Nicolao de Albenino: La rebelión de Gonzalo Pizarro: Testimonio de un florentino en la conquista del Perú
Verdadera y copiosa relación de todo lo sucedido en
los reinos y provincias del Perú, desde la llegada del virrey Blasco Núñez Vela
hasta la derrota y muerte de Gonzalo Pizarro
(Sevilla, 1549)
Esta relación fue escrita por Nicolao de Albenino,
florentino, testigo de lo acontecido, y dedicada al beneficiado Fernán Suárez,
vecino de Sevilla, quien a su vez la dirigió al excelentísimo señor don Luis
Cristóbal Ponce de León, Duque de Arcos, Marqués de Zahara, Conde de Casares, alcalde
mayor de Sevilla y Señor de la villa de Marchena.
Epístola
Al excelentísimo señor don Luis Cristóbal Ponce de
León
Duque de Arcos, Marqués de Zahara, Conde de Casares, alcalde
mayor de Sevilla y Señor de la Villa de Marchena.
Por pequeña que sea la cosa que cause contento,
siempre desea quien ama y sirve compartirla con la persona a la que dedica su
voluntad. Porque no mide lo que ofrece por su valor intrínseco, sino por el
merecimiento de quien lo recibe. Así, sin más miramiento que el de procurar el
agrado de Vuestra Excelencia, pongo en sus manos esta relación de los sucesos
en la revelación y conquista del Perú. Apenas llegó a mí, procuré que fuese
estampada y divulgada bajo el amparo de su nombre, aunque sé que es obra
humilde para tan alto señor.
Pensé, sin embargo, que así como Vuestra Excelencia
honra con su ánimo valeroso las hazañas de sus antepasados, también se
complacerá en leer estos acontecimientos de guerra, ocurridos bajo el auspicio
de nuestro invictísimo César, a quien, desde tan remotas tierras, acuden sus
vasallos a rendir obediencia con solo la sombra de su nombre.
Suplico a Vuestra Excelencia la reciba con
benevolencia, pues no es otra mi intención que buscar mayores ocasiones para
que mi ingenio pueda servirle dignamente. Nuestro Señor guarde y prospere su
vida con aumento de estados y gloria.
Su capellán y criado,
Fernán Suárez
Lo sucedido después de la batalla de
Chupas
Como ya expuse en otras relaciones más breves, vuestra
merced sabrá de la batalla de Chupas, librada bajo el mando del licenciado Vaca
de Castro, en la cual, como fue notorio, alcanzó la victoria. Tras ello,
procuró ordenar y reformar la tierra lo mejor que pudo, dictando ordenanzas en
beneficio tanto de los naturales como de los pobladores españoles. Y aunque
algunos criticaron su gobierno, en general los vecinos de la tierra hubieran
deseado que permaneciese, pues Su Majestad habría recibido gran servicio de
ello.
No me detendré más en este punto, para no apartarme de
mi propósito, que es narrar lo sucedido desde entonces en adelante.
La venida del virrey Blasco Núñez
Vela y las nuevas ordenanzas
Estando Vaca de Castro en el Cuzco, recibió avisos
desde Nueva España, Tierra Firme y otras partes de que Su Majestad había
promulgado ciertas ordenanzas para el buen gobierno de estas provincias, otorgando
libertades a los indios que bien las merecían. Asimismo, había nombrado por su
virrey a Blasco Núñez Vela, con el encargo de establecer en el Perú la Real
Audiencia y dar cumplimiento a dichas ordenanzas.
Apenas supieron los vecinos y encomenderos de la
llegada del virrey, comenzó el alboroto. Núñez Vela tenía fama de hombre
inflexible en la ejecución de los mandatos reales, y se temía que viniese con
orden de despojar de sus encomiendas a quienes se habían visto envueltos en las
pasadas guerras entre Pizarro y Almagro, así como a los tenientes de gobernador
y oficiales de Su Majestad. Como la mayoría de los principales pobladores se
hallaban comprendidos en estas sospechas, fue ésta la causa principal de la
inquietud general.
Llegada del virrey Blasco Núñez Vela
y primeros actos de gobierno
Pocos días después arribó el virrey al puerto de
Tumbes, tras un próspero viaje desde Panamá que apenas le llevó ocho días.
Apenas puesto en tierra, comenzó a ejercer autoridad: despachó correos a todas
partes y ordenó prender a algunos vecinos, lo que resultó ser el principio de
su ruina.
En San Miguel despojó de indios a ciertos antiguos
tenientes y redujo drásticamente las tasas que debían entregar los naturales a
los encomenderos, dejándolos apenas con lo necesario para sustentarse. Así, si
hasta entonces había habido descontento, desde entonces los disturbios
crecieron.
Cuando la noticia llegó a la ciudad de Los Reyes,
donde se hallaban muchos vecinos de toda la tierra, éstos comenzaron a
dirigirse hacia el Cuzco, intentando alejarse de la jurisdicción del virrey y
de la ejecución de las ordenanzas. Núñez Vela, entretanto, mandó pregonar bajo
severas penas que nadie pudiese llevar indios fuera de sus tierras, procurando
con mayor empeño la libertad de los naturales.
El descenso de Vaca de Castro hacia
Los Reyes
En Trujillo se difundió ya con claridad lo que
sucedía, y la noticia llegó a oídos de Vaca de Castro en el Cuzco. Determinó
entonces bajar hacia la ciudad de Los Reyes con poco más de trescientos hombres
de calidad y bien armados. Se levantaron muchas conjeturas sobre su propósito,
pues parecía evidente su deseo de continuar en la gobernación.
Vaca de Castro llega a Jauja y luego
a Los Reyes
Llegado a la provincia de Jauja con toda su gente,
supo que el virrey estaría pronto en la ciudad de Los Reyes. Hubo gran
agitación en su real y, al final, decidió continuar solo, acompañado de pocos
hombres, dando licencia a los demás para que regresasen donde mejor les
pareciera. La mayor parte, y especialmente los de mayor calidad, volvieron al
Cuzco llevando consigo las armas.
Vaca de Castro entró en Los Reyes y salió a recibir al
virrey más de media legua fuera de la ciudad, acompañado de varios vecinos.
Aunque fue recibido con honores por su cargo, pronto se descubrió que en muchos
prevalecía la intención de que no fuese admitido en la tierra.
La llegada de Blasco Núñez Vela a
Los Reyes y la aplicación de las nuevas ordenanzas
Cuando el virrey Blasco Núñez Vela llegó a la ciudad
de Los Reyes, no tardaron en arribar tras él los oidores de la Real Audiencia,
que se estableció de inmediato en esta ciudad. Desde el principio, comenzaron a
ejecutar las nuevas ordenanzas, pese a que los cabildos de Piura, Trujillo y la
propia Los Reyes suplicaron que no se aplicaran. No hubo remedio: las
ordenanzas debían cumplirse. Con ello quedó en evidencia la inflexibilidad del
virrey.
El descontento se extendió rápidamente. Muchos vecinos
comenzaron a dirigirse al Cuzco, considerado cabecera de toda la tierra, para
que su cabildo enviase representantes a suplicar ante la Audiencia contra tales
disposiciones. Tras acalorados debates, se decidió nombrar como capitán y
procurador general a Gonzalo Pizarro, que se hallaba en Las Charcas, a ciento
cincuenta leguas del Cuzco, en sus repartimientos de indios. Aunque parecía
ajeno a los negocios de gobierno, en realidad llevaba tiempo informado de todo
mediante postas de indios que le enviaban noticias puntuales. Además, mantenía
constante correspondencia con los principales vecinos del Cuzco, ganándose
adeptos con la clara intención de servirse de ellos en el futuro, como
efectivamente ocurrió.
Gonzalo Pizarro, procurador del
Cuzco ante el virrey
Elegido Gonzalo Pizarro como procurador y capitán
general, el cabildo del Cuzco envió a varios vecinos principales para rogarle
que aceptase el cargo. Aunque al inicio fingió desinterés, con disimuladas
excusas, terminó por aceptar, juzgando descortés negarse a una segunda
petición.
De inmediato dejó su casa y sus tierras para
encaminarse al Cuzco, donde fue recibido con gran honra por los más notables
del lugar. En cabildo le fue otorgado poder en nombre de toda la tierra como
capitán, justicia mayor y procurador del común, con el encargo de acudir a Los
Reyes a suplicar por la revocación de las ordenanzas. Gonzalo aceptó y juró
desempeñar fielmente el cargo en beneficio de la tierra.
Para levantar un ejército pidió dinero, que fue
recaudado entre los vecinos. Aunque se ignora la cantidad exacta, con ella se
asoldaron entre doscientos cincuenta y trescientos hombres, a quienes se pagó
generosamente, con sueldos de quinientos y seiscientos pesos de oro. Muy pronto
comenzó a sonar el tambor en el Cuzco y a formarse compañías de infantería y
caballería, armadas con abundante material bélico que había sobrado de la
batalla de Chupas.
El asombro del virrey y el acopio de
armas de Gonzalo Pizarro
Mientras tanto, el virrey se sorprendía de que no
llegase nadie del Cuzco a Los Reyes, sin comprender la causa. En la ciudad
circulaban rumores y falsas versiones de lo sucedido, mientras se concentraba
en secreto mucha gente llegada de Trujillo, San Miguel, Quito, Chachapoyas y
otras partes.
La primera medida de Gonzalo Pizarro, ya confirmado en
su cargo, fue reunir cuantas armas pudo. Envió al capitán Pedro de Hinojosa con
tropa a Arequipa para recoger armamento, y a otro capitán a buscar la
artillería que Vaca de Castro había dejado, la cual era abundante y de buena
calidad. Todo fue llevado al Cuzco para pertrechar su ejército.
El virrey intenta contener al Cuzco
Al saber lo que ocurría en el Cuzco, aunque sin
informes verídicos —pues Pizarro había puesto guardas en los caminos para
impedir que llegasen avisos—, el virrey mandó pregonar, aunque ya tarde, que
nadie saliese hacia el Cuzco bajo pena de muerte. Si hubiera tomado esta medida
antes, quizá habría evitado la concentración de tropas que allí se produjo.
Los rumores crecieron: se decía que Gonzalo Pizarro
marchaba hacia Los Reyes con ochocientos hombres. Muchos aconsejaban al virrey
levantar un ejército para resistirle; al principio se negó, pero finalmente,
persuadido por sus consejeros, decidió organizar la defensa.
Preparativos militares en Los Reyes
El virrey mandó reclutar tropas en Los Reyes. Nombró
capitanes de infantería a Martín de Robles, Pablo Meneses y Gonzalo Díaz; de
caballería a don Alonso de Montemayor, y como capitán general a su hermano Vela
Núñez.
Se llegaron a reunir unos ochocientos hombres, a
quienes el virrey proveyó con más de doscientos mil pesos de oro de la hacienda
real. Era, en apariencia, un ejército lucido, comparable a los mejores de
Italia. Sin embargo, carecía de lo esencial: la lealtad. Pues, en secreto, la
mayoría simpatizaba con Gonzalo Pizarro y aguardaba su llegada más con deseo de
servirle que de enfrentarlo. Entre todos, apenas cincuenta hombres eran de
confianza.
Las primeras deserciones: Pedro de
Puelles y Gonzalo Díaz
El virrey envió a varios capitanes a las provincias
cercanas para reclutar más tropas. Entre ellos, Pedro de Puelles fue
comisionado a Huánuco, donde reunió unos ochenta hombres. Pero a los pocos
días, con el consentimiento de su tropa, alzó bandera por Gonzalo Pizarro y
marchó a unirse con él.
La noticia cayó como un jarro de agua fría sobre el
virrey. En respuesta, envió a su hermano Vela Núñez y al capitán Gonzalo Díaz con
cuarenta arcabuceros escogidos para capturar a Puelles. Sin embargo, antes de
llegar, el propio Gonzalo Díaz se rebeló: despojó a Vela Núñez de armas y
caballo y, con casi toda la tropa, también se pasó a las filas de Pizarro. El
hermano del virrey apenas pudo regresar a Los Reyes acompañado de unos pocos
fieles.
Así, los hombres en quienes más confiaba el virrey se
le convertían en enemigos a cada paso. Incluso se sospechaba que Hernando de
Alvarado, enviado a Trujillo, abrigaba las mismas intenciones, aunque por la
distancia no pudo consumarlas de inmediato.
Descontento general contra el virrey
Aun con estos reveses, el virrey procuraba mantener la
esperanza y reforzar sus defensas, pues Gonzalo Pizarro avanzaba con rapidez
hacia Los Reyes. Pero el descontento era general: incluso los oidores de la
Audiencia estaban en contra del virrey y, aunque en público callaban por temor,
en secreto consultaban con vecinos influyentes para impedirle ejecutar sus
decisiones.
Blasco Núñez Vela da muerte a Illán
Suárez de Carvajal
Mientras Gonzalo Pizarro se hallaba a unas cincuenta
leguas de la ciudad, algunos principales acordaron organizar un motín. Una
noche se reunieron cuarenta hombres, entre ellos dos sobrinos del factor Illán
Suárez de Carvajal, caballero de gran valor en estas tierras. Pasada ya la
medianoche, el Virrey tuvo noticia de lo sucedido y mandó llamar al Factor, que
dormía despreocupado en su casa. Al presentarse ante él, Blasco Núñez Vela, aún
turbado por los sucesos recientes y creyendo que Carvajal estaba al tanto del
motín, se abalanzó sobre él y lo apuñaló hasta darle muerte. Como el Virrey era
ya malquisto por la mayoría, puede imaginarse el odio que este hecho despertó.
Al amanecer, ordenó que el capitán don Alonso de Montenegro partiese en
persecución de los amotinados, y el temor se apoderó de la ciudad, que parecía
una nueva Babilonia.
