El descubrimiento del mar del Sur

Pocos años después del descubrimiento de América por Cristóbal Colón en 1492 y 1493, se sucedieron también las exploraciones de las islas Lucayas y la Florida. Transcurrieron diez años desde estos trascendentales hallazgos, y sin embargo, los españoles aún no habían establecido en esas tierras una colonia formal. No fue sino hasta 1509, cuando, autorizados por el Sumo Pontífice —quien, por su gracia, cedía los territorios americanos a la Corona de Castilla—, comenzaron a considerar con mayor seriedad la idea de fundar asentamientos permanentes.

A pesar de esta voluntad renovada, las constantes rivalidades entre los partidarios de Bobadilla, Ovando, Nicuesa y Ojeda —divididos en bandos ambiciosos que se saboteaban mutuamente— dificultaban los avances. Las pérdidas de sus embarcaciones, causadas por accidentes en costas aún desconocidas, así como las enfermedades de uno de los climas más insalubres de toda América, acabaron por forzarlos a tomar decisiones drásticas. La escasez de víveres, el pobre cultivo del territorio, las disputas internas y la hostilidad constante de los pueblos originarios los sumieron en una cadena de calamidades, tan estremecedora que su sola narración haría temblar incluso al más insensible frente a los sufrimientos humanos.

Aunque recibieron desde La Española dos importantes refuerzos, la mayoría de esos hombres pereció antes de cumplir un año, víctimas de una miseria espantosa. Los pocos que lograron sobrevivir, lograron por fin establecer una pequeña y frágil colonia en Santa María la Antigua del Darién, al mando de Vasco Núñez de Balboa.

Fue entonces cuando este valiente español reveló, en los momentos más críticos, un temple singular: intrepidez, prudencia, juicio y valor sin medida. Por estas cualidades, se ganó pronto la confianza, el respeto y la admiración de sus compatriotas, quienes, por voluntad propia, lo eligieron como jefe, tanto en las empresas más arduas como en las más brillantes y venturosas.

Entre los miembros de aquella pequeña comunidad se encontraba Francisco Pizarro, destinado a sobresalir en circunstancias aún más trascendentales. Había sido estrecho colaborador de Ojeda, y en su escuela de adversidades forjó tanto la resistencia ante el infortunio como el desarrollo de talentos que más tarde desplegaría en hazañas extraordinarias.

No bien don Juan Ponce de León alcanzó gloria y fortuna con la conquista de Puerto Rico, cuando, tras el descubrimiento de la Florida, se realizó en 1512 otro hallazgo aún más relevante en el continente americano. Por entonces, Vasco Núñez de Balboa, nombrado gobernador de Santa María de Darién por el voto unánime de sus compañeros, se apresuró a obtener de la Corona la confirmación oficial de su cargo. Para ello, envió un emisario a la Península con el propósito de gestionar una real cédula que legitimara su autoridad.

Sin embargo, consciente de que no podía confiar en la protección de los ministros del rey Fernando el Católico —pues carecía de concesiones, favores o influencia alguna en una corte que le era ajena y cuyas intrigas desconocía—, decidió ganar el favor real por el único medio que conocía: prestar servicios notables y merecedores de reconocimiento, que hicieran destacar sus méritos por encima de los de sus competidores, y con ello, justificar las esperanzas que había depositado en su aspiración.

Movido por tan alta ambición, Vasco Núñez de Balboa emprendió nuevas incursiones en las regiones vecinas a la colonia. Durante sus campañas sometió a varios caciques, de quienes obtuvo abundantes cantidades de oro. Este metal —por entonces, como en todas las épocas— era el lenguaje más elocuente y el estímulo más dulce para los cortesanos, quienes acostumbraban vender sus favores a tan vil precio.

Una vez asegurado aquel codiciado tesoro, Balboa presenció un hecho singular: un joven cacique, testigo de las disputas entre los españoles por ese metal cuya utilidad él desconocía, se atrevió a increparlos con firmeza y desprecio:

—¿Por qué se disputan con tanto ardor por algo de tan poco valor? Si es el oro lo que los ha impulsado a abandonar su tierra y perturbar la paz de pueblos lejanos, yo puedo guiarlos a una región donde ese metal, que tanto admiran y desean, es tan abundante que incluso se emplea para fabricar los utensilios domésticos más comunes.

