Cristóbal Vaca de Castro: El Segundo y Último Gobernador de Nueva Castilla

La Gobernación de Nueva Castilla, que existió entre 1529 y 1542 hasta la creación del Virreinato del Perú, estuvo marcada por el accidentado gobierno de dos autoridades sucesivas: el marqués Francisco Pizarro y el licenciado Cristóbal Vaca de Castro. El breve mandato de este último, atravesado por las guerras civiles entre los conquistadores, fue relevante para consolidar la autoridad de la Corona en el Perú, aunque también quedó empañado por graves acusaciones de corrupción.

Introducción

La Gobernación de Nueva Castilla tuvo una existencia breve, de poco más de una década, comprendida entre la firma de la Capitulación de Toledo, el 26 de julio de 1529 —suscrita por la emperatriz Isabel de Portugal en nombre de Carlos I con Francisco Pizarro— y la promulgación de las Leyes Nuevas en Barcelona el 20 de noviembre de 1542, que dieron origen al Virreinato del Perú. En la capitulación se establecía: «Primeramente, otorgo licencia y facultad a vos, el capitán Francisco Pizarro, para que, en nuestro nombre y en representación de la Corona Real de Castilla, podáis proseguir el descubrimiento, conquista y población de la provincia del Perú, a lo largo de doscientas leguas de costa. Dichas doscientas leguas comienzan en el pueblo que en lengua de indios se llama Tenempuela, al que luego disteis el nombre de Santiago, y se extienden hasta el pueblo de Chincha, abarcando poco más o menos la distancia señalada».

La creación del virreinato no fue un acto administrativo aislado, sino la respuesta de la Corona española al creciente caos en el Perú. Desde la conquista, las tensiones entre los líderes de las dos gobernaciones, Francisco Pizarro (Nueva Castilla) y Diego de Almagro (Nueva Toledo), habían escalado hasta convertirse en una guerra civil abierta. El punto de quiebre fue la disputa por la ciudad de Cusco, un conflicto que desencadenó la muerte de ambos conquistadores y dejó la región sumida en una profunda inestabilidad.

Aunque de corta duración, el periodo de gobierno de Francisco Pizarro y Cristóbal Vaca de Castro fue crucial para consolidar el control español sobre los Andes. El mando de Pizarro estuvo marcado por la fundación de ciudades y una constante actividad bélica, tanto contra los pueblos indígenas como, más tarde, contra la facción de su antiguo socio y rival, Diego de Almagro.

La Corona, sin embargo, creció preocupada por el poder desmedido de Francisco Pizarro y buscó limitar sus amplias prerrogativas. Por ello, envió a un nuevo funcionario con poderes extraordinarios: el licenciado Cristóbal Vaca de Castro. Llegó como juez real y se vio obligado a asumir el cargo de gobernador tras el asesinato de Pizarro. Su misión fue restaurar el orden en un reino en guerra, logrando aplastar la rebelión de Diego de Almagro "el Mozo" y, luego, enfocándose en la organización administrativa y legislativa del territorio. La promulgación de las Ordenanzas de Minas y la Ordenación de Tambos buscó regular el trabajo indígena y mejorar las comunicaciones. Vaca de Castro fue el segundo y último gobernador de Nueva Castilla, y su gestión sirvió como un preludio fundamental para el establecimiento del Virreinato del Perú, lo que pondría fin a la era de los gobernadores-conquistadores.

La muerte de Pizarro marcó el cierre del ciclo de invasión y conquista, y abrió un período convulso en el que afloraron las tensiones internas del grupo colonizador. Era previsible que la Corona actuara con Pizarro como lo había hecho antes con otros conquistadores en distintas regiones de América —desde Colón en adelante—, recuperando la autoridad política que inicialmente había delegado. Sin embargo, en el caso peruano, el enfrentamiento entre pizarristas y almagristas precipitó el colapso del poder encomendero inicial, reemplazado gradualmente por la autoridad directa del Estado imperial.

En este contexto apareció Vaca de Castro, investido con amplias Instrucciones de gobierno, que se sustentaban tanto en los “muchos malos tratamientos” infligidos a los indígenas como en la necesidad de realizar la tasación de los indios encomendados al marqués Pizarro, sus hermanos, parientes, criados y allegados. De algún modo, estas directrices anticipaban la misión —difícil y violenta— que le correspondería desempeñar.

La figura de Vaca de Castro ha sido poco estudiada debido a la brevedad de su mandato. A menudo se le presenta únicamente como un agente de la Corona que reprimió de manera sangrienta a la facción almagrista, o como un funcionario ambicioso que buscaba enriquecerse en las Indias. Sin embargo, resulta necesario examinar su gestión de gobierno no solo para complementar el análisis del papel desempeñado por Francisco Pizarro como primer gobernador de Nueva Castilla, sino también para comprender, a través de los medios disponibles, la situación política y legislativa del Perú en el umbral de la creación del Virreinato.

EL LICENCIADO VACA DE CASTRO

Según las informaciones recogidas en León y Mayorga para concederle el hábito de Santiago, don Cristóbal Vaca de Castro, señor de los lugares de Izagre y Santa María del Otero, era hijo de don García Díaz de Cadórniga y de doña Guiomar Cabeza de Vaca, vecinos de Mayorga y poseedores de dichos señoríos (García, 1957, pp. 13-15).

Se sabe poco de la vida de Vaca de Castro antes de su nombramiento como juez pesquisidor en 1540. Se presume que estudió leyes en la Universidad de Salamanca, donde habría adquirido formación en el ius commune, marco jurídico predominante en su tiempo. Sin embargo, por cuestiones de edad resulta improbable que llegara a escuchar directamente las lecciones de Francisco de Vitoria, quien había asumido la cátedra en 1526.

Una carta citada por el padre Cappa —referida por Vargas Ugarte (1981)— señala que Vaca de Castro fue criado del cardenal García de Loaysa, arzobispo de Sevilla, en cuya jurisdicción ejerció como alcalde mayor y juez en Sigüenza. Lo que sí está confirmado es que contrajo matrimonio con doña María Magdalena de Quiñones y Osorio, con quien tuvo ocho hijos. Para 1534 se desempeñaba como corregidor de la villa de Roa, donde nació su hijo Pedro de Castro y Quiñones, futuro arzobispo de Granada.

En 1536, tras el traslado del oidor Cristóbal de Aldrete al Consejo Real, Vaca de Castro ocupó la vacante en la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid, tribunal de gran relevancia en el reino de Castilla, bajo cuya jurisdicción quedaba todo el territorio situado al norte del río Tajo. A partir de entonces estableció su residencia en Valladolid.

Ese mismo período coincide con la gestión de las informaciones necesarias para obtener el hábito de Santiago, realizadas en León, Mayorga y Valladolid, y formalizadas el 30 de diciembre de 1539.

La misión de Vaca de Castro

El licenciado Cristóbal Vaca de Castro se encontraba establecido en Valladolid, desempeñando sus funciones como oidor, cuando llegaron a la Península noticias alarmantes del Perú: el levantamiento indígena encabezado por Manco Inca, la guerra civil entre los partidarios del gobernador Francisco Pizarro y los del adelantado Diego de Almagro, que culminó con la sangrienta batalla de las Salinas y la posterior ejecución de Almagro por orden de Hernando Pizarro.

