El descubrimiento del mar del Sur
Pocos años después del
descubrimiento de América por Cristóbal Colón en 1492 y 1493, se sucedieron
también las exploraciones de las islas Lucayas y la Florida. Transcurrieron
diez años desde estos trascendentales hallazgos, y sin embargo, los españoles
aún no habían establecido en esas tierras una colonia formal. No fue sino hasta
1509, cuando, autorizados por el Sumo Pontífice —quien, por su gracia, cedía
los territorios americanos a la Corona de Castilla—, comenzaron a considerar
con mayor seriedad la idea de fundar asentamientos permanentes.
A pesar de esta voluntad renovada,
las constantes rivalidades entre los partidarios de Bobadilla, Ovando, Nicuesa
y Ojeda —divididos en bandos ambiciosos que se saboteaban mutuamente—
dificultaban los avances. Las pérdidas de sus embarcaciones, causadas por
accidentes en costas aún desconocidas, así como las enfermedades de uno de los
climas más insalubres de toda América, acabaron por forzarlos a tomar decisiones
drásticas. La escasez de víveres, el pobre cultivo del territorio, las disputas
internas y la hostilidad constante de los pueblos originarios los sumieron en
una cadena de calamidades, tan estremecedora que su sola narración haría
temblar incluso al más insensible frente a los sufrimientos humanos.
Aunque recibieron desde La Española
dos importantes refuerzos, la mayoría de esos hombres pereció antes de cumplir
un año, víctimas de una miseria espantosa. Los pocos que lograron sobrevivir,
lograron por fin establecer una pequeña y frágil colonia en Santa María la
Antigua del Darién, al mando de Vasco Núñez de Balboa.
Fue entonces cuando este valiente
español reveló, en los momentos más críticos, un temple singular: intrepidez,
prudencia, juicio y valor sin medida. Por estas cualidades, se ganó pronto la
confianza, el respeto y la admiración de sus compatriotas, quienes, por
voluntad propia, lo eligieron como jefe, tanto en las empresas más arduas como
en las más brillantes y venturosas.
Entre los miembros de aquella
pequeña comunidad se encontraba Francisco Pizarro, destinado a sobresalir en
circunstancias aún más trascendentales. Había sido estrecho colaborador de
Ojeda, y en su escuela de adversidades forjó tanto la resistencia ante el
infortunio como el desarrollo de talentos que más tarde desplegaría en hazañas
extraordinarias.
No bien don Juan Ponce de León alcanzó gloria y
fortuna con la conquista de Puerto Rico, cuando, tras el descubrimiento de la
Florida, se realizó en 1512 otro hallazgo aún más relevante en el continente
americano. Por entonces, Vasco Núñez de Balboa, nombrado gobernador de Santa
María de Darién por el voto unánime de sus compañeros, se apresuró a obtener de
la Corona la confirmación oficial de su cargo. Para ello, envió un emisario a
la Península con el propósito de gestionar una real cédula que legitimara su
autoridad.
Sin embargo, consciente de que no
podía confiar en la protección de los ministros del rey Fernando el Católico
—pues carecía de concesiones, favores o influencia alguna en una corte que le
era ajena y cuyas intrigas desconocía—, decidió ganar el favor real por el
único medio que conocía: prestar servicios notables y merecedores de
reconocimiento, que hicieran destacar sus méritos por encima de los de sus
competidores, y con ello, justificar las esperanzas que había depositado en su
aspiración.
Movido por tan alta ambición, Vasco
Núñez de Balboa emprendió nuevas incursiones en las regiones vecinas a la
colonia. Durante sus campañas sometió a varios caciques, de quienes obtuvo
abundantes cantidades de oro. Este metal —por entonces, como en todas las
épocas— era el lenguaje más elocuente y el estímulo más dulce para los
cortesanos, quienes acostumbraban vender sus favores a tan vil precio.
Una vez asegurado aquel codiciado tesoro,
Balboa presenció un hecho singular: un joven cacique, testigo de las disputas
entre los españoles por ese metal cuya utilidad él desconocía, se atrevió a
increparlos con firmeza y desprecio:
—¿Por qué se disputan con tanto
ardor por algo de tan poco valor? Si es el oro lo que los ha impulsado a
abandonar su tierra y perturbar la paz de pueblos lejanos, yo puedo guiarlos a
una región donde ese metal, que tanto admiran y desean, es tan abundante que
incluso se emplea para fabricar los utensilios domésticos más comunes.