Estas palabras encendieron de entusiasmo a Balboa y sus hombres, quienes, con ansiedad, pidieron al joven cacique que revelara el nombre de aquella tierra afortunada y el modo de alcanzarla. El cacique respondió entonces:

—A seis soles de distancia, es decir, seis jornadas hacia el sur, descubrirán otro mar. Si surcan sus aguas por algunos soles y noches, llegarán a las costas de un territorio vasto y opulento, gobernado por el más poderoso de los reyes, a quien llaman Inca, hijo del Sol. Sin embargo, os advierto: en el estado de debilidad en que ahora se encuentran, los castellanos no podrían apoderarse de tan formidable reino. Antes de intentarlo, será necesario reunir fuerzas muy superiores a las que hoy poseen.

Así fue como los españoles recibieron por primera vez noticias del gran Mar del Sur y del rico y extenso territorio conocido como la Tierra del Sol, que poco después sería llamado Perú por el mundo entero.

De estas revelaciones nació en Balboa el proyecto de descubrir aquel océano meridional. Si bien su ánimo estaba agitado por la curiosidad y la admiración, aún albergaba dudas sobre la veracidad de aquella promesa. Oscilaba entre creer en la existencia de tan prodigioso mar o suponer que todo había sido una fábula, inventada por el cacique con el propósito de calmar las crecientes tensiones entre los españoles, que se disputaban el reparto del oro con creciente codicia.

Pero Balboa, en quien era característica la audacia para emprender descubrimientos arduos, y animado además por el ardiente deseo de alcanzar gloria duradera que le asegurase fama y poder, no vaciló en decidirse a la empresa. En ese momento, se desplegaron ante su mente —como hombre de genio y de un valor a toda prueba— todos los horizontes dignos de su ilimitada ambición y de la osada actividad que acostumbraba ejercer en función de sus propios intereses. Embriagado por estas visiones halagüeñas, que alimentaban su anhelo de renombre, resolvió lanzarse a la exploración, convencido de que el océano mencionado por el joven cacique debía ser el mismo que Cristóbal Colón había buscado en aquella parte del Nuevo Mundo, en su afán por encontrar una vía más directa hacia las Indias Orientales.

Balboa dedujo además que aquel territorio descrito —árido y vasto— no podía ser otro que una porción de esa tierra grande y opulenta que la fama y la casualidad, al favorecer a antiguos exploradores, habían hecho resonar en todas las regiones del mundo conocido. Se consideró entonces afortunado, o más bien halagado por la idea de lograr aquello que ni los hombres más doctos en navegación ni los exploradores más ilustres habían conseguido. Mientras sus esfuerzos anteriores le parecían ahora insignificantes, esta empresa se le presentaba como la más noble y trascendental de su vida: un descubrimiento que, si lograba consumarlo, sería grato a su rey y de incalculable utilidad para su nación.

Tomada así la resolución, se hizo necesario adoptar medidas y realizar los preparativos indispensables para asegurar el éxito. Balboa comenzó por ganarse la amistad de los caciques vecinos y envió a algunos de sus oficiales a la isla La Española con una considerable cantidad de oro, testimonio de sus logros recientes y promesa de conquistas aún mayores. Estos obsequios, distribuidos con oportunidad y astucia, le granjearon el favor del gobernador y atrajeron a numerosos voluntarios dispuestos a unirse a su causa. Así, cuando recibió el refuerzo esperado desde la isla, se consideró por fin en condiciones de emprender la marcha hacia el océano que tanto se anhelaba descubrir.

La empresa consistía en atravesar el terreno que se extendía desde Santa María hasta el istmo de Darién, una franja de apenas sesenta millas de ancho que une América del Sur con América del Norte. Esta estrecha lengua de tierra está fortificada por una cadena de montañas que recorre todo su largo, formando una sólida barrera entre dos mares que, enfrentados y poderosos, parecen dignos del más profundo asombro.

