Cristóbal Vaca de Castro: El Segundo y Último Gobernador de Nueva Castilla
La Gobernación de
Nueva Castilla, que existió entre 1529 y 1542 hasta la creación del Virreinato
del Perú, estuvo marcada por el accidentado gobierno de dos autoridades
sucesivas: el marqués Francisco Pizarro y el licenciado Cristóbal Vaca de
Castro. El breve mandato de este último, atravesado por las guerras civiles
entre los conquistadores, fue relevante para consolidar la autoridad de la
Corona en el Perú, aunque también quedó empañado por graves acusaciones de
corrupción.
Introducción
La Gobernación de Nueva Castilla tuvo una existencia breve, de
poco más de una década, comprendida entre la firma de la Capitulación de
Toledo, el 26 de julio de 1529 —suscrita por la emperatriz Isabel de Portugal
en nombre de Carlos I con Francisco Pizarro— y la promulgación de las Leyes
Nuevas en Barcelona el 20 de noviembre de 1542, que dieron origen al Virreinato
del Perú. En la capitulación se establecía: «Primeramente, otorgo
licencia y facultad a vos, el capitán Francisco Pizarro, para que, en nuestro
nombre y en representación de la Corona Real de Castilla, podáis proseguir el
descubrimiento, conquista y población de la provincia del Perú, a lo largo de
doscientas leguas de costa. Dichas doscientas leguas comienzan en el pueblo que
en lengua de indios se llama Tenempuela, al que luego disteis el nombre de
Santiago, y se extienden hasta el pueblo de Chincha, abarcando poco más o menos
la distancia señalada».
La creación del virreinato no fue un acto administrativo aislado,
sino la respuesta de la Corona española al creciente caos en el Perú. Desde la
conquista, las tensiones entre los líderes de las dos gobernaciones, Francisco
Pizarro (Nueva Castilla) y Diego de Almagro (Nueva Toledo), habían escalado
hasta convertirse en una guerra civil abierta. El punto de quiebre fue la
disputa por la ciudad de Cusco, un conflicto que desencadenó la muerte de ambos
conquistadores y dejó la región sumida en una profunda inestabilidad.
Aunque de corta duración, el periodo de gobierno de Francisco
Pizarro y Cristóbal Vaca de Castro fue crucial para consolidar el control
español sobre los Andes. El mando de Pizarro estuvo marcado por la fundación de
ciudades y una constante actividad bélica, tanto contra los pueblos indígenas
como, más tarde, contra la facción de su antiguo socio y rival, Diego de
Almagro.
La Corona, sin embargo, creció preocupada por el poder desmedido
de Francisco Pizarro y buscó limitar sus amplias prerrogativas. Por ello, envió
a un nuevo funcionario con poderes extraordinarios: el licenciado Cristóbal
Vaca de Castro. Llegó como juez real y se vio obligado a asumir el cargo de
gobernador tras el asesinato de Pizarro. Su misión fue restaurar el orden en un
reino en guerra, logrando aplastar la rebelión de Diego de Almagro "el
Mozo" y, luego, enfocándose en la organización administrativa y
legislativa del territorio. La promulgación de las Ordenanzas de Minas y la
Ordenación de Tambos buscó regular el trabajo indígena y mejorar las
comunicaciones. Vaca de Castro fue el segundo y último gobernador de Nueva
Castilla, y su gestión sirvió como un preludio fundamental para el
establecimiento del Virreinato del Perú, lo que pondría fin a la era de los
gobernadores-conquistadores.
La muerte de Pizarro marcó el cierre del ciclo de invasión y
conquista, y abrió un período convulso en el que afloraron las tensiones
internas del grupo colonizador. Era previsible que la Corona actuara con
Pizarro como lo había hecho antes con otros conquistadores en distintas
regiones de América —desde Colón en adelante—, recuperando la autoridad
política que inicialmente había delegado. Sin embargo, en el caso peruano, el
enfrentamiento entre pizarristas y almagristas precipitó el colapso del poder
encomendero inicial, reemplazado gradualmente por la autoridad directa del
Estado imperial.
En este contexto apareció Vaca de Castro, investido con
amplias Instrucciones de gobierno, que se sustentaban tanto en los
“muchos malos tratamientos” infligidos a los indígenas como en la necesidad de
realizar la tasación de los indios encomendados al marqués Pizarro, sus
hermanos, parientes, criados y allegados. De algún modo, estas directrices
anticipaban la misión —difícil y violenta— que le correspondería desempeñar.
La figura de Vaca de Castro ha sido poco estudiada debido a la
brevedad de su mandato. A menudo se le presenta únicamente como un agente de la
Corona que reprimió de manera sangrienta a la facción almagrista, o como un
funcionario ambicioso que buscaba enriquecerse en las Indias. Sin embargo,
resulta necesario examinar su gestión de gobierno no solo para complementar el
análisis del papel desempeñado por Francisco Pizarro como primer gobernador de
Nueva Castilla, sino también para comprender, a través de los medios
disponibles, la situación política y legislativa del Perú en el umbral de la
creación del Virreinato.
EL LICENCIADO VACA DE CASTRO
Según las informaciones recogidas en León y Mayorga para
concederle el hábito de Santiago, don Cristóbal Vaca de Castro,
señor de los lugares de Izagre y Santa María del Otero, era hijo de don García
Díaz de Cadórniga y de doña Guiomar Cabeza de Vaca,
vecinos de Mayorga y poseedores de dichos señoríos (García, 1957, pp. 13-15).
Se sabe poco de la vida de Vaca de Castro antes de su nombramiento
como juez pesquisidor en 1540. Se presume que estudió leyes en
la Universidad de Salamanca, donde habría adquirido formación en el ius
commune, marco jurídico predominante en su tiempo. Sin embargo, por
cuestiones de edad resulta improbable que llegara a escuchar directamente las
lecciones de Francisco de Vitoria, quien había asumido la cátedra
en 1526.
Una carta citada por el padre Cappa —referida por Vargas Ugarte
(1981)— señala que Vaca de Castro fue criado del cardenal García de
Loaysa, arzobispo de Sevilla, en cuya jurisdicción ejerció como alcalde
mayor y juez en Sigüenza. Lo que sí está confirmado es que contrajo
matrimonio con doña María Magdalena de Quiñones y Osorio, con quien
tuvo ocho hijos. Para 1534 se desempeñaba como corregidor de la villa
de Roa, donde nació su hijo Pedro de Castro y Quiñones, futuro
arzobispo de Granada.
En 1536, tras el traslado del oidor Cristóbal de Aldrete al
Consejo Real, Vaca de Castro ocupó la vacante en la Real Audiencia y
Chancillería de Valladolid, tribunal de gran relevancia en el reino de
Castilla, bajo cuya jurisdicción quedaba todo el territorio situado al norte
del río Tajo. A partir de entonces estableció su residencia en Valladolid.
Ese mismo período coincide con la gestión de las informaciones
necesarias para obtener el hábito de Santiago, realizadas en León, Mayorga y
Valladolid, y formalizadas el 30 de diciembre de 1539.
La misión de Vaca de Castro
El licenciado Cristóbal Vaca de Castro se encontraba
establecido en Valladolid, desempeñando sus funciones como oidor, cuando
llegaron a la Península noticias alarmantes del Perú: el levantamiento indígena
encabezado por Manco Inca, la guerra civil entre los partidarios
del gobernador Francisco Pizarro y los del adelantado Diego
de Almagro, que culminó con la sangrienta batalla de las Salinas y
la posterior ejecución de Almagro por orden de Hernando Pizarro.
