Angelina Yupanqui (Cuxirimay Ocllo )
Angelina fue la primera esposa de
Betanzos, con quien compartió cerca de veinte años de vida y gracias a cuyo
matrimonio pudo integrarse plenamente en la sociedad incaica de su tiempo. La
ñusta o princesa Cuxirimay Ocllo —nombre que el propio cronista traduce como
“Doña Habla Ventura”— era hija de Yamque Yupanqui, nieto del Inca Yupanqui o
Pachacútec, y de Tocto Ocllo, quien además de ser su madre era hermana y esposa
del mismo Yamque.
De acuerdo con este linaje,
Cuxirimay pertenecía a la panaca de Pachacútec, conocida como Capac Ayllu,
integrada dentro de la parcialidad del Hanan Cuzco, es decir, el Cusco Alto o
de los militares. Según relata Betanzos, cuando Yamque Yupanqui recibió la
noticia del nacimiento de su hija se hallaba en compañía de Huayna Cápac. La
buena nueva alegró al Inca, quien manifestó su deseo de que la niña fuese
destinada para su hijo mayor, Atahualpa. Por ello, en la fiesta celebrada al
cumplirse un año de su nacimiento, la proclamó piuihuarmi, o esposa principal,
de Atahualpa. En aquel momento, el joven príncipe debía de tener alrededor de
dieciocho años, y no trece, como afirma el propio Betanzos.
El príncipe cumplió la voluntad de su
padre. Según narra el cronista, cuando derrotó a Hango, capitán general del
ejército de Huáscar en Tumipampa, territorio de los Cañaris, ordenó a Cuxi
Yupanqui —hermano mayor de Cuxirimay— que llevara a la niña junto a él, quien
entonces contaba con unos diez años. Poco después mandó edificar un gran
palacio en la provincia de Caranque, donde proyectaba establecer su residencia.
Tras aquellas victorias, Atahualpa prosiguió con nuevas campañas militares
destinadas a someter a los pueblos que se habían rebelado. Una vez pacificados
estos territorios y concluida la construcción del palacio de Caranque, fue
proclamado Inca en sus amplias estancias con la imposición de la borla
imperial, y en esas mismas fechas tomó a Cuxirimay como su esposa principal.
La cronología de estos
acontecimientos resulta difícil de precisar. Sin embargo, si consideramos que
Atahualpa se hallaba en Tumipampa en noviembre de 1531 y que ya en 1532 había
sido coronado, es probable que el matrimonio se celebrara entre finales de 1531
y los primeros meses de 1532. Desafortunadamente, la unión fue breve: el 16 de
noviembre de ese mismo año Atahualpa fue capturado por las huestes de Francisco
Pizarro, de modo que su matrimonio con Cuxirimay no llegó a durar más de diez u
once meses.
Según el testimonio de los capitanes
enviados por Pizarro a la entrevista de Cajamarca, Atahualpa tendría entonces
alrededor de treinta años, lo que situaría su nacimiento poco después de 1500,
en fechas cercanas a las del emperador Carlos V. En cambio, la edad de Cuxirimay
al contraer matrimonio es mucho más incierta, pues solo consta que tenía diez
años cuando Atahualpa venció a Hango. Aun así, a partir del análisis de ciertos
acontecimientos relevantes ocurridos en el Incanato poco antes de la llegada de
los españoles, es posible aproximarse a su edad.
Se acepta, en general, que Huayna
Cápac murió hacia 1526 o 1527. Inmediatamente después, los orejones del Cusco
proclamaron a Huáscar como nuevo soberano, mientras Atahualpa permanecía en la
región de Quito al mando del gran ejército organizado por su padre y por él
mismo. Desde ese momento —como coinciden en señalar Betanzos y otros cronistas—
transcurrió un período durante el cual el cuerpo de Huayna Cápac fue
momificado, trasladado al Cusco, objeto de solemnes honras fúnebres conocidas
como purucayas, y finalmente sepultado en el pueblo de Yucay.