En la Corte, la presión de los partidarios del difunto Adelantado, que exigían castigo contra los Pizarro, junto con la creciente preocupación por la preponderancia alcanzada por Francisco Pizarro en el Perú, hicieron evidente la necesidad de enviar un delegado con autoridad suficiente para esclarecer la situación y restaurar el orden en aquellas tierras.

El estado de descomposición era profundo: en medio de la anarquía, tanto los derechos de los indígenas como los de los españoles eran vulnerados. Sin embargo, la misión no era sencilla. La autoridad de Pizarro estaba firmemente asentada y la distancia con Castilla dificultaba cualquier intento de control directo. Además, el marqués era un hombre de carácter fuerte e irritable, seguro de su poder, y poco dispuesto a aceptar intervención alguna. Existía el riesgo de que, frente a una medida de suspensión o fiscalización —como había ocurrido antes con Hernán Cortés y otros capitanes de América—, Pizarro optara por desentenderse de su fidelidad a la Corona y fundar un gobierno independiente, alentado por la facción turbulenta que lo rodeaba.

En este contexto, las opiniones sobre la estrategia a seguir en el Perú eran diversas. El cardenal García de Loaysa y Mendoza, arzobispo de Sevilla y expresidente del Consejo de Indias, junto con el secretario real Francisco de los Cobos y el conde de Osorno, García Fernández Manrique, entonces presidente en funciones del Consejo, coincidieron en la necesidad de enviar un representante especial a las Indias. La decisión recayó en el recurso más temido por los gobernadores americanos: el juez de residencia.

Los jueces de residencia representaban, en efecto, la caída del poder de un gobernador. Allí donde eran enviados, solían destituir a las autoridades coloniales, e incluso a veces las enviaban encadenadas a España (Porras, 1978, p. 589). A propuesta del cardenal Loaysa, y en consideración a su integridad y aptitud para grandes negocios, se eligió al licenciado leonés Cristóbal Vaca de Castro.

No obstante, las cartas que Loaysa dirigió a Vaca de Castro, fechadas el 27 de agosto y el 19 de septiembre de 1540, revelan que este no se mostraba del todo dispuesto a viajar a las Indias. Para persuadirlo, el cardenal apeló tanto a argumentos económicos como a la promesa de ascensos en la carrera judicial, además de exhortarlo a mantener una relación de cooperación con el marqués gobernador, a quien calificaba como un “bendito hombre”.

A pesar de la urgencia de la situación, se decidió retrasar la partida de Vaca de Castro hasta que llegara a España Hernando Pizarro, de quien se esperaba obtener una visión directa de los acontecimientos y datos que permitiesen dar instrucciones más precisas al comisionado. Hernando arribó finalmente, aunque su presencia despertó recelos. Pese a defenderse judicialmente de los ataques de los almagristas y del fiscal Villalobos, terminó condenado a veintiún años de prisión por la ejecución de Almagro. Incluso escribió contra el nombramiento de Vaca de Castro, pero sus objeciones no fueron atendidas.

Las Instrucciones del Emperador

“Habiendo tenido noticia de las alteraciones y sucesos ocurridos en nuestro Reino de Nueva Castilla, en la provincia del Perú, y con el fin de informarnos con certeza de lo sucedido, así como de impartir justicia a quienes la soliciten; y también para conocer el manejo y la fidelidad en nuestra hacienda y patrimonio real, y verificar cómo se han cumplido y observado nuestras provisiones enviadas a dicha provincia, tanto en lo relativo a la instrucción, conversión y buen trato de los naturales, como al fomento, engrandecimiento y consolidación de su población.”

Con estas palabras comenzaban las Instrucciones entregadas a Vaca de Castro el 15 de junio de 1540. Se trataba de un pliego extenso y detallado, concebido para remediar los múltiples abusos y desórdenes que se habían introducido en la administración indiana.

No obstante, las instrucciones no fueron un texto definitivo. En el proceso de su redacción, fueron modificadas, ampliadas o reducidas en una dinámica de tensiones entre la necesidad de reforzar la autoridad real y el cuidado de no agraviar al marqués gobernador Francisco Pizarro. Como resultado, Vaca de Castro recibió poderes discrecionales, amplios y sujetos a su propia interpretación. Dichos poderes se vieron reforzados por la Cédula del 9 de septiembre de 1540, que lo designaba gobernador en reemplazo de Pizarro únicamente en caso de muerte u otro acontecimiento extraordinario. Esta disposición se justificaba por la edad del marqués —unos sesenta y dos años—, considerada avanzada en el siglo XVI.

Dado lo limitado de este espacio, y con el propósito de lograr una mejor comprensión, nos basaremos en diversas fuentes —el cronista Herrera (1615), Jiménez de la Espada (1877), Mendiburu (1890), el padre García (1959) y Porras (1978)— para sintetizar el contenido esencial de dichas instrucciones.

2.     ante las reiteradas denuncias de abusos contra los naturales —obligados a extraer oro y plata o enviados a trabajos forzados en contra de su voluntad—, así como del incumplimiento de las disposiciones reales, se encomendaba a Vaca de Castro castigar lo pasado y remediar en adelante.

3.    Vaca de Castro tenía el encargo de esclarecer los hechos de la guerra entre Pizarro y Almagro, así como los excesos cometidos antes y después de la batalla de Las Salinas, con el fin de informar a la Corona de manera veraz y precisa. Dado que la causa principal del conflicto fue la disputa de límites, debía también determinar con certeza la frontera entre las gobernaciones de Nueva Castilla y Nueva Toledo.

  1. Ante las quejas por las excesivas exigencias tributarias de algunos encomenderos, Vaca de Castro debía colaborar con el Marqués Gobernador y el obispo del Cuzco en el cumplimiento de las órdenes reales emitidas en la carta del Emperador de diciembre de 1537. Su misión consistía en establecer la tasa definitiva del tributo indígena y garantizar que los repartimientos se realizasen con justicia.
  1. En atención al interés de la Corona por la evangelización, se dispuso la creación de dos nuevos obispados, en Lima y en Quito. Vaca de Castro debía delimitar las jurisdicciones de ambos, tarea que implicaba emprender una visita general al territorio peruano.
  2. Asimismo, tenía la obligación de verificar el cumplimiento de las disposiciones reales enviadas anteriormente al gobernador Pizarro, al obispo Valverde y a los Oficiales Reales. En caso de incumplimiento, debía hacerlas cumplir con rigor. Al mismo tiempo, debía estudiar las necesidades del territorio y proponer a la Corona las medidas más convenientes.
  3. Frente a las denuncias sobre el mal manejo de las cuentas de la Real Hacienda, correspondía a Vaca de Castro comprobar su estado real, cobrar los atrasos acumulados y sancionar a los Oficiales Reales en caso de abusos o negligencias. También debía revisar el sistema de recaudación de tributos y la distribución de los tesoros, asegurando el envío puntual de los fondos pertenecientes a la Corona.
  4. Finalmente, considerando la prioridad de la evangelización, debía fundar monasterios en los lugares más apropiados, supervisar el uso de los diezmos y la conducta de los religiosos, expulsando a quienes incurrieran en escándalos. Asimismo, debía garantizar que los indígenas dispusieran de horas específicas para asistir a la iglesia y recibir instrucción en la fe, consagrando los antiguos templos indígenas al culto cristiano.
  5. Preocupada por la situación de los indígenas, la Corona encomendó a Vaca de Castro diversas tareas: impedir el traslado de indios de unas provincias a otras para evitar los problemas derivados de los cambios de clima; prohibir que se les impusieran cargas excesivas como porteadores, en contra de las ordenanzas reales; corregir e informar sobre los despojos de tierras sufridos por los caciques; y negociar con Manco Inca su rendición y la concesión de tierras, siendo lo más conveniente su envío a España para prevenir mayores inconvenientes en el Perú. Asimismo, debía elaborar un registro de los hijos de Huayna Cápac, a fin de que recibieran la atención debida de parte de la Corona.
  6. Dado que su comisión lo llevaría al Perú, Vaca de Castro debía aprovechar su paso por el Caribe para visitar Puerto Rico y Santo Domingo, e informar a la Corona sobre sus condiciones. También debía investigar la situación de la Audiencia de Panamá, ante las quejas sobre la conducta del oidor decano, Francisco Pérez de Robles, e iniciar juicio de residencia contra él y sus colegas. Aunque su autoridad no superaba la del Marqués Gobernador, la Corona juzgó oportuno realzar su figura para dar mayor peso a su misión. Por ello, lo incorporó al Consejo de Castilla, le concedió el hábito de Santiago —una de las órdenes militares más prestigiosas de la Monarquía Hispánica— y le otorgó mercedes a su familia: una renta de doscientos ducados para su esposa en caso de fallecimiento y gratificaciones para sus hijos.