En la Corte, la presión de los partidarios del difunto Adelantado,
que exigían castigo contra los Pizarro, junto con la creciente preocupación por
la preponderancia alcanzada por Francisco Pizarro en el Perú, hicieron evidente
la necesidad de enviar un delegado con autoridad suficiente para esclarecer la
situación y restaurar el orden en aquellas tierras.
El estado de descomposición era profundo: en medio de la anarquía,
tanto los derechos de los indígenas como los de los españoles eran vulnerados.
Sin embargo, la misión no era sencilla. La autoridad de Pizarro estaba
firmemente asentada y la distancia con Castilla dificultaba cualquier intento
de control directo. Además, el marqués era un hombre de carácter fuerte e
irritable, seguro de su poder, y poco dispuesto a aceptar intervención alguna.
Existía el riesgo de que, frente a una medida de suspensión o fiscalización
—como había ocurrido antes con Hernán Cortés y otros capitanes de América—,
Pizarro optara por desentenderse de su fidelidad a la Corona y fundar un
gobierno independiente, alentado por la facción turbulenta que lo rodeaba.
En este contexto, las opiniones sobre la estrategia a seguir en el
Perú eran diversas. El cardenal García de Loaysa y Mendoza,
arzobispo de Sevilla y expresidente del Consejo de Indias, junto con el
secretario real Francisco de los Cobos y el conde de
Osorno, García Fernández Manrique, entonces presidente en funciones
del Consejo, coincidieron en la necesidad de enviar un representante especial a
las Indias. La decisión recayó en el recurso más temido por los gobernadores
americanos: el juez de residencia.
Los jueces de residencia representaban, en efecto, la caída del
poder de un gobernador. Allí donde eran enviados, solían destituir a las
autoridades coloniales, e incluso a veces las enviaban encadenadas a España
(Porras, 1978, p. 589). A propuesta del cardenal Loaysa, y en consideración a
su integridad y aptitud para grandes negocios, se eligió al licenciado
leonés Cristóbal Vaca de Castro.
No obstante, las cartas que Loaysa dirigió a Vaca de Castro,
fechadas el 27 de agosto y el 19 de septiembre de 1540, revelan que este no se
mostraba del todo dispuesto a viajar a las Indias. Para persuadirlo, el
cardenal apeló tanto a argumentos económicos como a la promesa de ascensos en
la carrera judicial, además de exhortarlo a mantener una relación de
cooperación con el marqués gobernador, a quien calificaba como un “bendito
hombre”.
A pesar de la urgencia de la situación, se decidió retrasar la
partida de Vaca de Castro hasta que llegara a España Hernando Pizarro,
de quien se esperaba obtener una visión directa de los acontecimientos y datos
que permitiesen dar instrucciones más precisas al comisionado. Hernando arribó
finalmente, aunque su presencia despertó recelos. Pese a defenderse
judicialmente de los ataques de los almagristas y del fiscal Villalobos,
terminó condenado a veintiún años de prisión por la ejecución
de Almagro. Incluso escribió contra el nombramiento de Vaca de Castro, pero sus
objeciones no fueron atendidas.
Las
Instrucciones del Emperador
“Habiendo tenido noticia de
las alteraciones y sucesos ocurridos en nuestro Reino de Nueva Castilla, en la
provincia del Perú, y con el fin de informarnos con certeza de lo sucedido, así
como de impartir justicia a quienes la soliciten; y también para conocer el
manejo y la fidelidad en nuestra hacienda y patrimonio real, y verificar cómo
se han cumplido y observado nuestras provisiones enviadas a dicha provincia,
tanto en lo relativo a la instrucción, conversión y buen trato de los
naturales, como al fomento, engrandecimiento y consolidación de su población.”
Con estas palabras
comenzaban las Instrucciones entregadas
a Vaca de Castro el 15
de junio de 1540. Se trataba de un pliego extenso y detallado,
concebido para remediar los múltiples abusos y desórdenes que se habían
introducido en la administración indiana.
No obstante, las
instrucciones no fueron un texto definitivo. En el proceso de su redacción,
fueron modificadas,
ampliadas o reducidas en una dinámica de tensiones entre
la necesidad de reforzar la autoridad real y el cuidado de no agraviar al
marqués gobernador Francisco Pizarro. Como resultado, Vaca de Castro
recibió poderes
discrecionales, amplios y sujetos a su propia interpretación. Dichos
poderes se vieron reforzados por la Cédula
del 9 de septiembre de 1540, que lo designaba gobernador en
reemplazo de Pizarro únicamente en caso de muerte u otro acontecimiento
extraordinario. Esta disposición se justificaba por la edad del marqués —unos
sesenta y dos años—, considerada avanzada en el siglo XVI.
Dado lo limitado de este
espacio, y con el propósito de lograr una mejor comprensión, nos basaremos en
diversas fuentes —el cronista Herrera (1615), Jiménez de la Espada (1877),
Mendiburu (1890), el padre García (1959) y Porras (1978)— para sintetizar el
contenido esencial de dichas instrucciones.
2. ante las reiteradas denuncias de abusos
contra los naturales —obligados a extraer oro y plata o enviados a trabajos
forzados en contra de su voluntad—, así como del incumplimiento de las
disposiciones reales, se encomendaba a Vaca de Castro castigar lo pasado y remediar en
adelante.
3. Vaca
de Castro tenía el encargo de esclarecer los hechos de la guerra entre Pizarro
y Almagro, así como los excesos cometidos antes y después de la batalla de Las
Salinas, con el fin de informar a la Corona de manera veraz y precisa. Dado que
la causa principal del conflicto fue la disputa de límites, debía también
determinar con certeza la frontera entre las gobernaciones de Nueva Castilla y
Nueva Toledo.
- Ante las quejas
por las excesivas exigencias tributarias de algunos encomenderos, Vaca de
Castro debía colaborar con el Marqués Gobernador y el obispo del Cuzco en
el cumplimiento de las órdenes reales emitidas en la carta del Emperador
de diciembre de 1537. Su misión consistía en establecer la tasa definitiva
del tributo indígena y garantizar que los repartimientos se realizasen con
justicia.
- En atención al
interés de la Corona por la evangelización, se dispuso la creación de dos
nuevos obispados, en Lima y en Quito. Vaca de Castro debía delimitar las
jurisdicciones de ambos, tarea que implicaba emprender una visita general
al territorio peruano.
- Asimismo, tenía la
obligación de verificar el cumplimiento de las disposiciones reales
enviadas anteriormente al gobernador Pizarro, al obispo Valverde y a los
Oficiales Reales. En caso de incumplimiento, debía hacerlas cumplir con
rigor. Al mismo tiempo, debía estudiar las necesidades del territorio y
proponer a la Corona las medidas más convenientes.
- Frente a las
denuncias sobre el mal manejo de las cuentas de la Real Hacienda,
correspondía a Vaca de Castro comprobar su estado real, cobrar los atrasos
acumulados y sancionar a los Oficiales Reales en caso de abusos o
negligencias. También debía revisar el sistema de recaudación de tributos
y la distribución de los tesoros, asegurando el envío puntual de los
fondos pertenecientes a la Corona.
- Finalmente,
considerando la prioridad de la evangelización, debía fundar monasterios
en los lugares más apropiados, supervisar el uso de los diezmos y la
conducta de los religiosos, expulsando a quienes incurrieran en
escándalos. Asimismo, debía garantizar que los indígenas dispusieran de
horas específicas para asistir a la iglesia y recibir instrucción en la
fe, consagrando los antiguos templos indígenas al culto cristiano.
