La expedición de Alarcón al Golfo de California

Por orden del Ilustrísimo señor don Antonio de Mendoza, virrey de la Nueva España, dada en Colima, puerto de la Nueva España.

Después de haber sufrido una tormenta, Fernando de Alarcón llega con la flota al puerto de Santiago. Y de allí al puerto de Aguaiaval. Corre muchos peligros en el golfo, el cual había sido descubierto anteriormente, y descubre un río en la costa con una gran corriente. Habiendo entrado en él, corriendo, descubre un gran número de indígenas armados. Con gestos tiene comercio con ellos, y temiendo algún peligro, regresa a la nave.

La expedición de Alarcón al Golfo de California

El domingo 9 de mayo de 1540, zarpé con dos naves, una llamada San Pedro, que era la capitana, y la otra Santa Caterina. Nos dirigimos en busca del puerto de Santiago, donde, antes de llegar, tuvimos una terrible tormenta, por la cual los que se encontraban en la nave de Santa Caterina, estando más asustados de lo que era debido, arrojaron por la borda nueve piezas de artillería, dos anclas y una cuerda, y muchas otras cosas, tan necesarias para la empresa en la que iban, como la nave misma.

Llegados al puerto de Santiago, miré los daños que había recibido, me proveí de las cosas necesarias, y tomé en las naves la gente que allí me esperaba. Y enderecé el camino hacia el puerto de Aguaiaval, y allí llegado, entendí cómo el general Francisco Vázquez de Coronado había partido con toda su gente, por lo que tomé la nave llamada San Gabriel que iba con vituallas para el ejército, la conduje conmigo en ejecución de la orden de Vuestra Señoría.

Después seguí el camino por la costa sin apartarme de ella, para ver si podía encontrar algún rastro, o algún indígena que me pudiera dar noticia de él. Y para ir tan cerca de tierra vine a descubrir otros puertos bastante buenos, porque no vieron ni encontraron las naves que conducía el capitán Francisco de Ulloa para el marqués del Valle. Y llegados a los lugares bajos donde habían regresado las dichas naves, me pareció así a mí como a los otros, haber tierra firme delante, y ser tan peligrosos y espantosos esos bajíos, que era cosa muy difícil de pensar incluso con botes poder entrar por ellos. Y los Pilotos y la otra gente querían que hiciéramos lo mismo que había hecho el Capitán de Ulloa. Pero por haberme vuestra Señoría ordenado que yo le trajera el secreto de ese golfo, determiné, aunque hubiera sabido que iba a perder las naves, por nada dejar de ver el cabo. Y por eso ordené a Nicolás de Camorano, piloto mayor, y a Domingo del Castillo que tomaran un bote cada uno, y el sondale en la mano, y entraran por esos bajíos para ver si encontraban el canal por donde pudieran entrar las naves, a los cuales les parecía que las naves podían (aunque con gran fatiga y peligro) pasar adelante.

Y de esta manera, yo junto con ellos comencé a seguir el camino que ellos tomaron. Y en poco tiempo nos encontramos con las tres naves encalladas en la arena, de manera que una no podía socorrer a la otra, ni los botes podían tampoco darnos socorro, porque la corriente era tan grande que era imposible acercarse la una a la otra. Por lo que corrimos tan gran riesgo que muchas veces el borde de la capitana estuvo bajo el agua, y si no hubiera venido milagrosamente un gran golpe de mar que nos enderezó la nave y la hizo respirar, nosotros nos habríamos ahogado. E igualmente las otras dos naves se encontraron en bastante gran riesgo, pero por ser menores y necesitar menos agua, no fue tanto como el nuestro. Ahora, quiso Dios que, creciendo la marea, las naves volvieron a flotar, y con esto fuimos adelante, y aunque la gente quisiera volver atrás, sin embargo, determiné que se fuera más allá y se siguiera el viaje emprendido. Y pasamos adelante con gran fatiga, girando la proa, ora de aquí, ora de allá, para ver si encontrábamos el canal. Y a Dios le plugo que de esta manera vinimos a dar en el cabo del seno, donde encontramos un río muy potente que traía tan gran furia de corriente que apenas podíamos navegar por él.

De esta manera, determiné ir lo mejor que se pudiera por el dicho río, y con dos barcas, dejando la otra con las naves y con veinte compañeros. Y yo, en una de ellas con Rodrigo Maldonado, Tesorero de esta flota, y Gaspar de Castilleja, Contador, y con algunas piezas de artillería menudas, comencé a subir el río. Y ordené a toda la gente que ninguno se moviera ni hiciera seña alguna, si no era aquel a quien yo lo ordenara, aunque encontráramos indígenas. Ese mismo día, que fue el jueves 26 de agosto, siguiendo nuestra navegación con el tiro de la amarra, anduvimos tanto como serían seis leguas. Y al otro día, que fue el viernes, al aparecer el alba, así siguiendo el camino hacia arriba, yo vi a algunos indígenas que iban a ciertas cabañas cercanas al agua, los cuales, tan pronto como me vieron, se levantaron unos diez o doce de ellos alterados, y gritando a gran voz, acudieron allí otros compañeros hasta el número de cincuenta, que a gran prisa sacaron lo que tenían en las cabañas, y lo llevaban bajo ciertos bosquecillos. Y muchos de ellos venían corriendo hacia esa parte de donde nosotros veníamos, haciéndonos grandes señas de que nos volviéramos atrás, con fieras y amenazas, corriendo unos por un lado y otros por el otro.

Yo, habiéndolos visto tan alterados, hice que nos redujéramos a las barcas en medio del río, para que esos indígenas se aseguraran. Y fui a anclar, y puesta la gente en orden lo mejor que pude, ordenando que ninguno hablara ni hiciera seña o movimiento alguno, ni se moviera de su lugar, ni se alterara por cosa que los indígenas hicieran, ni mostrara actitud de guerra. Y con esta manera, los indígenas se iban cada vez acercando más al río para vernos, y yo me fui poco a poco donde el río mostraba mayor fondo hacia ellos. En este intermedio estaban en el río más de doscientos cincuenta indígenas con sus arcos y flechas, y con ciertas banderas en actitud de guerra a la manera que usan los de la Nueva España. Y habiendo visto que yo iba hacia tierra, vinieron con grandes gritos hacia nosotros con arcos y flechas puestos en ellos y con sus banderas alzadas. Y yo me puse en la proa de la barca con el intérprete que llevaba conmigo, al cual ordené que les hablara. Y hablando, ni ellos lo entendían, ni él a ellos, aunque por verlo a él a su manera, se retuvieron. Y visto esto, me acerqué más a tierra, y ellos con grandes gritos me vinieron a tomar la orilla del río, haciendo señas de que yo no debía pasar más adelante, poniéndome palos entre el agua y la tierra. Y cuanto más yo tardaba, más gente venía de ellos.

Al ver esto, habiendo puesto la espada y la rodela sobre una tabla en la barca, la arrojé en medio de ellos. Y tomando una espada y una rodela, se las di a entender con esto y otras señas que yo no quería guerra con ellos, y que ellos debían hacer lo mismo. Tomé después una bandera, y la bajé, e hice que la gente que llevaba conmigo se bajara igualmente. Y tomando de las cosas para intercambiar que yo llevaba conmigo, los llamé para dárselas. Pero con todo esto, ninguno de ellos se movió para venir a tomarlas, sino que se pusieron juntos, y comenzaron a hacer entre ellos un gran murmullo. Y de inmediato salió uno de ellos con un bastón, en el cual estaban puestas ciertas capas, y entró en el agua a dármelas. Y yo las tomé, y le hice seña de que se me acercara, lo cual habiendo él hecho, yo lo abracé, y le di a cambio algunos padrenuestros y otra cosa. Y él, regresado con ellos a los suyos, comenzó a mirarlos y a hablar entre ellos. Y en poco tiempo vinieron hacia mí muchos de ellos, a los cuales les hice seña de que debían bajar las banderas y dejar las armas, lo cual hicieron de inmediato. Después les indiqué que las pusieran todas en un lugar y se apartaran de ellas, lo cual igualmente hicieron. Y a los indígenas que allí aparecían, de nuevo se las hacía dejar, y ponerlas junto con las otras.

Después de esto, yo los llamé para que vinieran a mí, y a todos los que venían yo les daba alguna cosa para intercambiar, tratándolos amorosamente. Y ya eran tantos los que se me acercaban, que me parecía que no estaba ya seguro. Y les hice seña de que se retiraran, y que se pusieran todos de un lado de una colina que estaba allí entre una llanura y el río. Y que no se me acercaran más de diez a la vez. Y de inmediato los más viejos de ellos los llamaron en voz alta, diciéndoles que debían hacerlo. Y vinieron donde yo estaba unos diez o doce de ellos. Por lo que, viéndome algo seguro, determiné desembarcar para asegurarlos más, y para asegurarme mejor yo mismo les indiqué que se sentaran en tierra, lo cual hicieron ellos. Pero habiendo visto que detrás de mí venían a tierra diez o doce de los míos, se alteraron. Y yo les indiqué que entre nosotros habría paz, y que no debían temer. Y con esto se aquietaron, que se volvieron a sentar como antes. Y yo me acerqué a ellos, y los abracé, dándoles algunas cositas, encomendando a mi Intérprete que les hablara, porque yo deseaba mucho entender su manera de hablar y el grito que me hacían. Y para saber qué clase de comida tenían, les hice seña de que teníamos ganas de comer. Y me trajeron ciertas mazorcas de maíz, y un pan de Mizquiqui.

