Gonzalo Fernández de Oviedo: El Cronista de una Era Gloriosa:
En
el espectro de los destacados ingenios españoles cuyo prestigio y educación
florecieron bajo el ilustre reinado de los Reyes Católicos, destaca
innegablemente Gonzalo Fernández de Oviedo. Su vida activa y laboriosa, así
como su lealtad acrisolada y su constancia generosa, revelan el espíritu de una
era gloriosa, en la que la nación española emergió de un letargo profundo para
reclamar su lugar entre las potencias más destacadas. Durante los turbulentos
reinados de Don Juan II y Enrique IV, Castilla había sufrido grandes
tribulaciones. Sin embargo, la Providencia favoreció el ascenso al trono de una
mujer con un corazón magnánimo y un talento claro, a quien estaba destinada la
noble empresa de sanar estas profundas heridas. En 1474, Isabel recibió la
corona de sus antecesores, y cinco años después, su esposo Fernando heredó el
trono de Aragón, uniendo así en un solo pueblo a estos dos poderosos reinos que
antes habían sido rivales.
Al
llegar al poder, la administración se encontraba en un caos espantoso: la
justicia era poco más que un nombre vacío, la hacienda pública seguía un
sistema desordenado y reprobado de recaudación, y el Consejo Real no ejercía su
influencia legítima en los asuntos públicos. Además, la majestad real no era
respetada en todos los ámbitos, lo que suponía un grave desdoro para la corona.
Los pueblos clamaban por liberarse de esta angustiosa servidumbre, y los dos
monarcas, conscientes de los peligros que les rodeaban, comprendieron que la
única vía de salvación era una adecuada organización del Estado. Con valentía y
esperanza, se embarcaron en esta ardua tarea.
La
creación de los Consejos Supremos de Castilla, de Aragón, de Hacienda y de
Estado en 1480, con la delimitación clara de las atribuciones de la
administración, reflejó tanto la firme determinación de los Reyes como la
extensión de una política previsora, constante e inflexible. Esta política
buscaba integrar bajo la autoridad monárquica todos los elementos sociales que
hasta entonces habían estado en completo desacuerdo.
Una
vez que el país se sometió a un régimen tan saludable como severo, los Reyes
Católicos dirigieron sus esfuerzos hacia la conquista de Granada, una empresa
altamente meritoria que había sido olvidada en los reinados anteriores, sumidos
en el tumulto estéril de las discordias civiles. La sorprendente incursión de
Zahara, realizada por Muley Hacen en el año siguiente, 1481, rompiendo las
treguas pactadas con los Reyes de Castilla, ofreció a estos la justa ocasión de
emprender esa guerra santa. Esta guerra representaba una oportunidad para
purificar a la nobleza española de sus antiguos errores, fortalecer el trono y
hacer que la nación ibérica fuera respetada y temida entre todas las gentes.
Sin
embargo, fueron necesarios diez años para doblegar por completo el poder de la
media luna, extrayendo uno a uno (según la feliz expresión del Rey Católico)
los últimos vestigios de esa codiciada Granada. Finalmente, Isabel vio
cumplidas sus esperanzas el 2 de enero de 1492, cuando recibió las llaves de
esa poderosa metrópoli. La lucha que había comenzado en Covadonga ocho siglos
antes había llegado a su fin. El trono, que había estado tambaleante y
desacreditado en 1474, ahora se mostraba vigoroso y robusto, con una nobleza
leal, valiente y sumisa, y un pueblo magnánimo, feliz e independiente.
La
Providencia, que recompensaba así los nobles esfuerzos de la Reina Católica,
también quiso coronar su fe purísima, poniendo a sus pies el vasto imperio de
un Nuevo Mundo. El ilustre pero incomprendido navegante, Cristóbal Colón, quien
había buscado en vano el favor de las cortes extranjeras, finalmente fue
escuchado por Isabel. Poco después, naves españolas surcaron las regiones más
remotas e ignoradas del océano. Un año después, Colón regresó a la corte de los
Reyes Católicos para presentarles los frutos de ese descubrimiento inmortal,
que despertó el espíritu aventurero de los españoles y les ofreció nuevas
oportunidades de hazañas y victorias, junto con riquezas inauditas.
Aún
no había terminado el siglo XV cuando la misma nación que, encerrada por los
Pirineos y rodeada por ambos mares, había consumido todas sus fuerzas en la
restauración de su libertad y la salvación de la religión de sus antepasados,
ondeaba sus estandartes en el centro de Europa. Así se preparaba para las
grandes conquistas que, en los primeros años del siguiente siglo, la llevarían
a dominar Navarra y Nápoles, y a explorar las costas de África. Todo esto
sembró en la mente de Carlos I el pensamiento de la monarquía universal, un
sueño que Felipe II acariciaría constantemente.
Si
bien los Reyes Católicos lograron elevar a la nación ibérica desde su
postración, erradicando para siempre el dominio musulmán de España, también
dedicaron esfuerzos significativos al renacimiento de las ciencias y las
letras, que habían yacido en letargo durante el desafortunado reinado de
Enrique IV. Aunque la corte de Juan II fue un triste reflejo de debilidades
políticas, en ella se encontraban todos los elementos de cultura que se habían
desarrollado en tiempos no tan lejanos: se imitaban las obras del arte toscano,
enriquecidas por mentes tan ilustres como las de Dante y Petrarca; se
experimentaba el resurgimiento de la poesía lemosina, fomentada en Aragón por
Juan II y Enrique de Villena; y, finalmente, comenzaron a ser cultivados los
estudios clásicos con dedicación y esmero.
La
Reina Católica, que veía la ociosidad como fuente de vicios, consideró que su
gran obra de restauración no estaría completa si no apartaba a sus magnates y
caballeros de los peligros frecuentes a los que los exponía su ocio
interminable. Para lograr este loable objetivo, se esforzó por atraer a la
juventud desvanecida hacia la honrosa ocupación de los estudios, considerándolos
como un complemento indispensable de la milicia. Además, retomando las labores
literarias que habían ilustrado la corte de su padre, Isabel alcanzó la gloria
de ser reconocida como restauradora de las letras. Isabel mostraba preferencia
por los estudios históricos y, admirando los grandes hechos y personajes de la
antigüedad, ardía en el deseo de encontrar en su lengua materna a los
historiadores latinos, ansiosa por saborear las bellezas que Horacio y Cicerón
habían plasmado en sus obras inmortales.
La
voluntad indomable de la Reina, siempre superior a cualquier obstáculo, triunfó
una vez más en esta ocasión, siendo ella la primera en abordar con firme
determinación el desafío de aprender la lengua latina. Para fomentar estos
estudios, trajo a España a los más eminentes humanistas que florecían en
Italia. Siguiendo su ejemplo, su familia se unió a la causa: Pedro Mártir de
Anglería y los hermanos Geraldinos recibieron el honorable encargo de dirigir
la educación de los infantes de Castilla, tarea que más tarde compartieron con
el no menos erudito humanista Lucio Marinero Siciliano. Los duques de Guimarens
y Villahermosa, el primogénito del duque de Alva, don Pedro Fernández de
Velasco, don Gutierre de Toledo y don Alfonso Manrique siguieron los pasos de la
Reina y los príncipes, dando rápidamente muestras inequívocas de su amor por
las letras. Este amor también se arraigó en el corazón de las más ilustres
damas castellanas, entre las que se destacaron, junto con las dos hijas del
conde de Tendilla, doña Lucía de Medrano y doña Francisca de Lebrija, quienes
emularon dignamente la fama ya adquirida por doña Beatriz de Galindo, maestra
de la Reina Católica.
El
resultado brillante que ésta decidida protección produjo en la república de las
letras fue extraordinario: todas las ramas del conocimiento, desde la teología
y la jurisprudencia hasta la filosofía y la literatura, la elocuencia y la
historia, recibieron un ferviente culto, sentando así las bases para los
gloriosos días del gran siglo que conocemos como el Siglo de Oro.
Verdaderamente prodigioso fue el número de importantes trabajos realizados
durante esta feliz época, y los historiadores desempeñaron un papel fundamental
en este movimiento extraordinario. Finalmente, cabe destacar la distinguida
cohorte de ingenios que dedicaron sus plumas a ilustrar, en vida, el inmortal
reinado de los Reyes Católicos.
En
esta era y en esta corte nació, se educó y floreció Gonzalo Fernández de
Oviedo, quien, animado por una profunda gratitud, dedicó su vida entera a la
memoria de esos soberanos y al servicio de sus descendientes. A lo largo de su
vida, Oviedo enfrentó tanto la buena fortuna en su juventud como los reveses
del infortunio en su madurez, condenado a llevar una existencia laboriosa y
errante. Sin embargo, en sus numerosos escritos, Oviedo ofrece la más clara
evidencia del poder de la actividad, la voluntad y la constancia. Impulsado por
estos poderosos motores, observa y examina todo, pregunta e indaga todo,
escribe y guarda todo en sus memorias, que lo han acompañado desde la infancia
y que, incluso arriesgando su vida, logra salvar, como un nuevo César, ya sea
en el cruce de torrentes profundos y caudalosos, en medio de bosques
inaccesibles o en los desiertos abrasadores, e incluso en las desconocidas
sirtes del océano. Su talento observador y reflexivo, su profundo amor por la
verdad y su ferviente devoción por la historia lo llevan a tomar la pluma sin
vacilación. Para Oviedo, la magnitud de la empresa no importa: confiando en la
firmeza de su voluntad, nada lo detiene al emprender sus proyectos, nada lo
desanima ni lo desalienta en medio de sus tareas, las cuales repite una y otra
vez con incansable perseverancia y un esfuerzo inquebrantable. Gonzalo
Fernández de Oviedo, si no es el más elocuente y erudito intérprete de la gran
era que hemos esbozado, es sin duda el reflejo más vivo de los instintos y
esperanzas de esa nación que, desbordando los límites patrios, inundaba Europa,
África y América, siempre impulsada por el estímulo de la gloria y siempre
prodigando sangre y hazañas.
Nacido
en el valle de Valdés, en las Asturias de Oviedo, Gonzalo Fernández vino al
mundo en Madrid en agosto de 1478, aunque el nombre de su padre permanece sin
revelar. A pesar de su título de hidalgo, del cual presume en sus escritos, se
ha sospechado que su padre podría haber sido Fernando de Oviedo, regidor de
Madrid, o Juan de Oviedo, secretario en 1460 de don Enrique IV. Esta conjetura
cobra fuerza debido a que Gonzalo Fernández menciona en algunas partes de sus
obras la autoridad de su padre como testigo presencial de varios eventos
ocurridos en la corte y el palacio de don Enrique, donde al parecer asistía más
por obligación que por devoción. Sin embargo, resulta notable el silencio de
Oviedo sobre su familia, a pesar de su diligencia en informar a sus lectores
sobre su estatus y servicios.
De
cualquier manera, se sabe que desde su infancia Gonzalo Fernández sirvió en la
casa de don Alfonso de Aragón, segundo duque de Villahermosa, sobrino del Rey
Católico y hermano de don Juan de Aragón, duque de Luna. El duque de
Villahermosa era uno de los magnates más interesados en el fomento de las
letras, y cautivado por el buen carácter y la inteligente viveza de Oviedo, lo
crio con especial afecto, procurando iniciarle en los estudios y despertando en
él un amor inextinguible por las grandes hazañas, que se refleja vívidamente en
todos sus escritos. Cuando Gonzalo tenía apenas trece años, don Alfonso,
deseando asegurar su futuro, lo sacó de esa "escuela de Minerva y de
Marte", como la llama Oviedo, y lo llevó a la corte de los Reyes
Católicos, donde obtuvo el cargo de mozo de cámara del príncipe don Juan, con
un sueldo anual de 8,000 maravedíes y el título firmado por la misma Reina.
En
ese entonces, el príncipe tenía también trece años, ya que había nacido en
junio de 1478, dos meses antes que Gonzalo. Esta favorable coincidencia, sumada
al carácter abierto y respetuoso del joven, hizo que don Juan lo prefiriera
entre todos sus sirvientes. Oviedo asistía al príncipe y participaba en sus
lecciones durante el día, mientras lo entretenía por las noches con la lectura
de historiadores y moralistas.
Dos
años llevaba Gonzalo al servicio del príncipe cuando, finalmente, el poderío de
los granadinos se derrumbó y esa formidable metrópoli se rindió ante los
esfuerzos de Isabel y Fernando. Los Reyes deseaban que el príncipe don Juan
aprendiera, como heredero de ambas coronas, de los ejemplos en la gobernación y
la guerra. La conquista de Granada representaba la empresa más difícil que las
armas españolas habían afrontado en muchos siglos. El Rey Católico, que en el
otoño de 1490 ya había armado caballero al príncipe ante los muros de esa
opulenta ciudad, estableció el cerco y fortificó los campamentos al año
siguiente, incluso llevando a la Reina Isabel con todos sus hijos al ejército
para eliminar la última esperanza de salvación de los sarracenos.
Así,
la corte fue acompañada por Gonzalo Fernández de Oviedo, quien aún en su
adolescencia tuvo la fortuna de conocer a los más ilustres personajes de España
en ese momento y presenciar los hechos más heroicos, los cuales registraba
cuidadosamente, formando así el invaluable tesoro de sus obras. Fue allí donde
también conoció a Cristóbal Colón, un modesto y desconocido navegante a quien
el destino llevó a Granada para ofrecer a la Reina la oportunidad más grandiosa
que las edades han presenciado. Oviedo, quien se sentía atraído por todo lo
grande y extraordinario, no perdió de vista a Colón desde ese momento, y con
diligencia se informó sobre su vida pasada, registrando meticulosamente todos
los contratiempos que surgieron en la corte.
La
rendición de Granada, en la que los Reyes Católicos involucraron al príncipe
don Juan, puso fin a esas peligrosas dilaciones, y finalmente, la exitosa
expedición a la isla de Saltes partió el 5 de agosto de 1492. No pasó
desapercibido para Oviedo el decidido propósito de escribir la historia de
estos acontecimientos.
Después
de establecer los cimientos de la gobernación del nuevo reino y expulsar a los
judíos de España, los Reyes Católicos partieron de Granada de regreso a Aragón,
llevando consigo a las infantas y al príncipe don Juan, sus hijos.
Permanecieron en Zaragoza durante algunos meses antes de dirigirse hacia
Barcelona en octubre. Sin embargo, en Barcelona, el Rey estuvo a punto de ser
víctima de la traición o de la demencia.
El
viernes siete de diciembre, según relata Oviedo, testigo presencial de los
hechos, un campesino natural de Remensa del Principado de Cataluña, llamado
Juan de Cañamares, apuñaló al Rey Católico en el cuello de forma tan peligrosa
que estuvo al borde de la muerte. El traidor fue sometido a un castigo
ejemplar, a pesar de que aparentemente estaba loco y siempre afirmaba que, si
lo mataban, él sería rey.
Aún
convaleciente de la herida, don Fernando tuvo otra ocasión para admirar la
clarividencia de la Reina Católica con respecto a la existencia del Nuevo
Mundo.
El
ilustre genovés, previamente considerado como loco, llegó a Barcelona en abril
del siguiente año, presentando a los Reyes una larga y deslumbrante muestra de
las riquezas que la desconocida América guardaba. Como recompensa por este
extraordinario servicio, no solo recibió los más altos honores según lo
estipulado en los acuerdos, sino que también obtuvo la gracia, solicitada por él
mismo, de que sus hijos fueran admitidos como pajes del príncipe. Esta fue una
oportunidad favorable para los planes de Oviedo, que tenía solo quince años en
ese momento, y ciertamente no la dejó pasar desapercibida. El respeto que
Cristóbal Colón le había inspirado se transformó en un profundo afecto hacia
sus hijos. Siendo distinguido por el príncipe, a Oviedo le resultó fácil
entablar amistad con los jóvenes Diego y Hernando, indagando a su padre sobre
los acontecimientos de ese viaje, cuyo resultado fue el descubrimiento de
regiones tan extraordinarias. Aunque aún era un muchacho, Gonzalo ya había
aprendido que la verdad histórica no debe basarse en una sola fuente. Por lo
tanto, para corroborar los hechos que mencionaba, también buscó información de los
hermanos Pinzones, especialmente de Vicente, con quien estableció una amistosa
correspondencia desde entonces.
Esta
prudente conducta, que sería digna de un adulto maduro, ha sido motivo de que
algunos escritores consideren a Oviedo como sospechoso en lo que respecta a la
historia de Colón. Mientras tanto, se preparaba la segunda expedición del
almirante, y muchos criados de la casa real, amigos o conocidos de Gonzalo,
solicitaron seguirlo. Él les pidió que le informaran de todo lo que
consideraran digno de recordar.
En
ese mismo año de 1495, en Barcelona, conoció y trató a don Frey Nicolás de
Ovando, comendador de Lares, quien en 1502 sería nombrado gobernador de la Isla
Española, recibiendo la capital considerables mejoras bajo su mandato.
En
1494, la corte regresó a Castilla, y con ella Gonzalo Fernández, quien cada día
ganaba más el favor de su señor, don Juan. Mientras se concertaban las bodas
del príncipe y la princesa Margarita de Austria, los Reyes Católicos decidieron
dotarlo de una casa y rodearlo de la juventud más distinguida y experimentados
caballeros. A pesar de ser aún joven, Oviedo logró que el propio príncipe don
Juan le confiara, con un título firmado por su mano, la custodia y llaves de su
cámara, un cargo del que Gonzalo se mostró honrado y satisfecho.
En
marzo de 1497, la hija del emperador Maximiliano arribó a Santander en la misma
flota que había llevado a Flandes a la infanta doña Juana, ya casada con
Felipe. El Rey Católico y el príncipe la recibieron con un acompañamiento
numeroso y lujoso. Don Juan planeaba cortejarla de manera galante y cortés, y
confió la ejecución de este proyecto a Gonzalo de Oviedo, quien ya tenía
reputación de entendido en las artes del diseño. Durante la presentación de una
cifra en el encuentro, Gonzalo respondió de manera ingeniosa y respetuosa, lo
que revela tanto la inocente galantería de don Juan como el aprecio íntimo que
sentía hacia Gonzalo. Finalmente, los dos príncipes se encontraron en Reinosa y
se casaron en Burgos en abril, celebrando el evento con las mayores fiestas y
regocijos que se habían visto en España, según nos cuenta Oviedo. Las damas más
generosas y los magnates más poderosos compitieron en pompa y gala, procurando
hacer público el placer de sus corazones por tan esperado acontecimiento.
Las
alegrías y esperanzas en suelo español fueron efímeras, desafortunadamente: el
príncipe don Juan, apenas con diecinueve años, cayó enfermo en Salamanca con
una fiebre tan aguda que acabó con su vida en trece días, falleciendo el 4 de
octubre, cuando aún no habían concluido los festejos en algunas villas y
ciudades de los reinos. Este trágico evento provocó un profundo pesar en todos
y causó un gran quebranto entre los fieles servidores del príncipe, cuya
brillante corte se disipó repentinamente. Algunos se retiraron a la clausura,
otros murieron de tristeza y algunos partieron a tierras extranjeras, quizás
buscando en la guerra el final de sus días. Gonzalo Fernández de Oviedo optó
por esta última opción. "Mi descontento me llevó fuera de España a peregrinar
por el mundo", declara. Experimentó numerosos desafíos y necesidades en
diferentes lugares, a veces como soldado de fortuna y otras veces vagando de un
lugar a otro.
Recorrió
toda Italia, escenario en aquellos días de las hazañas de los tercios castellanos
y la habilidad del Gran Capitán. Siempre guiado por los consejos saludables que
recibió en su juventud, evitó cuidadosamente los malos y viciosos, buscando el
trato con los buenos y distinguidos. Su amor por la pintura lo acercó a
artistas como Vinci, Ticiano, Miguel Ángel y Urbino. Su inclinación por las
ciencias y las letras lo llevó a buscar la amistad de eruditos como Pontano ("Cicerón
napolitano"), y de los igualmente celebrados Serafín del Águila y Jacobo
de Sannazaro, padre de la poesía bucólica italiana. Su pasión por la historia
lo llevó a entablar relaciones con hombres destacados en el campo de las armas,
observando todo lo que veía y registrándolo en su memoria o en su pluma. Oviedo
no desperdició ni un solo día durante su estancia en Italia; para hacer más
fecundas sus labores, se dedicó al estudio del toscano, enriquecido por tantos
y tan ilustres escritores, mientras buscaba y adquiría libros que fueran útiles
para sus propósitos, algunos de los cuales conservó hasta los últimos años de
su vida.
Tres
años habían transcurrido desde la muerte del príncipe don Juan, sin encontrar
una permanencia o un rumbo seguro. Oviedo se encontraba alternando entre las
banderas españolas, el servicio al duque de Milán y la residencia en el palacio
del marqués Francisco de Gonzaga. En 1500, al publicarse el jubileo, decidió
dirigirse a Roma con la intención de ganar, como católico devoto, las
indulgencias concedidas por el Sumo Pontífice. Durante su estancia en Roma,
tuvo la oportunidad de conocer a don Antonio de Acuña, quien más tarde
desempeñaría un papel destacado en las comunidades de Castilla veinte años
después. Presenció también los conflictos y enfrentamientos sangrientos entre
los suizos del duque Valentín y las tropas españolas que servían en la guardia
del Papa. Asistió al famoso duelo entre Ferrer de Lorca y el castellano de
Arche, una recreación de los desafíos frecuentemente narrados en los libros de
los Amadises y Esplandianes. Registrando todos estos eventos en sus diarios,
partió hacia Nápoles al finalizar la Cuaresma.
Al
llegar a la corte de Nápoles, buscó entrar al servicio del rey don Fadrique,
quien lo recibió y trató favorablemente, quizás esperando así reparar la
inmensa pérdida que significó la muerte del príncipe de Castilla. Sin embargo,
como lamenta Oviedo, otros desafíos y contratiempos lo esperaban, como si
estuvieran reservados en su destino. Al año siguiente, aquel buen rey perdió su
reino, dividiéndose entre España y Francia.
El
reino de Nápoles había sido durante siglos objeto de la política francesa, que
siempre encontraba una resistencia insuperable en el esfuerzo español. Tanto
Fernando de Aragón como Luis XII codiciaban su posesión, cada uno reclamando
derechos privilegiados. Temerosos de embarcarse en nuevas guerras o reconociendo
la necesidad de unirse contra el formidable enemigo turco, decidieron, al
establecer la paz, ceder el Abruzo y la Campaña al rey de Francia, otorgándole
el título de rey de Nápoles, mientras que el monarca español sería reconocido
como duque de la Pulla, con dominio sobre Calabria.
Despojado
de esta manera el desdichado don Fadrique, no faltaron consejeros que le
incitaran a buscar venganza, proponiéndole que trajera en su ayuda las temibles
armadas del turco contra los cristianos que lo habían humillado. Sin embargo,
el príncipe rechazó con indignación cualquier intento de este tipo, declarando
que la corona no tenía valor si tenía que ser recuperada a un precio tan
infame. Resignado ante su desgracia, don Fadrique reunió a la Real familia en
la cámara de la Reina viuda y, entre lágrimas y sollozos, les expresó su dolor
e infortunio, despidiéndose tiernamente de todos. Este encuentro duró cerca de
cuatro horas, y al salir de la habitación, mientras yo estaba en la puerta
sirviendo en la cámara, me dijo: "Oviedo, la Reina, mi hermana, quiere que
vayas con ella, y yo te lo ordeno por mi afecto; porque su dama de compañía
francesa se ha marchado después de servirla durante veinticinco años, desde que
la cuidaba, y ella quiere que tomes su lugar, ya que creciste en la corte del
príncipe de Castilla. Hazlo así, todo acabará bien, y pronto volveremos todos a
Nápoles". Lo que sentí en ese momento fue una angustia similar a la
muerte, y arrodillándome, le supliqué que permitiera que fuera donde él fuera.
Él respondió: "Haz lo que te digo: aunque vayas con la Reina, mi hermana,
no dejes de servirme".
Mientras
el triste don Fadrique partía hacia la isla de Isela, la princesa doña Juana,
quien unos años antes había sido coronada reina de Nápoles, partió de la capital
con toda su servidumbre en siete galeras enviadas por el Gran Capitán, bajo el
mando de don Iñigo López de Ayala, para llevarla a Sicilia. Oviedo estaba entre
sus acompañantes, y tras llegar a Palermo en agosto de 1501, permaneció al
servicio de la Reina durante diez meses. Durante este tiempo, procuró cultivar
la amistad de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, y recopiló
información sobre sus hazañas, así como sobre la isla de Sicilia y otros
sucesos de los que fue testigo. En mayo de 1502, la reina doña Juana zarpó
nuevamente, esta vez hacia la ciudad de Valencia, donde llegó en ocho días y se
reunió con su anciana madre. Después de algunos meses, Oviedo presentó un
informe completo de la cámara que había estado a su cargo, y con la licencia de
doña Juana, dejó su servicio y se dirigió a Madrid, su ciudad natal, haciendo
una parada en Zaragoza, donde el Rey Católico estaba celebrando las Cortes.
