Diario de Cristóbal Colón
Partí
de la ciudad de Granada, un sábado 12 de mayo de 1492, rumbo a la villa costera
de Palos para preparar tres naves apropiadas para mi expedición. El viernes 3
de agosto zarpamos del puerto de Palos con destino a las islas Canarias,
adentrándonos en el Océano con la misión encomendada por Sus Altezas de
alcanzar las Indias.
A
lo largo del viaje, llevé un meticuloso diario documentando día a día mis
acciones, observaciones y experiencias, con la intención de proporcionar un
completo relato de esta travesía histórica. Asimismo, planeo elaborar mapas
detallados ubicando con precisión las posiciones geográficas bajo los vientos
dominantes, así como un libro ilustrado representando visualmente las latitudes
y longitudes de las tierras y mares del océano occidental.
En
mi empeño por mantener el rumbo y no desfallecer ante los desafíos que supone
esta expedición, trato de no perder de vista el objetivo: explorar y descubrir
nuevas tierras. Aunque la tarea requiere un arduo esfuerzo, considero esencial centrarme
en la misión encomendada.
A
continuación, presento un resumen de los primeros días de la travesía:
Viernes
3 de agosto: Partimos a las ocho de la mañana desde la
barra de Saltes, navegando hacia el sur sesenta millas, equivalente a quince
leguas (95 km). Luego, nos dirigimos al suroeste y al sur, en dirección a las
Canarias.
Sábado
4 de agosto: Continuamos nuestra travesía al suroeste.
Domingo
5 de agosto: Navegamos más de cuarenta leguas durante
el día y la noche (235 km).
Lunes
6 de agosto: Ayer hubo un incidente preocupante en la
carabela Pinta, capitaneada por Martín Alonso Pinzón. Al parecer, el gobernalle
(timón) sufrió un desajuste debido a la manipulación intencionada de Gómez
Rascón y Cristóbal Quintero, propietarios del navío, quienes llevaban días
expresando descontento con la expedición.
Afortunadamente,
logramos solucionar la avería rápidamente y proseguir el rumbo. No obstante, el
suceso encendió las alarmas sobre un posible sabotaje y actos de indisciplina a
bordo de la Pinta.
El
almirante responsable de la flota, no puedo evitar sentir inquietud por este
contratiempo. Pese a ello, intentó mantener la calma y ocultar su preocupación
ante la tripulación. Finalmente, pudimos avanzar veintinueve leguas antes de
que cayera la noche.
Mañana
temprano convocará una reunión con los capitanes para discutir el incidente y
asegurarme de mantener el control y la coordinación entre las naves. Confiemos
en que no vuelvan a presentarse actos de insubordinación que pongan en riesgo
la expedición.
Martes
7 de agosto: Se repitió el incidente con el gobernalle
en la Pinta, y navegamos hacia la isla de Lanzarote, una de las Canarias,
recorriendo veinticinco leguas en el día y la noche.
Miércoles
8 de agosto: Se suscitaron discrepancias entre los
pilotos de las tres carabelas sobre la ubicación, pero el almirante demostró
ser más preciso. Considerando la situación problemática de la Pinta, se
contempló la posibilidad de dirigirse a Gran Canaria para cambiarla, aunque
finalmente no fue factible ese día.
Jueves
9 de agosto. No fue hasta la noche del domingo que el
Almirante pudo llegar a la isla de La Gomera. Mientras tanto, Martín Alonso
Pinzón había quedado en la costa de Gran Canaria por orden del Almirante, ya
que su carabela La Pinta no estaba en condiciones de navegar. Posteriormente,
el Almirante regresó a Canarias o Tenerife, donde él mismo, junto con Martín
Alonso y los demás tripulantes, se dedicaron exhaustivamente a reparar La
Pinta. Finalmente, llegaron a La Gomera el domingo 2 de septiembre con La Pinta
totalmente reparada y lista para zarpar.
Ya
en La Gomera, el Almirante menciona que muchos españoles honorables juraban
que, estando en la isla con doña Inés Peraza, madre del primer conde de La
Gomera Guillén Peraza (quien falleció tras recibir una pedrada en la cabeza),
lograban ver tierra al oeste de las islas Canarias cada año. También recuerda
un relato de 1484 donde alguien de la isla de Madeira le pidió al rey de
Portugal una carabela para explorar esa tierra que afirmaba ver anualmente.
Jueves
6 de septiembre. Después de abastecernos en La Gomera de
agua, leña y alimentos, junto con el Almirante finalmente zarpamos con rumbo
hacia su anhelado destino.
Zarpamos
por la mañana desde el puerto de la Gomera, retomando nuestra travesía. El
Almirante tuvo noticias de que tres carabelas portuguesas estaban cerca con la
intención de interceptarlo, quizás motivadas por la envidia de que hubiera
partido a Castilla, lo que le preocupó. Navegamos todo el día y la noche en
calma, encontrándonos entre la Gomera y Tenerife a la mañana siguiente.
Viernes
7 de septiembre. Durante todo el viernes y el sábado,
hasta las tres de la noche, nos mantuvimos en aguas tranquilas.
Sábado
8 de septiembre. A las tres de la noche del sábado,
comenzó a soplar viento del noreste, y el Almirante ajustó el rumbo hacia el
oeste. La presencia de fuerte oleaje frontal dificultaba el avance. En total,
navegamos nueve leguas durante ese día y la noche subsiguiente.
Jueves
9 de agosto. Hasta el domingo por la noche no logramos
llegar a La Gomera, ya que Martín Alonso Pinzón, al mando de La Pinta, había
quedado en la costa de Gran Canaria por órdenes del Almirante debido a
problemas en su navegación. Posteriormente, regresamos a Canarias o Tenerife,
donde nos dedicamos exhaustivamente a reparar La Pinta con gran esfuerzo y
diligencia tanto por parte del Almirante como de Martín Alonso y el resto de la
tripulación. Finalmente, pudimos regresar a La Gomera el domingo 2 de
septiembre, ahora con La Pinta totalmente reparada y lista para zarpar.
El
almirante recuerda aquí el testimonio de personas honradas en la Gomera,
quienes afirmaban haber visto tierra al oeste de las Canarias cada año.
Menciona anécdotas similares provenientes de Portugal y las islas de las Azores.
Después de abastecernos de agua, leña y alimentos en la Gomera, zarpamos
nuevamente el jueves 6 de septiembre.
Jueves
6 de septiembre. Zarpamos de la Gomera por la mañana y
comenzó la travesía. Informado por una carabela que venía de la isla del
Hierro, el Almirante supo que tres carabelas portuguesas estaban cerca,
probablemente con la intención de interceptar nuestro viaje, posiblemente por
envidia al considerar que el rey lo había preferido a Castilla. A lo largo del
día y la noche, navegamos en calma y llegamos entre la Gomera y Tenerife.
Viernes
7 de septiembre. Mantuvimos la calma durante el viernes y
el sábado hasta las tres de la mañana.
Sábado
8 de septiembre. A las tres de la madrugada, sentí cómo el
viento del noreste empezaba a soplar con fuerza. Junto a mis compañeros, nos
dirigimos decididamente hacia el oeste, enfrentándonos a un oleaje potente que
obstaculizaba nuestro camino. A pesar de las dificultades, logramos recorrer
nueve leguas a lo largo de ese día.
Domingo
9 de septiembre. Durante el día, navegamos quince leguas,
aunque decidimos ocultar la distancia real para no desanimar a la tripulación
ante la posibilidad de un viaje prolongado. En la noche, avanzamos ciento
veinte millas, manteniendo una velocidad constante de diez millas por hora, lo
que equivalía a alrededor de treinta leguas. Cristóbal reprendió a los
marineros por su desorientación, ya que se habían desviado hacia el noroeste.
Lunes
10 de septiembre. A lo largo de ese día y
noche, navegamos sesenta leguas a una velocidad constante de diez millas por
hora. Sin embargo, Columbus decidió oficialmente declarar cuarenta y ocho
leguas para evitar causar alarma entre la tripulación.
Martes
11 de septiembre. Nos dirigimos hacia el oeste,
navegando más de veinte leguas. En el trayecto, avistamos un gran trozo de
mástil perteneciente a un barco de ciento veinte toneladas, lamentablemente, no
pudimos recuperarlo. Durante la noche, avanzamos cerca de veinte leguas, aunque
Columbus registró oficialmente dieciséis debido a la precaución previa.
Miércoles
12 de septiembre. Durante el día y la noche,
logramos avanzar treinta y tres leguas, aunque Columbus registró oficialmente
menos debido a la estrategia que estábamos siguiendo. El jueves 13 de
septiembre, continuamos nuestro rumbo hacia el oeste, recorriendo las
mencionadas treinta y tres leguas a pesar de las corrientes en contra. En este
día, observamos que las agujas de la brújula variaron hacia el noroeste al
inicio de la noche y luego al noreste por la mañana.
Viernes
14 de septiembre. Durante el transcurso de ese
día y la noche, navegamos unas veinte leguas, observando aves que señalaban la
cercanía de tierra firme. Los tripulantes de La Niña afirmaron haber avistado
un charrán y una raíz de junco, aves que rara vez se alejan más de veinticinco
leguas de la costa.
Sábado
15 de septiembre. Navegamos veintisiete leguas
hacia el oeste con vientos favorables. En la noche, fuimos testigos de un
fenómeno extraordinario: un impresionante ramo de fuego que cayó al mar a una
distancia de cuatro o cinco leguas.
Domingo
16 de septiembre. Persistimos en nuestra
travesía hacia el oeste, cubriendo treinta y nueve leguas durante el día y la
noche, aunque la cifra oficial registrada por Columbus fue de treinta y seis.
Nos enfrentamos a nubosidad y llovizna en el camino, mientras que Columbus notó
un cambio en la temperatura del agua y del aire, describiéndolo como agradable,
similar al clima de abril en Andalucía. La tripulación estaba animada,
avistando numerosas manadas de hierba verde, lo que sugería la proximidad a
alguna isla, aunque no necesariamente a tierra firme, según las observaciones
de Columbus.
Lunes
17 de septiembre. Continuamos hacia el oeste,
avanzando cincuenta leguas o más durante el día y la noche. Yo anoté que
navegamos cuarenta y siete leguas, beneficiados por las corrientes. Observamos
gran cantidad de hierba que parecía provenir de ríos, una señal segura de estar
cerca de tierra firme. Los pilotos tomaron la dirección del norte para
marcarla, y noté una pequeña variación en las agujas de la brújula,
probablemente debido al movimiento de una estrella. Por la mañana, vimos más
hierba y encontramos un cangrejo vivo, reforzando la certeza de la proximidad a
tierra. Desde que dejamos las Canarias, he notado un agua de mar menos salada y
hemos disfrutado de vientos más suaves. La tripulación estaba optimista, y
mencioné que en ese momento sentíamos aires muy agradables, comparables a los
de abril en Andalucía. La expectativa de avistar tierra aumentaba, y expresé mi
confianza en que pronto alcanzaríamos nuestro anhelado destino. Esa mañana,
observé un ave blanca conocida como rabo de junco, la cual no suele dormir en
alta mar. Y ahora lo apunto antes que se me olvide...
Martes
18 de septiembre. Continuó la travesía ese día
y esa noche, recorriendo más de cincuenta y cinco leguas, aunque yo Cristóbal registro
cuarenta y ocho. Durante esos días, el mar se mantuvo tan sereno como el río de
Sevilla. Martín Alonso Pinzón, al mando de La Pinta, decidió no esperar y me
comunicó que había avistado una gran cantidad de aves dirigiéndose hacia el
oeste. Dijo que esperaba ver tierra esa noche y por eso navegaba con tanta
determinación. Hacia el norte, se formó una densa nube, señal inequívoca de que
estábamos cerca de tierra firme.
Miércoles
19 de septiembre. A pesar de la calma, navegamos
veinticinco leguas entre el día y la noche, aunque registré veintidós en mi
bitácora. A las diez de la mañana, un alcatraz se acercó a la nave, y otro
apareció por la tarde. Estas aves rara vez se alejan más de veinte leguas de la
costa. Se presentaron lloviznas sin viento, una señal segura de la proximidad a
tierra firme. Decidimos no detenernos para investigar, ya que estaba seguro de
que, hacia el norte y sur, había algunas islas, como resultó ser cierto. Nuestro
deseo era avanzar hasta llegar a las Indias, confiando en que, al regresar,
todo se aclararía.
En
este punto, los pilotos marcaron sus posiciones estimadas: el de La Niña
calculó estar a cuatrocientas cuarenta leguas de las Canarias; el de La Pinta a
cuatrocientas veinte; y yo en La Santa María, a cuatrocientas justas.
Jueves
20 de septiembre. Navegamos hacia el oeste con
viento del noroeste y a media marcha debido a los múltiples cambios en la
dirección del viento ante la calma reinante. Avanzamos aproximadamente siete u
ocho leguas. Dos alcatraces se acercaron a la nave, indicando la cercanía a
tierra firme. Aunque vimos mucha hierba, no la habíamos avistado el día
anterior. Capturamos un ave palustre, similar a una garceta, la cual
normalmente no se encuentra en alta mar. En la mañana, dos o tres aves cantoras
llegaron a mi barco, pero desaparecieron antes de la salida del sol. Un
alcatraz que apareció procedente del noroeste indicaba que estábamos dejando
tierra hacia ese rumbo.
Viernes
21 de septiembre. Este día fue predominantemente
calmado, con algo de viento después. Navegamos alrededor de trece leguas entre
día y noche. Al amanecer, encontramos una gran cantidad de hierba proveniente
del oeste. Observamos un alcatraz y el mar se mantenía tan llano como un río.
Avistamos una ballena, una señal de que estaban cerca de tierra, ya que estas
criaturas suelen encontrarse en las proximidades.
Sábado
22 de septiembre. Navegamos al suroeste,
zigzagueando a ambos lados. Recorrieron aproximadamente treinta leguas,
encontrando escasa vegetación. Avistaron pardelas y otras aves. Cristóbal
menciona que este viento contrario fue necesario, ya que la tripulación estaba
impaciente, creyendo que no encontrarían vientos favorables en estos mares para
regresar a España. Durante una parte del día no avistamos yerba, pero más tarde
la encontraron en abundancia.
Domingo
23 de septiembre. Navegamos al noroeste, a veces
virando hacia el norte y otras manteniéndose en su rumbo hacia el oeste.
Recorrieron alrededor de veintisiete leguas. Observamos una tórtola, un
alcatraz, otro pájaro de río y aves blancas. Encontraron muchas hierbas y
cangrejos en ellas. La tripulación murmuraba al principio porque pensaban que
la calma indicaba la ausencia de un mar extenso, pero cuando el mar se encrespó
sin viento, la situación cambió, y Cristóbal mencionó que esta mar agitada le
fue muy necesaria, recordando un episodio bíblico de la liberación de los
judíos de Egipto durante el tiempo de Moisés.
Lunes
24 de septiembre. Navegó hacia el oeste día y
noche, recorriendo catorce leguas y media, aunque Columbus anotó doce. Un
alcatraz se acercó al barco, y avistaron numerosas pardelas.
25 de septiembre. Hubo
calma durante gran parte del día, seguida por viento. Continuamos hacia el
oeste hasta la noche. El almirante, Columbus, y Martín Alonso Pinzón, capitán
de la Pinta, discutieron sobre una carta que Columbus había enviado tres días
antes a la Pinta, en la que había pintado ciertas islas en esa región del mar.
Martín Alonso afirmaba que estaban en esa área, a lo que Columbus asentía. Sin
embargo, explicó que, si no las habían encontrado, las corrientes podrían haber
desplazado los barcos hacia el noreste, y quizás no habían recorrido la
distancia indicada por los pilotos. Durante esta conversación, Columbus pidió
que le enviaran la carta. Utilizando una cuerda, comenzó a intercambiar
mensajes escritos con su piloto y marineros. Al ponerse el sol, Martín Alonso
subió a la popa de su nave y, con gran alegría, anunció que veía tierra.
Cuando
Martín lo anunció, el Almirante se arrodilló para agradecer a Nuestro Señor,
mientras Martín Alonso y su tripulación entonaban el Gloria in excelsis Deo. La
gente del Almirante y la tripulación de la Niña también se unieron, subiendo a
los mástiles y las jarcias para confirmar que avistaron tierra. El Almirante
estimó que estarían a unas veinticinco leguas de distancia. Permanecieron todo
el día afirmando que habían avistado tierra. El Almirante decidió cambiar de
rumbo del Oeste al Sudoeste, hacia donde se creía que estaba la tierra. Ese
día, recorrimos cuatro leguas y media hacia el Oeste y diez y siete leguas
hacia el Sudeste durante la noche, sumando un total de veintiuna leguas, aunque
el Almirante le dijo a la tripulación que solo habían avanzado trece, para que
no pareciera un viaje tan largo.
El
miércoles 26 de septiembre. Continuamos navegando hacia
el Oeste hasta después del mediodía. Luego cambiaron de rumbo hacia el
Sudoeste, solo para descubrir que lo que creían que era tierra resultó ser
cielo. Navegaron treinta y una leguas en total, aunque el Almirante le informó
a la tripulación que habían recorrido veinticuatro. El mar estaba tranquilo
como un río, con vientos suaves y agradables.
El
jueves 27 de septiembre. El viaje continuó hacia el
Oeste, recorriendo veinticuatro leguas en total, aunque el Almirante informó a
la tripulación que fueron veinte. Nos encontramos con muchos dorados y matamos
uno. También avistamos un rabo de junco.
El
viernes 28 de septiembre. La navegación continuó hacia
el Oeste, recorriendo catorce leguas durante el día y la noche, aunque el
Almirante informó a la tripulación que fueron trece. Encontramos escasa
vegetación y capturamos dos peces dorados, mientras que los otros barcos
atraparon más.
El
sábado 29 de septiembre. Navegamos hacia el Oeste y
recorrimos veinticuatro leguas en total, aunque el Almirante informó a la
tripulación que fueron veintiuna. A pesar de las calmas, avanzamos poco durante
el día y la noche. Observamos un ave llamada rabihorcado, que obliga a los
alcatraces a vomitar lo que comen para que ella pueda comerlo. También vieron
dos alcatraces y experimentaron aires dulces y una mar tranquila como un río.
Más tarde, vieron tres grupos de tres alcatraces y un forçado, además de mucha
vegetación.
El
domingo 30 de septiembre. Continuamos hacia el Oeste,
recorriendo catorce leguas en total entre el día y la noche, aunque el
Almirante informó a la tripulación que habíamos navegado solo once leguas.
Cuatro rabos de junco se acercaron al barco, indicando la cercanía de tierra
firme. Avistamos cuatro alcatraces en dos ocasiones y notamos una gran cantidad
de vegetación flotante. El Almirante también observó que las estrellas llamadas
"las guardias" estaban cerca del brazo en la parte del Poniente al
anochecer y debajo del brazo al Nordeste al amanecer, indicando que apenas se
habían movido durante la noche. Además, mencionó que las agujas de la brújula
señalaban al Noroeste una cuarta parte al anochecer y coincidían con la
estrella al amanecer, sugiriendo un movimiento similar al de las estrellas y
confirmando la veracidad de la dirección de nuestro viaje.
Lunes 1º de octubre: Navegaron
en dirección oeste (al Güeste). Recorrieron veinticinco leguas, aunque el
almirante les informó que habían avanzado solo veinte leguas. Durante el
trayecto, enfrentaron un fuerte aguacero. El piloto del almirante calculó que
habían navegado quinientas setenta y ocho leguas desde la isla del Hierro hasta
su ubicación actual. Sin embargo, la cifra real, según el almirante, era de
setecientas siete leguas.
Martes 2 de octubre: Continuaron
navegando hacia el oeste durante la noche y el día, recorriendo treinta y nueve
leguas. El mar se mantuvo tranquilo y favorable. El almirante expresó su
gratitud a Dios. Observaron que la vegetación (yerba) se extendía de este a
oeste, en contraste con lo habitual. También avistaron varios peces y un ave
blanca similar a una gaviota.
Miércoles 3 de octubre: Siguiendo
su ruta habitual, navegaron cuarenta y siete leguas. Aparecieron pardelas y
abundante vegetación, algunas de ellas muy viejas y otras frescas, como fruta.
No avistaron aves, y el almirante sospechaba que las islas que tenía marcadas
en su carta estaban quedando atrás. A pesar de las señales de tierra, decidió
no detenerse, ya que su objetivo era llegar a las Indias. Según él, detenerse
en ese momento no sería prudente.
Jueves
4 de octubre: Navegaron en dirección oeste. Durante el
día y la noche, recorrieron sesenta y tres leguas, aunque el almirante informó
a la tripulación que habían avanzado solo cuarenta y seis leguas. Más de
cuarenta pardelas y dos alcatraces se acercaron al navío. Uno de los marineros
de la carabela lanzó una piedra a uno de los alcatraces. Además, una blanca ave
similar a una gaviota se posó en la nao.
Viernes
5 de octubre: Continuaron navegando. A una velocidad de
once millas por hora, recorrieron cincuenta y siete leguas durante el día y la
noche. La mar estaba tranquila y serena. El almirante expresó su gratitud a
Dios. El aire era dulce y templado, y no avistaron vegetación (yerba). Sin
embargo, muchas pardelas y peces golondrinos volaron cerca de la nave.
Sábado
6 de octubre: Navegaron hacia el oeste, que es lo mismo.
Durante el día y la noche, recorrieron cuarenta leguas. Martín Alonso sugirió
navegar hacia la cuarta parte del oeste, en dirección al Sudueste, pero el
almirante no estuvo de acuerdo. Martín Alonso tenía en mente la isla de
Cipango, mientras que el almirante consideraba más sensato dirigirse primero a
tierra firme y luego a las islas.
Domingo
7 de octubre: Continuaron navegando hacia el oeste.
Durante dos horas, avanzaron a una velocidad de doce millas por hora, y luego
durante ocho horas, recorrieron veintitrés leguas. Al amanecer, la carabela
Niña, que iba adelante debido a su velocidad, izó una bandera en el mástil y
disparó una lombarda como señal de que habían avistado tierra, siguiendo las
órdenes del almirante. También se dispuso que al amanecer y al atardecer, todos
los navíos se reunieran con él, ya que estos momentos son propicios para una
mejor visibilidad. Sin embargo, al no ver tierra por la tarde y al observar que
las aves volaban del norte al sudueste, el almirante decidió cambiar de rumbo
hacia el Suroeste. Su objetivo era navegar en esa dirección durante dos días.
Comenzaron antes del atardecer y recorrieron veintiocho leguas durante la noche
y el día.
Lunes
8 de octubre: Navegaron hacia el Suroeste, recorriendo
entre once leguas y media y doce durante el día y la noche. En ocasiones,
parecía que avanzaban a quince millas por hora durante la noche, si la
escritura no estaba equivocada. El mar se asemejaba al río de Sevilla, y el
almirante agradeció a Dios por ello. Los vientos eran dulces, como en abril en
Sevilla, y el aroma era tan agradable que resultaba un placer. La vegetación (yerba)
parecía fresca, y avistaron muchos pájaros de campo. Capturaron uno que huía
hacia el Sudueste, incluyendo grajaos, ánades y un alcatraz.
Martes
9 de octubre: Navegaron hacia el Sudueste, recorriendo
cinco leguas. Luego, el viento cambió y sopló al Oeste cuarta al Norueste,
avanzando cuatro leguas. Durante el día, recorrieron once leguas, y por la
noche, veinte leguas y media. Escucharon el vuelo de pájaros durante toda la
noche.
Miércoles
10 de octubre:
Continuaron
hacia el Suroeste. A veces navegaban a diez millas por hora, otras a doce, y en
ocasiones a siete. En total, recorrieron cincuenta y nueve leguas durante el
día y la noche. La tripulación comenzó a impacientarse debido al largo viaje,
pero el almirante los animó, prometiéndoles los beneficios que encontrarían.
Afirmó que quejarse era inútil, ya que su objetivo era llegar a las Indias con
la ayuda de Nuestro Señor.
Jueves
11 de octubre:
Continuaron
navegando hacia el Suroeste. En este día, enfrentaron mar agitada, la peor del
viaje hasta ahora. Avistaron pardelas y un junco verde cerca de la nave. La
carabela Pinta encontró una caña y un palo, mientras que la carabela Niña
también vio señales de tierra. Después de que el sol se pusiera, el almirante
cambió de rumbo hacia el Oeste. Navegaron a una velocidad de doce millas por
hora, y hasta dos horas después de la medianoche, recorrieron noventa millas.
La carabela Pinta, siendo más veloz, avistó tierra y realizó las señales indicadas
por el almirante. Fue un marinero llamado Rodrigo de Triana quien primero vio
esta tierra desconocida. Aunque el almirante había avistado una luz cerrada a
las diez de la noche, no quiso afirmar que fuera tierra. Sin embargo, al verla
nuevamente, tuvo la certeza de estar cerca de la costa. Al cantar la Salve, una
tradición de los marineros, el almirante instó a la tripulación a vigilar el
castillo de proa y buscar tierra. Prometió un jubón de seda al primero que
avistara la tierra, además de las otras recompensas prometidas por los reyes.
A las
dos horas después de medianoche, la tierra se vislumbró a dos leguas de
distancia. Las velas fueron recogidas, dejando solo el treo desplegado, y el
navío avanzó lentamente hasta el amanecer del viernes, cuando llegaron a una
pequeña isla de los Lucayos conocida como Guanahani. Al divisar gente desnuda
en la orilla, el Almirante desembarcó en una barca acompañado por Martín Alonso
Pinzón y Vicente Anes, capitán de la Niña. Colocaron la bandera real junto a
dos banderas de la Cruz Verde, distintivo que llevaba el Almirante en todos los
navíos, con las letras F e Y coronadas sobre cada extremo de la cruz.
Una
vez en tierra, observaron árboles frondosos, numerosos arroyos y variadas
frutas. El Almirante reunió a los capitanes y a otros miembros de la
tripulación, junto con los escribanos de la armada, Rodrigo de Escobedo y
Rodrigo Sánchez de Segovia, para que dieran fe de que tomaba posesión de la
isla en nombre de los Reyes Católicos, realizando todas las formalidades
requeridas, como se detalla en los testimonios escritos.
Pronto
se congregó una multitud local. En sus propias palabras, el Almirante, en su
libro sobre este primer viaje y descubrimiento de las Indias, menciona:
"Para ganar su amistad, sabiendo que serían más propensos a aceptar
nuestra fe por amor que por fuerza, les regalé algunos sombreros rojos y
cuentas de vidrio para el cuello, junto con otros objetos de poco valor, lo
cual les causó gran alegría y nos mostraron una hospitalidad asombrosa. Venían
a nuestras embarcaciones nadando y nos traían papagayos, hilo de algodón y
lanzas, intercambiándolos gustosamente por cuentas de vidrio y cascabeles. En
general, aceptaban y ofrecían todo lo que tenían de buena voluntad, aunque me
di cuenta de que eran una gente muy pobre en general".
En
aquellos días, cuando mis ojos se posaron sobre aquella tierra desconocida,
quedé asombrado por lo que vi. Los habitantes de aquella isla, sin excepción,
deambulaban desnudos, como si su madre los hubiera traído al mundo. Las mujeres
también compartían esta costumbre, aunque solo pude divisar a una joven moza.
Todos los individuos que tuve el privilegio de observar eran jóvenes, ninguno
aparentaba más de treinta años. Poseían cuerpos esbeltos y rostros hermosos,
con cabellos gruesos que caían como sedas de cola de caballo, cortos en su
mayoría, pero algunos dejaban crecer mechones detrás de las cejas, sin jamás
cortarlos. Su piel variaba entre tonos de canario, ni negros ni blancos, y
algunos se pintaban de blanco, otros de colorado, y algunos de lo que
encontraban a su alcance. Sus cuerpos, sus rostros, incluso sus ojos y narices,
eran lienzos para sus expresiones artísticas. No portaban armas ni las
conocían, pues al mostrarles espadas, las tomaban por el filo y se herían por
ignorancia. Sus azagayas, en lugar de hierro, eran varas, algunas con dientes
de pez en los extremos. Eran altos y bien formados, con gestos que denotaban
nobleza y buen ingenio. Algunos mostraban cicatrices de heridas, y al
preguntarles, señalaban hacia otras islas cercanas, donde enfrentaban amenazas
y se defendían valientemente. Creo que podrían convertirse fácilmente al
cristianismo, pues no seguían ninguna secta religiosa. En honor a Nuestro
Señor, llevaré a seis de estos nativos ante vuestras altezas para que aprendan
a hablar. No encontré bestias en esta isla, salvo los coloridos papagayos que
llenaban el aire con sus graznidos.
*
Sábado
13 de octubre.
Al
amanecer, vinieron a la playa muchos hombres jóvenes, tal como había dicho
antes. Todos eran de buena estatura, gente muy hermosa, con el cabello liso y
grueso como crines de caballo. Tenían la frente y la cabeza muy ancha, más que
cualquier otra gente que hubiera visto hasta ahora. Sus ojos eran muy bellos y
no pequeños, y ninguno de ellos era de tez oscura, sino del color de los
canarios. Esto no es de extrañar, puesto que estamos frente a la isla del
Hierro, en las Canarias, bajo la misma latitud. Sus piernas eran muy rectas,
todos a una mano, y no tenían barriga sino cuerpos bien formados.
Vinieron
a la nave en almadías, embarcaciones hechas de un solo tronco de árbol tallado
de forma admirable. Algunas podían transportar 40 o 45 hombres, mientras que
otras eran más pequeñas, para un solo tripulante. Remaban con un instrumento
similar a una pala de horno, y lo hacían maravillosamente. Si la almadía se
volteaba, se echaban todos al agua a enderezarla.
Traían
ovillos de algodón hilado, papagayos, azagayas y otras cosas que sería prolijo
enumerar, y lo daban todo a cambio de cualquier objeto que les diéramos. Yo
estaba atento, buscando señales de oro, y noté que algunos llevaban un pedazo
colgando de un agujero en la nariz. Por señas, entendí que yendo hacia el sur
de la isla, había allí un rey que poseía grandes vasijas de oro. Intenté que fueran
para allá, pero luego vi que no entendían cómo llegar.
Decidí
esperar hasta la tarde del día siguiente y partir luego hacia el sudoeste, pues
muchos de ellos me señalaron que había tierra en esa dirección, así como al sur
y noroeste. Me dijeron también que desde el noroeste a menudo venían a
combatirlos. Así que me dirigiré al sudoeste para buscar el oro y piedras
preciosas.
Esta
isla es muy grande y llana, con abundantes árboles verdes y aguas, y una gran
laguna en medio, sin montañas, verde en toda su extensión, un placer a la
vista. Su gente es sumamente mansa, y por las ganas de obtener algo de lo
nuestro, ya que no poseen nada para intercambiar, toman todo lo que pueden y
luego se echan a nadar. Pero todo lo que tienen lo entregan a cambio de cualquier
cosa que les demos, pues rescataban hasta pedazos de escudillas y copas de
vidrio roto, hasta que vi dar diez y seis ovillos de algodón hilado por tres
ceotís de Portugal, que equivalen a una blanca de Castilla, cuando en ellos
habría más de una arroba de algodón. Esto lo habría prohibido y no habría
dejado tomar a nadie, para que todo fuera para Vuestras Altezas, si hubiera en
cantidad.
Aquí
nace algodón en esta isla, aunque por la brevedad del tiempo no pude
confirmarlo bien. Y aquí también nace el oro que llevan en la nariz, pero para
no perder más tiempo, quiero ir a buscar si logro llegar a la isla de Cipango.
Al caer la noche, todos se fueron a tierra en sus almadías.
Domingo
14 de octubre.
Al
amanecer, dispuse que se prepararan el batel de la nave y las barcas de las
carabelas para recorrer la longitud de la isla en dirección noreste, y así ver
la otra parte situada al este, qué había. También para observar los poblados y
sus gentes. Pronto avisté dos o tres aldeas, con sus habitantes que acudían
todos a la playa a llamarnos y dar gracias a Dios.
Algunos
nos traían agua, otros alimentos, y otros que al ver que no tenía intención de
desembarcar, se echaban al agua a nado para llegar a nosotros. Entendí que nos
preguntaban si veníamos del cielo. Subió uno de ellos, ya viejo, al batel,
mientras muchos otros, hombres y mujeres, gritaban a voces llamando a todos:
"¡Venid a ver a estos hombres que han llegado del cielo, traedles de comer
y beber!".
Acudieron
entonces multitudes, muchas mujeres también, y cada cual con algo para darnos,
dando gracias a Dios, arrojándose al suelo y levantando las manos al cielo,
para después llamarnos en voz alta a que fuéramos a tierra. Pero mi propósito
era observar un gran arrecife de piedras que circunda toda esa isla y entre el
cual queda una entrada estrecha, aunque adentro hay aguas profundas donde
podrían fondear cuantas naves existen en toda la cristiandad, pues el mar allí
está tan quieto como dentro de un pozo.
Quise
examinar todo esto desde la mañana para poder informar de ello a Vuestras
Altezas, así como dónde podría construirse una fortaleza. Divisé un trozo de
tierra que formaba casi una isla, con seis casas, la cual podría convertirse en
isla en dos días de trabajo, aunque no lo considero necesario porque esta gente
es muy simple en materia de armas, como verán Vuestras Altezas por los siete
que hice apresar para llevarlos con nosotros y aprendan nuestro idioma, devolviéndolos
después. Salvo que, si Vuestras Altezas lo mandan, podrían llevarse a todos a
Castilla o mantenerlos cautivos en la misma isla, pues con cincuenta hombres
los tendrían sometidos para que hicieran todo lo que quisieran.
Junto
a dicha isleta se hallan huertos de árboles, los más hermosos que he visto, tan
verdes y frondosos como los de Castilla en abril o mayo, con abundante agua.
Examiné aquel puerto y volví luego a la nave para hacerme a la vela, divisando
tantas islas que no sabía a cuál dirigirme primero. Los hombres que había
apresado me señalaban por gestos la existencia de tantas que eran incontables,
nombrándome por sus nombres más de cien. Por ello escogí dirigirme a la mayor,
distante unas cinco leguas de San Salvador, siendo las demás en algunos casos
más y en otros menos distantes.
Todas
son muy llanas, sin montañas, muy fértiles y pobladas. Se hacen la guerra entre
sí, aunque estos son gente muy simple y de cuerpos muy hermosos.
Lunes
15 de octubre.
Había tempestad esta noche y temía no llegar a
tierra antes del amanecer para fondear, por desconocer si la costa estaba libre
de bajíos. Al aclarar, desplegué las velas. Como la isla distaba más de cinco
leguas, quizá siete, y la marea me detuvo, sería mediodía cuando arribé a ella.
Comprobé
que la parte de esta isla frente a San Salvador se orienta de norte a sur con
unas cinco leguas de longitud. La parte que seguí yo, corre de este-oeste y
tiene más de diez leguas. Avistando desde aquí otra isla mayor hacia el oeste,
orienté las velas en esa dirección para recorrerla hasta entrada la noche, pues
no había podido llegar aún a su extremo occidental. A ésta la bauticé como isla
de Santa María de la Concepción.
Al
ponerse casi el sol, fondeé cerca de dicho cabo para averiguar si había allí oro,
ya que los isleños apresados en San Salvador me decían que en esta isla usaban
grandes brazaletes y ajorcas de oro en piernas y brazos. Creí que todo era un
invento para fugarse, pero no quería pasar por ninguna isla sin tomar posesión
de ella, pues haciéndolo de una ya se puede decir de todas.
Fondeado
hasta hoy martes, al amanecer fui a tierra con los botes armados y desembarqué.
Los nativos, tan desnudos y de condición similar a los de San Salvador, nos
dejaron recorrer la isla dándonos cuanto pedíamos.
Como
el viento arreciaba en dirección sudeste, no quise detenerme y regresé a la
nave. Una gran almadía estaba junto a la carabela Niña con uno de los hombres
de la isla de San Salvador, quien se echó al agua para irse en ella. La noche
antes, cuando había medio lanzado otra almadía, ésta se les escapó tan veloz
que ninguna barca pudo alcanzarla. No obstante, embarrancó, abandonando los
fugitivos la almadía mientras algunos de los míos saltaron a tierra y todos
ellos huyeron como gallinas.
Subimos
a bordo de la Niña la almadía abandonada, adonde llegó luego otra pequeña con
un hombre que venía a rescatar un ovillo de algodón. Al no querer subir a la
carabela, unos marineros se echaron al agua y lo capturaron. Yo observaba desde
popa y al verlo ordené traérmelo. Le di un gorro colorado, cuentas de vidrio
verdes para el brazo y dos cascabeles para las orejas, mandándolo devolver en
su almadía, que teníamos también a bordo. Lo envié luego a tierra, e izando
velas me dirigí a la gran isla del oeste, ordenando soltar la otra almadía que
remolcaba la Niña.
Más
tarde, ya en tierra, vi al que antes había obsequiado acercarse a la playa, sin
haber querido aceptar el ovillo de algodón que me ofrecía. Los demás isleños se
juntaron en torno suyo con gran admiración. Bien le pareció a éste que éramos
buena gente y que el otro había huido por algún daño que le hubiéramos hecho,
por lo que lo llevamos. Usé de este ardid de soltarlo y obsequiarlo para
granjearnos esa estima, de modo que otra vez, si Vuestras Altezas envían aquí
de nuevo, no nos encuentren hostilidad. Y todo lo que le di no valía cuatro
maravedís.
Así
partí, serían las diez horas, con viento del sudeste. Navegaba con rumbo sur
para cruzar hacia la otra isla, grandísima, de la cual todos los hombres que traigo
de San Salvador indican por señas que hay abundante oro, usándolo en
brazaletes, tobillos, orejas, nariz y cuello. De Santa María a esta nueva isla
hay nueve leguas al oeste-sudeste. Toda esta parte de la costa se orienta
noroeste-sudeste y parece haber unas veintiocho leguas en esta fachada.
Es muy
llana como las de San Salvador y Santa María, sin montañas, con playas sin
acantilados, aunque con algunas rocas cerca de tierra bajo el agua, precaviendo
al fondear acercarse mucho. Las aguas siempre clarísimas dejan ver el fondo. A
dos tiros de lombarda de la orilla se alcanzan fondos insondables en todas
estas islas. Son muy verdes y fértiles, con aires suavísimos. Puede haber
muchas cosas que ignoro por no detenerme a explorar tantas islas en busca de
oro. Pero dadas estas señales de que lo llevan en brazos y piernas, y siendo
oro lo que les mostré, no puedo errar con la ayuda de Nuestro Señor en dar con
su origen.
Estando
a mitad del canal entre Santa María y esta gran isla, a la que llamo Fernandina,
hallé un hombre solo en una almadía que iba de Santa María a Fernandina.
Llevaba un puño de su pan, una calabaza con agua, polvo de tierra rojiza
amasado, unas hojas secas muy estimadas por ellos según el presente de tales
hojas que ya me hicieron en San Salvador. En una cesta al modo de ellos traía
un ramillete de cuentas de vidrio y dos blancas, por lo que deduje que venía de
San Salvador tras pasar Santa María camino a Fernandina.
Se
acercó a la nave y accedí a su demanda de subir a bordo, haciendo guardar su
almadía y pertenencias. Le mandé dar pan con miel y de beber, pasándole luego a
Fernandina con todo lo suyo para que, si place al Señor, dé buenas nuevas de
nosotros y que cuando Vuestras Altezas vuelvan a enviar aquí, honren a quienes vengan
dándoles cuanto tengan.
Martes
16 de octubre.
Partí
de las islas de Santa María de la Concepción, sería cerca del mediodía, con
rumbo a la isla Fernandina al oeste, muy extensa. Navegué todo ese día con
calma, sin poder llegar a tiempo para sondar el fondo y fondear en aguas
limpias antes de anochecer. Es crucial gran diligencia en esto para no perder
las anclas. Así, permanecí al pairo hasta hoy que llegué a un poblado adonde
amarré. Era el lugar adonde había venido el hombre que encontré ayer en la
almadía a mitad del canal. Dio tan buenas nuevas nuestras que durante toda la
noche no faltaron almadías junto a la nave trayéndonos agua y lo que tenían. A
cada uno le mandaba dar algo: cuentas de vidrio, sonajas de latón de las que en
Castilla valen un maravedí, agujetas, todo lo cual estimaban en gran medida.
También les mandaba dar miel de azúcar para comer cuando subían a bordo.
Luego,
a eso de tercia, envié a tierra el batel por agua. Ellos indicaban de muy buena
gana dónde se hallaba y traían ellos mismos los barriles llenos hasta el batel,
muy complacidos de hacernos favor. Esta isla, por lo que puedo colegir, tiene o
cerca de sí minas de oro. Está separada unas ocho leguas de Santa María, casi
al oeste-sudeste. Este cabo adonde vine y toda la costa se orientan
noroeste-sureste. Alcancé a ver unas veinte leguas de su longitud, pero aún no
terminaba.
Escribiendo
esto hice vela, con viento del sur, para rodear toda la isla y trabajar hasta
hallar a Samaot, la ciudad o isla que, según dicen, tiene el oro. Así lo
afirman todos los que vienen en la nao y ya nos lo decían en San Salvador y
Santa María.
Su
gente se asemeja a la de dichas islas en lengua, costumbres y aspecto, salvo
que éstos me parecen más tratables y astutos, pues han traído algodón aquí,
junto con otros objetos, demostrando saber regatear mejor la paga que los
anteriores. En esta isla he visto también mantas de algodón, y sus habitantes
mejor dispuestos. Las mujeres llevan por delante una prenda de algodón que
apenas cubre sus partes.
Esta
isla es muy verde y llana, fertilísima. No dudo que siembran maíz todo el año,
cosechándolo continuamente junto con todo lo demás. Vi muchos árboles muy
diferentes de los nuestros, con ramas de diversas formas en un mismo pie,
siendo cada ramita de distinta manera, una maravillosa variedad. Por ejemplo,
una rama con hojas como cañas y otra como lentisco, así hasta cinco o seis
tipos en un árbol, todos tan diversos y no injertados, pues estos árboles
crecen silvestres sin cuidado alguno.
No les
conozco religión y creo se harían cristianos con facilidad dada su buena
disposición. Los peces tan distintos de los nuestros que es admiración: hay
algunos con forma de gallos, de los más finos colores del mundo, azules,
amarillos, colorados, de toda tonalidad imaginable, otros con mil pintas, los
matices finísimos. Ninguno que no se maraville y recree al verlos. Hay asimismo
ballenas.
No he
visto bestias terrestres de ninguna clase, salvo papagayos y lagartos. Un
muchacho dijo haber visto una gran culebra. No divisé ovejas, cabras ni otro
animal, aunque llevo muy poco tiempo aquí, pues es mediodía. Pero de haberlos
no podría dejar de ver alguno. Describiré la circunferencia de esta isla
después que la haya rodeado.
Miércoles
17 de octubre.
Al
mediodía partí del poblado donde había fondeado para proveer agua, con
intención de circundar la isla Fernandina. Soplaban vientos del sudeste y sur.
Mi propósito era seguir la costa donde me hallaba al sureste, pues se orienta
toda de nor-noroeste a sur-sureste, llevando dicho rumbo sur-sureste porque los
indios que traigo, junto a otros, señalaban al sur de la isla llamada Saomet
donde está el oro.
Pero
Martín Alonso Pinzón, capitán de la Pinta donde iban tres de estos indios, vino
a decirme que uno le había indicado bien claro que bordeando la isla por el
nor-noroeste la rodearía mucho antes. Como el viento no ayudaba al rumbo que yo
quería y sí al otro, orienté el norte-noroeste. A unas dos leguas del cabo
hallé un portentoso puerto con dos bocas estrechísimas y muy amplio dentro para
cien naos, si tuviera fondo limpio, resultando poco profundo a la entrada.
Me
pareció bien sondearlo. Fondeé fuera y entramos con todas las barcas sin
encontrar fondo. Como al verlo pensé que era desembocadura de algún río, había
dispuesto llevar barriles para agua. En tierra hallamos unos ocho o diez
hombres que nos condujeron al poblado cercano adonde envié un grupo con armas y
otros con barriles a traer agua. Y por
estar lejos, me detuve un par de horas.
Durante
este tiempo estuve recorriendo aquellos árboles, asombrosa visión por su verdor
semejante al mayo andaluz. Todos absolutamente distintos de los nuestros, tanto
los árboles como las frutas, hierbas, piedras y cualquier cosa. Algunos sí de
la naturaleza de árboles de Castilla; pero tan enorme la diferencia y tales los
otros tipos de árboles, imposible de asemejar a los conocidos.
La
gente tiene las mismas características de los anteriores: desnudos, estatura
similar, dispuestos a dar lo que tuvieran a cambio de cualquier objeto. Aquí vi
que unos grumetes trocaban azagayas por pedazos de platos rotos y vidrio; y los
que fueron por agua contaron haber estado en sus casas, muy limpias y barridas,
con camas y enseres como redes de algodón.
Las
casas son al estilo de chozas, muy altas y espaciosas, con buenas chimeneas, no
viendo yo poblado alguno de más de doce a quince casas. Hallaron que las
mujeres casadas llevaban braga de algodón; no las solteras, salvo algunas de
dieciocho años. Había perros mastines y galgos. Vieron uno que traía en la
nariz un pedazo de oro, casi medio castellano, con letras; les reñí por no
rescatarlo dando cuanto pidieran, para saber qué moneda era y de dónde.
