(Francisco de Jerez, Astete y Pedro de la Hoz) Tercer volumen de las navegaciones y viajes recopilado por: M. GIOBATISTA RAMUSIO

Sobre el descubrimiento y conquista del Perú

Una vez que hemos finalizado las narraciones que pudimos obtener sobre el descubrimiento y la conquista de la Nueva España por Hernán Cortés, comenzaremos a hablar de la parte de tierra firme sobre el mar del Sur, llamada el Perú. Esta región, hoy en día, ha sido explorada en su totalidad a través de diversas navegaciones y tiene una extensión de 1,000 leguas de ancho por 1,200 de largo, con una circunferencia de 4,065 leguas.

Comenzando desde el punto en el que el Mar del Norte y el Mar del Sur se estrechan, formando una franja de tierra, o istmo, de apenas unas pocas leguas de ancho, es decir, entre la ciudad de Nombre de Dios, que se encuentra al levante, y la de Panamá, que está al poniente. Aunque las mediciones varían, la geografía de esta franja de tierra era de conocimiento común. Este gran territorio, conocido como el virreinato del Perú, se extendía desde la gobernación de Panamá, que servía como punto de partida, hasta el Estrecho de Magallanes, situado a unos 52 grados bajo el Polo Antártico.

En esta vasta porción del mundo, se han aventurado varios exploradores. Se han documentado en el libro de Pedro Mártir de Anglería diversas navegaciones en la parte que mira al levante, en el Mar del Norte, y también en la tierra de Brasil por navegantes portugueses, además de la célebre navegación descrita por Antonio Pigafetta. Habiendo leído el descubrimiento del Mar del Sur por Vasco Núñez de Balboa en 1513, continuaremos con las narraciones sobre la conquista de la mencionada tierra del Perú por algunos capitanes españoles.

La expedición de Pizarro y Almagro

Por ello, digo que una vez que Pedrarias Dávila fundó la ciudad de Panamá, dos caballeros, ricos por sus empresas pasadas y deseosos de no quedarse inactivos, acordaron enviar una expedición para descubrir más allá de la tierra que se extendía sobre el mar del Sur hacia el poniente. Estos fueron Francisco Pizarro y Diego de Almagro. Determinaron que uno de ellos iría a España para obtener la gobernación de las tierras que descubrieran, la cual sería compartida entre ellos.

Pizarro se dirigió a España y, prometiendo grandes tesoros a Su Majestad Imperial, fue nombrado Capitán General y Gobernador del Perú, o como se le llamó, la Nueva Castilla. Desde España, trajo a sus cuatro hermanos: Hernando, Gonzalo y Juan Pizarro, y Francisco Martín de Alcántara, su hermano por parte de madre. Al llegar a Panamá, los Pizarro fueron recibidos con gran fasto y pompa, pero no fueron bien vistos por Almagro, quien se sintió excluido de los honores y títulos, a pesar de ser socio en la empresa.

Surgió una gran discordia entre ellos, pero, con la intervención de muchos caballeros, en especial los recién llegados de España, se reconciliaron. Pizarro prometió a Almagro que le procuraría otra gobernación en la misma tierra. Almagro se apaciguó y le entregó a Pizarro 700 pesos de oro, armas y provisiones que tenía, con los cuales Pizarro emprendió la expedición, como se verá en las tres narraciones siguientes.

Un desenlace trágico

Ambos capitanes merecerían grandes elogios por esta gloriosa empresa, si al final, por la avaricia acompañada de ambición, no se hubieran rebelado contra Su Majestad Imperial y no hubieran desatado tantas guerras civiles entre los propios españoles, las cuales tuvieron un final infeliz y desafortunado. Todos aquellos que se encontraron en la muerte del cacique Atahualpa, mencionados en las siguientes relaciones, tuvieron un mal final, como se verá en el cuarto volumen de estas navegaciones.

Para que se conozcan las condiciones de estos dos caballeros, diré que Diego de Almagro era natural de la Villa de Almagro en España. No se supo quién era su padre, aunque él procuró averiguarlo una vez que se hizo rico. No sabía leer, pero era valiente, diligente y amante del honor, deseoso de ser alabado y, sobre todo, muy generoso. Por esta razón, todos los soldados lo amaban en extremo, aunque por otro lado era muy áspero en palabras y hechos.

Donó más de cien mil ducados de su propio bolsillo a quienes lo acompañaron en la expedición a Chile, una liberalidad más propia de un príncipe que de un soldado. Al final, por la ambición de gobernar, se enfrentó a Francisco Pizarro, quien lo hizo apresar por su hermano Hernando Pizarro y, tras encerrarlo en el Cuzco, lo mandó a estrangular y luego decapitar en la plaza en el año 1538. Nunca se casó, pero tuvo un hijo con una indígena en Panamá, a quien puso su mismo nombre y educó con esmero. Resultó ser un caballero valiente, más que cualquier otro mestizo, pero al final fue ejecutado a manos de los mismos Pizarro.

Francisco Pizarro, hijo natural de Gonzalo Pizarro, capitán en Navarra, nació en Trujillo. Su madre lo abandonó en la puerta de una iglesia, aunque fue reconocido por su padre días después, quien lo puso a vivir en sus posesiones. No sabía leer. Al verse en esa situación ya de adulto, se sintió humillado, se marchó y se fue a Sevilla, y de allí a las Indias. Estuvo en Santo Domingo, pasó a Urabá con Alonso de Hojeda, luego con Vasco Núñez de Balboa a descubrir el mar del Sur, y con Pedrarias Dávila en Panamá.

Pizarro poseyó más oro y plata que cualquier español o capitán que haya existido en el mundo. No era ni generoso ni avaro, y no se jactaba de lo que donaba. Era muy cuidadoso de la fama del reino y repartía generosamente con todo tipo de personas sin hacer distinción alguna. No vestía ricamente, aunque en ocasiones llevaba un vestido forrado de martas que Hernán Cortés le había regalado. Le gustaba usar zapatos y un sombrero de seda de color blanco, como solía llevar el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba. Era un hombre corpulento, no sabía leer, era valiente, robusto y animoso, pero descuidado en guardar su vida. Aunque se le advirtió que Diego de Almagro el Mozo, a quien había mandado a matar a su padre, tramaba asesinarlo, nunca lo quiso creer hasta que los conspiradores lo atacaron con sus espadas en la ciudad de Los Reyes y lo mataron el 26 de junio de 1541.

Gonzalo Pizarro, después de la muerte de Diego de Almagro y de su hermano Francisco, se rebeló contra Su Majestad Imperial y se hizo llamar Rey del Cuzco. Después de muchos conflictos con los capitanes del César, fue capturado y decapitado en la ciudad de Los Reyes en 1548.

No está de más reflexionar sobre cómo todos los capitanes que participaron en el descubrimiento del Perú y en la muerte del cacique Atahualpa tuvieron un mal final. Juan Pizarro, hermano de Francisco, fue asesinado por los indios en el Cuzco. Francisco Pizarro y sus hermanos estrangularon a Diego de Almagro. Diego de Almagro el Mozo mandó a matar a Francisco Pizarro. Vaca de Castro mandó a decapitar al mencionado Diego. Blasco Núñez Vela hizo prisionero a Vaca de Castro, quien aún está en prisión en España. Gonzalo Pizarro mató en batalla a Blasco Núñez y La Gasca ajustició a Gonzalo Pizarro y envió prisionero a España al oidor Cepeda, ya que sus demás compañeros habían muerto. De tal forma que, si uno quisiera seguir narrando, encontraría a más de 150 capitanes, hombres con cargos de gobierno, justicia y ejército, que perecieron: algunos a manos de los indios, otros combatiendo entre ellos, pero la mayoría fueron ahorcados.

Los indios ancianos y prudentes de esa tierra, y muchos españoles, dicen que estas muertes y guerras proceden de la constelación de la tierra y de la riqueza de la misma. Sin embargo, los más prudentes lo atribuyen a la malicia y la avaricia de los hombres. También dicen que, desde que se tiene memoria (aunque tengan cien años), nunca faltó la guerra en el Perú. Huayna Cápac y su padre Túpac Yupanqui tuvieron constantes guerras con sus vecinos para gobernar solos esa tierra. Huáscar y Atahualpa, hermanos, combatieron por el dominio cuanto pudieron, y Atahualpa mató a su hermano mayor Huáscar. Francisco Pizarro mató y privó del reino a Atahualpa por traición, y todos aquellos que procuraron su muerte tuvieron un final infeliz y doloroso, como se ha dicho.

El Reverendo Fray Vicente de Valverde, quien estuvo en la captura del Cuzco, como se leerá, fue hecho obispo del Cuzco. Al final, huyendo de Diego de Almagro, fue asesinado por los indios de la isla de la Puna. Hernando de Soto murió el 21 de mayo de 1542 a causa de fiebre mientras se encontraba en la orilla occidental del río Misisipi, en el poblado indígena de Guachoya (actual Ferriday, en Estados Unidos). Tras su muerte, para evitar que los nativos profanaran su cuerpo, sus hombres lo ocultaron envuelto en mantas lastradas con arena y lo hundieron en el río Misisipi durante la noche. Aunque había expresado en su testamento el deseo de ser enterrado en España junto a su madre, esto nunca se cumplió. Hernando Pizarro, aunque no estuvo en la muerte de Atahualpa, fue enviado prisionero a España en el castillo de La Mota de Medina del Campo a causa de la muerte de Almagro.

Geografía del Perú

Sobre toda esta región del Perú se han fundado diversas ciudades, a las que se les han puesto nombres de ciudades de España, y a cada una se le ha asignado su obispo. La ciudad de Los Reyes, sobre el mar del Perú, ha sido designada como arzobispado, y sus sufragáneos son los obispos de Cuzco, Quito, Charcas y Tumbes. Cada día esta región se va haciendo más notable.

Toda esta región del Perú se divide en tres partes: la Llanura, la Montaña y los Andes.

  • La Llanura es muy cálida y arenosa, se extiende a lo largo de la costa, comenzando en Tumbes. En ella no llueve, no truena ni caen rayos. Se extiende por la costa 500 leguas o más, con un ancho de diez o doce leguas hasta el pie de la montaña. Los habitantes se sirven tanto para beber como para regar los campos cultivados de los ríos y fuentes que descienden de las montañas, que no se alejan más de quince o veinte leguas del mar.
  • La Montaña es una cadena de montes altísimos que se extiende por 700 leguas o más. En ella llueve copiosamente y hace mucho viento, y es muy fría. Los habitantes que viven en el límite entre este frío y calor son en su mayoría bizcos. Es una gran maravilla que entre tantos hombres apenas se encuentren uno o dos que no sean ciegos o bizcos. Estas son las montañas más ásperas del mundo, tienen su origen en la Nueva España, y más allá, se adentran entre Panamá y Nombre de Dios, y se extienden hasta el estrecho de Magallanes. De estas montañas nacen ríos caudalosos que desembocan en el mar del Sur y en el mar del Norte, como el río de la Plata y el Amazonas.
  • Los Andes son un valle muy poblado y rico en oro, plata y animales, pero no se tiene tanta información sobre ellos como de la Montaña y la Llanura.

Hemos querido discurrir brevemente sobre esta narración para satisfacción de los lectores, quienes la leerán con más detalle en el cuarto volumen.

Relato de un capitán español sobre la conquista del Perú

Como el señor Francisco Pizarro y su hermano Hernando, deseosos de descubrir nuevas tierras en el mar del Sur, partieron de Panamá. Después de encontrar muchas tierras y ciudades, tuvieron noticias de Atahualpa, el cacique que había destruido la región de su hermano el Cuzco. Atahualpa amenazó a los cristianos, por lo que enviaron al Capitán Hernando de Soto en su contra y para conocer las costumbres de aquellos habitantes.

Como se ha visto claramente en los libros anteriores, en la Tierra Firme de las Indias Occidentales, en las provincias de Efquegua y Urabá —situadas en la franja de tierras próximas a la línea ecuatorial—, la anchura entre ambos mares no es mayor de dieciocho a veinte leguas, que, a razón de cuatro millas por legua, equivalen aproximadamente a ochenta millas. De tal manera, quien se encontrase en lo más alto de las sierras de Efquegua, mirando hacia el norte, vería el mar llamado del Norte; y, volviéndose hacia el mediodía, contemplaría el mar del Sur.

En aquellos parajes había establecido el gobernador Pedrarias Dávila, capitán del Emperador, dos puertos de gran provecho para la navegación de ambas costas: en el mar del Norte, camino hacia España, la ciudad con su puerto llamado Nombre de Dios; y en el mar del Sur, la ciudad y puerto antiguo de los indios, Panamá, que en aquel tiempo ya estaba poblada de cristianos y contaba con su obispo

Fue en Panamá donde se encontraba el valeroso caballero Francisco Pizarro, junto con su hermano Hernando Pizarro. Ambos deseaban descubrir nuevas tierras en el mar del Sur, esto es, hacia la línea equinoccial. Para ello construyeron algunas naves, pues en la región abundaban maderas y demás materiales necesarios para semejante empresa.

El propósito era navegar hasta hallar las islas de las Molucas, de donde proceden todas las especierías. Pero la fortuna les fue mucho más favorable de lo que pensaron: antes de llegar a aquellas islas, toparon con tan grandes riquezas de oro y plata que olvidaron el primer designio de alcanzar las Molucas. Así comenzó aquel viaje, cuyo relato breve se debe a persona prudente y experimentada que estuvo presente.

En el año 1531, en el mes de febrero, nos embarcamos en el puerto de Panamá, que se encuentra en tierra firme de las Indias, a siete grados sobre el ecuador, en el mar del Sur, es decir, hacia el mediodía. Éramos doscientos cincuenta hombres de a pie y ochenta a caballo bajo el mando del Capitán y valeroso caballero Francisco Pizarro. Después de navegar por dicho mar durante quince días, desembarcamos en una playa que hoy se llama San Mateo. Al desembarcar, caminamos unas cien leguas, que a cuatro millas por legua son cuatrocientas millas, conquistando siempre muchos lugares habitados por indios. Llegamos a una tierra llamada Coaque, que se encuentra bajo la línea ecuatorial, donde encontramos un poco de oro y algunas esmeraldas. En esta tierra, muchos de los nuestros enfermaron. De allí pasamos a una isla entonces llamada La Puná, hoy Santiago, a dos leguas de la tierra firme, con un perímetro de quince leguas. Era muy poblada y bien cultivada, por lo que abundaba en provisiones. El cacique de la isla, queriendo complacernos, nos enviaba provisiones, y quienes las llevaban eran personas que tocaban diversos instrumentos. Permanecimos en esta isla cinco o seis meses, donde murieron ocho o diez de los nuestros.

De allí cruzamos en naves y llegamos a tierra firme a la ciudad de Tumbes, donde permanecimos tres meses. De allí fuimos a una tierra llamada Tangarará, en la que construimos una fortaleza para habitar, a la que llamamos San Miguel. En este lugar, comenzamos a tener noticias de un gran cacique, o señor, llamado Atahualpa, y de un hermano suyo llamado el Cuzco (Huáscar), con quien estaba en guerra. Los capitanes de Atahualpa lo persiguieron con un gran ejército hasta que lo hicieron prisionero.

En este tiempo en que ellos guerreaban, llegó el señor Francisco Pizarro con sesenta caballos y noventa infantes, ya que el resto se había quedado en la fortaleza de San Miguel. Cuando Atahualpa supo que llegaban los cristianos, envió un capitán a espiar qué clase de gente éramos. Este capitán se acercó a nuestra vanguardia, pero no tuvo el valor, con la gente que tenía, de combatir con nosotros, sino que regresó de inmediato a dar la respuesta a su señor. Le dijo que si le daba más gente, volvería a combatir. El cacique le respondió, según nos dijeron después, que con más seguridad tomaría a los cristianos cuando llegaran a donde él estaba.

Al saber el señor gobernador Francisco Pizarro que este cacique iba conquistando aquel país con un gran número de gente, decidió ir a buscarlo con la poca gente que tenía, que éramos en total 150, entre los cuales había unos sesenta a caballo. Y así fuimos a buscar a este cacique, quien nos amenazaba con atacarnos. Por ello, el gobernador quiso ir a buscarlo.

Llegando a un lugar llamado Piura, el gobernador encontró a un capitán, su hermano, que había enviado por delante con cuarenta hombres, entre infantes y caballos, y supo por él que todos los caciques o señores lo amenazaban con Atahualpa. Aquí el gobernador se informó por los indios, de quienes supo que este cacique Atahualpa se encontraba en una tierra llamada Cajamarca, donde lo esperaba con mucha gente. Preguntando sobre el camino y cómo era el país, supo de ellos y de una indígena que llevábamos con nosotros que en ese camino había muchos lugares deshabitados y que había una montaña en cuyo paso, por ser muy alta, se sentía un gran frío durante cinco días y que durante dos días no encontraríamos agua.

No obstante, el señor gobernador partió con su gente muy alegre, aunque siete de sus infantes regresaron a la fortaleza por miedo al camino, por ser malo y con poca agua. Pero el gran deseo del señor gobernador y de su compañía de servir a Su Majestad Imperial hizo que no rechazaran ningún trabajo o fatiga que pudieran tener.

Y fueron a un lugar a dos leguas de aquel, donde cuatro días antes había llegado el capitán Hernando Pizarro para pacificar a aquel cacique. Cuando el gobernador llegó a este lugar, supo que a tres jornadas de allí había una tierra llamada Caxas, en la que se alojaban muchos indios guerreros y habían acumulado muchos tributos, con los cuales Atahualpa abastecía su campamento. Hernando Pizarro quiso ir a buscarlos, pero el gobernador no le quiso dar permiso. Envió a Hernando de Soto con mucha cautela, debido a la poca gente que tenían. Le dio cincuenta o sesenta hombres y le dijo que lo esperaría en un lugar llamado Caran y que viniera a buscarlo o le enviara a alguien en diez días.

El capitán Hernando de Soto partió con dicha gente hacia el mencionado lugar de Caxas y, al llegar cerca, supo que la gente de guerra había estado en una montaña esperándolos y que de allí se habían marchado. Llegaron al lugar, que era grande, y en algunas casas muy altas encontraron una gran cantidad de maíz, que es un grano como garbanzos blancos, del cual hacen pan, y muchos zapatos. Las otras casas estaban llenas de lana, y encontraron más de cincuenta mujeres que no hacían otra cosa que vestidos, y también vino de maíz, es decir, de ese grano, para los guerreros. De este vino, en las casas no había poca cantidad. Los vestidos que hacían eran de tal finura que pensábamos que eran de seda, trabajados con figuras de oro batido, muy bien incrustadas. Las mujeres visten vestidos largos, de tal manera que los arrastran por el suelo, y los hombres llevan ciertas camisas cortas sin mangas. Son feos. Su comida es casi de cosas crudas, excepto el maíz que cocinan. Sacrifican cada mes las cosas más queridas que tienen y a veces a sus propios hijos a un ídolo, cuyo rostro y también las puertas de las mezquitas mojan con la sangre.

Esta tierra estaba muy destruida por la guerra que les había hecho Atahualpa, y sobre los árboles había muchos indios escondidos que no se le habían querido rendir. Todos estos pueblos antes estaban bajo el mando del Cuzco (Huáscar) y lo tenían por señor y le pagaban tributo.

El capitán entonces mandó llamar al cacique de ese lugar, quien vino de inmediato, quejándose amargamente de Atahualpa, que así le había destruido la tierra y matado a mucha gente, que de diez o doce mil indios que tenía, no le quedaban más de tres mil. Y que en los días pasados la gente de guerra había estado en ese lugar, y que al saber que venían los cristianos, por miedo a ellos se habían marchado.

Entonces el señor capitán les dijo a todos que estuvieran en paz con los cristianos y que fueran vasallos del Emperador, y que no tuvieran miedo de Atahualpa. El cacique se alegró mucho de tal cosa y de inmediato abrió una de las casas que estaban cerradas y custodiadas por Atahualpa, y sacó de ella cuatro o cinco mujeres y se las dio al capitán para que sirvieran a los cristianos preparándoles la comida para el camino. Del oro dijeron que no tenían, porque Atahualpa se lo había llevado todo, pero aun así le dio cuatro o cinco "tegole", que son placas redondas de oro de mina.

Sobre el mensaje de Atahualpa a los cristianos y la respuesta dada a este; y cómo el Gobernador, tras cruzar unas montañas muy difíciles, llegó a la tierra de Cajamarca, donde estaba el campamento del mencionado cacique.

En este tiempo llegó un capitán de Atahualpa. El cacique sintió un gran miedo y se levantó, no atreviéndose a sentarse frente a él. Pero el señor Hernando de Soto lo hizo sentarse a su lado. Este capitán llevaba un regalo para los cristianos de parte de Atahualpa. El regalo consistía en dos fuentes de piedra con forma de fortaleza, para beber, y dos cargas de pájaros, que parecían gansos despellejados y secos, de los cuales en esa tierra hacen gran aprecio, pues los muelen y se perfuman con el polvo.

El capitán Hernando de Soto partió de aquel lugar, llevándose consigo a ese capitán de Atahualpa, y fue a buscar al Gobernador, quien se alegró mucho de ver al capitán y le dio una camisa muy rica y dos copas de cristal. Le pidió que se las presentara a su señor y le dijera que él era su amigo, que le gustaría verlo y que si tenía guerra con alguien, lo ayudaría.

El capitán partió de regreso a su señor, y dos días después, el Gobernador partió para encontrarse con Atahualpa. En el camino, encontró casi toda la tierra destruida y los caciques huidos, pues todos se habían reunido con su señor. A lo largo del camino, que en su mayor parte estaba hecho con terraplenes a ambos lados y lleno de árboles que daban sombra cada dos leguas, encontraban alojamientos con canales de agua para la comodidad de los viajeros.

Llegando cerca de la montaña, Hernando Pizarro y Hernando de Soto se adelantaron con algo de gente y cruzaron un gran río a nado, ya que habían oído que en un lugar más adelante había mucha riqueza. Al llegar al lugar, casi al anochecer, encontramos a la mayor parte de la gente escondida, y se lo mandamos a decir al Gobernador. Al día siguiente por la mañana, el Gobernador cruzó el río con toda la gente.

Antes de que llegáramos al lugar, capturamos a dos indios, a los cuales, para obtener noticias del cacique Atahualpa, el capitán ordenó que fueran atados a dos postes para que tuvieran miedo al preguntarles. Uno de ellos dijo que no sabía nada de Atahualpa, pero que el otro, pocos días antes, había dejado con Atahualpa al cacique de aquel lugar. Por el otro supimos que en el camino que va a la provincia de Cuzco había grandes y abundantes tierras, y que en un hermosísimo valle había una ciudad llamada Cajamarca, donde se encontraba el gran cacique Atahualpa, hijo del gran Cuzco viejo (Huayna Cápac), el cual era el mayor señor que se encontraba entre los indios. También nos dijo que Cajamarca era la tierra más grande de aquella provincia de Cuzco, o del Perú, y que Atahualpa esperaba a los cristianos en ella con mucha gente. Nos dijo que muchos indios custodiaban dos pasos malos que había en la montaña y que llevaban por bandera la camisa que el Gobernador había enviado al cacique Atahualpa. Y no dijo nada más de lo que había dicho, ni con fuego ni con otro tormento.

Los capitanes le dijeron al Gobernador lo que habían oído de los dos indios. Dos días después, partimos de aquel lugar. El Gobernador dejó el buen camino hecho con los mencionados terraplenes y tomó otro camino que no era tan bueno. Al llegar al pie de la montaña, hizo su retaguardia y dejó con ella a un capitán llamado Salcedo, porque era un hombre de buena guardia y audaz en la guerra. Él partió con otros capitanes y gente más ligera, encomendándose a Dios, y comenzó a subir por la montaña, que era muy alta. En el ascenso, encontró una fortaleza de tierra amurallada. Pasada esta, al anochecer, llegó a un lugar a una legua de distancia de la fortaleza, donde había casas de cal y piedra para alojar al señor de aquella tierra, y la retaguardia llegó a la fortaleza por la noche.

Al día siguiente por la mañana, quedaba una montaña muy alta que estaba sobre aquel lugar, y el camino pasaba por ella. Partimos antes de que saliera el sol para que los indios no nos impidieran el paso, donde había un paso muy malo. Se ordenó que todos los capitanes fueran con su gente. Después de haber subido, el señor Gobernador se alegró mucho, porque pensaba que los indios lo habrían tomado, como nos había dicho el indio que atormentamos con fuego. Y allí el Gobernador esperó a la retaguardia para que todos fuéramos unidos, pareciéndonos que habíamos subido la parte más alta de la montaña fría, y pronto llegó la retaguardia.

Esa noche vinieron dos indios con diez o doce llamas por orden de Atahualpa, y se las dieron al Gobernador, quien les dio muchas cosas y los envió de regreso. En esa montaña nos quedamos cinco días. Luego partimos hacia el campamento de Atahualpa, y un día antes de que llegáramos al campamento, vino de su parte un mensajero, llevando un regalo de muchas llamas cocinadas y pan de maíz y vasijas con vino llamado chicha.

Habiendo el Gobernador enviado a un indio, que era cacique de los lugares donde nos habíamos alojado, gran amigo de los cristianos, este cacique fue hasta el campamento de Atahualpa. Las guardias de este no lo dejaron pasar; al contrario, le preguntaron de dónde venía el mensajero de los "Diablos", que habían venido por tanto camino y no encontraban a nadie que los matara. El cacique les rogó que lo dejaran ir a hablar con Atahualpa, porque cuando algún mensajero iba a ver a los cristianos, se le hacía mucho honor. Por esto, no lo dejaron ir adelante, y esa noche regresó a dormir donde el Gobernador había llegado con su gente, y le avisó al Gobernador que no comieran ninguna cosa que Atahualpa les enviara de comer. Y así se hizo, que toda la comida que Atahualpa envió fue dada a los indios que llevaban los equipajes.

Una hora antes del atardecer, llegamos a la vista de la tierra, que es muy grande, y encontramos a muchos pastores y criadores de ovejas del cacique Atahualpa. Y vimos que bajo la tierra, a una legua, había una casa rodeada de árboles, alrededor de la cual había tiendas o pabellones blancos que cubrían más de media legua. Allí estaba el campamento, donde Atahualpa estaba esperando en la llanura. Y así llegamos a la tierra.

De la ciudad de Cajamarca, del palacio de Atahualpa, de la vestimenta y los ejércitos de las mujeres y de los hombres de aquel lugar.

Esta tierra de Cajamarca es la principal de este lugar, situada al pie de una montaña en un valle rodeado de colinas. Tiene un perímetro de unas cuatro millas y es atravesada por dos hermosos ríos, sobre cada uno de los cuales hay un puente por el que se entra a la ciudad por dos puertas.

Pero en un lado, antes de entrar a la tierra, hay un gran palacio rodeado de muros a modo de templo. En su gran patio hay plantados varios árboles que dan sombra. Dicen que este palacio es la casa del sol, al que adoran. Al entrar en él, se quitan los zapatos, y uno similar a este se encuentra en casi todas las tierras grandes.

Dentro de la ciudad hay unas 2,000 casas, distribuidas en calles rectas y bien trazadas, cuya longitud es de unos 200 pasos. Tienen muros de piedra fuertes y de más de tres pasos de altura. Por dentro están bien distribuidas, con fuentes de agua muy hermosas.

En el centro hay una plaza más grande que cualquiera de España, toda cercada alrededor. Delante de esta hay una fortaleza de piedra con una escalera por la que se va de la plaza a dicha fortaleza. A un lado de esta plaza está el palacio del señor Atahualpa, mucho más grande que todos los demás, con jardines y grandísimas galerías donde el señor se quedaba todo el día.

Las viviendas están todas pintadas de diversos colores, entre ellos de un color rojo que parecía cinabrio. En una de las viviendas o galerías había dos grandes fuentes adornadas con placas de oro. En una de ellas, por medio de un conducto, entra agua tan caliente que no se podía mantener la mano dentro; en la otra entra agua muy fría. Estas aguas salen de la montaña cercana y entran al palacio por conductos, de los que salen y se mezclan entre sí, se esparcen por toda la tierra y sirven para las necesidades de todos.

Los habitantes son gente bastante limpia y las mujeres muy honestas, las cuales llevan sobre sus vestidos unas fajas finamente trabajadas con las que se ciñen casi todo el cuerpo. Sobre estas llevan a modo de un manto, que las cubre desde la cabeza hasta media pierna. Los hombres visten unas camisetas sin mangas. Sus labores son teñir en casa lanas y algodón para hacer la cantidad de telas que necesitan. Hacen también calcetines de lana y otros objetos de tal manera que les evitan usar zapatos.

En primer lugar, el señor Hernando Pizarro entró con algo de gente, y hacía una tempestad muy grande. En aquel lugar había muy pocos guardias, quizá unos cuatrocientos o quinientos indios, apostados a las puertas de las casas del cacique Atahualpa. En el interior, las mujeres preparaban chicha, una especie de vino de maíz, para abastecer el inmenso campamento inca. El gobernador, Francisco Pizarro, instaló a su gente, sintiendo un gran temor al ver la vasta cantidad de guerreros indígenas que se extendían por la llanura. Pese a ello, cada uno de los españoles se sentía tan valiente como Orlando en los relatos, pues sabían que no tenían otra ayuda que la de Dios y la fuerza de su propia mano.

Cómo Hernando Pizarro y Hernando de Soto fueron a hablar con el cacique Atahualpa. De qué manera encontraron organizados los escuadrones y todo el campamento, y cómo el ejército era de ochenta mil hombres.

El señor Hernando Pizarro y Hernando de Soto le pidieron permiso al señor Gobernador para ir con cinco o seis caballos y con el intérprete a hablar con el cacique Atahualpa y ver cómo estaba alojado su campamento. El Gobernador les permitió ir, aunque en contra de su voluntad. Y ellos fueron al campamento, que estaba a una legua de distancia.

Todo el campamento donde se encontraba el cacique estaba rodeado a ambos lados por escuadrones de gente: lanceros, alabarderos y arqueros. Otro escuadrón era de indios, con hondas y algunos con unos mazos de un brazo y medio de largo, y gruesas como una lanza de jinete. En la parte superior tenían una bola redonda del tamaño de un puño, en la que estaban incrustadas cinco o seis puntas de piedra dura del grosor de un dedo, y estas las usaban con ambas manos. Los principales llevaban los mazos, y algunas hachas de oro y plata. Otros llevaban lanzas para arrojar a modo de jabalinas. Los de la retaguardia llevaban lanzas de unos treinta palmos de largo, y en uno de los brazos llevaban una manga rellena de algodón. Algunos tienen en la cabeza cascos que les cubren hasta por encima de los ojos, hechos de cañas tejidas con mucho algodón, tan fuertes que no lo serían tanto si fueran de hierro.

Los cristianos que iban pasaron por en medio de ellos, sin que nadie hiciera ningún movimiento, y llegaron a donde estaba el cacique Atahualpa. Lo encontraron sentado a la puerta de su alojamiento, con muchas mujeres detrás, pero ningún guerrero se atrevía a estar cerca de él. Hernando de Soto avanzó con su caballo directamente hacia el Inca. Atahualpa permaneció inmóvil. El caballo se le acercó tanto que, al resoplar, le agitó la fina borla de lana carmesí que llevaba atada en la frente, pero el cacique no se movió en lo más mínimo.

El capitán Hernando de Soto se quitó un anillo del dedo y se lo dio como señal de paz y amistad de parte de los cristianos, y él lo tomó con poca estimación. Inmediatamente llegó Hernando Pizarro, que se había quedado un poco rezagado para poner tres o cuatro caballos en un lugar donde había un paso difícil. Llevaba en la grupa del caballo a un indio, que era el intérprete, y llegó al cacique, con poco miedo a él y a su gente. Le dijo que levantara la cabeza, que la tenía muy baja, y que le hablara, ya que era su amigo y venía a verlo. Le rogó que, a la mañana siguiente fuera a ver al Gobernador, que deseaba mucho verlo. El cacique le dijo con la cabeza baja que iría a la mañana siguiente a verlo.

El capitán, alegando el cansancio del camino, pidió al cacique que mandara traerles de beber. Este llamó a dos indias, que llevaron dos grandes copas de oro llenas de licor para ofrecérselo; y los cristianos, para contentarlo, fingieron beber sin probarlo realmente, y luego se despidieron.

Hernando de Soto, entretanto, hizo retroceder su caballo varias veces contra un escuadrón de piqueros, y algunos de ellos cedieron un paso atrás. Sin embargo, cuando los cristianos se marcharon, los que habían vacilado pagaron muy caro su debilidad: el cacique ordenó que a ellos, junto con sus mujeres e hijos, les cortaran la cabeza, advirtiendo que debían avanzar siempre y jamás retroceder, y que a cualquiera que lo hiciera le aguardaría el mismo castigo.

Los capitanes regresaron ante el Gobernador y le contaron lo sucedido con el cacique, asegurando que les parecía que la gente que lo acompañaba podía ser de unos cuarenta mil hombres de guerra. Y lo decían para dar ánimo a los suyos, porque en realidad eran más de ochenta mil. Relataron además todo lo que el cacique les había dicho.

Cómo Atahualpa movió su campamento contra el Gobernador, de qué manera se organizó cada campo, cómo se desató la batalla, en la cual los indios fueron derrotados y puestos en fuga, y el señor fue hecho prisionero.

Aquella noche, nadie, ya fuera a pie o a caballo, pudo descansar. Toda la tropa cristiana pasó la noche en guardia, con las armas en mano, mientras el viejo y experimentado gobernador Francisco Pizarro caminaba entre ellos, dando ánimos a cada uno, y exhortándolos a mostrar su valentía al día siguiente.

Al día siguiente por la mañana, los mensajeros del campamento de Atahualpa no dejaban de ir y venir. Una vez decía que quería venir con armas, otra vez que sin ellas. El Gobernador le mandó decir que viniera como quisiera, ya que los hombres parecían buenos con sus armas. A la hora del mediodía, Atahualpa comenzó a partir con su campamento. Había tanta gente que todos los campos estaban llenos, y todos estos indios llevaban una gran diadema de oro y plata, como una corona en la cabeza, y venían todos vestidos con sus atuendos.

Al atardecer, todos habían llegado a la ciudad. En la puerta de la ciudad, el cacique se detuvo y se quedó esperando a su gente para que todos entraran juntos. Cuando todos llegaron, hizo su formación y se movió con toda su gente para seguir adelante de esta manera:

Delante iban cuatrocientos indios vestidos con una librea, los cuales no hacían otra cosa que limpiar el camino, quitando todas las piedras o paja que encontraban por el camino por donde debía pasar el Señor, llevado en litera. Bajo estas ropas de librea, llevaban secretamente ciertos mazos, con chaquetas fuertes, con hondas y piedras hechas a propósito para ellas.

Después de estos, venían tres escuadrones vestidos con otra librea, los cuales iban cantando y bailando. A estos les seguía otra gente armada y con diademas de oro y plata en la cabeza. Entre ellos estaba el gran cacique Atahualpa, vestido con una túnica de lana finísima que parecía de carmesí, con oro batido muy bien tejido. La litera sobre la que era llevado era muy alta y maravillosa, ya que estaba forrada de plumas de loros de diversos colores y adornada con piedras preciosas, todas atadas con oro y plata. Era llevada por indios vestidos de plumas de loros de diversos colores. Detrás de ella venían otras dos literas riquísimas, en las que iban otros personajes principales cerca del Señor.

Aunque él y toda su gente tuvieran alguna sospecha, el señor Gobernador le mandó inmediatamente a un hombre, rogándole que viniera a donde él estaba, dándole la seguridad de que no recibiría ningún daño ni disgusto, por lo que podía venir sin miedo, aunque el cacique no mostrara tenerlo.

El Gobernador había alojado a su gente en casas muy grandes, cada una de ellas de más de doscientos pasos de largo y unidas. En una de estas casas estaba el señor Hernando Pizarro con catorce o quince hombres a caballo. En otra estaba el señor Hernando de Soto con otros quince o dieciséis a caballo. Asimismo, estaba Belalcázar con tantos, más o menos. En la otra, el señor Gobernador con dos o tres a caballo y con veinticinco hombres a pie. Y toda la demás gente estaba en la guardia de las puertas de una fortaleza muy fuerte, para que nadie entrara. Esta estaba en medio de la plaza, y en ella, Pedro de Candia, capitán de Su Majestad, con ocho o nueve arcabuces y cuatro pequeñas piezas de artillería, custodiaban esa fortaleza que mantenían por orden del Gobernador. Él les había ordenado que si entraban hasta diez indios, los dejaran entrar, pero no más.

Cuando el cacique llegó a la plaza, dijo: "¿Dónde están estos cristianos? Me parece que están todos escondidos, que no aparece ninguno". En este momento, entraron siete u ocho indios en esa fortaleza, y un capitán con una lanza muy larga con una bandera, hizo una señal para que vinieran con las armas, ya que los lanceros que venían detrás llevaban las lanzas de los que iban delante, y así parecían sin armas, aunque venían con ellas.

Entonces, un fraile de la orden de Santo Domingo, con una cruz en la mano, queriendo decirle algo de Dios, se acercó a hablarle y le dijo que los cristianos eran sus amigos y que el señor Gobernador deseaba que él viniera a su alojamiento a verlo. El cacique le respondió que no pasaría más adelante hasta que los cristianos le devolvieran todo lo que le habían quitado en toda la tierra, y que luego haría lo que le viniera en gana. Dejando el fraile tales prácticas, con un libro que llevaba en la mano, comenzó a decirle las cosas de Dios que le parecían apropiadas, pero él no quiso aceptarlas, y pidiéndole el libro, el padre se lo dio. Pensando que lo quería besar, él lo tomó y lo arrojó a su gente. El indio que era intérprete, estando presente cuando el fraile le decía esas cosas, corrió de inmediato y tomó el libro, y se lo dio al padre, quien regresó de inmediato gritando: "¡Salid, salid, cristianos, y venid a estos perros enemigos, que no quieren aceptar las cosas de Dios, que el cacique me ha arrojado al suelo el libro de nuestra santa ley!"

En esto, el Gobernador hizo sonar las trompetas y le dio la señal al artillero para que descargara la artillería, lo que se hizo. Los españoles, a pie y a caballo, salieron con tanta furia sobre los indios que estos, al oír el espantoso estruendo de la artillería y al ver el ímpetu de los caballos, se pusieron en fuga. Los que se habían subido a la fortaleza no descendieron por donde habían subido, sino que fueron arrojados al suelo.

Asimismo, el Gobernador salió con la gente de a pie que tenía consigo y fue directo a la litera, en la que estaba el señor Atahualpa. Muchos de los que iban a pie se retiraron un poco de él, viendo que con el señor Gobernador iban muchos indios enemigos suyos. Por ello, el señor Gobernador se acercó con su gente a la litera, aunque no lo dejaban llegar, porque muchos indios, a los que se les habían cortado las manos, sostenían la litera del Señor con sus hombros. Pero su esfuerzo sirvió de poco, porque todos fueron muertos junto con otros Señores, que eran llevados en litera, y el Señor fue apresado por el Gobernador, el cual, con valor, con los pocos infantes que tenía y con la gente a caballo, salió a la llanura. Muchos de ellos se pusieron a seguir a los indios que huían, los cuales, para escapar, se toparon con un muro de seis pies de grosor, de más de quince de largo y de la altura de un hombre. Y lo derribaron. Sobre estas ruinas cayeron muchos de los de a caballo, y en un lapso de dos horas, que no había más día, toda esa gente fue puesta en derrota. Y ciertamente no fue por nuestras fuerzas, que éramos pocos, sino solo por la gracia de Dios.

Ese día murieron de seis a siete mil indios, además de muchos a quienes se les habían cortado los brazos y otras muchas heridas. Y en esa noche, la gente a caballo y a pie anduvo rondando la tierra, porque se veían cinco o seis mil indios en una montaña que dominaba la tierra, de los cuales teníamos alguna sospecha. Y para que los cristianos regresaran al campamento, el Gobernador ordenó que se disparara un tiro de artillería, el cual, al ser disparado, los que estaban dispersos por el campo regresaron de inmediato, dudando de que los indios los atacaran. Y lo mismo hicieron los hombres de a pie.

Cómo el señor Gobernador le dio un gran trato al cacique Atahualpa y la grandísima cantidad de oro y plata que dicho cacique prometió por su rescate, y cómo, estando así prisionero, al saber que sus gentes habían capturado a un hermano suyo llamado el Cuzco, a quien ya le había quitado el reino, lo mandó a matar.

Habiendo pasado cuatro o cinco horas de la noche, el Gobernador estaba muy alegre por la victoria que Dios le había dado. Por el contrario, el cacique estaba muy melancólico, al cual el Gobernador le preguntó la causa, diciéndole que no debía estar afligido por nosotros los cristianos: que nosotros no habíamos nacido en sus tierras, sino muy lejos de ellas, y que en todas las tierras por donde habíamos venido, había señores muy grandes, quienes todos se habían hecho amigos y vasallos del Emperador, por paz o por guerra. Y que él no tuviera miedo por haber sido tomado por nosotros.

El cacique contestó con una sonrisa entre labios, aclarando que no era esa la causa de su preocupación. Lo que en verdad lo inquietaba era haber intentado apresar al Gobernador y que todo hubiera resultado al revés, dejándole un profundo pesar. Luego suplicó al señor Gobernador que, si entre los presentes se encontraba algún indio de su gente, lo mandara llamar, pues quería hablar con él.

Inmediatamente, el señor Gobernador ordenó que les trajeran a dos indios principales de los que había capturado en la batalla. El cacique les preguntó cuántos de los suyos habían muerto. Ellos respondieron que todos los campos estaban llenos de muertos. Entonces, al instante mandó decir a todo su pueblo que había quedado que no huyeran, sino que vinieran a buscarlo, pues no estaba muerto y se encontraba en poder de los cristianos, quienes le parecían buena gente. Por lo tanto, les ordenaba que vinieran a servirle.

El Gobernador le preguntó al intérprete lo que el cacique había dicho, y este le explicó todo. El Gobernador entonces hizo una cruz y se la dio al cacique, diciéndole que ordenara que toda su gente, tanto unida como separada, llevara una cruz similar en la mano, porque los cristianos a caballo y a pie saldrían a la mañana siguiente al campo y matarían a todos los que encontraran sin esa señal.

Esa noche, el señor Gobernador hizo sentar en su mesa a este gran cacique Atahualpa con gran afecto y quiso que fuera servido por sus mujeres que habían sido tomadas. También ordenó que se le preparara una rica cama en la misma habitación donde dormía él, dejándolo desatado, pero con guardias.

Este señor tenía alrededor de treinta años, de buena disposición personal, un poco gordo, con labios gruesos y ojos rojizos como de sangre, y hablaba con mucha solemnidad. Su padre se llamaba el Cuzco viejo (Huayna Cápac), señor de esa tierra, la cual tenía un perímetro de unas trescientas leguas y de la que extraía un gran tributo. Su patria y señorío no era esta provincia, sino otra muy lejana de aquí, llamada Quito, de la cual partió y, al llegar a esta tierra, quiso quedarse porque la encontró hermosa, abundante y rica. Le puso el nombre de Cuzco a una de las ciudades principales, de la cual luego fue llamada toda la provincia. Era temido y obedecido. Después de su muerte, fue tenido por un dios y en muchas tierras se le hicieron estatuas. Tuvo cien hijos, entre varones y mujeres, entre los cuales estaba Atahualpa y otro también llamado el Cuzco joven (Huáscar), a quien el padre había dejado como heredero del señorío. Con este, en este tiempo, Atahualpa estaba en guerra y le había quitado todo el estado.

Al día siguiente por la mañana, todos los cristianos salieron al campo con mucho orden y encontraron muchos escuadrones de indios. El primero de todos llevaba una cruz en la mano por el gran miedo que tenían. Y se recogió bastante oro que estaba en algunos pabellones y esparcido por los campos, y también muchas telas. Esto mismo recogieron los negros y los indios de servicio, porque los demás se quedaron en formación, cuidando de sus personas. Y se acumuló cincuenta mil pesos de oro, que valía cada peso un ducado grande y dos carlines, y siete mil marcos de plata, y muchas esmeraldas.

El cacique se mostró contento con esto y le dijo al Gobernador que este oro era de su "credenciera" para su mesa, y que bien sabía lo que andaban buscando. El Gobernador respondió que la gente de guerra no buscaba otra cosa que oro, para ellos y para su señor Emperador. El cacique dijo que él les daría tanto oro como cupiera en una habitación, hasta una marca blanca que había tan alta, que un hombre muy grande no llegaba a un palmo de la misma, y tenía 25 pies de largo y quince de ancho. Entonces, el Gobernador le preguntó cuánta plata le daría. El cacique respondió que traería diez mil indios, que harían un corral en medio de la plaza y lo llenarían todo de vasijas de plata, es decir, ollas, cazuelas, cubos y otras vasijas. Y esto se lo daría para que lo pusiera en su libertad. El Gobernador se lo prometió, pero con la condición de que no hiciera ninguna traición a los cristianos, y le preguntó en cuántos días haría traer ese oro que decía. A lo que respondió que en los cuarenta días siguientes lo traerían, y como la cantidad era mucha, enviaría a una provincia llamada Chinchay y de ella haría traer la plata que había ordenado.

En este lapso, pasaron veinte días en los que no llegó oro. Al cabo de los cuales, trajeron ocho cántaros hechos de oro, que son como ollas grandes, con muchas otras vasijas y otras placas. En ese momento, supimos cómo este cacique había apresado al Cuzco (Huáscar), su hermano, de padre pero no de madre, quien era un señor más grande que él. El mismo Cuzco, al ser llevado prisionero, supo que los cristianos habían apresado a su hermano Atahualpa y dijo, seriamente, que quería verlos y que sabía que ellos venían a buscarlo y que Atahualpa les había prometido una gran cantidad de oro, que él también tenía para darles, pero que él les daría cuatro veces más y que ellos no lo matarían, como pensaba que este lo haría.

Tan pronto como Atahualpa supo lo que su hermano Huáscar había dicho, sintió un gran miedo de que, sabiendo esto los cristianos, no lo mataran de inmediato y no hicieran señor a su hermano. Por esto, ordenó que fuera asesinado inmediatamente, y así se hizo, de nada sirvió el gran temor que el Gobernador le había infundido a Atahualpa cuando supo que un capitán suyo lo tenía prisionero, diciéndole que no lo dejara matar, sino que lo hiciera venir a su alojamiento. Atahualpa se creía señor, porque había conquistado esa tierra, y pocos días antes, en una provincia que se llama Huamachuco, había hecho morir a mucha gente, y había apresado a otro hermano suyo, que había jurado beber con la cabeza de dicho Atahualpa. Pero, por el contrario, Atahualpa bebía con la suya. Esto yo lo vi y todos los que se encontraron con el señor Hernando Pizarro. Y vi la cabeza con la piel, la carne seca y su cabello, y tenía los dientes apretados, y entre ellos tenía una cañita de plata, y en la cima de la cabeza tenía una copa de oro colgada con un agujero que entraba en la cabeza. Cuando se acordaba de la guerra que su hermano le había hecho, los esclavos ponían la chicha en esa copa, la cual salía por la boca y por la cañita por donde bebía Atahualpa.

Cómo el señor Hernando Pizarro, yendo a una "mezquita" que se decía ser muy rica en oro, encontró en diversos lugares grandísima cantidad de oro que le fue dada por algunos capitanes de Atahualpa para su rescate, cómo saquearon el templo del Sol, cubierto de láminas de oro, y de igual forma muchas casas, pavimentos y muros que estaban cubiertos de oro y plata.

En estos días se trajo cierto oro, y el señor Gobernador ya había sabido que en aquella tierra había una "mezquita" muy rica, en la que había mucho más oro de lo que el cacique le había prometido, ya que todos los caciques de aquellos países la adoraban. De igual forma, el Cuzco venía a entender lo que tenían que hacer. Y muchos del año venían a un ídolo que habían hecho y le daban de beber en una esmeralda cóncava.

Sabiendo esto el señor Gobernador y todos los demás cristianos que estaban presentes, el señor Hernando Pizarro le pidió a su hermano, el Gobernador, que le diera permiso para poder ir a esa "mezquita", porque quería ver a ese falso dios, o para decirlo mejor, a ese demonio, ya que tenía tanto oro. El Gobernador le dio permiso, y se llevaron a algunos españoles con ellos, a quienes el demonio podía ayudar muy poco. Y esto fue en el año 1533. El señor Gobernador y todos los que nos quedamos nos encontrábamos cada día en mucho apuro, porque el traidor de Atahualpa hacía que continuamente viniera gente en nuestra contra, los cuales venían, pero no tenían el valor de atacarnos.

Llegó el señor Hernando Pizarro a un lugar llamado Huamachuco y encontró oro que llevaban para el rescate del cacique Atahualpa, que podía ser de 100 mil castellanos de oro. Le escribió al Gobernador para que enviara por ese oro para que viniera con buena guardia. El Gobernador envió a tres hombres a caballo para que lo acompañaran, a los cuales, al llegar, les entregó el oro. Hernando Pizarro siguió adelante hacia el camino de la "mezquita" y ellos llevaron el oro al Gobernador. En el camino, sucedió que los compañeros que llevaban el oro se pelearon por algunas piezas de oro, y uno le cortó un brazo al otro. Esto, el Gobernador no lo habría querido por todo el oro.

Habiendo estado el Gobernador en la ciudad de Cajamarca cuarenta días sin esperanza de ayuda, llegó Diego de Almagro con ciento cincuenta españoles en nuestro socorro, del cual supimos que quería hacer habitar un antiguo puerto llamado Chancay. Pero como supo que nosotros habíamos encontrado tanto oro, como fiel servidor del Emperador, vino en nuestro socorro.

El cacique Atahualpa en este tiempo le dijo al Gobernador que el oro no podía venir tan pronto, porque, estando él prisionero, los indios no lo obedecían, y que enviara a tres cristianos al país del Cuzco, que estos traerían mucho oro y desmantelarían ciertas casas que estaban cubiertas de láminas de oro, y traerían mucho más que se encontraba en Jauja, y que podían ir seguros, porque todo el país era suyo.

El Gobernador envió a unos hombres, encomendándolos a Dios. Los cristianos se llevaron a bastantes indios que los llevaban en hamacas, que son como una especie de litera, y eran muy bien servidos. Llegaron a un lugar llamado Jauja, donde estaba un gran hombre, capitán de Atahualpa, el cual fue el que capturó a Huáscar y tenía todo el oro en su poder. Y les dio a los cristianos treinta cargas de oro, de las cuales cada una pesaba cien libras. Ellos le dieron poca importancia y, mostrando que tenían poco miedo de él, le dijeron que era poco. Él ordenó que se les dieran otras cinco cargas de oro, el cual enviaron a donde estaba el señor Gobernador, por medio de un negro que habían llevado consigo. Y ellos quisieron seguir adelante y llegaron a la ciudad del Cuzco, donde encontraron a un capitán de Atahualpa que se llamaba Quizquiz, que quiere decir en esa lengua "Barbero". Este hizo poco caso a los cristianos, aunque no se maravilló poco de ellos (y por esto uno de los nuestros quiso acercarse a él y herirlo, pero no lo hizo por la mucha gente que tenía).