Llegado
a Madrid después de estar ausente por más de cinco años, Gonzalo Fernández de
Oviedo se enamoró de Margarita de Vergara, una de las mujeres más hermosas que
había en el reino de Toledo en su época. A pesar de ser joven y tener menos
fortuna de la que sería deseable, contrajo matrimonio con ella. Tenía entonces
alrededor de veinticuatro años, los cuales había dedicado al servicio de
magnates, príncipes y reyes. Sin embargo, su felicidad fue efímera: apenas
habían pasado diez meses desde su boda cuando su esposa sufrió un parto tan
difícil que el feto tuvo que ser extraído en pedazos, dejándola inválida y
falleciendo poco después entre terribles dolores. Esta tragedia causó un
profundo dolor en Oviedo, quien la recordaba con lágrimas y suspiros incluso
cuarenta y cinco años después.
Desilusionado
por su mala suerte, Oviedo decidió volver al ejercicio de las armas. Tuvo la
oportunidad de hacerlo cuando los franceses invadieron el Rosellón, rompiendo
la paz de 1500. Se enfrentaron a las fuerzas enemigas en Salsas, donde unos
veinte mil soldados franceses, bajo el mando del mariscal de Bretaña, intentaron
asaltar la fortaleza defendida por don Sancho de Castilla, general de la
frontera. A pesar de los valientes asaltos de los franceses, fueron repelidos
por los españoles. Sin embargo, era necesario socorrer el castillo, y el Rey
Católico, en acuerdo con don Fadrique de Toledo, encargado de la defensa del
Rosellón, marchó contra los franceses. Atrapados entre ambos ejércitos, los
franceses huyeron precipitadamente, a pesar de ser superiores en número,
dejando en manos de los españoles su artillería, municiones y bagaje. Oviedo
tuvo su parte en esta victoria singular de las armas españolas, lograda en
octubre de 1503. Concluida rápidamente esa amenazante campaña, la corte del Rey
Católico continuó su marcha, pues él ya había decidido aprovechar la fidelidad
de Oviedo en otros servicios.
La
hábil estrategia del Gran Capitán, quien para entonces había asegurado
prácticamente todo el dominio sobre la Pulla y la Calabria, le aconsejó
apoderarse de Tarento, donde se fortificaba el hijo mayor de don Fadrique. En pocos
meses, esta ciudad pasó a estar bajo las banderas españolas, y el talentoso
líder actuó de manera tan exitosa que el propio Fernando de Aragón solicitó
unirse al servicio de los Reyes Católicos. El Gran Capitán no dudó en aceptar
la oferta del duque de Calabria, considerándola como una provocación, y en
nombre de los Reyes les hizo las más halagüeñas promesas. Ordenó entonces a
Juan de Conchillos llevar al duque de vuelta a España en una galera. El duque
llegó a Madrid, donde al principio de 1505 fue recibido por Isabel y Fernando
como un hijo real. El Rey Católico, valorando enormemente esta victoria, se
esforzó por rodear al duque de caballeros e hidalgos de su confianza, y con
este propósito fijó su atención en Oviedo, quien además de haber demostrado su
lealtad en numerosas ocasiones, ya había servido al duque en la corte de su
padre. De esta manera, Gonzalo Fernández de Oviedo se encontró una vez más
ligado a la corte española, abandonando sus planes de carrera militar.
Mientras
tanto, la lamentable muerte de la Reina Isabel en noviembre de 1504 desencadenó
disturbios y desacuerdos, llevando al Rey Católico al punto de considerar
derribar con sus propias manos el edificio de la unidad política que había
levantado con tanto esfuerzo. En medio de estos trastornos, Oviedo permaneció
fiel al Rey Fernando, quien, apreciando su afición por los estudios y la
erudición, le expresó en Toro, durante las Cortes de 1505, su deseo de
recopilar todas las noticias relacionadas con los reyes de España desde tiempos
remotos. Gonzalo Fernández dedicó todas sus vigilias a este proyecto, que solo
pudo ver completado veintisiete años más tarde. Siempre devoto al Rey Católico,
Oviedo asistió en Dueñas a su matrimonio con doña Germana, y más tarde fue
testigo de las reuniones y desacuerdos entre suegro e yerno (don Fernando y don
Felipe), este último falleciendo en septiembre de 1506, justo cuando el Rey
Católico, desconfiando del Gran Capitán, se dirigía a Nápoles. A pesar de sus
continuas ocupaciones literarias, Oviedo volvió a considerar la idea de
contraer matrimonio, esta vez con más fortuna que la primera, ya que en 1509
nació un hijo que eventualmente lo sucedería en sus cargos y trabajos.
Con
la ausencia del Gran Capitán, la situación en Italia cambió drásticamente, y los
franceses, recuperados de sus derrotas anteriores, se lanzaron con mayor ímpetu
a probar suerte en el campo de batalla. La costosa batalla de Ravena, que tuvo
lugar el Viernes Santo de 1512, despertó al Rey Católico de sus perjudiciales
recelos y desconfianzas hacia Gonzalo Fernández de Córdoba, a quien consideró
enviar de nuevo a Italia para enfrentar esa dolorosa derrota. "El Rey
Católico eligió al Gran Capitán como general para volver a Italia, y quiso que
yo lo acompañara como su secretario", narra Oviedo. "Para ir con él y
ponerme en orden, vendí parte de mis posesiones, ya que el resto de mi fortuna,
viviendo mi esposa, se ocupaba del bienestar de ambos; gasté todo lo que no
había cobrado en caballos, armas y en ataviar mi persona y criados. Me dirigí a
Córdoba, donde fui recibido amablemente por el Gran Capitán y le escribí
durante algunos meses, hasta que partió de allí hacia Loja, decepcionado y
despedido de la expedición. Yo, con su permiso, regresé a la corte del Rey
Católico, habiendo gastado mi fortuna y perdido mi tiempo; ya que no me
convenía ir a Loja, ni servir al Gran Capitán ni a ningún otro señor de
España".
No
pasó mucho tiempo desde que Oviedo regresó a la corte cuando el Rey Católico
decretó la expedición de Pedrarias Dávila, y decidió unirse a él en su viaje a
las Indias, ansioso por restablecer su malograda fortuna. Se alistó entre los
hidalgos que participarían en la empresa, y luego se dirigió a Sevilla, donde
se reuniría la mayor parte de la tripulación para la armada. Permanecieron en
esa ciudad durante el resto de 1513 y parte del siguiente año, período durante
el cual falleció Juan de Queicedo, quien había sido designado como Veedor de
las fundiciones de oro de Tierra Firme. Enterado de esto, el Rey Fernando
nombró a Gonzalo Fernández de Oviedo como su sucesor. Finalmente, la armada
zarpó del puerto de Sanlúcar el 11 de abril de 1514, no sin antes enfrentarse
al peligro de zozobrar la nave en la que se encontraba el nuevo Veedor.
Hasta
esa época, Oviedo había recorrido las cortes más ilustres de Europa, conociendo
y tratando a los hombres eminentes que florecían en la república de las
ciencias y las letras. Ciudades como Roma, Florencia y Nápoles habían
despertado su admiración con la multitud y el esplendor de sus monumentos, gloria
de las artes que aspiraban a eclipsar la fama de Atenas. La corte de Castilla,
quizás la más poderosa del continente, con sus espléndidas fiestas, sus
vistosas justas y torneos, lo había familiarizado con el fasto y la opulencia.
Ahora, guiado por su desgracia, se dirigía a las desconocidas regiones de
América, donde en lugar de sabios lo esperaban pueblos bárbaros y salvajes; en
lugar de suntuosas ciudades, inmensos y abrasadores desiertos; en lugar de la
magnificencia y el lujo de las cortes, la desnudez, el hambre y la miseria.
¡Qué contraste tan singular debía presentarse a su vista!
Pero
si la comparación entre la cultura del mundo antiguo y el nuevo mundo aparecía
violenta, no menos peregrino era el desusado espectáculo que iba a desplegarse
ante sus ojos: la rica y variada naturaleza, aún virgen para la codicia de los
hombres y las especulaciones de la ciencia. Todo sería nuevo para Oviedo en
cuestión de meses, excitando poderosamente su imaginación, avivando su deseo de
examinar y anotar todo, y reforzando el propósito ya concebido en 1492 de
escribir la historia de las Indias. Hombres, religión, ritos, tradiciones,
costumbres, todo era diferente en América de lo que conocía en Europa, incluso
los árboles, plantas, flores y animales que poblaban los bosques y llanuras.
Sin
embargo, Oviedo no era el único español en esa armada destinado a convertirse
con el tiempo en un soldado historiador más celebrado por su pluma que por su
espada. También estaba Bernal Díaz del Castillo, quien ya en edad madura llegó
a poseer una de las encomiendas más lucrativas del reino de México como
recompensa por sus servicios. Cuando se unió a la expedición bajo el mando de
Pedrarias Dávila, Bernal Díaz apenas había entrado en la primera juventud,
mientras que Oviedo tenía treinta y seis años y ya contaba con experiencia y
reconocimiento en la corte.
***
Zarpando
la armada de Pedrarias Dávila, llegó a la isla de La Gomera nueve días después,
donde dedicaron veinte días a abastecerse de lo necesario. Luego, con un tiempo
favorable, zarparon de nuevo y el 5 de junio llegaron a La Dominica, y el 11 al
puerto de Santa Marta, donde comenzaba la gobernación de Castilla del Oro.
Pedrarias ordenó desembarcar parte de la tripulación, incluido Gonzalo
Fernández de Oviedo, quien además de desempeñar el cargo de Veedor, también era
el escribano general. Después de ahuyentar a los indígenas que pretendían
obstaculizar el desembarco, tomaron posesión de esas tierras en nombre de los
reyes de España. Con el documento oportuno autorizado por Oviedo, Pedrarias
ordenó que trescientos hombres exploraran tierra adentro, asegurándose de no
maltratar a los indígenas antes de hacerles el requerimiento ordenado por el
Rey Católico y solo respondiendo si eran atacados, una tarea que recayó en
Gonzalo Fernández, corriendo un grave riesgo personal al leerles el complicado
y estéril formulario.
Durante
esta expedición, los españoles experimentaron la ferocidad y el arrojo de los
nativos, así como el tipo de flechas envenenadas que utilizaban contra sus
enemigos. Pedrarias regresó a las naves el 15 de junio y el 30 entraron en el
golfo de Urabá, anclando al día siguiente en el puerto de Santa María del
Antigua. Allí fue recibido y puesto en posesión del gobierno por Vasco Núñez de
Balboa, aunque pronto empezaron a surgir rumores de conflictos que, tras mil
contradicciones y cambios, acabaron costándole la vida a este famoso explorador
y valiente soldado.
No
pasó mucho tiempo antes de que la codicia de Pedrarias se transformara en
crueldad, y esta crueldad, a su vez, en tiranía. Pronto fue aborrecido tanto
por los españoles que habían poblado la villa del Darién como por aquellos que
lo acompañaron. La falta de previsión y el mal gobierno llegaron a tal punto
que los suministros traídos de España se agotaron sin siquiera considerar
reponerlos. Con el abandono de la agricultura y la devastación de los campos
por langostas, los habitantes se vieron afligidos por el hambre, viéndose
obligados a abandonar la tierra en gran número, donde antes reinaba la paz y la
abundancia.
Según
Oviedo, años después, muchos de los que formaron parte de esa expedición
huyeron o regresaron a España, Cuba, Jamaica, o a otras islas, dejando atrás a
más muertos y ausentes que aquellos que permanecieron en la tierra. El
descontento era generalizado, incluso entre las autoridades, quienes
consideraron abandonar la tierra si pudieran hacerlo sin vergüenza.
Oviedo,
cansado de presenciar las injusticias, crueldades y tiranías de Pedrarias y sus
seguidores, tanto hacia los indígenas como hacia los españoles, decidió
regresar a España para informar a su rey de todo lo ocurrido y buscar un lugar
más seguro para su conciencia y su vida. Pedrarias intentó retenerlo,
obligándolo a someterse a un juicio, pero al no surgir quejas contra Oviedo
durante el proceso, se vio obligado a permitir su partida.
El
obispo don fray Juan de Quevedo, más interesado en la codicia que en la
práctica de las virtudes evangélicas, también trató de ganarse el favor de
Oviedo en el último momento. Oviedo se encontró así en medio de dos poderosos
rivales, ambos cargándolo con cartas para el rey y su consejo, cada uno
culpando al otro de la mala gobernación de Castilla del Oro.
Finalmente,
en octubre de 1515, Oviedo partió de Tierra Firme hacia España, lleno de
resentimiento hacia Pedrarias y el obispo, pero también enriquecido con el
conocimiento adquirido durante su tiempo en esas regiones, donde exploró
bosques impenetrables y vastos lagos, y documentó las incursiones y conquistas
realizadas, así como las peculiares costumbres de los indígenas.
Tanto
el Gobernador como el Obispo quedaron dudosos sobre la disposición de Oviedo
hacia sus quejas. Para asegurarse de su conducta, decidieron enviar a alguien
para espiarlo y, si fuera posible, descubrir sus intenciones. Pedrarias designó
al capitán Rodrigo de Colmenares, más versado en las intrigas cortesanas que en
las batallas campales, mientras que el Obispo nombró a fray Diego de Torres, un
franciscano astuto y hábil en todo tipo de intrigas.
Los
tres partieron del Darién en la misma embarcación, y no pasó mucho tiempo antes
de que Oviedo comprendiera el propósito de la expedición del capitán y del
fraile. Aunque viajaron juntos y aparentemente como amigos hasta la ciudad de
Santo Domingo en la Isla Española, donde Oviedo se detuvo para recoger una
remesa de oro destinada al Rey Católico, los verdaderos motivos de Colmenares y
Torres quedaron al descubierto.
Mientras
el capitán Colmenares, impaciente, partió rápidamente en busca de ciertas naves
que regresaban a España, el franciscano Torres se quedó en el convento de su
Orden en Santo Domingo, decidido a seguir de cerca los pasos de Oviedo. La
travesía fue larga y ardua, tardando setenta y cinco días desde Santo Domingo
hasta la isla de Madeira, donde Torres se vio obligado a quedarse en tierra
debido a un fuerte temporal. Aunque embarcó en otra carabela pocos días
después, no pudo soportar más las incomodidades del viaje y falleció mientras
se aproximaban a las costas españolas, justo al entrar en la bahía de Cádiz.
Oviedo
continuaba su viaje hacia España y llegó a Sevilla a principios de diciembre,
donde se dirigió sin demora a Plasencia, donde se encontraba el Rey Católico.
El monarca planeaba trasladarse a la capital de Andalucía para recuperar su
salud, pero, aunque recibió con agrado a Oviedo, quien había sido su antiguo
mozo de cámara, y se alegró de las noticias que le traía, así como del regalo
de los indios caribes, azúcar, cañafístola y papagayos, no quiso discutir
asuntos relacionados con la gobernación en ese momento. Le ordenó a Oviedo que
presentara un memorial al secretario Conchillos con todo lo que necesitara ser
atendido, y que se presentara en Sevilla, donde sería escuchado y atendido.
Oviedo solicitó permiso para visitar a su familia de paso y se dirigió sin más
demora a Madrid.
En
Madrid, se enteró de la muerte del Gran Capitán y, pocos días después, recibió
la triste noticia del fallecimiento de don Fernando, ocurrido el 25 de enero.
Este desafortunado acontecimiento podría haber desanimado a cualquiera, pero
Oviedo estaba decidido a enmendar los males que afligían a la Tierra Firme.
Decidió partir hacia Flandes con la intención de informar a don Carlos de todo
lo que tenía previsto comunicar al Rey Católico.
Sin
embargo, esta travesía también estuvo marcada por nuevos contratiempos: después
de embarcar en Portugalete, una tormenta lo arrojó a la costa de Laredo. A
pesar de intentarlo de nuevo, tuvo que regresar a España, y solo pudo atracar
en La Coruña, donde aprovechó para visitar la casa del Apóstol Santiago movido
por su devoción. Después de varios días de espera debido al mal tiempo,
finalmente pudo zarpar hacia Flandes. Durante el viaje, enfrentaron condiciones
adversas y se vieron obligados a refugiarse en las islas de Gorlinga, donde
vivieron una experiencia difícil y de penuria durante ocho o diez días.
Finalmente, el temporal cesó, y pudieron continuar su viaje hacia Calés, desde
donde se dirigieron a Bruselas, llegando a mediados de agosto.
En
la capital, Oviedo fue bien recibido por don Carlos, quien, al enterarse de su
solicitud, ordenó al gran Canciller de Borgoña que lo escuchara. Sin embargo,
el canciller no se atrevió a tomar una decisión sobre un asunto tan complejo y
extraordinario, por lo que el nuevo rey dispuso que los gobernadores de España,
los cardenales fray Francisco Ximénez de Cisneros y Adriano de Utrecht, examinaran
el memorial presentado por Oviedo.
Además,
don Carlos, satisfecho con la conducta de Oviedo, ordenó que se le reembolsaran
los gastos del largo viaje y que fuera gratificado por sus buenos servicios.
Oviedo aceptó este decreto con satisfacción y, cuando se preparaba para
regresar a Castilla, se encontró con el capitán Rodrigo de Colmenares, quien
también estaba siendo enviado a los gobernadores de España desde Bruselas. Al
ver a Colmenares enfermo y necesitado, Oviedo, olvidando por un momento su propio
propósito en Europa y su relación con Pedrarias, se compadeció de su infortunio
y lo llevó consigo a Castilla, ayudándolo generosamente.
Esta
vez, la travesía duró apenas tres días, en contraste con los cuatro meses de
trabajos y peligros anteriores, como si el mar se hubiera suavizado ante las
súplicas de Oviedo, alimentando su esperanza en la rectitud y experiencia de
Cisneros. Sin embargo, aunque Oviedo entregó la cédula del rey y el memorial de
los asuntos del Darién a los cardenales, no obtuvo respuesta ni despacho
alguno. Se decepcionó al ver que todos sus esfuerzos por remediar los problemas
en la Tierra Firme habían sido en vano.
Rodrigo
de Colmenares tampoco tuvo éxito con los gobernadores. Desilusionado y cansado
de seguir sin resultados, decidió probar suerte en Nápoles, abandonando los
asuntos relacionados con Pedrarias. Así terminaron esas negociaciones, donde
Oviedo tenía el noble deseo de la prosperidad de las Indias, mientras que los
representantes de Pedrarias y Quevedo estaban motivados por intereses
particulares o la esperanza de su propio beneficio.
Desilusionado
por la falta de justicia y frustrado por el poco éxito de sus reclamos, Gonzalo
Fernández se retiró a la compañía de su familia, quizás contemplando la idea de
renunciar definitivamente al bienestar que América le había ofrecido. Sin
embargo, la Providencia tenía otros planes para él.
En
septiembre de 1517, el nuevo rey arribaba a Villaviciosa de Asturias, mientras
el cardenal Cisneros salía a recibirlo hasta Roa. Sin embargo, un mensaje
urgente de don Carlos ordenó al cardenal detenerse, lo que fue un golpe
devastador para el anciano arzobispo. Este desaire lo sumió en una profunda
aflicción y falleció el 8 de noviembre del mismo año, siendo posteriormente
tildado de ingrato por la posteridad, pues había protegido la corona de sus
antepasados a pesar de los desafíos.
En
ese tiempo, don Diego Colón se encontraba en la corte litigando con el fiscal
del Consejo de Indias por los privilegios otorgados a su padre y anulados por
Cisneros. Cuando don Carlos llegó a Castilla, ya sea por disgusto hacia el
cardenal o por el deseo de justicia, restituyó a don Diego en sus prerrogativas
como almirante y ordenó el regreso de los priores gerónimos. Alentado por esta
decisión, Oviedo abandonó su retiro, donde había empleado el tiempo ordenando y
ampliando sus diarios, además de traducir al castellano el libro de Claribalte,
que publicó en Valencia dos años después.
A
principios de 1518, Oviedo regresó a la corte con el mismo propósito que lo había
llevado allí desde América en 1515. Aunque ya no existía el obstáculo de los
priores, pasó otros dos años con resultados similares, hasta que en 1519 logró
ser escuchado y atendido favorablemente en Barcelona. Sin embargo, su franqueza
y desenfado le granjearon enemistades para el futuro.
En
Barcelona, coincidió con el licenciado Bartolomé de las Casas, quien buscaba la
gobernación del río y la provincia de Cumaná en la Tierra Firme. Las Casas, al
igual que Oviedo, se preocupaba por el maltrato a los indios y buscaba
remediarlo. Sin embargo, sus enfoques diferían: Las Casas abogaba por un
gobierno compasivo y agrario, mientras que Oviedo confiaba en la prudencia de
los gobernadores y la disciplina de los colonos.
El
Veedor creía haber logrado sus objetivos respecto al Darién con la muerte del
obispo Quevedo y el nombramiento de don Lope de Sosa como su sucesor en la
gobernación de Castilla del Oro. Sin embargo, las Casas consideraba la doctrina
de don Lope aventurada y peligrosa para la tranquilidad de las Indias. Como
soldado, se oponía firmemente a que alguien tan poco experimentado en guerra
como un clérigo se inmiscuyera en asuntos de conquista. Argumentaba que en
lugar de convertir a los indios, como pretendía, eso solo llevaría armas a su
tierra para matar a cristianos indefensos. La contradicción de Oviedo,
respaldada por los consejeros de Indias y otras personas respetables del Nuevo
Mundo, enfureció a las Casas, quien lo vio con aversión desde entonces y ni
siquiera perdonó la ofensa después de su muerte.
Bartolomé
de las Casas finalmente triunfó sobre sus opositores gracias al favor de la
Corona y los privados flamencos, demostrando poco después los temores de
Oviedo. Mientras tanto, Oviedo había solicitado la gobernación de la nueva
provincia de Santa Marta, una de las tres en que se dividió Castilla del Oro, y
la obtuvo sin dificultad como reconocimiento a sus servicios. Al igual que las
Casas, Oviedo exigía que cesaran las violencias contra los indios y propuso,
durante las negociaciones, que se le otorgaran cien hábitos de Santiago para
otros tantos hijosdalgo de linaje conocido y antiguo.
Con
esta solicitud, Oviedo buscaba asegurar un trato justo a los indios y
convertirlos a la fe católica, al tiempo que poblaba la tierra con hombres de honor
y buen linaje. Sin embargo, algunos consejeros de Indias se opusieron,
argumentando que esto podría hacer demasiado poderosa a la Orden de Santiago en
esas regiones. A pesar de la oposición, Oviedo persistió en su propósito, pero
finalmente renunció a la gobernación de Santa Marta cuando se dio cuenta de que
el Consejo no estaría de acuerdo en otorgar los hábitos.
Si
hubo algún descontento en su estancia en la corte, Oviedo encontró consuelo en
las numerosas cédulas que logró obtener respecto al Darién. Una vez nombrado
gobernador Lope de Sosa, se propuso eliminar las trabas que imponía el consejo
de los oficiales reales, logrando finalmente la autorización para gobernar sin
su intervención. Convencido de que la ambición desmedida de estos oficiales alimentaba
la corrupción y los abusos, consiguió prohibirles participar en cualquier tipo
de negocios lucrativos. Además, consciente de las prácticas fraudulentas de los
encargados de evaluar la calidad del oro, obtuvo una cédula real que exigía
garantías financieras antes de que pudieran tocar el oro.
Ante
la ausencia de regulaciones para las fundiciones de oro, Oviedo implementó
ordenanzas cautelosas que las sujetaban a un escrutinio más riguroso, al tiempo
que les otorgaba ciertos privilegios. Respondiendo a las quejas de los
pobladores del Darién sobre los altos impuestos de importación, obtuvo una
exención de cuatro años para toda la región. Además, logró reducir el diezmo
del oro extraído de las minas del quinto al décimo en un lapso de cinco años,
aliviando así la carga financiera sobre los mineros.
Por
su servicio, Oviedo recibió una serie de cargos y honores, incluyendo el título
de Regidor Perpetuo de Nuestra Señora del Antigua, el cargo de Escribano
General de la provincia, y la responsabilidad de cobrar las penas de Cámara en
nombre del Rey. Estos reconocimientos, otorgados a fines de 1519, compensaron
en parte los desafíos que había enfrentado anteriormente. Además, se le
encomendó recopilar una relación verídica de sus acciones para completar la Historia
General que había comenzado, solicitud extendida a todos los adelantados y
gobernadores de las Indias.
Oviedo
se preparaba para dejar la bulliciosa corte de España, donde se congregaba lo
más distinguido del país, con el propósito de felicitar al nuevo Rey de
Romanos. Sin embargo, justo en ese momento, llegó a Barcelona la noticia de la
ejecución de Pedrarias como traidor, junto con la confiscación de los bienes de
Vasco Núñez de Balboa, ordenada por el Gobernador y exagerada por las supuestas
riquezas acumuladas, que se estimaban en más de cien mil pesos de oro. Ante
esto, el Consejo de Indias emitió una cédula a favor de Gonzalo de Oviedo,
autorizándolo a tomar cuentas y cobrar los bienes de los sentenciados.
Además,
se le otorgaron 15,000 maravedíes para ayudar en los gastos de su viaje y el de
su familia. Después de resolver los preparativos necesarios en Madrid, partió
en marzo de 1520, acompañado por su esposa, dos hijos y ocho criados.
Embarcaron en Sevilla en abril, en la carabela del maestre Pedro Rodríguez, con
destino a Gran Canaria, donde esperaban encontrar al nuevo gobernador Lope de
Sosa, que había tenido jurisdicción sobre esas islas anteriormente.