Respondieron que ninguno se había atrevido a hacerlo.
Tras
proveernos de agua, volví a la nao e izando velas salí al noroeste,
descubriendo esa parte de la isla hasta la costa este-oeste. Todos los indios
insistieron entonces en que esta isla era más pequeña que Saomet, conviniendo
regresar para llegar antes. Allí el viento amainó y comenzó a soplar del
nor-noroeste, contrario al rumbo que traíamos, por lo que viré para alejarme de
tierra ante un cielo muy cargado y cerrado que impedía distinguir dónde
surgir.
Durante
la noche llovió fuertemente tras la medianoche, continuando aún nublado.
Estamos al sur de la isla, donde espero fondear al aclarar para divisar las
otras islas adonde debo ir.
Estos
días, desde que estoy en las Indias, ha llovido poco o mucho. Crean Vuestras
Altezas que esta es la tierra mejor, más fértil y templada, con la superficie
más llana del mundo.
Jueves
18 de octubre. Al aclarar seguí con buen viento
bordeando la isla en derredor todo lo posible, hasta que ya no era prudente
navegar, sin llegar a tierra. Al amanecer, izando velas partí.
Viernes
19 de octubre. Al amanecer levanté anclas enviando la
Pinta al este-sureste y la Niña al sur-sureste, mientras con la nao fui al
sureste, ordenando seguir ese rumbo hasta mediodía para cambiar luego hacia mí
para reunirnos. Antes de tres horas vimos al este una isla donde llegamos los
tres barcos al mediodía, a la punta norte donde hay un islote y restinga de
piedra al norte, y otro entre dicho islote y la isla grande.
Esta
isla es la que los hombres de San Salvador que traigo llaman Saomet, a la que
puse de nombre Isabela. Soplaba viento del norte, quedando el islote en
dirección a Fernandina, que dejé al oeste. Luego la costa se dirige desde el
islote al oeste, con unas doce leguas hasta un cabo que bauticé Cabo Hermoso en
ese extremo oeste, por ser redondeado, de fondo limpio y al principio
pedregoso, convirtiéndose luego en playa arenosa como casi toda esa costa. Allí
fondeé la noche del viernes hasta la mañana.
Toda
esta costa y parte de la isla que vi es casi playa. Es la más bella isla hasta
ahora, pues si las otras son bellísimas, esta lo es más, con abundantes
árboles, muy verdes y grandes. Esta tierra es más alta que las islas
anteriores, con algunos cerros sin llegar a montañas, que hermosean el paisaje
abundando las aguas en el interior.
Hacia
el noreste forma una gran ensenada muy arbolada y tupida. Quise fondear allí
para desembarcar y ver tanta belleza, pero el fondo era bajo, obligando a
alejarse de tierra, y el viento favorable para este cabo donde amarré, tan
verde y hermoso como todo lo demás, sin poder decidir adónde ir primero, sin
saciar mis ojos de tanto verdor y diversidad cual no tiene igual. Creo que habrá
muchas plantas y árboles aquí de gran valor en España para tintes y especias
medicinales, que no sé reconocer, con gran pesar.
Al
llegar a este cabo sentí un olor tan bueno y suave de flores o árboles, que era
lo más dulce del mundo. Antes de partir iré a tierra a ver el origen de este
aroma en el cabo. No hay poblado, según dicen estos hombres que traigo, sino
más adentro donde está el rey con abundante oro. Mañana deseo internarme hasta
hallar población y entablar contacto con este rey que, por sus dichos, domina
todas estas islas cercanas, vistiendo mucho oro. No doy entera fe a ello, tanto
por no entenderles bien como por notar su pobreza en oro, que cualquier poco
les parece mucho.
Este
cabo hermoso creo es isla aparte de Saomet, mediando incluso otra pequeña. No
me importa tanto el detalle, imposible de abarcar en cincuenta años, sino
descubrir y ver lo más que pueda para volver en abril a Vuestras Altezas, si
place al Señor. Claro que hallando oro o especias en cantidad, me detendré a
recoger cuanto pueda, sin hacer sino buscarlos.
Sábado
20 de octubre. Hoy al salir el sol levanté anclas de donde había fondeado en
Saomet, en el cabo al que puse de nombre cabo de la Laguna, con intención de
navegar al noreste y este desde el sureste y sur, donde estos hombres dicen
está la población y rey. Pero el fondo tan bajo que no pude pasar viendo que el
rodeo era muy grande por el suroeste, por lo que determiné regresar al
nor-nordeste bordeando esta isla.
El
viento tan escaso que nunca pude mantenerme a lo largo de la costa, sino solo
de noche, siendo peligroso fondear en estas islas sino de día para ver dónde se
echa el ancla, con manchas unas de fondo limpio y otras no. Así, permanecí
dando bordadas toda la noche del domingo. Las carabelas fondearon al hallar
antes tierra, creyendo que acudiría a sus señales habituales, mas no quise.
Domingo
21 de octubre. A las diez horas llegué a este cabo del
islote y fondeé, igual que las carabelas. Después de comer fui a tierra donde
no había más poblado que una casa abandonada, creyendo que sus moradores habían
huido con temor dejando sus enseres. No toqué nada, sino que salí a recorrer la
isla con los capitanes y otros. Si las vistas eran ya muy hermosas, fértiles y
verdes, ésta lo es más, con grandes y tupidos bosques muy verdes.
Hay
extensas lagunas bordeadas de exuberante arbolado, todo de persistente verdor.
La hierba como en abril andaluz, el trinar de pájaros, de no querer partir
nunca, bandadas de papagayos que oscurecen el sol y aves y avecillas de types
tan variados y distintos a los nuestros que es prodigio.
Árboles
de mil clases, cada cual con su fruto, todos de fragancia admirable, apenándome
en gran manera el ignorarlos porque sin duda son de gran valía, trayendo
muestras de ellos y las hierbas.
Andando
en torno a una laguna vimos una serpiente que matamos, trayendo su piel para
Vuestras Altezas. Al vernos se arrojó al agua y la seguimos, no muy hondo,
hasta darle muerte con lanzas. Media unos siete palmos, creyendo que en estas
lagunas debe haber muchas.
Reconocí
también árboles de lignáloe, determinando hacer llevar mañana a bordo unos diez
quintales, pues dicen vale mucho. Buscando luego buena agua dimos con un
poblado cercano, a media legua de donde fondeé, y su gente al sentirnos huyó
abandonando casas y escondiendo sus bienes en los montes. No consentí tomar
nada, ni de un alfiler.
Se nos
acercaron unos hombres, uno llegándose aquí. Le di cascabeles y cuentas de
vidrio, quedando muy contento y alegre. Para granjearlos más, al pedirles agua,
vinieron luego a la playa con calabazas llenas, complacidos de dárnosla. Les
mandé otro manojo de cuentas, diciendo traerían más por la mañana.
Quiero
llenar de agua los toneles de los navíos. Si el tiempo lo permite partiré luego
a circundar esta isla hasta dar con su rey, que dicen trae oro, y seguir a otra
isla grande que debe ser Cipango según las señas, llamada Colba, con muchas
naves y marinos. Y otra llamada Bohío, también grande. Veré las intermedias,
resolviendo según halle oro o especias, aunque aún decido ir a tierra firme y
la ciudad de Quisay para dar las cartas de Vuestras Altezas al Gran Khan y
volver con su respuesta.
Lunes
22 de octubre. Toda esta noche y hoy esperé que el rey
de aquí u otras personas nos trajeran oro u objetos de valor, viniendo multitud
similar a las islas anteriores: tan desnudos y pintados de blanco, rojo o negro
en sus variadas maneras. Traían azagayas y unos ovillos de algodón para
rescatar, que algunos marineros trocaban por pedazos de vidrio, de platos rotos
y tiestos.
Algunos
tenían colgando en la nariz pedacitos de oro que de buena gana daban por un
cascabel o cuentas de vidrio. Pero es tan poco que no es nada, pues cualquier
baratija los maravilla, creyendo que habíamos venido del cielo.
Tomamos
agua para los navíos en una laguna aquí cerca del cabo del islote, de ese
nombre. En ella, Martín Alonso Pinzón, capitán de la Pinta, mató otra serpiente
de siete palmos como la de ayer. Hice recoger también todo el lignáloe que
hallaron.
Martes
23 de octubre. Quisiera partir hoy hacia la isla de
Cuba, que creo sea Cipango según lo que cuenta esta gente de su gran tamaño y
riqueza, sin demorarme más en rodear ésta para buscar la población y contactar
con su rey o señor, por no entretenerme demasiado al ver que aquí no hay minas
de oro. Y requiriendo rodear estas islas vientos de muchas clases no
constantes.
Así pues, no conviene detenerse,
sino más bien enderezar el rumbo y seguir calando profundamente hasta dar con
tierra firme, que presumo será muy rica en especias valiosas, aunque aún no
logro reconocerlas. Me apena no poder identificarlas, sobre todo al ver
millares de árboles, cada uno con su propio fruto, y todo el paisaje tan verde
como los campos de España en mayo o junio. Hay también muchas hierbas floridas,
pero sólo he podido reconocer el lignáloe, del cual hoy he mandado recolectar
una buena cantidad.
No he podido levar anclas por
falta de viento, pues reina una calma absoluta, acompañada de fuertes lluvias.
Ayer y anteayer llovió copiosamente, aunque sin frío. Los días son calurosos y
las noches templadas, como suele ser el mes de mayo en Andalucía.
Miércoles
24 de octubre. A medianoche zarpé de isla Isabela, en el
cabo del islote al norte donde había fondeado, rumbo a Cuba donde oí a esta
gente que era muy grande, con mucho comercio, oro, especias, grandes naves y
mercaderes. Me indicaron que estaba al oes-sudoeste, creyendo que es la isla de
Cipango, de la que se cuentan cosas maravillosas y que según esferas y mapas he
visto está en esta zona.
Navegué
con ese rumbo hasta el día, calmando el viento y lloviendo casi toda la noche.
Con poco viento hasta pasado mediodía que arreció afable impulsando todas
velas: mesana, gavia, cebadera, triquete, bonetas y maestra. Seguí así hasta
anochecer quedándome el cabo Verde de Fernandina al oeste-sur, distando unas
siete leguas al noroeste.
Al
notar el descenso de la temperatura y careciendo de certeza sobre la distancia
a Cuba, opté por evitar la búsqueda nocturna debido a la presencia de profundos
fondos marinos sin puntos de referencia cercanos, excepto por pequeñas zonas a
una distancia prudente. Estas áreas estaban marcadas por manchones de rocas y
arena, haciendo imposible el fondeo seguro a menos que fuera a la vista.
En
consecuencia, di la orden de reducir todas las velas, a excepción del triquete,
con el objetivo de mantener una navegación más cautelosa. Sin embargo, el
viento aumentó significativamente acompañado de una intensa cerrazón y lluvia,
lo que me llevó a reducir también la vela del triquete. A pesar de estos
esfuerzos, apenas avanzamos dos leguas en esas condiciones desafiantes.
Jueves
25 de octubre. Navegó desde la salida del sol al
oes-suroeste unas cinco leguas hasta las nueve para luego girar al oeste
recorriendo unas cuarenta y cuatro millas hasta la una tras mediodía y de allí
a las tres. Entonces vieron tierra, siete u ocho islas en fila norte-sur, a
unas cinco leguas.
Viernes
26 de octubre. Estuvo de las dichas islas por el sur con
bajío unas cinco o seis leguas, fondeando allí. Los indios dijeron estar Cuba a
día y medio en sus almadías de un solo tronco sin vela. Partió pues hacia Cuba
por las señales de su gran tamaño y riquezas en oro y perlas, pensando que era
Cipango.
Sábado
27 de octubre. Al salir el sol zarpó de aquellas islas
denominándolas de Arena por su escaso fondo hasta seis leguas al sur. Navegó
ocho millas por hora hasta la una al sur-suroeste, unas cuarenta millas, y
hasta la noche otras veintiocho millas al mismo rumbo, divisando tierra antes
de anochecer. Pasaron la noche al abrigo con abundante lluvia. Recorrieron
diecisiete leguas rumbo sur-suroeste hasta ponerse el sol.
Domingo
28 de octubre. Puso rumbo a Cuba al sur-suroeste, hacia
su costa más cercana, entrando en un hermoso río muy seguro, sin bajíos ni otro
inconveniente. Toda la costa muy honda y limpia hasta tierra, con boca del río
de doce brazas, bien ancha para bordear. Fondeó dentro a tiro de lombarda. Dice
el Almirante que cosa más bella no ha visto, el río todo cercado de árboles,
hermosos, verdes y diferentes a los nuestros, con flores y frutos diversos.
Muchas aves cantando dulcemente. Palmas distintas de las de Guinea y nuestras,
medianas, sin vaina en el pie y grandes hojas que sirven de techumbre.
Saltó
a la barca yendo a tierra, llegando a dos casas de pescadores que creyó huyeron
de miedo. En una halló un perro que no ladró. Ambas con redes, cordeles,
anzuelos, arpones, aparejos de pesca y muchos fuegos, creyendo se juntan allí
mucha gente. Ordenó no tocar nada. La hierba muy crecida como en abril o mayo
andaluz. Encontró abundantes verdolagas y bledes.
Remontó
luego el río un buen rato, gran placer por la fronda y aves, no pudiendo dejar
de mirar. Dice la isla bellísima, con buenos puertos y ríos hondos, pareciendo
la mar allí nunca alterarse por llegar la hierba de la playa casi al agua cual
no ocurre con mar gruesa, no habiéndola notado aún en todas esas islas.
Refiere
la isla montañosa, aunque no muy largas las cumbres pero escarpadas, siendo lo
demás alto cual Sicilia. Abundan los ríos, calculando los indios de Guanahani
diez grandes inabarcables para sus canoas en veinte días. Al ir a tierra
salieron dos canoas que huyeron al ver a los marineros embarcar para sondear
donde fondear.
Los
indios decían en esa isla minas de oro y perlas, viendo el Almirante lugar
apropiado para ellas y almejas. Cree que hasta allí llegan grandes naves del
Gran Khan, estando la tierra firme a unas diez jornadas. Llamó a ese río y
puerto San Salvador.
Lunes
29 de octubre. El almirante alzó las anclas en aquel
puerto y navegó hacia el Poniente, con la intención de llegar a la ciudad
donde, según los indios, residía el rey. A unas seis leguas al Noroeste, se
divisaba una punta de la isla, mientras que a diez leguas al Este, otra punta
se alzaba. Tras avanzar una legua más, avistó un río de entrada no muy grande,
al que llamó el "río de la Luna". Continuó su travesía hasta la hora
de las vísperas, cuando se encontró con otro río mucho más extenso. Los indios,
mediante señas, le indicaron que se trataba del "río de Mares". Cerca
de este río, observó poblaciones con casas de aspecto prometedor, más hermosas
que las que había visto hasta entonces. Eran construcciones amplias, parecidas
a tiendas, sin un diseño de calles definido, pero limpias y bien cuidadas.
Estas viviendas, hechas de ramos de palma, albergaban estatuas de mujeres y
cabezas talladas con destreza, aunque no estaba seguro si los indígenas las
consideraban hermosas o las adoraban.
En su
exploración, notó que los perros no ladraban y que aves salvajes se posaban
mansamente cerca de las casas. También encontró artefactos pesqueros, como
redes y anzuelos, pero decidió no tocar nada. Supuso que los habitantes de la
costa debían ser pescadores que llevaban el pescado tierra adentro. La isla,
grande y bellísima, le dejó sin palabras. Descubrió árboles y frutas de sabores
extraordinarios, y sospechó que podría haber ganado en ella, ya que encontró
cráneos que parecían pertenecer a vacas. Las noches eran agradables, con el
canto de grillos y aires dulces, ni frío ni calor. Atribuyó el calor en otras
islas a su topografía llana y a los vientos cálidos que las alcanzaban. El agua
de los ríos era salada, aunque los indios bebían agua dulce en sus casas. Uno
de los ríos permitía a los barcos maniobrar para entrar y salir, y su fondo era
adecuado para criar perlas. Además, encontró caracoles grandes, aunque carecían
del sabor de los españoles. El almirante señaló la disposición del río y del
puerto, al que llamó San Salvador, con montañas altas y una cima que parecía
una hermosa mezquita. El otro río y puerto, donde se encontraba en ese momento,
tenía dos montañas redondas al Sureste y un hermoso cabo llano al Noroeste.
Martes
30 de octubre. El almirante partió del "río de Mares"
hacia el Noroeste y avistó un cabo cubierto de palmas, al que llamó "Cabo
de Palmas". Después de navegar unas quince leguas, los indios a bordo de
la carabela Pinta le informaron que detrás de ese cabo había un río, y desde
allí, a Cuba, se extendían cuatro jornadas de navegación. El capitán de la
Pinta opinó que esta Cuba era una ciudad y que la tierra en cuestión era una
vasta extensión continental que se dirigía hacia el Norte. Según los indígenas,
el rey de esa tierra estaba en conflicto con el "Gran Khan", a quien
también llamaban "Camí", y su tierra o ciudad tenía varios nombres,
incluido "Faba".
El
almirante decidió llegar a ese río y enviar un presente al rey, junto con la
carta de los monarcas. Para esta misión, contaba con un marinero que había
navegado previamente en Guinea y con algunos indios de Guanahani que deseaban
regresar a su tierra natal. Según el almirante, la distancia desde la línea
ecuatorial hasta esa región era de cuarenta y dos grados hacia el Norte,
siempre y cuando la información no estuviera distorsionada en la transcripción.
Además, creía que tendría que esforzarse para llegar al "Gran Can", a
quien suponía que se encontraba en algún lugar cercano, o a la ciudad de
"Catay", también relacionada con el "Gran Can" y que, según
le habían dicho antes de partir de España, era una tierra muy extensa. En sus
descripciones, toda esta tierra parecía ser baja, hermosa y con aguas
profundas.
Miércoles
31 de octubre. Durante toda la noche, el almirante
navegó barloventeando. Avistó un río cuya entrada era baja y los indios
pensaron que los barcos podrían entrar como sus canoas. Continuando su
travesía, encontró un cabo que se extendía hacia afuera y cerca de bajíos.
También divisó una bahía donde podrían fondear barcos pequeños, pero no pudo
encabalgar debido a que el viento soplaba completamente desde el Norte y la
costa se curvaba hacia el Nornorueste y Sueste. Dado el fuerte viento, decidió
regresar al "río de Mares".
Jueves
1 de noviembre. Al amanecer, el almirante envió las
barcas a tierra, donde encontraron que toda la gente había huido. Después de un
tiempo, apareció un hombre, y el almirante ordenó que lo aseguraran. Luego
envió a uno de los indios que llevaba a tierra. El indio les aseguró que no
debían temer, ya que eran gente pacífica y no causaban daño a nadie. Trajeron
más de dieciséis almadías o canoas cargadas con algodón hilado y otros objetos.
El almirante les indicó que no tomaran nada, ya que solo buscaba oro, que ellos
llamaban "nucay". Durante todo el día, los indígenas se acercaron a
los barcos y los cristianos también fueron a tierra de manera segura. Aunque el
almirante no vio oro en algunos de ellos, observó a uno con un pedazo de plata
labrado colgado en la nariz, lo que sugirió la presencia de plata en la tierra.
Los indígenas señalaron que en tres días llegarían muchos mercaderes del
interior para comerciar con los cristianos y dar noticias del rey local. Según
las señas que daban, el rey estaba a cuatro jornadas de distancia, ya que habían
enviado mensajeros por toda la tierra para informarle sobre el almirante. La
gente de esta región tenía costumbres similares a las de los otros lugares
descubiertos, y aunque no practicaban ninguna religión conocida, recitaban la
Salve y el Ave María con las manos alzadas al cielo y hacían la señal de la
cruz. Todos hablaban la misma lengua y parecían ser amigos. El almirante creía
que estas islas estaban en guerra con el "Gran Can", al que llamaban
"Cavila", y su provincia se conocía como "Bafan". Además,
todos andaban desnudos. El río era profundo y permitía que los barcos llegaran
hasta la boca. El agua no era dulce hasta una legua tierra adentro, pero era
muy dulce. El almirante afirmaba que esta era la tierra firme y que se
encontraba cerca de "Zaito" y "Quinsay", a unas cien leguas
de distancia, donde notó que el clima era diferente al que había experimentado
hasta entonces.
Viernes
2 de noviembre. El almirante decidió enviar a dos hombres
españoles en esta jornada. Uno de ellos era Rodrigo de Jerez, residente en
Ayamonte, y el otro era Luis de Torres, quien había vivido con el adelantado de
Murcia y anteriormente era judío, con conocimientos de hebreo, caldeo e incluso
algo de árabe. Se menciona que este último sabía hablar estas lenguas. Para
acompañarlos, el almirante envió a dos indios, uno proveniente de Guanahani y
el otro de una de las poblaciones cercanas al río.
Les
proporcionó cuentas para adquirir alimentos en caso de necesidad y les otorgó
un plazo de seis días para regresar. Además, les entregó muestras de especias
para verificar si encontraban alguna. Los instruyó sobre cómo preguntar por el
rey de la tierra que visitarían, indicándoles qué debían comunicar en nombre de
los reyes de Castilla. Les encomendó la tarea de solicitar al rey local las
cartas que el almirante les había proporcionado, junto con un regalo. Además,
debían obtener información sobre el estado de la región, establecer amistad y
ofrecer cualquier ayuda que el rey local pudiera necesitar.
El
almirante también les proporcionó detalles sobre ciertas provincias, puertos y
ríos que tenía conocimiento y les pidió que indagaran sobre su ubicación y
distancia. Esa noche, Columbus tomó la altura con un cuadrante y determinó que
se encontraban a cuarenta y dos grados de la línea ecuatorial. Según sus
cálculos, afirmó que había recorrido mil ciento cuarenta y dos leguas desde la
isla del Hierro, reafirmando su convicción de que se encontraba en tierra
firme.
Sábado
3 de noviembre. En la mañana, el almirante abordó la
barca y navegó por el río. Dado que en la desembocadura se forma un extenso
lago, creando un puerto excepcionalmente profundo y libre de piedras, con una
playa idónea para atracar barcos y abundante leña, avanzó río arriba hasta
llegar a las aguas dulces, aproximadamente a unas dos leguas de distancia.
Ascendió a una pequeña elevación en busca de vislumbrar algún detalle del
paisaje, pero la densa vegetación le impidió ver algo significativo. No
obstante, destacó la frescura y fragancia de los exuberantes bosques, expresando
su certeza de la presencia de hierbas aromáticas. En sus palabras, todo lo que
contemplaba era tan hermoso que sus ojos no se cansaban de admirar tanta
belleza, acentuada por el canto melodioso de las aves y pájaros.
A lo
largo de ese día, numerosas canoas o almadías se acercaron a los navíos para
comerciar artículos como algodón hilado y redes utilizadas como hamacas para
dormir.
Domingo
4 de noviembre. Al amanecer, el almirante se embarcó en
la barca y desembarcó en tierra para cazar las aves que había avistado el día
anterior. A su regreso, Martín Alonso Pinzón se le acercó con dos trozos de
canela, relatando que un portugués en su navío había visto a un indígena que
llevaba consigo dos grandes manojos de esta especia. No obstante, el portugués
no se atrevió a comerciarla debido a la estricta prohibición del almirante.
Además, mencionó que el indígena también portaba algo similar a nueces de color
rojo.
El
contramaestre de la Pinta afirmó haber encontrado árboles de canela, pero al
dirigirse allí, el almirante confirmó que no eran de esa especia. Luego, mostró
a algunos indígenas localmente presentes canela y pimienta, posiblemente de las
que había traído de Castilla como muestra. Los indígenas la reconocieron y
señalaron que había abundante de ello en dirección al sureste. Asimismo, al
mostrar oro y perlas, los ancianos indicaron que en un lugar llamado Bohío
había una cantidad infinita, utilizada en collares, pendientes, brazos y
piernas, así como perlas. Además, mencionaron la existencia de grandes barcos y
mercancías, todo situado hacia el sureste. También se hizo referencia a seres
humanos con un solo ojo, otros con hocicos de perros que devoraban a las
personas, indicando que al capturar a alguien, lo degollaban, bebían su sangre
y cortaban sus partes íntimas.
Decidió
el almirante regresar a la nao y aguardar a los dos hombres que había enviado,
con la intención de decidir si partirían en búsqueda de esas tierras,
dependiendo de la información que trajeran. Columbus añadió que la gente local
era amigable y temerosa, desprovista de vestimenta, armas o leyes. Describió la
fertilidad de las tierras, llenas de "mames", similares a zanahorias
con sabor a castañas, junto con diversas legumbres, algodón que crece de manera
silvestre, árboles frutales, y otras frutas que resulta difícil enumerar. Según
el almirante, todas estas riquezas parecen prometedoras y beneficiosas.
Lunes,
5 de noviembre: En la mañana, ordenó el almirante que la
nao se situara en la montaña, así como los demás barcos, aunque no todos al
mismo tiempo. La precaución era necesaria para garantizar la seguridad, aunque
según afirmaba, la gente del lugar era confiable y podrían haber atracado todos
los barcos juntos en la montaña. Mientras estaban así, el contramaestre de la
Niña se acercó al almirante para informarle que había encontrado almáciga,
aunque lamentablemente, no traía una muestra porque se le había caído. El
almirante prometió recompensarle y envió a Rodrigo Sánchez y al maestre Diego a
recolectar un poco de almáciga. Guardó esta muestra para llevarla a los Reyes,
junto con información sobre el árbol que la producía. Según el almirante, se
confirmó que era almáciga, pero señaló la importancia de recolectarla en el
momento adecuado. Además, afirmó que la región tenía suficiente para extraer
mil quintales cada año. También mencionó la presencia de un tipo de madera que
le pareció ser lignáloe.
Destacó
que el puerto de Mares era uno de los mejores del mundo, con excelentes
condiciones climáticas y una población tranquila. Sugirió la posibilidad de
construir una fortaleza en una peña elevada para asegurar a los comerciantes de
otras naciones en caso de que la región resultara ser rica y de gran
importancia. Concluyó expresando su confianza en que Dios, en cuyas manos están
todas las victorias, guiaría todo para su servicio.
Martes
6 de noviembre. Anoche, según informó el almirante, los
dos hombres que envió para explorar la tierra regresaron, relatando que habían
recorrido doce leguas hasta llegar a una población de alrededor de cincuenta
casas. Se menciona que podría haber hasta mil vecinos, ya que varias personas
viven juntas en una sola casa. Estas viviendas son de gran tamaño, similares a
alfaneques. Los habitantes los recibieron con solemnidad, siguiendo sus
costumbres, y tanto hombres como mujeres acudieron a verlos. Les asignaron las
mejores casas, los tocaron, besaron sus manos y pies, expresando asombro y
creyendo que provenían del cielo, así se los hicieron saber. Compartieron su
comida y les mostraron gran hospitalidad.
Luego,
los líderes del pueblo llevaron a los exploradores a la casa principal, donde
les ofrecieron asientos especiales. Los demás se sentaron en el suelo alrededor
de ellos. Un indígena que los acompañaba les explicó la forma de vida de los
cristianos y cómo eran personas buenas. Después de la partida de los hombres,
las mujeres entraron y se sentaron de manera similar alrededor de los
exploradores, mostrándoles el mismo respeto, incluso besándoles las manos y los
pies, intentando verificar si eran de carne y hueso como ellos. Les rogaron que
se quedaran al menos cinco días. Mostraron especias como canela y pimienta que
les había dado el almirante, indicando que había más al sureste, aunque no
estaban seguros de su ubicación exacta.
Al
darse cuenta de que no tenían una ciudad establecida, los exploradores
regresaron. Los habitantes sugirieron que más de quinientos hombres y mujeres
podrían unirse a ellos si decidían quedarse, pensando que regresarían al cielo.
Aunque uno de los líderes del pueblo se acercó con su hijo y otro hombre, el
almirante, por alguna razón, decidió partir de noche. El almirante dejó que se
fueran, prometiendo regresar por la mañana, pero nunca lo hizo.
Durante
su viaje de regreso, los exploradores encontraron mucha gente en el camino,
hombres y mujeres con antorchas y hierbas para realizar sus rituales. No
hallaron ninguna población significativa, solo pequeños grupos de casas, pero recibieron
el mismo trato respetuoso. Observaron árboles, plantas y flores aromáticas, así
como aves diferentes a las de España, aunque algunas especies eran familiares,
como perdices y ruiseñores.
La
tierra era muy fértil, cultivada con diversos cultivos. El almirante notó la
presencia de maíz, frijoles y habas distintas de las europeas, así como una
abundante cantidad de algodón. En una sola casa, encontraron más de quinientas
arrobas, y estimaron que podrían obtener cuatro mil quintales de algodón al año.
El almirante sugirió que la tierra era tan productiva que no necesitaba siembra
y producía frutos durante todo el año.
Según
el almirante, la gente local era pacífica y sin malicia, completamente desnuda,
tanto hombres como mujeres, con estas últimas llevando una prenda de algodón
que cubría su naturaleza. Aunque eran de piel más clara que los canarios,
mostraban gran respeto. El almirante expresó la creencia de que, si hubiera
personas devotas religiosas que conocieran la lengua local, todos podrían convertirse
rápidamente al cristianismo. Concluyó su relato con una esperanza de que los
príncipes tomen medidas para llevar la fe cristiana a estas tierras y que,
después de sus días, sus reinos estén libres de herejía y maldad. Por último,
anunció su plan de zarpar hacia el sureste en busca de oro y especias en nombre
de Dios, aunque debido al viento desfavorable, el viaje se retrasó hasta el 12
de noviembre.
El
lunes 12 de noviembre. Zarpamos del puerto al
amanecer para dirigirnos hacia una isla llamada Baveque, cuya existencia los
indígenas afirmaban con insistencia. Según sus gestos, en Baveque la gente
recogía oro con velas durante la noche en la playa, y luego lo trabajaba con
martillos para fabricar objetos. La ruta hacia la isla requería apuntar hacia el
este cuarta del sureste.
Después
de navegar ocho leguas a lo largo de la costa, encontramos un río y, tras otras
cuatro leguas, nos topamos con otro río considerablemente más caudaloso que los
anteriores. Decidimos no detenernos ni explorar estos ríos por dos razones: en
primer lugar, el tiempo y el viento eran propicios para continuar nuestro viaje
hacia la isla de Baveque; en segundo lugar, si alguno de estos ríos albergaba
una ciudad poblada o famosa cerca del mar, sería visible desde la costa. Además,
nuestros barcos no eran apropiados para navegar río arriba. Hubiéramos perdido
mucho tiempo, ya que explorar ríos de este tipo es una tarea que requiere
atención y dedicación exclusiva.
La
costa a lo largo de la cual navegábamos estaba principalmente poblada cerca del
río, al que llamamos el "río del Sol". El día anterior, domingo 11 de
noviembre, había considerado la idea de llevar a algunas personas de esa región
ante los reyes, con el propósito de enseñarles nuestra lengua y que, al
regresar, actuaran como intermediarios culturales entre nosotros y los nativos.
El almirante sostenía que esta gente era pacífica, no idolátrica, sumisa y
desconocedora del mal, sin armas y temerosa al punto de huir en gran número
ante una sola persona de los nuestros, aunque solo bromeáramos con ellos. Eran
crédulos y reconocían la existencia de Dios en el cielo. Estaban dispuestos a
adoptar nuestras costumbres y prácticas religiosas, lo que llevó al almirante a
sugerir a sus altezas que se esforzaran en convertirlos al cristianismo. Él
estaba convencido de que, si comenzaban esta labor, en poco tiempo lograrían
convertir a numerosos pueblos, ganarían poder y riquezas, y España se
beneficiaría enormemente. Según los indígenas que nos acompañaban, estas
tierras eran ricas en oro, perlas y especias, respaldando así la idea de que se
encontraban en un lugar de gran riqueza.
En el
río de Mares, de donde partí esta noche, sin duda hay una cantidad
extraordinaria de almáciga, y aún más si se desea incrementar la producción, ya
que los árboles, al ser plantados, prenden rápidamente. Estos árboles son
numerosos, de gran tamaño, con hojas parecidas al lentisco y frutos más
grandes, como menciona Plinio. En la isla de Xío, en el archipiélago, he
observado árboles similares. He ordenado sangrar varios de estos árboles para
recolectar resina, pero debido a las constantes lluvias durante mi tiempo en el
río, solo he conseguido una pequeña cantidad que presento a vuestras altezas.
Es posible que no sea el momento adecuado para realizar esta actividad, ya que
generalmente se realiza cuando los árboles comienzan a salir del invierno y a
florecer, mientras que aquí ya tienen los frutos casi maduros.
En
este río, también se podría encontrar una considerable cantidad de algodón, que
podría venderse localmente sin necesidad de llevarlo a España, especialmente en
las grandes ciudades del Gran Can, que seguramente se descubrirán, así como en
otras ciudades gobernadas por señores dispuestos a servir a vuestras altezas.
Además, se encuentra una abundancia de lináloe, aunque no es una materia prima
para obtener grandes ganancias, a diferencia de la almáciga, que podría ser una
fuente significativa de ingresos, como se evidencia en la isla de Xío, donde se
estima que generan alrededor de cincuenta mil ducados.
En la
desembocadura de este río, he identificado el mejor puerto que he visto hasta
hoy: amplio, limpio, con fondo seguro y un lugar idóneo para construir una
villa o un fuerte. Los barcos podrían acercarse fácilmente a los muros, y la
tierra circundante es temperada y elevada, con excelentes fuentes de agua.
Ayer, una balsa con seis jóvenes se acercó a la nave, y cinco de ellos fueron
detenidos por mi orden. Posteriormente, envié a una casa ubicada en la parte
occidental del río, y trajeron siete mujeres, de diversas edades, y tres niños.
Tomé esta decisión porque he observado que los hombres se comportan mejor en
España cuando tienen a mujeres de su tierra, ya que en el pasado, traer hombres
de Guinea sin sus mujeres resultaba en su desaparición al regresar a su tierra.
Al
tener sus mujeres, estos hombres estarán más dispuestos a participar en
negociaciones y aprender nuestra lengua. Además, estas mujeres podrían enseñar
a nuestros compatriotas la lengua común a todas estas islas de India, ya que
todos se entienden entre sí y utilizan balsas, algo que no ocurre en Guinea,
donde existen numerosas lenguas que no son mutuamente comprensibles. Esta
noche, el esposo de una de estas mujeres, y padre de tres hijos, un varón y dos
mujeres, llegó en una balsa y expresó su deseo de unirse a ellos. Acepté su
solicitud, y todos ahora se encuentran consolados, presumiblemente porque son
familiares. Este hombre tiene cuarenta y cinco años. Todas estas informaciones
fueron proporcionadas directamente por el almirante. También menciona que hizo
un comentario sobre el frío, indicando que no sería aconsejable navegar hacia
el norte durante el invierno para realizar exploraciones. Este lunes, navegó
hasta el atardecer, cubriendo dieciocho leguas al este cuarta del sureste, llegando
a un cabo que denominó Cabo de Cuba.
Martes
13 de noviembre: Noche: Toda la noche estuvimos
a la corda, como dicen los marineros, navegando sin rumbo fijo, buscando una
abertura entre las montañas que divisé al atardecer. Los indios que viajan
conmigo indicaban que allí se separaban las tierras de Cuba y Bohío.
Día:
Al amanecer, icé las velas y bordeé una punta que había visto la noche
anterior. Entré en un gran golfo y navegué cinco leguas al sursuroeste. Al
final del golfo, dos grandes montañas formaban una especie de entrada, pero no
pude determinar si era un canal o no.
Decisión:
Deseaba llegar a la isla de Babeque, donde, según mis noticias, abundaba el
oro. Sin embargo, la costa no mostraba grandes poblaciones y el viento era cada
vez más fuerte. Por ello, decidí volver al mar y navegar hacia el este.
Navegación:
Avanzamos a ocho millas por hora y al atardecer habíamos recorrido 56 millas al
este del cabo de Cuba. A la vista teníamos la costa de Bohío, que se extendía
hacia el este-noreste y oeste-noroeste.
Miércoles
14 de noviembre: Noche: Navegué con precaución,
sin avanzar de noche entre las islas. Los indios me habían dicho que desde el
río de Mares hasta Babeque había tres jornadas en sus almadías (unas 21
millas). Además, el viento escaseaba y solo podíamos avanzar hacia el sureste.
Amanecer:
Al salir el sol, busqué un puerto, ya que el viento había cambiado al noreste.
Si no lo encontraba, tendría que regresar a los puertos de Cuba.
Llegada
a tierra: Tras navegar 24 millas al este-sureste, llegué a tierra. Observé
muchas entradas, isletas y puertos, pero el viento y el mar eran demasiado
fuertes para entrar.
Exploración:
Navegué por la costa hacia el noroeste buscando un puerto adecuado. Encontré
varios, pero ninguno era perfecto.
Descubrimiento:
Finalmente, después de recorrer 64 millas, encontré una entrada profunda y
ancha, con un buen puerto y río. Entré y navegué por él, admirando las
numerosas islas, de gran tamaño y con montañas elevadas, llenas de árboles y
palmas.
Impresiones:
Quedé maravillado con la belleza y fertilidad de las islas. No he visto
montañas más altas ni tan hermosas en el mundo. Creo que estas islas son las
que aparecen en los mapas al final de Oriente, y que podrían albergar grandes
riquezas, piedras preciosas y especias.
Nombres:
Llamé a esta región "Mar de Nuestra Señora" y al puerto cercano a la
entrada de las islas "Puerto del Príncipe". No entré en él, sino que
lo observé desde fuera hasta mi regreso el sábado siguiente.
Descripción:
Las islas que encontré en este puerto son tan bellas y fértiles que no exagero
al describirlas. Algunas parecen llegar al cielo con sus picos como diamantes.
Otras tienen una meseta en la cima y un fondo marino profundo que permite el
acceso de grandes barcos. Todas están llenas de árboles y no tienen peñas.
Reflexiones:
Estoy convencido de que este descubrimiento es de gran importancia para los
Reyes Católicos y para toda España. He encontrado un nuevo mundo lleno de
posibilidades, y estoy seguro de que será una fuente de riqueza y prosperidad
para nuestra nación.
Fin
del día: Anoté todo lo que vi y viví en este día en mi diario, para que quede
constancia de este viaje histórico.
Jueves
15 de noviembre: Decidí explorar estas islas utilizando
las barcas de los navíos. Quedé impresionado por la maravilla de estos lugares,
donde encontré almáciga e innumerables árboles de lignáloe. Algunos árboles
estaban tallados con las raíces que los indígenas utilizan para hacer su pan.
Además, descubrí que algunos lugares tenían fuego encendido. Aunque no encontré
agua dulce, sí hallé a algunos nativos que huyeron al acercarme. Durante mi
exploración, noté que la profundidad del agua variaba entre quince y dieciséis
brazas, con un lecho de arena en lugar de rocas, algo muy beneficioso para los
marineros, ya que las rocas pueden cortar los cables de las anclas de los
barcos.
Viernes
16 de noviembre: Como mi costumbre, dejé una cruz en la
tierra como señal al entrar en nuevas islas y tierras. En esta ocasión,
encontré dos grandes maderos en forma de cruz en la boca de un puerto.
Inspirado, mandé construir una cruz alta utilizando esos mismos maderos. También
descubrí cañas en la playa y exploré una cala en la entrada del puerto, donde
encontré un lugar perfecto para construir una fortaleza a bajo costo.
Regresando a la nave, ordené a los indígenas pescar caracoles grandes y buscar
nácar, aunque no encontramos perlas, atribuyendo esto al hecho de que no era la
temporada adecuada.
Sábado
17 de noviembre: Decidí explorar las islas que aún no
había visto, en la dirección del suroeste. Encontré islas fértiles y hermosas,
con fondos profundos y arroyos de agua dulce que fluían entre ellas. Descubrí
una ribera de agua dulce, un prado encantador, altas palmas y nueces de la
India. También observé grandes ratones y cangrejos. En cuanto a la fauna, aves
diversas y un fuerte olor a almizcle captaron mi atención. Ese día, de los seis
jóvenes que llevé de un río, los dos mayores se escaparon mientras estaban en
la carabela Niña.
Domingo
18 de noviembre: Salí nuevamente en las barcas con
tripulantes de los navíos para colocar la gran cruz que había mandado construir
en la entrada del Puerto del Príncipe. La mar allí mostraba un crecimiento y
decrecimiento excepcionales debido a las numerosas islas, y la marea operaba de
manera inversa a lo que estamos acostumbrados. No partimos de este lugar ese
día debido a que era domingo.
Lunes
19 de noviembre: Zarpé antes del amanecer en condiciones
tranquilas. Al mediodía, el viento cambió hacia el este y navegamos hacia el
nornoreste. Al atardecer, el Puerto del Príncipe quedaba al suroeste, a unas
siete leguas de distancia. La isla de Babeque se encontraba justo al este,
aproximadamente a sesenta millas. Navegamos toda la noche hacia el nordeste,
recorriendo alrededor de sesenta millas, y luego otras doce hasta las diez de
la mañana del martes, en total unas dieciocho leguas, con un rumbo al nordeste
cuarta del norte.
Martes
20 de noviembre: El Babeque y las islas cercanas quedaban
al suroeste, de donde provenía un viento contrario. Viendo que el viento no
cambiaba y el mar se agitaba, decidí dar la vuelta al Puerto del Príncipe, a
unas veinticinco leguas de distancia. Opté por no dirigirme a la isleta llamada
Isabela, a unas doce leguas de distancia, por dos razones: quería explorar dos
islas al sur y asegurarme de que los indígenas que llevaba no se fueran.
Regresamos al Puerto del Príncipe, pero no pudimos ingresar debido a la
oscuridad y las corrientes. Al cambiar de rumbo al nordeste con un viento
fuerte, finalmente amainó, alterándose al tercer cuarto de la noche.
Aprovechando esta oportunidad, giramos hacia el este, cuarta del nordeste al
alba. Con el sol, divisamos el Puerto del Príncipe al suroeste y casi al oeste,
a unas cuarenta y ocho millas, equivalente a doce leguas.
Miércoles
21 de noviembre: Al amanecer, navegamos hacia el este con
viento sur, avanzando lentamente debido al mar contrario. Hasta la hora de
vísperas, habíamos recorrido veinticuatro millas. Luego, el viento cambió al
este y navegamos hacia el sur cuarta del suroeste, avanzando otras doce millas
antes del atardecer. En este punto, me encontraba a 42 grados al norte de la
línea ecuatorial, similar a la latitud del puerto de Mares, y decidí suspender
el cuadrante hasta llegar a tierra firme. Aunque sentía un gran calor, sabía
que si estuviera en la costa de la Florida, debería hacer frío. Argumenté que
el calor indicaba la posibilidad de oro en estas Indias. Esa noche, Martín
Alonso Pinzón se separó con la carabela Pinta sin mi autorización, atraído por
la codicia de obtener oro de un indígena que había colocado en su nave. Lo hizo
sin esperar y sin ninguna razón relacionada con las condiciones climáticas.
Jueves
22 de noviembre: Navegué hacia el sur cuarta del suroeste
durante la noche con viento del este, casi en calma. Hacia el tercer cuarto, el
viento cambió al nornordeste. Seguí hacia el sur para explorar la tierra que
quedaba en esa dirección, y al amanecer, me encontraba tan lejos como el día
anterior debido a las corrientes adversas, quedándome a unas cuarenta millas de
distancia de la costa. Esa noche, Martín Alonso continuó hacia el este para
dirigirse a la isla de Baveque, que según los indígenas, contenía mucho oro.
Estaba a la vista de mi nave, a unas dieciséis millas de distancia. Navegué
alrededor de la tierra durante la noche, reduciendo velas y manteniendo faroles
encendidos, ya que me parecía que se acercaba. La noche estaba clara y el
viento favorable para acercarse si quisiera.
Lunes
19 de noviembre: Salimos antes del amanecer con viento en
calma. Al mediodía, el viento viró al este y navegamos al nornordeste. Al
atardecer, nos encontrábamos a siete leguas al sur-suroeste del Puerto del
Príncipe y a unas sesenta millas de la isla de Baveque. Durante la noche,
navegamos al nordeste, cubriendo unas sesenta millas, y hasta las diez de la
mañana del martes, otras doce millas, totalizando dieciocho leguas al nordeste
cuarta del norte.
Martes
20 de noviembre: Las islas de Baveque quedaban al
suroeste, pero el viento provenía de esa dirección, dificultando nuestro
avance. Al notar que no mejoraba y que el mar se agitaba, decidimos regresar al
Puerto del Príncipe, a unas veinticinco leguas. Evitamos dirigirnos a la isleta
llamada Isabela, a unas doce leguas, para no perder a los indígenas que
llevábamos y también porque quería explorar dos islas al sur. Intentamos
acercarnos al Puerto del Príncipe en pareja, pero no fue posible debido a la
oscuridad y a las corrientes al noroeste. Retomamos la ruta al nordeste con
viento fuerte, que más tarde amainó, cambiando al sur y, finalmente, al
sureste. Al salir el sol, divisamos el Puerto del Príncipe, a unas cuarenta y
ocho millas, doce leguas al sudueste y casi a una cuarta al oeste.
