Gonzalo Fernández de Oviedo: El Cronista de una Era Gloriosa:

En el espectro de los destacados ingenios españoles cuyo prestigio y educación florecieron bajo el ilustre reinado de los Reyes Católicos, destaca innegablemente Gonzalo Fernández de Oviedo. Su vida activa y laboriosa, así como su lealtad acrisolada y su constancia generosa, revelan el espíritu de una era gloriosa, en la que la nación española emergió de un letargo profundo para reclamar su lugar entre las potencias más destacadas. Durante los turbulentos reinados de Don Juan II y Enrique IV, Castilla había sufrido grandes tribulaciones. Sin embargo, la Providencia favoreció el ascenso al trono de una mujer con un corazón magnánimo y un talento claro, a quien estaba destinada la noble empresa de sanar estas profundas heridas. En 1474, Isabel recibió la corona de sus antecesores, y cinco años después, su esposo Fernando heredó el trono de Aragón, uniendo así en un solo pueblo a estos dos poderosos reinos que antes habían sido rivales.

Al llegar al poder, la administración se encontraba en un caos espantoso: la justicia era poco más que un nombre vacío, la hacienda pública seguía un sistema desordenado y reprobado de recaudación, y el Consejo Real no ejercía su influencia legítima en los asuntos públicos. Además, la majestad real no era respetada en todos los ámbitos, lo que suponía un grave desdoro para la corona. Los pueblos clamaban por liberarse de esta angustiosa servidumbre, y los dos monarcas, conscientes de los peligros que les rodeaban, comprendieron que la única vía de salvación era una adecuada organización del Estado. Con valentía y esperanza, se embarcaron en esta ardua tarea.

La creación de los Consejos Supremos de Castilla, de Aragón, de Hacienda y de Estado en 1480, con la delimitación clara de las atribuciones de la administración, reflejó tanto la firme determinación de los Reyes como la extensión de una política previsora, constante e inflexible. Esta política buscaba integrar bajo la autoridad monárquica todos los elementos sociales que hasta entonces habían estado en completo desacuerdo.

Una vez que el país se sometió a un régimen tan saludable como severo, los Reyes Católicos dirigieron sus esfuerzos hacia la conquista de Granada, una empresa altamente meritoria que había sido olvidada en los reinados anteriores, sumidos en el tumulto estéril de las discordias civiles. La sorprendente incursión de Zahara, realizada por Muley Hacen en el año siguiente, 1481, rompiendo las treguas pactadas con los Reyes de Castilla, ofreció a estos la justa ocasión de emprender esa guerra santa. Esta guerra representaba una oportunidad para purificar a la nobleza española de sus antiguos errores, fortalecer el trono y hacer que la nación ibérica fuera respetada y temida entre todas las gentes.

Sin embargo, fueron necesarios diez años para doblegar por completo el poder de la media luna, extrayendo uno a uno (según la feliz expresión del Rey Católico) los últimos vestigios de esa codiciada Granada. Finalmente, Isabel vio cumplidas sus esperanzas el 2 de enero de 1492, cuando recibió las llaves de esa poderosa metrópoli. La lucha que había comenzado en Covadonga ocho siglos antes había llegado a su fin. El trono, que había estado tambaleante y desacreditado en 1474, ahora se mostraba vigoroso y robusto, con una nobleza leal, valiente y sumisa, y un pueblo magnánimo, feliz e independiente.

La Providencia, que recompensaba así los nobles esfuerzos de la Reina Católica, también quiso coronar su fe purísima, poniendo a sus pies el vasto imperio de un Nuevo Mundo. El ilustre pero incomprendido navegante, Cristóbal Colón, quien había buscado en vano el favor de las cortes extranjeras, finalmente fue escuchado por Isabel. Poco después, naves españolas surcaron las regiones más remotas e ignoradas del océano. Un año después, Colón regresó a la corte de los Reyes Católicos para presentarles los frutos de ese descubrimiento inmortal, que despertó el espíritu aventurero de los españoles y les ofreció nuevas oportunidades de hazañas y victorias, junto con riquezas inauditas.

Aún no había terminado el siglo XV cuando la misma nación que, encerrada por los Pirineos y rodeada por ambos mares, había consumido todas sus fuerzas en la restauración de su libertad y la salvación de la religión de sus antepasados, ondeaba sus estandartes en el centro de Europa. Así se preparaba para las grandes conquistas que, en los primeros años del siguiente siglo, la llevarían a dominar Navarra y Nápoles, y a explorar las costas de África. Todo esto sembró en la mente de Carlos I el pensamiento de la monarquía universal, un sueño que Felipe II acariciaría constantemente.

Si bien los Reyes Católicos lograron elevar a la nación ibérica desde su postración, erradicando para siempre el dominio musulmán de España, también dedicaron esfuerzos significativos al renacimiento de las ciencias y las letras, que habían yacido en letargo durante el desafortunado reinado de Enrique IV. Aunque la corte de Juan II fue un triste reflejo de debilidades políticas, en ella se encontraban todos los elementos de cultura que se habían desarrollado en tiempos no tan lejanos: se imitaban las obras del arte toscano, enriquecidas por mentes tan ilustres como las de Dante y Petrarca; se experimentaba el resurgimiento de la poesía lemosina, fomentada en Aragón por Juan II y Enrique de Villena; y, finalmente, comenzaron a ser cultivados los estudios clásicos con dedicación y esmero.

La Reina Católica, que veía la ociosidad como fuente de vicios, consideró que su gran obra de restauración no estaría completa si no apartaba a sus magnates y caballeros de los peligros frecuentes a los que los exponía su ocio interminable. Para lograr este loable objetivo, se esforzó por atraer a la juventud desvanecida hacia la honrosa ocupación de los estudios, considerándolos como un complemento indispensable de la milicia. Además, retomando las labores literarias que habían ilustrado la corte de su padre, Isabel alcanzó la gloria de ser reconocida como restauradora de las letras. Isabel mostraba preferencia por los estudios históricos y, admirando los grandes hechos y personajes de la antigüedad, ardía en el deseo de encontrar en su lengua materna a los historiadores latinos, ansiosa por saborear las bellezas que Horacio y Cicerón habían plasmado en sus obras inmortales.

La voluntad indomable de la Reina, siempre superior a cualquier obstáculo, triunfó una vez más en esta ocasión, siendo ella la primera en abordar con firme determinación el desafío de aprender la lengua latina. Para fomentar estos estudios, trajo a España a los más eminentes humanistas que florecían en Italia. Siguiendo su ejemplo, su familia se unió a la causa: Pedro Mártir de Anglería y los hermanos Geraldinos recibieron el honorable encargo de dirigir la educación de los infantes de Castilla, tarea que más tarde compartieron con el no menos erudito humanista Lucio Marinero Siciliano. Los duques de Guimarens y Villahermosa, el primogénito del duque de Alva, don Pedro Fernández de Velasco, don Gutierre de Toledo y don Alfonso Manrique siguieron los pasos de la Reina y los príncipes, dando rápidamente muestras inequívocas de su amor por las letras. Este amor también se arraigó en el corazón de las más ilustres damas castellanas, entre las que se destacaron, junto con las dos hijas del conde de Tendilla, doña Lucía de Medrano y doña Francisca de Lebrija, quienes emularon dignamente la fama ya adquirida por doña Beatriz de Galindo, maestra de la Reina Católica.

El resultado brillante que ésta decidida protección produjo en la república de las letras fue extraordinario: todas las ramas del conocimiento, desde la teología y la jurisprudencia hasta la filosofía y la literatura, la elocuencia y la historia, recibieron un ferviente culto, sentando así las bases para los gloriosos días del gran siglo que conocemos como el Siglo de Oro. Verdaderamente prodigioso fue el número de importantes trabajos realizados durante esta feliz época, y los historiadores desempeñaron un papel fundamental en este movimiento extraordinario. Finalmente, cabe destacar la distinguida cohorte de ingenios que dedicaron sus plumas a ilustrar, en vida, el inmortal reinado de los Reyes Católicos.

En esta era y en esta corte nació, se educó y floreció Gonzalo Fernández de Oviedo, quien, animado por una profunda gratitud, dedicó su vida entera a la memoria de esos soberanos y al servicio de sus descendientes. A lo largo de su vida, Oviedo enfrentó tanto la buena fortuna en su juventud como los reveses del infortunio en su madurez, condenado a llevar una existencia laboriosa y errante. Sin embargo, en sus numerosos escritos, Oviedo ofrece la más clara evidencia del poder de la actividad, la voluntad y la constancia. Impulsado por estos poderosos motores, observa y examina todo, pregunta e indaga todo, escribe y guarda todo en sus memorias, que lo han acompañado desde la infancia y que, incluso arriesgando su vida, logra salvar, como un nuevo César, ya sea en el cruce de torrentes profundos y caudalosos, en medio de bosques inaccesibles o en los desiertos abrasadores, e incluso en las desconocidas sirtes del océano. Su talento observador y reflexivo, su profundo amor por la verdad y su ferviente devoción por la historia lo llevan a tomar la pluma sin vacilación. Para Oviedo, la magnitud de la empresa no importa: confiando en la firmeza de su voluntad, nada lo detiene al emprender sus proyectos, nada lo desanima ni lo desalienta en medio de sus tareas, las cuales repite una y otra vez con incansable perseverancia y un esfuerzo inquebrantable. Gonzalo Fernández de Oviedo, si no es el más elocuente y erudito intérprete de la gran era que hemos esbozado, es sin duda el reflejo más vivo de los instintos y esperanzas de esa nación que, desbordando los límites patrios, inundaba Europa, África y América, siempre impulsada por el estímulo de la gloria y siempre prodigando sangre y hazañas.

Nacido en el valle de Valdés, en las Asturias de Oviedo, Gonzalo Fernández vino al mundo en Madrid en agosto de 1478, aunque el nombre de su padre permanece sin revelar. A pesar de su título de hidalgo, del cual presume en sus escritos, se ha sospechado que su padre podría haber sido Fernando de Oviedo, regidor de Madrid, o Juan de Oviedo, secretario en 1460 de don Enrique IV. Esta conjetura cobra fuerza debido a que Gonzalo Fernández menciona en algunas partes de sus obras la autoridad de su padre como testigo presencial de varios eventos ocurridos en la corte y el palacio de don Enrique, donde al parecer asistía más por obligación que por devoción. Sin embargo, resulta notable el silencio de Oviedo sobre su familia, a pesar de su diligencia en informar a sus lectores sobre su estatus y servicios.

De cualquier manera, se sabe que desde su infancia Gonzalo Fernández sirvió en la casa de don Alfonso de Aragón, segundo duque de Villahermosa, sobrino del Rey Católico y hermano de don Juan de Aragón, duque de Luna. El duque de Villahermosa era uno de los magnates más interesados en el fomento de las letras, y cautivado por el buen carácter y la inteligente viveza de Oviedo, lo crio con especial afecto, procurando iniciarle en los estudios y despertando en él un amor inextinguible por las grandes hazañas, que se refleja vívidamente en todos sus escritos. Cuando Gonzalo tenía apenas trece años, don Alfonso, deseando asegurar su futuro, lo sacó de esa "escuela de Minerva y de Marte", como la llama Oviedo, y lo llevó a la corte de los Reyes Católicos, donde obtuvo el cargo de mozo de cámara del príncipe don Juan, con un sueldo anual de 8,000 maravedíes y el título firmado por la misma Reina.

En ese entonces, el príncipe tenía también trece años, ya que había nacido en junio de 1478, dos meses antes que Gonzalo. Esta favorable coincidencia, sumada al carácter abierto y respetuoso del joven, hizo que don Juan lo prefiriera entre todos sus sirvientes. Oviedo asistía al príncipe y participaba en sus lecciones durante el día, mientras lo entretenía por las noches con la lectura de historiadores y moralistas.

Dos años llevaba Gonzalo al servicio del príncipe cuando, finalmente, el poderío de los granadinos se derrumbó y esa formidable metrópoli se rindió ante los esfuerzos de Isabel y Fernando. Los Reyes deseaban que el príncipe don Juan aprendiera, como heredero de ambas coronas, de los ejemplos en la gobernación y la guerra. La conquista de Granada representaba la empresa más difícil que las armas españolas habían afrontado en muchos siglos. El Rey Católico, que en el otoño de 1490 ya había armado caballero al príncipe ante los muros de esa opulenta ciudad, estableció el cerco y fortificó los campamentos al año siguiente, incluso llevando a la Reina Isabel con todos sus hijos al ejército para eliminar la última esperanza de salvación de los sarracenos.

Así, la corte fue acompañada por Gonzalo Fernández de Oviedo, quien aún en su adolescencia tuvo la fortuna de conocer a los más ilustres personajes de España en ese momento y presenciar los hechos más heroicos, los cuales registraba cuidadosamente, formando así el invaluable tesoro de sus obras. Fue allí donde también conoció a Cristóbal Colón, un modesto y desconocido navegante a quien el destino llevó a Granada para ofrecer a la Reina la oportunidad más grandiosa que las edades han presenciado. Oviedo, quien se sentía atraído por todo lo grande y extraordinario, no perdió de vista a Colón desde ese momento, y con diligencia se informó sobre su vida pasada, registrando meticulosamente todos los contratiempos que surgieron en la corte.

La rendición de Granada, en la que los Reyes Católicos involucraron al príncipe don Juan, puso fin a esas peligrosas dilaciones, y finalmente, la exitosa expedición a la isla de Saltes partió el 5 de agosto de 1492. No pasó desapercibido para Oviedo el decidido propósito de escribir la historia de estos acontecimientos.

Después de establecer los cimientos de la gobernación del nuevo reino y expulsar a los judíos de España, los Reyes Católicos partieron de Granada de regreso a Aragón, llevando consigo a las infantas y al príncipe don Juan, sus hijos. Permanecieron en Zaragoza durante algunos meses antes de dirigirse hacia Barcelona en octubre. Sin embargo, en Barcelona, el Rey estuvo a punto de ser víctima de la traición o de la demencia.

El viernes siete de diciembre, según relata Oviedo, testigo presencial de los hechos, un campesino natural de Remensa del Principado de Cataluña, llamado Juan de Cañamares, apuñaló al Rey Católico en el cuello de forma tan peligrosa que estuvo al borde de la muerte. El traidor fue sometido a un castigo ejemplar, a pesar de que aparentemente estaba loco y siempre afirmaba que, si lo mataban, él sería rey.

Aún convaleciente de la herida, don Fernando tuvo otra ocasión para admirar la clarividencia de la Reina Católica con respecto a la existencia del Nuevo Mundo.

El ilustre genovés, previamente considerado como loco, llegó a Barcelona en abril del siguiente año, presentando a los Reyes una larga y deslumbrante muestra de las riquezas que la desconocida América guardaba. Como recompensa por este extraordinario servicio, no solo recibió los más altos honores según lo estipulado en los acuerdos, sino que también obtuvo la gracia, solicitada por él mismo, de que sus hijos fueran admitidos como pajes del príncipe. Esta fue una oportunidad favorable para los planes de Oviedo, que tenía solo quince años en ese momento, y ciertamente no la dejó pasar desapercibida. El respeto que Cristóbal Colón le había inspirado se transformó en un profundo afecto hacia sus hijos. Siendo distinguido por el príncipe, a Oviedo le resultó fácil entablar amistad con los jóvenes Diego y Hernando, indagando a su padre sobre los acontecimientos de ese viaje, cuyo resultado fue el descubrimiento de regiones tan extraordinarias. Aunque aún era un muchacho, Gonzalo ya había aprendido que la verdad histórica no debe basarse en una sola fuente. Por lo tanto, para corroborar los hechos que mencionaba, también buscó información de los hermanos Pinzones, especialmente de Vicente, con quien estableció una amistosa correspondencia desde entonces.

Esta prudente conducta, que sería digna de un adulto maduro, ha sido motivo de que algunos escritores consideren a Oviedo como sospechoso en lo que respecta a la historia de Colón. Mientras tanto, se preparaba la segunda expedición del almirante, y muchos criados de la casa real, amigos o conocidos de Gonzalo, solicitaron seguirlo. Él les pidió que le informaran de todo lo que consideraran digno de recordar.

En ese mismo año de 1495, en Barcelona, conoció y trató a don Frey Nicolás de Ovando, comendador de Lares, quien en 1502 sería nombrado gobernador de la Isla Española, recibiendo la capital considerables mejoras bajo su mandato.

En 1494, la corte regresó a Castilla, y con ella Gonzalo Fernández, quien cada día ganaba más el favor de su señor, don Juan. Mientras se concertaban las bodas del príncipe y la princesa Margarita de Austria, los Reyes Católicos decidieron dotarlo de una casa y rodearlo de la juventud más distinguida y experimentados caballeros. A pesar de ser aún joven, Oviedo logró que el propio príncipe don Juan le confiara, con un título firmado por su mano, la custodia y llaves de su cámara, un cargo del que Gonzalo se mostró honrado y satisfecho.

En marzo de 1497, la hija del emperador Maximiliano arribó a Santander en la misma flota que había llevado a Flandes a la infanta doña Juana, ya casada con Felipe. El Rey Católico y el príncipe la recibieron con un acompañamiento numeroso y lujoso. Don Juan planeaba cortejarla de manera galante y cortés, y confió la ejecución de este proyecto a Gonzalo de Oviedo, quien ya tenía reputación de entendido en las artes del diseño. Durante la presentación de una cifra en el encuentro, Gonzalo respondió de manera ingeniosa y respetuosa, lo que revela tanto la inocente galantería de don Juan como el aprecio íntimo que sentía hacia Gonzalo. Finalmente, los dos príncipes se encontraron en Reinosa y se casaron en Burgos en abril, celebrando el evento con las mayores fiestas y regocijos que se habían visto en España, según nos cuenta Oviedo. Las damas más generosas y los magnates más poderosos compitieron en pompa y gala, procurando hacer público el placer de sus corazones por tan esperado acontecimiento.

Las alegrías y esperanzas en suelo español fueron efímeras, desafortunadamente: el príncipe don Juan, apenas con diecinueve años, cayó enfermo en Salamanca con una fiebre tan aguda que acabó con su vida en trece días, falleciendo el 4 de octubre, cuando aún no habían concluido los festejos en algunas villas y ciudades de los reinos. Este trágico evento provocó un profundo pesar en todos y causó un gran quebranto entre los fieles servidores del príncipe, cuya brillante corte se disipó repentinamente. Algunos se retiraron a la clausura, otros murieron de tristeza y algunos partieron a tierras extranjeras, quizás buscando en la guerra el final de sus días. Gonzalo Fernández de Oviedo optó por esta última opción. "Mi descontento me llevó fuera de España a peregrinar por el mundo", declara. Experimentó numerosos desafíos y necesidades en diferentes lugares, a veces como soldado de fortuna y otras veces vagando de un lugar a otro.

Recorrió toda Italia, escenario en aquellos días de las hazañas de los tercios castellanos y la habilidad del Gran Capitán. Siempre guiado por los consejos saludables que recibió en su juventud, evitó cuidadosamente los malos y viciosos, buscando el trato con los buenos y distinguidos. Su amor por la pintura lo acercó a artistas como Vinci, Ticiano, Miguel Ángel y Urbino. Su inclinación por las ciencias y las letras lo llevó a buscar la amistad de eruditos como Pontano ("Cicerón napolitano"), y de los igualmente celebrados Serafín del Águila y Jacobo de Sannazaro, padre de la poesía bucólica italiana. Su pasión por la historia lo llevó a entablar relaciones con hombres destacados en el campo de las armas, observando todo lo que veía y registrándolo en su memoria o en su pluma. Oviedo no desperdició ni un solo día durante su estancia en Italia; para hacer más fecundas sus labores, se dedicó al estudio del toscano, enriquecido por tantos y tan ilustres escritores, mientras buscaba y adquiría libros que fueran útiles para sus propósitos, algunos de los cuales conservó hasta los últimos años de su vida.

Tres años habían transcurrido desde la muerte del príncipe don Juan, sin encontrar una permanencia o un rumbo seguro. Oviedo se encontraba alternando entre las banderas españolas, el servicio al duque de Milán y la residencia en el palacio del marqués Francisco de Gonzaga. En 1500, al publicarse el jubileo, decidió dirigirse a Roma con la intención de ganar, como católico devoto, las indulgencias concedidas por el Sumo Pontífice. Durante su estancia en Roma, tuvo la oportunidad de conocer a don Antonio de Acuña, quien más tarde desempeñaría un papel destacado en las comunidades de Castilla veinte años después. Presenció también los conflictos y enfrentamientos sangrientos entre los suizos del duque Valentín y las tropas españolas que servían en la guardia del Papa. Asistió al famoso duelo entre Ferrer de Lorca y el castellano de Arche, una recreación de los desafíos frecuentemente narrados en los libros de los Amadises y Esplandianes. Registrando todos estos eventos en sus diarios, partió hacia Nápoles al finalizar la Cuaresma.

Al llegar a la corte de Nápoles, buscó entrar al servicio del rey don Fadrique, quien lo recibió y trató favorablemente, quizás esperando así reparar la inmensa pérdida que significó la muerte del príncipe de Castilla. Sin embargo, como lamenta Oviedo, otros desafíos y contratiempos lo esperaban, como si estuvieran reservados en su destino. Al año siguiente, aquel buen rey perdió su reino, dividiéndose entre España y Francia.

El reino de Nápoles había sido durante siglos objeto de la política francesa, que siempre encontraba una resistencia insuperable en el esfuerzo español. Tanto Fernando de Aragón como Luis XII codiciaban su posesión, cada uno reclamando derechos privilegiados. Temerosos de embarcarse en nuevas guerras o reconociendo la necesidad de unirse contra el formidable enemigo turco, decidieron, al establecer la paz, ceder el Abruzo y la Campaña al rey de Francia, otorgándole el título de rey de Nápoles, mientras que el monarca español sería reconocido como duque de la Pulla, con dominio sobre Calabria.

Despojado de esta manera el desdichado don Fadrique, no faltaron consejeros que le incitaran a buscar venganza, proponiéndole que trajera en su ayuda las temibles armadas del turco contra los cristianos que lo habían humillado. Sin embargo, el príncipe rechazó con indignación cualquier intento de este tipo, declarando que la corona no tenía valor si tenía que ser recuperada a un precio tan infame. Resignado ante su desgracia, don Fadrique reunió a la Real familia en la cámara de la Reina viuda y, entre lágrimas y sollozos, les expresó su dolor e infortunio, despidiéndose tiernamente de todos. Este encuentro duró cerca de cuatro horas, y al salir de la habitación, mientras yo estaba en la puerta sirviendo en la cámara, me dijo: "Oviedo, la Reina, mi hermana, quiere que vayas con ella, y yo te lo ordeno por mi afecto; porque su dama de compañía francesa se ha marchado después de servirla durante veinticinco años, desde que la cuidaba, y ella quiere que tomes su lugar, ya que creciste en la corte del príncipe de Castilla. Hazlo así, todo acabará bien, y pronto volveremos todos a Nápoles". Lo que sentí en ese momento fue una angustia similar a la muerte, y arrodillándome, le supliqué que permitiera que fuera donde él fuera. Él respondió: "Haz lo que te digo: aunque vayas con la Reina, mi hermana, no dejes de servirme".

Mientras el triste don Fadrique partía hacia la isla de Isela, la princesa doña Juana, quien unos años antes había sido coronada reina de Nápoles, partió de la capital con toda su servidumbre en siete galeras enviadas por el Gran Capitán, bajo el mando de don Iñigo López de Ayala, para llevarla a Sicilia. Oviedo estaba entre sus acompañantes, y tras llegar a Palermo en agosto de 1501, permaneció al servicio de la Reina durante diez meses. Durante este tiempo, procuró cultivar la amistad de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, y recopiló información sobre sus hazañas, así como sobre la isla de Sicilia y otros sucesos de los que fue testigo. En mayo de 1502, la reina doña Juana zarpó nuevamente, esta vez hacia la ciudad de Valencia, donde llegó en ocho días y se reunió con su anciana madre. Después de algunos meses, Oviedo presentó un informe completo de la cámara que había estado a su cargo, y con la licencia de doña Juana, dejó su servicio y se dirigió a Madrid, su ciudad natal, haciendo una parada en Zaragoza, donde el Rey Católico estaba celebrando las Cortes.