Sin
embargo, al llegar a Gran Canaria, Oviedo se enteró de que Lope de Sosa ya
había partido hacia el Darién con los oficiales de justicia. Decidió entonces
seguirlo, y gracias a un favorable viento, después de una breve parada en Santo
Domingo debido a un incidente inesperado, llegó al puerto de San Juan en la
noche del 24 de junio.
Allí
recibió la noticia de la muerte de Lope de Sosa, lo que le causó gran pesar, ya
que se sentía más desamparado que nunca. A pesar de sus esfuerzos por remover a
Pedrarias del poder, ahora se encontraba en una situación más difícil y
peligrosa que en 1515, cuando había iniciado su labor en el Darién.
Sin
embargo, la suerte ya estaba echada y retroceder no era una opción. Oviedo
envió a uno de sus criados al encuentro de Pedrarias para informarle de su
llegada. Al enterarse, el gobernador dispuso que fueran a recibirlo el
bachiller Diego del Corral y Diego de Maldonado, para asegurarle su
benevolencia y amistad, expresándole su satisfacción por su llegada y
prometiéndole su apoyo como a un familiar cercano.
Con
esta garantía, aunque aún inquieto, Gonzalo Fernández desembarcó y se dirigió
directamente a la ciudad para visitar a Pedrarias, quien a su vez se trasladó a
la posada donde se hospedaba la esposa de Oviedo para brindarle cortesías.
Oviedo presentó entonces las cédulas y provisiones del Real Consejo de Indias,
y aunque Pedrarias aceptó la que se refería a su gobierno, no mostró verdadero
aprecio por ella. Además, los regidores y Diego del Corral, a pesar de sus
nombramientos perpetuos, manifestaron sorpresa ante las mercedes otorgadas a
Oviedo y no mostraron gratitud por ellas, ni siquiera cumplieron con los
derechos correspondientes a los títulos.
Por
otro lado, los oficiales reales, cuyas oportunidades de obtener beneficios se
veían limitadas por las restricciones impuestas, recibieron a Oviedo con cierto
desdén, si no abiertamente hostiles, al menos con un evidente desinterés. Estas
muestras manifiestas de desafecto causaron gran disgusto en Oviedo, reforzando
sus sospechas. Además, la tragedia golpeó dos meses después de su llegada al
Darién, cuando perdió a uno de sus hijos de apenas ocho años. En varios
momentos consideró regresar a España en el mismo barco que lo había llevado, y
seguramente lo habría hecho de no ser por la necesidad y la vergüenza que se lo
impedían.
Hasta
ese momento, el gobernador y los oficiales solo habían dado indicios leves de
su descontento, pero pronto su comportamiento dejó a Oviedo enfrentado
públicamente a su enemistad. Santa María del Antigua era la cabeza de Castilla
del Oro, y Oviedo había procurado que las franquicias y beneficios otorgados
por la corte recayeran sobre esta ciudad. Sin embargo, ni Pedrarias ni los
oficiales deseaban la vigilancia constante de Oviedo, quien insistiría en el
cumplimiento de las provisiones reales, ni tampoco querían mantener esa región
poblada debido al desprecio hacia Vasco Núñez de Balboa. Además, urgía a todos
recoger los despojos de la costa del Sur antes de la llegada de otro gobernador
desde España.
Por
ello, decidieron trasladar la sede de la gobernación a Panamá, debilitando así
el poder del Regimiento del Darién, ya que el tesorero Alonso de la Puente y el
contador Diego Márquez eran regidores perpetuos nombrados por Oviedo. Este
intentó argumentar ante Pedrarias sobre los daños causados al bien común y al
servicio de los Reyes con tal decisión, pero ni siquiera sus reflexiones
pudieron disuadir al gobernador y a los oficiales, cuya codicia insaciable los
inclinaba a seguir adelante.
Pedrarias
dejó como su teniente en el Darién a Martín de Estete, un hombre sin
experiencia ni en letras ni en armas, casado con una criada de doña Isabel de
Bobadilla, esposa del propio Pedrarias.
La
consecuencia de esta decisión desafortunada fue devastadora para el Darién: la
tierra se levantó contra los abusos de Estete, y los españoles, acorralados
casi en el perímetro de la ciudad, comenzaron a abandonarla. Por un lado,
temían perder sus propiedades, y por otro, eran atraídos por los nuevos
repartimientos que Pedrarias ofrecía en Panamá. Sin embargo, a medida que
aumentaba el éxodo, Oviedo se aferraba más a su determinación de proteger la
región. Mientras la mayoría de los abandonaban sus hogares, él se empeñaba en
construir una residencia tan imponente y costosa que ninguna otra en la
Tierra-Firme la igualaba.
Entretanto,
el oro recolectado en la región occidental llegaba a Panamá, y Pedrarias
deseaba fundirlo y quintarlo. Por ello, ordenó a Oviedo que se presentara en la
ciudad para llevar a cabo esta tarea, saliendo del Darién en agosto de 1521. El
Ayuntamiento no desaprovechó la oportunidad de reclamar el cumplimiento de las
últimas cédulas y provisiones reales, confiando plenamente en la resolución de
Oviedo en esta demanda.
Oviedo,
efectivamente, cumplió con su deber. Después de fundir y quintar el oro, volvió
a requerir a Pedrarias, responsabilizándolo por los males que aquejaban al
Darién y declarando que, debido a él, la ciudad más importante y rica de la
región se estaba despoblando y perdiendo. Tomó testimonio público del
requerimiento y se preparaba para regresar al Darién cuando Pedrarias le propuso
hacerlo su teniente, como un medio de calmar las tensiones y mantener la
estabilidad en la región.
Oviedo
comprendió la trampa, pero ante la perspectiva de la ruina completa de la
ciudad y la pérdida de su propia fortuna, decidió aceptar el cargo, siempre
manteniendo sus funciones como Veedor de las fundiciones, Regidor Perpetuo y
Receptor General de la Real Cámara y Fisco, en nombre de Su Majestad.
A
principios de noviembre del mismo año, Oviedo regresó al Darién, ahora
convertido en capitán de esa región, enfrentándose a nuevos contratiempos.
Durante su ausencia, su esposa fue atacada por una fiebre aguda, y apenas llegó
a tiempo para cerrarle los ojos, experimentando una tristeza insondable por tan
repentino suceso. Oviedo exclamó: "Con el dolor de esta pérdida tan
devastadora para mí, me sentí trastornado y desorientado. Ver a mi esposa
fallecida, a quien amaba más que a mí mismo, me llevó al borde de la locura.
Además de perder a mi dulce compañera y desear vivir en el estado matrimonial,
como cristiano, no estaba acostumbrado a recurrir a las distracciones mundanas
que practicaban mis vecinos, y mucho menos a buscar consuelo en otras
mujeres".
A
pesar de rendir un justo tributo al amor conyugal, Oviedo centró su atención en
los asuntos de su tenencia, decidido a erradicar los abusos arraigados y
castigar severamente los crímenes que se cometían a diario con impunidad. Así,
persiguió a los que mantenían relaciones ilícitas, prohibió los juegos de
cartas, ordenando que todas las barajas encontradas en la ciudad fueran
quemadas por el pregonero, castigó a los blasfemos, amonestó y multó a los
escribanos públicos para que se abstuvieran de sus fraudes y extorsiones, y
protegió bajo severas penas a las mujeres indígenas, prohibiendo que fueran
tratadas como bestias de carga. Estas medidas, aunque aplaudidas por los
hombres de honor, comenzaron a ganarle el odio de los malvados y viciosos.
Los
excesos y la falta de justicia de las administraciones pasadas habían llevado a
la sociedad a tal punto de desorden que las acciones de Oviedo, aunque justas y
necesarias, provocaron la resistencia de aquellos acostumbrados a la impunidad.
Aunque
Oviedo mostró una gran diligencia en lo que respecta a la moral y las buenas
costumbres, no fue menos activo en promover la prosperidad material de la
región. Después de resolver la mayoría de las disputas de deudas entre los
vecinos, contribuyendo con recursos de su propia casa para conciliar y
reconciliar a las partes, estableció el suministro de carne para la ciudad con
su propio ganado. Además, modificó el régimen de la extracción de oro para
hacerlo menos riguroso y promovió pacíficamente el comercio con los indios
caribes.
En
pocos meses, logró que varios vecinos del Darién construyeran piraguas y
embarcaciones siguiendo su ejemplo, lo que resultó en la recolección de más de
50,000 pesos de oro en la ciudad, sin poner en riesgo a los españoles y con la
aprobación de los indígenas. Sin embargo, estas acciones despertaron la codicia
y la animosidad del gobernador y sus seguidores en Panamá, quienes encontraron
frecuentes oportunidades para desacreditar y enemistar a Oviedo.
Cualquier
delincuente que se refugiara en Panamá obtenía completa impunidad, y cualquier
condenado que apelara las sentencias de Oviedo lograba ser absuelto y premiado
con heredamientos y distinciones. Esta situación pronto generó un profundo odio
hacia Oviedo por parte de los malhechores que vagaban por la región, y ni
siquiera el apoyo de los buenos le servía de protección.
Los
clérigos, especialmente desde la llegada de don fray Juan de Quevedo como
prelado, mostraron un particular resentimiento hacia Oviedo, quien se atrevía a
amonestarlos y encarcelarlos para apartarlos de los escándalos y los abusos.
Juan Pérez de Zalduendo, deán de Santa María, con intereses personales en la
facción clerical, y Cristóbal Muñoz, un escribano perseguido por Oviedo en su
papel de Receptor del fisco, fueron los líderes de esta facción enemistada con
Oviedo, impulsada por rencores profundos e inextinguibles, y que solo se satisfaría
con su ruina y muerte.
Brevemente
se esparcieron por la plaza los oscuros planes que se estaban tramando contra
el Veedor. En los bosques y montañas, desde las fronteras del bachiller Corral
hasta la jurisdicción de Estete, los caciques de Bea, Corobari y Guaturo se
negaban a entregar sus tributos al fisco y a los comendadores. El desprecio
hacia los cristianos llegó a tal extremo que el primero de ellos dio muerte de
manera cruel al capitán Martin de Murga. Este último, ignorando las advertencias
de Oviedo y confiando en las promesas del cacique, se aventuró en el interior
junto con otros cuatro españoles, quienes también fueron asesinados a traición.
El
Veedor decidió tomar medidas contra tal desafío, temiendo que la impunidad solo
sirviera para envalentonar a los caciques. Así, ordenó al capitán Juan de
Ezcaray y a cuarenta hombres que castigaran esta afrenta y rebelión de los
indios. Sin embargo, cuando los españoles estaban a punto de partir del Darién,
esta decisión fue públicamente desafiada por el bachiller Corral. Este, en
alianza con Zalduendo y Muñoz, y siendo además pariente cercano de los caciques
de Bea y Corobari, buscaba evitar tanto la perdición de los indios como la de
Oviedo.
A
pesar de los esfuerzos de Oviedo por hacer que la expedición dirigida contra el
cacique de Bea se llevara a cabo, el deán, el escribano y el bachiller
trabajaron de tal manera que los cuarenta soldados que antes se habían ofrecido
voluntarios para la empresa acabaron amotinándose contra su capitán. Este último,
al presentarse ante Oviedo, expresó su asombro por el repentino cambio de
actitud en la ciudad, donde todos parecían estar de acuerdo el día anterior,
pero esa misma noche habían cambiado de opinión y parecían llevarlos hacia la
horca, sin que encontrara a nadie dispuesto a acompañarlo.
El
Veedor, obligado por las circunstancias, disimuló la abierta rebelión, aunque
dio orden de procesar y descubrir a los instigadores de la misma. Uno de los
principales culpables resultó ser el bachiller Corral, quien fue acusado por
testigos de numerosos delitos. Temiendo que pudiera ser absuelto en el tribunal
de Pedrarias, se decidió, con el acuerdo del licenciado Sancho de Salaya,
alcalde mayor de la costa del Sur, enviarlo a España cargado de grilletes,
acompañado de Luis de Córdoba, un individuo perjudicial para la república
debido a sus malas costumbres, cuyo hijo Simón Bernal servía en la casa de
Zalduendo.
Libre
de tales obstáculos, Gonzalo Fernández de Oviedo centró su atención en castigar
a los caciques rebeldes, logrando en pocos días capturar o impartir justicia a
Corobari. Este último no solo confesó la complicidad del bachiller, sino que
también reveló que, incluso después de la muerte del capitán Murga, mantenía
relaciones íntimas con los insurgentes. Con la muerte de Corobari, el cacique
más temible de la región, Oviedo se dirigió hacia Guaturo, situado a veintiocho
leguas de Santa María del Antigua, y logró capturarlo junto con su familia y su
principal líder, llamado Gonzalo, imponiendo en ambos un ejemplar escarmiento.
Con
la provincia pacificada, el Veedor regresó a la ciudad del Darién, esperando
recoger los frutos y el reconocimiento por sus esfuerzos. Sin embargo, allí le
aguardaban nuevas trampas y peligros. Tal vez temiendo que Oviedo triunfara
sobre sus enemigos, o cediendo a las instigaciones de Zalduendo y sus aliados,
Pedrarias había escrito al Regimiento retirando los poderes de Oviedo y
otorgándoselos al bachiller Corral, cuya remisión a España aún no había llegado
a su conocimiento.
El
agraviado Veedor, quien confiaba en la conducta de Pedrarias y en las artimañas
de los adversarios que había ganado durante su desafortunado mandato, no pudo
resistir la indignación al ver la infame recompensa que recibían sus servicios.
Cuando le mostraron las cartas del gobernador en el Regimiento, abandonó la
silla presidencial y ocupó la que le correspondía como regidor, exclamando:
"Este es el lugar que el César me otorgó, y desde aquí serviré a Sus
Majestades como su oficial y no como teniente del señor gobernador. Haré todo
lo que esté a mi alcance para satisfacer al señor gobernador con mi persona y
con lo que pueda hacer en servicio de mi rey y en beneficio de esta república,
como he jurado y estoy obligado a hacer".
Con
la destitución de Oviedo, Pedrarias Dávila envió un mandato al Darién,
ordenando que la ciudad eligiera un procurador que la representara en la
próxima junta general, en la que se proponía nombrar procuradores permanentes
para residir en la corte de España. Reconociendo los importantes servicios que
el Veedor había prestado a la ciudad y provincia, el Regimiento no dudó en
designarlo para este distinguido cargo, logrando persuadirlo con insistencia y
otorgándole amplios poderes.
Sin
embargo, una vez que se difundió esta decisión, la furia del deán y sus aliados
alcanzó un punto crítico. Decidieron hacer todo lo posible para anular los
poderes otorgados al destituido teniente de Pedrarias, y colocar en su lugar a
alguien de su elección. Expertos en fomentar disturbios, lograron que algunos valientes
se presentaran en el ayuntamiento, liderados por el procurador del concejo,
primo de Zalduendo. Este último, arrogándose la autoridad en nombre de todos
los vecinos, exigió que se revocara la nominación unánime del cabildo y que se
sometiera nuevamente la elección al voto de los habitantes.
Oviedo
percibió la trama detrás de esta oscura conspiración y, deseando demostrar a
sus enemigos que no les temía en absoluto, solicitó al ayuntamiento que
aceptara la propuesta del procurador del concejo. La votación, llevada a cabo
el mismo día, no solo lo proclamó como representante del Darién, sino que
exacerbó aún más a Zalduendo y sus seguidores, llevándolos por el camino del
delito.
Para
ellos, era de suma importancia y urgencia evitar que el Veedor se presentara en
la junta de Panamá, temerosos de que descubriera sus retorcidas maquinaciones y
sedientos de venganza. Para lograr una venganza completa, acordaron que el
criado del deán, cuyo padre había sido expulsado de la tierra por Oviedo,
solicitaría entrar a su servicio para asesinarlo en su propia casa mientras
dormía. Sin embargo, este depravado intento resultó en vano, ya que el Veedor
se negó a recibirlo, considerándolo un hombre sospechoso y agraviado. Esto
enfureció aún más a sus enemigos, quienes decidieron aprovechar la primera
oportunidad, por más pública que fuera.
Oviedo
había preparado un barco y había organizado su viaje a Nombre de Dios, no solo
para cumplir con su deber como procurador en Panamá, sino también para
presentarse ante el gobernador y reclamar en nombre del rey, la ciudad del
Darién y él mismo por los perjuicios causados por el gobierno arbitrario de
Pedrarias. Preparado para zarpar, se encontraba el viernes 19 de septiembre de
1522 frente a la iglesia de San Sebastián, hablando con uno de los alcaldes
ordinarios de la ciudad, cuando Simón Bernal, el criado de Zalduendo encargado
de llevar a cabo el planeado crimen, consideró que había llegado el momento
oportuno para atacar. Oviedo relata el atentado de la siguiente manera:
"Cuando
este (Simón Bernal) llegó donde el alcalde y yo nos paseábamos delante de la
iglesia, se quitó el sombrero en señal de respeto hacia mí, y yo incliné la
cabeza como señal de bienvenida; luego se acercó a una pared frente a la
iglesia. En ese momento, el alcalde me pedía que entregara el bastón del
alguacilazgo de la ciudad a un hombre de bien (ya que tenía el poder para
nombrar en nombre del alguacil mayor, el bachiller Enciso, quien estaba ausente
en España y era mi amigo); y yo le dije al alcalde que estaría de acuerdo en
hacer lo que me pedía, ya que me parecía que la persona que él recomendaba era
adecuada para el cargo. En ese instante, Simón Bernal se acercó por detrás con
un puñal largo y afilado, aunque llevaba otra espada ceñida, y me dio un gran
golpe en la cabeza, cortando por debajo de mi oreja izquierda y cortando un
gran trozo de la punta y hueso de mi mandíbula, llegando hasta la mitad de mi
mejilla. La herida fue tan profunda y grave que me derribó y me hizo caer al
suelo; al caer, me dio otras dos cuchilladas en el hombro izquierdo; todo tan
rápido que antes de que el alcalde pudiera verlo o yo pudiera reconocerlo, ya
se había consumado el acto".
Y
el malhechor echó a correr calle adelante, evitando refugiarse en la iglesia
cercana donde estábamos (porque si entraba allí, sería capturado), sino que se
dirigió hacia la Iglesia Mayor, donde el deán y otros clérigos, sus amigos y
protectores, lo esperaban para favorecerlo, como así lo hicieron. Cuando caí al
suelo aturdido, exclamé: "¡Válgame la madre de Dios!" y miré hacia
atrás viendo el puñal abandonado. Con prisa por levantarme, dije: "¡Oh
traidor! ¿Por qué me has herido?"... Luego alcancé mi espada que llevaba
bajo una capa cerrada que vestía, agarrando el pomo por encima de la ropa,
medio confundido y sin reconocer claramente al agresor debido a la confusión
del momento.... Mientras estaba herido de esta manera, me llevaron a mi casa
con urgencia y pedí rápidamente un confesor, consciente del peligro en el que
me encontraba. Un barbero cirujano, al verme, se negaba a tratarme, diciendo
que no tenía sentido curar a un hombre muerto; sin embargo, con la insistencia
de los presentes, me trató, aunque ninguno de los que estaban allí creía que
viviría más de tres horas. No sentí el tratamiento ni podía hablar; pero
después de más de cuatro horas de estar tratado y recostado en la cama,
recuperé algo de conciencia y volví a pedir al confesor. Me confesé y declaré
ante un escribano que perdonaba, perdonando a quien me había herido y a todos
los implicados, porque confiaba en que Dios me perdonaría, ya que Él se
sacrificó en la cruz por mi redención y la de todos los pecadores.
Para
sorpresa de sus enemigos, quienes lo daban por muerto, el Veedor se recuperó
rápidamente de sus heridas. En el punto más álgido de su enfermedad, mientras
estaba convaleciente, protestó ante el escribano Pedro de Rojas, quien había
viajado al Darién para publicar la primera residencia de Pedrarias. Oviedo
expresó su preocupación de que, si no podía presentarse en la residencia en el
tiempo establecido, no se causara perjuicio a sus intereses ni a los del fisco,
ya que las acusaciones contra el gobernador ascendían a 10,000 pesos de oro.
Una
vez recuperado, Oviedo fue sometido a juicio de residencia, el cual fue
anunciado en el Darién por Juan de Carvallo, nombrado teniente por el
gobernador, consciente de que no era partidario del Veedor, quien lo había
multado y perseguido por diversos delitos. Carvallo exigió a Gonzalo Fernández
de Oviedo una fianza de diez mil pesos de oro como garantía de su persona,
aparentemente para evitar que huyera; sin embargo, al no poder reunir esa suma
tan grande y considerándose inocente, aceptó ser encarcelado en su propia casa,
donde permaneció bajo custodia hasta que, al verlo debilitado y enfermo, el
teniente ofreció quitarle las cadenas a cambio de un depósito de 1,000 pesos de
oro, con la condición de pagar otros 5,000 si violaba su arresto.
Cuando
finalmente llegó el juez de residencia, el licenciado Juan Rodríguez de
Alarconcillo, Oviedo respondió victoriosamente a todas las acusaciones en su
contra y fue absuelto de ellas, lo que causó gran descontento entre sus
enemigos. Posteriormente, estos osaron solicitarle en nombre del bachiller
Corral sesenta marcos de oro como compensación por los daños que había sufrido
en su hacienda debido a las acciones de Oviedo, remitiéndolo a España.
Alarconcillo se abstuvo de decidir sobre este asunto y decidió enviar el caso
al Real Consejo de Indias, así como otro proceso instruido a petición de una mujer
a la cual Oviedo había ordenado azotar y arrancarle los dientes por perjurio.
Mientras
tanto, el asesino Simón Bernal vagaba por los alrededores, expulsado de la
iglesia por Zalduendo y sus aliados (como es típico del destino de los
traidores) y sentenciado por los alcaldes del Darién a ser mutilado de la mano
derecha y el pie izquierdo. Aunque Oviedo, en un primer momento, le perdonó
generosamente, se sintió agraviado nuevamente por la conducta de sus enemigos y
se involucró en el caso, buscando justicia ante el juez Alarconcillo. Este,
considerando las graves circunstancias del crimen, revocó la sentencia de los
alcaldes y falló el proceso en rebeldía, condenando a Bernal al último suplicio
y a la confiscación de sus bienes.
Enterado
luego Bernal de lo sucedido, aumentó su odio hacia el Veedor y juró matarlo en
su propia casa. Sin embargo, la Providencia lo llevó por otro camino para pagar
por todos sus delitos, ya que Oviedo, advertido secretamente de sus planes, no
solo frustró todos sus intentos, sino que, decidido a capturarlo, obtuvo la
orden correspondiente y lo encontró escondido dentro de un barril en cierta
embarcación que estaba a punto de zarpar hacia Jamaica. A pesar de los
esfuerzos del deán y sus seguidores para impedir su traslado fuera del Darién,
fueron en vano. Bernal fue llevado a la villa de Acla, donde confesó plenamente
su crimen, lo que llevó a Alarconcillo a dictar una sentencia definitiva,
confirmando la de los alcaldes de Santa María del Antigua, la cual fue
ejecutada sin demora, ocho meses después de cometido el asesinato. Simón Bernal
murió tres días después en la cárcel, donde fue devuelto para pagar los costos
del juicio.
No
habían pasado ni veinticuatro horas desde la ejecución cuando Oviedo recibió
otro indicio del tipo de amistad que el gobernador le profesaba. Pedrarias, al
enterarse de que Bernal había sido capturado y de que Alarconcillo era el juez
a cargo del caso, envió rápidamente un mensajero ordenándole que se inhibiera
del caso y lo remitiera a él como juez y máxima autoridad en la región. Sin
embargo, esta diligencia llegó tarde, aunque el mensajero había recorrido
cuarenta leguas en poco más de dieciséis horas. Cuando llegó a la villa de Acla,
encontró al licenciado y a Gonzalo de Oviedo, quienes casualmente pasaban
frente al lugar donde estaban clavadas la mano y el pie del asesino, el mismo
lugar donde meses atrás se había exhibido la cabeza del ilustre descubridor
Vasco Núñez de Balboa.
Alarconcillo
leyó públicamente la orden de Pedrarias y declaró que se apartaba del caso en
cuanto al descubrimiento y castigo de los cómplices. Oviedo pidió un testimonio
de esta declaración, protestando formalmente contra el proceder del gobernador
y responsabilizándolo de los daños y perjuicios que pudieran surgir, los cuales
ya ascendían a dos mil pesos de oro. Sin embargo, al perder toda esperanza de
justicia y cansado de las persecuciones, Oviedo decidió apelar al Real Consejo
de Indias. Secretamente, reunió parte de su patrimonio y a su familia (ya que
se había vuelto a casar), y el 5 de julio de 1523, se embarcó en el mismo
bergantín que lo había llevado desde el Darién. Aunque afirmó dirigirse hacia
el Nombre de Dios, viró hacia la isla de Cuba, alejándose de las costas donde
había sufrido tantos infortunios y donde había desempeñado sus tareas con la
misma dedicación y esperanza que en 1515.
A
pesar de los desafíos que enfrentó durante estos tres años, Oviedo no dejó de
avanzar en sus obras literarias. Entre las arduas responsabilidades de sus
cargos y los contratiempos que enfrentó, enfermo, perseguido y desilusionado,
encontraba consuelo y satisfacción en sus labores históricas. Su tenacidad en
perseguirlas y los frutos que obtenía de sus esfuerzos eran verdaderamente
asombrosos. Al partir del puerto de Acla, su principal preocupación quizás fue
salvaguardar sus numerosos manuscritos, entre los cuales ya se contaba la
crónica y vida de los Reyes Católicos, posteriormente incluida en su
"Catálogo Real de Castilla", y la "Historia general y natural de
Indias", que abarcaba todos los eventos hasta el año 1523.