Estas palabras encendieron de
entusiasmo a Balboa y sus hombres, quienes, con ansiedad, pidieron al joven
cacique que revelara el nombre de aquella tierra afortunada y el modo de
alcanzarla. El cacique respondió entonces:
—A seis soles de distancia, es
decir, seis jornadas hacia el sur, descubrirán otro mar. Si surcan sus aguas
por algunos soles y noches, llegarán a las costas de un territorio vasto y
opulento, gobernado por el más poderoso de los reyes, a quien llaman Inca, hijo
del Sol. Sin embargo, os advierto: en el estado de debilidad en que ahora se
encuentran, los castellanos no podrían apoderarse de tan formidable reino.
Antes de intentarlo, será necesario reunir fuerzas muy superiores a las que hoy
poseen.
Así fue como los españoles
recibieron por primera vez noticias del gran Mar del Sur y del rico y extenso
territorio conocido como la Tierra del Sol, que poco después sería llamado Perú
por el mundo entero.
De estas revelaciones nació en
Balboa el proyecto de descubrir aquel océano meridional. Si bien su ánimo
estaba agitado por la curiosidad y la admiración, aún albergaba dudas sobre la
veracidad de aquella promesa. Oscilaba entre creer en la existencia de tan
prodigioso mar o suponer que todo había sido una fábula, inventada por el
cacique con el propósito de calmar las crecientes tensiones entre los
españoles, que se disputaban el reparto del oro con creciente codicia.
Pero Balboa, en quien era
característica la audacia para emprender descubrimientos arduos, y animado
además por el ardiente deseo de alcanzar gloria duradera que le asegurase fama
y poder, no vaciló en decidirse a la empresa. En ese momento, se desplegaron
ante su mente —como hombre de genio y de un valor a toda prueba— todos los
horizontes dignos de su ilimitada ambición y de la osada actividad que
acostumbraba ejercer en función de sus propios intereses. Embriagado por estas
visiones halagüeñas, que alimentaban su anhelo de renombre, resolvió lanzarse a
la exploración, convencido de que el océano mencionado por el joven cacique
debía ser el mismo que Cristóbal Colón había buscado en aquella parte del Nuevo
Mundo, en su afán por encontrar una vía más directa hacia las Indias
Orientales.
Balboa dedujo además que aquel
territorio descrito —árido y vasto— no podía ser otro que una porción de esa
tierra grande y opulenta que la fama y la casualidad, al favorecer a antiguos
exploradores, habían hecho resonar en todas las regiones del mundo conocido. Se
consideró entonces afortunado, o más bien halagado por la idea de lograr
aquello que ni los hombres más doctos en navegación ni los exploradores más
ilustres habían conseguido. Mientras sus esfuerzos anteriores le parecían ahora
insignificantes, esta empresa se le presentaba como la más noble y
trascendental de su vida: un descubrimiento que, si lograba consumarlo, sería
grato a su rey y de incalculable utilidad para su nación.
Tomada así la resolución, se hizo
necesario adoptar medidas y realizar los preparativos indispensables para
asegurar el éxito. Balboa comenzó por ganarse la amistad de los caciques
vecinos y envió a algunos de sus oficiales a la isla La Española con una
considerable cantidad de oro, testimonio de sus logros recientes y promesa de
conquistas aún mayores. Estos obsequios, distribuidos con oportunidad y astucia,
le granjearon el favor del gobernador y atrajeron a numerosos voluntarios
dispuestos a unirse a su causa. Así, cuando recibió el refuerzo esperado desde
la isla, se consideró por fin en condiciones de emprender la marcha hacia el
océano que tanto se anhelaba descubrir.
La empresa consistía en atravesar el
terreno que se extendía desde Santa María hasta el istmo de Darién, una franja
de apenas sesenta millas de ancho que une América del Sur con América del
Norte. Esta estrecha lengua de tierra está fortificada por una cadena de
montañas que recorre todo su largo, formando una sólida barrera entre dos mares
que, enfrentados y poderosos, parecen dignos del más profundo asombro.