Miércoles
21 de noviembre: Al amanecer, navegamos al este con viento
del sur, pero nos enfrentamos a una mar contraria. Hasta la tarde, avanzamos
veinticuatro millas, momento en que el viento cambió al este y luego al sur
cuarta del sureste. Al atardecer, habíamos recorrido doce millas. En este
punto, el almirante se encontraba a cuarenta y dos grados al norte de la línea
ecuatorial, cerca del puerto de Mares. A pesar del calor, sospechaba la
presencia de oro en la región. Martín Alonso Pinzón, por su cuenta, partió con
la carabela Pinta por codicia, creyendo que un indígena a bordo le
proporcionaría mucho oro.
Jueves
22 de noviembre: Navegamos al sur cuarta del sureste
durante la noche con viento del este y casi sin viento en la madrugada. Hacia
el tercer cuarto, soplaban vientos del nornordeste. A pesar de querer explorar
la tierra al sur, al amanecer, nos encontramos tan lejos como el día anterior
debido a las corrientes contrarias. El almirante sospechaba que más al sur
había una tierra llamada Bohío, grande y habitada por personas con características
peculiares. Continuamos navegando al sur y al poner del sol, estábamos a
cuarenta millas de la costa.
Viernes
23 de noviembre: Durante todo el día, navegamos hacia la
tierra al sur con viento ligero, pero las corrientes nos impedían llegar. El viento
provenía del nornordeste y era adecuado para dirigirnos al sur, excepto que era
escaso. Además, visualizamos un cabo o tierra que se extendía hacia el este,
conocido como Bohío por los indígenas a bordo. Comentaban que esta tierra era
extensa y albergaba personas con características singulares, como ojos en la
frente y caníbales, a los que temían. El almirante reflexionó sobre la
posibilidad de que, al ser armados, fueran personas racionales, y que los
relatos sobre canibalismo podrían ser malentendidos.
Sábado
24 de noviembre: Navegamos toda la noche al sur cuarta del
sureste con viento del este y casi en calma. Hacia el tercer cuarto, el viento
cambió al nornordeste. A pesar de querer explorar la tierra al sur, al
amanecer, estábamos tan lejos como el día anterior debido a las corrientes
contrarias. Finalmente, llegamos a la llamada isla llana, en el mismo lugar
donde habíamos arribado la semana anterior, cerca de la isla de Babeque. Al
principio, el almirante dudó en acercarse a la tierra debido a la aparente
violencia de las olas en la costa. Después de explorar la entrada a la mar de
Nuestra Señora, encontramos un puerto con una barra profunda, limpio y seguro.
Entramos poniendo proa al suroeste y luego al oeste, con la isla llana al
norte. Esta entrada tenía una salida al oeste, amplia y profunda, que permitía
el paso entre las islas, ideal para aquellos que llegaban del norte. Las islas
estaban situadas al pie de una gran montaña de este a oeste, extendiéndose
mucho más que cualquier otra en la costa. Una restinga, como un banco, se
proyectaba desde la montaña hacia la entrada, y otra más pequeña desde la isla
llana. Entre ambas, se creaba un espacio amplio y profundo con palmas y
arboledas como en otras áreas exploradas. A la entrada, vimos un río grande y
hermoso, con suficiente agua dulce hasta el mar, inicialmente con un banco y
luego profundizándose a ocho o nueve brazas.
Domingo
25 de noviembre: Antes del amanecer, me dirigí
en la barca hacia un cabo al sureste de la isleta llana, aproximadamente a una
legua y media. Mi intención era explorar la posibilidad de encontrar un río
significativo en esa área. Al llegar a la entrada del cabo, a unos dos tiros de
ballesta, observé un gran arroyo con agua cristalina que descendía de una
montaña y hacía un sonido impresionante. Me acerqué al río y noté que algunas
piedras brillaban con manchas de color dorado. Recordé que el río Tejo en
España también contiene oro, lo que me llevó a creer que este río podía
tenerlo. Decidí recolectar algunas de estas piedras para llevarlas a los Reyes.
Los jóvenes marineros, mientras estábamos allí, señalaron la presencia de pinos
en la sierra, describiéndolos como extraordinarios en tamaño y forma,
sugiriendo que podríamos construir barcos con ellos. Vi robles y madroños, así
como un río apto para fabricar sierras de agua. La tierra y el aire eran más
templados aquí debido a la altura y belleza de las sierras. En la playa,
encontré otras piedras de apariencia metálica y algunas que algunos afirmaban
ser de minas de plata, todas arrastradas por el río. También encontré una
entena y un mástil para la mesana de la carabela Niña.
Llegué
a la desembocadura del río y entré en una cala profunda al pie del cabo al
sureste. Este puerto podría albergar cien barcos sin necesidad de amarras ni
anclas, siendo el más extraordinario que jamás hayan visto mis ojos. Las
sierras eran altísimas, con numerosas corrientes de agua descendiendo por
ellas, todas llenas de pinos, y el conjunto estaba cubierto de diversas y
hermosas arboledas. Otros dos o tres ríos quedaban atrás. Exalté todo esto
enormemente ante los Reyes, destacando la alegría que sentí al descubrir los
pinos, ya que podrían utilizarse para construir cuantos barcos deseáramos.
Afirmé que no podría exagerar ni el uno por ciento de lo que presencié,
agradeciendo a Nuestro Señor por mostrarles siempre algo mejor que lo anterior.
Cada nuevo descubrimiento superaba al anterior, ya sea en tierras, bosques,
hierbas, frutas, flores, gente, puertos o aguas. Afirmé que nadie podría
creerlo sin verlo por sí mismo.
Lunes
26 de noviembre: Al amanecer, levanté las anclas del
puerto de Santa Catalina, ubicado dentro de la isla llana, y navegué paralelo a
la costa en dirección al cabo del Pico, al sureste. Llegamos al cabo por la
tarde, pero el viento calmó, demorándonos. Desde allí, vi otro cabo al sureste
cuarta del este, que debía estar a unas sesenta millas. También observé otro
cabo hacia el suroeste cuarta del sur, que parecía estar a unas veinte millas.
Nombré a este cabo como el Cabo de la Campana. No pude llegar a él de día
debido a la calma repentina. Durante todo el día, recorrimos treinta y dos
millas, equivalentes a ocho leguas. A lo largo de este trayecto, identifiqué y
marqué nueve puertos notables y cinco grandes ríos, siempre manteniéndome cerca
de la costa para examinar detalladamente todo. Toda la tierra era de montañas
altas y hermosas, no áridas ni rocosas, sino accesibles y con valles
encantadores. Tanto los valles como las montañas estaban llenos de altos y
frondosos árboles, principalmente pinos, según mi estimación.
Detrás
del cabo del Pico, al sureste, encontré dos isletas, cada una de
aproximadamente dos leguas de circunferencia, que albergaban tres puertos
maravillosos y dos grandes ríos.
A lo
largo de toda esta costa, no encontré ningún asentamiento humano visible desde
el mar, aunque podría haber señales de su existencia, ya que siempre
encontrábamos rastros de gente y fuegos. Suponía que la tierra que vi al
suroeste del cabo de la Campana era la isla que los indígenas llamaban Bohío,
ya que el mencionado cabo estaba separado de esa tierra. La gente que había
encontrado hasta ahora expresaba un gran temor a los "caniva" o
"canima", quienes, según sus relatos, vivían en la isla de Bohío.
Suponía que esta isla debía ser muy grande, dado el temor de los indígenas, y
creía que iban a buscar a estos individuos a sus tierras y hogares. Atribuía la
falta de asentamientos indígenas a lo largo de la costa a su miedo y cobardía,
ya que evitaban poblarse cerca del mar para no ser capturados por los
"caniva".
Martes
27 de noviembre: Anoche, al atardecer, me acerqué a un
cabo al que llamé Campana. Debido al cielo despejado y al viento ligero, decidí
no llegar a tierra para fondear, a pesar de tener cinco o seis puertos
maravillosos a sotavento. Me detuve más de lo planeado debido a la fascinación
que experimentaba al admirar la belleza y frescura de esas tierras cada vez que
llegaba a ellas, y también para no retrasar mis objetivos. Por estas razones,
mantuve el curso durante la noche, aprovechando el viento y esperando el día.
Sin embargo, las corrientes me llevaron más de cinco o seis leguas al sureste
de donde había anochecido, aparentemente cerca de la tierra de Campana. Más
allá de ese cabo, divisé una gran entrada que parecía dividir una tierra de
otra y crear una especie de isla en el medio. Decidí retroceder con viento del
suroeste y regresé a la apertura que me había llamado la atención, solo para
descubrir que se trataba de una extensa bahía con un cabo al sureste, en el
cual se levantaba una montaña alta y cuadrada que parecía una isla. Cuando el
viento cambió al norte, retomé mi curso hacia el sureste, siguiendo la costa
para explorar todo lo que encontrara.
Pronto,
al pie del cabo de Campana, descubrí un puerto asombroso y un río considerable,
seguido de otro río a un cuarto de legua, luego otro a media legua, y así
sucesivamente. Estos ríos continuaban hasta otro grande, a una legua de
distancia, y desde este punto hasta el cabo de Campana, había unas veinte
millas. La mayoría de estos ríos tenían amplias y limpias entradas, junto con
puertos maravillosos aptos para barcos de gran tamaño, sin bancos de arena,
piedras ni arrecifes.
Siguiendo
la costa hacia el sureste desde el último río mencionado, encontré una gran
población, la más grande hasta el momento. La gente, completamente desnuda y
armada con azagayas, se acercó a la orilla del mar dando fuertes voces.
Deseando establecer contacto, bajé las velas, fondeé y envié las barcas de la
nao y la carabela con instrucciones de evitar causar daño a los indígenas y, al
mismo tiempo, darles regalos. Sin embargo, los indígenas mostraron resistencia,
evitando que las barcas se acercaran a la costa. A pesar de los intentos de
tranquilizarlos, al ver que no les tenían miedo, se alejaron de la costa.
Incluso cuando tres cristianos salieron de las barcas hablando su lengua para
disipar sus temores, todos huyeron. Los cristianos exploraron las casas de paja
que encontraron en el área, pero no hallaron a nadie ni ninguna posesión. De
regreso a los barcos, izamos velas al mediodía para dirigirnos hacia otro cabo
hermoso que quedaba al oeste, aproximadamente a ocho leguas de distancia.
Habiendo
recorrido una media legua a lo largo de la misma bahía, el almirante avistó al
sur un puerto extraordinario y, hacia el sureste, tierras sorprendentemente
hermosas, con una impresionante cordillera y lo que parecían ser grandes
poblaciones y extensas áreas cultivadas. Inspirado por la belleza de la región,
decidió descender hacia ese puerto, intrigado por la posibilidad de establecer
contacto con sus habitantes.
El
puerto resultó ser aún más impresionante que los anteriores, elogió tanto la
geografía como la temperatura, destacando la presencia de humos y poblaciones
entre las montañas. Expresó asombro por la hermosura de la tierra, los árboles,
entre ellos pinos y palmas, y una llanura montañosa que describió como la cosa
más hermosa del mundo. Numerosos ríos descendían de las montañas, añadiendo a
la belleza del paisaje.
Una
vez que la nave se ancló, el almirante se aventuró en una barca para explorar
el puerto en detalle. Descubrió una entrada de río al sur con dimensiones
suficientes para permitir el paso de una galera. La travesía por este río se
reveló como una experiencia maravillosa, con arboledas exuberantes, aguas
cristalinas y una serenidad que le hacía desear permanecer allí. Expresó su
fascinación y la dificultad de describirlo con justicia a través de palabras.
El
almirante compartió sus pensamientos con los hombres de su expedición, mencionando
la dificultad de transmitir la magnitud de lo que estaban presenciando. Afirmó
que deseaba que personas sabias y respetables pudieran presenciar estas
maravillas y aseguró que no exageraría en sus relatos. Además, destacó que no
se detendría en un solo puerto, ya que anhelaba explorar todas las tierras
posibles para brindar informes más completos.
En sus
palabras, el almirante manifestó su incapacidad para describir completamente
los beneficios potenciales de estas tierras, pero subrayó su determinación de
explorar y aprender más, incluso señalando la necesidad de comprender la lengua
local. Expresó sus dudas sobre la confiabilidad de los indígenas y sus
intenciones de instruir a personas de su expedición en el idioma local para
facilitar la comunicación.
En un
tono optimista, el almirante predijo que estas tierras podrían convertirse en
colonias cristianas prósperas y abundantes en virtud de su fertilidad, clima
templado, y aguas saludables. Concluyó solicitando a sus altezas que enviaran o
trajeran hombres sabios para verificar sus descubrimientos y anunció su
confianza en que se revelaría la verdad.
Y dado
que he hablado previamente sobre la conveniencia de establecer una villa y una
fortaleza en el río de Mares, respaldado por las excelentes características del
puerto y la región circundante, reitero que todo lo que mencioné es cierto. Sin
embargo, no hay comparación entre lo que se ha descrito anteriormente y lo que
estoy presenciando ahora, especialmente en esta maravillosa región de la mar de
Nuestra Señora.
Aquí,
debajo de la tierra, se vislumbran grandes poblaciones y una cantidad
innumerable de personas, junto con recursos de gran valor. Estoy convencido de
que estas tierras, junto con las ya descubiertas, tendrán un papel crucial en el
comercio de toda la cristiandad, especialmente para España, que debe tener
dominio sobre todo esto. Por lo tanto, insto a sus altezas a no permitir que
ningún extranjero se establezca o ponga pie en esta tierra, a menos que sea un
católico cristiano, ya que ese fue el propósito inicial: aumentar y glorificar
la religión cristiana. No debería permitirse que ninguna persona que no sea un
buen cristiano llegue a estas tierras.
Estas
son sus palabras exactas. Además, continuó explorando río arriba y descubrió
brazos adicionales del río. Al rodear el puerto, encontró unas arboledas
encantadoras cerca de la desembocadura del río, que parecían un jardín muy
agradable. Encontró una almadía o canoa hecha de un madero impresionantemente
grande, similar a una fusta de doce bancos. La canoa estaba varada bajo una
atarazana o ramada construida con madera y cubierta con grandes hojas de palma,
proporcionando una protección eficaz contra el sol y la lluvia. Describió ese
lugar como ideal para establecer una villa, ciudad y fortaleza, destacando las
ventajas del buen puerto, las aguas de calidad, las tierras fértiles, la
belleza del entorno y la abundancia de leña.
Miércoles
28 de noviembre: Permanecimos en ese puerto debido a la
lluvia intensa y la densa neblina, a pesar de que el viento soplaba
favorablemente desde el suroeste y podríamos haber continuado a lo largo de la
costa. No obstante, por precaución y dado que la visibilidad era escasa,
decidimos quedarnos en el puerto. Parte de la tripulación desembarcó para lavar
su ropa, explorando la tierra y encontrando extensas poblaciones aparentemente
abandonadas, ya que sus habitantes habían huido. Posteriormente, se aventuraron
tierra adentro por otro río más grande que desembocaba en el puerto.
Jueves
29 de noviembre: Aún debido a las condiciones climáticas
adversas, decidimos no zarpar. Algunos miembros de la expedición exploraron
otra población hacia el noreste, pero encontraron las casas vacías. En su
camino, se toparon con un anciano al que interceptaron amigablemente, le dieron
algunos regalos y lo liberaron. El Almirante estaba ansioso por interactuar con
él, ya que estaba intrigado por la prosperidad y disposición para la
colonización de esa tierra. En una de las casas, encontraron un pan de cera que
decidieron llevar para mostrar a los Reyes, creyendo que la presencia de cera
indicaba la existencia de otros productos valiosos. Además, descubrieron en una
casa una cabeza humana en un cestillo colgado de un poste, similar a otra que
habían encontrado en otra población, lo que llevó al Almirante a especular
sobre la posibilidad de que pertenecieran a linajes de alto rango.
Viernes
30 de noviembre: A pesar de los deseos de partir, el
viento en contra les impidió hacerlo. Para explorar el interior de la tierra y
obtener información sobre el idioma local, el Almirante envió a ocho hombres
bien armados junto con dos indígenas que le acompañaban. Sin embargo,
descubrieron que los habitantes de los pueblos se habían retirado. Aunque
avistaron jóvenes trabajando en sus tierras, estos huyeron antes de que
pudieran alcanzarlos. A lo largo de su recorrido, encontraron numerosas
poblaciones, tierras fértiles y cultivadas, ríos abundantes y, cerca de una de
ellas, una impresionante almadía o canoa de noventa y cinco palmos de longitud,
tallada en un solo madero, lo que sugiere la capacidad de albergar a ciento
cincuenta personas.
Sábado
1º de diciembre: La partida se pospuso debido al
persistente viento en contra y a la intensa lluvia. En el lugar, se erigió una
cruz de considerable tamaño en la entrada del puerto, que el Almirante denominó
el Puerto Santo. Esta cruz se colocó sobre peñas vivas en la punta ubicada al
sureste, a la entrada del puerto. Se aconsejó a quienes ingresaran al puerto
que se acercaran más a la parte noroeste de esa punta en lugar de la del
sureste. En ambas puntas, junto a las peñas, hay una profundidad de doce brazas
y aguas muy claras. Sin embargo, cerca de la entrada del puerto, en la punta
sureste, hay una baja sobre el agua que podría ser sorteada, ya que entre ella
y la punta hay suficiente espacio para navegar, considerando que en esa área
todo es fondo de doce a quince brazas. Se indicó que al entrar, la proa debe
orientarse hacia el suroeste.
Domingo
2 de diciembre: El viento en contra persistió, impidiendo
nuevamente la partida. El Almirante aseguró que, según su experiencia, todas
las noches el viento sopla desde tierra adentro y afirmó que las naves en esa
zona no deben temer ninguna tormenta, ya que no puede penetrar debido a una
baja que se encuentra al principio del puerto, entre otros motivos. Además,
mencionó que, en la desembocadura de ese río, un grumete descubrió algunas
piedras que parecían contener oro, las cuales llevó consigo para mostrar a los
Reyes. Afirmó que en las cercanías, a una corta distancia de tiro de lombarda,
hay grandes ríos.
Lunes
3 de diciembre: Debido a las persistentes condiciones
meteorológicas desfavorables, la expedición decidió explorar un hermoso cabo
ubicado a un cuarto de legua al sureste del puerto. El Almirante, acompañado de
botes y algo de personal armado, se dirigió hacia el cabo. En la base del
mismo, encontraron la desembocadura de un río amplio, con cien pasos de ancho y
una braza de profundidad en la entrada. Sin embargo, hacia el interior, el río
se ensanchaba, con profundidades de doce, cinco, cuatro y dos brazas, lo
suficientemente grande para albergar todos los barcos de España. Siguiendo
hacia el sureste, descubrieron una caleta donde observaron cinco impresionantes
almadías, conocidas como canoas por los indígenas, talladas como fustas muy
hermosas y adornadas. Al pie del monte, encontraron un área completamente
labrada, resguardada por densos árboles. Siguiendo un camino, llegaron a una
atarazana bien ordenada y cubierta, donde hallaron otra canoa de diecisiete
bancos, igualmente impresionante.
Explorando
más a fondo, ascendieron una montaña para encontrarse con una llanura sembrada
de diversos productos locales y calabazas. En el centro de la llanura, se
toparon con una gran población. Al aproximarse, los habitantes, hombres y
mujeres, huyeron. Para tranquilizarlos, el indígena que acompañaba al Almirante
les ofreció cascabeles, sortijas de latón y cuentas de vidrio verde y amarillo.
Aunque no encontraron oro u otros tesoros, el Almirante consideró que la región
estaba densamente poblada y que los habitantes se habían dispersado por temor.
Decidieron
regresar al lugar donde habían dejado las barcas y enviaron algunos cristianos
al sitio donde encontraron un posible colmenar. Antes de que llegaran, muchos
indígenas se congregaron cerca de las barcas, donde el Almirante se había
reunido con su tripulación. Uno de ellos, acercándose en una canoa, realizó un
discurso que no pudo comprender, mientras otros indígenas levantaban las manos
al cielo y exclamaban. El Almirante interpretó que estaban expresando su
aprobación y alegría por su llegada. Sin embargo, notó que el indígena que
estaba con ellos cambió repentinamente de expresión facial y color, temblando
de miedo. Se acercó a un cristiano que llevaba una ballesta y señaló hacia el
río, indicando que se fueran, ya que estaban en peligro de ser atacados.
Mostrándoles la ballesta y una espada, lograron ahuyentar a los indígenas,
evidenciando su temor y falta de coraje.
A
pesar de la advertencia, el Almirante decidió no abandonar el río y, en cambio,
hizo remar hacia la orilla donde se encontraban los indígenas, quienes eran
numerosos y todos estaban pintados de rojo, desnudos y adornados con penachos y
plumas. Entablaron intercambios amigables, ofreciéndoles pedazos de pan a
cambio de sus azagayas, a los cuales accedieron gustosamente. La tripulación,
por su parte, compartió con ellos la carne de una tortuga y otros objetos de
valor, como cascabeles y cuentas. El Almirante observó que los indígenas eran
similares a los que había encontrado previamente, de la misma creencia, y
creían que los expedicionarios venían del cielo. Concluyó que, si tuvieran
especias u oro, estarían igualmente dispuestos a intercambiarlos por cualquier
objeto ofrecido. Durante la visita, el Almirante exploró una casa decorada con
caracoles y otras curiosidades, que inicialmente pensó que podría ser un
templo, pero resultó ser una estructura donde los indígenas guardaban objetos
de valor.
Martes
4 de diciembre. Zarpamos con ligero viento desde el
puerto que denominamos Puerto Santo. A dos leguas de distancia, avistamos un
extenso río que mencioné anteriormente, siguiendo a lo largo de la costa desde
el cabo Lessueste hasta el cabo Lindo, ubicado al este-sureste a una distancia
de cinco leguas. Entre el cabo del Monte y este punto, encontramos un río de
considerable longitud y anchura, con aparentemente buena entrada y profundidad.
A aproximadamente una legua y media del cabo del Monte, se identificó otro río
de gran envergadura, presumiblemente proveniente de distancias lejanas. Su boca
medía unos cien pasos y carecía de bancos, con una profundidad de ocho brazas
en la entrada. Envié la embarcación para investigar, confirmándose que el agua
dulce se extendía mar adentro. Este río, uno de los más caudalosos encontrados
hasta ahora, podría indicar la presencia de importantes asentamientos. Más allá
del cabo Lindo, se extiende una amplia bahía que podría ser una ruta favorable
hacia el noreste, sureste y suroeste.
Miércoles
5 de diciembre. Durante la noche, navegamos cerca del
cabo Lindo para explorar la tierra que se extendía hacia el este. Al amanecer,
divisamos otro cabo a unas dos leguas y media al este. Al pasar este punto, la
costa giró hacia el sur desde el suroeste, revelando un hermoso cabo alto a una
distancia de siete leguas. Aunque deseaba explorar esa región, mi interés en
dirigirme a la isla de Baveque, ubicada al noreste según las indicaciones de
los indígenas, me hizo descartar esa opción. Sin embargo, el viento nordeste
impedía mi avance hacia Baveque. En cambio, mirando hacia el sureste,
identifiqué una isla grande, conocida por los indígenas como Bohío, poblada
según sus relatos. Estos nativos atribuían a los habitantes de Bohío prácticas
sorprendentes, como el consumo de seres humanos, aunque yo consideraba estas
historias con escepticismo. Decidí abandonar Cuba o Juana, que hasta ahora
consideraba como tierra firme debido a su vastedad, ya que había recorrido
aproximadamente ciento veinte leguas en esa región. Navegamos al sureste cuarta
del este, considerando la dirección del viento que solía rondar del norte al
noreste, y luego al este y sureste.
El
viento soplaba con fuerza, llevando todas las velas mientras la mar permanecía
tranquila, y la corriente nos favorecía. Desde la mañana, avanzamos a una
velocidad de ocho millas por hora durante seis horas, ya que las noches en esa
región eran casi quince horas. Más tarde, aumentamos la velocidad a diez millas
por hora, recorriendo ochenta y ocho millas, equivalentes a veintidós leguas,
en dirección sureste hasta la puesta del sol. Al oscurecer, ordené a la
carabela Niña que avanzara para explorar el puerto al amanecer, ya que era más
veloz. Cuando la embarcación alcanzó la entrada del puerto, similar a la bahía
de Cádiz, y al encontrarse en la oscuridad, envié nuestra barca con una luz de
candela para sondear el puerto. Sin embargo, antes de que llegara a la posición
de la carabela, la luz de la barca fue apagada. La carabela, al no ver la luz,
continuó su curso, encendiendo su propia luz. Cuando finalmente el almirante se
acercó, compartieron lo sucedido. La barca encendió nuevamente su luz, la
carabela se dirigió hacia ella, mientras el almirante quedó barloventeando
durante toda la noche.
Jueves
6 de diciembre. Al amanecer, nos encontrábamos a cuatro
leguas del puerto, al que decidí llamar Puerto María. Desde allí, divisé un
hermoso cabo hacia el sur, en dirección suroeste, al cual bauticé como cabo del
Estrella. Me pareció que era la última extensión de tierra en esa isla hacia el
sur, calculando que el Almirante se encontraba a unas veintiocho millas de
distancia.
Adicionalmente,
notamos otra tierra que parecía ser una isla más pequeña al este, distante
aproximadamente cuarenta millas. También identificamos otro cabo elegante y bien
formado, al que llamé cabo del Elefante, ubicado al este, en dirección sureste,
a una distancia de cincuenta y cuatro millas.
Continuando hacia el noroeste,
avistamos otro cabo hacia el suroeste, al que di el nombre de Cabo de
Cinquín, situado a unas veintiocho millas de distancia. Hacia el sureste se
abría una gran entrada o ensenada que parecía la desembocadura de un río, a
unas veinte millas al este de la mencionada abra. Me dio la impresión de que
entre el Cabo del Elefante y el de Cinquín se extendía una amplia
abertura, y algunos marineros sugirieron que podría tratarse de un paso entre
islas. Por ello, decidí nombrar aquella región como Isla de la Tortuga.
La
isla grande parecía ser tierra muy elevada, sin montañas, más bien plana como
hermosas campiñas. Daba la impresión de estar cultivada en gran parte, con
campos que parecían sembrados de trigo en el mes de mayo, similar a las
campiñas de Córdoba. Observamos numerosos fuegos durante la noche y muchos
humos, como señales de advertencia, lo que nos hizo pensar que la gente local
podría estar en alerta por la posibilidad de hostilidades. La costa de esta
tierra se extiende hacia el este.
En la
hora de las vísperas, ingresamos al puerto recién mencionado y lo llamé Puerto
de San Nicolao en honor al día de San Nicolás. Al llegar, quedé impresionado
por su belleza y calidad. Aunque los puertos de Cuba son muy elogiados, afirmo
sin duda que este no les es inferior; de hecho, lo supera y ninguno se le
asemeja. La entrada tiene aproximadamente una legua y media de ancho, y la proa
se orienta al suroeste. A pesar de su gran amplitud, se puede dirigir la proa
hacia donde se desee. Después de dos leguas en dirección suroeste, en la
entrada del puerto, se forma una especie de ángulo desde el sur, y a partir de
ahí continúa hasta el cabo, donde se extiende una playa extraordinariamente
hermosa y un campo con árboles de diversas especies, todos cargados de frutas.
El Almirante creía que estas frutas podrían ser especias y nueces moscadas,
aunque aún no estaban maduras y no se podían identificar claramente. En el
centro de la playa, se observa un río.
La
profundidad de este puerto es asombrosa; la sonda no alcanzó el fondo con
cuarenta brazas hasta llegar a una longitud de una [...] de tierra. Hasta esa longitud,
la profundidad es de quince brazas y muy limpia. Así es en todo el puerto,
siendo profundo desde cada cabo hasta una distancia de quince brazas desde la
orilla, y limpio. A lo largo de toda la costa, se mantiene una gran profundidad
y limpieza, sin mostrar ninguna bajamar. Al pie de la costa, a la distancia de
un remo de barca de tierra, la profundidad alcanza cinco brazas. Después de la
longitud mencionada del puerto, yendo al suroeste, una gran extensión de tierra
se adentra hacia el noreste, a una distancia de media legua. Este brazo tiene
una anchura constante, como si hubiera sido trazado con una cuerda de
veinticinco pasos de ancho. Desde este brazo, no se puede ver la boca de la
entrada principal, cerrando el puerto. La profundidad de este brazo varía desde
el inicio hasta el final, manteniéndose en once brazas, con fondo de arena
limpia.
Todo
el puerto tiene una ventilación excelente y está despejado de árboles altos.
Cristóbal Colón percibió que esta isla tenía más peñas que cualquier otra que
hubiera encontrado. Los árboles son más pequeños, muchos de ellos similares a
los de España, como carrascos y madroños, lo mismo ocurre con la vegetación. La
tierra es muy elevada, completamente plana y disfruta de excelentes condiciones
atmosféricas. Aunque no se puede considerar fría en absoluto, el Almirante
mencionó el clima más templado en comparación con otras tierras exploradas. En
frente de este puerto se encuentra una hermosa vega con el río mencionado en el
medio. Según el Almirante, esta región debe albergar grandes poblaciones, ya
que se avistaron numerosas canoas, tan grandes como una fusta de quince bancos,
que navegan por la zona. Todos los indígenas huyeron al ver los barcos,
llevándose consigo de las isletas a los que tenían consigo, ansiosos por
regresar a su tierra. Cristóbal Colón consideraba llevarlos de regreso a sus
hogares después de su partida. Y ya lo consideraban sospechoso porque se desvió
del camino hacia su casa. Él afirma que no les creía completamente, ya que no
entendía claramente lo que le decían, y a su vez, ellos tampoco comprendían sus
palabras. Según él, la población de esa isla mostraba un gran temor hacia su
presencia. Por esta razón, se vio obligado a detenerse en el puerto durante
algunos días con el objetivo de establecer comunicación con los habitantes
locales.
Aunque
quería entablar conversación con la gente de la isla, tenía dudas sobre la
duración de su estancia, ya que prefería no perder mucho tiempo. Su esperanza
residía en que los indígenas que lo acompañaban pudieran comunicarse en su
idioma y viceversa. Con la confianza de que este obstáculo lingüístico se
superaría, planeaba regresar más adelante para entablar conversaciones con los
locales, con la esperanza de complacer a Su Majestad y, según él, descubrir
algún valioso tesoro de oro antes de regresar.
Viernes
7 de diciembre: Justo al despuntar el alba, el Almirante
dio orden de levar anclas y abandonar el Puerto de San Nicolás. Navegó con el
viento del suroeste al noreste durante dos leguas hasta llegar a un cabo que
forma el Carenero. Al sureste se extendía una amplia bahía, mientras que al
suroeste se avistaba el Cabo de la Estrella, distante unas veinticuatro millas
del Almirante.
El Almirante prosiguió su rumbo
hacia el este, siguiendo la línea de la costa hasta alcanzar el Cabo de
Cinquín, tras recorrer unas cuarenta y ocho millas, aunque precisa que
veinte de ellas fueron al este cuarta del noreste. Describió aquella costa como
una tierra elevada, con un fondo marino notable. A una distancia de entre
veinte y treinta brazas de la orilla, observó que la profundidad descendía
abruptamente, lo que evidenciaba un lecho marino de gran hondura.
Antes de llegar al mencionado
cabo, divisó una abertura en la costa que semejaba la entrada a un valle
extenso, con tierras cultivadas que le recordaron a campos de cebada. Esta
visión le reafirmó la idea de que en aquella región podrían asentarse grandes
poblaciones. Más adelante, avistó una gran ensenada a unas seis leguas, en
cuyos alrededores se desplegaban valles fértiles, llanuras amplias e imponentes
montañas, todo ello evocándole el paisaje de Castilla.
En el curso de su exploración,
encontró una amplia angostura a unas ocho millas de distancia, flanqueada por
montañas y valles que reforzaban aún más la semejanza con la geografía
castellana. A dieciséis millas halló un río profundo pero estrecho, lo bastante
ancho como para dar paso a una carraca. Poco después, descubrió un puerto
amplio y de gran calado, sin hallar fondo ni siquiera a tres pasos de la
orilla, salvo a la entrada, donde midió quince brazas.
Aunque era temprano —alrededor de
la una de la tarde— y el viento soplaba con fuerza a favor, decidió ingresar en
aquel puerto, al que bautizó con el nombre de Puerto de la Concepción.
Al desembarcar en la costa, específicamente en
un río que desembocaba al final del puerto, quedó maravillado por la belleza de
los paisajes, con extensos campos y praderas. La pesca resultó fructífera,
capturando peces como lisas, lenguados y otras especies similares a las de
Castilla. Mientras exploraba, escuchó el canto de pájaros como el ruiseñor, y
avistó a cinco hombres que, al notar su presencia, optaron por huir. En la
tierra descubrió árboles como el arrayán y otras plantas similares a las de
Castilla. Con este relato, el Almirante describió la tierra y las montañas que
había explorado en ese día.
Sábado
8 de diciembre: En este día, el Puerto de la Concepción,
donde se encontraban, experimentó fuertes lluvias y vientos del norte intensos.
Aunque el puerto proporcionaba seguridad ante la mayoría de los vientos,
excepto los del norte, el Almirante destacó la resaca que evitaba que la nave
se moviese sobre las amarras o que el agua del río causara problemas. Más
tarde, el viento cambió al nordeste y luego al este, siendo el puerto
resguardado por la isla de la Tortuga, ubicada a unas treinta y seis millas al
noroeste.
Domingo
9 de diciembre: Este día, el clima se asemejó al invierno
en Castilla, con lluvias y condiciones adversas. Hasta ahora, el Almirante solo
había observado una casa en el Puerto de San Nicolás, la cual era
excepcionalmente bien construida en comparación con otras que había visto. La
isla, según él, era extensa, estimando que podría abarcar alrededor de
doscientas leguas. Aunque la tierra estaba extensamente cultivada, las
poblaciones parecían estar alejadas de la costa. Los habitantes, al divisar la
llegada de la expedición, optaban por huir y llevar consigo sus pertenencias,
realizando ahumadas que denotaban preparativos de guerra. El Puerto de la
Concepción, al que bautizó así, destacaba por su amplitud y seguridad, con una
entrada de un cuarto de legua y tres mil pasos limpios hacia el interior,
permitiendo que cualquier nave anclara sin problemas.
Lunes
10 de diciembre: El viento del nordeste fue
notable ese día, causando que las anclas del barco se desplazaran medio cable.
A pesar de la sorpresa del Almirante, quien notó que las anclas estaban
demasiado cerca de la orilla, decidió enviar a seis hombres armados a tierra
para explorar y tratar de establecer contacto con los locales. A pesar de no
encontrar población, descubrieron cabañas, anchos caminos y lugares donde se
habían encendido fuegos. También hallaron árboles de almáciga y tierras
fértiles.
Martes
11 de diciembre: Debido al viento constante del
este y nordeste, la partida se pospuso. La isla de la Tortuga, ubicada frente
al puerto, parecía extensa y la costa de ambas islas se asemejaba. El Almirante
expresó su deseo de explorar la región entre las dos islas, especialmente la
Isla Española, que describió como la más hermosa del mundo. Los indios que lo
acompañaban le mencionaron la isla de Babeque, que imaginaban como una tierra
de grandes montañas, ríos y valles. También sugerían que la isla de Bohío
podría ser más extensa que la Juana (Cuba) y que no estaba rodeada por agua,
posiblemente indicando una conexión con tierra firme. Se especulaba que los
indígenas temían a los Caniba, a quienes el Almirante vinculaba con la gente
del Gran Can, sugiriendo una proximidad geográfica. A pesar de las
incertidumbres, la comunicación entre los indios y la tripulación se fortalecía
cada día. Mientras exploraban, encontraron abundante almáciga sin cuajar,
augurando un futuro beneficio económico, y realizaron diversas capturas pesqueras,
incluyendo pescados similares a los de Castilla y abundante lináloe.
Miércoles
12 de diciembre: La expedición no pudo zarpar
debido al persistente viento contrario. En respuesta, Cristóbal Colón erigió
una imponente cruz en la entrada del puerto, orientada hacia el oeste, como un
marcador visual destacado. Según sus palabras, esta cruz simbolizaba la
reclamación de la tierra en nombre de sus majestades, destacando la conexión
con Jesucristo y enalteciendo el honor de la Cristiandad.
Colón
instruyó a tres marineros para explorar la vegetación y árboles en las
inmediaciones, y pronto escucharon ruidos que indicaban la presencia de
personas. Los indígenas, al igual que los encontrados anteriormente, estaban
desnudos. Al intentar acercarse, los indígenas huyeron, pero los marineros
lograron capturar a una mujer. El Almirante había ordenado capturar a algunos
indígenas con el propósito de honrarlos, disminuir su temor y obtener
información valiosa, dada la aparente belleza de la tierra.
La
mujer capturada, joven y hermosa, fue llevada a la nave. Colón la hizo vestir y
le obsequió cuentas de vidrio, cascabeles y sortijas de latón. A continuación,
la envió de vuelta a tierra de manera respetuosa, acompañada por algunos
miembros de la tripulación y tres indígenas para facilitar la comunicación con
la población local. Mientras la llevaban a tierra, los marineros expresaron al
Almirante su deseo de permanecer en la nave junto a las otras mujeres indígenas
que habían sido tomadas en el puerto de Mares de la isla Juana de Cuba.
Colón
relata que la mujer capturada llevaba un pequeño adorno de oro en la nariz,
señal inequívoca de la presencia de oro en la isla.
Jueves
13 de diciembre: Los tres hombres enviados por el
Almirante regresaron a la nave alrededor de las tres de la madrugada. No se
aventuraron hasta la población con la mujer capturada, quizás por la lejanía o
el temor que les inspiraba. Informaron que al día siguiente, se esperaba la
llegada de numerosos indígenas a los barcos, presumiblemente gracias a las noticias
proporcionadas por la mujer.
Con el
anhelo de explorar la riqueza de la tierra y establecer comunicación con los
nativos, Colón decidió enviar una segunda expedición hacia la población. Confiando
en las supuestas buenas impresiones que la mujer debió transmitir sobre los
cristianos, seleccionó a nueve hombres armados y capacitados para la tarea. Un
indígena se unió a este grupo. Viajaron hacia la población ubicada a cuatro
leguas y media al sureste, descubriendo un extenso valle vacío, ya que los habitantes
huyeron al percibir la presencia cristiana.
La
población constaba de mil casas y más de mil habitantes. El indígena que
acompañaba a los cristianos corrió tras los fugitivos, asegurándoles que los
cristianos no eran de Cariba, sino del cielo, y que traían regalos hermosos.
Más de dos mil indígenas se reunieron, mostrando respeto al poner sus manos
sobre las cabezas de los cristianos como gesto de amistad. Después de
tranquilizar a los nativos, estos llevaron a los cristianos a sus casas,
ofreciéndoles pan de niames, una raíz similar a rábanos grandes, que es
esencial en su alimentación.
Los
indígenas, al enterarse de que Colón deseaba obtener papagayos, les llevaron
algunos y los ofrecieron generosamente. Les rogaron que no se fueran esa noche,
prometiendo regalos adicionales guardados en la sierra. Mientras compartían con
los cristianos, presenciaron una gran reunión encabezada por el esposo de la
mujer previamente honrada y enviada por el Almirante. Esta multitud expresó
gratitud por la atención y regalos recibidos. Los cristianos elogiaron la
belleza y amabilidad de esta gente, destacando que eran aún más hermosos y
amables que cualquier otro grupo encontrado hasta entonces. Describieron la
blancura de hombres y mujeres, incluso mencionando dos mujeres tan blancas como
las de España. Además, elogió la belleza incomparable de las tierras,
comparándolas con las mejores de Castilla y resaltando la fertilidad del valle.
Colón observó que el área estaba bien cultivada, atravesada por un amplio río y
adornada con árboles frutales y hierbas florecientes. Afirmaron que las noches
eran embriagadoras con el canto de aves, grillos y ranas, y que el clima
recordaba a abril en Castilla. El Almirante también hizo observaciones
astronómicas, calculando la duración de un día y una noche, así como la
posición de la línea ecuatorial en treinta y cuatro grados según su cuadrante.
Viernes
14 de diciembre: La expedición partió del Puerto de la
Concepción con vientos favorables, pero pronto se encontraron con una calma que
persistió durante los días subsiguientes. Más tarde, el viento cambió a
Levante, y Colón navegó hacia el Nornordeste, llegando a la isla de la Tortuga.
Identificó dos puntos geográficos: la Punta Pierna al Lesnordeste de la isla, a
unas doce millas de la cabeza de la misma, y la Punta Lanzada, en la misma
dirección, a unas dieciséis millas. La distancia entre la cabeza de la Tortuga
y la Punta Aguda se estimó en cuarenta y cuatro millas, equivalente a once
leguas al Lesnordeste. En este trayecto, se avistaron algunas extensiones de
playa amplias. La Tortuga, similar a la isla La Española, era una tierra
elevada pero no montañosa, exquisitamente poblada y cultivada, recordando a la
campiña de Córdoba.
Debido
a la oposición del viento y la imposibilidad de llegar a la isla Baneque, Colón
decidió regresar al Puerto de la Concepción, pero no logró alcanzar un río
ubicado a dos leguas al este del puerto.
Sábado
15 de diciembre: La expedición salió nuevamente del Puerto
de la Concepción, enfrentando vientos fuertes del Este en su contra. Se dirigió
hacia la Tortuga y, luego, viró para explorar el río que no pudo alcanzar el
día anterior. Aunque encontró un buen fondeadero a media legua de sotavento en
una playa, no pudo acceder al río. Con sus barcas, se dirigió a explorar el
río, encontrando una boca estrecha y fuerte corriente. A pesar de intentar
avanzar, las barcas solo pudieron llegar dos tiros de lombarda debido a la
fuerza del río. Observó algunas casas y un valle impresionante donde se
ubicaban las poblaciones, describiéndolo como lo más hermoso que había visto.
Se percató de la gente a la entrada del río, pero todos huyeron al acercarse.
Colón notó que estas personas vivían con miedo constante, realizando señales de
humo en las atalayas al llegar a cualquier lugar. Nombró al valle como Valle
del Paraíso y al río como Guadalquivir, comparándolo con el río del mismo
nombre en Córdoba, destacando sus orillas de piedras hermosas y su
accesibilidad.
Domingo
16 de diciembre: A medianoche, con viento en calma
zarpamos del golfo y nos dirigimos hacia el lado noreste de la isla La Española.
En el camino nos encontramos con una canoa tripulada por un solo indígena, lo
cual sorprendió al Almirante dado que el viento estaba fuerte. Le pedimos que
se acercara a la nave y le dimos cuentas de vidrio, cascabeles y anillos de
latón como obsequio. Luego lo llevamos a bordo de la nave hasta llegar a tierra
firme, específicamente a un poblado indígena que se encontraba a 16 millas de
la costa.
Al
llegar, el Almirante fondeó y encontró un buen lugar para anclar en la playa
contigua al poblado, el cual parecía recién construido ya que todas las
viviendas eran nuevas. El indígena que trajimos a bordo fue a tierra y difundió
la noticia de la llegada del Almirante y los cristianos, prontamente vinieron
más de 500 hombres nativos, seguidos por su rey.
Todos
se congregaron en la playa junto a los navíos, los cuales estaban anclados muy
cerca de la costa. De a uno y en grupos numerosos, se acercaron a la nave sin
traer nada consigo, excepto algunos granos de oro muy fino en las orejas y en
las narices, los cuales luego nos dieron gustosamente.
El
Almirante les brindó una cálida bienvenida a todos y dijo que eran las mejores
personas del mundo, muy mansos, expresando su esperanza de que Su Majestad
lograría convertirlos al cristianismo y serían súbditos suyos. Vimos también
que el rey estaba en la playa y todos le rendían pleitesía. El Almirante le
envió obsequios, los cuales recibió con mucha pompa. Se comentó que era un
joven de unos 21 años, con un tutor anciano y otros consejeros que le
aconsejaban y respondían por él, hablaba muy poco.
Uno de
los indígenas que traía el Almirante abordó y habló con él. Le preguntó que de
dónde venían los cristianos, si del cielo, y que andaban en busca de oro y
querían ir a la isla de Baneque. El Almirante le respondió afirmativamente,
diciéndole que en dicha isla había mucho oro, y le mostró el camino para llegar
en dos días. El indígena manifestó que si necesitaban algo de su tierra se los
daría con mucho gusto.
Este
rey y los demás andaban desnudos tal como vinieron al mundo, incluso las
mujeres, sin pudor alguno. Son las personas más hermosas encontradas hasta
ahora, de tez muy blanca, que si se vistieran y protegieran del sol y el aire
serían casi tan blancos como en España, siendo estas tierras bastante frías.
La
tierra es muy fértil, con montañas donde podrían cultivarse árboles frutales,
compuesta por llanuras y valles. En toda Castilla no hay tierra comparable en
belleza y bondad. Toda esta isla y la de La Tortuga son cultivadas como la
campiña de Córdoba. Siembran ajíes, de cuyas matas nacen unas raíces similares
a zanahorias, que utilizan como pan. Lo rallan, amasan y hacen pan con ellas.
