(Francisco de Jerez, Astete y Pedro de la Hoz) Tercer volumen de las navegaciones y viajes recopilado por: M. GIOBATISTA RAMUSIO
Sobre el
descubrimiento y conquista del Perú
Una vez que hemos
finalizado las narraciones que pudimos obtener sobre el descubrimiento y la
conquista de la Nueva España por Hernán Cortés, comenzaremos a hablar de la
parte de tierra firme sobre el mar del Sur, llamada el Perú. Esta región, hoy
en día, ha sido explorada en su totalidad a través de diversas navegaciones y
tiene una extensión de 1,000 leguas de ancho por 1,200 de largo, con una
circunferencia de 4,065 leguas.
Comenzando desde el
punto en el que el Mar del Norte y el Mar del Sur se estrechan, formando una
franja de tierra, o istmo, de apenas unas pocas leguas de ancho, es decir,
entre la ciudad de Nombre de Dios, que se encuentra al levante, y la de Panamá,
que está al poniente. Aunque las mediciones varían, la geografía de esta franja
de tierra era de conocimiento común. Este gran territorio, conocido como el
virreinato del Perú, se extendía desde la gobernación de Panamá, que servía
como punto de partida, hasta el Estrecho de Magallanes, situado a unos 52
grados bajo el Polo Antártico.
En esta vasta porción
del mundo, se han aventurado varios exploradores. Se han documentado en el
libro de Pedro Mártir de Anglería diversas navegaciones en la parte que mira al
levante, en el Mar del Norte, y también en la tierra de Brasil por navegantes
portugueses, además de la célebre navegación descrita por Antonio Pigafetta.
Habiendo leído el descubrimiento del Mar del Sur por Vasco Núñez de Balboa en
1513, continuaremos con las narraciones sobre la conquista de la mencionada
tierra del Perú por algunos capitanes españoles.
La expedición de
Pizarro y Almagro
Por ello, digo que una
vez que Pedrarias Dávila fundó la ciudad de Panamá, dos caballeros, ricos por
sus empresas pasadas y deseosos de no quedarse inactivos, acordaron enviar una
expedición para descubrir más allá de la tierra que se extendía sobre el mar
del Sur hacia el poniente. Estos fueron Francisco Pizarro y Diego de Almagro.
Determinaron que uno de ellos iría a España para obtener la gobernación de las
tierras que descubrieran, la cual sería compartida entre ellos.
Pizarro se dirigió a
España y, prometiendo grandes tesoros a Su Majestad Imperial, fue nombrado
Capitán General y Gobernador del Perú, o como se le llamó, la Nueva Castilla.
Desde España, trajo a sus cuatro hermanos: Hernando, Gonzalo y Juan Pizarro, y
Francisco Martín de Alcántara, su hermano por parte de madre. Al llegar a
Panamá, los Pizarro fueron recibidos con gran fasto y pompa, pero no fueron
bien vistos por Almagro, quien se sintió excluido de los honores y títulos, a
pesar de ser socio en la empresa.
Surgió una gran
discordia entre ellos, pero, con la intervención de muchos caballeros, en
especial los recién llegados de España, se reconciliaron. Pizarro prometió a
Almagro que le procuraría otra gobernación en la misma tierra. Almagro se
apaciguó y le entregó a Pizarro 700 pesos de oro, armas y provisiones que
tenía, con los cuales Pizarro emprendió la expedición, como se verá en las tres
narraciones siguientes.
Un desenlace trágico
Ambos capitanes
merecerían grandes elogios por esta gloriosa empresa, si al final, por la
avaricia acompañada de ambición, no se hubieran rebelado contra Su Majestad
Imperial y no hubieran desatado tantas guerras civiles entre los propios
españoles, las cuales tuvieron un final infeliz y desafortunado. Todos aquellos
que se encontraron en la muerte del cacique Atahualpa, mencionados en las
siguientes relaciones, tuvieron un mal final, como se verá en el cuarto volumen
de estas navegaciones.
Para que se conozcan
las condiciones de estos dos caballeros, diré que Diego de Almagro era natural
de la Villa de Almagro en España. No se supo quién era su padre, aunque él
procuró averiguarlo una vez que se hizo rico. No sabía leer, pero era valiente,
diligente y amante del honor, deseoso de ser alabado y, sobre todo, muy
generoso. Por esta razón, todos los soldados lo amaban en extremo, aunque por
otro lado era muy áspero en palabras y hechos.
Donó más de cien mil
ducados de su propio bolsillo a quienes lo acompañaron en la expedición a
Chile, una liberalidad más propia de un príncipe que de un soldado. Al final,
por la ambición de gobernar, se enfrentó a Francisco Pizarro, quien lo hizo
apresar por su hermano Hernando Pizarro y, tras encerrarlo en el Cuzco, lo
mandó a estrangular y luego decapitar en la plaza en el año 1538. Nunca se
casó, pero tuvo un hijo con una indígena en Panamá, a quien puso su mismo
nombre y educó con esmero. Resultó ser un caballero valiente, más que cualquier
otro mestizo, pero al final fue ejecutado a manos de los mismos Pizarro.
Francisco Pizarro,
hijo natural de Gonzalo Pizarro, capitán en Navarra, nació en Trujillo. Su
madre lo abandonó en la puerta de una iglesia, aunque fue reconocido por su
padre días después, quien lo puso a vivir en sus posesiones. No sabía leer. Al
verse en esa situación ya de adulto, se sintió humillado, se marchó y se fue a
Sevilla, y de allí a las Indias. Estuvo en Santo Domingo, pasó a Urabá con
Alonso de Hojeda, luego con Vasco Núñez de Balboa a descubrir el mar del Sur, y
con Pedrarias Dávila en Panamá.
Pizarro poseyó más oro
y plata que cualquier español o capitán que haya existido en el mundo. No era
ni generoso ni avaro, y no se jactaba de lo que donaba. Era muy cuidadoso de la
fama del reino y repartía generosamente con todo tipo de personas sin hacer
distinción alguna. No vestía ricamente, aunque en ocasiones llevaba un vestido
forrado de martas que Hernán Cortés le había regalado. Le gustaba usar zapatos
y un sombrero de seda de color blanco, como solía llevar el Gran Capitán
Gonzalo Fernández de Córdoba. Era un hombre corpulento, no sabía leer, era
valiente, robusto y animoso, pero descuidado en guardar su vida. Aunque se le
advirtió que Diego de Almagro el Mozo, a quien había mandado a matar a su
padre, tramaba asesinarlo, nunca lo quiso creer hasta que los conspiradores lo
atacaron con sus espadas en la ciudad de Los Reyes y lo mataron el 26 de junio
de 1541.
Gonzalo Pizarro,
después de la muerte de Diego de Almagro y de su hermano Francisco, se rebeló
contra Su Majestad Imperial y se hizo llamar Rey del Cuzco. Después de muchos
conflictos con los capitanes del César, fue capturado y decapitado en la ciudad
de Los Reyes en 1548.
No está de más
reflexionar sobre cómo todos los capitanes que participaron en el descubrimiento
del Perú y en la muerte del cacique Atahualpa tuvieron un mal final. Juan
Pizarro, hermano de Francisco, fue asesinado por los indios en el Cuzco.
Francisco Pizarro y sus hermanos estrangularon a Diego de Almagro. Diego de
Almagro el Mozo mandó a matar a Francisco Pizarro. Vaca de Castro mandó a
decapitar al mencionado Diego. Blasco Núñez Vela hizo prisionero a Vaca de
Castro, quien aún está en prisión en España. Gonzalo Pizarro mató en batalla a
Blasco Núñez y La Gasca ajustició a Gonzalo Pizarro y envió prisionero a España
al oidor Cepeda, ya que sus demás compañeros habían muerto. De tal forma que,
si uno quisiera seguir narrando, encontraría a más de 150 capitanes, hombres
con cargos de gobierno, justicia y ejército, que perecieron: algunos a manos de
los indios, otros combatiendo entre ellos, pero la mayoría fueron ahorcados.
Los indios ancianos y
prudentes de esa tierra, y muchos españoles, dicen que estas muertes y guerras
proceden de la constelación de la tierra y de la riqueza de la misma. Sin
embargo, los más prudentes lo atribuyen a la malicia y la avaricia de los
hombres. También dicen que, desde que se tiene memoria (aunque tengan cien
años), nunca faltó la guerra en el Perú. Huayna Cápac y su padre Túpac Yupanqui
tuvieron constantes guerras con sus vecinos para gobernar solos esa tierra.
Huáscar y Atahualpa, hermanos, combatieron por el dominio cuanto pudieron, y
Atahualpa mató a su hermano mayor Huáscar. Francisco Pizarro mató y privó del
reino a Atahualpa por traición, y todos aquellos que procuraron su muerte
tuvieron un final infeliz y doloroso, como se ha dicho.
El Reverendo Fray
Vicente de Valverde, quien estuvo en la captura del Cuzco, como se leerá, fue
hecho obispo del Cuzco. Al final, huyendo de Diego de Almagro, fue asesinado
por los indios de la isla de la Puna. Hernando de Soto murió el 21 de mayo de
1542 a causa de fiebre mientras se encontraba en la orilla occidental del río
Misisipi, en el poblado indígena de Guachoya (actual Ferriday, en Estados
Unidos). Tras su muerte, para evitar que los nativos profanaran su cuerpo, sus
hombres lo ocultaron envuelto en mantas lastradas con arena y lo hundieron en
el río Misisipi durante la noche. Aunque había expresado en su testamento el
deseo de ser enterrado en España junto a su madre, esto nunca se cumplió.
Hernando Pizarro, aunque no estuvo en la muerte de Atahualpa, fue enviado
prisionero a España en el castillo de La Mota de Medina del Campo a causa de la
muerte de Almagro.
Geografía del Perú
Sobre toda esta región
del Perú se han fundado diversas ciudades, a las que se les han puesto nombres
de ciudades de España, y a cada una se le ha asignado su obispo. La ciudad de
Los Reyes, sobre el mar del Perú, ha sido designada como arzobispado, y sus
sufragáneos son los obispos de Cuzco, Quito, Charcas y Tumbes. Cada día esta
región se va haciendo más notable.
Toda esta región del Perú se divide en
tres partes: la Llanura, la Montaña y los Andes.
- La Llanura es muy cálida y arenosa, se extiende
a lo largo de la costa, comenzando en Tumbes. En ella no llueve, no truena
ni caen rayos. Se extiende por la costa 500 leguas o más, con un ancho de
diez o doce leguas hasta el pie de la montaña. Los habitantes se sirven
tanto para beber como para regar los campos cultivados de los ríos y
fuentes que descienden de las montañas, que no se alejan más de quince o
veinte leguas del mar.
- La Montaña es una cadena de montes altísimos que
se extiende por 700 leguas o más. En ella llueve copiosamente y hace mucho
viento, y es muy fría. Los habitantes que viven en el límite entre este
frío y calor son en su mayoría bizcos. Es una gran maravilla que entre
tantos hombres apenas se encuentren uno o dos que no sean ciegos o bizcos.
Estas son las montañas más ásperas del mundo, tienen su origen en la Nueva
España, y más allá, se adentran entre Panamá y Nombre de Dios, y se
extienden hasta el estrecho de Magallanes. De estas montañas nacen ríos
caudalosos que desembocan en el mar del Sur y en el mar del Norte, como el
río de la Plata y el Amazonas.
- Los Andes son un valle muy poblado y rico en oro,
plata y animales, pero no se tiene tanta información sobre ellos como de
la Montaña y la Llanura.
Hemos querido
discurrir brevemente sobre esta narración para satisfacción de los lectores,
quienes la leerán con más detalle en el cuarto volumen.
Relato de un capitán
español sobre la conquista del Perú
Como el señor Francisco Pizarro y su
hermano Hernando, deseosos de descubrir nuevas tierras en el mar del Sur,
partieron de Panamá. Después de encontrar muchas tierras y ciudades, tuvieron
noticias de Atahualpa, el cacique que había destruido la región de su
hermano el Cuzco. Atahualpa amenazó a los cristianos, por lo que enviaron al
Capitán Hernando de Soto en su contra y para conocer las
costumbres de aquellos habitantes.
Como se ha visto
claramente en los libros anteriores, en la Tierra Firme de las Indias
Occidentales, en las provincias de Efquegua y Urabá —situadas en la franja de
tierras próximas a la línea ecuatorial—, la anchura entre ambos mares no es
mayor de dieciocho a veinte leguas, que, a razón de cuatro millas por legua,
equivalen aproximadamente a ochenta millas. De tal manera, quien se encontrase
en lo más alto de las sierras de Efquegua, mirando hacia el norte, vería el mar
llamado del Norte; y, volviéndose hacia el mediodía, contemplaría el mar del
Sur.
En aquellos parajes
había establecido el gobernador Pedrarias Dávila, capitán del Emperador, dos
puertos de gran provecho para la navegación de ambas costas: en el mar del
Norte, camino hacia España, la ciudad con su puerto llamado Nombre de Dios; y
en el mar del Sur, la ciudad y puerto antiguo de los indios, Panamá, que en
aquel tiempo ya estaba poblada de cristianos y contaba con su obispo
Fue en Panamá donde se
encontraba el valeroso caballero Francisco Pizarro, junto con su hermano
Hernando Pizarro. Ambos deseaban descubrir nuevas tierras en el mar del Sur,
esto es, hacia la línea equinoccial. Para ello construyeron algunas naves, pues
en la región abundaban maderas y demás materiales necesarios para semejante
empresa.
El propósito era
navegar hasta hallar las islas de las Molucas, de donde proceden todas las
especierías. Pero la fortuna les fue mucho más favorable de lo que pensaron:
antes de llegar a aquellas islas, toparon con tan grandes riquezas de oro y
plata que olvidaron el primer designio de alcanzar las Molucas. Así comenzó
aquel viaje, cuyo relato breve se debe a persona prudente y experimentada que
estuvo presente.
En el año 1531, en el
mes de febrero, nos embarcamos en el puerto de Panamá, que se encuentra en
tierra firme de las Indias, a siete grados sobre el ecuador, en el mar del Sur,
es decir, hacia el mediodía. Éramos doscientos cincuenta hombres de a pie y
ochenta a caballo bajo el mando del Capitán y valeroso caballero Francisco
Pizarro. Después de navegar por dicho mar durante quince días, desembarcamos en
una playa que hoy se llama San Mateo. Al desembarcar, caminamos unas cien
leguas, que a cuatro millas por legua son cuatrocientas millas, conquistando
siempre muchos lugares habitados por indios. Llegamos a una tierra llamada
Coaque, que se encuentra bajo la línea ecuatorial, donde encontramos un poco de
oro y algunas esmeraldas. En esta tierra, muchos de los nuestros enfermaron. De
allí pasamos a una isla entonces llamada La Puná, hoy Santiago, a dos leguas de
la tierra firme, con un perímetro de quince leguas. Era muy poblada y bien
cultivada, por lo que abundaba en provisiones. El cacique de la isla, queriendo
complacernos, nos enviaba provisiones, y quienes las llevaban eran personas que
tocaban diversos instrumentos. Permanecimos en esta isla cinco o seis meses,
donde murieron ocho o diez de los nuestros.
De allí cruzamos en
naves y llegamos a tierra firme a la ciudad de Tumbes, donde permanecimos tres
meses. De allí fuimos a una tierra llamada Tangarará, en la que construimos una
fortaleza para habitar, a la que llamamos San Miguel. En este lugar, comenzamos
a tener noticias de un gran cacique, o señor, llamado Atahualpa, y de un
hermano suyo llamado el Cuzco (Huáscar), con quien estaba en guerra. Los
capitanes de Atahualpa lo persiguieron con un gran ejército hasta que lo
hicieron prisionero.
En este tiempo en que
ellos guerreaban, llegó el señor Francisco Pizarro con sesenta caballos y
noventa infantes, ya que el resto se había quedado en la fortaleza de San
Miguel. Cuando Atahualpa supo que llegaban los cristianos, envió un capitán a
espiar qué clase de gente éramos. Este capitán se acercó a nuestra vanguardia,
pero no tuvo el valor, con la gente que tenía, de combatir con nosotros, sino
que regresó de inmediato a dar la respuesta a su señor. Le dijo que si le daba
más gente, volvería a combatir. El cacique le respondió, según nos dijeron
después, que con más seguridad tomaría a los cristianos cuando llegaran a donde
él estaba.
Al saber el señor
gobernador Francisco Pizarro que este cacique iba conquistando aquel país con
un gran número de gente, decidió ir a buscarlo con la poca gente que tenía, que
éramos en total 150, entre los cuales había unos sesenta a caballo. Y así
fuimos a buscar a este cacique, quien nos amenazaba con atacarnos. Por ello, el
gobernador quiso ir a buscarlo.
Llegando a un lugar
llamado Piura, el gobernador encontró a un capitán, su hermano, que había
enviado por delante con cuarenta hombres, entre infantes y caballos, y supo por
él que todos los caciques o señores lo amenazaban con Atahualpa. Aquí el
gobernador se informó por los indios, de quienes supo que este cacique
Atahualpa se encontraba en una tierra llamada Cajamarca, donde lo esperaba con
mucha gente. Preguntando sobre el camino y cómo era el país, supo de ellos y de
una indígena que llevábamos con nosotros que en ese camino había muchos lugares
deshabitados y que había una montaña en cuyo paso, por ser muy alta, se sentía
un gran frío durante cinco días y que durante dos días no encontraríamos agua.
No obstante, el señor
gobernador partió con su gente muy alegre, aunque siete de sus infantes
regresaron a la fortaleza por miedo al camino, por ser malo y con poca agua.
Pero el gran deseo del señor gobernador y de su compañía de servir a Su
Majestad Imperial hizo que no rechazaran ningún trabajo o fatiga que pudieran
tener.
Y fueron a un lugar a
dos leguas de aquel, donde cuatro días antes había llegado el capitán Hernando
Pizarro para pacificar a aquel cacique. Cuando el gobernador llegó a este
lugar, supo que a tres jornadas de allí había una tierra llamada Caxas, en la
que se alojaban muchos indios guerreros y habían acumulado muchos tributos, con
los cuales Atahualpa abastecía su campamento. Hernando Pizarro quiso ir a
buscarlos, pero el gobernador no le quiso dar permiso. Envió a Hernando de Soto
con mucha cautela, debido a la poca gente que tenían. Le dio cincuenta o
sesenta hombres y le dijo que lo esperaría en un lugar llamado Caran y que
viniera a buscarlo o le enviara a alguien en diez días.
El capitán Hernando de
Soto partió con dicha gente hacia el mencionado lugar de Caxas y, al llegar
cerca, supo que la gente de guerra había estado en una montaña esperándolos y
que de allí se habían marchado. Llegaron al lugar, que era grande, y en algunas
casas muy altas encontraron una gran cantidad de maíz, que es un grano como
garbanzos blancos, del cual hacen pan, y muchos zapatos. Las otras casas
estaban llenas de lana, y encontraron más de cincuenta mujeres que no hacían
otra cosa que vestidos, y también vino de maíz, es decir, de ese grano, para
los guerreros. De este vino, en las casas no había poca cantidad. Los vestidos
que hacían eran de tal finura que pensábamos que eran de seda, trabajados con
figuras de oro batido, muy bien incrustadas. Las mujeres visten vestidos
largos, de tal manera que los arrastran por el suelo, y los hombres llevan
ciertas camisas cortas sin mangas. Son feos. Su comida es casi de cosas crudas,
excepto el maíz que cocinan. Sacrifican cada mes las cosas más queridas que
tienen y a veces a sus propios hijos a un ídolo, cuyo rostro y también las
puertas de las mezquitas mojan con la sangre.
Esta tierra estaba muy
destruida por la guerra que les había hecho Atahualpa, y sobre los árboles
había muchos indios escondidos que no se le habían querido rendir. Todos estos
pueblos antes estaban bajo el mando del Cuzco (Huáscar) y lo tenían por señor y
le pagaban tributo.
El capitán entonces
mandó llamar al cacique de ese lugar, quien vino de inmediato, quejándose
amargamente de Atahualpa, que así le había destruido la tierra y matado a mucha
gente, que de diez o doce mil indios que tenía, no le quedaban más de tres mil.
Y que en los días pasados la gente de guerra había estado en ese lugar, y que
al saber que venían los cristianos, por miedo a ellos se habían marchado.
Entonces el señor
capitán les dijo a todos que estuvieran en paz con los cristianos y que fueran
vasallos del Emperador, y que no tuvieran miedo de Atahualpa. El cacique se
alegró mucho de tal cosa y de inmediato abrió una de las casas que estaban
cerradas y custodiadas por Atahualpa, y sacó de ella cuatro o cinco mujeres y
se las dio al capitán para que sirvieran a los cristianos preparándoles la
comida para el camino. Del oro dijeron que no tenían, porque Atahualpa se lo
había llevado todo, pero aun así le dio cuatro o cinco "tegole", que
son placas redondas de oro de mina.
Sobre el mensaje de
Atahualpa a los cristianos y la respuesta dada a este; y cómo el Gobernador,
tras cruzar unas montañas muy difíciles, llegó a la tierra de Cajamarca, donde
estaba el campamento del mencionado cacique.
En este tiempo llegó
un capitán de Atahualpa. El cacique sintió un gran miedo y se levantó, no
atreviéndose a sentarse frente a él. Pero el señor Hernando de Soto lo hizo
sentarse a su lado. Este capitán llevaba un regalo para los cristianos de parte
de Atahualpa. El regalo consistía en dos fuentes de piedra con forma de
fortaleza, para beber, y dos cargas de pájaros, que parecían gansos
despellejados y secos, de los cuales en esa tierra hacen gran aprecio, pues los
muelen y se perfuman con el polvo.
El capitán Hernando de
Soto partió de aquel lugar, llevándose consigo a ese capitán de Atahualpa, y
fue a buscar al Gobernador, quien se alegró mucho de ver al capitán y le dio
una camisa muy rica y dos copas de cristal. Le pidió que se las presentara a su
señor y le dijera que él era su amigo, que le gustaría verlo y que si tenía
guerra con alguien, lo ayudaría.
El capitán partió de
regreso a su señor, y dos días después, el Gobernador partió para encontrarse
con Atahualpa. En el camino, encontró casi toda la tierra destruida y los
caciques huidos, pues todos se habían reunido con su señor. A lo largo del
camino, que en su mayor parte estaba hecho con terraplenes a ambos lados y
lleno de árboles que daban sombra cada dos leguas, encontraban alojamientos con
canales de agua para la comodidad de los viajeros.
Llegando cerca de la
montaña, Hernando Pizarro y Hernando de Soto se adelantaron con algo de gente y
cruzaron un gran río a nado, ya que habían oído que en un lugar más adelante
había mucha riqueza. Al llegar al lugar, casi al anochecer, encontramos a la
mayor parte de la gente escondida, y se lo mandamos a decir al Gobernador. Al
día siguiente por la mañana, el Gobernador cruzó el río con toda la gente.
Antes de que
llegáramos al lugar, capturamos a dos indios, a los cuales, para obtener
noticias del cacique Atahualpa, el capitán ordenó que fueran atados a dos
postes para que tuvieran miedo al preguntarles. Uno de ellos dijo que no sabía
nada de Atahualpa, pero que el otro, pocos días antes, había dejado con Atahualpa
al cacique de aquel lugar. Por el otro supimos que en el camino que va a la
provincia de Cuzco había grandes y abundantes tierras, y que en un hermosísimo
valle había una ciudad llamada Cajamarca, donde se encontraba el gran cacique
Atahualpa, hijo del gran Cuzco viejo (Huayna Cápac), el cual era el mayor señor
que se encontraba entre los indios. También nos dijo que Cajamarca era la
tierra más grande de aquella provincia de Cuzco, o del Perú, y que Atahualpa
esperaba a los cristianos en ella con mucha gente. Nos dijo que muchos indios
custodiaban dos pasos malos que había en la montaña y que llevaban por bandera
la camisa que el Gobernador había enviado al cacique Atahualpa. Y no dijo nada
más de lo que había dicho, ni con fuego ni con otro tormento.
Los capitanes le
dijeron al Gobernador lo que habían oído de los dos indios. Dos días después,
partimos de aquel lugar. El Gobernador dejó el buen camino hecho con los
mencionados terraplenes y tomó otro camino que no era tan bueno. Al llegar al
pie de la montaña, hizo su retaguardia y dejó con ella a un capitán llamado
Salcedo, porque era un hombre de buena guardia y audaz en la guerra. Él partió
con otros capitanes y gente más ligera, encomendándose a Dios, y comenzó a
subir por la montaña, que era muy alta. En el ascenso, encontró una fortaleza
de tierra amurallada. Pasada esta, al anochecer, llegó a un lugar a una legua
de distancia de la fortaleza, donde había casas de cal y piedra para alojar al
señor de aquella tierra, y la retaguardia llegó a la fortaleza por la noche.
Al día siguiente por
la mañana, quedaba una montaña muy alta que estaba sobre aquel lugar, y el
camino pasaba por ella. Partimos antes de que saliera el sol para que los
indios no nos impidieran el paso, donde había un paso muy malo. Se ordenó que
todos los capitanes fueran con su gente. Después de haber subido, el señor
Gobernador se alegró mucho, porque pensaba que los indios lo habrían tomado,
como nos había dicho el indio que atormentamos con fuego. Y allí el Gobernador
esperó a la retaguardia para que todos fuéramos unidos, pareciéndonos que
habíamos subido la parte más alta de la montaña fría, y pronto llegó la
retaguardia.
Esa noche vinieron dos
indios con diez o doce llamas por orden de Atahualpa, y se las dieron al
Gobernador, quien les dio muchas cosas y los envió de regreso. En esa montaña
nos quedamos cinco días. Luego partimos hacia el campamento de Atahualpa, y un
día antes de que llegáramos al campamento, vino de su parte un mensajero,
llevando un regalo de muchas llamas cocinadas y pan de maíz y vasijas con vino
llamado chicha.
Habiendo el Gobernador
enviado a un indio, que era cacique de los lugares donde nos habíamos alojado,
gran amigo de los cristianos, este cacique fue hasta el campamento de
Atahualpa. Las guardias de este no lo dejaron pasar; al contrario, le
preguntaron de dónde venía el mensajero de los "Diablos", que habían
venido por tanto camino y no encontraban a nadie que los matara. El cacique les
rogó que lo dejaran ir a hablar con Atahualpa, porque cuando algún mensajero
iba a ver a los cristianos, se le hacía mucho honor. Por esto, no lo dejaron ir
adelante, y esa noche regresó a dormir donde el Gobernador había llegado con su
gente, y le avisó al Gobernador que no comieran ninguna cosa que Atahualpa les
enviara de comer. Y así se hizo, que toda la comida que Atahualpa envió fue
dada a los indios que llevaban los equipajes.
Una hora antes del
atardecer, llegamos a la vista de la tierra, que es muy grande, y encontramos a
muchos pastores y criadores de ovejas del cacique Atahualpa. Y vimos que bajo
la tierra, a una legua, había una casa rodeada de árboles, alrededor de la cual
había tiendas o pabellones blancos que cubrían más de media legua. Allí estaba
el campamento, donde Atahualpa estaba esperando en la llanura. Y así llegamos a
la tierra.
De la ciudad de
Cajamarca, del palacio de Atahualpa, de la vestimenta y los ejércitos de las
mujeres y de los hombres de aquel lugar.
Esta tierra de
Cajamarca es la principal de este lugar, situada al pie de una montaña en un
valle rodeado de colinas. Tiene un perímetro de unas cuatro millas y es
atravesada por dos hermosos ríos, sobre cada uno de los cuales hay un puente
por el que se entra a la ciudad por dos puertas.
Pero en un lado, antes
de entrar a la tierra, hay un gran palacio rodeado de muros a modo de templo.
En su gran patio hay plantados varios árboles que dan sombra. Dicen que este
palacio es la casa del sol, al que adoran. Al entrar en él, se quitan los
zapatos, y uno similar a este se encuentra en casi todas las tierras grandes.
Dentro de la ciudad
hay unas 2,000 casas, distribuidas en calles rectas y bien trazadas, cuya
longitud es de unos 200 pasos. Tienen muros de piedra fuertes y de más de tres
pasos de altura. Por dentro están bien distribuidas, con fuentes de agua muy
hermosas.
En el centro hay una
plaza más grande que cualquiera de España, toda cercada alrededor. Delante de
esta hay una fortaleza de piedra con una escalera por la que se va de la plaza
a dicha fortaleza. A un lado de esta plaza está el palacio del señor Atahualpa,
mucho más grande que todos los demás, con jardines y grandísimas galerías donde
el señor se quedaba todo el día.
Las viviendas están
todas pintadas de diversos colores, entre ellos de un color rojo que parecía
cinabrio. En una de las viviendas o galerías había dos grandes fuentes
adornadas con placas de oro. En una de ellas, por medio de un conducto, entra
agua tan caliente que no se podía mantener la mano dentro; en la otra entra
agua muy fría. Estas aguas salen de la montaña cercana y entran al palacio por
conductos, de los que salen y se mezclan entre sí, se esparcen por toda la
tierra y sirven para las necesidades de todos.
Los habitantes son
gente bastante limpia y las mujeres muy honestas, las cuales llevan sobre sus
vestidos unas fajas finamente trabajadas con las que se ciñen casi todo el
cuerpo. Sobre estas llevan a modo de un manto, que las cubre desde la cabeza
hasta media pierna. Los hombres visten unas camisetas sin mangas. Sus labores
son teñir en casa lanas y algodón para hacer la cantidad de telas que
necesitan. Hacen también calcetines de lana y otros objetos de tal manera que
les evitan usar zapatos.
En primer lugar, el
señor Hernando Pizarro entró con algo de gente, y hacía una tempestad muy
grande. En aquel lugar había muy pocos guardias, quizá unos cuatrocientos o
quinientos indios, apostados a las puertas de las casas del cacique Atahualpa.
En el interior, las mujeres preparaban chicha, una especie de vino de maíz,
para abastecer el inmenso campamento inca. El gobernador, Francisco Pizarro,
instaló a su gente, sintiendo un gran temor al ver la vasta cantidad de
guerreros indígenas que se extendían por la llanura. Pese a ello, cada uno de
los españoles se sentía tan valiente como Orlando en los relatos, pues sabían
que no tenían otra ayuda que la de Dios y la fuerza de su propia mano.
Cómo Hernando Pizarro
y Hernando de Soto fueron a hablar con el cacique Atahualpa. De qué manera
encontraron organizados los escuadrones y todo el campamento, y cómo el
ejército era de ochenta mil hombres.
El señor Hernando
Pizarro y Hernando de Soto le pidieron permiso al señor Gobernador para ir con
cinco o seis caballos y con el intérprete a hablar con el cacique Atahualpa y
ver cómo estaba alojado su campamento. El Gobernador les permitió ir, aunque en
contra de su voluntad. Y ellos fueron al campamento, que estaba a una legua de
distancia.
Todo el campamento
donde se encontraba el cacique estaba rodeado a ambos lados por escuadrones de
gente: lanceros, alabarderos y arqueros. Otro escuadrón era de indios, con
hondas y algunos con unos mazos de un brazo y medio de largo, y gruesas como
una lanza de jinete. En la parte superior tenían una bola redonda del tamaño de
un puño, en la que estaban incrustadas cinco o seis puntas de piedra dura del
grosor de un dedo, y estas las usaban con ambas manos. Los principales llevaban
los mazos, y algunas hachas de oro y plata. Otros llevaban lanzas para arrojar
a modo de jabalinas. Los de la retaguardia llevaban lanzas de unos treinta
palmos de largo, y en uno de los brazos llevaban una manga rellena de algodón.
Algunos tienen en la cabeza cascos que les cubren hasta por encima de los ojos,
hechos de cañas tejidas con mucho algodón, tan fuertes que no lo serían tanto
si fueran de hierro.
Los cristianos que
iban pasaron por en medio de ellos, sin que nadie hiciera ningún movimiento, y
llegaron a donde estaba el cacique Atahualpa. Lo encontraron sentado a la
puerta de su alojamiento, con muchas mujeres detrás, pero ningún guerrero se
atrevía a estar cerca de él. Hernando de Soto avanzó con su caballo
directamente hacia el Inca. Atahualpa permaneció inmóvil. El caballo se le
acercó tanto que, al resoplar, le agitó la fina borla de lana carmesí que
llevaba atada en la frente, pero el cacique no se movió en lo más mínimo.
El capitán Hernando de
Soto se quitó un anillo del dedo y se lo dio como señal de paz y amistad de
parte de los cristianos, y él lo tomó con poca estimación. Inmediatamente llegó
Hernando Pizarro, que se había quedado un poco rezagado para poner tres o
cuatro caballos en un lugar donde había un paso difícil. Llevaba en la grupa
del caballo a un indio, que era el intérprete, y llegó al cacique, con poco
miedo a él y a su gente. Le dijo que levantara la cabeza, que la tenía muy
baja, y que le hablara, ya que era su amigo y venía a verlo. Le rogó que, a la
mañana siguiente fuera a ver al Gobernador, que deseaba mucho verlo. El cacique
le dijo con la cabeza baja que iría a la mañana siguiente a verlo.
El capitán, alegando
el cansancio del camino, pidió al cacique que mandara traerles de beber. Este
llamó a dos indias, que llevaron dos grandes copas de oro llenas de licor para
ofrecérselo; y los cristianos, para contentarlo, fingieron beber sin probarlo
realmente, y luego se despidieron.
Hernando de Soto,
entretanto, hizo retroceder su caballo varias veces contra un escuadrón de
piqueros, y algunos de ellos cedieron un paso atrás. Sin embargo, cuando los
cristianos se marcharon, los que habían vacilado pagaron muy caro su debilidad:
el cacique ordenó que a ellos, junto con sus mujeres e hijos, les cortaran la
cabeza, advirtiendo que debían avanzar siempre y jamás retroceder, y que a
cualquiera que lo hiciera le aguardaría el mismo castigo.
Los capitanes
regresaron ante el Gobernador y le contaron lo sucedido con el cacique,
asegurando que les parecía que la gente que lo acompañaba podía ser de unos
cuarenta mil hombres de guerra. Y lo decían para dar ánimo a los suyos, porque
en realidad eran más de ochenta mil. Relataron además todo lo que el cacique
les había dicho.
Cómo Atahualpa movió
su campamento contra el Gobernador, de qué manera se organizó cada campo, cómo
se desató la batalla, en la cual los indios fueron derrotados y puestos en
fuga, y el señor fue hecho prisionero.
Aquella noche, nadie,
ya fuera a pie o a caballo, pudo descansar. Toda la tropa cristiana pasó la
noche en guardia, con las armas en mano, mientras el viejo y experimentado
gobernador Francisco Pizarro caminaba entre ellos, dando ánimos a cada uno, y
exhortándolos a mostrar su valentía al día siguiente.
Al día siguiente por
la mañana, los mensajeros del campamento de Atahualpa no dejaban de ir y venir.
Una vez decía que quería venir con armas, otra vez que sin ellas. El Gobernador
le mandó decir que viniera como quisiera, ya que los hombres parecían buenos
con sus armas. A la hora del mediodía, Atahualpa comenzó a partir con su
campamento. Había tanta gente que todos los campos estaban llenos, y todos
estos indios llevaban una gran diadema de oro y plata, como una corona en la
cabeza, y venían todos vestidos con sus atuendos.
Al atardecer, todos
habían llegado a la ciudad. En la puerta de la ciudad, el cacique se detuvo y
se quedó esperando a su gente para que todos entraran juntos. Cuando todos
llegaron, hizo su formación y se movió con toda su gente para seguir adelante
de esta manera:
Delante iban
cuatrocientos indios vestidos con una librea, los cuales no hacían otra cosa
que limpiar el camino, quitando todas las piedras o paja que encontraban por el
camino por donde debía pasar el Señor, llevado en litera. Bajo estas ropas de
librea, llevaban secretamente ciertos mazos, con chaquetas fuertes, con hondas
y piedras hechas a propósito para ellas.
Después de estos, venían tres
escuadrones vestidos con otra librea, los cuales iban cantando y bailando. A
estos les seguía otra gente armada y con diademas de oro y plata en la cabeza.
Entre ellos estaba el gran cacique Atahualpa, vestido
con una túnica de lana finísima que parecía de carmesí, con oro batido muy bien
tejido. La litera sobre la que era llevado era muy alta y maravillosa, ya que
estaba forrada de plumas de loros de diversos colores y adornada con piedras
preciosas, todas atadas con oro y plata. Era llevada por indios vestidos de
plumas de loros de diversos colores. Detrás de ella venían otras dos literas
riquísimas, en las que iban otros personajes principales cerca del Señor.
Aunque él y toda su
gente tuvieran alguna sospecha, el señor Gobernador le mandó inmediatamente a
un hombre, rogándole que viniera a donde él estaba, dándole la seguridad de que
no recibiría ningún daño ni disgusto, por lo que podía venir sin miedo, aunque
el cacique no mostrara tenerlo.
El Gobernador había
alojado a su gente en casas muy grandes, cada una de ellas de más de doscientos
pasos de largo y unidas. En una de estas casas estaba el señor Hernando Pizarro
con catorce o quince hombres a caballo. En otra estaba el señor Hernando de
Soto con otros quince o dieciséis a caballo. Asimismo, estaba Belalcázar con
tantos, más o menos. En la otra, el señor Gobernador con dos o tres a caballo y
con veinticinco hombres a pie. Y toda la demás gente estaba en la guardia de
las puertas de una fortaleza muy fuerte, para que nadie entrara. Esta estaba en
medio de la plaza, y en ella, Pedro de Candia, capitán de Su Majestad, con ocho
o nueve arcabuces y cuatro pequeñas piezas de artillería, custodiaban esa
fortaleza que mantenían por orden del Gobernador. Él les había ordenado que si
entraban hasta diez indios, los dejaran entrar, pero no más.
Cuando el cacique
llegó a la plaza, dijo: "¿Dónde están estos cristianos? Me parece que
están todos escondidos, que no aparece ninguno". En este momento, entraron
siete u ocho indios en esa fortaleza, y un capitán con una lanza muy larga con
una bandera, hizo una señal para que vinieran con las armas, ya que los
lanceros que venían detrás llevaban las lanzas de los que iban delante, y así
parecían sin armas, aunque venían con ellas.
Entonces, un fraile de
la orden de Santo Domingo, con una cruz en la mano, queriendo decirle algo de
Dios, se acercó a hablarle y le dijo que los cristianos eran sus amigos y que
el señor Gobernador deseaba que él viniera a su alojamiento a verlo. El cacique
le respondió que no pasaría más adelante hasta que los cristianos le
devolvieran todo lo que le habían quitado en toda la tierra, y que luego haría
lo que le viniera en gana. Dejando el fraile tales prácticas, con un libro que
llevaba en la mano, comenzó a decirle las cosas de Dios que le parecían
apropiadas, pero él no quiso aceptarlas, y pidiéndole el libro, el padre se lo
dio. Pensando que lo quería besar, él lo tomó y lo arrojó a su gente. El indio
que era intérprete, estando presente cuando el fraile le decía esas cosas,
corrió de inmediato y tomó el libro, y se lo dio al padre, quien regresó de
inmediato gritando: "¡Salid, salid, cristianos, y venid a estos perros
enemigos, que no quieren aceptar las cosas de Dios, que el cacique me ha arrojado
al suelo el libro de nuestra santa ley!"
En esto, el Gobernador
hizo sonar las trompetas y le dio la señal al artillero para que descargara la
artillería, lo que se hizo. Los españoles, a pie y a caballo, salieron con
tanta furia sobre los indios que estos, al oír el espantoso estruendo de la
artillería y al ver el ímpetu de los caballos, se pusieron en fuga. Los que se
habían subido a la fortaleza no descendieron por donde habían subido, sino que
fueron arrojados al suelo.
Asimismo, el
Gobernador salió con la gente de a pie que tenía consigo y fue directo a la
litera, en la que estaba el señor Atahualpa. Muchos de los que iban a pie se
retiraron un poco de él, viendo que con el señor Gobernador iban muchos indios
enemigos suyos. Por ello, el señor Gobernador se acercó con su gente a la
litera, aunque no lo dejaban llegar, porque muchos indios, a los que se les
habían cortado las manos, sostenían la litera del Señor con sus hombros. Pero
su esfuerzo sirvió de poco, porque todos fueron muertos junto con otros Señores,
que eran llevados en litera, y el Señor fue apresado por el Gobernador, el
cual, con valor, con los pocos infantes que tenía y con la gente a caballo,
salió a la llanura. Muchos de ellos se pusieron a seguir a los indios que
huían, los cuales, para escapar, se toparon con un muro de seis pies de grosor,
de más de quince de largo y de la altura de un hombre. Y lo derribaron. Sobre
estas ruinas cayeron muchos de los de a caballo, y en un lapso de dos horas,
que no había más día, toda esa gente fue puesta en derrota. Y ciertamente no
fue por nuestras fuerzas, que éramos pocos, sino solo por la gracia de Dios.
Ese día murieron de
seis a siete mil indios, además de muchos a quienes se les habían cortado los
brazos y otras muchas heridas. Y en esa noche, la gente a caballo y a pie
anduvo rondando la tierra, porque se veían cinco o seis mil indios en una
montaña que dominaba la tierra, de los cuales teníamos alguna sospecha. Y para
que los cristianos regresaran al campamento, el Gobernador ordenó que se disparara
un tiro de artillería, el cual, al ser disparado, los que estaban dispersos por
el campo regresaron de inmediato, dudando de que los indios los atacaran. Y lo
mismo hicieron los hombres de a pie.
Cómo el señor
Gobernador le dio un gran trato al cacique Atahualpa y la grandísima cantidad
de oro y plata que dicho cacique prometió por su rescate, y cómo, estando así
prisionero, al saber que sus gentes habían capturado a un hermano suyo llamado
el Cuzco, a quien ya le había quitado el reino, lo mandó a matar.
Habiendo pasado cuatro
o cinco horas de la noche, el Gobernador estaba muy alegre por la victoria que
Dios le había dado. Por el contrario, el cacique estaba muy melancólico, al
cual el Gobernador le preguntó la causa, diciéndole que no debía estar afligido
por nosotros los cristianos: que nosotros no habíamos nacido en sus tierras,
sino muy lejos de ellas, y que en todas las tierras por donde habíamos venido,
había señores muy grandes, quienes todos se habían hecho amigos y vasallos del
Emperador, por paz o por guerra. Y que él no tuviera miedo por haber sido
tomado por nosotros.
El cacique contestó
con una sonrisa entre labios, aclarando que no era esa la causa de su
preocupación. Lo que en verdad lo inquietaba era haber intentado apresar al
Gobernador y que todo hubiera resultado al revés, dejándole un profundo pesar.
Luego suplicó al señor Gobernador que, si entre los presentes se encontraba
algún indio de su gente, lo mandara llamar, pues quería hablar con él.
Inmediatamente, el
señor Gobernador ordenó que les trajeran a dos indios principales de los que
había capturado en la batalla. El cacique les preguntó cuántos de los suyos
habían muerto. Ellos respondieron que todos los campos estaban llenos de
muertos. Entonces, al instante mandó decir a todo su pueblo que había quedado
que no huyeran, sino que vinieran a buscarlo, pues no estaba muerto y se
encontraba en poder de los cristianos, quienes le parecían buena gente. Por lo
tanto, les ordenaba que vinieran a servirle.
El Gobernador le
preguntó al intérprete lo que el cacique había dicho, y este le explicó todo.
El Gobernador entonces hizo una cruz y se la dio al cacique, diciéndole que
ordenara que toda su gente, tanto unida como separada, llevara una cruz similar
en la mano, porque los cristianos a caballo y a pie saldrían a la mañana
siguiente al campo y matarían a todos los que encontraran sin esa señal.
Esa noche, el señor
Gobernador hizo sentar en su mesa a este gran cacique Atahualpa con gran afecto
y quiso que fuera servido por sus mujeres que habían sido tomadas. También
ordenó que se le preparara una rica cama en la misma habitación donde dormía
él, dejándolo desatado, pero con guardias.
Este señor tenía
alrededor de treinta años, de buena disposición personal, un poco gordo, con
labios gruesos y ojos rojizos como de sangre, y hablaba con mucha solemnidad.
Su padre se llamaba el Cuzco viejo (Huayna Cápac), señor de esa tierra, la cual
tenía un perímetro de unas trescientas leguas y de la que extraía un gran
tributo. Su patria y señorío no era esta provincia, sino otra muy lejana de
aquí, llamada Quito, de la cual partió y, al llegar a esta tierra, quiso
quedarse porque la encontró hermosa, abundante y rica. Le puso el nombre de
Cuzco a una de las ciudades principales, de la cual luego fue llamada toda la
provincia. Era temido y obedecido. Después de su muerte, fue tenido por un dios
y en muchas tierras se le hicieron estatuas. Tuvo cien hijos, entre varones y
mujeres, entre los cuales estaba Atahualpa y otro también llamado el Cuzco
joven (Huáscar), a quien el padre había dejado como heredero del señorío. Con
este, en este tiempo, Atahualpa estaba en guerra y le había quitado todo el
estado.
Al día siguiente por
la mañana, todos los cristianos salieron al campo con mucho orden y encontraron
muchos escuadrones de indios. El primero de todos llevaba una cruz en la mano
por el gran miedo que tenían. Y se recogió bastante oro que estaba en algunos
pabellones y esparcido por los campos, y también muchas telas. Esto mismo
recogieron los negros y los indios de servicio, porque los demás se quedaron en
formación, cuidando de sus personas. Y se acumuló cincuenta mil pesos de oro,
que valía cada peso un ducado grande y dos carlines, y siete mil marcos de
plata, y muchas esmeraldas.
El cacique se mostró
contento con esto y le dijo al Gobernador que este oro era de su
"credenciera" para su mesa, y que bien sabía lo que andaban buscando.
El Gobernador respondió que la gente de guerra no buscaba otra cosa que oro,
para ellos y para su señor Emperador. El cacique dijo que él les daría tanto
oro como cupiera en una habitación, hasta una marca blanca que había tan alta,
que un hombre muy grande no llegaba a un palmo de la misma, y tenía 25 pies de
largo y quince de ancho. Entonces, el Gobernador le preguntó cuánta plata le
daría. El cacique respondió que traería diez mil indios, que harían un corral
en medio de la plaza y lo llenarían todo de vasijas de plata, es decir, ollas,
cazuelas, cubos y otras vasijas. Y esto se lo daría para que lo pusiera en su
libertad. El Gobernador se lo prometió, pero con la condición de que no hiciera
ninguna traición a los cristianos, y le preguntó en cuántos días haría traer
ese oro que decía. A lo que respondió que en los cuarenta días siguientes lo
traerían, y como la cantidad era mucha, enviaría a una provincia llamada
Chinchay y de ella haría traer la plata que había ordenado.
En este lapso, pasaron
veinte días en los que no llegó oro. Al cabo de los cuales, trajeron ocho
cántaros hechos de oro, que son como ollas grandes, con muchas otras vasijas y
otras placas. En ese momento, supimos cómo este cacique había apresado al Cuzco
(Huáscar), su hermano, de padre pero no de madre, quien era un señor más grande
que él. El mismo Cuzco, al ser llevado prisionero, supo que los cristianos
habían apresado a su hermano Atahualpa y dijo, seriamente, que quería verlos y
que sabía que ellos venían a buscarlo y que Atahualpa les había prometido una
gran cantidad de oro, que él también tenía para darles, pero que él les daría
cuatro veces más y que ellos no lo matarían, como pensaba que este lo haría.
Tan pronto como
Atahualpa supo lo que su hermano Huáscar había dicho, sintió un gran miedo de
que, sabiendo esto los cristianos, no lo mataran de inmediato y no hicieran
señor a su hermano. Por esto, ordenó que fuera asesinado inmediatamente, y así
se hizo, de nada sirvió el gran temor que el Gobernador le había infundido a
Atahualpa cuando supo que un capitán suyo lo tenía prisionero, diciéndole que
no lo dejara matar, sino que lo hiciera venir a su alojamiento. Atahualpa se
creía señor, porque había conquistado esa tierra, y pocos días antes, en una
provincia que se llama Huamachuco, había hecho morir a mucha gente, y había
apresado a otro hermano suyo, que había jurado beber con la cabeza de dicho
Atahualpa. Pero, por el contrario, Atahualpa bebía con la suya. Esto yo lo vi y
todos los que se encontraron con el señor Hernando Pizarro. Y vi la cabeza con
la piel, la carne seca y su cabello, y tenía los dientes apretados, y entre
ellos tenía una cañita de plata, y en la cima de la cabeza tenía una copa de
oro colgada con un agujero que entraba en la cabeza. Cuando se acordaba de la
guerra que su hermano le había hecho, los esclavos ponían la chicha en esa
copa, la cual salía por la boca y por la cañita por donde bebía Atahualpa.
Cómo el señor Hernando
Pizarro, yendo a una "mezquita" que se decía ser muy rica en oro,
encontró en diversos lugares grandísima cantidad de oro que le fue dada por
algunos capitanes de Atahualpa para su rescate, cómo saquearon el templo del
Sol, cubierto de láminas de oro, y de igual forma muchas casas, pavimentos y
muros que estaban cubiertos de oro y plata.
En estos días se trajo
cierto oro, y el señor Gobernador ya había sabido que en aquella tierra había
una "mezquita" muy rica, en la que había mucho más oro de lo que el
cacique le había prometido, ya que todos los caciques de aquellos países la
adoraban. De igual forma, el Cuzco venía a entender lo que tenían que hacer. Y
muchos del año venían a un ídolo que habían hecho y le daban de beber en una
esmeralda cóncava.
Sabiendo esto el señor
Gobernador y todos los demás cristianos que estaban presentes, el señor
Hernando Pizarro le pidió a su hermano, el Gobernador, que le diera permiso
para poder ir a esa "mezquita", porque quería ver a ese falso dios, o
para decirlo mejor, a ese demonio, ya que tenía tanto oro. El Gobernador le dio
permiso, y se llevaron a algunos españoles con ellos, a quienes el demonio
podía ayudar muy poco. Y esto fue en el año 1533. El señor Gobernador y todos
los que nos quedamos nos encontrábamos cada día en mucho apuro, porque el
traidor de Atahualpa hacía que continuamente viniera gente en nuestra contra,
los cuales venían, pero no tenían el valor de atacarnos.
Llegó el señor
Hernando Pizarro a un lugar llamado Huamachuco y encontró oro que llevaban para
el rescate del cacique Atahualpa, que podía ser de 100 mil castellanos de oro.
Le escribió al Gobernador para que enviara por ese oro para que viniera con
buena guardia. El Gobernador envió a tres hombres a caballo para que lo
acompañaran, a los cuales, al llegar, les entregó el oro. Hernando Pizarro
siguió adelante hacia el camino de la "mezquita" y ellos llevaron el
oro al Gobernador. En el camino, sucedió que los compañeros que llevaban el oro
se pelearon por algunas piezas de oro, y uno le cortó un brazo al otro. Esto,
el Gobernador no lo habría querido por todo el oro.
Habiendo estado el
Gobernador en la ciudad de Cajamarca cuarenta días sin esperanza de ayuda,
llegó Diego de Almagro con ciento cincuenta españoles en nuestro socorro, del
cual supimos que quería hacer habitar un antiguo puerto llamado Chancay. Pero
como supo que nosotros habíamos encontrado tanto oro, como fiel servidor del
Emperador, vino en nuestro socorro.
El cacique Atahualpa
en este tiempo le dijo al Gobernador que el oro no podía venir tan pronto,
porque, estando él prisionero, los indios no lo obedecían, y que enviara a tres
cristianos al país del Cuzco, que estos traerían mucho oro y desmantelarían
ciertas casas que estaban cubiertas de láminas de oro, y traerían mucho más que
se encontraba en Jauja, y que podían ir seguros, porque todo el país era suyo.
El Gobernador envió a
unos hombres, encomendándolos a Dios. Los cristianos se llevaron a bastantes
indios que los llevaban en hamacas, que son como una especie de litera, y eran
muy bien servidos. Llegaron a un lugar llamado Jauja, donde estaba un gran
hombre, capitán de Atahualpa, el cual fue el que capturó a Huáscar y tenía todo
el oro en su poder. Y les dio a los cristianos treinta cargas de oro, de las
cuales cada una pesaba cien libras. Ellos le dieron poca importancia y,
mostrando que tenían poco miedo de él, le dijeron que era poco. Él ordenó que
se les dieran otras cinco cargas de oro, el cual enviaron a donde estaba el
señor Gobernador, por medio de un negro que habían llevado consigo. Y ellos
quisieron seguir adelante y llegaron a la ciudad del Cuzco, donde encontraron a
un capitán de Atahualpa que se llamaba Quizquiz, que quiere decir en esa lengua
"Barbero". Este hizo poco caso a los cristianos, aunque no se
maravilló poco de ellos (y por esto uno de los nuestros quiso acercarse a él y
herirlo, pero no lo hizo por la mucha gente que tenía).