Los Oidores apresan al Virrey
Partido don Alonso de Montenegro tras los cuarenta hombres,
los Oidores, en secreto, resolvieron prender al Virrey. Encargaron la tarea al
capitán Martín Robles, quien, dos días después de la muerte del Factor y de la
partida de Montenegro, valiéndose de mañas y de una provisión con firma
falsificada, logró su propósito. Con el apoyo de gran número de gentes, apresó
al Virrey sin derramamiento de sangre. Sin embargo, fueron tantos los juicios y
comentarios que se suscitaron, que no bastaría pluma para relatarlos. Durante
la prisión, saquearon la posada del Virrey, y por dos días enteros la ciudad no
se ocupó de otra cosa que de discutir qué se haría con él. Algunos proponían
enviarlo preso a Castilla con las informaciones que habían levantado los
Oidores —y con otras que ellos mismos exageraron—, mientras otros tenían
parecer distinto. Finalmente, lo trasladaron a una villa despoblada cerca del
puerto, donde permaneció bajo estricta vigilancia hasta decidir su destino.
Gonzalo Pizarro ambiciona el
gobierno. Sale del Cuzco. Vecinos contra Pizarro
Desde que Gonzalo Pizarro aceptó el cargo de Capitán
General, reclutó gente y reunió numerosos partidarios. Muy pronto comenzaron a
notarse en él signos de ambición y deseo de gobernar por la fuerza o por
conveniencia. Viéndolo así, muchos vecinos de la tierra se arrepintieron de
haberlo seguido y procuraron justificarse alegando que lo habían hecho en
defensa de sus bienes, ya que Su Majestad no deseaba que el Virrey ejecutase
aquellas Ordenanzas. Suplicaban, pues, que las suspendiera, prometiendo
obedecer de otra manera. Comprendiendo que Pizarro y sus seguidores actuaban en
deservicio del Rey, algunos vecinos buscaron apartarse de él y servir
nuevamente al Virrey. Con este fin comenzaron a cartearse con amigos que
pudieran garantizar su seguridad. Al disponerse Pizarro a partir del Cuzco
hacia la ciudad, varios le pidieron licencia para quedarse unos días más, con
el pretexto de arreglar sus asuntos, prometiendo alcanzarlo después. Pizarro,
queriendo congraciarse, les concedió el permiso y dejó justicia de su mano en
el Cuzco antes de partir.
Vecinos del Cuzco se movilizan para
servir al Virrey
Pocos días después de iniciada la marcha de Pizarro,
veinticinco o treinta de los principales vecinos del Cuzco, unidos en
confederación, emprendieron viaje por otro camino más rápido y llegaron a la
ciudad para ponerse al servicio del Virrey. Su llegada ocurrió tres días
después de que éste fuese apresado; de haber llegado antes, es posible que los
acontecimientos hubiesen tomado otro rumbo y que el Virrey hubiese conservado
el gobierno. Al enterarse Pizarro de esta defección, él y su gente se turbaron
al extremo de estar a punto de dispersarse. Y pluguiera a Dios que así hubiera
sucedido, pues se habrían evitado tantas muertes y desastres posteriores. Mas
Pizarro, cobrando ánimo y alentando a sus hombres, logró sostenerse, favorecido
siempre por la fortuna, que durante dos años no le fue adversa en nada.
Pizarro degüella a dos capitanes del
Virrey
En esta coyuntura, el Virrey, desde su prisión, envió
en secreto a dos capitanes, Gaspar Rodríguez y Felipe Gutiérrez, con la misión
de atraer partidarios. Descubierto el plan por Pizarro, mandó apresarlos y
degollarlos, ejecución que llevó a cabo su Maestre de Campo, Francisco de
Carvajal. El hecho sembró gran espanto y aseguró la fidelidad de muchos. El
temor se incrementó aún más con la llegada del capitán Pedro de Puelles y de
Gonzalo Díaz, acompañados de sus gentes y de cuarenta caballeros vecinos que se
habían pasado al Virrey.
Prisión y fuga de Vela Núñez,
hermano del Virrey
Mientras el Virrey permanecía preso en la isla, los
Oidores ordenaron también el arresto de su hermano, Vela Núñez, y de otros
amigos, confinándolos en un navío del puerto. No obstante, al cabo de pocos
días, Vela Núñez y los suyos se apoderaron de la nave y escaparon a un puerto
cercano, apenas a quince leguas de distancia. Entretanto, en la ciudad se
sucedieron múltiples sucesos, grandes y pequeños, que por brevedad no se
relatan aquí.
Blasco Núñez Vela recupera la
libertad y envía un mensajero a Quito desde Tumbes
Los Oidores debatieron sobre quién debía conducir
preso al Virrey a Castilla y, tras muchas disensiones, resolvieron confiar la
misión al licenciado Álvarez, a quien dieron recursos para el viaje y las
probanzas en su contra. Mas al embarcarse con el Virrey, Álvarez, temeroso,
declaró que no cumplía con su deber en llevarlo preso y, al contrario, resolvió
liberarlo y servirlo como lugarteniente de Su Majestad. Paradójicamente, había
sido uno de sus captores y firmante de la orden de prisión. Una vez libre,
Núñez Vela partió en busca de su hermano y decidió no abandonar la tierra, sino
afirmarse en un puerto y rehacerse de fuerzas. Desembarcó en Tumbes, desde
donde envió un mensajero a Quito y San Miguel, advirtiendo del perjuicio de
seguir a los Oidores o a Pizarro, y requiriendo a todos acudir a él con armas y
caballos, costeando los gastos con las rentas reales. Tumbes, puerto de escala
de navíos procedentes de Nueva España y Panamá, le resultó estratégico, pues le
permitió reunir hombres, armas y caballos. Así logró poco más de doscientos
efectivos, con la intención de llegar a quinientos y tomar el control del
territorio.
Apresamiento de Vaca de Castro
Durante su estancia en la ciudad de Los Reyes, el
Virrey intentó esclarecer la vida del licenciado Vaca de Castro, acusándolo de
haber seguido la parcialidad de don Diego de Almagro y de hallarse con él en la
batalla. Apoyado en testimonios de sus enemigos, levantó contra él cargos y lo
mandó prender. Más tarde, cuando el Virrey mismo cayó preso, los Oidores,
recelosos de Vaca de Castro, lo hicieron encerrar en un navío del puerto, con
fuerte guardia, temiendo que de ello se derivase un nuevo alboroto en la
tierra.
Gonzalo Pizarro se acerca a la
ciudad de Los Reyes
Mientras tanto, los Oidores continuaban cobrando sus
salarios, teniendo por presidente al licenciado Cepeda, autorizado a ejercer en
ausencia del Virrey. Convencidos de que Pizarro no se opondría a la Real
Audiencia, confiaban en que sostendría su autoridad. Por eso, cuando supieron
que Pizarro se acercaba con más de mil quinientos hombres y artillería, le
rogaron que no entrara en la ciudad armado y que sólo lo hiciera con cuarenta
jinetes. Pero Pizarro, desoyendo sus súplicas, avanzó con todo su campo y
acampó en un arroyo a una legua de la ciudad. No quedó entonces vecino que no
saliera a recibirlo y a besarle las manos. Desde allí, envió de noche a su
Maestre de Campo con unos veinte arcabuceros, quienes entraron secretamente en
la ciudad y comenzaron a prender a los vecinos del Cuzco que se habían pasado
al Virrey, unos treinta aproximadamente. A los que atrapaban, los encerraban
bajo fuerte custodia; otros, más afortunados, lograron escapar en dirección al
Virrey, cuya ubicación, en realidad, era desconocida en la ciudad.
Carvajal ordena ahorcar a tres
vecinos del Cuzco
Las prisiones dictadas por el maestre de campo
Carvajal, sumadas a los destierros decretados por los Oidores, generaron tal
temor que los caminos se llenaron de gentes que huían a servir al Virrey, antes
que exponerse a la ira de Pizarro y de la Audiencia. En consecuencia, todos se fueron
a reunir al puerto de Tumbes.
Al día siguiente de ser encarcelados algunos vecinos
del Cuzco, Carvajal dispuso que se presentaran un escribano, un pregonero y un
verdugo. Con ellos, sin proceso alguno ni diligencia de prueba, mandó sacar de
la cárcel a tres de los caballeros más principales: Pedro del Barco, Mochín de
Florencia y Alonso de Saavedra, todos vecinos del Cuzco. Los condujo a un
cuarto de legua de la ciudad, hacia donde estaba asentado el real de Gonzalo
Pizarro, y allí ordenó ahorcarlos de un árbol, sin más formalidad que su
voluntad. Su intención era que, al día siguiente, cuando pasase por allí el
ejército, todos fuesen testigos del castigo. El hecho causó general espanto.
Pedro del Barco era hombre acaudalado, dueño de más de
ochenta mil pesos de oro; Mochín de Florencia poseía más de treinta mil.
Consumada la ejecución, Gonzalo Pizarro permaneció aún en su campamento, aunque
no descuidaba la correspondencia ni los medios para lograr que los Oidores lo
confirmaran como Gobernador en nombre de Su Majestad, hasta que el Rey
dispusiese otra cosa.
Los Oidores nombran a Pizarro
Gobernador en nombre de Su Majestad. Su entrada en la ciudad
Los Oidores, no hallando otro remedio y considerando
que el común de la ciudad pedía a Pizarro como Gobernador, resolvieron
otorgarle la provisión correspondiente en nombre de Su Majestad, creyendo que
con ello evitarían mayores guerras y discordias.
Una vez acordada la decisión, le enviaron notificación
a su campamento. Pizarro, con fingida modestia, mostró al principio no querer
aceptar el cargo de Gobernador y Capitán General, hasta que, tras reiteradas
súplicas, accedió, siendo este el honor que más deseaba.
Al día siguiente entró en la ciudad en orden militar:
las compañías de infantería marchaban delante, los de a caballo en la
retaguardia y él mismo al centro de la formación. Llegados a la plaza,
aguardaron hasta que el cabildo saliese a recibirlo. Allí, Gonzalo Pizarro fue
proclamado Gobernador y Capitán General, según la provisión que los Oidores le
habían concedido.
Gonzalo Pizarro asume el poder
absoluto
Desde aquel momento comenzó a ejercer su autoridad con
tal absolutismo como si se tratara de un cargo hereditario. Quitó los indios a
los conquistadores que le habían sido contrarios y también a quienes habían
seguido al Virrey, repartiéndolos entre sus partidarios y reservando para sí
los más provechosos.
Ya seguro de su triunfo, envió provisiones a distintas
partes del reino y nombró por tenientes a los hombres de su mayor confianza.
Mientras tanto, se supo en la ciudad que el Virrey estaba en Tumbes, donde
lograba reunir a muchos, entre ellos a varios de los principales que habían
desertado de Pizarro.
Al conocer esta noticia, Gonzalo comenzó a temer y
ordenó a tres capitanes que, con tropas, marcharan a San Miguel —a cincuenta
leguas de Tumbes—, recogiendo en el camino a cuantos pudiesen reclutar.
Calculaba que, con estas fuerzas interpuestas, podría vivir más tranquilo
respecto de los movimientos del Virrey.
Pizarro aparta a los Oidores del
Gobierno
Después de la entrada de Pizarro en la ciudad, los
Oidores dejaron de sentarse en los estrados de la Audiencia y nada resolvían
por su autoridad, salvo el licenciado Cepeda, muy allegado al caudillo. La
amistad entre ambos, cimentada en que Cepeda le facilitaba a Pizarro cuanto
dinero podía reunir, convirtió al Oidor en la verdadera mano derecha del
Gobernador.
En aquellos días, Vaca de Castro permanecía preso en
una nave del puerto, bajo estricta vigilancia. Hombre prudente y deseoso de
abandonar aquellas tierras, no hallaba medio para hacerlo, temiendo que
Pizarro, resentido por antiguas sospechas y diferencias, ordenara su muerte.
Pizarro envía barcas con tropas a
Panamá. Quito se une al Virrey
Mientras el Virrey reunía gente en Tumbes, recibió
además el apoyo de todos los vecinos de Quito. Enterado de ello, Pizarro se
encontró con que carecía de navíos para contrarrestar el avance. Su intención
era enviar un Oidor a informar a Su Majestad de lo sucedido en la ciudad y, al
mismo tiempo, despachar tropas a Panamá para atacar al Virrey por la
retaguardia.
Pero, como en el puerto solo había dos barcas de
pescadores, hubo de servirse de ellas. Ordenó armarlas y puso al frente a
Hernando Bachicao con trescientos arcabuceros. Lo acompañaban un Oidor, llamado
Zereda, y un mensajero real, Francisco Maldonado. Pizarro dio a Bachicao
instrucciones de que, llegado a Panamá, enviara a Zereda y a Maldonado a
Castilla, y que en el istmo reclutara cuanta gente pudiera, lo que se cumplió conforme
a sus órdenes, como después se verá.
El Virrey se entera de la
movilización de los capitanes de Pizarro. Bachicao se apodera de una nave
mercante
Cuando los capitanes Gonzalo Díaz, Jerónimo de
Villegas y Manuel de Estacio se aproximaban ya a San Miguel, avisaron al Virrey
en Tumbes que sobre él venían tres compañías de infantería con numerosa gente.
De inmediato, dispuso que su hermano Vela Núñez, con
ciento cincuenta soldados, saliera a resistirles. Mientras tanto, el Virrey
quedó en Tumbes con apenas cincuenta hombres. En esos días, el capitán Hernando
Bachicao bajó por la costa y llegó a Trujillo, donde tomó un navío cargado de
mercaderías. Se apoderó de él, repartió su gente en las barcas y reclutó
algunos más en Trujillo, marchando luego con todos rumbo a Tumbes.
Ciertos hombres que acompañaban al Virrey, en secreto
aliados de Pizarro, lo atemorizaban asegurándole que Bachicao avanzaba por mar
y Pizarro por tierra con gruesos ejércitos. Viéndose con tan pocos efectivos,
el Virrey cayó en gran zozobra, temiendo lo peor. Una tarde, aparecieron en el
horizonte las dos barcas y la nave, y él, persuadido de que eran ciertos los
rumores, aguardaba ya la inminente embestida del ejército por tierra.
El Virrey huye de Tumbes. Bachicao
toma el puerto y lo saquea en parte
El Virrey, además, no tenía noticia alguna de su
hermano Vela Núñez ni de los ciento cincuenta hombres enviados a San Miguel, lo
que aumentaba su incertidumbre. Reconociendo que las velas que asomaban eran
las de Bachicao, decidió huir con cuantos soldados pudo reunir, tomando ásperos
y difíciles caminos en busca de su hermano.