Las montañas del istmo están
cubiertas por densos y casi impenetrables bosques; su clima es húmedo y
lluvioso durante dos tercios del año. Sus valles, pantanosos e inundados de
manera casi permanente, obligan a sus escasos habitantes a construir sus
viviendas sobre los árboles para elevarse del terreno fangoso y mantenerse a
salvo de los reptiles que abundan en las aguas estancadas. Esta estrecha franja
de tierra está cortada por caudalosos ríos que descienden con violencia desde
las montañas hasta el mar. Sus márgenes, habitadas únicamente por grupos
indígenas errantes, eran prácticamente vírgenes para la industria humana, que
aún no había intervenido para mitigar sus rigores naturales.
Fue en este contexto que Balboa
decidió adentrarse en aquel país desconocido, sin contar con otros guías que
los propios indígenas, cuya fidelidad era incierta, y cuya orientación, aunque
valiosa, no ofrecía las garantías necesarias para una expedición de tal
envergadura.
Debe considerarse esta empresa como
una de las más arriesgadas que jamás emprendieran los españoles en el Nuevo
Mundo. Sin embargo, la intrepidez de Balboa era tan extraordinaria que lo
distinguía incluso entre sus compatriotas, en una época en que hasta el último
de los aventureros se destacaba por su audacia y valor. Este español unía a la
valentía la prudencia, a la generosidad la afabilidad, y poseía además una
natural popularidad que le permitía atraer voluntades y asegurar el éxito de
empresas que, por su temeridad, parecían condenadas al fracaso. A su temple
personal se sumaban su firme decisión de triunfar y una lealtad inquebrantable
al servicio del rey y la corona.
Reunidos ya los voluntarios llegados
de La Española, Balboa solo pudo contar con 190 hombres aptos para la
expedición. No obstante, eran soldados veteranos, robustos, acostumbrados al
clima de América y a las duras condiciones de las conquistas en esas tierras,
capaces —como su caudillo— de enfrentar los más grandes peligros y privaciones.
Para facilitar la marcha, se hicieron acompañar de mil indios que transportaban
sus provisiones, y completaron su fuerza llevando consigo varios de esos
feroces perros de guerra que tanto temían los indígenas, completamente desnudos
e indefensos ante su violencia.
Finalmente, Balboa se puso en
marcha, encabezando esta trascendental expedición el 1.º de septiembre de 1512,
justo cuando las lluvias estacionales comenzaban a ceder, dando paso a un clima
más benigno. Desembarcó sin contratiempos en el territorio de un cacique cuya
amistad había ganado hábilmente. Sin embargo, apenas comenzó a internarse en el
interior del país, su avance fue detenido por múltiples obstáculos, tanto por
la naturaleza inhóspita del terreno como por la actitud hostil de los
pobladores.
Al llegar Balboa, algunos caciques
huyeron con sus vasallos a las montañas, llevándose o destruyendo todo lo que
pudiera servir para abastecer a los españoles. Otros, en cambio, reunieron a
sus gentes para oponer resistencia. Pronto comprendió Balboa cuán difícil sería
conducir una columna de soldados a través de un territorio enemigo, cruzando
pantanos, ríos y bosques vírgenes hasta entonces sólo transitados por pueblos
nómadas y salvajes.
Pero él, participando en todas las
fatigas como el más humilde de sus hombres y siendo siempre el primero en
enfrentar el peligro, mantenía vivo el entusiasmo de sus tropas. Prometía con
firmeza más gloria y mayores riquezas que las obtenidas por los más afortunados
conquistadores, y lograba así sostener la moral y el valor de sus hombres, que
lo seguían sin una sola queja.
Habían ya avanzado profundamente en
las montañas cuando un poderoso cacique salió a su encuentro con un numeroso
ejército para defender el paso de un angosto desfiladero. Pero hombres
acostumbrados a superar los más temibles obstáculos no podían ser detenidos por
una resistencia tan débil. Atacaron con impetuosidad, dispersaron al enemigo
con poco esfuerzo y continuaron su avance tras haber causado una gran matanza.
