Diario de Cristóbal Colón

Partí de la ciudad de Granada, un sábado 12 de mayo de 1492, rumbo a la villa costera de Palos para preparar tres naves apropiadas para mi expedición. El viernes 3 de agosto zarpamos del puerto de Palos con destino a las islas Canarias, adentrándonos en el Océano con la misión encomendada por Sus Altezas de alcanzar las Indias.

A lo largo del viaje, llevé un meticuloso diario documentando día a día mis acciones, observaciones y experiencias, con la intención de proporcionar un completo relato de esta travesía histórica. Asimismo, planeo elaborar mapas detallados ubicando con precisión las posiciones geográficas bajo los vientos dominantes, así como un libro ilustrado representando visualmente las latitudes y longitudes de las tierras y mares del océano occidental.

En mi empeño por mantener el rumbo y no desfallecer ante los desafíos que supone esta expedición, trato de no perder de vista el objetivo: explorar y descubrir nuevas tierras. Aunque la tarea requiere un arduo esfuerzo, considero esencial centrarme en la misión encomendada.

A continuación, presento un resumen de los primeros días de la travesía:

Viernes 3 de agosto: Partimos a las ocho de la mañana desde la barra de Saltes, navegando hacia el sur sesenta millas, equivalente a quince leguas (95 km). Luego, nos dirigimos al suroeste y al sur, en dirección a las Canarias.

Sábado 4 de agosto: Continuamos nuestra travesía al suroeste.

Domingo 5 de agosto: Navegamos más de cuarenta leguas durante el día y la noche (235 km).

Lunes 6 de agosto: Ayer hubo un incidente preocupante en la carabela Pinta, capitaneada por Martín Alonso Pinzón. Al parecer, el gobernalle (timón) sufrió un desajuste debido a la manipulación intencionada de Gómez Rascón y Cristóbal Quintero, propietarios del navío, quienes llevaban días expresando descontento con la expedición.

Afortunadamente, logramos solucionar la avería rápidamente y proseguir el rumbo. No obstante, el suceso encendió las alarmas sobre un posible sabotaje y actos de indisciplina a bordo de la Pinta.

El almirante responsable de la flota, no puedo evitar sentir inquietud por este contratiempo. Pese a ello, intentó mantener la calma y ocultar su preocupación ante la tripulación. Finalmente, pudimos avanzar veintinueve leguas antes de que cayera la noche.

Mañana temprano convocará una reunión con los capitanes para discutir el incidente y asegurarme de mantener el control y la coordinación entre las naves. Confiemos en que no vuelvan a presentarse actos de insubordinación que pongan en riesgo la expedición.

Martes 7 de agosto: Se repitió el incidente con el gobernalle en la Pinta, y navegamos hacia la isla de Lanzarote, una de las Canarias, recorriendo veinticinco leguas en el día y la noche.

Miércoles 8 de agosto: Se suscitaron discrepancias entre los pilotos de las tres carabelas sobre la ubicación, pero el almirante demostró ser más preciso. Considerando la situación problemática de la Pinta, se contempló la posibilidad de dirigirse a Gran Canaria para cambiarla, aunque finalmente no fue factible ese día.

Jueves 9 de agosto. No fue hasta la noche del domingo que el Almirante pudo llegar a la isla de La Gomera. Mientras tanto, Martín Alonso Pinzón había quedado en la costa de Gran Canaria por orden del Almirante, ya que su carabela La Pinta no estaba en condiciones de navegar. Posteriormente, el Almirante regresó a Canarias o Tenerife, donde él mismo, junto con Martín Alonso y los demás tripulantes, se dedicaron exhaustivamente a reparar La Pinta. Finalmente, llegaron a La Gomera el domingo 2 de septiembre con La Pinta totalmente reparada y lista para zarpar.

Ya en La Gomera, el Almirante menciona que muchos españoles honorables juraban que, estando en la isla con doña Inés Peraza, madre del primer conde de La Gomera Guillén Peraza (quien falleció tras recibir una pedrada en la cabeza), lograban ver tierra al oeste de las islas Canarias cada año. También recuerda un relato de 1484 donde alguien de la isla de Madeira le pidió al rey de Portugal una carabela para explorar esa tierra que afirmaba ver anualmente. 

Jueves 6 de septiembre. Después de abastecernos en La Gomera de agua, leña y alimentos, junto con el Almirante finalmente zarpamos con rumbo hacia su anhelado destino.

Zarpamos por la mañana desde el puerto de la Gomera, retomando nuestra travesía. El Almirante tuvo noticias de que tres carabelas portuguesas estaban cerca con la intención de interceptarlo, quizás motivadas por la envidia de que hubiera partido a Castilla, lo que le preocupó. Navegamos todo el día y la noche en calma, encontrándonos entre la Gomera y Tenerife a la mañana siguiente.

Viernes 7 de septiembre. Durante todo el viernes y el sábado, hasta las tres de la noche, nos mantuvimos en aguas tranquilas.

Sábado 8 de septiembre. A las tres de la noche del sábado, comenzó a soplar viento del noreste, y el Almirante ajustó el rumbo hacia el oeste. La presencia de fuerte oleaje frontal dificultaba el avance. En total, navegamos nueve leguas durante ese día y la noche subsiguiente.

Jueves 9 de agosto. Hasta el domingo por la noche no logramos llegar a La Gomera, ya que Martín Alonso Pinzón, al mando de La Pinta, había quedado en la costa de Gran Canaria por órdenes del Almirante debido a problemas en su navegación. Posteriormente, regresamos a Canarias o Tenerife, donde nos dedicamos exhaustivamente a reparar La Pinta con gran esfuerzo y diligencia tanto por parte del Almirante como de Martín Alonso y el resto de la tripulación. Finalmente, pudimos regresar a La Gomera el domingo 2 de septiembre, ahora con La Pinta totalmente reparada y lista para zarpar.

El almirante recuerda aquí el testimonio de personas honradas en la Gomera, quienes afirmaban haber visto tierra al oeste de las Canarias cada año. Menciona anécdotas similares provenientes de Portugal y las islas de las Azores. Después de abastecernos de agua, leña y alimentos en la Gomera, zarpamos nuevamente el jueves 6 de septiembre.

Jueves 6 de septiembre. Zarpamos de la Gomera por la mañana y comenzó la travesía. Informado por una carabela que venía de la isla del Hierro, el Almirante supo que tres carabelas portuguesas estaban cerca, probablemente con la intención de interceptar nuestro viaje, posiblemente por envidia al considerar que el rey lo había preferido a Castilla. A lo largo del día y la noche, navegamos en calma y llegamos entre la Gomera y Tenerife.

Viernes 7 de septiembre. Mantuvimos la calma durante el viernes y el sábado hasta las tres de la mañana.

Sábado 8 de septiembre. A las tres de la madrugada, sentí cómo el viento del noreste empezaba a soplar con fuerza. Junto a mis compañeros, nos dirigimos decididamente hacia el oeste, enfrentándonos a un oleaje potente que obstaculizaba nuestro camino. A pesar de las dificultades, logramos recorrer nueve leguas a lo largo de ese día.

Domingo 9 de septiembre. Durante el día, navegamos quince leguas, aunque decidimos ocultar la distancia real para no desanimar a la tripulación ante la posibilidad de un viaje prolongado. En la noche, avanzamos ciento veinte millas, manteniendo una velocidad constante de diez millas por hora, lo que equivalía a alrededor de treinta leguas. Cristóbal reprendió a los marineros por su desorientación, ya que se habían desviado hacia el noroeste.

Lunes 10 de septiembre. A lo largo de ese día y noche, navegamos sesenta leguas a una velocidad constante de diez millas por hora. Sin embargo, Columbus decidió oficialmente declarar cuarenta y ocho leguas para evitar causar alarma entre la tripulación.

Martes 11 de septiembre. Nos dirigimos hacia el oeste, navegando más de veinte leguas. En el trayecto, avistamos un gran trozo de mástil perteneciente a un barco de ciento veinte toneladas, lamentablemente, no pudimos recuperarlo. Durante la noche, avanzamos cerca de veinte leguas, aunque Columbus registró oficialmente dieciséis debido a la precaución previa.

Miércoles 12 de septiembre. Durante el día y la noche, logramos avanzar treinta y tres leguas, aunque Columbus registró oficialmente menos debido a la estrategia que estábamos siguiendo. El jueves 13 de septiembre, continuamos nuestro rumbo hacia el oeste, recorriendo las mencionadas treinta y tres leguas a pesar de las corrientes en contra. En este día, observamos que las agujas de la brújula variaron hacia el noroeste al inicio de la noche y luego al noreste por la mañana.

Viernes 14 de septiembre. Durante el transcurso de ese día y la noche, navegamos unas veinte leguas, observando aves que señalaban la cercanía de tierra firme. Los tripulantes de La Niña afirmaron haber avistado un charrán y una raíz de junco, aves que rara vez se alejan más de veinticinco leguas de la costa.

Sábado 15 de septiembre. Navegamos veintisiete leguas hacia el oeste con vientos favorables. En la noche, fuimos testigos de un fenómeno extraordinario: un impresionante ramo de fuego que cayó al mar a una distancia de cuatro o cinco leguas.

Domingo 16 de septiembre. Persistimos en nuestra travesía hacia el oeste, cubriendo treinta y nueve leguas durante el día y la noche, aunque la cifra oficial registrada por Columbus fue de treinta y seis. Nos enfrentamos a nubosidad y llovizna en el camino, mientras que Columbus notó un cambio en la temperatura del agua y del aire, describiéndolo como agradable, similar al clima de abril en Andalucía. La tripulación estaba animada, avistando numerosas manadas de hierba verde, lo que sugería la proximidad a alguna isla, aunque no necesariamente a tierra firme, según las observaciones de Columbus.

Lunes 17 de septiembre. Continuamos hacia el oeste, avanzando cincuenta leguas o más durante el día y la noche. Yo anoté que navegamos cuarenta y siete leguas, beneficiados por las corrientes. Observamos gran cantidad de hierba que parecía provenir de ríos, una señal segura de estar cerca de tierra firme. Los pilotos tomaron la dirección del norte para marcarla, y noté una pequeña variación en las agujas de la brújula, probablemente debido al movimiento de una estrella. Por la mañana, vimos más hierba y encontramos un cangrejo vivo, reforzando la certeza de la proximidad a tierra. Desde que dejamos las Canarias, he notado un agua de mar menos salada y hemos disfrutado de vientos más suaves. La tripulación estaba optimista, y mencioné que en ese momento sentíamos aires muy agradables, comparables a los de abril en Andalucía. La expectativa de avistar tierra aumentaba, y expresé mi confianza en que pronto alcanzaríamos nuestro anhelado destino. Esa mañana, observé un ave blanca conocida como rabo de junco, la cual no suele dormir en alta mar. Y ahora lo apunto antes que se me olvide...

Martes 18 de septiembre. Continuó la travesía ese día y esa noche, recorriendo más de cincuenta y cinco leguas, aunque yo Cristóbal registro cuarenta y ocho. Durante esos días, el mar se mantuvo tan sereno como el río de Sevilla. Martín Alonso Pinzón, al mando de La Pinta, decidió no esperar y me comunicó que había avistado una gran cantidad de aves dirigiéndose hacia el oeste. Dijo que esperaba ver tierra esa noche y por eso navegaba con tanta determinación. Hacia el norte, se formó una densa nube, señal inequívoca de que estábamos cerca de tierra firme.

Miércoles 19 de septiembre. A pesar de la calma, navegamos veinticinco leguas entre el día y la noche, aunque registré veintidós en mi bitácora. A las diez de la mañana, un alcatraz se acercó a la nave, y otro apareció por la tarde. Estas aves rara vez se alejan más de veinte leguas de la costa. Se presentaron lloviznas sin viento, una señal segura de la proximidad a tierra firme. Decidimos no detenernos para investigar, ya que estaba seguro de que, hacia el norte y sur, había algunas islas, como resultó ser cierto. Nuestro deseo era avanzar hasta llegar a las Indias, confiando en que, al regresar, todo se aclararía.

En este punto, los pilotos marcaron sus posiciones estimadas: el de La Niña calculó estar a cuatrocientas cuarenta leguas de las Canarias; el de La Pinta a cuatrocientas veinte; y yo en La Santa María, a cuatrocientas justas.

Jueves 20 de septiembre. Navegamos hacia el oeste con viento del noroeste y a media marcha debido a los múltiples cambios en la dirección del viento ante la calma reinante. Avanzamos aproximadamente siete u ocho leguas. Dos alcatraces se acercaron a la nave, indicando la cercanía a tierra firme. Aunque vimos mucha hierba, no la habíamos avistado el día anterior. Capturamos un ave palustre, similar a una garceta, la cual normalmente no se encuentra en alta mar. En la mañana, dos o tres aves cantoras llegaron a mi barco, pero desaparecieron antes de la salida del sol. Un alcatraz que apareció procedente del noroeste indicaba que estábamos dejando tierra hacia ese rumbo.

Viernes 21 de septiembre. Este día fue predominantemente calmado, con algo de viento después. Navegamos alrededor de trece leguas entre día y noche. Al amanecer, encontramos una gran cantidad de hierba proveniente del oeste. Observamos un alcatraz y el mar se mantenía tan llano como un río. Avistamos una ballena, una señal de que estaban cerca de tierra, ya que estas criaturas suelen encontrarse en las proximidades.

Sábado 22 de septiembre. Navegamos al suroeste, zigzagueando a ambos lados. Recorrieron aproximadamente treinta leguas, encontrando escasa vegetación. Avistaron pardelas y otras aves. Cristóbal menciona que este viento contrario fue necesario, ya que la tripulación estaba impaciente, creyendo que no encontrarían vientos favorables en estos mares para regresar a España. Durante una parte del día no avistamos yerba, pero más tarde la encontraron en abundancia.

Domingo 23 de septiembre. Navegamos al noroeste, a veces virando hacia el norte y otras manteniéndose en su rumbo hacia el oeste. Recorrieron alrededor de veintisiete leguas. Observamos una tórtola, un alcatraz, otro pájaro de río y aves blancas. Encontraron muchas hierbas y cangrejos en ellas. La tripulación murmuraba al principio porque pensaban que la calma indicaba la ausencia de un mar extenso, pero cuando el mar se encrespó sin viento, la situación cambió, y Cristóbal mencionó que esta mar agitada le fue muy necesaria, recordando un episodio bíblico de la liberación de los judíos de Egipto durante el tiempo de Moisés.

Lunes 24 de septiembre. Navegó hacia el oeste día y noche, recorriendo catorce leguas y media, aunque Columbus anotó doce. Un alcatraz se acercó al barco, y avistaron numerosas pardelas.

 25 de septiembre. Hubo calma durante gran parte del día, seguida por viento. Continuamos hacia el oeste hasta la noche. El almirante, Columbus, y Martín Alonso Pinzón, capitán de la Pinta, discutieron sobre una carta que Columbus había enviado tres días antes a la Pinta, en la que había pintado ciertas islas en esa región del mar. Martín Alonso afirmaba que estaban en esa área, a lo que Columbus asentía. Sin embargo, explicó que, si no las habían encontrado, las corrientes podrían haber desplazado los barcos hacia el noreste, y quizás no habían recorrido la distancia indicada por los pilotos. Durante esta conversación, Columbus pidió que le enviaran la carta. Utilizando una cuerda, comenzó a intercambiar mensajes escritos con su piloto y marineros. Al ponerse el sol, Martín Alonso subió a la popa de su nave y, con gran alegría, anunció que veía tierra.

Cuando Martín lo anunció, el Almirante se arrodilló para agradecer a Nuestro Señor, mientras Martín Alonso y su tripulación entonaban el Gloria in excelsis Deo. La gente del Almirante y la tripulación de la Niña también se unieron, subiendo a los mástiles y las jarcias para confirmar que avistaron tierra. El Almirante estimó que estarían a unas veinticinco leguas de distancia. Permanecieron todo el día afirmando que habían avistado tierra. El Almirante decidió cambiar de rumbo del Oeste al Sudoeste, hacia donde se creía que estaba la tierra. Ese día, recorrimos cuatro leguas y media hacia el Oeste y diez y siete leguas hacia el Sudeste durante la noche, sumando un total de veintiuna leguas, aunque el Almirante le dijo a la tripulación que solo habían avanzado trece, para que no pareciera un viaje tan largo.

El miércoles 26 de septiembre. Continuamos navegando hacia el Oeste hasta después del mediodía. Luego cambiaron de rumbo hacia el Sudoeste, solo para descubrir que lo que creían que era tierra resultó ser cielo. Navegaron treinta y una leguas en total, aunque el Almirante le informó a la tripulación que habían recorrido veinticuatro. El mar estaba tranquilo como un río, con vientos suaves y agradables.

El jueves 27 de septiembre. El viaje continuó hacia el Oeste, recorriendo veinticuatro leguas en total, aunque el Almirante informó a la tripulación que fueron veinte. Nos encontramos con muchos dorados y matamos uno. También avistamos un rabo de junco.

El viernes 28 de septiembre. La navegación continuó hacia el Oeste, recorriendo catorce leguas durante el día y la noche, aunque el Almirante informó a la tripulación que fueron trece. Encontramos escasa vegetación y capturamos dos peces dorados, mientras que los otros barcos atraparon más.

El sábado 29 de septiembre. Navegamos hacia el Oeste y recorrimos veinticuatro leguas en total, aunque el Almirante informó a la tripulación que fueron veintiuna. A pesar de las calmas, avanzamos poco durante el día y la noche. Observamos un ave llamada rabihorcado, que obliga a los alcatraces a vomitar lo que comen para que ella pueda comerlo. También vieron dos alcatraces y experimentaron aires dulces y una mar tranquila como un río. Más tarde, vieron tres grupos de tres alcatraces y un forçado, además de mucha vegetación.

El domingo 30 de septiembre. Continuamos hacia el Oeste, recorriendo catorce leguas en total entre el día y la noche, aunque el Almirante informó a la tripulación que habíamos navegado solo once leguas. Cuatro rabos de junco se acercaron al barco, indicando la cercanía de tierra firme. Avistamos cuatro alcatraces en dos ocasiones y notamos una gran cantidad de vegetación flotante. El Almirante también observó que las estrellas llamadas "las guardias" estaban cerca del brazo en la parte del Poniente al anochecer y debajo del brazo al Nordeste al amanecer, indicando que apenas se habían movido durante la noche. Además, mencionó que las agujas de la brújula señalaban al Noroeste una cuarta parte al anochecer y coincidían con la estrella al amanecer, sugiriendo un movimiento similar al de las estrellas y confirmando la veracidad de la dirección de nuestro viaje.

Lunes 1º de octubre: Navegaron en dirección oeste (al Güeste). Recorrieron veinticinco leguas, aunque el almirante les informó que habían avanzado solo veinte leguas. Durante el trayecto, enfrentaron un fuerte aguacero. El piloto del almirante calculó que habían navegado quinientas setenta y ocho leguas desde la isla del Hierro hasta su ubicación actual. Sin embargo, la cifra real, según el almirante, era de setecientas siete leguas.

 

Martes 2 de octubre: Continuaron navegando hacia el oeste durante la noche y el día, recorriendo treinta y nueve leguas. El mar se mantuvo tranquilo y favorable. El almirante expresó su gratitud a Dios. Observaron que la vegetación (yerba) se extendía de este a oeste, en contraste con lo habitual. También avistaron varios peces y un ave blanca similar a una gaviota.

 

Miércoles 3 de octubre: Siguiendo su ruta habitual, navegaron cuarenta y siete leguas. Aparecieron pardelas y abundante vegetación, algunas de ellas muy viejas y otras frescas, como fruta. No avistaron aves, y el almirante sospechaba que las islas que tenía marcadas en su carta estaban quedando atrás. A pesar de las señales de tierra, decidió no detenerse, ya que su objetivo era llegar a las Indias. Según él, detenerse en ese momento no sería prudente.

 

Jueves 4 de octubre: Navegaron en dirección oeste. Durante el día y la noche, recorrieron sesenta y tres leguas, aunque el almirante informó a la tripulación que habían avanzado solo cuarenta y seis leguas. Más de cuarenta pardelas y dos alcatraces se acercaron al navío. Uno de los marineros de la carabela lanzó una piedra a uno de los alcatraces. Además, una blanca ave similar a una gaviota se posó en la nao.

Viernes 5 de octubre: Continuaron navegando. A una velocidad de once millas por hora, recorrieron cincuenta y siete leguas durante el día y la noche. La mar estaba tranquila y serena. El almirante expresó su gratitud a Dios. El aire era dulce y templado, y no avistaron vegetación (yerba). Sin embargo, muchas pardelas y peces golondrinos volaron cerca de la nave.

Sábado 6 de octubre: Navegaron hacia el oeste, que es lo mismo. Durante el día y la noche, recorrieron cuarenta leguas. Martín Alonso sugirió navegar hacia la cuarta parte del oeste, en dirección al Sudueste, pero el almirante no estuvo de acuerdo. Martín Alonso tenía en mente la isla de Cipango, mientras que el almirante consideraba más sensato dirigirse primero a tierra firme y luego a las islas.

Domingo 7 de octubre: Continuaron navegando hacia el oeste. Durante dos horas, avanzaron a una velocidad de doce millas por hora, y luego durante ocho horas, recorrieron veintitrés leguas. Al amanecer, la carabela Niña, que iba adelante debido a su velocidad, izó una bandera en el mástil y disparó una lombarda como señal de que habían avistado tierra, siguiendo las órdenes del almirante. También se dispuso que al amanecer y al atardecer, todos los navíos se reunieran con él, ya que estos momentos son propicios para una mejor visibilidad. Sin embargo, al no ver tierra por la tarde y al observar que las aves volaban del norte al sudueste, el almirante decidió cambiar de rumbo hacia el Suroeste. Su objetivo era navegar en esa dirección durante dos días. Comenzaron antes del atardecer y recorrieron veintiocho leguas durante la noche y el día.

Lunes 8 de octubre: Navegaron hacia el Suroeste, recorriendo entre once leguas y media y doce durante el día y la noche. En ocasiones, parecía que avanzaban a quince millas por hora durante la noche, si la escritura no estaba equivocada. El mar se asemejaba al río de Sevilla, y el almirante agradeció a Dios por ello. Los vientos eran dulces, como en abril en Sevilla, y el aroma era tan agradable que resultaba un placer. La vegetación (yerba) parecía fresca, y avistaron muchos pájaros de campo. Capturaron uno que huía hacia el Sudueste, incluyendo grajaos, ánades y un alcatraz.

Martes 9 de octubre: Navegaron hacia el Sudueste, recorriendo cinco leguas. Luego, el viento cambió y sopló al Oeste cuarta al Norueste, avanzando cuatro leguas. Durante el día, recorrieron once leguas, y por la noche, veinte leguas y media. Escucharon el vuelo de pájaros durante toda la noche.

Miércoles 10 de octubre:

Continuaron hacia el Suroeste. A veces navegaban a diez millas por hora, otras a doce, y en ocasiones a siete. En total, recorrieron cincuenta y nueve leguas durante el día y la noche. La tripulación comenzó a impacientarse debido al largo viaje, pero el almirante los animó, prometiéndoles los beneficios que encontrarían. Afirmó que quejarse era inútil, ya que su objetivo era llegar a las Indias con la ayuda de Nuestro Señor.

Jueves 11 de octubre:

Continuaron navegando hacia el Suroeste. En este día, enfrentaron mar agitada, la peor del viaje hasta ahora. Avistaron pardelas y un junco verde cerca de la nave. La carabela Pinta encontró una caña y un palo, mientras que la carabela Niña también vio señales de tierra. Después de que el sol se pusiera, el almirante cambió de rumbo hacia el Oeste. Navegaron a una velocidad de doce millas por hora, y hasta dos horas después de la medianoche, recorrieron noventa millas. La carabela Pinta, siendo más veloz, avistó tierra y realizó las señales indicadas por el almirante. Fue un marinero llamado Rodrigo de Triana quien primero vio esta tierra desconocida. Aunque el almirante había avistado una luz cerrada a las diez de la noche, no quiso afirmar que fuera tierra. Sin embargo, al verla nuevamente, tuvo la certeza de estar cerca de la costa. Al cantar la Salve, una tradición de los marineros, el almirante instó a la tripulación a vigilar el castillo de proa y buscar tierra. Prometió un jubón de seda al primero que avistara la tierra, además de las otras recompensas prometidas por los reyes.

A las dos horas después de medianoche, la tierra se vislumbró a dos leguas de distancia. Las velas fueron recogidas, dejando solo el treo desplegado, y el navío avanzó lentamente hasta el amanecer del viernes, cuando llegaron a una pequeña isla de los Lucayos conocida como Guanahani. Al divisar gente desnuda en la orilla, el Almirante desembarcó en una barca acompañado por Martín Alonso Pinzón y Vicente Anes, capitán de la Niña. Colocaron la bandera real junto a dos banderas de la Cruz Verde, distintivo que llevaba el Almirante en todos los navíos, con las letras F e Y coronadas sobre cada extremo de la cruz.

Una vez en tierra, observaron árboles frondosos, numerosos arroyos y variadas frutas. El Almirante reunió a los capitanes y a otros miembros de la tripulación, junto con los escribanos de la armada, Rodrigo de Escobedo y Rodrigo Sánchez de Segovia, para que dieran fe de que tomaba posesión de la isla en nombre de los Reyes Católicos, realizando todas las formalidades requeridas, como se detalla en los testimonios escritos.

Pronto se congregó una multitud local. En sus propias palabras, el Almirante, en su libro sobre este primer viaje y descubrimiento de las Indias, menciona: "Para ganar su amistad, sabiendo que serían más propensos a aceptar nuestra fe por amor que por fuerza, les regalé algunos sombreros rojos y cuentas de vidrio para el cuello, junto con otros objetos de poco valor, lo cual les causó gran alegría y nos mostraron una hospitalidad asombrosa. Venían a nuestras embarcaciones nadando y nos traían papagayos, hilo de algodón y lanzas, intercambiándolos gustosamente por cuentas de vidrio y cascabeles. En general, aceptaban y ofrecían todo lo que tenían de buena voluntad, aunque me di cuenta de que eran una gente muy pobre en general".

En aquellos días, cuando mis ojos se posaron sobre aquella tierra desconocida, quedé asombrado por lo que vi. Los habitantes de aquella isla, sin excepción, deambulaban desnudos, como si su madre los hubiera traído al mundo. Las mujeres también compartían esta costumbre, aunque solo pude divisar a una joven moza. Todos los individuos que tuve el privilegio de observar eran jóvenes, ninguno aparentaba más de treinta años. Poseían cuerpos esbeltos y rostros hermosos, con cabellos gruesos que caían como sedas de cola de caballo, cortos en su mayoría, pero algunos dejaban crecer mechones detrás de las cejas, sin jamás cortarlos. Su piel variaba entre tonos de canario, ni negros ni blancos, y algunos se pintaban de blanco, otros de colorado, y algunos de lo que encontraban a su alcance. Sus cuerpos, sus rostros, incluso sus ojos y narices, eran lienzos para sus expresiones artísticas. No portaban armas ni las conocían, pues al mostrarles espadas, las tomaban por el filo y se herían por ignorancia. Sus azagayas, en lugar de hierro, eran varas, algunas con dientes de pez en los extremos. Eran altos y bien formados, con gestos que denotaban nobleza y buen ingenio. Algunos mostraban cicatrices de heridas, y al preguntarles, señalaban hacia otras islas cercanas, donde enfrentaban amenazas y se defendían valientemente. Creo que podrían convertirse fácilmente al cristianismo, pues no seguían ninguna secta religiosa. En honor a Nuestro Señor, llevaré a seis de estos nativos ante vuestras altezas para que aprendan a hablar. No encontré bestias en esta isla, salvo los coloridos papagayos que llenaban el aire con sus graznidos.

*

Sábado 13 de octubre.

Al amanecer, vinieron a la playa muchos hombres jóvenes, tal como había dicho antes. Todos eran de buena estatura, gente muy hermosa, con el cabello liso y grueso como crines de caballo. Tenían la frente y la cabeza muy ancha, más que cualquier otra gente que hubiera visto hasta ahora. Sus ojos eran muy bellos y no pequeños, y ninguno de ellos era de tez oscura, sino del color de los canarios. Esto no es de extrañar, puesto que estamos frente a la isla del Hierro, en las Canarias, bajo la misma latitud. Sus piernas eran muy rectas, todos a una mano, y no tenían barriga sino cuerpos bien formados.

Vinieron a la nave en almadías, embarcaciones hechas de un solo tronco de árbol tallado de forma admirable. Algunas podían transportar 40 o 45 hombres, mientras que otras eran más pequeñas, para un solo tripulante. Remaban con un instrumento similar a una pala de horno, y lo hacían maravillosamente. Si la almadía se volteaba, se echaban todos al agua a enderezarla.

Traían ovillos de algodón hilado, papagayos, azagayas y otras cosas que sería prolijo enumerar, y lo daban todo a cambio de cualquier objeto que les diéramos. Yo estaba atento, buscando señales de oro, y noté que algunos llevaban un pedazo colgando de un agujero en la nariz. Por señas, entendí que yendo hacia el sur de la isla, había allí un rey que poseía grandes vasijas de oro. Intenté que fueran para allá, pero luego vi que no entendían cómo llegar.

Decidí esperar hasta la tarde del día siguiente y partir luego hacia el sudoeste, pues muchos de ellos me señalaron que había tierra en esa dirección, así como al sur y noroeste. Me dijeron también que desde el noroeste a menudo venían a combatirlos. Así que me dirigiré al sudoeste para buscar el oro y piedras preciosas.

Esta isla es muy grande y llana, con abundantes árboles verdes y aguas, y una gran laguna en medio, sin montañas, verde en toda su extensión, un placer a la vista. Su gente es sumamente mansa, y por las ganas de obtener algo de lo nuestro, ya que no poseen nada para intercambiar, toman todo lo que pueden y luego se echan a nadar. Pero todo lo que tienen lo entregan a cambio de cualquier cosa que les demos, pues rescataban hasta pedazos de escudillas y copas de vidrio roto, hasta que vi dar diez y seis ovillos de algodón hilado por tres ceotís de Portugal, que equivalen a una blanca de Castilla, cuando en ellos habría más de una arroba de algodón. Esto lo habría prohibido y no habría dejado tomar a nadie, para que todo fuera para Vuestras Altezas, si hubiera en cantidad.

Aquí nace algodón en esta isla, aunque por la brevedad del tiempo no pude confirmarlo bien. Y aquí también nace el oro que llevan en la nariz, pero para no perder más tiempo, quiero ir a buscar si logro llegar a la isla de Cipango. Al caer la noche, todos se fueron a tierra en sus almadías.

Domingo 14 de octubre.

Al amanecer, dispuse que se prepararan el batel de la nave y las barcas de las carabelas para recorrer la longitud de la isla en dirección noreste, y así ver la otra parte situada al este, qué había. También para observar los poblados y sus gentes. Pronto avisté dos o tres aldeas, con sus habitantes que acudían todos a la playa a llamarnos y dar gracias a Dios.

Algunos nos traían agua, otros alimentos, y otros que al ver que no tenía intención de desembarcar, se echaban al agua a nado para llegar a nosotros. Entendí que nos preguntaban si veníamos del cielo. Subió uno de ellos, ya viejo, al batel, mientras muchos otros, hombres y mujeres, gritaban a voces llamando a todos: "¡Venid a ver a estos hombres que han llegado del cielo, traedles de comer y beber!".

Acudieron entonces multitudes, muchas mujeres también, y cada cual con algo para darnos, dando gracias a Dios, arrojándose al suelo y levantando las manos al cielo, para después llamarnos en voz alta a que fuéramos a tierra. Pero mi propósito era observar un gran arrecife de piedras que circunda toda esa isla y entre el cual queda una entrada estrecha, aunque adentro hay aguas profundas donde podrían fondear cuantas naves existen en toda la cristiandad, pues el mar allí está tan quieto como dentro de un pozo.

Quise examinar todo esto desde la mañana para poder informar de ello a Vuestras Altezas, así como dónde podría construirse una fortaleza. Divisé un trozo de tierra que formaba casi una isla, con seis casas, la cual podría convertirse en isla en dos días de trabajo, aunque no lo considero necesario porque esta gente es muy simple en materia de armas, como verán Vuestras Altezas por los siete que hice apresar para llevarlos con nosotros y aprendan nuestro idioma, devolviéndolos después. Salvo que, si Vuestras Altezas lo mandan, podrían llevarse a todos a Castilla o mantenerlos cautivos en la misma isla, pues con cincuenta hombres los tendrían sometidos para que hicieran todo lo que quisieran. 

Junto a dicha isleta se hallan huertos de árboles, los más hermosos que he visto, tan verdes y frondosos como los de Castilla en abril o mayo, con abundante agua. Examiné aquel puerto y volví luego a la nave para hacerme a la vela, divisando tantas islas que no sabía a cuál dirigirme primero. Los hombres que había apresado me señalaban por gestos la existencia de tantas que eran incontables, nombrándome por sus nombres más de cien. Por ello escogí dirigirme a la mayor, distante unas cinco leguas de San Salvador, siendo las demás en algunos casos más y en otros menos distantes.

Todas son muy llanas, sin montañas, muy fértiles y pobladas. Se hacen la guerra entre sí, aunque estos son gente muy simple y de cuerpos muy hermosos.

Lunes 15 de octubre.

 Había tempestad esta noche y temía no llegar a tierra antes del amanecer para fondear, por desconocer si la costa estaba libre de bajíos. Al aclarar, desplegué las velas. Como la isla distaba más de cinco leguas, quizá siete, y la marea me detuvo, sería mediodía cuando arribé a ella.

Comprobé que la parte de esta isla frente a San Salvador se orienta de norte a sur con unas cinco leguas de longitud. La parte que seguí yo, corre de este-oeste y tiene más de diez leguas. Avistando desde aquí otra isla mayor hacia el oeste, orienté las velas en esa dirección para recorrerla hasta entrada la noche, pues no había podido llegar aún a su extremo occidental. A ésta la bauticé como isla de Santa María de la Concepción.

Al ponerse casi el sol, fondeé cerca de dicho cabo para averiguar si había allí oro, ya que los isleños apresados en San Salvador me decían que en esta isla usaban grandes brazaletes y ajorcas de oro en piernas y brazos. Creí que todo era un invento para fugarse, pero no quería pasar por ninguna isla sin tomar posesión de ella, pues haciéndolo de una ya se puede decir de todas.

Fondeado hasta hoy martes, al amanecer fui a tierra con los botes armados y desembarqué. Los nativos, tan desnudos y de condición similar a los de San Salvador, nos dejaron recorrer la isla dándonos cuanto pedíamos.

Como el viento arreciaba en dirección sudeste, no quise detenerme y regresé a la nave. Una gran almadía estaba junto a la carabela Niña con uno de los hombres de la isla de San Salvador, quien se echó al agua para irse en ella. La noche antes, cuando había medio lanzado otra almadía, ésta se les escapó tan veloz que ninguna barca pudo alcanzarla. No obstante, embarrancó, abandonando los fugitivos la almadía mientras algunos de los míos saltaron a tierra y todos ellos huyeron como gallinas.

Subimos a bordo de la Niña la almadía abandonada, adonde llegó luego otra pequeña con un hombre que venía a rescatar un ovillo de algodón. Al no querer subir a la carabela, unos marineros se echaron al agua y lo capturaron. Yo observaba desde popa y al verlo ordené traérmelo. Le di un gorro colorado, cuentas de vidrio verdes para el brazo y dos cascabeles para las orejas, mandándolo devolver en su almadía, que teníamos también a bordo. Lo envié luego a tierra, e izando velas me dirigí a la gran isla del oeste, ordenando soltar la otra almadía que remolcaba la Niña. 

Más tarde, ya en tierra, vi al que antes había obsequiado acercarse a la playa, sin haber querido aceptar el ovillo de algodón que me ofrecía. Los demás isleños se juntaron en torno suyo con gran admiración. Bien le pareció a éste que éramos buena gente y que el otro había huido por algún daño que le hubiéramos hecho, por lo que lo llevamos. Usé de este ardid de soltarlo y obsequiarlo para granjearnos esa estima, de modo que otra vez, si Vuestras Altezas envían aquí de nuevo, no nos encuentren hostilidad. Y todo lo que le di no valía cuatro maravedís.

Así partí, serían las diez horas, con viento del sudeste. Navegaba con rumbo sur para cruzar hacia la otra isla, grandísima, de la cual todos los hombres que traigo de San Salvador indican por señas que hay abundante oro, usándolo en brazaletes, tobillos, orejas, nariz y cuello. De Santa María a esta nueva isla hay nueve leguas al oeste-sudeste. Toda esta parte de la costa se orienta noroeste-sudeste y parece haber unas veintiocho leguas en esta fachada.

Es muy llana como las de San Salvador y Santa María, sin montañas, con playas sin acantilados, aunque con algunas rocas cerca de tierra bajo el agua, precaviendo al fondear acercarse mucho. Las aguas siempre clarísimas dejan ver el fondo. A dos tiros de lombarda de la orilla se alcanzan fondos insondables en todas estas islas. Son muy verdes y fértiles, con aires suavísimos. Puede haber muchas cosas que ignoro por no detenerme a explorar tantas islas en busca de oro. Pero dadas estas señales de que lo llevan en brazos y piernas, y siendo oro lo que les mostré, no puedo errar con la ayuda de Nuestro Señor en dar con su origen. 

Estando a mitad del canal entre Santa María y esta gran isla, a la que llamo Fernandina, hallé un hombre solo en una almadía que iba de Santa María a Fernandina. Llevaba un puño de su pan, una calabaza con agua, polvo de tierra rojiza amasado, unas hojas secas muy estimadas por ellos según el presente de tales hojas que ya me hicieron en San Salvador. En una cesta al modo de ellos traía un ramillete de cuentas de vidrio y dos blancas, por lo que deduje que venía de San Salvador tras pasar Santa María camino a Fernandina.

Se acercó a la nave y accedí a su demanda de subir a bordo, haciendo guardar su almadía y pertenencias. Le mandé dar pan con miel y de beber, pasándole luego a Fernandina con todo lo suyo para que, si place al Señor, dé buenas nuevas de nosotros y que cuando Vuestras Altezas vuelvan a enviar aquí, honren a quienes vengan dándoles cuanto tengan.

Martes 16 de octubre.

Partí de las islas de Santa María de la Concepción, sería cerca del mediodía, con rumbo a la isla Fernandina al oeste, muy extensa. Navegué todo ese día con calma, sin poder llegar a tiempo para sondar el fondo y fondear en aguas limpias antes de anochecer. Es crucial gran diligencia en esto para no perder las anclas. Así, permanecí al pairo hasta hoy que llegué a un poblado adonde amarré. Era el lugar adonde había venido el hombre que encontré ayer en la almadía a mitad del canal. Dio tan buenas nuevas nuestras que durante toda la noche no faltaron almadías junto a la nave trayéndonos agua y lo que tenían. A cada uno le mandaba dar algo: cuentas de vidrio, sonajas de latón de las que en Castilla valen un maravedí, agujetas, todo lo cual estimaban en gran medida. También les mandaba dar miel de azúcar para comer cuando subían a bordo.

Luego, a eso de tercia, envié a tierra el batel por agua. Ellos indicaban de muy buena gana dónde se hallaba y traían ellos mismos los barriles llenos hasta el batel, muy complacidos de hacernos favor. Esta isla, por lo que puedo colegir, tiene o cerca de sí minas de oro. Está separada unas ocho leguas de Santa María, casi al oeste-sudeste. Este cabo adonde vine y toda la costa se orientan noroeste-sureste. Alcancé a ver unas veinte leguas de su longitud, pero aún no terminaba. 

Escribiendo esto hice vela, con viento del sur, para rodear toda la isla y trabajar hasta hallar a Samaot, la ciudad o isla que, según dicen, tiene el oro. Así lo afirman todos los que vienen en la nao y ya nos lo decían en San Salvador y Santa María. 

Su gente se asemeja a la de dichas islas en lengua, costumbres y aspecto, salvo que éstos me parecen más tratables y astutos, pues han traído algodón aquí, junto con otros objetos, demostrando saber regatear mejor la paga que los anteriores. En esta isla he visto también mantas de algodón, y sus habitantes mejor dispuestos. Las mujeres llevan por delante una prenda de algodón que apenas cubre sus partes.

Esta isla es muy verde y llana, fertilísima. No dudo que siembran maíz todo el año, cosechándolo continuamente junto con todo lo demás. Vi muchos árboles muy diferentes de los nuestros, con ramas de diversas formas en un mismo pie, siendo cada ramita de distinta manera, una maravillosa variedad. Por ejemplo, una rama con hojas como cañas y otra como lentisco, así hasta cinco o seis tipos en un árbol, todos tan diversos y no injertados, pues estos árboles crecen silvestres sin cuidado alguno. 

No les conozco religión y creo se harían cristianos con facilidad dada su buena disposición. Los peces tan distintos de los nuestros que es admiración: hay algunos con forma de gallos, de los más finos colores del mundo, azules, amarillos, colorados, de toda tonalidad imaginable, otros con mil pintas, los matices finísimos. Ninguno que no se maraville y recree al verlos. Hay asimismo ballenas. 

No he visto bestias terrestres de ninguna clase, salvo papagayos y lagartos. Un muchacho dijo haber visto una gran culebra. No divisé ovejas, cabras ni otro animal, aunque llevo muy poco tiempo aquí, pues es mediodía. Pero de haberlos no podría dejar de ver alguno. Describiré la circunferencia de esta isla después que la haya rodeado.

Miércoles 17 de octubre.

Al mediodía partí del poblado donde había fondeado para proveer agua, con intención de circundar la isla Fernandina. Soplaban vientos del sudeste y sur. Mi propósito era seguir la costa donde me hallaba al sureste, pues se orienta toda de nor-noroeste a sur-sureste, llevando dicho rumbo sur-sureste porque los indios que traigo, junto a otros, señalaban al sur de la isla llamada Saomet donde está el oro. 

Pero Martín Alonso Pinzón, capitán de la Pinta donde iban tres de estos indios, vino a decirme que uno le había indicado bien claro que bordeando la isla por el nor-noroeste la rodearía mucho antes. Como el viento no ayudaba al rumbo que yo quería y sí al otro, orienté el norte-noroeste. A unas dos leguas del cabo hallé un portentoso puerto con dos bocas estrechísimas y muy amplio dentro para cien naos, si tuviera fondo limpio, resultando poco profundo a la entrada. 

Me pareció bien sondearlo. Fondeé fuera y entramos con todas las barcas sin encontrar fondo. Como al verlo pensé que era desembocadura de algún río, había dispuesto llevar barriles para agua. En tierra hallamos unos ocho o diez hombres que nos condujeron al poblado cercano adonde envié un grupo con armas y otros con barriles a traer agua.  Y por estar lejos, me detuve un par de horas.

Durante este tiempo estuve recorriendo aquellos árboles, asombrosa visión por su verdor semejante al mayo andaluz. Todos absolutamente distintos de los nuestros, tanto los árboles como las frutas, hierbas, piedras y cualquier cosa. Algunos sí de la naturaleza de árboles de Castilla; pero tan enorme la diferencia y tales los otros tipos de árboles, imposible de asemejar a los conocidos.

La gente tiene las mismas características de los anteriores: desnudos, estatura similar, dispuestos a dar lo que tuvieran a cambio de cualquier objeto. Aquí vi que unos grumetes trocaban azagayas por pedazos de platos rotos y vidrio; y los que fueron por agua contaron haber estado en sus casas, muy limpias y barridas, con camas y enseres como redes de algodón. 

Las casas son al estilo de chozas, muy altas y espaciosas, con buenas chimeneas, no viendo yo poblado alguno de más de doce a quince casas. Hallaron que las mujeres casadas llevaban braga de algodón; no las solteras, salvo algunas de dieciocho años. Había perros mastines y galgos. Vieron uno que traía en la nariz un pedazo de oro, casi medio castellano, con letras; les reñí por no rescatarlo dando cuanto pidieran, para saber qué moneda era y de dónde. Respondieron que ninguno se había atrevido a hacerlo. 