Y me indicaron que querían ver disparar un arcabuz, el cual yo hice disparar. Y todos se asustaron con maravilla, excepto dos o tres viejos de ellos que no hicieron movimiento alguno, sino que gritaban a los otros, porque habían tenido miedo. Y por lo que dijo uno de esos viejos, comenzaron a levantarse de tierra, y a tomar de nuevo sus armas. Al cual, queriendo yo apaciguar, le quise dar un cordón de seda de varios colores, y él en gran cólera se mordió el labio de abajo fuerte, y me dio con un codo en el pecho, y volvió a hablar a la gente con mayor furia. Yo, después de que vi que alzaban las banderas, determiné retirarme suavemente a mis barcas, y con un poco de viento hice que diera la vela, con la cual pudimos romper la corriente que era muy grande, aunque a mis compañeros les disgustaba tener que ir adelante. Mientras tanto, los indígenas venían siguiéndonos a lo largo de la orilla del río, haciendo señas de que debía saltar a tierra que me darían comida, chupándose los dedos algunos, y otros entraban en el agua con algunas mazorcas de maíz para dármelas en la barca.

Descripción de los indígenas y su actitud hacia los españoles

De los hábitos, armas y estatura de los indígenas descubiertos. Relación de muchos otros con los cuales él tiene comercio con señas, vituallas y muchas cortesías.

De esta manera anduvimos dos leguas, y llegué cerca de una ruptura de monte, sobre la cual había una enramada hecha de nuevo, donde me indicaban, gritando que yo debía ir, mostrándomela con las manos y diciéndome que allí había comida. Yo, habiendo visto que el lugar era apto para ser alguna emboscada, no quise ir, sino que seguí adelante mi viaje.

En poco tiempo salieron de allí más de mil hombres armados con sus arcos y flechas, y después aparecieron muchas mujeres y niños, a los cuales yo no quise acercarme, sino que, ya que era por ponerse el Sol, me puse en medio del río. Venían estos indígenas adornados de diferentes maneras, algunos venían con una señal que les cubría el rostro a lo largo, otros la mitad de él, pero todos teñidos de carbón, y cada uno como mejor le parecía. Otros, pues, llevaban grandes baberos delante del mismo color que tenían el distintivo del rostro, llevaban en la cabeza un pedazo de cuero de ciervo, del ancho de dos palmos, puesto a modo de cimera, y sobre ciertas varillas con algunas plumas.

Sus armas eran arcos y flechas de madera dura, además de dos o tres tipos de mazas hechas con madera tostada. Se trataba de gente alta, bien proporcionada y sin exceso de corpulencia. Llevaban la nariz perforada en la parte inferior, de la cual colgaban adornos; algunos también vestían capas. Las orejas estaban atravesadas con múltiples orificios, en los que sujetaban rosarios y otras piezas colgantes.

Todos, tanto jóvenes como mayores, usaban un cordón de varios colores atado al ombligo, del que pendía en el centro un manojo redondo de plumas que les caía hacia atrás como una cola. En las muñecas llevaban un cordón ceñido, tan enrollado que alcanzaba el ancho de una mano. En el brazo sujetaban palillos de hueso de ciervo, que utilizaban para secarse el sudor, y en el otro colocaban cañas. También llevaban unas bolsitas largas, del ancho de una mano, atadas al brazo izquierdo, que les servían a la vez de brazalete protector para el arco. En su interior guardaban cierta semilla con la que preparaban una bebida.

Sus cuerpos estaban marcados con fuego. Usaban el cabello cortado por delante, mientras que la parte trasera les caía hasta la cintura. Las mujeres andaban desnudas, cubiertas únicamente por un gran penacho de plumas en la espalda y un adorno pintado y pegado en la parte delantera; su peinado era igual al de los hombres. Entre ellos se encontraban también tres o cuatro varones que vestían del mismo modo que las mujeres.

Ahora, al otro día, que fue sábado, de buena hora, yo me puse a seguir mi camino subiendo el río, habiendo sacado a dos hombres por cada bote, para que tiraran de la amarra. Y al despuntar el Sol oímos un grandísimo griterío de indígenas de un lado y del otro del río con sus armas, pero sin bandera alguna. A mí me pareció bien hecho esperarlos, así para ver lo que querían, como para ver si nuestro intérprete les hubiera podido entender. Estos, llegados a nuestra altura, se arrojaban de una y otra orilla al río con sus arcos y flechas. Hablando el intérprete, no los entendía, por lo que yo comencé a hacerles señas de que debían dejar las armas como habían hecho los otros. Algunos lo hacían y otros no, y a los que las dejaban yo les hacía acercarse a mí y les daba algunas cosas de intercambio, por lo que visto esto por los otros, para tener también ellos su parte, las dejaban igualmente.

Juzgando que no había peligro, salté con ellos a tierra y me situé en medio del grupo. Al notar que yo no venía con intenciones de guerra, comenzaron a ofrecerme obsequios: unos me entregaban conchas y rosarios, otros, pieles bien trabajadas, y algunos más maíz o tortas hechas con ese mismo grano molido. Así, nadie se retiraba sin dejarme alguna mercancía.

Antes de entregarlas, sin embargo, se apartaban un poco de mí, alzaban la voz en fuertes gritos y acompañaban aquellos clamores con señas del cuerpo y de los brazos, para luego acercarse y darme lo que traían. Cuando el sol hubo caído, me retiré hacia lo lejos y me situé en medio del río.

Al día siguiente, aún antes de aclarar el día, comenzaron a oírse mayores gritos a ambos lados del río, y un número creciente de indígenas se arrojaba al agua nadando para traerme ofrendas: mazorcas de maíz y aquellas tortas de que ya hablé. Yo, por mi parte, les mostraba granos, habas y otras semillas, con la intención de saber si las conocían; sin embargo, ellos daban a entender que no tenían noticia de tales cosas y se maravillaban de todo lo que les mostraba.

Por medio de señas vine a comprender que lo que más veneraban y tenían en mayor estima era el Sol. Entonces les hice entender que yo venía de él, lo cual les causó aún mayor asombro; comenzaron a contemplarme de pies a cabeza y me demostraron un afecto mayor que antes. Cuando les pedí alimento, me trajeron tanto que me vi obligado a descargar las barcas dos veces para aligerarlas. Desde entonces, de cuanto me ofrecían, primero arrojaban una parte al Sol en señal de veneración, y luego me entregaban la otra.

De esta manera fui cada vez mejor servido y estimado por ellos, tanto en ayudarme a tirar de las amarras como en darme de comer. Me mostraban tanto afecto que, cuando me demoraba, querían llevarme en brazos hasta sus casas, y en nada excedían lo que yo les ordenaba. Para mi seguridad les impuse que no debían portar armas en mi presencia, y fueron tan cuidadosos en ello que, si llegaba alguno nuevo con ellas, enseguida iban a su encuentro para hacerle dejarlas lejos de mí. Yo mostraba gran contento con tal diligencia.

A los principales les entregaba mantos y otras pequeñas cosas, pues si hubiera tenido suficiente para dar en general a todos, no habría bastado toda la mercancía de la Nueva España.

Sucedía a veces —tanto era el amor y la buena voluntad que me mostraban— que, si llegaban nuevos indígenas con armas y alguno, avisado de dejarlas, por descuido o por no entender a la primera palabra no lo hacía, los demás corrían hacia él, se las quitaban a la fuerza y las rompían en mi presencia. Después tomaban la amarra con tanta diligencia y entusiasmo, disputándosela unos a otros, que no era necesario que yo se lo ordenase. De no haber sido por esta ayuda, con la fuerza enorme de la corriente y lo poco diestros que eran en tirar de la amarra, habría sido imposible remontar el río en contra de las aguas.

Viendo yo que ya comenzábamos a entendernos mutuamente, me pareció hallar en ello un buen principio para encaminar el deseo que me guiaba. Con unas varillas y algo de papel fabriqué cruces, y, al entregárselas como objetos de gran aprecio, las besaba delante de ellos, haciéndoles comprender que debían venerarlas y llevarlas colgadas al cuello, pues aquella señal provenía del cielo. Ellos las tomaban con alegría, las besaban, las alzaban en alto y mostraban un contento profundo al hacerlo. A algunos los hacía subir a mi barca, donde les mostraba gran afecto y les repartía algunas de las pequeñas cosas que yo llevaba. Con el tiempo, la demanda fue tan grande que ya no alcanzaban ni el papel ni las varillas para fabricar cruces.