- Preocupada por la
situación de los indígenas, la Corona encomendó a Vaca de Castro diversas
tareas: impedir el traslado de indios de unas provincias a otras para
evitar los problemas derivados de los cambios de clima; prohibir que se
les impusieran cargas excesivas como porteadores, en contra de las
ordenanzas reales; corregir e informar sobre los despojos de tierras
sufridos por los caciques; y negociar con Manco Inca su rendición y la
concesión de tierras, siendo lo más conveniente su envío a España para
prevenir mayores inconvenientes en el Perú. Asimismo, debía elaborar un
registro de los hijos de Huayna Cápac, a fin de que recibieran la atención
debida de parte de la Corona.
- Dado que su
comisión lo llevaría al Perú, Vaca de Castro debía aprovechar su paso por
el Caribe para visitar Puerto Rico y Santo Domingo, e informar a la Corona
sobre sus condiciones. También debía investigar la situación de la
Audiencia de Panamá, ante las quejas sobre la conducta del oidor decano,
Francisco Pérez de Robles, e iniciar juicio de residencia contra él y sus
colegas. Aunque su autoridad no superaba la del Marqués Gobernador, la
Corona juzgó oportuno realzar su figura para dar mayor peso a su misión.
Por ello, lo incorporó al Consejo de Castilla, le concedió el hábito de
Santiago —una de las órdenes militares más prestigiosas de la Monarquía
Hispánica— y le otorgó mercedes a su familia: una renta de doscientos
ducados para su esposa en caso de fallecimiento y gratificaciones para sus
hijos.
El largo viaje al Perú.
Cumplidos los trámites correspondientes, Vaca de Castro partió de
Sanlúcar de Barrameda a comienzos de noviembre de 1540. Tras una escala en la isla
de la Gomera, el viaje se complicó por tormentas y vendavales que le impidieron
llegar a Puerto Rico, por lo que se dirigió directamente a Santo Domingo, donde
inspeccionó la fortaleza y recabó información sobre Puerto Rico, decidiendo no
desplazarse a dicha isla. Posteriormente, viajó a Nombre de Dios y cruzó el
istmo, llegando a Panamá a fines de febrero de 1541.
Siguiendo sus instrucciones, asumió la presidencia de la Audiencia
de Panamá, suspendió al oidor Robles e inició juicio de residencia a sus colegas,
Pedro de Villalobos y Lorenzo Paz de la Serna. El 19 de marzo emprendió
finalmente su viaje hacia el Perú, en una estación desfavorable y en medio de
un pésimo viaje, que culminó con el anclaje en el puerto de Buenaventura. Como
el navío quedó inutilizado, decidió continuar por tierra hacia Cali. Allí
enfermó gravemente, al punto que —según relata Cieza—, “a no estar en su
compañía un médico y cirujanos, muriera”. Permaneció convaleciente en Cali
durante tres meses, en riesgo de muerte.
A pesar de su delicado estado, ordenó al adelantado Sebastián de
Belalcázar liberar a Pascual de Andagoya y los convocó para resolver sus
diferencias sobre la gobernación del Río de San Juan. Sin embargo, no alcanzó
acuerdo alguno y remitió la documentación al Consejo de Indias para su
resolución. Mientras Andagoya partía a España para defender sus derechos,
Belalcázar permaneció en la región y dispuso que sus tenientes habilitaran los
caminos hacia Popayán, de donde Vaca de Castro continuaría rumbo al Perú. Era
agosto de 1541, y la situación en los Andes había cambiado radicalmente.
Entretanto, la reputación del enviado real se vio afectada por
rumores que lo precedieron. Se decía que carecía de imparcialidad, lo que
exaltó los ánimos de los derrotados almagristas, quienes incluso intentaron
quemar la efigie del cardenal Loaysa. Corrieron además noticias falsas: primero
sobre su supuesta muerte en el camino por órdenes del Marqués, y luego sobre
sospechas de soborno.
El anciano Marqués Gobernador tampoco dejó de inquietarse ante la
inminente llegada de Vaca de Castro. Ya había mostrado una actitud altiva
frente a fray Tomás de Berlanga, obispo de Panamá y comisionado de la Corona en
1534, y ahora lo que más le angustiaba era el futuro de su gobernación,
especialmente a la luz de las instrucciones conferidas al nuevo enviado real.
En la última carta que dictó, once días antes de su muerte, un Pizarro dolido y
premonitoriamente sombrío se lamentaba de los rumores sobre la posible
separación de Charcas y Arequipa de la jurisdicción de Nueva Castilla:
“Porque, si estas gobernaciones no se dividen, Su Majestad no
podrá ser bien servido, y yo quedo como gobernador de Arenales.”
Aun así, el veterano extremeño actuó con cautela. Envió un navío a
Panamá para recoger al comisionado regio, aunque este rehusó abordarlo para
evitar sospechas. Pizarro incluso intentó congraciarse con algunos almagristas,
pero sus anteriores arbitrariedades habían cerrado toda posibilidad de
reconciliación. Los almagristas, por su parte, se fueron concentrando en Lima
en torno al hijo mestizo de su antiguo caudillo, también llamado Diego de
Almagro. Los soldados lo recordaban de las campañas emprendidas por su padre y,
tras la muerte de este, trasladaron su lealtad al joven Almagro.
En medio de los rumores de una conjura, Pizarro buscó aplacar los
ánimos entrevistándose con Juan de Herrada —también conocido como Juan de
Rada—, tutor de Diego de Almagro el Mozo y jefe visible de la facción rival.
Fue en vano: el domingo 26 de junio de 1541, los almagristas asaltaron su
residencia. Pese a la desesperada y valerosa defensa, el Marqués Francisco
Pizarro, Gobernador de la Nueva Castilla, cayó asesinado.
El gran error del Consejo de Indias y del propio Vaca de Castro
fue su morosidad. La batalla de Las Salinas se había librado en abril de 1538,
pero recién en junio de 1540 se nombró a Vaca de Castro como juez pesquisidor.
En octubre de ese año todavía permanecía en Sevilla, recibiendo además nuevas
comisiones para visitar la fortaleza de Santo Domingo —a la que llegó en enero
de 1541— y resolver pleitos de los oidores en Panamá. En lugar de dirigirse sin
demora al Perú, Vaca de Castro optó, movido por precauciones y temores, por las
rutas más largas y complicadas.
Si hubiera zarpado directamente, habría llegado a tiempo para
impedir tanto el asesinato del Marqués como la guerra de Chupas. Pero se
embarcó en un navío averiado, sin pilotos competentes, y pasó semanas recalando
entre la Gorgona, la isla del Gallo y Buenaventura, hasta terminar en un
naufragio. Desde allí tomó el desatinado camino terrestre: Buenaventura, Cali,
Popayán y Quito, prolongando su viaje seis meses, cuando el trayecto marítimo
no hubiera tomado más de dos semanas. Entre tanto, en el Perú ya ardía la
hoguera de la guerra civil.
La
guerra de Chupas.
El nuevo Gobernador del
Perú, aunque solo de facto, fue Diego de Almagro el Mozo. El verdadero poder
residía en su tutor, Juan de Herrada, quien asumió el cargo de Capitán General.
Hijo del Adelantado Almagro, el joven líder tenía apenas veinte años. Se parecía
mucho a su padre, tanto por su carácter franco como por la violencia de sus
pasiones. Bajo sus banderas se congregaron entre 500 y 800 hombres, en su
mayoría españoles errantes, precisamente aquellos a quienes buscaban controlar
las últimas ordenanzas del difunto Marqués.