Tras proveernos de agua, volví a la nao e izando velas salí al noroeste, descubriendo esa parte de la isla hasta la costa este-oeste. Todos los indios insistieron entonces en que esta isla era más pequeña que Saomet, conviniendo regresar para llegar antes. Allí el viento amainó y comenzó a soplar del nor-noroeste, contrario al rumbo que traíamos, por lo que viré para alejarme de tierra ante un cielo muy cargado y cerrado que impedía distinguir dónde surgir. 

Durante la noche llovió fuertemente tras la medianoche, continuando aún nublado. Estamos al sur de la isla, donde espero fondear al aclarar para divisar las otras islas adonde debo ir.

Estos días, desde que estoy en las Indias, ha llovido poco o mucho. Crean Vuestras Altezas que esta es la tierra mejor, más fértil y templada, con la superficie más llana del mundo. 

Jueves 18 de octubre. Al aclarar seguí con buen viento bordeando la isla en derredor todo lo posible, hasta que ya no era prudente navegar, sin llegar a tierra. Al amanecer, izando velas partí.

Viernes 19 de octubre. Al amanecer levanté anclas enviando la Pinta al este-sureste y la Niña al sur-sureste, mientras con la nao fui al sureste, ordenando seguir ese rumbo hasta mediodía para cambiar luego hacia mí para reunirnos. Antes de tres horas vimos al este una isla donde llegamos los tres barcos al mediodía, a la punta norte donde hay un islote y restinga de piedra al norte, y otro entre dicho islote y la isla grande.

Esta isla es la que los hombres de San Salvador que traigo llaman Saomet, a la que puse de nombre Isabela. Soplaba viento del norte, quedando el islote en dirección a Fernandina, que dejé al oeste. Luego la costa se dirige desde el islote al oeste, con unas doce leguas hasta un cabo que bauticé Cabo Hermoso en ese extremo oeste, por ser redondeado, de fondo limpio y al principio pedregoso, convirtiéndose luego en playa arenosa como casi toda esa costa. Allí fondeé la noche del viernes hasta la mañana. 

Toda esta costa y parte de la isla que vi es casi playa. Es la más bella isla hasta ahora, pues si las otras son bellísimas, esta lo es más, con abundantes árboles, muy verdes y grandes. Esta tierra es más alta que las islas anteriores, con algunos cerros sin llegar a montañas, que hermosean el paisaje abundando las aguas en el interior.

Hacia el noreste forma una gran ensenada muy arbolada y tupida. Quise fondear allí para desembarcar y ver tanta belleza, pero el fondo era bajo, obligando a alejarse de tierra, y el viento favorable para este cabo donde amarré, tan verde y hermoso como todo lo demás, sin poder decidir adónde ir primero, sin saciar mis ojos de tanto verdor y diversidad cual no tiene igual. Creo que habrá muchas plantas y árboles aquí de gran valor en España para tintes y especias medicinales, que no sé reconocer, con gran pesar.

Al llegar a este cabo sentí un olor tan bueno y suave de flores o árboles, que era lo más dulce del mundo. Antes de partir iré a tierra a ver el origen de este aroma en el cabo. No hay poblado, según dicen estos hombres que traigo, sino más adentro donde está el rey con abundante oro. Mañana deseo internarme hasta hallar población y entablar contacto con este rey que, por sus dichos, domina todas estas islas cercanas, vistiendo mucho oro. No doy entera fe a ello, tanto por no entenderles bien como por notar su pobreza en oro, que cualquier poco les parece mucho. 

Este cabo hermoso creo es isla aparte de Saomet, mediando incluso otra pequeña. No me importa tanto el detalle, imposible de abarcar en cincuenta años, sino descubrir y ver lo más que pueda para volver en abril a Vuestras Altezas, si place al Señor. Claro que hallando oro o especias en cantidad, me detendré a recoger cuanto pueda, sin hacer sino buscarlos.

Sábado 20 de octubre. Hoy al salir el sol levanté anclas de donde había fondeado en Saomet, en el cabo al que puse de nombre cabo de la Laguna, con intención de navegar al noreste y este desde el sureste y sur, donde estos hombres dicen está la población y rey. Pero el fondo tan bajo que no pude pasar viendo que el rodeo era muy grande por el suroeste, por lo que determiné regresar al nor-nordeste bordeando esta isla. 

El viento tan escaso que nunca pude mantenerme a lo largo de la costa, sino solo de noche, siendo peligroso fondear en estas islas sino de día para ver dónde se echa el ancla, con manchas unas de fondo limpio y otras no. Así, permanecí dando bordadas toda la noche del domingo. Las carabelas fondearon al hallar antes tierra, creyendo que acudiría a sus señales habituales, mas no quise.

Domingo 21 de octubre. A las diez horas llegué a este cabo del islote y fondeé, igual que las carabelas. Después de comer fui a tierra donde no había más poblado que una casa abandonada, creyendo que sus moradores habían huido con temor dejando sus enseres. No toqué nada, sino que salí a recorrer la isla con los capitanes y otros. Si las vistas eran ya muy hermosas, fértiles y verdes, ésta lo es más, con grandes y tupidos bosques muy verdes.

Hay extensas lagunas bordeadas de exuberante arbolado, todo de persistente verdor. La hierba como en abril andaluz, el trinar de pájaros, de no querer partir nunca, bandadas de papagayos que oscurecen el sol y aves y avecillas de types tan variados y distintos a los nuestros que es prodigio.

Árboles de mil clases, cada cual con su fruto, todos de fragancia admirable, apenándome en gran manera el ignorarlos porque sin duda son de gran valía, trayendo muestras de ellos y las hierbas.

Andando en torno a una laguna vimos una serpiente que matamos, trayendo su piel para Vuestras Altezas. Al vernos se arrojó al agua y la seguimos, no muy hondo, hasta darle muerte con lanzas. Media unos siete palmos, creyendo que en estas lagunas debe haber muchas.

Reconocí también árboles de lignáloe, determinando hacer llevar mañana a bordo unos diez quintales, pues dicen vale mucho. Buscando luego buena agua dimos con un poblado cercano, a media legua de donde fondeé, y su gente al sentirnos huyó abandonando casas y escondiendo sus bienes en los montes. No consentí tomar nada, ni de un alfiler.

Se nos acercaron unos hombres, uno llegándose aquí. Le di cascabeles y cuentas de vidrio, quedando muy contento y alegre. Para granjearlos más, al pedirles agua, vinieron luego a la playa con calabazas llenas, complacidos de dárnosla. Les mandé otro manojo de cuentas, diciendo traerían más por la mañana.

Quiero llenar de agua los toneles de los navíos. Si el tiempo lo permite partiré luego a circundar esta isla hasta dar con su rey, que dicen trae oro, y seguir a otra isla grande que debe ser Cipango según las señas, llamada Colba, con muchas naves y marinos. Y otra llamada Bohío, también grande. Veré las intermedias, resolviendo según halle oro o especias, aunque aún decido ir a tierra firme y la ciudad de Quisay para dar las cartas de Vuestras Altezas al Gran Khan y volver con su respuesta.

Lunes 22 de octubre. Toda esta noche y hoy esperé que el rey de aquí u otras personas nos trajeran oro u objetos de valor, viniendo multitud similar a las islas anteriores: tan desnudos y pintados de blanco, rojo o negro en sus variadas maneras. Traían azagayas y unos ovillos de algodón para rescatar, que algunos marineros trocaban por pedazos de vidrio, de platos rotos y tiestos.

Algunos tenían colgando en la nariz pedacitos de oro que de buena gana daban por un cascabel o cuentas de vidrio. Pero es tan poco que no es nada, pues cualquier baratija los maravilla, creyendo que habíamos venido del cielo.

Tomamos agua para los navíos en una laguna aquí cerca del cabo del islote, de ese nombre. En ella, Martín Alonso Pinzón, capitán de la Pinta, mató otra serpiente de siete palmos como la de ayer. Hice recoger también todo el lignáloe que hallaron.

Martes 23 de octubre. Quisiera partir hoy hacia la isla de Cuba, que creo sea Cipango según lo que cuenta esta gente de su gran tamaño y riqueza, sin demorarme más en rodear ésta para buscar la población y contactar con su rey o señor, por no entretenerme demasiado al ver que aquí no hay minas de oro. Y requiriendo rodear estas islas vientos de muchas clases no constantes. 

Así pues, no conviene detenerse, sino más bien enderezar el rumbo y seguir calando profundamente hasta dar con tierra firme, que presumo será muy rica en especias valiosas, aunque aún no logro reconocerlas. Me apena no poder identificarlas, sobre todo al ver millares de árboles, cada uno con su propio fruto, y todo el paisaje tan verde como los campos de España en mayo o junio. Hay también muchas hierbas floridas, pero sólo he podido reconocer el lignáloe, del cual hoy he mandado recolectar una buena cantidad.

No he podido levar anclas por falta de viento, pues reina una calma absoluta, acompañada de fuertes lluvias. Ayer y anteayer llovió copiosamente, aunque sin frío. Los días son calurosos y las noches templadas, como suele ser el mes de mayo en Andalucía.

Miércoles 24 de octubre. A medianoche zarpé de isla Isabela, en el cabo del islote al norte donde había fondeado, rumbo a Cuba donde oí a esta gente que era muy grande, con mucho comercio, oro, especias, grandes naves y mercaderes. Me indicaron que estaba al oes-sudoeste, creyendo que es la isla de Cipango, de la que se cuentan cosas maravillosas y que según esferas y mapas he visto está en esta zona.

Navegué con ese rumbo hasta el día, calmando el viento y lloviendo casi toda la noche. Con poco viento hasta pasado mediodía que arreció afable impulsando todas velas: mesana, gavia, cebadera, triquete, bonetas y maestra. Seguí así hasta anochecer quedándome el cabo Verde de Fernandina al oeste-sur, distando unas siete leguas al noroeste.

Al notar el descenso de la temperatura y careciendo de certeza sobre la distancia a Cuba, opté por evitar la búsqueda nocturna debido a la presencia de profundos fondos marinos sin puntos de referencia cercanos, excepto por pequeñas zonas a una distancia prudente. Estas áreas estaban marcadas por manchones de rocas y arena, haciendo imposible el fondeo seguro a menos que fuera a la vista.

 

En consecuencia, di la orden de reducir todas las velas, a excepción del triquete, con el objetivo de mantener una navegación más cautelosa. Sin embargo, el viento aumentó significativamente acompañado de una intensa cerrazón y lluvia, lo que me llevó a reducir también la vela del triquete. A pesar de estos esfuerzos, apenas avanzamos dos leguas en esas condiciones desafiantes.

Jueves 25 de octubre. Navegó desde la salida del sol al oes-suroeste unas cinco leguas hasta las nueve para luego girar al oeste recorriendo unas cuarenta y cuatro millas hasta la una tras mediodía y de allí a las tres. Entonces vieron tierra, siete u ocho islas en fila norte-sur, a unas cinco leguas. 

Viernes 26 de octubre. Estuvo de las dichas islas por el sur con bajío unas cinco o seis leguas, fondeando allí. Los indios dijeron estar Cuba a día y medio en sus almadías de un solo tronco sin vela. Partió pues hacia Cuba por las señales de su gran tamaño y riquezas en oro y perlas, pensando que era Cipango.

Sábado 27 de octubre. Al salir el sol zarpó de aquellas islas denominándolas de Arena por su escaso fondo hasta seis leguas al sur. Navegó ocho millas por hora hasta la una al sur-suroeste, unas cuarenta millas, y hasta la noche otras veintiocho millas al mismo rumbo, divisando tierra antes de anochecer. Pasaron la noche al abrigo con abundante lluvia. Recorrieron diecisiete leguas rumbo sur-suroeste hasta ponerse el sol. 

Domingo 28 de octubre. Puso rumbo a Cuba al sur-suroeste, hacia su costa más cercana, entrando en un hermoso río muy seguro, sin bajíos ni otro inconveniente. Toda la costa muy honda y limpia hasta tierra, con boca del río de doce brazas, bien ancha para bordear. Fondeó dentro a tiro de lombarda. Dice el Almirante que cosa más bella no ha visto, el río todo cercado de árboles, hermosos, verdes y diferentes a los nuestros, con flores y frutos diversos. Muchas aves cantando dulcemente. Palmas distintas de las de Guinea y nuestras, medianas, sin vaina en el pie y grandes hojas que sirven de techumbre. 

Saltó a la barca yendo a tierra, llegando a dos casas de pescadores que creyó huyeron de miedo. En una halló un perro que no ladró. Ambas con redes, cordeles, anzuelos, arpones, aparejos de pesca y muchos fuegos, creyendo se juntan allí mucha gente. Ordenó no tocar nada. La hierba muy crecida como en abril o mayo andaluz. Encontró abundantes verdolagas y bledes. 

Remontó luego el río un buen rato, gran placer por la fronda y aves, no pudiendo dejar de mirar. Dice la isla bellísima, con buenos puertos y ríos hondos, pareciendo la mar allí nunca alterarse por llegar la hierba de la playa casi al agua cual no ocurre con mar gruesa, no habiéndola notado aún en todas esas islas. 

Refiere la isla montañosa, aunque no muy largas las cumbres pero escarpadas, siendo lo demás alto cual Sicilia. Abundan los ríos, calculando los indios de Guanahani diez grandes inabarcables para sus canoas en veinte días. Al ir a tierra salieron dos canoas que huyeron al ver a los marineros embarcar para sondear donde fondear.

Los indios decían en esa isla minas de oro y perlas, viendo el Almirante lugar apropiado para ellas y almejas. Cree que hasta allí llegan grandes naves del Gran Khan, estando la tierra firme a unas diez jornadas. Llamó a ese río y puerto San Salvador.

Lunes 29 de octubre. El almirante alzó las anclas en aquel puerto y navegó hacia el Poniente, con la intención de llegar a la ciudad donde, según los indios, residía el rey. A unas seis leguas al Noroeste, se divisaba una punta de la isla, mientras que a diez leguas al Este, otra punta se alzaba. Tras avanzar una legua más, avistó un río de entrada no muy grande, al que llamó el "río de la Luna". Continuó su travesía hasta la hora de las vísperas, cuando se encontró con otro río mucho más extenso. Los indios, mediante señas, le indicaron que se trataba del "río de Mares". Cerca de este río, observó poblaciones con casas de aspecto prometedor, más hermosas que las que había visto hasta entonces. Eran construcciones amplias, parecidas a tiendas, sin un diseño de calles definido, pero limpias y bien cuidadas. Estas viviendas, hechas de ramos de palma, albergaban estatuas de mujeres y cabezas talladas con destreza, aunque no estaba seguro si los indígenas las consideraban hermosas o las adoraban.

En su exploración, notó que los perros no ladraban y que aves salvajes se posaban mansamente cerca de las casas. También encontró artefactos pesqueros, como redes y anzuelos, pero decidió no tocar nada. Supuso que los habitantes de la costa debían ser pescadores que llevaban el pescado tierra adentro. La isla, grande y bellísima, le dejó sin palabras. Descubrió árboles y frutas de sabores extraordinarios, y sospechó que podría haber ganado en ella, ya que encontró cráneos que parecían pertenecer a vacas. Las noches eran agradables, con el canto de grillos y aires dulces, ni frío ni calor. Atribuyó el calor en otras islas a su topografía llana y a los vientos cálidos que las alcanzaban. El agua de los ríos era salada, aunque los indios bebían agua dulce en sus casas. Uno de los ríos permitía a los barcos maniobrar para entrar y salir, y su fondo era adecuado para criar perlas. Además, encontró caracoles grandes, aunque carecían del sabor de los españoles. El almirante señaló la disposición del río y del puerto, al que llamó San Salvador, con montañas altas y una cima que parecía una hermosa mezquita. El otro río y puerto, donde se encontraba en ese momento, tenía dos montañas redondas al Sureste y un hermoso cabo llano al Noroeste.

Martes 30 de octubre. El almirante partió del "río de Mares" hacia el Noroeste y avistó un cabo cubierto de palmas, al que llamó "Cabo de Palmas". Después de navegar unas quince leguas, los indios a bordo de la carabela Pinta le informaron que detrás de ese cabo había un río, y desde allí, a Cuba, se extendían cuatro jornadas de navegación. El capitán de la Pinta opinó que esta Cuba era una ciudad y que la tierra en cuestión era una vasta extensión continental que se dirigía hacia el Norte. Según los indígenas, el rey de esa tierra estaba en conflicto con el "Gran Khan", a quien también llamaban "Camí", y su tierra o ciudad tenía varios nombres, incluido "Faba".

El almirante decidió llegar a ese río y enviar un presente al rey, junto con la carta de los monarcas. Para esta misión, contaba con un marinero que había navegado previamente en Guinea y con algunos indios de Guanahani que deseaban regresar a su tierra natal. Según el almirante, la distancia desde la línea ecuatorial hasta esa región era de cuarenta y dos grados hacia el Norte, siempre y cuando la información no estuviera distorsionada en la transcripción. Además, creía que tendría que esforzarse para llegar al "Gran Can", a quien suponía que se encontraba en algún lugar cercano, o a la ciudad de "Catay", también relacionada con el "Gran Can" y que, según le habían dicho antes de partir de España, era una tierra muy extensa. En sus descripciones, toda esta tierra parecía ser baja, hermosa y con aguas profundas.

Miércoles 31 de octubre. Durante toda la noche, el almirante navegó barloventeando. Avistó un río cuya entrada era baja y los indios pensaron que los barcos podrían entrar como sus canoas. Continuando su travesía, encontró un cabo que se extendía hacia afuera y cerca de bajíos. También divisó una bahía donde podrían fondear barcos pequeños, pero no pudo encabalgar debido a que el viento soplaba completamente desde el Norte y la costa se curvaba hacia el Nornorueste y Sueste. Dado el fuerte viento, decidió regresar al "río de Mares".

Jueves 1 de noviembre. Al amanecer, el almirante envió las barcas a tierra, donde encontraron que toda la gente había huido. Después de un tiempo, apareció un hombre, y el almirante ordenó que lo aseguraran. Luego envió a uno de los indios que llevaba a tierra. El indio les aseguró que no debían temer, ya que eran gente pacífica y no causaban daño a nadie. Trajeron más de dieciséis almadías o canoas cargadas con algodón hilado y otros objetos. El almirante les indicó que no tomaran nada, ya que solo buscaba oro, que ellos llamaban "nucay". Durante todo el día, los indígenas se acercaron a los barcos y los cristianos también fueron a tierra de manera segura. Aunque el almirante no vio oro en algunos de ellos, observó a uno con un pedazo de plata labrado colgado en la nariz, lo que sugirió la presencia de plata en la tierra. Los indígenas señalaron que en tres días llegarían muchos mercaderes del interior para comerciar con los cristianos y dar noticias del rey local. Según las señas que daban, el rey estaba a cuatro jornadas de distancia, ya que habían enviado mensajeros por toda la tierra para informarle sobre el almirante. La gente de esta región tenía costumbres similares a las de los otros lugares descubiertos, y aunque no practicaban ninguna religión conocida, recitaban la Salve y el Ave María con las manos alzadas al cielo y hacían la señal de la cruz. Todos hablaban la misma lengua y parecían ser amigos. El almirante creía que estas islas estaban en guerra con el "Gran Can", al que llamaban "Cavila", y su provincia se conocía como "Bafan". Además, todos andaban desnudos. El río era profundo y permitía que los barcos llegaran hasta la boca. El agua no era dulce hasta una legua tierra adentro, pero era muy dulce. El almirante afirmaba que esta era la tierra firme y que se encontraba cerca de "Zaito" y "Quinsay", a unas cien leguas de distancia, donde notó que el clima era diferente al que había experimentado hasta entonces.

Viernes 2 de noviembre. El almirante decidió enviar a dos hombres españoles en esta jornada. Uno de ellos era Rodrigo de Jerez, residente en Ayamonte, y el otro era Luis de Torres, quien había vivido con el adelantado de Murcia y anteriormente era judío, con conocimientos de hebreo, caldeo e incluso algo de árabe. Se menciona que este último sabía hablar estas lenguas. Para acompañarlos, el almirante envió a dos indios, uno proveniente de Guanahani y el otro de una de las poblaciones cercanas al río.

Les proporcionó cuentas para adquirir alimentos en caso de necesidad y les otorgó un plazo de seis días para regresar. Además, les entregó muestras de especias para verificar si encontraban alguna. Los instruyó sobre cómo preguntar por el rey de la tierra que visitarían, indicándoles qué debían comunicar en nombre de los reyes de Castilla. Les encomendó la tarea de solicitar al rey local las cartas que el almirante les había proporcionado, junto con un regalo. Además, debían obtener información sobre el estado de la región, establecer amistad y ofrecer cualquier ayuda que el rey local pudiera necesitar.

El almirante también les proporcionó detalles sobre ciertas provincias, puertos y ríos que tenía conocimiento y les pidió que indagaran sobre su ubicación y distancia. Esa noche, Columbus tomó la altura con un cuadrante y determinó que se encontraban a cuarenta y dos grados de la línea ecuatorial. Según sus cálculos, afirmó que había recorrido mil ciento cuarenta y dos leguas desde la isla del Hierro, reafirmando su convicción de que se encontraba en tierra firme.

Sábado 3 de noviembre. En la mañana, el almirante abordó la barca y navegó por el río. Dado que en la desembocadura se forma un extenso lago, creando un puerto excepcionalmente profundo y libre de piedras, con una playa idónea para atracar barcos y abundante leña, avanzó río arriba hasta llegar a las aguas dulces, aproximadamente a unas dos leguas de distancia. Ascendió a una pequeña elevación en busca de vislumbrar algún detalle del paisaje, pero la densa vegetación le impidió ver algo significativo. No obstante, destacó la frescura y fragancia de los exuberantes bosques, expresando su certeza de la presencia de hierbas aromáticas. En sus palabras, todo lo que contemplaba era tan hermoso que sus ojos no se cansaban de admirar tanta belleza, acentuada por el canto melodioso de las aves y pájaros.

A lo largo de ese día, numerosas canoas o almadías se acercaron a los navíos para comerciar artículos como algodón hilado y redes utilizadas como hamacas para dormir.

Domingo 4 de noviembre. Al amanecer, el almirante se embarcó en la barca y desembarcó en tierra para cazar las aves que había avistado el día anterior. A su regreso, Martín Alonso Pinzón se le acercó con dos trozos de canela, relatando que un portugués en su navío había visto a un indígena que llevaba consigo dos grandes manojos de esta especia. No obstante, el portugués no se atrevió a comerciarla debido a la estricta prohibición del almirante. Además, mencionó que el indígena también portaba algo similar a nueces de color rojo.

El contramaestre de la Pinta afirmó haber encontrado árboles de canela, pero al dirigirse allí, el almirante confirmó que no eran de esa especia. Luego, mostró a algunos indígenas localmente presentes canela y pimienta, posiblemente de las que había traído de Castilla como muestra. Los indígenas la reconocieron y señalaron que había abundante de ello en dirección al sureste. Asimismo, al mostrar oro y perlas, los ancianos indicaron que en un lugar llamado Bohío había una cantidad infinita, utilizada en collares, pendientes, brazos y piernas, así como perlas. Además, mencionaron la existencia de grandes barcos y mercancías, todo situado hacia el sureste. También se hizo referencia a seres humanos con un solo ojo, otros con hocicos de perros que devoraban a las personas, indicando que al capturar a alguien, lo degollaban, bebían su sangre y cortaban sus partes íntimas.

Decidió el almirante regresar a la nao y aguardar a los dos hombres que había enviado, con la intención de decidir si partirían en búsqueda de esas tierras, dependiendo de la información que trajeran. Columbus añadió que la gente local era amigable y temerosa, desprovista de vestimenta, armas o leyes. Describió la fertilidad de las tierras, llenas de "mames", similares a zanahorias con sabor a castañas, junto con diversas legumbres, algodón que crece de manera silvestre, árboles frutales, y otras frutas que resulta difícil enumerar. Según el almirante, todas estas riquezas parecen prometedoras y beneficiosas.

Lunes, 5 de noviembre: En la mañana, ordenó el almirante que la nao se situara en la montaña, así como los demás barcos, aunque no todos al mismo tiempo. La precaución era necesaria para garantizar la seguridad, aunque según afirmaba, la gente del lugar era confiable y podrían haber atracado todos los barcos juntos en la montaña. Mientras estaban así, el contramaestre de la Niña se acercó al almirante para informarle que había encontrado almáciga, aunque lamentablemente, no traía una muestra porque se le había caído. El almirante prometió recompensarle y envió a Rodrigo Sánchez y al maestre Diego a recolectar un poco de almáciga. Guardó esta muestra para llevarla a los Reyes, junto con información sobre el árbol que la producía. Según el almirante, se confirmó que era almáciga, pero señaló la importancia de recolectarla en el momento adecuado. Además, afirmó que la región tenía suficiente para extraer mil quintales cada año. También mencionó la presencia de un tipo de madera que le pareció ser lignáloe.

Destacó que el puerto de Mares era uno de los mejores del mundo, con excelentes condiciones climáticas y una población tranquila. Sugirió la posibilidad de construir una fortaleza en una peña elevada para asegurar a los comerciantes de otras naciones en caso de que la región resultara ser rica y de gran importancia. Concluyó expresando su confianza en que Dios, en cuyas manos están todas las victorias, guiaría todo para su servicio.

Martes 6 de noviembre. Anoche, según informó el almirante, los dos hombres que envió para explorar la tierra regresaron, relatando que habían recorrido doce leguas hasta llegar a una población de alrededor de cincuenta casas. Se menciona que podría haber hasta mil vecinos, ya que varias personas viven juntas en una sola casa. Estas viviendas son de gran tamaño, similares a alfaneques. Los habitantes los recibieron con solemnidad, siguiendo sus costumbres, y tanto hombres como mujeres acudieron a verlos. Les asignaron las mejores casas, los tocaron, besaron sus manos y pies, expresando asombro y creyendo que provenían del cielo, así se los hicieron saber. Compartieron su comida y les mostraron gran hospitalidad.

Luego, los líderes del pueblo llevaron a los exploradores a la casa principal, donde les ofrecieron asientos especiales. Los demás se sentaron en el suelo alrededor de ellos. Un indígena que los acompañaba les explicó la forma de vida de los cristianos y cómo eran personas buenas. Después de la partida de los hombres, las mujeres entraron y se sentaron de manera similar alrededor de los exploradores, mostrándoles el mismo respeto, incluso besándoles las manos y los pies, intentando verificar si eran de carne y hueso como ellos. Les rogaron que se quedaran al menos cinco días. Mostraron especias como canela y pimienta que les había dado el almirante, indicando que había más al sureste, aunque no estaban seguros de su ubicación exacta.

Al darse cuenta de que no tenían una ciudad establecida, los exploradores regresaron. Los habitantes sugirieron que más de quinientos hombres y mujeres podrían unirse a ellos si decidían quedarse, pensando que regresarían al cielo. Aunque uno de los líderes del pueblo se acercó con su hijo y otro hombre, el almirante, por alguna razón, decidió partir de noche. El almirante dejó que se fueran, prometiendo regresar por la mañana, pero nunca lo hizo.

Durante su viaje de regreso, los exploradores encontraron mucha gente en el camino, hombres y mujeres con antorchas y hierbas para realizar sus rituales. No hallaron ninguna población significativa, solo pequeños grupos de casas, pero recibieron el mismo trato respetuoso. Observaron árboles, plantas y flores aromáticas, así como aves diferentes a las de España, aunque algunas especies eran familiares, como perdices y ruiseñores.

La tierra era muy fértil, cultivada con diversos cultivos. El almirante notó la presencia de maíz, frijoles y habas distintas de las europeas, así como una abundante cantidad de algodón. En una sola casa, encontraron más de quinientas arrobas, y estimaron que podrían obtener cuatro mil quintales de algodón al año. El almirante sugirió que la tierra era tan productiva que no necesitaba siembra y producía frutos durante todo el año.

Según el almirante, la gente local era pacífica y sin malicia, completamente desnuda, tanto hombres como mujeres, con estas últimas llevando una prenda de algodón que cubría su naturaleza. Aunque eran de piel más clara que los canarios, mostraban gran respeto. El almirante expresó la creencia de que, si hubiera personas devotas religiosas que conocieran la lengua local, todos podrían convertirse rápidamente al cristianismo. Concluyó su relato con una esperanza de que los príncipes tomen medidas para llevar la fe cristiana a estas tierras y que, después de sus días, sus reinos estén libres de herejía y maldad. Por último, anunció su plan de zarpar hacia el sureste en busca de oro y especias en nombre de Dios, aunque debido al viento desfavorable, el viaje se retrasó hasta el 12 de noviembre.

El lunes 12 de noviembre. Zarpamos del puerto al amanecer para dirigirnos hacia una isla llamada Baveque, cuya existencia los indígenas afirmaban con insistencia. Según sus gestos, en Baveque la gente recogía oro con velas durante la noche en la playa, y luego lo trabajaba con martillos para fabricar objetos. La ruta hacia la isla requería apuntar hacia el este cuarta del sureste.

Después de navegar ocho leguas a lo largo de la costa, encontramos un río y, tras otras cuatro leguas, nos topamos con otro río considerablemente más caudaloso que los anteriores. Decidimos no detenernos ni explorar estos ríos por dos razones: en primer lugar, el tiempo y el viento eran propicios para continuar nuestro viaje hacia la isla de Baveque; en segundo lugar, si alguno de estos ríos albergaba una ciudad poblada o famosa cerca del mar, sería visible desde la costa. Además, nuestros barcos no eran apropiados para navegar río arriba. Hubiéramos perdido mucho tiempo, ya que explorar ríos de este tipo es una tarea que requiere atención y dedicación exclusiva.

La costa a lo largo de la cual navegábamos estaba principalmente poblada cerca del río, al que llamamos el "río del Sol". El día anterior, domingo 11 de noviembre, había considerado la idea de llevar a algunas personas de esa región ante los reyes, con el propósito de enseñarles nuestra lengua y que, al regresar, actuaran como intermediarios culturales entre nosotros y los nativos. El almirante sostenía que esta gente era pacífica, no idolátrica, sumisa y desconocedora del mal, sin armas y temerosa al punto de huir en gran número ante una sola persona de los nuestros, aunque solo bromeáramos con ellos. Eran crédulos y reconocían la existencia de Dios en el cielo. Estaban dispuestos a adoptar nuestras costumbres y prácticas religiosas, lo que llevó al almirante a sugerir a sus altezas que se esforzaran en convertirlos al cristianismo. Él estaba convencido de que, si comenzaban esta labor, en poco tiempo lograrían convertir a numerosos pueblos, ganarían poder y riquezas, y España se beneficiaría enormemente. Según los indígenas que nos acompañaban, estas tierras eran ricas en oro, perlas y especias, respaldando así la idea de que se encontraban en un lugar de gran riqueza.

En el río de Mares, de donde partí esta noche, sin duda hay una cantidad extraordinaria de almáciga, y aún más si se desea incrementar la producción, ya que los árboles, al ser plantados, prenden rápidamente. Estos árboles son numerosos, de gran tamaño, con hojas parecidas al lentisco y frutos más grandes, como menciona Plinio. En la isla de Xío, en el archipiélago, he observado árboles similares. He ordenado sangrar varios de estos árboles para recolectar resina, pero debido a las constantes lluvias durante mi tiempo en el río, solo he conseguido una pequeña cantidad que presento a vuestras altezas. Es posible que no sea el momento adecuado para realizar esta actividad, ya que generalmente se realiza cuando los árboles comienzan a salir del invierno y a florecer, mientras que aquí ya tienen los frutos casi maduros.

En este río, también se podría encontrar una considerable cantidad de algodón, que podría venderse localmente sin necesidad de llevarlo a España, especialmente en las grandes ciudades del Gran Can, que seguramente se descubrirán, así como en otras ciudades gobernadas por señores dispuestos a servir a vuestras altezas. Además, se encuentra una abundancia de lináloe, aunque no es una materia prima para obtener grandes ganancias, a diferencia de la almáciga, que podría ser una fuente significativa de ingresos, como se evidencia en la isla de Xío, donde se estima que generan alrededor de cincuenta mil ducados.

En la desembocadura de este río, he identificado el mejor puerto que he visto hasta hoy: amplio, limpio, con fondo seguro y un lugar idóneo para construir una villa o un fuerte. Los barcos podrían acercarse fácilmente a los muros, y la tierra circundante es temperada y elevada, con excelentes fuentes de agua. Ayer, una balsa con seis jóvenes se acercó a la nave, y cinco de ellos fueron detenidos por mi orden. Posteriormente, envié a una casa ubicada en la parte occidental del río, y trajeron siete mujeres, de diversas edades, y tres niños. Tomé esta decisión porque he observado que los hombres se comportan mejor en España cuando tienen a mujeres de su tierra, ya que en el pasado, traer hombres de Guinea sin sus mujeres resultaba en su desaparición al regresar a su tierra.

Al tener sus mujeres, estos hombres estarán más dispuestos a participar en negociaciones y aprender nuestra lengua. Además, estas mujeres podrían enseñar a nuestros compatriotas la lengua común a todas estas islas de India, ya que todos se entienden entre sí y utilizan balsas, algo que no ocurre en Guinea, donde existen numerosas lenguas que no son mutuamente comprensibles. Esta noche, el esposo de una de estas mujeres, y padre de tres hijos, un varón y dos mujeres, llegó en una balsa y expresó su deseo de unirse a ellos. Acepté su solicitud, y todos ahora se encuentran consolados, presumiblemente porque son familiares. Este hombre tiene cuarenta y cinco años. Todas estas informaciones fueron proporcionadas directamente por el almirante. También menciona que hizo un comentario sobre el frío, indicando que no sería aconsejable navegar hacia el norte durante el invierno para realizar exploraciones. Este lunes, navegó hasta el atardecer, cubriendo dieciocho leguas al este cuarta del sureste, llegando a un cabo que denominó Cabo de Cuba.

Martes 13 de noviembre: Noche: Toda la noche estuvimos a la corda, como dicen los marineros, navegando sin rumbo fijo, buscando una abertura entre las montañas que divisé al atardecer. Los indios que viajan conmigo indicaban que allí se separaban las tierras de Cuba y Bohío.

Día: Al amanecer, icé las velas y bordeé una punta que había visto la noche anterior. Entré en un gran golfo y navegué cinco leguas al sursuroeste. Al final del golfo, dos grandes montañas formaban una especie de entrada, pero no pude determinar si era un canal o no.

Decisión: Deseaba llegar a la isla de Babeque, donde, según mis noticias, abundaba el oro. Sin embargo, la costa no mostraba grandes poblaciones y el viento era cada vez más fuerte. Por ello, decidí volver al mar y navegar hacia el este.

Navegación: Avanzamos a ocho millas por hora y al atardecer habíamos recorrido 56 millas al este del cabo de Cuba. A la vista teníamos la costa de Bohío, que se extendía hacia el este-noreste y oeste-noroeste.

Miércoles 14 de noviembre: Noche: Navegué con precaución, sin avanzar de noche entre las islas. Los indios me habían dicho que desde el río de Mares hasta Babeque había tres jornadas en sus almadías (unas 21 millas). Además, el viento escaseaba y solo podíamos avanzar hacia el sureste.

Amanecer: Al salir el sol, busqué un puerto, ya que el viento había cambiado al noreste. Si no lo encontraba, tendría que regresar a los puertos de Cuba.

Llegada a tierra: Tras navegar 24 millas al este-sureste, llegué a tierra. Observé muchas entradas, isletas y puertos, pero el viento y el mar eran demasiado fuertes para entrar.

Exploración: Navegué por la costa hacia el noroeste buscando un puerto adecuado. Encontré varios, pero ninguno era perfecto.

Descubrimiento: Finalmente, después de recorrer 64 millas, encontré una entrada profunda y ancha, con un buen puerto y río. Entré y navegué por él, admirando las numerosas islas, de gran tamaño y con montañas elevadas, llenas de árboles y palmas.

Impresiones: Quedé maravillado con la belleza y fertilidad de las islas. No he visto montañas más altas ni tan hermosas en el mundo. Creo que estas islas son las que aparecen en los mapas al final de Oriente, y que podrían albergar grandes riquezas, piedras preciosas y especias.

Nombres: Llamé a esta región "Mar de Nuestra Señora" y al puerto cercano a la entrada de las islas "Puerto del Príncipe". No entré en él, sino que lo observé desde fuera hasta mi regreso el sábado siguiente.

Descripción: Las islas que encontré en este puerto son tan bellas y fértiles que no exagero al describirlas. Algunas parecen llegar al cielo con sus picos como diamantes. Otras tienen una meseta en la cima y un fondo marino profundo que permite el acceso de grandes barcos. Todas están llenas de árboles y no tienen peñas.

Reflexiones: Estoy convencido de que este descubrimiento es de gran importancia para los Reyes Católicos y para toda España. He encontrado un nuevo mundo lleno de posibilidades, y estoy seguro de que será una fuente de riqueza y prosperidad para nuestra nación.

Fin del día: Anoté todo lo que vi y viví en este día en mi diario, para que quede constancia de este viaje histórico.

Jueves 15 de noviembre: Decidí explorar estas islas utilizando las barcas de los navíos. Quedé impresionado por la maravilla de estos lugares, donde encontré almáciga e innumerables árboles de lignáloe. Algunos árboles estaban tallados con las raíces que los indígenas utilizan para hacer su pan. Además, descubrí que algunos lugares tenían fuego encendido. Aunque no encontré agua dulce, sí hallé a algunos nativos que huyeron al acercarme. Durante mi exploración, noté que la profundidad del agua variaba entre quince y dieciséis brazas, con un lecho de arena en lugar de rocas, algo muy beneficioso para los marineros, ya que las rocas pueden cortar los cables de las anclas de los barcos.

Viernes 16 de noviembre: Como mi costumbre, dejé una cruz en la tierra como señal al entrar en nuevas islas y tierras. En esta ocasión, encontré dos grandes maderos en forma de cruz en la boca de un puerto. Inspirado, mandé construir una cruz alta utilizando esos mismos maderos. También descubrí cañas en la playa y exploré una cala en la entrada del puerto, donde encontré un lugar perfecto para construir una fortaleza a bajo costo. Regresando a la nave, ordené a los indígenas pescar caracoles grandes y buscar nácar, aunque no encontramos perlas, atribuyendo esto al hecho de que no era la temporada adecuada.

Sábado 17 de noviembre: Decidí explorar las islas que aún no había visto, en la dirección del suroeste. Encontré islas fértiles y hermosas, con fondos profundos y arroyos de agua dulce que fluían entre ellas. Descubrí una ribera de agua dulce, un prado encantador, altas palmas y nueces de la India. También observé grandes ratones y cangrejos. En cuanto a la fauna, aves diversas y un fuerte olor a almizcle captaron mi atención. Ese día, de los seis jóvenes que llevé de un río, los dos mayores se escaparon mientras estaban en la carabela Niña.

 

Domingo 18 de noviembre: Salí nuevamente en las barcas con tripulantes de los navíos para colocar la gran cruz que había mandado construir en la entrada del Puerto del Príncipe. La mar allí mostraba un crecimiento y decrecimiento excepcionales debido a las numerosas islas, y la marea operaba de manera inversa a lo que estamos acostumbrados. No partimos de este lugar ese día debido a que era domingo.

Lunes 19 de noviembre: Zarpé antes del amanecer en condiciones tranquilas. Al mediodía, el viento cambió hacia el este y navegamos hacia el nornoreste. Al atardecer, el Puerto del Príncipe quedaba al suroeste, a unas siete leguas de distancia. La isla de Babeque se encontraba justo al este, aproximadamente a sesenta millas. Navegamos toda la noche hacia el nordeste, recorriendo alrededor de sesenta millas, y luego otras doce hasta las diez de la mañana del martes, en total unas dieciocho leguas, con un rumbo al nordeste cuarta del norte.

Martes 20 de noviembre: El Babeque y las islas cercanas quedaban al suroeste, de donde provenía un viento contrario. Viendo que el viento no cambiaba y el mar se agitaba, decidí dar la vuelta al Puerto del Príncipe, a unas veinticinco leguas de distancia. Opté por no dirigirme a la isleta llamada Isabela, a unas doce leguas de distancia, por dos razones: quería explorar dos islas al sur y asegurarme de que los indígenas que llevaba no se fueran. Regresamos al Puerto del Príncipe, pero no pudimos ingresar debido a la oscuridad y las corrientes. Al cambiar de rumbo al nordeste con un viento fuerte, finalmente amainó, alterándose al tercer cuarto de la noche. Aprovechando esta oportunidad, giramos hacia el este, cuarta del nordeste al alba. Con el sol, divisamos el Puerto del Príncipe al suroeste y casi al oeste, a unas cuarenta y ocho millas, equivalente a doce leguas.

Miércoles 21 de noviembre: Al amanecer, navegamos hacia el este con viento sur, avanzando lentamente debido al mar contrario. Hasta la hora de vísperas, habíamos recorrido veinticuatro millas. Luego, el viento cambió al este y navegamos hacia el sur cuarta del suroeste, avanzando otras doce millas antes del atardecer. En este punto, me encontraba a 42 grados al norte de la línea ecuatorial, similar a la latitud del puerto de Mares, y decidí suspender el cuadrante hasta llegar a tierra firme. Aunque sentía un gran calor, sabía que si estuviera en la costa de la Florida, debería hacer frío. Argumenté que el calor indicaba la posibilidad de oro en estas Indias. Esa noche, Martín Alonso Pinzón se separó con la carabela Pinta sin mi autorización, atraído por la codicia de obtener oro de un indígena que había colocado en su nave. Lo hizo sin esperar y sin ninguna razón relacionada con las condiciones climáticas.

Jueves 22 de noviembre: Navegué hacia el sur cuarta del suroeste durante la noche con viento del este, casi en calma. Hacia el tercer cuarto, el viento cambió al nornordeste. Seguí hacia el sur para explorar la tierra que quedaba en esa dirección, y al amanecer, me encontraba tan lejos como el día anterior debido a las corrientes adversas, quedándome a unas cuarenta millas de distancia de la costa. Esa noche, Martín Alonso continuó hacia el este para dirigirse a la isla de Baveque, que según los indígenas, contenía mucho oro. Estaba a la vista de mi nave, a unas dieciséis millas de distancia. Navegué alrededor de la tierra durante la noche, reduciendo velas y manteniendo faroles encendidos, ya que me parecía que se acercaba. La noche estaba clara y el viento favorable para acercarse si quisiera.

Lunes 19 de noviembre: Salimos antes del amanecer con viento en calma. Al mediodía, el viento viró al este y navegamos al nornordeste. Al atardecer, nos encontrábamos a siete leguas al sur-suroeste del Puerto del Príncipe y a unas sesenta millas de la isla de Baveque. Durante la noche, navegamos al nordeste, cubriendo unas sesenta millas, y hasta las diez de la mañana del martes, otras doce millas, totalizando dieciocho leguas al nordeste cuarta del norte.

Martes 20 de noviembre: Las islas de Baveque quedaban al suroeste, pero el viento provenía de esa dirección, dificultando nuestro avance. Al notar que no mejoraba y que el mar se agitaba, decidimos regresar al Puerto del Príncipe, a unas veinticinco leguas. Evitamos dirigirnos a la isleta llamada Isabela, a unas doce leguas, para no perder a los indígenas que llevábamos y también porque quería explorar dos islas al sur. Intentamos acercarnos al Puerto del Príncipe en pareja, pero no fue posible debido a la oscuridad y a las corrientes al noroeste. Retomamos la ruta al nordeste con viento fuerte, que más tarde amainó, cambiando al sur y, finalmente, al sureste. Al salir el sol, divisamos el Puerto del Príncipe, a unas cuarenta y ocho millas, doce leguas al sudueste y casi a una cuarta al oeste.