El largo viaje al Perú.

Cumplidos los trámites correspondientes, Vaca de Castro partió de Sanlúcar de Barrameda a comienzos de noviembre de 1540. Tras una escala en la isla de la Gomera, el viaje se complicó por tormentas y vendavales que le impidieron llegar a Puerto Rico, por lo que se dirigió directamente a Santo Domingo, donde inspeccionó la fortaleza y recabó información sobre Puerto Rico, decidiendo no desplazarse a dicha isla. Posteriormente, viajó a Nombre de Dios y cruzó el istmo, llegando a Panamá a fines de febrero de 1541.

Siguiendo sus instrucciones, asumió la presidencia de la Audiencia de Panamá, suspendió al oidor Robles e inició juicio de residencia a sus colegas, Pedro de Villalobos y Lorenzo Paz de la Serna. El 19 de marzo emprendió finalmente su viaje hacia el Perú, en una estación desfavorable y en medio de un pésimo viaje, que culminó con el anclaje en el puerto de Buenaventura. Como el navío quedó inutilizado, decidió continuar por tierra hacia Cali. Allí enfermó gravemente, al punto que —según relata Cieza—, “a no estar en su compañía un médico y cirujanos, muriera”. Permaneció convaleciente en Cali durante tres meses, en riesgo de muerte.

A pesar de su delicado estado, ordenó al adelantado Sebastián de Belalcázar liberar a Pascual de Andagoya y los convocó para resolver sus diferencias sobre la gobernación del Río de San Juan. Sin embargo, no alcanzó acuerdo alguno y remitió la documentación al Consejo de Indias para su resolución. Mientras Andagoya partía a España para defender sus derechos, Belalcázar permaneció en la región y dispuso que sus tenientes habilitaran los caminos hacia Popayán, de donde Vaca de Castro continuaría rumbo al Perú. Era agosto de 1541, y la situación en los Andes había cambiado radicalmente.

Entretanto, la reputación del enviado real se vio afectada por rumores que lo precedieron. Se decía que carecía de imparcialidad, lo que exaltó los ánimos de los derrotados almagristas, quienes incluso intentaron quemar la efigie del cardenal Loaysa. Corrieron además noticias falsas: primero sobre su supuesta muerte en el camino por órdenes del Marqués, y luego sobre sospechas de soborno.

El anciano Marqués Gobernador tampoco dejó de inquietarse ante la inminente llegada de Vaca de Castro. Ya había mostrado una actitud altiva frente a fray Tomás de Berlanga, obispo de Panamá y comisionado de la Corona en 1534, y ahora lo que más le angustiaba era el futuro de su gobernación, especialmente a la luz de las instrucciones conferidas al nuevo enviado real. En la última carta que dictó, once días antes de su muerte, un Pizarro dolido y premonitoriamente sombrío se lamentaba de los rumores sobre la posible separación de Charcas y Arequipa de la jurisdicción de Nueva Castilla:

“Porque, si estas gobernaciones no se dividen, Su Majestad no podrá ser bien servido, y yo quedo como gobernador de Arenales.”

Aun así, el veterano extremeño actuó con cautela. Envió un navío a Panamá para recoger al comisionado regio, aunque este rehusó abordarlo para evitar sospechas. Pizarro incluso intentó congraciarse con algunos almagristas, pero sus anteriores arbitrariedades habían cerrado toda posibilidad de reconciliación. Los almagristas, por su parte, se fueron concentrando en Lima en torno al hijo mestizo de su antiguo caudillo, también llamado Diego de Almagro. Los soldados lo recordaban de las campañas emprendidas por su padre y, tras la muerte de este, trasladaron su lealtad al joven Almagro.

En medio de los rumores de una conjura, Pizarro buscó aplacar los ánimos entrevistándose con Juan de Herrada —también conocido como Juan de Rada—, tutor de Diego de Almagro el Mozo y jefe visible de la facción rival. Fue en vano: el domingo 26 de junio de 1541, los almagristas asaltaron su residencia. Pese a la desesperada y valerosa defensa, el Marqués Francisco Pizarro, Gobernador de la Nueva Castilla, cayó asesinado.

El gran error del Consejo de Indias y del propio Vaca de Castro fue su morosidad. La batalla de Las Salinas se había librado en abril de 1538, pero recién en junio de 1540 se nombró a Vaca de Castro como juez pesquisidor. En octubre de ese año todavía permanecía en Sevilla, recibiendo además nuevas comisiones para visitar la fortaleza de Santo Domingo —a la que llegó en enero de 1541— y resolver pleitos de los oidores en Panamá. En lugar de dirigirse sin demora al Perú, Vaca de Castro optó, movido por precauciones y temores, por las rutas más largas y complicadas.

Si hubiera zarpado directamente, habría llegado a tiempo para impedir tanto el asesinato del Marqués como la guerra de Chupas. Pero se embarcó en un navío averiado, sin pilotos competentes, y pasó semanas recalando entre la Gorgona, la isla del Gallo y Buenaventura, hasta terminar en un naufragio. Desde allí tomó el desatinado camino terrestre: Buenaventura, Cali, Popayán y Quito, prolongando su viaje seis meses, cuando el trayecto marítimo no hubiera tomado más de dos semanas. Entre tanto, en el Perú ya ardía la hoguera de la guerra civil.

 La guerra de Chupas.

El nuevo Gobernador del Perú, aunque solo de facto, fue Diego de Almagro el Mozo. El verdadero poder residía en su tutor, Juan de Herrada, quien asumió el cargo de Capitán General. Hijo del Adelantado Almagro, el joven líder tenía apenas veinte años. Se parecía mucho a su padre, tanto por su carácter franco como por la violencia de sus pasiones. Bajo sus banderas se congregaron entre 500 y 800 hombres, en su mayoría españoles errantes, precisamente aquellos a quienes buscaban controlar las últimas ordenanzas del difunto Marqués.