Las montañas del istmo están cubiertas por densos y casi impenetrables bosques; su clima es húmedo y lluvioso durante dos tercios del año. Sus valles, pantanosos e inundados de manera casi permanente, obligan a sus escasos habitantes a construir sus viviendas sobre los árboles para elevarse del terreno fangoso y mantenerse a salvo de los reptiles que abundan en las aguas estancadas. Esta estrecha franja de tierra está cortada por caudalosos ríos que descienden con violencia desde las montañas hasta el mar. Sus márgenes, habitadas únicamente por grupos indígenas errantes, eran prácticamente vírgenes para la industria humana, que aún no había intervenido para mitigar sus rigores naturales.

Fue en este contexto que Balboa decidió adentrarse en aquel país desconocido, sin contar con otros guías que los propios indígenas, cuya fidelidad era incierta, y cuya orientación, aunque valiosa, no ofrecía las garantías necesarias para una expedición de tal envergadura.

Debe considerarse esta empresa como una de las más arriesgadas que jamás emprendieran los españoles en el Nuevo Mundo. Sin embargo, la intrepidez de Balboa era tan extraordinaria que lo distinguía incluso entre sus compatriotas, en una época en que hasta el último de los aventureros se destacaba por su audacia y valor. Este español unía a la valentía la prudencia, a la generosidad la afabilidad, y poseía además una natural popularidad que le permitía atraer voluntades y asegurar el éxito de empresas que, por su temeridad, parecían condenadas al fracaso. A su temple personal se sumaban su firme decisión de triunfar y una lealtad inquebrantable al servicio del rey y la corona.

Reunidos ya los voluntarios llegados de La Española, Balboa solo pudo contar con 190 hombres aptos para la expedición. No obstante, eran soldados veteranos, robustos, acostumbrados al clima de América y a las duras condiciones de las conquistas en esas tierras, capaces —como su caudillo— de enfrentar los más grandes peligros y privaciones. Para facilitar la marcha, se hicieron acompañar de mil indios que transportaban sus provisiones, y completaron su fuerza llevando consigo varios de esos feroces perros de guerra que tanto temían los indígenas, completamente desnudos e indefensos ante su violencia.

Finalmente, Balboa se puso en marcha, encabezando esta trascendental expedición el 1.º de septiembre de 1512, justo cuando las lluvias estacionales comenzaban a ceder, dando paso a un clima más benigno. Desembarcó sin contratiempos en el territorio de un cacique cuya amistad había ganado hábilmente. Sin embargo, apenas comenzó a internarse en el interior del país, su avance fue detenido por múltiples obstáculos, tanto por la naturaleza inhóspita del terreno como por la actitud hostil de los pobladores.

Al llegar Balboa, algunos caciques huyeron con sus vasallos a las montañas, llevándose o destruyendo todo lo que pudiera servir para abastecer a los españoles. Otros, en cambio, reunieron a sus gentes para oponer resistencia. Pronto comprendió Balboa cuán difícil sería conducir una columna de soldados a través de un territorio enemigo, cruzando pantanos, ríos y bosques vírgenes hasta entonces sólo transitados por pueblos nómadas y salvajes.

Pero él, participando en todas las fatigas como el más humilde de sus hombres y siendo siempre el primero en enfrentar el peligro, mantenía vivo el entusiasmo de sus tropas. Prometía con firmeza más gloria y mayores riquezas que las obtenidas por los más afortunados conquistadores, y lograba así sostener la moral y el valor de sus hombres, que lo seguían sin una sola queja.

Habían ya avanzado profundamente en las montañas cuando un poderoso cacique salió a su encuentro con un numeroso ejército para defender el paso de un angosto desfiladero. Pero hombres acostumbrados a superar los más temibles obstáculos no podían ser detenidos por una resistencia tan débil. Atacaron con impetuosidad, dispersaron al enemigo con poco esfuerzo y continuaron su avance tras haber causado una gran matanza.