Luego replantan el arbusto en otro lugar, el cual vuelve a dar cuatro o cinco
raíces con sabor a castaña, incluso más grandes y sabrosas que las vistas antes
en Guinea. Algunas tan gruesas como una pierna.
Toda
esa gente era robusta y no flaca como los vistos anteriormente, de conversación
muy dulce y sin sectarismos. Se dijo que los árboles eran tan exuberantes que
las hojas dejaban de ser verdes por tanta clorofila. Era una maravilla ver esos
valles, ríos, tierras fértiles para cultivos y ganadería, de la cual carecen,
así como para huertas y todo lo que el hombre pueda imaginar.
Luego
por la tarde vino el rey a la nave. El Almirante le brindó los honores debidos
y le hizo decir que era súbdito de los Reyes de Castilla, los monarcas más
poderosos, pero ni los intérpretes nativos ni el rey lo creyeron, pensando más
bien que venían del cielo y que los reinos castellanos estaban en el paraíso y
no en este mundo.
Se le
ofreció al rey comida castellana, probaba un bocado y luego lo repartía entre
sus acompañantes. "Crean sus Altezas que estas tierras son tan buenas y
fértiles, especialmente en esta isla La Española, que nadie puede describirlo
ni creerlo sin verlo. Todas son tan suyas como Castilla, sólo falta venir a
tomarlas porque con la gente que traigo podría recorrer las islas sin
problemas, ya que vi apenas tres marineros bajar a tierra y multitud de
indígenas huir despavoridos, sin hacerles daño. No tienen armas ni ingenio para
eso, son muy cobardes, mil no esperarían tres. Son dóciles para mandarles
trabajar, sembrar y hacer villas, vestirse y aprender nuestras
costumbres".
Lunes
17 de diciembre: Durante la noche hubo fuerte viento del
noreste, pero el mar no se agitó mucho gracias al resguardo que hace la isla de
La Tortuga situada enfrente. Así estuvimos todo el día. Los marineros fueron a
pescar con redes y los indígenas se relacionaron muy a gusto con los
cristianos.
Nos
trajeron unas flechas de los caníbales, hechas de cañas con espigas, y unos
pinchos de madera muy largos y afilados. Nos mostraron a dos hombres que les
faltaban pedazos de carne del cuerpo y nos dieron a entender que los caníbales
se los habían comido a mordiscos. El Almirante no lo creyó.
Volvimos
a enviar algunos cristianos al poblado, y a cambio de cuentas de vidrio
rescataron piezas de oro en láminas delgadas. Vimos a uno de sus gobernantes,
llamado cacique, que tenía un pedazo de oro del tamaño de la mano y parecía
dispuesto a intercambiarlo. Fue a su casa y volvió trayendo cada vez un pequeño
pedazo que canjeaba por cuentas. Luego dijo que había enviado por más y al día
siguiente traería.
Todo
esto, su comportamiento, costumbres y mansedumbre, demuestra que son gente más
despierta e inteligente que los vistos hasta ahora, según el Almirante.
Al
atardecer llegó una canoa de La Tortuga con unos 40 hombres. Al llegar a la
playa donde estaba reunida la gente, todos se sentaron en señal de paz y
algunos de la canoa bajaron. El cacique se levantó solo y con gestos
amenazantes hizo que volvieran a la canoa, lanzándoles agua y piedras. Cuando
obedientemente embarcaron, puso una piedra en manos de mi alguacil para que se
la tirara, a quien había enviado con el escribano y otros a tierra para ver si
traían algo, pero no quiso hacerlo. El cacique buscaba el favor del Almirante.
La canoa se fue enseguida.
Después
nos dijeron que en La Tortuga había más oro que en La Española por estar más
cerca de Baneque. El Almirante cree que en estas islas no hay minas, sólo lo
traen de Baneque, y en pequeñas cantidades porque no tienen mucho para
intercambiar. Su tierra es tan fértil que con poco trabajo tienen sustento y
andan desnudos. Piensa que está muy próximo al origen, y Dios le mostrará dónde
nace el oro. Tenía noticias de que a Baneque había cuatro días de camino, unas
30 o 40 leguas, que en un día con buen tiempo se podrían recorrer.
Martes
18 de diciembre: Estuvimos fondeados en la playa porque no
había viento, además el cacique había dicho que traería oro. No porque el
Almirante valorase mucho el oro que pudiese traer, ya que allí no hay minas,
sino para informarse mejor sobre su procedencia.
Al
amanecer ordenó vestir la nave y la carabela con banderas para celebrar la
fiesta de Santa María de la O o la Anunciación, disparando muchos cañonazos. El
rey de la isla La Española había salido muy temprano de su casa, que calculó el
Almirante estaría a unas cinco leguas, y llegó a esa aldea sobre las nueve,
donde ya había algunos de la tripulación que había enviado para ver si traía
oro.
Informaron
que venían con el rey más de doscientos hombres transportándolo en litera. Era
joven como se dijo antes. Estando comiendo bajo cubierta llegó a la nave con
todos los suyos. Sin duda hubiera complacido a Sus Altezas ver el respeto que
le tienen, a pesar de ir desnudos.
Apenas
entró se dirigió a buen paso hacia donde yo comía y no me permitió levantarme
ni cambiarle el sitio, sino que siguió comiendo. Pensé que querría probar
nuestros alimentos y le serví, pero al entrar bajo cubierta les indicó con la
mano a los suyos quedarse fuera, cosa que hicieron rápida y respetuosamente,
sentándose todos en la cubierta menos dos hombres maduros que imaginé sus consejeros,
los cuales se pusieron de pie junto a él.
De
cada plato que le puse probaba un poco y el resto lo mandaba a los otros, que
comían de ello. Lo mismo con la bebida. Todo con gran compostura y muy pocas
palabras. Sus acompañantes lo miraban atentos, hablando por él y con gran
reverencia.
Después
de comer, le entregaron un cinturón de factura castellana y dos piezas de oro
delgadas, pues sospecho que escasea. Vi que le gustó un arambel que tenía sobre
la cama y se la di, junto con cuentas de ámbar de mi collar, unos zapatos rojos
y agua de azahar, de lo que quedó muy contento. Se notaba que ambos
lamentábamos no entendernos. Aun así, entendí cuando dijo que la isla entera
estaba a mi servicio.
Le
mostré una cuenta de oro con el retrato de Sus Altezas y volví a decirle que
eran los monarcas más importantes, mostrándole los pendones reales y de la
Cruz, que mucho respetó. Decía a sus asesores que unos reyes capaces de
enviarme aquí sin temor desde tan lejos y del cielo, serían muy poderosos.
Pasaron
muchas otras cosas que no entendí, sólo percibía su gran asombro. Cuando ya era
tarde y se quería marchar, el Almirante lo despidió con grandes honores en la
barca, disparando lombardas. Ya en tierra, subió a su litera y se fue con más
de doscientos hombres. A su hijo lo llevaban en hombros de un indio importante.
A
todos los marineros y gente de los navíos les ordenaba dar de comer y rendir
honores dondequiera que los encontrara. Uno contó haberlo visto en el camino,
llevando delante cada regalo dado por el Almirante un hombre que parecía
importante. Su hijo iba detrás bastante después con similar comitiva, y otro
tanto su hermano, quien iba a pie sujeto del brazo por dos hombres
distinguidos.
Este
hermano vino después a la nave y el Almirante le dio algunas cosas. Allí supo
que al rey le decían en su lengua "cacique". Hoy se rescató poco oro,
pero el Almirante oyó de un anciano que había islas cercanas, a unas 100
leguas, donde nace mucho, incluso una hecha totalmente de oro. En otras lo
recolectan y cuelan como con cedazos, lo funden y hacen barras y figuras. El
viejo le señaló la ruta y lugar, determinándose ir, y de no ser tan allegado al
rey lo hubiera llevado o al menos rogado que lo acompañase por su buena
disposición hacia él y los cristianos. Pero ya los consideraba súbditos de los
Reyes Católicos y no era correcto agraviarlos, por lo que desistió.
Mandó
erigir una gran cruz en medio de la plaza, en lo que ayudaron gustosos,
hicieron oración y la adoraron. Por esto el Almirante espera que todas estas
islas sean cristianas.
Miércoles
19 de diciembre: Zarpamos con la intención de dejar atrás
el golfo que se forma entre la isla de la Tortuga y La Española. Durante la
noche, navegamos a vela y, al amanecer, el viento cambió a Levante, impidiéndonos
avanzar entre las dos islas. A pesar de nuestros esfuerzos, no logramos
encontrar refugio durante el día y continuamos explorando la zona.
Durante
nuestra travesía, divisamos cuatro promontorios y una amplia bahía con un río.
En nuestro recorrido, nos encontramos con una impresionante angla que albergaba
una población. Más allá, en la parte trasera, se extendía un valle entre
imponentes montañas cubiertas de altos árboles que parecían ser pinos. Entre
estas elevaciones se destacaba una montaña particularmente alta y robusta que
se extendía de norte a suroeste. Al cabo de Torres, en dirección noroeste,
identificamos una pequeña isla a la que llamamos Santo Tomás, en honor a la
vigilia que se celebraría al día siguiente.
La
isla estaba rodeada de notables cabos y puertos, según nuestras observaciones
desde el mar. En la parte oeste de la isla, se encontraba un cabo que se
adentraba significativamente en el mar, al que nombramos Cabo Alto y Bajo
debido a sus características topográficas. En la dirección opuesta, al este del
cabo de Torres, a unas sesenta millas en dirección suroeste, avistamos una
montaña más alta que las demás, que se adentraba en el mar y parecía una isla
desde la distancia. La llamamos Monte Caribata, en referencia a la provincia
circundante llamada Caribata.
Este
lugar era extraordinariamente hermoso, repleto de árboles verdes y claros, sin
rastro de nieve ni niebla. El clima en esa época se asemejaba al de marzo en
Castilla en cuanto a la temperatura y los vientos, mientras que la exuberancia
de los árboles y las hierbas nos recordaba a mayo. Las noches, según cuentan,
eran extensas, con una duración aproximada de catorce horas.
Jueves
20 de diciembre: Al ocultarse el sol, logramos adentrarnos
en un puerto situado entre la isla de Santo Tomás y el Cabo de Caribata, donde
anclamos. Este puerto resultó ser excepcionalmente hermoso y lo suficientemente
espacioso para albergar todas las embarcaciones cristianas. Su entrada, aunque
aparentemente imposible desde el mar para aquellos que no lo habían explorado
previamente, se reveló accesible a través de unas aberturas amplias y seguras
entre las rocas que se extendían desde la montaña hasta casi tocar la isla.
Estas formaciones rocosas, dispuestas de manera irregular, requerían una atención
cuidadosa para navegar por ellas y entrar sin temor, pero una vez superadas, la
profundidad del puerto alcanzaba las doce brazas, lo que permitía amarrar las
naves con seguridad contra cualquier viento.
En la
entrada del puerto, se menciona la presencia de un cañal al oeste de una
pequeña isleta de arena, adornada con numerosos árboles y con una profundidad
de siete brazas hasta su base. Sin embargo, es importante señalar la existencia
de numerosas bajadas en la zona, por lo que se aconseja precaución hasta llegar
al puerto. Después de superar estos desafíos, se asegura que no hay motivo para
temer a ninguna tormenta.
Desde
este puerto, se divisaba un extenso valle cultivado que descendía desde el
sureste, rodeado por majestuosas montañas que parecían tocar el cielo. Estas
elevaciones, exuberantes y cubiertas de árboles verdes, sugerían la posibilidad
de que hubiera montañas aún más altas que la isla de Tenerife en Canarias,
conocida por ser una de las más altas. En la misma dirección de la isla de
Santo Tomás, a una legua de distancia, se encontraba otra isleta, y dentro de
ella, otra más, todas con puertos sorprendentes, aunque se aconseja estar
atento a las zonas de menor profundidad. También se avistaron poblaciones y
señales de actividad humana, como columnas de humo en la distancia.
Viernes
21 de diciembre: Cristóbal Colón, acompañado por las
barcas de los navíos, exploró minuciosamente el puerto que había descubierto el
día anterior. Quedó tan impresionado que afirmó que ninguno de los puertos que
había visto hasta entonces se le comparaba. Reconoció que sus elogios
anteriores a otros lugares le preocupaban ahora, ya que temía ser percibido
como excesivamente elogioso, pero aseguró que tanto él como sus experimentados
marineros coincidían en que este puerto superaba a todos los demás.
Colón,
con sus veintitrés años de experiencia en el mar, que incluyeron travesías por
el Levante, Poniente y la Guinea, afirmó que la perfección de este puerto
eclipsaba todo lo anterior. Insistió en que había siempre encontrado un puerto
mejor que el anterior, y ahora estaba convencido de que este superaba a todos
los demás en capacidad, afirmando que todas las naves del mundo podrían
albergarse en él, y una cuerda de la nave más antigua podría asegurarse en su
interior.
Desde
la entrada hasta el fondo, este puerto se extendía a lo largo de cinco leguas.
Colón observó tierras cultivadas y decidió enviar a dos hombres a un lugar
elevado para determinar si había una población cercana, ya que desde el mar no
se veían señales de asentamientos. Aunque no se divisaba ninguna población
desde la costa, esa noche, cerca de las diez horas, un grupo de indígenas llegó
en una canoa a la nave para maravillarse ante el Almirante y los cristianos,
recibiendo obsequios de intercambio.
Posteriormente,
los dos cristianos que exploraron la zona informaron sobre la existencia de una
población significativa un poco alejada de la costa. Colón, interesado, remó
hacia la dirección indicada y avistó indígenas que se acercaban con cierto
temor. Para tranquilizarlos, hizo que los indígenas en la nave les hablaran y
les aseguró que no les haría daño. Con el tiempo, los indígenas perdieron el
temor y se acercaron en gran número, expresando su agradecimiento. Ofrecieron
pan hecho de niames, llamado ajes, agua en calabazas y cántaras de barro, así
como todo lo que poseían y sabían que Colón deseaba. El Almirante destacó la
generosidad de los nativos, independientemente del valor material de lo que
ofrecían, y resaltó que su entrega provenía de un sincero deseo de compartir
con corazones deseosos de dar.
Colón
describió a la gente de esa región en estos términos: "Esta gente no posee
varas, azagayas ni ninguna otra arma, al igual que los habitantes de toda esta
isla, que, según mi parecer, es extremadamente grande. Están completamente
desnudos, tanto mujeres como hombres, a diferencia de las mujeres de otras
tierras como Juana y otras islas, que solían cubrirse con prendas de algodón
que protegían su intimidad, algo así como una bragueta de calzas de hombre, especialmente
después de cumplir los doce años. Sin embargo, aquí no hay distinción entre
jóvenes y ancianas. En otras regiones, los hombres solían ocultar a sus mujeres
a los cristianos por celos, pero aquí no, y noté que hay mujeres de hermosos
cuerpos. Ellas fueron las primeras en acercarse para agradecer al cielo y
ofrecer todo lo que tenían, especialmente alimentos como pan de ajos y gonza
avellanada, así como diversas frutas, de las cuales ordené que el Almirante
cure algunas para llevarlas a los Reyes."
Colón
destacó que las mujeres en esta región se comportaban de manera similar a como
lo hacían en otros lugares antes de esconderse, y él mismo instruía a su
tripulación para que no molestaran a nadie ni tomara nada en contra de su
voluntad. En respuesta a la generosidad de los indígenas, los cristianos les
pagaban por todo lo que recibían. Colón expresó su asombro por la benevolencia
y la disposición de la gente local para dar, considerándolos de corazones
nobles y generosos, que se deshacían por compartir con los cristianos todo lo
que tenían.
Posteriormente,
el Almirante envió seis cristianos a explorar la población local, y fueron
recibidos con gran honor y ofrecimientos por parte de los habitantes. Se notaba
una creencia arraigada en la idea de que Colón y su tripulación provenían del
cielo. Este sentimiento era compartido por los indígenas de otras islas, a
pesar de que ya se les había comunicado lo que podían esperar de los
visitantes. Cuando Colón se dirigía a visitar a un señor local que lo había invitado,
numerosas canoas llegaron a la playa con personas que le pedían que se quedara
con ellos. El Almirante accedió y fue recibido con entusiasmo por la comunidad,
que le ofreció abundantes alimentos y expresó su deseo de que permaneciera con
ellos. Los mensajeros de otro señor también aguardaban con sus canoas,
solicitando que Colón visitara su pueblo antes de partir.
Luego
de que Colón recibió los obsequios que los indígenas le llevaron, muchos de
ellos corrieron hacia su pueblo cercano para traer más comida, papagayos y
otros regalos con un corazón tan generoso que asombraba. A pesar de que no
pedían nada, Colón les entregó cuentas de vidrio, sortijas de latón y
cascabeles, considerando que era lo justo y, sobre todo, porque los veía ya
como cristianos y súbditos de los Reyes de Castilla incluso más leales que la
gente de Castilla. Destacó que la única barrera era la barrera lingüística y
que, una vez superada, ellos obedecerían cualquier orden sin objeciones.
Colón
se dirigió de regreso a los navíos, mientras los indígenas, hombres, mujeres y
niños, rogaban que los cristianos se quedaran con ellos. Incluso después de la
partida, canoas llenas de indígenas seguían a la nave, a los cuales Colón
honró, ofreció comida y otros obsequios. Mientras tanto, desde el oeste, llegó
otro señor con mucha gente, y algunos incluso nadaron hasta la nave. El señor
que se había ido anteriormente envió a personas para ver y preguntar sobre las
islas; fueron bien recibidos y llevados al pueblo, donde el señor les entregó grandes
pedazos de oro. Al intentar cruzar un río, los indios nadaron, pero los
cristianos no pudieron hacerlo y se vieron obligados a regresar.
La
región circundante estaba dominada por montañas imponentes, mucho más altas y
hermosas que la de la isla de Tenerife. Estas montañas, llenas de arboledas, se
alternaban con valles pintorescos. Al sur del puerto, se extendía una vega tan
extensa que la vista no podía alcanzar su final, poblada y cultivada, tan verde
como en Castilla durante mayo o junio, a pesar de las largas noches
septentrionales de catorce horas. El puerto, llamado Puerto de la Mar de Santo
Tomás, resultaba excelente para cualquier viento, con una entrada amplia y
cerrada por restricciones de piedra que apenas asomaban sobre el agua, excepto
por una angosta entrada que parecía hecha a mano. La boca del puerto tenía
siete brazas de profundidad hasta el pie de una isleta llana con una playa y
árboles. Desde el noroeste, había tres islas y un gran río a una legua del cabo
del puerto. Colón afirmó que este era el mejor puerto del mundo, destacando su
seguridad y la amabilidad de la población sin armas, tanto buenas como malas.
Sábado
22 de diciembre: Al amanecer, Colón izó las
velas para dirigirse hacia las islas que los indígenas le habían señalado como
ricas en oro, pero la falta de tiempo lo obligó a regresar y anclar nuevamente.
Envió la barca a pescar con redes mientras el señor local, que residía cerca,
envió una canoa repleta de gente con un emisario para rogar al Almirante que
llevara sus navíos a su tierra, prometiendo proporcionarle todo lo que tuviera.
El emisario llevaba consigo un cinto que, en lugar de bolsa, exhibía dos
grandes orejas de oro martillado, junto con la lengua y la nariz.
Esta
gente, de corazón generoso, consideraba un gran favor cumplir con las
peticiones, y Colón recibió el cinto, entregándolo a un grumete. La canoa llegó
a la nave con su embajada, aunque la comunicación fue inicialmente complicada
debido a la diversidad de vocablos. Colón decidió partir hacia esa tierra al
día siguiente, un domingo, algo inusual para él, pero lo hacía por devoción y
no por superstición. Tenía la esperanza de que estos pueblos fueran cristianos,
dado el afecto y la voluntad que mostraban, y también porque ya los consideraba
súbditos de los Reyes de Castilla.
Antes
de partir, Colón envió a seis hombres a una población ubicada a tres leguas al
oeste, cuyo señor afirmó tener ciertos fragmentos de oro. Cuando los cristianos
llegaron, el señor tomó de la mano al escribano del Almirante y lo llevó a su
casa con todo el pueblo. El escribano tenía la tarea de garantizar que los
indios no fueran tratados indebidamente por los demás cristianos, dada la
generosidad de los nativos y la codicia de algunos españoles.
Al
final del día, el señor obsequió a los cristianos tres ánsares gordas y
pequeñas piezas de oro. Una gran cantidad de gente, por voluntad propia, llevó
a cuestas todo lo que habían intercambiado, incluso atravesando ríos y lugares
fangosos. Colón recompensó al señor y su gente, quienes se mostraron muy
satisfechos, considerando a los cristianos como seres benditos. Ese día, más de
ciento veinte canoas llegaron a los navíos, cargadas de gente que ofrecía
diversas cosas, especialmente alimentos como pan y pescado, agua en cantarillos
de barro y semillas consideradas especias valiosas por los indígenas. Estos
afirmaban que una sola semilla en una escudilla de agua resultaba en una bebida
extremadamente saludable.
El
domingo 23 de diciembre: Colón no pudo partir hacia la
tierra del señor que lo había invitado debido a la falta de viento. Envió las
barcas con mensajeros y al escribano mientras esperaba mejores condiciones para
navegar. Durante este tiempo, dos indios que lo acompañaban fueron enviados a
las poblaciones cercanas a los navíos. A su regreso, trajeron a un señor local
a la nave con noticias de que la isla La Española tenía una gran cantidad de
oro, y que Colón encontraría todo lo que deseara allí.
Colón,
a pesar de las dificultades para entender el idioma local, creía firmemente en
la abundancia de oro en esa región. Afirmaba que, en los tres días que llevaba
en ese puerto, ya había recibido fragmentos de oro y que no podía creer que lo
trajeran de otras tierras. Expresó sus esperanzas de que Dios lo ayudara y le
permitiera encontrar esa riqueza.
Colón
menciona que más de mil personas se acercaron a la nave, trayendo consigo
diversas ofrendas. Aproximadamente quinientos nadaron hasta la nave por la
falta de canoas. Colón estima que cinco señores, hijos de señores, con sus
familias, vinieron a conocer a los cristianos. Colón, agradecido por las
muestras de generosidad de los indígenas, los recompensó con regalos.
En la
noche, las barcas regresaron, informando que habían encontrado una gran
cantidad de gente que se dirigía hacia Colón para verlo. Colón expresó su deseo
de permanecer en ese puerto durante la festividad de Navidad para recibir a
toda la gente de la isla. Las barcas se dirigieron hacia la población cercana,
que se describía como la más grande y organizada encontrada hasta ese momento,
ubicada al sureste, cerca de la Punta Santa.
Cuando
el cacique, a veces llamado rey o nitaíno, se reunió con Colón en la plaza
principal, se llevó a cabo un intercambio de regalos y honores. El cacique rogó
a Colón y su tripulación que esperaran hasta el siguiente día, lo mismo hizo
todo el pueblo. Cuando Colón y su grupo finalmente decidieron partir, muchos
indígenas los acompañaron hasta las barcas, llevando a cuestas los regalos
ofrecidos por el cacique y otros habitantes del lugar.
Lunes
24 de diciembre: Antes del amanecer, Colón levantó las
anclas con viento terral. Entre los indígenas que habían visitado la nave,
identificó a uno que parecía particularmente dispuesto a mostrarle las minas de
oro. Este indígena, junto con otro compañero o pariente, afirmó conocer lugares
ricos en oro, incluyendo uno llamado Cipango (Civao), que estaba ubicado hacia
el este, aunque bastante lejos. Mencionaron que en Cipango había una gran
cantidad de oro, incluyendo banderas hechas de oro martillado que llevaba el
cacique.
Colón
elogió a los indígenas, describiéndolos como gente excelente y sumisa. Expresó
su optimismo de que pronto se convertirían al cristianismo y adoptarían las
buenas costumbres de los reinos europeos. Destacó las diferencias notables
entre la gente y la tierra de la isla La Española (también llamada Bohío por
los nativos) en comparación con la isla de Juana (Cuba). Mencionó que los
habitantes de la isla La Española eran de buena estatura, tenían un trato
amigable y una lengua suave, a diferencia de otros lugares donde parecía que
los indígenas hablaban de manera amenazante.
Colón
describió detalladamente cómo ingresar al puerto de Santo Tomás, mencionando la
isleta llana llamada la Amiga. Dio instrucciones específicas sobre cómo navegar
alrededor de restricciones y bajíos para llegar al puerto interior, destacando
su idoneidad para todas las naves sin necesidad de amarras. Describió
restricciones adicionales y bajíos que debían evitarse durante la entrada al
puerto. También mencionó la existencia de otro buen puerto al pie del Monte
Garibatan desde el oeste.
En
general, Colón expresó su admiración por la belleza y la amabilidad de los
habitantes locales, así como por la tierra y los recursos que encontró en la
isla La Española.
El 25
de diciembre, día de Navidad: La travesía desde la
mar de Santo Tomé hasta la Punta Santa se llevó a cabo con vientos suaves.
Durante gran parte del día, la nave avanzó a una legua de distancia de la
punta, manteniendo esta posición hasta aproximadamente las once de la noche,
momento en el que, ante la escasez de viento, se decidió descansar. El marinero
a cargo, al notar la calma, optó por ir a dormir, delegando la responsabilidad
del timón a un joven grumete, una práctica que el Almirante siempre había
prohibido en todo el viaje, ya sea en condiciones de viento o calma.
Aunque
el Almirante tenía confianza en la seguridad de la ruta, recordando que las
barcas habían pasado al este de la Punta Santa tres leguas y media al enviarlas
al rey el domingo anterior, no había explorado detenidamente esa área durante
todo el viaje. Sin embargo, a medianoche, con el Almirante descansando y la
calma total en el mar, todos a bordo se durmieron, dejando al joven grumete a
cargo del timón. Las corrientes llevaron la nave hacia uno de los bancos de
arena, que, aunque eran audibles y visibles incluso en la oscuridad, se
aproximaron suavemente, casi sin ser percibidos.
Cuando
el joven grumete notó el cambio en el timón y escuchó el sonido del mar, alertó
a la tripulación. El Almirante, al salir rápidamente, llegó antes de que
alguien se diera cuenta de que estaban encallados. El maestre de la nave,
responsable de la guardia, se unió a ellos, y el Almirante les indicó que
bajaran el bote de popa, tomaran un ancla y la lanzaran por la parte posterior
de la nave. Mientras el Almirante y otros abordaban el bote, pensando que
seguían sus órdenes, la tripulación no se preocupó por seguir sus instrucciones
y optó por huir hacia la carabela que estaba a media legua al barlovento. Sin
embargo, la carabela rechazó recibirlos, por lo que tuvieron que regresar a la
nave, siendo alcanzados primero por la barca de la carabela.
Cuando
el Almirante notó que su propia tripulación estaba huyendo y que la nave se
encontraba en una situación crítica, con las aguas menguando y la embarcación
atrapada de través, no tuvo más opción que ordenar el corte del mástil y alijar
todo el peso posible de la nave para intentar liberarla. A pesar de sus
esfuerzos, la bajante persistía, y la situación no mejoraba. Decidió orientar
la nave hacia la mar de través, aunque la marea era escasa, y en ese momento,
los conventos se abrieron, pero no así la nave.
En un
intento desesperado por rescatar a su tripulación, el Almirante se dirigió a la
carabela, donde procuró poner a salvo a los ocupantes de la nave. Con un viento
favorable proveniente de la tierra y aun quedando tiempo de noche, sin conocer
la duración exacta de los bancos de arena, decidió esperar hasta el amanecer
antes de regresar a la nave, evitando riesgos innecesarios.
Previamente,
había enviado el bote a tierra con dos miembros de la tripulación para informar
al rey local sobre la situación y solicitar ayuda. El rey, conmovido por la
noticia, envió rápidamente canoas grandes con su gente para descargar los
contenidos de la nave. El proceso de descarga se llevó a cabo con gran
eficiencia y rapidez gracias a la diligencia del rey y sus súbditos.
Mientras
se efectuaba la descarga, el rey y sus parientes se esforzaron por supervisar y
proteger los bienes que se trasladaban a tierra, demostrando su compromiso y
generosidad. El rey envió a sus familiares para consolar al Almirante,
asegurándole que le proporcionaría todo lo que estuviera a su alcance y
reafirmando su afecto. El Almirante destacó la amabilidad, la falta de codicia
y el amor de esa gente, considerándolos entre las mejores personas del mundo.
Aseguró
a los Reyes Católicos que no se podría encontrar un lugar en Castilla donde se
pudiera garantizar una protección tan excelente para todas las posesiones.
Ordenó que se guardara todo cuidadosamente y que se colocaran hombres armados
alrededor para vigilar durante toda la noche. Conmovedoramente, el Almirante
describió cómo él y la población local lloraban juntos, destacando la calidad
de esa gente y su fascinación por explorar y aprender sobre el mundo.
El
miércoles 26 de diciembre, al amanecer, el rey local se
acercó a la carabela Niña donde se encontraba el Almirante. Expresó su pesar
por la situación anterior y le aseguró al Almirante que no debía preocuparse,
ya que estaba dispuesto a brindarle todo lo que poseía. Informó que había
asignado dos grandes casas a los cristianos que se encontraban en tierra y se
ofreció a proporcionar más, así como cuantas canoas fueran necesarias para
cargar y descargar la nave y llevar a tierra a cuanta gente quisiera. El
Almirante elogió la fidelidad y la generosidad de la gente local, destacando la
virtuosidad del rey.
Durante
la conversación, llegó otra canoa de otro lugar con algunos pedazos de oro, los
cuales estaban dispuestos a intercambiar por un simple cascabel, ya que
anhelaban estos objetos. Tan pronto como la canoa se acercó, mostraron
entusiasmadamente los trozos de oro, pronunciando "chuq chuq" en
referencia a los cascabeles, evidenciando su fascinación por estos objetos.
Después de este encuentro, otras canoas de diferentes lugares se acercaron al
Almirante y le pidieron que guardara un cascabel para ellos hasta el día
siguiente, ya que prometían traer cuatro pedazos de oro del tamaño de una mano.
El Almirante se alegró ante esta noticia.
Posteriormente,
un marinero que regresó de tierra comentó al Almirante que los cristianos en la
isla estaban adquiriendo sorprendentes piezas de oro por cosas de poco valor,
mencionando que por una simple agujeta obtenían pedazos que valían más de dos
castellanos. El rey, al ver la alegría del Almirante, se mostró colaborativo y
señaló que conocía lugares cercanos donde había una gran cantidad de oro.
Aseguró que estaría encantado de proveer la cantidad que deseara y mencionó
específicamente la existencia de oro en Cipango (Civao), así como en la isla La
Española, conocida como Bohío, y en la provincia Caribata.
El rey
compartió una comida en la carabela con el Almirante y luego lo acompañó a
tierra, donde le brindó honores y una variada selección de alimentos, incluyendo
ajos, camarones, caza y otras viandas locales. Además, le mostró el pan llamado
cazavi y lo condujo a ver las verduras de árboles cerca de las casas, mientras
lo acompañaban alrededor de mil personas, todos ellos desnudos.
Después
de la comida, el señor local, ya vestido con la camisa y guantes que le había
regalado el Almirante, mostró una especial apreciación por los guantes. Aunque
en su ingesta demostró elegancia y limpieza, destacando su linaje, después de
comer, se fregó las manos con hierbas, lo cual el Almirante interpretó como un
gesto para ablandarlas, seguido de aguamanos.
Posteriormente,
llevó al Almirante a la playa, donde este solicitó un arco turquesco y un
manojo de flechas. Un hombre de la compañía del Almirante demostró su destreza
en el uso de las armas, desconcertando al señor local, quien no estaba
familiarizado con esos artefactos, ya que en esas tierras no conocían el hierro
ni el acero, excepto por el oro y el cobre, este último visto en pequeñas
cantidades por el Almirante.
El
Almirante explicó por señas que los Reyes de Castilla enviarían a destruir a
los caribes y que los traerían atados. Luego, realizó demostraciones con una
lombarda y una espingarda, asombrando al señor local con la potencia de estas
armas. Al escuchar los disparos, su gente se postró en el suelo. Como muestra
de agradecimiento, el señor local entregó al Almirante una carátula adornada
con grandes pedazos de oro en las orejas, ojos y otras partes, junto con otras
joyas de oro que había colocado personalmente al Almirante en la cabeza y el
cuello. También distribuyó generosamente joyas de oro a los otros cristianos
presentes.
El
Almirante se sintió reconfortado y consolado al observar estas riquezas, y la
angustia por la pérdida de la nave se atenuó. Reconoció que la encalladura de
la nave en ese lugar no fue un desastre, sino más bien una gran fortuna. Se
percató de que, de no haber encallado, habría continuado navegando sin
encontrar un lugar tan propicio, ya que la bahía estaba resguardada y contaba
con varias restricciones de bajas. Además, señaló que este contratiempo
permitió establecer un asentamiento en un lugar estratégico, proporcionando a
la tripulación un sitio con resguardo y acceso a recursos esenciales para
construir una fortaleza. A pesar de las dificultades, parte de la tripulación
le había pedido permiso para quedarse, deseando establecerse en este lugar.
En
este momento, he dispuesto la construcción de una torre y fortaleza, junto con
una amplia cava. No es que considere que sea necesario para la población local,
ya que he afirmado que con la gente que he traído podría subyugar toda la isla,
la cual creo que es más grande que Portugal y tiene el doble de habitantes. Sin
embargo, ellos son desnudos, desarmados y notoriamente cobardes. La razón de
esta construcción es mantener una orden establecida, especialmente estando tan
lejos de Vuestras Altezas. Además, quiero que comprendan la destreza y
capacidad de la gente de Vuestras Altezas para que, con amor y temor,
obedezcan. Se están elaborando tablas para construir fortalezas, y hemos
acumulado provisiones de pan y vino para más de un año, semillas para sembrar,
y contamos con la barca de la naufragada y diversos especialistas, incluyendo
un calafate, un carpintero, un lombardero y un tonelero. Muchos de ellos son
hombres deseosos de servir a Vuestras Altezas, lo que me complace, y han
mostrado interés en conocer la mina de oro.
Todo
esto ha llegado de manera oportuna para iniciar este proyecto. Además, cuando
la nave encalló, fue un suceso tan suave que apenas se notó, sin olas ni
viento. El Almirante destaca que todo esto fue una gran fortuna y una voluntad
determinada de Dios, ya que permitió dejar gente en este lugar. Destaca que, de
no ser por la traición del maestre y la tripulación, principalmente de su
tierra natal, que se negaron a echar el ancla por popa según las órdenes del
Almirante para liberar la nave, esta se habría salvado. Sin esta traición, no
se hubiera explorado la tierra como ocurrió en esos días. El Almirante subraya
su intención constante de descubrir y no quedarse en un lugar más de un día, a
menos que fuera por falta de vientos.
Lamenta
que la nave que llevaron desde Palos fuera tan pesada y no cumpliera con el
propósito de la expedición de descubrimiento. Culpa a los habitantes de Palos
por no proporcionar los barcos adecuados según lo prometido al Rey y la Reina.
Asegura que, a su regreso a Castilla, espera encontrar un tonel de oro
rescatado por los que dejó en la isla y descubrir la mina de oro y especias en
gran cantidad. Expone su compromiso de dedicar toda la ganancia de su empresa a
la conquista de Jerusalén, algo que divirtió a los Reyes cuando se lo propuso,
aunque sin este propósito, ya tenían ese deseo. Son las palabras finales del
Almirante.
Jueves
27 de diciembre: Al amanecer, el rey de la región se
presentó en la carabela y expresó al Almirante su deseo de cubrirlo todo de oro
antes de su partida, rogándole que no se fuera. Comieron juntos, el rey, su
hermano y otro pariente cercano que mostró interés en acompañar al Almirante de
regreso a Castilla. Mientras estaban en esta conversación, recibieron la
noticia de que la carabela Pinta estaba anclada en un río cercano al final de
la isla. El cacique envió una canoa con un marinero, demostrando una vez más su
afecto hacia el Almirante.
Viernes
28 de diciembre: Con el objetivo de agilizar la
construcción de la fortaleza y organizar la tripulación que se quedaría allí,
el Almirante desembarcó y notó que el rey le había visto mientras iba en la
barca. El rey, aparentando desconocimiento de su llegada, se retiró rápidamente
a su casa. Envió a uno de sus hermanos para recibir al Almirante y lo llevó a
una de las casas destinadas a la tripulación, la más grande y mejor de la
localidad. Prepararon un estrado de camisas de palma para que se sentara.
Posteriormente, el hermano del rey informó a su hermano sobre la presencia del
Almirante, actuando como si no supiera que ya había llegado, aunque el
Almirante sospechaba que esto era solo un gesto para honrarlo aún más. Cuando
el rey recibió la noticia, corrió hacia el Almirante y le colocó al cuello una
generosa cantidad de oro que llevaba en la mano. Permanecieron juntos hasta la
tarde, discutiendo los planes futuros.
Sábado
29 de diciembre: Al amanecer, un sobrino del rey, joven y
de agudo ingenio (según describe el Almirante), llegó a la carabela. Siempre
interesado en descubrir dónde se encontraba el oro, preguntaba a todos, ya que
entendía algo mediante señas. Este joven informó al Almirante que a cuatro
jornadas al este había una isla llamada Guarionex, y otras denominadas Mocorix,
Mayonic, Fuma, Cibao y Coroay, todas ellas con inmensas cantidades de oro. El
Almirante anotó estos nombres y se dio cuenta de que la información provenía de
un hermano del rey, y notó que había ciertos desacuerdos entre ellos.
El rey
parecía trabajar para que el Almirante no comprendiera la ubicación exacta del
oro, quizás para evitar que lo adquiriera en otro lugar. No obstante, el
Almirante señala que el oro es tan abundante y se encuentra en tantos lugares,
incluso en esta misma isla La Española, que es asombroso. Al caer la noche, el
rey envió al Almirante una gran carátula de oro y le pidió un bacín de
aguamanos y un jarro, lo cual el Almirante interpretó como una solicitud para
hacer otro objeto similar, y así se lo envió.
Domingo
30 de diciembre: El Almirante desembarcó para comer en
tierra y se encontró con cinco reyes subordinados al que se llamaba
Guacanagarí, todos luciendo sus coronas y representando un estado muy digno,
según describe el Almirante. A su llegada a tierra, el rey fue a recibir al
Almirante y lo llevó en brazos a la misma casa del día anterior, donde tenía
preparado un estrado y sillas. El rey se despojó de su corona y se la colocó al
Almirante, quien a su vez le regaló un collar de alaqueques (ágata) y cuentas
hermosas. Luego, el rey se desvistió de un capuz de fina grana que se había
puesto ese día y se lo dio al Almirante, enviando a traer unos borceguíes de
color para él y colocándole un gran anillo de plata en el dedo, ya que habían
oído que a un marinero le gustaba mucho una sortija de plata.
El
Almirante se mostró muy contento y satisfecho. Dos de los reyes que lo
acompañaban le presentaron dos grandes plastas de oro cada uno. En medio de
esta celebración, llegó un indio informando que dos días antes la carabela
Pinta había partido hacia el este en un puerto. El Almirante regresó a la
carabela y Vicente Anos, el capitán, confirmó haber visto ruibarbo en la isla
Amiga, a seis leguas de allí, reconociendo las ramas y la raíz. Describieron
que el ruibarbo produce ramitas y frutos similares a moras verdes casi secas, y
que el palillo cercano a la raíz es de un amarillo tan fino como el mejor color
para pintar. La raíz, bajo la tierra, tiene la forma de una gran pera.
Lunes
31 de diciembre: Este día lo dedicó a organizar la
recogida de agua y leña para la travesía a España, con el objetivo de informar
rápidamente a los Reyes para que enviaran barcos que exploraran lo que aún
quedaba por descubrir. El Almirante consideraba que el proyecto se había vuelto
tan grande y de tal envergadura que le sorprendía. Manifestaba su deseo de no
partir hasta haber explorado toda la tierra hacia el este, recorriendo la costa
para conocer las condiciones de tránsito desde Castilla y planificar futuras
expediciones con ganado y otros recursos. Sin embargo, al quedarse con un solo
navío, reconocía que no era razonable exponerse a los peligros del
descubrimiento. Lamentaba haberse separado de la carabela Pinta, considerando
que este hecho le había traído inconvenientes.
Martes
1 de enero de 1493: A medianoche, envió la barca
a la isleta Amiga para traer ruibarbo. Regresó al atardecer con un saco del
mismo, aunque no trajeron más porque no llevaban azada para cavar. El Almirante
utilizó esto como muestra para los Reyes. El rey de la tierra enviada decía que
había enviado muchas canoas en busca de oro. La canoa que fue a la Pinta y el
marinero no la encontraron. El marinero informó que a unas veinte leguas de
allí habían visto a un rey con dos grandes plastas de oro en la cabeza, y
cuando los indígenas le hablaron, se las quitó, mostrando también mucho oro a
otras personas. El Almirante pensaba que el rey Guacanagarí podría haber
prohibido a todos vender oro a los cristianos para que todo pasara por sus
manos, aunque él conocía lugares donde el oro era tan abundante que no tenía
precio. También mencionaba la abundancia de especias, más valiosas que el
pimiento y la manigueta. Dejó instrucciones a los que iba a dejar allí para que
aprovecharan al máximo la situación.
Miércoles
2 de enero: Cristóbal Colón partió temprano en tierra
para despedirse del rey Guacanagarí antes de su partida en nombre del Señor. Le
regaló una de sus camisas y le mostró la potencia de las lombardas, ordenando
disparar una junto al costado de la nao que estaba en la playa. Este gesto
estaba destinado a iniciar una conversación sobre los caribes, con quienes
estaban en guerra. Observó la distancia que alcanzó la lombarda y cómo la
piedra se alejó por el mar.
Colón
organizó una escaramuza con la tripulación de los barcos armados, asegurando al
cacique que no debía temer a los caribes si aparecían. Estas acciones, según se
dice, las llevó a cabo para ganarse la amistad de los cristianos que dejaba
atrás y para infundirle temor al cacique con respecto a los caribes. Después,
el Almirante invitó al cacique a comer en la casa donde se alojaba, junto con
los demás miembros de su séquito.
Diego
de Arana, Pedro Gutiérrez y Rodrigo Escovedo fueron encomendados por Colón como
tenientes para liderar el grupo que quedaba, asegurándose de que todo fuera
bien dirigido en servicio de Dios y Sus Altezas. El cacique expresó un gran
afecto hacia Colón y mostró gran pesar por su partida, especialmente cuando lo
vio embarcarse. Un confidente del rey le informó a Colón que habían ordenado hacer
una estatua de oro tan grande como él mismo, la cual esperaban recibir en diez
días.
A
pesar de tener la intención de partir de inmediato, el viento no lo permitió.
Dejó a treinta y nueve hombres en la isla La Española, conocida por los indios
como Bohío, con la fortaleza y muchos amigos del rey Guacanagarí. Como
tenientes dejó a Diego de Arana, Pedro Gutiérrez y Rodrigo de Escovedo, junto
con todas las mercancías destinadas para el intercambio de oro, pan de bizcocho
para un año, vino, abundante artillería y la barca de la nao para explorar la
mina de oro en cuanto consideraran oportuno.
Además,
les proporcionó semillas para sembrar, oficiales como escribano y alguacil, un
carpintero de naos, calafate, lombardero experto en ingenios, tonelero, médico
y sastre; todos ellos experimentados hombres de la mar. Este plan se llevó a
cabo para asegurar que, a su regreso, Colón encontrara una gran cantidad de oro
y un lugar propicio para establecer una villa, ya que el puerto actual no
cumplía con sus preferencias, y el oro presente provenía, según se decía, del
este, lo que indicaba que podrían encontrar más oro explorando en esa
dirección, al tiempo que se mantendrían relativamente cercanos a España.
Jueves
3 de enero: Colón no partió hoy debido a que tres
indios que había llevado de las islas y que se habían quedado, informaron que
los demás, junto con sus mujeres, estaban llegando desde el golfo. Además, el
mar estaba algo agitado, y la barca no pudo permanecer en tierra. Colón decidió
partir al día siguiente con la gracia de Dios. Expresó que, si contara con la
carabela Pinta, estaría seguro de llevar consigo un tonel de oro, ya que se
atrevería a explorar las costas de esas islas. Sin embargo, debido a su
situación de estar solo, no se atrevía a correr riesgos que pudieran impedir su
regreso a Castilla y la entrega de informes a los Reyes sobre todo lo
descubierto. Mencionó que, si la carabela Pinta llegaba a España con Martín
Alonso Pinzón, no dudaría en seguir adelante con sus planes. Pero, al no tener
noticias de él, temía que informara a los Reyes con mentiras y así evitara la
pena que merecía por irse sin permiso y obstaculizar el progreso y conocimiento
de esa expedición.
Viernes
4 de enero: Al amanecer, Colón levantó las anclas con
poco viento, utilizando la barca como proa, y se dirigió hacia el noroeste para
salir de la restricción por un canal más amplio que el que había utilizado para
entrar. Este canal, junto con otros, resultaron ser excelentes para navegar
frente a la Villa de Navidad. El fondo más bajo que encontró fue de tres brazas
hasta nueve, y las restricciones eran extensas, abarcando más de seis leguas
desde el Cabo Santo hasta el Cabo de Sierpe. Durante la travesía, destacó la
presencia de montañas altas y poblaciones bien desarrolladas.
