Cristóbal Vaca de Castro: Un Juez y Gobernador en las Guerras Civiles del Perú
Hijo de Garci Díaz de Cadórniga y
Castro y de Guiomar Cabeza de Vaca, poco se conoce acerca de la juventud de
Cristóbal Vaca de Castro, aunque es probable que realizara estudios en
Salamanca. Contrajo matrimonio en León con María Magdalena de Quiñones y
Osorio, con quien tuvo varios hijos: Jerónimo y Antonio —los mayores, que
murieron sin sucesión—; Guiomar —madre de Francisco de Andrada y Quiñones,
heredero de los bienes de sus abuelos—; Leonor y Beatriz —ambas monjas en Santa
Catalina de Valladolid—; y Pedro de Castro y Quiñones, futuro arzobispo de
Granada.
Licenciado en Leyes, hacia 1534 se
desempeñaba como corregidor de la villa de Roa. Dos años más tarde fue nombrado
oidor de la Real Audiencia de Valladolid, donde estableció su residencia
definitiva. En 1539 obtuvo autorización para tramitar la información necesaria
con el fin de ingresar en la Orden de Santiago, siendo investido caballero poco
después, el 30 de diciembre de ese año. También fue incorporado al Consejo
Real.
Mientras tanto, las noticias de los
enfrentamientos entre pizarristas (“pachacamas”) y almagristas (“chilis”) por
el control del Cusco llegaron a la Corte. Por recomendación del arzobispo de
Sevilla, García de Loaysa, se encomendó a Vaca de Castro actuar como juez y
representante real en el Perú. El 15 de junio de 1540 recibió sus instrucciones
oficiales, que detallaban su comisión: investigar las alteraciones ocurridas en
el reino de Nueva Castilla, administrar justicia, examinar la administración de
la Real Hacienda, velar por el cumplimiento de las provisiones reales y
procurar el buen tratamiento y conversión de los naturales, así como la
consolidación y desarrollo de las poblaciones. Además, en previsión de la
inestabilidad política, se le facultó para asumir el gobierno en caso de
fallecimiento del marqués Francisco Pizarro.
A fines de octubre de 1540 se
hallaba en Sanlúcar de Barrameda, y el 5 de noviembre zarpó rumbo a América en
la nao de Cosme Rodríguez Farfán, al frente de una flota de diecisiete naves.
El viaje estuvo marcado por naufragios y temporales, en los que perdió gran
parte de su hacienda y esclavos. Finalmente, arribó a La Española (actual Santo
Domingo) el 30 de diciembre, donde fue recibido por Gonzalo Fernández de Oviedo
y permaneció casi todo enero de 1541 realizando una visita general a la isla.
El 5 de febrero partió hacia Nombre de Dios, adonde llegó trece días después,
ocupándose allí en reconocer lugares adecuados para levantar una fortificación.
El 24 de febrero arribó a Panamá, donde asumió la presidencia de la Real
Audiencia y organizó su funcionamiento. Inició la residencia contra el doctor
Francisco Robles, como mandaban sus instrucciones, pero al no hallarse cargos
graves dejó la conclusión del proceso al doctor Villalobos.
Al enterarse de su llegada, el
marqués Pizarro le envió una nave para que viajara cómodamente al Perú; sin
embargo, Vaca de Castro rehusó la oferta, temeroso de que se lo acusara de
parcialidad. El 18 de marzo de 1541 partió de Panamá en la nave del doctor
Sepúlveda, acompañado de otras embarcaciones. Tras una travesía tranquila hasta
las islas de Malpelo y La Gorgona, una violenta tempestad los sorprendió cerca
de la isla del Gallo. El temporal dispersó la flota y obligó a la nave de Vaca
de Castro a desviarse hacia la bahía del Ancón de Sardinas (actual frontera
entre Ecuador y Colombia).