De esta manera pasé aquel día muy bien acompañado, hasta que, llegada la noche, me retiré al río y lancé anclas en medio de la corriente. Entonces ellos venían a pedirme licencia para marcharse, asegurando que regresarían al día siguiente con más vituallas. Poco a poco se fueron retirando, quedando solo unos cincuenta, quienes encendieron hogueras frente a nosotros y permanecieron toda la noche llamándonos. Apenas despuntaba el día, se arrojaban al agua nadando para pedirnos la amarra, y nosotros se la entregábamos con gusto, dando gracias a Dios por tan favorable preparación, pues los indígenas eran muchos más que nosotros, y si hubieran querido, nada les habría impedido hacerlo.

Encuentro con un indígena y la percepción de los españoles como hijos del Sol

Uno de los indígenas, habiendo entendido el lenguaje del intérprete, le hace diversas preguntas sobre el origen de los españoles; les dice que su capitán es hijo del Sol, y que por eso es enviado a ellos, y que quieren aceptarlo como su Señor. Toman a este indígena en la nave, y de él obtienen muchas relaciones de ese país.

De esta manera navegamos hasta el martes por la tarde, yendo como de costumbre, haciendo que mi intérprete hablara con la gente para ver si por casualidad alguno lo había entendido. Sentí que uno le respondió, por lo que hice detener los botes, y llamé a aquel que lo entendía, imponiendo a mi intérprete que no hablara ni respondiera más que lo que yo le dijera. Y vi, así estando, que ese indígena comenzó a hablar a esa gente con gran furia, por lo que todos se comenzaron a unir. Y mi intérprete entendió que aquel que venía en la barca les decía, que quería saber qué gente éramos, y de dónde veníamos, y si éramos salidos de debajo del agua, o de la tierra, o caídos del cielo. Y al decir esto se unió una cantidad infinita de gente, que se maravillaba de verme hablar. Y este indígena volvía de vez en cuando a hablarles en otra lengua que mi intérprete no entendía.

Aquel que me preguntó quiénes éramos, le respondí que nosotros éramos cristianos, y que veníamos de lejos a verlos. Y respondiendo por señas como a la pregunta primera, para que no me tomara por mentiroso, le dije que era enviado por el Sol. Él me comenzó a decir cómo me había enviado el Sol, yendo él por lo alto y nunca deteniéndose, y habiendo muchos años que ni él ni los viejos habían visto a otros como nosotros, de los cuales nunca habían tenido noticia alguna, ni el Sol hasta esa hora había mandado a ningún otro. Yo le respondí que era verdad que el Sol comenzaba así de lo alto, y que jamás se detenía, pero que ellos podían bien ver que al ponerse y al levantarse por la mañana, se venía a acercar a la tierra, donde era su domicilio, y que siempre lo veían salir de un mismo lugar, y que me había creado en esa tierra y país de donde él vivía, de la misma manera que había creado también a muchos otros que él mandaba a otras partes, y que en ese momento me había mandado a visitar y ver ese río y la gente que vivía cerca, para que yo les hablara, y los uniera en amistad conmigo, y les diera de lo que no tenían, y que les dijera que no debían hacer la guerra entre ellos.

A lo que él respondió que yo debía decirles la razón por la que el Sol no me había mandado antes para apaciguar las guerras que había entre ellos desde mucho tiempo, y se mataban muchos. Yo le respondí que había sido porque yo había sido un niño. Después le preguntó al Intérprete si nosotros lo llevábamos a la fuerza, que lo hubiéramos tomado en la guerra, o si él venía de su buena voluntad. Le respondió que estaba con nosotros de su propia voluntad, y muy satisfecho de nuestra compañía. Volvió a preguntar, por qué no llevábamos con nosotros sino a él solo que los entendiera, y por qué nosotros no entendíamos a todos los otros, ya que éramos hijos del Sol. Le respondió que el Sol también lo había engendrado a él, y le había dado el lenguaje para poder entenderse él, y yo, y los otros, que el Sol sabía bien que ellos vivían allí, pero que por tener que hacer muchas otras cosas, y por ser yo pequeño no me había mandado antes. Y él, vuelto a mí, me dijo de inmediato: "¿Vienes entonces tú aquí para ser nuestro Señor? ¿Y para que tengamos que servirte?". Yo, pensando que no debía gustarle que le dijera que sí, le respondí que no para ser Señor, sino más bien como hermano, y para darles de lo que yo tuviera. Me preguntó si me había engendrado el Sol, como a los otros, y si era su pariente o su hijo. Le respondí que era su hijo.

Él continuó preguntando si los otros que estaban conmigo, eran hijos también ellos del Sol. Le respondí que no, sino que eran creados conmigo en la misma tierra, donde yo me había criado. Entonces él gritó con voz alta y dijo: "Ya que nos haces tanto bien, y no quieres que hagamos la guerra, y eres hijo del Sol, todos te queremos tener por nuestro Señor, y servirte siempre. Por eso te rogamos que no te vayas de nosotros y no te apartes de nosotros". Y de inmediato se volvió a la gente, y les comenzó a decir cómo yo era hijo del Sol, y por eso todos me eligieran por Señor. Los indígenas, al oír esto, se quedaron estupefactos en extremo, y se venían acercando cada vez más a mirarme.

Ese indígena me hizo también otras preguntas, que para evitar ser demasiado largo, yo no las narro. Y con esto pasamos el día, y ya que se acercaba la noche, comencé a esforzarme de la mejor manera que pude para meter a ese hombre con nosotros en la barca. Y él, negándose a hacerlo, el Intérprete le dijo que lo habríamos dejado del otro lado del río. Y con esta condición él entró, y allí yo le hice muchas caricias, y el mejor trato que pude, asegurándolo siempre. Y cuando juzgué que se había quitado de todo sospecho, me pareció preguntarle alguna cosa de ese país. Y entre las primeras que yo le pregunté fue, si alguna vez antes había visto a otros como nosotros, o si había oído nombrarlos. Respondió que no, excepto que había oído de los viejos que muy lejos de ese país había otros hombres blancos, y con barbas como nosotros, y que no sabía otra cosa.

Le pregunté si tenían noticia de un lugar que se llamaba Cíbola, y de un río que se llamaba Tontontoac. Y respondió que no. Por lo que yo, habiendo visto que no me podía dar noticias de Francisco Vázquez ni de su gente, determiné interrogarlo de las cosas de ese país y de su modo de vivir. Y comencé a preguntarle si creían que había un Dios creador del cielo y de la tierra, o algún ídolo. Y me respondió que no, sino que tenían al Sol en mayor estima y veneración que todas las otras cosas, porque los calentaba, y les hacía nacer sus semillas. Y que de todo lo que comían le arrojaban un poco al aire. Le pregunté después si tenían Señor, y respondió que no, pero que bien sabían que había un grandísimo Señor, pero no tenían noticia en qué parte estaba. Y yo le dije que estaba en el cielo, y que se llamaba Jesús Cristo, y no me cuidé de extenderme en más teología con él. Le pregunté si tenían guerra, y por qué razón. Me respondió que sí, y muy grande, y sobre cosas muy ligeras, porque cuando no tenían causa para hacerla, se unían, y cualquiera de ellos decía: "Vamos a hacer la guerra en tal parte", entonces todos se movían con las armas. Le pregunté quién de ellos mandaba a la gente. Respondió que los más viejos y los más valientes. Y que cuando estos decían que ya no era más, de inmediato se retiraban de la guerra.

Le pregunté qué hacían de aquellos hombres que mataban en batalla. Me respondió que a algunos les sacaban el corazón y se lo comían, y a otros los quemaban. Y añadió que si no hubiera sido por mi llegada a ese lugar, que ya ellos estarían en guerra. Y porque yo les ordené que no debían hacerla, y que dejaran las armas, por lo tanto, mientras yo no les dijera que las tomaran de nuevo, no se moverían a guerrear con otros. Y que entre ellos decían que, ya que yo había venido a ellos, habían quitado la voluntad de hacer la guerra, y tenían buen ánimo para seguir la paz. Se lamentó de algunos que se quedaban atrás en una montaña que les hacían gran guerra y mataban a muchos de ellos. Le respondí que de ahora en adelante no debían temer más, porque yo les había ordenado que se mantuvieran en paz, y que cuando no lo hubieran hecho, los castigaría y mataría. Me respondió: "¿De qué manera, siendo nosotros tan pocos, y ellos en tan gran número, los podrías matar?". Y puesto que ya era tarde, y ya veía que se cansaba de quedarse más conmigo, lo dejé salir y lo mandé muy contento.