Sería oportuno dedicar un estudio específico a las ideas políticas del movimiento almagrista:

“Almagro consideró oportuno dar a conocer públicamente las razones de su levantamiento y presentó un plan de gobierno en beneficio de todos los habitantes del Perú. Criticó duramente el mal gobierno ejercido bajo el dominio de los Pizarro y lanzó severas condenas contra Valverde, representante del poder religioso, tanto por lo que hizo como por lo que dejó de hacer. No resulta del todo descabellado pensar que el movimiento almagrista buscara, de manera sincera, la formación de una auténtica nación peruana, no solo en favor de los conquistadores, sino también en defensa de la población indígena, pues sus propuestas no se distanciaban mucho de las defendidas por los lascasianos, quizás incluso con un mayor sentido práctico.”

El joven Almagro nombró tenientes en el Cuzco y en Arequipa, y envió destacamentos a Trujillo en busca de hombres, armas y caballos. Sin embargo, pronto enfrentó la reacción de los partidarios del difunto Marqués. Perálvarez Holguín en el Cuzco, Peranzúrez de Camporredondo en Charcas y Alonso de Alvarado en Chachapoyas se negaron a reconocerlo, aduciendo obediencia exclusiva al Rey.

Ante ello, Almagro el Mozo trasladó sus fuerzas desde Lima a Jauja con la intención de frenar a Perálvarez, pero este, reforzado por Peranzúrez, logró evitar el encuentro. La muerte de Juan de Herrada por enfermedad, sumada a las disputas internas —que incluso llegaron al asesinato entre sus oficiales—, debilitó aún más la cohesión del bando rebelde. Pese a ello, Almagro consiguió llegar al Cuzco, donde reorganizó sus tropas, se proveyó de caballos y armas, y mandó fundir cañones al griego Pedro de Candía, uno de los célebres “trece de la fama”. Incluso obtuvo cierto respaldo de Manco Inca.

Mientras tanto, en Popayán, Vaca de Castro recibió la noticia del sangriento fin del Marqués y del levantamiento de Almagro. En una carta al Emperador, fechada en noviembre de 1541, llegó a conjeturar que los almagristas planeaban también asesinarlo, al saber que no le arrebataría el gobierno a Pizarro.

La situación de Vaca era crítica y excepcional: desconocía el territorio, carecía de apoyos sólidos y no sabía hasta qué punto la insurrección influiría en el ánimo general. Fue en esa coyuntura que se revelaron la firmeza de su carácter y la claridad de su juicio. Decidió esperar que los acontecimientos guiaran sus pasos y seguir sin vacilar la senda del deber, desoyendo a quienes le aconsejaban regresar a Panamá.

Aún convaleciente, emprendió la marcha hacia Quito, transportado en andas y acompañado de un fraile franciscano que llevaba los Santos Óleos, por si la muerte lo sorprendía en el camino. El 26 de septiembre, ya en Quito, Vaca de Castro hizo pública la cédula que lo nombraba Gobernador en caso de muerte de Pizarro, y envió copias de este documento a las principales ciudades del Perú mediante comisionados especiales.

Mientras recuperaba su salud, comenzó a reunir tropas y recursos para enfrentar a Almagro, rechazando las propuestas del Adelantado Belalcázar, quien le sugería entablar negociaciones con el rebelde.

La batalla de Chupas y la consolidación de Vaca de Castro.

No seguiremos en detalle cada incidencia de la campaña, pero conviene señalar que Vaca de Castro asumió el título de Capitán General para evitar disputas entre Perálvarez y Alvarado. Aunque su formación era de letras y no de armas —limitación que en ciertos momentos se hizo evidente—, tomó el mando supremo.

El joven Almagro, por su parte, envió cartas al Gobernador expresando su deseo de evitar la guerra. Reclamaba el reconocimiento de su derecho hereditario sobre la gobernación de Nueva Toledo y la conservación del Cuzco, a pesar del fallo real que lo incorporaba a Nueva Castilla. La respuesta de Vaca fue tajante: exigió la disolución del ejército almagrista y la entrega de los asesinos del Marqués. Como además infiltró espías y agentes en el campamento enemigo, los almagristas lo consideraron un acto de deslealtad, frustrando así cualquier posibilidad de acuerdo. No quedaba más camino que el de las armas.

El sábado 16 de septiembre de 1542, al caer la tarde, ambos ejércitos se encontraron en el campo de Chupas, cerca de Huamanga. Las fuerzas combinadas apenas llegaban a mil quinientos hombres, pero la ferocidad del combate suplió la escasez numérica. Al inicio, la ventaja favoreció a los almagristas gracias a su mayor artillería. Sin embargo, la infantería realista, encabezada por el sargento mayor Francisco de Carvajal, logró inclinar la balanza. Vaca de Castro, ya en los tramos finales de la jornada, entró en combate con lanza en ristre, reforzando la moral de los suyos.

Las batallas del siglo XVI, aunque pequeñas en número, resultaban más épicas que las guerras colosales de la Europa moderna. La preeminencia de las armas blancas, el protagonismo de la caballería y la exigüidad de los contingentes daban a la lucha un aire de individualidad heroica, ausente en las confusas batallas contemporáneas. En Chupas, más de la mitad de los combatientes quedó muerto o gravemente herido.

Vaca de Castro, Gobernador.

Durante la campaña, Vaca de Castro difundió la noticia de su nombramiento como Gobernador. El Cabildo de Lima lo había reconocido ya el 20 de noviembre de 1541, en secreto dentro del convento de Santo Domingo, en claro perjuicio de los planes de Almagro. Posteriormente, la proclamación se hizo pública cuando el Licenciado entró triunfalmente en Lima a mediados de 1542, antes de reunirse con sus tropas en Jauja para marchar hacia la batalla decisiva.

Tras la derrota de los almagristas, Vaca de Castro ejerció una represión severa: a unos los ajustició, a otros los desterró, sin mostrar clemencia. Poco después se enteró de la captura de Almagro el Mozo, sorprendido cuando intentaba refugiarse con Manco Inca. El Gobernador marchó entonces al Cuzco, donde entró con excesiva pompa.

El proceso contra Almagro fue breve, acelerado además por sus intentos de sobornar a los carceleros. Condenado a muerte, se le negó la posibilidad de apelar al Rey o al Consejo de Panamá. Fue ejecutado a finales de noviembre de 1542 y enterrado junto a su padre en la Iglesia de la Merced del Cuzco. Con él se extinguió definitivamente el bando de “los de Chile”.

El gobierno de Vaca de Castro.

Durante poco más de un año, Vaca de Castro dirigió los destinos del Perú, entendido entonces como la suma de las gobernaciones de Nueva Castilla y Nueva Toledo. A diferencia de lo que pudiera esperarse, su sede no fue Lima, sino la antigua capital incaica: el Cuzco. Para mantener el orden en la Ciudad de los Reyes, designó como teniente de gobernador al bachiller Juan Vélez de Guevara. Sin embargo, ni los oficiales reales ni los regidores limeños lo aceptaron, indignados porque el nombramiento proviniera de un recién llegado al país. La tensión escaló hasta el punto de pasar de los insultos a la violencia: quebraron la vara de justicia de Vélez de Guevara y lo expulsaron de la sala capitular. El contador Juan de Cáceres, el más exaltado opositor, huyó a Panamá temiendo represalias, mientras los demás quedaron bajo zozobra por la severidad que podía aplicar el Gobernador. Sorprendentemente, Vaca de Castro optó por disimular el desacato y no castigó a los amotinados.