Llegado a Madrid después de estar ausente por más de cinco años, Gonzalo Fernández de Oviedo se enamoró de Margarita de Vergara, una de las mujeres más hermosas que había en el reino de Toledo en su época. A pesar de ser joven y tener menos fortuna de la que sería deseable, contrajo matrimonio con ella. Tenía entonces alrededor de veinticuatro años, los cuales había dedicado al servicio de magnates, príncipes y reyes. Sin embargo, su felicidad fue efímera: apenas habían pasado diez meses desde su boda cuando su esposa sufrió un parto tan difícil que el feto tuvo que ser extraído en pedazos, dejándola inválida y falleciendo poco después entre terribles dolores. Esta tragedia causó un profundo dolor en Oviedo, quien la recordaba con lágrimas y suspiros incluso cuarenta y cinco años después.

Desilusionado por su mala suerte, Oviedo decidió volver al ejercicio de las armas. Tuvo la oportunidad de hacerlo cuando los franceses invadieron el Rosellón, rompiendo la paz de 1500. Se enfrentaron a las fuerzas enemigas en Salsas, donde unos veinte mil soldados franceses, bajo el mando del mariscal de Bretaña, intentaron asaltar la fortaleza defendida por don Sancho de Castilla, general de la frontera. A pesar de los valientes asaltos de los franceses, fueron repelidos por los españoles. Sin embargo, era necesario socorrer el castillo, y el Rey Católico, en acuerdo con don Fadrique de Toledo, encargado de la defensa del Rosellón, marchó contra los franceses. Atrapados entre ambos ejércitos, los franceses huyeron precipitadamente, a pesar de ser superiores en número, dejando en manos de los españoles su artillería, municiones y bagaje. Oviedo tuvo su parte en esta victoria singular de las armas españolas, lograda en octubre de 1503. Concluida rápidamente esa amenazante campaña, la corte del Rey Católico continuó su marcha, pues él ya había decidido aprovechar la fidelidad de Oviedo en otros servicios.

La hábil estrategia del Gran Capitán, quien para entonces había asegurado prácticamente todo el dominio sobre la Pulla y la Calabria, le aconsejó apoderarse de Tarento, donde se fortificaba el hijo mayor de don Fadrique. En pocos meses, esta ciudad pasó a estar bajo las banderas españolas, y el talentoso líder actuó de manera tan exitosa que el propio Fernando de Aragón solicitó unirse al servicio de los Reyes Católicos. El Gran Capitán no dudó en aceptar la oferta del duque de Calabria, considerándola como una provocación, y en nombre de los Reyes les hizo las más halagüeñas promesas. Ordenó entonces a Juan de Conchillos llevar al duque de vuelta a España en una galera. El duque llegó a Madrid, donde al principio de 1505 fue recibido por Isabel y Fernando como un hijo real. El Rey Católico, valorando enormemente esta victoria, se esforzó por rodear al duque de caballeros e hidalgos de su confianza, y con este propósito fijó su atención en Oviedo, quien además de haber demostrado su lealtad en numerosas ocasiones, ya había servido al duque en la corte de su padre. De esta manera, Gonzalo Fernández de Oviedo se encontró una vez más ligado a la corte española, abandonando sus planes de carrera militar.

Mientras tanto, la lamentable muerte de la Reina Isabel en noviembre de 1504 desencadenó disturbios y desacuerdos, llevando al Rey Católico al punto de considerar derribar con sus propias manos el edificio de la unidad política que había levantado con tanto esfuerzo. En medio de estos trastornos, Oviedo permaneció fiel al Rey Fernando, quien, apreciando su afición por los estudios y la erudición, le expresó en Toro, durante las Cortes de 1505, su deseo de recopilar todas las noticias relacionadas con los reyes de España desde tiempos remotos. Gonzalo Fernández dedicó todas sus vigilias a este proyecto, que solo pudo ver completado veintisiete años más tarde. Siempre devoto al Rey Católico, Oviedo asistió en Dueñas a su matrimonio con doña Germana, y más tarde fue testigo de las reuniones y desacuerdos entre suegro e yerno (don Fernando y don Felipe), este último falleciendo en septiembre de 1506, justo cuando el Rey Católico, desconfiando del Gran Capitán, se dirigía a Nápoles. A pesar de sus continuas ocupaciones literarias, Oviedo volvió a considerar la idea de contraer matrimonio, esta vez con más fortuna que la primera, ya que en 1509 nació un hijo que eventualmente lo sucedería en sus cargos y trabajos.

Con la ausencia del Gran Capitán, la situación en Italia cambió drásticamente, y los franceses, recuperados de sus derrotas anteriores, se lanzaron con mayor ímpetu a probar suerte en el campo de batalla. La costosa batalla de Ravena, que tuvo lugar el Viernes Santo de 1512, despertó al Rey Católico de sus perjudiciales recelos y desconfianzas hacia Gonzalo Fernández de Córdoba, a quien consideró enviar de nuevo a Italia para enfrentar esa dolorosa derrota. "El Rey Católico eligió al Gran Capitán como general para volver a Italia, y quiso que yo lo acompañara como su secretario", narra Oviedo. "Para ir con él y ponerme en orden, vendí parte de mis posesiones, ya que el resto de mi fortuna, viviendo mi esposa, se ocupaba del bienestar de ambos; gasté todo lo que no había cobrado en caballos, armas y en ataviar mi persona y criados. Me dirigí a Córdoba, donde fui recibido amablemente por el Gran Capitán y le escribí durante algunos meses, hasta que partió de allí hacia Loja, decepcionado y despedido de la expedición. Yo, con su permiso, regresé a la corte del Rey Católico, habiendo gastado mi fortuna y perdido mi tiempo; ya que no me convenía ir a Loja, ni servir al Gran Capitán ni a ningún otro señor de España".

No pasó mucho tiempo desde que Oviedo regresó a la corte cuando el Rey Católico decretó la expedición de Pedrarias Dávila, y decidió unirse a él en su viaje a las Indias, ansioso por restablecer su malograda fortuna. Se alistó entre los hidalgos que participarían en la empresa, y luego se dirigió a Sevilla, donde se reuniría la mayor parte de la tripulación para la armada. Permanecieron en esa ciudad durante el resto de 1513 y parte del siguiente año, período durante el cual falleció Juan de Queicedo, quien había sido designado como Veedor de las fundiciones de oro de Tierra Firme. Enterado de esto, el Rey Fernando nombró a Gonzalo Fernández de Oviedo como su sucesor. Finalmente, la armada zarpó del puerto de Sanlúcar el 11 de abril de 1514, no sin antes enfrentarse al peligro de zozobrar la nave en la que se encontraba el nuevo Veedor.

Hasta esa época, Oviedo había recorrido las cortes más ilustres de Europa, conociendo y tratando a los hombres eminentes que florecían en la república de las ciencias y las letras. Ciudades como Roma, Florencia y Nápoles habían despertado su admiración con la multitud y el esplendor de sus monumentos, gloria de las artes que aspiraban a eclipsar la fama de Atenas. La corte de Castilla, quizás la más poderosa del continente, con sus espléndidas fiestas, sus vistosas justas y torneos, lo había familiarizado con el fasto y la opulencia. Ahora, guiado por su desgracia, se dirigía a las desconocidas regiones de América, donde en lugar de sabios lo esperaban pueblos bárbaros y salvajes; en lugar de suntuosas ciudades, inmensos y abrasadores desiertos; en lugar de la magnificencia y el lujo de las cortes, la desnudez, el hambre y la miseria. ¡Qué contraste tan singular debía presentarse a su vista!

Pero si la comparación entre la cultura del mundo antiguo y el nuevo mundo aparecía violenta, no menos peregrino era el desusado espectáculo que iba a desplegarse ante sus ojos: la rica y variada naturaleza, aún virgen para la codicia de los hombres y las especulaciones de la ciencia. Todo sería nuevo para Oviedo en cuestión de meses, excitando poderosamente su imaginación, avivando su deseo de examinar y anotar todo, y reforzando el propósito ya concebido en 1492 de escribir la historia de las Indias. Hombres, religión, ritos, tradiciones, costumbres, todo era diferente en América de lo que conocía en Europa, incluso los árboles, plantas, flores y animales que poblaban los bosques y llanuras.

Sin embargo, Oviedo no era el único español en esa armada destinado a convertirse con el tiempo en un soldado historiador más celebrado por su pluma que por su espada. También estaba Bernal Díaz del Castillo, quien ya en edad madura llegó a poseer una de las encomiendas más lucrativas del reino de México como recompensa por sus servicios. Cuando se unió a la expedición bajo el mando de Pedrarias Dávila, Bernal Díaz apenas había entrado en la primera juventud, mientras que Oviedo tenía treinta y seis años y ya contaba con experiencia y reconocimiento en la corte.

***

Zarpando la armada de Pedrarias Dávila, llegó a la isla de La Gomera nueve días después, donde dedicaron veinte días a abastecerse de lo necesario. Luego, con un tiempo favorable, zarparon de nuevo y el 5 de junio llegaron a La Dominica, y el 11 al puerto de Santa Marta, donde comenzaba la gobernación de Castilla del Oro. Pedrarias ordenó desembarcar parte de la tripulación, incluido Gonzalo Fernández de Oviedo, quien además de desempeñar el cargo de Veedor, también era el escribano general. Después de ahuyentar a los indígenas que pretendían obstaculizar el desembarco, tomaron posesión de esas tierras en nombre de los reyes de España. Con el documento oportuno autorizado por Oviedo, Pedrarias ordenó que trescientos hombres exploraran tierra adentro, asegurándose de no maltratar a los indígenas antes de hacerles el requerimiento ordenado por el Rey Católico y solo respondiendo si eran atacados, una tarea que recayó en Gonzalo Fernández, corriendo un grave riesgo personal al leerles el complicado y estéril formulario.

Durante esta expedición, los españoles experimentaron la ferocidad y el arrojo de los nativos, así como el tipo de flechas envenenadas que utilizaban contra sus enemigos. Pedrarias regresó a las naves el 15 de junio y el 30 entraron en el golfo de Urabá, anclando al día siguiente en el puerto de Santa María del Antigua. Allí fue recibido y puesto en posesión del gobierno por Vasco Núñez de Balboa, aunque pronto empezaron a surgir rumores de conflictos que, tras mil contradicciones y cambios, acabaron costándole la vida a este famoso explorador y valiente soldado.

No pasó mucho tiempo antes de que la codicia de Pedrarias se transformara en crueldad, y esta crueldad, a su vez, en tiranía. Pronto fue aborrecido tanto por los españoles que habían poblado la villa del Darién como por aquellos que lo acompañaron. La falta de previsión y el mal gobierno llegaron a tal punto que los suministros traídos de España se agotaron sin siquiera considerar reponerlos. Con el abandono de la agricultura y la devastación de los campos por langostas, los habitantes se vieron afligidos por el hambre, viéndose obligados a abandonar la tierra en gran número, donde antes reinaba la paz y la abundancia.

Según Oviedo, años después, muchos de los que formaron parte de esa expedición huyeron o regresaron a España, Cuba, Jamaica, o a otras islas, dejando atrás a más muertos y ausentes que aquellos que permanecieron en la tierra. El descontento era generalizado, incluso entre las autoridades, quienes consideraron abandonar la tierra si pudieran hacerlo sin vergüenza.

Oviedo, cansado de presenciar las injusticias, crueldades y tiranías de Pedrarias y sus seguidores, tanto hacia los indígenas como hacia los españoles, decidió regresar a España para informar a su rey de todo lo ocurrido y buscar un lugar más seguro para su conciencia y su vida. Pedrarias intentó retenerlo, obligándolo a someterse a un juicio, pero al no surgir quejas contra Oviedo durante el proceso, se vio obligado a permitir su partida.

El obispo don fray Juan de Quevedo, más interesado en la codicia que en la práctica de las virtudes evangélicas, también trató de ganarse el favor de Oviedo en el último momento. Oviedo se encontró así en medio de dos poderosos rivales, ambos cargándolo con cartas para el rey y su consejo, cada uno culpando al otro de la mala gobernación de Castilla del Oro.

Finalmente, en octubre de 1515, Oviedo partió de Tierra Firme hacia España, lleno de resentimiento hacia Pedrarias y el obispo, pero también enriquecido con el conocimiento adquirido durante su tiempo en esas regiones, donde exploró bosques impenetrables y vastos lagos, y documentó las incursiones y conquistas realizadas, así como las peculiares costumbres de los indígenas.

Tanto el Gobernador como el Obispo quedaron dudosos sobre la disposición de Oviedo hacia sus quejas. Para asegurarse de su conducta, decidieron enviar a alguien para espiarlo y, si fuera posible, descubrir sus intenciones. Pedrarias designó al capitán Rodrigo de Colmenares, más versado en las intrigas cortesanas que en las batallas campales, mientras que el Obispo nombró a fray Diego de Torres, un franciscano astuto y hábil en todo tipo de intrigas.

Los tres partieron del Darién en la misma embarcación, y no pasó mucho tiempo antes de que Oviedo comprendiera el propósito de la expedición del capitán y del fraile. Aunque viajaron juntos y aparentemente como amigos hasta la ciudad de Santo Domingo en la Isla Española, donde Oviedo se detuvo para recoger una remesa de oro destinada al Rey Católico, los verdaderos motivos de Colmenares y Torres quedaron al descubierto.

Mientras el capitán Colmenares, impaciente, partió rápidamente en busca de ciertas naves que regresaban a España, el franciscano Torres se quedó en el convento de su Orden en Santo Domingo, decidido a seguir de cerca los pasos de Oviedo. La travesía fue larga y ardua, tardando setenta y cinco días desde Santo Domingo hasta la isla de Madeira, donde Torres se vio obligado a quedarse en tierra debido a un fuerte temporal. Aunque embarcó en otra carabela pocos días después, no pudo soportar más las incomodidades del viaje y falleció mientras se aproximaban a las costas españolas, justo al entrar en la bahía de Cádiz.

Oviedo continuaba su viaje hacia España y llegó a Sevilla a principios de diciembre, donde se dirigió sin demora a Plasencia, donde se encontraba el Rey Católico. El monarca planeaba trasladarse a la capital de Andalucía para recuperar su salud, pero, aunque recibió con agrado a Oviedo, quien había sido su antiguo mozo de cámara, y se alegró de las noticias que le traía, así como del regalo de los indios caribes, azúcar, cañafístola y papagayos, no quiso discutir asuntos relacionados con la gobernación en ese momento. Le ordenó a Oviedo que presentara un memorial al secretario Conchillos con todo lo que necesitara ser atendido, y que se presentara en Sevilla, donde sería escuchado y atendido. Oviedo solicitó permiso para visitar a su familia de paso y se dirigió sin más demora a Madrid.

En Madrid, se enteró de la muerte del Gran Capitán y, pocos días después, recibió la triste noticia del fallecimiento de don Fernando, ocurrido el 25 de enero. Este desafortunado acontecimiento podría haber desanimado a cualquiera, pero Oviedo estaba decidido a enmendar los males que afligían a la Tierra Firme. Decidió partir hacia Flandes con la intención de informar a don Carlos de todo lo que tenía previsto comunicar al Rey Católico.

Sin embargo, esta travesía también estuvo marcada por nuevos contratiempos: después de embarcar en Portugalete, una tormenta lo arrojó a la costa de Laredo. A pesar de intentarlo de nuevo, tuvo que regresar a España, y solo pudo atracar en La Coruña, donde aprovechó para visitar la casa del Apóstol Santiago movido por su devoción. Después de varios días de espera debido al mal tiempo, finalmente pudo zarpar hacia Flandes. Durante el viaje, enfrentaron condiciones adversas y se vieron obligados a refugiarse en las islas de Gorlinga, donde vivieron una experiencia difícil y de penuria durante ocho o diez días. Finalmente, el temporal cesó, y pudieron continuar su viaje hacia Calés, desde donde se dirigieron a Bruselas, llegando a mediados de agosto.

En la capital, Oviedo fue bien recibido por don Carlos, quien, al enterarse de su solicitud, ordenó al gran Canciller de Borgoña que lo escuchara. Sin embargo, el canciller no se atrevió a tomar una decisión sobre un asunto tan complejo y extraordinario, por lo que el nuevo rey dispuso que los gobernadores de España, los cardenales fray Francisco Ximénez de Cisneros y Adriano de Utrecht, examinaran el memorial presentado por Oviedo.

Además, don Carlos, satisfecho con la conducta de Oviedo, ordenó que se le reembolsaran los gastos del largo viaje y que fuera gratificado por sus buenos servicios. Oviedo aceptó este decreto con satisfacción y, cuando se preparaba para regresar a Castilla, se encontró con el capitán Rodrigo de Colmenares, quien también estaba siendo enviado a los gobernadores de España desde Bruselas. Al ver a Colmenares enfermo y necesitado, Oviedo, olvidando por un momento su propio propósito en Europa y su relación con Pedrarias, se compadeció de su infortunio y lo llevó consigo a Castilla, ayudándolo generosamente.

Esta vez, la travesía duró apenas tres días, en contraste con los cuatro meses de trabajos y peligros anteriores, como si el mar se hubiera suavizado ante las súplicas de Oviedo, alimentando su esperanza en la rectitud y experiencia de Cisneros. Sin embargo, aunque Oviedo entregó la cédula del rey y el memorial de los asuntos del Darién a los cardenales, no obtuvo respuesta ni despacho alguno. Se decepcionó al ver que todos sus esfuerzos por remediar los problemas en la Tierra Firme habían sido en vano.

Rodrigo de Colmenares tampoco tuvo éxito con los gobernadores. Desilusionado y cansado de seguir sin resultados, decidió probar suerte en Nápoles, abandonando los asuntos relacionados con Pedrarias. Así terminaron esas negociaciones, donde Oviedo tenía el noble deseo de la prosperidad de las Indias, mientras que los representantes de Pedrarias y Quevedo estaban motivados por intereses particulares o la esperanza de su propio beneficio.

Desilusionado por la falta de justicia y frustrado por el poco éxito de sus reclamos, Gonzalo Fernández se retiró a la compañía de su familia, quizás contemplando la idea de renunciar definitivamente al bienestar que América le había ofrecido. Sin embargo, la Providencia tenía otros planes para él.

En septiembre de 1517, el nuevo rey arribaba a Villaviciosa de Asturias, mientras el cardenal Cisneros salía a recibirlo hasta Roa. Sin embargo, un mensaje urgente de don Carlos ordenó al cardenal detenerse, lo que fue un golpe devastador para el anciano arzobispo. Este desaire lo sumió en una profunda aflicción y falleció el 8 de noviembre del mismo año, siendo posteriormente tildado de ingrato por la posteridad, pues había protegido la corona de sus antepasados a pesar de los desafíos.

En ese tiempo, don Diego Colón se encontraba en la corte litigando con el fiscal del Consejo de Indias por los privilegios otorgados a su padre y anulados por Cisneros. Cuando don Carlos llegó a Castilla, ya sea por disgusto hacia el cardenal o por el deseo de justicia, restituyó a don Diego en sus prerrogativas como almirante y ordenó el regreso de los priores gerónimos. Alentado por esta decisión, Oviedo abandonó su retiro, donde había empleado el tiempo ordenando y ampliando sus diarios, además de traducir al castellano el libro de Claribalte, que publicó en Valencia dos años después.

A principios de 1518, Oviedo regresó a la corte con el mismo propósito que lo había llevado allí desde América en 1515. Aunque ya no existía el obstáculo de los priores, pasó otros dos años con resultados similares, hasta que en 1519 logró ser escuchado y atendido favorablemente en Barcelona. Sin embargo, su franqueza y desenfado le granjearon enemistades para el futuro.

En Barcelona, coincidió con el licenciado Bartolomé de las Casas, quien buscaba la gobernación del río y la provincia de Cumaná en la Tierra Firme. Las Casas, al igual que Oviedo, se preocupaba por el maltrato a los indios y buscaba remediarlo. Sin embargo, sus enfoques diferían: Las Casas abogaba por un gobierno compasivo y agrario, mientras que Oviedo confiaba en la prudencia de los gobernadores y la disciplina de los colonos.

El Veedor creía haber logrado sus objetivos respecto al Darién con la muerte del obispo Quevedo y el nombramiento de don Lope de Sosa como su sucesor en la gobernación de Castilla del Oro. Sin embargo, las Casas consideraba la doctrina de don Lope aventurada y peligrosa para la tranquilidad de las Indias. Como soldado, se oponía firmemente a que alguien tan poco experimentado en guerra como un clérigo se inmiscuyera en asuntos de conquista. Argumentaba que en lugar de convertir a los indios, como pretendía, eso solo llevaría armas a su tierra para matar a cristianos indefensos. La contradicción de Oviedo, respaldada por los consejeros de Indias y otras personas respetables del Nuevo Mundo, enfureció a las Casas, quien lo vio con aversión desde entonces y ni siquiera perdonó la ofensa después de su muerte.

Bartolomé de las Casas finalmente triunfó sobre sus opositores gracias al favor de la Corona y los privados flamencos, demostrando poco después los temores de Oviedo. Mientras tanto, Oviedo había solicitado la gobernación de la nueva provincia de Santa Marta, una de las tres en que se dividió Castilla del Oro, y la obtuvo sin dificultad como reconocimiento a sus servicios. Al igual que las Casas, Oviedo exigía que cesaran las violencias contra los indios y propuso, durante las negociaciones, que se le otorgaran cien hábitos de Santiago para otros tantos hijosdalgo de linaje conocido y antiguo.

Con esta solicitud, Oviedo buscaba asegurar un trato justo a los indios y convertirlos a la fe católica, al tiempo que poblaba la tierra con hombres de honor y buen linaje. Sin embargo, algunos consejeros de Indias se opusieron, argumentando que esto podría hacer demasiado poderosa a la Orden de Santiago en esas regiones. A pesar de la oposición, Oviedo persistió en su propósito, pero finalmente renunció a la gobernación de Santa Marta cuando se dio cuenta de que el Consejo no estaría de acuerdo en otorgar los hábitos.

Si hubo algún descontento en su estancia en la corte, Oviedo encontró consuelo en las numerosas cédulas que logró obtener respecto al Darién. Una vez nombrado gobernador Lope de Sosa, se propuso eliminar las trabas que imponía el consejo de los oficiales reales, logrando finalmente la autorización para gobernar sin su intervención. Convencido de que la ambición desmedida de estos oficiales alimentaba la corrupción y los abusos, consiguió prohibirles participar en cualquier tipo de negocios lucrativos. Además, consciente de las prácticas fraudulentas de los encargados de evaluar la calidad del oro, obtuvo una cédula real que exigía garantías financieras antes de que pudieran tocar el oro.

Ante la ausencia de regulaciones para las fundiciones de oro, Oviedo implementó ordenanzas cautelosas que las sujetaban a un escrutinio más riguroso, al tiempo que les otorgaba ciertos privilegios. Respondiendo a las quejas de los pobladores del Darién sobre los altos impuestos de importación, obtuvo una exención de cuatro años para toda la región. Además, logró reducir el diezmo del oro extraído de las minas del quinto al décimo en un lapso de cinco años, aliviando así la carga financiera sobre los mineros.

Por su servicio, Oviedo recibió una serie de cargos y honores, incluyendo el título de Regidor Perpetuo de Nuestra Señora del Antigua, el cargo de Escribano General de la provincia, y la responsabilidad de cobrar las penas de Cámara en nombre del Rey. Estos reconocimientos, otorgados a fines de 1519, compensaron en parte los desafíos que había enfrentado anteriormente. Además, se le encomendó recopilar una relación verídica de sus acciones para completar la Historia General que había comenzado, solicitud extendida a todos los adelantados y gobernadores de las Indias.

Oviedo se preparaba para dejar la bulliciosa corte de España, donde se congregaba lo más distinguido del país, con el propósito de felicitar al nuevo Rey de Romanos. Sin embargo, justo en ese momento, llegó a Barcelona la noticia de la ejecución de Pedrarias como traidor, junto con la confiscación de los bienes de Vasco Núñez de Balboa, ordenada por el Gobernador y exagerada por las supuestas riquezas acumuladas, que se estimaban en más de cien mil pesos de oro. Ante esto, el Consejo de Indias emitió una cédula a favor de Gonzalo de Oviedo, autorizándolo a tomar cuentas y cobrar los bienes de los sentenciados.

Además, se le otorgaron 15,000 maravedíes para ayudar en los gastos de su viaje y el de su familia. Después de resolver los preparativos necesarios en Madrid, partió en marzo de 1520, acompañado por su esposa, dos hijos y ocho criados. Embarcaron en Sevilla en abril, en la carabela del maestre Pedro Rodríguez, con destino a Gran Canaria, donde esperaban encontrar al nuevo gobernador Lope de Sosa, que había tenido jurisdicción sobre esas islas anteriormente.