Naguachato y otros jefes indígenas recibe muchas provisiones. Trabaja para que planten la cruz en sus tierras y les enseña a adorarla. Tiene noticias de muchos pueblos, de sus diferentes lenguajes y de sus costumbres sobre el matrimonio, cómo castigan el adulterio, las opiniones que tienen de los muertos y las enfermedades que sufren.

El otro día, de buena mañana, vino su jefe llamado Naguachato, y yo salí a tierra porque tenía grandes provisiones para darme. Y como me vi en un lugar seguro, lo hice sin dilación, y enseguida vino un anciano con tortas de ese maíz y unas calabazas pequeñas, y llamándome en voz alta y haciendo muchos gestos con su cuerpo y con los brazos, se acercó a mí. Y haciéndome voltear hacia aquella gente, y volteándose él también, dijo: "¡SAGUEYCA!", y toda aquella gente a gran voz respondió: "¡HU! ¡HU!". Y ofreció al Sol un poco de cada cosa que tenía, y así a mí otro poco (aunque luego me dio el resto). Y el mismo orden mantuvo con todos los que estaban conmigo.

Y saliendo el intérprete, yo por medio de él les di las gracias, diciéndoles que, por ser las barcas tan pequeñas, no había traído conmigo muchas cosas para poder darles a cambio, pero que volviendo otra vez lo haría, y que si hubieran querido venir conmigo en esas barcas a las naves que tenía más abajo en el río, les daría muchas cosas. Ellos respondieron que lo harían con gran alegría a la vista.

Aquí por medio del intérprete quise hacerles entender qué era el signo de la cruz, y les pedí que me trajeran un trozo de madera, del cual hice hacer una gran Cruz. Y ordené a todos los que estaban conmigo que al hacerla la adoraran y suplicaran a nuestro Señor para que diera la gracia de que tanta gente llegara a conocer su santa fe católica. Y hecho esto, les dije por el intérprete que yo les dejaba ese signo, en señal de que yo los tenía por hermanos, y que lo guardaran con diligencia hasta que no volviera, y que cada mañana se arrodillaran todos al salir el Sol delante de ella.

Ellos la tomaron enseguida, y sin tocar el suelo la llevaron a plantar en medio de sus casas, donde todos la pudieran ver. Y les dije que siempre la adoraran porque ella los protegería del mal. Me preguntaron hasta qué punto debían ponerla bajo tierra, y yo se lo mostré. Fue mucha la gente que fue a acompañarla, y los que se quedaron allí me interrogaron de qué modo debían juntar las manos y de qué modo se debían arrodillar para adorarla, y mostraban tener un gran deseo de aprenderlo.

Hecho esto, tomé a aquel jefe de la tierra, y con él, entrado en las barcas, me puse en camino por el río. Y todos, de una orilla y de la otra, me acompañaban con gran amabilidad y me ayudaban a tirar de la amarra y a sacarnos de la grava donde a menudo entrábamos, porque en muchos lugares encontrábamos el río tan bajo que no había agua para las barcas. Así yendo, venían unos indígenas que yo había dejado más abajo a decirme que yo les enseñara bien el modo de juntar las manos en la adoración de aquella Cruz. Otros me mostraban si estaban bien puestos de ese modo, de forma que no me dejaban descansar.

Cerca de la otra orilla del río había una mayor cantidad de gente que con gran prisa me llamaban para que tomara las provisiones que me traían. Y como me di cuenta de que había aparecido otro que el uno y el otro tenían envidia, para no dejar descontentos a estos de las provisiones, hice con él las mismas ceremonias y ofrendas. Y quise de él entender alguna cosa como del otro. También este le decía a la otra gente: "Este es nuestro Señor. Vosotros ya sabéis cuánto tiempo hace que nuestros antepasados nos dijeron que en el mundo había gente barbuda y blanca, y nosotros nos reíamos de eso. Yo, que soy viejo, y otros que están aquí, nunca hemos visto otra gente semejante a esta. Y si no lo queréis creer, mirad a los que están en este río. Démosles, pues, de comer, ya que ellos también nos dan de sus alimentos. Sirvamos de buen ánimo a este Señor que tiene buena voluntad y prohíbe que no debemos hacer la guerra. Y a todos nos abraza y tiene boca, manos y ojos como tenemos nosotros, y hablan como nosotros."

A estos les di igualmente otra Cruz como había hecho con los de más abajo, y les dije las mismas palabras, las cuales escucharon con mejor voluntad, y usaban mayor diligencia en aprender lo que yo les decía. Pasando luego más arriba, encontré otra gente, a la que el intérprete no entendía nada, por lo que yo les di a entender con gestos las mismas ceremonias de la adoración de la Cruz, que a los otros. Y aquel jefe que yo había tomado conmigo me dijo que más arriba encontraría gente que entendería a mi intérprete.

Y siendo ya tarde, algunos de estos hombres me llamaron para darme provisiones, e hicieron lo mismo que los otros, haciendo fiestas y juegos para darme placer. Yo quise entender qué gente vivía en la orilla de este río, y por ese hombre entendí que estaba habitada por veintitrés lenguajes, y estos eran los cercanos al río sin otros poco lejanos, y que había además de estos veintitrés lenguajes, en el río también otros que él no conocía. Le pregunté si cada pueblo estaba en una sola aldea, y me respondió que no, sino que eran más casas dispersas por el campo, y que cada pueblo tenía su país separado y conocido, y que en cada vivienda había bastante gente.

Me mostró una aldea que estaba en una montaña, que decía que había una gran multitud de gente y de mala clase que les hacía guerra continua, que estando sin Señor y habitando aquel lugar desierto, donde se recogía poco maíz, bajaban a la llanura a tomarlo en trueque de pieles de ciervo, de las cuales andaban vestidos, con vestiduras largas, las cuales cortaban con navajas y las cosían con agujas hechas de hueso de ciervo. Y que tenían las casas grandes de piedra.

Yo le pregunté si aquí había alguna persona de aquel país, y encontré una mujer que llevaba un vestido como una mantellina que le llegaba de la cintura hasta el suelo, de cuero de ciervo bien curtido. Le pregunté luego si la gente que habitaba la orilla de aquel río se quedaba siempre allí, o si a algún tiempo iba a vivir a otro lugar. Me respondió que en verano hacían la vivienda allí y sembraban, y hecho el recogido se iban a habitar en otras casas que tenían en la falda de la montaña lejanas del río. Y me indicó que las casas eran de madera con terrazas en las partes de fuera, y supe que hacían una habitación redonda donde moraban todos juntos, hombres y mujeres.

Le pregunté si ellos tenían mujeres en común, me dijo que no, que aquel que se casaba debía tener una sola mujer. Quise entender el orden que tenían en el matrimonio, y me dijo que si alguno tenía alguna hija se iba donde estaba la gente, y decía: "Yo tengo una hija para casar, ¿hay aquí alguna persona que la quiera?" Y si aquí había quien la quisiera, respondía que la quería y se concertaba el matrimonio. Y que el padre de aquel que la quería llevaba alguna cosa para dar a la joven, y desde esa hora en adelante se entendía que el matrimonio se había hecho, y que cantaban y bailaban, y llegada la tarde los parientes los tomaban y los dejaban solos en un lugar que nadie los pudiera ver.

Y supe que no se casaban hermanos con hermanas, ni con parientes, y que las mujeres antes de que estuvieran casadas no practicaban ni hablaban con los hombres, sino que se quedaban en sus casas y en sus posesiones a trabajar. Y que si por casualidad alguna hubiera tenido comercio con los hombres antes de casarse, el marido la dejaba y se iba a otros países, y que aquellas que caían en este error eran tenidas por malas hembras. Y que si después de que estaban casados, alguno fuera encontrado con otra mujer en adulterio, lo mataban, y que ninguno podía tener más de una mujer si no oculta.

Me dijeron que quemaban a los muertos, y los que quedaban viudos, estaban medio año, o uno, sin volverse a casar. Quise entender lo que creían de los muertos. Me respondió que se iban al otro mundo, pero que no tenían ni pena ni gloria. La principal enfermedad de la que aquella gente muere, es de echar sangre por la boca. Y tienen unos médicos que los curan con palabras y soplos que les hacen. La vestimenta de estos era como la de los otros de arriba: llevan sus cañas para hacerse sahumerios como los pueblos salvajes de la Nueva España. Quise entender si estos tenían algún Señor, y supe que no, sino que cada casa hacía su Señor por sí misma.

Estos tienen además del maíz, ciertas calabazas, y otra semilla a modo de mijo. Tienen piedras de moler y ollas, en las cuales cuecen esas calabazas, y pescado del río, que tienen bastante bueno. De aquí en adelante no pudo venir el intérprete, porque decía que los que nosotros teníamos que encontrar en el camino más allá, eran sus enemigos. Y por eso yo lo mandé de vuelta muy satisfecho.

