Aunque Luis era su tío,
Blas lo consideraba como un padre, pues odiaba a Alonso: cuando Blas tenía
trece años, presenció cómo su padre asesinaba a su madre (EI: 2r).
Su madre fue la indígena Urpay,
llamada Allpa Urpi por Oliva, quien —al no dominar el quechua— deformó
el nombre añadiendo el título Allpa (HR: f. 5v). Según el propio
Valera (EI: cc. 2r-2v), Urpay era hija del hampicamayoc
Illavanqa, y sufrió violencia por parte de Alonso, quien además le transmitió
la sarna. Por ello fue apodada Piri, adaptación castellana de la palabra
quechua quiri (“herida”), de donde derivó el mote de Piri Purpay.
Este apelativo también figura en la HR de Oliva (f. 5v). Posteriormente,
Alonso la bautizó con el nombre de Francisca Pérez, con el que aparece
registrada en el Catalogus.
El joven Blas creció hablando el quechua
materno, el castellano paterno y aprendió latín en Trujillo
(Garcilaso de la Vega, 1960: 46) antes de ingresar en la Compañía de Jesús
(Oliva, HR: f. 5v). Desde muy temprano conoció la carta de Francisco
de Chaves, que su tío Luis le había mostrado, y que revelaba los engaños de
Francisco Pizarro, incluido el envenenamiento de los oficiales de Atahualpa
(Laurencich-M. et al., 1998). Estas experiencias —la violencia contra su madre
y la lectura de la carta— marcaron profundamente a Valera, quien se reconocía indio
antes que mestizo (EI: 2r).
Ingresó en la Compañía de Jesús
con el propósito de ayudar a su pueblo, los indígenas, aun cuando ya tenía un
hijo con una mujer india (EI: c. 18ar). Pronunció sus primeros votos en
1570 y fue ordenado sacerdote en 1573 (Engaña, 1958: 140 y ss.). Oliva relata
que Valera escribió al padre general Aquaviva sobre el contenido de la carta de
Chaves, buscando viajar a Roma (HR: f. 5v) para ponerla en conocimiento
de las autoridades jesuitas y lograr mayor respeto hacia los indígenas
(Laurencich-M. et al., 1998: 62). También intentó entregársela al padre José de
Acosta, pero al ver que este la retenía, confesó haberla recuperado por la fuerza
(Laurencich-M. et al., 1998: 58-60).
(Expreso mi agradecimiento a Clara
Miccinelli por haberme permitido consultar sus documentos).
Respecto a su labor como
evangelizador, aunque no me detendré en ella, cabe destacar algunos hitos.
Mientras residió en Cuzco (1575-1577), fundó junto con los padres
Barzana, Santiago y Ortiz la cofradía Nombre de Jesús (Fernández, 1986:
219). Probablemente allí profundizó su conocimiento de la cultura inca y
concibió su proyecto evangelizador: un movimiento neo-inca cristiano,
destinado a predicar respetando la tradición cultural de los indígenas. Durante
su estancia en Cuzco, se reunía dos veces por semana con miembros de la nobleza
inca para sostener diálogos espirituales (Mateos, 1944: 35-39).
El aprecio que los indígenas sentían
por su labor pastoral puede explicar la primera falsa acusación contra su
castidad, ocurrida hacia 1576, mientras permanecía en Cuzco (Engaña, 1958: 258,
269). La reacción de los indios fue notable: presentaron una petición
escrita al padre Acosta solicitando que les permitiera seguir bajo la guía
del padre Valera, quien —según decían— les había enseñado al verdadero Dios y
los había conducido a la fe cristiana (Engaña, 1958: 269-270). Gracias a ello,
su salida se postergó. Posteriormente, se le encuentra en Juli
(1577-1578) y, hacia 1582, aún en Potosí (Engaña, 1958: 335, 812-813),
hasta que el padre Acosta lo convocó a Lima para colaborar en el colegio
de San Pablo en la traducción al quechua del catecismo del Tercer Concilio
Limense.
En abril de 1583, Blas Valera
ya se encontraba encarcelado, aunque no se especificaba el motivo de su condena
(Engaña, 1961: 251, 548 y ss.). En una carta enviada desde Roma se sugería su
expulsión de la Compañía por un asunto relacionado con una mujer (Engaña, 1966:
188; Fernández, 1990: 212, 220). No repetiré aquí el calvario del padre Valera:
basta señalar que el delito imputado era considerado tan grave que ni siquiera
podía consignarse por escrito. Por ello se envió al padre Andrés López a
Roma (11 de abril de 1583) para informar directamente al general de la orden
(Laurencich-M. et al., 1997: 48-49, 52-53; Engaña, 1961: 675).
El 22 de febrero de 1588, el
general Claudio Aquaviva dictó sentencia: suspensión a divinis
por diez años y prisión estricta por cuatro, aunque durante los últimos seis
años se le permitió celebrar misa en privado (Engaña, 1970: 646). Sin embargo,
a inicios de 1593 Valera emprendió viaje a España. Fue embarcado con
destino a Quito, donde enfermó, y no llegó a Cádiz sino en mayo de 1596,
bajo el cuidado del provincial Cristóbal Méndez (Engaña, 1970: 378-383).
El 3 de junio de ese año, Méndez escribió al padre general informándole que
Valera estaba ya tan rehabilitado que incluso lo había autorizado a enseñar
gramática en el colegio jesuita de Cádiz. La noticia indignó a Aquaviva, quien
el 29 de junio ordenó a Méndez retirarle de inmediato toda función docente
(Durand, 1987: 414).
Coincido con Hyland (1998) en
que esta última prohibición de enseñar gramática constituye una clara evidencia
de que el delito de Valera no se relacionaba con un simple “asunto de faldas”.