Sin embargo, al llegar a Gran Canaria, Oviedo se enteró de que Lope de Sosa ya había partido hacia el Darién con los oficiales de justicia. Decidió entonces seguirlo, y gracias a un favorable viento, después de una breve parada en Santo Domingo debido a un incidente inesperado, llegó al puerto de San Juan en la noche del 24 de junio.

Allí recibió la noticia de la muerte de Lope de Sosa, lo que le causó gran pesar, ya que se sentía más desamparado que nunca. A pesar de sus esfuerzos por remover a Pedrarias del poder, ahora se encontraba en una situación más difícil y peligrosa que en 1515, cuando había iniciado su labor en el Darién.

Sin embargo, la suerte ya estaba echada y retroceder no era una opción. Oviedo envió a uno de sus criados al encuentro de Pedrarias para informarle de su llegada. Al enterarse, el gobernador dispuso que fueran a recibirlo el bachiller Diego del Corral y Diego de Maldonado, para asegurarle su benevolencia y amistad, expresándole su satisfacción por su llegada y prometiéndole su apoyo como a un familiar cercano.

Con esta garantía, aunque aún inquieto, Gonzalo Fernández desembarcó y se dirigió directamente a la ciudad para visitar a Pedrarias, quien a su vez se trasladó a la posada donde se hospedaba la esposa de Oviedo para brindarle cortesías. Oviedo presentó entonces las cédulas y provisiones del Real Consejo de Indias, y aunque Pedrarias aceptó la que se refería a su gobierno, no mostró verdadero aprecio por ella. Además, los regidores y Diego del Corral, a pesar de sus nombramientos perpetuos, manifestaron sorpresa ante las mercedes otorgadas a Oviedo y no mostraron gratitud por ellas, ni siquiera cumplieron con los derechos correspondientes a los títulos.

Por otro lado, los oficiales reales, cuyas oportunidades de obtener beneficios se veían limitadas por las restricciones impuestas, recibieron a Oviedo con cierto desdén, si no abiertamente hostiles, al menos con un evidente desinterés. Estas muestras manifiestas de desafecto causaron gran disgusto en Oviedo, reforzando sus sospechas. Además, la tragedia golpeó dos meses después de su llegada al Darién, cuando perdió a uno de sus hijos de apenas ocho años. En varios momentos consideró regresar a España en el mismo barco que lo había llevado, y seguramente lo habría hecho de no ser por la necesidad y la vergüenza que se lo impedían.

Hasta ese momento, el gobernador y los oficiales solo habían dado indicios leves de su descontento, pero pronto su comportamiento dejó a Oviedo enfrentado públicamente a su enemistad. Santa María del Antigua era la cabeza de Castilla del Oro, y Oviedo había procurado que las franquicias y beneficios otorgados por la corte recayeran sobre esta ciudad. Sin embargo, ni Pedrarias ni los oficiales deseaban la vigilancia constante de Oviedo, quien insistiría en el cumplimiento de las provisiones reales, ni tampoco querían mantener esa región poblada debido al desprecio hacia Vasco Núñez de Balboa. Además, urgía a todos recoger los despojos de la costa del Sur antes de la llegada de otro gobernador desde España.

Por ello, decidieron trasladar la sede de la gobernación a Panamá, debilitando así el poder del Regimiento del Darién, ya que el tesorero Alonso de la Puente y el contador Diego Márquez eran regidores perpetuos nombrados por Oviedo. Este intentó argumentar ante Pedrarias sobre los daños causados al bien común y al servicio de los Reyes con tal decisión, pero ni siquiera sus reflexiones pudieron disuadir al gobernador y a los oficiales, cuya codicia insaciable los inclinaba a seguir adelante.

Pedrarias dejó como su teniente en el Darién a Martín de Estete, un hombre sin experiencia ni en letras ni en armas, casado con una criada de doña Isabel de Bobadilla, esposa del propio Pedrarias.

La consecuencia de esta decisión desafortunada fue devastadora para el Darién: la tierra se levantó contra los abusos de Estete, y los españoles, acorralados casi en el perímetro de la ciudad, comenzaron a abandonarla. Por un lado, temían perder sus propiedades, y por otro, eran atraídos por los nuevos repartimientos que Pedrarias ofrecía en Panamá. Sin embargo, a medida que aumentaba el éxodo, Oviedo se aferraba más a su determinación de proteger la región. Mientras la mayoría de los abandonaban sus hogares, él se empeñaba en construir una residencia tan imponente y costosa que ninguna otra en la Tierra-Firme la igualaba.

Entretanto, el oro recolectado en la región occidental llegaba a Panamá, y Pedrarias deseaba fundirlo y quintarlo. Por ello, ordenó a Oviedo que se presentara en la ciudad para llevar a cabo esta tarea, saliendo del Darién en agosto de 1521. El Ayuntamiento no desaprovechó la oportunidad de reclamar el cumplimiento de las últimas cédulas y provisiones reales, confiando plenamente en la resolución de Oviedo en esta demanda.

Oviedo, efectivamente, cumplió con su deber. Después de fundir y quintar el oro, volvió a requerir a Pedrarias, responsabilizándolo por los males que aquejaban al Darién y declarando que, debido a él, la ciudad más importante y rica de la región se estaba despoblando y perdiendo. Tomó testimonio público del requerimiento y se preparaba para regresar al Darién cuando Pedrarias le propuso hacerlo su teniente, como un medio de calmar las tensiones y mantener la estabilidad en la región.

Oviedo comprendió la trampa, pero ante la perspectiva de la ruina completa de la ciudad y la pérdida de su propia fortuna, decidió aceptar el cargo, siempre manteniendo sus funciones como Veedor de las fundiciones, Regidor Perpetuo y Receptor General de la Real Cámara y Fisco, en nombre de Su Majestad.

A principios de noviembre del mismo año, Oviedo regresó al Darién, ahora convertido en capitán de esa región, enfrentándose a nuevos contratiempos. Durante su ausencia, su esposa fue atacada por una fiebre aguda, y apenas llegó a tiempo para cerrarle los ojos, experimentando una tristeza insondable por tan repentino suceso. Oviedo exclamó: "Con el dolor de esta pérdida tan devastadora para mí, me sentí trastornado y desorientado. Ver a mi esposa fallecida, a quien amaba más que a mí mismo, me llevó al borde de la locura. Además de perder a mi dulce compañera y desear vivir en el estado matrimonial, como cristiano, no estaba acostumbrado a recurrir a las distracciones mundanas que practicaban mis vecinos, y mucho menos a buscar consuelo en otras mujeres".

A pesar de rendir un justo tributo al amor conyugal, Oviedo centró su atención en los asuntos de su tenencia, decidido a erradicar los abusos arraigados y castigar severamente los crímenes que se cometían a diario con impunidad. Así, persiguió a los que mantenían relaciones ilícitas, prohibió los juegos de cartas, ordenando que todas las barajas encontradas en la ciudad fueran quemadas por el pregonero, castigó a los blasfemos, amonestó y multó a los escribanos públicos para que se abstuvieran de sus fraudes y extorsiones, y protegió bajo severas penas a las mujeres indígenas, prohibiendo que fueran tratadas como bestias de carga. Estas medidas, aunque aplaudidas por los hombres de honor, comenzaron a ganarle el odio de los malvados y viciosos.

Los excesos y la falta de justicia de las administraciones pasadas habían llevado a la sociedad a tal punto de desorden que las acciones de Oviedo, aunque justas y necesarias, provocaron la resistencia de aquellos acostumbrados a la impunidad.

Aunque Oviedo mostró una gran diligencia en lo que respecta a la moral y las buenas costumbres, no fue menos activo en promover la prosperidad material de la región. Después de resolver la mayoría de las disputas de deudas entre los vecinos, contribuyendo con recursos de su propia casa para conciliar y reconciliar a las partes, estableció el suministro de carne para la ciudad con su propio ganado. Además, modificó el régimen de la extracción de oro para hacerlo menos riguroso y promovió pacíficamente el comercio con los indios caribes.

En pocos meses, logró que varios vecinos del Darién construyeran piraguas y embarcaciones siguiendo su ejemplo, lo que resultó en la recolección de más de 50,000 pesos de oro en la ciudad, sin poner en riesgo a los españoles y con la aprobación de los indígenas. Sin embargo, estas acciones despertaron la codicia y la animosidad del gobernador y sus seguidores en Panamá, quienes encontraron frecuentes oportunidades para desacreditar y enemistar a Oviedo.

Cualquier delincuente que se refugiara en Panamá obtenía completa impunidad, y cualquier condenado que apelara las sentencias de Oviedo lograba ser absuelto y premiado con heredamientos y distinciones. Esta situación pronto generó un profundo odio hacia Oviedo por parte de los malhechores que vagaban por la región, y ni siquiera el apoyo de los buenos le servía de protección.

Los clérigos, especialmente desde la llegada de don fray Juan de Quevedo como prelado, mostraron un particular resentimiento hacia Oviedo, quien se atrevía a amonestarlos y encarcelarlos para apartarlos de los escándalos y los abusos. Juan Pérez de Zalduendo, deán de Santa María, con intereses personales en la facción clerical, y Cristóbal Muñoz, un escribano perseguido por Oviedo en su papel de Receptor del fisco, fueron los líderes de esta facción enemistada con Oviedo, impulsada por rencores profundos e inextinguibles, y que solo se satisfaría con su ruina y muerte.

Brevemente se esparcieron por la plaza los oscuros planes que se estaban tramando contra el Veedor. En los bosques y montañas, desde las fronteras del bachiller Corral hasta la jurisdicción de Estete, los caciques de Bea, Corobari y Guaturo se negaban a entregar sus tributos al fisco y a los comendadores. El desprecio hacia los cristianos llegó a tal extremo que el primero de ellos dio muerte de manera cruel al capitán Martin de Murga. Este último, ignorando las advertencias de Oviedo y confiando en las promesas del cacique, se aventuró en el interior junto con otros cuatro españoles, quienes también fueron asesinados a traición.

El Veedor decidió tomar medidas contra tal desafío, temiendo que la impunidad solo sirviera para envalentonar a los caciques. Así, ordenó al capitán Juan de Ezcaray y a cuarenta hombres que castigaran esta afrenta y rebelión de los indios. Sin embargo, cuando los españoles estaban a punto de partir del Darién, esta decisión fue públicamente desafiada por el bachiller Corral. Este, en alianza con Zalduendo y Muñoz, y siendo además pariente cercano de los caciques de Bea y Corobari, buscaba evitar tanto la perdición de los indios como la de Oviedo.

A pesar de los esfuerzos de Oviedo por hacer que la expedición dirigida contra el cacique de Bea se llevara a cabo, el deán, el escribano y el bachiller trabajaron de tal manera que los cuarenta soldados que antes se habían ofrecido voluntarios para la empresa acabaron amotinándose contra su capitán. Este último, al presentarse ante Oviedo, expresó su asombro por el repentino cambio de actitud en la ciudad, donde todos parecían estar de acuerdo el día anterior, pero esa misma noche habían cambiado de opinión y parecían llevarlos hacia la horca, sin que encontrara a nadie dispuesto a acompañarlo.

El Veedor, obligado por las circunstancias, disimuló la abierta rebelión, aunque dio orden de procesar y descubrir a los instigadores de la misma. Uno de los principales culpables resultó ser el bachiller Corral, quien fue acusado por testigos de numerosos delitos. Temiendo que pudiera ser absuelto en el tribunal de Pedrarias, se decidió, con el acuerdo del licenciado Sancho de Salaya, alcalde mayor de la costa del Sur, enviarlo a España cargado de grilletes, acompañado de Luis de Córdoba, un individuo perjudicial para la república debido a sus malas costumbres, cuyo hijo Simón Bernal servía en la casa de Zalduendo.

Libre de tales obstáculos, Gonzalo Fernández de Oviedo centró su atención en castigar a los caciques rebeldes, logrando en pocos días capturar o impartir justicia a Corobari. Este último no solo confesó la complicidad del bachiller, sino que también reveló que, incluso después de la muerte del capitán Murga, mantenía relaciones íntimas con los insurgentes. Con la muerte de Corobari, el cacique más temible de la región, Oviedo se dirigió hacia Guaturo, situado a veintiocho leguas de Santa María del Antigua, y logró capturarlo junto con su familia y su principal líder, llamado Gonzalo, imponiendo en ambos un ejemplar escarmiento.

Con la provincia pacificada, el Veedor regresó a la ciudad del Darién, esperando recoger los frutos y el reconocimiento por sus esfuerzos. Sin embargo, allí le aguardaban nuevas trampas y peligros. Tal vez temiendo que Oviedo triunfara sobre sus enemigos, o cediendo a las instigaciones de Zalduendo y sus aliados, Pedrarias había escrito al Regimiento retirando los poderes de Oviedo y otorgándoselos al bachiller Corral, cuya remisión a España aún no había llegado a su conocimiento.

El agraviado Veedor, quien confiaba en la conducta de Pedrarias y en las artimañas de los adversarios que había ganado durante su desafortunado mandato, no pudo resistir la indignación al ver la infame recompensa que recibían sus servicios. Cuando le mostraron las cartas del gobernador en el Regimiento, abandonó la silla presidencial y ocupó la que le correspondía como regidor, exclamando: "Este es el lugar que el César me otorgó, y desde aquí serviré a Sus Majestades como su oficial y no como teniente del señor gobernador. Haré todo lo que esté a mi alcance para satisfacer al señor gobernador con mi persona y con lo que pueda hacer en servicio de mi rey y en beneficio de esta república, como he jurado y estoy obligado a hacer".

Con la destitución de Oviedo, Pedrarias Dávila envió un mandato al Darién, ordenando que la ciudad eligiera un procurador que la representara en la próxima junta general, en la que se proponía nombrar procuradores permanentes para residir en la corte de España. Reconociendo los importantes servicios que el Veedor había prestado a la ciudad y provincia, el Regimiento no dudó en designarlo para este distinguido cargo, logrando persuadirlo con insistencia y otorgándole amplios poderes.

Sin embargo, una vez que se difundió esta decisión, la furia del deán y sus aliados alcanzó un punto crítico. Decidieron hacer todo lo posible para anular los poderes otorgados al destituido teniente de Pedrarias, y colocar en su lugar a alguien de su elección. Expertos en fomentar disturbios, lograron que algunos valientes se presentaran en el ayuntamiento, liderados por el procurador del concejo, primo de Zalduendo. Este último, arrogándose la autoridad en nombre de todos los vecinos, exigió que se revocara la nominación unánime del cabildo y que se sometiera nuevamente la elección al voto de los habitantes.

Oviedo percibió la trama detrás de esta oscura conspiración y, deseando demostrar a sus enemigos que no les temía en absoluto, solicitó al ayuntamiento que aceptara la propuesta del procurador del concejo. La votación, llevada a cabo el mismo día, no solo lo proclamó como representante del Darién, sino que exacerbó aún más a Zalduendo y sus seguidores, llevándolos por el camino del delito.

Para ellos, era de suma importancia y urgencia evitar que el Veedor se presentara en la junta de Panamá, temerosos de que descubriera sus retorcidas maquinaciones y sedientos de venganza. Para lograr una venganza completa, acordaron que el criado del deán, cuyo padre había sido expulsado de la tierra por Oviedo, solicitaría entrar a su servicio para asesinarlo en su propia casa mientras dormía. Sin embargo, este depravado intento resultó en vano, ya que el Veedor se negó a recibirlo, considerándolo un hombre sospechoso y agraviado. Esto enfureció aún más a sus enemigos, quienes decidieron aprovechar la primera oportunidad, por más pública que fuera.

Oviedo había preparado un barco y había organizado su viaje a Nombre de Dios, no solo para cumplir con su deber como procurador en Panamá, sino también para presentarse ante el gobernador y reclamar en nombre del rey, la ciudad del Darién y él mismo por los perjuicios causados por el gobierno arbitrario de Pedrarias. Preparado para zarpar, se encontraba el viernes 19 de septiembre de 1522 frente a la iglesia de San Sebastián, hablando con uno de los alcaldes ordinarios de la ciudad, cuando Simón Bernal, el criado de Zalduendo encargado de llevar a cabo el planeado crimen, consideró que había llegado el momento oportuno para atacar. Oviedo relata el atentado de la siguiente manera:

"Cuando este (Simón Bernal) llegó donde el alcalde y yo nos paseábamos delante de la iglesia, se quitó el sombrero en señal de respeto hacia mí, y yo incliné la cabeza como señal de bienvenida; luego se acercó a una pared frente a la iglesia. En ese momento, el alcalde me pedía que entregara el bastón del alguacilazgo de la ciudad a un hombre de bien (ya que tenía el poder para nombrar en nombre del alguacil mayor, el bachiller Enciso, quien estaba ausente en España y era mi amigo); y yo le dije al alcalde que estaría de acuerdo en hacer lo que me pedía, ya que me parecía que la persona que él recomendaba era adecuada para el cargo. En ese instante, Simón Bernal se acercó por detrás con un puñal largo y afilado, aunque llevaba otra espada ceñida, y me dio un gran golpe en la cabeza, cortando por debajo de mi oreja izquierda y cortando un gran trozo de la punta y hueso de mi mandíbula, llegando hasta la mitad de mi mejilla. La herida fue tan profunda y grave que me derribó y me hizo caer al suelo; al caer, me dio otras dos cuchilladas en el hombro izquierdo; todo tan rápido que antes de que el alcalde pudiera verlo o yo pudiera reconocerlo, ya se había consumado el acto".

Y el malhechor echó a correr calle adelante, evitando refugiarse en la iglesia cercana donde estábamos (porque si entraba allí, sería capturado), sino que se dirigió hacia la Iglesia Mayor, donde el deán y otros clérigos, sus amigos y protectores, lo esperaban para favorecerlo, como así lo hicieron. Cuando caí al suelo aturdido, exclamé: "¡Válgame la madre de Dios!" y miré hacia atrás viendo el puñal abandonado. Con prisa por levantarme, dije: "¡Oh traidor! ¿Por qué me has herido?"... Luego alcancé mi espada que llevaba bajo una capa cerrada que vestía, agarrando el pomo por encima de la ropa, medio confundido y sin reconocer claramente al agresor debido a la confusión del momento.... Mientras estaba herido de esta manera, me llevaron a mi casa con urgencia y pedí rápidamente un confesor, consciente del peligro en el que me encontraba. Un barbero cirujano, al verme, se negaba a tratarme, diciendo que no tenía sentido curar a un hombre muerto; sin embargo, con la insistencia de los presentes, me trató, aunque ninguno de los que estaban allí creía que viviría más de tres horas. No sentí el tratamiento ni podía hablar; pero después de más de cuatro horas de estar tratado y recostado en la cama, recuperé algo de conciencia y volví a pedir al confesor. Me confesé y declaré ante un escribano que perdonaba, perdonando a quien me había herido y a todos los implicados, porque confiaba en que Dios me perdonaría, ya que Él se sacrificó en la cruz por mi redención y la de todos los pecadores.

Para sorpresa de sus enemigos, quienes lo daban por muerto, el Veedor se recuperó rápidamente de sus heridas. En el punto más álgido de su enfermedad, mientras estaba convaleciente, protestó ante el escribano Pedro de Rojas, quien había viajado al Darién para publicar la primera residencia de Pedrarias. Oviedo expresó su preocupación de que, si no podía presentarse en la residencia en el tiempo establecido, no se causara perjuicio a sus intereses ni a los del fisco, ya que las acusaciones contra el gobernador ascendían a 10,000 pesos de oro.

Una vez recuperado, Oviedo fue sometido a juicio de residencia, el cual fue anunciado en el Darién por Juan de Carvallo, nombrado teniente por el gobernador, consciente de que no era partidario del Veedor, quien lo había multado y perseguido por diversos delitos. Carvallo exigió a Gonzalo Fernández de Oviedo una fianza de diez mil pesos de oro como garantía de su persona, aparentemente para evitar que huyera; sin embargo, al no poder reunir esa suma tan grande y considerándose inocente, aceptó ser encarcelado en su propia casa, donde permaneció bajo custodia hasta que, al verlo debilitado y enfermo, el teniente ofreció quitarle las cadenas a cambio de un depósito de 1,000 pesos de oro, con la condición de pagar otros 5,000 si violaba su arresto.

Cuando finalmente llegó el juez de residencia, el licenciado Juan Rodríguez de Alarconcillo, Oviedo respondió victoriosamente a todas las acusaciones en su contra y fue absuelto de ellas, lo que causó gran descontento entre sus enemigos. Posteriormente, estos osaron solicitarle en nombre del bachiller Corral sesenta marcos de oro como compensación por los daños que había sufrido en su hacienda debido a las acciones de Oviedo, remitiéndolo a España. Alarconcillo se abstuvo de decidir sobre este asunto y decidió enviar el caso al Real Consejo de Indias, así como otro proceso instruido a petición de una mujer a la cual Oviedo había ordenado azotar y arrancarle los dientes por perjurio.

Mientras tanto, el asesino Simón Bernal vagaba por los alrededores, expulsado de la iglesia por Zalduendo y sus aliados (como es típico del destino de los traidores) y sentenciado por los alcaldes del Darién a ser mutilado de la mano derecha y el pie izquierdo. Aunque Oviedo, en un primer momento, le perdonó generosamente, se sintió agraviado nuevamente por la conducta de sus enemigos y se involucró en el caso, buscando justicia ante el juez Alarconcillo. Este, considerando las graves circunstancias del crimen, revocó la sentencia de los alcaldes y falló el proceso en rebeldía, condenando a Bernal al último suplicio y a la confiscación de sus bienes.

Enterado luego Bernal de lo sucedido, aumentó su odio hacia el Veedor y juró matarlo en su propia casa. Sin embargo, la Providencia lo llevó por otro camino para pagar por todos sus delitos, ya que Oviedo, advertido secretamente de sus planes, no solo frustró todos sus intentos, sino que, decidido a capturarlo, obtuvo la orden correspondiente y lo encontró escondido dentro de un barril en cierta embarcación que estaba a punto de zarpar hacia Jamaica. A pesar de los esfuerzos del deán y sus seguidores para impedir su traslado fuera del Darién, fueron en vano. Bernal fue llevado a la villa de Acla, donde confesó plenamente su crimen, lo que llevó a Alarconcillo a dictar una sentencia definitiva, confirmando la de los alcaldes de Santa María del Antigua, la cual fue ejecutada sin demora, ocho meses después de cometido el asesinato. Simón Bernal murió tres días después en la cárcel, donde fue devuelto para pagar los costos del juicio.

No habían pasado ni veinticuatro horas desde la ejecución cuando Oviedo recibió otro indicio del tipo de amistad que el gobernador le profesaba. Pedrarias, al enterarse de que Bernal había sido capturado y de que Alarconcillo era el juez a cargo del caso, envió rápidamente un mensajero ordenándole que se inhibiera del caso y lo remitiera a él como juez y máxima autoridad en la región. Sin embargo, esta diligencia llegó tarde, aunque el mensajero había recorrido cuarenta leguas en poco más de dieciséis horas. Cuando llegó a la villa de Acla, encontró al licenciado y a Gonzalo de Oviedo, quienes casualmente pasaban frente al lugar donde estaban clavadas la mano y el pie del asesino, el mismo lugar donde meses atrás se había exhibido la cabeza del ilustre descubridor Vasco Núñez de Balboa.

Alarconcillo leyó públicamente la orden de Pedrarias y declaró que se apartaba del caso en cuanto al descubrimiento y castigo de los cómplices. Oviedo pidió un testimonio de esta declaración, protestando formalmente contra el proceder del gobernador y responsabilizándolo de los daños y perjuicios que pudieran surgir, los cuales ya ascendían a dos mil pesos de oro. Sin embargo, al perder toda esperanza de justicia y cansado de las persecuciones, Oviedo decidió apelar al Real Consejo de Indias. Secretamente, reunió parte de su patrimonio y a su familia (ya que se había vuelto a casar), y el 5 de julio de 1523, se embarcó en el mismo bergantín que lo había llevado desde el Darién. Aunque afirmó dirigirse hacia el Nombre de Dios, viró hacia la isla de Cuba, alejándose de las costas donde había sufrido tantos infortunios y donde había desempeñado sus tareas con la misma dedicación y esperanza que en 1515.

A pesar de los desafíos que enfrentó durante estos tres años, Oviedo no dejó de avanzar en sus obras literarias. Entre las arduas responsabilidades de sus cargos y los contratiempos que enfrentó, enfermo, perseguido y desilusionado, encontraba consuelo y satisfacción en sus labores históricas. Su tenacidad en perseguirlas y los frutos que obtenía de sus esfuerzos eran verdaderamente asombrosos. Al partir del puerto de Acla, su principal preocupación quizás fue salvaguardar sus numerosos manuscritos, entre los cuales ya se contaba la crónica y vida de los Reyes Católicos, posteriormente incluida en su "Catálogo Real de Castilla", y la "Historia general y natural de Indias", que abarcaba todos los eventos hasta el año 1523.