En su intento de regresar, se
toparon con una embarcación procedente de Nicaragua y, de común acuerdo,
resolvieron dirigirse al puerto de Buenaventura, fundado por Pascual de
Andagoya. La entrada, sin embargo, resultó complicada debido a la inexperiencia
de los pilotos. Fue entonces cuando encontraron en la isla de Palmas un curioso
letrero que los orientó para localizar el acceso. Tras más de ocho días de
penurias y escasez de víveres, una nave comandada por Juan, hijo del adelantado
Andagoya, acudió en su auxilio y los condujo finalmente al tan ansiado puerto.
Durante su breve paso por
Buenaventura, Vaca de Castro dispuso que Sebastián de Benalcázar liberase a
Andagoya, aunque rehusó intervenir en el litigio que ambos mantenían por la
gobernación del río San Juan, sugiriendo que fuese el propio monarca quien
dictaminara al respecto. Finalmente, Andagoya fue remitido preso a España. Para
entonces había perdido a su segunda esposa, malgastado 70.000 pesos y dejado a
su hijo Juan al mando de la plaza de Buenaventura.
Decidió entonces Vaca de Castro continuar
su trayecto por tierra, aquejado de graves dolencias que, según Cieza de León,
lo habrían llevado a la muerte de no ser por la asistencia de un médico y
algunos cirujanos. Tras treinta y tres días de penoso viaje, en el que varios
de sus hombres perecieron por las fieras, el hambre y las asperezas del camino,
alcanzó por fin la ciudad de Cali.
Vaca de Castro arribó a Cali a fines
de abril de 1541, tras un arduo recorrido de diez días, gravemente enfermo y
necesitado de reposo, que se prolongó por tres meses. Fue recibido cordialmente
por Sebastián de Benalcázar, desde donde envió mensajeros a Quito anunciando su
llegada y su condición de juez real para el Perú, noticia sorprendente pues en
aquellas tierras ya lo daban por muerto.
Alrededor del 10 de agosto emprendió
viaje a Popayán, donde el Cabildo y los vecinos le brindaron honores. Allí tuvo
noticia del asesinato del marqués Francisco Pizarro (26 de junio de 1541).
Según relata Borregán en su Crónica de la conquista del Perú, un tal
Lorenzo de Aldana, enviado por Pizarro tiempo atrás para contener a Benalcázar,
le informó de la traición que había costado la vida al gobernador y de las
intenciones de los rebeldes de alzarse con el poder. Reconocida su autoridad,
Vaca de Castro decidió avanzar hacia Quito, mientras reunía fuerzas para hacer
frente a Diego de Almagro el Mozo, quien acababa de proclamarse gobernador del
Perú.
El 25 de septiembre de 1541 llegó a
Quito y, al día siguiente, presentó ante el Cabildo la real provisión que lo
facultaba a ejercer el gobierno tras la muerte de Pizarro. Fue reconocido con
la ceremonia correspondiente y, en retribución, elevó la villa al rango de
ciudad. Acto seguido, dedicó todos sus esfuerzos a organizar un ejército,
recurriendo a préstamos y aportes de los vecinos. Aun en medio de estas
gestiones, no dudó en enviar socorro a Guayaquil, sitiada por los indios de la
Puná, responsables del asesinato del obispo del Cusco, fray Vicente de
Valverde, y del capitán Juan de Valdivieso (noviembre-diciembre de 1541).
Desde Quito también hizo llegar
discretamente varias provisiones a Lima, dirigidas a fray Tomás de San Martín,
provincial dominico, y a Francisco de Barrionuevo, para que asumieran
interinamente el gobierno. Estas disposiciones, obedecidas en secreto en el
monasterio de Santo Domingo tras la retirada de Almagro el Mozo, permitieron
reconocer a Vaca de Castro como gobernador, delegando en Jerónimo de Aliaga el
cargo de teniente de la gobernación (Zárate, Historia del Descubrimiento y
Conquista del Perú).
Poco después, se despidió de
Benalcázar y sus huestes, pues ya contaba con suficientes hombres y desconfiaba
de su fidelidad, y tomó rumbo a la costa. Se dirigió primero al puerto de Paita
(Piura), asegurando las comunicaciones marítimas, y luego a San Miguel, donde
se le unieron varios caballeros, entre ellos el cronista Pedro Pizarro.