No tardó mucho que vi venir a muchos indígenas gritando a voz y corriendo detrás de mí. Yo me detuve para saber lo que querían, y me dijeron que la Cruz, que yo les había dado, la habían puesto en medio de sus habitaciones, así como yo les había ordenado, pero que yo debía saber que cuando el río inundaba, solía llegar hasta allí, por lo que yo les diera permiso para poderla cambiar y colocar en otra parte donde no pudiera alcanzarla el río y llevársela, lo cual yo concedí.

De un indio de esa ribera tienen noticias del estado de Cíbola y de la calidad y costumbres de esas gentes, y de su Señor, y de la misma manera de las tierras no muy distantes, una llamada Quicama y la otra Coama. De aquellos de Quicama, o de otros indios no muy distantes, reciben cortesía.

Así, navegando, fui adonde había muchos indios y otro intérprete, al cual yo hice entrar conmigo en la barca, y porque hacía frío y la gente venía mojada, salté a tierra y ordené que se hiciera fuego. Estando así para calentarnos, llegó un indio que me tomó del brazo, mostrándome con el dedo un bosque, de donde vi salir dos escuadrones de gente con sus armas, y me mostró cómo venían a atacarnos de frente. Y yo, porque no quería romper mi paz con nadie, recogí a mi gente en los barcos, y los indios que estaban conmigo se lanzaron a nado y se salvaron en la otra orilla. Yo, mientras tanto, pregunté a aquel indio que tenía conmigo qué gente era aquella que había salido del bosque, me dijo que eran sus enemigos, y por eso estos otros, al llegar ellos sin decir nada, se habían metido en el agua, y esto lo habían hecho porque querían volver atrás, encontrándose sin armas, por no haberlas traído al venir con ellos, habiendo entendido mi orden y mi deseo de que no se llevaran. Quise preguntar a este intérprete lo mismo que había preguntado al otro sobre las cosas de aquel país, porque en algunos pueblos yo había entendido que un hombre solía tener muchas mujeres, y en otros no más de una. Ahora supe de él que había estado en Cíbola, que había el camino de un mes desde su tierra, y que desde ese lugar fácilmente por un sendero que iba siguiendo ese río se llegaba en cuarenta días, y que la razón que lo movió a ir allí, había sido solo para ver Cíbola, por ser algo grande, que tenía las casas altísimas de piedra de tres y cuatro pisos, y con ventanas a cada lado, rodeadas por un muro de un hombre y medio de altura, y que arriba y abajo estaban habitadas por gente, y que usaban las mismas armas que usaban los otros que había visto, es decir, arcos y flechas, mazas, bastones y rodelas; y que tenían un Señor, y que andaban vestidos con mantos y con cueros de vacas, y que sus mantos tenían una pintura alrededor, y el Señor llevaba una camisa larga muy fina ceñida, y encima más mantos; y las mujeres vestían vestimentas muy largas, y que eran blancas, y andaban todas cubiertas; y que cada día estaban a la puerta del Señor muchos indios para servirlo, y que llevaban muchas piedras azules, las cuales sacaban de una roca de piedra, y que estos no tenían más de una mujer con quien se casaban, y cuando morían los Señores, se enterraban con todas las pertenencias que tenían. Y de la misma manera, en el tiempo en que comen, están muchos de los suyos en su mesa para honrarlo y para verlo comer, y que comen con toallas, y que tienen baños. Ahora, el jueves al amanecer, venían los indios con el mismo grito a la ribera del río, y con mayor voluntad de servirnos, trayéndome de comer, y haciéndome la misma buena cara que me habían hecho los otros, habiendo entendido quién era yo, y dándoles las mismas cruces con el mismo orden que a los otros. Y caminando luego más arriba, llegué a una tierra, donde me encontré con un mejor orden, porque los habitantes que están allí obedecen totalmente a uno solo. Ahora, volviendo a hablar de nuevo con el intérprete sobre las viviendas de aquellos de Cíbola, me dijo, que aquel Señor tenía un perro similar al que yo llevaba. Queriendo yo luego comer, vi a este intérprete llevar adelante y atrás ciertos platos, de donde me dijo que el Señor de Cíbola los tenía de parecidos también él, pero que eran verdes, y que ningún otro había que los tuviera, si no el Señor, y que eran cuatro, los cuales había tenido con aquel perro y otras cosas de un hombre negro que llevaba la barba, mas él no sabía de qué lado había llegado allí, y que el Señor luego lo había hecho matar por lo que él había entendido decir. Le pregunté si sabía si alguna tierra estuviera cerca de allí, me respondió que al subir por el río, no sabía de ninguna, y que entre los otros había un Señor de un lugar llamado Chicama, y uno de otra tierra llamada Coama, y que tenía bajo de ellos mucha gente; y luego de darme este aviso, me pidió permiso para poder volver con sus compañeros. De aquí me puse a navegar de nuevo, y después de una jornada encontré un lugar deshabitado, donde habiendo yo entrado, sobrevinieron quizás quinientos indios con sus arcos y flechas, y junto con ellos estaba aquel indio principal llamado Naguachato que yo había dejado, y me trajeron a regalar ciertos conejos y yucas, y habiendo hecho a todos buena cara, queriendo marcharme, les di permiso para volver a sus casas. Pasando el desierto más adelante, llegué a ciertas chozas, que el mío de donde me salió al encuentro Intérprete bien entendía, mucha gente y decía con un anciano adelante, a aquellos hombres, ved aquí al Señor, démosle de lo que tenemos, ya que nos hace bien, y ha pasado por tanta gente descortés para venir a vernos, y dicho esto ofreció al Sol, y luego a mí también como habían hecho los otros. Estos tenían ciertos sacos grandes, y bien hechos de cortezas de bestias, y entendí que esta tierra era del Señor de Quicoma, los cuales venían solamente a recoger el fruto de sus siembras allí en el verano, y entre ellos encontré a uno que entendía muy bien a mi Intérprete, por lo que yo con mucha facilidad hice a estos el mismo oficio de las cruces que había hecho con los otros de abajo. Tenían algodón, pero no tenían mucho cuidado de hacerlo por no haber entre ellos persona que supiera tejer para hacer vestimentas. Me preguntaron cómo tenían que plantar la Cruz cuando hubieran vuelto a su casa que estaba en la montaña, y si era bueno hacerle una casa alrededor, para que no se mojara, y si le debían poner alguna cosa en los brazos. Yo les dije que no; y que solo bastaba que la pusieran en un lugar que por todos fuera vista, hasta que yo volviera, y si por casualidad viniera alguna gente de guerra, se ofrecieron a enviar conmigo más gente, diciendo que eran malos hombres aquellos que yo encontraría arriba, pero yo no quise aceptarla, sin embargo, vinieron veinte de ellos, los cuales al acercarme a los que eran sus enemigos, me lo hicieron saber, y yo encontré sus centinelas puestos a la guardia en sus confines. El sábado por la mañana encontré un gran escuadrón de gente sentada bajo un grandísimo arbusto, y otra parte fuera, y visto que no se levantaban de pie, yo pasé de largo mi camino, al ver esto por ellos, se levantó de pie un anciano que me dijo Señor, por qué no quieres tomar de nosotros para comer: habiendo tomado de los otros, yo les respondí que no tomaba sino lo que me era dado, y no iba sino de aquellos que me lo pedían. Allí sin demorar me trajeron mucha comida, diciéndome que ya que no entrábamos en sus casas, y nos quedábamos de día y de noche en el río, y siendo yo hijo del Sol, todos me debían tener por Señor. Yo les hice un gesto para que se sentaran, y llamé a aquel anciano que entendía a mi Intérprete, y le pregunté de quién era aquella tierra, y si allí estaba el Señor, me respondieron que sí, y lo hice llamar, y venido, lo abracé mostrándole gran amor, y viendo yo que todos tenían placer de las caricias que yo le hacía, lo vestí con una camisa; y le regalé otras cositas, y ordené al Intérprete que le dijera a aquel Señor lo mismo que yo había dicho a los otros, después le di una Cruz, la cual él tomó de muy buena gana como los otros, y este Señor se vino un gran pedazo conmigo hasta que fui llamado de la otra parte del río donde estaba el mismo anciano con mucha gente, a la cual yo le di otra Cruz, diciéndole lo mismo que había dicho a los otros, es decir, lo que tenían que hacer con ella. Siguiendo luego mi camino encontré otra multitud de gente con los cuales vino el mismo anciano que entendía a mi Intérprete, y habiendo visto el señor de ellos que me mostraba, le rogué que se quisiera venir conmigo en la barca, lo cual él hizo de buena gana, y así me iba por el río siempre subiendo, y el anciano me venía mostrando cuáles eran los Señores, y yo les hablaba siempre con gran afecto, y todos mostraban tener gran alegría, y decían muy bien de mi venida. La noche me retiraba en lo ancho del río, y les preguntaba de muchas cosas de aquel país, y encontré en él tanta buena voluntad y disposición en decírmelas como en mí deseo de querer saberlas. Le pregunté de Cíbola; y me dijo que él había estado allí, y que era una noble cosa, y el Señor de ella era muy obedecido, y que había otros Señores alrededor con los cuales él tenía guerra continua. Le pregunté si tenían plata y oro, y él, habiendo visto ciertos cascabeles, dijo que tenían del color de aquellos, quise entender si lo hacían allí, y me respondió que no, sino que lo llevaban de una montaña, donde estaba una anciana. Le pregunté si tenía noticia de un río que se llamaba Totonteac, me respondió que no, pero sí de otro grandísimo río, donde se encontraban Lagartos tan grandes, que de sus cueros se hacían rodelas, y que adoran al Sol ni más ni menos como los otros pasados, y cuando le ofrecen los frutos de la tierra, le dicen, toma ya que tú nos los has generado, y que lo amaban mucho, porque los calentaba, y que cuando no salía sentían frío. Aquí luego al conversar comenzó a lamentarse un poco, diciéndome, no sé por qué el Sol usa estos términos con nosotros, que no nos da paños ni quien los hile, ni quien los teja; y otras cosas que da a muchos otros, y se lamentaba que aquellos del país no lo dejaban entrar adentro, y no le querían dar de sus siembras, yo le dije que le daría remedio, por lo que él se quedó muy satisfecho.