***

Oviedo, enfermo y agotado por fiebres persistentes, se embarcó rumbo a España en busca de la justicia que le era negada en el Nuevo Mundo. Durante la travesía, enfrentaron frecuentes tormentas que pusieron en peligro la vida de todos a bordo. Oviedo, en un estado tan precario, llegó a temer lo peor, especialmente porque estaba gravemente enfermo y sufría las inclemencias del mar. En su propio lecho, oyó a un marinero discutiendo sobre un serón de esparto que necesitaba. Un criado suyo, al ver la situación, advirtió al marinero que Oviedo estaba al borde de la muerte y que, si fallecía, no habría otro lugar donde envolverlo y arrojarlo al mar. Indignado por estas palabras, Oviedo ordenó que se entregara el serón al marinero, afirmando que no iba a morir en el mar y que Dios no permitiría que su cuerpo quedara sin sepultura adecuada. A partir de ese momento, experimentó una ligera mejoría.

Llegó a Santiago de Cuba, donde el adelantado Diego Velázquez lo recibió con calidez y lo hospedó en su propia casa. Durante quince días, Velázquez se ocupó de la recuperación de Oviedo, quien aprovechó la oportunidad para recopilar información sobre el descubrimiento de Yucatán y la expedición de Juan de Grijalva. Antes de partir, Velázquez le pidió a Oviedo que llevara las noticias del descubrimiento al emperador, una tarea que Oviedo aceptó con gratitud y cumplió fielmente como muestra de agradecimiento.

Junto con su familia, Oviedo se embarcó hacia la isla La Española y luego se dirigió por tierra a Santo Domingo, donde se encontró con el almirante Diego Colón, quien se preparaba para viajar a España por la convocatoria del Emperador. Diego Colón acogió a Oviedo con afecto y le brindó todo tipo de cuidados, incluso le ofreció su propia carabela, bajo el mando del experimentado piloto Juan López Archuleta, para zarpar juntos el 16 de septiembre de 1523.

Sin embargo, el viaje de regreso a España con Diego Colón resultó aún más desafiante. Después de solo unos días de buen clima, una repentina tormenta en el océano los sorprendió. A pesar de los esfuerzos del hábil Archuleta, la pequeña embarcación no pudo resistir la furia de los elementos. Con la nave agrietándose y las olas azotándolos, Colon y Oviedo enfrentaron el miedo a la muerte. Después de arrojar parte de la carga al mar y enfrentar la posibilidad de perderlo todo, las aguas finalmente se calmaron, devolviendo la esperanza y la alegría a los marineros. Al avistar las costas de la península ibérica con alivio, atravesaron la barra de Sanlúcar el 5 de noviembre y se dirigieron a Sevilla, el centro del comercio y las artes en aquel entonces.

Gonzalo Fernández de Oviedo apenas permaneció en esta ciudad durante unos pocos días. Fue informado allí de que el César tenía su corte en Vitoria para coordinar las operaciones del ejército, que, bajo la dirección del Condestable don Íñigo Fernández de Velasco, se encontraba sobre Fuente-Rabia, una fortaleza que los franceses habían tomado durante los disturbios de las Comunidades. Movido no solo por el deseo de liberar la Tierra Firme de la opresión de Pedrarias, sino también por las graves ofensas personales que había sufrido a manos de este último, Oviedo se dirigió a aquella ciudad.

En Burgos, se encontró con el Real Consejo de Indias, que se preparaba para trasladarse al lado del César. Su impaciencia por presentar sus quejas lo llevó a ver aquella partida como un mal presagio. Sin embargo, siguió a los señores del Consejo, ya que la voluntad y la constancia le sobraban, y resuelto a no dejar pasar la oportunidad de ser escuchado, llegó a Vitoria a principios de 1545.

Sin embargo, sus esperanzas se vieron cumplidas de manera más fácil y rápida de lo que esperaba. La ilustre memoria del príncipe don Juan le sirvió como protector escudo, y las puertas de los magnates y prelados se abrieron a su nombre como si fuera portador de un misterioso talismán. El propio César, que ya había escuchado sus quejas contra el gobernador de la Tierra Firme en Bruselas y Barcelona, y que recordaba su lealtad hacia el príncipe, su tío, no solo ordenó al Consejo que le hiciera justicia, sino que también le concedió una audiencia especial en su cámara.

Ante el Emperador y su Real Consejo, Oviedo expuso todos los sufrimientos y persecuciones que había enfrentado desde su partida de Barcelona en 1520. Presentando los poderes que llevaba de la ciudad del Darién, solicitó en nombre de la misma un nuevo gobernador para esa desventurada provincia. El César, tras escuchar su demanda, ordenó que presentara por escrito al Consejo sus relaciones y quejas contra Pedrarias, lo cual hizo el Veedor de inmediato, aprovechando la oportunidad para que su rey supiera de las vejaciones, inhumanidades y tiranías que sufría una región tan rica y vasta del Nuevo Mundo.

Los cargos que Gonzalo Fernández de Oviedo formuló contra Pedrarias eran extremadamente severos. En su informe, no solo le negaba las cualidades más básicas para la gobernación, describiéndolo como flojo, inconstante, codicioso, díscolo y sembrador de discordia, lo que había provocado constantes desavenencias y escándalos, sino que también lo acusaba de injusto, arbitrario, cruel, venal e hipócrita. Lo declaraba como usurpador e insubordinado hacia el rey y su Real Consejo.

Estas acusaciones, lejos de ser meras expresiones de la ira que Oviedo guardaba en su pecho, estaban hasta cierto punto respaldadas por la simple exposición de los hechos a los que se refería. Pedrarias se había aliado con los oficiales reales, quienes siguiendo su ejemplo abandonaron el Darién. No obedeció las cédulas de 1519, permitiendo un comercio inmoral en el que aquellos se involucraban, y los admitió en su consejo. No remitió a España los quintos de la corona, alegando gastos extraordinarios. No cumplió las provisiones reales en el trato y repartimiento de los indígenas, aplicando de manera violenta y engañosa el requerimiento ordenado por el Rey Católico.

Además, toleró que los oficiales maltrataran a los indios, cambiando arbitrariamente los repartimientos para aumentar sus propias fortunas y la de Pedrarias. Permitió que su primo, el capitán Gaspar Morales, masacrara a trescientos indígenas sin importar edad ni sexo, satisfaciendo así su voracidad desenfrenada. No castigó la traición de Renito Hurtado, quien vendió como esclavos a los indios de carga que le habían sido confiados bajo seguro por el cacique de Careta. Ignoró la inhumanidad de Pedro de Cárdenas, quien quemó vivas a dos mujeres indígenas de encomienda por puro placer. Y finalmente, respaldó al capitán Francisco de Medina y otros desalmados que, además de saquear y golpear a los indígenas caribes, se atrevieron a vender en subasta pública a muchos de los que ya habían sido bautizados.

Su trato hacia los españoles que se oponían a su voluntad, o que no se doblegaban fácilmente ante la adulación, tampoco fue más humano o justo.

Oviedo también acusaba a Pedrarias de haber tomado para sí las islas de Otoque y Terarequi, pertenecientes a la corona, donde obtuvo ganancias desmedidas sin la debida autorización de la Real Cámara y en perjuicio de todos los pobladores, a quienes prohibió la pesca en esas áreas. Sin embargo, si bien este cargo merecía la seria atención del Consejo de Indias, no era menos grave el que el Veedor de las fundiciones de oro formulaba en relación con Vasco Núñez, quien fue condenado a muerte por Pedrarias. Según Oviedo, Vasco Núñez había tomado una marca de oro de su suegro, Verdugo, quien era Veedor de la Tierra Firme. A pesar de esto, Pedrarias envió a Panamá desde Darién por un cuño que tenía el Veedor Gonzalo Fernández de Oviedo, lo retuvo el tiempo que quiso y pudo marcar el oro que quisiera en secreto.

Pedrarias también fue censurado en la Relación de Oviedo por sus acciones relacionadas con el ilustre y desafortunado descubridor del Mar del Sur. Desde su llegada al Darién, obligó a este último a vender su casa por un precio menor del que valía en alquiler. Después de su ejecución, se apoderó de sus bienes en nombre del fisco, distribuyendo los indígenas que le quedaban entre su esposa doña Isabel de Bobadilla y los criados de ella, separándolos así de la mayor parte de la herencia del adelantado, que entregó a Martin de Estete. Los cien mil pesos de oro que despertaron la atención del Real Consejo de Indias en Barcelona se redujeron a una suma insignificante de tres mil, que luego fueron diezmados por el administrador y los escribanos del proceso, dando como resultado final dos mil castellanos, principalmente pagados en recibos y otros documentos, lo cual evidenciaba la integridad de los oficiales y protegidos del gobernador de Castilla del Oro.

Para evitar que el escándalo de estas violencias y saqueos llegara a la corte de España, Pedrarias astutamente negaba a cualquier español que no se confesara parcial a salir de la Tierra Firme, ofreciéndose a hablar maravillas sobre su gobierno. Su arrogancia llegó al extremo de apoderarse de todas las cartas que iban y venían de las Indias, con el fin de evitar que su conducta fuera conocida en la corte por cualquier medio.

Oviedo, cuyo principal deseo, aunque personalmente injuriado, era la salvación del Darién, concluyó su Relación proponiendo al Real Consejo de Indias los medios que, en su opinión, debían adoptarse para evitar la ruina de esa desdichada comarca. Escribió: "Así que, para el caso de Tierra Firme, conviene que Su Majestad determine una de dos cosas: perderlo o ganarlo. Para perderlo, no se podría buscar ni pensar en nada mejor que dejarlo estar de la manera en que está. Y para ganarlo, y detener tantos daños y dar orden de cómo Dios y Su Majestad sean servidos y la tierra remedida, se debe procurar que aquel que gobierne esa tierra sea un hombre de buena sangre, que tenga celo y como fin principal el servicio de Dios y del Rey, que sea amigo de la justicia y esté dispuesto a trabajar por su persona y no por una excesiva codicia, que no esté cargado de hijos y tenga una edad adecuada para el juicio y para los trabajos. Además, deberá contar, donde quiera que esté, con una o dos personas de buena conciencia y letras. Y si fuera necesario, que lo es y mucho, deberá volver a tomar las residencias a los jueces pasados, lo cual no será de poco interés para la hacienda de Su Majestad. Además de eso, deberá tener siempre en el Darién un teniente que sea una persona de letras y buena conciencia, que administre justicia en la costa y pueblos del Norte, y otro en la costa y pueblos del Sur".

Este era el hermoso ideal de Oviedo, que lamentablemente no pudo ver realizado en tantos años de contradicciones y desgracias.

A mediados de marzo de 1524, el Emperador trasladó su corte a Burgos, y el Veedor siguió sus pasos, decidido a buscar justicia. Mientras exponía los cargos contra Pedrarias ante el Real Consejo de Indias, doña Isabel de Bobadilla y el bachiller Corral intentaban contradecirlo. Insinuaban al Consejo que sería un grave error destituir al gobernador, cuya habilidad y sabiduría eran ampliamente elogiadas. La influencia de la Bobadilla, sobrina de la célebre marquesa de Moya, era palpable en todas partes, mientras que las argucias del astuto bachiller también tenían su efecto. Este último incluso demandó personalmente a Gonzalo de Oviedo para que le compensara los daños causados en su hacienda por el destierro de Santa María del Antigua, un acto que el Real Consejo consideró arbitrario y por el cual condenó al Veedor a pagar cien mil maravedís por no haberlo remitido al tribunal superior de Pedrarias.

A pesar de este contratiempo, que surgió más por su lealtad que por su injusticia, Oviedo no se desanimó. Aunque encontró castigo en lugar de recompensa, no se rindió. Mientras el Consejo consideraba la mejor manera de proceder con respecto a la gobernación de Castilla del Oro, ordenó que tanto el Veedor como el bachiller se presentaran a dar sus descargos ante el juez de residencia que sería enviado a la Tierra Firme. Oviedo no se dejó vencer por este revés y siguió adelante con determinación.

Mientras tanto, el asunto principal que lo había llevado a España avanzaba lentamente. Aunque no perdía de vista los asuntos de América, decidió dedicarse al cultivo de las letras para no caer en la ociosidad y distraer su mente del laberinto de querellas, demandas, réplicas y ratificaciones. Fue entonces cuando escribió la Respuesta a la Epístola moral del almirante de Castilla, una obra en la que delineó magistralmente el estado de las costumbres, considerando su corrupción como el origen de los males que aquejaban al Estado. También recopiló en sus diarios las noticias sobre el asombroso descubrimiento del estrecho de Magallanes, cuya narración escuchó del valeroso capitán e ilustre piloto Juan Sebastián del Cano, quien acababa de completar la vuelta al mundo.

Cuando el Emperador partió hacia Valladolid con el propósito de formalizar las capitulaciones del matrimonio entre el rey de Portugal y la infanta de Castilla, doña Catalina, el Veedor laborioso ya había logrado retomar sus antiguas relaciones literarias. De esta manera, se preparaba para completar su conocimiento sobre los acontecimientos ocurridos en Europa durante su ausencia en el Nuevo Mundo.

Pocos meses después de establecerse en Valladolid, Gonzalo de Oviedo recibió una clara muestra del aprecio que el presidente del Consejo de Indias tenía por su lealtad, a pesar de no haber podido absolverlo de la falta cometida en el asunto del bachiller Corral, al excederse en sus facultades. Convocado ante el Consejo, el Veedor escuchó del cardenal de Sevilla que el capitán Rodrigo de Bastidas solicitaba la gobernación de Santa Marta, que Oviedo había renunciado en Barcelona, pero el Consejo se negaba a concedérsela sin conocer primero su voluntad, considerando que, como antiguo criado de la casa real, debía tener prioridad sobre cualquier otro.

Aunque Oviedo agradeció la consideración, recordó que, entre los términos de su solicitud previa para esa provincia, había pedido cien hábitos de la Orden de Santiago. Aunque agradecido por el gesto, insistió en su demanda, considerándola necesaria para sus planes. Sin embargo, el Real Consejo de Indias no podía conceder en 1524 lo que había negado en 1519 por considerarlo perjudicial para los intereses de la corona. A pesar de la insistencia de Oviedo, el Consejo decidió que no se discutiera más sobre los hábitos, y la gobernación de Santa Marta recayó en el capitán Bastidas.

Quizás arrepentido o deseando reparar el mal efecto que su insistencia había causado en el Consejo, Oviedo solicitó la tercera gobernación de Castilla del Oro, conocida como Cartagena, una región al oeste de la encomendada a Bastidas, igualmente rica en metales y fértil en campos. Esta vez, su pretensión encontró poca resistencia en el Consejo, a pesar de su reciente negativa. Aceptó las condiciones ordinarias impuestas a los demás capitanes y pobladores, y finalmente obtuvo los títulos y despachos de gobernador y capitán general de Cartagena, con las capitulaciones aprobadas por el Emperador.

Sin embargo, mientras atendía sus propios asuntos, Oviedo no descuidaba los intereses de la ciudad del Darién. Convencido de que la permanencia de Pedrarias en la Tierra Firme era perjudicial, estaba decidido a mantener su acusación y no abandonaría la corte hasta lograr su derrocamiento, a pesar de los intentos de doña Beatriz de Bobadilla por frustrar sus esfuerzos.

Después de enfrentar una serie de fiebres rebeldes, el Emperador trasladó su corte a Madrid en otoño del mismo año, con la intención de recuperarse y pasar el invierno en la villa. Durante este tiempo, Oviedo intensificó sus esfuerzos para alcanzar sus objetivos, deseando poner fin a los sinsabores y disgustos que le habían causado sus dificultades. Sin embargo, los prósperos eventos de la guerra en Italia avivaron su amor por la patria, proporcionándole abundante material para sus proyectos históricos y llevándolo a nuevas empresas.

En abril de 1525, Madrid recibió la feliz noticia de la victoria en Pavía y la captura de Francisco I, quien fue posteriormente llevado a la corte española y puesto bajo la custodia de Hernando de Alarcón en la famosa torre de los Lujanes. Impulsado por su fervor patriótico, Oviedo decidió consignar este extraordinario y glorioso evento en una relación detallada, siguiendo de cerca los acontecimientos desde la llegada del rey Francisco a Madrid hasta su matrimonio con la reina viuda doña Leonor. En su relato, Oviedo no dejó de destacar la amistad y el favor que disfrutaba entre los grandes y principales cortesanos.

Mientras tanto, se convocaron Cortes generales del reino en la ciudad de Toledo, lo que obligó al nuevo gobernador de Cartagena a trasladarse a esa metrópoli, donde también se había establecido el Real Consejo de Indias. A medida que la situación en Darién parecía resolverse, llegó a la corte el segundo presente enviado por Hernán Cortés desde México, lo que avivó los rumores y la envidia debido a sus deslumbrantes riquezas. A pesar de las críticas cortesanas hacia Cortés, Oviedo, que conocía de primera mano los grandes esfuerzos y sacrificios en América, sintió indignación por las murmuraciones y decidió examinar de cerca los eventos de tan prodigiosa conquista.

Sin embargo, su viaje a América no podía llevarse a cabo de inmediato, ya que aún enfrentaba la tenaz resistencia de doña Isabel de Bobadilla y sus partidarios. Además, en el Real Consejo de Indias se discutía el tratamiento adecuado para los americanos, una cuestión que generaba discrepancias entre personas de alta virtud y conocimiento, y que llamaba seriamente la atención del Emperador.

Oviedo fue convocado por el Consejo de Indias para prestar declaración bajo juramento sobre este asunto crucial. Aprovechando la oportunidad para reafirmar sus opiniones sobre el maltrato de los indígenas, condenó a los cristianos que, preocupados únicamente por enriquecerse, los oprimían cruelmente y devastaban vastas regiones sin preocuparse por su conversión y enseñanza. Sin embargo, no podía prever que esta noble postura le acarrearía enemistades y censuras incluso después de su muerte.

El nuevo gobernador de Cartagena, con la intención de liberar la Tierra-Firme de la influencia de Pedrarias, vio cómo el Real Consejo de Indias consultaba al Emperador sobre su destitución y proponía a Pedro de los Ríos, un caballero de Córdoba, como su sucesor. Oviedo, albergando esperanzas halagüeñas debido al prestigio y buen nombre de los Ríos, se preparaba para regresar a América cuando una nueva obligación hacia el Soberano lo detuvo en Toledo: el Emperador expresó su deseo de conocer más sobre el Nuevo Mundo, y Oviedo, cumpliendo con devoción sus deseos, recurrió a su prodigiosa memoria para complacer a su rey, presentándole el "Sumario de la Natural Historia de las Indias", impreso por mandato del César en 1526.

A principios del mismo año, el Emperador se trasladó a Sevilla para celebrar sus bodas con doña Isabel de Portugal, un evento que fue recibido con gran pompa y regocijo en la populosa metrópoli. En Sevilla, Oviedo tuvo la satisfacción de ver cómo Pedro de los Ríos era nombrado gobernador de Castilla del Oro, a quien ofreció su amistad y servicios. Decidido más que nunca a perseguir la justicia contra Pedrarias y sus seguidores, Oviedo se embarcó el 30 de abril en la misma carabela que el nuevo gobernador, posiblemente encontrándose con el bachiller Diego del Corral, quien se dirigía también a la Tierra-Firme según lo ordenado por el Real Consejo de Indias en Burgos y Valladolid.

Después de partir, hicieron escala en la Gomera el 31 de mayo, y tras tomar provisiones necesarias, continuaron su viaje, deteniéndose durante tres días en la isla Dominica para reparar una de las carabelas y abastecerse de agua y leña, enfrentándose a algunas escaramuzas con los indígenas. Finalmente, el 30 de julio llegaron al Nombre de Dios, donde Pedro de los Ríos y su alcalde mayor, Juan de Salmerón, asumieron sus cargos. Aunque Salmerón aún no había comenzado su trabajo como juez de residencia, el bachiller Diego del Corral presentó una demanda de 8,000 pesos contra Oviedo por los supuestos daños causados durante su remisión a España. Sin embargo, tras las aclaraciones del gobernador de Cartagena y la solicitud de indemnización por parte de Oviedo, intervinieron mediadores honrados para resolver el conflicto, y el 25 de agosto todos partieron hacia Panamá.

Mientras tanto, se supo que Pedrarias, enojado por el poder otorgado a Oviedo y enfurecido por su inesperada partida, había saqueado la ciudad de Darién en septiembre de 1524, expulsando a sus habitantes y dejándola vulnerable a los ataques de los indios caribes, que la redujeron a cenizas. Esta devastación significó la pérdida casi total de la fortuna de Oviedo, incluyendo la heredad que él mismo había fundado, sufriendo una pérdida de más de 6,000 castellanos.

El 5 de febrero de 1527, el destituido gobernador llegó a Panamá, consciente de que se le realizaría una residencia formal de sus actos, aunque no tan exhaustiva como Oviedo y los agraviados deseaban, ya que doña Beatriz de Bobadilla había obtenido una cédula del Real Consejo que limitaba las cuentas a partir de la residencia simulada del licenciado Alarcón. A pesar de esto, Oviedo no dejó de presentarse como demandante, interponiendo varias demandas personales que ascendían a la considerable suma de 8,000 pesos de oro, lo que llevó a Pedrarias a buscar intercesores para con el Veedor.

El Veedor, resentido por las injurias pasadas y sospechando que Oviedo había participado en los consejos en su contra, inicialmente se resistió a las súplicas de sus amigos. Sin embargo, deseaba poner fin a las disputas y, finalmente, llegó a un acuerdo con Pedrarias, quien lo indemnizó con setecientos pesos de oro y dos marcos de perlas. Además, se llevó a cabo un juramento formal de que Oviedo no había participado en ningún acto ni consejo para que fuera asesinado.

Como medida de seguridad y para evitar futuras disputas, se celebró una concordia entre ambos, autorizada por un escribano público, en la que se imponía una multa de 2,000 pesos de oro al que primero la quebrantara. Aunque dejó de lado las disputas con Pedrarias, Oviedo no abandonó la acción legal contra los cómplices de Simón Bernal. Sin embargo, antes de poder buscar justicia contra el deán, y a pesar de que había traído una provisión especial del Consejo desde España, la Providencia intervino al librarlo de nuevas controversias con el fallecimiento de Juan Pérez Zalduendo.

Una vez resueltas esas disputas, Oviedo planeaba dirigirse a Cartagena y, con ese fin, solicitó a Salmerón que le presentara las cuentas restantes de los bienes del adelantado Balboa, consciente de que la cantidad a favor del fisco era escasa. Mientras se ocupaba diligentemente de esto, llegaron noticias a Panamá de que Rodrigo de Bastidas, enemistado con el Veedor por influencia de terceros malintencionados, había saqueado la isla de Codego y se había apoderado de quinientos indios, que luego fueron vendidos en Cuba, San Juan y La Española. Este acto indignante enfureció al gobernador de Cartagena, quien consideraba que Bastidas había violado los mandatos del Emperador al invadir el territorio de otra gobernación y maltratar a los indios encomendados a otro.

 

Debido a este incidente, la amistad entre Oviedo y Bastidas quedó irremediablemente rota. Aunque Oviedo había gastado parte de su fortuna preparándose para esa expedición, decidió renunciar a la gobernación de Cartagena, cuya región se había alzado en armas como resultado de este ataque desleal. Regresó entonces a su cargo como Veedor de las fundiciones de oro, del cual aún no se había desvinculado. Deseando alejarse de los escenarios de sus desgracias, se trasladó a la gobernación de Nicaragua, donde su pariente Diego López de Salcedo era el gobernador en ese momento. Permaneció allí sin mayores contratiempos hasta que la presencia de Pedrarias Dávila volvió a inquietarlo.

Doña Beatriz de Bobadilla logró mucho en el Consejo de Indias desde abril de 1526. No solo logró que se olvidaran los cargos formulados por Oviedo contra su esposo, sino que también logró obtener para él la gobernación de Nicaragua antes de que se terminara la residencia de su anterior cargo en Castilla del Oro, lo que perjudicó a Salcedo. Esta decisión indignó enormemente a Salcedo, quien, aunque podría haber resistido su ejecución debido a que aún no había transcurrido el tiempo de las capitulaciones, cedió el cargo a Pedrarias, quien, al recuperar el poder, volvió a hostigar a Oviedo, en detrimento de Salcedo.