Entonces, el capitán les dijo que no le pidieran mucho oro, y que si no querían devolver al cacique por lo que les daba, que él iría a buscarlo por su propia mano. Y de inmediato los envió a un templo del Sol que ellos adoran. Este templo estaba orientado al este, cubierto de placas de oro. Los cristianos fueron a dicho templo y, sin la ayuda de ningún indio, porque ellos no querían ayudarlos, siendo ese templo del Sol, diciendo que morirían, los cristianos decidieron, con algunos picos de cobre, desmantelar ese templo, y así lo saquearon (según nos dijeron después de su boca). Y además de esto, también se recogieron muchas ollas o cazuelas de oro, con las que usaban cocinar en ese lugar, y se las llevaron a los cristianos para el rescate de su señor Atahualpa.

En todas las casas donde habitaron, dicen que había tanto oro que era una maravilla. Entraron en una casa donde hacen sus sacrificios, donde encontraron una silla de oro. Esta silla era tan grande que pesaba 19,000 pesos, en la que podían sentarse dos hombres. En otra casa muy grande, en la que yacía muerto el Cuzco viejo, cuyo pavimento y muros estaban cubiertos de placas de oro y plata, encontraron muchos cántaros o tinajas grandes y vasijas y muchas otras piezas. Y que no quisieron romperlas para no desagradar a los indios.

En esa casa había muchas mujeres y había dos indios muertos, embalsamados. Cerca de ellos estaba una mujer con una máscara de oro en el rostro, abanicándolos con un abanico para el polvo y para las moscas. Y los mencionados indios muertos tenían en la mano un bastón muy rico de oro. La mujer no quiso que entraran dentro, a menos que se descalzaran. Y descalzándose, fueron a ver esos cuerpos secos y les quitaron de alrededor muchas piezas de oro. No los saquearon por completo, porque el cacique Atahualpa les había rogado que no los despojaran del todo, diciendo que ese era su padre, el Cuzco viejo, y por esto no quisieron tomar más. Y así cargaron su oro. El capitán que estaba allí les dio todas las cosas necesarias para llevarlo.

Los cristianos encontraron en ese lugar tanta plata que le dijeron al Gobernador que había una casa grande casi llena de cántaros y tinajas grandes, y vasijas y muchas otras piezas. Y que habrían traído mucho más, pero temían demorarse demasiado, porque estaban solos y a más de doscientas cincuenta leguas de los otros cristianos. Pero dijeron que habían cerrado la casa y sus puertas, y que habían puesto un sello por Su Majestad el Emperador y por el Gobernador Francisco Pizarro. Y habiendo ordenado guardias de indios y hecho a un Señor en ese lugar como se les había ordenado, tomaron su camino con las bellísimas piezas que llevaban, entre las cuales había una gran fuente de oro hecha de muchas piezas, la cual pesaba más de doce mil pesos. Esta y muchas otras cosas llevaron.

Sobre los puentes sobre los ríos, y cómo las herraduras, por falta de ellas, fueron hechas de oro y plata. De la ciudad de Pachacámac y su "mezquita" y las cosas encontradas en ella. De la ciudad de Jauja y de un lago grandísimo, y cómo el capitán Calcuchima, con el señor Hernando, llevaron el oro del rescate de Atahualpa y con cuánta reverencia van los indios a ver a su señor.

Dejo de hablar de los que venían por el camino y diré del señor Hernando Pizarro, que iba hacia la "mezquita". En ese viaje, que fue de muchas jornadas, encontraron muchos ríos, sobre cada uno de los cuales siempre hallaban dos puentes, hechos cerca uno del otro, de esta manera: habían construido en medio del río un pilar, que sobresalía mucho del agua, para sostener la mitad del puente. A este se ataban a ambos lados del río cuerdas hechas de mimbres de sauce, gruesas como una rodilla, que en las orillas estaban atadas a grandes piedras, separadas la anchura de un carro. A estas, de forma transversal, se ataban cuerdas fuertes y bien tejidas de algodón. Y para que el puente se mantuviera firme, colgaban piedras muy grandes por debajo de estas cuerdas. Uno de estos puentes servía para la gente común y siempre estaba abierto. El otro, para los señores y capitanes, y este siempre estaba cerrado. Fue abierto cuando pasó el señor Hernando Pizarro.

Llegó con mucho trabajo, porque pensaron que nunca llevarían algunos caballos, por falta de herraduras debido al mal camino, ya que pasaron por muchas montañas, cuyo camino estaba hecho a mano como una escalera. Pero el señor Hernando ordenó a los indios que hicieran herraduras de oro y plata, y así los clavos. De este modo, llevaron sus caballos al lugar donde estaba la "mezquita", a una ciudad que es más grande que Roma, llamada Pachacámac, en cuya "mezquita" hay una habitación muy fea y sucia, donde hay un ídolo hecho de madera muy feo. Dicen que este es su dios y que él hace que nazca todo de lo que viven. A sus pies tienen ofrendas de algunas joyas, especialmente esmeraldas engastadas en oro.

Lo tienen en tanta veneración que solo los que, según dicen, son llamados por él pueden ir a servirle, y dicen que nadie es digno de tocarlo con la mano, ni siquiera los muros de su casa. No cabe duda de que el diablo entra en ese ídolo y habla con sus ministros y les dice lo que tienen que decir por el país.

Los indios vienen a este ídolo con grandísima devoción desde trescientas leguas de distancia y le ofrecen oro, plata y joyas. Tan pronto como llegan, le presentan el regalo al portero, y él entra, habla con el ídolo y le trae la respuesta. Antes de que algún ministro vaya a servirlo, debe ser puro y casto, ayunar y no tocar a ninguna mujer. Todo el país de Catámez, que está por allí, es devotísimo de esta "mezquita", y por esto le llevan tributo cada año. Y el ídolo les da a entender que él es su dios y que todas las cosas del mundo están en sus manos, y que nada les sucede a los hombres que no sea por su voluntad. Por ello, los indios de la "mezquita" y de la ciudad de Pachacámac estaban en grandísimo miedo, porque el capitán Hernando Pizarro, con los españoles, sin ningún respeto, habían entrado a verlo, y por esto los indios dudaban de que, después de que los españoles salieran, el ídolo no los destruyera.

De esta "mezquita" sacaron muy poco oro, porque lo habían escondido todo. Y encontraron una mina muy grande de donde habían sacado oro, y los lugares de donde habían sacado los cántaros, de manera que nunca pudieron encontrar dónde estaba el oro. En otra casa vieron un poco de oro a una india que cuidaba la casa, que lo había arrojado al suelo. De igual forma, encontraron a ciertos muertos que estaban en dicha "mezquita", de modo que no pudieron obtener más de treinta mil pesos. Y de un cacique de Chinchay, obtuvieron tanto que llegaron a la suma de cuarenta mil pesos.

Y estando allí, Calcuchima, que era el capitán que tomó al Cuzco, le mandó mensajeros y le hizo saber que tenía mucho oro para llevar para el rescate de su señor Atahualpa y que partiría de aquel lugar de Jauja, que es una ciudad muy grande, fundada en un hermoso valle y con un clima muy templado, y que se acompañaría con el señor Hernando Pizarro y que juntos irían a ver al Gobernador.

Hernando Pizarro partió, pensando que era verdad lo que le decían los indios, pero después de haber andado cuatro o cinco jornadas, supo que el capitán no venía y decidió, con la gente que tenía, irse al lugar del capitán, que estaba con mucha gente. Y así lo hizo. Y al encontrarlo, le dijo que viniera a ver al señor Gobernador y a su cacique Atahualpa. Él respondió que no quería partir de ese lugar, habiéndole sido ordenado así por su señor. Entonces, Hernando Pizarro le dijo que si no quería venir, lo llevaría por la fuerza, y puso en orden a la poca gente que tenía, porque estaban en una plaza grande, y pensaba, aunque fueran muchos, en vengarse de ellos, porque los que estaban con él eran hombres valientes. El capitán indio, cuando vio a esa gente en orden, decidió ir con él.

Habiendo partido, antes de que llegara a donde estaba el señor Gobernador en Cajamarca con el cacique Atahualpa, a seis leguas de distancia, encontró un lago de agua dulce, que tenía un perímetro de unas diez leguas, con las orillas todas llenas de árboles muy verdes, y todo habitado alrededor por aldeas de indios, los cuales son pastores con llamas de diferentes tipos, es decir, algunas pequeñas, como las nuestras, y otras tan grandes que las usan para llevar las cosas que necesitan como bestias de carga. En este lago hay aves de diferentes tipos, y también peces, del cual nace un río muy hermoso. Este se cruza con un puente construido de la manera mencionada anteriormente, donde se quedan ciertos indios para cobrar un cierto tributo de todos los que pasan.

Llegando a Cajamarca, donde estaba el Gobernador y Atahualpa, el capitán Calcuchima, antes de que entrara en la habitación donde se sentaba el cacique Atahualpa, su señor, tomó de un indio de los que él llevaba consigo una carga mediana y se la puso sobre los hombros, y lo mismo hicieron todos los demás principales que lo seguían. Y habiendo entrado, tan pronto como lo vio, levantó ambas manos hacia el Sol, dándole las gracias por haberle permitido ver a su señor. Y de inmediato, llorando, se arrojó al suelo, y con mucha reverencia se acercó lentamente a él, y le besó las manos y los pies, y lo mismo hicieron los demás indios principales. Atahualpa entonces mostró una grandísima majestad, y aunque sabía que no tenía hombre en todo su país que lo amara más que Calcuchima, sin embargo, no quiso mirarlo a la cara, sino que se mantuvo con una gravedad admirable, ni hizo ningún gesto o demostración, como si le hubiera venido a ver el indio más vil de sus súbditos. Este acto de cargarse los hombros cuando van a ver a sus señores demuestra una gran reverencia que le tienen.

Cómo Calcuchima, después de muchas amenazas, confesó dónde estaba el oro del Cuzco viejo. De la provincia llamada Quito, cómo Atahualpa había destinado muchas casas para fundir el oro y la plata, y cómo se extrae el oro de las minas de la llanura en algunas montañas.

Este cacique Atahualpa no se alegró de la llegada de su capitán, pero siendo muy astuto, fingió haberse complacido. El Gobernador le preguntó por el oro del Cuzco, porque ese capitán era el que lo había apresado. Él respondió, tal como Atahualpa le había avisado, que no tenían más oro y que todo lo que tenían, ya lo habían traído. Todo lo que decía era falso, y Hernando de Soto, llevándolo aparte, lo amenazó con que si no decía la verdad, lo quemarían. Él respondió lo que había dicho antes, por lo que de inmediato tomaron un poste, lo ataron a él, y trajeron mucha leña y paja, diciendo de nuevo que si no decía la verdad, lo quemarían.

Calcuchima mandó llamar a su señor, quien vino con el Gobernador y habló con él, y finalmente le dijo que quería decir la verdad a los cristianos, porque si no lo hacía, lo quemarían. Atahualpa le dijo que no dijera nada, porque ellos lo hacían todo para asustarlo, y que no se atreverían a quemarlo. Y así le preguntaron otra vez por el oro, y él no quiso decirlo. Pero tan pronto como le pusieron un poco de fuego alrededor, dijo que se llevaran a ese cacique, su señor, porque él le hacía señas para que no dijera la verdad. Y así se lo llevaron, y de inmediato dijo que por orden del cacique Atahualpa, él había venido tres o cuatro veces con mucha gente para asaltar a los cristianos, y que luego les ordenaba que regresaran por miedo de que los cristianos, conociendo sus traiciones, no lo mataran.

Asimismo, le preguntaron otra vez dónde estaba el oro del Cuzco viejo. Él les dijo que en el mismo lugar del Cuzco había un capitán llamado Quizquiz, y que este capitán tenía todo el oro, porque nadie se atrevía a acercarse a él. Dijo que aunque esté muerto, su mandato se cumple tan íntegramente como si estuviera vivo, y así le dan de beber, y esparcen todo el vino que le quieren dar de beber alrededor de donde está puesto el cuerpo del Cuzco viejo. Y de igual forma, ese capitán indio dijo que en esa tierra más abajo, donde el cacique Atahualpa, su señor, había alojado su ejército, había un pabellón muy grande en el que el cacique tenía muchos cántaros o tinajas grandes y otras diversas piezas de oro de muchos tipos.

Esto y muchas otras cosas dijo ese capitán indio a los cristianos que estaban allí, las cuales yo no sabría decir, por no haberme encontrado presente. Después de que este hubo dicho así, de inmediato lo llevaron a la casa del señor Hernando Pizarro y le hicieron una diligente guardia, porque así era necesario, ya que la mayor parte de la gente obedecía el mandato de este capitán más que al mismo Atahualpa, su señor, porque era un hombre muy valiente en la guerra y había hecho mucho daño en esa provincia. Y dicho capitán estaba muy indignado contra Atahualpa, su señor, diciendo que por su causa lo habían maltratado. El cacique no le enviaba de comer ni ninguna otra cosa, a causa del gran desprecio que tenía contra él por lo que había dicho. Pero el señor capitán, que lo tenía en su casa, le daba bien de comer y lo hacía servir, y le daba cuanto necesitaba. Y aunque estuviera así medio quemado, muchos de esos indios iban a servirlo, porque eran sus familiares.

Y este capitán era nativo de una provincia llamada Quito, de la cual el mismo Atahualpa era señor. Este país es muy llano y rico. Los hombres son muy valientes. Con esta gente, Atahualpa conquistó la tierra del Cuzco, de la cual salió el Cuzco viejo cuando comenzó a ser señor de toda aquella provincia.

Sobre este tema, el cacique Atahualpa dijo que tenía muchas casas destinadas a fundir el oro y la plata, y que el oro de las minas de la llanura era menudo, porque las minas del país de la montaña eran de los alrededores del Cuzco y eran más ricas, porque de ellas sacaban el oro en granos más grandes y no necesitaban lavarlo. Pero lo recogían en el río ya lavado, y que en algunas montañas sacaban la plata con poca fatiga, y que un hombre sacaba en un día cinco o seis marcos. Se saca mezclada con plomo, estaño y azufre, y luego se limpia bien. Y para sacarlo, los hombres prenden un fuego grandísimo en los montes, y tan pronto como el azufre se enciende, la plata fluye en pedazos.

La grandísima cantidad de oro llevada al señor Gobernador, el regalo enviado por él a Su Majestad Cesárea, cómo se dividió dicho oro, cuánto le tocó a cada uno, de la traición que Atahualpa había planeado, de la muerte de este, y cómo el hijo mayor del Cuzco viejo fue hecho señor de esa tierra con gran satisfacción de toda la ciudad.

Dejo de hablar más de esto y diré de los cristianos que vinieron del Cuzco, los cuales entraron en el campamento del Gobernador con más de ciento noventa indios cargados de oro. Y trajeron veinte cántaros y otras piezas grandes, de las cuales había una pieza que con dificultad doce indios la llevaban, y de igual manera trajeron otras piezas que sacaron de las casas. Trajeron poca plata, porque el señor Gobernador les ordenó que no trajeran plata, sino oro, porque el cacique se quejaba de que no encontraba indios que trajeran el oro, del cual en los días pasados ya se había traído una buena cantidad.

El señor Gobernador había enviado a dos hombres al pabellón que el capitán indio le había dicho, los cuales regresaron de igual forma con bastante oro, del cual en una casa grande habían encontrado en muchos lugares grandes montones de diferentes caracteres y piezas menudas. El Gobernador hizo fundir todo lo menudo, entre lo cual había algunos granos grandes como castañas y otros más grandes, y algunos del peso de una libra, y otros de mayor peso, y de esto doy fe, porque yo era el guardia de la casa del oro, y lo vi fundir. Y había más de 90 tejas como placas de oro de mina, que algunas eran de buenos quilates. Se fundieron muchas y se hicieron barras, y otras se repartieron entre la gente.

En esta casa había más de 200 cántaros de plata grandes que el cacique había mandado traer, aunque el Gobernador no lo hubiera ordenado, pero había muchas cazuelas y cántaros pequeños y otras piezas muy hermosas. Y me parece que la plata que yo vi pesar fue cincuenta mil marcos, poco más o menos. Además, en esta casa había ochenta cántaros de oro, entre grandes y pequeños, y otras piezas muy grandes. Había también un montón más alto que un hombre de esas placas que eran todas finas, de muy buen oro, aunque a decir verdad, en esta casa, en todas las habitaciones, había grandes montones de oro y plata.

El señor Gobernador juntó todo ese oro y lo hizo pesar en presencia de los oficiales de Su Majestad. Hecho esto, se eligieron personas para hacer las partes para la compañía. Y el Gobernador envió un regalo a la Majestad Cesárea, que fue de cien mil pesos, poco más o menos, en ciertas piezas que fueron quince cántaros y cuatro cazuelas que contenían dos cubos de agua cada una, y otras piezas menudas que eran muy ricas. Y es la verdad que después de que el señor capitán se fue, se trajo mucho más oro de lo que había quedado, que fue lo que se repartió.

El señor Gobernador hizo las partes, y le tocó a cada infante, cuatro mil ochocientos pesos de oro, que son 7,208 ducados, y a los hombres de a caballo el doble, sin otras ventajas que se les hicieron. El señor Gobernador le dio a la gente que vino con Diego de Almagro del oro de la compañía antes de que se hicieran las partes, veinticinco mil pesos, porque lo necesitaba. Y a esos cristianos que se habían quedado en ese lugar donde había fundado el fortín de San Miguel, les dio dos mil pesos de oro para que los repartieran, y a cada uno le tocaron doscientos pesos. Y le dio a todos los que habían venido con el capitán mucho oro, de modo que a algunos comerciantes les dio dos y tres copas grandes de oro, para que cada uno tuviera parte, y a muchos de los que lo habían ganado les dio menos de lo que merecían. Y esto lo digo porque a mí me hicieron lo mismo.

Inmediatamente, muchos, entre los cuales estuve yo, le pidieron permiso al señor Gobernador para irse a Castilla, algunos para dar una relación a la Majestad del Emperador del país, otros para ver a su padre y a su mujer. Y se les dio permiso a veinticinco compañeros, quienes partieron.

En estos días, tan pronto como el cacique supo que querían llevarse el oro del país, ordenó a mucha gente por muchas partes, a algunos que vinieran contra los cristianos que iban a embarcarse, y a otros para venir contra el campamento del Gobernador, para ver si podía ser liberado. Y esta era una gran multitud de gente, pero la mayor parte venía por fuerza o por el temor que tenían.

Tan pronto como el señor Gobernador fue informado de tal cosa, le habló al cacique, enojado, diciéndole que su comportamiento era muy triste, ya que sin causa hacía venir gente en nuestra contra. Pocos días antes habían llegado a nuestro campamento dos indios, hijos del Cuzco viejo, hermanos de Atahualpa por parte de padre y no de madre. Estos vinieron muy secretamente por temor a su hermano. Cuando el Gobernador supo que eran hijos del Cuzco viejo, les hizo mucho honor, porque en el aspecto mostraban ser hijos de un gran señor. Dormían cerca del Gobernador, porque no se atrevían a dormir en otra parte, por temor a Atahualpa. Uno de estos era el señor natural de esa tierra, la cual le quedaba después de la muerte de su hermano.

En estos mismos días llegaron noticias de que la gente de guerra estaba muy cerca, y por tal causa, nosotros estábamos muy vigilantes. Y una noche vinieron algunos indios huyendo de un lugar que estaba cerca, diciendo que los indios venían a hacer guerra, y que habían arruinado sus campos de maíz, que son campos donde nace el grano de maíz, y que venían para asaltar el campamento de los cristianos, y que por esto ellos venían huyendo.

Cuando el señor Gobernador supo esto, se reunió en consejo con sus capitanes y con los oficiales de Su Majestad, y determinaron matar de inmediato a Atahualpa, el cual lo merecía. Lo llevaron al atardecer a la calle y lo ataron a un poste, y por orden del señor Gobernador lo querían quemar vivo. Pero quiso Dios convertirlo, porque dijo que quería ser cristiano. Y por esto lo estrangularon esa noche, la cual, junto con muchas otras, había pasado sin que nuestra gente hubiera dormido por temor a los indios y a este cacique.

El Gobernador dispuso que se hiciera guardia al dicho cacique muerto, y al día siguiente por la mañana lo sepultaron en una iglesia que tenían allí, donde muchas mujeres indias querían enterrarse vivas con él.

Veinte días antes de que muriera Atahualpa, sin saber nada del ejército que esperaban, y estando Atahualpa una noche muy alegre y hablando con algunos españoles, apareció en el aire hacia la ciudad del Cuzco una especie de cometa de fuego, la cual permaneció gran parte de la noche. Y tan pronto como Atahualpa la vio, dijo: "Pronto morirá un gran señor de ese país". Y este fue él.

De la muerte de este cacique se alegró todo ese país, y no podían creer que hubiera muerto. Tan pronto como la noticia llegó a la gente de guerra, inmediatamente cada uno regresó a su casa, porque habían venido por la fuerza.

El señor Gobernador hizo señor de esa tierra al hijo mayor del Cuzco viejo, con la condición de que él y toda su gente se quedaran como vasallos del Emperador, y así ellos prometieron hacerlo. Tan pronto como el hijo del Cuzco viejo fue hecho señor, la gente del país alzó las manos al sol, dándole las gracias, porque les había dado a su señor natural, y fue puesto en posesión del estado, y le pusieron un fleco muy rico atado con una cuerda alrededor de la cabeza, el cual le llegaba tan sobre la frente que le cubría casi los ojos. Y esta es la corona que lleva el que es señor del país del Cuzco, y así la llevaba Atahualpa.

Lo cual, después de que se hizo, vino una gran multitud de gente para servirnos, y esto por orden de este nuevo señor. De igual manera, se alegró de la muerte de Atahualpa el capitán Calcuchima, diciendo que por su causa había sido medio quemado, y que daría todo el oro de esa tierra, que tenían gran cantidad, y mucho más de lo que Atahualpa había dado, porque el que habían hecho señor era el señor natural de esa tierra. Y en ese día trajeron cuatro cargas de oro y ciertas copas grandes.

Algunos días antes de que Atahualpa muriera, había ordenado que se trajeran una estatua de un pastor con las llamas de oro y otras piezas muy ricas. Y todo esto venía a cuenta de nuestra gente de campamento. Pero al señor Gobernador le aconsejaron que no hiciera traer ese oro en ese momento, para que los que partieran y regresaran a Castilla no tuvieran su parte. Habiendo sabido esto el cacique, como yo y muchos otros oímos decir, le dijo al señor Gobernador que no hiciera regresar ese oro, porque todavía esperaba muchas piezas más grandes, las cuales debían traer más de doscientos indios. A estas palabras de Atahualpa, el Gobernador respondió que iban a ir a ese país y que lo recogerían todo. Y todo esto lo hacía para no tener que repartir con los que iban a Castilla. Yo digo que vi quedar una gran casa llena de vasijas de oro y otras piezas después de que se hizo la mencionada división, las cuales vasijas debían ser repartidas entre nosotros, que regresábamos a Castilla, habiéndonos encontrado en la batalla, con tantos trabajos, como se ha narrado arriba. Y digo más, que yo vi pesar y quedar allí del quinto de Su Majestad, sin lo que se llevó el señor Hernando Pizarro, más de ciento ochenta mil pesos.

Del país llamado Collao, donde hay un gran río del cual se saca oro, y cómo se recoge, en una isla de este río se dice que se encuentra una casa grande fabricada toda de oro, y cómo el señor Gobernador envió al Emperador la parte del oro y la plata correspondiente a Su Majestad, los cuales fueron descargados en Sevilla con gran admiración de toda la ciudad.

Esto no quiero dejar de decirlo: el cacique Atahualpa dijo que había un país llamado Collao, donde hay un río muy grande, en el cual hay una isla, donde hay ciertas casas, entre las cuales había una muy grande, toda cubierta de oro, hecha a modo de paja, de la cual algunos indios venidos de aquella isla trajeron un manojo. Las vigas y todo el resto que había en la casa, todo estaba cubierto de placas de oro, y que el pavimento estaba hecho con granos de oro, tal como lo encontraban en las minas. Y esto lo oí decir al cacique y a sus indios que habían venido de esa tierra a verlo, en presencia del señor Gobernador.

El cacique dijo además que el oro que se saca de ese río, no lo recogen con bateas, que son como una especie de cuenco de barbero con mangos, con los que lavan el oro en el agua, sino que lo hacen de esta manera: ponen la tierra sacada de la mina en un lugar a modo de una fosa cerca del agua, y con una rueda sacan el agua del río y la hacen ir a esa fosa, y así lavan la tierra. Lavada, quitan el agua y recogen los granos de oro, que son muchos y grandes. Y esto yo lo he oído decir muchas veces, porque todos los indios de la tierra de Collao, a quienes yo preguntaba, decían que así era la verdad.

El Gobernador Francisco Pizarro nos dio a nosotros, que veníamos a Castilla, todo el oro y la plata que era la parte de la Majestad del Emperador. Y desde la provincia del Cuzco, o del Perú, de donde partimos para ir a embarcarnos en la costa, caminamos doscientas leguas por tierra, donde al llegar subimos a un barco y navegamos por el mar del Sur hasta el puerto de la ciudad de Panamá en quince días, donde, desembarcados, fuimos recibidos con grandísima alegría y admiración de todos, por la gran cantidad de oro que vieron. El señor Gobernador, Pedrarias, nos proporcionó todas las cosas necesarias para llevar dicho oro y plata, esas ochenta millas por tierra, hasta la ciudad de Nombre de Dios, que está sobre el otro mar del Norte que va a España, como se dice al principio de este libro.

Cuando llegamos a la ciudad de Nombre de Dios y nos embarcamos, vinimos a la isla La Española y llegamos a la ciudad de Santo Domingo, que está en la parte de la isla que mira hacia el sur. Y este viaje lo hicimos en ocho días, donde, tomados los refrescos necesarios para venir hacia España, giramos las proas hacia el este, manteniéndolas siempre entre el noreste y el este, y navegamos cincuenta y dos días, e hicimos 1,350 leguas, hasta las costas de España donde está Sanlúcar de Barrameda, en el río Guadalquivir, según la razón que hacían nuestros Pilotos, aunque yo pienso que fueron muchas más.

Y tuvimos muy buen tiempo, y llegamos a la ciudad de Sevilla, donde todos los barcos suelen descargar las mercancías que traen de las Indias. En este viaje desde la isla La Española no tocamos más que las Islas Canarias, aunque algunos tocan las Islas de las Azores. Y cuando nos alejamos de la tierra de quinientas a seiscientas millas, encontramos el mar bajo y no dudamos más de la fortuna, porque los vientos no hacen fortuna si no es cerca de la tierra, es decir, cerca de la isla La Española, o cerca de las costas de España, donde el mar es muy profundo. Y navegamos gran parte con el instrumento del cuadrante, con el sol, hasta que, acercándonos a nuestro lugar habitable, comenzamos a gobernarnos con la tramontana. Esta navegación es muy segura, por la infinidad de pilotos que son prácticos de ella.

Llegamos a Sevilla a los quince días de enero de 1534, donde se descargaron todos los oros y platas, con grandísima admiración de toda la ciudad, y de infinitos mercaderes florentinos, genoveses y venecianos, los cuales todos corrieron a ver tal cosa. Y después de haber escrito sobre ello por el mundo, yo no diré más que todos nosotros, con la parte de nuestros oros, partimos y fuimos a nuestra casa, donde fuimos recibidos con esa alegría que cualquiera puede pensar.

LA CONQUISTA DEL PERÚ Y PROVINCIA DEL CUZCO 

FRANCISCO DE JEREZ

Descripción del prólogo y cómo Pizarro parte de Panamá, llegando a un puerto que llama "del Hambre", y cómo regresa a la provincia de Panamá.

EL PRÓLOGO

Para la gloria de Dios, y el honor y servicio de la Majestad Cesárea, para que los fieles se regocijen y los infieles se asusten, ya que la providencia divina, la fortuna de nuestro Emperador y la disciplina militar de la nación española han hecho en nuestros tiempos cosas que para siempre quedarán en la memoria, me ha parecido no callarlas, sino escribirlas y enviárselas a Su Majestad, para que a todos les sea conocido cómo con el favor divino se han traído a nuestra santa fe infinitas gentes y bajo la obediencia de nuestro Rey.

No se lee que jamás, ni entre los antiguos ni entre los modernos, se haya hecho una empresa tan grande y extraña con tan poca gente contra tanta, ni que tantos y tan grandes mares se surcaran, ni que se fuera a conquistar una tierra de la que no se supiera, ni se tuviera noticia alguna.

¿Quién, pues, se igualará con la gente de España? Ciertamente no los judíos, ni los griegos, ni los romanos, de los cuales se escribe más que de todos los demás; porque si los romanos sometieron tantas provincias, lo hicieron con un número igual o poco menor de gente, y en tierras conocidas y provistas de víveres ordinarios, y con capitanes y ejércitos pagados. En cambio, nuestros españoles siempre han sido pocos en número, que nunca estuvieron juntos más que doscientos o trescientos, y a veces cien o incluso menos. Y el mayor número que hubo, que fue una sola vez con el capitán Pedrarias hace veinte años, fue de 1,300. Y los que han ido en diferentes ocasiones no han sido pagados ni forzados, sino que han ido por su propia voluntad y a sus propias expensas. Y de esta manera, en nuestros tiempos han conquistado más tierra de la que se sabía antes que todos los príncipes cristianos e infieles poseyeran. Y se han mantenido y vivido allí con alimentos de bestias, de los que no tenían ninguna noticia de pan o de vino, y sufriendo y comiendo hierbas, raíces y frutas, han conquistado lo que ya todo el mundo sabe. Y por esto no escribiré al presente otra cosa que el suceso de la conquista de la nueva Castilla, y para no ser prolijo, me esforzaré por escribirlo con la mayor brevedad que sea posible.

Pizarro parte de la ciudad de Panamá y va a descubrir nuevas tierras. Llegó a un puerto, al cual, por haber sufrido mucha hambre, lo llama el "Puerto del Hambre". Recorriendo, luego llega a una tierra donde, combatiendo contra los indios, después de haber recibido muchas heridas y grandes daños en los suyos, regresa a la provincia de Panamá.

Habiéndose descubierto el mar del Sur (es decir, del mediodía) y conquistado y pacificado los indios de tierra firme, y habiendo el Gobernador, Pedrarias Dávila, hecho habitar la ciudad de Panamá, y la ciudad de Natá, y la tierra que llaman Nombre de Dios, vivía en la ciudad de Panamá el capitán Francisco Pizarro, hijo del capitán Gonzalo Pizarro, caballero de la ciudad de Trujillo.

Ahora bien, este capitán Francisco estaba muy bien en su casa con sus muchas riquezas y con el reparto de los indios, como uno de los principales de aquella tierra, como siempre lo fue, habiéndose distinguido en la conquista y en las otras cosas del servicio de Su Majestad. Y estando en esta quietud y reposo, porque siempre tenía el pensamiento de hacer servicios señalados a la corona real de España, le pidió permiso a Pedrarias para poder ir a descubrir nuevas tierras por aquella costa del mar del Sur hacia levante. Y habiéndolo obtenido, gastó gran parte de su riqueza en un gran barco que hizo y en otras cosas necesarias para ese viaje.

Él partió luego de Panamá el 14 de noviembre de 1524, llevando consigo una compañía de 112 españoles, con los cuales iban algunos indios para sus servicios. Y en este viaje pasaron muchos trabajos, por ser invierno y los tiempos contrarios. Dejo de decir muchas cosas que sucedieron para no ser largo, por lo que solo tocaré aquellas cosas que son más notables y que más se ajustan a nuestro propósito.

Al cabo de 70 días, después de que salieron de Panamá, saltaron a tierra en un puerto que luego llamaron "del Hambre" (porque en muchos otros puertos que habían encontrado antes no habían hallado ni pueblo ni habitación, y por ello los habían dejado). En este puerto se detuvo el Capitán con ochenta hombres, habiendo ya muerto el resto. Y habiéndose acabado los víveres, porque en esa tierra no los había, el Capitán mandó el barco con los marineros y con un Capitán a la Isla de las Perlas, que está en los confines de Panamá, para que trajera de comer para todos, creyendo que sería socorrido con estos víveres en diez o doce días.

Pero como la fortuna siempre, o la mayor parte de las veces, es contraria, el barco tardó 47 días en ir y volver. Y en este tiempo, el Capitán y los suyos se mantuvieron con ciertas cosas marítimas que recogían con gran dificultad en aquella costa del mar, y algunos estaban tan débiles que al procurarse ese alimento morían. De modo que, mientras el barco no regresó, murieron unos veinte hombres. Y los que regresaron con el barco dijeron que, al ir, habiéndoles faltado los víveres, habían comido un cuero de vaca hecho en forma de bolsa y atado a la bomba para sacar el agua del barco, y que lo habían cocinado y repartido entre ellos.

Ahora, con la provisión que el barco trajo, que fue de maíz y de cerdos, se recuperó la gente que quedaba viva. Y así el Capitán, siguiendo su viaje, llegó a una tierra situada y puesta sobre el mar en un lugar alto y fuerte, y rodeada de una especie de baluarte. Aquí encontraron bastante provisión de comida, porque el pueblo había huido y había abandonado la tierra.

Al día siguiente, vino mucha gente de guerra bien armada y se mostraron belicosos. Por lo tanto, fácilmente los nuestros, que estaban débiles por el hambre y los trabajos pasados, fueron derrotados por ellos, y el Capitán recibió siete heridas, la menor de las cuales era peligrosa de muerte. Y los indios, que lo habían herido, creyendo que estaba muerto, lo dejaron. Con él también resultaron heridos 17 de los suyos y otros cinco murieron.

El Capitán, viendo esta ruina y lo poco que tenía allí para poder curarse y rehacer a su gente, se embarcó y regresó a la provincia de Panamá, y desembarcó en una tierra de indios llamada Chuchamá, cerca de la Isla de las Perlas. Desde este lugar envió el barco a Panamá, porque ya no se podía sostener sobre el agua por la mucha broma que había sufrido. Le hizo saber a Pedrarias lo que le había sucedido y él se quedó en ese lugar curándose con sus compañeros.

Diego de Almagro, combatiendo en la tierra donde Pizarro fue derrotado, pierde un ojo. Recorriendo la costa, llega al río San Juan. Por fin, con la flota de Pizarro, después de haber errado tres años en esa costa, descubren la tierra de Cancebi, en la que encuentran muchas tierras habitadas y ricas en oro.

Pocos días antes de que este barco regresara a Panamá, había partido para seguir y buscar a Pizarro, el capitán Diego de Almagro, su compañero, con otro barco y setenta hombres. Este navegó hasta que llegó a la tierra donde Pizarro había sido derrotado, y al entrar también él en combate con esos indios, fue igualmente derrotado. Y él perdió un ojo allí, y muchos cristianos resultaron heridos. Pero al final, a pesar de todo esto, los nuestros hicieron que los adversarios dejaran la tierra y le prendieron fuego. Luego, embarcados, costearon más allá hasta que llegaron a un gran río que llamaron San Juan, porque llegaron el día de este Santo, y aquí encontraron alguna muestra de oro. Pero como no encontraron rastro del capitán Pizarro, regresaron y lo encontraron en Chuchamá.

Aquí, concluyeron que el capitán Almagro fuera a Panamá y reparara los barcos, y consiguiera más gente, para poder seguir y terminar esta empresa, y gastar lo que les quedaba, ya que se habían endeudado en más de diez mil castellanos. En Panamá tuvieron muchos conflictos, porque Pedrarias y otros decían que no se debía proceder en tal viaje, donde Su Majestad no era servida. Pero el capitán Almagro, con el poder que llevaba de su compañero, se mantuvo con mucha constancia en el primer propósito y requirió al Gobernador Pedrarias y le protestó que no los perturbara, porque ellos creían que con la ayuda de Dios harían en ese viaje un gran servicio a Su Majestad. Y así el Gobernador se vio forzado a consentirle que reuniera gente.

Este, pues, partió de Panamá con 110 hombres y se fue a donde el capitán Pizarro lo esperaba con otros cincuenta que eran de los primeros que le habían quedado, tanto de los 110 suyos como de los setenta del capitán Almagro, porque los otros 130 ya habían muerto. Ahora, con estos 160 hombres a bordo de los dos barcos, estos dos capitanes partieron, y costeando aquella tierra donde pensaban que había habitaciones y pueblos, desembarcaban con tres canoas que llevaban, en las que sesenta hombres remaban. Y de esta manera se procuraban los víveres.

De esta forma, anduvieron tres años, pasando grandes trabajos, y hambre, y frío. Y de hambre murió la mayor parte de la gente, tanto que no quedaron cincuenta vivos, y hasta el final de los tres años no descubrieron tierra buena, porque todos los otros lugares que pasaron eran pantanosos, llenos de lodos e inhabitables. Y esta buena tierra que descubrieron, fue cerca del río de San Juan, donde el capitán Pizarro se quedó en tierra con la poca gente que le quedaba, y mandó a un capitán de los suyos con el barco más pequeño a descubrir alguna mejor tierra por la costa adelante, y el otro barco lo mandó con el capitán Almagro a Panamá para que trajera más gente, porque yendo los dos barcos juntos y con toda la gente, no podían descubrir, y la gente se moría toda.

El barco que pasó adelante para descubrir, regresó al cabo de setenta días al río de San Juan, donde se había quedado Pizarro, y le dio cuenta de lo que le había sucedido, y cómo había llegado hasta la tierra de Cancebí, que está en esa costa, y que antes también habían visto muchas otras tierras bastante ricas en oro y plata, con gentes más razonables de cuantas habían visto antes en esas Indias. Y se llevaron a seis personas de aquella comarca, para que aprendieran la lengua española, y trajeron oro, y plata, y mercancías.

El Capitán con los otros que se habían quedado con él, sintieron tanto placer por esta noticia, que todos los trabajos pasados se olvidaron y dieron por bien empleado el gasto que en aquel largo viaje habían hecho. Y deseosos de encontrarse en aquella tan buena tierra, tan pronto como el capitán Almagro regresó de Panamá con el barco cargado de gente y caballos, partieron con ambos barcos del río de San Juan. Y como la navegación de aquella costa era muy difícil, tardaron en llegar a donde iban más tiempo del que estaban provisionados. Y por ello, la gente se vio forzada a saltar a tierra y, caminando por aquellas comarcas, a procurarse de vivir donde lo pudieran.

Los dos barcos, navegando, llegaron al puerto de San Mateo, y a ciertas tierras a las que los españoles pusieron el nombre de San Jacobo, y a las tierras también de Atacámez, que todas van discurriendo por la costa adelante. Los nuestros, viendo que estas tierras y habitaciones eran grandes y llenas de gente belicosa, se alegraron. Y habiendo llegado 90 españoles a una legua de una de esas tierras de Atacámez, salieron a su encuentro más de diez mil indios de guerra. Los cuales, viendo que los nuestros no les iban a hacer ningún mal, sino que con mucho amor trataban con ellos la paz, depusieron las armas y el ánimo de guerrear.

En esta tierra había muchos víveres, y la gente vivía con bastante buen orden. Y todas estas tierras tenían sus calles y plazas, y había una tierra que tenía más de tres mil casas, y otras menos.

Se aseguraron en la isla del Gallo y mandaron a buscar nueva gente, con la cual se descubrieron por la costa más de cien leguas de un país rico y habitado. Pizarro se va a Castilla por tanto servicio y es muy bien recompensado por Su Majestad. Pasa de nuevo a la tierra descubierta, entra en el puerto de San Mateo y de allí a Coaque, van a la Isla Puná, llamada San Jacobo, en la cual adquieren mucho oro después de haber combatido con los indios rebeldes y capturado a su cacique.

Les pareció a los capitanes y a los otros españoles que, siendo tan pocos, no habrían logrado nada en aquella comarca, porque no habrían podido resistir a todos aquellos indios. Por ello, decidieron poner en los barcos las provisiones que allí encontraban y regresar a una isla llamada del Gallo, porque allí podían estar seguros, mientras los barcos iban a Panamá para dar noticia al Gobernador de aquellas tierras nuevamente descubiertas y para pedirle más gente, para que pudieran continuar y pacificar aquella tierra.

Y con los barcos fue el capitán Almagro, porque algunos le habían escrito al Gobernador que hiciera regresar a aquella gente a Panamá, porque ya no podían soportar más los trabajos que en tres años habían sufrido en ese descubrimiento. Y el Gobernador de esta manera proveyó que los que quisieran venir a Panamá, pudieran venir, y los que quisieran quedarse para descubrir más allá, se quedaran. Y así, con Pizarro se quedaron trece hombres, y toda la otra gente regresó con los dos barcos a Panamá.

El capitán Pizarro se quedó en esa isla cinco meses, hasta que uno de los barcos regresó, y con él avanzaron cien leguas más allá de lo que habían descubierto, y encontraron muchos pueblos y muchas riquezas, y trajeron más muestras de oro y plata y otras cosas de lo que habían hecho antes. Y los mismos indios, por su propia voluntad, se lo daban. Pero el Capitán regresó, porque se estaba cumpliendo el plazo que el Gobernador le había impuesto, y justo en el último día del plazo, entró en el puerto de Panamá.

Estos dos capitanes, al encontrarse, habían gastado tanto que no podían sostenerse más, por tener además una grandísima deuda. Por lo tanto, el capitán Francisco Pizarro, con poco más de mil castellanos que encontró de préstamo de amigos, se fue a Castilla e hizo una relación a Su Majestad de los señalados y grandes servicios que le había hecho, por lo cual ella, para gratificarlo, le hizo gracia del gobierno y adelantado de esa tierra que había descubierto, y del hábito de San Jacobo, y de ser alcaide y alguacil mayor. Y otras gracias y resarcimiento de gastos le fueron hechos, como le conviene a un Emperador y Rey, y como suele hacer a todos los que lo sirven. Y por esta causa, los otros se han dispuesto siempre a gastar sus riquezas en su servicio real, descubriendo varios lugares por ese mar Océano por todas partes.

Habiendo sido ya despachado por Su Majestad, el Gobernador y Adelantado Francisco Pizarro partió con una flota del puerto de Sanlúcar, y con próspero viento, sin ningún otro impedimento, llegó al puerto de Nombre de Dios. Y de allí se fue con la gente a la ciudad de Panamá, donde tuvo muchos conflictos y disturbios para que no fuera a habitar esa tierra que había descubierto, según le había ordenado Su Majestad. Pero con la constancia que él tuvo en este negocio, y con la mayor gente que pudo (que fueron 180 hombres y 37 caballos con tres barcos), partió de Panamá. Y tuvo una navegación tan próspera, que en trece días llegó al puerto de San Mateo, donde al principio, cuando se descubrió, no pudieron llegar en más de dos años.

Una vez que la gente y los caballos desembarcaron aquí, se mostraron por la costa del mar, y en todas las tierras encontraban a la gente rebelada y en armas. Caminaron de esta manera hasta que llegaron a una gran tierra llamada Coaque, a la cual atacaron de repente para que no se rebelara y se pusiera en armas, como las otras habían hecho. Y aquí ganaron en oro el valor de quince mil castellanos, y 750 libras de plata, y muchas piedras de esmeraldas que los nuestros, no conociéndolas en ese momento y no estimándolas en valor alguno, las cambiaban con los indios, y ellos a cambio daban vestidos y otras cosas.

En esta tierra tomaron al cacique, que era el señor, con otras de sus gentes. Y encontraron mercancías de varios tipos y tantos víveres que estos españoles se podían mantener allí durante cuatro años. Desde esta tierra de Coaque, el Gobernador mandó los tres barcos hacia Panamá y de Nicaragua para que condujeran más gente y caballos, y se pudiera efectuar la conquista y pacificación de aquellos lugares.

Él se quedó en esa tierra con la gente, descansando allí algunos días, hasta que dos de los barcos regresaron de Panamá con veintiséis hombres a caballo y treinta de a pie. Y pronto el Gobernador con toda la gente partió por la costa adelante, que es toda muy habitada y poblada, y la iba poniendo bajo el señorío de nuestro señor el Emperador, porque los señores de estos pueblos, todos de una sola voluntad, salían por los caminos a recibir al Gobernador sin ponerse de otra manera en defensa. Y el Gobernador, sin hacerles ningún mal, los recibía a todos amorosamente, y les hacía entender, por medio de algunos religiosos que llevaba para este fin, alguna cosa de nuestra fe para atraerlos a la salvación.

Y así el Gobernador anduvo con la gente española hasta que llegó a una isla que se llamaba la Puná, y los nuestros la llamaron de San Jacobo, y está a dos leguas de tierra firme. Como esta isla era bastante poblada y rica, y abundante en víveres, el Gobernador pasó con los dos barcos, e hizo pasar a los caballos con ciertas balsas de madera que los indios tenían. El Gobernador fue recibido en esta isla por el cacique, que era el señor, con mucha alegría y muestras de afecto, tanto de víveres que hizo que les llevaran por el camino, como de músicas de diversos instrumentos que ellos tienen para su recreación.

Esta isla tiene un perímetro de quince leguas, y es fértil y bastante bien habitada, porque hay muchas tierras, de las cuales son señores siete caciques, pero uno es el señor más poderoso de todos los demás, el cual, por su voluntad, le dio al Gobernador una cierta cantidad de oro y plata. Aquí, como ya era invierno, el Gobernador se detuvo, porque caminando en tal tiempo, por las aguas que hacían, los nuestros habrían sentido un gran malestar, tanto más que aquí cómodamente podían curarse algunos cristianos enfermos.

Pero como los indios no están inclinados a tener que obedecer ni servir a otra nación sino por la fuerza, mientras que este cacique vivía pacíficamente con los nuestros, habiéndose ya hecho vasallo de Su Majestad, el Gobernador Pizarro supo por ciertos intérpretes que llevaba consigo, cómo el cacique había reunido a toda su gente de guerra, y que desde muchos días antes no se ocupaba de otra cosa que de hacer muchas más armas de las que sus hombres tenían. Lo cual se vio con los propios ojos, porque en la misma tierra donde los nuestros estaban, se encontraron en la casa del cacique y de muchos otros, muchas gentes, todas listas para guerrear, y no esperaban otra cosa sino que toda la gente de la isla se reuniera, porque querían esa misma noche atacar a los cristianos.

El Gobernador, cuando fue informado secretamente de esta verdad, hizo que se capturara de inmediato al cacique, y a sus tres hijos, y a otros dos principales que se pudieron capturar vivos. Y de repente los nuestros asaltaron a la otra gente, y mataron a muchos. Los otros huyeron y abandonaron la tierra, por lo que la casa del cacique con muchas otras fue puesta a saco, y se encontró allí alguna cantidad de oro y plata, y muchas mercancías.

La noche siguiente, los nuestros se quedaron con buenas guardias, y todos vigilantes (que eran setenta de a caballo y cien de a pie). Y antes de que viniera la luz de la mañana, se oyeron gritos, como de gente de guerra, y poco después se vio venir un gran número de indios armados y con tambores sordos y otros instrumentos que solían llevar en la guerra. Y venían divididos de tal manera, que se ponían en medio del campamento de los cristianos.

Llegado el día, el Gobernador ordenó a los suyos que con ánimo atacaran a los enemigos, y así se hizo. Pero en el primer asalto quedaron algunos cristianos y caballos heridos. Pero como nuestro señor favorece y socorre en las necesidades a aquellos que van en su servicio, los indios fueron derrotados y se pusieron en fuga. Y los nuestros a caballo siguieron la victoria un trecho, luego regresaron a los campamentos porque los caballos estaban cansados, habiendo seguido la victoria desde la mañana hasta el mediodía.

Al día siguiente, el Gobernador dividió a su gente en escuadrones y los envió a buscar por la isla a los enemigos y a hacerles la guerra, la cual se hizo durante veinte días continuos, y los indios quedaron bien castigados. Y a diez de sus principales, que fueron capturados con el cacique, el Gobernador les hizo cortar la cabeza porque este confesó que ellos le habían aconsejado esa traición y que no había podido impedírselo ni prohibírselo. Y a algunos otros los hizo quemar.

Ponen en libertad a los caciques para pacificar la isla de San Jacobo. Pasan a la ciudad de Tumbes, la encuentran rebelada y con poca guerra la vuelven a conquistar.

Por esta rebelión y traición planeada, se hizo la guerra a los indios de la isla de San Jacobo, hasta que se encontraron tan acosados y oprimidos que abandonaron la isla y se pasaron a tierra firme. Pero como la isla era tan abundante y rica, para que no se destruyera por completo, el Gobernador puso en libertad al cacique, para que reuniera y recogiera a la gente que andaba dispersa y la isla volviera a poblarse. El cacique, por el honor que le había sido hecho en su prisión, se mostró muy contento de hacer todo lo que el Gobernador quería y de querer en adelante servir a Su Majestad.

Pero como en aquella isla no se podía lograr nada, Pizarro partió con algunos españoles y caballos, que pudieron ir en tres barcos que había allí, hacia la ciudad de Tumbes, que en ese momento se encontraba en paz. Dejó en la isla a un capitán con la otra gente, hasta que los barcos regresaran a buscarlos. Y para que su gente pasara más pronto a tierra, hizo venir de Tumbes ciertas barcas, en una de las cuales se embarcaron tres cristianos con ciertas mercancías.

En tres días, los barcos llegaron a la playa de Tumbes, donde tan pronto como el Gobernador desembarcó, encontró a los indios en armas y rebelados. Y se supo por algunos indios que estaban allí, que los tres cristianos que habían venido a tierra con la barca, antes de eso, habían sido capturados con todas sus mercancías y llevados prisioneros.

Una vez que toda la gente y los caballos hubieron desembarcado, el Gobernador mandó de inmediato de nuevo esos barcos a la isla para llevar a la otra gente que se había quedado allí. Y él, con los que llevaba consigo, fue a alojarse en la tierra en dos casas fuertes, una de las cuales era a modo de fortaleza. Y luego ordenó a los suyos que recorrieran la campiña y subieran por un río que corre entre esas tierras, para tener noticias de los tres cristianos y salvarlos antes de que los indios los mataran. Pero aunque se hizo mucha diligencia, nunca se pudo tener noticia de ellos.

El Gobernador, habiendo capturado a ciertos indios, los mandó como embajadores al cacique y a algunos otros principales, que se habían puesto en dos balsas con la mayor cantidad de víveres que habían podido conseguir. Y les hizo pedir, de parte de Su Majestad, que vinieran a la paz y trajeran a los tres cristianos vivos, sin hacerles ningún mal ni daño, que él los habría recibido como vasallos de Su Majestad, aunque se hubieran rebelado. De lo contrario, les habría hecho la guerra a sangre y fuego hasta que los hubiera destruido y arruinado.

Pasaron algunos días, y nunca quisieron venir. Al contrario, se ensoberbecían y se hacían fuertes en la otra parte del río, que era caudaloso y no se podía vadear. Y les decían a los nuestros que pasaran a la otra parte, donde ellos estaban, que les harían lo mismo que habían hecho a los otros tres, a los que ya habían matado.

