Epidemias y colapso demográfico en los Andes durante el siglo XVI
Los pueblos andinos, al igual que
otras sociedades indígenas del continente, tambalearon bajo el peso devastador
de las enfermedades traídas desde el Viejo Mundo. Sin preparación alguna para
enfrentarlas, quienes sufrieron los primeros embates legaron a sus
descendientes no solo un organismo debilitado, sino también la memoria de un
tiempo en que estaban libres de contagios tan destructivos.
Lamentablemente, la historia
epidémica de los Andes no se encuentra documentada con el mismo detalle que la
de Mesoamérica, donde la fuerte tradición nativa pudo integrarse con los
relatos europeos posteriores. Aunque los quipucamayos consignaban en los quipus
valiosa información estadística e histórica, gran parte de esos registros se
perdió cuando los españoles intentaron trasladarlos a la escritura alfabética.
Las crónicas, sin embargo, aportan
datos significativos: sabemos que el Inca Huayna Cápac murió a causa de una
infección europea en la década de 1520, quizá meses o incluso años antes del
contacto directo con los forasteros. La forma en que se propagaban las
enfermedades sugiere que los gérmenes pudieron haber llegado aún antes. Desde
la llegada de Colón al Caribe en 1492, en cuestión de pocos años las epidemias
comenzaron a expandirse por el continente. Los pueblos originarios carecían
casi por completo de defensas inmunológicas frente a esos males. El primer
cuarto de siglo bastó para que la población de las islas caribeñas quedara
virtualmente extinguida. No importa cuál estimación de habitantes de La
Española se considere —los ocho millones, sin duda exagerados, de Borah y Cook
(1971-1979), o la cifra mínima de cien mil de Rosenblat (1967), igualmente poco
verosímil—, el desenlace fue el mismo: un colapso demográfico casi total y la
desaparición del pueblo taíno (N. D. Cook 1998: 15-59).
Si estas olas epidémicas lograron
traspasar los límites del Caribe y alcanzar Tierra Firme, sus efectos debieron
de ser aún más profundos de lo que hoy imaginamos. Como señaló con acierto
Woodrow Borah en una carta dirigida a George Lovell y a mí, “la dificultad está
en que la enfermedad no respeta fronteras políticas”. El reto del historiador,
como subraya David Henige (1985, 1986, 1989), consiste en reconstruir lo que
realmente ocurrió a partir de las evidencias disponibles, sin caer en meras
conjeturas. Esta postura ha calado en la disciplina, aunque con frecuencia
lleve a desatender aportes metodológicos de ciencias afines. Entre ellas, la
demografía histórica destaca como una de las más precisas dentro de las
ciencias sociales. Su fuerza radica en la capacidad predictiva: dado un
conjunto de variables —tasas de natalidad, migración, mortalidad o la
distribución por edades—, es posible anticipar tendencias futuras e incluso
proyectar escenarios pasados. Desestimar esta herramienta es renunciar a un
instrumento valioso para comprender y reconstruir la experiencia histórica
(Hollingsworth 1969).
Mi objetivo en estas páginas es
examinar, de manera breve, la cronología de los brotes epidémicos en el mundo
andino del siglo XVI. Antes de hacerlo, conviene señalar dos salvedades. En
primer lugar, cuando menciono el “mundo andino” me refiero a una región amplia.
Hace casi dos décadas analicé las consecuencias demográficas de la expansión
europea en el área central, correspondiente al actual Perú (Cook 1981). En esta
ocasión busco ampliar el foco para abarcar, al menos de manera introductoria,
la mayor parte de los Andes, desde Colombia en el norte hasta Bolivia en el
sur. Se trata de un espacio vasto, con notables variaciones ecológicas que
condicionaron la distribución de plantas, animales, poblaciones humanas y, por
supuesto, agentes patógenos.
En segundo lugar, este estudio se
apoya en gran medida en el trabajo de otros investigadores que han cultivado el
terreno de la historia de las epidemias en la región. Para el caso del Perú
destacan José Toribio Polo (1913), Juan Lastres (1951) y Henry F. Dobyns
(1963). A ellos se suman los estudios sobre áreas específicas dentro del
espacio andino: en el Ecuador, los aportes de Gualberto Arcos (1933), M. Madero
(1955), Virgilio Paredes Borja (1962), Robson B. Tyrer (1974), Suzanne Alchon
(1984) y Linda Newson (1992, 1995); en Colombia, los trabajos de Andrés Soriano
(1966) y de los Villamarín (1992); y en Bolivia, los de Juan Manuel Balcázar
(1956).
Hubo varios puntos de penetración de
enfermedades europeas en la América andina. El más relevante para nuestro
estudio se ubica en el norte, a partir de 1509, cuando Alonso de Ojeda exploró
la costa de Veragua. Con él se encontraba Francisco Pizarro, quien había
llegado a las Indias en 1502 junto al gobernador Nicolás de Ovando. Poco
después, en 1513, Vasco Núñez de Balboa descubrió el Mar del Sur, nuevamente
con Pizarro presente, y al año siguiente se estableció la presencia española en
el istmo de Panamá. Sin embargo, hasta 1522, con la expedición exploratoria de
Pascual de Andagoya hacia el sur, la actividad fue limitada.