Al desamparar el puerto, las naves que allí estaban
hicieron vela para huir. Bachicao, al verlo, salió en su persecución con su
navío y las barcas, dándoles caza hasta capturar dos de las tres embarcaciones.
La tercera, donde iba el capitán Juan de Llanos, logró escapar por su mejor
andar y se dirigió a Nicaragua.
De regreso en Tumbes con las presas, Bachicao saqueó y
ultrajó a varias personas. Luego volvió a embarcarse, llevándose todos los
navíos, salvo el que había apresado en Trujillo cargado de mercaderías, que
terminó soltando tras muchas instancias. A lo largo de la costa iba reclutando
hombres, especialmente vagabundos y gente perdida, atraídos por la licencia de
robar y cometer desafueros bajo su mando. También se apoderó de nuevas
embarcaciones, de modo que al llegar cerca de Panamá ya contaba con ocho navíos
y un centenar de soldados.
Bachicao llega a Panamá. Temor de
los habitantes. Se enriquece y recluta gente
Cuando los vecinos de Panamá avistaron la flota,
cundió el espanto, pues ya estaban enterados de las turbulencias del Perú.
Bachicao intentó apoderarse de algunos navíos de
tráfico que había en el puerto. Los panameños, creyendo que venían a robar, se
pusieron en defensa. Uno de los maestros se resistió, y Bachicao ordenó
colgarlo de la antena de su nave. Este hecho provocó gran alboroto en la
ciudad.
Sin embargo, el capitán aseguró que su único propósito
era desembarcar a un Oidor y a un caballero, enviarlos a Nombre de Dios y de
allí a Castilla para informar a Su Majestad, sin intención de causar otro daño.
Convencidos, y deseosos también de congraciarse con Gonzalo Pizarro, los
panameños consintieron en dejarlo desembarcar, de lo que luego se
arrepintieron.
Una vez en tierra, tanta gente se le unió que en pocos
días reunió más de mil cuatrocientos hombres. Con ellos comenzó a disponer a su
antojo en Panamá y en Nombre de Dios, apoderándose de armas, caballos y ropas,
y robando tanto que era imposible contarlo. Además, la multitud que acudía con
ansias de pasar al Perú lo llevó a reunir quince navíos para la expedición.
El Virrey Blasco Núñez Vela llega a
Quito
Por su parte, el Virrey, acompañado de poco más de
ciento cincuenta soldados, arribó a Quito, donde fue recibido con gran
benevolencia. Le acompañaban algunos vecinos de la ciudad, fieles servidores
suyos y declarados enemigos de Gonzalo Pizarro. También recibió apoyo de la
gobernación de Sebastián de Benalcázar, lo que le permitió reunir en breve más
de cuatrocientos hombres bien armados y montados, todo conforme a sus deseos.
Quito, además, era de las provincias más ricas y
abastecidas: abundaba en trigo y carne, gozaba de saludable clima y contaba con
minas de gran valor. Todo ello animó al Virrey, que se creyó ya dueño absoluto
de la tierra. Y ciertamente lo habría sido, de haberse mantenido en Quito; pero
decidió bajar a los llanos, emprendiendo la marcha hacia San Miguel.
El Virrey sale hacia San Miguel.
Órdenes de Gonzalo Pizarro
La marcha del Virrey fue conocida por los capitanes
Gonzalo Díaz, Fernando de Villegas y Manuel de Estacio, que estaban en San
Miguel con doscientos soldados. Salieron de la ciudad, subieron a la sierra y
se apostaron en un paso obligado, seguros de que por allí debía pasar.
Mientras tanto, Gonzalo Pizarro fue informado de la
determinación del Virrey, de su salida de Quito y del número de gente que lo
acompañaba. Dispuso entonces levantar un ejército de cuatrocientos hombres,
bien proveídos de armas, caballos y oro, y los envió hacia Trujillo, a ochenta
leguas de la capital.
Mandó además a su maestre de campo, Carvajal, salir
por otro camino, y al capitán Gómez de Alvarado avanzar desde Chachapoyas con
toda la tropa allí reunida, bajando también a Trujillo. Ordenó, asimismo, que
en los pueblos por donde pasaran no quedase vecino capaz de tomar armas, salvo
los estrictamente necesarios para la subsistencia de cada lugar.
Gonzalo Pizarro llega a Trujillo. El
Virrey derrota a cuatro de sus capitanes
Cuando Gonzalo Pizarro entró en Trujillo con toda su
gente, envió de inmediato órdenes a sus capitanes en la frontera para que se
retirasen con sus tropas a otra provincia, pues sabía que el Virrey avanzaba
con fuerza. Sin embargo, los capitanes desoyeron la instrucción, convencidos de
que sería deshonroso retroceder con las fuerzas que tenían.
El Virrey, que ya contaba con la amistad de muchos
indios y caciques, había asegurado los pasos principales, lo que le permitió
moverse con facilidad y caer de improviso sobre las cuatro compañías. Éstas se
hallaban descuidadas, a pesar de haber recibido advertencias de Gonzalo Pizarro
y otros allegados. Decidido a aprovechar la ventaja, el Virrey tomó un atajo y,
tras dos o tres días de marcha, sorprendió al amanecer a los desprevenidos
capitanes, quienes aún no habían tomado las armas.
La embestida fue tan súbita que apenas pudieron
reaccionar: muchos fueron apresados y otros huyeron, entre ellos todos los
capitanes. Una espesa niebla favoreció la ofensiva. Hernando de Alvarado logró
escapar, pero nunca más se supo de él; se creyó que fue devorado por tigres,
abundantes en aquella provincia.
El Virrey victorioso avanza a Piura.
Miguel Yánez muere en la horca
Tras la victoria, el Virrey y sus hombres cobraron
gran ánimo. Liberó a los prisioneros y los exhortó a servir a Su Majestad,
recordándoles que todo lo demás no era más que engaño.
Pocos días después marchó hacia Piura, la ciudad de
San Miguel, donde encontró la tropa rebelde disuelta y la mayor parte de la
población huida. Allí ordenó ahorcar a Miguel Yánez, vecino de la ciudad, y lo
mandó colgar de los pies como castigo ejemplar por traición.
Pizarro se entera de la derrota en
Trujillo
En Trujillo, Gonzalo Pizarro recibió la noticia del
desastre de sus capitanes y del avance del Virrey. De inmediato emprendió la
marcha hacia San Miguel con sus tropas, recorriendo setenta leguas. En el
trayecto se le unieron algo más de cien hombres al mando de Diego de Caravajal,
desde Huánuco, y de Gómez de Alvarado, desde Chachapoyas. Reunió en total más
de quinientos soldados, bien armados y pertrechados, comparables en disciplina y
caballería a los ejércitos italianos. Allí realizó revista de tropas y
distribuyó mandos entre sus capitanes, tanto de infantería como de caballería.
El Virrey envía a su hermano hacia
Trujillo. Argüello es ahorcado
En San Miguel, el Virrey ordenó a su hermano, el
capitán Vela Núñez, salir con un destacamento de caballería para reconocer el
camino de Trujillo. Tras avanzar dieciocho leguas, sorprendieron en unos bohíos
a un pequeño grupo de hombres. La mayoría huyó, pero uno de ellos, llamado
Argüello y conocido por haber servido a Gonzalo Pizarro, fue capturado y
ahorcado.
Bajo tormento confesó que Gonzalo avanzaba con gran
fuerza hacia San Miguel. Advertido, Vela Núñez regresó en secreto con la
noticia para evitar que el temor cundiera entre los soldados. El Virrey,
sabiendo que el encuentro era inevitable, empezó a preparar la batalla.
Gonzalo Pizarro se acerca a San
Miguel y celebra consejo de guerra
Con sus quinientos hombres organizados, Gonzalo
Pizarro marchó ocho leguas hasta establecer su campamento a veinticinco leguas
de San Miguel. Tenía noticia de que el Virrey contaba allí con unos
cuatrocientos soldados, pero ninguno conocía la verdadera magnitud de las
fuerzas enemigas.
Convocó entonces consejo con sus capitanes. Se acordó
dejar atrás el bagaje, la impedimenta y la gente inútil, y avanzar con ligereza
por las veinticinco leguas que los separaban de San Miguel. El camino era
áspero, despoblado y falto de agua. Así lo hicieron, abandonando todo lo que
llevaban: desde enseres domésticos hasta gran cantidad de oro y plata, que
luego fue saqueado por los indios de la región.
El Virrey decide retirarse de San
Miguel
Mientras tanto, el Virrey, aún sin conocer la
verdadera fuerza de su enemigo, decidió en un primer momento esperarlo en San
Miguel. Sin embargo, al notar la falta de ánimo entre sus hombres, menos
disciplinados y peor armados que los de Pizarro, resolvió retirarse hacia la
sierra. Esta decisión desmoralizó a sus tropas y, al mismo tiempo, envalentonó
a los partidarios de Gonzalo.
Gonzalo Pizarro persigue al Virrey y
lo desbarata
Enterado de la retirada, Gonzalo Pizarro emprendió la
persecución. Envió destacamentos ligeros en la retaguardia del Virrey,
hostigando continuamente a sus tropas. El terreno montañoso hizo más dura la
huida, y poco a poco el ejército realista fue diezmado hasta quedar reducido a
unos cincuenta hombres, que lograron escapar a caballo hacia Quito,
completamente derrotados y desdichados.
Robos y sevicias de la gente de
Pizarro. Caravajal ahorca a personas de distinción
Los desmanes de las tropas de Gonzalo Pizarro durante
la persecución fueron incontables: saqueos, violencias y atrocidades que apenas
bastaría la pluma para describir. Se probó que no dejaron nada a salvo, ni lo
más mínimo. El maestre de campo, Francisco de Caravajal, se mostró implacable:
mandó ahorcar a muchos, la mayoría hombres de calidad y prestigio, sin darles
tiempo a defenderse. Su gesto de “cortesía” hacia quienes habían sido sus
amigos consistía en permitirles escoger el árbol en el que querían ser
colgados.
Aquella persecución fue recordada como una de las más
feroces jamás vistas: siguieron al Virrey más de ciento sesenta leguas, desde
donde comenzó el acoso hasta cuarenta leguas más allá de Quito, sin tregua
alguna.
El virrey Núñez de Vela llega a
Quito y parte hacia Popayán. Pizarro entra en la ciudad
En su huida, el Virrey Núñez de Vela alcanzó Quito con
apenas cincuenta jinetes. Allí reunió a algunos vecinos y les ordenó, bajo pena
de muerte, que en tres días estuviesen listos con armas y caballos para marchar
con él hacia Popayán, gobernación de Sebastián de Benalcázar. Dispuso también
llevar consigo todo el oro y la plata que encontraran, tanto de la Real
Hacienda como de particulares, para impedir que cayesen en manos de Gonzalo
Pizarro.
Algunos obedecieron, otros huyeron. Cumplido el plazo,
el Virrey salió de Quito y avanzó cuatro leguas hasta un pueblo en la
jurisdicción de Benalcázar. Pizarro, por su parte, seguía marchando con
rapidez, capturando a cuantos rezagados podía, hasta llegar a la provincia de
los Lignates. Allí el Virrey trató de reorganizarse con los pocos hombres que
aún le quedaban. Gonzalo, creyendo que ya estaba demasiado lejos para
alcanzarlo, desistió de seguir la persecución.
El Virrey mata a tres de sus
capitanes
Durante su huida, el Virrey supo que Gonzalo Pizarro
enviaba cartas a sus capitanes instándolos a traicionarlo: le prometía
recompensas, indios y repartimientos a su elección si lo prendían o le daban
muerte. Temeroso de una traición, Núñez de Vela ejecutó con sus propias manos,
a puñaladas, a tres de sus principales oficiales: Rodrigo del Campo, Gaspar Gil
y Serna.
El capitán Bachicao parte de Panamá
hacia el Perú
Mientras tanto, en Panamá se encontraba el capitán
Bachicao con quinientos soldados repartidos bajo diversos oficiales. Sus excesos
y abusos habían suscitado una conjura entre algunos capitanes para asesinarlo.
Descubierta la trama, Bachicao prendió a tres o cuatro de los conspiradores y
los hizo degollar sin permitirles confesión, entre ellos al capitán Bartolomé
Pérez, conquistador y hombre de gran reputación.
Reforzado su mando, organizó una armada de quince
navíos y zarpó hacia el Perú con toda su gente. En el trayecto ahorcó y mató a
cuatro hombres más. Llegó a Tumbes, donde el Virrey, entonces en San Miguel, le
envió órdenes para que se uniese a su causa, prometiéndole mercedes y hasta el
hábito de Santiago. Bachicao desoyó la orden.
Cuando supo de la derrota del Virrey y de su retirada
hacia Quito, recibió en cambio mandato de Gonzalo Pizarro para unírsele. Aunque
Pizarro lo temía por su poderío —pues Bachicao estaba en condiciones de
inclinar la balanza a favor de la Corona—, el capitán aceptó y desembarcó con
sus tropas en un pueblo despoblado sobre un río navegable, desde donde marchó
por tierra hacia Quito.
Gonzalo Pizarro y Bachicao entran en
Quito
Pizarro, que por entonces seguía otro camino, tuvo
noticia de la llegada de Bachicao y lo mandó llamar a solas. Algunos creyeron
que lo hizo por recelo. Bachicao acudió, aunque fue recibido con frialdad, pues
Pizarro le guardaba rencor por las quejas contra él y por sus excesos en
distintas tierras.
Con todo, ambos entraron en Quito. Allí se reunieron
sus tropas, formando un ejército de mil trescientos hombres bien armados.
Permanecieron algunos días en la ciudad, descansando y reorganizándose.
Pizarro envía a Panamá al capitán
Hinojosa con el título de General
Gonzalo Pizarro, temeroso de que el Virrey marchase
hacia Panamá por la vía de Pánuco y allí se fortaleciera para volver con más
poder, decidió enviar al capitán Pedro de Hinojosa con trescientos hombres, lo
mejor de su ejército. Le confirió el título de General de aquella
expedición, pues en ningún otro capitán tenía tanta confianza. Lo acompañaban
Rodrigo de Caravajal y Juan Alonso Palomino.
Marcharon hasta el puerto donde Bachicao había dejado
los navíos, se embarcaron y zarparon rumbo a Panamá, adonde llegaron pocos días
después.