Miércoles 21 de noviembre: Al amanecer, navegamos al este con viento del sur, pero nos enfrentamos a una mar contraria. Hasta la tarde, avanzamos veinticuatro millas, momento en que el viento cambió al este y luego al sur cuarta del sureste. Al atardecer, habíamos recorrido doce millas. En este punto, el almirante se encontraba a cuarenta y dos grados al norte de la línea ecuatorial, cerca del puerto de Mares. A pesar del calor, sospechaba la presencia de oro en la región. Martín Alonso Pinzón, por su cuenta, partió con la carabela Pinta por codicia, creyendo que un indígena a bordo le proporcionaría mucho oro.

Jueves 22 de noviembre: Navegamos al sur cuarta del sureste durante la noche con viento del este y casi sin viento en la madrugada. Hacia el tercer cuarto, soplaban vientos del nornordeste. A pesar de querer explorar la tierra al sur, al amanecer, nos encontramos tan lejos como el día anterior debido a las corrientes contrarias. El almirante sospechaba que más al sur había una tierra llamada Bohío, grande y habitada por personas con características peculiares. Continuamos navegando al sur y al poner del sol, estábamos a cuarenta millas de la costa.

Viernes 23 de noviembre: Durante todo el día, navegamos hacia la tierra al sur con viento ligero, pero las corrientes nos impedían llegar. El viento provenía del nornordeste y era adecuado para dirigirnos al sur, excepto que era escaso. Además, visualizamos un cabo o tierra que se extendía hacia el este, conocido como Bohío por los indígenas a bordo. Comentaban que esta tierra era extensa y albergaba personas con características singulares, como ojos en la frente y caníbales, a los que temían. El almirante reflexionó sobre la posibilidad de que, al ser armados, fueran personas racionales, y que los relatos sobre canibalismo podrían ser malentendidos.

Sábado 24 de noviembre: Navegamos toda la noche al sur cuarta del sureste con viento del este y casi en calma. Hacia el tercer cuarto, el viento cambió al nornordeste. A pesar de querer explorar la tierra al sur, al amanecer, estábamos tan lejos como el día anterior debido a las corrientes contrarias. Finalmente, llegamos a la llamada isla llana, en el mismo lugar donde habíamos arribado la semana anterior, cerca de la isla de Babeque. Al principio, el almirante dudó en acercarse a la tierra debido a la aparente violencia de las olas en la costa. Después de explorar la entrada a la mar de Nuestra Señora, encontramos un puerto con una barra profunda, limpio y seguro. Entramos poniendo proa al suroeste y luego al oeste, con la isla llana al norte. Esta entrada tenía una salida al oeste, amplia y profunda, que permitía el paso entre las islas, ideal para aquellos que llegaban del norte. Las islas estaban situadas al pie de una gran montaña de este a oeste, extendiéndose mucho más que cualquier otra en la costa. Una restinga, como un banco, se proyectaba desde la montaña hacia la entrada, y otra más pequeña desde la isla llana. Entre ambas, se creaba un espacio amplio y profundo con palmas y arboledas como en otras áreas exploradas. A la entrada, vimos un río grande y hermoso, con suficiente agua dulce hasta el mar, inicialmente con un banco y luego profundizándose a ocho o nueve brazas.

Domingo 25 de noviembre: Antes del amanecer, me dirigí en la barca hacia un cabo al sureste de la isleta llana, aproximadamente a una legua y media. Mi intención era explorar la posibilidad de encontrar un río significativo en esa área. Al llegar a la entrada del cabo, a unos dos tiros de ballesta, observé un gran arroyo con agua cristalina que descendía de una montaña y hacía un sonido impresionante. Me acerqué al río y noté que algunas piedras brillaban con manchas de color dorado. Recordé que el río Tejo en España también contiene oro, lo que me llevó a creer que este río podía tenerlo. Decidí recolectar algunas de estas piedras para llevarlas a los Reyes. Los jóvenes marineros, mientras estábamos allí, señalaron la presencia de pinos en la sierra, describiéndolos como extraordinarios en tamaño y forma, sugiriendo que podríamos construir barcos con ellos. Vi robles y madroños, así como un río apto para fabricar sierras de agua. La tierra y el aire eran más templados aquí debido a la altura y belleza de las sierras. En la playa, encontré otras piedras de apariencia metálica y algunas que algunos afirmaban ser de minas de plata, todas arrastradas por el río. También encontré una entena y un mástil para la mesana de la carabela Niña.

Llegué a la desembocadura del río y entré en una cala profunda al pie del cabo al sureste. Este puerto podría albergar cien barcos sin necesidad de amarras ni anclas, siendo el más extraordinario que jamás hayan visto mis ojos. Las sierras eran altísimas, con numerosas corrientes de agua descendiendo por ellas, todas llenas de pinos, y el conjunto estaba cubierto de diversas y hermosas arboledas. Otros dos o tres ríos quedaban atrás. Exalté todo esto enormemente ante los Reyes, destacando la alegría que sentí al descubrir los pinos, ya que podrían utilizarse para construir cuantos barcos deseáramos. Afirmé que no podría exagerar ni el uno por ciento de lo que presencié, agradeciendo a Nuestro Señor por mostrarles siempre algo mejor que lo anterior. Cada nuevo descubrimiento superaba al anterior, ya sea en tierras, bosques, hierbas, frutas, flores, gente, puertos o aguas. Afirmé que nadie podría creerlo sin verlo por sí mismo.

Lunes 26 de noviembre: Al amanecer, levanté las anclas del puerto de Santa Catalina, ubicado dentro de la isla llana, y navegué paralelo a la costa en dirección al cabo del Pico, al sureste. Llegamos al cabo por la tarde, pero el viento calmó, demorándonos. Desde allí, vi otro cabo al sureste cuarta del este, que debía estar a unas sesenta millas. También observé otro cabo hacia el suroeste cuarta del sur, que parecía estar a unas veinte millas. Nombré a este cabo como el Cabo de la Campana. No pude llegar a él de día debido a la calma repentina. Durante todo el día, recorrimos treinta y dos millas, equivalentes a ocho leguas. A lo largo de este trayecto, identifiqué y marqué nueve puertos notables y cinco grandes ríos, siempre manteniéndome cerca de la costa para examinar detalladamente todo. Toda la tierra era de montañas altas y hermosas, no áridas ni rocosas, sino accesibles y con valles encantadores. Tanto los valles como las montañas estaban llenos de altos y frondosos árboles, principalmente pinos, según mi estimación.

Detrás del cabo del Pico, al sureste, encontré dos isletas, cada una de aproximadamente dos leguas de circunferencia, que albergaban tres puertos maravillosos y dos grandes ríos.

A lo largo de toda esta costa, no encontré ningún asentamiento humano visible desde el mar, aunque podría haber señales de su existencia, ya que siempre encontrábamos rastros de gente y fuegos. Suponía que la tierra que vi al suroeste del cabo de la Campana era la isla que los indígenas llamaban Bohío, ya que el mencionado cabo estaba separado de esa tierra. La gente que había encontrado hasta ahora expresaba un gran temor a los "caniva" o "canima", quienes, según sus relatos, vivían en la isla de Bohío. Suponía que esta isla debía ser muy grande, dado el temor de los indígenas, y creía que iban a buscar a estos individuos a sus tierras y hogares. Atribuía la falta de asentamientos indígenas a lo largo de la costa a su miedo y cobardía, ya que evitaban poblarse cerca del mar para no ser capturados por los "caniva".

Martes 27 de noviembre: Anoche, al atardecer, me acerqué a un cabo al que llamé Campana. Debido al cielo despejado y al viento ligero, decidí no llegar a tierra para fondear, a pesar de tener cinco o seis puertos maravillosos a sotavento. Me detuve más de lo planeado debido a la fascinación que experimentaba al admirar la belleza y frescura de esas tierras cada vez que llegaba a ellas, y también para no retrasar mis objetivos. Por estas razones, mantuve el curso durante la noche, aprovechando el viento y esperando el día. Sin embargo, las corrientes me llevaron más de cinco o seis leguas al sureste de donde había anochecido, aparentemente cerca de la tierra de Campana. Más allá de ese cabo, divisé una gran entrada que parecía dividir una tierra de otra y crear una especie de isla en el medio. Decidí retroceder con viento del suroeste y regresé a la apertura que me había llamado la atención, solo para descubrir que se trataba de una extensa bahía con un cabo al sureste, en el cual se levantaba una montaña alta y cuadrada que parecía una isla. Cuando el viento cambió al norte, retomé mi curso hacia el sureste, siguiendo la costa para explorar todo lo que encontrara.

Pronto, al pie del cabo de Campana, descubrí un puerto asombroso y un río considerable, seguido de otro río a un cuarto de legua, luego otro a media legua, y así sucesivamente. Estos ríos continuaban hasta otro grande, a una legua de distancia, y desde este punto hasta el cabo de Campana, había unas veinte millas. La mayoría de estos ríos tenían amplias y limpias entradas, junto con puertos maravillosos aptos para barcos de gran tamaño, sin bancos de arena, piedras ni arrecifes.

Siguiendo la costa hacia el sureste desde el último río mencionado, encontré una gran población, la más grande hasta el momento. La gente, completamente desnuda y armada con azagayas, se acercó a la orilla del mar dando fuertes voces. Deseando establecer contacto, bajé las velas, fondeé y envié las barcas de la nao y la carabela con instrucciones de evitar causar daño a los indígenas y, al mismo tiempo, darles regalos. Sin embargo, los indígenas mostraron resistencia, evitando que las barcas se acercaran a la costa. A pesar de los intentos de tranquilizarlos, al ver que no les tenían miedo, se alejaron de la costa. Incluso cuando tres cristianos salieron de las barcas hablando su lengua para disipar sus temores, todos huyeron. Los cristianos exploraron las casas de paja que encontraron en el área, pero no hallaron a nadie ni ninguna posesión. De regreso a los barcos, izamos velas al mediodía para dirigirnos hacia otro cabo hermoso que quedaba al oeste, aproximadamente a ocho leguas de distancia.

Habiendo recorrido una media legua a lo largo de la misma bahía, el almirante avistó al sur un puerto extraordinario y, hacia el sureste, tierras sorprendentemente hermosas, con una impresionante cordillera y lo que parecían ser grandes poblaciones y extensas áreas cultivadas. Inspirado por la belleza de la región, decidió descender hacia ese puerto, intrigado por la posibilidad de establecer contacto con sus habitantes.

El puerto resultó ser aún más impresionante que los anteriores, elogió tanto la geografía como la temperatura, destacando la presencia de humos y poblaciones entre las montañas. Expresó asombro por la hermosura de la tierra, los árboles, entre ellos pinos y palmas, y una llanura montañosa que describió como la cosa más hermosa del mundo. Numerosos ríos descendían de las montañas, añadiendo a la belleza del paisaje.

Una vez que la nave se ancló, el almirante se aventuró en una barca para explorar el puerto en detalle. Descubrió una entrada de río al sur con dimensiones suficientes para permitir el paso de una galera. La travesía por este río se reveló como una experiencia maravillosa, con arboledas exuberantes, aguas cristalinas y una serenidad que le hacía desear permanecer allí. Expresó su fascinación y la dificultad de describirlo con justicia a través de palabras.

El almirante compartió sus pensamientos con los hombres de su expedición, mencionando la dificultad de transmitir la magnitud de lo que estaban presenciando. Afirmó que deseaba que personas sabias y respetables pudieran presenciar estas maravillas y aseguró que no exageraría en sus relatos. Además, destacó que no se detendría en un solo puerto, ya que anhelaba explorar todas las tierras posibles para brindar informes más completos.

En sus palabras, el almirante manifestó su incapacidad para describir completamente los beneficios potenciales de estas tierras, pero subrayó su determinación de explorar y aprender más, incluso señalando la necesidad de comprender la lengua local. Expresó sus dudas sobre la confiabilidad de los indígenas y sus intenciones de instruir a personas de su expedición en el idioma local para facilitar la comunicación.

En un tono optimista, el almirante predijo que estas tierras podrían convertirse en colonias cristianas prósperas y abundantes en virtud de su fertilidad, clima templado, y aguas saludables. Concluyó solicitando a sus altezas que enviaran o trajeran hombres sabios para verificar sus descubrimientos y anunció su confianza en que se revelaría la verdad.

Y dado que he hablado previamente sobre la conveniencia de establecer una villa y una fortaleza en el río de Mares, respaldado por las excelentes características del puerto y la región circundante, reitero que todo lo que mencioné es cierto. Sin embargo, no hay comparación entre lo que se ha descrito anteriormente y lo que estoy presenciando ahora, especialmente en esta maravillosa región de la mar de Nuestra Señora.

Aquí, debajo de la tierra, se vislumbran grandes poblaciones y una cantidad innumerable de personas, junto con recursos de gran valor. Estoy convencido de que estas tierras, junto con las ya descubiertas, tendrán un papel crucial en el comercio de toda la cristiandad, especialmente para España, que debe tener dominio sobre todo esto. Por lo tanto, insto a sus altezas a no permitir que ningún extranjero se establezca o ponga pie en esta tierra, a menos que sea un católico cristiano, ya que ese fue el propósito inicial: aumentar y glorificar la religión cristiana. No debería permitirse que ninguna persona que no sea un buen cristiano llegue a estas tierras.

Estas son sus palabras exactas. Además, continuó explorando río arriba y descubrió brazos adicionales del río. Al rodear el puerto, encontró unas arboledas encantadoras cerca de la desembocadura del río, que parecían un jardín muy agradable. Encontró una almadía o canoa hecha de un madero impresionantemente grande, similar a una fusta de doce bancos. La canoa estaba varada bajo una atarazana o ramada construida con madera y cubierta con grandes hojas de palma, proporcionando una protección eficaz contra el sol y la lluvia. Describió ese lugar como ideal para establecer una villa, ciudad y fortaleza, destacando las ventajas del buen puerto, las aguas de calidad, las tierras fértiles, la belleza del entorno y la abundancia de leña.

Miércoles 28 de noviembre: Permanecimos en ese puerto debido a la lluvia intensa y la densa neblina, a pesar de que el viento soplaba favorablemente desde el suroeste y podríamos haber continuado a lo largo de la costa. No obstante, por precaución y dado que la visibilidad era escasa, decidimos quedarnos en el puerto. Parte de la tripulación desembarcó para lavar su ropa, explorando la tierra y encontrando extensas poblaciones aparentemente abandonadas, ya que sus habitantes habían huido. Posteriormente, se aventuraron tierra adentro por otro río más grande que desembocaba en el puerto.

Jueves 29 de noviembre: Aún debido a las condiciones climáticas adversas, decidimos no zarpar. Algunos miembros de la expedición exploraron otra población hacia el noreste, pero encontraron las casas vacías. En su camino, se toparon con un anciano al que interceptaron amigablemente, le dieron algunos regalos y lo liberaron. El Almirante estaba ansioso por interactuar con él, ya que estaba intrigado por la prosperidad y disposición para la colonización de esa tierra. En una de las casas, encontraron un pan de cera que decidieron llevar para mostrar a los Reyes, creyendo que la presencia de cera indicaba la existencia de otros productos valiosos. Además, descubrieron en una casa una cabeza humana en un cestillo colgado de un poste, similar a otra que habían encontrado en otra población, lo que llevó al Almirante a especular sobre la posibilidad de que pertenecieran a linajes de alto rango.

Viernes 30 de noviembre: A pesar de los deseos de partir, el viento en contra les impidió hacerlo. Para explorar el interior de la tierra y obtener información sobre el idioma local, el Almirante envió a ocho hombres bien armados junto con dos indígenas que le acompañaban. Sin embargo, descubrieron que los habitantes de los pueblos se habían retirado. Aunque avistaron jóvenes trabajando en sus tierras, estos huyeron antes de que pudieran alcanzarlos. A lo largo de su recorrido, encontraron numerosas poblaciones, tierras fértiles y cultivadas, ríos abundantes y, cerca de una de ellas, una impresionante almadía o canoa de noventa y cinco palmos de longitud, tallada en un solo madero, lo que sugiere la capacidad de albergar a ciento cincuenta personas.

Sábado 1º de diciembre: La partida se pospuso debido al persistente viento en contra y a la intensa lluvia. En el lugar, se erigió una cruz de considerable tamaño en la entrada del puerto, que el Almirante denominó el Puerto Santo. Esta cruz se colocó sobre peñas vivas en la punta ubicada al sureste, a la entrada del puerto. Se aconsejó a quienes ingresaran al puerto que se acercaran más a la parte noroeste de esa punta en lugar de la del sureste. En ambas puntas, junto a las peñas, hay una profundidad de doce brazas y aguas muy claras. Sin embargo, cerca de la entrada del puerto, en la punta sureste, hay una baja sobre el agua que podría ser sorteada, ya que entre ella y la punta hay suficiente espacio para navegar, considerando que en esa área todo es fondo de doce a quince brazas. Se indicó que al entrar, la proa debe orientarse hacia el suroeste.

Domingo 2 de diciembre: El viento en contra persistió, impidiendo nuevamente la partida. El Almirante aseguró que, según su experiencia, todas las noches el viento sopla desde tierra adentro y afirmó que las naves en esa zona no deben temer ninguna tormenta, ya que no puede penetrar debido a una baja que se encuentra al principio del puerto, entre otros motivos. Además, mencionó que, en la desembocadura de ese río, un grumete descubrió algunas piedras que parecían contener oro, las cuales llevó consigo para mostrar a los Reyes. Afirmó que en las cercanías, a una corta distancia de tiro de lombarda, hay grandes ríos.

Lunes 3 de diciembre: Debido a las persistentes condiciones meteorológicas desfavorables, la expedición decidió explorar un hermoso cabo ubicado a un cuarto de legua al sureste del puerto. El Almirante, acompañado de botes y algo de personal armado, se dirigió hacia el cabo. En la base del mismo, encontraron la desembocadura de un río amplio, con cien pasos de ancho y una braza de profundidad en la entrada. Sin embargo, hacia el interior, el río se ensanchaba, con profundidades de doce, cinco, cuatro y dos brazas, lo suficientemente grande para albergar todos los barcos de España. Siguiendo hacia el sureste, descubrieron una caleta donde observaron cinco impresionantes almadías, conocidas como canoas por los indígenas, talladas como fustas muy hermosas y adornadas. Al pie del monte, encontraron un área completamente labrada, resguardada por densos árboles. Siguiendo un camino, llegaron a una atarazana bien ordenada y cubierta, donde hallaron otra canoa de diecisiete bancos, igualmente impresionante.

Explorando más a fondo, ascendieron una montaña para encontrarse con una llanura sembrada de diversos productos locales y calabazas. En el centro de la llanura, se toparon con una gran población. Al aproximarse, los habitantes, hombres y mujeres, huyeron. Para tranquilizarlos, el indígena que acompañaba al Almirante les ofreció cascabeles, sortijas de latón y cuentas de vidrio verde y amarillo. Aunque no encontraron oro u otros tesoros, el Almirante consideró que la región estaba densamente poblada y que los habitantes se habían dispersado por temor.

Decidieron regresar al lugar donde habían dejado las barcas y enviaron algunos cristianos al sitio donde encontraron un posible colmenar. Antes de que llegaran, muchos indígenas se congregaron cerca de las barcas, donde el Almirante se había reunido con su tripulación. Uno de ellos, acercándose en una canoa, realizó un discurso que no pudo comprender, mientras otros indígenas levantaban las manos al cielo y exclamaban. El Almirante interpretó que estaban expresando su aprobación y alegría por su llegada. Sin embargo, notó que el indígena que estaba con ellos cambió repentinamente de expresión facial y color, temblando de miedo. Se acercó a un cristiano que llevaba una ballesta y señaló hacia el río, indicando que se fueran, ya que estaban en peligro de ser atacados. Mostrándoles la ballesta y una espada, lograron ahuyentar a los indígenas, evidenciando su temor y falta de coraje.

A pesar de la advertencia, el Almirante decidió no abandonar el río y, en cambio, hizo remar hacia la orilla donde se encontraban los indígenas, quienes eran numerosos y todos estaban pintados de rojo, desnudos y adornados con penachos y plumas. Entablaron intercambios amigables, ofreciéndoles pedazos de pan a cambio de sus azagayas, a los cuales accedieron gustosamente. La tripulación, por su parte, compartió con ellos la carne de una tortuga y otros objetos de valor, como cascabeles y cuentas. El Almirante observó que los indígenas eran similares a los que había encontrado previamente, de la misma creencia, y creían que los expedicionarios venían del cielo. Concluyó que, si tuvieran especias u oro, estarían igualmente dispuestos a intercambiarlos por cualquier objeto ofrecido. Durante la visita, el Almirante exploró una casa decorada con caracoles y otras curiosidades, que inicialmente pensó que podría ser un templo, pero resultó ser una estructura donde los indígenas guardaban objetos de valor.

Martes 4 de diciembre. Zarpamos con ligero viento desde el puerto que denominamos Puerto Santo. A dos leguas de distancia, avistamos un extenso río que mencioné anteriormente, siguiendo a lo largo de la costa desde el cabo Lessueste hasta el cabo Lindo, ubicado al este-sureste a una distancia de cinco leguas. Entre el cabo del Monte y este punto, encontramos un río de considerable longitud y anchura, con aparentemente buena entrada y profundidad. A aproximadamente una legua y media del cabo del Monte, se identificó otro río de gran envergadura, presumiblemente proveniente de distancias lejanas. Su boca medía unos cien pasos y carecía de bancos, con una profundidad de ocho brazas en la entrada. Envié la embarcación para investigar, confirmándose que el agua dulce se extendía mar adentro. Este río, uno de los más caudalosos encontrados hasta ahora, podría indicar la presencia de importantes asentamientos. Más allá del cabo Lindo, se extiende una amplia bahía que podría ser una ruta favorable hacia el noreste, sureste y suroeste.

Miércoles 5 de diciembre. Durante la noche, navegamos cerca del cabo Lindo para explorar la tierra que se extendía hacia el este. Al amanecer, divisamos otro cabo a unas dos leguas y media al este. Al pasar este punto, la costa giró hacia el sur desde el suroeste, revelando un hermoso cabo alto a una distancia de siete leguas. Aunque deseaba explorar esa región, mi interés en dirigirme a la isla de Baveque, ubicada al noreste según las indicaciones de los indígenas, me hizo descartar esa opción. Sin embargo, el viento nordeste impedía mi avance hacia Baveque. En cambio, mirando hacia el sureste, identifiqué una isla grande, conocida por los indígenas como Bohío, poblada según sus relatos. Estos nativos atribuían a los habitantes de Bohío prácticas sorprendentes, como el consumo de seres humanos, aunque yo consideraba estas historias con escepticismo. Decidí abandonar Cuba o Juana, que hasta ahora consideraba como tierra firme debido a su vastedad, ya que había recorrido aproximadamente ciento veinte leguas en esa región. Navegamos al sureste cuarta del este, considerando la dirección del viento que solía rondar del norte al noreste, y luego al este y sureste.

El viento soplaba con fuerza, llevando todas las velas mientras la mar permanecía tranquila, y la corriente nos favorecía. Desde la mañana, avanzamos a una velocidad de ocho millas por hora durante seis horas, ya que las noches en esa región eran casi quince horas. Más tarde, aumentamos la velocidad a diez millas por hora, recorriendo ochenta y ocho millas, equivalentes a veintidós leguas, en dirección sureste hasta la puesta del sol. Al oscurecer, ordené a la carabela Niña que avanzara para explorar el puerto al amanecer, ya que era más veloz. Cuando la embarcación alcanzó la entrada del puerto, similar a la bahía de Cádiz, y al encontrarse en la oscuridad, envié nuestra barca con una luz de candela para sondear el puerto. Sin embargo, antes de que llegara a la posición de la carabela, la luz de la barca fue apagada. La carabela, al no ver la luz, continuó su curso, encendiendo su propia luz. Cuando finalmente el almirante se acercó, compartieron lo sucedido. La barca encendió nuevamente su luz, la carabela se dirigió hacia ella, mientras el almirante quedó barloventeando durante toda la noche.

Jueves 6 de diciembre. Al amanecer, nos encontrábamos a cuatro leguas del puerto, al que decidí llamar Puerto María. Desde allí, divisé un hermoso cabo hacia el sur, en dirección suroeste, al cual bauticé como cabo del Estrella. Me pareció que era la última extensión de tierra en esa isla hacia el sur, calculando que el Almirante se encontraba a unas veintiocho millas de distancia.

Adicionalmente, notamos otra tierra que parecía ser una isla más pequeña al este, distante aproximadamente cuarenta millas. También identificamos otro cabo elegante y bien formado, al que llamé cabo del Elefante, ubicado al este, en dirección sureste, a una distancia de cincuenta y cuatro millas.

Continuando hacia el noroeste, avistamos otro cabo hacia el suroeste, al que di el nombre de Cabo de Cinquín, situado a unas veintiocho millas de distancia. Hacia el sureste se abría una gran entrada o ensenada que parecía la desembocadura de un río, a unas veinte millas al este de la mencionada abra. Me dio la impresión de que entre el Cabo del Elefante y el de Cinquín se extendía una amplia abertura, y algunos marineros sugirieron que podría tratarse de un paso entre islas. Por ello, decidí nombrar aquella región como Isla de la Tortuga.

La isla grande parecía ser tierra muy elevada, sin montañas, más bien plana como hermosas campiñas. Daba la impresión de estar cultivada en gran parte, con campos que parecían sembrados de trigo en el mes de mayo, similar a las campiñas de Córdoba. Observamos numerosos fuegos durante la noche y muchos humos, como señales de advertencia, lo que nos hizo pensar que la gente local podría estar en alerta por la posibilidad de hostilidades. La costa de esta tierra se extiende hacia el este.

En la hora de las vísperas, ingresamos al puerto recién mencionado y lo llamé Puerto de San Nicolao en honor al día de San Nicolás. Al llegar, quedé impresionado por su belleza y calidad. Aunque los puertos de Cuba son muy elogiados, afirmo sin duda que este no les es inferior; de hecho, lo supera y ninguno se le asemeja. La entrada tiene aproximadamente una legua y media de ancho, y la proa se orienta al suroeste. A pesar de su gran amplitud, se puede dirigir la proa hacia donde se desee. Después de dos leguas en dirección suroeste, en la entrada del puerto, se forma una especie de ángulo desde el sur, y a partir de ahí continúa hasta el cabo, donde se extiende una playa extraordinariamente hermosa y un campo con árboles de diversas especies, todos cargados de frutas. El Almirante creía que estas frutas podrían ser especias y nueces moscadas, aunque aún no estaban maduras y no se podían identificar claramente. En el centro de la playa, se observa un río.

La profundidad de este puerto es asombrosa; la sonda no alcanzó el fondo con cuarenta brazas hasta llegar a una longitud de una [...] de tierra. Hasta esa longitud, la profundidad es de quince brazas y muy limpia. Así es en todo el puerto, siendo profundo desde cada cabo hasta una distancia de quince brazas desde la orilla, y limpio. A lo largo de toda la costa, se mantiene una gran profundidad y limpieza, sin mostrar ninguna bajamar. Al pie de la costa, a la distancia de un remo de barca de tierra, la profundidad alcanza cinco brazas. Después de la longitud mencionada del puerto, yendo al suroeste, una gran extensión de tierra se adentra hacia el noreste, a una distancia de media legua. Este brazo tiene una anchura constante, como si hubiera sido trazado con una cuerda de veinticinco pasos de ancho. Desde este brazo, no se puede ver la boca de la entrada principal, cerrando el puerto. La profundidad de este brazo varía desde el inicio hasta el final, manteniéndose en once brazas, con fondo de arena limpia.

Todo el puerto tiene una ventilación excelente y está despejado de árboles altos. Cristóbal Colón percibió que esta isla tenía más peñas que cualquier otra que hubiera encontrado. Los árboles son más pequeños, muchos de ellos similares a los de España, como carrascos y madroños, lo mismo ocurre con la vegetación. La tierra es muy elevada, completamente plana y disfruta de excelentes condiciones atmosféricas. Aunque no se puede considerar fría en absoluto, el Almirante mencionó el clima más templado en comparación con otras tierras exploradas. En frente de este puerto se encuentra una hermosa vega con el río mencionado en el medio. Según el Almirante, esta región debe albergar grandes poblaciones, ya que se avistaron numerosas canoas, tan grandes como una fusta de quince bancos, que navegan por la zona. Todos los indígenas huyeron al ver los barcos, llevándose consigo de las isletas a los que tenían consigo, ansiosos por regresar a su tierra. Cristóbal Colón consideraba llevarlos de regreso a sus hogares después de su partida. Y ya lo consideraban sospechoso porque se desvió del camino hacia su casa. Él afirma que no les creía completamente, ya que no entendía claramente lo que le decían, y a su vez, ellos tampoco comprendían sus palabras. Según él, la población de esa isla mostraba un gran temor hacia su presencia. Por esta razón, se vio obligado a detenerse en el puerto durante algunos días con el objetivo de establecer comunicación con los habitantes locales.

Aunque quería entablar conversación con la gente de la isla, tenía dudas sobre la duración de su estancia, ya que prefería no perder mucho tiempo. Su esperanza residía en que los indígenas que lo acompañaban pudieran comunicarse en su idioma y viceversa. Con la confianza de que este obstáculo lingüístico se superaría, planeaba regresar más adelante para entablar conversaciones con los locales, con la esperanza de complacer a Su Majestad y, según él, descubrir algún valioso tesoro de oro antes de regresar.

Viernes 7 de diciembre: Justo al despuntar el alba, el Almirante dio orden de levar anclas y abandonar el Puerto de San Nicolás. Navegó con el viento del suroeste al noreste durante dos leguas hasta llegar a un cabo que forma el Carenero. Al sureste se extendía una amplia bahía, mientras que al suroeste se avistaba el Cabo de la Estrella, distante unas veinticuatro millas del Almirante.

El Almirante prosiguió su rumbo hacia el este, siguiendo la línea de la costa hasta alcanzar el Cabo de Cinquín, tras recorrer unas cuarenta y ocho millas, aunque precisa que veinte de ellas fueron al este cuarta del noreste. Describió aquella costa como una tierra elevada, con un fondo marino notable. A una distancia de entre veinte y treinta brazas de la orilla, observó que la profundidad descendía abruptamente, lo que evidenciaba un lecho marino de gran hondura.

Antes de llegar al mencionado cabo, divisó una abertura en la costa que semejaba la entrada a un valle extenso, con tierras cultivadas que le recordaron a campos de cebada. Esta visión le reafirmó la idea de que en aquella región podrían asentarse grandes poblaciones. Más adelante, avistó una gran ensenada a unas seis leguas, en cuyos alrededores se desplegaban valles fértiles, llanuras amplias e imponentes montañas, todo ello evocándole el paisaje de Castilla.

En el curso de su exploración, encontró una amplia angostura a unas ocho millas de distancia, flanqueada por montañas y valles que reforzaban aún más la semejanza con la geografía castellana. A dieciséis millas halló un río profundo pero estrecho, lo bastante ancho como para dar paso a una carraca. Poco después, descubrió un puerto amplio y de gran calado, sin hallar fondo ni siquiera a tres pasos de la orilla, salvo a la entrada, donde midió quince brazas.

Aunque era temprano —alrededor de la una de la tarde— y el viento soplaba con fuerza a favor, decidió ingresar en aquel puerto, al que bautizó con el nombre de Puerto de la Concepción.

Al desembarcar en la costa, específicamente en un río que desembocaba al final del puerto, quedó maravillado por la belleza de los paisajes, con extensos campos y praderas. La pesca resultó fructífera, capturando peces como lisas, lenguados y otras especies similares a las de Castilla. Mientras exploraba, escuchó el canto de pájaros como el ruiseñor, y avistó a cinco hombres que, al notar su presencia, optaron por huir. En la tierra descubrió árboles como el arrayán y otras plantas similares a las de Castilla. Con este relato, el Almirante describió la tierra y las montañas que había explorado en ese día.

Sábado 8 de diciembre: En este día, el Puerto de la Concepción, donde se encontraban, experimentó fuertes lluvias y vientos del norte intensos. Aunque el puerto proporcionaba seguridad ante la mayoría de los vientos, excepto los del norte, el Almirante destacó la resaca que evitaba que la nave se moviese sobre las amarras o que el agua del río causara problemas. Más tarde, el viento cambió al nordeste y luego al este, siendo el puerto resguardado por la isla de la Tortuga, ubicada a unas treinta y seis millas al noroeste.

Domingo 9 de diciembre: Este día, el clima se asemejó al invierno en Castilla, con lluvias y condiciones adversas. Hasta ahora, el Almirante solo había observado una casa en el Puerto de San Nicolás, la cual era excepcionalmente bien construida en comparación con otras que había visto. La isla, según él, era extensa, estimando que podría abarcar alrededor de doscientas leguas. Aunque la tierra estaba extensamente cultivada, las poblaciones parecían estar alejadas de la costa. Los habitantes, al divisar la llegada de la expedición, optaban por huir y llevar consigo sus pertenencias, realizando ahumadas que denotaban preparativos de guerra. El Puerto de la Concepción, al que bautizó así, destacaba por su amplitud y seguridad, con una entrada de un cuarto de legua y tres mil pasos limpios hacia el interior, permitiendo que cualquier nave anclara sin problemas.

Lunes 10 de diciembre: El viento del nordeste fue notable ese día, causando que las anclas del barco se desplazaran medio cable. A pesar de la sorpresa del Almirante, quien notó que las anclas estaban demasiado cerca de la orilla, decidió enviar a seis hombres armados a tierra para explorar y tratar de establecer contacto con los locales. A pesar de no encontrar población, descubrieron cabañas, anchos caminos y lugares donde se habían encendido fuegos. También hallaron árboles de almáciga y tierras fértiles.

Martes 11 de diciembre: Debido al viento constante del este y nordeste, la partida se pospuso. La isla de la Tortuga, ubicada frente al puerto, parecía extensa y la costa de ambas islas se asemejaba. El Almirante expresó su deseo de explorar la región entre las dos islas, especialmente la Isla Española, que describió como la más hermosa del mundo. Los indios que lo acompañaban le mencionaron la isla de Babeque, que imaginaban como una tierra de grandes montañas, ríos y valles. También sugerían que la isla de Bohío podría ser más extensa que la Juana (Cuba) y que no estaba rodeada por agua, posiblemente indicando una conexión con tierra firme. Se especulaba que los indígenas temían a los Caniba, a quienes el Almirante vinculaba con la gente del Gran Can, sugiriendo una proximidad geográfica. A pesar de las incertidumbres, la comunicación entre los indios y la tripulación se fortalecía cada día. Mientras exploraban, encontraron abundante almáciga sin cuajar, augurando un futuro beneficio económico, y realizaron diversas capturas pesqueras, incluyendo pescados similares a los de Castilla y abundante lináloe.

Miércoles 12 de diciembre: La expedición no pudo zarpar debido al persistente viento contrario. En respuesta, Cristóbal Colón erigió una imponente cruz en la entrada del puerto, orientada hacia el oeste, como un marcador visual destacado. Según sus palabras, esta cruz simbolizaba la reclamación de la tierra en nombre de sus majestades, destacando la conexión con Jesucristo y enalteciendo el honor de la Cristiandad.

Colón instruyó a tres marineros para explorar la vegetación y árboles en las inmediaciones, y pronto escucharon ruidos que indicaban la presencia de personas. Los indígenas, al igual que los encontrados anteriormente, estaban desnudos. Al intentar acercarse, los indígenas huyeron, pero los marineros lograron capturar a una mujer. El Almirante había ordenado capturar a algunos indígenas con el propósito de honrarlos, disminuir su temor y obtener información valiosa, dada la aparente belleza de la tierra.

La mujer capturada, joven y hermosa, fue llevada a la nave. Colón la hizo vestir y le obsequió cuentas de vidrio, cascabeles y sortijas de latón. A continuación, la envió de vuelta a tierra de manera respetuosa, acompañada por algunos miembros de la tripulación y tres indígenas para facilitar la comunicación con la población local. Mientras la llevaban a tierra, los marineros expresaron al Almirante su deseo de permanecer en la nave junto a las otras mujeres indígenas que habían sido tomadas en el puerto de Mares de la isla Juana de Cuba.

Colón relata que la mujer capturada llevaba un pequeño adorno de oro en la nariz, señal inequívoca de la presencia de oro en la isla.

Jueves 13 de diciembre: Los tres hombres enviados por el Almirante regresaron a la nave alrededor de las tres de la madrugada. No se aventuraron hasta la población con la mujer capturada, quizás por la lejanía o el temor que les inspiraba. Informaron que al día siguiente, se esperaba la llegada de numerosos indígenas a los barcos, presumiblemente gracias a las noticias proporcionadas por la mujer.

Con el anhelo de explorar la riqueza de la tierra y establecer comunicación con los nativos, Colón decidió enviar una segunda expedición hacia la población. Confiando en las supuestas buenas impresiones que la mujer debió transmitir sobre los cristianos, seleccionó a nueve hombres armados y capacitados para la tarea. Un indígena se unió a este grupo. Viajaron hacia la población ubicada a cuatro leguas y media al sureste, descubriendo un extenso valle vacío, ya que los habitantes huyeron al percibir la presencia cristiana.

La población constaba de mil casas y más de mil habitantes. El indígena que acompañaba a los cristianos corrió tras los fugitivos, asegurándoles que los cristianos no eran de Cariba, sino del cielo, y que traían regalos hermosos. Más de dos mil indígenas se reunieron, mostrando respeto al poner sus manos sobre las cabezas de los cristianos como gesto de amistad. Después de tranquilizar a los nativos, estos llevaron a los cristianos a sus casas, ofreciéndoles pan de niames, una raíz similar a rábanos grandes, que es esencial en su alimentación.

Los indígenas, al enterarse de que Colón deseaba obtener papagayos, les llevaron algunos y los ofrecieron generosamente. Les rogaron que no se fueran esa noche, prometiendo regalos adicionales guardados en la sierra. Mientras compartían con los cristianos, presenciaron una gran reunión encabezada por el esposo de la mujer previamente honrada y enviada por el Almirante. Esta multitud expresó gratitud por la atención y regalos recibidos. Los cristianos elogiaron la belleza y amabilidad de esta gente, destacando que eran aún más hermosos y amables que cualquier otro grupo encontrado hasta entonces. Describieron la blancura de hombres y mujeres, incluso mencionando dos mujeres tan blancas como las de España. Además, elogió la belleza incomparable de las tierras, comparándolas con las mejores de Castilla y resaltando la fertilidad del valle. Colón observó que el área estaba bien cultivada, atravesada por un amplio río y adornada con árboles frutales y hierbas florecientes. Afirmaron que las noches eran embriagadoras con el canto de aves, grillos y ranas, y que el clima recordaba a abril en Castilla. El Almirante también hizo observaciones astronómicas, calculando la duración de un día y una noche, así como la posición de la línea ecuatorial en treinta y cuatro grados según su cuadrante.

Viernes 14 de diciembre: La expedición partió del Puerto de la Concepción con vientos favorables, pero pronto se encontraron con una calma que persistió durante los días subsiguientes. Más tarde, el viento cambió a Levante, y Colón navegó hacia el Nornordeste, llegando a la isla de la Tortuga. Identificó dos puntos geográficos: la Punta Pierna al Lesnordeste de la isla, a unas doce millas de la cabeza de la misma, y la Punta Lanzada, en la misma dirección, a unas dieciséis millas. La distancia entre la cabeza de la Tortuga y la Punta Aguda se estimó en cuarenta y cuatro millas, equivalente a once leguas al Lesnordeste. En este trayecto, se avistaron algunas extensiones de playa amplias. La Tortuga, similar a la isla La Española, era una tierra elevada pero no montañosa, exquisitamente poblada y cultivada, recordando a la campiña de Córdoba.

Debido a la oposición del viento y la imposibilidad de llegar a la isla Baneque, Colón decidió regresar al Puerto de la Concepción, pero no logró alcanzar un río ubicado a dos leguas al este del puerto.

Sábado 15 de diciembre: La expedición salió nuevamente del Puerto de la Concepción, enfrentando vientos fuertes del Este en su contra. Se dirigió hacia la Tortuga y, luego, viró para explorar el río que no pudo alcanzar el día anterior. Aunque encontró un buen fondeadero a media legua de sotavento en una playa, no pudo acceder al río. Con sus barcas, se dirigió a explorar el río, encontrando una boca estrecha y fuerte corriente. A pesar de intentar avanzar, las barcas solo pudieron llegar dos tiros de lombarda debido a la fuerza del río. Observó algunas casas y un valle impresionante donde se ubicaban las poblaciones, describiéndolo como lo más hermoso que había visto. Se percató de la gente a la entrada del río, pero todos huyeron al acercarse. Colón notó que estas personas vivían con miedo constante, realizando señales de humo en las atalayas al llegar a cualquier lugar. Nombró al valle como Valle del Paraíso y al río como Guadalquivir, comparándolo con el río del mismo nombre en Córdoba, destacando sus orillas de piedras hermosas y su accesibilidad.

Domingo 16 de diciembre: A medianoche, con viento en calma zarpamos del golfo y nos dirigimos hacia el lado noreste de la isla La Española. En el camino nos encontramos con una canoa tripulada por un solo indígena, lo cual sorprendió al Almirante dado que el viento estaba fuerte. Le pedimos que se acercara a la nave y le dimos cuentas de vidrio, cascabeles y anillos de latón como obsequio. Luego lo llevamos a bordo de la nave hasta llegar a tierra firme, específicamente a un poblado indígena que se encontraba a 16 millas de la costa.

Al llegar, el Almirante fondeó y encontró un buen lugar para anclar en la playa contigua al poblado, el cual parecía recién construido ya que todas las viviendas eran nuevas. El indígena que trajimos a bordo fue a tierra y difundió la noticia de la llegada del Almirante y los cristianos, prontamente vinieron más de 500 hombres nativos, seguidos por su rey.

Todos se congregaron en la playa junto a los navíos, los cuales estaban anclados muy cerca de la costa. De a uno y en grupos numerosos, se acercaron a la nave sin traer nada consigo, excepto algunos granos de oro muy fino en las orejas y en las narices, los cuales luego nos dieron gustosamente.

El Almirante les brindó una cálida bienvenida a todos y dijo que eran las mejores personas del mundo, muy mansos, expresando su esperanza de que Su Majestad lograría convertirlos al cristianismo y serían súbditos suyos. Vimos también que el rey estaba en la playa y todos le rendían pleitesía. El Almirante le envió obsequios, los cuales recibió con mucha pompa. Se comentó que era un joven de unos 21 años, con un tutor anciano y otros consejeros que le aconsejaban y respondían por él, hablaba muy poco.

Uno de los indígenas que traía el Almirante abordó y habló con él. Le preguntó que de dónde venían los cristianos, si del cielo, y que andaban en busca de oro y querían ir a la isla de Baneque. El Almirante le respondió afirmativamente, diciéndole que en dicha isla había mucho oro, y le mostró el camino para llegar en dos días. El indígena manifestó que si necesitaban algo de su tierra se los daría con mucho gusto.

Este rey y los demás andaban desnudos tal como vinieron al mundo, incluso las mujeres, sin pudor alguno. Son las personas más hermosas encontradas hasta ahora, de tez muy blanca, que si se vistieran y protegieran del sol y el aire serían casi tan blancos como en España, siendo estas tierras bastante frías.

La tierra es muy fértil, con montañas donde podrían cultivarse árboles frutales, compuesta por llanuras y valles. En toda Castilla no hay tierra comparable en belleza y bondad. Toda esta isla y la de La Tortuga son cultivadas como la campiña de Córdoba. Siembran ajíes, de cuyas matas nacen unas raíces similares a zanahorias, que utilizan como pan. Lo rallan, amasan y hacen pan con ellas. Luego replantan el arbusto en otro lugar, el cual vuelve a dar cuatro o cinco raíces con sabor a castaña, incluso más grandes y sabrosas que las vistas antes en Guinea. Algunas tan gruesas como una pierna.