Entonces, el capitán
les dijo que no le pidieran mucho oro, y que si no querían devolver al cacique
por lo que les daba, que él iría a buscarlo por su propia mano. Y de inmediato
los envió a un templo del Sol que ellos adoran. Este templo estaba orientado al
este, cubierto de placas de oro. Los cristianos fueron a dicho templo y, sin la
ayuda de ningún indio, porque ellos no querían ayudarlos, siendo ese templo del
Sol, diciendo que morirían, los cristianos decidieron, con algunos picos de
cobre, desmantelar ese templo, y así lo saquearon (según nos dijeron después de
su boca). Y además de esto, también se recogieron muchas ollas o cazuelas de
oro, con las que usaban cocinar en ese lugar, y se las llevaron a los
cristianos para el rescate de su señor Atahualpa.
En todas las casas
donde habitaron, dicen que había tanto oro que era una maravilla. Entraron en
una casa donde hacen sus sacrificios, donde encontraron una silla de oro. Esta
silla era tan grande que pesaba 19,000 pesos, en la que podían sentarse dos
hombres. En otra casa muy grande, en la que yacía muerto el Cuzco viejo, cuyo
pavimento y muros estaban cubiertos de placas de oro y plata, encontraron
muchos cántaros o tinajas grandes y vasijas y muchas otras piezas. Y que no
quisieron romperlas para no desagradar a los indios.
En esa casa había
muchas mujeres y había dos indios muertos, embalsamados. Cerca de ellos estaba
una mujer con una máscara de oro en el rostro, abanicándolos con un abanico
para el polvo y para las moscas. Y los mencionados indios muertos tenían en la
mano un bastón muy rico de oro. La mujer no quiso que entraran dentro, a menos
que se descalzaran. Y descalzándose, fueron a ver esos cuerpos secos y les
quitaron de alrededor muchas piezas de oro. No los saquearon por completo,
porque el cacique Atahualpa les había rogado que no los despojaran del todo,
diciendo que ese era su padre, el Cuzco viejo, y por esto no quisieron tomar
más. Y así cargaron su oro. El capitán que estaba allí les dio todas las cosas
necesarias para llevarlo.
Los cristianos
encontraron en ese lugar tanta plata que le dijeron al Gobernador que había una
casa grande casi llena de cántaros y tinajas grandes, y vasijas y muchas otras
piezas. Y que habrían traído mucho más, pero temían demorarse demasiado, porque
estaban solos y a más de doscientas cincuenta leguas de los otros cristianos.
Pero dijeron que habían cerrado la casa y sus puertas, y que habían puesto un
sello por Su Majestad el Emperador y por el Gobernador Francisco Pizarro. Y
habiendo ordenado guardias de indios y hecho a un Señor en ese lugar como se
les había ordenado, tomaron su camino con las bellísimas piezas que llevaban,
entre las cuales había una gran fuente de oro hecha de muchas piezas, la cual
pesaba más de doce mil pesos. Esta y muchas otras cosas llevaron.
Sobre los puentes
sobre los ríos, y cómo las herraduras, por falta de ellas, fueron hechas de oro
y plata. De la ciudad de Pachacámac y su "mezquita" y las cosas
encontradas en ella. De la ciudad de Jauja y de un lago grandísimo, y cómo el
capitán Calcuchima, con el señor Hernando, llevaron el oro del rescate de
Atahualpa y con cuánta reverencia van los indios a ver a su señor.
Dejo de hablar de los
que venían por el camino y diré del señor Hernando Pizarro, que iba hacia la
"mezquita". En ese viaje, que fue de muchas jornadas, encontraron
muchos ríos, sobre cada uno de los cuales siempre hallaban dos puentes, hechos
cerca uno del otro, de esta manera: habían construido en medio del río un
pilar, que sobresalía mucho del agua, para sostener la mitad del puente. A este
se ataban a ambos lados del río cuerdas hechas de mimbres de sauce, gruesas
como una rodilla, que en las orillas estaban atadas a grandes piedras,
separadas la anchura de un carro. A estas, de forma transversal, se ataban cuerdas
fuertes y bien tejidas de algodón. Y para que el puente se mantuviera firme,
colgaban piedras muy grandes por debajo de estas cuerdas. Uno de estos puentes
servía para la gente común y siempre estaba abierto. El otro, para los señores
y capitanes, y este siempre estaba cerrado. Fue abierto cuando pasó el señor
Hernando Pizarro.
Llegó con mucho
trabajo, porque pensaron que nunca llevarían algunos caballos, por falta de
herraduras debido al mal camino, ya que pasaron por muchas montañas, cuyo
camino estaba hecho a mano como una escalera. Pero el señor Hernando ordenó a
los indios que hicieran herraduras de oro y plata, y así los clavos. De este
modo, llevaron sus caballos al lugar donde estaba la "mezquita", a
una ciudad que es más grande que Roma, llamada Pachacámac, en cuya
"mezquita" hay una habitación muy fea y sucia, donde hay un ídolo
hecho de madera muy feo. Dicen que este es su dios y que él hace que nazca todo
de lo que viven. A sus pies tienen ofrendas de algunas joyas, especialmente esmeraldas
engastadas en oro.
Lo tienen en tanta
veneración que solo los que, según dicen, son llamados por él pueden ir a
servirle, y dicen que nadie es digno de tocarlo con la mano, ni siquiera los
muros de su casa. No cabe duda de que el diablo entra en ese ídolo y habla con
sus ministros y les dice lo que tienen que decir por el país.
Los indios vienen a
este ídolo con grandísima devoción desde trescientas leguas de distancia y le
ofrecen oro, plata y joyas. Tan pronto como llegan, le presentan el regalo al
portero, y él entra, habla con el ídolo y le trae la respuesta. Antes de que
algún ministro vaya a servirlo, debe ser puro y casto, ayunar y no tocar a
ninguna mujer. Todo el país de Catámez, que está por allí, es devotísimo de
esta "mezquita", y por esto le llevan tributo cada año. Y el ídolo
les da a entender que él es su dios y que todas las cosas del mundo están en
sus manos, y que nada les sucede a los hombres que no sea por su voluntad. Por
ello, los indios de la "mezquita" y de la ciudad de Pachacámac
estaban en grandísimo miedo, porque el capitán Hernando Pizarro, con los
españoles, sin ningún respeto, habían entrado a verlo, y por esto los indios
dudaban de que, después de que los españoles salieran, el ídolo no los
destruyera.
De esta
"mezquita" sacaron muy poco oro, porque lo habían escondido todo. Y
encontraron una mina muy grande de donde habían sacado oro, y los lugares de
donde habían sacado los cántaros, de manera que nunca pudieron encontrar dónde
estaba el oro. En otra casa vieron un poco de oro a una india que cuidaba la
casa, que lo había arrojado al suelo. De igual forma, encontraron a ciertos
muertos que estaban en dicha "mezquita", de modo que no pudieron
obtener más de treinta mil pesos. Y de un cacique de Chinchay, obtuvieron tanto
que llegaron a la suma de cuarenta mil pesos.
Y estando allí,
Calcuchima, que era el capitán que tomó al Cuzco, le mandó mensajeros y le hizo
saber que tenía mucho oro para llevar para el rescate de su señor Atahualpa y
que partiría de aquel lugar de Jauja, que es una ciudad muy grande, fundada en
un hermoso valle y con un clima muy templado, y que se acompañaría con el señor
Hernando Pizarro y que juntos irían a ver al Gobernador.
Hernando Pizarro
partió, pensando que era verdad lo que le decían los indios, pero después de
haber andado cuatro o cinco jornadas, supo que el capitán no venía y decidió,
con la gente que tenía, irse al lugar del capitán, que estaba con mucha gente.
Y así lo hizo. Y al encontrarlo, le dijo que viniera a ver al señor Gobernador
y a su cacique Atahualpa. Él respondió que no quería partir de ese lugar,
habiéndole sido ordenado así por su señor. Entonces, Hernando Pizarro le dijo
que si no quería venir, lo llevaría por la fuerza, y puso en orden a la poca
gente que tenía, porque estaban en una plaza grande, y pensaba, aunque fueran
muchos, en vengarse de ellos, porque los que estaban con él eran hombres
valientes. El capitán indio, cuando vio a esa gente en orden, decidió ir con
él.
Habiendo partido,
antes de que llegara a donde estaba el señor Gobernador en Cajamarca con el
cacique Atahualpa, a seis leguas de distancia, encontró un lago de agua dulce,
que tenía un perímetro de unas diez leguas, con las orillas todas llenas de
árboles muy verdes, y todo habitado alrededor por aldeas de indios, los cuales
son pastores con llamas de diferentes tipos, es decir, algunas pequeñas, como
las nuestras, y otras tan grandes que las usan para llevar las cosas que
necesitan como bestias de carga. En este lago hay aves de diferentes tipos, y
también peces, del cual nace un río muy hermoso. Este se cruza con un puente
construido de la manera mencionada anteriormente, donde se quedan ciertos
indios para cobrar un cierto tributo de todos los que pasan.
Llegando a Cajamarca,
donde estaba el Gobernador y Atahualpa, el capitán Calcuchima, antes de que
entrara en la habitación donde se sentaba el cacique Atahualpa, su señor, tomó
de un indio de los que él llevaba consigo una carga mediana y se la puso sobre
los hombros, y lo mismo hicieron todos los demás principales que lo seguían. Y
habiendo entrado, tan pronto como lo vio, levantó ambas manos hacia el Sol,
dándole las gracias por haberle permitido ver a su señor. Y de inmediato,
llorando, se arrojó al suelo, y con mucha reverencia se acercó lentamente a él,
y le besó las manos y los pies, y lo mismo hicieron los demás indios
principales. Atahualpa entonces mostró una grandísima majestad, y aunque sabía
que no tenía hombre en todo su país que lo amara más que Calcuchima, sin
embargo, no quiso mirarlo a la cara, sino que se mantuvo con una gravedad
admirable, ni hizo ningún gesto o demostración, como si le hubiera venido a ver
el indio más vil de sus súbditos. Este acto de cargarse los hombros cuando van
a ver a sus señores demuestra una gran reverencia que le tienen.
Cómo Calcuchima,
después de muchas amenazas, confesó dónde estaba el oro del Cuzco viejo. De la
provincia llamada Quito, cómo Atahualpa había destinado muchas casas para
fundir el oro y la plata, y cómo se extrae el oro de las minas de la llanura en
algunas montañas.
Este cacique Atahualpa
no se alegró de la llegada de su capitán, pero siendo muy astuto, fingió
haberse complacido. El Gobernador le preguntó por el oro del Cuzco, porque ese
capitán era el que lo había apresado. Él respondió, tal como Atahualpa le había
avisado, que no tenían más oro y que todo lo que tenían, ya lo habían traído.
Todo lo que decía era falso, y Hernando de Soto, llevándolo aparte, lo amenazó
con que si no decía la verdad, lo quemarían. Él respondió lo que había dicho
antes, por lo que de inmediato tomaron un poste, lo ataron a él, y trajeron
mucha leña y paja, diciendo de nuevo que si no decía la verdad, lo quemarían.
Calcuchima mandó
llamar a su señor, quien vino con el Gobernador y habló con él, y finalmente le
dijo que quería decir la verdad a los cristianos, porque si no lo hacía, lo
quemarían. Atahualpa le dijo que no dijera nada, porque ellos lo hacían todo
para asustarlo, y que no se atreverían a quemarlo. Y así le preguntaron otra
vez por el oro, y él no quiso decirlo. Pero tan pronto como le pusieron un poco
de fuego alrededor, dijo que se llevaran a ese cacique, su señor, porque él le
hacía señas para que no dijera la verdad. Y así se lo llevaron, y de inmediato
dijo que por orden del cacique Atahualpa, él había venido tres o cuatro veces
con mucha gente para asaltar a los cristianos, y que luego les ordenaba que
regresaran por miedo de que los cristianos, conociendo sus traiciones, no lo
mataran.
Asimismo, le
preguntaron otra vez dónde estaba el oro del Cuzco viejo. Él les dijo que en el
mismo lugar del Cuzco había un capitán llamado Quizquiz, y que este capitán
tenía todo el oro, porque nadie se atrevía a acercarse a él. Dijo que aunque
esté muerto, su mandato se cumple tan íntegramente como si estuviera vivo, y
así le dan de beber, y esparcen todo el vino que le quieren dar de beber
alrededor de donde está puesto el cuerpo del Cuzco viejo. Y de igual forma, ese
capitán indio dijo que en esa tierra más abajo, donde el cacique Atahualpa, su
señor, había alojado su ejército, había un pabellón muy grande en el que el
cacique tenía muchos cántaros o tinajas grandes y otras diversas piezas de oro
de muchos tipos.
Esto y muchas otras
cosas dijo ese capitán indio a los cristianos que estaban allí, las cuales yo
no sabría decir, por no haberme encontrado presente. Después de que este hubo
dicho así, de inmediato lo llevaron a la casa del señor Hernando Pizarro y le
hicieron una diligente guardia, porque así era necesario, ya que la mayor parte
de la gente obedecía el mandato de este capitán más que al mismo Atahualpa, su
señor, porque era un hombre muy valiente en la guerra y había hecho mucho daño
en esa provincia. Y dicho capitán estaba muy indignado contra Atahualpa, su
señor, diciendo que por su causa lo habían maltratado. El cacique no le enviaba
de comer ni ninguna otra cosa, a causa del gran desprecio que tenía contra él
por lo que había dicho. Pero el señor capitán, que lo tenía en su casa, le daba
bien de comer y lo hacía servir, y le daba cuanto necesitaba. Y aunque
estuviera así medio quemado, muchos de esos indios iban a servirlo, porque eran
sus familiares.
Y este capitán era nativo de una
provincia llamada Quito, de la cual el mismo
Atahualpa era señor. Este país es muy llano y rico. Los hombres son muy
valientes. Con esta gente, Atahualpa conquistó la tierra del Cuzco, de la cual
salió el Cuzco viejo cuando comenzó a ser señor de toda aquella provincia.
Sobre este tema, el
cacique Atahualpa dijo que tenía muchas casas destinadas a fundir el oro y la
plata, y que el oro de las minas de la llanura era menudo, porque las minas del
país de la montaña eran de los alrededores del Cuzco y eran más ricas, porque
de ellas sacaban el oro en granos más grandes y no necesitaban lavarlo. Pero lo
recogían en el río ya lavado, y que en algunas montañas sacaban la plata con
poca fatiga, y que un hombre sacaba en un día cinco o seis marcos. Se saca
mezclada con plomo, estaño y azufre, y luego se limpia bien. Y para sacarlo,
los hombres prenden un fuego grandísimo en los montes, y tan pronto como el
azufre se enciende, la plata fluye en pedazos.
La grandísima cantidad
de oro llevada al señor Gobernador, el regalo enviado por él a Su Majestad
Cesárea, cómo se dividió dicho oro, cuánto le tocó a cada uno, de la traición
que Atahualpa había planeado, de la muerte de este, y cómo el hijo mayor del
Cuzco viejo fue hecho señor de esa tierra con gran satisfacción de toda la
ciudad.
Dejo de hablar más de
esto y diré de los cristianos que vinieron del Cuzco, los cuales entraron en el
campamento del Gobernador con más de ciento noventa indios cargados de oro. Y
trajeron veinte cántaros y otras piezas grandes, de las cuales había una pieza
que con dificultad doce indios la llevaban, y de igual manera trajeron otras
piezas que sacaron de las casas. Trajeron poca plata, porque el señor
Gobernador les ordenó que no trajeran plata, sino oro, porque el cacique se
quejaba de que no encontraba indios que trajeran el oro, del cual en los días
pasados ya se había traído una buena cantidad.
El señor Gobernador
había enviado a dos hombres al pabellón que el capitán indio le había dicho,
los cuales regresaron de igual forma con bastante oro, del cual en una casa
grande habían encontrado en muchos lugares grandes montones de diferentes
caracteres y piezas menudas. El Gobernador hizo fundir todo lo menudo, entre lo
cual había algunos granos grandes como castañas y otros más grandes, y algunos
del peso de una libra, y otros de mayor peso, y de esto doy fe, porque yo era
el guardia de la casa del oro, y lo vi fundir. Y había más de 90 tejas como
placas de oro de mina, que algunas eran de buenos quilates. Se fundieron muchas
y se hicieron barras, y otras se repartieron entre la gente.
En esta casa había más
de 200 cántaros de plata grandes que el cacique había mandado traer, aunque el
Gobernador no lo hubiera ordenado, pero había muchas cazuelas y cántaros
pequeños y otras piezas muy hermosas. Y me parece que la plata que yo vi pesar
fue cincuenta mil marcos, poco más o menos. Además, en esta casa había ochenta
cántaros de oro, entre grandes y pequeños, y otras piezas muy grandes. Había
también un montón más alto que un hombre de esas placas que eran todas finas,
de muy buen oro, aunque a decir verdad, en esta casa, en todas las
habitaciones, había grandes montones de oro y plata.
El señor Gobernador
juntó todo ese oro y lo hizo pesar en presencia de los oficiales de Su
Majestad. Hecho esto, se eligieron personas para hacer las partes para la
compañía. Y el Gobernador envió un regalo a la Majestad Cesárea, que fue de
cien mil pesos, poco más o menos, en ciertas piezas que fueron quince cántaros
y cuatro cazuelas que contenían dos cubos de agua cada una, y otras piezas menudas
que eran muy ricas. Y es la verdad que después de que el señor capitán se fue,
se trajo mucho más oro de lo que había quedado, que fue lo que se repartió.
El señor Gobernador
hizo las partes, y le tocó a cada infante, cuatro mil ochocientos pesos de oro,
que son 7,208 ducados, y a los hombres de a caballo el doble, sin otras
ventajas que se les hicieron. El señor Gobernador le dio a la gente que vino
con Diego de Almagro del oro de la compañía antes de que se hicieran las
partes, veinticinco mil pesos, porque lo necesitaba. Y a esos cristianos que se
habían quedado en ese lugar donde había fundado el fortín de San Miguel, les
dio dos mil pesos de oro para que los repartieran, y a cada uno le tocaron
doscientos pesos. Y le dio a todos los que habían venido con el capitán mucho
oro, de modo que a algunos comerciantes les dio dos y tres copas grandes de
oro, para que cada uno tuviera parte, y a muchos de los que lo habían ganado
les dio menos de lo que merecían. Y esto lo digo porque a mí me hicieron lo mismo.
Inmediatamente,
muchos, entre los cuales estuve yo, le pidieron permiso al señor Gobernador
para irse a Castilla, algunos para dar una relación a la Majestad del Emperador
del país, otros para ver a su padre y a su mujer. Y se les dio permiso a veinticinco
compañeros, quienes partieron.
En estos días, tan
pronto como el cacique supo que querían llevarse el oro del país, ordenó a
mucha gente por muchas partes, a algunos que vinieran contra los cristianos que
iban a embarcarse, y a otros para venir contra el campamento del Gobernador,
para ver si podía ser liberado. Y esta era una gran multitud de gente, pero la
mayor parte venía por fuerza o por el temor que tenían.
Tan pronto como el
señor Gobernador fue informado de tal cosa, le habló al cacique, enojado,
diciéndole que su comportamiento era muy triste, ya que sin causa hacía venir
gente en nuestra contra. Pocos días antes habían llegado a nuestro campamento
dos indios, hijos del Cuzco viejo, hermanos de Atahualpa por parte de padre y
no de madre. Estos vinieron muy secretamente por temor a su hermano. Cuando el
Gobernador supo que eran hijos del Cuzco viejo, les hizo mucho honor, porque en
el aspecto mostraban ser hijos de un gran señor. Dormían cerca del Gobernador,
porque no se atrevían a dormir en otra parte, por temor a Atahualpa. Uno de
estos era el señor natural de esa tierra, la cual le quedaba después de la
muerte de su hermano.
En estos mismos días
llegaron noticias de que la gente de guerra estaba muy cerca, y por tal causa,
nosotros estábamos muy vigilantes. Y una noche vinieron algunos indios huyendo
de un lugar que estaba cerca, diciendo que los indios venían a hacer guerra, y
que habían arruinado sus campos de maíz, que son campos donde nace el grano de
maíz, y que venían para asaltar el campamento de los cristianos, y que por esto
ellos venían huyendo.
Cuando el señor
Gobernador supo esto, se reunió en consejo con sus capitanes y con los
oficiales de Su Majestad, y determinaron matar de inmediato a Atahualpa, el
cual lo merecía. Lo llevaron al atardecer a la calle y lo ataron a un poste, y
por orden del señor Gobernador lo querían quemar vivo. Pero quiso Dios
convertirlo, porque dijo que quería ser cristiano. Y por esto lo estrangularon
esa noche, la cual, junto con muchas otras, había pasado sin que nuestra gente
hubiera dormido por temor a los indios y a este cacique.
El Gobernador dispuso
que se hiciera guardia al dicho cacique muerto, y al día siguiente por la
mañana lo sepultaron en una iglesia que tenían allí, donde muchas mujeres
indias querían enterrarse vivas con él.
Veinte días antes de
que muriera Atahualpa, sin saber nada del ejército que esperaban, y estando
Atahualpa una noche muy alegre y hablando con algunos españoles, apareció en el
aire hacia la ciudad del Cuzco una especie de cometa de fuego, la cual
permaneció gran parte de la noche. Y tan pronto como Atahualpa la vio, dijo:
"Pronto morirá un gran señor de ese país". Y este fue él.
De la muerte de este
cacique se alegró todo ese país, y no podían creer que hubiera muerto. Tan
pronto como la noticia llegó a la gente de guerra, inmediatamente cada uno
regresó a su casa, porque habían venido por la fuerza.
El señor Gobernador
hizo señor de esa tierra al hijo mayor del Cuzco viejo, con la condición de que
él y toda su gente se quedaran como vasallos del Emperador, y así ellos
prometieron hacerlo. Tan pronto como el hijo del Cuzco viejo fue hecho señor,
la gente del país alzó las manos al sol, dándole las gracias, porque les había
dado a su señor natural, y fue puesto en posesión del estado, y le pusieron un
fleco muy rico atado con una cuerda alrededor de la cabeza, el cual le llegaba
tan sobre la frente que le cubría casi los ojos. Y esta es la corona que lleva
el que es señor del país del Cuzco, y así la llevaba Atahualpa.
Lo cual, después de
que se hizo, vino una gran multitud de gente para servirnos, y esto por orden
de este nuevo señor. De igual manera, se alegró de la muerte de Atahualpa el
capitán Calcuchima, diciendo que por su causa había sido medio quemado, y que
daría todo el oro de esa tierra, que tenían gran cantidad, y mucho más de lo
que Atahualpa había dado, porque el que habían hecho señor era el señor natural
de esa tierra. Y en ese día trajeron cuatro cargas de oro y ciertas copas
grandes.
Algunos días antes de
que Atahualpa muriera, había ordenado que se trajeran una estatua de un pastor
con las llamas de oro y otras piezas muy ricas. Y todo esto venía a cuenta de
nuestra gente de campamento. Pero al señor Gobernador le aconsejaron que no
hiciera traer ese oro en ese momento, para que los que partieran y regresaran a
Castilla no tuvieran su parte. Habiendo sabido esto el cacique, como yo y
muchos otros oímos decir, le dijo al señor Gobernador que no hiciera regresar
ese oro, porque todavía esperaba muchas piezas más grandes, las cuales debían
traer más de doscientos indios. A estas palabras de Atahualpa, el Gobernador
respondió que iban a ir a ese país y que lo recogerían todo. Y todo esto lo
hacía para no tener que repartir con los que iban a Castilla. Yo digo que vi
quedar una gran casa llena de vasijas de oro y otras piezas después de que se
hizo la mencionada división, las cuales vasijas debían ser repartidas entre
nosotros, que regresábamos a Castilla, habiéndonos encontrado en la batalla,
con tantos trabajos, como se ha narrado arriba. Y digo más, que yo vi pesar y
quedar allí del quinto de Su Majestad, sin lo que se llevó el señor Hernando
Pizarro, más de ciento ochenta mil pesos.
Del país llamado
Collao, donde hay un gran río del cual se saca oro, y cómo se recoge, en una
isla de este río se dice que se encuentra una casa grande fabricada toda de
oro, y cómo el señor Gobernador envió al Emperador la parte del oro y la plata
correspondiente a Su Majestad, los cuales fueron descargados en Sevilla con
gran admiración de toda la ciudad.
Esto no quiero dejar de decirlo: el
cacique Atahualpa dijo que había un país llamado Collao, donde hay un río muy grande, en el cual hay una
isla, donde hay ciertas casas, entre las cuales había una muy grande, toda
cubierta de oro, hecha a modo de paja, de la cual algunos indios venidos de
aquella isla trajeron un manojo. Las vigas y todo el resto que había en la
casa, todo estaba cubierto de placas de oro, y que el pavimento estaba hecho
con granos de oro, tal como lo encontraban en las minas. Y esto lo oí decir al
cacique y a sus indios que habían venido de esa tierra a verlo, en presencia
del señor Gobernador.
El cacique dijo además
que el oro que se saca de ese río, no lo recogen con bateas, que son como una
especie de cuenco de barbero con mangos, con los que lavan el oro en el agua,
sino que lo hacen de esta manera: ponen la tierra sacada de la mina en un lugar
a modo de una fosa cerca del agua, y con una rueda sacan el agua del río y la
hacen ir a esa fosa, y así lavan la tierra. Lavada, quitan el agua y recogen los
granos de oro, que son muchos y grandes. Y esto yo lo he oído decir muchas
veces, porque todos los indios de la tierra de Collao, a quienes yo preguntaba,
decían que así era la verdad.
El Gobernador Francisco Pizarro nos dio
a nosotros, que veníamos a Castilla, todo el oro y la plata que era la parte de
la Majestad del Emperador. Y desde la provincia del Cuzco, o del Perú, de donde
partimos para ir a embarcarnos en la costa, caminamos doscientas leguas por
tierra, donde al llegar subimos a un barco y navegamos por el mar del Sur hasta
el puerto de la ciudad de Panamá en
quince días, donde, desembarcados, fuimos recibidos con grandísima alegría y
admiración de todos, por la gran cantidad de oro que vieron. El señor
Gobernador, Pedrarias, nos proporcionó todas las cosas necesarias para llevar
dicho oro y plata, esas ochenta millas por tierra, hasta la ciudad de Nombre de Dios, que está sobre el otro mar del Norte
que va a España, como se dice al principio de este libro.
Cuando llegamos a la ciudad de Nombre de
Dios y nos embarcamos, vinimos a la isla La Española y llegamos a la ciudad
de Santo Domingo, que está en la parte de la isla que mira
hacia el sur. Y este viaje lo hicimos en ocho días, donde, tomados los
refrescos necesarios para venir hacia España, giramos las proas hacia el este,
manteniéndolas siempre entre el noreste y el este, y navegamos cincuenta y dos
días, e hicimos 1,350 leguas, hasta las costas de España donde está Sanlúcar de
Barrameda, en el río Guadalquivir, según la razón que hacían nuestros Pilotos,
aunque yo pienso que fueron muchas más.
Y tuvimos muy buen tiempo, y llegamos a
la ciudad de Sevilla, donde todos los barcos
suelen descargar las mercancías que traen de las Indias. En este viaje desde la
isla La Española no tocamos más que las Islas Canarias, aunque algunos tocan
las Islas de las Azores. Y cuando nos alejamos de la tierra de quinientas a
seiscientas millas, encontramos el mar bajo y no dudamos más de la fortuna,
porque los vientos no hacen fortuna si no es cerca de la tierra, es decir,
cerca de la isla La Española, o cerca de las costas de España, donde el mar es
muy profundo. Y navegamos gran parte con el instrumento del cuadrante, con el
sol, hasta que, acercándonos a nuestro lugar habitable, comenzamos a
gobernarnos con la tramontana. Esta navegación es muy segura, por la infinidad
de pilotos que son prácticos de ella.
Llegamos a Sevilla a
los quince días de enero de 1534, donde se descargaron todos los oros y platas,
con grandísima admiración de toda la ciudad, y de infinitos mercaderes
florentinos, genoveses y venecianos, los cuales todos corrieron a ver tal cosa.
Y después de haber escrito sobre ello por el mundo, yo no diré más que todos
nosotros, con la parte de nuestros oros, partimos y fuimos a nuestra casa,
donde fuimos recibidos con esa alegría que cualquiera puede pensar.
LA CONQUISTA DEL PERÚ
Y PROVINCIA DEL CUZCO
FRANCISCO DE JEREZ
Descripción del
prólogo y cómo Pizarro parte de Panamá, llegando a un puerto que llama
"del Hambre", y cómo regresa a la provincia de Panamá.
EL PRÓLOGO
Para la gloria de
Dios, y el honor y servicio de la Majestad Cesárea, para que los fieles se
regocijen y los infieles se asusten, ya que la providencia divina, la fortuna
de nuestro Emperador y la disciplina militar de la nación española han hecho en
nuestros tiempos cosas que para siempre quedarán en la memoria, me ha parecido
no callarlas, sino escribirlas y enviárselas a Su Majestad, para que a todos
les sea conocido cómo con el favor divino se han traído a nuestra santa fe
infinitas gentes y bajo la obediencia de nuestro Rey.
No se lee que jamás,
ni entre los antiguos ni entre los modernos, se haya hecho una empresa tan
grande y extraña con tan poca gente contra tanta, ni que tantos y tan grandes
mares se surcaran, ni que se fuera a conquistar una tierra de la que no se
supiera, ni se tuviera noticia alguna.
¿Quién, pues, se
igualará con la gente de España? Ciertamente no los judíos, ni los griegos, ni
los romanos, de los cuales se escribe más que de todos los demás; porque si los
romanos sometieron tantas provincias, lo hicieron con un número igual o poco
menor de gente, y en tierras conocidas y provistas de víveres ordinarios, y con
capitanes y ejércitos pagados. En cambio, nuestros españoles siempre han sido
pocos en número, que nunca estuvieron juntos más que doscientos o trescientos,
y a veces cien o incluso menos. Y el mayor número que hubo, que fue una sola
vez con el capitán Pedrarias hace veinte años, fue de 1,300. Y los que han ido
en diferentes ocasiones no han sido pagados ni forzados, sino que han ido por
su propia voluntad y a sus propias expensas. Y de esta manera, en nuestros
tiempos han conquistado más tierra de la que se sabía antes que todos los
príncipes cristianos e infieles poseyeran. Y se han mantenido y vivido allí con
alimentos de bestias, de los que no tenían ninguna noticia de pan o de vino, y
sufriendo y comiendo hierbas, raíces y frutas, han conquistado lo que ya todo
el mundo sabe. Y por esto no escribiré al presente otra cosa que el suceso de
la conquista de la nueva Castilla, y para no ser prolijo, me esforzaré por
escribirlo con la mayor brevedad que sea posible.
Pizarro parte de la
ciudad de Panamá y va a descubrir nuevas tierras. Llegó a un puerto, al cual,
por haber sufrido mucha hambre, lo llama el "Puerto del Hambre".
Recorriendo, luego llega a una tierra donde, combatiendo contra los indios,
después de haber recibido muchas heridas y grandes daños en los suyos, regresa
a la provincia de Panamá.
Habiéndose descubierto el mar del Sur
(es decir, del mediodía) y conquistado y pacificado los indios de tierra firme,
y habiendo el Gobernador, Pedrarias Dávila, hecho habitar la ciudad de Panamá,
y la ciudad de Natá, y la tierra que llaman Nombre de Dios, vivía en la ciudad
de Panamá el capitán Francisco
Pizarro, hijo del capitán Gonzalo Pizarro, caballero de la ciudad de
Trujillo.
Ahora bien, este
capitán Francisco estaba muy bien en su casa con sus muchas riquezas y con el
reparto de los indios, como uno de los principales de aquella tierra, como
siempre lo fue, habiéndose distinguido en la conquista y en las otras cosas del
servicio de Su Majestad. Y estando en esta quietud y reposo, porque siempre
tenía el pensamiento de hacer servicios señalados a la corona real de España,
le pidió permiso a Pedrarias para poder ir a descubrir nuevas tierras por aquella
costa del mar del Sur hacia levante. Y habiéndolo obtenido, gastó gran parte de
su riqueza en un gran barco que hizo y en otras cosas necesarias para ese
viaje.
Él partió luego de
Panamá el 14 de noviembre de 1524, llevando consigo una compañía de 112 españoles,
con los cuales iban algunos indios para sus servicios. Y en este viaje pasaron
muchos trabajos, por ser invierno y los tiempos contrarios. Dejo de decir
muchas cosas que sucedieron para no ser largo, por lo que solo tocaré aquellas
cosas que son más notables y que más se ajustan a nuestro propósito.
Al cabo de 70 días, después de que
salieron de Panamá, saltaron a tierra en un puerto que luego llamaron "del Hambre" (porque en muchos otros
puertos que habían encontrado antes no habían hallado ni pueblo ni habitación,
y por ello los habían dejado). En este puerto se detuvo el Capitán con ochenta
hombres, habiendo ya muerto el resto. Y habiéndose acabado los víveres, porque
en esa tierra no los había, el Capitán mandó el barco con los marineros y con un
Capitán a la Isla de las Perlas, que está en los confines de Panamá, para que
trajera de comer para todos, creyendo que sería socorrido con estos víveres en
diez o doce días.
Pero como la fortuna
siempre, o la mayor parte de las veces, es contraria, el barco tardó 47 días en
ir y volver. Y en este tiempo, el Capitán y los suyos se mantuvieron con
ciertas cosas marítimas que recogían con gran dificultad en aquella costa del
mar, y algunos estaban tan débiles que al procurarse ese alimento morían. De
modo que, mientras el barco no regresó, murieron unos veinte hombres. Y los que
regresaron con el barco dijeron que, al ir, habiéndoles faltado los víveres,
habían comido un cuero de vaca hecho en forma de bolsa y atado a la bomba para
sacar el agua del barco, y que lo habían cocinado y repartido entre ellos.
Ahora, con la
provisión que el barco trajo, que fue de maíz y de cerdos, se recuperó la gente
que quedaba viva. Y así el Capitán, siguiendo su viaje, llegó a una tierra
situada y puesta sobre el mar en un lugar alto y fuerte, y rodeada de una
especie de baluarte. Aquí encontraron bastante provisión de comida, porque el
pueblo había huido y había abandonado la tierra.
Al día siguiente, vino
mucha gente de guerra bien armada y se mostraron belicosos. Por lo tanto,
fácilmente los nuestros, que estaban débiles por el hambre y los trabajos
pasados, fueron derrotados por ellos, y el Capitán recibió siete heridas, la
menor de las cuales era peligrosa de muerte. Y los indios, que lo habían
herido, creyendo que estaba muerto, lo dejaron. Con él también resultaron
heridos 17 de los suyos y otros cinco murieron.
El Capitán, viendo esta ruina y lo poco
que tenía allí para poder curarse y rehacer a su gente, se embarcó y regresó a
la provincia de Panamá, y desembarcó en una tierra de indios llamada Chuchamá, cerca de la Isla de las Perlas. Desde este
lugar envió el barco a Panamá, porque ya no se podía sostener sobre el agua por
la mucha broma que había sufrido. Le hizo saber a Pedrarias lo que le había
sucedido y él se quedó en ese lugar curándose con sus compañeros.
Diego de Almagro,
combatiendo en la tierra donde Pizarro fue derrotado, pierde un ojo.
Recorriendo la costa, llega al río San Juan. Por fin, con la flota de Pizarro,
después de haber errado tres años en esa costa, descubren la tierra de Cancebi,
en la que encuentran muchas tierras habitadas y ricas en oro.
Pocos días antes de que este barco
regresara a Panamá, había partido para seguir y buscar a Pizarro, el capitán
Diego de Almagro, su compañero, con otro barco y setenta hombres. Este navegó
hasta que llegó a la tierra donde Pizarro había sido derrotado, y al entrar
también él en combate con esos indios, fue igualmente derrotado. Y él perdió un
ojo allí, y muchos cristianos resultaron heridos. Pero al final, a pesar de
todo esto, los nuestros hicieron que los adversarios dejaran la tierra y le
prendieron fuego. Luego, embarcados, costearon más allá hasta que llegaron a un
gran río que llamaron San Juan, porque
llegaron el día de este Santo, y aquí encontraron alguna muestra de oro. Pero
como no encontraron rastro del capitán Pizarro, regresaron y lo encontraron en
Chuchamá.
Aquí, concluyeron que
el capitán Almagro fuera a Panamá y reparara los barcos, y consiguiera más
gente, para poder seguir y terminar esta empresa, y gastar lo que les quedaba,
ya que se habían endeudado en más de diez mil castellanos. En Panamá tuvieron
muchos conflictos, porque Pedrarias y otros decían que no se debía proceder en
tal viaje, donde Su Majestad no era servida. Pero el capitán Almagro, con el
poder que llevaba de su compañero, se mantuvo con mucha constancia en el primer
propósito y requirió al Gobernador Pedrarias y le protestó que no los
perturbara, porque ellos creían que con la ayuda de Dios harían en ese viaje un
gran servicio a Su Majestad. Y así el Gobernador se vio forzado a consentirle
que reuniera gente.
Este, pues, partió de
Panamá con 110 hombres y se fue a donde el capitán Pizarro lo esperaba con
otros cincuenta que eran de los primeros que le habían quedado, tanto de los 110
suyos como de los setenta del capitán Almagro, porque los otros 130 ya habían
muerto. Ahora, con estos 160 hombres a bordo de los dos barcos, estos dos
capitanes partieron, y costeando aquella tierra donde pensaban que había
habitaciones y pueblos, desembarcaban con tres canoas que llevaban, en las que
sesenta hombres remaban. Y de esta manera se procuraban los víveres.
De esta forma,
anduvieron tres años, pasando grandes trabajos, y hambre, y frío. Y de hambre
murió la mayor parte de la gente, tanto que no quedaron cincuenta vivos, y
hasta el final de los tres años no descubrieron tierra buena, porque todos los
otros lugares que pasaron eran pantanosos, llenos de lodos e inhabitables. Y
esta buena tierra que descubrieron, fue cerca del río de San Juan, donde el
capitán Pizarro se quedó en tierra con la poca gente que le quedaba, y mandó a
un capitán de los suyos con el barco más pequeño a descubrir alguna mejor
tierra por la costa adelante, y el otro barco lo mandó con el capitán Almagro a
Panamá para que trajera más gente, porque yendo los dos barcos juntos y con
toda la gente, no podían descubrir, y la gente se moría toda.
El barco que pasó adelante para
descubrir, regresó al cabo de setenta días al río de San Juan, donde se había
quedado Pizarro, y le dio cuenta de lo que le había sucedido, y cómo había
llegado hasta la tierra de Cancebí, que está en
esa costa, y que antes también habían visto muchas otras tierras bastante ricas
en oro y plata, con gentes más razonables de cuantas habían visto antes en esas
Indias. Y se llevaron a seis personas de aquella comarca, para que aprendieran
la lengua española, y trajeron oro, y plata, y mercancías.
El Capitán con los
otros que se habían quedado con él, sintieron tanto placer por esta noticia,
que todos los trabajos pasados se olvidaron y dieron por bien empleado el gasto
que en aquel largo viaje habían hecho. Y deseosos de encontrarse en aquella tan
buena tierra, tan pronto como el capitán Almagro regresó de Panamá con el barco
cargado de gente y caballos, partieron con ambos barcos del río de San Juan. Y
como la navegación de aquella costa era muy difícil, tardaron en llegar a donde
iban más tiempo del que estaban provisionados. Y por ello, la gente se vio
forzada a saltar a tierra y, caminando por aquellas comarcas, a procurarse de
vivir donde lo pudieran.
Los dos barcos, navegando, llegaron al
puerto de San Mateo, y a ciertas tierras a las que los españoles pusieron el
nombre de San Jacobo, y a las tierras también
de Atacámez, que todas van discurriendo por la costa adelante. Los nuestros,
viendo que estas tierras y habitaciones eran grandes y llenas de gente
belicosa, se alegraron. Y habiendo llegado 90 españoles a una legua de una de
esas tierras de Atacámez, salieron a su encuentro más de diez mil indios de guerra.
Los cuales, viendo que los nuestros no les iban a hacer ningún mal, sino que
con mucho amor trataban con ellos la paz, depusieron las armas y el ánimo de
guerrear.
En esta tierra había
muchos víveres, y la gente vivía con bastante buen orden. Y todas estas tierras
tenían sus calles y plazas, y había una tierra que tenía más de tres mil casas,
y otras menos.
Se aseguraron en la
isla del Gallo y mandaron a buscar nueva gente, con la cual se descubrieron por
la costa más de cien leguas de un país rico y habitado. Pizarro se va a
Castilla por tanto servicio y es muy bien recompensado por Su Majestad. Pasa de
nuevo a la tierra descubierta, entra en el puerto de San Mateo y de allí a
Coaque, van a la Isla Puná, llamada San Jacobo, en la cual adquieren mucho oro
después de haber combatido con los indios rebeldes y capturado a su cacique.
Les pareció a los capitanes y a los
otros españoles que, siendo tan pocos, no habrían logrado nada en aquella
comarca, porque no habrían podido resistir a todos aquellos indios. Por ello,
decidieron poner en los barcos las provisiones que allí encontraban y regresar
a una isla llamada del Gallo, porque
allí podían estar seguros, mientras los barcos iban a Panamá para dar noticia
al Gobernador de aquellas tierras nuevamente descubiertas y para pedirle más
gente, para que pudieran continuar y pacificar aquella tierra.
Y con los barcos fue
el capitán Almagro, porque algunos le habían escrito al Gobernador que hiciera
regresar a aquella gente a Panamá, porque ya no podían soportar más los
trabajos que en tres años habían sufrido en ese descubrimiento. Y el Gobernador
de esta manera proveyó que los que quisieran venir a Panamá, pudieran venir, y
los que quisieran quedarse para descubrir más allá, se quedaran. Y así, con
Pizarro se quedaron trece hombres, y toda la otra gente regresó con los dos
barcos a Panamá.
El capitán Pizarro se
quedó en esa isla cinco meses, hasta que uno de los barcos regresó, y con él
avanzaron cien leguas más allá de lo que habían descubierto, y encontraron muchos
pueblos y muchas riquezas, y trajeron más muestras de oro y plata y otras cosas
de lo que habían hecho antes. Y los mismos indios, por su propia voluntad, se
lo daban. Pero el Capitán regresó, porque se estaba cumpliendo el plazo que el
Gobernador le había impuesto, y justo en el último día del plazo, entró en el
puerto de Panamá.
Estos dos capitanes,
al encontrarse, habían gastado tanto que no podían sostenerse más, por tener
además una grandísima deuda. Por lo tanto, el capitán Francisco Pizarro, con
poco más de mil castellanos que encontró de préstamo de amigos, se fue a Castilla
e hizo una relación a Su Majestad de los señalados y grandes servicios que le
había hecho, por lo cual ella, para gratificarlo, le hizo gracia del gobierno y
adelantado de esa tierra que había descubierto, y del hábito de San Jacobo, y
de ser alcaide y alguacil mayor. Y otras gracias y resarcimiento de gastos le
fueron hechos, como le conviene a un Emperador y Rey, y como suele hacer a
todos los que lo sirven. Y por esta causa, los otros se han dispuesto siempre a
gastar sus riquezas en su servicio real, descubriendo varios lugares por ese
mar Océano por todas partes.
Habiendo sido ya despachado por Su
Majestad, el Gobernador y Adelantado Francisco Pizarro partió con una flota del
puerto de Sanlúcar, y con próspero viento, sin ningún otro impedimento, llegó
al puerto de Nombre de Dios. Y de allí se fue con la gente a la ciudad de Panamá, donde tuvo muchos conflictos y disturbios para
que no fuera a habitar esa tierra que había descubierto, según le había
ordenado Su Majestad. Pero con la constancia que él tuvo en este negocio, y con
la mayor gente que pudo (que fueron 180 hombres y 37 caballos con tres barcos),
partió de Panamá. Y tuvo una navegación tan próspera, que en trece días llegó
al puerto de San Mateo, donde al principio, cuando se descubrió, no pudieron
llegar en más de dos años.
Una vez que la gente y los caballos
desembarcaron aquí, se mostraron por la costa del mar, y en todas las tierras
encontraban a la gente rebelada y en armas. Caminaron de esta manera hasta que
llegaron a una gran tierra llamada Coaque, a la cual
atacaron de repente para que no se rebelara y se pusiera en armas, como las
otras habían hecho. Y aquí ganaron en oro el valor de quince mil castellanos, y
750 libras de plata, y muchas piedras de esmeraldas que los nuestros, no
conociéndolas en ese momento y no estimándolas en valor alguno, las cambiaban
con los indios, y ellos a cambio daban vestidos y otras cosas.
En esta tierra tomaron al cacique, que
era el señor, con otras de sus gentes. Y encontraron mercancías de varios tipos
y tantos víveres que estos españoles se podían mantener allí durante cuatro
años. Desde esta tierra de Coaque, el Gobernador mandó los tres barcos hacia
Panamá y de Nicaragua para que condujeran
más gente y caballos, y se pudiera efectuar la conquista y pacificación de
aquellos lugares.
Él se quedó en esa
tierra con la gente, descansando allí algunos días, hasta que dos de los barcos
regresaron de Panamá con veintiséis hombres a caballo y treinta de a pie. Y
pronto el Gobernador con toda la gente partió por la costa adelante, que es
toda muy habitada y poblada, y la iba poniendo bajo el señorío de nuestro señor
el Emperador, porque los señores de estos pueblos, todos de una sola voluntad,
salían por los caminos a recibir al Gobernador sin ponerse de otra manera en defensa.
Y el Gobernador, sin hacerles ningún mal, los recibía a todos amorosamente, y
les hacía entender, por medio de algunos religiosos que llevaba para este fin,
alguna cosa de nuestra fe para atraerlos a la salvación.
Y así el Gobernador anduvo con la gente
española hasta que llegó a una isla que se llamaba la Puná, y los nuestros la llamaron de San Jacobo, y está a dos leguas de tierra firme. Como
esta isla era bastante poblada y rica, y abundante en víveres, el Gobernador
pasó con los dos barcos, e hizo pasar a los caballos con ciertas balsas de
madera que los indios tenían. El Gobernador fue recibido en esta isla por el
cacique, que era el señor, con mucha alegría y muestras de afecto, tanto de
víveres que hizo que les llevaran por el camino, como de músicas de diversos
instrumentos que ellos tienen para su recreación.
Esta isla tiene un
perímetro de quince leguas, y es fértil y bastante bien habitada, porque hay
muchas tierras, de las cuales son señores siete caciques, pero uno es el señor
más poderoso de todos los demás, el cual, por su voluntad, le dio al Gobernador
una cierta cantidad de oro y plata. Aquí, como ya era invierno, el Gobernador
se detuvo, porque caminando en tal tiempo, por las aguas que hacían, los
nuestros habrían sentido un gran malestar, tanto más que aquí cómodamente
podían curarse algunos cristianos enfermos.
Pero como los indios
no están inclinados a tener que obedecer ni servir a otra nación sino por la
fuerza, mientras que este cacique vivía pacíficamente con los nuestros, habiéndose
ya hecho vasallo de Su Majestad, el Gobernador Pizarro supo por ciertos
intérpretes que llevaba consigo, cómo el cacique había reunido a toda su gente
de guerra, y que desde muchos días antes no se ocupaba de otra cosa que de
hacer muchas más armas de las que sus hombres tenían. Lo cual se vio con los
propios ojos, porque en la misma tierra donde los nuestros estaban, se
encontraron en la casa del cacique y de muchos otros, muchas gentes, todas
listas para guerrear, y no esperaban otra cosa sino que toda la gente de la
isla se reuniera, porque querían esa misma noche atacar a los cristianos.
El Gobernador, cuando
fue informado secretamente de esta verdad, hizo que se capturara de inmediato
al cacique, y a sus tres hijos, y a otros dos principales que se pudieron
capturar vivos. Y de repente los nuestros asaltaron a la otra gente, y mataron
a muchos. Los otros huyeron y abandonaron la tierra, por lo que la casa del
cacique con muchas otras fue puesta a saco, y se encontró allí alguna cantidad
de oro y plata, y muchas mercancías.
La noche siguiente,
los nuestros se quedaron con buenas guardias, y todos vigilantes (que eran
setenta de a caballo y cien de a pie). Y antes de que viniera la luz de la
mañana, se oyeron gritos, como de gente de guerra, y poco después se vio venir
un gran número de indios armados y con tambores sordos y otros instrumentos que
solían llevar en la guerra. Y venían divididos de tal manera, que se ponían en
medio del campamento de los cristianos.
Llegado el día, el
Gobernador ordenó a los suyos que con ánimo atacaran a los enemigos, y así se
hizo. Pero en el primer asalto quedaron algunos cristianos y caballos heridos.
Pero como nuestro señor favorece y socorre en las necesidades a aquellos que
van en su servicio, los indios fueron derrotados y se pusieron en fuga. Y los
nuestros a caballo siguieron la victoria un trecho, luego regresaron a los
campamentos porque los caballos estaban cansados, habiendo seguido la victoria
desde la mañana hasta el mediodía.
Al día siguiente, el
Gobernador dividió a su gente en escuadrones y los envió a buscar por la isla a
los enemigos y a hacerles la guerra, la cual se hizo durante veinte días
continuos, y los indios quedaron bien castigados. Y a diez de sus principales,
que fueron capturados con el cacique, el Gobernador les hizo cortar la cabeza
porque este confesó que ellos le habían aconsejado esa traición y que no había
podido impedírselo ni prohibírselo. Y a algunos otros los hizo quemar.
Ponen en libertad a
los caciques para pacificar la isla de San Jacobo. Pasan a la ciudad de Tumbes,
la encuentran rebelada y con poca guerra la vuelven a conquistar.
Por esta rebelión y traición planeada,
se hizo la guerra a los indios de la isla de San Jacobo, hasta
que se encontraron tan acosados y oprimidos que abandonaron la isla y se
pasaron a tierra firme. Pero como la isla era tan abundante y rica, para que no
se destruyera por completo, el Gobernador puso en libertad al cacique, para que
reuniera y recogiera a la gente que andaba dispersa y la isla volviera a poblarse.
El cacique, por el honor que le había sido hecho en su prisión, se mostró muy
contento de hacer todo lo que el Gobernador quería y de querer en adelante
servir a Su Majestad.
Pero como en aquella isla no se podía
lograr nada, Pizarro partió con algunos españoles y caballos, que pudieron ir
en tres barcos que había allí, hacia la ciudad de Tumbes, que en ese momento se encontraba en paz. Dejó
en la isla a un capitán con la otra gente, hasta que los barcos regresaran a
buscarlos. Y para que su gente pasara más pronto a tierra, hizo venir de Tumbes
ciertas barcas, en una de las cuales se embarcaron tres cristianos con ciertas
mercancías.
En tres días, los
barcos llegaron a la playa de Tumbes, donde tan pronto como el Gobernador
desembarcó, encontró a los indios en armas y rebelados. Y se supo por algunos
indios que estaban allí, que los tres cristianos que habían venido a tierra con
la barca, antes de eso, habían sido capturados con todas sus mercancías y
llevados prisioneros.
Una vez que toda la
gente y los caballos hubieron desembarcado, el Gobernador mandó de inmediato de
nuevo esos barcos a la isla para llevar a la otra gente que se había quedado
allí. Y él, con los que llevaba consigo, fue a alojarse en la tierra en dos
casas fuertes, una de las cuales era a modo de fortaleza. Y luego ordenó a los
suyos que recorrieran la campiña y subieran por un río que corre entre esas
tierras, para tener noticias de los tres cristianos y salvarlos antes de que
los indios los mataran. Pero aunque se hizo mucha diligencia, nunca se pudo
tener noticia de ellos.
El Gobernador,
habiendo capturado a ciertos indios, los mandó como embajadores al cacique y a
algunos otros principales, que se habían puesto en dos balsas con la mayor
cantidad de víveres que habían podido conseguir. Y les hizo pedir, de parte de
Su Majestad, que vinieran a la paz y trajeran a los tres cristianos vivos, sin
hacerles ningún mal ni daño, que él los habría recibido como vasallos de Su
Majestad, aunque se hubieran rebelado. De lo contrario, les habría hecho la
guerra a sangre y fuego hasta que los hubiera destruido y arruinado.