Colón
navegó hacia el este, aproximándose a un monte elevado que parecía ser una
isla, pero no lo era, conectándose con tierra baja. Este monte, al que llamó
Monte-Cristi, estaba al este del Cabo Santo, a unas diez y ocho leguas. Aunque
el viento era escaso, Colón no pudo llegar al Monte-Cristi en seis leguas ese
día. Encontró cuatro isletas de arena baja y una restricción que se extendía
hacia el noroeste y se dirigía hacia el sureste. Dentro de esta área había un
gran golfo que se extendía hacia el sureste unas veinte leguas, presumiblemente
con poco fondo y muchos bancos. Surgió seis leguas al norte de Monte-Cristi, en
diez y nueve brazas, evitando numerosos bajos y restricciones en la zona. Colón
aconsejó a aquellos que fueran a la Villa de Navidad y reconocieran
Monte-Cristi, que se adentraran en el mar dos leguas, entre otros detalles que
se omiten aquí. Concluyó reafirmando su creencia de que Cipango estaba en esa
isla, y expresó su convicción de que había abundancia de oro, especias,
almáciga y ruibarbo en la región.
Sábado
5 de enero: Colón zarpa con viento favorable al
terral cuando el sol estaba a punto de salir. Luego, el viento cambia hacia el
este, y Colón observa que entre el Monte-Cristi y una isleta al suroeste parece
haber un buen puerto para anclar esa noche. Siguiendo hacia el suroeste y luego
hacia el sur-suroeste durante aproximadamente seis leguas, encuentra un fondo
de diez y siete brazas, muy limpio. Navega así durante tres leguas más con la
misma profundidad, luego disminuye a doce brazas cerca del morro del monte. A
una legua del morro, encuentra un fondo de nueve brazas, todo cubierto de arena
fina. Continúa su ruta hasta entrar entre el monte y la isleta, donde halla
tres brazas y media de profundidad durante la bajamar, optando por anclar en
este singular puerto.
Colón
se acerca a la isleta, descubriendo rastros de pescadores que habían estado
allí y piedras pintadas de colores, similares a las que encontró en la isleta
de San Salvador. También encuentra muchos pies de almáciga en la isleta.
Monte-Cristi
es descrito como hermoso, alto y accesible, con una campiña baja y pintoresca
en sus cercanías. A lo lejos, parece una isla independiente. Al este del monte,
a unas veinticuatro millas, avista un cabo al que denomina Cabo del Becerro. Entre
este cabo y el Monte-Cristi, hay unos bajos que Colón cree que podrían tener
canales navegables, pero decide explorar con la barca durante el día antes de
aventurarse. En las cuatro leguas que siguen desde el monte hacia el este hasta
el Cabo del Becerro, se encuentra una costa de playa y tierra baja, seguida de
una región de tierras altas con grandes montañas talladas y una hermosa sierra
que corre de noreste a suroeste, parecida a la sierra de Córdoba. Más allá, se
vislumbran montañas altas hacia el sur y el suroeste, junto con valles extensos
y verdes, adornados con numerosos ríos. Colón describe este paisaje como tan
apacible y abundante que considera imposible exagerarlo, incluso en una
milésima parte. Al este del Monte-Cristi, distingue otra tierra que se asemeja
en grandeza y belleza a ese monte. En dirección nordeste, la tierra es menos
elevada, extendiéndose por aproximadamente cien millas o más.
Domingo
6 de enero: El puerto resulta ser abrigado de todos
los vientos, excepto del norte y noroeste, que raramente afectan la región.
Colón nota que se pueden refugiar detrás de la isleta incluso en caso de
vientos del norte. El puerto tiene tres a cuatro brazas de profundidad. Al
salir el sol, Colón zarpa siguiendo la costa hacia el este, teniendo que tener
precaución debido a varias restricciones rocosas y de arena en la costa. A
pesar de estas restricciones, hay buenos puertos y entradas a través de sus
canales.
Después
del mediodía, el viento sopla con fuerza desde el este. Un marinero es enviado
al tope del mástil para examinar los bajos y avista la carabela Pinta
acercándose con el viento a favor. La Pinta llega al encuentro del Almirante,
pero al no haber donde fondear debido a la poca profundidad, ambos barcos
regresan diez leguas atrás, hacia el Monte-Cristi. Martín Alonso Pinzón se
acerca a la carabela Niña para excusarse, argumentando que se había separado de
Colón en contra de su voluntad y proporcionando razones para su decisión. Sin
embargo, Colón desacredita sus razones, acusándolo de soberbia y codicia, y
sugiere que se alejó de él por su propia voluntad, algo que el Almirante había
notado durante todo el viaje. Colón opta por disimular las malas acciones de
Pinzón para no permitir que las influencias negativas de Satanás afecten la
expedición. Colón revela que, según un indio enviado por él y otros que
acompañaban a Pinzón, este último se alejó debido a rumores de una isla llamada
Baneque que supuestamente tenía mucho oro. Pinzón, con un barco más ligero y
rápido, quiso explorar esta isla por sí mismo, desviándose de la ruta planeada
por Colón, quien prefirió seguir costeando Juana y La Española.
Colón
menciona que Pinzón no encontró oro en Baneque y regresó a la costa de La
Española, cerca de la Villa de la Navidad, unos quince días antes de la reunión
con Colón. Colón indica que Pinzón rescató mucha cantidad de oro, compartiendo
la mitad con la tripulación y llevándose la otra mitad consigo. Colón enfatiza
que la carabela Pinta permaneció milagrosamente en la región, considerándola el
mejor lugar para establecer un asentamiento, especialmente por su proximidad a
las minas de oro.
Colón
informa a los Reyes que detrás de la isla Juana, hacia el sur, hay otra isla
llamada Yamaye con aún más oro. Menciona que en esta isla se recogen pedazos de
oro del tamaño de habas, y en La Española, como granos de trigo de las minas.
Además, Colón revela que Yamaye está cerca de la tierra firme, a unas diez
jornadas de canoa, que podría equivaler a sesenta o setenta leguas. También
destaca que allí la gente está vestida.
Lunes
7 de enero: En este día, se procedió a tomar agua que
hacía la carabela y calafatearla. Los marineros fueron a tierra a buscar leña y
descubrieron muchos almácigos y lináloe.
Martes
8 de enero: A pesar de los fuertes vientos del este y
sureste, que soplaban con intensidad, no se partió ese día. Colón ordenó que la
carabela se abasteciera de agua, leña y todo lo necesario para el viaje. Aunque
tenía la voluntad de seguir costeando la costa de La Española en la medida que
pudiera avanzar, la situación se complicó debido a la desobediencia y actitudes
desafiantes de algunos de los capitanes de las carabelas, en especial Martín
Alonso Pinzón y Vicente Anes, quienes consideraban que todo ya les pertenecía,
despreciando la honra que Colón les había otorgado. Colón había soportado esta
situación desde el 21 de noviembre hasta el 6 de enero sin causa aparente,
salvo la desobediencia de estos capitanes. Decidió no lidiar más con esta mala
compañía y regresar con la mayor rapidez posible.
Colón
se dirigió a la barca y fue al río cercano, al suroeste del Monte-Cristi, donde
los marineros recogían agua para el navío. En la boca del río, Colón observó
que la arena estaba impregnada de oro en una cantidad asombrosa, tanto en
partículas menudas como en granos más grandes. Creyó que el oro se desprendía
de la tierra al descender por el río, ya que encontró pedazos tan grandes como
lentejas en poco espacio. Sin embargo, decidió no recolectar más arena, ya que
consideraba que los Reyes ya tenían suficiente oro en la Villa de la Navidad.
Nombró al río como el "Río del Oro". Aunque la entrada del río es
baja y la boca ancha, Colón descubrió que más allá de la entrada el río es
profundo. Desde el río hasta la Villa de la Navidad hay unas diecisiete leguas,
y en el trayecto hay varios ríos grandes, siendo tres de ellos particularmente
destacados. Colón creía que estos ríos debían contener aún más oro, ya que son
más extensos que el Río del Oro. Se abstuvo de recolectar más arena y decidió
regresar para informar a los Reyes y liberarse de la mala compañía que tenía,
conformada por personas desobedientes y desmandadas.
Miércoles
9 de enero: A medianoche, Colón izó las velas
aprovechando el viento del sureste y navegó hacia el nordeste. Llegó a una
punta que llamó Punta Roja, ubicada al este del Monte-Cristi, a unas sesenta
millas. Fondeó a la tarde, aproximadamente tres horas antes del anochecer,
resguardándose allí debido a la presencia de numerosas restricciones y
arrecifes en la zona, los cuales espera explorar cuando se conozcan mejor, ya
que podrían tener canales beneficiosos y ofrecer un fondo considerable para un
anclaje seguro contra vientos diversos. Las tierras desde Monte-Cristi hasta el
punto de fondeo son altas, llanas y poseen hermosas campiñas, con montañas
verdes y cultivadas en la retaguardia. Se observan muchas riberas de agua a lo
largo de la región. Los marineros han encontrado tortugas, grandes como
tablachinas, que venían a desovar en tierra. Colón menciona que la noche
anterior vio tres serenas, aunque no eran tan hermosas como las descripciones
populares, mostrando una apariencia algo humana en sus caras. Afirma haber
visto serenas similares en Guinea, en la costa de Manigueta. Colón expresa su
determinación de partir esa noche sin demora, ya que siente que ha encontrado
lo que buscaba y quiere evitar más conflictos con Martín Alonso hasta que los
Reyes conozcan los detalles de su viaje.
Jueves
10 de enero: Colón zarpó del lugar de fondeo y al
atardecer llegó a un río al que llamó Río de Grecia, situado a tres leguas al
sureste. Ancló en la boca del río, que resultó ser un buen fondeadero, aunque
con un banco angosto en la entrada que tiene solo dos brazas de agua. A pesar
de la bruma, la carabela Pinta, capitaneada por Martín Alonso, se acercó desde
el interior, evidenciando estar en mal estado debido a haber permanecido
dieciséis días rescatando oro en el lugar. Colón revela que Martín Alonso tenía
leyes que le otorgaban la mitad del oro obtenido durante el rescate y que había
tomado por la fuerza cuatro indios y dos mozos, a quienes Colón liberó y envió
a tierra con vestimenta proporcionada por él. Colón destaca la importancia de
honrar y favorecer a los pueblos en las áreas donde Sus Altezas ya tienen
asentamientos, dado que la isla posee riquezas significativas en oro, buenas
tierras y especias.
Viernes
11 de enero: A medianoche, Colón zarpó del Río de
Grecia con viento favorable, navegando hacia el este hasta llegar a un cabo que
denominó Belprado, ubicado a cuatro leguas de distancia. Desde Belprado al
sureste, encontró el Monte de Plata, a una distancia de ocho leguas. Luego,
dirigiéndose al este desde el cabo del Belprado, a una cuarta al sureste, llegó
al cabo del Ángel, situado a dieciocho leguas. Entre este cabo y el Monte de
Plata, existe un golfo con tierras que Colón describe como las mejores y más
hermosas del mundo, con campiñas altas que se extienden tierra adentro. Junto a
una sierra grande y hermosa que se extiende de este a oeste, al pie del Monte
de Plata, encontró un puerto muy bueno con una entrada de catorce brazas de
profundidad. Colón considera que esta región está densamente poblada y cree que
debe albergar buenos ríos y abundante oro. Desde el Cabo del Ángel hacia el
este, a una cuarta al sureste, se encuentra una punta llamada del Hierro, a
cuatro leguas de distancia. Continuando en la misma dirección, a cuatro leguas,
llega a otra punta denominada Punta Seca; y desde allí, a seis leguas, alcanza
el cabo Redondo. Siguiendo hacia el este, encuentra el cabo Francés, donde
observa una gran ancla en la parte este, pero no identifica un lugar seguro para
fondear. A una legua de este cabo se encuentra el Cabo del Buen Tiempo, y hacia
el sur, a una cuarta al sureste, se halla el cabo Tajado, a una gran legua de
distancia. Desde Tajado hacia el sur, Colón avista otro cabo, estimando una
distancia de quince leguas. El día fue de gran avance, gracias al viento y las
corrientes a favor. Por precaución ante los bajos, Colón no se atreve a fondear
y permanece a la corda durante toda la noche.
Sábado
12 de enero: Al cuarto del alba, Colón navegó hacia el
este con viento fresco y avanzó veinte millas en ese tiempo, alcanzando
veinticuatro millas en las dos horas siguientes. Luego, avistó tierra al sur y
se dirigió hacia ella, estando a unas cuarenta y ocho millas de distancia. Dado
el resguardo al navío, planeó avanzar unas veintiocho millas al nornordeste esa
noche. Cuando avistó la tierra, nombró un cabo como Cabo de Padre e Hijo,
debido a dos farallones en la punta, siendo uno mayor que el otro. Después, a
dos leguas al este, encontró una gran abra entre dos montañas, que le pareció
un puerto grandísimo con una excelente entrada. Aunque prometedor, decidió no
detenerse y continuar hacia el este hasta llegar a un cabo alto y hermoso, todo
de piedra tajada, al que llamó Cabo del Enamorado. Este cabo estaba a treinta y
dos millas al este del puerto al que denominó Puerto Sacro. Al llegar al Cabo
del Enamorado, divisó otro cabo más hermoso y alto, todo de peña, similar al
Cabo de San Vicente en Portugal. Este cabo estaba a doce millas al este del
Enamorado. Entre ambos cabos, Colón observó la formación de una grandísima
bahía con tres leguas de ancho. En el medio de la bahía, encontró una pequeña
isleta. Fondeó allí en doce brazas y envió la barca a tierra para conseguir
agua y explorar la región en busca de habitantes. Sin embargo, la población
local huyó al acercarse la barca. Colón también pretendía verificar si toda esa
tierra formaba parte de la isla La Española o si, sospechosamente, era otra
isla por sí misma. Se sorprendió de la magnitud de la isla La Española.
El
domingo 13 de enero, la expedición no zarpo del
puerto debido a la presencia de vientos desfavorables. Se consideró la
posibilidad de dirigirse a un puerto más seguro, ya que el actual estaba algo
expuesto. Además, el capitán tenía interés en observar la conjunción de la Luna
con el Sol, programada para el 17 de este mes, así como la oposición de la Luna
con Júpiter y su conjunción con Mercurio, mientras que el Sol estaría en
oposición con Júpiter, lo cual podría generar fuertes vientos.
Para
abastecerse de provisiones, enviaron una barca a tierra en una hermosa playa.
Allí, se encontraron con hombres locales equipados con arcos y flechas, con
quienes entablaron conversación. Adquirieron dos arcos y varias flechas, y
persuadieron a uno de los locales para que se dirigiera a la carabela a hablar
con el Almirante. Este individuo, descrito como notablemente diferente en
apariencia, tenía el rostro cubierto de carbón, una práctica común en la
región. Llevaba el cabello largo, atado con plumas de papagayo, y estaba
desnudo como los demás.
El
Almirante supuso que se trataba de un miembro de la tribu caribe, conocida por
su práctica de canibalismo. También especuló sobre la posibilidad de que la
bahía avistada anteriormente, que parecía formar una isla separada, estuviera
habitada por esta tribu. Al preguntarle al indígena acerca de los caribes,
señaló hacia el este, indicando la presencia de oro en esa dirección,
refiriéndose al oro como "tuob". Cabe destacar que el término
"tuob" era diferente al utilizado en otras partes de la isla.
En
relación con otras islas, el indígena mencionó que la isla de Matinino estaba
habitada exclusivamente por mujeres sin hombres, y que contenía una abundancia
de oro o alambre (tuob). También se refirió a la isla de Goanin, donde también
había una considerable cantidad de tuob al este de Carib. El Almirante recordó
que ya había escuchado hablar de estas islas y añadió que, en general, las
poblaciones locales temían a los caribes o "Caniba", quienes, según
algunos informes, eran gente arriesgada que se aventuraba por las islas,
consumiendo a quienes podían atrapar.
El
Almirante, aunque comprendía algunas palabras de la lengua local, admitió que
sus acompañantes indígenas tenían una comprensión más completa debido a las
diferencias lingüísticas causadas por la vasta distancia geográfica. Como gesto
de buena voluntad, ofreció al indígena alimentos y le obsequió pedazos de paño
verde y colorado, así como cuentas de vidrio, elementos que los nativos
apreciaban. Luego, lo envió de vuelta a tierra con la encomienda de traer oro,
sospechando su presencia debido a algunas pertenencias que llevaba consigo.
Cuando
la barca alcanzó la costa, aproximadamente cincuenta y cinco hombres desnudos,
con largas melenas y penachos de plumas de papagayos sobre sus cabezas,
emergieron de entre los árboles. Cada uno llevaba un arco y dejaron sus armas a
un lado por indicación del indígena que había hablado con el Almirante. La
tripulación de la barca, siguiendo las órdenes del Almirante, comenzó a
negociar la compra de arcos y flechas.
Sin
embargo, la transacción se volvió tensa cuando, después de vender dos arcos,
los nativos se negaron a vender más y, en cambio, intentaron atacar a los
cristianos. Los indígenas se apresuraron a recuperar sus armas y se acercaron
con cuerdas para capturar a los cristianos. Alertados por las advertencias
previas del Almirante, los cristianos se defendieron, hiriendo a dos indígenas
en el proceso. A pesar de ser solo siete cristianos contra más de cincuenta
nativos, estos decidieron huir, abandonando sus armas en el proceso. Según el
relato, muchos de los indígenas habrían muerto si el piloto, que actuaba como
capitán, no hubiera intervenido para detener la violencia.
Al
conocer estos hechos, el Almirante expresó sentimientos encontrados, lamentando
que los nativos les temieran, pero reconociendo que la población local podría
estar relacionada con los caribes, conocidos por sus prácticas caníbales.
También expresó su preocupación por la seguridad de los treinta y nueve hombres
dejados en la fortaleza y Villa de la Navidad y sugirió que las ahumadas
observadas en la isla podrían ser indicativas de costumbres similares a las de
la isla La Española.
El
lunes 14 de enero, el Almirante consideró
enviar una expedición por la noche para explorar las viviendas de los
indígenas, con la intención de capturar algunos de ellos, ya que sospechaba que
podrían ser caribes. Sin embargo, durante el día, avistaron a un gran número de
indígenas en tierra. Ante esto, el Almirante envió la barca con una tripulación
bien equipada, quienes fueron recibidos por la población local, especialmente
por el indígena que había visitado la carabela el día anterior y al cual el
Almirante le había dado algunos regalos.
Acompañando
al indígena, llegó un rey con tres de sus seguidores a la barca y luego a la
carabela. El Almirante les ofreció alimentos, bizcocho y miel, además de
regalos como un bonete colorado, cuentas y pedazos de paño. El rey prometió
traer al día siguiente una carátula de oro, asegurando que había una abundancia
de oro tanto allí como en Carib y Matinino. Después de recibir los regalos,
regresaron a tierra contentos.
El
Almirante también compartió sus preocupaciones sobre las carabelas, mencionando
que tenían problemas de agua debido a la mala calafateadura en Palos. Se quejó
de los calafates que, al darse cuenta de sus errores, huyeron cuando intentó
obligarlos a corregir el problema. A pesar de las dificultades, confiaba en
que, con la ayuda de Dios, superarían estos contratiempos. Expresó su convicción
de que Dios, después de conocer sus desafíos para organizar la expedición desde
Castilla, lo había guiado y esperaba que se resolvieran todas las dificultades.
El Almirante concluyó reflexionando sobre el impacto positivo que había tenido
en las finanzas de Sus Altezas y afirmó que confiaba en la providencia divina
para superar cualquier obstáculo.
El
martes 15 de enero, el Almirante expresó su
deseo de partir, considerando que ya no había beneficio alguno en detenerse,
especialmente después de los problemas surgidos con los indígenas. Informó que
había descubierto que la principal fuente de oro estaba en la región de la
Villa de la Navidad de Sus Altezas. También señaló la presencia de mucho
alambre en Carib y Matinino, aunque advirtió que sería difícil conseguirlo en
Carib debido a la reputación de sus habitantes por practicar el canibalismo. A
pesar de esto, estaba decidido a explorar ambas islas y, según sus palabras,
"tomar algunos de ellos".
La
barca fue enviada a tierra, pero el rey de la región no había llegado, ya que
la población estaba lejos. No obstante, cumplió su promesa de enviar su corona
de oro, y muchos hombres llegaron con algodón y pan de ajes, acompañados de
arcos y flechas. Después de realizar intercambios comerciales, cuatro jóvenes
se dirigieron a la carabela y proporcionaron información detallada sobre las
islas hacia el este, en la misma dirección que el Almirante planeaba explorar.
Impresionado con sus relatos, decidió llevarlos consigo a Castilla.
El
Almirante describió los arcos de la población local como grandes, comparables a
los de Francia e Inglaterra. Las flechas eran similares a las azagayas de otras
culturas, con puntas de palo agudo y a menudo adornadas con dientes de pescado
o hierbas. En la región, encontró abundante algodón de alta calidad, y sugirió
que los arcos podrían estar hechos de tejo. También mencionó la presencia de
oro y cobre, así como la abundancia de ají, una especia esencial para la
población local. Destacó la importancia económica del algodón, sugiriendo que
se podrían cargar cincuenta carabelas cada año con este recurso desde La
Española.
El
Almirante notó la presencia de hierba en la bahía, similar a la que había
encontrado en el golfo durante su descubrimiento. Esto le llevó a creer que
podría haber islas al este, en la misma dirección en la que había hallado la
hierba anteriormente. Argumentó que, si esto fuera cierto, las Indias estarían
muy cerca de las islas Canarias, estimando una distancia de menos de
cuatrocientas leguas.
El
miércoles 16 de enero, el Almirante partió tres
horas antes del amanecer del golfo al que llamó el Golfo de las Flechas.
Inicialmente con viento de tierra y luego con viento del Oeste, orientó la proa
hacia el Leste cuarta del Nordeste con la intención de dirigirse a la isla de
Carib, temida por la población local debido a sus canoas y alegadas prácticas
caníbales. La derrota le había sido indicada por unos indios capturados el día
anterior en el Puerto de las Flechas.
Después
de recorrer unas sesenta y cuatro millas, los indios señalaron que la isla
deseada estaba al Sueste. A pesar de querer seguir esa ruta, el viento
favoreció una dirección hacia España. La tripulación comenzó a desanimarse al
alejarse del camino original debido a los problemas con la acumulación de agua
en ambas carabelas, sin tener una solución aparente. El Almirante decidió
regresar al curso original hacia España, con un rumbo Nordeste cuarta del
Leste, avanzando unas cuarenta y ocho millas, equivalente a doce leguas,
después del atardecer.
Los
indios le indicaron que por ese camino encontraría la isla de Matinino, poblada
únicamente por mujeres. Aunque el Almirante deseaba visitarla y llevar algunas
de ellas a los Reyes, dudaba de la exactitud de la información proporcionada
por los indígenas y no podía detenerse debido al peligro del agua que entraba
en las carabelas. Afirmó que estas islas no debían distar más de quince o
veinte leguas desde su punto de partida, y creía que estaban al Sueste, aunque
los indios no habían señalado claramente la derrota.
Después
de perder de vista el cabo de San Theramo en la isla La Española, que quedaba a
diez y seis leguas al Oeste, navegó doce leguas al Oeste cuarta del Nordeste. A
pesar de las preocupaciones por el agua, el tiempo se mantenía favorable.
Jueves
17 de enero: Ayer, al ponerse el sol, el viento amainó
un poco. Navegamos 14 ampolletas (medida del tiempo en un reloj de arena: 8
ampolletas 4 horas), equivalentes a media hora cada una, hasta finalizar el
primer cuarto, avanzando 4 millas por hora, en total 28 millas. Luego el viento
refrescó y mantuvo ese ritmo todo ese cuarto, 10 ampolletas, más otras 6 hasta
salir el sol, a 8 risillas por hora. Así, en total recorrimos 84 millas,
equivalentes a 21 leguas hacia el noreste cuarta del este. Hasta ponerse el sol
navegamos 44 millas más, 11 leguas al este. Aquí vinieron dos alcatraces a la
carabela y vimos mucha hierba marina.
Viernes
18 de enero: Esta noche navegamos con poco viento 40
millas al este cuarta del sureste, unas 10 leguas, luego otras 30 millas al
sureste cuarta del este, 7 leguas y media, hasta salir el sol. Tras salir el
sol, todo el día con viento flojo del noreste y luego del este, con rumbo
alternando del norte a la cuarta del noreste y al nornoreste. Calculando todo,
avanzaríamos unas 60 millas, 15 leguas. Se vio poca hierba en el mar, pero
muchos atunes, por lo que el Almirante cree que iban hacia las almadrabas del
Duque de Conil y Cádiz.
Por un
pez rabiforcado que merodeaba la carabela y luego se fue hacia el suroeste,
cree que debe haber islas por ahí. También dijo que al oeste de La Española
estaban las islas Carib, Matinino y otras más.
Sábado
19 de enero: Durante la noche, la carabela navegó 56
millas al norte cuarta del noreste y luego 64 millas al noreste cuarta del
norte. Tras amanecer, continuó rumbo al noreste con viento del oeste suroeste,
manteniendo velocidad constante y cubriendo 84 millas, equivalentes a 21
leguas. En esta travesía la mar estuvo llena de pequeños atunes, alcatraces,
rabos de juncos y peces rabiforcados.
Domingo
20 de enero: Durante la noche el viento amainó por
intervalos y la carabela avanzó unas 20 millas al noreste. Ya de día, navegó 11
millas al sureste, luego 36 al nornoreste, totalizando 9 leguas. Había
abundantes pequeños atunes, con aire suave y dulce, similar a la primavera
sevillana. El mar en calma, viéndose rabiforcados, pardelas y diversas aves.
Lunes
21 de enero: Anoche, tras el ocaso, la carabela se
dirigió al norte cuarta del noreste con vientos del este y noreste, cubriendo
56 millas hasta medianoche. Luego siguió el nornoreste a 8 millas por hora,
totalizando 104 millas durante la noche. De día continuó al nornoreste y a
veces cuarta del noreste, recorriendo 88 millas en 11 horas. Se notaron aires
más fríos. Persistió la observación de rabos de juncos, pardelas y otras aves,
disminuyendo los peces por la menor temperatura del agua. Abundaba la hierba
marina.
Martes
22 de enero: Anoche, tras la puesta de sol, la
carabela se dirigió al nornoreste con viento del este, avanzando 72 millas
hasta el amanecer. Luego viró a la cuarta del noreste al norte, cubriendo 18
millas. Después otras 18 millas al noreste y finalmente 3 leguas al noreste
hasta salir el sol. Durante el día navegó al lesnordeste 11 ampolletas, unas 32
millas, calmándose luego el viento sin más avance. En este periodo se vio a los
nativos nadando, abundantes raíces de juncos y mucha hierba marina.
Miércoles
23 de enero: Durante la noche, se experimentaron
varios cambios en los vientos, y se tomaron las precauciones necesarias por
parte de la tripulación. A pesar de ello, la carabela avanzó ochenta y cuatro
millas al Nordeste cuarta del Norte, equivalente a veintiuna leguas. En varias
ocasiones, se esperó a la carabela Pinta, que tenía problemas con la bolina
debido a un mástil defectuoso. Cristóbal Colón lamenta la falta de previsión de
Martín Alonso Pinzón, el capitán de la Pinta, al no procurarse un mástil
adecuado en las Indias. Durante este período, se observaron numerosos rabos de
juncos y gran cantidad de hierba marina. A pesar de la turbulencia en el cielo,
no llovió, y el mar permaneció extraordinariamente tranquilo.
Jueves
24 de enero: Durante toda la noche, con varios cambios
en los vientos al Nordeste, la carabela avanzó cuarenta y cuatro millas,
equivalentes a once leguas. Desde la salida hasta la puesta del sol, navegó al
Lesnordeste, cubriendo catorce leguas.
Viernes
25 de enero: Durante la noche, la carabela navegó al
Lesnordeste durante trece ampolletas, recorriendo nueve leguas y media. Luego,
avanzó al Nornordeste seis millas. A lo largo del día, con el viento en calma,
se desplazó al Lesnordeste veintiocho millas, equivalentes a siete leguas. Los
marineros capturaron una tonina y un enorme tiburón para complementar su escasa
dieta de pan, vino y provisiones de las Indias.
Sábado
26 de enero: Durante la noche, la carabela navegó
cincuenta y seis millas al Leste cuarta del Sueste. Posteriormente, desde la
salida del sol hasta las once de la mañana, zigzagueó entre Lesueste y Sueste,
cubriendo cuarenta millas. Luego, cambió de rumbo hacia el Norte y avanzó
veinticuatro millas hasta la noche, equivalente a seis leguas.
Domingo
27 de enero: Después del atardecer del día anterior,
la carabela navegó al Nordeste, al Norte y al Norte cuarta del Nordeste a una
velocidad de cinco millas por hora. En trece horas, recorrió sesenta y cinco
millas, o diez y seis leguas y media. Con el sol salido, continuó hacia el
Nordeste veinticuatro millas hasta el mediodía y luego tres leguas al
Lesnordeste hasta el atardecer.
Lunes
28 de enero: Durante toda la noche, la carabela navegó
al Lesnordeste, cubriendo treinta y seis millas, equivalentes a nueve leguas.
Desde el amanecer hasta el atardecer, continuó su trayectoria al Lesnordeste,
recorriendo veinte millas, es decir, cinco leguas. Se describieron los aires
como templados y dulces, y se avistaron rabos de juncos, pardelas y abundante
hierba.
Martes
29 de enero: La carabela navegó al Lesnordeste durante
la noche y, en conjunto con los vientos del Sur y Sudueste, avanzó treinta y
nueve millas, equivalente a nueve leguas y media. A lo largo del día, continuó
su curso cubriendo ocho leguas. Se experimentaron aires muy templados,
similares a los de abril en Castilla, y la mar se mantuvo muy tranquila. Peces
dorados se acercaron a bordo.
Miércoles
30 de enero: Durante la noche, la carabela avanzó
siete leguas al Lesnordeste. Durante el día, cambió su rumbo al Sur cuarta al
Sueste, cubriendo trece leguas y media. Se observaron rabos de juncos,
abundante hierba y numerosas toninas.
Jueves
31 de enero: Durante la noche, la carabela navegó al
Norte cuarta del Nordeste, avanzando treinta millas, y luego al Nordeste,
recorriendo treinta y cinco millas, equivalente a diez y seis leguas. Desde el
amanecer hasta la noche, continuó al Lesnordeste, cubriendo trece leguas y
media. Se avistaron rabos de junco y pardelas.
Viernes
1 de febrero: Durante la noche, la carabela avanzó
dieciséis leguas y media al Lesnordeste. Durante el día, siguió la misma
dirección y recorrió veintinueve leguas y un cuarto. La mar se mantuvo muy
tranquila, y se observó una gran cantidad de hierba marina. También se
avistaron pardelas.
Sábado
2 de febrero: Durante la noche, la carabela navegó al
Lesnordeste cuarenta millas, equivalente a diez leguas. Durante el día, con
viento a popa, avanzó a una velocidad de siete millas por hora, cubriendo
setenta y siete millas en once horas, es decir, diecinueve leguas y un cuarto.
La mar se mantuvo muy tranquila, y los aires fueron agradables. Se observó la
mar tan llena de hierba que temieron estar cerca de bajos. También se avistaron
pardelas.
Domingo
3 de febrero: Durante la noche, navegando a popa con la
mar muy tranquila, se recorrieron veintinueve leguas. La estrella del Norte
pareció muy alta. Durante el día, continuó al Lesnordeste, avanzando a una
velocidad de diez millas por hora y cubriendo veintisiete leguas en once horas.
Lunes
4 de febrero: Durante la noche, navegó al Leste cuarta
del Nordeste, avanzando a velocidades variables. En total, se recorrieron
ciento treinta millas, es decir, treinta y dos leguas y media. El cielo estuvo
turbado y lluvioso, y se experimentó algún frío. A pesar de ello, Cristóbal
Colón reconocía que aún no había llegado a las islas de los Azores. Después del
amanecer, cambió su rumbo al Leste, cubriendo setenta y siete millas en todo el
día, equivalentes a diecinueve leguas y un cuarto.
Martes
5 de febrero: Durante la noche, la carabela navegó al
Leste, cubriendo cincuenta y cuatro millas en su trayectoria, equivalentes a
catorce leguas menos media. Durante el día, avanzó a una velocidad de diez
millas por hora, totalizando ciento diez millas en once horas, es decir,
veintisiete leguas y media. La presencia de pardelas y palillos indicaba que
estaban cerca de tierra.
Miércoles
6 de febrero: Durante la noche, la carabela continuó
navegando hacia el Leste, avanzando a una velocidad de once millas por hora. En
trece horas, recorrió ciento cuarenta y tres millas, es decir, treinta y cinco
leguas y cuarta. Se avistaron numerosas aves y pardelas. Durante el día, la
carabela corrió a una velocidad de catorce millas por hora, cubriendo ciento
cincuenta y cuatro millas en total, equivalentes a treinta y ocho leguas y
media. En conjunto, entre día y noche, se avanzaron setenta y cuatro leguas,
aproximadamente. Según los informes de los tripulantes, la isla de Flores
quedaba al Norte y la de la Madera al Leste. También se mencionó que la isla
del Fayal o la de San Gregorio quedaba al Nornordeste, mientras que el Puerto
Santo quedaba al Leste. Se observó una gran cantidad de hierba marina.
Jueves
7 de febrero: Durante la noche, la carabela navegó al
Leste a una velocidad de diez millas por hora, cubriendo ciento treinta millas
en trece horas, es decir, treinta y dos leguas y media. Durante el día, avanzó
a ocho millas por hora, totalizando ochenta y ocho millas en once horas,
equivalentes a veintidós leguas. En la mañana, el Almirante se encontraba al
Sur de la isla de Flores, a sesenta y cinco leguas de distancia. El piloto
Pedro Alonso, yendo al Norte, pasaba entre la Tercera y la de Santa María,
mientras que al Leste pasaba de barlovento de la isla de la Madera, a doce leguas
de la parte del Norte. Se observó hierba marina de una manera diferente a la
pasada, similar a la que se encuentra en la isla de los Azores.
Viernes
8 de febrero: Durante la noche, la carabela avanzó tres
millas por hora al Leste por un tiempo, luego cambió al Sur cuarta del Sueste,
recorriendo doce leguas en total. Desde la salida del sol hasta el mediodía,
corrió veintisiete millas; después, hasta el atardecer, otras tantas, sumando
trece leguas al Sursureste.
Sábado
9 de febrero: Por un rato de esta noche, la carabela
avanzó tres leguas al Sursureste, luego cambió al Sur cuarta del Sueste.
Después, viró al Nordeste hasta las diez horas del día, recorriendo cinco
leguas, y posteriormente, hasta la noche, avanzó nueve leguas al Leste.
Domingo
10 de febrero: Después del atardecer, la carabela navegó
al Leste durante toda la noche, recorriendo ciento treinta millas, equivalentes
a treinta y dos leguas y media. Con el sol salido, hasta la noche, avanzó a una
velocidad de nueve millas por hora, cubriendo noventa y nueve millas en once
horas, es decir, veinticuatro leguas y media y una cuarta. En las cartas de la
carabela del Almirante, se señalaba una desviación considerable del camino, y
se mencionaba que los demás navegantes estaban más cerca de Castilla, a unas
ciento cincuenta leguas.
Cristóbal
Colón expresó su confianza en que, con la gracia de Dios, una vez que avisten
tierra, se sabrá quién navegaba de manera más certera. También mencionó que
antes de ver la primera hierba, había recorrido doscientas sesenta y tres
leguas desde la isla del Hierro a su llegada.
Lunes
11 de febrero: Durante la noche, la carabela avanzó a
una velocidad de doce millas por hora en su rumbo, cubriendo un total de
treinta y nueve leguas. A lo largo del día, corrió a una velocidad de dieciséis
leguas y media. La presencia de numerosas aves hizo que Cristóbal Colón creyera
estar cerca de tierra.
Martes
12 de febrero: Durante la noche, navegó al Leste a seis
millas por hora, cubriendo setenta y tres millas hasta el amanecer, lo que
equivale a dieciocho leguas y un cuarto. En este punto, comenzó a enfrentar una
mar agitada y tormenta. Colón expresó su preocupación, mencionando que, de no
ser por la solidez y el buen estado de la carabela, temería perderse. A lo
largo del día, la carabela avanzó a una velocidad de once o doce leguas,
enfrentando un arduo trabajo y peligro debido a las condiciones meteorológicas.
Miércoles
13 de febrero: Desde el atardecer hasta el amanecer, la
carabela experimentó fuertes vientos y mares turbulentos, marcados por
relámpagos en la dirección del Nornordeste, que Colón interpretó como señales
de una gran tempestad inminente. Durante gran parte de la noche, se navegó con
el menor velamen posible (a árbol seco). Luego, se desplegó una pequeña vela y
se recorrieron cincuenta y dos millas hasta la mañana, equivalente a trece
leguas. Aunque el viento disminuyó ligeramente durante el día, la mar se volvió
terrible, con olas que atormentaban las embarcaciones. En total, se avanzaron
cincuenta y cinco millas durante el día, lo que representa trece leguas y
media.
El
jueves 14 de febrero, la noche trajo consigo un
aumento significativo del viento, y las olas se volvieron aterradoras, yendo en
direcciones opuestas que cruzaban y obstaculizaban la trayectoria del barco.
Este se veía atrapado entre ellas, incapaz de avanzar o salir indemne, mientras
las olas rompían sobre él. El papahigo, la vela principal, se mantenía bajado
para evitar que las olas lo sumergieran por completo. El navío se movió así
durante tres horas, recorriendo veinte millas en medio de la creciente furia
del mar y el viento.
Con la
mar y el viento intensificándose, y ante el evidente peligro, se tomó la
decisión de cambiar de rumbo y correr hacia donde el viento los llevara, ya que
no tenían otra alternativa. En este momento, la carabela Pinta, comandada por
Martín Alonso, también siguió el mismo curso y desapareció de la vista, a pesar
de que el Almirante y su tripulación intentaron mantener contacto visual
mediante faroles durante toda la noche.
Al
amanecer, el viento se volvió más fuerte, y las olas continuaban siendo un
desafío formidable. El Almirante, consciente de la necesidad de mantener el
barco a flote, mantuvo la vela principal baja y siguió hacia el noreste, para
luego cambiar a una dirección nordeste. En seis horas, recorrieron siete leguas
y media en medio de las turbulentas aguas.
En un
intento por buscar protección divina, el Almirante decidió realizar un acto de
fe. Ordenó que se hiciera un sorteo para elegir a un romero que viajaría a
Santa María de Guadalupe, llevando consigo un cirio de cinco libras de cera.
Todos a bordo hicieron voto de cumplir la romería si caía la suerte en su
nombre. El Almirante mismo fue elegido como romero al sacar el garbanzo marcado
con una cruz.
Posteriormente,
se realizó otro sorteo para enviar un romero a Santa María de Loreto, cerca de
Ancona, Italia. El afortunado fue Pedro de Villa, un marinero de Puerto de
Santa María. El Almirante se comprometió a proporcionarle el dinero necesario
para cubrir los gastos. También se decidió enviar a un romero a Santa Clara de
Moguer para velar una noche y celebrar una misa, y nuevamente, la suerte cayó
en el Almirante. Después de estos eventos, tanto el Almirante como la
tripulación hicieron voto de, al llegar a tierra firme, realizar una procesión
en camisa hacia una iglesia dedicada a Nuestra Señora para ofrecer sus
oraciones.
Más
allá de los votos generales compartidos, cada miembro de la tripulación hacía
votos personales, ya que todos se sentían perdidos frente a la terrible
tormenta que enfrentaban. El peligro se incrementaba debido a la falta de
lastre en el navío, consecuencia de la descarga de la carga original, ya que
los víveres y las bebidas se habían consumido durante el próspero tiempo entre
las islas. Lamentablemente, el Almirante no previó esta necesidad mientras
planeaba lastrar el barco en la isla de las Mujeres, a la cual tenía la
intención de dirigirse. Para enfrentar esta situación, decidieron llenar las
pipas, anteriormente vacías, con agua de mar, proporcionando así un paliativo
temporal.
En
este momento crítico, el Almirante registró sus temores y esperanzas en un
escrito dirigido a Nuestro Señor. Temía no lograr su propósito de llevar
noticias tan significativas a los Reyes, sintiéndose acosado por la inminencia
del fracaso debido a la magnitud de la tormenta. Reconoció que su ansia de
demostrar la veracidad de sus descubrimientos le provocaba un temor abrumador y
la sensación de que cualquier obstáculo podría frustrar sus esfuerzos,
mostrando así una falta momentánea de fe en la Providencia Divina.
Por
otro lado, el Almirante encontraba consuelo en las victorias pasadas y en las
bendiciones otorgadas por Dios durante el viaje. A pesar de las adversidades
enfrentadas en Castilla y las amenazas de la tripulación de amotinarse, el
Almirante había recibido valentía y apoyo divino para superar todos los
desafíos. No obstante, su debilidad emocional y ansiedad persistían.
En el
escrito, el Almirante expresó su pesar por dejar a sus dos hijos en Córdoba,
desamparados en tierra extranjera, sin que los Reyes tuvieran conocimiento de
los servicios prestados ni de las prometedoras noticias que llevaba. Con el
propósito de asegurarse de que, incluso en caso de perderse en la tormenta, los
Reyes tuvieran noticia de su viaje, redactó cuidadosamente un pergamino con
todos los detalles hallados y lo envió en un barril sellado, simulando ser una
devoción. Luego, con cambios en el viento al oeste, continuaron la travesía
durante cinco horas, enfrentando una mar agitada y avanzando dos leguas y media
al nordeste, con la vela mayor parcialmente desplegada por precaución.
Viernes
15 de febrero: Ayer, tras la puesta de sol, el cielo se
fue despejando por el oeste, indicando que el viento vendría de allí. Izó la
vela mayor. El mar seguía altísimo, aunque bajando. Navegó al lesnordeste a 4
millas por hora, cubriendo 13 leguas durante la noche. Al amanecer vieron
tierra por proa al lesnordeste. Algunos decían que era la isla de Madeira,
otros la Roca de Cintra en Portugal junto a Lisboa. Luego el viento saltó al
lesnordeste con fuerte marejada del oeste. Habría 5 leguas entre la carabela y
tierra.
Por
sus cálculos el Almirante se hallaba con las Azores, creyendo que era una de
ellas. Los pilotos y marinos ya se veían en Castilla.
Sábado
16 de febrero: Toda la noche bordó para aproximarse a la
tierra que ya reconocían como isla. Unas veces al noreste, otras al nornoreste,
hasta salir el sol que puso rumbo sur para llegar a la isla, oculta por
cerrazón. Divisó otra isla unas 8 leguas por popa. Luego, hasta anochecer, dio
vueltas intentando acercarse con el fuerte viento y marejada. Al rezar la
Salve, algunos vieron lumbre de sotavento que parecía la isla vista el día
anterior. Pasó la noche ciñéndose para verla al amanecer.
El
Almirante pudo descansar algo, pues desde el miércoles no había dormido ni podido
hacerlo, agotado de frío, agua y poco alimento. Al salir el sol navegó al sur
sudoeste. Llegada la noche, no reconoció la isla por la cerrazón.
Lunes
18 de febrero: Ayer tras la puesta de sol rodeó la isla
buscando dónde fondear y obtener información. Fondeó con un ancla que luego
perdió. Volvió a navegar ciñéndose toda la noche. Ya de día regresó al norte de
la isla y fondeó con otra ancla, enviando un bote a tierra donde supo ser Santa
María, en las Azores, indicándole el puerto.
Dijeron
no haber visto tormenta igual en 15 días, asombrándoles su supervivencia, dando
gracias a Dios y alegrándose por el descubrimiento de las Indias.
El
Almirante afirma que su derrota fue correcta, siendo dado gracias a Dios,
aunque calculaba estar algo más adelantado. Sabía hallarse cerca de las Azores,
siendo aquella una de ellas. Dice que simuló más recorrido para confundir a
pilotos y marinos sobre la ruta a las Indias, quedando él como único poseedor,
pues ninguno trazaba el camino correcto, no pudiendo asegurarla.
El
martes 19 de febrero, tras la puesta del sol, tres
hombres de la isla se acercaron a la ribera y llamaron. El Almirante envió la
barca para recogerlos, y estos trajeron gallinas, pan fresco y otros
suministros enviados por el capitán de la isla, Juan de Castañeda. Este explicó
que, aunque no podía presentarse esa noche debido a la oscuridad, vendría al
amanecer con tres hombres de la carabela para compartir más provisiones y
escuchar más sobre el viaje del Almirante.
En
respuesta, el Almirante expresó su agradecimiento y honró a los mensajeros,
ofreciéndoles camas para pasar la noche, ya que la población estaba lejos y la
hora avanzada. Recordando el voto realizado durante la tormenta del jueves
pasado, acordó que la mitad de la tripulación iría a una pequeña ermita junto
al mar, mientras él seguiría con la otra mitad. Al ver que la tierra parecía
segura y confiando en las garantías del capitán, quien representaba a Portugal,
pidió a los mensajeros que regresaran a la población y trajeran a un clérigo
para celebrar una misa.