Toda esa gente era robusta y no flaca como los vistos anteriormente, de conversación muy dulce y sin sectarismos. Se dijo que los árboles eran tan exuberantes que las hojas dejaban de ser verdes por tanta clorofila. Era una maravilla ver esos valles, ríos, tierras fértiles para cultivos y ganadería, de la cual carecen, así como para huertas y todo lo que el hombre pueda imaginar.

Luego por la tarde vino el rey a la nave. El Almirante le brindó los honores debidos y le hizo decir que era súbdito de los Reyes de Castilla, los monarcas más poderosos, pero ni los intérpretes nativos ni el rey lo creyeron, pensando más bien que venían del cielo y que los reinos castellanos estaban en el paraíso y no en este mundo.

Se le ofreció al rey comida castellana, probaba un bocado y luego lo repartía entre sus acompañantes. "Crean sus Altezas que estas tierras son tan buenas y fértiles, especialmente en esta isla La Española, que nadie puede describirlo ni creerlo sin verlo. Todas son tan suyas como Castilla, sólo falta venir a tomarlas porque con la gente que traigo podría recorrer las islas sin problemas, ya que vi apenas tres marineros bajar a tierra y multitud de indígenas huir despavoridos, sin hacerles daño. No tienen armas ni ingenio para eso, son muy cobardes, mil no esperarían tres. Son dóciles para mandarles trabajar, sembrar y hacer villas, vestirse y aprender nuestras costumbres".

Lunes 17 de diciembre: Durante la noche hubo fuerte viento del noreste, pero el mar no se agitó mucho gracias al resguardo que hace la isla de La Tortuga situada enfrente. Así estuvimos todo el día. Los marineros fueron a pescar con redes y los indígenas se relacionaron muy a gusto con los cristianos.

Nos trajeron unas flechas de los caníbales, hechas de cañas con espigas, y unos pinchos de madera muy largos y afilados. Nos mostraron a dos hombres que les faltaban pedazos de carne del cuerpo y nos dieron a entender que los caníbales se los habían comido a mordiscos. El Almirante no lo creyó.

Volvimos a enviar algunos cristianos al poblado, y a cambio de cuentas de vidrio rescataron piezas de oro en láminas delgadas. Vimos a uno de sus gobernantes, llamado cacique, que tenía un pedazo de oro del tamaño de la mano y parecía dispuesto a intercambiarlo. Fue a su casa y volvió trayendo cada vez un pequeño pedazo que canjeaba por cuentas. Luego dijo que había enviado por más y al día siguiente traería. 

Todo esto, su comportamiento, costumbres y mansedumbre, demuestra que son gente más despierta e inteligente que los vistos hasta ahora, según el Almirante.

Al atardecer llegó una canoa de La Tortuga con unos 40 hombres. Al llegar a la playa donde estaba reunida la gente, todos se sentaron en señal de paz y algunos de la canoa bajaron. El cacique se levantó solo y con gestos amenazantes hizo que volvieran a la canoa, lanzándoles agua y piedras. Cuando obedientemente embarcaron, puso una piedra en manos de mi alguacil para que se la tirara, a quien había enviado con el escribano y otros a tierra para ver si traían algo, pero no quiso hacerlo. El cacique buscaba el favor del Almirante. La canoa se fue enseguida.

Después nos dijeron que en La Tortuga había más oro que en La Española por estar más cerca de Baneque. El Almirante cree que en estas islas no hay minas, sólo lo traen de Baneque, y en pequeñas cantidades porque no tienen mucho para intercambiar. Su tierra es tan fértil que con poco trabajo tienen sustento y andan desnudos. Piensa que está muy próximo al origen, y Dios le mostrará dónde nace el oro. Tenía noticias de que a Baneque había cuatro días de camino, unas 30 o 40 leguas, que en un día con buen tiempo se podrían recorrer.

Martes 18 de diciembre: Estuvimos fondeados en la playa porque no había viento, además el cacique había dicho que traería oro. No porque el Almirante valorase mucho el oro que pudiese traer, ya que allí no hay minas, sino para informarse mejor sobre su procedencia.

Al amanecer ordenó vestir la nave y la carabela con banderas para celebrar la fiesta de Santa María de la O o la Anunciación, disparando muchos cañonazos. El rey de la isla La Española había salido muy temprano de su casa, que calculó el Almirante estaría a unas cinco leguas, y llegó a esa aldea sobre las nueve, donde ya había algunos de la tripulación que había enviado para ver si traía oro.

Informaron que venían con el rey más de doscientos hombres transportándolo en litera. Era joven como se dijo antes. Estando comiendo bajo cubierta llegó a la nave con todos los suyos. Sin duda hubiera complacido a Sus Altezas ver el respeto que le tienen, a pesar de ir desnudos.

Apenas entró se dirigió a buen paso hacia donde yo comía y no me permitió levantarme ni cambiarle el sitio, sino que siguió comiendo. Pensé que querría probar nuestros alimentos y le serví, pero al entrar bajo cubierta les indicó con la mano a los suyos quedarse fuera, cosa que hicieron rápida y respetuosamente, sentándose todos en la cubierta menos dos hombres maduros que imaginé sus consejeros, los cuales se pusieron de pie junto a él.

De cada plato que le puse probaba un poco y el resto lo mandaba a los otros, que comían de ello. Lo mismo con la bebida. Todo con gran compostura y muy pocas palabras. Sus acompañantes lo miraban atentos, hablando por él y con gran reverencia.

Después de comer, le entregaron un cinturón de factura castellana y dos piezas de oro delgadas, pues sospecho que escasea. Vi que le gustó un arambel que tenía sobre la cama y se la di, junto con cuentas de ámbar de mi collar, unos zapatos rojos y agua de azahar, de lo que quedó muy contento. Se notaba que ambos lamentábamos no entendernos. Aun así, entendí cuando dijo que la isla entera estaba a mi servicio.

Le mostré una cuenta de oro con el retrato de Sus Altezas y volví a decirle que eran los monarcas más importantes, mostrándole los pendones reales y de la Cruz, que mucho respetó. Decía a sus asesores que unos reyes capaces de enviarme aquí sin temor desde tan lejos y del cielo, serían muy poderosos.

Pasaron muchas otras cosas que no entendí, sólo percibía su gran asombro. Cuando ya era tarde y se quería marchar, el Almirante lo despidió con grandes honores en la barca, disparando lombardas. Ya en tierra, subió a su litera y se fue con más de doscientos hombres. A su hijo lo llevaban en hombros de un indio importante.

A todos los marineros y gente de los navíos les ordenaba dar de comer y rendir honores dondequiera que los encontrara. Uno contó haberlo visto en el camino, llevando delante cada regalo dado por el Almirante un hombre que parecía importante. Su hijo iba detrás bastante después con similar comitiva, y otro tanto su hermano, quien iba a pie sujeto del brazo por dos hombres distinguidos. 

Este hermano vino después a la nave y el Almirante le dio algunas cosas. Allí supo que al rey le decían en su lengua "cacique". Hoy se rescató poco oro, pero el Almirante oyó de un anciano que había islas cercanas, a unas 100 leguas, donde nace mucho, incluso una hecha totalmente de oro. En otras lo recolectan y cuelan como con cedazos, lo funden y hacen barras y figuras. El viejo le señaló la ruta y lugar, determinándose ir, y de no ser tan allegado al rey lo hubiera llevado o al menos rogado que lo acompañase por su buena disposición hacia él y los cristianos. Pero ya los consideraba súbditos de los Reyes Católicos y no era correcto agraviarlos, por lo que desistió.

Mandó erigir una gran cruz en medio de la plaza, en lo que ayudaron gustosos, hicieron oración y la adoraron. Por esto el Almirante espera que todas estas islas sean cristianas.

Miércoles 19 de diciembre: Zarpamos con la intención de dejar atrás el golfo que se forma entre la isla de la Tortuga y La Española. Durante la noche, navegamos a vela y, al amanecer, el viento cambió a Levante, impidiéndonos avanzar entre las dos islas. A pesar de nuestros esfuerzos, no logramos encontrar refugio durante el día y continuamos explorando la zona.

Durante nuestra travesía, divisamos cuatro promontorios y una amplia bahía con un río. En nuestro recorrido, nos encontramos con una impresionante angla que albergaba una población. Más allá, en la parte trasera, se extendía un valle entre imponentes montañas cubiertas de altos árboles que parecían ser pinos. Entre estas elevaciones se destacaba una montaña particularmente alta y robusta que se extendía de norte a suroeste. Al cabo de Torres, en dirección noroeste, identificamos una pequeña isla a la que llamamos Santo Tomás, en honor a la vigilia que se celebraría al día siguiente.

La isla estaba rodeada de notables cabos y puertos, según nuestras observaciones desde el mar. En la parte oeste de la isla, se encontraba un cabo que se adentraba significativamente en el mar, al que nombramos Cabo Alto y Bajo debido a sus características topográficas. En la dirección opuesta, al este del cabo de Torres, a unas sesenta millas en dirección suroeste, avistamos una montaña más alta que las demás, que se adentraba en el mar y parecía una isla desde la distancia. La llamamos Monte Caribata, en referencia a la provincia circundante llamada Caribata.

Este lugar era extraordinariamente hermoso, repleto de árboles verdes y claros, sin rastro de nieve ni niebla. El clima en esa época se asemejaba al de marzo en Castilla en cuanto a la temperatura y los vientos, mientras que la exuberancia de los árboles y las hierbas nos recordaba a mayo. Las noches, según cuentan, eran extensas, con una duración aproximada de catorce horas.

Jueves 20 de diciembre: Al ocultarse el sol, logramos adentrarnos en un puerto situado entre la isla de Santo Tomás y el Cabo de Caribata, donde anclamos. Este puerto resultó ser excepcionalmente hermoso y lo suficientemente espacioso para albergar todas las embarcaciones cristianas. Su entrada, aunque aparentemente imposible desde el mar para aquellos que no lo habían explorado previamente, se reveló accesible a través de unas aberturas amplias y seguras entre las rocas que se extendían desde la montaña hasta casi tocar la isla. Estas formaciones rocosas, dispuestas de manera irregular, requerían una atención cuidadosa para navegar por ellas y entrar sin temor, pero una vez superadas, la profundidad del puerto alcanzaba las doce brazas, lo que permitía amarrar las naves con seguridad contra cualquier viento.

En la entrada del puerto, se menciona la presencia de un cañal al oeste de una pequeña isleta de arena, adornada con numerosos árboles y con una profundidad de siete brazas hasta su base. Sin embargo, es importante señalar la existencia de numerosas bajadas en la zona, por lo que se aconseja precaución hasta llegar al puerto. Después de superar estos desafíos, se asegura que no hay motivo para temer a ninguna tormenta.

Desde este puerto, se divisaba un extenso valle cultivado que descendía desde el sureste, rodeado por majestuosas montañas que parecían tocar el cielo. Estas elevaciones, exuberantes y cubiertas de árboles verdes, sugerían la posibilidad de que hubiera montañas aún más altas que la isla de Tenerife en Canarias, conocida por ser una de las más altas. En la misma dirección de la isla de Santo Tomás, a una legua de distancia, se encontraba otra isleta, y dentro de ella, otra más, todas con puertos sorprendentes, aunque se aconseja estar atento a las zonas de menor profundidad. También se avistaron poblaciones y señales de actividad humana, como columnas de humo en la distancia.

Viernes 21 de diciembre: Cristóbal Colón, acompañado por las barcas de los navíos, exploró minuciosamente el puerto que había descubierto el día anterior. Quedó tan impresionado que afirmó que ninguno de los puertos que había visto hasta entonces se le comparaba. Reconoció que sus elogios anteriores a otros lugares le preocupaban ahora, ya que temía ser percibido como excesivamente elogioso, pero aseguró que tanto él como sus experimentados marineros coincidían en que este puerto superaba a todos los demás.

Colón, con sus veintitrés años de experiencia en el mar, que incluyeron travesías por el Levante, Poniente y la Guinea, afirmó que la perfección de este puerto eclipsaba todo lo anterior. Insistió en que había siempre encontrado un puerto mejor que el anterior, y ahora estaba convencido de que este superaba a todos los demás en capacidad, afirmando que todas las naves del mundo podrían albergarse en él, y una cuerda de la nave más antigua podría asegurarse en su interior.

Desde la entrada hasta el fondo, este puerto se extendía a lo largo de cinco leguas. Colón observó tierras cultivadas y decidió enviar a dos hombres a un lugar elevado para determinar si había una población cercana, ya que desde el mar no se veían señales de asentamientos. Aunque no se divisaba ninguna población desde la costa, esa noche, cerca de las diez horas, un grupo de indígenas llegó en una canoa a la nave para maravillarse ante el Almirante y los cristianos, recibiendo obsequios de intercambio.

Posteriormente, los dos cristianos que exploraron la zona informaron sobre la existencia de una población significativa un poco alejada de la costa. Colón, interesado, remó hacia la dirección indicada y avistó indígenas que se acercaban con cierto temor. Para tranquilizarlos, hizo que los indígenas en la nave les hablaran y les aseguró que no les haría daño. Con el tiempo, los indígenas perdieron el temor y se acercaron en gran número, expresando su agradecimiento. Ofrecieron pan hecho de niames, llamado ajes, agua en calabazas y cántaras de barro, así como todo lo que poseían y sabían que Colón deseaba. El Almirante destacó la generosidad de los nativos, independientemente del valor material de lo que ofrecían, y resaltó que su entrega provenía de un sincero deseo de compartir con corazones deseosos de dar.

Colón describió a la gente de esa región en estos términos: "Esta gente no posee varas, azagayas ni ninguna otra arma, al igual que los habitantes de toda esta isla, que, según mi parecer, es extremadamente grande. Están completamente desnudos, tanto mujeres como hombres, a diferencia de las mujeres de otras tierras como Juana y otras islas, que solían cubrirse con prendas de algodón que protegían su intimidad, algo así como una bragueta de calzas de hombre, especialmente después de cumplir los doce años. Sin embargo, aquí no hay distinción entre jóvenes y ancianas. En otras regiones, los hombres solían ocultar a sus mujeres a los cristianos por celos, pero aquí no, y noté que hay mujeres de hermosos cuerpos. Ellas fueron las primeras en acercarse para agradecer al cielo y ofrecer todo lo que tenían, especialmente alimentos como pan de ajos y gonza avellanada, así como diversas frutas, de las cuales ordené que el Almirante cure algunas para llevarlas a los Reyes."

Colón destacó que las mujeres en esta región se comportaban de manera similar a como lo hacían en otros lugares antes de esconderse, y él mismo instruía a su tripulación para que no molestaran a nadie ni tomara nada en contra de su voluntad. En respuesta a la generosidad de los indígenas, los cristianos les pagaban por todo lo que recibían. Colón expresó su asombro por la benevolencia y la disposición de la gente local para dar, considerándolos de corazones nobles y generosos, que se deshacían por compartir con los cristianos todo lo que tenían.

Posteriormente, el Almirante envió seis cristianos a explorar la población local, y fueron recibidos con gran honor y ofrecimientos por parte de los habitantes. Se notaba una creencia arraigada en la idea de que Colón y su tripulación provenían del cielo. Este sentimiento era compartido por los indígenas de otras islas, a pesar de que ya se les había comunicado lo que podían esperar de los visitantes. Cuando Colón se dirigía a visitar a un señor local que lo había invitado, numerosas canoas llegaron a la playa con personas que le pedían que se quedara con ellos. El Almirante accedió y fue recibido con entusiasmo por la comunidad, que le ofreció abundantes alimentos y expresó su deseo de que permaneciera con ellos. Los mensajeros de otro señor también aguardaban con sus canoas, solicitando que Colón visitara su pueblo antes de partir.

Luego de que Colón recibió los obsequios que los indígenas le llevaron, muchos de ellos corrieron hacia su pueblo cercano para traer más comida, papagayos y otros regalos con un corazón tan generoso que asombraba. A pesar de que no pedían nada, Colón les entregó cuentas de vidrio, sortijas de latón y cascabeles, considerando que era lo justo y, sobre todo, porque los veía ya como cristianos y súbditos de los Reyes de Castilla incluso más leales que la gente de Castilla. Destacó que la única barrera era la barrera lingüística y que, una vez superada, ellos obedecerían cualquier orden sin objeciones.

Colón se dirigió de regreso a los navíos, mientras los indígenas, hombres, mujeres y niños, rogaban que los cristianos se quedaran con ellos. Incluso después de la partida, canoas llenas de indígenas seguían a la nave, a los cuales Colón honró, ofreció comida y otros obsequios. Mientras tanto, desde el oeste, llegó otro señor con mucha gente, y algunos incluso nadaron hasta la nave. El señor que se había ido anteriormente envió a personas para ver y preguntar sobre las islas; fueron bien recibidos y llevados al pueblo, donde el señor les entregó grandes pedazos de oro. Al intentar cruzar un río, los indios nadaron, pero los cristianos no pudieron hacerlo y se vieron obligados a regresar.

La región circundante estaba dominada por montañas imponentes, mucho más altas y hermosas que la de la isla de Tenerife. Estas montañas, llenas de arboledas, se alternaban con valles pintorescos. Al sur del puerto, se extendía una vega tan extensa que la vista no podía alcanzar su final, poblada y cultivada, tan verde como en Castilla durante mayo o junio, a pesar de las largas noches septentrionales de catorce horas. El puerto, llamado Puerto de la Mar de Santo Tomás, resultaba excelente para cualquier viento, con una entrada amplia y cerrada por restricciones de piedra que apenas asomaban sobre el agua, excepto por una angosta entrada que parecía hecha a mano. La boca del puerto tenía siete brazas de profundidad hasta el pie de una isleta llana con una playa y árboles. Desde el noroeste, había tres islas y un gran río a una legua del cabo del puerto. Colón afirmó que este era el mejor puerto del mundo, destacando su seguridad y la amabilidad de la población sin armas, tanto buenas como malas.

Sábado 22 de diciembre: Al amanecer, Colón izó las velas para dirigirse hacia las islas que los indígenas le habían señalado como ricas en oro, pero la falta de tiempo lo obligó a regresar y anclar nuevamente. Envió la barca a pescar con redes mientras el señor local, que residía cerca, envió una canoa repleta de gente con un emisario para rogar al Almirante que llevara sus navíos a su tierra, prometiendo proporcionarle todo lo que tuviera. El emisario llevaba consigo un cinto que, en lugar de bolsa, exhibía dos grandes orejas de oro martillado, junto con la lengua y la nariz.

Esta gente, de corazón generoso, consideraba un gran favor cumplir con las peticiones, y Colón recibió el cinto, entregándolo a un grumete. La canoa llegó a la nave con su embajada, aunque la comunicación fue inicialmente complicada debido a la diversidad de vocablos. Colón decidió partir hacia esa tierra al día siguiente, un domingo, algo inusual para él, pero lo hacía por devoción y no por superstición. Tenía la esperanza de que estos pueblos fueran cristianos, dado el afecto y la voluntad que mostraban, y también porque ya los consideraba súbditos de los Reyes de Castilla.

Antes de partir, Colón envió a seis hombres a una población ubicada a tres leguas al oeste, cuyo señor afirmó tener ciertos fragmentos de oro. Cuando los cristianos llegaron, el señor tomó de la mano al escribano del Almirante y lo llevó a su casa con todo el pueblo. El escribano tenía la tarea de garantizar que los indios no fueran tratados indebidamente por los demás cristianos, dada la generosidad de los nativos y la codicia de algunos españoles.

Al final del día, el señor obsequió a los cristianos tres ánsares gordas y pequeñas piezas de oro. Una gran cantidad de gente, por voluntad propia, llevó a cuestas todo lo que habían intercambiado, incluso atravesando ríos y lugares fangosos. Colón recompensó al señor y su gente, quienes se mostraron muy satisfechos, considerando a los cristianos como seres benditos. Ese día, más de ciento veinte canoas llegaron a los navíos, cargadas de gente que ofrecía diversas cosas, especialmente alimentos como pan y pescado, agua en cantarillos de barro y semillas consideradas especias valiosas por los indígenas. Estos afirmaban que una sola semilla en una escudilla de agua resultaba en una bebida extremadamente saludable.

El domingo 23 de diciembre: Colón no pudo partir hacia la tierra del señor que lo había invitado debido a la falta de viento. Envió las barcas con mensajeros y al escribano mientras esperaba mejores condiciones para navegar. Durante este tiempo, dos indios que lo acompañaban fueron enviados a las poblaciones cercanas a los navíos. A su regreso, trajeron a un señor local a la nave con noticias de que la isla La Española tenía una gran cantidad de oro, y que Colón encontraría todo lo que deseara allí.

Colón, a pesar de las dificultades para entender el idioma local, creía firmemente en la abundancia de oro en esa región. Afirmaba que, en los tres días que llevaba en ese puerto, ya había recibido fragmentos de oro y que no podía creer que lo trajeran de otras tierras. Expresó sus esperanzas de que Dios lo ayudara y le permitiera encontrar esa riqueza.

Colón menciona que más de mil personas se acercaron a la nave, trayendo consigo diversas ofrendas. Aproximadamente quinientos nadaron hasta la nave por la falta de canoas. Colón estima que cinco señores, hijos de señores, con sus familias, vinieron a conocer a los cristianos. Colón, agradecido por las muestras de generosidad de los indígenas, los recompensó con regalos.

En la noche, las barcas regresaron, informando que habían encontrado una gran cantidad de gente que se dirigía hacia Colón para verlo. Colón expresó su deseo de permanecer en ese puerto durante la festividad de Navidad para recibir a toda la gente de la isla. Las barcas se dirigieron hacia la población cercana, que se describía como la más grande y organizada encontrada hasta ese momento, ubicada al sureste, cerca de la Punta Santa.

Cuando el cacique, a veces llamado rey o nitaíno, se reunió con Colón en la plaza principal, se llevó a cabo un intercambio de regalos y honores. El cacique rogó a Colón y su tripulación que esperaran hasta el siguiente día, lo mismo hizo todo el pueblo. Cuando Colón y su grupo finalmente decidieron partir, muchos indígenas los acompañaron hasta las barcas, llevando a cuestas los regalos ofrecidos por el cacique y otros habitantes del lugar.

Lunes 24 de diciembre: Antes del amanecer, Colón levantó las anclas con viento terral. Entre los indígenas que habían visitado la nave, identificó a uno que parecía particularmente dispuesto a mostrarle las minas de oro. Este indígena, junto con otro compañero o pariente, afirmó conocer lugares ricos en oro, incluyendo uno llamado Cipango (Civao), que estaba ubicado hacia el este, aunque bastante lejos. Mencionaron que en Cipango había una gran cantidad de oro, incluyendo banderas hechas de oro martillado que llevaba el cacique.

Colón elogió a los indígenas, describiéndolos como gente excelente y sumisa. Expresó su optimismo de que pronto se convertirían al cristianismo y adoptarían las buenas costumbres de los reinos europeos. Destacó las diferencias notables entre la gente y la tierra de la isla La Española (también llamada Bohío por los nativos) en comparación con la isla de Juana (Cuba). Mencionó que los habitantes de la isla La Española eran de buena estatura, tenían un trato amigable y una lengua suave, a diferencia de otros lugares donde parecía que los indígenas hablaban de manera amenazante.

Colón describió detalladamente cómo ingresar al puerto de Santo Tomás, mencionando la isleta llana llamada la Amiga. Dio instrucciones específicas sobre cómo navegar alrededor de restricciones y bajíos para llegar al puerto interior, destacando su idoneidad para todas las naves sin necesidad de amarras. Describió restricciones adicionales y bajíos que debían evitarse durante la entrada al puerto. También mencionó la existencia de otro buen puerto al pie del Monte Garibatan desde el oeste.

En general, Colón expresó su admiración por la belleza y la amabilidad de los habitantes locales, así como por la tierra y los recursos que encontró en la isla La Española.

El 25 de diciembre, día de Navidad: La travesía desde la mar de Santo Tomé hasta la Punta Santa se llevó a cabo con vientos suaves. Durante gran parte del día, la nave avanzó a una legua de distancia de la punta, manteniendo esta posición hasta aproximadamente las once de la noche, momento en el que, ante la escasez de viento, se decidió descansar. El marinero a cargo, al notar la calma, optó por ir a dormir, delegando la responsabilidad del timón a un joven grumete, una práctica que el Almirante siempre había prohibido en todo el viaje, ya sea en condiciones de viento o calma.

Aunque el Almirante tenía confianza en la seguridad de la ruta, recordando que las barcas habían pasado al este de la Punta Santa tres leguas y media al enviarlas al rey el domingo anterior, no había explorado detenidamente esa área durante todo el viaje. Sin embargo, a medianoche, con el Almirante descansando y la calma total en el mar, todos a bordo se durmieron, dejando al joven grumete a cargo del timón. Las corrientes llevaron la nave hacia uno de los bancos de arena, que, aunque eran audibles y visibles incluso en la oscuridad, se aproximaron suavemente, casi sin ser percibidos.

Cuando el joven grumete notó el cambio en el timón y escuchó el sonido del mar, alertó a la tripulación. El Almirante, al salir rápidamente, llegó antes de que alguien se diera cuenta de que estaban encallados. El maestre de la nave, responsable de la guardia, se unió a ellos, y el Almirante les indicó que bajaran el bote de popa, tomaran un ancla y la lanzaran por la parte posterior de la nave. Mientras el Almirante y otros abordaban el bote, pensando que seguían sus órdenes, la tripulación no se preocupó por seguir sus instrucciones y optó por huir hacia la carabela que estaba a media legua al barlovento. Sin embargo, la carabela rechazó recibirlos, por lo que tuvieron que regresar a la nave, siendo alcanzados primero por la barca de la carabela.

Cuando el Almirante notó que su propia tripulación estaba huyendo y que la nave se encontraba en una situación crítica, con las aguas menguando y la embarcación atrapada de través, no tuvo más opción que ordenar el corte del mástil y alijar todo el peso posible de la nave para intentar liberarla. A pesar de sus esfuerzos, la bajante persistía, y la situación no mejoraba. Decidió orientar la nave hacia la mar de través, aunque la marea era escasa, y en ese momento, los conventos se abrieron, pero no así la nave.

En un intento desesperado por rescatar a su tripulación, el Almirante se dirigió a la carabela, donde procuró poner a salvo a los ocupantes de la nave. Con un viento favorable proveniente de la tierra y aun quedando tiempo de noche, sin conocer la duración exacta de los bancos de arena, decidió esperar hasta el amanecer antes de regresar a la nave, evitando riesgos innecesarios.

Previamente, había enviado el bote a tierra con dos miembros de la tripulación para informar al rey local sobre la situación y solicitar ayuda. El rey, conmovido por la noticia, envió rápidamente canoas grandes con su gente para descargar los contenidos de la nave. El proceso de descarga se llevó a cabo con gran eficiencia y rapidez gracias a la diligencia del rey y sus súbditos.

Mientras se efectuaba la descarga, el rey y sus parientes se esforzaron por supervisar y proteger los bienes que se trasladaban a tierra, demostrando su compromiso y generosidad. El rey envió a sus familiares para consolar al Almirante, asegurándole que le proporcionaría todo lo que estuviera a su alcance y reafirmando su afecto. El Almirante destacó la amabilidad, la falta de codicia y el amor de esa gente, considerándolos entre las mejores personas del mundo.

Aseguró a los Reyes Católicos que no se podría encontrar un lugar en Castilla donde se pudiera garantizar una protección tan excelente para todas las posesiones. Ordenó que se guardara todo cuidadosamente y que se colocaran hombres armados alrededor para vigilar durante toda la noche. Conmovedoramente, el Almirante describió cómo él y la población local lloraban juntos, destacando la calidad de esa gente y su fascinación por explorar y aprender sobre el mundo.

El miércoles 26 de diciembre, al amanecer, el rey local se acercó a la carabela Niña donde se encontraba el Almirante. Expresó su pesar por la situación anterior y le aseguró al Almirante que no debía preocuparse, ya que estaba dispuesto a brindarle todo lo que poseía. Informó que había asignado dos grandes casas a los cristianos que se encontraban en tierra y se ofreció a proporcionar más, así como cuantas canoas fueran necesarias para cargar y descargar la nave y llevar a tierra a cuanta gente quisiera. El Almirante elogió la fidelidad y la generosidad de la gente local, destacando la virtuosidad del rey.

Durante la conversación, llegó otra canoa de otro lugar con algunos pedazos de oro, los cuales estaban dispuestos a intercambiar por un simple cascabel, ya que anhelaban estos objetos. Tan pronto como la canoa se acercó, mostraron entusiasmadamente los trozos de oro, pronunciando "chuq chuq" en referencia a los cascabeles, evidenciando su fascinación por estos objetos. Después de este encuentro, otras canoas de diferentes lugares se acercaron al Almirante y le pidieron que guardara un cascabel para ellos hasta el día siguiente, ya que prometían traer cuatro pedazos de oro del tamaño de una mano. El Almirante se alegró ante esta noticia.

Posteriormente, un marinero que regresó de tierra comentó al Almirante que los cristianos en la isla estaban adquiriendo sorprendentes piezas de oro por cosas de poco valor, mencionando que por una simple agujeta obtenían pedazos que valían más de dos castellanos. El rey, al ver la alegría del Almirante, se mostró colaborativo y señaló que conocía lugares cercanos donde había una gran cantidad de oro. Aseguró que estaría encantado de proveer la cantidad que deseara y mencionó específicamente la existencia de oro en Cipango (Civao), así como en la isla La Española, conocida como Bohío, y en la provincia Caribata.

El rey compartió una comida en la carabela con el Almirante y luego lo acompañó a tierra, donde le brindó honores y una variada selección de alimentos, incluyendo ajos, camarones, caza y otras viandas locales. Además, le mostró el pan llamado cazavi y lo condujo a ver las verduras de árboles cerca de las casas, mientras lo acompañaban alrededor de mil personas, todos ellos desnudos.

Después de la comida, el señor local, ya vestido con la camisa y guantes que le había regalado el Almirante, mostró una especial apreciación por los guantes. Aunque en su ingesta demostró elegancia y limpieza, destacando su linaje, después de comer, se fregó las manos con hierbas, lo cual el Almirante interpretó como un gesto para ablandarlas, seguido de aguamanos.

Posteriormente, llevó al Almirante a la playa, donde este solicitó un arco turquesco y un manojo de flechas. Un hombre de la compañía del Almirante demostró su destreza en el uso de las armas, desconcertando al señor local, quien no estaba familiarizado con esos artefactos, ya que en esas tierras no conocían el hierro ni el acero, excepto por el oro y el cobre, este último visto en pequeñas cantidades por el Almirante.

El Almirante explicó por señas que los Reyes de Castilla enviarían a destruir a los caribes y que los traerían atados. Luego, realizó demostraciones con una lombarda y una espingarda, asombrando al señor local con la potencia de estas armas. Al escuchar los disparos, su gente se postró en el suelo. Como muestra de agradecimiento, el señor local entregó al Almirante una carátula adornada con grandes pedazos de oro en las orejas, ojos y otras partes, junto con otras joyas de oro que había colocado personalmente al Almirante en la cabeza y el cuello. También distribuyó generosamente joyas de oro a los otros cristianos presentes.

El Almirante se sintió reconfortado y consolado al observar estas riquezas, y la angustia por la pérdida de la nave se atenuó. Reconoció que la encalladura de la nave en ese lugar no fue un desastre, sino más bien una gran fortuna. Se percató de que, de no haber encallado, habría continuado navegando sin encontrar un lugar tan propicio, ya que la bahía estaba resguardada y contaba con varias restricciones de bajas. Además, señaló que este contratiempo permitió establecer un asentamiento en un lugar estratégico, proporcionando a la tripulación un sitio con resguardo y acceso a recursos esenciales para construir una fortaleza. A pesar de las dificultades, parte de la tripulación le había pedido permiso para quedarse, deseando establecerse en este lugar.

En este momento, he dispuesto la construcción de una torre y fortaleza, junto con una amplia cava. No es que considere que sea necesario para la población local, ya que he afirmado que con la gente que he traído podría subyugar toda la isla, la cual creo que es más grande que Portugal y tiene el doble de habitantes. Sin embargo, ellos son desnudos, desarmados y notoriamente cobardes. La razón de esta construcción es mantener una orden establecida, especialmente estando tan lejos de Vuestras Altezas. Además, quiero que comprendan la destreza y capacidad de la gente de Vuestras Altezas para que, con amor y temor, obedezcan. Se están elaborando tablas para construir fortalezas, y hemos acumulado provisiones de pan y vino para más de un año, semillas para sembrar, y contamos con la barca de la naufragada y diversos especialistas, incluyendo un calafate, un carpintero, un lombardero y un tonelero. Muchos de ellos son hombres deseosos de servir a Vuestras Altezas, lo que me complace, y han mostrado interés en conocer la mina de oro.

Todo esto ha llegado de manera oportuna para iniciar este proyecto. Además, cuando la nave encalló, fue un suceso tan suave que apenas se notó, sin olas ni viento. El Almirante destaca que todo esto fue una gran fortuna y una voluntad determinada de Dios, ya que permitió dejar gente en este lugar. Destaca que, de no ser por la traición del maestre y la tripulación, principalmente de su tierra natal, que se negaron a echar el ancla por popa según las órdenes del Almirante para liberar la nave, esta se habría salvado. Sin esta traición, no se hubiera explorado la tierra como ocurrió en esos días. El Almirante subraya su intención constante de descubrir y no quedarse en un lugar más de un día, a menos que fuera por falta de vientos.

Lamenta que la nave que llevaron desde Palos fuera tan pesada y no cumpliera con el propósito de la expedición de descubrimiento. Culpa a los habitantes de Palos por no proporcionar los barcos adecuados según lo prometido al Rey y la Reina. Asegura que, a su regreso a Castilla, espera encontrar un tonel de oro rescatado por los que dejó en la isla y descubrir la mina de oro y especias en gran cantidad. Expone su compromiso de dedicar toda la ganancia de su empresa a la conquista de Jerusalén, algo que divirtió a los Reyes cuando se lo propuso, aunque sin este propósito, ya tenían ese deseo. Son las palabras finales del Almirante.

Jueves 27 de diciembre: Al amanecer, el rey de la región se presentó en la carabela y expresó al Almirante su deseo de cubrirlo todo de oro antes de su partida, rogándole que no se fuera. Comieron juntos, el rey, su hermano y otro pariente cercano que mostró interés en acompañar al Almirante de regreso a Castilla. Mientras estaban en esta conversación, recibieron la noticia de que la carabela Pinta estaba anclada en un río cercano al final de la isla. El cacique envió una canoa con un marinero, demostrando una vez más su afecto hacia el Almirante.

Viernes 28 de diciembre: Con el objetivo de agilizar la construcción de la fortaleza y organizar la tripulación que se quedaría allí, el Almirante desembarcó y notó que el rey le había visto mientras iba en la barca. El rey, aparentando desconocimiento de su llegada, se retiró rápidamente a su casa. Envió a uno de sus hermanos para recibir al Almirante y lo llevó a una de las casas destinadas a la tripulación, la más grande y mejor de la localidad. Prepararon un estrado de camisas de palma para que se sentara. Posteriormente, el hermano del rey informó a su hermano sobre la presencia del Almirante, actuando como si no supiera que ya había llegado, aunque el Almirante sospechaba que esto era solo un gesto para honrarlo aún más. Cuando el rey recibió la noticia, corrió hacia el Almirante y le colocó al cuello una generosa cantidad de oro que llevaba en la mano. Permanecieron juntos hasta la tarde, discutiendo los planes futuros.

Sábado 29 de diciembre: Al amanecer, un sobrino del rey, joven y de agudo ingenio (según describe el Almirante), llegó a la carabela. Siempre interesado en descubrir dónde se encontraba el oro, preguntaba a todos, ya que entendía algo mediante señas. Este joven informó al Almirante que a cuatro jornadas al este había una isla llamada Guarionex, y otras denominadas Mocorix, Mayonic, Fuma, Cibao y Coroay, todas ellas con inmensas cantidades de oro. El Almirante anotó estos nombres y se dio cuenta de que la información provenía de un hermano del rey, y notó que había ciertos desacuerdos entre ellos.

El rey parecía trabajar para que el Almirante no comprendiera la ubicación exacta del oro, quizás para evitar que lo adquiriera en otro lugar. No obstante, el Almirante señala que el oro es tan abundante y se encuentra en tantos lugares, incluso en esta misma isla La Española, que es asombroso. Al caer la noche, el rey envió al Almirante una gran carátula de oro y le pidió un bacín de aguamanos y un jarro, lo cual el Almirante interpretó como una solicitud para hacer otro objeto similar, y así se lo envió.

Domingo 30 de diciembre: El Almirante desembarcó para comer en tierra y se encontró con cinco reyes subordinados al que se llamaba Guacanagarí, todos luciendo sus coronas y representando un estado muy digno, según describe el Almirante. A su llegada a tierra, el rey fue a recibir al Almirante y lo llevó en brazos a la misma casa del día anterior, donde tenía preparado un estrado y sillas. El rey se despojó de su corona y se la colocó al Almirante, quien a su vez le regaló un collar de alaqueques (ágata) y cuentas hermosas. Luego, el rey se desvistió de un capuz de fina grana que se había puesto ese día y se lo dio al Almirante, enviando a traer unos borceguíes de color para él y colocándole un gran anillo de plata en el dedo, ya que habían oído que a un marinero le gustaba mucho una sortija de plata.

El Almirante se mostró muy contento y satisfecho. Dos de los reyes que lo acompañaban le presentaron dos grandes plastas de oro cada uno. En medio de esta celebración, llegó un indio informando que dos días antes la carabela Pinta había partido hacia el este en un puerto. El Almirante regresó a la carabela y Vicente Anos, el capitán, confirmó haber visto ruibarbo en la isla Amiga, a seis leguas de allí, reconociendo las ramas y la raíz. Describieron que el ruibarbo produce ramitas y frutos similares a moras verdes casi secas, y que el palillo cercano a la raíz es de un amarillo tan fino como el mejor color para pintar. La raíz, bajo la tierra, tiene la forma de una gran pera.

Lunes 31 de diciembre: Este día lo dedicó a organizar la recogida de agua y leña para la travesía a España, con el objetivo de informar rápidamente a los Reyes para que enviaran barcos que exploraran lo que aún quedaba por descubrir. El Almirante consideraba que el proyecto se había vuelto tan grande y de tal envergadura que le sorprendía. Manifestaba su deseo de no partir hasta haber explorado toda la tierra hacia el este, recorriendo la costa para conocer las condiciones de tránsito desde Castilla y planificar futuras expediciones con ganado y otros recursos. Sin embargo, al quedarse con un solo navío, reconocía que no era razonable exponerse a los peligros del descubrimiento. Lamentaba haberse separado de la carabela Pinta, considerando que este hecho le había traído inconvenientes.

Martes 1 de enero de 1493: A medianoche, envió la barca a la isleta Amiga para traer ruibarbo. Regresó al atardecer con un saco del mismo, aunque no trajeron más porque no llevaban azada para cavar. El Almirante utilizó esto como muestra para los Reyes. El rey de la tierra enviada decía que había enviado muchas canoas en busca de oro. La canoa que fue a la Pinta y el marinero no la encontraron. El marinero informó que a unas veinte leguas de allí habían visto a un rey con dos grandes plastas de oro en la cabeza, y cuando los indígenas le hablaron, se las quitó, mostrando también mucho oro a otras personas. El Almirante pensaba que el rey Guacanagarí podría haber prohibido a todos vender oro a los cristianos para que todo pasara por sus manos, aunque él conocía lugares donde el oro era tan abundante que no tenía precio. También mencionaba la abundancia de especias, más valiosas que el pimiento y la manigueta. Dejó instrucciones a los que iba a dejar allí para que aprovecharan al máximo la situación.

Miércoles 2 de enero: Cristóbal Colón partió temprano en tierra para despedirse del rey Guacanagarí antes de su partida en nombre del Señor. Le regaló una de sus camisas y le mostró la potencia de las lombardas, ordenando disparar una junto al costado de la nao que estaba en la playa. Este gesto estaba destinado a iniciar una conversación sobre los caribes, con quienes estaban en guerra. Observó la distancia que alcanzó la lombarda y cómo la piedra se alejó por el mar.

Colón organizó una escaramuza con la tripulación de los barcos armados, asegurando al cacique que no debía temer a los caribes si aparecían. Estas acciones, según se dice, las llevó a cabo para ganarse la amistad de los cristianos que dejaba atrás y para infundirle temor al cacique con respecto a los caribes. Después, el Almirante invitó al cacique a comer en la casa donde se alojaba, junto con los demás miembros de su séquito.

Diego de Arana, Pedro Gutiérrez y Rodrigo Escovedo fueron encomendados por Colón como tenientes para liderar el grupo que quedaba, asegurándose de que todo fuera bien dirigido en servicio de Dios y Sus Altezas. El cacique expresó un gran afecto hacia Colón y mostró gran pesar por su partida, especialmente cuando lo vio embarcarse. Un confidente del rey le informó a Colón que habían ordenado hacer una estatua de oro tan grande como él mismo, la cual esperaban recibir en diez días.

A pesar de tener la intención de partir de inmediato, el viento no lo permitió. Dejó a treinta y nueve hombres en la isla La Española, conocida por los indios como Bohío, con la fortaleza y muchos amigos del rey Guacanagarí. Como tenientes dejó a Diego de Arana, Pedro Gutiérrez y Rodrigo de Escovedo, junto con todas las mercancías destinadas para el intercambio de oro, pan de bizcocho para un año, vino, abundante artillería y la barca de la nao para explorar la mina de oro en cuanto consideraran oportuno.

Además, les proporcionó semillas para sembrar, oficiales como escribano y alguacil, un carpintero de naos, calafate, lombardero experto en ingenios, tonelero, médico y sastre; todos ellos experimentados hombres de la mar. Este plan se llevó a cabo para asegurar que, a su regreso, Colón encontrara una gran cantidad de oro y un lugar propicio para establecer una villa, ya que el puerto actual no cumplía con sus preferencias, y el oro presente provenía, según se decía, del este, lo que indicaba que podrían encontrar más oro explorando en esa dirección, al tiempo que se mantendrían relativamente cercanos a España.

Jueves 3 de enero: Colón no partió hoy debido a que tres indios que había llevado de las islas y que se habían quedado, informaron que los demás, junto con sus mujeres, estaban llegando desde el golfo. Además, el mar estaba algo agitado, y la barca no pudo permanecer en tierra. Colón decidió partir al día siguiente con la gracia de Dios. Expresó que, si contara con la carabela Pinta, estaría seguro de llevar consigo un tonel de oro, ya que se atrevería a explorar las costas de esas islas. Sin embargo, debido a su situación de estar solo, no se atrevía a correr riesgos que pudieran impedir su regreso a Castilla y la entrega de informes a los Reyes sobre todo lo descubierto. Mencionó que, si la carabela Pinta llegaba a España con Martín Alonso Pinzón, no dudaría en seguir adelante con sus planes. Pero, al no tener noticias de él, temía que informara a los Reyes con mentiras y así evitara la pena que merecía por irse sin permiso y obstaculizar el progreso y conocimiento de esa expedición.

Viernes 4 de enero: Al amanecer, Colón levantó las anclas con poco viento, utilizando la barca como proa, y se dirigió hacia el noroeste para salir de la restricción por un canal más amplio que el que había utilizado para entrar. Este canal, junto con otros, resultaron ser excelentes para navegar frente a la Villa de Navidad. El fondo más bajo que encontró fue de tres brazas hasta nueve, y las restricciones eran extensas, abarcando más de seis leguas desde el Cabo Santo hasta el Cabo de Sierpe. Durante la travesía, destacó la presencia de montañas altas y poblaciones bien desarrolladas.