Aunque sus guías aseguraban que solo
serían necesarios seis días para cruzar el istmo, llevaban ya veinticinco
abriéndose paso entre montañas y selvas. Muchos de los soldados estaban al
borde del colapso, extenuados por las incesantes fatigas bajo un clima
abrasador; otros caían víctimas de las enfermedades propias de la región; y
todos, sin excepción, estaban impacientes por alcanzar el ansiado final de sus
penurias. Finalmente, los indios les aseguraron que desde la cima de la montaña
más cercana podrían al fin divisar el océano, objetivo supremo de su empresa.
Después de escalar con gran esfuerzo
la parte más empinada de la montaña, Balboa ordenó a su tropa hacer un alto y
se adelantó solo hasta la cima, deseoso de contemplar, antes que nadie, el
espectáculo largamente anhelado. Al divisar por fin el vasto mar extendiéndose
ante él hasta donde alcanzaba la vista, se arrodilló, levantó las manos al cielo
y dio gracias a Dios por haberlo conducido a un descubrimiento tan ventajoso
para su patria y tan glorioso para él.
Sus compañeros, al observar su
emoción, corrieron hacia la cumbre para compartir con él la admiración, el
júbilo y el agradecimiento. Pronto descendieron hacia la costa, y Balboa,
internándose en las aguas con su escudo y su espada, tomó posesión del océano
en nombre del rey de España, jurando defenderlo con aquellas mismas armas
contra todos los enemigos de su soberano. Así fue como esa parte del gran
océano Pacífico, o mar del Sur, que él descubrió en un principio —al este del
actual territorio panameño— conservó desde entonces el nombre que él mismo le
dio: golfo de San Miguel.
Con las armas, obligó a varios
régulos de los distritos vecinos a entregarle víveres y oro; otros, por
voluntad propia, le enviaron estos obsequios. Algunos caciques añadieron a
estos dones una considerable cantidad de perlas, y Balboa supo con satisfacción
que las conchas que las producían abundaban en las aguas del mar recién
descubierto. Esta nueva fuente de riqueza animó aún más a sus hombres, sobre
todo cuando recibieron noticias que reforzaban la esperanza de obtener
beneficios aún mayores.
Los indígenas de la costa le
aseguraban, sin desacuerdo alguno, que a considerable distancia hacia el este
se hallaba un reino rico y poderoso cuyos habitantes criaban animales
domesticados para transportar cargas. Para explicarse mejor, dibujaron en la
arena la silueta de llamas o guanacos, animales que más tarde serían hallados
en el Perú, domesticados por los peruanos como si fuesen acémilas. Por su
figura, semejante en algo al camello —animal característico de Asia—, y sumado
al hallazgo de perlas, también propias de ese continente, los españoles se
aferraron aún más a la errónea idea de que el Nuevo Mundo estaba próximo a las
Indias Orientales, cuando en realidad se hallaban muy lejos de ellas.
En ese contexto, y fortalecido por
los continuos avisos de los nativos, que confirmaban sus conjeturas y
esperanzas, Balboa sintió una impaciencia creciente por descubrir ese
misterioso país. Sin embargo, comprendía que no era prudente aventurarse en una
empresa de tal magnitud con un grupo de hombres agotados por el esfuerzo y
debilitados por las enfermedades del clima. Decidió, por tanto, regresar con
sus compañeros al asentamiento de Santa María la Antigua del Darién, con la
intención de volver en la estación siguiente, esta vez con fuerzas adecuadas
para acometer la peligrosa expedición que planeaba: descubrir la tierra del
Perú.
Con ese propósito, y deseoso de
adquirir un conocimiento más amplio del istmo, emprendió el regreso por una
ruta distinta de la utilizada en la ida. Sin embargo, las dificultades y
peligros no fueron menores, aunque nada resultaba insuperable para hombres movidos
por la esperanza y la visión de un porvenir prometedor. Balboa llegó finalmente
a Santa María tras cuatro meses de ausencia, trayendo consigo más gloria y
riquezas que las obtenidas hasta entonces por los españoles en cualquier otra
expedición al Nuevo Mundo.
En esta empresa, entre los oficiales
que acompañaban a Balboa, ninguno se destacó tanto como Francisco Pizarro,
quien demostró un valor y una diligencia excepcionales al ayudar a su jefe a
abrir camino hacia las tierras con las que más tarde él mismo estaría
profundamente vinculado, desempeñando un papel brillante y de enorme
trascendencia para los intereses españoles.