Mientras tanto, Atahualpa celebraba
en Quito otra purucaya. Luego, según refiere Betanzos, con el propósito de
reconocer la proclamación de su hermano, envió al Cusco una embajada cargada de
espléndidos presentes y ricos atuendos destinados a Huáscar. Sin embargo, el
Inca cusqueño los rechazó y mandó ejecutar con crueldad a los principales
mensajeros. Poco después, Huáscar se trasladó a Calca, donde prácticamente
fundó el pueblo que conserva ese mismo nombre, y desde allí organizó un
ejército con el objetivo de marchar contra Atahualpa en Quito. Al frente de esa
expedición puso a los capitanes generales Hango y Cuxi Yupanqui, este último
hermano mayor de Cuxirimay.
El ejército se formó con unos diez
mil hombres procedentes de la sierra central: de Jauja, Tarma, Bombón, Huánuco,
Huaylas, Cajamarca y también de los Cañaris, quienes habían tomado partido por
Huáscar. Por ello, Hango y Cuxi Yupanqui avanzaron hasta los territorios de
esta etnia. Al enterarse Atahualpa de la alianza sellada con los Cañaris, se
dirigió contra ellos al frente de sus tropas y en breve tiempo los derrotó,
aplicando duros castigos a sus poblaciones. Fue entonces cuando Cuxi Yupanqui
se pasó al ejército vencedor, siendo recibido cordialmente por su primo
Atahualpa. Poco después de su incorporación, solicitó la presencia de
Cuxirimay, que contaba apenas diez años de edad. Como ya se indicó, estos
hechos ocurrieron hacia finales de 1531. Al año siguiente, en 1532, Atahualpa
fue proclamado Inca en Caranque y, según Betanzos, en esa misma ocasión tomó a
Cuxirimay como esposa principal. Así, la joven debía de tener entonces once
años, o quizá cerca de doce, lo que indica que Atahualpa le llevaba alrededor
de dieciocho años.
Ante estos sucesos cabe preguntarse
por qué el Inca decidió casarse con una niña de tan corta edad. Aunque no es
posible saberlo con certeza, pueden plantearse dos hipótesis. La primera, que
pretendiera cumplir la voluntad de su padre, quien había destinado a Cuxirimay
como futura esposa de su hijo. La segunda, que buscara legitimar su propia
condición de hijo natural de Huayna Cápac mediante el vínculo con una
descendiente directa de Pachacútec, pues, como señala Betanzos, Cuxirimay
provenía de la importante línea dinástica de Yamque Yupanqui. Resulta
llamativo, en este sentido, que no todos los cronistas reconozcan la relevancia
de este personaje y que algunos, cuando lo mencionan, no le atribuyan la
importancia que Betanzos le confiere en su crónica.
María Díez de Betanzos Yupanqui declaró
que su madre era hija de Yamque Yupanqui, señor de aquellos reinos. No cabe
pensar que albergara error alguno al respecto, pues debía conocer a la
perfección la genealogía de su linaje.
Presumiblemente, la piuihuarmi
Cuxirimay se instaló en Cajamarca tras la captura de su esposo, con el
propósito de acompañarlo. Sin embargo, aquella compañía fue breve, ya que el 23
de julio de 1533 Atahualpa fue ejecutado. Después de tan trágico desenlace, a
la princesa no le quedó más opción que adaptarse a la nueva sociedad
incaico-hispana que emergía en el Perú. Se desconoce la fecha en que recibió
instrucción cristiana, cuándo fue bautizada con el nombre de Angelina ni el
momento en que empezó a usar de manera oficial el apellido Yupanqui.
Las referencias sobre la joven
Cuxirimay son escasas, a pesar del altísimo rango que llegó a ocupar en su
tiempo. Tras la muerte de Atahualpa, el destino la vinculó con la figura más
poderosa del naciente Perú: Francisco Pizarro. El propio Betanzos señala que el
Marqués la tomó para sí, aunque sin precisar cuándo ni en qué circunstancias.
Lo cierto es que, poco antes, Pizarro había sostenido una relación con otra
ñusta, Inés Huaylas, de la cual nacieron dos hijos: Francisca (1534) y Gonzalo
(1535). No obstante, en 1537 Inés ya aparece casada con Francisco de Ampuero,
paje de Pizarro; por ello, no parece probable que el Marqués se uniera a
Angelina antes de 1536. De esa relación, no legitimada, nacieron dos hijos:
Francisco, en 1537 en el Cusco, y posteriormente Juan. Para entonces, al
alumbrar al mayor de ellos, Angelina debía de tener alrededor de diecisiete
años.