Sería oportuno dedicar un
estudio específico a las ideas políticas del movimiento almagrista:
“Almagro consideró oportuno
dar a conocer públicamente las razones de su levantamiento y presentó un plan
de gobierno en beneficio de todos los habitantes del Perú. Criticó duramente el
mal gobierno ejercido bajo el dominio de los Pizarro y lanzó severas condenas
contra Valverde, representante del poder religioso, tanto por lo que hizo como
por lo que dejó de hacer. No resulta del todo descabellado pensar que el
movimiento almagrista buscara, de manera sincera, la formación de una auténtica
nación peruana, no solo en favor de los conquistadores, sino también en defensa
de la población indígena, pues sus propuestas no se distanciaban mucho de las
defendidas por los lascasianos, quizás incluso con un mayor sentido práctico.”
El joven Almagro nombró
tenientes en el Cuzco y en Arequipa, y envió destacamentos a Trujillo en busca
de hombres, armas y caballos. Sin embargo, pronto enfrentó la reacción de los
partidarios del difunto Marqués. Perálvarez Holguín en el Cuzco, Peranzúrez de
Camporredondo en Charcas y Alonso de Alvarado en Chachapoyas se negaron a
reconocerlo, aduciendo obediencia exclusiva al Rey.
Ante ello, Almagro el Mozo
trasladó sus fuerzas desde Lima a Jauja con la intención de frenar a
Perálvarez, pero este, reforzado por Peranzúrez, logró evitar el encuentro. La
muerte de Juan de Herrada por enfermedad, sumada a las disputas internas —que
incluso llegaron al asesinato entre sus oficiales—, debilitó aún más la
cohesión del bando rebelde. Pese a ello, Almagro consiguió llegar al Cuzco,
donde reorganizó sus tropas, se proveyó de caballos y armas, y mandó fundir
cañones al griego Pedro de Candía, uno de los célebres “trece de la fama”. Incluso
obtuvo cierto respaldo de Manco Inca.
Mientras tanto, en Popayán,
Vaca de Castro recibió la noticia del sangriento fin del Marqués y del
levantamiento de Almagro. En una carta al Emperador, fechada en noviembre de
1541, llegó a conjeturar que los almagristas planeaban también asesinarlo, al
saber que no le arrebataría el gobierno a Pizarro.
La situación de Vaca era
crítica y excepcional: desconocía el territorio, carecía de apoyos sólidos y no
sabía hasta qué punto la insurrección influiría en el ánimo general. Fue en esa
coyuntura que se revelaron la firmeza de su carácter y la claridad de su
juicio. Decidió esperar que los acontecimientos guiaran sus pasos y seguir sin
vacilar la senda del deber, desoyendo a quienes le aconsejaban regresar a
Panamá.
Aún convaleciente, emprendió
la marcha hacia Quito, transportado en andas y acompañado de un fraile
franciscano que llevaba los Santos Óleos, por si la muerte lo sorprendía en el
camino. El 26 de septiembre, ya en Quito, Vaca de Castro hizo pública la cédula
que lo nombraba Gobernador en caso de muerte de Pizarro, y envió copias de este
documento a las principales ciudades del Perú mediante comisionados especiales.
Mientras recuperaba su
salud, comenzó a reunir tropas y recursos para enfrentar a Almagro, rechazando
las propuestas del Adelantado Belalcázar, quien le sugería entablar
negociaciones con el rebelde.
La batalla
de Chupas y la consolidación de Vaca de Castro.
No seguiremos en detalle
cada incidencia de la campaña, pero conviene señalar que Vaca de Castro asumió
el título de Capitán General para evitar disputas entre Perálvarez y Alvarado.
Aunque su formación era de letras y no de armas —limitación que en ciertos
momentos se hizo evidente—, tomó el mando supremo.
El joven Almagro, por su
parte, envió cartas al Gobernador expresando su deseo de evitar la guerra.
Reclamaba el reconocimiento de su derecho hereditario sobre la gobernación de
Nueva Toledo y la conservación del Cuzco, a pesar del fallo real que lo
incorporaba a Nueva Castilla. La respuesta de Vaca fue tajante: exigió la
disolución del ejército almagrista y la entrega de los asesinos del Marqués.
Como además infiltró espías y agentes en el campamento enemigo, los almagristas
lo consideraron un acto de deslealtad, frustrando así cualquier posibilidad de
acuerdo. No quedaba más camino que el de las armas.
El sábado 16 de septiembre
de 1542, al caer la tarde, ambos ejércitos se encontraron en el campo de
Chupas, cerca de Huamanga. Las fuerzas combinadas apenas llegaban a mil
quinientos hombres, pero la ferocidad del combate suplió la escasez numérica.
Al inicio, la ventaja favoreció a los almagristas gracias a su mayor
artillería. Sin embargo, la infantería realista, encabezada por el sargento
mayor Francisco de Carvajal, logró inclinar la balanza. Vaca de Castro, ya en
los tramos finales de la jornada, entró en combate con lanza en ristre,
reforzando la moral de los suyos.
Las batallas del siglo XVI,
aunque pequeñas en número, resultaban más épicas que las guerras colosales de
la Europa moderna. La preeminencia de las armas blancas, el protagonismo de la
caballería y la exigüidad de los contingentes daban a la lucha un aire de
individualidad heroica, ausente en las confusas batallas contemporáneas. En
Chupas, más de la mitad de los combatientes quedó muerto o gravemente herido.
Vaca de
Castro, Gobernador.
Durante la campaña, Vaca de
Castro difundió la noticia de su nombramiento como Gobernador. El Cabildo de
Lima lo había reconocido ya el 20 de noviembre de 1541, en secreto dentro del
convento de Santo Domingo, en claro perjuicio de los planes de Almagro.
Posteriormente, la proclamación se hizo pública cuando el Licenciado entró
triunfalmente en Lima a mediados de 1542, antes de reunirse con sus tropas en
Jauja para marchar hacia la batalla decisiva.
Tras la derrota de los
almagristas, Vaca de Castro ejerció una represión severa: a unos los ajustició,
a otros los desterró, sin mostrar clemencia. Poco después se enteró de la
captura de Almagro el Mozo, sorprendido cuando intentaba refugiarse con Manco Inca.
El Gobernador marchó entonces al Cuzco, donde entró con excesiva pompa.
El proceso contra Almagro
fue breve, acelerado además por sus intentos de sobornar a los carceleros.
Condenado a muerte, se le negó la posibilidad de apelar al Rey o al Consejo de Panamá.
Fue ejecutado a finales de noviembre de 1542 y enterrado junto a su padre en la
Iglesia de la Merced del Cuzco. Con él se extinguió definitivamente el bando de
“los de Chile”.
El gobierno
de Vaca de Castro.
Durante poco más de un año,
Vaca de Castro dirigió los destinos del Perú, entendido entonces como la suma
de las gobernaciones de Nueva Castilla y Nueva Toledo. A diferencia de lo que
pudiera esperarse, su sede no fue Lima, sino la antigua capital incaica: el
Cuzco. Para mantener el orden en la Ciudad de los Reyes, designó como teniente
de gobernador al bachiller Juan Vélez de Guevara. Sin embargo, ni los oficiales
reales ni los regidores limeños lo aceptaron, indignados porque el nombramiento
proviniera de un recién llegado al país. La tensión escaló hasta el punto de
pasar de los insultos a la violencia: quebraron la vara de justicia de Vélez de
Guevara y lo expulsaron de la sala capitular. El contador Juan de Cáceres, el
más exaltado opositor, huyó a Panamá temiendo represalias, mientras los demás
quedaron bajo zozobra por la severidad que podía aplicar el Gobernador.