Continuó hacia Jayanca, donde lo esperaba el capitán Pedro de Vergara,
procedente de la expedición a los Bracamoros (Cajamarca). Finalmente llegó a
Trujillo a inicios de marzo de 1542, acompañado de unos doscientos hombres, y
permaneció allí unos días para descansar y reunir recursos, entre ellos hierro,
herramientas y fondos obtenidos mediante préstamos.
Desde Trujillo marchó al valle del
río Santa (Áncash) y decidió atravesar la cordillera. La ascensión causó
estragos entre sus hombres, que sufrieron el “mal de montaña” o soroche: «Cuando
subió a lo alto de aquellas sierras, lo acometió —como a todos— el común mal de
la cabeza, que lo dejó a él y a los demás tan trastornados que andaban como si
navegaran en alta mar, sin haberla visto jamás ni saber cuán fatigosa podía ser»
(Cieza de León).
Llegó a Huaylas a fines de marzo de
1542, donde lo recibió fray Tomás de San Martín, poniéndose a su servicio. Tras
unos días de reposo y aclimatación, continuó a Huaraz, donde incorporó a sus
filas a las huestes de Alonso de Alvarado y Perálvarez Holguín. Según refiere
Borregán, algunos cronistas sospecharon que ambos capitanes lo instaban a
“tomar la tierra” para evitar que las informaciones sobre sus culpas llegasen
al rey y los condenaran al destierro. No obstante, gracias a la prudencia y
buenos oficios del licenciado, se superaron las rivalidades, y fue reconocido
unánimemente como capitán general de los ejércitos reales en el Perú.
Retirado en el Cusco, Diego de
Almagro el Mozo escribió a Vaca de Castro manifestándole que solo deseaba ser
reconocido como gobernador de la Nueva Toledo, en calidad de heredero único de
su padre. Sin embargo, persistía en su empeño de conservar el Cusco, pese a que
la Corona había establecido que la ciudad pertenecía a la gobernación de la
Nueva Castilla.
Vaca de Castro, entretanto, se
dirigió a Lima con el propósito de reunir más fondos y aumentar sus tropas,
mientras ordenaba a sus capitanes marchar con el grueso del ejército a Jauja. A
fines de mayo de 1542 entró solemnemente en la capital, recibido con honores
por los oficiales reales y el Cabildo. Durante los dos meses que permaneció
allí reforzó sus fuerzas «Mandó fabricar numerosos arcabuces con la pericia de
los maestros que allí encontró, y se proveyó de cuanto era necesario, tomando
prestados de vecinos y mercaderes más de setenta mil pesos de oro, pues toda la
hacienda real había sido tomada y gastada por don Diego» (Zárate).
En agosto partió hacia Jauja, donde
se reunió con sus tropas e intervino nuevamente para apaciguar las disputas
entre Perálvarez Holguín y Alonso de Alvarado. Al tener noticia del movimiento
de las fuerzas almagristas, avanzó rápidamente hacia Huamanga (Ayacucho) con el
fin de impedir que cayera bajo poder rebelde. Guarnecida la ciudad, eligió como
escenario de la batalla el llano de Chupas, al sur de Huamanga.
En los días previos se intentaron
nuevas negociaciones, pero ninguna de las propuestas prosperó. La tensión
aumentó con la captura de un espía enviado por los almagristas para sembrar
defecciones y estudiar la disposición de las tropas reales. El ejército de Vaca
de Castro contaba con unos setecientos hombres, de los cuales trescientos eran
arcabuceros, aunque muchos estaban mal armados debido a los robos cometidos por
los “chilenos” y al escaso tiempo disponible para equiparse.
El 16 de septiembre de 1542 se libró
la batalla de Chupas. Al inicio, la fortuna parecía sonreír a los almagristas,
pero al caer la noche prevaleció la superioridad numérica de los leales al Rey.