***
Oviedo,
enfermo y agotado por fiebres persistentes, se embarcó rumbo a España en busca
de la justicia que le era negada en el Nuevo Mundo. Durante la travesía,
enfrentaron frecuentes tormentas que pusieron en peligro la vida de todos a
bordo. Oviedo, en un estado tan precario, llegó a temer lo peor, especialmente
porque estaba gravemente enfermo y sufría las inclemencias del mar. En su
propio lecho, oyó a un marinero discutiendo sobre un serón de esparto que necesitaba.
Un criado suyo, al ver la situación, advirtió al marinero que Oviedo estaba al
borde de la muerte y que, si fallecía, no habría otro lugar donde envolverlo y
arrojarlo al mar. Indignado por estas palabras, Oviedo ordenó que se entregara
el serón al marinero, afirmando que no iba a morir en el mar y que Dios no
permitiría que su cuerpo quedara sin sepultura adecuada. A partir de ese
momento, experimentó una ligera mejoría.
Llegó
a Santiago de Cuba, donde el adelantado Diego Velázquez lo recibió con calidez
y lo hospedó en su propia casa. Durante quince días, Velázquez se ocupó de la
recuperación de Oviedo, quien aprovechó la oportunidad para recopilar
información sobre el descubrimiento de Yucatán y la expedición de Juan de
Grijalva. Antes de partir, Velázquez le pidió a Oviedo que llevara las noticias
del descubrimiento al emperador, una tarea que Oviedo aceptó con gratitud y
cumplió fielmente como muestra de agradecimiento.
Junto
con su familia, Oviedo se embarcó hacia la isla La Española y luego se dirigió
por tierra a Santo Domingo, donde se encontró con el almirante Diego Colón,
quien se preparaba para viajar a España por la convocatoria del Emperador.
Diego Colón acogió a Oviedo con afecto y le brindó todo tipo de cuidados,
incluso le ofreció su propia carabela, bajo el mando del experimentado piloto
Juan López Archuleta, para zarpar juntos el 16 de septiembre de 1523.
Sin
embargo, el viaje de regreso a España con Diego Colón resultó aún más
desafiante. Después de solo unos días de buen clima, una repentina tormenta en
el océano los sorprendió. A pesar de los esfuerzos del hábil Archuleta, la
pequeña embarcación no pudo resistir la furia de los elementos. Con la nave
agrietándose y las olas azotándolos, Colon y Oviedo enfrentaron el miedo a la muerte.
Después de arrojar parte de la carga al mar y enfrentar la posibilidad de
perderlo todo, las aguas finalmente se calmaron, devolviendo la esperanza y la
alegría a los marineros. Al avistar las costas de la península ibérica con
alivio, atravesaron la barra de Sanlúcar el 5 de noviembre y se dirigieron a
Sevilla, el centro del comercio y las artes en aquel entonces.
Gonzalo
Fernández de Oviedo apenas permaneció en esta ciudad durante unos pocos días.
Fue informado allí de que el César tenía su corte en Vitoria para coordinar las
operaciones del ejército, que, bajo la dirección del Condestable don Íñigo
Fernández de Velasco, se encontraba sobre Fuente-Rabia, una fortaleza que los
franceses habían tomado durante los disturbios de las Comunidades. Movido no
solo por el deseo de liberar la Tierra Firme de la opresión de Pedrarias, sino
también por las graves ofensas personales que había sufrido a manos de este
último, Oviedo se dirigió a aquella ciudad.
En
Burgos, se encontró con el Real Consejo de Indias, que se preparaba para
trasladarse al lado del César. Su impaciencia por presentar sus quejas lo llevó
a ver aquella partida como un mal presagio. Sin embargo, siguió a los señores
del Consejo, ya que la voluntad y la constancia le sobraban, y resuelto a no dejar
pasar la oportunidad de ser escuchado, llegó a Vitoria a principios de 1545.
Sin
embargo, sus esperanzas se vieron cumplidas de manera más fácil y rápida de lo
que esperaba. La ilustre memoria del príncipe don Juan le sirvió como protector
escudo, y las puertas de los magnates y prelados se abrieron a su nombre como
si fuera portador de un misterioso talismán. El propio César, que ya había
escuchado sus quejas contra el gobernador de la Tierra Firme en Bruselas y
Barcelona, y que recordaba su lealtad hacia el príncipe, su tío, no solo ordenó
al Consejo que le hiciera justicia, sino que también le concedió una audiencia
especial en su cámara.
Ante
el Emperador y su Real Consejo, Oviedo expuso todos los sufrimientos y
persecuciones que había enfrentado desde su partida de Barcelona en 1520.
Presentando los poderes que llevaba de la ciudad del Darién, solicitó en nombre
de la misma un nuevo gobernador para esa desventurada provincia. El César, tras
escuchar su demanda, ordenó que presentara por escrito al Consejo sus
relaciones y quejas contra Pedrarias, lo cual hizo el Veedor de inmediato,
aprovechando la oportunidad para que su rey supiera de las vejaciones,
inhumanidades y tiranías que sufría una región tan rica y vasta del Nuevo
Mundo.
Los
cargos que Gonzalo Fernández de Oviedo formuló contra Pedrarias eran
extremadamente severos. En su informe, no solo le negaba las cualidades más
básicas para la gobernación, describiéndolo como flojo, inconstante, codicioso,
díscolo y sembrador de discordia, lo que había provocado constantes
desavenencias y escándalos, sino que también lo acusaba de injusto, arbitrario,
cruel, venal e hipócrita. Lo declaraba como usurpador e insubordinado hacia el
rey y su Real Consejo.
Estas
acusaciones, lejos de ser meras expresiones de la ira que Oviedo guardaba en su
pecho, estaban hasta cierto punto respaldadas por la simple exposición de los
hechos a los que se refería. Pedrarias se había aliado con los oficiales
reales, quienes siguiendo su ejemplo abandonaron el Darién. No obedeció las
cédulas de 1519, permitiendo un comercio inmoral en el que aquellos se
involucraban, y los admitió en su consejo. No remitió a España los quintos de
la corona, alegando gastos extraordinarios. No cumplió las provisiones reales
en el trato y repartimiento de los indígenas, aplicando de manera violenta y
engañosa el requerimiento ordenado por el Rey Católico.
Además,
toleró que los oficiales maltrataran a los indios, cambiando arbitrariamente
los repartimientos para aumentar sus propias fortunas y la de Pedrarias.
Permitió que su primo, el capitán Gaspar Morales, masacrara a trescientos
indígenas sin importar edad ni sexo, satisfaciendo así su voracidad
desenfrenada. No castigó la traición de Renito Hurtado, quien vendió como
esclavos a los indios de carga que le habían sido confiados bajo seguro por el
cacique de Careta. Ignoró la inhumanidad de Pedro de Cárdenas, quien quemó
vivas a dos mujeres indígenas de encomienda por puro placer. Y finalmente,
respaldó al capitán Francisco de Medina y otros desalmados que, además de
saquear y golpear a los indígenas caribes, se atrevieron a vender en subasta
pública a muchos de los que ya habían sido bautizados.
Su
trato hacia los españoles que se oponían a su voluntad, o que no se doblegaban
fácilmente ante la adulación, tampoco fue más humano o justo.
Oviedo
también acusaba a Pedrarias de haber tomado para sí las islas de Otoque y
Terarequi, pertenecientes a la corona, donde obtuvo ganancias desmedidas sin la
debida autorización de la Real Cámara y en perjuicio de todos los pobladores, a
quienes prohibió la pesca en esas áreas. Sin embargo, si bien este cargo
merecía la seria atención del Consejo de Indias, no era menos grave el que el
Veedor de las fundiciones de oro formulaba en relación con Vasco Núñez, quien fue
condenado a muerte por Pedrarias. Según Oviedo, Vasco Núñez había tomado una
marca de oro de su suegro, Verdugo, quien era Veedor de la Tierra Firme. A
pesar de esto, Pedrarias envió a Panamá desde Darién por un cuño que tenía el
Veedor Gonzalo Fernández de Oviedo, lo retuvo el tiempo que quiso y pudo marcar
el oro que quisiera en secreto.
Pedrarias
también fue censurado en la Relación de Oviedo por sus acciones relacionadas
con el ilustre y desafortunado descubridor del Mar del Sur. Desde su llegada al
Darién, obligó a este último a vender su casa por un precio menor del que valía
en alquiler. Después de su ejecución, se apoderó de sus bienes en nombre del
fisco, distribuyendo los indígenas que le quedaban entre su esposa doña Isabel
de Bobadilla y los criados de ella, separándolos así de la mayor parte de la
herencia del adelantado, que entregó a Martin de Estete. Los cien mil pesos de
oro que despertaron la atención del Real Consejo de Indias en Barcelona se
redujeron a una suma insignificante de tres mil, que luego fueron diezmados por
el administrador y los escribanos del proceso, dando como resultado final dos
mil castellanos, principalmente pagados en recibos y otros documentos, lo cual
evidenciaba la integridad de los oficiales y protegidos del gobernador de
Castilla del Oro.
Para
evitar que el escándalo de estas violencias y saqueos llegara a la corte de
España, Pedrarias astutamente negaba a cualquier español que no se confesara
parcial a salir de la Tierra Firme, ofreciéndose a hablar maravillas sobre su
gobierno. Su arrogancia llegó al extremo de apoderarse de todas las cartas que
iban y venían de las Indias, con el fin de evitar que su conducta fuera
conocida en la corte por cualquier medio.
Oviedo,
cuyo principal deseo, aunque personalmente injuriado, era la salvación del
Darién, concluyó su Relación proponiendo al Real Consejo de Indias los medios
que, en su opinión, debían adoptarse para evitar la ruina de esa desdichada
comarca. Escribió: "Así que, para el caso de Tierra Firme, conviene que Su
Majestad determine una de dos cosas: perderlo o ganarlo. Para perderlo, no se
podría buscar ni pensar en nada mejor que dejarlo estar de la manera en que
está. Y para ganarlo, y detener tantos daños y dar orden de cómo Dios y Su
Majestad sean servidos y la tierra remedida, se debe procurar que aquel que
gobierne esa tierra sea un hombre de buena sangre, que tenga celo y como fin
principal el servicio de Dios y del Rey, que sea amigo de la justicia y esté
dispuesto a trabajar por su persona y no por una excesiva codicia, que no esté
cargado de hijos y tenga una edad adecuada para el juicio y para los trabajos.
Además, deberá contar, donde quiera que esté, con una o dos personas de buena
conciencia y letras. Y si fuera necesario, que lo es y mucho, deberá volver a
tomar las residencias a los jueces pasados, lo cual no será de poco interés
para la hacienda de Su Majestad. Además de eso, deberá tener siempre en el
Darién un teniente que sea una persona de letras y buena conciencia, que
administre justicia en la costa y pueblos del Norte, y otro en la costa y
pueblos del Sur".
Este
era el hermoso ideal de Oviedo, que lamentablemente no pudo ver realizado en
tantos años de contradicciones y desgracias.
A
mediados de marzo de 1524, el Emperador trasladó su corte a Burgos, y el Veedor
siguió sus pasos, decidido a buscar justicia. Mientras exponía los cargos
contra Pedrarias ante el Real Consejo de Indias, doña Isabel de Bobadilla y el
bachiller Corral intentaban contradecirlo. Insinuaban al Consejo que sería un
grave error destituir al gobernador, cuya habilidad y sabiduría eran
ampliamente elogiadas. La influencia de la Bobadilla, sobrina de la célebre
marquesa de Moya, era palpable en todas partes, mientras que las argucias del
astuto bachiller también tenían su efecto. Este último incluso demandó
personalmente a Gonzalo de Oviedo para que le compensara los daños causados en
su hacienda por el destierro de Santa María del Antigua, un acto que el Real
Consejo consideró arbitrario y por el cual condenó al Veedor a pagar cien mil
maravedís por no haberlo remitido al tribunal superior de Pedrarias.
A
pesar de este contratiempo, que surgió más por su lealtad que por su
injusticia, Oviedo no se desanimó. Aunque encontró castigo en lugar de
recompensa, no se rindió. Mientras el Consejo consideraba la mejor manera de
proceder con respecto a la gobernación de Castilla del Oro, ordenó que tanto el
Veedor como el bachiller se presentaran a dar sus descargos ante el juez de
residencia que sería enviado a la Tierra Firme. Oviedo no se dejó vencer por
este revés y siguió adelante con determinación.
Mientras
tanto, el asunto principal que lo había llevado a España avanzaba lentamente.
Aunque no perdía de vista los asuntos de América, decidió dedicarse al cultivo
de las letras para no caer en la ociosidad y distraer su mente del laberinto de
querellas, demandas, réplicas y ratificaciones. Fue entonces cuando escribió la
Respuesta a la Epístola moral del almirante de Castilla, una obra en la que
delineó magistralmente el estado de las costumbres, considerando su corrupción
como el origen de los males que aquejaban al Estado. También recopiló en sus
diarios las noticias sobre el asombroso descubrimiento del estrecho de
Magallanes, cuya narración escuchó del valeroso capitán e ilustre piloto Juan
Sebastián del Cano, quien acababa de completar la vuelta al mundo.
Cuando
el Emperador partió hacia Valladolid con el propósito de formalizar las
capitulaciones del matrimonio entre el rey de Portugal y la infanta de
Castilla, doña Catalina, el Veedor laborioso ya había logrado retomar sus
antiguas relaciones literarias. De esta manera, se preparaba para completar su
conocimiento sobre los acontecimientos ocurridos en Europa durante su ausencia
en el Nuevo Mundo.
Pocos
meses después de establecerse en Valladolid, Gonzalo de Oviedo recibió una
clara muestra del aprecio que el presidente del Consejo de Indias tenía por su
lealtad, a pesar de no haber podido absolverlo de la falta cometida en el
asunto del bachiller Corral, al excederse en sus facultades. Convocado ante el
Consejo, el Veedor escuchó del cardenal de Sevilla que el capitán Rodrigo de
Bastidas solicitaba la gobernación de Santa Marta, que Oviedo había renunciado
en Barcelona, pero el Consejo se negaba a concedérsela sin conocer primero su
voluntad, considerando que, como antiguo criado de la casa real, debía tener
prioridad sobre cualquier otro.
Aunque
Oviedo agradeció la consideración, recordó que, entre los términos de su
solicitud previa para esa provincia, había pedido cien hábitos de la Orden de
Santiago. Aunque agradecido por el gesto, insistió en su demanda,
considerándola necesaria para sus planes. Sin embargo, el Real Consejo de
Indias no podía conceder en 1524 lo que había negado en 1519 por considerarlo
perjudicial para los intereses de la corona. A pesar de la insistencia de
Oviedo, el Consejo decidió que no se discutiera más sobre los hábitos, y la
gobernación de Santa Marta recayó en el capitán Bastidas.
Quizás
arrepentido o deseando reparar el mal efecto que su insistencia había causado
en el Consejo, Oviedo solicitó la tercera gobernación de Castilla del Oro,
conocida como Cartagena, una región al oeste de la encomendada a Bastidas,
igualmente rica en metales y fértil en campos. Esta vez, su pretensión encontró
poca resistencia en el Consejo, a pesar de su reciente negativa. Aceptó las
condiciones ordinarias impuestas a los demás capitanes y pobladores, y
finalmente obtuvo los títulos y despachos de gobernador y capitán general de
Cartagena, con las capitulaciones aprobadas por el Emperador.
Sin
embargo, mientras atendía sus propios asuntos, Oviedo no descuidaba los
intereses de la ciudad del Darién. Convencido de que la permanencia de
Pedrarias en la Tierra Firme era perjudicial, estaba decidido a mantener su
acusación y no abandonaría la corte hasta lograr su derrocamiento, a pesar de
los intentos de doña Beatriz de Bobadilla por frustrar sus esfuerzos.
Después
de enfrentar una serie de fiebres rebeldes, el Emperador trasladó su corte a
Madrid en otoño del mismo año, con la intención de recuperarse y pasar el
invierno en la villa. Durante este tiempo, Oviedo intensificó sus esfuerzos
para alcanzar sus objetivos, deseando poner fin a los sinsabores y disgustos
que le habían causado sus dificultades. Sin embargo, los prósperos eventos de
la guerra en Italia avivaron su amor por la patria, proporcionándole abundante
material para sus proyectos históricos y llevándolo a nuevas empresas.
En
abril de 1525, Madrid recibió la feliz noticia de la victoria en Pavía y la
captura de Francisco I, quien fue posteriormente llevado a la corte española y
puesto bajo la custodia de Hernando de Alarcón en la famosa torre de los
Lujanes. Impulsado por su fervor patriótico, Oviedo decidió consignar este
extraordinario y glorioso evento en una relación detallada, siguiendo de cerca
los acontecimientos desde la llegada del rey Francisco a Madrid hasta su
matrimonio con la reina viuda doña Leonor. En su relato, Oviedo no dejó de
destacar la amistad y el favor que disfrutaba entre los grandes y principales
cortesanos.
Mientras
tanto, se convocaron Cortes generales del reino en la ciudad de Toledo, lo que
obligó al nuevo gobernador de Cartagena a trasladarse a esa metrópoli, donde
también se había establecido el Real Consejo de Indias. A medida que la
situación en Darién parecía resolverse, llegó a la corte el segundo presente
enviado por Hernán Cortés desde México, lo que avivó los rumores y la envidia
debido a sus deslumbrantes riquezas. A pesar de las críticas cortesanas hacia
Cortés, Oviedo, que conocía de primera mano los grandes esfuerzos y sacrificios
en América, sintió indignación por las murmuraciones y decidió examinar de
cerca los eventos de tan prodigiosa conquista.
Sin
embargo, su viaje a América no podía llevarse a cabo de inmediato, ya que aún
enfrentaba la tenaz resistencia de doña Isabel de Bobadilla y sus partidarios.
Además, en el Real Consejo de Indias se discutía el tratamiento adecuado para
los americanos, una cuestión que generaba discrepancias entre personas de alta
virtud y conocimiento, y que llamaba seriamente la atención del Emperador.
Oviedo
fue convocado por el Consejo de Indias para prestar declaración bajo juramento
sobre este asunto crucial. Aprovechando la oportunidad para reafirmar sus
opiniones sobre el maltrato de los indígenas, condenó a los cristianos que,
preocupados únicamente por enriquecerse, los oprimían cruelmente y devastaban
vastas regiones sin preocuparse por su conversión y enseñanza. Sin embargo, no
podía prever que esta noble postura le acarrearía enemistades y censuras
incluso después de su muerte.
El
nuevo gobernador de Cartagena, con la intención de liberar la Tierra-Firme de
la influencia de Pedrarias, vio cómo el Real Consejo de Indias consultaba al
Emperador sobre su destitución y proponía a Pedro de los Ríos, un caballero de
Córdoba, como su sucesor. Oviedo, albergando esperanzas halagüeñas debido al
prestigio y buen nombre de los Ríos, se preparaba para regresar a América
cuando una nueva obligación hacia el Soberano lo detuvo en Toledo: el Emperador
expresó su deseo de conocer más sobre el Nuevo Mundo, y Oviedo, cumpliendo con
devoción sus deseos, recurrió a su prodigiosa memoria para complacer a su rey,
presentándole el "Sumario de la Natural Historia de las Indias",
impreso por mandato del César en 1526.
A
principios del mismo año, el Emperador se trasladó a Sevilla para celebrar sus
bodas con doña Isabel de Portugal, un evento que fue recibido con gran pompa y
regocijo en la populosa metrópoli. En Sevilla, Oviedo tuvo la satisfacción de
ver cómo Pedro de los Ríos era nombrado gobernador de Castilla del Oro, a quien
ofreció su amistad y servicios. Decidido más que nunca a perseguir la justicia
contra Pedrarias y sus seguidores, Oviedo se embarcó el 30 de abril en la misma
carabela que el nuevo gobernador, posiblemente encontrándose con el bachiller
Diego del Corral, quien se dirigía también a la Tierra-Firme según lo ordenado
por el Real Consejo de Indias en Burgos y Valladolid.
Después
de partir, hicieron escala en la Gomera el 31 de mayo, y tras tomar provisiones
necesarias, continuaron su viaje, deteniéndose durante tres días en la isla
Dominica para reparar una de las carabelas y abastecerse de agua y leña,
enfrentándose a algunas escaramuzas con los indígenas. Finalmente, el 30 de
julio llegaron al Nombre de Dios, donde Pedro de los Ríos y su alcalde mayor,
Juan de Salmerón, asumieron sus cargos. Aunque Salmerón aún no había comenzado
su trabajo como juez de residencia, el bachiller Diego del Corral presentó una
demanda de 8,000 pesos contra Oviedo por los supuestos daños causados durante
su remisión a España. Sin embargo, tras las aclaraciones del gobernador de
Cartagena y la solicitud de indemnización por parte de Oviedo, intervinieron
mediadores honrados para resolver el conflicto, y el 25 de agosto todos
partieron hacia Panamá.
Mientras
tanto, se supo que Pedrarias, enojado por el poder otorgado a Oviedo y
enfurecido por su inesperada partida, había saqueado la ciudad de Darién en
septiembre de 1524, expulsando a sus habitantes y dejándola vulnerable a los
ataques de los indios caribes, que la redujeron a cenizas. Esta devastación
significó la pérdida casi total de la fortuna de Oviedo, incluyendo la heredad
que él mismo había fundado, sufriendo una pérdida de más de 6,000 castellanos.
El
5 de febrero de 1527, el destituido gobernador llegó a Panamá, consciente de
que se le realizaría una residencia formal de sus actos, aunque no tan
exhaustiva como Oviedo y los agraviados deseaban, ya que doña Beatriz de
Bobadilla había obtenido una cédula del Real Consejo que limitaba las cuentas a
partir de la residencia simulada del licenciado Alarcón. A pesar de esto,
Oviedo no dejó de presentarse como demandante, interponiendo varias demandas
personales que ascendían a la considerable suma de 8,000 pesos de oro, lo que
llevó a Pedrarias a buscar intercesores para con el Veedor.
El
Veedor, resentido por las injurias pasadas y sospechando que Oviedo había
participado en los consejos en su contra, inicialmente se resistió a las
súplicas de sus amigos. Sin embargo, deseaba poner fin a las disputas y,
finalmente, llegó a un acuerdo con Pedrarias, quien lo indemnizó con
setecientos pesos de oro y dos marcos de perlas. Además, se llevó a cabo un
juramento formal de que Oviedo no había participado en ningún acto ni consejo
para que fuera asesinado.
Como
medida de seguridad y para evitar futuras disputas, se celebró una concordia
entre ambos, autorizada por un escribano público, en la que se imponía una
multa de 2,000 pesos de oro al que primero la quebrantara. Aunque dejó de lado
las disputas con Pedrarias, Oviedo no abandonó la acción legal contra los
cómplices de Simón Bernal. Sin embargo, antes de poder buscar justicia contra
el deán, y a pesar de que había traído una provisión especial del Consejo desde
España, la Providencia intervino al librarlo de nuevas controversias con el
fallecimiento de Juan Pérez Zalduendo.
Una
vez resueltas esas disputas, Oviedo planeaba dirigirse a Cartagena y, con ese
fin, solicitó a Salmerón que le presentara las cuentas restantes de los bienes
del adelantado Balboa, consciente de que la cantidad a favor del fisco era
escasa. Mientras se ocupaba diligentemente de esto, llegaron noticias a Panamá
de que Rodrigo de Bastidas, enemistado con el Veedor por influencia de terceros
malintencionados, había saqueado la isla de Codego y se había apoderado de
quinientos indios, que luego fueron vendidos en Cuba, San Juan y La Española.
Este acto indignante enfureció al gobernador de Cartagena, quien consideraba
que Bastidas había violado los mandatos del Emperador al invadir el territorio
de otra gobernación y maltratar a los indios encomendados a otro.
Debido
a este incidente, la amistad entre Oviedo y Bastidas quedó irremediablemente
rota. Aunque Oviedo había gastado parte de su fortuna preparándose para esa
expedición, decidió renunciar a la gobernación de Cartagena, cuya región se
había alzado en armas como resultado de este ataque desleal. Regresó entonces a
su cargo como Veedor de las fundiciones de oro, del cual aún no se había
desvinculado. Deseando alejarse de los escenarios de sus desgracias, se
trasladó a la gobernación de Nicaragua, donde su pariente Diego López de
Salcedo era el gobernador en ese momento. Permaneció allí sin mayores
contratiempos hasta que la presencia de Pedrarias Dávila volvió a inquietarlo.
Doña
Beatriz de Bobadilla logró mucho en el Consejo de Indias desde abril de 1526.
No solo logró que se olvidaran los cargos formulados por Oviedo contra su
esposo, sino que también logró obtener para él la gobernación de Nicaragua antes
de que se terminara la residencia de su anterior cargo en Castilla del Oro, lo
que perjudicó a Salcedo. Esta decisión indignó enormemente a Salcedo, quien,
aunque podría haber resistido su ejecución debido a que aún no había
transcurrido el tiempo de las capitulaciones, cedió el cargo a Pedrarias,
quien, al recuperar el poder, volvió a hostigar a Oviedo, en detrimento de
Salcedo.