Cabe preguntarse entonces: ¿qué
impacto tuvo esta presencia europea casi continua en el istmo? Aunque el
principal impulso colonizador se dirigió hacia Nicaragua, la prolongada
actividad en Panamá debió de convertir la región en un foco de contagio, máxime
cuando era ya famosa por su insalubridad. Lamentablemente, las fuentes sobre la
historia epidémica del área son fragmentarias, y la humedad del clima aceleró
la pérdida de registros escritos.
Algunas noticias dispersas
confirman, sin embargo, la magnitud del problema. El licenciado Zuazo informó a
la Corona sobre la expedición de Pedro Arias de Ávila al Darién en 1514: de los
1,500 hombres que partieron, dos tercios murieron por hambre y enfermedad.
Andagoya escribió que, en menos de un mes, 700 perecieron de “hambre y
modorra”. Antonio de Herrera, por su parte, mencionó que más de 40,000
indígenas murieron en Panamá y Nombre de Dios durante el siglo XVI a causa de
una enfermedad.
La introducción de dolencias por la
vía sureña también fue temprana, posiblemente vinculada al viaje de Hernando de
Magallanes, quien en 1520 logró, tras grandes esfuerzos, atravesar los
estrechos que hoy llevan su nombre. Woodrow Borah ha sugerido que la epidemia
que golpeó al Cuzco, afectando incluso a miembros de la élite incaica, pudo
haber tenido su origen en la escala de Magallanes en el Río de la Plata, más
que en el istmo panameño.
¿Es posible que las enfermedades
llegaran aún antes a los Andes? Se ha planteado la hipótesis de que la epidemia
de 1493, que diezmó a la población del Caribe (Guerra 1985), hubiera alcanzado
la costa norte de Sudamérica y, a través de las rutas comerciales indígenas, se
expandiera hacia poblaciones andinas indefensas. La idea resulta plausible,
pero carecemos de evidencias firmes que la respalden. Lo que sí sabemos es que
la navegación prehispánica por el Pacífico facilitaba el intercambio cultural y
material. Además de los “caballitos de totora” empleados para la pesca costera,
existían balsas de mayor tamaño, capaces de transportar veinte personas y mercancías
a larga distancia. Los propios viajes exploratorios de Pizarro constataron su
uso, quizá en trayectos tan extensos como de la costa del actual Ecuador hasta
Nicaragua. Aunque las rutas terrestres de la sierra eran arduas, el litoral
ofrecía un corredor relativamente accesible para el flujo de bienes y, sin
duda, también de patógenos, en los años inmediatamente previos a la llegada de
los conquistadores.
Aun así, el primer cuarto de siglo
posterior al arribo de los europeos sigue siendo un período oscuro en cuanto a
lo ocurrido en los Andes. La ausencia de escritura en la región y las
limitaciones de la arqueología dificultan reconstruir con precisión lo sucedido
entre 1492 y 1530. Este vacío resulta llamativo: ¿acaso los Andes no padecieron
enfermedades en ese lapso, o simplemente no fueron registradas? Me inclino por
la segunda opción. La experiencia posterior refuerza esta sospecha: en la
parroquia rural de Yanque, en el último tercio del siglo XVII (Cook 1982), y en
la urbana de Yanahuara, en Arequipa, a mediados del siglo XVIII (Pease 1977:
13-34), se registraron numerosos brotes epidémicos que pasaron inadvertidos
para las autoridades seculares y religiosas. Solo las infecciones de carácter
verdaderamente devastador generaban la suficiente mortalidad como para ser
consignadas en los documentos oficiales.
1. La primera epidemia andina y la
muerte de Huayna Cápac
La muerte del Inca Huayna Cápac constituye,
en cierto modo, el primer fallecimiento documentado en los Andes a causa de una
enfermedad introducida desde Europa. La noticia llegó hasta nosotros gracias a
los quipus y a la tradición oral, que rápidamente transformó este hecho en
parte del conocimiento colectivo del pasado andino.
A comienzos de la década de 1540, el
gobernador Cristóbal Vaca de Castro ordenó interrogar a un grupo de
quipucamayos sobre los orígenes y la sucesión de los gobernantes incas. El
testimonio fue categórico: Huayna Cápac murió de “pestilencia de viruelas”
(Urteaga 1920: 22-23). Poco después, en la década siguiente, dos cronistas
españoles ofrecieron relatos más detallados: Juan de Betanzos y Pedro de Cieza
de León.
Betanzos, casado con la princesa
inca Cuxirimay Ocllo, describió con precisión el desarrollo de la enfermedad:
“le dio una enfermedad la cual [...] le quitó el juicio y el entendimiento y
diole una sarna y lepra que lo debilitó” (Betanzos 1987: 200). Según su relato,
Huayna Cápac murió en apenas cuatro días, y su hijo y heredero designado, el
infante Ninan Cuyochi, falleció poco después “de la misma enfermedad de lepra
que su padre”. Aunque Betanzos no utilizó el término “viruela”, sino “sarna” o
“lepra”, lo más probable es que estuviera traduciendo del quechua nombres de
enfermedades locales cuyos síntomas se asemejaban a los de la viruela, siempre
letales en aquella época. El traslado del cuerpo del Inca al Cuzco debió
contribuir a la propagación del contagio. Su narración, desprovista de adornos
míticos, se limita a la descripción directa de un testigo cercano a los hechos.