De los indios tienen noticia, por qué los señores de Cíbola mataron al moro que andaba con el fraile Marcos, y de muchas otras cosas; de la anciana llamada Guatazaca, que vive en una laguna sin tomar alimento. Descripción de un animal, con la piel del cual hacen rodelas. Sospecha que tienen de ellos de que sean de aquellos cristianos vistos en Cíbola, y cómo astutamente se salvan.

El otro día que fue domingo, no era aún bien de día cuando comenzó el griterío como se suele; y era de tres o cuatro pueblos que habían dormido cerca del río, esperándome; y tomaban el Maíz, y otras semillas en la boca, y me esparcían con ellas, diciendo que esa era la manera del sacrificio que hacían al Sol, después me dieron de esta comida para comer, y entre otras cosas muchos manojos. Yo regalé a estos la Cruz como había hecho a los otros, y mientras tanto aquel anciano les decía cosas grandes de mi hazaña, y me señalaba con el dedo, diciendo, este es el Señor, hijo del Sol, y me hacían peinar la barba, y arreglar bien el vestido que yo llevaba puesto. Y era tanta la creencia que tenían en mí, que todos me decían las cosas que habían pasado y pasaban entre ellos, y el ánimo bueno o malo que tenían el uno al otro. Yo les pregunté por qué razón ellos me decían a mí todas sus cosas, y aquel anciano me respondió, tú eres Señor, y al Señor no se le debe tener nada oculto. Después de estas cosas siguiendo el camino, comencé de nuevo a preguntarles sobre las cosas de Cíbola, y si sabía que aquellos de aquel país hubieran visto alguna vez gente similar a nosotros, me respondió que no, excepto un negro que llevaba en los pies y en los brazos ciertas cosas que sonaban: su Señoría debe tener en la memoria cómo estaba este negro que anduvo con el fraile Marcos que llevaba los cascabeles, y las plumas en los brazos y piernas, y que llevaba platos de diversos colores, y que hacía poco más de un año que había llegado allí. Le pregunté la razón por la que fue muerto, y él me respondió, que el Señor de Cíbola le había preguntado si tenía otros hermanos, le respondió que tenía infinitos, y que tenían muchas armas con ellos, ni estaban muy lejos de allí. Lo cual oído, se metieron en consejo muchos Señores, y concertaron matarlo, para que no tuviera que dar noticias a estos sus hermanos, dónde ellos estaban, y que por esta razón lo mataron, y lo hicieron muchos pedazos, los cuales fueron divididos entre todos aquellos Señores, para que supieran con certeza, que estaba muerto, y que de la misma manera tenía un perro como el mío, el cual también hizo matar de allí a muchos días. Lo interrogué si aquellos de Cíbola tenían enemigos, y me dijo que sí, y me contó catorce o quince Señores, que tenían guerra con ellos, y que tenían mantos, y los arcos propios de los susodichos, me indicó bien que encontraría al subir por el río, gente que no tenía guerra alguna ni con vecinos, ni con otros. Me dijo que tenían tres o cuatro clases de árboles de bonísimos frutos para comer, y que en una cierta laguna habitaba una anciana, la cual era muy respetada y servida por ellos, y moraba en una cierta casita que estaba allí, y que no comía jamás, y que allí se hacían de aquellas cosas que sonaban, y que a ella le eran regalados muchos mantos, plumas, y Maíz. Le pregunté el nombre, y me dijo que se llamaba Guatuzaca, y que en aquel contorno había muchos Señores que en sus viviendas de invierno y de verano usaban mantos pintados, y las mismas costumbres que aquellos de Cíbola, en casas de madera de dos o tres pisos de altura, y que todas estas cosas las había él visto, excepto a la anciana. Y volviendo a preguntarle todavía más cosas, no quiso responderme, diciendo que estaba cansado de mí, y habiéndose puesto muchos de estos indios alrededor, decían entre ellos, guardémoslo bien, para que lo reconozcamos cuando regrese. El lunes siguiente el río estaba rodeado de gente de la misma manera, y yo volví a preguntarle al anciano que quisiera decirme la gente que había en aquel país, el cual me respondió que pensaba que ya me lo había olvidado, y allí me contó de una infinidad de Señores, y de pueblos que pasaban de doscientos; y hablándome de las armas, me dijo que algunos de ellos tenían ciertas rodelas grandísimas de cuero, gruesas más de dos dedos. Le pregunté de qué animales las hacían, y me describió una bestia muy grande, a modo de vaca, pero más de un gran palmo larga, y los pies anchos, los brazos gruesos como un muslo de hombre, y la cabeza de una longitud de siete palmos, la frente de tres palmos, y los ojos más gruesos que un puño, y los cuernos de la longitud de un palmo, de los cuales salían puntas agudas, largas de un palmo, los pies y las manos grandes más de siete palmos con una cola torcida, pero muy gruesa, y extendiendo los brazos sobre la cabeza, decía que era todavía más alta. Me dio luego noticia de otra anciana que habitaba del lado del mar. Este día lo consumí en dar de las cruces a toda la gente como había hecho a los otros. Aquel mi anciano se apeó a tierra, y se puso a hablar con otro, que aquel día lo había llamado muchas veces, y allí ambos hacían al hablar muchos gestos, moviendo los brazos, y mostrándome. Yo mandé por eso fuera a mi intérprete, para que se pusiera al lado de ellos, y los escuchara, y de poco lo llamé, y le pregunté de qué hablaban aquellos, y él dijo que el que hacía aquellos gestos, le decía al otro que en Cíbola había otros similares a nosotros con las barbas, y que decían que eran cristianos, y que ambos decían que todos debían ser una cosa misma, y que habría sido bueno matarnos, para que aquellos otros no tuvieran noticias de nosotros, de donde vendrían a hacernos daño, y que el anciano le había respondido, este es hijo del Sol, y Señor nuestro, nos hace bien, no quiere venir a nuestras casas aunque se lo roguemos, no nos quita nada de lo nuestro, no quiere a nuestras mujeres, y que finalmente había dicho muchas otras cosas en mi alabanza y a mi favor, y con todo esto el otro insistía en que nosotros debíamos ser todos una cosa misma, y que el anciano dijo vayamos a él y preguntémosle si es cristiano como los otros, o bien hijo del Sol, y el anciano se vino a mí y me dijo en el país que vosotros me preguntasteis de Cíbola moran otros hombres de vuestra calidad. Yo hice en ese momento el maravilloso, y respondí que no era posible, y ellos me afirmaron que era verdad, y que habían visto a dos hombres venidos de allá, los cuales referían que llevaban como nosotros tiros de fuego, y espadas. Yo les pregunté si aquellos los habían visto con sus propios ojos, y me respondieron que no, pero que los habían visto ciertos de sus compañeros. Entonces me preguntó si yo era hijo del Sol, y le respondí que sí. Ellos dijeron que lo mismo decían aquellos cristianos de Cíbola, y yo les respondí que bien podría ser. Me interrogaron luego si aquellos cristianos de Cíbola, hubieran venido a unirse conmigo, qué habríamos hecho, y yo les respondí que no debían temer de ninguna cosa, porque si ellos fueran hijos del Sol como decían, serían mis hermanos, y habrían usado con todos la misma cortesía y amor que yo hacía, por lo que con esto pareció que quedaron un poco satisfechos.