Una vez que toda la gente que había quedado en la isla llegó a tierra, el Gobernador hizo hacer un gran barcón de maderas, y por el mejor paso del río, mandó a desembarcar en la otra orilla a un capitán con cuarenta de a caballo y ochenta de a pie. Y tardaron en pasar toda esta gente con aquella barca desde la mañana hasta la hora del atardecer. Y le ordenó a aquel capitán que le hiciera la guerra a esos indios, ya que eran rebeldes y habían matado a tres cristianos. Y que si luego de haberlos castigado, según lo que su falta merecía, venían a la paz, los recibiera como Su Majestad ordenaba.

Este capitán, una vez que hubo pasado el río con sus guías, que llevaba, caminó toda la noche hacia donde estaban los enemigos, y por la mañana los atacó. Y venciéndolos, siguió la victoria todo ese día, matando y hiriendo, y haciendo prisioneros a todos los que pudo tener vivos en la mano. Y estando ya cerca de la noche, los nuestros se reunieron en una tierra. A la mañana siguiente, divididos en cuadrillas, se movieron para buscar a esos enemigos vencidos, que quedaron bien castigados.

El capitán, que veía que el daño que les había hecho debía ser suficiente, mandó a llamar al cacique a la paz. Y él, que se llamaba Chilimasa, mandó, con nuestro mensajero, a un principal suyo a responder que por el mucho miedo que tenía de los españoles, no se atrevía a venir. Pero que, estando seguro de que no lo matarían, habría venido con gusto a la paz.

El capitán dijo entonces que no se le haría mal ni daño alguno, y que por lo tanto viniera sin miedo, que el Gobernador lo habría recibido benignamente en paz como vasallo de Su Majestad, y le habría perdonado su error. Con esta seguridad, aunque con mucho temor, vino el cacique con algunos principales de los suyos, y fue alegremente recibido por el capitán, que le dijo que a los que venían de paz no se les debía hacer daño, aunque se hubieran rebelado antes. Y que ya que él había venido, no se le haría más guerra que la que ya se le había hecho. Y que por lo tanto hiciera regresar con seguridad a las tierras a su gente.

Habiendo hecho quitar de la otra parte del río los víveres y provisiones que allí encontró, llevándose consigo al cacique con los otros indios principales, regresó con su gente a donde había dejado al Gobernador. Y le contó lo que había hecho. Y él, dando gracias a nuestro Señor, que le había dado una victoria tan hermosa sin que ningún cristiano resultara herido, mandó a descansar a los que habían trabajado. Luego le preguntó al cacique por qué se había rebelado y había matado a los cristianos, habiendo sido tan bien tratado por él, porque él creía (que, habiéndole restituido gran parte de su gente, que el cacique de la isla le había capturado, y dándole en la mano a aquellos capitanes que le habían quemado su ciudad, para que hiciera justicia) haberlo debido encontrar de tantos beneficios grato y fiel.

El cacique respondió estas palabras: "Yo supe de ciertos principales míos que habían matado a los tres cristianos de la barca, pero yo no fui partícipe, y por esto temí que no fuerais a echarme la culpa a mí".

Dijo entonces el Gobernador: "Haz venir aquí a esos principales que hicieron esto, y que venga toda tu gente a habitar sus tierras". El cacique mandó a llamar a su gente y dijo que no se podía tener en la mano a aquellos que habían matado a los cristianos, porque se habían alejado de esa provincia.

Habiendo estado el Gobernador algunos días en ese lugar, viendo que no se podía tener a esos homicidas y que toda la ciudad de Tumbes estaba arruinada y casi desolada de gente, y que en esta provincia no había más indios que los que estaban sujetos a este cacique, decidió partir con algunas gentes de a pie y de a caballo para encontrar otra comarca más poblada de indios para hacer allí una nueva tierra.

Parece una gran cosa que Tumbes esté tan deshabitada, por algunos hermosos edificios que se ven, que tenía, con dos palacios, rodeados de dos muros de tierra y con sus patios y habitaciones y puertas con defensas, que entre los indios eran buenas fortalezas. Pero los mismos indios del lugar dicen que habían sido así destruidos por una gran pestilencia que hubo allí y por la guerra que les había hecho el cacique de la isla.

Ahora, el Gobernador, dejando aquí a un lugarteniente suyo con algunos cristianos para que custodiaran el equipaje y las mercancías que hasta ese día habían adquirido, partió con el resto de la gente, mientras que el cacique pacífico hacía que sus tierras volvieran a ser habitadas.

Parten de la tierra de Tumbes para descubrir otro pueblo y llegan al río Turicarami. Se detienen en Poechos, donde son recibidos por el pueblo con el buen ánimo de servir. Hacen la guerra a algunos desobedientes y hacen quemar al cacique Almotaxe con algunos de sus principales. En Tangarara edifican la tierra de San Miguel.

El primer día que el Gobernador Pizarro partió de Tumbes, que fue el dieciséis de mayo de 1532, llegó a una pequeña tierra. El tercer día, llegó a una tierra ubicada entre ciertos montes, cuyo cacique fue llamado Juan. Allí descansó tres días, y en otras tres jornadas llegó a la orilla de un río, que estaba bastante poblado y provisto de los víveres ordinarios de esa tierra y de rebaños de ovejas.

El camino que conducía a estos lugares estaba todo hecho a mano, ancho y bien trabajado, y algunos pasos malos estaban arreglados con sus buenas explanadas. Llegado a este río, que llaman Turicarami, enderezó y detuvo sus alojamientos en una gran tierra llamada Poechos. Y la mayor parte de los caciques que estaban río abajo, vinieron de paz al Gobernador, y el pueblo de Poechos le salió al encuentro para recibirlo en el camino. Y él los recibió a todos con mucho amor y les notificó lo que Su Majestad ordenaba para atraerlos a su obediencia y al conocimiento de la santa fe católica.

Lo cual, cuando ellos lo entendieron por medio de los intérpretes, dijeron que querían ser sus vasallos con gusto. Y el Gobernador los recibió como tales con la solemnidad que se requería, y obtuvo de ellos víveres y servicios. Un tiro de ballesta antes de llegar a esta tierra, hay una gran plaza con una fortaleza rodeada y con muchas habitaciones dentro, donde los cristianos se alojaron para no dar peso ni molestia a los indios.

Y el Gobernador hizo publicar entre los suyos, bajo graves penas, que así a estos como a todos los demás que vinieran como amigos, se les debía tener respeto, sin hacerles daño alguno, ni en las personas, ni en las mercancías, y sin quitarles cosa alguna de comer, más de lo que ellos mismos darían por el sustento de los cristianos. Y que habría de ejecutar pronto el castigo en aquellos que hubieran hecho lo contrario, porque cada día aquellos indios traían todo lo que a los nuestros era necesario para la vida, y hierbas para los caballos, y servían en todo lo que se les ordenaba.

Ahora, viendo el Gobernador que la ribera de ese río era abundante y bien poblada, ordenó que se viera toda la provincia y si había en ese lugar un buen puerto. Y se encontró que había un buen puerto en la costa del mar cerca de este río, y que había tan cerca caciques y señores de mucha gente, que podían venir a servir cómodamente a quien se hubiera establecido cerca de este río.

El Gobernador fue visitando todos estos pueblos, y habiéndolos visto, dijo que esta le parecía una buena provincia para que los españoles se establecieran, porque cumplía con lo que Su Majestad ordenaba, y los indios de la comarca se convertirían y vendrían al conocimiento de la santa fe católica. Y así, mandó a hacer venir a los españoles que se habían quedado en Tumbes, para que con el consejo de los principales se hiciera el pueblo y la ciudad en el lugar más conveniente para el servicio de Su Majestad y para el bien de los paisanos. Y habiendo mandado a este mensajero, le pareció que su venida se tardaría demasiado si no hubiera enviado a una persona a la que el cacique y los indios de Tumbes hubieran tenido respeto y la hubieran considerado, para ayudar a conducir a los nuestros. Y así, para este fin, mandó como Capitán general a Fernando Pizarro, su hermano.

Además de esto, el Gobernador supo que ciertos caciques que vivían en la montaña no querían la paz con los cristianos, aunque se les había pedido de parte de Su Majestad. Y por ello, mandó de inmediato a un capitán con veinticinco de a caballo y con otras gentes de a pie, para que los atrajera al servicio de la Majestad Cesárea. Este capitán que fue, los encontró ya salidos y partidos de sus tierras. Mandó a requerirlos de paz, y encontrándolos obstinados en la guerra, los atacó, y en poco tiempo, hiriéndolos y matándolos, los puso en derrota y ruina.

El capitán regresó de nuevo a requerirlos y a llamarlos a la paz, que de lo contrario les haría la guerra hasta que los hubiera destruido. Entonces vinieron a la paz, y fueron bien recibidos y vistos por el capitán, el cual, dejando aquella provincia en paz, regresó con aquellos caciques a donde el Gobernador estaba, que también con mucho amor los recibió, y los hizo luego regresar a sus tierras para que volvieran a llamar a sus indios que andaban dispersos.

El capitán dio la noticia de que en las tierras de estos caciques de las montañas habían encontrado minas de oro fino, y que los indios de esos lugares lo recogían (y llevó la muestra) y que estaban a veinte leguas de Poechos.

El capitán que fue a Tumbes, regresó con la gente al cabo de treinta días. Y algunos regresaron por mar con el equipaje a bordo de un barco y un barcón, y otras pequeñas barcas, que habían venido de Panamá con mercancías y no habían traído gente, porque el capitán Diego de Almagro se había quedado para hacer una flota para venir a hacer este nuevo pueblo, y con el pensamiento de tener que hacer por sí mismo una nueva tierra.

El Gobernador, cuando supo que estos barcos habían llegado, para que el equipaje se descargara más pronto y se llevara río arriba, partió de Poechos río abajo con algunas gentes. Y llegado a donde había un cacique llamado de la Chira, encontró a algunos cristianos que habían desembarcado allí, y se quejaban de haber sido maltratados por ese cacique, y que poco habían dormido la noche anterior por miedo, porque habían visto a esos indios ir en compañías y alterados.

El Gobernador, de los mismos indios del país, obtuvo información de aquella cosa y encontró que el cacique de la Chira con sus principales, y con otro cacique llamado Almotaxe, había concertado y planeado matar a los cristianos ese mismo día que el Gobernador llegó. Por lo cual, mandó de inmediato, en secreto, a capturar a Almotaxe y a los otros indios principales. Y él capturó al de la Chira con algunos de sus principales, que confesaron de inmediato el delito. Y por ello, se hizo justicia de inmediato, ya que fueron puestos a arder en el fuego el cacique de Almotaxe y sus principales, con todos los principales también de la Chira. Del cacique de la Chira no se hizo justicia, porque parecía que no había tenido tanta culpa, sino que había sido empujado y medio forzado por sus principales.

Y para que estos dos pueblos, al quedar sin jefes, no se perdieran, se los restituyó al cacique de la Chira a ambos, advirtiéndole que de allí en adelante debía ser bueno, porque a la primera de sus maldades sería castigado. Y le ordenó que reuniera a toda su gente, y también a la de Almotaxe, y la rigiera y gobernara, hasta que un muchacho, que debía suceder en el estado de Almotaxe, se hiciera hombre.

Este castigo infundió mucho temor y espanto en toda la provincia, de modo que se deshizo una conjura, que se decía, que todos aquellos pueblos habían hecho para atacar un día al Gobernador y a sus españoles. Y de allí en adelante todos sirvieron mejor y con más temor que antes.

Después de que el Gobernador hubo hecho esta justicia, y reunido a todas sus gentes con el equipaje que había venido de Tumbes, vio toda aquella provincia junto con el Reverendo Padre Fray Vicente de Valverde, religioso de la orden de San Domingo, y con los otros oficiales de Su Majestad. Y porque allí estaban las cualidades que debían estar en la tierra donde los españoles debían hacer un nuevo pueblo, y los indios habrían podido servirles sin que pareciera un trabajo excesivo (porque este es el principal respeto de conservarlos, que Su Majestad quiere que se tenga), con el parecer y consejo de este Padre y de los otros oficiales reales, fundó una tierra en nombre de Su Majestad, cerca de la ribera de este río, a seis leguas del puerto del mar, donde había un cacique señor de una tierra llamada Tangarará, que los nuestros, al habitarla, la llamaron San Miguel.

Y para que los barcos que habían venido de Panamá, al retrasarse su regreso, no sufrieran daño, el Gobernador, con el consejo de los oficiales reales, hizo fundir cierto oro que estos caciques, y el de Tumbes, habían donado. Y sacado el quinto correspondiente a Su Majestad, el resto, que era de la compañía, se lo hizo prestar el Gobernador a los compañeros, prometiendo pagarlo del primer oro que se obtuviera. Y así se lo pagó a los dueños de aquellos barcos por su flete, y los comerciantes, habiendo despachado sus mercancías con estas mismas embarcaciones, regresaron.

El Gobernador mandó a avisar a su compañero el capitán Almagro lo que había hecho de servicio a Dios y a Su Majestad, al tratar de hacer nuevos pueblos, para disuadirlo de su propósito. Habiendo despachado estos barcos, repartió entre aquellos cristianos que querían quedarse en la colonia, las tierras, y las áreas y espacios para hacer las casas. Y para que no se hubieran podido mantener sin la ayuda y servicio de los mismos indios, los cuales, sirviendo sin estar repartidos, habrían sido bastante perjudicados, con el consejo y parecer del padre religioso y de los otros oficiales, depuso y repartió a los caciques e indios entre los ciudadanos de esta nueva tierra, para que ayudaran a mantenerlos. Y los cristianos les enseñaran en la santa fe, como Su Majestad ordenaba, mientras no se proveyera de un mejor modo.

Fueron en esta nueva tierra elegidos Justicieros, Rectores, y otros Oficiales públicos, a los cuales se les dieron las instrucciones y las órdenes, con las cuales se debieron regir.

Por la relación que tienen de la tierra de Cajamarca, que es poseída por Atahualpa, un poderosísimo cacique. Van a la tierra, al entrar en el país, se les dice mucho sobre las costumbres, las riquezas de Atahualpa, las huestes de los indios, y las tierras de Pabor, Casciatran, y Huancabamba.

El Gobernador tuvo noticia de que por el camino de Chincha y del Cuzco había muchas tierras grandes, abundantes y ricas. Y que a doce jornadas de aquella tierra donde él estaba, había un valle bien habitado llamado Cajamarca, donde residía Atahualpa, que era el señor más grande que en ese tiempo había en aquellas partes, a quien todos los demás obedecían. Y que había venido muy lejos de su patria, siempre conquistando y sometiendo nuevos pueblos, y que al llegar a la provincia de Cajamarca, por haberla encontrado tan rica y deliciosa, se detuvo allí con su residencia. Pero desde ese lugar siempre iba conquistando nuevas tierras.

Este señor era tan temido por todos, que los pueblos de este río, donde se habían detenido los nuestros, no estaban tan bien al servicio de Su Majestad como era necesario, porque se favorecían con este Atahualpa, y decían no tener otro señor que él. Y que una pequeña parte de su ejército bastaba para matar a todos los cristianos, y que con su acostumbrada crueldad aterrorizaba al mundo.

El Gobernador, que entendía todas estas cosas, decidió partir e ir a buscar a este Atahualpa para atraerlo al servicio de Su Majestad y para pacificar las provincias por medio de él, ya que cuando hubiera conquistado a este, fácilmente se pacificaría y pondría en quietud el resto.

Partió, pues, de la ciudad de San Miguel para hacer esto el 24 de septiembre de 1532. El primer día de este viaje, los suyos pasaron el río con dos barcos llenos y los caballos nadando, y esa primera noche durmieron en una tierra en la otra parte del río. En los tres días siguientes, llegó luego al valle de Piura en una fortaleza de un cacique, donde encontró a un capitán suyo con ciertos españoles, que él había enviado a pacificar a ese cacique, y para que no agobiaran mucho al cacique de San Miguel.

Allí se detuvo el Gobernador diez días, proveyéndose de cuanto necesitaba para ese viaje. Y al pasar lista a sus cristianos que llevaba, encontró que tenía sesenta y siete de a caballo y 110 de a pie, de los cuales eran tres arcabuceros y algunos ballesteros. Y como el lugarteniente de San Miguel le escribió que allí se habían quedado pocos cristianos con él, el Gobernador hizo publicar que aquellos que quisieran ir a ser ciudadanos de San Miguel, que fueran libremente, que se les entregarían indios con los cuales se pudieran mantener, como ya se había hecho a los otros que se habían quedado en esa ciudad, porque él, con los pocos o muchos que le quedaran, quería ir más allá a conquistar nuevos pueblos.

Por este bando, regresaron a San Miguel cinco de a caballo y cuatro de a pie, de modo que con estos el número de aquellos ciudadanos llegó a 55, sin otros diez o doce que se quedaron allí sin ciudadanía. Y al Gobernador le quedaron 62 de a caballo y 102 de a pie.

El Gobernador ordenó que se proveyeran de armas aquellos que no las tenían, y puso en orden todo lo que necesitaban los ballesteros. E hizo a un capitán que tuviera el cargo de esta gente que llevaba. Una vez que tuvo todo lo necesario, el Gobernador partió con la gente que tenía. Y habiendo caminado hasta el mediodía, llegó a una gran plaza rodeada de un muro de tierra bien hecho, y era de un cacique llamado Pabor.

Allí se detuvo con su gente, y supo que este cacique era un gran señor, pero que en ese momento se encontraba arruinado, porque el Cuzco viejo, padre de Atahualpa, le había destruido veinte tierras y matado a la gente. A pesar de todo este daño, tenía mucha gente, y estaba con él su hermano, un gran señor como él. Y ambos estaban en paz con los nuestros, ya asignados a la ciudad de San Miguel.

Esta tierra y la de Piura se encuentran en ciertos valles llanos muy buenos. El Gobernador en este lugar se informó de las tierras y caciques vecinos y del camino a Cajamarca.

Y supo que a dos jornadas de allí, había una gran tierra llamada Caxas, donde había una guarnición de Atahualpa que esperaba a los cristianos si pasaban por allí. Habiendo él entendido esto, mandó en secreto a un capitán suyo con gente de a pie y de a caballo, con la orden de que, si encontraba gente de Atahualpa, tratara amistosamente de atraerlos al servicio de Su Majestad. El Capitán partió de inmediato ese mismo día.

Al día siguiente, partió el Gobernador y llegó a una tierra llamada Zaran, donde se detuvo para esperar al Capitán que había mandado a Caxas. Y este, al quinto día, le mandó un mensajero para hacerle saber lo que le había sucedido. El Gobernador le devolvió de inmediato la respuesta, que él lo esperaba en esa tierra, y que, por lo tanto, una vez que hubiera terminado el negocio para el que había ido, regresara para unirse a él. Y que por el camino visitara y pacificara otra tierra llamada Huancabamba, que estaba cerca de la ciudad de Caxas. Y también le escribió que el cacique de Zaran era señor de buenas tierras y de un valle fructífero, que ya estaba asignado a los cristianos de San Miguel.

Mientras el Gobernador estuvo allí ocho días esperando al Capitán, los suyos se prepararon con sus caballos para el viaje que debían hacer. Y finalmente, el Capitán regresó y refirió lo que había visto, diciendo que había tardado dos días y una noche en llegar a Caxas sin descansar nunca, excepto mientras comían, subiendo por grandes montañas para tomar por sorpresa esa tierra. Y que, a pesar de esto, aunque había tenido buenas guías, no había podido llegar sin encontrarse en el camino con espías de aquel pueblo. Y que de algunas que habían sido capturadas, había sabido cómo estaba esa gente. Por lo tanto, siguiendo con orden su camino, había encontrado al entrar en la tierra un lugar en el que se podía ver que había acampado gente de guerra. Y que el pueblo de Caxas estaba en un pequeño valle entre ciertas montañas, y la gente de ese lugar estaba algo alterada y asustada.

Pero habiéndoles asegurado, y habiéndoles hecho entender que él venía de parte del Gobernador para recibirlos como vasallos del Emperador, había salido a hablarle un capitán, que dijo que estaba de parte de Atahualpa para recibir los tributos de esas tierras. Y que de este había sabido y se había informado del camino de Cajamarca, y de la intención que Atahualpa tenía para recibir a los cristianos, y de la ciudad del Cuzco, que estaba a treinta jornadas de allí. Y que el muro que la rodeaba medía una jornada de camino. Y que la casa del cacique se extendía por todos lados cuatro tiros de ballesta, y que había una sala donde estaba muerto el Cuzco viejo (Huayna Cápac), cuyo pavimento estaba revestido de plata, y el techo y las paredes cubiertas de oro y plata. Y que también había sabido que esas tierras, un año antes, habían sido del Cuzco, hijo del Cuzco viejo. Y que Atahualpa, su hermano, había venido luego conquistando todo, y poniendo un gran tributo, y usando gran crueldad de continuo. Y que además del tributo que le dan de sus bienes y entradas, también le dan tributo de hijos e hijas propias.

Decía también haber sabido que aquel lugar de alojamiento que veía en Caxas, había sido de Atahualpa, que pocos días antes había partido de allí con una parte de su ejército. Y que también había visto en esa tierra una gran casa y fuerte, rodeada de un muro de cal y tierra, con sus puertas, y que dentro había muchas mujeres hilando y tejiendo vestidos para el ejército de Atahualpa, sin haber otros hombres, excepto los porteros que las custodiaban. Y que había visto en la entrada de la ciudad a ciertos indios colgados por los pies. Había sabido de aquel principal indio que Atahualpa los había hecho morir, porque uno de ellos había entrado en aquella casa a dormir con una de esas mujeres. Por lo cual él, a este adúltero y a todos los porteros que se lo habían consentido, los había hecho morir.

Siguiendo el razonamiento, este Capitán decía que, habiendo pacificado el pueblo de Caxas, se había ido a Huancabamba, que estaba a una jornada de allí. Y que era una tierra más grande que Caxas, y con mejores edificios. Y que la fortaleza era toda de piedras bien trabajadas, que eran grandes, de cinco y seis palmos cada una, y tan estrechas y unidas entre sí, que no parecía que entre la una y la otra hubiera ninguna mezcla. Y había dos escaleras de piedra en el medio de dos apartamentos.

Dijo que por medio de esta tierra y de la de Caxas pasa un pequeño río, del cual los pueblos se sirven, y tienen sus puentes y explanadas bien hechas. Y que entre estas dos tierras hay una amplia carretera hecha a mano, que atraviesa toda aquella comarca y viene desde el Cuzco hasta Huito, que son más de trescientas leguas. Y va llana y por el monte está bien asentada, y es tan ancha que seis de a caballo pueden ir a la par sin tocarse el uno al otro. Y que por esta carretera se conducen acueductos, de los cuales los viajeros beben. Y en cada jornada se encuentra una casa donde se alojan aquellos que van y vienen. Y que al principio de esta carretera, en Caxas, al final de un puente, hay una casa donde está una guardia que recibe el peaje de aquellos que van y vienen, y lo pagan en la misma cosa que llevan. Y que nadie puede sacar carga de mercancías de esa tierra si no lleva. Y que esta costumbre la tenían antiguamente, pero Atahualpa la había suspendido para lo que tocaba a las mercancías que se sacaban para su gente de guarnición. Y que ningún pasajero podía entrar ni salir con mercancías si no era por aquella parte donde la guardia estaba, bajo pena de muerte.

Decía también haber encontrado en estas tierras dos casas llenas de zapatos y de panes de sal, y de ciertos alimentos que parecían carne picada, con otras cosas depositadas y guardadas para el ejército de Atahualpa. Y concluyendo, el Capitán enviado por el Gobernador Pizarro decía que esas tierras vivían políticamente y con buenos órdenes.

Atahualpa, cacique, envía embajadores a Pizarro con un presente. Le hace saber que es su amigo, con el deseo de verlo en Cajamarca. Se ponen en viaje, llegan a Lopix y de allí a Motux, donde notan muchas costumbres de aquellos indios, en el vestir y en el sacrificar a sus ídolos.

Vino con nuestro Capitán un indio principal con algunos otros, y decía que venía con un cierto presente para el Gobernador. Y cuando estuvo ante él, le dijo que Atahualpa, su señor, lo mandaba desde Cajamarca con aquel presente, que eran como dos cántaros hechos a modo de una fuente de piedra, y de ella se bebía. Y dos cargas de patos secos y sin piel, para que, una vez hechos polvo, se hiciera con ellos una fumigación, que así se usaba entre los señores de aquellas comarcas. Y le mandaba a decir que tenía gran voluntad de ser su amigo, y de verlo en Cajamarca, donde pacíficamente y amigablemente lo esperaba.

El Gobernador recibió el presente, y cortésmente respondió que tenía gran placer de su venida, por ser mensajero de Atahualpa, al que él deseaba ver por las noticias que oía de él. Y que, habiendo sabido que él le hacía la guerra a sus enemigos, había decidido ir a verlo, y a ser su amigo y hermano, y a favorecerlo en esas sus empresas, junto con los cristianos que iban con él.

Luego ordenó de inmediato que se diera de comer a él y a todos los demás que habían venido con él, de todo lo que les fuera necesario, y que fueran bien alojados, como embajadores de tan gran señor. Una vez que hubieron descansado, el Gobernador los hizo venir ante él y les dijo que si querían regresar o quedarse allí algunos días, que hicieran lo que más les placiera. Y como el mensajero dijo que quería regresar con la respuesta a su señor, el Gobernador agregó: "Pues, le dirás de mi parte lo que te he dicho, es decir, que yo no me detendré en ninguna tierra por el camino, para poder llegar pronto a hablar con él". Y le dio una camisa con otras cosas de las de Castilla, para que por su amor las llevara.

Y después de que este mensajero partió, él se quedó allí dos días más, porque la gente que venía de Caxas estaba cansada del camino. Y en este tiempo, le escribió a su colonia de San Miguel todas estas noticias de Atahualpa, y le mandó las dos torres y ciertos vestidos de lana que los de Caxas habían traído, que eran una cosa nueva y hermosa de ver, porque se juzgarían más bien de seda que de lana. Y había muchos trabajos y figuras de oro de martillo muy bien puestas.

Una vez despachados estos mensajeros, partió el Gobernador Pizarro, y caminó tres jornadas sin encontrar ni habitación ni agua, excepto la de una pequeña fuente, donde con gran dificultad sus gentes se pudieron proveer. Pero al cabo de los tres días, llegó a una gran plaza rodeada, pero no había ninguna persona. Y se supo que era de un cacique, señor de una tierra llamada Lopix, que estaba en un valle cerca de allí, y que esta fortaleza se había deshabitado por no tener agua.

Al día siguiente, Pizarro caminó muy temprano por la noche con la luna, porque la jornada era larga para poder llegar al lugar habitado. Pero al mediodía, llegó a una gran casa rodeada y fortificada con buenos alojamientos dentro, y salieron de este lugar a recibirlo algunos indios. Pero como aquí no había agua ni qué comer, pasó dos leguas más adelante a una tierra de un cacique, donde hizo que sus gentes se aposentaran juntas en una parte. Y allí supo por los indios principales que estaban allí, que el cacique de esta tierra, llamada Motux, estaba en Cajamarca, donde había llevado a trescientos hombres de guerra, y que allí había un capitán puesto por Atahualpa.

El Gobernador descansó allí cuatro días, y vio alguna parte de esta tierra, que le pareció buena, y muy habitada, y ubicada en un valle fértil. Todas las tierras que hay desde este lugar hasta la ciudad de San Miguel, están ubicadas en valles. Y todas las otras, de las cuales se tiene noticia, hasta que se llega al pie del monte, que está cerca de Cajamarca.

Por este camino, todas las gentes tienen un mismo modo de vivir. Y las mujeres van con vestidos tan largos que los arrastran por el suelo a la manera que lo hacen de sus vestidos las mujeres en Castilla. Los hombres llevan ciertas camisas cortas, y es gente sucia, y comen la carne y el pescado crudo, y el maíz cocido y quemado. Usan otras brutalidades y suciedades en los sacrificios y en sus mezquitas, las cuales tienen en gran veneración y les ofrecen sus mejores cosas.

Sacrifican cada mes a sus propios hijos, y con la sangre de ellos ungen los rostros de los ídolos y las puertas de las mezquitas, y la esparcen también sobre las sepulturas de los otros muertos. Y los mismos que son sacrificados, van voluntariamente a morir riendo, y bailando, y cantando, y en ese momento piden esta muerte cuando están bien hartos de beber. Sacrifican también ovejas.

Las mezquitas se diferencian de las otras casas porque están rodeadas de un muro de piedra y de ladrillo de tierra y cal bien hecho, y situadas en la parte más alta de la ciudad. Un mismo tipo de ropa y los mismos sacrificios usan en Tumbes y en todas estas otras tierras. Siembran cerca de los ríos, y cuando les parece, dan agua a los sembrados. Y recogen mucho maíz y otras semillas y raíces que ellos comen, y en estas provincias llueve poco.

Al ir a Cajamarca, se les avisa que el cacique Atahualpa los espera con cincuenta mil indios de guerra para destruirlos, pero no se desvían de su camino principal y llegan a una montaña de difícil subida.

El Gobernador Pizarro camina dos días por ciertos valles bien poblados, y cada jornada dormía en ciertas habitaciones fuertes y bien rodeadas de muros de cal y tierra. Los señores de estas tierras decían que el Cuzco viejo se alojaba en estas habitaciones cuando iba de camino por estos lugares. Pizarro siguió su viaje por una tierra arenosa y seca hasta que llegó a otro valle bien poblado, por el cual discurre un furioso y gran río.

Así que, como el río iba muy alto, durmió de esta parte. Pero hizo pasar a nado a la otra orilla a un capitán con algunos otros que sabían nadar, para que impidieran el paso a quien quisiera venir a perturbarlo. Y el capitán que pasó fue Hernando Pizarro, el cual encontró pacíficos a los indios que estaban en una tierra de la otra parte, y se alojó en una fortaleza rodeada de un muro.

Pero como veía que los indios de las tierras estaban sublevados (porque si bien algunos vinieron de paz, todas las otras tierras, sin embargo, estaban abandonadas, y habían huido con sus mercancías), preguntó a los indios de Atahualpa si sabían si él esperaba a los cristianos para la paz o para la guerra. Y no pudo saber la verdad de ninguno, por el miedo que todos tenían a Atahualpa, hasta que, habiendo sacado a un principal aparte y atormentado, dijo que Atahualpa esperaba a los nuestros con un ejército grande para hacerles la guerra, y que tenía a su gente dividida en tres partes, y decía con mucha soberbia que él haría morir a todos los cristianos. Lo cual este principal decía haberle oído a él mismo.

La mañana siguiente, el Capitán hizo saber todas estas cosas al Gobernador, el cual hizo cortar de inmediato árboles de ambas partes del río, para que la gente con el equipaje pudiera pasar, y se hicieron tres puentes por los cuales todo ese día no se hizo otra cosa que pasar el ejército, y los caballos pasaron a nado.

El Gobernador, una vez que la gente hubo pasado con todo este trabajo, la hizo alojarse en la fortaleza donde el Capitán estaba. Y habiendo hecho venir a un cacique, supo que Atahualpa estaba cerca de Cajamarca con muchas gentes de guerra, que podían ser unos cincuenta mil hombres. Cuando él oyó un número tan grande de gente, creyendo que aquel se equivocara en la cuenta, quiso informarse del modo de contar de ellos, y encontró que contaban de uno hasta diez, y de diez hasta cien. Y diez veces cien hacen mil, y cinco veces diez mil eran las gentes que Atahualpa tenía.

Este cacique, que dio esta información, era el señor principal de cuantos hay en ese río. Y decía que cuando Atahualpa vino a esa provincia, él se había escondido por miedo. Y como ese cruel no lo había encontrado en sus tierras, de cinco mil indios que este cacique tenía como vasallos, hizo morir a cuatro mil, y le había quitado 600 mujeres y 600 niños para repartirlos entre su gente de guerra. Decía también que el cacique de esta tierra y fortaleza, donde los cristianos estaban en ese momento, se llamaba Cinto, y se encontraba cerca de Cajamarca con Atahualpa.

El Gobernador se quedó en este lugar con sus gentes cuatro días, y un día antes de que quisiera partir, habló con un indio principal de la provincia de San Miguel y le dijo si le daba el corazón para ir a Cajamarca como espía, para entender las cosas que se hacían en ese lugar. Respondió el indio: "No me da el corazón para ir como espía, pero iré como tu mensajero a hablar con Atahualpa, y así veré si en el monte hay gente de guerra y qué ánimo tiene".

El Gobernador le dijo que fuera como le placiera, y que si en el monte había gente, como había sabido, le mandara a avisar de inmediato por un indio de los que llevaría consigo. Y le ordenó que hablara con Atahualpa y con sus gentes, y les dijera el buen trato que él y sus cristianos hacían a los caciques que querían la paz con ellos, y que ellos no hacían la guerra, sino a aquellos que la querían. Y que de todo les dijera la verdad, según lo que había visto. Y que si Atahualpa quería ser bueno, él sería su amigo y hermano, y lo habría favorecido y ayudado en las guerras.

Una vez que el indio partió con esta embajada, el Gobernador continuó su camino por aquellos valles, encontrando cada día aldeas con sus casas rodeadas de muros, como fortalezas. Y en tres jornadas llegó a una aldea que estaba al pie de un monte, dejando a mano derecha el camino que había hecho, porque esa carretera por aquellos valles iba a la Chincha, y este otro iba a Cajamarca directo. Se supo que la carretera que iba a la Chincha estaba toda habitada con buenas tierras, y que venía desde el río de San Miguel, toda aplanada a mano, con muros de cal y tierra a ambos lados, y tan ancha que dos carretas pueden ir a la par. Y que de Chincha, luego, va esta misma carretera hasta el Cuzco, y que en gran parte hay a un lado y al otro, árboles puestos a mano para que hagan sombra al camino. Y decían que esta carretera la había hecho el Cuzco viejo, para venir a visitar sus tierras, y que aquellas casas cerradas alrededor eran donde él se alojaba por el viaje.

Algunos cristianos eran de la opinión de que el Gobernador con los suyos fuera por aquella carretera a Chincha, porque por el otro camino se tenía que pasar, antes de llegar a Cajamarca, una mala montaña, donde había gente de guerra de Atahualpa, y por lo tanto, podría incurrir en algún inconveniente. Pero él respondió que Atahualpa ya tenía noticia y sabía que él lo iba a buscar, desde que habían partido del río de San Miguel. Y que si se detenía en hacer ese camino, los indios habrían dicho que los nuestros no tenían el valor de ir, y por lo tanto, se habrían vuelto más soberbios de lo que eran.

Así que, por esto y por muchas otras razones, dijo que quería seguir el camino comenzado e ir dondequiera que Atahualpa estuviera. Y que se animaran todos a hacer lo que él esperaba de ellos, y que no dudaran de la mucha gente que se decía que tenía el enemigo, porque si bien los cristianos eran pocos, bastaba, sin embargo, el favor de nuestro Señor para romper y derrotar a un número de enemigos mayor que el que era. Y a hacerles también venir al conocimiento de nuestra santa fe católica, como se había visto, que cada día la clemencia divina había socorrido y ayudado milagrosamente a los suyos en las mayores necesidades. Y que así esperaba que hubiera de hacer en ese momento, ya que iban con la buena intención de atraer a aquellas gentes infieles al conocimiento de la verdadera fe, sin hacerles daño o mal alguno, si ellos mismos no les hubieran dado la ocasión con contradecirlos y tomar las armas.

Pasan la montaña. Atahualpa les envía embajadores con diez ovejas y la oferta de enviarles comida para el camino a Cajamarca. De ellos obtienen conocimiento de muchas cosas del estado de guerra que Atahualpa tiene con su hermano. Les dan una respuesta, mostrándoles que el Emperador es Señor de todo, y vence a todos con paz o con guerra.

Una vez que el Gobernador hubo hecho este razonamiento, todos dijeron que fuera por el camino que le pareciera más conveniente, que todos con mucho ánimo lo seguirían, y en el momento de hacer el ataque le habrían mostrado su corazón. Llegados al pie del monte, descansaron un día para dar orden a la subida. El Gobernador, habiendo tomado consejo de personas expertas, determinó dejar la retaguardia con el equipaje, y así se dirigió con cuarenta de a caballo y sesenta de a pie con mucho orden y juicio, dejando a un capitán con el resto de la gente atrás, para que no se moviera hasta que él le avisara de lo que debía hacer.

Al subir la montaña, los jinetes llevaban sus caballos de la mano, hasta que al mediodía llegaron a una fortaleza situada en la cima del monte en un paso estrecho, que con pocos cristianos se habría defendido de un gran ejército de enemigos, porque el lugar era escarpado, y en alguna parte se subía como por escalones, y no había forma de subir por ninguna otra parte. Los nuestros subieron sin que nadie se lo impidiera. Y esta fortaleza, rodeada de peñas, estaba ubicada y fundada en el mismo monte, cuyos escarpados y empinados peñascos le servían de muro.

Aquí descansaron los nuestros y comieron. Y hacía tanto frío que de los caballos que venían calientes del valle, algunos se enfriaron y entumecieron. Luego el Gobernador se fue a alojar a una tierra y mandó a un mensajero a llamar a los otros que se habían quedado atrás, haciéndoles saber que pasaran con seguridad y se esforzaran por llegar a dormir a aquella fortaleza.

Esa noche, el Gobernador se alojó en esa tierra en una fortaleza y una habitación bien trabajada de mármol, y el muro que la rodeaba era tan amplio como el de cualquier fortaleza de España, con sus puertas. Y si en estas provincias estuvieran los maestros y las herramientas de España, aquel lugar no habría podido estar mejor trabajado. La gente de este pueblo había huido, excepto algunas mujeres y algunos pocos indios, de los cuales el Gobernador hizo capturar a dos principales y los hizo preguntar por separado sobre las cosas de esa provincia, y dónde estaba Atahualpa, y si esperaba a los cristianos como amigo o como enemigo. Y supo que hacía tres días que Atahualpa había llegado a Cajamarca, y que tenía mucha gente con él, pero no sabían lo que quería hacer. Y que siempre habían oído decir que él quería la paz con los cristianos. Y que la gente de esa tierra estaba de parte de Atahualpa.

Al atardecer, llegó un indio de los que había llevado consigo aquel indio principal de San Miguel que había ido adelante como embajador, y dijo que había sido enviado de vuelta por ese mensajero, estando ya cerca de Cajamarca, porque se habían encontrado con dos mensajeros de Atahualpa que venían detrás, y llegarían al día siguiente. Y que Atahualpa se encontraba en Cajamarca, y que él no se detendría hasta que no hubiera hablado, y luego regresaría con la respuesta. Y decía que por el camino no habían encontrado ninguna gente de guerra.

Entonces, el Gobernador mandó a hacer saber todas estas cosas por una carta al Capitán que se había quedado atrás con el equipaje, y le dijo que al día siguiente haría una pequeña jornada para esperarlo, porque quería que toda la gente fuera unida en compañía. Y así, al día siguiente caminó, subiendo todavía la montaña, en cuya cima se detuvo en una llanura cerca de ciertos arroyos de agua, para esperar a los compañeros que venían detrás. Sus españoles se acomodaron en sus tiendas y cubiertas de algodón que llevaban, y encendieron fuego para defenderse del gran frío que allí hacía, y que en Castilla en el campo no se habría sentido mayor. Y este monte era todo llano y lleno de una cierta hierba, como esparto corto con rarísimos árboles. Y las aguas son tan frías que no se pueden beber sin calentarse.

Poco después de que los nuestros hubieran descansado aquí, llegó la retaguardia. Y de la otra parte vinieron los mensajeros de Atahualpa, que por él les mandaba a presentar diez ovejas. Estos, llegados ante el Gobernador, después de las cortesías, dijeron que su Señor mandaba esas diez ovejas a los cristianos, y que deseaba saber el día en que llegarían a Cajamarca, y que les mandaría comida en el camino.

El Gobernador los recibió cortésmente, y respondió que tenía por grata su venida, ya que eran enviados por su hermano Atahualpa. Y que él iría lo más pronto posible a verlo. Una vez que comieron y descansaron, el Gobernador les preguntó sobre las cosas del país y sobre las guerras que Atahualpa hacía. Y uno de ellos respondió que hacía cinco días que Atahualpa estaba en Cajamarca para esperarlo allí, y que no tenía consigo sino algunas pocas gentes, porque había mandado a las otras a hacer la guerra a su hermano Cuzco.

Y preguntado particularmente por el Gobernador sobre todo el proceso de aquellas guerras y cómo había comenzado su señor a conquistar el país, aquel agregó de esta manera: "Atahualpa, mi señor, fue hijo del Cuzco viejo, que ya ha muerto, y el cual señoreó todas estas comarcas. Y al morir, dejó a este Atahualpa, su hijo, como Señor de una gran provincia llamada Quito, que está cerca de Tumipampa. Y a su otro hijo mayor le dejó el señorío principal con todas las otras tierras. Por lo cual, como este fue el sucesor en todo aquel estado, se llamó el Cuzco, como su padre. Y no contento con este señorío, se fue a guerrear contra Atahualpa, su hermano, al cual este lo mandó a rogar que lo dejara vivir pacíficamente con lo que su padre le había dejado. Pero el Cuzco no quiso oír ni una palabra, sino que mató a uno de los dos hermanos que le llevaron la embajada.

Atahualpa entonces le salió al encuentro con mucha gente de guerra hasta la provincia de Tumipampa, que era de su hermano. Y porque quisieron impedírselo y defenderse de él, quemó la ciudad principal de aquella provincia, y mató a toda la gente. Pero aquí tuvo aviso de que su hermano había estado en su estado con un ejército. Por lo tanto, él se movió de inmediato y lo fue a buscar. El Cuzco, cuando supo de la venida de su hermano, regresó huyendo a sus provincias. Y Atahualpa lo siguió, conquistando todas aquellas tierras, sin que ninguna se defendiera de él, porque bien sabían el castigo que había hecho en Tumipampa. Y así, de todas partes tomaba gente y reforzaba su ejército. Y llegado a Cajamarca, como le pareció una tierra buena y abundante, se detuvo allí para poder luego desde ese lugar moverse a la conquista del resto del estado de su hermano.

Y así luego mandó a un capitán con dos mil hombres de guerra sobre la ciudad donde residía su hermano, el cual, como estaba con un gran ejército, mató a estos dos mil hombres. Atahualpa mandó entonces un mayor número de gente con dos capitanes, que hace unos seis meses que fueron. Pero hace pocos días que ha tenido noticia de que estos dos capitanes suyos han conquistado toda la tierra del Cuzco, y lo han derrotado a él y a su gente en batalla, y que lo llevaban prisionero con mucho oro y plata que le habían quitado."

Entonces el Gobernador dijo: "Mucho placer he tenido de lo que me habéis contado, por haber sabido de la victoria de vuestro señor, ya que su hermano, no contentándose con lo mucho que poseía, quería también quitarle el estado que su padre le había dejado. Y así les sucede a los soberbios, como le sucedió al Cuzco, que no solamente no llegan a lo que malamente desean, sino que también ellos pierden sus bienes y personas. Y porque el Gobernador creía que todo esto que el indio había dicho, había sido astucia de Atahualpa para asustar a los nuestros, y para darles a entender su poder y destreza en las guerras, siguió este modo con aquel mensajero:

"Bien creo yo que lo que has dicho es así como lo has dicho, porque Atahualpa es gran señor, y tiene fama de ser buen guerrero. Pero yo te hago saber que el Emperador, mi señor, que es Rey de las Españas y de todas las Indias y tierra firme, y señor de todo el mundo, tiene muchos servidores que son señores mayores que Atahualpa. Y sus capitanes han vencido y hecho prisioneros a señores bastante mayores que Atahualpa, ni su hermano, ni su padre. Y el Emperador me mandó a estas tierras para atraer a las gentes que hay en ellas al conocimiento de Dios y a su obediencia. Y con estos pocos cristianos que vienen conmigo, he vencido y derrotado a señores mayores que Atahualpa. Que si él querrá mi amistad y querrá la paz conmigo, como han hecho los otros señores, yo le seré un buen amigo y lo ayudaré en sus conquistas, y lo dejaré luego en su estado, porque yo voy de largo por estas tierras hasta que descubra el otro mar. Que si él querrá la guerra, yo se la haré, como también se la he hecho al cacique de la isla de San Jacobo, y a la de Tumbes, y a todos los otros que la han querido conmigo. Que yo no le hago la guerra a nadie si él mismo no la busca".

Siendo engañados por algunos indios, embajadores de Atahualpa, el engaño es descubierto por un indio, el cual afirmó haber visto a dicho Atahualpa en campaña con un ejército de guerra, esperando a los cristianos para combatir con ellos.

Cuando aquellos mensajeros oyeron todas estas cosas, se quedaron un rato como atónitos sin hablar, al oír que tan pocos españoles hacían tan grandes hazañas. Y poco después dijeron que querían regresar con la respuesta a su señor, y decirle que los cristianos estarían pronto con él, y que por lo tanto les enviara comida para el camino. Y así el Gobernador les dio licencia.

Y a la mañana siguiente, tomó el camino por aquellos montes, y fue a dormir por la tarde a una tierra que estaba en un valle cerca de allí. Donde tan pronto como él llegó, llegó aquel principal mensajero, que ya antes había mandado Atahualpa con aquel presente de los cántaros, con el que el Gobernador mostró hacer mucha fiesta, y le preguntó cómo había dejado a Atahualpa. Respondió que bien, y que lo mandaba con diez ovejas que llevaba a los cristianos. Y habló muy libremente, y en sus razonamientos se conocía que era un hombre vivaz y listo.

Cuando hubo hablado bastante, el Gobernador preguntó a los intérpretes qué cosa había dicho. Y ellos dijeron que había dicho lo mismo que el otro mensajero había razonado el día anterior, con muchas otras cosas, jactándose siempre del gran estado de su señor y del gran esfuerzo de su ejército. Y asegurando y certificando al Gobernador que Atahualpa lo habría recibido amigablemente y que quería tenerlo por amigo y por hermano. El Gobernador respondió con bastantes buenas palabras, como había respondido al otro.

Aquel embajador llevaba sirvientes de señor, con cinco o seis vasijas de oro fino, en las que bebía y con las que daba de beber a los españoles de aquella su bebida que él llevaba. Y dijo que quería regresar con nuestro Gobernador hasta Cajamarca, donde estaba su Señor.

A la mañana siguiente, el Gobernador regresó a su camino por aquellos montes, y llegó a una tierra de Atahualpa, donde descansó un día. Y al día siguiente, vino aquí aquel indio principal que él había enviado como su mensajero a Cajamarca, el cual, cuando vio al mensajero de Atahualpa que estaba aquí presente, se abalanzó furiosamente sobre él, y tomándolo por las orejas se las tiró fuerte. Y no lo soltó hasta que el Gobernador le ordenó que lo soltara, que si no lo soltaba, iba a haber una buena escaramuza.

El Gobernador le preguntó por qué causa había usado aquel acto con el mensajero de su hermano Atahualpa. Y él respondió: "Este es un gran cobarde, un sublevador de Atahualpa, y viene aquí a deciros mentiras, mostrándose como una persona principal. Porque Atahualpa está fuera de Cajamarca con mucha gente en campaña para guerrear. Y yo fui a la tierra y no encontré a nadie. Y al pasar por donde él estaba acampado con sus tiendas, vi que allí tenía mucha gente y ganado, y que están a punto de guerrear, y me quisieron matar. Y lo habrían hecho si yo no hubiera dicho que si me mataban a mí, vosotros habríais matado a sus embajadores que estaban allí con vosotros, y que hasta que yo no regresara, vosotros no les habríais dado licencia ni los habríais dejado regresar. Y así me dejaron. Y no me quisieron dar de comer, si no lo compraba, cambiándolo por otras cosas. Les dije que me dejaran ver a Atahualpa y decirle mi embajada. Y no quisieron, diciendo que él estaba ayunando, y no podía hablar con nadie. Un tío suyo salió a hablar conmigo. Y yo le dije que era vuestro mensajero, y todo lo demás que me ordenasteis que dijera. Él me preguntó qué gente eran los cristianos y qué armas llevaban. Y yo le dije que son hombres valientes y muy guerreros, y que llevan caballos que corren como el viento. Y que los que van a caballo llevan ciertas lanzas largas, con las cuales matan a cuantos encuentran. Y que de inmediato, en dos saltos, alcanzan a los enemigos. Y que los caballos con los pies y con la boca matan a muchos. Y también le dije que los cristianos que van a pie son muy diestros, y llevan en un brazo un escudo de madera, con el cual se defienden, y jubones fuertes, bien reforzados de algodón, con ciertas espadas afiladas y cortantes, que por ambos lados cortan a un hombre por la mitad de un golpe y le cortan la cabeza a una oveja. Y con estas espadas cortan todas las armas que los indios tienen. Y que algunos otros llevan ballestas, con las cuales tiran de lejos, y con cada flecha matan a un hombre. Y que tiran con tiros de pólvora bolas de fuego que matan a mucha gente. A esto se me respondió que todo era nada, porque los cristianos son pocos. Y los caballos, porque no llevan armas, serían matados de inmediato por ellos con sus lanzas. Y yo respondí que los caballos tienen los corazones duros, que sus lanzas no los habrían podido atravesar. Decían también que no temían los tiros de fuego, porque los cristianos no tenían más que dos. Y al querer regresar, les rogué que me dejaran ver a Atahualpa, ya que sus mensajeros ven y hablan con el Gobernador, que es mucho mejor que él. Y no quisieron, que yo por ninguna razón le hablara. Y así me vine. Ahora ved si tengo razón para matar a este sinvergüenza, que siendo un falso y un sublevado de Atahualpa (como me han dicho que es) habla tan libremente con vosotros, y come en vuestra mesa, y a mí, que soy una persona principal, no me han querido conceder que me dejen hablar con Atahualpa, ni darme de comer. Al contrario, me tuve que defender con buenas razones para que no me mataran".

El mensajero de Atahualpa respondió muy asustado y tímido, viendo que aquel indio hablaba con tanto atrevimiento y libertad, y dijo que si en Cajamarca no había gente, era porque habían dejado la tierra vacía y libre para que los cristianos pudieran alojarse. Y que Atahualpa estaba en campaña porque así acostumbraba a hacer desde que había comenzado la guerra. Y que si no le había podido hablar, había sido porque él ayunaba, como suele hacerlo. Y si no lo había podido ver, no había sido por otra cosa, sino porque cuando ayunaba, no aparecía, ni se dejaba ver ni hablar por nadie en ese tiempo. Que si los suyos hubieran tenido el valor de decirle que tú estabas allí para hablarle de parte del Gobernador, te habría hecho entrar de inmediato y darte de comer.