Los vecinos de Panamá deciden
resistir a Bachicao y alzan bandera por Su Majestad
Las injusticias y excesos cometidos por Bachicao en
Panamá habían dejado a los vecinos, tanto de aquella ciudad como de Nombre de
Dios, llenos de rencor y deseosos de su muerte. Creyeron que, al unirse con
Gonzalo Pizarro, este lo enviaría de regreso, y acordaron resistirlo con las
armas.
Erigieron bandera en nombre de Su Majestad y eligieron
como capitán a Juan de Illanes, amparados en provisiones enviadas por el Virrey
desde Tumbes. Reunieron más de trescientos hombres, establecieron guardias y
centinelas a lo largo de la costa y juraron no permitir el desembarco de ningún
navío proveniente del Perú que sirviese a Pizarro.
El Virrey parte a la Gobernación de
Benalcázar y es bien recibido
El Virrey Núñez de Vela, viendo imposible resistir la
fuerza de Pizarro, decidió acudir a la gobernación de Sebastián de Benalcázar
para solicitarle auxilio en nombre de Su Majestad. Benalcázar, leal a la
Corona, lo recibió con generosidad, le proveyó de armas, caballos y capitanes,
y aun con su propia persona se ofreció a servir al rey.
Ignorando las avanzadas disposiciones de Pizarro en
Panamá, el Virrey resolvió enviar a su hermano Vela Núñez con otros capitanes
al puerto de Buenaventura, en la gobernación de Benalcázar. Como sabía que en
Panamá había gentes fieles al rey, mandó provisiones y hasta quince mil pesos
para costear la empresa. Pero cuando Hinojosa llegó con su armada a
Buenaventura, supo que Vela Núñez estaba a solo tres o cuatro leguas, presto a
embarcarse en un navío con su gente.
Hinojosa apresa a Vela Núñez y parte
a Panamá
Con la noticia cierta, Hinojosa desembarcó su tropa y
envió destacamentos por el camino que debía seguir Vela Núñez. Estos lograron
prenderlo junto con toda su compañía, sin que escapase ninguno. Fueron puestos
en férreas prisiones y llevados a bordo.
A los pocos días, Hinojosa arribó a Panamá. La ciudad
se alborotó al ver las velas de sus naves; los vecinos salieron a la costa con
banderas desplegadas, resueltos a morir antes que permitir el desembarco de
tropas de Pizarro.
Hinojosa usa de astucia para entrar
en Panamá
Al llegar frente a la ciudad, Hinojosa fondeó en el
punto más conveniente y envió un mensajero con carta a la justicia. En ella
declaraba que venía en nombre de Gonzalo Pizarro, no para agraviar, sino para
reparar las injusticias cometidas por Bachicao; que traía consigo gran cantidad
de oro para restituir a los despojados; y que daba su palabra de caballero de
no causar daño alguno a la ciudad ni a sus vecinos.
Los de Panamá, tras deliberar, respondieron que antes
morirían que permitir la entrada de hombres de Pizarro. Entonces Hinojosa,
resuelto a cumplir su misión, desembarcó con su ejército en una llanura a media
legua de la ciudad.
Los vecinos salieron en orden de batalla, con
arcabuceros al frente, y se enfrentaron a escuadrones igualmente formados de
Hinojosa. Estuvieron un largo rato frente a frente, tan cerca que parecía
inevitable un sangriento combate, pero la lucha no llegó a estallar. Al final,
se pactó una tregua de cuarenta días: las tropas de Hinojosa
permanecerían en una isla cercana y no entrarían en la ciudad.
En aquel lugar, Hinojosa desplegó toda su astucia: a
fuerza de sobornos y favores, consiguió en apenas quince días atraer a gran
parte de los vecinos. Las divisiones internas lo favorecieron: los mercaderes,
temerosos de perder sus bienes, abogaban por la conciliación; mientras que
soldados y vecinos pobres querían resistir.
Concluidas las treguas, Hinojosa entró en Panamá sin
oposición. A su causa se pasó incluso el capitán Juan de Illanes, junto con
otros partidarios del rey.
Pizarro conoce en Quito el
alzamiento de Centeno en las Charcas. Centeno es vencido por fuerzas de Pizarro
al mando de Toro
Cuando Pizarro regresó a Quito, adonde había marchado
en persecución del Virrey, estaba ya en una posición poderosa, pues contaba con
más de mil hombres de guerra. Se hallaba además ufano al saber que su capitán
Hinojosa había apresado a Vela Núñez, hermano del Virrey, y que se había
adueñado de Panamá.
En estas circunstancias llegó un mensajero con cartas
que avisaban cómo en las Charcas —ciudad situada al extremo de aquella
gobernación, a unas doscientas leguas del Cuzco en el camino hacia Chile— se
había levantado en nombre de Su Majestad un caballero llamado Diego Centeno.
Éste, con ayuda de algunos amigos, había asesinado a puñaladas a un capitán de
Gonzalo Pizarro, llamado Almendras, teniente en dicha ciudad. Reunió luego la
mayor gente que pudo, con la intención de marchar sobre el Cuzco y apoderarse
de él.
Al enterarse de ello, otro capitán pizarrista que se
encontraba en el Cuzco salió a hacerle frente, mientras Pizarro ordenaba a su
maestre de campo Francisco de Caravajal que marchase a sofocar aquellos
alborotos y castigase a Centeno. Caravajal emprendió la marcha, reclutando
soldados y acopiando recursos en los pueblos por donde pasaba. Llegado a Lima,
formó allí una compañía de doscientos hombres, cometiendo al mismo tiempo
crueles excesos contra quienes juzgaba poco afectos a su causa. Sus tiranías
fueron tantas que, si hubieran de detallarse todas, constituirían por sí solas
un largo proceso.
Con la tropa que reunió en Lima, partió hacia el
Cuzco, donde encontró ya al capitán Toro, quien había dado batalla a
Centeno, derrotándolo y ejecutando a muchos de sus hombres. El propio Centeno
logró escapar con algunos seguidores, auxiliado por indios, y se internó lejos
de las Charcas, ignorándose entonces su paradero.
Melchor Verdugo se alza en Trujillo
por Su Majestad. Albenino cae preso
En medio de este estado de cosas, Melchor Verdugo,
vecino de Trujillo, enemigo de Gonzalo Pizarro y partidario del Virrey,
resolvió levantarse en nombre de Su Majestad. Para ello reunió en su casa, bajo
un pretexto, a las personas de mayor confianza, y una vez allí las encerró en
distintos aposentos, hasta tener en su poder a sesenta o setenta de quienes más
recelaba.
Después, armado y con sus partidarios, prendió al
resto de los vecinos y alzó bandera real. Tomó además un navío anclado en el
puerto, en el cual embarcó tanto su hacienda como la de Su Majestad, y expidió
pregones en nombre del Rey. Pocos días más tarde zarpó hacia Nicaragua,
con el propósito de reclutar gente y volver a la costa del Perú para reunirse
con el Virrey y servirle.
En este alzamiento fui yo apresado por Verdugo, aunque
debo reconocer que me trató con cortesía y más me favoreció que me agravió.
Francisco de Caravajal derrota al
capitán Centeno. Crueldades de Caravajal
Mientras tanto, en el Cuzco, Francisco de Caravajal
seguía fortificándose y reuniendo tropas, con el firme propósito de apresar a
Centeno y a los que lo acompañaban.
En esas circunstancias, apareció por la región un
capitán llamado Diego de Rojas, quien, con más de doscientos hombres,
llevaba tres años internado en una expedición emprendida con provisiones de
Vaca de Castro tras la batalla de Chupas. Perdido largo tiempo en aquellas
tierras, consiguió regresar, y Centeno, con gran habilidad, logró atraérselo
junto con toda su gente, con la cual volvió a internarse en las Charcas.
Enterado Caravajal de este movimiento, salió de
inmediato a su encuentro. Centeno hizo lo propio, y ambas fuerzas llegaron a
verse frente a frente. Pero como los hombres de Centeno estaban mal armados,
mientras que los de Caravajal lo estaban muy bien, la batalla se decidió
pronto: Centeno fue derrotado y apenas logró salvarse con vida.
Victorioso, Caravajal desató entonces sus habituales
crueldades: mandó ahorcar a unos, degollar a otros y despojar a todos. Sus
excesos fueron tantos y tan sangrientos que no bastaría papel para relatarlos.
El Virrey Blasco Núñez parte de la
gobernación de Benalcázar hacia Quito en busca de Pizarro
En ese mismo tiempo, el Virrey Blasco Núñez de Vela,
que se hallaba en la gobernación de Benalcázar, se dedicaba a levantar tropas,
armas, arcabuces y caballos para enfrentar a Gonzalo Pizarro. Encontró en el
gobernador Benalcázar un leal servidor de la Corona, que lo socorrió con cuanto
pudo y aun le ofreció su propia persona para la campaña.
El Virrey, sin embargo, se veía desdichado, abrumado
por las noticias del apresamiento de su hermano Vela Núñez y de otros capitanes
en Buenaventura. Con todo, logró reunir más de cuatrocientos hombres bien
armados y, resuelto a vencer o morir, marchó rumbo a Quito, donde se
encontraba Gonzalo Pizarro con unos setecientos soldados.
Algunos afirman que el Virrey creyó que Pizarro había
regresado a Lima, dejando en Quito al capitán Pedro de Puelles con sólo
trescientos hombres. Sea como fuere, cuando Pizarro supo que el Virrey se
acercaba, dispuso a su ejército y salió a su encuentro.
Una tarde, al llegar a la ribera de un río, Pizarro
vio que el Virrey había establecido su campamento al otro lado. Sin embargo,
por un camino alterno se adelantó y entró en Quito. A la mañana siguiente, los
pizarristas, al ver todavía en el lugar los bagajes del Virrey, creyeron que su
ejército permanecía allí, hasta que al mediodía se descubrió la verdad de lo
ocurrido.
Gonzalo Pizarro piensa que el Virrey
no quiere darle batalla. Encuentro en Quito. Muerte del Virrey y degüello de
prisioneros
Gonzalo Pizarro creyó que el Virrey rehuía darle
batalla y que intentaba descender con su gente hacia los llanos. Volvió
entonces sobre Quito y, al día siguiente, llegó a las inmediaciones de la
ciudad, mientras el Virrey acampaba a una legua. Pizarro prefirió no entrar en
Quito y situó sus escuadrones a media legua de la ciudad, poco más o menos,
aguardando al enemigo.
El Virrey entró en Quito con toda su gente, asentó su
real en la plaza mayor y, sin apearse del caballo, hizo colación antes de
marchar en orden de batalla hacia el campo donde esperaba Pizarro. Ambas huestes
se encontraron a tiro de arcabuz y descargaron su artillería con tal furia, que
en los primeros instantes cayeron heridos o muertos más de doscientos cincuenta
hombres de ambos bandos.
Pronto arremetieron unos contra otros y la victoria se
inclinó visiblemente hacia Gonzalo Pizarro. La matanza fue terrible, como no se
había visto hasta entonces.
El Virrey combatió con una camiseta de indio sobre sus
armas, pero, una vez preso, fue degollado en el mismo campo. Con él perecieron
cerca de trescientos hombres, algunos en la batalla, otros después de rendidos.
Entre los muertos estuvieron el capitán Juan de Cabrera, general de Benalcázar;
Sancho Sánchez, sobrino del Virrey, y otras personas de calidad.
Resultaron heridos el gobernador Benalcázar, don
Alonso de Montemayor y el licenciado Álvarez, oidor de Su Majestad, pero todos
fueron luego ejecutados, junto con otros muchos que ahorcaron y degollaron. Se
publicó un pregón que decía: “Ésta es la justicia que manda hacer Gonzalo
Pizarro a estos traidores”.
La cabeza del Virrey fue colocada en la picota por
orden del capitán Pedro de Puelles, hasta que Pizarro mandó retirarla y
enterrar el cuerpo. A los demás los sepultaban en fosas comunes, echando de
cincuenta en cincuenta. Tales fueron las muertes y afrentas sufridas por los
del Virrey, que no bastan lenguas para contarlas.
Prisiones y destierros ordenados por
Pizarro. Benalcázar retorna a su gobernación. Pedro de Puelles queda en Quito
Tras la victoria, Gonzalo Pizarro mandó prender a
numerosas personas de relieve que habían acompañado al Virrey, entre ellos don
Alonso de Montemayor, el capitán Rodrigo Núñez de Bobadilla, el contador
Francisco Ruiz y otros vecinos de Quito. A todos los desterró a Chile,
comisionando al capitán Antonio de Ulloa para que llevase socorro a Villalobos,
quien llevaba siete años intentando conquistar aquella tierra sin éxito por
falta de hombres.
Al gobernador Benalcázar ordenó que se le curaran las
heridas y regresase a su gobernación.
Creyendo que, muerto el Virrey, no tenía ya de quién
temer, Gonzalo Pizarro resolvió bajar a los llanos y dirigirse a Lima. Despidió
a la mayor parte de su gente y dejó en Quito como capitán general a Pedro de
Puelles, con trescientos hombres. En el camino a San Miguel fundó un pueblo
de trescientos vecinos en una provincia que hasta entonces había estado en
guerra, y confió su mando a Mercadillo, repartiéndole los indios del lugar.
Pizarro prosiguió hasta San Miguel, donde fue recibido
con triunfo, y lo mismo ocurrió en Lima. Su aspecto y gravedad recordaban
—según decían— a un Julio César o un Aníbal entrando victoriosos en Roma. La
majestad que mostraba este tirano parecía indescriptible.
Melchor Verdugo parte de Nicaragua
en socorro del Virrey y es derrotado por Pedro de Hinojosa
Mientras tanto, Melchor Verdugo, que se hallaba
en Nicaragua deseoso de servir a Su Majestad, obtuvo de la Audiencia Real
provisión de capitán para reclutar gente con la cual auxiliar al Virrey,
creyendo hallarlo aún con poder. Reunió unos cien hombres y, embarcado en
bergantines por el mar del Norte, arribó a Nombre de Dios, donde mandaba
don Pedro de Cabrera en nombre de Pedro de Hinojosa.