Según varios cronistas, la derrota rebelde se debió en gran parte a la
ineficacia de su artillería, hecho que despertó sospechas de traición y terminó
costándole la vida a Pedro de Candia, veterano conquistador, muerto por orden
del propio Almagro el Mozo.
La carnicería posterior fue
espantosa: «Se hizo tal rastro de cuerpos muertos que parecía más un degüello
de puercos y carneros en la ciudad, sin contar a los que los naturales dieron
muerte en los campos, obedeciendo la orden de Vaca de Castro, quien los mandó
matar sin distinguir si eran de Chile o de los suyos. Solo cuando se descubrió
que algunos de los caídos eran aliados, se le advirtió, y entonces ordenó a los
indios que no matasen más, sino que los entregasen prisioneros» (Borregán).
Tras la victoria, Vaca de Castro
regresó a Huamanga con los cautivos, donde «hizo justicia con los más
culpables, hasta treinta hombres, y desterró a muchos otros; algunos lograron
huir y no pudieron ser alcanzados» (Pedro Pizarro, Relación del
descubrimiento y conquista del Perú).
Almagro el Mozo logró escapar y
buscó refugio en Vilcabamba junto a Manco Inca. Vaca de Castro partió en su
persecución el 30 de septiembre, pasando por Vilcashuamán (Ayacucho),
Huancarama (Apurímac) y Limatambo (Cusco), hasta llegar al Cusco el 11 de
noviembre de 1542. La ciudad lo recibió con grandes honores, y, como relata
Cieza, se rodeó de una pompa y aparato nunca vistos hasta entonces, queriendo
reproducir en la capital incaica el boato de la Corte de Valladolid.
Poco después, Almagro el Mozo fue
capturado por el capitán Garcilaso de la Vega, padre del Inca Garcilaso.
Procesado sumariamente, fue condenado a muerte y decapitado en la ciudad del
Cusco el 27 de noviembre de 1542. Su cadáver fue enterrado en la Iglesia de La
Merced, junto a los restos de su padre.
En esos mismos días, Vaca de Castro
intentó acercarse a Manco Inca, buscando su sumisión. En carta al rey
expresaba: «Los tratos que mantengo con el Inca marchan con gran fervor:
aunque él me envía papagayos y yo le correspondo con brocados, en varias
ocasiones me ha remitido a dos de sus principales capitanes, y siempre han
vuelto con buenas respuestas de mi parte» (Cusco, 24 de noviembre de 1542).
Estos contactos, sin embargo, quedaron interrumpidos con la llegada del primer
virrey, Blasco Núñez Vela.
Enterado de que Gonzalo Pizarro
había regresado derrotado de su expedición al País de la Canela, lo mandó
llamar al Cusco. Aunque corrían rumores de un posible alzamiento, el encuentro
fue cordial. El licenciado logró su propósito: apartar al caudillo de la
capital y enviarlo a su encomienda en los Charcas, donde se hallaban sus
principales recursos.
Para aliviar la dura situación de
los indios —ya muy reducidos en número y sobrecargados de trabajos—, Vaca de
Castro emprendió la primera gran obra legislativa del Perú. El 13 de abril
de 1543 promulgó las Ordenanzas de Minas, en las que prohibió
trasladar indígenas de climas distintos para el laboreo minero, alejarlos
excesivamente de sus lugares de origen, castigarlos corporalmente de manera
indiscriminada o utilizarlos como cargueros, entre otras disposiciones. Poco
después, el 31 de mayo, expidió la Ordenación de Tambos, mediante
la cual se reconocía el antiguo itinerario del Camino Inca entre Quito y La
Plata y se aseguraba el mantenimiento del sistema de tambos, una red de posadas
para viajeros. La norma insistía en el trato justo y la adecuada retribución a
los indígenas que trabajaban en dichos establecimientos. Sin embargo, el
gobernador evitó pronunciarse sobre el espinoso asunto de la tasación de
tributos, que con sus montos desmedidos seguían siendo la principal carga
para los naturales.