Una vez obtenidas noticias del rico
Imperio del Perú, lo primero que hizo Balboa fue enviar a España un detallado
informe del trascendental descubrimiento y solicitar un refuerzo de mil hombres
con el propósito de conquistar aquellas poderosas regiones que tan atractivas
se le habían presentado. Puede decirse que la noticia de haber hallado por fin
un paso hacia el gran océano meridional causó aún mayor entusiasmo que la
noticia inicial del descubrimiento del Nuevo Mundo. Ya no cabía duda de que
existía una ruta hacia las Indias Orientales por el oeste de la línea de
demarcación trazada por el Papa. Los tesoros que Portugal extraía a diario de
sus posesiones en Asia eran motivo de envidia y ambición para las demás
potencias europeas. Fernando el Católico, animado por la esperanza de
participar en tan lucrativo comercio, decidió hacer un esfuerzo mayor al
solicitado por Balboa.
Sin embargo, esta misma decisión
puso en evidencia la sombría política que lo guiaba y la funesta antipatía que
sentía el obispo Fonseca —entonces presidente del Consejo de Indias— hacia
cualquier hombre que se distinguiera en el Nuevo Mundo. A pesar de los recientes
y notables servicios prestados por Balboa, que lo convertían en el candidato
ideal para culminar la gloriosa empresa que él mismo había iniciado, Fernando,
con gran ingratitud, ignoró sus méritos y nombró a Pedrarias Dávila gobernador
del Darién. A este último le confió el mando de quince naves de gran porte y
mil doscientos soldados.
Estas embarcaciones fueron equipadas
con una magnificencia sin precedentes a expensas del erario, un lujo que
Fernando no había mostrado en anteriores expediciones al Nuevo Mundo. Tan
entusiasmados estaban los hidalgos españoles con la idea de un país donde
—según la fama— bastaba con arrojar redes al mar para recoger oro, que mil
quinientos se embarcaron en la flota, y muchos más habrían querido alistarse si
no fuera por la falta de recursos para mantenerlos.
La expedición navegó sin
contratiempos y a fines de diciembre de 1512 Pedrarias llegó al golfo del
Darién. Inmediatamente envió a tierra a varios de sus principales oficiales con
el encargo de notificar a Balboa su llegada y comunicarle la real cédula que lo
nombraba gobernador de la colonia. Aquellos enviados, que habían oído hablar de
las hazañas de Balboa y se habían forjado una imagen grandiosa de sus riquezas,
quedaron sorprendidos al encontrarlo vestido con un humilde sayo de lienzo,
calzado con alpargatas y trabajando junto a unos indios para techar su cabaña
con hojas de palma.
Pese a ese aspecto sencillo, tan
ajeno a las expectativas de sus visitantes, Balboa los recibió con la dignidad
que le confería su posición. La fama de sus descubrimientos había atraído a
tantos aventureros de diversas islas que podía reunir un contingente de
cuatrocientos cincuenta hombres armados. Con estos veteranos valientes podría
haber resistido a Pedrarias y su tropa. Sin embargo, aunque sus compañeros
protestaban con vehemencia por la injusticia del rey —al permitir que
forasteros se llevaran el fruto de sus sacrificios y esfuerzos—, Balboa aceptó
con humildad la voluntad de su soberano y recibió a Pedrarias con la
consideración debida al cargo que traía como nuevo gobernador del Darién.
A pesar de que Pedrarias le debía a
la moderación de Balboa el haber tomado posesión pacífica del gobierno, no
tardó en mostrar desconfianza. Nombró una comisión para instruir un proceso
judicial sobre la conducta de Balboa durante el tiempo que estuvo bajo las
órdenes de Nicuesa y Enciso, y le impuso una cuantiosa multa por las supuestas
faltas en que sus jueces lo hallaron culpable. Balboa, que acababa de ocupar el
primer lugar en la colonia, sintió profundamente verse sometido a juicio y
castigado en el mismo lugar donde había cosechado sus mayores logros.