Después de las disputas pasadas, Oviedo decidió vivir lejos de Pedrarias, consciente de que la avaricia y la tiranía del anciano gobernador estaban aumentando con la edad. Recorrió diversas ciudades y poblaciones, completando así sus estudios y observaciones sobre la flora y fauna de la región, sin perder de vista la exploración de los grandes lagos y los volcanes de la Tierra-Firme.

Seis largos años habían pasado desde que Oviedo dejó a su familia en la Isla Española, sin tener el consuelo de abrazar a sus queridos hijos ni una sola vez entre tantos afanes. Con más de cincuenta años de edad, su espíritu aventurero de juventud se había apagado en cierta medida, y reconocía la necesidad del sosiego que solo se puede encontrar en el hogar familiar a esta edad. Por ello, dirigía todas sus miradas hacia la ciudad de Santo Domingo, donde lo esperaba el amor de su esposa e hijos.

Decidido a regresar a Panamá para solicitar la licencia necesaria de Pedro de los Ríos para llevar a cabo su plan, se embarcó en el puerto de la Posesión a finales de mayo de 1529. Sin embargo, aunque el deseo avivaba su imaginación, se encontró con eternas calmas en medio del océano, lo que lo mantuvo siempre a igual distancia de Panamá. Además, sufrió de penosas fiebres intermitentes que pusieron en riesgo su vida.

Dentro del golfo de Orotiña, el maestre Juan Cabezas reconoció que la carabela no ofrecía seguridad para continuar la navegación si el viento cambiaba. Obligados a tomar tierra en el puerto de Posessí, descubrieron que el timón estaba roído por la broma y que dos tablas del costado de la carabela estaban podridas, lo que hacía casi milagroso que no se hubieran hundido en el mar durante la travesía de cien leguas que habían recorrido.

Tras reparar el barco, más por la habilidad del piloto que por los recursos técnicos disponibles, zarparon de nuevo y llegaron a Panamá cinco meses después de partir de la Posesión. Sin embargo, Oviedo no logró vencer las persistentes fiebres que lo habían acosado todo ese tiempo y que continuaron molestando durante varios meses más de lo que hubiera deseado.

El Veedor no sospechaba que encontraría en Panamá la situación cambiada en la gobernación de Pedro de los Ríos. La insaciable codicia de su esposa, doña Catalina de Saavedra, y su excesiva blandura de carácter hicieron que las quejas al Real Consejo de Indias fueran frecuentes, lo que llevó al nombramiento del licenciado Antonio de la Gama para realizar una residencia en la zona, quien llegó a Panamá poco antes que Oviedo.

La residencia de Pedro de los Ríos duró un año, pero al no estar de acuerdo con las decisiones de Gama, decidió abandonar la Tierra-Firme para llevar su caso al Real Consejo, dejando a doña Catalina en el Nuevo Mundo. Antes de partir hacia la Isla Española, el Regimiento de Panamá, reconociendo la honradez de Oviedo y temiendo el favor que tenía Pedro de los Ríos, le pidió que los representara en la corte, solicitud a la que Oviedo accedió a regañadientes, pues anhelaba vivir pacíficamente con su familia después de enfrentar enemistades infructuosas con poderosos.

Finalmente, Oviedo se embarcó a finales de septiembre de 1550, haciendo una parada en Santo Domingo para reunirse con su esposa e hijos, y llegó con éxito a la península ibérica a mediados de diciembre del mismo año.

Mientras tanto, en Alemania, la protesta se intensificaba, amenazando con consumir el Imperio con sus llamas. El emperador, deseoso de poner fin a estas discordias, intentaba pacificar a los seguidores de Lutero, una empresa ardua que eventualmente se resolvería por la fuerza de las armas. En España, la Emperatriz doña Isabel gobernaba con la asistencia de don Juan Tavera, arzobispo de Santiago y presidente del Consejo de Castilla, un hombre respetado por su talento y prudencia. La corte se encontraba en Ávila cuando Pedro de los Ríos y Gonzalo Fernández de Oviedo regresaron de América con propósitos distintos.

Pedro de los Ríos buscaba limpiar su nombre de los cargos en su contra, mientras que Oviedo esperaba que el Consejo aprobara las sentencias de Gama. Ambos comenzaron a trabajar en sus objetivos, buscando el apoyo de sus antiguos aliados. Oviedo tenía una causa más sólida, y no fue sorprendente que obtuviera una mejor fortuna: el Consejo no solo destituyó a Pedro de los Ríos de su cargo en Panamá, sino que lo condenó a pagar una suma de oro a la real cámara y le prohibió regresar al Nuevo Mundo.

Cumplido el propósito de representar a Panamá, el Veedor se dedicó con igual diligencia a resolver los asuntos locales en la Isla Española, encargados por el Regimiento de Santo Domingo durante su estancia allí. Había recopilado parte de los apuntes que había hecho desde 1505 para formar la compilación que le había encargado el rey Fernando en Toro. Mientras esperaba la resolución de esos asuntos, se dedicó intensamente a revisar y organizar sus notas y memorias, lo que resultó en la primera parte del Catálogo Real, que abarcaba desde la población de España hasta los reinados de Juan II de Castilla y Juan II de Aragón, y que logró completar el 30 de abril de 1552, declarando al mismo tiempo que solo le faltaba transcribir las dos partes siguientes.

Sin embargo, su deseo de poner fin a sus viajes se intensificaba, y el clima de España le resultaba perjudicial para su salud, ya que estaba acostumbrado al clima templado de América. Movido por estas razones, además de su avanzada edad, decidió renunciar a su cargo como Veedor de las fundiciones de oro de la Tierra-Firme, solicitando al Consejo que designara en su lugar a su hijo Francisco González de Valdés, quien en ese momento apenas tenía veintitrés años. Pero no solo obtuvo la gracia para su hijo, sino que el Consejo, reconociendo su incansable labor y apreciando sus obras, propuso al emperador nombrar a Gonzalo como cronista general de Indias. Este pensamiento recibió la aprobación del rey, quien ordenó que, como hombre que merecía descansar, se retirara a su casa para recopilar y escribir con mayor tranquilidad la historia que había comenzado sobre esas regiones.

Esta distinción, que lo devolvía al seno de su familia y lo alejaba de la vida azarosa que había llevado hasta entonces, satisfacía todos sus deseos y esperanzas. Contento y satisfecho, regresó al Nuevo Mundo en el otoño de 1532, siendo recibido con gran aprecio por el Regimiento y la ciudad de Santo Domingo, cuyos encargos había llevado a cabo con honor y en beneficio de sus nuevos conciudadanos.

Pronto encontraron una oportunidad de manifestarle su gratitud y afecto. A principios de enero de 1533 falleció Francisco de Tapia, alcaide de la fortaleza de Santo Domingo; y mientras se designaba un nuevo teniente, los oficiales reales y magistrados de la Audiencia entregaron la fortaleza a Oviedo, seguros de que esta decisión sería bien recibida en la corte. De hecho, una vez restituido el Emperador en España, confirmó por cédula del 25 de octubre del mismo año el nombramiento de Oviedo, otorgándole todas las prerrogativas y derechos que había disfrutado Tapia. Con la misma fecha, el Soberano escribió a Oviedo resolviendo las dudas manifestadas por él en una carta del 17 de mayo, sobre cómo remitir al Consejo los cuadernos de la Historia General y Natural de Indias, obra a la que se había dedicado con gran empeño desde su regreso a Santo Domingo. El monarca ordenó que enviara en el primer barco que zarpara hacia España desde la Isla el tratado en el que proponía demostrar, como había prometido, que las Indias pertenecieron en la antigüedad a los reyes de Iberia. Esta empresa, emprendida por Oviedo con menos razón que patriotismo, despertó la ira de Fernando Colón en aquellos días y posteriormente atrajo la animosidad de los eruditos. Sin embargo, es importante tener en cuenta el motivo que impulsó a Oviedo a formular esta opinión, basándose en la inoportuna autoridad de Aristóteles, Eusebio, San Isidoro, Beroso y Teófilo de Ferrara. Había surgido graves disputas entre España y Portugal sobre la línea divisoria de la conquista en las Indias, y aunque se estableció que la línea se trazara desde las islas de Cabo Verde y las Azores hasta el polo, los portugueses insistieron en que les correspondía todo lo del este designado a los españoles. Esta pretensión exasperó el patriotismo de Oviedo, quien concluyó asegurando que las Indias habían sido conocidas y poseídas anteriormente por los reyes de España. Las pruebas que presentó no fueron sólidas ni convincentes en la corte, y algunos historiadores posteriores calificaron su opinión de vana, dañina y halagadora. Sin embargo, es justo reconocer que la intención de Oviedo era patriótica y sincera.

Sus esfuerzos para fortalecer y proteger la fortaleza que se le había confiado fueron realmente encomiables. Cuando la recibió, se encontraba en un estado de completo abandono: carecía de armas, municiones y pólvora, lo que hacía cualquier intento de resistencia inútil en caso de asedio. Además, la falta de agua en el castillo habría hecho que cualquier asedio fuera de corta duración.

Oviedo tomó medidas inmediatas para mejorar la situación. Reparó los muros, limpió y despejó los fosos, se aseguró de tener suficiente munición y armas, construyó un amplio aljibe en la esplanada y contrató a un experto artillero, al que pagó un salario superior incluso al suyo como alcaide. No escatimó en recursos ni esfuerzos para ganarse la confianza de sus compatriotas y de su rey, incluso sacrificando su propia hacienda y, figurativamente hablando, su vida por el servicio a la república.

Estos esfuerzos se sumaban al tesón que demostraba en sus deberes como cronista. Sin embargo, la paz que tanto ansiaba se vio perturbada por los desmanes y tiranías del gobernador de Santa Marta, García de Lerma. A pesar de los amistosos consejos que le había ofrecido en 1555 para evitar el desastre, Lerma continuó en su camino de corrupción y abuso de poder, ignorando tanto las advertencias de Oviedo como las de la Real Chancillería.

Finalmente, Lerma fue llevado a juicio, donde se comprobaron todos los cargos en su contra, incluyendo robos y desacatos, y fue condenado a pagar una gran suma al fisco en pesos de oro.

Por tanto, resultaba indispensable recurrir al Consejo de Indias para que se impusiera la pena que la torcida conducta del rebelde Lerma merecía. El Regimiento y la Audiencia de Santo Domingo volvieron sus ojos hacia el cronista, suplicándole que aceptara los poderes del primero y el crédito de la segunda. Oviedo, vencido por el noble deseo de liberar la región de tan ominosa tiranía, accedió a esta solicitud.

Partió hacia España y llegó a Sevilla en el verano de 1554, coincidiendo con los preparativos de Gerónimo de Ortal para su expedición en busca del Orinoco. Al llegar a la corte, que entonces se encontraba en Valladolid, presentó ante el Consejo las causas de su viaje, junto con el proceso y la sentencia contra Lerma. Logró que se designara al oidor Rodrigo Infante para que llevara a cabo la residencia de todos los actos de Lerma.

Poco después, García de Lerma falleció, abrumado por el peso de sus crímenes, sin haber satisfecho las numerosas y contundentes demandas de aquellos a quienes había agraviado, incluyendo a los oficiales reales expulsados del territorio de Santa Marta.

Oviedo no quería desperdiciar ni un momento ni su viaje. Una vez terminada la primera parte de su "Historia General y Natural de las Indias", presentó al Consejo los últimos cuadernos que había escrito, solicitando su examen y aprobación para poder imprimirlos junto con los anteriores. Sin embargo, los importantes acontecimientos que perturbaron la paz de la cristiandad a principios de 1555 probablemente retrasaron el cumplimiento de sus deseos.

El 28 de febrero, el Emperador partió de Madrid con el objetivo de impulsar los preparativos navales en el Mediterráneo contra el poder de Barbarroja. Durante este tiempo, la familia real se quedó en la villa, donde el cronista recibió un nuevo testimonio del aprecio por sus servicios anteriores. En ese momento, el Emperador deseaba que el príncipe don Felipe fuera educado y sirviera de la misma manera que el primogénito de los Reyes Católicos. Por ello, ordenó que se estableciera la casa del príncipe siguiendo el ejemplo de la corte de esos soberanos.

Se consultó a muchos personajes importantes, incluido el conde de Miranda, don Juan de Estúñiga y Avellaneda, pero todos se remitieron a Gonzalo Fernández de Oviedo, cuya estrecha relación con el príncipe don Juan y cuya extraordinaria memoria eran elogiadas universalmente. Por esta razón, don Felipe lo llamó para que informara a su tutor, don Fernando de Estúñiga, sobre el orden y la etiqueta establecidos para la casa del fallecido príncipe de Asturias.

Oviedo cumplió con la tarea, escribiendo una breve relación donde detallaba el régimen y la forma del servicio y la cámara del hijo de Isabel la Católica. Desde entonces, albergó el pensamiento que finalmente materializó doce años más tarde: la composición del valioso tratado sobre los Oficios de la Casa Real de Castilla.

Tampoco permanecía ocioso en cuanto a otras tareas literarias emprendidas. En 1552, al finalizar la primera parte del "Catálogo Real", declaró que ya tenía recopilados los materiales e incluso había esbozado las minutas de la segunda y tercera parte de este importante monumento histórico. Desde 1535 se había propuesto completarlo, extendiendo la relación de los principales acontecimientos desde la muerte de don Juan II hasta el año 1534, cuando la cristiandad celebraba el advenimiento de Paulo III al papado.

La segunda parte la tituló "Epílogo Real de Castilla" y la tercera como "Epílogo Imperial y Pontifical", formando así la historia general de los reyes de España, emperadores y pontífices romanos que habían florecido hasta ese momento. Mientras tanto, con la aprobación en todas sus partes de la primera parte de la "Historia General y Natural de las Indias" y obtenido el privilegio del Consejo Real para su impresión, Gonzalo Fernández de Oviedo se dirigió a Sevilla.

A fines de septiembre, la obra estaba lista para ser impresa después de un largo período de cuarenta y tres años de dedicación sin interrupciones. El impacto que la "Historia General" tuvo fue universal y elogioso: reveló los grandes misterios de una naturaleza tan rica y espléndida como desconocida para los sabios del mundo antiguo. Proporcionó información singular sobre la religión, los ritos y las costumbres de los habitantes, cuya existencia había sido constantemente cuestionada.

Además, describió las virtudes prodigiosas de árboles y plantas nunca antes sospechadas por los naturalistas, así como los pintorescos paisajes de lagos, ríos y montañas que albergaban tesoros maravillosos. Finalmente, elogió el extraordinario esfuerzo de los primeros navegantes que, luchando contra las olas en medio del océano, lograron descubrir un mundo nuevo y llevar los estandartes católicos de Castilla a regiones tan remotas.

Las ciencias filosóficas y naturales, la medicina, la cosmografía, la náutica e incluso la milicia encontraron en la "Historia General de las Indias" una fuente de conocimiento, lo que llevó a su traducción en varios idiomas, incluyendo toscano, francés, alemán, turco, latín, griego y árabe. Este honor no había sido alcanzado por ninguna otra obra moderna hasta ese momento, algo de lo que Gonzalo Fernández de Oviedo se mostró profundamente satisfecho posteriormente.

***

Gonzalo Fernández de Oviedo había surcado el vasto océano en numerosas ocasiones cuando, en 1555, vio la luz la primera parte de su "Historia General y Natural de las Indias". El último pliego se imprimió el 10 de septiembre, y con la misma fecha dedicó la obra al cardenal don fray García Jofre de Loaysa. En esta dedicatoria, recordó su cargo de procurador, solicitando para las Indias prelados eruditos y de buena reputación, así como jueces íntegros y libres de codicia.

En ese invierno, regresó a la Isla Española, llegando al puerto de Santo Domingo sin contratiempos el 14 de enero del siguiente año de 1556. Fue recibido por la Audiencia y el Regimiento, quienes reconocieron su diligencia en la procuración, tanto en el bienestar de sus conciudadanos como en la promoción de medidas para el crecimiento poblacional en la ciudad e isla.

Con este propósito, había obtenido una cédula del Real Consejo de Indias que concedía una merced de 30,000 maravedís por vida al primer vecino de Santo Domingo que cosechara cien fanegas de trigo en una siembra. Además, llevaba consigo otras gracias y privilegios, todos destinados al mismo fin: contrarrestar el despoblamiento de las fértiles tierras donde los españoles habían establecido sus primeras colonias, amenazadas por la codicia desatada por el descubrimiento y conquista de otras regiones.

A pesar de la satisfacción del Regimiento y la Audiencia, surgieron individuos envidiosos y malintencionados que intentaron difamarlo ante los habitantes de Santo Domingo y la corte española, acusándolo de buscar solo su propio beneficio y cuestionando la legitimidad de las dietas que había recibido durante su estadía en la península. Sin embargo, estas quejas, expresadas incluso por el Veedor de las fundiciones Gaspar de Astudillo ante el propio Emperador, no lograron el efecto deseado. Más bien, resaltaron la integridad de Oviedo, lo que llevó a Astudillo a ganarse la justa animadversión y desprecio por sus malas acciones.

Estas críticas llegaron a tal extremo que dos años después, el almirante y los regidores de Santo Domingo se dirigieron al Emperador para denunciar las acciones de Astudillo, describiéndolo como un hombre bullicioso y de mala reputación. En resumen, así actuaba el detractor de Oviedo.

La acogida favorable que recibió la "Historia General" en el Consejo de Indias y su extraordinario éxito en el mundo literario sirvieron como estímulo efectivo para el Alcaide, alentándolo aún más en sus tareas históricas, que día a día iban adquiriendo mayor envergadura. No contento con lo ya publicado, desde su regreso a la Isla La Española, se dedicó a enriquecer la primera parte con valiosas adiciones, narrando los eventos que continuamente llegaban a su conocimiento. Además, no descuidó la continuación de la segunda y tercera partes, aprovechando la real cédula que obligaba a los gobernadores y adelantados a comunicarle las novedades de los nuevos descubrimientos.

A pesar de este constante trabajo, el día de su conclusión parecía alejarse cada vez más. Sin embargo, se entregaba a estos loables estudios con una admirable constancia. Fue en medio de estos que recibió la noticia devastadora de la trágica muerte de su hijo a través de las relaciones de los descubrimientos y conquistas del mariscal Diego de Almagro.

Francisco Fernández de Valdés, hijo del Alcaide, seguía al ejército de Almagro como veedor de la Tierra-Firme, cargo heredado de su padre. Durante la expedición, los expedicionarios sufrieron hambre y frío, enfrentándose a una serie de desafíos y privaciones mientras atravesaban territorios inhóspitos y peligrosos. Llegaron al río de Arequipa en noviembre de 1536, que estaba tan crecido y violento que apenas los nadadores más valientes se atrevían a cruzarlo. El mariscal temía que la gente fuera arrastrada por la corriente, lo que generó gran angustia en medio de la expedición.

La amargura de Oviedo alcanzó su punto más alto al enterarse de la trágica muerte de su hijo, quien luchaba en vano contra la impetuosa corriente, desfalleciendo finalmente y desapareciendo entre las olas. Francisco Fernández de Valdés contaba con apenas veintisiete años al momento de su muerte, dejando dos huérfanos a cargo de su padre, quien no tuvo el consuelo de verlos crecer a su lado. Pocos días después de este desastre, el hijo varón del veedor también falleció, apenas con cinco años de edad. La magnitud del dolor de Oviedo contrastaba con su firmeza cristiana ante esta tragedia.

Aunque estas tragedias afectaron profundamente el espíritu de Oviedo, quien cumplió con la ley natural al lamentarlas, buscó en las responsabilidades militares la paz y la tranquilidad interna que esta vez le negaron las vigilias históricas, aunque nunca las abandonó por completo. En 1552, recibió el castillo de Santo Domingo en un estado casi desmantelado y destruido, y se esforzó con gran cuidado en fortificarlo. En 1555, expuso la necesidad de su armamento ante el Real Consejo de Indias y juró solemnemente ante el decano del mismo, el doctor Beltrán, que solo solicitaba lo necesario. Desde su regreso a La Española, no pasó ni un solo día sin ocuparse del mantenimiento de la fortaleza, impulsado por la aparición de algunos piratas que amenazaban la seguridad de la región, y que ya comenzaban a infestar los mares de Occidente.

Este evento, que causó gran alarma y preocupación en América, despertó una actividad prodigiosa en el Alcaide de Santo Domingo. No contento con solicitar nuevamente para su castillo la artillería de grueso calibre que había solicitado desde 1535, presentó ante el Consejo un proyecto para fortificar las islas y costas de la Tierra-Firme. Propuso la construcción de respetables fortalezas en lugares estratégicos como Nombre de Dios, Puerto Bello, isla de Bastimentos, la embocadura del río Chagres, Cartagena, Santa Marta, el estrecho de Magallanes y muchos otros puntos de importancia similar, con el objetivo de proteger esas ricas y extensas regiones de los corsarios y hacer temida y respetada la bandera española en todas partes.

Además, consciente de la necesidad de restablecer la confianza de los mercaderes, que ya no se atrevían a salir de los puertos, Oviedo propuso la formación de escuadrillas para patrullar constantemente el mar y prevenir cualquier tipo de violencia y saqueo. Aunque presentó un plan amplio de fortificación, en línea con las solicitudes anteriores, nunca perdió de vista su principal deber: la custodia y defensa del puerto de Santo Domingo, reiterando una y otra vez sus leales reclamaciones.

La incompetencia o negligencia de sus predecesores había llevado a la construcción de algunos edificios junto al castillo, los cuales, además de obstruir la vista del puerto desde la fortaleza, impedían el uso efectivo de la artillería para defenderlo de posibles agresiones externas. Ante esta situación, el Alcaide no dudó en proponer la demolición de esas casas, erigidas por algunos magistrados de la Real Chancillería, destacando sabiamente los peligros que acechaban a la ciudad e isla si no se actuaba con prontitud para solucionarlo.

Sin embargo, el Consejo no atendió a las solicitudes de Oviedo, quizás considerando exagerados los temores que pronto se confirmarían con las incursiones piratas de los franceses en 1537 y 1558, que causaron gran escándalo en esas tierras y daños significativos a la corona. Una vez superado el terror de tales ataques y reconocida la urgencia de las demandas del Alcaide, este escribió al Emperador sobre este asunto crucial:

"Lo primero y más urgente es que Vuestra Majestad ordene la construcción de una fortaleza en la punta más adelante de donde está ahora, a unos doscientos pasos, dejando todo el espacio libre desde la casa del doctor Infante hasta el mar. También se debe construir una torre muy robusta en la otra punta del río, con una constante guardia y media docena de cañones. ¿Construir estas fortalezas y torres asegurará la isla? Digo que no, porque la necesidad de fortificaciones es igualmente importante en otros lugares clave, como los puertos principales, como en la villa de Acua, la Savana, Puerto Real, Puerto de Plata y otros lugares. Es evidente que, si una flota enemiga llegara y ocupara uno de estos puertos, ¿quién nos defendería después de que aseguraran parte de la isla y comenzaran a hacer la guerra?"

Finalmente, el Real Consejo de Indias ordenó el suministro de artillería pesada para el castillo, bajo el mando de Gonzalo de Oviedo, pero no mostró disposición a aceptar sus consejos en otros aspectos, dejando así a esos reinos expuestos a la rapacidad extranjera, que no tardó en manifestarse con diversos ataques.

Los peligros aumentaban aún más debido a la gran emigración de pobladores que, atraídos por las riquezas del Perú, abandonaban tanto la Isla La Española como la de Cuba y San Juan, quizás arriesgándose a una muerte segura, ya que las discordias entre Almagro y Pizarro habían dejado desoladas y ensangrentadas estas prósperas tierras. El Alcaide de Santo Domingo reconocía esta situación, y aunque no podía evitar el éxodo, motivado por su lealtad y sabiduría, intentaba restaurar la amistad y colaboración entre los conquistadores, señalando lo equivocados que estaban en su enemistad, la cual solo conducía a su propia perdición y atraía la ira del rey y el desprecio de los justos.