La HR y el EI aportan
nuevas piezas a este complejo mosaico. Cumis (HR: c. 8r) señala
que fue el provincial Juan de Atienza quien, en 1587, propuso su
expulsión de la Compañía, atribuyéndole falsamente una relación con una mujer.
Es probable que se recurriera a la relación que el joven Blas mantuvo antes de
ingresar a la orden —y de la que nació su hijo— para encubrir una falta mucho
más grave. No tanto contra la moral religiosa, sino contra la delicada relación
de la Compañía de Jesús con la Inquisición, como bien ha señalado Hyland
(1998). Cumis añade que Valera se oponía a que se acusara a los indígenas de
idolatría, pues consideraba que su religión era muy similar a la católica. A
causa de ello, todos sus escritos fueron decomisados. Se infiere, entonces, que
su verdadero “delito” fue de herejía, y que para impedir la difusión de
sus ideas se le prohibió mantener contacto con otras personas.
Oliva (HR: f. 5v) introduce un
nuevo elemento al mencionar problemas políticos, además de los religiosos
descritos por Cumis. Afirma que Valera había escrito al padre general Aquaviva
solicitando una fórmula para denunciar, con base en la carta de Francisco de
Chaves, que Pizarro había envenenado a los oficiales de Atahualpa. Como
Aquaviva buscaba expulsarlo de la orden, Valera pidió viajar a Roma para
exponer el asunto. Oliva no precisa ante quién pensaba presentar la denuncia;
cabe suponer que se dirigía a un jesuita capaz de comprender la gravedad del
hecho, y no a Aquaviva, quien le era totalmente hostil. Engaña (1966: 188-189)
confirma que Valera solicitó viajar a Roma en 1585-1586, aunque el general lo
negó alegando falta de justificación: un pretexto evidente para impedirle
hacerlo.
Oliva relata (HR: f. 5r) que,
tras prohibírsele viajar, se envió a Valera a España, donde difundió de
manera anónima varios de sus escritos, salvados de la requisa al haberlos
escondido. Como tenía prohibido publicarlos, el padre Maldonado de Saavedra
lo puso en contacto con Garcilaso de la Vega, quien le prometió darle a
la imprenta respetando tanto su contenido como su autoría. Sin embargo,
Garcilaso los censuró para congraciarse con el poder y la Corona (ibid.), y
además los plagió (EI: c. 3r). Tras conocer la publicación, Valera acusó
a Maldonado de hurto y a Garcilaso de ser un “fullero” (ibid.).
De esta manera, poco a poco se
revela la verdadera naturaleza del caso Valera: no solo una acusación de herejía,
sino también de subversión política.
Oliva continúa ofreciéndonos nuevas
teselas sobre la vida del P. Blas, que permiten comprender mejor el problema en
que se vio envuelto a causa de su falta: la amenaza del P. Aquaviva de
obligarlo a abandonar el hábito o desaparecer del mundo como si estuviese
muerto (HR: f. 5r); el exilio para evitar que perjudicara a los demás con la verdad
(ibid.); su “muerte jurídica”, asumida como obediencia y sacrificio (ibid.); y,
finalmente, el viaje de Valera al Perú (ibid.). Según Oliva (HR: f. 4v), zarpó
de Cádiz en junio de 1598 y, tras 45 días de navegación, desembarcó en
Cartagena. Desde allí se dirigió a Barranca y, siguiendo las antiguas rutas
fluviales y terrestres, llegó a Quito; luego, tras seis meses de arduo trayecto
a pie y en mula, entró en el Cuzco (1599), donde fue protegido por sus amigos
indios de la cofradía del Nombre de Jesús y pudo reencontrarse con su
compañero, el mestizo Gonzalo Ruiz (ibid.). Durante este extenso viaje contó
con el apoyo de jesuitas e indígenas; de otro modo, su supervivencia habría
sido imposible.
En la primavera de 1611, Oliva lo
encontró en Santa Cruz de la Sierra (HR: f. 5r). Allí, tanto él como Gonzalo
Ruiz colaboraron con el P. Valera en la Nueva corónica: Guaman Poma le
cedió su nombre y aportó noticias sobre las costumbres de su provincia y su
visión de la conquista, hasta el punto de atribuir al dominico Valverde la
pertenencia a la orden franciscana (EI: cc. 3v-4r). A finales de abril de 1638,
cuando Oliva redactaba el JA0 II (HR: f. 4v), la Nueva corónica
ya estaba concluida y guardada en un lugar secreto del Colegio jesuítico de
Lima, del cual él era rector. Según Oliva (ibid.), la biografía de Valera
culmina con su regreso a España en 1618, con el tácito permiso del P. General
Muzio Vitelleschi —quien conocía los conflictos que había tenido con su
antecesor, el P. Aquaviva—, y con su muerte en Alcalá de Henares en 1619.
La autobiografía que Valera incluye
en el EI (cc. 2r-3r) confirma la información de la HR, aunque
añade detalles vívidos: relata, por ejemplo, que la persecución de Aquaviva lo
redujo al aspecto de un esqueleto de llama y que la inercia del P. Acosta le
impidió esclarecer la verdad. Asimismo, esta autobiografía introduce un tercer
componente en su “delito” (además de la herejía y la subversión política): la
defensa de la causa indígena, también reflejada en la Nueva corónica.
Por otra parte, la llamada “muerte jurídica” de Blas
Valera en 1597 —que, según la HR y el EI, no fue sino eso, una
muerte jurídica— se encuentra bien documentada (Durand, 1987: 409-420). Su
nombre figura en una necrológica manuscrita del archivo de la Provincia
jesuítica de Toledo, aunque sin número de catálogo (ibid.: 417).