Muchas otras cosas similares, dijo queriendo asegurar y certificar a los nuestros que Atahualpa los esperaba como amigo y señor pacífico. Pero si se quisiera contar particularmente los razonamientos que pasaron entre este indio y el Gobernador, sería necesario hacer un libro aparte. Por lo tanto, para concluirlo en breve, el Gobernador dijo que él creía que era así, como decía, porque no tenía menos confianza en su hermano Atahualpa. Y no dejó por ello de hacerle tan buenos tratos como le había hecho antes, y reñía y gritaba con el indio que había sido su mensajero, queriendo dar a entender que le había disgustado que aquel hubiera sido tan maltratado en su presencia. Aunque en secreto tenía por cierto que lo que su indio decía, era verdad, que ya conocía bien las artes astutas de los indios.

Siguiendo su viaje, entran en Cajamarca, donde se hacen fuertes en una plaza. Mandan a Atahualpa a algunos capitanes para hacerle saber el deseo que tienen de verlo y de mostrarle que son amigos al haber llegado. Se encuentran con muchos razonamientos. Promete venir, se mueve con su ejército hacia Cajamarca. Descripción de muchas cosas de la ciudad y de la habitación de Atahualpa.

El día siguiente, el Gobernador partió y fue a dormir la noche siguiente en una cierta llanura con territorios descubiertos y sin árboles, para poder llegar al mediodía del día siguiente a Cajamarca, que decían que estaba cerca. Allí vinieron mensajeros de Atahualpa con comida para los cristianos.

La mañana muy temprano, el Gobernador partió con sus gentes bien en orden, y llegó a una legua cerca de Cajamarca. Y allí esperó a que su retaguardia llegara, y se uniera a él. Luego, para hacerlos entrar con buen orden en la ciudad, hizo tres escuadrones de todas sus gentes. Y así luego caminó adelante, mandando mensajeros a Atahualpa para que viniera a Cajamarca, que allí se verían.

Al entrar en la ciudad, los nuestros vieron el campo de los indios a una legua de ese lugar, y cerca de la falda de un monte. El Gobernador llegó a esta ciudad a la hora de vísperas el quince de noviembre de 1532.

En el medio de Cajamarca hay una gran plaza bien rodeada por un muro de cal y tierra, y con muchas buenas habitaciones para alojarse dentro. Por lo tanto, como no estaban en la tierra las gentes que debían habitarla, el Gobernador se refugió en esta plaza con los suyos. Luego mandó a un mensajero a Atahualpa, haciéndole saber que él había llegado, y que por lo tanto viniera, que se verían juntos, y le mostraría dónde debía alojarse. Y en este tiempo, mandó a ver la tierra, para que si había otra mejor fortaleza, allí se pudiera hacer fuerte. Y ordenó que todos se quedaran en la plaza, y los de a caballo no desmontaran hasta que se viera si Atahualpa venía. La tierra fue vista, y no se encontró mejor lugar para quedarse que esa plaza.

Esta ciudad, que es la principal de todas las otras que hay en este valle, está situada y puesta en la falda de un monte. Y tiene una legua de espacio de tierra llana. Y por este valle corren dos ríos. Y este valle, que va largo y llano entre dos montes, está muy habitado.

Ahora, la ciudad de Cajamarca puede ser de dos mil casas, y tiene en su entrada dos puentes, porque en ellos corren dos ríos. La plaza que he dicho, es más grande que cualquiera de las que hay en España. Y toda cerrada, y con dos puertas por las cuales se va a la ciudad. Las casas de esta plaza se extienden más de doscientos pasos de largo, y están bastante bien hechas. Y están rodeadas de un fuerte muro de tierra y cal, alto como tres veces un hombre. Y los techos están cubiertos de paja y de madera puestas sobre los muros.

Aquí dentro hay un apartamento dividido en ocho cuartos, y es mejor que ninguno de los otros. Las paredes de este apartamento son de piedra viva bastante bien labrada. Y este apartamento está separadamente rodeado de un muro de piedra viva con sus puertas. Y dentro de los patios hay sus pilas de agua que de la otra parte conducían por acueductos para el servicio de esta casa el agua.

Delante de esta plaza, del lado de la campaña, está incorporada a la plaza una fortaleza de peñas con una escalera de mármol, por la cual se sube de la plaza a la fortaleza. Y de la parte de la campaña, hay otra pequeña puerta falsa con otra estrecha escalera, sin que se salga del muro que rodea la plaza.

Sobre esta ciudad, en el flanco del monte, de donde las casas de los ciudadanos comienzan, hay otra fortaleza, puesta sobre la roca viva, la mayor parte de la cual está cortada y es escarpada. Y esta es más grande que la otra, y está rodeada por tres muros, y se sube como en caracol. Ciertamente que son fortalezas que no se han visto similares entre los indios.

Entre el monte y esta gran plaza, hay otra plaza más pequeña, toda rodeada de habitaciones, en las cuales había muchas mujeres para el servicio de Atahualpa. Antes de que se entre en esta ciudad, hay una casa rodeada de un muro de cal y tierra, y hay un hermoso patio con muchos árboles puestos a mano. Esta casa dicen que es del Sol, porque en cada tierra hacen al Sol sus mezquitas. Aunque en esta ciudad también hay muchas otras mezquitas, que en toda la comarca son tenidas en gran veneración. Y cuando entran, se quitan los zapatos y los dejan en la puerta.

La gente de todas estas tierras, que se encuentran desde que se comienza a subir el monte, donde está aquella fortaleza que se ha dicho arriba, tiene gran ventaja sobre todas las otras gentes que se quedan atrás, porque es gente más limpia y de mayor capacidad y razón, y las mujeres son muy honestas y llevan sobre el vestido ciertas fajas bien trabajadas y ceñidas, o atadas a la altura del vientre. Y sobre este vestido llevan un manto que las cubre desde la cabeza hasta la mitad de la pierna, exactamente como un manto de mujeres.

Y los hombres visten camisolas sin mangas, y encima llevan ciertos mantos cubiertos. Todas las mujeres aquí en sus casas hilan la lana y el algodón, y hacen los vestidos que necesitan, y también los zapatos para los hombres, que los hacen de lana o de algodón.

Ahora, habiendo el Gobernador esperado a que Atahualpa viniera o mandara a darle alojamiento, porque veía que se hacía tarde, mandó a un capitán suyo con veinte de a caballo a hablarle, y a decirle que viniera a entrevistarse con él. Y le ordenó que fuera pacíficamente y sin venir con esas gentes a contienda, aunque ellos la buscaran. Pero que de la mejor manera que pudiera, fuera a hablar con Atahualpa y regresara con la respuesta.

Pudo ser que este Capitán había llegado a la mitad del camino, cuando el Gobernador subió a la cima de aquella fortaleza, y vio delante de las tiendas un gran número de gente en la campaña. Por lo tanto, para que los cristianos que había mandado no incurrieran en algún daño, y para que pudieran salir mejor de esas gentes y defenderse si fuera necesario, mandó de inmediato a otro Capitán detrás de ellos (que era su hermano) con otros veinte de a caballo, ordenándole que no consintiera que los suyos dieran voz alguna.

Poco después comenzó a llover y a granizar, y por lo tanto el Gobernador hizo alojar a los suyos en las habitaciones de aquel palacio, y al Capitán de la artillería con sus tiros dentro de la fortaleza. Mientras estaba en esto, vino un indio de Atahualpa a decirle al Gobernador que se alojara donde le placiera, siempre que no subiera a la fortaleza de la plaza, porque su Señor no podía por el momento venir, porque ayunaba.

El Gobernador respondió que así lo haría, y que había mandado a su hermano a rogarle que viniera a verlo y a hablarle, porque tenía gran deseo de conocerlo por las noticias que había tenido de él. El mensajero regresó con esta respuesta. Y el Capitán Hernando Pizarro, al hacerse de noche, regresó con sus cristianos, y dijo que en el camino había encontrado un mal paso de lodazales, que parecía que antes había sido bueno, porque desde la ciudad hasta el campo de Atahualpa toda la carretera era ancha y aplanada de piedras y tierra. Y se conocía que en ese mal paso había sido rota y estropeada a propósito. Por lo tanto, ellos habían pasado por otra parte.

Y dijo que antes de que llegaran al campo, habían pasado dos ríos. Y que justo delante en el campo pasaba otro, que los indios lo pasaban por encima de un puente. De modo que de esta parte venían a estar los indios rodeados por el agua. Y dijo que el otro Capitán cristiano, que había ido adelante, había dejado a sus gentes de esta parte del río, para no poner a los adversarios en murmullo. Y que no había querido pasar por el puente, dudando que su caballo no se fuera a ver en peligro. Por lo tanto, había pasado por medio del agua llevando consigo a un intérprete.

Y que había pasado por dentro de un escuadrón de gente que estaba de pie. Y que llegado al alojamiento de Atahualpa en una plaza, había encontrado 400 indios que parecía que fueran su guardia. Y él estaba en la puerta de su alojamiento sentado muy bajo, con muchos indios e indias de pie alrededor, y con una cinta de lana (que parecía seda carmesí) en la frente, ancha dos palmos de mano, y atada en la cabeza con sus cordoncillos que le caían hasta los ojos, y que lo hacía más grave de lo que era. Y tenía los ojos bajos al suelo sin levantarlos nunca para mirar a otra parte.

Decía que cuando nuestro Capitán llegó ante él, le dijo por su intérprete que él era un Capitán del Gobernador que lo mandaba a ver, y a decirle de su parte el gran deseo que tenía de verlo. Por lo tanto, si él hubiera ido, lo habría hecho muy contento. Y con esto le dijo también otras cosas similares, a las cuales él nunca respondió, ni levantó la cabeza para mirarlo. Pero que un principal suyo respondía a cuanto el Capitán hablaba.

Y que en esto él había llegado donde la gente de aquel Capitán se había quedado, y habiendo sabido que hablaba con el cacique, dejando también él allí a los suyos, pasó el río y llegó cerca de donde Atahualpa estaba. Por lo cual, entonces, aquel primer Capitán dijo: "Este que ahora viene es un hermano del Gobernador, habladle, porque viene a veros".

Entonces, el Tirano levantó los ojos y dijo: "Mayzabilica", que es un capitán que tengo en el río de Turicara, me mandó a decir que vosotros tratabais mal a los caciques y que los poníais en cadenas. Y me mandó un collar de hierro. Y dice que él mató a tres cristianos y a un caballo. Pero yo tengo placer en venir mañana a ver al Gobernador, y a ser amigo de los cristianos, porque son buenos.

Hernando Pizarro entonces respondió: "Mayzabilica es un cobarde, y un solo cristiano mataría a él y a todos los indios de ese río. ¿Cómo podía él, pues, matar a cristianos o a un caballo, siendo ellos gallinas? Ni el Gobernador ni los cristianos tratan mal a los caciques que no quieren la guerra con él, porque tratan bastante bien a los buenos y a aquellos que quieren ser sus amigos. Y a aquellos que quieren la guerra, se la hacen hasta que los destruyen por completo. Y cuando veáis lo que los cristianos harán, ayudándoos en la guerra contra vuestros enemigos, entonces conoceréis cómo Mayzabilica os dijo grandes mentiras".

Dijo entonces Atahualpa: "Un cacique no ha querido obedecerme, mis gentes vendrán con vosotros, y le haréis la guerra". Respondió Hernando Pizarro: "Contra un cacique, por mucha gente que él tenga, no es necesario que vayan vuestros indios, sino que diez cristianos a caballo solamente lo destruirán".

Atahualpa se rio de aquellas palabras, y dijo que bebieran. Pero los Capitanes, para huir de beber de aquella su bebida, dijeron que ayunaban. Pero fueron tan importunados por el Tirano, que la aceptaron.

Por lo cual vinieron de inmediato mujeres con vasijas de oro, en las que llevaban un líquido hecho de maíz. Cuando Atahualpa las vio, levantó los ojos hacia ellas sin decir palabra. Por lo cual, partiendo, regresaron de inmediato con otras vasijas de oro más grandes, con las que dieron de beber a los dos cristianos. Y hecho esto, se licenciaron, quedando acordado que a la mañana siguiente Atahualpa iría a ver al Gobernador.

El campo de los indios estaba puesto en la falda de una colina, y las tiendas, que eran de algodón, ocupaban una legua de largo. Y en el medio estaba la de Atahualpa. Todas las gentes estaban de pie fuera de sus tiendas, con las armas clavadas en la tierra, y eran ciertas lanzas largas, como picas. Y a los nuestros les pareció que en este campo había más de treinta mil hombres.

Ahora, cuando el Gobernador supo todo esto que había pasado, ordenó a los suyos que se quedaran la noche con buena guardia. Y a su Capitán general, que visitara las guardias y que toda la noche anduvieran las centinelas alrededor de los alojamientos. Y así se hizo.

Llegada la mañana siguiente, que era sábado, llegó al Gobernador un mensajero de Atahualpa, que de su parte le dijo: "Mi Señor te manda a decir que él quiere venir a verte, y llevar a su gente armada, ya que tú ayer mandaste la tuya armada. Y dice que le mandes un cristiano, con el cual él pueda venir".

El Gobernador respondió: "Di a tu señor que venga enhorabuena, como él quiera, que como quiera que venga, lo recibiré como amigo y hermano. Pero que no le mando a ningún cristiano, porque entre nosotros no se acostumbra a mandarlo de un señor a otro".

El mensajero partió con esta respuesta. Y cuando llegó al campo, las centinelas y descubiertas nuestras vieron moverse el campo de los indios.

Poco después, vino otro mensajero y le dijo al Gobernador: "Atahualpa te manda a decir que él no querría llevar a su gente armada, porque, aunque muchos armados vinieran, vendrían también muchos otros sin armas, a los que él quería llevar consigo, y darles en esta ciudad alojamiento. Y que le prepararas un alojamiento para él en esa misma plaza, en una casa que llaman de la serpiente, por una serpiente de piedra que había dentro".

El Gobernador respondió que así lo haría, y que viniera pronto, porque tenía gran deseo de verlo.

En poco tiempo, se vio venir toda la campaña llena de gente, la cual se detenía paso a paso, esperando a los otros que salían del campo. Y el venir de la gente, que venía repartida en escuadrones, duró hasta tarde. Y una vez que hubieron pasado todos los malos pasos, se detuvieron cerca del campo de los nuestros. Y todavía se veía salir la gente del campo de los indios.

Entonces, el Gobernador ordenó en secreto a todos los españoles que se armaran en sus habitaciones y tuvieran los caballos ensillados y embridados, y repartidos en tres Capitanes, sin que nadie saliera de su habitación a la plaza. Y ordenó al Capitán de la artillería que dirigiera las bocas de la artillería hacia la cabeza de los enemigos, y cuando fuera el momento, le prendiera fuego.

En las calles por donde se entraba a la plaza, puso gente escondida en emboscada. Y se llevó consigo a veinte hombres de a pie a su habitación, porque estaba pensando en apresar a la persona de Atahualpa, si él venía maliciosamente, como parecía que venía con tan gran número de gente que conducía. Pero ordenó que lo apresaran vivo. Y a todos los demás les ordenó que nadie saliera de su habitación, aunque vieran a los enemigos entrar en la plaza, hasta que oyeran disparar la artillería. Porque él tenía las centinelas, y viendo que el adversario venía con astucia y con malicia, habría avisado cuando debieran salir. Y así también los de a caballo, cuando hubieran oído decir, "Santiago".

Atahualpa con el ejército entra en Cajamarca, donde, mostrando el ánimo enemigo, es hecho prisionero valerosamente por los españoles, y su ejército es puesto en fuga, y parte de él es matado.

Con este acuerdo y orden, el Gobernador se quedó esperando a que Atahualpa viniera, sin que apareciera ningún cristiano en la plaza, salvo la centinela que daba aviso de cuanto pasaba en el campo contrario. El Gobernador y el Capitán general andaban visitando las habitaciones de los españoles para ver cómo estaban provistos y en orden para salir cuando fuera necesario, animando a todos y diciéndoles que de sus propios corazones se hicieran fortaleza, ya que no tenían otras fortalezas, ni otro socorro que el de Dios, que en la mayor necesidad socorre a quien va en su servicio. Y que si bien contra cada cristiano había quinientos indios, debían ellos, sin embargo, mantener el esfuerzo que suelen tener en tiempos similares los corazones generosos, y esperaran que Dios combatiría por ellos. Y que en el momento del asalto se movieran con mucha furia y prudencia, y vieran de no encontrarse los de a caballo unos con otros.

Estas y otras palabras similares decían el Gobernador y el Capitán general a sus gentes para animarlas. Pero ellas estaban con la voluntad de salir al campo más bien que de quedarse allí en sus habitaciones. Y a cada uno en su ánimo le parecía que debía hacer por cien, y tenían poco miedo, aunque vieran tanta gente.

Viendo el Gobernador que el Sol ya bajaba para esconderse en el Océano Occidental, y que Atahualpa no se movía de aquel lugar donde se había detenido, y que todavía se veía venir gente de su lado, le mandó a decir por un español que entrara en la plaza y viniera a verlo antes de que fuera de noche.

El mensajero fue, y después de las reverencias, le hizo por señas entender que viniera donde el Gobernador estaba. Entonces él se movió con su gente. Y el español regresó adelante, y dijo que Atahualpa venía, y que su gente de la vanguardia llevaba armas secretas bajo las camisolas, que eran fuertes jubones de algodón, y pequeñas bolsas con piedras y hondas. Y le pareció que venían con mala intención.

Poco después, entró la vanguardia en la plaza. Y venía primero un escuadrón de indios vestidos con una librea de colores a modo de damas: y estos venían quitando las pajas de la tierra y barriendo las calles. Venían después otros tres escuadrones vestidos de otra manera, y todos cantando y bailando. Y poco después seguía mucha gente con armaduras, patenas y coronas de oro y de plata. Y entre estos venía Atahualpa en una litera o andas forrada de plumas de papagayos de muchos colores, y guarnecida de placas de oro y de plata. Y lo llevaban muchos indios alto sobre los hombros. Y detrás de esta venían otras dos literas, en las que venían otras dos personas principales. Y después venía mucha gente en escuadrones con coronas de oro y de plata.

Tan pronto como los primeros entraron en la plaza, se hicieron a un lado y dieron lugar a los demás. Y llegado Atahualpa al medio de la plaza, hizo que todos se detuvieran y se quedaran quietos, y se detuvieran las literas, pero no dejaban de entrar gentes en la plaza de continuo.

De la vanguardia de los indios se movió un Capitán, y subió a la fortaleza de la plaza, donde estaba la artillería, y alzó dos veces la lanza a modo de señal. El Gobernador, que vio esto, le dijo a Fray Vicente si quería ir a hablar con Atahualpa por un intérprete. El fraile dijo que sí, y se movió con una cruz en una mano y con la biblia en la otra. Y habiendo entrado entre aquellas gentes, cuando estuvo donde Atahualpa estaba, le dijo por medio de aquel intérprete: "Yo soy sacerdote de Dios, y enseño a los cristianos las cosas divinas. Y así mismo vengo a enseñaros a vosotros. Lo que yo enseño es lo que el gran Dios nos habló, que está escrito en este libro. Y por lo tanto, de parte de Dios y de los cristianos, te ruego que quieras ser su amigo, porque así lo quiere Dios, y te vendrá bien. Y ven a hablar con el Gobernador, que te está esperando".

Atahualpa le dijo que le diera el libro, que quería verlo. Y él se lo dio cerrado. Y no adivinando Atahualpa a abrirlo, el religioso extendió la mano para querer abrirlo. Y él con gran desdén le dio un golpe en el brazo, no queriendo que lo abriera. E insistiendo él mismo en abrirlo, lo abrió. Y sin maravillarse de las letras ni del papel, como solían hacer los otros indios, lo tiró a cinco o seis pasos de sí. Y a las palabras que el fraile le había dicho por medio del intérprete, respondió con mucha soberbia: "Bien sé yo lo que has hecho en este viaje, y cómo has tratado a mis caciques, a los que les has quitado la mercancía". El religioso respondió: "Los cristianos no han hecho esto nunca, al contrario, ciertos indios llevaron ciertas mercancías sin saberlo el Gobernador, el cual, cuando lo supo, las hizo regresar". Entonces Atahualpa agregó: "Yo no partiré de aquí hasta que me la traigan toda".

El padre regresó con la respuesta a Pizarro. Y el Tirano indio se puso de pie sobre aquella litera, hablando con los suyos para que estuvieran listos y en orden.

Cuando el Gobernador supo por el fraile lo que había pasado, y cómo Atahualpa le había tirado la sagrada escritura en tierra, se armó de inmediato con un sayo de armas de algodón. Y tomando su espada y su targe (escudo), se movió con los españoles que estaban con él, y se metió por en medio de los indios. Y con mucho ánimo, con cuatro compañeros solamente que lo pudieron seguir, llegó hasta la litera donde estaba Atahualpa. Y sin miedo alguno lo tomó por el brazo izquierdo y gritó: "Santiago, Santiago".

Entonces, la artillería disparó y sonaron las trompetas, y salieron fuera las gentes de a pie y de a caballo. Cuando los indios vieron venir el escuadrón de los caballos, muchos de los que estaban en la plaza huyeron. Y fue tanta la furia de esta fuga, que rompieron un paño del muro de la plaza, y muchos cayeron uno encima del otro. Los de a caballo pasaron por encima de ellos, hiriendo y matando, y siguieron la victoria.

Los de a pie se emplearon tan bien con los que quedaron en la plaza, que en breve tiempo los pasaron a todos por el filo de la espada. El Gobernador todavía tenía a Atahualpa por el brazo, y como estaba en alto, no lo podía sacar de la litera. Los españoles hicieron tanta matanza en los que llevaban las literas, que las hicieron caer al suelo. Y si el Gobernador no hubiera defendido y protegido a Atahualpa, aquí este soberbio habría pagado todas sus crueldades. Y el Gobernador, por querer defenderlo, tuvo una pequeña herida en la mano.

Y en todo este tumulto no hubo indio que levantara las armas contra los cristianos, porque fue tan grande el espanto que tuvieron al ver al Gobernador de esa manera entre ellos, y al sentir de improviso aquella artillería con la vista furiosa de esos caballos, que era para ellos una cosa nueva y nunca antes vista, que con gran alteración no atendían a otra cosa que a huir y salvar la vida. Todos los que llevaban la litera de Atahualpa pareció que fueran hombres principales, y todos murieron con los que también iban en las otras literas. Y uno de los que iba sobre una litera, era su paje y gran señor, y muy estimado por él. Los otros eran también señores de mucho estado y sus consejeros. Y con ellos murió también el cacique, señor de Cajamarca. Murieron también muchos otros capitanes suyos, de los cuales no se hace caso, por ser grande su número, porque todos los que venían en guardia de Atahualpa eran grandes señores.

Ahora el Gobernador se fue a su habitación con su prisionero Atahualpa despojado de sus vestidos, que los españoles se los habían desgarrado en la espalda para sacarlo de la litera. Fue ciertamente una cosa muy maravillosa ver en tan breve tiempo apresado a un señor tan grande, que tan poderoso venía. El Gobernador hizo traer de inmediato vestidos, y lo hizo vestir, calmándolo del desdén y la alteración que tenía de verse tan pronto caído de su estado.

Y entre las muchas otras palabras que Pizarro le dijo, fueron estas también: "No tengas por gran maravilla el haber sido tan vencido y derrotado, porque con los cristianos que yo conduzco, aunque sean pocos en número, he subyugado con ellos una tierra más grande que la tuya, y derrotado a otros señores más grandes que tú, poniéndolos bajo el señorío del Emperador, de quien soy tu vasallo, y el cual es señor de España y de todo el mundo. Y por su orden, nosotros hemos venido a conquistar estas tierras, para que vengáis todos al conocimiento de Dios y de su santa fe católica. Y por la buena demanda con que andamos, permite Dios, creador del cielo y de la tierra, y de todas las cosas creadas, que tan pocos como somos podamos subyugar a tanta gente, para que lo conozcáis y salgáis de esa vida bestial y diabólica en la que vivís. Que cuando vosotros hayáis visto el error en el que habéis vivido, conoceréis el beneficio que sacaréis de que nosotros hayamos venido a esta tierra por orden de Su Majestad. Y debéis atribuir a la buena suerte el no haber sido vencidos por gente cruel, como sois vosotros, que no se la perdonáis a nadie. Porque nosotros tenemos piedad con nuestros enemigos vencidos, y no hacemos la guerra sino a aquellos que nos la hacen. Y pudiendo arruinarlos, no lo hacemos, al contrario, los perdonamos. Como teniendo yo prisionero al cacique, señor de la isla de San Jacobo, lo dejé libre y en su estado para que fuera bueno de ahora en adelante. Y lo mismo hice con los caciques señores de Tumbes y de Chilimaxa, y con otros también, que habiéndolos en mi poder y mereciendo ellos la muerte, yo les perdoné. Y si tú eres apresado, y tu gente derrotada y muerta, ha sido solo porque venías con tan grande ejército contra nosotros, habiéndote yo mandado a rogar que vinieras pacíficamente. Y porque tiraste al suelo el libro donde estaban las palabras de Dios. Y por esto, nuestro Señor permitió que tu soberbia fuera humillada, y que ningún indio pudiera ofender ni hacer ningún mal a los cristianos".

Del buen trato que le dan a Atahualpa prisionero, el número de muertos en el hecho de armas, del oro y plata encontrados en los despojos de los enemigos, y de cómo liberan a los indios hechos prisioneros.

Una vez que el Gobernador hubo dicho todas estas cosas, respondió Atahualpa que él había sido engañado por sus Capitanes, que le habían dicho que no hiciera caso alguno de los españoles, porque él quería venir como amigo y pacíficamente, y los suyos no quisieron. Y que todos los que se lo habían aconsejado estaban muertos. Y que bien había él visto la bondad y el buen ánimo de los cristianos, y que Mayzabilica lo había engañado con aquellas mentiras que le había mandado a decir de los nuestros.

Ahora, como ya era de noche, el Gobernador, que veía que los suyos que habían seguido la victoria no habían regresado todavía, hizo disparar la artillería y sonar las trompetas para que se reunieran. Y así, poco después, entraron todos en la plaza con una gran cantidad de prisioneros que habían hecho, que eran más de tres mil personas. El Gobernador les preguntó si venían todos sanos y salvos, y su Capitán general, que venía con ellos, respondió que solo un caballo había tenido una pequeña herida.

Entonces el Gobernador con mucha alegría dijo: "Yo doy gracias sin fin a nuestro Señor, y todos debemos darle gracias por tan gran milagro que ha hecho hoy por nosotros. Y verdaderamente que podemos creer que sin su especial socorro no habríamos bastado nosotros para entrar en esta tierra, y mucho menos para vencer un ejército tan grande. Que le plazca a Dios por su misericordia, que ya que ha tenido a bien hacernos tanta merced, nos dé la gracia de poder hacer tales obras que adquiramos su santo reino. Y porque vosotros, Señores, venís cansados y exhaustos, vaya cada uno a descansar a su habitación. Y ya que Dios nos ha dado la victoria, no la descuidemos. Que si bien estos indios están dispersos y derrotados, sin embargo, son astutos y diestros en hacer la guerra. Por lo tanto, porque este Señor, como nosotros sabemos, es muy temido y obedecido por ellos, ellos intentarán toda astucia y malicia para sacárnoslo de las manos. Así que esta noche y todas las demás, hágase buena guardia y manténganse vigilantes, y con centinelas alertas, para que nos encuentren bien preparados. Y así se fueron todos a cenar.

Y el Gobernador hizo sentar a Atahualpa en su mesa, y lo hizo servir como si fuera su propia persona. Luego le hizo dar de sus mujeres, que habían sido apresadas, las que él quisiera, para su servicio. Y le hizo hacer una buena cama en la misma habitación donde él dormía. Y lo tenía suelto, sin prisión, excepto por la guardia, que siempre tenía los ojos sobre él.

La batalla duró poco más de media hora, porque el Sol ya se había puesto cuando comenzó. Y si la noche no se hubiera interpuesto, de los más de treinta mil hombres que eran, habrían quedado pocos. Y es opinión de algunos que han visto gente en la campaña, que estos eran más de cuarenta mil. No quedaron en la plaza muertos dos mil, sin contar los heridos.

En esta batalla se vio una cosa maravillosa: y fue, que los caballos, que el día anterior no se podían mover por estar enfriados y entumecidos, anduvieron ese día de la batalla con tanta furia que parecía que no hubieran tenido nunca ningún mal. El Capitán general visitó esa noche las guardias y las centinelas, poniéndolas en los lugares convenientes.

La mañana siguiente, el Gobernador mandó a un Capitán con treinta de a caballo a recorrer la campaña, y hizo romper las armas de los indios. Y en ese tiempo, los cristianos que se habían quedado en la ciudad, hicieron que los indios prisioneros sacaran a los muertos de las plazas. El capitán con los suyos de a caballo recogió cuanto encontró en la campaña con las tiendas de Atahualpa. Y antes de mediodía, entró en la ciudad con una gran cabalgata de hombres y mujeres, y con ovejas, y oro, y plata, y otras mercancías.

En estos despojos hubo de oro (en valor) ochenta mil castellanos y siete mil marcos de plata (cada marco es de ocho onzas) y catorce esmeraldas. El oro y la plata estaban en piezas monstruosas, que eran platos grandes y pequeños, y jarras, y ollas, y braseros con otros grandes y variados pedazos.

Atahualpa dijo que todos estos eran vasijas para su servicio, y que sus indios que habían huido se habían llevado una cantidad mucho mayor.

El Gobernador hizo dejar libres a todas las ovejas, que eran una gran cantidad, y estorbaban en el campo. Y ordenó que los cristianos cada día mataran cuantas necesitaran. Luego hizo poner en la plaza a los indios que habían sido hechos prisioneros la noche anterior, para que los cristianos se tomaran los que necesitaran para su servicio. Y a todos los demás los hizo liberar para que se fueran a sus casas, ya que eran de diversas provincias, y Atahualpa los conducía para mantener sus guerras y para servirse de ellos en su gran ejército.

Algunos fueron de la opinión de que se debía matar a todos los indios que eran aptos para la guerra, o que se les cortaran las manos. Pero el Gobernador no lo consintió, diciendo que no era bueno usar tan grande crueldad. Y que si bien era grande la potencia de Atahualpa, y podía reunir una gran cantidad de gente, era sin comparación mucho mayor el poder del gran Dios, que por su infinita bondad siempre ayuda a los suyos. Y que tuvieran por cierto que él, que los había liberado del peligro del día anterior, los liberaría también en el futuro. Ya que su intención era buena, de atraer a aquellos infieles a su servicio y al conocimiento de su santa fe. Y que no quisieran asemejarse a los indios en la crueldad y sacrificios que aquellos hacen de los que apresan en las guerras. Y que bastaban bien los que habían muerto en la batalla, porque aquellos otros que habían sido llevados como ovejas, no debían morir ni recibir ningún daño. Y así fueron liberados.

De la gran cantidad de vestidos que encontraron en Cajamarca, y de las armas, y del modo de combatir que tienen los indios. Descripción de la habitación de Atahualpa.

En esta ciudad de Cajamarca fueron encontradas ciertas casas llenas de vestidos enfardelados, y tan llenas que estos fardos acumulados llegaban hasta el techo. Decían que estas mercancías estaban aquí depositadas y guardadas para munición del ejército. Los nuestros tomaron las que quisieron, y todavía quedaron las casas tan llenas que parecía que no faltaba nada. Los vestidos eran los mejores que se hubieran visto en esas indias, y la mayor parte eran de lana muy sutil y fina. Y los otros eran de algodón de diversos colores, y muy finos.

Las armas que allí se encontraron, y con las que hacían la guerra, y el modo que tenían de combatir, era de esta manera:

En la vanguardia iban honderos, que tiraban con sus hondas, piedras lisas de barrancos, y hechas a modo de huevos. Y llevaban en el brazo escudos que ellos mismos hacían de tablillas estrechas y fuertes. Y llevaban también jubones rellenos de algodón.

Después de estos venían otros con mazas con puntas y con hachas. Las mazas con puntas son largas dos brazos y medio, y gruesas como una lanza jineta. Y el bulto que estaba en la punta era de metal, grande como un puño, con cinco o seis puntas afiladas, cada una gruesa como el primer dedo de la mano. Y manejan estas mazas con puntas a dos manos. Las hachas son del mismo tamaño y mayores. Y su corte es de metal y largo un palmo, como de alabarda.

También hay algunas hachas y mazas con puntas de oro y de plata, que los principales las llevan. Detrás de estos vienen otros con lanzas pequeñas para tirar como dardos. En la retaguardia van lanceros con lanzas largas de treinta palmos. Y en el brazo izquierdo llevan una manga con mucho algodón. Y todos van repartidos en sus escuadrones con sus banderas y capitanes que los comandan. Y con tanto orden como con el que guerrean los turcos.

Algunos de ellos llevan ciertos celadones de madera grandes, que los cubren hasta los ojos, con mucho algodón dentro, y tan fuertes que no podrían serlo más si fueran de hierro.

Estas gentes que Atahualpa tenía en su ejército, eran todas bastante aptas y ejercitadas en la guerra, porque siempre guerreaban, y eran jóvenes y de gran cuerpo. De modo que mil solos de ellos habrían desolado una de esas tierras, aunque hubiera habido allí veinte mil hombres.

La casa de campo que Atahualpa tenía para su alojamiento era la mejor que se hubiera visto entre los indios, aunque no era grande, pues estaba dividida en cuatro aposentos. En el centro se hallaba un patio con un estanque de piedra, al que llegaba el agua por un acueducto tan caliente que no era posible sostener la mano en ella. Esa agua brotaba hirviendo de un monte cercano. Por otro acueducto venía agua fresca, y ambas corrientes se unían en el trayecto para desembocar mezcladas en la piscina. Cuando deseaban que solo llegara una, bastaba con desviar el acueducto del otro. El estanque, de buen tamaño, estaba construido enteramente en piedra.

Fuera de la casa, en un sector del patio, había otro estanque o piscina, no tan bien construida como la primera. Contaba con elegantes escaleras de piedra por donde descendía quien deseaba bañarse.

El alojamiento donde Atahualpa pasaba el día era un balcón que daba a un huerto, y junto a él se encontraba la habitación donde dormía, con una ventana orientada hacia el patio y el estanque. El balcón también se abría sobre ese mismo patio. Las paredes estaban enlucidas con un betún bermejo, mucho más fino que la magra, y brillaban intensamente; los maderos del techo estaban teñidos del mismo color. El aposento situado enfrente se componía de cuatro bóvedas redondas, semejantes a chozas, unidas en una sola construcción, y estaba revestido de un enlucido blanco como la nieve. Los otros dos aposentos servían de dependencias para su servicio. Frente a este alojamiento discurría un río que corría a sus pies.

Narración de cómo Atahualpa se hizo Señor de un gran estado después de la muerte de Huayna Cápac, de la grandeza de oro y de plata, y edificios que se encontraron en la ciudad del Cuzco, de la ciudad de Collao, de la provincia de Huánuco y Chincha, abundantísimas de minas de oro y de plata, y de cómo lo llaman, y de la gran cantidad que ofrece Atahualpa por su rescate.

Se ha dicho de la victoria que los nuestros tuvieron en la batalla y del prisionero Atahualpa, y de la manera de su campo y ejército, digamos ahora un poco de su padre y cómo se hizo señor, y de otras cosas de su grandeza, según lo que el mismo Atahualpa le contó al Gobernador.

Su padre, llamado, por tanto, el Cuzco (Huayna Cápac), señoreó toda aquella comarca, de modo que en más de trescientas leguas de país lo obedecían y le daban tributo. Su propia patria fue una provincia más allá de Quito. Y porque encontró aquella tierra donde luego se quedó muy deliciosa, abundante y rica, se detuvo allí y le puso el nombre, a una ciudad donde estaba, la ciudad del Cuzco. Era tan obedecido y temido, que lo tuvieron casi por su Dios, y muchas tierras lo habían hecho esculpir y tenían las estatuas. Tuvo cien hijos e hijas, y la mayor parte, en este tiempo de la prisión de Atahualpa, estaban vivos.

Hace ocho años que él murió, y dejó a su sucesor a un hijo suyo llamado de la misma manera el Cuzco (Huácar). Este era hijo de una esposa legítima: llaman esposa legítima a la más principal y a la que es más amada por el marido. El Cuzco viejo dejó al Señor de la provincia de Quito, separada de aquel otro estado principal, a Atahualpa, que era menor que el Cuzco joven.

El cuerpo del Cuzco viejo está en la provincia de Quito, donde murió, pero la cabeza fue llevada a la ciudad del Cuzco, donde la tienen en gran reverencia con grandes riquezas de oro y de plata, porque la casa donde ella está tiene el suelo, los muros y el techo de placas de oro y de plata, insertadas una con otra. Y en esa misma ciudad hay otras veinte casas, cuyos muros están, tanto por dentro como por fuera, cubiertos de ciertas láminas o láminas delgadas de oro. Y hay además muchos otros ricos edificios. Y allí tenía el Cuzco su tesoro, que eran tres casas llenas de piezas de oro y cinco llenas de plata, y cien mil plaquitas o tejas de oro que habían sacado de las minas. Y cada teja pesaba cincuenta castellanos. Y esto lo había tenido de tributo de las tierras que señoreaba.

Y delante de aquella ciudad había otra llamada Collao, donde hay un río que tiene mucha cantidad de oro. Diez jornadas desde la provincia de Cajamarca, hay otra provincia llamada Huánuco, en la cual, de la misma manera, un río tan rico de oro como el de Collao. Y en todas estas provincias hay muchas minas de oro y de plata. Y sacan la plata en las montañas con poco trabajo, tanto, que un indio sacaba en un día hasta cinco y seis marcos, y lo sacan envuelto y mezclado con plomo, y estaño y azufre, y luego lo purifican. Para recogerlo mejor, prenden fuego al monte, porque al encenderse el azufre, la plata viene a caer a pedazos. Y las mejores y mayores minas están en Quito y en Chincha.

Desde Cajamarca hasta la ciudad del Cuzco hay cuarenta grandes jornadas, y se encuentra siempre la tierra toda habitada. Y en medio de este camino está Chincha, que es un gran pueblo. Y en todo este país hay grandes rebaños de ovejas, de las cuales muchas se vuelven salvajes por los bosques, porque por la gran cantidad no se pueden mantener. Entre los españoles que estaban con el Gobernador, se mataban cada día ciento cincuenta, y no parecía que faltara ninguna. Y lo mismo habría parecido si hubieran estado en ese valle un año. Y en todo ese país los indios las comen ordinariamente.

Decía también Atahualpa que después de la muerte de su padre, él había vivido en paz con su hermano siete años, viviendo cada uno de ellos en la parte del estado que les había sido dejada por el Cuzco viejo. Y que podía ser poco más de un año que su hermano le había movido guerra con el pensamiento de echarlo de su estado. Y que habiéndole él rogado que lo dejara estar en paz en aquel señorío que su padre le había dejado, no lo había podido obtener.

Por lo tanto, se había visto forzado a salir de su provincia llamada Quito con la mayor cantidad de gente que pudo. Y en Tumipampa había hecho batalla con el hermano, en la cual había sido vencedor, y había muerto a más de mil de los enemigos. Y porque el pueblo de Tumipampa se había puesto en defensa, lo había quemado, y no había dejado hombre vivo. Y teniendo ánimo de hacer lo mismo a todas las otras tierras de esa provincia, no lo había hecho por querer seguir al Cuzco, su hermano, que huyendo se había retirado a su tierra. Por lo tanto, siguiéndolo, había subyugado con gran esfuerzo todo el país, porque todas las tierras se le daban, sabiendo la gran ruina que les había hecho en Tumipampa.

Y ya hacía seis meses que él había mandado a dos pajes suyos, hombres bastante valientes, uno llamado Quizquiz y el otro Chalcuchímac, con cuarenta mil hombres sobre la ciudad de su hermano. Los cuales habían adquirido toda la provincia hasta aquella ciudad donde el Huáscar estaba, y finalmente se la habían quitado a la fuerza, matando a mucha gente, y tomándolo prisionero, y tomando todo el tesoro de Huayna Cápac.

Lo cual, cuando Atahualpa lo supo, había mandado a ordenar a los suyos que le llevaran prisionero a su hermano. Y había tenido luego noticias de que pronto vendrían con gran tesoro. Pero aquellos dos capitanes suyos se habían quedado en aquella ciudad que habían conquistado, para guardarla junto con el tesoro que había allí. Y se quedaban con diez mil hombres de guarnición, porque los otros treinta mil se habían regresado a descansar a sus casas con el botín que habían ganado. Y de esta manera, Atahualpa era señor de cuanto su hermano poseía.

Solía Atahualpa con sus capitanes generales ir en litera, y después de que había comenzado aquella guerra, había muerto a muchas gentes y hecho gran crueldad con los adversarios. Y tenía consigo a todos los caciques de las tierras que había conquistado, en las cuales había puesto nuevos Gobernadores. Porque de otro modo nunca habría podido tener tan pacífica y sometida toda aquella provincia.

Por lo cual, por esta vía, ha sido muy temido y obedecido, y sus gentes de guerra bastante bien servidas por los pueblos y bien tratadas por él. Él tenía el pensamiento, si no le hubiera sucedido ser apresado, de regresar a descansar a su tierra, y de camino arruinar a todos aquellos pueblos de la provincia de Tumipampa, que se le habían puesto en defensa, y mandar a nuevas gentes a habitarla, porque quería que sus capitanes le mandaran, para hacer rehabitar luego Tumipampa, cuatro mil hombres casados de la gente del Cuzco que habían conquistado.

Ahora, Atahualpa le dijo al Gobernador Pizarro que le daría en la mano al Cuzco, su hermano, que sus capitanes le mandaban prisionero, para que él hiciera con él lo que más quisiera. Y porque temía que los españoles no lo hubieran matado también a él mismo, le dijo al Gobernador que daría una gran cantidad de oro y de plata por los españoles que lo habían apresado.

Y preguntado qué cantidad daría y en qué plazo, respondió que habría dado de oro una sala (que estaba allí, y era de veintidós pies de largo y diecisiete de ancho) llena hasta una cierta línea blanca que se veía en la mitad de su altura. Que podía ser esta altura desde el suelo hasta aquella línea, lo que es un hombre y medio de alto. Ahora, hasta esta medida, dijo que habría llenado aquella sala de diversas piezas de oro, como son calabazas grandes, ollas, o vasijas grandes para cocinar, y tejas, y plaquitas, y otras piezas, y que de plata habría dado dos veces llena aquella casa. Y que esto lo cumpliría en el plazo de dos meses.

El Gobernador le dijo que despachara a sus mensajeros para hacer este efecto, y que haciéndolo venir, no tuviera miedo alguno. Atahualpa mandó de inmediato a mensajeros a sus Capitanes que estaban en la ciudad del Cuzco, que le mandaran dos mil indios cargados de oro, con muchos otros cargados de plata. Y esto era sin lo que ya estaba en viaje y venía con su hermano prisionero.

Preguntado por el Gobernador cuánto habrían tardado sus mensajeros en llegar a la ciudad del Cuzco, respondió que cuando mandaba con prisa para querer hacer saber alguna cosa, iban corriendo en postas de tierra en tierra, y el aviso llegaba en cinco días. Pero que cuando los mensajeros iban despacio, aunque fueran personas sueltas y rápidas, tardaban quince días en ir.

Preguntado, del mismo modo, por qué había mandado matar a algunos indios, que habían encontrado muertos en su campo a los cristianos que habían recogido el botín, respondió que aquel día que él había mandado a Hernando Pizarro, su hermano, al campo para hablarle, un cristiano había empujado y derribado a un caballo, y los que estaban muertos se habían retirado por miedo, y que por eso él los había mandado matar.

Descripción y fisonomía del cuerpo de Atahualpa; de una mezquita en la que adoran a sus ídolos; de la iglesia construida por los españoles en Cajamarca; de la muerte del Cuzco, hermano de Atahualpa; de la llegada al puerto de Cancebi (costa de lo que hoy es ecuador) del capitán Diego de Almagro con muchos españoles y caballos.

Atahualpa era un hombre de treinta años, de buena persona y dispuesto, algo grueso y con el rostro grande y hermoso, pero fiero, y con los ojos manchados de sangre. Hablaba con mucha gravedad como un gran Señor y hacía razonamientos bastante vivos, de donde los españoles que lo entendían, sacaban y se daban cuenta de que era una persona sabia. Era un hombre alegre, aunque cruel, pero cuando hablaba con los suyos, no mostraba alegría, sino un rostro fiero y grave.

Entre las otras cosas, Atahualpa le dijo al Gobernador que a diez jornadas de Cajamarca por el camino del Cuzco, había en una cierta tierra una mezquita, que era un templo general de toda aquella comarca, y que era muy rica de oro y de plata, que todos iban a ofrecer allí. Y que su padre la tuvo en gran veneración, y él luego también de la misma manera. Y que si bien en cada tierra había una mezquita donde tienen sus ídolos particulares que adoran, en aquella tan rica, sin embargo, estaba un ídolo general de todos ellos. Y que para guardia de este rico templo estaba un gran sabio, que los indios creían que sabía las cosas futuras, y que las entendía de aquel ídolo, con el cual hablaba.

Cuando el Gobernador entendió esto, aunque antes de esta mezquita no tuviera noticia, le dio a entender a Atahualpa que todos aquellos ídolos eran una vanidad, y que el demonio hablaba en ellos para engañarlos y mandarlos a perder, como había mandado allí a todos los que habían vivido y muerto en similar creencia. Y le dio a entender que Dios es uno solo, y que ha creado el cielo y la tierra y todas las cosas visibles e invisibles, y en el cual los cristianos creen. Y que este solo debe ser tenido por todos como Dios, y hacer lo que él comanda, recibiendo el agua del santo bautismo. Porque al hacer de esta manera, irían a su reino celestial, donde los otros irían a las penas eternas del infierno, a arder para siempre, por haber en este mundo servido al demonio con sacrificarle, y ofrecerle, y erigirle las mezquitas. Pero que todo esto de ahora en adelante cesaría, porque para este efecto lo había mandado el Emperador, que era Rey y Señor de los cristianos y de todos ellos. Y que por esto había Dios permitido que él con tan gran esfuerzo de gente hubiera sido derrotado y apresado por tan pocos cristianos. De donde podía ver cuán poca ayuda había tenido de sus ídolos, y cómo había sido el demonio el que lo había engañado.

Atahualpa respondió que porque ni él ni sus antepasados habían visto nunca a cristianos, no habían sabido esto, y por lo tanto él había vivido como los otros. Y Atahualpa estaba atónito de lo que le había dicho el Gobernador, y bien se daba cuenta y conocía que aquel que hablaba en su ídolo no era el verdadero Dios, ya que tan poco lo había ayudado en sus necesidades.

Cuando el Gobernador se hubo descansado con sus españoles del trabajo del camino y de la batalla, mandó de inmediato mensajeros al pueblo de San Miguel, haciendo que sus cristianos entendieran lo que había sucedido, y deseando entender de ellos cómo les iba, y si había venido algún buque de Panamá, de lo que ordenó que fuera avisado de inmediato.

Luego mandó edificar en la plaza de Cajamarca una iglesia para la celebración de la santa misa. Hizo derribar la muralla que rodeaba la plaza, por ser baja, y la mandó reconstruir con cal y tierra, alcanzando una altura equivalente a dos hombres y un perímetro de unos 550 pasos. Dispuso además muchas otras obras para la seguridad de sus alojamientos. Cada día se informaba de si había alguna reunión de gente y de los demás sucesos que ocurrían en la comarca.

Los caciques de esta provincia, cuando supieron la llegada del Gobernador y la toma de Atahualpa, vinieron muchos de ellos a Cajamarca como amigos y en paz. Y eran algunos de ellos Señores de treinta mil indios, y todos estaban sujetos a Atahualpa. Por lo cual, al llegar ante él, le usaban grandes signos de respeto y de humildad, besándole los pies y las manos, y él los recibía sin mirarlos. Es cosa de maravilla decir la gravedad que Atahualpa tenía y la mucha obediencia que todos le daban. Cada día le llevaban de toda la provincia muchos presentes. Por lo cual él, así prisionero como estaba, se comportaba como un Señor, y se mostraba muy alegre. Bien es verdad que el Gobernador lo trataba bastante bien, aunque le dijera alguna vez que los nuestros habían sabido por algunos indios que él hacía reunir gente de guerra en Huamachuco y en otros lugares. Pero él respondía que en toda aquella comarca no había quien se moviera sin su licencia, y que por lo tanto tuviera por cierto, si hubiera visto alguna vez gente de guerra, que por su orden se habría reunido y venido. Y entonces, que él hiciera consigo lo que más le placiera, ya que era su prisionero.

Muchas cosas dijeron los indios que fueron mentiras, y a menudo hicieron alterarse a los nuestros. Entre muchos mensajeros que venían a Atahualpa, vino uno de los que conducían a su hermano prisionero, y le dijo que cuando sus Capitanes habían sabido que él había sido apresado, ya habían matado a Cuzco.

El Gobernador, cuando lo supo, mostró resentirse fuertemente de esto. Y dijo que no era verdad que lo hubieran matado, y que por lo tanto lo condujeran pronto vivo, si no querían que él hiciera morir a Atahualpa de inmediato. Pero Atahualpa afirmaba y decía que sus Capitanes lo habían matado sin saberlo él. Y el Gobernador, informándose bien de los mensajeros, se aseguró de que estaba muerto.

Después de estas cosas, algunos días después, vino gente de Atahualpa con un hermano suyo que venían del Cuzco, y le llevaban ciertas de sus hermanas y esposas con muchas vasijas de oro, en calabazas y jarras grandes, y vasijas grandes para cocinar y otras piezas, y con mucha plata. Y decían que mucho más venía después por el camino, porque por ser largo el viaje, los indios que lo llevaban se cansaban, y no podían llegar tan pronto. Por lo tanto, cada día llegaría bastante oro y plata. Y así era, que cada día venían a veces veinte mil, a veces treinta mil, y a veces cincuenta mil, y algún día, sesenta mil castellanos de oro de valor, en varias vasijas grandes de oro y de plata.

Y todas las hizo el Gobernador poner en una casa, donde Atahualpa tenía sus guardias, hasta que con este oro, y con el que debía venir, se completara lo que él había prometido. A veinte de diciembre del mismo año llegaron allí ciertos mensajeros del pueblo de San Miguel con una carta al Gobernador, avisándole de cómo habían llegado a aquella costa, en un puerto llamado Cancebi, que está cerca de Quaque, seis navíos, con 150 españoles y con 94 caballos. Y que tres de estos buques venían de Panamá con el Capitán Diego de Almagro, que conducía 120 hombres, y las otras tres carabelas venían con treinta hombres de Nicaragua, y que venían a este gobierno con la voluntad de serviros.

Y que de Cancebi, después de que las gentes y los caballos se hubieron desembarcado para venir por tierra, había pasado un buque adelante para entender dónde estaba el Gobernador, y había llegado hasta Tumbes, donde el cacique de aquella provincia no les había querido dar noticia ni mostrarles la carta que el Gobernador le había dejado, para que la diera a los navíos que allí llegaran. Por lo tanto, este buque se había regresado sin haber podido tener ninguna noticia. Y que otro navío que se había movido detrás de él, siguiendo adelante, había llegado al puerto de San Miguel, donde el patrón se había bajado, y se había hecho en aquella ciudad gran fiesta por la llegada de estas gentes. Y que de inmediato se había regresado este patrón con las cartas que el Gobernador había mandado a los nuestros de San Miguel, haciéndoles entender aquella victoria que Dios les había dado, y las grandes riquezas de aquella tierra.