Sin embargo, esta noble gestión no lograba conmover a los obstinados capitanes, y Oviedo se vio obligado a informar al Real Consejo de Indias sobre los crímenes escandalosos que, llenando de sangre española el imperio de Atahualpa, privaban al comercio y la agricultura de innumerables manos, corrompían la moral y debilitaban los lazos sociales con su ejemplo pernicioso. Los males de América, y especialmente de la Isla La Española, se propagaban a tal extremo que, afectada ya por los asaltos de los piratas y diezmada por la emigración, se encontraba ahora desprovista de sus pastores y jueces. Tras los llamamientos de Oviedo para el retorno del prelado y la solicitud de la creación de un procurador mayor para la ciudad, el nombramiento de cuatro jurados y la reinstalación del fiel ejecutor, una posición eliminada sin mucha previsión, se expresó así el 24 de mayo de 1558, dirigiéndose al César: "La justicia de Vuestra Majestad no se lleva a cabo en especial en esta isla y ciudad, donde las deudas nunca se pagan y los ladrones no son castigados, porque la Audiencia está desatendida, con un solo oidor, anciano y arraigado en la tierra y en el cargo".

Los negocios en la Isla Española no ofrecieron una perspectiva más alentadora en los años siguientes, ya que el Alcaide, comprometido con sus obras históricas, no descuidaba los deberes de su cargo, al tiempo que impulsaba mejoras agrícolas según su perspicaz criterio y su deseo por la prosperidad de sus compatriotas. Oviedo poseía tierras fértiles a orillas del río Hayna, situado a tres leguas de Santo Domingo, y, deseoso de animar con su ejemplo a los pocos agricultores que quedaban en la Isla tras el descubrimiento del Perú y Nueva España, experimentaba con el cultivo de diversas plantas, frutas y cereales que consideraba beneficiosos, obteniendo con frecuencia resultados satisfactorios.

De esta manera, ocupaba sus ocios de funcionario, mientras era consultado por los capitanes y exploradores que visitaban la ciudad en búsqueda de nuevas tierras, hasta que a principios de 1541 se vio afectado por una enfermedad aguda y debilitante, que lo llevó al borde de la muerte y lo dejó tan frágil que requirió de un largo y cuidadoso período de convalecencia para recuperarse. Una vez restablecido en cierta medida y temeroso de no poder completar la segunda parte de su "Historia General de las Indias" si las fiebres regresaban, solicitó permiso al Emperador y su Consejo para viajar a España con el fin de publicar lo que había escrito. Su petición fue concedida de manera pronta y satisfactoria, pues el éxito obtenido con la primera parte hacía que la impresión de las siguientes resultara muy deseable, ya que estas narrarían descubrimientos asombrosos y conquistas portentosas.

El 1 de marzo de 1542, Oviedo escribió al virrey de Nueva España, don Antonio de Mendoza, solicitándole relaciones de lo acontecido en esas tierras, con la esperanza de recibirlas antes de mayo para poder incorporarlas en la edición que estaba preparando. El Alcaide estaba decidido a no regresar a las Indias hasta que todo estuviera impreso, y aunque estaba listo para el viaje, no tan pronto como había manifestado al virrey. Sin embargo, estaba a punto de partir cuando recibió tres cartas del Emperador, todas redactadas en los mismos términos, que desbarataron sus planes en ese momento. El César le informaba desde Monzón, el 30 de agosto, que el rey Francisco I había iniciado la guerra con España, invadiendo los Estados italianos y amenazando con entrar en la Península por la parte de Perpiñán, al mismo tiempo que atacaba el Mediterráneo con sus flotas y las de su aliado Barbarroja, y alentaba a los protestantes de Alemania, mientras llamaba al turco para invadir Hungría. En consecuencia, le ordenaba que prestara la máxima atención y vigilancia a la custodia del castillo bajo su cargo y a la defensa del puerto y la ciudad de Santo Domingo, suspendiendo así su planeado viaje. Oviedo, como vasallo obediente y fiel, acató esta orden y se dedicó desde entonces a reparar las fortificaciones para no verse sorprendido por cualquier acontecimiento desagradable.

Durante esta nueva guerra, el ánimo del Alcaide se vio asaltado por grandes temores, ya que revivirían las antiguas rivalidades entre dos poderosos rivales que luchaban denodadamente por el dominio de Europa. Mientras las banderas españolas ondeaban victoriosas en Alemania, Flandes e Italia, rechazando y derrotando a franceses, turcos, alemanes y africanos, Oviedo protegía celosamente esa valiosa llave de América, siempre dispuesto a repeler cualquier invasión extranjera con las armas, aunque lamentaba que sus consejos no hubieran sido aceptados en años anteriores, lo que ahora dejaba a las islas y costas de Tierra Firme en una posición de resistencia desigual. Finalmente, el extraordinario esfuerzo y coraje de los españoles prevalecieron sobre todos los enemigos del César, y Francisco I compró la paz en Crespio, proclamada el 9 de septiembre de 1544, renunciando a todo derecho sobre los Estados italianos y el patronato de Flandes.

En los primeros meses del siguiente año, Oviedo se enteró de la concordia establecida entre el Emperador y el Rey, aunque esta no parecía más duradera que las anteriores. De inmediato, retomó sus planes para el viaje planeado, habiendo enriquecido tanto la primera como la segunda parte de la "Historia General y Natural de las Indias" con nuevos y más extraordinarios documentos. Los deseos del Alcaide se vieron favorecidos por la necesidad urgente de la ciudad e isla de reclamar justicia contra la dureza y arbitrariedad del licenciado Alonso López Cerrato, enviado a fines de 1545 por el Real Consejo para realizar residencia a los oidores y presidente de la Chancillería de Santo Domingo y gobernar la provincia. Las vejaciones y excesos que infligía a los habitantes eran ya insostenibles.

Movido por la indignación y el daño común, el Regimiento decidió finalmente elevar sus quejas a la corte, destacando las vicisitudes y penalidades que habían llevado a esa envidiable región al extremo. Recordaron también las súplicas infructuosas de años anteriores. Para llevar a cabo este propósito, nombraron como procuradores a Gonzalo Fernández de Oviedo, del cual se conocían su lealtad y rectitud a través de numerosos y claros testimonios, y al capitán Alonso de la Peña, un regidor respetado y discreto de Santo Domingo. Después de recibir instrucciones del Regimiento y las credenciales correspondientes, partieron de la Isla Española a principios de agosto de 1546 y llegaron a Sanlúcar a fines de octubre, no sin haber enfrentado riesgos y dificultades durante la travesía.

A mediados del mes de noviembre, el Alcaide y el capitán llegaron a la corte, que en ese momento se encontraba en Madrid. Se sintieron profundamente decepcionados por la ausencia del César, quien estaba ocupado en las guerras religiosas de Alemania y había dejado la gobernación de estos reinos al príncipe don Felipe. A pesar de ello, presentaron sus poderes al Real Consejo de Indias y expusieron el lamentable estado en que dejaban la Isla Española, el cual se había agravado enormemente con la publicación de las ordenanzas formuladas en Valladolid en el año 1542. Urgían la pronta resolución de las demandas del Regimiento de Santo Domingo, entre las cuales destacaba la remoción de Cerrato; y para lograrlo, ambos procuradores pusieron en juego toda su influencia.

El Alcaide deseaba ganarse la voluntad del príncipe, y al enterarse de que este no vería con malos ojos una ampliación de la breve relación que había compuesto en 1535 sobre la orden de su servicio, se dedicó con empeño a esta tarea, logrando completarla antes de que el príncipe se trasladara a Aragón para celebrar cortes en ese reino. Oviedo aprovechó esta oportunidad propicia para presentar a don Felipe su tratado sobre los Oficios de la Casa Real de Castilla, utilizando hábilmente este gesto para recordarle los problemas que afectaban a la Isla Española.

Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, Oviedo no logró obtener resultados en ese momento, a pesar de la sabiduría y el esfuerzo igualmente valioso del capitán Alonso de la Peña. Finalmente, la corte se trasladó a Monzón, donde el príncipe tenía convocadas las cortes aragonesas. Los Consejos le siguieron hasta Aranda de Duero, donde establecieron sus audiencias para estar listos para el gobierno de Castilla. Los procuradores de Santo Domingo se vieron obligados a trasladarse a esta población para continuar con sus gestiones.

Permanecieron en Aranda durante todo el resto del verano de 1547, período en el que el Real Consejo de Indias resolvió algunas demandas de la Isla Española, mientras que las más difíciles se remitieron a la consulta del rey Carlos V, quien en esos días se encontraba en Augusta celebrando una dieta del imperio. Esta decisión del Consejo hizo evidente la necesidad de que los procuradores se dirigieran a Alemania para obtener resultados concretos. Dado que ni la edad ni la salud de Gonzalo de Oviedo le permitían realizar este viaje, ambos procuradores acordaron que Alonso de la Peña se dirigiera a la corte del César. Mientras tanto, el Alcaide se retiró a Andalucía para huir del penetrante frío de Castilla.

Una vez llegado a Sevilla, punto idóneo para recabar información sobre América debido a la presencia de la Casa de Contratación, que convocaba a capitanes, descubridores y comerciantes procedentes del Nuevo Mundo, Oviedo se dedicó a organizar las relaciones proporcionadas por Alvar Núñez Cabeza de Vaca en Madrid, las cuales versaban sobre las expediciones a la Florida y al Río de la Plata, donde aquel valiente y experimentado líder había sufrido tantas y tan extraordinarias adversidades. Estas tareas lo entretenían gratamente, evocando recuerdos de su juventud y enriqueciendo con ellos su tratado sobre los Oficios de la Casa Real. Simultáneamente, procuraba avanzar en las gestiones de su procuración, manteniendo una activa correspondencia con el capitán Alfonso de la Peña y sus aliados en Monzón y Aranda. Oviedo dedicó los meses restantes de 1547 y parte del siguiente a estas labores, además de traducir del toscano la obra piadosa titulada "Reglas de la vida espiritual y secreta teología", la cual, impresa bajo su supervisión en el mismo año, lamentablemente no obtuvo el éxito esperado.

A principios de agosto, los procuradores de las ciudades debían reunirse en Valladolid para las cortes convocadas por el príncipe don Felipe, quien, atendiendo al grave estado de salud de su padre, el Emperador, se preparaba para dejar estos reinos, confiando su gobierno al príncipe Maximiliano, ya comprometido con la infanta doña María. Oviedo supo que esta era la ocasión en la que el Emperador tenía previsto establecer la casa del príncipe de Asturias siguiendo el estilo borgoñón, desechando así la etiqueta grave y sencilla de los Reyes Católicos y abandonando el antiguo proyecto de continuar con ella. Deseando contrarrestar estos cambios, Oviedo partió hacia Valladolid, donde presentó a don Felipe las Adiciones a los Oficios de la Casa Real, completando así el retrato del servicio y la corte de aquellos monarcas ilustres. Sin embargo, su solicitud no tuvo efecto; el 15 de agosto, el príncipe comenzó a adoptar el estilo borgoñón en su corte, distribuyendo los cargos de su palacio entre los magnates más destacados de Castilla.

Aunque el tiempo invertido en esas tareas y el generoso impulso que lo llevó desde Sevilla parecían haber sido en vano, la presencia del Alcaide en la corte resultó valiosa tanto para su procuración como para sus proyectos históricos. Pocos días después de su llegada a Valladolid, llegaron noticias del levantamiento y las tiranías de Gonzalo Pizarro. Este levantamiento fue finalmente sofocado por la constancia y prudencia del presidente Pedro de la Gasca, y Pizarro fue ejecutado en el valle de Jaquijahuana como castigo por su traición. Las cartas que llegaron con estas noticias incluían relaciones detalladas de los sangrientos sucesos, dejando en claro que las ordenanzas de Valladolid, contrarias al bienestar de los habitantes, y la actuación dura e insensible del virrey Vasco Núñez Vela, derrotado y muerto en Quito por Pizarro, fueron las principales causas del levantamiento.

Oviedo aprovechó el efecto negativo de las ordenanzas para persuadir al Consejo, que ya estaba inclinado, a modificarlas. Además, con diligencia, consiguió rápidamente las relaciones enviadas por don Alonso de Montemayor y otros habitantes del Perú, que estaban en manos del magnífico caballero Pedro de Mejía, cronista al igual que él, del Emperador Carlos V, y con quien ya tenía una relación amistosa. Una vez concluidas las cortes, el príncipe dejó Valladolid el 1 de octubre y se dirigió a Barcelona con la intención de partir hacia Flandes. Mientras tanto, Oviedo regresó a Sevilla para esperar allí el regreso del capitán Alonso de la Peña.

Desesperado por la demora, aunque siempre atento a recoger todo lo relevante para la continuación de la Historia General de Indias, cuya nueva edición había pospuesto no solo debido a la ausencia del Emperador, sino también por el deseo de abarcar todos los sucesos que llegaban a su conocimiento, comenzaba a flaquear su constancia. Sin embargo, recibió una carta del infante de Castilla y Rey de los romanos, en la cual expresaba su placer al leer la primera parte publicada en 1535, y le rogaba que no abandonara esas tareas hasta cumplir lo prometido en ella. Esta solicitud de don Fernando se convirtió en un mandato supremo para el Alcaide, quien en el mismo año de 1548 dejó registrado en la Historia General las siguientes palabras: "En la brevedad de mis días, diré lo que Dios permita que por mí se continúen estas materias; donde, con mis canas y habiendo vivido ya más de sesenta y nueve años, ningún día se me pasa sin dedicar algunas horas a esta ocupación, trabajando con todo lo que está en mí y escribiendo de mi mano, con el deseo de que antes del último día que me quede, pueda ver corregido y listo para imprimir todo lo que he recopilado en las tres partes de esta Historia General de Indias."

Y mientras el sol sigue su curso, me encuentro ahora en este año de mil quinientos cuarenta y ocho, organizando cómo en este mismo año o en el siguiente se reimprima esta primera parte, mejorada y corregida, más enriquecida que en la primera edición. Asimismo, se imprimirá la segunda parte, mientras yo continúo trabajando en la tercera, en la cual no me faltará voluntad para concluirla, ya que una gran parte de ella está escrita en borradores. Aún no había concluido el año, y el Alcaide de Santo Domingo, quien había llegado a Sevilla con los despachos de Alemania traídos por el capitán Alonso de la Peña, se estaba preparando para regresar a la Isla Española. En esos últimos días, tuvo la fortuna de ampliar los datos obtenidos en Valladolid sobre el levantamiento de Gonzalo Pizarro con la información proporcionada por Diego Centeno, que le fue enviada por Pedro de Mejía. El resultado de su gestión, aunque algo tardío debido al tiempo invertido en ella, no pudo dejar de satisfacer los deseos del Regimiento de Santo Domingo: tanto el licenciado Cerrato como su colega Alonso de Grageda fueron removidos de la Chancillería y quedaron sujetos a residencia. Además, el antiguo presidente don Alonso de Fuenmayor, tan querido y esperado por los habitantes de la isla, regresó con el título de arzobispo y capitán general.

En los primeros días de 1549, el capitán y el Alcaide se embarcaron de regreso a América, siendo este último nombrado regidor perpetuo de la ciudad de Santo Domingo. Llegaron a fines del mes de marzo, siendo recibidos con gran afecto y honor por el Regimiento, que los consideraba como los salvadores de esa región. Sin embargo, pronto la alegría de Oviedo se vio perturbada por nuevos problemas y peligros. Aproximándose ya a los setenta y un años, tuvo que enfrentar la amargura de ser insultado e incluso amenazado de muerte por un racionero de la catedral llamado Medrano. Este individuo no solo se atrevió a maltratar sus nobles canas, sino que, arriesgándose a ser considerado sacrílego, llevó su odio al extremo de retirar las armas del Alcaide de su tumba y capilla, las cuales habían sido colocadas en la misma iglesia y pertenecían al mayorazgo fundado por él en la isla. El 14 de abril siguiente, se llevó a cabo una investigación ante la Audiencia sobre este atentado, y el Alcaide quedó satisfecho con la completa reparación que se le otorgó: el racionero fue multado y condenado a devolver las armas a su lugar original.

Una vez superado ese oscuro episodio, que vertió no poca amargura en el corazón del cronista, y reinstalado en su hogar y fortaleza, volvió su atención a sus ambiciosos proyectos literarios, decidido a llevarlos a cabo con la voluntad de un joven y la perseverancia madura de un anciano. Uno de los trabajos que más había anhelado Oviedo desde que presentó al César el Catálogo Real de Castilla era un tratado sobre la nobleza y las casas principales de España, considerado por él como el complemento de esa extensa historia, que había sido interrumpido desde 1545 debido a la promesa que Florián de Ocampo había hecho en el mismo año de publicar las ilustraciones que había recopilado sobre los linajes españoles. Cansado de esperar en vano, o más bien convencido de que Ocampo no cumpliría su palabra fácilmente, decidió dar los toques finales a esta importante obra. En ella reunió tantas y tan singulares noticias sobre las costumbres y hazañas de sus contemporáneos que no sería injusto considerarla como uno de los monumentos que mejor reflejan el glorioso reinado de los Reyes Católicos. Le dio el título de "Batallas y Quinquagenas", dividiéndola en cuatro volúmenes voluminosos. Siguiendo el ejemplo de Hernán Pérez de Guzmán, planeaba incluir una amplia y rica galería de retratos en ellos, trazando los antepasados y descendientes de cada personaje, como alguien que había conocido a casi todos los hombres de Estado de los reinos de León, Castilla, Navarra, Aragón, Granada y Cataluña. Una vez terminada esta valiosa obra, también se propuso finalizar otra igualmente interesante y útil para el esclarecimiento de la historia nacional. Comenzada en 1520, ya había esbozado y recopilado en borradores hasta el año 1532, cuando presentó a la corte la primera parte del Catálogo Real de Castilla. Este escrito se titulaba "Libro del blasón de todas las armas" y tenía como objetivo investigar los orígenes de todas las empresas y blasones que ilustraban la nobleza española. En este tratado, Oviedo demostró un conocimiento vasto y profundo, confesándose partidario de la ciencia heráldica, que en esos días empezaba a ser considerada y cultivada con ahínco. Esto se debía a que, tras haber alcanzado y dominado la grandeza en el campo de los hechos, la nobleza recurrió a los recuerdos de sus ancestros para justificar su representación y valía en el Estado mediante las glorias del pasado.

A estos loables trabajos dedicaba el Alcaide de Santo Domingo sus vigilias, sin descuidar ni un ápice la culminación de la Historia General, a la que se sentía comprometido como cronista, ni considerarse eximido de retocar el Catálogo Real de Castilla, añadiéndole la narración de la última campaña sostenida por el César contra los luteranos. En esta campaña, don Carlos había conquistado los encomiables títulos de experto caudillo y magnánimo príncipe. Sin embargo, ni la avanzada edad ni las exigencias históricas le impedían atender a los asuntos públicos, a los cuales sus cargos de alcaide y regidor le convocaban.

El lamentable estado que presentaba la Isla La Española en 1546 lamentablemente no había cambiado con las disposiciones obtenidas dos años después por el capitán y el cronista. Ni la población crecía, ni la agricultura florecía, ni las costumbres se reformaban, ni la justicia lograba imponerse en esa desafortunada provincia, presa de pasiones desenfrenadas que engendraban toda clase de abusos. En vano clamó Oviedo, ya sea como regidor de Santo Domingo, ya como Alcaide y cronista de las Indias, por la atención a esos males. Mientras la corte de España estaba ocupada con los grandes acontecimientos que perturbaban la paz del catolicismo y quizás deslumbrada por los triunfos del César, tal vez meditaba sobre el remedio y la prosperidad de esos opulentos dominios, cuando las flotas cargadas de oro llegaban para sacarla de sus constantes apuros.

Un evento de suma gravedad para la Isla Española llevó al Alcaide, el 8 de febrero de 1554, a molestar una vez más a la corte, para comunicarle el temor de que los habitantes de Santo Domingo quedaran desamparados. El arzobispo gobernador había sido golpeado por una enfermedad mortal, y los habitantes no tenían ninguna esperanza de que sobreviviera. En medio de sus tribulaciones y aflicciones, siempre acudían a él como a un padre solícito y amoroso, y el simple sonido de su voz era suficiente para consolarlos y fortalecerlos. Oviedo, a quien el arzobispo distinguía entre todos los regidores de la capital, no solo por su constante preocupación por el bienestar de esas tierras, sino también por su edad y vasta experiencia, quizás estaba más afligido que los demás. Aunque siempre atento al bien común, consideró oportuno informar al Consejo sobre esta nueva calamidad y sugirió la posibilidad de que el dignatario Fuenmayor fuera sucedido por el Obispo de San Juan, don Rodrigo de Bastidas, cuyos méritos y los de su padre merecían la gratitud del César. Quizás influyó en esta sugerencia el parentesco que ya lo unía al hijo del capitán, quien en 1527 había obstaculizado su toma de posesión del gobierno de Cartagena. Sin embargo, aunque este interés parecía evidente, los méritos del Obispo eran tan notables y se había dedicado con tanta diligencia a promover la felicidad de sus feligreses, que la noble intención del Alcaide merecía ser perdonada. Finalmente, la Providencia intervino para prolongar la vida del arzobispo, devolviendo la esperanza perdida a los habitantes de la Isla Española, quienes veían en la muerte del gobernador su total ruina.

Durante todo el año 1554, el Regimiento de Santo Domingo estuvo ocupado en solicitudes y peticiones dirigidas al Consejo de Indias, con el objetivo de evitar el despoblamiento total de la Isla Española, que solo se consideraba como una escala y factoría para las nuevas regiones descubiertas en la Tierra Firme. Oviedo se unió a sus compañeros en estas gestiones, pero con resultados igualmente infructuosos como en años anteriores. Agotado por la inútil y larga lucha, decidió regresar a España con el deseo de pasar sus últimos días en su tierra natal.

Sin embargo, no buscó esta gracia de la corte sin antes intentar ganársela con sus méritos. A pesar de su edad avanzada, cuando muchos podrían considerar que había perdido su agudeza intelectual, emprendió una de sus obras más valiosas. Esta obra, dividida en tres partes y titulada "Quinquagenas", tenía como objetivo corregir las costumbres de la juventud presentándoles ejemplos heroicos dignos de imitar. En estas páginas, Oviedo compartió el fruto de su vasta experiencia, utilizando sus notas y apuntes diarios.

Resulta admirable que, a los setenta y siete años, Oviedo aún mantuviera el vigor juvenil y lo reflejara en su obra. En varios pasajes, hace gala de su ancianidad, demostrando al mismo tiempo su perseverancia en los trabajos históricos. En una ocasión expresa: "Entended, lector, que hace días que escribo y hablo sobre estas y otras materias, y no es algo reciente. Este ejercicio me ha sido puesto sin muelas y dientes. De las muelas no tengo ninguna, y me faltan todos los dientes superiores. Mi cabello y barba son blancos, pero a los setenta y siete años, mientras el Señor de la vida lo permita, continúo viviendo". Además, relata su experiencia desde los doce años, cuando fue llevado a la corte de los Reyes Católicos, donde comenzó a conocer la caballería y las principales figuras de España.

El Alcaide de Santo Domingo, quien escribió esta obra y todas las demás sin recibir salario ni recompensa alguna, envió la primera parte de las Quinquagenas al príncipe don Felipe el 10 de enero de 1555, concluyendo la tercera parte el 24 de mayo de 1556. Al remitirla, solicitó al heredero de Carlos V que la revisara y examinara para su posible impresión, con la esperanza de que sirviera como un correctivo para las lecturas apócrifas.

Mientras buscaba ganarse la benevolencia del príncipe, Oviedo también recurrió al Real Consejo de Indias para solicitar que, en reconocimiento a sus largos servicios, se le permitiera renunciar a la tenencia del castillo que había gobernado desde 1532. Propuso que su yerno, Rodrigo de Bastidas, pariente cercano del obispo del mismo nombre, lo reemplazara. El Consejo, favorable a esta petición del cronista, quien además había argumentado la necesidad de regresar a España para publicar la Historia general de Indias, otorgó a Bastidas el cargo de alcaide de Santo Domingo, concediendo a Oviedo la licencia para regresar a la península y conservar el título de regidor de la ciudad, un honor que agradeció profundamente y del cual se mostró satisfecho hasta su muerte.

Justo cuando se disponía a emprender su último viaje, el Regimiento reconoció la necesidad de emprender la guerra contra los indios caribes, que se habían vuelto arrogantes con la emigración de los españoles. El 10 de abril, se decidió otorgar a Oviedo los poderes necesarios para obtener la licencia correspondiente del Consejo, tarea que cumplió con la eficacia que lo había caracterizado en sus anteriores gestiones, logrando así la autorización solicitada. A principios de junio de 1556, el cronista se despidió de esas tierras donde había experimentado tantos desafíos y dificultades, pero también donde había estudiado y aprendido tanto, ansioso por compartir sus conocimientos con los demás.