Aquí surge una incógnita aún no
resuelta por la historiografía: ¿Pizarro dejó a Inés Huaylas para sustituirla
por Angelina, o fue ella quien lo abandonó al conocer a Ampuero? Y de esta duda
se desprende otra más relevante: si efectivamente fue Pizarro quien la dejó,
¿lo hizo por amor hacia Angelina, por reforzar su endeble posición de
gobernante —apenas aceptada por los vencidos—, o por asegurar descendencia
legítima unida al linaje de Pachacútec mediante la ñusta Cuxirimay? Cualquiera
de estas motivaciones resulta hoy imposible de comprobar. En todo caso, Pizarro
no tuvo oportunidad de materializarlas, pues fue asesinado poco después, el 26
de junio de 1541.
Los hechos relatados confirman lo
señalado por Betanzos al destacar la nobleza incaica de Angelina, pues antes
que él los dos máximos líderes políticos de su tiempo —Atahualpa y Francisco
Pizarro— la habían unido a sus vidas. Sin embargo, también muestran que hasta
entonces la suerte de la princesa no había sido envidiable como mujer: primero,
aún niña, se vio obligada a casarse con Atahualpa, dieciocho años mayor; luego
pasó a unirse con Pizarro, de quien la separaban casi cuatro décadas de edad.
Ambos murieron pronto y de manera violenta: Atahualpa ejecutado y Pizarro
asesinado. Padecer tales pérdidas en plena adolescencia y juventud debió de ser
un golpe devastador; a una edad temprana, Angelina ya conocía el dolor y la
desdicha.
Por otra parte, su posición quedó
probablemente comprometida dentro de la nobleza indígena tras la muerte de
Pizarro. Era dos veces viuda y madre de dos hijos del conquistador que había
puesto fin al Imperio de sus antepasados, lo que quizás la volvía sospechosa
para algunos parientes suyos, muchos de los cuales combatían en la selva contra
la presencia española. Tampoco es seguro que gozara de plena aceptación entre
los conquistadores, dada esa compleja circunstancia familiar.
No obstante, no resulta extraño que,
desaparecido Pizarro, Angelina despertara gran interés. Mujer de alta alcurnia
nativa, joven y seguramente hermosa, debía de ser considerada muy atractiva por
numerosos españoles recién llegados a la compleja sociedad que comenzaba a
configurarse en el Perú. Más aun teniendo en cuenta que administraba la
importante herencia dejada a su hijo Francisco —entonces menor de edad—, la
cual pasó pronto a sus manos tras la temprana muerte del niño. Se trataba de un
patrimonio considerable: varias estancias y bohíos, extensas tierras en el
valle de Yucay y otros lugares, chacras en el Cusco y pozas de salinas en San
Sebastián. Además, el difunto Marqués le había otorgado la encomienda de Larata
en Curahuasi, donación que fue confirmada por el gobernador Vaca de Castro el
12 de marzo de 1544.
Entre quienes frecuentaban el
círculo de Angelina desde tiempo atrás se encontraba Juan Díez de Betanzos y
Arauz. Ya lo hemos visto defendiendo Lima en 1536 y, años después, trabajando
en esa ciudad hacia 1541 y 1542. Seguramente conoció a la princesa cuando aún
era esposa de Pizarro y, aunque en aquel momento su figura resultara intocable,
debió de quedar impresionado por ella. Tras la muerte del Marqués, Angelina, ya
viuda, pudo ver en Betanzos a un joven apuesto, descendiente de familias nobles
hispanas, inteligente, ambicioso, colaborador cercano de los nuevos dirigentes
y, además, gran conocedor del idioma quechua, lo que le convertía en intérprete
de las élites del Imperio. A ello se sumaba que tenía una edad similar a la
suya —entre veintitrés y veinticinco años—. No sorprende, pues, que poco
después de la desaparición de Pizarro surgiera entre ambos una relación que
derivó en matrimonio.
Dos testigos del pleito interpuesto
por María Díez de Betanzos Yupanqui contra su hermano declararon que Cristóbal
Vaca de Castro fue quien casó a la pareja en Lima. Tal afirmación resulta
coherente: el Gobernador había llegado a la ciudad poco después del asesinato
de Pizarro y, según la cédula otorgada por La Gasca, Betanzos ya servía
entonces como intérprete en su entorno. De ahí que, consolidada la relación con
Angelina, fuera el propio Vaca de Castro quien los casara entre 1543 y 1544.