De noche desembarcó y, tomando por sorpresa el lugar,
se apoderó del pueblo. Cabrera y su yerno, Hernán Mejía, lograron escapar a
Panamá, donde se encontraba Hinojosa con trescientos hombres. Enterado de la
invasión, Hinojosa marchó con doscientos cincuenta soldados bien armados hacia
Nombre de Dios.
Para entonces, Verdugo había logrado reunir hasta
cuatrocientos hombres, la mayoría vecinos y mercaderes de la ciudad, confiado
en hacer un notable servicio al Rey. Pero en el enfrentamiento sus tropas
fueron desbaratadas por las de Hinojosa. Murieron cuarenta de los suyos y hubo
más de tantos heridos.
En el bando pizarrista cayeron el capitán Rodrigo de
Caravajal, su alférez Jerónimo de Caravajal y otros soldados distinguidos.
Verdugo consiguió huir en una nave y se refugió en Cartagena y Santa
Marta, con la intención de reunir nueva gente y regresar sobre Nombre de
Dios.
Verdugo se encuentra en Cartagena
con Pedro de La Gasca y es enviado a Castilla
En estas andanzas encontró Verdugo en Cartagena al
presidente Pedro de La Gasca, enviado por Su Majestad para resolver los
negocios del Perú. Hombre prudente, La Gasca prefirió no entrar con rigor, sino
proceder con clemencia. Despachó de inmediato a Melchor Verdugo a Castilla para
informar personalmente de los sucesos hasta entonces ocurridos.
Pedro de Hinojosa informa a Gonzalo
Pizarro sobre la llegada de La Gasca
Tras la muerte del capitán Rodrigo de Caravajal en
Nombre de Dios, el cargo pasó a Hernán Mejía, Veinticuatro de Sevilla y yerno
del capitán Pedro de Cabrera. Con una compañía de cien arcabuceros, quedó al
mando en aquella ciudad por orden del general Pedro de Hinojosa, mientras éste
regresaba a Panamá. Desde allí, Hinojosa envió en un navío un mensajero a
Gonzalo Pizarro, notificándole lo ocurrido en Nombre de Dios y, sobre todo, la
llegada del doctor Pedro de La Gasca, nombrado presidente por Su Majestad.
La Gasca venía con la misión de ordenar la tierra
conforme a las instrucciones reales, acompañado de dos letrados que serían
Oidores de la nueva Audiencia que debía establecerse en el Perú. Todo esto fue
comunicado con detalle a Gonzalo Pizarro.
La Gasca llega a Nombre de Dios y
luego a Panamá
Poco después, La Gasca arribó a Nombre de Dios, donde
fue recibido cordialmente por el capitán Hernán Mejía. Se dice que éste, en
secreto, le ofreció su apoyo y el de su gente para servir a Su Majestad llegado
el momento oportuno.
Días más tarde, el presidente se trasladó a Panamá,
donde Hinojosa y otros capitanes salieron a recibirlo con muestras de respeto.
Lo acompañaba también Alonso de Alvarado, veterano y respetado oficial que
había ocupado cargos de gran responsabilidad bajo Francisco Pizarro y Vaca de
Castro.
La Gasca deseaba pasar al Perú sin revelar aún sus
poderes y comisiones, pero Hinojosa, receloso, se lo impidió. Insistía en que,
como general de Pizarro, debía esperar sus órdenes antes de permitirle avanzar.
El presidente, con prudencia, evitó mostrar sus instrucciones y provisiones.
Ante esta situación, decidió escribir directamente a Gonzalo Pizarro.
En una carta extensa, de tres pliegos, apeló a la
clemencia y al deber de servicio a Su Majestad. Le recordó las consecuencias
funestas de la desobediencia y, en contraste, los honores y beneficios de la
fidelidad. Adjuntó también copia autenticada de una carta real enviada desde
Alemania, en la que el Emperador ordenaba a Gonzalo obedecer en todo al presidente,
prometiendo tener en cuenta los servicios del Marqués su hermano y los propios
de Gonzalo.
Los despachos fueron enviados con Pedro Hernández
Paniagua, criado de La Gasca, con órdenes de entregarlos en mano a Gonzalo
Pizarro en Lima y volver sin demora con la respuesta.
Consejo de guerra de Gonzalo Pizarro
Al recibir los despachos, Gonzalo se alarmó:
comprendía que, con la entrada del presidente en el Perú, su poder corría grave
peligro. Convocó a sus capitanes, al licenciado Cepeda y a otros partidarios
para consultar el curso a seguir.
Finalmente, resolvió enviar a su antiguo teniente
Lorenzo de Saldaña a Panamá y, de no hallarse allí el presidente, embarcarse
hacia Castilla. Su misión era presentar ante el Rey la petición de que Gonzalo
Pizarro fuese confirmado en la gobernación del Perú, como lo había sido su
hermano Francisco.
Para reforzar la solicitud, se adjuntó un parecer
firmado por setenta vecinos principales, certificando que la pacificación de la
tierra exigía que el presidente no entrase en el Perú y que, en su lugar, se
diese el gobierno a Gonzalo Pizarro. La mayoría firmó por miedo y contra su
voluntad.
Al cabo de un mes, el emisario llegó a Panamá y se
entrevistó con La Gasca.
Triste destino de dos capitanes del
virrey Núñez de Vela
Conviene recordar aquí que, cuando Pedro de Hinojosa
partió de Quito hacia Panamá, capturó en el puerto de Buenaventura a Vela
Núñez, hermano del Virrey, junto con otros tres capitanes, y los llevó presos
en un navío. Tiempo después, el capitán Alarcón, deudo de Hinojosa, los condujo
hacia Quito para entregarlos a Gonzalo Pizarro.
Éste ordenó ahorcar a dos: Sayavedra, antiguo sargento
mayor del Virrey, y Lerma, que había sido capitán o alférez. A Rodrigo Mejía,
en cambio, lo perdonó, exigiéndole jurar fidelidad y comprometerse a vivir
siempre a su servicio. Desde entonces lo tuvo a su lado, aunque vigilado de
cerca.
La Gasca gana la confianza de los
capitanes de Pizarro en Panamá. Sus amplios poderes
Tras enviar a su criado Paniagua con los despachos
para Gonzalo Pizarro, el presidente La Gasca desplegó gran prudencia y
habilidad política. En pocos días se granjeó la simpatía y confianza de varios
capitanes pizarristas, hasta el punto de que Hernán Mejía, Juan Palomino y
Pablo Meneses se ofrecieron a servirle en nombre de Su Majestad. Incluso
prometieron que, si Gonzalo Pizarro se negaba a obedecer, lo obligarían por la
fuerza o se declararían sus enemigos.
Todo se trató en secreto entre el presidente, Alonso
de Alvarado y los tres capitanes, sin que el general Pedro de Hinojosa
sospechase nada. Convencidos de su fidelidad, La Gasca les mostró las provisiones
reales que traía consigo: poderes tan amplios como jamás se habían concedido a
comisario alguno.
Podía otorgar perdón en nombre del Rey, incluso en
casos de lesa majestad, con la misma validez que si lo hiciera el propio
monarca. Además, sus órdenes debían ser obedecidas en todo el ámbito de las
Indias —en el mar del Sur y en el Océano— con apoyo en hombres, armas,
caballos, bastimentos, navíos, oro y plata, bajo pena de traición. También
tenía autorización para tomar préstamos sobre las rentas reales en la cuantía
que considerase necesaria. Ante tan vastos poderes, los capitanes reafirmaron
su decisión de arriesgar la vida antes que dejar de reducir la tierra al
servicio de Su Majestad.
Encuentro de Saldaña e Hinojosa con
La Gasca
Cuando Lorenzo de Saldaña llegó a Panamá y se reunió
con el general Hinojosa, ambos fueron a tratar con el presidente sobre el
destino del Perú. Sin embargo, nada se resolvió: Hinojosa insistía en que La
Gasca otorgase la gobernación a Gonzalo Pizarro, pero el presidente,
considerando tal pretensión injusta, lo rechazó de plano. Durante siete u ocho
días discutieron sin llegar a acuerdo alguno.
Los capitanes y Hinojosa se someten
a La Gasca. Panamá se declara por el Rey
Pocos días después, los tres capitanes decidieron
revelar a Hinojosa su acuerdo secreto con La Gasca. El encargado fue Juan
Palomino, quien, acompañado de una docena de arcabuceros armados, entró en la
cámara del general. Allí le explicó lo convenido con el presidente y le
advirtió que, si se unía a ellos, conservaría el mando como general del
ejército de Su Majestad; de lo contrario, corría gran peligro.
Hinojosa, prudente, aceptó y declaró que su voluntad
siempre había sido servir al Rey. Desde aquel momento se puso de acuerdo con La
Gasca y los demás capitanes. Se estableció que todos los delincuentes de las
recientes alteraciones fuesen llamados a someterse para gozar del perdón real,
y que quien no lo hiciese sería declarado traidor. Acto seguido, Palomino tomó
posesión de un galeón en el puerto de Panamá en nombre de Su Majestad y alzó la
bandera real.
Cabe decir que Palomino había ido resuelto a dar
muerte a Hinojosa si éste se negaba. Pero el general, con buen juicio,
reconoció su obligación y se puso del lado del Rey, quedando confirmado como
general en nombre de Su Majestad.
La Gasca reúne refuerzos en Panamá
Apenas obtuvo la adhesión de los capitanes y del
general, La Gasca se dedicó con diligencia a acopiar recursos. Enviados suyos
partieron hacia Nueva España, La Española y otras regiones cercanas, con la
orden de reclutar soldados, comprar caballos, armas y municiones, y remitir
todo a Panamá a costa de la Corona. En pocos meses se había reunido allí lo
necesario para emprender la expedición.
La construcción de la galera de Juan
Vedrel
El presidente mandó también construir una galera en la
isla de Las Perlas, cercana a Panamá. Reunidos los carpinteros de ribera
disponibles, puso la obra bajo el encargo de Juan Vedrel, mercader catalán
avecindado en Panamá. Con gran destreza, Vedrel terminó en tres meses una
galera pequeña pero muy bien lograda, de más de cuarenta remos, considerada un
notable logro dadas las limitaciones del lugar.
Gonzalo Pizarro envía seis navíos a
Panamá
En el Perú, Gonzalo Pizarro contaba con diez o doce
navíos en el puerto de Lima. Aunque La Gasca aún no estaba listo para partir,
ya disponía de ocho naves en Panamá, insuficientes para transportar a toda su
gente. Los mercaderes apremiaban a Pizarro para que despachase embarcaciones, y
al fin éste envió seis navíos cargados con mercaderías y oro destinado a
Panamá.
El presidente recibió con agrado a los recién llegados
y ordenó a sus maestres preparar las naves, pues pensaba zarpar hacia el Perú a
finales de marzo. De este modo, todo avanzaba con sorprendente rapidez y eficacia.
Gonzalo Pizarro intenta en vano
deshacerse de La Gasca en Panamá
Alarmado y temeroso por la llegada del presidente,
Gonzalo Pizarro envió finalmente un navío a Panamá con un mensaje para su
general Hinojosa. Le ordenaba degollar al comendador y mariscal Alonso de
Alvarado, a don Pedro de Cabrera y a Hernán Mejía, por tenerlos por
sospechosos. También le mandaba reunir toda la gente de guerra, armas y
caballos posibles en Panamá y en Nombre de Dios, apoderarse de cuantos navíos
hallase y retirarse con ellos al Perú. Antes de partir, debía dejar embarcado
al propio presidente, y además asegurarse de que el piloto que Pizarro enviaba
fuese quien condujese la nave de La Gasca para hacerlo naufragar.
Nada de esto llegó a cumplirse: cuando los despachos
arribaron, Hinojosa ya había alzado bandera en nombre de Su Majestad, y todo se
publicó abiertamente. Desde entonces quedó clara la mala voluntad de Gonzalo
Pizarro, decidido a tiranizar el reino contra el Rey o a morir en la empresa,
como en efecto sucedió.
Gonzalo Pizarro ordena degollar a
Vela Núñez y destierra al obispo Loaiza
Entre tanto, Vela Núñez, hermano del virrey Blasco
Núñez, había llegado preso desde Quito. Por su calidad y valentía, y temiendo
que pudiera alborotar la tierra para vengar la muerte de su hermano, Gonzalo
Pizarro resolvió eliminarlo. Para ello recurrió a una celada: ordenó a un
capitán, Juan de la Torre, fingir amistad con Vela Núñez y proponerle fugarse
juntos en un navío. Aunque Núñez sospechaba engaño, el deseo de escapar de
tierra enemiga lo llevó a aceptar.
Pronto lo acusaron de intento de fuga, siendo el mismo
capitán quien lo denunció. Sin confesión alguna, fue sentenciado a muerte por
el licenciado Cepeda, teniente de Pizarro. Sacado de la cárcel, lo degollaron
públicamente en la plaza de Lima, pregonando que era por alborotador de los
reinos. Una crueldad que, como dicen las crónicas, no se había visto ni entre
moros, menos aún entre cristianos.
Tras el ajusticiamiento, Gonzalo Pizarro envió a
Panamá los navíos restantes con su maestre Gómez de Solís para atender sus
negocios. En ellos desterró a Rodrigo Mexía, compañero de Vela Núñez; al prior
dominico, al guardián franciscano y al propio obispo Loaiza, junto con todos
aquellos que no le eran afectos. Así, en su obstinación, se alzó abiertamente
contra Dios y contra el Rey.
La Gasca anuncia el perdón real y
despacha cuatro navíos
Al llegar a Panamá la noticia de la ejecución de Vela
Núñez y del encono de Pizarro contra los partidarios de la Corona, el presidente
se apesadumbró. Convocó entonces consejo con sus capitanes y discutieron la
forma de entrar en el reino, sabiendo que Pizarro concentraba fuerzas en Lima y
esperaba a su maestre de campo, Francisco de Carvajal, con trescientos hombres
desde el Cuzco, y que Pedro de Puelles tenía otros tantos en Quito.
No obstante, La Gasca dominaba el mar: disponía ya de
veinte navíos, artillería, armas y abundantes municiones. Determinó enviar
cuatro embarcaciones bien armadas con un mensaje de perdón general a todos los
que se sometiesen al Rey. Al mando de la flotilla designó como general a
Lorenzo de Aldana, con un galeón y ochenta hombres; a Juan Alonso Palomino, con
cien soldados en otra nave; a Hernán Mexía, veinticuatro de Sevilla, con otros
cien; y a Juan de Illanes, con veinte más.