Al separarse de ese suelo tan especial, lo persiguió el sentimiento de haber luchado en vano para superar los obstáculos que obstaculizaban el progreso de sus compatriotas. Afligido por el estado de postración en que se encontraba la Isla Española, partió para prestarle un último servicio. Dejaba en esa tierra amada las únicas cosas que le importaban, y hacia ella se dirigían las miradas de ese buen padre y ciudadano honorable que se encaminaba a descansar en el suelo patrio, donde también descansaban los restos de sus ancestros.

Al llegar a España en el otoño de 1556, Oviedo se sorprendió al enterarse de los grandes acontecimientos que estaban transformando el antiguo mundo. El vencedor de Italia, el valiente adversario de los turcos, el conquistador de los galos, aún con los laureles frescos de sus triunfos en Alemania, había dejado atrás la pompa y grandeza para vivir retirado en el monasterio de Yuste. Cansado de las victorias sobre los reyes terrenales, ahora anhelaba únicamente el perdón divino, buscando la bienaventuranza eterna. Este cambio maravilloso sorprendió a Oviedo, quien temía que pudiera obstaculizar su único proyecto en la ancianidad: dar a luz la Historia General y Natural de las Indias, corregida, ampliada y embellecida, como había prometido en varias partes de la misma.

Guiado por este propósito, se dirigió a Valladolid, donde en ese momento se encontraba la corte, bajo el gobierno de la princesa doña Juana, hermana del rey don Felipe. Presentó ante el Consejo los poderes de Santo Domingo y los manuscritos de su historia. Logró obtener el permiso para imprimir esa obra, concebida en su juventud, elaborada a lo largo de su vida y completada casi en el umbral de la muerte. Con la misma fe y constancia que siempre lo habían guiado, Oviedo se dispuso a imprimir la Historia General, comenzando por el libro veinte, el primero de la segunda parte.

Sin embargo, la Providencia tenía otros planes. Apenas impreso el mencionado libro, Oviedo fue asaltado por fiebres agudas que, debilitando su vigorosa pero fatigada naturaleza, lo llevaron a la muerte en pocos días. La impresión de la Historia General se suspendió, y en parte ha permanecido inédita y desconocida incluso para los eruditos hasta nuestros días.

Gonzalo Fernández de Oviedo, quien desempeñó roles diversos como mozo de cámara del príncipe don Juan, soldado en Italia, familiar del rey don Fadrique, secretario en España del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, veedor de las fundiciones de oro, y más tarde regidor y teniente del Darién en la Tierra Firme, así como gobernador electo de la provincia de Cartagena y primer cronista de las Indias, falleció en Valladolid en el año 1557, habiendo cumplido ya los setenta y nueve años.

A pesar de las oportunidades que le brindaba la confianza de sus compatriotas en el Nuevo Mundo y la predilección de la corte, Oviedo no albergaba ambiciones desmedidas. Siempre se conformó con una posición modesta, aspirando únicamente a contribuir con sus esfuerzos a la prosperidad de los países que desde su infancia despertaron en él esperanzas pacíficas de gloria.

Oviedo cruzó el océano en doce ocasiones con el propósito de cumplir con esta misión. Las ciudades del Darién, Panamá y Santo Domingo lo vieron como su libertador, recurriendo constantemente a su lealtad para resolver sus mayores conflictos. La Real Chancillería de la Isla Española, la primera audiencia de las Indias, también confió en él, otorgándole representación y poderes, y siempre coronando con éxito las expectativas de todos.

A pesar de los múltiples y desafiantes cargos que ocupó, que pusieron a prueba el temple de su alma, la muerte lo sorprendió con la pluma en la mano, demostrando que era igualmente infatigable en sus enormes tareas literarias como lo fue en los asuntos públicos.

Acabamos de recorrer la vida del capitán y primer cronista de las Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, en la que se confirma lo señalado al inicio de este bosquejo. No fue tarea sencilla, tanto por la novedad del tema —pues hasta hace poco solo se tenían noticias vagas y escasas de tan valioso escritor— como por la importancia que reviste en la historia del Nuevo Mundo. Ello se debe no solo a los cargos que desempeñó, sino sobre todo al noble empeño con que defendió aquellas tierras maltratadas, procurando su prosperidad y la de sus habitantes, incluso mientras era acusado, quizás injustamente, de los crímenes cometidos en ellas.

Nos resta ahora dar cuenta de sus escritos, empresa que no está exenta de dificultades, sobre todo si se sigue el juicio de críticos y biógrafos que, sin haber examinado con rigor su vasta producción, pretendieron situarlo en la república de las letras. Ya hemos mencionado las obras a las que el Alcaide de Santo Domingo dedicó tantas vigilias, en medio de los sinsabores que amargaron su existencia. Hemos señalado, al menos en parte, las razones que lo impulsaron a emprender tareas tan extensas y, finalmente, las etapas en que logró llevarlas a cabo. Con ello, será posible establecer un orden estrictamente cronológico, descartando las obras que se le atribuyeron sin fundamento y delimitando en su justa medida aquellas que, por falta de criterio, se dividieron en varios tratados, en detrimento de su importancia literaria y en agravio del propio Oviedo.

Resulta innecesario advertir que la mayor parte de sus escritos son de carácter histórico, pues la exposición ya lo ha demostrado sobradamente. Tan solo dos de sus obras, ambas traducidas, se apartan de este campo, al que lo inclinaban tanto el espíritu de su tiempo como el ejemplo de la brillante corte en que transcurrió su juventud y formación. Recordemos, como ya se señaló, el impulso que recibieron de la reina Isabel las artes y las letras, así como la eficaz protección dispensada a los ingenios más notables de Italia. Tal patrocinio no podía dejar de estimular el ánimo de los castellanos, que a la par que emprendían empresas arriesgadas, buscaban también perpetuar la memoria de las glorias de sus monarcas. Nunca soberano alguno de Castilla contó con tantos y tan doctos cronistas como Isabel y Fernando: Alonso de Palencia, Diego Rodríguez de Almela, Fernando del Pulgar, Andrés Bernáldez, Mosén Diego de Valera, Antonio de Nebrija, Juan Ramírez de Lucena y tantos otros, quienes dedicaron su pluma a ensalzar aquel reinado. Oviedo los conoció y respetó, y sus obras encendieron en su espíritu una llama poderosa y fecunda que solo la muerte pudo extinguir.

Impulsado por este ambiente, Oviedo cimentó su erudición histórica en el estudio de las obras publicadas hasta su tiempo. Hombre versado en las lenguas francesa, flamenca, alemana, toscana y latina, se nutrió no solo de los autores españoles, sino también de los que escribieron en aquellos idiomas. Sin embargo, la fuente principal de su saber fue su propia experiencia. Dotado de un talento observador y reflexivo, situado en medio de los grandes acontecimientos de su época y en contacto constante tanto con lo más selecto de la corte española como con los capitanes de la conquista, su mirada penetrante no dejó escapar detalle alguno, enriqueciendo así el caudal de sus obras, cuya variedad y extensión aún hoy despiertan admiración.

Ese mismo espíritu de investigación, no obstante, derivó a veces en excesiva minuciosidad. En más de una ocasión lo apartó de la alta consideración histórica para sumergirlo en la exposición de pormenores y noticias secundarias, ajenas al propósito y hasta al carácter mismo de sus escritos. Pero esa es precisamente la marca distintiva de Oviedo: una vez apoderado de un hecho, jamás deja de rodearlo de todas las circunstancias que alcanzaron a su conocimiento; al tratar de un personaje, refiere también cuanto sabe de su familia; al describir una situación, la ilustra con múltiples ejemplos que, aunque no siempre oportunos, rara vez dejan de ser curiosos o singulares.

Las observaciones que suscita la lectura de las obras de Oviedo revelan con claridad cuál es el mérito principal de sus escritos. En ellos se hallan bosquejadas tanto la gran época de su juventud como la no menos gloriosa para las armas españolas de su madurez. Pero lo hace no con el trazo amplio y vigoroso de quien abarca de un solo golpe de vista la magnitud del cuadro que contempla, sino con el detenimiento de quien, incapaz de alcanzar la entonación sublime del conjunto, se complace en delinear minuciosamente cada pormenor, convencido de que así transmite con mayor fidelidad lo que observa.

Así, Oviedo, aunque se llena de entusiasmo al evocar los grandes sucesos de los que fue testigo y comprende instintivamente su importancia, rara vez se eleva al plano de las altas consideraciones políticas. A sus ojos, los hechos que examina carecen de esa trabazón y armonía natural que constituyen el alma de la historia. No debe, sin embargo, reprochársele un defecto que ni él podía superar ni sus contemporáneos alcanzaron. En la época en que florece Oviedo, aunque los modelos de la antigüedad clásica eran ya conocidos, la imitación de los mismos no había arraigado lo suficiente como para liberar a los estudios históricos del estrecho marco de las crónicas.

Incluso un ingenio tan esclarecido como Alfonso X el Sabio, que en el siglo XIII aspiró a elevar la historia desde la simple narración particular hasta la apreciación general de los hechos, no logró cumplir plenamente su propósito ni tuvo continuadores inmediatos. Durante el reinado de Juan II surgieron autores —como Pablo de Santa María y su hijo Alonso de Cartagena, Rodrigo Sánchez de Arévalo, Alfonso Martínez de Toledo, Fernán Pérez de Guzmán y otros— que intentaron dar mayor alcance a las crónicas; pero aún no había nacido entre nuestros mayores, cuando Oviedo se formaba, aquel verdadero espíritu crítico que en el siglo XVI guiaría la pluma de los grandes pensadores.

Oviedo, situado entre los infatigables cronistas de Isabel y Fernando y los doctos historiadores de Carlos V y Felipe II, no alcanza, como Ocampo, Morales, Garibay o Zurita, a investigar los hechos con criterio filosófico, pesándolos en la balanza de la verdad. Incapaz de traicionarla, admite como ciertos los sucesos consignados en las crónicas antiguas y concentra sus esfuerzos en acumular noticias para reforzar con nuevas autoridades los puntos que trata. Ese respeto excesivo por la tradición lo conduce, salvo en aquello que conoció personalmente, a reproducir los errores de las falsas crónicas sobre los tiempos primitivos, llegando incluso a fundar en esos cimientos frágiles opiniones propias que inevitablemente desembocan en lo absurdo.

Ahora bien, aunque la crítica moderna señale y censure en sus obras esa falta de visión general y ese exceso de credulidad —vicios comunes a su tiempo—, no por ello deben ser despreciadas ni olvidadas. Nada resulta más curioso e importante que sus descripciones sobre las costumbres y vestimentas de sus contemporáneos; nada más variado y rico que sus noticias sobre la vida interior y pública de aquellos guerreros que, tras abatir en Granada la media luna, vencieron en Nápoles al orgullo de Francia y asombraron con su arrojo los confines aún ignotos del Nuevo Mundo.

Bajo esta perspectiva, las vigilias de Oviedo merecen la mayor consideración y elogio. Sus escritos, aunque en apariencia desordenados, constituyen un depósito inmenso de materiales cuya utilidad urge reconocer. Allí el anticuario hallará datos preciosos para valorar las prácticas y hábitos de nuestros antepasados; el artista encontrará guía segura para evitar, en la representación de trajes, armas, muebles o adornos, los groseros anacronismos que con frecuencia afean sus obras; el historiador verá esclarecidos hechos dudosos y descubrirá otros muchos olvidados por sus colegas; y el filósofo, armado de esa antorcha, comprenderá las relaciones entre creencias, costumbres y sentimientos de aquella sociedad, pudiendo explicar las bases de su organización y los admirables resultados de sus empresas.

He aquí, pues, cómo el estudio de Gonzalo Fernández de Oviedo, lejos de oponerse a los fines de la ciencia histórica, constituye un recurso fecundo e indispensable, sobre todo cuando se examina el felicísimo reinado de Isabel la Católica y el no menos brillante de Carlos V. Época esta que, tan diligentemente estudiada por los escritores extranjeros de nuestro tiempo, ha de recibir aún nueva luz de los escritos de Oviedo, consagrados por completo a su esclarecimiento.

Las obras del Alcaide de Santo Domingo, tanto originales como traducidas, son las siguientes:

I. Claribalte: libro del muy esforzado e invencible caballero de Fortuna, propiamente llamado don Claribalte, que según su verdadera interpretación quiere decir don Félix o Bienaventurado…

Este libro de caballerías, traducido por Oviedo tras su primera estancia en el Nuevo Mundo durante su retiro en Madrid, fue impreso en Valencia en 1519, como lo señala su colofón:

«Fenesce el presente libro del invencible y muy esforzado caballero don Claribalte, otramente llamado don Félix, el cual se acabó de imprimir en Valencia a treinta de mayo por Juan Venao, año de mil e quinientos e diez y nueve años».

Resulta notable que, habiendo dedicado Oviedo sus ocios a esta traducción, en su madurez se mostrara tan radicalmente contrario a ese género literario, como ya se ha apuntado. El Claribalte, inspirado en los abundantes modelos de la literatura caballeresca, difícilmente podía satisfacer a quien, desdeñando la lectura de mero entretenimiento, solo hallaba digno de aprecio el estudio y conocimiento de la historia. Sin embargo, una opinión tan extrema conduciría a proscribir toda obra de ingenio, lo cual equivaldría a condenar a los pueblos al más lamentable embrutecimiento.

II. Respuesta a la Epístola moral del Almirante (1524).

Se conserva en la Biblioteca Nacional, dentro de un códice con la signatura T. 44, que contiene varios tratados, entre ellos la carta del Almirante de Castilla y la respuesta de Oviedo. El título completo reza:

«Esta es una muy notable y moral Epístola que el muy ilustre señor Almirante de Castilla envió al auctor de las sobredichas Quinquagenas, hablando de los males de España y de la causa dellos, con la Respuesta del mismo auctor».

La epístola, compuesta por don Fadrique Enríquez, consta de doce capítulos donde reflexiona sobre la corrupción de las costumbres, señalándola como fuente de los males que aquejaban a Castilla. Sus observaciones, aunque generales y vagas, contienen pasajes de gran fuerza que revelan la experiencia política del autor. Particularmente significativa es su queja sobre el clero:

«Pues mirando al sacerdocio —exclama— ¡cuán pocos son los prelados de nuestro tiempo que hayan residido en sus iglesias, hecho caridades y limosnas espirituales y temporales, administrado la luz de la doctrina, dado buen ejemplo y guardado a sus ovejas, según y como debieran!».

Esta acusación llevó a Oviedo, en su Respuesta, a pronunciarse con celo semejante al de san Bernardo. Respecto a la guerra de los comuneros, se muestra igualmente severo:

«El fin de su guerra no pudo para ellos ser más próspero que, siendo vencidos, morir por no padecer los males que merecían».

Pero si fue áspero con las comunidades, no fue más indulgente con el clero, al que acusa de codicia, ignorancia, bullicio e hipocresía:

«Como no trabajan por lo que deben, sino por lo que desean, lo que desean es tener vida de viciosos y honra de virtuosos; hijos como casados y autoridad como castos; vanidades como mundanos y reputación como religiosos. Así que, la Iglesia sirve a ellos y ellos a la carne, y la carne al demonio».

Oviedo se dirige también a los príncipes cristianos con energía semejante, reprochándoles disipación y tiranía. Con ello, y gracias al vigor de su estilo, llegó a ser considerado en su tiempo un escritor docto y elocuente.

III. Relación de lo sucedido en la prisión del rey Francisco de Francia… (1523).

El título completo reza:

«Relación de lo sucedido en la prisión del Rey Francisco de Francia desde que fue traído a España, y por todo el tiempo que estuvo en ella hasta que el Emperador le dio libertad y volvió a Francia, casado con madama Leonor, hermana del Emperador Carlos V, Rey de España: escrita por el capitán Gonzalo Fernández de Oviedo, alcayde de la fortaleza de la ciudad de Santo Domingo de la isla Española, y coronista de la Sacra Cesárea Majestad del Emperador Carlos V y de la Serenísima Reina doña Juana, su madre».

Esta relación, contenida en un tomo en cuarto de 165 folios, escrita con letra de fines del siglo XVI o principios del XVII y catalogada con la marca X. 227, no se limita a dar cuenta de lo ocurrido durante la prisión del rey Francisco I, sino que se ocupa de narrar cuanto aconteció en la corte en ese tiempo. En esta parte aparece Oviedo como testigo minucioso y veraz, digno de ser consultado por eruditos e historiadores para conocer las costumbres caballerescas y gallardas de nuestros antepasados, así como aquel noble espíritu que los animaba, aun en medio de los excesos que el propio Oviedo lamenta en su Respuesta al Almirante.
La Relación de lo sucedido en la prisión del Rey Francisco constituye además uno de los capítulos más severos contra aquel monarca, pues, aunque fue obsequiado y servido con generosidad, atendido con esmero durante su grave enfermedad —según refiere con detalle el Veedor de las Fundiciones—, faltó después a su palabra de caballero, olvidando tantas y tan singulares finezas.

IV. Oviedo: Historia natural de las Indias, o Sumario de la Natural Historia de las Indias (1526)

Este repertorio, concebido principalmente para dar a conocer al Emperador las realidades americanas, se organiza en ochenta y seis capítulos. Tras describir la navegación desde España hasta las Antillas y tratar sobre los habitantes de estas islas, sus costumbres y alimentos, Oviedo pasa a ocuparse de los indígenas de Tierra Firme, esbozando sus ritos, prácticas y ceremonias. Incluye también las singulares noticias que había recogido sobre animales, aves, insectos, árboles, plantas y hierbas de aquellas regiones.

Concluida esta parte, de gran interés para las ciencias zoológica y botánica de su tiempo, menciona las minas de oro de Tierra Firme, mostrando conocimiento en su laboreo y ponderando su riqueza. Finalmente, describe la abundante pesquería de perlas en aquellos mares.

El Sumario de la Natural Historia termina indicando el camino hacia el Mar del Sur y señalando al César la facilidad de acceder, por el estrecho de Magallanes, al comercio de las Molucas. Publicado por primera vez en Toledo, fue luego traducido al latín por el docto Urbano Chauveton, alcanzando amplio reconocimiento en Europa. Más tarde, Andrés González Barcia lo reimprimió en el tomo I de los Historiadores primitivos de las Indias Occidentales.

V. Cathálogo Real de Castilla... (1535)

Conocida también como Historia general de Emperadores, Pontífices, Reyes, etc., esta obra es una de las más extensas y apreciadas de Oviedo, tanto por su amplitud como por su importancia. Se conserva en la Biblioteca del Escorial, escrita de puño y letra por el propio autor y señalada con la marca h-j-7. Consta de 451 folios, de los cuales 24 corresponden al índice, y se divide en cinco secciones:

  1. Cathálogo de los Reyes de Castilla y del antiquísimo origen del castillo de sus armas...
  2. Columnas de las estirpes y casas reales de Castilla, León, Aragón, Navarra, Nápoles, Portugal, Borgoña, Flandes y Holanda...
  3. Sumaria relación del Cathálogo de los Reyes de Francia, para seguir la sucesión de las casas de Austria, Borgoña, Flandes, Holanda y Habsburgo...
  4. Epílogo imperial de los Césares desde Julio César hasta el emperador Carlos V.
  5. Sumaria relación del Cathálogo de los Sumos Pontífices, desde san Pedro hasta Clemente VII, entonces papa reinante.

La sola enumeración de las divisiones del Catálogo Real basta para advertir la magnitud de este trabajo histórico, en el que se confirman plenamente las observaciones ya expuestas sobre el mérito literario de Oviedo. La cronología que establece respecto a los reyes primitivos, basada en la autoridad de Beroso, fray Juan Annio de Viterbo y otros falsos cronicones, solo es comparable a la que siguió el benedictino Argaiz en su Corona Real de España por España, cimentada en la fe prestada a tradiciones legendarias. El Veedor de las fundiciones de oro, incapaz de rechazar aquellas fábulas, movido por un natural candor, llegó a señalar la existencia de veinticuatro reyes descendientes de Jafet y de Tubal. Aunque reconoce dudas razonables en este punto, las disipa con el ejemplo del dominico al que seguía entonces y pensaba continuar siguiendo al pie de la letra.

Si en los tiempos primitivos incurre Oviedo en errores de esta índole, o si al tratar la historia romana demuestra no haber profundizado suficientemente en los autores griegos y latinos que escribieron sobre la Península ibérica —centrándose más bien en fijar la cronología del Imperio—, no sucede lo mismo cuando aborda la historia medieval. Ese período lo estudió con mayor atención que cualquiera de sus contemporáneos. Desde la conquista de Toledo, hecho decisivo en los anales de la civilización española, parece animarle un espíritu distinto. Oviedo no investigó en archivos ni recurrió a testimonios de primera mano, pero leyó y comparó cuantas crónicas se escribieron entre los siglos XIII y XV, cotejándolas unas con otras y depurando los hechos dudosos. De ese modo logró un método claro y sencillo en la exposición histórica, enlazando la historia de Castilla con la de Aragón y Navarra, quizá con más arte que el propio Garibay, quien sin duda disponía de mayores recursos para sus tareas.

A este esfuerzo contribuyó también el uso de árboles genealógicos, con los que aclaraba sus investigaciones y explicaba los entronques de la casa real de Castilla con las de Francia, Nápoles y Alemania, punto central de su propósito. Puede afirmarse, en consecuencia, que el Catálogo Real de Castilla es el tratado más completo sobre la historia de España y sus relaciones con los demás Estados de Europa que se escribió hasta el primer tercio del siglo XVI.

La obra se completa con el Epílogo Real, Imperial y Pontifical, que constituye la segunda y tercera parte del Catálogo. Abarca desde los reinados de Juan II de Castilla y Juan II de Aragón hasta el año 1555, fecha en que Oviedo dio por concluido su trabajo. En el Epílogo incorporó la crónica de los Reyes Católicos, redactada en 1525, así como la relación del reinado de Carlos V, a la que añadió, ya en sus últimos años, los hechos memorables de la campaña contra los seguidores de Lutero. En este tramo del Catálogo, el alcaide de Santo Domingo aparece como autor original y testigo presencial de muchos de los sucesos narrados, lo que confiere a su relato gran valor, aunque resulta lamentable que, por la naturaleza de su proyecto, no se detuviera más en el reinado de los Reyes Católicos.

No obstante, los datos que recogió son sumamente curiosos, especialmente los relativos a las rentas reales de Castilla, tanto ordinarias como extraordinarias, a las que se añadían las de los maestrazgos de las órdenes militares incorporados a la Corona y las de Indias, cuya suma ascendía a 2.250.000 ducados. Igualmente interesantes son las noticias sobre las rentas de los comendadores de dichas órdenes, de los cabildos y prelados, de los grandes y mayorazgos, y finalmente de los monasterios y conventos. Todos estos datos estadísticos nos ofrecen una imagen cabal de la nobleza y el clero, estamentos que tenían un papel preponderante en la gobernación del Estado.

VI. Libro de la Cámara Real del príncipe don Juan y oficios de su casa y servicio ordinario (1546-1548)

De este tratado se conservan varias copias en la Biblioteca del Escorial, en la patrimonial de S. M., en la Biblioteca Nacional y en la de la Real Academia de la Historia, aunque el ejemplar autógrafo —del que habla el erudito Baena— se guarda en la biblioteca patrimonial de S. M. No obstante, no pudo haberse escrito en 1540, como este biógrafo supuso.

El propósito de Oviedo al componer esta obra fue dejar un testimonio de la vida interior de la corte del príncipe Juan y de los Reyes Católicos, lo cual la convierte en un valioso depósito de noticias digno de la mayor estimación. Recordando con agrado sus años juveniles, Oviedo procuró completar en las Adiciones a los oficios la idea que deseaba transmitir sobre aquella corte, donde el fausto y la opulencia convivían armoniosamente con la sobriedad y la economía.

VII. Reglas de la vida espiritual y secreta teología (Sevilla, 1548)

Esta obra ascética, traducida y publicada por Oviedo, tuvo un desafortunado recibimiento, lo que lo llevó a acusar a sus contemporáneos de preferir libros mundanos y perniciosos a los útiles y religiosos. Sin embargo, esta crítica no puede aplicarse con justicia a una época en la que se leían con entusiasmo las obras de fray Luis de Granada y se escuchaba con fervor la predicación de fray Juan de Ávila, el apóstol de Andalucía. Como no se conserva ningún ejemplar de la traducción de Oviedo, parece prudente suspender cualquier juicio definitivo sobre ella.

VIII. Batallas y Quinquagenas (1530)

Escritas por Gonzalo Fernández de Oviedo, criado del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos, y cronista mayor de las Indias del emperador Carlos V.