Durante su estancia en la Ciudad
Imperial buscó consolidar la cristianización de la nobleza inca fiel al rey,
logrando un hito con el bautizo de Paullu Inca, del que fue padrino. En
este contexto, algunos autores sostienen que en 1542 se realizaron las
primeras Informaciones sobre la sucesión de los incas, basados en un
documento de 1608 atribuido a un fray Antonio, que habría trabajado sobre
papeles originales hoy perdidos. No obstante, “en los documentos
contemporáneos a Vaca de Castro, en sus cartas e informes al Rey y en los de
sus coetáneos, no ha quedado huella de haberse realizado tales informaciones,
de las que se tiene conocimiento tan sólo por este documento, y por una
alusión, también tardía, del Inca Garcilaso de la Vega” (Porras).
En el ámbito eclesiástico y
administrativo, delimitó las jurisdicciones de los obispados de Lima y Cusco
(18 de febrero de 1543) y, cumpliendo el encargo recibido en España, definió
las fronteras de las gobernaciones de Nueva Castilla y Nueva Toledo el 19
de septiembre de aquel año.
Incluso antes de llegar al Cusco, ya
había emprendido la consolidación de la colonización, obstaculizada por
las guerras contra el Inca y las luchas intestinas entre españoles. Envió
expediciones desde San Miguel de Piura, al mando de Juan Porcel, quien
fundó la ciudad de Jaén; desde Vilcashuamán, a Pedro de Vergara,
también hacia los Bracamoros por la ruta de Chachapoyas; desde Lima, a Juan
Pérez de Guevara, encargado de repoblar Moyobamba; y nuevamente
desde Vilcashuamán, a Pedro Puelles, para repoblar de manera definitiva Huánuco.
También impulsó la obra religiosa,
fundando cuatro conventos encomendados a los dominicos: en Chincha
(Ica), donde se instruía a más de setecientos muchachos en la doctrina
cristiana; en Huaylas (Áncash), tras la conversión del cacique Vilairima
y su familia; en Xauxa (Jauja, Junín); y en Huamanga (Ayacucho).
El propio Vaca de Castro reconocía que «Como estas provincias son muy extensas,
se necesita gran número de religiosos y clérigos» (Carta del 24 de noviembre de
1542, Cusco).
Con el propósito de evitar nuevas tensiones,
premió a los vencedores de Chupas con encomiendas y cargos
militares. Envió a Alonso de Monroy, con un centenar de hombres, en
socorro de Pedro de Valdivia en Chile; confió a Diego de Rojas la
primera expedición de descubrimiento hacia Tucumán, que partió en mayo
de 1543; y remitió a Peranzures y Alonso de Alvarado a España.
No obstante, a inicios de 1543
llegaron desde Panamá noticias de la promulgación de las Leyes Nuevas.
Según Albenino: «A aquellas provincias llegó un simple traslado de las
ordenanzas, que causó desasosiego y agitación general, pues se decía que
concernían a todos y que Su Majestad no había sido bien informado» (Verdadera
relación de lo sucedido en los reinos del Perú). Para contener el desorden,
Vaca de Castro ordenó a los alcaldes de Cusco vigilar las murmuraciones y
autorizó la pena de horca contra los infractores.
Cuando tuvo noticia de la llegada
del virrey Blasco Núñez Vela a Lima, a inicios de abril de 1544, partió
hacia la Ciudad de los Reyes para ponerse bajo sus órdenes. Relata Albenino:
Vaca de Castro «Comenzó a descender hacia la Ciudad de los Reyes con poco
más de trescientos hombres de calidad y numerosas armas. Su llegada despertó
muchos y variados juicios, pues se decía que su verdadero propósito era
quedarse en la tierra y gobernar. [...] Al llegar a la provincia de Jauja
decidió continuar solo, acompañado de unos pocos, y desde allí dio licencia a
toda su gente para marchar adonde mejor les pareciese. De este modo, la mayor
parte de los hombres, y los de mayor rango, regresaron al Cusco llevando
consigo todas las armas que traían.»