Colón navegó hacia el este, aproximándose a un monte elevado que parecía ser una isla, pero no lo era, conectándose con tierra baja. Este monte, al que llamó Monte-Cristi, estaba al este del Cabo Santo, a unas diez y ocho leguas. Aunque el viento era escaso, Colón no pudo llegar al Monte-Cristi en seis leguas ese día. Encontró cuatro isletas de arena baja y una restricción que se extendía hacia el noroeste y se dirigía hacia el sureste. Dentro de esta área había un gran golfo que se extendía hacia el sureste unas veinte leguas, presumiblemente con poco fondo y muchos bancos. Surgió seis leguas al norte de Monte-Cristi, en diez y nueve brazas, evitando numerosos bajos y restricciones en la zona. Colón aconsejó a aquellos que fueran a la Villa de Navidad y reconocieran Monte-Cristi, que se adentraran en el mar dos leguas, entre otros detalles que se omiten aquí. Concluyó reafirmando su creencia de que Cipango estaba en esa isla, y expresó su convicción de que había abundancia de oro, especias, almáciga y ruibarbo en la región.

Sábado 5 de enero: Colón zarpa con viento favorable al terral cuando el sol estaba a punto de salir. Luego, el viento cambia hacia el este, y Colón observa que entre el Monte-Cristi y una isleta al suroeste parece haber un buen puerto para anclar esa noche. Siguiendo hacia el suroeste y luego hacia el sur-suroeste durante aproximadamente seis leguas, encuentra un fondo de diez y siete brazas, muy limpio. Navega así durante tres leguas más con la misma profundidad, luego disminuye a doce brazas cerca del morro del monte. A una legua del morro, encuentra un fondo de nueve brazas, todo cubierto de arena fina. Continúa su ruta hasta entrar entre el monte y la isleta, donde halla tres brazas y media de profundidad durante la bajamar, optando por anclar en este singular puerto.

Colón se acerca a la isleta, descubriendo rastros de pescadores que habían estado allí y piedras pintadas de colores, similares a las que encontró en la isleta de San Salvador. También encuentra muchos pies de almáciga en la isleta.

Monte-Cristi es descrito como hermoso, alto y accesible, con una campiña baja y pintoresca en sus cercanías. A lo lejos, parece una isla independiente. Al este del monte, a unas veinticuatro millas, avista un cabo al que denomina Cabo del Becerro. Entre este cabo y el Monte-Cristi, hay unos bajos que Colón cree que podrían tener canales navegables, pero decide explorar con la barca durante el día antes de aventurarse. En las cuatro leguas que siguen desde el monte hacia el este hasta el Cabo del Becerro, se encuentra una costa de playa y tierra baja, seguida de una región de tierras altas con grandes montañas talladas y una hermosa sierra que corre de noreste a suroeste, parecida a la sierra de Córdoba. Más allá, se vislumbran montañas altas hacia el sur y el suroeste, junto con valles extensos y verdes, adornados con numerosos ríos. Colón describe este paisaje como tan apacible y abundante que considera imposible exagerarlo, incluso en una milésima parte. Al este del Monte-Cristi, distingue otra tierra que se asemeja en grandeza y belleza a ese monte. En dirección nordeste, la tierra es menos elevada, extendiéndose por aproximadamente cien millas o más.

Domingo 6 de enero: El puerto resulta ser abrigado de todos los vientos, excepto del norte y noroeste, que raramente afectan la región. Colón nota que se pueden refugiar detrás de la isleta incluso en caso de vientos del norte. El puerto tiene tres a cuatro brazas de profundidad. Al salir el sol, Colón zarpa siguiendo la costa hacia el este, teniendo que tener precaución debido a varias restricciones rocosas y de arena en la costa. A pesar de estas restricciones, hay buenos puertos y entradas a través de sus canales.

Después del mediodía, el viento sopla con fuerza desde el este. Un marinero es enviado al tope del mástil para examinar los bajos y avista la carabela Pinta acercándose con el viento a favor. La Pinta llega al encuentro del Almirante, pero al no haber donde fondear debido a la poca profundidad, ambos barcos regresan diez leguas atrás, hacia el Monte-Cristi. Martín Alonso Pinzón se acerca a la carabela Niña para excusarse, argumentando que se había separado de Colón en contra de su voluntad y proporcionando razones para su decisión. Sin embargo, Colón desacredita sus razones, acusándolo de soberbia y codicia, y sugiere que se alejó de él por su propia voluntad, algo que el Almirante había notado durante todo el viaje. Colón opta por disimular las malas acciones de Pinzón para no permitir que las influencias negativas de Satanás afecten la expedición. Colón revela que, según un indio enviado por él y otros que acompañaban a Pinzón, este último se alejó debido a rumores de una isla llamada Baneque que supuestamente tenía mucho oro. Pinzón, con un barco más ligero y rápido, quiso explorar esta isla por sí mismo, desviándose de la ruta planeada por Colón, quien prefirió seguir costeando Juana y La Española.

Colón menciona que Pinzón no encontró oro en Baneque y regresó a la costa de La Española, cerca de la Villa de la Navidad, unos quince días antes de la reunión con Colón. Colón indica que Pinzón rescató mucha cantidad de oro, compartiendo la mitad con la tripulación y llevándose la otra mitad consigo. Colón enfatiza que la carabela Pinta permaneció milagrosamente en la región, considerándola el mejor lugar para establecer un asentamiento, especialmente por su proximidad a las minas de oro.

Colón informa a los Reyes que detrás de la isla Juana, hacia el sur, hay otra isla llamada Yamaye con aún más oro. Menciona que en esta isla se recogen pedazos de oro del tamaño de habas, y en La Española, como granos de trigo de las minas. Además, Colón revela que Yamaye está cerca de la tierra firme, a unas diez jornadas de canoa, que podría equivaler a sesenta o setenta leguas. También destaca que allí la gente está vestida.

Lunes 7 de enero: En este día, se procedió a tomar agua que hacía la carabela y calafatearla. Los marineros fueron a tierra a buscar leña y descubrieron muchos almácigos y lináloe.

Martes 8 de enero: A pesar de los fuertes vientos del este y sureste, que soplaban con intensidad, no se partió ese día. Colón ordenó que la carabela se abasteciera de agua, leña y todo lo necesario para el viaje. Aunque tenía la voluntad de seguir costeando la costa de La Española en la medida que pudiera avanzar, la situación se complicó debido a la desobediencia y actitudes desafiantes de algunos de los capitanes de las carabelas, en especial Martín Alonso Pinzón y Vicente Anes, quienes consideraban que todo ya les pertenecía, despreciando la honra que Colón les había otorgado. Colón había soportado esta situación desde el 21 de noviembre hasta el 6 de enero sin causa aparente, salvo la desobediencia de estos capitanes. Decidió no lidiar más con esta mala compañía y regresar con la mayor rapidez posible.

Colón se dirigió a la barca y fue al río cercano, al suroeste del Monte-Cristi, donde los marineros recogían agua para el navío. En la boca del río, Colón observó que la arena estaba impregnada de oro en una cantidad asombrosa, tanto en partículas menudas como en granos más grandes. Creyó que el oro se desprendía de la tierra al descender por el río, ya que encontró pedazos tan grandes como lentejas en poco espacio. Sin embargo, decidió no recolectar más arena, ya que consideraba que los Reyes ya tenían suficiente oro en la Villa de la Navidad. Nombró al río como el "Río del Oro". Aunque la entrada del río es baja y la boca ancha, Colón descubrió que más allá de la entrada el río es profundo. Desde el río hasta la Villa de la Navidad hay unas diecisiete leguas, y en el trayecto hay varios ríos grandes, siendo tres de ellos particularmente destacados. Colón creía que estos ríos debían contener aún más oro, ya que son más extensos que el Río del Oro. Se abstuvo de recolectar más arena y decidió regresar para informar a los Reyes y liberarse de la mala compañía que tenía, conformada por personas desobedientes y desmandadas.

Miércoles 9 de enero: A medianoche, Colón izó las velas aprovechando el viento del sureste y navegó hacia el nordeste. Llegó a una punta que llamó Punta Roja, ubicada al este del Monte-Cristi, a unas sesenta millas. Fondeó a la tarde, aproximadamente tres horas antes del anochecer, resguardándose allí debido a la presencia de numerosas restricciones y arrecifes en la zona, los cuales espera explorar cuando se conozcan mejor, ya que podrían tener canales beneficiosos y ofrecer un fondo considerable para un anclaje seguro contra vientos diversos. Las tierras desde Monte-Cristi hasta el punto de fondeo son altas, llanas y poseen hermosas campiñas, con montañas verdes y cultivadas en la retaguardia. Se observan muchas riberas de agua a lo largo de la región. Los marineros han encontrado tortugas, grandes como tablachinas, que venían a desovar en tierra. Colón menciona que la noche anterior vio tres serenas, aunque no eran tan hermosas como las descripciones populares, mostrando una apariencia algo humana en sus caras. Afirma haber visto serenas similares en Guinea, en la costa de Manigueta. Colón expresa su determinación de partir esa noche sin demora, ya que siente que ha encontrado lo que buscaba y quiere evitar más conflictos con Martín Alonso hasta que los Reyes conozcan los detalles de su viaje.

Jueves 10 de enero: Colón zarpó del lugar de fondeo y al atardecer llegó a un río al que llamó Río de Grecia, situado a tres leguas al sureste. Ancló en la boca del río, que resultó ser un buen fondeadero, aunque con un banco angosto en la entrada que tiene solo dos brazas de agua. A pesar de la bruma, la carabela Pinta, capitaneada por Martín Alonso, se acercó desde el interior, evidenciando estar en mal estado debido a haber permanecido dieciséis días rescatando oro en el lugar. Colón revela que Martín Alonso tenía leyes que le otorgaban la mitad del oro obtenido durante el rescate y que había tomado por la fuerza cuatro indios y dos mozos, a quienes Colón liberó y envió a tierra con vestimenta proporcionada por él. Colón destaca la importancia de honrar y favorecer a los pueblos en las áreas donde Sus Altezas ya tienen asentamientos, dado que la isla posee riquezas significativas en oro, buenas tierras y especias.

Viernes 11 de enero: A medianoche, Colón zarpó del Río de Grecia con viento favorable, navegando hacia el este hasta llegar a un cabo que denominó Belprado, ubicado a cuatro leguas de distancia. Desde Belprado al sureste, encontró el Monte de Plata, a una distancia de ocho leguas. Luego, dirigiéndose al este desde el cabo del Belprado, a una cuarta al sureste, llegó al cabo del Ángel, situado a dieciocho leguas. Entre este cabo y el Monte de Plata, existe un golfo con tierras que Colón describe como las mejores y más hermosas del mundo, con campiñas altas que se extienden tierra adentro. Junto a una sierra grande y hermosa que se extiende de este a oeste, al pie del Monte de Plata, encontró un puerto muy bueno con una entrada de catorce brazas de profundidad. Colón considera que esta región está densamente poblada y cree que debe albergar buenos ríos y abundante oro. Desde el Cabo del Ángel hacia el este, a una cuarta al sureste, se encuentra una punta llamada del Hierro, a cuatro leguas de distancia. Continuando en la misma dirección, a cuatro leguas, llega a otra punta denominada Punta Seca; y desde allí, a seis leguas, alcanza el cabo Redondo. Siguiendo hacia el este, encuentra el cabo Francés, donde observa una gran ancla en la parte este, pero no identifica un lugar seguro para fondear. A una legua de este cabo se encuentra el Cabo del Buen Tiempo, y hacia el sur, a una cuarta al sureste, se halla el cabo Tajado, a una gran legua de distancia. Desde Tajado hacia el sur, Colón avista otro cabo, estimando una distancia de quince leguas. El día fue de gran avance, gracias al viento y las corrientes a favor. Por precaución ante los bajos, Colón no se atreve a fondear y permanece a la corda durante toda la noche.

Sábado 12 de enero: Al cuarto del alba, Colón navegó hacia el este con viento fresco y avanzó veinte millas en ese tiempo, alcanzando veinticuatro millas en las dos horas siguientes. Luego, avistó tierra al sur y se dirigió hacia ella, estando a unas cuarenta y ocho millas de distancia. Dado el resguardo al navío, planeó avanzar unas veintiocho millas al nornordeste esa noche. Cuando avistó la tierra, nombró un cabo como Cabo de Padre e Hijo, debido a dos farallones en la punta, siendo uno mayor que el otro. Después, a dos leguas al este, encontró una gran abra entre dos montañas, que le pareció un puerto grandísimo con una excelente entrada. Aunque prometedor, decidió no detenerse y continuar hacia el este hasta llegar a un cabo alto y hermoso, todo de piedra tajada, al que llamó Cabo del Enamorado. Este cabo estaba a treinta y dos millas al este del puerto al que denominó Puerto Sacro. Al llegar al Cabo del Enamorado, divisó otro cabo más hermoso y alto, todo de peña, similar al Cabo de San Vicente en Portugal. Este cabo estaba a doce millas al este del Enamorado. Entre ambos cabos, Colón observó la formación de una grandísima bahía con tres leguas de ancho. En el medio de la bahía, encontró una pequeña isleta. Fondeó allí en doce brazas y envió la barca a tierra para conseguir agua y explorar la región en busca de habitantes. Sin embargo, la población local huyó al acercarse la barca. Colón también pretendía verificar si toda esa tierra formaba parte de la isla La Española o si, sospechosamente, era otra isla por sí misma. Se sorprendió de la magnitud de la isla La Española.

El domingo 13 de enero, la expedición no zarpo del puerto debido a la presencia de vientos desfavorables. Se consideró la posibilidad de dirigirse a un puerto más seguro, ya que el actual estaba algo expuesto. Además, el capitán tenía interés en observar la conjunción de la Luna con el Sol, programada para el 17 de este mes, así como la oposición de la Luna con Júpiter y su conjunción con Mercurio, mientras que el Sol estaría en oposición con Júpiter, lo cual podría generar fuertes vientos.

Para abastecerse de provisiones, enviaron una barca a tierra en una hermosa playa. Allí, se encontraron con hombres locales equipados con arcos y flechas, con quienes entablaron conversación. Adquirieron dos arcos y varias flechas, y persuadieron a uno de los locales para que se dirigiera a la carabela a hablar con el Almirante. Este individuo, descrito como notablemente diferente en apariencia, tenía el rostro cubierto de carbón, una práctica común en la región. Llevaba el cabello largo, atado con plumas de papagayo, y estaba desnudo como los demás.

El Almirante supuso que se trataba de un miembro de la tribu caribe, conocida por su práctica de canibalismo. También especuló sobre la posibilidad de que la bahía avistada anteriormente, que parecía formar una isla separada, estuviera habitada por esta tribu. Al preguntarle al indígena acerca de los caribes, señaló hacia el este, indicando la presencia de oro en esa dirección, refiriéndose al oro como "tuob". Cabe destacar que el término "tuob" era diferente al utilizado en otras partes de la isla.

En relación con otras islas, el indígena mencionó que la isla de Matinino estaba habitada exclusivamente por mujeres sin hombres, y que contenía una abundancia de oro o alambre (tuob). También se refirió a la isla de Goanin, donde también había una considerable cantidad de tuob al este de Carib. El Almirante recordó que ya había escuchado hablar de estas islas y añadió que, en general, las poblaciones locales temían a los caribes o "Caniba", quienes, según algunos informes, eran gente arriesgada que se aventuraba por las islas, consumiendo a quienes podían atrapar.

El Almirante, aunque comprendía algunas palabras de la lengua local, admitió que sus acompañantes indígenas tenían una comprensión más completa debido a las diferencias lingüísticas causadas por la vasta distancia geográfica. Como gesto de buena voluntad, ofreció al indígena alimentos y le obsequió pedazos de paño verde y colorado, así como cuentas de vidrio, elementos que los nativos apreciaban. Luego, lo envió de vuelta a tierra con la encomienda de traer oro, sospechando su presencia debido a algunas pertenencias que llevaba consigo.

Cuando la barca alcanzó la costa, aproximadamente cincuenta y cinco hombres desnudos, con largas melenas y penachos de plumas de papagayos sobre sus cabezas, emergieron de entre los árboles. Cada uno llevaba un arco y dejaron sus armas a un lado por indicación del indígena que había hablado con el Almirante. La tripulación de la barca, siguiendo las órdenes del Almirante, comenzó a negociar la compra de arcos y flechas.

Sin embargo, la transacción se volvió tensa cuando, después de vender dos arcos, los nativos se negaron a vender más y, en cambio, intentaron atacar a los cristianos. Los indígenas se apresuraron a recuperar sus armas y se acercaron con cuerdas para capturar a los cristianos. Alertados por las advertencias previas del Almirante, los cristianos se defendieron, hiriendo a dos indígenas en el proceso. A pesar de ser solo siete cristianos contra más de cincuenta nativos, estos decidieron huir, abandonando sus armas en el proceso. Según el relato, muchos de los indígenas habrían muerto si el piloto, que actuaba como capitán, no hubiera intervenido para detener la violencia.

Al conocer estos hechos, el Almirante expresó sentimientos encontrados, lamentando que los nativos les temieran, pero reconociendo que la población local podría estar relacionada con los caribes, conocidos por sus prácticas caníbales. También expresó su preocupación por la seguridad de los treinta y nueve hombres dejados en la fortaleza y Villa de la Navidad y sugirió que las ahumadas observadas en la isla podrían ser indicativas de costumbres similares a las de la isla La Española.

El lunes 14 de enero, el Almirante consideró enviar una expedición por la noche para explorar las viviendas de los indígenas, con la intención de capturar algunos de ellos, ya que sospechaba que podrían ser caribes. Sin embargo, durante el día, avistaron a un gran número de indígenas en tierra. Ante esto, el Almirante envió la barca con una tripulación bien equipada, quienes fueron recibidos por la población local, especialmente por el indígena que había visitado la carabela el día anterior y al cual el Almirante le había dado algunos regalos.

Acompañando al indígena, llegó un rey con tres de sus seguidores a la barca y luego a la carabela. El Almirante les ofreció alimentos, bizcocho y miel, además de regalos como un bonete colorado, cuentas y pedazos de paño. El rey prometió traer al día siguiente una carátula de oro, asegurando que había una abundancia de oro tanto allí como en Carib y Matinino. Después de recibir los regalos, regresaron a tierra contentos.

El Almirante también compartió sus preocupaciones sobre las carabelas, mencionando que tenían problemas de agua debido a la mala calafateadura en Palos. Se quejó de los calafates que, al darse cuenta de sus errores, huyeron cuando intentó obligarlos a corregir el problema. A pesar de las dificultades, confiaba en que, con la ayuda de Dios, superarían estos contratiempos. Expresó su convicción de que Dios, después de conocer sus desafíos para organizar la expedición desde Castilla, lo había guiado y esperaba que se resolvieran todas las dificultades. El Almirante concluyó reflexionando sobre el impacto positivo que había tenido en las finanzas de Sus Altezas y afirmó que confiaba en la providencia divina para superar cualquier obstáculo.

El martes 15 de enero, el Almirante expresó su deseo de partir, considerando que ya no había beneficio alguno en detenerse, especialmente después de los problemas surgidos con los indígenas. Informó que había descubierto que la principal fuente de oro estaba en la región de la Villa de la Navidad de Sus Altezas. También señaló la presencia de mucho alambre en Carib y Matinino, aunque advirtió que sería difícil conseguirlo en Carib debido a la reputación de sus habitantes por practicar el canibalismo. A pesar de esto, estaba decidido a explorar ambas islas y, según sus palabras, "tomar algunos de ellos".

La barca fue enviada a tierra, pero el rey de la región no había llegado, ya que la población estaba lejos. No obstante, cumplió su promesa de enviar su corona de oro, y muchos hombres llegaron con algodón y pan de ajes, acompañados de arcos y flechas. Después de realizar intercambios comerciales, cuatro jóvenes se dirigieron a la carabela y proporcionaron información detallada sobre las islas hacia el este, en la misma dirección que el Almirante planeaba explorar. Impresionado con sus relatos, decidió llevarlos consigo a Castilla.

El Almirante describió los arcos de la población local como grandes, comparables a los de Francia e Inglaterra. Las flechas eran similares a las azagayas de otras culturas, con puntas de palo agudo y a menudo adornadas con dientes de pescado o hierbas. En la región, encontró abundante algodón de alta calidad, y sugirió que los arcos podrían estar hechos de tejo. También mencionó la presencia de oro y cobre, así como la abundancia de ají, una especia esencial para la población local. Destacó la importancia económica del algodón, sugiriendo que se podrían cargar cincuenta carabelas cada año con este recurso desde La Española.

El Almirante notó la presencia de hierba en la bahía, similar a la que había encontrado en el golfo durante su descubrimiento. Esto le llevó a creer que podría haber islas al este, en la misma dirección en la que había hallado la hierba anteriormente. Argumentó que, si esto fuera cierto, las Indias estarían muy cerca de las islas Canarias, estimando una distancia de menos de cuatrocientas leguas.

El miércoles 16 de enero, el Almirante partió tres horas antes del amanecer del golfo al que llamó el Golfo de las Flechas. Inicialmente con viento de tierra y luego con viento del Oeste, orientó la proa hacia el Leste cuarta del Nordeste con la intención de dirigirse a la isla de Carib, temida por la población local debido a sus canoas y alegadas prácticas caníbales. La derrota le había sido indicada por unos indios capturados el día anterior en el Puerto de las Flechas.

Después de recorrer unas sesenta y cuatro millas, los indios señalaron que la isla deseada estaba al Sueste. A pesar de querer seguir esa ruta, el viento favoreció una dirección hacia España. La tripulación comenzó a desanimarse al alejarse del camino original debido a los problemas con la acumulación de agua en ambas carabelas, sin tener una solución aparente. El Almirante decidió regresar al curso original hacia España, con un rumbo Nordeste cuarta del Leste, avanzando unas cuarenta y ocho millas, equivalente a doce leguas, después del atardecer.

Los indios le indicaron que por ese camino encontraría la isla de Matinino, poblada únicamente por mujeres. Aunque el Almirante deseaba visitarla y llevar algunas de ellas a los Reyes, dudaba de la exactitud de la información proporcionada por los indígenas y no podía detenerse debido al peligro del agua que entraba en las carabelas. Afirmó que estas islas no debían distar más de quince o veinte leguas desde su punto de partida, y creía que estaban al Sueste, aunque los indios no habían señalado claramente la derrota.

Después de perder de vista el cabo de San Theramo en la isla La Española, que quedaba a diez y seis leguas al Oeste, navegó doce leguas al Oeste cuarta del Nordeste. A pesar de las preocupaciones por el agua, el tiempo se mantenía favorable.

Jueves 17 de enero: Ayer, al ponerse el sol, el viento amainó un poco. Navegamos 14 ampolletas (medida del tiempo en un reloj de arena: 8 ampolletas 4 horas), equivalentes a media hora cada una, hasta finalizar el primer cuarto, avanzando 4 millas por hora, en total 28 millas. Luego el viento refrescó y mantuvo ese ritmo todo ese cuarto, 10 ampolletas, más otras 6 hasta salir el sol, a 8 risillas por hora. Así, en total recorrimos 84 millas, equivalentes a 21 leguas hacia el noreste cuarta del este. Hasta ponerse el sol navegamos 44 millas más, 11 leguas al este. Aquí vinieron dos alcatraces a la carabela y vimos mucha hierba marina.

Viernes 18 de enero: Esta noche navegamos con poco viento 40 millas al este cuarta del sureste, unas 10 leguas, luego otras 30 millas al sureste cuarta del este, 7 leguas y media, hasta salir el sol. Tras salir el sol, todo el día con viento flojo del noreste y luego del este, con rumbo alternando del norte a la cuarta del noreste y al nornoreste. Calculando todo, avanzaríamos unas 60 millas, 15 leguas. Se vio poca hierba en el mar, pero muchos atunes, por lo que el Almirante cree que iban hacia las almadrabas del Duque de Conil y Cádiz.

Por un pez rabiforcado que merodeaba la carabela y luego se fue hacia el suroeste, cree que debe haber islas por ahí. También dijo que al oeste de La Española estaban las islas Carib, Matinino y otras más.

Sábado 19 de enero: Durante la noche, la carabela navegó 56 millas al norte cuarta del noreste y luego 64 millas al noreste cuarta del norte. Tras amanecer, continuó rumbo al noreste con viento del oeste suroeste, manteniendo velocidad constante y cubriendo 84 millas, equivalentes a 21 leguas. En esta travesía la mar estuvo llena de pequeños atunes, alcatraces, rabos de juncos y peces rabiforcados.

Domingo 20 de enero: Durante la noche el viento amainó por intervalos y la carabela avanzó unas 20 millas al noreste. Ya de día, navegó 11 millas al sureste, luego 36 al nornoreste, totalizando 9 leguas. Había abundantes pequeños atunes, con aire suave y dulce, similar a la primavera sevillana. El mar en calma, viéndose rabiforcados, pardelas y diversas aves. 

Lunes 21 de enero: Anoche, tras el ocaso, la carabela se dirigió al norte cuarta del noreste con vientos del este y noreste, cubriendo 56 millas hasta medianoche. Luego siguió el nornoreste a 8 millas por hora, totalizando 104 millas durante la noche. De día continuó al nornoreste y a veces cuarta del noreste, recorriendo 88 millas en 11 horas. Se notaron aires más fríos. Persistió la observación de rabos de juncos, pardelas y otras aves, disminuyendo los peces por la menor temperatura del agua. Abundaba la hierba marina.

Martes 22 de enero: Anoche, tras la puesta de sol, la carabela se dirigió al nornoreste con viento del este, avanzando 72 millas hasta el amanecer. Luego viró a la cuarta del noreste al norte, cubriendo 18 millas. Después otras 18 millas al noreste y finalmente 3 leguas al noreste hasta salir el sol. Durante el día navegó al lesnordeste 11 ampolletas, unas 32 millas, calmándose luego el viento sin más avance. En este periodo se vio a los nativos nadando, abundantes raíces de juncos y mucha hierba marina.

Miércoles 23 de enero: Durante la noche, se experimentaron varios cambios en los vientos, y se tomaron las precauciones necesarias por parte de la tripulación. A pesar de ello, la carabela avanzó ochenta y cuatro millas al Nordeste cuarta del Norte, equivalente a veintiuna leguas. En varias ocasiones, se esperó a la carabela Pinta, que tenía problemas con la bolina debido a un mástil defectuoso. Cristóbal Colón lamenta la falta de previsión de Martín Alonso Pinzón, el capitán de la Pinta, al no procurarse un mástil adecuado en las Indias. Durante este período, se observaron numerosos rabos de juncos y gran cantidad de hierba marina. A pesar de la turbulencia en el cielo, no llovió, y el mar permaneció extraordinariamente tranquilo.

Jueves 24 de enero: Durante toda la noche, con varios cambios en los vientos al Nordeste, la carabela avanzó cuarenta y cuatro millas, equivalentes a once leguas. Desde la salida hasta la puesta del sol, navegó al Lesnordeste, cubriendo catorce leguas.

Viernes 25 de enero: Durante la noche, la carabela navegó al Lesnordeste durante trece ampolletas, recorriendo nueve leguas y media. Luego, avanzó al Nornordeste seis millas. A lo largo del día, con el viento en calma, se desplazó al Lesnordeste veintiocho millas, equivalentes a siete leguas. Los marineros capturaron una tonina y un enorme tiburón para complementar su escasa dieta de pan, vino y provisiones de las Indias.

Sábado 26 de enero: Durante la noche, la carabela navegó cincuenta y seis millas al Leste cuarta del Sueste. Posteriormente, desde la salida del sol hasta las once de la mañana, zigzagueó entre Lesueste y Sueste, cubriendo cuarenta millas. Luego, cambió de rumbo hacia el Norte y avanzó veinticuatro millas hasta la noche, equivalente a seis leguas.

Domingo 27 de enero: Después del atardecer del día anterior, la carabela navegó al Nordeste, al Norte y al Norte cuarta del Nordeste a una velocidad de cinco millas por hora. En trece horas, recorrió sesenta y cinco millas, o diez y seis leguas y media. Con el sol salido, continuó hacia el Nordeste veinticuatro millas hasta el mediodía y luego tres leguas al Lesnordeste hasta el atardecer.

Lunes 28 de enero: Durante toda la noche, la carabela navegó al Lesnordeste, cubriendo treinta y seis millas, equivalentes a nueve leguas. Desde el amanecer hasta el atardecer, continuó su trayectoria al Lesnordeste, recorriendo veinte millas, es decir, cinco leguas. Se describieron los aires como templados y dulces, y se avistaron rabos de juncos, pardelas y abundante hierba.

Martes 29 de enero: La carabela navegó al Lesnordeste durante la noche y, en conjunto con los vientos del Sur y Sudueste, avanzó treinta y nueve millas, equivalente a nueve leguas y media. A lo largo del día, continuó su curso cubriendo ocho leguas. Se experimentaron aires muy templados, similares a los de abril en Castilla, y la mar se mantuvo muy tranquila. Peces dorados se acercaron a bordo.

Miércoles 30 de enero: Durante la noche, la carabela avanzó siete leguas al Lesnordeste. Durante el día, cambió su rumbo al Sur cuarta al Sueste, cubriendo trece leguas y media. Se observaron rabos de juncos, abundante hierba y numerosas toninas.

Jueves 31 de enero: Durante la noche, la carabela navegó al Norte cuarta del Nordeste, avanzando treinta millas, y luego al Nordeste, recorriendo treinta y cinco millas, equivalente a diez y seis leguas. Desde el amanecer hasta la noche, continuó al Lesnordeste, cubriendo trece leguas y media. Se avistaron rabos de junco y pardelas.

Viernes 1 de febrero: Durante la noche, la carabela avanzó dieciséis leguas y media al Lesnordeste. Durante el día, siguió la misma dirección y recorrió veintinueve leguas y un cuarto. La mar se mantuvo muy tranquila, y se observó una gran cantidad de hierba marina. También se avistaron pardelas.

Sábado 2 de febrero: Durante la noche, la carabela navegó al Lesnordeste cuarenta millas, equivalente a diez leguas. Durante el día, con viento a popa, avanzó a una velocidad de siete millas por hora, cubriendo setenta y siete millas en once horas, es decir, diecinueve leguas y un cuarto. La mar se mantuvo muy tranquila, y los aires fueron agradables. Se observó la mar tan llena de hierba que temieron estar cerca de bajos. También se avistaron pardelas.

Domingo 3 de febrero: Durante la noche, navegando a popa con la mar muy tranquila, se recorrieron veintinueve leguas. La estrella del Norte pareció muy alta. Durante el día, continuó al Lesnordeste, avanzando a una velocidad de diez millas por hora y cubriendo veintisiete leguas en once horas.

Lunes 4 de febrero: Durante la noche, navegó al Leste cuarta del Nordeste, avanzando a velocidades variables. En total, se recorrieron ciento treinta millas, es decir, treinta y dos leguas y media. El cielo estuvo turbado y lluvioso, y se experimentó algún frío. A pesar de ello, Cristóbal Colón reconocía que aún no había llegado a las islas de los Azores. Después del amanecer, cambió su rumbo al Leste, cubriendo setenta y siete millas en todo el día, equivalentes a diecinueve leguas y un cuarto.

Martes 5 de febrero: Durante la noche, la carabela navegó al Leste, cubriendo cincuenta y cuatro millas en su trayectoria, equivalentes a catorce leguas menos media. Durante el día, avanzó a una velocidad de diez millas por hora, totalizando ciento diez millas en once horas, es decir, veintisiete leguas y media. La presencia de pardelas y palillos indicaba que estaban cerca de tierra.

Miércoles 6 de febrero: Durante la noche, la carabela continuó navegando hacia el Leste, avanzando a una velocidad de once millas por hora. En trece horas, recorrió ciento cuarenta y tres millas, es decir, treinta y cinco leguas y cuarta. Se avistaron numerosas aves y pardelas. Durante el día, la carabela corrió a una velocidad de catorce millas por hora, cubriendo ciento cincuenta y cuatro millas en total, equivalentes a treinta y ocho leguas y media. En conjunto, entre día y noche, se avanzaron setenta y cuatro leguas, aproximadamente. Según los informes de los tripulantes, la isla de Flores quedaba al Norte y la de la Madera al Leste. También se mencionó que la isla del Fayal o la de San Gregorio quedaba al Nornordeste, mientras que el Puerto Santo quedaba al Leste. Se observó una gran cantidad de hierba marina.

Jueves 7 de febrero: Durante la noche, la carabela navegó al Leste a una velocidad de diez millas por hora, cubriendo ciento treinta millas en trece horas, es decir, treinta y dos leguas y media. Durante el día, avanzó a ocho millas por hora, totalizando ochenta y ocho millas en once horas, equivalentes a veintidós leguas. En la mañana, el Almirante se encontraba al Sur de la isla de Flores, a sesenta y cinco leguas de distancia. El piloto Pedro Alonso, yendo al Norte, pasaba entre la Tercera y la de Santa María, mientras que al Leste pasaba de barlovento de la isla de la Madera, a doce leguas de la parte del Norte. Se observó hierba marina de una manera diferente a la pasada, similar a la que se encuentra en la isla de los Azores.

Viernes 8 de febrero: Durante la noche, la carabela avanzó tres millas por hora al Leste por un tiempo, luego cambió al Sur cuarta del Sueste, recorriendo doce leguas en total. Desde la salida del sol hasta el mediodía, corrió veintisiete millas; después, hasta el atardecer, otras tantas, sumando trece leguas al Sursureste.

Sábado 9 de febrero: Por un rato de esta noche, la carabela avanzó tres leguas al Sursureste, luego cambió al Sur cuarta del Sueste. Después, viró al Nordeste hasta las diez horas del día, recorriendo cinco leguas, y posteriormente, hasta la noche, avanzó nueve leguas al Leste.

Domingo 10 de febrero: Después del atardecer, la carabela navegó al Leste durante toda la noche, recorriendo ciento treinta millas, equivalentes a treinta y dos leguas y media. Con el sol salido, hasta la noche, avanzó a una velocidad de nueve millas por hora, cubriendo noventa y nueve millas en once horas, es decir, veinticuatro leguas y media y una cuarta. En las cartas de la carabela del Almirante, se señalaba una desviación considerable del camino, y se mencionaba que los demás navegantes estaban más cerca de Castilla, a unas ciento cincuenta leguas.

Cristóbal Colón expresó su confianza en que, con la gracia de Dios, una vez que avisten tierra, se sabrá quién navegaba de manera más certera. También mencionó que antes de ver la primera hierba, había recorrido doscientas sesenta y tres leguas desde la isla del Hierro a su llegada.

Lunes 11 de febrero: Durante la noche, la carabela avanzó a una velocidad de doce millas por hora en su rumbo, cubriendo un total de treinta y nueve leguas. A lo largo del día, corrió a una velocidad de dieciséis leguas y media. La presencia de numerosas aves hizo que Cristóbal Colón creyera estar cerca de tierra.

Martes 12 de febrero: Durante la noche, navegó al Leste a seis millas por hora, cubriendo setenta y tres millas hasta el amanecer, lo que equivale a dieciocho leguas y un cuarto. En este punto, comenzó a enfrentar una mar agitada y tormenta. Colón expresó su preocupación, mencionando que, de no ser por la solidez y el buen estado de la carabela, temería perderse. A lo largo del día, la carabela avanzó a una velocidad de once o doce leguas, enfrentando un arduo trabajo y peligro debido a las condiciones meteorológicas.

Miércoles 13 de febrero: Desde el atardecer hasta el amanecer, la carabela experimentó fuertes vientos y mares turbulentos, marcados por relámpagos en la dirección del Nornordeste, que Colón interpretó como señales de una gran tempestad inminente. Durante gran parte de la noche, se navegó con el menor velamen posible (a árbol seco). Luego, se desplegó una pequeña vela y se recorrieron cincuenta y dos millas hasta la mañana, equivalente a trece leguas. Aunque el viento disminuyó ligeramente durante el día, la mar se volvió terrible, con olas que atormentaban las embarcaciones. En total, se avanzaron cincuenta y cinco millas durante el día, lo que representa trece leguas y media.

El jueves 14 de febrero, la noche trajo consigo un aumento significativo del viento, y las olas se volvieron aterradoras, yendo en direcciones opuestas que cruzaban y obstaculizaban la trayectoria del barco. Este se veía atrapado entre ellas, incapaz de avanzar o salir indemne, mientras las olas rompían sobre él. El papahigo, la vela principal, se mantenía bajado para evitar que las olas lo sumergieran por completo. El navío se movió así durante tres horas, recorriendo veinte millas en medio de la creciente furia del mar y el viento.

Con la mar y el viento intensificándose, y ante el evidente peligro, se tomó la decisión de cambiar de rumbo y correr hacia donde el viento los llevara, ya que no tenían otra alternativa. En este momento, la carabela Pinta, comandada por Martín Alonso, también siguió el mismo curso y desapareció de la vista, a pesar de que el Almirante y su tripulación intentaron mantener contacto visual mediante faroles durante toda la noche.

Al amanecer, el viento se volvió más fuerte, y las olas continuaban siendo un desafío formidable. El Almirante, consciente de la necesidad de mantener el barco a flote, mantuvo la vela principal baja y siguió hacia el noreste, para luego cambiar a una dirección nordeste. En seis horas, recorrieron siete leguas y media en medio de las turbulentas aguas.

En un intento por buscar protección divina, el Almirante decidió realizar un acto de fe. Ordenó que se hiciera un sorteo para elegir a un romero que viajaría a Santa María de Guadalupe, llevando consigo un cirio de cinco libras de cera. Todos a bordo hicieron voto de cumplir la romería si caía la suerte en su nombre. El Almirante mismo fue elegido como romero al sacar el garbanzo marcado con una cruz.

Posteriormente, se realizó otro sorteo para enviar un romero a Santa María de Loreto, cerca de Ancona, Italia. El afortunado fue Pedro de Villa, un marinero de Puerto de Santa María. El Almirante se comprometió a proporcionarle el dinero necesario para cubrir los gastos. También se decidió enviar a un romero a Santa Clara de Moguer para velar una noche y celebrar una misa, y nuevamente, la suerte cayó en el Almirante. Después de estos eventos, tanto el Almirante como la tripulación hicieron voto de, al llegar a tierra firme, realizar una procesión en camisa hacia una iglesia dedicada a Nuestra Señora para ofrecer sus oraciones.

Más allá de los votos generales compartidos, cada miembro de la tripulación hacía votos personales, ya que todos se sentían perdidos frente a la terrible tormenta que enfrentaban. El peligro se incrementaba debido a la falta de lastre en el navío, consecuencia de la descarga de la carga original, ya que los víveres y las bebidas se habían consumido durante el próspero tiempo entre las islas. Lamentablemente, el Almirante no previó esta necesidad mientras planeaba lastrar el barco en la isla de las Mujeres, a la cual tenía la intención de dirigirse. Para enfrentar esta situación, decidieron llenar las pipas, anteriormente vacías, con agua de mar, proporcionando así un paliativo temporal.

En este momento crítico, el Almirante registró sus temores y esperanzas en un escrito dirigido a Nuestro Señor. Temía no lograr su propósito de llevar noticias tan significativas a los Reyes, sintiéndose acosado por la inminencia del fracaso debido a la magnitud de la tormenta. Reconoció que su ansia de demostrar la veracidad de sus descubrimientos le provocaba un temor abrumador y la sensación de que cualquier obstáculo podría frustrar sus esfuerzos, mostrando así una falta momentánea de fe en la Providencia Divina.

Por otro lado, el Almirante encontraba consuelo en las victorias pasadas y en las bendiciones otorgadas por Dios durante el viaje. A pesar de las adversidades enfrentadas en Castilla y las amenazas de la tripulación de amotinarse, el Almirante había recibido valentía y apoyo divino para superar todos los desafíos. No obstante, su debilidad emocional y ansiedad persistían.

En el escrito, el Almirante expresó su pesar por dejar a sus dos hijos en Córdoba, desamparados en tierra extranjera, sin que los Reyes tuvieran conocimiento de los servicios prestados ni de las prometedoras noticias que llevaba. Con el propósito de asegurarse de que, incluso en caso de perderse en la tormenta, los Reyes tuvieran noticia de su viaje, redactó cuidadosamente un pergamino con todos los detalles hallados y lo envió en un barril sellado, simulando ser una devoción. Luego, con cambios en el viento al oeste, continuaron la travesía durante cinco horas, enfrentando una mar agitada y avanzando dos leguas y media al nordeste, con la vela mayor parcialmente desplegada por precaución.

Viernes 15 de febrero: Ayer, tras la puesta de sol, el cielo se fue despejando por el oeste, indicando que el viento vendría de allí. Izó la vela mayor. El mar seguía altísimo, aunque bajando. Navegó al lesnordeste a 4 millas por hora, cubriendo 13 leguas durante la noche. Al amanecer vieron tierra por proa al lesnordeste. Algunos decían que era la isla de Madeira, otros la Roca de Cintra en Portugal junto a Lisboa. Luego el viento saltó al lesnordeste con fuerte marejada del oeste. Habría 5 leguas entre la carabela y tierra.

Por sus cálculos el Almirante se hallaba con las Azores, creyendo que era una de ellas. Los pilotos y marinos ya se veían en Castilla. 

Sábado 16 de febrero: Toda la noche bordó para aproximarse a la tierra que ya reconocían como isla. Unas veces al noreste, otras al nornoreste, hasta salir el sol que puso rumbo sur para llegar a la isla, oculta por cerrazón. Divisó otra isla unas 8 leguas por popa. Luego, hasta anochecer, dio vueltas intentando acercarse con el fuerte viento y marejada. Al rezar la Salve, algunos vieron lumbre de sotavento que parecía la isla vista el día anterior. Pasó la noche ciñéndose para verla al amanecer.

El Almirante pudo descansar algo, pues desde el miércoles no había dormido ni podido hacerlo, agotado de frío, agua y poco alimento. Al salir el sol navegó al sur sudoeste. Llegada la noche, no reconoció la isla por la cerrazón. 

Lunes 18 de febrero: Ayer tras la puesta de sol rodeó la isla buscando dónde fondear y obtener información. Fondeó con un ancla que luego perdió. Volvió a navegar ciñéndose toda la noche. Ya de día regresó al norte de la isla y fondeó con otra ancla, enviando un bote a tierra donde supo ser Santa María, en las Azores, indicándole el puerto.

Dijeron no haber visto tormenta igual en 15 días, asombrándoles su supervivencia, dando gracias a Dios y alegrándose por el descubrimiento de las Indias.

El Almirante afirma que su derrota fue correcta, siendo dado gracias a Dios, aunque calculaba estar algo más adelantado. Sabía hallarse cerca de las Azores, siendo aquella una de ellas. Dice que simuló más recorrido para confundir a pilotos y marinos sobre la ruta a las Indias, quedando él como único poseedor, pues ninguno trazaba el camino correcto, no pudiendo asegurarla.

El martes 19 de febrero, tras la puesta del sol, tres hombres de la isla se acercaron a la ribera y llamaron. El Almirante envió la barca para recogerlos, y estos trajeron gallinas, pan fresco y otros suministros enviados por el capitán de la isla, Juan de Castañeda. Este explicó que, aunque no podía presentarse esa noche debido a la oscuridad, vendría al amanecer con tres hombres de la carabela para compartir más provisiones y escuchar más sobre el viaje del Almirante.

En respuesta, el Almirante expresó su agradecimiento y honró a los mensajeros, ofreciéndoles camas para pasar la noche, ya que la población estaba lejos y la hora avanzada. Recordando el voto realizado durante la tormenta del jueves pasado, acordó que la mitad de la tripulación iría a una pequeña ermita junto al mar, mientras él seguiría con la otra mitad. Al ver que la tierra parecía segura y confiando en las garantías del capitán, quien representaba a Portugal, pidió a los mensajeros que regresaran a la población y trajeran a un clérigo para celebrar una misa.