Pasaron algunos días,
y nunca quisieron venir. Al contrario, se ensoberbecían y se hacían fuertes en
la otra parte del río, que era caudaloso y no se podía vadear. Y les decían a
los nuestros que pasaran a la otra parte, donde ellos estaban, que les harían
lo mismo que habían hecho a los otros tres, a los que ya habían matado.
Una vez que toda la
gente que había quedado en la isla llegó a tierra, el Gobernador hizo hacer un
gran barcón de maderas, y por el mejor paso del río, mandó a desembarcar en la
otra orilla a un capitán con cuarenta de a caballo y ochenta de a pie. Y
tardaron en pasar toda esta gente con aquella barca desde la mañana hasta la
hora del atardecer. Y le ordenó a aquel capitán que le hiciera la guerra a esos
indios, ya que eran rebeldes y habían matado a tres cristianos. Y que si luego
de haberlos castigado, según lo que su falta merecía, venían a la paz, los
recibiera como Su Majestad ordenaba.
Este capitán, una vez
que hubo pasado el río con sus guías, que llevaba, caminó toda la noche hacia
donde estaban los enemigos, y por la mañana los atacó. Y venciéndolos, siguió
la victoria todo ese día, matando y hiriendo, y haciendo prisioneros a todos
los que pudo tener vivos en la mano. Y estando ya cerca de la noche, los
nuestros se reunieron en una tierra. A la mañana siguiente, divididos en
cuadrillas, se movieron para buscar a esos enemigos vencidos, que quedaron bien
castigados.
El capitán, que veía
que el daño que les había hecho debía ser suficiente, mandó a llamar al cacique
a la paz. Y él, que se llamaba Chilimasa, mandó, con nuestro mensajero, a un
principal suyo a responder que por el mucho miedo que tenía de los españoles,
no se atrevía a venir. Pero que, estando seguro de que no lo matarían, habría
venido con gusto a la paz.
El capitán dijo
entonces que no se le haría mal ni daño alguno, y que por lo tanto viniera sin
miedo, que el Gobernador lo habría recibido benignamente en paz como vasallo de
Su Majestad, y le habría perdonado su error. Con esta seguridad, aunque con
mucho temor, vino el cacique con algunos principales de los suyos, y fue
alegremente recibido por el capitán, que le dijo que a los que venían de paz no
se les debía hacer daño, aunque se hubieran rebelado antes. Y que ya que él
había venido, no se le haría más guerra que la que ya se le había hecho. Y que
por lo tanto hiciera regresar con seguridad a las tierras a su gente.
Habiendo hecho quitar de la otra parte
del río los víveres y provisiones que allí encontró, llevándose consigo al
cacique con los otros indios principales, regresó con su gente a donde había
dejado al Gobernador. Y le contó lo que había hecho. Y él, dando gracias a
nuestro Señor, que le había dado una victoria tan hermosa sin que ningún
cristiano resultara herido, mandó a descansar a los que habían trabajado. Luego
le preguntó al cacique por qué se había rebelado y había matado a los
cristianos, habiendo sido tan bien tratado por él, porque él creía (que,
habiéndole restituido gran parte de su gente, que el cacique de la isla le
había capturado, y dándole en la mano a aquellos capitanes que le habían
quemado su ciudad, para que hiciera justicia) haberlo debido encontrar de
tantos beneficios grato y fiel.
El cacique respondió
estas palabras: "Yo supe de ciertos principales míos que habían matado a
los tres cristianos de la barca, pero yo no fui partícipe, y por esto temí que
no fuerais a echarme la culpa a mí".
Dijo entonces el
Gobernador: "Haz venir aquí a esos principales que hicieron esto, y que
venga toda tu gente a habitar sus tierras". El cacique mandó a llamar a su
gente y dijo que no se podía tener en la mano a aquellos que habían matado a
los cristianos, porque se habían alejado de esa provincia.
Habiendo estado el
Gobernador algunos días en ese lugar, viendo que no se podía tener a esos
homicidas y que toda la ciudad de Tumbes estaba arruinada y casi desolada de
gente, y que en esta provincia no había más indios que los que estaban sujetos
a este cacique, decidió partir con algunas gentes de a pie y de a caballo para
encontrar otra comarca más poblada de indios para hacer allí una nueva tierra.
Parece una gran cosa
que Tumbes esté tan deshabitada, por algunos hermosos edificios que se ven, que
tenía, con dos palacios, rodeados de dos muros de tierra y con sus patios y
habitaciones y puertas con defensas, que entre los indios eran buenas
fortalezas. Pero los mismos indios del lugar dicen que habían sido así
destruidos por una gran pestilencia que hubo allí y por la guerra que les había
hecho el cacique de la isla.
Ahora, el Gobernador,
dejando aquí a un lugarteniente suyo con algunos cristianos para que
custodiaran el equipaje y las mercancías que hasta ese día habían adquirido,
partió con el resto de la gente, mientras que el cacique pacífico hacía que sus
tierras volvieran a ser habitadas.
Parten de la tierra de
Tumbes para descubrir otro pueblo y llegan al río Turicarami. Se detienen en
Poechos, donde son recibidos por el pueblo con el buen ánimo de servir. Hacen
la guerra a algunos desobedientes y hacen quemar al cacique Almotaxe con
algunos de sus principales. En Tangarara edifican la tierra de San Miguel.
El primer día que el Gobernador Pizarro
partió de Tumbes, que fue el dieciséis de
mayo de 1532, llegó a una pequeña tierra. El tercer día, llegó a una tierra
ubicada entre ciertos montes, cuyo cacique fue llamado Juan. Allí descansó tres
días, y en otras tres jornadas llegó a la orilla de un río, que estaba bastante
poblado y provisto de los víveres ordinarios de esa tierra y de rebaños de
ovejas.
El camino que conducía a estos lugares
estaba todo hecho a mano, ancho y bien trabajado, y algunos pasos malos estaban
arreglados con sus buenas explanadas. Llegado a este río, que llaman Turicarami, enderezó y detuvo sus alojamientos en una
gran tierra llamada Poechos. Y la mayor
parte de los caciques que estaban río abajo, vinieron de paz al Gobernador, y
el pueblo de Poechos le salió al encuentro para recibirlo en el camino. Y él
los recibió a todos con mucho amor y les notificó lo que Su Majestad ordenaba
para atraerlos a su obediencia y al conocimiento de la santa fe católica.
Lo cual, cuando ellos
lo entendieron por medio de los intérpretes, dijeron que querían ser sus
vasallos con gusto. Y el Gobernador los recibió como tales con la solemnidad
que se requería, y obtuvo de ellos víveres y servicios. Un tiro de ballesta
antes de llegar a esta tierra, hay una gran plaza con una fortaleza rodeada y
con muchas habitaciones dentro, donde los cristianos se alojaron para no dar
peso ni molestia a los indios.
Y el Gobernador hizo
publicar entre los suyos, bajo graves penas, que así a estos como a todos los
demás que vinieran como amigos, se les debía tener respeto, sin hacerles daño
alguno, ni en las personas, ni en las mercancías, y sin quitarles cosa alguna
de comer, más de lo que ellos mismos darían por el sustento de los cristianos.
Y que habría de ejecutar pronto el castigo en aquellos que hubieran hecho lo
contrario, porque cada día aquellos indios traían todo lo que a los nuestros
era necesario para la vida, y hierbas para los caballos, y servían en todo lo
que se les ordenaba.
Ahora, viendo el
Gobernador que la ribera de ese río era abundante y bien poblada, ordenó que se
viera toda la provincia y si había en ese lugar un buen puerto. Y se encontró
que había un buen puerto en la costa del mar cerca de este río, y que había tan
cerca caciques y señores de mucha gente, que podían venir a servir cómodamente
a quien se hubiera establecido cerca de este río.
El Gobernador fue
visitando todos estos pueblos, y habiéndolos visto, dijo que esta le parecía
una buena provincia para que los españoles se establecieran, porque cumplía con
lo que Su Majestad ordenaba, y los indios de la comarca se convertirían y vendrían
al conocimiento de la santa fe católica. Y así, mandó a hacer venir a los
españoles que se habían quedado en Tumbes, para que con el consejo de los
principales se hiciera el pueblo y la ciudad en el lugar más conveniente para
el servicio de Su Majestad y para el bien de los paisanos. Y habiendo mandado a
este mensajero, le pareció que su venida se tardaría demasiado si no hubiera
enviado a una persona a la que el cacique y los indios de Tumbes hubieran
tenido respeto y la hubieran considerado, para ayudar a conducir a los
nuestros. Y así, para este fin, mandó como Capitán general a Fernando Pizarro,
su hermano.
Además de esto, el
Gobernador supo que ciertos caciques que vivían en la montaña no querían la paz
con los cristianos, aunque se les había pedido de parte de Su Majestad. Y por
ello, mandó de inmediato a un capitán con veinticinco de a caballo y con otras
gentes de a pie, para que los atrajera al servicio de la Majestad Cesárea. Este
capitán que fue, los encontró ya salidos y partidos de sus tierras. Mandó a
requerirlos de paz, y encontrándolos obstinados en la guerra, los atacó, y en
poco tiempo, hiriéndolos y matándolos, los puso en derrota y ruina.
El capitán regresó de
nuevo a requerirlos y a llamarlos a la paz, que de lo contrario les haría la
guerra hasta que los hubiera destruido. Entonces vinieron a la paz, y fueron
bien recibidos y vistos por el capitán, el cual, dejando aquella provincia en
paz, regresó con aquellos caciques a donde el Gobernador estaba, que también
con mucho amor los recibió, y los hizo luego regresar a sus tierras para que
volvieran a llamar a sus indios que andaban dispersos.
El capitán dio la
noticia de que en las tierras de estos caciques de las montañas habían
encontrado minas de oro fino, y que los indios de esos lugares lo recogían (y
llevó la muestra) y que estaban a veinte leguas de Poechos.
El capitán que fue a
Tumbes, regresó con la gente al cabo de treinta días. Y algunos regresaron por
mar con el equipaje a bordo de un barco y un barcón, y otras pequeñas barcas,
que habían venido de Panamá con mercancías y no habían traído gente, porque el
capitán Diego de Almagro se había quedado para hacer una flota para venir a
hacer este nuevo pueblo, y con el pensamiento de tener que hacer por sí mismo
una nueva tierra.
El Gobernador, cuando supo que estos
barcos habían llegado, para que el equipaje se descargara más pronto y se
llevara río arriba, partió de Poechos río abajo con algunas gentes. Y llegado a
donde había un cacique llamado de la Chira,
encontró a algunos cristianos que habían desembarcado allí, y se quejaban de
haber sido maltratados por ese cacique, y que poco habían dormido la noche
anterior por miedo, porque habían visto a esos indios ir en compañías y
alterados.
El Gobernador, de los mismos indios del
país, obtuvo información de aquella cosa y encontró que el cacique de la Chira
con sus principales, y con otro cacique llamado Almotaxe,
había concertado y planeado matar a los cristianos ese mismo día que el
Gobernador llegó. Por lo cual, mandó de inmediato, en secreto, a capturar a
Almotaxe y a los otros indios principales. Y él capturó al de la Chira con
algunos de sus principales, que confesaron de inmediato el delito. Y por ello,
se hizo justicia de inmediato, ya que fueron puestos a arder en el fuego el cacique
de Almotaxe y sus principales, con todos los principales también de la Chira.
Del cacique de la Chira no se hizo justicia, porque parecía que no había tenido
tanta culpa, sino que había sido empujado y medio forzado por sus principales.
Y para que estos dos
pueblos, al quedar sin jefes, no se perdieran, se los restituyó al cacique de
la Chira a ambos, advirtiéndole que de allí en adelante debía ser bueno, porque
a la primera de sus maldades sería castigado. Y le ordenó que reuniera a toda
su gente, y también a la de Almotaxe, y la rigiera y gobernara, hasta que un
muchacho, que debía suceder en el estado de Almotaxe, se hiciera hombre.
Este castigo infundió
mucho temor y espanto en toda la provincia, de modo que se deshizo una conjura,
que se decía, que todos aquellos pueblos habían hecho para atacar un día al
Gobernador y a sus españoles. Y de allí en adelante todos sirvieron mejor y con
más temor que antes.
Después de que el Gobernador hubo hecho
esta justicia, y reunido a todas sus gentes con el equipaje que había venido de
Tumbes, vio toda aquella provincia junto con el Reverendo Padre Fray Vicente de
Valverde, religioso de la orden de San Domingo, y con los otros oficiales de Su
Majestad. Y porque allí estaban las cualidades que debían estar en la tierra
donde los españoles debían hacer un nuevo pueblo, y los indios habrían podido
servirles sin que pareciera un trabajo excesivo (porque este es el principal
respeto de conservarlos, que Su Majestad quiere que se tenga), con el parecer y
consejo de este Padre y de los otros oficiales reales, fundó una tierra en
nombre de Su Majestad, cerca de la ribera de este río, a seis leguas del puerto
del mar, donde había un cacique señor de una tierra llamada Tangarará, que los nuestros, al habitarla, la
llamaron San Miguel.
Y para que los barcos
que habían venido de Panamá, al retrasarse su regreso, no sufrieran daño, el
Gobernador, con el consejo de los oficiales reales, hizo fundir cierto oro que
estos caciques, y el de Tumbes, habían donado. Y sacado el quinto correspondiente
a Su Majestad, el resto, que era de la compañía, se lo hizo prestar el
Gobernador a los compañeros, prometiendo pagarlo del primer oro que se
obtuviera. Y así se lo pagó a los dueños de aquellos barcos por su flete, y los
comerciantes, habiendo despachado sus mercancías con estas mismas
embarcaciones, regresaron.
El Gobernador mandó a
avisar a su compañero el capitán Almagro lo que había hecho de servicio a Dios
y a Su Majestad, al tratar de hacer nuevos pueblos, para disuadirlo de su
propósito. Habiendo despachado estos barcos, repartió entre aquellos cristianos
que querían quedarse en la colonia, las tierras, y las áreas y espacios para
hacer las casas. Y para que no se hubieran podido mantener sin la ayuda y
servicio de los mismos indios, los cuales, sirviendo sin estar repartidos,
habrían sido bastante perjudicados, con el consejo y parecer del padre
religioso y de los otros oficiales, depuso y repartió a los caciques e indios
entre los ciudadanos de esta nueva tierra, para que ayudaran a mantenerlos. Y
los cristianos les enseñaran en la santa fe, como Su Majestad ordenaba,
mientras no se proveyera de un mejor modo.
Fueron en esta nueva
tierra elegidos Justicieros, Rectores, y otros Oficiales públicos, a los cuales
se les dieron las instrucciones y las órdenes, con las cuales se debieron
regir.
Por la relación que
tienen de la tierra de Cajamarca, que es poseída por Atahualpa, un poderosísimo
cacique. Van a la tierra, al entrar en el país, se les dice mucho sobre las
costumbres, las riquezas de Atahualpa, las huestes de los indios, y las tierras
de Pabor, Casciatran, y Huancabamba.
El Gobernador tuvo noticia de que por el
camino de Chincha y del Cuzco había muchas tierras grandes, abundantes y ricas.
Y que a doce jornadas de aquella tierra donde él estaba, había un valle bien
habitado llamado Cajamarca, donde residía Atahualpa, que era el señor más grande que en ese
tiempo había en aquellas partes, a quien todos los demás obedecían. Y que había
venido muy lejos de su patria, siempre conquistando y sometiendo nuevos
pueblos, y que al llegar a la provincia de Cajamarca, por haberla encontrado
tan rica y deliciosa, se detuvo allí con su residencia. Pero desde ese lugar
siempre iba conquistando nuevas tierras.
Este señor era tan
temido por todos, que los pueblos de este río, donde se habían detenido los
nuestros, no estaban tan bien al servicio de Su Majestad como era necesario,
porque se favorecían con este Atahualpa, y decían no tener otro señor que él. Y
que una pequeña parte de su ejército bastaba para matar a todos los cristianos,
y que con su acostumbrada crueldad aterrorizaba al mundo.
El Gobernador, que
entendía todas estas cosas, decidió partir e ir a buscar a este Atahualpa para
atraerlo al servicio de Su Majestad y para pacificar las provincias por medio
de él, ya que cuando hubiera conquistado a este, fácilmente se pacificaría y
pondría en quietud el resto.
Partió, pues, de la ciudad de San Miguel para hacer esto el 24 de septiembre de
1532. El primer día de este viaje, los suyos pasaron el río con dos barcos
llenos y los caballos nadando, y esa primera noche durmieron en una tierra en
la otra parte del río. En los tres días siguientes, llegó luego al valle de
Piura en una fortaleza de un cacique, donde encontró a un capitán suyo con
ciertos españoles, que él había enviado a pacificar a ese cacique, y para que
no agobiaran mucho al cacique de San Miguel.
Allí se detuvo el
Gobernador diez días, proveyéndose de cuanto necesitaba para ese viaje. Y al
pasar lista a sus cristianos que llevaba, encontró que tenía sesenta y siete de
a caballo y 110 de a pie, de los cuales eran tres arcabuceros y algunos
ballesteros. Y como el lugarteniente de San Miguel le escribió que allí se
habían quedado pocos cristianos con él, el Gobernador hizo publicar que
aquellos que quisieran ir a ser ciudadanos de San Miguel, que fueran
libremente, que se les entregarían indios con los cuales se pudieran mantener,
como ya se había hecho a los otros que se habían quedado en esa ciudad, porque
él, con los pocos o muchos que le quedaran, quería ir más allá a conquistar
nuevos pueblos.
Por este bando,
regresaron a San Miguel cinco de a caballo y cuatro de a pie, de modo que con
estos el número de aquellos ciudadanos llegó a 55, sin otros diez o doce que se
quedaron allí sin ciudadanía. Y al Gobernador le quedaron 62 de a caballo y 102
de a pie.
El Gobernador ordenó que se proveyeran
de armas aquellos que no las tenían, y puso en orden todo lo que necesitaban
los ballesteros. E hizo a un capitán que tuviera el cargo de esta gente que
llevaba. Una vez que tuvo todo lo necesario, el Gobernador partió con la gente
que tenía. Y habiendo caminado hasta el mediodía, llegó a una gran plaza
rodeada de un muro de tierra bien hecho, y era de un cacique llamado Pabor.
Allí se detuvo con su
gente, y supo que este cacique era un gran señor, pero que en ese momento se
encontraba arruinado, porque el Cuzco viejo, padre de Atahualpa, le había
destruido veinte tierras y matado a la gente. A pesar de todo este daño, tenía
mucha gente, y estaba con él su hermano, un gran señor como él. Y ambos estaban
en paz con los nuestros, ya asignados a la ciudad de San Miguel.
Esta tierra y la de
Piura se encuentran en ciertos valles llanos muy buenos. El Gobernador en este
lugar se informó de las tierras y caciques vecinos y del camino a Cajamarca.
Y supo que a dos jornadas de allí, había
una gran tierra llamada Caxas, donde había
una guarnición de Atahualpa que esperaba a los cristianos si pasaban por allí.
Habiendo él entendido esto, mandó en secreto a un capitán suyo con gente de a
pie y de a caballo, con la orden de que, si encontraba gente de Atahualpa,
tratara amistosamente de atraerlos al servicio de Su Majestad. El Capitán
partió de inmediato ese mismo día.
Al día siguiente, partió el Gobernador y
llegó a una tierra llamada Zaran, donde se detuvo
para esperar al Capitán que había mandado a Caxas. Y este, al quinto día, le
mandó un mensajero para hacerle saber lo que le había sucedido. El Gobernador
le devolvió de inmediato la respuesta, que él lo esperaba en esa tierra, y que,
por lo tanto, una vez que hubiera terminado el negocio para el que había ido,
regresara para unirse a él. Y que por el camino visitara y pacificara otra
tierra llamada Huancabamba, que estaba cerca de la
ciudad de Caxas. Y también le escribió que el cacique de Zaran era señor de
buenas tierras y de un valle fructífero, que ya estaba asignado a los
cristianos de San Miguel.
Mientras el Gobernador
estuvo allí ocho días esperando al Capitán, los suyos se prepararon con sus
caballos para el viaje que debían hacer. Y finalmente, el Capitán regresó y
refirió lo que había visto, diciendo que había tardado dos días y una noche en
llegar a Caxas sin descansar nunca, excepto mientras comían, subiendo por
grandes montañas para tomar por sorpresa esa tierra. Y que, a pesar de esto, aunque
había tenido buenas guías, no había podido llegar sin encontrarse en el camino
con espías de aquel pueblo. Y que de algunas que habían sido capturadas, había
sabido cómo estaba esa gente. Por lo tanto, siguiendo con orden su camino,
había encontrado al entrar en la tierra un lugar en el que se podía ver que
había acampado gente de guerra. Y que el pueblo de Caxas estaba en un pequeño
valle entre ciertas montañas, y la gente de ese lugar estaba algo alterada y
asustada.
Pero habiéndoles asegurado, y habiéndoles
hecho entender que él venía de parte del Gobernador para recibirlos como
vasallos del Emperador, había salido a hablarle un capitán, que dijo que estaba
de parte de Atahualpa para recibir los tributos de esas tierras. Y que de este
había sabido y se había informado del camino de Cajamarca,
y de la intención que Atahualpa tenía para recibir a los cristianos, y de la
ciudad del Cuzco, que estaba a treinta
jornadas de allí. Y que el muro que la rodeaba medía una jornada de camino. Y
que la casa del cacique se extendía por todos lados cuatro tiros de ballesta, y
que había una sala donde estaba muerto el Cuzco viejo (Huayna Cápac), cuyo
pavimento estaba revestido de plata, y el techo y las paredes cubiertas de oro
y plata. Y que también había sabido que esas tierras, un año antes, habían sido
del Cuzco, hijo del Cuzco viejo. Y que Atahualpa, su hermano, había venido
luego conquistando todo, y poniendo un gran tributo, y usando gran crueldad de
continuo. Y que además del tributo que le dan de sus bienes y entradas, también
le dan tributo de hijos e hijas propias.
Decía también haber
sabido que aquel lugar de alojamiento que veía en Caxas, había sido de
Atahualpa, que pocos días antes había partido de allí con una parte de su
ejército. Y que también había visto en esa tierra una gran casa y fuerte,
rodeada de un muro de cal y tierra, con sus puertas, y que dentro había muchas
mujeres hilando y tejiendo vestidos para el ejército de Atahualpa, sin haber
otros hombres, excepto los porteros que las custodiaban. Y que había visto en
la entrada de la ciudad a ciertos indios colgados por los pies. Había sabido de
aquel principal indio que Atahualpa los había hecho morir, porque uno de ellos
había entrado en aquella casa a dormir con una de esas mujeres. Por lo cual él,
a este adúltero y a todos los porteros que se lo habían consentido, los había
hecho morir.
Siguiendo el
razonamiento, este Capitán decía que, habiendo pacificado el pueblo de Caxas,
se había ido a Huancabamba, que estaba a una jornada de allí. Y que era una
tierra más grande que Caxas, y con mejores edificios. Y que la fortaleza era
toda de piedras bien trabajadas, que eran grandes, de cinco y seis palmos cada
una, y tan estrechas y unidas entre sí, que no parecía que entre la una y la
otra hubiera ninguna mezcla. Y había dos escaleras de piedra en el medio de dos
apartamentos.
Dijo que por medio de
esta tierra y de la de Caxas pasa un pequeño río, del cual los pueblos se
sirven, y tienen sus puentes y explanadas bien hechas. Y que entre estas dos
tierras hay una amplia carretera hecha a mano, que atraviesa toda aquella
comarca y viene desde el Cuzco hasta Huito, que son más de trescientas leguas.
Y va llana y por el monte está bien asentada, y es tan ancha que seis de a
caballo pueden ir a la par sin tocarse el uno al otro. Y que por esta carretera
se conducen acueductos, de los cuales los viajeros beben. Y en cada jornada se
encuentra una casa donde se alojan aquellos que van y vienen. Y que al
principio de esta carretera, en Caxas, al final de un puente, hay una casa
donde está una guardia que recibe el peaje de aquellos que van y vienen, y lo
pagan en la misma cosa que llevan. Y que nadie puede sacar carga de mercancías
de esa tierra si no lleva. Y que esta costumbre la tenían antiguamente, pero
Atahualpa la había suspendido para lo que tocaba a las mercancías que se
sacaban para su gente de guarnición. Y que ningún pasajero podía entrar ni
salir con mercancías si no era por aquella parte donde la guardia estaba, bajo
pena de muerte.
Decía también haber
encontrado en estas tierras dos casas llenas de zapatos y de panes de sal, y de
ciertos alimentos que parecían carne picada, con otras cosas depositadas y
guardadas para el ejército de Atahualpa. Y concluyendo, el Capitán enviado por
el Gobernador Pizarro decía que esas tierras vivían políticamente y con buenos
órdenes.
Atahualpa, cacique,
envía embajadores a Pizarro con un presente. Le hace saber que es su amigo, con
el deseo de verlo en Cajamarca. Se ponen en viaje, llegan a Lopix y de allí a
Motux, donde notan muchas costumbres de aquellos indios, en el vestir y en el
sacrificar a sus ídolos.
Vino con nuestro Capitán un indio
principal con algunos otros, y decía que venía con un cierto presente para el
Gobernador. Y cuando estuvo ante él, le dijo que Atahualpa, su señor, lo
mandaba desde Cajamarca con aquel presente,
que eran como dos cántaros hechos a modo de una fuente de piedra, y de ella se
bebía. Y dos cargas de patos secos y sin piel, para que, una vez hechos polvo,
se hiciera con ellos una fumigación, que así se usaba entre los señores de
aquellas comarcas. Y le mandaba a decir que tenía gran voluntad de ser su
amigo, y de verlo en Cajamarca, donde pacíficamente y amigablemente lo
esperaba.
El Gobernador recibió
el presente, y cortésmente respondió que tenía gran placer de su venida, por
ser mensajero de Atahualpa, al que él deseaba ver por las noticias que oía de
él. Y que, habiendo sabido que él le hacía la guerra a sus enemigos, había
decidido ir a verlo, y a ser su amigo y hermano, y a favorecerlo en esas sus
empresas, junto con los cristianos que iban con él.
Luego ordenó de
inmediato que se diera de comer a él y a todos los demás que habían venido con
él, de todo lo que les fuera necesario, y que fueran bien alojados, como
embajadores de tan gran señor. Una vez que hubieron descansado, el Gobernador
los hizo venir ante él y les dijo que si querían regresar o quedarse allí
algunos días, que hicieran lo que más les placiera. Y como el mensajero dijo
que quería regresar con la respuesta a su señor, el Gobernador agregó:
"Pues, le dirás de mi parte lo que te he dicho, es decir, que yo no me
detendré en ninguna tierra por el camino, para poder llegar pronto a hablar con
él". Y le dio una camisa con otras cosas de las de Castilla, para que por
su amor las llevara.
Y después de que este
mensajero partió, él se quedó allí dos días más, porque la gente que venía de
Caxas estaba cansada del camino. Y en este tiempo, le escribió a su colonia de
San Miguel todas estas noticias de Atahualpa, y le mandó las dos torres y
ciertos vestidos de lana que los de Caxas habían traído, que eran una cosa
nueva y hermosa de ver, porque se juzgarían más bien de seda que de lana. Y
había muchos trabajos y figuras de oro de martillo muy bien puestas.
Una vez despachados estos mensajeros,
partió el Gobernador Pizarro, y caminó tres jornadas sin encontrar ni
habitación ni agua, excepto la de una pequeña fuente, donde con gran dificultad
sus gentes se pudieron proveer. Pero al cabo de los tres días, llegó a una gran
plaza rodeada, pero no había ninguna persona. Y se supo que era de un cacique,
señor de una tierra llamada Lopix, que estaba en
un valle cerca de allí, y que esta fortaleza se había deshabitado por no tener
agua.
Al día siguiente, Pizarro caminó muy
temprano por la noche con la luna, porque la jornada era larga para poder
llegar al lugar habitado. Pero al mediodía, llegó a una gran casa rodeada y
fortificada con buenos alojamientos dentro, y salieron de este lugar a
recibirlo algunos indios. Pero como aquí no había agua ni qué comer, pasó dos
leguas más adelante a una tierra de un cacique, donde hizo que sus gentes se
aposentaran juntas en una parte. Y allí supo por los indios principales que
estaban allí, que el cacique de esta tierra, llamada Motux, estaba en Cajamarca, donde había llevado a
trescientos hombres de guerra, y que allí había un capitán puesto por
Atahualpa.
El Gobernador descansó
allí cuatro días, y vio alguna parte de esta tierra, que le pareció buena, y
muy habitada, y ubicada en un valle fértil. Todas las tierras que hay desde
este lugar hasta la ciudad de San Miguel, están ubicadas en valles. Y todas las
otras, de las cuales se tiene noticia, hasta que se llega al pie del monte, que
está cerca de Cajamarca.
Por este camino, todas
las gentes tienen un mismo modo de vivir. Y las mujeres van con vestidos tan
largos que los arrastran por el suelo a la manera que lo hacen de sus vestidos
las mujeres en Castilla. Los hombres llevan ciertas camisas cortas, y es gente
sucia, y comen la carne y el pescado crudo, y el maíz cocido y quemado. Usan
otras brutalidades y suciedades en los sacrificios y en sus mezquitas, las
cuales tienen en gran veneración y les ofrecen sus mejores cosas.
Sacrifican cada mes a
sus propios hijos, y con la sangre de ellos ungen los rostros de los ídolos y
las puertas de las mezquitas, y la esparcen también sobre las sepulturas de los
otros muertos. Y los mismos que son sacrificados, van voluntariamente a morir
riendo, y bailando, y cantando, y en ese momento piden esta muerte cuando están
bien hartos de beber. Sacrifican también ovejas.
Las mezquitas se
diferencian de las otras casas porque están rodeadas de un muro de piedra y de
ladrillo de tierra y cal bien hecho, y situadas en la parte más alta de la
ciudad. Un mismo tipo de ropa y los mismos sacrificios usan en Tumbes y en
todas estas otras tierras. Siembran cerca de los ríos, y cuando les parece, dan
agua a los sembrados. Y recogen mucho maíz y otras semillas y raíces que ellos
comen, y en estas provincias llueve poco.
Al ir a Cajamarca, se
les avisa que el cacique Atahualpa los espera con cincuenta mil indios de
guerra para destruirlos, pero no se desvían de su camino principal y llegan a
una montaña de difícil subida.
El Gobernador Pizarro
camina dos días por ciertos valles bien poblados, y cada jornada dormía en
ciertas habitaciones fuertes y bien rodeadas de muros de cal y tierra. Los señores
de estas tierras decían que el Cuzco viejo se alojaba en estas habitaciones
cuando iba de camino por estos lugares. Pizarro siguió su viaje por una tierra
arenosa y seca hasta que llegó a otro valle bien poblado, por el cual discurre
un furioso y gran río.
Así que, como el río iba muy alto,
durmió de esta parte. Pero hizo pasar a nado a la otra orilla a un capitán con
algunos otros que sabían nadar, para que impidieran el paso a quien quisiera
venir a perturbarlo. Y el capitán que pasó fue Hernando Pizarro,
el cual encontró pacíficos a los indios que estaban en una tierra de la otra
parte, y se alojó en una fortaleza rodeada de un muro.
Pero como veía que los
indios de las tierras estaban sublevados (porque si bien algunos vinieron de
paz, todas las otras tierras, sin embargo, estaban abandonadas, y habían huido
con sus mercancías), preguntó a los indios de Atahualpa si sabían si él
esperaba a los cristianos para la paz o para la guerra. Y no pudo saber la
verdad de ninguno, por el miedo que todos tenían a Atahualpa, hasta que,
habiendo sacado a un principal aparte y atormentado, dijo que Atahualpa
esperaba a los nuestros con un ejército grande para hacerles la guerra, y que
tenía a su gente dividida en tres partes, y decía con mucha soberbia que él haría
morir a todos los cristianos. Lo cual este principal decía haberle oído a él
mismo.
La mañana siguiente,
el Capitán hizo saber todas estas cosas al Gobernador, el cual hizo cortar de
inmediato árboles de ambas partes del río, para que la gente con el equipaje
pudiera pasar, y se hicieron tres puentes por los cuales todo ese día no se hizo
otra cosa que pasar el ejército, y los caballos pasaron a nado.
El Gobernador, una vez que la gente hubo
pasado con todo este trabajo, la hizo alojarse en la fortaleza donde el Capitán
estaba. Y habiendo hecho venir a un cacique, supo que Atahualpa estaba cerca de
Cajamarca con muchas gentes de guerra, que podían ser unos cincuenta mil hombres. Cuando él oyó un número tan
grande de gente, creyendo que aquel se equivocara en la cuenta, quiso
informarse del modo de contar de ellos, y encontró que contaban de uno hasta
diez, y de diez hasta cien. Y diez veces cien hacen mil, y cinco veces diez mil
eran las gentes que Atahualpa tenía.
Este cacique, que dio esta información,
era el señor principal de cuantos hay en ese río. Y decía que cuando Atahualpa
vino a esa provincia, él se había escondido por miedo. Y como ese cruel no lo
había encontrado en sus tierras, de cinco mil indios que este cacique tenía
como vasallos, hizo morir a cuatro mil, y le había quitado 600 mujeres y 600
niños para repartirlos entre su gente de guerra. Decía también que el cacique
de esta tierra y fortaleza, donde los cristianos estaban en ese momento, se
llamaba Cinto, y se encontraba cerca de Cajamarca con
Atahualpa.
El Gobernador se quedó
en este lugar con sus gentes cuatro días, y un día antes de que quisiera
partir, habló con un indio principal de la provincia de San Miguel y le dijo si
le daba el corazón para ir a Cajamarca como espía, para entender las cosas que
se hacían en ese lugar. Respondió el indio: "No me da el corazón para ir
como espía, pero iré como tu mensajero a hablar con Atahualpa, y así veré si en
el monte hay gente de guerra y qué ánimo tiene".
El Gobernador le dijo
que fuera como le placiera, y que si en el monte había gente, como había
sabido, le mandara a avisar de inmediato por un indio de los que llevaría
consigo. Y le ordenó que hablara con Atahualpa y con sus gentes, y les dijera
el buen trato que él y sus cristianos hacían a los caciques que querían la paz
con ellos, y que ellos no hacían la guerra, sino a aquellos que la querían. Y
que de todo les dijera la verdad, según lo que había visto. Y que si Atahualpa
quería ser bueno, él sería su amigo y hermano, y lo habría favorecido y ayudado
en las guerras.
Una vez que el indio
partió con esta embajada, el Gobernador continuó su camino por aquellos valles,
encontrando cada día aldeas con sus casas rodeadas de muros, como fortalezas. Y
en tres jornadas llegó a una aldea que estaba al pie de un monte, dejando a
mano derecha el camino que había hecho, porque esa carretera por aquellos
valles iba a la Chincha, y este otro iba a Cajamarca directo. Se supo que la
carretera que iba a la Chincha estaba toda habitada con buenas tierras, y que
venía desde el río de San Miguel, toda aplanada a mano, con muros de cal y
tierra a ambos lados, y tan ancha que dos carretas pueden ir a la par. Y que de
Chincha, luego, va esta misma carretera hasta el Cuzco, y que en gran parte hay
a un lado y al otro, árboles puestos a mano para que hagan sombra al camino. Y
decían que esta carretera la había hecho el Cuzco viejo, para venir a visitar
sus tierras, y que aquellas casas cerradas alrededor eran donde él se alojaba
por el viaje.
Algunos cristianos
eran de la opinión de que el Gobernador con los suyos fuera por aquella
carretera a Chincha, porque por el otro camino se tenía que pasar, antes de
llegar a Cajamarca, una mala montaña, donde había gente de guerra de Atahualpa,
y por lo tanto, podría incurrir en algún inconveniente. Pero él respondió que
Atahualpa ya tenía noticia y sabía que él lo iba a buscar, desde que habían
partido del río de San Miguel. Y que si se detenía en hacer ese camino, los
indios habrían dicho que los nuestros no tenían el valor de ir, y por lo tanto,
se habrían vuelto más soberbios de lo que eran.
Así que, por esto y por
muchas otras razones, dijo que quería seguir el camino comenzado e ir
dondequiera que Atahualpa estuviera. Y que se animaran todos a hacer lo que él
esperaba de ellos, y que no dudaran de la mucha gente que se decía que tenía el
enemigo, porque si bien los cristianos eran pocos, bastaba, sin embargo, el
favor de nuestro Señor para romper y derrotar a un número de enemigos mayor que
el que era. Y a hacerles también venir al conocimiento de nuestra santa fe
católica, como se había visto, que cada día la clemencia divina había socorrido
y ayudado milagrosamente a los suyos en las mayores necesidades. Y que así
esperaba que hubiera de hacer en ese momento, ya que iban con la buena
intención de atraer a aquellas gentes infieles al conocimiento de la verdadera
fe, sin hacerles daño o mal alguno, si ellos mismos no les hubieran dado la
ocasión con contradecirlos y tomar las armas.
Pasan la montaña.
Atahualpa les envía embajadores con diez ovejas y la oferta de enviarles comida
para el camino a Cajamarca. De ellos obtienen conocimiento de muchas cosas del
estado de guerra que Atahualpa tiene con su hermano. Les dan una respuesta,
mostrándoles que el Emperador es Señor de todo, y vence a todos con paz o con
guerra.
Una vez que el
Gobernador hubo hecho este razonamiento, todos dijeron que fuera por el camino
que le pareciera más conveniente, que todos con mucho ánimo lo seguirían, y en
el momento de hacer el ataque le habrían mostrado su corazón. Llegados al pie
del monte, descansaron un día para dar orden a la subida. El Gobernador,
habiendo tomado consejo de personas expertas, determinó dejar la retaguardia
con el equipaje, y así se dirigió con cuarenta de a caballo y sesenta de a pie
con mucho orden y juicio, dejando a un capitán con el resto de la gente atrás,
para que no se moviera hasta que él le avisara de lo que debía hacer.
Al subir la montaña,
los jinetes llevaban sus caballos de la mano, hasta que al mediodía llegaron a
una fortaleza situada en la cima del monte en un paso estrecho, que con pocos
cristianos se habría defendido de un gran ejército de enemigos, porque el lugar
era escarpado, y en alguna parte se subía como por escalones, y no había forma
de subir por ninguna otra parte. Los nuestros subieron sin que nadie se lo
impidiera. Y esta fortaleza, rodeada de peñas, estaba ubicada y fundada en el
mismo monte, cuyos escarpados y empinados peñascos le servían de muro.
Aquí descansaron los
nuestros y comieron. Y hacía tanto frío que de los caballos que venían
calientes del valle, algunos se enfriaron y entumecieron. Luego el Gobernador
se fue a alojar a una tierra y mandó a un mensajero a llamar a los otros que se
habían quedado atrás, haciéndoles saber que pasaran con seguridad y se
esforzaran por llegar a dormir a aquella fortaleza.
Esa noche, el Gobernador se alojó en esa
tierra en una fortaleza y una habitación bien trabajada de mármol, y el muro
que la rodeaba era tan amplio como el de cualquier fortaleza de España, con sus
puertas. Y si en estas provincias estuvieran los maestros y las herramientas de
España, aquel lugar no habría podido estar mejor trabajado. La gente de este
pueblo había huido, excepto algunas mujeres y algunos pocos indios, de los
cuales el Gobernador hizo capturar a dos principales y los hizo preguntar por
separado sobre las cosas de esa provincia, y dónde estaba Atahualpa, y si
esperaba a los cristianos como amigo o como enemigo. Y supo que hacía tres días
que Atahualpa había llegado a Cajamarca, y que
tenía mucha gente con él, pero no sabían lo que quería hacer. Y que siempre
habían oído decir que él quería la paz con los cristianos. Y que la gente de
esa tierra estaba de parte de Atahualpa.
Al atardecer, llegó un
indio de los que había llevado consigo aquel indio principal de San Miguel que
había ido adelante como embajador, y dijo que había sido enviado de vuelta por
ese mensajero, estando ya cerca de Cajamarca, porque se habían encontrado con
dos mensajeros de Atahualpa que venían detrás, y llegarían al día siguiente. Y
que Atahualpa se encontraba en Cajamarca, y que él no se detendría hasta que no
hubiera hablado, y luego regresaría con la respuesta. Y decía que por el camino
no habían encontrado ninguna gente de guerra.
Entonces, el
Gobernador mandó a hacer saber todas estas cosas por una carta al Capitán que
se había quedado atrás con el equipaje, y le dijo que al día siguiente haría
una pequeña jornada para esperarlo, porque quería que toda la gente fuera unida
en compañía. Y así, al día siguiente caminó, subiendo todavía la montaña, en
cuya cima se detuvo en una llanura cerca de ciertos arroyos de agua, para
esperar a los compañeros que venían detrás. Sus españoles se acomodaron en sus
tiendas y cubiertas de algodón que llevaban, y encendieron fuego para
defenderse del gran frío que allí hacía, y que en Castilla en el campo no se
habría sentido mayor. Y este monte era todo llano y lleno de una cierta hierba,
como esparto corto con rarísimos árboles. Y las aguas son tan frías que no se
pueden beber sin calentarse.
Poco después de que
los nuestros hubieran descansado aquí, llegó la retaguardia. Y de la otra parte
vinieron los mensajeros de Atahualpa, que por él les mandaba a presentar diez
ovejas. Estos, llegados ante el Gobernador, después de las cortesías, dijeron
que su Señor mandaba esas diez ovejas a los cristianos, y que deseaba saber el
día en que llegarían a Cajamarca, y que les mandaría comida en el camino.
El Gobernador los recibió cortésmente, y respondió que tenía por grata su
venida, ya que eran enviados por su hermano Atahualpa. Y que él iría lo más
pronto posible a verlo. Una vez que comieron y descansaron, el Gobernador les
preguntó sobre las cosas del país y sobre las guerras que Atahualpa hacía. Y
uno de ellos respondió que hacía cinco días que Atahualpa estaba en Cajamarca
para esperarlo allí, y que no tenía consigo sino algunas pocas gentes, porque
había mandado a las otras a hacer la guerra a su hermano Cuzco.
Y preguntado particularmente por el
Gobernador sobre todo el proceso de aquellas guerras y cómo había comenzado su
señor a conquistar el país, aquel agregó de esta manera: "Atahualpa, mi
señor, fue hijo del Cuzco viejo, que ya ha muerto, y el cual señoreó todas
estas comarcas. Y al morir, dejó a este Atahualpa, su hijo, como Señor de una
gran provincia llamada Quito, que está cerca
de Tumipampa. Y a su otro hijo mayor le dejó el señorío principal con todas las
otras tierras. Por lo cual, como este fue el sucesor en todo aquel estado, se
llamó el Cuzco, como su padre. Y no contento con este señorío, se fue a
guerrear contra Atahualpa, su hermano, al cual este lo mandó a rogar que lo
dejara vivir pacíficamente con lo que su padre le había dejado. Pero el Cuzco
no quiso oír ni una palabra, sino que mató a uno de los dos hermanos que le
llevaron la embajada.
Atahualpa entonces le salió al encuentro
con mucha gente de guerra hasta la provincia de Tumipampa,
que era de su hermano. Y porque quisieron impedírselo y defenderse de él, quemó
la ciudad principal de aquella provincia, y mató a toda la gente. Pero aquí
tuvo aviso de que su hermano había estado en su estado con un ejército. Por lo
tanto, él se movió de inmediato y lo fue a buscar. El Cuzco, cuando supo de la
venida de su hermano, regresó huyendo a sus provincias. Y Atahualpa lo siguió,
conquistando todas aquellas tierras, sin que ninguna se defendiera de él,
porque bien sabían el castigo que había hecho en Tumipampa. Y así, de todas
partes tomaba gente y reforzaba su ejército. Y llegado a Cajamarca, como le
pareció una tierra buena y abundante, se detuvo allí para poder luego desde ese
lugar moverse a la conquista del resto del estado de su hermano.
Y así luego mandó a un
capitán con dos mil hombres de guerra sobre la ciudad donde residía su hermano,
el cual, como estaba con un gran ejército, mató a estos dos mil hombres.
Atahualpa mandó entonces un mayor número de gente con dos capitanes, que hace
unos seis meses que fueron. Pero hace pocos días que ha tenido noticia de que
estos dos capitanes suyos han conquistado toda la tierra del Cuzco, y lo han
derrotado a él y a su gente en batalla, y que lo llevaban prisionero con mucho
oro y plata que le habían quitado."
Entonces el Gobernador
dijo: "Mucho placer he tenido de lo que me habéis contado, por haber
sabido de la victoria de vuestro señor, ya que su hermano, no contentándose con
lo mucho que poseía, quería también quitarle el estado que su padre le había
dejado. Y así les sucede a los soberbios, como le sucedió al Cuzco, que no
solamente no llegan a lo que malamente desean, sino que también ellos pierden
sus bienes y personas. Y porque el Gobernador creía que todo esto que el indio
había dicho, había sido astucia de Atahualpa para asustar a los nuestros, y para
darles a entender su poder y destreza en las guerras, siguió este modo con
aquel mensajero:
"Bien creo yo que
lo que has dicho es así como lo has dicho, porque Atahualpa es gran señor, y
tiene fama de ser buen guerrero. Pero yo te hago saber que el Emperador, mi
señor, que es Rey de las Españas y de todas las Indias y tierra firme, y señor
de todo el mundo, tiene muchos servidores que son señores mayores que
Atahualpa. Y sus capitanes han vencido y hecho prisioneros a señores bastante
mayores que Atahualpa, ni su hermano, ni su padre. Y el Emperador me mandó a
estas tierras para atraer a las gentes que hay en ellas al conocimiento de Dios
y a su obediencia. Y con estos pocos cristianos que vienen conmigo, he vencido
y derrotado a señores mayores que Atahualpa. Que si él querrá mi amistad y
querrá la paz conmigo, como han hecho los otros señores, yo le seré un buen
amigo y lo ayudaré en sus conquistas, y lo dejaré luego en su estado, porque yo
voy de largo por estas tierras hasta que descubra el otro mar. Que si él querrá
la guerra, yo se la haré, como también se la he hecho al cacique de la isla de
San Jacobo, y a la de Tumbes, y a todos los otros que la han querido conmigo.
Que yo no le hago la guerra a nadie si él mismo no la busca".
Siendo engañados por
algunos indios, embajadores de Atahualpa, el engaño es descubierto por un
indio, el cual afirmó haber visto a dicho Atahualpa en campaña con un ejército
de guerra, esperando a los cristianos para combatir con ellos.
Cuando aquellos
mensajeros oyeron todas estas cosas, se quedaron un rato como atónitos sin
hablar, al oír que tan pocos españoles hacían tan grandes hazañas. Y poco
después dijeron que querían regresar con la respuesta a su señor, y decirle que
los cristianos estarían pronto con él, y que por lo tanto les enviara comida
para el camino. Y así el Gobernador les dio licencia.
Y a la mañana
siguiente, tomó el camino por aquellos montes, y fue a dormir por la tarde a
una tierra que estaba en un valle cerca de allí. Donde tan pronto como él
llegó, llegó aquel principal mensajero, que ya antes había mandado Atahualpa
con aquel presente de los cántaros, con el que el Gobernador mostró hacer mucha
fiesta, y le preguntó cómo había dejado a Atahualpa. Respondió que bien, y que
lo mandaba con diez ovejas que llevaba a los cristianos. Y habló muy
libremente, y en sus razonamientos se conocía que era un hombre vivaz y listo.
Cuando hubo hablado
bastante, el Gobernador preguntó a los intérpretes qué cosa había dicho. Y
ellos dijeron que había dicho lo mismo que el otro mensajero había razonado el
día anterior, con muchas otras cosas, jactándose siempre del gran estado de su
señor y del gran esfuerzo de su ejército. Y asegurando y certificando al
Gobernador que Atahualpa lo habría recibido amigablemente y que quería tenerlo
por amigo y por hermano. El Gobernador respondió con bastantes buenas palabras,
como había respondido al otro.
Aquel embajador
llevaba sirvientes de señor, con cinco o seis vasijas de oro fino, en las que
bebía y con las que daba de beber a los españoles de aquella su bebida que él
llevaba. Y dijo que quería regresar con nuestro Gobernador hasta Cajamarca,
donde estaba su Señor.
A la mañana siguiente,
el Gobernador regresó a su camino por aquellos montes, y llegó a una tierra de
Atahualpa, donde descansó un día. Y al día siguiente, vino aquí aquel indio
principal que él había enviado como su mensajero a Cajamarca, el cual, cuando
vio al mensajero de Atahualpa que estaba aquí presente, se abalanzó
furiosamente sobre él, y tomándolo por las orejas se las tiró fuerte. Y no lo
soltó hasta que el Gobernador le ordenó que lo soltara, que si no lo soltaba,
iba a haber una buena escaramuza.
El Gobernador le
preguntó por qué causa había usado aquel acto con el mensajero de su hermano
Atahualpa. Y él respondió: "Este es un gran cobarde, un sublevador de
Atahualpa, y viene aquí a deciros mentiras, mostrándose como una persona principal.
Porque Atahualpa está fuera de Cajamarca con mucha gente en campaña para
guerrear. Y yo fui a la tierra y no encontré a nadie. Y al pasar por donde él
estaba acampado con sus tiendas, vi que allí tenía mucha gente y ganado, y que
están a punto de guerrear, y me quisieron matar. Y lo habrían hecho si yo no
hubiera dicho que si me mataban a mí, vosotros habríais matado a sus
embajadores que estaban allí con vosotros, y que hasta que yo no regresara,
vosotros no les habríais dado licencia ni los habríais dejado regresar. Y así
me dejaron. Y no me quisieron dar de comer, si no lo compraba, cambiándolo por
otras cosas. Les dije que me dejaran ver a Atahualpa y decirle mi embajada. Y
no quisieron, diciendo que él estaba ayunando, y no podía hablar con nadie. Un
tío suyo salió a hablar conmigo. Y yo le dije que era vuestro mensajero, y todo
lo demás que me ordenasteis que dijera. Él me preguntó qué gente eran los
cristianos y qué armas llevaban. Y yo le dije que son hombres valientes y muy
guerreros, y que llevan caballos que corren como el viento. Y que los que van a
caballo llevan ciertas lanzas largas, con las cuales matan a cuantos
encuentran. Y que de inmediato, en dos saltos, alcanzan a los enemigos. Y que
los caballos con los pies y con la boca matan a muchos. Y también le dije que
los cristianos que van a pie son muy diestros, y llevan en un brazo un escudo
de madera, con el cual se defienden, y jubones fuertes, bien reforzados de
algodón, con ciertas espadas afiladas y cortantes, que por ambos lados cortan a
un hombre por la mitad de un golpe y le cortan la cabeza a una oveja. Y con
estas espadas cortan todas las armas que los indios tienen. Y que algunos otros
llevan ballestas, con las cuales tiran de lejos, y con cada flecha matan a un
hombre. Y que tiran con tiros de pólvora bolas de fuego que matan a mucha
gente. A esto se me respondió que todo era nada, porque los cristianos son
pocos. Y los caballos, porque no llevan armas, serían matados de inmediato por
ellos con sus lanzas. Y yo respondí que los caballos tienen los corazones
duros, que sus lanzas no los habrían podido atravesar. Decían también que no
temían los tiros de fuego, porque los cristianos no tenían más que dos. Y al
querer regresar, les rogué que me dejaran ver a Atahualpa, ya que sus
mensajeros ven y hablan con el Gobernador, que es mucho mejor que él. Y no
quisieron, que yo por ninguna razón le hablara. Y así me vine. Ahora ved si
tengo razón para matar a este sinvergüenza, que siendo un falso y un sublevado
de Atahualpa (como me han dicho que es) habla tan libremente con vosotros, y
come en vuestra mesa, y a mí, que soy una persona principal, no me han querido
conceder que me dejen hablar con Atahualpa, ni darme de comer. Al contrario, me
tuve que defender con buenas razones para que no me mataran".
El mensajero de
Atahualpa respondió muy asustado y tímido, viendo que aquel indio hablaba con
tanto atrevimiento y libertad, y dijo que si en Cajamarca no había gente, era
porque habían dejado la tierra vacía y libre para que los cristianos pudieran
alojarse. Y que Atahualpa estaba en campaña porque así acostumbraba a hacer
desde que había comenzado la guerra. Y que si no le había podido hablar, había
sido porque él ayunaba, como suele hacerlo. Y si no lo había podido ver, no
había sido por otra cosa, sino porque cuando ayunaba, no aparecía, ni se dejaba
ver ni hablar por nadie en ese tiempo. Que si los suyos hubieran tenido el
valor de decirle que tú estabas allí para hablarle de parte del Gobernador, te
habría hecho entrar de inmediato y darte de comer.