Cuadro 1. Epidemias importantes en
la región andina, siglo XVI
- 1524-1528:
sarampión, tifus, peste neumónica
- 1531-1533:
viruelas
- 1546:
catarro, influenza, sarampión, viruelas
- 1557-1558:
viruelas
- 1566-1569:
viruelas y sarampión
- 1582:
viruelas, sarampión, tifus, paperas
- 1585-1591:
sarampión
- 1597:
viruelas
El relato de Pedro de Cieza de León
no difiere sustancialmente del de Betanzos. En su Crónica del Perú,
afirma que, mientras Huayna Cápac se encontraba en Quito, tras la conquista del
norte, “vino una gran pestilencia de viruelas [...] e murieron más de
doscientas mil almas [...] en todas las comarcas” (Cieza 1984, I: 219-220).
Según su testimonio, ningún lugar escapó a la epidemia. El Inca, al sentir que
había contraído la enfermedad, ordenó la realización de sacrificios en todo el
reino para obtener su curación, pero estos no surtieron efecto y murió poco
después.
La Historia de Pedro Pizarro,
concluida hacia 1571, resulta valiosa pese a sus repeticiones e imprecisiones,
pues constituye el testimonio de un soldado participante en la conquista y
posteriormente avecindado en el Perú. En su versión de la muerte de Huayna
Cápac, el Inca había culminado la conquista de Quito y, como era costumbre tras
someter una provincia, inició la construcción de un fuerte para consolidar su
dominio. Fue entonces cuando apareció entre sus súbditos “una enfermedad de
viruelas, nunca entrellos vista, la cual mató muchos yndios” (Pizarro 1978:
48-49).
En ese momento, Huayna Cápac se
hallaba en ayuno ritual: vivía aislado, sin contacto con mujeres, sin consumir
sal ni ají, y abstenido incluso de la chicha. Durante este retiro tuvo una
visión: tres hombres desconocidos, descritos casi como duendes, ingresaron a su
presencia y le anunciaron que habían venido a visitarlo. El Inca los vio
claramente y llamó a sus consejeros, pero cuando estos entraron, las figuras
habían desaparecido. Huayna Cápac, convencido de que se trataba de un presagio,
declaró: “Morir tengo”. Poco después enfermó de viruela.
Al agravarse su estado, se enviaron
mensajeros a Pachacámac para consultar al oráculo sobre los rituales que debían
realizarse para su recuperación. Los sacerdotes, en trance con el ídolo,
respondieron que debía exponerse al sol para sanar. Sin embargo, al cumplirse
la orden, el resultado fue contrario: en cuanto lo colocaron al sol, Huayna
Cápac murió.
En los años siguientes aparecieron
otras narraciones que enriquecen este episodio. Hacia las décadas de 1570 y
1580, Pedro Sarmiento de Gamboa y Miguel Cabello de Balboa
escribieron sus versiones, ambas sugiriendo que el foco original de la epidemia
que alcanzó a Huayna Cápac estuvo en el Cuzco.
Sarmiento de Gamboa, que llegó al
Perú en 1557 tras haber combatido en Francia y residido en México, se convirtió
en allegado del virrey Francisco de Toledo. Por encargo suyo recopiló una
“historia oficial” de los incas, apoyándose en entrevistas con varios
quipucamayos en el Cuzco. Su relato aporta precisiones significativas: sitúa la
muerte de Huayna Cápac a fines de 1524, durante el período navideño del
calendario cristiano. Según su versión, mientras el Inca estaba en campaña
contra los Huancavilcas en el norte, recibió noticias de que en el Cuzco se
había desatado “una gran pestilencia”, que causó la muerte de varios de sus
parientes cercanos: su tío Apu Hilaquita, su hermano Ayuqui Topa Inga y su
hermana Mama Cuca, entre otros.
Cuando el Inca llegó a Quito,
enfermó gravemente. Algunos aseguraban que padeció calenturas, mientras otros
afirmaban que fue viruela o sarampión. Sintiendo cercana la muerte, reunió a
los orejones y declaró que su sucesor sería su hijo Ninan Cuyochi, siempre que
el oráculo confirmara un destino favorable; en caso contrario, debía heredar
Huáscar.
Se consultó entonces al oráculo
oficiado por Cusi Túpac Yupanqui, mayordomo del culto solar. Tras sacrificar un
camélido y examinar sus pulmones, el augurio resultó desfavorable tanto para
Ninan como para Huáscar. Volvieron a preguntar al Inca, pero ya había
fallecido. Cusi Túpac Yupanqui insistió en proclamar a Ninan como sucesor, pero
al llegar a Tomebamba descubrió que también él había muerto, víctima de la
misma epidemia de viruelas (Sarmiento 1947: 250-251).