Después
de las disputas pasadas, Oviedo decidió vivir lejos de Pedrarias, consciente de
que la avaricia y la tiranía del anciano gobernador estaban aumentando con la
edad. Recorrió diversas ciudades y poblaciones, completando así sus estudios y
observaciones sobre la flora y fauna de la región, sin perder de vista la
exploración de los grandes lagos y los volcanes de la Tierra-Firme.
Seis
largos años habían pasado desde que Oviedo dejó a su familia en la Isla
Española, sin tener el consuelo de abrazar a sus queridos hijos ni una sola vez
entre tantos afanes. Con más de cincuenta años de edad, su espíritu aventurero
de juventud se había apagado en cierta medida, y reconocía la necesidad del
sosiego que solo se puede encontrar en el hogar familiar a esta edad. Por ello,
dirigía todas sus miradas hacia la ciudad de Santo Domingo, donde lo esperaba
el amor de su esposa e hijos.
Decidido
a regresar a Panamá para solicitar la licencia necesaria de Pedro de los Ríos
para llevar a cabo su plan, se embarcó en el puerto de la Posesión a finales de
mayo de 1529. Sin embargo, aunque el deseo avivaba su imaginación, se encontró
con eternas calmas en medio del océano, lo que lo mantuvo siempre a igual
distancia de Panamá. Además, sufrió de penosas fiebres intermitentes que
pusieron en riesgo su vida.
Dentro
del golfo de Orotiña, el maestre Juan Cabezas reconoció que la carabela no
ofrecía seguridad para continuar la navegación si el viento cambiaba. Obligados
a tomar tierra en el puerto de Posessí, descubrieron que el timón estaba roído
por la broma y que dos tablas del costado de la carabela estaban podridas, lo
que hacía casi milagroso que no se hubieran hundido en el mar durante la
travesía de cien leguas que habían recorrido.
Tras
reparar el barco, más por la habilidad del piloto que por los recursos técnicos
disponibles, zarparon de nuevo y llegaron a Panamá cinco meses después de
partir de la Posesión. Sin embargo, Oviedo no logró vencer las persistentes
fiebres que lo habían acosado todo ese tiempo y que continuaron molestando
durante varios meses más de lo que hubiera deseado.
El
Veedor no sospechaba que encontraría en Panamá la situación cambiada en la
gobernación de Pedro de los Ríos. La insaciable codicia de su esposa, doña
Catalina de Saavedra, y su excesiva blandura de carácter hicieron que las
quejas al Real Consejo de Indias fueran frecuentes, lo que llevó al
nombramiento del licenciado Antonio de la Gama para realizar una residencia en
la zona, quien llegó a Panamá poco antes que Oviedo.
La
residencia de Pedro de los Ríos duró un año, pero al no estar de acuerdo con
las decisiones de Gama, decidió abandonar la Tierra-Firme para llevar su caso
al Real Consejo, dejando a doña Catalina en el Nuevo Mundo. Antes de partir
hacia la Isla Española, el Regimiento de Panamá, reconociendo la honradez de
Oviedo y temiendo el favor que tenía Pedro de los Ríos, le pidió que los
representara en la corte, solicitud a la que Oviedo accedió a regañadientes,
pues anhelaba vivir pacíficamente con su familia después de enfrentar
enemistades infructuosas con poderosos.
Finalmente,
Oviedo se embarcó a finales de septiembre de 1550, haciendo una parada en Santo
Domingo para reunirse con su esposa e hijos, y llegó con éxito a la península
ibérica a mediados de diciembre del mismo año.
Mientras
tanto, en Alemania, la protesta se intensificaba, amenazando con consumir el
Imperio con sus llamas. El emperador, deseoso de poner fin a estas discordias,
intentaba pacificar a los seguidores de Lutero, una empresa ardua que
eventualmente se resolvería por la fuerza de las armas. En España, la
Emperatriz doña Isabel gobernaba con la asistencia de don Juan Tavera, arzobispo
de Santiago y presidente del Consejo de Castilla, un hombre respetado por su
talento y prudencia. La corte se encontraba en Ávila cuando Pedro de los Ríos y
Gonzalo Fernández de Oviedo regresaron de América con propósitos distintos.
Pedro
de los Ríos buscaba limpiar su nombre de los cargos en su contra, mientras que
Oviedo esperaba que el Consejo aprobara las sentencias de Gama. Ambos
comenzaron a trabajar en sus objetivos, buscando el apoyo de sus antiguos
aliados. Oviedo tenía una causa más sólida, y no fue sorprendente que obtuviera
una mejor fortuna: el Consejo no solo destituyó a Pedro de los Ríos de su cargo
en Panamá, sino que lo condenó a pagar una suma de oro a la real cámara y le
prohibió regresar al Nuevo Mundo.
Cumplido
el propósito de representar a Panamá, el Veedor se dedicó con igual diligencia
a resolver los asuntos locales en la Isla Española, encargados por el
Regimiento de Santo Domingo durante su estancia allí. Había recopilado parte de
los apuntes que había hecho desde 1505 para formar la compilación que le había
encargado el rey Fernando en Toro. Mientras esperaba la resolución de esos
asuntos, se dedicó intensamente a revisar y organizar sus notas y memorias, lo
que resultó en la primera parte del Catálogo Real, que abarcaba desde la
población de España hasta los reinados de Juan II de Castilla y Juan II de
Aragón, y que logró completar el 30 de abril de 1552, declarando al mismo
tiempo que solo le faltaba transcribir las dos partes siguientes.
Sin
embargo, su deseo de poner fin a sus viajes se intensificaba, y el clima de
España le resultaba perjudicial para su salud, ya que estaba acostumbrado al
clima templado de América. Movido por estas razones, además de su avanzada
edad, decidió renunciar a su cargo como Veedor de las fundiciones de oro de la
Tierra-Firme, solicitando al Consejo que designara en su lugar a su hijo
Francisco González de Valdés, quien en ese momento apenas tenía veintitrés
años. Pero no solo obtuvo la gracia para su hijo, sino que el Consejo,
reconociendo su incansable labor y apreciando sus obras, propuso al emperador
nombrar a Gonzalo como cronista general de Indias. Este pensamiento recibió la
aprobación del rey, quien ordenó que, como hombre que merecía descansar, se
retirara a su casa para recopilar y escribir con mayor tranquilidad la historia
que había comenzado sobre esas regiones.
Esta
distinción, que lo devolvía al seno de su familia y lo alejaba de la vida
azarosa que había llevado hasta entonces, satisfacía todos sus deseos y
esperanzas. Contento y satisfecho, regresó al Nuevo Mundo en el otoño de 1532,
siendo recibido con gran aprecio por el Regimiento y la ciudad de Santo
Domingo, cuyos encargos había llevado a cabo con honor y en beneficio de sus
nuevos conciudadanos.
Pronto
encontraron una oportunidad de manifestarle su gratitud y afecto. A principios
de enero de 1533 falleció Francisco de Tapia, alcaide de la fortaleza de Santo
Domingo; y mientras se designaba un nuevo teniente, los oficiales reales y
magistrados de la Audiencia entregaron la fortaleza a Oviedo, seguros de que
esta decisión sería bien recibida en la corte. De hecho, una vez restituido el
Emperador en España, confirmó por cédula del 25 de octubre del mismo año el
nombramiento de Oviedo, otorgándole todas las prerrogativas y derechos que
había disfrutado Tapia. Con la misma fecha, el Soberano escribió a Oviedo
resolviendo las dudas manifestadas por él en una carta del 17 de mayo, sobre
cómo remitir al Consejo los cuadernos de la Historia General y Natural de
Indias, obra a la que se había dedicado con gran empeño desde su regreso a
Santo Domingo. El monarca ordenó que enviara en el primer barco que zarpara
hacia España desde la Isla el tratado en el que proponía demostrar, como había
prometido, que las Indias pertenecieron en la antigüedad a los reyes de Iberia.
Esta empresa, emprendida por Oviedo con menos razón que patriotismo, despertó
la ira de Fernando Colón en aquellos días y posteriormente atrajo la animosidad
de los eruditos. Sin embargo, es importante tener en cuenta el motivo que
impulsó a Oviedo a formular esta opinión, basándose en la inoportuna autoridad
de Aristóteles, Eusebio, San Isidoro, Beroso y Teófilo de Ferrara. Había
surgido graves disputas entre España y Portugal sobre la línea divisoria de la
conquista en las Indias, y aunque se estableció que la línea se trazara desde
las islas de Cabo Verde y las Azores hasta el polo, los portugueses insistieron
en que les correspondía todo lo del este designado a los españoles. Esta
pretensión exasperó el patriotismo de Oviedo, quien concluyó asegurando que las
Indias habían sido conocidas y poseídas anteriormente por los reyes de España.
Las pruebas que presentó no fueron sólidas ni convincentes en la corte, y
algunos historiadores posteriores calificaron su opinión de vana, dañina y
halagadora. Sin embargo, es justo reconocer que la intención de Oviedo era
patriótica y sincera.
Sus
esfuerzos para fortalecer y proteger la fortaleza que se le había confiado
fueron realmente encomiables. Cuando la recibió, se encontraba en un estado de
completo abandono: carecía de armas, municiones y pólvora, lo que hacía
cualquier intento de resistencia inútil en caso de asedio. Además, la falta de
agua en el castillo habría hecho que cualquier asedio fuera de corta duración.
Oviedo
tomó medidas inmediatas para mejorar la situación. Reparó los muros, limpió y
despejó los fosos, se aseguró de tener suficiente munición y armas, construyó
un amplio aljibe en la esplanada y contrató a un experto artillero, al que pagó
un salario superior incluso al suyo como alcaide. No escatimó en recursos ni
esfuerzos para ganarse la confianza de sus compatriotas y de su rey, incluso
sacrificando su propia hacienda y, figurativamente hablando, su vida por el
servicio a la república.
Estos
esfuerzos se sumaban al tesón que demostraba en sus deberes como cronista. Sin
embargo, la paz que tanto ansiaba se vio perturbada por los desmanes y tiranías
del gobernador de Santa Marta, García de Lerma. A pesar de los amistosos
consejos que le había ofrecido en 1555 para evitar el desastre, Lerma continuó
en su camino de corrupción y abuso de poder, ignorando tanto las advertencias
de Oviedo como las de la Real Chancillería.
Finalmente,
Lerma fue llevado a juicio, donde se comprobaron todos los cargos en su contra,
incluyendo robos y desacatos, y fue condenado a pagar una gran suma al fisco en
pesos de oro.
Por
tanto, resultaba indispensable recurrir al Consejo de Indias para que se
impusiera la pena que la torcida conducta del rebelde Lerma merecía. El
Regimiento y la Audiencia de Santo Domingo volvieron sus ojos hacia el
cronista, suplicándole que aceptara los poderes del primero y el crédito de la
segunda. Oviedo, vencido por el noble deseo de liberar la región de tan ominosa
tiranía, accedió a esta solicitud.
Partió
hacia España y llegó a Sevilla en el verano de 1554, coincidiendo con los
preparativos de Gerónimo de Ortal para su expedición en busca del Orinoco. Al
llegar a la corte, que entonces se encontraba en Valladolid, presentó ante el
Consejo las causas de su viaje, junto con el proceso y la sentencia contra
Lerma. Logró que se designara al oidor Rodrigo Infante para que llevara a cabo
la residencia de todos los actos de Lerma.
Poco
después, García de Lerma falleció, abrumado por el peso de sus crímenes, sin
haber satisfecho las numerosas y contundentes demandas de aquellos a quienes
había agraviado, incluyendo a los oficiales reales expulsados del territorio de
Santa Marta.
Oviedo
no quería desperdiciar ni un momento ni su viaje. Una vez terminada la primera
parte de su "Historia General y Natural de las Indias", presentó al
Consejo los últimos cuadernos que había escrito, solicitando su examen y
aprobación para poder imprimirlos junto con los anteriores. Sin embargo, los
importantes acontecimientos que perturbaron la paz de la cristiandad a
principios de 1555 probablemente retrasaron el cumplimiento de sus deseos.
El
28 de febrero, el Emperador partió de Madrid con el objetivo de impulsar los
preparativos navales en el Mediterráneo contra el poder de Barbarroja. Durante
este tiempo, la familia real se quedó en la villa, donde el cronista recibió un
nuevo testimonio del aprecio por sus servicios anteriores. En ese momento, el
Emperador deseaba que el príncipe don Felipe fuera educado y sirviera de la
misma manera que el primogénito de los Reyes Católicos. Por ello, ordenó que se
estableciera la casa del príncipe siguiendo el ejemplo de la corte de esos
soberanos.
Se
consultó a muchos personajes importantes, incluido el conde de Miranda, don
Juan de Estúñiga y Avellaneda, pero todos se remitieron a Gonzalo Fernández de
Oviedo, cuya estrecha relación con el príncipe don Juan y cuya extraordinaria
memoria eran elogiadas universalmente. Por esta razón, don Felipe lo llamó para
que informara a su tutor, don Fernando de Estúñiga, sobre el orden y la
etiqueta establecidos para la casa del fallecido príncipe de Asturias.
Oviedo
cumplió con la tarea, escribiendo una breve relación donde detallaba el régimen
y la forma del servicio y la cámara del hijo de Isabel la Católica. Desde
entonces, albergó el pensamiento que finalmente materializó doce años más
tarde: la composición del valioso tratado sobre los Oficios de la Casa Real de
Castilla.
Tampoco
permanecía ocioso en cuanto a otras tareas literarias emprendidas. En 1552, al
finalizar la primera parte del "Catálogo Real", declaró que ya tenía
recopilados los materiales e incluso había esbozado las minutas de la segunda y
tercera parte de este importante monumento histórico. Desde 1535 se había
propuesto completarlo, extendiendo la relación de los principales
acontecimientos desde la muerte de don Juan II hasta el año 1534, cuando la
cristiandad celebraba el advenimiento de Paulo III al papado.
La
segunda parte la tituló "Epílogo Real de Castilla" y la tercera como
"Epílogo Imperial y Pontifical", formando así la historia general de
los reyes de España, emperadores y pontífices romanos que habían florecido
hasta ese momento. Mientras tanto, con la aprobación en todas sus partes de la
primera parte de la "Historia General y Natural de las Indias" y
obtenido el privilegio del Consejo Real para su impresión, Gonzalo Fernández de
Oviedo se dirigió a Sevilla.
A
fines de septiembre, la obra estaba lista para ser impresa después de un largo
período de cuarenta y tres años de dedicación sin interrupciones. El impacto
que la "Historia General" tuvo fue universal y elogioso: reveló los
grandes misterios de una naturaleza tan rica y espléndida como desconocida para
los sabios del mundo antiguo. Proporcionó información singular sobre la
religión, los ritos y las costumbres de los habitantes, cuya existencia había
sido constantemente cuestionada.
Además,
describió las virtudes prodigiosas de árboles y plantas nunca antes sospechadas
por los naturalistas, así como los pintorescos paisajes de lagos, ríos y montañas
que albergaban tesoros maravillosos. Finalmente, elogió el extraordinario
esfuerzo de los primeros navegantes que, luchando contra las olas en medio del
océano, lograron descubrir un mundo nuevo y llevar los estandartes católicos de
Castilla a regiones tan remotas.
Las
ciencias filosóficas y naturales, la medicina, la cosmografía, la náutica e
incluso la milicia encontraron en la "Historia General de las Indias"
una fuente de conocimiento, lo que llevó a su traducción en varios idiomas, incluyendo
toscano, francés, alemán, turco, latín, griego y árabe. Este honor no había
sido alcanzado por ninguna otra obra moderna hasta ese momento, algo de lo que
Gonzalo Fernández de Oviedo se mostró profundamente satisfecho posteriormente.
***
Gonzalo
Fernández de Oviedo había surcado el vasto océano en numerosas ocasiones
cuando, en 1555, vio la luz la primera parte de su "Historia General y
Natural de las Indias". El último pliego se imprimió el 10 de septiembre,
y con la misma fecha dedicó la obra al cardenal don fray García Jofre de
Loaysa. En esta dedicatoria, recordó su cargo de procurador, solicitando para
las Indias prelados eruditos y de buena reputación, así como jueces íntegros y
libres de codicia.
En
ese invierno, regresó a la Isla Española, llegando al puerto de Santo Domingo
sin contratiempos el 14 de enero del siguiente año de 1556. Fue recibido por la
Audiencia y el Regimiento, quienes reconocieron su diligencia en la
procuración, tanto en el bienestar de sus conciudadanos como en la promoción de
medidas para el crecimiento poblacional en la ciudad e isla.
Con
este propósito, había obtenido una cédula del Real Consejo de Indias que
concedía una merced de 30,000 maravedís por vida al primer vecino de Santo
Domingo que cosechara cien fanegas de trigo en una siembra. Además, llevaba
consigo otras gracias y privilegios, todos destinados al mismo fin:
contrarrestar el despoblamiento de las fértiles tierras donde los españoles
habían establecido sus primeras colonias, amenazadas por la codicia desatada
por el descubrimiento y conquista de otras regiones.
A
pesar de la satisfacción del Regimiento y la Audiencia, surgieron individuos
envidiosos y malintencionados que intentaron difamarlo ante los habitantes de
Santo Domingo y la corte española, acusándolo de buscar solo su propio
beneficio y cuestionando la legitimidad de las dietas que había recibido
durante su estadía en la península. Sin embargo, estas quejas, expresadas
incluso por el Veedor de las fundiciones Gaspar de Astudillo ante el propio
Emperador, no lograron el efecto deseado. Más bien, resaltaron la integridad de
Oviedo, lo que llevó a Astudillo a ganarse la justa animadversión y desprecio
por sus malas acciones.
Estas
críticas llegaron a tal extremo que dos años después, el almirante y los
regidores de Santo Domingo se dirigieron al Emperador para denunciar las
acciones de Astudillo, describiéndolo como un hombre bullicioso y de mala
reputación. En resumen, así actuaba el detractor de Oviedo.
La
acogida favorable que recibió la "Historia General" en el Consejo de
Indias y su extraordinario éxito en el mundo literario sirvieron como estímulo
efectivo para el Alcaide, alentándolo aún más en sus tareas históricas, que día
a día iban adquiriendo mayor envergadura. No contento con lo ya publicado,
desde su regreso a la Isla La Española, se dedicó a enriquecer la primera parte
con valiosas adiciones, narrando los eventos que continuamente llegaban a su
conocimiento. Además, no descuidó la continuación de la segunda y tercera
partes, aprovechando la real cédula que obligaba a los gobernadores y
adelantados a comunicarle las novedades de los nuevos descubrimientos.
A
pesar de este constante trabajo, el día de su conclusión parecía alejarse cada
vez más. Sin embargo, se entregaba a estos loables estudios con una admirable
constancia. Fue en medio de estos que recibió la noticia devastadora de la
trágica muerte de su hijo a través de las relaciones de los descubrimientos y
conquistas del mariscal Diego de Almagro.
Francisco
Fernández de Valdés, hijo del Alcaide, seguía al ejército de Almagro como
veedor de la Tierra-Firme, cargo heredado de su padre. Durante la expedición,
los expedicionarios sufrieron hambre y frío, enfrentándose a una serie de
desafíos y privaciones mientras atravesaban territorios inhóspitos y
peligrosos. Llegaron al río de Arequipa en noviembre de 1536, que estaba tan
crecido y violento que apenas los nadadores más valientes se atrevían a
cruzarlo. El mariscal temía que la gente fuera arrastrada por la corriente, lo
que generó gran angustia en medio de la expedición.
La
amargura de Oviedo alcanzó su punto más alto al enterarse de la trágica muerte
de su hijo, quien luchaba en vano contra la impetuosa corriente, desfalleciendo
finalmente y desapareciendo entre las olas. Francisco Fernández de Valdés
contaba con apenas veintisiete años al momento de su muerte, dejando dos
huérfanos a cargo de su padre, quien no tuvo el consuelo de verlos crecer a su
lado. Pocos días después de este desastre, el hijo varón del veedor también falleció,
apenas con cinco años de edad. La magnitud del dolor de Oviedo contrastaba con
su firmeza cristiana ante esta tragedia.
Aunque
estas tragedias afectaron profundamente el espíritu de Oviedo, quien cumplió
con la ley natural al lamentarlas, buscó en las responsabilidades militares la
paz y la tranquilidad interna que esta vez le negaron las vigilias históricas,
aunque nunca las abandonó por completo. En 1552, recibió el castillo de Santo
Domingo en un estado casi desmantelado y destruido, y se esforzó con gran
cuidado en fortificarlo. En 1555, expuso la necesidad de su armamento ante el
Real Consejo de Indias y juró solemnemente ante el decano del mismo, el doctor
Beltrán, que solo solicitaba lo necesario. Desde su regreso a La Española, no
pasó ni un solo día sin ocuparse del mantenimiento de la fortaleza, impulsado
por la aparición de algunos piratas que amenazaban la seguridad de la región, y
que ya comenzaban a infestar los mares de Occidente.
Este
evento, que causó gran alarma y preocupación en América, despertó una actividad
prodigiosa en el Alcaide de Santo Domingo. No contento con solicitar nuevamente
para su castillo la artillería de grueso calibre que había solicitado desde
1535, presentó ante el Consejo un proyecto para fortificar las islas y costas
de la Tierra-Firme. Propuso la construcción de respetables fortalezas en
lugares estratégicos como Nombre de Dios, Puerto Bello, isla de Bastimentos, la
embocadura del río Chagres, Cartagena, Santa Marta, el estrecho de Magallanes y
muchos otros puntos de importancia similar, con el objetivo de proteger esas
ricas y extensas regiones de los corsarios y hacer temida y respetada la
bandera española en todas partes.
Además,
consciente de la necesidad de restablecer la confianza de los mercaderes, que
ya no se atrevían a salir de los puertos, Oviedo propuso la formación de
escuadrillas para patrullar constantemente el mar y prevenir cualquier tipo de
violencia y saqueo. Aunque presentó un plan amplio de fortificación, en línea
con las solicitudes anteriores, nunca perdió de vista su principal deber: la
custodia y defensa del puerto de Santo Domingo, reiterando una y otra vez sus
leales reclamaciones.
La
incompetencia o negligencia de sus predecesores había llevado a la construcción
de algunos edificios junto al castillo, los cuales, además de obstruir la vista
del puerto desde la fortaleza, impedían el uso efectivo de la artillería para
defenderlo de posibles agresiones externas. Ante esta situación, el Alcaide no
dudó en proponer la demolición de esas casas, erigidas por algunos magistrados
de la Real Chancillería, destacando sabiamente los peligros que acechaban a la
ciudad e isla si no se actuaba con prontitud para solucionarlo.
Sin
embargo, el Consejo no atendió a las solicitudes de Oviedo, quizás considerando
exagerados los temores que pronto se confirmarían con las incursiones piratas
de los franceses en 1537 y 1558, que causaron gran escándalo en esas tierras y
daños significativos a la corona. Una vez superado el terror de tales ataques y
reconocida la urgencia de las demandas del Alcaide, este escribió al Emperador
sobre este asunto crucial:
"Lo
primero y más urgente es que Vuestra Majestad ordene la construcción de una
fortaleza en la punta más adelante de donde está ahora, a unos doscientos
pasos, dejando todo el espacio libre desde la casa del doctor Infante hasta el
mar. También se debe construir una torre muy robusta en la otra punta del río,
con una constante guardia y media docena de cañones. ¿Construir estas
fortalezas y torres asegurará la isla? Digo que no, porque la necesidad de
fortificaciones es igualmente importante en otros lugares clave, como los
puertos principales, como en la villa de Acua, la Savana, Puerto Real, Puerto
de Plata y otros lugares. Es evidente que, si una flota enemiga llegara y
ocupara uno de estos puertos, ¿quién nos defendería después de que aseguraran
parte de la isla y comenzaran a hacer la guerra?"
Finalmente,
el Real Consejo de Indias ordenó el suministro de artillería pesada para el
castillo, bajo el mando de Gonzalo de Oviedo, pero no mostró disposición a
aceptar sus consejos en otros aspectos, dejando así a esos reinos expuestos a
la rapacidad extranjera, que no tardó en manifestarse con diversos ataques.
Los
peligros aumentaban aún más debido a la gran emigración de pobladores que,
atraídos por las riquezas del Perú, abandonaban tanto la Isla La Española como
la de Cuba y San Juan, quizás arriesgándose a una muerte segura, ya que las
discordias entre Almagro y Pizarro habían dejado desoladas y ensangrentadas
estas prósperas tierras. El Alcaide de Santo Domingo reconocía esta situación,
y aunque no podía evitar el éxodo, motivado por su lealtad y sabiduría,
intentaba restaurar la amistad y colaboración entre los conquistadores,
señalando lo equivocados que estaban en su enemistad, la cual solo conducía a
su propia perdición y atraía la ira del rey y el desprecio de los justos.