Muchas otras cosas
similares, dijo queriendo asegurar y certificar a los nuestros que Atahualpa
los esperaba como amigo y señor pacífico. Pero si se quisiera contar
particularmente los razonamientos que pasaron entre este indio y el Gobernador,
sería necesario hacer un libro aparte. Por lo tanto, para concluirlo en breve,
el Gobernador dijo que él creía que era así, como decía, porque no tenía menos
confianza en su hermano Atahualpa. Y no dejó por ello de hacerle tan buenos
tratos como le había hecho antes, y reñía y gritaba con el indio que había sido
su mensajero, queriendo dar a entender que le había disgustado que aquel
hubiera sido tan maltratado en su presencia. Aunque en secreto tenía por cierto
que lo que su indio decía, era verdad, que ya conocía bien las artes astutas de
los indios.
Siguiendo su viaje,
entran en Cajamarca, donde se hacen fuertes en una plaza. Mandan a Atahualpa a
algunos capitanes para hacerle saber el deseo que tienen de verlo y de
mostrarle que son amigos al haber llegado. Se encuentran con muchos
razonamientos. Promete venir, se mueve con su ejército hacia Cajamarca.
Descripción de muchas cosas de la ciudad y de la habitación de Atahualpa.
El día siguiente, el Gobernador partió y
fue a dormir la noche siguiente en una cierta llanura con territorios
descubiertos y sin árboles, para poder llegar al mediodía del día siguiente
a Cajamarca, que decían que estaba cerca. Allí vinieron
mensajeros de Atahualpa con comida para los cristianos.
La mañana muy
temprano, el Gobernador partió con sus gentes bien en orden, y llegó a una
legua cerca de Cajamarca. Y allí esperó a que su retaguardia llegara, y se
uniera a él. Luego, para hacerlos entrar con buen orden en la ciudad, hizo tres
escuadrones de todas sus gentes. Y así luego caminó adelante, mandando
mensajeros a Atahualpa para que viniera a Cajamarca, que allí se verían.
Al entrar en la
ciudad, los nuestros vieron el campo de los indios a una legua de ese lugar, y
cerca de la falda de un monte. El Gobernador llegó a esta ciudad a la hora de
vísperas el quince de noviembre de 1532.
En el medio de
Cajamarca hay una gran plaza bien rodeada por un muro de cal y tierra, y con
muchas buenas habitaciones para alojarse dentro. Por lo tanto, como no estaban
en la tierra las gentes que debían habitarla, el Gobernador se refugió en esta
plaza con los suyos. Luego mandó a un mensajero a Atahualpa, haciéndole saber
que él había llegado, y que por lo tanto viniera, que se verían juntos, y le
mostraría dónde debía alojarse. Y en este tiempo, mandó a ver la tierra, para
que si había otra mejor fortaleza, allí se pudiera hacer fuerte. Y ordenó que
todos se quedaran en la plaza, y los de a caballo no desmontaran hasta que se
viera si Atahualpa venía. La tierra fue vista, y no se encontró mejor lugar
para quedarse que esa plaza.
Esta ciudad, que es la
principal de todas las otras que hay en este valle, está situada y puesta en la
falda de un monte. Y tiene una legua de espacio de tierra llana. Y por este
valle corren dos ríos. Y este valle, que va largo y llano entre dos montes,
está muy habitado.
Ahora, la ciudad de
Cajamarca puede ser de dos mil casas, y tiene en su entrada dos puentes, porque
en ellos corren dos ríos. La plaza que he dicho, es más grande que cualquiera
de las que hay en España. Y toda cerrada, y con dos puertas por las cuales se
va a la ciudad. Las casas de esta plaza se extienden más de doscientos pasos de
largo, y están bastante bien hechas. Y están rodeadas de un fuerte muro de
tierra y cal, alto como tres veces un hombre. Y los techos están cubiertos de
paja y de madera puestas sobre los muros.
Aquí dentro hay un
apartamento dividido en ocho cuartos, y es mejor que ninguno de los otros. Las
paredes de este apartamento son de piedra viva bastante bien labrada. Y este
apartamento está separadamente rodeado de un muro de piedra viva con sus
puertas. Y dentro de los patios hay sus pilas de agua que de la otra parte
conducían por acueductos para el servicio de esta casa el agua.
Delante de esta plaza,
del lado de la campaña, está incorporada a la plaza una fortaleza de peñas con
una escalera de mármol, por la cual se sube de la plaza a la fortaleza. Y de la
parte de la campaña, hay otra pequeña puerta falsa con otra estrecha escalera,
sin que se salga del muro que rodea la plaza.
Sobre esta ciudad, en
el flanco del monte, de donde las casas de los ciudadanos comienzan, hay otra
fortaleza, puesta sobre la roca viva, la mayor parte de la cual está cortada y
es escarpada. Y esta es más grande que la otra, y está rodeada por tres muros,
y se sube como en caracol. Ciertamente que son fortalezas que no se han visto
similares entre los indios.
Entre el monte y esta
gran plaza, hay otra plaza más pequeña, toda rodeada de habitaciones, en las
cuales había muchas mujeres para el servicio de Atahualpa. Antes de que se
entre en esta ciudad, hay una casa rodeada de un muro de cal y tierra, y hay un
hermoso patio con muchos árboles puestos a mano. Esta casa dicen que es del
Sol, porque en cada tierra hacen al Sol sus mezquitas. Aunque en esta ciudad
también hay muchas otras mezquitas, que en toda la comarca son tenidas en gran
veneración. Y cuando entran, se quitan los zapatos y los dejan en la puerta.
La gente de todas
estas tierras, que se encuentran desde que se comienza a subir el monte, donde
está aquella fortaleza que se ha dicho arriba, tiene gran ventaja sobre todas
las otras gentes que se quedan atrás, porque es gente más limpia y de mayor
capacidad y razón, y las mujeres son muy honestas y llevan sobre el vestido
ciertas fajas bien trabajadas y ceñidas, o atadas a la altura del vientre. Y
sobre este vestido llevan un manto que las cubre desde la cabeza hasta la mitad
de la pierna, exactamente como un manto de mujeres.
Y los hombres visten
camisolas sin mangas, y encima llevan ciertos mantos cubiertos. Todas las
mujeres aquí en sus casas hilan la lana y el algodón, y hacen los vestidos que
necesitan, y también los zapatos para los hombres, que los hacen de lana o de
algodón.
Ahora, habiendo el
Gobernador esperado a que Atahualpa viniera o mandara a darle alojamiento,
porque veía que se hacía tarde, mandó a un capitán suyo con veinte de a caballo
a hablarle, y a decirle que viniera a entrevistarse con él. Y le ordenó que
fuera pacíficamente y sin venir con esas gentes a contienda, aunque ellos la
buscaran. Pero que de la mejor manera que pudiera, fuera a hablar con Atahualpa
y regresara con la respuesta.
Pudo ser que este
Capitán había llegado a la mitad del camino, cuando el Gobernador subió a la
cima de aquella fortaleza, y vio delante de las tiendas un gran número de gente
en la campaña. Por lo tanto, para que los cristianos que había mandado no incurrieran
en algún daño, y para que pudieran salir mejor de esas gentes y defenderse si
fuera necesario, mandó de inmediato a otro Capitán detrás de ellos (que era su
hermano) con otros veinte de a caballo, ordenándole que no consintiera que los
suyos dieran voz alguna.
Poco después comenzó a
llover y a granizar, y por lo tanto el Gobernador hizo alojar a los suyos en
las habitaciones de aquel palacio, y al Capitán de la artillería con sus tiros
dentro de la fortaleza. Mientras estaba en esto, vino un indio de Atahualpa a
decirle al Gobernador que se alojara donde le placiera, siempre que no subiera
a la fortaleza de la plaza, porque su Señor no podía por el momento venir,
porque ayunaba.
El Gobernador respondió que así lo
haría, y que había mandado a su hermano a rogarle que viniera a verlo y a
hablarle, porque tenía gran deseo de conocerlo por las noticias que había
tenido de él. El mensajero regresó con esta respuesta. Y el Capitán Hernando Pizarro, al hacerse de noche, regresó con sus
cristianos, y dijo que en el camino había encontrado un mal paso de lodazales,
que parecía que antes había sido bueno, porque desde la ciudad hasta el campo
de Atahualpa toda la carretera era ancha y aplanada de piedras y tierra. Y se
conocía que en ese mal paso había sido rota y estropeada a propósito. Por lo
tanto, ellos habían pasado por otra parte.
Y dijo que antes de
que llegaran al campo, habían pasado dos ríos. Y que justo delante en el campo
pasaba otro, que los indios lo pasaban por encima de un puente. De modo que de
esta parte venían a estar los indios rodeados por el agua. Y dijo que el otro
Capitán cristiano, que había ido adelante, había dejado a sus gentes de esta
parte del río, para no poner a los adversarios en murmullo. Y que no había
querido pasar por el puente, dudando que su caballo no se fuera a ver en
peligro. Por lo tanto, había pasado por medio del agua llevando consigo a un
intérprete.
Y que había pasado por
dentro de un escuadrón de gente que estaba de pie. Y que llegado al alojamiento
de Atahualpa en una plaza, había encontrado 400 indios que parecía que fueran
su guardia. Y él estaba en la puerta de su alojamiento sentado muy bajo, con
muchos indios e indias de pie alrededor, y con una cinta de lana (que parecía
seda carmesí) en la frente, ancha dos palmos de mano, y atada en la cabeza con
sus cordoncillos que le caían hasta los ojos, y que lo hacía más grave de lo
que era. Y tenía los ojos bajos al suelo sin levantarlos nunca para mirar a
otra parte.
Decía que cuando nuestro Capitán llegó
ante él, le dijo por su intérprete que él era un Capitán del Gobernador que lo
mandaba a ver, y a decirle de su parte el gran deseo que tenía de verlo. Por lo
tanto, si él hubiera ido, lo habría hecho muy contento. Y con esto le dijo
también otras cosas similares, a las cuales él nunca respondió, ni levantó la
cabeza para mirarlo. Pero que un principal suyo respondía a cuanto el Capitán
hablaba.
Y que en esto él había
llegado donde la gente de aquel Capitán se había quedado, y habiendo sabido que
hablaba con el cacique, dejando también él allí a los suyos, pasó el río y
llegó cerca de donde Atahualpa estaba. Por lo cual, entonces, aquel primer
Capitán dijo: "Este que ahora viene es un hermano del Gobernador,
habladle, porque viene a veros".
Entonces, el Tirano levantó los ojos y
dijo: "Mayzabilica", que es un capitán que tengo en el
río de Turicara, me mandó a decir que vosotros tratabais mal a
los caciques y que los poníais en cadenas. Y me mandó un collar de hierro. Y
dice que él mató a tres cristianos y a un caballo. Pero yo tengo placer en
venir mañana a ver al Gobernador, y a ser amigo de los cristianos, porque son
buenos.
Hernando Pizarro entonces
respondió: "Mayzabilica es un cobarde, y un solo cristiano mataría a él y
a todos los indios de ese río. ¿Cómo podía él, pues, matar a cristianos o a un
caballo, siendo ellos gallinas? Ni el Gobernador ni los cristianos tratan mal a
los caciques que no quieren la guerra con él, porque tratan bastante bien a los
buenos y a aquellos que quieren ser sus amigos. Y a aquellos que quieren la
guerra, se la hacen hasta que los destruyen por completo. Y cuando veáis lo que
los cristianos harán, ayudándoos en la guerra contra vuestros enemigos,
entonces conoceréis cómo Mayzabilica os dijo grandes mentiras".
Dijo entonces
Atahualpa: "Un cacique no ha querido obedecerme, mis gentes vendrán con
vosotros, y le haréis la guerra". Respondió Hernando Pizarro: "Contra
un cacique, por mucha gente que él tenga, no es necesario que vayan vuestros
indios, sino que diez cristianos a caballo solamente lo destruirán".
Atahualpa se rio de
aquellas palabras, y dijo que bebieran. Pero los Capitanes, para huir de beber
de aquella su bebida, dijeron que ayunaban. Pero fueron tan importunados por el
Tirano, que la aceptaron.
Por lo cual vinieron
de inmediato mujeres con vasijas de oro, en las que llevaban un líquido hecho
de maíz. Cuando Atahualpa las vio, levantó los ojos hacia ellas sin decir
palabra. Por lo cual, partiendo, regresaron de inmediato con otras vasijas de
oro más grandes, con las que dieron de beber a los dos cristianos. Y hecho
esto, se licenciaron, quedando acordado que a la mañana siguiente Atahualpa
iría a ver al Gobernador.
El campo de los indios
estaba puesto en la falda de una colina, y las tiendas, que eran de algodón,
ocupaban una legua de largo. Y en el medio estaba la de Atahualpa. Todas las
gentes estaban de pie fuera de sus tiendas, con las armas clavadas en la tierra,
y eran ciertas lanzas largas, como picas. Y a los nuestros les pareció que en
este campo había más de treinta mil hombres.
Ahora, cuando el
Gobernador supo todo esto que había pasado, ordenó a los suyos que se quedaran
la noche con buena guardia. Y a su Capitán general, que visitara las guardias y
que toda la noche anduvieran las centinelas alrededor de los alojamientos. Y
así se hizo.
Llegada la mañana
siguiente, que era sábado, llegó al Gobernador un mensajero de Atahualpa, que
de su parte le dijo: "Mi Señor te manda a decir que él quiere venir a
verte, y llevar a su gente armada, ya que tú ayer mandaste la tuya armada. Y
dice que le mandes un cristiano, con el cual él pueda venir".
El Gobernador
respondió: "Di a tu señor que venga enhorabuena, como él quiera, que como
quiera que venga, lo recibiré como amigo y hermano. Pero que no le mando a
ningún cristiano, porque entre nosotros no se acostumbra a mandarlo de un señor
a otro".
El mensajero partió
con esta respuesta. Y cuando llegó al campo, las centinelas y descubiertas
nuestras vieron moverse el campo de los indios.
Poco después, vino otro mensajero y le
dijo al Gobernador: "Atahualpa te manda a decir que él no querría llevar a
su gente armada, porque, aunque muchos armados vinieran, vendrían también muchos
otros sin armas, a los que él quería llevar consigo, y darles en esta ciudad
alojamiento. Y que le prepararas un alojamiento para él en esa misma plaza, en
una casa que llaman de la serpiente, por
una serpiente de piedra que había dentro".
El Gobernador
respondió que así lo haría, y que viniera pronto, porque tenía gran deseo de
verlo.
En poco tiempo, se vio venir toda la
campaña llena de gente, la cual se detenía paso a paso, esperando a los otros
que salían del campo. Y el venir de la gente, que venía repartida en
escuadrones, duró hasta tarde. Y una vez que hubieron pasado todos los malos
pasos, se detuvieron cerca del campo de los nuestros. Y todavía se veía salir
la gente del campo de los indios.
Entonces, el
Gobernador ordenó en secreto a todos los españoles que se armaran en sus
habitaciones y tuvieran los caballos ensillados y embridados, y repartidos en
tres Capitanes, sin que nadie saliera de su habitación a la plaza. Y ordenó al
Capitán de la artillería que dirigiera las bocas de la artillería hacia la
cabeza de los enemigos, y cuando fuera el momento, le prendiera fuego.
En las calles por
donde se entraba a la plaza, puso gente escondida en emboscada. Y se llevó
consigo a veinte hombres de a pie a su habitación, porque estaba pensando en
apresar a la persona de Atahualpa, si él venía maliciosamente, como parecía que
venía con tan gran número de gente que conducía. Pero ordenó que lo apresaran
vivo. Y a todos los demás les ordenó que nadie saliera de su habitación, aunque
vieran a los enemigos entrar en la plaza, hasta que oyeran disparar la
artillería. Porque él tenía las centinelas, y viendo que el adversario venía
con astucia y con malicia, habría avisado cuando debieran salir. Y así también los
de a caballo, cuando hubieran oído decir, "Santiago".
Atahualpa con el
ejército entra en Cajamarca, donde, mostrando el ánimo enemigo, es hecho
prisionero valerosamente por los españoles, y su ejército es puesto en fuga, y
parte de él es matado.
Con este acuerdo y
orden, el Gobernador se quedó esperando a que Atahualpa viniera, sin que
apareciera ningún cristiano en la plaza, salvo la centinela que daba aviso de
cuanto pasaba en el campo contrario. El Gobernador y el Capitán general andaban
visitando las habitaciones de los españoles para ver cómo estaban provistos y
en orden para salir cuando fuera necesario, animando a todos y diciéndoles que
de sus propios corazones se hicieran fortaleza, ya que no tenían otras
fortalezas, ni otro socorro que el de Dios, que en la mayor necesidad socorre a
quien va en su servicio. Y que si bien contra cada cristiano había quinientos
indios, debían ellos, sin embargo, mantener el esfuerzo que suelen tener en
tiempos similares los corazones generosos, y esperaran que Dios combatiría por
ellos. Y que en el momento del asalto se movieran con mucha furia y prudencia,
y vieran de no encontrarse los de a caballo unos con otros.
Estas y otras palabras
similares decían el Gobernador y el Capitán general a sus gentes para animarlas.
Pero ellas estaban con la voluntad de salir al campo más bien que de quedarse
allí en sus habitaciones. Y a cada uno en su ánimo le parecía que debía hacer
por cien, y tenían poco miedo, aunque vieran tanta gente.
Viendo el Gobernador
que el Sol ya bajaba para esconderse en el Océano Occidental, y que Atahualpa
no se movía de aquel lugar donde se había detenido, y que todavía se veía venir
gente de su lado, le mandó a decir por un español que entrara en la plaza y
viniera a verlo antes de que fuera de noche.
El mensajero fue, y
después de las reverencias, le hizo por señas entender que viniera donde el
Gobernador estaba. Entonces él se movió con su gente. Y el español regresó
adelante, y dijo que Atahualpa venía, y que su gente de la vanguardia llevaba armas
secretas bajo las camisolas, que eran fuertes jubones de algodón, y pequeñas
bolsas con piedras y hondas. Y le pareció que venían con mala intención.
Poco después, entró la
vanguardia en la plaza. Y venía primero un escuadrón de indios vestidos con una
librea de colores a modo de damas: y estos venían quitando las pajas de la
tierra y barriendo las calles. Venían después otros tres escuadrones vestidos
de otra manera, y todos cantando y bailando. Y poco después seguía mucha gente
con armaduras, patenas y coronas de oro y de plata. Y entre estos venía
Atahualpa en una litera o andas forrada de plumas de papagayos de muchos
colores, y guarnecida de placas de oro y de plata. Y lo llevaban muchos indios
alto sobre los hombros. Y detrás de esta venían otras dos literas, en las que
venían otras dos personas principales. Y después venía mucha gente en
escuadrones con coronas de oro y de plata.
Tan pronto como los
primeros entraron en la plaza, se hicieron a un lado y dieron lugar a los
demás. Y llegado Atahualpa al medio de la plaza, hizo que todos se detuvieran y
se quedaran quietos, y se detuvieran las literas, pero no dejaban de entrar
gentes en la plaza de continuo.
De la vanguardia de los indios se movió
un Capitán, y subió a la fortaleza de la plaza, donde estaba la artillería, y
alzó dos veces la lanza a modo de señal. El Gobernador, que vio esto, le dijo a
Fray Vicente si quería ir a hablar con Atahualpa por un
intérprete. El fraile dijo que sí, y se movió con una cruz en una mano y con la
biblia en la otra. Y habiendo entrado entre aquellas gentes, cuando estuvo
donde Atahualpa estaba, le dijo por medio de aquel intérprete: "Yo soy
sacerdote de Dios, y enseño a los cristianos las cosas divinas. Y así mismo
vengo a enseñaros a vosotros. Lo que yo enseño es lo que el gran Dios nos
habló, que está escrito en este libro. Y por lo tanto, de parte de Dios y de
los cristianos, te ruego que quieras ser su amigo, porque así lo quiere Dios, y
te vendrá bien. Y ven a hablar con el Gobernador, que te está esperando".
Atahualpa le dijo que
le diera el libro, que quería verlo. Y él se lo dio cerrado. Y no adivinando
Atahualpa a abrirlo, el religioso extendió la mano para querer abrirlo. Y él
con gran desdén le dio un golpe en el brazo, no queriendo que lo abriera. E insistiendo
él mismo en abrirlo, lo abrió. Y sin maravillarse de las letras ni del papel,
como solían hacer los otros indios, lo tiró a cinco o seis pasos de sí. Y a las
palabras que el fraile le había dicho por medio del intérprete, respondió con
mucha soberbia: "Bien sé yo lo que has hecho en este viaje, y cómo has
tratado a mis caciques, a los que les has quitado la mercancía". El
religioso respondió: "Los cristianos no han hecho esto nunca, al
contrario, ciertos indios llevaron ciertas mercancías sin saberlo el
Gobernador, el cual, cuando lo supo, las hizo regresar". Entonces
Atahualpa agregó: "Yo no partiré de aquí hasta que me la traigan
toda".
El padre regresó con
la respuesta a Pizarro. Y el Tirano indio se puso de pie sobre aquella litera,
hablando con los suyos para que estuvieran listos y en orden.
Cuando el Gobernador supo por el fraile
lo que había pasado, y cómo Atahualpa le había tirado la sagrada escritura en
tierra, se armó de inmediato con un sayo de armas de algodón. Y tomando su
espada y su targe (escudo), se movió con los españoles que estaban con él, y se
metió por en medio de los indios. Y con mucho ánimo, con cuatro compañeros
solamente que lo pudieron seguir, llegó hasta la litera donde estaba Atahualpa.
Y sin miedo alguno lo tomó por el brazo izquierdo y gritó: "Santiago, Santiago".
Entonces, la
artillería disparó y sonaron las trompetas, y salieron fuera las gentes de a
pie y de a caballo. Cuando los indios vieron venir el escuadrón de los
caballos, muchos de los que estaban en la plaza huyeron. Y fue tanta la furia
de esta fuga, que rompieron un paño del muro de la plaza, y muchos cayeron uno
encima del otro. Los de a caballo pasaron por encima de ellos, hiriendo y
matando, y siguieron la victoria.
Los de a pie se
emplearon tan bien con los que quedaron en la plaza, que en breve tiempo los
pasaron a todos por el filo de la espada. El Gobernador todavía tenía a
Atahualpa por el brazo, y como estaba en alto, no lo podía sacar de la litera.
Los españoles hicieron tanta matanza en los que llevaban las literas, que las
hicieron caer al suelo. Y si el Gobernador no hubiera defendido y protegido a
Atahualpa, aquí este soberbio habría pagado todas sus crueldades. Y el
Gobernador, por querer defenderlo, tuvo una pequeña herida en la mano.
Y en todo este tumulto
no hubo indio que levantara las armas contra los cristianos, porque fue tan
grande el espanto que tuvieron al ver al Gobernador de esa manera entre ellos,
y al sentir de improviso aquella artillería con la vista furiosa de esos
caballos, que era para ellos una cosa nueva y nunca antes vista, que con gran
alteración no atendían a otra cosa que a huir y salvar la vida. Todos los que
llevaban la litera de Atahualpa pareció que fueran hombres principales, y todos
murieron con los que también iban en las otras literas. Y uno de los que iba
sobre una litera, era su paje y gran señor, y muy estimado por él. Los otros
eran también señores de mucho estado y sus consejeros. Y con ellos murió
también el cacique, señor de Cajamarca. Murieron también muchos otros capitanes
suyos, de los cuales no se hace caso, por ser grande su número, porque todos
los que venían en guardia de Atahualpa eran grandes señores.
Ahora el Gobernador se
fue a su habitación con su prisionero Atahualpa despojado de sus vestidos, que los
españoles se los habían desgarrado en la espalda para sacarlo de la litera. Fue
ciertamente una cosa muy maravillosa ver en tan breve tiempo apresado a un
señor tan grande, que tan poderoso venía. El Gobernador hizo traer de inmediato
vestidos, y lo hizo vestir, calmándolo del desdén y la alteración que tenía de
verse tan pronto caído de su estado.
Y entre las muchas otras palabras que
Pizarro le dijo, fueron estas también: "No tengas por gran maravilla el
haber sido tan vencido y derrotado, porque con los cristianos que yo conduzco,
aunque sean pocos en número, he subyugado con ellos una tierra más grande que
la tuya, y derrotado a otros señores más grandes que tú, poniéndolos bajo el
señorío del Emperador, de quien soy tu vasallo, y el cual es señor de España y
de todo el mundo. Y por su orden, nosotros hemos venido a conquistar estas
tierras, para que vengáis todos al conocimiento de Dios y de su santa fe
católica. Y por la buena demanda con que andamos, permite Dios, creador del
cielo y de la tierra, y de todas las cosas creadas, que tan pocos como somos
podamos subyugar a tanta gente, para que lo conozcáis y salgáis de esa vida
bestial y diabólica en la que vivís. Que cuando vosotros hayáis visto el error
en el que habéis vivido, conoceréis el beneficio que sacaréis de que nosotros
hayamos venido a esta tierra por orden de Su Majestad. Y debéis atribuir a la
buena suerte el no haber sido vencidos por gente cruel, como sois vosotros, que
no se la perdonáis a nadie. Porque nosotros tenemos piedad con nuestros
enemigos vencidos, y no hacemos la guerra sino a aquellos que nos la hacen. Y
pudiendo arruinarlos, no lo hacemos, al contrario, los perdonamos. Como
teniendo yo prisionero al cacique, señor de la isla de San Jacobo, lo dejé
libre y en su estado para que fuera bueno de ahora en adelante. Y lo mismo hice
con los caciques señores de Tumbes y de Chilimaxa, y con
otros también, que habiéndolos en mi poder y mereciendo ellos la muerte, yo les
perdoné. Y si tú eres apresado, y tu gente derrotada y muerta, ha sido solo
porque venías con tan grande ejército contra nosotros, habiéndote yo mandado a
rogar que vinieras pacíficamente. Y porque tiraste al suelo el libro donde
estaban las palabras de Dios. Y por esto, nuestro Señor permitió que tu
soberbia fuera humillada, y que ningún indio pudiera ofender ni hacer ningún
mal a los cristianos".
Del buen trato que le
dan a Atahualpa prisionero, el número de muertos en el hecho de armas, del oro
y plata encontrados en los despojos de los enemigos, y de cómo liberan a los
indios hechos prisioneros.
Una vez que el Gobernador hubo dicho todas estas cosas, respondió Atahualpa
que él había sido engañado por sus Capitanes, que le habían dicho que no
hiciera caso alguno de los españoles, porque él quería venir como amigo y pacíficamente,
y los suyos no quisieron. Y que todos los que se lo habían aconsejado estaban
muertos. Y que bien había él visto la bondad y el buen ánimo de los cristianos,
y que Mayzabilica lo había engañado con aquellas
mentiras que le había mandado a decir de los nuestros.
Ahora, como ya era de
noche, el Gobernador, que veía que los suyos que habían seguido la victoria no
habían regresado todavía, hizo disparar la artillería y sonar las trompetas
para que se reunieran. Y así, poco después, entraron todos en la plaza con una
gran cantidad de prisioneros que habían hecho, que eran más de tres mil
personas. El Gobernador les preguntó si venían todos sanos y salvos, y su
Capitán general, que venía con ellos, respondió que solo un caballo había
tenido una pequeña herida.
Entonces el Gobernador
con mucha alegría dijo: "Yo doy gracias sin fin a nuestro Señor, y todos
debemos darle gracias por tan gran milagro que ha hecho hoy por nosotros. Y
verdaderamente que podemos creer que sin su especial socorro no habríamos
bastado nosotros para entrar en esta tierra, y mucho menos para vencer un
ejército tan grande. Que le plazca a Dios por su misericordia, que ya que ha
tenido a bien hacernos tanta merced, nos dé la gracia de poder hacer tales
obras que adquiramos su santo reino. Y porque vosotros, Señores, venís cansados
y exhaustos, vaya cada uno a descansar a su habitación. Y ya que Dios nos ha
dado la victoria, no la descuidemos. Que si bien estos indios están dispersos y
derrotados, sin embargo, son astutos y diestros en hacer la guerra. Por lo
tanto, porque este Señor, como nosotros sabemos, es muy temido y obedecido por
ellos, ellos intentarán toda astucia y malicia para sacárnoslo de las manos.
Así que esta noche y todas las demás, hágase buena guardia y manténganse
vigilantes, y con centinelas alertas, para que nos encuentren bien preparados.
Y así se fueron todos a cenar.
Y el Gobernador hizo
sentar a Atahualpa en su mesa, y lo hizo servir como si fuera su propia
persona. Luego le hizo dar de sus mujeres, que habían sido apresadas, las que
él quisiera, para su servicio. Y le hizo hacer una buena cama en la misma
habitación donde él dormía. Y lo tenía suelto, sin prisión, excepto por la
guardia, que siempre tenía los ojos sobre él.
La batalla duró poco
más de media hora, porque el Sol ya se había puesto cuando comenzó. Y si la
noche no se hubiera interpuesto, de los más de treinta mil hombres que eran,
habrían quedado pocos. Y es opinión de algunos que han visto gente en la
campaña, que estos eran más de cuarenta mil. No quedaron en la plaza muertos
dos mil, sin contar los heridos.
En esta batalla se vio
una cosa maravillosa: y fue, que los caballos, que el día anterior no se podían
mover por estar enfriados y entumecidos, anduvieron ese día de la batalla con
tanta furia que parecía que no hubieran tenido nunca ningún mal. El Capitán
general visitó esa noche las guardias y las centinelas, poniéndolas en los
lugares convenientes.
La mañana siguiente,
el Gobernador mandó a un Capitán con treinta de a caballo a recorrer la
campaña, y hizo romper las armas de los indios. Y en ese tiempo, los cristianos
que se habían quedado en la ciudad, hicieron que los indios prisioneros sacaran
a los muertos de las plazas. El capitán con los suyos de a caballo recogió
cuanto encontró en la campaña con las tiendas de Atahualpa. Y antes de
mediodía, entró en la ciudad con una gran cabalgata de hombres y mujeres, y con
ovejas, y oro, y plata, y otras mercancías.
En estos despojos hubo
de oro (en valor) ochenta mil castellanos y siete mil marcos de plata (cada
marco es de ocho onzas) y catorce esmeraldas. El oro y la plata estaban en
piezas monstruosas, que eran platos grandes y pequeños, y jarras, y ollas, y
braseros con otros grandes y variados pedazos.
Atahualpa dijo que
todos estos eran vasijas para su servicio, y que sus indios que habían huido se
habían llevado una cantidad mucho mayor.
El Gobernador hizo
dejar libres a todas las ovejas, que eran una gran cantidad, y estorbaban en el
campo. Y ordenó que los cristianos cada día mataran cuantas necesitaran. Luego
hizo poner en la plaza a los indios que habían sido hechos prisioneros la noche
anterior, para que los cristianos se tomaran los que necesitaran para su
servicio. Y a todos los demás los hizo liberar para que se fueran a sus casas,
ya que eran de diversas provincias, y Atahualpa los conducía para mantener sus
guerras y para servirse de ellos en su gran ejército.
Algunos fueron de la
opinión de que se debía matar a todos los indios que eran aptos para la guerra,
o que se les cortaran las manos. Pero el Gobernador no lo consintió, diciendo
que no era bueno usar tan grande crueldad. Y que si bien era grande la potencia
de Atahualpa, y podía reunir una gran cantidad de gente, era sin comparación
mucho mayor el poder del gran Dios, que por su infinita bondad siempre ayuda a
los suyos. Y que tuvieran por cierto que él, que los había liberado del peligro
del día anterior, los liberaría también en el futuro. Ya que su intención era
buena, de atraer a aquellos infieles a su servicio y al conocimiento de su
santa fe. Y que no quisieran asemejarse a los indios en la crueldad y
sacrificios que aquellos hacen de los que apresan en las guerras. Y que
bastaban bien los que habían muerto en la batalla, porque aquellos otros que
habían sido llevados como ovejas, no debían morir ni recibir ningún daño. Y así
fueron liberados.
De la gran cantidad de
vestidos que encontraron en Cajamarca, y de las armas, y del modo de combatir
que tienen los indios. Descripción de la habitación de Atahualpa.
En esta ciudad de
Cajamarca fueron encontradas ciertas casas llenas de vestidos enfardelados, y
tan llenas que estos fardos acumulados llegaban hasta el techo. Decían que
estas mercancías estaban aquí depositadas y guardadas para munición del
ejército. Los nuestros tomaron las que quisieron, y todavía quedaron las casas
tan llenas que parecía que no faltaba nada. Los vestidos eran los mejores que
se hubieran visto en esas indias, y la mayor parte eran de lana muy sutil y
fina. Y los otros eran de algodón de diversos colores, y muy finos.
Las armas que allí se
encontraron, y con las que hacían la guerra, y el modo que tenían de combatir,
era de esta manera:
En la vanguardia iban
honderos, que tiraban con sus hondas, piedras lisas de barrancos, y hechas a
modo de huevos. Y llevaban en el brazo escudos que ellos mismos hacían de
tablillas estrechas y fuertes. Y llevaban también jubones rellenos de algodón.
Después de estos
venían otros con mazas con puntas y con hachas. Las mazas con puntas son largas
dos brazos y medio, y gruesas como una lanza jineta. Y el bulto que estaba en
la punta era de metal, grande como un puño, con cinco o seis puntas afiladas,
cada una gruesa como el primer dedo de la mano. Y manejan estas mazas con
puntas a dos manos. Las hachas son del mismo tamaño y mayores. Y su corte es de
metal y largo un palmo, como de alabarda.
También hay algunas
hachas y mazas con puntas de oro y de plata, que los principales las llevan.
Detrás de estos vienen otros con lanzas pequeñas para tirar como dardos. En la
retaguardia van lanceros con lanzas largas de treinta palmos. Y en el brazo
izquierdo llevan una manga con mucho algodón. Y todos van repartidos en sus
escuadrones con sus banderas y capitanes que los comandan. Y con tanto orden como
con el que guerrean los turcos.
Algunos de ellos
llevan ciertos celadones de madera grandes, que los cubren hasta los ojos, con
mucho algodón dentro, y tan fuertes que no podrían serlo más si fueran de
hierro.
Estas gentes que
Atahualpa tenía en su ejército, eran todas bastante aptas y ejercitadas en la
guerra, porque siempre guerreaban, y eran jóvenes y de gran cuerpo. De modo que
mil solos de ellos habrían desolado una de esas tierras, aunque hubiera habido
allí veinte mil hombres.
La casa de campo que
Atahualpa tenía para su alojamiento era la mejor que se hubiera visto entre los
indios, aunque no era grande, pues estaba dividida en cuatro aposentos. En el
centro se hallaba un patio con un estanque de piedra, al que llegaba el agua
por un acueducto tan caliente que no era posible sostener la mano en ella. Esa
agua brotaba hirviendo de un monte cercano. Por otro acueducto venía agua
fresca, y ambas corrientes se unían en el trayecto para desembocar mezcladas en
la piscina. Cuando deseaban que solo llegara una, bastaba con desviar el
acueducto del otro. El estanque, de buen tamaño, estaba construido enteramente
en piedra.
Fuera de la casa, en
un sector del patio, había otro estanque o piscina, no tan bien construida como
la primera. Contaba con elegantes escaleras de piedra por donde descendía quien
deseaba bañarse.
El alojamiento donde
Atahualpa pasaba el día era un balcón que daba a un huerto, y junto a él se
encontraba la habitación donde dormía, con una ventana orientada hacia el patio
y el estanque. El balcón también se abría sobre ese mismo patio. Las paredes
estaban enlucidas con un betún bermejo, mucho más fino que la magra, y
brillaban intensamente; los maderos del techo estaban teñidos del mismo color.
El aposento situado enfrente se componía de cuatro bóvedas redondas, semejantes
a chozas, unidas en una sola construcción, y estaba revestido de un enlucido
blanco como la nieve. Los otros dos aposentos servían de dependencias para su
servicio. Frente a este alojamiento discurría un río que corría a sus pies.
Narración de cómo
Atahualpa se hizo Señor de un gran estado después de la muerte de Huayna Cápac,
de la grandeza de oro y de plata, y edificios que se encontraron en la ciudad
del Cuzco, de la ciudad de Collao, de la provincia de Huánuco y Chincha,
abundantísimas de minas de oro y de plata, y de cómo lo llaman, y de la gran
cantidad que ofrece Atahualpa por su rescate.
Se ha dicho de la
victoria que los nuestros tuvieron en la batalla y del prisionero Atahualpa, y
de la manera de su campo y ejército, digamos ahora un poco de su padre y cómo
se hizo señor, y de otras cosas de su grandeza, según lo que el mismo Atahualpa
le contó al Gobernador.
Su padre, llamado, por tanto, el Cuzco (Huayna Cápac), señoreó toda aquella comarca, de
modo que en más de trescientas leguas de país lo obedecían y le daban tributo.
Su propia patria fue una provincia más allá de Quito.
Y porque encontró aquella tierra donde luego se quedó muy deliciosa, abundante
y rica, se detuvo allí y le puso el nombre, a una ciudad donde estaba, la
ciudad del Cuzco. Era tan obedecido y temido, que lo tuvieron casi por su Dios,
y muchas tierras lo habían hecho esculpir y tenían las estatuas. Tuvo cien
hijos e hijas, y la mayor parte, en este tiempo de la prisión de Atahualpa,
estaban vivos.
Hace ocho años que él murió, y dejó a su
sucesor a un hijo suyo llamado de la misma manera el Cuzco (Huácar). Este era
hijo de una esposa legítima: llaman esposa legítima a la más principal y a la
que es más amada por el marido. El Cuzco viejo dejó al Señor de la provincia de
Quito, separada de aquel otro estado principal, a Atahualpa, que era menor que el Cuzco joven.
El cuerpo del Cuzco
viejo está en la provincia de Quito, donde murió, pero la cabeza fue llevada a
la ciudad del Cuzco, donde la tienen en gran reverencia con grandes riquezas de
oro y de plata, porque la casa donde ella está tiene el suelo, los muros y el
techo de placas de oro y de plata, insertadas una con otra. Y en esa misma
ciudad hay otras veinte casas, cuyos muros están, tanto por dentro como por
fuera, cubiertos de ciertas láminas o láminas delgadas de oro. Y hay además
muchos otros ricos edificios. Y allí tenía el Cuzco su tesoro, que eran tres
casas llenas de piezas de oro y cinco llenas de plata, y cien mil plaquitas o
tejas de oro que habían sacado de las minas. Y cada teja pesaba cincuenta
castellanos. Y esto lo había tenido de tributo de las tierras que señoreaba.
Y delante de aquella ciudad había otra
llamada Collao, donde hay un río que tiene mucha cantidad de
oro. Diez jornadas desde la provincia de Cajamarca, hay otra provincia
llamada Huánuco, en la cual, de la misma manera, un río tan
rico de oro como el de Collao. Y en todas estas provincias hay muchas minas de
oro y de plata. Y sacan la plata en las montañas con poco trabajo, tanto, que
un indio sacaba en un día hasta cinco y seis marcos, y lo sacan envuelto y
mezclado con plomo, y estaño y azufre, y luego lo purifican. Para recogerlo
mejor, prenden fuego al monte, porque al encenderse el azufre, la plata viene a
caer a pedazos. Y las mejores y mayores minas están en Quito y en Chincha.
Desde Cajamarca hasta
la ciudad del Cuzco hay cuarenta grandes jornadas, y se encuentra siempre la
tierra toda habitada. Y en medio de este camino está Chincha, que es un gran
pueblo. Y en todo este país hay grandes rebaños de ovejas, de las cuales muchas
se vuelven salvajes por los bosques, porque por la gran cantidad no se pueden
mantener. Entre los españoles que estaban con el Gobernador, se mataban cada
día ciento cincuenta, y no parecía que faltara ninguna. Y lo mismo habría
parecido si hubieran estado en ese valle un año. Y en todo ese país los indios
las comen ordinariamente.
Decía también
Atahualpa que después de la muerte de su padre, él había vivido en paz con su
hermano siete años, viviendo cada uno de ellos en la parte del estado que les
había sido dejada por el Cuzco viejo. Y que podía ser poco más de un año que su
hermano le había movido guerra con el pensamiento de echarlo de su estado. Y
que habiéndole él rogado que lo dejara estar en paz en aquel señorío que su
padre le había dejado, no lo había podido obtener.
Por lo tanto, se había visto forzado a
salir de su provincia llamada Quito con la mayor cantidad de gente que pudo. Y
en Tumipampa había hecho batalla con el hermano, en
la cual había sido vencedor, y había muerto a más de mil de los enemigos. Y
porque el pueblo de Tumipampa se había puesto en defensa, lo había quemado, y
no había dejado hombre vivo. Y teniendo ánimo de hacer lo mismo a todas las
otras tierras de esa provincia, no lo había hecho por querer seguir al Cuzco,
su hermano, que huyendo se había retirado a su tierra. Por lo tanto,
siguiéndolo, había subyugado con gran esfuerzo todo el país, porque todas las
tierras se le daban, sabiendo la gran ruina que les había hecho en Tumipampa.
Y ya hacía seis meses que él había
mandado a dos pajes suyos, hombres bastante valientes, uno llamado Quizquiz y el otro Chalcuchímac,
con cuarenta mil hombres sobre la ciudad de su hermano. Los cuales habían
adquirido toda la provincia hasta aquella ciudad donde el Huáscar estaba, y
finalmente se la habían quitado a la fuerza, matando a mucha gente, y tomándolo
prisionero, y tomando todo el tesoro de Huayna Cápac.
Lo cual, cuando
Atahualpa lo supo, había mandado a ordenar a los suyos que le llevaran
prisionero a su hermano. Y había tenido luego noticias de que pronto vendrían
con gran tesoro. Pero aquellos dos capitanes suyos se habían quedado en aquella
ciudad que habían conquistado, para guardarla junto con el tesoro que había
allí. Y se quedaban con diez mil hombres de guarnición, porque los otros
treinta mil se habían regresado a descansar a sus casas con el botín que habían
ganado. Y de esta manera, Atahualpa era señor de cuanto su hermano poseía.
Solía Atahualpa con
sus capitanes generales ir en litera, y después de que había comenzado aquella
guerra, había muerto a muchas gentes y hecho gran crueldad con los adversarios.
Y tenía consigo a todos los caciques de las tierras que había conquistado, en
las cuales había puesto nuevos Gobernadores. Porque de otro modo nunca habría
podido tener tan pacífica y sometida toda aquella provincia.
Por lo cual, por esta
vía, ha sido muy temido y obedecido, y sus gentes de guerra bastante bien
servidas por los pueblos y bien tratadas por él. Él tenía el pensamiento, si no
le hubiera sucedido ser apresado, de regresar a descansar a su tierra, y de
camino arruinar a todos aquellos pueblos de la provincia de Tumipampa, que se
le habían puesto en defensa, y mandar a nuevas gentes a habitarla, porque
quería que sus capitanes le mandaran, para hacer rehabitar luego Tumipampa,
cuatro mil hombres casados de la gente del Cuzco que habían conquistado.
Ahora, Atahualpa le dijo al
Gobernador Pizarro que le daría en la
mano al Cuzco, su hermano, que sus capitanes le mandaban prisionero, para que
él hiciera con él lo que más quisiera. Y porque temía que los españoles no lo
hubieran matado también a él mismo, le dijo al Gobernador que daría una gran
cantidad de oro y de plata por los españoles que lo habían apresado.
Y preguntado qué
cantidad daría y en qué plazo, respondió que habría dado de oro una sala (que
estaba allí, y era de veintidós pies de largo y diecisiete de ancho) llena
hasta una cierta línea blanca que se veía en la mitad de su altura. Que podía
ser esta altura desde el suelo hasta aquella línea, lo que es un hombre y medio
de alto. Ahora, hasta esta medida, dijo que habría llenado aquella sala de
diversas piezas de oro, como son calabazas grandes, ollas, o vasijas grandes
para cocinar, y tejas, y plaquitas, y otras piezas, y que de plata habría dado
dos veces llena aquella casa. Y que esto lo cumpliría en el plazo de dos meses.
El Gobernador le dijo
que despachara a sus mensajeros para hacer este efecto, y que haciéndolo venir,
no tuviera miedo alguno. Atahualpa mandó de inmediato a mensajeros a sus
Capitanes que estaban en la ciudad del Cuzco, que le mandaran dos mil indios
cargados de oro, con muchos otros cargados de plata. Y esto era sin lo que ya
estaba en viaje y venía con su hermano prisionero.
Preguntado por el
Gobernador cuánto habrían tardado sus mensajeros en llegar a la ciudad del
Cuzco, respondió que cuando mandaba con prisa para querer hacer saber alguna
cosa, iban corriendo en postas de tierra en tierra, y el aviso llegaba en cinco
días. Pero que cuando los mensajeros iban despacio, aunque fueran personas
sueltas y rápidas, tardaban quince días en ir.
Preguntado, del mismo modo, por qué
había mandado matar a algunos indios, que habían encontrado muertos en su campo
a los cristianos que habían recogido el botín, respondió que aquel día que él
había mandado a Hernando Pizarro, su hermano, al
campo para hablarle, un cristiano había empujado y derribado a un caballo, y
los que estaban muertos se habían retirado por miedo, y que por eso él los
había mandado matar.
Descripción y
fisonomía del cuerpo de Atahualpa; de una mezquita en la que adoran a sus
ídolos; de la iglesia construida por los españoles en Cajamarca; de la muerte
del Cuzco, hermano de Atahualpa; de la llegada al puerto de Cancebi (costa de
lo que hoy es ecuador) del capitán Diego de Almagro con muchos españoles y
caballos.
Atahualpa era un
hombre de treinta años, de buena persona y dispuesto, algo grueso y con el
rostro grande y hermoso, pero fiero, y con los ojos manchados de sangre.
Hablaba con mucha gravedad como un gran Señor y hacía razonamientos bastante
vivos, de donde los españoles que lo entendían, sacaban y se daban cuenta de
que era una persona sabia. Era un hombre alegre, aunque cruel, pero cuando
hablaba con los suyos, no mostraba alegría, sino un rostro fiero y grave.
Entre las otras cosas,
Atahualpa le dijo al Gobernador que a diez jornadas de Cajamarca por el camino
del Cuzco, había en una cierta tierra una mezquita, que era un templo general
de toda aquella comarca, y que era muy rica de oro y de plata, que todos iban a
ofrecer allí. Y que su padre la tuvo en gran veneración, y él luego también de
la misma manera. Y que si bien en cada tierra había una mezquita donde tienen
sus ídolos particulares que adoran, en aquella tan rica, sin embargo, estaba un
ídolo general de todos ellos. Y que para guardia de este rico templo estaba un
gran sabio, que los indios creían que sabía las cosas futuras, y que las
entendía de aquel ídolo, con el cual hablaba.
Cuando el Gobernador
entendió esto, aunque antes de esta mezquita no tuviera noticia, le dio a
entender a Atahualpa que todos aquellos ídolos eran una vanidad, y que el demonio
hablaba en ellos para engañarlos y mandarlos a perder, como había mandado allí
a todos los que habían vivido y muerto en similar creencia. Y le dio a entender
que Dios es uno solo, y que ha creado el cielo y la tierra y todas las cosas
visibles e invisibles, y en el cual los cristianos creen. Y que este solo debe
ser tenido por todos como Dios, y hacer lo que él comanda, recibiendo el agua
del santo bautismo. Porque al hacer de esta manera, irían a su reino celestial,
donde los otros irían a las penas eternas del infierno, a arder para siempre,
por haber en este mundo servido al demonio con sacrificarle, y ofrecerle, y
erigirle las mezquitas. Pero que todo esto de ahora en adelante cesaría, porque
para este efecto lo había mandado el Emperador, que era Rey y Señor de los
cristianos y de todos ellos. Y que por esto había Dios permitido que él con tan
gran esfuerzo de gente hubiera sido derrotado y apresado por tan pocos
cristianos. De donde podía ver cuán poca ayuda había tenido de sus ídolos, y
cómo había sido el demonio el que lo había engañado.
Atahualpa respondió
que porque ni él ni sus antepasados habían visto nunca a cristianos, no habían
sabido esto, y por lo tanto él había vivido como los otros. Y Atahualpa estaba
atónito de lo que le había dicho el Gobernador, y bien se daba cuenta y conocía
que aquel que hablaba en su ídolo no era el verdadero Dios, ya que tan poco lo
había ayudado en sus necesidades.
Cuando el Gobernador se hubo descansado
con sus españoles del trabajo del camino y de la batalla, mandó de inmediato
mensajeros al pueblo de San Miguel, haciendo
que sus cristianos entendieran lo que había sucedido, y deseando entender de
ellos cómo les iba, y si había venido algún buque de Panamá, de lo que ordenó que fuera avisado de
inmediato.
Luego mandó edificar
en la plaza de Cajamarca una iglesia para la celebración de la santa misa. Hizo
derribar la muralla que rodeaba la plaza, por ser baja, y la mandó reconstruir
con cal y tierra, alcanzando una altura equivalente a dos hombres y un perímetro
de unos 550 pasos. Dispuso además muchas otras obras para la seguridad de sus
alojamientos. Cada día se informaba de si había alguna reunión de gente y de
los demás sucesos que ocurrían en la comarca.
Los caciques de esta provincia, cuando
supieron la llegada del Gobernador y la toma de Atahualpa, vinieron muchos de
ellos a Cajamarca como amigos y en paz. Y eran algunos de ellos Señores de
treinta mil indios, y todos estaban sujetos a Atahualpa. Por lo cual, al llegar
ante él, le usaban grandes signos de respeto y de humildad, besándole los pies
y las manos, y él los recibía sin mirarlos. Es cosa de maravilla decir la
gravedad que Atahualpa tenía y la mucha obediencia que todos le daban. Cada día
le llevaban de toda la provincia muchos presentes. Por lo cual él, así
prisionero como estaba, se comportaba como un Señor, y se mostraba muy alegre.
Bien es verdad que el Gobernador lo trataba bastante bien, aunque le dijera
alguna vez que los nuestros habían sabido por algunos indios que él hacía
reunir gente de guerra en Huamachuco y en
otros lugares. Pero él respondía que en toda aquella comarca no había quien se
moviera sin su licencia, y que por lo tanto tuviera por cierto, si hubiera
visto alguna vez gente de guerra, que por su orden se habría reunido y venido.
Y entonces, que él hiciera consigo lo que más le placiera, ya que era su
prisionero.
Muchas cosas dijeron
los indios que fueron mentiras, y a menudo hicieron alterarse a los nuestros.
Entre muchos mensajeros que venían a Atahualpa, vino uno de los que conducían a
su hermano prisionero, y le dijo que cuando sus Capitanes habían sabido que él
había sido apresado, ya habían matado a Cuzco.
El Gobernador, cuando
lo supo, mostró resentirse fuertemente de esto. Y dijo que no era verdad que lo
hubieran matado, y que por lo tanto lo condujeran pronto vivo, si no querían
que él hiciera morir a Atahualpa de inmediato. Pero Atahualpa afirmaba y decía
que sus Capitanes lo habían matado sin saberlo él. Y el Gobernador,
informándose bien de los mensajeros, se aseguró de que estaba muerto.
Después de estas
cosas, algunos días después, vino gente de Atahualpa con un hermano suyo que
venían del Cuzco, y le llevaban ciertas de sus hermanas y esposas con muchas
vasijas de oro, en calabazas y jarras grandes, y vasijas grandes para cocinar y
otras piezas, y con mucha plata. Y decían que mucho más venía después por el
camino, porque por ser largo el viaje, los indios que lo llevaban se cansaban,
y no podían llegar tan pronto. Por lo tanto, cada día llegaría bastante oro y
plata. Y así era, que cada día venían a veces veinte mil, a veces treinta mil,
y a veces cincuenta mil, y algún día, sesenta mil castellanos de oro de valor,
en varias vasijas grandes de oro y de plata.
Y todas las hizo el Gobernador poner en
una casa, donde Atahualpa tenía sus guardias, hasta que con este oro, y con el
que debía venir, se completara lo que él había prometido. A veinte de diciembre
del mismo año llegaron allí ciertos mensajeros del pueblo de San Miguel con una
carta al Gobernador, avisándole de cómo habían llegado a aquella costa, en un
puerto llamado Cancebi, que está cerca de Quaque, seis navíos, con 150 españoles y con 94
caballos. Y que tres de estos buques venían de Panamá con el Capitán Diego de Almagro, que conducía 120 hombres, y las otras
tres carabelas venían con treinta hombres de Nicaragua, y que
venían a este gobierno con la voluntad de serviros.
Y que de Cancebi, después de que las
gentes y los caballos se hubieron desembarcado para venir por tierra, había
pasado un buque adelante para entender dónde estaba el Gobernador, y había
llegado hasta Tumbes, donde el cacique de aquella
provincia no les había querido dar noticia ni mostrarles la carta que el
Gobernador le había dejado, para que la diera a los navíos que allí llegaran.