La narración de Miguel Cabello de
Balboa resulta especialmente interesante, pues conocía mejor que otros
cronistas la costa norte del Perú, escenario de varios de los acontecimientos
descritos. Llegó a América hacia 1566 y residió en distintos lugares entre
Nueva Granada y Quito. Participó en varias de las últimas expediciones al
interior, desempeñándose con frecuencia como capellán. En 1576 comenzó a reunir
materiales para su historia, que concluyó hacia 1586.
Según relata, después de culminar
sus conquistas en el norte, Huayna Cápac se detuvo en Tumibamba.
Desde allí se dirigió a la isla de la Puná, donde recibió las primeras
noticias sobre la llegada de extranjeros. En ese mismo lugar también fue
informado de la grave situación en el Cuzco: una pestilencia general e
incurable había afectado a su hermano Auqui Topa Inga y a su tío Apo
Illaquita —a quienes había dejado como gobernadores—, así como a su hermana
Mama Coca y a otros señores principales de su linaje (Cabello 1951:
393).
Profundamente conmovido por estas
noticias, el Inca emprendió el regreso hacia Tumibamba, pasando por el río
Guayaquil y recorriendo el Mulluturu. En Tumibamba comenzó a sentirse
indispuesto y, acompañado por la mayor parte de su ejército, partió rumbo a Quito,
adonde llegó con la enfermedad ya avanzada. Allí fue aquejado de calenturas
mortales.
Ante la cercanía de la muerte,
otorgó su testamento en quipus, conforme a la costumbre incaica, en
presencia de numerosos testigos. Nombró como heredero a su hijo Ninancuyuchic,
quien, sin embargo, enfermó también de calenturas y falleció pocos días después
(Cabello 1951: 394). Cabello fija la fecha de la muerte del Inca en 1525,
según su propio testimonio (Cabello 1951: 394; Rowe 1976). Como era tradición,
el cuerpo de Huayna Cápac fue embalsamado y trasladado al Cuzco, en
medio de grandes lamentos.
Los estrechos paralelismos entre la
narración de Cabello y las de otros cronistas sugieren un intenso préstamo
de fuentes (Porras Barrenechea 1986: 456), si no un verdadero plagio
—práctica que en el siglo XVI no se consideraba reprochable—. Surge entonces la
pregunta: ¿de quién tomó la información? Es posible que Cabello de Balboa
tuviera acceso a la hoy perdida Historia de los Incas del padre
Cristóbal de Molina, o quizá a los mismos informes de los quipucamayos de los
que se nutrió Sarmiento de Gamboa.
Queda una cuestión relevante: ¿por
qué otras narraciones tempranas no mencionan con claridad el impacto de
la epidemia en el Cuzco? Las crónicas posteriores de los historiadores andinos Felipe
Guamán Poma de Ayala (1980, I: 93) y Juan Santa Cruz Pachacuti Yanqui
tampoco ofrecen respuestas decisivas. Guamán Poma no atribuye el origen al
Cuzco y señala la enfermedad como “sarampión, viruela”. Santa Cruz
Pachacuti, por su parte, tampoco menciona al Cuzco y califica la epidemia de sarampión,
aunque la descripción de los síntomas coincide más bien con la viruela.
El famoso cronista mestizo Inca
Garcilaso de la Vega ofrece una versión muy distinta de las anteriores,
hasta el punto de tener escasa similitud con ellas. Según relata, tras
conquistar exitosamente Quito, el Inca Huayna Cápac entró a bañarse en
un lago “por su recreación y deleite”. Al salir, sintió frío —lo que los indios
llamaban chattchu, es decir, “temblar”— y poco después le sobrevino una calentura,
denominada regla (r blanda) o “quemarse”. Al empeorar con el paso de los
días, comprendió que su mal era mortal, pues desde tiempo atrás había recibido pronósticos
funestos mediante hechicerías y agüeros (1960: II, 353-354).
Esta narración, sin embargo, no
resulta especialmente convincente y carece de la solidez de otras versiones. Llama
la atención que Garcilaso, disponiendo de potenciales fuentes y con su
reconocida capacidad estilística, no elaborara un relato más completo. Quizá el
motivo radique en la naturaleza poco digna de la viruela: una enfermedad
desfiguradora y brutal, poco adecuada para un monarca glorioso. El propio
Garcilaso, como mestizo e historiador sensible a las glorias incas, pudo haber
preferido embellecer la causa de la muerte antes que atribuirla a un mal
tan devastador.
Sea cual fuere la fuente, lo cierto
es que la enfermedad que acabó con la vida de Huayna Cápac y precipitó la
crisis sucesoria del imperio incaico fue, con alta probabilidad, la viruela.
Su impacto fue catastrófico: se estima que entre un 30 % y un 50 % de la
población andina pereció, debilitando gravemente a la sociedad inca y
allanando el camino para que la conquista española resultara, en términos
relativos, una victoria rápida y menos resistida.