La diferencia con el difunto Marqués Francisco Pizarro era fundamental. Este había recibido el gobierno del Perú por concesión contractual de la Corona, conforme a la Capitulación de Toledo de 1529. En cambio, Vaca de Castro lo era por designación real, lo que marcaba el tránsito de un régimen basado en pactos personales a otro sometido plenamente a la autoridad de la monarquía. Con su nombramiento, el Perú dejaba de ser un territorio conquistado regido por la voluntad de un caudillo para integrarse al sistema jerárquico y administrativo de la Monarquía Hispánica. Como bien señaló un especialista: “era el cambio de un sistema de ascendencia medieval por otro en el cual el Estado asume la plenitud de su Imperio.”

Vaca de Castro, en esencia, era un funcionario administrativo designado por el Consejo de Indias. Su mandato era limitado, sus poderes delegados y su gestión debía rendir cuentas a la Corona. Pese a los juicios encontrados sobre su personalidad —acusado de cierta vanidad, codicia y ostentación—, la mayoría de testimonios coinciden en reconocer su capacidad de gestión: “Fue un buen gobernador y realizó importantes obras en el reino” (Cieza); “demostró su capacidad para el difícil cargo que se le había encomendado” (Prescott; “Vaca de Castro se dedicó con diligencia, sabiduría y notable acierto al gobierno de aquel reino” (Jiménez de la Espada); su “obra pacificadora […] no debe ser desestimada” (Vargas Ugarte).

Uno de los encargos más delicados que recibió fue la delimitación de las gobernaciones de Nueva Castilla y Nueva Toledo. El 19 de septiembre de 1543 concluyó la demarcación: el Cuzco quedó dentro de Nueva Castilla, mientras que la jurisdicción de Nueva Toledo comenzaba quince leguas al sur, abarcando Arequipa, el Collao y Charcas. Para reforzar la administración, ordenó que los oficiales reales de Nueva Toledo desempeñasen sus funciones desde Arequipa. Sin embargo, la coexistencia de ambas gobernaciones resultaba impráctica, como lo advirtió el propio Cabildo del Cuzco en una carta al Emperador fechada el 20 de enero de 1543. Allí pedían la unificación de ambas jurisdicciones y solicitaban además confirmar a Vaca de Castro como gobernador único:

A causa de haberse establecido en estas tierras dos gobernaciones, la de Nueva Castilla y la de Nueva Toledo, se han originado los enfrentamientos, batallas y muertes de tantos caballeros e hidalgos ocurridas hasta ahora. Nunca ha habido un solo año de sosiego, y de ello han resultado graves daños y pérdidas para la Hacienda Real de Vuestra Majestad y para nosotros, sus súbditos que aquí residimos; mientras que los indios naturales han quedado dispersos y destruidos. Y puesto que esto es tan evidente y bien conocido, suplicamos a Vuestra Majestad que no permita en adelante división entre estas dos gobernaciones […] y que se digne confirmar nuevamente la provisión hecha al licenciado Vaca de Castro como gobernador, tanto de la Nueva Castilla como de la Nueva Toledo, pues todos estos reinos están generalmente satisfechos con su persona.” (Porras).

El Cabildo, sin saberlo, pedía algo que ya había sido resuelto: dos meses antes, las Leyes Nuevas habían previsto la unificación del gobierno del Perú bajo un solo mando. Sin embargo, la Corona no pensaba confirmar a Vaca de Castro en el cargo.

La gestión administrativa y legislativa de Vaca de Castro.

En materia financiera, el Gobernador debía inspeccionar el manejo de la real hacienda, tarea compleja en medio de las convulsas circunstancias que atravesaba el Perú. A pesar de ello, Vaca de Castro logró organizar el servicio fiscal y remitir al Emperador 354 mil ducados; además, al momento de la llegada del virrey Blasco Núñez Vela, tenía reunidos otros 100 mil.

Un problema latente era la excesiva concentración de soldados en el territorio peruano, fuente de continuos disturbios. Para evitar la inactividad y el desorden, Vaca de Castro decidió canalizar sus energías en nuevas empresas: envió a Juan Porcel a los Bracamoros, a Diego de Rojas a Tucumán, a Alonso de Monroy como refuerzo a Chile y a otros capitanes a fundaciones en riesgo, como Juan Pérez de Guevara en Moyobamba y Pedro de Puelles en Huánuco. Con ello se reducían tensiones internas y, a la vez, se mitigaban los abusos que la sobrepoblación de españoles causaba a los indígenas: “Se socorre a los españoles que aquí residen y se evitan muchos inconvenientes, así como la opresión y el daño que causa a los naturales la excesiva multitud de gente.” (Porras).

La protección del indígena.

Uno de los encargos más sensibles que recibió el Gobernador fue la defensa de la población nativa. Procuró poner orden en los repartimientos, aunque no llegó a resolver el espinoso problema de la tasación de los tributos, cuya desmesura constituía la principal carga para los indios. Otra disposición fue reservarse el comercio de la coca, con el doble propósito de evitar daños a la salud de los indígenas y, al mismo tiempo, aprovechar las rentas que generaba para sufragar gastos de protocolo (Cieza).

Aun así, Vaca de Castro dio continuidad a la línea legislativa iniciada por el Marqués Pizarro en beneficio de los naturales:

Estableció muy buenas ordenanzas en favor de la libertad de los indios y para una adecuada administración, gracias a las cuales quedaron libres de muchos abusos que había permitido la licencia de la guerra. Eliminó a los ociosos y vagabundos, y prohibió el rancheo, con lo cual muchos indios se reunieron para poblar el Cuzco y otras localidades, se cultivaron los campos y se aseguraron los caminos.” (Herrera).

Las Ordenanzas de Minas.

El 13 de abril de 1543, desde el Cuzco, el Gobernador promulgó las Ordenanzas de Minas, revisadas en mayo y publicadas oficialmente el 21 de junio. Según el estudio de Casiano García Rodríguez (1957), basado en documentos de la Real Academia de la Historia, estas ordenanzas buscaron conciliar los intereses de la Corona en la producción de metales con la protección de los indígenas.

Se estableció que los indios debían declarar libremente su voluntad de trabajar en las minas ante una autoridad competente, y que fueran tratados con dignidad. Se dispuso el descanso dominical y en días festivos, bajo la instrucción de un clérigo asignado en cada centro minero. Anticipándose a la mita organizada por el virrey Toledo, se fijó en cuatro meses la duración del servicio por cuadrilla. También se exigió alojamiento adecuado, alimentación suficiente —con raciones de carne, maíz, sal, ají y coca— y la presencia de lo que hoy llamaríamos servicios médicos. Quedó prohibido trasladar indígenas de climas distintos, así como el castigo corporal indiscriminado y su uso como cargueros.

Las Ordenanzas de Tambos.

El mes siguiente, el 31 de mayo de 1543, Vaca de Castro dictó las Ordenanzas de Tambos, concebidas para mejorar el antiguo sistema de hospedaje y aprovisionamiento del Camino Inca. Estas ordenanzas reconocían el itinerario que unía Quito con La Plata y obligaban a los caciques locales a proveer de bastimentos, cabalgaduras e indios de servicio hasta la siguiente parada, con la condición de asegurar buen trato y justa paga.