Aunque sus guías aseguraban que solo serían necesarios seis días para cruzar el istmo, llevaban ya veinticinco abriéndose paso entre montañas y selvas. Muchos de los soldados estaban al borde del colapso, extenuados por las incesantes fatigas bajo un clima abrasador; otros caían víctimas de las enfermedades propias de la región; y todos, sin excepción, estaban impacientes por alcanzar el ansiado final de sus penurias. Finalmente, los indios les aseguraron que desde la cima de la montaña más cercana podrían al fin divisar el océano, objetivo supremo de su empresa.

Después de escalar con gran esfuerzo la parte más empinada de la montaña, Balboa ordenó a su tropa hacer un alto y se adelantó solo hasta la cima, deseoso de contemplar, antes que nadie, el espectáculo largamente anhelado. Al divisar por fin el vasto mar extendiéndose ante él hasta donde alcanzaba la vista, se arrodilló, levantó las manos al cielo y dio gracias a Dios por haberlo conducido a un descubrimiento tan ventajoso para su patria y tan glorioso para él.

Sus compañeros, al observar su emoción, corrieron hacia la cumbre para compartir con él la admiración, el júbilo y el agradecimiento. Pronto descendieron hacia la costa, y Balboa, internándose en las aguas con su escudo y su espada, tomó posesión del océano en nombre del rey de España, jurando defenderlo con aquellas mismas armas contra todos los enemigos de su soberano. Así fue como esa parte del gran océano Pacífico, o mar del Sur, que él descubrió en un principio —al este del actual territorio panameño— conservó desde entonces el nombre que él mismo le dio: golfo de San Miguel.

Con las armas, obligó a varios régulos de los distritos vecinos a entregarle víveres y oro; otros, por voluntad propia, le enviaron estos obsequios. Algunos caciques añadieron a estos dones una considerable cantidad de perlas, y Balboa supo con satisfacción que las conchas que las producían abundaban en las aguas del mar recién descubierto. Esta nueva fuente de riqueza animó aún más a sus hombres, sobre todo cuando recibieron noticias que reforzaban la esperanza de obtener beneficios aún mayores.

Los indígenas de la costa le aseguraban, sin desacuerdo alguno, que a considerable distancia hacia el este se hallaba un reino rico y poderoso cuyos habitantes criaban animales domesticados para transportar cargas. Para explicarse mejor, dibujaron en la arena la silueta de llamas o guanacos, animales que más tarde serían hallados en el Perú, domesticados por los peruanos como si fuesen acémilas. Por su figura, semejante en algo al camello —animal característico de Asia—, y sumado al hallazgo de perlas, también propias de ese continente, los españoles se aferraron aún más a la errónea idea de que el Nuevo Mundo estaba próximo a las Indias Orientales, cuando en realidad se hallaban muy lejos de ellas.

En ese contexto, y fortalecido por los continuos avisos de los nativos, que confirmaban sus conjeturas y esperanzas, Balboa sintió una impaciencia creciente por descubrir ese misterioso país. Sin embargo, comprendía que no era prudente aventurarse en una empresa de tal magnitud con un grupo de hombres agotados por el esfuerzo y debilitados por las enfermedades del clima. Decidió, por tanto, regresar con sus compañeros al asentamiento de Santa María la Antigua del Darién, con la intención de volver en la estación siguiente, esta vez con fuerzas adecuadas para acometer la peligrosa expedición que planeaba: descubrir la tierra del Perú.

Con ese propósito, y deseoso de adquirir un conocimiento más amplio del istmo, emprendió el regreso por una ruta distinta de la utilizada en la ida. Sin embargo, las dificultades y peligros no fueron menores, aunque nada resultaba insuperable para hombres movidos por la esperanza y la visión de un porvenir prometedor. Balboa llegó finalmente a Santa María tras cuatro meses de ausencia, trayendo consigo más gloria y riquezas que las obtenidas hasta entonces por los españoles en cualquier otra expedición al Nuevo Mundo.

En esta empresa, entre los oficiales que acompañaban a Balboa, ninguno se destacó tanto como Francisco Pizarro, quien demostró un valor y una diligencia excepcionales al ayudar a su jefe a abrir camino hacia las tierras con las que más tarde él mismo estaría profundamente vinculado, desempeñando un papel brillante y de enorme trascendencia para los intereses españoles.