La HR y el EI aportan
abundantes elementos nuevos sobre la vida de Valera, pero también plantean
múltiples interrogantes: ¿por qué el P. Aquaviva lo amenazó con despojarlo del
hábito o hacerlo desaparecer del mundo? ¿Quién ejecutó la obediencia de darle
muerte jurídica? ¿Fingió realmente su muerte? ¿Quién fue la persona a la que
Valera agradece con gratitud y respeto por permitirle “morir” para luego vivir
y regresar al Perú en ayuda de su gente, antes de volver a España? ¿Se trató de
un jesuita influyente capaz de atenuar el rigor de Aquaviva? ¿Quiénes fueron
los hermanos que lo asistieron? ¿Qué misión emprendía en el Perú, siendo ya
jurídicamente un difunto, para socorrer a su pueblo? ¿Por qué corrió el riesgo
de redactar la Nueva corónica bajo el nombre de Guaman Poma de Ayala?
¿Es esa la verdad “que todo el mundo teme, que pocos saben y cada uno calla”
(HR: f. 5r), por la cual Valera fue condenado al exilio para no resultar
perjudicial a los demás? ¿Y a quién podía perjudicar?
Es cierto que la destrucción de
Cádiz por los ingleses, a fines de junio de 1596, ocasionó graves pérdidas a la
Compañía y que fue necesario un tiempo para restablecer la normalidad, lo que
pudo dar lugar a irregularidades en medio del saqueo de la ciudad. Sin embargo,
resulta difícil imaginar que Blas Valera pudiera haber falsificado su muerte y
embarcarse rumbo al Perú sin la intervención de, al menos, un jesuita de gran
poder a quien obedeció. Tampoco es verosímil pensar que pudiera recorrer la
Provincia jesuítica del Perú y redactar la Nueva corónica sin el
respaldo tanto de jesuitas como de indígenas.
II. El delito de Blas Valera
El hecho de que en una carta enviada
desde Roma se mencione el uso de su “asunto con la mujer” como excusa para
expulsarlo de la Compañía confirma que esa no fue su verdadera falta, sino
apenas un pretexto. El delito de Blas Valera era mucho más grave, como lo
revela el silencio con que la jerarquía de la Compañía de Jesús lo rodeó.
Jesuitas de gran relevancia, como el procurador de la provincia del Perú, P.
Andrés López, y el P. José de Acosta, evitaron consignarlo por escrito y prefirieron
tratarlo solo de palabra.
Como ha demostrado Sabine Hyland
(1998), la pena por fornicación era mucho más leve que la que padeció el P.
Valera. Además, sus investigaciones en la documentación de la Inquisición del
Archivo Histórico Nacional de Madrid revelan que, el 11 de agosto de 1591, el
jesuita Lucio Garcete declaró ante la Inquisición de Panamá que el verdadero
delito de Valera era herejía. Aun cuando en el Perú se afirmaba que se hallaba
preso en las cárceles de la Inquisición, en realidad estaba bajo custodia de la
propia Compañía. Paralelamente, el P. Juan Ordóñez, en carta al P. General
Aquaviva, expresó su preocupación porque Garcete quería presentar ante el
tribunal inquisitorial un informe sobre los abusos cometidos por los jesuitas en
el Perú. Ante ello, Lucio Garcete fue trasladado de inmediato a Italia (Hyland,
1998; Engaña, 1966: 30-32).
Hyland (ibid.) observa también que,
en cuanto la Curia Romana autorizó a los jesuitas del Perú a juzgar casos de
herejía sin recurrir a la Inquisición, Valera fue encarcelado. Esto demuestra
que la Compañía deseaba mantener en el ámbito interno tanto la infracción como
el proceso contra el P. Blas.
Todo lo anterior indica que su
delito fue aún más complejo que la simple herejía. En un estudio anterior sobre
la HR (Laurencich M. et al., 1995: 403), sostuve que Blas Valera fue el
líder de un movimiento indigenista cristiano cuyo centro estaba en la cofradía
del Nombre de Jesús. Esta lo protegió a su regreso al Perú y estaba compuesta
por numerosos indígenas, entre ellos varios pertenecientes a la nobleza inca
(HR: cc. 8ra, 9va, 9rb, ff. 5v, 5r, 4v; Mateos, 1944: 35-39).
El EI permite además inferir
que Valera intentaba injertar el cristianismo en la cultura inca, de modo que
su proyecto puede definirse como un movimiento neo-inca cristiano. Allí
mismo se indica que contaba con el apoyo de un grupo de jesuitas, a quienes,
por seguridad, menciona solo mediante iniciales (c. 3r). Confrontando estas con
el texto completo del EI, de la HR y con Egaria (1954 y ss.), se
pueden identificar dos jesuitas mestizos y cuatro españoles e italianos, sin
incluir a Antonio Cumis, Anello Oliva y Gonzalo Ruiz. Trataré este tema en otro
estudio; sin embargo, conviene aclarar que las iniciales M. V. corresponden a
Muzio Vitelleschi, quien, al tiempo en que Valera redactaba el EI,
llevaba ya tres años como Padre General de la Compañía.
Esto sugiere que el movimiento de
Valera no solo contaba con respaldo de sectores jesuíticos, sino también con la
aprobación tácita de las más altas instancias de la Orden. No era ajeno, en
efecto, a los principios evangelizadores de san Ignacio, que promovían la
aceptación de otras religiones y tradiciones pertenecientes a antiguas
civilizaciones, bajo la premisa de que ello las predisponía mejor a recibir el
cristianismo (Lacouture, 1993: 491).