Los tres hombres, cumpliendo su voto de salir en camisa, fueron sorprendidos durante su oración cuando el pueblo, a caballo y a pie junto con el capitán, los rodeó y los apresó. Después, el Almirante, sin sospechar nada malo, esperó la llegada de la barca para llevar a cabo la romería con el resto de su tripulación hasta las once de la mañana. Al no verlos venir, comenzó a sospechar que algo estaba mal: o bien los tenían prisioneros o la barca se había accidentado, ya que la isla estaba rodeada de altos peñascos.

Sin visión directa debido a la posición de la ermita, levantó el ancla y se dirigió hacia la ermita. Allí, observó a varios hombres a caballo desembarcar de la barca con armas y dirigirse hacia la carabela para arrestarlo. El capitán, de pie en la barca, le pidió seguridad al Almirante, quien aceptó, pero notó la ausencia de su tripulación en la barca. A pesar de las aparentes garantías, el Almirante sugirió que el capitán subiera a la carabela, donde estaría dispuesto a acatar sus instrucciones. Intentando apaciguar la situación con palabras amables, el Almirante esperaba traer al capitán a bordo sin violar la paz que él mismo había ofrecido, sin anticipar la ruptura de la fe por parte del capitán.

Dado que el capitán manifestaba una actitud sospechosa, se mostró reacio a entrar en la carabela. Ante la resistencia, el Almirante le solicitó la razón de la retención de su gente, asegurándole que tal acción sería informada al Rey de Portugal. Le recordó que, en tierras gobernadas por los Reyes de Castilla, los portugueses eran honrados y seguros, comparándolo con Lisboa. Además, mencionó las cartas de recomendación de los Reyes de Castilla para todos los príncipes y señores del mundo, las cuales podría mostrarle si se acercaba.

El Almirante afirmó ser el Almirante del mar Océano y el Visorrey de las Indias, ahora bajo el dominio de Sus Altezas. Exhibió provisiones firmadas y selladas como prueba, destacando la amistad entre los Reyes de Castilla y el Rey de Portugal. A pesar de sus argumentos, el capitán se negó a reconocer al Rey y la Reina de Castilla, desafiando las cartas y expresando que no temían, casi amenazando con revelar la fuerza de Portugal.

Ante esta respuesta desafiante, el Almirante experimentó un profundo pesar y reflexionó sobre posibles conflictos entre reinos desde su partida. Incapaz de tolerar la falta de respuesta adecuada, instó al capitán a acercarse y le informó que debía dirigirse con la carabela al puerto. El capitán afirmó que todo lo que hacía obedecía a las órdenes del Rey, y el Almirante, tomando testigos a bordo, llamó al capitán y a los demás, ofreciendo su palabra y comprometiéndose a no abandonar la carabela hasta llevar consigo a un centenar de portugueses a Castilla y desocupar la isla por completo. Finalmente, regresaron al puerto original debido al mal tiempo y viento adverso.

El miércoles 20 de febrero, el Almirante ordenó preparar el navío y llenar las pipas de agua de mar para lastre, ya que se encontraba en un puerto muy precario y temía que las amarras se cortaran. Sus temores se hicieron realidad, lo que lo llevó a zarpar hacia la isla de San Miguel, a pesar de que ninguna de las islas de los Azores ofrecía un buen refugio debido al mal tiempo reinante. Con viento fuerte y mar agitada, no tuvo más opción que enfrentarse al océano.

El jueves 21 de febrero, partió de la isla de Santa María hacia San Miguel en busca de un puerto que pudiera soportar las adversas condiciones meteorológicas. Sin embargo, la densa niebla y oscuridad generadas por el viento y el mar le impidieron avistar tierra durante toda la jornada. El Almirante compartió su preocupación al tener solo tres marineros con experiencia en navegación, mientras que la mayoría de la tripulación carecía de conocimientos marítimos. Afrontó una noche angustiosa con tormentas y peligros extremos, agradeciendo a Nuestro Señor que las olas provenían de una única dirección, evitando un mayor desastre.

Después de la salida del sol y al no divisar la isla de San Miguel, decidió regresar a la Santa María para intentar recuperar a su tripulación, la barca, y las amarras y anclas que había dejado atrás. El Almirante expresó su asombro ante las condiciones meteorológicas adversas en esas islas y regiones, ya que había navegado sin contratiempos durante todo el invierno en las Indias, siempre con buenos tiempos. Contrastó su experiencia actual con el clima templado y suave que había experimentado pasando las Islas Canarias en el viaje de ida. Concluyó afirmando que los teólogos y filósofos tenían razón al sugerir que el Paraíso Terrenal se encontraba en el extremo oriental, destacando la naturaleza templada de las tierras que había descubierto como el "fin del Oriente".

El viernes 22 de febrero, la carabela del Almirante retornó a la isla de Santa María, al mismo lugar donde había anclado inicialmente. Un hombre llegó desde unas peñas cercanas, solicitando que no abandonaran el área. Pronto, la barca llegó con cinco marineros, dos clérigos y un escribano, pidiendo seguridad, la cual fue concedida por el Almirante. Pasaron la noche en la carabela, y al día siguiente, solicitaron que se les mostrara el poder de los Reyes de Castilla para justificar el viaje. El Almirante, sintiendo que esto era un intento de demostrar su legitimidad, les mostró la carta general de los Reyes, junto con otras provisiones. Tras recibir lo que necesitaban, se retiraron satisfechos, dejando atrás a la tripulación de la barca. Se supo que, si hubieran logrado capturar al Almirante, no lo hubieran liberado, según las palabras del capitán que afirmó que tal era la orden de su Rey.

El sábado 23 de febrero, el tiempo comenzó a calmarse. El Almirante levantó las anclas y navegó alrededor de la isla en busca de un buen lugar para obtener leña y piedra como lastre. Sin embargo, no encontró un fondeadero adecuado hasta la tarde del domingo 24 de febrero. A pesar de la marejada, la barca no pudo llegar a tierra para recoger leña y piedra. Al rendirse la primera guardia de la noche, empezó a soplar viento del oeste y suroeste. Preocupado por el peligro que representaba esperar al viento sur con el ancla, el Almirante ordenó levantar las velas y viró hacia el este. Durante la travesía, logró una velocidad constante de seis millas por hora hasta la salida del sol, y posteriormente, mantuvo una velocidad de seis millas por hora hasta el atardecer. En total, recorrió 111.5 millas durante la jornada, equivalente a aproximadamente 28 leguas.

El lunes 25 de febrero, después del ocaso, la carabela continuó su rumbo al este, navegando a cinco millas por hora. Durante trece horas de la noche, recorrió sesenta y cinco millas, equivalente a dieciséis leguas y cuarto. Desde la salida hasta la puesta del sol, navegó otras dieciséis leguas y media con el mar en calma, agradeciendo a Dios por ello. En ese día, una gran ave, semejante a un águila, se acercó a la carabela.

El martes 26 de febrero, después del ocaso, continuó su trayectoria al este con el mar tranquilo, avanzando a una velocidad promedio de ocho millas por hora durante la mayor parte de la noche. En total, recorrió cien millas, lo que equivalía a veinticinco leguas. Desde la salida del sol, con poco viento, experimentó aguaceros y avanzó al nordeste unas ocho leguas.

El miércoles 27 de febrero, las condiciones meteorológicas adversas y las fuertes olas desviaron la ruta de la carabela durante la noche y el día. Se encontraba a ciento veinticinco leguas del Cabo de San Vicente, ochenta de la isla de la Madera y ciento seis de la Santa María, lamentando enfrentar una tormenta tan cerca de su destino.

El jueves 28 de febrero, la carabela continuó su travesía luchando contra vientos cambiantes y grandes olas, enfrentando una jornada desafiante.

El viernes 1 de marzo, durante la noche, se dirigió al este cuarta al nordeste, recorriendo doce leguas; durante el día, avanzó veintitrés leguas y media al este cuarta del nordeste.

El sábado 2 de marzo, la carabela navegó al este cuarta del nordeste durante la noche, cubriendo veintiocho leguas. Durante el día, avanzó veinte leguas.

El domingo 3 de marzo, después del ocaso, mientras navegaban al este, una tormenta dañó todas las velas, poniendo en peligro la travesía. El Almirante, para buscar protección divina, echó suertes y la elección recayó en él para enviar a un peregrino a Santa María de la Cinta en Huelva, con la condición de ir en camisa. También hicieron votos de ayunar en el primer sábado después de llegar a pan y agua. A pesar de recorrer sesenta millas antes del incidente con las velas, tuvieron que avanzar a la deriva debido a la intensa tempestad del viento y las olas. Avistaron señales de estar cerca de tierra, encontrándose cercanos a Lisboa.

El lunes 4 de marzo, la carabela enfrentó una tempestad terrible durante la noche, con mares agitados, vientos que parecían elevarla en el aire y relámpagos por todas partes. Temieron perderse, pero la intervención de Nuestro Señor los sostuvo. Durante la primera guardia, los marineros avistaron tierra, y el Almirante, por la necesidad de reconocerla antes de llegar, para buscar un puerto seguro, decidió aventurarse hacia el mar para evitar peligros. Con gran esfuerzo y temor, Dios los protegió hasta el día.

Con la luz del día, identificaron la tierra como la Roca de Cintra, cerca del río de Lisboa. Decidieron dirigirse hacia allí debido a la terrible tormenta que azotaba la villa de Cascaes, en la entrada del río. Se cuenta que los habitantes de Cascaes estuvieron haciendo plegarias por ellos durante toda la mañana. Al entrar en el río, la gente local se acercó asombrada de cómo habían sobrevivido a la tormenta. Alrededor de la hora de tercia, la carabela llegó a Rastelo dentro del río de Lisboa.

Enterado de las condiciones meteorológicas extremas, el Almirante escribió al Rey de Portugal, que se encontraba a nueve leguas de distancia, informándole que los Reyes de Castilla le habían ordenado entrar en los puertos de Su Alteza para solicitar lo que necesitara con sus propios recursos. Pidió al Rey que le proporcionara un lugar seguro para dirigirse con la carabela a la ciudad de Lisboa, expresando su preocupación por posibles actos vandálicos de personas que, al ver la carabela en puerto desprotegido, pudieran cometer fechorías. También quería dejar claro que no venía de Guinea, sino de las Indias.

El martes 5 de marzo, Bartolomé Díaz, patrón de la impresionante nao del Rey de Portugal, se acercó a la carabela en un bote armado. Solicitó al Almirante que subiera al bote para dar cuenta a los responsables del Rey y al capitán de la nao. El Almirante, en su calidad de Almirante de los Reyes de Castilla, se negó a rendir cuentas a personas de ese rango y expresó que no abandonaría su nave a menos que fuera forzado por la fuerza armada. Ante la negativa del Almirante, Bartolomé Díaz sugirió enviar al maestre de la carabela, pero el Almirante rechazó esta opción, manteniendo la tradición de los almirantes de los Reyes de Castilla de no entregar a sus tripulantes. A pesar de esta situación tensa, el patrón solicitó ver las cartas de los Reyes de Castilla, las cuales el Almirante mostró. Luego, Bartolomé Díaz regresó a la nao para informar al capitán Álvaro Dama, quien se acercó a la carabela con gran ceremonia, ofreciéndose a cumplir todas las órdenes del Almirante.

El miércoles 6 de marzo, al saberse que el Almirante provenía de las Indias, una multitud de personas, incluidos caballeros y autoridades, acudió a la carabela para verlo, así como a los indígenas que llevaba consigo. La ciudad de Lisboa se llenó de asombro y agradecimiento, expresando que este bien provenía de la gran fe de los Reyes de Castilla y su deseo de servir a Dios. Se afirmaba que todo este beneficio era atribuible a Sus Altezas debido a su dedicación al crecimiento de la religión cristiana.

El jueves 7 de marzo, una gran cantidad de personas, incluyendo caballeros y los hacedores del Rey, se acercaron a la carabela para agradecer a Dios por el bien recibido y por el aumento de la Cristiandad que los Reyes de Castilla estaban promoviendo. Todos expresaban su gratitud por el impacto positivo de la fe y el servicio a Dios por parte de Sus Altezas.

El viernes 8 de marzo, el Almirante recibió una carta del Rey de Portugal, acompañada por D. Martín de Noroña, pidiéndole que se acercara a donde él estaba, ya que las condiciones climáticas no eran propicias para la partida de la carabela. Aunque el Almirante no deseaba ir, por precaución y para evitar sospechas, se dirigió a dormir a Sacanben. El Rey instruyó a sus funcionarios para que proporcionaran al Almirante y su tripulación todo lo necesario sin costo, haciendo hincapié en que se ajustaran a las preferencias del Almirante.

 

El sábado 9 de marzo, el Almirante partió de Sacanben hacia el valle del Paraíso, donde se encontraba el Rey, a nueve leguas de Lisboa. Debido a la lluvia, no pudo llegar hasta la noche. El Rey recibió a los principales de su casa y al Almirante con gran honor, expresando su deseo de cumplir con todas las demandas de los Reyes de Castilla y su servicio. Afirmó su creencia de que la conquista le pertenecía según la capitulación existente entre él y los Reyes. El Almirante, sin haber visto la capitulación, respondió que los Reyes le habían prohibido ir a la mina y en toda Guinea, como se proclamó en todos los puertos de Andalucía antes de partir. El Rey, de manera graciosa, aseguró que no necesitaría intermediarios en este asunto y le asignó como huésped al prior del Clato, quien le otorgó numerosos honores y favores.

El domingo 10 de marzo, después de la misa, el Rey reiteró su disposición a proporcionar cualquier cosa que el Almirante necesitara y continuó conversando amigablemente sobre su viaje.

El lunes 11 de marzo, el Almirante se despidió del Rey, quien le expresó su afecto y le encomendó mensajes para los Reyes. Después de comer, se marchó acompañado por D. Martín de Noroña y otros caballeros que le brindaron su acompañamiento y honra. Posteriormente, visitó un monasterio de San Antonio en Villafranca, donde se encontraba la Reina, el Duque y el Marqués, recibiendo honores y reverencias. Se retiró de allí por la noche y fue a dormir a Llandra.

El martes 12 de marzo, mientras se preparaba para partir de Llandra hacia la carabela, un escudero del Rey se acercó ofreciéndose a acompañarlo a Castilla por tierra, asegurándole que se encargaría de su alojamiento y de proveerle de bestias y todo lo necesario. Al partir, el Almirante recibió una mula y otra para su piloto, junto con una merced de veinte espadines, según se enteró posteriormente.

El miércoles 13 de marzo, a las ocho de la mañana y con la marea a su favor y viento Nornorueste, levantó las anclas y zarpó hacia Sevilla.

 

El jueves 14 de marzo, después del atardecer, continuó su rumbo hacia el sur y, antes del amanecer, se encontró sobre el Cabo de San Vicente, en Portugal. Luego navegó hacia el este para dirigirse a Saltes, pero avanzó con poco viento durante todo el día hasta llegar a Furón.

El viernes 15 de marzo, después del atardecer y con poco viento, continuó su travesía hasta encontrarse sobre Saltes al amanecer. Al mediodía, aprovechando la marea de montante, ingresó por la barra de Saltes hasta llegar al puerto del cual había partido el 3 de agosto del año pasado.

El Almirante concluye su relato afirmando que tenía la intención de dirigirse a Barcelona por mar, donde se enteraría de la ubicación de Sus Altezas. Su propósito era presentarles una detallada relación de todo su viaje, considerando que Nuestro Señor le permitió realizarlo y lo iluminó en cada paso. Destaca la naturaleza milagrosa de su viaje, respaldada por numerosos eventos extraordinarios a lo largo de la travesía. Además, expresa su confianza en que este viaje será la mayor honra para la Cristiandad. Estas son las últimas palabras del Almirante Cristóbal Colón sobre su primer viaje a las Indias y su descubrimiento.

 

Segundo viaje

Memorial entregado por el Almirante a don Antonio de Torres para presentar ante los Reyes Católicos:

Don Antonio de Torres, capitán de la nave Marigalante y alcaide de la ciudad Isabela, encomendado por el Almirante, se presenta ante Sus Altezas para transmitir lo siguiente:

En primer lugar, con las cartas de creencia que portáis de parte mía, reverenciaréis los reales pies e manos de Sus Altezas, y los encomendaréis a mí, el Almirante, como a sus leales súbditos, comprometidos a servirles hasta el final de mis días. Este compromiso, ampliamente detallado y explicado por vos, será presentado con la debida extensión a Sus Altezas, según vuestra experiencia y conocimientos.

Además, aunque en las cartas dirigidas a Sus Altezas, el Padre Fray Buil y el Tesorero, se ha narrado minuciosamente todo lo acontecido desde nuestra llegada, quiero que transmitáis de mi parte que la gracia divina ha permitido que en su servicio no haya disminuido ni contradicho lo afirmado anteriormente. Por el contrario, confío en que pronto se verá de manera aún más clara y evidente, ya que en las costas descubiertas hay notables indicios de especias, sin haber explorado aún el interior. Asimismo, en las minas de oro, dos expedicionarios descubrieron ríos tan ricos en oro que solo con sus manos recogieron muestras que testimonian su abundancia. Gorbalán, uno de los descubridores, relatará lo que presenció. Además, Hojeda, criado del Duque de Medinaceli, también ha descubierto vastas riquezas, según el memorial de los ríos que trajo consigo. En cada uno de estos ríos, la riqueza es tan asombrosa que apenas se puede creer. Sus Altezas pueden agradecer a Dios por su favor en todas estas empresas.

Ítem: Les contarás a Sus Altezas que, aunque ya les he informado sobre esto por escrito, tenía la intención de enviarles una mayor cantidad de oro en esta expedición, de la cual esperábamos obtener más riquezas si la mayoría de nuestra gente aquí presente no hubiera caído repentinamente enferma. Sin embargo, la expedición no podía demorarse más aquí, ni siquiera por la extensa costa que bordea, ni por las condiciones climáticas propicias para la ida y vuelta de quienes deben llevar de regreso los productos que aquí escasean. Retrasar su partida podría impedir que regresaran en mayo, y además, con la cantidad de individuos sanos disponibles tanto en el mar como en la colonia, emprender una expedición a las minas o ríos en este momento conllevaba numerosas dificultades y peligros.

Aproximadamente a veintitrés o veinticuatro leguas de distancia, donde hay puertos y ríos para cruzar, el viaje sería largo y requeriría provisiones considerables, las cuales no podrían ser transportadas a pie, ya que no hay bestias en esta región para ello. A pesar de los esfuerzos para mejorar los caminos, estos no están lo suficientemente preparados. Además, dejar a los enfermos en un lugar abierto y chozas, junto con las provisiones en tierra, podría poner en riesgo tanto a la gente como a los suministros, ya que los indígenas, aunque hasta ahora han demostrado ser simples y sin malicia, podrían causar daño fácilmente. Por esta razón, mantenemos guardias en el campo mientras la colonia queda desprotegida.

Asimismo, al observar que muchos de aquellos que fueron por tierra a explorar se enfermaron después de regresar, y algunos incluso tuvieron que volver atrás, había razones para temer que lo mismo ocurriera con los sanos que se encontraban aquí. Además, existía el riesgo de que se encontraran con el cacique llamado Caonabo, quien, según todos los informes, es malicioso y aún más audaz. Su presencia podría resultar peligrosa si nos ve debilitados y enfermos. Esto añadiría otra complicación para traer de vuelta el oro obtenido, ya que tendríamos que decidir entre llevar poco oro y arriesgarnos a enfermedades diarias, o enviarlo con parte de la gente, lo cual implicaría el peligro de perderlo.

Ítem: Comunicaré a Sus Altezas, a pesar de que ya les hemos enviado correspondencia, mi deseo ferviente de haber podido remitir en esta expedición una cantidad mayor de oro de la que actualmente se espera obtener. Lamentablemente, la mayoría de nuestra tripulación ha caído repentinamente enferma, lo que ha limitado nuestras posibilidades. Sin embargo, quiero expresarles que la demora en este puerto no era viable, ya sea por la extensa costa que enfrentamos o por las condiciones climáticas actuales, ideales para la ida y vuelta de aquellos encargados de traer los valiosos recursos que escasean en este lugar.

Además, consideré la posibilidad de aventurarnos hacia las minas o ríos con los miembros sanos de la expedición, tanto en el mar como en la tierra poblada. Sin embargo, esta opción se enfrentaba a numerosas dificultades y riesgos. La distancia de veintitrés o veinticuatro leguas hasta los puertos y ríos, los suministros necesarios para el viaje y la estadía en esa región requerían una logística compleja. El transporte de grandes cantidades de provisiones a pie no era viable, ya que no contábamos con animales de carga y los caminos aún no estaban completamente preparados para nuestro paso, a pesar de los esfuerzos por mejorarlos.

Adicionalmente, dejar a los enfermos en un lugar expuesto, junto con las chozas y los suministros en tierra, planteaba un inconveniente significativo. Aunque los indígenas locales han demostrado ser amigables hasta ahora, la posibilidad de arriesgar a nuestro grupo y los recursos almacenados parecía imprudente. Incluso un solo indígena con una antorcha podría causar estragos, poniendo en peligro las chozas durante la noche y el día, ya que su presencia entre nosotros es constante. Por esta razón, hemos establecido guardias en el campamento mientras la población permanece sin defensa.

Otrosí: Como hemos observado en la expedición terrestre, la mayoría de aquellos que fueron a explorar cayeron enfermos después de su regreso, e incluso algunos optaron por retornar antes de alcanzar su destino. Existe la preocupación de que los mismos problemas afecten a aquellos que actualmente están en buen estado de salud y planean emprender la misma travesía. De surgir enfermedades en medio de la tarea, se enfrentarían a dos peligros inminentes. En primer lugar, la posibilidad de enfermar en la zona sin refugio ni resguardo, especialmente cerca del cacique conocido como Caonabo, cuya reputación como individuo malévolo y audaz es bien conocida. Su presencia podría amenazar nuestras operaciones, especialmente en momentos de debilidad debido a la enfermedad.

Esta situación también presenta la dificultad de traer de vuelta cualquier oro obtenido, ya que la opción sería llevar pequeñas cantidades a diario, exponiéndonos al riesgo constante de enfermedades, o enviarlo con parte de la tripulación, lo que conlleva el peligro de pérdida durante el transporte.

Por lo tanto, comunicaréis a Sus Altezas que estas son las razones por las cuales la expedición no se ha detenido y no se ha enviado más oro que las muestras iniciales. Sin embargo, confiamos en la misericordia de Dios, quien nos ha guiado en cada paso hasta ahora. La recuperación de la tripulación está en curso, especialmente porque responden favorablemente a ciertas secciones de la tierra; si tuvieran acceso a carne fresca, se recuperarían más rápidamente, con la ayuda divina. Con los pocos miembros sanos restantes, se está trabajando diariamente en cerrar y fortificar la población, así como asegurar los suministros, lo cual se completará en breve. Estas defensas no son necesarias contra los indígenas, ya que no son beligerantes y solo actúan si nos encuentran desprevenidos.

Una vez asegurada la población, se planea dirigirse hacia los mencionados ríos, explorando las mejores rutas por tierra o por mar hasta llegar a una zona a unas seis o siete leguas de distancia, donde se dice que se encuentran los ríos deseados. Se establecerá una fortaleza o torre para resguardar el oro y, al mismo tiempo, coordinarse con el regreso de las dos carabelas. Con las condiciones adecuadas para navegar, se enviará el oro a un lugar seguro tan pronto como sea posible.

Ítem: Informaré a Sus Altezas, como ya se ha mencionado, que la principal causa de las enfermedades generalizadas entre la tripulación se debe a cambios en las aguas y aires de la región, afectando a casi todos y poniendo en peligro a pocos. Por lo tanto, la clave para la preservación de la salud, después de la divina providencia, radica en suministrar a esta gente los alimentos que están acostumbrados a consumir en España. Estos serán esenciales para su recuperación, ya que ni estos ni otros podrán ser de utilidad si no están en buena salud. La provisión de estos alimentos debe mantenerse hasta que se haya establecido una base con los cultivos locales de trigo, cebada y viñas. Aunque se ha hecho un esfuerzo limitado este año debido a la tardanza en tomar asiento y a la debilidad de los pocos agricultores locales, se espera que la tierra sea fértil y proporcione soluciones a nuestras necesidades en el futuro.

Es crucial destacar que la belleza de la tierra, con sus montañas, ríos y fértiles valles, supera cualquier otra región iluminada por el sol. La esperanza está puesta en que tanto el trigo como el vino prosperarán aquí, como lo indican los primeros brotes de trigo y las pocas vides plantadas. La tierra de estas islas, con su esplendor natural, promete ser igual o incluso más próspera que Andalucía o Sicilia, como se evidencia en el crecimiento de algunas plantaciones de caña de azúcar.

En otro orden de asuntos, informaréis que la mayor carencia que enfrentamos actualmente se debe al derramamiento de gran parte del vino durante el viaje, atribuido en su mayoría a la mala calidad de los toneles elaborados en Sevilla. Necesitamos urgentemente más vino, así como otras provisiones como bizcocho, trigo, carne en canal (tocinos), y cecina de mejor calidad que la transportada en este viaje. También se requieren carneros, corderos, corderas, becerros, becerras, asnas, asnos y yeguas para el trabajo y la reproducción, ya que actualmente carecemos de estos animales en la región.

Dado que temo que Sus Altezas no puedan abastecerse en Sevilla sin una orden expresa, he instruido que se utilice parte del oro llevado en esta expedición. Este oro se empeñará o entregará a un comerciante en Sevilla, quien distraerá los maravedís necesarios para cargar dos carabelas con vino, trigo y otros suministros indicados en el memorial adjunto. Este comerciante enviará el oro directamente a Sus Altezas, quienes deberán ver, recibir y liquidar el monto distrayendo lo necesario para la carga de las dos carabelas. Estas, con el objetivo de alentar y fortalecer a la tripulación restante, deberían llegar aquí a más tardar a finales de mayo, proporcionando así un alivio necesario, especialmente para aquellos afectados por las enfermedades. Además, los suministros médicos y alimentos esenciales, detallados en los memoriales que lleváis, deben ser priorizados y enviados lo más pronto posible, ya que la temporada para la salida de los barcos es hasta mayo. Lo que no se pueda satisfacer con esta primera entrega, procuraréis que sea enviado con otras embarcaciones tan pronto como sea posible.

Ítem: Transmitiré a Sus Altezas que, lamentablemente, no disponemos de una lengua común para comunicar nuestra santa fe a los habitantes de estas tierras, como desean Sus Altezas y nosotros mismos. No obstante, para abordar este desafío, estamos enviando con los actuales barcos a hombres, mujeres, niños y niñas de la tribu caníbal. Sus Altezas pueden ordenar que estos individuos sean entregados a personas capacitadas para enseñarles el idioma, involucrándolos en actividades de servicio y proporcionándoles atención especial para que aprendan rápidamente. Es recomendable separarlos para que se comuniquen y vean entre sí solo después de un tiempo, ya que aprenderán más rápido en España que aquí. Además, esto podría resultar en intérpretes más competentes.

Es importante señalar que, aunque existe alguna diferencia lingüística entre las islas debido a la poca interacción entre sus habitantes, los caníbales son una tribu mucho más grande y densamente poblada. Por lo tanto, enviarlos a Castilla no solo sería beneficioso al alejarlos de sus costumbres inhumanas, sino que, al entender el idioma, podrían recibir rápidamente el bautismo y ser guiados hacia la salvación. Incluso entre aquellos que no practican tales costumbres, ganaríamos crédito al capturar a aquellos que les causan daño, ya que estos pueblos tienen un gran temor al hombre y se asombrarían al ver a estos prisioneros. La presencia y apariencia impresionante de nuestra flota aquí ha fortalecido la autoridad y la seguridad de nuestras acciones futuras. La visión de un trato justo a los buenos y el castigo a los malos está influyendo positivamente en la voluntad de esta gente, tanto de esta isla como de otras, para someterse y convertirse en vasallos de Sus Altezas.

En otro aspecto, informaréis a Sus Altezas que la consideración del beneficio de las almas de los caníbales y de los habitantes locales nos lleva a pensar que sería más beneficioso llevar a cuantos más sea posible. Para ello, se propone que Sus Altezas permitan que cada año un número suficiente de carabelas venga a estas tierras para llevar ganado, bestias de trabajo y otros suministros necesarios para la sostenibilidad de la población y el desarrollo de las islas. Estos bienes serían adquiridos a precios razonables por aquellos que los trajeran, y el pago podría realizarse en esclavos de los caníbales, quienes, después de ser alejados de sus prácticas inhumanas, se convertirían en valiosos y capaces trabajadores. La autorización para esta operación sería otorgada a condición de que cada carabela enviada por Sus Altezas tenga a bordo una persona de confianza para garantizar que no se dirijan a ninguna otra parte o isla, excepto aquí donde se realizará la carga y descarga de mercancías. Asimismo, Sus Altezas podrían reclamar sus derechos sobre los esclavos llevados. Solicitaré una respuesta de Sus Altezas para que aquí se puedan realizar los preparativos necesarios con mayor confianza, si así lo consideran apropiado.

Ítem: También informaréis a Sus Altezas que resulta más beneficioso y menos costoso fletar los barcos por toneladas, al igual que lo hacen los mercaderes para Flandes, en lugar de adoptar otro método. Por ello, recibí instrucciones de fletar de esta manera las dos carabelas que enviaréis pronto, y lo mismo se podría aplicar a todas las demás embarcaciones que Sus Altezas decidan enviar, si así lo consideran conveniente. No obstante, esta observación no incluye aquellas que obtengan licencia para transportar mercancía de esclavos.

Ítem: Informaréis a Sus Altezas que, con el fin de ahorrar en costos adicionales, adquirí las dos carabelas mencionadas en el memorial para retenerlas aquí junto con las dos naos, La Gallega y la Capitana. En este contexto, compré la segunda de ellas, la Capitana, a su maestro, pagando los tres ochavos por el precio indicado en el memorial que lleváis firmado por mí. Estas embarcaciones no solo brindarán autoridad y seguridad a la gente que estará en su interior para interactuar con los indios y recolectar oro, sino que también serán útiles en cualquier situación de peligro que pueda surgir con esta población ajena. Además, las carabelas son esenciales para explorar tierras firmes y otras islas que se encuentran entre aquí y allá. Ruego a Sus Altezas que los maravedís necesarios para estos barcos sean pagados en los plazos acordados, ya que, sin duda, valdrán la pena según mi creencia y esperanza en la misericordia de Dios.

Ítem: Suplicaréis a Sus Altezas, en mi nombre y con la mayor humildad posible, que examinen detenidamente las cartas y otros documentos que proporcionan información más detallada sobre la paz, tranquilidad y concordia de los habitantes de estas tierras. Les rogaréis que elijan personas para asuntos de servicio que no generen desconfianza, y que prioricen los intereses para los cuales han sido enviados, más que sus propios beneficios. Dada la claridad con la que ustedes han visto y entendido todas las cosas, expresarán la verdad de la situación a Sus Altezas y solicitarán que cualquier disposición que emitan sobre este tema se haga llegar con los primeros barcos, si es posible, para evitar escándalos en asuntos que son de vital importancia para el servicio de Sus Altezas.

Ítem: Describiréis a Sus Altezas la ubicación de esta ciudad y la belleza de la provincia circundante, así como el hecho de que, conforme a los poderes conferidos por Sus Altezas, me nombraron alcaide de ella. Humildemente les suplicaréis que, como una forma de reconocimiento por mis servicios, consideren favorablemente esta designación, confiando en la esperanza que tengo en la generosidad de Sus Altezas.

Ítem: Comunicaréis a Sus Altezas que he decidido retener aquí a Mosén Pedro Margarite, criado de Sus Altezas, debido a su buen servicio pasado y la confianza de que continuará desempeñándose eficazmente en las tareas que le sean encomendadas. También he optado por mantener a Gaspar y Beltrán, conocidos criados de Sus Altezas, para asignarles responsabilidades de confianza. Solicitaréis a Sus Altezas que consideren proporcionar una encomienda en la Orden de Santiago a Mosén Pedro, quien está casado y tiene hijos, para asegurar el sustento de su familia. Igualmente, mencionaréis a Juan Aguado, criado de Sus Altezas, resaltando su dedicado y eficiente servicio en todas las tareas encomendadas, solicitando que Sus Altezas lo tengan encomendado y lo consideren presente.

Ítem: Informaréis a Sus Altezas sobre el esfuerzo del Doctor Chanca en el tratamiento de tantos dolientes, así como en la organización de los suministros, mostrando gran diligencia y caridad en el cumplimiento de su deber. Dado que Sus Altezas remitieron a mí el salario que se le debía dar aquí, ya que, estando presente, no puede recibir nada más por su profesión como lo haría en Castilla, solicitaréis que se le libere la suma de cincuenta mil maravedís con su sueldo actual. Además, pediréis a Sus Altezas que consideren y confirmen la costumbre de dar cierta suma tasada en compensación por un día de sueldo, como es tradicional para los médicos de Sus Altezas. Todo ello con el objetivo de garantizar que el Doctor Chanca esté satisfecho con su situación.

Ítem: Comentaréis a Sus Altezas acerca de coronel, destacando su capacidad para servir en diversas áreas y su dedicación hasta el momento, así como la preocupación que sentimos por su enfermedad actual. Subrayaréis que, al desempeñarse de manera tan significativa, es justo que sienta los beneficios de su servicio no solo en futuras recompensas, sino también en términos de salario presente. Dado que se le otorgó el cargo de alguacil mayor de estas Indias por su habilidad y la provisión incluye el salario en blanco, suplicaréis a Sus Altezas que lo confirmen y llenen según sea más beneficioso para el servicio. También informaréis sobre la llegada del Bachiller Gil García como alcalde mayor, señalando que aún no se le ha asignado ni mencionado su salario. Destacaréis sus cualidades y competencias, solicitando a Sus Altezas que lo nombren y asignen un salario para garantizar su sostenimiento, que sea cubierto con el dinero del sueldo actual.

Ítem: Informaréis a Sus Altezas que, a pesar de que ya se les ha comunicado por cartas, para este año no considero posible emprender nuevas expediciones de descubrimiento hasta que se haya establecido debidamente el asentamiento en los ríos donde se encontró oro, todo en servicio de Sus Altezas. Este trabajo requiere mi presencia y no sería apropiado que nadie lo realice sin mi consentimiento ni en beneficio de Sus Altezas, a pesar de las habilidades de cualquier otra persona.

Ítem: Comunicaréis a Sus Altezas que los escuderos de caballo que llegaron de Granada mostraron buenos caballos durante el alarde en Sevilla, pero al embarcar, no tuve la oportunidad de verlo personalmente debido a mi leve indisposición. Sin embargo, parece que, de alguna manera, Juan de Soria sustituyó los caballos previstos por otros de menor valor, y los mejores de ellos no parecen valer más de dos mil maravedís. Esto ha sido motivo de queja y parece que ha habido cierta malicia en la elección de los caballos. Dado que estos escuderos ya han incurrido en gastos más allá de sus sueldos, y Sus Altezas desean que los caballos sirvan a su servicio, se sugiere que se consideren opciones, ya sea adquiriendo los caballos directamente o resolviendo la situación según lo que sea más conveniente para el servicio.

Ítem: Comunicaréis a Sus Altezas que han llegado más de doscientas personas sin sueldo, y aunque algunos de ellos sirven bien, y otros están exentos de sueldo por disposición, se debe decidir si se les pagará sueldo como a los demás, dado que son necesarios para el establecimiento y la seguridad de la isla y los ríos de oro durante los primeros tres años. También se plantea la cuestión de mantener caballos para estos individuos, aunque Sus Altezas podrán decidir si es necesario, especialmente mientras se espera la llegada de oro.

Ítem: Se sugiere a Sus Altezas que, para aliviar en parte los gastos de esta gente, sería beneficioso traer en los navíos que lleguen, además de las provisiones comunes y medicinas, artículos como zapatos, cueros, camisas, jubones, lienzo, sayos, calzas, paños para vestir, conservas y otras cosas. Estos suministros podrían ser adquiridos a precios razonables y descontados del sueldo de la gente, lo que contribuiría a ahorrar recursos. Solicitaréis la opinión de Sus Altezas sobre este asunto y, si consideran que es para su servicio, se procederá de inmediato.

Ítem: Se informará a Sus Altezas que, durante el último alarde, se observó que la gente estaba muy desarmada, posiblemente debido al intercambio de armas que ocurrió en Sevilla o en el puerto. Se sugiere traer doscientas corazas, cien espingardas y cien ballestas con sus correspondientes almacenes, ya que estas son las armas más necesarias, y se podrán distribuir entre aquellos que carecen de armamento.

Ítem: Se solicita a Sus Altezas que, para algunos oficiales casados que dejaron a sus familias en España, se les pague lo que les corresponde de su sueldo a sus esposas o personas designadas. Esto permitirá que sus familias adquieran los artículos necesarios en España, asegurando así que estén provistos para el servicio.

Ítem: Se propone a Sus Altezas que se traigan cincuenta pipas de miel de azúcar de la isla de la Madera, ya que es un excelente alimento y uno de los más saludables. Además, se sugiere adquirir diez cajas de azúcar, ya que es la mejor temporada para obtenerlo. Estos suministros podrían ser útiles y estar disponibles a precios razonables, especialmente si se da la orden a las carabelas que pasen por allí en su regreso.

Ítem: Se informará a Sus Altezas que, aunque los ríos tienen la cantidad de oro mencionada por aquellos que los han visto, es cierto que el oro no se origina en los ríos, sino en la tierra. El agua, al encontrar las minas, arrastra el oro envuelto en las arenas. Dado que se han descubierto numerosos ríos, algunos más grandes y otros tan pequeños como fuentes, se sugiere que se envíen lavadores, tanto aquellos especializados en recuperar oro de las arenas como los expertos en extraerlo de la tierra. Se propone que Sus Altezas envíen lavadores, incluyendo a aquellos que trabajan en las minas de Almadén, para participar en ambas formas de extracción de oro. A pesar de esperar contar con lavadores locales, se espera, con la ayuda de Dios, obtener una cantidad significativa de oro para las primeras carabelas.

Ítem: Se suplicará a Sus Altezas, en mi nombre, que tengan encomendado a Villacorta, quien ha servido con dedicación en esta negociación. Se destaca la diligencia y la lealtad de Villacorta al servicio de Sus Altezas. Se solicitará que se le otorgue algún cargo de confianza que sea adecuado para sus habilidades y que le permita mostrar su deseo de servir y su diligencia.

Ítem: Se comunicará a Sus Altezas que Mosén Pedro, Gaspar, Beltrán y otros que han quedado en la ciudad trajeron capitanías de carabelas que ahora han regresado, pero aún no han recibido su sueldo. Dado que son personas de confianza y deben desempeñar roles importantes, se solicitará de mi parte que Sus Altezas determinen la remuneración que se les otorgará, ya sea anualmente o por meses, según su preferencia.

 

Tercer viaje

Carta del Almirante a los Reyes Católicos

Serenísimos, muy altos y muy poderosos príncipes, Rey y Reina Nuestros Señores:

La divina Trinidad inspiró a Vuestras Altezas para emprender esta noble expedición hacia las Indias, y en su infinita bondad me eligió como mensajero. Me dirigí con el mensaje a su majestuosa presencia, movido por el deseo de comunicar a los más grandes monarcas cristianos, quienes siempre se esforzaron por la fe y su expansión, la posibilidad de llevar el sagrado nombre de Nuestro Señor a tantos pueblos.

Aunque muchos consideraron este proyecto imposible y centraron sus esperanzas en bienes temporales, yo dediqué seis o siete años de intenso esfuerzo para expresar lo mejor posible el servicio que podría hacerse al Señor al divulgar su santo nombre y fe entre tantas naciones. Fue necesario abordar tanto los aspectos espirituales como los materiales de la empresa, presentando la opinión de sabios y eruditos que escribieron sobre la existencia de riquezas en estas tierras.

Vuestras Altezas, mostrando su gran valentía en todo lo grande, decidieron llevar a cabo la empresa. A pesar de las burlas de muchos, excepto dos frailes que siempre fueron constantes, yo estaba seguro de que este proyecto no fallaría, y siempre lo he afirmado, ya que la palabra de Dios se cumplirá. Las Escrituras ya hablaban claramente de estas tierras a través de Isaías, afirmando que su santo nombre sería difundido desde España.

Partí en nombre de la Santa Trinidad y regresé rápidamente con la experiencia de todo lo que había predicho. Vuestras Altezas me enviaron nuevamente, y en poco tiempo descubrí trescientas treinta y tres leguas de tierra firme y setecientas islas adicionales. También exploré la isla La Española, más grande que España, donde la población es incontable y todos pagan tributo.

En este punto, surgieron críticas y desdén hacia la empresa porque no había enviado inmediatamente navíos cargados de oro. Ignoraron la brevedad del tiempo y los inconvenientes que mencioné. Por mis pecados o salvación, esto generó aversión y obstáculos a todo lo que decía y solicitaba. Decidí volver a Vuestras Altezas para expresar mi asombro y explicarles la razón detrás de cada acontecimiento.

Les hablé de los pueblos que había encontrado, de cómo podrían salvarse muchas almas y les mostré los compromisos de la gente de la isla La Española que se obligaba a pagar tributo y los consideraba sus reyes y señores. También les presenté muestras suficientes de oro, les hablé de los minerales y los grandes granos, así como de la abundancia de cobre. Les mencioné las diversas especias, el Brasil y muchas otras cosas que llevaría demasiado tiempo detallar.

No todos aprovecharon la oportunidad de hablar con algunas personas que mostraban interés y empezaron a hablar mal del negocio, sin reconocer el valor del servicio a Nuestro Señor para salvar almas. No reconocieron la grandeza de Vuestras Altezas, la cual era de la mejor calidad que cualquier príncipe haya experimentado hasta hoy. Argumentaban que el esfuerzo y los gastos eran tanto espirituales como temporales, asegurando que, con el tiempo, España cosecharía grandes beneficios, ya que las señales de éxito eran evidentes en las expediciones ya realizadas.

No se puede negar la importancia de eventos pasados, como la búsqueda de Salomón del monte Sopora y la exploración de la isla de Trapobana por parte de Alejandro. También se mencionaba el interés de Nero César en las fuentes del Nilo. Se afirmaba que tales hazañas eran inherentes a los príncipes, y se desestimaba la noción de que los príncipes de Castilla nunca habían conquistado tierras fuera de su propio territorio. Se resaltaba la diferencia entre este mundo y el antiguo, donde romanos, griegos y Alejandro se esforzaron por conquistar tierras.

Se cuestionaba el presente de los Reyes de Portugal, quienes demostraron valentía al sostener la empresa en Guinea, sacrificando oro y vidas en el proceso. Se mencionaba la conquista en África y las guerras constantes contra los moros en Cepta, Tánjar, Arcilla y Alcázar como ejemplos de un comportamiento digno de príncipes, dedicados a servir a Dios y expandir su señorío.

A pesar de mis argumentos, aquellos que criticaban la empresa parecían ignorar el reconocimiento mundial y las palabras de elogio que Vuestras Altezas recibieron de todos los cristianos. Incluso se rio de mis comentarios y me indicaron que no prestara atención a las críticas, ya que no otorgaban autoridad ni credibilidad a aquellos que hablaban mal de la empresa.

Partí en nombre de la Santísima Trinidad el miércoles 30 de mayo desde la Villa de San Lúcar, ya cansado por mi viaje. En lugar de tomar la ruta habitual hacia las Indias, opté por un camino menos frecuentado para evitar conflictos con una flota francesa que esperaba en el Cabo de San Vicente. Navegué hacia la isla de la Madera y luego a las islas Canarias, donde dejé una parte de la flota en camino directo a la isla La Española. Mientras tanto, yo me dirigí al sur con la intención de llegar a la línea ecuatorial y seguir hacia el oeste hasta que la isla La Española estuviera al norte.