Una vez obtenidas noticias del rico Imperio del Perú, lo primero que hizo Balboa fue enviar a España un detallado informe del trascendental descubrimiento y solicitar un refuerzo de mil hombres con el propósito de conquistar aquellas poderosas regiones que tan atractivas se le habían presentado. Puede decirse que la noticia de haber hallado por fin un paso hacia el gran océano meridional causó aún mayor entusiasmo que la noticia inicial del descubrimiento del Nuevo Mundo. Ya no cabía duda de que existía una ruta hacia las Indias Orientales por el oeste de la línea de demarcación trazada por el Papa. Los tesoros que Portugal extraía a diario de sus posesiones en Asia eran motivo de envidia y ambición para las demás potencias europeas. Fernando el Católico, animado por la esperanza de participar en tan lucrativo comercio, decidió hacer un esfuerzo mayor al solicitado por Balboa.

Sin embargo, esta misma decisión puso en evidencia la sombría política que lo guiaba y la funesta antipatía que sentía el obispo Fonseca —entonces presidente del Consejo de Indias— hacia cualquier hombre que se distinguiera en el Nuevo Mundo. A pesar de los recientes y notables servicios prestados por Balboa, que lo convertían en el candidato ideal para culminar la gloriosa empresa que él mismo había iniciado, Fernando, con gran ingratitud, ignoró sus méritos y nombró a Pedrarias Dávila gobernador del Darién. A este último le confió el mando de quince naves de gran porte y mil doscientos soldados.

Estas embarcaciones fueron equipadas con una magnificencia sin precedentes a expensas del erario, un lujo que Fernando no había mostrado en anteriores expediciones al Nuevo Mundo. Tan entusiasmados estaban los hidalgos españoles con la idea de un país donde —según la fama— bastaba con arrojar redes al mar para recoger oro, que mil quinientos se embarcaron en la flota, y muchos más habrían querido alistarse si no fuera por la falta de recursos para mantenerlos.

La expedición navegó sin contratiempos y a fines de diciembre de 1512 Pedrarias llegó al golfo del Darién. Inmediatamente envió a tierra a varios de sus principales oficiales con el encargo de notificar a Balboa su llegada y comunicarle la real cédula que lo nombraba gobernador de la colonia. Aquellos enviados, que habían oído hablar de las hazañas de Balboa y se habían forjado una imagen grandiosa de sus riquezas, quedaron sorprendidos al encontrarlo vestido con un humilde sayo de lienzo, calzado con alpargatas y trabajando junto a unos indios para techar su cabaña con hojas de palma.

Pese a ese aspecto sencillo, tan ajeno a las expectativas de sus visitantes, Balboa los recibió con la dignidad que le confería su posición. La fama de sus descubrimientos había atraído a tantos aventureros de diversas islas que podía reunir un contingente de cuatrocientos cincuenta hombres armados. Con estos veteranos valientes podría haber resistido a Pedrarias y su tropa. Sin embargo, aunque sus compañeros protestaban con vehemencia por la injusticia del rey —al permitir que forasteros se llevaran el fruto de sus sacrificios y esfuerzos—, Balboa aceptó con humildad la voluntad de su soberano y recibió a Pedrarias con la consideración debida al cargo que traía como nuevo gobernador del Darién.

A pesar de que Pedrarias le debía a la moderación de Balboa el haber tomado posesión pacífica del gobierno, no tardó en mostrar desconfianza. Nombró una comisión para instruir un proceso judicial sobre la conducta de Balboa durante el tiempo que estuvo bajo las órdenes de Nicuesa y Enciso, y le impuso una cuantiosa multa por las supuestas faltas en que sus jueces lo hallaron culpable. Balboa, que acababa de ocupar el primer lugar en la colonia, sintió profundamente verse sometido a juicio y castigado en el mismo lugar donde había cosechado sus mayores logros.