Aunque el alcaide de Santo Domingo no hubiera escrito más que esta obra, ella sola le bastaría para conquistar un lugar destacado entre los principales genealogistas españoles. Tras haber delineado en el Catálogo Real las ascendencias del monarca, Oviedo no dio por concluida tan ardua tarea sin añadir todas las noticias que, a lo largo de su vida, había reunido acerca de las casas ilustres de España y de los nobles varones que militaron bajo los estandartes del César. De este propósito nació su obra Batallas y Quinquagenas.

Para Oviedo, sin embargo, la empresa fue algo más que un simple repertorio genealógico: se convirtió en ocasión de mostrar su refinada erudición histórica y su amplia experiencia. Quiso incluso superar a los célebres autores de los Claros varones y de las Generaciones y semblanzas, a quienes acusaba de parquedad o descontento por el reducido número de personajes incluidos en sus páginas.

Según observa el erudito Clemencín, la obra «está dividida en Batallas, Quinquagenas y diálogos entre el Alcaide —es decir, el propio autor— y un tal Sereno, que con sus preguntas da ocasión a que se refieran la historia, prosapia, armas, rentas y divisas de alguno de los personajes notables de España, y en ocasiones de familias enteras. Con este motivo apenas hay suceso, pequeño o grande, de la época de los Reyes Católicos y de los años inmediatos que no se mencione, con tal abundancia de relaciones particulares, anécdotas y noticias de todo género, que constituye un verdadero tesoro para la historia de aquellos tiempos. Y al proceder de un testigo de vista tan fidedigno, adquiere aún mayor valor para la estimación y aprecio de los estudiosos».

Tan clara y justa apreciación del docto académico no ha impedido, sin embargo, que destacados historiadores de nuestros días hayan formado juicios equivocados sobre la obra, confundiéndola con otras Quinquagenas compuestas años después. Resulta notable que, aun partiendo de tal confusión, casi todos hayan terminado por seguir a Clemencín en su reconocimiento del mérito de tan importante trabajo.

Lamentablemente, no se conserva ningún códice completo de las Batallas y Quinquagenas. Esta circunstancia llevó al autor del erudito Elogio de la reina doña Isabel a suponer que Oviedo nunca llegó a concluirla conforme al plan que había concebido, atendiendo a la avanzada edad en que se encontraba. En la Biblioteca Nacional se conservan tres códices señalados con las marcas Y-59, K-81 y K-150, de los cuales hemos tomado muchas de las noticias aquí empleadas. Parece indudable que un examen comparativo de estos manuscritos, junto con los dos que se guardan en la biblioteca patrimonial de S. M. y el que conserva la Academia, permitirá determinar con mayor precisión qué parte de la obra ha llegado realmente hasta nuestros días.

IX. Tratado general de todas las armas y diferencias de ellas, de los escudos y sus particularidades, así como del orden que debía guardarse para que fueran verdaderos y no falsos; de los colores y metales empleados en la armería, y de las reglas y circunstancias convenientes a este efecto (1550 o 1551).

Este tratado, compuesto de once libros y elaborado con esmero a partir de una vasta recopilación de autores, merece sin duda especial aprecio, tanto por la claridad y el método con que está dispuesto, como por la curiosidad y rareza de las noticias que aporta sobre heráldica, disciplina fundamental en los estudios históricos de aquel tiempo.

Lamentablemente, solo se conserva completo el primer libro, dividido en veinte capítulos, que ofrece nociones precisas e interesantes sobre la confección de los escudos de armas, los colores y metales que los componían, su significado e importancia, así como sobre la legitimidad de los timbres y divisas empleados por caballeros y nobles de Castilla. Los diez libros restantes estaban dedicados al estudio y aplicación de la “diversidad de armas, historias, figuras, banderas, divisas y otras muchas cosas” relativas a esta útil materia, ilustrada por Oviedo con oportunos dibujos y pinturas, según afirma en el prólogo del primer libro que aún se conserva.

Este tratado, considerado en relación con las demás obras del Alcaide de Santo Domingo, no desmerece en absoluto de ellas, antes bien contribuye a completar la visión de su época, cuando la ciencia del blasón tenía un verdadero peso en el Estado. Desdicha es que solo podamos examinar el primer libro de este notable trabajo, mencionado además por el propio Oviedo en varios pasajes de sus demás escritos. El códice existente en la Real Academia de la Historia, signado con la marca E. 21, gr. 5.º, núm. 00, incluye también fragmentos de las Batallas y Quinquagenas.

X. Libro de linajes y armas (1551 o 1552).

Tampoco carece de interés este tratado, que pasó recientemente a poder de la Real Academia de la Historia con la valiosa biblioteca de don Luis de Salazar, antes custodiada en el monasterio de Monserrate. Y decimos que no carece de interés porque, si bien Oviedo no concedió a cada entrada la extensión que hubiera requerido un Nobiliario general, la circunstancia de consignar los vínculos y alianzas de las principales familias y personajes de su tiempo basta para que pueda ser consultado con provecho. Este manuscrito, marcado con la letra C, núm. 24, podría considerarse incluso como una segunda parte de la obra anterior, dado lo semejante de las materias que ambas tratan.

XI. Las Quinquagenas de los generosos e ilustres, y no menos famosos, reyes, príncipes, duques, marqueses, condes, caballeros y personas notables de España, escritas por Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, Alcaide de la fortaleza de Santo Domingo, cronista de Indias, vecino y regidor de dicha ciudad, natural de Madrid (1553-1556).

El propósito de esta obra, orientada principalmente a “corregir los vicios y ensalzar las virtudes”, es distinto al que se propuso el Alcaide en las Batallas y Quinquagenas. En estas últimas buscaba transmitir a la posteridad las hazañas de sus coetáneos, mientras que en las Quinquagenas quiso recordar a los “famosos varones de nuestra España”, distinguidos tanto en las armas como en las letras y en la virtud.

Si bien el intento de generalizar el trabajo restó a las Quinquagenas el interés inmediato y vivaz de las Batallas, les otorgó, en cambio, mayor variedad y amplitud, al reunir en ellas acciones generosas, sentencias célebres y empresas memorables de la historia nacional desde las edades más remotas. En este vasto panorama, Oviedo no olvidó a los mártires cristianos, ni a los sectarios de Mahoma, ni a los descendientes de Judea.

Tomó como modelo la Suma de varones ilustres de Juan de Sedeño, aunque —según afirma— ya tenía gran parte de su obra adelantada cuando llegó a sus manos el trabajo de Sedeño, del que solo aprovechó el ejemplo para dar más amenidad a sus escritos. En el prólogo de la primera Quinquagena, Oviedo señala:

“Procedí en lo comenzado e mezclé y añadí a los famosos señores y varones antiguos y modernos, y compuse en total siete mil quinientos versos en estilo común y nuevo, repartidos en tres Quinquagenas, cada una de cincuenta estancias, y cada estancia de cincuenta versos.”

Esta organización, tan distinta de la empleada en las Batallas, facilita la lectura de las ciento cincuenta estancias que forman la obra (sin contar los añadidos de la tercera parte), aunque altera el orden cronológico de los sucesos narrados.

Como depósito de noticias selectas y como repertorio de hechos memorables —en los que Oviedo no omitió las proezas de ilustres matronas castellanas—, las Quinquagenas son dignas del más alto aprecio. Ofrecen abundante materia de estudio a quienes se dediquen a la historia de España en sus dimensiones civil, militar, religiosa, política o literaria.

Los códices originales de esta obra, escritos de puño y letra del propio Oviedo, se conservan en la Biblioteca Nacional con las signaturas Ff. 104, 105 y 106, y parecen ser los mismos que pertenecieron al duque de Medina de las Torres cuando don Nicolás Antonio redactó su Bibliotheca Nova.

XII. Historia General y Natural de las Indias, Islas y Tierra-Firme del mar Océano (1535-1557).

Llegamos a la obra más apreciada por Oviedo a lo largo de su vida, aquella en la que parecen converger todas sus demás producciones y que constituye, además, el principal objeto de nuestras consideraciones. La Historia General y Natural, aun sin ser plenamente conocida, ha bastado para situar el nombre de su autor entre los historiadores clásicos de Indias, sobre todo desde que se logró completar su edición. No solo merece la estimación de los doctos por ser la primera historia escrita sobre el Nuevo Mundo, sino también por haber sido concebida y desarrollada en medio de enormes contratiempos, y redactada en las mismas tierras que por entonces hollaban por primera vez los españoles. Bajo este aspecto, resulta difícil hallar en la república de las letras una producción que ofrezca mayor interés, espontaneidad y frescura.

Sorprendido por el grandioso espectáculo de aquella naturaleza poderosa y pintoresca, todo en América excitaba su curiosidad y avivaba su entusiasmo, impulsándolo a la contemplación y al estudio. Si hubiera sido poeta, sin duda habría cantado —al modo de Ercilla— la hermosura de aquel cielo benigno, la riqueza casi fabulosa de sus montañas, el curso majestuoso de sus ríos inmensos, la furia de los torrentes desbordados, la portentosa variedad de árboles y plantas, la viveza cromática de las aves, la bravura de los animales selváticos y las costumbres singulares de aquellos pueblos que contrastaban con las de los europeos. Pero, carente de la inspiración poética, Oviedo, dotado en cambio de una capacidad de observación comparable solo a su diligencia, prefirió al canto lírico la investigación minuciosa. Como un nuevo Plinio, observa, compara y analiza los fenómenos naturales, procurando ofrecer a sus lectores la imagen más completa posible.

El Alcaide de Santo Domingo, que no podía someter sus observaciones a principios científicos todavía poco desarrollados en el siglo XVI, no llega a establecer una clasificación rigurosa de plantas, animales, aves, metales o piedras preciosas. Sin embargo, describe con detalle sus formas y características, añade noticias sobre las virtudes medicinales de plantas e insectos y advierte también de sus cualidades nocivas. Así pagaba el veedor de fundiciones su tributo a la naturaleza, corrigiendo con frecuencia los errores de los eruditos europeos.

No menos atención dedicó a las costumbres de los pueblos indígenas: sus creencias religiosas y supersticiones, ceremonias, matrimonios, duelos y funerales; sus tradiciones transmitidas en cantos y danzas; sus juegos y diversiones públicas. Describe sus armas, bebidas, joyas y enseres, así como el funcionamiento de sus mercados y oficios. Retrata también sus guerras continuas, donde la astucia y la crueldad se combinaban con el uso de pinturas corporales para infundir terror al enemigo. Como cronista fiel, no calla los vicios y pasiones de aquellos pueblos, pero tampoco omite reconocer las virtudes que hallaba en ellos, lamentando a menudo que los instintos de la barbarie apagaran en sus corazones la dulzura y nobleza que parecían mostrar en su niñez.

Este esfuerzo, tan oportuno como necesario en una época en que dos razas con distintos grados de cultura se enfrentaban, demuestra que Oviedo conocía las principales condiciones de una historia destinada a mostrar a Europa la riqueza del Nuevo Mundo. Sin embargo, la diversidad de materiales que manejaba, unidos a la fatiga y a la irregularidad con que recibía la información, le impidieron someter la obra a un plan unitario y coherente. La crítica moderna, si bien agradece sus investigaciones, echa de menos cohesión en la exposición de las costumbres indígenas y mayor orden en la narración de descubrimientos y conquistas, que no siempre siguen un hilo cronológico ni guardan entre sí la relación necesaria para comprender su influjo recíproco.

Pese a estas deficiencias de método —que explican tanto sus digresiones excesivas en algunos pasajes como la rapidez en otros—, resalta el noble empeño con que, en medio de una avalancha de testimonios contradictorios, buscó la verdad de los hechos. Borraba una y otra vez de sus manuscritos aquellas noticias que, por sospechosas o apasionadas, no le merecían confianza. Y no podía ser de otro modo en los albores de la conquista, cuando la imaginación engrandecía todos los sucesos y la credulidad multiplicaba portentos y maravillas que a menudo se convertían, para capitanes y soldados, en amarga desventura.

Grande era, sin duda, la empresa acometida por Oviedo, quien no vacilaba en confesar que le «faltaría el tiempo, la pluma, las manos y la elocuencia... para concluir una mar tan colmada de historias». No obstante, no carecía de la perseverancia heroica necesaria para llevarla a cabo, ni tampoco de las cualidades que los historiadores estiman y que lo hacían digno de aprecio entre los doctos.

Convencido de que la ciega codicia de los españoles los arrastraba a una perdición segura, censuraba la imprudencia de aquellos capitanes que, sin pericia ni conocimiento de las tierras adonde conducían a sus soldados, se lanzaban en lucha insensata contra la misma naturaleza, acabando miserablemente sus días en medio de la insurrección y abandonando a la más horrenda desesperación a quienes, engañados por sus palabras, se atrevieron a seguirlos. Indignado contra los que sembraban la discordia entre los españoles con tal de obtener provecho personal, mientras ensangrentaban con bandos y motines un suelo apenas conquistado, señalaba la presencia de legistas y doctores como una de las mayores plagas del Nuevo Mundo; y, al mismo tiempo, condenaba la conducta relajada de aquellos clérigos y religiosos que, olvidando sus votos de castidad y pobreza, escandalizaban con sus vicios y excitaban, con su mal ejemplo, la codicia y torpeza de la muchedumbre.

Animado por un celo verdaderamente evangélico, reprendía con firmeza la dureza de quienes maltrataban a los indios, tronaba contra la crueldad de los que los explotaban para acrecentar sus haciendas y acusaba con energía a quienes, faltando a la piedad cristiana y ofendiendo a la humanidad, hacían ostentación de tiranos, ensañándose cobardemente en los indefensos y rendidos. Oviedo, incapaz de ser indiferente al entusiasmo que despertaban en los españoles las colosales empresas realizadas cada día por un puñado de héroes, se mostraba, aun como testigo, sorprendido ante tanto esfuerzo indomable; y viendo en todas partes el dedo de la Providencia guiando los estandartes de la cruz, atribuía a justo castigo del cielo los desastres sufridos por aquellos capitanes que, llevando por delante el exterminio, manchaban las armas con la crueldad o la arrogancia.

Tales son los principios que guían al primer cronista de las Indias en la Historia general que examinamos. Sin embargo, ni la severidad de sus juicios ni la dignidad con que solía revestirse al intentar limpiar de la mancha de la codicia las páginas de gloria de la conquista, bastaron para librarlo de las acusaciones de otro historiador coetáneo, cuya manera de juzgar conocemos bien: fray Bartolomé de las Casas. Este, varón digno de respeto por el noble celo cristiano que lo movía a defender a los indios, no dudó en confundir a Oviedo entre los que oprimían y asolaban aquellas tierras. Y, agotando el repertorio de las injurias, le prodigó títulos como «infamador, temerario, falso, embustero, inhumano, hipócrita, ladrón, malvado, blasfemo y mentiroso», llegando incluso a declarar sospechosa su Historia general y asegurando que no había escrito sino lo relativo al Darién, y eso, basándose en relatos de marineros y aventureros. No advirtió, sin embargo, que incluso en la Historia de Castilla del Oro, obra que él mismo aprobaba, la verdad de los hechos desmentía tan airada censura.

Oviedo escribía como historiador, no como panegirista. Así, al describir las costumbres de los indios, al referirse a sus sacrificios y ceremonias, a sus vicios y virtudes, no creyó justo absolverlos de la nota de antropófagos, ni ocultar sus sangrientas idolatrías, ni disculparlos del vergonzoso crimen de sodomía. Pero, al consignar estos hechos, no dejó tampoco de apiadarse de aquellos hombres que, privados de la luz del Evangelio, habían vivido hasta entonces en tan profunda oscuridad, aspirando siempre a rescatarlos de la barbarie que los rebajaba y envilecía.

El obispo de Chiapas, en cambio, no escribía como historiador: dominado por un noble pensamiento humanitario, aunque llevado hasta una exageración insólita, dirigía todos sus escritos únicamente a la exaltación de los indios, a quienes deseaba arrancar de la servidumbre, y miraba con honda aversión todo lo que se opusiera a su propósito.

No era solo aquel encuentro lo que enfrentaba a Oviedo con fray Bartolomé de las Casas. En 1519, sacerdote y soldado coincidieron en el Real Consejo de Indias. El primero viajó después a América con un nuevo plan de conquista, llevando consigo a humildes labradores a quienes pensaba repartir las cincuenta cruces rojas que el Consejo le había otorgado. El resultado fue desastroso: aquellos hombres terminaron pereciendo en una empresa que parecía condenada desde el inicio. El soldado —Oviedo—, que había predicho la catástrofe, escribió luego la historia de tan desventurada expedición, juzgando quizá con excesiva severidad al licenciado, quien, refugiado en el claustro, buscó protegerse de la indignación despertada por su credulidad e inexperiencia.

En 1555, cuando ya sabía que el dominico las Casas escribía sobre la historia de América, Oviedo lo reprendía con dureza por haber tomado un oficio para el cual, a su juicio, no estaba preparado; pero al mismo tiempo lo invitaba a publicar sus trabajos, escribiendo: «Dícen que él (las Casas) escribe por su pasatiempo en estas cosas de Indias y en la calidad de los indios y de los cristianos que por estas partes andan y viven; y sería bien que en su tiempo se mostrase, para que los que son testigos de vista lo aprobasen o respondiesen por sí. Dios le dé su gracia para que muy bien lo haga, etc.».

Años después, las Casas salió del claustro y volvió a la corte con el firme propósito de llevar a la práctica sus proyectos. El Alcaide de Santo Domingo —que redactaba entonces la segunda parte de su historia— fue instado por el obispo Rodrigo de Bastidas, a solicitud del recién electo obispo de Chiapas, para que modificara lo escrito sobre los sucesos de Cumaná y sus trágicas consecuencias. Oviedo, sin embargo, desdeñó esa exigencia y declaró a Bastidas que debía ser fray Bartolomé quien sacara a luz su propia historia, ya que estaban en un tiempo y lugar en que era posible comprobar fácilmente la verdad de lo ocurrido. Las Casas, lejos de aceptar el reto, evitó toda confrontación y, habiendo sobrevivido apenas nueve años al Alcaide, dispuso que su obra no se imprimiera sino mucho tiempo después de su muerte.

No era, pues, únicamente el celo evangélico lo que movía a las Casas a combatir a Oviedo, al tiempo que pedía libertad para los indios, aun a costa de justificar la esclavitud de los negros africanos, tan dignos de compasión cristiana como los habitantes de América. Tampoco puede atribuirse solo a este motivo la acritud con que lo atacaba, cuando el propio Veedor de las fundiciones de oro —aunque no ejercía como religioso en la enseñanza y doctrina de los indios— había tomado su defensa con firmeza, como hemos señalado en otro lugar. En su vejez, las Casas se dejaba arrastrar aún por el rencor que había nutrido desde su juventud contra el primer cronista de Indias, olvidando que la misma piedad y mansedumbre que predicaba a los cristianos debían moderar su lenguaje para dar a sus escritos la autoridad que deseaba.

Y aunque duras parecen, desde este ángulo, las calificaciones con que descalificó a Oviedo y a su Historia, resulta aún más notable la falta de fundamento con que procedió. Todas las relaciones, cartas e historias que han llegado hasta nosotros desde la época de la conquista, así como los monumentos antiguos que hoy estudia la ciencia arqueológica, confirman las costumbres y creencias que describía Oviedo, reforzando de modo irrebatible sus observaciones. El propio cronista apelaba al testimonio de tales monumentos para sostener su relato, buscando en la historia de la gentilidad explicación y disculpa a errores y prácticas lastimosas.

¿Por qué entonces tanta destemplanza en persona tan calificada, tratándose solo de esclarecer la verdad de los hechos? Tan frágil es la condición humana que a menudo no resiste el soplo de la contradicción sin quebrarse bajo el golpe de la ira.

Oviedo, que siempre protestaba decir la verdad, parecía ya en 1555 presentir la enemistad que se le preparaba, cuando al hablar de las historias falsas afirmaba: «Líbreme Dios de tamaño delito (de la mentira), y encamine mi pluma a que, aunque me falte el buen estilo, siempre diga y escriba lo que sea conforme a la verdad y al servicio y alabanza de la misma verdad, que es Dios…». Y añadía, con una bella metáfora, que así como la corza tantea con el oído el espesor del hielo antes de cruzar un río helado para no perecer en él, de igual modo sus escritos pasarían seguros por el puente de la verdad, tan fuerte y poderosa que sostendría sus vigilias dedicadas al servicio de Dios y del rey.

Con todo, no debe pensarse que la Historia general carezca de errores e inexactitudes. Unos nacieron de la vaguedad de los informes que recibía —no de marineros, como despectivamente sostenía las Casas, sino de adelantados y gobernadores—, y otros del asombro y entusiasmo que despertaban en los españoles los fenómenos que presenciaban a diario. Pero en lo que Oviedo mismo vio y consignó, resalta una frescura y una naturalidad tales que es difícil dudar de la veracidad de aquello que afirmó o negó.

Se ha censurado con frecuencia el estilo y el lenguaje de Oviedo, calificándolos de bajos y vulgares. Y aunque ciertamente no puede contarse entre aquellos escritores que buscaron elevar la lengua castellana a la altura lograda por fray Luis de Granada, Fernán Pérez de Oliva, Ambrosio de Morales, Juan de Ávila y otros ilustres del siglo XVI, no por ello debe negarse el mérito que le corresponde. Su prosa, suelta y variada, posee viveza y colorido, aunque ese mismo esfuerzo lo conduzca a veces al defecto opuesto a la sencillez, cayendo en la llaneza excesiva que se le achaca.

La pedantería que en ocasiones enturbia su estilo no nace de artificio, sino de un rasgo común en su tiempo: aquel afán, tan propio de sus contemporáneos, de mostrar una erudición todavía inmadura. En esos casos, la frase pierde de pronto naturalidad y, en el intento de alzarse, tropieza con la hinchazón y la oscuridad, enemigas de la claridad con que ordinariamente expone los hechos. Sin embargo, junto a tales imperfecciones, no faltan pasajes que acreditan no solo su buen gusto, sino también una sobriedad y una fuerza expresiva que rozan la verdadera elocuencia.

Oviedo, más instruido que la mayoría de los escritores populares de su época, no pertenece, sin embargo, al grupo de eruditos que lo reprochaban por no haber compuesto su Historia general de Indias en latín, la lengua de Horacio y Virgilio. Él escribía para ser entendido por todos; narraba las glorias de su nación, y sabía bien que el castellano era tenido por la mejor de las lenguas vulgares. Por ello no quiso privar a sus compatriotas del conocimiento de las inauditas hazañas que sus mismos brazos llevaban a cabo en el lejano suelo americano.

Con esto llegamos al fin de nuestra tarea. Tras bosquejar en las páginas precedentes la vida del primer cronista de Indias, hemos procurado mostrarlo tal como aparece en la historia: luchando siempre contra la adversidad, condenado a una existencia errante y laboriosa, y sin embargo consagrando más vigilias al estudio que muchos otros hombres de letras en medio de mayores comodidades. Testimonio irrecusable de ello son las obras que hemos examinado. Su valor histórico —muy superior al literario— las recomienda a la estimación de los entendidos y exige que se pongan al alcance de todos, pues en ellas hallarán provecho y enseñanza.

Particular interés ofrece la publicación íntegra de la Historia general de Indias. Fruto de sesenta y cinco años de observaciones, contiene una multitud de noticias y hechos desconocidos o poco difundidos entre los eruditos, cuyo conocimiento habrá de enriquecer los estudios históricos que hoy atraen a tan distinguidos investigadores. No creemos, sin embargo, que alcance el extraordinario éxito de la primera parte publicada en 1555, traducida a varios idiomas —como el propio Oviedo refiere—, incluida en parte por el geógrafo Juan Bautista Ramusio en el tercer tomo de sus Navegaciones, y extractada por los más notables médicos de Italia para nutrir las bibliotecas de quienes cultivaban aquella ciencia benéfica y útil.

Han pasado ya tres siglos, durante los cuales se han multiplicado y profundizado los estudios sobre América; la investigación histórica se ha hecho más rigurosa y persigue fines más elevados. Aun así, la Historia general y natural de Indias, aunque no responda hoy a todas las exigencias de la crítica moderna, seguirá mostrando el mismo efecto maravilloso que produjo en nuestros abuelos el descubrimiento de un Nuevo Mundo, y revelará siempre a los extraños la riqueza inagotable de tesoros ignorados.

Hecho y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Imperio de los Incas

Pedro Mártir de Anglería: "Del Nuevo Mundo" o "Sobre el Nuevo Mundo" ("Las Décadas del Nuevo Mundo")

Francisco Pizarro y Carlos V: El Conquistador y el Emperador