Los
tres hombres, cumpliendo su voto de salir en camisa, fueron sorprendidos
durante su oración cuando el pueblo, a caballo y a pie junto con el capitán,
los rodeó y los apresó. Después, el Almirante, sin sospechar nada malo, esperó
la llegada de la barca para llevar a cabo la romería con el resto de su
tripulación hasta las once de la mañana. Al no verlos venir, comenzó a
sospechar que algo estaba mal: o bien los tenían prisioneros o la barca se
había accidentado, ya que la isla estaba rodeada de altos peñascos.
Sin
visión directa debido a la posición de la ermita, levantó el ancla y se dirigió
hacia la ermita. Allí, observó a varios hombres a caballo desembarcar de la
barca con armas y dirigirse hacia la carabela para arrestarlo. El capitán, de
pie en la barca, le pidió seguridad al Almirante, quien aceptó, pero notó la
ausencia de su tripulación en la barca. A pesar de las aparentes garantías, el
Almirante sugirió que el capitán subiera a la carabela, donde estaría dispuesto
a acatar sus instrucciones. Intentando apaciguar la situación con palabras
amables, el Almirante esperaba traer al capitán a bordo sin violar la paz que
él mismo había ofrecido, sin anticipar la ruptura de la fe por parte del
capitán.
Dado
que el capitán manifestaba una actitud sospechosa, se mostró reacio a entrar en
la carabela. Ante la resistencia, el Almirante le solicitó la razón de la
retención de su gente, asegurándole que tal acción sería informada al Rey de
Portugal. Le recordó que, en tierras gobernadas por los Reyes de Castilla, los
portugueses eran honrados y seguros, comparándolo con Lisboa. Además, mencionó
las cartas de recomendación de los Reyes de Castilla para todos los príncipes y
señores del mundo, las cuales podría mostrarle si se acercaba.
El
Almirante afirmó ser el Almirante del mar Océano y el Visorrey de las Indias,
ahora bajo el dominio de Sus Altezas. Exhibió provisiones firmadas y selladas
como prueba, destacando la amistad entre los Reyes de Castilla y el Rey de
Portugal. A pesar de sus argumentos, el capitán se negó a reconocer al Rey y la
Reina de Castilla, desafiando las cartas y expresando que no temían, casi
amenazando con revelar la fuerza de Portugal.
Ante
esta respuesta desafiante, el Almirante experimentó un profundo pesar y
reflexionó sobre posibles conflictos entre reinos desde su partida. Incapaz de
tolerar la falta de respuesta adecuada, instó al capitán a acercarse y le
informó que debía dirigirse con la carabela al puerto. El capitán afirmó que
todo lo que hacía obedecía a las órdenes del Rey, y el Almirante, tomando
testigos a bordo, llamó al capitán y a los demás, ofreciendo su palabra y
comprometiéndose a no abandonar la carabela hasta llevar consigo a un centenar
de portugueses a Castilla y desocupar la isla por completo. Finalmente,
regresaron al puerto original debido al mal tiempo y viento adverso.
El
miércoles 20 de febrero, el Almirante ordenó preparar
el navío y llenar las pipas de agua de mar para lastre, ya que se encontraba en
un puerto muy precario y temía que las amarras se cortaran. Sus temores se
hicieron realidad, lo que lo llevó a zarpar hacia la isla de San Miguel, a
pesar de que ninguna de las islas de los Azores ofrecía un buen refugio debido
al mal tiempo reinante. Con viento fuerte y mar agitada, no tuvo más opción que
enfrentarse al océano.
El
jueves 21 de febrero, partió de la isla de Santa
María hacia San Miguel en busca de un puerto que pudiera soportar las adversas
condiciones meteorológicas. Sin embargo, la densa niebla y oscuridad generadas
por el viento y el mar le impidieron avistar tierra durante toda la jornada. El
Almirante compartió su preocupación al tener solo tres marineros con
experiencia en navegación, mientras que la mayoría de la tripulación carecía de
conocimientos marítimos. Afrontó una noche angustiosa con tormentas y peligros
extremos, agradeciendo a Nuestro Señor que las olas provenían de una única
dirección, evitando un mayor desastre.
Después
de la salida del sol y al no divisar la isla de San Miguel, decidió regresar a
la Santa María para intentar recuperar a su tripulación, la barca, y las
amarras y anclas que había dejado atrás. El Almirante expresó su asombro ante
las condiciones meteorológicas adversas en esas islas y regiones, ya que había
navegado sin contratiempos durante todo el invierno en las Indias, siempre con
buenos tiempos. Contrastó su experiencia actual con el clima templado y suave
que había experimentado pasando las Islas Canarias en el viaje de ida. Concluyó
afirmando que los teólogos y filósofos tenían razón al sugerir que el Paraíso
Terrenal se encontraba en el extremo oriental, destacando la naturaleza
templada de las tierras que había descubierto como el "fin del
Oriente".
El
viernes 22 de febrero, la carabela del Almirante
retornó a la isla de Santa María, al mismo lugar donde había anclado
inicialmente. Un hombre llegó desde unas peñas cercanas, solicitando que no
abandonaran el área. Pronto, la barca llegó con cinco marineros, dos clérigos y
un escribano, pidiendo seguridad, la cual fue concedida por el Almirante.
Pasaron la noche en la carabela, y al día siguiente, solicitaron que se les
mostrara el poder de los Reyes de Castilla para justificar el viaje. El
Almirante, sintiendo que esto era un intento de demostrar su legitimidad, les
mostró la carta general de los Reyes, junto con otras provisiones. Tras recibir
lo que necesitaban, se retiraron satisfechos, dejando atrás a la tripulación de
la barca. Se supo que, si hubieran logrado capturar al Almirante, no lo
hubieran liberado, según las palabras del capitán que afirmó que tal era la
orden de su Rey.
El
sábado 23 de febrero, el tiempo comenzó a calmarse.
El Almirante levantó las anclas y navegó alrededor de la isla en busca de un
buen lugar para obtener leña y piedra como lastre. Sin embargo, no encontró un
fondeadero adecuado hasta la tarde del domingo 24 de febrero. A pesar de la
marejada, la barca no pudo llegar a tierra para recoger leña y piedra. Al
rendirse la primera guardia de la noche, empezó a soplar viento del oeste y
suroeste. Preocupado por el peligro que representaba esperar al viento sur con
el ancla, el Almirante ordenó levantar las velas y viró hacia el este. Durante
la travesía, logró una velocidad constante de seis millas por hora hasta la
salida del sol, y posteriormente, mantuvo una velocidad de seis millas por hora
hasta el atardecer. En total, recorrió 111.5 millas durante la jornada,
equivalente a aproximadamente 28 leguas.
El
lunes 25 de febrero, después del ocaso, la
carabela continuó su rumbo al este, navegando a cinco millas por hora. Durante
trece horas de la noche, recorrió sesenta y cinco millas, equivalente a
dieciséis leguas y cuarto. Desde la salida hasta la puesta del sol, navegó
otras dieciséis leguas y media con el mar en calma, agradeciendo a Dios por ello.
En ese día, una gran ave, semejante a un águila, se acercó a la carabela.
El
martes 26 de febrero, después del ocaso, continuó
su trayectoria al este con el mar tranquilo, avanzando a una velocidad promedio
de ocho millas por hora durante la mayor parte de la noche. En total, recorrió
cien millas, lo que equivalía a veinticinco leguas. Desde la salida del sol,
con poco viento, experimentó aguaceros y avanzó al nordeste unas ocho leguas.
El
miércoles 27 de febrero, las condiciones
meteorológicas adversas y las fuertes olas desviaron la ruta de la carabela
durante la noche y el día. Se encontraba a ciento veinticinco leguas del Cabo
de San Vicente, ochenta de la isla de la Madera y ciento seis de la Santa
María, lamentando enfrentar una tormenta tan cerca de su destino.
El
jueves 28 de febrero, la carabela continuó su
travesía luchando contra vientos cambiantes y grandes olas, enfrentando una
jornada desafiante.
El
viernes 1 de marzo, durante la noche, se dirigió
al este cuarta al nordeste, recorriendo doce leguas; durante el día, avanzó
veintitrés leguas y media al este cuarta del nordeste.
El
sábado 2 de marzo, la carabela navegó al este
cuarta del nordeste durante la noche, cubriendo veintiocho leguas. Durante el
día, avanzó veinte leguas.
El
domingo 3 de marzo, después del ocaso, mientras
navegaban al este, una tormenta dañó todas las velas, poniendo en peligro la
travesía. El Almirante, para buscar protección divina, echó suertes y la
elección recayó en él para enviar a un peregrino a Santa María de la Cinta en
Huelva, con la condición de ir en camisa. También hicieron votos de ayunar en
el primer sábado después de llegar a pan y agua. A pesar de recorrer sesenta
millas antes del incidente con las velas, tuvieron que avanzar a la deriva
debido a la intensa tempestad del viento y las olas. Avistaron señales de estar
cerca de tierra, encontrándose cercanos a Lisboa.
El
lunes 4 de marzo, la carabela enfrentó una
tempestad terrible durante la noche, con mares agitados, vientos que parecían
elevarla en el aire y relámpagos por todas partes. Temieron perderse, pero la
intervención de Nuestro Señor los sostuvo. Durante la primera guardia, los
marineros avistaron tierra, y el Almirante, por la necesidad de reconocerla
antes de llegar, para buscar un puerto seguro, decidió aventurarse hacia el mar
para evitar peligros. Con gran esfuerzo y temor, Dios los protegió hasta el
día.
Con la
luz del día, identificaron la tierra como la Roca de Cintra, cerca del río de
Lisboa. Decidieron dirigirse hacia allí debido a la terrible tormenta que
azotaba la villa de Cascaes, en la entrada del río. Se cuenta que los
habitantes de Cascaes estuvieron haciendo plegarias por ellos durante toda la
mañana. Al entrar en el río, la gente local se acercó asombrada de cómo habían
sobrevivido a la tormenta. Alrededor de la hora de tercia, la carabela llegó a
Rastelo dentro del río de Lisboa.
Enterado
de las condiciones meteorológicas extremas, el Almirante escribió al Rey de
Portugal, que se encontraba a nueve leguas de distancia, informándole que los
Reyes de Castilla le habían ordenado entrar en los puertos de Su Alteza para
solicitar lo que necesitara con sus propios recursos. Pidió al Rey que le
proporcionara un lugar seguro para dirigirse con la carabela a la ciudad de
Lisboa, expresando su preocupación por posibles actos vandálicos de personas
que, al ver la carabela en puerto desprotegido, pudieran cometer fechorías.
También quería dejar claro que no venía de Guinea, sino de las Indias.
El
martes 5 de marzo, Bartolomé Díaz, patrón de la
impresionante nao del Rey de Portugal, se acercó a la carabela en un bote
armado. Solicitó al Almirante que subiera al bote para dar cuenta a los
responsables del Rey y al capitán de la nao. El Almirante, en su calidad de
Almirante de los Reyes de Castilla, se negó a rendir cuentas a personas de ese
rango y expresó que no abandonaría su nave a menos que fuera forzado por la
fuerza armada. Ante la negativa del Almirante, Bartolomé Díaz sugirió enviar al
maestre de la carabela, pero el Almirante rechazó esta opción, manteniendo la
tradición de los almirantes de los Reyes de Castilla de no entregar a sus
tripulantes. A pesar de esta situación tensa, el patrón solicitó ver las cartas
de los Reyes de Castilla, las cuales el Almirante mostró. Luego, Bartolomé Díaz
regresó a la nao para informar al capitán Álvaro Dama, quien se acercó a la
carabela con gran ceremonia, ofreciéndose a cumplir todas las órdenes del
Almirante.
El
miércoles 6 de marzo, al saberse que el Almirante
provenía de las Indias, una multitud de personas, incluidos caballeros y
autoridades, acudió a la carabela para verlo, así como a los indígenas que
llevaba consigo. La ciudad de Lisboa se llenó de asombro y agradecimiento,
expresando que este bien provenía de la gran fe de los Reyes de Castilla y su
deseo de servir a Dios. Se afirmaba que todo este beneficio era atribuible a
Sus Altezas debido a su dedicación al crecimiento de la religión cristiana.
El
jueves 7 de marzo, una gran cantidad de
personas, incluyendo caballeros y los hacedores del Rey, se acercaron a la
carabela para agradecer a Dios por el bien recibido y por el aumento de la
Cristiandad que los Reyes de Castilla estaban promoviendo. Todos expresaban su
gratitud por el impacto positivo de la fe y el servicio a Dios por parte de Sus
Altezas.
El
viernes 8 de marzo, el Almirante recibió una
carta del Rey de Portugal, acompañada por D. Martín de Noroña, pidiéndole que
se acercara a donde él estaba, ya que las condiciones climáticas no eran
propicias para la partida de la carabela. Aunque el Almirante no deseaba ir,
por precaución y para evitar sospechas, se dirigió a dormir a Sacanben. El Rey
instruyó a sus funcionarios para que proporcionaran al Almirante y su tripulación
todo lo necesario sin costo, haciendo hincapié en que se ajustaran a las
preferencias del Almirante.
El
sábado 9 de marzo, el Almirante partió de
Sacanben hacia el valle del Paraíso, donde se encontraba el Rey, a nueve leguas
de Lisboa. Debido a la lluvia, no pudo llegar hasta la noche. El Rey recibió a
los principales de su casa y al Almirante con gran honor, expresando su deseo
de cumplir con todas las demandas de los Reyes de Castilla y su servicio.
Afirmó su creencia de que la conquista le pertenecía según la capitulación
existente entre él y los Reyes. El Almirante, sin haber visto la capitulación,
respondió que los Reyes le habían prohibido ir a la mina y en toda Guinea, como
se proclamó en todos los puertos de Andalucía antes de partir. El Rey, de
manera graciosa, aseguró que no necesitaría intermediarios en este asunto y le
asignó como huésped al prior del Clato, quien le otorgó numerosos honores y favores.
El
domingo 10 de marzo, después de la misa, el Rey
reiteró su disposición a proporcionar cualquier cosa que el Almirante
necesitara y continuó conversando amigablemente sobre su viaje.
El
lunes 11 de marzo, el Almirante se despidió del
Rey, quien le expresó su afecto y le encomendó mensajes para los Reyes. Después
de comer, se marchó acompañado por D. Martín de Noroña y otros caballeros que
le brindaron su acompañamiento y honra. Posteriormente, visitó un monasterio de
San Antonio en Villafranca, donde se encontraba la Reina, el Duque y el
Marqués, recibiendo honores y reverencias. Se retiró de allí por la noche y fue
a dormir a Llandra.
El
martes 12 de marzo, mientras se preparaba para
partir de Llandra hacia la carabela, un escudero del Rey se acercó ofreciéndose
a acompañarlo a Castilla por tierra, asegurándole que se encargaría de su
alojamiento y de proveerle de bestias y todo lo necesario. Al partir, el
Almirante recibió una mula y otra para su piloto, junto con una merced de
veinte espadines, según se enteró posteriormente.
El
miércoles 13 de marzo, a las ocho de la mañana y con
la marea a su favor y viento Nornorueste, levantó las anclas y zarpó hacia
Sevilla.
El
jueves 14 de marzo, después del atardecer,
continuó su rumbo hacia el sur y, antes del amanecer, se encontró sobre el Cabo
de San Vicente, en Portugal. Luego navegó hacia el este para dirigirse a
Saltes, pero avanzó con poco viento durante todo el día hasta llegar a Furón.
El
viernes 15 de marzo, después del atardecer y con
poco viento, continuó su travesía hasta encontrarse sobre Saltes al amanecer.
Al mediodía, aprovechando la marea de montante, ingresó por la barra de Saltes
hasta llegar al puerto del cual había partido el 3 de agosto del año pasado.
El
Almirante concluye su relato afirmando que tenía la intención de dirigirse a
Barcelona por mar, donde se enteraría de la ubicación de Sus Altezas. Su
propósito era presentarles una detallada relación de todo su viaje,
considerando que Nuestro Señor le permitió realizarlo y lo iluminó en cada
paso. Destaca la naturaleza milagrosa de su viaje, respaldada por numerosos
eventos extraordinarios a lo largo de la travesía. Además, expresa su confianza
en que este viaje será la mayor honra para la Cristiandad. Estas son las
últimas palabras del Almirante Cristóbal Colón sobre su primer viaje a las
Indias y su descubrimiento.
Segundo
viaje
Memorial
entregado por el Almirante a don Antonio de Torres para presentar ante los
Reyes Católicos:
Don
Antonio de Torres, capitán de la nave Marigalante y alcaide de la ciudad
Isabela, encomendado por el Almirante, se presenta ante Sus Altezas para
transmitir lo siguiente:
En
primer lugar, con las cartas de creencia que portáis de parte mía,
reverenciaréis los reales pies e manos de Sus Altezas, y los encomendaréis a
mí, el Almirante, como a sus leales súbditos, comprometidos a servirles hasta
el final de mis días. Este compromiso, ampliamente detallado y explicado por
vos, será presentado con la debida extensión a Sus Altezas, según vuestra
experiencia y conocimientos.
Además,
aunque en las cartas dirigidas a Sus Altezas, el Padre Fray Buil y el Tesorero,
se ha narrado minuciosamente todo lo acontecido desde nuestra llegada, quiero
que transmitáis de mi parte que la gracia divina ha permitido que en su
servicio no haya disminuido ni contradicho lo afirmado anteriormente. Por el
contrario, confío en que pronto se verá de manera aún más clara y evidente, ya
que en las costas descubiertas hay notables indicios de especias, sin haber
explorado aún el interior. Asimismo, en las minas de oro, dos expedicionarios
descubrieron ríos tan ricos en oro que solo con sus manos recogieron muestras
que testimonian su abundancia. Gorbalán, uno de los descubridores, relatará lo
que presenció. Además, Hojeda, criado del Duque de Medinaceli, también ha
descubierto vastas riquezas, según el memorial de los ríos que trajo consigo.
En cada uno de estos ríos, la riqueza es tan asombrosa que apenas se puede
creer. Sus Altezas pueden agradecer a Dios por su favor en todas estas
empresas.
Ítem:
Les contarás a Sus Altezas que, aunque ya les he informado sobre esto por
escrito, tenía la intención de enviarles una mayor cantidad de oro en esta
expedición, de la cual esperábamos obtener más riquezas si la mayoría de
nuestra gente aquí presente no hubiera caído repentinamente enferma. Sin
embargo, la expedición no podía demorarse más aquí, ni siquiera por la extensa
costa que bordea, ni por las condiciones climáticas propicias para la ida y
vuelta de quienes deben llevar de regreso los productos que aquí escasean.
Retrasar su partida podría impedir que regresaran en mayo, y además, con la
cantidad de individuos sanos disponibles tanto en el mar como en la colonia,
emprender una expedición a las minas o ríos en este momento conllevaba
numerosas dificultades y peligros.
Aproximadamente
a veintitrés o veinticuatro leguas de distancia, donde hay puertos y ríos para
cruzar, el viaje sería largo y requeriría provisiones considerables, las cuales
no podrían ser transportadas a pie, ya que no hay bestias en esta región para
ello. A pesar de los esfuerzos para mejorar los caminos, estos no están lo
suficientemente preparados. Además, dejar a los enfermos en un lugar abierto y
chozas, junto con las provisiones en tierra, podría poner en riesgo tanto a la
gente como a los suministros, ya que los indígenas, aunque hasta ahora han
demostrado ser simples y sin malicia, podrían causar daño fácilmente. Por esta
razón, mantenemos guardias en el campo mientras la colonia queda desprotegida.
Asimismo,
al observar que muchos de aquellos que fueron por tierra a explorar se
enfermaron después de regresar, y algunos incluso tuvieron que volver atrás,
había razones para temer que lo mismo ocurriera con los sanos que se
encontraban aquí. Además, existía el riesgo de que se encontraran con el
cacique llamado Caonabo, quien, según todos los informes, es malicioso y aún
más audaz. Su presencia podría resultar peligrosa si nos ve debilitados y
enfermos. Esto añadiría otra complicación para traer de vuelta el oro obtenido,
ya que tendríamos que decidir entre llevar poco oro y arriesgarnos a
enfermedades diarias, o enviarlo con parte de la gente, lo cual implicaría el
peligro de perderlo.
Ítem:
Comunicaré a Sus Altezas, a pesar de que ya les hemos enviado correspondencia,
mi deseo ferviente de haber podido remitir en esta expedición una cantidad
mayor de oro de la que actualmente se espera obtener. Lamentablemente, la
mayoría de nuestra tripulación ha caído repentinamente enferma, lo que ha
limitado nuestras posibilidades. Sin embargo, quiero expresarles que la demora
en este puerto no era viable, ya sea por la extensa costa que enfrentamos o por
las condiciones climáticas actuales, ideales para la ida y vuelta de aquellos
encargados de traer los valiosos recursos que escasean en este lugar.
Además,
consideré la posibilidad de aventurarnos hacia las minas o ríos con los
miembros sanos de la expedición, tanto en el mar como en la tierra poblada. Sin
embargo, esta opción se enfrentaba a numerosas dificultades y riesgos. La
distancia de veintitrés o veinticuatro leguas hasta los puertos y ríos, los
suministros necesarios para el viaje y la estadía en esa región requerían una
logística compleja. El transporte de grandes cantidades de provisiones a pie no
era viable, ya que no contábamos con animales de carga y los caminos aún no
estaban completamente preparados para nuestro paso, a pesar de los esfuerzos
por mejorarlos.
Adicionalmente,
dejar a los enfermos en un lugar expuesto, junto con las chozas y los
suministros en tierra, planteaba un inconveniente significativo. Aunque los
indígenas locales han demostrado ser amigables hasta ahora, la posibilidad de
arriesgar a nuestro grupo y los recursos almacenados parecía imprudente.
Incluso un solo indígena con una antorcha podría causar estragos, poniendo en
peligro las chozas durante la noche y el día, ya que su presencia entre
nosotros es constante. Por esta razón, hemos establecido guardias en el
campamento mientras la población permanece sin defensa.
Otrosí:
Como hemos observado en la expedición terrestre, la mayoría de aquellos que
fueron a explorar cayeron enfermos después de su regreso, e incluso algunos
optaron por retornar antes de alcanzar su destino. Existe la preocupación de
que los mismos problemas afecten a aquellos que actualmente están en buen
estado de salud y planean emprender la misma travesía. De surgir enfermedades
en medio de la tarea, se enfrentarían a dos peligros inminentes. En primer
lugar, la posibilidad de enfermar en la zona sin refugio ni resguardo,
especialmente cerca del cacique conocido como Caonabo, cuya reputación como
individuo malévolo y audaz es bien conocida. Su presencia podría amenazar
nuestras operaciones, especialmente en momentos de debilidad debido a la
enfermedad.
Esta
situación también presenta la dificultad de traer de vuelta cualquier oro
obtenido, ya que la opción sería llevar pequeñas cantidades a diario,
exponiéndonos al riesgo constante de enfermedades, o enviarlo con parte de la
tripulación, lo que conlleva el peligro de pérdida durante el transporte.
Por lo
tanto, comunicaréis a Sus Altezas que estas son las razones por las cuales la
expedición no se ha detenido y no se ha enviado más oro que las muestras
iniciales. Sin embargo, confiamos en la misericordia de Dios, quien nos ha
guiado en cada paso hasta ahora. La recuperación de la tripulación está en
curso, especialmente porque responden favorablemente a ciertas secciones de la
tierra; si tuvieran acceso a carne fresca, se recuperarían más rápidamente, con
la ayuda divina. Con los pocos miembros sanos restantes, se está trabajando
diariamente en cerrar y fortificar la población, así como asegurar los
suministros, lo cual se completará en breve. Estas defensas no son necesarias
contra los indígenas, ya que no son beligerantes y solo actúan si nos
encuentran desprevenidos.
Una
vez asegurada la población, se planea dirigirse hacia los mencionados ríos,
explorando las mejores rutas por tierra o por mar hasta llegar a una zona a
unas seis o siete leguas de distancia, donde se dice que se encuentran los ríos
deseados. Se establecerá una fortaleza o torre para resguardar el oro y, al
mismo tiempo, coordinarse con el regreso de las dos carabelas. Con las
condiciones adecuadas para navegar, se enviará el oro a un lugar seguro tan pronto
como sea posible.
Ítem:
Informaré a Sus Altezas, como ya se ha mencionado, que la principal causa de
las enfermedades generalizadas entre la tripulación se debe a cambios en las
aguas y aires de la región, afectando a casi todos y poniendo en peligro a pocos.
Por lo tanto, la clave para la preservación de la salud, después de la divina
providencia, radica en suministrar a esta gente los alimentos que están
acostumbrados a consumir en España. Estos serán esenciales para su
recuperación, ya que ni estos ni otros podrán ser de utilidad si no están en
buena salud. La provisión de estos alimentos debe mantenerse hasta que se haya
establecido una base con los cultivos locales de trigo, cebada y viñas. Aunque
se ha hecho un esfuerzo limitado este año debido a la tardanza en tomar asiento
y a la debilidad de los pocos agricultores locales, se espera que la tierra sea
fértil y proporcione soluciones a nuestras necesidades en el futuro.
Es
crucial destacar que la belleza de la tierra, con sus montañas, ríos y fértiles
valles, supera cualquier otra región iluminada por el sol. La esperanza está
puesta en que tanto el trigo como el vino prosperarán aquí, como lo indican los
primeros brotes de trigo y las pocas vides plantadas. La tierra de estas islas,
con su esplendor natural, promete ser igual o incluso más próspera que
Andalucía o Sicilia, como se evidencia en el crecimiento de algunas
plantaciones de caña de azúcar.
En
otro orden de asuntos, informaréis que la mayor carencia que enfrentamos
actualmente se debe al derramamiento de gran parte del vino durante el viaje,
atribuido en su mayoría a la mala calidad de los toneles elaborados en Sevilla.
Necesitamos urgentemente más vino, así como otras provisiones como bizcocho,
trigo, carne en canal (tocinos), y cecina de mejor calidad que la transportada
en este viaje. También se requieren carneros, corderos, corderas, becerros,
becerras, asnas, asnos y yeguas para el trabajo y la reproducción, ya que
actualmente carecemos de estos animales en la región.
Dado
que temo que Sus Altezas no puedan abastecerse en Sevilla sin una orden
expresa, he instruido que se utilice parte del oro llevado en esta expedición.
Este oro se empeñará o entregará a un comerciante en Sevilla, quien distraerá
los maravedís necesarios para cargar dos carabelas con vino, trigo y otros
suministros indicados en el memorial adjunto. Este comerciante enviará el oro
directamente a Sus Altezas, quienes deberán ver, recibir y liquidar el monto
distrayendo lo necesario para la carga de las dos carabelas. Estas, con el
objetivo de alentar y fortalecer a la tripulación restante, deberían llegar
aquí a más tardar a finales de mayo, proporcionando así un alivio necesario,
especialmente para aquellos afectados por las enfermedades. Además, los
suministros médicos y alimentos esenciales, detallados en los memoriales que
lleváis, deben ser priorizados y enviados lo más pronto posible, ya que la
temporada para la salida de los barcos es hasta mayo. Lo que no se pueda
satisfacer con esta primera entrega, procuraréis que sea enviado con otras
embarcaciones tan pronto como sea posible.
Ítem:
Transmitiré a Sus Altezas que, lamentablemente, no disponemos de una lengua
común para comunicar nuestra santa fe a los habitantes de estas tierras, como
desean Sus Altezas y nosotros mismos. No obstante, para abordar este desafío,
estamos enviando con los actuales barcos a hombres, mujeres, niños y niñas de
la tribu caníbal. Sus Altezas pueden ordenar que estos individuos sean
entregados a personas capacitadas para enseñarles el idioma, involucrándolos en
actividades de servicio y proporcionándoles atención especial para que aprendan
rápidamente. Es recomendable separarlos para que se comuniquen y vean entre sí
solo después de un tiempo, ya que aprenderán más rápido en España que aquí. Además,
esto podría resultar en intérpretes más competentes.
Es
importante señalar que, aunque existe alguna diferencia lingüística entre las
islas debido a la poca interacción entre sus habitantes, los caníbales son una
tribu mucho más grande y densamente poblada. Por lo tanto, enviarlos a Castilla
no solo sería beneficioso al alejarlos de sus costumbres inhumanas, sino que,
al entender el idioma, podrían recibir rápidamente el bautismo y ser guiados
hacia la salvación. Incluso entre aquellos que no practican tales costumbres,
ganaríamos crédito al capturar a aquellos que les causan daño, ya que estos
pueblos tienen un gran temor al hombre y se asombrarían al ver a estos
prisioneros. La presencia y apariencia impresionante de nuestra flota aquí ha
fortalecido la autoridad y la seguridad de nuestras acciones futuras. La visión
de un trato justo a los buenos y el castigo a los malos está influyendo
positivamente en la voluntad de esta gente, tanto de esta isla como de otras,
para someterse y convertirse en vasallos de Sus Altezas.
En
otro aspecto, informaréis a Sus Altezas que la consideración del beneficio de
las almas de los caníbales y de los habitantes locales nos lleva a pensar que
sería más beneficioso llevar a cuantos más sea posible. Para ello, se propone
que Sus Altezas permitan que cada año un número suficiente de carabelas venga a
estas tierras para llevar ganado, bestias de trabajo y otros suministros
necesarios para la sostenibilidad de la población y el desarrollo de las islas.
Estos bienes serían adquiridos a precios razonables por aquellos que los
trajeran, y el pago podría realizarse en esclavos de los caníbales, quienes,
después de ser alejados de sus prácticas inhumanas, se convertirían en valiosos
y capaces trabajadores. La autorización para esta operación sería otorgada a
condición de que cada carabela enviada por Sus Altezas tenga a bordo una
persona de confianza para garantizar que no se dirijan a ninguna otra parte o
isla, excepto aquí donde se realizará la carga y descarga de mercancías. Asimismo,
Sus Altezas podrían reclamar sus derechos sobre los esclavos llevados.
Solicitaré una respuesta de Sus Altezas para que aquí se puedan realizar los
preparativos necesarios con mayor confianza, si así lo consideran apropiado.
Ítem:
También informaréis a Sus Altezas que resulta más beneficioso y menos costoso
fletar los barcos por toneladas, al igual que lo hacen los mercaderes para
Flandes, en lugar de adoptar otro método. Por ello, recibí instrucciones de
fletar de esta manera las dos carabelas que enviaréis pronto, y lo mismo se
podría aplicar a todas las demás embarcaciones que Sus Altezas decidan enviar,
si así lo consideran conveniente. No obstante, esta observación no incluye
aquellas que obtengan licencia para transportar mercancía de esclavos.
Ítem:
Informaréis a Sus Altezas que, con el fin de ahorrar en costos adicionales,
adquirí las dos carabelas mencionadas en el memorial para retenerlas aquí junto
con las dos naos, La Gallega y la Capitana. En este contexto, compré la segunda
de ellas, la Capitana, a su maestro, pagando los tres ochavos por el precio
indicado en el memorial que lleváis firmado por mí. Estas embarcaciones no solo
brindarán autoridad y seguridad a la gente que estará en su interior para
interactuar con los indios y recolectar oro, sino que también serán útiles en
cualquier situación de peligro que pueda surgir con esta población ajena.
Además, las carabelas son esenciales para explorar tierras firmes y otras islas
que se encuentran entre aquí y allá. Ruego a Sus Altezas que los maravedís
necesarios para estos barcos sean pagados en los plazos acordados, ya que, sin
duda, valdrán la pena según mi creencia y esperanza en la misericordia de Dios.
Ítem:
Suplicaréis a Sus Altezas, en mi nombre y con la mayor humildad posible, que
examinen detenidamente las cartas y otros documentos que proporcionan
información más detallada sobre la paz, tranquilidad y concordia de los
habitantes de estas tierras. Les rogaréis que elijan personas para asuntos de
servicio que no generen desconfianza, y que prioricen los intereses para los
cuales han sido enviados, más que sus propios beneficios. Dada la claridad con
la que ustedes han visto y entendido todas las cosas, expresarán la verdad de
la situación a Sus Altezas y solicitarán que cualquier disposición que emitan
sobre este tema se haga llegar con los primeros barcos, si es posible, para
evitar escándalos en asuntos que son de vital importancia para el servicio de
Sus Altezas.
Ítem:
Describiréis a Sus Altezas la ubicación de esta ciudad y la belleza de la
provincia circundante, así como el hecho de que, conforme a los poderes
conferidos por Sus Altezas, me nombraron alcaide de ella. Humildemente les
suplicaréis que, como una forma de reconocimiento por mis servicios, consideren
favorablemente esta designación, confiando en la esperanza que tengo en la
generosidad de Sus Altezas.
Ítem:
Comunicaréis a Sus Altezas que he decidido retener aquí a Mosén Pedro
Margarite, criado de Sus Altezas, debido a su buen servicio pasado y la
confianza de que continuará desempeñándose eficazmente en las tareas que le
sean encomendadas. También he optado por mantener a Gaspar y Beltrán, conocidos
criados de Sus Altezas, para asignarles responsabilidades de confianza.
Solicitaréis a Sus Altezas que consideren proporcionar una encomienda en la
Orden de Santiago a Mosén Pedro, quien está casado y tiene hijos, para asegurar
el sustento de su familia. Igualmente, mencionaréis a Juan Aguado, criado de
Sus Altezas, resaltando su dedicado y eficiente servicio en todas las tareas encomendadas,
solicitando que Sus Altezas lo tengan encomendado y lo consideren presente.
Ítem:
Informaréis a Sus Altezas sobre el esfuerzo del Doctor Chanca en el tratamiento
de tantos dolientes, así como en la organización de los suministros, mostrando
gran diligencia y caridad en el cumplimiento de su deber. Dado que Sus Altezas
remitieron a mí el salario que se le debía dar aquí, ya que, estando presente,
no puede recibir nada más por su profesión como lo haría en Castilla,
solicitaréis que se le libere la suma de cincuenta mil maravedís con su sueldo
actual. Además, pediréis a Sus Altezas que consideren y confirmen la costumbre
de dar cierta suma tasada en compensación por un día de sueldo, como es
tradicional para los médicos de Sus Altezas. Todo ello con el objetivo de
garantizar que el Doctor Chanca esté satisfecho con su situación.
Ítem:
Comentaréis a Sus Altezas acerca de coronel, destacando su capacidad para
servir en diversas áreas y su dedicación hasta el momento, así como la
preocupación que sentimos por su enfermedad actual. Subrayaréis que, al
desempeñarse de manera tan significativa, es justo que sienta los beneficios de
su servicio no solo en futuras recompensas, sino también en términos de salario
presente. Dado que se le otorgó el cargo de alguacil mayor de estas Indias por
su habilidad y la provisión incluye el salario en blanco, suplicaréis a Sus
Altezas que lo confirmen y llenen según sea más beneficioso para el servicio.
También informaréis sobre la llegada del Bachiller Gil García como alcalde
mayor, señalando que aún no se le ha asignado ni mencionado su salario.
Destacaréis sus cualidades y competencias, solicitando a Sus Altezas que lo
nombren y asignen un salario para garantizar su sostenimiento, que sea cubierto
con el dinero del sueldo actual.
Ítem:
Informaréis a Sus Altezas que, a pesar de que ya se les ha comunicado por
cartas, para este año no considero posible emprender nuevas expediciones de
descubrimiento hasta que se haya establecido debidamente el asentamiento en los
ríos donde se encontró oro, todo en servicio de Sus Altezas. Este trabajo
requiere mi presencia y no sería apropiado que nadie lo realice sin mi
consentimiento ni en beneficio de Sus Altezas, a pesar de las habilidades de
cualquier otra persona.
Ítem:
Comunicaréis a Sus Altezas que los escuderos de caballo que llegaron de Granada
mostraron buenos caballos durante el alarde en Sevilla, pero al embarcar, no
tuve la oportunidad de verlo personalmente debido a mi leve indisposición. Sin
embargo, parece que, de alguna manera, Juan de Soria sustituyó los caballos
previstos por otros de menor valor, y los mejores de ellos no parecen valer más
de dos mil maravedís. Esto ha sido motivo de queja y parece que ha habido
cierta malicia en la elección de los caballos. Dado que estos escuderos ya han
incurrido en gastos más allá de sus sueldos, y Sus Altezas desean que los
caballos sirvan a su servicio, se sugiere que se consideren opciones, ya sea
adquiriendo los caballos directamente o resolviendo la situación según lo que
sea más conveniente para el servicio.
Ítem:
Comunicaréis a Sus Altezas que han llegado más de doscientas personas sin
sueldo, y aunque algunos de ellos sirven bien, y otros están exentos de sueldo
por disposición, se debe decidir si se les pagará sueldo como a los demás, dado
que son necesarios para el establecimiento y la seguridad de la isla y los ríos
de oro durante los primeros tres años. También se plantea la cuestión de
mantener caballos para estos individuos, aunque Sus Altezas podrán decidir si
es necesario, especialmente mientras se espera la llegada de oro.
Ítem:
Se sugiere a Sus Altezas que, para aliviar en parte los gastos de esta gente,
sería beneficioso traer en los navíos que lleguen, además de las provisiones
comunes y medicinas, artículos como zapatos, cueros, camisas, jubones, lienzo,
sayos, calzas, paños para vestir, conservas y otras cosas. Estos suministros
podrían ser adquiridos a precios razonables y descontados del sueldo de la
gente, lo que contribuiría a ahorrar recursos. Solicitaréis la opinión de Sus
Altezas sobre este asunto y, si consideran que es para su servicio, se
procederá de inmediato.
Ítem:
Se informará a Sus Altezas que, durante el último alarde, se observó que la
gente estaba muy desarmada, posiblemente debido al intercambio de armas que
ocurrió en Sevilla o en el puerto. Se sugiere traer doscientas corazas, cien
espingardas y cien ballestas con sus correspondientes almacenes, ya que estas
son las armas más necesarias, y se podrán distribuir entre aquellos que carecen
de armamento.
Ítem:
Se solicita a Sus Altezas que, para algunos oficiales casados que dejaron a sus
familias en España, se les pague lo que les corresponde de su sueldo a sus
esposas o personas designadas. Esto permitirá que sus familias adquieran los
artículos necesarios en España, asegurando así que estén provistos para el
servicio.
Ítem:
Se propone a Sus Altezas que se traigan cincuenta pipas de miel de azúcar de la
isla de la Madera, ya que es un excelente alimento y uno de los más saludables.
Además, se sugiere adquirir diez cajas de azúcar, ya que es la mejor temporada
para obtenerlo. Estos suministros podrían ser útiles y estar disponibles a
precios razonables, especialmente si se da la orden a las carabelas que pasen
por allí en su regreso.
Ítem:
Se informará a Sus Altezas que, aunque los ríos tienen la cantidad de oro
mencionada por aquellos que los han visto, es cierto que el oro no se origina
en los ríos, sino en la tierra. El agua, al encontrar las minas, arrastra el
oro envuelto en las arenas. Dado que se han descubierto numerosos ríos, algunos
más grandes y otros tan pequeños como fuentes, se sugiere que se envíen
lavadores, tanto aquellos especializados en recuperar oro de las arenas como
los expertos en extraerlo de la tierra. Se propone que Sus Altezas envíen
lavadores, incluyendo a aquellos que trabajan en las minas de Almadén, para
participar en ambas formas de extracción de oro. A pesar de esperar contar con
lavadores locales, se espera, con la ayuda de Dios, obtener una cantidad
significativa de oro para las primeras carabelas.
Ítem:
Se suplicará a Sus Altezas, en mi nombre, que tengan encomendado a Villacorta,
quien ha servido con dedicación en esta negociación. Se destaca la diligencia y
la lealtad de Villacorta al servicio de Sus Altezas. Se solicitará que se le
otorgue algún cargo de confianza que sea adecuado para sus habilidades y que le
permita mostrar su deseo de servir y su diligencia.
Ítem:
Se comunicará a Sus Altezas que Mosén Pedro, Gaspar, Beltrán y otros que han
quedado en la ciudad trajeron capitanías de carabelas que ahora han regresado,
pero aún no han recibido su sueldo. Dado que son personas de confianza y deben
desempeñar roles importantes, se solicitará de mi parte que Sus Altezas
determinen la remuneración que se les otorgará, ya sea anualmente o por meses,
según su preferencia.
Tercer
viaje
Carta
del Almirante a los Reyes Católicos
Serenísimos,
muy altos y muy poderosos príncipes, Rey y Reina Nuestros Señores:
La
divina Trinidad inspiró a Vuestras Altezas para emprender esta noble expedición
hacia las Indias, y en su infinita bondad me eligió como mensajero. Me dirigí
con el mensaje a su majestuosa presencia, movido por el deseo de comunicar a
los más grandes monarcas cristianos, quienes siempre se esforzaron por la fe y
su expansión, la posibilidad de llevar el sagrado nombre de Nuestro Señor a
tantos pueblos.
Aunque
muchos consideraron este proyecto imposible y centraron sus esperanzas en
bienes temporales, yo dediqué seis o siete años de intenso esfuerzo para
expresar lo mejor posible el servicio que podría hacerse al Señor al divulgar
su santo nombre y fe entre tantas naciones. Fue necesario abordar tanto los
aspectos espirituales como los materiales de la empresa, presentando la opinión
de sabios y eruditos que escribieron sobre la existencia de riquezas en estas
tierras.
Vuestras
Altezas, mostrando su gran valentía en todo lo grande, decidieron llevar a cabo
la empresa. A pesar de las burlas de muchos, excepto dos frailes que siempre
fueron constantes, yo estaba seguro de que este proyecto no fallaría, y siempre
lo he afirmado, ya que la palabra de Dios se cumplirá. Las Escrituras ya
hablaban claramente de estas tierras a través de Isaías, afirmando que su santo
nombre sería difundido desde España.
Partí
en nombre de la Santa Trinidad y regresé rápidamente con la experiencia de todo
lo que había predicho. Vuestras Altezas me enviaron nuevamente, y en poco
tiempo descubrí trescientas treinta y tres leguas de tierra firme y setecientas
islas adicionales. También exploré la isla La Española, más grande que España,
donde la población es incontable y todos pagan tributo.
En
este punto, surgieron críticas y desdén hacia la empresa porque no había
enviado inmediatamente navíos cargados de oro. Ignoraron la brevedad del tiempo
y los inconvenientes que mencioné. Por mis pecados o salvación, esto generó
aversión y obstáculos a todo lo que decía y solicitaba. Decidí volver a
Vuestras Altezas para expresar mi asombro y explicarles la razón detrás de cada
acontecimiento.
Les
hablé de los pueblos que había encontrado, de cómo podrían salvarse muchas
almas y les mostré los compromisos de la gente de la isla La Española que se
obligaba a pagar tributo y los consideraba sus reyes y señores. También les
presenté muestras suficientes de oro, les hablé de los minerales y los grandes
granos, así como de la abundancia de cobre. Les mencioné las diversas especias,
el Brasil y muchas otras cosas que llevaría demasiado tiempo detallar.
No
todos aprovecharon la oportunidad de hablar con algunas personas que mostraban
interés y empezaron a hablar mal del negocio, sin reconocer el valor del
servicio a Nuestro Señor para salvar almas. No reconocieron la grandeza de
Vuestras Altezas, la cual era de la mejor calidad que cualquier príncipe haya
experimentado hasta hoy. Argumentaban que el esfuerzo y los gastos eran tanto
espirituales como temporales, asegurando que, con el tiempo, España cosecharía
grandes beneficios, ya que las señales de éxito eran evidentes en las
expediciones ya realizadas.
No se
puede negar la importancia de eventos pasados, como la búsqueda de Salomón del
monte Sopora y la exploración de la isla de Trapobana por parte de Alejandro.
También se mencionaba el interés de Nero César en las fuentes del Nilo. Se
afirmaba que tales hazañas eran inherentes a los príncipes, y se desestimaba la
noción de que los príncipes de Castilla nunca habían conquistado tierras fuera
de su propio territorio. Se resaltaba la diferencia entre este mundo y el
antiguo, donde romanos, griegos y Alejandro se esforzaron por conquistar
tierras.
Se
cuestionaba el presente de los Reyes de Portugal, quienes demostraron valentía
al sostener la empresa en Guinea, sacrificando oro y vidas en el proceso. Se
mencionaba la conquista en África y las guerras constantes contra los moros en
Cepta, Tánjar, Arcilla y Alcázar como ejemplos de un comportamiento digno de
príncipes, dedicados a servir a Dios y expandir su señorío.
A
pesar de mis argumentos, aquellos que criticaban la empresa parecían ignorar el
reconocimiento mundial y las palabras de elogio que Vuestras Altezas recibieron
de todos los cristianos. Incluso se rio de mis comentarios y me indicaron que
no prestara atención a las críticas, ya que no otorgaban autoridad ni
credibilidad a aquellos que hablaban mal de la empresa.
Partí
en nombre de la Santísima Trinidad el miércoles 30 de mayo desde la Villa de
San Lúcar, ya cansado por mi viaje. En lugar de tomar la ruta habitual hacia
las Indias, opté por un camino menos frecuentado para evitar conflictos con una
flota francesa que esperaba en el Cabo de San Vicente. Navegué hacia la isla de
la Madera y luego a las islas Canarias, donde dejé una parte de la flota en
camino directo a la isla La Española. Mientras tanto, yo me dirigí al sur con
la intención de llegar a la línea ecuatorial y seguir hacia el oeste hasta que
la isla La Española estuviera al norte.