No fue, sin embargo, la única gran
epidemia de la época. Otra de gran gravedad pudo haber llegado al sur de la
sierra antes de la marcha de Pizarro hacia Cajamarca, en 1531. En ese mismo año
se desató en el istmo de Panamá una peste de características
devastadoras. En una carta enviada a Carlos V desde Nombre de Dios, el licenciado
de la Gama notificaba el 24 de mayo de 1531 que toda la región sufría una
mortandad espantosa:
“(...) de un navío que vino de
Nicaragua se pegó pestilencia en esta tierra y ha habido tan grande que aún la
hay, que no se acaba, que se han muerto las dos partes de toda la gente que en
esta tierra había, así de indios naturales de ella como esclavos y entre ellos
algunos cristianos; que certifico a vuestra majestad es la cosa más espantosa
que se ha visto, porque el que más dura no dura sino día y medio y algunos dos
o tres horas, y ahora anda tan recia como al principio. Y agora dejé concertado
en Panamá con los clérigos que se hiciesen algunas procesiones y plegarias, y
ni estas plegarias a nuestro Señor alzan su ira, que si no, no pienso que
quedará persona en toda la tierra” (Porras 1959: 22).
De la Gama añadía que en la región
no había ni médico ni boticario. A inicios de septiembre, el cabildo de
Panamá informaba al rey que, tras la peste, quedaban pocos indios y
solicitaba autorización para emplear como mano de obra a esclavos y naborías de
Nicaragua, Tumbes y el Perú “los que mereciesen pena de muerte” (Porras 1959:
24).
Al año siguiente, en septiembre de
1532, se reportó la llegada del sarampión a Santiago de Guatemala desde
Nueva España. Sin embargo, no hay indicios de que esa epidemia se hubiese
experimentado en Panamá en 1531. De hecho, la velocidad letal de la
peste panameña y la amplitud de su impacto —afectando por igual a indios,
esclavos y españoles— indican que no se trataba de sarampión (Porras 1959: 33).
2. De las pandemias a las epidemias endémicas
La
cronología de las
epidemias que atravesaron el territorio de la actual Colombia
guarda similitudes con la del Perú. Villamarín y Villamarín (1992) concluyen
que “las enfermedades
epidémicas fueron factores importantes en el declive continuo de la población
indígena durante la época colonial, tanto en la Sabana de Bogotá como en todo
el país”.
Es
posible que la primera epidemia afectara la región antes de 1537, año en que
los europeos e indígenas se encontraron por primera vez en la tierra de los
chibchas. Estos mantenían un flujo
comercial con los pueblos del río Magdalena y, de manera
indirecta, con grupos de la costa, lo que pudo facilitar la transmisión de
enfermedades en los años previos a la conquista. Sin embargo, aún no existen datos documentales concluyentes
sobre estos primeros contagios.
La
primera referencia histórica segura a una epidemia en Colombia proviene de Pedro de Cieza de León
(1984: 127), quien relató una “pestilencia
en las casas” en la ciudad de Popayán en 1539. El brote coincidió con escasez de cosechas y hambre,
causando la muerte de unas 100
000 personas. Antonio de Herrera describió la peste como
fulminante, pues las víctimas morían de manera repentina. Más al norte, en la
provincia de Cartagena,
Juan Friede (1955-60, V: 148) sugirió la presencia de sarampión y viruelas,
enfermedades que posiblemente se extendieron hacia el sur en dirección a Quito.
En
1546,
Cieza de León (1984: 26) registró otra epidemia en la provincia de los Quimbaya, caracterizada
por fiebres altas, fuertes
dolores de cabeza y dolor en el oído izquierdo, con muertes que
ocurrían al segundo o tercer día. La peste de 1546 fue particularmente
devastadora en el norte de los Andes y causó una mortandad incalculable. La
identificación de la enfermedad sigue siendo debatida: pudo tratarse de tifus o más probablemente
de peste neumónica,
dado que también se contagiaron llamas y ovejas. No obstante, la evidencia no
es definitiva. Juan Friede (1967: 339), prudente en su análisis, cuestionó la
afirmación de Cieza de León de que la epidemia alcanzó la provincia de Cartago en Nueva Granada.
Los
Villamarín (1992)
identifican el primer brote claramente documentado de una enfermedad del Viejo
Mundo en Colombia: la epidemia
de viruela de 1558. Esta habría sido introducida por esclavos africanos
adquiridos en La Española por el obispo de Santa Fe, Juan de los Barrios. En
este brote, la mortalidad fue baja entre los europeos, pero altísima entre los
indígenas, alcanzando —según un informe colonial de Nueva Granada— más de cuatrocientas mil muertes.
La
epidemia de 1558 en Colombia parece vincularse con la que ingresó al Ecuador en 1557,
acompañada de catarro,
y que afectó tanto a europeos como a indígenas. Como señala Alchon (1984: 54), la
tos observada en las víctimas fue probablemente una infección pulmonar secundaria
que atacaba a quienes ya estaban debilitados por sarampión y viruela. El origen europeo es
evidente: Dobyns recuerda que en 1557
la influenza azotó a España, y la combinación de viruela e influenza
resultó ser especialmente letal y persistente.
En
Cuenca, en 1562, se registró un brote de viruela que afectó a gran parte de la
población indígena (Newson 1992).