El P. Muzio Vitelleschi es el
jesuita a quien Valera dedica el EI y, con toda probabilidad, fue él
quien alcanzó un acuerdo que permitió al cronista regresar al Perú para ayudar
a su pueblo. Esto ocurrió luego de que la amenaza del P. General Aquaviva
—hacer desaparecer a Valera como si estuviera muerto (HR: f. 5r)— se
convirtiera en una orden formal, tal como el propio Valera señala en el pequeño
cuaderno hallado dentro del medallón n.° 3 (c. 4), adjunto al EI.
Quizá algún día, futuras
investigaciones en los archivos logren precisar el momento en que Aquaviva
resolvió decretar la “muerte jurídica” de Valera. Lo que sí parece claro es que
la destrucción de Cádiz ofreció la ocasión propicia para ejecutar dicha disposición.
III. EL PROBLEMA SUSCITADO POR BLAS
VALERA
Como se ha señalado, el conflicto
suscitado por Valera tuvo un carácter tanto político como religioso. Sin
embargo, considero que, en aquel momento, se trataba más bien de un problema de
relaciones de poder entre la Compañía de Jesús y la Inquisición que de una
cuestión estrictamente doctrinal. Este conflicto se enmarcaba en las tensas
relaciones que mantenían ambas instituciones en el Perú desde 1578, cuando el
Santo Oficio buscaba, de manera solapada, contrarrestar la creciente influencia
jesuita sobre la población indígena (Duviols, 1977: 277; Medina, 1887, II:
409-410).
No debe olvidarse la estrecha
vinculación del Santo Oficio con la Corona y que Aquaviva, a cambio del permiso
para que la Compañía se estableciera en las colonias, aceptó tanto sus
condiciones como, en cierta medida, el control de la Corona y de la propia
Inquisición (Rosa, 1969: 169-170). En este contexto, resultaba especialmente
arriesgado para la Provincia del Perú, en tiempos del virrey Francisco de
Toledo, profundizar en las desavenencias con la Inquisición (Duviols, 1977:
278). El estilo de evangelización de Valera, más aún, agudizó dichas tensiones
hasta el punto de que el P. General Aquaviva optó por silenciarlo.
En efecto, varios aspectos de la
labor evangelizadora de los jesuitas en el Perú —y en particular de Valera—
chocaban con las estructuras políticas y religiosas vigentes. En 1583, tras un
intento del P. Acosta de integrarlo a la traducción del catecismo del Tercer
Concilio Limense en Lima, Aquaviva terminó por formalizar la acusación y la
condena en su contra.
El problema se situaba en un
contexto dominado por la figura del virrey Francisco de Toledo (1570-1581), quien
subordinó el poder eclesiástico al civil mediante visitadores laicos que
supervisaban a los religiosos y estaban facultados para levantar encuestas
sobre la situación de la Iglesia (Duviols, 1977: 147). La visión toledana de la
cristianización, de carácter abiertamente antilascasiano y antijesuítico,
buscaba mantener a los indios en la ignorancia de su cultura y su lengua, al
tiempo que se eliminaba cualquier vestigio de la dinastía incaica. Para ello
empleó la visita general y las encuestas, con el fin de zanjar el debate sobre
los derechos de soberanía indígena.
Tal planteamiento se oponía
diametralmente al de los jesuitas, cuya política de adaptación proponía
estudiar y valorar la cultura indígena para identificar en ella elementos
compatibles con la evangelización y, de este modo, conducir con suavidad y sin
violencia a los indios hacia la fe cristiana (Duviols, 1977: 164). La visión de
Toledo, por lo tanto, resultaba completamente contraria a la de Valera.
El movimiento que impulsaba Valera
buscaba consolidar las tradiciones, la escritura indígena y el quechua general,
al tiempo que cuestionaba la legitimidad de la conquista y, por ende, la
autoridad de la Corona, como se desprendía de la carta de Francisco de Chaves
(Laurencich M. et al., 1998: 74-75, notas 19-20). Este planteamiento constituía
una amenaza directa al virrey, que debía ser neutralizada antes de que generase
una crisis mayor. Además, Valera no era un caso aislado: representaba la parte
visible de un amplio sector de la Compañía en el Perú que compartía esas ideas.
En efecto, la oposición de los
jesuitas a la política religiosa de Toledo —de la que, además, estaban
marginados— facilitó el respaldo de numerosos miembros de la orden a las
posturas lascasianas defendidas por Valera, en plena sintonía con los
principios evangelizadores de la Compañía. Sin embargo, esta misma situación
motivó la reacción del P. General Aquaviva, que buscó callar a Valera para
evitar un conflicto insalvable con la Inquisición, según se infiere del EI
y de la HR.
Estamos todavía lejos del virreinato
de Francisco de Borja (1617-1621), cuando la Compañía llegó prácticamente a
controlar la extirpación de idolatrías. No obstante, incluso entonces algunos
jesuitas manifestaron su repugnancia ante una empresa que juzgaban
excesivamente represiva y contraria a los principios ignacianos (Duviols, 1977:
192-226).
Todo ello permite comprender la dura
reacción de Aquaviva contra Valera, pues veía comprometida la política de
aceptación de la Compañía en el Perú y, probablemente, también en otras
colonias españolas. De ahí se explican las amenazas del P. General a Valera
para que abandonase el hábito o desapareciese del mundo, la severa reclusión a
la que fue sometido (HR: f. 5v), así como la petición del P. Acosta de enviarlo
al exilio en España, al considerar que su permanencia en el Perú constituía un
peligro (Engaña, 1970 V: 646). El propio Oliva (HR: f. 5r) señala que este
destierro buscaba evitar que Valera “perjudicase a los demás con la verdad”.