En palabras de Cieza de León:

“Y al saber el gobernador Vaca de Castro que en muchos de los aposentos o tambos del camino real que va del Cuzco a Quito, por no estar bien abastecidos, se causaban grandes perjuicios a los naturales, llevándolos incluso encadenados […], dispuso una orden muy acertada y provechosa […], gracias a la cual los caminos quedaron bien abastecidos y los españoles podían transitarlos sin dificultad.” (Cieza).

Las Ordenanzas de Tambos pretendieron adaptar la institución peninsular de los mesones a la realidad andina, transformando los tambos en verdaderos nodos logísticos de comercio y tránsito. De esta manera, se buscaba tanto mejorar la infraestructura vial como contener los abusos que los viajeros españoles cometían contra los indígenas. Su relevancia ha sido reafirmada en tiempos recientes con la edición crítica publicada por el Ministerio de Cultura del Perú (2018), que las reconoce como fuente fundamental para el estudio de la vialidad incaica y virreinal.

Asuntos eclesiásticos.

Una de las tareas encomendadas a Vaca de Castro fue la delimitación de las jurisdicciones eclesiásticas. Hasta entonces solo existía el Obispado del Cuzco, creado en 1537. El 18 de febrero de 1543 se fijaron los límites de tres obispados: el de Quito, que abarcaría Pasto, Popayán, Puerto Viejo, Santiago de Guayaquil con sus jurisdicciones y la isla de Puná; el de Lima, que comprendería Trujillo, San Miguel de Piura, Huánuco y Moyobamba, hasta el valle de Nazca, donde empezaba el obispado del Cuzco; y este último conservaría las jurisdicciones de Cuzco, Huamanga, Arequipa y el Collao, hasta los límites con Chile.

El nuevo obispo de Lima, fray Gerónimo de Loaysa —sobrino del cardenal y antiguo obispo de Cartagena—, arribó recién en marzo de 1543 y colaboró poco tiempo con el Gobernador. Su aliado más cercano fue el provincial de los dominicos, fray Tomás de San Martín, quien lo había apoyado ya en la guerra contra Almagro. Aunque no pudo impedir los abusos del Gobernador, intentó moderarlos y mantenerlos en reserva para evitar mayores conflictos. La cercanía de Vaca de Castro con los dominicos, entonces la orden más influyente en el Perú, se manifestó en su recomendación de San Martín como obispo del Cuzco en reemplazo del fallecido fray Vicente de Valverde, así como en el respaldo a la labor evangelizadora de la orden, promoviendo la creación de cuatro monasterios en Chincha, Huaylas, Jauja y Huamanga, como informó al Emperador en noviembre de 1542.

Relaciones con Manco Inca y con los Pizarro.

Siguiendo sus instrucciones, Vaca de Castro buscó acercarse a Manco Inca para lograr su sumisión. En carta al Emperador, fechada el 24 de noviembre de 1542, relataba:

“…las negociaciones que, como informé a Vuestra Majestad, mantengo con el Inca avanzan con gran entusiasmo. Él me envía papagayos y yo le correspondo con brocados. En varias ocasiones me ha enviado a dos de sus tres principales capitanes, quienes han regresado satisfechos con mis respuestas, pues les he dado a entender que Vuestra Majestad me concedió provisiones de seguridad para él y el perdón de sus faltas y delitos, y que además Vuestra Majestad ordena que se le dé buen sustento en estas tierras y sea tratado con consideración.” (Porras).

Pese a estos acercamientos, no se llegó a un acuerdo. Manco Inca continuó en resistencia contra la dominación española. Algunas fuentes sugieren contactos con el Virrey, frustrados por su asesinato a manos de unos españoles a quienes había dado refugio en Vilcabamba.

Durante su estancia en el Cuzco, Vaca de Castro impulsó la cristianización de la nobleza inca leal al Rey, siendo un hito el bautismo de Paullu Inca, quien adoptó el nombre de Cristóbal en honor a su padrino, el Gobernador. Incluso, un documento de 1608 firmado por un tal “fray Antonio” sostiene que Vaca de Castro ordenó realizar las primeras informaciones sobre la sucesión de los incas. Sin embargo, como advierte Porras (1963), en los documentos contemporáneos al Gobernador no existe constancia de tales diligencias, conocidas solo por esa mención tardía y por una alusión de Garcilaso de la Vega.

Otro frente delicado fue el trato con Gonzalo Pizarro, el último de los célebres hermanos aún en el Perú. Tras el fracaso de su expedición al País de la Canela, Gonzalo se encontraba en Lima, rodeado de rumores sobre un posible alzamiento. Vaca de Castro lo mandó llamar a Cuzco, aunque pronto circularon versiones de que el conquistador planeaba atacarlo o incluso asesinarlo. El Gobernador puso en alerta a sus tropas, pero el encuentro resultó cordial. Consiguió así su objetivo de apartar a Gonzalo, enviándolo a administrar su encomienda en los Charcas. En ese contexto, nombró a Vélez de Guevara como su teniente de gobernador en Lima.

Aun alejado de la capital, Gonzalo Pizarro siguió siendo motivo de vigilancia. Vaca de Castro permaneció atento a sus reacciones, especialmente cuando se difundieron las Leyes Nuevas, intentando frenar las voces que lo animaban a rebelarse contra la Corona.

Vaca de Castro también acogió a los hijos menores del marqués Pizarro, Gonzalo y Francisca. Sin embargo, como entre sus instrucciones figuraba la reducción del número de indígenas en manos de la familia Pizarro, no dudó en aprovechar en beneficio propio las rentas y tributos de varias encomiendas asignadas a los menores. Ya bajo el mando del virrey, en octubre de 1544, se vio obligado a pagar 12,000 pesos de oro, aunque en el proceso posterior en España alegó haber sido forzado a firmar dicho compromiso.

Las denuncias contra Vaca de Castro.

El mayor defecto de Vaca de Castro, y quizá la razón principal por la que aceptó la misión en el Perú, fue su avidez de riqueza con el propósito de fundar un linaje sólido. Hombre educado en los ideales medievales en pleno Renacimiento, concebía la fortuna como el medio indispensable para mantener y aumentar su prestigio. Una vez al frente del virreinato, no dejó escapar la oportunidad.

Con amplias atribuciones y excediendo sus competencias, el Gobernador y presidente de la Audiencia de Panamá articuló rápidamente una red destinada a recolectar beneficios ajenos. Despojó de parte de sus encomiendas y minas a los Pizarro, a Almagro el Mozo y a otros, apoyándose en una “cédula de reformación” que él mismo emitió. Con este respaldo legal, repartió las “demasías”, es decir, los excedentes, entre españoles de su confianza, buscando consolidar un grupo de apoyo formado tanto por sus criados como por antiguos colonos.

También se le acusó de vanidoso, acusación sustentada en sus propias palabras. En una carta a su esposa, fechada el 24 de noviembre de 1542, sostuvo que su victoria sobre Almagro había sido un servicio superior al realizado por Francisco Pizarro con la conquista del Perú:

“Yo, señora, he prestado a Su Majestad un servicio tan grande al conquistarle estos reinos de tiranos tan numerosos, bien armados, montados y artillados […]. Y si al marqués don Francisco Pizarro se le reconoció como un gran mérito haber ganado estos reinos de indios —lo que fue como despojarlos de ovejas—, por lo cual recibió un marquesado, después él mismo los perdió por su culpa, y fui yo quien los recobré, no ya de indios, sino de gentes de nuestra propia nación.” (Porras).