Por su parte, Pedrarias no podía
ocultar la envidia que le inspiraba el mérito superior de Balboa. Así, el
resentimiento de uno y los celos del otro se convirtieron en una fuente
constante de divisiones perjudiciales para la colonia. Pero una calamidad aún
más grave no tardó en sobrevenir.
Pedrarias desembarcó en Darién durante la estación
menos propicia del año —en plena temporada de lluvias—, en una zona tórrida
donde los aguaceros caen con una intensidad desconocida en climas templados. La
población de Santa María, asentada en una llanura fértil rodeada de bosques y
pantanos, resultó ser un lugar insalubre para los europeos. En ese clima malsano,
y bajo tan adversas condiciones, estalló una epidemia violenta y mortífera que
diezmó a las tropas de Pedrarias. La escasez extrema de provisiones agravó la
situación, pues no era posible conseguir alimentos frescos para los enfermos ni
sustento suficiente para los sanos.
En menos de un mes murieron, en la
mayor miseria, más de seiscientos españoles, sumiendo a la colonia en la
desesperación y el abatimiento. Muchos oficiales y personajes destacados
pidieron ser relevados de sus cargos y renunciaron de buena gana a sus
esperanzas de fortuna con tal de librarse de aquella región exterminadora.
Intentando aliviar el ánimo de los
sobrevivientes, Pedrarias buscó mantenerlos ocupados. Para ello, envió varios
destacamentos al interior con el fin de imponer tributos en oro a los indígenas
y descubrir nuevas minas. Sin embargo, estos codiciosos aventureros, más
preocupados por el lucro inmediato que por asegurar un futuro sostenible,
saquearon sin distinción todos los lugares a los que llegaban. Ignoraron las alianzas
con muchos caciques, los despojaron de todas sus posesiones valiosas y trataron
con la mayor crueldad e insolencia tanto a ellos como a sus vasallos.
Esa tiranía y esos abusos, que
Pedrarias no pudo —o no quiso— contener, convirtieron en un desierto la vasta
región entre el golfo de Darién y el lago de Nicaragua. Los españoles, por su
imprudencia, perdieron así los recursos y la colaboración que podrían haber
encontrado en la amistad de los nativos para proseguir sus conquistas hacia el
mar del Sur.
Balboa, testigo del daño que esa
conducta desatinada causaba a su proyecto más preciado, envió a España
enérgicas quejas contra la administración de Pedrarias, acusándolo de haber
arruinado una colonia que había sido próspera y prometedora. Pedrarias, por su
parte, replicó con acusaciones contra Balboa, alegando que había engañado al
rey con relatos exagerados de sus hazañas y falsas promesas sobre la riqueza
del país, donde —decía con sarcasmo— no se hallaba oro a cada paso, como si
fuera arena en la orilla del mar.
A raíz de estas desavenencias, el
rey Fernando comprendió finalmente el error que había cometido al apartar del
mando al oficial más activo y experimentado que poseía en el Nuevo Mundo.
Buscando reparar esta falta, nombró a Balboa adelantado o teniente gobernador
de los territorios situados junto al mar del Sur, otorgándole una autoridad y
prerrogativas bastante amplias. Al mismo tiempo, ordenó a Pedrarias que
prestase apoyo a Balboa en todas sus empresas y que consultara con él las
operaciones que el propio Pedrarias pensase emprender. Pero no estaba en manos
del monarca lograr que dos hombres que se profesaban un odio manifiesto
llegasen, de pronto, a tenerse mutua confianza.
Pedrarias continuó tratando a su
rival con desdén, y como la fortuna de Balboa se hallaba arruinada por el pago
de la multa y otras exacciones impuestas por aquel, no pudo hacer los
preparativos necesarios para asumir efectivamente su nuevo cargo. Sin embargo,
las extorsiones y la intervención del obispo del Darién condujeron a una
reconciliación entre ambos enemigos hacia junio de 1513, con el propósito de
consolidar la unión. Como prueba de esta alianza, Pedrarias consintió en
entregar a su hija en matrimonio a Balboa.