¿Qué riesgo podía representar un
hombre encerrado en la rigurosa cárcel de la Compañía, si no el de poner en
evidencia que no estaba en manos de la Inquisición? Su delito era más complejo
que la herejía, pues los jesuitas ya podían castigarla sin necesidad de
recurrir al Santo Oficio (Hyland, 1998). Sin embargo, el caso de Valera parecía
pertenecer a la Inquisición. De lo contrario, ¿por qué el P. Lucio Garcete
declaró ante el Santo Oficio de Panamá que en el Perú se decía que Valera era
prisionero de la Inquisición, cuando en realidad no lo era? Y como
consecuencia, ¿por qué el mismo P. Lucio, superior de una casa jesuita en
Panamá, fue de inmediato llamado a Italia (Hyland, 1998)?
¿Qué era, entonces, aquella verdad
que podía perjudicar a los demás? ¿Se trataba del engaño de la conquista al que
aludía la carta de Francisco de Chaves? ¿De la propuesta evangelizadora de
Valera, que pese a la política de Toledo mantenía vivo el movimiento neo-inca
cristiano? No lo sabemos con certeza. Lo cierto es que, fuese una u otra, ambas
se oponían a la política del virrey y de la Inquisición, y por ello podían
comprometer a toda la Compañía en el Perú. No debe olvidarse que la Inquisición
era el poder que más temían los jesuitas, pues era la única institución capaz
de contrarrestarlos, como lo demuestra el proceso incoado contra dos de sus
miembros en 1619, acusados de propiciar la hechicería durante una visita de idolatrías
en Guaura, en tiempos en que la Compañía ya estaba consolidada en el Perú y
prácticamente controlaba la extirpación de idolatrías (Duviols, 1977: 278).
Por otra parte, la posición de
Valera como jefe del movimiento neo-inca cristiano explica su negativa a
abandonar la Compañía. Él se concebía dentro de la línea de los principios
ignacianos de evangelización —esto es, reconocer y acoger elementos de las
culturas antiguas para injertarlos en el cristianismo— y gozaba de respeto
entre los indígenas. De no haber sido así, lo hubieran visto únicamente como un
mestizo. Este reconocimiento facilitaba su labor evangelizadora. Además,
compartía plenamente las ideas jesuíticas y estaba convencido de que Pizarro
había vencido a Atahualpa mediante el engaño.
Su conocimiento de la cultura andina
queda reflejado en la Nueva Corónica y en el Exsul Immeritus. Fue
su abuelo, el curandero Illavanqa, quien lo introdujo en el mundo indígena y en
el quechua (EI: cc. 2v-3r). Valera se sentía indio, tenía amistades indígenas,
e incluso antes de ingresar a la Compañía había convivido con una mujer de ese
origen. Profundizó en la cultura inca en el Cuzco, donde participaba en
conversaciones espirituales en quechua los miércoles y viernes en la cofradía
del Nombre de Jesús (Mateos, 1944: 35-39). Su dominio del quechua cuzqueño, que
aspiraba a convertir en lengua general del Perú (Garcilaso de la Vega, 1977:
543-548; EI: c. 4v), revela además su cercanía con la nobleza inca.
De este modo, su labor
evangelizadora siempre estuvo dirigida a los indígenas, sin distinción de etnia
o lengua, como los aimaras de Juli, lo que le permitió ampliar su comprensión
del mundo andino en diálogo con la nobleza, conforme a la tradición de la Compañía,
también reconocida en la Nueva Corónica.
Sin embargo, su empeño en
reconstruir y reivindicar las culturas y lenguas indígenas equivalía a fundar
de nuevo un universo cultural para entregárselo a los descendientes de quienes
habían sido despojados en la “Babel” de la conquista. Al mismo tiempo, buscaba
tejer lazos de unión entre los miembros del movimiento y todos los pueblos
andinos. Esa labor revelaba tanto la riqueza y complejidad de la cultura inca
como los puntos que la hacían permeable a la evangelización. En este sentido,
Valera seguía fielmente los principios establecidos por San Ignacio para
facilitar la cristianización de otros pueblos.
IV. EL MOVIMIENTO NEO-INCA CRISTIANO
DE BLAS VALERA
El Exsul Immeritus ofrece
múltiples indicios que permiten inferir que Blas Valera fue el líder de un
movimiento neo-inca cristiano.
En primer lugar, Valera dedica la
obra a la gente del Tawantinsuyu, aunque en realidad se trata de un mensaje
dirigido al mundo culto —en especial a los jesuitas y, particularmente, al P.
Muzio Vitelleschi—. El texto está escrito mayoritariamente en latín, lengua
inaccesible para los indígenas peruanos, y secundariamente en quechua. En él se
condensan numerosos elementos que solo podían ser comprendidos por quienes
conocían el movimiento: las iniciales de los jesuitas que lo apoyaron (EI: c.
3r); la advertencia de que su propio nombre era un peligro tanto para él como
para los demás, a quienes debía proteger (HR: 5r); las dos viñetas que
representan a la mítica Paytiti (EI: c. 13r, 13v); o la cantilena contra los
conquistadores entonada en la cofradía del Nombre de Jesús (EI: n. 4).
Visto superficialmente, puede
parecer insensato que Valera escribiera para los jesuitas los fundamentos de su
movimiento. Sin embargo, como ya se señaló, este se encontraba en plena
consonancia con la política evangelizadora de la Orden. De ahí que en tiempos
del virrey Toledo contara con el respaldo de un número considerable de jesuitas.
Ese apoyo se redujo a partir de 1609, cuando la Compañía, ya integrada en la
política de extirpación de idolatrías, encontró en ella una nueva vía de
evangelización, al suavizar las campañas represivas (Duviols, 1977: 177-190,
229). De no haber tenido valedores entre sus hermanos de Orden, habría sido un
despropósito exponer públicamente —aunque en clave secreta— las ideas centrales
de su proyecto y las iniciales de quienes lo secundaban.