Acompañado de un reducido séquito, Vaca
de Castro entró en la Ciudad de los Reyes y el 15 de mayo de 1544
entregó el mando al recién llegado virrey. Sin embargo, a los pocos días fue
recluido en la Casa Real, donde permaneció ocho jornadas (días), hasta
obtener su libertad gracias a la intercesión del obispo Loaysa, aunque previo
pago de una cuantiosa fianza. De inmediato se abrió contra él el juicio de
residencia.
Con el estallido de la rebelión de
los encomenderos en el Cusco, el virrey ordenó su segunda prisión a
inicios de junio, «Le atribuyeron culpas que no le correspondían, asegurando
que había sido el causante del alzamiento de Gonzalo Pizarro» (Pedro
Pizarro). Esta vez se le confinó en un navío anclado en la bahía del Callao.
Entretanto, el virrey fue apresado
por la Real Audiencia, y aunque logró fugarse, no pudo impedir que los oidores
reconocieran a Gonzalo Pizarro como gobernador del Perú. En ese
contexto, Vaca de Castro recurrió a sus amistades para reunir fondos y sobornó
al piloto y a la tripulación de una nave destinada a trasladar a los
procuradores de Gonzalo Pizarro a España. En ella cargó lo necesario para la
travesía, en particular la plata que tenía depositada en manos de su pariente
García de Montalvo. En la primera quincena de noviembre de 1544,
aprovechando la ausencia de otros barcos en el puerto, zarpó rumbo al istmo.
Arribó a Panamá a inicios de
diciembre, seguido de cerca por hombres enviados por Gonzalo Pizarro. Logró
escapar con varios compañeros hacia Nombre de Dios, desde donde embarcó hacia
España en enero de 1545. No obstante, se detuvo en las Azores
(fines de mayo), donde tomó un navío portugués con destino a Lisboa.
Evitó entrar en Sevilla, unos dicen que por temor a los parientes de Juan
Tello —ajusticiado por su orden tras Chupas—, otros porque deseaba esquivar
el registro de los oficiales reales sobre el oro y la plata que traía del Perú.
Se presentó finalmente en la Corte
de Valladolid el 23 de junio de 1545, donde el Consejo de Indias
ordenó que fuese recluido en su propia casa mientras continuaba el
juicio. Además, una provisión del príncipe Felipe dispuso retener en Sevilla
los envíos de metales preciosos destinados a Vaca de Castro, al ser acusado
de apropiarse de fondos de la hacienda real y de los tributos de los indios
vacantes tras la muerte de Francisco Pizarro y otros encomenderos. Entre los
acreedores cuyos capitales transportaba “fuera de registro” se encontraban el
secretario real Sámano, Alonso de Illescas, el mariscal Diego de Caballero y
Francisco de los Cobos.
Posteriormente fue trasladado al castillo
de Arévalo, donde pasó cinco años mientras el proceso se alargaba en
ausencia del Emperador Carlos I. Luego fue conducido a Simancas y más
tarde a la villa de Pinto, acumulando casi once años de prisión.
Tras un primer fallo adverso en
1545, apeló ante el Consejo de Indias y el Consejo Real. Gracias al apoyo de su
hijo Pedro, obtuvo finalmente una sentencia absolutoria el 23 de mayo de
1556. Fue plenamente reivindicado mediante una real cédula que lo restituyó
a su plaza en el Consejo Real, lo repuso como oidor en Valladolid y ordenó el
pago de todos los salarios acumulados durante su prisión. Además, recibió 15
a 20 mil pesos de renta en el Perú (que cedió a su hijo Antonio), licencia
para enviar quinientos esclavos libres de derechos al virreinato, la encomienda
de Palomas y el hábito de Santiago para su hijo.