El primer fruto de esta tregua fue
el permiso concedido a Balboa para realizar algunas incursiones en el interior
del país, las cuales ejecutó en julio con tal prudencia y acierto, que
acrecentaron aún más su ya sólida reputación. Muchos aventureros se unieron a
su causa, y gracias al respaldo y auxilio de Pedrarias, pudo Balboa dar inicio
a los preparativos de su proyectada expedición hacia la Mar del Sur. Para
llevar a cabo tal empresa, era imprescindible construir naves capaces de
transportar tropas a las provincias donde se proponía desembarcar. Y, en efecto,
luego de superar numerosos obstáculos y de soportar muchas de esas dificultades
que parecían estar reservadas para los conquistadores de América, logró
terminar los trabajos iniciados en 1512, y construyó cuatro buques o
bergantines de pequeño porte.
Todo estuvo listo entre agosto y
septiembre en Panamá para zarpar rumbo al Perú, con trescientos hombres
seleccionados, una fuerza superior a la que empleó más tarde Pizarro en la
misma empresa. Sin embargo, justo entonces, Balboa recibió un mensaje inesperado
de Pedrarias, quien lo llamaba a su presencia. Balboa, decidido a no
desperdiciar los preparativos ya concluidos, aplazó su comparecencia y zarpó
con sus hombres a fines de septiembre de 1513 desde la bahía de Panamá, rumbo a
las costas del imperio de los incas.
Este audaz español llegó con su
flotilla hasta Puerto Viejo, pero una de las naves se adelantó hasta Tumbes, a
bordo de la cual viajaban el propio Balboa y Francisco Pizarro. Allí
confirmaron la existencia del rico imperio que los indígenas del Darién y
Panamá les habían descrito. Desde ese momento, Balboa se consideró con razón el
verdadero descubridor del mar del Sur y, a la vez, del codiciado reino del oro
y la plata: el Imperio del Perú, que lo era sin exageración.
Balboa arribó a Tumbes a fines de
diciembre del mismo año, tras tres meses de navegación. Su gente se encontraba
ya exhausta de permanecer tanto tiempo embarcada, y además enferma y al borde
del hambre, pues los víveres se habían agotado por falta de previsión y ahorro.
Fue en ese tiempo cuando, en las orillas del río Tumbes, Balboa y Pizarro
capturaron a un indígena absorto ante la visión de los navíos, que contemplaba
como si fuesen portentos divinos. Lo llevaron a bordo e intentaron preguntarle
el nombre de la tierra que divisaban. El indígena, queriendo entender si le
preguntaban por su nombre o por qué estaba sobre las aguas, respondió: “Berú” o
“Pilú”. Los españoles interpretaron de esta respuesta que el nombre del lugar
era “Perú”. Así quedó bautizado el Imperio de los Incas con aquel nombre, ya
fuera por el del indígena, por el del río en que fue hallado, o por la
confusión de ambas cosas. Desde entonces, los naturales de esa tierra serían
conocidos como peruanos.
Balboa y Pizarro, una vez obtenida
toda la información que necesitaban, dejaron en libertad al indígena, no sin
antes obsequiarle chaquiras, cascabeles y cuentas de metal. Su intención era
que regresara entre los suyos y mostrara con orgullo el buen trato recibido a
bordo por aquellos hombres extraños y completamente desconocidos para ellos.
Al alcanzar el punto más lejano de
su travesía, Balboa resolvió regresar a Panamá, llevando consigo noticias
certeras y una valiosa experiencia, con el propósito de acordar con el
gobernador del Darién, Pedrarias —su suegro—, una expedición formal que
asegurara el éxito de la empresa. No obstante, no perdía de vista el deseo de
conservar para sí la gloria de haber sido el descubridor del océano meridional
en el sur de América, así como el caudillo que conquistaría aquel rico reino
que acababa de presentarse ante sus ojos. Convencido de ello, Balboa regresó al
istmo a fines del año 1514. Esta vuelta, aparentemente inofensiva, resultó ser
su ruina, víctima de la encarnizada envidia de su suegro.
La reconciliación de Pedrarias con
Balboa nunca fue sincera. El creciente prestigio del explorador reavivó la
antigua enemistad del gobernador, que se tornó cada día más activa. A pesar de
que Balboa se había convertido en su yerno —y de haber sido antes cruelmente
tratado por él—, Pedrarias temía que el éxito de su empresa en el Perú lo
llevara a independizarse de su autoridad. Este cúmulo de odio, celos y temor
obraba con tal fuerza sobre el espíritu vengativo de Pedrarias que, por satisfacer
su rencor, no dudó en frustrar una empresa de gran trascendencia para su país.