En las
islas de Cabo Verde, que resultaron ser muy secas y con población enferma,
decidí no detenerme y continué hacia el suroeste durante cuatrocientas ochenta
millas, equivalentes a ciento veinte leguas. En este trayecto, enfrenté un
calor extremo que puso en riesgo tanto a los barcos como a la tripulación.
Durante ocho días, el ardor fue tan intenso que temí que los navíos y la gente
se quemaran. A pesar de un día claro, los siete siguientes fueron de lluvia y
tormenta, sin encontrar alivio alguno. La situación era tan crítica que ni
siquiera se podía descender a las cubiertas para reparar los daños.
Recordé
que en mis viajes a las Indias, al pasar cien leguas al oeste de las islas
Azores, experimentaba un cambio en la temperatura de norte a sur. Decidí
confiar en la misericordia de Nuestro Señor y cambiar mi rumbo hacia el oeste,
con la esperanza de encontrar un clima más favorable. Después de ocho días de
condiciones adversas, finalmente el Señor me concedió viento favorable del
Levante. Continué mi viaje hacia el oeste, sin atreverme a dirigirme al sur
debido a los notables cambios en el cielo y las estrellas, aunque la
temperatura se mantuvo constante.
Opté
por seguir mi rumbo directamente al oeste, siguiendo la línea de la Sierra
Lioa, con la intención de llegar a tierra firme y reparar los barcos y
provisiones. Después de diez y siete días con viento favorable, el martes 31 de
julio al mediodía, avistamos tierra. La esperaba desde el lunes anterior, y
durante ese tiempo, decidí dirigirme hacia las Indias de los Caníbales para
abastecerme de agua. Afortunadamente, la misericordia divina se hizo presente
una vez más cuando un marinero avistó tres montañas al oeste desde la gavia. Recitamos
la Salve Regina y otras prosas, expresando todo nuestro agradecimiento a
Nuestro Señor. Luego, cambié mi rumbo desde el norte hacia la tierra firme y
llegué a un cabo al que llamé de la Galea, después de haber mencionado la isla
de la Trinidad. Este lugar ofrecía un buen puerto, pero lamentablemente no
tenía suficiente profundidad. Al seguir la costa hacia el oeste, tras cinco
leguas, encontré un fondo sólido y decidí fondear. Al día siguiente, continué
en busca de un puerto para reparar los barcos, abastecerme de agua y remediar
los suministros de trigo y otros alimentos.
Encontré
un lugar adecuado para fondear en el cabo, donde también tomé una pipa de agua.
Ordené la reparación de los barcos y la recolección de agua y leña. La
tripulación finalmente pudo descansar después de tanto tiempo de esfuerzo.
Llamé a esta punta del Arenal, y notamos que toda la tierra estaba marcada por
unas extrañas criaturas con patas parecidas a las de cabras, aunque solo
encontramos una muerta.
Al día
siguiente, una gran canoa con veinticuatro hombres jóvenes y bien equipados se
acercó desde el este. Eran mancebos de buena disposición, de piel más blanca
que la mayoría de los indígenas que había visto en las Indias. Tenían gestos
elegantes, cuerpos hermosos y cabellos largos y lisos, cortados al estilo de
Castilla. Llevaban la cabeza cubierta con pañuelos de algodón tejido con
labores y colores, que yo pensaba que podrían ser almizcles. Otros llevaban
estos pañuelos ceñidos alrededor de la cintura como pañetes.
Aunque
intenté comunicarme con ellos mediante señas, pasaron más de dos horas antes de
que se acercaran, y cuando lo hicieron, se desviaron nuevamente. Traté de
atraerlos mostrándoles objetos brillantes, pero no teníamos un lenguaje común.
Hice subir un tamborín y unos jóvenes empezaron a danzar, pensando que se
acercarían para disfrutar de la fiesta. Sin embargo, en lugar de acercarse,
todos dejaron los remos, empuñaron sus arcos y comenzaron a dispararnos
flechas.
Detuvimos
la música y baile, y saqué unas ballestas en respuesta. Se dirigieron a otra
carabela, donde el piloto les dio un sayo y un bonete como regalo a un hombre
principal entre ellos. Se acordó que el piloto iría a hablar con ellos en la
playa, pero cuando se aproximó con la barca, se retiraron y nunca más los
volvimos a ver en esta isla.
Cuando
alcancé la punta del Arenal, observé una amplia abertura de dos leguas de
ancho, extendiéndose de Poniente a Levante, que conectaba la isla de la
Trinidad con la tierra de Gracia. Para entrar al norte, había hileros de
corrientes que cruzaban esta boca, produciendo un rugido potente. Pensé
inicialmente que podría ser un arrecife de bajos y peñas, impidiendo la
entrada. Detrás de este primer hilero, encontré otros, todos generando un
rugido similar al romper de olas contra peñas en el mar. Fondeé en la punta del
Arenal, fuera de la boca, y noté que el agua fluía con tanta fuerza de Oriente
a Poniente como el Guadalquivir en tiempo de avenida, tanto de día como de
noche.
Por la
noche, tarde, escuché un rugido aterrador que provenía del Austro hacia la
nave. Miré y vi una ola elevándose de Poniente a Levante, similar a una loma
tan alta como la nave. Venía hacia mí lentamente, con un filero de corriente
sobre ella, rugiendo con un estrépito impresionante. Recordé los hileros de
corriente que había mencionado antes, que parecían olas rompiendo en peñas.
Temí que pudieran voltear la nave cuando llegaran debajo de ella. La ola pasó y
llegó hasta la boca, donde se detuvo durante un tiempo considerable. Al día
siguiente, envié botes para sondear y descubrí que en el punto más bajo de la
boca había seis o siete brazas de fondo.
Afortunadamente,
con buen viento, atravesé la boca y encontré tranquilidad en su interior.
Curiosamente, el agua de la mar se volvió dulce, lo cual fue un hallazgo
sorprendente. Navegué hacia el norte hasta llegar a una sierra muy alta,
aproximadamente veintiséis leguas desde la punta del Arenal. En ese lugar, se
encontraban dos cabos de tierra alta, uno orientado hacia el Oriente
perteneciente a la isla de la Trinidad, y otro hacia el Occidente de la tierra
de Gracia. Allí, se formaba una boca más angosta que en la punta del Arenal,
con los mismos hileros de corriente y el característico rugir del agua, que nuevamente
resultó ser dulce en medio del mar.
Hasta
ese momento, no había tenido contacto con la gente de estas tierras, y anhelaba
establecer una comunicación. Navegué a lo largo de la costa hacia el Poniente,
notando que el agua de la mar se volvía más dulce y sabrosa a medida que
avanzaba. Llegué a un lugar donde parecían haber tierras cultivadas, y decidí
fondear, enviando botes a tierra. Descubrieron que recientemente había habido
gente en el área, y el monte estaba cubierto de gatos paules.
Convencido
de que más allá al Poniente las tierras serían más llanas y pobladas, levanté
las anclas y seguí la costa hasta el cabo de la sierra. Allí, en un río, surgí
y pronto llegó mucha gente, informándome que llamaban a esta tierra Paria y que
más al Poniente estaba más poblada. Tomé cuatro de ellos y luego continué
navegando al Poniente. Después de ocho leguas más allá de una punta que llamé
del Aguja, encontré las tierras más hermosas y densamente pobladas. Llegué una
mañana, y fascinado por la belleza, decidí fondear y conocer a esta gente.
Varios
de ellos vinieron en canoas a la nave, rogándome en nombre de su rey que
descendiera a tierra. A pesar de no prestarles atención, más y más canoas
llegaron, muchos llevaban piezas de oro y algunas perlas alrededor del cuello o
atadas a los brazos. Me emocioné al ver las perlas y me esforcé por descubrir
de dónde las obtenían. Me informaron que las encontraban en esa región y en la
parte norte de esa tierra.
Aunque
deseaba detenerme, mis provisiones de trigo, vino y carne se estaban agotando,
y mi principal objetivo era llegar a tierra firme para reponerlas. Envié las
barcas a tierra, encontrando a una población numerosa y agradable. Nuestra
gente fue bien recibida, y cuentan que, al llegar a tierra, dos personas importantes,
posiblemente padre e hijo, llevaron a la tripulación a una casa grande. Allí,
les ofrecieron pan, diversas frutas y vinos variados, aunque no de uvas, sino
posiblemente de diferentes frutas, incluyendo el maíz. Los hombres y las
mujeres estaban en secciones separadas de la casa.
Ambas
partes experimentaron gran pesar debido a la barrera del idioma; ellos deseaban
preguntar sobre nuestra patria, y nosotros ansiábamos conocer más sobre la
suya. Después de compartir una comida en casa del anciano, los jóvenes llevaron
a nuestros tripulantes a su vivienda, haciendo lo mismo. Posteriormente, se
dirigieron de nuevo a las barcas y regresaron a la nave. En mi prisa por
remediar la escasez de provisiones, levanté las anclas de inmediato. Además,
necesitaba atender mi propia salud, ya que había sufrido de insomnio durante
los treinta y tres días de exploración de la tierra firme, lo cual afectó mi
vista. Aunque no dañó mis ojos ni causó hemorragias, ahora estoy experimentando
dolores que antes no tenía.
Esta
gente, como mencioné, tiene una estatura hermosa, son altos y de gestos
elegantes, con cabellos largos y lisos. Llevan la cabeza adornada con pañuelos
labrados, hermosos y parecidos a seda y almizcle. Algunos llevan un pañuelo más
largo ceñido, que utilizan como cobertura en lugar de pañetes, tanto hombres
como mujeres. Su tono de piel es más claro que el de otras poblaciones que he
visto en las Indias. Muchos llevan adornos en el cuello y brazos, algunos con
piezas de oro. Sus canoas son grandes, mejor construidas y más ligeras que las
demás, con una especie de compartimento central que funciona como una cámara
donde vi a los líderes junto a sus mujeres. Llamé a este lugar
"Jardines" debido a su belleza, en consonancia con su nombre local.
Intenté
descubrir de dónde obtenían el oro, y todos señalaban una tierra al Poniente,
bastante alta pero cercana. Sin embargo, me advirtieron que no fuera allí
porque allí comían a los hombres, sugiriendo que eran caníbales.
Posteriormente, pensé que podrían haber mencionado eso debido a la presencia de
animales en esa región. También pregunté sobre la procedencia de las perlas, y
me indicaron que estaban al Poniente y al Norte, detrás de esa tierra. No pude
explorar más debido a la escasez de provisiones, mis problemas oculares y la
inadecuación de la gran nave que llevaba para tales expediciones.
Dado
el tiempo limitado, la interacción se centró en preguntas y respuestas, y luego
regresamos a los barcos alrededor de la hora de vísperas. Levanté las anclas y
navegué al Poniente, explorando hasta que noté que solo había tres brazas de
fondo. Pensé que aún podía ser una isla y que podría encontrar una salida al
Norte. Envié una carabela adelante para explorar y verificar si había una
salida o si estaba cerrado. Después de recorrer un largo trecho, llegaron a un
gran golfo con cuatro golfos más pequeños, de uno de los cuales surgía un río
enorme. La profundidad siempre era de cinco brazas y el agua dulce, en tal
cantidad que nunca antes había visto igual. Sin embargo, me decepcionó al darme
cuenta de que no podía salir al Norte ni continuar hacia el Austro o el
Poniente. Estaba rodeado por todas partes de tierra.
Decidí
regresar para salir al Norte por la boca que mencioné anteriormente. No pude
volver a la población anterior debido a las corrientes que me habían desviado
de ella. En todo momento encontraba agua dulce y clara que me llevaba hacia el
Oriente, enfrentándome a las dos bocas mencionadas anteriormente. Conjeturé que
los hilos de la corriente y las lomas que entraban y salían en esas bocas
provocaban un rugir fuerte debido a la lucha entre el agua dulce y salada. La
dulce empujaba a la salada para evitar que entrara, y la salada luchaba para
evitar que la dulce saliera. Imaginé que en el lugar donde estaban esas dos
bocas, en algún momento, habría una conexión continua entre la isla de la
Trinidad y la tierra de Gracia.
Salí
por la boca del Norte y noté que el agua dulce siempre prevalecía. Al pasar con
fuerza de viento y estar en una de esas lomas, encontré agua dulce en los hilos
internos y agua salada en los externos.
Desde
mi viaje de España a las Indias, he observado cambios significativos en el
cielo, las estrellas, la temperatura del aire y las aguas del océano después de
pasar cien leguas al Poniente de los Azores, y he prestado mucha atención a
estas experiencias.
Falla
que, desde el Septentrión hasta el Austro, atraviesa las mencionadas cien
leguas de islas. Antes, las agujas de marear señalaban nordeste, pero al llegar
a esa región, giran repentinamente una cuarta de viento completo, como si
estuvieran superando una cuesta. Además, observo que el mar en esta área está
densamente cubierto de una hierba que se asemeja a pequeños ramitos de pino,
cargada con frutas parecidas al lantisco. La densidad de esta vegetación es tal
que, en mi primer viaje, temí que fuera un banco de tierra y que los barcos
encallaran; sin embargo, no se encuentra ni un solo ramito antes de cruzar esa
línea.
Al
alcanzar esta región, la superficie del mar se vuelve suave y tranquila, incluso
con vientos fuertes que no logran levantar olas pronunciadas. También noto que,
hacia el Oeste, dentro de esta línea imaginaria, el clima se mantiene moderado,
sin grandes variaciones entre invierno y verano. Cuando estoy allí, la estrella
del Norte describe un círculo en el cielo con un diámetro de cinco grados. Si
estoy mirando hacia el norte con las guardas en el brazo derecho, la estrella
está en su punto más bajo, ascendiendo gradualmente hasta el brazo izquierdo,
donde alcanza los cinco grados. Luego, desciende de nuevo hasta regresar al
brazo derecho.
Mi
travesía me llevó desde España hasta la isla de la Madera, luego a las Canarias
y después a las islas de Cabo Verde. Desde allí, me dispuse a navegar hacia el
Austro, cruzando la línea ecuatorial, enfrentando un calor abrasador cuando me
alineé con el paralelo de la Sierra Leona en Guinea. Aunque lloviera y el cielo
estuviera nublado, el calor era insoportable hasta que, con la gracia de
Nuestro Señor, el viento favorable me animó a cambiar mi rumbo hacia Occidente.
Llegando a la línea que mencioné previamente, experimenté un cambio notable en
la temperatura.
Cuando
alcancé la misma latitud que la Sierra Leona, encontré un clima suave y
agradable, a diferencia del ardor extremo anterior. A medida que avanzaba, esta
benignidad climática se intensificaba. Sin embargo, las estrellas no seguían la
misma lógica. Por ejemplo, al atardecer, la estrella del Norte se encontraba a
cinco grados de altura, con las guardas sobre mi cabeza; a medianoche, estaba a
diez grados y, al amanecer, con las guardas en mis pies, alcanzaba quince
grados de altura.
Aunque
la tranquilidad del mar persistía, algo que realmente me intrigaba era la
discrepancia en la vegetación y la peculiaridad en el comportamiento de la estrella
del Norte. No dejaba de asombrarme por esta observación, y muchas noches
dediqué tiempo a examinarla minuciosamente con el cuadrante, siempre
confirmando que el plomo y el hilo caían exactamente al mismo punto. Esto me
parece algo completamente nuevo y sugiere que el cielo podría cambiar
significativamente en un corto período de tiempo.
Siempre
sostuve la creencia de que el mundo, con su combinación de tierra y agua, era
esférico, respaldado por las autoridades y experiencias transmitidas por
Ptolomeo y otros eruditos. Las demostraciones, como los eclipses de la Luna y
la elevación del polo del Septentrión al Austro, apoyaban esta concepción. Sin
embargo, mi reciente exploración revela discrepancias notables, como mencioné
anteriormente. Al reflexionar sobre la configuración del mundo, descubrí que no
es redondo de la manera que se describe comúnmente; más bien, se asemeja a una
pera perfectamente redonda, con una elevación más prominente en la región que
podríamos comparar con el "pezón".
Podríamos
visualizarlo como si fuera una pelota redonda, pero con una protuberancia en un
lugar, similar a una mama de mujer. Este "pezón" se encuentra más
alto y cerca del cielo, ubicado debajo de la línea ecuatorial en el extremo
oriental del océano. Por "fin del Oriente", me refiero al punto donde
termina toda la tierra e islas. Reviso todas las razones anteriormente
expuestas, desde la línea que pasa al oeste de las islas de los Azores, a cien
leguas del septentrión al austro. Después de pasar de este punto hacia el Poniente,
los barcos comienzan a elevarse suavemente hacia el cielo, experimentando una
temperatura más agradable. La aguja de marear se desvía debido a la suavidad de
los vientos, noroesteados cada vez más a medida que avanzan.
Esta
elevación es responsable de la variación en la trayectoria del círculo trazado
por la estrella del Norte con respecto a las guardas. A medida que me acerco a
la línea ecuatorial, la elevación de los barcos y las estrellas se intensifica,
generando mayores diferencias en las posiciones de estos elementos celestiales.
Ptolomeo y otros sabios que documentaron sobre el mundo creían que era
esférico, suponiendo que este hemisferio era tan redondo como aquel en el que
residían. Este hemisferio tenía su centro en la isla de Arín, bajo la línea
ecuatorial, y se extendía desde el Cabo de San Vicente en Portugal hacia el
Oeste, hasta Cangara y las Seras en el Este. En cuanto a la otra mitad, la que
describo como la parte superior de una pera redonda, no recibió atención por
parte de Ptolomeo y otros debido a su relativo desconocimiento; se enfocaron
exclusivamente en el hemisferio donde residían, que consideraban esférico y
redondo, como mencioné anteriormente.
Ahora,
con el mandato de Vuestras Altezas para explorar y descubrir, se confirma de
manera evidente que, durante mi viaje hacia el Septentrión a veinte grados de
la línea ecuatorial, las tierras cercanas a Hargín exhibían una población negra
y un terreno notablemente quemado. En las islas de Cabo Verde, esta
característica se intensificó aún más, con la población tornándose aún más
oscura. Al dirigirme al Austro, llegué a la Sierra Leona, donde la estrella del
Norte se alzaba cinco grados en el anochecer; allí, la población negra
alcanzaba extremas proporciones.
Al
cruzar la línea ecuatorial, experimenté calores extremos, pero al llegar a la
isla de la Trinidad, donde la estrella del Norte también se elevaba cinco
grados en el anochecer, encontré una temperatura suave y agradable. La tierra y
los árboles eran exuberantemente verdes, tan hermosos como los jardines de
Valencia en abril. La población, de estatura alta y de tez más clara que la de
otras regiones que había visitado en las Indias, tenía cabellos largos y lisos,
y demostraba mayor ingenio y valentía.
En ese
momento, el sol estaba en la constelación de Virgo, directamente encima de
nuestras cabezas y las suyas. Todo esto, según sostengo, se debe a la agradable
temperatura que prevalece en esa región, resultado de su mayor elevación en el
mundo, más cercana al aire que respiramos. Así, reafirmo mi convicción de que
el mundo no es completamente esférico, sino que presenta una diferencia, como
describí, en este hemisferio donde se encuentran las Indias y el océano, con su
extremo bajo la línea ecuatorial.
Este
razonamiento se apoya en que, cuando Nuestro Señor creó el sol, lo hizo en el
primer punto de Oriente, en el extremo más alto de este mundo. Aunque
Aristóteles consideraba que el polo Antártico era la parte más alta y cercana
al cielo, otros sabios lo contradicen, argumentando que esta posición
corresponde a la región bajo el Ártico. Estas discusiones sugieren que algunos
entendían que una parte del mundo debía ser más noble y cercana al cielo que
otra. Sin embargo, no consideraron la posibilidad de que esta región se
encontrara bajo la línea ecuatorial, como argumento, ya que, hasta ahora, nadie
había explorado este hemisferio de manera extensa y precisa.
Mi
exploración confirmó la distancia entre las dos bocas mencionadas, de
veintiséis leguas, y la medición precisa con cuadrantes garantiza la ausencia
de error. Desde estas bocas hacia el golfo de las Perlas, que mencioné
anteriormente, distante sesenta y ocho leguas de cuatro millas cada una,
observé que el agua fluye vigorosamente hacia el Oriente. Esta corriente constante
genera un enfrentamiento entre las aguas saladas de las dos bocas y las del
golfo.
En la
boca de Austro, a la que denominé de la Sierpe, observé que, en el anochecer,
la estrella del Norte se encontraba elevada aproximadamente cinco grados,
mientras que en la del Septentrión, llamada del Drago, alcanzaba casi siete
grados. Además, constaté que el golfo de las Perlas se encuentra al Occidente
del meridiano 20 de Tolomeo, a unas tres mil novecientas millas, equivalentes a
unos setenta grados ecuatoriales, considerando cincuenta y seis millas y dos
tercios por cada grado.
La
Sagrada Escritura menciona que Nuestro Señor creó el Paraíso Terrenal, donde
colocó el árbol de la vida y de él brotan cuatro ríos principales: Ganges en
India, Tigris y Éufrates en [...]21, que separan las montañas y forman la
Mesopotamia, desembocando finalmente en Persia; y el Nilo, que nace en Etiopía
y fluye hacia el mar en Alejandría.
A
pesar de mi búsqueda, no he encontrado escritos latinos ni griegos que
certifiquen de manera concluyente la ubicación del Paraíso Terrenal en este
mundo. No se representa en ningún mapamundi y la ubicación solo se sugiere con
argumentos. Algunos lo situaban en las fuentes del Nilo en Etiopía, pero otros
exploraron esas tierras sin encontrar concordancia en la temperatura del cielo
o la elevación hacia el cielo que respaldara tal afirmación, tampoco
consideraron la posibilidad de que las aguas del diluvio hubieran llegado hasta
allí. Algunos gentiles argumentaban que estaba en las islas Fortunata, que corresponden
a las Canarias, etc.
San
Isidro, Beda, Strabo, el maestro de la historia escolástica, San Ambrosio,
Scoto y todos los teólogos concuerdan en que el Paraíso Terrenal se ubica en el
Oriente, etc.
He
compartido mis observaciones sobre este hemisferio y su configuración. Creo
que, si cruzara la línea ecuatorial, encontraría una mayor diversidad y una
temperatura mucho más agradable en las estrellas y en las aguas. No es porque
piense que en la región del extremo más alto haya agua navegable, sino que
imagino que ese podría ser el sitio del Paraíso Terrenal, inaccesible para
nadie a menos que sea la voluntad divina. Además, estoy convencido de que la
tierra que Vuestras Altezas han ordenado descubrir es de proporciones enormes y
que existen muchas otras en el Austro de las cuales aún no se tiene
conocimiento.
No
concibo que el Paraíso Terrenal sea una montaña abrupta, como a menudo se
describe, sino más bien una elevación en la cima, como la figura del pezón de
una pera. Imagino que, al acercarse desde lejos, se sube gradualmente hacia
ella. Sin embargo, pienso que nadie podría llegar a la cima, como mencioné
anteriormente. Creo que de allí podría emanar agua, aunque se encuentre lejos,
y llegar hasta donde estoy, formando este lago. Estos son fuertes indicios del
Paraíso Terrenal, ya que la ubicación coincide con la opinión de los santos y
teólogos, y las características del lugar son notables. No tengo conocimiento
de ningún lugar en el mundo donde haya tanta agua dulce tan cercana al agua
salada, y la agradable temperatura también respalda esta observación. Si el
agua no proviene del Paraíso, sería aún más asombroso, ya que dudo que exista
en el mundo un río tan grande y profundo.
Después
de salir de la boca del Dragón, una de las dos bocas del Septentrión a la que
le he dado ese nombre, noté que al día siguiente, que coincidía con el Día de
Nuestra Señora de Agosto, el mar fluía con tanta fuerza hacia el Poniente que,
después de la hora de misa, recorrí sesenta y cinco leguas de cuatro millas
cada una, y el viento apenas soplaba, era muy suave. Esto se debe a que, al
dirigirse hacia el Austro desde ese punto, se asciende, mientras que al ir
hacia el Septentrión, como en ese momento, se desciende.
Es
ampliamente conocido que las aguas del mar siguen su curso de Oriente a
Occidente con los cielos. En esta región, cuando fluyen, lo hacen con mayor
velocidad, desgastando parte de la tierra en el proceso. Esto explica la
abundancia de islas en esta área, que actúan como testigos, ya que todas son
largas de Poniente a Levante y de Noroeste a Sudeste, un poco más altas y
bajas. Además, son estrechas de Norte a Sur y de Noreste a Suroeste, en sentido
contrario a los vientos mencionados anteriormente. En estas islas, nacen muchas
cosas preciosas debido a la agradable temperatura que proviene de estar hacia
la parte más alta del mundo. Es cierto que en algunos lugares parece que las
aguas no siguen este curso, pero esto se debe a que, en particular, la tierra
interrumpe su trayectoria, dando la apariencia de caminos divergentes.
Plinio
sostiene que la mar y la tierra forman una esfera, situando el océano como la
mayor cantidad de agua, hacia el cielo, y la tierra debajo de ella,
sosteniéndola como el amago de la nuez abrazado por una tela gruesa. El maestro
de la historia escolástica, en referencia al Génesis, afirma que las aguas eran
vaporables en forma de niebla al ser creadas, cubriendo inicialmente toda la
tierra, pero después, al solidificarse y unirse, ocuparon muy poco espacio.
Nicolao de Lira concuerda con esta idea. Aristóteles, por su parte, sugiere que
el mundo es pequeño y el agua escasa, permitiendo un fácil viaje de España a
las Indias, apoyado por Avenruyz y respaldado por el Cardenal Pedro de Aliaco.
Este último destaca la importancia de los descubrimientos realizados por
Alejandro Magno, César Nero y otros, quienes invirtieron recursos y esfuerzos
en entender los secretos del mundo y compartirlos con la humanidad. El cardenal
otorga más autoridad a estos informes que a los de Tolomeo, griegos o árabes.
En
apoyo a la idea de que el agua es escasa y que la cobertura del mundo es
limitada, el cardenal presenta una autoridad de Esdras, donde se menciona que
seis partes del mundo están descubiertas y una está cubierta de agua. Esta
autoridad es respaldada por santos como San Agustín y San Ambrosio. Francisco
de Mairones también menciona estas autoridades, sugiriendo que, en cuanto a la
aridez de la tierra, se ha experimentado mucho más de lo que el público general
cree, y esto no debería sorprender, ya que el conocimiento aumenta con la
exploración continua.
Retomando
el tema de la tierra de Gracia y el río y lago que encontré allí, tan extenso
que podría considerarse más un mar que un lago, ya que, cuando son grandes, se
les llama mar, como sucede con el mar de Galilea y el mar Muerto. Expreso mi
convicción de que, si no proviene del Paraíso Terrenal, este río se origina en
una tierra infinita hacia el Austro, de la cual hasta ahora no se tenía
noticia. Sin embargo, estoy firmemente convencido de que el lugar que describí
es el Paraíso Terrenal, respaldado por las razones y autoridades previamente
mencionadas.
Ruego
a Nuestro Señor que conceda a Vuestras Altezas mucha vida, salud y descanso,
para que puedan continuar con esta noble empresa, en la cual parece que Nuestro
Señor recibe un gran servicio. España crece en grandeza, y todos los cristianos
encuentran consuelo y placer. Aquí divulgaré el nombre de Nuestro Señor,
plantaré una cruz en todas las tierras a las que lleguen los navíos de Vuestras
Altezas, notificaré a toda la gente el estado de Vuestras Altezas y les hablaré
de nuestra santa fe, la creencia en la Santa Madre Iglesia y la nobleza de
todos los cristianos, así como la fe en la Santa Trinidad.
Que
Nuestro Señor también despierte la memoria de aquellos que han impugnado y
siguen impugnando esta excelente empresa, y que no consideran la gran honra y
grandeza que aporta al reino de Vuestras Altezas en todo el mundo. Desconocen
el valor de este logro, excepto para criticar el gasto en ello y el hecho de
que los navíos no regresaron llenos de oro de inmediato. No toman en cuenta la
brevedad del tiempo, los numerosos inconvenientes enfrentados y que en
Castilla, cada año, personas merecedoras ganan más renta en casa de Vuestras
Altezas de lo que se ha gastado en esta empresa.
Además,
ignoran que ningún príncipe de España ha conquistado tierras fuera del país
hasta ahora. Vuestras Altezas ahora tienen otro mundo, desde donde se puede
ampliar nuestra santa fe y obtener beneficios significativos. Aunque los navíos
no regresaron llenos de oro, se enviaron suficientes muestras y otros objetos
valiosos que indican que pronto se podrán obtener grandes beneficios.
Es
necesario recordar también el gran esfuerzo y compromiso de los príncipes de
Portugal, que han dedicado tanto tiempo y recursos a las empresas de Guinea y
África. Su Rey está más determinado que nunca. Que Nuestro Señor provea y les
inspire a considerar todo lo escrito aquí, recordándoles que lo que he
mencionado es solo una pequeña parte de lo que podría escribir sobre príncipes
que se ocuparon de saber, conquistar y mantener.
Todo
lo anterior expresé, no porque crea que la voluntad de Vuestras Altezas sea
otra que la de seguir adelante con esta empresa mientras vivan. Tengo firme la
respuesta que en una ocasión me dieron, donde expresaron su determinación de
continuar con esta empresa y sostenerla, incluso si solo se trataba de piedras
y peñas. Vuestras Altezas me aseguraron que el gasto en esta empresa era
insignificante comparado con otros gastos de mayor magnitud, y que consideraban
bien gastado tanto lo pasado como lo que se gastaría en el futuro. Creían que
nuestra fe sería fortalecida y su reino real se expandiría. Aseguraron que
aquellos que maldecían esta empresa no eran amigos de su reino.
Mientras
esperamos noticias de estas tierras recién descubiertas, en las cuales tengo la
firme creencia de que se encuentra el Paraíso Terrenal, el Adelantado partirá
con tres navíos bien equipados para explorar más allá. En tanto, enviaré a
Vuestras Altezas este informe y la representación gráfica de la tierra, y
esperaré sus instrucciones para proceder conforme a sus deseos. Que con la
ayuda de la Santa Trinidad, se cumpla con diligencia para satisfacción de
Vuestras Altezas. Deo gracias.
El
cuarto viaje
Carta
del Almirante a los Reyes Católicos
Serenísimos
y muy altos y poderosos príncipes, Rey o Reina Nuestros Señores: Desde Cádiz
llegué a Canarias en cuatro días y, de ahí, a las Indias en dieciséis días,
durante los cuales escribía esta carta. Mi intención era acelerar mi viaje con
navíos en buen estado, tripulación y provisiones, y mi destino era la isla de
Jamaica. En la Dominica escribí estas líneas. Hasta ese momento, el tiempo me
favoreció.
Al
llegar a La Española, envié cartas y solicité, por favor, un navío a cambio de
mis propios recursos, ya que uno de los que llevaba era innavegable y no
respondía bien a las velas. Las cartas fueron llevadas, y sabrán si las
recibieron y cuál fue la respuesta. Sorprendentemente, desde allí, se me ordenó
que no pasara ni me acercara a la tierra. Esto desanimó a mi tripulación,
temiendo que los llevara lejos y que, en caso de peligro, no pudieran ser
socorridos allí, sino que enfrentarían una gran afrenta. También se dijo que el
comendador debería proveer las tierras que yo ganara.
La
tormenta fue terrible y desmembró mis navíos; cada uno llegó a la deriva, sin
esperanzas, y la tripulación pensaba que los otros habían perecido. En aquel
momento, la desesperación parecía afectar a todos, excepto a Job. ¿Quién podría
nacer sin desesperarse en una situación así? ¿Cómo podría la tierra y los
puertos que gané con tanto esfuerzo y sudor en España, por voluntad de Dios,
proteger mi vida y la de mi hijo, hermano y amigos?
Me
enfrenté a la tormenta, dejando a los navíos a merced de las olas y
encontrándome solo. Por la gracia de Nuestro Señor, los navíos Sospechoso y el
que yo tripulaba sobrevivieron. El Sospechoso llegó hasta la isla La Gallega,
perdiendo la barca y gran parte de los suministros. El navío en el que viajaba,
aunque afectado, se salvó milagrosamente sin sufrir daños significativos. Mi
hermano estaba en el Sospechoso, y él fue, después de Dios, mi salvación.
Con la
tormenta, llegué a Jamaica, donde cambié de mar alta a una calma con corrientes
fuertes, llevándome al Jardín de la Reina sin avistar tierra. De allí, navegué
hacia la tierra firme, pero me encontré con un viento y corriente
desfavorables, enfrentándome a sesenta días de lucha. Finalmente, después de
ochenta y ocho días, llegué al cabo de Gracias a Dios el 12 de septiembre.
Durante todo este tiempo, no entré en puerto debido a la persistente tormenta,
lluvia y relámpagos, pareciendo que estábamos en el fin del mundo.
En
este periodo, la tripulación y yo enfrentamos innumerables dificultades: velas
rotas, anclas perdidas, tripulación enferma y provisiones agotadas. La
desesperación y el sufrimiento eran palpables, pero la fuerza de mi hijo, de
tan solo trece años, fue un consuelo. A pesar de mis propios desafíos físicos y
el dolor de ver a mi hijo tan joven en tal situación, su esfuerzo y ánimo
alentaban a los demás.
Me
duele también la situación de mi hermano, que estaba en el peor navío y en
mayor peligro. Mi dolor se agrava al pensar en veinte años de servicio que he
dedicado, y hoy día no tengo una teja en Castilla. Además, dejé a mi hijo, D.
Diego, huérfano y desposeído de honor y hacienda en España. Aunque confiaba en
que los justos y agradecidos príncipes lo restituirían y acrecentarían todo.
Llegué
a la tierra de Cariay, donde detuve la expedición para reparar los navíos,
abastecer a la tripulación y darles aliento, ya que muchos estaban enfermos. Me
informaron acerca de las minas de oro en la provincia de Ciamba, que era mi
objetivo. Dos indios me llevaron a Carambaru, donde la gente andaba desnuda y
llevaba espejos de oro al cuello, aunque no querían venderlos ni
intercambiarlos. Me mencionaron varios lugares a lo largo de la costa donde
aseguraban que había oro y minas, siendo Veragua el último, a unas veinticinco
leguas de distancia. Decidí explorar todos esos lugares.
Al
llegar al medio del trayecto, me enteré de la existencia de minas a dos
jornadas de distancia. Planeaba enviar exploradores al día siguiente, víspera
de San Simón y Judas, pero una fuerte tormenta me obligó a cambiar de rumbo. Un
indio, guía de las minas, permaneció a mi lado durante todo este tiempo.
En mis
viajes, comprobé que todo lo que había oído acerca de esos lugares era cierto,
lo cual me llevó a creer en la existencia de la provincia de Ciguare, a nueve
jornadas de andadura hacia el Poniente según sus descripciones. Hablaban de
infinito oro, adornos de coral, sillas, arcas y mesas decoradas con oro, así
como mujeres que llevaban collares desde la cabeza hasta la espalda. La gente
también mencionó la pimienta, y en Ciguare practican el comercio y ferias.
Hablaban
de naves que traían bombardas, arcos y flechas, espadas y corazas, vestidos y
caballos. Mencionaron el río de Cangues a diez jornadas de Ciguare, y la
conexión entre estas tierras se comparó con la relación entre Tortosa y
Fuenterrabía, o Pisa y Venecia.
Cuando
llegué a esos lugares mencionados, observé que la gente compartía los mismos
usos que en La Española, aunque los espejos de oro eran valorados y utilizados
de manera diferente. La información que recolecté en estos viajes se basa en lo
que escuché de la gente local. Además, confirmé estas noticias durante mi
expedición en el año noventa y cuatro, navegando en veinticuatro grados al
Poniente en un tiempo de nueve horas, durante el cual se produjeron eclipses.
Continué
mi relato, mencionando que Tolomeo ubicaba Catigara a doce líneas lejos de su
punto más occidental, mientras que Marino lo situaba en quince líneas. Hablé
sobre las discrepancias entre las descripciones geográficas de Tolomeo y Marino
en cuanto a la latitud de Etiopía y la extensión de las tierras más australes.
También mencioné que, según la experiencia y observaciones propias, el mundo no
es tan grande como se cree comúnmente.
Volví
a retomar mi viaje, narrando los desafíos y peligros que enfrenté víspera de
San Simón y Judas, cuando, a pesar de las adversidades climáticas y la
tormenta, decidí continuar mi rumbo. Pasé por un puerto de Bastimentos, donde
me detuve involuntariamente durante catorce días debido a la tormenta y fuerte
corriente. Luego de partir nuevamente, me vi forzado a regresar al mismo
puerto, conocido como El Retrete, debido a las condiciones climáticas extremas.
Durante
quince días, el mal tiempo me mantuvo en ese lugar, y cuando pensé que había
superado las dificultades, me encontré de nuevo con un comienzo difícil.
Finalmente, después de decidir no regresar a las minas y explorar otras
posibilidades, enfrenté nuevamente la furia de una tormenta que me tuvo perdido
durante nueve días, con olas altas y cielos espantosos.
La narrativa
describe la angustiosa situación en la que me encontraba, con la tripulación
fatigada y los barcos gravemente dañados. La tormenta era tan intensa que
parecía una caldera hirviendo, y el cielo emitía rayos y llamas, haciendo temer
por la integridad de los mástiles y velas de los barcos. La lluvia persistente
y el viento furioso sumieron a la tripulación en la desesperación, anhelando la
muerte para escapar de los sufrimientos. Los navíos, debilitados por las
tormentas anteriores, habían perdido barcas, anclas y cuerdas, y se encontraban
en un estado vulnerable.
Después
de rendir homenaje a nuestro Señor, regresé a Puerto Gordo para realizar las
reparaciones necesarias. Intenté emprender nuevamente mi viaje hacia Veragua, a
pesar de las condiciones desfavorables del viento y las corrientes. Aunque me
acerqué casi al punto de partida, me encontré nuevamente con obstáculos debido
al viento y las corrientes en contra. Ante la perspectiva de la oposición de
Saturno y los mares agitados en la costa brava, decidí regresar al puerto, sin
atreverme a desafiar las condiciones adversas, ya que Saturno a menudo trae
tormentas o climas severos.
Este
incidente ocurrió en el día de Navidad, durante las horas de misa. Tras
enfrentar numerosas dificultades, regresé exhausto al punto de partida. Después
del Año Nuevo, decidí intentarlo de nuevo, pero a pesar de que el clima era
propicio para el viaje, mis barcos estaban en mal estado y la tripulación
estaba muerta o enferma. El Día de la Epifanía, llegué a Veragua sin aliento,
donde afortunadamente encontré un río y un puerto seguro, aunque la entrada
tenía solo diez palmos de fondo. A pesar de las dificultades, me adentré con
esfuerzo y, al día siguiente, la fortuna me sonrió, ya que el río, que había
estado alto y fuerte, me permitió entrar, a pesar de los bancos de arena. Sin
embargo, las lluvias continuaron hasta el 14 de febrero, impidiéndome
desembarcar o solucionar cualquier problema.
A
pesar de haber asegurado la situación el 24 de enero, el río repentinamente creció
de manera violenta, rompiendo amarras y proas y llevándose los barcos. En ese
momento, presencié el mayor peligro de todos. Sin embargo, como siempre, la
providencia divina intervino y evitó un desastre mayor. El 6 de febrero, bajo
la lluvia, envié a setenta hombres tierra adentro, quienes descubrieron
numerosas minas a unas cinco leguas de distancia. Los indígenas los llevaron a
un cerro alto desde donde mostraron la existencia de oro en todas direcciones,
indicando que las minas se encontraban a veinte jornadas hacia el Poniente,
mencionando pueblos y lugares específicos. Posteriormente supe que el Quibian,
líder de estos indígenas, les había ordenado mostrar las minas lejos de su
propio territorio y de su rival. Los indígenas que estaban con ellos confirmaron
este hecho.
Mi
hermano regresó con esa expedición, todos cargando oro que habían recolectado
en tan solo cuatro horas. La calidad del oro era excepcional, ya que ninguno de
estos hombres había visto antes minas ni poseía oro. La mayoría eran marineros
y casi todos grumetes. Con suficientes provisiones y recursos para construir,
establecí un pueblo y hice generosas donaciones al Quibian, el señor de la
tierra. Sin embargo, sabía que la paz no duraría mucho, ya que sus habitantes
eran rústicos y nuestra presencia resultaba inoportuna, provocando tensiones
territoriales. Después de que el Quibian presenció nuestras actividades y el
ajetreo constante, decidió quemar y matarnos a todos. Sin embargo, su plan
fracasó, y él mismo fue capturado junto con sus mujeres e hijos. Aunque su
prisión fue breve, el Quibian logró escapar refugiándose en un hombre honorable
con una escolta, mientras que sus hijos buscaron protección con un capitán de
navío.
En
enero, cuando la desembocadura del río se cerró, regresé a Puerto Gordo para
realizar las reparaciones necesarias con todo el empeño posible. Intenté
nuevamente dirigirme hacia Veragua para continuar mi viaje, a pesar de no estar
en las mejores condiciones. Sin embargo, los vientos y corrientes seguían
siendo adversos. Aproximadamente alcancé el mismo punto de partida, solo para
encontrarme una vez más con fuertes vientos y corrientes en mi contra. Opté por
regresar al puerto, temiendo la oposición de Saturno en medio de mares agitados
en la costa brava, sabiendo que a menudo traía tormentas o mal tiempo. Este
contratiempo ocurrió en el día de Navidad, durante las horas de la misa.
Después de mucha fatiga, regresé al punto de partida y, pasada la celebración
del Año Nuevo, intenté nuevamente, a pesar de que los barcos ya estaban
inoperables y la tripulación sufría de enfermedades y pérdidas humanas.
El Día
de la Epifanía finalmente llegué a Veragua, agotado. Allí, Nuestro Señor me
brindó un río y un puerto seguro, a pesar de tener solo diez palmos de fondo en
la entrada. Con dificultad, ingresé, pero al día siguiente la fortuna cambió:
el río, que había sido seguro, subió de manera repentina y violenta, rompiendo
amarras y proeses, llevándose los barcos y poniéndolos en mayor peligro que
nunca. Sin embargo, Nuestro Señor intervino, como siempre lo hizo.
El 6
de febrero, bajo la lluvia, envié a setenta hombres tierra adentro, quienes
descubrieron numerosas minas a unas cinco leguas de distancia. Los indígenas
los llevaron a un cerro alto, señalando vastas áreas llenas de oro hacia el
Poniente, mencionando pueblos, lugares y la cantidad de oro disponible.
Posteriormente, supe que el Quibian, quien había dirigido a estos indígenas,
les ordenó mostrar las minas lejos de su propio territorio. Además, dentro de
su pueblo, podían extraer una buena cantidad de oro en diez días, según lo
indicado por los indígenas que llevé conmigo. Mi hermano regresó con la noticia
de haber encontrado oro en solo cuatro horas.
A
pesar de estos hallazgos, las tensiones entre los nativos y nuestra gente
crecieron, y el Quibian planeó quemarnos y matarnos a todos. Sin embargo, su
plan falló y fue capturado junto con su familia. A pesar de que su prisión fue
breve, logramos mantener a salvo a sus hijos y a él mismo, quien buscó refugio
con un hombre de confianza.
Me
levanté cuando pude, y después de nueve días, la bonanza llegó, aunque no lo
suficiente como para sacar los barcos del río. Reuní a la gente que estaba en
tierra y a todo lo que pude recuperar, ya que ni los barcos ni la tripulación
estaban en condiciones de permanecer o navegar. Decidí quedarme para mantener
el asentamiento con todos, ante el temor de que nunca llegarían barcos para
socorrerme. El miedo a la falta de ayuda y la certeza de que se proporcionaría
todo cuando llegara el momento de enviar socorro me impulsaron a esta decisión.
Partí
en nombre de la Santísima Trinidad la noche de Pascua, con barcos deteriorados,
agujereados y abrumados. Dejé uno en Belén y otro en Belpuerto, con la
esperanza de que al menos dos pudieran resistir el viaje de siete mil millas
por mar. Respondan ahora aquellos que critican y reprenden, preguntándose por
qué no tomé ciertas decisiones en otro momento. Me gustaría verlos en esta
travesía; estoy seguro de que enfrentarían una situación completamente diferente:
nuestra fe no vacila.
Llegué
a la provincia de Mago el 13 de mayo, que limita con la de Catayo, y desde allí
me dirigí hacia La Española. Navegué dos días con buen tiempo, pero luego los
vientos se volvieron en contra. Para evitar las islas y sus bajos, enfrenté una
mar agitada que me obligó a dar marcha atrás sin velas. Anclé en una isla donde
perdí tres anclas de golpe. La media noche parecía un mundo envuelto en caos,
pero las amarras resistieron. Después de seis días de bonanza, retomé mi ruta, ya
con barcos y tripulación en un estado peor.
Avancé
un poco más allá de mi punto anterior y regresé a una isla en busca de refugio
seguro. Tras ocho días, retomé la ruta y llegué a Jamaica a finales de junio,
con barcos en peores condiciones y la tripulación desanimada. Luchamos contra
el agua que entraba en los barcos, incluso con tres bombas, tinas y calderas.