Ahora, el Gobernador y todos los otros que estaban con él, tuvieron gran placer por la llegada de estos buques. Y de inmediato el Gobernador le escribió al Capitán Diego de Almagro, y a algunas personas que venían con él, mostrando cuánto placer tenía por su llegada. Diciendo que llegados que fueran al pueblo de San Miguel, para que no lo agravaran, se pasaran a los otros caciques vecinos que estaban por el camino de Cajamarca, y que tenían gran cantidad de víveres. Que él, mientras tanto, habría provisto para hacer fundir oro, para pagar el flete de aquellos buques, para que de inmediato se regresaran.

Atahualpa mandó encadenar a un sacerdote de una mezquita, porque éste le había asegurado que triunfaría en la guerra contra los cristianos. Asimismo, ordenó despojar aquel templo de la abundancia de oro y plata que en él se hallaba.

Porque cada día venían caciques a ver y hablar con el Gobernador, vinieron entre otros dos llamados 'caciques de los ladrones', porque su gente asalta y asesina a cuantos pasan por su tierra, y estos se encuentran en el camino que va al Cuzco.

A los sesenta días de la prisión de Atahualpa, un cacique de la tierra donde está aquella gran mezquita, y el sacerdote de la misma, vinieron ante el Gobernador. Preguntado Atahualpa sobre quiénes eran estos, él se lo dijo y añadió que se alegraba de su venida, porque quería hacerle pagar al sacerdote las mentiras que le había dicho. Y pidió una cadena para echársela al cuello, pues él le había aconsejado que guerreasen contra los cristianos, asegurándole que los matarían a todos, lo cual le había dicho el ídolo. Y también porque le había dicho al Cuzco, su padre, cuando estaba moribundo, que no moriría de aquella enfermedad.

El Gobernador hizo traer la cadena, y Atahualpa encadenó a aquel sacerdote, diciendo que no lo soltasen hasta que no hubiese traído todo el oro de la mezquita, porque quería dárselo a los cristianos, ya que su ídolo era mentiroso. "Ahora veré", añadió, "si él te quita esta cadena, ya que tú dices que es tu dios".

El Gobernador y el cacique que había venido con el sacerdote enviaron a sus mensajeros para que viniese el oro de la mezquita junto con todo lo que tenía el cacique. Dijeron que el regreso sería en unos cincuenta días.

Pero a pesar de todo, el Gobernador se enteró de que en la provincia se reunía gente y que en Huamachuco (a tres jornadas de Cajamarca) se habían congregado muchos hombres de guerra. Por ello, envió a Hernando Pizarro con veinte jinetes y algunos hombres a pie para averiguar qué ocurría y para que trajesen el oro y la plata que allí se encontraban.

El capitán Hernando Pizarro partió de Cajamarca el Día de la Epifanía de 1533. Quince días después, llegaron unos cristianos con una gran cantidad de oro y plata que traían en más de trescientas cargas, en grandes y variadas piezas de vasijas. El Gobernador hizo ponerlo todo junto con lo que ya había llegado, en un cuarto que Atahualpa tenía vigilado, diciendo que quería cuidarlo bien, ya que debía completar lo que había prometido y luego entregarlo todo junto. Y para que estuviese mejor resguardado, el Gobernador puso a algunos cristianos a vigilarlo día y noche. Cuando se ponía algo en aquel cuarto, contaban todas las piezas para que no se cometiera ningún fraude.

Con este oro y plata vino un hermano de Atahualpa y dijo que en Jauja quedaba una mayor cantidad de oro, y que ya estaba en camino. Con ello venía uno de sus capitanes, llamado Calcuchima.

Pizarro le escribió al Gobernador, diciéndole que se había informado de las cosas de la tierra y no tenía noticias de que se hubiese reunido gente, ni de ninguna otra cosa, excepto que el oro estaba en Jauja y que lo traía un capitán de Atahualpa; y que le aconsejase lo que quería que hiciese y si le ordenaba que pasase adelante, porque hasta que no tuviese su respuesta no se movería.

El Gobernador le respondió que pasara adelante hasta que llegase a la Mezquita, ya que tenía consigo prisionero al sacerdote. Atahualpa había ordenado que trajesen el tesoro que allí se encontraba y que, por tanto, se apresurase a enviar pronto todo el oro que hubiese en la Mezquita. También le pidió que le escribiese de cada tierra todo lo que le sucediera en el camino, y así lo hizo el capitán Hernando.

Pero el Gobernador, viendo cuánto se demoraba la llegada del oro, envió a tres cristianos para que se apresurasen e hicieran traer el oro que había llegado a Jauja y para que fuesen a ver la ciudad del Cuzco. A uno de ellos le dio poder para que en su lugar y en nombre de Su Majestad tomara posesión del Cuzco y de todo lo que le era vecino, en presencia de un notario público que iba con ellos. Con estos mandó a un hermano de Atahualpa, habiéndoles ordenado expresamente que no hicieran daño alguno a ninguno de aquellos pueblos, ni les quitasen nada contra su voluntad, ni hiciesen más de lo que a aquel principal que iba con ellos le pareciese, para que no fuesen muertos por aquella gente. Y que procurasen ver al pueblo del Cuzco y le trajesen relación de todas las cosas.

Así, estos partieron de Cajamarca el quince de febrero de dicho año. El capitán Diego de Almagro llegó con algunos hombres a Cajamarca el día de Pascua, que fue el trece de abril del mismo año, y fue muy bien recibido por el Gobernador y por los otros que con él estaban.

Un negro que partió con aquellos cristianos que iban al Cuzco regresó el veintiocho de abril con 107 cargas de oro y 7 de plata, y regresó de Jauja, donde encontraron a los indios que venían con el oro. Y dijo este negro que el capitán Hernando Pizarro regresaría muy pronto, porque había ido a Jauja a ver a Calcuchima.

El Gobernador hizo colocar todo este oro con el otro y mandó contar todas las piezas. El veinticinco de mayo, el capitán Pizarro regresó a Cajamarca con todos los cristianos que había llevado consigo y con Calcuchima. Fue muy bien recibido por el Gobernador y por todos los que con él estaban. Él trajo de la Mezquita veintisiete cargas de oro y dos mil marcos de plata, y le entregó al Gobernador la siguiente relación y apunte de su viaje, que había hecho el veedor Miguel de Estete, que había ido con él.

***

La relación del viaje que hizo el Capitán Hernando Pizarro por orden del Gobernador su hermano, desde que partió del pueblo de Cajamarca para ir a Jauja hasta que regresó.

Pizarro partió de Cajamarca con algunos españoles y, en su viaje, llegaron a las ciudades de Huancabamba y Huamachuco. Allí fueron avisados de que el capitán Chalcuchímac se encontraba en el campo con gente de guerra, dispuesto a asaltar a los cristianos.

Continuando su camino, pasaron por Andamarca y, de allí, a Totopamba. Luego a Corongo y a Pinga, donde el cacique Pumapecha les ofreció cortesías. De allí, siguieron a Huaraz, Sucaracoay, Pachicoto y la ciudad de Marcara.

El día de la Epifanía, a dieciséis de enero de 1533, partió el Capitán Hernando Pizarro de la ciudad de Cajamarca con veinte de a caballo y con ciertos escopeteros de a pie. Y ese mismo día fue a dormir a un cierto lugar a cinco leguas de allí.

El segundo día fue a comer a una tierra llamada Ichoca, donde fue bien recibido, y tuvo todo lo que él y su gente necesitaban. Fue luego la tarde a dormir a una pequeña tierra llamada Huancabamba, sujeta a la ciudad de Huamachuco, a la que llegó la mañana siguiente. Y esta ciudad es bastante grande y está situada en un valle puesto entre montañas. Tiene buena vista y posición. Y su señor se llama Huamanchoro, por el cual fue el Capitán con los otros suyos bien recibido.

Aquí llegó el hermano de Atahualpa, que iba a solicitar que el oro del Cuzco viniera. Y de él supo el Capitán que a veinte jornadas de allí estaba el Capitán Chalcuchímac, que traía toda la cantidad de oro que Atahualpa había ordenado que viniera. Cuando Pizarro supo que el oro estaba tan lejos, mandó a un mensajero al Gobernador para saber qué quería que hiciera, que él no se partiría hasta que tuviera su respuesta.

En esta tierra se informó de algunos indios si era verdad que Chalcuchímac estuviera tan lejos. Y algunos indios principales, constreñidos fuertemente por él, le dijeron que Chalcuchímac se encontraba a siete leguas de allí, en la ciudad de Andamarca, con veinte mil hombres de guerra, y que venía para matar a los cristianos y para liberar a su señor. Y el que confesó esto, dijo además que él había comido con él el día anterior. Interrogado otro compañero de este principal, dijo lo mismo. Por lo cual, el Capitán deliberó ir a ver y confrontarse con Chalcuchímac. Y puestas sus gentes en orden, tomó aquella calle, y ese día fue a dormir a una pequeña tierra llamada Tambo, sujeta a Huamachuco. Y allí se volvió a informar de nuevo, y a cuantos indios preguntaba, todos le decían lo mismo que los primeros le habían dicho.

En este lugar, hizo establecer una buena guardia para toda la noche. A la mañana siguiente, siguiendo su viaje con gran orden, llegó al mediodía a la ciudad de Andamarca, pero no encontró allí a aquel capitán ni ninguna noticia de él, excepto lo que le había dicho el hermano de Atahualpa: que estaba en Jauja con todo el oro y venía continuamente hacia Cajamarca, donde se encontraba el Gobernador.

Aquí, en Andamarca, le llegó la respuesta del Gobernador, que le decía que, dado que tenía noticia de que Chalcuchímac con el oro estaba tan lejos, y puesto que él tenía en su poder al sacerdote de la Mezquita de Pachacámac, se informase del camino para ir allí y, si le parecía bien ir por aquel oro que allí se encontraba, que lo hiciera, mientras que el otro [oro] del Cuzco vendría.

El Capitán se informó inmediatamente del camino y de las jornadas que se necesitaban para ir a la mezquita. Y aunque su gente iba mal provista de hierros y de otras cosas necesarias para tan largo viaje, viendo que se hacía servicio a Su Majestad al ir por aquel oro, a fin de que los indios no lo ocultasen, y también para ver la comarca y si era apta para ser poblada por cristianos, decidió ir, a pesar de haber sabido que por aquel camino había muchos ríos y puentes de cuerda con otros pasos difíciles.

Llevó consigo a algunos indios principales que estaban en aquella región. Y así partió el catorce de enero para aquel viaje, y ese mismo día pasó algunos pasos difíciles y dos ríos, y fue a dormir a una tierra llamada Totopamba, donde fue bien recibido por los indios y se le dio comida y bebida para esa noche. También obtuvo indios para que los ayudaran a llevar sus cosas. El otro día, cabalgando, fue a alojarse a una pequeña tierra llamada Corongo.

En medio de este camino hay un gran paso de nieve. Y por toda la calle hay gran cantidad de ganado, con sus pastores que los guardaban y que tenían sus casas por las montañas al modo de España. En esta tierra los nuestros tuvieron de comer con todo lo que les fue necesario, y también indios para que los ayudaran a llevar sus mercancías. Y este pueblo está sujeto a Guamanchoro.

El otro día fue a alojarse la tarde a otra pequeña tierra llamada Pinga, y no se encontró a nadie allí, porque se habían huido todos por miedo. Y fue esta una jornada de mala calle, porque había una bajada de escalones hecha en la roca misma, bastante difícil y peligrosa para los caballos.

El otro día, a la hora de comer, llegaron a una gran ciudad puesta en un valle. Pero en medio del camino hay un gran río que corre furiosamente. Y hay dos puentes cercanos, hechos de red de esta manera: de una orilla a la otra del río tienen bien atadas a dos murallas (que hacen en las orillas con buenos cimientos) y atadas ciertas cuerdas gruesas como un muslo, y hechas de bejuco, que son aquellas enredaderas que son fortísimas. Y de una cuerda a la otra, que es del ancho de una carreta, atraviesan y tejen ciertas otras cuerdillas fuertes. Y por debajo le atan ciertas piedras gruesas para contrapesar el puente. Por uno de estos dos puentes pasan las gentes comunes, y hay un guardián que cobra el paso. Y por el otro puente pasan los Señores y sus Capitanes, y por lo tanto lo tienen siempre cerrado. Pero lo abrieron para que pasara nuestro Capitán con sus gentes. Y los caballos pasaron por allí de manera adecuada.

En esta tierra se descansó el Capitán dos días, porque la gente y los caballos andaban cansados de la mala calle. Y tuvieron allí mucha cortesía con todo lo que les era necesario. Y el señor de esta tierra se llamaba Pumapecha.

El día siguiente, el Capitán partió de esta tierra, y fue a comer a una pequeña aldea, y tuvo allí todo lo necesario. Muy cerca de allí se pasó otro puente de red, como el primero. Y fue la tarde a dormir a dos leguas de allí a una tierra, de donde salieron a recibirlo pacíficamente, y le dieron de comer, e indios para conducir sus mercancías. Esta jornada fue a través de un valle lleno de maizales y de pequeñas aldeas de un lado y del otro de la calle.

La mañana siguiente, que era domingo, fue a otra tierra, donde la mañana fueron bastante bien servidos todos los nuestros. Y la tarde fueron a alojarse a otra tierra, donde fueron servidos de la misma manera bastante bien, y tuvieron muchas ovejas con todo lo que les fue necesario. Toda aquella comarca es abundante de ganado y de maíz, y los nuestros, por todo aquel camino, encontraban infinitos rebaños de ovejas. La mañana siguiente, cabalgando por aquel valle, el Capitán fue a cenar a una gran ciudad llamada Huaraz, y su señor era uno que se llamaba Pumacapiglay, por el cual y por sus indios tuvieron los nuestros de comer, y gente que les sirviera en el transporte de las mercancías en lugar de carros.

Descripción de la marcha a través de los valles y la costa

Esa tierra se encuentra en un llano y un río la atraviesa muy cerca. Desde allí se pueden ver aldeas con mucho ganado y maíz. Solo para alimentar al Capitán y a su gente, tenían encerrados en un corral a doscientos animales.

El Capitán partió de allí bastante tarde y fue a dormir a otra tierra llamada Sucaracoay, donde fue bien recibido. El señor del lugar se llama Marcocana. Aquí el Capitán se detuvo un día para que la gente y los caballos, que estaban agotados por el mal camino, pudieran descansar. Se mantuvo en guardia, ya que la tierra era grande y Chalcuchímac se encontraba muy cerca con 55 mil hombres.

Al día siguiente, cabalgó por un valle lleno de sembrados y ganado, y anduvo dos leguas para pasar la noche en una pequeña tierra llamada Pachicoto. Allí el Capitán se desvió del camino real que va al Cuzco y tomó el que va por los llanos.

A la mañana siguiente, partió y fue a dormir a Marcara, cuyo señor era un hombre llamado Corcara, muy rico en ganado gracias a los buenos pastos de la región. Desde esta tierra, las aguas corren hacia el mar, y el camino se vuelve difícil y áspero. El interior del país es muy frío y está lleno de agua y nieve, mientras que la costa es muy caliente y llueve tan poco que no es suficiente para sus cultivos. Por ello, se proveen regando la tierra con el agua que baja de las montañas, lo que hace que la región sea fértil y abundante en víveres y frutos.

Pasan por las tierras de Huaracanga, Parpunga, Guamamayo, Guarua, Glachu (llamada de las Perdices), Suculacumbi y llegan a Pachacámac, la ciudad de la mezquita rica. Allí entran y destruyen la capilla y el ídolo, revelando a los indios que se trataba del diablo.

Partiendo al día siguiente, el Capitán caminó por un río lleno de sembrados y árboles frutales y fue a alojarse en una pequeña tierra llamada Huaracanga. Al otro día, fue a dormir a una tierra grande llamada Parpunga, que está cerca del mar y tiene un fuerte palacio con cinco muros alrededor, pintado con muchas obras por dentro y por fuera. Sus puertas están bien trabajadas al estilo de España, con dos tigres en la puerta principal.

Los indios de este lugar huyeron por miedo al ver a una gente que nunca antes habían visto, y se maravillaban especialmente de los caballos. Pero el Capitán les hizo hablar a través del intérprete y les dijo que no dudaran ni huyeran. Así, una vez seguros, sirvieron bien a los nuestros en todo lo que necesitaban. En esta tierra, el Capitán retomó un camino más ancho, hecho a mano, que corre por la costa, con muros de tierra y cal a ambos lados.

En Parpunga se quedó dos días, para que la gente se reposara y para esperar a poder herrar a los caballos. Partiendo luego con su gente, pasaron un río con ciertas barquitas hechas de maderos unidos, y los caballos a nado, y durmieron en una tierra llamada Guamamayo, que está casi sobre el mar. Y allí cerca pasaron también un río a nado con gran dificultad, porque iba bastante grande y furioso. En estos ríos de las marinas no hay puentes, porque van grandes y bajan grandes ramajes. El Señor de esta tierra y sus gentes se esforzaron mucho en ayudar a pasar las mercancías de los nuestros que llevaban, y les dieron bien de comer, y gente para conducir los equipajes.

Luego se partió, y el Capitán fue a alojarse a otra tierra sujeta a Guamamayo, que son tres leguas de camino, la mayor parte con sembrados y árboles de varios frutos. Y el camino estaba todo limpio y adoquinado. Luego fue a dormir a una gran tierra puesta cerca del mar, y se llama Guarua, y está bien situada, y con grandes edificios y alojamientos. Los nuestros fueron bien servidos por los Señores de la tierra y por sus indios, y tuvieron cuanto les era necesario para ese día. El día siguiente fueron a alojarse a Glachu, a la cual tierra los nuestros le pusieron el nombre de las Perdices, porque en cada casa veían muchas perdices puestas en jaulas.

Los indios de este lugar salieron muy pacíficos con los nuestros, y le hicieron gran fiesta al Capitán, y lo sirvieron bastante bien. Pero el cacique de esta tierra no apareció nunca. La otra mañana, el Capitán partió temprano, porque le fue dicho que la jornada era larga, y comió por la mañana en una gran tierra llamada Suculacumbi a cinco leguas de camino. El Señor de este lugar con sus indios amistosamente acogieron a los nuestros, dándoles de comer para ese día. Y al atardecer, el Capitán partió de esta tierra, para poder el día siguiente llegar a la mezquita. Y pasó un gran río a vado, y fue a alojarse la tarde en un lugar lejos de la tierra de la mezquita una legua y media.

El otro día, que era domingo, el Capitán cabalgó, y sin salir de los lugares habitados y sembrados de árboles, llegó a Pachacámac, que es la ciudad donde estaba aquella mezquita rica. A medio camino encontró otra tierra donde comió. El Señor de Pachacámac salió con todos los principales a recibir como amigos a los nuestros, mostrándoles mucha amabilidad.

El Capitán se alojó con los suyos en ciertas grandes habitaciones que estaban a un lado de la ciudad, y de inmediato les hizo entender que él, por orden del Señor Gobernador, venía por el oro de la mezquita, que el cacique había ordenado que se lo diera. Y que por lo tanto debían reunirlo de inmediato y dárselo, o llevarlo a donde el Gobernador estaba. Se unieron entonces juntos los principales de la ciudad y los pajes y ministros del ídolo, y dijeron que lo darían. Pero se fueron un poco disimulando y difiriendo. Y al final trajeron bastante poco, y dijeron que no había más.

El Capitán disimuló y dijo que quería ir a ver su ídolo, que se lo mostraran. Y así fue llevado por ellos. Este ídolo estaba dentro de una buena habitación bien pintada, en una sala bien oscura y de mal olor, y muy bien cerrada. Y el ídolo estaba hecho de una madera bastante sucia. Y esto dicen que es su Dios, que los creó y los mantiene, y les da el alimento y el sustento de la vida. Y tenía a los pies, que se los habían ofrecido, algunas joyas de oro. Y en tanta veneración lo tenían que solo sus pajes y ministros, que por él mismo (como ellos dicen) señalados y llamados al ministerio vienen, lo servían. Y ningún otro tenía atrevimiento de entrar dentro. Al contrario, ni siquiera se tienen por dignos de tocar con la mano las paredes de aquella casa.

Y ya se vio bastante claro que el diablo era aquel que dentro de ese ídolo hablaba, y decía aquellas tantas cosas diabólicas, para que por toda aquella tierra se esparcieran. Por lo cual era adorado como Dios, y le hacían muchos sacrificios. Y venían en peregrinación trescientas leguas de largo para ofrecer oro, plata y mercancías. Y los que venían, iban al portero y le pedían la gracia que querían. El portero entraba dentro y hablaba con el ídolo, y luego regresaba fuera y decía que se les concedía la gracia que pedían.

Antes de que ninguno de los ministros entrara a servirlo, era necesario ayunar muchos días y no acercarse a mujeres. Por todas las calles de esta ciudad, y sobre las puertas principales, y alrededor de la Mezquita, había muchos ídolos de madera, y los adoraban, a imitación del ídolo principal que daba las respuestas. Se supo por muchos señores de esta comarca que desde la ciudad de Catámez, que está al principio de este gobierno, toda la gente de esta costa servía a esta Mezquita con oro y plata, y le daban cada año cierto tributo. Por lo cual allí había los factores y las habitaciones donde se ponían estos tributos. Y allí se encontró cierta parte de oro, y también señales de que había sido quitado bastante más. Y se supo luego con certeza por muchos indios que lo habían transportado por orden del diablo que hablaba en el ídolo.

Muchas cosas se podrían decir de las idolatrías que se hacían a este ídolo, pero para no ser prolijo, se callan, excepto esto solo: que dicen que aquel ídolo les hace entender que es su Dios, y que los puede hundir si lo hacen enojar y no lo sirven bien, y que todas las cosas del mundo las tiene él en su poder. Aquellos indios estaban tan escandalizados y tímidos solo porque el Capitán había entrado a verlo, que pensaban que ellos debían ser todos arruinados y muertos tan pronto como los cristianos se partieran de allí.

Los nuestros le dieron a entender a los indios el gran error en el cual se encontraban, porque el que hablaba dentro de aquel ídolo era el diablo, que de esa manera los tenía engañados. Por lo tanto, los amonestaban para que de ahora en adelante no le debieran creer más, ni hacer lo que les aconsejara. Con otras cosas similares, para apartarlos de aquellas sus idolatrías.

El Capitán hizo deshacer la gruta o capilla donde el ídolo estaba, y rompió también el ídolo mismo en presencia de todos, y les dio a entender muchas cosas de nuestra santa fe, y cómo debían defenderse del demonio con el signo de la santa Cruz.

Descripción de la tierra de Pachacámac, de la obediencia que vinieron a dar a su Majestad los principales caciques de las provincias, de la cantidad de oro obtenida, y de cómo pasan por las tierras de Huaura, Guaranga, Ayllón, Chincha, Caschumbo, y Pombo, para ir a encontrar al Capitán Chalcuchímac.

Esta ciudad de Pachacámac es una grandísima tierra. Tiene cerca de esta Mezquita una gran casa del Sol, puesta en cierta altura, bien trabajada, con cinco muros alrededor que la cercan. Hay casas de dos pisos, como en España, y la tierra parece ser antigua, por los edificios caídos que se ven. Y la mayor parte de la muralla de la ciudad se ve caída y arruinada. El principal Señor de este pueblo se llama Taurichumbi.

Aquí vinieron los Señores de las tierras vecinas a visitar al Capitán con presentes de las cosas que había en sus comarcas, y con oro y plata. Y se maravillaban mucho de que él hubiera tenido el atrevimiento de entrar donde estaba el ídolo y romperlo. El señor de Malache, llamado Líncoto, vino a dar obediencia a Su Majestad y trajo un presente de oro y plata. Lo mismo hizo el señor de Noax, llamado Alínchay; el señor de Gualco, llamado Guarigli; el señor de Chicha, llamado Tambianuea, con diez principales; el señor de Huaraz, llamado Guaxciapaicho; el señor de Colixa, llamado Aci; el señor de Saglicaimarca, llamado Yspilo, y otros señores y principales de las comarcas de alrededor.

Todos ellos trajeron sus presentes de oro y plata, que se puso junto con lo que se obtuvo de la Mezquita. Todo el conjunto llegó a un valor de noventa mil castellanos.

A todos estos caciques, el Capitán les habló muy complacido por su venida y les ordenó de parte de Su Majestad que siempre actuaran de esa manera. Finalmente, los envió de regreso muy contentos.

En esta ciudad de Pachacamac, el Capitán Hernando Pizarro tuvo noticias de que Chalcuchímac, Capitán de Atahualpa, estaba a cuatro jornadas de allí con mucha gente y con ellos. Y que no quería pasar adelante, al contrario, decía que venía a hacer la guerra a los cristianos. El Capitán le mandó un mensajero, asegurándolo y mandándole a decir que viniera con el oro, que ya debía saber que su Señor estaba prisionero, y que muchos días hacía que lo esperaba. Y que el Gobernador también se encontraba enojado por su tanta tardanza. Y con esto le mandó a decir muchas otras cosas, asegurándolo para que viniera, porque él no podía ir a verlo por el mal camino que había para los caballos. Y que quien llegara más pronto a una cierta tierra que estaba en el camino, se esperaran allí el uno al otro. Chalcuchímac le mandó a decir que él, sin falta, haría lo que él le ordenaba.

Entonces el Capitán partió de Pachacamac para encontrarse con este. Y por las mismas jornadas se vino a la tierra de Huaura, que está puesta en el llano cerca del mar. Allí dejó la ribera marítima y tomó el camino tierra adentro. Y fue a tres de marzo que partió de aquella ciudad. Y caminando todo ese día sobre un río, todo lleno de árboles, fue a alojarse la noche en una tierra puesta en la ribera de este río, llamada Guaranga, que está sujeta a Huaura.

El día siguiente, cabalgando, fue a dormir a otra pequeña tierra llamada Ayllón, y situada cerca de un monte, y sujeta a otra tierra más principal llamada Armatambo, y está llena de mucho ganado y maíz. El día siguiente, a cinco de marzo, fue a dormir a Chincha, tierra sujeta a Cajatambo. Y en el camino se encontró un paso de nieve bastante malo, porque la nieve llegaba a las cinchas de los caballos. Y aquí había gran cantidad de ganado. Aquí se quedó dos días el Capitán, y luego partiendo, fue a dormir a Cajatambo, que es una gran ciudad puesta en un profundo valle, donde hay mucho ganado, y por todo el camino se encuentran muchas manadas de ovejas. Y el Señor de esta tierra, que se llamaba Sachao, hizo muchos servicios a los nuestros.

Aquí el Capitán volvió a tomar el camino ancho, por donde Chalcuchímac debía pasar. Y había tres jornadas de travesía. Aquí el Capitán se informó si Chalcuchímac había pasado para encontrarse con él, como le había prometido. Y todos los indios decían que había pasado, y con el oro que traía. Pero como luego se vio, ellos estaban todos avisados para decir de esa manera, para que el Capitán se regresara sin esperarlo, porque Chalcuchímac se quedaba en Jauja con el pensamiento de no pasar más adelante. El Capitán, que sabía bien que pocas veces se encuentra la verdad en estos indios, se decidió (aunque con gran trabajo y peligro fuera) a salir al camino real por donde él debía pasar, para saber si había pasado. Y no habiendo pasado, de ir a encontrarlo dondequiera que estuviera, tanto para hacer conducir el oro como para deshacer el ejército que tuviera, y para atraerlo amistosamente, y viéndolo duro, hacerlo prisionero. Y así, con esta decisión, tomó el camino de una gran tierra llamada Pumpu, que se encuentra en el camino real.

A nueve de marzo, fue a dormir a Oyu, que es una tierra puesta entre montañas, y el cacique vino todo pacífico a servir a los nuestros, y a darles cuanto para aquella noche era necesario. La mañana siguiente, cabalgó y fue a dormir a una pequeña tierra de pastores puesta cerca de una laguna de agua dulce, que en un campo gira tres leguas alrededor, y hay muchas ovejas medianas, como las de España, y de fina lana. La otra mañana, siguiendo su viaje, llegó la tarde a Pumpu, de donde salieron a recibirlo todos los señores de la tierra, y algunos Capitanes de Atahualpa que estaban allí con cierta gente.

Aquí encontró el Capitán 150 vasijas todas de oro que Chalcuchímac mandaba, y él se quedaba con sus gentes en Jauja. Tan pronto como el Capitán tuvo el alojamiento, preguntó a los Capitanes de Atahualpa qué quería decir que Chalcuchímac mandara aquel oro y él no viniera, como había prometido. Respondieron que no había venido por el gran miedo que tenía de los cristianos, y de la misma manera porque esperaba también mucho oro del Cuzco, y no tenía atrevimiento de pasar adelante con tan poco. Entonces el Capitán le mandó un mensajero, asegurándolo, y haciéndole saber que, ya que él no venía, iría él a encontrarlo, y que no dudara ni temiera. En esta tierra se reposó el Capitán con sus gentes un día, para llevar a los caballos reposados y frescos, para tener que combatir si hubiera sido necesario.

Para encontrar a Chalcuchímac, Capitán de Atahualpa, pasan por las ciudades de Cajamarca, Tarma y Pumpu. En Jauja, donde se detienen, tienen una larga conversación sobre el oro y su tardanza en llegar. Descripción de la ciudad de Jauja y de la gente que se encontró allí.

A catorce de marzo, el Capitán partió de Pumpu para ir a Jauja, y se alojó la primera tarde en Cajamarca, donde hay un campo llano de seis leguas que comienza en Pumpu. Y hay una laguna de agua dulce que tiene ocho o diez leguas de perímetro, y toda a su alrededor está habitada por muchas tierras. Y hay cerca una gran cantidad de ovejas. Y en la laguna se ven aves acuáticas de varias clases, y peces pequeños. En esta laguna, el viejo Cuzco (Huayna Cápac), y luego también Atahualpa, tuvieron muchas barquitas planas traídas de Tumbes, para su recreación. De aquella laguna sale un río que va a Pumpu, y lo pasa de un lado bastante quieto y profundo, y se puede pasar por un puente que está cerca de la tierra, y allí se paga el paso o el flete, como se hace en España. Por todo este río se ven muchos rebaños de ovejas, y los nuestros le pusieron el nombre de Guadiana, porque se parece mucho a aquel de España.

A quince de marzo, el Capitán partió de Cajamarca, y fue a comer a una casa a tres leguas de allí, y tuvo allí muchas atenciones. Y por la tarde fue a dormir a otras tres leguas adelante, a una tierra llamada Carma, que está puesta en el flanco de un monte. Allí le fue dado albergue en una casa pintada con buenas habitaciones dentro. Y el señor de esta tierra hizo dar a los nuestros de comer, y gente para conducir sus mercancías que llevaban.

El otro día, porque la jornada era larga, el Capitán partió temprano por la mañana con sus gentes en orden, porque dudaba que Chalcuchímac no estuviera con el corazón manchado, ya que no le había mandado respuesta. Al atardecer llegó a una tierra llamada Ianimalcha, donde fue bien recibido. Y allí supo que Chalcuchímac estaba fuera de Jauja, por lo que entró en mayor sospecha. Y como no estaba a más de una legua de Jauja, tan pronto como hubo cenado, montó a caballo, y al llegar a la vista de aquella Ciudad, vio desde un alto muchos escuadrones de gente, pero no sabía si era gente de guerra, o del pueblo.

Llegado luego a la plaza principal de la ciudad, se dio cuenta de que aquellos escuadrones de gente eran del pueblo y se habían reunido de esa manera para hacer fiesta. Tan pronto como el Capitán llegó, antes de desmontar, preguntó por Chalcuchímac. Y le dijeron que había ido a ciertas otras tierras, y que el día siguiente vendría. Él se había apartado con la excusa de ciertos negocios, hasta que hubiera sabido por los indios que venían con el Capitán, qué ánimo tenían los españoles hacia él. Porque sabiendo que había hecho mal en no cumplir lo que había prometido, ya que el Capitán había venido ochenta leguas para verlo, dudaba que viniera a apresarlo o a matarlo. Por lo cual, por este miedo que tenía de los cristianos, y de aquellos de a caballo especialmente, se había apartado. El Capitán llevaba consigo a un hijo del viejo Cuzco (Manco Inca), el cual, cuando supo que Chalcuchímac se había apartado, dijo que quería ir a encontrarlo donde estuviera. Y así fue en una litera.

Toda aquella noche los nuestros tuvieron a los caballos ensillados y embridados. Y el Capitán ordenó a los Señores del pueblo que no hicieran aparecer a ningún indio en la plaza, porque los caballos estaban enojados y se los habrían comido. El día siguiente regresó el hijo del viejo Cuzco (Manco Inca), y Chalcuchímac con él en dos literas, y bien acompañados. Y llegando a la plaza, desmontaron, y dejando a las otras gentes atrás, con algunos pocos solamente fueron a la habitación del Capitán, con el cual Chalcuchímac se excusó mucho por no haber ido a encontrarlo, como había prometido, y por no haberle siquiera salido al encuentro. Y sus excusas eran que él no había podido hacer otra cosa por sus muchas y grandes ocupaciones. Pero preguntado por el Capitán de la causa más particular, por qué no había ido a encontrarlo, como le había mandado a decir que debía hacer, respondió que Atahualpa, su Señor, le había mandado una orden de que se quedara firme sin partirse.

El Capitán dijo entonces que él no tenía por esto ningún enojo con él, pero que se pusiera en orden, porque quería que fuera con él a donde estaba el Gobernador, que tenía prisionero a Atahualpa su Señor, y que no lo liberaría nunca hasta que no le diera todo el oro que le había prometido. Y agregó que él bien sabía que tenía mucho oro, y que por lo tanto lo hiciera venir todo, porque en compañía lo conducirían, y a él le sería hecho todo buen tratamiento.

Chalcuchímac respondió que tenía orden de su Señor de no partirse. Por lo tanto, hasta que no tuviera una nueva orden, no tenía ánimo de moverse, porque siendo aquella tierra nuevamente conquistada, tan pronto como él se partiera, se volvería a rebelar. El Capitán Pizarro estuvo con él un gran rato contendiendo sobre esta ida. Y finalmente quedaron en que esa noche lo pensaría mejor y la mañana se resolverían. El Capitán buscaba reducirlo con buenas razones, para no levantar y poner al pueblo en tumulto, porque podría seguirse daño a los tres españoles que habían ido al Cuzco.

La mañana siguiente, Chalcuchímac fue a encontrarlo y le dijo que, ya que él quería que fuera, no podía hacer de otra manera, y que por lo tanto iría, y dejaría a otro Capitán con aquellas gentes de guerra que allí tenía. Aquel día reunió bien treinta cargas de oro bajo y a punto de partir entre dos días. Y en este tiempo vinieron de treinta a cuarenta cargas de plata. Y los nuestros siempre se quedaron con muchas guardias, y con los caballos ensillados, porque veían a aquel Capitán de Atahualpa tan poderoso de gente, que si les hubiera caído de noche encima, les habría hecho mucho daño.

Descripción de Jauja y del regreso a Cajamarca

La ciudad de Jauja es muy grande y se asienta en un hermoso y fértil valle de clima templado. Un río muy caudaloso corre cerca del pueblo. La ciudad está construida al estilo de las de España, con calles bien trazadas y ordenadas. A la vista de Jauja hay muchos otros pueblos sujetos a ella, y la cantidad de gente en la ciudad y sus alrededores es tal que, según los españoles, cada día se reunían en la plaza principal hasta cien mil personas. A pesar de esto, las otras plazas y los mercados también estaban tan llenos que parecía que no faltaba nadie.

Había hombres encargados de enumerar a todas estas personas para saber quiénes debían servir al ejército. Otros tenían la tarea de vigilar todo lo que entraba en la ciudad. Chalcuchímac tenía sus propios mayordomos y agentes que se encargaban de proveer al ejército con las provisiones habituales. Tenía muchos maestros que trabajaban la madera y otros grandes servicios a su disposición, así como guardias para su persona y tres o cuatro porteros en su casa. En todo, desde el servicio que recibía hasta otros asuntos, imitaba a su señor. Era un hombre muy temido en toda la tierra, ya que era un valiente guerrero y, por orden de Atahualpa, había conquistado más de seiscientas leguas de territorio. Peleó numerosas batallas, tanto en campo abierto como en pasos difíciles, y siempre salió victorioso, sin dejar nada por conquistar en toda la región.

El regreso a Cajamarca con el Capitán Chalcuchímac

El veinte de marzo, el Capitán Hernando Pizarro partió de Jauja para regresar a la ciudad de Cajamarca, y Chalcuchímac lo acompañó. Viajaron por las mismas jornadas hasta llegar a Pumpu, donde el camino real del Cuzco se conecta con el que traían. Allí se quedaron ese día y el siguiente. Luego, partieron y anduvieron por ciertos campos llenos de ovejas, alojándose esa noche en unas grandes estancias. Ese día nevó mucho.

A la mañana siguiente, partieron y fueron a dormir a Tambo, un pueblo ubicado entre montañas. Cerca de allí hay un río profundo con un puente. Para bajar al río, hay una escalera de piedra bastante difícil, de modo que si alguien se apostara en la parte de arriba, impediría el paso y causaría mucho daño a los de abajo. El Capitán fue muy bien servido por el Señor de ese lugar y todos hicieron una gran fiesta en honor a nuestro Capitán y a Chalcuchímac, a quien siempre acostumbraban a recibir con celebraciones.

Al día siguiente se alojaron en Tomlucanca, cuyo principal cacique se llamaba Tiglima. Fueron bien recibidos y atendidos, ya que, aunque el pueblo era pequeño, los vecinos acudieron para ver y servir a los cristianos. En esta tierra hay una gran cantidad de ovejas pequeñas con buena lana, similar a la de España.

El otro día, viajaron solo cinco leguas para dormir en Guanefo, pues el camino era malo, pedregoso y con muchas zanjas por donde corría el agua, que se decía habían sido hechas por la nieve que baja en ciertas épocas del año. La tierra de Guanefo es grande y se encuentra en un valle rodeado de montañas escarpadas, con un perímetro de tres leguas. En un lado, en el camino a Cajamarca, hay una gran subida. Allí, el Capitán y sus cristianos fueron tratados y servidos muy bien, y les hicieron muchas fiestas durante los dos días que se quedaron. Este pueblo tiene otros cercanos que le están sujetos, y hay una gran cantidad de ovejas.

Ese mismo mes, partiendo de este lugar, llegaron a un río profundo con un puente de gruesos troncos, donde había un guardia que cobraba el peaje, como era costumbre entre ellos. Esa noche se alojaron en un pueblo donde Chalcuchímac se aseguró de que tuvieran lo necesario.

El primero de abril, cabalgando, llegaron a Pincosmarca, un pueblo puesto en el flanco de una montaña escarpada. Su cacique se llamaba Parpai. Al último día de esa jornada, fueron a dormir a tres leguas de allí, a una buena tierra llamada Huari, donde hay otro río grande y profundo con otro puente. Este lugar es bastante fuerte, ya que tiene a ambos lados laderas profundas y escarpadas. Allí, Chalcuchímac contó que había luchado con la gente del Cuzco, que lo esperaron en este paso, se defendieron por dos o tres días y luego huyeron, quemando el puente. Él, sin embargo, pasó a nado con su gente y mató a muchos de sus enemigos.

El día siguiente anduvieron cinco leguas y durmieron en una tierra llamada Guacango. Al otro día, fueron a Piscobamba, una tierra grande ubicada en el flanco de una montaña. Su cacique se llamaba Táguame, y tanto él como sus indios sirvieron muy bien a los nuestros. A mitad de este camino hay otro río profundo con dos puentes cercanos, hechos de red, como los mencionados antes. Los caballos pasaron bastante bien, aunque el puente se movía y se balanceaba, lo cual es algo que asusta y causa temor a quien no ha pasado antes, pero en realidad no hay peligro alguno, ya que es muy fuerte. En todos estos puentes hay guardianes que cobran el peaje, igual que en España.

El Capitán fue a alojarse en ciertas estancias a cinco leguas de allí. Al día siguiente, durmió en Ayllu, una tierra sujeta a Piscobamba. Es un buen pueblo ubicado entre montañas, con muchos maizales. El cacique del lugar dio a los nuestros lo que necesitaban para esa noche, y también gente de servicio para la mañana.

El otro día, el Capitán fue a dormir a Conchucos. Estas cuatro leguas de camino fueron bastante difíciles. Antes de llegar al pueblo, se va por un sendero hecho y cortado a la fuerza en la roca viva, y se sube por escalones. Por lo tanto, hay pasos malos y fuertes, si hubiera alguien que los defendiera.

 Al partir de este lugar, fueron a dormir a Andamarca, que es la tierra desde donde el Capitán se desvió para ir a Pachacamac. Allí se juntan y unen los dos caminos reales que van al Cuzco. De Andamarca a Pumpu hay tres leguas de camino muy malo. Al bajar y subir de aquellas peñas, hay escalones tallados a la fuerza en la roca misma. Y a los lados, hay muros de piedra para evitar que se pueda caer, ya que el lugar es resbaladizo, empinado y estrecho. En alguna parte se podría caer fácilmente y, de caer, uno se haría mil pedazos. Para los caballos es un gran refugio, porque sin duda caerían si esos muros y barreras no estuvieran allí. En medio de este camino, hay un puente de piedra y madera construido entre dos peñas empinadas. A un lado del puente hay unas estancias bien construidas con un patio empedrado, donde los indios dicen que los señores de aquella región, cuando viajaban, solían celebrar suntuosos banquetes y alegres fiestas.

Desde esta tierra, el Capitán Hernando Pizarro regresó por las mismas jornadas que había hecho al ir, a la ciudad de Cajamarca, donde entró el veinticinco de mayo de 1533.

La llegada de Chalcuchímac a Cajamarca

Aquí se presenció un hecho nunca antes visto desde que se descubrieron las Indias, y que incluso entre los españoles es algo notable. Cuando Chalcuchímac entró por las puertas donde su señor estaba prisionero, tomó de uno de los indios que lo acompañaban una carga de tamaño mediano y se la echó al hombro. Lo mismo hicieron muchos otros caciques que venían con él. De este modo, cargados, entraron donde estaba Atahualpa. Al verlo, levantaron las manos hacia el sol, dándole gracias por haberles permitido verlo. Luego, con gran reverencia y llorando, Chalcuchímac se acercó a él y le besó el rostro, las manos y los pies. Inmediatamente después, todos los demás caciques que lo acompañaban hicieron lo mismo.

Atahualpa mostró tal majestad que, a pesar de que en todo su reino no tenía a un hombre al que amara tanto como a Chalcuchímac, ni siquiera lo miró al rostro ni le prestó más atención de la que habría dado al indio más insignificante que se le presentara.

El hecho de cargarse de esa manera al entrar a ver a Atahualpa es una ceremonia que se realiza con todos aquellos que han reinado en esas tierras. Esta relación de todos los sucesos mencionados, tal como ocurrieron de manera particular, fue hecha por mí, Miguel de Estete, veedor, quien me encontré en este viaje con el Capitán Hernando Pizarro.

***

El primer autor sigue su relato.

Descripción de la ciudad del Cusco, y de cómo de ella y de otras treinta se tomó posesión en nombre de Su Majestad, por la gran cantidad de oro y plata fundida, la cual fue repartida entre todos, con la quinta parte para el Emperador y diversas recompensas. Con ello se reconoce cuánto valor y estima daban los indios y los españoles al oro y la plata, por hallarse en tan abundante cantidad.

El Gobernador recibió el informe de todas estas cosas que su hermano había hecho. Viendo que las seis naves que estaban en el puerto de San Miguel ya no podían mantenerse en el mar y que, si se retrasaba más su partida, se perderían, y siendo solicitado y urgido por sus dueños para que les pagara y despachara, se reunió en consejo con sus principales oficiales y reales para poder pagar y enviar a estos hombres, y para enviar un informe a Su Majestad de todo lo que había sucedido.

Se concluyó y determinó que se debía fundir todo el oro que tenían allí, el que Atahualpa había hecho traer, y también todo lo que llegara después, antes de que esta fundición se terminara. Así, una vez fundido y repartido, el Gobernador ya no tendría que entretenerse, sino que iría a fundar la nueva colonia y ciudad que Su Majestad ordenaba y deseaba que se hiciera en aquellos lugares.

El trece de mayo de 1533 se proclamó y se comenzó a hacer la fundición. Diez días después, llegó a Cajamarca uno de los tres cristianos que habían ido a la ciudad del Cuzco, el que había ido como escribano o notario. Trajo la fe escrita de cómo se había tomado posesión de la ciudad del Cuzco en nombre de Su Majestad, y una lista de todas las tierras que se encontraron en el camino. Dijo que habían encontrado treinta ciudades principales, además de la del Cuzco y de muchas otras más pequeñas. También dijo que la ciudad del Cuzco es grandísima y está situada al pie de un monte cerca del llano. Sus calles están muy bien dispuestas y empedradas. En los ocho días que habían estado allí, no habían podido verla toda.

Dijo que había un palacio con chapas o placas de oro, y bastante bien fabricado en forma cuadrada. Cada uno de los cuatro lados de la casa medía trescientos cincuenta pasos de esquina a esquina. Y que de las placas de oro que había en este palacio habían tomado 700 planchas o láminas, cada una de las cuales pesaba 500 castellanos. Y que de otra casa los indios habían sacado otra gran cantidad que llegaba a pesar 200,000 castellanos si el oro hubiera sido perfecto, pero como era muy bajo, no lo habían querido recibir, ya que no era de más de siete u ocho quilates. Dijo que, aparte de estas dos casas, no habían visto ninguna otra de esa manera con placas de oro, porque los indios no les habían permitido ver toda la ciudad. Pero que por lo que mostraba, creían que había una gran riqueza.

También decía que allí habían encontrado a Quizquiz, un capitán de Atahualpa, con treinta mil hombres, para la guardia de aquella ciudad, porque limita con los Caribes y con otras gentes que a menudo suelen hacerles la guerra.

La llegada del oro del Cuzco y la fundición

El escribano también contó muchas otras cosas sobre la ciudad del Cuzco y el buen orden que allí había. También relató cómo el principal indio que fue con ellos regresaba con los otros dos cristianos, y conducían 600 placas de oro con una gran cantidad de plata que ese mismo principal, a quien Chalcuchímac había dejado en Jauja, les había dado. En total, el oro que transportaban sumaba 179 fardos, y los fardos eran tan grandes y pesados que cada uno era cargado por cuatro indios. Por eso no podían avanzar más que muy lentamente, ya que se necesitaban muchos indios para transportarlo. Lo iban recogiendo de tierra en tierra, y se creía que llegaría a Cajamarca en un mes.

Y así fue, porque el trece de junio de ese mismo año, llegó todo el oro del Cuzco: eran 200 fardos de oro y 25 de plata. El oro, por lo que parecía, pesaba más de 130 quintales. Y después de esto, llegaron otros 60 fardos de oro de baja ley. La mayor parte de todo esto eran planchas, a modo de tablas de cajón, de tres y cuatro palmos de largo, que habían sido arrancadas de los muros de las casas, donde todavía se veían los agujeros de los clavos.

El reparto del botín

La fundición y el reparto de todo este oro y plata se completó el día de Santiago. Una vez reducido a oro puro, la suma total de su valor fue de un millón, 326 mil, 539 castellanos. Y descontados los derechos del fundidor, a Su Majestad le tocaron, por su quinto, 262 mil, 259 castellanos de oro fino. La plata fue de 51 mil, 610 marcos, y a Su Majestad le correspondió, por su parte, 10 mil, 121 marcos (un marco son 8 onzas).

Todo lo que quedó después de descontar el quinto y los derechos de fundidor fue repartido por el Gobernador entre todos los que lo habían conquistado y ganado. A cada uno de los hombres de a caballo le tocaron 8,980 castellanos de oro y 362 marcos de plata. A los de a pie, 4,440 castellanos de oro y 181 marcos de plata. Algunos recibieron más y otros menos, según el Gobernador consideró que cada uno merecía, dependiendo de su rango y de los sufrimientos que habían pasado.

Una cierta cantidad de oro que el Gobernador apartó antes de hacer este reparto, la dio a los cristianos que se habían quedado en la población de San Miguel, y a toda la gente que vino con el Capitán Diego de Almagro, así como a todos los mercaderes y marineros que llegaron después de terminada la guerra. De este modo, todos los nuestros que se encontraban en aquellas tierras recibieron una parte, por lo que esta fundición se puede llamar "general" ya que fue para todos.

Curiosidades y precios del oro

En esta fundición se vio algo muy notable: hubo días en que se fundieron 50,000 castellanos de oro, y lo habitual era fundir 50,000 o 60,000. Esta fundición la hicieron los indios, porque entre ellos hay grandes orfebres y fundidores, y fundían con nuevas técnicas.

No me detendré aquí a contar los precios a los que se vendieron y compraron varias mercancías en esta tierra, aunque fueron tan altos que muchos no lo creerán. Sin embargo, puedo decirlo y afirmarlo con verdad, ya que lo vi y compré algunas cosas.

Un caballo se vendió por 1,500 castellanos de oro, y otros tres se vendieron por 1,300 cada uno. El precio común y ordinario era 1,500, y a este precio no se encontraban. Un vaso de vino de hasta seis jarras se vendió por 60 castellanos de oro. Yo compré cuatro jarras de vino por 40 castellanos. Un par de borceguíes se vendía por 30 o 40 castellanos, un par de medias por lo mismo, una capa por cien o incluso doscientos castellanos, y una espada por cuarenta o cincuenta. Una cabeza de ajo valía medio castellano, y así todas las demás cosas. Un cuaderno de papel para escribir costaba diez castellanos. Y yo compré por doce castellanos un poco más de media onza de azafrán malo y feo.

Mucho habría que decir si quisiera relatar los grandes e increíbles precios a los que se vendían todas las cosas, y en qué poco valor se tenía el oro y la plata. En efecto, la cosa llegó a tal punto que si uno debía dar algo a otro, le daba un pedazo de oro en bruto sin pesarlo, y aunque no le diera el doble de lo que debía, no le importaba ni lo estimaba. Los deudores andaban de casa en casa con un indio cargado de oro, buscando a sus acreedores para pagarles.

Ya se ha dicho cómo se terminó la fundición y el reparto del oro y la plata, y también se ha hablado de la riqueza de esta tierra, y de lo poco que se estima el oro y la plata, tanto por los españoles como por los propios indios. Hay un lugar de aquellos que están sujetos al Cuzco, y que luego fueron de Atahualpa, donde dicen que hay dos casas hechas de oro, y que incluso las pajas con las que están cubiertas son de oro. Y con el oro que se trajo del Cuzco, vinieron algunas pajas similares, hechas de oro macizo con su espiga en la cima, exactamente como nacen en los campos.