Así, bajo pretextos falsos pero
plausibles, y apenas enterado del regreso de Balboa, lo citó formalmente para
entrevistarse con él y recibir un informe completo de sus descubrimientos.
Balboa, confiado como quien no tiene nada que reprocharse, acudió sin dudar al
lugar señalado, en marzo de 1515. Pero apenas llegó, fue arrestado por orden
directa de su suegro, quien, impaciente por saciar su venganza, no le permitió languidecer
mucho tiempo en prisión.
Pedrarias nombró de inmediato a
jueces afines a su voluntad para que llevaran adelante el proceso. Balboa fue
acusado de traición al rey y de intento de rebelión contra el gobernador,
alegando como motivo su desobediencia al no acudir inmediatamente cuando fue
convocado por primera vez. Con tales jueces —mero eco de la rabia de
Pedrarias—, la sentencia de muerte no tardó en ser pronunciada.
En vano los habitantes de la colonia
suplicaron con insistencia el perdón de Balboa. El gobernador se mostró
implacable, y los españoles presenciaron, con tanto dolor como asombro, la
ejecución en el cadalso, en 1516, de aquel hombre que, entre todos los que
habían gobernado en América, era considerado como el más capacitado para concebir
y llevar a cabo grandes empresas. Su muerte significó el abandono definitivo de
la expedición que había proyectado.
Pedrarias, favorecido poderosamente
por el obispo de Burgos y otros cortesanos influyentes, no solo evitó el
castigo que merecían la violencia y la injusticia de sus actos, sino que
mantuvo su cargo y su autoridad. Poco después, en 1517, obtuvo permiso para
trasladar la colonia del insalubre asentamiento de Santa María a Panamá,
ubicado en la costa opuesta del istmo. Si bien el nuevo sitio no era mucho más
saludable, su localización estratégica facilitó enormemente las futuras
conquistas españolas en las vastas provincias ribereñas del mar del Sur,
especialmente la de don Francisco Pizarro sobre todo el Imperio del Perú. Esta
conquista no solo enriqueció a quienes la llevaron a cabo, sino también a toda
España, sacándola de su atraso, y, con el tiempo, impactó incluso al mundo
entero.
Habiéndose descubierto de esta
manera el mar del Sur, es justo reconocer a Vasco Núñez de Balboa como su verdadero
descubridor. Fue él quien lo divisó desde la tierra del Sol en el año 1513,
según Garcilaso, y en 1515 o 1516, según Herrera, Robertson y otros cronistas.
Esta gloria le pertenece exclusivamente, y por tanto es justo declarársela,
aunque ya no esté vivo para recibir el homenaje eterno a su heroico nombre.
El rey Fernando le otorgó el título
de Adelantado del mar del Sur, con derecho a conquistar y gobernar los reinos
situados en sus costas; sin embargo, disfrutó de ese honor por tan breve
tiempo, que, como ya se ha dicho, su prematura muerte —causada por la envidia
de su suegro, el gobernador Pedro Arias Dávila— le impidió llevar a cabo tan
grandiosa empresa.
Así murió el desdichado Balboa,
víctima de la tiranía de su persistente perseguidor. Pero este trágico
desenlace le permitió a su verdugo asumir la codiciada expedición por cuenta
propia, formando en Panamá una alianza clave: el llamado triunvirato compuesto
por el maestre escuela Fernando de Luque, don Diego de Almagro, y sobre todo el
capitán don Francisco Pizarro, quien finalmente se convertiría en el verdadero
conquistador del Imperio de los Incas, como el lector podrá ver detalladamente
más adelante.
Esta extensa reseña histórica ha
sido incluida anticipadamente en este tomo, cumpliendo con el compromiso de
ofrecer al inicio una visión general, y porque sin la narración del
descubrimiento del océano meridional —el Pacífico— no se podría comprender
adecuadamente la secuencia cronológica de los hechos de la conquista, ni su
desarrollo lógico y encadenado.
Hecho y compilado por Lorenzo
Basurto Rodríguez
Comentarios
Publicar un comentario