Ello concuerda con el nacimiento de María, hija del matrimonio, ocurrida en
1544 o 1545, puesto que en su propia confesión de 1576 declaró tener
aproximadamente treinta y un años.
Es de suponer que, tras celebrarse
el matrimonio, Betanzos gozara de una excelente acogida entre los familiares de
su esposa y alcanzara una posición privilegiada dentro de las élites incaicas.
Sin duda, esa circunstancia le abrió las puertas a numerosas ceremonias
tradicionales, vedadas a los españoles por celebrarse en privado y bajo
estricta reserva. Presenciar tales ritos le permitió adquirir un conocimiento
más profundo, preciso y directo del pasado andino.
A este rasgo de la vida del cronista debe añadirse
otro no menos significativo: la felicidad que Angelina debió de darle. En 1551,
al redactar la Suma y narración, Betanzos dejó impreso un discreto pero
elocuente homenaje hacia ella, resaltando la nobleza de sus progenitores, la
elevada alcurnia que la rodeó desde su nacimiento y el alto estatus social que
alcanzó como piuihuarmi de Atahualpa, antes de ser elegida por Pizarro
como compañera. Aunque en su crónica no se menciona expresamente el matrimonio,
resulta evidente la unión por el cuidado con que ensalzó la figura de la princesa.
Todo ello permite suponer que, en aquellos años, Angelina también era feliz.
Sin embargo, aquella felicidad fue
efímera. El destino, que ya le había concedido grandes alegrías y profundas
tristezas, le reservaba nuevos golpes: primero, la partida de su hijo Francisco
a España y, poco después, la noticia de su muerte en tierras lejanas, cuando
apenas era un muchacho.
Nada más se sabe con certeza sobre
la trayectoria de Cuxirimay Odio o Angelina; ni siquiera se conoce la fecha
exacta de su fallecimiento. Solo se tiene constancia de que ocurrió después del
27 de agosto de 1564, fecha en que Hernando Pizarro y su esposa Francisca
Pizarro otorgaron un poder especial a Martín Alonso Ampuero Yupanqui para
ejecutar una transacción relacionada con una parte de la herencia reclamada por
Angelina, correspondiente a los bienes de su hijo Francisco.
Los hijos de Angelina
Se ha visto que Angelina aportó a su
matrimonio con Betanzos a Francisco, uno de los hijos que había tenido con el
Marqués, pues el otro, Juan, había muerto en 1543. El niño tenía hacia 1546
unos nueve años y residía en el Cusco, donde, según relata Garcilaso de la
Vega, fue su condiscípulo y compañero de juegos. También en 1548, el licenciado
La Gasca señaló que Francisco era el único heredero vivo del Marqués, que
contaba nueve o diez años y mostraba buenas disposiciones. En atención a ello,
y considerando la lealtad y los servicios prestados por su padre a la Corona,
se le otorgó el repartimiento de Yucay y las plantaciones de coca de Avisca,
bienes que habían pertenecido a Francisco Pizarro en el Cusco y que estaban valorados
en doce o trece mil pesos. Sin embargo, una Real Cédula dispuso que este
repartimiento quedara bajo control de la Corona, ordenando que de sus tributos
se asignara al joven una renta vitalicia.
El convulso clima del Perú, marcado
por las guerras civiles y el levantamiento de Gonzalo Pizarro, llevó al Consejo
de Indias a considerar insegura la vida de los pequeños descendientes del
Marqués. En consecuencia, el Rey emitió el 11 de marzo de 1550 una Cédula
ordenando su traslado a España. En cumplimiento de esta disposición, el 15 de
marzo del año siguiente embarcaron hacia la Península Francisca, hija de Inés
Huaylas, y Francisco, hijo de Angelina Yupanqui, pues de los otros
descendientes sólo sobrevivía Inés, hija de Gonzalo.
Una vez en España, el muchacho, de
unos trece años, vivió un tiempo en el castillo de La Mota (Medina del Campo),
donde se encontraba su tío Hernando Pizarro. Poco después llegó también a este
lugar la hija de Gonzalo Pizarro, con quien contrajo matrimonio en 1556, cuando
contaba diecinueve años. Sin embargo, la unión fue efímera, ya que Francisco
falleció al año siguiente.