Partieron de Panamá a mediados de enero, el mejor
tiempo para la navegación, llevando provisiones de perdón y mercedes reales.
Recibieron la orden de recorrer toda la costa, sin desembarcar salvo en
acciones precisas, pues muchos servían a Pizarro solo por temor y, al ver las
naves reales, podrían decidir rebelarse y unirse a La Gasca.
El presidente La Gasca se hace a la
mar
Tras despachar esta avanzada, el presidente prosiguió
los preparativos de su propia partida. Con setecientos hombres, dieciséis
navíos y la galera recién construida, organizó la armada, nombrando como
general de todos a Pedro de Hinojosa. Otros capitanes recibieron navíos a su
cargo: Pablo de Meneses, Pedro de Cabrera, Baltazar, Gómez de Solís y Pascual
de Andagoya, entre otros.
Finalmente, el 20 de abril, La Gasca zarpó con toda su
flota. Pero la estación era tardía y las brisas habían pasado, por lo que la
navegación resultó penosa. Al cabo de un mes arribaron a una isla inhóspita, de
lluvias incesantes, donde se celebró consejo. Algunos propusieron entrar al
Perú por la gobernación de Benalcázar y marchar hacia Quito, aunque implicaba
atravesar la peor tierra conocida. No prosperó tal parecer y continuaron la
travesía. Tras duros trabajos, llegaron al primer puerto del Perú, hallando ya
a sus pobladores levantados en favor del Rey, alentados por la presencia previa
de los cuatro navíos del perdón.
Pizarro manda vigilar la costa
Mientras tanto, Gonzalo Pizarro, inquieto por la falta
de despachos desde Panamá —pues antes Hinojosa le escribía cada mes—, comenzó a
temer que la armada se le hubiera alzado. Ordenó entonces que, al avistarse
navíos en la costa, se le notificara de inmediato. Dispuso postas de mulas
desde Tumbes y situó hombres de confianza en distintos puntos: Diego de Mora en
Trujillo, Bartolomé de Villalobos en San Miguel con ciento veinte jinetes, y
Lope de Ayala en Puerto Viejo.
Cuando los cuatro navíos reales llegaron frente a
Puerto Viejo, fondeando cada noche a una legua de la costa sin desembarcar,
Ayala comprendió que eran naves de Su Majestad, aunque ignoraba de dónde ni por
qué vía venían. De inmediato despachó correo a Gonzalo Pizarro para avisarle.
Puerto Viejo se declara por Su
Majestad
En Puerto Viejo se hallaban entonces Francisco de
Olmos, antiguo capitán del virrey, y Diego Méndez, su secretario. Ambos, con el
respaldo de numerosos amigos, resolvieron alzarse en nombre de Su Majestad. Así
lo hicieron: prendieron al teniente Lope de Ayala y a su alcaide, establecieron
justicia propia bajo la autoridad del Rey e iniciaron proceso contra un tal
Morales —muy allegado a Gonzalo Pizarro y culpable de no pocos delitos en los
negocios pasados—, a quien finalmente ahorcaron. El alcalde y Lope de Ayala
quedaron presos.
Diego de Mora decide levantar a los
vecinos de Trujillo
Pocos días después llegó a San Miguel un aviso
remitido por Gonzalo Pizarro desde Puerto Viejo, por medio de Lope de Ayala.
Pizarro había ordenado que sus tenientes pudiesen abrir toda carta dirigida a
él, con el fin de tomar providencias inmediatas si fuese necesario.
El teniente de San Miguel, Villalobos —criado de Pizarro
de largo tiempo—, abrió aquellas cartas y halló que advertían sobre cuatro
navíos sospechosos, presumiblemente armada real contra Pizarro. Como
desconfiaba de Diego de Mora, a quien juzgaba poco afecto a su señor,
Villalobos prefirió enviar los despachos con un mensajero, advirtiéndole que la
armada de Panamá se había rebelado.
En Trujillo, Diego de Mora logró hacerse con los
papeles, y al confirmarse lo que tanto esperaba, determinó alzar bandera por Su
Majestad. Tenía preparado un navío en el puerto y, con el apoyo de los vecinos,
planeó embarcarse rumbo a Panamá o donde se hallase el presidente La Gasca. Sus
planes no fueron improvisados: hacía tiempo los había conversado con amigos y
estaba listo para ejecutar el alzamiento en cuanto llegase noticia de armada
real en la región.
Diego de Mora se embarca y se
encuentra con los navíos de La Gasca
Diego de Mora convocó a los principales vecinos de
Trujillo y les comunicó su decisión, invitando a quienes quisieran seguirlo.
Después hizo pregonar públicamente su propósito, y con setenta hombres,
bastimentos y pertrechos, zarpó en su navío.
La mayoría de los que lo acompañaban eran hombres
casados, que dejaron esposas, hijos y hogares por servir al Rey. A unas veinte
leguas de Trujillo encontraron los cuatro navíos de Su Majestad. Estos, al
divisar la nave de Mora, creyéndola pizarrista, comenzaron a bombardearla.
Entonces Mora, sin plena certeza de quiénes fuesen, tomó un batel con tres o
cuatro hombres y se dirigió con resolución al galeón. Allí halló a la
tripulación en armas, pero al ingresar se confirmó que era armada real y que en
ella venía su gran amigo, el capitán Lorenzo de Aldana. La alegría entre ambos
bandos fue inmensa.
La armada de Su Majestad padecía grave escasez: tres
meses navegando sin refresco los habían dejado sin agua ni víveres. Mora
llevaba abundante bizcocho, carne y agua en su nao, y lo repartió entre los
cuatro navíos, dándoles socorro providencial. Unidos, los cinco navíos
resolvieron regresar a Trujillo para establecerse allí y ganar más gente hasta
la llegada del presidente.
A ocho leguas de la ciudad, Mora desembarcó con su
gente para proveer a la armada de bastimentos. Ya reabastecida, Aldana le pidió
que se embarcase de nuevo y partiese con la flota rumbo a la Ciudad de los
Reyes; pero Mora, preocupado por su mujer y hacienda en Trujillo, decidió
permanecer y organizó ciento treinta hombres, resuelto a sostener la ciudad en
nombre de Su Majestad o perecer en el intento.
Es apresado un navío de Pizarro
rumbo a Trujillo
Pronto supo Gonzalo Pizarro del alzamiento de Mora y
de su partida en navío. Como represalia, repartió los indios de la ciudad de
Trujillo entre sus partidarios y envió a un teniente suyo, el licenciado León,
con un navío cargado de ellos y la orden de prender a las mujeres e hijos de
los vecinos sublevados y trasladarlos a Panamá.
Pero al llegar aquel navío a Trujillo, fue apresado
sin resistencia por la armada de Su Majestad. Ninguno escapó, salvo dos hombres
que lograron huir a nado, de los cuales uno alcanzó a informar a Pizarro de lo
sucedido.
Diego de Mora marcha a Cajamarca.
Mercadillo alza bandera por Su Majestad
Diego de Mora, recelando un contraataque de Pizarro,
no entró en Trujillo. Reunió la mayor parte de su gente y se dirigió a
Cajamarca, unas treinta leguas tierra adentro, donde contó con el apoyo de los
indios de la provincia. Desde allí escribió al capitán Juan de Saavedra en
Huánuco, a Gómez de Alvarado en Chachapoyas, a Juan Porcel en los Bracamoros y
a Mercadillo en las Perlas.
A todos les envió relación de lo ocurrido y
provisiones firmadas por Lorenzo de Aldana en nombre de Su Majestad,
exhortándolos a unirse en Cajamarca. Todos respondieron favorablemente en breve
tiempo, salvo Mercadillo, por la distancia; pero este, desde donde estaba,
también alzó bandera por el Rey.
En poco tiempo, Mora reunió cuatrocientos hombres en
Cajamarca. Fortalecidos en el lugar, se hallaban tan bien atrincherados que ni
mil hombres habrían bastado para desalojarlos, pues dominaban el fuerte y la
tierra circundante, ventaja que hacía muy difícil atacarlos.
Muerte de Pedro de Puelles en Quito.
Rodrigo de Salazar alza bandera por Su Majestad
Cuando en Quito se supo que los cuatro navíos habían
pasado y que el presidente La Gasca avanzaba con gran poder, el capitán Pedro
de Puelles comenzó a reclutar más gente, dispuesto a socorrer a Pizarro si
fuera necesario.
Este Pedro de Puelles era tenido por hombre tiránico,
pues cometía constantes abusos contra quienes no eran partidarios de Gonzalo
Pizarro. En Quito se hallaba también el capitán Rodrigo de Salazar, quien,
informado del alzamiento de Diego de Mora, decidió dar muerte a Puelles.
Comunicó su plan a algunos amigos y, hallándolos dispuestos, una mañana entró
en su casa y lo mató a cuchilladas. Acto seguido proclamó el nombre de Su
Majestad y alzó bandera en su servicio, sin que se produjera mayor escándalo.
Una vez muerto Puelles, Salazar ordenó arrastrar el
cadáver, cortarle la cabeza y pasearla por las calles de Quito. Después mandó
descuartizarlo y colocar sus miembros en los caminos principales, con pregón
público que lo acusaba de tirano y rebelde contra su Rey. Luego envió mensajero
al presidente, informándole de lo sucedido y ofreciéndole trescientos hombres
bien armados para ponerse a su disposición.
El mensajero llegó con diligencia hasta La Gasca,
quien, al conocer los hechos, agradeció el servicio y remitió provisión
nombrando a Salazar Justicia Mayor y Capitán General en Quito en nombre
de Su Majestad, ordenándole mantenerse con la mayor fuerza posible hasta
recibir nuevas instrucciones.
Diego de Villalobos alza bandera en
San Miguel
En San Miguel, el capitán Diego de Villalobos supo del
alzamiento de Diego de Mora, así como de los capitanes Alvarado y Saavedra.
Decidió marchar hacia donde estaba Gonzalo Pizarro con cincuenta jinetes. Pero,
a unas veinte leguas de la ciudad, los vecinos se alzaron por Su Majestad, y al
enterarse Villalobos de que Diego de Mora le había cerrado el paso hacia
Pizarro, temió seguir adelante. Entonces, recapacitando, alzó también bandera
en nombre del Rey con los pocos hombres que llevaba y regresó a San Miguel,
donde se unió con los demás sublevados. Se cree que lo hizo más por necesidad
que por verdadera lealtad al monarca.
La Gasca llega a Tumbes
Pocos días después, el presidente La Gasca arribó al
puerto de Manta, donde recibió noticias del alzamiento de Diego de Mora, aunque
no en detalle, pues la distancia era de más de doscientas leguas. Animado por
esta buena nueva, reunió todas las armas disponibles y se hizo a la vela,
llegando en breve a Tumbes, donde desembarcó con toda la armada.
Cuatro días después entró al puerto un navío enviado
desde Trujillo por Lorenzo de Saldaña, general de la armada real. Este traía
presos a los vecinos que Gonzalo Pizarro había mandado poblar nuevamente en la
ciudad. Además, informó a La Gasca con detalle de la situación de Mora y de los
demás capitanes, y que tras despachar aquel navío se había hecho a la mar rumbo
a la Ciudad de los Reyes, donde se hallaba Pizarro.
Gonzalo Pizarro reúne hombres y
armas en Los Reyes
Gonzalo Pizarro, informado de los sucesos —aunque sin
saber aún de la muerte de Puelles ni del alzamiento de Puerto Viejo—, envió al
capitán Juan de Castro con cincuenta jinetes a Trujillo para averiguar lo
ocurrido. Castro recorrió las ochenta leguas con diligencia, pero al llegar
encontró solo a las mujeres, pues sus maridos estaban con Diego de Mora. Al
indagar, supo que el presidente estaba ya en la costa del Perú y regresó con la
noticia a Los Reyes.
Pizarro, al conocerlo, comenzó a reunir la mayor cantidad
de hombres posible. Poco después llegó desde el Cuzco su maestre de campo con
más tropas, y viendo la inminencia de la guerra, Pizarro decidió ganar adeptos
con una paga extraordinaria. Repartió más de trescientos mil pesos de oro y
plata, además de armas, caballos y vestidos, en lo que se consideró la mayor
paga dada por un príncipe en aquellos tiempos. Con ello logró reunir
ochocientos hombres, cuyo alarde en la plaza de Los Reyes fue, según los
testigos, tan lucido como los mejores ejércitos vistos en Italia. De no haberse
pasado muchos luego al Rey, el presidente habría hallado gran dificultad en
someter la tierra.
Diego Centeno se apodera del Cuzco
en nombre del Rey
El capitán Diego Centeno, derrotado por segunda vez
por el maestre de campo de Pizarro, huyó secretamente a la provincia de
Arequipa. Allí, al enterarse de los alzamientos de Mora y otros capitanes, y de
la llegada de Aldana con la armada real, decidió volver a probar fortuna. Con
el apoyo de amigos reunió unos cincuenta hombres y se dirigió al Cuzco, donde
mandaba el capitán pizarrista Antonio de Robles.
El prestigio del nombre real favoreció a Centeno:
muchos vecinos del Cuzco se cartearon con él, prometiéndole pasarse a su bando.
Así, un día entró en la ciudad con su escasa tropa, y gran parte de la gente de
Robles se le unió de inmediato. Robles fue hecho prisionero y degollado,
mientras Centeno se fortalecía en la ciudad, reuniendo pronto más de quinientos
hombres.
La noticia llegó tanto a Pizarro como a La Gasca, que
aún estaba en Tumbes. El presidente, animado por tan buenas nuevas, apresuró su
marcha por tierra hacia Cajamarca, donde estaban Mora y los demás capitanes. Al
mismo tiempo escribió a Salazar en Quito, ordenándole ponerse en camino cuanto
antes para reunirse con ellos.
Lorenzo de Aldana entra en el puerto
de Los Reyes con cuatro navíos. Pizarro rechaza la autoridad real
En medio de esta tensa situación, Lorenzo de Aldana
arribó al puerto de la ciudad de Los Reyes con cuatro navíos. Gonzalo Pizarro,
al enterarse, ordenó tocar alarma y reunió a toda la gente en la plaza mayor.