En las islas de Cabo Verde, que resultaron ser muy secas y con población enferma, decidí no detenerme y continué hacia el suroeste durante cuatrocientas ochenta millas, equivalentes a ciento veinte leguas. En este trayecto, enfrenté un calor extremo que puso en riesgo tanto a los barcos como a la tripulación. Durante ocho días, el ardor fue tan intenso que temí que los navíos y la gente se quemaran. A pesar de un día claro, los siete siguientes fueron de lluvia y tormenta, sin encontrar alivio alguno. La situación era tan crítica que ni siquiera se podía descender a las cubiertas para reparar los daños.

Recordé que en mis viajes a las Indias, al pasar cien leguas al oeste de las islas Azores, experimentaba un cambio en la temperatura de norte a sur. Decidí confiar en la misericordia de Nuestro Señor y cambiar mi rumbo hacia el oeste, con la esperanza de encontrar un clima más favorable. Después de ocho días de condiciones adversas, finalmente el Señor me concedió viento favorable del Levante. Continué mi viaje hacia el oeste, sin atreverme a dirigirme al sur debido a los notables cambios en el cielo y las estrellas, aunque la temperatura se mantuvo constante.

Opté por seguir mi rumbo directamente al oeste, siguiendo la línea de la Sierra Lioa, con la intención de llegar a tierra firme y reparar los barcos y provisiones. Después de diez y siete días con viento favorable, el martes 31 de julio al mediodía, avistamos tierra. La esperaba desde el lunes anterior, y durante ese tiempo, decidí dirigirme hacia las Indias de los Caníbales para abastecerme de agua. Afortunadamente, la misericordia divina se hizo presente una vez más cuando un marinero avistó tres montañas al oeste desde la gavia. Recitamos la Salve Regina y otras prosas, expresando todo nuestro agradecimiento a Nuestro Señor. Luego, cambié mi rumbo desde el norte hacia la tierra firme y llegué a un cabo al que llamé de la Galea, después de haber mencionado la isla de la Trinidad. Este lugar ofrecía un buen puerto, pero lamentablemente no tenía suficiente profundidad. Al seguir la costa hacia el oeste, tras cinco leguas, encontré un fondo sólido y decidí fondear. Al día siguiente, continué en busca de un puerto para reparar los barcos, abastecerme de agua y remediar los suministros de trigo y otros alimentos.

Encontré un lugar adecuado para fondear en el cabo, donde también tomé una pipa de agua. Ordené la reparación de los barcos y la recolección de agua y leña. La tripulación finalmente pudo descansar después de tanto tiempo de esfuerzo. Llamé a esta punta del Arenal, y notamos que toda la tierra estaba marcada por unas extrañas criaturas con patas parecidas a las de cabras, aunque solo encontramos una muerta.

Al día siguiente, una gran canoa con veinticuatro hombres jóvenes y bien equipados se acercó desde el este. Eran mancebos de buena disposición, de piel más blanca que la mayoría de los indígenas que había visto en las Indias. Tenían gestos elegantes, cuerpos hermosos y cabellos largos y lisos, cortados al estilo de Castilla. Llevaban la cabeza cubierta con pañuelos de algodón tejido con labores y colores, que yo pensaba que podrían ser almizcles. Otros llevaban estos pañuelos ceñidos alrededor de la cintura como pañetes.

Aunque intenté comunicarme con ellos mediante señas, pasaron más de dos horas antes de que se acercaran, y cuando lo hicieron, se desviaron nuevamente. Traté de atraerlos mostrándoles objetos brillantes, pero no teníamos un lenguaje común. Hice subir un tamborín y unos jóvenes empezaron a danzar, pensando que se acercarían para disfrutar de la fiesta. Sin embargo, en lugar de acercarse, todos dejaron los remos, empuñaron sus arcos y comenzaron a dispararnos flechas.

Detuvimos la música y baile, y saqué unas ballestas en respuesta. Se dirigieron a otra carabela, donde el piloto les dio un sayo y un bonete como regalo a un hombre principal entre ellos. Se acordó que el piloto iría a hablar con ellos en la playa, pero cuando se aproximó con la barca, se retiraron y nunca más los volvimos a ver en esta isla.

Cuando alcancé la punta del Arenal, observé una amplia abertura de dos leguas de ancho, extendiéndose de Poniente a Levante, que conectaba la isla de la Trinidad con la tierra de Gracia. Para entrar al norte, había hileros de corrientes que cruzaban esta boca, produciendo un rugido potente. Pensé inicialmente que podría ser un arrecife de bajos y peñas, impidiendo la entrada. Detrás de este primer hilero, encontré otros, todos generando un rugido similar al romper de olas contra peñas en el mar. Fondeé en la punta del Arenal, fuera de la boca, y noté que el agua fluía con tanta fuerza de Oriente a Poniente como el Guadalquivir en tiempo de avenida, tanto de día como de noche.

Por la noche, tarde, escuché un rugido aterrador que provenía del Austro hacia la nave. Miré y vi una ola elevándose de Poniente a Levante, similar a una loma tan alta como la nave. Venía hacia mí lentamente, con un filero de corriente sobre ella, rugiendo con un estrépito impresionante. Recordé los hileros de corriente que había mencionado antes, que parecían olas rompiendo en peñas. Temí que pudieran voltear la nave cuando llegaran debajo de ella. La ola pasó y llegó hasta la boca, donde se detuvo durante un tiempo considerable. Al día siguiente, envié botes para sondear y descubrí que en el punto más bajo de la boca había seis o siete brazas de fondo.

Afortunadamente, con buen viento, atravesé la boca y encontré tranquilidad en su interior. Curiosamente, el agua de la mar se volvió dulce, lo cual fue un hallazgo sorprendente. Navegué hacia el norte hasta llegar a una sierra muy alta, aproximadamente veintiséis leguas desde la punta del Arenal. En ese lugar, se encontraban dos cabos de tierra alta, uno orientado hacia el Oriente perteneciente a la isla de la Trinidad, y otro hacia el Occidente de la tierra de Gracia. Allí, se formaba una boca más angosta que en la punta del Arenal, con los mismos hileros de corriente y el característico rugir del agua, que nuevamente resultó ser dulce en medio del mar.

Hasta ese momento, no había tenido contacto con la gente de estas tierras, y anhelaba establecer una comunicación. Navegué a lo largo de la costa hacia el Poniente, notando que el agua de la mar se volvía más dulce y sabrosa a medida que avanzaba. Llegué a un lugar donde parecían haber tierras cultivadas, y decidí fondear, enviando botes a tierra. Descubrieron que recientemente había habido gente en el área, y el monte estaba cubierto de gatos paules.

Convencido de que más allá al Poniente las tierras serían más llanas y pobladas, levanté las anclas y seguí la costa hasta el cabo de la sierra. Allí, en un río, surgí y pronto llegó mucha gente, informándome que llamaban a esta tierra Paria y que más al Poniente estaba más poblada. Tomé cuatro de ellos y luego continué navegando al Poniente. Después de ocho leguas más allá de una punta que llamé del Aguja, encontré las tierras más hermosas y densamente pobladas. Llegué una mañana, y fascinado por la belleza, decidí fondear y conocer a esta gente.

Varios de ellos vinieron en canoas a la nave, rogándome en nombre de su rey que descendiera a tierra. A pesar de no prestarles atención, más y más canoas llegaron, muchos llevaban piezas de oro y algunas perlas alrededor del cuello o atadas a los brazos. Me emocioné al ver las perlas y me esforcé por descubrir de dónde las obtenían. Me informaron que las encontraban en esa región y en la parte norte de esa tierra.

Aunque deseaba detenerme, mis provisiones de trigo, vino y carne se estaban agotando, y mi principal objetivo era llegar a tierra firme para reponerlas. Envié las barcas a tierra, encontrando a una población numerosa y agradable. Nuestra gente fue bien recibida, y cuentan que, al llegar a tierra, dos personas importantes, posiblemente padre e hijo, llevaron a la tripulación a una casa grande. Allí, les ofrecieron pan, diversas frutas y vinos variados, aunque no de uvas, sino posiblemente de diferentes frutas, incluyendo el maíz. Los hombres y las mujeres estaban en secciones separadas de la casa.

Ambas partes experimentaron gran pesar debido a la barrera del idioma; ellos deseaban preguntar sobre nuestra patria, y nosotros ansiábamos conocer más sobre la suya. Después de compartir una comida en casa del anciano, los jóvenes llevaron a nuestros tripulantes a su vivienda, haciendo lo mismo. Posteriormente, se dirigieron de nuevo a las barcas y regresaron a la nave. En mi prisa por remediar la escasez de provisiones, levanté las anclas de inmediato. Además, necesitaba atender mi propia salud, ya que había sufrido de insomnio durante los treinta y tres días de exploración de la tierra firme, lo cual afectó mi vista. Aunque no dañó mis ojos ni causó hemorragias, ahora estoy experimentando dolores que antes no tenía.

Esta gente, como mencioné, tiene una estatura hermosa, son altos y de gestos elegantes, con cabellos largos y lisos. Llevan la cabeza adornada con pañuelos labrados, hermosos y parecidos a seda y almizcle. Algunos llevan un pañuelo más largo ceñido, que utilizan como cobertura en lugar de pañetes, tanto hombres como mujeres. Su tono de piel es más claro que el de otras poblaciones que he visto en las Indias. Muchos llevan adornos en el cuello y brazos, algunos con piezas de oro. Sus canoas son grandes, mejor construidas y más ligeras que las demás, con una especie de compartimento central que funciona como una cámara donde vi a los líderes junto a sus mujeres. Llamé a este lugar "Jardines" debido a su belleza, en consonancia con su nombre local.

Intenté descubrir de dónde obtenían el oro, y todos señalaban una tierra al Poniente, bastante alta pero cercana. Sin embargo, me advirtieron que no fuera allí porque allí comían a los hombres, sugiriendo que eran caníbales. Posteriormente, pensé que podrían haber mencionado eso debido a la presencia de animales en esa región. También pregunté sobre la procedencia de las perlas, y me indicaron que estaban al Poniente y al Norte, detrás de esa tierra. No pude explorar más debido a la escasez de provisiones, mis problemas oculares y la inadecuación de la gran nave que llevaba para tales expediciones.

Dado el tiempo limitado, la interacción se centró en preguntas y respuestas, y luego regresamos a los barcos alrededor de la hora de vísperas. Levanté las anclas y navegué al Poniente, explorando hasta que noté que solo había tres brazas de fondo. Pensé que aún podía ser una isla y que podría encontrar una salida al Norte. Envié una carabela adelante para explorar y verificar si había una salida o si estaba cerrado. Después de recorrer un largo trecho, llegaron a un gran golfo con cuatro golfos más pequeños, de uno de los cuales surgía un río enorme. La profundidad siempre era de cinco brazas y el agua dulce, en tal cantidad que nunca antes había visto igual. Sin embargo, me decepcionó al darme cuenta de que no podía salir al Norte ni continuar hacia el Austro o el Poniente. Estaba rodeado por todas partes de tierra.

Decidí regresar para salir al Norte por la boca que mencioné anteriormente. No pude volver a la población anterior debido a las corrientes que me habían desviado de ella. En todo momento encontraba agua dulce y clara que me llevaba hacia el Oriente, enfrentándome a las dos bocas mencionadas anteriormente. Conjeturé que los hilos de la corriente y las lomas que entraban y salían en esas bocas provocaban un rugir fuerte debido a la lucha entre el agua dulce y salada. La dulce empujaba a la salada para evitar que entrara, y la salada luchaba para evitar que la dulce saliera. Imaginé que en el lugar donde estaban esas dos bocas, en algún momento, habría una conexión continua entre la isla de la Trinidad y la tierra de Gracia.

Salí por la boca del Norte y noté que el agua dulce siempre prevalecía. Al pasar con fuerza de viento y estar en una de esas lomas, encontré agua dulce en los hilos internos y agua salada en los externos.

Desde mi viaje de España a las Indias, he observado cambios significativos en el cielo, las estrellas, la temperatura del aire y las aguas del océano después de pasar cien leguas al Poniente de los Azores, y he prestado mucha atención a estas experiencias.

Falla que, desde el Septentrión hasta el Austro, atraviesa las mencionadas cien leguas de islas. Antes, las agujas de marear señalaban nordeste, pero al llegar a esa región, giran repentinamente una cuarta de viento completo, como si estuvieran superando una cuesta. Además, observo que el mar en esta área está densamente cubierto de una hierba que se asemeja a pequeños ramitos de pino, cargada con frutas parecidas al lantisco. La densidad de esta vegetación es tal que, en mi primer viaje, temí que fuera un banco de tierra y que los barcos encallaran; sin embargo, no se encuentra ni un solo ramito antes de cruzar esa línea.

Al alcanzar esta región, la superficie del mar se vuelve suave y tranquila, incluso con vientos fuertes que no logran levantar olas pronunciadas. También noto que, hacia el Oeste, dentro de esta línea imaginaria, el clima se mantiene moderado, sin grandes variaciones entre invierno y verano. Cuando estoy allí, la estrella del Norte describe un círculo en el cielo con un diámetro de cinco grados. Si estoy mirando hacia el norte con las guardas en el brazo derecho, la estrella está en su punto más bajo, ascendiendo gradualmente hasta el brazo izquierdo, donde alcanza los cinco grados. Luego, desciende de nuevo hasta regresar al brazo derecho.

Mi travesía me llevó desde España hasta la isla de la Madera, luego a las Canarias y después a las islas de Cabo Verde. Desde allí, me dispuse a navegar hacia el Austro, cruzando la línea ecuatorial, enfrentando un calor abrasador cuando me alineé con el paralelo de la Sierra Leona en Guinea. Aunque lloviera y el cielo estuviera nublado, el calor era insoportable hasta que, con la gracia de Nuestro Señor, el viento favorable me animó a cambiar mi rumbo hacia Occidente. Llegando a la línea que mencioné previamente, experimenté un cambio notable en la temperatura.

Cuando alcancé la misma latitud que la Sierra Leona, encontré un clima suave y agradable, a diferencia del ardor extremo anterior. A medida que avanzaba, esta benignidad climática se intensificaba. Sin embargo, las estrellas no seguían la misma lógica. Por ejemplo, al atardecer, la estrella del Norte se encontraba a cinco grados de altura, con las guardas sobre mi cabeza; a medianoche, estaba a diez grados y, al amanecer, con las guardas en mis pies, alcanzaba quince grados de altura.

Aunque la tranquilidad del mar persistía, algo que realmente me intrigaba era la discrepancia en la vegetación y la peculiaridad en el comportamiento de la estrella del Norte. No dejaba de asombrarme por esta observación, y muchas noches dediqué tiempo a examinarla minuciosamente con el cuadrante, siempre confirmando que el plomo y el hilo caían exactamente al mismo punto. Esto me parece algo completamente nuevo y sugiere que el cielo podría cambiar significativamente en un corto período de tiempo.

Siempre sostuve la creencia de que el mundo, con su combinación de tierra y agua, era esférico, respaldado por las autoridades y experiencias transmitidas por Ptolomeo y otros eruditos. Las demostraciones, como los eclipses de la Luna y la elevación del polo del Septentrión al Austro, apoyaban esta concepción. Sin embargo, mi reciente exploración revela discrepancias notables, como mencioné anteriormente. Al reflexionar sobre la configuración del mundo, descubrí que no es redondo de la manera que se describe comúnmente; más bien, se asemeja a una pera perfectamente redonda, con una elevación más prominente en la región que podríamos comparar con el "pezón".

Podríamos visualizarlo como si fuera una pelota redonda, pero con una protuberancia en un lugar, similar a una mama de mujer. Este "pezón" se encuentra más alto y cerca del cielo, ubicado debajo de la línea ecuatorial en el extremo oriental del océano. Por "fin del Oriente", me refiero al punto donde termina toda la tierra e islas. Reviso todas las razones anteriormente expuestas, desde la línea que pasa al oeste de las islas de los Azores, a cien leguas del septentrión al austro. Después de pasar de este punto hacia el Poniente, los barcos comienzan a elevarse suavemente hacia el cielo, experimentando una temperatura más agradable. La aguja de marear se desvía debido a la suavidad de los vientos, noroesteados cada vez más a medida que avanzan.

Esta elevación es responsable de la variación en la trayectoria del círculo trazado por la estrella del Norte con respecto a las guardas. A medida que me acerco a la línea ecuatorial, la elevación de los barcos y las estrellas se intensifica, generando mayores diferencias en las posiciones de estos elementos celestiales. Ptolomeo y otros sabios que documentaron sobre el mundo creían que era esférico, suponiendo que este hemisferio era tan redondo como aquel en el que residían. Este hemisferio tenía su centro en la isla de Arín, bajo la línea ecuatorial, y se extendía desde el Cabo de San Vicente en Portugal hacia el Oeste, hasta Cangara y las Seras en el Este. En cuanto a la otra mitad, la que describo como la parte superior de una pera redonda, no recibió atención por parte de Ptolomeo y otros debido a su relativo desconocimiento; se enfocaron exclusivamente en el hemisferio donde residían, que consideraban esférico y redondo, como mencioné anteriormente.

Ahora, con el mandato de Vuestras Altezas para explorar y descubrir, se confirma de manera evidente que, durante mi viaje hacia el Septentrión a veinte grados de la línea ecuatorial, las tierras cercanas a Hargín exhibían una población negra y un terreno notablemente quemado. En las islas de Cabo Verde, esta característica se intensificó aún más, con la población tornándose aún más oscura. Al dirigirme al Austro, llegué a la Sierra Leona, donde la estrella del Norte se alzaba cinco grados en el anochecer; allí, la población negra alcanzaba extremas proporciones.

Al cruzar la línea ecuatorial, experimenté calores extremos, pero al llegar a la isla de la Trinidad, donde la estrella del Norte también se elevaba cinco grados en el anochecer, encontré una temperatura suave y agradable. La tierra y los árboles eran exuberantemente verdes, tan hermosos como los jardines de Valencia en abril. La población, de estatura alta y de tez más clara que la de otras regiones que había visitado en las Indias, tenía cabellos largos y lisos, y demostraba mayor ingenio y valentía.

En ese momento, el sol estaba en la constelación de Virgo, directamente encima de nuestras cabezas y las suyas. Todo esto, según sostengo, se debe a la agradable temperatura que prevalece en esa región, resultado de su mayor elevación en el mundo, más cercana al aire que respiramos. Así, reafirmo mi convicción de que el mundo no es completamente esférico, sino que presenta una diferencia, como describí, en este hemisferio donde se encuentran las Indias y el océano, con su extremo bajo la línea ecuatorial.

Este razonamiento se apoya en que, cuando Nuestro Señor creó el sol, lo hizo en el primer punto de Oriente, en el extremo más alto de este mundo. Aunque Aristóteles consideraba que el polo Antártico era la parte más alta y cercana al cielo, otros sabios lo contradicen, argumentando que esta posición corresponde a la región bajo el Ártico. Estas discusiones sugieren que algunos entendían que una parte del mundo debía ser más noble y cercana al cielo que otra. Sin embargo, no consideraron la posibilidad de que esta región se encontrara bajo la línea ecuatorial, como argumento, ya que, hasta ahora, nadie había explorado este hemisferio de manera extensa y precisa.

Mi exploración confirmó la distancia entre las dos bocas mencionadas, de veintiséis leguas, y la medición precisa con cuadrantes garantiza la ausencia de error. Desde estas bocas hacia el golfo de las Perlas, que mencioné anteriormente, distante sesenta y ocho leguas de cuatro millas cada una, observé que el agua fluye vigorosamente hacia el Oriente. Esta corriente constante genera un enfrentamiento entre las aguas saladas de las dos bocas y las del golfo.

En la boca de Austro, a la que denominé de la Sierpe, observé que, en el anochecer, la estrella del Norte se encontraba elevada aproximadamente cinco grados, mientras que en la del Septentrión, llamada del Drago, alcanzaba casi siete grados. Además, constaté que el golfo de las Perlas se encuentra al Occidente del meridiano 20 de Tolomeo, a unas tres mil novecientas millas, equivalentes a unos setenta grados ecuatoriales, considerando cincuenta y seis millas y dos tercios por cada grado.

La Sagrada Escritura menciona que Nuestro Señor creó el Paraíso Terrenal, donde colocó el árbol de la vida y de él brotan cuatro ríos principales: Ganges en India, Tigris y Éufrates en [...]21, que separan las montañas y forman la Mesopotamia, desembocando finalmente en Persia; y el Nilo, que nace en Etiopía y fluye hacia el mar en Alejandría.

A pesar de mi búsqueda, no he encontrado escritos latinos ni griegos que certifiquen de manera concluyente la ubicación del Paraíso Terrenal en este mundo. No se representa en ningún mapamundi y la ubicación solo se sugiere con argumentos. Algunos lo situaban en las fuentes del Nilo en Etiopía, pero otros exploraron esas tierras sin encontrar concordancia en la temperatura del cielo o la elevación hacia el cielo que respaldara tal afirmación, tampoco consideraron la posibilidad de que las aguas del diluvio hubieran llegado hasta allí. Algunos gentiles argumentaban que estaba en las islas Fortunata, que corresponden a las Canarias, etc.

San Isidro, Beda, Strabo, el maestro de la historia escolástica, San Ambrosio, Scoto y todos los teólogos concuerdan en que el Paraíso Terrenal se ubica en el Oriente, etc.

He compartido mis observaciones sobre este hemisferio y su configuración. Creo que, si cruzara la línea ecuatorial, encontraría una mayor diversidad y una temperatura mucho más agradable en las estrellas y en las aguas. No es porque piense que en la región del extremo más alto haya agua navegable, sino que imagino que ese podría ser el sitio del Paraíso Terrenal, inaccesible para nadie a menos que sea la voluntad divina. Además, estoy convencido de que la tierra que Vuestras Altezas han ordenado descubrir es de proporciones enormes y que existen muchas otras en el Austro de las cuales aún no se tiene conocimiento.

No concibo que el Paraíso Terrenal sea una montaña abrupta, como a menudo se describe, sino más bien una elevación en la cima, como la figura del pezón de una pera. Imagino que, al acercarse desde lejos, se sube gradualmente hacia ella. Sin embargo, pienso que nadie podría llegar a la cima, como mencioné anteriormente. Creo que de allí podría emanar agua, aunque se encuentre lejos, y llegar hasta donde estoy, formando este lago. Estos son fuertes indicios del Paraíso Terrenal, ya que la ubicación coincide con la opinión de los santos y teólogos, y las características del lugar son notables. No tengo conocimiento de ningún lugar en el mundo donde haya tanta agua dulce tan cercana al agua salada, y la agradable temperatura también respalda esta observación. Si el agua no proviene del Paraíso, sería aún más asombroso, ya que dudo que exista en el mundo un río tan grande y profundo.

Después de salir de la boca del Dragón, una de las dos bocas del Septentrión a la que le he dado ese nombre, noté que al día siguiente, que coincidía con el Día de Nuestra Señora de Agosto, el mar fluía con tanta fuerza hacia el Poniente que, después de la hora de misa, recorrí sesenta y cinco leguas de cuatro millas cada una, y el viento apenas soplaba, era muy suave. Esto se debe a que, al dirigirse hacia el Austro desde ese punto, se asciende, mientras que al ir hacia el Septentrión, como en ese momento, se desciende.

Es ampliamente conocido que las aguas del mar siguen su curso de Oriente a Occidente con los cielos. En esta región, cuando fluyen, lo hacen con mayor velocidad, desgastando parte de la tierra en el proceso. Esto explica la abundancia de islas en esta área, que actúan como testigos, ya que todas son largas de Poniente a Levante y de Noroeste a Sudeste, un poco más altas y bajas. Además, son estrechas de Norte a Sur y de Noreste a Suroeste, en sentido contrario a los vientos mencionados anteriormente. En estas islas, nacen muchas cosas preciosas debido a la agradable temperatura que proviene de estar hacia la parte más alta del mundo. Es cierto que en algunos lugares parece que las aguas no siguen este curso, pero esto se debe a que, en particular, la tierra interrumpe su trayectoria, dando la apariencia de caminos divergentes.

Plinio sostiene que la mar y la tierra forman una esfera, situando el océano como la mayor cantidad de agua, hacia el cielo, y la tierra debajo de ella, sosteniéndola como el amago de la nuez abrazado por una tela gruesa. El maestro de la historia escolástica, en referencia al Génesis, afirma que las aguas eran vaporables en forma de niebla al ser creadas, cubriendo inicialmente toda la tierra, pero después, al solidificarse y unirse, ocuparon muy poco espacio. Nicolao de Lira concuerda con esta idea. Aristóteles, por su parte, sugiere que el mundo es pequeño y el agua escasa, permitiendo un fácil viaje de España a las Indias, apoyado por Avenruyz y respaldado por el Cardenal Pedro de Aliaco. Este último destaca la importancia de los descubrimientos realizados por Alejandro Magno, César Nero y otros, quienes invirtieron recursos y esfuerzos en entender los secretos del mundo y compartirlos con la humanidad. El cardenal otorga más autoridad a estos informes que a los de Tolomeo, griegos o árabes.

En apoyo a la idea de que el agua es escasa y que la cobertura del mundo es limitada, el cardenal presenta una autoridad de Esdras, donde se menciona que seis partes del mundo están descubiertas y una está cubierta de agua. Esta autoridad es respaldada por santos como San Agustín y San Ambrosio. Francisco de Mairones también menciona estas autoridades, sugiriendo que, en cuanto a la aridez de la tierra, se ha experimentado mucho más de lo que el público general cree, y esto no debería sorprender, ya que el conocimiento aumenta con la exploración continua.

Retomando el tema de la tierra de Gracia y el río y lago que encontré allí, tan extenso que podría considerarse más un mar que un lago, ya que, cuando son grandes, se les llama mar, como sucede con el mar de Galilea y el mar Muerto. Expreso mi convicción de que, si no proviene del Paraíso Terrenal, este río se origina en una tierra infinita hacia el Austro, de la cual hasta ahora no se tenía noticia. Sin embargo, estoy firmemente convencido de que el lugar que describí es el Paraíso Terrenal, respaldado por las razones y autoridades previamente mencionadas.

Ruego a Nuestro Señor que conceda a Vuestras Altezas mucha vida, salud y descanso, para que puedan continuar con esta noble empresa, en la cual parece que Nuestro Señor recibe un gran servicio. España crece en grandeza, y todos los cristianos encuentran consuelo y placer. Aquí divulgaré el nombre de Nuestro Señor, plantaré una cruz en todas las tierras a las que lleguen los navíos de Vuestras Altezas, notificaré a toda la gente el estado de Vuestras Altezas y les hablaré de nuestra santa fe, la creencia en la Santa Madre Iglesia y la nobleza de todos los cristianos, así como la fe en la Santa Trinidad.

Que Nuestro Señor también despierte la memoria de aquellos que han impugnado y siguen impugnando esta excelente empresa, y que no consideran la gran honra y grandeza que aporta al reino de Vuestras Altezas en todo el mundo. Desconocen el valor de este logro, excepto para criticar el gasto en ello y el hecho de que los navíos no regresaron llenos de oro de inmediato. No toman en cuenta la brevedad del tiempo, los numerosos inconvenientes enfrentados y que en Castilla, cada año, personas merecedoras ganan más renta en casa de Vuestras Altezas de lo que se ha gastado en esta empresa.

Además, ignoran que ningún príncipe de España ha conquistado tierras fuera del país hasta ahora. Vuestras Altezas ahora tienen otro mundo, desde donde se puede ampliar nuestra santa fe y obtener beneficios significativos. Aunque los navíos no regresaron llenos de oro, se enviaron suficientes muestras y otros objetos valiosos que indican que pronto se podrán obtener grandes beneficios.

Es necesario recordar también el gran esfuerzo y compromiso de los príncipes de Portugal, que han dedicado tanto tiempo y recursos a las empresas de Guinea y África. Su Rey está más determinado que nunca. Que Nuestro Señor provea y les inspire a considerar todo lo escrito aquí, recordándoles que lo que he mencionado es solo una pequeña parte de lo que podría escribir sobre príncipes que se ocuparon de saber, conquistar y mantener.

Todo lo anterior expresé, no porque crea que la voluntad de Vuestras Altezas sea otra que la de seguir adelante con esta empresa mientras vivan. Tengo firme la respuesta que en una ocasión me dieron, donde expresaron su determinación de continuar con esta empresa y sostenerla, incluso si solo se trataba de piedras y peñas. Vuestras Altezas me aseguraron que el gasto en esta empresa era insignificante comparado con otros gastos de mayor magnitud, y que consideraban bien gastado tanto lo pasado como lo que se gastaría en el futuro. Creían que nuestra fe sería fortalecida y su reino real se expandiría. Aseguraron que aquellos que maldecían esta empresa no eran amigos de su reino.

Mientras esperamos noticias de estas tierras recién descubiertas, en las cuales tengo la firme creencia de que se encuentra el Paraíso Terrenal, el Adelantado partirá con tres navíos bien equipados para explorar más allá. En tanto, enviaré a Vuestras Altezas este informe y la representación gráfica de la tierra, y esperaré sus instrucciones para proceder conforme a sus deseos. Que con la ayuda de la Santa Trinidad, se cumpla con diligencia para satisfacción de Vuestras Altezas. Deo gracias.

 

El cuarto viaje

Carta del Almirante a los Reyes Católicos

Serenísimos y muy altos y poderosos príncipes, Rey o Reina Nuestros Señores: Desde Cádiz llegué a Canarias en cuatro días y, de ahí, a las Indias en dieciséis días, durante los cuales escribía esta carta. Mi intención era acelerar mi viaje con navíos en buen estado, tripulación y provisiones, y mi destino era la isla de Jamaica. En la Dominica escribí estas líneas. Hasta ese momento, el tiempo me favoreció.

Al llegar a La Española, envié cartas y solicité, por favor, un navío a cambio de mis propios recursos, ya que uno de los que llevaba era innavegable y no respondía bien a las velas. Las cartas fueron llevadas, y sabrán si las recibieron y cuál fue la respuesta. Sorprendentemente, desde allí, se me ordenó que no pasara ni me acercara a la tierra. Esto desanimó a mi tripulación, temiendo que los llevara lejos y que, en caso de peligro, no pudieran ser socorridos allí, sino que enfrentarían una gran afrenta. También se dijo que el comendador debería proveer las tierras que yo ganara.

La tormenta fue terrible y desmembró mis navíos; cada uno llegó a la deriva, sin esperanzas, y la tripulación pensaba que los otros habían perecido. En aquel momento, la desesperación parecía afectar a todos, excepto a Job. ¿Quién podría nacer sin desesperarse en una situación así? ¿Cómo podría la tierra y los puertos que gané con tanto esfuerzo y sudor en España, por voluntad de Dios, proteger mi vida y la de mi hijo, hermano y amigos?

Me enfrenté a la tormenta, dejando a los navíos a merced de las olas y encontrándome solo. Por la gracia de Nuestro Señor, los navíos Sospechoso y el que yo tripulaba sobrevivieron. El Sospechoso llegó hasta la isla La Gallega, perdiendo la barca y gran parte de los suministros. El navío en el que viajaba, aunque afectado, se salvó milagrosamente sin sufrir daños significativos. Mi hermano estaba en el Sospechoso, y él fue, después de Dios, mi salvación.

Con la tormenta, llegué a Jamaica, donde cambié de mar alta a una calma con corrientes fuertes, llevándome al Jardín de la Reina sin avistar tierra. De allí, navegué hacia la tierra firme, pero me encontré con un viento y corriente desfavorables, enfrentándome a sesenta días de lucha. Finalmente, después de ochenta y ocho días, llegué al cabo de Gracias a Dios el 12 de septiembre. Durante todo este tiempo, no entré en puerto debido a la persistente tormenta, lluvia y relámpagos, pareciendo que estábamos en el fin del mundo.

En este periodo, la tripulación y yo enfrentamos innumerables dificultades: velas rotas, anclas perdidas, tripulación enferma y provisiones agotadas. La desesperación y el sufrimiento eran palpables, pero la fuerza de mi hijo, de tan solo trece años, fue un consuelo. A pesar de mis propios desafíos físicos y el dolor de ver a mi hijo tan joven en tal situación, su esfuerzo y ánimo alentaban a los demás.

Me duele también la situación de mi hermano, que estaba en el peor navío y en mayor peligro. Mi dolor se agrava al pensar en veinte años de servicio que he dedicado, y hoy día no tengo una teja en Castilla. Además, dejé a mi hijo, D. Diego, huérfano y desposeído de honor y hacienda en España. Aunque confiaba en que los justos y agradecidos príncipes lo restituirían y acrecentarían todo.

Llegué a la tierra de Cariay, donde detuve la expedición para reparar los navíos, abastecer a la tripulación y darles aliento, ya que muchos estaban enfermos. Me informaron acerca de las minas de oro en la provincia de Ciamba, que era mi objetivo. Dos indios me llevaron a Carambaru, donde la gente andaba desnuda y llevaba espejos de oro al cuello, aunque no querían venderlos ni intercambiarlos. Me mencionaron varios lugares a lo largo de la costa donde aseguraban que había oro y minas, siendo Veragua el último, a unas veinticinco leguas de distancia. Decidí explorar todos esos lugares.

Al llegar al medio del trayecto, me enteré de la existencia de minas a dos jornadas de distancia. Planeaba enviar exploradores al día siguiente, víspera de San Simón y Judas, pero una fuerte tormenta me obligó a cambiar de rumbo. Un indio, guía de las minas, permaneció a mi lado durante todo este tiempo.

En mis viajes, comprobé que todo lo que había oído acerca de esos lugares era cierto, lo cual me llevó a creer en la existencia de la provincia de Ciguare, a nueve jornadas de andadura hacia el Poniente según sus descripciones. Hablaban de infinito oro, adornos de coral, sillas, arcas y mesas decoradas con oro, así como mujeres que llevaban collares desde la cabeza hasta la espalda. La gente también mencionó la pimienta, y en Ciguare practican el comercio y ferias.

Hablaban de naves que traían bombardas, arcos y flechas, espadas y corazas, vestidos y caballos. Mencionaron el río de Cangues a diez jornadas de Ciguare, y la conexión entre estas tierras se comparó con la relación entre Tortosa y Fuenterrabía, o Pisa y Venecia.

Cuando llegué a esos lugares mencionados, observé que la gente compartía los mismos usos que en La Española, aunque los espejos de oro eran valorados y utilizados de manera diferente. La información que recolecté en estos viajes se basa en lo que escuché de la gente local. Además, confirmé estas noticias durante mi expedición en el año noventa y cuatro, navegando en veinticuatro grados al Poniente en un tiempo de nueve horas, durante el cual se produjeron eclipses.

Continué mi relato, mencionando que Tolomeo ubicaba Catigara a doce líneas lejos de su punto más occidental, mientras que Marino lo situaba en quince líneas. Hablé sobre las discrepancias entre las descripciones geográficas de Tolomeo y Marino en cuanto a la latitud de Etiopía y la extensión de las tierras más australes. También mencioné que, según la experiencia y observaciones propias, el mundo no es tan grande como se cree comúnmente.

Volví a retomar mi viaje, narrando los desafíos y peligros que enfrenté víspera de San Simón y Judas, cuando, a pesar de las adversidades climáticas y la tormenta, decidí continuar mi rumbo. Pasé por un puerto de Bastimentos, donde me detuve involuntariamente durante catorce días debido a la tormenta y fuerte corriente. Luego de partir nuevamente, me vi forzado a regresar al mismo puerto, conocido como El Retrete, debido a las condiciones climáticas extremas.

Durante quince días, el mal tiempo me mantuvo en ese lugar, y cuando pensé que había superado las dificultades, me encontré de nuevo con un comienzo difícil. Finalmente, después de decidir no regresar a las minas y explorar otras posibilidades, enfrenté nuevamente la furia de una tormenta que me tuvo perdido durante nueve días, con olas altas y cielos espantosos.

La narrativa describe la angustiosa situación en la que me encontraba, con la tripulación fatigada y los barcos gravemente dañados. La tormenta era tan intensa que parecía una caldera hirviendo, y el cielo emitía rayos y llamas, haciendo temer por la integridad de los mástiles y velas de los barcos. La lluvia persistente y el viento furioso sumieron a la tripulación en la desesperación, anhelando la muerte para escapar de los sufrimientos. Los navíos, debilitados por las tormentas anteriores, habían perdido barcas, anclas y cuerdas, y se encontraban en un estado vulnerable.

Después de rendir homenaje a nuestro Señor, regresé a Puerto Gordo para realizar las reparaciones necesarias. Intenté emprender nuevamente mi viaje hacia Veragua, a pesar de las condiciones desfavorables del viento y las corrientes. Aunque me acerqué casi al punto de partida, me encontré nuevamente con obstáculos debido al viento y las corrientes en contra. Ante la perspectiva de la oposición de Saturno y los mares agitados en la costa brava, decidí regresar al puerto, sin atreverme a desafiar las condiciones adversas, ya que Saturno a menudo trae tormentas o climas severos.

Este incidente ocurrió en el día de Navidad, durante las horas de misa. Tras enfrentar numerosas dificultades, regresé exhausto al punto de partida. Después del Año Nuevo, decidí intentarlo de nuevo, pero a pesar de que el clima era propicio para el viaje, mis barcos estaban en mal estado y la tripulación estaba muerta o enferma. El Día de la Epifanía, llegué a Veragua sin aliento, donde afortunadamente encontré un río y un puerto seguro, aunque la entrada tenía solo diez palmos de fondo. A pesar de las dificultades, me adentré con esfuerzo y, al día siguiente, la fortuna me sonrió, ya que el río, que había estado alto y fuerte, me permitió entrar, a pesar de los bancos de arena. Sin embargo, las lluvias continuaron hasta el 14 de febrero, impidiéndome desembarcar o solucionar cualquier problema.

A pesar de haber asegurado la situación el 24 de enero, el río repentinamente creció de manera violenta, rompiendo amarras y proas y llevándose los barcos. En ese momento, presencié el mayor peligro de todos. Sin embargo, como siempre, la providencia divina intervino y evitó un desastre mayor. El 6 de febrero, bajo la lluvia, envié a setenta hombres tierra adentro, quienes descubrieron numerosas minas a unas cinco leguas de distancia. Los indígenas los llevaron a un cerro alto desde donde mostraron la existencia de oro en todas direcciones, indicando que las minas se encontraban a veinte jornadas hacia el Poniente, mencionando pueblos y lugares específicos. Posteriormente supe que el Quibian, líder de estos indígenas, les había ordenado mostrar las minas lejos de su propio territorio y de su rival. Los indígenas que estaban con ellos confirmaron este hecho.

Mi hermano regresó con esa expedición, todos cargando oro que habían recolectado en tan solo cuatro horas. La calidad del oro era excepcional, ya que ninguno de estos hombres había visto antes minas ni poseía oro. La mayoría eran marineros y casi todos grumetes. Con suficientes provisiones y recursos para construir, establecí un pueblo y hice generosas donaciones al Quibian, el señor de la tierra. Sin embargo, sabía que la paz no duraría mucho, ya que sus habitantes eran rústicos y nuestra presencia resultaba inoportuna, provocando tensiones territoriales. Después de que el Quibian presenció nuestras actividades y el ajetreo constante, decidió quemar y matarnos a todos. Sin embargo, su plan fracasó, y él mismo fue capturado junto con sus mujeres e hijos. Aunque su prisión fue breve, el Quibian logró escapar refugiándose en un hombre honorable con una escolta, mientras que sus hijos buscaron protección con un capitán de navío.

En enero, cuando la desembocadura del río se cerró, regresé a Puerto Gordo para realizar las reparaciones necesarias con todo el empeño posible. Intenté nuevamente dirigirme hacia Veragua para continuar mi viaje, a pesar de no estar en las mejores condiciones. Sin embargo, los vientos y corrientes seguían siendo adversos. Aproximadamente alcancé el mismo punto de partida, solo para encontrarme una vez más con fuertes vientos y corrientes en mi contra. Opté por regresar al puerto, temiendo la oposición de Saturno en medio de mares agitados en la costa brava, sabiendo que a menudo traía tormentas o mal tiempo. Este contratiempo ocurrió en el día de Navidad, durante las horas de la misa. Después de mucha fatiga, regresé al punto de partida y, pasada la celebración del Año Nuevo, intenté nuevamente, a pesar de que los barcos ya estaban inoperables y la tripulación sufría de enfermedades y pérdidas humanas.

El Día de la Epifanía finalmente llegué a Veragua, agotado. Allí, Nuestro Señor me brindó un río y un puerto seguro, a pesar de tener solo diez palmos de fondo en la entrada. Con dificultad, ingresé, pero al día siguiente la fortuna cambió: el río, que había sido seguro, subió de manera repentina y violenta, rompiendo amarras y proeses, llevándose los barcos y poniéndolos en mayor peligro que nunca. Sin embargo, Nuestro Señor intervino, como siempre lo hizo.

El 6 de febrero, bajo la lluvia, envié a setenta hombres tierra adentro, quienes descubrieron numerosas minas a unas cinco leguas de distancia. Los indígenas los llevaron a un cerro alto, señalando vastas áreas llenas de oro hacia el Poniente, mencionando pueblos, lugares y la cantidad de oro disponible. Posteriormente, supe que el Quibian, quien había dirigido a estos indígenas, les ordenó mostrar las minas lejos de su propio territorio. Además, dentro de su pueblo, podían extraer una buena cantidad de oro en diez días, según lo indicado por los indígenas que llevé conmigo. Mi hermano regresó con la noticia de haber encontrado oro en solo cuatro horas.

A pesar de estos hallazgos, las tensiones entre los nativos y nuestra gente crecieron, y el Quibian planeó quemarnos y matarnos a todos. Sin embargo, su plan falló y fue capturado junto con su familia. A pesar de que su prisión fue breve, logramos mantener a salvo a sus hijos y a él mismo, quien buscó refugio con un hombre de confianza.

Me levanté cuando pude, y después de nueve días, la bonanza llegó, aunque no lo suficiente como para sacar los barcos del río. Reuní a la gente que estaba en tierra y a todo lo que pude recuperar, ya que ni los barcos ni la tripulación estaban en condiciones de permanecer o navegar. Decidí quedarme para mantener el asentamiento con todos, ante el temor de que nunca llegarían barcos para socorrerme. El miedo a la falta de ayuda y la certeza de que se proporcionaría todo cuando llegara el momento de enviar socorro me impulsaron a esta decisión.

Partí en nombre de la Santísima Trinidad la noche de Pascua, con barcos deteriorados, agujereados y abrumados. Dejé uno en Belén y otro en Belpuerto, con la esperanza de que al menos dos pudieran resistir el viaje de siete mil millas por mar. Respondan ahora aquellos que critican y reprenden, preguntándose por qué no tomé ciertas decisiones en otro momento. Me gustaría verlos en esta travesía; estoy seguro de que enfrentarían una situación completamente diferente: nuestra fe no vacila.

Llegué a la provincia de Mago el 13 de mayo, que limita con la de Catayo, y desde allí me dirigí hacia La Española. Navegué dos días con buen tiempo, pero luego los vientos se volvieron en contra. Para evitar las islas y sus bajos, enfrenté una mar agitada que me obligó a dar marcha atrás sin velas. Anclé en una isla donde perdí tres anclas de golpe. La media noche parecía un mundo envuelto en caos, pero las amarras resistieron. Después de seis días de bonanza, retomé mi ruta, ya con barcos y tripulación en un estado peor.