Sin
embargo, esta noble gestión no lograba conmover a los obstinados capitanes, y
Oviedo se vio obligado a informar al Real Consejo de Indias sobre los crímenes
escandalosos que, llenando de sangre española el imperio de Atahualpa, privaban
al comercio y la agricultura de innumerables manos, corrompían la moral y
debilitaban los lazos sociales con su ejemplo pernicioso. Los males de América,
y especialmente de la Isla La Española, se propagaban a tal extremo que,
afectada ya por los asaltos de los piratas y diezmada por la emigración, se
encontraba ahora desprovista de sus pastores y jueces. Tras los llamamientos de
Oviedo para el retorno del prelado y la solicitud de la creación de un
procurador mayor para la ciudad, el nombramiento de cuatro jurados y la
reinstalación del fiel ejecutor, una posición eliminada sin mucha previsión, se
expresó así el 24 de mayo de 1558, dirigiéndose al César: "La justicia de
Vuestra Majestad no se lleva a cabo en especial en esta isla y ciudad, donde
las deudas nunca se pagan y los ladrones no son castigados, porque la Audiencia
está desatendida, con un solo oidor, anciano y arraigado en la tierra y en el
cargo".
Los
negocios en la Isla Española no ofrecieron una perspectiva más alentadora en
los años siguientes, ya que el Alcaide, comprometido con sus obras históricas,
no descuidaba los deberes de su cargo, al tiempo que impulsaba mejoras
agrícolas según su perspicaz criterio y su deseo por la prosperidad de sus
compatriotas. Oviedo poseía tierras fértiles a orillas del río Hayna, situado a
tres leguas de Santo Domingo, y, deseoso de animar con su ejemplo a los pocos
agricultores que quedaban en la Isla tras el descubrimiento del Perú y Nueva
España, experimentaba con el cultivo de diversas plantas, frutas y cereales que
consideraba beneficiosos, obteniendo con frecuencia resultados satisfactorios.
De
esta manera, ocupaba sus ocios de funcionario, mientras era consultado por los
capitanes y exploradores que visitaban la ciudad en búsqueda de nuevas tierras,
hasta que a principios de 1541 se vio afectado por una enfermedad aguda y
debilitante, que lo llevó al borde de la muerte y lo dejó tan frágil que
requirió de un largo y cuidadoso período de convalecencia para recuperarse. Una
vez restablecido en cierta medida y temeroso de no poder completar la segunda
parte de su "Historia General de las Indias" si las fiebres
regresaban, solicitó permiso al Emperador y su Consejo para viajar a España con
el fin de publicar lo que había escrito. Su petición fue concedida de manera
pronta y satisfactoria, pues el éxito obtenido con la primera parte hacía que
la impresión de las siguientes resultara muy deseable, ya que estas narrarían
descubrimientos asombrosos y conquistas portentosas.
El
1 de marzo de 1542, Oviedo escribió al virrey de Nueva España, don Antonio de
Mendoza, solicitándole relaciones de lo acontecido en esas tierras, con la
esperanza de recibirlas antes de mayo para poder incorporarlas en la edición
que estaba preparando. El Alcaide estaba decidido a no regresar a las Indias
hasta que todo estuviera impreso, y aunque estaba listo para el viaje, no tan
pronto como había manifestado al virrey. Sin embargo, estaba a punto de partir
cuando recibió tres cartas del Emperador, todas redactadas en los mismos
términos, que desbarataron sus planes en ese momento. El César le informaba
desde Monzón, el 30 de agosto, que el rey Francisco I había iniciado la guerra
con España, invadiendo los Estados italianos y amenazando con entrar en la
Península por la parte de Perpiñán, al mismo tiempo que atacaba el Mediterráneo
con sus flotas y las de su aliado Barbarroja, y alentaba a los protestantes de
Alemania, mientras llamaba al turco para invadir Hungría. En consecuencia, le
ordenaba que prestara la máxima atención y vigilancia a la custodia del
castillo bajo su cargo y a la defensa del puerto y la ciudad de Santo Domingo,
suspendiendo así su planeado viaje. Oviedo, como vasallo obediente y fiel,
acató esta orden y se dedicó desde entonces a reparar las fortificaciones para
no verse sorprendido por cualquier acontecimiento desagradable.
Durante
esta nueva guerra, el ánimo del Alcaide se vio asaltado por grandes temores, ya
que revivirían las antiguas rivalidades entre dos poderosos rivales que
luchaban denodadamente por el dominio de Europa. Mientras las banderas
españolas ondeaban victoriosas en Alemania, Flandes e Italia, rechazando y
derrotando a franceses, turcos, alemanes y africanos, Oviedo protegía
celosamente esa valiosa llave de América, siempre dispuesto a repeler cualquier
invasión extranjera con las armas, aunque lamentaba que sus consejos no
hubieran sido aceptados en años anteriores, lo que ahora dejaba a las islas y
costas de Tierra Firme en una posición de resistencia desigual. Finalmente, el
extraordinario esfuerzo y coraje de los españoles prevalecieron sobre todos los
enemigos del César, y Francisco I compró la paz en Crespio, proclamada el 9 de
septiembre de 1544, renunciando a todo derecho sobre los Estados italianos y el
patronato de Flandes.
En
los primeros meses del siguiente año, Oviedo se enteró de la concordia
establecida entre el Emperador y el Rey, aunque esta no parecía más duradera
que las anteriores. De inmediato, retomó sus planes para el viaje planeado,
habiendo enriquecido tanto la primera como la segunda parte de la
"Historia General y Natural de las Indias" con nuevos y más
extraordinarios documentos. Los deseos del Alcaide se vieron favorecidos por la
necesidad urgente de la ciudad e isla de reclamar justicia contra la dureza y
arbitrariedad del licenciado Alonso López Cerrato, enviado a fines de 1545 por
el Real Consejo para realizar residencia a los oidores y presidente de la
Chancillería de Santo Domingo y gobernar la provincia. Las vejaciones y excesos
que infligía a los habitantes eran ya insostenibles.
Movido
por la indignación y el daño común, el Regimiento decidió finalmente elevar sus
quejas a la corte, destacando las vicisitudes y penalidades que habían llevado
a esa envidiable región al extremo. Recordaron también las súplicas
infructuosas de años anteriores. Para llevar a cabo este propósito, nombraron
como procuradores a Gonzalo Fernández de Oviedo, del cual se conocían su
lealtad y rectitud a través de numerosos y claros testimonios, y al capitán
Alonso de la Peña, un regidor respetado y discreto de Santo Domingo. Después de
recibir instrucciones del Regimiento y las credenciales correspondientes,
partieron de la Isla Española a principios de agosto de 1546 y llegaron a
Sanlúcar a fines de octubre, no sin haber enfrentado riesgos y dificultades
durante la travesía.
A
mediados del mes de noviembre, el Alcaide y el capitán llegaron a la corte, que
en ese momento se encontraba en Madrid. Se sintieron profundamente
decepcionados por la ausencia del César, quien estaba ocupado en las guerras
religiosas de Alemania y había dejado la gobernación de estos reinos al
príncipe don Felipe. A pesar de ello, presentaron sus poderes al Real Consejo
de Indias y expusieron el lamentable estado en que dejaban la Isla Española, el
cual se había agravado enormemente con la publicación de las ordenanzas
formuladas en Valladolid en el año 1542. Urgían la pronta resolución de las
demandas del Regimiento de Santo Domingo, entre las cuales destacaba la
remoción de Cerrato; y para lograrlo, ambos procuradores pusieron en juego toda
su influencia.
El
Alcaide deseaba ganarse la voluntad del príncipe, y al enterarse de que este no
vería con malos ojos una ampliación de la breve relación que había compuesto en
1535 sobre la orden de su servicio, se dedicó con empeño a esta tarea, logrando
completarla antes de que el príncipe se trasladara a Aragón para celebrar
cortes en ese reino. Oviedo aprovechó esta oportunidad propicia para presentar
a don Felipe su tratado sobre los Oficios de la Casa Real de Castilla,
utilizando hábilmente este gesto para recordarle los problemas que afectaban a
la Isla Española.
Sin
embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, Oviedo no logró obtener resultados en
ese momento, a pesar de la sabiduría y el esfuerzo igualmente valioso del
capitán Alonso de la Peña. Finalmente, la corte se trasladó a Monzón, donde el
príncipe tenía convocadas las cortes aragonesas. Los Consejos le siguieron
hasta Aranda de Duero, donde establecieron sus audiencias para estar listos
para el gobierno de Castilla. Los procuradores de Santo Domingo se vieron
obligados a trasladarse a esta población para continuar con sus gestiones.
Permanecieron
en Aranda durante todo el resto del verano de 1547, período en el que el Real
Consejo de Indias resolvió algunas demandas de la Isla Española, mientras que
las más difíciles se remitieron a la consulta del rey Carlos V, quien en esos
días se encontraba en Augusta celebrando una dieta del imperio. Esta decisión
del Consejo hizo evidente la necesidad de que los procuradores se dirigieran a
Alemania para obtener resultados concretos. Dado que ni la edad ni la salud de
Gonzalo de Oviedo le permitían realizar este viaje, ambos procuradores
acordaron que Alonso de la Peña se dirigiera a la corte del César. Mientras
tanto, el Alcaide se retiró a Andalucía para huir del penetrante frío de
Castilla.
Una
vez llegado a Sevilla, punto idóneo para recabar información sobre América
debido a la presencia de la Casa de Contratación, que convocaba a capitanes,
descubridores y comerciantes procedentes del Nuevo Mundo, Oviedo se dedicó a
organizar las relaciones proporcionadas por Alvar Núñez Cabeza de Vaca en
Madrid, las cuales versaban sobre las expediciones a la Florida y al Río de la
Plata, donde aquel valiente y experimentado líder había sufrido tantas y tan
extraordinarias adversidades. Estas tareas lo entretenían gratamente, evocando
recuerdos de su juventud y enriqueciendo con ellos su tratado sobre los Oficios
de la Casa Real. Simultáneamente, procuraba avanzar en las gestiones de su
procuración, manteniendo una activa correspondencia con el capitán Alfonso de
la Peña y sus aliados en Monzón y Aranda. Oviedo dedicó los meses restantes de
1547 y parte del siguiente a estas labores, además de traducir del toscano la
obra piadosa titulada "Reglas de la vida espiritual y secreta teología",
la cual, impresa bajo su supervisión en el mismo año, lamentablemente no obtuvo
el éxito esperado.
A
principios de agosto, los procuradores de las ciudades debían reunirse en
Valladolid para las cortes convocadas por el príncipe don Felipe, quien,
atendiendo al grave estado de salud de su padre, el Emperador, se preparaba
para dejar estos reinos, confiando su gobierno al príncipe Maximiliano, ya
comprometido con la infanta doña María. Oviedo supo que esta era la ocasión en
la que el Emperador tenía previsto establecer la casa del príncipe de Asturias
siguiendo el estilo borgoñón, desechando así la etiqueta grave y sencilla de
los Reyes Católicos y abandonando el antiguo proyecto de continuar con ella.
Deseando contrarrestar estos cambios, Oviedo partió hacia Valladolid, donde
presentó a don Felipe las Adiciones a los Oficios de la Casa Real, completando
así el retrato del servicio y la corte de aquellos monarcas ilustres. Sin
embargo, su solicitud no tuvo efecto; el 15 de agosto, el príncipe comenzó a
adoptar el estilo borgoñón en su corte, distribuyendo los cargos de su palacio
entre los magnates más destacados de Castilla.
Aunque
el tiempo invertido en esas tareas y el generoso impulso que lo llevó desde
Sevilla parecían haber sido en vano, la presencia del Alcaide en la corte
resultó valiosa tanto para su procuración como para sus proyectos históricos.
Pocos días después de su llegada a Valladolid, llegaron noticias del
levantamiento y las tiranías de Gonzalo Pizarro. Este levantamiento fue finalmente
sofocado por la constancia y prudencia del presidente Pedro de la Gasca, y
Pizarro fue ejecutado en el valle de Jaquijahuana como castigo por su traición.
Las cartas que llegaron con estas noticias incluían relaciones detalladas de
los sangrientos sucesos, dejando en claro que las ordenanzas de Valladolid,
contrarias al bienestar de los habitantes, y la actuación dura e insensible del
virrey Vasco Núñez Vela, derrotado y muerto en Quito por Pizarro, fueron las
principales causas del levantamiento.
Oviedo
aprovechó el efecto negativo de las ordenanzas para persuadir al Consejo, que
ya estaba inclinado, a modificarlas. Además, con diligencia, consiguió
rápidamente las relaciones enviadas por don Alonso de Montemayor y otros
habitantes del Perú, que estaban en manos del magnífico caballero Pedro de
Mejía, cronista al igual que él, del Emperador Carlos V, y con quien ya tenía
una relación amistosa. Una vez concluidas las cortes, el príncipe dejó
Valladolid el 1 de octubre y se dirigió a Barcelona con la intención de partir
hacia Flandes. Mientras tanto, Oviedo regresó a Sevilla para esperar allí el
regreso del capitán Alonso de la Peña.
Desesperado
por la demora, aunque siempre atento a recoger todo lo relevante para la
continuación de la Historia General de Indias, cuya nueva edición había
pospuesto no solo debido a la ausencia del Emperador, sino también por el deseo
de abarcar todos los sucesos que llegaban a su conocimiento, comenzaba a
flaquear su constancia. Sin embargo, recibió una carta del infante de Castilla
y Rey de los romanos, en la cual expresaba su placer al leer la primera parte
publicada en 1535, y le rogaba que no abandonara esas tareas hasta cumplir lo
prometido en ella. Esta solicitud de don Fernando se convirtió en un mandato
supremo para el Alcaide, quien en el mismo año de 1548 dejó registrado en la
Historia General las siguientes palabras: "En la brevedad de mis días,
diré lo que Dios permita que por mí se continúen estas materias; donde, con mis
canas y habiendo vivido ya más de sesenta y nueve años, ningún día se me pasa
sin dedicar algunas horas a esta ocupación, trabajando con todo lo que está en
mí y escribiendo de mi mano, con el deseo de que antes del último día que me
quede, pueda ver corregido y listo para imprimir todo lo que he recopilado en
las tres partes de esta Historia General de Indias."
Y
mientras el sol sigue su curso, me encuentro ahora en este año de mil
quinientos cuarenta y ocho, organizando cómo en este mismo año o en el
siguiente se reimprima esta primera parte, mejorada y corregida, más
enriquecida que en la primera edición. Asimismo, se imprimirá la segunda parte,
mientras yo continúo trabajando en la tercera, en la cual no me faltará
voluntad para concluirla, ya que una gran parte de ella está escrita en
borradores. Aún no había concluido el año, y el Alcaide de Santo Domingo, quien
había llegado a Sevilla con los despachos de Alemania traídos por el capitán
Alonso de la Peña, se estaba preparando para regresar a la Isla Española. En
esos últimos días, tuvo la fortuna de ampliar los datos obtenidos en Valladolid
sobre el levantamiento de Gonzalo Pizarro con la información proporcionada por
Diego Centeno, que le fue enviada por Pedro de Mejía. El resultado de su
gestión, aunque algo tardío debido al tiempo invertido en ella, no pudo dejar
de satisfacer los deseos del Regimiento de Santo Domingo: tanto el licenciado
Cerrato como su colega Alonso de Grageda fueron removidos de la Chancillería y
quedaron sujetos a residencia. Además, el antiguo presidente don Alonso de Fuenmayor,
tan querido y esperado por los habitantes de la isla, regresó con el título de
arzobispo y capitán general.
En
los primeros días de 1549, el capitán y el Alcaide se embarcaron de regreso a
América, siendo este último nombrado regidor perpetuo de la ciudad de Santo
Domingo. Llegaron a fines del mes de marzo, siendo recibidos con gran afecto y
honor por el Regimiento, que los consideraba como los salvadores de esa región.
Sin embargo, pronto la alegría de Oviedo se vio perturbada por nuevos problemas
y peligros. Aproximándose ya a los setenta y un años, tuvo que enfrentar la
amargura de ser insultado e incluso amenazado de muerte por un racionero de la
catedral llamado Medrano. Este individuo no solo se atrevió a maltratar sus
nobles canas, sino que, arriesgándose a ser considerado sacrílego, llevó su
odio al extremo de retirar las armas del Alcaide de su tumba y capilla, las
cuales habían sido colocadas en la misma iglesia y pertenecían al mayorazgo
fundado por él en la isla. El 14 de abril siguiente, se llevó a cabo una
investigación ante la Audiencia sobre este atentado, y el Alcaide quedó
satisfecho con la completa reparación que se le otorgó: el racionero fue
multado y condenado a devolver las armas a su lugar original.
Una
vez superado ese oscuro episodio, que vertió no poca amargura en el corazón del
cronista, y reinstalado en su hogar y fortaleza, volvió su atención a sus
ambiciosos proyectos literarios, decidido a llevarlos a cabo con la voluntad de
un joven y la perseverancia madura de un anciano. Uno de los trabajos que más
había anhelado Oviedo desde que presentó al César el Catálogo Real de Castilla
era un tratado sobre la nobleza y las casas principales de España, considerado
por él como el complemento de esa extensa historia, que había sido interrumpido
desde 1545 debido a la promesa que Florián de Ocampo había hecho en el mismo
año de publicar las ilustraciones que había recopilado sobre los linajes
españoles. Cansado de esperar en vano, o más bien convencido de que Ocampo no
cumpliría su palabra fácilmente, decidió dar los toques finales a esta
importante obra. En ella reunió tantas y tan singulares noticias sobre las
costumbres y hazañas de sus contemporáneos que no sería injusto considerarla
como uno de los monumentos que mejor reflejan el glorioso reinado de los Reyes
Católicos. Le dio el título de "Batallas y Quinquagenas",
dividiéndola en cuatro volúmenes voluminosos. Siguiendo el ejemplo de Hernán
Pérez de Guzmán, planeaba incluir una amplia y rica galería de retratos en ellos,
trazando los antepasados y descendientes de cada personaje, como alguien que
había conocido a casi todos los hombres de Estado de los reinos de León,
Castilla, Navarra, Aragón, Granada y Cataluña. Una vez terminada esta valiosa
obra, también se propuso finalizar otra igualmente interesante y útil para el
esclarecimiento de la historia nacional. Comenzada en 1520, ya había esbozado y
recopilado en borradores hasta el año 1532, cuando presentó a la corte la
primera parte del Catálogo Real de Castilla. Este escrito se titulaba
"Libro del blasón de todas las armas" y tenía como objetivo
investigar los orígenes de todas las empresas y blasones que ilustraban la
nobleza española. En este tratado, Oviedo demostró un conocimiento vasto y
profundo, confesándose partidario de la ciencia heráldica, que en esos días
empezaba a ser considerada y cultivada con ahínco. Esto se debía a que, tras
haber alcanzado y dominado la grandeza en el campo de los hechos, la nobleza
recurrió a los recuerdos de sus ancestros para justificar su representación y
valía en el Estado mediante las glorias del pasado.
A
estos loables trabajos dedicaba el Alcaide de Santo Domingo sus vigilias, sin
descuidar ni un ápice la culminación de la Historia General, a la que se sentía
comprometido como cronista, ni considerarse eximido de retocar el Catálogo Real
de Castilla, añadiéndole la narración de la última campaña sostenida por el
César contra los luteranos. En esta campaña, don Carlos había conquistado los
encomiables títulos de experto caudillo y magnánimo príncipe. Sin embargo, ni
la avanzada edad ni las exigencias históricas le impedían atender a los asuntos
públicos, a los cuales sus cargos de alcaide y regidor le convocaban.
El
lamentable estado que presentaba la Isla La Española en 1546 lamentablemente no
había cambiado con las disposiciones obtenidas dos años después por el capitán
y el cronista. Ni la población crecía, ni la agricultura florecía, ni las
costumbres se reformaban, ni la justicia lograba imponerse en esa desafortunada
provincia, presa de pasiones desenfrenadas que engendraban toda clase de
abusos. En vano clamó Oviedo, ya sea como regidor de Santo Domingo, ya como
Alcaide y cronista de las Indias, por la atención a esos males. Mientras la
corte de España estaba ocupada con los grandes acontecimientos que perturbaban
la paz del catolicismo y quizás deslumbrada por los triunfos del César, tal vez
meditaba sobre el remedio y la prosperidad de esos opulentos dominios, cuando
las flotas cargadas de oro llegaban para sacarla de sus constantes apuros.
Un
evento de suma gravedad para la Isla Española llevó al Alcaide, el 8 de febrero
de 1554, a molestar una vez más a la corte, para comunicarle el temor de que
los habitantes de Santo Domingo quedaran desamparados. El arzobispo gobernador
había sido golpeado por una enfermedad mortal, y los habitantes no tenían
ninguna esperanza de que sobreviviera. En medio de sus tribulaciones y
aflicciones, siempre acudían a él como a un padre solícito y amoroso, y el
simple sonido de su voz era suficiente para consolarlos y fortalecerlos.
Oviedo, a quien el arzobispo distinguía entre todos los regidores de la
capital, no solo por su constante preocupación por el bienestar de esas
tierras, sino también por su edad y vasta experiencia, quizás estaba más
afligido que los demás. Aunque siempre atento al bien común, consideró oportuno
informar al Consejo sobre esta nueva calamidad y sugirió la posibilidad de que
el dignatario Fuenmayor fuera sucedido por el Obispo de San Juan, don Rodrigo
de Bastidas, cuyos méritos y los de su padre merecían la gratitud del César.
Quizás influyó en esta sugerencia el parentesco que ya lo unía al hijo del
capitán, quien en 1527 había obstaculizado su toma de posesión del gobierno de
Cartagena. Sin embargo, aunque este interés parecía evidente, los méritos del
Obispo eran tan notables y se había dedicado con tanta diligencia a promover la
felicidad de sus feligreses, que la noble intención del Alcaide merecía ser
perdonada. Finalmente, la Providencia intervino para prolongar la vida del arzobispo,
devolviendo la esperanza perdida a los habitantes de la Isla Española, quienes
veían en la muerte del gobernador su total ruina.
Durante
todo el año 1554, el Regimiento de Santo Domingo estuvo ocupado en solicitudes
y peticiones dirigidas al Consejo de Indias, con el objetivo de evitar el
despoblamiento total de la Isla Española, que solo se consideraba como una
escala y factoría para las nuevas regiones descubiertas en la Tierra Firme.
Oviedo se unió a sus compañeros en estas gestiones, pero con resultados
igualmente infructuosos como en años anteriores. Agotado por la inútil y larga
lucha, decidió regresar a España con el deseo de pasar sus últimos días en su
tierra natal.
Sin
embargo, no buscó esta gracia de la corte sin antes intentar ganársela con sus
méritos. A pesar de su edad avanzada, cuando muchos podrían considerar que
había perdido su agudeza intelectual, emprendió una de sus obras más valiosas.
Esta obra, dividida en tres partes y titulada "Quinquagenas", tenía
como objetivo corregir las costumbres de la juventud presentándoles ejemplos
heroicos dignos de imitar. En estas páginas, Oviedo compartió el fruto de su
vasta experiencia, utilizando sus notas y apuntes diarios.
Resulta
admirable que, a los setenta y siete años, Oviedo aún mantuviera el vigor
juvenil y lo reflejara en su obra. En varios pasajes, hace gala de su
ancianidad, demostrando al mismo tiempo su perseverancia en los trabajos
históricos. En una ocasión expresa: "Entended, lector, que hace días que
escribo y hablo sobre estas y otras materias, y no es algo reciente. Este
ejercicio me ha sido puesto sin muelas y dientes. De las muelas no tengo
ninguna, y me faltan todos los dientes superiores. Mi cabello y barba son
blancos, pero a los setenta y siete años, mientras el Señor de la vida lo
permita, continúo viviendo". Además, relata su experiencia desde los doce
años, cuando fue llevado a la corte de los Reyes Católicos, donde comenzó a
conocer la caballería y las principales figuras de España.
El
Alcaide de Santo Domingo, quien escribió esta obra y todas las demás sin
recibir salario ni recompensa alguna, envió la primera parte de las
Quinquagenas al príncipe don Felipe el 10 de enero de 1555, concluyendo la
tercera parte el 24 de mayo de 1556. Al remitirla, solicitó al heredero de
Carlos V que la revisara y examinara para su posible impresión, con la
esperanza de que sirviera como un correctivo para las lecturas apócrifas.
Mientras
buscaba ganarse la benevolencia del príncipe, Oviedo también recurrió al Real
Consejo de Indias para solicitar que, en reconocimiento a sus largos servicios,
se le permitiera renunciar a la tenencia del castillo que había gobernado desde
1532. Propuso que su yerno, Rodrigo de Bastidas, pariente cercano del obispo
del mismo nombre, lo reemplazara. El Consejo, favorable a esta petición del
cronista, quien además había argumentado la necesidad de regresar a España para
publicar la Historia general de Indias, otorgó a Bastidas el cargo de alcaide
de Santo Domingo, concediendo a Oviedo la licencia para regresar a la península
y conservar el título de regidor de la ciudad, un honor que agradeció
profundamente y del cual se mostró satisfecho hasta su muerte.
Justo
cuando se disponía a emprender su último viaje, el Regimiento reconoció la
necesidad de emprender la guerra contra los indios caribes, que se habían
vuelto arrogantes con la emigración de los españoles. El 10 de abril, se
decidió otorgar a Oviedo los poderes necesarios para obtener la licencia
correspondiente del Consejo, tarea que cumplió con la eficacia que lo había
caracterizado en sus anteriores gestiones, logrando así la autorización
solicitada. A principios de junio de 1556, el cronista se despidió de esas
tierras donde había experimentado tantos desafíos y dificultades, pero también
donde había estudiado y aprendido tanto, ansioso por compartir sus
conocimientos con los demás.