Con sus fuerzas en orden de marcha, avanzó hasta un arroyo situado a menos de
una legua de la ciudad, en dirección al puerto donde se hallaban los navíos.
Al mismo tiempo, mandó pregonar, bajo pena de muerte,
que todos los hombres lo siguieran. Para sostener su empresa había pedido
grandes sumas de dinero a los mercaderes, y como no le prestaron todo lo que
exigía, los trató con afrentas y molestias.
En ese punto, parte de su gente comenzó a desertar:
unos se embarcaron en los navíos de Aldana y otros huyeron por tierra,
escondiéndose para no ser alcanzados. El propio Aldana, con gran prudencia,
procuraba persuadir a Pizarro de que era un error sostenerse en la tierra
contra la voluntad de Su Majestad. Con ese fin, se convino en un intercambio de
emisarios para negociar. Pizarro envió a su capitán Juan Fernández, vecino de
la ciudad y hombre de gran consideración; a su vez, Aldana mandó al capitán
Peña, quien transmitió la oferta de perdón real: el rey olvidaría lo pasado si
Pizarro retornaba a su obediencia, garantizándole además el presidente plena
seguridad y fianzas. Pero Pizarro, obstinado y fuera de juicio, rechazó la propuesta,
confiado aún en poder derrotar al presidente. Tras ello, Peña regresó a la
armada y Juan Fernández volvió a la ciudad.
Conviene recordar que, cuando Pizarro envió a Juan
Fernández como rehén, le ordenó secretamente negociar con Aldana la entrega de la
armada, prometiéndole doscientos mil pesos de oro. Sin embargo, al llegar ante
Aldana, Fernández reveló en público la propuesta, convencido de que Pizarro
estaba perdido.
Lorenzo de Aldana comunica el perdón
de Su Majestad. Deserciones en el ejército de Pizarro
Aldana ideó un eficaz recurso: hizo arrojar en tierra
gran cantidad de cédulas en las que se ofrecía el perdón de Su Majestad a todos
los que abandonaran a Gonzalo Pizarro y se pusieran al servicio del rey. El efecto
fue inmediato: muchos desertaron y se unieron a la armada, otros se ocultaron
para escapar del control pizarrista. Entre los que se pasaron destacó el
capitán Martín de Robles —quien en su día prendió al virrey y fue ejecutado por
el licenciado Carvajal—, además de otros tantos delincuentes que fueron
acogidos en la escuadra real.
Al ver que sus fuerzas se desmoronaban, Gonzalo
Pizarro decidió marchar al Cuzco con el propósito de enfrentarse primero a
Diego Centeno y derrotarlo, para luego volver sus armas contra el presidente.
Salió de Los Reyes con más de seiscientos hombres, aunque en el camino
desertaron más de doscientos.
Lorenzo de Aldana envía noticias a
La Gasca
Después de esto, Aldana despachó un navío a Tumbes con
cartas para el presidente La Gasca, informándole de que Pizarro había
abandonado Los Reyes y marchaba hacia el Cuzco en busca de Centeno. Le urgía,
por tanto, a avanzar con toda diligencia, tanto con las tropas venidas de
Panamá como con las reunidas en el Perú.
Recibido el despacho en Tumbes, el presidente
emprendió la marcha, enviando avisos a todas partes para que lo siguieran.
Dispuso reunir sus fuerzas en Jauja, una provincia situada a treinta y cinco
leguas de Los Reyes.
Don Antonio de Rivera alza bandera
por el rey en Los Reyes
Aprovechando la ausencia de Pizarro, su cuñado, don
Antonio de Rivera, levantó en Los Reyes el estandarte real. Mientras tanto,
cuando Pizarro se hallaba a unas cincuenta leguas de la ciudad, desembarcaron
Aldana y Hernán Mejía con toda su gente y se fortificaron en la capital, donde
muchos de los que iban a marchar con Gonzalo se refugiaron bajo la bandera del
rey.
Aldana, previendo un posible regreso de Pizarro,
dispuso guardias en los caminos para que la ciudad no fuera tomada por
sorpresa.
Juan de Illanes queda al mando de
los navíos
Tras desembarcar, Aldana confió la armada a Juan de
Illanes, hombre de probada lealtad a la Corona, quien en todas las alteraciones
pasadas jamás había seguido otro bando que el de Su Majestad.
Diego Centeno se prepara para
enfrentar a Pizarro
Por su parte, Diego Centeno ya tenía noticias de que
Gonzalo Pizarro marchaba hacia el Cuzco. Algunos aseguraban que buscaba darle
batalla; otros creían que su verdadera intención era huir hacia Chile u otro
lugar. Sea como fuere, Centeno no se amedrentó: contaba con casi mil hombres,
bien armados y disciplinados, y salió del Cuzco a interceptar el paso de
Pizarro para impedirle escapar.
La Gasca llega a Jauja
En ese tiempo, el presidente avanzó con sus tropas
hasta Jauja. Por tratarse de una región fértil y abastecida, resolvió
establecerse allí para concentrar sus fuerzas antes de proseguir en seguimiento
de Pizarro. Confiaba en Centeno y en sus hombres, aunque temía que Pizarro los
enfrentara y derrotara. Por ello, le escribió ordenándole expresamente que
evitase toda batalla, procurando apartarse de Gonzalo cuanto fuera posible,
receloso de lo que pudiera suceder.
Diego Centeno combate en Guarina y
es derrotado. Pizarro se fortifica en el Cuzco
Cuando el presidente La Gasca llegó a Jauja, las
gentes del reino acudían presurosas a reunirse con él, aunque la aspereza de
los caminos retrasaba la concentración del ejército. Entre los primeros en
llegar estuvieron los capitanes Juan Alonso Palomino y Hernán Mejía, junto con
otros vecinos.
Mientras tanto, Gonzalo Pizarro avanzaba hacia el
lugar donde se hallaba Diego Centeno. Éste, a pesar de haber sido vencido en
dos ocasiones, quiso intentar fortuna por tercera vez: si lograba derrotar a
Pizarro, aseguraba fama eterna para sí y su linaje. Ambos ejércitos se
encontraron en la provincia de Guarina, junto a una laguna, donde trabaron
batalla.
Al inicio, Centeno llevó la ventaja: desbarató a la
caballería pizarrista en el primer choque. Pero el maestre de campo de Pizarro
reaccionó con decisión, lanzando la infantería con tal brío que Centeno fue
derrotado con la pérdida de más de 350 hombres. Deshecho su ejército, se
replegó hacia la ciudad de Los Reyes. Pizarro, que sólo perdió unos ochenta
hombres, aprovechó la victoria para apresar a muchos de los soldados de Centeno
y ajusticiar a los principales. Luego proclamó que todos los combatientes que
hubiesen estado con Centeno —salvo los vecinos— podían comparecer sin temor,
pues recibirían buen trato y ayuda. Con esta política buscaba atraerse nuevos
seguidores, pensando ya en medir fuerzas con el presidente.
Tras la victoria, Pizarro entró en el Cuzco con
intención de fortificarse. Carecía de artillería, pues toda la había enviado a
la armada, de modo que ordenó fabricar piezas de campaña bajo la dirección de
un oficial griego experto en el oficio.
La Gasca refuerza su ejército.
Préstamo de los mercaderes de Los Reyes
La Gasca recibió con gran pesar la noticia de la
derrota de Centeno. Viendo que Pizarro había logrado tanto con tan pocos
hombres, se apresuró a reforzar sus filas. Mandó a sus capitanes a recoger la
gente dispersa en pueblos y caminos, y envió al mariscal Alonso de Alvarado a
Los Reyes para solicitar socorro.
Allí, los mercaderes de la ciudad le prestaron en dos
entregas la suma de 170 000 pesos de oro, reunidos entre ochenta comerciantes,
pagados al contado. Con este caudal pudo en poco tiempo reclutar y armar nueva
tropa. En apenas dos meses, el presidente reunió en Jauja más de dos mil
hombres: ochocientos arcabuceros, quinientos jinetes y el resto piqueros.
Confiado en tan lucido ejército, nombró a Alonso de Alvarado maestre de campo y
emprendió la marcha hacia el Cuzco por el camino real.
El crudo invierno y el caudal de los ríos hicieron
penosa la jornada. Antes de partir, La Gasca dejó en Los Reyes a Lorenzo de
Aldana como justicia mayor de la ciudad y sus contornos, capitán general de las
fuerzas locales y jefe de la armada del mar, confiándole la custodia de la
costa por su prudencia y buen gobierno.
Pedro de Bobadilla llega de Chile y
se une a La Gasca
En estas circunstancias arribó a Los Reyes un navío
procedente de Chile, en el que venía el capitán Pedro de Bobadilla. Había
servido como maestre de campo de Hernando Pizarro en la batalla contra Almagro
y, tras aquella victoria, se le había concedido la conquista de Chile, donde
sostuvo la empresa por ocho años con gran esfuerzo. Ahora regresaba con veinte
hombres y sesenta mil pesos de oro, buscando más recursos para poblar y
consolidar aquella provincia, una de las más ricas del continente.
La llegada coincidió con la coyuntura decisiva.
Bobadilla se ofreció al servicio del presidente y, como veterano de Italia y
hombre de armas reputado, fue recibido con honores. La Gasca le confirió el
título de coronel del ejército.
Pronto se incorporó a las tropas en la provincia de
Andahuaylas, cercana al Cuzco. Allí el presidente detuvo la marcha algunos días
para preparar su ejército antes del encuentro, pues tenían delante un poderoso
río cuyo puente había sido destruido por Pizarro, lo que dificultaba el paso.
Mientras tanto, Gonzalo, atrincherado en el Cuzco, había reunido novecientos
hombres y fabricado varias piezas de artillería, aguardando con resolución la
llegada del ejército real.
Carta de Diego de Mora desde el
Cuzco
A partir de aquí, las noticias nos llegan de la mano
del capitán Diego de Mora, testigo de los hechos, quien escribió a un amigo
suyo desde la ciudad del Cuzco, relatando con detalle los sucesos desde la partida
del presidente de Andahuaylas hasta la muerte y ajusticiamiento de Gonzalo
Pizarro. Su carta constituye un testimonio fidedigno, escrito sin añadir ni
quitar nada de la verdad.
El lunes 9 de abril de 1547
Diego de Mora refiere que el lunes 9 de abril de 1547
fue un día aciago para Gonzalo Pizarro. Cuenta cómo, saliendo de Abancay, el
ejército del presidente abandonó el camino real al Cuzco para internarse por la
vía de Condesuyo, rumbo a los Aymaraes, atravesando sierras altas, frías y
trabajosas, hasta llegar a Corabamba, pueblo del factor Guillén Suárez, donde
celebraron la Pascua de Resurrección.
Desde Abancay, La Gasca había ordenado la construcción
de varios puentes sobre los ríos Apurímac y Cotabamba, y dispuso guarniciones
en todos ellos, como si el paso se efectuara por cualquiera de los puntos, con
el fin de confundir a los enemigos. En Cotabamba, sin embargo, un tal López
Martín, encargado de la obra, echó los cables sin esperar la orden del presidente,
contraviniendo lo acordado: primero debían pasar doscientos arcabuceros en
balsas para proteger el puente.
Pizarro quema dos puentes
construidos por La Gasca. Pedro de Hinojosa y Pedro de Valdivia en acción
Enterados los enemigos de los preparativos
mencionados, destacaron tanto indios como españoles para vigilar y transmitir
avisos. Al saber que el presidente pretendía pasar por aquel lugar, enviaron
sesenta arcabuceros, además de la gente que ya estaba apostada, con la orden de
incendiar las obras levantadas. Como no hallaron resistencia alguna, prendieron
fuego a los dos puentes y, creyendo haber destruido todos, regresaron al Cuzco.
La pérdida fue sentida con pesar en el campo real.
Al conocer el presidente lo ocurrido, descendió en
persona al río y, con gran diligencia, en un solo día y una noche, logró cruzar
por el puente que aún quedaba en pie y en balsas improvisadas. Pasó con sesenta
hombres y, al frente de ellos, envió al general Pedro de Hinojosa y al capitán
Pedro de Valdivia, quienes se propusieron tomar un cerro situado a dos leguas
de ascenso. Confiaban en que, si lograban ocuparlo antes de la noche, la
jornada quedaría asegurada. Finalmente, gracias a su esfuerzo y valentía,
consiguieron apoderarse de la posición.
Pizarro envía a Juan de Acosta para
detener el avance de La Gasca
Al enterarse Pizarro de que el presidente perseveraba
en la construcción del puente, envió al capitán Juan de Acosta con ciento
sesenta hombres para impedir el paso si aún no se había realizado o, en caso
contrario, cortar la subida de la cuesta, empresa nada difícil dada la aspereza
del terreno.
Cuando Acosta llegó, se encontró con Juan de Sandoval,
que marchaba a la vanguardia con diez arcabuceros. En ese momento se le pasó
Juan Núñez de Prado, que venía en la compañía de Acosta, y fue recibido con
buen ánimo al dar noticia del estado de los enemigos. Al ver Acosta a Sandoval
en lo alto, sospechó que no estaría solo. Hizo alto y envió aviso a Gonzalo
Pizarro de que el ejército real ya había cruzado el río y tomado la cuesta. Al
recibir la noticia, Pizarro mandó recoger a sus tropas y situarse en el valle
de Jaquijahuana, a cuatro leguas y media del Cuzco. Allí apostó quinientos
cincuenta arcabuceros, doscientos piqueros y seis piezas de artillería, en un
paso angosto flanqueado por altas sierras y un río, con un amplio llano al
frente surcado de fosos y acequias antiguas. Considerando que era mejor que el
emplazamiento previo, permaneció en aquel lugar cuatro días.
Durante ese tiempo, el resto del ejército real terminó
de cruzar el río y subir. Juan de Acosta aún no se había reunido con Pizarro;
antes bien, pidió cincuenta arcabuceros más, que le fueron concedidos. Con esta
fuerza subió a mostrarse en lo alto frente a los realistas, de modo que por un
momento creyeron que se aproximaba todo el ejército rebelde y esperaron batalla
inminente. Pero el capitán Centeno y don Pedro de Cabrera, con ciento cincuenta
hombres, le salieron al encuentro y le obligaron a retirarse hacia el
campamento de Pizarro.