Por lo tanto, este buque se había regresado sin haber podido tener ninguna
noticia. Y que otro navío que se había movido detrás de él, siguiendo adelante,
había llegado al puerto de San Miguel, donde el patrón se había bajado, y se
había hecho en aquella ciudad gran fiesta por la llegada de estas gentes. Y que
de inmediato se había regresado este patrón con las cartas que el Gobernador
había mandado a los nuestros de San Miguel, haciéndoles entender aquella
victoria que Dios les había dado, y las grandes riquezas de aquella tierra.
Ahora, el Gobernador y todos los otros
que estaban con él, tuvieron gran placer por la llegada de estos buques. Y de
inmediato el Gobernador le escribió al Capitán Diego de
Almagro, y a algunas personas que venían con él, mostrando cuánto
placer tenía por su llegada. Diciendo que llegados que fueran al pueblo de San
Miguel, para que no lo agravaran, se pasaran a los otros caciques vecinos que
estaban por el camino de Cajamarca, y que tenían gran cantidad de víveres. Que
él, mientras tanto, habría provisto para hacer fundir oro, para pagar el flete
de aquellos buques, para que de inmediato se regresaran.
Atahualpa mandó
encadenar a un sacerdote de una mezquita, porque éste le había asegurado que
triunfaría en la guerra contra los cristianos. Asimismo, ordenó despojar aquel
templo de la abundancia de oro y plata que en él se hallaba.
Porque cada día venían
caciques a ver y hablar con el Gobernador, vinieron entre otros dos llamados
'caciques de los ladrones', porque su gente asalta y asesina a cuantos pasan
por su tierra, y estos se encuentran en el camino que va al Cuzco.
A los sesenta días de
la prisión de Atahualpa, un cacique de la tierra donde está aquella gran
mezquita, y el sacerdote de la misma, vinieron ante el Gobernador. Preguntado
Atahualpa sobre quiénes eran estos, él se lo dijo y añadió que se alegraba de
su venida, porque quería hacerle pagar al sacerdote las mentiras que le había
dicho. Y pidió una cadena para echársela al cuello, pues él le había aconsejado
que guerreasen contra los cristianos, asegurándole que los matarían a todos, lo
cual le había dicho el ídolo. Y también porque le había dicho al Cuzco, su
padre, cuando estaba moribundo, que no moriría de aquella enfermedad.
El Gobernador hizo
traer la cadena, y Atahualpa encadenó a aquel sacerdote, diciendo que no lo
soltasen hasta que no hubiese traído todo el oro de la mezquita, porque quería
dárselo a los cristianos, ya que su ídolo era mentiroso. "Ahora
veré", añadió, "si él te quita esta cadena, ya que tú dices que es tu
dios".
El Gobernador y el
cacique que había venido con el sacerdote enviaron a sus mensajeros para que
viniese el oro de la mezquita junto con todo lo que tenía el cacique. Dijeron
que el regreso sería en unos cincuenta días.
Pero a pesar de todo,
el Gobernador se enteró de que en la provincia se reunía gente y que en
Huamachuco (a tres jornadas de Cajamarca) se habían congregado muchos hombres
de guerra. Por ello, envió a Hernando Pizarro con veinte jinetes y algunos
hombres a pie para averiguar qué ocurría y para que trajesen el oro y la plata
que allí se encontraban.
El capitán Hernando
Pizarro partió de Cajamarca el Día de la Epifanía de 1533. Quince días después,
llegaron unos cristianos con una gran cantidad de oro y plata que traían en más
de trescientas cargas, en grandes y variadas piezas de vasijas. El Gobernador
hizo ponerlo todo junto con lo que ya había llegado, en un cuarto que Atahualpa
tenía vigilado, diciendo que quería cuidarlo bien, ya que debía completar lo
que había prometido y luego entregarlo todo junto. Y para que estuviese mejor
resguardado, el Gobernador puso a algunos cristianos a vigilarlo día y noche.
Cuando se ponía algo en aquel cuarto, contaban todas las piezas para que no se
cometiera ningún fraude.
Con este oro y plata
vino un hermano de Atahualpa y dijo que en Jauja quedaba una mayor cantidad de
oro, y que ya estaba en camino. Con ello venía uno de sus capitanes, llamado
Calcuchima.
Pizarro le escribió al
Gobernador, diciéndole que se había informado de las cosas de la tierra y no
tenía noticias de que se hubiese reunido gente, ni de ninguna otra cosa,
excepto que el oro estaba en Jauja y que lo traía un capitán de Atahualpa; y
que le aconsejase lo que quería que hiciese y si le ordenaba que pasase
adelante, porque hasta que no tuviese su respuesta no se movería.
El Gobernador le
respondió que pasara adelante hasta que llegase a la Mezquita, ya que tenía
consigo prisionero al sacerdote. Atahualpa había ordenado que trajesen el
tesoro que allí se encontraba y que, por tanto, se apresurase a enviar pronto
todo el oro que hubiese en la Mezquita. También le pidió que le escribiese de
cada tierra todo lo que le sucediera en el camino, y así lo hizo el capitán
Hernando.
Pero el Gobernador,
viendo cuánto se demoraba la llegada del oro, envió a tres cristianos para que
se apresurasen e hicieran traer el oro que había llegado a Jauja y para que
fuesen a ver la ciudad del Cuzco. A uno de ellos le dio poder para que en su
lugar y en nombre de Su Majestad tomara posesión del Cuzco y de todo lo que le
era vecino, en presencia de un notario público que iba con ellos. Con estos
mandó a un hermano de Atahualpa, habiéndoles ordenado expresamente que no
hicieran daño alguno a ninguno de aquellos pueblos, ni les quitasen nada contra
su voluntad, ni hiciesen más de lo que a aquel principal que iba con ellos le
pareciese, para que no fuesen muertos por aquella gente. Y que procurasen ver
al pueblo del Cuzco y le trajesen relación de todas las cosas.
Así, estos partieron
de Cajamarca el quince de febrero de dicho año. El capitán Diego de Almagro
llegó con algunos hombres a Cajamarca el día de Pascua, que fue el trece de
abril del mismo año, y fue muy bien recibido por el Gobernador y por los otros
que con él estaban.
Un negro que partió
con aquellos cristianos que iban al Cuzco regresó el veintiocho de abril con
107 cargas de oro y 7 de plata, y regresó de Jauja, donde encontraron a los
indios que venían con el oro. Y dijo este negro que el capitán Hernando Pizarro
regresaría muy pronto, porque había ido a Jauja a ver a Calcuchima.
El Gobernador hizo
colocar todo este oro con el otro y mandó contar todas las piezas. El veinticinco
de mayo, el capitán Pizarro regresó a Cajamarca con todos los cristianos que
había llevado consigo y con Calcuchima. Fue muy bien recibido por el Gobernador
y por todos los que con él estaban. Él trajo de la Mezquita veintisiete cargas
de oro y dos mil marcos de plata, y le entregó al Gobernador la siguiente
relación y apunte de su viaje, que había hecho el veedor Miguel de
Estete, que había ido con él.
***
La relación del viaje
que hizo el Capitán Hernando Pizarro por orden del Gobernador su hermano, desde
que partió del pueblo de Cajamarca para ir a Jauja hasta que regresó.
Pizarro partió de
Cajamarca con algunos españoles y, en su viaje, llegaron a las ciudades de
Huancabamba y Huamachuco. Allí fueron avisados de que el capitán Chalcuchímac
se encontraba en el campo con gente de guerra, dispuesto a asaltar a los
cristianos.
Continuando su camino,
pasaron por Andamarca y, de allí, a Totopamba. Luego a Corongo y a Pinga, donde
el cacique Pumapecha les ofreció cortesías. De allí, siguieron a Huaraz,
Sucaracoay, Pachicoto y la ciudad de Marcara.
El día de la Epifanía, a dieciséis de
enero de 1533, partió el Capitán Hernando Pizarro de
la ciudad de Cajamarca con veinte de a caballo y con ciertos escopeteros de a
pie. Y ese mismo día fue a dormir a un cierto lugar a cinco leguas de allí.
El segundo día fue a comer a una tierra
llamada Ichoca, donde fue bien recibido, y tuvo todo lo que él
y su gente necesitaban. Fue luego la tarde a dormir a una pequeña tierra
llamada Huancabamba, sujeta a la ciudad de Huamachuco, a la que llegó la mañana siguiente. Y esta
ciudad es bastante grande y está situada en un valle puesto entre montañas.
Tiene buena vista y posición. Y su señor se llama Huamanchoro, por el cual fue el Capitán con los otros
suyos bien recibido.
Aquí llegó el hermano de Atahualpa, que
iba a solicitar que el oro del Cuzco viniera. Y de él supo el Capitán que a
veinte jornadas de allí estaba el Capitán Chalcuchímac, que
traía toda la cantidad de oro que Atahualpa había ordenado que viniera. Cuando
Pizarro supo que el oro estaba tan lejos, mandó a un mensajero al Gobernador
para saber qué quería que hiciera, que él no se partiría hasta que tuviera su
respuesta.
En esta tierra se informó de algunos
indios si era verdad que Chalcuchímac estuviera tan lejos. Y algunos indios
principales, constreñidos fuertemente por él, le dijeron que Chalcuchímac se
encontraba a siete leguas de allí, en la ciudad de Andamarca, con veinte mil hombres de guerra, y que
venía para matar a los cristianos y para liberar a su señor. Y el que confesó
esto, dijo además que él había comido con él el día anterior. Interrogado otro
compañero de este principal, dijo lo mismo. Por lo cual, el Capitán deliberó ir
a ver y confrontarse con Chalcuchímac. Y puestas sus gentes en orden, tomó
aquella calle, y ese día fue a dormir a una pequeña tierra llamada Tambo, sujeta a Huamachuco. Y allí se volvió a informar
de nuevo, y a cuantos indios preguntaba, todos le decían lo mismo que los
primeros le habían dicho.
En este lugar, hizo
establecer una buena guardia para toda la noche. A la mañana siguiente,
siguiendo su viaje con gran orden, llegó al mediodía a la ciudad de Andamarca,
pero no encontró allí a aquel capitán ni ninguna noticia de él, excepto lo que
le había dicho el hermano de Atahualpa: que estaba en Jauja con todo el oro y
venía continuamente hacia Cajamarca, donde se encontraba el Gobernador.
Aquí, en Andamarca, le llegó la
respuesta del Gobernador, que le decía que, dado que tenía noticia de que
Chalcuchímac con el oro estaba tan lejos, y puesto que él tenía en su poder al
sacerdote de la Mezquita de Pachacámac, se informase del camino para ir allí y,
si le parecía bien ir por aquel oro que allí se encontraba, que lo hiciera,
mientras que el otro [oro] del Cuzco vendría.
El Capitán se informó
inmediatamente del camino y de las jornadas que se necesitaban para ir a la
mezquita. Y aunque su gente iba mal provista de hierros y de otras cosas
necesarias para tan largo viaje, viendo que se hacía servicio a Su Majestad al
ir por aquel oro, a fin de que los indios no lo ocultasen, y también para ver
la comarca y si era apta para ser poblada por cristianos, decidió ir, a pesar
de haber sabido que por aquel camino había muchos ríos y puentes de cuerda con
otros pasos difíciles.
Llevó consigo a algunos indios
principales que estaban en aquella región. Y así partió el catorce de enero
para aquel viaje, y ese mismo día pasó algunos pasos difíciles y dos ríos, y
fue a dormir a una tierra llamada Totopamba, donde fue bien recibido por los
indios y se le dio comida y bebida para esa noche. También obtuvo indios para
que los ayudaran a llevar sus cosas. El otro día, cabalgando, fue a alojarse a
una pequeña tierra llamada Corongo.
En medio de este camino hay un gran paso
de nieve. Y por toda la calle hay gran cantidad de ganado, con sus pastores que
los guardaban y que tenían sus casas por las montañas al modo de España. En
esta tierra los nuestros tuvieron de comer con todo lo que les fue necesario, y
también indios para que los ayudaran a llevar sus mercancías. Y este pueblo
está sujeto a Guamanchoro.
El otro día fue a alojarse la tarde a
otra pequeña tierra llamada Pinga, y no se
encontró a nadie allí, porque se habían huido todos por miedo. Y fue esta una
jornada de mala calle, porque había una bajada de escalones hecha en la roca
misma, bastante difícil y peligrosa para los caballos.
El otro día, a la hora
de comer, llegaron a una gran ciudad puesta en un valle. Pero en medio del
camino hay un gran río que corre furiosamente. Y hay dos puentes cercanos,
hechos de red de esta manera: de una orilla a la otra del río tienen bien
atadas a dos murallas (que hacen en las orillas con buenos cimientos) y atadas
ciertas cuerdas gruesas como un muslo, y hechas de bejuco, que son aquellas
enredaderas que son fortísimas. Y de una cuerda a la otra, que es del ancho de
una carreta, atraviesan y tejen ciertas otras cuerdillas fuertes. Y por debajo
le atan ciertas piedras gruesas para contrapesar el puente. Por uno de estos
dos puentes pasan las gentes comunes, y hay un guardián que cobra el paso. Y
por el otro puente pasan los Señores y sus Capitanes, y por lo tanto lo tienen
siempre cerrado. Pero lo abrieron para que pasara nuestro Capitán con sus
gentes. Y los caballos pasaron por allí de manera adecuada.
En esta tierra se descansó el Capitán
dos días, porque la gente y los caballos andaban cansados de la mala calle. Y
tuvieron allí mucha cortesía con todo lo que les era necesario. Y el señor de
esta tierra se llamaba Pumapecha.
El día siguiente, el
Capitán partió de esta tierra, y fue a comer a una pequeña aldea, y tuvo allí
todo lo necesario. Muy cerca de allí se pasó otro puente de red, como el
primero. Y fue la tarde a dormir a dos leguas de allí a una tierra, de donde
salieron a recibirlo pacíficamente, y le dieron de comer, e indios para
conducir sus mercancías. Esta jornada fue a través de un valle lleno de
maizales y de pequeñas aldeas de un lado y del otro de la calle.
La mañana siguiente, que era domingo,
fue a otra tierra, donde la mañana fueron bastante bien servidos todos los
nuestros. Y la tarde fueron a alojarse a otra tierra, donde fueron servidos de
la misma manera bastante bien, y tuvieron muchas ovejas con todo lo que les fue
necesario. Toda aquella comarca es abundante de ganado y de maíz, y los
nuestros, por todo aquel camino, encontraban infinitos rebaños de ovejas. La
mañana siguiente, cabalgando por aquel valle, el Capitán fue a cenar a una gran
ciudad llamada Huaraz, y su señor era uno que se
llamaba Pumacapiglay, por el cual y por sus indios tuvieron los
nuestros de comer, y gente que les sirviera en el transporte de las mercancías
en lugar de carros.
Descripción de la
marcha a través de los valles y la costa
Esa tierra se
encuentra en un llano y un río la atraviesa muy cerca. Desde allí se pueden ver
aldeas con mucho ganado y maíz. Solo para alimentar al Capitán y a su gente,
tenían encerrados en un corral a doscientos animales.
El Capitán partió de allí bastante tarde
y fue a dormir a otra tierra llamada Sucaracoay, donde
fue bien recibido. El señor del lugar se llama Marcocana.
Aquí el Capitán se detuvo un día para que la gente y los caballos, que estaban
agotados por el mal camino, pudieran descansar. Se mantuvo en guardia, ya que
la tierra era grande y Chalcuchímac se
encontraba muy cerca con 55 mil hombres.
Al día siguiente, cabalgó por un valle
lleno de sembrados y ganado, y anduvo dos leguas para pasar la noche en una
pequeña tierra llamada Pachicoto. Allí el
Capitán se desvió del camino real que va al Cuzco y tomó el
que va por los llanos.
A la mañana siguiente, partió y fue a
dormir a Marcara, cuyo señor era un hombre llamado Corcara, muy rico en ganado gracias a los buenos pastos
de la región. Desde esta tierra, las aguas corren hacia el mar, y el camino se
vuelve difícil y áspero. El interior del país es muy frío y está lleno de agua
y nieve, mientras que la costa es muy caliente y llueve tan poco que no es
suficiente para sus cultivos. Por ello, se proveen regando la tierra con el
agua que baja de las montañas, lo que hace que la región sea fértil y abundante
en víveres y frutos.
Pasan por las tierras
de Huaracanga, Parpunga, Guamamayo, Guarua, Glachu (llamada de las Perdices),
Suculacumbi y llegan a Pachacámac, la ciudad de la mezquita rica. Allí entran y
destruyen la capilla y el ídolo, revelando a los indios que se trataba del
diablo.
Partiendo al día siguiente, el Capitán
caminó por un río lleno de sembrados y árboles frutales y fue a alojarse en una
pequeña tierra llamada Huaracanga. Al otro
día, fue a dormir a una tierra grande llamada Parpunga, que está
cerca del mar y tiene un fuerte palacio con cinco muros alrededor, pintado con
muchas obras por dentro y por fuera. Sus puertas están bien trabajadas al
estilo de España, con dos tigres en la puerta principal.
Los indios de este
lugar huyeron por miedo al ver a una gente que nunca antes habían visto, y se
maravillaban especialmente de los caballos. Pero el Capitán les hizo hablar a
través del intérprete y les dijo que no dudaran ni huyeran. Así, una vez
seguros, sirvieron bien a los nuestros en todo lo que necesitaban. En esta
tierra, el Capitán retomó un camino más ancho, hecho a mano, que corre por la
costa, con muros de tierra y cal a ambos lados.
En Parpunga se quedó dos días, para que la gente se
reposara y para esperar a poder herrar a los caballos. Partiendo luego con su
gente, pasaron un río con ciertas barquitas hechas de maderos unidos, y los
caballos a nado, y durmieron en una tierra llamada Guamamayo, que está casi sobre el mar. Y allí cerca
pasaron también un río a nado con gran dificultad, porque iba bastante grande y
furioso. En estos ríos de las marinas no hay puentes, porque van grandes y
bajan grandes ramajes. El Señor de esta tierra y sus gentes se esforzaron mucho
en ayudar a pasar las mercancías de los nuestros que llevaban, y les dieron
bien de comer, y gente para conducir los equipajes.
Luego se partió, y el Capitán fue a
alojarse a otra tierra sujeta a Guamamayo, que son tres leguas de camino, la
mayor parte con sembrados y árboles de varios frutos. Y el camino estaba todo
limpio y adoquinado. Luego fue a dormir a una gran tierra puesta cerca del mar,
y se llama Guarua, y está bien situada, y con
grandes edificios y alojamientos. Los nuestros fueron bien servidos por los
Señores de la tierra y por sus indios, y tuvieron cuanto les era necesario para
ese día. El día siguiente fueron a alojarse a Glachu, a la cual
tierra los nuestros le pusieron el nombre de las Perdices, porque en cada casa
veían muchas perdices puestas en jaulas.
Los indios de este lugar salieron muy
pacíficos con los nuestros, y le hicieron gran fiesta al Capitán, y lo
sirvieron bastante bien. Pero el cacique de esta tierra no apareció nunca. La
otra mañana, el Capitán partió temprano, porque le fue dicho que la jornada era
larga, y comió por la mañana en una gran tierra llamada Suculacumbi a cinco leguas de camino. El Señor de
este lugar con sus indios amistosamente acogieron a los nuestros, dándoles de
comer para ese día. Y al atardecer, el Capitán partió de esta tierra, para
poder el día siguiente llegar a la mezquita. Y pasó un gran río a vado, y fue a
alojarse la tarde en un lugar lejos de la tierra de la mezquita una legua y
media.
El otro día, que era domingo, el Capitán
cabalgó, y sin salir de los lugares habitados y sembrados de árboles, llegó
a Pachacámac, que es la ciudad donde estaba aquella mezquita
rica. A medio camino encontró otra tierra donde comió. El Señor de Pachacámac
salió con todos los principales a recibir como amigos a los nuestros,
mostrándoles mucha amabilidad.
El Capitán se alojó
con los suyos en ciertas grandes habitaciones que estaban a un lado de la
ciudad, y de inmediato les hizo entender que él, por orden del Señor
Gobernador, venía por el oro de la mezquita, que el cacique había ordenado que
se lo diera. Y que por lo tanto debían reunirlo de inmediato y dárselo, o
llevarlo a donde el Gobernador estaba. Se unieron entonces juntos los
principales de la ciudad y los pajes y ministros del ídolo, y dijeron que lo
darían. Pero se fueron un poco disimulando y difiriendo. Y al final trajeron
bastante poco, y dijeron que no había más.
El Capitán disimuló y
dijo que quería ir a ver su ídolo, que se lo mostraran. Y así fue llevado por
ellos. Este ídolo estaba dentro de una buena habitación bien pintada, en una
sala bien oscura y de mal olor, y muy bien cerrada. Y el ídolo estaba hecho de una
madera bastante sucia. Y esto dicen que es su Dios, que los creó y los
mantiene, y les da el alimento y el sustento de la vida. Y tenía a los pies,
que se los habían ofrecido, algunas joyas de oro. Y en tanta veneración lo
tenían que solo sus pajes y ministros, que por él mismo (como ellos dicen)
señalados y llamados al ministerio vienen, lo servían. Y ningún otro tenía
atrevimiento de entrar dentro. Al contrario, ni siquiera se tienen por dignos
de tocar con la mano las paredes de aquella casa.
Y ya se vio bastante claro que el diablo
era aquel que dentro de ese ídolo hablaba, y decía aquellas tantas cosas
diabólicas, para que por toda aquella tierra se esparcieran. Por lo cual era
adorado como Dios, y le hacían muchos sacrificios. Y venían en peregrinación
trescientas leguas de largo para ofrecer oro, plata y mercancías. Y los que
venían, iban al portero y le pedían la gracia que querían. El portero entraba
dentro y hablaba con el ídolo, y luego regresaba fuera y decía que se les
concedía la gracia que pedían.
Antes de que ninguno de los ministros
entrara a servirlo, era necesario ayunar muchos días y no acercarse a mujeres.
Por todas las calles de esta ciudad, y sobre las puertas principales, y
alrededor de la Mezquita, había muchos ídolos de madera, y los adoraban, a
imitación del ídolo principal que daba las respuestas. Se supo por muchos
señores de esta comarca que desde la ciudad de Catámez,
que está al principio de este gobierno, toda la gente de esta costa servía a
esta Mezquita con oro y plata, y le daban cada año cierto tributo. Por lo cual
allí había los factores y las habitaciones donde se ponían estos tributos. Y
allí se encontró cierta parte de oro, y también señales de que había sido
quitado bastante más. Y se supo luego con certeza por muchos indios que lo
habían transportado por orden del diablo que hablaba en el ídolo.
Muchas cosas se
podrían decir de las idolatrías que se hacían a este ídolo, pero para no ser
prolijo, se callan, excepto esto solo: que dicen que aquel ídolo les hace
entender que es su Dios, y que los puede hundir si lo hacen enojar y no lo
sirven bien, y que todas las cosas del mundo las tiene él en su poder. Aquellos
indios estaban tan escandalizados y tímidos solo porque el Capitán había
entrado a verlo, que pensaban que ellos debían ser todos arruinados y muertos
tan pronto como los cristianos se partieran de allí.
Los nuestros le dieron
a entender a los indios el gran error en el cual se encontraban, porque el que
hablaba dentro de aquel ídolo era el diablo, que de esa manera los tenía
engañados. Por lo tanto, los amonestaban para que de ahora en adelante no le
debieran creer más, ni hacer lo que les aconsejara. Con otras cosas similares,
para apartarlos de aquellas sus idolatrías.
El Capitán hizo
deshacer la gruta o capilla donde el ídolo estaba, y rompió también el ídolo
mismo en presencia de todos, y les dio a entender muchas cosas de nuestra santa
fe, y cómo debían defenderse del demonio con el signo de la santa Cruz.
Descripción de la
tierra de Pachacámac, de la obediencia que vinieron a dar a su Majestad los
principales caciques de las provincias, de la cantidad de oro obtenida, y de
cómo pasan por las tierras de Huaura, Guaranga, Ayllón, Chincha, Caschumbo, y
Pombo, para ir a encontrar al Capitán Chalcuchímac.
Esta ciudad de Pachacámac es una grandísima tierra. Tiene cerca
de esta Mezquita una gran casa del Sol, puesta en cierta altura, bien
trabajada, con cinco muros alrededor que la cercan. Hay casas de dos pisos,
como en España, y la tierra parece ser antigua, por los edificios caídos que se
ven. Y la mayor parte de la muralla de la ciudad se ve caída y arruinada. El
principal Señor de este pueblo se llama Taurichumbi.
Aquí vinieron los
Señores de las tierras vecinas a visitar al Capitán con presentes de las cosas
que había en sus comarcas, y con oro y plata. Y se maravillaban mucho de que él
hubiera tenido el atrevimiento de entrar donde estaba el ídolo y romperlo. El
señor de Malache, llamado Líncoto, vino a dar obediencia a Su Majestad y trajo
un presente de oro y plata. Lo mismo hizo el señor de Noax, llamado Alínchay;
el señor de Gualco, llamado Guarigli; el señor de Chicha, llamado Tambianuea,
con diez principales; el señor de Huaraz, llamado Guaxciapaicho; el señor de
Colixa, llamado Aci; el señor de Saglicaimarca, llamado Yspilo, y otros señores
y principales de las comarcas de alrededor.
Todos ellos trajeron
sus presentes de oro y plata, que se puso junto con lo que se obtuvo de la
Mezquita. Todo el conjunto llegó a un valor de noventa mil castellanos.
A todos estos caciques, el Capitán les
habló muy complacido por su venida y les ordenó de parte de Su Majestad que
siempre actuaran de esa manera. Finalmente, los envió de regreso muy contentos.
En esta ciudad de Pachacamac, el
Capitán Hernando Pizarro tuvo noticias de que Chalcuchímac, Capitán de Atahualpa, estaba a cuatro jornadas de allí con mucha
gente y con ellos. Y que no quería pasar adelante, al contrario, decía que
venía a hacer la guerra a los cristianos. El Capitán le mandó un mensajero,
asegurándolo y mandándole a decir que viniera con el oro, que ya debía saber
que su Señor estaba prisionero, y que muchos días hacía que lo esperaba. Y que
el Gobernador también se encontraba enojado por su tanta tardanza. Y con esto
le mandó a decir muchas otras cosas, asegurándolo para que viniera, porque él
no podía ir a verlo por el mal camino que había para los caballos. Y que quien
llegara más pronto a una cierta tierra que estaba en el camino, se esperaran
allí el uno al otro. Chalcuchímac le mandó a decir que él, sin falta, haría lo
que él le ordenaba.
Entonces el Capitán partió de Pachacamac
para encontrarse con este. Y por las mismas jornadas se vino a la tierra
de Huaura, que está puesta en el llano cerca del mar. Allí
dejó la ribera marítima y tomó el camino tierra adentro. Y fue a tres de marzo
que partió de aquella ciudad. Y caminando todo ese día sobre un río, todo lleno
de árboles, fue a alojarse la noche en una tierra puesta en la ribera de este
río, llamada Guaranga, que está sujeta a Huaura.
El día siguiente, cabalgando, fue a
dormir a otra pequeña tierra llamada Ayllón, y situada
cerca de un monte, y sujeta a otra tierra más principal llamada Armatambo, y está llena de mucho ganado y maíz. El día
siguiente, a cinco de marzo, fue a dormir a Chincha, tierra
sujeta a Cajatambo. Y en el camino se encontró un paso de nieve
bastante malo, porque la nieve llegaba a las cinchas de los caballos. Y aquí
había gran cantidad de ganado. Aquí se quedó dos días el Capitán, y luego
partiendo, fue a dormir a Cajatambo, que es una gran ciudad puesta en un
profundo valle, donde hay mucho ganado, y por todo el camino se encuentran
muchas manadas de ovejas. Y el Señor de esta tierra, que se llamaba Sachao, hizo muchos servicios a los nuestros.
Aquí el Capitán volvió a tomar el camino
ancho, por donde Chalcuchímac debía pasar. Y había tres jornadas de travesía.
Aquí el Capitán se informó si Chalcuchímac había pasado para encontrarse con
él, como le había prometido. Y todos los indios decían que había pasado, y con
el oro que traía. Pero como luego se vio, ellos estaban todos avisados para
decir de esa manera, para que el Capitán se regresara sin esperarlo, porque
Chalcuchímac se quedaba en Jauja con el
pensamiento de no pasar más adelante. El Capitán, que sabía bien que pocas
veces se encuentra la verdad en estos indios, se decidió (aunque con gran
trabajo y peligro fuera) a salir al camino real por donde él debía pasar, para
saber si había pasado. Y no habiendo pasado, de ir a encontrarlo dondequiera
que estuviera, tanto para hacer conducir el oro como para deshacer el ejército
que tuviera, y para atraerlo amistosamente, y viéndolo duro, hacerlo
prisionero. Y así, con esta decisión, tomó el camino de una gran tierra
llamada Pumpu, que se encuentra en el camino real.
A nueve de marzo, fue a dormir a Oyu, que es una tierra puesta entre montañas, y el
cacique vino todo pacífico a servir a los nuestros, y a darles cuanto para
aquella noche era necesario. La mañana siguiente, cabalgó y fue a dormir a una
pequeña tierra de pastores puesta cerca de una laguna de agua dulce, que en un
campo gira tres leguas alrededor, y hay muchas ovejas medianas, como las de
España, y de fina lana. La otra mañana, siguiendo su viaje, llegó la tarde a
Pumpu, de donde salieron a recibirlo todos los señores de la tierra, y algunos
Capitanes de Atahualpa que estaban allí con cierta gente.
Aquí encontró el
Capitán 150 vasijas todas de oro que Chalcuchímac mandaba, y él se quedaba con
sus gentes en Jauja. Tan pronto como el Capitán tuvo el alojamiento, preguntó a
los Capitanes de Atahualpa qué quería decir que Chalcuchímac mandara aquel oro
y él no viniera, como había prometido. Respondieron que no había venido por el
gran miedo que tenía de los cristianos, y de la misma manera porque esperaba
también mucho oro del Cuzco, y no tenía atrevimiento de pasar adelante con tan
poco. Entonces el Capitán le mandó un mensajero, asegurándolo, y haciéndole
saber que, ya que él no venía, iría él a encontrarlo, y que no dudara ni
temiera. En esta tierra se reposó el Capitán con sus gentes un día, para llevar
a los caballos reposados y frescos, para tener que combatir si hubiera sido
necesario.
Para encontrar a
Chalcuchímac, Capitán de Atahualpa, pasan por las ciudades de Cajamarca, Tarma
y Pumpu. En Jauja, donde se detienen, tienen una larga conversación sobre el
oro y su tardanza en llegar. Descripción de la ciudad de Jauja y de la gente
que se encontró allí.
A catorce de marzo, el Capitán partió
de Pumpu para ir a Jauja, y se alojó la
primera tarde en Cajamarca, donde hay un campo llano
de seis leguas que comienza en Pumpu. Y hay una laguna de agua dulce que tiene
ocho o diez leguas de perímetro, y toda a su alrededor está habitada por muchas
tierras. Y hay cerca una gran cantidad de ovejas. Y en la laguna se ven aves
acuáticas de varias clases, y peces pequeños. En esta laguna, el viejo Cuzco
(Huayna Cápac), y luego también Atahualpa, tuvieron muchas barquitas planas
traídas de Tumbes, para su recreación. De
aquella laguna sale un río que va a Pumpu, y lo pasa de un lado bastante quieto
y profundo, y se puede pasar por un puente que está cerca de la tierra, y allí
se paga el paso o el flete, como se hace en España. Por todo este río se ven
muchos rebaños de ovejas, y los nuestros le pusieron el nombre de Guadiana, porque se parece mucho a aquel de España.
A quince de marzo, el Capitán partió de
Cajamarca, y fue a comer a una casa a tres leguas de allí, y tuvo allí muchas
atenciones. Y por la tarde fue a dormir a otras tres leguas adelante, a una
tierra llamada Carma, que está puesta en el flanco
de un monte. Allí le fue dado albergue en una casa pintada con buenas
habitaciones dentro. Y el señor de esta tierra hizo dar a los nuestros de
comer, y gente para conducir sus mercancías que llevaban.
El otro día, porque la jornada era
larga, el Capitán partió temprano por la mañana con sus gentes en orden, porque
dudaba que Chalcuchímac no estuviera con el corazón manchado, ya que no le
había mandado respuesta. Al atardecer llegó a una tierra llamada Ianimalcha,
donde fue bien recibido. Y allí supo que Chalcuchímac estaba fuera de Jauja,
por lo que entró en mayor sospecha. Y como no estaba a más de una legua de
Jauja, tan pronto como hubo cenado, montó a caballo, y al llegar a la vista de
aquella Ciudad, vio desde un alto muchos escuadrones de gente, pero no sabía si
era gente de guerra, o del pueblo.
Llegado luego a la
plaza principal de la ciudad, se dio cuenta de que aquellos escuadrones de
gente eran del pueblo y se habían reunido de esa manera para hacer fiesta. Tan
pronto como el Capitán llegó, antes de desmontar, preguntó por Chalcuchímac. Y
le dijeron que había ido a ciertas otras tierras, y que el día siguiente
vendría. Él se había apartado con la excusa de ciertos negocios, hasta que
hubiera sabido por los indios que venían con el Capitán, qué ánimo tenían los
españoles hacia él. Porque sabiendo que había hecho mal en no cumplir lo que
había prometido, ya que el Capitán había venido ochenta leguas para verlo,
dudaba que viniera a apresarlo o a matarlo. Por lo cual, por este miedo que
tenía de los cristianos, y de aquellos de a caballo especialmente, se había
apartado. El Capitán llevaba consigo a un hijo del viejo Cuzco (Manco Inca), el
cual, cuando supo que Chalcuchímac se había apartado, dijo que quería ir a
encontrarlo donde estuviera. Y así fue en una litera.
Toda aquella noche los
nuestros tuvieron a los caballos ensillados y embridados. Y el Capitán ordenó a
los Señores del pueblo que no hicieran aparecer a ningún indio en la plaza,
porque los caballos estaban enojados y se los habrían comido. El día siguiente
regresó el hijo del viejo Cuzco (Manco Inca), y Chalcuchímac con él en dos
literas, y bien acompañados. Y llegando a la plaza, desmontaron, y dejando a
las otras gentes atrás, con algunos pocos solamente fueron a la habitación del
Capitán, con el cual Chalcuchímac se excusó mucho por no haber ido a
encontrarlo, como había prometido, y por no haberle siquiera salido al
encuentro. Y sus excusas eran que él no había podido hacer otra cosa por sus
muchas y grandes ocupaciones. Pero preguntado por el Capitán de la causa más particular,
por qué no había ido a encontrarlo, como le había mandado a decir que debía
hacer, respondió que Atahualpa, su Señor, le había mandado una orden de que se
quedara firme sin partirse.
El Capitán dijo
entonces que él no tenía por esto ningún enojo con él, pero que se pusiera en
orden, porque quería que fuera con él a donde estaba el Gobernador, que tenía
prisionero a Atahualpa su Señor, y que no lo liberaría nunca hasta que no le
diera todo el oro que le había prometido. Y agregó que él bien sabía que tenía
mucho oro, y que por lo tanto lo hiciera venir todo, porque en compañía lo
conducirían, y a él le sería hecho todo buen tratamiento.
Chalcuchímac respondió
que tenía orden de su Señor de no partirse. Por lo tanto, hasta que no tuviera
una nueva orden, no tenía ánimo de moverse, porque siendo aquella tierra
nuevamente conquistada, tan pronto como él se partiera, se volvería a rebelar.
El Capitán Pizarro estuvo con él un gran rato contendiendo sobre esta ida. Y
finalmente quedaron en que esa noche lo pensaría mejor y la mañana se
resolverían. El Capitán buscaba reducirlo con buenas razones, para no levantar
y poner al pueblo en tumulto, porque podría seguirse daño a los tres españoles
que habían ido al Cuzco.
La mañana siguiente,
Chalcuchímac fue a encontrarlo y le dijo que, ya que él quería que fuera, no
podía hacer de otra manera, y que por lo tanto iría, y dejaría a otro Capitán
con aquellas gentes de guerra que allí tenía. Aquel día reunió bien treinta cargas
de oro bajo y a punto de partir entre dos días. Y en este tiempo vinieron de
treinta a cuarenta cargas de plata. Y los nuestros siempre se quedaron con
muchas guardias, y con los caballos ensillados, porque veían a aquel Capitán de
Atahualpa tan poderoso de gente, que si les hubiera caído de noche encima, les
habría hecho mucho daño.
Descripción de Jauja y
del regreso a Cajamarca
La ciudad de Jauja es muy grande y se asienta en un hermoso y
fértil valle de clima templado. Un río muy caudaloso corre cerca del pueblo. La
ciudad está construida al estilo de las de España, con calles bien trazadas y
ordenadas. A la vista de Jauja hay muchos otros pueblos sujetos a ella, y la
cantidad de gente en la ciudad y sus alrededores es tal que, según los
españoles, cada día se reunían en la plaza principal hasta cien mil personas. A
pesar de esto, las otras plazas y los mercados también estaban tan llenos que
parecía que no faltaba nadie.
Había hombres encargados de enumerar a
todas estas personas para saber quiénes debían servir al ejército. Otros tenían
la tarea de vigilar todo lo que entraba en la ciudad. Chalcuchímac tenía sus propios mayordomos y
agentes que se encargaban de proveer al ejército con las provisiones
habituales. Tenía muchos maestros que trabajaban la madera y otros grandes
servicios a su disposición, así como guardias para su persona y tres o cuatro
porteros en su casa. En todo, desde el servicio que recibía hasta otros
asuntos, imitaba a su señor. Era un hombre muy temido en toda la tierra, ya que
era un valiente guerrero y, por orden de Atahualpa, había
conquistado más de seiscientas leguas de territorio. Peleó numerosas batallas,
tanto en campo abierto como en pasos difíciles, y siempre salió victorioso, sin
dejar nada por conquistar en toda la región.
El regreso a Cajamarca
con el Capitán Chalcuchímac
El veinte de marzo, el Capitán Hernando Pizarro partió de Jauja para regresar a la ciudad
de Cajamarca, y Chalcuchímac lo
acompañó. Viajaron por las mismas jornadas hasta llegar a Pumpu, donde el camino real del Cuzco se conecta con el que traían. Allí se
quedaron ese día y el siguiente. Luego, partieron y anduvieron por ciertos
campos llenos de ovejas, alojándose esa noche en unas grandes estancias. Ese
día nevó mucho.
A la mañana siguiente, partieron y
fueron a dormir a Tambo, un pueblo ubicado entre
montañas. Cerca de allí hay un río profundo con un puente. Para bajar al río,
hay una escalera de piedra bastante difícil, de modo que si alguien se apostara
en la parte de arriba, impediría el paso y causaría mucho daño a los de abajo.
El Capitán fue muy bien servido por el Señor de ese lugar y todos hicieron una
gran fiesta en honor a nuestro Capitán y a Chalcuchímac, a quien siempre
acostumbraban a recibir con celebraciones.
Al día siguiente se alojaron en Tomlucanca, cuyo principal cacique se llamaba Tiglima. Fueron bien recibidos y atendidos, ya que,
aunque el pueblo era pequeño, los vecinos acudieron para ver y servir a los
cristianos. En esta tierra hay una gran cantidad de ovejas pequeñas con buena
lana, similar a la de España.
El otro día, viajaron solo cinco leguas
para dormir en Guanefo, pues el camino era malo,
pedregoso y con muchas zanjas por donde corría el agua, que se decía habían
sido hechas por la nieve que baja en ciertas épocas del año. La tierra de
Guanefo es grande y se encuentra en un valle rodeado de montañas escarpadas,
con un perímetro de tres leguas. En un lado, en el camino a Cajamarca, hay una
gran subida. Allí, el Capitán y sus cristianos fueron tratados y servidos muy
bien, y les hicieron muchas fiestas durante los dos días que se quedaron. Este
pueblo tiene otros cercanos que le están sujetos, y hay una gran cantidad de
ovejas.
Ese mismo mes, partiendo
de este lugar, llegaron a un río profundo con un puente de gruesos troncos,
donde había un guardia que cobraba el peaje, como era costumbre entre ellos.
Esa noche se alojaron en un pueblo donde Chalcuchímac se aseguró de que
tuvieran lo necesario.
El primero de abril, cabalgando,
llegaron a Pincosmarca, un pueblo puesto en el
flanco de una montaña escarpada. Su cacique se llamaba Parpai. Al último día de esa jornada, fueron a dormir a
tres leguas de allí, a una buena tierra llamada Huari, donde hay otro río grande y profundo con otro
puente. Este lugar es bastante fuerte, ya que tiene a ambos lados laderas
profundas y escarpadas. Allí, Chalcuchímac contó que había luchado con la gente
del Cuzco, que lo esperaron en este paso, se defendieron por dos o tres días y
luego huyeron, quemando el puente. Él, sin embargo, pasó a nado con su gente y
mató a muchos de sus enemigos.
El día siguiente anduvieron cinco leguas
y durmieron en una tierra llamada Guacango. Al otro
día, fueron a Piscobamba, una tierra grande
ubicada en el flanco de una montaña. Su cacique se llamaba Táguame, y tanto él como sus indios sirvieron muy bien
a los nuestros. A mitad de este camino hay otro río profundo con dos puentes
cercanos, hechos de red, como los mencionados antes. Los caballos pasaron
bastante bien, aunque el puente se movía y se balanceaba, lo cual es algo que
asusta y causa temor a quien no ha pasado antes, pero en realidad no hay
peligro alguno, ya que es muy fuerte. En todos estos puentes hay guardianes que
cobran el peaje, igual que en España.
El Capitán fue a alojarse en ciertas
estancias a cinco leguas de allí. Al día siguiente, durmió en Ayllu, una tierra sujeta a Piscobamba. Es un buen
pueblo ubicado entre montañas, con muchos maizales. El cacique del lugar dio a
los nuestros lo que necesitaban para esa noche, y también gente de servicio
para la mañana.
El otro día, el Capitán fue a dormir
a Conchucos. Estas cuatro leguas de camino fueron
bastante difíciles. Antes de llegar al pueblo, se va por un sendero hecho y
cortado a la fuerza en la roca viva, y se sube por escalones. Por lo tanto, hay
pasos malos y fuertes, si hubiera alguien que los defendiera.
Al partir de este lugar, fueron a
dormir a Andamarca, que es la tierra desde donde el Capitán se
desvió para ir a Pachacamac. Allí se juntan y unen los dos caminos reales que
van al Cuzco. De Andamarca a Pumpu hay tres leguas de camino muy malo. Al bajar
y subir de aquellas peñas, hay escalones tallados a la fuerza en la roca misma.
Y a los lados, hay muros de piedra para evitar que se pueda caer, ya que el
lugar es resbaladizo, empinado y estrecho. En alguna parte se podría caer
fácilmente y, de caer, uno se haría mil pedazos. Para los caballos es un gran
refugio, porque sin duda caerían si esos muros y barreras no estuvieran allí.
En medio de este camino, hay un puente de piedra y madera construido entre dos
peñas empinadas. A un lado del puente hay unas estancias bien construidas con
un patio empedrado, donde los indios dicen que los señores de aquella región,
cuando viajaban, solían celebrar suntuosos banquetes y alegres fiestas.
Desde esta tierra, el Capitán Hernando Pizarro regresó por las mismas jornadas
que había hecho al ir, a la ciudad de Cajamarca, donde
entró el veinticinco de mayo de 1533.
La llegada de
Chalcuchímac a Cajamarca
Aquí se presenció un hecho nunca antes
visto desde que se descubrieron las Indias, y que incluso entre los españoles
es algo notable. Cuando Chalcuchímac entró
por las puertas donde su señor estaba prisionero, tomó de uno de los indios que
lo acompañaban una carga de tamaño mediano y se la echó al hombro. Lo mismo
hicieron muchos otros caciques que venían con él. De este modo, cargados,
entraron donde estaba Atahualpa. Al verlo,
levantaron las manos hacia el sol, dándole gracias por haberles permitido
verlo. Luego, con gran reverencia y llorando, Chalcuchímac se acercó a él y le
besó el rostro, las manos y los pies. Inmediatamente después, todos los demás
caciques que lo acompañaban hicieron lo mismo.
Atahualpa mostró tal
majestad que, a pesar de que en todo su reino no tenía a un hombre al que amara
tanto como a Chalcuchímac, ni siquiera lo miró al rostro ni le prestó más
atención de la que habría dado al indio más insignificante que se le
presentara.
El hecho de cargarse de esa manera al
entrar a ver a Atahualpa es una ceremonia que se realiza con todos aquellos que
han reinado en esas tierras. Esta relación de todos los sucesos mencionados,
tal como ocurrieron de manera particular, fue hecha por mí, Miguel de Estete,
veedor, quien me encontré en este viaje con el Capitán Hernando Pizarro.
***
El primer autor sigue
su relato.
Descripción de la
ciudad del Cusco, y de cómo de ella y de otras treinta se tomó posesión en
nombre de Su Majestad, por la gran cantidad de oro y plata fundida, la cual fue
repartida entre todos, con la quinta parte para el Emperador y diversas
recompensas. Con ello se reconoce cuánto valor y estima daban los indios y los
españoles al oro y la plata, por hallarse en tan abundante cantidad.
El Gobernador recibió el informe de
todas estas cosas que su hermano había hecho. Viendo que las seis naves que
estaban en el puerto de San Miguel ya
no podían mantenerse en el mar y que, si se retrasaba más su partida, se
perderían, y siendo solicitado y urgido por sus dueños para que les pagara y
despachara, se reunió en consejo con sus principales oficiales y reales para
poder pagar y enviar a estos hombres, y para enviar un informe a Su Majestad de
todo lo que había sucedido.
Se concluyó y
determinó que se debía fundir todo el oro que tenían allí, el que Atahualpa
había hecho traer, y también todo lo que llegara después, antes de que esta
fundición se terminara. Así, una vez fundido y repartido, el Gobernador ya no
tendría que entretenerse, sino que iría a fundar la nueva colonia y ciudad que
Su Majestad ordenaba y deseaba que se hiciera en aquellos lugares.
El trece de mayo de 1533 se proclamó y
se comenzó a hacer la fundición. Diez días después, llegó a Cajamarca uno de
los tres cristianos que habían ido a la ciudad del Cuzco, el que había ido como
escribano o notario. Trajo la fe escrita de cómo se había tomado posesión de la
ciudad del Cuzco en nombre de Su Majestad, y una lista de todas las tierras que
se encontraron en el camino. Dijo que habían encontrado treinta ciudades
principales, además de la del Cuzco y de muchas otras más pequeñas. También
dijo que la ciudad del Cuzco es
grandísima y está situada al pie de un monte cerca del llano. Sus calles están
muy bien dispuestas y empedradas. En los ocho días que habían estado allí, no
habían podido verla toda.
Dijo que había un
palacio con chapas o placas de oro, y bastante bien fabricado en forma
cuadrada. Cada uno de los cuatro lados de la casa medía trescientos cincuenta
pasos de esquina a esquina. Y que de las placas de oro que había en este
palacio habían tomado 700 planchas o láminas, cada una de las cuales pesaba 500
castellanos. Y que de otra casa los indios habían sacado otra gran cantidad que
llegaba a pesar 200,000 castellanos si el oro hubiera sido perfecto, pero como
era muy bajo, no lo habían querido recibir, ya que no era de más de siete u
ocho quilates. Dijo que, aparte de estas dos casas, no habían visto ninguna
otra de esa manera con placas de oro, porque los indios no les habían permitido
ver toda la ciudad. Pero que por lo que mostraba, creían que había una gran
riqueza.
También decía que allí habían encontrado
a Quizquiz, un capitán de Atahualpa, con treinta mil
hombres, para la guardia de aquella ciudad, porque limita con los Caribes y con otras gentes que a menudo suelen
hacerles la guerra.
La llegada del oro del
Cuzco y la fundición
El escribano también contó muchas otras
cosas sobre la ciudad del Cuzco y el buen
orden que allí había. También relató cómo el principal indio que fue con ellos
regresaba con los otros dos cristianos, y conducían 600 placas de oro con una
gran cantidad de plata que ese mismo principal, a quien Chalcuchímac había dejado en Jauja, les había dado. En total, el oro que
transportaban sumaba 179 fardos, y los fardos eran tan grandes y pesados que
cada uno era cargado por cuatro indios. Por eso no podían avanzar más que muy
lentamente, ya que se necesitaban muchos indios para transportarlo. Lo iban
recogiendo de tierra en tierra, y se creía que llegaría a Cajamarca en un mes.
Y así fue, porque el
trece de junio de ese mismo año, llegó todo el oro del Cuzco: eran 200 fardos
de oro y 25 de plata. El oro, por lo que parecía, pesaba más de 130 quintales.
Y después de esto, llegaron otros 60 fardos de oro de baja ley. La mayor parte
de todo esto eran planchas, a modo de tablas de cajón, de tres y cuatro palmos
de largo, que habían sido arrancadas de los muros de las casas, donde todavía
se veían los agujeros de los clavos.
El reparto del botín
La fundición y el reparto de todo este
oro y plata se completó el día de Santiago. Una vez reducido a oro puro, la
suma total de su valor fue de un millón, 326 mil, 539
castellanos. Y descontados los derechos del fundidor, a Su Majestad
le tocaron, por su quinto, 262 mil, 259 castellanos de oro
fino. La plata fue de 51 mil, 610 marcos,
y a Su Majestad le correspondió, por su parte, 10 mil,
121 marcos (un marco son 8 onzas).
Todo lo que quedó después de descontar
el quinto y los derechos de fundidor fue repartido por el Gobernador entre
todos los que lo habían conquistado y ganado. A cada uno de los hombres de a
caballo le tocaron 8,980 castellanos de oro y 362 marcos de plata. A los de a pie, 4,440 castellanos de oro y 181 marcos de plata. Algunos recibieron más y otros
menos, según el Gobernador consideró que cada uno merecía, dependiendo de su
rango y de los sufrimientos que habían pasado.
Una cierta cantidad de oro que el Gobernador
apartó antes de hacer este reparto, la dio a los cristianos que se habían
quedado en la población de San Miguel, y a toda
la gente que vino con el Capitán Diego de Almagro,
así como a todos los mercaderes y marineros que llegaron después de terminada
la guerra. De este modo, todos los nuestros que se encontraban en aquellas
tierras recibieron una parte, por lo que esta fundición se puede llamar
"general" ya que fue para todos.
Curiosidades y precios
del oro
En esta fundición se vio algo muy notable: hubo días en que se
fundieron 50,000 castellanos de oro, y lo
habitual era fundir 50,000 o 60,000.
Esta fundición la hicieron los indios, porque entre ellos hay grandes orfebres
y fundidores, y fundían con nuevas técnicas.
No me detendré aquí a
contar los precios a los que se vendieron y compraron varias mercancías en esta
tierra, aunque fueron tan altos que muchos no lo creerán. Sin embargo, puedo
decirlo y afirmarlo con verdad, ya que lo vi y compré algunas cosas.
Un caballo se vendió por 1,500 castellanos de oro, y otros tres se vendieron
por 1,300 cada uno. El precio común y ordinario era 1,500, y a este precio no se encontraban. Un vaso de
vino de hasta seis jarras se vendió por 60 castellanos de oro.
Yo compré cuatro jarras de vino por 40 castellanos. Un
par de borceguíes se vendía por 30 o 40 castellanos,
un par de medias por lo mismo, una capa por cien o incluso doscientos
castellanos, y una espada por cuarenta o cincuenta.
Una cabeza de ajo valía medio castellano, y así todas las demás cosas. Un cuaderno
de papel para escribir costaba diez castellanos. Y
yo compré por doce castellanos un poco más
de media onza de azafrán malo y feo.
Mucho habría que decir
si quisiera relatar los grandes e increíbles precios a los que se vendían todas
las cosas, y en qué poco valor se tenía el oro y la plata. En efecto, la cosa
llegó a tal punto que si uno debía dar algo a otro, le daba un pedazo de oro en
bruto sin pesarlo, y aunque no le diera el doble de lo que debía, no le
importaba ni lo estimaba. Los deudores andaban de casa en casa con un indio
cargado de oro, buscando a sus acreedores para pagarles.
Ya se ha dicho cómo se
terminó la fundición y el reparto del oro y la plata, y también se ha hablado
de la riqueza de esta tierra, y de lo poco que se estima el oro y la plata,
tanto por los españoles como por los propios indios. Hay un lugar de aquellos
que están sujetos al Cuzco, y que luego fueron de Atahualpa, donde dicen que
hay dos casas hechas de oro, y que incluso las pajas con las que están
cubiertas son de oro. Y con el oro que se trajo del Cuzco, vinieron algunas
pajas similares, hechas de oro macizo con su espiga en la cima, exactamente
como nacen en los campos.