Los hijos de Betanzos
Del matrimonio entre Angelina y
Betanzos nació María. Las noticias sobre ella son escasas, pero se sabe que
tuvo desavenencias con su padre, quien en 1566 reconoció haberla desheredado
por haberse casado contra su voluntad. No obstante, para entonces Betanzos ya
había revocado su testamento y María contaba con la herencia de su madre,
aunque al parecer bastante disminuida. Del litigio que mantuvo con su medio
hermano Ruy se desprende que contrajo matrimonio en dos ocasiones: primero con
Juan Bautista de Vitoria, músico de la catedral del Cusco, quien, según las
declaraciones de María en 1576, había marchado a México hacía ya diez años.
Posteriormente, quizás enterada de su fallecimiento, se casó en 1581 con Gaspar
Hernández, conquistador sexagenario que había llegado desde Potosí con el
mariscal Alonso de Alvarado para sofocar la rebelión de Hernández Girón. En el
marco de este pleito, María declaró hallarse en una situación de pobreza, pues
el repartimiento de Caquixane, otorgado a Betanzos por La Gasca, había pasado a
manos de Ruy, hijo de Catalina Velasco, y porque su padre había vendido gran
parte de las propiedades de su madre. En tal coyuntura, solicitaba
cuatrocientos pesos para su sustento y el de dos hermanas naturales que vivían
con ella, a quienes Catalina había expulsado de su casa tras la muerte del
cronista.
De los mismos autos se infiere que
Betanzos tuvo cinco hijos naturales. Dos de ellos, Juan de Reaño y Diego de
Betanzos, eran ya mayores de veinte años al momento de su muerte: en 1576, el
primero se dedicaba a conducir ganado hacia Potosí, mientras que el segundo
residía en Arequipa. Una hija —de edad no precisada— estaba casada con Diego de
Ávila, y además eran suyas las dos niñas ya mencionadas, de doce y catorce años,
a quienes María mantenía.
Asimismo, Betanzos tuvo tres hijos
legítimos con su segunda esposa, Catalina Velasco: Ruy, Lorenza y Juan, quienes
en 1576 eran menores de catorce años y permanecían bajo la tutela de su madre.
Como Ruy era el único varón legítimo, la encomienda de Caquixane en el Collao
pasó a su poder, motivo por el cual María interpuso pleito contra él,
reclamando cuatrocientos pesos anuales para alimentos. El litigio se prolongó
hasta 1581, tiempo durante el cual logró obtener trescientos pesos, aunque
insatisfecha, aumentó su demanda a quinientos pesos anuales.
El proceso se interrumpe en ese año
sin esclarecer si María obtuvo lo que pedía. Con ello concluyen también las
noticias sobre Betanzos y su familia cusqueña. Muchos años más tarde, en 1645,
se encuentra a Ruy como testigo en un proceso destinado a probar que la coya
doña María Cusi Huarcay estaba enterrada en el convento de Santo Domingo del
Cusco. Para entonces era vecino, regidor perpetuo de la ciudad y encomendero de
la villa de Betanzos, nombre con el que ya se conocía el repartimiento de
Caquixane. En su declaración afirmó tener unos setenta años, lo que situaría su
nacimiento hacia 1574 o 1575, apenas uno o dos años antes de la muerte del
cronista. No obstante, este dato resulta dudoso, dado que en ese tiempo
Betanzos contaba ya con más de sesenta años.
En estas páginas he intentado
arrojar nueva luz sobre la hasta ahora poco conocida figura de Juan de
Betanzos, incorporando datos recabados desde 1987. Sin embargo, aún son muy
escasas las fuentes que permiten delinear con certeza su trayectoria,
particularmente en lo relativo a su labor de historiador, que parece haber
sostenido a lo largo de su vida, aunque hoy gran parte de sus escritos se han
perdido. Soy consciente de que, pese a haber aclarado algunos aspectos
relevantes en esta edición, Betanzos sigue envuelto en múltiples incógnitas.
Cabe esperar que, en un futuro cercano, la historiografía ponga al alcance de
los investigadores documentos inéditos que permitan desvelar otros aspectos de
la novelesca vida y apasionante trayectoria del autor de la Suma y narración
de los Incas: una obra que, sin duda, lo merece.
Hecho y compilado por Lorenzo
Basurto Rodríguez
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