Una vez organizado el ejército real, emprendieron la
marcha hacia el Cuzco, aunque sin certeza del paradero de los rebeldes. Ambos
bandos enviaban diariamente corredores, que en ocasiones se enfrentaban en escaramuzas.
En esos días se produjeron deserciones: primero quince soldados se pasaron a La
Gasca, y más habrían seguido su ejemplo si no fuera por la estricta guardia de
indios que Pizarro mantenía en torno a su escuadrón, los cuales degollaban a
todo aquel que intentaba desertar. Aun así, al día siguiente se pasaron veinte
arcabuceros, de los cuales diez fueron capturados y ejecutados, mientras los
demás lograron escapar. Relataron que el temor al Maestre de Campo Francisco de
Carvajal impedía que más soldados se atrevieran a abandonar el campo rebelde.
Los campos enemigos se sitúan a
media legua de distancia
Mientras el ejército del Rey marchaba hacia el Cuzco,
los indios informaron que los rebeldes habían salido a su encuentro. El presidente
envió entonces a un capitán con ciento cincuenta jinetes para explorar el
terreno. Éstos toparon con la caballería ligera de Gonzalo Pizarro, con quienes
sostuvieron un choque breve. Persiguiéndolos, cruzaron una sierra y
descubrieron a los rebeldes formados en escuadrón cerrado en el lugar antes
descrito. La noticia causó gran satisfacción en el campo real.
El mariscal Alonso de Alvarado insistió en cambiar de
posición hacia un sitio más ventajoso, y como su parecer era tenido en gran
estima, se siguió su consejo. Así, al caer la tarde, ambos ejércitos acamparon
a menos de media legua de distancia: los rebeldes en el llano, y los realistas
en lo alto, adonde llegaron poco antes de vísperas.
Se traba la lucha y Pizarro sufre su primer descalabro
Apenas Pizarro fue informado por sus exploradores de que
todo el ejército real se hallaba reunido, y tan próximo que podía verse desde
su propio campamento, salió en escuadrón y ordenó disparar la artillería y
arcabucería, como muestra de la fuerza que tenía. Luego envió por dos lomos de
la sierra sendos destacamentos de cincuenta hombres, como si bastasen ellos
solos para contenernos, menospreciando a nuestro ejército. Viéndolo, los
nuestros enviaron igual número de soldados al encuentro y, a arcabuzazos, los
obligaron a retroceder, haciéndolos rodar ladera abajo.
Desde que cruzamos el puente, todas las noches
permanecíamos en escuadrón, armados y prevenidos. A la mañana siguiente,
después de oír misa y desayunar, el mariscal, acompañado de Pedro de Valdivia,
reconoció una altura desde donde podía emplazarse con ventaja la artillería.
Allí situaron cuatro piezas gruesas. El primer disparo mató a un camarero que
armaba a Pizarro; otros tiros causaron gran estrago, sembrando tal pánico que
muchos se tuvieron por perdidos. Una de las mentiras con que habían engañado a
los suyos era hacerles creer que La Gasca carecía de artillería. Tanto fue el efecto
de aquellos cañones, que tras una veintena de disparos los rebeldes se vieron
obligados a retirarse de su posición. Éste fue el primer signo de su ruina.
Las tropas de La Gasca descienden al
llano y se ordenan para la batalla
Mientras tanto, nuestro ejército bajó con ímpetu al
llano, quedando ambos bandos frente a frente. Nuestra sola aparición turbó a
los enemigos, pues les habían asegurado que no pasábamos de ochocientos hombres
y que la mayoría se pasaría a su bando.
El ejército real se ordenó así: el estandarte del Rey,
rodeado de las compañías de Gómez de Alvarado, Mercadillo y don Pedro de
Cabrera, formó un cuadro con casi doscientos jinetes, al mando del general
Pedro de Hinojosa. Otro cuadro se hizo con las compañías de Juan de Saavedra,
Rodrigo de Salazar y otros capitanes. La compañía de Alonso de Mendoza, con
cien caballos, quedó en reserva para atacar la retaguardia enemiga. Además, se
dispusieron dos escuadrones de infantería: uno de ochocientos hombres y otro de
seiscientos, cada cual con mangas de arcabuceros, más otras dos compañías de
tiradores destacados. La artillería, en total once piezas, se colocó en dos
posiciones estratégicas.
Pizarro espera el ataque. Confusión
en su campo
Gonzalo Pizarro se mantenía firme, esperando que lo
acometiéramos desordenadamente. Nosotros, en cambio, no teníamos intención de
precipitar la batalla: queríamos dilatarla y dar tiempo a que sus tropas se nos
pasaran.
En ese momento, el capitán Garcilaso de la Vega se
adelantó con veinte o treinta jinetes, seguido de otros, mientras algunos
arcabuceros atravesaban un riachuelo en pequeños grupos. Varios de éstos fueron
alcanzados por Pedro Martín, quien más tarde sería decapitado.
En los escuadrones rebeldes reinaba gran confusión:
unos querían pasarse, otros se veían perdidos. El licenciado Cepeda intentó
huir hacia nuestro lado, pero Pedro Martín lo embistió con su lanza,
derribándole el caballo. Viendo Pizarro y su maestre de campo que su gente
comenzaba a desertar, decidieron arremeter. Apenas se movieron hacia nosotros,
hicimos lo propio en dirección a ellos.
Pizarro llevaba a su lado al capitán Diego Guillén con
un destacamento de élite. Pero Guillén y los suyos se pasaron a nuestro campo,
y él mismo los siguió. El desorden creció entre los rebeldes; sus capitanes
intentaron contener a los desertores lanzándoles un centenar de arcabuceros y
una pieza de artillería. Sin embargo, cuando los nuestros descargaron la
primera salva, los hombres de Pizarro dieron la espalda sin que ninguno se
atreviera a cargar con lanza o espada. Desde ese instante, los tuvimos por
desbaratados.
“Yo soy el desdichado Gonzalo
Pizarro”. La captura de Carvajal
Al ver la huida general, Pizarro exclamó:
—Pues que todos se van con La Gasca, yo también quiero
irme con él.
Nuestra caballería salió en persecución. El sargento
mayor topó con Pizarro y, sin reconocerlo, le preguntó quién era. Éste
respondió:
—Yo soy el desdichado Gonzalo Pizarro.
De inmediato fue prendido y conducido ante el presidente;
sus armas, caballo y vestiduras, de gran valor, quedaron en manos del sargento.
Francisco de Carvajal, maestre de campo, cayó con su
caballo en una ciénega y fue capturado por el capitán Almendras.
El total desbarato y la muerte de
los rebeldes
Tras las capturas, nuestra gente prosiguió el alcance
sin matar a nadie más, limitándose a despojar a los fugitivos. Aquella noche
Pizarro quedó bajo la custodia del capitán Centeno; Carvajal, en poder del
sargento mayor; y el capitán Juan de Acosta también fue hecho prisionero. Los
capitanes reales quedaron encargados de la guardia de todos ellos.
Al día siguiente, martes por la mañana, Gonzalo
Pizarro fue ajusticiado conforme a la sentencia. Por la tarde le llegó el turno
a su maestre de campo: Carvajal murió como había vivido, arrastrado y
descuartizado, y sus restos fueron enviados al Cuzco.
Los capitanes Guevara y Maldonado fueron ahorcados, y
Juan de Acosta sufrió también la pena de ser hecho cuartos. Otros, como Juan de
la Torre y Bobadilla, no aparecieron, aunque era imposible que escapasen.
En la batalla murieron el capitán de artillería de
Pizarro y algunos más, cuatro o cinco en total, mientras que de nuestro lado
cayó un solo hombre.
Serena actitud de La Gasca. Entrada
en el Cuzco
Olvidaba lo más sustancial: la gran providencia y el
ánimo sereno del presidente, quien recorría los escuadrones, observando a un
lado y a otro, y proveyendo con firmeza donde había necesidad. Mostraba tal
denuedo y esfuerzo, como si toda su vida hubiese militado en Italia. Cumplido
esto, se dirigió al campo de esta ciudad, donde fue recibido con solemne
bienvenida. Allí se juntaron cerca de dos mil quinientos hombres. Desde
entonces, la tarea principal no sería otra que repartir la gente por
provincias, satisfaciendo a cada cual conforme a sus servicios.
Sentencia de muerte contra Gonzalo
Pizarro, Alonso de Alvarado y el licenciado Cianca
Visto y entendido por nosotros, el mariscal Alonso de
Alvarado, Maestro de Campo, y el licenciado Andrés de Cianca, Oidor de Su
Majestad en estos reinos, delegados del muy ilustre doctor Pedro de La Gasca,
del Consejo de Su Majestad, de la Santa Inquisición y Presidente de los reinos
y provincias del Perú, lo que más adelante consta sobre la notoriedad de los
muchos, graves y atroces delitos cometidos y consentidos por Gonzalo Pizarro y
sus seguidores desde la llegada a estos reinos del virrey Blasco Núñez Vela
—contra el servicio de Su Majestad, su corona real y la fidelidad natural que
le debía como vasallo— declaramos lo siguiente.
Por ser tales delitos tan notorios, no se requiere más
orden ni forma de juicio, especialmente considerando que muchos han sido
confesados por el mismo Pizarro y confirmados por la información recogida. Y
hallamos que, para la pacificación de estos reinos, conviene que se haga
justicia con brevedad.
En virtud de lo susodicho y conforme a derecho,
declaramos que Gonzalo Pizarro incurrió en crimen de lesa majestad
contra la Corona de España, en todos los grados que la ley contempla desde la
llegada del virrey Blasco Núñez Vela. Lo condenamos, pues, como traidor,
quedando infamados él y sus descendientes —por línea masculina hasta la segunda
generación y por femenina hasta la primera— con las inhabilidades que la ley
establece para los traidores.
En consecuencia, lo condenamos a pena de muerte
natural, que se ejecute de la siguiente forma: sea sacado de la prisión donde
se halla, cabalgue en una mula de silla, con pies y manos atados, y sea llevado
públicamente por este real de Su Majestad, con pregonero que manifieste sus
delitos. Sea conducido al tablado que por nuestro mandato se ha dispuesto y
allí apeado y decapitado. Ordenamos, además, que su cabeza sea llevada a la
ciudad de Los Reyes, como principal ciudad de estos reinos, y fijada en el
rollo con un rótulo en letras grandes que diga:
“Ésta es la cabeza del traidor Gonzalo Pizarro,
ajusticiado en el valle de Jaquijahuana, donde dio batalla campal contra el
estandarte real, queriendo sostener su traición y tiranía. Nadie ose quitarla
de aquí.”
Asimismo, mandamos que sus casas en el Cuzco sean
derribadas desde los cimientos y sembradas de sal. En el lugar de la puerta se
erigirá un pilar con un letrero que diga:
“Estas casas eran del traidor Gonzalo Pizarro,
mandadas derribar por traición. Nadie se atreva a reedificarlas sin licencia
expresa de Su Majestad, so pena de muerte natural.”
Lo condenamos además a la pérdida de todos sus bienes,
cualesquiera que sean, los cuales se aplican a la cámara y fisco de Su
Majestad, junto con las demás penas establecidas contra los traidores. Así lo
pronunciamos, juzgamos y mandamos por esta sentencia definitiva.
— Alonso de Alvarado — El licenciado Cianca — Pero
López, secretario.
Éste es el fin de Pizarro
De esta manera concluyó la vida de Gonzalo Pizarro. Y
lo aquí referido no es más que la sustancia de las alteraciones, sin detenernos
en las tiranías, daños y agravios padecidos en esta tierra durante las
revueltas, ni en las muertes de particulares, ni en las múltiples traiciones
cometidas por Pizarro y sus secuaces. Tampoco se ha tratado de las
desvergüenzas y libertades con que se expresaba contra Dios Nuestro Señor y
contra el Emperador, nuestro Rey y Señor natural, a quien —después de Dios—
estamos obligados a servir y acatar.
La Gasca en el Cuzco
Resta decir que el presidente se halla en el Cuzco,
ocupado en castigar a los particulares que siguieron a Pizarro. Pues de los
principales ya se ha hecho justicia, y en cuanto a los demás se procede de la siguiente
forma: los más culpables son descuartizados; a otros se les ahorca, azota o se
envía a galeras; algunos son desterrados a las fronteras. En resumen, el que
mejor libró de todos los seguidores de Pizarro ha quedado perpetuamente
desterrado de estos reinos.
Al mismo tiempo, el presidente distribuye con toda
diligencia la gente de guerra por las fronteras y conquistas. Ha concedido al
capitán Bobadilla la gobernación de los reinos de Chile, que hoy es la mejor
empresa que hay en Indias. Por ahora no se han designado capitanes para otras
conquistas, pero pronto se repartirán según los méritos de cada uno.
Plegue a Nuestro Señor concedernos la paz, que es lo
que más necesitamos.
De lo que más sucediere, vuestra merced será avisado.
Por esta le suplico perdone el mal estilo con que va escrita esta relación y
supla con su prudencia la falta de mi elegancia.
Aquí tienes el pasaje reescrito con más claridad,
fluidez y uniformidad, manteniendo el tono histórico-editorial:
FIN
Concluyó la presente obra en la muy noble y memorable
ciudad de Sevilla, a dos días del mes de enero del año de Cristo de mil
quinientos cuarenta y nueve (MDXLIX), en casa de Juan de León. Fue previamente
revisada y aprobada por los muy reverendos y magníficos señores inquisidores, y
con su licencia se mandó imprimir.
Université de Paris – Travaux et Mémoires de
l’Institut d’Ethnologie – XI
Nicolao de Abenino
Verdadera relación de lo sucedido en los reinos y
provincias del Perú desde la llegada del virrey Blasco Núñez Vela hasta el
desbarato y muerte de Gonzalo Pizarro.
(Sevilla, 1549)
Reproducción facsimilar con introducción de José
Toribio Medina.
París, Institut d’Ethnologie, 191 Rue Saint-Jacques
(5e).
1930.
Hecho y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez
Comentarios
Publicar un comentario