Durante
las dos décadas siguientes las epidemias fueron menos intensas, aunque se
produjeron brotes regionales en el actual Ecuador (Newson 1992: 97). Es posible
que en 1566 se diera un foco de viruela en Almaguer, en el sur de la sierra
colombiana, que pudo extenderse a zonas del oriente de Colombia en 1568 y 1569,
aunque la evidencia al respecto sigue siendo insuficiente. La viruela y el
sarampión parecieron manifestarse de manera combinada. Así ocurrió en 1582,
cuando las Relaciones
geográficas de la provincia de Cuenca (Jiménez de la Espada
1965, II: 266) registraron que ambas enfermedades aparecían “por sus
temporadas”. De hecho, un brote de viruela coincidió con la visita oficial a la
ciudad realizada para preparar dicha relación.
3. La crisis de 1585-1591
Entre
1585 y 1591 tuvo lugar una de las series epidémicas más devastadoras del siglo
XVI. Tras dos décadas relativamente libres de grandes enfermedades, el equilibrio
se rompió bruscamente con una sucesión de infecciones letales. Como sucedió con
las epidemias de 1518-1525, aún se requiere mayor investigación, pues los
patrones de propagación no han sido del todo comprendidos.
La
magnitud de esta crisis indica que no se trató de una sola enfermedad, sino de
la confluencia de varias. Dobyns advirtió hace años que mientras una epidemia
viajaba desde Lima y Cuzco hacia Quito, otra se expandía en dirección
contraria, desde Ecuador hacia el sur. La identificación precisa de los brotes
sigue siendo problemática. Dobyns (1963: 501-502) menciona que entre 1585 y
1586 viruela, sarampión y posiblemente paperas afectaron Lima y Cuzco. Por su
parte, Linda Newson documenta una epidemia en Quito entre 1586 y 1589 que cobró
la vida de unas 4 000 personas —en su mayoría niños— en apenas tres meses,
descrita como “altas fiebres de viruela y sarampión”.
No
existe consenso sobre la ruta de entrada a América. Una hipótesis plantea que
la epidemia llegó a través de Cartagena de Indias, introducida por esclavos
africanos, y desde allí se expandió hacia el interior hasta alcanzar Mariquita
y, rápidamente, los Andes. De ser así, habría llegado a Quito en 1587 y,
posteriormente, a Cuenca, Loja, Paita y Trujillo. Otra posibilidad sugiere que
la enfermedad fue introducida por la expedición de Sir Francis Drake: al
arribar a las islas Canarias, gran parte de su tripulación estaba enferma o
muerta; luego, en 1586, permaneció seis semanas en Cartagena, debilitado por la
enfermedad, antes de decidir regresar (Newson 1992: 97).
El
impacto fue devastador. En Quito, de una población de 80 000 habitantes,
murieron cerca de 30 000. Varias Relaciones
geográficas describen una altísima mortalidad en Ecuador
durante estos años. Según Newson (1992), a inicios de la década de 1590, la
viruela, el sarampión y la disentería habían diezmado a la población de Cuenca
y Loja (AGI, Patronato 240, en Newson 1992: 99). En Zaruma, de 20 000 indígenas
que trabajaban en las minas, solo sobrevivieron 500 tras la epidemia. En Jaén,
la población indígena se redujo de 30 000 a 1 000. Brotes igualmente letales
alcanzaron Yaguarsongo y Pacamoros, extendiéndose hacia las tierras bajas
orientales de Loyola y Santiago de las Montañas. En algunas provincias, la
mortalidad superó un tercio de la población. En la costa, la epidemia de 1589
provocó la virtual extinción de los Huancavilcas.
Susan
Alchon describe con detalle la catástrofe de 1585 en Quito y la segunda ola
que, entre julio de 1587 y marzo de 1588, elevó drásticamente la mortalidad
infantil (1984: 55). La epidemia persistió en la sierra ecuatoriana hasta 1590,
siendo el tifus, la viruela y el sarampión sus principales componentes. Ante la
magnitud del desastre, las autoridades coloniales autorizaron procesiones y
actos religiosos en un intento de detener la propagación. Como resume Alchon
(1984: 56), hacia fines de 1591 las epidemias habían dejado “un camino de
muerte y destrucción no superado ni siquiera por el brote de 1558”. Ella
concluye que “la caída más aguda de la población nativa de Quito en el siglo
XVI ocurrió entre 1560 y 1590”, siendo las epidemias de 1585-1591 su principal
causa.
La naturaleza del curso epidémico en
Colombia hacia 1588 está relativamente mejor documentada. Fray Pedro Simón
relató la llegada de la viruela ese año, indicando que duró seis meses y afectó
tanto a indígenas como a europeos. Castellanos señaló que la enfermedad había
llegado desde la costa a través de Mariquita, transmitida por una esclava
negra. Desde el centro de Colombia, el brote se expandió a Popayán, avanzó
hacia el sur y terminó alcanzando incluso el Perú y Chile.