Quien quisiera narrar la diversidad de piezas de oro que se obtuvieron en esta conquista, no terminaría jamás. Hubo una pieza de oro para sentarse que pesaba doscientas libras. Hubo grandes fuentes con sus cañerías por donde corría el agua a un estanque o pila hecho del mismo metal, y donde había varias aves de muchas clases, y hombres que sacaban el agua de la fuente. Y todas estas cosas eran de oro. También se sabe, por dicho de Atahualpa, de Chalcuchímac y de muchos otros, que Atahualpa tenía en Jauja ciertas ovejas, y pastores que las cuidaban, todas de oro. Y tanto las ovejas como los pastores eran tan grandes como los que se ven vivos y de carne. Y estas piezas eran de su padre, y prometió dárselas a los españoles. En efecto, las cosas que se cuentan de las grandes riquezas de Atahualpa y del viejo Cuzco, su padre, son grandiosas.

De cómo un Cacique advirtió a los españoles sobre la traición de Atahualpa, quien planeaba liberarse y hacer venir desde Quito un grandísimo ejército de indios caribes para acabar con los cristianos. Por ello fue ajusticiado Atahualpa, quien antes de su muerte recibió el bautismo y se hizo cristiano.

Pasemos ahora a contar algo que no se debe callar. Un cacique, señor de Cajamarca, vino a dar a entender al Gobernador, por medio de intérpretes, que Atahualpa, desde que fue hecho prisionero, había enviado a Quito, su tierra, y a todas sus demás provincias, a formar un ejército para que viniera a atacar a los cristianos y los matara a todos. Le dijo que esa gente ya venía con un gran Capitán llamado Rumiñahui, que estaba muy cerca de Cajamarca, y que llegarían de noche para prender fuego a los aposentos españoles. El primero en morir sería el Gobernador, y luego sacarían a Atahualpa de la prisión. El cacique aseguró que del propio pueblo de Quito venían doscientos mil hombres de guerra y treinta mil caribes que comen carne humana, y que de otra provincia llamada Pasto y de otras partes venía un infinito número de gentes.

El Gobernador, al escuchar este aviso, agradeció mucho al cacique y le hizo grandes honores. Ordenó a un escribano que pusiera toda la declaración por escrito. Y luego, quiso informarse, y descubrió que era tan cierto como el cacique había dicho, porque el propio tío de Atahualpa no lo pudo negar. Y también lo atestiguaron algunos señores y caciques con algunas mujeres indias.

Entonces, el Gobernador fue a ver a Atahualpa y le dijo: "¡Qué traición es esta que has ordenado! ¿Acaso me tratas de este modo, después de que te he honrado y tratado como a un hermano, confiando en tu palabra?". Y le explicó lo que había escuchado. Pero Atahualpa respondió: "¿Acaso os estáis burlando de mí y me queréis engañar? Siempre me decís cosas sin importancia. ¿Qué poder tengo yo o toda mi gente para poder hacer daño a hombres tan valientes como vosotros? No me digáis estas bromas". Todo esto lo decía sin mostrar ninguna señal de alteración, sino riendo siempre, para disimular mejor su maldad. Mientras estuvo prisionero, demostró muchas otras vivacidades de hombre agudo y sagaz, que cuando los nuestros lo veían, se quedaban atónitos al ver tanta prudencia en un hombre bárbaro.

El Gobernador mandó a traer una cadena y se la hizo poner al cuello. Y envió a dos indios como espías para saber dónde se encontraba ese ejército, porque se decía que no estaba a más de siete leguas de Cajamarca, y para ver si era un lugar al que pudiera enviar cien hombres de a caballo. Así supo que se encontraba en una región muy escarpada y que se acercaba sin detenerse. También se supo que, tan pronto como a Atahualpa le echaron la cadena al cuello, envió a sus mensajeros para hacer saber a su gran Capitán que el Gobernador lo había matado, y que, al enterarse de esta noticia, en el ejército se habían retirado. Pero Atahualpa, después de los primeros, envió segundos mensajeros, ordenando a los suyos que vinieran pronto sin dilación alguna, y les avisó cómo, por dónde y a qué hora debían atacar a los cristianos, porque él estaba vivo, y si se tardaban, lo encontrarían muerto.

Cuando el Gobernador entendió todo esto, con mucha diligencia hizo que todos los suyos estuvieran en orden y que todos los de a caballo hicieran guardia toda la noche: cincuenta caballos en cada turno de guardia y 150 en la última guardia. Y en todas estas noches no durmieron nunca ni el Gobernador ni sus capitanes, que visitaban las guardias y vigilaban todo lo que convenía. Y cuando les tocaba descansar y dormir a los hombres de guardia, nunca se quitaban las armaduras, y los caballos siempre estaban ensillados. Con esta vigilancia, los nuestros se mantuvieron hasta un sábado en que, al ponerse el sol, vinieron dos indios que servían a los españoles y le dijeron al Gobernador que ellos habían huido de la gente del ejército, que los habían dejado a tres leguas de allí. Dijeron que esa noche, o a la siguiente, estarían sobre los cristianos, porque se acercaban con gran prisa por lo que Atahualpa les había mandado a decir.

Entonces, el Gobernador, junto con los oficiales de Su Majestad, los capitanes y otras personas expertas, determinó dar muerte a Atahualpa. Y así lo sentenció a muerte, diciendo que merecía por la traición que había cometido ser quemado en el fuego (salvo si se bautizaba), por la seguridad de los cristianos, por el bien de todo aquel país y por la conquista y pacificación de esa parte de las Indias. Porque, una vez muerto, su gente se pondría en fuga sin tener el ánimo de hacer lo que habían planeado por orden de su Señor. Y así lo sacaron para hacer justicia.

Mientras era llevado a la plaza, dijo que quería volverse cristiano, lo cual fue notificado de inmediato al Gobernador, quien ordenó que fuera bautizado. Y el padre fray Vicente de Valverde, que lo iba confortando para la muerte, lo bautizó. Entonces, el Gobernador ordenó que no lo quemaran, sino que lo estrangularan atado a un palo en la plaza, y así fue ejecutado de inmediato. El tirano permaneció muerto de esa manera hasta la mañana siguiente, cuando los religiosos, el Gobernador y los otros españoles lo llevaron a enterrar en la iglesia con mucha solemnidad y con el mayor honor que fue posible hacerle. Y de esta forma, este cruel hombre terminó su vida, sin mostrar que sintiera en lo más mínimo esta muerte, diciendo que encomendaba a sus hijos al Gobernador.

En el momento en que lo llevaban a enterrar, se levantó un gran llanto de mujeres y de otros sirvientes de su casa. Murió el sábado, a la misma hora en que fue capturado y derrotado por los nuestros. Algunos decían que por sus pecados había muerto en ese día y a esa hora en que había sido hecho prisionero. Y así pagó de golpe todos aquellos grandes males y crueldades que había cometido con sus propios vasallos, porque todos a una voz decían que él era el mayor rufián y carnicero cruel que jamás se vio entre los hombres. Por cada causa mínima, desolaba un pueblo, y por un pequeño error que un solo hombre hubiera cometido, hacía morir a diez mil personas y arrasaba un pueblo. Y había subyugado tiránicamente a todas aquellas provincias, por lo que era temido y mal visto por todos.

Hacen suceder en el estado de Atahualpa a un hijo del viejo Cuzco, a quien le afirman el estandarte imperial. Del prodigio que los indios tuvieron de un cometa.

Se nombra un nuevo cacique y el prodigio del cometa

El Gobernador tomó enseguida a otro hijo del viejo Cuzco, llamado Atahualpa (el menor), quien mostraba ser amigo de los cristianos, y lo nombró Señor del estado de su hermano. Esto se hizo en presencia de los caciques y señores de las tierras vecinas, y de los demás indios. Ordenó a todos que lo aceptaran y lo tuvieran por Señor, y que le obedecieran como solían obedecer antes a Atahualpa el mayor, pues este era su Señor natural, al ser hijo legítimo del viejo Cuzco. Todos dijeron que lo tendrían por tal Señor y que lo obedecerían como el Gobernador ordenaba y quería.

Aquí no se debe callar una cosa notable y digna de asombro. Veinte días antes de que esto sucediera, y sin saberse del ejército que Atahualpa hacía venir, él, estando una tarde bastante alegre con algunos españoles y hablando con ellos, apareció en el cielo un prodigio y un gran signo hacia la parte del Cuzco. Era como un cometa de fuego que duró gran parte de la noche. Cuando Atahualpa vio este signo, dijo que muy pronto moriría en esa comarca un gran señor.

Cuando el Gobernador hubo puesto en el estado y señorío del país a Atahualpa el menor, como ya se ha dicho, le dijo que quería notificarle lo que Su Majestad ordenaba y quería, y lo que él debía hacer y cumplir para ser su vasallo. Atahualpa respondió que primero debía estar retirado en su casa durante cuatro días sin hablar con nadie, porque así se acostumbraba entre ellos cuando un señor moría, para que el sucesor fuera temido y obedecido. Solo entonces todos le darían obediencia. Así se retiró por los cuatro días, y luego el Gobernador selló con él la paz con gran solemnidad de trompetas. Le entregó la bandera real, y él la recibió y la alzó con su mano por el Emperador, nuestro señor, dándose por su vasallo.

Entonces, todos los principales señores y caciques que estaban presentes, con gran reverencia lo aceptaron y recibieron como señor, y le besaron la mano y la mejilla. Volviendo el rostro al sol, le daban las gracias con las manos juntas, por haberles dado un señor natural. Así fue recibido por todos este Atahualpa como señor, y de inmediato le pusieron una faja muy rica atada alrededor de la cabeza, que le bajaba por la frente cubriéndole casi los ojos. Esta es para ellos la corona que lleva quien es señor del estado del Cuzco, y de esta manera la llevaba también antes su hermano Atahualpa.

Partida de muchos españoles hacia Sevilla con la gran cantidad de oro y plata obtenida en aquella empresa, y de las diversas cosas que en su nombre fueron enviadas al Emperador.

Después de todo esto, algunos españoles que habían conquistado el país, sobre todo aquellos que llevaban mucho tiempo en las Indias y otros que, cansados por las enfermedades y las heridas, ya no podían servir ni permanecer en esos lugares, pidieron licencia al Gobernador, suplicándole que los dejara ir a sus tierras con el oro, la plata, las piedras y las joyas que les habían tocado en su parte.

Esta licencia les fue concedida, y algunos de ellos regresaron con Hernando Pizarro, hermano del Gobernador. Otros también obtuvieron licencia después, al ver que cada día llegaba gente nueva, atraída por la fama de las tantas riquezas que había en la región. El Gobernador dio algunas llamas ("ovejas y carneros") e indios a los españoles a quienes había dado licencia, para que pudieran llevar más cómodamente el oro, la plata y las demás mercancías hasta la ciudad de San Miguel.

Sin embargo, en el camino, algunos perdieron oro y plata en una cantidad de más de veinticinco mil castellanos, porque los carneros y las llamas huyeron con las mercancías que los españoles les habían puesto encima para que las llevaran. Y también huyeron algunos indios. En este camino de Cajamarca hasta el puerto, que son cerca de doscientas leguas, padecieron mucha hambre y sed, y gran trabajo, porque no tenían bestias ni personas que transportaran las riquezas que habían ganado.

Llegados finalmente al puerto, se embarcaron y se vinieron a Panamá. Desde allí pasaron al Nombre de Dios, donde, embarcados con la ayuda de Nuestro Señor, llegaron a salvo a Sevilla.

El cinco de diciembre de 1533, llegó a la ciudad de Sevilla la primera de esas cuatro naves, en la cual venía el Capitán Cristóbal de Mena, que trajo sus 8,000 castellanos de oro y 500 marcos de plata. Con esta nave también vino un clérigo de Sevilla llamado Juan de Sosa, con 6,000 castellanos de oro y 80 marcos de plata. En esta misma nave, además de la cantidad ya dicha, vinieron 38,946 castellanos de oro en masa.

El nueve de enero de 1534, llegó al río real de Sevilla la segunda nave, llamada Santa María del Campo, en la cual vino el Capitán Hernando Pizarro, hermano de Francisco Pizarro, Gobernador y Capitán General de la Nueva Castilla. En esta nave vino para Su Majestad un valor de 153,000 castellanos en oro y 5,048 marcos de plata. Y trajo para los pasajeros y personas particulares 310,000 castellanos de oro y 13,500 marcos de plata, además de lo ya dicho de Su Majestad. Todo este oro y plata vino en barras, planchas o láminas, y piezas de varias clases, clavados y puestos en grandes cajas.

Además de la cantidad y suma mencionada, esta misma nave también trajo para Su Majestad 38 vasijas de oro y 48 de plata. Entre ellas, había un águila de plata tan grande que en su cuerpo cabían dos grandes cántaros de agua. Y dos vasijas tan grandes para cocinar, una de oro y la otra de plata, que en cada una cabría una vaca cortada en pedazos para cocerla. Y había dos "sacos" de oro, en cada uno de los cuales cabían dos fanegas de trigo. También había un ídolo de oro tan grande como un niño de cuatro años, y dos pequeños tambores también de oro. Las otras vasijas, de oro y plata, eran de tal tamaño que en cada una cabían dos sextarios de líquido y más. También vinieron en esta misma nave, que eran de pasajeros, 24 grandes cántaros de plata y cuatro de oro.

Este hermoso tesoro fue descargado en el muelle del puerto de Sevilla y llevado al palacio de la Contratación. Las vasijas, a carga sobre los hombros y con palancas, y el resto en 27 tablas, que una pareja de bueyes con una carreta no podía llevar más de dos.

La llegada de los últimos barcos y el autor de la crónica

El tres de junio del mismo año, llegaron las otras dos naves. En una venía como capitán Francisco Rodríguez, y en la otra Francisco Pavón. Estas naves transportaron, de pasajeros y particulares, 146,518 castellanos en oro y 30,511 marcos de plata.

Además de las vasijas y piezas de oro y plata ya mencionadas, la cantidad de oro que vino con estas cuatro naves suma 708,080 castellanos, y la plata suma 49,008 marcos. Cada marco, como ya se ha dicho, equivale a ocho onzas. Una de las dos últimas naves mencionadas, en la que iba como capitán Francisco Rodríguez, era propiedad de Francisco de Xerez, un ciudadano de Sevilla. Él fue quien escribió esta conquista de la Nueva Castilla, o del Perú, por orden del Gobernador Francisco Pizarro, mientras se encontraba en la provincia de la Nueva Castilla en la ciudad de Cajamarca, sirviendo como su secretario.

***

Relación de la conquista del Perú escrita por Pedro Sancho segundo secretario de Pizarro y escribano de su ejército.

Publicada en italiano por Juan Bautista Ramusio, y traducida por segunda vez al castellano por Lorenzo Basurto Rodríguez. Viernes 5 de septiembre de 2025.

Relación para Su Majestad.

Este es un informe para Su Majestad sobre lo que sucedió en la conquista y pacificación de estas provincias de la Nueva Castilla, y sobre la calidad del país, después de que el Capitán Hernando Pizarro partiera y regresara a Su Majestad. Un resumen de la conquista de Cajamarca y la prisión del cacique Atahualpa. Sobre la gran cantidad de oro y plata traída del Cuzco, la parte que fue enviada al Emperador por el Quinto Real con la liberación del cacique prisionero Atahualpa, la promesa que se le hizo de la casa de oro para su rescate y la traición que dicho Atahualpa ordenó contra los españoles, por la cual lo hacen ejecutar.

Después de que el Capitán Hernando Pizarro partió con 100,000 pesos de oro y 5,000 marcos de plata que se mandaron a Su Majestad de su Quinto Real, a los diez o doce días llegaron los dos españoles que traían el oro del Cuzco. Inmediatamente se fundió una parte, ya que eran piezas pequeñas y muy finas, y ascendió a un total de 500 y tantas barras de oro, sacadas de ciertos muros de una casa en el Cuzco. Las barras más pequeñas pesaban cuatro o cinco libras cada una, y otras planchas pesaban diez o doce libras. Con estas planchas estaban cubiertos todos los muros de ese templo. También trajeron una silla de finísimo oro hecha a modo de taburete, que pesaba 18,000 pesos. Asimismo, trajeron una fuente toda de oro, trabajada muy sutilmente, y algo digno de ver, considerando el arte, su labor y la forma en que estaba hecha. También trajeron muchas otras piezas de vasijas, ollas y platos.

De todo este oro se hizo una suma que ascendió a dos millones y medio. Una vez fundido en oro fino, llegó a ser un millón, 320 y tantos mil pesos. De esta suma se extrajo el Quinto Real para Su Majestad, que fue de 260 y tantos mil pesos. De plata había 50,000 marcos, de los cuales a Su Majestad le tocaron 10,000. Se entregaron al tesorero de Su Majestad 170,000 pesos y 5,000 marcos de plata, porque, como se ha dicho, los 5,000 pesos y los restantes 5,000 marcos de plata habían sido llevados por Hernando Pizarro para socorro de la Majestad Imperial, por los gastos que tenía en la guerra contra los turcos, enemigos de nuestra santa fe, según el rumor que corría.

Todo el resto fue repartido por el Gobernador entre los soldados y compañeros, dando a cada uno lo que, según su conciencia y lo que creía que merecía, le correspondía. Consideró los trabajos que habían sufrido y la calidad de las personas. Todo esto lo hizo con gran diligencia y con la mayor rapidez posible, para poder partir de ese lugar e ir a establecerse en la ciudad de Jauja.

Y puesto que entre aquellos soldados había algunos hombres de edad, ya más aptos para descansar que para trabajar, y que habían luchado y servido mucho en esas guerras, les dio licencia para que volvieran a España. Con esta muestra de humanidad, lograba que, al regresar, dieran un mejor testimonio de la grandeza y riqueza del país, para que acudiera mucha gente, así se poblaría y se expandiría. Porque, a decir verdad, siendo el país tan grande y lleno de tanta gente nativa, los españoles que había en ese momento eran muy pocos para conquistarlo, subyugarlo y habitarlo. Y aunque habían hecho y obrado mucho en su conquista, fue más por la ayuda de Dios, que en todo lugar y empresa les concedió la victoria, que por su propia fuerza y capacidad, y esperaban ser ayudados así en el futuro.

La justificación del encarcelamiento y la traición de Atahualpa

Después de esa fundición, el Gobernador hizo un acto ante el notario en el cual liberaba al cacique Atahualpa y lo absolvía de la promesa y palabra que les había dado a los españoles que lo capturaron, respecto a la casa de oro que les había concedido. Hizo publicar esto públicamente con toques de trompeta en la plaza de la ciudad de Cajamarca, haciéndoselo saber también al mismo Atahualpa por medio de un intérprete. En ese mismo pregón, declaró que, por conveniencia para el servicio de Su Majestad y para la seguridad del país, quería mantenerlo prisionero con guardias hasta que llegaran más españoles con los que se pudieran sentir más seguros. Pues, aun estando libre, y siendo un Señor tan grande y teniendo tanta gente de guerra, que todos lo temían y obedecían, él no podía dejar de sospechar, sobre todo porque muchas veces se había sabido con certeza que había ordenado que se formaran ejércitos para venir a atacar a los españoles. Y como se dirá más adelante, ya había organizado gente bajo sus capitanes, y solo faltaba llevar a cabo la acción por la falta de su persona y la de su Capitán General Chalcuchímac, quien también estaba prisionero.

Pasados algunos días, ya que los españoles estaban a punto de partir para embarcarse y volver a España, y el Gobernador se preparaba con el resto de la gente para partir hacia Jauja, Dios, nuestro Señor, que con su infinita bondad guía y encamina al bien a quien más sirve a su propósito (como sucederá, ya que hay españoles en este país que lo habitarán y harán que los nativos de esta tierra lleguen a su conocimiento, para que Nuestro Señor sea siempre alabado y sea conocido por estos bárbaros, y su fe sea enaltecida), permitió que se descubriera y se frustrara el malvado plan que tenía este soberbio tirano. Esto fue en pago a las muchas buenas obras y el buen trato que siempre había recibido del Gobernador y de cada uno de los españoles de su compañía. El pago que él, según su designio, pensaba darles era de la misma manera que solía tratar a los caciques y señores del país, a quienes mandaba a matar sin culpa o razón alguna.

Ocurrió entonces que, viendo a los nuestros que habían obtenido licencia para regresar a España, que se llevaban el oro fuera de su país, y considerando que él había sido un gran Señor que poseía todas aquellas provincias y sus riquezas sin oposición alguna, sin poner atención a las justas causas por las que había sido privado de su poder, había ordenado que cierta gente, que por su mandato estaba organizada en la tierra de Quito, viniera a atacar a los españoles que estaban en Cajamarca. El ataque se daría una noche a una hora concertada, en cinco puntos, asaltándolos en sus alojamientos y prendiendo fuego por donde pudieran.

En ese momento, treinta o más españoles estaban fuera de Cajamarca, habiendo ido a la ciudad de San Miguel para embarcar el oro de Su Majestad. Creyendo que, por ser estos también pocos, le sería muy fácil matarlos antes de que pudieran reunirse con los de Cajamarca, se hizo una larga investigación a muchos caciques y a sus mismos principales, quienes todos, sin temor, tormentos o amenazas, espontáneamente dijeron y confesaron esta conspiración. Dijeron que venían cincuenta mil hombres de Quito y muchos caribes, que en todos los confines de aquella provincia había gente armada en gran número, y que, para no poder mantenerse todos juntos con los víveres, se habían dividido en tres o cuatro grupos. Pero incluso divididos eran tantos que, al no encontrar suficiente comida, arrancaban el maíz verde y lo chupaban para que no les faltara el sustento.

El juicio, la ejecución y el entierro

Habiendo entendido todo esto, y siendo la cosa tan clara y pública, ya que en sus ejércitos decían que venían a matar a todos los cristianos, y viendo el Gobernador el gran peligro en el que se encontraba todo el gobierno y los españoles, decidió ponerle remedio. Aunque le desagradó mucho llegar a este acto, viendo la información y el proceso que se había hecho, habiendo congregado a los oficiales de Su Majestad, a los capitanes de su compañía, a un doctor que en ese tiempo se encontraba en el ejército, y al padre fray Vicente de Valverde, religioso de la orden de San Domingo, enviado por nuestro Emperador para la conversión y la doctrina de la gente de estos reinos, después de haber discutido y razonado mucho sobre el daño y la utilidad que podría resultar de que Atahualpa viviera o muriera, se resolvió que se le hiciera justicia. Así lo pidieron los oficiales de Su Majestad, y el doctor juzgó que la información era suficiente.

Por eso, fue finalmente sacado de la prisión donde vivía y, con voz de trompeta que anunciaba públicamente su traición y conspiración, fue conducido al centro de la plaza de la ciudad y atado a un madero. Mientras el religioso lo iba confortando y haciéndole entender, por medio de un intérprete, las cosas de nuestra fe cristiana, le decía que Dios había querido que, por los excesos que había cometido en el mundo, muriera, y por lo tanto debía arrepentirse de ellos. Y que Dios lo perdonaría si lo hacía y se bautizaba de inmediato. Él, conmovido por estas razones, pidió el bautismo, y ese venerable Padre, que mucho se esforzó en esta exhortación, se lo dio de inmediato. Por lo cual, aunque había sido sentenciado a ser quemado, se le dio una vuelta con el garrote al cuello, y de esta manera fue estrangulado. Pero cuando vio que se acercaban para matarlo, dijo que encomendaba a sus pequeños hijos al Gobernador, y que quería que los mantuviera a su lado. Con estas últimas palabras, y diciendo en voz alta el Credo por su alma a los españoles que lo rodeaban, fue estrangulado enseguida. Que Dios lo lleve a su gloria, y con pura penitencia de sus pecados y verdadera fe de cristiano, recibió esta muerte.

Después de haber sido estrangulado, en ejecución de la sentencia, se le prendió fuego, de modo que se quemaron algunas partes de sus vestiduras y de la carne. Esa noche (ya que murió tarde) su cuerpo fue dejado en la plaza para que su muerte fuera conocida por todos. Al día siguiente, el Gobernador ordenó que todos los españoles se presentaran en sus exequias, y con la cruz y con el religioso oficiando, fue llevado a la iglesia y sepultado con tanta solemnidad como si hubiera sido el primer español de nuestro campamento. Todos los principales señores y caciques que lo servían recibieron gran satisfacción, considerando el gran honor que se le hacía, y por saber que, al haberse hecho cristiano, no fue quemado vivo, y que fue sepultado en la iglesia como si hubiera sido español.

Constituyen a su hermano, Atahualpa (Túpac Hualpa), Señor del estado de Atahualpa (el mayor), en cuya creación se observaron las costumbres y las usanzas de los caciques de aquellas provincias.

De la obediencia y fidelidad prometida al Emperador por Túpac Hualpa y por muchos caciques.

Hecho esto, el Gobernador ordenó que de inmediato se congregaran en la plaza mayor de aquella ciudad todos los caciques y señores principales que residían allí en ese tiempo, en compañía del Señor difunto. Eran muchos y de tierras lejanas. El propósito era darles otro Señor que los mandara en nombre de Su Majestad, ya que estaban acostumbrados desde hacía mucho tiempo a estar siempre bajo la obediencia de un solo Señor y a tributarle. Si no se hubiera hecho así, habría surgido una gran confusión, porque cada uno se habría rebelado con su señorío. Además, para atraerlos a la amistad de los españoles y a la obediencia de Su Majestad, se habría incurrido en un gran trabajo.

Por estas y muchas otras razones, el Gobernador los hizo reunir. En esta congregación se encontraba un hijo de Huayna Cápac llamado Túpac Hualpa, hermano del Atahualpa ejecutado, a quien el Reino le correspondía por derecho. El Gobernador les dijo a todos que ya debían haber visto que Atahualpa había muerto por la traición que había tramado contra él, y que, ya que todos habían quedado sin un Señor que los mandara y a quien obedecer, él quería constituirles un Señor con el que todos quedarían satisfechos. Les dijo que este era Atahualpa, quien estaba allí presente, a quien razonablemente le pertenecía el Reino como hijo de Huayna Cápac, a quien tanto habían amado. Y que era una persona joven, con la que podrían convivir con mucho afecto, y era prudente para poder gobernar aquel país. Les pidió que vieran si lo querían por Señor, que él se lo daría, y si no, que nombraran a otro, que si era capaz, él se lo concedería.

Todos respondieron que, ya que Atahualpa estaba muerto, obedecerían a Atahualpa o a cualquier otro que él les diera. Y de este modo se dispuso que al día siguiente se le daría la obediencia según la costumbre. Y al día siguiente, se congregaron todos de nuevo frente a la puerta del Gobernador, donde el cacique se sentó en su asiento, y cerca de él todos los demás señores y principales, cada uno según su debido orden. Y hechas las debidas ceremonias, cada uno se movió para ofrecerle un penacho blanco, en señal de vasallaje y de tributo, que es su antigua costumbre desde que esa tierra se encontró sujeta a estos señores del Cuzco.

Hecho esto, cantaron y bailaron, haciendo una gran fiesta, en la cual el nuevo rey cacique no se vistió con ninguna ropa de valor, ni se puso el trabajo en la frente, como solía llevar el Señor difunto. Y preguntado por el Gobernador por qué lo hacía, dijo que era costumbre de los caciques pasados que, cuando tomaban el señorío, guardaban luto por el cacique muerto, permaneciendo tres días en ayuno encerrados en una casa. Y luego salían en acto solemne y honrado, y hacían una gran fiesta. Por lo tanto, él también quería hacer lo mismo y ayunar dos días. Él le respondió que, ya que esa era la antigua costumbre, debía conservarla, y que después le diría muchas cosas que el Emperador, nuestro Señor, le había ordenado que le dijera a él y a todos los señores de aquellas provincias.

La sumisión a la Corona y a Dios

Inmediatamente, el nuevo cacique se puso en su ayuno en un lugar apartado de la compañía de los demás, que era una casa preparada para ello desde el día en que el Gobernador le notificó que estaba cerca de su alojamiento. Esto asombró mucho al Gobernador y a todos los españoles, al ver cómo en tan breve espacio se había hecho una casa tan grande y tan buena. Allí se quedó encerrado y retirado, en cuyo lugar nadie lo vio ni entró, excepto los pajes que lo servían y le daban de comer, y el Gobernador, cuando quería ordenarle algo.

Terminado su ayuno, salió vestido de forma honorable, acompañado de mucha gente, caciques y principales que lo custodiaban. Adornaron todos los lugares donde él debía sentarse con cojines de gran valor, y bajo los pies le pusieron paños honrados. Cerca de él se sentó Chalcuchímac, aquel gran Capitán de Atahualpa que conquistó ese país, como se dijo en el informe de las cosas de Cajamarca, y cerca de él, el Capitán Tice, uno de los principales. Y del otro lado, ciertos hermanos del Señor, y seguían de un lado y del otro otros caciques, capitanes y gobernadores de provincias, y otros señores de grandes tierras. En este lugar no se sentó finalmente ninguna persona que no fuera de calidad. Y comieron todos juntos en el suelo, ya que no acostumbran otras mesas.

Después de haber comido, el cacique dijo que tenía la intención de dar la obediencia en nombre de Su Majestad de la misma manera que sus principales se la habían dado a él. Y el Gobernador le dijo que hiciera como le pareciera. Y allí le ofreció un penacho blanco que sus caciques le habían dado, diciendo que se lo presentaba en señal de obediencia. El Gobernador lo abrazó con mucho afecto y lo recibió, diciéndole que, cuando él quisiera, le diría lo que debía decirle en nombre del Emperador. Y acordaron reunirse de nuevo para ello al día siguiente.

En esa congregación, el Gobernador se presentó vestido de la mejor manera que pudo con vestiduras de seda, junto con los oficiales de Su Majestad y algunos nobles de su compañía que estaban presentes y bien vestidos, para representar mejor este acto de amistad y de paz. Y cerca de él hizo colocar al alférez con la bandera real. El Gobernador preguntó allí a todos por su nombre y de qué tierra eran señores, haciendo que un secretario y escribano tomara nota. Eran más de cincuenta caciques y señores principales. Luego, dirigiéndose a todos ellos, les dijo que el Emperador Don Carlos I, nuestro señor, por quien habían sido creados y por quien eran vasallos los españoles que estaban en su compañía, lo había enviado a aquellas tierras para hacerles entender y predicar que un solo Señor y creador de los cielos y de la tierra, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero, los había creado y les daba la vida y el ser, y hacía nacer los frutos de la tierra con los que se sustentaban. Y para notificarles lo que debían cumplir y guardar para salvarse, y cómo por mano de este nuestro Dios omnipotente y de sus vicarios que ha dejado en la tierra (porque él subió al cielo donde ahora mora y estará glorificado siempre), esas provincias fueron dadas al Emperador para que se hiciera cargo de ellas. El Emperador lo había enviado a él para que los adoctrinara en la fe cristiana y los pusiera bajo su obediencia, y que todo lo traía por escrito. Por lo tanto, debían escucharlo y cumplirlo, lo que él hizo leer y declarar de palabra en palabra por medio de un intérprete. Luego les preguntó si lo habían entendido bien, y respondieron que sí. Por lo tanto, ya que él les había dado por Señor a Túpac Hualpa, ellos harían todo lo que él les ordenara en nombre de Su Majestad. Y que tenían como supremo Señor al Emperador Carlos I, y después al Gobernador Francisco Pizarro, y después a Túpac Hualpa, para hacer lo que él les mandara en su nombre.

Inmediatamente, el Gobernador tomó la bandera real en sus manos, la cual alzó en alto tres veces, y les dijo que como vasallos de la Majestad Imperial, ellos debían hacer lo mismo. Y enseguida la tomó el cacique, y luego los capitanes y los otros principales, y cada uno la alzó en alto dos veces. Luego todos fueron a abrazar al Gobernador, quien los recibió con mucha alegría al ver su pronta voluntad y con cuánto contentamiento habían escuchado las cosas de Dios y de nuestra religión.

El Gobernador quiso tener por escrito todo este acto con testigos. Una vez terminado, le hizo grandes fiestas al cacique y a los principales, con los que luego todos los días se entretenía y pasaba el tiempo con juegos y banquetes, los cuales se hacían en su mayor parte en la casa del Gobernador.

Partida hacia Jauja y el asesinato de Guaritico

Conduciendo una nueva colonia de españoles para habitar en Jauja, tuvieron noticia de la muerte de Guaritico, hermano de Atahualpa. Después de haber pacificado las tierras de Huamachuco, Andamarca, Huaylas, Puerto de la Nieve y Capo Tambo, supieron que en Tarma se hallaban reunidos muchos indios de guerra. Por ello hicieron encadenar a Chalcuchímac y, prosiguiendo intrépidos su viaje, llegaron a Cajamarca, donde encontraron gran cantidad de oro.

En este tiempo, el Gobernador terminó de repartir entre los españoles de su compañía el oro y la plata que se obtuvieron en esa casa. Atahualpa dio el oro de los quintos reales al Tesorero de Su Majestad, quien lo hizo cargar para llevarlo a la ciudad de Jauja, donde el Gobernador creía que debía fundar una colonia de españoles, por las noticias que tenía de las buenas provincias vecinas y de las muchas ciudades que había alrededor.

También hizo que los españoles se prepararan con armas y otras cosas para el viaje, y llegado el momento de la partida, les proporcionó indios del país para que llevaran su oro y equipajes. Antes de partir, sabiendo que había poca gente en la ciudad de San Miguel para poder defenderse, sacó de los españoles que iba a llevar consigo a diez soldados de a caballo con un Capitán, personas de gran valía, a quienes les ordenó que fueran a residir en esa ciudad y se quedaran allí hasta que llegaran naves con gente que pudiera sostenerla. Después, debían regresar a la ciudad de Jauja, donde él iba a fundar el pueblo español y a fundir el oro que llevaba. Les prometió que les daría el oro que les correspondía tan puntualmente como si estuvieran presentes, porque su regreso era muy necesario, siendo aquella la primera ciudad que se había de fundar y hacer colonia de españoles para la Majestad Imperial, y la principal para alojar y recibir las naves que vinieran de España a esa tierra. De esta manera, partieron con las instrucciones que el Gobernador les dio sobre lo que debían hacer con respecto a la pacificación de la gente de los lugares cercanos a ese pueblo.

El Gobernador partió también un lunes por la mañana. Caminó tres leguas y fue a dormir a la orilla de un río, donde le llegó la noticia de que un hermano del cacique Atahualpa, llamado Guaritico, también hermano de Atahualpa, había sido muerto por ciertos capitanes de Atahualpa por orden de este. Este Guaritico era una persona muy importante y amigo de los españoles, que había sido enviado por el Gobernador desde Cajamarca para reparar los puentes y los malos pasos de los caminos. El nuevo cacique sintió gran dolor por su muerte, y al Gobernador le disgustó mucho, porque lo apreciaba, ya que era muy útil para el provecho de los cristianos.

Viaje y descubrimiento de un complot

Al día siguiente, el Gobernador partió de ese lugar. Tras varias jornadas de camino, llegó a la tierra de Huamachuco, a dieciocho leguas de Cajamarca. Habiendo descansado allí dos días, partió hacia Cajamarca, a nueve leguas más allá, donde llegó en tres días. Allí descansó cuatro días para que la gente tuviera comida y reposara para pasar a Huaylas, a veinte leguas de allí.

Partiendo de esta tierra, llegó en tres días al Puerto de Nieve, que cruzó. Y a la mañana siguiente llegó a una jornada de distancia de Huaylas. El Gobernador envió a uno de sus capitanes, que era el Mariscal Don Diego de Almagro, con gente de a caballo hábil para tomar un puente a dos leguas de Huaylas. Este puente estaba construido de la manera que se dirá más adelante. Este Capitán tomó el puente junto con un fuerte monte que dominaba aquella tierra. El Gobernador no tardó en llegar al puente con el resto de los suyos, y habiéndolo cruzado, partió al día siguiente por la mañana, que fue domingo, hacia Huaylas. Una vez allí, oyeron misa de inmediato, y luego entraron en unos buenos alojamientos. Allí descansaron ocho días y luego partió con la gente.

Al día siguiente, cruzó otro puente de red que estaba sobre el mismo río, que pasa por un agradable valle. Caminaron treinta leguas hasta donde el Capitán Hernando Pizarro fue a Pachacámac, como se envió detalladamente en el informe a Su Majestad sobre lo que se hizo en ese viaje hasta Pachacámac, y de allí a la ciudad de Jauja, y en el regreso a Cajamarca, en el que trajo al Capitán Chalcuchímac consigo, y de otras cosas de las que no se habla aquí.

El Gobernador siguió su camino, y marchando en varias jornadas, llegó a la tierra de Cajatambo. Y de allí partió, sin querer tener más que algunos indios para que le llevaran las cargas del oro de Su Majestad y de los soldados, usando siempre la vigilancia para saber y tener información de las cosas que sucedían en el país, y con buen orden de la gente, siempre con vanguardia y retaguardia, como lo había hecho antes, temiendo que el Capitán Chalcuchímac, que llevaba consigo, tramara alguna traición, sobre todo porque no había encontrado gente en Cajatambo, ni en diez leguas más allá. Tampoco se encontró gente en un alojamiento que se hizo en una tierra a cinco leguas más adelante, la cual había huido sin que apareciera una sola criatura.

Cuando el Gobernador llegó, vino un indio criado de un español, que era de la tierra de Pambo, que estaba a diez leguas de allí y a veinte de la ciudad de Jauja. Por este se supo que se había unido mucha gente de guerra en Jauja para matar a los cristianos que venían, conducidos por IncorabalibaIguaparro, y Mortay, y otro Capitán, las cuatro personas de las principales. Y que tenían mucha gente con ellos. Añadió que en un pueblo a cinco leguas de Jauja, llamado Tarma, se había apostado una parte de esa gente para la custodia de un mal paso que estaba en un monte, para cortarlo y romperlo, para que los españoles no pudieran pasar.

Informado de esto, el Gobernador hizo poner una cadena al Capitán Chalcuchímac, porque decían que era algo verificado que por su consejo y mandato se había movido esa gente con la intención de huir de los cristianos e ir a unirse con ellos. El cacique Atahualpa (el menor) no era consciente de este complot; de hecho, esa gente no permitía que ningún indio del bando del cacique llegara a darles noticias de estos movimientos. La razón por la que se habían sublevado y querían la guerra con los cristianos era porque veían que el país estaba siendo conquistado por los españoles y querían ser ellos quienes lo mandaran.

El Gobernador, antes de partir de ese lugar, envió a un Capitán con gente de a caballo para que tomara un paso de montaña nevado que estaba a tres leguas de distancia, y que fuera a alojarse esa tarde en ciertas llanuras cercanas a Pumpu. Y así lo hizo, cruzando el paso con una gran nevada, pero sin quedar con ningún impedimento. De la misma manera, el Gobernador también lo cruzó sin contratiempos, excepto por las molestias de la nieve que los alcanzó con mucha fuerza. Todos durmieron esa noche en aquella llanura sin ninguna protección, sobre la nieve, y ni siquiera tuvieron provisiones de leña o comida.

Al llegar a la tierra de Pumpu, el Gobernador dispuso y ordenó que los soldados se alojaran con el mejor orden y precaución posible, ya que tenía noticias de que los enemigos aumentaban cada hora más, y se consideraba seguro que vendrían a atacar a los españoles allí. Por ello, hizo aumentar las guardias y las centinelas, espiando siempre los movimientos de los enemigos.

Después de haber descansado allí ocho días, por medio de ciertos mensajeros que el cacique Atahualpa había enviado para saber lo que se hacía en Jauja, vino uno que dijo que la gente de guerra estaba a cinco leguas de Jauja, en el camino del Cuzco, y que venía a quemar la tierra y todos sus alojamientos para que los cristianos no tuvieran dónde acampar. Y que ellos querían ir hacia el Cuzco para unirse con un Capitán que se llamaba Quizquiz, que estaba allí con mucha gente para la guerra, proveniente de Quito, puesto por comisión de Atahualpa para la seguridad del país.

Sabiendo esto, el Gobernador hizo preparar a sesenta y cinco caballos ligeros, con los cuales, y con veinte peones que tenían la guardia de Chalcuchímac, sin impedimento de equipaje, partió hacia Jauja, dejando allí al Tesorero con el resto de la gente en la guardia de la retaguardia del campamento, y el oro de Su Majestad y de los compañeros.

El día que partió de Pumpu, caminó siete leguas y fue a alojarse en una tierra que se llama Cacamarca. Allí se encontraron 70,000 pesos de oro en ricas piezas, para cuya guardia el Gobernador dejó a dos cristianos de a caballo, para que cuando la retaguardia llegara, lo condujeran bajo buena custodia. Luego partió por la mañana con su gente bien ordenada, habiendo recibido noticias de que a tres leguas de allí había cuatro mil hombres. Y al marchar, siempre iban delante tres o cuatro caballos ligeros, para que si se encontraban con algún espía de los enemigos, lo capturaran para que no diera aviso de su llegada.

Al mediodía, llegaron a ese paso de montaña difícil de Tarma, donde decían que había gente para defenderlo. Se mostró tan dificultoso, que parecía imposible poder subirlo, ya que había un mal paso de piedra para bajar a un pequeño río donde todos los que iban a caballo tuvieron que desmontar. Y luego debían subir a lo alto por una cuesta, en su mayor parte un monte empinado y difícil que duraba bien una legua, el cual fue cruzado sin que los indios, que se decía que estaban en armas, aparecieran.

Por la tarde, pasada la hora de vísperas, el Gobernador y la gente llegaron a esa tierra de Tarma, que por estar en un mal sitio y por tener noticias de que indios vendrían a atacar a los cristianos, no quiso detenerse allí más tiempo del que le tomara a los caballos comer para reponerse del hambre y el cansancio pasados. Quería salir pronto de ese lugar, que no tenía otra parte llana que la plaza, y estaba rodeado todo alrededor por un espacio de una legua de montañas en una pequeña cuesta. Siendo de noche, hizo acampar allí a su gente, estando siempre de guardia con los caballos ensillados y los hombres sin comer, y finalmente sin ningún respiro, porque no tenían ni leña, ni agua, ni llevaban consigo tiendas para poder cubrirse, lo cual fue causa de que casi murieran todos de frío. Llovió mucho al principio de la noche, y luego nevó de tal manera que las armas y las ropas que llevaban encima se mojaron por completo. Sin embargo, cada uno se las arregló lo mejor que pudo y pasó esa mala y trabajosa noche hasta que llegó la aurora.

En la madrugada, ordenó que cabalgaran para llegar a buena hora a Jauja, que estaba a cuatro leguas de distancia. Habiendo cabalgado ya dos, el Gobernador hizo dividir los sesenta y cinco caballos entre tres Capitanes, dando quince a cada uno, y quedándose él con los otros veinte, con los veinte peones que custodiaban a Chalcuchímac. En este orden, caminaron hasta ponerse a una legua de distancia de Jauja, habiendo ordenado a cada Capitán lo que debía hacer. Se detuvieron todos en un pequeño lugar y aldea que estaba allí. Luego se movieron con buen orden todos juntos, y llegaron a la vista de la ciudad en una cuesta a un cuarto de legua de distancia, y se detuvieron.

Llegaron a la ciudad de Jauja y dejaron allí parte del oro bajo guardia, mientras otros marchaban contra el ejército enemigo. En el enfrentamiento salieron victoriosos y regresaron a Jauja, donde permanecieron largo tiempo. De allí, algunos partieron hacia el Cusco para dar con el grueso del ejército rival; sin embargo, la empresa no tuvo éxito y se vieron obligados a volver nuevamente a Jauja.

Toda la gente del pueblo de Jauja salió a la calle para ver a los españoles y agradecerles su llegada, pues con ella creían que se liberarían del servicio y la pesada opresión de esa gente extranjera (probablemente los incas o un grupo en conflicto con los locales).

Los españoles quisieron esperar a que amaneciera, pero al ver que no aparecía gente de guerra, comenzaron a caminar para entrar en el pueblo. Cuando bajaban por una pequeña cuesta, vieron a un indígena corriendo a gran velocidad, con una lanza en alto. Al llegar junto a ellos, se dieron cuenta de que era un sirviente de los españoles, quien les dijo que su patrón lo había enviado para advertirles que se apresuraran, pues los enemigos ya estaban dentro del pueblo.

Dos jinetes españoles, adelantándose a todos los demás, habían espoleado a sus caballos y entrado para reconocer los alojamientos. Mientras los buscaban, vieron a unos veinte indígenas cerca de unas casas, con sus lanzas y otras armas, llamando a los demás para que salieran y se unieran a ellos.

Al ver a los indígenas agrupándose, los dos españoles, sin prestar atención a sus gritos, los atacaron. Mataron a algunos y obligaron a otros a huir. Los que escaparon pronto se unieron a otros que salieron en su socorro, formando una tropa de unos doscientos hombres.

Los dos españoles volvieron a asaltarlos en una calle estrecha y los dispersaron, haciéndolos retroceder hasta la orilla de un gran río que corría por la ciudad. En ese momento, uno de los españoles había enviado al indígena que mencioné antes con la lanza en alto, como señal de que los enemigos estaban en el pueblo con sus armas.

Al oír esto, los españoles espolearon a sus caballos, y sin detenerse, llegaron al pueblo y entraron. Al encontrarse con sus dos compañeros, estos les contaron lo que les había sucedido con los indígenas.

Corriendo hacia el lugar donde los enemigos se habían retirado, los capitanes llegaron a la orilla del río, que en ese momento estaba muy crecido. Desde allí, a un cuarto de legua, vieron al otro lado las escuadras de los enemigos. Con no poca dificultad y peligro, cruzaron el río y se dirigieron hacia ellos. El gobernador se quedó a cargo de la guardia del pueblo, pues se decía que también había enemigos escondidos dentro.

Al ver que los españoles habían cruzado el río, los indígenas comenzaron a retroceder, formando dos escuadrones. Uno de los capitanes españoles, con sus quince jinetes ligeros, persiguió a un grupo por la ladera de una colina donde intentaban hacerse fuertes y refugiarse. Los otros dos capitanes avanzaron directamente a lo largo del río y los alcanzaron en un sembrado de maíz, a una legua de Jauja.

Al atacarlos, los pusieron en fuga y los alcanzaron a todos. De los seiscientos que eran, no escaparon más de veinte o treinta que lograron subir al monte antes de que el capitán con sus quince jinetes llegara. La mayoría se refugió en el agua pensando que se salvarían. Sin embargo, los jinetes ligeros cruzaron el río casi a nado detrás de ellos y no dejaron a nadie vivo, salvo a alguno que se les ocultó en la persecución. Corrieron una legua más abajo sin encontrar a más indígenas.

Regresaron y descansaron, tanto ellos como sus caballos, que lo necesitaban, pues las largas jornadas anteriores y las dos leguas que habían corrido los habían agotado.

Al conocer la verdad sobre quiénes eran estos enemigos, se descubrió que los cuatro capitanes y su gente estaban alojados a seis leguas de Jauja, a lo largo del río. Ese mismo día habían enviado a los seiscientos hombres para que terminaran de quemar la ciudad, pues ya habían quemado la otra mitad siete u ocho días antes. Habían incendiado un gran edificio en la plaza y otras cosas a la vista de la gente del pueblo, junto con muchas pertenencias y maíz, para que los españoles no pudieran aprovecharse de ello.

Los habitantes del pueblo estaban tan mal con estos invasores que, si alguno de ellos se escondía, los mismos locales se lo señalaban a los españoles para que lo mataran. Incluso ellos mismos ayudaban a matarlos, y lo habrían hecho por su cuenta si los españoles se lo hubieran permitido.

Informados del lugar donde se encontraban los enemigos y de la ruta que ya habían recorrido, los españoles decidieron no regresar a Jauja, sino descansar un poco y seguir adelante para atacar al grueso de la tropa, que estaba a cuatro leguas de distancia, antes de que fueran avisados de su llegada. Con esta intención, ordenaron que los soldados se prepararan, pero su plan no se llevó a cabo porque encontraron a los caballos tan fatigados que decidieron regresar, como lo hicieron.

Al llegar a Jauja, le contaron al gobernador lo sucedido. Él se alegró mucho y los recibió con gran alegría, agradeciendo a cada uno por haberse comportado tan valientemente. Les dijo que, de cualquier manera, tenía la intención de atacar al líder de los enemigos, pues aunque ya estuvieran avisados, él estaba seguro de que los esperarían.

Inmediatamente, ordenó al maestre de campo que los alojara, diciéndoles que descansaran el resto del día y la noche hasta que saliera la luna. Después, se prepararían para ir a atacar a los enemigos. A esa hora, cincuenta jinetes ligeros se pusieron en orden y, al toque de las trompetas, se presentaron armados en sus caballos en el alojamiento del gobernador. Después de despedirse de él, siguieron su camino.

Quince jinetes y veinte soldados de infantería se quedaron en el pueblo para hacer guardia todas las noches con los caballos ensillados, hasta que el capitán regresara de la expedición, lo que ocurrió cinco días después.

El capitán le contó al gobernador todo lo que les había sucedido después de que se marcharon. Dijo que la noche que salieron de Jauja, recorrieron unas cuatro leguas antes de que amaneciera. Querían llegar al campamento enemigo antes de que fueran avisados de su llegada.

Cuando ya era de día, se encontraron cerca de un gran río, donde estaban alojados los enemigos, que aún estaban a dos leguas más adelante. Él siguió adelante con gran furia, pensando que los enemigos, al ser avisados de su llegada, huirían. Habían incendiado los alojamientos que estaban en un pueblo, y así fue, pues huían después de haber prendido fuego a esa desdichada tierra.

Los españoles llegaron a ese lugar y siguieron las huellas de la gente por un valle totalmente plano. A medida que los alcanzaban, encontraban a muchas mujeres y niños que caminaban más lento en la retaguardia. Dejándolos atrás para alcanzar a los hombres, corrieron unas cuatro leguas y alcanzaron a algunas de sus escuadras.

Una parte de ellos, viéndolos desde lejos, tuvo tiempo de subir a una montaña y se salvaron en ella. Otros, que eran pocos, murieron, quedando en poder de los españoles (quienes, al tener a sus caballos cansados, no quisieron subir a la montaña) muchas de sus pertenencias, mujeres y niños.

Como ya estaba anocheciendo, regresaron a dormir a un pequeño pueblo que habían dejado atrás. Al día siguiente, los españoles decidieron seguir su camino hacia el Cuzco, detrás de los indígenas, para tomar y ocupar ciertos puentes de red y no permitirles el paso. Sin embargo, por falta de provisiones para los caballos, se vieron obligados a regresar, para gran disgusto del gobernador. Esto fue así porque no los habían seguido al menos para tomar los puentes e impedirles el paso hacia el Cuzco, ya que se temía que, al ser gente extranjera, pudieran causar un gran daño a los habitantes de esos lugares.

Se ordenó el nombramiento de nuevos funcionarios en la ciudad de Jauja para establecer allí una colonia de españoles. Cuando los indígenas se enteraron de la muerte de Atahualpa, un hombre muy prudente que sabía ganarse el favor de los indígenas, empezaron a discutir la elección de un nuevo señor.