Opté por acercarme lo máximo posible a La Española, a unas veintiocho leguas de
distancia, y aunque no quería comenzar este tramo, me vi obligado. Otro barco
fue en busca de puerto casi anegado, mientras yo enfrentaba la tormenta. Mi
barco se anegó, pero milagrosamente Nuestro Señor nos llevó a tierra. La
situación que describo aquí es increíble, y de cien cosas que he vivido, solo
he relatado una. Quienes estuvieron conmigo pueden atestiguarlo. Si a Vuestras
Altezas les complace socorrerme con un barco que supere las sesenta y cuatro
toneladas, con doscientos quintales de bizcochos y otros suministros, será
suficiente para llevarme a mí y a esta gente de La Española a España. Ya
mencioné que en Jamaica no hay veintiocho leguas hasta La Española, aunque los
barcos estén listos. Fui instruido por Vuestras Altezas de no llegar allí, y
Dios sabe si esa orden ha tenido éxito. Envío esta carta a través de indígenas;
será una gran maravilla si llega.
De mi
expedición, puedo decir que éramos ciento cincuenta personas, incluyendo muchos
expertos pilotos y marineros. Sin embargo, ninguno puede proporcionar una ruta
precisa de mi viaje. La razón es clara: zarpé hacia el pueblo del Brasil, pero
en La Española la tormenta me impidió tomar el camino deseado, obligándome a
seguir la dirección del viento. En ese momento, caí gravemente enfermo. La
tormenta se calmó después de unos días, convirtiéndose en una calma junto con
fuertes corrientes. Atracamos en una isla llamada de las Bocas y luego en
tierra firme. Nadie puede dar un relato preciso, ya que fue navegar con
corrientes sin tierra a la vista durante varios días. Seguí la costa de la
tierra firme, pero nadie puede decir exactamente bajo qué parte del cielo o
cuándo partí de ella para llegar a La Española.
Los
pilotos creían que estábamos llegando a la isla de Sanct-Joan, pero en realidad
estábamos en tierra de Mango, cuatrocientas leguas al oeste de donde pensaban.
¿Dónde está el sitio exacto de Veragua? Nadie puede dar otra razón, excepto que
estábamos en tierras donde se decía que había mucho oro, pero el camino de
regreso era desconocido, necesitando ser descubierto como en la primera vez.
Existe una razón astrológica y cierta, pero solo aquellos que la entienden
pueden comprenderla. Se asemeja a una visión profética.
Las
naos de las Indias, si no navegan a popa, no es por su construcción defectuosa
ni por su falta de resistencia. Las grandes corrientes, combinadas con el
viento, hacen que nadie pueda navegar en bolina, ya que en un día perderían lo
ganado en siete. La gente se detiene en puerto esperando, a veces, seis u ocho
meses. Esto no es sorprendente, ya que en España también ocurre a menudo.
Respecto
a la gente mencionada por el Papa Pío, he encontrado a personas que coinciden
con la descripción, pero no he hallado caballos, pretales y frenos de oro. Esto
no es asombroso ya que las tierras de la costa no requieren más que pescadores
y yo no me detuve allí, ya que estaba apresurado. En Cariay y sus alrededores,
hay grandes hechiceros y personas temerosas. Deseaban que no me quedara allí ni
una hora. Cuando llegué, me enviaron dos jóvenes ataviadas, la mayor de once
años y la otra de siete, ambas tan desenvueltas como si fueran adultas.
Llevaban polvos de hechizos ocultos. Las mandé a adornarse con nuestras cosas y
las envié a tierra. Allí vi una sepultura en el monte, del tamaño de una casa,
tallada con el cuerpo descubierto y mirando hacia adentro.
Me
informaron sobre otras artes y criaturas más notables y diversas que las
nuestras. Había animales de todos tamaños, algunos tan pequeños como insectos y
otros enormes. Recibí como regalo dos cerdos y un perro de Irlanda que no se
atrevía a enfrentarlos. Un cazador había herido a una criatura que se asemejaba
a un gato montés, pero mucho más grande y con rostro humano. La tenía
atravesada por una saeta desde el pecho hasta la cola, y debido a su ferocidad,
tuvo que cortarle un brazo y una pierna. Cuando el cerdo la vio, se encrespó y
huyó. Sorprendido por la escena, ordené que lo llevaran donde yacía, y cuando
llegaron a él, con la saeta aún clavada en su cuerpo, le introdujo la cola por
el hocico y se la ató firmemente. Con la única mano que le quedaba, le arrancó
el copete como si fuera un enemigo. Este nuevo y hermoso acto de caza me llevó
a escribir esto.
Encontramos
muchas otras criaturas, pero todas murieron a causa de las barras. Observé
gallinas enormes con plumas parecidas a la lana. También vi leones, ciervos,
corzos y diversas aves. Durante mi travesía por esa región, algunos llegaron a
creer que estábamos hechizados, creencia que aún persiste hoy en día. También
me encontré con personas que practicaban canibalismo, evidenciado por la
deformidad de sus gestos. Afirman que en la tierra adentro, hacia Catayo, hay
grandes minas de cobre, con hachas y otras herramientas elaboradas, fundiciones
y forjas completas. Estas personas usan ropa y en una provincia observé sábanas
grandes de algodón, labradas con delicados detalles y otras pintadas con
colores vivos con pinceles. Se dice que en la tierra más profunda hacia Catayo,
hay sábanas tejidas de oro. De todas estas tierras y sus riquezas, falta de
lengua para describirlo no es más que un obstáculo momentáneo.
Aunque
los pueblos son densos, cada uno tiene su propio idioma, y la comunicación
entre ellos es tan difícil como entre nosotros y los habitantes de Arabia. Sin
embargo, creo que esto se aplica principalmente a las comunidades salvajes de
la costa, y no tanto a las tierras interiores. Cuando descubrí las Indias,
afirmé que era la región más rica del mundo, con oro, perlas, piedras
preciosas, especias y lucrativos intercambios. Aunque no se materializó tan
rápidamente como esperaba, mi error fue castigado y ahora solo relato lo que
escucho de los nativos de la tierra. Puedo afirmar, basándome en tantos
testigos, que en Veragua, en dos días, vi más indicios de oro que en cuatro
años en la Española. Las tierras son hermosas y bien cultivadas, la gente es valiente,
con un puerto, un río hermoso y una ubicación defendible. Todo esto proporciona
seguridad para los cristianos, garantizando un señorío con una gran esperanza
de honor y crecimiento para la religión cristiana. El camino hacia allí será
tan desafiante como el de La Española, ya que depende de los vientos.
Vuestras
Altezas tienen el mismo dominio sobre estas tierras como sobre Jerez o Toledo;
sus barcos que van allí son extensiones de su hogar. Extraerán oro de esas
tierras, ya que, de lo contrario, se irán vacíos; en la tierra, tendrán que
confiar en la colaboración de los nativos. De lo que dejé de decir, ya expliqué
por qué me retiré; no afirmo con certeza todo lo que he dicho o escrito en el
pasado y me someto a la verdad. Genoveses, venecianos y todas las personas que
poseen perlas, piedras preciosas y otros objetos valiosos, los llevan hasta los
confines del mundo para intercambiarlos y convertirlos en oro, el cual es
sumamente valioso. Con el oro se acumula tesoro y aquel que lo posee puede hacer
lo que desee en el mundo, incluso asegurarse un lugar en el paraíso. Según
dicen, los señores de las tierras cercanas a Veragua entierran el oro junto a
sus cuerpos cuando fallecen.
Salomón
recibió seiscientos sesenta y seis quintales de oro, además de lo que los
mercaderes marineros llevaron y lo que se pagó en Arabia. Con este oro, fabricó
lanzas, escudos y un tablado ornamentado con piedras preciosas. Josefo lo
registra en su crónica de Antiquitatibus, y los Libros de los Reyes y
Paralipomenon también lo mencionan. Josefo sugiere que este oro proviene de la
región de la Aurea. Si es así, afirmo que estas minas de la Aurea son similares
y concuerdan con las de Veragua, que, como mencioné anteriormente, se extiende
veinte jornadas al Poniente y está a una distancia del polo y la línea. Salomón
compró todo eso, y ahora pueden ir a recogerlo si lo desean. David, en su
testamento, dejó tres mil quintales de oro de las Indias a Salomón para ayudar
en la construcción del templo, y según Josefo, proviene de estas mismas
tierras. Jerusalén y el monte Sión deben ser reconstruidos por manos
cristianas, como Dios lo indica en el décimo cuarto salmo a través de la boca
del Profeta. El abad Joaquín afirmó que esta figura surgiría de España, y San
Jerónimo señaló el camino a la santa mujer. El Emperador de Catayo ha enviado
sabios para aprender la fe de Cristo. ¿Quién se ofrecerá para esta tarea? Si el
Señor me lleva de vuelta a España, me comprometo a llevar a cabo esta misión,
con el nombre de Dios.
La
gente que vino conmigo ha enfrentado innumerables peligros y dificultades.
Ruego a Vuestras Altezas, debido a su situación económica, que les pague de
inmediato y les otorgue honores según su categoría. Les aseguro que traen las
mejores noticias que jamás hayan llegado a España. En cuanto al oro que posee
el Quibian de Veragua y los demás de la región, aunque según la información es
considerable, no me pareció apropiado ni en servicio de Vuestras Altezas
tomarlo por medio de un robo. Un buen manejo evitará escándalos y malos
rumores, y asegurará que todo llegue al tesoro, sin que se pierda ni un gramo.
Con un mes de buen tiempo, habría completado mi viaje; la falta de barcos no me
permitió esperar para regresar, pero para todo lo relacionado con su servicio,
confío en Aquel que me creó y me mantendré bien. Creo que Vuestras Altezas
recordarán que quería construir nuevos barcos; la brevedad del tiempo no lo
permitió y, ciertamente, me equivoqué en lo que se necesitaba.
Tengo
en más esta negociación y estas minas con este señorío, que todo lo demás que
se ha hecho en las Indias. No es este hijo para dar a criar a madrastra. De La
Española, de Paria y de las otras tierras, no puedo olvidarlas sin llorar.
Creía que su ejemplo habría de ser seguido por estas otras tierras, pero ellas
están sumidas en dificultades, aunque no mueren. La enfermedad es incurable o
muy larga; aquellos que las llevaron a este estado deberían ahora aportar
soluciones, si pueden o saben hacerlo. Al descomponerse, cada uno se convierte
en maestro. Las gracias y el crecimiento siempre fueron otorgados a aquellos
que pusieron su cuerpo en peligro. No es justo que aquellos que fueron tan
contrarios a esta empresa gocen de sus beneficios, ni sus hijos. Aquellos que
huyeron de las Indias, evitando los problemas y hablando mal de ellas y de mí,
regresaron con acusaciones. Esto es lo que está ocurriendo ahora en Veragua: un
mal ejemplo y sin beneficio para el negocio, ni para la justicia del mundo.
Este temor, junto con otros problemas que veía claramente, me hizo suplicar a
Vuestras Altezas, antes de emprender el viaje para descubrir estas islas y
tierras firmes, que me permitieran gobernarlas en su nombre. Vuestras Altezas
aceptaron mi petición mediante un privilegio y acuerdo, sellado y jurado,
nombrándome Visorrey, Almirante y Gobernador General de todo, con límites desde
las islas de los Azores cien leguas hacia el oeste, y aquellas de Cabo Verde
por la línea que pasa de polo a polo, y más allá de lo descubierto hasta ese
momento, con un poder extenso. La escritura explica esto más detalladamente.
El
otro negocio famosísimo está llamando con los brazos abiertos: hasta ahora ha
sido extranjero. Estuve siete años en la Real Corte, y cuando se hablaba de
esta empresa, todos, sin excepción, decían que era una burla. Ahora, hasta los
sastres suplican por descubrir. Es de creer que van a saquear y se les otorgan
permisos que cobran con gran perjuicio para mi honra y mucho daño para el
negocio. Es bueno dar a Dios lo suyo y aceptar lo que le pertenece. Esta es una
sentencia justa y de justicia. Las tierras que obedecen a Vuestras Altezas son
más ricas que todas las demás tierras cristianas. Después de que, por voluntad
divina, las puse bajo su alto señorío y con la perspectiva de obtener una gran
renta, fui sorprendido por la prisión. Fui arrojado a un navío con mis dos
hermanos, cargados de cadenas, desnudo, con maltrato, sin ser llamado ni
vencido por la justicia. ¿Quién creería que un pobre extranjero se alzaría en
tal lugar contra Vuestras Altezas, sin causa y sin respaldo de otro príncipe,
estando solo entre sus súbditos y naturales, y teniendo a todos mis hijos en la
Real Corte? Llegué a servir hace veintiocho años y ahora no tengo cabello que
no sea cano y el cuerpo enfermo, agotado por lo que me queda de aquellos años.
Me fue quitado y vendido junto con mis hermanos, hasta la ropa, sin ser oído ni
visto, con gran deshonra para mí. Es de creer que esto no se hizo por mandato
real. La restitución de mi honor y daños, y el castigo para aquellos que lo
hicieron, harán resonar la real nobleza y otro tanto para aquellos que me
robaron las perlas y causaron daño en ese almirantazgo. Será una virtud
grandísima, fama con ejemplo si lo hacen, y España quedará con una gloriosa
memoria, junto con la de Vuestras Altezas, como príncipes agradecidos y justos.
La intención siempre sana que tuve para el servicio de Vuestras Altezas y el
trato tan desigual no da lugar a que el alma permanezca callada, aunque yo
quisiera. Suplico a Vuestras Altezas que me perdonen.
Estoy
tan perdido como mencioné anteriormente. He llorado hasta ahora a otros,
pidiendo misericordia tanto al cielo como a la tierra. En medio de la tormenta,
no tengo más que una blanca para ofrecer; espiritualmente, me encuentro aquí en
las Indias, como se ha mencionado. Me encuentro aislado en esta angustia,
enfermo, esperando cada día la llegada de la muerte, rodeado por una comunidad
salvaje, cruel y hostil. Estoy tan alejado de los Santos Sacramentos de la
Santa Iglesia que temo que mi alma será olvidada si se separa de mi cuerpo
aquí.
Quien
tenga caridad, verdad y justicia, que llore por mí. No emprendí este viaje con
la intención de buscar honra o riquezas, eso es un hecho, ya que mis esperanzas
en ese sentido han muerto. Vine a Vuestras Altezas con una intención sincera y
un celo loable, y no miento al decirlo. Humildemente suplico a Vuestras Altezas
que, si Dios permite que me liberen de este lugar, consideren favorablemente mi
deseo de ir a Roma y realizar otras peregrinaciones. Que la vida y el alto
estado de Vuestras Altezas sean guardados y acrecentados por la Santa Trinidad.
Esta carta está fechada en las Indias, en la isla de Jamaica, el 7 de julio de
1503.
En el
nombre de la Santísima Trinidad, al recordar cómo concebí la posibilidad de
navegar hacia las Indias desde España, atravesando el Océano al Oeste, lo
comuniqué a los Reyes Católicos, D. Fernando y la Reina Doña Isabel. A ellos
les complació proporcionarme los medios necesarios: tripulación, embarcaciones
y nombrarme Almirante del Océano más allá de una línea imaginaria trazada sobre
las islas de Cabo Verde y Azores, cien leguas de polo a polo. Desde entonces,
sería Almirante hacia el Poniente y, en las tierras y islas que descubriera,
sería nombrado Visorrey y Gobernador, con la sucesión de estos cargos para mi
hijo mayor y así sucesivamente. Además, me asignaron el diezmo de todo lo
encontrado en el almirantazgo, así como la octava parte de las tierras y otros
derechos relacionados, según lo establecido en mi privilegio y capitulación con
Sus Altezas.
En el año
noventa y dos, gracias al Todopoderoso, descubrí la tierra firme de las Indias
y numerosas islas, incluyendo La Española (llamada Ayte por los indios y
Cipango por los monicongos). Después de regresar a Castilla, fui recibido de
nuevo por Sus Altezas y emprendí nuevas expediciones para poblar y descubrir.
Obtuvimos victorias que nos permitieron conquistar y someter a tributación a la
población de La Española, extendiéndonos por seiscientas leguas. Descubrí
muchas islas habitadas por caníbales y otras setecientas hacia el Poniente de
la Española, incluyendo Jamaica, que llamamos de Santiago. También exploré
trescientas treinta y tres leguas de tierra firme desde el Sur hasta el Oeste,
y más allá de ciento y siete leguas al Norte, que ya había explorado en el
primer viaje con varias islas, como se detalla en mis escritos y cartas
náuticas.
Dado
que confiamos en obtener grandes ingresos en las islas y tierra firme
mencionadas, de los cuales me corresponde el diezmo, la octava parte y otros
derechos, y considerando la mortalidad de los seres humanos, es prudente que
cada uno disponga y declare lo que ha de heredar. Por esta razón, he decidido
establecer un mayorazgo con la octava parte de tierras, oficios y rentas, como
se detallará a continuación.
En
primer lugar, establezco que mi hijo, D. Diego, sea el heredero de este
mayorazgo. En el caso de que Nuestro Señor disponga de él antes de tener hijos,
entonces le sucederá mi hijo D. Fernando. En la eventualidad de que ambos
fallezcan sin descendencia, o en el caso de que yo tenga otro hijo, el sucesor
será D. Bartolomé, mi hermano, y después su hijo mayor. Si Nuestro Señor
dispone sin dejar heredero, entonces sucederá D. Diego, mi hermano, ya sea que
esté casado o en posibilidad de casarse, y le seguirá su hijo mayor. Este orden
de sucesión se perpetuará de generación en generación para siempre, comenzando
con D. Diego, mi hijo, y pasando a sus descendientes, y así sucesivamente a D.
Fernando y D. Bartolomé, si llega a haber descendencia de ellos, y a D. Diego, mis
hermanos.
Si,
por la gracia de Nuestro Señor, este mayorazgo llegara a pasar mucho tiempo en
manos de uno de estos sucesores, y finalmente no tuviera herederos legítimos
hombres, entonces dicho mayorazgo prescribirá. En este caso, lo heredará el
pariente más cercano de la persona que lo poseía cuando prescribió, siempre y
cuando sea un hombre legítimo que haya llevado el nombre de Colón, al igual que
sus antecesores.
Queda
estrictamente prohibido que ninguna mujer herede este mayorazgo, a menos que no
se encuentre ningún hombre legítimo de mi linaje en cualquier parte del mundo
que haya llevado el nombre de Colón. Si esta circunstancia llegase a ocurrir
(lo cual Dios no quiera), entonces la mujer más cercana en parentesco y sangre
legítima a la persona que heredó el mayorazgo será la beneficiaria, pero bajo
ciertas condiciones que se especificarán a continuación. Estas condiciones
deben ser cumplidas por D. Diego, mis hijos, y todos los demás sucesores
mencionados. Si no cumplen con estas condiciones, perderán el derecho al
mayorazgo, y el pariente más cercano en relación a la persona en cuyo poder
prescribió lo heredará, siempre y cuando cumpla con las condiciones
establecidas. Estas condiciones deberán mantenerse en perpetuidad, de acuerdo
con la forma descrita anteriormente.
Quisiera
dejar claramente establecido que la penalización mencionada en mi testamento no
se aplica a asuntos menores que puedan surgir por disputas, sino más bien a
cuestiones significativas que afecten la honra de Dios, la mía y la de mi
linaje. Es fundamental que mis disposiciones sean cumplidas íntegramente, y
confío en que la justicia se encargue de ello. Pido al actual Santo Padre y a
sus sucesores en la Santa Iglesia, ahora o en el futuro cuando sea necesario
para la ejecución de este compromiso y testamento, que lo manden bajo pena de
excomunión papal, asegurando que no se desvirtúe en modo alguno.
Asimismo,
ruego a Sus Majestades, el Rey y la Reina, así como al príncipe D. Juan,
primogénito de Nuestro Señor, y a sus sucesores, por los servicios que les he
prestado y por la justicia, que no permitan que se altere este compromiso de
mayorazgo y testamento. Que se mantenga tal como lo he ordenado, como un
servicio a Dios Todopoderoso y como el fundamento de mi linaje y el recordatorio
de los servicios que he brindado a Sus Majestades. Nací en Génova y vine a
servir a Castilla, descubriendo las Indias y las islas mencionadas al Poniente
de la tierra firme.
Les
suplico a Sus Majestades que, sin recurrir a pleitos ni demoras, ordenen de inmediato
que este privilegio y testamento se valore y cumpla rigurosamente, de acuerdo
con su contenido. Hago esta súplica también a los nobles de los reinos de Sus
Altezas, a los miembros de su Consejo y a todos aquellos que tengan
responsabilidades de justicia o gobierno. Les ruego que no permitan que esta
disposición y testamento carezcan de vigor y validez, sino que se cumplan como
está ordenado por mí, dado mi título y los servicios prestados a mi Rey, Reina
y reino. Que todo lo que ordene y legue en mi testamento, compromiso, mayorazgo
y heredad se mantenga sin alteraciones.
En
primer lugar, exijo que D. Diego, mi hijo, y todos mis descendientes, así como
mis hermanos D. Bartolomé y D. Diego, porten mis armas, que dejaré después de
mi fallecimiento, sin agregar ningún otro elemento. Dichas armas deberán ser
selladas con su sello correspondiente. Además, D. Diego, mi hijo, o cualquier
otro heredero de este mayorazgo, después de haberlo recibido y estado en
posesión, deberá firmar con mi firma característica, una "X" con una
"S" encima y una "M" con una "A" romana también
con una "S" encima, con las líneas y virgulillas como lo hago
actualmente y como se evidenciará por mis firmas, muchas de las cuales llevan
encima una "S" y luego una "Y" griega.
En
cuanto a la firma, solamente el Almirante, título que me otorgó el Rey o que
pueda ganar en el futuro, será escrito. Esto se refiere únicamente a la firma,
no a la redacción, ya que podrá escribir todos sus títulos según le parezca. En
la firma, solo figurará el título de Almirante.
Habrá
dicho D. Diego o cualquier otro heredero de este mayorazgo mis funciones como
Almirante del mar Océano, que abarca la parte del Poniente más allá de la línea
imaginaria trazada por su Alteza a cien leguas sobre las islas de los Azores y
otras cien sobre las de Cabo Verde. Esta zona, que se extiende de polo a polo,
más allá de la cual se me nombró Almirante en el mar, con todas las
prerrogativas del Almirante don Henrique en el Almirantazgo de Castilla, así
como Visorrey y Gobernador perpetuo para siempre jamás en todas las islas y
tierras descubiertas y por descubrir, tanto para mí como para mis herederos,
según lo detallado en mis privilegios y capítulos.
Además,
el mencionado D. Diego o cualquier otro heredero de este mayorazgo, distribuirá
la renta que Nuestro Señor le otorgue de la siguiente manera, como única
penalización:
Primero,
destinará cada año la cuarta parte de la renta actual y futura de este
mayorazgo a D. Bartolomé Colón, mi hermano, Adelantado de las Indias, hasta que
alcance un millón de maravedís para su sustento y por el trabajo que ha tenido
y tendrá al servicio de este mayorazgo. Este monto se pagará anualmente,
siempre y cuando la cuarta parte de la renta sea suficiente. En el caso de que
D. Bartolomé tenga alguna otra fuente de ingresos, ya sea de bienes o de
oficios perpetuos, se descontará la cantidad correspondiente de la cuarta parte
mencionada. Cualquier dote o monto relacionado con su matrimonio no se
considerará para este descuento, sino solo los ingresos obtenidos más allá de
dicho matrimonio.
Una
vez que, por la gracia de Dios, D. Bartolomé o sus herederos alcancen un millón
de maravedís de renta por bienes y oficios, si así lo desean arrendar, no
recibirán más que la cuarta parte de la mencionada renta, quedando el resto
para D. Diego o quien herede este mayorazgo.
Asimismo,
de la mencionada renta del mayorazgo o de otra cuarta parte de ella, se
destinará a D. Fernando, mi hijo, un cuento cada año, siempre que dicha cuarta
parte alcance tal cantidad, hasta que él acumule dos cuentos de renta,
siguiendo el mismo procedimiento establecido para D. Bartolomé, mi hermano, y
sus respectivos herederos, quienes ya han obtenido o recibirán un cuento o la
parte restante para alcanzarlo.
D.
Diego y D. Bartolomé deberán asegurar que de la renta del mayorazgo se destine
a D. Diego, mi hermano, lo necesario para su sostenimiento de manera digna,
considerando su condición de hermano y su elección de servir a la Iglesia. Este
monto deberá ser otorgado antes de asignar cualquier cantidad a D. Fernando, mi
hijo, o a D. Bartolomé, mi hermano, o a sus herederos, y deberá ajustarse de
acuerdo con la cantidad total de la renta del mayorazgo. En caso de discordia
en este asunto, se recurrirá a dos parientes nuestros u otras personas
imparciales que decidan equitativamente, asignando una parte a cada parte en
conflicto. Si no logran ponerse de acuerdo, los dos compromisos seleccionarán a
una tercera persona de bien que no sea sospechosa para ninguna de las partes.
Toda
esta renta destinada a D. Bartolomé, D. Fernando y D. Diego, mi hermano, estará
condicionada a su lealtad y fidelidad hacia D. Diego, mi hijo, o aquel que lo
herede, tanto ellos como sus herederos. Si se descubre que actúan en contra de
él en asuntos que afecten su honor, el crecimiento de mi linaje, el mayorazgo o
cualquier otro motivo que cause escándalo y desprestigio a mi linaje, se les
retirará todo beneficio desde entonces.
Además,
en el inicio de la creación de este mayorazgo, tenía la intención de destinar
la décima parte de la renta para distribuir en forma de diezmo a personas
necesitadas como conmemoración al Eterno Dios Todopoderoso. Para asegurar la
continuidad de esta intención, se mantendrá la obligación de pagar dicho diezmo
de la renta del mayorazgo de la manera establecida.
En
primer lugar, de la cuarta parte de la renta de este mayorazgo, la cual he
dispuesto que se entregue a D. Bartolomé hasta alcanzar un cuento de renta, se
debe entender que en dicho cuento ya está incluido el diezmo de toda la renta
del mayorazgo. Conforme aumente la renta de D. Bartolomé, y se deba descontar
algo o todo de la cuarta parte del mayorazgo, se calculará y contabilizará toda
la renta mencionada para determinar el monto correspondiente al diezmo. La parte
que no pueda ser incluida o sobre de la que D. Bartolomé tenga que prescindir
para completar su cuento, será destinada a los parientes de mi linaje más
necesitados, que tengan menos de cincuenta mil maravedís de renta. En caso de
que el beneficiario tenga menos de cincuenta mil maravedís, pero alcance dicha
cantidad, la parte restante será asignada según el criterio de las dos personas
que fueron seleccionadas junto con D. Diego o quien herede el mayorazgo. En
otras palabras, el cuento que he ordenado otorgar a D. Bartolomé comprende
dicha parte del diezmo del mayorazgo.
Quiero
que toda la renta del mayorazgo se distribuya entre los parientes más cercanos
al mismo que se encuentren en mayor necesidad. Una vez que D. Bartolomé alcance
su cuento de renta y no deba nada de la cuarta parte mencionada, D. Diego, mi
hijo, o la persona que posea el mayorazgo en ese momento, revisará la cuenta
junto con las otras dos personas mencionadas. El diezmo de esta renta
continuará destinándose a las personas de mi linaje que más necesiten, ya sea
aquí o en cualquier parte del mundo a la que se les busque diligentemente. Esta
práctica continuará siendo aplicada desde la cuarta parte, de la cual D.
Bartolomé recibirá su cuento, y dicho cuento se otorgará como descuento del
diezmo, de acuerdo con un cálculo razonable. Si el diezmo mencionado resulta
ser mayor, la diferencia también se restará de la cuarta parte y se entregará a
los más necesitados, como ya se explicó. Si no es suficiente, D. Bartolomé lo
recibirá hasta que se ajuste naturalmente, dejando el mencionado cuento en
parte o en su totalidad.
Ítem:
que el dicho D. Diego, mi hijo, o la persona que heredare tomen dos personas de
mi linaje, los más llegados y de mayor autoridad, los cuales verán la dicha
renta y la cuenta de ella con diligencia y harán pagar el dicho diezmo de la
dicha cuarta parte de que se da dicho cuento a D. Bartolomé, a los más
necesitados de mi linaje que estuvieren aquí o en cualquier otra parte; y
pesquisarán de los haber con mucha diligencia y sobre cargo de sus ánimas. Y
porque podría ser que el dicho D. Diego o la persona que heredase no querrán
por algún respeto que revelaría al bien suyo e honra e sostenimiento del dicho
mayorazgo que no se supiese enteramente la renta de ello, yo le mando a él que
todavía le dé la dicha renta sobre el cargo de su ánima, y a ellos les mando
sobre cargo de sus conciencias y de sus ánimas, que no lo denuncien ni
publiquen, salvo cuanto fuere la voluntad del dicho D. Diego o de la persona
que heredare; solamente procure que el dicho diezmo sea pagado en la forma que
arriba dije.
Ítem:
porque no haya diferencias en el elegir de estos dos parientes más llegados que
han de estar con D. Diego, con la persona que heredare, digo que luego yo elijo
a D. Bartolomé, mi hermano, por la una, y a D. Fernando, mi hijo, por la otra,
y ellos, luego que comenzaren a entrar en esto, sean obligados de nombrar otras
dos personas, y sean los más llegados a mi linaje y de mayor confianza, y ellos
elegirán otros dos al tiempo que hubieren de comenzar a entender en este fecho.
Y así irá de unos en otros con mucha diligencia, así en esto como en todo lo
otro de gobierno e bien e honra y servicio de Dios y del dicho mayorazgo para
siempre jamás.
Ítem:
mando al dicho D. Diego, mi hijo, o a la persona que heredare el dicho
mayorazgo, que tenga y sostenga siempre en la ciudad de Génova una persona de
nuestro linaje que tenga allí casa e mujer, e le ordene renta con que pueda
vivir honestamente, como persona tan llegada a nuestro linaje y haga pie y raíz
en la dicha ciudad como natural de ella, porque podrá haber de la dicha ciudad
ayuda e favor de las cosas del menester suyo, pues que de ella salí y en ella
nací.
Ítem:
Es necesario que el actual poseedor del mayorazgo, ya sea el mencionado D.
Diego o sus herederos, remita, mediante transacciones o cualquier otro medio
disponible, todo el excedente económico generado por el mismo. Este dinero
deberá ser utilizado para adquirir compras a nombre de él y de sus sucesores en
un tipo de inversión conocido como logos, pertenecientes al oficio de San
Jorge. Estas compras actualmente generan un rendimiento del seis por ciento,
siendo una opción segura y rentable. La razón para esta instrucción se
explicará a continuación.
Ítem:
Es fundamental para una persona de estatus y con ingresos disponer de los
medios necesarios para administrar su patrimonio de manera efectiva. San Jorge
es un lugar donde cualquier suma de dinero puede ser resguardada de manera
segura, mientras que Génova, como ciudad noble, no es excesivamente poderosa en
el ámbito marítimo. En mi época de decidir embarcarme en la expedición para
descubrir las Indias, lo hice con la intención de abogar ante los Reyes por
destinar parte de los ingresos provenientes de las Indias a la conquista de
Jerusalén. Aunque presenté esta petición, queda a discreción del actual
poseedor del mayorazgo o sus herederos la decisión de acumular fondos para
contribuir a la causa, ya sea uniéndose al Rey en la conquista de Jerusalén o
utilizando sus recursos para apoyarla de otras maneras.
Ítem:
Legado a D. Diego, mi hijo, y a todos mis descendientes, especialmente a quien
herede este mayorazgo, compuesto por el diezmo de los hallazgos en las Indias y
la octava parte de las tierras y rentas, junto con mis derechos como Almirante,
Visorrey y Gobernador, que superan el veinticinco por ciento. Ordeno que todos
los ingresos generados por esto, así como las personas y los recursos
disponibles, sean comprometidos para apoyar y servir fielmente a Sus Altezas o
a sus herederos. Esta obligación se mantiene hasta la pérdida de vidas y bienes
en el servicio de Sus Altezas. Agradezco a Sus Altezas por otorgarme el inicio
para obtener este mayorazgo después de Dios Nuestro Señor, aunque inicialmente
tuve dificultades para obtener su respaldo. Sin embargo, a lo largo del tiempo,
han concedido numerosas mercedes y han fortalecido mi posición.
Ítem:
Ordeno al mencionado D. Diego o al futuro poseedor del mayorazgo que, en caso
de que surja algún cisma en la Iglesia de Dios debido a nuestros pecados, o si
alguna persona, de cualquier grado o estado, intenta despojarlo de su honor o
bienes por tiranía, se someta, bajo la pena mencionada, a la autoridad del
Santo Padre. A menos que la persona sea hereje (lo cual Dios no permita),
deberá comprometerse a servir con todas sus fuerzas, recursos y hacienda para
evitar el cisma y proteger la honorabilidad y bienes de la Iglesia.
Ítem:
Ordeno al mencionado D. Diego o al futuro poseedor del mayorazgo que siempre
trabaje en pro de la honra, bienestar y crecimiento de la ciudad de Génova.
Deberá emplear todos sus esfuerzos y recursos para defender y aumentar el
bienestar y honor de la república, siempre respetando el servicio a la Iglesia
de Dios y el alto estatus del Rey o la Reina Nuestros Señores y sus sucesores.
Ítem:
La cuarta parte del diezmo de toda la renta, mencionada anteriormente, que se
destine a nuestros parientes, deberá ser distribuida y gastada por el
mencionado D. Diego o la persona que herede el mayorazgo. Esto se realizará
para casar a las mujeres de nuestro linaje que lo necesiten y para brindarles
todo el apoyo posible.
Ítem:
Cuando esté en posición de hacerlo, el mencionado D. Diego o el futuro poseedor
del mayorazgo deberá ordenar la construcción de una iglesia, titulada Santa
María de la Concepción, en la isla La Española, junto con un hospital bien
organizado. Asimismo, se deberá establecer una capilla para la celebración de
misas en memoria de mi alma, de nuestros antecesores y sucesores. Esto se
llevará a cabo con la esperanza de que la renta del mayorazgo sea lo
suficientemente abundante como para cumplir con todas estas disposiciones.
Ítem:
Ordeno al mencionado D. Diego, mi hijo, o al futuro poseedor del mayorazgo, que
se esfuerce por mantener cuatro buenos maestros en teología en la isla La Española.
Su tarea será trabajar y organizar esfuerzos para convertir a la fe cristiana a
los habitantes de las Indias. Cuando la renta del mayorazgo permita, se deberá
incrementar el número de maestros y personas devotas. Se insta a trabajar
incansablemente para convertir a estas poblaciones al cristianismo, y no
escatimar gastos en este propósito. En conmemoración de estas instrucciones, se
deberá colocar un monumento de mármol en la iglesia de la Concepción con un
letrero que refleje estas disposiciones.
Ítem:
Ordeno a D. Diego, mi hijo, y al futuro poseedor del mayorazgo, que cada vez
que se confiese, presente este compromiso o su traslado a su confesor antes de
iniciar el sacramento. Le solicitará que lea el documento completo para que
pueda ser examinado en cuanto al cumplimiento de estas disposiciones. Esta
práctica será causa de bien y descanso para su alma. Fecha: jueves, 22 de
febrero de 1498.
El
Almirante.
En la
noble villa de Valladolid, a 19 días del mes de mayo del año 1506, yo, Pedro de
Hinojedo, Escribano de Cámara de Sus Altezas, Escribano de provincia en la
Corte y Chancillería, y Notario Público en todos los Reinos y Señoríos, en
presencia de los testigos debidamente registrados, recibo la declaración del
Sr. Don Cristóbal Colón, Almirante, Visorrey y Gobernador General de las islas
y tierra firme de las Indias descubiertas y por descubrir, quien, estando
enfermo, expresa su voluntad de rectificar y ratificar su testamento
previamente otorgado ante un escribano público.
El Sr.
Colón, en su debilidad física, afirma la aprobación y ratificación de su
testamento existente, y en caso necesario, lo otorga de nuevo. Además, añade un
documento escrito de su puño y letra que presenta al escribano, confirmando que
está firmado por él mismo. Declara que otorga y ratifica todo lo contenido en
dicho escrito, según la vía y forma especificadas en el documento,
considerándolo su última y postrimera voluntad.
Para
ejecutar su testamento y cumplir con todas las disposiciones, el Sr. Colón
nombra como testamentarios y cumplidores de su voluntad al Sr. Don Diego Colón,
su hijo, a D. Bartolomé Colón, su hermano, y a Juan de Porras, Tesorero de
Vizcaya. Les confiere el poder necesario para llevar a cabo todas las
disposiciones del testamento y el escrito mencionado.
En
presencia de los testigos, el Bachiller Andrés Miruena y Gaspar de la
Misericordia, vecinos de Valladolid, y Bartolomé de Fresco, Álvaro Pérez, Juan
De Espinosa, Andrea, Hernando de Vargas, Francisco Manuel y Fernán Martínez,
criados del Sr. Almirante, quienes fueron llamados y solicitados para
presenciar y confirmar este acto.
La
transcripción del escrito redactado por el Sr. Colón es la siguiente:
Cuando
partí de España en el año 1502, establecí una ordenanza y mayorazgo de mis
bienes, considerando lo que era necesario para mi alma, el servicio de Dios
eterno, mi honor y el de mis sucesores. Dejé esta escritura en el monasterio de
las Cuevas de Sevilla a Frey D. Gaspar, junto con otras de mis escrituras,
privilegios y cartas reales de los Reyes. Por medio de este documento, apruebo
y confirmo esa ordenanza, escribiendo estas líneas para mayor claridad y
explicación de mi intención. Ordeno que se cumpla según lo aquí declarado, y
cualquier disposición realizada por esta escritura deberá prevalecer sobre la
anterior para evitar duplicidades.
Yo
designé a mi amado hijo Don Diego como heredero de todos mis bienes y oficios,
establecidos en el mayorazgo de juro y heredad. En caso de no tener un hijo
varón heredero, he dispuesto que herede mi hijo D. Fernando, siguiendo la misma
disposición. En ausencia de un hijo varón heredero, la sucesión pasaría a D.
Bartolomé, mi hermano, y así sucesivamente, considerando siempre al pariente
más cercano en mi línea. Este principio de sucesión debe mantenerse perpetuamente.
No se permitirá la herencia por parte de mujeres, a menos que no haya un hombre
disponible, en cuyo caso heredará la mujer más cercana a mi línea.
Ordeno
a mi hijo D. Diego, o a quien herede, que no considere ni piense en disminuir
el mayorazgo, sino que debe esforzarse por aumentarlo y preservarlo. Es
importante destacar que los ingresos generados deben servir tanto con su
persona como con su estatus para el beneficio del Rey y la Reina Nuestros
Señores, así como para el crecimiento de la religión cristiana.
Cuando
serví a los Reyes con el descubrimiento de las Indias, ellos no invirtieron ni
quisieron invertir en ello, excepto un cuento de maravedís. Tuve que financiar
el resto. Según mis privilegios y cartas de merced, obtuve el tercio y el
ochavo de todo, más el diezmo, de las islas y tierras al oeste de una línea que
se trazó sobre las islas de los Azores y las del Cabo Verde, a una distancia de
cien leguas, que abarca desde el polo hasta el polo. Sin embargo, hasta ahora
no ha habido ingresos de las Indias que pueda distribuir como mencionaré a
continuación, y se espera que, por la misericordia de Nuestro Señor, habrá
ingresos significativos en el futuro. Mi intención es que D. Fernando, mi hijo,
reciba un cuento y medio cada año, D. Bartolomé, mi hermano, ciento cincuenta
mil maravedís, y D. Diego, mi hermano de la Iglesia, cien mil maravedís. No
puedo especificar esto con certeza, ya que hasta ahora no hay ingresos
conocidos, como he mencionado.
Reitero,
para una mayor claridad de lo expresado anteriormente, mi deseo de que mi hijo
D. Diego herede el mencionado mayorazgo con todos mis bienes y oficios, en la
forma previamente detallada y de acuerdo con mi voluntad. En relación con los
ingresos generados por esta herencia, establezco que él deberá dividirlos en
diez partes cada año. Una de estas partes será destinada a nuestros parientes,
especialmente aquellos que más lo necesiten, así como a personas necesitadas y
otras obras piadosas.
Luego,
de las nueve partes restantes, D. Diego distribuirá dos partes en treinta y
cinco partes. De estas, D. Fernando, mi hijo, recibirá veintisiete partes, D.
Bartolomé obtendrá cinco partes, y D. Diego, mi hermano, tres partes. Aunque mi
deseo inicial era que D. Fernando recibiera un cuento y medio, D. Bartolomé
ciento cincuenta mil maravedís, y D. Diego cien mil maravedís, reconozco que no
se puede determinar con certeza debido a la falta de conocimiento sobre la
renta del mayorazgo hasta el momento.
Por
ello, propongo seguir esta distribución hasta que, con la gracia de Nuestro
Señor, las dos partes de las nueve mencionadas alcancen un aumento suficiente
para proporcionar a D. Fernando el cuento y medio, a D. Bartolomé ciento
cincuenta mil maravedís, y a D. Diego cien mil maravedís. Si en algún momento
las dos partes, entendidas de las nueve mencionadas, alcanzan la suma de un
cuento y setecientos cincuenta mil maravedís, toda cantidad adicional será para
D. Diego, mi hijo, o quien lo herede.
Además,
ruego y exhorto a D. Diego, mi hijo, o a su sucesor, que si la renta de este
mayorazgo experimenta un notable crecimiento, tenga la amabilidad de aumentar
la parte asignada a D. Fernando y mis hermanos, según lo establecido
anteriormente. La parte destinada a D. Fernando, mi hijo, se considera un
mayorazgo en sí mismo, sucediendo de padre a hijo de manera perpetua, sin
posibilidad de venta, intercambio, donación o enajenación de ninguna manera,
siguiendo el mismo formato establecido en el otro mayorazgo que he creado para
D. Diego, mi hijo.
Instruyo
a D. Diego, mi hijo, y le ordeno que tan pronto como tenga ingresos del
mencionado mayorazgo y herencia, establezca y mantenga en una capilla, que debe
construirse, tres capellanes que oficien cada día tres misas. Una en honor a la
Santa Trinidad, otra en honor a la Concepción de Nuestra Señora, y la tercera
por el alma de todos los fieles difuntos, incluyendo la mía, la de mi padre,
madre y esposa. Si su capacidad financiera lo permite, le insto a que haga la
capilla distinguida y enriquezca las oraciones y súplicas en honor de la Santa
Trinidad. Si es posible, preferiría que la capilla se construyera en la isla La
Española, donde Dios me concedió milagrosamente, especialmente en la vega
conocida como de la Concepción, donde invoqué.
Asimismo,
ordeno a D. Diego, mi hijo, o a su sucesor, que pague todas las deudas que dejo
registradas en un memorial, siguiendo la forma especificada allí, y cualquier
otra deuda que justamente parezca que debo. También le encomiendo el cuidado de
Beatriz Enríquez, madre de D. Fernando, mi hijo, y le insto a proporcionarle
medios para vivir honorablemente, dada la responsabilidad que tengo hacia ella.
Este acto se realiza para aliviar mi conciencia, ya que este asunto pesa mucho
en mi alma. No es apropiado detallar la razón de ello aquí.
Esta
disposición se realiza el 25 de agosto de 1505, bajo la frase "Sigue
Christo ferens". Los testigos presentes y que vieron todo lo expresado por
el Sr. Almirante son los mencionados anteriormente. Como Escribano e Notario
Público, confirmo y atestiguo lo anterior. En testimonio de veracidad, Pedro de
Hinojedo, Escribano.
A
continuación, proporciono una lista de ciertas personas a las que quiero que se
les entregue lo especificado en este memorial, sin que se revele quién les
ordena darlo. Primeramente, a los herederos de Jerónimo del Puerto, padre de
Benito del Puerto, Chanceller en Génova, se les debe otorgar veinte ducados o
su equivalente.
A
Antonio Vazo, mercader genovés que solía residir en Lisboa, le asigno dos mil
quinientos reales de Portugal, equivalentes a aproximadamente siete ducados,
calculados a razón de trescientos sesenta y cinco reales por ducado.
A un
judío que vivía cerca de la entrada de la judería en Lisboa o a quien designe
un sacerdote, se le otorgará el valor de medio marco de plata.
A los
herederos de Luis Centurión Escoto, mercader genovés, les asigno treinta mil
reales de Portugal, equivalente a sesenta y cinco ducados, aproximadamente,
calculados a razón de trescientos ochenta y cinco reales por ducado.
A los
mismos herederos y a los herederos de Paulo de Negro, genovés, se les otorgarán
cien ducados o su equivalente. La mitad de esta cantidad será para los primeros
herederos y la otra mitad para los segundos.
A
Baptista Espíndola o a sus herederos, en caso de que haya fallecido, se le
destinarán veinte ducados. Baptista Espíndola, yerno del mencionado Luis
Centurión, era hijo de Micer Nicolao Espíndola de Locoli de Ronco y, como
referencia, residía en Lisboa en el año 1482.
Certifico
que la mencionada memoria y descargo fueron redactados con la letra original
del testamento de D. Cristóbal, y en fe de ello, firmé con mi nombre. Pedro de
Azcoytia.
FIN
Hecho
y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez
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