Sorprendentemente, Vaca de Castro optó por disimular el desacato y no castigó a
los amotinados.
La diferencia con el difunto
Marqués Francisco Pizarro era fundamental. Este había recibido el gobierno del
Perú por concesión contractual de la Corona, conforme a la Capitulación de
Toledo de 1529. En cambio, Vaca de Castro lo era por designación real, lo que
marcaba el tránsito de un régimen basado en pactos personales a otro sometido plenamente
a la autoridad de la monarquía. Con su nombramiento, el Perú dejaba de ser un
territorio conquistado regido por la voluntad de un caudillo para integrarse al
sistema jerárquico y administrativo de la Monarquía Hispánica. Como bien señaló
un especialista: “era el
cambio de un sistema de ascendencia medieval por otro en el cual el Estado
asume la plenitud de su Imperio.”
Vaca de Castro, en esencia,
era un funcionario administrativo designado por el Consejo de Indias. Su
mandato era limitado, sus poderes delegados y su gestión debía rendir cuentas a
la Corona. Pese a los juicios encontrados sobre su personalidad —acusado de
cierta vanidad, codicia y ostentación—, la mayoría de testimonios coinciden en
reconocer su capacidad de gestión: “Fue
un buen gobernador y realizó importantes obras en el reino” (Cieza); “demostró
su capacidad para el difícil cargo que se le había encomendado” (Prescott;
“Vaca de Castro se dedicó con diligencia, sabiduría y notable acierto al
gobierno de aquel reino” (Jiménez de la Espada); su “obra pacificadora […] no
debe ser desestimada” (Vargas Ugarte).
Uno de los encargos más
delicados que recibió fue la delimitación de las gobernaciones de Nueva
Castilla y Nueva Toledo. El 19 de septiembre de 1543 concluyó la demarcación:
el Cuzco quedó dentro de Nueva Castilla, mientras que la jurisdicción de Nueva
Toledo comenzaba quince leguas al sur, abarcando Arequipa, el Collao y Charcas.
Para reforzar la administración, ordenó que los oficiales reales de Nueva
Toledo desempeñasen sus funciones desde Arequipa. Sin embargo, la coexistencia
de ambas gobernaciones resultaba impráctica, como lo advirtió el propio Cabildo
del Cuzco en una carta al Emperador fechada el 20 de enero de 1543. Allí pedían
la unificación de ambas jurisdicciones y solicitaban además confirmar a Vaca de
Castro como gobernador único:
“A causa de haberse
establecido en estas tierras dos gobernaciones, la de Nueva Castilla y la de
Nueva Toledo, se han originado los enfrentamientos, batallas y muertes de
tantos caballeros e hidalgos ocurridas hasta ahora. Nunca ha habido un solo año
de sosiego, y de ello han resultado graves daños y pérdidas para la Hacienda
Real de Vuestra Majestad y para nosotros, sus súbditos que aquí residimos;
mientras que los indios naturales han quedado dispersos y destruidos. Y puesto
que esto es tan evidente y bien conocido, suplicamos a Vuestra Majestad que no
permita en adelante división entre estas dos gobernaciones […] y que se digne
confirmar nuevamente la provisión hecha al licenciado Vaca de Castro como
gobernador, tanto de la Nueva Castilla como de la Nueva Toledo, pues todos
estos reinos están generalmente satisfechos con su persona.” (Porras).
El Cabildo, sin saberlo,
pedía algo que ya había sido resuelto: dos meses antes, las Leyes Nuevas habían
previsto la unificación del gobierno del Perú bajo un solo mando. Sin embargo,
la Corona no pensaba confirmar a Vaca de Castro en el cargo.
La gestión
administrativa y legislativa de Vaca de Castro.
En materia financiera, el
Gobernador debía inspeccionar el manejo de la real hacienda, tarea compleja en
medio de las convulsas circunstancias que atravesaba el Perú. A pesar de ello,
Vaca de Castro logró organizar el servicio fiscal y remitir al Emperador 354
mil ducados; además, al momento de la llegada del virrey Blasco Núñez Vela,
tenía reunidos otros 100 mil.
Un problema latente era la
excesiva concentración de soldados en el territorio peruano, fuente de
continuos disturbios. Para evitar la inactividad y el desorden, Vaca de Castro
decidió canalizar sus energías en nuevas empresas: envió a Juan Porcel a los
Bracamoros, a Diego de Rojas a Tucumán, a Alonso de Monroy como refuerzo a
Chile y a otros capitanes a fundaciones en riesgo, como Juan Pérez de Guevara
en Moyobamba y Pedro de Puelles en Huánuco. Con ello se reducían tensiones
internas y, a la vez, se mitigaban los abusos que la sobrepoblación de
españoles causaba a los indígenas: “Se
socorre a los españoles que aquí residen y se evitan muchos inconvenientes, así
como la opresión y el daño que causa a los naturales la excesiva multitud de
gente.” (Porras).
La protección del indígena.
Uno de los encargos más
sensibles que recibió el Gobernador fue la defensa de la población nativa.
Procuró poner orden en los repartimientos, aunque no llegó a resolver el
espinoso problema de la tasación de los tributos, cuya desmesura constituía la
principal carga para los indios. Otra disposición fue reservarse el comercio de
la coca, con el doble propósito de evitar daños a la salud de los indígenas y,
al mismo tiempo, aprovechar las rentas que generaba para sufragar gastos de
protocolo (Cieza).
Aun así, Vaca de Castro dio
continuidad a la línea legislativa iniciada por el Marqués Pizarro en beneficio
de los naturales:
“Estableció muy buenas
ordenanzas en favor de la libertad de los indios y para una adecuada
administración, gracias a las cuales quedaron libres de muchos abusos que había
permitido la licencia de la guerra. Eliminó a los ociosos y vagabundos, y
prohibió el rancheo, con lo cual muchos indios se reunieron para poblar el
Cuzco y otras localidades, se cultivaron los campos y se aseguraron los
caminos.” (Herrera).
Las Ordenanzas de Minas.
El 13 de abril de 1543,
desde el Cuzco, el Gobernador promulgó las Ordenanzas de Minas, revisadas en
mayo y publicadas oficialmente el 21 de junio. Según el estudio de Casiano
García Rodríguez (1957), basado en documentos de la Real Academia de la
Historia, estas ordenanzas buscaron conciliar los intereses de la Corona en la
producción de metales con la protección de los indígenas.
Se estableció que los indios
debían declarar libremente su voluntad de trabajar en las minas ante una
autoridad competente, y que fueran tratados con dignidad. Se dispuso el
descanso dominical y en días festivos, bajo la instrucción de un clérigo
asignado en cada centro minero. Anticipándose a la mita organizada por el
virrey Toledo, se fijó en cuatro meses la duración del servicio por cuadrilla.
También se exigió alojamiento adecuado, alimentación suficiente —con raciones
de carne, maíz, sal, ají y coca— y la presencia de lo que hoy llamaríamos
servicios médicos. Quedó prohibido trasladar indígenas de climas distintos, así
como el castigo corporal indiscriminado y su uso como cargueros.
Las Ordenanzas de Tambos.
El mes siguiente, el 31 de
mayo de 1543, Vaca de Castro dictó las Ordenanzas de Tambos, concebidas para
mejorar el antiguo sistema de hospedaje y aprovisionamiento del Camino Inca.