Avancé un poco más allá de mi punto anterior y regresé a una isla en busca de refugio seguro. Tras ocho días, retomé la ruta y llegué a Jamaica a finales de junio, con barcos en peores condiciones y la tripulación desanimada. Luchamos contra el agua que entraba en los barcos, incluso con tres bombas, tinas y calderas. Opté por acercarme lo máximo posible a La Española, a unas veintiocho leguas de distancia, y aunque no quería comenzar este tramo, me vi obligado. Otro barco fue en busca de puerto casi anegado, mientras yo enfrentaba la tormenta. Mi barco se anegó, pero milagrosamente Nuestro Señor nos llevó a tierra. La situación que describo aquí es increíble, y de cien cosas que he vivido, solo he relatado una. Quienes estuvieron conmigo pueden atestiguarlo. Si a Vuestras Altezas les complace socorrerme con un barco que supere las sesenta y cuatro toneladas, con doscientos quintales de bizcochos y otros suministros, será suficiente para llevarme a mí y a esta gente de La Española a España. Ya mencioné que en Jamaica no hay veintiocho leguas hasta La Española, aunque los barcos estén listos. Fui instruido por Vuestras Altezas de no llegar allí, y Dios sabe si esa orden ha tenido éxito. Envío esta carta a través de indígenas; será una gran maravilla si llega.

De mi expedición, puedo decir que éramos ciento cincuenta personas, incluyendo muchos expertos pilotos y marineros. Sin embargo, ninguno puede proporcionar una ruta precisa de mi viaje. La razón es clara: zarpé hacia el pueblo del Brasil, pero en La Española la tormenta me impidió tomar el camino deseado, obligándome a seguir la dirección del viento. En ese momento, caí gravemente enfermo. La tormenta se calmó después de unos días, convirtiéndose en una calma junto con fuertes corrientes. Atracamos en una isla llamada de las Bocas y luego en tierra firme. Nadie puede dar un relato preciso, ya que fue navegar con corrientes sin tierra a la vista durante varios días. Seguí la costa de la tierra firme, pero nadie puede decir exactamente bajo qué parte del cielo o cuándo partí de ella para llegar a La Española.

Los pilotos creían que estábamos llegando a la isla de Sanct-Joan, pero en realidad estábamos en tierra de Mango, cuatrocientas leguas al oeste de donde pensaban. ¿Dónde está el sitio exacto de Veragua? Nadie puede dar otra razón, excepto que estábamos en tierras donde se decía que había mucho oro, pero el camino de regreso era desconocido, necesitando ser descubierto como en la primera vez. Existe una razón astrológica y cierta, pero solo aquellos que la entienden pueden comprenderla. Se asemeja a una visión profética.

Las naos de las Indias, si no navegan a popa, no es por su construcción defectuosa ni por su falta de resistencia. Las grandes corrientes, combinadas con el viento, hacen que nadie pueda navegar en bolina, ya que en un día perderían lo ganado en siete. La gente se detiene en puerto esperando, a veces, seis u ocho meses. Esto no es sorprendente, ya que en España también ocurre a menudo.

Respecto a la gente mencionada por el Papa Pío, he encontrado a personas que coinciden con la descripción, pero no he hallado caballos, pretales y frenos de oro. Esto no es asombroso ya que las tierras de la costa no requieren más que pescadores y yo no me detuve allí, ya que estaba apresurado. En Cariay y sus alrededores, hay grandes hechiceros y personas temerosas. Deseaban que no me quedara allí ni una hora. Cuando llegué, me enviaron dos jóvenes ataviadas, la mayor de once años y la otra de siete, ambas tan desenvueltas como si fueran adultas. Llevaban polvos de hechizos ocultos. Las mandé a adornarse con nuestras cosas y las envié a tierra. Allí vi una sepultura en el monte, del tamaño de una casa, tallada con el cuerpo descubierto y mirando hacia adentro.

Me informaron sobre otras artes y criaturas más notables y diversas que las nuestras. Había animales de todos tamaños, algunos tan pequeños como insectos y otros enormes. Recibí como regalo dos cerdos y un perro de Irlanda que no se atrevía a enfrentarlos. Un cazador había herido a una criatura que se asemejaba a un gato montés, pero mucho más grande y con rostro humano. La tenía atravesada por una saeta desde el pecho hasta la cola, y debido a su ferocidad, tuvo que cortarle un brazo y una pierna. Cuando el cerdo la vio, se encrespó y huyó. Sorprendido por la escena, ordené que lo llevaran donde yacía, y cuando llegaron a él, con la saeta aún clavada en su cuerpo, le introdujo la cola por el hocico y se la ató firmemente. Con la única mano que le quedaba, le arrancó el copete como si fuera un enemigo. Este nuevo y hermoso acto de caza me llevó a escribir esto.

Encontramos muchas otras criaturas, pero todas murieron a causa de las barras. Observé gallinas enormes con plumas parecidas a la lana. También vi leones, ciervos, corzos y diversas aves. Durante mi travesía por esa región, algunos llegaron a creer que estábamos hechizados, creencia que aún persiste hoy en día. También me encontré con personas que practicaban canibalismo, evidenciado por la deformidad de sus gestos. Afirman que en la tierra adentro, hacia Catayo, hay grandes minas de cobre, con hachas y otras herramientas elaboradas, fundiciones y forjas completas. Estas personas usan ropa y en una provincia observé sábanas grandes de algodón, labradas con delicados detalles y otras pintadas con colores vivos con pinceles. Se dice que en la tierra más profunda hacia Catayo, hay sábanas tejidas de oro. De todas estas tierras y sus riquezas, falta de lengua para describirlo no es más que un obstáculo momentáneo.

Aunque los pueblos son densos, cada uno tiene su propio idioma, y la comunicación entre ellos es tan difícil como entre nosotros y los habitantes de Arabia. Sin embargo, creo que esto se aplica principalmente a las comunidades salvajes de la costa, y no tanto a las tierras interiores. Cuando descubrí las Indias, afirmé que era la región más rica del mundo, con oro, perlas, piedras preciosas, especias y lucrativos intercambios. Aunque no se materializó tan rápidamente como esperaba, mi error fue castigado y ahora solo relato lo que escucho de los nativos de la tierra. Puedo afirmar, basándome en tantos testigos, que en Veragua, en dos días, vi más indicios de oro que en cuatro años en la Española. Las tierras son hermosas y bien cultivadas, la gente es valiente, con un puerto, un río hermoso y una ubicación defendible. Todo esto proporciona seguridad para los cristianos, garantizando un señorío con una gran esperanza de honor y crecimiento para la religión cristiana. El camino hacia allí será tan desafiante como el de La Española, ya que depende de los vientos.

Vuestras Altezas tienen el mismo dominio sobre estas tierras como sobre Jerez o Toledo; sus barcos que van allí son extensiones de su hogar. Extraerán oro de esas tierras, ya que, de lo contrario, se irán vacíos; en la tierra, tendrán que confiar en la colaboración de los nativos. De lo que dejé de decir, ya expliqué por qué me retiré; no afirmo con certeza todo lo que he dicho o escrito en el pasado y me someto a la verdad. Genoveses, venecianos y todas las personas que poseen perlas, piedras preciosas y otros objetos valiosos, los llevan hasta los confines del mundo para intercambiarlos y convertirlos en oro, el cual es sumamente valioso. Con el oro se acumula tesoro y aquel que lo posee puede hacer lo que desee en el mundo, incluso asegurarse un lugar en el paraíso. Según dicen, los señores de las tierras cercanas a Veragua entierran el oro junto a sus cuerpos cuando fallecen.

Salomón recibió seiscientos sesenta y seis quintales de oro, además de lo que los mercaderes marineros llevaron y lo que se pagó en Arabia. Con este oro, fabricó lanzas, escudos y un tablado ornamentado con piedras preciosas. Josefo lo registra en su crónica de Antiquitatibus, y los Libros de los Reyes y Paralipomenon también lo mencionan. Josefo sugiere que este oro proviene de la región de la Aurea. Si es así, afirmo que estas minas de la Aurea son similares y concuerdan con las de Veragua, que, como mencioné anteriormente, se extiende veinte jornadas al Poniente y está a una distancia del polo y la línea. Salomón compró todo eso, y ahora pueden ir a recogerlo si lo desean. David, en su testamento, dejó tres mil quintales de oro de las Indias a Salomón para ayudar en la construcción del templo, y según Josefo, proviene de estas mismas tierras. Jerusalén y el monte Sión deben ser reconstruidos por manos cristianas, como Dios lo indica en el décimo cuarto salmo a través de la boca del Profeta. El abad Joaquín afirmó que esta figura surgiría de España, y San Jerónimo señaló el camino a la santa mujer. El Emperador de Catayo ha enviado sabios para aprender la fe de Cristo. ¿Quién se ofrecerá para esta tarea? Si el Señor me lleva de vuelta a España, me comprometo a llevar a cabo esta misión, con el nombre de Dios.

La gente que vino conmigo ha enfrentado innumerables peligros y dificultades. Ruego a Vuestras Altezas, debido a su situación económica, que les pague de inmediato y les otorgue honores según su categoría. Les aseguro que traen las mejores noticias que jamás hayan llegado a España. En cuanto al oro que posee el Quibian de Veragua y los demás de la región, aunque según la información es considerable, no me pareció apropiado ni en servicio de Vuestras Altezas tomarlo por medio de un robo. Un buen manejo evitará escándalos y malos rumores, y asegurará que todo llegue al tesoro, sin que se pierda ni un gramo. Con un mes de buen tiempo, habría completado mi viaje; la falta de barcos no me permitió esperar para regresar, pero para todo lo relacionado con su servicio, confío en Aquel que me creó y me mantendré bien. Creo que Vuestras Altezas recordarán que quería construir nuevos barcos; la brevedad del tiempo no lo permitió y, ciertamente, me equivoqué en lo que se necesitaba.

Tengo en más esta negociación y estas minas con este señorío, que todo lo demás que se ha hecho en las Indias. No es este hijo para dar a criar a madrastra. De La Española, de Paria y de las otras tierras, no puedo olvidarlas sin llorar. Creía que su ejemplo habría de ser seguido por estas otras tierras, pero ellas están sumidas en dificultades, aunque no mueren. La enfermedad es incurable o muy larga; aquellos que las llevaron a este estado deberían ahora aportar soluciones, si pueden o saben hacerlo. Al descomponerse, cada uno se convierte en maestro. Las gracias y el crecimiento siempre fueron otorgados a aquellos que pusieron su cuerpo en peligro. No es justo que aquellos que fueron tan contrarios a esta empresa gocen de sus beneficios, ni sus hijos. Aquellos que huyeron de las Indias, evitando los problemas y hablando mal de ellas y de mí, regresaron con acusaciones. Esto es lo que está ocurriendo ahora en Veragua: un mal ejemplo y sin beneficio para el negocio, ni para la justicia del mundo. Este temor, junto con otros problemas que veía claramente, me hizo suplicar a Vuestras Altezas, antes de emprender el viaje para descubrir estas islas y tierras firmes, que me permitieran gobernarlas en su nombre. Vuestras Altezas aceptaron mi petición mediante un privilegio y acuerdo, sellado y jurado, nombrándome Visorrey, Almirante y Gobernador General de todo, con límites desde las islas de los Azores cien leguas hacia el oeste, y aquellas de Cabo Verde por la línea que pasa de polo a polo, y más allá de lo descubierto hasta ese momento, con un poder extenso. La escritura explica esto más detalladamente.

El otro negocio famosísimo está llamando con los brazos abiertos: hasta ahora ha sido extranjero. Estuve siete años en la Real Corte, y cuando se hablaba de esta empresa, todos, sin excepción, decían que era una burla. Ahora, hasta los sastres suplican por descubrir. Es de creer que van a saquear y se les otorgan permisos que cobran con gran perjuicio para mi honra y mucho daño para el negocio. Es bueno dar a Dios lo suyo y aceptar lo que le pertenece. Esta es una sentencia justa y de justicia. Las tierras que obedecen a Vuestras Altezas son más ricas que todas las demás tierras cristianas. Después de que, por voluntad divina, las puse bajo su alto señorío y con la perspectiva de obtener una gran renta, fui sorprendido por la prisión. Fui arrojado a un navío con mis dos hermanos, cargados de cadenas, desnudo, con maltrato, sin ser llamado ni vencido por la justicia. ¿Quién creería que un pobre extranjero se alzaría en tal lugar contra Vuestras Altezas, sin causa y sin respaldo de otro príncipe, estando solo entre sus súbditos y naturales, y teniendo a todos mis hijos en la Real Corte? Llegué a servir hace veintiocho años y ahora no tengo cabello que no sea cano y el cuerpo enfermo, agotado por lo que me queda de aquellos años. Me fue quitado y vendido junto con mis hermanos, hasta la ropa, sin ser oído ni visto, con gran deshonra para mí. Es de creer que esto no se hizo por mandato real. La restitución de mi honor y daños, y el castigo para aquellos que lo hicieron, harán resonar la real nobleza y otro tanto para aquellos que me robaron las perlas y causaron daño en ese almirantazgo. Será una virtud grandísima, fama con ejemplo si lo hacen, y España quedará con una gloriosa memoria, junto con la de Vuestras Altezas, como príncipes agradecidos y justos. La intención siempre sana que tuve para el servicio de Vuestras Altezas y el trato tan desigual no da lugar a que el alma permanezca callada, aunque yo quisiera. Suplico a Vuestras Altezas que me perdonen.

Estoy tan perdido como mencioné anteriormente. He llorado hasta ahora a otros, pidiendo misericordia tanto al cielo como a la tierra. En medio de la tormenta, no tengo más que una blanca para ofrecer; espiritualmente, me encuentro aquí en las Indias, como se ha mencionado. Me encuentro aislado en esta angustia, enfermo, esperando cada día la llegada de la muerte, rodeado por una comunidad salvaje, cruel y hostil. Estoy tan alejado de los Santos Sacramentos de la Santa Iglesia que temo que mi alma será olvidada si se separa de mi cuerpo aquí.

Quien tenga caridad, verdad y justicia, que llore por mí. No emprendí este viaje con la intención de buscar honra o riquezas, eso es un hecho, ya que mis esperanzas en ese sentido han muerto. Vine a Vuestras Altezas con una intención sincera y un celo loable, y no miento al decirlo. Humildemente suplico a Vuestras Altezas que, si Dios permite que me liberen de este lugar, consideren favorablemente mi deseo de ir a Roma y realizar otras peregrinaciones. Que la vida y el alto estado de Vuestras Altezas sean guardados y acrecentados por la Santa Trinidad. Esta carta está fechada en las Indias, en la isla de Jamaica, el 7 de julio de 1503.

En el nombre de la Santísima Trinidad, al recordar cómo concebí la posibilidad de navegar hacia las Indias desde España, atravesando el Océano al Oeste, lo comuniqué a los Reyes Católicos, D. Fernando y la Reina Doña Isabel. A ellos les complació proporcionarme los medios necesarios: tripulación, embarcaciones y nombrarme Almirante del Océano más allá de una línea imaginaria trazada sobre las islas de Cabo Verde y Azores, cien leguas de polo a polo. Desde entonces, sería Almirante hacia el Poniente y, en las tierras y islas que descubriera, sería nombrado Visorrey y Gobernador, con la sucesión de estos cargos para mi hijo mayor y así sucesivamente. Además, me asignaron el diezmo de todo lo encontrado en el almirantazgo, así como la octava parte de las tierras y otros derechos relacionados, según lo establecido en mi privilegio y capitulación con Sus Altezas.

En el año noventa y dos, gracias al Todopoderoso, descubrí la tierra firme de las Indias y numerosas islas, incluyendo La Española (llamada Ayte por los indios y Cipango por los monicongos). Después de regresar a Castilla, fui recibido de nuevo por Sus Altezas y emprendí nuevas expediciones para poblar y descubrir. Obtuvimos victorias que nos permitieron conquistar y someter a tributación a la población de La Española, extendiéndonos por seiscientas leguas. Descubrí muchas islas habitadas por caníbales y otras setecientas hacia el Poniente de la Española, incluyendo Jamaica, que llamamos de Santiago. También exploré trescientas treinta y tres leguas de tierra firme desde el Sur hasta el Oeste, y más allá de ciento y siete leguas al Norte, que ya había explorado en el primer viaje con varias islas, como se detalla en mis escritos y cartas náuticas.

Dado que confiamos en obtener grandes ingresos en las islas y tierra firme mencionadas, de los cuales me corresponde el diezmo, la octava parte y otros derechos, y considerando la mortalidad de los seres humanos, es prudente que cada uno disponga y declare lo que ha de heredar. Por esta razón, he decidido establecer un mayorazgo con la octava parte de tierras, oficios y rentas, como se detallará a continuación.

En primer lugar, establezco que mi hijo, D. Diego, sea el heredero de este mayorazgo. En el caso de que Nuestro Señor disponga de él antes de tener hijos, entonces le sucederá mi hijo D. Fernando. En la eventualidad de que ambos fallezcan sin descendencia, o en el caso de que yo tenga otro hijo, el sucesor será D. Bartolomé, mi hermano, y después su hijo mayor. Si Nuestro Señor dispone sin dejar heredero, entonces sucederá D. Diego, mi hermano, ya sea que esté casado o en posibilidad de casarse, y le seguirá su hijo mayor. Este orden de sucesión se perpetuará de generación en generación para siempre, comenzando con D. Diego, mi hijo, y pasando a sus descendientes, y así sucesivamente a D. Fernando y D. Bartolomé, si llega a haber descendencia de ellos, y a D. Diego, mis hermanos.

Si, por la gracia de Nuestro Señor, este mayorazgo llegara a pasar mucho tiempo en manos de uno de estos sucesores, y finalmente no tuviera herederos legítimos hombres, entonces dicho mayorazgo prescribirá. En este caso, lo heredará el pariente más cercano de la persona que lo poseía cuando prescribió, siempre y cuando sea un hombre legítimo que haya llevado el nombre de Colón, al igual que sus antecesores.

Queda estrictamente prohibido que ninguna mujer herede este mayorazgo, a menos que no se encuentre ningún hombre legítimo de mi linaje en cualquier parte del mundo que haya llevado el nombre de Colón. Si esta circunstancia llegase a ocurrir (lo cual Dios no quiera), entonces la mujer más cercana en parentesco y sangre legítima a la persona que heredó el mayorazgo será la beneficiaria, pero bajo ciertas condiciones que se especificarán a continuación. Estas condiciones deben ser cumplidas por D. Diego, mis hijos, y todos los demás sucesores mencionados. Si no cumplen con estas condiciones, perderán el derecho al mayorazgo, y el pariente más cercano en relación a la persona en cuyo poder prescribió lo heredará, siempre y cuando cumpla con las condiciones establecidas. Estas condiciones deberán mantenerse en perpetuidad, de acuerdo con la forma descrita anteriormente.

Quisiera dejar claramente establecido que la penalización mencionada en mi testamento no se aplica a asuntos menores que puedan surgir por disputas, sino más bien a cuestiones significativas que afecten la honra de Dios, la mía y la de mi linaje. Es fundamental que mis disposiciones sean cumplidas íntegramente, y confío en que la justicia se encargue de ello. Pido al actual Santo Padre y a sus sucesores en la Santa Iglesia, ahora o en el futuro cuando sea necesario para la ejecución de este compromiso y testamento, que lo manden bajo pena de excomunión papal, asegurando que no se desvirtúe en modo alguno.

Asimismo, ruego a Sus Majestades, el Rey y la Reina, así como al príncipe D. Juan, primogénito de Nuestro Señor, y a sus sucesores, por los servicios que les he prestado y por la justicia, que no permitan que se altere este compromiso de mayorazgo y testamento. Que se mantenga tal como lo he ordenado, como un servicio a Dios Todopoderoso y como el fundamento de mi linaje y el recordatorio de los servicios que he brindado a Sus Majestades. Nací en Génova y vine a servir a Castilla, descubriendo las Indias y las islas mencionadas al Poniente de la tierra firme.

Les suplico a Sus Majestades que, sin recurrir a pleitos ni demoras, ordenen de inmediato que este privilegio y testamento se valore y cumpla rigurosamente, de acuerdo con su contenido. Hago esta súplica también a los nobles de los reinos de Sus Altezas, a los miembros de su Consejo y a todos aquellos que tengan responsabilidades de justicia o gobierno. Les ruego que no permitan que esta disposición y testamento carezcan de vigor y validez, sino que se cumplan como está ordenado por mí, dado mi título y los servicios prestados a mi Rey, Reina y reino. Que todo lo que ordene y legue en mi testamento, compromiso, mayorazgo y heredad se mantenga sin alteraciones.

En primer lugar, exijo que D. Diego, mi hijo, y todos mis descendientes, así como mis hermanos D. Bartolomé y D. Diego, porten mis armas, que dejaré después de mi fallecimiento, sin agregar ningún otro elemento. Dichas armas deberán ser selladas con su sello correspondiente. Además, D. Diego, mi hijo, o cualquier otro heredero de este mayorazgo, después de haberlo recibido y estado en posesión, deberá firmar con mi firma característica, una "X" con una "S" encima y una "M" con una "A" romana también con una "S" encima, con las líneas y virgulillas como lo hago actualmente y como se evidenciará por mis firmas, muchas de las cuales llevan encima una "S" y luego una "Y" griega.

En cuanto a la firma, solamente el Almirante, título que me otorgó el Rey o que pueda ganar en el futuro, será escrito. Esto se refiere únicamente a la firma, no a la redacción, ya que podrá escribir todos sus títulos según le parezca. En la firma, solo figurará el título de Almirante.

Habrá dicho D. Diego o cualquier otro heredero de este mayorazgo mis funciones como Almirante del mar Océano, que abarca la parte del Poniente más allá de la línea imaginaria trazada por su Alteza a cien leguas sobre las islas de los Azores y otras cien sobre las de Cabo Verde. Esta zona, que se extiende de polo a polo, más allá de la cual se me nombró Almirante en el mar, con todas las prerrogativas del Almirante don Henrique en el Almirantazgo de Castilla, así como Visorrey y Gobernador perpetuo para siempre jamás en todas las islas y tierras descubiertas y por descubrir, tanto para mí como para mis herederos, según lo detallado en mis privilegios y capítulos.

Además, el mencionado D. Diego o cualquier otro heredero de este mayorazgo, distribuirá la renta que Nuestro Señor le otorgue de la siguiente manera, como única penalización:

Primero, destinará cada año la cuarta parte de la renta actual y futura de este mayorazgo a D. Bartolomé Colón, mi hermano, Adelantado de las Indias, hasta que alcance un millón de maravedís para su sustento y por el trabajo que ha tenido y tendrá al servicio de este mayorazgo. Este monto se pagará anualmente, siempre y cuando la cuarta parte de la renta sea suficiente. En el caso de que D. Bartolomé tenga alguna otra fuente de ingresos, ya sea de bienes o de oficios perpetuos, se descontará la cantidad correspondiente de la cuarta parte mencionada. Cualquier dote o monto relacionado con su matrimonio no se considerará para este descuento, sino solo los ingresos obtenidos más allá de dicho matrimonio.

Una vez que, por la gracia de Dios, D. Bartolomé o sus herederos alcancen un millón de maravedís de renta por bienes y oficios, si así lo desean arrendar, no recibirán más que la cuarta parte de la mencionada renta, quedando el resto para D. Diego o quien herede este mayorazgo.

Asimismo, de la mencionada renta del mayorazgo o de otra cuarta parte de ella, se destinará a D. Fernando, mi hijo, un cuento cada año, siempre que dicha cuarta parte alcance tal cantidad, hasta que él acumule dos cuentos de renta, siguiendo el mismo procedimiento establecido para D. Bartolomé, mi hermano, y sus respectivos herederos, quienes ya han obtenido o recibirán un cuento o la parte restante para alcanzarlo.

D. Diego y D. Bartolomé deberán asegurar que de la renta del mayorazgo se destine a D. Diego, mi hermano, lo necesario para su sostenimiento de manera digna, considerando su condición de hermano y su elección de servir a la Iglesia. Este monto deberá ser otorgado antes de asignar cualquier cantidad a D. Fernando, mi hijo, o a D. Bartolomé, mi hermano, o a sus herederos, y deberá ajustarse de acuerdo con la cantidad total de la renta del mayorazgo. En caso de discordia en este asunto, se recurrirá a dos parientes nuestros u otras personas imparciales que decidan equitativamente, asignando una parte a cada parte en conflicto. Si no logran ponerse de acuerdo, los dos compromisos seleccionarán a una tercera persona de bien que no sea sospechosa para ninguna de las partes.

Toda esta renta destinada a D. Bartolomé, D. Fernando y D. Diego, mi hermano, estará condicionada a su lealtad y fidelidad hacia D. Diego, mi hijo, o aquel que lo herede, tanto ellos como sus herederos. Si se descubre que actúan en contra de él en asuntos que afecten su honor, el crecimiento de mi linaje, el mayorazgo o cualquier otro motivo que cause escándalo y desprestigio a mi linaje, se les retirará todo beneficio desde entonces.

Además, en el inicio de la creación de este mayorazgo, tenía la intención de destinar la décima parte de la renta para distribuir en forma de diezmo a personas necesitadas como conmemoración al Eterno Dios Todopoderoso. Para asegurar la continuidad de esta intención, se mantendrá la obligación de pagar dicho diezmo de la renta del mayorazgo de la manera establecida.

En primer lugar, de la cuarta parte de la renta de este mayorazgo, la cual he dispuesto que se entregue a D. Bartolomé hasta alcanzar un cuento de renta, se debe entender que en dicho cuento ya está incluido el diezmo de toda la renta del mayorazgo. Conforme aumente la renta de D. Bartolomé, y se deba descontar algo o todo de la cuarta parte del mayorazgo, se calculará y contabilizará toda la renta mencionada para determinar el monto correspondiente al diezmo. La parte que no pueda ser incluida o sobre de la que D. Bartolomé tenga que prescindir para completar su cuento, será destinada a los parientes de mi linaje más necesitados, que tengan menos de cincuenta mil maravedís de renta. En caso de que el beneficiario tenga menos de cincuenta mil maravedís, pero alcance dicha cantidad, la parte restante será asignada según el criterio de las dos personas que fueron seleccionadas junto con D. Diego o quien herede el mayorazgo. En otras palabras, el cuento que he ordenado otorgar a D. Bartolomé comprende dicha parte del diezmo del mayorazgo.

Quiero que toda la renta del mayorazgo se distribuya entre los parientes más cercanos al mismo que se encuentren en mayor necesidad. Una vez que D. Bartolomé alcance su cuento de renta y no deba nada de la cuarta parte mencionada, D. Diego, mi hijo, o la persona que posea el mayorazgo en ese momento, revisará la cuenta junto con las otras dos personas mencionadas. El diezmo de esta renta continuará destinándose a las personas de mi linaje que más necesiten, ya sea aquí o en cualquier parte del mundo a la que se les busque diligentemente. Esta práctica continuará siendo aplicada desde la cuarta parte, de la cual D. Bartolomé recibirá su cuento, y dicho cuento se otorgará como descuento del diezmo, de acuerdo con un cálculo razonable. Si el diezmo mencionado resulta ser mayor, la diferencia también se restará de la cuarta parte y se entregará a los más necesitados, como ya se explicó. Si no es suficiente, D. Bartolomé lo recibirá hasta que se ajuste naturalmente, dejando el mencionado cuento en parte o en su totalidad.

Ítem: que el dicho D. Diego, mi hijo, o la persona que heredare tomen dos personas de mi linaje, los más llegados y de mayor autoridad, los cuales verán la dicha renta y la cuenta de ella con diligencia y harán pagar el dicho diezmo de la dicha cuarta parte de que se da dicho cuento a D. Bartolomé, a los más necesitados de mi linaje que estuvieren aquí o en cualquier otra parte; y pesquisarán de los haber con mucha diligencia y sobre cargo de sus ánimas. Y porque podría ser que el dicho D. Diego o la persona que heredase no querrán por algún respeto que revelaría al bien suyo e honra e sostenimiento del dicho mayorazgo que no se supiese enteramente la renta de ello, yo le mando a él que todavía le dé la dicha renta sobre el cargo de su ánima, y a ellos les mando sobre cargo de sus conciencias y de sus ánimas, que no lo denuncien ni publiquen, salvo cuanto fuere la voluntad del dicho D. Diego o de la persona que heredare; solamente procure que el dicho diezmo sea pagado en la forma que arriba dije.

Ítem: porque no haya diferencias en el elegir de estos dos parientes más llegados que han de estar con D. Diego, con la persona que heredare, digo que luego yo elijo a D. Bartolomé, mi hermano, por la una, y a D. Fernando, mi hijo, por la otra, y ellos, luego que comenzaren a entrar en esto, sean obligados de nombrar otras dos personas, y sean los más llegados a mi linaje y de mayor confianza, y ellos elegirán otros dos al tiempo que hubieren de comenzar a entender en este fecho. Y así irá de unos en otros con mucha diligencia, así en esto como en todo lo otro de gobierno e bien e honra y servicio de Dios y del dicho mayorazgo para siempre jamás.

Ítem: mando al dicho D. Diego, mi hijo, o a la persona que heredare el dicho mayorazgo, que tenga y sostenga siempre en la ciudad de Génova una persona de nuestro linaje que tenga allí casa e mujer, e le ordene renta con que pueda vivir honestamente, como persona tan llegada a nuestro linaje y haga pie y raíz en la dicha ciudad como natural de ella, porque podrá haber de la dicha ciudad ayuda e favor de las cosas del menester suyo, pues que de ella salí y en ella nací.

Ítem: Es necesario que el actual poseedor del mayorazgo, ya sea el mencionado D. Diego o sus herederos, remita, mediante transacciones o cualquier otro medio disponible, todo el excedente económico generado por el mismo. Este dinero deberá ser utilizado para adquirir compras a nombre de él y de sus sucesores en un tipo de inversión conocido como logos, pertenecientes al oficio de San Jorge. Estas compras actualmente generan un rendimiento del seis por ciento, siendo una opción segura y rentable. La razón para esta instrucción se explicará a continuación.

Ítem: Es fundamental para una persona de estatus y con ingresos disponer de los medios necesarios para administrar su patrimonio de manera efectiva. San Jorge es un lugar donde cualquier suma de dinero puede ser resguardada de manera segura, mientras que Génova, como ciudad noble, no es excesivamente poderosa en el ámbito marítimo. En mi época de decidir embarcarme en la expedición para descubrir las Indias, lo hice con la intención de abogar ante los Reyes por destinar parte de los ingresos provenientes de las Indias a la conquista de Jerusalén. Aunque presenté esta petición, queda a discreción del actual poseedor del mayorazgo o sus herederos la decisión de acumular fondos para contribuir a la causa, ya sea uniéndose al Rey en la conquista de Jerusalén o utilizando sus recursos para apoyarla de otras maneras.

Ítem: Legado a D. Diego, mi hijo, y a todos mis descendientes, especialmente a quien herede este mayorazgo, compuesto por el diezmo de los hallazgos en las Indias y la octava parte de las tierras y rentas, junto con mis derechos como Almirante, Visorrey y Gobernador, que superan el veinticinco por ciento. Ordeno que todos los ingresos generados por esto, así como las personas y los recursos disponibles, sean comprometidos para apoyar y servir fielmente a Sus Altezas o a sus herederos. Esta obligación se mantiene hasta la pérdida de vidas y bienes en el servicio de Sus Altezas. Agradezco a Sus Altezas por otorgarme el inicio para obtener este mayorazgo después de Dios Nuestro Señor, aunque inicialmente tuve dificultades para obtener su respaldo. Sin embargo, a lo largo del tiempo, han concedido numerosas mercedes y han fortalecido mi posición.

Ítem: Ordeno al mencionado D. Diego o al futuro poseedor del mayorazgo que, en caso de que surja algún cisma en la Iglesia de Dios debido a nuestros pecados, o si alguna persona, de cualquier grado o estado, intenta despojarlo de su honor o bienes por tiranía, se someta, bajo la pena mencionada, a la autoridad del Santo Padre. A menos que la persona sea hereje (lo cual Dios no permita), deberá comprometerse a servir con todas sus fuerzas, recursos y hacienda para evitar el cisma y proteger la honorabilidad y bienes de la Iglesia.

Ítem: Ordeno al mencionado D. Diego o al futuro poseedor del mayorazgo que siempre trabaje en pro de la honra, bienestar y crecimiento de la ciudad de Génova. Deberá emplear todos sus esfuerzos y recursos para defender y aumentar el bienestar y honor de la república, siempre respetando el servicio a la Iglesia de Dios y el alto estatus del Rey o la Reina Nuestros Señores y sus sucesores.

Ítem: La cuarta parte del diezmo de toda la renta, mencionada anteriormente, que se destine a nuestros parientes, deberá ser distribuida y gastada por el mencionado D. Diego o la persona que herede el mayorazgo. Esto se realizará para casar a las mujeres de nuestro linaje que lo necesiten y para brindarles todo el apoyo posible.

Ítem: Cuando esté en posición de hacerlo, el mencionado D. Diego o el futuro poseedor del mayorazgo deberá ordenar la construcción de una iglesia, titulada Santa María de la Concepción, en la isla La Española, junto con un hospital bien organizado. Asimismo, se deberá establecer una capilla para la celebración de misas en memoria de mi alma, de nuestros antecesores y sucesores. Esto se llevará a cabo con la esperanza de que la renta del mayorazgo sea lo suficientemente abundante como para cumplir con todas estas disposiciones.

Ítem: Ordeno al mencionado D. Diego, mi hijo, o al futuro poseedor del mayorazgo, que se esfuerce por mantener cuatro buenos maestros en teología en la isla La Española. Su tarea será trabajar y organizar esfuerzos para convertir a la fe cristiana a los habitantes de las Indias. Cuando la renta del mayorazgo permita, se deberá incrementar el número de maestros y personas devotas. Se insta a trabajar incansablemente para convertir a estas poblaciones al cristianismo, y no escatimar gastos en este propósito. En conmemoración de estas instrucciones, se deberá colocar un monumento de mármol en la iglesia de la Concepción con un letrero que refleje estas disposiciones.

Ítem: Ordeno a D. Diego, mi hijo, y al futuro poseedor del mayorazgo, que cada vez que se confiese, presente este compromiso o su traslado a su confesor antes de iniciar el sacramento. Le solicitará que lea el documento completo para que pueda ser examinado en cuanto al cumplimiento de estas disposiciones. Esta práctica será causa de bien y descanso para su alma. Fecha: jueves, 22 de febrero de 1498.

El Almirante.

En la noble villa de Valladolid, a 19 días del mes de mayo del año 1506, yo, Pedro de Hinojedo, Escribano de Cámara de Sus Altezas, Escribano de provincia en la Corte y Chancillería, y Notario Público en todos los Reinos y Señoríos, en presencia de los testigos debidamente registrados, recibo la declaración del Sr. Don Cristóbal Colón, Almirante, Visorrey y Gobernador General de las islas y tierra firme de las Indias descubiertas y por descubrir, quien, estando enfermo, expresa su voluntad de rectificar y ratificar su testamento previamente otorgado ante un escribano público.

El Sr. Colón, en su debilidad física, afirma la aprobación y ratificación de su testamento existente, y en caso necesario, lo otorga de nuevo. Además, añade un documento escrito de su puño y letra que presenta al escribano, confirmando que está firmado por él mismo. Declara que otorga y ratifica todo lo contenido en dicho escrito, según la vía y forma especificadas en el documento, considerándolo su última y postrimera voluntad.

Para ejecutar su testamento y cumplir con todas las disposiciones, el Sr. Colón nombra como testamentarios y cumplidores de su voluntad al Sr. Don Diego Colón, su hijo, a D. Bartolomé Colón, su hermano, y a Juan de Porras, Tesorero de Vizcaya. Les confiere el poder necesario para llevar a cabo todas las disposiciones del testamento y el escrito mencionado.

En presencia de los testigos, el Bachiller Andrés Miruena y Gaspar de la Misericordia, vecinos de Valladolid, y Bartolomé de Fresco, Álvaro Pérez, Juan De Espinosa, Andrea, Hernando de Vargas, Francisco Manuel y Fernán Martínez, criados del Sr. Almirante, quienes fueron llamados y solicitados para presenciar y confirmar este acto.

La transcripción del escrito redactado por el Sr. Colón es la siguiente:

Cuando partí de España en el año 1502, establecí una ordenanza y mayorazgo de mis bienes, considerando lo que era necesario para mi alma, el servicio de Dios eterno, mi honor y el de mis sucesores. Dejé esta escritura en el monasterio de las Cuevas de Sevilla a Frey D. Gaspar, junto con otras de mis escrituras, privilegios y cartas reales de los Reyes. Por medio de este documento, apruebo y confirmo esa ordenanza, escribiendo estas líneas para mayor claridad y explicación de mi intención. Ordeno que se cumpla según lo aquí declarado, y cualquier disposición realizada por esta escritura deberá prevalecer sobre la anterior para evitar duplicidades.

Yo designé a mi amado hijo Don Diego como heredero de todos mis bienes y oficios, establecidos en el mayorazgo de juro y heredad. En caso de no tener un hijo varón heredero, he dispuesto que herede mi hijo D. Fernando, siguiendo la misma disposición. En ausencia de un hijo varón heredero, la sucesión pasaría a D. Bartolomé, mi hermano, y así sucesivamente, considerando siempre al pariente más cercano en mi línea. Este principio de sucesión debe mantenerse perpetuamente. No se permitirá la herencia por parte de mujeres, a menos que no haya un hombre disponible, en cuyo caso heredará la mujer más cercana a mi línea.

Ordeno a mi hijo D. Diego, o a quien herede, que no considere ni piense en disminuir el mayorazgo, sino que debe esforzarse por aumentarlo y preservarlo. Es importante destacar que los ingresos generados deben servir tanto con su persona como con su estatus para el beneficio del Rey y la Reina Nuestros Señores, así como para el crecimiento de la religión cristiana.

Cuando serví a los Reyes con el descubrimiento de las Indias, ellos no invirtieron ni quisieron invertir en ello, excepto un cuento de maravedís. Tuve que financiar el resto. Según mis privilegios y cartas de merced, obtuve el tercio y el ochavo de todo, más el diezmo, de las islas y tierras al oeste de una línea que se trazó sobre las islas de los Azores y las del Cabo Verde, a una distancia de cien leguas, que abarca desde el polo hasta el polo. Sin embargo, hasta ahora no ha habido ingresos de las Indias que pueda distribuir como mencionaré a continuación, y se espera que, por la misericordia de Nuestro Señor, habrá ingresos significativos en el futuro. Mi intención es que D. Fernando, mi hijo, reciba un cuento y medio cada año, D. Bartolomé, mi hermano, ciento cincuenta mil maravedís, y D. Diego, mi hermano de la Iglesia, cien mil maravedís. No puedo especificar esto con certeza, ya que hasta ahora no hay ingresos conocidos, como he mencionado.

Reitero, para una mayor claridad de lo expresado anteriormente, mi deseo de que mi hijo D. Diego herede el mencionado mayorazgo con todos mis bienes y oficios, en la forma previamente detallada y de acuerdo con mi voluntad. En relación con los ingresos generados por esta herencia, establezco que él deberá dividirlos en diez partes cada año. Una de estas partes será destinada a nuestros parientes, especialmente aquellos que más lo necesiten, así como a personas necesitadas y otras obras piadosas.

Luego, de las nueve partes restantes, D. Diego distribuirá dos partes en treinta y cinco partes. De estas, D. Fernando, mi hijo, recibirá veintisiete partes, D. Bartolomé obtendrá cinco partes, y D. Diego, mi hermano, tres partes. Aunque mi deseo inicial era que D. Fernando recibiera un cuento y medio, D. Bartolomé ciento cincuenta mil maravedís, y D. Diego cien mil maravedís, reconozco que no se puede determinar con certeza debido a la falta de conocimiento sobre la renta del mayorazgo hasta el momento.

Por ello, propongo seguir esta distribución hasta que, con la gracia de Nuestro Señor, las dos partes de las nueve mencionadas alcancen un aumento suficiente para proporcionar a D. Fernando el cuento y medio, a D. Bartolomé ciento cincuenta mil maravedís, y a D. Diego cien mil maravedís. Si en algún momento las dos partes, entendidas de las nueve mencionadas, alcanzan la suma de un cuento y setecientos cincuenta mil maravedís, toda cantidad adicional será para D. Diego, mi hijo, o quien lo herede.

Además, ruego y exhorto a D. Diego, mi hijo, o a su sucesor, que si la renta de este mayorazgo experimenta un notable crecimiento, tenga la amabilidad de aumentar la parte asignada a D. Fernando y mis hermanos, según lo establecido anteriormente. La parte destinada a D. Fernando, mi hijo, se considera un mayorazgo en sí mismo, sucediendo de padre a hijo de manera perpetua, sin posibilidad de venta, intercambio, donación o enajenación de ninguna manera, siguiendo el mismo formato establecido en el otro mayorazgo que he creado para D. Diego, mi hijo.

Instruyo a D. Diego, mi hijo, y le ordeno que tan pronto como tenga ingresos del mencionado mayorazgo y herencia, establezca y mantenga en una capilla, que debe construirse, tres capellanes que oficien cada día tres misas. Una en honor a la Santa Trinidad, otra en honor a la Concepción de Nuestra Señora, y la tercera por el alma de todos los fieles difuntos, incluyendo la mía, la de mi padre, madre y esposa. Si su capacidad financiera lo permite, le insto a que haga la capilla distinguida y enriquezca las oraciones y súplicas en honor de la Santa Trinidad. Si es posible, preferiría que la capilla se construyera en la isla La Española, donde Dios me concedió milagrosamente, especialmente en la vega conocida como de la Concepción, donde invoqué.

Asimismo, ordeno a D. Diego, mi hijo, o a su sucesor, que pague todas las deudas que dejo registradas en un memorial, siguiendo la forma especificada allí, y cualquier otra deuda que justamente parezca que debo. También le encomiendo el cuidado de Beatriz Enríquez, madre de D. Fernando, mi hijo, y le insto a proporcionarle medios para vivir honorablemente, dada la responsabilidad que tengo hacia ella. Este acto se realiza para aliviar mi conciencia, ya que este asunto pesa mucho en mi alma. No es apropiado detallar la razón de ello aquí.

Esta disposición se realiza el 25 de agosto de 1505, bajo la frase "Sigue Christo ferens". Los testigos presentes y que vieron todo lo expresado por el Sr. Almirante son los mencionados anteriormente. Como Escribano e Notario Público, confirmo y atestiguo lo anterior. En testimonio de veracidad, Pedro de Hinojedo, Escribano.

A continuación, proporciono una lista de ciertas personas a las que quiero que se les entregue lo especificado en este memorial, sin que se revele quién les ordena darlo. Primeramente, a los herederos de Jerónimo del Puerto, padre de Benito del Puerto, Chanceller en Génova, se les debe otorgar veinte ducados o su equivalente.

A Antonio Vazo, mercader genovés que solía residir en Lisboa, le asigno dos mil quinientos reales de Portugal, equivalentes a aproximadamente siete ducados, calculados a razón de trescientos sesenta y cinco reales por ducado.

A un judío que vivía cerca de la entrada de la judería en Lisboa o a quien designe un sacerdote, se le otorgará el valor de medio marco de plata.

A los herederos de Luis Centurión Escoto, mercader genovés, les asigno treinta mil reales de Portugal, equivalente a sesenta y cinco ducados, aproximadamente, calculados a razón de trescientos ochenta y cinco reales por ducado.

A los mismos herederos y a los herederos de Paulo de Negro, genovés, se les otorgarán cien ducados o su equivalente. La mitad de esta cantidad será para los primeros herederos y la otra mitad para los segundos.

A Baptista Espíndola o a sus herederos, en caso de que haya fallecido, se le destinarán veinte ducados. Baptista Espíndola, yerno del mencionado Luis Centurión, era hijo de Micer Nicolao Espíndola de Locoli de Ronco y, como referencia, residía en Lisboa en el año 1482.

Certifico que la mencionada memoria y descargo fueron redactados con la letra original del testamento de D. Cristóbal, y en fe de ello, firmé con mi nombre. Pedro de Azcoytia.

FIN

Hecho y compilado por Lorenzo Basurto Rodríguez

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