Por su parte, Pedrarias no podía ocultar la envidia que le inspiraba el mérito superior de Balboa. Así, el resentimiento de uno y los celos del otro se convirtieron en una fuente constante de divisiones perjudiciales para la colonia. Pero una calamidad aún más grave no tardó en sobrevenir.

Pedrarias desembarcó en Darién durante la estación menos propicia del año —en plena temporada de lluvias—, en una zona tórrida donde los aguaceros caen con una intensidad desconocida en climas templados. La población de Santa María, asentada en una llanura fértil rodeada de bosques y pantanos, resultó ser un lugar insalubre para los europeos. En ese clima malsano, y bajo tan adversas condiciones, estalló una epidemia violenta y mortífera que diezmó a las tropas de Pedrarias. La escasez extrema de provisiones agravó la situación, pues no era posible conseguir alimentos frescos para los enfermos ni sustento suficiente para los sanos.

En menos de un mes murieron, en la mayor miseria, más de seiscientos españoles, sumiendo a la colonia en la desesperación y el abatimiento. Muchos oficiales y personajes destacados pidieron ser relevados de sus cargos y renunciaron de buena gana a sus esperanzas de fortuna con tal de librarse de aquella región exterminadora.

Intentando aliviar el ánimo de los sobrevivientes, Pedrarias buscó mantenerlos ocupados. Para ello, envió varios destacamentos al interior con el fin de imponer tributos en oro a los indígenas y descubrir nuevas minas. Sin embargo, estos codiciosos aventureros, más preocupados por el lucro inmediato que por asegurar un futuro sostenible, saquearon sin distinción todos los lugares a los que llegaban. Ignoraron las alianzas con muchos caciques, los despojaron de todas sus posesiones valiosas y trataron con la mayor crueldad e insolencia tanto a ellos como a sus vasallos.

Esa tiranía y esos abusos, que Pedrarias no pudo —o no quiso— contener, convirtieron en un desierto la vasta región entre el golfo de Darién y el lago de Nicaragua. Los españoles, por su imprudencia, perdieron así los recursos y la colaboración que podrían haber encontrado en la amistad de los nativos para proseguir sus conquistas hacia el mar del Sur.

Balboa, testigo del daño que esa conducta desatinada causaba a su proyecto más preciado, envió a España enérgicas quejas contra la administración de Pedrarias, acusándolo de haber arruinado una colonia que había sido próspera y prometedora. Pedrarias, por su parte, replicó con acusaciones contra Balboa, alegando que había engañado al rey con relatos exagerados de sus hazañas y falsas promesas sobre la riqueza del país, donde —decía con sarcasmo— no se hallaba oro a cada paso, como si fuera arena en la orilla del mar.

A raíz de estas desavenencias, el rey Fernando comprendió finalmente el error que había cometido al apartar del mando al oficial más activo y experimentado que poseía en el Nuevo Mundo. Buscando reparar esta falta, nombró a Balboa adelantado o teniente gobernador de los territorios situados junto al mar del Sur, otorgándole una autoridad y prerrogativas bastante amplias. Al mismo tiempo, ordenó a Pedrarias que prestase apoyo a Balboa en todas sus empresas y que consultara con él las operaciones que el propio Pedrarias pensase emprender. Pero no estaba en manos del monarca lograr que dos hombres que se profesaban un odio manifiesto llegasen, de pronto, a tenerse mutua confianza.

Pedrarias continuó tratando a su rival con desdén, y como la fortuna de Balboa se hallaba arruinada por el pago de la multa y otras exacciones impuestas por aquel, no pudo hacer los preparativos necesarios para asumir efectivamente su nuevo cargo. Sin embargo, las extorsiones y la intervención del obispo del Darién condujeron a una reconciliación entre ambos enemigos hacia junio de 1513, con el propósito de consolidar la unión. Como prueba de esta alianza, Pedrarias consintió en entregar a su hija en matrimonio a Balboa.