Quien quisiera narrar la diversidad de
piezas de oro que se obtuvieron en esta conquista, no terminaría jamás. Hubo
una pieza de oro para sentarse que pesaba doscientas libras.
Hubo grandes fuentes con sus cañerías por donde corría el agua a un estanque o
pila hecho del mismo metal, y donde había varias aves de muchas clases, y
hombres que sacaban el agua de la fuente. Y todas estas cosas eran de oro.
También se sabe, por dicho de Atahualpa, de Chalcuchímac y de muchos otros, que
Atahualpa tenía en Jauja ciertas
ovejas, y pastores que las cuidaban, todas de oro. Y tanto las ovejas como los
pastores eran tan grandes como los que se ven vivos y de carne. Y estas piezas
eran de su padre, y prometió dárselas a los españoles. En efecto, las cosas que
se cuentan de las grandes riquezas de Atahualpa y del viejo Cuzco, su padre,
son grandiosas.
De cómo un Cacique advirtió a los
españoles sobre la traición de Atahualpa, quien planeaba liberarse y hacer
venir desde Quito un grandísimo ejército de indios caribes para acabar con los
cristianos. Por ello fue ajusticiado Atahualpa, quien antes de su muerte recibió
el bautismo y se hizo cristiano.
Pasemos ahora a contar algo que no se
debe callar. Un cacique, señor de Cajamarca, vino a
dar a entender al Gobernador, por medio de intérpretes, que Atahualpa, desde que fue hecho prisionero, había
enviado a Quito, su tierra, y a todas sus
demás provincias, a formar un ejército para que viniera a atacar a los
cristianos y los matara a todos. Le dijo que esa gente ya venía con un gran
Capitán llamado Rumiñahui, que estaba muy cerca de
Cajamarca, y que llegarían de noche para prender fuego a los aposentos
españoles. El primero en morir sería el Gobernador, y luego sacarían a
Atahualpa de la prisión. El cacique aseguró que del propio pueblo de Quito
venían doscientos mil hombres de guerra y treinta mil caribes que comen carne
humana, y que de otra provincia llamada Pasto y de
otras partes venía un infinito número de gentes.
El Gobernador, al
escuchar este aviso, agradeció mucho al cacique y le hizo grandes honores.
Ordenó a un escribano que pusiera toda la declaración por escrito. Y luego,
quiso informarse, y descubrió que era tan cierto como el cacique había dicho,
porque el propio tío de Atahualpa no lo pudo negar. Y también lo atestiguaron
algunos señores y caciques con algunas mujeres indias.
Entonces, el
Gobernador fue a ver a Atahualpa y le dijo: "¡Qué traición es esta que has
ordenado! ¿Acaso me tratas de este modo, después de que te he honrado y tratado
como a un hermano, confiando en tu palabra?". Y le explicó lo que había
escuchado. Pero Atahualpa respondió: "¿Acaso os estáis burlando de mí y me
queréis engañar? Siempre me decís cosas sin importancia. ¿Qué poder tengo yo o
toda mi gente para poder hacer daño a hombres tan valientes como vosotros? No
me digáis estas bromas". Todo esto lo decía sin mostrar ninguna señal de
alteración, sino riendo siempre, para disimular mejor su maldad. Mientras
estuvo prisionero, demostró muchas otras vivacidades de hombre agudo y sagaz,
que cuando los nuestros lo veían, se quedaban atónitos al ver tanta prudencia
en un hombre bárbaro.
El Gobernador mandó a
traer una cadena y se la hizo poner al cuello. Y envió a dos indios como espías
para saber dónde se encontraba ese ejército, porque se decía que no estaba a
más de siete leguas de Cajamarca, y para ver si era un lugar al que pudiera
enviar cien hombres de a caballo. Así supo que se encontraba en una región muy
escarpada y que se acercaba sin detenerse. También se supo que, tan pronto como
a Atahualpa le echaron la cadena al cuello, envió a sus mensajeros para hacer
saber a su gran Capitán que el Gobernador lo había matado, y que, al enterarse
de esta noticia, en el ejército se habían retirado. Pero Atahualpa, después de
los primeros, envió segundos mensajeros, ordenando a los suyos que vinieran
pronto sin dilación alguna, y les avisó cómo, por dónde y a qué hora debían
atacar a los cristianos, porque él estaba vivo, y si se tardaban, lo
encontrarían muerto.
Cuando el Gobernador
entendió todo esto, con mucha diligencia hizo que todos los suyos estuvieran en
orden y que todos los de a caballo hicieran guardia toda la noche: cincuenta
caballos en cada turno de guardia y 150 en la última guardia. Y en todas estas
noches no durmieron nunca ni el Gobernador ni sus capitanes, que visitaban las
guardias y vigilaban todo lo que convenía. Y cuando les tocaba descansar y
dormir a los hombres de guardia, nunca se quitaban las armaduras, y los
caballos siempre estaban ensillados. Con esta vigilancia, los nuestros se
mantuvieron hasta un sábado en que, al ponerse el sol, vinieron dos indios que
servían a los españoles y le dijeron al Gobernador que ellos habían huido de la
gente del ejército, que los habían dejado a tres leguas de allí. Dijeron que
esa noche, o a la siguiente, estarían sobre los cristianos, porque se acercaban
con gran prisa por lo que Atahualpa les había mandado a decir.
Entonces, el
Gobernador, junto con los oficiales de Su Majestad, los capitanes y otras
personas expertas, determinó dar muerte a Atahualpa. Y así lo sentenció a
muerte, diciendo que merecía por la traición que había cometido ser quemado en
el fuego (salvo si se bautizaba), por la seguridad de los cristianos, por el
bien de todo aquel país y por la conquista y pacificación de esa parte de las
Indias. Porque, una vez muerto, su gente se pondría en fuga sin tener el ánimo
de hacer lo que habían planeado por orden de su Señor. Y así lo sacaron para
hacer justicia.
Mientras era llevado a la plaza, dijo
que quería volverse cristiano, lo cual fue notificado de inmediato al
Gobernador, quien ordenó que fuera bautizado. Y el padre fray Vicente de Valverde, que lo iba confortando para la
muerte, lo bautizó. Entonces, el Gobernador ordenó que no lo quemaran, sino que
lo estrangularan atado a un palo en la plaza, y así fue ejecutado de inmediato.
El tirano permaneció muerto de esa manera hasta la mañana siguiente, cuando los
religiosos, el Gobernador y los otros españoles lo llevaron a enterrar en la
iglesia con mucha solemnidad y con el mayor honor que fue posible hacerle. Y de
esta forma, este cruel hombre terminó su vida, sin mostrar que sintiera en lo
más mínimo esta muerte, diciendo que encomendaba a sus hijos al Gobernador.
En el momento en que
lo llevaban a enterrar, se levantó un gran llanto de mujeres y de otros
sirvientes de su casa. Murió el sábado, a la misma hora en que fue capturado y
derrotado por los nuestros. Algunos decían que por sus pecados había muerto en
ese día y a esa hora en que había sido hecho prisionero. Y así pagó de golpe
todos aquellos grandes males y crueldades que había cometido con sus propios
vasallos, porque todos a una voz decían que él era el mayor rufián y carnicero
cruel que jamás se vio entre los hombres. Por cada causa mínima, desolaba un
pueblo, y por un pequeño error que un solo hombre hubiera cometido, hacía morir
a diez mil personas y arrasaba un pueblo. Y había subyugado tiránicamente a
todas aquellas provincias, por lo que era temido y mal visto por todos.
Hacen suceder en el estado de Atahualpa a un hijo del viejo Cuzco, a quien le
afirman el estandarte imperial. Del prodigio que los indios tuvieron de un
cometa.
Se nombra un nuevo
cacique y el prodigio del cometa
El Gobernador tomó enseguida a otro hijo
del viejo Cuzco, llamado Atahualpa (el
menor), quien mostraba ser amigo de los cristianos, y lo nombró Señor del
estado de su hermano. Esto se hizo en presencia de los caciques y señores de
las tierras vecinas, y de los demás indios. Ordenó a todos que lo aceptaran y
lo tuvieran por Señor, y que le obedecieran como solían obedecer antes a Atahualpa el mayor, pues este era su Señor
natural, al ser hijo legítimo del viejo Cuzco. Todos dijeron que lo tendrían
por tal Señor y que lo obedecerían como el Gobernador ordenaba y quería.
Aquí no se debe callar
una cosa notable y digna de asombro. Veinte días antes de que esto sucediera, y
sin saberse del ejército que Atahualpa hacía venir, él, estando una tarde
bastante alegre con algunos españoles y hablando con ellos, apareció en el
cielo un prodigio y un gran signo hacia la parte del Cuzco. Era como un cometa
de fuego que duró gran parte de la noche. Cuando Atahualpa vio este signo, dijo
que muy pronto moriría en esa comarca un gran señor.
Cuando el Gobernador
hubo puesto en el estado y señorío del país a Atahualpa el menor, como ya se ha
dicho, le dijo que quería notificarle lo que Su Majestad ordenaba y quería, y
lo que él debía hacer y cumplir para ser su vasallo. Atahualpa respondió que
primero debía estar retirado en su casa durante cuatro días sin hablar con
nadie, porque así se acostumbraba entre ellos cuando un señor moría, para que
el sucesor fuera temido y obedecido. Solo entonces todos le darían obediencia.
Así se retiró por los cuatro días, y luego el Gobernador selló con él la paz
con gran solemnidad de trompetas. Le entregó la bandera real, y él la recibió y
la alzó con su mano por el Emperador, nuestro señor, dándose por su vasallo.
Entonces, todos los
principales señores y caciques que estaban presentes, con gran reverencia lo
aceptaron y recibieron como señor, y le besaron la mano y la mejilla. Volviendo
el rostro al sol, le daban las gracias con las manos juntas, por haberles dado
un señor natural. Así fue recibido por todos este Atahualpa como señor, y de
inmediato le pusieron una faja muy rica atada alrededor de la cabeza, que le
bajaba por la frente cubriéndole casi los ojos. Esta es para ellos la corona
que lleva quien es señor del estado del Cuzco, y de esta manera la llevaba
también antes su hermano Atahualpa.
Partida de muchos
españoles hacia Sevilla con la gran cantidad de oro y plata obtenida en aquella
empresa, y de las diversas cosas que en su nombre fueron enviadas al Emperador.
Después de todo esto,
algunos españoles que habían conquistado el país, sobre todo aquellos que
llevaban mucho tiempo en las Indias y otros que, cansados por las enfermedades
y las heridas, ya no podían servir ni permanecer en esos lugares, pidieron
licencia al Gobernador, suplicándole que los dejara ir a sus tierras con el
oro, la plata, las piedras y las joyas que les habían tocado en su parte.
Esta licencia les fue concedida, y
algunos de ellos regresaron con Hernando Pizarro,
hermano del Gobernador. Otros también obtuvieron licencia después, al ver que
cada día llegaba gente nueva, atraída por la fama de las tantas riquezas que
había en la región. El Gobernador dio algunas llamas ("ovejas y
carneros") e indios a los españoles a quienes había dado licencia, para
que pudieran llevar más cómodamente el oro, la plata y las demás mercancías
hasta la ciudad de San Miguel.
Sin embargo, en el camino, algunos
perdieron oro y plata en una cantidad de más de veinticinco mil castellanos,
porque los carneros y las llamas huyeron con las mercancías que los españoles
les habían puesto encima para que las llevaran. Y también huyeron algunos
indios. En este camino de Cajamarca hasta
el puerto, que son cerca de doscientas leguas, padecieron mucha hambre y sed, y
gran trabajo, porque no tenían bestias ni personas que transportaran las
riquezas que habían ganado.
Llegados finalmente al puerto, se
embarcaron y se vinieron a Panamá. Desde allí
pasaron al Nombre de Dios, donde, embarcados
con la ayuda de Nuestro Señor, llegaron a salvo a Sevilla.
El cinco de diciembre de 1533, llegó a
la ciudad de Sevilla la primera de esas cuatro naves, en la cual venía el
Capitán Cristóbal de Mena, que trajo sus 8,000 castellanos de oro y 500 marcos de plata. Con esta nave también vino un
clérigo de Sevilla llamado Juan de Sosa,
con 6,000 castellanos de oro y 80 marcos de plata. En esta misma nave, además de la
cantidad ya dicha, vinieron 38,946 castellanos de oro en
masa.
El nueve de enero de 1534, llegó al río
real de Sevilla la segunda nave, llamada Santa María del Campo,
en la cual vino el Capitán Hernando Pizarro,
hermano de Francisco Pizarro, Gobernador y
Capitán General de la Nueva Castilla. En esta nave vino para Su Majestad un
valor de 153,000 castellanos en oro y 5,048 marcos de plata. Y trajo para los pasajeros y
personas particulares 310,000 castellanos de oro y 13,500 marcos de plata, además de lo ya dicho de Su
Majestad. Todo este oro y plata vino en barras, planchas o láminas, y piezas de
varias clases, clavados y puestos en grandes cajas.
Además de la cantidad y suma mencionada,
esta misma nave también trajo para Su Majestad 38
vasijas de oro y 48 de plata. Entre
ellas, había un águila de plata tan grande que en su cuerpo cabían dos grandes
cántaros de agua. Y dos vasijas tan grandes para cocinar, una de oro y la otra
de plata, que en cada una cabría una vaca cortada en pedazos para cocerla. Y
había dos "sacos" de oro, en cada uno de los cuales cabían dos
fanegas de trigo. También había un ídolo de oro tan grande como un niño de
cuatro años, y dos pequeños tambores también de oro. Las otras vasijas, de oro
y plata, eran de tal tamaño que en cada una cabían dos sextarios de líquido y
más. También vinieron en esta misma nave, que eran de pasajeros, 24 grandes
cántaros de plata y cuatro de oro.
Este hermoso tesoro
fue descargado en el muelle del puerto de Sevilla y llevado al palacio de la
Contratación. Las vasijas, a carga sobre los hombros y con palancas, y el resto
en 27 tablas, que una pareja de bueyes con una carreta no podía llevar más de
dos.
La llegada de los
últimos barcos y el autor de la crónica
El tres de junio del mismo año, llegaron
las otras dos naves. En una venía como capitán Francisco
Rodríguez, y en la otra Francisco Pavón.
Estas naves transportaron, de pasajeros y particulares, 146,518 castellanos en oro y 30,511 marcos de plata.
Además de las vasijas y piezas de oro y
plata ya mencionadas, la cantidad de oro que vino con estas cuatro naves
suma 708,080 castellanos, y la plata suma 49,008 marcos. Cada marco, como ya se ha dicho,
equivale a ocho onzas. Una de las dos últimas naves mencionadas, en la que iba
como capitán Francisco Rodríguez, era propiedad
de Francisco de Xerez, un ciudadano de Sevilla. Él fue
quien escribió esta conquista de la Nueva Castilla, o del Perú, por orden del
Gobernador Francisco Pizarro, mientras se
encontraba en la provincia de la Nueva Castilla en la ciudad de Cajamarca, sirviendo como su secretario.
***
Relación de la
conquista del Perú escrita por Pedro Sancho segundo secretario de Pizarro y
escribano de su ejército.
Publicada en italiano
por Juan Bautista Ramusio, y traducida por segunda vez al castellano por
Lorenzo Basurto Rodríguez. Viernes 5 de septiembre de 2025.
Relación para Su
Majestad.
Este es un informe para Su Majestad
sobre lo que sucedió en la conquista y pacificación de estas provincias de la
Nueva Castilla, y sobre la calidad del país, después de que el Capitán Hernando Pizarro partiera y regresara a Su Majestad.
Un resumen de la conquista de Cajamarca y la
prisión del cacique Atahualpa. Sobre la gran cantidad de
oro y plata traída del Cuzco, la parte que fue enviada al Emperador por el
Quinto Real con la liberación del cacique prisionero Atahualpa, la promesa que
se le hizo de la casa de oro para su rescate y la traición que dicho Atahualpa
ordenó contra los españoles, por la cual lo hacen ejecutar.
Después de que el Capitán Hernando Pizarro partió con 100,000 pesos de oro y 5,000 marcos de plata que se mandaron a Su
Majestad de su Quinto Real, a los diez o doce días llegaron los dos españoles
que traían el oro del Cuzco. Inmediatamente se fundió una parte, ya que eran
piezas pequeñas y muy finas, y ascendió a un total de 500 y tantas barras de oro, sacadas de ciertos muros de
una casa en el Cuzco. Las barras más pequeñas
pesaban cuatro o cinco libras cada una, y otras planchas pesaban diez o doce
libras. Con estas planchas estaban cubiertos todos los muros de ese templo.
También trajeron una silla de finísimo oro hecha a modo de taburete, que
pesaba 18,000 pesos. Asimismo, trajeron una fuente toda de
oro, trabajada muy sutilmente, y algo digno de ver, considerando el arte, su
labor y la forma en que estaba hecha. También trajeron muchas otras piezas de
vasijas, ollas y platos.
De todo este oro se hizo una suma que
ascendió a dos millones y medio. Una vez fundido
en oro fino, llegó a ser un millón, 320 y tantos mil
pesos. De esta suma se extrajo el Quinto Real para Su Majestad, que
fue de 260 y tantos mil pesos. De plata había 50,000 marcos, de los cuales a Su Majestad le
tocaron 10,000. Se entregaron al tesorero de Su Majestad 170,000 pesos y 5,000 marcos de plata,
porque, como se ha dicho, los 5,000 pesos y los restantes 5,000 marcos de plata
habían sido llevados por Hernando Pizarro para socorro de la Majestad Imperial,
por los gastos que tenía en la guerra contra los turcos, enemigos de nuestra
santa fe, según el rumor que corría.
Todo el resto fue repartido por el
Gobernador entre los soldados y compañeros, dando a cada uno lo que, según su
conciencia y lo que creía que merecía, le correspondía. Consideró los trabajos
que habían sufrido y la calidad de las personas. Todo esto lo hizo con gran
diligencia y con la mayor rapidez posible, para poder partir de ese lugar e ir
a establecerse en la ciudad de Jauja.
Y puesto que entre
aquellos soldados había algunos hombres de edad, ya más aptos para descansar
que para trabajar, y que habían luchado y servido mucho en esas guerras, les
dio licencia para que volvieran a España. Con esta muestra de humanidad,
lograba que, al regresar, dieran un mejor testimonio de la grandeza y riqueza
del país, para que acudiera mucha gente, así se poblaría y se expandiría.
Porque, a decir verdad, siendo el país tan grande y lleno de tanta gente
nativa, los españoles que había en ese momento eran muy pocos para
conquistarlo, subyugarlo y habitarlo. Y aunque habían hecho y obrado mucho en
su conquista, fue más por la ayuda de Dios, que en todo lugar y empresa les
concedió la victoria, que por su propia fuerza y capacidad, y esperaban ser
ayudados así en el futuro.
La justificación del
encarcelamiento y la traición de Atahualpa
Después de esa fundición, el Gobernador
hizo un acto ante el notario en el cual liberaba al cacique Atahualpa y lo absolvía de la promesa y palabra
que les había dado a los españoles que lo capturaron, respecto a la casa de oro
que les había concedido. Hizo publicar esto públicamente con toques de trompeta
en la plaza de la ciudad de Cajamarca,
haciéndoselo saber también al mismo Atahualpa por medio de un intérprete. En
ese mismo pregón, declaró que, por conveniencia para el servicio de Su Majestad
y para la seguridad del país, quería mantenerlo prisionero con guardias hasta
que llegaran más españoles con los que se pudieran sentir más seguros. Pues,
aun estando libre, y siendo un Señor tan grande y teniendo tanta gente de
guerra, que todos lo temían y obedecían, él no podía dejar de sospechar, sobre
todo porque muchas veces se había sabido con certeza que había ordenado que se
formaran ejércitos para venir a atacar a los españoles. Y como se dirá más
adelante, ya había organizado gente bajo sus capitanes, y solo faltaba llevar a
cabo la acción por la falta de su persona y la de su Capitán General Chalcuchímac, quien también estaba prisionero.
Pasados algunos días, ya que los
españoles estaban a punto de partir para embarcarse y volver a España, y el
Gobernador se preparaba con el resto de la gente para partir hacia Jauja, Dios, nuestro Señor, que con su infinita bondad
guía y encamina al bien a quien más sirve a su propósito (como sucederá, ya que
hay españoles en este país que lo habitarán y harán que los nativos de esta
tierra lleguen a su conocimiento, para que Nuestro Señor sea siempre alabado y
sea conocido por estos bárbaros, y su fe sea enaltecida), permitió que se
descubriera y se frustrara el malvado plan que tenía este soberbio tirano. Esto
fue en pago a las muchas buenas obras y el buen trato que siempre había
recibido del Gobernador y de cada uno de los españoles de su compañía. El pago
que él, según su designio, pensaba darles era de la misma manera que solía
tratar a los caciques y señores del país, a quienes mandaba a matar sin culpa o
razón alguna.
Ocurrió entonces que, viendo a los
nuestros que habían obtenido licencia para regresar a España, que se llevaban
el oro fuera de su país, y considerando que él había sido un gran Señor que
poseía todas aquellas provincias y sus riquezas sin oposición alguna, sin poner
atención a las justas causas por las que había sido privado de su poder, había
ordenado que cierta gente, que por su mandato estaba organizada en la tierra
de Quito, viniera a atacar a los españoles que estaban en
Cajamarca. El ataque se daría una noche a una hora concertada, en cinco puntos,
asaltándolos en sus alojamientos y prendiendo fuego por donde pudieran.
En ese momento, treinta o más españoles
estaban fuera de Cajamarca, habiendo ido a la ciudad de San Miguel para embarcar el oro de Su Majestad.
Creyendo que, por ser estos también pocos, le sería muy fácil matarlos antes de
que pudieran reunirse con los de Cajamarca, se hizo una larga investigación a
muchos caciques y a sus mismos principales, quienes todos, sin temor, tormentos
o amenazas, espontáneamente dijeron y confesaron esta conspiración. Dijeron que
venían cincuenta mil hombres de Quito y muchos caribes, que en todos los
confines de aquella provincia había gente armada en gran número, y que, para no
poder mantenerse todos juntos con los víveres, se habían dividido en tres o
cuatro grupos. Pero incluso divididos eran tantos que, al no encontrar
suficiente comida, arrancaban el maíz verde y lo chupaban para que no les
faltara el sustento.
El juicio, la
ejecución y el entierro
Habiendo entendido todo esto, y siendo
la cosa tan clara y pública, ya que en sus ejércitos decían que venían a matar
a todos los cristianos, y viendo el Gobernador el gran peligro en el que se
encontraba todo el gobierno y los españoles, decidió ponerle remedio. Aunque le
desagradó mucho llegar a este acto, viendo la información y el proceso que se
había hecho, habiendo congregado a los oficiales de Su Majestad, a los
capitanes de su compañía, a un doctor que en ese tiempo se encontraba en el
ejército, y al padre fray Vicente de Valverde,
religioso de la orden de San Domingo, enviado por nuestro Emperador para la
conversión y la doctrina de la gente de estos reinos, después de haber discutido
y razonado mucho sobre el daño y la utilidad que podría resultar de que Atahualpa viviera o muriera, se resolvió que se le
hiciera justicia. Así lo pidieron los oficiales de Su Majestad, y el doctor
juzgó que la información era suficiente.
Por eso, fue
finalmente sacado de la prisión donde vivía y, con voz de trompeta que
anunciaba públicamente su traición y conspiración, fue conducido al centro de
la plaza de la ciudad y atado a un madero. Mientras el religioso lo iba
confortando y haciéndole entender, por medio de un intérprete, las cosas de
nuestra fe cristiana, le decía que Dios había querido que, por los excesos que
había cometido en el mundo, muriera, y por lo tanto debía arrepentirse de
ellos. Y que Dios lo perdonaría si lo hacía y se bautizaba de inmediato. Él,
conmovido por estas razones, pidió el bautismo, y ese venerable Padre, que
mucho se esforzó en esta exhortación, se lo dio de inmediato. Por lo cual,
aunque había sido sentenciado a ser quemado, se le dio una vuelta con el
garrote al cuello, y de esta manera fue estrangulado. Pero cuando vio que se
acercaban para matarlo, dijo que encomendaba a sus pequeños hijos al
Gobernador, y que quería que los mantuviera a su lado. Con estas últimas
palabras, y diciendo en voz alta el Credo por su alma a los españoles que lo
rodeaban, fue estrangulado enseguida. Que Dios lo lleve a su gloria, y con pura
penitencia de sus pecados y verdadera fe de cristiano, recibió esta muerte.
Después de haber sido
estrangulado, en ejecución de la sentencia, se le prendió fuego, de modo que se
quemaron algunas partes de sus vestiduras y de la carne. Esa noche (ya que
murió tarde) su cuerpo fue dejado en la plaza para que su muerte fuera conocida
por todos. Al día siguiente, el Gobernador ordenó que todos los españoles se
presentaran en sus exequias, y con la cruz y con el religioso oficiando, fue
llevado a la iglesia y sepultado con tanta solemnidad como si hubiera sido el
primer español de nuestro campamento. Todos los principales señores y caciques
que lo servían recibieron gran satisfacción, considerando el gran honor que se
le hacía, y por saber que, al haberse hecho cristiano, no fue quemado vivo, y
que fue sepultado en la iglesia como si hubiera sido español.
Constituyen a su hermano, Atahualpa (Túpac Hualpa), Señor del estado de Atahualpa (el mayor), en cuya creación se observaron
las costumbres y las usanzas de los caciques de aquellas provincias.
De la obediencia y fidelidad prometida
al Emperador por Túpac Hualpa y por muchos caciques.
Hecho esto, el
Gobernador ordenó que de inmediato se congregaran en la plaza mayor de aquella
ciudad todos los caciques y señores principales que residían allí en ese
tiempo, en compañía del Señor difunto. Eran muchos y de tierras lejanas. El
propósito era darles otro Señor que los mandara en nombre de Su Majestad, ya
que estaban acostumbrados desde hacía mucho tiempo a estar siempre bajo la
obediencia de un solo Señor y a tributarle. Si no se hubiera hecho así, habría
surgido una gran confusión, porque cada uno se habría rebelado con su señorío.
Además, para atraerlos a la amistad de los españoles y a la obediencia de Su
Majestad, se habría incurrido en un gran trabajo.
Por estas y muchas otras razones, el
Gobernador los hizo reunir. En esta congregación se encontraba un hijo de Huayna Cápac llamado Túpac Hualpa, hermano del Atahualpa ejecutado, a quien el Reino le
correspondía por derecho. El Gobernador les dijo a todos que ya debían haber
visto que Atahualpa había muerto por la traición que había tramado contra él, y
que, ya que todos habían quedado sin un Señor que los mandara y a quien
obedecer, él quería constituirles un Señor con el que todos quedarían
satisfechos. Les dijo que este era Atahualpa, quien estaba allí presente, a
quien razonablemente le pertenecía el Reino como hijo de Huayna Cápac, a quien tanto habían amado. Y que era una
persona joven, con la que podrían convivir con mucho afecto, y era prudente
para poder gobernar aquel país. Les pidió que vieran si lo querían por Señor,
que él se lo daría, y si no, que nombraran a otro, que si era capaz, él se lo
concedería.
Todos respondieron que, ya que Atahualpa
estaba muerto, obedecerían a Atahualpa o a cualquier otro que él les diera. Y
de este modo se dispuso que al día siguiente se le daría la obediencia según la
costumbre. Y al día siguiente, se congregaron todos de nuevo frente a la puerta
del Gobernador, donde el cacique se sentó en su asiento, y cerca de él todos
los demás señores y principales, cada uno según su debido orden. Y hechas las
debidas ceremonias, cada uno se movió para ofrecerle un penacho blanco, en
señal de vasallaje y de tributo, que es su antigua costumbre desde que esa
tierra se encontró sujeta a estos señores del Cuzco.
Hecho esto, cantaron y
bailaron, haciendo una gran fiesta, en la cual el nuevo rey cacique no se
vistió con ninguna ropa de valor, ni se puso el trabajo en la frente, como
solía llevar el Señor difunto. Y preguntado por el Gobernador por qué lo hacía,
dijo que era costumbre de los caciques pasados que, cuando tomaban el señorío,
guardaban luto por el cacique muerto, permaneciendo tres días en ayuno
encerrados en una casa. Y luego salían en acto solemne y honrado, y hacían una
gran fiesta. Por lo tanto, él también quería hacer lo mismo y ayunar dos días.
Él le respondió que, ya que esa era la antigua costumbre, debía conservarla, y
que después le diría muchas cosas que el Emperador, nuestro Señor, le había
ordenado que le dijera a él y a todos los señores de aquellas provincias.
La sumisión a la
Corona y a Dios
Inmediatamente, el
nuevo cacique se puso en su ayuno en un lugar apartado de la compañía de los
demás, que era una casa preparada para ello desde el día en que el Gobernador
le notificó que estaba cerca de su alojamiento. Esto asombró mucho al
Gobernador y a todos los españoles, al ver cómo en tan breve espacio se había
hecho una casa tan grande y tan buena. Allí se quedó encerrado y retirado, en
cuyo lugar nadie lo vio ni entró, excepto los pajes que lo servían y le daban
de comer, y el Gobernador, cuando quería ordenarle algo.
Terminado su ayuno, salió vestido de
forma honorable, acompañado de mucha gente, caciques y principales que lo
custodiaban. Adornaron todos los lugares donde él debía sentarse con cojines de
gran valor, y bajo los pies le pusieron paños honrados. Cerca de él se
sentó Chalcuchímac, aquel gran Capitán de Atahualpa que conquistó ese país, como se dijo en
el informe de las cosas de Cajamarca, y cerca de él, el Capitán Tice, uno de los principales. Y del otro lado, ciertos
hermanos del Señor, y seguían de un lado y del otro otros caciques, capitanes y
gobernadores de provincias, y otros señores de grandes tierras. En este lugar
no se sentó finalmente ninguna persona que no fuera de calidad. Y comieron
todos juntos en el suelo, ya que no acostumbran otras mesas.
Después de haber
comido, el cacique dijo que tenía la intención de dar la obediencia en nombre
de Su Majestad de la misma manera que sus principales se la habían dado a él. Y
el Gobernador le dijo que hiciera como le pareciera. Y allí le ofreció un
penacho blanco que sus caciques le habían dado, diciendo que se lo presentaba
en señal de obediencia. El Gobernador lo abrazó con mucho afecto y lo recibió,
diciéndole que, cuando él quisiera, le diría lo que debía decirle en nombre del
Emperador. Y acordaron reunirse de nuevo para ello al día siguiente.
En esa congregación, el Gobernador se
presentó vestido de la mejor manera que pudo con vestiduras de seda, junto con
los oficiales de Su Majestad y algunos nobles de su compañía que estaban presentes
y bien vestidos, para representar mejor este acto de amistad y de paz. Y cerca
de él hizo colocar al alférez con la bandera real. El Gobernador preguntó allí
a todos por su nombre y de qué tierra eran señores, haciendo que un secretario
y escribano tomara nota. Eran más de cincuenta caciques y señores principales.
Luego, dirigiéndose a todos ellos, les dijo que el Emperador Don Carlos I, nuestro señor, por quien habían sido
creados y por quien eran vasallos los españoles que estaban en su compañía, lo
había enviado a aquellas tierras para hacerles entender y predicar que un solo
Señor y creador de los cielos y de la tierra, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
tres personas y un solo Dios verdadero, los había creado y les daba la vida y
el ser, y hacía nacer los frutos de la tierra con los que se sustentaban. Y
para notificarles lo que debían cumplir y guardar para salvarse, y cómo por
mano de este nuestro Dios omnipotente y de sus vicarios que ha dejado en la
tierra (porque él subió al cielo donde ahora mora y estará glorificado
siempre), esas provincias fueron dadas al Emperador para que se hiciera cargo
de ellas. El Emperador lo había enviado a él para que los adoctrinara en la fe
cristiana y los pusiera bajo su obediencia, y que todo lo traía por escrito.
Por lo tanto, debían escucharlo y cumplirlo, lo que él hizo leer y declarar de
palabra en palabra por medio de un intérprete. Luego les preguntó si lo habían
entendido bien, y respondieron que sí. Por lo tanto, ya que él les había dado
por Señor a Túpac Hualpa, ellos harían todo lo que él les ordenara en nombre de
Su Majestad. Y que tenían como supremo Señor al Emperador Carlos I, y después
al Gobernador Francisco Pizarro, y después a Túpac Hualpa, para hacer lo que él
les mandara en su nombre.
Inmediatamente, el
Gobernador tomó la bandera real en sus manos, la cual alzó en alto tres veces,
y les dijo que como vasallos de la Majestad Imperial, ellos debían hacer lo
mismo. Y enseguida la tomó el cacique, y luego los capitanes y los otros
principales, y cada uno la alzó en alto dos veces. Luego todos fueron a abrazar
al Gobernador, quien los recibió con mucha alegría al ver su pronta voluntad y
con cuánto contentamiento habían escuchado las cosas de Dios y de nuestra
religión.
El Gobernador quiso
tener por escrito todo este acto con testigos. Una vez terminado, le hizo
grandes fiestas al cacique y a los principales, con los que luego todos los
días se entretenía y pasaba el tiempo con juegos y banquetes, los cuales se
hacían en su mayor parte en la casa del Gobernador.
Partida hacia Jauja y
el asesinato de Guaritico
Conduciendo una nueva
colonia de españoles para habitar en Jauja, tuvieron noticia de la muerte de
Guaritico, hermano de Atahualpa. Después de haber pacificado las tierras de
Huamachuco, Andamarca, Huaylas, Puerto de la Nieve y Capo Tambo, supieron que
en Tarma se hallaban reunidos muchos indios de guerra. Por ello hicieron
encadenar a Chalcuchímac y, prosiguiendo intrépidos su viaje, llegaron a
Cajamarca, donde encontraron gran cantidad de oro.
En este tiempo, el Gobernador terminó de
repartir entre los españoles de su compañía el oro y la plata que se obtuvieron
en esa casa. Atahualpa dio el oro de los
quintos reales al Tesorero de Su Majestad, quien lo hizo cargar para llevarlo a
la ciudad de Jauja, donde el Gobernador creía
que debía fundar una colonia de españoles, por las noticias que tenía de las
buenas provincias vecinas y de las muchas ciudades que había alrededor.
También hizo que los españoles se
prepararan con armas y otras cosas para el viaje, y llegado el momento de la
partida, les proporcionó indios del país para que llevaran su oro y equipajes.
Antes de partir, sabiendo que había poca gente en la ciudad de San Miguel para poder defenderse, sacó de los españoles
que iba a llevar consigo a diez soldados de a caballo con un Capitán, personas
de gran valía, a quienes les ordenó que fueran a residir en esa ciudad y se
quedaran allí hasta que llegaran naves con gente que pudiera sostenerla.
Después, debían regresar a la ciudad de Jauja, donde él iba
a fundar el pueblo español y a fundir el oro que llevaba. Les prometió que les
daría el oro que les correspondía tan puntualmente como si estuvieran
presentes, porque su regreso era muy necesario, siendo aquella la primera
ciudad que se había de fundar y hacer colonia de españoles para la Majestad
Imperial, y la principal para alojar y recibir las naves que vinieran de España
a esa tierra. De esta manera, partieron con las instrucciones que el Gobernador
les dio sobre lo que debían hacer con respecto a la pacificación de la gente de
los lugares cercanos a ese pueblo.
El Gobernador partió también un lunes
por la mañana. Caminó tres leguas y fue a dormir a la orilla de un río, donde
le llegó la noticia de que un hermano del cacique Atahualpa, llamado Guaritico, también
hermano de Atahualpa, había sido muerto por ciertos capitanes de Atahualpa por
orden de este. Este Guaritico era una persona muy importante y amigo de los
españoles, que había sido enviado por el Gobernador desde Cajamarca para
reparar los puentes y los malos pasos de los caminos. El nuevo cacique sintió
gran dolor por su muerte, y al Gobernador le disgustó mucho, porque lo
apreciaba, ya que era muy útil para el provecho de los cristianos.
Viaje y descubrimiento
de un complot
Al día siguiente, el Gobernador partió
de ese lugar. Tras varias jornadas de camino, llegó a la tierra de Huamachuco, a dieciocho leguas de Cajamarca. Habiendo descansado allí dos días, partió
hacia Cajamarca, a nueve leguas más allá, donde llegó en tres días. Allí
descansó cuatro días para que la gente tuviera comida y reposara para pasar
a Huaylas, a veinte leguas de allí.
Partiendo de esta tierra, llegó en tres
días al Puerto de Nieve, que cruzó. Y a la mañana siguiente
llegó a una jornada de distancia de Huaylas. El Gobernador envió a uno de sus
capitanes, que era el Mariscal Don Diego de Almagro,
con gente de a caballo hábil para tomar un puente a dos leguas de Huaylas. Este
puente estaba construido de la manera que se dirá más adelante. Este Capitán
tomó el puente junto con un fuerte monte que dominaba aquella tierra. El
Gobernador no tardó en llegar al puente con el resto de los suyos, y habiéndolo
cruzado, partió al día siguiente por la mañana, que fue domingo, hacia Huaylas. Una vez allí, oyeron misa de inmediato, y
luego entraron en unos buenos alojamientos. Allí descansaron ocho días y luego
partió con la gente.
Al día siguiente, cruzó otro puente de
red que estaba sobre el mismo río, que pasa por un agradable valle. Caminaron
treinta leguas hasta donde el Capitán Hernando Pizarro fue
a Pachacámac, como se envió detalladamente en el informe
a Su Majestad sobre lo que se hizo en ese viaje hasta Pachacámac, y de allí a
la ciudad de Jauja, y en el regreso a Cajamarca, en el que trajo al Capitán Chalcuchímac consigo, y de otras cosas de las que
no se habla aquí.
El Gobernador siguió su camino, y
marchando en varias jornadas, llegó a la tierra de Cajatambo. Y de allí partió, sin querer tener más que
algunos indios para que le llevaran las cargas del oro de Su Majestad y de los
soldados, usando siempre la vigilancia para saber y tener información de las
cosas que sucedían en el país, y con buen orden de la gente, siempre con
vanguardia y retaguardia, como lo había hecho antes, temiendo que el Capitán
Chalcuchímac, que llevaba consigo, tramara alguna traición, sobre todo porque
no había encontrado gente en Cajatambo, ni en diez leguas más allá. Tampoco se
encontró gente en un alojamiento que se hizo en una tierra a cinco leguas más
adelante, la cual había huido sin que apareciera una sola criatura.
Cuando el Gobernador llegó, vino un
indio criado de un español, que era de la tierra de Pambo, que estaba a diez leguas de allí y a veinte de
la ciudad de Jauja. Por este se supo que se
había unido mucha gente de guerra en Jauja para matar a los cristianos que
venían, conducidos por Incorabaliba, Iguaparro, y Mortay, y otro
Capitán, las cuatro personas de las principales. Y que tenían mucha gente con
ellos. Añadió que en un pueblo a cinco leguas de Jauja, llamado Tarma, se había apostado una parte de esa gente para la
custodia de un mal paso que estaba en un monte, para cortarlo y romperlo, para
que los españoles no pudieran pasar.
Informado de esto, el Gobernador hizo
poner una cadena al Capitán Chalcuchímac, porque
decían que era algo verificado que por su consejo y mandato se había movido esa
gente con la intención de huir de los cristianos e ir a unirse con ellos. El
cacique Atahualpa (el menor) no era consciente de este
complot; de hecho, esa gente no permitía que ningún indio del bando del cacique
llegara a darles noticias de estos movimientos. La razón por la que se habían
sublevado y querían la guerra con los cristianos era porque veían que el país
estaba siendo conquistado por los españoles y querían ser ellos quienes lo
mandaran.
El Gobernador, antes de partir de ese
lugar, envió a un Capitán con gente de a caballo para que tomara un paso de
montaña nevado que estaba a tres leguas de distancia, y que fuera a alojarse
esa tarde en ciertas llanuras cercanas a Pumpu. Y así lo
hizo, cruzando el paso con una gran nevada, pero sin quedar con ningún
impedimento. De la misma manera, el Gobernador también lo cruzó sin
contratiempos, excepto por las molestias de la nieve que los alcanzó con mucha
fuerza. Todos durmieron esa noche en aquella llanura sin ninguna protección,
sobre la nieve, y ni siquiera tuvieron provisiones de leña o comida.
Al llegar a la tierra de Pumpu, el Gobernador dispuso y ordenó que los soldados
se alojaran con el mejor orden y precaución posible, ya que tenía noticias de
que los enemigos aumentaban cada hora más, y se consideraba seguro que vendrían
a atacar a los españoles allí. Por ello, hizo aumentar las guardias y las
centinelas, espiando siempre los movimientos de los enemigos.
Después de haber descansado allí ocho
días, por medio de ciertos mensajeros que el cacique Atahualpa había enviado para saber lo que se hacía
en Jauja, vino uno que dijo que la gente de guerra estaba
a cinco leguas de Jauja, en el camino del Cuzco, y que venía a
quemar la tierra y todos sus alojamientos para que los cristianos no tuvieran
dónde acampar. Y que ellos querían ir hacia el Cuzco para unirse con un Capitán
que se llamaba Quizquiz, que estaba allí con mucha
gente para la guerra, proveniente de Quito, puesto por
comisión de Atahualpa para la seguridad del país.
Sabiendo esto, el Gobernador hizo
preparar a sesenta y cinco caballos ligeros, con los cuales, y con veinte
peones que tenían la guardia de Chalcuchímac, sin
impedimento de equipaje, partió hacia Jauja, dejando allí
al Tesorero con el resto de la gente en la guardia de la retaguardia del
campamento, y el oro de Su Majestad y de los compañeros.
El día que partió de Pumpu, caminó siete
leguas y fue a alojarse en una tierra que se llama Cacamarca. Allí se encontraron 70,000 pesos de oro en ricas piezas, para cuya
guardia el Gobernador dejó a dos cristianos de a caballo, para que cuando la
retaguardia llegara, lo condujeran bajo buena custodia. Luego partió por la
mañana con su gente bien ordenada, habiendo recibido noticias de que a tres
leguas de allí había cuatro mil hombres. Y al marchar, siempre iban delante tres
o cuatro caballos ligeros, para que si se encontraban con algún espía de los
enemigos, lo capturaran para que no diera aviso de su llegada.
Al mediodía, llegaron a ese paso de
montaña difícil de Tarma, donde decían
que había gente para defenderlo. Se mostró tan dificultoso, que parecía
imposible poder subirlo, ya que había un mal paso de piedra para bajar a un
pequeño río donde todos los que iban a caballo tuvieron que desmontar. Y luego
debían subir a lo alto por una cuesta, en su mayor parte un monte empinado y
difícil que duraba bien una legua, el cual fue cruzado sin que los indios, que
se decía que estaban en armas, aparecieran.
Por la tarde, pasada
la hora de vísperas, el Gobernador y la gente llegaron a esa tierra de Tarma,
que por estar en un mal sitio y por tener noticias de que indios vendrían a
atacar a los cristianos, no quiso detenerse allí más tiempo del que le tomara a
los caballos comer para reponerse del hambre y el cansancio pasados. Quería
salir pronto de ese lugar, que no tenía otra parte llana que la plaza, y estaba
rodeado todo alrededor por un espacio de una legua de montañas en una pequeña
cuesta. Siendo de noche, hizo acampar allí a su gente, estando siempre de
guardia con los caballos ensillados y los hombres sin comer, y finalmente sin
ningún respiro, porque no tenían ni leña, ni agua, ni llevaban consigo tiendas
para poder cubrirse, lo cual fue causa de que casi murieran todos de frío.
Llovió mucho al principio de la noche, y luego nevó de tal manera que las armas
y las ropas que llevaban encima se mojaron por completo. Sin embargo, cada uno
se las arregló lo mejor que pudo y pasó esa mala y trabajosa noche hasta que
llegó la aurora.
En la madrugada, ordenó que cabalgaran
para llegar a buena hora a Jauja, que estaba a
cuatro leguas de distancia. Habiendo cabalgado ya dos, el Gobernador hizo
dividir los sesenta y cinco caballos entre tres Capitanes, dando quince a cada
uno, y quedándose él con los otros veinte, con los veinte peones que
custodiaban a Chalcuchímac. En este orden,
caminaron hasta ponerse a una legua de distancia de Jauja, habiendo ordenado a
cada Capitán lo que debía hacer. Se detuvieron todos en un pequeño lugar y
aldea que estaba allí. Luego se movieron con buen orden todos juntos, y
llegaron a la vista de la ciudad en una cuesta a un cuarto de legua de
distancia, y se detuvieron.
Llegaron a la ciudad de Jauja y dejaron
allí parte del oro bajo guardia, mientras otros marchaban contra el ejército
enemigo. En el enfrentamiento salieron victoriosos y regresaron a Jauja, donde
permanecieron largo tiempo. De allí, algunos partieron hacia el Cusco para dar
con el grueso del ejército rival; sin embargo, la empresa no tuvo éxito y se
vieron obligados a volver nuevamente a Jauja.
Toda la gente del
pueblo de Jauja salió a la calle para ver a los españoles y agradecerles su
llegada, pues con ella creían que se liberarían del servicio y la pesada
opresión de esa gente extranjera (probablemente los incas o un grupo en
conflicto con los locales).
Los españoles
quisieron esperar a que amaneciera, pero al ver que no aparecía gente de
guerra, comenzaron a caminar para entrar en el pueblo. Cuando bajaban por una
pequeña cuesta, vieron a un indígena corriendo a gran velocidad, con una lanza
en alto. Al llegar junto a ellos, se dieron cuenta de que era un sirviente de
los españoles, quien les dijo que su patrón lo había enviado para advertirles
que se apresuraran, pues los enemigos ya estaban dentro del pueblo.
Dos jinetes españoles,
adelantándose a todos los demás, habían espoleado a sus caballos y entrado para
reconocer los alojamientos. Mientras los buscaban, vieron a unos veinte
indígenas cerca de unas casas, con sus lanzas y otras armas, llamando a los
demás para que salieran y se unieran a ellos.
Al ver a los indígenas
agrupándose, los dos españoles, sin prestar atención a sus gritos, los
atacaron. Mataron a algunos y obligaron a otros a huir. Los que escaparon
pronto se unieron a otros que salieron en su socorro, formando una tropa de
unos doscientos hombres.
Los dos españoles
volvieron a asaltarlos en una calle estrecha y los dispersaron, haciéndolos
retroceder hasta la orilla de un gran río que corría por la ciudad. En ese
momento, uno de los españoles había enviado al indígena que mencioné antes con
la lanza en alto, como señal de que los enemigos estaban en el pueblo con sus
armas.
Al oír esto, los
españoles espolearon a sus caballos, y sin detenerse, llegaron al pueblo y
entraron. Al encontrarse con sus dos compañeros, estos les contaron lo que les
había sucedido con los indígenas.
Corriendo hacia el lugar donde los
enemigos se habían retirado, los capitanes llegaron a la orilla del río, que en
ese momento estaba muy crecido. Desde allí, a un cuarto de legua, vieron al
otro lado las escuadras de los enemigos. Con no poca dificultad y peligro,
cruzaron el río y se dirigieron hacia ellos. El gobernador se quedó a cargo de
la guardia del pueblo, pues se decía que también había enemigos escondidos
dentro.
Al ver que los
españoles habían cruzado el río, los indígenas comenzaron a retroceder,
formando dos escuadrones. Uno de los capitanes españoles, con sus quince
jinetes ligeros, persiguió a un grupo por la ladera de una colina donde
intentaban hacerse fuertes y refugiarse. Los otros dos capitanes avanzaron
directamente a lo largo del río y los alcanzaron en un sembrado de maíz, a una
legua de Jauja.
Al atacarlos, los
pusieron en fuga y los alcanzaron a todos. De los seiscientos que eran, no
escaparon más de veinte o treinta que lograron subir al monte antes de que el
capitán con sus quince jinetes llegara. La mayoría se refugió en el agua
pensando que se salvarían. Sin embargo, los jinetes ligeros cruzaron el río
casi a nado detrás de ellos y no dejaron a nadie vivo, salvo a alguno que se
les ocultó en la persecución. Corrieron una legua más abajo sin encontrar a más
indígenas.
Regresaron y
descansaron, tanto ellos como sus caballos, que lo necesitaban, pues las largas
jornadas anteriores y las dos leguas que habían corrido los habían agotado.
Al conocer la verdad
sobre quiénes eran estos enemigos, se descubrió que los cuatro capitanes y su
gente estaban alojados a seis leguas de Jauja, a lo largo del río. Ese mismo
día habían enviado a los seiscientos hombres para que terminaran de quemar la
ciudad, pues ya habían quemado la otra mitad siete u ocho días antes. Habían
incendiado un gran edificio en la plaza y otras cosas a la vista de la gente
del pueblo, junto con muchas pertenencias y maíz, para que los españoles no
pudieran aprovecharse de ello.
Los habitantes del
pueblo estaban tan mal con estos invasores que, si alguno de ellos se escondía,
los mismos locales se lo señalaban a los españoles para que lo mataran. Incluso
ellos mismos ayudaban a matarlos, y lo habrían hecho por su cuenta si los
españoles se lo hubieran permitido.
Informados del lugar
donde se encontraban los enemigos y de la ruta que ya habían recorrido, los
españoles decidieron no regresar a Jauja, sino descansar un poco y seguir
adelante para atacar al grueso de la tropa, que estaba a cuatro leguas de
distancia, antes de que fueran avisados de su llegada. Con esta intención,
ordenaron que los soldados se prepararan, pero su plan no se llevó a cabo
porque encontraron a los caballos tan fatigados que decidieron regresar, como
lo hicieron.
Al llegar a Jauja, le
contaron al gobernador lo sucedido. Él se alegró mucho y los recibió con gran
alegría, agradeciendo a cada uno por haberse comportado tan valientemente. Les
dijo que, de cualquier manera, tenía la intención de atacar al líder de los
enemigos, pues aunque ya estuvieran avisados, él estaba seguro de que los
esperarían.
Inmediatamente, ordenó
al maestre de campo que los alojara, diciéndoles que descansaran el resto del
día y la noche hasta que saliera la luna. Después, se prepararían para ir a
atacar a los enemigos. A esa hora, cincuenta jinetes ligeros se pusieron en
orden y, al toque de las trompetas, se presentaron armados en sus caballos en
el alojamiento del gobernador. Después de despedirse de él, siguieron su
camino.
Quince jinetes y
veinte soldados de infantería se quedaron en el pueblo para hacer guardia todas
las noches con los caballos ensillados, hasta que el capitán regresara de la
expedición, lo que ocurrió cinco días después.
El capitán le contó al
gobernador todo lo que les había sucedido después de que se marcharon. Dijo que
la noche que salieron de Jauja, recorrieron unas cuatro leguas antes de que
amaneciera. Querían llegar al campamento enemigo antes de que fueran avisados
de su llegada.
Cuando ya era de día,
se encontraron cerca de un gran río, donde estaban alojados los enemigos, que
aún estaban a dos leguas más adelante. Él siguió adelante con gran furia,
pensando que los enemigos, al ser avisados de su llegada, huirían. Habían
incendiado los alojamientos que estaban en un pueblo, y así fue, pues huían
después de haber prendido fuego a esa desdichada tierra.
Los españoles llegaron
a ese lugar y siguieron las huellas de la gente por un valle totalmente plano.
A medida que los alcanzaban, encontraban a muchas mujeres y niños que caminaban
más lento en la retaguardia. Dejándolos atrás para alcanzar a los hombres,
corrieron unas cuatro leguas y alcanzaron a algunas de sus escuadras.
Una parte de ellos,
viéndolos desde lejos, tuvo tiempo de subir a una montaña y se salvaron en
ella. Otros, que eran pocos, murieron, quedando en poder de los españoles
(quienes, al tener a sus caballos cansados, no quisieron subir a la montaña)
muchas de sus pertenencias, mujeres y niños.
Como ya estaba anocheciendo,
regresaron a dormir a un pequeño pueblo que habían dejado atrás. Al día
siguiente, los españoles decidieron seguir su camino hacia el Cuzco, detrás de
los indígenas, para tomar y ocupar ciertos puentes de red y no permitirles el
paso. Sin embargo, por falta de provisiones para los caballos, se vieron
obligados a regresar, para gran disgusto del gobernador. Esto fue así porque no
los habían seguido al menos para tomar los puentes e impedirles el paso hacia
el Cuzco, ya que se temía que, al ser gente extranjera, pudieran causar un gran
daño a los habitantes de esos lugares.