Por esta razón, en cuanto llegaron los bagajes y la retaguardia que el Gobernador había dejado en Pombo, mandó a proclamar que, puesto que su intención era fundar una colonia de españoles en Jauja en nombre de Su Majestad, cualquiera que deseara establecerse allí lo podía hacer. Sin embargo, ningún español quiso quedarse, alegando que, mientras hubiese gente de guerra con armas por el país, los nativos de la provincia no se someterían al servicio, sujeción y obediencia de los españoles y de Su Majestad.

Viendo esto, el Gobernador decidió no perder más tiempo en ese asunto y se propuso marchar contra los enemigos hacia el Cusco para expulsarlos de esa provincia y desterrarlos por completo. Para dejar las cosas en orden en Jauja, se fundó el pueblo en nombre de Su Majestad y se nombraron ochenta funcionarios de justicia. Cuarenta de ellos eran jinetes de caballería ligera que dejó allí como guarnición. También dejó al Tesorero a cargo del oro de Su Majestad, nombrándolo su lugarteniente, con total autoridad y gobierno sobre todos los asuntos.

Mientras tanto, Atahualpa murió a causa de su enfermedad. Esto causó gran pesar al Gobernador y a todos los españoles, ya que era un hombre muy prudente y tenía gran aprecio por ellos. Se hizo público que el capitán Chalcuchímac le había dado algo con lo que morir, pues deseaba que la tierra fuese gobernada por la gente de Quito y no por los nativos del Cusco ni por los españoles, y si el cacique vivía, él no podría ver cumplido su deseo.

De inmediato, el Gobernador llamó al capitán Chalcuchímac, a Tizas, a un hermano del cacique y a otros capitanes y caciques principales que habían llegado de Cajamarca. Les dijo que ya sabían que él había nombrado a Atahualpa como señor y que, al haber muerto, debían pensar en quién querían como nuevo señor, pues él se lo daría.

Hubo una gran disputa entre ellos. Chalcuchímac quería que el señor fuese el hijo de Atahualpa, llamado Aticoc, hermano del cacique difunto. Pero otros señores, que no eran de la región de Quito, querían que el señor fuese nativo del Cusco y propusieron a un hermano de sangre de Atahualpa.

El Gobernador le dijo a los que querían al hermano de Atahualpa que lo mandasen a llamar y que, una vez que se presentase y si lo consideraba una persona de mérito, lo nombraría. Con esta resolución, se dio por terminada la reunión.

Luego, el Gobernador llamó a solas al capitán Chalcuchímac y le dijo: "Ya sabes que yo quería mucho a tu señor Atahualpa. Me hubiese gustado que, al morir y dejar un hijo, él hubiese sido el señor, y que tú, siendo un hombre sabio, fueses su capitán hasta que tuviese edad para gobernar. Por eso, si quieres que se haga, mándalo a llamar pronto, pues por el amor que le tenía a su padre, yo lo aprecio mucho a él y a ti también. Además, ya que todos estos caciques que están aquí son tus amigos y tú tienes gran influencia sobre los soldados de vuestra nación, sería bueno que les mandaras mensajeros de paz, porque no quiero ser cruel con ellos y matarlos, como ves que estoy haciendo, deseando que las cosas en estas provincias sean tranquilas y pacíficas".

El Gobernador, que se había dado cuenta del gran deseo del capitán de que el hijo de Atahualpa fuera el señor, le dijo esto con astucia y le dio esa esperanza, no porque tuviera la intención de hacerlo, sino para que, mientras llegaba el hijo de Atahualpa, este hiciera que los capitanes de guerra que estaban en armas se rindieran pacíficamente. De la misma manera, le dijo a Aticoc y a los otros señores de la provincia del Cusco que él nombraría a quien ellos quisieran como señor, ya que era necesario gobernar las cosas de ese modo en ese momento para mantener a todos contentos.

El Gobernador trataba de persuadir a Chalcuchímac para que hiciera que la gente que estaba armada en el Cusco depusiera las armas y no causara daños en las tierras, y para que los del Cusco se volvieran verdaderos amigos de los cristianos y le informasen de lo que los enemigos planeaban y de todo lo que sucedía en la región. Por estas y otras razones, el Gobernador le hablaba con gran prudencia.

Chalcuchímac, por lo que demostró, recibió con tanto agrado estas palabras como si lo hubieran nombrado señor de todo el mundo. Respondió que haría todo lo que le mandaban, que daría a entender que los capitanes y soldados vinieran en son de paz y que enviaría mensajeros a Quito para que el hijo de Atahualpa viniera. Sin embargo, dudaba que pudiera ser impedido por dos grandes capitanes que estaban con él y que no lo dejarían venir. A pesar de todo, enviaría a una persona con el mensaje que, según pensaba, convencería a todos para que accedieran a lo que él deseaba.

Y le añadió: "Señor, ya que quieres que yo haga venir a estos caciques, quítame esta cadena, pues viéndome con ella, no querrán obedecerme". El Gobernador, para que Chalcuchímac no sospechara que sus promesas eran mentira, le dijo que estaba de acuerdo en quitársela, pero con la condición de ponerle guardias de cristianos, hasta que hiciera venir a los soldados que estaban en armas en son de paz y hubiese visto al hijo de Atahualpa. Él quedó satisfecho con esto y de este modo fue desatado, y el Gobernador le puso una buena guardia, ya que ese capitán era la clave para mantener el país pacífico y sometido.

Hecha esta provisión y ordenada la gente que debía ir con el Gobernador hacia el Cusco —que eran cien a caballo y treinta a pie—, ordenó a un capitán que fuera con sesenta jinetes y algunos infantes por delante para reparar los puentes que habían sido quemados. Mientras tanto, el Gobernador se quedó para poner en orden muchas cosas convenientes para la ciudad y la república que dejaría casi colonizada, y para esperar la respuesta de dos cristianos que había enviado a la costa del mar para que vieran los puertos y pusieran cruces en ellos, para que, si alguien llegaba, reconociera el país.

Aquí se narra la descripción de los puentes que los indígenas construyen sobre los ríos para cruzar, el arduo viaje de los españoles hacia el Cusco y su llegada a los pueblos indígenas de Panarai y Tarcos.

El jueves, el Capitán partió con la gente que lo seguía, y el Gobernador con el resto de su tropa, junto con Chalcuchímac y su guardia, salieron la mañana del lunes siguiente. Todos iban bien equipados con sus armas y demás cosas necesarias, ya que el viaje sería largo y no era conveniente llevar el equipaje para esta expedición, así que todo se quedó en Jauja.

Durante dos días, el Gobernador y su gente caminaron por un valle muy agradable y poblado, a lo largo de la orilla del río Jauja. El tercer día, llegaron a un puente de red que cruzaba el mismo río. Los soldados indígenas lo habían quemado después de cruzar, pero el Capitán que había ido por delante ya lo había hecho reparar por la gente de la zona.

En esta región, donde los ríos son grandes y la provincia está tierra adentro, lejos del mar, casi nadie del lugar sabe nadar. Por esta razón, incluso si los ríos son pequeños y se pueden cruzar vadeándolos, los indígenas construyen puentes de la siguiente manera: si el río tiene orillas rocosas, levantan un gran muro de piedra en cada lado. Luego colocan cuatro palos gruesos de un par de palmos de ancho, o un poco menos, que atraviesan el río. En el medio, tejen mimbre verde y grueso, como dos dedos, muy unidos en forma de celosía, bien atados, para que no haya espacios. Encima de esto, colocan ramas atravesadas para que no se vea el agua. Esta es la base del puente. Del mismo modo, tejen una pared en los lados con el mismo mimbre para que nadie pueda caer al agua, por lo que no hay peligro, aunque para quien no está acostumbrado, cruzarlo parece peligroso. Esto se debe a que, al ser un tramo largo, el puente se inclina al pasar, bajando hasta el centro para luego subir al llegar a la otra orilla. Al cruzar, el puente tiembla muy fuerte, haciendo que a quien no está acostumbrado se le maree la cabeza.

Por lo general, hacen dos puentes juntos, porque dicen que por uno pasan los señores y por el otro la gente común. Tienen guardias que el cacique, señor de toda la tierra, mantiene allí de forma continua, para que si los viajeros llevan oro, plata u otros objetos valiosos, ya sean suyos o de otros señores del país, no puedan llevarlos más allá. Los que vigilan estos puentes tienen sus viviendas cerca y siempre tienen mimbre, celosía y cuerdas a mano para reparar los puentes cuando se estropean o para construir uno nuevo si es necesario.

Las guardias que estaban en este puente cuando los indígenas lo quemaron habían escondido los materiales que tenían para repararlo. De lo contrario, también los habrían quemado. Por esta razón, lo pudieron reparar en tan poco tiempo para el paso de los españoles.

A pesar de que el puente estaba recién hecho y no en las mejores condiciones, los caballos y el Gobernador pasaron con dificultad, ya que el Capitán que iba por delante con sus sesenta jinetes había hecho muchos agujeros, y el puente estaba casi deshecho. Sin embargo, todos los caballos cruzaron sin que nadie corriera peligro, aunque la mayoría de ellos se cayó, porque el puente se movía y temblaba por completo. Pero, como se ha dicho, el puente estaba construido de tal manera que, aunque los caballos cayeran con las patas delanteras, las traseras no podían caer al agua.

Una vez que todos cruzaron, el Gobernador acampó en unos alojamientos hechos de árboles que estaban allí, por donde pasaban muchos arroyos de aguas hermosas y limpias. Después, continuaron su viaje cabalgando a lo largo del río por dos leguas a través de un valle estrecho, con montañas muy altas a ambos lados. En algunas partes de este valle por donde pasa el río, hay tan poco espacio entre la base de la montaña y el río que la distancia es de un tiro de piedra, y en otros lugares, un poco más.

Después de dos leguas de este valle, encontraron otro pequeño puente sobre otro río, por el cual pasó toda la gente a pie, mientras que los caballos cruzaron vadeándolo, porque el puente estaba en malas condiciones y el agua estaba baja en ese momento.

Después de cruzar el río, comenzaron a subir una montaña empinada y larga, hecha de escalones de piedra muy juntos. Los caballos se cansaron tanto aquí que, al terminar de subir, la mayoría tenía las herraduras sueltas y las pezuñas de las patas delanteras y traseras dañadas.

Después de subir esa montaña, que duró media legua, y de caminar otro trecho por una ladera, el Gobernador y su gente llegaron a una pequeña aldea que había sido quemada y saqueada por los enemigos indígenas. Por lo tanto, no encontraron ni gente, ni maíz, ni ningún otro tipo de comida. El agua también estaba muy lejos, ya que los indígenas habían roto los acueductos que llegaban a la aldea, lo cual fue una gran molestia para los españoles, ya que después de un día de camino difícil y largo, necesitaban un buen lugar para alojarse.

El Gobernador partió de allí al día siguiente y fue a dormir a otro pueblo que, aunque era muy grande y estaba lleno de alojamientos, tenía tan pocos recursos como el anterior. Este pueblo se llamaba Panarai.

El Gobernador y los españoles se sorprendieron mucho de no encontrar ni comida ni nada, ya que este lugar era de un señor que había estado con Atahualpa y con el señor difunto en compañía de los cristianos, y había ido con ellos hasta Jauja, diciendo que iría por delante para preparar comida y otras cosas necesarias en su tierra para los españoles. Como no lo encontraron allí a él ni a su gente, se dio por seguro que el país cercano estaba en armas. No habían recibido ninguna carta del Capitán que iba por delante con los sesenta jinetes, excepto una en la que les informaba que iba detrás de los enemigos indígenas. Se temía que los enemigos hubieran tomado algún paso y no pudiera llegarle ningún mensajero.

Los españoles se las arreglaron para conseguir maíz y ovejas en los alrededores de la aldea, con lo que pasaron esa noche. Al día siguiente, partieron temprano y llegaron a un pueblo llamado Tarcos, donde encontraron al cacique que era el señor del lugar con algunas personas. El cacique les informó del día en que los cristianos habían pasado por allí y que iban a pelear con los enemigos que estaban acampados en un pueblo cercano. Todos se alegraron mucho con esta noticia y de haber encontrado una buena acogida, ya que el cacique había hecho colocar en la plaza una buena cantidad de maíz, leña y ovejas, cosas que los españoles necesitaban con urgencia.

Siguiendo el rastro, se mandó a unos cuarenta caballeros españoles del ejército de la India para que dieran con la gente contra la que habían peleado y a la que, en efecto, habían derrotado.

Al día siguiente, un sábado, día de Todos los Santos, el fraile que acompañaba a la expedición ofició la misa matutina, como era la costumbre en esa fecha, y después de terminar, partieron todos. Caminaron hasta llegar a un gran río a tres leguas de distancia, descendiendo por un largo y escarpado camino. Este río también tenía un puente de red, pero estaba roto, así que lo cruzaron a pie.

Después, subieron otra montaña enorme, tan grande que, al mirar desde la cima, parecía imposible que siquiera los pájaros pudieran volar allí, y mucho menos que los hombres a caballo pudieran subirla. Sin embargo, la dificultad de la subida era menor porque la ruta hacía rodeos y no era en línea recta, aunque en su mayor parte eran grandes escalones de piedra que cansaban mucho a los caballos y los maltrataban, e incluso se lastimaban las patas a pesar de que los llevaban de la brida.

De esta manera, ascendieron una legua, y caminaron otra más por una ladera de camino más fácil. Al anochecer, el gobernador y los españoles llegaron a un pequeño pueblo, una parte del cual estaba quemada. Se quedaron a dormir en lo que quedaba de él. Al atardecer, llegaron dos mensajeros indígenas enviados por el capitán que iba en avanzada.

Llevaban cartas para el gobernador en las que le informaban que el capitán había llegado con prisa a Parcco, que había quedado atrás, porque había recibido aviso de que los capitanes y toda la gente enemiga estaban allí. Al no encontrar a nadie, tuvo la certeza de que se habían retirado a Vilcashuamán. Así que había empujado a su gente más adelante hasta que se encontró a cinco leguas de Vilcas, donde esperó la noche y se marchó en secreto para no ser detectado por ciertos espías que se encontraban a una legua de Vilcashuamán.

Al saber que los enemigos estaban dentro de un pueblo sin tener noticias de su llegada, el capitán se sintió muy feliz. Subió una montaña donde se encontraba ese lugar, que era bastante difícil de acceder, y al amanecer, entró y encontró a unas personas alojadas con la guardia baja.

Los caballos españoles comenzaron a galopar por las plazas hasta que no se vio a nadie más, ni muertos ni fugitivos, ya que solo había unos pocos soldados indígenas que se habían retirado a una montaña fuera del camino de ese pueblo. Al amanecer, cuando vieron a los españoles, se unieron en escuadrones y vinieron contra ellos, diciéndoles “Ingri”, un nombre que consideran muy ofensivo.

Estos eran un pueblo de poca monta que habitaba en tierras cálidas y en la costa del mar, y como la provincia donde estaban era fría y los cristianos iban vestidos y cubiertos, los llamaron “Ingri”, amenazándolos y diciéndoles que los harían sus esclavos, ya que eran pocos, no llegaban a cuarenta. Los amenazaron diciéndoles que debían bajar a donde ellos estaban.

Aunque el capitán sabía que se encontraba en un mal lugar para luchar con caballos (ya que de ellos los españoles no podían aprovecharse mucho), para que los enemigos no pensaran que la falta de combate se debía a cobardía, tomó consigo a treinta caballeros y dejó a los demás custodiando el pueblo. Bajó hacia ellos por una ladera de la montaña muy difícil.

Los enemigos los esperaron con valentía, y al chocar, mataron a un caballo e hirieron a otros dos. Pero al final, al ser derrotados, huyeron por un lado y por el otro de la montaña, por un camino más escarpado donde los caballos no podrían perseguirlos ni hacerles daño.

En esto, se les unió un capitán que había escapado del pueblo, quien al enterarse de que habían matado a un caballo y herido a dos, dijo: "Volvamos y peleemos con ellos de tal manera que nadie quede con vida, ya que son pocos". De inmediato, todos se dieron la vuelta con más valentía e ímpetu que antes, y aquí se produjo una batalla feroz, más grande que la primera. A pesar de todo, los indígenas huyeron, y los caballos los persiguieron por todos los lados de la montaña hasta donde pudieron.

En estos dos enfrentamientos, quedaron muertos seiscientos hombres, y se cree que también murió Maíla, uno de los capitanes, porque todos los indígenas lo dijeron. Los de su bando, cuando mataron al caballo, le cortaron la cola y la llevaron en una lanza como si fuera su estandarte.

También les hizo saber que tenía intención de descansar allí por tres días por el bien de los cristianos y los caballos heridos, y que después de eso, se marcharían para ocupar un puente de red que se encontraba cerca, para que los enemigos que habían huido no lo cruzaran y se unieran a Quizquiz en el Cuzco y con el destacamento que tenía allí.

Este destacamento, según se decía, esperaba a los españoles en un paso peligroso cerca del Cuzco. Sin embargo, aunque el paso era más peligroso, tenían la esperanza en Dios de que, dado el lugar donde habían peleado (un país tan áspero y rocoso), en cualquier otra parte, por difícil y cansada que fuera, no podrían defenderse ni ofenderlos en ningún paso peligroso.

Una vez que hubieran cruzado el puente que está a tres leguas del Cuzco, él esperaría allí al gobernador, tal como se lo había ordenado. Y si sucediera algo, se lo haría saber con mensajeros especiales.

Tras las penalidades sufridas y después de haber pasado por las ciudades de Vilcashuamán y Andahuaylas, antes de que llegaran a Airamba, los españoles recibieron cartas por las que se les mandaba el refuerzo de treinta caballeros.

Al recibir la carta, el gobernador y todos los españoles se alegraron enormemente por la victoria que había conseguido el capitán. Inmediatamente, la envió, junto con otra suya, a la ciudad de Jauja al tesorero y a los españoles que se habían quedado allí, para que compartieran la alegría de las buenas noticias de la victoria del capitán.

Del mismo modo, mandó mensajeros al capitán y a los españoles que estaban con él, agradeciéndoles mucho la victoria que habían obtenido, rogándoles y aconsejándoles que en estas cosas se guiaran siempre más por la estrategia que por sus propias fuerzas y que, de cualquier modo, debían esperarle una vez cruzado el último puente para que todos juntos pudieran entrar en la ciudad del Cuzco.

Una vez hecho esto, el gobernador partió al día siguiente por un camino áspero y fatigoso de montañas pedregosas, con ascensos y descensos de escalones de piedra, por lo que todos pensaron que con dificultad podrían sacar los caballos de allí, considerando el camino hecho y el que aún les faltaba por hacer.

Llegaron a dormir esa noche a un pueblo que se encontraba al otro lado de un río que tenía un puente de red sobre una montaña similar. Los caballos pasaron por el agua, y la gente a pie y los sirvientes de los cristianos cruzaron por el puente. Al día siguiente, tuvieron un buen camino largo por el río, donde encontraron muchos animales salvajes, como venados y cabras, y ese día llegaron a dormir a unos aposentos cerca de Vilcashuamán, donde el capitán que iba en avanzada había hecho el plan para caminar de noche y entrar en Vilcashuamán sin ser sentidos, tal como entró.

Allí, llegó otra carta suya en la que decía que se había marchado de Vilcashuamán hacía dos días y había llegado a un río cuatro leguas más adelante, que había cruzado a pie porque el puente estaba quemado. Allí se había enterado de que el capitán Narabaliba estaba huyendo con unos veinte indígenas y que se había encontrado con dos mil indígenas que el capitán del Cuzco le había enviado de refuerzo. Estos, al enterarse de la derrota de Vilcas, huyeron con él, buscando unirse a los restos dispersos de los que huían, esperándolos en un pueblo llamado Andahuaylas, y que él (el capitán) estaba decidido a no detenerse hasta que los encontrara.

Al oír estas noticias, el gobernador pensó en enviar refuerzos, pero después no lo hizo porque consideró que si la batalla se iba a dar, ya se habría dado y no habría llegado a tiempo. Sin embargo, se determinó a no detenerse ni un solo día hasta que lo alcanzara. Y de esta manera, partió hacia Vilcashuamán, donde entró al día siguiente temprano, y por ese día no quiso avanzar más. Este pueblo de Vilcashuamán, que se encuentra en una montaña alta, es un gran lugar y capital de provincia, tiene una fortaleza bella y elegante y hay muchas casas de piedra muy bien construidas, y se encuentra en medio del camino entre Jauja y el Cuzco.

Al día siguiente, el gobernador llegó a dormir al otro lado del río a cuatro leguas de Vilcashuamán. Y aunque la jornada fue corta, fue agotadora, ya que fue siempre un descenso desde una montaña, casi todo de escalones de piedra, y la gente cruzó el río a pie con mucho esfuerzo, porque era muy caudaloso, y acampó al otro lado entre unos arbolillos.

Apenas había llegado el gobernador, cuando recibió una carta de su capitán que iba en avanzada, por la cual le hacía saber que los enemigos habían pasado tres leguas más adelante y esperaban en un saliente de una montaña en un pueblo llamado Curamba, y que se había reunido allí mucha gente y habían hecho muchas barricadas, y habían puesto una gran cantidad de piedras para que los españoles no pudieran subir allí.

El gobernador, al enterarse de esto, aunque el capitán no le había pedido refuerzos, creyendo que ahora los necesitaría, hizo que el Mariscal Don Diego de Almagro se preparara de inmediato con treinta caballeros ligeros bien armados y en sus caballos. No quiso que llevara consigo ningún soldado a pie, ya que le ordenó que no se detuviera nunca hasta que se uniera al capitán que iba en avanzada con los demás.

Una vez que este se marchó, el gobernador partió al día siguiente con diez jinetes y veinte infantes que vigilaban la retaguardia, y se apresuró tanto ese día que hizo en un día lo que se haría en dos. Al estar a punto de llegar al pueblo donde tenía que dormir, llamado Andahuaylas, un indígena fugitivo vino a decir que en cierta ladera de la montaña, que mostró con el dedo, se había descubierto gente de guerra enemiga. Por lo tanto, el gobernador, así armado como estaba a caballo con los españoles que tenía consigo, fue a tomar la cima de esa ladera y la exploró toda sin haber encontrado a la gente que ese indígena había dicho, porque esa era gente nativa de ese país que había huido de los indígenas de Quito, porque les hacían un daño enorme.

El gobernador y sus compañeros, al llegar a ese pueblo de Andahuaylas, cenaron y descansaron esa noche, y al día siguiente llegaron al pueblo de Airamba, donde el capitán había escrito que la gente se había reunido con armas para esperarlos en el camino.

Al llegar al pueblo, encontraron una gran cantidad de plata labrada en tablones de veinte pies de largo. Siguiendo su camino, recibieron cartas de los españoles en las que les informaban de un sangriento enfrentamiento, que les había causado daños, contra el ejército indígena.

Allí encontraron dos caballos muertos, por lo que sospecharon que le había ocurrido alguna desgracia al capitán. Sin embargo, al entrar en el pueblo, por una carta que llegó antes de que se alojaran, se supo que el capitán había encontrado gente de guerra allí, y que para tomar la montaña, había subido una ladera donde había encontrado una gran cantidad de piedras apiladas, lo que era señal de que querían esperarlos allí. La carta también decía que iban en busca de los indígenas, de quienes tenían noticias de que no estaban muy lejos, y que los dos caballos habían muerto por el calor y el frío. No escribió nada acerca del refuerzo que el gobernador le había enviado, por lo que se consideró que aún no le había llegado.

Desde allí, el gobernador partió al día siguiente y llegó a dormir a un río cuyo puente había sido quemado por los enemigos, por lo que tuvieron que cruzarlo a pie con mucho esfuerzo, porque el agua era fuerte y el lecho del río era muy rocoso.

Al día siguiente, llegó a dormir a una villa, en cuyos alojamientos se encontró mucha plata en tablones grandes de veinte pies de largo, uno de ancho y el grosor de uno o dos dedos. Los indígenas que se encontraban allí contaron que esos tablones habían pertenecido a un gran cacique y que uno de los Señores del Cuzco los había adquirido y los había llevado así en tablones, con los cuales el cacique vencido había construido una casa.

Al día siguiente, el gobernador partió para cruzar el río del último puente, que estaba a casi tres leguas de allí. Antes de llegar a ese río, llegó un mensajero con una carta del capitán, en la que le informaba que había llegado a ese último río con mucha prisa para que los enemigos no tuvieran tiempo de quemar el puente, pero para cuando él llegó, ya habían terminado de quemarlo. Y como ya era tarde, esa noche no quiso cruzar el río, sino que se quedó a dormir en un pueblecito cercano. Al día siguiente, cruzó el agua que llegaba al pecho de los caballos, y continuó su camino directo al Cuzco, que estaba a doce leguas de distancia.

Como en el camino le informaron de que en una montaña cercana se habían detenido todos los enemigos, esperando que al día siguiente viniera Quizquiz con más refuerzos del Cuzco para unirse a ellos, por esta razón, él había avanzado con mucha prisa con cincuenta caballos, ya que había dejado diez para la custodia de los equipajes y de cierto oro que se encontró en la derrota de Vilcashuamán. Un sábado al mediodía, comenzaron a subir una montaña a caballo. Y como era grande y duraba una legua de camino, fatigados por la dura subida y por el gran calor del mediodía, se detuvieron un rato y les dieron maíz a los caballos, del cual los habitantes de un pueblo cercano les habían provisto.

Al reanudar el camino, el capitán que iba delante, a un tiro de ballesta de los demás, vio a los enemigos en la cima de la montaña, que la cubrían por completo, y vio que tres o cuatro mil de ellos bajaban hacia donde ellos estaban. Por lo tanto, llamó a los españoles para unirse en la batalla, pero no pudo esperar a que se unieran, porque los indígenas ya estaban cerca y venían contra ellos valientemente. Con los que tenía a la mano, fue a luchar contra ellos, y los españoles que venían llegando, subían la ladera de la montaña por un lado y por el otro, entraron entre los enemigos que tenían delante sin detenerse mucho al principio a luchar, sino a defenderse de las piedras que les arrojaban, hasta que subieron a la cima de la montaña, donde veían que la victoria era segura.

Los caballos estaban tan agotados que no podían recuperar el aliento para poder atacar con furia a una multitud tan grande de enemigos, y ellos no dejaban de fatigarlos y acosarlos continuamente con sus lanzas, piedras y flechas que les arrojaban, los cansaron a todos, de modo que los jinetes apenas podían hacer que los caballos anduvieran al trote o al paso.

Los indígenas, al darse cuenta del cansancio de los caballos, comenzaron a presionar con mayor furia contra ellos, y a cinco cristianos, cuyos caballos no pudieron subir a la cima, la multitud se les echó encima de tal manera que a dos de ellos no se les permitió desmontar, sino que los mataron sobre sus caballos. Los otros lucharon a pie muy valientemente, pero al final, al no ser vistos por sus compañeros que podrían haberlos ayudado, murieron allí, y solo uno de ellos murió sin poder sacar la espada ni defenderse, y además, fue la causa de que un buen soldado muriera con él, porque se le había aferrado a la cola del caballo y no lo dejó avanzar con los demás.

Les partieron la cabeza a todos por la mitad con las hachas y mazos. Hirieron a dieciocho caballos y a seis cristianos, pero sin heridas peligrosas, ya que solo murió un caballo de ellos. A Dios le agradó que los españoles se apoderaran de una llanura que había en esa montaña, y los indígenas se dividieron en una colina cercana a ellos.

El capitán ordenó que la mitad de los suyos les quitaran los frenos a los caballos y les dieran de beber en un pequeño arroyo que pasaba por allí, y después lo mismo harían los demás, lo cual hicieron sin tener en ese instante ninguna molestia de los enemigos. Después, el capitán les dijo a todos: "Señores, vayamos paso a paso por esta media ladera de manera que los enemigos piensen que huimos de ellos, porque si nos vienen a buscar abajo, podremos atacarlos en esta llanura con la esperanza de que nadie se nos escape de las manos, ya que nuestros caballos ya están un poco recuperados. Y si los ponemos en fuga, terminaremos de tomar la cima de la montaña".

Y así se hizo, que los indígenas, pensando que los españoles se retiraban, bajaron algunos de ellos, arrojándoles piedras con sus hondas y sus flechas. Los cristianos, al ver que ya era tiempo, giraron las riendas de sus caballos, y antes de que pudieran volver a tomar la montaña donde estaban antes, mataron a veinte o treinta de ellos. Al ver esto, y como el lugar donde se encontraban era poco seguro, dejaron esa montaña y se retiraron a otra más alta.

El capitán con los españoles terminó de subir la cima de la montaña, y allí, como ya era de noche, acampó con su gente. Los indígenas se alojaron de la misma manera a dos tiros de ballesta de ellos, de modo que se podía escuchar lo que se decían el uno al otro. El capitán hizo que se atendiera a los heridos, y proveyó las guardias y centinelas para la noche, y ordenó que todos los caballos se mantuvieran ensillados y con los frenos puestos hasta el día siguiente, en el que tenían que luchar contra los indígenas, para animar y dar valor a todos los suyos, diciéndoles que de todos modos tenían que atacar por la mañana sin demorarse ni un instante, porque había tenido noticias de que el capitán Quizquiz venía con un gran refuerzo para los enemigos. Por lo tanto, no debían esperar a que se hubieran unido todos.

Todos mostraron tanto valor y coraje como si tuvieran la victoria en sus manos. Sin embargo, fueron reconfortados por el capitán, diciéndoles que consideraba más peligrosa la jornada que habían hecho el día anterior que la que tenían que hacer, y que si nuestro Señor Dios los había librado del peligro pasado, también les daría la victoria en el futuro, y que consideraran que si el día pasado, estando sus caballos tan agotados, habían atacado a los enemigos con desventaja, y los habían sacado de su fuerte, y los habían derrotado no pasando de cincuenta, siendo los enemigos más de ocho mil personas, qué esperanza tenían que tener, estando frescos y descansados.

Con estas y similares palabras para darles valor, pasaron esa noche. Los indígenas se quedaron en su campamento gritando a gran voz y diciendo: "Esperen, cristianos, que llegue el día en que todos morirán por nuestras manos, y les quitaremos los caballos y todo lo que tienen", añadiendo palabras infames hacia ellos, según sonaban en esa lengua, habiendo determinado entrar a luchar con los cristianos tan pronto como amaneciera, juzgándolos cansados con sus caballos por el enfrentamiento del día pasado, y por verlos en tan poco número, y sabiendo que muchos de sus caballos estaban heridos.

De esta manera, una parte y la otra coincidían en un mismo pensamiento, pero los indígenas juzgaban con certeza que los cristianos no podrían escapar de sus manos.

Se recibió la noticia de la victoria de los españoles, que habían puesto en fuga al ejército indígena. Por considerarlo un traidor, Chalcuchímac fue encadenado al cuello. Pasaron por la tierra de Rímac y se unieron todos en un mismo lugar. Después, se dirigieron juntos a la tierra de Jaquijahuana y quemaron a Chalcuchímac.

Estas noticias llegaron al gobernador cerca del último río, como ya se ha dicho. Él, sin mostrar alteración en su rostro o semblante, se las comunicó a los diez jinetes y veinte infantes que llevaba consigo, consolándolos a todos con buenas razones, aunque ellos se perturbaron mucho en sus ánimos, pensando que, si una pequeña cantidad de indígenas, en comparación con el número que se había unido, había maltratado a los cristianos en el primer enfrentamiento, mayor problema les darían al día siguiente, teniendo a los caballos heridos, sin haberles llegado aún el refuerzo de los treinta caballeros que les había mandado. Sin embargo, mostrando todos tener esperanza en Dios, llegaron al río, el cual cruzaron en balsas del país, haciendo que los caballos pasaran a nado, porque el puente había sido quemado. Y como en ese tiempo el río había crecido mucho, se tardaron en cruzar el resto de ese día y el siguiente, hasta la hora de la siesta.

Cuando el gobernador estaba a punto de partir sin esperar a que los indígenas del país, confederados con los españoles, cruzaran, vieron llegar a un cristiano que, al reconocerlo de lejos, todos juzgaron que el capitán con los caballos había sido derrotado y destrozado y que él venía a traer las noticias huyendo.

Pero, al llegar a la presencia del gobernador, infundió un gran consuelo en los ánimos de todos con la noticia que trajo, relatando que nuestro Señor Dios, que nunca suele abandonar a sus fieles en las mayores necesidades, hizo que, estando el capitán con los demás, con buena guardia, esperando el amanecer y animando a los suyos para el combate de la mañana, llegó el mariscal con el refuerzo enviado de los treinta caballos y con los diez que se habían quedado en la retaguardia, que fueron cuarenta en total. Y cuando se vieron todos así unidos, los primeros sintieron tanto placer como si ese día les hubiera sido dada la vida de nuevo, teniendo por cierta la victoria para ellos al día siguiente.

Al amanecer, que fue un domingo, cabalgaron todos y se pusieron en fila para mostrarse mejor, y se dirigieron hacia los indígenas, que ya la tarde anterior habían decidido atacar a los cristianos. Pero, al ver tanta gente por la mañana, pensaron, como era, que esa noche les había llegado ese refuerzo. Así que, no teniéndose el ánimo suficiente para enfrentarlos, y al ver que ellos subían la ladera para ir a encontrarlos, dieron la espalda, retirándose de monte en monte. Los españoles no los persiguieron porque el país era áspero, además de que fueron cubiertos por una niebla tan densa que uno no podía ver al otro. Sin embargo, en la falda de una colina mataron a muchos enemigos.

En este tiempo, venían mil hombres indígenas en un escuadrón que Quizquiz mandaba como refuerzo para los suyos, los cuales, al ver a los cristianos a caballo y así a punto de combatir, tuvieron tiempo de retirarse a la montaña. Inmediatamente, los cristianos se reunieron en su fuerte, desde donde ese mensajero había sido enviado por el capitán con la noticia al gobernador, haciéndole saber que lo esperaría allí hasta que llegara.

Al enterarse de esta noticia, el gobernador se alegró mucho de la victoria que nuestro Señor Dios le había concedido cuando no la esperaba. Y sin demorarse un momento, dio la orden de que se pasara más allá con todo el equipaje y los indígenas que quedaban, porque con estas mismas noticias también había tenido aviso de que en la retirada de esa gente enemiga, se habían apartado de los demás cuatro mil hombres, por lo que debía ir con cautela. Y también se le aseguró que Chalcuchímac hacía y ordenaba todo y daba aviso a los enemigos de lo que tenían que hacer, por lo que debía conducirlo bajo buena custodia.

El gobernador, habiendo terminado su travesía, hizo poner una cadena al cuello a Chalcuchímac y le dijo: "Tú sabes bien la manera en que me he comportado contigo, y cómo siempre te he tratado, nombrándote capitán para que mandaras en todo el país hasta que el hijo de Atahualpa hubiera venido de Quito para hacerlo señor. Y aunque he tenido muchas razones para matarte, nunca lo he querido hacer, creyendo que te enmendarías. Del mismo modo, te he rogado muchas veces que, por el bien público, hicieras que estos indígenas enemigos con los que tienes trato y amistad quisieran calmarse y deponer las armas, porque aunque hayan hecho un gran daño y hayan matado a Guaritico (Túpac Hualpa), que había venido por orden mía desde Jauja, yo los habría perdonado a todos. Pero con todas estas advertencias mías, has querido perseverar en tu mala intención y mal propósito, pensando que los avisos que dabas a los capitanes enemigos eran suficientes para llevar a cabo tu maldad. Pero puedes ver cómo con la ayuda de nuestro Dios, siempre han sido derrotados y siempre lo serán en el futuro, y ten por seguro que no podrán escapar ni volver a Quito de donde salieron, ni tú volverás a ver el Cuzco, porque tan pronto como yo llegue a donde está el capitán con mi gente, te haré quemar vivo, ya que tan mal has sabido guardar la amistad que yo, en nombre de mi César, sellé contigo. Y esto sucederá sin ninguna duda, si no haces que estos capitanes, tus amigos, dejen las armas y vengan en son de paz, como te he dicho otras veces".

A todas estas palabras, Chalcuchímac se mantuvo atento sin responder una palabra, pero siempre obstinado en su dureza, dijo que no se hacía lo que él mandaba a esos capitanes porque no lo querían obedecer, y que por su parte no había dejado de hacerles entender que vinieran en paz. Y con palabras similares, se disculpaba de lo que se le atribuía, pero el gobernador, que ya sabía con certeza sus andanzas, lo dejó en su mala intención sin hablarle más del tema.

Una vez que hubieron cruzado el río a una hora ya avanzada, el gobernador avanzó con esta gente y llegó a la tarde a un pueblo a una legua de ese río, llamado Rímac. Y allí llegó el mariscal con cuarenta caballos para esperarlo, y habiendo hablado con él, partieron al día siguiente para el campamento de los caballos españoles y llegaron a la tarde, habiendo salido a su encuentro el capitán y muchos otros, y se hicieron grandes celebraciones.

El gobernador agradeció a cada uno según sus méritos por el valor que habían mostrado, y todos juntos partieron y llegaron dos leguas más allá a la tarde a un pueblo llamado Jaquijahuana. Los capitanes informaron al gobernador de todos los sucesos de la manera que se ha narrado.

Una vez que se alojaron en esas tierras, el capitán y el mariscal urgieron al gobernador a que hiciera justicia con Chalcuchímac, porque sabían que todo lo que hacían los cristianos era sabido por sus adversarios gracias a él, y que él era el que los había hecho salir de la montaña de Vilcashuamán, instándolos a venir a combatir a los cristianos que eran pocos, y que no podrían con los caballos subir a las montañas sino paso a paso y a pie, dándoles mil otros avisos de dónde debían esperar y lo que tenían que hacer, como un hombre que había visto bien todos esos lugares y conocía las andanzas de los cristianos con los que había estado tanto tiempo.

Informado de todas estas cosas, el gobernador ordenó que fuera quemado en medio de la plaza, lo cual se hizo, y los principales y más allegados suyos fueron los que pusieron mayor diligencia en prenderle fuego. Un religioso trató de persuadirlo para que se hiciera cristiano, diciéndole que los que estaban bautizados y que tenían verdadera fe en nuestro redentor Jesucristo iban a la gloria del paraíso, y los que no, iban al infierno y a sus penas, haciéndole entender todo por medio de un intérprete. Pero él no quiso ser cristiano, diciendo que no sabía qué cosa era esa ley, y comenzó a invocar al Pachacámac y al capitán Quizquiz para que vinieran a socorrerlo.

A este Pachacámac lo tienen los indígenas por su dios y le ofrecen mucho oro y plata, y es algo verificado que el demonio se encuentra en ese ídolo y habla con aquellos que van a preguntarle algo. Y de esto se habla detalladamente en la relación que se envió a su Majestad desde Cajamarca. De esta manera, este capitán pagó por la crueldad que cometió en la conquista de Atahualpa, y por la maldad y la traición que se encontró en daño de los españoles y en perjuicio del servicio de su Majestad. Toda la gente del país se alegró infinitamente de su muerte porque era muy odiado por ellos al conocerlo tan cruel como era.

Son asistidos por el hijo del cacique Huayna Cápac, con quien hacen amistad y les informa del paradero del ejército enemigo. Tienen algunos enfrentamientos con ellos antes de entrar en el Cuzco, donde entronizan como señor al hijo de Huayna Cápac.

Los españoles descansaron esa noche en el campamento, habiendo puesto buenas guardias al enterarse de que Quizquiz estaba cerca de ellos con toda su gente. A la mañana siguiente, el gobernador fue visitado por un hijo de Huayna Cápac (Manco Inca), hermano del cacique muerto, el señor más grande y principal que había en ese país en ese momento, el cual siempre había huido para que la gente de Quito no lo matara. Este le dijo al gobernador que lo ayudaría en todo lo que pudiera para echar de ese país a toda la gente de Quito, por ser sus enemigos y por odiarlos y no querer estar sujetos a gente forastera. Este era a quien, por derecho, le correspondía esa provincia, y al que todos los pueblos de ella querían como señor.

Cuando vino a ver al gobernador, vino por las montañas fuera del camino por temor a la gente de Quito. Y él se alegró mucho de su llegada y le respondió: "Me complace mucho oír lo que me dices y encontrar una tan buena disposición para echar a esta gente de Quito de este país. Y debes saber que yo no vine desde Jauja por otro motivo que para evitar que estos te hicieran daño y te perjudicaran con su servidumbre. Y puedes creer que no vine por mi propio beneficio, porque yo estaba en Jauja seguro de tener guerra con ellos, y estaba eximido de tomarme la molestia de hacer un viaje largo y difícil. Pero, habiendo sabido los daños que te hacían, quise venir a poner remedio y enmendarlos, como me lo ordena el Emperador, mi señor. Y así, puedes estar seguro de que haré a tu servicio todo lo que considere conveniente, y también para liberar de esta tiranía al pueblo del Cuzco".

El gobernador hizo y dijo estas grandes promesas para ganarse su benevolencia y para tener noticias de él continuamente sobre cómo transcurrían los acontecimientos, y por sus palabras, el cacique se quedó maravillosamente satisfecho con todos los que habían venido con él. Y le respondió: "De ahora en adelante te daré un informe completo de todo lo que haga la gente de Quito, para que no puedan dañarnos". Y de esta manera se marchó de él, y poco después regresó y dijo: "Yo iba a pescar porque sé que mañana los cristianos no comen carne, y me encontré con este mensajero que me dice que Quizquiz con su gente de guerra va a quemar el Cuzco y que ya está cerca, y he querido hacértelo saber para que puedas ponerle remedio".

El gobernador hizo preparar de inmediato a toda la gente, y aunque era la hora del mediodía, sin embargo, al reconocer la necesidad, no quiso detenerse a comer, sino que cabalgó con todos los españoles directo hacia el camino del Cuzco, que estaba a cuatro leguas de ese lugar, con la intención de establecer su campamento cerca de esa ciudad para entrar en ella al día siguiente temprano. Y habiendo caminado ya dos leguas, vieron de lejos una gran humareda cerca de un pueblo, y habiendo preguntado la razón a algunos indígenas, dijeron que un escuadrón de la gente de Quizquiz había descendido de la montaña y le había prendido fuego.

Dos capitanes avanzaron con unos cuarenta caballos para ver si podían alcanzar a ese escuadrón, el cual rápidamente se unió con la gente de Quizquiz. Los otros capitanes que se quedaban en una ladera, a una legua antes de llegar al Cuzco, esperando a los cristianos en un paso en medio del camino. Los capitanes y españoles, al verlos, no pudieron evitar atacarlos, aunque el gobernador les había ordenado que debían esperar a los demás para unirse todos. Esto lo habrían hecho si no fuera porque los indígenas se movieron con mucho ánimo para enfrentarse con ellos. Y antes de que fueran atacados, los embistieron en la falda de una pequeña montaña, y los rompieron en un breve espacio, haciéndolos huir a la montaña, habiendo matado a doscientos.

Otro escuadrón de gente a caballo se deslizó por otra ladera de la montaña, donde había de dos a tres mil indígenas, los cuales, al no tener el valor de esperarlos, dejaron las lanzas que llevaban para poder correr mejor y se pusieron a huir. Y después de que los primeros rompieron y desbarataron esos dos escuadrones, y los hicieron huir a la cima, dos caballos ligeros españoles, habiendo visto a ciertos indígenas que de nuevo volvían a bajar, se pusieron a escaramuzar con ellos, y se vieron en gran peligro, si no hubieran sido socorridos, y uno fue muerto bajo su caballo, por lo que los indígenas se animaron tanto que hirieron a cuatro o cinco caballos y a un cristiano, y los hicieron retirarse hasta la llanura.

Los indígenas, como nunca antes habían visto huir a los cristianos, pensaron que lo hacían con astucia para atraerlos a la llanura y luego atacarlos de la manera que se hizo en Vilcashuamán, y entre ellos mismos lo decían. Y por esta razón se quedaron sobre ellos, y no quisieron bajar ni seguirlos. En este tiempo, el gobernador y los españoles ya habían llegado, y por ser ya casi tarde, establecieron el campamento en una llanura, y los indígenas se quedaron quietos hasta la medianoche en la montaña, a un tiro de arcabuz, dando gritos, y los españoles se quedaron toda la noche con los caballos ensillados y enfrenados.

Al día siguiente, al amanecer, el gobernador, habiendo ordenado la gente a pie y a caballo, tomó su camino para entrar en el Cuzco con buen orden y cautela, creyendo que los enemigos vendrían a atacarlos en el camino, pero no apareció nadie.

De esta manera, el gobernador con su gente entró en esa gran ciudad del Cuzco sin otro enfrentamiento ni batalla, el viernes a la hora de la misa mayor, el 15 de noviembre del año de la natividad de nuestro Salvador y Redentor Jesucristo de 1533. El gobernador hizo que todos los cristianos se alojaran en los aposentos que estaban alrededor de la plaza de la ciudad, y ordenó que todos debían salir a dormir con sus caballos en la plaza en sus tiendas, hasta que se pudiera ver de dónde venían los enemigos, y esta orden fue continuada y observada durante un mes seguido.

Al día siguiente, el gobernador hizo señor a ese hijo de Huayna Cápac por ser un joven prudente y alegre, y el principal de cuantos había en ese tiempo, y a quien, como se ha dicho, le correspondía por derecho el señorío. Y lo hizo así de inmediato, para que los señores y caciques no se fueran a sus tierras, que eran de diferentes provincias y muy lejanas unas de otras, y para que los nativos no se unieran con los de Quito, sino que tuvieran un señor aparte, al cual tuvieran que reverenciar y obedecer, y no fueran parciales. Así, ordenó a todos los caciques que lo obedecieran como señor e hicieran todo lo que él les mandara.

El nuevo cacique va con un ejército para expulsar a Quizquiz del estado de Quito. Tienen algunos enfrentamientos con los indígenas, y por la dificultad del camino regresan. De nuevo, regresan con un ejército y una compañía de españoles, y antes de partir, el cacique se hace vasallo del Emperador.

Una vez hecho esto, el nuevo cacique ordenó que se reuniera mucha gente para ir a derrotar a Quizquiz y para expulsar a la gente de Quito de ese país, diciendo que no era razonable que, siendo él el señor, otros permanecieran en un país que le estaba sujeto en contra de su voluntad, y otras palabras por el estilo. El gobernador estuvo presente en todo esto ante los ojos de todos para que cada uno viera el favor que les daba y el afecto que les mostraba, y que esto no era por el beneficio o utilidad que pudiera resultar para los españoles, sino por el suyo particular. El cacique quedó contento con esta orden, y en el plazo de cuatro días reunió cinco mil indígenas o más, todos bien equipados con sus armas, y el gobernador envió con ellos a un capitán suyo con cincuenta jinetes y él se quedó custodiando la ciudad con el resto de la gente.

Diez días después, el capitán regresó y le contó al gobernador lo que había sucedido, diciendo que al atardecer, había llegado con la gente a donde se alojaba Quizquiz, a cinco leguas de distancia, porque él había ido dando un rodeo por otro camino, por el cual el cacique lo había guiado. Pero antes de llegar al campamento enemigo, se encontró en el camino a doscientos indígenas puestos en una pequeña ladera, y como el país era áspero, no pudo quitarles su posición y adelantarlos para que no pudieran dar aviso de su llegada, como lo hicieron. Sin embargo, aunque esta compañía estaba en un lugar fortificado, no se atrevieron a esperarlo, sino que pasaron al otro lado de un puente que era muy difícil de cruzar, porque desde una montaña que los dominaba, donde se habían refugiado los indígenas, arrojaban tantas piedras que no dejaban pasar a nadie.

Y por ser el país y el lugar más áspero e inaccesible que se había visto jamás, regresaron. Sin embargo, dijo haber matado a doscientos indígenas, y el cacique se alegró mucho de lo que se había hecho, y al regresar a la ciudad, los condujo por otro camino más corto, por el cual el capitán encontró en muchos pasos una gran cantidad de piedras apiladas para defenderse de los cristianos. Y había un paso, entre otros, tan áspero y difícil que él y todos se vieron en un gran aprieto, y no podían pasar más allá. Por lo tanto, se supo bien que el cacique tenía una amistad verdadera y no fingida con el gobernador y los cristianos, porque le dijo que por esa carretera ningún español habría podido escapar.

Dijo que después de que se había marchado de la ciudad, no anduvo ni un tiro de ballesta por tierra llana, que todo el país era montañoso, rocoso y difícil de cruzar, y que si no hubiera sido la primera vez que iba en compañía del cacique, para que no pareciera que lo había hecho por miedo, se habría regresado de inmediato. El gobernador habría querido que hubieran seguido a los enemigos hasta que los hubieran expulsado del lugar donde estaban, sin embargo, al oír la aspereza del lugar, se quedó satisfecho con lo que se había hecho. El cacique dijo que había enviado a su gente detrás de los enemigos, y que creía que los dañarían, y así, cuatro días después, llegó la noticia de que habían matado a mil de sus indígenas.

El gobernador de nuevo le ordenó al cacique que hiciera que se reuniera más gente, y que él quería enviar con él a algunos de sus jinetes, para que no se detuvieran hasta que los hubieran expulsado del país. Habiendo regresado el cacique de esa empresa, se fue a ayunar en una casa que estaba en una montaña, una morada ya hecha por su padre, donde se quedó tres días. Y al regresar a la plaza de la ciudad, los hombres de esa tierra le rindieron obediencia según su costumbre, reconociéndolo como su señor, ofreciéndole el penacho blanco, tal como se hizo en Cajamarca con el cacique Atahualpa.

Una vez hecho esto, él hizo que se reunieran todos los caciques y señores que estaban allí, y habiéndoles hablado sobre el daño que hacía la gente de Quito en su país, y cuánto bien resultaría para todos si se ponía remedio, les ordenó que llamaran y prepararan a la gente para ir contra ellos, y para echarlos del lugar donde se habían metido. Ellos hicieron rápidamente a sus capitanes, y dieron orden de reunir a la gente en tan breve espacio que en el plazo de cinco días reunieron en esa ciudad a más de diez mil hombres de guerra, todos escogidos. Y el gobernador hizo que se prepararan cincuenta de sus jinetes ligeros con un capitán para partir el último día de la Pascua de la natividad.

El gobernador, antes de que se hiciera ese viaje, queriendo concluir la unión y la paz con ese cacique y su gente, después de que el religioso hubo dicho la misa el día de Navidad, salió a la plaza con mucha gente de su compañía que hizo congregar allí, y en presencia del cacique y los señores del país y la gente de guerra que estaba allí, se sentó con sus españoles al lado, y el cacique en un taburete, y su gente en la tierra alrededor de él. Y el gobernador hizo un discurso de la manera que se suele hacer en actos similares. Y por medio de su secretario y escribano del ejército, se les leyó la demanda y el requerimiento que su Majestad había ordenado que se les hiciera, lo cual todo les fue declarado por un intérprete, y bien entendido por ellos, habiendo respondido a todo.