Juan y Judith Villamarín
reconstruyeron un panorama más completo de estas epidemias mediante una
exhaustiva revisión de archivos. La mayoría de las fuentes consultadas
coinciden en identificar a la viruela como el principal agente. Castellanos, en
1601 (Villamarín 1992: 28), destacó la elevada mortalidad entre “muchachos, muchachas,
jóvenes”. Un documento contemporáneo sobre Bogotá describe que en 1588 hubo
“mucha mortandad […] ha sido tan general que ha arruinado este pueblo y toda la
tierra, y los convalecientes no están para poder trabajar”. Fray Pedro Simón
calificó el brote como “uno de los más desgraciados que tienen noticia los
naturales”. Se estima que la epidemia eliminó a más de un tercio de la
población, alcanzando también a los españoles. El número de muertes fue tan
alto que se recurrió a fosas comunes donde se enterraban hasta doscientos
cuerpos a la vez. El recuerdo de esta catástrofe permaneció vivo durante años:
en informes regionales de 1594, varios caciques mencionaron expresamente la
epidemia de 1588 y subrayaron la dificultad de que un reducido número de sobrevivientes
tuviera que asumir los tributos que antes correspondían a una población mucho
mayor (Villamarín 1992: 29).
En Lima, Juan B. Lastres (1951, II:
77) documenta la aparición de la viruela en 1586, la cual afectó con particular
severidad a la población joven. Los hospitales se vieron saturados de enfermos
y convalecientes. El padre Barrasa describió la peste como una viruela que
contaminaba el aire, ya por condensación del frío, ya por el calor que impedía
disipar el “vapor pestífero” que la transmitía.
En el Perú central, Dobyns ofrece
una narración detallada de las epidemias de 1588, aunque algunos de sus puntos
se han matizado con investigaciones recientes. El 21 de marzo de 1589, el
virrey Fernando de Torres y Portugal informó al rey Felipe II que la epidemia
había alcanzado Trujillo. Para contenerla, estableció una comisión que debía
impedir la expansión de la enfermedad —compuesta de viruela y sarampión— hacia
el sur. Los médicos Hieronnymo Enríquez y Francisco Franco Mendoza recomendaron
medidas como el consumo de azúcar, aceite, miel, pasas y carne para fortalecer
a la población, además de la práctica de la sangría como recurso profiláctico.
También aconsejaron quemar la ropa de los infectados para evitar nuevos
contagios.
A pesar de estas disposiciones, en
junio de 1589 la epidemia golpeó Lima con fuerza, y a fines de ese año llegó al
Cuzco (Alchon 1984: 56). Según las Noticias Cronológicas de la gran ciudad
del Cuzco, se trataba de una peste caracterizada por “tumores, lobanillos o
postillas de sarna o bubas muy asquerosas” (Esquivel y Navia 1980, I: 257), que
desbordó hospitales e impidió enterrar a los cadáveres en iglesias y
cementerios. Montesinos (en Lastres 1951, II: 76-77) menciona que la llegada
conjunta de viruela y sarampión al Cuzco, en forma de “peste universal” en
1585, estuvo acompañada de un “dolor de costado” imprecisamente descrito, pero
que causaba intensos sufrimientos. La epidemia reapareció en la ciudad en 1590,
dejando numerosas víctimas entre indígenas y criollos.
Brian
Evans, en su estudio de la comunidad de Aymana en el Alto Perú, examinó también
los efectos de las epidemias de la década de 1580. Su investigación se
benefició de un hallazgo excepcional: copias de registros parroquiales,
documentos muy raros de encontrar para años anteriores a 1640 en el ámbito
andino. Estas copias, elaboradas hacia 1623, fueron incorporadas posteriormente
a un informe censal del virrey Palata en la década de 1680 y terminaron en el
Archivo General de la Nación en Buenos Aires.
Aunque
Evans no encontró evidencia de que los registros se hubieran preparado con
fines legales relacionados con el tributo, es probable que su existencia esté
vinculada a la administración fiscal, pues solo consignaban a los varones, el
segmento más relevante para la hacienda real.
Los
datos revelan que, en la década de 1580, la comunidad registraba entre veinte y
treinta entierros anuales. Sin embargo, en 1590 la cifra se disparó a 194
muertes, equivalentes a algo más del 10 % de la población total, según las
estimaciones de Evans. De estas, unas 147 se atribuyeron específicamente a la
viruela. La mayoría correspondía a niños menores de dos años, y en total el 45
% de las muertes por viruela —66 casos— eran de menores de diez años. También
hubo alrededor de 60 víctimas entre adultos jóvenes de 18 a 40 años. Un patrón
notable fue la menor afectación del grupo de 10 a 19 años, con solo 12 muertes,
frente a los 47 fallecimientos en el rango de 20 a 29 años. Evans sugiere una
posible correlación entre el trabajo forzado, en especial la mita minera, y la
alta mortalidad en adultos jóvenes.