Se ordenó el
nombramiento de nuevos funcionarios en la ciudad de Jauja para establecer allí
una colonia de españoles. Cuando los indígenas se enteraron de la muerte de
Atahualpa, un hombre muy prudente que sabía ganarse el favor de los indígenas,
empezaron a discutir la elección de un nuevo señor.
Por esta razón, en
cuanto llegaron los bagajes y la retaguardia que el Gobernador había dejado en
Pombo, mandó a proclamar que, puesto que su intención era fundar una colonia de
españoles en Jauja en nombre de Su Majestad, cualquiera que deseara establecerse
allí lo podía hacer. Sin embargo, ningún español quiso quedarse, alegando que,
mientras hubiese gente de guerra con armas por el país, los nativos de la
provincia no se someterían al servicio, sujeción y obediencia de los españoles
y de Su Majestad.
Viendo esto, el
Gobernador decidió no perder más tiempo en ese asunto y se propuso marchar
contra los enemigos hacia el Cusco para expulsarlos de esa provincia y
desterrarlos por completo. Para dejar las cosas en orden en Jauja, se fundó el
pueblo en nombre de Su Majestad y se nombraron ochenta funcionarios de
justicia. Cuarenta de ellos eran jinetes de caballería ligera que dejó allí
como guarnición. También dejó al Tesorero a cargo del oro de Su Majestad,
nombrándolo su lugarteniente, con total autoridad y gobierno sobre todos los
asuntos.
Mientras tanto,
Atahualpa murió a causa de su enfermedad. Esto causó gran pesar al Gobernador y
a todos los españoles, ya que era un hombre muy prudente y tenía gran aprecio
por ellos. Se hizo público que el capitán Chalcuchímac le había dado algo con
lo que morir, pues deseaba que la tierra fuese gobernada por la gente de Quito
y no por los nativos del Cusco ni por los españoles, y si el cacique vivía, él
no podría ver cumplido su deseo.
De inmediato, el
Gobernador llamó al capitán Chalcuchímac, a Tizas, a un hermano del cacique y a
otros capitanes y caciques principales que habían llegado de Cajamarca. Les
dijo que ya sabían que él había nombrado a Atahualpa como señor y que, al haber
muerto, debían pensar en quién querían como nuevo señor, pues él se lo daría.
Hubo una gran disputa entre ellos. Chalcuchímac quería que el señor fuese el hijo de
Atahualpa, llamado Aticoc, hermano del cacique difunto. Pero otros señores, que
no eran de la región de Quito, querían que el señor fuese nativo del Cusco y
propusieron a un hermano de sangre de Atahualpa.
El Gobernador le dijo
a los que querían al hermano de Atahualpa que lo mandasen a llamar y que, una
vez que se presentase y si lo consideraba una persona de mérito, lo nombraría.
Con esta resolución, se dio por terminada la reunión.
Luego, el Gobernador
llamó a solas al capitán Chalcuchímac y le dijo: "Ya sabes que yo quería
mucho a tu señor Atahualpa. Me hubiese gustado que, al morir y dejar un hijo,
él hubiese sido el señor, y que tú, siendo un hombre sabio, fueses su capitán
hasta que tuviese edad para gobernar. Por eso, si quieres que se haga, mándalo
a llamar pronto, pues por el amor que le tenía a su padre, yo lo aprecio mucho
a él y a ti también. Además, ya que todos estos caciques que están aquí son tus
amigos y tú tienes gran influencia sobre los soldados de vuestra nación, sería
bueno que les mandaras mensajeros de paz, porque no quiero ser cruel con ellos
y matarlos, como ves que estoy haciendo, deseando que las cosas en estas
provincias sean tranquilas y pacíficas".
El Gobernador, que se
había dado cuenta del gran deseo del capitán de que el hijo de Atahualpa fuera
el señor, le dijo esto con astucia y le dio esa esperanza, no porque tuviera la
intención de hacerlo, sino para que, mientras llegaba el hijo de Atahualpa,
este hiciera que los capitanes de guerra que estaban en armas se rindieran
pacíficamente. De la misma manera, le dijo a Aticoc y a los otros señores de la
provincia del Cusco que él nombraría a quien ellos quisieran como señor, ya que
era necesario gobernar las cosas de ese modo en ese momento para mantener a
todos contentos.
El Gobernador trataba
de persuadir a Chalcuchímac para que hiciera que la gente que estaba armada en
el Cusco depusiera las armas y no causara daños en las tierras, y para que los
del Cusco se volvieran verdaderos amigos de los cristianos y le informasen de
lo que los enemigos planeaban y de todo lo que sucedía en la región. Por estas
y otras razones, el Gobernador le hablaba con gran prudencia.
Chalcuchímac, por lo
que demostró, recibió con tanto agrado estas palabras como si lo hubieran
nombrado señor de todo el mundo. Respondió que haría todo lo que le mandaban,
que daría a entender que los capitanes y soldados vinieran en son de paz y que
enviaría mensajeros a Quito para que el hijo de Atahualpa viniera. Sin embargo,
dudaba que pudiera ser impedido por dos grandes capitanes que estaban con él y
que no lo dejarían venir. A pesar de todo, enviaría a una persona con el
mensaje que, según pensaba, convencería a todos para que accedieran a lo que él
deseaba.
Y le añadió:
"Señor, ya que quieres que yo haga venir a estos caciques, quítame esta
cadena, pues viéndome con ella, no querrán obedecerme". El Gobernador,
para que Chalcuchímac no sospechara que sus promesas eran mentira, le dijo que
estaba de acuerdo en quitársela, pero con la condición de ponerle guardias de
cristianos, hasta que hiciera venir a los soldados que estaban en armas en son
de paz y hubiese visto al hijo de Atahualpa. Él quedó satisfecho con esto y de
este modo fue desatado, y el Gobernador le puso una buena guardia, ya que ese
capitán era la clave para mantener el país pacífico y sometido.
Hecha esta provisión y
ordenada la gente que debía ir con el Gobernador hacia el Cusco —que eran cien
a caballo y treinta a pie—, ordenó a un capitán que fuera con sesenta jinetes y
algunos infantes por delante para reparar los puentes que habían sido quemados.
Mientras tanto, el Gobernador se quedó para poner en orden muchas cosas
convenientes para la ciudad y la república que dejaría casi colonizada, y para
esperar la respuesta de dos cristianos que había enviado a la costa del mar
para que vieran los puertos y pusieran cruces en ellos, para que, si alguien
llegaba, reconociera el país.
Aquí se narra la
descripción de los puentes que los indígenas construyen sobre los ríos para
cruzar, el arduo viaje de los españoles hacia el Cusco y su llegada a los
pueblos indígenas de Panarai y Tarcos.
El jueves, el Capitán
partió con la gente que lo seguía, y el Gobernador con el resto de su tropa,
junto con Chalcuchímac y su guardia, salieron la mañana del lunes siguiente.
Todos iban bien equipados con sus armas y demás cosas necesarias, ya que el
viaje sería largo y no era conveniente llevar el equipaje para esta expedición,
así que todo se quedó en Jauja.
Durante dos días, el
Gobernador y su gente caminaron por un valle muy agradable y poblado, a lo
largo de la orilla del río Jauja. El tercer día, llegaron a un puente de red
que cruzaba el mismo río. Los soldados indígenas lo habían quemado después de
cruzar, pero el Capitán que había ido por delante ya lo había hecho reparar por
la gente de la zona.
En esta región, donde
los ríos son grandes y la provincia está tierra adentro, lejos del mar, casi
nadie del lugar sabe nadar. Por esta razón, incluso si los ríos son pequeños y
se pueden cruzar vadeándolos, los indígenas construyen puentes de la siguiente
manera: si el río tiene orillas rocosas, levantan un gran muro de piedra en
cada lado. Luego colocan cuatro palos gruesos de un par de palmos de ancho, o
un poco menos, que atraviesan el río. En el medio, tejen mimbre verde y grueso,
como dos dedos, muy unidos en forma de celosía, bien atados, para que no haya
espacios. Encima de esto, colocan ramas atravesadas para que no se vea el agua.
Esta es la base del puente. Del mismo modo, tejen una pared en los lados con el
mismo mimbre para que nadie pueda caer al agua, por lo que no hay peligro,
aunque para quien no está acostumbrado, cruzarlo parece peligroso. Esto se debe
a que, al ser un tramo largo, el puente se inclina al pasar, bajando hasta el
centro para luego subir al llegar a la otra orilla. Al cruzar, el puente
tiembla muy fuerte, haciendo que a quien no está acostumbrado se le maree la
cabeza.
Por lo general, hacen
dos puentes juntos, porque dicen que por uno pasan los señores y por el otro la
gente común. Tienen guardias que el cacique, señor de toda la tierra, mantiene
allí de forma continua, para que si los viajeros llevan oro, plata u otros
objetos valiosos, ya sean suyos o de otros señores del país, no puedan
llevarlos más allá. Los que vigilan estos puentes tienen sus viviendas cerca y
siempre tienen mimbre, celosía y cuerdas a mano para reparar los puentes cuando
se estropean o para construir uno nuevo si es necesario.
Las guardias que
estaban en este puente cuando los indígenas lo quemaron habían escondido los
materiales que tenían para repararlo. De lo contrario, también los habrían
quemado. Por esta razón, lo pudieron reparar en tan poco tiempo para el paso de
los españoles.
A pesar de que el
puente estaba recién hecho y no en las mejores condiciones, los caballos y el
Gobernador pasaron con dificultad, ya que el Capitán que iba por delante con
sus sesenta jinetes había hecho muchos agujeros, y el puente estaba casi
deshecho. Sin embargo, todos los caballos cruzaron sin que nadie corriera
peligro, aunque la mayoría de ellos se cayó, porque el puente se movía y
temblaba por completo. Pero, como se ha dicho, el puente estaba construido de
tal manera que, aunque los caballos cayeran con las patas delanteras, las
traseras no podían caer al agua.
Una vez que todos
cruzaron, el Gobernador acampó en unos alojamientos hechos de árboles que
estaban allí, por donde pasaban muchos arroyos de aguas hermosas y limpias.
Después, continuaron su viaje cabalgando a lo largo del río por dos leguas a
través de un valle estrecho, con montañas muy altas a ambos lados. En algunas
partes de este valle por donde pasa el río, hay tan poco espacio entre la base
de la montaña y el río que la distancia es de un tiro de piedra, y en otros
lugares, un poco más.
Después de dos leguas
de este valle, encontraron otro pequeño puente sobre otro río, por el cual pasó
toda la gente a pie, mientras que los caballos cruzaron vadeándolo, porque el
puente estaba en malas condiciones y el agua estaba baja en ese momento.
Después de cruzar el
río, comenzaron a subir una montaña empinada y larga, hecha de escalones de
piedra muy juntos. Los caballos se cansaron tanto aquí que, al terminar de
subir, la mayoría tenía las herraduras sueltas y las pezuñas de las patas
delanteras y traseras dañadas.
Después de subir esa
montaña, que duró media legua, y de caminar otro trecho por una ladera, el
Gobernador y su gente llegaron a una pequeña aldea que había sido quemada y
saqueada por los enemigos indígenas. Por lo tanto, no encontraron ni gente, ni
maíz, ni ningún otro tipo de comida. El agua también estaba muy lejos, ya que
los indígenas habían roto los acueductos que llegaban a la aldea, lo cual fue
una gran molestia para los españoles, ya que después de un día de camino
difícil y largo, necesitaban un buen lugar para alojarse.
El Gobernador partió de allí al día
siguiente y fue a dormir a otro pueblo que, aunque era muy grande y estaba
lleno de alojamientos, tenía tan pocos recursos como el anterior. Este pueblo
se llamaba Panarai.
El Gobernador y los
españoles se sorprendieron mucho de no encontrar ni comida ni nada, ya que este
lugar era de un señor que había estado con Atahualpa y con el señor difunto en
compañía de los cristianos, y había ido con ellos hasta Jauja, diciendo que iría
por delante para preparar comida y otras cosas necesarias en su tierra para los
españoles. Como no lo encontraron allí a él ni a su gente, se dio por seguro
que el país cercano estaba en armas. No habían recibido ninguna carta del
Capitán que iba por delante con los sesenta jinetes, excepto una en la que les
informaba que iba detrás de los enemigos indígenas. Se temía que los enemigos
hubieran tomado algún paso y no pudiera llegarle ningún mensajero.
Los españoles se las arreglaron para
conseguir maíz y ovejas en los alrededores de la aldea, con lo que pasaron esa
noche. Al día siguiente, partieron temprano y llegaron a un pueblo
llamado Tarcos, donde encontraron al cacique que era el señor
del lugar con algunas personas. El cacique les informó del día en que los
cristianos habían pasado por allí y que iban a pelear con los enemigos que
estaban acampados en un pueblo cercano. Todos se alegraron mucho con esta
noticia y de haber encontrado una buena acogida, ya que el cacique había hecho
colocar en la plaza una buena cantidad de maíz, leña y ovejas, cosas que los
españoles necesitaban con urgencia.
Siguiendo el rastro, se mandó a
unos cuarenta caballeros españoles del ejército de la India
para que dieran con la gente contra la que habían peleado y a la que, en
efecto, habían derrotado.
Al día siguiente, un
sábado, día de Todos los Santos, el fraile que acompañaba a la expedición
ofició la misa matutina, como era la costumbre en esa fecha, y después de
terminar, partieron todos. Caminaron hasta llegar a un gran río a tres leguas
de distancia, descendiendo por un largo y escarpado camino. Este río también
tenía un puente de red, pero estaba roto, así que lo cruzaron a pie.
Después, subieron otra
montaña enorme, tan grande que, al mirar desde la cima, parecía imposible que
siquiera los pájaros pudieran volar allí, y mucho menos que los hombres a
caballo pudieran subirla. Sin embargo, la dificultad de la subida era menor porque
la ruta hacía rodeos y no era en línea recta, aunque en su mayor parte eran
grandes escalones de piedra que cansaban mucho a los caballos y los
maltrataban, e incluso se lastimaban las patas a pesar de que los llevaban de
la brida.
De esta manera, ascendieron
una legua, y caminaron otra más por una ladera de camino más fácil. Al
anochecer, el gobernador y los españoles llegaron a un pequeño pueblo, una
parte del cual estaba quemada. Se quedaron a dormir en lo que quedaba de él. Al
atardecer, llegaron dos mensajeros indígenas enviados por el capitán que iba en
avanzada.
Llevaban cartas para el gobernador en
las que le informaban que el capitán había llegado con prisa a Parcco, que había quedado atrás, porque había recibido
aviso de que los capitanes y toda la gente enemiga estaban allí. Al no
encontrar a nadie, tuvo la certeza de que se habían retirado a Vilcashuamán. Así que había empujado a su gente más
adelante hasta que se encontró a cinco leguas de Vilcas, donde esperó la noche
y se marchó en secreto para no ser detectado por ciertos espías que se
encontraban a una legua de Vilcashuamán.
Al saber que los
enemigos estaban dentro de un pueblo sin tener noticias de su llegada, el
capitán se sintió muy feliz. Subió una montaña donde se encontraba ese lugar,
que era bastante difícil de acceder, y al amanecer, entró y encontró a unas
personas alojadas con la guardia baja.
Los caballos españoles
comenzaron a galopar por las plazas hasta que no se vio a nadie más, ni muertos
ni fugitivos, ya que solo había unos pocos soldados indígenas que se habían
retirado a una montaña fuera del camino de ese pueblo. Al amanecer, cuando
vieron a los españoles, se unieron en escuadrones y vinieron contra ellos,
diciéndoles “Ingri”, un nombre que consideran muy ofensivo.
Estos eran un pueblo
de poca monta que habitaba en tierras cálidas y en la costa del mar, y como la
provincia donde estaban era fría y los cristianos iban vestidos y cubiertos,
los llamaron “Ingri”, amenazándolos y diciéndoles que los harían sus esclavos,
ya que eran pocos, no llegaban a cuarenta. Los amenazaron diciéndoles que
debían bajar a donde ellos estaban.
Aunque el capitán
sabía que se encontraba en un mal lugar para luchar con caballos (ya que de
ellos los españoles no podían aprovecharse mucho), para que los enemigos no
pensaran que la falta de combate se debía a cobardía, tomó consigo a treinta
caballeros y dejó a los demás custodiando el pueblo. Bajó hacia ellos por una
ladera de la montaña muy difícil.
Los enemigos los
esperaron con valentía, y al chocar, mataron a un caballo e hirieron a otros
dos. Pero al final, al ser derrotados, huyeron por un lado y por el otro de la
montaña, por un camino más escarpado donde los caballos no podrían perseguirlos
ni hacerles daño.
En esto, se les unió
un capitán que había escapado del pueblo, quien al enterarse de que habían
matado a un caballo y herido a dos, dijo: "Volvamos y peleemos con ellos
de tal manera que nadie quede con vida, ya que son pocos". De inmediato,
todos se dieron la vuelta con más valentía e ímpetu que antes, y aquí se
produjo una batalla feroz, más grande que la primera. A pesar de todo, los
indígenas huyeron, y los caballos los persiguieron por todos los lados de la
montaña hasta donde pudieron.
En estos dos
enfrentamientos, quedaron muertos seiscientos hombres, y se cree que también
murió Maíla, uno de los capitanes, porque todos los indígenas lo dijeron. Los
de su bando, cuando mataron al caballo, le cortaron la cola y la llevaron en
una lanza como si fuera su estandarte.
También les hizo saber que tenía
intención de descansar allí por tres días por el bien de los cristianos y los
caballos heridos, y que después de eso, se marcharían para ocupar un puente de
red que se encontraba cerca, para que los enemigos que habían huido no lo
cruzaran y se unieran a Quizquiz en el Cuzco y
con el destacamento que tenía allí.
Este destacamento,
según se decía, esperaba a los españoles en un paso peligroso cerca del Cuzco.
Sin embargo, aunque el paso era más peligroso, tenían la esperanza en Dios de
que, dado el lugar donde habían peleado (un país tan áspero y rocoso), en
cualquier otra parte, por difícil y cansada que fuera, no podrían defenderse ni
ofenderlos en ningún paso peligroso.
Una vez que hubieran cruzado el puente
que está a tres leguas del Cuzco, él esperaría allí al gobernador, tal como se
lo había ordenado. Y si sucediera algo, se lo haría saber con mensajeros
especiales.
Tras las penalidades sufridas y después
de haber pasado por las ciudades de Vilcashuamán y Andahuaylas,
antes de que llegaran a Airamba, los españoles
recibieron cartas por las que se les mandaba el refuerzo de treinta caballeros.
Al recibir la carta, el gobernador y
todos los españoles se alegraron enormemente por la victoria que había
conseguido el capitán. Inmediatamente, la envió, junto con otra suya, a la
ciudad de Jauja al tesorero y a los
españoles que se habían quedado allí, para que compartieran la alegría de las
buenas noticias de la victoria del capitán.
Del mismo modo, mandó mensajeros al
capitán y a los españoles que estaban con él, agradeciéndoles mucho la victoria
que habían obtenido, rogándoles y aconsejándoles que en estas cosas se guiaran
siempre más por la estrategia que por sus propias fuerzas y que, de cualquier
modo, debían esperarle una vez cruzado el último puente para que todos juntos
pudieran entrar en la ciudad del Cuzco.
Una vez hecho esto, el
gobernador partió al día siguiente por un camino áspero y fatigoso de montañas
pedregosas, con ascensos y descensos de escalones de piedra, por lo que todos
pensaron que con dificultad podrían sacar los caballos de allí, considerando el
camino hecho y el que aún les faltaba por hacer.
Llegaron a dormir esa
noche a un pueblo que se encontraba al otro lado de un río que tenía un puente
de red sobre una montaña similar. Los caballos pasaron por el agua, y la gente
a pie y los sirvientes de los cristianos cruzaron por el puente. Al día
siguiente, tuvieron un buen camino largo por el río, donde encontraron muchos
animales salvajes, como venados y cabras, y ese día llegaron a dormir a unos
aposentos cerca de Vilcashuamán, donde el capitán que iba en avanzada había
hecho el plan para caminar de noche y entrar en Vilcashuamán sin ser sentidos,
tal como entró.
Allí, llegó otra carta suya en la que
decía que se había marchado de Vilcashuamán hacía dos días y había llegado a un
río cuatro leguas más adelante, que había cruzado a pie porque el puente estaba
quemado. Allí se había enterado de que el capitán Narabaliba estaba huyendo con unos veinte
indígenas y que se había encontrado con dos mil indígenas que el capitán del
Cuzco le había enviado de refuerzo. Estos, al enterarse de la derrota de
Vilcas, huyeron con él, buscando unirse a los restos dispersos de los que huían,
esperándolos en un pueblo llamado Andahuaylas, y que
él (el capitán) estaba decidido a no detenerse hasta que los encontrara.
Al oír estas noticias,
el gobernador pensó en enviar refuerzos, pero después no lo hizo porque
consideró que si la batalla se iba a dar, ya se habría dado y no habría llegado
a tiempo. Sin embargo, se determinó a no detenerse ni un solo día hasta que lo
alcanzara. Y de esta manera, partió hacia Vilcashuamán, donde entró al día
siguiente temprano, y por ese día no quiso avanzar más. Este pueblo de
Vilcashuamán, que se encuentra en una montaña alta, es un gran lugar y capital
de provincia, tiene una fortaleza bella y elegante y hay muchas casas de piedra
muy bien construidas, y se encuentra en medio del camino entre Jauja y el Cuzco.
Al día siguiente, el
gobernador llegó a dormir al otro lado del río a cuatro leguas de Vilcashuamán.
Y aunque la jornada fue corta, fue agotadora, ya que fue siempre un descenso
desde una montaña, casi todo de escalones de piedra, y la gente cruzó el río a
pie con mucho esfuerzo, porque era muy caudaloso, y acampó al otro lado entre
unos arbolillos.
Apenas había llegado el gobernador,
cuando recibió una carta de su capitán que iba en avanzada, por la cual le
hacía saber que los enemigos habían pasado tres leguas más adelante y esperaban
en un saliente de una montaña en un pueblo llamado Curamba, y que se había reunido allí mucha gente y
habían hecho muchas barricadas, y habían puesto una gran cantidad de piedras
para que los españoles no pudieran subir allí.
El gobernador, al enterarse de esto,
aunque el capitán no le había pedido refuerzos, creyendo que ahora los
necesitaría, hizo que el Mariscal Don Diego de Almagro se
preparara de inmediato con treinta caballeros ligeros bien armados y en sus
caballos. No quiso que llevara consigo ningún soldado a pie, ya que le ordenó
que no se detuviera nunca hasta que se uniera al capitán que iba en avanzada
con los demás.
Una vez que este se marchó, el
gobernador partió al día siguiente con diez jinetes y veinte infantes que
vigilaban la retaguardia, y se apresuró tanto ese día que hizo en un día lo que
se haría en dos. Al estar a punto de llegar al pueblo donde tenía que dormir,
llamado Andahuaylas, un indígena fugitivo vino a decir que en cierta ladera de
la montaña, que mostró con el dedo, se había descubierto gente de guerra
enemiga. Por lo tanto, el gobernador, así armado como estaba a caballo con los
españoles que tenía consigo, fue a tomar la cima de esa ladera y la exploró
toda sin haber encontrado a la gente que ese indígena había dicho, porque esa
era gente nativa de ese país que había huido de los indígenas de Quito, porque les hacían un daño enorme.
El gobernador y sus
compañeros, al llegar a ese pueblo de Andahuaylas, cenaron y descansaron esa
noche, y al día siguiente llegaron al pueblo de Airamba, donde el capitán había
escrito que la gente se había reunido con armas para esperarlos en el camino.
Al llegar al pueblo,
encontraron una gran cantidad de plata labrada en tablones de veinte pies de
largo. Siguiendo su camino, recibieron cartas de los españoles en las que les
informaban de un sangriento enfrentamiento, que les había causado daños, contra
el ejército indígena.
Allí encontraron dos
caballos muertos, por lo que sospecharon que le había ocurrido alguna desgracia
al capitán. Sin embargo, al entrar en el pueblo, por una carta que llegó antes
de que se alojaran, se supo que el capitán había encontrado gente de guerra
allí, y que para tomar la montaña, había subido una ladera donde había
encontrado una gran cantidad de piedras apiladas, lo que era señal de que
querían esperarlos allí. La carta también decía que iban en busca de los
indígenas, de quienes tenían noticias de que no estaban muy lejos, y que los
dos caballos habían muerto por el calor y el frío. No escribió nada acerca del
refuerzo que el gobernador le había enviado, por lo que se consideró que aún no
le había llegado.
Desde allí, el
gobernador partió al día siguiente y llegó a dormir a un río cuyo puente había
sido quemado por los enemigos, por lo que tuvieron que cruzarlo a pie con mucho
esfuerzo, porque el agua era fuerte y el lecho del río era muy rocoso.
Al día siguiente,
llegó a dormir a una villa, en cuyos alojamientos se encontró mucha plata en
tablones grandes de veinte pies de largo, uno de ancho y el grosor de uno o dos
dedos. Los indígenas que se encontraban allí contaron que esos tablones habían
pertenecido a un gran cacique y que uno de los Señores del Cuzco los había
adquirido y los había llevado así en tablones, con los cuales el cacique
vencido había construido una casa.
Al día siguiente, el
gobernador partió para cruzar el río del último puente, que estaba a casi tres
leguas de allí. Antes de llegar a ese río, llegó un mensajero con una carta del
capitán, en la que le informaba que había llegado a ese último río con mucha
prisa para que los enemigos no tuvieran tiempo de quemar el puente, pero para
cuando él llegó, ya habían terminado de quemarlo. Y como ya era tarde, esa
noche no quiso cruzar el río, sino que se quedó a dormir en un pueblecito
cercano. Al día siguiente, cruzó el agua que llegaba al pecho de los caballos,
y continuó su camino directo al Cuzco, que estaba a doce leguas de distancia.
Como en el camino le informaron de que
en una montaña cercana se habían detenido todos los enemigos, esperando que al
día siguiente viniera Quizquiz con
más refuerzos del Cuzco para unirse a ellos, por esta razón, él había avanzado
con mucha prisa con cincuenta caballos, ya que había dejado diez para la
custodia de los equipajes y de cierto oro que se encontró en la derrota de
Vilcashuamán. Un sábado al mediodía, comenzaron a subir una montaña a caballo.
Y como era grande y duraba una legua de camino, fatigados por la dura subida y
por el gran calor del mediodía, se detuvieron un rato y les dieron maíz a los
caballos, del cual los habitantes de un pueblo cercano les habían provisto.
Al reanudar el camino,
el capitán que iba delante, a un tiro de ballesta de los demás, vio a los
enemigos en la cima de la montaña, que la cubrían por completo, y vio que tres
o cuatro mil de ellos bajaban hacia donde ellos estaban. Por lo tanto, llamó a
los españoles para unirse en la batalla, pero no pudo esperar a que se unieran,
porque los indígenas ya estaban cerca y venían contra ellos valientemente. Con
los que tenía a la mano, fue a luchar contra ellos, y los españoles que venían
llegando, subían la ladera de la montaña por un lado y por el otro, entraron
entre los enemigos que tenían delante sin detenerse mucho al principio a
luchar, sino a defenderse de las piedras que les arrojaban, hasta que subieron
a la cima de la montaña, donde veían que la victoria era segura.
Los caballos estaban
tan agotados que no podían recuperar el aliento para poder atacar con furia a
una multitud tan grande de enemigos, y ellos no dejaban de fatigarlos y
acosarlos continuamente con sus lanzas, piedras y flechas que les arrojaban,
los cansaron a todos, de modo que los jinetes apenas podían hacer que los
caballos anduvieran al trote o al paso.
Los indígenas, al
darse cuenta del cansancio de los caballos, comenzaron a presionar con mayor
furia contra ellos, y a cinco cristianos, cuyos caballos no pudieron subir a la
cima, la multitud se les echó encima de tal manera que a dos de ellos no se les
permitió desmontar, sino que los mataron sobre sus caballos. Los otros lucharon
a pie muy valientemente, pero al final, al no ser vistos por sus compañeros que
podrían haberlos ayudado, murieron allí, y solo uno de ellos murió sin poder
sacar la espada ni defenderse, y además, fue la causa de que un buen soldado
muriera con él, porque se le había aferrado a la cola del caballo y no lo dejó
avanzar con los demás.
Les partieron la
cabeza a todos por la mitad con las hachas y mazos. Hirieron a dieciocho
caballos y a seis cristianos, pero sin heridas peligrosas, ya que solo murió un
caballo de ellos. A Dios le agradó que los españoles se apoderaran de una
llanura que había en esa montaña, y los indígenas se dividieron en una colina
cercana a ellos.
El capitán ordenó que
la mitad de los suyos les quitaran los frenos a los caballos y les dieran de
beber en un pequeño arroyo que pasaba por allí, y después lo mismo harían los
demás, lo cual hicieron sin tener en ese instante ninguna molestia de los
enemigos. Después, el capitán les dijo a todos: "Señores, vayamos paso a
paso por esta media ladera de manera que los enemigos piensen que huimos de
ellos, porque si nos vienen a buscar abajo, podremos atacarlos en esta llanura
con la esperanza de que nadie se nos escape de las manos, ya que nuestros
caballos ya están un poco recuperados. Y si los ponemos en fuga, terminaremos
de tomar la cima de la montaña".
Y así se hizo, que los
indígenas, pensando que los españoles se retiraban, bajaron algunos de ellos,
arrojándoles piedras con sus hondas y sus flechas. Los cristianos, al ver que
ya era tiempo, giraron las riendas de sus caballos, y antes de que pudieran
volver a tomar la montaña donde estaban antes, mataron a veinte o treinta de
ellos. Al ver esto, y como el lugar donde se encontraban era poco seguro,
dejaron esa montaña y se retiraron a otra más alta.
El capitán con los españoles terminó de
subir la cima de la montaña, y allí, como ya era de noche, acampó con su gente.
Los indígenas se alojaron de la misma manera a dos tiros de ballesta de ellos,
de modo que se podía escuchar lo que se decían el uno al otro. El capitán hizo
que se atendiera a los heridos, y proveyó las guardias y centinelas para la
noche, y ordenó que todos los caballos se mantuvieran ensillados y con los
frenos puestos hasta el día siguiente, en el que tenían que luchar contra los
indígenas, para animar y dar valor a todos los suyos, diciéndoles que de todos
modos tenían que atacar por la mañana sin demorarse ni un instante, porque
había tenido noticias de que el capitán Quizquiz venía
con un gran refuerzo para los enemigos. Por lo tanto, no debían esperar a que
se hubieran unido todos.
Todos mostraron tanto
valor y coraje como si tuvieran la victoria en sus manos. Sin embargo, fueron
reconfortados por el capitán, diciéndoles que consideraba más peligrosa la
jornada que habían hecho el día anterior que la que tenían que hacer, y que si
nuestro Señor Dios los había librado del peligro pasado, también les daría la
victoria en el futuro, y que consideraran que si el día pasado, estando sus
caballos tan agotados, habían atacado a los enemigos con desventaja, y los
habían sacado de su fuerte, y los habían derrotado no pasando de cincuenta,
siendo los enemigos más de ocho mil personas, qué esperanza tenían que tener,
estando frescos y descansados.
Con estas y similares
palabras para darles valor, pasaron esa noche. Los indígenas se quedaron en su
campamento gritando a gran voz y diciendo: "Esperen, cristianos, que
llegue el día en que todos morirán por nuestras manos, y les quitaremos los
caballos y todo lo que tienen", añadiendo palabras infames hacia ellos,
según sonaban en esa lengua, habiendo determinado entrar a luchar con los
cristianos tan pronto como amaneciera, juzgándolos cansados con sus caballos
por el enfrentamiento del día pasado, y por verlos en tan poco número, y
sabiendo que muchos de sus caballos estaban heridos.
De esta manera, una
parte y la otra coincidían en un mismo pensamiento, pero los indígenas juzgaban
con certeza que los cristianos no podrían escapar de sus manos.
Se recibió la noticia de la victoria de
los españoles, que habían puesto en fuga al ejército indígena. Por considerarlo
un traidor, Chalcuchímac fue encadenado al cuello. Pasaron por la
tierra de Rímac y se unieron todos en un mismo lugar. Después,
se dirigieron juntos a la tierra de Jaquijahuana y quemaron a Chalcuchímac.
Estas noticias
llegaron al gobernador cerca del último río, como ya se ha dicho. Él, sin
mostrar alteración en su rostro o semblante, se las comunicó a los diez jinetes
y veinte infantes que llevaba consigo, consolándolos a todos con buenas
razones, aunque ellos se perturbaron mucho en sus ánimos, pensando que, si una
pequeña cantidad de indígenas, en comparación con el número que se había unido,
había maltratado a los cristianos en el primer enfrentamiento, mayor problema
les darían al día siguiente, teniendo a los caballos heridos, sin haberles
llegado aún el refuerzo de los treinta caballeros que les había mandado. Sin
embargo, mostrando todos tener esperanza en Dios, llegaron al río, el cual
cruzaron en balsas del país, haciendo que los caballos pasaran a nado, porque
el puente había sido quemado. Y como en ese tiempo el río había crecido mucho,
se tardaron en cruzar el resto de ese día y el siguiente, hasta la hora de la
siesta.
Cuando el gobernador estaba
a punto de partir sin esperar a que los indígenas del país, confederados con
los españoles, cruzaran, vieron llegar a un cristiano que, al reconocerlo de
lejos, todos juzgaron que el capitán con los caballos había sido derrotado y
destrozado y que él venía a traer las noticias huyendo.
Pero, al llegar a la
presencia del gobernador, infundió un gran consuelo en los ánimos de todos con
la noticia que trajo, relatando que nuestro Señor Dios, que nunca suele
abandonar a sus fieles en las mayores necesidades, hizo que, estando el capitán
con los demás, con buena guardia, esperando el amanecer y animando a los suyos
para el combate de la mañana, llegó el mariscal con el refuerzo enviado de los
treinta caballos y con los diez que se habían quedado en la retaguardia, que
fueron cuarenta en total. Y cuando se vieron todos así unidos, los primeros
sintieron tanto placer como si ese día les hubiera sido dada la vida de nuevo,
teniendo por cierta la victoria para ellos al día siguiente.
Al amanecer, que fue
un domingo, cabalgaron todos y se pusieron en fila para mostrarse mejor, y se
dirigieron hacia los indígenas, que ya la tarde anterior habían decidido atacar
a los cristianos. Pero, al ver tanta gente por la mañana, pensaron, como era,
que esa noche les había llegado ese refuerzo. Así que, no teniéndose el ánimo
suficiente para enfrentarlos, y al ver que ellos subían la ladera para ir a
encontrarlos, dieron la espalda, retirándose de monte en monte. Los españoles
no los persiguieron porque el país era áspero, además de que fueron cubiertos
por una niebla tan densa que uno no podía ver al otro. Sin embargo, en la falda
de una colina mataron a muchos enemigos.
En este tiempo, venían
mil hombres indígenas en un escuadrón que Quizquiz mandaba como refuerzo para
los suyos, los cuales, al ver a los cristianos a caballo y así a punto de
combatir, tuvieron tiempo de retirarse a la montaña. Inmediatamente, los cristianos
se reunieron en su fuerte, desde donde ese mensajero había sido enviado por el
capitán con la noticia al gobernador, haciéndole saber que lo esperaría allí
hasta que llegara.
Al enterarse de esta
noticia, el gobernador se alegró mucho de la victoria que nuestro Señor Dios le
había concedido cuando no la esperaba. Y sin demorarse un momento, dio la orden
de que se pasara más allá con todo el equipaje y los indígenas que quedaban,
porque con estas mismas noticias también había tenido aviso de que en la retirada
de esa gente enemiga, se habían apartado de los demás cuatro mil hombres, por
lo que debía ir con cautela. Y también se le aseguró que Chalcuchímac hacía y
ordenaba todo y daba aviso a los enemigos de lo que tenían que hacer, por lo
que debía conducirlo bajo buena custodia.
El gobernador, habiendo terminado su
travesía, hizo poner una cadena al cuello a Chalcuchímac y le dijo: "Tú
sabes bien la manera en que me he comportado contigo, y cómo siempre te he
tratado, nombrándote capitán para que mandaras en todo el país hasta que el
hijo de Atahualpa hubiera venido de Quito para hacerlo
señor. Y aunque he tenido muchas razones para matarte, nunca lo he querido
hacer, creyendo que te enmendarías. Del mismo modo, te he rogado muchas veces
que, por el bien público, hicieras que estos indígenas enemigos con los que
tienes trato y amistad quisieran calmarse y deponer las armas, porque aunque
hayan hecho un gran daño y hayan matado a Guaritico (Túpac Hualpa),
que había venido por orden mía desde Jauja, yo los habría perdonado a todos.
Pero con todas estas advertencias mías, has querido perseverar en tu mala
intención y mal propósito, pensando que los avisos que dabas a los capitanes
enemigos eran suficientes para llevar a cabo tu maldad. Pero puedes ver cómo
con la ayuda de nuestro Dios, siempre han sido derrotados y siempre lo serán en
el futuro, y ten por seguro que no podrán escapar ni volver a Quito de donde
salieron, ni tú volverás a ver el Cuzco, porque tan pronto como yo llegue a
donde está el capitán con mi gente, te haré quemar vivo, ya que tan mal has
sabido guardar la amistad que yo, en nombre de mi César, sellé contigo. Y esto sucederá sin ninguna duda,
si no haces que estos capitanes, tus amigos, dejen las armas y vengan en son de
paz, como te he dicho otras veces".
A todas estas
palabras, Chalcuchímac se mantuvo atento sin responder una palabra, pero
siempre obstinado en su dureza, dijo que no se hacía lo que él mandaba a esos
capitanes porque no lo querían obedecer, y que por su parte no había dejado de
hacerles entender que vinieran en paz. Y con palabras similares, se disculpaba
de lo que se le atribuía, pero el gobernador, que ya sabía con certeza sus
andanzas, lo dejó en su mala intención sin hablarle más del tema.
Una vez que hubieron cruzado el río a
una hora ya avanzada, el gobernador avanzó con esta gente y llegó a la tarde a
un pueblo a una legua de ese río, llamado Rímac. Y allí llegó
el mariscal con cuarenta caballos para esperarlo, y habiendo hablado con él,
partieron al día siguiente para el campamento de los caballos españoles y
llegaron a la tarde, habiendo salido a su encuentro el capitán y muchos otros,
y se hicieron grandes celebraciones.
El gobernador agradeció a cada uno según
sus méritos por el valor que habían mostrado, y todos juntos partieron y
llegaron dos leguas más allá a la tarde a un pueblo llamado Jaquijahuana. Los
capitanes informaron al gobernador de todos los sucesos de la manera que se ha
narrado.
Una vez que se
alojaron en esas tierras, el capitán y el mariscal urgieron al gobernador a que
hiciera justicia con Chalcuchímac, porque sabían que todo lo que hacían los
cristianos era sabido por sus adversarios gracias a él, y que él era el que los
había hecho salir de la montaña de Vilcashuamán, instándolos a venir a combatir
a los cristianos que eran pocos, y que no podrían con los caballos subir a las
montañas sino paso a paso y a pie, dándoles mil otros avisos de dónde debían
esperar y lo que tenían que hacer, como un hombre que había visto bien todos
esos lugares y conocía las andanzas de los cristianos con los que había estado
tanto tiempo.
Informado de todas estas cosas, el
gobernador ordenó que fuera quemado en medio de la plaza, lo cual se hizo, y
los principales y más allegados suyos fueron los que pusieron mayor diligencia
en prenderle fuego. Un religioso trató de persuadirlo para que se hiciera
cristiano, diciéndole que los que estaban bautizados y que tenían verdadera fe
en nuestro redentor Jesucristo iban
a la gloria del paraíso, y los que no, iban al infierno y a sus penas,
haciéndole entender todo por medio de un intérprete. Pero él no quiso ser
cristiano, diciendo que no sabía qué cosa era esa ley, y comenzó a invocar
al Pachacámac y al capitán Quizquiz para que vinieran
a socorrerlo.
A este Pachacámac lo tienen los
indígenas por su dios y le ofrecen mucho oro y plata, y es algo verificado que
el demonio se encuentra en ese ídolo y habla con aquellos que van a preguntarle
algo. Y de esto se habla detalladamente en la relación que se envió a su
Majestad desde Cajamarca. De esta manera, este
capitán pagó por la crueldad que cometió en la conquista de Atahualpa, y por la
maldad y la traición que se encontró en daño de los españoles y en perjuicio
del servicio de su Majestad. Toda la gente del país se alegró infinitamente de
su muerte porque era muy odiado por ellos al conocerlo tan cruel como era.
Son asistidos por el hijo del
cacique Huayna Cápac, con quien hacen amistad y les informa del
paradero del ejército enemigo. Tienen algunos enfrentamientos con ellos antes
de entrar en el Cuzco, donde entronizan como señor al hijo de Huayna Cápac.
Los españoles descansaron esa noche en
el campamento, habiendo puesto buenas guardias al enterarse de que Quizquiz estaba cerca de ellos con toda su gente.
A la mañana siguiente, el gobernador fue visitado por un hijo de Huayna Cápac
(Manco Inca), hermano del cacique muerto, el señor más grande y principal que
había en ese país en ese momento, el cual siempre había huido para que la gente
de Quito no lo matara. Este le dijo al gobernador que lo ayudaría en todo lo
que pudiera para echar de ese país a toda la gente de Quito, por ser sus
enemigos y por odiarlos y no querer estar sujetos a gente forastera. Este era a
quien, por derecho, le correspondía esa provincia, y al que todos los pueblos
de ella querían como señor.
Cuando vino a ver al gobernador, vino
por las montañas fuera del camino por temor a la gente de Quito. Y él se alegró
mucho de su llegada y le respondió: "Me complace mucho oír lo que me dices
y encontrar una tan buena disposición para echar a esta gente de Quito de este
país. Y debes saber que yo no vine desde Jauja por otro
motivo que para evitar que estos te hicieran daño y te perjudicaran con su
servidumbre. Y puedes creer que no vine por mi propio beneficio, porque yo estaba
en Jauja seguro de tener guerra con ellos, y estaba eximido de tomarme la
molestia de hacer un viaje largo y difícil. Pero, habiendo sabido los daños que
te hacían, quise venir a poner remedio y enmendarlos, como me lo ordena el
Emperador, mi señor. Y así, puedes estar seguro de que haré a tu servicio todo
lo que considere conveniente, y también para liberar de esta tiranía al pueblo
del Cuzco".
El gobernador hizo y
dijo estas grandes promesas para ganarse su benevolencia y para tener noticias
de él continuamente sobre cómo transcurrían los acontecimientos, y por sus
palabras, el cacique se quedó maravillosamente satisfecho con todos los que
habían venido con él. Y le respondió: "De ahora en adelante te daré un
informe completo de todo lo que haga la gente de Quito, para que no puedan
dañarnos". Y de esta manera se marchó de él, y poco después regresó y
dijo: "Yo iba a pescar porque sé que mañana los cristianos no comen carne,
y me encontré con este mensajero que me dice que Quizquiz con su gente de guerra
va a quemar el Cuzco y que ya está cerca, y he querido hacértelo saber para que
puedas ponerle remedio".
El gobernador hizo
preparar de inmediato a toda la gente, y aunque era la hora del mediodía, sin
embargo, al reconocer la necesidad, no quiso detenerse a comer, sino que
cabalgó con todos los españoles directo hacia el camino del Cuzco, que estaba a
cuatro leguas de ese lugar, con la intención de establecer su campamento cerca
de esa ciudad para entrar en ella al día siguiente temprano. Y habiendo caminado
ya dos leguas, vieron de lejos una gran humareda cerca de un pueblo, y habiendo
preguntado la razón a algunos indígenas, dijeron que un escuadrón de la gente
de Quizquiz había descendido de la montaña y le había prendido fuego.
Dos capitanes
avanzaron con unos cuarenta caballos para ver si podían alcanzar a ese
escuadrón, el cual rápidamente se unió con la gente de Quizquiz. Los otros
capitanes que se quedaban en una ladera, a una legua antes de llegar al Cuzco,
esperando a los cristianos en un paso en medio del camino. Los capitanes y
españoles, al verlos, no pudieron evitar atacarlos, aunque el gobernador les
había ordenado que debían esperar a los demás para unirse todos. Esto lo
habrían hecho si no fuera porque los indígenas se movieron con mucho ánimo para
enfrentarse con ellos. Y antes de que fueran atacados, los embistieron en la
falda de una pequeña montaña, y los rompieron en un breve espacio, haciéndolos
huir a la montaña, habiendo matado a doscientos.
Otro escuadrón de
gente a caballo se deslizó por otra ladera de la montaña, donde había de dos a
tres mil indígenas, los cuales, al no tener el valor de esperarlos, dejaron las
lanzas que llevaban para poder correr mejor y se pusieron a huir. Y después de
que los primeros rompieron y desbarataron esos dos escuadrones, y los hicieron
huir a la cima, dos caballos ligeros españoles, habiendo visto a ciertos
indígenas que de nuevo volvían a bajar, se pusieron a escaramuzar con ellos, y
se vieron en gran peligro, si no hubieran sido socorridos, y uno fue muerto
bajo su caballo, por lo que los indígenas se animaron tanto que hirieron a
cuatro o cinco caballos y a un cristiano, y los hicieron retirarse hasta la
llanura.
Los indígenas, como
nunca antes habían visto huir a los cristianos, pensaron que lo hacían con
astucia para atraerlos a la llanura y luego atacarlos de la manera que se hizo
en Vilcashuamán, y entre ellos mismos lo decían. Y por esta razón se quedaron
sobre ellos, y no quisieron bajar ni seguirlos. En este tiempo, el gobernador y
los españoles ya habían llegado, y por ser ya casi tarde, establecieron el
campamento en una llanura, y los indígenas se quedaron quietos hasta la
medianoche en la montaña, a un tiro de arcabuz, dando gritos, y los españoles
se quedaron toda la noche con los caballos ensillados y enfrenados.
Al día siguiente, al
amanecer, el gobernador, habiendo ordenado la gente a pie y a caballo, tomó su
camino para entrar en el Cuzco con buen orden y cautela, creyendo que los
enemigos vendrían a atacarlos en el camino, pero no apareció nadie.
De esta manera, el
gobernador con su gente entró en esa gran ciudad del Cuzco sin otro
enfrentamiento ni batalla, el viernes a la hora de la misa mayor, el 15 de
noviembre del año de la natividad de nuestro Salvador y Redentor Jesucristo de
1533. El gobernador hizo que todos los cristianos se alojaran en los aposentos
que estaban alrededor de la plaza de la ciudad, y ordenó que todos debían salir
a dormir con sus caballos en la plaza en sus tiendas, hasta que se pudiera ver
de dónde venían los enemigos, y esta orden fue continuada y observada durante
un mes seguido.
Al día siguiente, el
gobernador hizo señor a ese hijo de Huayna Cápac por ser un joven prudente y
alegre, y el principal de cuantos había en ese tiempo, y a quien, como se ha
dicho, le correspondía por derecho el señorío. Y lo hizo así de inmediato, para
que los señores y caciques no se fueran a sus tierras, que eran de diferentes
provincias y muy lejanas unas de otras, y para que los nativos no se unieran
con los de Quito, sino que tuvieran un señor aparte, al cual tuvieran que
reverenciar y obedecer, y no fueran parciales. Así, ordenó a todos los caciques
que lo obedecieran como señor e hicieran todo lo que él les mandara.
El nuevo cacique va
con un ejército para expulsar a Quizquiz del estado de Quito. Tienen algunos
enfrentamientos con los indígenas, y por la dificultad del camino regresan. De
nuevo, regresan con un ejército y una compañía de españoles, y antes de partir,
el cacique se hace vasallo del Emperador.
Una vez hecho esto, el nuevo cacique
ordenó que se reuniera mucha gente para ir a derrotar a Quizquiz y para expulsar a la gente de Quito de ese país, diciendo que no era razonable
que, siendo él el señor, otros permanecieran en un país que le estaba sujeto en
contra de su voluntad, y otras palabras por el estilo. El gobernador estuvo
presente en todo esto ante los ojos de todos para que cada uno viera el favor
que les daba y el afecto que les mostraba, y que esto no era por el beneficio o
utilidad que pudiera resultar para los españoles, sino por el suyo particular.
El cacique quedó contento con esta orden, y en el plazo de cuatro días reunió
cinco mil indígenas o más, todos bien equipados con sus armas, y el gobernador
envió con ellos a un capitán suyo con cincuenta jinetes y él se quedó
custodiando la ciudad con el resto de la gente.
Diez días después, el
capitán regresó y le contó al gobernador lo que había sucedido, diciendo que al
atardecer, había llegado con la gente a donde se alojaba Quizquiz, a cinco
leguas de distancia, porque él había ido dando un rodeo por otro camino, por el
cual el cacique lo había guiado. Pero antes de llegar al campamento enemigo, se
encontró en el camino a doscientos indígenas puestos en una pequeña ladera, y
como el país era áspero, no pudo quitarles su posición y adelantarlos para que
no pudieran dar aviso de su llegada, como lo hicieron. Sin embargo, aunque esta
compañía estaba en un lugar fortificado, no se atrevieron a esperarlo, sino que
pasaron al otro lado de un puente que era muy difícil de cruzar, porque desde
una montaña que los dominaba, donde se habían refugiado los indígenas,
arrojaban tantas piedras que no dejaban pasar a nadie.
Y por ser el país y el
lugar más áspero e inaccesible que se había visto jamás, regresaron. Sin
embargo, dijo haber matado a doscientos indígenas, y el cacique se alegró mucho
de lo que se había hecho, y al regresar a la ciudad, los condujo por otro
camino más corto, por el cual el capitán encontró en muchos pasos una gran
cantidad de piedras apiladas para defenderse de los cristianos. Y había un
paso, entre otros, tan áspero y difícil que él y todos se vieron en un gran
aprieto, y no podían pasar más allá. Por lo tanto, se supo bien que el cacique
tenía una amistad verdadera y no fingida con el gobernador y los cristianos,
porque le dijo que por esa carretera ningún español habría podido escapar.
Dijo que después de
que se había marchado de la ciudad, no anduvo ni un tiro de ballesta por tierra
llana, que todo el país era montañoso, rocoso y difícil de cruzar, y que si no
hubiera sido la primera vez que iba en compañía del cacique, para que no pareciera
que lo había hecho por miedo, se habría regresado de inmediato. El gobernador
habría querido que hubieran seguido a los enemigos hasta que los hubieran
expulsado del lugar donde estaban, sin embargo, al oír la aspereza del lugar,
se quedó satisfecho con lo que se había hecho. El cacique dijo que había
enviado a su gente detrás de los enemigos, y que creía que los dañarían, y así,
cuatro días después, llegó la noticia de que habían matado a mil de sus
indígenas.
El gobernador de nuevo le ordenó al cacique
que hiciera que se reuniera más gente, y que él quería enviar con él a algunos
de sus jinetes, para que no se detuvieran hasta que los hubieran expulsado del
país. Habiendo regresado el cacique de esa empresa, se fue a ayunar en una casa
que estaba en una montaña, una morada ya hecha por su padre, donde se quedó
tres días. Y al regresar a la plaza de la ciudad, los hombres de esa tierra le
rindieron obediencia según su costumbre, reconociéndolo como su señor,
ofreciéndole el penacho blanco, tal como se hizo en Cajamarca con el cacique Atahualpa.
Una vez hecho esto, él
hizo que se reunieran todos los caciques y señores que estaban allí, y
habiéndoles hablado sobre el daño que hacía la gente de Quito en su país, y
cuánto bien resultaría para todos si se ponía remedio, les ordenó que llamaran
y prepararan a la gente para ir contra ellos, y para echarlos del lugar donde
se habían metido. Ellos hicieron rápidamente a sus capitanes, y dieron orden de
reunir a la gente en tan breve espacio que en el plazo de cinco días reunieron
en esa ciudad a más de diez mil hombres de guerra, todos escogidos. Y el
gobernador hizo que se prepararan cincuenta de sus jinetes ligeros con un
capitán para partir el último día de la Pascua de la natividad.
El gobernador, antes
de que se hiciera ese viaje, queriendo concluir la unión y la paz con ese
cacique y su gente, después de que el religioso hubo dicho la misa el día de
Navidad, salió a la plaza con mucha gente de su compañía que hizo congregar
allí, y en presencia del cacique y los señores del país y la gente de guerra que
estaba allí, se sentó con sus españoles al lado, y el cacique en un taburete, y
su gente en la tierra alrededor de él. Y el gobernador hizo un discurso de la
manera que se suele hacer en actos similares. Y por medio de su secretario y
escribano del ejército, se les leyó la demanda y el requerimiento que su
Majestad había ordenado que se les hiciera, lo cual todo les fue declarado por
un intérprete, y bien entendido por ellos, habiendo respondido a todo.