Aquella célebre carta, interceptada por sus enemigos, le ocasionó no pocos problemas. En ella no solo se atribuía méritos extraordinarios, sino que recordaba a su esposa las remesas de dinero y joyas enviadas, le pedía discreción para ocultarlas y le aconsejaba utilizar personas de confianza en la adquisición de bienes rústicos o urbanos para no verse comprometido. A través del portador de esa sola misiva remitió 5,500 castellanos de oro, además de esmeraldas y vajilla de plata.

Su afán por acopiar riquezas le granjeó poderosos enemigos en el Perú, a los que se sumaron los resentimientos provocados por su severa represión contra los almagristas. Entre sus denunciantes destacó el contador Juan de Cáceres, quien desde Panamá escribió al Emperador en agosto de 1543 señalando que, desde su llegada al Perú, Vaca de Castro intentaba ocultar los robos y cohechos cometidos en perjuicio de la Real Hacienda. Cáceres lo acusaba de haberse apropiado de los bienes confiscados a los rebeldes derrotados en Chupas, y lo describía con dureza:

“Causa espanto cómo pudo nombrarse a un hombre tan perverso, mentiroso, vanaglorioso, mal cristiano y codicioso, en quien concurren tantas y tan malas cualidades, que ni Dionisio de Siracusa ni Sardanápalo en su tiempo pudieron ser peores… ponerlo en su Consejo Real… concederle el hábito de Santiago y otras mil mercedes… Todos esperan el castigo ejemplar que Vuestra Majestad ordene imponerle.” (Porras).

A estas críticas se sumaron personalidades influyentes, como el alcalde de primera nominación de Lima, Francisco de Ampuero; el tesorero Alonso de Riquelme; el veedor García de Salcedo; el factor Illán Suárez de Carvajal; además de conquistadores de prestigio como Nicolás de Ribera el Viejo y Diego de Agüero. Todos coincidían en señalar la inconveniencia de mantener a Vaca de Castro en el Perú, reprochándole su ambición por los repartimientos vacos y la soberbia con la que ejercía el poder, y solicitando formalmente que se le tomara residencia.

El nivel de las denuncias fue tan alto que el propio virrey Blasco Núñez, aún en tránsito hacia el Perú, escribió desde Panamá al Emperador en febrero de 1544. En su carta detallaba incluso los nombres de los cómplices de Vaca de Castro y sugería, con cautela pero con firmeza, que se ordenara un registro secreto de su casa:

“…sin que nadie lo supiera, ni antes ni después, Vuestra Majestad debería mandar registrar su casa, porque, si es cierto que ha enviado la cantidad que se dice, no podrá dejar de encontrarse allí parte de ella.” (Levillier, 1921, t. I, p. 90).

Las Leyes Nuevas y la llegada del virrey.

En noviembre de 1542, el emperador Carlos, atendiendo a las constantes denuncias de fray Bartolomé de las Casas sobre los abusos cometidos contra los indígenas, promulgó un conjunto de disposiciones conocidas como Leyes Nuevas. Este cuerpo legal, compuesto por 39 normas, reorganizaba el Consejo de Indias, establecía el Virreinato del Perú sobre la base de las gobernaciones de Nueva Castilla y Nueva Toledo, creaba dos nuevas Audiencias —en Lima y en Guatemala—, regulaba el trato a los indígenas y reformaba el sistema tributario.

El punto más polémico fue el relativo a las encomiendas: se dispuso que dejarían de existir al morir el conquistador beneficiado y se prohibió que funcionarios del gobierno, religiosos, personas negligentes o crueles, así como quienes hubieran participado en las guerras civiles entre pizarristas y almagristas, pudieran detentarlas.

En el Perú, las Leyes Nuevas se conocieron primero por extractos y luego mediante comunicaciones oficiales dirigidas a Vaca de Castro, quien intentó calmar a los irritados encomenderos y aconsejó enviar una delegación al emperador para exponer sus argumentos. Algunos incluso le propusieron rebelarse contra la Corona; sin embargo, al enterarse del inminente arribo del virrey Blasco Núñez Vela, Vaca de Castro decidió trasladarse a Lima con tropas y artillería. Esta acción despertó suspicacias, sobre todo por sus tensas relaciones con el Cabildo limeño, que organizó su defensa. El gobernador tuvo que dispersar sus fuerzas y dejar la artillería en Huamanga, pieza que más tarde caería en manos del rebelde Gonzalo Pizarro.

En Lima, los regidores, alarmados por la fama de severidad del nuevo virrey, intentaron que Vaca de Castro permaneciera en el poder. Él, sin embargo, respondió que solo lo haría hasta verificar los títulos reales. Finalmente, el 15 de mayo de 1544, Blasco Núñez Vela hizo su entrada solemne en la ciudad, asumiendo el mando.

Aunque debía consultar las decisiones de gobierno con Vaca de Castro, el virrey desconfiaba de él y terminó ordenando su arresto: primero en un cuarto del palacio virreinal, a fines de mayo, y luego en junio, en un barco anclado en el Callao. Desde allí, el licenciado se enteró de la marcha de Gonzalo Pizarro hacia Lima, de los errores y la creciente impopularidad de Blasco Núñez, de su destitución por la Audiencia en septiembre de 1544, y del ingreso triunfal de Pizarro a la capital, donde fue proclamado gobernador en octubre de ese mismo año.

Convencido de que su presencia ya no tenía sentido en un territorio donde carecía de autoridad legítima, y temeroso de los pizarristas, Vaca de Castro organizó su fuga con la ayuda de su pariente García de Montalvo, quien sobornó al maestre y a varios marineros. Aprovechando un descuido, el navío zarpó rumbo a Panamá, sin que hubiera otra embarcación capaz de perseguirlo.

Desde Panamá cruzó el istmo, viajó a las Azores y de allí pasó a Lisboa, para finalmente dirigirse a la Corte. Pero en Sevilla ya pesaba sobre él una orden de prisión y el embargo de sus bienes. Al llegar a España, en junio de 1545, su antiguo protector, el cardenal Loaysa, había caído en desgracia tras la visita al Consejo de Indias (1542-1543). Sus enemigos, entre ellos almagristas y adversarios políticos, aprovecharon para denunciar su gestión. Vaca de Castro fue recluido primero en la fortaleza de Arévalo, luego en Simancas y finalmente en Pinto, donde pasó once años en prisión, aunque con ciertas consideraciones por su condición social.

El fiscal Juan de Villalobos lo acusó de veintiún cargos, entre ellos apropiarse de fondos de la Real Hacienda y enviar dinero a España sin pasar por aduanas, acusación confirmada gracias a una carta dirigida a su esposa, interceptada por el contador Cáceres. En 1545 fue absuelto de nueve de esos cargos, pero condenado a pagar cuantiosas multas por los otros doce.