En síntesis, el movimiento de Valera
se oponía a la estrategia de Aquaviva respecto a la Inquisición, pero para
quienes lo compartieron debía representar una verdadera joya en la historia
evangelizadora de la Compañía, pues realizaba la inculturación cristiana de las
antiguas culturas de acuerdo con el espíritu de san Ignacio. Esto permite
suponer que muchos jesuitas, al margen de los conflictos con la Inquisición, lo
aceptaron. Por ello Valera —y más tarde Oliva en la Historia et Rudimenta—
se preocuparon de dejar constancia de este hecho, aunque solo dentro del ámbito
de la Compañía. El propio Oliva, casi dos décadas después, recurrió a la misma
estrategia que Valera: codificar el mensaje con claves secretas comprensibles
únicamente para los jesuitas del futuro.
La Nueva Corónica constituye
el testimonio más antiguo de Valera sobre este movimiento. Está dedicada al rey
Felipe III (Adorno, 1980: entre pp. XXXII-XXXIII) y a los españoles que en el
Perú, según él, se comportaron peor que Atila, como luego reiteraría en el Exsul
Immeritus. En la Nueva Corónica (pp. 949-967), Blas Valera —bajo el
nombre de Guaman Poma— expone su propuesta de un Estado utópico, del que se
presenta como referente (NC: 933-934). No me detendré aquí en este tema ya muy
estudiado (Adorno, 1989; Ludeña de la Vega, 1975), sino que destacaré su núcleo:
denunciar la destrucción de la cultura andina y, a la vez, reorganizarla
mediante una especie de reforma agraria (NC: 526) y una evangelización libre de
abusos (NC: 501, 568). En otras palabras, pese a su estilo artificiosamente
confuso y enmarañado (HR: f. 4v), el mensaje enfrenta con amplitud el problema
indígena y plantea una reforma utópica, dirigida nada menos que al Rey, quien
desconocía la situación real de los indios en el Perú.
Para evitar que la dominación
española continuara engañando y destruyendo a los pueblos andinos, Valera
propuso la utopía de un gobierno universal bajo el cetro de un monarca único.
Este gobierno se dividía en cuatro partes, una de las cuales debía representar
al Perú evangelizado, gobernado por un descendiente de Túpac Yupanqui, como
señala expresamente en la Nueva Corónica (p. 949). El mismo volumen,
según el prólogo, ofrecía además una guía práctica de reforma moral y social
para los colonizadores y de cristianización para los indígenas.
El buen conocimiento de las
costumbres indígenas es considerado un requisito fundamental para llevar a cabo
una adecuada evangelización, ya sea en la Nueva Corónica (NC), en el Exsul
Immeritus (EI) o en la Historia et Rudimenta (HR). Este principio
constituye un eje esencial de la utopía de Valera y está en plena sintonía con
los ideales de la evangelización jesuítica respecto a las antiguas civilizaciones.
Blas Valera insiste en reiteradas
ocasiones en que la Nueva Corónica era obra suya y no de Guaman Poma.
Así lo declara en el EI, en el capítulo De meis operibus, en el addendum
c. VI y, además, adjunta el contrato por el cual Guaman Poma le cedía el uso de
su firma (EI: n. 4). El mismo Oliva, casi veinte años después, confirma en la
HR (f. 4v) que Guaman Poma prestó a Valera su nombre para la NC.
Podría parecer extraño que Valera y
Oliva se esforzaran tanto en dejar constancia de la autoría de la NC, dado que,
en apariencia, todos los jesuitas se oponían al movimiento. Sin embargo, su
objetivo era proveer a la Compañía de medios para reconocer la paternidad de
Valera. Oliva, de hecho, resguardó tanto la NC como la HR en un lugar secreto
del colegio de Bellavista de Lima, del cual era rector (HR: f. 4v). Se trataba
de un sitio oculto, pero no inaccesible para algunos hermanos. En otras
palabras, Valera no temía tanto ser descubierto por los jesuitas —pues su
movimiento se hallaba en continuidad con la línea evangelizadora de la Compañía
y contaba con la tácita aprobación de muchos de ellos—, sino por la política
religiosa virreinal, que habría considerado su proyecto como subversivo y
herético.
Atribuir a Valera la autoría de la
NC no solo es relevante en términos de reconocimiento intelectual, sino porque
esta obra constituía el instrumento con el cual aspiraba a llegar hasta el Rey
y transmitirle su utopía, buscando así el reconocimiento cultural y político de
su pueblo. En síntesis, Valera escribió la NC para que todos los peruanos
—indios, ladinos o españoles— conocieran sus propuestas para superar la
confusión y fragmentación que dejó la conquista. En cambio, el EI lo concibió
como un texto destinado al mundo culto de la Compañía de Jesús, tanto del
pasado como del presente, con el propósito de exponer los fundamentos de su
movimiento y situar a la cultura peruana dentro del patrimonio de la humanidad.
De la HR (c. 2vb) se desprende que
el movimiento sobrevivió hasta 1737 en Chile, donde el indígena Taquic Menéndez
de Sodar, tras confesarse en la sacristía de la iglesia jesuítica de San
Francisco Javier, entregó al P. Pedro de Illanes un manuscrito junto con un
fragmento de quipu. ¿Fue acaso casual que este acto tuviera lugar en la
sacristía, o se debía a que en ese tiempo los miembros del movimiento no podían
acceder al templo? Si solo se trataba de una casualidad, ¿por qué entonces el
P. Illanes lo subrayó en su breve testimonio? En cualquier caso, el hecho de
que recibiera un documento tan comprometedor sobre el movimiento neo-inca
cristiano parece implicar que, al menos en lo que respecta a La Concepción,
este había llegado a su fin.