Estas ordenanzas reconocían el itinerario que unía Quito con La Plata y
obligaban a los caciques locales a proveer de bastimentos, cabalgaduras e
indios de servicio hasta la siguiente parada, con la condición de asegurar buen
trato y justa paga.
En palabras de Cieza de León:
“Y al saber el gobernador
Vaca de Castro que en muchos de los aposentos o tambos del camino real que va
del Cuzco a Quito, por no estar bien abastecidos, se causaban grandes
perjuicios a los naturales, llevándolos incluso encadenados […], dispuso una
orden muy acertada y provechosa […], gracias a la cual los caminos quedaron
bien abastecidos y los españoles podían transitarlos sin dificultad.” (Cieza).
Las Ordenanzas de Tambos
pretendieron adaptar la institución peninsular de los mesones a la realidad
andina, transformando los tambos en verdaderos nodos logísticos de comercio y
tránsito. De esta manera, se buscaba tanto mejorar la infraestructura vial como
contener los abusos que los viajeros españoles cometían contra los indígenas.
Su relevancia ha sido reafirmada en tiempos recientes con la edición crítica
publicada por el Ministerio de Cultura del Perú (2018), que las reconoce como
fuente fundamental para el estudio de la vialidad incaica y virreinal.
Asuntos
eclesiásticos.
Una de las tareas
encomendadas a Vaca de Castro fue la delimitación de las jurisdicciones
eclesiásticas. Hasta entonces solo existía el Obispado del Cuzco, creado en
1537. El 18 de febrero de 1543 se fijaron los límites de tres obispados: el de
Quito, que abarcaría Pasto, Popayán, Puerto Viejo, Santiago de Guayaquil con
sus jurisdicciones y la isla de Puná; el de Lima, que comprendería Trujillo,
San Miguel de Piura, Huánuco y Moyobamba, hasta el valle de Nazca, donde
empezaba el obispado del Cuzco; y este último conservaría las jurisdicciones de
Cuzco, Huamanga, Arequipa y el Collao, hasta los límites con Chile.
El nuevo obispo de Lima,
fray Gerónimo de Loaysa —sobrino del cardenal y antiguo obispo de Cartagena—,
arribó recién en marzo de 1543 y colaboró poco tiempo con el Gobernador. Su
aliado más cercano fue el provincial de los dominicos, fray Tomás de San
Martín, quien lo había apoyado ya en la guerra contra Almagro. Aunque no pudo impedir
los abusos del Gobernador, intentó moderarlos y mantenerlos en reserva para
evitar mayores conflictos. La cercanía de Vaca de Castro con los dominicos,
entonces la orden más influyente en el Perú, se manifestó en su recomendación
de San Martín como obispo del Cuzco en reemplazo del fallecido fray Vicente de
Valverde, así como en el respaldo a la labor evangelizadora de la orden,
promoviendo la creación de cuatro monasterios en Chincha, Huaylas, Jauja y
Huamanga, como informó al Emperador en noviembre de 1542.
Relaciones
con Manco Inca y con los Pizarro.
Siguiendo sus instrucciones,
Vaca de Castro buscó acercarse a Manco Inca para lograr su sumisión. En carta
al Emperador, fechada el 24 de noviembre de 1542, relataba:
“…las negociaciones que,
como informé a Vuestra Majestad, mantengo con el Inca avanzan con gran
entusiasmo. Él me envía papagayos y yo le correspondo con brocados. En varias
ocasiones me ha enviado a dos de sus tres principales capitanes, quienes han
regresado satisfechos con mis respuestas, pues les he dado a entender que
Vuestra Majestad me concedió provisiones de seguridad para él y el perdón de
sus faltas y delitos, y que además Vuestra Majestad ordena que se le dé buen
sustento en estas tierras y sea tratado con consideración.” (Porras).
Pese a estos acercamientos,
no se llegó a un acuerdo. Manco Inca continuó en resistencia contra la
dominación española. Algunas fuentes sugieren contactos con el Virrey,
frustrados por su asesinato a manos de unos españoles a quienes había dado
refugio en Vilcabamba.
Durante su estancia en el
Cuzco, Vaca de Castro impulsó la cristianización de la nobleza inca leal al
Rey, siendo un hito el bautismo de Paullu Inca, quien adoptó el nombre de
Cristóbal en honor a su padrino, el Gobernador. Incluso, un documento de 1608
firmado por un tal “fray Antonio” sostiene que Vaca de Castro ordenó realizar
las primeras informaciones sobre la sucesión de los incas. Sin embargo, como
advierte Porras (1963), en los documentos contemporáneos al Gobernador no
existe constancia de tales diligencias, conocidas solo por esa mención tardía y
por una alusión de Garcilaso de la Vega.
Otro frente delicado fue el
trato con Gonzalo Pizarro, el último de los célebres hermanos aún en el Perú.
Tras el fracaso de su expedición al País de la Canela, Gonzalo se encontraba en
Lima, rodeado de rumores sobre un posible alzamiento. Vaca de Castro lo mandó
llamar a Cuzco, aunque pronto circularon versiones de que el conquistador
planeaba atacarlo o incluso asesinarlo. El Gobernador puso en alerta a sus
tropas, pero el encuentro resultó cordial. Consiguió así su objetivo de apartar
a Gonzalo, enviándolo a administrar su encomienda en los Charcas. En ese
contexto, nombró a Vélez de Guevara como su teniente de gobernador en Lima.
Aun alejado de la capital,
Gonzalo Pizarro siguió siendo motivo de vigilancia. Vaca de Castro permaneció
atento a sus reacciones, especialmente cuando se difundieron las Leyes Nuevas,
intentando frenar las voces que lo animaban a rebelarse contra la Corona.
Vaca de Castro también
acogió a los hijos menores del marqués Pizarro, Gonzalo y Francisca. Sin
embargo, como entre sus instrucciones figuraba la reducción del número de
indígenas en manos de la familia Pizarro, no dudó en aprovechar en beneficio
propio las rentas y tributos de varias encomiendas asignadas a los menores. Ya
bajo el mando del virrey, en octubre de 1544, se vio obligado a pagar 12,000
pesos de oro, aunque en el proceso posterior en España alegó haber sido forzado
a firmar dicho compromiso.
Las
denuncias contra Vaca de Castro.
El mayor defecto de Vaca de
Castro, y quizá la razón principal por la que aceptó la misión en el Perú, fue
su avidez de riqueza con el propósito de fundar un linaje sólido. Hombre
educado en los ideales medievales en pleno Renacimiento, concebía la fortuna
como el medio indispensable para mantener y aumentar su prestigio. Una vez al
frente del virreinato, no dejó escapar la oportunidad.
Con amplias atribuciones y
excediendo sus competencias, el Gobernador y presidente de la Audiencia de
Panamá articuló rápidamente una red destinada a recolectar beneficios ajenos.
Despojó de parte de sus encomiendas y minas a los Pizarro, a Almagro el Mozo y
a otros, apoyándose en una “cédula de reformación” que él mismo emitió. Con
este respaldo legal, repartió las “demasías”, es decir, los excedentes, entre
españoles de su confianza, buscando consolidar un grupo de apoyo formado tanto
por sus criados como por antiguos colonos.
También se le acusó de
vanidoso, acusación sustentada en sus propias palabras. En una carta a su
esposa, fechada el 24 de noviembre de 1542, sostuvo que su victoria sobre
Almagro había sido un servicio superior al realizado por Francisco Pizarro con
la conquista del Perú:
“Yo, señora, he prestado a
Su Majestad un servicio tan grande al conquistarle estos reinos de tiranos tan
numerosos, bien armados, montados y artillados […]. Y si al marqués don
Francisco Pizarro se le reconoció como un gran mérito haber ganado estos reinos
de indios —lo que fue como despojarlos de ovejas—, por lo cual recibió un
marquesado, después él mismo los perdió por su culpa, y fui yo quien los
recobré, no ya de indios, sino de gentes de nuestra propia nación.” (Porras).