El primer fruto de esta tregua fue el permiso concedido a Balboa para realizar algunas incursiones en el interior del país, las cuales ejecutó en julio con tal prudencia y acierto, que acrecentaron aún más su ya sólida reputación. Muchos aventureros se unieron a su causa, y gracias al respaldo y auxilio de Pedrarias, pudo Balboa dar inicio a los preparativos de su proyectada expedición hacia la Mar del Sur. Para llevar a cabo tal empresa, era imprescindible construir naves capaces de transportar tropas a las provincias donde se proponía desembarcar. Y, en efecto, luego de superar numerosos obstáculos y de soportar muchas de esas dificultades que parecían estar reservadas para los conquistadores de América, logró terminar los trabajos iniciados en 1512, y construyó cuatro buques o bergantines de pequeño porte.

Todo estuvo listo entre agosto y septiembre en Panamá para zarpar rumbo al Perú, con trescientos hombres seleccionados, una fuerza superior a la que empleó más tarde Pizarro en la misma empresa. Sin embargo, justo entonces, Balboa recibió un mensaje inesperado de Pedrarias, quien lo llamaba a su presencia. Balboa, decidido a no desperdiciar los preparativos ya concluidos, aplazó su comparecencia y zarpó con sus hombres a fines de septiembre de 1513 desde la bahía de Panamá, rumbo a las costas del imperio de los incas.

Este audaz español llegó con su flotilla hasta Puerto Viejo, pero una de las naves se adelantó hasta Tumbes, a bordo de la cual viajaban el propio Balboa y Francisco Pizarro. Allí confirmaron la existencia del rico imperio que los indígenas del Darién y Panamá les habían descrito. Desde ese momento, Balboa se consideró con razón el verdadero descubridor del mar del Sur y, a la vez, del codiciado reino del oro y la plata: el Imperio del Perú, que lo era sin exageración.

Balboa arribó a Tumbes a fines de diciembre del mismo año, tras tres meses de navegación. Su gente se encontraba ya exhausta de permanecer tanto tiempo embarcada, y además enferma y al borde del hambre, pues los víveres se habían agotado por falta de previsión y ahorro. Fue en ese tiempo cuando, en las orillas del río Tumbes, Balboa y Pizarro capturaron a un indígena absorto ante la visión de los navíos, que contemplaba como si fuesen portentos divinos. Lo llevaron a bordo e intentaron preguntarle el nombre de la tierra que divisaban. El indígena, queriendo entender si le preguntaban por su nombre o por qué estaba sobre las aguas, respondió: “Berú” o “Pilú”. Los españoles interpretaron de esta respuesta que el nombre del lugar era “Perú”. Así quedó bautizado el Imperio de los Incas con aquel nombre, ya fuera por el del indígena, por el del río en que fue hallado, o por la confusión de ambas cosas. Desde entonces, los naturales de esa tierra serían conocidos como peruanos.

Balboa y Pizarro, una vez obtenida toda la información que necesitaban, dejaron en libertad al indígena, no sin antes obsequiarle chaquiras, cascabeles y cuentas de metal. Su intención era que regresara entre los suyos y mostrara con orgullo el buen trato recibido a bordo por aquellos hombres extraños y completamente desconocidos para ellos.

Al alcanzar el punto más lejano de su travesía, Balboa resolvió regresar a Panamá, llevando consigo noticias certeras y una valiosa experiencia, con el propósito de acordar con el gobernador del Darién, Pedrarias —su suegro—, una expedición formal que asegurara el éxito de la empresa. No obstante, no perdía de vista el deseo de conservar para sí la gloria de haber sido el descubridor del océano meridional en el sur de América, así como el caudillo que conquistaría aquel rico reino que acababa de presentarse ante sus ojos. Convencido de ello, Balboa regresó al istmo a fines del año 1514. Esta vuelta, aparentemente inofensiva, resultó ser su ruina, víctima de la encarnizada envidia de su suegro.

La reconciliación de Pedrarias con Balboa nunca fue sincera. El creciente prestigio del explorador reavivó la antigua enemistad del gobernador, que se tornó cada día más activa. A pesar de que Balboa se había convertido en su yerno —y de haber sido antes cruelmente tratado por él—, Pedrarias temía que el éxito de su empresa en el Perú lo llevara a independizarse de su autoridad. Este cúmulo de odio, celos y temor obraba con tal fuerza sobre el espíritu vengativo de Pedrarias que, por satisfacer su rencor, no dudó en frustrar una empresa de gran trascendencia para su país.