Relato de un viaje y un destino incierto

Me dijeron que a dieciocho jornadas de allí se encontraba Cíbola y que en ese lugar vivían cristianos que les hacían la guerra a esos señores. También me contaron de la sodomía que practicaban algunos indígenas con cuatro jóvenes a su servicio, quienes vestían ropas de mujer. Como no podía dar noticia a la gente de Cíbola, regresé a las naves siguiendo el curso del río.

Después, les pregunté a los indígenas cuántas jornadas de viaje había hasta Cíbola y si ese reino estaba lejos del río. Me dijeron que había un tramo de diez jornadas sin ninguna población, y que más adelante no había problema, porque encontraría gente. Al recibir esta información, sentí el deseo de enviarle un aviso al capitán, por lo que hablé con mis soldados. Sin embargo, no encontré a nadie dispuesto a ir, a pesar de que les ofrecí muchas cosas de parte de vuestra Señoría. Solo un esclavo moro se ofreció, aunque de mala gana. Pero yo preferí esperar a que vinieran los indígenas de los que me habían hablado y, con esto, continuamos nuestro camino río arriba con el mismo orden que antes.

En ese momento, el anciano me mostró con asombro a uno de sus hijos, quien iba vestido con ropas de mujer y ejercía las funciones de una. Le pregunté cuántos de ellos había entre su gente y me respondió que eran cuatro. Me contó que cuando uno moría, hacían una lista de todas las mujeres embarazadas de la tierra, y el primer varón que nacía era destinado a desempeñar esas labores femeninas. Las mujeres lo vestían con sus ropas, diciendo que, como iba a hacer lo que ellas hacían, debía usar sus vestimentas. Estos hombres no podían tener relaciones carnales con ninguna mujer, pero sí con todos los jóvenes del lugar que no se habían casado. Los jóvenes no recibían nada a cambio por este servicio, pues tenían la libertad de tomar lo que encontraran en cualquier casa para sus propias necesidades.

Asimismo, vi a algunas mujeres que conversaban deshonestamente con los hombres y le pregunté al anciano si eran casadas. Él me respondió que no, que eran "mujeres del mundo" que vivían separadas de las casadas.

Seguí con estas conversaciones, insistiendo en que vinieran los indígenas que, según me habían dicho, habían estado en Cíbola. Me respondieron que estaban a ocho días de camino de allí. Me explicaron que había un hombre de su grupo que era su compañero y que había hablado con ellos cuando se los encontraron de camino a Cíbola. Los indígenas le habían dicho que no fuera más lejos, porque allí encontraría gente tan valiente como nosotros, con nuestras mismas características y cualidades. Esta gente había tenido un gran conflicto con los hombres de Cíbola, porque ellos habían matado a uno de sus compañeros moros, preguntándoles: "¿Por qué lo mataron? ¿Qué les hizo? ¿Les quitó el pan o les hizo algún otro mal?".

Además, me dijeron que a esta gente la llamaban "cristianos", que vivían en un gran campamento, y que muchos de ellos tenían vacas como las de Cíbola, y otros pequeños animales negros con lana y cuernos. También tenían algunos animales que montaban y que corrían muy rápido. Me contaron que el día anterior a su partida, no habían hecho nada más que esperar la llegada de estos cristianos, y que todos se detuvieron donde estaban los otros. Dos de ellos se habían encontrado con dos cristianos, quienes les habían preguntado de dónde venían y si tenían sembrados. Ellos les respondieron que eran de un país lejano y que tenían cultivos, y en ese momento les dieron una pequeña capa a cada uno y otra que debían llevar a sus otros compañeros, lo que prometieron hacer, y se marcharon rápidamente.

Al escuchar esto, volví a hablar con mis compañeros para ver si alguno quería ir, pero los encontré con la misma voluntad de antes, y me pusieron mayores inconvenientes. Después, llamé al anciano para ver si quería darme gente y provisiones para llevar conmigo por ese desierto. Sin embargo, me puso por delante muchos inconvenientes y apuros en los que podría incurrir en ese viaje, mostrándome el peligro de seguir adelante debido a un señor de Cumana, el cual amenazaba con venir a hacerles la guerra, porque los suyos habían entrado en su país para cazar un ciervo, y que por lo tanto no debía irme de allí sin castigarlo.

Le repliqué que era imperativo que fuera a Cíbola de cualquier manera, pero él me dijo que lo dejara, porque esperaban que ese señor viniera a perjudicarlos, por lo que no podían abandonar su tierra para ir conmigo, y que sería mejor que yo le pusiera fin a esa guerra, y que después podría ir acompañado a Cíbola. Debido a esto, discutimos tanto que comenzamos a enojarnos, y él, enojado, quiso salir de la barca. Yo lo retuve y con buenas palabras comencé a calmarlo, ya que entendía que era muy importante tenerlo como amigo. Pero a pesar de todas las atenciones que le mostré, no pude convencerlo de su voluntad, en la que se mantuvo siempre obstinado.

Mientras tanto, ya había enviado a un hombre a las naves para darle noticia del camino que había planeado seguir. Después le pedí al anciano que lo hiciera regresar, porque decidí que ya que no veía ninguna forma de poder ir a Cíbola, y para no demorarme más entre esa gente, para que no me descubrieran, también quise volver en persona a visitar las naves, con la intención de regresar otra vez por el río, llevando conmigo a otros compañeros y dejando a los que estaban enfermos. Le dije al anciano y a los demás que regresaría, y dejándolos lo más satisfechos que pude (aunque siempre decían que me iba por miedo) regresé río abajo hacia Cíbola. El camino que había hecho río arriba, contra corriente, en quince días y medio, lo hice de regreso en dos días y medio, porque la corriente era grande y muy rápida.

Mientras caminaba río abajo, mucha gente venía a las orillas a decirme: "¿Por qué se va, señor? ¿Qué disgusto le hemos causado? ¿No decía usted que se quedaría siempre con nosotros y que sería nuestro señor? Regrese, que si alguien de la parte de arriba le ha hecho alguna injuria, iremos con nuestras armas junto a usted para matarlo", y palabras similares llenas de amor y cortesía.

Llegada a las naves y nuevo plan

Al llegar a las naves, el capitán llamó a esa costa "la campiña de la cruz" y mandó a construir un oratorio a Nuestra Señora. El río lo llamó Buena Guía. Al sur de este, la expedición regresó tras haber visitado a los señores de Quicama y Coano, quienes les brindaron un trato muy cortés.

Cuando llegué a las naves, encontré a toda mi gente en buen estado, aunque muy preocupada por mi larga ausencia. La fuerte corriente les había roto cuatro anclas y habían perdido dos, pero luego las recuperaron. Reuní todas las naves bajo un refugio y ordené que calafatearan la nave San Pedro y repararan todo lo que fuera necesario.

Una vez reunida toda la gente, les conté las noticias que había recibido de Francisco Vázquez. Les expliqué que, en los dieciséis días que yo había estado navegando por el río, él podría haber recibido noticias de mí y que mi intención era regresar una vez más para ver si podía encontrar la manera de unirme a él. Aunque se me opusieron, mandé a preparar todas las barcas, ya que no eran necesarias para el servicio de las naves.

Una de ellas la llené de artículos para el trueque, trigo y otras semillas, además de gallos y gallinas de Castilla. Luego partí río arriba, dejando órdenes de que en la campiña de la cruz se construyera un oratorio o capilla, que la llamaran "La iglesia de la Virgen de la Buena Guía" y que nombraran a ese río "La Buena Guía", ya que era la divisa de vuestra Señoría.

Llevé conmigo a Nicolás Camorano, el piloto mayor, para que tomara las mediciones. Partimos el martes, catorce de septiembre, y el miércoles llegamos a las primeras aldeas indígenas. Al principio, intentaron bloquearnos el paso, creyendo que éramos otra gente, porque llevábamos un pífano y un tamboril, y yo iba vestido con ropas diferentes a las que usaba la primera vez que me vieron. Cuando me reconocieron, se detuvieron, aunque no pude ganarme su amistad. Yo seguí esparciendo las semillas que llevaba, enseñándoles cómo sembrarlas.

Después de navegar tres leguas, el primer intérprete vino a verme hasta la barca con gran alegría. Le pregunté por qué me había abandonado, y me dijo que algunos de sus compañeros lo habían disuadido. Le mostré mi aprecio y le di un mejor trato, para que viniera de nuevo conmigo, pues me era muy importante tenerlo cerca. Me dijo que se había quedado para traerme algunas plumas de papagayo, las cuales me entregó.

Le pregunté qué gente era la que vivía allí y si tenían algún señor. Me respondió que sí, y me nombró a tres o cuatro, además de veinticuatro o veinticinco nombres de pueblos que conocía, cuyas casas tenían las paredes pintadas por dentro. Me dijo que ellos tenían tratos con la gente de Cíbola y que en dos meses se llegaba a ese reino. También me dio muchos otros nombres de señores y de otros pueblos, los cuales he descrito en un libro que llevaré en persona a vuestra Señoría, pero quise dar este resumen a Agostino Guerrero en el puerto de Colima para que lo enviara por tierra a vuestra Señoría, a quien tengo que contarle muchas otras cosas.