Fueron requeridos para ser, y
llamarse, vasallos de su Majestad. Y fueron
recibidos en paz por el gobernador con la misma solemnidad que se había hecho
las otras veces al alzar la bandera imperial dos veces. Y en señal de ello,
fueron abrazados por el gobernador con mucha alegría al son de las trompetas, y
se hicieron otras solemnidades que para evitar la prolijidad no se escriben.
Hecho esto, el cacique se levantó de pie, y con un vaso de oro, le dio de beber
de su propia mano al gobernador y a los españoles, y luego se fueron a cenar
por ser ya tarde.
Sospechan del cacique
de que sea rebelde, encuentran la acusación falsa. Van con él muchos españoles
y veinte mil indígenas contra Quizquiz, y dan cuenta al gobernador por carta de
lo que les sucede.
Y estando el capitán
español a punto de partir en dos días con los indígenas y el cacique para ir
contra los enemigos, no pudiendo las cosas permanecer siempre iguales, al estar
sujetas a las diversas contrariedades del mundo que ocurren cada día, el
gobernador fue informado por algunos españoles y por indígenas amigos y nativos
del país de que se hablaba y se trataba entre los principales del cacique de
unirse con la gente de Quito, y otras cosas de las que lo acusaban.
Por lo tanto, tomó
alguna sospecha, y para tener la máxima satisfacción y saber si la amistad del
cacique era leal y verdadera con los cristianos, de quienes era tan amado,
queriendo saber la verdad del hecho, al día siguiente llamó al cacique y a
otros principales a su alojamiento y les dijo lo que se decía de ellos. Y hecha
una investigación, y atormentados algunos indígenas, el cacique y los
principales resultaron sin ninguna culpa, y se certificó que ni en dicho ni en
hecho se había tratado cosa alguna en daño de los españoles, sino que, en
efecto, dos principales habían sido los que habían dicho que, ya que sus
antepasados nunca habían estado sujetos a otros, no debían ni ellos ni el
cacique sujetarse. Sin embargo, por lo que se pudo entender entonces y después,
se supo y se creyó que siempre amaron a los españoles y no tuvieron con ellos
una fe fingida.
Estas gentes no se
pusieron en camino para la empresa, porque al estar en el corazón del invierno
y lloviendo fuertemente todos los días, se decidió dejar pasar la furia del
agua, sobre todo porque muchos puentes estaban estropeados y rotos y tenían la
necesidad de ser reparados.
Cuando llegó el tiempo en que las aguas
ya habían cesado, el gobernador hizo que se prepararan los cincuenta caballos
con el cacique y sus gentes que tenía listos para la empresa, los cuales, con
el capitán que les dio, se pusieron todos en camino hacia Jauja, a la ciudad de Vilcashuamán, donde
se había sabido que los enemigos se habían quedado, porque los caminos estaban
rotos por las muchas aguas del invierno, y porque los ríos eran caudalosos, en
muchos de los cuales no había ningún puente.
Los españoles pasaron con sus caballos
con mucho esfuerzo, y uno se ahogó. Habiendo llegado en su jornada al río que
está a cuatro leguas de Vilcashuamán, se supo que los enemigos se dirigían
hacia Jauja. Y por ser el río caudaloso y furioso y por estar el puente
quemado, se vieron obligados a detenerse para rehacerlo, porque sin él de
ninguna manera se podía cruzar, ni con sus balsas que llaman balce, ni a nado, ni de otra manera.
El campamento se
detuvo allí durante veinte días para rehacer el puente, porque tuvieron que
ingeniárselas para hacerlo, ya que el agua era fuerte y arruinaba los
entrelazados de mimbres que se ponían allí. Y si el cacique no hubiera tenido
allí a tan gran número de gente para hacer este puente y pasar y tirar de los
entrelazados, no se habría podido rehacer, pero teniendo veinticinco mil
hombres de guerra, y más, probando una y otra vez con artilugios de cuerdas y
de balsas, pasaron los entrelazados, los cuales, una vez pasados, hicieron el
puente en un breve espacio, tan bueno y tan bien hecho que uno similar y tan
grande no se ve en ese país, que es de 360 y tantos pies de largo, y de ancho
podían pasar dos caballos a la vez sin ningún peligro.
Una vez cruzado este puente, y habiendo
llegado a Vilcashuamán, los españoles se alojaron en el pueblo, desde donde el
capitán le hizo saber al gobernador cómo iban las cosas. Allí, el campamento se
quedó alojado algunos días para descansar y tener noticias sobre en qué lugar
se encontraban los enemigos, ya que no lo sabían con más detalle, sino que se
dirigían hacia Jauja, y que tenían la intención de ir a atacar a los españoles
que se habían quedado allí de guardia. Por lo tanto, el capitán partió de
inmediato con los españoles en su ayuda, llevando consigo a un hermano del
cacique con cuatro mil hombres de guerra, y el cacique regresó a la ciudad
del Cuzco.
Y el capitán le mandó
al gobernador las cartas que el teniente de Jauja escribía con gran prisa, y el
contenido de ellas era el que sigue. Una vez que los enemigos fueron expulsados
del Cuzco por ustedes, se reorganizaron y vinieron hacia Jauja. Y antes de que
llegaran, se supo por los nuestros que venían con una gran fuerza, porque de
todas las partes cercanas traían el mayor número de personas que podían, tanto
para la guerra como para las provisiones y el equipaje. Habiendo sabido esto,
el tesorero Alfonso mandó a cuatro jinetes ligeros a un puente que estaba a
doce leguas de la ciudad de Jauja, donde se informaron de que los enemigos
estaban al otro lado en una provincia principal.
Por lo tanto, al
regresar a Jauja, el dicho tesorero puso la mayor diligencia que pudo, tanto en
la fortificación de la ciudad como en el buen trato a los caciques que estaban
dentro de la ciudad con él, como en informarse y entender sutilmente todas las
andanzas de los enemigos. Y la mayor sospecha que tenía era la de los indígenas
que estaban dentro del pueblo, que eran una gran cantidad, y la de los de los
alrededores, porque casi todos estaban de acuerdo con los enemigos de tener que
atacar a los españoles por cuatro lados.
Con este conocimiento, los indígenas de
Quito pasaron con la intención de que un capitán con quinientos de ellos
viniera por el lado de una montaña, y pasara el río que está a un cuarto de
legua de la ciudad, y se pusiera en la parte más alta del mismo, para tener que
atacar la ciudad en un día acordado entre ellos. Y los capitanes Quizquiz
e Incurabaliba (Inkill Wallpa), que eran los principales
capitanes, debían venir por la llanura con el mayor número de gente. Esto fue
rápidamente sabido por medio de un indígena al que se le dio tormento.
De modo que el capitán
que tenía que cruzar el río y atacar la ciudad desde la montaña caminó mucho y
llegó un día antes que la otra gente. Y una mañana, al amanecer, llegó la noticia
a la ciudad de que muchos enemigos habían cruzado el puente, de lo que nació
una gran alteración, y en los indígenas nativos de Jauja que servían fielmente
a los cristianos, por lo que se supuso que todo el país se había sublevado,
como se ha dicho.
El tesorero proveyó
principalmente que todo el oro de su Majestad y de los compañeros que en ese
tiempo estaban en la ciudad, se pusiera en una gran casa donde hizo que se
pusieran guardias de los españoles más enfermos y débiles, ordenando que los
demás estuvieran listos para combatir. Y ordenó a cuatro jinetes ligeros que
fueran a ver cuánta cantidad de enemigo era la que había cruzado el puente para
tomar la montaña, y él se quedó en la plaza con toda la otra gente, esperando
si el mayor número de enemigos había venido por la llanura.
Los españoles
exploradores atacaron a los indígenas que habían cruzado el puente, los cuales
se retiraron y cruzaron el río, y a los españoles les convino cruzar el puente
detrás de ellos con algunos infantes ballesteros que el tesorero les había
enviado. Así, los indígenas se dieron la vuelta huyendo con mucho daño. La masa
mayor de los otros que venían por la llanura no llegó a tiempo, que habían
acordado con los otros para atacar la ciudad. Y para esperarlos, se quedaron de
hora en hora, manteniendo esta noche y el día con una gran guardia en la
ciudad, y la gente se mantuvo siempre armada con los caballos ensillados, todos
unidos en la plaza con la intención de que la noche siguiente los indígenas
debían atacar la ciudad, y querer quemarla, como se decía que tenían la
intención de querer hacerlo pasado los dos cuartos de la noche.
Al ver que los
enemigos no aparecían, el tesorero tomó consigo a un jinete ligero, y fue a ver
en qué parte habían establecido el campamento los indígenas enemigos, y cuánto
se habían acercado a la ciudad. Y porque los indígenas que daban este aviso no
sabían dónde se encontraban, y del mismo modo porque tomaban el camino para que
no dieran aviso, de modo que al amanecer se vio que estaban lejos, a cuatro
leguas de la ciudad. Y vieron dónde se habían detenido los indígenas y la
calidad del lugar, después de lo cual regresaron a la ciudad, a donde llegaron
después del mediodía.
Al ver los indígenas
enemigos que los españoles los habían descubierto, y temiendo mucho, se
levantaron de ese lugar y se dirigieron hacia la ciudad, y vinieron a
establecerse al anochecer a un cuarto de legua de ella, habiendo llegado a un
pequeño río que entraba en el grande. Sabiendo esto los españoles, se quedaron
esa noche con una gran guardia, y al día siguiente por la mañana, después de
oír misa, el tesorero tomó a veinte jinetes ligeros, veinte infantes con dos
mil indígenas amigos, dejando en la ciudad a otros tantos españoles a caballo,
y a otros tantos infantes a pie, avisándoles que cuando los enemigos los
atacaran desde el otro lado, debían hacer una señal que ellos pudieran ver para
poder venir a socorrerlos.
Habiendo salido los
españoles con el teniente de la ciudad, vieron que los indígenas de Quito
habían cruzado el pequeño río con sus escuadrones, en los que podían ser seis
mil de ellos, que, al ver a los españoles, se retiraron y volvieron a cruzar al
otro lado. Por lo tanto, viendo el tesorero y los españoles que si no atacaban
a los enemigos ese día, la noche siguiente vendrían a saquear y quemar la
ciudad, de lo que podría haber resultado un mayor problema si hubieran esperado
la noche, decidió cruzar el río y combatir con los enemigos, donde se dio una
gran escaramuza, tanto de tiros de ballesta y de arcos como de piedras, de las
cuales una hirió al tesorero que iba delante de todos, en el río, en la cima de
la cabeza que lo tiró del caballo en medio del río, y desmayado, el agua lo
arrastró un gran tiro de piedra, de modo que si no hubiera sido socorrido por ciertos
españoles ballesteros que se encontraban allí, se habría ahogado, y lo sacaron
con gran esfuerzo.
Su caballo también fue
golpeado por otra piedra en una pata que se la partió y murió de inmediato. De
esto, los españoles recobraron un gran ánimo y se apresuraron a cruzar el río,
y al ver los indígenas su determinación, se retiraron huyendo a una montaña
áspera, donde murieron unos cien de ellos. Los caballos los siguieron bien una
legua y media por la montaña, y como se habían metido y detenido en lo más
escarpado de la montaña, donde los caballos no podían subir, se retiraron a la
ciudad.
Y viendo después que
los enemigos no se levantaban de ese fuerte de la montaña, se decidió regresar
de nuevo contra ellos, y salieron hacia ellos veinte españoles con más de tres
mil indígenas amigos, y los atacaron en esa montaña, donde estaban
fortificados, y mataron a varios, expulsándolos de ese fuerte y persiguiéndolos
bien tres leguas con la muerte de muchos caciques de los alrededores, que
estaban a favor de ellos, con cuya victoria los indígenas amigos se quedaron
tan alegres como si ellos solos la hubieran conseguido.
Los indígenas de Quito se volvieron a
reunir en un lugar que se llama Tarma, a tres leguas
de Jauja, de donde también fueron expulsados, porque hacían mucho daño en todos
los pueblos vecinos.
Hicieron fundir una
gran cantidad de oro y plata, y las figuras de oro que los indígenas adoraban
en la fundación de la ciudad del Cuzco. Fue hecha por los españoles una
colonia, con las órdenes que ellos establecieron.
Una vez que el gobernador supo estas
buenas noticias, las hizo publicar de inmediato, de lo que todos los españoles
sintieron una inmensa alegría y dieron infinitas gracias a Dios por haber sido
en todo y por todo tan favorable en esta empresa. De inmediato, el gobernador
escribió y mandó mensajeros a la ciudad de Jauja dando
saludos a todos y agradeciéndoles el valor demostrado y, particularmente, a su
lugarteniente, diciéndole que de todo lo que sucediera en el futuro debía darle
aviso. Mientras tanto, el gobernador se apresuró mucho en marcharse de allí y
en dejar las cosas de esa ciudad provistas, fundando una colonia y haciendo
habitar abundantemente esa ciudad.
Hizo fundir todo el
oro que se encontraba, que estaba en diversas piezas rotas, lo cual se hizo
rápidamente por los fundidores indígenas experimentados. Y se pesó la suma de
todo, y se encontró 580.000 y tantos pesos de buen oro. Se sacó el quinto de su
Majestad, que fueron 116.460 y tantos pesos de buen oro. Del mismo modo, se
hizo la misma fundición de la plata, y pesada en conjunto, se encontró que era
215.000 marcos, un poco más o menos, de los cuales 170.000 y tantos, era de
plata buena en vasijas y barras blancas y limpias, y el resto no era así,
porque estaba en barras y piezas mezcladas con otros metales, de la manera en
que se sacaría de la mina. Y de todo esto también se sacó aparte el Quinto para
su Majestad.
Verdaderamente era
algo digno de ver esa casa donde se fundía, llena de tanto oro en barras de
diez y ocho libras cada una, y en vasijas, ollas, y piezas de diversas clases
con las que se servían esos señores. Y entre otras cosas singulares, era ver
cuatro carneros de oro fino, muy grandes, y diez o doce estatuas de mujeres,
del tamaño de las mujeres de ese país, todas de oro fino, tan bellas y bien
hechas como si fueran vivas.
Estas las tenían en
tanta veneración como si hubieran sido señoras de todo el mundo y vivas, y las
vestían con finísimas y bellas ropas, y las adoraban como sus diosas, a quienes
les daban de comer, y hablaban con ellas como si hubieran sido mujeres de carne
y hueso. Estas fueron dadas en el quinto que le correspondía a su Majestad. También
había otras de plata de la misma estatura. Y el ver las grandes vasijas y
piezas de esa plata brillante y de tal tamaño, era ciertamente una gran
alegría.
Todo este tesoro fue dividido y
repartido por el gobernador entre los españoles que estaban en el Cuzco, y los que se habían quedado en la ciudad de
Jauja, dándole a cada uno tanto de plata buena y tanto de mala con tantos pesos
de buen oro, y al que tenía caballo, la parte conforme a su mérito y el del
caballo, y los hechos que había hecho, y al peón lo mismo, respectivamente, y
según se encontraba descrito por su orden en el libro de las reparticiones que
de ello se hizo.
Todo esto se terminó
de hacer en ocho días, y después, en otros tantos, el gobernador se marchó de
allí, dejando habitada esa ciudad de la manera que se ha dicho.
En el mes de marzo de 1534, el gobernador ordenó que se congregara en esa
ciudad la mayor parte de los españoles que llevaba consigo, y hizo un acta de
fundación y formación del pueblo, diciendo que lo establecía y fundaba de la
misma manera que el suyo propio. Y de esto tomó posesión en medio de la plaza,
y en señal de fundar y comenzar a edificar el pueblo y colonia, hizo ciertas
ceremonias como se contiene en el acta que se hizo, de la cual yo, el
escribano, leí en voz alta ante la vista de todos. Y se le dio por nombre a la
ciudad la muy noble y gran ciudad del Cuzco.
Y continuando la
habitabilidad, se ordenó la casa para la iglesia que se debía hacer en la dicha
ciudad, los términos, límites y jurisdicción. Y de inmediato hizo que se diera
un pregón para que pudieran venir a habitar allí y ser admitidos como
ciudadanos aquellos que quisieran habitar, que acudieron muchos en tres años.
Se hizo una selección
de todas las personas más hábiles para tener a cargo la administración de los
asuntos públicos, y nombró a sus lugartenientes, castellanos y rectores
ordinarios, y otros oficiales públicos, a los cuales eligió y nombró en nombre
de su Majestad. Y les dio el poder de ejercer sus oficios.
Esto lo hizo el
gobernador con el consejo y la recomendación del religioso que llevaba consigo,
y del contador de su Majestad que estaba con él en ese tiempo, con el parecer
de los cuales, vistas y examinadas las personas de los habitantes, en tanto que
su Majestad mandaba a ordenar lo que se tenía que hacer en la división de los
nativos del país y en tanto, se constituyó a todos una cierta cantidad y parte,
con la designación de un tanto a los españoles que se hubieran quedado allí
para enseñarles y adoctrinarlos en las cosas de nuestra santa fe católica.
Y fueron designados y dados al servicio
de su Majestad doce mil y tantos indígenas casados en la provincia de Collao en medio de las minas, para que allí
extrajeran el oro para su Majestad, de lo que se estima que sacará un
grandísimo provecho, considerada la riqueza de las minas que hay allí. De estas
cosas se hace una larga mención en el libro de la fundación de esta colonia, y
en el registro del depósito que se hizo de los indígenas de los alrededores,
dejando a su Majestad la obediencia de poder aprobar, confirmar o enmendar
estas cosas según le parezca más conveniente a su Real servicio.
El gobernador parte
con el cacique hacia Jauja, y reciben noticias del ejército de Quito, de
ciertas naves vistas en esos mares por algunos españoles, enviados a la ciudad
de San Miguel.
Una vez hechas estas provisiones, el
gobernador partió hacia Jauja, llevando
consigo al cacique, y los ciudadanos se quedaron de guardia en la ciudad con
las órdenes que les dejó el gobernador para que se gobernaran hasta que él
hiciera saber otra cosa.
Y caminando en sus jornadas, llegó a
pasar la Pascua sobre el río de Vilcashuamán, donde
recibió cartas y noticias de Jauja de que la gente de guerra de Quito, después de haber sido rota y expulsada de los
últimos lugares alrededor del Cuzco, se había
retirado y fortificado a cuarenta leguas de Jauja en el camino a Cajamarca, en un paso malo en medio del camino, y
habían hecho sus barreras para impedir el paso a los caballos, con las puertas
que habían hecho muy estrechas, y un camino para subir a una roca alta, donde
el capitán con la gente habitaba, que no tenía ningún paso excepto por esta
parte, donde se había hecho esta barricada con estas puertas tan estrechas, y
que se pensaba que allí esperaban refuerzos, porque tenían noticias de que el
hijo de Atahualpa venía con mucha gente.
El gobernador le
declaró este aviso al cacique, el cual envió de inmediato mensajeros a la
ciudad del Cuzco para que viniera gente de guerra, que no fueran más de dos
mil, pero los mejores de toda la provincia, porque el gobernador le dijo que
era mejor que fueran pocos y buenos, que muchos y de poca utilidad, porque los
muchos habrían, de manera impropia y sin retorno, matado de hambre el país por
el que hubieran pasado. El gobernador escribió también al lugarteniente y
magistrado del Cuzco para que favorecieran a los capitanes del cacique y se
apresuraran en hacer que la gente viniera rápidamente.
Habiendo partido de
ese lugar, el gobernador, el segundo día de Pascua, y habiendo llegado en sus
jornadas a Jauja, supo más completamente lo que allí había sucedido en su
ausencia, y especialmente de lo que había hecho la gente de Quito, y en
particular, le dijeron que después de que los enemigos fueron expulsados de los
alrededores de Jauja, se habían retirado veinte o treinta leguas de distancia
en una montaña, y que como el capitán que fue enviado a la expedición contra
ellos con el hermano del cacique, y cuatro mil hombres, llegaron a su vista,
habiendo descansado algunos días, fueron a atacarlos, y los rompieron y
expulsaron de ese lugar con mucho esfuerzo y gran peligro.
Habiendo regresado a Jauja, el
mariscal Don Diego de Almagro (que cuando el capitán y los
españoles habían venido del Cuzco, él había venido con ellos por orden del
gobernador) para visitar a los indígenas de los alrededores, para ver y saber
el estado en que estaban las cosas de esa ciudad y los habitantes de ella,
había sido su venida: partió para visitar a los caciques y señores de la
campaña de Chincha y Pachacamac, y los otros que tienen sus tierras y viven
en la costa del mar.
En este estado encontró el gobernador
las cosas cuando llegó a Jauja, y habiendo descansado del largo viaje sin hacer
provisión alguna en los primeros días, esperaba a los indígenas para ir a
expulsar a los enemigos del fuerte que habían tomado y extirparlos por
completo, cuando le llegó uno de los dos mensajeros españoles que habían ido a
la ciudad de San Miguel para ver en qué
estado se encontraban las cosas de allí, el cual le dijo así: "Señor, habiendo
partido de aquí por orden del mariscal, me puse a caminar con gran prisa por la
llanura y por la orilla del mar con no poco trabajo, porque muchos de los
caciques que estaban en el camino se habían sublevado. Sin embargo, algunos que
eran amigos nos proveyeron de lo que necesitábamos, y por ellos fui informado
de que por la costa del mar se habían visto pasar cuatro naves, las cuales yo
vi un día. Y considerando que yo era enviado a la ciudad de San Miguel para
saber si habían llegado naves del adelantado Pedro de Alvarado o de otros, anduve nueve días y nueve
noches por la costa, a veces a la vista de ellas, creyendo que tomarían puerto,
y así saber quiénes eran. Pero con toda esta diligencia y esfuerzo, nunca fue
posible que pudiera obtener lo que quería.
Por lo tanto, me puse a seguir mi camino
hacia la ciudad de San Miguel, y yendo por el otro lado del gran río, fui
informado por los indígenas del país de que venían cristianos por esa
carretera. Y pensando yo que debían ser verdaderamente gente del adelantado
Pedro de Alvarado, mi compañero y yo nos pusimos en camino con cautela para no
encontrarnos con ellos de improviso. Y habiendo llegado cerca de Motupe, supe que estaban cerca de ese pueblo y esperé a
que llegara la noche, y al amanecer, mandé a mi compañero a hablar con ellos y
a ver qué gente era, y le di ciertas señales para que me avisara. Y finalmente
supe que era gente que venía a la conquista de estos reinos, por lo que me
dirigí hacia ellos, con los cuales hablé largamente, diciéndoles el mensaje que
yo llevaba, y ellos, a su vez, me informaron diciéndome que habían venido de la
ciudad de San Miguel en unas naves procedentes de Panamá, y eran en número de 250.
Habiendo llegado a San Miguel, el
capitán que estaba en esa ciudad con doscientos de ellos y setenta a caballo,
se había marchado para las provincias de Quito para someterlas, y ellos, que
podían ser unas 30 personas con sus caballos, habiendo sabido de la conquista
que se estaba haciendo en el Cuzco y de la necesidad de gente que había, no
quisieron ir con el capitán a esas provincias de Quito, y así se venían hacia
Jauja, y les di noticias de todo lo que había sucedido aquí, y de la guerra que
se había hecho con los indígenas de Quito. Y para llevar más rápidamente las
noticias de lo que había sucedido allí, regresé de ese lugar sin ir a la ciudad
de San Miguel, sabiendo con certeza que el capitán ya había partido con su
gente, y ya estaba cerca de la ciudad de Cochabamba.
Regresando por mi camino la Pascua
pasada, me encontré con el mariscal Don Diego de Almagro cerca del pueblo
de Cena, que es donde se divide el camino de Cajamarca, a
quien le narré las cosas como sucedían, y como el capitán que iba de parte del
mar, por los cuales mandó poder al mariscal para que en nombre de su Alteza
fuera a Quito, por sospecha de algunos que no iban libremente. El mariscal, al
oír esto, partió de inmediato para alcanzar al capitán que conducía a esta
gente a la expedición de Quito, para hacerlo detenerse hasta que proveyera
junto con las necesidades de esta guerra. Ahora, esto es lo que me ha sucedido,
señor, en este viaje, en la vuelta del cual, procuré tener noticia de esas
naves, y nunca pude saber nada más. De Alvarado no se sabe nada, excepto que se
piensa que ya ha desembarcado en tierra en esta costa del mar, o ha pasado más
adelante, de lo que tengo aviso por cartas".
Edifican una iglesia
en la ciudad del Cuzco, y envían a tres mil indígenas con algunos españoles
contra los indígenas enemigos. Y tienen noticias de la llegada de muchos
españoles y caballos, que envían a la provincia de Quito, con la relación del
estado y la gente del país de Tumbes hasta Chincha, y de la provincia de
Collao.
El gobernador recibió a este mensajero y
leyó las cartas que traía y se informó por él de muchas otras cosas. Y para
proveer lo que consideraba conveniente en este asunto, llamó a todos los
oficiales de su Majestad y, habiendo discutido con ellos la partida de ese
capitán a Quito, y cómo el mariscal ya se
habría reunido con él según las noticias traídas por ese mensajero, se determinó
que él le enviaría a un lugarteniente suyo con suficiente poder para esa
empresa. Y escritas sus cartas a la ciudad de San Miguel y al
mariscal sobre lo que tenían que hacer, envió con ellas a tres cristianos para
que fueran llevadas con mayor rapidez y más seguridad, ordenándoles que se
apresuraran en el viaje y que continuamente le avisaran de lo que supieran.
Una vez provisto esto, ordenó el lugar y
el sitio donde se debía edificar la iglesia en esa ciudad de Jauja, la cual hizo construir por los caciques de los
alrededores, y fue edificada con sus escaleras y puertas de piedra.
En este tiempo, aparecieron unos cuatro
mil indígenas de guerra de la ciudad del Cuzco de los
que el cacique había mandado a llamar, y el gobernador hizo que se prepararan
cincuenta españoles a caballo y treinta infantes para ir a expulsar a los
enemigos del paso donde estaban detenidos, y partieron con el cacique y su
gente, el cual cada vez se encariñaba más con los españoles.
El gobernador le ordenó al capitán de
estos españoles que debía seguir a los enemigos hasta Huánuco o más allá, según
considerara la necesidad, y que de todo le avisara continuamente por medio de
cartas y mensajeros.
Después de esto, le llegó al gobernador
la noticia de las naves, la víspera de la Pascua del Espíritu Santo, y de la
misma manera, recibió cartas de San Miguel que le trajeron dos españoles, de
que las naves, por el mal tiempo, no habían podido llegar a Pachacamac más cerca que a sesenta leguas, y que
el adelantado Alvarado había llegado al puerto
viejo hacía ya tres meses, con 400 hombres y 150 a caballo, y que con ellos se
adentraba en la tierra hacia Quito, y que se veía que llegaría a tiempo en que
el mariscal Don Diego entraba por el otro
lado en esas provincias.
Dudando por toda esta
noticia, el gobernador de la justicia y gobierno de la ciudad de San Miguel y,
de otra parte, y para proveer con el consejo de los oficiales, envió a sus dos
lugartenientes en un bergantín con la gente que llevaba y con la otra que ya
habría estado lista en la ciudad de San Miguel, a la cual le ordenaba que debía
ser en su socorro, que conquistara, pacificara y habitara esas provincias de
Quito. Proveyó de la misma manera a otras cosas en relación con esto, para que
Alvarado no hiciera daño en el país, siendo así solamente de su Majestad. Y de
la misma manera, se dispuso a la llegada de las naves, mandando a informar a su
Majestad de todo lo que había sucedido hasta esa hora en esa empresa para que
estuviera informado de todo y pudiera proveer a todo lo que le pareciera
conveniente a su real servicio.
En este estado están
las cosas de la guerra y las cosas que sucedieron en el país, la manera de las
cuales se dirá brevemente porque desde Cajamarca se envió una relación de ello.
Este país desde la ciudad de Tumbes hasta Chincha son 100
leguas en la costa del mar, por otras partes más y por otras menos, es tierra
llana y arenosa, no nace hierba, ni llueve, sino poco, es un país fértil de
maíz y frutas, porque siembran y riegan las posesiones con agua de los ríos que
descienden de las montañas. Las casas que habitan los nativos son de juncos y
de ramas, porque cuando no llueve, hace mucho calor, y pocas casas tienen
techos, son gentes de poca valía, y muchos son ciegos por la mucha arena que hay.
Son pobres de oro y de plata, que lo que tienen es de trueques de mercaderes y
de aquellos que viven en la montaña. Todo el país cerca del mar es de esta
manera hasta Chincha e incluso más allá, a sesenta leguas, se visten de algodón
y comen maíz cocido y duro, y la carne medio cruda.
A los pies de las llanuras, que se
llaman Ingri, hay una cadena de montañas altísimas, que duran
desde la ciudad de San Miguel hasta Jauja, que es un espacio de 100 y 60
leguas, pero tiene poca anchura. Es un país muy alto y fuerte de montañas y de
muchos ríos, no hay bosques, sino algunos árboles que nacen en las orillas de
los ríos, donde siempre se ve una gran niebla. Es muy frío, porque hay una
montaña de nieve que dura casi de Cajamarca a Jauja, donde en todo el año siempre
hay nieve. La gente que habita allí es más razonable que las otras, porque es
muy limpia y guerrera y de buena disposición. Son muy ricos de oro y de plata,
porque lo extraen en muchos lugares de la montaña. Ningún señor que haya
señoreado esta provincia nunca ha hecho caso de la gente que está en el mar por
ser tan poca cosa y pobre, porque no se servían de ella sino para el pescado y
las frutas, que por ser en país caliente, tan pronto como se van a esos lugares
de montaña, se enferman en su mayor parte, y lo mismo le sucede a los que
habitan las montañas si descienden a la tierra caliente.
La gente que habita en
la otra parte hacia el interior de la tierra detrás de las espaldas de las
montañas, son como salvajes, que no tienen casas ni maíz sino poco, tienen
grandísimas montañas, y se alimentan mucho de los frutos de los árboles, no
tienen domicilio ni lugar fijo conocido, tienen grandísimos ríos, y es un país
tan inútil, que pagaban todo el tributo a los señores de plumas de loros, por
ser esta montaña de aquí la mejor de todo el país, tan estrecha y angosta, y
por estar destruida por las guerras que ha habido, no se pueden hacer colonias
de cristianos, sino un pueblo apartado del otro.
Desde la ciudad de Jauja por el camino
del Cuzco, el país se va ensanchando, apartándose del mar. Y los señores que
han estado en el Cuzco, teniendo su estancia y residencia en el Cuzco hacia
Quito, llamaban Chinchaysuyo, y el país que está
más allá, que se llama Collao, Collasuyo, y la parte del mar, Condesuyo, y la tierra detrás, Andesuyo. Y de esta manera ponían estos nombres a estas
cuatro provincias hechas a modo de cruz, donde se encerraba todo su señorío.
En el país de Collao
no se tiene noticia del mar, y es un país llano, por lo que se ha sabido, y
grande, y muy frío, y hay muchos ríos, de los cuales se saca oro. Los indígenas
dicen que hay en él una laguna grande de agua dulce en medio de la cual hay dos
islas. Para saber la existencia de este país y de su gobierno, el gobernador
envió a dos cristianos para que le trajeran una larga información de él, que
partieron de él a principios de diciembre.
La parte de Condesuyo
hacia el mar, al lado derecho del Cuzco, es poca tierra y es muy deleitable,
aunque sea toda de montañas y rocas, y la parte dentro de la tierra es la
misma: corren en ella todos los ríos que no corren al mar de poniente, es un
país de muchos árboles y montañas, y está muy poco habitado.
Esta montaña continúa
desde Tumbes hasta Jauja. Y desde Jauja hasta la ciudad del Cuzco es rocosa y
áspera, que si el camino no hubiera sido hecho manualmente, no se podría andar
ni siquiera a pie, mucho menos con caballos, por lo que tenían muchas casas
llenas de cobre para empedrarlo. Y en esto, todos los señores tenían tanto
cuidado en hacerlo que no les faltaba más que empedrarlo. Todas las montañas
ásperas están hechas a modo de escalones de piedra, y por la otra parte, el
camino no tenía anchura con respecto a algunas montañas que lo estrechan por
los dos lados, y en una se había hecho un espolón de piedra para que un día no
se arruinara. Y hay otros lugares donde el camino es largo, unas cuatro o cinco
estaturas de hombre, hecho y empedrado de piedra.
Uno de los mayores
trabajos que tuvieron los conquistadores de este país fue en estos caminos.
Todos, o la mayor parte de los pueblos de esta ladera de montañas, se
encuentran y habitan en colinas y montañas altas, sus casas son de piedra y de
tierra, hay muchos alojamientos en cada pueblo, y en el camino siempre se
encuentran de una y dos leguas y más cerca, hechos para los alojamientos de los
señores cuando iban visitando el país, y de veinte en veinte leguas son
ciudades principales, cabezas de provincias, donde los otros de los pueblos
pequeños llevaban sus tributos que pagan con cosas de maíz y vestimentas como
de otras cosas.
Todos estos pueblos
grandes tienen casas de conservación llenas de las cosas que hay en el país, y
por ser muy frío, se cosecha poco maíz, y esto solo en partes señaladas. Pero
hay en todas muchas legumbres y raíces de ellas con las que la gente del país
se sustenta, y también de buenas hierbas como las de España. Hay nabos agrios y
silvestres. Hay mucho ganado de ovejas que van en rebaños con sus pastores que
los cuidan lejos de las siembras, y tienen cierta parte de la provincia donde
invernan.
La gente, como se ha dicho, es muy
limpia y razonable, y van todos vestidos y calzados, comen el maíz cocido y
duro, y beben mucha chicha, que es una
bebida hecha de maíz a modo de cerveza, es gente muy doméstica y muy obediente
y belicosa, tienen muchas armas de diversas maneras, como se mandó en el
informe que vino de Cajamarca desde la prisión de Atahualpa.
Descripción de la
ciudad del Cuzco, de su admirable fortaleza, y de lo humildes que son sus
pueblos.
La ciudad del Cuzco, por ser la principal de todas donde residían los
señores, es tan grande y tan bella, y con tantos edificios, que sería digna de
ver en España, y está toda llena de casas de señores, porque
en ella no viven gentes pobres. Y cada señor se fabricaba su casa, y todos los
caciques de la misma manera, porque los caciques no residían en ella
continuamente. Y la mayor parte de estas casas son de piedra, y las otras
tienen la mitad de la fachada de piedra. Hay muchas casas de tierra, y están
hechas con buen orden, las calles hechas en cruz muy rectas, todas empedradas,
y en medio de cada una va un canal de agua amurallado de piedra. El defecto que
tienen es ser estrechas, porque por un lado del canal solo puede ir uno a
caballo, y otro por el otro.
Esta ciudad está situada en la cima de
una montaña, y muchas casas están puestas en la ladera de la misma, y otras
abajo en la llanura. La plaza está hecha en forma de cuadrado, y está en su
mayor parte en la llanura, está empedrada de piedras menudas. Alrededor de ella
hay cuatro casas de señores, que son las principales de la ciudad, pintadas y
labradas, y de piedra. Y la mejor de ellas es la casa de Huayna Cápac, cacique viejo, y la puerta de ella es de
mármol blanco y rojo, y de otros colores, y tiene otros edificios dignos de ser
vistos de terrazas. En esta ciudad hay muchos otros alojamientos y grandezas,
pasan por los lados de ella dos ríos que nacen a una legua de distancia sobre
el Cuzco hasta que llegan a la ciudad, y dos leguas más abajo. Y ambos tienen
sus pavimentos, para que el agua corra limpia y clara, y aunque crezca no
inunda, tienen sus puentes por los cuales se entra en la ciudad.
Sobre la colina hacia la parte de la
ciudad que es redonda y muy áspera, hay una fortaleza de tierra y de piedra muy
bella, que tiene sus grandes ventanas que miran hacia la ciudad, que la hace
parecer más bella, dentro de ella hay muchos alojamientos y una torre principal
en el medio hecha a modo de cubo, es de cuatro o cinco pisos, uno más alto que
el otro, los alojamientos y habitaciones dentro son pequeños, y la piedra de
que está hecha está muy bien labrada y de tal manera unida la una con la otra,
que no parece que haya mezcla de cal. Y las piedras son tan lisas que parecen
tablas aplanadas, con la unión en orden a la usanza de España, una unida en
contrario de la otra, tiene tantas habitaciones y torres que una persona no
podría verlas todas en un día. Y muchos españoles que la han visto, y han ido
a Lombardía y en otros reinos extranjeros, dicen no
haber visto otro edificio como esta fortaleza, ni castillo más fuerte.
Podrían estar dentro cinco mil
españoles, no se le puede dar batería, ni se puede minar, porque está puesta
sobre una roca. De la parte de la ciudad, que es una colina muy áspera, no hay
más de un piso, de la otra parte que no es tan áspera, hay tres, uno más alto
que el otro, y el último más adentro es el más alto de todos. La cosa más bella
que se puede ver de edificio en ese país son estos pisos, porque son de piedras
tan grandes, que quien las viera, no dirá que han sido puestas por manos de
hombres humanos, que son tan grandes como piezas de montañas rocosas y
peñascos, que hay muchos de una altura de treinta palmos, y otros tantos de
largo, y otros de veinte y veinticinco, y otros de quince, pero ninguno es de
un tamaño tan grande que lo puedan llevar tres carretas. Esta no es piedra
lisa, sino muy bien encajada y tejida la una con la otra. Los españoles que la
ven, dicen que ni el puente de Segovia, ni de otros
edificios que hizo Hércules, ni los
romanos, no son tan dignos de ver como este. La ciudad de Tarragona tiene alguna obra en su muralla hecha de
piedra, pero no es tan fuerte ni de piedras tan grandes.
Estos pisos están
girados, que si se les diera batería no se le puede dar en plano, sino en sesgo
de los pisos que salen hacia afuera. Estos pisos son de esta misma piedra, y
entre muralla y muralla hay puesta de la tierra, y tanta, que tres carretas
pueden caminar sobre ella juntas. Están hechos a modo de tres torres, que la
una comienza en la altura de la otra, y la otra en la altura de la otra.
Toda esta fortaleza
era un depósito de armas: mazas, lanzas, arcos, flechas, hachas, rodelas,
jubones de algodón acolchados fuertes, y otras armas de diversas maneras, y
vestimentas para soldados, allí recogidas de todos los lados del país que
estaba sujeto a los señores del Cuzco. Tenían muchos colores azules, amarillos
y gorros, y muchos otros para pintar: telas, y mucho estaño y plomo con otros
metales, y mucha plata, y un poco de oro, y muchas mantas, y jubones acolchados
para los hombres de guerra.
La razón por la que esta fortaleza tiene
tanto artificio, es porque cuando se fundó la ciudad, que fue edificada por un
señor Orejone que vino de las partes de Condesuyo hacia el mar, un gran hombre de guerra,
conquistó este país hasta Vilcashuamán. Y
viendo que este era el mejor lugar para hacer su residencia, fundó esa ciudad
con esa fortaleza. Y todos los otros señores que le sucedieron después,
hicieron alguna pequeña mejora en esa fortaleza, por lo que siempre se fue
magnificando y aumentando.
Desde esta fortaleza
se ven alrededor de la ciudad muchas casas a un cuarto de legua, y media legua,
y una legua, y en el valle que está en medio rodeado de colinas, hay más de
cien mil casas, y muchas de ellas son de recreo y de esparcimiento de los
señores pasados, y otras de los caciques de todo el país, que residen
continuamente en la ciudad. Las otras son casas o almacenes llenos de
mercancías, lanas, armas, metales y telas, y de todas las cosas que nacen y se
hacen en el país.
Hay casas donde se
conservan los tributos que llevan a los caciques las gentes, y hay tal casa que
hay en ella más de cien mil pájaros secos, porque con la pluma de ellos, que es
de muchos colores, se hacen vestimentas, y hay muchas casas para ello. Hay
rodelas y escudos, placas de cobre para la cubierta de las casas, cuchillos, y
otros hierros, zapatos y peines para la provisión de la gente de guerra, en
tanta cantidad que no se puede pensar quién haya podido jamás dar tan gran tributo
de tantas y variadas cosas.
Cada señor pasado
tiene aquí su casa de estas mercancías de tributos que le fueron dados en vida,
porque ningún señor que sucede (así es la ley entre ellos) puede después de la
muerte del pasado llegar a él en la herencia. Cada uno tiene su bacinete de oro
y de plata, y su mercancía y vestimenta aparte, y el que le sucede no se lo
quita. Y los caciques y señores muertos tienen firmes sus casas de placer con
los debidos servicios de sirvientes y mujeres, y se siembran sus campos de
maíz, y se pone un poco donde están sepultados.
Adoran el Sol, y le han hecho muchos templos, y de todas las
cosas que tienen, tanto mercancías como maíz, y de otras cosas le ofrecen al
Sol, de lo que luego se aprovechan las gentes de guerra.
De la provincia de Collao, y de la cualidad y costumbres de sus pueblos, y de
las ricas minas de oro que allí se encuentran.
Los dos cristianos que fueron enviados a
ver la provincia de Collao tardaron
cuarenta días en su viaje. Después de regresar a la ciudad del Cuzco, donde estaba el gobernador, le dieron noticias y
una relación de todo lo que habían oído y visto, que es lo que aquí abajo se
declara.
El país de Collao está lejos y muy
apartado del mar, tanto que la gente nativa que lo habita no tiene noticia de
él. Es un país muy alto y medianamente llano y, a pesar de ello, extremadamente
frío. No hay en él bosque ni leña para quemar, y la que usan para ello la
obtienen por trueque con aquellos que habitan cerca del mar, llamados Ingri, y
que también habitan abajo cerca de los ríos, donde el país es caliente y estos
tienen leña. La truecan por ovejas y otro ganado, y legumbres, porque por lo
demás el país es estéril: todos se sustentan con raíces de hierbas, hierbas,
maíz y un poco de carne.
No porque en esa provincia de Collao no
haya una buena cantidad de ovejas, sino porque la gente está tan sujeta al
señor a quien debe prestar obediencia, que sin su licencia —o la del principal
o gobernador que por su mandato está en los pueblos— no las mata. Incluso los
señores y caciques no se atreven a matar ni a comer ninguna si no es con tal
licencia.
El país está bien
poblado, porque no está destruido por la guerra, como lo están las otras
provincias, sus pueblos son de tamaño mediano, y las casas pequeñas, los muros
de piedra y tierra juntos, cubiertas de paja. La hierba que nace en este país
es rara y corta. Hay algunos ríos, pero pequeños.
En el centro de la provincia se extiende
un gran lago de unas cien leguas de longitud, y en sus alrededores se encuentra
la zona más densamente poblada. En medio de él hay dos pequeñas islas, en una
de las cuales —la más grande— hay una mezquita y casa del Sol, la cual es tenida en gran veneración, y en esta
van a hacer sus ofrendas y sacrificios en una gran piedra que está en la isla
que la llaman Titikala o Titi Qala, donde, o
porque el diablo se esconde y les habla, o por costumbre antigua, como es, o
por otra cosa que nunca se ha aclarado, la tienen todos los de la provincia en
gran estima, y le ofrecen oro, y plata, y otras cosas. Hay más de seiscientos
indígenas al servicio de este lugar, y más de mil mujeres, que hacen chicha
para echarla sobre esa piedra Titikala.
Las ricas minas de esta provincia de
Collao están más allá de este lago, y que se llama Cuchíabo. Las minas se
hallan en la ladera del río, a media altura, y están hechas a manera de grutas.
En sus bocas entran los trabajadores para cavar la tierra, utilizando cuernos
de ciervo como herramientas, y la sacan afuera en pellejos cosidos en forma de
sacos, hechos con cuero de oveja.
La forma en que la lavan es que sacan
del mismo río un pequeño canal de agua, y en la orilla del mismo han puesto
ciertas placas de piedra muy lisas, sobre las cuales echan la tierra. Y una vez
echada, sacan por un pequeño canal el agua del canal que viene a caer sobre
ella, y el agua se lleva poco a poco la tierra, y el oro se queda en la misma
placa, y de esta manera lo recogen.
Las minas entran profundamente en
travesía de la tierra, otras a diez brazas de profundidad, y otras a veinte. Y
la mina más grande que se llama de guarnacabo, entra
cuarenta brazas (67 metros). No tiene ninguna claridad ni más anchura de lo que
entra una persona agachada, y hasta que uno no sale, nadie más puede entrar.
Las personas que allí
sacan oro, pueden ser hasta cincuenta entre hombres y mujeres, y estos son de
todo el país, de un cacique veinte, y de otro cincuenta, y de otro, treinta, y
de otros más o menos según los que tienen. Y lo sacan para el señor principal,
en el cual han puesto tanto respeto, que de ninguna manera se puede robar cosa
alguna de lo que sacan, porque alrededor de las minas se ponen guardias para
que nadie que saque el oro pueda salir sin que lo vean. Y la noche cuando
regresan a sus casas en el pueblo, entran por una puerta donde están los
mayores señores que tienen a cargo el oro, y de cada persona reciben el oro que
han sacado.
Hay otras minas más
adelante de estas, y otras se encuentran esparcidas por todo el país a modo de
pozos profundos, una estatura de hombre, cuanto pueda el de abajo dar la tierra
al de arriba. Y cuando se excavan tanto que el de arriba no puede tomarla, las
dejan estar, y hacen otros pozos. Pero las más ricas y donde se saca la mayor
cantidad de oro, son las primeras que no tienen la carga de lavar la tierra. Y
por causa del frío y de las minas que hay allí no lo sacan sino cuatro meses
del año, desde la hora de sexta, hasta que el sol está a punto de ponerse.
La gente es muy
doméstica, y tan acostumbrada a servir, que en todas las cosas que se tienen
que hacer en el país, lo hacen ellos mismos, tanto caminos como casas, que el
señor principal les haga hacer. Y se ofrecen a trabajar continuamente y a
llevar el equipaje de la gente de guerra, cuando el señor va a algún lugar.
Los españoles trajeron
de esas minas una carga de tierra, y la llevaron sin hacer nada más al Cuzco,
la cual fue lavada por mano del gobernador, habiendo tomado antes juramento a
los españoles si tenían dentro de ella oro o si se había hecho otra cosa que
sacarla de la mina como la sacaban los indígenas que la lavaban. Y una vez
lavada, se sacaron de ella tres pesos de oro.
Todos los que
entienden de minas y de sacar oro, informados del modo en que lo sacan los
nativos de este país, dicen que toda la tierra, y los campos son minas de oro,
que si los españoles dieran herramientas y habilidad a los indígenas del modo
en que se debe sacar, se habría sacado mucho oro. Y se cree, llegado este tiempo,
que no habrá año en que no se saque de aquí un millón de oro. La gente de esta
provincia, tanto hombres como mujeres, es muy sucia, y la provincia es muy
grande, y todos tienen grandes manos.
Cuánta veneración tuvieron los indígenas
por Huayna Cápac, vivo, y todavía lo tienen en la muerte, y cómo por la
desunión de los indígenas, los españoles entraron en el Cuzco, y de la
fidelidad de Huayna Cápac, nuevo cacique, hacia los
cristianos.
La ciudad del Cuzco es la capital y
provincia principal de todas las demás. Desde aquí hasta la playa de San Mateo,
y por la otra parte más allá de la provincia de Collao —que es todo un país de
Caribes Sagitarios—, el cual es señoreado y sujeto a un solo señor que fue
Atahualpa y, antes que él, a los otros señores pasados. De esto es señor este
hijo de Huayna Cápac.
Este Huayna Cápac que
fue tan nombrado y temido y es todavía hoy así de muerto como él es, fue muy
amado por sus vasallos, sometió un gran país, y lo hizo tributario, fue muy
obedecido y casi adorado. Y su cuerpo se conserva en la ciudad del Cuzco muy
entero envuelto en ricas telas, solo le falta la punta de la nariz, y hay otras
imágenes hechas de estuco o arcilla, donde solo están los cabellos y uñas que
se cortaban, y las vestimentas que se vestían en su vida. Y son en tanta
veneración cerca de esas gentes, como si fueran sus dioses.
Lo sacan a menudo a la
plaza con música y bailes alrededor, y se quedan con él de día y de noche
alrededor, espantándole las moscas. Cuando algunos señores principales vienen a
ver al cacique, van primero a dar gracias a estas imágenes, y después al
cacique, y hacen con ellos tantas ceremonias que sería muy largo escribirlo. Se
unen tantas gentes en estas fiestas que se hacen en esas plazas, que superan
las cien mil almas.
Sucedió tan bien el hacer a este hijo de
Huayna Cápac señor, porque venían todos los caciques y señores de países y
provincias lejanas a servir y a dar por amor suyo la obediencia al emperador.
Los conquistadores pasaron grandes trabajos, porque todo el país es montañoso y
áspero, que se puede andar a caballo, y se puede creer que si no hubiera sido
por la discordia que había entre la gente de Quito y los
nativos y señores del país del Cuzco y sus alrededores, no habrían entrado los
españoles en el Cuzco, ni habrían sido suficientes para pasar de Jauja en adelante. Y si hubieran entrado, habría
sido necesario que hubieran sido en número de más de quinientos, y para poder
tenerla se necesitaban muchos más, porque el país es tan grande y tan malo, que
hay montañas y pasos que diez hombres los pueden defender de diez mil.
Y nunca el gobernador
pensó en poder ir con menos de quinientos cristianos a conquistarlo y a hacerlo
tributario con paz. Pero como supo la desunión tan grande entre los del país y
la gente de Quito, se propuso con los pocos cristianos que tenía ir a quitarlos
del servicio y sujeción, y a impedir los agravios y molestias que los de Quito
hacían a este país, lo que le plació a Dios de concederle la gracia.
Y el gobernador nunca
se habría arriesgado a hacer un viaje tan largo y fatigoso en esta tan grande
empresa, si no hubiera sido por la gran confianza que tenía en todos los
españoles que estaban en su compañía, por haber hecho experiencia de ellos, y
haberlos conocido como diestros y viejos en tantas conquistas, y acostumbrados
en esos países y a los trabajos de la guerra. Lo que bien mostraron en esa
empresa en lluvias, en nieve, y en el pasar a nado muchos ríos, pasar grandes
montañas, y dormir muchas noches en el campo sin agua para beber ni cosa alguna
para comer, y siempre de día y de noche estar de guardia armados, y en el ir a
reducir a la obediencia, después de la guerra, a muchos caciques, y pueblos que
se habían sublevado, y venir de jauja al Cuzco donde tantos trabajos pasaron
juntamente con su gobernador, y donde tantas veces pusieron en peligro sus
vidas en ríos y montañas donde se rompieron el cuello desbocándose muchos de
sus caballos.
Este hijo de Huayna
Cápac tiene mucha amistad y conformidad con los cristianos, y por él se
pusieron los españoles para mantenerle el señorío en infinitos afanes. Y
finalmente se portaron en todas estas empresas tan valerosamente, y soportaron
tanto peso como otros españoles hayan hecho jamás en beneficio del emperador,
de modo que los mismos españoles que se han encontrado en esta empresa, se
maravillan de lo que han hecho, cuando de nuevo se ponen a hablarlo, que no
saben cómo están vivos, y cómo han podido soportar tantos afanes y tan largas
necesidades. Pero todos se dan por bien empleados, y de nuevo se ofrecen si
fuera necesario a entrar en mayores fatigas para la conversión de esas gentes,
y para ensalzar nuestra santa fe católica.
De la grandeza y sitio
del país ya dicho se deja de hablar, solo queda por dar gracias y alabar a
nuestro señor, porque tan abiertamente de su mano ha querido guiar las cosas de
su Majestad y de estos reinos, y por su divina providencia haber sido
iluminados y dirigidos a la verdadera vía de la salvación. Así le plazca a su
gran bondad que sean siempre de aquí en adelante de bien en mejor por
intercesión de su bendita madre abogada en todos nuestros asuntos que los lleve
a un buen fin.
Se terminó esta relación en la ciudad de
Jauja a los quince de julio de 1534, la cual, Pero Sancho,
escribano general en estos reinos de la nueva Castilla y
secretario del gobernador Francisco Pizarro por
su orden y de los oficiales de su Majestad la escribió justamente como pasó, la
cual una vez terminada la leyó en presencia del gobernador y los oficiales de
su Majestad de palabra en palabra. Y por ser así, el dicho gobernador y los
oficiales de su Majestad se han suscrito de su mano.
Francisco Pizarro, Álvaro Riquelme, Antonio Navarro, García de Salcedo.
Por mandamiento del gobernador y
oficiales.
Pero Sancho.
Esta traducción es
sacada del original italiana.
Hecho, traducido y
compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez
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