Donald
Joralemon, por su parte, ofrece una narración detallada de las epidemias que
golpearon Arequipa en los últimos años de la década de 1580. Basándose en
fuentes como Dobyns, Polo y Echevarría, describe el brote de 1589 de manera
vívida: la enfermedad comenzaba con intensos dolores de cabeza y de hígado; al
poco tiempo los pacientes caían en estado de estupor, deliraban y corrían
desnudos por las calles. Aquellos a quienes les aparecían ronchas tenían mayores
posibilidades de sobrevivir, mientras que quienes no las presentaban casi no
tenían esperanza. Muchos morían por ulceraciones en la garganta, los fetos no
sobrevivían en el útero y, en los casos graves, los enfermos llegaban a perder
fragmentos de carne. Durante los tres meses que duró la epidemia, el número de
víctimas fue tan elevado que se recurrió a fosas comunes abiertas en las plazas
públicas (Joralemon 1982: 114).
Joralemon
identificó el brote como viruela, argumentando que los síntomas eran demasiado
característicos para atribuirlo a otra enfermedad. Concluyó además que es
improbable que se tratara de una combinación con otra epidemia, como la viruela
mayor (Variola major). Apoyándose en estudios de Dixon y otros, destacó que la
mortalidad podía alcanzar hasta el 30 % de los casos. Asimismo, señaló la
relevancia de la mortalidad específica por edades: en 1885, por ejemplo, la
tasa de mortalidad alcanzaba el 60 % en niños de 0 a 4 años y superaba el 40 %
en personas mayores de 40 (Dixon 1962: 326, citado por Joralemon 1982). Sin
embargo, Joralemon no calculó las tasas específicas de mortalidad en Arequipa,
a pesar de que existía evidencia que lo habría permitido.
Conclusión
En
los últimos veinticinco años, el esfuerzo por explicar la rápida caída de la
población indígena en el siglo XVI ha reorientado el análisis hacia el papel de
la enfermedad. Este debate se planteó con fuerza en la década de 1960, en gran
medida como resultado de la reevaluación del trabajo pionero de Borah y Cook.
Un
episodio clave fue la edición de 1967 del Hispanic
American Historical Review, donde Alfred Crosby y Juan Friede, en
artículos consecutivos, fijaron las líneas principales de la discusión. Crosby,
en su estudio sobre la “pestilencia”, identificó la epidemia de 1518-21 como un
factor decisivo en la conquista de los imperios azteca e inca, subrayando que
la dominación española habría sido mucho más difícil sin la coincidencia de la
enfermedad con la invasión militar.
Friede
(1967: 341), en cambio, en su investigación sobre la comunidad minera de Muzo
en Colombia, cuestionó esta visión. Argumentó que las epidemias coloniales no
fueron generales ni uniformes en sus consecuencias, y que la explicación de la
despoblación debía buscarse también en factores como el trabajo forzado, la
desnutrición, la fuga de comunidades, la separación de los sexos, la crueldad,
las levas para expediciones, la esclavitud y la mita (Friede 1967: 339).
Friede, al igual que muchos otros
eruditos, desestimó la importancia de la enfermedad por considerarla
insuficientemente documentada. Sin embargo, como ya se ha señalado, gran parte
de las epidemias del siglo XVI no quedaron registradas en los documentos oficiales.
Los cronistas de la época rara vez mencionaban los brotes, salvo cuando
alcanzaban dimensiones tan devastadoras que resultaba imposible ignorarlos. La
enfermedad formaba parte de la vida cotidiana y cobraba víctimas año tras año.
Las epidemias menores, por su parte, solo quedaron consignadas en los registros
parroquiales locales, y aun en ellos, con frecuencia, el mensaje de muerte
aparecía codificado y sin mayores comentarios. Tanto en la parroquia rural de
Yanque, entre Arequipa y Cuzco, como en la parroquia urbana de Santa Ana de
Triana en Sevilla —archivos en los que trabajé— es común encontrar anotaciones
del clero que daban cuenta de episodios epidémicos masivos sin describir la
naturaleza del fenómeno.
Incluso Alfred Crosby y Henry F.
Dobyns —quienes hicieron tanto por orientar la mirada hacia la historia
epidémica— pudieron haber pasado por alto la principal epidemia que azotó al
Nuevo Mundo. Al explicar la temprana despoblación de La Española antes de la
llegada documentada de la viruela, Crosby escribió en 1967 (p. 326): “los
indios sufrieron aparentemente una reducción constante en número, lo que
probablemente se debió al trabajo excesivo, otras enfermedades y a una pérdida
general de voluntad de vivir tras la destrucción de su cultura por la invasión
extranjera”. Sin embargo, como sugiere Francisco Guerra, es posible que una
gran epidemia golpeara a la población de la isla poco después del regreso de la
segunda expedición de Colón, hacia finales de 1493 e inicios de 1494.
La llamada “leyenda negra”, que
subraya la explotación y el genocidio, resulta demasiado etnocentrista para
explicar por sí sola lo que reflejan los registros documentales. Aún queda
mucha investigación por realizar antes de comprender cabalmente este proceso;
no obstante, es indudable que las epidemias desempeñaron un papel crucial en el
colapso demográfico de los pueblos originarios de América, un papel que durante
mucho tiempo fue ignorado por una generación de historiadores.
Noble David Cook
Florida lntemational University
Hecho y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez
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