Pero volviendo a mi camino, llegué a Quícama, donde todos los indígenas salieron a recibirme con mucho placer y gran fiesta, diciéndome que su señor me estaba esperando. Cuando llegué, lo encontré con cinco o seis mil hombres sin armas. Él se separó con unos doscientos, todos con provisiones, y se movió hacia mí. Él venía delante de los demás con gran autoridad, y delante de él y a su lado venían algunos que apartaban a la gente, abriéndole camino para que pudiera pasar. Llevaba una vestimenta cerrada por delante y por detrás, abierta por los lados, atada con botones, con un diseño de cuadros blancos y negros. Estaba hecha de corteza de bisonte, muy fina y bien elaborada.

Cuando llegué al agua, sus servidores lo tomaron en brazos y lo pusieron en la barca, donde lo abracé y lo recibí con gran fiesta, demostrándole mucho afecto. Al ver este gesto, su gente, que estaba allí, mostró una gran alegría. El señor se dirigió a ellos y les dijo que pusieran atención a mi cortesía, ya que él, al entrar libremente con gente tan extraña, podían ver cuán buena persona yo era y con cuánto afecto lo trataba. Por eso, debían saber que yo era su señor, y que todos debían servirme y hacer lo que yo les mandara.

Allí lo invité a comer de unas conservas de azúcar que llevaba, y le dije al intérprete que le agradeciera en mi nombre el favor que me había hecho al venir a verme. Le recomendé la adoración de la cruz y todo lo demás que había recomendado a los otros: que vivieran en paz, que dejaran las guerras y que fueran siempre buenos amigos entre sí. Él respondió que hacía mucho tiempo que la guerra con los vecinos continuaba, pero que de ahora en adelante ordenaría que se le diera comida a todos los que pasaran por su reino y que no les hicieran ningún mal. Y que si algún pueblo venía a hacerles la guerra, él les diría que yo había mandado que se viviera en paz, y si no querían, se defendería, y me prometió que nunca iría a buscar la guerra si otros no venían a dársela.

Allí le di algunas cositas, tanto de las semillas que llevaba como de las gallinas de Castilla, con lo que se mostró muy contento. Al partir, llevé conmigo a algunos de los suyos para establecer amistad entre ellos y los otros pueblos que estaban río arriba. En ese lugar, el intérprete vino a mí para regresar a su casa, y le di algunos regalos con los que se fue muy contento.

Al día siguiente llegué a Coano, y muchos no me reconocieron al verme vestido con otras ropas, pero el anciano que estaba allí, tan pronto como me reconoció, se tiró al agua, diciéndome: "Señor, aquí está conmigo el hombre que me dejaste", el cual apareció allí y muy contento, contándome las grandes atenciones que esa gente le había hecho, diciéndome que todos competían por llevárselo a su casa y que era increíble el pensamiento que tenían de que, al salir el sol, debían juntar las manos y arrodillarse ante la cruz. Les regalé de esas semillas, agradeciéndoles mucho por el buen trato que le habían dado a mi español, y ellos me rogaron que lo dejara con ellos, lo cual le concedí hasta mi regreso, y él se quedó muy contento entre ellos.

De esta manera, subí el río llevando conmigo a ese anciano, quien me contó que dos indígenas habían venido de Cumana a preguntar por los cristianos, y que él les había respondido que no los conocía, pero que sí conocía al hijo del Sol y que lo habían persuadido para que se uniera a ellos y nos mataran a mí y a mis compañeros. Le dije que me entregara a los dos indígenas y que fueran a decirles que yo los iría a buscar, y que quería su amistad, pero que si por el contrario querían la guerra, yo se la haría de tal manera que no les gustaría. Y así, me movía entre toda esa gente, y algunos me venían a decir: "¿Por qué no nos da la cruz como le dio a los demás?", y se las di.

Continúa la exploración: fe, magia y nuevas tierras

Desembarcan en tierra, donde los nativos adoran la cruz que les habían dado. Hacen pintar el lugar, envían una cruz al señor de Cumana y un indígena desciende por el río para unirse a las naves. El texto también habla del error que cometieron los pilotos del Marqués al cartografiar esa costa.

Al día siguiente, quise bajar a tierra para ver unas cabañas y me encontré con muchos niños y mujeres con las manos juntas, arrodillados frente a una cruz que yo les había dado. Cuando llegué, hice lo mismo. Al hablar con el anciano, empezó a darme más información sobre la gente y las tierras que conocía. Al caer la noche, lo invité a dormir en la barca, pero me respondió que no quería porque yo lo cansaría con tantas preguntas. Le respondí que no le preguntaría nada más, solo que me anotara en un mapa lo que sabía sobre el río y cómo era la gente que vivía en sus orillas. Él lo hizo de buena gana. Después, me pidió que le dibujara en un papel mi país y algunas cosas de él.

Al día siguiente, me adentré en unas montañas muy altas, entre las cuales el río corría muy estrecho. Las barcas pasaron con dificultad porque no había nadie que tirara de la cuerda. Allí vinieron a decirme algunos indígenas que había gente de Cumana. Entre ellos había un hechicero que preguntó por dónde íbamos a pasar. Al decirle que por el río, él se puso a colocar unas cañas a ambos lados del cauce. A pesar de eso, pasamos sin sufrir ningún daño, aunque ellos intentaron hacérnoslo.

Así, llegamos a la casa del anciano que venía conmigo. Allí hice colocar una cruz muy alta y le puse una nota para que, si el general o su gente pasaban por allí, tuvieran noticias de mí. Finalmente, al ver que no podía obtener el conocimiento que deseaba, decidí regresar a las naves. Justo cuando iba a partir, llegaron dos indígenas, que a través de los intérpretes del anciano me dijeron que venían por mi orden, que eran de Cumana y que su señor no podía venir porque estaba muy lejos, por lo que yo les dijera lo que quería.

Les dije que se acordaran de querer siempre la paz y que yo iba a visitar ese país, pero que al verme forzado a regresar río abajo, no lo haría en ese momento, pero que volvería. Mientras tanto, ellos debían entregarle esa cruz a su señor, lo que prometieron hacer, y se fueron directamente a llevársela junto con unas plumas que tenía.

De ellos quise saber qué gente vivía en las orillas del río, y me dieron información de muchos pueblos. Me dijeron que el río subía mucho más de lo que yo había visto, pero que ellos no sabían su nacimiento porque venía de muy lejos, y que en él entraban muchos otros ríos.

Hecho esto, al día siguiente por la mañana, me fui río abajo, y al día siguiente llegué a donde había dejado al español. Hablé con él y le dije que todo me había salido bien, y que en esta y en la otra ocasión me había adentrado más de treinta leguas en tierra.

Los indígenas de ese lugar me preguntaron por qué me iba y cuándo regresaría. Les respondí que sería pronto. Mientras navegábamos río abajo, una mujer se tiró al agua gritando que la esperáramos. Se subió a nuestra barca y se metió debajo de un banco, de donde nunca pudimos hacerla salir. Me enteré de que lo hacía porque su marido tenía otra mujer con la que tenía hijos, y ella decía que no quería estar más con él, ya que tenía otra. Así, ella y otro indígena vinieron conmigo por su propia voluntad.

De esta manera, llegamos a las naves y, una vez que las tuvimos listas, continuamos nuestro viaje costeando. Muchas veces bajé a tierra, adentrándome grandes distancias para ver si podía saber algo del capitán Francisco Vázquez y su compañía, de la cual no tuve más noticias que las que escuché en esa ribera.

Llevo conmigo muchos documentos de posesión de toda esa costa y del río. Según la altitud que tomé, descubrí que la que hicieron los patrones y pilotos del Marqués es falsa y que se equivocaron por dos grados. Yo he pasado más allá de ellos por más de cuatro grados. Subí el río ochenta y cinco leguas y vi y escuché todo lo que he dicho y muchas otras cosas, de las cuales, si se me concede el permiso de ir a besar las manos de vuestra Señoría, le daré un relato largo y completo.

Me considero afortunado de haber encontrado a Don Luis de Castilla y a Agustín Guerrero en el puerto de Colima, porque la galeota del Adelantado venía a mi encuentro, y él estaba allí con su armada y quería que arriáramos las velas. Como me pareció algo nuevo, y sin saber en qué estado se encontraban las cosas en la Nueva España, me preparé para defenderme y no hacerlo. En ese momento, llegó Don Luis de Castilla en un bote y me habló. Yo estaba al otro lado del puerto donde estaba dicha armada y le di este relato. Siendo de noche, quise levar anclas para evitar conflictos. Yo llevaba el relato escrito en un resumen, porque siempre tuve la intención de entregárselo al tocar tierra en la Nueva España, para avisar a vuestra Señoría.

Hecho, traducido y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez

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