Al
separarse de ese suelo tan especial, lo persiguió el sentimiento de haber
luchado en vano para superar los obstáculos que obstaculizaban el progreso de
sus compatriotas. Afligido por el estado de postración en que se encontraba la
Isla Española, partió para prestarle un último servicio. Dejaba en esa tierra
amada las únicas cosas que le importaban, y hacia ella se dirigían las miradas
de ese buen padre y ciudadano honorable que se encaminaba a descansar en el
suelo patrio, donde también descansaban los restos de sus ancestros.
Al
llegar a España en el otoño de 1556, Oviedo se sorprendió al enterarse de los
grandes acontecimientos que estaban transformando el antiguo mundo. El vencedor
de Italia, el valiente adversario de los turcos, el conquistador de los galos,
aún con los laureles frescos de sus triunfos en Alemania, había dejado atrás la
pompa y grandeza para vivir retirado en el monasterio de Yuste. Cansado de las
victorias sobre los reyes terrenales, ahora anhelaba únicamente el perdón
divino, buscando la bienaventuranza eterna. Este cambio maravilloso sorprendió
a Oviedo, quien temía que pudiera obstaculizar su único proyecto en la
ancianidad: dar a luz la Historia General y Natural de las Indias, corregida,
ampliada y embellecida, como había prometido en varias partes de la misma.
Guiado
por este propósito, se dirigió a Valladolid, donde en ese momento se encontraba
la corte, bajo el gobierno de la princesa doña Juana, hermana del rey don
Felipe. Presentó ante el Consejo los poderes de Santo Domingo y los manuscritos
de su historia. Logró obtener el permiso para imprimir esa obra, concebida en
su juventud, elaborada a lo largo de su vida y completada casi en el umbral de
la muerte. Con la misma fe y constancia que siempre lo habían guiado, Oviedo se
dispuso a imprimir la Historia General, comenzando por el libro veinte, el
primero de la segunda parte.
Sin
embargo, la Providencia tenía otros planes. Apenas impreso el mencionado libro,
Oviedo fue asaltado por fiebres agudas que, debilitando su vigorosa pero
fatigada naturaleza, lo llevaron a la muerte en pocos días. La impresión de la
Historia General se suspendió, y en parte ha permanecido inédita y desconocida
incluso para los eruditos hasta nuestros días.
Gonzalo
Fernández de Oviedo, quien desempeñó roles diversos como mozo de cámara del
príncipe don Juan, soldado en Italia, familiar del rey don Fadrique, secretario
en España del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, veedor de las
fundiciones de oro, y más tarde regidor y teniente del Darién en la Tierra
Firme, así como gobernador electo de la provincia de Cartagena y primer
cronista de las Indias, falleció en Valladolid en el año 1557, habiendo cumplido
ya los setenta y nueve años.
A
pesar de las oportunidades que le brindaba la confianza de sus compatriotas en
el Nuevo Mundo y la predilección de la corte, Oviedo no albergaba ambiciones
desmedidas. Siempre se conformó con una posición modesta, aspirando únicamente
a contribuir con sus esfuerzos a la prosperidad de los países que desde su
infancia despertaron en él esperanzas pacíficas de gloria.
Oviedo
cruzó el océano en doce ocasiones con el propósito de cumplir con esta misión.
Las ciudades del Darién, Panamá y Santo Domingo lo vieron como su libertador,
recurriendo constantemente a su lealtad para resolver sus mayores conflictos.
La Real Chancillería de la Isla Española, la primera audiencia de las Indias,
también confió en él, otorgándole representación y poderes, y siempre coronando
con éxito las expectativas de todos.
A
pesar de los múltiples y desafiantes cargos que ocupó, que pusieron a prueba el
temple de su alma, la muerte lo sorprendió con la pluma en la mano, demostrando
que era igualmente infatigable en sus enormes tareas literarias como lo fue en
los asuntos públicos.
Acabamos de
recorrer la vida del capitán y primer cronista de las Indias, Gonzalo
Fernández de Oviedo y Valdés, en la que se confirma lo señalado al inicio
de este bosquejo. No fue tarea sencilla, tanto por la novedad del tema —pues
hasta hace poco solo se tenían noticias vagas y escasas de tan valioso
escritor— como por la importancia que reviste en la historia del Nuevo Mundo.
Ello se debe no solo a los cargos que desempeñó, sino sobre todo al noble
empeño con que defendió aquellas tierras maltratadas, procurando su prosperidad
y la de sus habitantes, incluso mientras era acusado, quizás injustamente, de
los crímenes cometidos en ellas.
Nos resta ahora
dar cuenta de sus escritos, empresa que no está exenta de dificultades, sobre
todo si se sigue el juicio de críticos y biógrafos que, sin haber examinado con
rigor su vasta producción, pretendieron situarlo en la república de las letras.
Ya hemos mencionado las obras a las que el Alcaide de Santo Domingo dedicó tantas
vigilias, en medio de los sinsabores que amargaron su existencia. Hemos
señalado, al menos en parte, las razones que lo impulsaron a emprender tareas
tan extensas y, finalmente, las etapas en que logró llevarlas a cabo. Con ello,
será posible establecer un orden estrictamente cronológico, descartando las
obras que se le atribuyeron sin fundamento y delimitando en su justa medida
aquellas que, por falta de criterio, se dividieron en varios tratados, en
detrimento de su importancia literaria y en agravio del propio Oviedo.
Resulta
innecesario advertir que la mayor parte de sus escritos son de carácter
histórico, pues la exposición ya lo ha demostrado sobradamente. Tan solo dos de
sus obras, ambas traducidas, se apartan de este campo, al que lo inclinaban tanto
el espíritu de su tiempo como el ejemplo de la brillante corte en que
transcurrió su juventud y formación. Recordemos, como ya se señaló, el impulso
que recibieron de la reina Isabel las artes y las letras, así como la eficaz
protección dispensada a los ingenios más notables de Italia. Tal patrocinio no
podía dejar de estimular el ánimo de los castellanos, que a la par que
emprendían empresas arriesgadas, buscaban también perpetuar la memoria de las
glorias de sus monarcas. Nunca soberano alguno de Castilla contó con tantos y
tan doctos cronistas como Isabel y Fernando: Alonso de Palencia, Diego
Rodríguez de Almela, Fernando del Pulgar, Andrés Bernáldez, Mosén Diego de
Valera, Antonio de Nebrija, Juan Ramírez de Lucena y tantos otros, quienes
dedicaron su pluma a ensalzar aquel reinado. Oviedo los conoció y respetó, y
sus obras encendieron en su espíritu una llama poderosa y fecunda que solo la
muerte pudo extinguir.
Impulsado por
este ambiente, Oviedo cimentó su erudición histórica en el estudio de las obras
publicadas hasta su tiempo. Hombre versado en las lenguas francesa, flamenca,
alemana, toscana y latina, se nutrió no solo de los autores españoles, sino
también de los que escribieron en aquellos idiomas. Sin embargo, la fuente
principal de su saber fue su propia experiencia. Dotado de un talento
observador y reflexivo, situado en medio de los grandes acontecimientos de su
época y en contacto constante tanto con lo más selecto de la corte española
como con los capitanes de la conquista, su mirada penetrante no dejó escapar
detalle alguno, enriqueciendo así el caudal de sus obras, cuya variedad y
extensión aún hoy despiertan admiración.
Ese mismo
espíritu de investigación, no obstante, derivó a veces en excesiva
minuciosidad. En más de una ocasión lo apartó de la alta consideración
histórica para sumergirlo en la exposición de pormenores y noticias
secundarias, ajenas al propósito y hasta al carácter mismo de sus escritos.
Pero esa es precisamente la marca distintiva de Oviedo: una vez apoderado de un
hecho, jamás deja de rodearlo de todas las circunstancias que alcanzaron a su
conocimiento; al tratar de un personaje, refiere también cuanto sabe de su
familia; al describir una situación, la ilustra con múltiples ejemplos que,
aunque no siempre oportunos, rara vez dejan de ser curiosos o singulares.
Las
observaciones que suscita la lectura de las obras de Oviedo revelan con
claridad cuál es el mérito principal de sus escritos. En ellos se hallan
bosquejadas tanto la gran época de su juventud como la no menos gloriosa para
las armas españolas de su madurez. Pero lo hace no con el trazo amplio y
vigoroso de quien abarca de un solo golpe de vista la magnitud del cuadro que
contempla, sino con el detenimiento de quien, incapaz de alcanzar la entonación
sublime del conjunto, se complace en delinear minuciosamente cada pormenor,
convencido de que así transmite con mayor fidelidad lo que observa.
Así, Oviedo,
aunque se llena de entusiasmo al evocar los grandes sucesos de los que fue
testigo y comprende instintivamente su importancia, rara vez se eleva al plano
de las altas consideraciones políticas. A sus ojos, los hechos que examina
carecen de esa trabazón y armonía natural que constituyen el alma de la
historia. No debe, sin embargo, reprochársele un defecto que ni él podía superar
ni sus contemporáneos alcanzaron. En la época en que florece Oviedo, aunque los
modelos de la antigüedad clásica eran ya conocidos, la imitación de los mismos
no había arraigado lo suficiente como para liberar a los estudios históricos
del estrecho marco de las crónicas.
Incluso un
ingenio tan esclarecido como Alfonso X el Sabio, que en el siglo XIII aspiró a
elevar la historia desde la simple narración particular hasta la apreciación
general de los hechos, no logró cumplir plenamente su propósito ni tuvo
continuadores inmediatos. Durante el reinado de Juan II surgieron autores —como
Pablo de Santa María y su hijo Alonso de Cartagena, Rodrigo Sánchez de Arévalo,
Alfonso Martínez de Toledo, Fernán Pérez de Guzmán y otros— que intentaron dar
mayor alcance a las crónicas; pero aún no había nacido entre nuestros mayores,
cuando Oviedo se formaba, aquel verdadero espíritu crítico que en el siglo XVI
guiaría la pluma de los grandes pensadores.
Oviedo, situado
entre los infatigables cronistas de Isabel y Fernando y los doctos
historiadores de Carlos V y Felipe II, no alcanza, como Ocampo, Morales,
Garibay o Zurita, a investigar los hechos con criterio filosófico, pesándolos
en la balanza de la verdad. Incapaz de traicionarla, admite como ciertos los
sucesos consignados en las crónicas antiguas y concentra sus esfuerzos en
acumular noticias para reforzar con nuevas autoridades los puntos que trata.
Ese respeto excesivo por la tradición lo conduce, salvo en aquello que conoció
personalmente, a reproducir los errores de las falsas crónicas sobre los
tiempos primitivos, llegando incluso a fundar en esos cimientos frágiles
opiniones propias que inevitablemente desembocan en lo absurdo.
Ahora bien,
aunque la crítica moderna señale y censure en sus obras esa falta de visión
general y ese exceso de credulidad —vicios comunes a su tiempo—, no por ello
deben ser despreciadas ni olvidadas. Nada resulta más curioso e importante que
sus descripciones sobre las costumbres y vestimentas de sus contemporáneos;
nada más variado y rico que sus noticias sobre la vida interior y pública de
aquellos guerreros que, tras abatir en Granada la media luna, vencieron en
Nápoles al orgullo de Francia y asombraron con su arrojo los confines aún
ignotos del Nuevo Mundo.
Bajo esta
perspectiva, las vigilias de Oviedo merecen la mayor consideración y elogio.
Sus escritos, aunque en apariencia desordenados, constituyen un depósito
inmenso de materiales cuya utilidad urge reconocer. Allí el anticuario hallará
datos preciosos para valorar las prácticas y hábitos de nuestros antepasados;
el artista encontrará guía segura para evitar, en la representación de trajes,
armas, muebles o adornos, los groseros anacronismos que con frecuencia afean
sus obras; el historiador verá esclarecidos hechos dudosos y descubrirá otros
muchos olvidados por sus colegas; y el filósofo, armado de esa antorcha,
comprenderá las relaciones entre creencias, costumbres y sentimientos de
aquella sociedad, pudiendo explicar las bases de su organización y los
admirables resultados de sus empresas.
He aquí, pues,
cómo el estudio de Gonzalo Fernández de Oviedo, lejos de oponerse a los fines
de la ciencia histórica, constituye un recurso fecundo e indispensable, sobre
todo cuando se examina el felicísimo reinado de Isabel la Católica y el no
menos brillante de Carlos V. Época esta que, tan diligentemente estudiada por
los escritores extranjeros de nuestro tiempo, ha de recibir aún nueva luz de
los escritos de Oviedo, consagrados por completo a su esclarecimiento.
Las obras del
Alcaide de Santo Domingo, tanto originales como traducidas, son las siguientes:
I. Claribalte:
libro del muy esforzado e invencible caballero de Fortuna, propiamente llamado
don Claribalte, que según su verdadera interpretación quiere decir don Félix o
Bienaventurado…
Este libro de
caballerías, traducido por Oviedo tras su primera estancia en el Nuevo Mundo
durante su retiro en Madrid, fue impreso en Valencia en 1519, como lo señala su
colofón:
«Fenesce el
presente libro del invencible y muy esforzado caballero don Claribalte,
otramente llamado don Félix, el cual se acabó de imprimir en Valencia a treinta
de mayo por Juan Venao, año de mil e quinientos e diez y nueve años».
Resulta notable
que, habiendo dedicado Oviedo sus ocios a esta traducción, en su madurez se
mostrara tan radicalmente contrario a ese género literario, como ya se ha
apuntado. El Claribalte, inspirado en los abundantes modelos de la
literatura caballeresca, difícilmente podía satisfacer a quien, desdeñando la
lectura de mero entretenimiento, solo hallaba digno de aprecio el estudio y
conocimiento de la historia. Sin embargo, una opinión tan extrema conduciría a
proscribir toda obra de ingenio, lo cual equivaldría a condenar a los pueblos
al más lamentable embrutecimiento.
II. Respuesta
a la Epístola moral del Almirante (1524).
Se conserva en
la Biblioteca Nacional, dentro de un códice con la signatura T. 44, que
contiene varios tratados, entre ellos la carta del Almirante de Castilla y la
respuesta de Oviedo. El título completo reza:
«Esta es una
muy notable y moral Epístola que el muy ilustre señor Almirante de Castilla
envió al auctor de las sobredichas Quinquagenas, hablando de los males
de España y de la causa dellos, con la Respuesta del mismo auctor».
La epístola,
compuesta por don Fadrique Enríquez, consta de doce capítulos donde reflexiona
sobre la corrupción de las costumbres, señalándola como fuente de los males que
aquejaban a Castilla. Sus observaciones, aunque generales y vagas, contienen
pasajes de gran fuerza que revelan la experiencia política del autor.
Particularmente significativa es su queja sobre el clero:
«Pues mirando
al sacerdocio —exclama— ¡cuán pocos son los prelados de nuestro tiempo que
hayan residido en sus iglesias, hecho caridades y limosnas espirituales y
temporales, administrado la luz de la doctrina, dado buen ejemplo y guardado a
sus ovejas, según y como debieran!».
Esta acusación
llevó a Oviedo, en su Respuesta, a pronunciarse con celo semejante al de
san Bernardo. Respecto a la guerra de los comuneros, se muestra igualmente
severo:
«El fin de su
guerra no pudo para ellos ser más próspero que, siendo vencidos, morir por no
padecer los males que merecían».
Pero si fue
áspero con las comunidades, no fue más indulgente con el clero, al que acusa de
codicia, ignorancia, bullicio e hipocresía:
«Como no
trabajan por lo que deben, sino por lo que desean, lo que desean es tener vida
de viciosos y honra de virtuosos; hijos como casados y autoridad como castos;
vanidades como mundanos y reputación como religiosos. Así que, la Iglesia sirve
a ellos y ellos a la carne, y la carne al demonio».
Oviedo se
dirige también a los príncipes cristianos con energía semejante, reprochándoles
disipación y tiranía. Con ello, y gracias al vigor de su estilo, llegó a ser
considerado en su tiempo un escritor docto y elocuente.
III. Relación
de lo sucedido en la prisión del rey Francisco de Francia… (1523).
El título
completo reza:
«Relación de lo
sucedido en la prisión del Rey Francisco de Francia desde que fue traído a
España, y por todo el tiempo que estuvo en ella hasta que el Emperador le dio
libertad y volvió a Francia, casado con madama Leonor, hermana del Emperador
Carlos V, Rey de España: escrita por el capitán Gonzalo Fernández de Oviedo,
alcayde de la fortaleza de la ciudad de Santo Domingo de la isla Española, y
coronista de la Sacra Cesárea Majestad del Emperador Carlos V y de la
Serenísima Reina doña Juana, su madre».
Esta relación,
contenida en un tomo en cuarto de 165 folios, escrita con letra de fines del
siglo XVI o principios del XVII y catalogada con la marca X. 227, no se limita
a dar cuenta de lo ocurrido durante la prisión del rey Francisco I, sino que se
ocupa de narrar cuanto aconteció en la corte en ese tiempo. En esta parte
aparece Oviedo como testigo minucioso y veraz, digno de ser consultado por
eruditos e historiadores para conocer las costumbres caballerescas y gallardas
de nuestros antepasados, así como aquel noble espíritu que los animaba, aun en
medio de los excesos que el propio Oviedo lamenta en su Respuesta al
Almirante.
La Relación de lo sucedido en la prisión del Rey Francisco constituye
además uno de los capítulos más severos contra aquel monarca, pues, aunque fue
obsequiado y servido con generosidad, atendido con esmero durante su grave
enfermedad —según refiere con detalle el Veedor de las Fundiciones—, faltó
después a su palabra de caballero, olvidando tantas y tan singulares finezas.
IV. Oviedo: Historia
natural de las Indias, o Sumario de la Natural Historia de las Indias (1526)
Este
repertorio, concebido principalmente para dar a conocer al Emperador las
realidades americanas, se organiza en ochenta y seis capítulos. Tras describir
la navegación desde España hasta las Antillas y tratar sobre los habitantes de
estas islas, sus costumbres y alimentos, Oviedo pasa a ocuparse de los
indígenas de Tierra Firme, esbozando sus ritos, prácticas y ceremonias. Incluye
también las singulares noticias que había recogido sobre animales, aves,
insectos, árboles, plantas y hierbas de aquellas regiones.
Concluida esta
parte, de gran interés para las ciencias zoológica y botánica de su tiempo,
menciona las minas de oro de Tierra Firme, mostrando conocimiento en su laboreo
y ponderando su riqueza. Finalmente, describe la abundante pesquería de perlas
en aquellos mares.
El Sumario
de la Natural Historia termina indicando el camino hacia el Mar del Sur y
señalando al César la facilidad de acceder, por el estrecho de Magallanes, al
comercio de las Molucas. Publicado por primera vez en Toledo, fue luego
traducido al latín por el docto Urbano Chauveton, alcanzando amplio
reconocimiento en Europa. Más tarde, Andrés González Barcia lo reimprimió en el
tomo I de los Historiadores primitivos de las Indias Occidentales.
V. Cathálogo
Real de Castilla... (1535)
Conocida
también como Historia general de Emperadores, Pontífices, Reyes, etc.,
esta obra es una de las más extensas y apreciadas de Oviedo, tanto por su
amplitud como por su importancia. Se conserva en la Biblioteca del Escorial,
escrita de puño y letra por el propio autor y señalada con la marca h-j-7.
Consta de 451 folios, de los cuales 24 corresponden al índice, y se divide en
cinco secciones:
- Cathálogo de los Reyes de Castilla y del antiquísimo origen del
castillo de sus armas...
- Columnas de las estirpes y casas reales de Castilla, León, Aragón,
Navarra, Nápoles, Portugal, Borgoña, Flandes y Holanda...
- Sumaria relación del Cathálogo de los Reyes de Francia, para seguir la
sucesión de las casas de Austria, Borgoña, Flandes, Holanda y Habsburgo...
- Epílogo imperial de los Césares desde Julio César hasta el emperador
Carlos V.
- Sumaria relación del Cathálogo de los Sumos Pontífices, desde san
Pedro hasta Clemente VII, entonces papa reinante.
La sola
enumeración de las divisiones del Catálogo Real basta para advertir la
magnitud de este trabajo histórico, en el que se confirman plenamente las
observaciones ya expuestas sobre el mérito literario de Oviedo. La cronología
que establece respecto a los reyes primitivos, basada en la autoridad de
Beroso, fray Juan Annio de Viterbo y otros falsos cronicones, solo es
comparable a la que siguió el benedictino Argaiz en su Corona Real de España
por España, cimentada en la fe prestada a tradiciones legendarias. El
Veedor de las fundiciones de oro, incapaz de rechazar aquellas fábulas, movido
por un natural candor, llegó a señalar la existencia de veinticuatro reyes
descendientes de Jafet y de Tubal. Aunque reconoce dudas razonables en este
punto, las disipa con el ejemplo del dominico al que seguía entonces y pensaba
continuar siguiendo al pie de la letra.
Si en los
tiempos primitivos incurre Oviedo en errores de esta índole, o si al tratar la
historia romana demuestra no haber profundizado suficientemente en los autores
griegos y latinos que escribieron sobre la Península ibérica —centrándose más
bien en fijar la cronología del Imperio—, no sucede lo mismo cuando aborda la
historia medieval. Ese período lo estudió con mayor atención que cualquiera de
sus contemporáneos. Desde la conquista de Toledo, hecho decisivo en los anales
de la civilización española, parece animarle un espíritu distinto. Oviedo no
investigó en archivos ni recurrió a testimonios de primera mano, pero leyó y
comparó cuantas crónicas se escribieron entre los siglos XIII y XV,
cotejándolas unas con otras y depurando los hechos dudosos. De ese modo logró
un método claro y sencillo en la exposición histórica, enlazando la historia de
Castilla con la de Aragón y Navarra, quizá con más arte que el propio Garibay,
quien sin duda disponía de mayores recursos para sus tareas.
A este esfuerzo
contribuyó también el uso de árboles genealógicos, con los que aclaraba sus
investigaciones y explicaba los entronques de la casa real de Castilla con las
de Francia, Nápoles y Alemania, punto central de su propósito. Puede afirmarse,
en consecuencia, que el Catálogo Real de Castilla es el tratado más
completo sobre la historia de España y sus relaciones con los demás Estados de
Europa que se escribió hasta el primer tercio del siglo XVI.
La obra se
completa con el Epílogo Real, Imperial y Pontifical, que constituye la
segunda y tercera parte del Catálogo. Abarca desde los reinados de Juan
II de Castilla y Juan II de Aragón hasta el año 1555, fecha en que Oviedo dio
por concluido su trabajo. En el Epílogo incorporó la crónica de los
Reyes Católicos, redactada en 1525, así como la relación del reinado de Carlos
V, a la que añadió, ya en sus últimos años, los hechos memorables de la campaña
contra los seguidores de Lutero. En este tramo del Catálogo, el alcaide
de Santo Domingo aparece como autor original y testigo presencial de muchos de
los sucesos narrados, lo que confiere a su relato gran valor, aunque resulta
lamentable que, por la naturaleza de su proyecto, no se detuviera más en el
reinado de los Reyes Católicos.
No obstante,
los datos que recogió son sumamente curiosos, especialmente los relativos a las
rentas reales de Castilla, tanto ordinarias como extraordinarias, a las que se
añadían las de los maestrazgos de las órdenes militares incorporados a la
Corona y las de Indias, cuya suma ascendía a 2.250.000 ducados. Igualmente
interesantes son las noticias sobre las rentas de los comendadores de dichas
órdenes, de los cabildos y prelados, de los grandes y mayorazgos, y finalmente
de los monasterios y conventos. Todos estos datos estadísticos nos ofrecen una
imagen cabal de la nobleza y el clero, estamentos que tenían un papel
preponderante en la gobernación del Estado.
VI. Libro de
la Cámara Real del príncipe don Juan y oficios de su casa y servicio ordinario
(1546-1548)
De este tratado
se conservan varias copias en la Biblioteca del Escorial, en la patrimonial de
S. M., en la Biblioteca Nacional y en la de la Real Academia de la Historia,
aunque el ejemplar autógrafo —del que habla el erudito Baena— se guarda en la
biblioteca patrimonial de S. M. No obstante, no pudo haberse escrito en 1540,
como este biógrafo supuso.
El propósito de
Oviedo al componer esta obra fue dejar un testimonio de la vida interior de la
corte del príncipe Juan y de los Reyes Católicos, lo cual la convierte en un
valioso depósito de noticias digno de la mayor estimación. Recordando con
agrado sus años juveniles, Oviedo procuró completar en las Adiciones a los
oficios la idea que deseaba transmitir sobre aquella corte, donde el fausto
y la opulencia convivían armoniosamente con la sobriedad y la economía.
VII. Reglas
de la vida espiritual y secreta teología (Sevilla, 1548)
Esta obra
ascética, traducida y publicada por Oviedo, tuvo un desafortunado recibimiento,
lo que lo llevó a acusar a sus contemporáneos de preferir libros mundanos y
perniciosos a los útiles y religiosos. Sin embargo, esta crítica no puede
aplicarse con justicia a una época en la que se leían con entusiasmo las obras
de fray Luis de Granada y se escuchaba con fervor la predicación de fray Juan
de Ávila, el apóstol de Andalucía. Como no se conserva ningún ejemplar de la
traducción de Oviedo, parece prudente suspender cualquier juicio definitivo
sobre ella.