Aquella célebre carta,
interceptada por sus enemigos, le ocasionó no pocos problemas. En ella no solo
se atribuía méritos extraordinarios, sino que recordaba a su esposa las remesas
de dinero y joyas enviadas, le pedía discreción para ocultarlas y le aconsejaba
utilizar personas de confianza en la adquisición de bienes rústicos o urbanos
para no verse comprometido. A través del portador de esa sola misiva remitió
5,500 castellanos de oro, además de esmeraldas y vajilla de plata.
Su afán por acopiar riquezas
le granjeó poderosos enemigos en el Perú, a los que se sumaron los
resentimientos provocados por su severa represión contra los almagristas. Entre
sus denunciantes destacó el contador Juan de Cáceres, quien desde Panamá
escribió al Emperador en agosto de 1543 señalando que, desde su llegada al
Perú, Vaca de Castro intentaba ocultar los robos y cohechos cometidos en
perjuicio de la Real Hacienda. Cáceres lo acusaba de haberse apropiado de los
bienes confiscados a los rebeldes derrotados en Chupas, y lo describía con
dureza:
“Causa espanto cómo pudo
nombrarse a un hombre tan perverso, mentiroso, vanaglorioso, mal cristiano y
codicioso, en quien concurren tantas y tan malas cualidades, que ni Dionisio de
Siracusa ni Sardanápalo en su tiempo pudieron ser peores… ponerlo en su Consejo
Real… concederle el hábito de Santiago y otras mil mercedes… Todos esperan el
castigo ejemplar que Vuestra Majestad ordene imponerle.” (Porras).
A estas críticas se sumaron
personalidades influyentes, como el alcalde de primera nominación de Lima,
Francisco de Ampuero; el tesorero Alonso de Riquelme; el veedor García de
Salcedo; el factor Illán Suárez de Carvajal; además de conquistadores de prestigio
como Nicolás de Ribera el Viejo y Diego de Agüero. Todos coincidían en señalar
la inconveniencia de mantener a Vaca de Castro en el Perú, reprochándole su
ambición por los repartimientos vacos y la soberbia con la que ejercía el
poder, y solicitando formalmente que se le tomara residencia.
El nivel de las denuncias
fue tan alto que el propio virrey Blasco Núñez, aún en tránsito hacia el Perú,
escribió desde Panamá al Emperador en febrero de 1544. En su carta detallaba
incluso los nombres de los cómplices de Vaca de Castro y sugería, con cautela
pero con firmeza, que se ordenara un registro secreto de su casa:
“…sin que nadie lo supiera,
ni antes ni después, Vuestra Majestad debería mandar registrar su casa, porque,
si es cierto que ha enviado la cantidad que se dice, no podrá dejar de
encontrarse allí parte de ella.” (Levillier, 1921, t. I, p. 90).
Las Leyes
Nuevas y la llegada del virrey.
En noviembre de 1542, el
emperador Carlos, atendiendo a las constantes denuncias de fray Bartolomé de
las Casas sobre los abusos cometidos contra los indígenas, promulgó un conjunto
de disposiciones conocidas como Leyes
Nuevas. Este cuerpo legal, compuesto por 39 normas,
reorganizaba el Consejo de Indias, establecía el Virreinato del Perú sobre
la base de las gobernaciones de Nueva Castilla y Nueva Toledo, creaba dos
nuevas Audiencias —en Lima y en Guatemala—, regulaba el trato a los indígenas y
reformaba el sistema tributario.
El punto más polémico fue el
relativo a las encomiendas:
se dispuso que dejarían de existir al morir el conquistador beneficiado y se
prohibió que funcionarios del gobierno, religiosos, personas negligentes o
crueles, así como quienes hubieran participado en las guerras civiles entre
pizarristas y almagristas, pudieran detentarlas.
En el Perú, las Leyes Nuevas
se conocieron primero por extractos y luego mediante comunicaciones oficiales
dirigidas a Vaca de
Castro, quien intentó calmar a los irritados encomenderos y
aconsejó enviar una delegación al emperador para exponer sus argumentos.
Algunos incluso le propusieron rebelarse contra la Corona; sin embargo, al
enterarse del inminente arribo del virrey Blasco Núñez Vela, Vaca de Castro decidió
trasladarse a Lima con tropas y artillería. Esta acción despertó suspicacias,
sobre todo por sus tensas relaciones con el Cabildo limeño, que organizó su
defensa. El gobernador tuvo que dispersar sus fuerzas y dejar la artillería en
Huamanga, pieza que más tarde caería en manos del rebelde Gonzalo Pizarro.
En Lima, los regidores,
alarmados por la fama de severidad del nuevo virrey, intentaron que Vaca de
Castro permaneciera en el poder. Él, sin embargo, respondió que solo lo haría
hasta verificar los títulos reales. Finalmente, el 15 de mayo de 1544,
Blasco Núñez Vela hizo su entrada solemne en la ciudad, asumiendo el mando.
Aunque debía consultar las
decisiones de gobierno con Vaca de Castro, el virrey desconfiaba de él y
terminó ordenando su arresto: primero en un cuarto del palacio virreinal, a
fines de mayo, y luego en junio, en un barco anclado en el Callao. Desde allí,
el licenciado se enteró de la marcha de Gonzalo Pizarro hacia Lima, de los
errores y la creciente impopularidad de Blasco Núñez, de su destitución por la
Audiencia en septiembre de 1544, y del ingreso triunfal de Pizarro a la
capital, donde fue proclamado gobernador en octubre de ese mismo año.
Convencido de que su
presencia ya no tenía sentido en un territorio donde carecía de autoridad
legítima, y temeroso de los pizarristas, Vaca de Castro organizó su fuga con la
ayuda de su pariente García
de Montalvo, quien sobornó al maestre y a varios marineros.
Aprovechando un descuido, el navío zarpó rumbo a Panamá, sin que hubiera otra
embarcación capaz de perseguirlo.
Desde Panamá cruzó el istmo,
viajó a las Azores y de allí pasó a Lisboa, para finalmente dirigirse a la
Corte. Pero en Sevilla ya pesaba sobre él una orden de prisión y el embargo de
sus bienes. Al llegar a España, en junio de 1545, su antiguo protector, el
cardenal Loaysa, había caído en desgracia tras la visita al Consejo de Indias
(1542-1543). Sus enemigos, entre ellos almagristas y adversarios políticos,
aprovecharon para denunciar su gestión. Vaca de Castro fue recluido primero en
la fortaleza de Arévalo, luego en Simancas y finalmente en Pinto, donde pasó
once años en prisión, aunque con ciertas consideraciones por su condición
social.
El fiscal Juan de Villalobos lo
acusó de veintiún cargos, entre ellos apropiarse de fondos de la Real Hacienda
y enviar dinero a España sin pasar por aduanas, acusación confirmada gracias a
una carta dirigida a su esposa, interceptada por el contador Cáceres. En 1545
fue absuelto de nueve de esos cargos, pero condenado a pagar cuantiosas multas
por los otros doce.