Así, bajo pretextos falsos pero plausibles, y apenas enterado del regreso de Balboa, lo citó formalmente para entrevistarse con él y recibir un informe completo de sus descubrimientos. Balboa, confiado como quien no tiene nada que reprocharse, acudió sin dudar al lugar señalado, en marzo de 1515. Pero apenas llegó, fue arrestado por orden directa de su suegro, quien, impaciente por saciar su venganza, no le permitió languidecer mucho tiempo en prisión.

Pedrarias nombró de inmediato a jueces afines a su voluntad para que llevaran adelante el proceso. Balboa fue acusado de traición al rey y de intento de rebelión contra el gobernador, alegando como motivo su desobediencia al no acudir inmediatamente cuando fue convocado por primera vez. Con tales jueces —mero eco de la rabia de Pedrarias—, la sentencia de muerte no tardó en ser pronunciada.

En vano los habitantes de la colonia suplicaron con insistencia el perdón de Balboa. El gobernador se mostró implacable, y los españoles presenciaron, con tanto dolor como asombro, la ejecución en el cadalso, en 1516, de aquel hombre que, entre todos los que habían gobernado en América, era considerado como el más capacitado para concebir y llevar a cabo grandes empresas. Su muerte significó el abandono definitivo de la expedición que había proyectado.

Pedrarias, favorecido poderosamente por el obispo de Burgos y otros cortesanos influyentes, no solo evitó el castigo que merecían la violencia y la injusticia de sus actos, sino que mantuvo su cargo y su autoridad. Poco después, en 1517, obtuvo permiso para trasladar la colonia del insalubre asentamiento de Santa María a Panamá, ubicado en la costa opuesta del istmo. Si bien el nuevo sitio no era mucho más saludable, su localización estratégica facilitó enormemente las futuras conquistas españolas en las vastas provincias ribereñas del mar del Sur, especialmente la de don Francisco Pizarro sobre todo el Imperio del Perú. Esta conquista no solo enriqueció a quienes la llevaron a cabo, sino también a toda España, sacándola de su atraso, y, con el tiempo, impactó incluso al mundo entero.

Habiéndose descubierto de esta manera el mar del Sur, es justo reconocer a Vasco Núñez de Balboa como su verdadero descubridor. Fue él quien lo divisó desde la tierra del Sol en el año 1513, según Garcilaso, y en 1515 o 1516, según Herrera, Robertson y otros cronistas. Esta gloria le pertenece exclusivamente, y por tanto es justo declarársela, aunque ya no esté vivo para recibir el homenaje eterno a su heroico nombre.

El rey Fernando le otorgó el título de Adelantado del mar del Sur, con derecho a conquistar y gobernar los reinos situados en sus costas; sin embargo, disfrutó de ese honor por tan breve tiempo, que, como ya se ha dicho, su prematura muerte —causada por la envidia de su suegro, el gobernador Pedro Arias Dávila— le impidió llevar a cabo tan grandiosa empresa.

Así murió el desdichado Balboa, víctima de la tiranía de su persistente perseguidor. Pero este trágico desenlace le permitió a su verdugo asumir la codiciada expedición por cuenta propia, formando en Panamá una alianza clave: el llamado triunvirato compuesto por el maestre escuela Fernando de Luque, don Diego de Almagro, y sobre todo el capitán don Francisco Pizarro, quien finalmente se convertiría en el verdadero conquistador del Imperio de los Incas, como el lector podrá ver detalladamente más adelante.

Esta extensa reseña histórica ha sido incluida anticipadamente en este tomo, cumpliendo con el compromiso de ofrecer al inicio una visión general, y porque sin la narración del descubrimiento del océano meridional —el Pacífico— no se podría comprender adecuadamente la secuencia cronológica de los hechos de la conquista, ni su desarrollo lógico y encadenado.

Hecho y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez

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