Las amplias atribuciones que había
ejercido en el Perú —conceder, reducir o despojar encomiendas— suscitaron la oposición
de los grupos dominantes. Sumadas a su avidez de riquezas, incluso a costa
del fisco, motivaron numerosas acusaciones en Lima y Valladolid. Como señalaba
un documento del juicio de residencia: en lugar de aplicar la «En lugar de
aplicar la “tasa y reformación” de los indios, se ocupó en favorecer a sus
deudos, criados y allegados, sin preocuparse por el verdadero alivio de
aquellos a quienes debía reformar, ni por el aprovechamiento que ya tenían o
podían dar en tributo» (Varón).
de Cáceres, el alcalde Francisco
Ampuero, el tesorero Riquelme, García de Salcedo, Illán Suárez de Carvajal,
Nicolás de Ribera y Diego de Agüero. Todos coincidían en afirmar:
«Vaca de Castro de ninguna manera
conviene en estas tierras. Ha concentrado en sí todos los repartimientos que
fueron del marqués, y disfruta también de los que han quedado vacantes. Si
permanece aquí dos años más, acumulará un millón de oro, sin contar lo mucho
que ya ha remitido a España. Se conduce con todas las ceremonias reales y, en
ocasiones, no permite ser visto en veinte o treinta días. Suplicamos se envíe
alguien que le tome residencia.»
En España, el fiscal Villalobos lo
procesó con veintiún cargos, entre ellos: apropiarse de los indios vacantes y
de los que habían sido del marqués; retener caudales de la Real Hacienda;
ocultar la marca real que debía abrirse —con la sospecha de que con ella
cometió fraudes—; comerciar en el Cusco con víveres a través de un tal Gaspar
Gil, prohibiendo a otros hacerlo; y enviar dinero a España eludiendo las
aduanas. Este último hecho quedó probado gracias a una carta dirigida a su
esposa, interceptada por el contador Cáceres, en la que le daba instrucciones
para defraudar al fisco. Además, junto con Peranzures y Francisco de Becerra,
que regresaron a España tras Chupas, remitió 53.863 pesos de oro y 170 marcos
de plata.
En la península, como miembro más
antiguo del Consejo Real, asumió en dos ocasiones la presidencia, hasta que
pidió ser relevado alegando “mucha edad y poca salud”. Finalmente lo consiguió
mediante Real Cédula del 18 de agosto de 1564, que le concedió el retiro.
Durante su prolongada prisión había
perdido a su esposa y a su hijo mayor. Una vez en libertad, se dedicó a
recomponer su hacienda y consolidar su mayorazgo. En ese empeño sostuvo un
largo pleito contra Diego Mejía, su antiguo administrador en el Perú, con el
fin de recuperar parte de su fortuna. Hacia 1565, agotado por estas disputas,
decidió retirarse al convento de San Agustín en Valladolid, donde murió entre
mayo y julio de 1572. Su hijo Pedro, fundador de la Colegiata del Sacro Monte
en Granada, trasladó luego allí sus restos.
No se conservan retratos
contemporáneos del licenciado. Hacia 1540 se lo describía como “hombre de
mediana estatura y miembros bien proporcionados y dispuestos, de color
trigueño, rostro aguileño, severo y agradable, que le hacía amable y temido, de
carácter afable y cortesano”. La imagen póstuma más difundida se halla en la Historia
general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del mar
océano de Antonio de Herrera y Tordesillas —con algunas variantes entre sus
ediciones de 1615 y 1728—, donde aparece con cabello corto, bigote levantado,
ligera barba y una gran cruz de Santiago en el pecho, sosteniendo en la diestra
una vara que simboliza su autoridad.
Las principales crónicas sobre las
Guerras Civiles del Perú aluden invariablemente a la actuación de Vaca de
Castro. Tanto Cieza de León, Gutiérrez de Santa Clara, Herrera, Fernández de
Oviedo y Agustín de Zárate, como cronistas menores —Pascual de Andagoya,
Nicolao de Albenino o Alonso Borregán— coincidieron en juzgarlo con severidad.
Solo a fines del siglo XVI su figura comenzó a reivindicarse gracias al empeño
de su hijo, el influyente Pedro de Castro y Quiñones, quien patrocinó los
escritos cortesanos de Juan Cristóbal Calvete de Estrella.
Hecho y compilado por Lorenzo
Basurto Rodríguez
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