En 1555, ya viudo, solicitó la revisión de su caso ante el Consejo de Indias y el Consejo Real. Al año siguiente obtuvo una sentencia absolutoria, la restitución de su plaza en el Consejo Real, el pago de los salarios acumulados durante su encarcelamiento y la concesión de rentas en el Perú. Vaca de Castro ejerció nuevamente sus funciones hasta su retiro en 1564. Tras ello, se retiró al convento de San Agustín en Valladolid, donde falleció en 1572.

Apuntes finales

Las principales crónicas sobre las Guerras Civiles en el Perú hacen referencia, de manera casi obligada, a la labor de Vaca de Castro. Autores como Cieza de León, Gutiérrez de Santa Clara, Antonio de Herrera, Fernández de Oviedo y Agustín de Zárate, así como cronistas más marginales —Pascual de Andagoya, Nicolao de Albenino y Alonso Borregán— coincidieron en trazar, en su mayoría, un juicio negativo sobre el funcionario leonés. No fue sino a fines del siglo XVI cuando su figura comenzó a ser reivindicada, en gran medida gracias a los esfuerzos de su hijo, Pedro de Castro y Quiñones —arzobispo de Granada y más tarde de Sevilla—, quien patrocinó los escritos laudatorios de Juan Cristóbal Calvete de Estrella.

Treinta años después de la batalla de Chupas, el virrey Francisco de Toledo juzgaría retrospectivamente a sus antecesores, señalando que:

“Para remediar aquellos males de la guerra civil vino Vaca de Castro, quien al principio dio muestras de querer pacificar la tierra, y para ello dictó ordenanzas que fueron bien recibidas en su tiempo, pues muchas eran semejantes a las del Inca, como las relativas a los servicios y cargas de los indios. Sin embargo, al conocerse la llegada de Blasco Núñez y los despachos que traía […] ya no pareció que Vaca de Castro obraba en beneficio y consolidación del reino como antes.” (Levillier).

La figura de Vaca de Castro fue objeto de cuestionamientos tanto entre sus contemporáneos como en la posteridad. Ricardo Palma, en la segunda serie de sus Tradiciones Peruanas, le dedicó un relato titulado Una carta de Indias, escrito con su característico humor, en el que satirizaba la codicia y vanidad del licenciado leonés. Por su parte, el maestro Porras Barrenechea observó que Vaca de Castro “inspiró en algo a Cervantes para trazar la figura de Sancho Panza, y hay risueñas analogías entre las cartas de Vaca de Castro a su mujer desde el Perú y las del escudero inmortal a doña Teresa Panza desde su ínsula momentánea”.

En cambio, Varón (1996) ofrece quizás la síntesis más certera de su gestión, al recordar que Vaca de Castro fue el último gobernador de la Nueva Castilla:

“En vista de su misión tan definida y los desastrosos resultados que ella generó, pocos gobernantes debieron defraudar tanto en su administración, aun en este período de formación colonial embrionaria, como Vaca de Castro. El funcionario prestó mayor atención a su propio beneficio que a la misión de gobierno que le había sido encomendada, desentendiéndose de las urgentes labores organizativas que se requerían”.

Resumen:

Vaca de Castro: un perfil histórico.

Tras la muerte de Pizarro y en medio de la agitación provocada por las banderías de conquistadores, el licenciado Cristóbal Vaca de Castro llegó al Perú con la misión de pacificar el territorio y asegurar la autoridad de la Corona. Sin experiencia militar, pero con firmeza jurídica, asumió el mando como Capitán General para evitar disputas entre Perálvarez y Alvarado, aunque su falta de formación castrense se hizo evidente en algunos momentos de la campaña.

El desenlace llegó el 16 de septiembre de 1542, en la batalla de Chupas, cerca de Huamanga. Allí, con menos de 1,500 combatientes, se libró un enfrentamiento feroz entre las huestes reales y los seguidores de Almagro el Mozo. Al principio, la artillería almagrista inclinó la balanza, pero la carga de la infantería dirigida por Francisco de Carvajal otorgó la victoria a Vaca de Castro, quien incluso combatió personalmente en los tramos finales. El saldo fue terrible: más de la mitad de los participantes quedaron muertos o gravemente heridos, en una de esas batallas pequeñas en número, pero desmesuradas en intensidad, que marcaron el siglo XVI.

Con el triunfo en Chupas, Vaca de Castro consolidó su autoridad. Ya antes, el Cabildo de Lima lo había reconocido como Gobernador (noviembre de 1541), primero en secreto y luego en una proclamación pública. Sin embargo, su gobierno pronto se caracterizó por la dureza y la codicia. Reprimió sin clemencia a los rebeldes almagristas, ejecutó a su caudillo y se apropió de encomiendas, tributos y rentas —incluidas las de los hijos menores de Pizarro—, en beneficio propio. Para legitimar sus actos, emitió disposiciones de “reformación” que le permitían redistribuir excedentes a sus seguidores, tejiendo así una red de apoyos políticos.

Su vanidad y afán de lucro le granjearon numerosos enemigos. En cartas privadas, como la célebre misiva enviada a su esposa en 1542, se jactaba de haber prestado a la Corona un servicio mayor que el de Pizarro, al derrotar a “gente de nuestra nación” mejor armada que los indios, y le recomendaba prudencia para ocultar el oro, las esmeraldas y la plata que le remitía. Esa carta, interceptada, se convirtió en prueba de su codicia y fue usada en su contra.

El golpe final a su gestión vino con la promulgación de las Leyes Nuevas (1542), inspiradas por fray Bartolomé de las Casas, que reformaban el sistema de encomiendas y limitaban el poder de los conquistadores. Vaca de Castro intentó calmar los ánimos aconsejando una embajada al Emperador, pero la llegada del primer virrey del Perú, Blasco Núñez Vela, lo relegó. Tras tensiones iniciales, fue encarcelado en Lima y luego desterrado a un navío en el Callao. Temiendo por su vida en un territorio dominado por los pizarristas, huyó secretamente hacia Panamá y de allí regresó a España en 1545.

En la península lo aguardaban juicios y acusaciones. Pasó once años en prisión —entre Arévalo, Simancas y Pinto—, procesado por cargos de malversación y envío ilegal de caudales a España. Aunque en 1546 fue condenado a multas, en 1556 obtuvo una sentencia absolutoria que lo rehabilitó y le devolvió sus honores. Retomó su puesto en el Consejo Real, donde ejerció hasta su retiro en 1564. Se retiró luego al convento de San Agustín de Valladolid, donde murió en 1572.

La figura de Vaca de Castro dejó un legado ambiguo. Cronistas como Cieza de León, Oviedo, Herrera y Gutiérrez de Santa Clara lo retrataron con severidad, destacando más sus vicios que sus virtudes. Su propio hijo, el arzobispo Pedro de Castro y Quiñones, impulsó décadas después una rehabilitación de su memoria mediante escritos laudatorios. Sin embargo, la historiografía posterior, desde Ricardo Palma —que lo caricaturizó en Una carta de Indias— hasta Porras Barrenechea, que lo relacionó con un modelo literario de Sancho Panza, coincidió en señalar su codicia, vanidad y desmesura.

Quizás la síntesis más precisa sea la de Varón (1996), quien lo definió como el último gobernador de la Nueva Castilla y uno de los más decepcionantes de su tiempo: un funcionario que, en lugar de consolidar el orden colonial, antepuso su beneficio personal a las necesidades urgentes del reino.

Hecho y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez

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