VIII. Batallas
y Quinquagenas (1530)
Escritas por
Gonzalo Fernández de Oviedo, criado del príncipe don Juan, hijo de los Reyes
Católicos, y cronista mayor de las Indias del emperador Carlos V.
Aunque el
alcaide de Santo Domingo no hubiera escrito más que esta obra, ella sola le
bastaría para conquistar un lugar destacado entre los principales genealogistas
españoles. Tras haber delineado en el Catálogo Real las ascendencias del
monarca, Oviedo no dio por concluida tan ardua tarea sin añadir todas las
noticias que, a lo largo de su vida, había reunido acerca de las casas ilustres
de España y de los nobles varones que militaron bajo los estandartes del César.
De este propósito nació su obra Batallas y Quinquagenas.
Para Oviedo,
sin embargo, la empresa fue algo más que un simple repertorio genealógico: se
convirtió en ocasión de mostrar su refinada erudición histórica y su amplia
experiencia. Quiso incluso superar a los célebres autores de los Claros
varones y de las Generaciones y semblanzas, a quienes acusaba de
parquedad o descontento por el reducido número de personajes incluidos en sus
páginas.
Según observa
el erudito Clemencín, la obra «está dividida en Batallas, Quinquagenas
y diálogos entre el Alcaide —es decir, el propio autor— y un tal Sereno, que
con sus preguntas da ocasión a que se refieran la historia, prosapia, armas,
rentas y divisas de alguno de los personajes notables de España, y en ocasiones
de familias enteras. Con este motivo apenas hay suceso, pequeño o grande, de la
época de los Reyes Católicos y de los años inmediatos que no se mencione, con
tal abundancia de relaciones particulares, anécdotas y noticias de todo género,
que constituye un verdadero tesoro para la historia de aquellos tiempos. Y al
proceder de un testigo de vista tan fidedigno, adquiere aún mayor valor para la
estimación y aprecio de los estudiosos».
Tan clara y
justa apreciación del docto académico no ha impedido, sin embargo, que
destacados historiadores de nuestros días hayan formado juicios equivocados
sobre la obra, confundiéndola con otras Quinquagenas compuestas años
después. Resulta notable que, aun partiendo de tal confusión, casi todos hayan
terminado por seguir a Clemencín en su reconocimiento del mérito de tan
importante trabajo.
Lamentablemente,
no se conserva ningún códice completo de las Batallas y Quinquagenas.
Esta circunstancia llevó al autor del erudito Elogio de la reina doña Isabel
a suponer que Oviedo nunca llegó a concluirla conforme al plan que había
concebido, atendiendo a la avanzada edad en que se encontraba. En la Biblioteca
Nacional se conservan tres códices señalados con las marcas Y-59, K-81 y K-150,
de los cuales hemos tomado muchas de las noticias aquí empleadas. Parece
indudable que un examen comparativo de estos manuscritos, junto con los dos que
se guardan en la biblioteca patrimonial de S. M. y el que conserva la Academia,
permitirá determinar con mayor precisión qué parte de la obra ha llegado
realmente hasta nuestros días.
IX. Tratado
general de todas las armas y diferencias de ellas, de los escudos y sus
particularidades, así como del orden que debía guardarse para que fueran
verdaderos y no falsos; de los colores y metales empleados en la armería, y de
las reglas y circunstancias convenientes a este efecto (1550 o 1551).
Este tratado,
compuesto de once libros y elaborado con esmero a partir de una vasta
recopilación de autores, merece sin duda especial aprecio, tanto por la
claridad y el método con que está dispuesto, como por la curiosidad y rareza de
las noticias que aporta sobre heráldica, disciplina fundamental en los estudios
históricos de aquel tiempo.
Lamentablemente,
solo se conserva completo el primer libro, dividido en veinte capítulos, que
ofrece nociones precisas e interesantes sobre la confección de los escudos de
armas, los colores y metales que los componían, su significado e importancia,
así como sobre la legitimidad de los timbres y divisas empleados por caballeros
y nobles de Castilla. Los diez libros restantes estaban dedicados al estudio y
aplicación de la “diversidad de armas, historias, figuras, banderas, divisas y
otras muchas cosas” relativas a esta útil materia, ilustrada por Oviedo con
oportunos dibujos y pinturas, según afirma en el prólogo del primer libro que
aún se conserva.
Este tratado,
considerado en relación con las demás obras del Alcaide de Santo Domingo, no
desmerece en absoluto de ellas, antes bien contribuye a completar la visión de
su época, cuando la ciencia del blasón tenía un verdadero peso en el Estado.
Desdicha es que solo podamos examinar el primer libro de este notable trabajo,
mencionado además por el propio Oviedo en varios pasajes de sus demás escritos.
El códice existente en la Real Academia de la Historia, signado con la marca E.
21, gr. 5.º, núm. 00, incluye también fragmentos de las Batallas y
Quinquagenas.
X. Libro de
linajes y armas (1551 o 1552).
Tampoco carece
de interés este tratado, que pasó recientemente a poder de la Real Academia de
la Historia con la valiosa biblioteca de don Luis de Salazar, antes custodiada
en el monasterio de Monserrate. Y decimos que no carece de interés porque, si
bien Oviedo no concedió a cada entrada la extensión que hubiera requerido un Nobiliario
general, la circunstancia de consignar los vínculos y alianzas de las
principales familias y personajes de su tiempo basta para que pueda ser
consultado con provecho. Este manuscrito, marcado con la letra C, núm. 24,
podría considerarse incluso como una segunda parte de la obra anterior, dado lo
semejante de las materias que ambas tratan.
XI. Las
Quinquagenas de los generosos e ilustres, y no menos famosos, reyes, príncipes,
duques, marqueses, condes, caballeros y personas notables de España,
escritas por Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, Alcaide de la fortaleza de
Santo Domingo, cronista de Indias, vecino y regidor de dicha ciudad, natural de
Madrid (1553-1556).
El propósito de
esta obra, orientada principalmente a “corregir los vicios y ensalzar las
virtudes”, es distinto al que se propuso el Alcaide en las Batallas y
Quinquagenas. En estas últimas buscaba transmitir a la posteridad las
hazañas de sus coetáneos, mientras que en las Quinquagenas quiso
recordar a los “famosos varones de nuestra España”, distinguidos tanto en las
armas como en las letras y en la virtud.
Si bien el
intento de generalizar el trabajo restó a las Quinquagenas el interés
inmediato y vivaz de las Batallas, les otorgó, en cambio, mayor variedad
y amplitud, al reunir en ellas acciones generosas, sentencias célebres y
empresas memorables de la historia nacional desde las edades más remotas. En
este vasto panorama, Oviedo no olvidó a los mártires cristianos, ni a los
sectarios de Mahoma, ni a los descendientes de Judea.
Tomó como
modelo la Suma de varones ilustres de Juan de Sedeño, aunque —según
afirma— ya tenía gran parte de su obra adelantada cuando llegó a sus manos el
trabajo de Sedeño, del que solo aprovechó el ejemplo para dar más amenidad a
sus escritos. En el prólogo de la primera Quinquagena, Oviedo señala:
“Procedí en lo
comenzado e mezclé y añadí a los famosos señores y varones antiguos y modernos,
y compuse en total siete mil quinientos versos en estilo común y nuevo,
repartidos en tres Quinquagenas, cada una de cincuenta estancias, y cada
estancia de cincuenta versos.”
Esta
organización, tan distinta de la empleada en las Batallas, facilita la
lectura de las ciento cincuenta estancias que forman la obra (sin contar los
añadidos de la tercera parte), aunque altera el orden cronológico de los
sucesos narrados.
Como depósito
de noticias selectas y como repertorio de hechos memorables —en los que Oviedo
no omitió las proezas de ilustres matronas castellanas—, las Quinquagenas
son dignas del más alto aprecio. Ofrecen abundante materia de estudio a quienes
se dediquen a la historia de España en sus dimensiones civil, militar,
religiosa, política o literaria.
Los códices
originales de esta obra, escritos de puño y letra del propio Oviedo, se
conservan en la Biblioteca Nacional con las signaturas Ff. 104, 105 y 106, y
parecen ser los mismos que pertenecieron al duque de Medina de las Torres
cuando don Nicolás Antonio redactó su Bibliotheca Nova.
XII. Historia
General y Natural de las Indias, Islas y Tierra-Firme del mar Océano
(1535-1557).
Llegamos a la
obra más apreciada por Oviedo a lo largo de su vida, aquella en la que parecen
converger todas sus demás producciones y que constituye, además, el principal
objeto de nuestras consideraciones. La Historia General y Natural, aun
sin ser plenamente conocida, ha bastado para situar el nombre de su autor entre
los historiadores clásicos de Indias, sobre todo desde que se logró completar
su edición. No solo merece la estimación de los doctos por ser la primera
historia escrita sobre el Nuevo Mundo, sino también por haber sido concebida y
desarrollada en medio de enormes contratiempos, y redactada en las mismas
tierras que por entonces hollaban por primera vez los españoles. Bajo este
aspecto, resulta difícil hallar en la república de las letras una producción
que ofrezca mayor interés, espontaneidad y frescura.
Sorprendido por
el grandioso espectáculo de aquella naturaleza poderosa y pintoresca, todo en
América excitaba su curiosidad y avivaba su entusiasmo, impulsándolo a la
contemplación y al estudio. Si hubiera sido poeta, sin duda habría cantado —al
modo de Ercilla— la hermosura de aquel cielo benigno, la riqueza casi fabulosa
de sus montañas, el curso majestuoso de sus ríos inmensos, la furia de los
torrentes desbordados, la portentosa variedad de árboles y plantas, la viveza
cromática de las aves, la bravura de los animales selváticos y las costumbres
singulares de aquellos pueblos que contrastaban con las de los europeos. Pero,
carente de la inspiración poética, Oviedo, dotado en cambio de una capacidad de
observación comparable solo a su diligencia, prefirió al canto lírico la
investigación minuciosa. Como un nuevo Plinio, observa, compara y analiza los
fenómenos naturales, procurando ofrecer a sus lectores la imagen más completa
posible.
El Alcaide de
Santo Domingo, que no podía someter sus observaciones a principios científicos
todavía poco desarrollados en el siglo XVI, no llega a establecer una
clasificación rigurosa de plantas, animales, aves, metales o piedras preciosas.
Sin embargo, describe con detalle sus formas y características, añade noticias
sobre las virtudes medicinales de plantas e insectos y advierte también de sus
cualidades nocivas. Así pagaba el veedor de fundiciones su tributo a la
naturaleza, corrigiendo con frecuencia los errores de los eruditos europeos.
No menos
atención dedicó a las costumbres de los pueblos indígenas: sus creencias
religiosas y supersticiones, ceremonias, matrimonios, duelos y funerales; sus
tradiciones transmitidas en cantos y danzas; sus juegos y diversiones públicas.
Describe sus armas, bebidas, joyas y enseres, así como el funcionamiento de sus
mercados y oficios. Retrata también sus guerras continuas, donde la astucia y
la crueldad se combinaban con el uso de pinturas corporales para infundir
terror al enemigo. Como cronista fiel, no calla los vicios y pasiones de
aquellos pueblos, pero tampoco omite reconocer las virtudes que hallaba en
ellos, lamentando a menudo que los instintos de la barbarie apagaran en sus
corazones la dulzura y nobleza que parecían mostrar en su niñez.
Este esfuerzo,
tan oportuno como necesario en una época en que dos razas con distintos grados
de cultura se enfrentaban, demuestra que Oviedo conocía las principales
condiciones de una historia destinada a mostrar a Europa la riqueza del Nuevo
Mundo. Sin embargo, la diversidad de materiales que manejaba, unidos a la
fatiga y a la irregularidad con que recibía la información, le impidieron
someter la obra a un plan unitario y coherente. La crítica moderna, si bien
agradece sus investigaciones, echa de menos cohesión en la exposición de las
costumbres indígenas y mayor orden en la narración de descubrimientos y conquistas,
que no siempre siguen un hilo cronológico ni guardan entre sí la relación
necesaria para comprender su influjo recíproco.
Pese a estas
deficiencias de método —que explican tanto sus digresiones excesivas en algunos
pasajes como la rapidez en otros—, resalta el noble empeño con que, en medio de
una avalancha de testimonios contradictorios, buscó la verdad de los hechos.
Borraba una y otra vez de sus manuscritos aquellas noticias que, por
sospechosas o apasionadas, no le merecían confianza. Y no podía ser de otro
modo en los albores de la conquista, cuando la imaginación engrandecía todos
los sucesos y la credulidad multiplicaba portentos y maravillas que a menudo se
convertían, para capitanes y soldados, en amarga desventura.
Grande era, sin
duda, la empresa acometida por Oviedo, quien no vacilaba en confesar que le
«faltaría el tiempo, la pluma, las manos y la elocuencia... para concluir una mar
tan colmada de historias». No obstante, no carecía de la perseverancia heroica
necesaria para llevarla a cabo, ni tampoco de las cualidades que los
historiadores estiman y que lo hacían digno de aprecio entre los doctos.
Convencido de
que la ciega codicia de los españoles los arrastraba a una perdición segura,
censuraba la imprudencia de aquellos capitanes que, sin pericia ni conocimiento
de las tierras adonde conducían a sus soldados, se lanzaban en lucha insensata
contra la misma naturaleza, acabando miserablemente sus días en medio de la
insurrección y abandonando a la más horrenda desesperación a quienes, engañados
por sus palabras, se atrevieron a seguirlos. Indignado contra los que sembraban
la discordia entre los españoles con tal de obtener provecho personal, mientras
ensangrentaban con bandos y motines un suelo apenas conquistado, señalaba la
presencia de legistas y doctores como una de las mayores plagas del Nuevo
Mundo; y, al mismo tiempo, condenaba la conducta relajada de aquellos clérigos
y religiosos que, olvidando sus votos de castidad y pobreza, escandalizaban con
sus vicios y excitaban, con su mal ejemplo, la codicia y torpeza de la
muchedumbre.
Animado por un
celo verdaderamente evangélico, reprendía con firmeza la dureza de quienes
maltrataban a los indios, tronaba contra la crueldad de los que los explotaban
para acrecentar sus haciendas y acusaba con energía a quienes, faltando a la
piedad cristiana y ofendiendo a la humanidad, hacían ostentación de tiranos,
ensañándose cobardemente en los indefensos y rendidos. Oviedo, incapaz de ser
indiferente al entusiasmo que despertaban en los españoles las colosales
empresas realizadas cada día por un puñado de héroes, se mostraba, aun como
testigo, sorprendido ante tanto esfuerzo indomable; y viendo en todas partes el
dedo de la Providencia guiando los estandartes de la cruz, atribuía a justo
castigo del cielo los desastres sufridos por aquellos capitanes que, llevando
por delante el exterminio, manchaban las armas con la crueldad o la arrogancia.
Tales son los
principios que guían al primer cronista de las Indias en la Historia general
que examinamos. Sin embargo, ni la severidad de sus juicios ni la dignidad con
que solía revestirse al intentar limpiar de la mancha de la codicia las páginas
de gloria de la conquista, bastaron para librarlo de las acusaciones de otro
historiador coetáneo, cuya manera de juzgar conocemos bien: fray Bartolomé de
las Casas. Este, varón digno de respeto por el noble celo cristiano que lo
movía a defender a los indios, no dudó en confundir a Oviedo entre los que
oprimían y asolaban aquellas tierras. Y, agotando el repertorio de las
injurias, le prodigó títulos como «infamador, temerario, falso, embustero,
inhumano, hipócrita, ladrón, malvado, blasfemo y mentiroso», llegando incluso a
declarar sospechosa su Historia general y asegurando que no había
escrito sino lo relativo al Darién, y eso, basándose en relatos de marineros y
aventureros. No advirtió, sin embargo, que incluso en la Historia de
Castilla del Oro, obra que él mismo aprobaba, la verdad de los hechos
desmentía tan airada censura.
Oviedo escribía
como historiador, no como panegirista. Así, al describir las costumbres de los
indios, al referirse a sus sacrificios y ceremonias, a sus vicios y virtudes,
no creyó justo absolverlos de la nota de antropófagos, ni ocultar sus
sangrientas idolatrías, ni disculparlos del vergonzoso crimen de sodomía. Pero,
al consignar estos hechos, no dejó tampoco de apiadarse de aquellos hombres
que, privados de la luz del Evangelio, habían vivido hasta entonces en tan
profunda oscuridad, aspirando siempre a rescatarlos de la barbarie que los
rebajaba y envilecía.
El obispo de
Chiapas, en cambio, no escribía como historiador: dominado por un noble
pensamiento humanitario, aunque llevado hasta una exageración insólita, dirigía
todos sus escritos únicamente a la exaltación de los indios, a quienes deseaba
arrancar de la servidumbre, y miraba con honda aversión todo lo que se opusiera
a su propósito.
No era solo
aquel encuentro lo que enfrentaba a Oviedo con fray Bartolomé de las Casas. En
1519, sacerdote y soldado coincidieron en el Real Consejo de Indias. El primero
viajó después a América con un nuevo plan de conquista, llevando consigo a
humildes labradores a quienes pensaba repartir las cincuenta cruces rojas que
el Consejo le había otorgado. El resultado fue desastroso: aquellos hombres
terminaron pereciendo en una empresa que parecía condenada desde el inicio. El
soldado —Oviedo—, que había predicho la catástrofe, escribió luego la historia
de tan desventurada expedición, juzgando quizá con excesiva severidad al
licenciado, quien, refugiado en el claustro, buscó protegerse de la indignación
despertada por su credulidad e inexperiencia.
En 1555, cuando
ya sabía que el dominico las Casas escribía sobre la historia de América,
Oviedo lo reprendía con dureza por haber tomado un oficio para el cual, a su
juicio, no estaba preparado; pero al mismo tiempo lo invitaba a publicar sus
trabajos, escribiendo: «Dícen que él (las Casas) escribe por su pasatiempo en
estas cosas de Indias y en la calidad de los indios y de los cristianos que por
estas partes andan y viven; y sería bien que en su tiempo se mostrase, para que
los que son testigos de vista lo aprobasen o respondiesen por sí. Dios le dé su
gracia para que muy bien lo haga, etc.».
Años después,
las Casas salió del claustro y volvió a la corte con el firme propósito de
llevar a la práctica sus proyectos. El Alcaide de Santo Domingo —que redactaba
entonces la segunda parte de su historia— fue instado por el obispo Rodrigo de
Bastidas, a solicitud del recién electo obispo de Chiapas, para que modificara
lo escrito sobre los sucesos de Cumaná y sus trágicas consecuencias. Oviedo,
sin embargo, desdeñó esa exigencia y declaró a Bastidas que debía ser fray
Bartolomé quien sacara a luz su propia historia, ya que estaban en un tiempo y
lugar en que era posible comprobar fácilmente la verdad de lo ocurrido. Las
Casas, lejos de aceptar el reto, evitó toda confrontación y, habiendo
sobrevivido apenas nueve años al Alcaide, dispuso que su obra no se imprimiera
sino mucho tiempo después de su muerte.
No era, pues,
únicamente el celo evangélico lo que movía a las Casas a combatir a Oviedo, al
tiempo que pedía libertad para los indios, aun a costa de justificar la
esclavitud de los negros africanos, tan dignos de compasión cristiana como los
habitantes de América. Tampoco puede atribuirse solo a este motivo la acritud
con que lo atacaba, cuando el propio Veedor de las fundiciones de oro —aunque
no ejercía como religioso en la enseñanza y doctrina de los indios— había
tomado su defensa con firmeza, como hemos señalado en otro lugar. En su vejez,
las Casas se dejaba arrastrar aún por el rencor que había nutrido desde su
juventud contra el primer cronista de Indias, olvidando que la misma piedad y
mansedumbre que predicaba a los cristianos debían moderar su lenguaje para dar
a sus escritos la autoridad que deseaba.
Y aunque duras
parecen, desde este ángulo, las calificaciones con que descalificó a Oviedo y a
su Historia, resulta aún más notable la falta de fundamento con que
procedió. Todas las relaciones, cartas e historias que han llegado hasta
nosotros desde la época de la conquista, así como los monumentos antiguos que
hoy estudia la ciencia arqueológica, confirman las costumbres y creencias que
describía Oviedo, reforzando de modo irrebatible sus observaciones. El propio
cronista apelaba al testimonio de tales monumentos para sostener su relato,
buscando en la historia de la gentilidad explicación y disculpa a errores y
prácticas lastimosas.
¿Por qué
entonces tanta destemplanza en persona tan calificada, tratándose solo de
esclarecer la verdad de los hechos? Tan frágil es la condición humana que a
menudo no resiste el soplo de la contradicción sin quebrarse bajo el golpe de
la ira.
Oviedo, que
siempre protestaba decir la verdad, parecía ya en 1555 presentir la enemistad
que se le preparaba, cuando al hablar de las historias falsas afirmaba:
«Líbreme Dios de tamaño delito (de la mentira), y encamine mi pluma a que,
aunque me falte el buen estilo, siempre diga y escriba lo que sea conforme a la
verdad y al servicio y alabanza de la misma verdad, que es Dios…». Y añadía,
con una bella metáfora, que así como la corza tantea con el oído el espesor del
hielo antes de cruzar un río helado para no perecer en él, de igual modo sus
escritos pasarían seguros por el puente de la verdad, tan fuerte y poderosa que
sostendría sus vigilias dedicadas al servicio de Dios y del rey.
Con todo, no
debe pensarse que la Historia general carezca de errores e
inexactitudes. Unos nacieron de la vaguedad de los informes que recibía —no de
marineros, como despectivamente sostenía las Casas, sino de adelantados y
gobernadores—, y otros del asombro y entusiasmo que despertaban en los
españoles los fenómenos que presenciaban a diario. Pero en lo que Oviedo mismo
vio y consignó, resalta una frescura y una naturalidad tales que es difícil
dudar de la veracidad de aquello que afirmó o negó.
Se ha censurado
con frecuencia el estilo y el lenguaje de Oviedo, calificándolos de bajos y
vulgares. Y aunque ciertamente no puede contarse entre aquellos escritores que
buscaron elevar la lengua castellana a la altura lograda por fray Luis de
Granada, Fernán Pérez de Oliva, Ambrosio de Morales, Juan de Ávila y otros
ilustres del siglo XVI, no por ello debe negarse el mérito que le corresponde.
Su prosa, suelta y variada, posee viveza y colorido, aunque ese mismo esfuerzo
lo conduzca a veces al defecto opuesto a la sencillez, cayendo en la llaneza
excesiva que se le achaca.
La pedantería
que en ocasiones enturbia su estilo no nace de artificio, sino de un rasgo
común en su tiempo: aquel afán, tan propio de sus contemporáneos, de mostrar
una erudición todavía inmadura. En esos casos, la frase pierde de pronto
naturalidad y, en el intento de alzarse, tropieza con la hinchazón y la
oscuridad, enemigas de la claridad con que ordinariamente expone los hechos.
Sin embargo, junto a tales imperfecciones, no faltan pasajes que acreditan no
solo su buen gusto, sino también una sobriedad y una fuerza expresiva que rozan
la verdadera elocuencia.
Oviedo, más
instruido que la mayoría de los escritores populares de su época, no pertenece,
sin embargo, al grupo de eruditos que lo reprochaban por no haber compuesto su Historia
general de Indias en latín, la lengua de Horacio y Virgilio. Él escribía
para ser entendido por todos; narraba las glorias de su nación, y sabía bien
que el castellano era tenido por la mejor de las lenguas vulgares. Por ello no
quiso privar a sus compatriotas del conocimiento de las inauditas hazañas que
sus mismos brazos llevaban a cabo en el lejano suelo americano.
Con esto
llegamos al fin de nuestra tarea. Tras bosquejar en las páginas precedentes la
vida del primer cronista de Indias, hemos procurado mostrarlo tal como aparece
en la historia: luchando siempre contra la adversidad, condenado a una
existencia errante y laboriosa, y sin embargo consagrando más vigilias al
estudio que muchos otros hombres de letras en medio de mayores comodidades. Testimonio
irrecusable de ello son las obras que hemos examinado. Su valor histórico —muy
superior al literario— las recomienda a la estimación de los entendidos y exige
que se pongan al alcance de todos, pues en ellas hallarán provecho y enseñanza.
Particular
interés ofrece la publicación íntegra de la Historia general de Indias.
Fruto de sesenta y cinco años de observaciones, contiene una multitud de
noticias y hechos desconocidos o poco difundidos entre los eruditos, cuyo
conocimiento habrá de enriquecer los estudios históricos que hoy atraen a tan
distinguidos investigadores. No creemos, sin embargo, que alcance el
extraordinario éxito de la primera parte publicada en 1555, traducida a varios
idiomas —como el propio Oviedo refiere—, incluida en parte por el geógrafo Juan
Bautista Ramusio en el tercer tomo de sus Navegaciones, y extractada por
los más notables médicos de Italia para nutrir las bibliotecas de quienes
cultivaban aquella ciencia benéfica y útil.
Han pasado ya
tres siglos, durante los cuales se han multiplicado y profundizado los estudios
sobre América; la investigación histórica se ha hecho más rigurosa y persigue
fines más elevados. Aun así, la Historia general y natural de Indias,
aunque no responda hoy a todas las exigencias de la crítica moderna, seguirá
mostrando el mismo efecto maravilloso que produjo en nuestros abuelos el
descubrimiento de un Nuevo Mundo, y revelará siempre a los extraños la riqueza
inagotable de tesoros ignorados.
Hecho y
compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez
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