En 1555, ya viudo, solicitó
la revisión de su caso ante el Consejo de Indias y el Consejo Real. Al año
siguiente obtuvo una sentencia
absolutoria, la restitución de su plaza en el Consejo Real, el
pago de los salarios acumulados durante su encarcelamiento y la concesión de
rentas en el Perú. Vaca de Castro ejerció nuevamente sus funciones hasta su retiro
en 1564. Tras ello, se retiró al convento de San Agustín en Valladolid, donde
falleció en 1572.
Apuntes
finales
Las principales crónicas
sobre las Guerras Civiles en el Perú hacen referencia, de manera casi obligada,
a la labor de Vaca de
Castro. Autores como Cieza de León, Gutiérrez de Santa Clara, Antonio de
Herrera, Fernández de Oviedo y Agustín de Zárate, así como
cronistas más marginales —Pascual
de Andagoya, Nicolao de Albenino y Alonso Borregán—
coincidieron en trazar, en su mayoría, un juicio negativo sobre el funcionario
leonés. No fue sino a fines del siglo XVI cuando su figura comenzó a ser
reivindicada, en gran medida gracias a los esfuerzos de su hijo, Pedro de Castro y Quiñones —arzobispo
de Granada y más tarde de Sevilla—, quien patrocinó los escritos laudatorios
de Juan Cristóbal
Calvete de Estrella.
Treinta años después de la
batalla de Chupas, el virrey Francisco
de Toledo juzgaría retrospectivamente a sus antecesores,
señalando que:
“Para remediar aquellos
males de la guerra civil vino Vaca de Castro, quien al principio dio muestras
de querer pacificar la tierra, y para ello dictó ordenanzas que fueron bien
recibidas en su tiempo, pues muchas eran semejantes a las del Inca, como las
relativas a los servicios y cargas de los indios. Sin embargo, al conocerse la
llegada de Blasco Núñez y los despachos que traía […] ya no pareció que Vaca de
Castro obraba en beneficio y consolidación del reino como antes.” (Levillier).
La figura de Vaca de Castro
fue objeto de cuestionamientos tanto entre sus contemporáneos como en la
posteridad. Ricardo
Palma, en la segunda serie de sus Tradiciones Peruanas, le
dedicó un relato titulado Una
carta de Indias, escrito con su característico humor, en el que
satirizaba la codicia y vanidad del licenciado leonés. Por su parte, el
maestro Porras
Barrenechea observó que Vaca de Castro “inspiró en
algo a Cervantes para trazar la figura de Sancho Panza, y hay risueñas
analogías entre las cartas de Vaca de Castro a su mujer desde el Perú y las del
escudero inmortal a doña Teresa Panza desde su ínsula momentánea”.
En cambio, Varón (1996) ofrece
quizás la síntesis más certera de su gestión, al recordar que Vaca de Castro
fue el último gobernador de la Nueva
Castilla:
“En vista de su misión tan
definida y los desastrosos resultados que ella generó, pocos gobernantes
debieron defraudar tanto en su administración, aun en este período de formación
colonial embrionaria, como Vaca de Castro. El funcionario prestó mayor atención
a su propio beneficio que a la misión de gobierno que le había sido
encomendada, desentendiéndose de las urgentes labores organizativas que se
requerían”.
Resumen:
Vaca de
Castro: un perfil histórico.
Tras la muerte de Pizarro y
en medio de la agitación provocada por las banderías de conquistadores, el
licenciado Cristóbal
Vaca de Castro llegó al Perú con la misión de pacificar el
territorio y asegurar la autoridad de la Corona. Sin experiencia militar, pero
con firmeza jurídica, asumió el mando como Capitán General para evitar disputas
entre Perálvarez y Alvarado, aunque su falta de formación castrense se hizo
evidente en algunos momentos de la campaña.
El desenlace llegó el 16 de septiembre de 1542,
en la batalla de
Chupas, cerca de Huamanga. Allí, con menos de 1,500
combatientes, se libró un enfrentamiento feroz entre las huestes reales y los
seguidores de Almagro el Mozo. Al principio, la artillería almagrista inclinó
la balanza, pero la carga de la infantería dirigida por Francisco de Carvajal otorgó
la victoria a Vaca de Castro, quien incluso combatió personalmente en los
tramos finales. El saldo fue terrible: más de la mitad de los participantes
quedaron muertos o gravemente heridos, en una de esas batallas pequeñas en
número, pero desmesuradas en intensidad, que marcaron el siglo XVI.
Con el triunfo en Chupas,
Vaca de Castro consolidó su autoridad. Ya antes, el Cabildo de Lima lo
había reconocido como Gobernador (noviembre
de 1541), primero en secreto y luego en una proclamación pública. Sin embargo,
su gobierno pronto se caracterizó por la dureza y la codicia. Reprimió sin
clemencia a los rebeldes almagristas, ejecutó a su caudillo y se apropió de
encomiendas, tributos y rentas —incluidas las de los hijos menores de Pizarro—,
en beneficio propio. Para legitimar sus actos, emitió disposiciones de
“reformación” que le permitían redistribuir excedentes a sus seguidores,
tejiendo así una red de apoyos políticos.
Su vanidad y afán de lucro
le granjearon numerosos enemigos. En cartas privadas, como la célebre misiva
enviada a su esposa en 1542, se jactaba de haber prestado a la Corona un
servicio mayor que el de Pizarro, al derrotar a “gente de nuestra nación” mejor
armada que los indios, y le recomendaba prudencia para ocultar el oro, las
esmeraldas y la plata que le remitía. Esa carta, interceptada, se convirtió en
prueba de su codicia y fue usada en su contra.
El golpe final a su gestión
vino con la promulgación de las Leyes
Nuevas (1542), inspiradas por fray Bartolomé de las Casas,
que reformaban el sistema de encomiendas y limitaban el poder de los
conquistadores. Vaca de Castro intentó calmar los ánimos aconsejando una
embajada al Emperador, pero la llegada del primer virrey del Perú, Blasco Núñez Vela,
lo relegó. Tras tensiones iniciales, fue encarcelado en Lima y luego desterrado
a un navío en el Callao. Temiendo por su vida en un territorio dominado por los
pizarristas, huyó secretamente hacia Panamá y de allí regresó a España en 1545.
En la península lo
aguardaban juicios y acusaciones. Pasó once años en prisión —entre Arévalo,
Simancas y Pinto—, procesado por cargos de malversación y envío ilegal de
caudales a España. Aunque en 1546 fue condenado a multas, en 1556 obtuvo una
sentencia absolutoria que lo rehabilitó y le devolvió sus honores. Retomó su
puesto en el Consejo
Real, donde ejerció hasta su retiro en 1564. Se retiró luego al
convento de San Agustín de Valladolid, donde murió en 1572.
La figura de Vaca de Castro
dejó un legado ambiguo. Cronistas como Cieza de León, Oviedo, Herrera y Gutiérrez de Santa Clara lo
retrataron con severidad, destacando más sus vicios que sus virtudes. Su propio
hijo, el arzobispo Pedro
de Castro y Quiñones, impulsó décadas después una
rehabilitación de su memoria mediante escritos laudatorios. Sin embargo, la
historiografía posterior, desde Ricardo
Palma —que lo caricaturizó en Una carta de Indias—
hasta Porras
Barrenechea, que lo relacionó con un modelo literario de Sancho Panza, coincidió
en señalar su codicia, vanidad y desmesura.
Quizás la síntesis más
precisa sea la de Varón
(1996), quien lo definió como el último gobernador de la Nueva Castilla y
uno de los más decepcionantes de su tiempo: un funcionario que, en lugar de
consolidar el orden colonial, antepuso su beneficio personal a las necesidades
urgentes del reino.
Hecho
y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez
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