Fueron requeridos para ser, y llamarse, vasallos de su Majestad. Y fueron recibidos en paz por el gobernador con la misma solemnidad que se había hecho las otras veces al alzar la bandera imperial dos veces. Y en señal de ello, fueron abrazados por el gobernador con mucha alegría al son de las trompetas, y se hicieron otras solemnidades que para evitar la prolijidad no se escriben. Hecho esto, el cacique se levantó de pie, y con un vaso de oro, le dio de beber de su propia mano al gobernador y a los españoles, y luego se fueron a cenar por ser ya tarde.

Sospechan del cacique de que sea rebelde, encuentran la acusación falsa. Van con él muchos españoles y veinte mil indígenas contra Quizquiz, y dan cuenta al gobernador por carta de lo que les sucede.

Y estando el capitán español a punto de partir en dos días con los indígenas y el cacique para ir contra los enemigos, no pudiendo las cosas permanecer siempre iguales, al estar sujetas a las diversas contrariedades del mundo que ocurren cada día, el gobernador fue informado por algunos españoles y por indígenas amigos y nativos del país de que se hablaba y se trataba entre los principales del cacique de unirse con la gente de Quito, y otras cosas de las que lo acusaban.

Por lo tanto, tomó alguna sospecha, y para tener la máxima satisfacción y saber si la amistad del cacique era leal y verdadera con los cristianos, de quienes era tan amado, queriendo saber la verdad del hecho, al día siguiente llamó al cacique y a otros principales a su alojamiento y les dijo lo que se decía de ellos. Y hecha una investigación, y atormentados algunos indígenas, el cacique y los principales resultaron sin ninguna culpa, y se certificó que ni en dicho ni en hecho se había tratado cosa alguna en daño de los españoles, sino que, en efecto, dos principales habían sido los que habían dicho que, ya que sus antepasados nunca habían estado sujetos a otros, no debían ni ellos ni el cacique sujetarse. Sin embargo, por lo que se pudo entender entonces y después, se supo y se creyó que siempre amaron a los españoles y no tuvieron con ellos una fe fingida.

Estas gentes no se pusieron en camino para la empresa, porque al estar en el corazón del invierno y lloviendo fuertemente todos los días, se decidió dejar pasar la furia del agua, sobre todo porque muchos puentes estaban estropeados y rotos y tenían la necesidad de ser reparados.

Cuando llegó el tiempo en que las aguas ya habían cesado, el gobernador hizo que se prepararan los cincuenta caballos con el cacique y sus gentes que tenía listos para la empresa, los cuales, con el capitán que les dio, se pusieron todos en camino hacia Jauja, a la ciudad de Vilcashuamán, donde se había sabido que los enemigos se habían quedado, porque los caminos estaban rotos por las muchas aguas del invierno, y porque los ríos eran caudalosos, en muchos de los cuales no había ningún puente.

Los españoles pasaron con sus caballos con mucho esfuerzo, y uno se ahogó. Habiendo llegado en su jornada al río que está a cuatro leguas de Vilcashuamán, se supo que los enemigos se dirigían hacia Jauja. Y por ser el río caudaloso y furioso y por estar el puente quemado, se vieron obligados a detenerse para rehacerlo, porque sin él de ninguna manera se podía cruzar, ni con sus balsas que llaman balce, ni a nado, ni de otra manera.

El campamento se detuvo allí durante veinte días para rehacer el puente, porque tuvieron que ingeniárselas para hacerlo, ya que el agua era fuerte y arruinaba los entrelazados de mimbres que se ponían allí. Y si el cacique no hubiera tenido allí a tan gran número de gente para hacer este puente y pasar y tirar de los entrelazados, no se habría podido rehacer, pero teniendo veinticinco mil hombres de guerra, y más, probando una y otra vez con artilugios de cuerdas y de balsas, pasaron los entrelazados, los cuales, una vez pasados, hicieron el puente en un breve espacio, tan bueno y tan bien hecho que uno similar y tan grande no se ve en ese país, que es de 360 y tantos pies de largo, y de ancho podían pasar dos caballos a la vez sin ningún peligro.

Una vez cruzado este puente, y habiendo llegado a Vilcashuamán, los españoles se alojaron en el pueblo, desde donde el capitán le hizo saber al gobernador cómo iban las cosas. Allí, el campamento se quedó alojado algunos días para descansar y tener noticias sobre en qué lugar se encontraban los enemigos, ya que no lo sabían con más detalle, sino que se dirigían hacia Jauja, y que tenían la intención de ir a atacar a los españoles que se habían quedado allí de guardia. Por lo tanto, el capitán partió de inmediato con los españoles en su ayuda, llevando consigo a un hermano del cacique con cuatro mil hombres de guerra, y el cacique regresó a la ciudad del Cuzco.

Y el capitán le mandó al gobernador las cartas que el teniente de Jauja escribía con gran prisa, y el contenido de ellas era el que sigue. Una vez que los enemigos fueron expulsados del Cuzco por ustedes, se reorganizaron y vinieron hacia Jauja. Y antes de que llegaran, se supo por los nuestros que venían con una gran fuerza, porque de todas las partes cercanas traían el mayor número de personas que podían, tanto para la guerra como para las provisiones y el equipaje. Habiendo sabido esto, el tesorero Alfonso mandó a cuatro jinetes ligeros a un puente que estaba a doce leguas de la ciudad de Jauja, donde se informaron de que los enemigos estaban al otro lado en una provincia principal.

Por lo tanto, al regresar a Jauja, el dicho tesorero puso la mayor diligencia que pudo, tanto en la fortificación de la ciudad como en el buen trato a los caciques que estaban dentro de la ciudad con él, como en informarse y entender sutilmente todas las andanzas de los enemigos. Y la mayor sospecha que tenía era la de los indígenas que estaban dentro del pueblo, que eran una gran cantidad, y la de los de los alrededores, porque casi todos estaban de acuerdo con los enemigos de tener que atacar a los españoles por cuatro lados.

Con este conocimiento, los indígenas de Quito pasaron con la intención de que un capitán con quinientos de ellos viniera por el lado de una montaña, y pasara el río que está a un cuarto de legua de la ciudad, y se pusiera en la parte más alta del mismo, para tener que atacar la ciudad en un día acordado entre ellos. Y los capitanes Quizquiz e Incurabaliba (Inkill Wallpa), que eran los principales capitanes, debían venir por la llanura con el mayor número de gente. Esto fue rápidamente sabido por medio de un indígena al que se le dio tormento.

De modo que el capitán que tenía que cruzar el río y atacar la ciudad desde la montaña caminó mucho y llegó un día antes que la otra gente. Y una mañana, al amanecer, llegó la noticia a la ciudad de que muchos enemigos habían cruzado el puente, de lo que nació una gran alteración, y en los indígenas nativos de Jauja que servían fielmente a los cristianos, por lo que se supuso que todo el país se había sublevado, como se ha dicho.

El tesorero proveyó principalmente que todo el oro de su Majestad y de los compañeros que en ese tiempo estaban en la ciudad, se pusiera en una gran casa donde hizo que se pusieran guardias de los españoles más enfermos y débiles, ordenando que los demás estuvieran listos para combatir. Y ordenó a cuatro jinetes ligeros que fueran a ver cuánta cantidad de enemigo era la que había cruzado el puente para tomar la montaña, y él se quedó en la plaza con toda la otra gente, esperando si el mayor número de enemigos había venido por la llanura.

Los españoles exploradores atacaron a los indígenas que habían cruzado el puente, los cuales se retiraron y cruzaron el río, y a los españoles les convino cruzar el puente detrás de ellos con algunos infantes ballesteros que el tesorero les había enviado. Así, los indígenas se dieron la vuelta huyendo con mucho daño. La masa mayor de los otros que venían por la llanura no llegó a tiempo, que habían acordado con los otros para atacar la ciudad. Y para esperarlos, se quedaron de hora en hora, manteniendo esta noche y el día con una gran guardia en la ciudad, y la gente se mantuvo siempre armada con los caballos ensillados, todos unidos en la plaza con la intención de que la noche siguiente los indígenas debían atacar la ciudad, y querer quemarla, como se decía que tenían la intención de querer hacerlo pasado los dos cuartos de la noche.

Al ver que los enemigos no aparecían, el tesorero tomó consigo a un jinete ligero, y fue a ver en qué parte habían establecido el campamento los indígenas enemigos, y cuánto se habían acercado a la ciudad. Y porque los indígenas que daban este aviso no sabían dónde se encontraban, y del mismo modo porque tomaban el camino para que no dieran aviso, de modo que al amanecer se vio que estaban lejos, a cuatro leguas de la ciudad. Y vieron dónde se habían detenido los indígenas y la calidad del lugar, después de lo cual regresaron a la ciudad, a donde llegaron después del mediodía.

Al ver los indígenas enemigos que los españoles los habían descubierto, y temiendo mucho, se levantaron de ese lugar y se dirigieron hacia la ciudad, y vinieron a establecerse al anochecer a un cuarto de legua de ella, habiendo llegado a un pequeño río que entraba en el grande. Sabiendo esto los españoles, se quedaron esa noche con una gran guardia, y al día siguiente por la mañana, después de oír misa, el tesorero tomó a veinte jinetes ligeros, veinte infantes con dos mil indígenas amigos, dejando en la ciudad a otros tantos españoles a caballo, y a otros tantos infantes a pie, avisándoles que cuando los enemigos los atacaran desde el otro lado, debían hacer una señal que ellos pudieran ver para poder venir a socorrerlos.

Habiendo salido los españoles con el teniente de la ciudad, vieron que los indígenas de Quito habían cruzado el pequeño río con sus escuadrones, en los que podían ser seis mil de ellos, que, al ver a los españoles, se retiraron y volvieron a cruzar al otro lado. Por lo tanto, viendo el tesorero y los españoles que si no atacaban a los enemigos ese día, la noche siguiente vendrían a saquear y quemar la ciudad, de lo que podría haber resultado un mayor problema si hubieran esperado la noche, decidió cruzar el río y combatir con los enemigos, donde se dio una gran escaramuza, tanto de tiros de ballesta y de arcos como de piedras, de las cuales una hirió al tesorero que iba delante de todos, en el río, en la cima de la cabeza que lo tiró del caballo en medio del río, y desmayado, el agua lo arrastró un gran tiro de piedra, de modo que si no hubiera sido socorrido por ciertos españoles ballesteros que se encontraban allí, se habría ahogado, y lo sacaron con gran esfuerzo.

Su caballo también fue golpeado por otra piedra en una pata que se la partió y murió de inmediato. De esto, los españoles recobraron un gran ánimo y se apresuraron a cruzar el río, y al ver los indígenas su determinación, se retiraron huyendo a una montaña áspera, donde murieron unos cien de ellos. Los caballos los siguieron bien una legua y media por la montaña, y como se habían metido y detenido en lo más escarpado de la montaña, donde los caballos no podían subir, se retiraron a la ciudad.

Y viendo después que los enemigos no se levantaban de ese fuerte de la montaña, se decidió regresar de nuevo contra ellos, y salieron hacia ellos veinte españoles con más de tres mil indígenas amigos, y los atacaron en esa montaña, donde estaban fortificados, y mataron a varios, expulsándolos de ese fuerte y persiguiéndolos bien tres leguas con la muerte de muchos caciques de los alrededores, que estaban a favor de ellos, con cuya victoria los indígenas amigos se quedaron tan alegres como si ellos solos la hubieran conseguido.

Los indígenas de Quito se volvieron a reunir en un lugar que se llama Tarma, a tres leguas de Jauja, de donde también fueron expulsados, porque hacían mucho daño en todos los pueblos vecinos.

Hicieron fundir una gran cantidad de oro y plata, y las figuras de oro que los indígenas adoraban en la fundación de la ciudad del Cuzco. Fue hecha por los españoles una colonia, con las órdenes que ellos establecieron.

Una vez que el gobernador supo estas buenas noticias, las hizo publicar de inmediato, de lo que todos los españoles sintieron una inmensa alegría y dieron infinitas gracias a Dios por haber sido en todo y por todo tan favorable en esta empresa. De inmediato, el gobernador escribió y mandó mensajeros a la ciudad de Jauja dando saludos a todos y agradeciéndoles el valor demostrado y, particularmente, a su lugarteniente, diciéndole que de todo lo que sucediera en el futuro debía darle aviso. Mientras tanto, el gobernador se apresuró mucho en marcharse de allí y en dejar las cosas de esa ciudad provistas, fundando una colonia y haciendo habitar abundantemente esa ciudad.

Hizo fundir todo el oro que se encontraba, que estaba en diversas piezas rotas, lo cual se hizo rápidamente por los fundidores indígenas experimentados. Y se pesó la suma de todo, y se encontró 580.000 y tantos pesos de buen oro. Se sacó el quinto de su Majestad, que fueron 116.460 y tantos pesos de buen oro. Del mismo modo, se hizo la misma fundición de la plata, y pesada en conjunto, se encontró que era 215.000 marcos, un poco más o menos, de los cuales 170.000 y tantos, era de plata buena en vasijas y barras blancas y limpias, y el resto no era así, porque estaba en barras y piezas mezcladas con otros metales, de la manera en que se sacaría de la mina. Y de todo esto también se sacó aparte el Quinto para su Majestad.

Verdaderamente era algo digno de ver esa casa donde se fundía, llena de tanto oro en barras de diez y ocho libras cada una, y en vasijas, ollas, y piezas de diversas clases con las que se servían esos señores. Y entre otras cosas singulares, era ver cuatro carneros de oro fino, muy grandes, y diez o doce estatuas de mujeres, del tamaño de las mujeres de ese país, todas de oro fino, tan bellas y bien hechas como si fueran vivas.

Estas las tenían en tanta veneración como si hubieran sido señoras de todo el mundo y vivas, y las vestían con finísimas y bellas ropas, y las adoraban como sus diosas, a quienes les daban de comer, y hablaban con ellas como si hubieran sido mujeres de carne y hueso. Estas fueron dadas en el quinto que le correspondía a su Majestad. También había otras de plata de la misma estatura. Y el ver las grandes vasijas y piezas de esa plata brillante y de tal tamaño, era ciertamente una gran alegría.

Todo este tesoro fue dividido y repartido por el gobernador entre los españoles que estaban en el Cuzco, y los que se habían quedado en la ciudad de Jauja, dándole a cada uno tanto de plata buena y tanto de mala con tantos pesos de buen oro, y al que tenía caballo, la parte conforme a su mérito y el del caballo, y los hechos que había hecho, y al peón lo mismo, respectivamente, y según se encontraba descrito por su orden en el libro de las reparticiones que de ello se hizo.

Todo esto se terminó de hacer en ocho días, y después, en otros tantos, el gobernador se marchó de allí, dejando habitada esa ciudad de la manera que se ha dicho.

En el mes de marzo de 1534, el gobernador ordenó que se congregara en esa ciudad la mayor parte de los españoles que llevaba consigo, y hizo un acta de fundación y formación del pueblo, diciendo que lo establecía y fundaba de la misma manera que el suyo propio. Y de esto tomó posesión en medio de la plaza, y en señal de fundar y comenzar a edificar el pueblo y colonia, hizo ciertas ceremonias como se contiene en el acta que se hizo, de la cual yo, el escribano, leí en voz alta ante la vista de todos. Y se le dio por nombre a la ciudad la muy noble y gran ciudad del Cuzco.

Y continuando la habitabilidad, se ordenó la casa para la iglesia que se debía hacer en la dicha ciudad, los términos, límites y jurisdicción. Y de inmediato hizo que se diera un pregón para que pudieran venir a habitar allí y ser admitidos como ciudadanos aquellos que quisieran habitar, que acudieron muchos en tres años.

Se hizo una selección de todas las personas más hábiles para tener a cargo la administración de los asuntos públicos, y nombró a sus lugartenientes, castellanos y rectores ordinarios, y otros oficiales públicos, a los cuales eligió y nombró en nombre de su Majestad. Y les dio el poder de ejercer sus oficios.

Esto lo hizo el gobernador con el consejo y la recomendación del religioso que llevaba consigo, y del contador de su Majestad que estaba con él en ese tiempo, con el parecer de los cuales, vistas y examinadas las personas de los habitantes, en tanto que su Majestad mandaba a ordenar lo que se tenía que hacer en la división de los nativos del país y en tanto, se constituyó a todos una cierta cantidad y parte, con la designación de un tanto a los españoles que se hubieran quedado allí para enseñarles y adoctrinarlos en las cosas de nuestra santa fe católica.

Y fueron designados y dados al servicio de su Majestad doce mil y tantos indígenas casados en la provincia de Collao en medio de las minas, para que allí extrajeran el oro para su Majestad, de lo que se estima que sacará un grandísimo provecho, considerada la riqueza de las minas que hay allí. De estas cosas se hace una larga mención en el libro de la fundación de esta colonia, y en el registro del depósito que se hizo de los indígenas de los alrededores, dejando a su Majestad la obediencia de poder aprobar, confirmar o enmendar estas cosas según le parezca más conveniente a su Real servicio.

El gobernador parte con el cacique hacia Jauja, y reciben noticias del ejército de Quito, de ciertas naves vistas en esos mares por algunos españoles, enviados a la ciudad de San Miguel.

Una vez hechas estas provisiones, el gobernador partió hacia Jauja, llevando consigo al cacique, y los ciudadanos se quedaron de guardia en la ciudad con las órdenes que les dejó el gobernador para que se gobernaran hasta que él hiciera saber otra cosa.

Y caminando en sus jornadas, llegó a pasar la Pascua sobre el río de Vilcashuamán, donde recibió cartas y noticias de Jauja de que la gente de guerra de Quito, después de haber sido rota y expulsada de los últimos lugares alrededor del Cuzco, se había retirado y fortificado a cuarenta leguas de Jauja en el camino a Cajamarca, en un paso malo en medio del camino, y habían hecho sus barreras para impedir el paso a los caballos, con las puertas que habían hecho muy estrechas, y un camino para subir a una roca alta, donde el capitán con la gente habitaba, que no tenía ningún paso excepto por esta parte, donde se había hecho esta barricada con estas puertas tan estrechas, y que se pensaba que allí esperaban refuerzos, porque tenían noticias de que el hijo de Atahualpa venía con mucha gente.

El gobernador le declaró este aviso al cacique, el cual envió de inmediato mensajeros a la ciudad del Cuzco para que viniera gente de guerra, que no fueran más de dos mil, pero los mejores de toda la provincia, porque el gobernador le dijo que era mejor que fueran pocos y buenos, que muchos y de poca utilidad, porque los muchos habrían, de manera impropia y sin retorno, matado de hambre el país por el que hubieran pasado. El gobernador escribió también al lugarteniente y magistrado del Cuzco para que favorecieran a los capitanes del cacique y se apresuraran en hacer que la gente viniera rápidamente.

Habiendo partido de ese lugar, el gobernador, el segundo día de Pascua, y habiendo llegado en sus jornadas a Jauja, supo más completamente lo que allí había sucedido en su ausencia, y especialmente de lo que había hecho la gente de Quito, y en particular, le dijeron que después de que los enemigos fueron expulsados de los alrededores de Jauja, se habían retirado veinte o treinta leguas de distancia en una montaña, y que como el capitán que fue enviado a la expedición contra ellos con el hermano del cacique, y cuatro mil hombres, llegaron a su vista, habiendo descansado algunos días, fueron a atacarlos, y los rompieron y expulsaron de ese lugar con mucho esfuerzo y gran peligro.

Habiendo regresado a Jauja, el mariscal Don Diego de Almagro (que cuando el capitán y los españoles habían venido del Cuzco, él había venido con ellos por orden del gobernador) para visitar a los indígenas de los alrededores, para ver y saber el estado en que estaban las cosas de esa ciudad y los habitantes de ella, había sido su venida: partió para visitar a los caciques y señores de la campaña de Chincha y Pachacamac, y los otros que tienen sus tierras y viven en la costa del mar.

En este estado encontró el gobernador las cosas cuando llegó a Jauja, y habiendo descansado del largo viaje sin hacer provisión alguna en los primeros días, esperaba a los indígenas para ir a expulsar a los enemigos del fuerte que habían tomado y extirparlos por completo, cuando le llegó uno de los dos mensajeros españoles que habían ido a la ciudad de San Miguel para ver en qué estado se encontraban las cosas de allí, el cual le dijo así: "Señor, habiendo partido de aquí por orden del mariscal, me puse a caminar con gran prisa por la llanura y por la orilla del mar con no poco trabajo, porque muchos de los caciques que estaban en el camino se habían sublevado. Sin embargo, algunos que eran amigos nos proveyeron de lo que necesitábamos, y por ellos fui informado de que por la costa del mar se habían visto pasar cuatro naves, las cuales yo vi un día. Y considerando que yo era enviado a la ciudad de San Miguel para saber si habían llegado naves del adelantado Pedro de Alvarado o de otros, anduve nueve días y nueve noches por la costa, a veces a la vista de ellas, creyendo que tomarían puerto, y así saber quiénes eran. Pero con toda esta diligencia y esfuerzo, nunca fue posible que pudiera obtener lo que quería.

Por lo tanto, me puse a seguir mi camino hacia la ciudad de San Miguel, y yendo por el otro lado del gran río, fui informado por los indígenas del país de que venían cristianos por esa carretera. Y pensando yo que debían ser verdaderamente gente del adelantado Pedro de Alvarado, mi compañero y yo nos pusimos en camino con cautela para no encontrarnos con ellos de improviso. Y habiendo llegado cerca de Motupe, supe que estaban cerca de ese pueblo y esperé a que llegara la noche, y al amanecer, mandé a mi compañero a hablar con ellos y a ver qué gente era, y le di ciertas señales para que me avisara. Y finalmente supe que era gente que venía a la conquista de estos reinos, por lo que me dirigí hacia ellos, con los cuales hablé largamente, diciéndoles el mensaje que yo llevaba, y ellos, a su vez, me informaron diciéndome que habían venido de la ciudad de San Miguel en unas naves procedentes de Panamá, y eran en número de 250.

Habiendo llegado a San Miguel, el capitán que estaba en esa ciudad con doscientos de ellos y setenta a caballo, se había marchado para las provincias de Quito para someterlas, y ellos, que podían ser unas 30 personas con sus caballos, habiendo sabido de la conquista que se estaba haciendo en el Cuzco y de la necesidad de gente que había, no quisieron ir con el capitán a esas provincias de Quito, y así se venían hacia Jauja, y les di noticias de todo lo que había sucedido aquí, y de la guerra que se había hecho con los indígenas de Quito. Y para llevar más rápidamente las noticias de lo que había sucedido allí, regresé de ese lugar sin ir a la ciudad de San Miguel, sabiendo con certeza que el capitán ya había partido con su gente, y ya estaba cerca de la ciudad de Cochabamba.

Regresando por mi camino la Pascua pasada, me encontré con el mariscal Don Diego de Almagro cerca del pueblo de Cena, que es donde se divide el camino de Cajamarca, a quien le narré las cosas como sucedían, y como el capitán que iba de parte del mar, por los cuales mandó poder al mariscal para que en nombre de su Alteza fuera a Quito, por sospecha de algunos que no iban libremente. El mariscal, al oír esto, partió de inmediato para alcanzar al capitán que conducía a esta gente a la expedición de Quito, para hacerlo detenerse hasta que proveyera junto con las necesidades de esta guerra. Ahora, esto es lo que me ha sucedido, señor, en este viaje, en la vuelta del cual, procuré tener noticia de esas naves, y nunca pude saber nada más. De Alvarado no se sabe nada, excepto que se piensa que ya ha desembarcado en tierra en esta costa del mar, o ha pasado más adelante, de lo que tengo aviso por cartas".

Edifican una iglesia en la ciudad del Cuzco, y envían a tres mil indígenas con algunos españoles contra los indígenas enemigos. Y tienen noticias de la llegada de muchos españoles y caballos, que envían a la provincia de Quito, con la relación del estado y la gente del país de Tumbes hasta Chincha, y de la provincia de Collao.

El gobernador recibió a este mensajero y leyó las cartas que traía y se informó por él de muchas otras cosas. Y para proveer lo que consideraba conveniente en este asunto, llamó a todos los oficiales de su Majestad y, habiendo discutido con ellos la partida de ese capitán a Quito, y cómo el mariscal ya se habría reunido con él según las noticias traídas por ese mensajero, se determinó que él le enviaría a un lugarteniente suyo con suficiente poder para esa empresa. Y escritas sus cartas a la ciudad de San Miguel y al mariscal sobre lo que tenían que hacer, envió con ellas a tres cristianos para que fueran llevadas con mayor rapidez y más seguridad, ordenándoles que se apresuraran en el viaje y que continuamente le avisaran de lo que supieran.

Una vez provisto esto, ordenó el lugar y el sitio donde se debía edificar la iglesia en esa ciudad de Jauja, la cual hizo construir por los caciques de los alrededores, y fue edificada con sus escaleras y puertas de piedra.

En este tiempo, aparecieron unos cuatro mil indígenas de guerra de la ciudad del Cuzco de los que el cacique había mandado a llamar, y el gobernador hizo que se prepararan cincuenta españoles a caballo y treinta infantes para ir a expulsar a los enemigos del paso donde estaban detenidos, y partieron con el cacique y su gente, el cual cada vez se encariñaba más con los españoles.

El gobernador le ordenó al capitán de estos españoles que debía seguir a los enemigos hasta Huánuco o más allá, según considerara la necesidad, y que de todo le avisara continuamente por medio de cartas y mensajeros.

Después de esto, le llegó al gobernador la noticia de las naves, la víspera de la Pascua del Espíritu Santo, y de la misma manera, recibió cartas de San Miguel que le trajeron dos españoles, de que las naves, por el mal tiempo, no habían podido llegar a Pachacamac más cerca que a sesenta leguas, y que el adelantado Alvarado había llegado al puerto viejo hacía ya tres meses, con 400 hombres y 150 a caballo, y que con ellos se adentraba en la tierra hacia Quito, y que se veía que llegaría a tiempo en que el mariscal Don Diego entraba por el otro lado en esas provincias.

Dudando por toda esta noticia, el gobernador de la justicia y gobierno de la ciudad de San Miguel y, de otra parte, y para proveer con el consejo de los oficiales, envió a sus dos lugartenientes en un bergantín con la gente que llevaba y con la otra que ya habría estado lista en la ciudad de San Miguel, a la cual le ordenaba que debía ser en su socorro, que conquistara, pacificara y habitara esas provincias de Quito. Proveyó de la misma manera a otras cosas en relación con esto, para que Alvarado no hiciera daño en el país, siendo así solamente de su Majestad. Y de la misma manera, se dispuso a la llegada de las naves, mandando a informar a su Majestad de todo lo que había sucedido hasta esa hora en esa empresa para que estuviera informado de todo y pudiera proveer a todo lo que le pareciera conveniente a su real servicio.

En este estado están las cosas de la guerra y las cosas que sucedieron en el país, la manera de las cuales se dirá brevemente porque desde Cajamarca se envió una relación de ello.

Este país desde la ciudad de Tumbes hasta Chincha son 100 leguas en la costa del mar, por otras partes más y por otras menos, es tierra llana y arenosa, no nace hierba, ni llueve, sino poco, es un país fértil de maíz y frutas, porque siembran y riegan las posesiones con agua de los ríos que descienden de las montañas. Las casas que habitan los nativos son de juncos y de ramas, porque cuando no llueve, hace mucho calor, y pocas casas tienen techos, son gentes de poca valía, y muchos son ciegos por la mucha arena que hay. Son pobres de oro y de plata, que lo que tienen es de trueques de mercaderes y de aquellos que viven en la montaña. Todo el país cerca del mar es de esta manera hasta Chincha e incluso más allá, a sesenta leguas, se visten de algodón y comen maíz cocido y duro, y la carne medio cruda.

A los pies de las llanuras, que se llaman Ingri, hay una cadena de montañas altísimas, que duran desde la ciudad de San Miguel hasta Jauja, que es un espacio de 100 y 60 leguas, pero tiene poca anchura. Es un país muy alto y fuerte de montañas y de muchos ríos, no hay bosques, sino algunos árboles que nacen en las orillas de los ríos, donde siempre se ve una gran niebla. Es muy frío, porque hay una montaña de nieve que dura casi de Cajamarca a Jauja, donde en todo el año siempre hay nieve. La gente que habita allí es más razonable que las otras, porque es muy limpia y guerrera y de buena disposición. Son muy ricos de oro y de plata, porque lo extraen en muchos lugares de la montaña. Ningún señor que haya señoreado esta provincia nunca ha hecho caso de la gente que está en el mar por ser tan poca cosa y pobre, porque no se servían de ella sino para el pescado y las frutas, que por ser en país caliente, tan pronto como se van a esos lugares de montaña, se enferman en su mayor parte, y lo mismo le sucede a los que habitan las montañas si descienden a la tierra caliente.

La gente que habita en la otra parte hacia el interior de la tierra detrás de las espaldas de las montañas, son como salvajes, que no tienen casas ni maíz sino poco, tienen grandísimas montañas, y se alimentan mucho de los frutos de los árboles, no tienen domicilio ni lugar fijo conocido, tienen grandísimos ríos, y es un país tan inútil, que pagaban todo el tributo a los señores de plumas de loros, por ser esta montaña de aquí la mejor de todo el país, tan estrecha y angosta, y por estar destruida por las guerras que ha habido, no se pueden hacer colonias de cristianos, sino un pueblo apartado del otro.

Desde la ciudad de Jauja por el camino del Cuzco, el país se va ensanchando, apartándose del mar. Y los señores que han estado en el Cuzco, teniendo su estancia y residencia en el Cuzco hacia Quito, llamaban Chinchaysuyo, y el país que está más allá, que se llama CollaoCollasuyo, y la parte del mar, Condesuyo, y la tierra detrás, Andesuyo. Y de esta manera ponían estos nombres a estas cuatro provincias hechas a modo de cruz, donde se encerraba todo su señorío.

En el país de Collao no se tiene noticia del mar, y es un país llano, por lo que se ha sabido, y grande, y muy frío, y hay muchos ríos, de los cuales se saca oro. Los indígenas dicen que hay en él una laguna grande de agua dulce en medio de la cual hay dos islas. Para saber la existencia de este país y de su gobierno, el gobernador envió a dos cristianos para que le trajeran una larga información de él, que partieron de él a principios de diciembre.

La parte de Condesuyo hacia el mar, al lado derecho del Cuzco, es poca tierra y es muy deleitable, aunque sea toda de montañas y rocas, y la parte dentro de la tierra es la misma: corren en ella todos los ríos que no corren al mar de poniente, es un país de muchos árboles y montañas, y está muy poco habitado.

Esta montaña continúa desde Tumbes hasta Jauja. Y desde Jauja hasta la ciudad del Cuzco es rocosa y áspera, que si el camino no hubiera sido hecho manualmente, no se podría andar ni siquiera a pie, mucho menos con caballos, por lo que tenían muchas casas llenas de cobre para empedrarlo. Y en esto, todos los señores tenían tanto cuidado en hacerlo que no les faltaba más que empedrarlo. Todas las montañas ásperas están hechas a modo de escalones de piedra, y por la otra parte, el camino no tenía anchura con respecto a algunas montañas que lo estrechan por los dos lados, y en una se había hecho un espolón de piedra para que un día no se arruinara. Y hay otros lugares donde el camino es largo, unas cuatro o cinco estaturas de hombre, hecho y empedrado de piedra.

Uno de los mayores trabajos que tuvieron los conquistadores de este país fue en estos caminos. Todos, o la mayor parte de los pueblos de esta ladera de montañas, se encuentran y habitan en colinas y montañas altas, sus casas son de piedra y de tierra, hay muchos alojamientos en cada pueblo, y en el camino siempre se encuentran de una y dos leguas y más cerca, hechos para los alojamientos de los señores cuando iban visitando el país, y de veinte en veinte leguas son ciudades principales, cabezas de provincias, donde los otros de los pueblos pequeños llevaban sus tributos que pagan con cosas de maíz y vestimentas como de otras cosas.

Todos estos pueblos grandes tienen casas de conservación llenas de las cosas que hay en el país, y por ser muy frío, se cosecha poco maíz, y esto solo en partes señaladas. Pero hay en todas muchas legumbres y raíces de ellas con las que la gente del país se sustenta, y también de buenas hierbas como las de España. Hay nabos agrios y silvestres. Hay mucho ganado de ovejas que van en rebaños con sus pastores que los cuidan lejos de las siembras, y tienen cierta parte de la provincia donde invernan.

La gente, como se ha dicho, es muy limpia y razonable, y van todos vestidos y calzados, comen el maíz cocido y duro, y beben mucha chicha, que es una bebida hecha de maíz a modo de cerveza, es gente muy doméstica y muy obediente y belicosa, tienen muchas armas de diversas maneras, como se mandó en el informe que vino de Cajamarca desde la prisión de Atahualpa.

Descripción de la ciudad del Cuzco, de su admirable fortaleza, y de lo humildes que son sus pueblos.

La ciudad del Cuzco, por ser la principal de todas donde residían los señores, es tan grande y tan bella, y con tantos edificios, que sería digna de ver en España, y está toda llena de casas de señores, porque en ella no viven gentes pobres. Y cada señor se fabricaba su casa, y todos los caciques de la misma manera, porque los caciques no residían en ella continuamente. Y la mayor parte de estas casas son de piedra, y las otras tienen la mitad de la fachada de piedra. Hay muchas casas de tierra, y están hechas con buen orden, las calles hechas en cruz muy rectas, todas empedradas, y en medio de cada una va un canal de agua amurallado de piedra. El defecto que tienen es ser estrechas, porque por un lado del canal solo puede ir uno a caballo, y otro por el otro.

Esta ciudad está situada en la cima de una montaña, y muchas casas están puestas en la ladera de la misma, y otras abajo en la llanura. La plaza está hecha en forma de cuadrado, y está en su mayor parte en la llanura, está empedrada de piedras menudas. Alrededor de ella hay cuatro casas de señores, que son las principales de la ciudad, pintadas y labradas, y de piedra. Y la mejor de ellas es la casa de Huayna Cápac, cacique viejo, y la puerta de ella es de mármol blanco y rojo, y de otros colores, y tiene otros edificios dignos de ser vistos de terrazas. En esta ciudad hay muchos otros alojamientos y grandezas, pasan por los lados de ella dos ríos que nacen a una legua de distancia sobre el Cuzco hasta que llegan a la ciudad, y dos leguas más abajo. Y ambos tienen sus pavimentos, para que el agua corra limpia y clara, y aunque crezca no inunda, tienen sus puentes por los cuales se entra en la ciudad.

Sobre la colina hacia la parte de la ciudad que es redonda y muy áspera, hay una fortaleza de tierra y de piedra muy bella, que tiene sus grandes ventanas que miran hacia la ciudad, que la hace parecer más bella, dentro de ella hay muchos alojamientos y una torre principal en el medio hecha a modo de cubo, es de cuatro o cinco pisos, uno más alto que el otro, los alojamientos y habitaciones dentro son pequeños, y la piedra de que está hecha está muy bien labrada y de tal manera unida la una con la otra, que no parece que haya mezcla de cal. Y las piedras son tan lisas que parecen tablas aplanadas, con la unión en orden a la usanza de España, una unida en contrario de la otra, tiene tantas habitaciones y torres que una persona no podría verlas todas en un día. Y muchos españoles que la han visto, y han ido a Lombardía y en otros reinos extranjeros, dicen no haber visto otro edificio como esta fortaleza, ni castillo más fuerte.

Podrían estar dentro cinco mil españoles, no se le puede dar batería, ni se puede minar, porque está puesta sobre una roca. De la parte de la ciudad, que es una colina muy áspera, no hay más de un piso, de la otra parte que no es tan áspera, hay tres, uno más alto que el otro, y el último más adentro es el más alto de todos. La cosa más bella que se puede ver de edificio en ese país son estos pisos, porque son de piedras tan grandes, que quien las viera, no dirá que han sido puestas por manos de hombres humanos, que son tan grandes como piezas de montañas rocosas y peñascos, que hay muchos de una altura de treinta palmos, y otros tantos de largo, y otros de veinte y veinticinco, y otros de quince, pero ninguno es de un tamaño tan grande que lo puedan llevar tres carretas. Esta no es piedra lisa, sino muy bien encajada y tejida la una con la otra. Los españoles que la ven, dicen que ni el puente de Segovia, ni de otros edificios que hizo Hércules, ni los romanos, no son tan dignos de ver como este. La ciudad de Tarragona tiene alguna obra en su muralla hecha de piedra, pero no es tan fuerte ni de piedras tan grandes.

Estos pisos están girados, que si se les diera batería no se le puede dar en plano, sino en sesgo de los pisos que salen hacia afuera. Estos pisos son de esta misma piedra, y entre muralla y muralla hay puesta de la tierra, y tanta, que tres carretas pueden caminar sobre ella juntas. Están hechos a modo de tres torres, que la una comienza en la altura de la otra, y la otra en la altura de la otra.

Toda esta fortaleza era un depósito de armas: mazas, lanzas, arcos, flechas, hachas, rodelas, jubones de algodón acolchados fuertes, y otras armas de diversas maneras, y vestimentas para soldados, allí recogidas de todos los lados del país que estaba sujeto a los señores del Cuzco. Tenían muchos colores azules, amarillos y gorros, y muchos otros para pintar: telas, y mucho estaño y plomo con otros metales, y mucha plata, y un poco de oro, y muchas mantas, y jubones acolchados para los hombres de guerra.

La razón por la que esta fortaleza tiene tanto artificio, es porque cuando se fundó la ciudad, que fue edificada por un señor Orejone que vino de las partes de Condesuyo hacia el mar, un gran hombre de guerra, conquistó este país hasta Vilcashuamán. Y viendo que este era el mejor lugar para hacer su residencia, fundó esa ciudad con esa fortaleza. Y todos los otros señores que le sucedieron después, hicieron alguna pequeña mejora en esa fortaleza, por lo que siempre se fue magnificando y aumentando.

Desde esta fortaleza se ven alrededor de la ciudad muchas casas a un cuarto de legua, y media legua, y una legua, y en el valle que está en medio rodeado de colinas, hay más de cien mil casas, y muchas de ellas son de recreo y de esparcimiento de los señores pasados, y otras de los caciques de todo el país, que residen continuamente en la ciudad. Las otras son casas o almacenes llenos de mercancías, lanas, armas, metales y telas, y de todas las cosas que nacen y se hacen en el país.

Hay casas donde se conservan los tributos que llevan a los caciques las gentes, y hay tal casa que hay en ella más de cien mil pájaros secos, porque con la pluma de ellos, que es de muchos colores, se hacen vestimentas, y hay muchas casas para ello. Hay rodelas y escudos, placas de cobre para la cubierta de las casas, cuchillos, y otros hierros, zapatos y peines para la provisión de la gente de guerra, en tanta cantidad que no se puede pensar quién haya podido jamás dar tan gran tributo de tantas y variadas cosas.

Cada señor pasado tiene aquí su casa de estas mercancías de tributos que le fueron dados en vida, porque ningún señor que sucede (así es la ley entre ellos) puede después de la muerte del pasado llegar a él en la herencia. Cada uno tiene su bacinete de oro y de plata, y su mercancía y vestimenta aparte, y el que le sucede no se lo quita. Y los caciques y señores muertos tienen firmes sus casas de placer con los debidos servicios de sirvientes y mujeres, y se siembran sus campos de maíz, y se pone un poco donde están sepultados.

Adoran el Sol, y le han hecho muchos templos, y de todas las cosas que tienen, tanto mercancías como maíz, y de otras cosas le ofrecen al Sol, de lo que luego se aprovechan las gentes de guerra.

De la provincia de Collao, y de la cualidad y costumbres de sus pueblos, y de las ricas minas de oro que allí se encuentran.

Los dos cristianos que fueron enviados a ver la provincia de Collao tardaron cuarenta días en su viaje. Después de regresar a la ciudad del Cuzco, donde estaba el gobernador, le dieron noticias y una relación de todo lo que habían oído y visto, que es lo que aquí abajo se declara.

El país de Collao está lejos y muy apartado del mar, tanto que la gente nativa que lo habita no tiene noticia de él. Es un país muy alto y medianamente llano y, a pesar de ello, extremadamente frío. No hay en él bosque ni leña para quemar, y la que usan para ello la obtienen por trueque con aquellos que habitan cerca del mar, llamados Ingri, y que también habitan abajo cerca de los ríos, donde el país es caliente y estos tienen leña. La truecan por ovejas y otro ganado, y legumbres, porque por lo demás el país es estéril: todos se sustentan con raíces de hierbas, hierbas, maíz y un poco de carne.

No porque en esa provincia de Collao no haya una buena cantidad de ovejas, sino porque la gente está tan sujeta al señor a quien debe prestar obediencia, que sin su licencia —o la del principal o gobernador que por su mandato está en los pueblos— no las mata. Incluso los señores y caciques no se atreven a matar ni a comer ninguna si no es con tal licencia.

El país está bien poblado, porque no está destruido por la guerra, como lo están las otras provincias, sus pueblos son de tamaño mediano, y las casas pequeñas, los muros de piedra y tierra juntos, cubiertas de paja. La hierba que nace en este país es rara y corta. Hay algunos ríos, pero pequeños.

En el centro de la provincia se extiende un gran lago de unas cien leguas de longitud, y en sus alrededores se encuentra la zona más densamente poblada. En medio de él hay dos pequeñas islas, en una de las cuales —la más grande— hay una mezquita y casa del Sol, la cual es tenida en gran veneración, y en esta van a hacer sus ofrendas y sacrificios en una gran piedra que está en la isla que la llaman Titikala o Titi Qala, donde, o porque el diablo se esconde y les habla, o por costumbre antigua, como es, o por otra cosa que nunca se ha aclarado, la tienen todos los de la provincia en gran estima, y le ofrecen oro, y plata, y otras cosas. Hay más de seiscientos indígenas al servicio de este lugar, y más de mil mujeres, que hacen chicha para echarla sobre esa piedra Titikala.

Las ricas minas de esta provincia de Collao están más allá de este lago, y que se llama Cuchíabo. Las minas se hallan en la ladera del río, a media altura, y están hechas a manera de grutas. En sus bocas entran los trabajadores para cavar la tierra, utilizando cuernos de ciervo como herramientas, y la sacan afuera en pellejos cosidos en forma de sacos, hechos con cuero de oveja.

La forma en que la lavan es que sacan del mismo río un pequeño canal de agua, y en la orilla del mismo han puesto ciertas placas de piedra muy lisas, sobre las cuales echan la tierra. Y una vez echada, sacan por un pequeño canal el agua del canal que viene a caer sobre ella, y el agua se lleva poco a poco la tierra, y el oro se queda en la misma placa, y de esta manera lo recogen.

Las minas entran profundamente en travesía de la tierra, otras a diez brazas de profundidad, y otras a veinte. Y la mina más grande que se llama de guarnacabo, entra cuarenta brazas (67 metros). No tiene ninguna claridad ni más anchura de lo que entra una persona agachada, y hasta que uno no sale, nadie más puede entrar.

Las personas que allí sacan oro, pueden ser hasta cincuenta entre hombres y mujeres, y estos son de todo el país, de un cacique veinte, y de otro cincuenta, y de otro, treinta, y de otros más o menos según los que tienen. Y lo sacan para el señor principal, en el cual han puesto tanto respeto, que de ninguna manera se puede robar cosa alguna de lo que sacan, porque alrededor de las minas se ponen guardias para que nadie que saque el oro pueda salir sin que lo vean. Y la noche cuando regresan a sus casas en el pueblo, entran por una puerta donde están los mayores señores que tienen a cargo el oro, y de cada persona reciben el oro que han sacado.

Hay otras minas más adelante de estas, y otras se encuentran esparcidas por todo el país a modo de pozos profundos, una estatura de hombre, cuanto pueda el de abajo dar la tierra al de arriba. Y cuando se excavan tanto que el de arriba no puede tomarla, las dejan estar, y hacen otros pozos. Pero las más ricas y donde se saca la mayor cantidad de oro, son las primeras que no tienen la carga de lavar la tierra. Y por causa del frío y de las minas que hay allí no lo sacan sino cuatro meses del año, desde la hora de sexta, hasta que el sol está a punto de ponerse.

La gente es muy doméstica, y tan acostumbrada a servir, que en todas las cosas que se tienen que hacer en el país, lo hacen ellos mismos, tanto caminos como casas, que el señor principal les haga hacer. Y se ofrecen a trabajar continuamente y a llevar el equipaje de la gente de guerra, cuando el señor va a algún lugar.

Los españoles trajeron de esas minas una carga de tierra, y la llevaron sin hacer nada más al Cuzco, la cual fue lavada por mano del gobernador, habiendo tomado antes juramento a los españoles si tenían dentro de ella oro o si se había hecho otra cosa que sacarla de la mina como la sacaban los indígenas que la lavaban. Y una vez lavada, se sacaron de ella tres pesos de oro.

Todos los que entienden de minas y de sacar oro, informados del modo en que lo sacan los nativos de este país, dicen que toda la tierra, y los campos son minas de oro, que si los españoles dieran herramientas y habilidad a los indígenas del modo en que se debe sacar, se habría sacado mucho oro. Y se cree, llegado este tiempo, que no habrá año en que no se saque de aquí un millón de oro. La gente de esta provincia, tanto hombres como mujeres, es muy sucia, y la provincia es muy grande, y todos tienen grandes manos.

Cuánta veneración tuvieron los indígenas por Huayna Cápac, vivo, y todavía lo tienen en la muerte, y cómo por la desunión de los indígenas, los españoles entraron en el Cuzco, y de la fidelidad de Huayna Cápac, nuevo cacique, hacia los cristianos.

La ciudad del Cuzco es la capital y provincia principal de todas las demás. Desde aquí hasta la playa de San Mateo, y por la otra parte más allá de la provincia de Collao —que es todo un país de Caribes Sagitarios—, el cual es señoreado y sujeto a un solo señor que fue Atahualpa y, antes que él, a los otros señores pasados. De esto es señor este hijo de Huayna Cápac.

Este Huayna Cápac que fue tan nombrado y temido y es todavía hoy así de muerto como él es, fue muy amado por sus vasallos, sometió un gran país, y lo hizo tributario, fue muy obedecido y casi adorado. Y su cuerpo se conserva en la ciudad del Cuzco muy entero envuelto en ricas telas, solo le falta la punta de la nariz, y hay otras imágenes hechas de estuco o arcilla, donde solo están los cabellos y uñas que se cortaban, y las vestimentas que se vestían en su vida. Y son en tanta veneración cerca de esas gentes, como si fueran sus dioses.

Lo sacan a menudo a la plaza con música y bailes alrededor, y se quedan con él de día y de noche alrededor, espantándole las moscas. Cuando algunos señores principales vienen a ver al cacique, van primero a dar gracias a estas imágenes, y después al cacique, y hacen con ellos tantas ceremonias que sería muy largo escribirlo. Se unen tantas gentes en estas fiestas que se hacen en esas plazas, que superan las cien mil almas.

Sucedió tan bien el hacer a este hijo de Huayna Cápac señor, porque venían todos los caciques y señores de países y provincias lejanas a servir y a dar por amor suyo la obediencia al emperador. Los conquistadores pasaron grandes trabajos, porque todo el país es montañoso y áspero, que se puede andar a caballo, y se puede creer que si no hubiera sido por la discordia que había entre la gente de Quito y los nativos y señores del país del Cuzco y sus alrededores, no habrían entrado los españoles en el Cuzco, ni habrían sido suficientes para pasar de Jauja en adelante. Y si hubieran entrado, habría sido necesario que hubieran sido en número de más de quinientos, y para poder tenerla se necesitaban muchos más, porque el país es tan grande y tan malo, que hay montañas y pasos que diez hombres los pueden defender de diez mil.

Y nunca el gobernador pensó en poder ir con menos de quinientos cristianos a conquistarlo y a hacerlo tributario con paz. Pero como supo la desunión tan grande entre los del país y la gente de Quito, se propuso con los pocos cristianos que tenía ir a quitarlos del servicio y sujeción, y a impedir los agravios y molestias que los de Quito hacían a este país, lo que le plació a Dios de concederle la gracia.

Y el gobernador nunca se habría arriesgado a hacer un viaje tan largo y fatigoso en esta tan grande empresa, si no hubiera sido por la gran confianza que tenía en todos los españoles que estaban en su compañía, por haber hecho experiencia de ellos, y haberlos conocido como diestros y viejos en tantas conquistas, y acostumbrados en esos países y a los trabajos de la guerra. Lo que bien mostraron en esa empresa en lluvias, en nieve, y en el pasar a nado muchos ríos, pasar grandes montañas, y dormir muchas noches en el campo sin agua para beber ni cosa alguna para comer, y siempre de día y de noche estar de guardia armados, y en el ir a reducir a la obediencia, después de la guerra, a muchos caciques, y pueblos que se habían sublevado, y venir de jauja al Cuzco donde tantos trabajos pasaron juntamente con su gobernador, y donde tantas veces pusieron en peligro sus vidas en ríos y montañas donde se rompieron el cuello desbocándose muchos de sus caballos.

Este hijo de Huayna Cápac tiene mucha amistad y conformidad con los cristianos, y por él se pusieron los españoles para mantenerle el señorío en infinitos afanes. Y finalmente se portaron en todas estas empresas tan valerosamente, y soportaron tanto peso como otros españoles hayan hecho jamás en beneficio del emperador, de modo que los mismos españoles que se han encontrado en esta empresa, se maravillan de lo que han hecho, cuando de nuevo se ponen a hablarlo, que no saben cómo están vivos, y cómo han podido soportar tantos afanes y tan largas necesidades. Pero todos se dan por bien empleados, y de nuevo se ofrecen si fuera necesario a entrar en mayores fatigas para la conversión de esas gentes, y para ensalzar nuestra santa fe católica.

De la grandeza y sitio del país ya dicho se deja de hablar, solo queda por dar gracias y alabar a nuestro señor, porque tan abiertamente de su mano ha querido guiar las cosas de su Majestad y de estos reinos, y por su divina providencia haber sido iluminados y dirigidos a la verdadera vía de la salvación. Así le plazca a su gran bondad que sean siempre de aquí en adelante de bien en mejor por intercesión de su bendita madre abogada en todos nuestros asuntos que los lleve a un buen fin.

Se terminó esta relación en la ciudad de Jauja a los quince de julio de 1534, la cual, Pero Sancho, escribano general en estos reinos de la nueva Castilla y secretario del gobernador Francisco Pizarro por su orden y de los oficiales de su Majestad la escribió justamente como pasó, la cual una vez terminada la leyó en presencia del gobernador y los oficiales de su Majestad de palabra en palabra. Y por ser así, el dicho gobernador y los oficiales de su Majestad se han suscrito de su mano.

Francisco PizarroÁlvaro RiquelmeAntonio NavarroGarcía de Salcedo.

Por mandamiento del gobernador y oficiales.

Pero Sancho.

Esta traducción es sacada del original italiana.

Hecho, traducido y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Imperio de los Incas

Pedro Mártir de Anglería: "Del Nuevo Mundo" o "Sobre el Nuevo Mundo" ("Las Décadas del Nuevo Mundo")

Francisco Pizarro y Carlos V: El Conquistador y el Emperador