IV.1. Simpatizantes, colaboradores y
organizadores
Dado que el movimiento de Valera era
mal visto tanto por el virrey como por la Inquisición, resulta imposible
esperar una lista detallada de sus miembros y de las funciones que desempeñaba
cada uno. Sin embargo, estoy convencida de que una investigación minuciosa en
archivos y museos permitirá descubrir nuevas piezas que ayuden a reconstruir el
mosaico de esta red. Mientras tanto, con base en la HR y el EI, es posible
esbozar una aproximación a la organización del movimiento, que debió ser
flexible y de una estructura semejante a la de una cofradía, aunque con un
alcance mucho mayor, más allá del ámbito parroquial. Probablemente, la
pertenencia se definía por distintos grados de adhesión a las ideas de Valera.
Para efectos de análisis, utilizo aquí los términos simpatizantes, colaboradores
y organizadores.
El propio Valera perfeccionó, dentro
de esta organización, el sistema característico de la evangelización jesuítica,
que se dirigía principalmente a la nobleza, es decir, al sector que concentraba
el poder político y cultural y que poseía un profundo conocimiento de la
tradición andina (Duviols, 1977: 172, 229). En consecuencia, es muy probable
que buscara patrocinadores y organizadores entre la nobleza indígena.
La HR, de hecho, permite identificar
únicamente a personajes de este nivel: el curaca Mayachac Azuay, el
quipucamayoc Chauarurac, así como diversos quipucatnayoc, tucoricoc y curacas
mencionados como informantes (HR: cc. 8ra, 8vb, 9rb). Sus aportes —relativos a
la cosmogonía, los mitos y la escritura mediante quipus— aparecen siempre en
estrecha relación con Blas Valera. Además, no puede olvidarse que la nobleza
inca de la cofradía del Nombre de Jesús constituyó el primer núcleo del
movimiento, al punto de haber protegido a Valera en su retorno al Cuzco, cuando
ya era considerado un hombre jurídicamente muerto.
También participaron mestizos como
simpatizantes. Tal es el caso de Garcilaso de la Vega, a quien Valera había
confiado sus papeles para publicarlos. Sin embargo, cuando Garcilaso suavizó
las ideas valerianas para hacerlas aceptables al poder colonial y terminó
apropiándose de ellas, tanto Valera como Oliva lo consideraron un traidor.
Guaman Poma de Ayala, por su parte, parece haber simpatizado con el proyecto al
prestar su nombre a la iniciativa de Valera.
En cuanto a los jesuitas, es muy
probable que algunos de habla quechua actuaran como organizadores. De no haber
sido así, el movimiento difícilmente habría sobrevivido durante el
encarcelamiento y el exilio de Valera. Precisamente esta colaboración explica
su regreso al Perú: su propósito era, o bien dejar el movimiento organizado
para que pudiera perdurar tras su muerte, o bien dejar plasmada su utopía en
escritos destinados a llegar al Rey.
Entre los colaboradores más cercanos
destaca Gonzalo Ruiz, quien asistió de manera constante a Valera durante su
estancia en el Perú tras su “muerte jurídica” (HR: f. 4v). En cuanto al P.
Oliva, al no dominar el quechua, no puede considerarse organizador, pero sí un
colaborador estrechísimo. Su aporte fue decisivo: por su amistad y trabajo
conjunto con Valera en la redacción de la NC (HR: ff. 5v-4r), por haber
resguardado esta obra hasta encontrar un medio de difundirla y, finalmente, por
su papel como cronista. En su Vida de varones ilustres, Oliva se muestra
como uno de los autores que mejor evidencia sus vínculos con informantes
indígenas, en particular con el quipucamayoc Catari, activo en Cochabamba
(Oliva, 1998: 39, 42 y ss.), lo que constituye una clara prueba de su
colaboración con el movimiento.
Antonio Cumis es otro de los
hermanos que la HR (cc. 8ra) señala como activo colaborador, cercano a los
curacas y profundamente interesado en la cultura indígena y en la escritura
mediante quipus. Las fuentes jesuíticas lo describen además como un espíritu
inquieto que, en enero de 1594 —cuando Blas Valera ya había sido desterrado a
España—, solicitaba ser enviado a China (Engaña, 1970: 843). No parece casual
este deseo, pues en China el P. Matteo Ricci (1552-1610), compatriota de Cumis,
tuvo mayor éxito que Valera en el diálogo con las antiguas religiones locales.
Por otra parte, el hecho de que Cumis escribiera en latín el núcleo más antiguo
de la HR no implica que no recibiera órdenes superiores por ignorancia, sino
más bien que apoyaba tanto la utopía de Campanella como la de Valera, como se
desprende del propio manuscrito.
Un caso paralelo es el manuscrito
anónimo De las costumbres antiguas del Perú (DC), atribuido a un jesuita
desconocido que lo redactó entre 1615 y 1621, o quizá entre 1580 y 1592 (Esteve
Barba, 1968: L-LI). Se trata, por tanto, de un autor activo en un periodo en el
que Valera ya no podía expresarse abiertamente. Es improbable que el texto haya
sido suyo: una comparación detallada entre la grafía del manuscrito conservado
en la Biblioteca Nacional de Madrid, la firma de Valera en su profesión de
votos y la del EI demuestra que no se trata de la misma mano, aunque las
similitudes revelan que provienen de una misma escuela.
El DC pudo haber sido concebido como
una versión en castellano, más digerible para las autoridades coloniales, de la
obra latina de Valera De Tahuantinsuyu prischis gentibus, mencionada por
él en el EI (Laurencich-M. et al., 1998, nota 5). Es posible que un jesuita del
círculo de Valera lo redactara cuando este ya estaba preso o desterrado, con la
intención de atenuar los elementos que, en el original latino, podían
interpretarse como una aproximación al paganismo, reinterpretándolos en clave
de un antiguo culto cristiano olvidado. De este modo, la política religiosa
española podía aceptar la propuesta como una “restauración” del culto de Cristo
—borrado con el tiempo—, en lugar de una evangelización sobre un sistema
considerado pagano, frente al cual se exigía una tabula rasa cultural.
Así, el jesuita anónimo transforma a
los dioses de Valera —Pachacamac, creador invisible, y Viracocha, fecundador
visible (HR: c. 6va)— en una única divinidad todopoderosa e invisible: Inti
Illapa Viracocha, mucho más próxima al Dios cristiano. Las huacas dejan de ser
ídolos y pasan a interpretarse como templos del dios invisible. Introduce
también la figura del héroe cultural Pirua Pacaric Manco, quien enseñó a
rechazar el canibalismo y sustituir los sacrificios humanos por animales (DC
1968: 154, 156). De esta forma, logra eliminar al incómodo Inca hijo del Sol,
que se contraponía a cualquier vestigio de un antiguo cristianismo.
A pesar de la lista de jesuitas que,
según el EI (c. 3r), compartieron las ideas de Valera y protegieron a su gente
—lista que desarrollaré en otro estudio—, pueden identificarse otros
simpatizantes a partir de la Vida de varones ilustres que Oliva dejó
lista para la imprenta. Entre ellos figura el P. Diego de Torres, quien llevó
desde Cádiz el vocabulario de Blas Valera (Oliva, 1992: 95). Este testimonio
servía a Oliva para justificar la existencia de un vocabulario atribuido al
“difunto” Valera, recibido en realidad del propio Valera durante su etapa de
“muerte jurídica”, cuando ambos trabajaban en la NC. Diego de Torres estaba lo
bastante familiarizado con las ideas evangelizadoras de Valera y de sus
colaboradores jesuitas como para transmitir sus manuscritos, pero no tan
expuesto al riesgo inquisitorial, lo que permitió que Oliva lo mencionara
abiertamente como mensajero de los papeles del “difunto”.
V. Conclusiones
El presente artículo no se ha
limitado a esbozar el presunto “delito” de Blas Valera según se desprende de la
HR y el EI, sino que ha buscado también fomentar nuevas búsquedas
e investigaciones en torno a aquel complejo momento de la Compañía de Jesús en
el Perú durante la época toledana, así como sobre las utopías andinas de los
siglos XVI y XVII.
Si la falta de Valera consistió en
haber fundado un movimiento neo-inca cristiano, una exploración más profunda en
los archivos permitirá conocer mejor las formas de resistencia que, dentro de
la propia evangelización jesuítica, buscaron sostener un proyecto lascasiano a
pesar de las imposiciones del virrey Toledo.
De los documentos HR y EI
se desprende con claridad que el “delito” de Valera fue precisamente el de
haber impulsado dicho movimiento, hecho que confirma también la investigación
de Sabine Hyland en el fondo inquisitorial del Archivo Histórico Nacional de
Madrid. Se trataba de un proyecto con una matriz culta, como corresponde a una
utopía nacida en el seno de la Compañía de Jesús, vinculada tanto con las
utopías europeas de la época —como las de Tomás Moro y Tommaso Campanella— como
con la Disputatio et Renovatio de la Segunda Escolástica
(particularmente con el pensamiento del jesuita Francisco Suárez [1548-1617]) y
con las propuestas de monarquía universal de Juan de Mariana de la Reina
(1536-1624).
El movimiento hundía también sus
raíces en la experiencia vital de Valera, marcada por la traumática escena en
la que vio a su padre, Alonso Valera, asesinar a su madre delante de él. Este
padre simbolizaba para Blas la continuidad de las crueldades y engaños de
Pizarro hacia los indígenas, documentadas en la carta de Francisco de Chaves.
Dichas violencias habían precipitado la destrucción de las culturas andinas y,
como reacción, el surgimiento de utopías como el Taqui Onqoy (1560-1570)
o la resistencia de los reyes de Vilcabamba, vinculada al mito de Paititi. Valera
supo reconducir ese impulso hacia un movimiento neo-inca cristiano que proponía
soluciones, desde una clave cristiana, a los problemas de los pueblos
originarios.
El de Valera no fue el único
movimiento utópico desarrollado en los Andes entre los siglos XVII y XVIII
(Flores Galindo, 1991; Lorandi, 1997; Cantú, 1993), aunque sí permanecía hasta
ahora desconocido. Este trabajo apunta, por ello, a la necesidad de ulteriores
estudios sobre las utopías andinas, en particular sobre los ideogramas
presentes en objetos coloniales como los queros. Estos vasos ceremoniales
constituyen uno de los soportes más expresivos y significativos mediante los
cuales el mundo indígena colonial transmitió, en clave ideográfica y
pictográfica, sus tradiciones y utopías. Sus ideogramas no deben entenderse
como mera decoración, sino como una escritura propia, elaborada con plena
libertad, incomprensible para españoles y ladinos, y por ello de gran
autenticidad.
Hoy que la HR y el EI
nos ofrecen claves interpretativas para leer estos ideogramas, se abren nuevas
fuentes para el estudio de la cultura inca-colonial. Además, un análisis
comparativo de la frecuencia y variación de los ideogramas en un amplio corpus
de queros permitiría avanzar en la identificación de mensajes recurrentes y,
con ello, en la reconstrucción de las ideologías que alimentaron los
movimientos utópicos andinos de los siglos XVII y XVIII.
LAURA LAURENCICH MINELLI UNIVERSIDAD
DE BOLOÑA, ITALIA
Hecho y compilado por Lorenzo
Basurto Rodríguez
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